© Libro N° 13790. Cultura E
Imperialismo. Said, Edward
W. Emancipación. Mayo 3 de 2025
Título Original: © Cultura E Imperialismo. Edward W.
Said
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Imperialismo. Edward W. Said
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
CULTURA
E IMPERIALISMO
Edward W. Said
Cultura
E
Imperialismo
Edward W.
Said
Cultura
E Imperialismo
Edward W. Said
Traducción de
Nora Catelli
Para Eqbal Ahmad
La conquista de la tierra, que mayormente quiere decir quitársela a
otros que tienen diferente complexión o una nariz ligeramente más chata que la
nuestra, no es una cosa muy agradable si se la mira demasiado de cerca. Lo
único que la redime es la idea. Que haya una idea en su fondo; no un prurito
sentimental, sino una idea; y creer generosamente en la idea: algo que se pueda
erigir, ante lo cual prosternarse, ante lo cual ofrecer un sacrificio...
JOSEPH CONRAD,
El corazón de las
tinieblas
INTRODUCCIÓN
En 1978, cinco años después de la publicación de Orientalismo,
empecé a reunir ciertas ideas que se me habían hecho evidentes durante la
escritura del libro acerca de la relación general entre cultura e imperio. El
primer resultado fue la serie de conferencias dictadas en universidades de
Estados Unidos, Canadá e Inglaterra entre 1985 y 1986. Esas conferencias forman
el núcleo central del presente libro, que me ha ocupado constantemente desde
entonces. Las ideas expuestas en Orientalismo, que se limitaba a
Oriente Próximo, han sufrido un considerable desarrollo en el campo académico
de la antropología, la historia y los estudios especializados. De la misma
manera, yo intento aquí extender las ideas del libro anterior para así
describir un esquema más general de relación entre el moderno Occidente
metropolitano y sus territorios de ultramar.
¿A qué materiales no provenientes de Oriente Próximo he recurrido aquí?:
a escritos europeos acerca de África, la India, partes del Lejano Oriente,
Australia y el Caribe. Considero esos discursos africanistas e indianistas,
como a veces se los ha denominado, como parte del esfuerzo general de los
europeos por gobernar tierras y pueblos lejanos y, por lo tanto, relacionados
con las descripciones orientalistas del mundo islámico y con los modos
espaciales de representación de las islas caribeñas, Irlanda y el Lejano
Oriente por parte de los europeos. Lo chocante en estos discursos es la
frecuencia de las figuras retóricas que encontramos en sus descripciones del
«Este misterioso», así como los estereotipos sobre la «mente africana» (o
india, o irlandesa, o jamaicana, o china). Y, de igual manera, las
nociones acerca de llevar la civilización a pueblos primitivos o bárbaros, las
ideas inquietantemente familiares sobre la necesidad de las palizas, la muerte
o los castigos colectivos requeridos cuando «ellos» se portaban mal o se
rebelaban, porque «ellos» entendían mejor el lenguaje de la fuerza o de la
violencia; «ellos» no eran como «nosotros» y por tal razón merecían ser
dominados.
Sucedió, sin embargo, que en casi todo el mundo no europeo la llegada
del hombre blanco levantó, al menos, alguna resistencia. Lo que yo dejé fuera
de Orientalismo fue precisamente la respuesta a la dominación
occidental que culminaría con el gran movimiento de descolonización
en todo el Tercer Mundo. Junto con la resistencia armada en lugares tan
diversos como la Argelia decimonónica, Irlanda e Indonesia, se dio otra de tipo
cultural en casi todas partes, junto con afirmaciones de identidad nacional y,
en el plano político, la creación de asociaciones y partidos cuya meta común
era la autodeterminación y la independencia nacional. Nunca se dio el caso de
que un activo agente occidental tropezase con un nativo no occidental débil o
del todo inerte: existió siempre algún tipo de resistencia
activa, y, en una abrumadora mayoría de los casos, la resistencia finalmente
triunfó.
Esos dos factores —el esquema general y planetario de la cultura
imperial y la experiencia histórica de la resistencia contra el imperio—
conforman este libro de tal forma que lo convierten en el intento de hacer algo
distinto, no únicamente una secuela de Orientalismo. En ambos
libros he puesto el énfasis en aquello que de una manera general llamamos
«cultura». Según mi uso del término, «cultura» quiere decir específicamente dos
cosas. En primer lugar, se refiere a todas aquellas prácticas, como las artes de
la descripción, la comunicación y la representación, que poseen relativa
autonomía dentro de las esferas de lo económico, lo social y lo político, que
muchas veces existen en forma estética y cuyo principal objetivo es el placer.
Incluyo en ella, desde
luego, tanto la carga de saber popular acerca de lejanas partes del
mundo como el saber especializado del que disponemos en disciplinas tan
eruditas como la etnografía, la historiografía, la filología, la sociología y
la historia literaria. Puesto que mi perspectiva se refiere exclusivamente a
los imperios modernos de los siglos XIX y XX, he estudiado en
especial formas culturales como la novela, a la que atribuyo una inmensa
importancia en la formación de actitudes, referencias y experiencias
imperiales. No quiero decir que únicamente la novela fuese importante, pero sí
que la considero el objeto estético de mayor interés a
estudiar en su conexión particular con las sociedades francesa y británica,
ambas en expansión. Robinson Crusoe es la novela realista
moderna prototípica: ciertamente, no por azar, trata acerca de un europeo que
crea un feudo para sí mismo en una distante isla no europea.
Una gran parte de la reciente crítica literaria se ha volcado en la
ficción narrativa, pero se presta muy poca atención a su posición dentro de la
historia y el mundo del imperio. Los lectores de este libro descubrirán
rápidamente que las narraciones son fundamentales desde mi punto de vista, ya
que mi idea principal es que los relatos se encuentran en el centro mismo de
aquello que los exploradores y los novelistas afirman acerca de las regiones
extrañas del mundo y también que se convierten en el método que los colonizados
utilizan para afirmar su propia identidad y la existencia de su propia
historia. En el imperialismo, la batalla principal se libra, desde luego, por
la tierra. Pero cuando tocó preguntarse quién la poseía antes, quién tenía el
derecho a ocuparla y trabajarla, quién la mantenía, quién la recuperó y quién
planifica ahora su futuro, resulta que todos esos asuntos habían sido
reflejados, discutidos e incluso, durante algún tiempo, decididos en los
relatos. Según ha dicho algún crítico por ahí, las naciones mismas son narraciones.
El poder de narrar, o de impedir que otros relatos se formen y emerjan en su
lugar, es muy importante para la cultura y para el imperialismo, y constituye
uno de
los principales vínculos entre ambos. Más importante aún: los grandes
relatos de emancipación e ilustración movilizaron a los pueblos en el mundo
colonial para alzarse contra la sujeción del imperio y desprenderse de ella.
Durante el proceso, muchos europeos y norteamericanos, conmovidos por estos
relatos y por sus protagonistas, lucharon también por el surgimiento de nuevas
historias sobre la igualdad y la comunidad entre los hombres.
En segundo lugar, la cultura es, casi imperceptiblemente, un concepto
que incluye un elemento de refinada elevación, consistente en el archivo de lo
mejor que cada sociedad ha conocido y pensado, según lo formuló Matthew Arnold
alrededor de 1860. Arnold creía que si la cultura no neutraliza, al menos
amortigua los estragos de nuestra moderna existencia urbana, agresiva,
mercantil y brutalizadora. Leemos a Dante Alighieri o a William Shakespeare
para poder seguir en contacto con lo mejor que se ha conocido y pensado, y
también para vernos, a nosotros mismos, a nuestro pueblo, a nuestra tradición,
bajo las mejores luces. Con el tiempo, la cultura llega a asociarse, a veces de
manera agresiva, con la nación o el estado; esto es lo que «nos» hace
diferentes de «ellos», casi siempre con algún grado de xenofobia. En este
sentido, la cultura es una fuente de identidad; una fuente bien beligerante,
como vemos en recientes «retornos» a tal cultura o a tal tradición. Acompañan a
estos «retornos» códigos rigurosos de conducta intelectual y moral, opuestos a
la permisividad asociada a filosofías relativamente liberales como el
multiculturalismo y la hibridación. En el antiguo mundo colonizado, tales
«retornos» han producido variedades de fundamentalismo religioso y nacionalista.
En este segundo sentido, la cultura es una especie de teatro en el cual
se enfrentan distintas causas políticas e ideológicas. Lejos de constituir un
plácido rincón de convivencia armónica, la cultura puede ser un auténtico campo
de batalla en el que las causas se expongan a la luz del día y entren en
liza unas con otras, mostrando que, por ejemplo, los estudiantes
norteamericanos, franceses o indios, a quienes se ha enseñado a leer a sus clásicos
nacionales por encima de otros, están obligados a apreciarlos y a pertenecer
lealmente, muchas veces de manera acrítica, a sus naciones y tradiciones al
mismo tiempo que denigran a otras o luchan contra ellas.
El problema de esta idea de cultura es que supone no solo la veneración
de lo propio, sino también que eso propio se vea, en su cualidad trascendente,
como separado de lo cotidiano. Así, muchos de los humanistas profesionales se
ven incapaces de establecer conexiones entre la crueldad prolongada y sórdida
de prácticas como la esclavitud, la opresión racial y colonialista o la
sujeción imperial en el seno de una sociedad, por un lado, y, por otro, la
poesía, la ficción y la filosofía de esa misma sociedad. Una difícil verdad que
descubrí al trabajar en este libro es cuán pocos de los artistas ingleses o
franceses que admiro analizaban la noción de «sujeto» o de raza «inferior»
dominante entre los funcionarios que practicaban esas ideas como algo asumido
al gobernar en Argelia o en la India. Sin embargo, fueron nociones ampliamente
aceptadas, y ayudaron a completar la adquisición imperial de los territorios de
África a lo largo de todo el siglo XIX. Creo que al estudiar a Thomas
Carlyle o a John Ruskin, o incluso a Charles Dickens y a William M. Thackeray,
los críticos relegan con frecuencia las ideas de cada uno de estos escritores
en lo que atañe a la expansión colonial, las razas inferiores o los «negros» a
un departamento muy diferente al de la cultura, concebida como esa área de
elevación a la que los autores «verdaderamente» pertenecen y en la cual
llevaron a cabo su «importantísimo» trabajo.
Concebida de este modo, la cultura puede convertirse en un recinto
protegido: examine sus ideas políticas en la puerta antes de entrar. Dado que
me he pasado toda mi vida profesional enseñando literatura, pero que, al mismo
tiempo, crecí en el mundo colonial anterior a la Segunda Guerra
Mundial, me he enfrentado con el desafío de no utilizar la cultura de
esa manera —es decir, de forma antiséptica, separada de sus contaminaciones
mundanas—, sino como un campo extraordinariamente variado de intereses. Analizo
las novelas y los otros libros aquí examinados, primero, porque me parecen
estimables y admirables obras de arte de las que otros lectores y yo
disfrutamos y extraemos conocimiento. Después, el desafío consiste en
conectarlas no solo con el placer y el provecho, sino también con el proceso
imperial del cual forman parte manifiesta e inocultablemente. Más que condenar
o desdeñar su participación en lo que constituye una incuestionable realidad en
sus respectivas sociedades, sugiero que lo que aprendemos acerca de este
aspecto hasta ahora real y verdaderamente ignorado enriquece nuestra lectura y
comprensión de esas obras.
Adelantaré aquí algo de lo que tengo in mente utilizando
para ello dos conocidas y grandes novelas. Grandes esperanzas (1861),
de Dickens, que es, ante todo, una novela sobre el autoengaño, sobre los
intentos vanos de Pip por convertirse en un caballero sin esforzarse o sin
disponer de las fuentes de ingresos propias de la aristocracia. En su niñez,
Pip ayuda a un convicto condenado, Abel Magwitch, quien, luego de ser
trasladado a Australia, compensa a su joven benefactor con fuertes sumas de
dinero. Puesto que el abogado que sirve de intermediario guarda silencio ante
Pip acerca del origen del dinero, Pip se convence de que una anciana dama, miss
Havisham, es su protectora. Después, Magwitch reaparece ilegalmente en Londres,
donde Pip lo recibe de mala gana porque todo en él huele a vulgaridad y
delincuencia. Finalmente, sin embargo, Pip se reconcilia con Magwitch y con su
realidad y lo reconoce —perseguido, aprehendido y mortalmente enfermo— como su
padre putativo, no como alguien que debe ser negado o rechazado, a pesar de que
el convicto es, de hecho, inaceptable, porque viene de Australia, una colonia
penitenciaria pensada para la rehabilitación, pero no para la
repatriación de los
criminales ingleses allí transportados.
Si no todas, la mayoría de las lecturas de esta obra notable la sitúan
abiertamente dentro de la historia metropolitana de la ficción inglesa,
mientras que yo pienso que pertenece a una historia al mismo tiempo más
inclusiva y más dinámica que la que proponen esas interpretaciones. Dos libros
mucho más recientes que el de Dickens —el magistral The Fatal Shore,
de Robert Hughes, y el brillantemente reflexivo The Road to Botany Bay,
de Paul Carter— se han ocupado de revelar la vasta historia de experiencia
y también de especulación acerca de Australia, una colonia «blanca» como
Irlanda, dentro de la cual podemos situar a Magwitch y a Dickens no únicamente
como meras coincidencias referenciales, sino como actores dentro de esa
historia, tanto a través de la novela como de experiencias más antiguas y
amplias de relación entre Inglaterra y sus territorios de ultramar.
Australia fue fundada como colonia penitenciaria a finales del siglo XVIII, sobre todo para que Inglaterra
pudiese transportar allí su exceso de población de delincuentes irredimibles e
indeseables. Originalmente explorada por el capitán James Cook, también debía
funcionar como colonia de reemplazo de las perdidas en América. La búsqueda de
beneficio, la construcción del imperio y lo que Hughes llama apartheid social
produjeron en conjunto la Australia moderna, que, hacia 1840, en los tiempos en
que Dickens se interesó por ella (en David Copperfield, Wilkins
Micawber emigra felizmente a la isla), había progresado de alguna manera hacia
una especie de «sistema libre» y de alta rentabilidad en el cual los
trabajadores podían progresar cuando el poder se lo permitía. No obstante, en
el personaje de Magwitch:
Dickens anudó varias tendencias de la visión inglesa respecto de los
convictos en Australia a finales de la época de su traslado. Podían triunfar,
pero difícilmente podían volver de verdad. Podían expiar sus crímenes en
sentido técnico, legal, pero lo que habían sufrido allí los había
convertido en excluidos para siempre. Y, sin embargo, eran capaces de
redención mientras se quedaran en Australia).[1]
La investigación de Carter acerca de lo que él denomina historia
espacial de Australia nos ofrece otra versión de la misma experiencia. Aquí,
los exploradores, convictos, etnógrafos, acaparadores y soldados dibujan el
vasto y relativamente vacío continente, y cada uno lo hace en un discurso
específico que choca, desplaza o incorpora el de los otros. Por lo tanto, Botany
Bay es, antes que nada, un discurso ilustrado de viaje y descubrimiento,
y a continuación un conjunto de narradores viajeros (incluyendo a Cook) cuyas
palabras, itinerarios e intenciones acumulan los extraños territorios y
gradualmente los transforman en un «hogar». Para Carter, la vecindad entre la
organización benthamiana del espacio (que dio como resultado la ciudad de
Melbourne) y el aparente desorden del terreno australiano es lo que ha hecho
posible la transformación optimista del espacio social que, hacia 1840, produjo
un Eliseo para los caballeros y un Edén para los trabajadores.[2] Lo que Dickens imagina para Pip, en
su papel de «caballero londinense» de Magwitch, es brutalmente equivalente a lo
que la benevolencia inglesa diseñó para Australia: un espacio social que
autoriza otro.
Pero Dickens no escribió Grandes esperanzas preocupándose
de alguna manera por los relatos de los nativos australianos, como sí lo hacen
Hughes o Carter, ni adivinó o previó la tradición literaria australiana, que,
de hecho, vino mucho más tarde a incluir las obras de David Malouf, Peter Carey
y Patrick White. La prohibición del retorno de Magwitch no es solo penal, sino
«imperial»: los súbditos podían ser llevados a lugares como Australia, pero no
se les permitía el «retorno» al espacio metropolitano, que, como la novela de
Dickens acredita, está meticulosamente asignado, reservado y habitado por una
jerarquía de personajes metropolitanos. Por un lado, hay intérpretes como
Hughes o Carter que amplían la presencia relativamente débil de
Australia en la narrativa inglesa del siglo XIX, intentando así expresar la plenitud y la recién adquirida integridad
de la historia de Australia, que se independizaría de Gran Bretaña en el siglo XX. Por el otro, no obstante, si leemos con
atención Grandes esperanzas, deberemos notar que después de que
Magwitch expíe su pena, o, digamos, tras el reconocimiento redentor por parte
de Pip de su deuda con el viejo convicto, enérgicamente amargo y vengativo, Pip
sufre un colapso y luego sana de dos maneras explícitamente positivas. Surge un
Pip nuevo, menos sujeto que el antiguo a las ataduras del pasado; lo entrevemos
similar a aquel niño también llamado Pip. Y el viejo Pip emprende una nueva carrera
con Herbert Pocket, su amigo de la infancia; esta vez no como frívolo
caballero, sino como comerciante esforzado en Oriente, donde las otras colonias
británicas ofrecen una suerte de normalidad imposible para Australia.
Así, a pesar de que Dickens zanje el problema con Australia, otro
complejo de actitudes y referencias emerge apuntando ahora a las relaciones de
Gran Bretaña con Oriente a través de los viajes y el comercio. En su nueva
carrera como hombre de negocios colonial, Pip no llega a ser una figura
excepcional, puesto que casi todos los hombres de negocios de Dickens,
parientes caprichosos o temibles marginados, mantienen una relación
abiertamente normal y firme con el imperio. Lo que sucede es que solo desde hace
pocos años estas relaciones han adquirido importancia desde el punto de vista
de la interpretación. Una nueva generación de eruditos y críticos —en algunos
casos, los hijos de la descolonización, beneficiarios (como las minorías
sexuales, religiosas y raciales) de los avances de las libertades en sus
propios países— han descubierto en esos grandes textos de la literatura
occidental un permanente interés por lo que se consideraba un mundo inferior,
poblado por gente inferior de color, retratada siempre en actitud receptiva
ante la
intervención de
muchos Robinson Crusoes.
Hacia finales del siglo XIX, el imperio no constituye únicamente una presencia fantasmal o
encarnada apenas en la desagradable aparición de un convicto fugitivo, sino un
área central de preocupación en las obras de escritores como Conrad, Rudyard
Kipling, André Gide y Pierre Loti. Nostromo (1904), de Conrad,
mi segundo ejemplo, transcurre en una república de América Central,
independiente (a diferencia de los paisajes coloniales africanos y asiáticos de
sus novelas anteriores), dominada al mismo tiempo por intereses foráneos a
causa de su inmensa mina de plata. Para un norteamericano contemporáneo lo más
impresionante de la obra es la presciencia de Conrad: previó la constante
inestabilidad y «desgobierno» de las repúblicas latinoamericanas (dice, citando
a Bolívar, que gobernarlas era como arar en el mar) y describió las
particulares maniobras norteamericanas orientadas a crear condiciones de
influencia decisivas, aunque apenas visibles. Michael Holroyd, el financiero de
San Francisco que respalda a Charles Gould, propietario inglés de la mina de
Santo Tomé, advierte a su protégé de que «como inversores, no
nos dejaremos arrastrar a grandes conflictos». No obstante:
Podemos sentarnos y mirar. Por supuesto, alguna vez tenemos que
intervenir. Estamos obligados. Pero no hay prisa. Hasta el tiempo ha tenido que
sentarse a esperar en este país, el más grande de todos los del universo de
Dios. Deberemos responder por todo: por la industria, el comercio, la ley, el
periodismo, el arte, la política y la religión, desde el Cabo de Hornos hasta
Surith’s Sound, y más allá, si algo que valga la pena aparece en el Polo Norte.
Y después nos daremos el gusto de apoderarnos de las islas distantes y los
continentes de la tierra. Dirigiremos los asuntos del mundo tanto si al mundo
le gusta como si no. El mundo no puede hacer nada por evitarlo, y nosotros
tampoco, supongo».[3]
Mucha de la
retórica del «Nuevo Orden Mundial» promulgado por el
Gobierno
norteamericano tras el final de la Guerra Fría, con su repetitivo
autobombo, su inocultable triunfalismo y sus proclamas solemnes de
responsabilidad, podría haber sido suscrita por el personaje de Conrad: «somos
los números uno, estamos obligados a dirigir, defendemos la libertad y el
orden», y así sucesivamente. Ningún norteamericano es inmune a este tipo de
sentimientos y, sin embargo, la amenaza implícita contenida en los retratos de
Holroyd y Gould raramente es perceptible dentro de la retórica del poder,
porque cuando este se despliega en un decorado imperial, el decorado produce
con demasiada facilidad una ilusión de benevolencia. No obstante, se trata de
una retórica cuya característica más clara es que ha sido utilizada con
anterioridad, y no solo una vez (por España y Portugal), sino, en la era
moderna, con ensordecedora y repetitiva frecuencia, por los británicos, los
franceses, los belgas, los japoneses, los rusos y ahora los norteamericanos.
Pero sería incompleta una lectura de Conrad que considerase esta gran
novela únicamente como predicción temprana de lo que hemos visto en
Latinoamérica durante el siglo XX, con su cascada de United Fruit Companies,
coroneles, fuerzas de liberación y mercenarios financiados por Estados Unidos.
Conrad es también el precursor de la otra visión del Tercer Mundo que
encontramos en la obra de narradores tan diferentes como Graham Greene, V. S.
Naipaul y Robert Stone; de teóricos del imperialismo como Hannah Arendt; y de
viajeros, cineastas y polemistas cuya especialidad es poner el mundo no europeo
a disposición tanto de las tareas de análisis y valoración como de la satisfacción
de audiencias europeas y norteamericanas con gustos exóticos. Pues si bien es
verdad que Conrad trata irónicamente los sentimientos antiimperialistas de los
propietarios ingleses y norteamericanos de la mina de Santo Tomé, no menos
cierto es que él escribe como alguien cuya perspectiva occidentalizada del
mundo no occidental está tan arraigada que lo ciega respecto a otras historias,
otras culturas y otras aspiraciones. Todo lo que Conrad puede ver es un mundo
completamente dominado por el
Occidente atlántico, frente al cual cualquier oposición solo sirve para
confirmar su propio poder perverso. Lo que Conrad no puede ver es una
alternativa a esta tautología cruel. No podía entender que la India, África o
Sudamérica poseyeran vidas y culturas con ámbitos no totalmente controlados por
los imperialistas gringos y los reformadores de este mundo; no podía permitirse
pensar que no todos los movimientos antiimperialistas y de independencia eran
corruptos y pagados por hombres de paja de Londres o de Washington.
Estas limitaciones fundamentales de su perspectiva forman parte de Nostromo tanto
como sus personajes y su intriga. La novela de Conrad encarna esa
misma arrogancia paternalista propia del imperialismo de la cual se burla en
sus propios personajes, como Gould y Holroyd. Conrad parece estar diciendo:
«Nosotros los occidentales decidiremos quién es un buen o un mal nativo, porque
los nativos tienen existencia únicamente en virtud de nuestro reconocimiento.
Los hemos creado, les hemos enseñado a hablar y a pensar, y cuando se rebelan,
lo que hacen es sencillamente confirmar nuestra visión de ellos como simples
niños, embaucados por alguno de sus amos occidentales». Esto es, en efecto, lo
que los norteamericanos sentimos acerca de los vecinos del sur: que su independencia
es siempre deseable mientras sea la clase de independencia que nosotros aprobamos.
Cualquier otra cosa es inaceptable y, aun peor, impensable.
No constituye una paradoja, por lo tanto, que Conrad sea a la vez
antiimperialista e imperialista, progresista cuando se trata de interpretar con
audacia, pesimista si debe informar sobre la tranquilizadora y a la vez
decepcionante corrupción del dominio de ultramar, profundamente reaccionario
cuando ha de aceptar que África o Sudamérica puedan poseer una historia o una
cultura independientes que los imperialistas perturbaron violentamente a pesar
de que luego fuesen derrotados. Cuando, con menos
condescendencia cada vez, dejemos de considerar a Conrad como producto
de su propio tiempo, mejor captaremos que las actitudes recientes en Washington
y entre la mayoría de los políticos e intelectuales de Occidente muestra muy
pocas modificaciones respecto de las de aquel. Lo que Conrad vio como una
futilidad latente en la filantropía imperialista —cuyas intenciones incluían
ideas tales como «salvar el mundo para la democracia»—, el Gobierno de Estados
Unidos es todavía incapaz de percibirlo: así intenta realizar todos sus deseos
a lo ancho del planeta, especialmente en Oriente Próximo. Conrad tenía, al
menos, el valor de comprender que esos esquemas jamás triunfan, porque atrapan
a sus inventores en una creciente ilusión de omnipotencia y de errónea autocomplacencia
(como en Vietnam) y porque por su propia naturaleza falsifican lo que es
evidente.
Conviene tener presente todo esto si se desea leer Nostromo prestando
atención tanto a sus impresionantes logros como a sus limitaciones internas. El
estado independiente de Sulaco que surge al final de la novela es tan solo una
versión más pequeña, pero más estrechamente controlada e intolerante, del estado
más grande del cual se ha separado y al que ahora ha relegado en riqueza e
importancia. Conrad consigue que el lector comprenda que el imperialismo es un
sistema. En cada núcleo de experiencia, la vida soporta la impronta de las
ficciones y fantasías del núcleo superior. Pero lo contrario también es
verdadero, porque la experiencia, en la sociedad dominante, pasa a depender, de
modo acrítico, de los nativos y de sus territorios, vistos como carentes y necesitados
de la mission civilisatrice.
Leído de una u otra manera, Nostromo nos brinda una
perspectiva profundamente inolvidable que ha hecho posible las visiones
igualmente acusadoras de Graham Greene en El americano impasible y
de V. S. Naipaul en Un recodo en el río, novelas con muy diversas
motivaciones. Pocos
lectores dejarían de admitir hoy, tras Vietnam, Irán, Filipinas,
Argelia, Cuba, Nicaragua e Irak, que es precisamente la ferviente inocencia de
Pyle, el personaje de Greene, o del padre Huismans de Naipaul, hombres para
quienes los nativos pueden ser educados, llevados hacia «nuestra» civilización,
lo que arrastra a la postre al asesinato, la subversión y la inacabable
inestabilidad de las sociedades «primitivas». Semejante sentimiento invade
también ciertas películas, como Salvador, de Oliver Stone; Apocalypse
Now, de Francis Ford Coppola; y Desaparecido, de Constantin
Costa-Gavras, en las que agentes sin escrúpulos de la CIA y oficiales locos de
poder manipulan tanto a los nativos como a los norteamericanos
bienintencionados.
Pero todas estas obras, que tanto deben a la ironía antiimperialista de
Conrad en Nostromo, afirman que la fuente de la vida y de la acción
con sentido reside en Occidente, cuyos representantes parecen siempre tener la
libertad de volcar sus fantasías y sentimientos filantrópicos sobre un Tercer
Mundo medio agonizante. Desde este punto de vista, las regiones sumergidas del
mundo carecen, por así decirlo, de vida, de historia, de cultura, de
independencia o de integridad, de algo que valga la pena representar sin
Occidente. Cuando algo de ese mundo impone su descripción, ese algo aparece,
siguiendo en esto a Conrad, como inexpresablemente corrupto, degenerado e
irredimible. La diferencia está en que mientras que Conrad escribió Nostromo en
una época en la que en Europa prevalecía un enorme e indiscutido entusiasmo
imperialista, los novelistas y directores contemporáneos, que tan bien han
captado esta ironía, producen sus obras tras la descolonización; tras la
masiva revisión y deconstrucción intelectual, moral e imaginativa de la
representación occidental del mundo no occidental; tras Frantz
Fanon, Amílcar Cabral, C. L. R. James, Walter Rodney, tras las novelas
y dramas de Chinua Achebe, Ngugi wa Thiongo, Wole Soyinka, Salman Rushdie,
Gabriel García Márquez y muchos otros.
Así, Conrad es capaz de superar sus propias tendencias imperialistas,
mientras que sus herederos apenas tienen excusas para justificar las suyas,
frecuentemente soterradas e irreflexivas. Este no es solo un problema de
aquellos occidentales que no experimenten excesiva simpatía o comprensión por
las culturas extranjeras. Después de todo, algunos creadores e intelectuales
han cruzado la línea: Jean Genet, Basil Davidson, Albert Memmi o Juan
Goytisolo, entre otros.
Más notable es la disposición política a tomar en serio las alternativas
al imperialismo; entre ellas, la existencia de otras culturas y sociedades. Ya
creamos que las extraordinarias novelas de Conrad confirman las habituales
suspicacias occidentales respecto de América Latina, Asia y África, ya veamos
en Nostromo y en Grandes esperanzas las
líneas de una perspectiva imperialista asombrosamente duradera, capaz de
pervertir tanto la mirada del autor como la del lector, ambos modos de
interpretar la auténtica alternativa nos parecen hoy anticuadas. Actualmente,
el mundo no existe como un espectáculo acerca del cual se pueda ser optimista o
pesimista, acerca del cual nuestros textos pueden ser ingeniosos o aburridos.
Las dos actitudes suponen un despliegue de poder y de intereses concretos.
Desde la época de Conrad y Dickens, el mundo se ha transformado de
maneras que muchas veces han sorprendido y alarmado a los europeos y a los
norteamericanos de las grandes ciudades, que ahora se enfrentan a vastas
poblaciones no europeas en su propio medio y con un impresionante desfile de
nuevas y potentes voces que exigen que sus relatos sean escuchados. La tesis de
mi libro es que esas poblaciones y esas voces hace tiempo que están ahí gracias
al proceso globalizador puesto en marcha por el imperialismo moderno.
Perderemos de vista lo esencial acerca del mundo del último siglo si desdeñamos
o no tomamos en cuenta la experiencia cruzada de occidentales y orientales y la
interdependencia de los terrenos culturales en
los cuales el colonizador y el colonizado coexisten y luchan unos con
otros a través de sus proyecciones, sus geografías rivales, sus relatos, y sus
historias.
Por primera vez, la historia del imperialismo y de su cultura no puede
ser estudiada como monolítica o compartimentada de manera reductiva, como
separada o distinta. Es verdad que existen inquietantes erupciones de discursos
separatistas y chovinistas tanto en la India como en Líbano o en Yugoslavia, o
afirmaciones afrocéntricas, islamocéntricas o eurocéntricas. Pero, lejos de
invalidar la lucha por liberarse del imperio, estas reducciones del discurso de
la cultura en realidad prueban el valor de la energía fundamentalmente
liberadora que anima el deseo de ser independiente, de hablar libremente y sin
el peso de una dominación injusta. Sin embargo, el único modo de comprender
esta energía es histórico. De ahí la ambición más bien geográfica e histórica
que anima este libro. En nuestro deseo de hacernos oír, tendemos muchas veces a
olvidar que el mundo es un sitio superpoblado y que si todos se obstinaran en
insistir en la pureza radical o el predominio de su propia voz, nos quedaríamos
solo con el desagradable estrépito de una contienda interminable y con un
sangriento embrollo político. El auténtico horror de esta posición ha empezado
a ser visible aquí y allá en el surgimiento de políticas racistas en Europa, en
la cacofonía de los debates acerca de lo «políticamente correcto», en las
políticas «de identidad» en Estados Unidos y —para referirme a mi propia parte
del mundo— en la intolerancia de los prejuicios religiosos y las ilusas
promesas del despotismo a lo Otto von Bismarck de Sadam Husein y de sus numerosos
epígonos y adversarios árabes.
Qué magnífico e inspirador es, por lo tanto, leer no solo nuestra propia
perspectiva, sino, por ejemplo, captar cómo un gran artista como Kipling —
pocos hubo más imperialistas y reaccionarios que él— fue capaz de escribir
sobre la India con tal oficio. Y cómo, al hacerlo, su novela Kim no
se apoya
únicamente en la larga historia del punto de vista angloindio, sino que,
a pesar de sí mismo, entrevé la imposibilidad misma de tal punto de vista al
insistir en que la realidad india exigía y de hecho suplicaba el tutelaje
británico de modo más o menos indefinido. Sostengo que el gran archivo cultural
se encuentra en los dominios de ultramar, donde se llevan a cabo las grandes
inversiones intelectuales y estéticas. Si se era británico o francés alrededor
de 1860, se veía y se sentía respecto a la India y el norte de África una
combinación de sentimientos de familiaridad y distancia, pero nunca se
experimentaba la sensación de que poseyesen una soberanía separada de la
metrópoli. En las narraciones, historias, relatos de viajes y exploraciones, la
conciencia estaba representada como autoridad principal, como una fuente de
energía que daba sentido no solo a las actividades colonizadoras, sino también
a las geografías y los pueblos exóticos. Y, sobre todo, la sensación de poder
casi no permitía imaginar que aquellos «nativos» que tan pronto se presentaban
como excesivamente serviciales, tan pronto como hoscos y poco cooperativos,
fueran a ser capaces alguna vez de echar al inglés o al francés de la India o
de Argelia. O capaces de decir algo que fuese quizá a contradecir, desafiar o,
de alguna manera, interrumpir el discurso dominante.
La cultura del imperialismo no era invisible ni ocultaba sus afinidades
e intereses mundanos. Existe suficiente claridad en las principales tendencias
de la cultura como para tener en cuenta que se llevaban registros muchas veces
escrupulosos, así como para comprender por qué nunca se les ha prestado
demasiada atención. La razón de que hoy tengan tanta importancia, de que hayan
dado origen a este y a otros trabajos, se deriva menos de una suerte de
vindicación retrospectiva que de una necesidad perentoria de establecer lazos y
conexiones. Uno de los logros del imperialismo fue unir más el mundo, y aunque
en ese proceso la separación entre europeos y nativos fue insidiosa y
fundamentalmente injusta, muchos de nosotros
debemos ahora considerar la experiencia histórica del imperio como algo
común a ambos lados. Por eso, la tarea es describirla en lo que tiene de común
para indios y británicos, argelinos y franceses, occidentales y africanos,
asiáticos, latinoamericanos y australianos, a pesar de la sangre derramada, del
horror y del amargo resentimiento.
Mi método consiste en trabajar lo más posible sobre obras individuales,
leyéndolas primero como grandiosos productos de la imaginación creadora e
interpretativa y luego mostrándolas dentro de la relación entre cultura e
imperio. No creo que los escritores estén mecánicamente determinados por la
ideología, la clase o la historia económica, pero sí creo que pertenecen en
gran medida a la historia de sus sociedades, y son modelados y modelan tal
historia y experiencia social en diferentes grados. Tanto la cultura como las
formas estéticas que esta contiene derivan de la experiencia histórica, que, en
efecto, es uno de los asuntos principales de este libro. Según descubrí
mientras escribía Orientalismo, no se puede abarcar la experiencia
histórica mediante listas o catálogos; sea cual sea la información que se
ofrezca, algunos libros, artículos e ideas van a quedar fuera. En cambio, he
tratado de analizar lo que considero importante y esencial, admitiendo de
entrada que una elección y una selección conscientes han dictado mi producción.
Espero que los lectores y críticos de este libro lo utilizarán para profundizar
las líneas de investigación y discusión acerca de la experiencia histórica del
imperialismo aquí adelantadas. Al discutir y analizar lo que de hecho es un
proceso planetario, ocasionalmente me he visto obligado a generalizar y
resumir. ¡Pero nadie, estoy seguro, desearía que este libro fuese más extenso
de lo que ya es!
Además, hay diversos imperios que no trato aquí: el austrohúngaro, el
ruso, el otomano, el español y el portugués. No obstante, estas omisiones no
pretenden sugerir que tanto la dominación rusa de Asia Central y Europa del
Este como la de Estambul sobre el mundo árabe, la de Portugal sobre lo
que hoy son Angola y Mozambique, y la de España tanto en el Pacífico como en
América Latina hayan sido más benignas —y por lo tanto aceptables— o menos
imperialistas. Lo que digo acerca de la experiencia imperial de los británicos,
los franceses y los norteamericanos es que poseyó una centralidad cultural
especial y una coherencia única. Desde luego, Inglaterra constituye una clase
imperial por sí misma: más grande, más amplia, más dominante que cualquier
otra. Francia mantuvo con ella una rivalidad directa durante casi dos siglos.
Puesto que la narrativa juega un papel tan importante en la tarea imperial, no
es sorprendente que Francia, y especialmente Inglaterra, poseyesen una tradición
novelística continua sin paralelo con otras. Estados Unidos comenzó a ser un
imperio durante el siglo XIX, pero solo en la segunda mitad del XX, tras la descolonización de los imperios británico y francés, siguió
directamente el derrotero de sus antecesores.
Existen dos razones adicionales para centrarme, como lo hago, en ellos.
Una es que la idea del dominio de ultramar —que saltaba por encima de los
territorios vecinos para llegar a tierras muy distantes— tuvo un lugar
privilegiado en estas tres culturas. Y esta idea tiene mucho que ver con
proyecciones, ya sea en la ficción, en la geografía o en el arte, y adquiere
una presencia continua mediante la expansión real, la administración, la
inversión y el compromiso. Hay algo, por tanto, sistemático sobre la cultura
imperial que no es tan evidente en ningún otro imperio como lo es en
Inglaterra, Francia o Estados Unidos. Tengo eso presente cuando uso los
términos «estructura de actitud y referencia». La segunda razón es que nací,
crecí y ahora vivo en las órbitas de esos tres países. Aunque los siento como
mi hogar, sigo siendo, como originario del mundo árabe y musulmán, alguien que
también pertenece al otro lado. Esto me ha permitido, en cierta forma, vivir en
los dos lados y tratar de ejercer de mediador entre ellos.
En definitiva, este es un libro acerca del pasado y del presente, acerca
de «nosotros» y de «ellos», según como los vean las partes implicadas, que son
varias y suelen están separadas. Su momento histórico, para decirlo de algún
modo, es el del periodo posterior al fin de la Guerra Fría, cuando Estados
Unidos emerge como la última superpotencia. Al haber vivido allí durante este
lapso, eso me ha supuesto, como educador e intelectual con raíces en el mundo
árabe, una serie de preocupaciones bastante peculiares, todas las cuales han
influido en este libro, como también en todo lo que llevo escrito desde Orientalismo.
Primero, está esa sensación deprimente de que uno ha leído y visto con
anterioridad todas las propuestas actuales de la política norteamericana. Cada
uno de los grandes centros metropolitanos con aspiraciones al dominio
planetario ha dicho y, ay, ha hecho muchas de estas cosas. Siempre la llamada
al poder y el interés nacional mientras se dirigen los asuntos de pueblos más
débiles; siempre el mismo celo destructivo cuando las cosas se ponen difíciles,
o cuando los nativos se alzan contra el gobernante complaciente e impopular
atrapado y mantenido en su lugar por el poder imperial; siempre la
horriblemente predecible afirmación de que «nosotros» somos excepcionales, no
imperialistas, y que no repetiremos el error de potencias anteriores,
afirmación que va a ser rutinariamente seguida por la comisión del error, como
lo prueban las guerras de Vietnam y del Golfo. Peor aún ha sido la sorprendente
aunque pasiva colaboración con estas prácticas por parte de intelectuales,
artistas o periodistas, cuyas posiciones en sus propios países son progresistas
y llenas de sentimientos admirables, pero se convierten en lo opuesto cuando
atañen a lo que en su propio nombre se lleva a cabo fuera de sus fronteras.
Mi esperanza (quizá ilusoria) reside en que esta historia de la aventura
imperialista sirva, por ende, a un propósito ilustrativo y hasta disuasorio.
Puesto que, a pesar de que durante los siglos XIX y XX el imperialismo avanzó implacablemente, también lo hizo la
resistencia. Por eso, desde el punto de vista metodológico, he tratado de
mostrar las dos fuerzas al mismo tiempo. Lo cual, de ninguna manera, deja fuera
de la crítica a los pueblos agraviados por la colonización; como cualquier
investigación de los estados poscoloniales revela, las fortunas y desventuras
del nacionalismo, de eso que podemos llamar separatismo y nativismo, no suelen
exhibir perfiles demasiado estimulantes. También debemos narrar esa historia,
aunque solo sea para mostrar que siempre ha habido alternativas a los Idi Amin
y los Sadam Husein. El imperialismo occidental y el nacionalismo del Tercer
Mundo se alimentan mutuamente, pero aun en sus peores aspectos no son
monolíticos ni guardan entre sí relaciones deterministas. Además, la cultura
tampoco es monolítica, ni es propiedad exclusiva de Oriente u Occidente, ni de
grupos pequeños de mujeres o de hombres.
Sin embargo, se trata de una historia sombría y muchas veces
descorazonadora. Lo que hoy la atempera es la emergencia, aquí y allá, de una
nueva conciencia intelectual y política. Esta es la segunda preocupación
presente en la confección de este libro. Aunque actualmente sean tan
estentóreos los reclamos acerca de la sujeción del viejo curso de los estudios
humanistas a las presiones políticas por parte de lo que ha dado en llamarse la
«cultura del lamento», o a favor de los valores «occidentales», o «feministas»,
o «afrocéntricos», o «islamocéntricos», hoy existe algo más que eso. Tomemos
como ejemplo el extraordinario cambio en los estudios de Oriente Próximo, que,
cuando yo escribí Orientalismo, estaban todavía dominados por un
talante agresivamente condescendiente y masculino. Para mencionar solo obras
que hayan aparecido en los tres o cuatro últimos años
—Veiled Sentiments, de Lila Abu-Lughod; Women and Gender
in Islam, de Leila Ahmed; Woman’s Body, Woman’s World,
de Fedwa Malti-Douglas
—[4] veremos que desafían el antiguo
despotismo mediante un tipo muy distinto de ideas acerca del islam, de los
árabes y de Oriente Próximo. Se trata de obras no exclusivamente feministas:
demuestran la complejidad y diversidad de experiencias que subyace en los
discursos totalizadores del orientalismo y del nacionalismo (arrolladoramente
masculino) de Oriente Próximo. Son, además, obras intelectual y políticamente
complejas, en consonancia con la mejor erudición teórica e histórica,
comprometidas pero no demagógicas, cargadas de sensibilidad pero no de
sensiblería respecto a la experiencia de las mujeres; finalmente, aunque sus
autoras sean estudiosas de diferente formación y educación, se trata de obras
que dialogan y que contribuyen al diálogo acerca de la situación de las mujeres
en Oriente Próximo.
Junto con The Rhetoric of English India de Sara Suleri
y Critical Terrains[5] de Lisa Lowe, estas investigaciones
han modificado, si no roto, la visión reduccionista y homogénea de
la geografía de Oriente y de la India. Liquidadas están las divisiones binarias
tan apreciadas por las empresas nacionalistas e imperialistas. En cambio, hemos
empezado a sentir que la vieja autoridad no puede ser reemplazada sin más por
una nueva, sino que han surgido con celeridad nuevos alineamientos entre
fronteras, tipos, naciones y esencias. Y son estos nuevos alineamientos los que
provocan y desafían la noción fundamentalmente estática de identidad que
ha sido el meollo del pensamiento cultural durante la era del imperialismo. A
lo largo del intercambio entre los europeos y sus «otros», que empezó de modo
sistemático hace medio milenio, la única idea que apenas ha variado es que
existe un «nosotros» y un «ellos», cada uno asentado, claro, evidente por sí
mismo e irrebatible. Como yo señalaba en Orientalismo, esta
división se remonta hasta el pensamiento griego sobre los bárbaros, pero, fuese
quien fuese el iniciador de la reflexión acerca de la «identidad», durante el
siglo XIX
esta se convirtió en el sello de las culturas imperialistas y también en
el de las que trataban de resistir los asedios de Europa.
Somos aún los herederos de ese estilo por el cual cada uno se define por
la nación, que a su vez extrae su autoridad de una tradición supuestamente
continua. En Estados Unidos, tal preocupación acerca de la identidad cultural
ha restado fuerza a la impugnación del intento de afirmar cuáles libros y
cuáles autoridades forman «nuestra» tradición. Además, el ejercicio de
establecer si este o aquel libro forma (o no) parte de «nuestra» tradición es
uno de los más empobrecedores que se pueda imaginar. Por otra parte, sus
excesos son mucho más frecuentes que sus contribuciones a la precisión
histórica. Así, no muestro la menor paciencia ante la afirmación de que
«nosotros», única o principalmente, debemos ocuparnos de lo que es «nuestro»,
de igual manera que tampoco la demostraré ante la idea de que solo los árabes
puedan leer textos árabes, usar métodos árabes o cosas por el estilo. Como
solía decir C. L. R. James, Ludwig van Beethoven pertenece tanto a los
habitantes de las Indias Occidentales como a los alemanes, porque su música
forma parte de la herencia de la humanidad.
Pero la preocupación ideológica por la identidad está relacionada, como
es comprensible, con los intereses y los programas de varios grupos —no todos
minorías oprimidas— deseosos de fijar las prioridades que afectan a esos
intereses. Puesto que gran parte de este libro trata sobre qué leer de la
historia reciente y cómo hacerlo, resumiré aquí mis ideas de modo muy escueto.
Antes de que nos pongamos de acuerdo acerca de qué constituye la identidad
norteamericana, deberemos aceptar que como sociedad de inmigrantes formada
sobre los restos de una presencia nativa considerable, la identidad
norteamericana es demasiado variada como para configurar algo unitario y
homogéneo. De hecho, la batalla en su interior se dirime entre quienes abogan
por una identidad unitaria y quienes consideran que es un todo
complejo pero no irreductible. Esta oposición implica dos perspectivas
diferentes y dos historiografías: una lineal y jerárquica; la otra, con
contrapuntos y muchas veces flexible.
En mi opinión, solo la segunda perspectiva muestra una auténtica
sensibilidad ante la realidad de la experiencia histórica. En parte, a causa de
la existencia de los imperios, todas las culturas están relacionadas entre sí,
ninguna es única y pura, todas son híbridas, heterogéneas, extraordinariamente
diferenciadas y no monolíticas. Lo cual, según creo, es verdad tanto en los
Estados Unidos de hoy como en el mundo árabe moderno; en ambas sociedades se
han temido igualmente los peligros del «antiamericanismo» y las amenazas contra
el «arabismo».
Lamentablemente, este nacionalismo defensivo, reactivo y hasta paranoide
se encuentra entretejido muchas veces con la esencia misma de la educación, en
la que se instruye tanto a los niños como a los estudiantes mayores en la
veneración y celebración de sus tradiciones (habitualmente con la envidia y a
expensas de otros). Apunto precisamente a esas formas de educación y
pensamiento acríticas e irreflexivas como una alternativa paciente y de abierta
exploración. Durante el curso de la escritura del libro me beneficié del
espacio utópico todavía hoy accesible en la universidad, que creo que debe
seguir siendo el sitio donde se investiguen, discutan y reflejen esos problemas
vitales. Porque si la universidad se convirtiese en un lugar donde las
cuestiones políticas y sociales realmente se impusieran o se resolviesen, esto
supondría liquidar su función y convertirla en algo subordinado a cualquier
partido político en el poder.
No quiero ser mal entendido. A pesar de su extraordinaria diversidad
cultural, Estados Unidos es y seguirá siendo una nación coherente. Y esto se
puede extender a otros países anglófonos (Gran Bretaña, Nueva Zelanda,
Australia, Canadá), y también a Francia, que hoy acoge a numerosos grupos
de inmigrantes. Existe realmente esa carga en la polémica divisoriedad y
polarización del debate que, según señala con dedo acusador Arthur Schlesinger
en The Disuniting of America,[6] afecta a los estudios históricos,
pero en mi opinión tal cosa no supone la disolución de la república. Siempre es
mejor investigar la historia que reprimirla o negarla; el hecho de que Estados
Unidos contenga tantas historias y que hoy muchas de ellas exijan ser atendidas
no es de temer, porque estaban allí desde siempre. Desde ellas se creó una
historia norteamericana, e incluso un estilo de escritura de la historia. En
otras palabras, los debates actuales sobre multiculturalismo difícilmente
pueden llegar a convertirse en una «libanización». Y si estos debates indican
formas de cambio político, y también de cambio en el modo en que las mujeres,
las minorías y los inmigrantes recientes se ven a sí mismos, entonces no hay
por qué defenderse de ello ni temerlo. Lo que sí necesitamos es recordar que,
en sus modos más definidos, los relatos de emancipación e ilustración son
historias de integración, no de separación; historias de pueblos excluidos del
grupo principal, pero que ahora están luchando por un lugar dentro de él. Y si
las viejas ideas habituales del grupo dominante no eran lo suficientemente
flexibles o generosas como para admitir nuevos grupos, entonces estas ideas
necesitan cambiar, lo cual es mejor que rechazar a los grupos emergentes.
El último punto que quiero señalar es que este es el libro de un
exiliado. Por razones objetivas y fuera de mi arbitrio, crecí como árabe, pero
con una educación occidental. Desde que tengo memoria he sentido que pertenezco
a los dos mundos sin ser completamente de uno o de otro. A lo largo de mi vida,
no obstante, las partes del mundo árabe a las cuales me sentía más ligado han
cambiado del todo debido a los alzamientos civiles o a la guerra, o han dejado
simplemente de existir. Y durante largos periodos he sido un outsider en
Estados Unidos, particularmente cuando el país entró en guerra y
se opuso frontalmente a las culturas y sociedades (muy lejos de ser
perfectas) del mundo árabe. Sin embargo, cuando uso la palabra «exiliado» no me
refiero a algo triste o desvalido. Al contrario, la pertenencia a los dos lados
de la división imperial permite comprenderlos mejor. Es más, escribí casi todo
el libro en Nueva York, en muchos sentidos, la ciudad del exilio par
excellence, que hasta incluye la estructura maniquea de la ciudad colonial
descrita por Fanon. Quizá todo esto estimuló el tipo de intereses e
interpretaciones aquí esbozadas; lo que es seguro es que estas circunstancias
hicieron posible mi sentimiento de pertenencia a más de un grupo y de una
historia. Lo que el lector debe decidir es si se puede considerar tal situación
como alternativa realmente saludable al sentimiento corriente de pertenencia a
una sola cultura y de lealtad a una sola nación.
Primero presenté las tesis de este libro en varias conferencias, entre
1985 y 1988, en universidades del Reino Unido, Estados Unidos y Canadá. Por las
oportunidades que se me brindaron estoy enormemente agradecido a la facultad y
a los estudiantes de las universidades de Kent, de Cornell, de Western Ontario,
de Toronto y de Essex, y con respecto a una versión considerablemente anterior
de las mismas ideas, a la Universidad de Chicago. Ofrecí versiones posteriores
de algunas secciones del libro en forma de conferencias en la Yeats
International School de Chicago, la Universidad de Oxford (como la George
Antonius Lecture en Saint Antony College), la Universidad de
Minnesota, el King’s College de la Universidad de Cambridge, el Davis Center de
la Universidad de Princeton, el Birkbeck College de la Universidad de Londres y
la Universidad de Puerto Rico. Es cálida y sincera mi gratitud hacia Declan
Kiberd, Seamus Deane, Derek Hopwood, Peter Nesselroth, Tony Tanner, Natalie
Davis y Gayan Prakash, A. Walton Litz, Peter Hulme, Deirdre David, Ken Bates,
Tessa Blackstone, Bernard Sharrett, Lyn Innis, Peter Mulford, Gervasio Luis
García y María de
los Ángeles Castro. En 1989 se me concedió el honor de impartir la
primera Raymond Williams Memorial Lecture en Londres; en aquella ocasión hablé
sobre Albert Camus y, gracias a Graham Martin y al desaparecido Joy Williams,
fue una experiencia memorable para mí. Casi sería innecesario señalar que
muchas partes de este libro están atravesadas por las ideas y el ejemplo moral
y humano de Raymond Williams, buen amigo y gran crítico.
Reconozco sin reparos que me serví de diversas asociaciones académicas,
políticas y culturales mientras elaboraba este libro. En ellas tengo buenos
amigos que son también editores de revistas en las que aparecieron algunas de
estas páginas: Tom Mitchell (de Critical lnquiry), Richard Poirier
(de Raritan Review), Ben Sonnenberg (de Grand Street),
Ambalavaner Sivanandan (de Race and Class), Joanne
Wypejewski (de The Nation) o Karl Miller (de The London
Review of Books). También agradezco a los editores de The Guardian (Londres)
y a Paul Keegan, de Penguin, bajo cuyos auspicios tuve ocasión de
expresar por primera vez algunas de las ideas de este libro. Otros amigos de
cuya indulgencia, hospitalidad y críticas he dependido son Donald Mitchell,
Ibrahim Abu-Lughod, Masao Miyoshi, Jean Franco, Marianne McDonald, Anwar
Abdel-Malek, Eqbal Ahmad, Jonathan Culler, Gayatri Spivak, Homi Bhabha, Benita
Parry y Barbara Harlow. Siento una particular satisfacción al reconocer la lucidez
y perspicacia de varios de mis estudiantes de la Universidad de Columbia, de
quienes cualquier profesor se sentiría orgulloso. Estos jóvenes críticos y
estudiosos me brindaron el beneficio completo de sus estimulantes trabajos, hoy
publicados y bien conocidos: Anne McClintock, Rob Nixon, Suvendi Perera, Gauri
Viswanathan y Tim Brennan.
En la preparación del manuscrito me beneficié de diferentes maneras de
la ayuda y la gran destreza de Yumna Siddiqi, Aamir Mufti, Susan Lhota, David
Beams, Paola di Robilant, Deborah Poole, Ana Dopico, Fierre Gagnier y
Kieran Kennedy. Zaineb Istrabadi desempeñó la difícil tarea de descifrar
mi desesperante caligrafía y luego la vertió en sucesivos borradores con
admirable oficio y paciencia. En varias etapas de la preparación editorial,
Frances Coady y Carmen Callil fueron buenas amigas y lectoras solidarias de lo
que yo intentaba presentar. Debo señalar también mi profunda gratitud e inmensa
admiración por Elisabeth Sifton, amiga de muchos años, soberbia editora y
siempre crítica con simpatía. George Andreou fue infaliblemente servicial
mientras supervisaba el proceso de publicación. A Mariam, Wadie y Najla Said,
que vivieron con el autor en circunstancias muchas veces difíciles, gracias de
corazón por su apoyo y amor constantes.
Nueva York, Nueva
York, julio de 1992
PRIMERA PARTE
Territorios superpuestos, historias entrecruzadas
Acerca de este problema, y desde su interior también, solo el silencio
estaba al orden del día. Algunos de esos mutismos se estaban rompiendo. Los
escritores que actuaban según una estrategia política, o dentro de una,
mantenían, a la vez, otros silencios. Lo que a mí me interesa son las
estrategias para romperlos.
TONI MORRISON, Playing in the Dark
La historia, en otras palabras, no es una máquina de calcular. Brota en
el pensamiento y en la imaginación y toma cuerpo en las respuestas de la
cultura de un pueblo, a su vez resultado de la infinitamente sutil mediación de
realidades materiales, de hechos de naturaleza económica, de pequeñísimas
objetividades.
BASIL DAVIDSON, Africa in Modern History
1
Imperio, geografía y cultura
Entre las estrategias más corrientes de interpretación del presente se
encuentra la invocación del pasado. Lo que sostiene esa invocación no es solo
el desacuerdo acerca de lo que sucedió, acerca de lo que realmente fue ese
pasado, sino la incertidumbre acerca de si el pasado realmente lo es, si está
concluido o si continúa vivo, quizá bajo distintas formas. Este problema
alienta toda clase de discusiones: acerca de la influencia, acerca de la culpa
y los juicios, acerca de la realidad presente y las prioridades futuras.
En uno de sus más famosos ensayos tempranos, T. S. Eliot abordó una
constelación similar de problemas. A pesar de que tanto la ocasión como la
intención del ensayo son casi puramente estéticas, podemos utilizar sus
formulaciones para iluminar otros núcleos de experiencia. Dice Eliot que aunque
el poeta sea, evidentemente, un talento individual, se desenvuelve dentro de
una tradición que no puede heredarse tal cual, sino que ha de ganarse con «gran
esfuerzo».
[La tradición] supone, en primer lugar, el sentido histórico, que
podemos considerar casi indispensable para cualquiera que siga siendo poeta
después de los veinticinco años; y el sentido histórico implica percibir no
solo lo acabado del pasado, sino su presencia; el sentido histórico obliga a un
hombre a escribir no meramente con su propia generación en los huesos, sino con
el sentimiento de la totalidad de la literatura europea desde Homero. Y, dentro
de ella, la totalidad de
la literatura de su propio país posee
una existencia simultánea y compone un orden simultáneo. Este sentido
histórico, que pertenece tanto a lo intemporal como a lo temporal y que supone
la unión de lo intemporal con lo temporal, es lo que convierte al escritor en
tradicional. Y, a la vez, es lo que hace al escritor más agudamente consciente
de su lugar en el tiempo, de su propia contemporaneidad.
Ningún poeta,
ningún artista, sea cual sea su arte, tiene sentido completo por sí solo.[1]
La intención de estos comentarios se dirige igualmente a los poetas que
ejercen la crítica y a los críticos cuyo trabajo supone una rigurosa
consideración del proceso poético. La idea principal es que, aunque debamos
abarcar en su totalidad lo concluido del pasado, no existe un modo eficaz en
que el pasado pueda ser aislado del presente. El pasado y el presente se
informan mutuamente; cada uno implica al otro en el sentido ideal y totalizador
al que aspira Eliot: cada uno en coexistencia con el otro. Lo que Eliot
propone, en suma, es una visión de la tradición literaria que, aunque respete
la sucesión temporal, no se encuentre completamente dominado por esta. Ni el
pasado ni el presente, ni mucho menos un poeta o artista cualquiera, poseerá
por sí solo un sentido completo.
No obstante, la síntesis eliotiana de pasado, presente y futuro es
idealista y, en algunos aspectos, constituye una función de su propia y
peculiar historia.
[2] Asimismo, su concepción del tiempo no
toma en cuenta la beligerancia con la que los individuos y las instituciones
deciden lo que es tradición y lo que no lo es, lo que es relevante y lo que no
lo es. Pero su idea central es válida: el modo en que formulamos o
representamos el pasado modela nuestra comprensión y perspectiva del presente.
Daré un ejemplo: durante la guerra del Golfo (1990-91), la colisión entre Irak
y Estados Unidos resultó de la función de dos historias fundamentalmente
opuestas, cada una utilizada en beneficio del establishment oficial
de cada país. Según la versión del partido iraquí Baaz, la historia moderna
árabe hace patente la promesa no cumplida, no realizada, de la independencia
árabe, una promesa traicionada por
«Occidente», y también por el completo conjunto de enemigos más
recientes, como el sionismo y la reacción árabe. La sangrienta ocupación de
Kuwait por Irak estaba, por tanto, justificada no solamente en términos
bismarckianos, sino también por la convicción de que los árabes tienen derecho
a corregir los males que han sufrido y a arrebatar al imperialismo uno de sus
mayores trofeos. Simultáneamente, según la perspectiva norteamericana del
pasado, Estados Unidos no es la clásica potencia imperialista, sino quienes
deshacen los entuertos de este mundo, persiguen las tiranías y defienden la
libertad, no importa dónde ni a qué precio. Inevitablemente, la guerra enfrentó
estas dos versiones del pasado una con otra.
Las ideas de Eliot sobre la complejidad de la relación entre el pasado y
el presente son particularmente sugerentes dentro de la discusión sobre el
significado de «imperialismo», un término y una idea hoy tan controvertidos,
tan cargados de todo tipo de preguntas, dudas, polémicas y supuestos
ideológicos que hacen casi imposible su utilización. Hasta cierto punto, el
debate supone, desde luego, definiciones e intentos de delimitación de la
noción misma: ¿era el imperialismo principalmente económico?; ¿hasta dónde se
extendió?; ¿cuáles fueron sus causas?; ¿era sistemático?; ¿cuándo acabó, si es
que acabó? La ristra de nombres de quienes han contribuido a la discusión en
Europa y Norteamérica es impresionante: Karl J. Kautsky, Rudolf Hilferding,
Rosa Luxemburg, John A. Hobson, Vladimir I. Lenin, Joseph A. Schumpeter,
Arendt, Harry Magdoff, Paul Kennedy... Y, en años recientes, The Rise
and Fall of the Great Powers, de Paul Kennedy, publicado en Estados Unidos,
así como la historia revisionista de William Appleman Williams, Gabriel Kolko,
Noam Chomsky, Howard Zinn y Walter Lefeber, y las apologías eruditas o
explicaciones de la política norteamericana como no imperialista, pergeñadas
por varios especialistas en estrategia, por teóricos y por sabios. Todo ello ha
mantenido muy viva la
cuestión del imperialismo y la aplicabilidad (o no) de este calificativo
a Estados Unidos, potencia principal del momento.
Estos eruditos debaten problemas fundamentalmente económicos y
políticos. Apenas se presta atención, en cambio, a lo que conforma, según mi
opinión, el papel privilegiado de la cultura en la experiencia imperial
moderna. Y poco se tiene en cuenta el hecho de que el extraordinario logro
planetario del imperialismo clásico europeo del siglo XIX y principios del XX todavía proyecta una considerable sombra
sobre nuestra propia época. Es poco probable que exista aún hoy algún
norteamericano, africano, europeo, latinoamericano, indio, caribeño o
australiano cuya vida individual no se haya visto afectada por los imperios del
pasado. Entre Francia y Gran Bretaña controlaban territorios inmensos: Canadá,
Australia, Nueva Zelanda, las colonias en América del Norte y del Sur y el
Caribe, extensas zonas de África, Oriente Medio, el Lejano Oriente (Gran
Bretaña retendrá Hong Kong como colonia hasta 1997) y el subcontinente indio en
su totalidad. Todos estos territorios cayeron bajo la égida imperialista y a su
tiempo se liberaron del dominio francés o británico. Además, Estados Unidos,
Rusia y otros países europeos más pequeños, por no hablar de Japón y Turquía,
fueron también potencias imperiales durante parte del siglo XIX o en su totalidad. Este esquema
de dominios y posesiones sentó las bases para lo que hoy constituye en efecto
un mundo completamente global. Las comunicaciones electrónicas, la extensión
planetaria del comercio, la disponibilidad de recursos, de viajes y de
información acerca del clima y el cambio ecológico han unido hasta los rincones
más distantes del mundo. Creo que los imperios modernos fueron quienes
establecieron e hicieron posible este estado de cosas.
Sin embargo, yo me considero temperamental y filosóficamente contrario a
las vastas sistematizaciones o teorías totalizantes de la historia de los
hombres. Aun así, debo decir que luego de haber estudiado y, de hecho,
vivido entre los imperios modernos, me impresiona hasta qué punto han estado
constantemente en expansión y cuán inexorablemente integradores han sido. Ya en
Karl Marx, ya en obras conservadoras como las de J. R. Seeley, ya en análisis
modernos como los de D. K. Fieldhouse y C. C. Eldridge (cuya England’s
Mission es obra capital)[3] nos vemos obligados a aceptar que el
imperio británico integró y fusionó las cosas de su propio ámbito y que, junto
a otros, hizo que el mundo fuese uno solo. Pero ningún individuo —y,
ciertamente, tampoco yo— será capaz de ver o de vislumbrar en su conjunto la
totalidad del mundo imperial.
Podemos leer el debate entre los historiadores contemporáneos Patrick
O’Brien[4] y Lance E. Davis y Robert A.
Huttenback (cuyo importante libro Mammon and the Pursuit of Empire trata
de cuantificar los beneficios reales de las actividades
imperiales).[5] Podemos también considerar polémicas
anteriores, como la controversia entre Ronald Robinson y John Gallagher,[6] o los trabajos sobre dependencia y
acumulación mundial de los economistas André Gunder Frank y Samir Amin.[7] Si lo hacemos desde el punto de vista
de la historia literaria y de la cultura, nos veremos obligados a preguntarnos
qué utilidad tiene todo ello cuando, por ejemplo, debemos interpretar la novela
victoriana, la historiografía francesa, la gran ópera italiana o la metafísica
alemana del periodo. Hemos llegado a un punto en el que ya no podemos ignorar,
en nuestro trabajo, la importancia de los imperios y de su contexto. Cuando
alguien, como lo hace O’Brien, habla de «la propaganda del imperio en expansión
(que) creaba ilusiones de seguridad y falsas esperanzas acerca de las enormes
ganancias que percibirían los que invirtieran más allá de sus fronteras»,[8] a lo que en efecto se refiere es a un
clima generado tanto por el imperio como por las novelas, por las teorías de
las razas y la especulación geográfica, por el concepto de identidad nacional
y por los hábitos urbanos (o rurales). Una de sus frases («falsas
esperanzas») evoca Grandes esperanzas; otra («los que invirtieran
más allá de sus fronteras»), a Joseph Sedley y Becky Sharp; y «creaba
ilusiones», a Ilusiones perdidas: los puentes entre cultura e
imperialismo son obligados.
Es difícil conectar los diferentes campos, mostrar los compromisos de la
cultura con los imperios en expansión y formular acerca del arte observaciones
que preserven sus cualidades únicas y al mismo tiempo establezcan el mapa de
sus afiliaciones. Admito, sin embargo, que debemos intentarlo, y situar el arte
en su contexto global y terreno. Lo que está en juego es el problema de los
territorios y las posesiones, de la geografía y el poder. Todo lo que tiene que
ver con la historia humana está enraizado en la tierra, lo cual quiere decir
que debemos pensar en el hábitat, pero también en que hay pueblos que planean
poseer más territorio y, por lo tanto, deben hacer algo con
los residentes indígenas. En un plano muy primario, el imperialismo supone
pensar en establecerse y controlar tierras que no se poseen, que son lejanas,
que están habitadas y que pertenecen a otros. Por muy diversas razones, esto
atrae a algunos pueblos y supone incontables sufrimientos para otros. No
obstante, los historiadores de la literatura que estudian, por ejemplo, al gran
poeta inglés del siglo XVI Edmund Spenser, casi nunca relacionan sus planes sedientos de
sangre para Irlanda, en los que imaginaba un ejército británico que extermina
prácticamente a los nativos, con sus logros poéticos o con la historia del
dominio inglés sobre la isla, dominio que continúa hasta hoy.
Para los fines de este libro, he mantenido la perspectiva centrada en
discusiones reales acerca de la tierra y los pueblos que la habitan. Lo que he
intentado hacer es una suerte de inquisición geográfica de la experiencia
histórica, siempre con la idea de que la tierra es, en efecto, un solo mundo en
el que los espacios vacíos o prácticamente deshabitados no existen. Así como
ninguno de nosotros está fuera o más allá de la sujeción geográfica,
ninguno de nosotros se encuentra completamente libre del combate con la
geografía. Ese combate es complejo e interesante porque trata no solo de
soldados y de cañones, sino también de ideas, formas, imágenes e imaginarios.
Gran cantidad de personas del llamado mundo occidental o metropolitano,
al igual que sus semejantes del Tercer Mundo o del antiguo mundo colonizado,
comparte la sensación de que la era del imperialismo clásico o alto —que llegó
a su apogeo durante lo que Eric Hobsbawm ha llamado sugerentemente «la era del
imperio» y que, más o menos, acabó con el desmantelamiento de las grandes
estructuras coloniales tras la Segunda Guerra Mundial— ha seguido ejerciendo,
de una u otra manera, una considerable influencia cultural hasta nuestros días.
Por toda clase de razones, estas personas sienten una nueva urgencia acerca de
la necesidad de comprensión de lo concluido o no del pasado, y
esta urgencia se traslada a las percepciones mismas del presente y del futuro.
En el centro de tales percepciones está el hecho, casi indiscutible, de
que el poder sin precedentes del siglo XIX —comparado con el cual fueron
mucho menos formidables los anteriores de Roma, España, Bagdad o Constantinopla
— se concentró en Gran Bretaña y Francia, y más tarde en otros países
occidentales, especialmente en Estados Unidos. Este siglo presenció «el apogeo
de Occidente»: el poder occidental permitió a los centros imperiales
metropolitanos adquirir y acumular territorios y sujetos a una escala
verdaderamente asombrosa. Hay que considerar que en 1800 los poderes
occidentales afirmaban poseer el 55 por ciento —aunque en realidad controlaban
aproximadamente el 35 por ciento— de la superficie de la tierra, mientras que
en 1878 la proporción era del 67 por ciento, con una tasa de crecimiento de
83.000 millas cuadradas por año. Hacia 1914, esa tasa anual había crecido hasta
la impresionante cifra de 240.000 millas cuadradas, y
Europa poseía una cantidad total de casi el 85 por ciento de la tierra
en forma de colonias, protectorados, dependencias, dominios y «commonwealths».[9] Ningún conjunto o asociación anterior de
colonias fue tan grande, ninguna tan homogéneamente dominada, ninguna
comparable en poder a las metrópolis de Occidente. El resultado, afirma William
McNeill en The Pursuit of Power, fue «que el mundo llegó a
constituirse en un todo interactivo nunca visto».[10] En Europa misma, a finales del siglo XVIII, casi ningún aspecto de la vida
quedó fuera de la influencia de las actuaciones imperiales. Las economías
estaban hambrientas de los mercados ultramarinos, las materias primas, la mano
de obra barata y las tierras productivas, de modo que la defensa y consolidación
de las políticas exteriores se comprometieron cada vez más en el mantenimiento
de vastas extensiones de territorios y de gran cantidad de pueblos sometidos.
Cuando los poderes occidentales no se hallaban compitiendo en una dura y
estrecha lucha con otros —porque, según dice V. G. Kiernan,[11] todos los imperios modernos se
imitan—, se encontraban denodadamente dedicados a asentar, vigilar, estudiar y,
por supuesto, gobernar los territorios bajo sus jurisdicciones.
La experiencia norteamericana, como lo pone en evidencia Richard Van
Alstyne en The Rising American Empire, se basó desde el principio
en la idea de «un imperium, un dominio, un estado soberano que se
extiende en población y territorio y crece en fuerza y poder».[12] Se proclamó que había que construir
el territorio norteamericano y se combatió por él con asombroso éxito; había
pueblos nativos a los que se debía sojuzgar y, en muchos casos, exterminar o
desterrar. Y después, mientras la república crecía en el tiempo y en poder
hemisférico, aparecieron esas tierras lejanas que se proclamarían vitales para
los intereses norteamericanos, en las que había que intervenir y luchar:
Filipinas, las Antillas, América Central, la «costa bereber», partes de
Europa y de Oriente Próximo, Vietnam o Corea. Curiosamente, sin embargo,
tan influyente había sido el discurso que insistía en la idiosincrasia
norteamericana, en su acierto y en su altruismo, que el «imperialismo», como
palabra o como ideología, se convirtió en algo raro en los textos de la cultura
estadounidense, en su política o en su historia. Pero la relación entre la
política imperialista y la cultura es asombrosamente directa. Las actitudes
norteamericanas hacia su propia «grandeza», hacia las jerarquías raciales,
hacia los peligros de «otras» revoluciones —puesto que la revolución
norteamericana se considera única y, de alguna manera, irrepetible en cualquier
otro lugar del mundo—[13] han sido constantes, han oscurecido y
también dictado las realidades imperiales, mientras que los apologistas de los
intereses norteamericanos en el exterior insistían en el bien hacer, en la
lucha por la libertad, en la inocencia norteamericana. Pyle, el personaje de
Graham Greene de El americano impasible, encarna tal estereotipo
cultural con inmisericorde agudeza.
En cambio, para los ciudadanos de Gran Bretaña y Francia del siglo XIX, el imperio era un asunto principal
que atraía una atención cultural completamente desenfadada. La India británica
o el norte de África dominado por los franceses jugaban por sí solos papeles de
inestimable valor en la imaginación, la economía, la vida política y el
quehacer de las sociedades británica y francesa. Si mencionamos los nombres de
Eugène Delacroix, Edmund Burke, Ruskin, Carlyle, James y John Stuart Mill,
Kipling, Honoré de Balzac, Gérard de Nerval, Gustave Flaubert o Conrad tan solo
estaremos cubriendo un pequeñísimo sector de una realidad mucho más amplia que
la alcanzada por sus talentos, incluso tomados colectivamente. Había eruditos,
administradores, viajeros, comerciantes, visionarios, poetas y toda la variedad
de fracasados y marginales en las remotas posesiones de estos dos poderes
imperiales, cada uno de los cuales contribuía a la formación de la realidad
colonial existente
en el corazón mismo de la vida metropolitana.
Usaré el término «imperialismo» como definición de la práctica, la
teoría y las actitudes de un centro metropolitano dominante que rige un
territorio distante; «colonialismo» —casi siempre consecuencia del
imperialismo—, como la implantación de asentamientos en esos territorios
distantes. Como dice Michael Doyle: «El imperio es una relación, formal o
informal, en la cual un Estado controla la efectiva soberanía política de otra
sociedad política. Puede lograrse por la fuerza, por la colaboración política,
por la dependencia económica, social o cultural. El imperialismo es,
sencillamente, el proceso o política de establecer o mantener un imperio».[14] En nuestra época, el colonialismo
directo está ya ampliamente perimido; en cambio, el imperialismo persiste en
uno de sus ámbitos de siempre, en una suerte de esfera general cultural, así
como en prácticas sociales específicas, políticas, ideológicas y económicas.
Ni el imperialismo ni el colonialismo son simples actuaciones de
acumulación y adquisición. Ambos cuentan con el apoyo, y a veces con el
impulso, de impresionantes formaciones ideológicas que incluyen la convicción
de que ciertos territorios y pueblos necesitan y ruegan ser
dominados, así como nociones que son formas de conocimiento ligadas a tal
dominación: el vocabulario de la cultura imperialista clásica está cuajada de
palabras y conceptos como «inferior», «razas sometidas», «pueblos
subordinados», «dependencia», «expansión» y «autoridad». A partir de las
experiencias imperiales, las nociones acerca de la cultura fueron clarificadas,
reforzadas, criticadas o rechazadas. En cuanto a la curiosa pero, quizá, lógica
idea propagada hace un siglo por J. R. Seeley acerca de que algunos de los
imperios europeos de ultramar fueron en su origen adquiridos casi sin darse
cuenta, no se necesita un gran esfuerzo de imaginación para comprender la causa
de su enorme difusión. Como ha dicho David Landes en The Unbound
Prometheus: «La decisión de ciertas potencias
europeas [...] de establecer “plantaciones”, es decir, de tratar sus colonias
como empresas permanentes, era, más allá de consideraciones morales, una
innovación del momento».[15] Este es el problema que me preocupa aquí:
dados los motivos iniciales, oscuros y quizá secundarios de la tendencia del
dominio de Europa sobre el resto del mundo, ¿cómo ganaron, tanto la idea como
su práctica, la consistencia y la densidad de una empresa permanente que
culminaría en el último tramo del siglo XIX?
La primacía de los imperios británico y francés en este análisis no
quiere oscurecer la bastante notable expansión moderna de España, Portugal,
Holanda, Bélgica, Alemania, Italia y, de un modo diferente, Rusia y Estados
Unidos. Rusia, no obstante, adquirió sus territorios imperiales exclusivamente
por vecindad. Al contrario que Gran Bretaña y Francia, que saltaron miles de
millas más allá de sus propias fronteras hacia otros continentes, Rusia se
movió absorbiendo no importa qué tierras o pueblos que estuviesen al otro lado
de sus fronteras, que, en el proceso, se extendieron cada vez más hacia el este
y el sur. Pero en los casos inglés y francés, la sola lejanía de los atractivos
territorios favorecía también la proyección de extensos intereses. Ese es mi
punto de atención aquí, en parte porque me gusta examinar el juego de formas
culturales y estructuras de sentimiento que produce, en parte porque el mundo
de la dominación de ultramar es el mundo en que yo crecí y en el que todavía
vivo. El estatuto paralelo de Rusia y Estados Unidos como superpotencias,
prevaleciente durante poco más de medio siglo, proviene de historias y
trayectorias imperialistas bien distintas. Existen abundantes variedades de
dominio y de respuestas a este, pero mi libro solo se ocupa del dominio
«occidental», así como de las resistencias que ha provocado.
En la expansión de los grandes imperios occidentales, el beneficio y la
esperanza de acrecentarlo eran desde luego tremendamente importantes,
como lo testimonian con abundancia y durante siglos la atracción por las
especias, el azúcar, los esclavos, el caucho, el algodón, el opio, el estaño,
el oro y la plata. También lo eran la inercia, la inversión en empresas ya
agotadas, la tradición y el trapicheo de las fuerzas institucionales que hacían
que la empresa funcionara. Pero se necesita más para que funcionen el
imperialismo y el colonialismo. Existía un compromiso más allá del beneficio,
un compromiso en constante circulación y recirculación, lo cual, por un lado,
permitía que hombres y mujeres decentes aceptaran la idea de que territorios
distantes con sus pueblos nativos debían ser subyugados y, por el otro,
alimentaban las energías metropolitanas para que esa misma gente decente
pudiese pensar en el imperium como una prolongada y casi
metafísica obligación de gobernar pueblos subordinados, inferiores o menos
avanzados. No debemos olvidar que existió muy poca resistencia a esos imperios,
a pesar de que fueron muy frecuentemente establecidos y mantenidos en
condiciones adversas y hasta desventajosas. Los colonizadores no solo sufrieron
durísimas pruebas, sino que existía siempre la disparidad física, tremendamente
arriesgada, entre un pequeño número de europeos a gran distancia de su patria y
un número mucho mayor de nativos en su propio territorio. En la India, por
ejemplo, hacia 1930, «apenas unos 4.000 funcionarios británicos asistidos por
60.000 soldados y 90.000 civiles (en su mayoría, hombres de negocios y
clérigos) se habían establecido sobre un país de 300 millones de habitantes».[16] Apenas somos capaces de calibrar la
voluntad, la confianza y hasta la arrogancia necesarias para mantener tal
estado de cosas, pero, como veremos en fragmentos de Un pasaje a la
India y de Kim, estas actitudes eran tan importantes como
el número de personas del ejército o del funcionariado, o los millones de
libras que Inglaterra sacó de la India.
Porque la empresa
del imperio depende de la idea de tener un imperio,
como Conrad parece haber captado con tanta claridad. Y, dentro de una
cultura, toda clase de mecanismos han de funcionar para que esto suceda; luego,
a su vez, el imperialismo adquiere una suerte de coherencia, forma un conjunto
de experiencias y exhibe el talante de un dirigente que también gobierne dentro
de la cultura. Tal como lo ha formulado un sagaz estudioso moderno del
imperialismo:
El imperialismo moderno ha sido una acumulación de elementos, no todos
de igual peso, que podemos rastrear a lo largo de cada época de la historia.
Quizá debamos buscar sus causas últimas, como las de la guerra, no tanto en
necesidades materiales tangibles como en las incómodas tensiones de sociedades
distorsionadas por las divisiones de clase, con su reflejo en ideas
distorsionadas en la mente de los hombres.[17]
Una certera indicación de qué papel central ocupaba el reflejo y
elaboración de las tensiones, desigualdades e injusticias de sus patrias o
sociedades metropolitanas en la cultura imperial nos la da un distinguido
historiador del imperio, el conservador D. K. Fieldhouse: «La base de la
autoridad imperial residía en la actitud mental del colonizado. Su aceptación
de la subordinación —ya fuera a través del sentimiento positivo del interés
común con el estado padre, ya a través de su imposibilidad de concebir otra
alternativa— hizo que el imperio durara».[18] Aquí, Fieldhouse está hablando de los
colonizados blancos en las Américas, pero su idea va más allá: la permanencia
del imperio estaba sostenida por ambos lados, tanto del de los dirigentes como
del de los dirigidos a distancia, y a la vez, ambos poseían un juego de
interpretaciones de la historia común a su propia perspectiva, sentido de la
historia, emociones y tradiciones. Lo que un intelectual argelino recuerda hoy
del pasado colonial de su patria está rigurosamente relacionado con ciertos
acontecimientos, como los ataques militares franceses a las aldeas, la tortura
de los prisioneros durante la guerra de liberación o la alegría de la
independencia en 1962. Para su contraparte
francesa, que pudo haber sido partícipe de los asuntos argelinos o cuyas
familias pudieron haber vivido allí, hay en cambio el dolor de haber «perdido»
Argelia, una actitud más positiva hacia la misión colonizadora francesa —con
sus escuelas, sus ciudades bien planeadas y su vida placentera
— e incluso el
sentimiento de que los «agitadores» y los comunistas alteraron la relación
idílica entre «ellos» y «nosotros».
En gran medida, la era del gran imperialismo decimonónico ha terminado:
Francia y Gran Bretaña entregaron sus más espléndidas posesiones después de la
Segunda Guerra Mundial y las potencias menores también se han deshecho de lo
más extenso de sus dominios. No obstante, recordando de nuevo las palabras de
T. S. Eliot, a pesar de que esa era tuviese claramente rasgos de identidad
propios, el sentido del pasado imperial reside no solo en ella, sino que ha
penetrado la realidad de centenares de millones de personas: su existencia como
memoria compartida y como tejido altamente conflictivo de cultura, ideología y
política ejerce todavía una fuerza tremenda. Dice Frantz Fanon: «Podemos
rechazar de plano la situación a la cual nos quieren condenar los países occidentales.
Al retirar sus banderas y sus policías de nuestros territorios, el colonialismo
y el imperialismo todavía no han pagado sus cuentas. Durante siglos, los
capitalistas (extranjeros) se han comportado con el mundo subdesarrollado como
criminales».[19] Debemos sopesar la nostalgia por el
imperio, y también la ira y el resentimiento que provocan en aquellos que
estuvieron sometidos y, al mismo tiempo, tratar de considerar con cuidado e
íntegramente la cultura que alimentó el sentimiento, la razón y, sobre todo, la
imaginación del imperio.
Creo que existe una fractura preocupante en nuestra conciencia crítica
actual que nos permite pasar mucho tiempo elaborando las teorías estéticas de
Carlyle o de Ruskin, por ejemplo, sin prestar atención al prestigio que sus
ideas ofrecieron simultáneamente al sometimiento de pueblos inferiores y
territorios coloniales. Para tomar otro ejemplo, erraremos en la
comprensión tanto de la importancia de la cultura como de su resonancia en el
imperio, entonces y ahora, a menos que podamos comprender de qué modo la gran
novela realista europea cumplió uno de sus principales propósitos: el casi
imperceptible reforzamiento del consenso de sus sociedades en torno a la
expansión de ultramar, un consenso en el cual, en palabras de J. A. Hobson,
«las fuerzas egoístas que dirigen el imperio deben utilizar los colores
protectores de los movimientos desinteresados»,[20] tales como la filantropía, la
religión, la ciencia y el arte.
No se trata, al hacerlo, de arrojar epítetos críticos sobre el arte
europeo o, en general, de condenar universalmente el arte y la cultura
occidentales. De ninguna manera. Lo que quiero es examinar de qué manera los
procesos del imperialismo se producen más allá de las leyes económicas y las
decisiones políticas. Y cómo se manifiestan —por predisposición, por la
autoridad emanada de formaciones culturales reconocibles y por su continua
consolidación dentro de la educación, la literatura y las artes visuales y
musicales— en otro plano muy significativo, el de la cultura nacional, que
hemos tendido a purificar al considerarlo reducto de monumentos intelectuales
inmutables exentos de contubernios mundanos. En este punto, William Blake es
explícito: «Los fundamentos del imperio», afirma en sus notas a los Discourses de
Reynolds, «son el Arte y la Ciencia. Si los eliminamos o los degradamos, el
imperio desaparece. El imperio sigue al arte, y no viceversa, como los ingleses
suponen».[21]
¿Cuál es, entonces, la conexión entre la realización de los fines
nacionales imperiales y la cultura nacional en general? El discurso intelectual
y académico reciente ha tendido a separarlos y dividirlos: muchos de los
académicos son especialistas, por lo cual la destreza de la que está dotado el
experto se vuelca sobre temas con grandes dosis de autonomía: la novela
victoriana industrial, la política colonial francesa en el norte de
África y cosas por el estilo. La tendencia a subdividirse y proliferar en
diversos campos y especializaciones es, como vengo sosteniendo desde hace
tiempo, contraria a la comprensión del conjunto, donde debemos discutir el
carácter, la interpretación y las tendencias de la experiencia de la cultura.
Perder de vista o dejar de lado el contexto nacional e internacional de las
representaciones dickensianas de los hombres de negocios victorianos y
centrarse únicamente en la coherencia interna de sus papeles en las novelas
supone no captar una de las conexiones esenciales entre sus obras de ficción y
su mundo histórico. Al centrarnos en esta relación, no reducimos o disminuimos
el valor de las novelas como obras de arte; al contrario, a causa de su mundanidad,
a causa de sus complejas vinculaciones con su contexto real, se vuelven más
interesantes y más valiosas.
Al principio de Dombey e hijo, Dickens quiere subrayar la
importancia que tiene para el señor Dombey el nacimiento de su hijo:
La tierra había sido creada para que Dombey y su hijo comerciaran, y el
sol y la luna, para darles luz. Los ríos y los mares se formaron para que sus
barcos flotaran; los arcoíris les prometían bonanza; los vientos soplaban a
favor o en contra de sus empresas; las estrellas y los planetas giraban en sus
órbitas para preservar, inviolado, un sistema del cual ellos eran el centro.
Las abreviaturas habituales adquirían un nuevo significado a sus ojos y solo a
ellos se referían: «A. D.» no tenía nada que ver con anno Domini,
sino que quería decir anno Dombey... (e hijo).[22]
El pasaje cumple claramente su función como descripción del narcisismo
desdeñoso y la presuntuosa arrogancia de Dombey, de su actitud coercitiva
respecto a su hijo recién nacido. Pero también podemos preguntarnos cómo podía Dombey
pensar que el universo y el tiempo en su totalidad eran suyos para
comerciar. Podemos ver este pasaje, que no es en modo alguno central dentro de
la novela, también como rasgo de conciencia propio de un novelista británico
hacia 1840. Como dijera Raymond Williams, ese fue «el periodo
decisivo en el cual la conciencia de una nueva fase de la civilización
fue modelada y expresada». Pero si es así, ¿por qué describe el mismo Williams
esta «era desafiante, transformadora y liberadora»[23] sin referencia a
la India, África, Oriente Próximo y Asia, puesto que fue allí donde la vida
británica se expandió y se llevó a cabo, como Dickens indica soterradamente?
Williams es un gran crítico, del cual he aprendido mucho y cuya obra
admiro, pero considero limitadora su convicción de que la literatura inglesa
trata sobre todo de Inglaterra, idea central en su producción y en la de la
mayoría de los estudiosos y críticos. Más aun, a pesar de que Williams no lo
haga, los eruditos que escriben sobre la novela tratan casi exclusivamente de
los textos mismos. Esos hábitos parecen gobernados por una poderosa aunque
imprecisa noción de que las obras de arte son autónomas, mientras que, como
trato de demostrar a lo largo de este libro, la literatura emite constantes
referencias a sí misma como participante en la expansión ultramarina de Europa
y, por tanto, como parte de la creación de lo que el mismo Williams llama
«estructuras de sentimiento», que soportan, elaboran y consolidan la práctica
imperial. Es verdad que Dombey no es Dickens ni representa el conjunto de la
literatura inglesa, pero el modo en que Dickens expresa el egoísmo de Dombey
evoca, se burla y, por último, depende de los auténticos, verdaderos discursos
del libre comercio imperialista, del ethos británico mercantil
y de su convicción respecto a las oportunidades ilimitadas para el progreso
comercial en el extranjero. No debemos separar estos aspectos de nuestra
comprensión de la novela decimonónica, de la misma manera que no separaremos la
literatura de la historia y de la sociedad. Creo que la supuesta autonomía de
las obras de arte forma una suerte de separación que supone una absurda
limitación, ya que, claramente, las obras mismas no la imponen. Sin embargo, me
he abstenido a propósito de adelantar una teoría completamente acabada de la
conexión entre literatura y cultura, por un lado,
e imperialismo, por el otro. Al revés, espero que las conexiones surjan
de lugares específicos en los diversos textos y que el marco que los rodea —el
imperio— establezca los vínculos, los desarrolle, elabore, extienda o critique.
Ni la cultura ni el imperialismo están inertes, y así las conexiones entre
ellos cuanto experiencias históricas son dinámicas y complejas. Mi principal
cometido no es separar, sino vincular, lo cual, sobre todo, me interesa por una
razón: metodológica y filosóficamente, las formas de la cultura son híbridas,
mezcladas e impuras, y ha llegado el momento, para el estudio de la cultura, de
volver a ligar sus análisis con sus realidades.
2
Imágenes del pasado, puras e impuras
Mientras se acerca el final del siglo XX, se va configurando una creciente conciencia, en casi todos los
ámbitos, de las relaciones entre culturas, de las divisiones y
diferencias que no solo nos permitan diferenciar una cultura de otra, sino que
nos hagan captar la medida en que las culturas son estructuras —humanamente
producidas— de autoridad y participación a la vez, benevolentes respecto a lo
que incluyen, incorporan y valoran y menos benevolentes respecto a lo que
excluyen y desdeñan.
Creo que existe, en todas las culturas que se definen nacionalmente, una
aspiración a la soberanía, a la absorción, a la dominación. En este aspecto
coinciden la cultura francesa, la británica, la india o la japonesa. Al mismo
tiempo, paradójicamente, nunca hemos sido tan conscientes de cuán extrañamente
híbridas son las experiencias históricas y culturales, de cuánto tienen en
común las numerosas y muchas veces contradictorias experiencias y campos, de
cómo cruzan las fronteras nacionales desafiando la acción policial del
dogma puro y del grosero patriotismo. Lejos de constituir entes unitarios,
autónomos o monolíticos, las culturas, en realidad, adoptan más elementos
«foráneos», más alteridades o diferencias de las que conscientemente excluyen.
¿Quién, en la India o en Argelia, puede separar
con solvencia los componentes británicos o franceses pretéritos de la
realidad presente, o quién, en Inglaterra o Francia, puede trazar un círculo
alrededor del Londres inglés o del París francés que excluya el efecto de la
India o de Argelia sobre esas dos ciudades imperiales?
No son estas preguntas nostálgicamente académicas o teóricas: según
veremos tras uno o dos breves excursos, conllevan importantes consecuencias
sociales y políticas. Tanto Londres como París tienen gran cantidad de
inmigrantes provenientes de las antiguas colonias. Estas poblaciones conservan
en su vida cotidiana amplios vestigios de las culturas británica y francesa.
Eso es evidente. Consideremos, como ejemplo más complejo, las bien conocidas
cuestiones de la imagen de la Antigüedad clásica o de la tradición como
determinantes de la identidad nacional. Los estudios Black Athena,
de Martin Bernal, o The Invention of Tradition, de Eric Hobsbawm y Terence
Ranger, han enfatizado la extraordinaria influencia de las preocupaciones y
puntos de conflicto actuales en las imágenes puras (y hasta purgadas) que nos
construimos de un pasado privilegiado, genealógicamente útil, un pasado del que
excluimos elementos, relatos o vestigios incómodos. Así, según Bernal, aunque
se sabe que la civilización griega hunde sus raíces en varias culturas del sur
y del este, semíticas y egipcias, durante el curso del siglo XIX fue calificada como «aria», al tiempo que sus raíces semíticas o
africanas eran metódicamente purgadas y ocultadas. A pesar de que los
escritores griegos reconocieron abiertamente el pasado híbrido de su cultura,
los filólogos europeos adquirieron el hábito ideológico de pasar de largo sobre
esos embarazosos pasajes sin comentarios, en interés de la pureza ática.
[1] (Debemos recordar
que solo a partir del siglo XIX los historiadores europeos de
las cruzadas empezaron a no aludir a la práctica del
canibalismo entre los caballeros franceses, a pesar de que las crónicas
contemporáneas de las cruzadas mencionan la ingesta de carne humana sin ninguna
vergüenza).
No menos que la imagen de Grecia, todos los emblemas de la autoridad
europea fueron moldeados y reforzados durante el siglo XIX. ¿Y dónde podía tener lugar esto
sino en la fabricación de rituales, ceremonias y tradiciones? Esa es la idea
que sostienen Hobsbawm, Ranger y otros colaboradores de The Invention
of Tradition. En la era en que los antiguos nexos y organizaciones que
sostenían las sociedades premodernas habían empezado a desestructurarse por
dentro, cuando a la vez aumentaban las presiones sociales derivadas de la
administración de numerosos territorios de ultramar y del crecimiento de las
circunscripciones domésticas, las élites dirigentes europeas vieron claramente
la necesidad de proyectar su poder hacia atrás en el tiempo, otorgándole esa
historia y esa legitimidad que solo tradición y longevidad pueden dispensar.
Así, en 1876, la reina Victoria fue proclamada emperatriz de la India, y su
virrey, lord Robert BulwerLytton, enviado de visita, fue recibido y agasajado
en ceremonias y fastos «tradicionales» a lo largo del país y también en la gran
Asamblea Imperial de Nueva Delhi, como si el gobierno de la reina no se
asentara sobre todo en el poder inglés y en su afirmación unilateral, sino en
una costumbre nativa ancestral.[2]
Del lado opuesto, los «nativos» insurgentes han pergeñado similares
construcciones acerca de su pasado precolonial, como en el caso de Argelia
durante su guerra de independencia (entre 1954 y 1962), cuando la
descolonización impulsó a argelinos y musulmanes a crear imágenes de lo que
supuestamente ellos habían sido antes de la colonización francesa. Tal
estrategia forma parte de los mecanismos que muchos poetas y gentes de letras
ponen en marcha durante las luchas de independencia o liberación en cualquier sector
del mundo colonial. Quiero subrayar el poder movilizador de las imágenes y
tradiciones así construidas, así como su cualidad fantástica, sino ficticia, y,
al menos románticamente coloreada. Baste pensar en lo que hizo William B. Yeats
por el pasado irlandés, con sus Cuchulains y sus
grandes dinastías, que ofrecieron a la lucha nacionalista algo que
admirar y que resucitar. En los estados postcoloniales, los riesgos de esencias
tales como el espíritu celta, la négritude, o el islam son claros:
tienen que ver no únicamente con los manipuladores nativos, que los utilizan
para enmascarar sus defectos actuales, sino con los contextos imperiales a los
que atacaron, de los cuales surgieron y dentro de los cuales se los consideraba
necesarios.
A pesar de que la mayor parte de las colonias ha ganado su
independencia, muchas de las actitudes imperialistas subyacentes a la conquista
colonial continúan vigentes. En 1910, Jules Harmand, un defensor del
colonialismo, afirmó:
Es necesario, entonces, adoptar como principio y punto de partida el
hecho de que existe una jerarquía de razas y de civilizaciones y de que
nosotros pertenecemos a la raza y la civilización superiores, aun reconociendo
que, al mismo tiempo que la superioridad confiere derechos, impone también
estrictas obligaciones. La legitimación básica de la conquista de los pueblos
nativos es la convicción de nuestra superioridad, no solo mecánica, económica y
militar, sino moral. Nuestra dignidad descansa en esa cualidad y subyace a
nuestro derecho a dirigir el resto de la humanidad. El poder material es
únicamente un medio para ese fin.[3]
Como precursora de la polémica actual acerca de la superioridad de la
civilización occidental sobre las otras, según la exaltan filósofos
conservadores como Allan Bloom, y de la esencial inferioridad (y amenaza) de
los no occidentales, según la proclaman los denostadores de Japón, los
orientalistas ideológicos y los críticos de la regresión «nativa» en África y
en Asia, la declaración de Harmand posee una sorprendente clarividencia.
Por lo tanto, más importante que el pasado en sí, es el peso que este
ejerce sobre actitudes culturales actuales. Por razones debidas en parte a la
experiencia imperial, las viejas divisiones entre colonizador y colonizado han
resurgido en lo que habitualmente conocemos como relaciones Norte-Sur, lo cual
supone varias especies distintas de combate ideológico y retórico,
actitudes defensivas y esa hostilidad siempre a punto de estallar que
alimenta guerras devastadoras, como ya ha sucedido. ¿Existirán maneras de
reconsiderar la experiencia imperial en términos no compartimentados, de modo
que transformen nuestra idea del pasado y del presente y también nuestra
actitud respecto al futuro?
Debemos empezar por describir las formas más corrientes en que la gente
se enfrenta con el legado variopinto y polifacético del imperialismo; no solo
aquellos que hayan abandonado las colonias, sino también quienes estaban allí
antes y allí se quedaron: los nativos. Muchas personas en Inglaterra sienten
probablemente cierto remordimiento o vergüenza por la experiencia india de
su país, pero otros muchos añoran aquellos buenos días del pasado, aun
cuando los valores de entonces, la razón que perseguían y sus propias actitudes
frente al nacionalismo de los nativos constituyen aún delicados problemas sin
resolver. Precisamente esto es lo que está en juego cuando hay conflictos
raciales. Por ejemplo, durante la crisis abierta por la publicación de Los
versos satánicos de Salman Rushdie y la subsiguiente fetua exigiendo
la muerte del escritor por parte del ayatolá Jomeini.
Al mismo tiempo, en el Tercer Mundo, los debates acerca de la ideología
imperialista y las prácticas coloniales que los sustentan son extremadamente
vivos y diversos. Numerosos grupos creen que la amargura y humillación de la
experiencia que prácticamente los esclavizó produjo no obstante beneficios
—ideas liberales, conciencia nacional y bienes técnicos— que con el tiempo han
contribuido a hacer menos desagradable la visión del imperialismo. Otros, en
esta era poscolonial, utilizan el imperialismo para reflexionar allí,
retrospectivamente, sobre las mejores maneras de entender los conflictos de los
estados hoy independientes. De la autenticidad de los problemas de democracia,
desarrollo y destino dan testimonio las persecuciones de intelectuales que
desarrollan su pensamiento y actividades de manera tan
pública como valerosa. Eqbal Ahmad y Faiz Ahmad Faiz en Pakistán, Ngugi
wa Thiongo en Kenia, o Abd al-Raman el Munif en el mundo árabe son algunos de
los grandes pensadores y artistas cuyos sufrimientos no han debilitado la
intransigencia de sus posiciones o inhibido la severidad de sus castigos.
Tanto Munif como Ngugi o Faiz, o cualquier otro en su caso, se han
mostrado incansables en su rechazo al colonialismo implantado o al imperialismo
que le dio continuidad. Irónicamente, apenas se les hizo caso, ya en Occidente,
ya por parte de las autoridades de sus propios países. Por un lado, los
intelectuales occidentales tendían a considerarlos Jeremías retrospectivos que
denunciaban los males del colonialismo pretérito; por otro, sus gobiernos los
trataban, en Arabia Saudí, Kenia o Pakistán, como agentes de potencias
extranjeras merecedores de prisión o exilio. La tragedia de su experiencia, y
de muchas experiencias poscoloniales, emana de la imposibilidad de enfrentarse
con relaciones que se recuerdan de diferentes maneras, polarizadas y
radicalmente desiguales. Los ámbitos, las circunscripciones, los puntos de
intensidad y las urgencias de los mundos metropolitanos y excolonizados tienden
a superponerse solo parcialmente. Además, esa pequeña zona percibida como común
únicamente les brinda lo que podríamos llamar una retórica de la culpa.
Quiero considerar, en primer lugar, la realidad de los terrenos
intelectuales que ambos comparten y en los que discrepan en el discurso público
posimperialista, concentrándome especialmente en lo que, dentro de ese
discurso, hace surgir y alimenta la retórica y la política de la culpa. Luego,
con perspectivas y métodos de lo que podríamos considerar como literatura
comparada del imperialismo, estudiaré los modos en que la revisión o
reconsideración de una actitud intelectual posimperialista sea capaz de contribuir
al ensanchamiento de ese sector común superpuesto entre las
sociedades antes colonizadas y los centros metropolitanos. Mediante el
análisis en contrapunto de las diferentes experiencias, desplegando el
escenario de lo que he llamado historias entrelazadas y superpuestas, intentaré
formular una alternativa tanto a la política de la culpa como a la aún más
destructiva política del enfrentamiento y la hostilidad. Puede que así surja un
tipo más interesante de interpretación secular, también más enriquecedora que
la mera denuncia del pasado, que el lamento por su final o que la tajante
beligerancia —todavía más cruel, porque su violencia corre pareja a su
facilidad y atractivo— que lleva a las grandes crisis entre Occidente y las
culturas no occidentales. El mundo es demasiado pequeño e interdependiente como
para permitir que esto suceda sin reaccionar.
3
Dos visiones en El corazón de las tinieblas
La dominación y las desigualdades de riqueza y poder son hechos
permanentes de las sociedades humanas. Pero en el escenario global de la
actualidad, estos hechos son también interpretables por lo que tienen que ver
con el imperialismo, sus nuevas formas y su nueva historia. Las naciones
contemporáneas de Asia, América Latina y África, hoy políticamente
independientes, son todavía de muchas maneras tan dependientes y están tan
dominadas como cuando eran directamente gobernadas por los poderes europeos. Por
un lado, hay críticos, como V. S. Naipaul, que se sienten obligados a proclamar
que esto es consecuencia de heridas autoinfligidas: ellos (todo
el mundo sabe que «ellos» son los negros, los de color, los wogs) tienen
la culpa de ser quienes son, y es absurdo esgrimir otra vez la
excusa del legado del imperialismo. Por otro lado, es cierto que culpar
drásticamente a los europeos de las desventuras del presente no supone ninguna
alternativa. Lo que necesitamos es considerar estos problemas como una red de
historias interdependientes: sería torpe e insensato reprimirlas, y, en cambio,
es útil e interesante comprenderlas.
El asunto aquí en juego no es complicado. Si desde los sillones de
Oxford, París o Nueva York se les dice a los árabes o a los africanos que
pertenecen a
una cultura fundamentalmente enferma o incapaz de regeneración, será
imposible convencerlos. Aun cuando se los domine, no estarán dispuestos a
admitir la esencial superioridad occidental o el derecho de otros a
sojuzgarlos, a pesar de la riqueza y el poder superiores. Los efectos de esta
reticencia se manifiestan a lo largo de esas colonias de las que se echó a los
señores blancos una vez todopoderosos. A la vez, los nativos triunfantes muy
pronto descubrieron que necesitaban a Occidente y que la idea de la
independencia total era una ficción nacionalista proyectada
sobre todo por lo que Fanon denominó «burguesía nacionalista», que a la vez se
hizo con los nuevos países y los ha gobernado mediante tiranías rapaces y
explotadoras que recuerdan a las de los señores ausentes.
Así, a finales del siglo XX, el ciclo imperial del siglo anterior de alguna manera se reproduce a
sí mismo, a pesar de que hoy no existen en realidad grandes espacios vacíos, ni
fronteras en expansión, ni nuevos y emocionantes asentamientos que proyectar.
Vivimos en un medioambiente planetario con enorme número de presiones
ecológicas, económicas, sociales y políticas que operan sobre su
funcionamiento, apenas percibido, esencialmente incomprendido y aún sin
interpretar. Cualquiera que posea una vaga conciencia de tal unidad se sentirá
alarmado ante la contumacia de los intereses egoístas y estrechos —patriotismo,
chovinismo, odios raciales, religiosos y étnicos— que pueden de hecho llevarnos
a la destrucción masiva. Sencillamente, el mundo no puede permitirse esto de
nuevo.
No podemos fingir que disponemos ya de modelos para un orden mundial
armonioso, y sería igualmente torpe suponer que las ideas de paz y comunidad
gocen de muchas oportunidades de crecimiento mientras las potencias actúen
guiadas por la percepción agresiva de «intereses nacionales vitales» o
soberanías ilimitadas. El enfrentamiento de Estados Unidos con Irak y el ataque
de este a Kuwait a causa del petróleo son ejemplos evidentes.
Lo sorprendente es que la difusión de esquemas de pensamiento y acción
tan provincianos sigue prevaleciendo en las escuelas, jamás son puestos en
discusión, se los acepta sin críticas en la educación y, generación tras
generación, se repiten recurrentemente. Se nos enseña a venerar nuestras
naciones y a admirar nuestras tradiciones, a lograr nuestras metas con
violencia y sin tener en cuenta a otras sociedades. Un tribalismo nuevo y, en
mi opinión, deplorable fractura sociedades, separa pueblos, promueve conflictos
mezquinos y sangrientos y se sustenta en afirmaciones de minorías étnicas o
particularidades grupales muy poco estimulantes. Dedicamos demasiado poco
tiempo «a aprender de otras culturas» —la frase posee una vaguedad inane— y
mucho menos aún a estudiar el mapa de interacciones, el tráfico real, cotidiano
y productivo casi minuto a minuto entre los estados, las sociedades, los grupos
y las identidades.
Nadie puede abarcar este mapa completo; por eso debemos considerar la
geografía del imperio y la caleidoscópica cualidad de la experiencia imperial
que ha creado su textura básica en términos de unas cuantas configuraciones
predominantes. Para apreciar en parte lo que esto significa, propongo
considerar un juego específico de ricos documentos culturales en los cuales la
interacción entre Europa y Norteamérica, por un lado, y el mundo sometido al
imperio, por otra, están animadas, informadas, explicitadas como experiencia
para los dos protagonistas del encuentro. Pero antes de entrar en esto,
histórica y sistemáticamente, servirá de útil preparación considerar lo que aún
queda de imperialismo en la discusión cultural reciente. Ello constituye el
residuo de una historia tan densa como interesante, paradójicamente mundial y
local a la vez, que es también síntoma de cómo continúa vivo el pasado
imperialista, cómo suscita discusiones y réplicas con sorprendente intensidad.
Puesto que son contemporáneas y de fácil acceso, estas huellas del pasado nos
enseñan en el presente la manera de estudiar las
historias —aquí el plural es intencionado— creadas por el imperio, no
solo las historias de los hombres y las mujeres blancos, sino también las de
los no blancos cuyas tierras y cuya misma esencia se encontraban en cuestión,
aunque sus reclamos fuesen desoídos o despreciados.
Un debate significativo acerca del residuo del imperialismo —el problema
de cómo aparecen los «nativos» en los medios de comunicación occidentales
— ilustra la persistencia de la interconexión y la superposición no solo
en el contenido del debate, sino también en sus formas; no solo en lo que se
dice, sino también en cómo, por quién y para quién se dice. Vale la pena
analizar este aspecto, aun cuando requiera una autodisciplina no fácil de
conseguir, ya que las estrategias con que se enfrenta son tentadoras, fáciles y
se encuentran bien desarrolladas. En 1984, tiempo antes de la publicación
de Los versos satánicos, Salman Rushdie analizó la profusión de
películas o artículos sobre la dominación británica de la India,
incluyendo series televisivas como La joya de la corona, o
versiones de novelas, como la película de David Lean sobre la obra
de E. M. Forster Pasaje a la India. Rushdie señalaba que la
nostalgia activada en estas emocionadas reconstrucciones del dominio inglés en
la India coincidía con la guerra de las Malvinas y que «el aumento del
revisionismo del dominio imperial inglés en la India, ejemplificado por el
notable éxito de tales relatos, es la contrapartida artística del crecimiento
de ideologías conservadoras en la Inglaterra moderna». Muchos se lanzaron al
ataque de lo que calificaron de exhibicionismo recriminatorio y autoflagelación
pública de Rushdie y parecieron así dejar de lado su principal afirmación.
Rushdie intentaba exponer una perspectiva más amplia, que presumiblemente había
atraído también a otros intelectuales, para quienes ya no tiene vigencia la
conocida descripción de George Orwell sobre el lugar que ocupa el intelectual en
la sociedad, a caballo entre dentro y fuera del cuerpo de la ballena. En
términos de Rushdie, la realidad actual puede, en
efecto, «carecer de ballenas; este mundo sin rincones tranquilos (en el
que) no existen huidas fáciles de la historia, del ruido, del terrible,
desasosegante lío».[1] Pero nadie se paró a discutir el
punto principal del discurso de Rushdie. En cambio, se especuló sobre todo
acerca de si el Tercer Mundo no había entrado en decadencia tras la
emancipación, si no era mejor escuchar a esos intelectuales del Tercer Mundo —escasos,
debo añadir; por suerte, extremadamente escasos— que abiertamente atribuyen la
mayor parte de su actual barbarie, degradación y sus dictaduras a sus propias
historias nativas, historias ya deplorables antes del colonialismo y que
volvieron a ese punto tras su caída. Por lo tanto, prosiguen estos pensadores,
mejor un duro y honesto V. S. Naipaul que un absurdamente posturista Rushdie.
Podríamos llegar a la conclusión, ante las emociones suscitadas por el
propio caso Rushdie, en ese momento y después, de que muchas personas en
Occidente sienten que ha llegado el momento de decir basta. Vietnam e Irán son
emblemas empleados para evocar tanto los traumas de la política interior
norteamericana —las insurrecciones estudiantiles de los años sesenta; la
angustia del público en torno a la crisis de los rehenes en los setenta— como
el conflicto internacional y la «pérdida» de Vietnam y de Irán a manos del
nacionalismo radical. Y después de Vietnam y de Irán, se dice, hay ciertas
cosas que deben ser defendidas. La democracia occidental había sufrido un
vapuleo y, a pesar de que los daños físicos hubiesen tenido lugar en el
extranjero, surgió entonces un sentimiento, según lo formuló con gran
incomodidad Jimmy Carter, de «destrucción mutua». A la vez, este sentimiento
llevó a los occidentales a pensar de nuevo todo el proceso de descolonización.
¿Acaso no era verdad, discurrió la nueva postura, que «nosotros» «les» dimos
modernización y progreso? ¿Acaso no les dimos orden y cierta clase de
estabilidad que desde entonces ellos no han sido capaces de conseguir por sí
mismos? ¿Acaso no fue un atroz exceso de
confianza creer en su capacidad para la independencia, puesto que llevó
al poder a los Bokassa y a los Idi Amin, cuyos correlatos intelectuales eran
gentes como el propio Rushdie? ¿No deberíamos haber conservado las colonias,
controlando las razas sometidas o inferiores y manteniéndonos fieles a nuestras
responsabilidades civilizadoras?
Sé que esta pintura no es exactamente fiel, sino una especie de
caricatura. Sin embargo, guarda una incómoda semejanza con lo que afirman
muchas de las personas que hablan en nombre de Occidente. Hay demasiada
convicción en la creencia en un «Occidente» monolítico, la misma que hallamos
en la descripción del entero mundo colonial mediante el recurso de pasar de una
generalización a otra. Estos saltos a generalizaciones y esencialismos están
acompañados por la invocación de una historia imaginaria de las magnanimidades
y generosidades de Occidente, seguidos siempre de una reprensible secuencia de
desagradecidos golpes en su mano grandiosamente dadivosa. «¿Por qué no nos
aprecian, después de todo lo que hemos hecho por ellos?»[2]
¡Con qué facilidad se comprime todo ello en la simple fórmula de esa
supuesta magnanimidad mal apreciada! Pueblos enteros, despreciados y olvidados,
resultan así ultrajados; pueblos que durante siglos soportaron justicia
sumaria, una interminable opresión económica, la distorsión de sus vidas
íntimas y sociales y una recurrente obediencia directamente en función de la
inmutable superioridad europea. Baste recordar los millones de africanos
sacrificados al tráfico de esclavos para darse cuenta del inimaginable coste
del mantenimiento de tal superioridad. Sin embargo, con más asiduidad aún,
dejamos de lado el infinito número de huellas visibles en la violenta e
inmensamente detallada historia de la intervención colonial — minuto a minuto,
hora tras hora— en la vida de individuos y colectividades a ambos lados de la
divisoria colonial.
Lo notable en esta clase de discurso contemporáneo, que acepta la
primacía y hasta la completa centralidad de Occidente, es cuán totalizadora es
su forma, cuán envolventes sus actitudes y gestos, cuánto deja fuera aun cuando
incluya, comprima y consolide. De repente nos encontramos retrocediendo en el
tiempo hacia finales del siglo XIX.
Semejante actitud imperial se encuentra bellamente recogida, según creo,
en la complicada y rica forma narrativa de la gran nouvelle de
Conrad El corazón de las tinieblas, escrita entre 1898 y 1899. Por
un lado el narrador, Marlow, admite la predestinación trágica de
todo discurso: es «imposible dar cuenta del sentimiento de la vida en cada
época de la propia existencia, eso que la hace verdadera, lo que le da sentido,
su sutil y penetrante perfume...
Vivimos como soñamos: solos».[3] Pero aun así se las arregla para
concentrar el enorme poder de la experiencia africana de Kurtz a través del
control del relato de su viaje por el interior africano hacia él. A su vez,
este relato se conecta directamente con la fuerza redentora y al mismo tiempo
horrorosamente devastadora de la misión europea en el continente negro. Todo
aquello que se pierde, que es eludido o sencillamente maquillado en el recitado
inmensamente convincente de Marlow encuentra su compensación en el ímpetu
puramente histórico, en el progreso del movimiento temporal, con sus
digresiones, sus descripciones, sus inquietantes encuentros y demás efectos.
Dentro del relato de cómo viaja hacia la Estación Interior de Kurtz, de la que
ha llegado a ser origen y autoridad, Marlow se mueve materialmente hacia atrás
y hacia adelante en pequeñas y grandes espirales, similares en su movimiento a
los episodios a lo largo del trayecto río arriba, hacia lo que él llama «el
corazón de África».
Así, el encuentro de Marlow con el improbable funcionario de traje
blanco en medio de la jungla permite a Conrad el ejercicio de cuantiosos
párrafos digresivos, y lo mismo sucede durante el encuentro posterior con el
semidemente ruso con aspecto de arlequín que se muestra tan impresionado
por los regalos de Kurtz. Sin embargo, bajo la falta de convicción de Marlow,
bajo sus evasivas, bajo el arabesco de las cavilaciones acerca de sus propios
pensamientos e ideas subyace el imparable curso del viaje en sí mismo que, a
pesar de los muchos obstáculos, transcurre a través de la jungla, del tiempo,
de las privaciones, hasta el auténtico corazón de todo, el imperio de tráfico
de marfil de Kurtz. Conrad quiere mostrarnos cómo la gran aventura económica de
Kurtz, o el viaje de Marlow río arriba, o el relato mismo, tienen un asunto en
común: el de los europeos capaces de realizar actos de voluntad y de dominio
imperial en (o acerca de) África.
Lo que hace a Conrad tan diferente de los otros escritores coloniales
contemporáneos suyos es que era extremadamente consciente de lo que hacía, por
causas en parte debidas al mismo colonialismo que lo había convertido a él, un
expatriado polaco, en empleado del sistema imperial. Por lo tanto, como muchos
de sus relatos, El corazón de las tinieblas no constituye tan
solo el repertorio directo de las aventuras de Marlow. Es también una
dramatización del mismo Marlow, antiguo vagabundo de las regiones coloniales,
que cuenta su historia a un grupo de oyentes británicos en un tiempo particular
y un espacio específico. Que ese grupo de gente provenga del mundo empresarial
es la manera conradiana de enfatizar el hecho de que durante la década de 1890
el negocio del imperio, antes una empresa individualista y de aventureros, se
había convertido en el imperio del negocio. Hemos de subrayar que, por la misma
época, Halford Mackinder, explorador, geógrafo y liberal imperialista, ofreció
una serie de conferencias sobre el imperialismo en el London Institute of
Bankers[4] (quizá Conrad lo supiese). A pesar de
que la intensidad casi opresiva del relato de Marlow nos deja la sensación muy
aguda de que no hay manera de escapar a la fuerza histórica soberana del
imperialismo, que posee el poder de un sistema capaz
de hablar por todos y por todo dentro de sus dominios, Conrad nos
muestra también que lo que Marlow hace es contingente, impulsado por una serie
de oyentes británicos de mentalidad semejante a la suya y limitados a esa
situación.
Pues ni Conrad ni Marlow nos ofrecen una visión completa de lo que se
encuentra fuera de las actitudes de los conquistadores del
mundo encarnadas por Kurtz, Marlow, el círculo de oyentes en la cubierta
del Nellie y el propio Conrad. Quiero decir que El
corazón de las tinieblas es una obra tan persuasiva precisamente
porque tanto su política como su estética son, por así decirlo, imperialistas,
lo cual, en los últimos años del siglo XIX, parecían constituir a la vez una estética, una política y hasta una
epistemología inevitables e insoslayables. Si de veras no podemos entender la
experiencia de otro y dependemos por lo tanto de la autoridad asertiva del tipo
de poder que Kurtz detenta como hombre blanco en la jungla, o que Marlow, otro
blanco, ejerce como narrador, es inútil buscar alternativas distintas, no
imperialistas. El sistema las ha eliminado del todo y las ha hecho impensables.
La circularidad, la perfecta conclusión de todo el círculo es insuperable no solo
estética, sino mentalmente. Conrad es tan consciente de cómo situar el relato
de Marlow en el curso narrativo, que nos permite simultáneamente comprender que
el imperialismo, lejos de absorber su propia historia, estaba vivo en ese
instante y a su vez circunscrito por una historia más grande, fuera del
estrecho y restringido círculo de europeos de la cubierta del Nellie. No
obstante, nadie parecía habitar entonces esa región más amplia, y el mismo
Conrad la deja vacía.
Conrad nunca hubiese podido utilizar a Marlow para presentar otra cosa
distinta que un punto de vista imperialista, dado lo que podían efectivamente
ver del mundo no europeo de su tiempo tanto Conrad como Marlow. La
independencia era cosa de blancos y europeos. A los pueblos inferiores o
sometidos se los gobernaba; la ciencia, el conocimiento y la historia
venían de Occidente. Aunque Conrad nos recuerde escrupulosamente las
desgraciadas diferencias emanadas de las actitudes coloniales diversas de
belgas e ingleses, él solo era capaz de imaginar un mundo ajustado a una u otra
esfera del dominio occidental. Pero porque Conrad también poseía un sentido
residual extraordinariamente persistente de su propia marginalidad de exiliado,
con mucho cuidado (algunos dirían que con el cuidado de un demente) otorga al
relato de Marlow la provisionalidad característica de su situación en el límite
exacto entre uno y otro mundos, neutro pero diferente. Ciertamente, Conrad no
era un gran imperialista como Cecil Rhodes o Frederick Lugard, a pesar de que
fuese capaz de entenderlos perfectamente, de comprender, en palabras de Hannah
Arendt, cómo para entrar en «el torbellino de un interminable proceso de
expansión, debía, de alguna forma, cesar en lo que era para obedecer las leyes
del proceso, identificándose con las fuerzas anónimas que se suponía que debía
servir para que el proceso siguiera en movimiento, pensando en sí mismo como
mera función y eventualmente considerando esa función, esa encarnación de una
línea dinámica, como su posible y más alto logro».[5] La conclusión de Conrad es que si el
imperialismo, como el relato, ha monopolizado el sistema completo de
representación —lo cual, en el caso de El corazón de las tinieblas,
le permite ser el portavoz de los africanos, el de Kurtz y el de los otros
aventureros, incluyendo a Marlow y a su audiencia— su conciencia de outsider lo
faculta, al contrario, para comprender de modo activo cómo funciona
la máquina, dado que la sincronía o correspondencia entre él y la máquina no es
del todo perfecta. Al no llegar a ser jamás un inglés completamente integrado y
del todo aculturado, Conrad pudo preservar una distancia irónica en cada una de
sus obras.
La forma narrativa
de Conrad hace posible extraer así dos posibles
posiciones, dos visiones opuestas del mundo poscolonial que sucedió al
suyo. La primera supone que la vieja empresa imperial dominaba el espacio de
modo tal que podía desplegarse convencionalmente para dar cuenta del mundo tal
como el imperialismo europeo u occidental lo vieron, y que pudo consolidarse
tras la Segunda Guerra Mundial. Los occidentales pueden haber abandonado
físicamente sus colonias en África y Asia, pero las han conservado no solo como
mercados, sino como puntos de un mapa ideológico sobre el cual siguen
gobernando moral e intelectualmente. Como lo formulara recientemente un
intelectual norteamericano: «Muéstrenme el Tolstói zulú». La falta de
convicción asertiva y soberana de esta posición atraviesa hoy los discursos de
quienes hablan no solo por Occidente o por lo que Occidente hizo, sino por lo
que el resto del mundo es, fue y será. Esta afirmación excluye lo que otros
suelen representar como «perdido» y afirma en cambio que el mundo colonial
estaba de alguna forma, y hablando ontológicamente, «perdido» desde el
principio, que era irredimible e innegablemente inferior. Además, tal discurso
se centraba no en lo compartido de la experiencia colonial, sino en lo que
nunca debió ser compartido, es decir, en la autoridad y la rectitud derivadas
de un poder y un desarrollo superiores. Retóricamente, podemos definir los
términos de esta afirmación en términos de la definición de la crítica de los
intelectuales modernos de Julien Benda: como organización de las pasiones
políticas. Y esos términos, como el mismo Benda era lo suficientemente sensible
para comprender, llevan al sacrificio de las masas; si no al literal,
ciertamente sí al retórico.
La segunda posición es considerablemente menos objetable. Se ve a sí
misma como Conrad veía sus narraciones personales, propias de un tiempo y un
lugar, ni incondicionalmente verdaderas ni ciertas sin matizaciones. Como he
dicho, Conrad no nos da la sensación de que pueda imaginar una alternativa
completa al imperialismo: los nativos de África, Asia o América
de los que escribe son incapaces de independizarse: puesto que él
parecía imaginar que el tutelaje europeo era un don, no podía prever qué
pasaría cuando el tutelaje llegase a su fin. Pero sí percibía que llegaría a su
fin, aunque solo fuera porque, como todo esfuerzo humano, incluida la palabra,
tendría su momento, y luego se extinguiría. Que Conrad date su
imperialismo, muestre su contingencia, registre sus ilusiones, su tremenda
violencia y despilfarro (como en Nostromo), nos permite a los
lectores posteriores imaginar algo distinto a un continente africano dividido
en decenas de colonias europeas aun cuando, por su parte, él apenas pudiese
imaginar en qué se convertiría África.
Pero volviendo a las primeras líneas de reflexión que salen de Conrad,
el discurso del imperio hoy resurgente prueba que el encuentro imperialista del
siglo XIX continúa trazando divisorias y
tendiendo barreras. Es extraño, pero persiste también en el intercambio,
enormemente complejo y a la vez interesante, entre antiguas partes coloniales:
Gran Bretaña y la India por un lado, o Francia y los países francófonos
africanos por otro. Estos intercambios apacibles suelen estar oscurecidos por
los estridentes antagonismos del debate polarizado entre pro y
antiimperialistas, que hablan enfáticamente de destino nacional, intereses de
ultramar, neoimperialismo y cosas semejantes, apartando a sus simpatizantes
—occidentales agresivos o, irónicamente, no occidentales en cuyo nombre hablan
los nuevos y renovados nacionalismos de los ayatolás— del permanente
intercambio anterior. Dentro de cada uno de estos campos lamentablemente
constreñidos están los puros, los justos, los fieles, guiados por los
omnicompetentes, por esos que conocen la verdad acerca de sí mismos y acerca de
los demás. Afuera pulula el ramillete variopinto de intelectuales beligerantes
o escépticos y tibios que, con poco provecho, siguen quejándose del pasado.
Durante los años
setenta y ochenta de este siglo tuvo lugar un importante
giro, acompañando ese estrechamiento de horizontes en el que he estado
situando una o dos de las líneas derivadas de El corazón de las
tinieblas. Podemos detectar el giro, por ejemplo, en el drástico
cambio de acento y, literalmente, de dirección entre pensadores notorios por su
radicalismo. Jean-François Lyotard y Michel Foucault, eminentes filósofos
franceses que surgieron en los sesenta como apóstoles del radicalismo y de la
insurgencia intelectuales, describen una nueva y sorprendente falta de fe en lo
que el mismo Lyotard llama grandes relatos legitimadores de emancipación e
ilustración. Nuestra época, afirmó Lyotard en los ochenta, es posmoderna: se
preocupa solo de cuestiones aisladas; no de la historia, sino de problemas a
resolver; no de grandes realidades, sino de juegos.[6] También Foucault se apartó de
aquellas fuerzas de oposición dentro de la sociedad moderna que había estudiado
precisamente por su inagotable resistencia a la exclusión y al confinamiento
—delincuentes, poetas, marginados—, y decidió, dada la omnipresencia del poder,
que quizá era mejor concentrarse en su microfísica local, en el poder que rodea
a cada individuo. Por lo tanto, el yo debía ser estudiado, cultivado y, en caso
necesario, remodelado y constituido.[7] Tanto en Lyotard como en Foucault
encontramos la misma figura empleada para explicar el desencanto sobre las
políticas de liberación: los relatos existentes, que proponen un punto de
partida posible y una meta vindicativa, ya no son adecuados para tramar la
trayectoria del hombre en la sociedad. No existe nada hacia lo cual dirigirse;
estamos encerrados en nuestro propio círculo. Ahora, aquella línea se cierra
sobre sí misma. Tras años de apoyo a las luchas anticoloniales en Argelia,
Cuba, Vietnam, Palestina o Irán, que vinieron a representar para muchos
intelectuales occidentales su más profundo compromiso con la política y la
filosofía de la descolonización antiimperialista, se llegó a un momento de
desencanto y agotamiento.[8] Empezamos entonces a oír y a leer cuán fútil
había sido apoyar revoluciones,
qué bárbaros eran los nuevos regímenes que llegaban al poder, cómo —en
algunos casos extremos— la descolonización había beneficiado al «mundo
comunista».
Llegamos a la invocación del terrorismo y de la barbarie. Llegamos
también a esos expertos de las excolonias cuyo bien difundido mensaje consistía
en que tales pueblos únicamente merecían el colonialismo, o que, puesto que
«habíamos» sido tan tontos como para abandonar Adén, Argelia, Indochina y otros
sitios, sería una buena idea volver a invadirlos. Llegamos a los numerosos
expertos y teóricos de la relación entre los movimientos de liberación, el
terrorismo y la KGB. Así, se da un movimiento de renovada simpatía por lo que
Jeane Kirkpatrick llamó «regímenes autoritarios» (como opuestos a totalitarios)
que eran aliados de Occidente. Con el auge del reaganismo, del thatcherismo y
de movimientos afines, comenzó una nueva fase de la historia.
Aun cuando todo esto sea históricamente comprensible, la retirada
drástica del pensamiento de «Occidente» respecto de sus propias experiencias
del mundo periférico ciertamente no constituyó y no constituye una actividad
atractiva o edificante para un intelectual de hoy. Le cierra la posibilidad de
conocer y descubrir qué significa estar fuera de la ballena. Volvamos a Rushdie
para otra observación:
Vemos que es tan falso crear un universo ficticio libre de la política
como crear otro en el que nadie necesite trabajar, o comer, u odiar, o amar, o
dormir. Fuera de la ballena se hace necesario, y a veces es hasta divertido,
enfrentarse con los problemas especiales creados por la incorporación del
material político, porque la política es a ratos farsa y a ratos, tragedia, y a
veces ambas cosas a la vez: basta ver el Pakistán de Zia. Fuera de la ballena
el escritor está obligado a aceptar que él o ella es parte de la multitud,
parte del océano, parte de la tormenta, de manera que la objetividad se
convierte en un gran sueño, como la perfección: una meta inalcanzable por la
que luchar a pesar de la imposibilidad del éxito. Fuera de la ballena está el
mundo de la famosa fórmula de Samuel Beckett: «No puedo seguir. Voy a seguir».[9]
Los términos de la descripción de Rushdie, a pesar de que los recoja de
Orwell, parecen resonar de manera mucho más interesante en relación con Conrad.
Porque aquí estamos ante la segunda consecuencia, siguiendo ahora la segunda
línea que surge de la forma narrativa de Conrad. En sus referencias explícitas
al exterior apunta a una perspectiva situada fuera de las representaciones
fundamentalmente imperialistas ofrecidas por Marlow y sus oyentes. Se trata de
una perspectiva profundamente secular, no lastrada por ninguna de las nociones
acerca del destino histórico y del esencialismo que la idea de destino parece
entrañar siempre, ni tampoco por la indiferencia histórica y la resignación.
Puesto que al estar dentro del sistema carecemos de la experiencia completa del
imperialismo, organizada y subordinada a la dominación de una óptica
eurocéntrica y totalizadora, esta segunda óptica sugiere el despliegue de un
campo sin privilegios históricos para ninguna de las partes.
No quisiera interpretar abusivamente a Rushdie, o poner en su texto
ideas que puede no haber tenido presentes. En su controversia con los medios de
comunicación británicos —antes de que Los versos satánicos lo
obligaran a esconderse— afirmó que era incapaz de reconocer la verdad de su
propia experiencia en las imágenes de esos mismos medios acerca de la India.
Ahora, yo iré más lejos y afirmaré que esta es una de las virtudes del
encuentro de la política con la cultura y con la estética: permite el descubrimiento
de un terreno común oscurecido por la controversia. Quizá sea duro, en especial
para los combatientes directamente envueltos en la lucha, considerar ese
terreno común en el momento en que más que pensando, están luchando. Puedo
perfectamente entender la furia latente en el discurso de Rushdie porque, como
él, me he sentido desplazado y fuera de foco a causa del consenso occidental
dominante, que ha llegado a considerar el Tercer Mundo como una molestia atroz,
como un sitio cultural y
políticamente inferior. Mientras que Rushdie y yo escribimos y hablamos
como miembros de una pequeña minoría de voces marginales, nuestros críticos,
periodistas y académicos, pertenecen a un opulento sistema de fuentes eruditas
e informativas vinculadas con periódicos, cadenas de televisión, revistas de
opinión e institutos a su disposición. Muchos de ellos forman ahora un coro
estridente y derechista de condena en la que apartan lo no blanco, no
occidental y no judeocristiano respecto de una esencia occidental aceptable y
predeterminada. Una vez separado, unen lo rechazado bajo los calificativos de
terrorista, marginal, de segunda fila o sin importancia. Atacar todo lo
englobado en esta categoría supone defender el espíritu de Occidente.
Volvamos a Conrad y a lo que me he estado refiriendo como la segunda y
menos imperialista de las posibilidades asertivas ofrecidas por El
corazón de las tinieblas.
Recordemos una vez más que Conrad sitúa su relato en la cubierta de un
barco anclado en el Támesis; mientras Marlow habla, el sol se pone, y al final
el corazón de las tinieblas se ha instalado en ese momento en Inglaterra; fuera
del grupo de los oyentes de Marlow espera un mundo oscuro e indefinido. De vez
en cuando, Conrad parece querer plegar ese mundo, en su conjunto, al discurso
imperial metropolitano representado por Marlow, pero en virtud de su propia y
dislocada subjetividad se resiste a esa tendencia y prevalece en esa
resistencia; siempre lo he creído, sobre todo a través de recursos formales. La
forma narrativa circular y autorreflexiva de Conrad llama la atención hacia su
propia cualidad de construcción artificial y nos anima así a experimentar con
el potencial de la realidad que se presentaba como inaccesible al imperialismo,
fuera de su control, y que solo adquirió una presencia sustancial mucho después
de 1924, el año de la muerte de Conrad.
Este punto necesita
mayores explicaciones. A pesar de sus nombres
europeos y sus costumbres, los narradores de Conrad no son testigos
corrientes y poco reflexivos del imperialismo europeo. No aceptan de un modo
simple lo que sucede en nombre de la idea imperial; reflexionan muchísimo
acerca de ello, se preocupan por ello y se sienten muy ansiosos por demostrar
que se trata de algo rutinario. Pero nunca lo es. La manera de Conrad de
mostrar esta discrepancia entre lo ortodoxo y su propia visión del imperio es
atrayendo la atención sobre cómo se construyen y deconstruyen las ideas y
valores, a través de las dislocaciones del lenguaje del narrador. Además, los
párrafos están meticulosamente escenificados; el narrador es un orador cuya
audiencia, la razón que los reúne, la calidad de su voz y el efecto de lo que
dice son todos elementos importantes y aspectos incluso insistentes de lo que
el relato cuenta. Por ejemplo, Marlow nunca es directo. Se mueve entre la
grosería y la pasmosa elocuencia, y raramente se resiste a hacer que las cosas
raras parezcan aún más peculiares a través de sorprendentes inexactitudes o
descripciones vagas y contradictorias. Por ejemplo, nos dice, un barco de
guerra francés bombardea «el corazón del continente»; la elocuencia de Kurtz es
iluminadora a la vez que fraudulenta; y así sucesivamente. Su discurso está tan
lleno de estas extrañas contradicciones (bien analizadas por Ian Watt como
«descodificación retardada»)[10] que el clarísimo efecto tanto sobre
su audiencia próxima como sobre el lector es un agudo sentimiento de que lo que
presenta Conrad no es ni cómo debe ni cómo aparenta ser.
No obstante, la cuestión sobre la que Kurtz y Marlow hablan es de hecho
el dominio imperial: el de los blancos europeos sobre los negros africanos y
sobre su marfil, el de la civilización sobre el continente oscuro y primitivo.
Acentuando la discrepancia entre la «idea» oficial del imperio y la realidad
notablemente desorientadora de África, Marlow altera el sentido no solo de la
idea misma de imperio, sino de algo aún más básico: la realidad misma. Si
Conrad puede mostrar que toda actividad humana depende del control de
una realidad radicalmente inestable respecto de la cual las palabras se
aproximan solo por voluntad o por comprensión, lo mismo es verdad del imperio,
de la veneración de la idea del imperio y de todo lo que de allí se sigue. Ante
Conrad, nos encontramos frente a un mundo que alternativamente se hace y se
deshace. Todo lo que se nos presenta estable o indiscutible —por ejemplo, el
policía de la esquina— es apenas un poco más seguro que el hombre blanco en la
jungla y exige el mismo y continuado (pero precario) triunfo sobre la
omnipresente oscuridad, que, al final de la historia, se nos muestra igual en
Londres y en África.
El genio de Conrad le permitió comprender que las tinieblas del presente
eterno podían ser colonizadas o iluminadas: El corazón de las tinieblas está
lleno de referencias a la mission civilisatrice, a estereotipos tan
crueles como benevolentes destinados a llevar luz a los sitios y los pueblos
oscuros de ese mundo por medio de actos de dominio y despliegues de poder. Pero
ese mundo también debía ser reconocido como independiente. Kurtz, Marlow (y,
desde luego, Conrad) se adelantan a su tiempo en la comprensión de que lo que
llaman «tinieblas» posee autonomía, puede invadir y reclamar aquello de lo que
el imperialismo se había apropiado. Pero Marlow y Kurtz son criaturas de su
tiempo, incapaces de dar el paso siguiente, de reconocer que lo que
vislumbraban, aun mutilado y denigrante, de las «tinieblas» no europeas, era
parte de un mundo no europeo que se resistía al imperialismo y ganaría algún
día soberanía e independencia en lugar de reinstaurar las tinieblas, como
Conrad afirma de manera reduccionista. La trágica limitación de Conrad es que,
a pesar de que en un plano podía ver claramente que en esencia el imperialismo
era pura dominación y rapiña de tierras, en otro era incapaz de llegar a la
conclusión de que se debía acabar con él para que los «nativos» pudieran llevar
vidas libres de la dominación europea. Hijo de su época,
Conrad no podía garantizar a los nativos su libertad, a pesar de
criticar severamente el imperialismo que los esclavizaba.
La prueba ideológica y cultural de que Conrad estaba equivocado en su
óptica eurocéntrica es, al tiempo, rica e impresionante. Existe hoy un completo
movimiento, de literatura y de teoría de la resistencia y de contestación al
imperio —tema del capítulo 3 de esta parte— y en grandes y dispares regiones
poscoloniales se realizan esfuerzos tremendamente enérgicos para comprometerse
con el mundo metropolitano en un debate de iguales en el que dar cuenta de la
diversidad y las diferencias del mundo no europeo, de sus propios programas,
necesidades e historia. El propósito de este testimonio es inscribir,
reinterpretar y extender las áreas de compromiso y también el terreno en
discusión con Europa. Algunas de estas actividades —por ejemplo, en la obra de
intelectuales iraníes importantes y activos, como Alí Shariati y Jalal Ali
Ahmad, quienes por medio de sus discursos, libros, grabaciones y panfletos
prepararon el camino de la revolución iraní— interpretan el colonialismo
afirmando la absoluta oposición de la cultura nativa: Occidente es un enemigo,
una enfermedad, el mal. Pero hay novelistas, como el keniano Ngugi y el sudanés
Tayeb Salih, que se apropian para sus obras de grandes tópicos de la cultura
colonial, como la búsqueda y el viaje hacia lo desconocido, utilizándolos para
sus propios pronósticos poscoloniales. El héroe de Salih en Season of
Migration to the North hace (y es) el reverso de lo que Kurtz hace (y
es): un hombre negro que viaja hacia el norte y se interna en territorio
blanco.
Entre el imperialismo clásico del siglo XIX y lo que dio lugar a la resistencia en las culturas nativas existe
así una obcecada confrontación y un cruce, materializado en discusiones y
debates que toma prestado de uno y otro lado. Muchos de los más interesantes
escritores poscoloniales llevan incorporado su pasado como cicatrices de
heridas humillantes, como
estímulos para prácticas diferentes, como visiones potencialmente
revisadas del pasado que tienden a un futuro nuevo lleno de experiencias
urgentemente reinterpretables y reformulables, dentro de las cuales el antiguo
silencio nativo habla y actúa en un territorio arrancado al imperio.
Encontramos estos rasgos en Rushdie, Derek Walcott, Aimé Césaire, Chinua
Achebe, Pablo Neruda o Brian Friel. Estos escritores pueden ahora enfrentarse
de verdad con las grandes obras maestras coloniales que no solo los representaban
erróneamente, sino que los consideraban incapaces de leer y de responder
directamente a lo escrito sobre ellos: la etnografía europea los suponía
incapaces de intervenir en el discurso científico acerca de ellos mismos.
Deberemos revisar a fondo esta nueva situación.
4
Experiencias discrepantes
Empecemos aceptando la noción de que, a pesar de que exista un núcleo
subjetivo irreductible de la experiencia humana, esta experiencia es también
histórica y secular, accesible al análisis y a la interpretación y —lo que
tiene una enorme importancia— no se agota en teorías totalizantes, no está
marcada o limitada por líneas doctrinales o nacionalistas ni confinada de una
vez para siempre en construcciones analíticas. Si se cree, como Antonio
Gramsci, que una vocación intelectual es socialmente posible y también
deseable, entonces constituye una inadmisible contradicción defender a la vez
análisis de la experiencia histórica basados en exclusiones que estipulen, por
ejemplo, que solo las mujeres pueden comprender la experiencia femenina; los
judíos, el sufrimiento de los judíos; o los antiguos súbditos coloniales, la
experiencia colonial.
No quiero con esto abonar ese lugar común acerca de que siempre hay dos
ópticas para cada problema. La dificultad con las teorías esencialistas y con
la exclusividad, o con las barreras y los bandos, es que dan lugar a
polarizaciones que absuelven o perdonan la ignorancia y la demagogia en lugar
de promover el conocimiento. Incluso la mirada más superficial sobre las
recientes teorías del estado, de la raza y del nacionalismo moderno
abonaría esta triste verdad. Si admitimos desde antes que la experiencia
africana, iraní, china, judía o alemana es fundamentalmente integral,
coherente, separada y, por lo tanto, solo comprensible para africanos, iraníes,
chinos, judíos o alemanes, lo que hacemos es afirmar como esencial algo que, al
contrario, yo supongo históricamente creado y también resultado de una
interpretación: la existencia de la africanidad, la judeidad, o la germanidad,
o, en términos más generales, del orientalismo y el occidentalismo. Además,
como consecuencia de ello, defenderíamos en aquel caso la esencialidad de la
experiencia en lugar de promover su completo conocimiento, incluidos sus
vínculos y dependencias con otros campos. Como resultado, la experiencia
diferente de los otros resultaría rebajada a un plano inferior.
En cambio, si desde el principio reconocemos la existencia de historias
masivamente entrecruzadas y complejas pero no por ello menos superpuestas e
interconectadas —de mujeres, de occidentales, de blancos, de estados nacionales
y de culturas—, no existiría una razón particular para conferir a cada una de
ellas un estatuto ideal y esencialmente separado. No obstante, queremos
preservar lo que es único en cada una de ellas si al tiempo podemos guardar el
sentido de la comunidad humana y la lucha real que contribuye a su formación:
de esa comunidad todas son parte. Un ejemplo excelente de esta perspectiva son
los ensayos de The Invention of Tradition, que analizan tradiciones
inventadas altamente especializadas y locales (como los durbars[1] indios y el fútbol europeo) que, a
pesar de las diferencias, comparten similares características. El
libro afirma que estas prácticas tan variadas pueden ser leídas y entendidas al
unísono, puesto que pertenecen a campos comparables de la experiencia humana,
campos que Hobsbawn describe como tentativas de «establecer una continuidad con
un pasado que históricamente les convenga».[2]
Requeriríamos una
perspectiva semejante y en contrapunto para considerar
la conexión entre los rituales de coronación en Inglaterra y los durbars indios
de finales del siglo XIX. Es decir, debemos ser capaces de relacionar e interpretar esas
experiencias discrepantes: cada una con su secuencia particular y su ritmo de
desarrollo, sus propias formaciones internas, su coherencia interna y su
sistema de relaciones externas, todas ellas coexistiendo e interrelacionadas
con las otras. Por ejemplo, Kim, la novela de Kipling, ocupa un
lugar muy especial en el desarrollo de la novela inglesa y en la sociedad
victoriana tardía, pero su representación de la India existe en una relación
profundamente antitética con el desarrollo del movimiento de la independencia
de este país. Tanto la novela como el movimiento político representado o interpretado
sin la otra parte carecerían de la perspectiva de esa discrepancia crucial que
les otorga la experiencia real del imperio.
Hay un aspecto que necesita más explicación. La noción de «experiencias
discrepantes» no intenta evadirse del problema de la ideología. No podemos
entender de inmediato ninguna experiencia que necesite de interpretación o
reflexión, del mismo modo que no podríamos creer a ningún crítico o intérprete
que afirme haber alcanzado una perspectiva de Arquímedes, más allá de la
historia o del entorno social. Al yuxtaponer experiencias, al dejar que jueguen
unas con otras, mi meta política interpretativa (en el más amplio sentido) es
hacer concurrentes esas visiones y experiencias ideológica y culturalmente
cercanas unas a otras que pugnan por suprimir o alejar otras perspectivas y
experiencias. En lugar de reducir la importancia de la ideología, la exposición
y dramatización de la discrepancia aumenta su importancia cultural (esto nos
permite apreciar su poder y comprender la continuidad de su influencia).
Contrastaremos así dos textos casi contemporáneos de principios del
siglo XIX (ambos datan de alrededor de
1820): la Description de l’Egypte, en toda su masiva e impresionante coherencia, y un volumen
comparativamente
menos voluminoso: ’Aja’ib al-Athar, de Abd al-Rahman
al-Jabarti. La Description consiste en veinticuatro volúmenes
del relato de la expedición de Napoleón a Egipto elaborados por el
equipo de científicos franceses que Napoleón llevara consigo. Por su parte, Abd
al-Rahman al-Jabarti era un notable egipcio y alim o líder
religioso que fue testigo y vivió el curso de la expedición francesa.
Consideremos primero el siguiente pasaje de la introducción general a la Description,
escrita por Jean-Baptiste Joseph Fourier:
Situado entre África y Asia, en fácil comunicación con Europa, Egipto
ocupa el centro del antiguo continente. Este país brinda hoy únicamente
grandiosas memorias: es la patria de las artes y conserva innumerables
monumentos; sus principales templos y los palacios habitados por sus reyes
existen todavía, a pesar de que edificios menos antiguos encontraron su
destrucción en tiempos de las guerras de Troya. Homero, Licurgo, Solón,
Pitágoras y Platón viajaron a Egipto para estudiar las ciencias, la religión y
las leyes. Alejandro fundó allí una ciudad opulenta que por mucho tiempo
disfrutó de supremacía comercial y que vio a Pompeyo, César, Marco Antonio y
Augusto decidir entre ellos el destino de Roma y del mundo entero. Es lógico,
por tanto, que esta tierra atraiga la atención de los príncipes ilustres que
gobiernan el destino de las naciones.
Cualquier otra nación en trance de amasar un poder semejante, en
Occidente o en Asia, se ve obligada a volverse hacia Egipto, considerado así,
hasta cierto punto, como su medida natural.[3]
Fourier habla como portavoz racionalizador de la invasión de Egipto por
Napoleón Bonaparte en 1798. La resonancia de los grandes nombres enumerados, el
situar, basar y normalizar la conquista de países extraños dentro de la órbita
cultural de la existencia europea, hace que esto transforme la conquista en
otra cosa. De ser un choque entre ejército conquistador y ejército derrotado,
se convierte en un proceso mucho más extenso y prolongado, evidentemente mucho
más aceptable para la sensibilidad europea, más arropada en sus propias
coordenadas culturales de lo que lo estaba un egipcio para la terrible
experiencia de soportar la conquista.
Casi al mismo tiempo, Jabarti registra en su libro una serie de
angustiadas y agudas reflexiones sobre la conquista. Escribe como un notable
religioso
acorralado que
registra la invasión de su país y la destrucción de su sociedad:
Este año es el principio de un
periodo marcado por grandes batallas; de repente se produjeron severos reveses
de un modo aterrador, las miserias se multiplicaron sin fin, el curso de las
cosas se alteró, el sentido común de la vida se corrompió y la destrucción
gobernó todo hasta que la devastación fue general. (Después, como buen
musulmán, reflexiona sobre sí mismo y sobre su gente). Dios, dice el Corán (xi,
9), no destruye injustamente las ciudades cuyos habitantes son justos.[4]
La expedición francesa estaba acompañada de un equipo completo de
científicos cuya tarea era investigar Egipto como nunca antes había sido
investigado; el resultado fue la gigantesca Description. Pero
Jabarti solo tenía ojos, solo podía apreciar, los hechos de poder, cuyo
significado sentía como castigo para Egipto. El poder francés pesó sobre su
existencia como egipcio conquistado, una existencia para él comprimida en la de
una partícula subyugada, incapaz de otra cosa que no fuese registrar las idas y
venidas del ejército francés, sus decretos imperiales, sus medidas de
insoportable dureza, su fascinante y casi todopoderosa capacidad para hacer lo
que deseaba, de acuerdo con imperativos en los que los compatriotas de Jabarti
no podían influir. Hay una completa discrepancia entre la política que produjo
la Description y la de la inmediata respuesta de Jabarti, y
esto ilumina el terreno que con tanta desigualdad se disputaba.
No es difícil, además, rastrear la huella de los resultados de la
actitud de Jabarti, y generaciones de historiadores la han seguido: yo mismo lo
voy a hacer, hasta cierto punto, en este libro. Su experiencia produjo un
antioccidentalismo profundamente asentado, cuestión persistente de la historia
egipcia, árabe, islámica y del Tercer Mundo. Podemos encontrar en Jabarti las
semillas del reformismo islámico que, promulgado más tarde por el gran clérigo
Azhar, por el reformador Muhammad Abdu y por su notable contemporáneo Jamal
al-Din al-Afghani, sostuvo que o bien el islam se
modernizaba para poder competir con Occidente o bien volvía a sus raíces
de La Meca para combatirlo mejor. Además, Jabarti ya habla en ese momento
temprano de la historia de la inmensa ola de conciencia nacional que luego
culminaría con la independencia egipcia, con la teoría y la práctica de Abdel
Nasser y de los movimientos contemporáneos del llamado fundamentalismo
islámico.
Sin embargo, los historiadores del otro lado no han leído con la misma
presteza el desarrollo de la cultura y de la historia francesas en términos de
la expedición egipcia de Napoleón. Lo mismo sucede dentro del reino británico
de la India, un reino de tan inmenso rango y riqueza que acabó convirtiéndose
en un hecho natural para los miembros de la cultura imperial. Es interesante
constatar que lo que más tarde los académicos y críticos han postulado de
aquellos textos europeos nacidos, desde el punto de vista literario, de la
consolidación de la conquista de Oriente realizada en la Description es
una función hasta cierto punto atenuada y altamente implícita de
aquella primera impugnación de Jabarti. Aunque afirmando esto reincida en la
discrepancia simbólica entre Fourier y Jabarti, he de decir que escribir hoy
acerca de Nerval y de Flaubert, cuya obra depende tantísimo de Oriente, es
trabajar en un territorio originalmente fijado por la victoria imperial
francesa, seguir sus pasos y extenderlos a ciento cincuenta años de experiencia
europea. La conquista imperial no consistió en la rasgadura del velo de una vez
por todas, sino en una presencia continua, institucionalizada y reincidente en
la vida francesa, en la que la respuesta a la silenciosa e interna disparidad
entre Francia y las culturas subyugadas adoptó una variedad de formas.
La simetría es llamativa. Por un lado, se ha postulado que lo más
edificante de la historia en los territorios coloniales era resultado de la
intervención imperial. Por otro, existe una creencia igualmente obstinada de
que las tareas
coloniales de las metrópolis eran marginales y quizá hasta ajenas a las
actividades culturales de las grandes culturas metropolitanas. Así, la
tendencia en antropología, historia y estudios culturales en Europa y Estados
Unidos es tratar el conjunto de la historia mundial como objetivo de una
especie de metatema propio de Occidente, cuyo rigor disciplinario e histórico,
o bien sustrae la historia de los pueblos y las culturas «sin» historia, o
bien, en el periodo poscolonial, se las devuelve. Muy pocos estudios críticos
del conjunto se han centrado en la relación entre el imperialismo occidental
moderno y su propia cultura: la oclusión de esta relación profundamente
simbiótica es resultado de la relación misma. Más particularmente, la
extraordinaria dependencia formal e ideológica de las grandes novelas realistas
francesas e inglesas respecto de los hechos del imperio no ha sido nunca
estudiada desde un punto de vista teórico general. Todas estas elisiones y
negaciones se encuentran reproducidas, creo, en los estridentes debates
periodísticos sobre la descolonización, en los cuales el imperialismo aparece
una y otra vez diciendo: vosotros sois lo que sois a causa nuestra: cuando nos
retiramos, volvisteis a vuestro deplorable estado; debéis comprender esto a riesgo
de no comprender nada porque, de verdad, en el presente existe muy poco que
valga la pena saber sobre el imperialismo, muy poco que nos sirva de ayuda a
vosotros o a nosotros.
Si este cuestionado valor de la comprensión del imperialismo fuese una
mera controversia acerca de la metodología o las perspectivas académicas en la
historia de la cultura, estaríamos justificados al considerarlo susceptible de
cierto interés, aunque no del todo serio. Sin embargo, de hecho estamos
hablando de una configuración de interesante y hasta obligatoria importancia en
el mundo del poder y de las naciones. Por ejemplo, en la década pasada ninguna
otra cuestión acompañó con tanta asiduidad el retorno extraordinariamente
intenso hacia sentimientos religiosos y tribales en todo el
mundo, retorno característico de la mayor parte de las discrepancias
acerca de las políticas seguidas, si no realmente creadas, desde el periodo del
gran imperialismo europeo. Más aún, las abundantes luchas por la dominación
entre estados, nacionalismos, grupos étnicos, regiones y entidades culturales
han sido las responsables del control y endurecimiento de la manipulación de la
opinión y de los discursos, de la producción y consumo de las representaciones
ideológicas de los medios de comunicación, de la simplificación y reducción de
vastas complejidades a clichés fáciles, más fáciles todavía cuando se usan para
desplegarlos y explotarlos en interés de la política de los estados. Los
intelectuales han jugado en esto un importante papel, y en ningún sitio más
crucial y comprometido que en esa zona superpuesta de experiencia y cultura que
constituye el colonialismo, donde la política de la interpretación secular se
lleva a cabo movida por enormes intereses. Naturalmente, el poder más fuerte ha
estado del lado de las autoconstituidas sociedades «occidentales» y de los
intelectuales públicos que les sirven de apologistas e ideólogos.
Pero en muchos estados antes colonizados ha habido respuestas
interesantes a esta supremacía. En la India y Pakistán en particular, recientes
estudios (p. e., Subaltern Studies) descubren las complicidades
entre la seguridad poscolonial del estado y las élites intelectuales
nacionalistas: los intelectuales de la oposición de Arabia, África o
Latinoamérica han producido similares estudios críticos. Aquí me centraré mucho
más estrechamente en la desafortunada convergencia que acríticamente apoya los
poderes occidentales en sus acciones contra pueblos que antes fueron colonias.
Durante el periodo en que escribí este libro, se desarrolló plenamente la
crisis causada por la invasión y anexión de Kuwait por Irak: cientos de miles
de soldados de Estados Unidos, aviones, barcos, tanques y misiles llegaron a
Arabia Saudí; Irak apeló al mundo árabe, lamentablemente
dividido entre los que apoyaban a Estados Unidos, como Hosni Mubarak en
Egipto, la familia real saudí, el resto de los jeques del Golfo y los
marroquíes contra sus oponentes, Libia y Sudán, o las fuerzas atrapadas en
medio: Jordania y Palestina. Las Naciones Unidas se dividieron entre los que
promovían únicamente sanciones contra Irak o el bloque de Estados Unidos. Al
final prevaleció la posición estadounidense y tuvo lugar una devastadora
guerra. Del pasado emergieron dos ideas centrales que siguieron vigentes a lo
largo del proceso: una, la del derecho de la gran potencia a salvaguardar sus
intereses distantes, incluso hasta el punto de ordenar una intervención
militar. Otra, la de que los pueblos menos poderosos eran inferiores y gozaban
de menos derechos, exigencias y valores.
Aquí jugaron un papel significativo las percepciones y actitudes
políticas moldeadas y manipuladas por los medios de comunicación. Desde la
guerra de 1967, las imágenes del mundo árabe difundidas en Occidente han sido
crudas, reduccionistas, abiertamente racistas, como lo ha afirmado y probado
mucha propaganda crítica en Europa y Estados Unidos. Sin embargo, siguen
teniendo vigencia las películas y series de televisión que muestran a los
árabes como ociosos jockeys de camellos, terroristas o jeques ofensivamente
ricos. Cuando los medios de comunicación se movilizaron tras el presidente
George H. W. Bush alentando a preservar el modo de vida norteamericano y a
obligar a Irak a retroceder, poco se dijo o se mostró acerca de las realidades
políticas, sociales y culturales del mundo árabe. Muchas de ellas, algunas bajo
la profunda influencia de Estados Unidos, han hecho posible tanto la deplorable
figura de Sadam Husein como, al mismo tiempo, un juego complejo de
configuraciones diferentes y completamente distintas; la novela árabe —cuyo más
eminente representante, Naguib Mahfuz, ganó el Premio Nobel en 1988— y las
muchas instituciones que sobreviven entre los restos de la sociedad civil.
Aunque sea cierto que los medios de comunicación están
naturalmente mejor preparados para la caricatura y el sensacionalismo
que para la comprensión de procesos más lentos de la cultura y la sociedad, no
obstante, la razón más profunda para la difusión de concepciones erróneas es la
dinámica imperial y sobre todo sus tendencias dominantes, reactivas,
separadoras y esencializadoras.
Todas las culturas practican la autodefinición; se trata de una
retórica, un juego de ocasiones y autoridades —fiestas nacionales, por ejemplo,
o tiempos de crisis, padres fundadores, textos básicos, etcétera— y un tipo de
vínculos familiares que les es del todo propio. No obstante, en este mundo
nuestro, ligado por lazos tan estrechos como nunca antes a causa de las
exigencias de la comunicación electrónica, el comercio, los viajes, los
conflictos de medioambiente y de regiones capaces de extenderse con tremenda
velocidad, la afirmación de la identidad de ninguna manera es únicamente un
problema ritual. Lo que me impresiona como especialmente peligroso es que puede
movilizar pasiones atávicas, haciendo retroceder a los pueblos a tiempos del
primer imperialismo, cuando Occidente y sus enemigos se jactaban de ser la
encarnación de virtudes que solo se constituyen como tales, por así decirlo, en
el campo de la guerra.
Un ejemplo quizá trivial de semejante atavismo apareció en una columna
de The Wall Street Journal del 2 de mayo de 1989 escrita por
Bernard Lewis, una de las autoridades del orientalismo en Estados Unidos. Lewis
intervenía en un debate sobre cambios en el «canon occidental» tal como se
imparte en las universidades. Se pronunciaba contra los estudiantes y
profesores de la Universidad de Stanford que habían votado para modificar los
programas de estudio e incluir más textos no europeos, de mujeres y de otros grupos.
En su carácter de autoridad en el islam, Lewis adoptó una posición extrema: «Si
la cultura occidental debe desaparecer, muchas otras cosas desaparecerán con
ella y otras ocuparán su lugar». Nadie había afirmado algo tan disparatado
como que «la cultura occidental debe desaparecer», pero la posición de
Lewis, que apuntaba a problemas más amplios que lo estrictamente pertinente al
asunto tratado, llegaba a la notable conclusión de que, puesto que las
modificaciones en la lista de lecturas obligatorias equivaldrían al abandono de
la cultura occidental, las seguirían otros hábitos (enumerados) como la
restauración de la esclavitud, la poligamia y los matrimonios arreglados desde
la infancia. A esta sorprendente tesis Lewis añadía que así llegaría también a
su extinción «la curiosidad acerca de las otras culturas» que él atribuye a
Occidente.
Semejante posición, sintomática y hasta un poco cómica, indica no solo
el sentimiento en exceso exagerado de la exclusividad en los logros culturales,
sino también un antagonismo tremendamente limitado y hasta histéricamente
hostil respecto al resto del mundo. Afirmar que sin Occidente volverían la
esclavitud y la poligamia es negar la posibilidad de que fuera de Occidente se
dé algún tipo de progreso respecto de la tiranía y la barbarie. La posición de
Lewis tiene el efecto de encolerizar al no occidental o, con consecuencias
igualmente poco edificantes, obligarlo a exagerar los logros de las culturas no
occidentales. En lugar de afirmar la interdependencia de las sociedades
contemporáneas una sobre la otra y la interacción necesaria de
las sociedades una con la otra, la separación retórica de las
culturas alimenta el sangriento conflicto imperial entre ellas: la deplorable
historia repetida una y otra vez.
Otro ejemplo es el episodio que tuvo lugar a finales de 1986, durante la
emisión y siguiente discusión de un documental de televisión titulado Los
africanos. Originalmente encargada y casi del todo financiada por la
BBC, esta serie fue escrita y narrada por un prestigioso erudito y
profesor de ciencias políticas de la Universidad de Michigan, Alí Mazrui,
keniano y musulmán, cuya competencia y credibilidad como autoridad académica de
primer rango es incuestionable. La serie de Mazrui se basa en dos supuestos:
primero, que por primera vez en una historia dominada por las
representaciones occidentales de África (por un discurso que es completamente
africanista en cada inflexión y caso, por utilizar una frase de Christopher
Miller en su libro Blank Darkness)[5] un africano se presentaba y
presentaba África ante una audiencia occidental, precisamente la audiencia
cuyas sociedades habían saqueado, colonizado y esclavizado durante siglos ese
continente; segundo, que la historia africana estaba compuesta por tres elementos
o, en el lenguaje de Mazrui, en círculos concéntricos: la experiencia africana,
la del islam y la del imperialismo.
Para empezar, el National Endowment for the Humanities retiró su apoyo
financiero para la emisión, aunque la serie se pasó igualmente por la PBS.
Luego, The New York Times, el periódico norteamericano más
influyente, la atacó consecutivamente en tres artículos (el 4 de septiembre y
el 9 y el 26 de octubre de 1986), fruto del por entonces corresponsal de
televisión John Corry. No sería exagerado describir los textos de Corry como
insensatos y semihistéricos. Corry recriminó personalmente a Mazrui sus énfasis
y exclusiones «ideológicas»: por ejemplo, no haber mencionado Israel (aunque en
un programa sobre la historia africana, Israel le pudo haber parecido
irrelevante a Mazrui) y exagerar enormemente los males del imperialismo
occidental. Corry atacó en especial las «coordenadas morales y políticas» de
Mazrui, eufemismo peculiar mediante el cual lo calificaba de apenas algo más
que de ser un propagandista inescrupuloso. Con ello pretendía refutar las
cifras de Mazrui acerca de cosas tales como el número de personas que murieron
durante las obras del canal de Suez o durante la guerra de liberación de
Argelia. Tras la turbulenta y desordenada superficie de la prosa de Corry
acechaba la inquietante e inaceptable realidad de la actuación del propio
Mazrui. Aquí en Occidente, y en las horas punta de televisión, aparecía por fin
un africano que se atrevía a acusar a Occidente de lo que había hecho y así
reabría un expediente que se consideraba cerrado. Que Mazrui hablara
bien del islam, que mostrara su dominio de la metodología de los historiadores
occidentales y de su retórica de la política, que, en suma, se presentara como
un modelo convincente de auténtico ser humano constituía una refutación de la
ideología imperial reconstituida en cuyo portavoz se había transformado Corry,
quizá inadvertidamente. En el fondo latía el axioma de que los no europeos no
deben desarrollar sus propias perspectivas de la historia europea y
norteamericana, puesto que ella está contaminada por la de las colonias. Si lo
hacen, hay que rechazar tal visión.
Resulta así desastroso todo el legado de lo que metafóricamente podemos
denominar la tensión entre Kipling —que finalmente solo tenía en cuenta la
política del imperio— y Fanon, que intentaba ir más allá de las afirmaciones
nacionalistas que triunfaron sobre el imperialismo clásico. Aceptemos que, dada
la discrepancia entre el poder colonial europeo y el de las sociedades
colonizadas, se dio una suerte de necesidad histórica por la cual la presión
colonial creaba la resistencia anticolonial.
Lo que me interesa es la manera en que, generaciones más tarde, el
conflicto continúa manifestándose en formas empobrecidas y, por ello, más
peligrosas, gracias al alineamiento acrítico de los intelectuales y las
instituciones de poder que reproducen el modelo de la historia imperialista
anterior. Esto da por resultado, como he apuntado más arriba, la práctica de
una política intelectual de la culpa y una drástica reducción de la calidad del
material propuesto a la atención y la controversia por estudiosos e
historiadores de la cultura con resonancia pública.
¿Cuál es el inventario de las variadas estrategias que podrían emplearse
para profundizar, ampliar y enriquecer nuestra comprensión acerca del modo en
que interactúan las dos partes del encuentro imperial tanto en el pasado como
en el presente? Ese me parece un aspecto importante en lo inmediato y
además explica la idea que subyace a la empresa de este libro. Voy a
ilustrar mi idea con dos ejemplos en forma de útiles anécdotas. Luego
presentaré un relato más formal y metodológico de los problemas y las
interpretaciones culturales y políticas que de ellos se deducen.
Hace unos años tuve la oportunidad de entrevistarme con un árabe que era
sacerdote cristiano y que había venido a Estados Unidos en misión tan
enormemente urgente como desagradable. Como sucede que yo también soy miembro,
por nacimiento, de la pequeña pero significativa minoría a la que él pertenecía
—los árabes cristianos protestantes—, me sentí muy interesado por lo que tenía
que decir. Desde 1860 ha existido una comunidad protestante dividida en varias
sectas a lo largo de la costa árabe mediterránea, sobre todo como resultado de
la lucha imperial por la conversión dentro del imperio otomano, principalmente
en Siria, Líbano y Palestina. Con el paso del tiempo, todas estas
congregaciones —presbiterianas, evangélicas, episcopales y baptistas, entre
otras— adquirieron sus propias identidades y tradiciones y todas ellas, sin
excepción, cumplieron un papel honorable durante el periodo del renacimiento
árabe.
Pero unos ciento diez años después, los mismos sínodos e iglesias que
habían autorizado y hasta sostenido esos primeros esfuerzos misioneros
empezaron, casi sin aviso previo, a reconsiderar el asunto. Se habían
convencido de que la cristiandad de Oriente Próximo estaba formada por la
Iglesia ortodoxa griega, de la cual, dicho sea de paso, provenía la abrumadora
mayoría de los convertidos al protestantismo en la zona: los misioneros
cristianos del siglo XIX fueron por completo incapaces
de convertir a musulmanes o judíos.
Ahora, alrededor de 1980, la jerarquía de las comunidades cristianas
árabes se dedica a animar a sus acólitos a volver al seno de la Iglesia
ortodoxa. Aparentemente, un siglo antes, las autoridades misioneras habían
cometido
un error al separar a los cristianos árabes de su iglesia principal.
Ahora deberían volver a ella.
Para mi amigo, esta era una posibilidad demasiado drástica. De no haber
sido por sus sentimientos auténticamente ultrajados, podríamos considerarlo
como una broma cruel. Por eso se encontraba él ahora en Norteamérica. Debía
decir a sus superiores eclesiásticos que se sentía capaz de comprender la nueva
perspectiva ecuménica, en la cual se tiende a disolver las pequeñas sectas y a
preservar la comunidad dominante más que a animar a esas sectas a seguir
independientes de la iglesia principal. Eso podía discutirse. Pero lo que le
parecía horrendamente imperialista y por completo dependiente de la política de
las potencias era el total desprecio con el cual un siglo de experiencia árabe
protestante era sencillamente borrada, como si nunca hubiera existido. No parecen
darse cuenta, me confió mi amigo profundamente dolido, que si antes fuimos sus
discípulos y conversos, después, durante casi un siglo, hemos sido sus socios.
Hemos confiado en ellos y en nuestra propia experiencia. Hemos desarrollado
nuestra integridad y vivido nuestra identidad de árabes protestantes dentro de
nuestra propia esfera, pero espiritualmente también dentro de la suya. ¿Cómo
pretenden que suprimamos nuestra historia moderna, que es autónoma? ¿Cómo
pueden proclamar que ese error cometido hace cien años deba rectificarse hoy de
un plumazo en Nueva York o en Londres?
Debemos entender que esta conmovedora historia tiene que ver con una
experiencia del imperialismo que es esencialmente de simpatía y acuerdo, no de
antagonismo, resentimiento o resistencia. El reclamo de una de las partes tenía
que ver con el valor de la experiencia mutua. Si bien es verdad que había
existido entre la comunidad árabe protestante y las jerarquías metropolitanas
una relación de superior y subordinado, también se habían dado el diálogo y la
comunicación. Podemos, además, ver en esta historia la
importancia del poder de dar o retener la atención, un poder
absolutamente esencial a la interpretación y a la política. El argumento
implícito de las autoridades misioneras occidentales era que los árabes habían
extraído algo valioso de aquello que se les había dado, pero que, en esta
relación de dependencia histórica y subordinación, el provecho había sido solo
para el lado árabe. La jerarquía había llegado a considerar la reciprocidad
como esencialmente imposible de lograr.
Esta es una parábola acerca del tipo de conflictos —amplios o reducidos
en tamaño—, pero siempre más o menos similares en valor y calidad, que requiere
la interpretación de las situaciones posimperiales.
Quiero tratar el segundo aspecto también por medio de un ejemplo. Uno de
los lugares comunes canónicos de la historia intelectual moderna ha sido el
desarrollo de los discursos dominantes y de las tradiciones de las diversas
disciplinas en los principales campos de la investigación científica, social y
cultural. Sin excepciones que yo conozca, los paradigmas se han extraído
siempre de lo que se considera exclusivamente como fuentes occidentales. Un
ejemplo es la obra de Foucault y, en otro campo, la de Raymond Williams. En
general, siento una considerable simpatía por los descubrimientos genealógicos
de estos dos formidables estudiosos y estoy muy en deuda con ambos. No
obstante, para los dos, la experiencia imperial es casi irrelevante, y ese
desdén teórico es norma en las disciplinas culturales y científicas de
Occidente, excepto en estudios ocasionales de historia de la antropología —como
en Time and the Other, de Johannes Fabian, y en Anthropology
and the Colonial Encounter, de Talal Asad— o del desarrollo de
la sociología, como en Marx and the End of Orientalism, de Bryan S.
Turner.[6] Lo que en parte me llevó a
escribir Orientalismo fue el impulso de mostrar la dependencia
de esas disciplinas que se postulaban como desinteresadas, apolíticas y por
encima de la sórdida historia de la ideología
imperialista y la
práctica colonial.
Pero debo confesar que, conscientemente, también estaba tratando de
expresar mi insatisfacción ante las sólidas murallas de negación erigidas
alrededor de estudios políticos que pretendían ser empresas académicas ausentes
de beligerancia y esencialmente pragmáticas. Cualquiera que sea la resonancia
que haya logrado mi libro, no existiría de no haber sido por la disposición
favorable de una generación más joven de estudiosos, en Occidente y también en
las antiguas colonias, ávida de considerar de modo distinto sus historias
colectivas. A pesar de la hostilidad y los reproches que suscitaron sus
esfuerzos, desde entonces han aparecido muchos e importantes trabajos
revisionistas. (De hecho, ese tipo de obras ya habían empezado a aparecer unos
cien años antes, durante la resistencia a los imperios a lo largo de todo el
mundo no occidental). Varias de las obras más recientes, que trato en otra
sección de este libro son valiosas precisamente porque se evaden de las
cosificadas polaridades de Oriente contra Occidente y, de una manera
inteligente y concreta, quieren comprender los desarrollos heterogéneos y
muchas veces incómodos que los llamados historiadores mundiales y los
orientalistas coloniales trataban de eludir, ocultando inmensas cantidades de
material bajo categorías simples y que todo lo abarcaban. Vale la pena
mencionar, en este aspecto, el estudio de Peter Gran sobre las raíces islámicas
del capitalismo moderno en Egipto, la investigación de Judith Tucker acerca de
la estructura de la familia y el poblado egipcios bajo la influencia del
imperialismo, la monumental obra de Hanna Batatu sobre la formación de las
instituciones estatales modernas en el mundo árabe y el excelente estudio de
Syed Hussein Alatas The Myth of the Lazy Native.[7]
Sin embargo, pocos trabajos se enfrentan con la mucho más compleja
genealogía de la cultura y la ideología contemporáneas. Entre ellos, la
reciente publicación de una tesis doctoral de un investigador indio de la
Universidad de Columbia, profesor de literatura inglesa y competente
investigador, cuya tarea histórica y cultural ha descubierto, según creo, los
orígenes políticos de los planes de estudios ingleses modernos y ha situado su
fuente, en considerable medida, en el sistema de educación colonial impuesto a
los nativos de la India del siglo XIX. Muchas otras cosas de The
Masks of Conquests, de Gauri Viswanathan, tienen un interés poco común,
pero aun aislado, su principal argumento es importante: afirma que
lo que hasta ahora se había considerado como una disciplina creada enteramente
para y por la juventud británica había sido en cambio inventada por los
administradores coloniales de los primeros años del siglo XIX para la pacificación ideológica y la reeducación de una población
india potencialmente rebelde; y luego había sido importada a Inglaterra para
una utilización diferente pero vinculada a la primera.[8] Creo que este libro posee una
incontrovertible evidencia, libre de todo «nativismo», defecto dominante de la
mayoría de las obras poscoloniales. Pero lo más importante es que este tipo de
investigaciones pone de relieve la arqueología de un conocimiento variado e
interconectado, cuyas realidades se encuentran a buena distancia de esa
superficie habitualmente considerada como auténtica sede textual de lo que
estudiamos como literatura, historia, cultura y filosofía. Las implicaciones
son vastas y nos llevan muy lejos de las rutinarias polémicas acerca de la
superioridad de los modelos occidentales sobre los no occidentales.
No podemos ocultar la verdad: el actual momento ideológico y político
presenta dificultades para la consolidación de normas alternativas de trabajo
intelectual, como las que yo propongo en este libro. Tampoco hay modo de
evadirse de los requerimientos urgentes y las exigencias que muchos de nosotros
debemos responder en relación con campos beligerantes y turbulentos. Los que
particularmente me atañen como árabe son, ay, ejemplos perfectos de lo que
digo, exacerbados por las presiones que recibo como
norteamericano. Aun así, el origen de la energía para oponerse a ellas
se encuentra, para mí, en el componente subjetivo y resistente originado en la
vocación intelectual o crítica. Hay que sostenerse en ella, sobre todo cuando
las pasiones colectivas se muestran más orientadas hacia la dominación
patriótica y la coerción nacionalista, incluso en los estudios y disciplinas
que se afirman humanistas. Al enfrentarse y desafiar su poder, deberíamos ser
capaces de defender lo que podemos verdaderamente comprender de otras culturas
y periodos.
El erudito especializado en la literatura comparada, campo cuyo origen y
propósitos son eludir el insularismo y provincialismo y considerar varias
culturas y literaturas al unísono, en contrapunto encuentra un gran apoyo
precisamente en esta especie de antídoto al nacionalismo reductivo y al dogma
acrítico. Después de todo, la constitución y los primeros objetivos del
comparatismo tendían al dominio de una perspectiva por encima de lo nacional,
al manejo de una suerte de unidad por encima de la pequeña zona defensiva de la
propia cultura, literatura e historia. Sugiero que consideremos primero lo que
fue en su origen la «literatura comparada», como visión y como práctica.
Irónicamente, descubriremos que esos estudios surgieron durante el periodo del
gran imperialismo y están innegablemente ligados a él. Entonces podremos
extraer de la subsecuente trayectoria del comparatismo una mayor comprensión de
lo que hoy este puede realizar dentro de la cultura y la política modernas,
sobre las que el imperialismo sigue influyendo.
5
Vinculación del imperio con la interpretación secular
Desde mucho antes de la Segunda Guerra Mundial y hasta los primeros años
de la década de los setenta, la tradición principal de los estudios
comparatistas en Europa y en Estados Unidos estuvo vigorosamente dominada por
un estilo de erudición que hoy casi ha desaparecido del todo. El rasgo
dominante de este tipo de estudios era su academicismo, y no lo que hoy
llamamos crítica. Nadie tiene en la actualidad la preparación de un Erich
Auerbach o un Leo Spitzer, dos de los grandes comparatistas alemanes que se refugiaron
en Estados Unidos como consecuencia del fascismo. Los comparatistas actuales, a
lo sumo, deben acreditar su especialización en el Romanticismo entre 1795 y
1830 en Francia, Inglaterra y Alemania, mientras que los de ayer casi siempre
eran, en primer lugar, estudiosos de un periodo más temprano; segundo, habían
realizado un extenso aprendizaje con expertos filólogos y académicos en varias
universidades y campos durante muchos años; y, por último, dominaban todas o
casi todas las lenguas clásicas, además de las primitivas vernáculas europeas y
sus literaturas. El comparatista de principios del siglo XX era un philolog, que, tal como Francis Fergusson
afirma en su comentario de Mimesis de Auerbach, era tan sabio
y tenía tanta energía que a su lado «nuestros más intransigentes académicos —
esos que se jactan abiertamente de su rigor científico y su
exhaustividad— (parecerían) tímidos y poco serios».[1]
Detrás de tales eruditos se encontraba una todavía más extensa tradición
de estudios humanistas derivada del florecimiento de la antropología secular —
incluyendo una revolución en las disciplinas filológicas— que asociamos con el
final del siglo XVIII y con las
figuras de Giambattista Vico, Johann G. Herder, Jean-Jacques Rousseau y los
hermanos Friedrich y August W. von Schlegel. Y subyacente a sus obras
latía la creencia de que la humanidad formaba una totalidad maravillosa y casi
sinfónica, cuyo progreso y expresiones, otra vez como totalidad, podían
estudiarse exclusivamente en calidad de experiencia histórica concertada y
secular, no en cuanto ejemplificación de lo divino. Ya que el «hombre» había
hecho la historia, debía existir una manera hermenéutica del estudio de la
historia que difiriese en proyecto y en método de las ciencias naturales. Estas
grandes visiones iluministas se extendieron y fueron aceptadas en Alemania,
Francia, Italia, Rusia, Suiza, y, subsecuentemente, Inglaterra.
No constituye una vulgarización de la historia señalar que la principal
razón por la cual semejante visión de la cultura humana se hizo corriente en
Europa y en América del Norte de muchas y diversas maneras durante los dos
siglos comprendidos entre 1745 y 1945 fue el asombroso surgimiento del
nacionalismo durante el mismo periodo. Las interrelaciones entre erudición (o
literatura, tanto da) e instituciones nacionalistas no han sido hasta ahora
estudiadas de modo suficiente, pero de cualquier manera, está claro que cuando
muchos pensadores europeos celebraban la humanidad o la cultura, se referían
principalmente a ideas o valores adscritos a sus propias culturas nacionales, o
a una Europa distinta de Oriente, de África o incluso de las Américas. Lo que,
en parte, animó mi estudio del orientalismo fue mi crítica de la forma en que
el sedicente universalismo de esferas como las de los
clásicos (por no mencionar la historiografía, la antropología y la
sociología) seguía siendo extremadamente eurocéntrico, como si las otras
literaturas o sociedades poseyeran valores inferiores o superados. (Hasta los
comparatistas entrenados en la dignísima tradición que produjo a Ernst Robert
Curtius o Auerbach muestran poco interés por textos asiáticos, africanos o
latinoamericanos). Al tiempo que durante el siglo XIX crecía la competencia internacional y nacional entre los países
europeos, también lo hacía el nivel de intensidad de la confrontación entre
unas y otras tradiciones nacionales académicas. En este aspecto, las polémicas
de Ernest Renan acerca de Alemania y de la tradición judía son un ejemplo bien
conocido.
No obstante, este nacionalismo estrecho y muchas veces estridente
estaba, de hecho, equilibrado por una más generosa visión cultural representada
por los antecesores intelectuales de Curtius y Auerbach, eruditos cuyas ideas
surgieron en la Alemania preimperial —quizá como compensación por una
unificación política que había eludido la cuestión de la tierra— y, un poco más
tarde, en Francia. Estos pensadores consideraban transitorio el nacionalismo,
como una cuestión finalmente secundaria: mucho más importaba el concierto de
pueblos y espíritus que trascendían la vil esfera política de burocracia,
ejércitos, barreras aduaneras y xenofobia. De esta tradición católica a la que
los pensadores europeos (por oposición a los nacionalistas) recurrían en épocas
de conflictos serios surgió la idea de que el estudio comparado de la
literatura podría proveer una perspectiva transnacional, hasta transhumana,
respecto del hecho literario. Así, la idea del comparatismo no solo expresaba
la universalidad y el mismo tipo de comprensión que los filólogos poseían de
las familias de lenguas, sino que también simbolizaba la serenidad ausente de
conflictos de una esfera casi ideal. Muy por encima de los mezquinos asuntos
políticos existían tanto esa suerte de edén antropológico en el cual hombres y
mujeres producían
felizmente algo llamado literatura, como aquel mundo que Matthew Arnold
y sus discípulos designaban como el de la «cultura», donde solo se podía
admitir «lo mejor que se haya pensado y conocido».
Para los eruditos profesionales del comparatismo de principios del siglo
xx fue muy importante la idea goetheana de Weltliteratur, un
concepto que vacilaba entre la noción de «grandes obras» y una vaga síntesis
de todas las literaturas del mundo. Aun así, como he sugerido
antes, su significado práctico y su ideología operante consistían en que, al
menos en lo que a literatura y cultura concernía, Europa estaba a la cabeza y
constituía el principal asunto de interés. En el mundo de los grandes
académicos como Karl Vossler y Francesco De Sanctis, lo que hacía inteligible y
brindaba un centro para la enorme agrupación de literaturas del mundo era la
Romania. La Romania apuntalaba Europa, así como (de manera curiosamente
regresiva), la Iglesia y el Sacro Imperio Romano garantizaban la integridad de
las literaturas europeas. En un nivel todavía más profundo, la literatura
realista occidental tal como la conocemos surge de la encarnación de Cristo. La
tenaz defensa de esta tesis explica la suprema importancia de Dante para
Auerbach, Curtius, Vossler y Spitzer.
Hablar de comparatismo significa, por ende, referirse a la interacción
de las literaturas del mundo entre sí, pero con el campo organizado
epistemológicamente como una suerte de jerarquía, con Europa y sus literaturas
cristiano-latinas en el centro y en la cúspide. En un ensayo justamente famoso
titulado Philologie der Weltliteratur, escrito después de la
Segunda Guerra Mundial, cuando toma nota de las muchas «otras» literaturas y
lenguajes literarios que parecían haber emergido entonces (como de la nada, sin
mencionar ni el colonialismo ni la descolonización), Erich Auerbach expresa más
angustia y temor que placer ante la visión de aquello que con tanta reticencia
debe admitir. La Romania se encuentra amenazada.
Ciertamente, los departamentos académicos y los profesores
norteamericanos encontraron que este modelo europeo era afín y fácil de emular.
El primer departamento estadounidense de literatura comparada se creó en la
Universidad de Columbia en 1891, como también la primera revista sobre el mismo
tema. Veamos lo que tenía que decir George Edward Woodberry, profesor de la
primera cátedra comparatista:
Ahora que las partes del mundo se unen, y con ellas los sectores del
conocimiento, entretejiéndose lentamente en una sola nación intelectual que,
por encima de la esfera de los políticos y sin más maquinaria institucional que
los tribunales de juristas y los congresos de caballeros, será por fin el
auténtico vínculo. El erudito moderno se beneficia, más que cualquier otro
ciudadano, de las bondades de tal crecimiento e intercomunicación, de tal época
de expansión y, a la vez, de concentración en una vasta escala, de tal
conglomerado infinitamente extendido e íntimo de naciones, unas con las otras y
todas con el pasado. Su experiencia mental corriente incluye un acopio mayor de
la memoria de la raza y de la imaginación que la que disponían sus antepasados,
y su perspectiva, hacia adelante y hacia atrás, domina horizontes más amplios.
Vive en un mundo más grande: ha nacido, de hecho, no miembro de una ciudad
libre, o hasta noble, sino ciudadano de ese estado surgente que —como oscura o
brillantemente han soñado los sabios desde Platón hasta Goethe— no conoce
fronteras de raza o de fuerza, sino solo las de la suprema razón. La emergencia
y crecimiento de este nuevo campo conocido como de las literaturas comparadas
ha dependido del advenimiento de este mundo mayor y de la dedicación de los
eruditos a su obra. El estudio seguirá su curso y, junto a otros elementos
convergentes, marchará hacia la consecución de la unidad de los hombres, basada
en las unidades espirituales de la ciencia, el arte y el amor.[3]
Ingenua y sin vericuetos, esta prosa resuena con la influencia de Croce
y De Sanctis, y también con las primeras formulaciones de Wilhelm von Humboldt.
Pero hay una cierta excentricidad en los «tribunales de juristas y congresos de
caballeros» de Woodberry, en buena parte desmentidos por las groseras
realidades de la vida de ese «mundo mayor» al que se refiere. En la época de la
mayor hegemonía occidental de la historia, Woodberry se las arregla para
soslayar esa auténtica forma dominante de la unidad política y
celebra en cambio una unidad más alta, un ideal estrictamente ideal. No
sabe muy bien cómo armonizar estas «unidades espirituales de la ciencia, el
arte y el amor» con realidades no tan placenteras, y menos aún cómo harán esas
«unidades espirituales» para triunfar por encima de los hechos materiales, el
poder y la división política.
En el comparatismo, el trabajo académico se lleva a cabo sobre la base
de que Europa y Estados Unidos constituyen el centro del mundo no únicamente en
virtud de su posición política, sino también porque sus literaturas son las más
interesantes como objetos de estudio. Cuando Europa sucumbió al fascismo y
Estados Unidos se benefició en tan gran medida del flujo de eruditos exiliados,
incomprensiblemente muy poco de su experiencia de la crisis arraigó en
Norteamérica. Tomemos por ejemplo Mimesis, escrito cuando Auerbach,
huyendo de los nazis, se encontraba refugiado en Estambul: no era sencillamente
un ejercicio de explicación textual, sino — como lo afirma él mismo en el
ensayo de 1952 al que me he referido antes— un acto de supervivencia de la
civilización. Auerbach creyó que su misión como comparatista era presentar,
quizá por última vez, la evolución completa de la literatura europea desde
Homero a Virginia Woolf. La obra de Curtius acerca de la Edad Media latina
surgió de un similar impulso de temor. Sin embargo, ¡qué poco de ese espíritu
permanece en los miles de trabajos académicos que recibieron la influencia de
uno y de otro! Se alabó Mimesis por su carácter de obra de
riqueza analítica, pero el sentido de su misión se extinguió con el uso trivial
que se hizo de ella.[4] Por último, a finales de los años
cincuenta, cuando apareció el Sputnik, el estudio de las lenguas
extranjeras y de la literatura comparada se convirtió en materia que afectaba
directamente a la seguridad nacional. La National Defense Education Act[5] financiaba estas actividades, y con esta
promoción, ay, apoyaba un etnocentrismo y un soterrado espíritu de guerra fría
aún más complacientes
que todo lo que
Woodberry hubiese sido capaz de imaginar.
Como Mimesis revela inmediatamente, la idea de
literatura occidental que se encuentra en el corazón del comparatismo ilumina
centralmente, a la vez que dramatiza y celebra, una idea determinada de la
historia y, al mismo tiempo, oscurece las realidades fundamentales tanto
geográficas como políticas que la alimentan. Pues la idea subyacente a la
historia literaria europea u occidental o a otras producciones de literatura
comparada es esencialmente idealista y, de un modo asistemático, hegeliana. De
ahí que el principio de desarrollo por el cual la Romania parece haberse hecho
dominante sea incorporativo y sintético. Cada vez se va incorporando más y más
realidad a esta literatura, que se expande y elabora desde las crónicas
medievales hasta los grandes edificios de la narrativa del siglo XIX: Stendhal, Balzac, Zola, Dickens,
Proust. En esa progresión, cada obra representa una síntesis de elementos
problemáticos que distorsionan el orden cristiano básico tan admirablemente
plasmado en La divina comedia. Levantamientos políticos,
clases sociales, desajustes en los modelos y en la organización económica,
guerras; todos estos asuntos, tanto en grandes autores como Cervantes,
Shakespeare o Montaigne como en escritores de menor importancia, están
envueltos dentro de estructuras en constante renovación, de visiones, de
movimientos de estabilización; todo ello confirmando el permanente orden
dialéctico representado por Europa misma.
La saludable perspectiva de una «literatura mundial», que en el siglo XX adquiriera caracteres redencionistas,
coincide con lo que, al mismo tiempo, articulan los teóricos de la geografía
colonial. En las obras de Halford Mackinder, George Chisolm, Georges Hardy,
Pierre Paul Leroy-Beaulieu y Lucien Febvre se constata una comprensión mucho
más abierta del sistema planetario, igualmente imperial y dependiente de las
metrópolis. Pero en lugar de la historia aislada, allí el imperio y la
geografía reales colaboran para
producir un «imperio mundial» presidido por Europa. En esta visión
geográficamente articulada —que, como indica Paul Carter en The Road to
Botany Bay, se basa, en gran medida, en los resultados cartográficos de la exploración
y las conquistas reales de los territorios— existe una idéntica convicción de
que la preeminencia de Europa es natural, de que constituye la culminación de
lo que Chisolm denomina las varias «ventajas históricas» que permitieron a
Europa dominar las «ventajas naturales» de las regiones más fértiles, ricas y
accesibles que llegó a controlar.[6] Por otra parte, en La terre
et l’évolution humaine (1922), Febvre iguala a Woodberry tanto en la perspectiva
como en el utopismo.
Para su audiencia de finales del siglo XIX y comienzos del XX, estos grandes sintetizadores geográficos ofrecían explicaciones
técnicas respecto de las evidentes realidades políticas. Europa verdaderamente dominaba
el mundo; el mapa imperial verdaderamente facilitaba la visión
cultural. Un siglo más tarde, esta coincidencia o similitud entre la visión del
sistema mundial y la perspectiva que une geografía e historia literaria nos
parece interesante pero problemática. ¿Cómo debemos entender tal semejanza?
En primer lugar, creo que se requiere articulación y activación:
esto solo podrá llevarse a cabo teniendo muy en cuenta el presente, sobre todo
el desmantelamiento de los imperios clásicos y la nueva independencia de
decenas de pueblos y territorios antes colonizados. Debemos comprender que el
actual modelo planetario —territorios superpuestos, historias entrecruzadas
— estaba ya prefigurado e inscrito en las coincidencias y convergencias
entre geografía, cultura e historia que tan importantes fueron para los
pioneros del comparatismo. Así podremos captar de manera más dinámica el modo
en que el idealismo historicista alimentaba a la vez, exactamente en el mismo
momento, el esquema comparatista de la «literatura mundial» y el mapa
efectivamente imperial del planeta.
Pero esto no puede llevarse a cabo sin aceptar que lo común a ambos es
la elaboración del poder. La erudición genuinamente profunda de los que creían
y practicaban la Weltliteratur implicaba gozar del
extraordinario privilegio del observador que, desde Occidente, pudiese
verdaderamente vigilar la producción mundial de la literatura con una especie
de soberano desinterés. Los orientalistas y los otros estudiosos del mundo no europeo
— antropólogos, historiadores y filólogos— ejercían ese poder, como he tratado
de demostrar en otra parte: muchas veces eran el guante que viste la mano de
una empresa imperial conscientemente aceptada.
En el ensayo de Antonio Gramsci Algunos aspectos de la cuestión
sureña tenemos un modelo explícitamente geográfico. Poco leído y poco
analizado, este estudio es la única pieza sustancial de análisis político y
cultural que Gramsci escribió (aunque nunca lo acabara); se refiere al acertijo
geográfico planteado a la acción y al análisis por sus camaradas y a cómo
pensar sobre el sur de Italia, cómo planificarlo y estudiarlo, dado que su
desintegración social lo hacía incomprensible y, no obstante, paradójicamente
crucial para la comprensión del norte. El valor del brillante análisis de
Gramsci va más allá, creo, de su importancia táctica en 1926: brinda una
culminación a su obra periodística y preludia sus Cuadernos de la
cárcel, en los cuales ofreció —al revés que el monumental Lukács—
excelentes aproximaciones a los fundamentos territoriales, espaciales y
geográficos de la vida social.
Lukács pertenece a la tradición del marxismo hegeliano; Gramsci, a una
línea que une el marxismo con Vico y Croce. Para Lukács, el problema central en
su obra más importante, Historia y conciencia de clase (1923),
es la temporalidad; para Gramsci, como lo revela hasta la más ligera ojeada a
su vocabulario conceptual, la historia social y la realidad están comprendidas
en términos geográficos: predominan términos como «terreno», «territorio»,
«bloques» y «regiones». En La cuestión meridional, Gramsci no solo
se
preocupa por demostrar que la división entre la Italia del norte y la
del sur es básica ante el desafío de qué hacer con la clase obrera nacional en
un momento de impasse, también describe con detalle la peculiar
topografía del sur, curiosa, según dice, por el asombroso contraste entre la
gran masa indiferenciada de campesinos y la presencia de los «grandes»
terratenientes, las editoriales importantes y los notables grupos culturales.
El mismo Croce, figura de gran autoridad y prestigio en Italia, es visto por
Gramsci, con su perspicacia característica, como el filósofo sureño que
encuentra más fácil vincularse con Europa y con Platón que con su propio
entorno tambaleante.
Así, el problema es cómo conectar el sur, cuya pobreza y vasta reserva
laboral son, en su inercia, vulnerables a la política económica y el poder del
norte, con ese norte que a su vez depende de aquel. Gramsci formula su
respuesta de una manera que preanuncia sus conocidos ataques a los
intelectuales en los Cuadernos: estudia a Piero Gobetti, quien,
como intelectual, entendía la necesidad de conectar el proletariado del norte
con el campesinado del sur, cuya estrategia contrastaba abiertamente con la
tendencia de Croce o de Giustino Fortunato y cuyo fin era unir norte y sur en
virtud de sus capacidades para organizar la cultura. Su obra «planteaba la
cuestión sureña en un terreno diferente del tradicional (que consideraba el sur
como mero patio trasero de Italia) introduciendo allí el proletariado del
norte».[7] Pero esta introducción no podría
tener lugar, prosigue Gramsci, a menos que recordásemos que el trabajo
intelectual es más lento y se desarrolla de acuerdo con una cronología mucho
más extensa que la de cualquier otro grupo social. No podemos contemplar la
cultura como un hecho inmediato, sino —tal como afirma en los Cuadernos—
como sub specie aeternitatis (desde la perspectiva de la
eternidad). Debe pasar mucho tiempo para que surja una nueva
formación cultural, y los intelectuales, que se forjan tras largos años de
preparación, actuación y tradición, son
necesarios para
este proceso.
Gramsci entiende también que en el extenso lapso en el que se forma una
cultura, a semejanza de la formación de un arrecife de coral, se necesitan
«rupturas de tipo orgánico». Gobetti representa ese tipo de ruptura: una fisura
que se abre dentro de las estructuras culturales que habían soportado y
encerrado durante tanto tiempo la discrepancia entre el norte y el sur de
Italia. Gramsci considera a Gobetti, como individuo, con evidente simpatía,
aprecio y cordialidad, pero su significación política y social dentro del
análisis de la cuestión sureña (es adecuado que el ensayo inconcluso se
interrumpa abruptamente durante la consideración acerca de Gobetti) se debe a
que acentúa la necesidad de que exista una formación social que se desarrolle,
elabore y construya sobre la fisura de su propia obra y de su propia
insistencia en que el esfuerzo intelectual deba vincular los vacíos entre
regiones aparentemente autónomas y separadas de la historia de los hombres.
Lo que podríamos llamar el factor Gobetti funciona como una conexión que
anima y, por tanto, expresa y representa la relación entre el desarrollo de la
literatura comparada y la emergencia de la geografía imperial; y lo realiza,
además, de modo dinámico y orgánico. Afirmar de ambos discursos que son
imperialistas es decir muy poco acerca de dónde y cómo tienen lugar. Sobre
todo, porque deja fuera lo que hace posible que los articulemos unidos,
como un conjunto, como si mantuviesen una relación que sea más que una
coincidencia, una coyuntura o un puro mecanicismo. Para ello, debemos
considerar la dominación del mundo no europeo desde una perspectiva de
alternativa y resistencia cada vez más desafiante.
Casi sin excepción, los discursos universalizadores de la Europa moderna
y de Estados Unidos presuponen el silencio, voluntario o no, del mundo no
europeo. Silencio; ya sea a través de la incorporación, la inclusión, el
gobierno directo o la coerción. Pero es infrecuente que se reconozca que los
pueblos colonizados
deben ser oídos y sus ideas, conocidas.
Es posible argüir que la producción y la interpretación continua de la
propia cultura occidental mantuvo exactamente tal convicción hasta muy entrado
el siglo XX, aun cuando en el mundo «periférico» crecía la
resistencia al poder occidental. Precisamente a causa de esto (y a causa de
adónde condujo) es ahora posible interpretar el archivo cultural de Occidente
como si se hubiese fracturado geográficamente por la gran divisoria imperial, y
así realizar lecturas e interpretaciones diferentes. En primer lugar, podemos
considerar la historia de las disciplinas del comparatismo, los estudios
ingleses, el análisis cultural y la antropología como aliadas del imperio y, de
alguna manera, casi contribuyendo con sus métodos a mantener la ascendencia
occidental sobre los nativos no occidentales, especialmente si tomamos en
cuenta la conciencia espacial, ejemplificada en la «cuestión sureña» de
Gramsci. Y en segundo término, nuestro cambio de óptica interpretativa nos
permite desafiar la autoridad soberana e indiscutible del observador
occidental, supuestamente desinteresado.
Las formas de la cultura occidental pueden así ser extraídas de las
cápsulas autónomas en que se las encierra y situadas en el entorno de la
dinámica planetaria creada por el imperialismo, a su vez continuamente puesto
en entredicho por el ininterrumpido enfrentamiento entre norte y sur, metrópoli
y periferia, blancos y nativos. De este modo, podríamos considerar el
imperialismo como un proceso que forma parte de la cultura metropolitana, que a
veces admite y otras oculta el sustancial negocio del imperio mismo. La
cuestión importante —muy gramsciana— es cómo las culturas nacionales inglesa,
francesa o norteamericana mantienen su hegemonía sobre las periferias. ¿Cómo se
logra, en el interior de cada una de ellas, el consenso, continuamente
refrendado, para el gobierno distante de pueblos y territorios nativos?
Si recurrimos al archivo cultural, empezaremos a releerlo no de modo
unívoco, sino en contrapunto, con una simultánea conciencia de la
historia metropolitana y a la vez de las otras historias contra las cuales el
discurso dominante actúa mientras, a la vez, permanece a su lado. En el
contrapunto de la música clásica occidental, varios temas se enfrentan y
disfrutan solo de un privilegio provisional. No obstante, en la polifonía
resultante hay orden y concierto, un interjuego organizado que se extrae de los
temas, y no de una melodía rigurosa o de un principio formal externo a la obra.
Creo que, del mismo modo, podemos leer e interpretar las novelas inglesas cuyo
compromiso (casi siempre suprimido) con las Indias Occidentales o la India está
modelado, o quizá hasta determinado, por la historia específica de la
colonización, de la resistencia y, finalmente, del nacionalismo nativo. Al
llegar a este punto, emergen nuevas u opuestas narrativas y se convierten en
entidades institucionalizadas o discursivamente establecidas.
Debería ser evidente que no existe un principio teórico superior que
gobierne el conjunto imperialista y también —interpretando libremente al
crítico africano Chinweizu Ibekwe— que una fisura recorre el interior del
principio de dominación y resistencia que se basa en la división entre
Occidente y el resto del mundo. La fisura afecta cada situación local, cada
superposición, cada relación de interdependencia, cada diferencia; todas con su
propio entramado de asociaciones y formas, sus propios motivos, obras,
instituciones y —lo que es más importante desde el punto de vista de nuestras
relecturas— sus propias posibilidades y condiciones de conocimiento. En cada
sitio donde esta situación se produce, donde se desmonta el modelo
imperialista, donde se vuelven ineficientes e inaplicables sus códigos
incorporativos, universalizadores y totalizadores, se empieza a construir un
nuevo tipo de investigación y de conocimiento.
El estudio del
orientalismo y del africanismo (y de sus ramas afines, lo
inglés y lo francés) es un ejemplo de esas nuevas disciplinas. Hoy
estudiamos estas identidades no como esencias otorgadas por una divinidad, sino
como resultados de la colaboración entre la historia de África y el estudio de
África en Inglaterra, por ejemplo, o entre la historia de Francia y la
reorganización del saber durante el Primer Imperio. En un importante sentido,
nos encontramos ante la formación de identidades culturales, entendidas no como
esencializaciones (a pesar de que parte de su permanente atractivo viene de que
sean vistas así), sino como conjuntos contrapuntísticos: sucede que ninguna
identidad puede existir en sí misma y sin un juego de términos opuestos,
negaciones y oposiciones. Los griegos necesitaban a los bárbaros y los
europeos, a los africanos, orientales, etc. También lo opuesto es verdad.
Incluso las más gigantescas adhesiones de nuestra época a esencializaciones
tales como «islam», «Occidente», «Oriente», «Japón», o «Europa» se pueden
describir de acuerdo con un conocimiento particular, como estructuras de
actitud y referencia, y como tales exigen detallada investigación y análisis.
Si se estudian algunas de las mayores culturas metropolitanas —por
ejemplo, las de Inglaterra, Francia, o Estados Unidos— en el contexto
geográfico de sus luchas por (y entre) los imperios, se vuelve visible una
topografía cultural distintiva. Tengo presente esta topografía cuando utilizo
los términos «estructuras de actitud y referencia», como también la fórmula
seminal de Raymond Williams, «estructuras de sentimiento». Me refiero al modo
en que las estructuras de localización y de referencia geográfica aparecen en
los lenguajes de la literatura, la historia, la etnografía; a veces de manera
alusiva y otras, cuidadosamente tramadas, a lo largo de abundantes obras
individuales, que solo muestran ese modo de conexión entre ellas o con la
ideología oficial del «imperio».
En la cultura británica, por ejemplo, se puede descubrir en Spenser,
Shakespeare, Defoe y Austen cierta preocupación permanente respecto del
espacio empobrecido pero socialmente deseable que es siempre la
Inglaterra metropolitana o Europa, conectada por diseño, motivo y desarrollo a
mundos periféricos o distantes (Irlanda, Venecia, África, Jamaica) concebidos
como apetecibles, pero subordinados. Junto con estas referencias
meticulosamente sostenidas se dan unas actitudes —acerca del gobierno, el
control, el beneficio, el crecimiento y la idoneidad— que se incrementan con
asombrosa fuerza desde el siglo XVII hasta finales del XIX. Estas estructuras no surgen de un plan preexistente
(semiconspiratorio) que los escritores manipularían, sino que están unidas al
desarrollo de la identidad cultural británica, según esta identidad se imagina
en un mundo concebido en términos geográficos. Podríamos descubrir estructuras
similares en las culturas francesa y norteamericana desarrollándose por
diferentes razones y, desde luego, de diferentes maneras. No hemos llegado
todavía al punto en que se pueda decidir si estas estructuras planetariamente
integrales constituyen preparativos para el control y la conquista imperiales,
si acompañan a tales empresas o si, de alguna manera, refleja o inadvertida,
son resultado del imperio. Por ahora solo podemos comprobar la asombrosa
frecuencia de las articulaciones geográficas en las tres culturas occidentales
que han dominado la mayoría de los territorios remotos. En el segundo capítulo
de esta parte profundizo en el problema y sugiero varias respuestas.
Según mi modesto y leal saber y entender, tras haber leído y comprendido
esas «estructuras de actitud y referencia», casi no existió disenso,
discrepancia o reticencia respecto a ellas: había una unanimidad implícita en
cuanto a que las razas sometidas debían ser gobernadas, en cuanto a la
existencia de razas inferiores, en cuanto a que una raza en particular merecía
y se había ganado totalmente el derecho a ser considerada como aquella cuya
misión principal era extenderse fuera de sus propios dominios. (De hecho, según
lo formularía Seeley en 1883 respecto a los ingleses —Francia y
Estados Unidos tenían sus propios teóricos—, Gran Bretaña solo podía ser
entendida en esos términos). Quizá sea embarazoso que ciertos sectores de las
culturas metropolitanas, que desde entonces se han convertido en vanguardia de
la protesta social de nuestra época, fuesen miembros satisfechos del consenso
imperialista. Con pocas excepciones, tanto las mujeres como el movimiento
obrero fueron proimperialistas. Siempre pasamos por grandes dificultades cuando
intentamos demostrar la participación de diferentes imaginaciones,
sensibilidades, ideas y filosofías en una obra, o convencer de que cada obra
literaria o artística es especial. En cambio, en este aspecto se daba una
unidad de propósito explícita: había que mantener el imperio. Y el imperio se
mantuvo.
No hubiera sido posible leer e interpretar los textos mayores de la
cultura metropolitana, de este modo reformulados y nuevamente activados, sin
los movimientos de resistencia contra el imperio que tuvieron lugar en toda la
periferia. En el tercer capítulo sostengo que hoy, una nueva conciencia
planetaria conecta los diversos escenarios locales de la contestación
antiimperialista. Actualmente, los escritores y eruditos provenientes del mundo
antes colonizado han impuesto sus historias diversas o han trazado sus
geografías locales sobre los grandes textos centrales y canónicos europeos. De
esas interacciones superpuestas pero discrepantes surgen las nuevas lecturas y
saberes. Basta pensar en los movimientos tremendamente vigorosos de finales de
los ochenta —la ruptura de barreras, los levantamientos populares, los saltos
por encima de las fronteras, los sangrantes problemas de la inmigración, los
refugiados y los derechos de las minorías en Occidente— para comprender cuán
obsoletas están las viejas categorías, las separaciones estrechas y las
autonomías confortables.
Por ello es muy importante comprobar sobre qué bases se construyeron
estas entidades y comprender con qué parsimonia adquirió autoridad y poder,
para imponerse allende los mares, la idea de que existía una cultura
británica insuperable. Para un individuo, esta es una tremenda tarea, pero hoy
se aboca a ello una nueva generación entera de estudiosos e intelectuales del
Tercer Mundo.
Aquí es precisa una palabra de cautela y de prudencia. Uno de los
problemas es la incómoda relación entre nacionalismo y liberación, dos ideales
o metas para aquellos comprometidos en la lucha contra el imperialismo. Es
cierto que, en general, la creación de muchos nuevos estados nación en el mundo
poscolonial ha logrado devolver la primacía a lo que se ha dado en llamar
comunidades imaginadas, parodiadas y satirizadas por escritores como V. S.
Naipaul y Conor Cruise O’Brien, y dominadas por decenas de dictadorzuelos y
pequeños déspotas enclaustrados en multitud de estados nación. No obstante,
existe casi siempre, frente a ellos, una suerte de auténtico sentimiento de
oposición en la conciencia de muchos investigadores e intelectuales del Tercer
Mundo, particularmente (pero no únicamente) en los exiliados, expatriados,
refugiados o inmigrantes en Occidente, herederos de la obra de desterrados de
principios de siglo, como C. L. R. James y George Antonius. Sus intentos de
conectar las experiencias de uno y otro lado de la divisoria imperial, de
reexaminar las grandes tradiciones o de producir lo que, en efecto, constituye
una literatura crítica no puede ser cooptado (y en general no lo ha sido) por
los nacionalismos resurgentes, los despotismos y las ideologías mezquinas que
traicionan el ideal de liberación en aras de la realidad nacionalista
independiente.
Más aún: debemos considerar sus obras en la medida en que comparten
importantes preocupaciones con las minorías y con las voces «suprimidas» dentro
de la misma metrópoli: feministas, escritores afronorteamericanos,
intelectuales y artistas, entre otros. Aquí, la vigilancia y la autocrítica son
fundamentales, porque existe el peligro inherente de que la voluntad de
oposición se institucionalice, la marginalidad se torne separatismo y la
resistencia se vuelva dogmática. Seguramente, el activismo que alimenta y
reformula los desafíos políticos de la vida intelectual está a salvo de la
ortodoxia, pero siempre es necesario impedir que lo comunitario se vuelva
coercitivo, mantener la crítica por encima de la mera solidaridad y guardar una
actitud vigilante sobre el mero asentimiento.
Puesto que los asuntos que trato aquí constituyen una especie de secuela
de Orientalismo, y que escribí ambos libros en Estados Unidos, se
imponen ciertas consideraciones acerca del entorno cultural y
político norteamericano. Estados Unidos no es simplemente un país muy grande.
Es la última superpotencia, una potencia enormemente influyente y que con
frecuencia interviene en casi cualquier parte del planeta. Los ciudadanos e
intelectuales norteamericanos tienen una particular responsabilidad por la
relación entre su país y el resto del mundo, responsabilidad que de ninguna
manera se ve menguada o satisfecha arguyendo que la Unión Soviética, Gran
Bretaña, Francia o China han sido o son peores. El hecho es que nosotros somos
verdaderamente responsables y, por lo tanto, nos encontramos más capacitados
para influir sobre este país de lo que lo estuvieron los ciudadanos de la Unión
Soviética anterior a Mijail Gorbachov o los de otros países. De modo que
deberemos tomar escrupulosa nota de cómo Estados Unidos ha reemplazado al resto
de los anteriores imperios y se ha convertido en la fuerza exterior dominante
en América Central y América del Sur, en Oriente Próximo o en África y Asia.
Si se lo considera honestamente, no se trata de un buen historial. Desde
la Segunda Guerra Mundial, las intervenciones militares de Estados Unidos han
tenido lugar (y siguen teniéndolo) en casi todos los continentes, y algunas han
sido de gran complejidad y extensión, con tremendas inversiones nacionales,
como ahora estamos apenas empezando a descubrir. Todo ello constituye,
según lo formulara William Appleman Williams, el imperio como forma de
vida. Las continuas revelaciones acerca de la guerra de Vietnam, el apoyo
estadounidense a los «contras» nicaragüenses o la crisis del Golfo Pérsico son
solo una parte de este complejo de actuaciones intervencionistas. Se presta
insuficiente atención al carácter que bien podríamos describir como
imperialista de las políticas norteamericanas para Oriente Próximo y América
Central, ya explotando la apertura geopolítica entre los llamados «moderados»
de Irán, ya ayudando a los llamados «luchadores de la libertad» de la contra
nicaragüense para derribar el Gobierno constitucional elegido en Nicaragua, ya
acudiendo a sostener a las familias reales de Arabia Saudí y Kuwait.
Aun cuando estuviésemos dispuestos a admitir, como muchos lo hacen, que
la política exterior norteamericana es, sobre todo, altruista y está dedicada a
metas tan indiscutibles como la libertad y la democracia, quedaría en pie una
buena dosis de escepticismo. La vigencia de las afirmaciones de T. S. Eliot en
«Tradition and the Individual Talent» acerca del sentido histórico son
evidentemente importantes. ¿Acaso no estamos repitiendo, como nación, lo que
Francia, Gran Bretaña, España, Portugal, Holanda y Alemania hicieron antes que
nosotros? A pesar de ello, ¿no tendemos a considerarnos de algún modo eximidos
de responsabilidad con respecto a esas aventuras imperiales, aun más sórdidas
que las que precedieron la nuestra?
Además, ¿no existe entre nosotros la nunca discutida convicción de que
nuestro destino es dirigir y gobernar el mundo, un destino que nos hemos
asignado como parte de nuestra travesía del desierto?
Brevemente, diré que, como nación, nos enfrentamos a la cuestión,
profundamente complicada y perturbadora, de nuestra relación con los otros: con
otras culturas, estados, historias, experiencias, tradiciones, pueblos y
destinos. Por encima de esta cuestión no existe un principio de Arquímedes
desde el cual responderla, ni una posición ventajosa, fuera de la
realidad de los vínculos entre las culturas, o entre las potencias de desigual
poder, imperialistas y no imperialistas. Nadie detenta el privilegio
epistemológico de juzgar, evaluar o interpretar, de alguna manera, el mundo
libre de la acumulación de intereses y compromisos de las relaciones mismas.
Somos, por decirlo de algún modo, parte de las conexiones; no estamos fuera ni
por encima de ellas. Y nos incumbe, como intelectuales, humanistas o críticos
seculares, comprender desde dentro de la realidad el papel de Estados Unidos en
un mundo de naciones y potencias. Como participantes de esa realidad, no como
esos displicentes observadores que, según dijera Yeats en su perfecta
descripción de Oliver Goldsmith, deliberadamente chupan del panal de nuestras
mentes.
Los trabajos contemporáneos en la reciente antropología europea y
norteamericana reflejan esos acertijos y correspondencias de modo tan
sintomático como interesante. La práctica cultural del antropólogo trae
aparejada, como principal elemento constitutivo, una relación de fuerzas
desigual entre el etnógrafo observador occidental y el no europeo o no
occidental, primitivo o, al menos, indiferente, y ciertamente más débil y menos
desarrollado. En el extraordinariamente rico texto de Kim, Kipling
extrapola el significado político de tal relación y lo encarna en la figura del
coronel Creighton, un etnógrafo a cargo del Survey of India que es también jefe
de los servicios británicos de inteligencia en la colonia, ese «Gran Juego» al
cual pertenece Kim. La moderna antropología occidental ha repetido con
frecuencia esta problemática relación y en obras recientes, un buen número de
teóricos se ha enfrentado con la casi insuperable contradicción entre una
realidad política basada en la fuerza y el deseo científico y humano de
entender al otro a través de la simpatía y de la hermenéutica,
no por medios condicionados por la fuerza.
El hecho de que tales esfuerzos triunfen o fracasen es menos interesante
que aquello que los hace característicos y también posibles: una aguda y a la
vez desconcertada conciencia del escenario imperial, insoslayable y
omnipresente. De hecho, no conozco ningún modo de aprehender el mundo desde
dentro de la cultura norteamericana (con toda su historia de exterminación e
incorporación) que no asimile a la vez la oposición antiimperialista. Diría que
este es un hecho cultural de extraordinaria importancia tanto desde el punto de
vista político como interpretativo, a pesar de que no haya sido reconocido así
en la teoría literaria y de la cultura y a pesar de que en los discursos
culturales habitualmente se lo elude o se lo bloquea. Cuando leemos a la
mayoría de los deconstruccionistas, marxistas o representantes de la nueva
historia, nos encontramos ante escritores cuyo horizonte político y
localización histórica se confina a una sociedad y una cultura profundamente
inmersas en la dominación imperial. Pero casi no toman en cuenta ese horizonte
ni reconocen los límites del escenario ni admiten, casi, la existencia del
entorno imperialista mismo. En cambio, se tiene la impresión de que la
interpretación de otras culturas, o textos, o pueblos —en el fondo, las interpretaciones
tratan de eso—, se dan en un vacío sin tiempo, tan complaciente y permisivo
como para volcar su interpretación directamente dentro de un contexto
universalista, exento de todo afecto, de toda inhibición, de todo vínculo
interesado.
Por supuesto, vivimos en un mundo no solo de bienes materiales, sino
también de representaciones. Y la representación —su producción, circulación,
historia e interpretación— constituye el auténtico elemento de la cultura. En
muchas teorías recientes el problema de la representación se ha vuelto central,
a pesar de que raramente se la sitúa en el completo contexto político, un
contexto que no deja de ser primordialmente imperial. En lugar de esto,
tenemos, por un lado, una esfera cultural, supuestamente libre y
abierta, sin condiciones a la etérea especulación teórica y a la
investigación, y por otro, una esfera política degradada, donde se supone que
tiene lugar la auténtica lucha entre distintos intereses. Para el estudioso
profesional de la cultura —el humanista, el crítico, el académico—, solo una
esfera es relevante; más aún, se acepta que las dos esferas están separadas.
Pero no solo se encuentran conectadas: en última instancia, son lo mismo.
En esta separación ha tenido lugar una radical falsificación. Se vacía
la cultura de cualquier vínculo con el poder y se consideran las
representaciones solo como imágenes apolíticas que deben ser analizadas y
dispuestas como cualquier otra gramática del intercambio. Entonces, el divorcio
del presente respecto del pasado se supone completo. Pero lejos de ser esta
separación de esferas una elección neutral o accidental, su auténtico sentido
es un acto de complicidad, la elección humanista de un modelo textual
sistemáticamente purgado, disfrazado, despojado, cuyos principales rasgos se
incorporarán inevitablemente a la continua discusión acerca del problema del
imperio mismo.
Lo formularé de otra manera, con ejemplos familiares para cualquiera. Al
menos durante la última década ha tenido lugar en Estados Unidos un debate
abierto y franco sobre los significados, los contenidos y los objetivos de la
educación liberal. Muchos de los términos del debate se vieron estimulados por
las rebeliones universitarias de los sesenta, cuando pareció que, por primera
vez en este siglo, la estructura, la autoridad y la tradición de la educación
norteamericana se veían desafiadas por fuerzas indeseables, surgidas de la
provocación de tipo social e intelectual. Adquirieron prestigio e interés una
serie de nuevas corrientes académicas y se fortaleció lo que hoy denominamos
«teoría» (término bajo el cual agrupamos nuevas disciplinas, como el psicoanálisis,
la lingüística o la filosofía nietzscheana, desalojadas de los terrenos
tradicionales de la filología, la filosofía moral y las ciencias
naturales). Estas corrientes parecían socavar la autoridad y estabilidad
de los cánones establecidos, los campos bien delimitados, los procedimientos
asentados de acreditación, investigación y división del trabajo intelectual.
Que esto ocurriera en el modesto y circunscrito terreno de las actividades
académicas y culturales simultáneamente a la gran ola de protesta antibelicista
y antiimperialista no fue un hecho fortuito, sino, más bien, una genuina
coyuntura política e intelectual.
Se da una considerable ironía en el hecho de que nuestra búsqueda
metropolitana de una nueva y más vigorosa tradición siguiese al agotamiento de
las vanguardias y se expresase, de variadas maneras, como posmodernismo. O,
como he dicho antes citando a Lyotard, que esto tenga lugar cuando se pierde el
poder legitimador de los relatos de la emancipación y la ilustración de
Occidente. Simultáneamente, las vanguardias y el proyecto moderno son
redescubiertos en el mundo periférico antes colonizado, donde el tono lo da la
resistencia, la lógica de la osadía y las múltiples investigaciones respecto a
la vieja tradición (al-Turath en el mundo islámico).
Ante estas nuevas coyunturas, Occidente ofrece una primera respuesta
profundamente reaccionaria: se esfuerza por reafirmar las antiguas autoridades
y cánones, se esfuerza por reinstalar en la tradición esos veinte o treinta
libros occidentales imprescindibles para la educación de un miembro de
Occidente. Estos esfuerzos se envuelven en la retórica de un patriotismo
beligerante.
Pero podría existir otra respuesta, que vale la pena retomar aquí porque
ofrece una importante oportunidad teórica. De manera tan radical como esencial,
la experiencia cultural es híbrida; de hecho, lo es cualquier forma de cultura.
Si en Occidente, desde Immanuel Kant, la tendencia ha consistido en aislar las
esferas culturales y estéticas separándolas de los ámbitos del
mundo, ya es hora de volverlas a poner en él. Bajo ningún punto de vista
este es un asunto sencillo, porque creo que la esencia de la experiencia
occidental, al menos desde el siglo XVIII, ha sido la de apropiarse de dominios distantes y reforzar su
hegemonía, pero también la de dividir las esferas de la cultura y de la
experiencia en dos ámbitos aparentemente separados. En mi opinión, entidades
tales como razas y naciones, esencias como lo inglés o el orientalismo, o modos
de producción como el asiático y el occidental, atestiguan la existencia de una
ideología cuyos correlatos culturales precedieron ampliamente a la acumulación
actual de territorios imperiales en todo el planeta.
Muchos historiadores del periodo afirman que la etapa imperialista
empezó formalmente alrededor de 1878, con el «reparto de África». Una mirada
más atenta a las realidades culturales revelará que existían perspectivas más
tempranas, profunda y firmemente asentadas, sobre la hegemonía europea. Hacia
finales del siglo XVIII podemos describir ya un sistema de ideas coherente y completamente
activo. A esto le sigue un juego de desarrollos integrales, como las primeras
conquistas sistemáticas bajo Napoleón, la emergencia de los nacionalismos y los
estados nación europeos, el advenimiento de la industrialización a gran escala
y la consolidación del poder de la burguesía. Este es también el periodo en el
cual la forma novelística y la nueva narración histórica se tornan preeminentes
y en el que se comprende claramente la importancia de la subjetividad en
relación con el tiempo histórico.
No obstante, muchos historiadores de la cultura, y ciertamente todos los
especialistas en literatura, han olvidado tomar en cuenta la notación
geográfica, el alzado y trazado teórico del territorio que subyace en la
ficción occidental, en la escritura de la historia y el discurso filosófico de
la época. Primero está la autoridad del observador europeo: viajero,
comerciante,
erudito, historiador o novelista. Luego viene la jerarquía de los
espacios a causa de los cuales el centro metropolitano y, gradualmente, la
economía metropolitana se consideran dependientes del sistema de control
territorial, la explotación económica y la visión sociocultural de ultramar.
Sin esta segunda instancia, la prosperidad y estabilidad en casa —«casa» es una
palabra de resonancias extremadamente potentes— no sería posible. Para lo que
intento demostrar, el ejemplo perfecto se encuentra en Mansfield Park,
de Jane Austen, en la cual la plantación de esclavos de la isla de Antigua,
propiedad de Thomas Bertram, es misteriosamente necesaria para la prosperidad y
belleza de Mansfield Park, un sitio descrito en términos morales y estéticos
mucho antes de que tuviera lugar el reparto de África, o sea, antes de que
empezara la era de los imperios. Tal como lo formuló John Stuart Mill en
sus Principles of Political Economy:
No podemos apenas considerar estas [lejanas posesiones nuestras] como
países que mantengan un intercambio de bienes con nuestros países, sino, más
adecuadamente, como remotas propiedades agrícolas o manufactureras que
pertenecen a una comunidad más grande. Por ejemplo, no podemos considerar como
países que posean un capital productivo propio a nuestras colonias de las
Indias Occidentales... [sino que son más bien] el lugar en el que Inglaterra
encuentra conveniente llevar a cabo su producción de azúcar, café u otros
productos tropicales.[8]
Si se lee este extraordinario pasaje junto con la novela de Jane Austen,
surge un cuadro mucho menos benigno que el habitual cuando se consideran las
formaciones culturales en la era preimperialista. En Mill nos encontramos con
el tono implacable del propietario y señor blanco, acostumbrado a enfrentarse
con la realidad, las labores y los sufrimientos de millones de esclavos
transportados de un continente a otro, reducidos únicamente al estado de piezas
«para beneficio de los propietarios». Como dice Mills, estas colonias debían
ser consideradas apenas algo más que una conveniencia. Actitud que confirma
Jane Austen cuando, en Mansfield Park, sublima las
agonías de la vida caribeña en una media docena de pasajes referentes a
Antigua. Casi el mismo proceso tiene lugar en los principales escritores de
Inglaterra y de Francia. Brevemente, la metrópoli adquiere su autoridad, en
gran medida, mediante la devaluación y también la explotación de las remotas
posesiones coloniales. (No es casual que Walter Rodney titulara su gran tratado
acerca de la descolonización, en 1972, How Europe Underdeveloped Africa).
Finalmente, la autoridad del observador y de la centralidad geográfica
europea es reforzada por un discurso cultural que relega y confina lo no
europeo a un rango secundario racial, cultural y ontológico. Paradójicamente,
este carácter secundario es esencial para la primacía de lo europeo, lo cual
constituye, desde luego, la paradoja estudiada por Césaire, Fanon y Memmi. Una
de las muchas ironías de la moderna teoría literaria es que los buscadores de
aporías y de imposibilidades de lectura, rara vez han investigado esta
contradicción. Quizá esto se debe a que aquí se pone el énfasis, no tanto en
cómo leer, sino en qué se lee y qué se escribe y representa. Uno de los
inmensos méritos de Conrad es haber dado a tan compleja y rica prosa la
auténtica nota imperialista. Él proveyó a la vez a las fuerzas de la
acumulación planetaria y del dominio mundial de un motor ideológico
autosuficiente —lo que Marlow llama eficiencia y devoción a la idea que está
detrás de «eso», siendo «eso» despojar de sus territorios a los de piel más
oscura o nariz más chata— y simultáneamente tendió una pantalla sobre el
proceso, proclamando que el arte y la cultura nada tienen que ver con «eso».
Qué leer y qué hacer con lo que se lee: esta es la completa formulación
del problema. A pesar de todas las energías volcadas en la teoría crítica, en
prácticas nuevas y desmitificadoras como el nuevo historicismo, la
deconstrucción o el marxismo, todas ellas han evitado el horizonte político de
mayor alcance —yo diría determinante— de la cultura occidental moderna: el
imperialismo. Esta masiva elusión sostiene la inclusión y la exclusión
canónicas. Por un lado, se incluye a los Rousseau, los Nietzsche, los
Wordsworth, los Dickens, los Flaubert, etcétera; y por otro, se excluye la
relación de cada uno de ellos con la extensa, compleja y estriada obra del
imperio. Pero ¿por qué tiene esto que ver con qué leer y sobre qué lugar? Muy
sencillamente, porque el discurso crítico no ha tomado en cuenta la literatura
poscolonial en su variedad y enorme interés; una literatura producida durante
el proceso de resistencia a la expansión imperialista de Europa y de Estados
Unidos en los dos últimos siglos. Leer a Austen sin leer al mismo tiempo a
Fanon y a Cabral —etcétera, etcétera— es despojar a la cultura moderna de sus
compromisos y sus afinidades. Se trata de un proceso que deberá invertirse.
Pero se pueden hacer más cosas. La teoría crítica y los estudios de
historia literaria han reinterpretado y revalorizado ya algunos núcleos mayores
de la literatura, el arte y la filosofía occidentales. En general, se trata de
obras estimulantes y poderosas, a pesar de que muchas veces se siente que se ha
volcado más pasión en la refinada elaboración de la interpretación que en un
compromiso estrecho con lo que yo llamaría crítica secular y comprometida. Una
crítica así no puede llevarse a cabo sin la auténtica convicción de que los
modelos históricos que se eligen son relevantes para el cambio social e
intelectual. Sin embargo, si leemos e interpretamos la cultura moderna europea
y norteamericana como si tuviese algo que ver con el imperialismo, se vuelve al
mismo tiempo necesario para nosotros reinterpretar la tradición a la luz de
textos cuya situación dentro de ella ha sido insuficientemente relacionada y
sopesada con respecto a la expansión de Europa. En otras palabras, este
procedimiento supone la lectura de la tradición como un acompañamiento
polifónico de la expansión de Europa, y por ello atribuye una diferente
dirección y valor a escritores como Conrad y Kipling, siempre
considerados como caballeros, y no como escritores cuyos temas
manifiestamente imperialistas poseen largas, subterráneas e implícitas
conexiones vitales previas con la producción anterior de Austen o de
Chateaubriand, por ejemplo.
Además, la teoría debe empezar a reformular la relación entre imperio y
cultura. Existen ya algunos jalones que marcan el camino, como la obra de
Kiernan o la de Martin Green, pero la preocupación por estos problemas no ha
sido intensa. Sin embargo, las cosas empiezan a cambiar, como he señalado
anteriormente. Muchas obras de otras disciplinas —aquí, en el Tercer Mundo o en
Europa— comienzan a embarcarse en estas empresas teóricas e históricas, y
muchas de ellas parecen converger, de una u otra manera, hacia los problemas
del discurso imperialista, de la práctica colonialista, etcétera. Desde el
punto de vista teórico, estamos en el momento de hacer el inventario de
la interpelación de la cultura por parte del antiguo imperio,
y los esfuerzos hasta ahora desplegados son apenas más que rudimentarios. Y
como el estudio de la cultura se extiende hacia los medios de comunicación de
masas, la cultura popular, la micropolítica, etcétera, las visiones respecto
del poder y de la hegemonía se vuelven mucho más agudas.
En tercer lugar, debemos sostener ante nosotros las necesidades del
presente como señales y paradigmas para el estudio del pasado. Si he insistido
en la integración y la conexión entre el pasado y el presente, no ha sido para
atenuar o reequilibrar las diferencias, sino, más bien, para provocar un
sentimiento más urgente de la interdependencia entre tales cosas. El
imperialismo es una experiencia tan vasta y a la vez tan detallada con respecto
a dimensiones culturales decisivas que debemos referirnos a territorios
superpuestos, a historias entrecruzadas comunes a hombres y mujeres, a blancos
y no blancos, a habitantes de las metrópolis y de las periferias, al pasado
tanto como al presente y al futuro. Estos territorios e
historias solo
pueden ser contemplados desde la perspectiva del conjunto de la historia humana
secular.
SEGUNDA PARTE
Una visión consolidada
Nos autodenominábamos «intrusivos», como si formásemos una banda;
queríamos realmente invadir los cauces convencionales de la política exterior
británica y construir un pueblo nuevo en Oriente, a pesar de las líneas que nos
habían marcado nuestros antepasados.
T. E. LAWRENCE, Los siete pilares de la sabiduría
1
Narrativa y espacio social
Casi en todas partes, a lo largo del siglo XIX y principios del XX, encontraremos en las culturas británica y francesa alusiones a los
hechos imperiales, pero quizá en ninguna parte con más regularidad y frecuencia
que en la novela inglesa. Vistas en conjunto, estas alusiones constituyen lo
que he llamado una estructura de actitud y referencia. En Mansfield
Park, que es entre todas las obras de Jane Austen la que más cuidadosamente
define los valores sociales y morales dominantes en el conjunto de su
producción, las referencias a las posesiones de ultramar de sir Thomas Bertram
llenan la novela: le dan riqueza, son el motivo de sus ausencias, fijan su
categoría social en casa y en el extranjero y hacen posibles sus valores, los
cuales finalmente suscribe Fanny Price (y la propia Austen). Si, como ella
afirma, Mansfield Park trata del «orden» (ordination),
veremos que el derecho a las posesiones coloniales ayuda
directamente a establecer el orden social y las prioridades morales en el
hogar. Como también lo hace Bertha Mason, la desquiciada esposa de Rochester
en Jane Eyre, que proviene de las Antillas Occidentales y es una
presencia amenazante que se encuentra confinada en el ático. En La
feria de las vanidades, de Thackeray, Joseph Sedley es un potentado hindú
cuya veleidosa conducta y excesiva (tal vez inmerecida)
fortuna se contraponen al finalmente inaceptable descarrío de Becky, a
su vez contrastado con la decencia de Amelia, convenientemente recompensada al
final; a la vez, se nos presenta a Joseph Dobbin dedicado tranquilamente a la
escritura de una historia del Punyab. En Westward Ho!, de Charles
Kingsley, el noble navío Rose vagabundea por el Caribe y
Sudamérica. En Grandes esperanzas, de Dickens, Abel Magwitch es el
convicto deportado a Australia cuya fortuna —convenientemente
trasladada desde el escenario de los triunfos provincianos del jovencito Pip
hasta su florecimiento londinense bajo la apariencia de caballero— es la que,
de modo irónico, hace posible esas «grandes esperanzas» que Pip alienta. En
muchas otras novelas de Dickens, los hombres de negocios tienen conexiones con
el imperio: Dombey y Quilp son dos ejemplos notables. Para el Tancredo de
Benjamin Disraeli y para el Daniel Deronda de George Eliot, Oriente es en parte
el hábitat de los nativos (o de la población de europeos inmigrados) y en parte
ha sido incorporado bajo el ala del imperio. En Retrato de una dama,
de Henry James, Ralph Touchett viaja a Argelia y Egipto. Y cuando llegamos a
Kipling, Conrad, Arthur Conan Doyle, Henry Rider Haggard, R. L. Stevenson,
George Orwell, Joyce Cary, E. M. Forster y T. E. Lawrence, el imperio es, en
todos lados, el escenario fundamental.
En Francia, la situación era diferente, en la medida en que la vocación
política imperial francesa durante el siglo XIX fue distinta de la de Inglaterra, reforzada como estaba por la
continuidad y estabilidad de la misma política británica. Los reveses
políticos, la pérdida de colonias, la inseguridad de la posesión y los cambios
filosóficos, que Francia experimentó durante la Revolución y durante la era
napoleónica, hicieron que su carácter imperial gozase de una identidad menos
segura y su presencia en la cultura francesa fuese menor. En Chateaubriand y
Alphonse de Lamartine oímos la retórica de la grandeur imperial;
en la pintura, en la escritura histórica y filológica, en la
música y en el teatro solemos tener frecuentemente una nítida captación
de las lejanas posesiones francesas. Pero después de mediados de siglo, y en la
cultura de Francia en su conjunto, raramente encontramos ese denso, casi
filosófico sentimiento de la misión imperial que hallamos en Inglaterra.
Existe también un abundante cuerpo de escritos norteamericanos,
contemporáneos de los franceses e ingleses, que muestra un talante imperialista
peculiarmente agudo, aun a pesar de su paradójico y feroz antiimperialismo,
dirigido centralmente al Viejo Mundo. Pensemos, por ejemplo, en la «travesía
del desierto» de los puritanos y luego en la preocupación extraordinariamente
obsesiva de James Fenimore Cooper, Mark Twain, Herman Melville y otros acerca
de la expansión norteamericana hacia el oeste, unida a la total colonización y
destrucción de la vida de los nativos (según ha sido memorablemente estudiada
por Richard Slotkin, Patricia Limerick y Michael Paul Rogin);[1] se trata de un motivo imperial que
emerge para rivalizar con el europeo. (En el capítulo 4 de esta parte abordaré
otros aspectos más recientes del imperialismo de Estados Unidos a finales de
este siglo).
Durante la mayor parte del siglo XIX europeo, el imperio funciona como referencia, punto de definición
y sitio fácilmente aceptado para viajar y para obtener riqueza y servicio: es
una presencia codificada, aunque solo en parte, visible, similar a los criados
de las grandes mansiones y hoteles, cuyo trabajo se da por supuesto, aunque
muchas veces apenas se lo mencione, se le confiera profundidad o incluso haya
sido estudiado (a pesar de que últimamente Bruce Robbins haya escrito sobre
esto).[2] Para citar otra curiosa analogía,
diré que las posesiones imperiales están siempre, provechosamente, ahí,
anónimas y colectivas, como las masas de desheredados (analizadas por Gareth
Stedman Jones)[3] formadas por trabajadores de paso,
empleados a destajo, artesanos de temporada. Su
existencia cuenta siempre, aunque no sus nombres e identidades: son
útiles sin estar del todo ahí. Constituyen el equivalente literario, en los
términos de algún modo autocelebratorios de Eric Robert Wolf, de la «gente sin
historia»,
[4] gente de la que depende la economía y
la política mantenidas por el imperio, pero cuya realidad no ha exigido
atención histórica o cultural.
En todos estos ejemplos, los hechos del imperio se asocian con
sustanciosas posesiones, con espacios vastos y a veces desconocidos, con seres
humanos excéntricos o inaceptables, con incrementos de fortuna y actividades
fantaseadas como la emigración, el hacer dinero y las aventuras sexuales. Los
descarriados hijos menores eran enviados a las colonias, los parientes mayores
e impresentables marchaban para tratar de recuperar patrimonios perdidos (como
en La Cousine Bette de Balzac) y jóvenes y emprendedores viajeros
se iban a reparar los excesos de juventud y a coleccionar toda clase de cosas
exóticas. Los territorios coloniales han sido esferas de posibilidad y han
estado siempre asociados a la novela realista. Robinson Crusoe es prácticamente
impensable sin la misión colonizadora que le permite crear un nuevo mundo a
partir del propio en las distantes inmensidades africanas, pacíficas o
atlánticas. Pero la mayor parte de los grandes realistas del siglo XIX son menos tajantes de lo que lo
fue Defoe o,
posteriormente, Conrad o Kipling, en cuya época las grandes reformas
electorales y la participación masiva en la política hicieron que la rivalidad
imperialista se convirtiera en un asunto doméstico más presente. En el último
año del siglo XIX, con el reparto de
África, la consolidación de la Unión Imperial Francesa, la anexión
norteamericana de las Filipinas y el dominio británico del subcontinente indio,
el imperialismo se convirtió en una preocupación universal.
Lo que quisiera hacer notar es que la crítica ha descuidado estas
realidades coloniales e imperialistas, mientras que ha mostrado extraordinaria
imaginación e ingenio en el descubrimiento de otros asuntos que
discutir. Los relativamente escasos escritores y críticos que discuten la
relación entre cultura e imperio —entre ellos Martin Green, Molly Mahood, John
McClure y, sobre todo, Patrick Brantlinger— han llevado a cabo excelentes
contribuciones, aunque sus obras sean en esencia narrativas y descriptivas: han
destacado la presencia de ciertos temas, la importancia de ciertas coyunturas
históricas y la influencia o persistencia de ciertas ideas acerca del
imperialismo, con lo cual cubren una enorme cantidad de material.[5] En casi todos los casos escriben de
manera crítica sobre el imperialismo, de ese modo de vida que William Appleman
Williams describe como compatible con toda clase de argumentos ideológicos, aun
antinómicos, puesto que durante el siglo XIX «los triunfos imperiales hicieron necesario el desarrollo de una
ideología que se les adecuase», en alianza con los métodos militares,
económicos y políticos. Esto permitió que «se preservase y extendiese el
imperio sin agotar su sustancia psíquica, cultural o económica». Dentro de las
obras de esos investigadores hay indicios de que, por volver a citar a
Williams, el imperialismo es capaz de producir imágenes inquietantes de sí
mismo; por ejemplo, la de un «policía bonachón y progresista».[6]
Pero estos críticos son casi siempre escritores descriptivos y
positivistas, asombrosamente diferentes del pequeño grupo de los que
contribuyen a la teoría general e ideológica. Entre ellos, Jonah Raskin
en The Mythology of Imperialism; Gordon K. Lewis en Slavery,
Imperialism and Freedom; y V. G. Kiernan en Marxism and
Imperialism y en su otra obra fundamental, The Lords of Human
Kind.[7] Todas estas obras, en gran medida
deudoras del análisis y de las premisas marxistas, sostienen la
centralidad del pensamiento imperialista en la cultura occidental moderna.
Sin embargo, en ninguna parte ha logrado alguno de ellos influir, hasta
el punto de modificarla, en nuestra manera de enfrentarnos con las obras
canónicas de la cultura europea de los siglos XIX y XX. Las figuras mayores de la crítica sencillamente han pasado por alto el
imperialismo. Releyendo recientemente el sutil librito de Lionel Trilling sobre
E. M. Forster, por ejemplo, me chocó que su, por lo demás, agudo comentario
acerca de Howards End ni por un momento mencionara el
imperialismo, lo cual, de acuerdo con mi lectura del libro, es
imposible; mucho menos lo es pasarlo por alto. Después de todo, Henry Wilcox y
su familia son dueños de plantaciones de caucho: «Tenían ese espíritu colonial,
siempre en busca de algún rincón donde el hombre blanco pudiese soportar sus
desdichas sin ser observado».[8] Con frecuencia, Forster asocia y
contrasta este hecho con los cambios que estaban ocurriendo en Inglaterra,
cambios que afectaban a Leonard y Jacky Bast, a los Schlegel, al propio Howards
End. Está también el caso sorprendente de Raymond Williams, cuyo Culture
and Society no trata en absoluto de la experiencia imperial. (En una
entrevista, cuando a Williams se le reprochó esta ausencia palmaria, puesto que
el imperialismo «no era algo secundario y externo, sino absolutamente
constitutivo de la entera naturaleza del orden político y social inglés: el hecho
fundamental»,[9] él replicó que su experiencia galesa,
que le hubiese permitido pensar acerca de la experiencia imperialista, «estaba
casi del todo en estado latente» en la época en que escribió Culture
and Society).[10] Las pocas y tensas páginas que tocan
el problema de la cultura y el imperialismo en The Country and the City son
ajenas a la idea principal del libro.
¿Por qué tienen lugar estos lapsus? ¿Cómo registró y soportó la
centralidad de la visión imperial esa misma cultura que la produjo, que hasta
cierto punto la disfrazó y que también fue transformada por ella? Naturalmente,
cuando se tiene un origen colonial, la cuestión imperial es determinante en la
propia formación, y será un factor de atracción aun cuando se dedique uno a la
crítica de la literatura europea. El especialista en literatura inglesa de
origen
indio o africano leerá Kim o El corazón de las
tinieblas con una urgencia crítica que seguramente no experimentará un
norteamericano o un británico. Pero ¿de qué manera seremos capaces de formular
la relación entre cultura e imperialismo más allá de las afirmaciones del
testimonio personal?
La emergencia del testimonio de los antiguos súbditos como intérpretes
del imperialismo y de sus grandes producciones culturales ha dado a este una
perceptible, por no decir insoslayable, identidad como tema de estudio y de
decidida revisión. Pero ¿de qué manera podría este tipo especial de testimonio
y estudio acerca del imperialismo, habitualmente marginal respecto del discurso
crítico, ponerse en contacto activo con las preocupaciones teóricas hoy
corrientes?
Si, tal como he sugerido, consideramos las cuestiones imperiales como
constitutivamente significativas dentro de la cultura occidental, debemos
observar esa misma cultura tanto desde el punto de vista de la resistencia
antiimperialista como desde el de la apología proimperialista. ¿Qué quiere
decir esto? Supone recordar que hasta mediados del siglo XX los escritores occidentales —Dickens o Austen, Flaubert o Camus—
escribían teniendo in mente únicamente una audiencia
occidental, aun cuando tratasen de personajes, sitios o situaciones
que se refirieran o utilizaran territorios de ultramar dominados por los
europeos. Aunque Jane Austen, en Mansfield Park, se refiriese a
Antigua o, en Persuasión, a rincones visitados por la armada
británica y lo hiciese sin tener en cuenta que los nativos caribeños o indios
podrían responderle, no hay ninguna necesidad de hacer ahora lo mismo. Hoy
sabemos que los pueblos no europeos no aceptaban con indiferencia la autoridad
que se ejercía sobre ellos, ni el silencio generalizado sobre su presencia,
que, en formas atenuadas, se predica todavía. Por lo tanto, hoy debemos leer
las grandes obras canónicas y, tal vez, el archivo completo de la cultura
europea y norteamericana premoderna y moderna haciendo el
esfuerzo de señalar, extender y dar énfasis y voz a lo que allí está
presente en silencio, o marginalmente, o representado con tintes ideológicos
(pienso en los personajes indios de Kipling).
En términos prácticos, lo que he llamado antes «lectura en contrapunto»
significa aproximarse a un texto sabiendo qué supone que un autor muestre, por
ejemplo, que una plantación colonial de azúcar es importante para mantener un
particular estilo de vida en Inglaterra. Además, como en todos los textos
literarios, estos aspectos no tienen que ver con la historia formal de sus
principios y finales. Las referencias a Australia en David Copperfield o
a la India en Jane Eyre están ahí porque pueden estar,
porque el poder británico (y no solo la fantasía del novelista) hacía posible
las alusiones a esas apropiaciones masivas. Pero podemos extraer otras
enseñanzas no menos verdaderas, como que por parte de las colonias tuvo lugar
una liberación del yugo directo o indirecto y que este proceso empezó y se
desarrolló mientras los británicos (o franceses, o portugueses, o alemanes)
todavía estaban allí, aunque solo ocasionalmente se registraran los esfuerzos
de las potencias por suprimir el nacionalismo de los nativos. La cuestión es
que la lectura en contrapunto debe registrar ambos procesos, el del
imperialismo y el de la resistencia, lo cual puede realizarse incluyendo lo que
había sido excluido: en el caso de El extranjero, por ejemplo, el
conjunto de la historia previa del colonialismo francés, su destrucción del
Estado argelino y la posterior emergencia de una Argelia independiente, a lo
que se opuso Camus.
Cada texto posee su propio genius, como lo tiene cada región
geográfica del mundo, con sus propias experiencias superpuestas y sus historias
de conflictos interdependientes. En lo que se refiere a las producciones
culturales, es útil establecer una distinción entre particularidad y soberanía
(o exclusividad hermética). Es evidente que ninguna lectura debe generalizar
hasta el punto de borrar la identidad de un autor, de un texto en
particular o de un movimiento. Por el mismo movimiento debemos aceptar que todo
aquello que fue (o parece) cierto para determinado texto o autor pueda
convertirse en tema de disputa. En Kim, la India de Kipling posee
una cualidad de permanencia e inevitabilidad que pertenece no solo a esa
maravillosa novela, sino a la India británica, a su historia, a sus
administradores y apologistas, pero también a la India por la que luchaban los
nacionalistas, la India que debía ser recuperada. Al hacer el recuento de la
serie de presiones que se daban en la India de Kipling entendemos el proceso
mismo del imperialismo en sus dos aspectos, y también el proceso posterior de
la resistencia antiimperialista. Al leer un texto, debemos abrirnos tanto a lo
que el texto incorporó como a lo que el autor excluyó. Cada producto de la
cultura es la visión de un momento y debemos contraponer esa visión a las
varias revisiones que luego suscita; en este caso, las experiencias
nacionalistas de la India posterior a la independencia.
Además, debemos conectar las estructuras de determinada narrativa a las
ideas, conceptos y experiencias en las que se basa. Los personajes africanos de
Conrad, por ejemplo, provienen de una vasta biblioteca sobre, digamos, africanismo tanto
como de las experiencias personales de Conrad. En el lenguaje de un
texto no existe algo que sea la experiencia o el reflejo directo del
mundo. Las impresiones africanas de Conrad estaban inevitablemente influidas
por la investigación y la erudición acerca de África, a la que alude en
su Memoria personal. Lo que ofrece en El corazón de
las tinieblas es el resultado de sus impresiones en relación con
aquellos textos, en creadora interacción con las exigencias y convenciones de
la narrativa y también con su genius e historia personales.
Postular que esta mezcla extraordinariamente rica «refleje» África, o incluso
que refleje una experiencia de África, es algo pusilánime y seguramente
confuso. Lo que tenemos en El corazón de las
tinieblas —obra de inmensa influencia y
que ha provocado gran cantidad de lecturas y de imágenes— es un África
politizada, ideológicamente saturada; esa que, para ciertos objetivos y
propósitos, era el lugar del imperio, con todas aquellas ideas e intereses actuando
furiosamente sobre ella, y no solo su «reflejo» literario fotográfico.
Quizá las consideraciones que ahora siguen supongan abundar demasiado en
el asunto, pero quiero dejar claro que lejos de ser la novela y su imagen de
África «solo» literatura, la obra forma parte —de hecho, forma parte
orgánicamente— del «reparto» de África, contemporáneo a ella. Es verdad que la
audiencia de Conrad era pequeña y también que Conrad fue muy crítico respecto
al colonialismo belga. Pero para muchos europeos, la lectura de un texto tan
enrarecido como El corazón de las tinieblas era la forma de
aproximarse a África lo más posible. En este limitado sentido formaba parte del
esfuerzo europeo para abarcar África, para pensarla, para hacer planes sobre
ella. Representarla era entrar en la batalla por África, lo cual estaba
inevitablemente relacionado con la posterior resistencia, descolonización,
etcétera.
Las obras literarias, particularmente aquellas cuyo asunto manifiesto es
el imperio, poseen un aspecto aparatoso, hasta un inherente desaliño,
característico de un paisaje político tan lleno, tan densamente cargado. Pero a
pesar de esta formidable complejidad, una obra como El corazón de las
tinieblas constituye la destilación o simplificación de una serie de
elecciones hechas por el autor, elecciones menos complicadas o
mezcladas que la realidad misma. No sería justo considerarlas como
abstracciones, a pesar de que este texto está tan sutilmente elaborado y revela
tanta preocupación ante el lector por ajustarse a las necesidades de la forma
narrativa que el resultado es la configuración de una introducción altamente
especializada a la lucha por África.
Para ser interpretado, un texto tan híbrido, impuro y complejo requiere
una especial y vigilante atención. El imperialismo moderno ha sido tan
omniabarcativo y global que prácticamente nada ha escapado a él; por otro lado,
como he dicho antes, la contestación tiene lugar todavía. Tomar o no en cuenta
las relaciones entre los textos de la cultura y el imperialismo es, por lo
tanto, optar por una posición de hecho tomada previamente, ya sea
para estudiar la relación y así poder criticarla y pensar alternativas a ella,
ya para no hacerlo, de modo que permanezca sin examinar y, presumiblemente, sin
cambiar. Uno de los objetivos de la escritura de este libro es mostrar cuán
enorme es la conciencia del dominio de ultramar, cuánto abarca, cuán extensa es
la preocupación que produce; no únicamente en Conrad, sino en figuras que
prácticamente jamás vinculamos con esta relación, como Thackeray y Austen. Y
también mostrar cuán importante y enriquecedor para un crítico es atender a tal
material no solo por razones políticas evidentes, sino también porque, como he
venido afirmando, este peculiar tipo de atención permite al lector interpretar
obras canónicas de los siglos XIX y XX con un nuevo
y comprometido interés.
Volvamos a El corazón de las tinieblas. En ella, Conrad
nos ofrece un punto de partida siniestro y sugerente desde el cual asir
profundamente cuestiones tan difíciles. Recordemos que Marlow, de manera
curiosamente perspicaz, compara a los antiguos conquistadores romanos con sus
contrapartidas modernas, iluminando así la especial mezcla de poder, energía
ideológica y actitud práctica que caracteriza al imperialismo europeo. Los
antiguos romanos, afirma, «no eran colonizadores; su administración consistía
apenas en exprimir y poco más». Por contraste, «lo que nos salva es la
eficiencia, la devoción a la eficiencia; a diferencia de los romanos, que se
basaban en la fuerza bruta», que es poco más que «un accidente que emana de la
debilidad de los otros». Hoy, sin embargo:
[...] la conquista de la tierra, que mayormente quiere decir quitársela
a otros que tienen diferente complexión o una nariz ligeramente más chata que
la nuestra, no es una cosa muy agradable si se la mira demasiado de cerca. Lo
único que la redime es la idea. Que haya una idea en su fondo; no un prurito
sentimental, sino una idea; y creer generosamente en la idea: algo que se pueda
erigir, ante lo cual prosternarse, ante lo cual ofrecer un sacrificio...[11]
En su relato sobre el gran viaje por el río, Marlow profundiza en el
problema al hacer una distinción entre la rapacidad belga e (indirectamente) la
racionalidad británica en los asuntos imperialistas.[12]
En este contexto, es interesante la noción de salvación. Esta «nos»
separa de los despreciados y malditos romanos o belgas, cuya codicia no fue
benéfica ni para sus conciencias ni para las tierras y cuerpos de sus súbditos.
«Nosotros» nos salvamos porque, en primer lugar, no necesitamos enfrentarnos
directamente con el resultado de lo que hacemos; estamos rodeados y nos
rodeamos por la práctica de la eficiencia, por la cual se utilizan
completamente tanto la tierra como los pueblos; nuestro Gobierno incorpora los
territorios y sus habitantes y a la vez nos incorpora a nosotros cuando
respondemos eficientemente a sus exigencias. Más aún, a través de Marlow,
Conrad habla de redención, en cierto sentido un escalón por encima de la
salvación. Si la salvación nos salva, lo que se salva (se ahorra) es nuestro
tiempo y nuestro dinero, y también nos salva de la ruina de una conquista
momentánea. Pero la redención extiende la salvación todavía más allá, pues la
redención reside en la práctica autojustificatoria de una idea o misión por
encima del tiempo, en una estructura que nos envuelve y a la que veneramos a
pesar de que, irónicamente, nosotros mismos la hemos erigido. Ya nadie la
estudia de cerca, porque la damos por supuesta.
De este modo, Conrad encapsula dos aspectos del imperialismo bastante
distintos, pero íntimamente relacionados: una idea basada en el poder para
hacerse con territorios, una idea abiertamente clara en su fuerza y en sus
inconfundibles consecuencias, y una práctica que por esencia está
dedicada a disfrazar u oscurecer esa evidencia desarrollando un régimen de
justificaciones a través de una autoridad originada y engrandecida por sí
misma, pero que se presenta como una fuerza de interposición entre la víctima
del imperialismo y su perpetrador.
No podríamos comprender el tremendo poder de este punto si meramente lo
extrajésemos de El corazón de las tinieblas, como quien saca un
mensaje de una botella. Pues la idea de Conrad se inscribe en la forma
narrativa misma, en cómo la heredó y la practicó. Iré tan lejos como para
afirmar que sin imperio no existiría novela europea tal como la conocemos, y de
hecho, si nos detenemos en el impulso del cual naciera, veremos la
convergencia, en absoluto accidental, entre los esquemas constitutivos de la
autoridad narrativa, por un lado, y la compleja configuración ideológica que
subyace a las tendencias imperialistas, por otro.
Todos los novelistas, críticos o teóricos de la novela europea han
advertido su carácter institucional. Fundamentalmente ligada a la sociedad
burguesa, la novela, según la frase de Charles Morazé, acompaña y de hecho
forma parte de la conquista de la sociedad occidental por parte de los que él
denomina les bourgeois conquérants. No menos significativo es
que en Inglaterra la novela sea inaugurada por Robinson
Crusoe, cuyo protagonista es el fundador de un nuevo mundo que domina y al
que reclama para Inglaterra y la cristiandad. Es verdad que mientras Crusoe
está, de modo explícito, enrolado en la ideología de la expansión de ultramar,
lo cual se conecta directamente, en estilo y forma, con los relatos de viajes y
de exploración de los siglos XVI y XVII que sentaron
las bases de los grandes imperios coloniales, las novelas mayores que vienen
después de la de Defoe, y también las obras posteriores del mismo Defoe, no
parecen estar muy obsesionadas por las estimulantes posibilidades de ultramar.
A pesar de que Captain Singleton es la historia de
un pirata que ha viajado mucho por la India y por África y que en Moll
Flanders aparece la posibilidad, tras una vida de crímenes, de una
tardía redención de la heroína en el Nuevo Mundo, Henry Fielding,
Samuel Richardson, Tobias Smollett y Laurence Sterne no vinculan tan
directamente sus relatos con el acto de acumulación de riquezas y territorios
lejanos.
No obstante, todos ellos sitúan su obra dentro del territorio
cuidadosamente vigilado de una Inglaterra más extensa, y eso se
relaciona, sin duda, con lo iniciado tan proféticamente por Defoe. Aun así,
eminentes estudiosos de la ficción inglesa dieciochesca como Ian Watt, Lennard
Davis, John Richetti y Michael McKeon, que han dedicado considerable atención a
la relación entre la novela y el espacio social, han descuidado la perspectiva
imperial.[13] Desde luego, no importa si dudamos de que las
minuciosas maniobras de rapacidad y seducción burguesas de Richardson tengan
que ver realmente con los movimientos militares británicos en la India y en
contra de Francia. Es bastante evidente que no es así al pie de la letra, pero
en ambas esferas encontraremos los mismos valores respecto a la superación de
incomodidades y obstáculos, a la conjura de actos rebeldes y a la paciencia
necesaria para establecer la autoridad a través del arte de vencer el tiempo vinculando
principios y beneficios. En otras palabras, se requiere sentido crítico para
percibir cómo los grandes espacios de Clarissa o Tom
Jones son la suma de dos cosas: algo que acompaña en el ámbito
doméstico el proyecto imperial de control y presencia en ultramar y, al mismo
tiempo, el relato práctico de cómo expandirse y moverse en un espacio que debe
ser activamente habitado y disfrutado antes de aceptar su disciplina o sus
límites.
No quiero decir que la novela —o, en un sentido amplio, la cultura—
fuesen la «causa» del imperialismo, sino que el imperialismo y la novela,
artefacto cultural de la sociedad burguesa, son impensables el uno sin la otra.
De todas las grandes formas literarias, la novela es la más reciente; su
aparición, lo más datable; su ámbito, el más occidental; su esquema
normativo de la autoridad social, el más estructurado. El imperialismo y la
novela se refuerzan mutuamente hasta un grado en el que resulta imposible,
diría, leer esta sin, de alguna manera, encontrarse con aquel.
Esto no es todo. La novela es una forma que procede por incorporación y
que es cuasienciclopédica. Dentro de ella encontramos tanto un mecanismo
narrativo altamente regulado como un completo sistema de referencias sociales
que depende de las instituciones existentes en la sociedad burguesa, de su
autoridad y de su poder. Sus héroes y heroínas muestran la inquietud y energía
características de tan emprendedora clase, y se les permiten aventuras en las
cuales sus experiencias les revelan los límites de aquello a lo que pueden
aspirar, dónde pueden ir y en qué pueden convertirse. Por lo tanto, las novelas
acaban, o con la muerte del héroe, o de la heroína (Julien Sorel, Emma Bovary,
Bazarov, Jude el Oscuro de Thomas Hardy), si en virtud de un exceso de energía
no se ajustan al orden de las cosas; o con el acceso de los protagonistas a la
estabilidad (habitualmente, por medio del matrimonio o de una confirmación de
la identidad, como en las obras de Austen, Dickens, Thackeray y George Eliot).
Pero podríamos preguntarnos: ¿por qué dar tanto énfasis a las novelas y
a Inglaterra? ¿Cómo salvar la distancia entre una forma estética aislada y
grandes empresas y temas como los de la «cultura» y el «imperialismo»? En
primer lugar, porque hacia la época de la Primera Guerra Mundial, el imperio
británico era incuestionablemente dominante como resultado de un proceso
iniciado en el siglo XVI. El proceso fue tan poderoso y sus resultados tan definitivos que, como
afirmaron Seeley y Hobson a finales del siglo XIX, se convirtió en el hecho central de la historia inglesa, que incluía
en su seno muchas y dispares actividades.[14] No es una mera coincidencia que
Inglaterra produjese y sostuviese también una institución novelística sin
competencia o equivalencia en Europa. Como reconocieron toda una serie
de intelectuales ingleses, entre los cuales se contaban Arnold, Carlyle, Mill y
George Eliot, al menos durante la primera mitad del siglo XIX, Francia gozó de núcleos culturales
mucho más desarrollados: academias, universidades, institutos, periódicos,
etcétera. Pero la extraordinaria compensación por esta diferencia vino con la
firme emergencia y luego indiscutido predominio de la novela inglesa.
(Únicamente después de 1870, cuando el norte de África adquirió en Francia una
especie de presencia metropolitana, puede verse el desarrollo de una formación
estética y cultural comparable: se trata del periodo durante el cual Loti, el
primer Gide, Daudet, Maupassant, Mille, Psichari, Malraux, y «exoticistas» como
Segalen y por supuesto Camus proyectan una concordancia global entre las
situaciones domésticas y las imperiales.)
Hacia 1840 la novela inglesa había logrado un carácter eminente
como la forma estética y la voz intelectual más prestigiosa
dentro de su sociedad. Por ejemplo, precisamente porque la novela ocupaba un
lugar tan importante en la cuestión de la «condición inglesa», podemos ver cómo
participaba en el imperio inglés de ultramar. Al reflejar lo que Raymond
Williams ha denominado una «comunidad reconocible» de hombres y mujeres
ingleses, Jane Austen, George Eliot y Elizabeth Gaskell moldearon la idea de
Inglaterra, dotándola de identidad, presencia y modos de articulación capaces
de volver a ser utilizados.[15] La relación entre «el hogar» y «el
extranjero» formaba parte de esa idea. Mientras Inglaterra era inspeccionada,
valorada y difundida, «el extranjero» apenas se mencionaba y se mostraba, sin
el tipo de presencia e inmediatez prodigada sobre Londres, el campo o los
centros industriales del norte, como Manchester o Birmingham.
Esta obra firme y casi tranquilizadora llevada a cabo por la novela es
propia de Inglaterra y debe ser vista como una importante vinculación
cultural de la isla —todavía hoy sin estudiar ni documentar— con lo que
sucedía en la India, África, Irlanda y el Caribe. Existe una analogía
—que sí ha sido estudiada— con la relación entre la política
exterior británica y su comercio y finanzas. Obtenemos una nítida perspectiva
de cuán denso y complejo ha sido el debate en un clásico (pero todavía
discutido) de D. C. M. Platt: Finance, Trade and Politics in British
Foreign Policy, 1815-1914. Ahí se ve hasta qué punto la extraordinaria
espiral de comercio y expansión imperial inglesa dependía de los matrimonios
entre miembros de las mismas esferas, de la educación, el periodismo y la clase
social. Platt señala cómo «los contactos intelectuales y sociales (amistades,
hospitalidad, ayuda mutua y orígenes semejantes tanto en lo social como en lo
cultural) reforzaban la presencia real en la política exterior británica» y
añade que «probablemente no han existido nunca pruebas concretas» de los
resultados reales de este juego de vinculaciones. Sin embargo, si se observa
cómo se desarrollaron las actitudes oficiales en materia de «créditos al
extranjero [...], protección de fondos de garantía y promoción de contratos y
concesiones de ultramar» se verá que existía lo que él denomina una
«perspectiva departamental», una suerte de consenso acerca del tipo de gente
que debía ser responsable de los asuntos del imperio. Esto permitiría adivinar
«cómo reaccionarían oficiales y políticos en determinadas ocasiones».[16]
¿Cómo describir mejor esa perspectiva? Parece haber acuerdo entre los
especialistas acerca de que, al menos hasta 1870, la política británica debía
inclinarse (por ejemplo según el primer Disraeli) no por extender el imperio,
sino por «defenderlo, mantenerlo y protegerlo de la desintegración».[17] La India, que adquirió un rango de
asombrosa estabilidad, era central para la mentalidad «departamental». Después
de 1870 —Schumpeter cita el discurso de Disraeli en el Crystal Palace, en el
año 1872, como el punto más claro del imperialismo agresivo, como «consigna
clave de la política doméstica»—,
[18] la protección (cuyos parámetros se hacían cada vez mayores) de la India
y su defensa de otras potencias rivales, como Rusia, necesitaban la expansión
británica hacia África, Asia y Oriente Próximo. A partir de ese momento, en una
región del planeta tras otra, según afirma Platt, «Gran Bretaña debía, de
hecho, ocuparse de defender lo que ya había conquistado, y lo que conquistaba
era necesario porque la ayudaba a preservar el resto. Pertenecía al bando
de les satisfaits, pero tenía que luchar cada vez más para seguir
en él, y era, por otro lado, quien más tenía que perder».[19] La «perspectiva departamental» de la
política británica era fundamentalmente cautelosa; según Ronald Robinson y John
Gallagher en su reformulación de las tesis de Platt, «si podían, los ingleses
se expandían por medio del comercio y la influencia; y si debían, por medio de
la dominación imperial».[20] Robinson y Gallagher nos recuerdan
que no debemos minimizar u olvidar el hecho de que el ejército indio fue
utilizado en China tres veces entre 1829 y 1856, y una vez al menos en Persia
(1856), Etiopía y Singapur (1867), Hong Kong (1868), Afganistán (1878), Egipto
(1882), Birmania (1885), Ngasse (1893), Sudán y Uganda (1896).
Además de la India, la política británica convirtió en bastión del
comercio imperialista la propia Gran Bretaña (con el problema colonial continuo
de Irlanda a su lado), las así llamadas colonias blancas (Australia, Nueva
Zelanda, Canadá, Sudáfrica y hasta las antiguas posesiones americanas). La
inversión continua y la rutinaria vigilancia inglesa de sus territorios en casa
y de sus posesiones de ultramar no tiene paralelismo con ninguna otra potencia
europea o americana, para las cuales eran frecuentes los vaivenes, las
adquisiciones o pérdidas súbitas y las improvisaciones.
En suma, el poder británico se veía continuamente reforzado. En la
esfera cultural, ligada a él y muchas veces a su lado, el poder se elaboraba y
articulaba en la novela, cuya continuidad y presencia no encuentra parangón
en ninguna otra cultura. Pero debemos ser cuidadosos en esto. La novela
no es una fragata ni una minuta de banco. Existe, primero, como esfuerzo del
novelista, y luego, como objeto leído por un público. Con el tiempo, las
novelas se acumulan y empiezan a formar lo que Harry Levin ha denominado,
útilmente, institución literaria, pero en ningún momento pierden su rango de
acontecimiento o su densidad específica como parte de una empresa continuada,
reconocida y aceptada como tal por los lectores y por otros escritores. A pesar
de su presencia social, las novelas no pueden reducirse al plano sociológico ni
pueden ser consideradas, ni estética ni cultural ni políticamente como formas
de clase, de ideología o de intereses determinados.
No obstante, las novelas tampoco son sencillamente productos
del genio solitario (según trata de sugerir Helen Vendler y toda una escuela de
intérpretes modernos) a las que contemplar solo como manifestaciones de
creatividad incondicionada. Algunos de los críticos más interesantes de la
actualidad —Fredric Jameson en The Political Unconscious y
David Miller en The Novel and the Police, dos reputados ejemplos—[21] muestran que la novela en general y
la narrativa en particular poseen una especie de presencia social regulatoria
en las sociedades europeas occidentales. En esas (por otra parte) valiosas
descripciones faltan no obstante aproximaciones al mundo real en el que las
novelas y narraciones tienen lugar. Ser un escritor inglés quiere decir algo
muy específico y diferente que, digamos, ser un escritor francés o portugués.
Para un escritor inglés, «el extranjero» era algo que se sentía vaga e
ineptamente allí fuera: exótico, extraño y hasta cierto punto «nuestro»,
susceptible de ser controlado para comerciar «libremente» con él o para
suprimirlo si los nativos despertaban a la resistencia militar o política. La
novela contribuyó significativamente a forjar estos sentimientos, actitudes y
referencias y se convirtió en uno de los principales elementos de la visión
consolidada o
cultural departamental de la tierra.
Describiré ahora cómo se realizó la contribución de la novela a esta
empresa y, además, cómo la novela no impidió ni frenó la manifestación de
sentimientos populares más agresivos después de 1880.[22] Tanto en los estadios tempranos como
en los tardíos de la experiencia del lector, la novela es una pintura de la
realidad. De hecho, elabora y sostiene una realidad que hereda de otras
novelas, a las que rearma y vuelve a poblar de acuerdo con la situación de su
creador, sus dones y predilecciones. Platt había subrayado con atino el
conservadurismo de la «perspectiva departamental», lo cual también es
significativo para el novelista: la novela decimonónica inglesa subraya la
continuidad (opuesta a los giros revolucionarios) de la existencia de
Inglaterra. Más aún, los escritores ingleses nunca abogaron por la devolución
de las colonias, sino que adoptaron un criterio de largo alcance: puesto que
las colonias caían dentro de la órbita de la dominación británica, esa dominación
constituía una especie de norma, y así debía conservarse, junto con las
colonias mismas.
Lo que resulta de todo ello es una pintura lentamente construida con
Inglaterra —esbozada y definida hasta los más pequeños detalles en los aspectos
sociales, políticos y morales— en el centro y con una serie de territorios de
ultramar vinculados a ella en las periferias. A lo largo del siglo XIX la continuidad de la política imperial
británica —que de hecho es una narración— se
encontró activamente acompañada por este proceso novelístico, cuyo principal
propósito era no suscitar más preguntas, no molestar o de algún otro modo
atraer la atención, sino mantener el imperio más o menos en su sitio. Muy pocas
veces el novelista está interesado en hacer algo más que mencionar o aludir a
la India —por ejemplo, en La feria de las vanidades o en Jane
Eyre—, o a Australia —en Grandes esperanzas
—. Siguiendo
el principio general del libre comercio, la idea es que los
territorios remotos están disponibles y el artista puede utilizarlos a
su discreción, habitualmente para fines sencillos, como la emigración, la
fortuna o el exilio. Al final de Tiempos difíciles, por ejemplo,
Tom es enviado a las colonias. El imperio no se convirtió en tema novelístico
principal hasta pasada la mitad del siglo XIX (en escritores como Henry Rider Haggard, Kipling, Doyle o Conrad);
también en los nuevos discursos de la etnografía, la administración colonial,
la teoría y la economía, la historiografía de regiones no europeas y, por
último, en asuntos especializados, como el orientalismo, el exoticismo y la
psicología de masas.
Las reales consecuencias interpretativas de esta lenta y firme
estructura de actitud y referencia que se articuló en la novela son diversas;
describiré cuatro. La primera es que, dentro de la historia literaria, se puede
ver una poco corriente continuidad entre la narrativa temprana, en general no
considerada en relación con el imperio, y la tardía, que trata explícitamente de
él. Austen, Thackeray, Defoe, Walter Scott y Dickens preparan a Kipling y
Conrad y están también en una interesante relación con contemporáneos, como
Hardy y James, a quienes casi nunca, y solo fortuitamente, asociamos con los
productos de ultramar de sus mucho más peculiares contrapartidas novelísticas.
Tanto los rasgos formales como los contenidos de las obras de todos ellos
pertenecen a la misma formación cultural: las diferencias son de inflexión,
énfasis y acento.
En segundo término, la estructura de actitud y referencia suscita toda
la cuestión del poder. Un crítico actual no puede y no debe otorgar de repente
a una novela una autoridad legislativa y política directa. Debemos recordar
siempre que la novela participa, contribuyendo a ello, en una política
extremadamente lenta y microscópica que aclara, refuerza y a veces adelanta
percepciones y actitudes determinadas acerca de Inglaterra y del mundo y,
además, forma parte de esa política. Es sorprendente que nunca, en la novela,
ese mundo sea visto de otra manera que como subordinado y dominado,
mientras que la presencia inglesa es reguladora y normativa. En Pasaje
a la India, parte de la extraordinaria novedad del episodio del juicio de
Aziz reside en que Forster admita que el «endeble montaje de la
corte de justicia»[23] no se sostiene porque es una
«fantasía» que enlaza el poder británico (real) con la existencia de una
justicia imparcial para los indios (irreal). Por ello, inmediatamente (y con
una especie de frustrada impaciencia), Forster disuelve la escena en la «complejidad»
india, que, veinticuatro años después de Kim, seguía vigente como
tópico. La diferencia entre Kipling y Forster reside en que la ultrajada
incomodidad de los nativos resistentes había penetrado la conciencia del
segundo. Forster no podía ya dejar de lado lo que Kipling había sido capaz de
incorporar con facilidad (como cuando narró el famoso «motín» de 1857
presentándolo como pura indocilidad, no como un serio rechazo del dominio
británico por parte de los indios).
No puede existir conciencia de que una novela subraye y acepte la
disparidad de los poderes a menos que los lectores en verdad registren los
signos de esta disparidad en obras individuales y se atribuya a la historia de
la novela el carácter de una empresa marcada por la continuidad. Así como la
sostenida solidez y resolución de la «perspectiva departamental» respecto de
los territorios británicos remotos se mantuvo a lo largo de todo el siglo XIX, del mismo modo y en términos literarios la apropiación estética (y por
tanto cultural) de las tierras de ultramar formó parte, a veces incidental y
otras importante, de la novela. Que esto tuviera lugar dentro de los términos
de cada medio o discurso (la novela, los relatos de viajes, la etnografía) y
también desde fuera sugiere que hubo conformidad, colaboración y disposición
para ello, pero no necesaria o abiertamente una estrategia política, al menos
hasta finales del siglo XIX, cuando el programa imperialista se
hizo
más explícito y se
volvió materia de propaganda popular directa.
Ilustraré el tercer punto a este respecto con un breve ejemplo. A lo
largo de La feria de las vanidades hay constantes alusiones a
la India, aunque son solo hechos incidentales en relación con los
cambios de fortuna de Becky o la situación de Jobbin, Joseph o Amelia. No
obstante, los lectores somos conscientes al mismo tiempo del creciente
enfrentamiento entre Napoleón e Inglaterra, con su clímax en Waterloo. Esta
dimensión de ultramar no convierte, sin embargo, La feria de las
vanidades en una novela que explote lo que Henry James llamaría más
tarde «el tema internacional». Del mismo modo, Thackeray no pertenece al club
de los novelistas góticos como Horace Walpole, Ann Radcliffe o Matthew Lewis,
que utilizan escenarios remotos más bien fantasiosamente. Pero aun así, me
atreveré a afirmar que Thackeray y todos los grandes novelistas ingleses del
medio siglo aceptan una visión planetaria del mundo y, de hecho, no pueden (en
muchos casos no quieren) dejar fuera el vasto alcance del poder británico de
ultramar. Como pudimos ver en el pequeño extracto de Dombey e hijo citado
más arriba, el orden doméstico estaba ligado, situado, e incluso iluminado por
un orden venido del extranjero, pero específicamente inglés. Sea
la plantación de sir Thomas Bertram en Antigua o, cien años después, las
posesiones nigerianas de caucho de Wilcox, los novelistas establecen un
paralelismo entre el entramado de poder y privilegio en el extranjero y
actividades similares en su país.
A poco que consideremos estas novelas con atención, obtendremos una
perspectiva mucho más detallada y sutil que la visión abiertamente «global» e
imperial que he descrito hasta ahora. Esto me lleva a la cuarta consecuencia de
lo que he venido llamando estructura de actitud y referencia. Al insistir, como
debemos hacerlo, en la integridad de la obra de arte y al no prestarnos a
disolver las varias contribuciones de autores individuales en un esquema
general, debemos aceptar que la estructura que conecta las novelas unas con
otras no tiene existencia fuera de las novelas mismas, lo cual quiere
decir que extraemos la experiencia particular y concreta de «el extranjero»
solo en las obras individuales. De la misma manera, únicamente cada obra en
particular es capaz de animar, articular y encarnar la relación, por ejemplo,
entre Inglaterra y África. Esto obliga al crítico a leer y analizar, más que a
realizar sumarios o juzgar, obras cuyo contenido parafraseable es política y
moralmente cuestionable. Por un lado, cuando Chinua Achebe, en un celebrado
ensayo, critica el racismo de Conrad, no dice nada o pasa por alto las
limitaciones que imponía a Conrad la forma estética de la novela. Pero por
otro, Achebe muestra su comprensión de cómo trabaja esa misma forma cuando, en
algunas de sus propias novelas, reescribe a Conrad con originalidad y esmero.[24]
Todo esto es especialmente cierto tratándose de Inglaterra, porque solo
ella poseía un imperio de ultramar que sostener y proteger en un área tan
extensa, durante un periodo tan largo y con tanta y tan envidiada preeminencia.
Francia, en verdad, era un rival, pero, como he señalado antes, la conciencia
imperialista francesa fue intermitente hasta finales del siglo XIX. En realidad, Francia se encontró continuamente hostigada por
Inglaterra y su sistema podía considerarse defectuoso, al igual que sus beneficios
y su expansión. Así, podemos afirmar que, en general, la novela decimonónica
europea es una forma cultural que consolida, pero también refina y articula,
el stau quo. Por más que Dickens, por ejemplo, animara a sus
lectores a revolverse contra el sistema legal, las escuelas provinciales o la
burocracia, sus novelas finalmente establecen lo que alguien ha llamado una
«ficción de resolución».
[25] Su figura más frecuente es la reunificación de la familia, la cual, en
el caso de Dickens, siempre sirve como microcosmos de la sociedad. En Austen,
Balzac, George Eliot o Flaubert —por unir algunos nombres notables —, la
consolidación de la autoridad incluye, y de hecho se construye, como
un auténtico fundamento de dos instituciones —la propiedad privada y el
matrimonio— que raramente se desafían.
El aspecto crucial de lo que he venido llamando consolidación de
autoridad de la novela no se conecta simplemente con el funcionamiento del
Gobierno y del poder social, sino que está hecho de manera tal que aparece a la
vez como normativo y soberano. Es decir, se autovalida en el curso narrativo.
Esto es paradójico solo si olvidamos que la constitución de un sujeto
narrativo, incluso inusual o anormal, sigue siendo un acto social par
excellence, y como tal lleva detrás, o dentro, la autoridad de la historia
y de la sociedad. En primer lugar, la autoridad del autor, alguien
que escribe los procesos sociales de manera institucionalizada y aceptable, que
respeta convenciones, acata esquemas, etcétera. Luego, la autoridad del
narrador, cuyo discurso liga la narración a circunstancias reconocibles, y por
lo tanto, existencialmente referenciales. Por último viene lo que podríamos
llamar la autoridad de la comunidad, cuya representante casi siempre es la
familia, pero también la nación, una localidad específica y un momento histórico
concreto. Las tres instancias funcionaron unidas del modo más notorio y
enérgico a principios del siglo XIX, mientras la novela se abría a la historia de una manera sin
precedentes. El Marlow de Conrad hereda directamente todo eso.
Lukács ha estudiado con notable perspicacia la emergencia de la historia
en la novela europea:[26] el modo en que Stendhal y, en
particular, Walter Scott integraron sus relatos dentro de la historia pública y
los convirtieron en parte de ella, haciendo que fuese accesible a todos y no,
como antes, solo a reyes y aristócratas. Así pues, la novela se convierte en
una narración histórica concreta, moldeada por la historia real de las naciones
reales. Defoe sitúa a Crusoe en una isla de una región remota, y Moll Flanders
es enviada a las vagamente conquistadas islas Carolinas, pero Thomas Bertram y
Joseph
Sedley extraen su riqueza específica y sus beneficios concretos de
territorios ya históricamente anexionados —respectivamente, el Caribe y la
India— en momentos históricos determinados. Y, como Lukács muestra tan
convincentemente, Walter Scott construye la política británica en forma de
historia de una sociedad que va moldeándose a través de aventuras foráneas[27] (por ejemplo, las cruzadas) y
conflictos domésticos internos (la rebelión de 1745, o las tribus guerreras de
los Highlands) hasta convertirse en una metrópoli asentada capaz de
combatir con éxito similar tanto los alzamientos locales como la provocación
continental. En Francia, la historia confirma la reacción posrevolucionaria
encarnada en la Restauración borbónica y Stendhal hace la crónica de lo que él
considera lamentables logros. Más tarde, Flaubert realizará similar tarea
respecto al año 1848. En esta empresa, el género novelístico recibe la ayuda de
la obra histórica de Jules Michelet y Thomas Macaulay, cuyas narraciones añaden
densidad a la textura de la identidad nacional.
La apropiación de la historia, la historización del pasado y la
narrativización de la sociedad, que otorgan sus energías a la novela, incluyen
la acumulación y diferenciación del espacio social, del espacio utilizado con
propósitos sociales. Esto se volverá aun más visible a finales del siglo XIX y es abiertamente perceptible
en la ficción colonial: en la India de Kipling, por ejemplo, donde los nativos
y el Raj habitan espacios diferentemente ordenados y donde, con su genio
extraordinario, Kipling forja a Kim, ese maravilloso personaje cuya juventud y
energía le permiten explorar ambos espacios y cruzar de uno a otro con
increíble gracia, como si quisiese desbaratar la autoridad de las fronteras
coloniales. Barreras semejantes dentro del espacio social existen también en
Conrad, Haggard, Loti y Doyle, o en Gide, Psichari, Malraux, Camus y Orwell.
Subyacentes al
espacio social están los territorios, las tierras, los dominios
geográficos, los asentamientos geográficos reales del imperio y también
la contienda cultural. Pensar en lugares lejanos, colonizarlos, poblarlos y
despoblarlos; todo esto ocurre a causa de la tierra, en ella, y por ella. En
última instancia, el imperialismo trata de la posesión real y geográfica de
tierra. La lucha abierta del imperio comienza cuando coinciden, por un lado, el
control real con el poder y, por otro, un lugar real con la idea de lo que ese
lugar determinado era (o de lo que podía ser o en lo que podía convertirse).
Esta coincidencia es la lógica que gobierna tanto a los occidentales que se
hicieron con la tierra como a los nativos que la reclamaban durante la
descolonización. El imperialismo y la cultura a él asociada afirman, a la vez,
la primacía de la geografía y la de la determinada ideología acerca del control
del territorio. Ese sentimiento de lo geográfico fabrica proyecciones:
imaginarias, cartográficas, militares, económicas, históricas y, en general,
culturales. Hace posible también la construcción de varios tipos de saberes,
todos ellos, de una manera u otra, dependientes del carácter y destino, así
percibidos, de cada geografía.
Aquí hay que formular tres observaciones muy precisas. Primero, que las
diferenciaciones espaciales, tan evidentes en las novelas del siglo XIX, no surgieron de repente como reflejo pasivo de una agresiva «era
imperialista», sino que salen de un continuum de
discriminaciones sociales previas ya propuestas y autorizadas en novelas
realistas e históricas anteriores. Para Jane Austen, la legitimidad de las
propiedades de ultramar de sir Thomas Bertram es la extensión natural de la
calma, la disciplina y las bellezas de Mansfield Park, una propiedad central
que legaliza así el papel económico del orden periférico que la sostiene. Aun
cuando las colonias no sean perceptibles en primer plano o no se insista en
ellas, la narrativa sanciona un orden espacial moral; ya en la restauración
comunal del pueblo de George Eliot, Middlemarch, durante un periodo de
turbulencia nacional inglesa; ya en el
espacio remoto de incertidumbres y desviaciones que Dickens ve en el
submundo de Londres; ya en las cumbres borrascosas de Emily Brontë.
Segunda observación: cada novela, al confirmar y enfatizar en su
conclusión una jerarquía subyacente de familia, propiedad y nación, imparte a
esa misma jerarquía un fuerte sentimiento escénico de espacio
compartido. El impresionante poder de la escena de Casa
desolada en la que se ve a lady Dedlock llorando sobre la tumba de su
esposo muerto hace tiempo, vincula esa tumba hacia la que ella
ha corrido como una fugitiva con nuestros sentimientos previos acerca de su
pasado secreto, acerca de su presencia fría e inhumana y su inquietante y
estéril autoridad. Esto contrasta no solo con el desordenado bullicio de la
casa de los Jellyby (y sus vínculos excéntricos con África), sino también con
la cómoda mansión en la que viven Esther y su marido-tutor. La narrativa
explora, atraviesa y, por último, carga esos lugares con valores confirmatorios
positivos o negativos.
La conmensurabilidad moral en juego entre narrativa y espacio doméstico
se extiende y, de hecho, se reproduce en el mundo, más allá de centros como
París o Londres. Al revés, estos lugares poseen una especie de valor de
exportación: todo lo bueno y lo malo de los sitios domésticos se envía fuera y
se le asigna una virtud o vicio comparables a los de dentro. En su conferencia
inaugural de 1870 como titular de la cátedra Slade (Slade Professor) de
Bellas Artes en Oxford, cuando habla de la pureza racial de Inglaterra, Ruskin
puede ir más allá y exhortar a su audiencia a volver a convertir Inglaterra en
«un país [que sea] trono real de reyes, isla imperial, para todos fuente de luz
y centro de paz». La alusión a Shakespeare tiene la función de restablecer y restaurar
el sentimiento de preferencia por Inglaterra. Ahora, sin embargo, Ruskin
concibe Inglaterra funcionando formalmente a escala
planetaria. De manera bastante sorprendente, Ruskin moviliza el sentimiento de
aprobación por la isla-reino que en principio, aunque no exclusivamente,
Shakespeare había imaginado dentro de la isla misma, desplazándolo hacia
fines imperiales, y, de hecho, agresivamente colonialistas. Parece estar
diciendo: sed colonos, fundad «colonias tan rápido y tan lejos como
podáis». [28]
Tercera observación. La narrativa de ficción y la historia (de la que
subrayo el componente narrativo) son tareas domésticas de la cultura basadas en
la potencia del registro, la ordenación y la observación provenientes de un
sujeto central y capaz de autorizar su discurso: el yo. Predicar de ese sujeto,
de manera casi tautológica, que escribe porque puede, es referirse
no únicamente a la sociedad metropolitana, sino al mundo exterior. No cualquier
miembro de una sociedad dada ejerce el poder de representar, retratar,
caracterizar y describir. Más aún: el «qué» y el «cómo» de la representación de
las «cosas», a pesar de que permiten una considerable libertad individual,
están circunscritos y socialmente regulados. En los últimos años nos hemos
vuelto muy conscientes de los moldes de la representación cultural de las
mujeres, y, del mismo modo, advertimos las presiones que determinan la
representación de razas y clases inferiores. En todas estas esferas —razas,
clases y género—, la crítica se ha volcado correctamente sobre esas fuerzas
institucionales que, dentro de las modernas sociedades occidentales, moldean y
ponen límites a los que se consideran esencialmente como seres subordinados.
Así, se ha mostrado que el mecanismo mismo de la representación es responsable
de mantener subordinado al subordinado e inferior al inferior.
2
Jane Austen y el imperio
Nos encontramos en terreno firme con V. G. Kiernan cuando afirma que
«los imperios deben disponer de una corriente de ideas y reflejos condicionados
dentro de los cuales discurrir; al igual que los jóvenes sueñan con fama y
fortuna, las naciones jóvenes sueñan con ocupar un lugar destacado en el
mundo».[1] Como he venido señalando, es una
reducción demasiado simple sostener que en la cultura europea o norteamericana
todo prepara o consolida la gran idea del imperio. No obstante, sería
históricamente torpe dejar de lado tales tendencias —en la narrativa, en la
teoría política o en las técnicas de la plástica— que capacitaron, animaron y,
de otras maneras, alimentaron la disposición occidental a adoptar y disfrutar
de la experiencia del imperio. Si verdaderamente existió algún tipo de
resistencia cultural a la noción de misión imperial, no gozó esta de demasiado
apoyo en los principales núcleos del pensamiento y la cultura. A pesar de ser
un liberal, John Stuart Mill —el suyo es un ejemplo elocuente y significativo—
podía, sin embargo, proclamar: «El sagrado respeto que las naciones civilizadas
deben a la independencia y nacionalidad de cada una no es vinculante en
relación con aquellos cuya nacionalidad e independencia constituyen ciertamente
un mal, o, a lo sumo, un bien dudoso». Estas ideas no eran originales; ya
habían sido
corrientes en el siglo XVI, durante el sojuzgamiento de Irlanda por parte de Inglaterra y, como ha
demostrado convincentemente Nicholas Canny, fueron igualmente útiles para la
ideología de la colonización inglesa de América.[2] Casi todos los proyectos coloniales empiezan
con la suposición del atraso del nativo, de su imposibilidad general para ser
independiente, «igual» e idóneo.
Por qué debe esto ser así, por qué el respeto sagrado de una parte no ha
de ser vinculante para la otra, por qué los derechos aceptados en una esfera
pueden ser negados en otra, son cuestiones que se entienden solo en términos de
una cultura sólidamente asentada en normas morales, económicas y hasta
metafísicas designadas para la aprobación de un orden satisfactorio en lo
local, es decir, en lo europeo, y para su misma negación en un orden similar
pero extranjero. Tal afirmación puede parecer descabellada o extrema. De hecho,
describe de manera circunspecta, y hasta mesurada, la conexión entre el
bienestar y la identidad cultural europea, por un lado, y el sojuzgamiento
imperial de los territorios de ultramar, por otro. Parte de nuestras
dificultades actuales para aceptar este tipo de vínculos se debe a que tendemos
a reducir tan complicado problema a una causalidad aparentemente sencilla, y
que produce, al revés, una retórica defensiva y culpable. No estoy
diciendo que lo más importante de la cultura europea temprana sea que
constituyó la causa del imperialismo decimonónico, y tampoco
supongo que todos los problemas del antiguo mundo colonial deban achacársele a
Europa. Pero lo que sí afirmo es que casi siempre, si no siempre, la cultura
europea se ha caracterizado de modo tal que, a la vez que valida sus propias
preferencias, también las pone en conjunción con el distante dominio colonial.
Stuart Mill ciertamente lo hacia: siempre aconsejó que no se
le diese la independencia a la India. Y tras 1880, cuando por variadas razones
el control imperial preocupó a Europa, este hábito esquizofrénico se volvió
útil.
Lo primero que hay
que hacer ahora es echar por la borda todo resto de
relaciones sencillas de causalidad en la relación entre Europa y el
mundo no europeo y soltar los vínculos que gobiernan los esquemas de secuencias
igualmente simples desde el punto de vista temporal. Por ejemplo, no deberíamos
admitir ninguna propuesta que apunte a demostrar que Wordsworth, Austen o
Coleridge, puesto que escribieron antes de 1857, fueron
realmente la causa del establecimiento formal del dominio británico en la
India después de 1857. En cambio, deberíamos intentar la
descripción de un contrapunto entre esquemas evidentes de los textos ingleses
sobre Inglaterra misma y representaciones del mundo fuera de las islas
británicas. El modo inherente a este contrapunto no es temporal, sino espacial.
En el periodo anterior a la gran época de explícita y programática expansión
colonial, como, por ejemplo, la del «reparto de África», ¿cómo se veían y se
situaban los escritores a sí mismos y a sus obras en ese mundo ya más amplio?
Los encontraremos utilizando sorprendentes pero cuidadosas estrategias, muchas
de ellas extraídas de fuentes previsibles: ideas positivas acerca del hogar, la
nación y su lenguaje; acerca de un orden apropiado, la buena conducta y los
valores morales.
Pero ideas positivas como estas hacen más que validar «nuestro» mundo.
También tienden a desvalorizar otros mundos, y, lo que es quizá más
significativo desde un punto de vista retrospectivo, no previenen ni inhiben ni
se resisten a prácticas imperialistas deplorablemente poco atractivas. No.
Formas culturales como la novela o la ópera no hicieron que la gente saliese a
conquistar imperios: Carlyle no impulsó directamente a Rhodes ni puede ser
culpado por los problemas actuales del sur de África. Pero es auténticamente
perturbador comprobar qué poco se opusieron a la aceleración del proceso
imperialista las grandes instituciones inglesas, a pesar de todas esas ideas
humanistas y esos monumentos que todavía hoy celebramos y a los que atribuimos
el poder ahistórico de exigir nuestra aprobación. Estamos
obligados a preguntarnos cómo y por qué este cuerpo humanista coexistía
tan cómodamente con el imperialismo, hasta que surgió la resistencia al
imperialismo en los propios dominios imperiales (entre los africanos, los
asiáticos y los latinoamericanos) hubo en las metrópolis tan insignificante
oposición u hostigamiento hacia el imperio. Quizá el hábito de distinguir
«nuestro» hogar y orden del de «ellos» se convirtió en una dura costumbre
política: la de acumular más y más de lo de «ellos» para dominarlo, subordinarlo
y estudiarlo. Dentro de las grandes ideas humanistas y valores promulgados por
la gran cultura europea encontramos precisamente esa «corriente de ideas o
reflejos condicionados» de la que habla Kiernan, dentro de la cual discurrió
más tarde la totalidad del imperio.
El mejor libro de Raymond Williams, The Country and the City,
trata de describir la medida y el modo en que esas ideas se encarnan realmente
en distinciones geográficas acerca de distintos lugares. Su análisis sobre el
juego entre lugares urbanos y rurales ingleses admite las más extraordinarias
variaciones: desde la pastoral populista de William Langland, a través de los
poemas de mansiones campestres de Benjamin Jonson y las novelas londinenses de
Dickens, directamente hasta las visiones de las metrópolis en la literatura del
siglo xx. Pero, sobre todo, el libro trata de cómo se ha enfrentado la cultura
inglesa con la tierra, su posesión, imaginación y organización. A pesar de que
también estudia la influencia de Inglaterra sobre las colonias, Williams lo
hace, como he sugerido antes, de una forma menos centrada y menos extensa de lo
que exigía la importancia de tal práctica. Casi al final de The Country
and the City, se arriesga a afirmar que «al menos desde mediados del siglo XIX, y antes en algunos importantes
aspectos, existió este contexto mayor [la relación entre Inglaterra y las
colonias, cuyos efectos en la imaginación inglesa “han sido tan profundos que
se prestan poco a una mirada superficial”] dentro del cual sufrió su efecto,
consciente e
inconsciente, cada idea e imagen». Rápidamente invoca «la idea de la
emigración a las colonias, que domina varias novelas de Dickens, las Brontë, o
Elizabeth Gaskell y correctamente afirma que las «nuevas sociedades rurales»,
todas ellas coloniales, entraron en la economía imaginaria metropolitana
inglesa a través de Kipling, el primer Orwell o Somerset Maugham. Tras 1880
tuvo lugar «una espectacular extensión del paisaje y las relaciones sociales»:
esta corresponde más o menos exactamente a la gran época imperial.[3]
Es peligroso no estar de acuerdo con Williams, pero me aventuraré a
decir que si empezamos por buscar algo así como el mapa imperial del mundo en
la literatura inglesa, nos resultará visible, con sorprendente insistencia y
frecuencia, mucho antes de mediados del siglo XIX. Y lo hará,
además, no solo con la inerte regularidad de algo que se da por establecido,
sino, lo que es mucho más interesante, bien ligado y ya formando parte vital de
una red de prácticas culturales y lingüísticas. Desde el siglo XVI en adelante existieron intereses económicos ingleses en Irlanda,
América, el Caribe y Asia: el más superficial de los inventarios revelaría la
abundancia de poetas, filósofos, historiadores, dramaturgos, estadistas,
novelistas, viajeros, cronistas, soldados y fabulistas que hacían estimaciones,
se preocupaban y vigilaban estos intereses. (Peter Hulme trata varios de esos
aspectos en Colonial Encounters).[4] Lo mismo podría decirse de Francia,
España y Portugal, no únicamente como potencias de ultramar, cada
una en su esfera, sino en competencia con los ingleses. ¿Cómo podemos examinar
la influencia de tales intereses en la Inglaterra anterior a la época imperial,
es decir, durante el periodo comprendido entre 1800 y 1870? Haríamos bien en
seguir el sendero de Williams y detenernos a finales del siglo XVIII, en la crisis que siguió, en Inglaterra, al vallado de tierras en gran
escala. Las antiguas comunidades orgánicas rurales se disolvieron y otras
nuevas se forjaron en su lugar bajo el
impulso de la actividad parlamentaria, la industrialización y la
dislocación demográfica. Pero también tuvo lugar un proceso nuevo que resituó a
Inglaterra (del mismo modo sucedió en Francia) dentro de un círculo mucho más
amplio del mapa mundial. Durante la primera mitad del siglo XVIII, la competencia entre ingleses y
franceses fue intensa tanto en América del Norte como en la India; en la
segunda mitad hubo numerosos choques entre Inglaterra y Francia en las
Américas, el Caribe, Oriente Medio y desde luego en Europa. La literatura
prerromántica de Francia e Inglaterra muestra un constante flujo de referencias
a los dominios de ultramar: baste pensar no solo en los enciclopedistas, el
abate Raynal, Charles de Brosses y Volney, sino también en Edmund Burke,
William Thomas Beckford, Edward Gibbon, Johnson y William Jones.
En 1902, J. A. Hobson describió el imperialismo como una expansión de la
nacionalidad, con lo que suponía que se debía comprender el proceso desde el
punto de vista de la expansión más que de la nacionalidad,
puesto que esta era una cantidad fija,[5] algo completamente formado, mientras
que, un siglo atrás, existía todavía en proceso de formación tanto
en casa como en el extranjero. En Physics and Politics (1887),
Walter Bagehot se refiere con extraordinario énfasis a «construir una nación».
A finales del siglo XVIII hubo dos conflictos entre Francia e Inglaterra: la batalla por
logros estratégicos en el exterior —en la India, el delta del Nilo y el
hemisferio occidental— y la batalla por acceder a una identidad nacional
triunfante. Ambos conflictos enfrentaban «lo inglés» con «lo francés». No
importa cuán íntimas y cercanas se nos aparecieran las «esencias» supuestamente
inglesas o francesas, siempre eran pensadas en proceso de formación, y no ya
formadas; siempre fruto de la confrontación con el otro gran competidor. Becky
Sharp, el personaje de Thackeray, es una advenediza precisamente a causa de su
ascendencia mitad francesa. Un poco antes, a comienzos del siglo XIX, la
proba actitud abolicionista de William Wilberforce y sus aliados se
debió, en parte, al deseo de hacerle la vida más difícil a los franceses, que
eran hegemónicos en las Antillas.[6]
Estas consideraciones encuentran de repente un enorme y fascinante
desarrollo en Mansfield Park (1814), la más explícita, en su
ideología y su moral, de las novelas de Austen. En general, Williams, de nuevo,
tiene toda la razón: las novelas de Austen expresan una «cualidad de vida
asequible» en dinero y propiedades adquiridas, en la realización de elecciones
morales, en poner las cosas en su sitio, en arbitrar las «mejoras» correctas,
en afirmar y clasificar un lenguaje finamente matizado. Pero, concluye Williams:
Lo que (Cobbett) nombra, al pasar cabalgando por el camino, son clases.
Jane Austen, desde el interior de las casas, no es nunca capaz de ver esto, a
pesar de lo intrincado de sus descripciones sociales. Es comprensible que todas
sus distinciones sean internas y exclusivas. Lo que le interesa es la conducta
de la gente que, en el curso de sus intentos de mejorar, trata repetidamente de
convertirse en una clase. Pero, cuando se ve una sola clase, en realidad no se
ve ninguna.[7]
En tanto descripción general de cómo se las arregla Austen para elevar a
la categoría de «valor independiente» ciertas elecciones morales, este párrafo
es excelente. Sin embargo, respecto de Mansfield Park hay que
decir muchas cosas más que aclaren y ensanchen la perspectiva de Williams.
Quizá entonces Austen y, de hecho, las novelas preimperialistas en general,
aparezcan mucho más implicadas en el dispositivo de la razón imperial
expansionista de lo que parece a primera vista.
Después de Lukács y Proust nos hemos habituado de tal manera a pensar en
la trama y la estructura de la novela en términos sobre todo temporales que
hemos desdeñado la función del espacio, la geografía y la localización. No solo
Stephen Dedalus, sino cualquier otro protagonista de novela se ve a sí mismo en
una espiral que crece desde su casa en Irlanda hasta alcanzar el mundo. Como
muchas otras novelas, Mansfield Park es muy precisa acerca
de la serie de pequeñas y grandes dislocaciones en el espacio que se dan
antes y al final de la novela. Fanny Price, la sobrina, se convierte en la
señora espiritual de Mansfield Park. Y el sitio mismo está situado en el centro
de un arco de intereses y preocupaciones que abarcan el hemisferio norte, dos
océanos y cuatro continentes.
Como en otras novelas de Austen, el grupo central que al final surge
«ordenado» a través de los matrimonios y la propiedad no se basa exclusivamente
en la sangre. Su novela promulga la «desafiliación» (en sentido literal) de
algunos de los miembros de la familia y en cambio legaliza la «afiliación»
entre otros y respecto a uno o dos extraños, elegidos y probados. En otras
palabras, los vínculos de sangre no son suficientes para asegurar la
continuidad, la jerarquía y la autoridad tanto interior como exterior. Así,
Fanny Price —la pobre sobrina, la niña huérfana llegada de la remota ciudad de
Portsmouth, la despreciada, gazmoña y recta candidata a vestir santos— adquiere
de forma gradual una categoría similar y hasta superior a la de la mayoría de
sus afortunados parientes. Dentro del esquema de alianzas y al tiempo que gana
autoridad, Fanny Price se muestra relativamente pasiva. Resiste los desdenes y
gestos importunos de los otros y, muy de vez en cuando, ensaya algún movimiento
propio. De todas maneras, se experimenta la impresión de que Austen tiene para
ella planes que la propia Fanny apenas podría comprender, del mismo modo en
que, a lo largo de toda la novela, los personajes la creen una verdadera
«adquisición» llena de «capacidad de adaptación», en contra de sus propios
sentimientos. Como el Kim O’Hara de Kipling, Fanny es a la vez un resultado e
instrumento de un plan mayor, y constituye un personaje literario completamente
maduro.
Como Kim, Fanny necesita esa dirección, protección y autoridad externa
que su propia y somera experiencia no puede brindarle. Sus lazos conscientes la
ligan a algunos personajes y lugares, pero la novela revela otros que ella
apenas presiente y que, sin embargo, le exigen presencia y servicio.
Está ante una situación que se abre en una intrincada red de movimientos que,
en conjunto, exigen elecciones, ajuste y reforma. Sir Thomas Bertram se siente
cautivado por una de las hermanas Ward, mientras que las otras no se han
desempeñado bien y un «abismo absoluto» se abre entre ellas; sus «círculos eran
tan distintos», la distancia entre ellos, tan grande, que no habían mantenido
contacto durante once años;[8] habían sufrido grandes adversidades y
los Price habían decidido recurrir a los Bertram. Gradualmente, a pesar de que
no es la mayor, Fanny se convierte en foco de atención al ser enviada a
Mansfield Park con el objetivo de empezar una nueva vida. De modo semejante,
los Bertram han abandonado Londres (como resultado de las «enfermedades sin
importancia y la gran indolencia» de lady Bertram) y han decidido vivir en el
campo.
El sostén material de su vida es la finca de los Bertram en la isla de
Antigua, que a su vez tampoco marcha bien. Austen se toma el trabajo de mostrar
dos procesos aparentemente separados pero en realidad convergentes: el aumento
de la importancia de Fanny para la economía de los Bertram, incluyendo Antigua,
y la propia disposición de Fanny ante los numerosos desafíos, amenazas y
sorpresas. En ambos casos, la imaginación de Austen trabaja con el rigor y la
precisión de un bisturí de acero a través de un recurso que podríamos calificar
de clarificación geográfica y espacial. Así, la ignorancia de Fanny cuando
llega a Mansfield como una niña amedrentada de diez años está ilustrada por su
torpeza para figurarse el «conjunto del mapa de Europa».[9] Durante casi la primera mitad de la
novela, la acción tiene que ver con un completo muestrario de problemas cuyo
común denominador es el espacio, erróneamente utilizado o mal entendido: no
únicamente se encuentra sir Thomas en Antigua para mejorar las cosas allí y en
Inglaterra, sino que en Mansfield Park, Fanny, Edmund y su tía Norris
negocian dónde deberá vivir, leer y trabajar ella y en qué habitaciones
deberán encenderse fuegos. Amigos y parientes se preocupan por el aumento de
las propiedades y se percibe y discute la importancia doméstica de las capillas
(es decir, de la autoridad religiosa). Cuando los Crawford, con su pequeño
toque significativo de sangre francesa en las venas, sugieren montar una obra
de teatro como recurso para animar las cosas, la incomodidad de Fanny opera con
una agudeza polarizadora. No puede participar y no puede aceptar fácilmente que
habitaciones construidas para vivir se transformen en espacios teatrales,
aunque, de todas maneras, se monta una obra de August von Kotzebue: Juramentos
de amor.
Debemos aceptar, creo, que mientras sir Thomas se encuentra lejos
cultivando el jardín colonial, tendrá lugar un buen número de desajustes
inevitables (explícitamente asociados con el «desorden» femenino). Tales
desajustes son evidentes no solo en los inocentes vagabundeos por el parque de
los tres pares de jóvenes amigos, que tan pronto se cruzan como se pierden
inesperadamente por sus senderos, sino, más claramente, en los varios coqueteos
y compromisos entre los muchachos y las muchachas sobre quienes no se impone
ninguna autoridad paterna, debido a la indiferencia de lady Bertram y a lo poco
adecuado de la situación de la señora Norris. Hay altercados y peligrosas
variaciones de papeles, que cristalizan en los ensayos para la obra, durante
los cuales está a punto de darse (aunque nunca sucede) algo peligrosamente
cercano al libertinaje. Fanny, cuyo temprano sentimiento de alienación,
distancia y temor provienen de su origen, se convierte ahora en una especie de
conciencia subrogada acerca de lo que está bien y de cuánto es demasiado. No
obstante, carece de poder para actuar de acuerdo con esa incómoda conciencia, y
el desgobierno y la deriva continúan hasta que sir Thomas vuelve
inesperadamente del «extranjero».
Cuando este
finalmente aparece, los ensayos para la obra se detienen, y en
un pasaje notable
por su carácter ejecutivo, Austen describe cómo restablece sir Thomas el
gobierno de su casa:
Fue una mañana atareada para él. Tan solo una pequeña parte se ocupó en
conversaciones con alguno de ellos. Tenía que volver a instalarse en las
habituales preocupaciones de la vida de Mansfield; debía entrevistarse con su
mayordomo y su alguacil —tenía que examinar y contabilizar— y, en los
intervalos de sus asuntos, debía recorrer sus establos y sus jardines, y las
plantaciones más cercanas; pero, activo y metódico, no solo había llevado todo
eso a cabo antes de presidir la mesa como señor de la casa durante la comida,
sino que también había ordenado al carpintero que se dedicara a desmontar todo
aquello que habían levantado en los últimos días en el salón de billar, y había
despedido al pintor de los decorados tan temprano como para justificar la
placentera certidumbre de que ahora el pintor había llegado ya hasta
Northampton. Se había marchado tras arruinar únicamente el suelo de una de las
habitaciones, vuelto inservibles todas las esponjas del cochero e irritado y
disgustado a cinco de los sirvientes; y sir Thomas alimentaba la esperanza de
que un día o dos fuesen suficientes para ahuyentar todo recuerdo desagradable
de lo que había sucedido, aun hasta la destrucción de todo ejemplar sin
encuadernar de Juramentos de amor que hubiese en la casa,
porque quemaba cuantos caían ante su vista.[10]
La fuerza de este pasaje es innegable. No solo se trata de un Robinson
Crusoe poniendo las cosas en orden; se trata también de un protestante de las
primeras épocas eliminando toda huella de conducta frívola. Nada en Mansfield
Park podría impedir que además imaginemos que sir Thomas hace exactamente
lo mismo —en una escala mayor— en sus «plantaciones» de Antigua. Fueran los que
fuesen los acontecimientos de la isla —existe evidencia interna, sugiere Warren
Roberts, de que había problemas que tenían que ver con la depresión económica,
la esclavitud y la rivalidad con Francia
—[11] sir Thomas pudo enfrentarse con ello,
manteniendo el control sobre su dominio colonial. Aquí, con más claridad que en
ninguna otra de sus demás novelas, Austen sincroniza autoridad doméstica con
autoridad internacional, expresando claramente que los valores asociados con
cuestiones tan elevadas como el orden, la ley y la propiedad deben estar
firmemente asentados en la posesión y el gobierno reales del territorio. Ella
ve claramente que poseer y
gobernar Mansfield Park es poseer y gobernar una propiedad imperial en
estrecha, por no decir inevitable, asociación con el imperio. Lo que asegura la
tranquilidad doméstica y la atractiva armonía de uno es la disciplina regulada
y la productividad del otro.
No obstante, antes de que ambas logren su completo asentamiento, Fanny
debe comprometerse mucho más activamente en el desarrollo de la acción.
Gradualmente se transforma, de pariente pobre asustada y muchas veces
victimizada a miembro pleno de la casa de los Bertram en Mansfield Park. Con
este objetivo Austen proyecta la segunda parte de la novela, que contiene no
solo el frustrado romance de Edmund y Mary Crawford, sino también el
descubrimiento y rechazo de Fanny Price respecto de su casa familiar de Portsmouth,
la herida e invalidez de Tom Bertram (el hijo mayor) y el inicio de la carrera
naval de William Price. Este entero conjunto de relaciones y sucesos culmina
por fin con el matrimonio de Edmund y Fanny Price, cuyo sitio en la mansión de
los Bertram es ocupado por Susan Price, su hermana. No constituye una
exageración interpretar que las últimas secciones de Mansfield Park suponen
la coronación de un principio evidentemente antinatural (o, al
menos ilógico) situado en el corazón mismo del orden inglés. La audacia de la
visión de Austen se encuentra apenas disimulada por su voz, que, a pesar de
ocasionales ironías, es notablemente modesta y opera por sobreentendidos. Pero
no debemos desdeñar las referencias limitadas al proceso, el trabajo y la
clase, y su aparente habilidad para volver abstracta (en frase de Raymond
Williams) «una moralidad cotidiana inflexible que así resulta, al final,
separable de su base social». De hecho, Austen es mucho menos modesta y mucho
más severa.
Las claves están en Fanny, o, mejor, en cuán rigurosamente podamos
considerarla. Es verdad que la visita a su casa de origen en Portsmouth, donde
reside su familia más cercana, altera el equilibrio estético y emocional
al que se había habituado en Mansfield Park, y verdad es también que
había empezado a dar esos lujos por sentados, y aun a juzgarlos como cosas
esenciales. Todas estas son consecuencias completamente rutinarias y naturales
de haberse acostumbrado a un nuevo sitio. Pero Austen está hablando de dos
problemas agregados que no debemos dejar de estudiar. Uno se refiere al nuevo y
más hondo sentimiento de Fanny respecto a qué significa estar en casa:
tras llegar a Portsmouth, cuando hace el inventario de las cosas que allí
encuentra, no se trata únicamente de un problema de espacio más amplio:
Fanny estaba casi atónita. Apenas sabía cómo soportar la pequeñez de la
casa y lo delgado de las paredes, que hacía que todo se encontrase tan próximo
a ella, lo cual se unía al cansancio del viaje y a todas sus recientes
inquietudes. Dentro de la habitación, todo estaba bastante tranquilo, puesto
que después de que Susan hubiese desaparecido junto con los otros, solo
quedaron su padre y ella; él, sacando un periódico —préstamo habitual de un
vecino— se aplicó a su estudio, al parecer, sin advertir la existencia de
Fanny. Se puso el único candil entre el periódico y su persona, sin aludir
siquiera a la posible conveniencia de ella; pero ella no tenía nada que hacer,
y se alegró de que la luz llegase a su frente doliente filtrada por la
pantalla, mientras permanecía sentada en conturbada, dolorosa y conmovida
contemplación.
Estaba en casa. Pero, ¡ay!, no había
nada parecido a una casa ni le había sido dispensado nada parecido a una
bienvenida, como...; pero debió controlarse; se mostraba irracional... Dentro
de un día o dos notaría la diferencia. Solo ella tenía la culpa. Pero pensó que
las cosas no habrían sucedido así en Mansfield. No, en casa de su tío se
habrían observado los momentos y las estaciones, se habrían ordenado los
asuntos, habría habido un decoro, un cuidado hacia todos que no se daba aquí.[12]
En un espacio tan pequeño no se puede ver ni pensar con claridad, no se
puede ordenar o atender de la manera adecuada. La sutileza del detalle que
Austen señala («el único candil entre el periódico y su persona, sin aludir
siquiera a la posible conveniencia de ella») expresa con mucha precisión los
peligros de la antisociabilidad, de la insularidad solitaria, de la conciencia
empobrecida que los mayores y mejores espacios rectifican.
De hecho, la cuestión que Austen propone es que Fanny no puede acceder a
esos espacios por herencia directa, título legal, cercanía, contigüidad o
adyacencia (Mansfield Park y Portsmouth están a horas de distancia). Para ganar
el derecho a Mansfield Park, primero hay que dejar el hogar, como una especie
de criada contratada o, para decirlo de un modo extremo, como una especie de
objeto trasladado: este es, claramente, el destino de Fanny y de su hermano
William. Pero entonces se tiene la promesa de la futura bonanza. Creo que
Austen considera que lo que Fanny lleva a cabo como un movimiento doméstico y a
pequeña escala corresponde a los movimientos más amplios y abiertamente
coloniales de sir Thomas, su mentor, el hombre cuya propiedad ella hereda. Los
dos movimientos dependen el uno del otro.
La segunda cuestión sobre la que Austen habla es más compleja e
indirectamente suscita un problema teórico interesante. La conciencia que ella
tiene del imperio se expresa por alusiones casuales y obviamente es muy
distinta a la de Conrad o Kipling. En la época de Austen los británicos
llevaban a cabo una política muy activa en el Caribe y Sudamérica, sobre todo
en Brasil y Argentina. Solo vagamente parece advertir Austen los detalles de
estas actividades, a pesar de que la convicción acerca de la importancia de las
plantaciones extensivas de las Indias Occidentales era corriente en la
Inglaterra metropolitana. La isla de Antigua y el viaje de sir Thomas allí
poseen una función definitiva en Mansfield Park, función que es
incidental y se alude a ella de pasada y, a la vez, resulta absolutamente
crucial para la acción. ¿Cómo debemos entender esas pocas alusiones de Austen a
Antigua, y qué debemos hacer con ellas desde el punto de vista de la
interpretación?
Lo que yo creo es que por medio de esa muy curiosa combinación de
énfasis y casualidad, Austen se revela a sí misma asumiendo (del mismo modo que
Fanny asume, en los dos sentidos de la palabra) la importancia de
un imperio en relación con la situación doméstica. Pero iré más allá.
Puesto que Austen utiliza y se refiere a Antigua del modo en que lo hace
en Mansfield Park, esto exige un esfuerzo paralelo por parte de sus
lectores para entender concretamente los valores históricos de la
referencia. Para decirlo de otra manera, debemos tratar de entender a
qué se refería, por qué le atribuía la importancia que le atribuía,
por qué eligió la isla de Antigua cuando podía haber escogido otra cosa para
establecer la riqueza de sir Thomas. Calibremos ahora el poder significativo de
las referencias a Antigua en Mansfield Park. ¿Cómo ocupan el
lugar que ocupan y qué hacen allí?
Siguiendo a Austen, deberíamos concluir que, al margen de lo aislado e
insular que sea el sitio de Inglaterra (es decir, Mansfield Park), siempre
requiere un sustento de ultramar. La propiedad de sir Thomas en el Caribe
podría haber sido una plantación mantenida por trabajo esclavo (que no fue
abolido en Inglaterra hasta 1830); estos no son datos históricos muertos, sino,
como ciertamente sabía Austen, realidades históricas evidentes. Antes de que
tuviese lugar la rivalidad anglofrancesa, el rasgo más característico de los
imperios occidentales (romano, español y portugués) fue su inclinación al
pillaje; según lo formula Conrad, el transporte de las riquezas de las colonias
a Europa con muy poca dedicación al desarrollo, la organización o el sistema
dentro de estas. Gran Bretaña, y Francia en menor grado, querían hacer que sus
imperios fuesen núcleos beneficiosos, duraderos y competitivos en términos de
empresa. Y ningún sitio mejor que el Caribe, donde el tráfico de esclavos, el
funcionamiento de las grandes plantaciones y el desarrollo de los mercados del
azúcar provocaron los problemas del proteccionismo, de los monopolios y los
precios de modo más o menos constante y siempre en competencia.
Lejos de ser unas pocas migas «ahí fuera», las posesiones coloniales
británicas en las Antillas y las islas de Sotavento constituyeron durante la
era
de Jane Austen un escenario de crucial importancia para la rivalidad
anglofrancesa. Desde allí se exportaron a Inglaterra las ideas francesas
revolucionarias, y allí se dio un lento declive de los beneficios británicos,
mientras las plantaciones francesas producían más azúcar a menos coste. No
obstante, las rebeliones de esclavos dentro y fuera de Haití perjudicaban a
Francia y alimentaban los intereses de Inglaterra y su afán de intervenir más
directamente para aumentar su poder local. Aun así, comparada con su anterior
preeminencia dentro del mercado doméstico, la producción de azúcar de las
Antillas inglesas del siglo XIX tuvo que competir con las ofertas alternativas de Brasil o la isla
Mauricio, el surgimiento de la industria del azúcar de remolacha y la gradual
preponderancia de la ideología y la práctica del libre mercado.
Tanto en sus características formales como en sus contenidos, algunas de
estas tendencias convergen en Mansfield Park. La más notoria
es la completa y abierta subordinación de la colonia a la metrópoli. Aunque
ausente de Mansfield Park, sir Thomas nunca se muestra presente en
Antigua, que recibe a lo sumo media docena de referencias en la novela. He
citado antes fragmentariamente un trozo de los Principles of Political
Economy de John Stuart Mill que condensa el modo en que Austen utiliza
Antigua. Aquí lo citaré completo:
No podemos apenas considerar estas [lejanas posesiones nuestras] como
países que mantengan un intercambio de bienes con nuestros países, sino, más
adecuadamente, como remotas propiedades agrícolas o manufactureras que
pertenecen a una comunidad más grande. Por ejemplo, no podemos considerar como
países que posean un capital productivo propio a nuestras colonias de las
Indias Occidentales... [sino que son más bien] el lugar en el que Inglaterra
encuentra conveniente llevar a cabo su producción de azúcar, café u otros
productos tropicales. Todo el capital empleado es capital inglés; casi toda la
industria se lleva allí para usos británicos. Casi no existe ninguna
producción, salvo para el consumo, y esta se envía a Inglaterra no para
cambiarla por cosas exportadas a la colonia y consumirlas allí, sino para
venderla en Inglaterra para provecho de sus propietarios. Apenas puede
concebirse el intercambio con las Indias
Occidentales como un intercambio externo, sino que en realidad se
asemeja mucho más al comercio entre el campo y la ciudad.[13]
Hasta cierto punto, Antigua es como Londres o Portsmouth, un rincón
mucho menos deseable que una casa en el campo como Mansfield Park, pero que
produce bienes que puede consumir cualquiera (a principios del siglo XIX todos los británicos consumían
azúcar), a pesar de que sus propietarios y guardas constituyen un pequeño grupo
de aristócratas y señores. Los Bertram y otros personajes de Mansfield forman
un subgrupo dentro de esa minoría, y para ellos la isla es riqueza; Austen la
considera como un bien que se convierte en propiedad, orden y, al final de la
novela, en comodidad (comfort),[14] lo cual es un bien añadido. Pero ¿por
qué «añadido»? Porque, como Austen nos dice con mordacidad al final de la
novela, ella «quiere devolver a todos los que no estén muy en falta cierto
grado de comodidad (comfort) tolerable y acabar con el resto».[15]
En primer lugar, podríamos interpretar este párrafo como que la novela
ha hecho suficiente con desestabilizar la vida de «todos» y ahora debe dejarlos
descansar. En realidad, Austen afirma eso explícitamente en un rapto de
impaciencia metaficcional: la novelista comenta su propio trabajo y señala que
ha ido demasiado lejos y que ahora exige aproximarse a un final. Luego, puede
querer decir que «todos» son capaces de darse cuenta de lo que significa estar
de verdad en casa y en paz, sin necesidad de errar o de irse y volver. (Esto no
incluye al joven William, que, suponemos, debe continuar por esos mares con la
armada británica o en cualesquiera otras misiones políticas o económicas que
sean todavía menester. Estas cuestiones apenas obligan a Austen a una reacción,
una observación al pasar sobre la «continuada buena conducta y creciente fama»
de William). En cuanto a los finalmente residentes de Mansfield Park, a estas
almas ahora del todo aclimatadas, Austen les otorga más atención por medio del
registro de su
ventajosa domesticación; a ninguna más que a sir Thomas. Por primera
vez, este comprende qué es lo que ha faltado en la educación de sus hijos, y lo
hace, paradójicamente, en los términos que le ofrecen esas fuerzas sin nombre
del exterior o, por así decirlo, la riqueza de Antigua y el ejemplo importado
de Fanny Price. Vale la pena notar aquí la curiosa alternancia entre el
«dentro» y el «fuera», que sigue el modelo de Mill, en el que el «fuera» se
convierte en «dentro» en razón de su uso y, para utilizar la palabra de Austen,
en razón de su «disposición»:
Aquí [en esta deficiencia pedagógica que otorgara un papel demasiado
importante a la señora Norris y permitiera a los niños disimular y reprimir sus
sentimientos] había existido una grave falta; pero, grave como fuera,
gradualmente llegó a convencerse de que no había sido este el error más serio
de su plan educativo. Debió haber existido una falta dentro de ellos, o el
tiempo hubiese acabado por borrar sus censurables efectos. Temió que hubiesen
faltado principios, principios activos, temió que no se les hubiese enseñado
jamás a gobernar sus inclinaciones y temperamentos únicamente por ese sentido
del deber que puede bastar para ello. Teóricamente, se los había instruido en
su religión, pero nunca se les había exigido su práctica cotidiana. Ser
distinguidos por la elegancia y las dotes —cosas a las que los autorizaba su
juventud— podía no haber sido una influencia en tal sentido ni haber tenido un
efecto moral en sus mentes. Había querido que fuesen buenos, pero sus cuidados
se habían dirigido al entendimiento y a las maneras, no a la disposición; y en
cuanto a la necesidad de abnegación y humildad, temía que no hubiesen oído
tales consideraciones de labios que pudiesen aprovecharles.[16]
Lo que faltaba dentro fue de hecho suministrado por la
riqueza proveniente de la plantación antillana y por una pobre pariente de
provincias, ambas traídas a Mansfield Park y puestas a trabajar. Pero por sí
mismas ni la una ni la otra podían bastar: se necesitaban mutuamente y luego,
lo que es más importante, necesitaban una disposición a la acción, que, en
compensación, ayudase a reformar al resto del círculo de los Bertram. Austen
deja al lector la facultad de suponer todo ello en forma de explicación literal.
Esto es lo que supone leerla de la manera que he propuesto. Todas esas
cosas, que tienen que ver con lo que viene de fuera y es llevado dentro,
aparecen incuestionablemente ahí, con la sugerencia del
lenguaje alusivo y abstracto de Austen. Creo que se utiliza el principio de lo
que «falta dentro» para evocar ante nosotros el recuerdo de las ausencias
antillanas de sir Thomas o el sentimental y hasta caprichoso vagabundear de las
tres hermanas Ward, cada una censurable de distinta manera, y por cuya causa la
sobrina sufre un desplazamiento de una mansión a otra. Pero si los Bertram se
vuelven mejores, y quizá hasta enteramente buenos, si se les imparte un cierto
sentido del deber, si aprenden a gobernar sus inclinaciones y temperamentos y a
convertir la religión en práctica diaria, si son capaces de «dirigir su
disposición», todo ello ocurre porque fuera (o, más bien, en la lejanía)
ciertos factores externos han sido apropiadamente traídos y almacenados dentro
y se han tornado nativos de Mansfield Park, donde Fanny, la sobrina, se
convierte en señora espiritual y Edmund, el hijo segundón, en señor espiritual.
Que la señora Norris sea desalojada es un beneficio adicional; esto se
describe como una gran satisfacción (comfort) suplementaria en la vida
de sir Thomas.[17] Una vez que los principios han sido
interiorizados, sigue a ello el consuelo (comfort): se manda por el
momento a Fanny a Thornton Lacey «con toda atención dispensada a su comodidad (comfort)»;
luego su hogar se convierte en «el hogar de la atención y los cuidados» (comfort);
se trae a Susan «primero como un apoyo (comfort) para Fanny, luego como
ayudante y, por último, como su sustituta»[18] cuando esta nueva aportación ocupa el
lugar de Fanny junto a lady Bertram. El modelo establecido al inicio de la
novela continúa claramente en acción, solo que ahora posee lo que Austen quería
conferirle a lo largo del relato: una configuración razonada, internalizada,
garantizada y de efectos retrospectivos. Esta configuración es lo que Raymond
Williams describe como una «moral cotidiana inflexible que al final es
separable de su base social y que, en otras manos, puede ser
utilizada contra
esa misma base».
He intentado mostrar que la moral no es de hecho separable de su base
social. Hasta su última frase, Austen afirma y repite ese proceso geográfico de
expansión que supone el comercio, la producción y el consumo que penetran la
moral, subyacen en ella y la garantizan. Y la expansión, como nos recuerda
Gallagher, «gustase o no el dominio colonial, era considerada deseable de una
manera u otra. De modo que, en cualquier caso, se dio muy poco rechazo
doméstico de la expansión».[19] Muchos críticos tienden a olvidar o
desdeñar ese proceso, que les parece mucho menos importante de lo que la misma
Austen pensaba. Pero interpretar a Jane Austen depende de quién lo
haga, de cuándo y, no menos significativo, de dónde. Si
hemos llegado a ser sensibles a los problemas que plantean las
feministas o los grandes críticos de la cultura, atentos a la clase y a la
Historia, como Raymond Williams, ahora deberemos considerar la división
geográfica del mundo —después de todo, significativa en Mansfield Park como
algo no neutral, del mismo modo en que no son neutrales ni el género ni la
clase social, sino algo cargado de sentido político, y necesitado de la
atención y elucidación que exige el considerable volumen del problema. La
cuestión no es, entonces, cómo entender y con qué poner en conexión la moral de
Austen y su base social, sino también qué leer de ella.
Tomemos nuevamente las referencias casuales a Antigua, la facilidad con
que las necesidades de sir Thomas en Inglaterra son satisfechas por su estancia
caribeña, las distraídas y e irreflexivas alusiones a Antigua (o al
Mediterráneo, o a la India, a donde lady Bertram, en un ramalazo de distraída
impaciencia, ordena ir a William «para que yo pueda tener un chal. Creo que
querré dos chales»).[20] Representan una significación «ahí
fuera» que moldea la acción genuinamente importante, la que sucede aquí,
pero que no poseen más significación que esa. Sin embargo, estos signos del
«extranjero»
incluyen, aun reprimiéndola, una historia rica y compleja, que desde
entonces ha adquirido una jerarquía que los Bertram, los Price y la propia
Austen serían incapaces de reconocer. Llamar «Tercer Mundo» a esta instancia
sería un principio adecuado a la realidad, pero de ninguna manera agotaría la
historia política y cultural.
Primero debemos hacer el recuento de las prefiguraciones de Mansfield
Park como ficción respecto de lo que más tarde sería la historia
inglesa. Podemos ver la útil colonia antillana de los Bertram
en Mansfield Park como anticipación de la mina de Santo Tomé
en Nostromo, de Conrad, o de la Compañía Imperial de Caucho de
África Occidental de los Wilcox en Howards End, de Forster, o de
cualquiera de los distantes pero convenientes parajes llenos de
tesoros de Grandes esperanzas, de Ancho mar de los Sargazos,
de Jean Rhys, o de El corazón de las tinieblas: rincones que
visitar, de los que hablar, de los que disfrutar por razones
domésticas, es decir, a causa de los beneficios locales metropolitanos. Si
tenemos in mente, previamente, las novelas posteriores a Mansfield
Park, la Antigua de sir Thomas adquiere rápidamente una mayor densidad que
la que dejaban adivinar sus discretas, reticentes apariciones en las páginas de
la novela. Y ya nuestra lectura de la novela empieza a abrirse a esos aspectos
donde, irónicamente, Austen fue más escueta y sus críticos (¿me atreveré a
decirlo?) más negligentes. La Antigua de Austen no es un apunte, sino una
manera definida de marcar los límites externos de lo que Williams denomina
mejora doméstica. Es más que una rápida alusión a las ventajas mercantiles de
la adquisición de territorios de ultramar como fuente de la fortuna local, o
que una referencia, entre otras, a una sensibilidad histórica sometida no solo
a las buenas maneras y a la cortesía, sino al conflicto de ideas, a los
enfrentamientos con la Francia de Napoleón y a la conciencia de los seísmos
causados por los cambios económicos y sociales de un periodo
revolucionario en
la historia del mundo.
En segundo término, debemos considerar Antigua en el preciso lugar de la
geografía moral de Austen y en el preciso lugar de su prosa, sometida a cambios
históricos que la novela misma surca como si fuese un navío en alta mar. Los
Bertram no serían posibles sin el tráfico de esclavos, sin el azúcar y sin la
existencia de la clase de los plantadores coloniales; como tipo social, sir
Thomas hubiese resultado familiar para los lectores de finales del siglo XVIII y principios del XIX advertidos de la poderosa influencia
de tal clase a través de la política, el teatro (como en The West
Indian de Richard Cumberland) y por medio de otras muchas actividades
públicas (casas fastuosas, fiestas de postín y rituales sociales, prestigiosas
empresas comerciales y ventajosos matrimonios). Al empezar a desaparecer
gradualmente el viejo sistema de monopolio protegido y ser reemplazado el
sistema de propietarios residentes en Gran Bretaña por una nueva clase de
colonos afincados en los dominios de ultramar, el interés por las Antillas
decreció: la manufactura de algodón, un sistema de comercio aún más abierto y
la abolición del tráfico de esclavos redujo el poder y el prestigio de gentes
como los Bertram, cuya frecuencia de estancia en el Caribe decreció por
entonces.
Así los viajes poco frecuentes de sir Thomas a Antigua, que lo definen
como perteneciente a la antigua estirpe de propietarios, refleja la disminución
del poder de su clase, disminución directamente expresada en el título del
clásico de Lowell Ragatz The Fall of the Planter Class in the British
Caribbean, 1763-1833 (1928). Más de cien años después, en el libro de Ragatz,
¿se hace suficientemente explícito lo que estaba oculto o se presentaba de
manera alusiva en Austen?; ¿recibe, acaso, cien años más tarde, por medio de
una obra mayor de la investigación histórica, una adecuada explicación el
silencio y la discreción estéticas de una gran novela de 1814?; ¿podemos
aceptar que el proceso de interpretación se ha cumplido, o que
debe continuar
mientras nuevos materiales salen a la luz?
A pesar de todo su saber, Ragatz aún habla de la «raza negra» de acuerdo
con las siguientes características: «el negro robaba, mentía, era tonto,
desconfiado, ineficiente, irresponsable, perezoso, supersticioso y promiscuo en
sus relaciones sexuales».[21] No obstante, tal «historia» dio
lugar, felizmente, a la obra revisionista de historiadores caribeños como Eric
Williams y C. L. R. James, y, más recientemente, Robin Blackburn, en The
Overthrow of Colonial Slavery, 1776-1848. En esos estudios se muestra cómo
esclavitud e imperio alimentaron la aparición y consolidación del capitalismo,
más allá de las viejas plantaciones en régimen de monopolio; y también que
ambos constituyeron un poderoso sistema ideológico cuya conexión con intereses
económicos específicos puede haberse extinguido, pero cuyos efectos continuaron
durante décadas.
Las ideas morales y políticas del periodo deben ser examinadas en su
estrecha relación con el desarrollo económico...
Intereses caducos, cuya bancarrota debe alegrarnos desde una perspectiva
histórica, pueden ejercer un efecto obstruccionista y perjudicial que solo
podemos explicar a causa de los grandes servicios que antes dispensaron y las
prebendas que previamente conquistaron...
Ideas construidas sobre estos
intereses continúan viviendo mucho después de que esos intereses se hayan
destruido y alimentan ese daño, más pernicioso aun cuando los intereses con los
que se corresponden ya no existen.[22]
Así lo afirma Eric Williams en Capitalism and Slavery (1961).
La cuestión de la interpretación, y hasta la de la escritura, está ligada al
problema de los intereses, tal como lo hemos visto actuar tanto en la
producción histórica como en la estética. No debemos afirmar que, puesto
que Mansfield Park es una novela, sus lazos con la sórdida
historia real sean irrelevantes e intrascendentes; no solo porque hacerlo sería
irresponsable, sino porque sabemos demasiado para poder afirmar tal cosa de
buena fe. Cuando se ha leído Mansfield Park como parte de la
estructura de la aventura de la
expansión capitalista, no se puede simplemente devolver la novela al
canon de las «grandes obras maestras de la literatura» —al cual, por cierto,
pertenece— y abandonarla ahí. Creo que, más bien, la novela inicia con firmeza,
aunque con modestia, una amplia expansión de la cultura doméstica imperialista
sin la cual la subsecuente adquisición de territorio por parte de Gran Bretaña
hubiese sido imposible.
Me he demorado en Mansfield Park para ilustrar un tipo
de análisis que no se encuentra con frecuencia ni en las interpretaciones de la
gran crítica tradicional ni tampoco en las lecturas basadas rigurosamente en
una u otra de las corrientes últimas de la teoría literaria. Sin embargo,
únicamente dentro de esta perspectiva planetaria implícita en Austen y en sus
personajes puede hacerse clara la sorprendente posición general de la novela.
Considero que mi lectura completa y complementa otras, y no que las desautoriza
o desplaza. Y debo subrayar que, puesto que Mansfield Park pone
en relación la realidad del poder británico de ultramar con el imbroglio doméstico
de la propiedad de los Bertram, no hay modo de llevar a cabo una lectura como
la mía, no hay modo de entender esta «estructura de actitud y referencia»,
excepto trabajando la novela en su totalidad. Si no lo hiciéramos,
fracasaríamos en nuestro intento de comprender la fuerza de esa estructura y el
modo en que es activada y mantenida en la literatura. Si se la lee
cuidadosamente, se siente cómo los ejecutores de la política exterior, los
burócratas coloniales, los estrategas militares y los lectores inteligentes de
novelas que querían educarse en puntos conflictivos en relación con valores
morales, forma literaria y acabado estilístico suscribían las mismas ideas
acerca de razas y territorios dependientes.
Queda en la lectura de Jane Austen una paradoja que me ha impresionado
pero que no he podido resolver de ninguna manera. Todas las pruebas o
testimonios afirman que aun los aspectos más rutinarios de la posesión de
esclavos en una plantación de azúcar en las Indias Occidentales
implicaban una gran crueldad. Mientras que todo lo que sabemos de Austen y sus
valores está en contradicción con la crueldad de la esclavitud, Fanny Price
recuerda a su primo que después de preguntar a sir Thomas acerca de la trata de
esclavos, «hubo un silencio de muerte»,[23] de modo que sugiere que una palabra
no podía conectarse con la otra porque, sencillamente, no existía un lenguaje
común a ambas. Eso es verdad. Pero lo que estimula y vivifica esa
extraordinaria discrepancia es el surgimiento, declive y caída del imperio
británico y luego, tras la caída, la emergencia de una conciencia poscolonial.
De modo aún más riguroso, al leer obras como Mansfield Park debemos
considerar que, por lo general, resisten o evitan ese otro escenario aunque su
integridad formal, su honestidad histórica y su capacidad de sugestión
profética no puedan ocultarlo del todo. Con el tiempo, cuando se hablara de la
esclavitud, no se contestaría con un silencio de muerte y el asunto se
convertiría en algo fundamental para una nueva comprensión de Europa.
Sería tonto esperar que Jane Austen se enfrentase a la esclavitud con
algo parecido a la pasión de un abolicionista o de un esclavo liberado. Pero lo
que yo he llamado la actual retórica de la culpa, empleada ahora muchas veces
por voces pertenecientes a las minorías, los grupos subalternos o en
desventaja, la ataca a ella y a otros de manera retrospectiva, por haber sido
blanca, privilegiada, insensible y cómplice. Sí, Austen perteneció a una
sociedad de poseedores de esclavos, pero ¿podemos por ello desdeñar sus novelas
como si fuesen ejercicios triviales de una estética caduca? De ninguna manera,
sostendré, si es que nos tomamos en serio nuestra vocación intelectual de
intérpretes para establecer conexiones, para tratar la mayor evidencia posible
de modo exhaustivo y realista, para leer lo que está y lo que no está allí, y,
sobre todo, para detenerse en lo complementario y lo interdependiente, y no en
las experiencias aisladas, veneradas y formalizadas
que excluyen y prohíben los cruces hibridizantes de la historia
humana. Mansfield Park es una obra de gran riqueza, puesto que
su complejidad
intelectual y estética exige el mismo extenso y detallado análisis que
también requiere su problemática geográfica; se trata de una novela basada en
una Inglaterra que necesita, para la perpetuación de su estilo de vida, de una
isla del Caribe. No tienen la misma relevancia las idas y venidas de sir Thomas
a Antigua, donde posee propiedades, que sus idas y venidas a Mansfield Park,
donde su presencia, sus llegadas y sus salidas encuentran considerable eco.
Pero, precisamente porque Austen es tan sumaria en el contexto de Antigua y tan
provocativamente rica en el otro, a causa de ese mismo vaivén somos capaces de
movernos dentro de la novela, de revelar y subrayar esa interdependencia, tan
escasamente mencionada en sus brillantes páginas. Una obra mediocre exhibiría
sus lazos históricos de una manera más directa: su mundanidad sería simple y
lineal, como un estribillo de la rebelión de los Mahdi o la rebelión india de
1857, que conecta directamente con la situación y el contexto que lo acuñaron.
Mansfield Park no se limita a repetir
experiencias, sino que las codifica. Desde nuestra perspectiva última podemos
interpretar el poder de sir Thomas para ir y volver de Antigua como un balbuceo
emanado de la experiencia nacional muda de la identidad individual, de la
conducta y del «orden» (ordination) establecida con tanta ironía y tacto
en Mansfield Park. Nuestra tarea consiste en no perder el sentido histórico de
lo primero ni el total disfrute y gusto de lo segundo, sino en tenerlos a ambos
a la vez.
3
La integridad cultural del imperio
Hasta la segunda mitad del siglo XIX el tranquilo pero sustancioso comercio típico entre Mansfield Park
(me refiero tanto al sitio como a la novela) y los territorios de ultramar tuvo
apenas equivalente en la literatura francesa. Desde luego, antes de Napoleón
había existido una amplia literatura francesa de ideas, viajes, polémica y
especulación sobre el mundo no europeo. Se puede pensar en Volney, por ejemplo,
o en Montesquieu (acerca de esto trata en parte el reciente estudio de Tzvetan
Todorov, Nous et les autres).[1] Sin excepciones significativas, esta
literatura estaba especializada —por ejemplo, el celebrado informe del abate
Raynal sobre las colonias— o bien pertenecía a un género (por ejemplo, el
debate moralista) que utilizaba cuestiones como las de la mortalidad, la
esclavitud o la corrupción como ejemplos en la discusión general acerca de la
humanidad. Rousseau y los enciclopedistas constituyen ilustraciones excelentes
para este último caso. Viajero, memorialista, elocuente analista de sí mismo y
romántico, Chateaubriand encarna un individualismo de tono y estilo sin
parangón; sería ciertamente muy arduo mostrar que René o Atala puedan
ser incluidas en una institución literaria como la novela o en discursos
eruditos como la historiografía o la lingüística. Además, sus relatos de la
vida americana o del Oriente Próximo
son demasiado excéntricos como para ser fácilmente domesticados o
emulados.
Así, lo que Francia muestra es una literatura a veces caprichosa y quizá
hasta esporádica, sin duda limitada y especializada en cuestiones literarias y
culturales relacionadas con los lugares adonde se dirigieron sus comerciantes,
eruditos, misioneros y soldados, y donde se encontraron con sus rivales
británicos. Antes de apoderarse de Argelia, en 1830, Francia no dominaba nada
comparable a la India y, como he afirmado en otra parte, sus brillantes pero
momentáneas experiencias en el extranjero se habían convertido más en recuerdos
o figuras literarias que en realidades. Las Lettres de Barbarie del
abate Jean L. M. Poiret (1785) constituyen un celebrado ejemplo que describe el
estimulante encuentro, a veces marcado por la incomprensión, entre un francés y
un musulmán africano. El mejor historiador del imperialismo francés, Raoul
Girardet, sugiere que en Francia, entre 1815 y 1870, existían diversas
corrientes colonialistas, pero que ninguna de ellas dominaba las otras o poseía
una situación prominente y decisiva respecto de la sociedad francesa. Girardet
señala que fueron los traficantes de armas, los economistas y los círculos
militares y de misioneros los responsables de mantener las instituciones
imperialistas vivas dentro del territorio francés, pero no puede identificar,
como lo hacen Platt y otros estudiosos del imperialismo británico, algo tan
visible como una «óptica departamental» francesa.[2]
Sería apresurado sacar conclusiones equivocadas acerca de la cultura
literaria francesa, por lo cual vale la pena enumerar una serie de diferencias
con Inglaterra. La conciencia inglesa extendida, corriente y fácilmente
accesible con respecto a los intereses de ultramar no tiene equivalente directo
en Francia. No se encuentran así como así correlatos franceses de la nobleza
rural de Austen o de los hombres de negocios de Dickens que dediquen
referencias casuales a la India o el Caribe. Sin embargo, en dos formas más
bien especializadas, los intereses coloniales de Francia emergen en el
discurso cultural. La primera consiste en el modo, bien interesante, en que la
figura enorme, casi icónica de Napoleón (como en el poema de
Victor Hugo, «Lui») encarna el espíritu romántico francés hacia afuera, menos
un conquistador (aunque de hecho lo fue en Egipto) que una presencia
melancólica y melodramática cuya persona actúa como una
máscara a través de la cual se expresan diversas reflexiones. Lukács ha
señalado con agudeza la tremenda influencia ejercida por la carrera de Napoleón
sobre los héroes de novela en la literatura francesa y rusa; a principios del
siglo XIX el corso poseía también un aura
de exotismo.
Los jóvenes de Stendhal son incomprensibles sin Napoleón. En Rojo
y negro, Julien Sorel está completamente influido por sus lecturas
napoleónicas (sobre todo el Memorial de Santa Helena),
con su veleidosa grandeza, su brío mediterráneo y su impetuoso arribismo. En
su carrera, la réplica de semejante influencia toma la forma de una
extraordinaria serie de avatares, todos ellos en una Francia ahora
caracterizada por la mediocridad y la reacción de los intrigantes, que
empequeñecen la leyenda de Napoleón sin por ello disminuir el poder que este
ejerce sobre Sorel. Tan poderosa es la presencia de Napoleón en Rojo y
negro que será una instructiva sorpresa comprobar que no existen en la
novela alusiones directas a la carrera del corso. De hecho, la única referencia
al mundo fuera de Francia tiene lugar después de que Matilde envíe su
declaración de amor a Julien, y entonces Stendhal caracterice la vida
parisiense de su heroína como intrínsecamente más peligrosa que un viaje a
Argelia. En 1830, en el momento exacto en que Francia conquista su mayor
provincia imperial, resulta así característico que esa sea la única referencia
stendhaliana que connota peligro, sorpresa y una especie de indiferencia
calculada. Esto es notablemente distinto de las fáciles alusiones a Irlanda, la
India y las Américas que se deslizan dentro y fuera de
la literatura
inglesa del mismo periodo.
Un segundo vehículo por medio del cual podemos comprender las
preocupaciones imperiales de Francia es el juego de ciencias nuevas y más bien
glamurosas que, en su origen, impulsó Napoleón en sus aventuras ultramarinas.
Esto refleja perfectamente la estructura social de las ciencias francesas,
drásticamente diferentes del amateurismo y la vida intelectual inglesa, muchas
veces vergonzosamente demodé. Las grandes instituciones
francesas promovidas por Napoleón tuvieron una influencia dominante en la
aparición de la arqueología, la lingüística, la historiografía, el orientalismo
y la biología experimental (muchas de tales disciplinas participaron
activamente de la Description de l’Egypte). Es
característico que los novelistas franceses reproduzcan discursos ordenados
académicamente sobre Asia, la India y África —lo hace Balzac en La piel
de zapa o La Cousine Bette, por ejemplo— con un saber y un
tono de expertos nada inglés. En los escritos de los británicos que
residían en el extranjero, desde lady Mary Wortley Montagu hasta Sidney y
Beatrice Webb, predomina el lenguaje de la observación casual: en los
«expertos» coloniales (como sir Thomas Bertram o los Mill) una actitud básica pero
estudiadamente no oficial; en la prosa oficial o administrativa, una arrogante
dureza hasta cierto punto personal, de la cual la Minute on Indian
Education de 1835 de Macaulay es ejemplo famoso. En cambio, en la
cultura francesa de principios del siglo XIX esto no se halla casi nunca: el prestigio oficial de París y de la
Academia modela cada frase.
Como he dicho antes, el poder para representar, hasta en la conversación
casual, lo que está más allá de las fronteras metropolitanas, proviene del
poder de la sociedad imperial, y este poder adquiere la forma discursiva de la
remodelación o reordenación de los datos «brutos» o primitivos, adaptándolos a
las convenciones locales de la narrativa europea y de los
discursos formales o, en el caso de Francia, del orden sistemático de la
Academia. Y ninguno de estos discursos se veía obligado a complacer o persuadir
a audiencias «nativas» africanas, islámicas o indias: de hecho, en las
instancias más influyentes, la premisa era el silencio del nativo. Respecto a
lo que estaba más allá de la Europa metropolitana, las artes y disciplinas de
la representación —por un lado, ficción, pintura, historia y libros de viajes;
por el otro, sociología, escritos administrativos y burocráticos, filología y
teoría de las razas— dependían de la capacidad de Europa para convertir el
mundo no europeo en representaciones y para hacerlo del mejor modo posible con
el fin de contemplarlo, dominarlo y, por encima de todo, retenerlo. Los dos
volúmenes de Philip Curtin titulados Image of Africa e European
Vision and the South Pacific de Bernard Smith constituyen quizá los
análisis disponibles más extensos. Basil Davidson nos ofrece una buena
caracterización popular en su investigación acerca de los escritos sobre África
hasta mitad del siglo XX:
La literatura de la exploración
(africana) es tan vasta y variada como los procesos mismos. Sin embargo, con
unas pocas y sobresalientes excepciones, se trata de diarios de hombres que
contemplan África totalmente desde fuera. No quiero decir que muchos de ellos
pudieran haber hecho otra cosa; el punto importante es que la cualidad de su
observación acusaba esta severa limitación y que hoy se los debe leer
teniéndolo en cuenta. Cuando intentaron comprender la mentalidad y las
actuaciones de los africanos que se encontraron, lo hicieron muy raramente y de
paso. Casi todos ellos estaban convencidos de encontrarse ante el «hombre
primitivo», con la humanidad tal como había sido antes de la Historia, con
sociedades que permanecían como en el inicio de los tiempos. [The Savage in
Literature, importante obra de Brian Street, detalla los pasos mediante los
cuales se trataba de mostrar la verdad de esta suposición en la literatura
académica y en la popular.] Tal perspectiva marchaba a la par de la imparable
expansión de poder y riqueza europeas, con su fuerza política, sofisticación y
flexibilidad, con su convencimiento de que, de alguna manera, Europa era el
continente elegido de Dios. Además, aquello que los por otra parte honorables
caballeros pensaban y hacían puede verse en los escritos de Henry Stanley o en
las andanzas de Cecil Rhodes y sus agentes de detección de minerales,
dispuestos a concebirse como leales aliados de sus amigos africanos en la
medida en que los tratados fuesen respetados: tratados a través de los cuales
la «ocupación efectiva» que realizaban era refrendada por los gobiernos o los
intereses privados de los que formaban parte y a los que servían.[3]
Todas las culturas tienden a construir representaciones de las culturas
extranjeras para aprehenderlas de la mejor manera posible o, de algún modo,
controlarlas. Pero no todas las culturas construyen representaciones de las
culturas extranjeras y de hecho las aprehenden y controlan.
Creo que esta es la diferencia de las culturas europeas modernas. Para estudiar
a la vez esas representaciones y el poder político que expresan se requiere el
estudio del saber occidental o de las representaciones del mundo no occidental.
Artistas de finales del siglo XIX como Kipling y Conrad, o incluso figuras de mitad de siglo como
Jean-Léon Gérôme y Flaubert, no se limitaron a reproducir los territorios
remotos: los interpretaron y animaron, utilizando las técnicas narrativas, las
actitudes exploratorias y las ideas positivistas que podían encontrar en
pensadores como Max Müller, Renan, Charles Temple, Charles Darwin, Benjamin
Kidd o Emerich de Vattel. En todos ellos se desarrollaron y acentuaron esas
posiciones esencialistas dentro de la cultura europea que proclamaban que los
europeos debían dominar y los no europeos, ser dominados. Y los europeos verdaderamente dominaron.
Actualmente estamos bastante al tanto de cuán denso es este material y
cuán vasta su influencia. Basten como ejemplo los trabajos de Stephen Jay Gould
y Nancy Stepan sobre el poder de las ideas raciales en el mundo de los
descubrimientos científicos, la práctica y las instituciones del siglo XIX.[4] De acuerdo con lo que ellos indican,
no se dieron discrepancias significativas dentro de las teorías sobre la
inferioridad negra, o de las jerarquías de razas adelantadas y retrasadas (más
tarde, «sometidas»). Estas condiciones en parte provenían de los territorios de
ultramar de donde los europeos extraían lo que consideraban prueba directa de
la existencia de especies inferiores o, en muchos casos, allí se ponían en
práctica. Y mientras crecía
desproporcionadamente el gran poder europeo, de acuerdo con el
enorme imperium no europeo, también crecía el poder de los
esquemas que aseguraban a la raza blanca su indiscutida autoridad.
No hubo área de experiencia que se librara de la aplicación incansable
de tales jerarquías. En el sistema de educación proyectado para la India, a los
estudiantes se les impartía no solo literatura inglesa, sino la convicción de
la superioridad inherente de la raza inglesa. Los que contribuían a la recién
surgida ciencia de la observación etnográfica en África, Asia y Australia, como
apunta George Stocking, llevaban consigo instrumentos escrupulosos de análisis
y también un conjunto de imágenes, nociones y conceptos cuasicientíficos acerca
de la barbarie, el primitivismo y la civilización. En la naciente disciplina de
la antropología, nadie dudó a la hora de afirmar los valores superlativos de la
civilización blanca (o sea, inglesa): ni el darwinismo, ni el cristianismo, ni
el utilitarismo, ni el idealismo, ni la teoría de las razas, ni la historia
legal, ni la lingüística, ni el saber de los intrépidos exploradores unidos en
variopinta combinación.[5]
Cuanto más se lee acerca del asunto y cuánto más se lee a los eruditos
modernos que han escrito sobre él, más impresiona la fundamental insistencia y
repetitividad en lo que concierne a los «otros». Si, por ejemplo, comparamos la
grandiosa revalorización espiritual inglesa en Past and Present con
lo que el mismo Carlyle afirma sobre los negros en su «Discurso ocasional
sobre la cuestión negra» observaremos dos elementos chocantes. Uno es que
Carlyle emite admoniciones enérgicas sobre la revitalización de Inglaterra, su
despertar al trabajo, las conexiones orgánicas y el amor al desarrollo
capitalista e industrial sin restricciones, pero no dice nada para animar a
«Quashee», el negro emblemático cuya «fealdad, pereza y rebeldía» lo condenan
para siempre a la subhumanidad. En The Nigger Question, Carlyle se
muestra franco:
No: los dioses desean que, además de las calabazas (vegetal preferido de
los «negros» de Carlyle), en sus Indias Occidentales crezcan especias y otros
productos exquisitos; esto han declarado ellos al crear las Indias
Occidentales; pero desean mucho más: desean que hombres industriosos ocupen sus
Indias Occidentales, ¡y no ese ganado bípedo, por más «feliz» que se muestre
con sus abundantes calabazas! Hemos de saber que los dioses inmortales han
decidido ambas cosas y han sancionado para ambas su eterna Acta del Parlamento;
y ambas, contra todos los parlamentos y entidades terrestres, se llevarán a
cabo. Si Quashee no ayuda a recolectar especias, se convertirá nuevamente en
esclavo (estado que será apenas menos desagradable que el actual), y con
benéfico látigo, si los otros métodos no lo consiguen, se le obligará a
trabajar.[6]
Nada se les ofrece a las especies inferiores, mientras Inglaterra crece
de modo formidable y su cultura se transforma, basándose ahora en la
industrialización en el propio país y el libre comercio protegido en el
extranjero. Por medio de una «eterna Acta del Parlamento» se decreta el
estatuto de los negros, de manera que no existe una auténtica oportunidad de
mejora propia, de movilidad social ascendente o cualquier cosa que fuese mejor
que la esclavitud (a pesar de que Carlyle dice oponerse a la esclavitud). El
problema es si su lógica y sus actitudes son enteramente suyas (y por tanto
excéntricas) o si articulan, de manera extrema y característica, actitudes que
esencialmente no son muy diferentes de las de Austen unas décadas antes o de
las de John Stuart Mill diez años más tarde.
Las semejanzas son notables, y también lo son las diferencias entre cada
uno de ellos porque el entero peso de la cultura hace difícil que sea de otra
manera. Ni desde el punto de vista de la imaginación, ni desde el de los
discursos, la estética, la geografía o la economía, Austen o Mill ofrecen a un
caribeño no blanco la posibilidad de ser otra cosa que un productor de azúcar
en permanente posición de subordinación ante los ingleses. Por supuesto, este
es el significado concreto de la dominación, cuyo otro aspecto es la productividad. El
Quashee de Carlyle es como las posesiones caribeñas de sir Thomas:
ambos diseñados para producir riqueza y para uso de los ingleses.
Así, en el texto de Carlyle, la oportunidad de Quashee de estar
silenciosamente allí es equivalente a trabajar obediente y
dócilmente para mantener en funcionamiento la economía y el comercio
británicos.
El segundo aspecto notable en la forma de escribir de Carlyle acerca de
este asunto es su ausencia de oscuridad, secreto o esoterismo. Él dice lo que
piensa sobre los negros y es también muy sincero acerca de las amenazas y
castigos que piensa repartir. Carlyle habla un lenguaje de total generalidad,
anclado en una impertérrita certeza sobre la esencia de razas, pueblos y
culturas, todas los cuales exigen poca elucidación porque le son familiares a
su audiencia. Habla una lingua franca para británicos metropolitanos:
global, abarcadora y dotada de una autoridad social tan vasta que era accesible
para cualquiera que se dirigiese a la nación o hablase sobre ella. Esta lingua
franca sitúa a Inglaterra en un punto también presidido por su poder, iluminado
por sus ideas y su cultura, convertido en productivo por las actitudes de sus
guías morales, sus artistas y sus legisladores.
En los años treinta se escucha un tono similar en Macaulay, y luego, en
1870, cuatro décadas más tarde, casi sin modificaciones, en Ruskin, cuyas
conferencias en la cátedra Slade de Oxford comienzan con una solemne invocación
del destino de Inglaterra. Vale la pena citarlo en su totalidad no solo porque
nos muestra a Ruskin bajo una luz adversa, sino porque influye en casi toda su
copiosa producción sobre arte. La prestigiosa edición de la obra de Ruskin por
Cook y Joseph Wedderburn incluye una nota al pie acerca de este pasaje en la
que se minimiza su importancia, citando la opinión del propio Ruskin. Sin
embargo, él lo consideraba como «lo más “preñado y esencial” de toda su
enseñanza».[7]
Ahora, ante nosotros se alza un destino: el más alto jamás propuesto
para la aceptación o el rechazo por parte de una nación. Nuestra raza no conoce
todavía la degeneración: una raza formada por la mejor sangre del norte.
Nuestro temperamento no es disoluto todavía; todo lo
contrario, tenemos firmeza para gobernar y gracia para obedecer. Hemos
enseñado una religión de pura misericordia, que ahora elegiremos traicionar o
aprender su defensa en su cumplimiento. Y somos ricos en el legado del honor,
trasmitido hasta nosotros durante mil años de noble historia, ante el cual
debiéramos mostrarnos sedientos todos los días para así aumentarlo con
espléndida avaricia, de modo tal que los ingleses, si fuese un pecado aspirar
al honor, fuésemos las almas más pecadoras de la tierra. En los últimos años
las leyes de la naturaleza se han descubierto ante nosotros con tal rapidez que
su brillo nos ha enceguecido; y se nos han entregado los medios de transporte y
comunicación, lo cual ha hecho del globo habitable un solo reino. Un solo reino,
pero ¿quién será su rey? ¿O no habrá un rey, sino que cada hombre, pensad en
esto, hará lo que esté bien solo ante sus propios ojos? ¿O únicamente los reyes
del terror, y los imperios obscenos de Mammon y de Belial? ¿No queréis,
juventud de Inglaterra, convertir otra vez a vuestra tierra en real trono de
reyes, en isla coronada, en fuente de luz y centro de paz ante todo el mundo,
en señora del Saber y de las Artes —guardiana fiel de memorias grandiosas en
medio de visiones efímeras e irreverentes— servidora fiel de principios que,
probados en el tiempo, sufrieron la tentación de experimentos arriesgados y
deseos licenciosos y entre los clamorosos y crueles celos de las naciones,
venerada en su incalculable valor y en su bienaventuranza hacia la humanidad?
29. «Vexilla regís prodeunt». Sí, pero
¿de qué rey? Hay dos oriflamas; ¿cuál deberemos plantar en la isla lejana: la
que flota en fuego celestial o la que pende abrumada por los fútiles tejidos
del oro terreno? Es verdad que hoy existe una corriente de benéfica gloria
abierta ante nosotros, tan rica como jamás la ha conocido otro grupo de almas
mortales. Pero debe ser, es ahora para nosotros: «Reina o Muere». Deberá
proclamarse de esta nación: «Fece per viltade il gran rifiuto»: ese rechazo de
la corona que será, de todo lo que la historia registra, el más permanente, el
más lleno de pudor. Y esto es lo que esta nación debe hacer ahora, a riesgo de
perecer: debe hallar colonias tan rápido y tan lejos como sea posible,
edificadas por sus hombres más enérgicos y mejores; debe apoderarse de cada
trozo de tierra en la que ponga pie y allí enseñar esto a sus colonizados: que
la principal virtud es su fidelidad a su nación, y su principal objetivo es ser
la vanguardia del poder de Inglaterra por tierra y por mar, y que aunque ocupen
un trozo distante de tierra, nunca más deberán considerarse separados de su
rincón natal, semejantes en esto a los marineros de su flota cuando surcan
mares distantes. Así literalmente estas colonias deberán formar flotas
amarradas y cada uno de sus hombres se encontrará bajo el mando de capitanes y
oficiales, cuya mejor misión será gobernar campos y calles en lugar de navíos
de línea; e Inglaterra, en esas naves inmóviles (o, en el más auténtico y
sagrado sentido de la palabra, iglesias inmóviles, timoneadas por los pilotos
de ese lago de Galilea que es todo el mundo), podrá «esperar que cada hombre
cumpla con su deber»; se reconocerá que es posible cumplir con el deber tanto
en la paz como en la guerra y que si por exigua paga hemos podido conseguir que
por amor a Inglaterra los hombres se arrojen contra la boca de los cañones,
también conseguiremos que aren y cosechen por ella, que por ella se comporten
con bondad y justicia, que en el amor a ella eduquen a sus hijos, y que se regocijen
en el brillo de su gloria más que en la luz de los cielos del trópico. Pero
para que puedan hacerlo, ella debe conservar su propia majestad incontaminada,
debe
ofrecerles recuerdos de un hogar del cual sentirse orgullosos. Esa
Inglaterra que será señora de la mitad del mundo no puede seguir siendo un
montón de cenizas, pisoteada por rivales y multitudes de miserables; debe ser
de nuevo la Inglaterra que fue una vez, y de todas la más bella; y es más: tan
feliz, tan contenida, tan pura, que en su firmamento —que ninguna nube profana
deberá hollar
— pueda descifrar cada estrella que el cielo derrame sobre nosotros; y
en sus prados, ordenados y amplios y bellos, de cada brizna que bese el rocío,
y bajo las verdes avenidas de su jardín encantado sea una Circe sagrada,
auténtica Hija del Sol, que guíe las artes de los hombres y reúna el saber
divino de las naciones distantes, conducidas desde el salvajismo a la humanidad
y redimidas de su desesperación, ahora convertida en paz».[8]
Si no todos, casi todos los comentaristas de Ruskin evitan este pasaje.
Sin embargo, como Carlyle, Ruskin habla con claridad: aunque arropado por
alusiones y metáforas, el sentido de su discurso es inequívoco. Inglaterra debe
gobernar el mundo porque es la nación mejor: el poder está para ser utilizado,
los competidores imperiales son insignificantes, las colonias deben aumentar,
prosperar y continuar ligadas a Inglaterra. Lo impresionante de la alocución de
Ruskin es que no solo cree fervientemente en lo que proclama, sino que también
vincula sus ideas políticas sobre la dominación británica del mundo a su
filosofía estética y moral. Puesto que Inglaterra deberá ser la «reina» del
globo, «isla coronada, fuente de luz», sus jóvenes deberán convertirse en colonos
cuya primera meta será constituir la vanguardia del poder de Inglaterra por
tierra y por mar. Puesto que Inglaterra deberá hacer eso «o perecer», su arte y
su cultura dependen, desde el punto de vista de Ruskin, de un imperialismo
reforzado.
Si dejásemos de lado esos aspectos —accesibles para todos y presentes en
cualquier texto del siglo XIX— haríamos algo parecido a describir una carretera prescindiendo de su
localización en el paisaje. La mayoría de los escritores europeos, pensadores,
políticos y financieros tendían a pensar en términos planetarios cada vez que
una forma o discurso cultural indicaba su propia aspiración a la totalidad o a
la unidad. Y estas indicaciones no eran vuelos retóricos, sino evidentes y
nítidas correspondencias con el alcance
global real y en expansión de sus propias naciones. En un ensayo sobre
Alfred Tennyson y el imperialismo de The Idylls of the King especialmente
incisivo, V. G. Kiernan examina la actitud del poeta como testigo ocasional o,
a veces, directo implicado (a través de lazos familiares) en el curso oscilante
de las campañas británicas de ultramar, todas ellas coronadas con la adquisición
de territorio y la consolidación de lo ya ganado. Puesto que la lista de las
campañas es contemporánea de la vida de Ruskin, consideremos los hitos citados
por Kiernan:
1839- 1842 guerras
del opio en China
1840 guerras contra
los kaffirs de Sudáfrica y contra los maoríes de Nueva
Zelanda; conquista del Punyab
1854- 1856 guerra
de Crimea
1854 conquista de
Birmania del Sur
1856- 1860 segunda
guerra de China
1857 ataques a
Persia
1857- 1858
represión de los motines en la India
1865 caso del
gobernador Edward J. Eyre en Jamaica
1866 expedición a
Abisinia
1870 rechazo de la
expansión de los irlandeses separatistas en Canadá
1871 aniquilamiento
de la resistencia maorí
1874 campaña
decisiva contra los Ashanti en África Occidental
1882 conquista de
Egipto
Además, Kiernan alude a la actitud de Tennyson «decididamente en contra
de acceder a los desatinos de los afganos».[9] Lo que veían Ruskin, Tennyson, George
Meredith, Dickens, Arnold, Thackeray, George Eliot, Carlyle o Mill —en resumen,
todo el repertorio de escritores victorianos
importantes— era el tremendo despliegue internacional del poder
británico, prácticamente sin rival en el mundo entero. Era a la vez lógico y
fácil identificarse de un modo u otro con este poder, puesto que, previamente y
de muchas maneras, los escritores se habían definido como ingleses en los
asuntos domésticos. Hablar como lo hacían de cultura, ideas, gusto, moral,
familia, historia, arte y educación; elaborar la representación de esos temas;
tratar de influir sobre ellos o modelarlos intelectual y retóricamente, quizá
significaba ya admitir que poseían una escala planetaria. La identidad
británica internacional, el alcance mercantil y comercial de su política de
intercambio y la eficacia y movilidad de los ejércitos británicos ofrecían
modelos que emular, mapas cuyas rutas seguir y acciones irresistibles a las
cuales entregarse.
Así, las representaciones de todo aquello que se encontraba tras las
fronteras insulares o metropolitanas vino a confirmar, casi desde
el principio, el poder europeo. Aquí se da una impresionante circularidad:
somos quienes dominan porque tenemos el poder (industrial, tecnológico,
militar, moral) y ellos no lo tienen, debido a lo cual ellos no son quienes
dominan; ellos son inferiores; nosotros, superiores; etcétera, etcétera. Vemos
la particular tenacidad de esta tautología en las actitudes de los británicos
acerca de Irlanda y los irlandeses desde el siglo XVI; luego operará
durante el siglo XVIII en las opiniones sobre los
colonos blancos en Australia y las Américas (los australianos siguieron siendo
una raza inferior hasta bien entrado el siglo XX); gradualmente
extendió su alcance hasta comprender todo el mundo más allá de las costas
británicas. En la cultura francesa surgió también una tautología, comparable a
la inglesa, en su repetitividad e inclusividad, respecto de lo que se hallaba
tras sus fronteras. En los márgenes de la sociedad occidental, todas las
regiones no europeas cuyos habitantes, sociedades, historias y objetos
representaban esencias no europeas se convirtieron en algo subordinado a
Europa, que, a su vez, continuó controlando de modo evidente lo que no
era Europa y siguió representando lo no europeo de la manera más adecuada
posible para mantener el control sobre ello.
Esta similitud y circularidad no constituyeron en absoluto algo
inhibitorio o represivo respecto al arte, la literatura y los discursos
culturales. Debemos insistir constantemente en la importancia central de esta
verdad. La única relación que no cambia es, generalmente, la jerárquica entre
metrópoli y regiones de ultramar, entre el macho
«europeo-occidental-cristiano-blanco» y esos pueblos que, geográfica y
moralmente, habitan los mundos que están más allá de Europa (en el caso
británico, África y Asia, además de Australia e Irlanda).[10] Por lo demás, se permite una
fantástica elaboración por parte de ambos términos de la relación, cuyo
resultado general es el refuerzo de la identidad de ambos, a pesar de que
crecen sus variaciones por el lado occidental. Una vez afirmado el tema básico del
imperialismo —por ejemplo, en escritores como Carlyle, que expone muy
francamente las cosas—, este agrupa en derredor una vasta cantidad de versiones
culturales coincidentes pero, aun así, más interesantes, cada una con sus
propias inflexiones, placeres y características formales.
El problema del crítico contemporáneo de la cultura es cómo reunirlas en
un orden significativo. Como han demostrado algunos especialistas, es cierto
que los escritores europeos de la primera mitad del siglo XIX podían estar ajenos a una
conciencia activa del imperialismo, a la conciencia de una misión imperial
consciente y agresiva. (Hasta 1860 era frecuente que en Inglaterra el término
«imperialismo» se usara para referirse, con cierto desdén, a la Francia
gobernada a la sazón por un emperador.)
Pero, a finales de ese mismo siglo, la cultura alta u oficial todavía se
las arreglaba para evadirse de la investigación de su papel como formadora de
la dinámica imperial; quedaba misteriosamente fuera de cuantos análisis y
discusiones se llevarán a cabo acerca de las causas, beneficios o males
del imperialismo. Este es uno de los aspectos fascinantes que me ocupan: cómo
participa la cultura del imperialismo, pero, aun así, de alguna manera se la
excusa por ello. Hobson, por ejemplo, habla con cierto desprecio de la
increíble idea de Franklin H. Giddings acerca del «consentimiento
retrospectivo»[11] (lo cual suponía que los pueblos eran
primero sometidos y luego, retroactivamente, aceptaban haber consentido a su
propia esclavización), pero no se atreve a preguntar dónde o cómo le sobrevino
la idea a Giddings, con toda esa fluida jerga de soberbia prepotencia. Tras
1880, los grandes retóricos de la justificación teórica del imperio —en
Francia, Leroy-Beaulieu; en Inglaterra, Seeley— despliegan un lenguaje cuyas
imágenes de crecimiento, fertilidad y expansión, con su estructura teleológica
de propiedad e identidad y su separación ideológica entre «nosotros» y «ellos»
ya había madurado antes de que las utilizaran allí: en la ficción, en las
ciencias políticas, en la teoría de las razas y en los libros de viajes. En
colonias como el Congo y Egipto, los Conrad, Roger Casement o Wilfrid Scawen
Blunt registraron las tiranías y los abusos, casi inconscientes y exentos de
todo control, del hombre blanco, mientras en la capital, Leroy-Beaulieu
entonaba la rapsodia de la esencia de la colonización, que
c’est dans l’ordre social ce que
c’est dans l’ordre de la famille, je ne dis pas la génération seulement, mais
l’éducation ... Elle mène á la virilité une nouvelle sortie de ses entrailles
... La formation des sociétés humaines, pas plus que la formation des hommes,
ne doit être abandonée au hasard ... La colonisation est donc un art qui se
forme à l’école de l’experience ... Le but de la colonisation, c’est de mettre
une société nouvelle dans les meilleures conditions de prosperité et de
progrès.[12]
([la colonización] es en el orden social lo que en la familia es no solo
la generación, sino la educación... Ofrece a la virilidad un nuevo producto de
sus entrañas [...]. Como la de los hombres, la formación de las sociedades
humanas no puede ser dejada al azar [...]. Por lo tanto, la colonización es un
arte que se moldea en la escuela de la experiencia [...] La meta de la
colonización es llevar la nueva sociedad a las mejores condiciones de
prosperidad y progreso).
A finales del siglo XIX en Inglaterra se consideraba el imperialismo como algo esencial
para el bienestar de la fertilidad inglesa, en general, y de la maternidad, en
particular;[13] y como revelaría un escrutinio atento
de la carrera de Robert Baden-Powell, la historia del movimiento de sus boy
scouts puede ser estudiada en los vínculos entre imperio y salud de la
nación (miedo a la masturbación, degeneración y eugenesia).[14]
Encontraremos por tanto muy pocas excepciones al arrollador predominio
de las ideas que sugerían, y muchas veces ponían en práctica, las reglas
imperiales. Reunamos entonces esas ideas en una breve síntesis, extrayéndolas
de una serie completa de estudios modernos en los diferentes campos académicos,
ya que en mi opinión pertenecen todas ellas de manera unitaria a los estudios
de «cultura e imperialismo». Sistemáticamente, esto se enumeraría del siguiente
modo:
1. Sobre la distinción ontológica
fundamental entre Occidente y el resto del mundo no hay desacuerdo. Podemos
considerar las fronteras que los separan como absolutas; hasta tal punto se
perciben y experimentan las separaciones culturales y geográficas entre
Occidente y sus periferias no occidentales. Junto a la supremacía de tal
distinción aparece lo que Johannes Fabian denomina negación de la
«coexistencia» temporal y discontinuidad radical en términos de espacio humano.[15] De este modo, «Oriente», África,
Asia, la India y Australia constituyen lugares dominados por Europa, pero
poblados por especies diferentes.
2. A la aparición de
la etnografía —tal como la describe Stocking, y también tal como se demuestra
en la lingüística, la teoría de las razas y las clasificaciones históricas— le
sigue una codificación de las diferencias y también el despliegue de variados esquemas
evolucionistas que van desde razas primitivas a sometidas y, finalmente, a
pueblos superiores o civilizados.
En cuanto a estos aspectos, hay que notar la importancia central de
Joseph A. de Gobineau, Henry Maine, Renan y Humboldt. También pertenecen a este
apartado categorías de uso tan corriente como las de primitivo, salvaje,
degenerado, natural y antinatural.[16]
3. La dominación activa del mundo no
occidental por parte del occidental —hoy una rama de investigación histórica
canónicamente aceptada— es convenientemente planetaria en su alcance (ver, por
ejemplo, Asia and Western Dominance, de K. M. Panikkar, o Machines
as the Measure of Men: Science, Technology and Ideologies of Western Dominance,
de Michael Adas).[17] Existe convergencia entre el gran
alcance geográfico de los imperios, especialmente el británico, y los discursos
universalizadores de la cultura. Desde luego, es el poder lo que hace que se dé
esta convergencia: él confiere la habilidad para llegar a sitios remotos, para
aprender acerca de otros pueblos, para codificar y difundir conocimientos, para
caracterizar, transportar, instalar y desplegar ejemplos de otras culturas (a
través de exposiciones, expediciones, fotografías, pinturas, investigaciones o
escuelas) y, sobre todo, para gobernarlas. Todo ello produce lo que se llama un
«deber» para con los colonizados y hasta la exigencia, en África y en todos
lados, de establecer colonias para «beneficio» de los nativos[18] o por el «prestigio» de la madre
patria. En suma, la retórica de la mission civilisatrice.
4. La dominación no es algo inerte, sino
que da a conocer de muchas maneras las culturas metropolitanas; en el dominio
imperial mismo, se está empezando ahora a estudiar su influencia hasta en la
vida cotidiana. Una serie de obras recientes[19] ha iniciado la descripción del motivo
imperial entretejido en las estructuras de la cultura popular, la ficción y la
retórica de la historia, la filosofía y la geografía. Gracias a las
investigaciones de Gauri Viswanathan, podemos comprobar cómo el sistema de
educación británico en la India, cuya ideología proviene de Macaulay y William
Bentinck, está
impregnado de ideas sobre la desigualdad de razas y culturas, ideas
trasmitidas en la escuela, ideas que formaban parte del currículum y de la
pedagogía, y cuyo propósito, de acuerdo con Charles Trevelyan, un apologista
del sistema, era:
[...] en sentido platónico, suscitar en los súbditos coloniales el
recuerdo de su carácter innato y de la corrupción sufrida [...] a causa del
carácter feudal de la sociedad oriental. En esta narrativa universalizadora,
reescrita a partir de un guion que antes habían delineado los misioneros, el
Gobierno británico era presentado como la república ideal a la cual los indios
debían naturalmente aspirar como expresión espontánea del yo, jerarquía dentro
de la cual los dominadores británicos ganaban su espacio figurativo como
guardianes platónicos.[20]
Puesto que aquí estoy analizando la visión ideológica sostenida y hecha
efectiva no solo a través de la dominación directa y la fuerza física, sino, de
manera mucho más eficiente y durante largo tiempo, por medios
persuasivos, los procesos cotidianos por los cuales se aseguraba la
hegemonía —en bastantes ocasiones procesos creativos, interesantes, llenos de
invención y, sobre todo, de capacidad ejecutiva— se prestan sorprendentemente
bien al análisis y la elucidación. En el plano más visible se daba la transformación
física del ámbito imperial a través de lo que Alfred Crosby denomina el
«imperialismo ecológico»,[21] la remodelación del contexto físico o
la formulación de desafíos administrativos, arquitectónicos e institucionales,
como la construcción de ciudades coloniales (Argelia, Nueva Delhi, Saigón).
Luego, en las metrópolis, se producía la emergencia de las nuevas élites
imperiales, con sus culturas y subculturas (escuelas de «manejo» imperial,
institutos, departamentos, disciplinas —geografía, antropología, etcétera— que
dependían de la existencia de una política colonial continuada), nuevos estilos
artísticos, incluida la fotografía de viaje, la pintura exótica y orientalista,
la poesía, la ficción y la escultura monumental, y el periodismo
(memorablemente caracterizado por Maupassant en Bel-Ami).[22]
Las formas en que tal hegemonía se reforzaba han sido estudiadas con
considerable penetración en Language and Colonial Power, de
Fabian; A Rule of Property for Bengal, de Ranajit Guha y, dentro
del volumen de Hobsbawm y Ranger, en «Representing Authority in
Victorian India», de Bernard Cohn, de quien también son notables sus estudios
de la representación de lo británico y del control sobre la sociedad india
en An Anthropologist Among the Historians.[23] Estos trabajos muestran la imposición
diaria del poder en la dinámica de la vida cotidiana, el vaivén de la
interacción entre nativos, blancos e instituciones de mando. Pero el factor más
importante en estas descripciones microfísicas del imperialismo es que en el
paso de la «comunicación a la orden» y luego en su retorno existe un discurso
unificado —o más bien, como formula Fabian, «un despliegue de pasajes e ideas
entre e inter cruzadas»—[24] que se desarrolla basándose siempre
en una diferencia entre lo occidental y lo nativo tan integral y tan ajustable
que hace que cualquier modificación sea imposible. Comprendemos la ira y la
frustración que esto produjo a lo largo del tiempo a través de los comentarios
de Fanon acerca del maniqueísmo del sistema colonial y la consecuente necesidad
de la violencia.
5. Las actitudes imperiales poseían
envergadura y autoridad, pero también estaban dotadas, en el
periodo de expansión ultramarina y dislocación social metropolitana, de gran
poder creativo. No me refiero solo, en un plano más general, a la «invención de
la tradición», sino también a la capacidad para producir imágenes extrañamente
autónomas tanto desde el punto de vista intelectual como estético. Los
discursos orientalistas, africanistas y americanistas se desarrollaron entrando
y saliendo del entramado de la escritura de la historia, la pintura, la ficción
y la cultura popular. Aquí se ajustarían las ideas foucaultianas acerca de
los discursos; y, de acuerdo con la descripción de Bernal, un
cuerpo coherente de filología clásica destinada a
purgar la Grecia ática de sus raíces semíticas y africanas. A su tiempo
— como intenta demostrar Imagining India, de Ronald Inden—[25] surgieron formaciones metropolitanas
semiindependientes que tenían que ver con las posesiones imperiales y sus
intereses. Entre sus narradores se cuentan Conrad, Kipling, T. E. Lawrence y
Malraux; sus antecesores y custodios incluyen a Robert Clive, Warren Hastings,
Joseph F. Dupleix, Theodore Bugeaud, sir James Brooke, Edward J. Eyre, Henry
John Temple (lord Palmerston), Jules Ferry, Hubert Lyautey o Rhodes; en todos
ellos, así como en los grandes relatos del imperio (Los siete pilares de la
sabiduría, El corazón de las tinieblas, Lord Jim, Nostromo, La
vía real de André Malraux) aparece de manera distintiva el
perfil de una personalidad imperial. El discurso del imperialismo de finales
del siglo XIX está además enriquecido por los
pronunciamientos de Seeley, Dilke, James Anthony Froude, Leroy-Beaulieu,
Harmand y otros muchos hoy olvidados o no leídos, pero que ejercieron una
poderosa influencia, en algunos aspectos hasta profética.
Las imágenes de la autoridad imperial de Occidente continúan vigentes.
Encantadoras, extrañamente atractivas, emocionantes: Gordon en Jartum,
en la famosa pintura de G. W. Joy, enfrentándose y doblegando a los derviches
con la mirada, armado únicamente con un revólver y una espada envainada; el
Kurtz de Conrad en el centro de África: brillante, loco, valiente, rapaz,
elocuente; Lawrence de Arabia al frente de sus guerreros árabes protagonizando
la novela del desierto, inventando la guerra de guerrillas, confraternizando
con príncipes y estadistas, traduciendo a Homero y tratando de atenerse a las
consignas británicas para el «Brown Dominion»; Cecil Rhodes, capaz de fundar
naciones, estados y haciendas con tanta facilidad como otros hombres procrean
niños y emprenden negocios; Bugeaud, que doblegó a las fuerzas de Abdel Qader e
hizo francesa a Argelia; las concubinas, bailarinas y odaliscas de Gérôme, el
Sardanápalo de Delacroix,
el norte de África
de Henri Matisse, el Sansón y Dalila de Camille Saint-Saëns.
La lista es larga y sus tesoros, abundantísimos.
4
El imperio en acción: Aida de Verdi
Me gustaría ahora demostrar hasta qué punto y de qué manera inventiva el
material que aquí trato afecta a ciertas áreas de la actividad cultural, aun a
aquellas esferas que hoy no asociamos con la sordidez de la explotación
imperial. Hemos tenido últimamente la fortuna de que varios jóvenes estudiosos
hayan desarrollado los estudios acerca del poder imperial lo suficiente como
para poder observar el componente estético involucrado en la custodia y
administración de la India y de Egipto. Me refiero aquí, por ejemplo, a Colonising
Egypt de Timothy Mitchell,[1] donde se muestra cómo la práctica de
construir ciudades modelo, o de descubrir la intimidad de la vida del harén, o
de instituir nuevos modos de conducta militar en colonias aparentemente
otomanas pero en realidad europeas, no solo reafirmaba el poder europeo, sino
que producía, también, el placer añadido de la vigilancia y gobierno del lugar.
Leila Kinney y Zeynep Çelik han demostrado fehacientemente la existencia de ese
lazo entre poder y placer en sus estudios sobre la danza del vientre, donde la
exhibición cuasietnográfica financiada por las exposiciones europeas en
realidad resultaba estar asociada con el ocio del consumidor europeo.[2] En The Painting of Modern
Life, el estudio de T. J. Clark sobre Manet y otros pintores parisienses
aparecen dos vertientes, en
particular, la de la emergencia de un lujo y un erotismo poco habitual
en la Francia metropolitana y que se debía a veces a las modelos exóticas;
también se adivina este rasgo en The Colonial Harem,[3] una crítica deconstructiva de Malek
Alloula de las postales francesas de principios de siglo ilustradas por mujeres
argelinas. Es evidente la importancia que tiene aquí el Oriente como lugar de
promesa y de poder.
Quiero, sin embargo, sugerir cuál es la causa de que mis intentos de
lectura contrapuntística resulten excéntricos o incómodos. En primer lugar,
porque a pesar de que sigo líneas cronológicas desde el principio al final del
siglo XIX, no trato en realidad de ofrecer una
secuencia de acontecimientos consecutivos, de tendencias o de obras. Considero
cada obra individual en términos de su propio pasado y también a la luz de
interpretaciones más tardías. En segundo término, mi idea principal es que
estas obras de cultura que me interesan irradian e interfieren con categorías
aparentemente estables e impermeables, fundadas en el género, la periodización,
la nacionalidad y el estilo, categorías que suponen que Occidente y su cultura
son, casi por completo, independientes de otras culturas y también de los
objetivos terrenales del poder, la autoridad, el privilegio y la dominación. Al
contrario, quiero mostrar cómo la «estructura de actitud y referencia»
prevalece e influye de todas maneras y formas, y en toda suerte de sitios,
mucho antes de lo que designamos oficialmente como era del imperialismo. Lejos
de ser una estructura autónoma y trascendente, está muy próxima al mundo de la
historia; lejos de ser inamovible y pura, es híbrida, y extrae sus materiales
tanto de la superioridad racial como del brillo del arte, tanto de la autoridad
política como de la técnica, tanto de las técnicas simplificadoras y seductivas
como de las complejas.
Consideremos Aida, la famosa ópera «egipcia» de Verdi. Como
espectáculo visual, musical y teatral, Aida cumple con muchas
de las
necesidades de la cultura europea, y desde dentro de ella. Una de estas
necesidades es confirmar que Oriente es un lugar esencialmente exótico,
distante y antiguo en el cual los europeos pueden desplegar sus exhibiciones de
fuerza. En la misma época de su composición, las exposiciones «universales»
europeas contenían habitualmente modelos de poblados coloniales, ciudades,
cortes y cosas semejantes: siempre se subrayaba la maleabilidad y
transportabilidad de las culturas secundarias e inferiores. Estas culturas
subalternas se exhibían ante los europeos como microcosmos de los grandes
dominios coloniales. Excepto dentro de este esquema, nada y casi nada se
ofrecía a los no europeos.[4]
Aida, sinónimo de «gran ópera», es característica de un
tipo único, propio de finales del siglo XIX. Junto con un pequeño grupo, ha sobrevivido durante más de un siglo
como obra popular, además de ser objeto de saludable respeto por parte de
músicos, críticos y musicólogos. Pero la grandeza y eminencia de Aida,
aunque evidentes para cualquiera que la haya visto u oído, son problemas
complejos acerca de los cuales existen toda clase de teorías y especulaciones.
En Opera: The Extravagant Art, Herbert Lindenberger propone la
imaginativa idea de que Aida, Borís Godunov y El crepúsculo
de los dioses, las tres de 1870, están respectivamente vinculadas a la
arqueología, la historiografía nacionalista y la filología.[5] Wieland Wagner, que produjo Aida en
Berlín en 1962, enfocó la ópera, en sus propias palabras, como un «misterio
africano». La vio como la prefiguración del Tristán de su
abuelo Richard: en su centro se encuentra el conflicto irreductible entre Ethos
y Bios («Verdis Aida ist ein Drama des anauflösbaren Konflikts
zwischen Ethos und Bios, zwischen dem moralischer Gesetz und den Forderungen
des Lebens»).[6] En su esquema, la figura central es
Amneris, dominada por un «Riesenphallus» que se proyecta sobre ella como una
descomunal cachiporra; de acuerdo con Opera, «se veía a Aida
casi siempre
postrada o cubierta al fondo del escenario».[7]
Aun admitiendo la vulgaridad a la que tiende la famosa escena de la
marcha triunfal en el acto II, deberíamos señalar que Aida representa
el clímax de una evolución de estilo y perspectiva que llevó a Verdi
desde Nabucco y Los lombardos (en la década
de 1840), a través de Rigoletto, Il trovatore, La
traviata, Simon Boccanegra y Un ballo in maschera (en
los cincuenta), hasta la problemática La forza del destino y Don
Carlos (en los sesenta). Durante estas tres décadas, Verdi se
convirtió en el más eminente compositor de su época, mientras su carrera
acompañaba el curso del Risorgimento y hasta parecía
constituir su comentario. Aida fue la última ópera
de tema político y público que Verdi escribió antes de dedicarse a las dos
obras esencialmente domésticas, aunque intensas, Otello y Falstaff,
con las que culminó su vida de compositor. Todos los estudiosos mayores de
Verdi —Julian Budden, Frank Walker, William Weaver, Andrew Porter, Joseph
Wechsberg— señalan que en Aida no solo se vuelven a utilizar
formas musicales tradicionales como la cabaletta y el concertato,
sino que se les añade un nuevo cromatismo, una sutileza de orquestación y una
fluidez dramática imposibles de encontrar en cualquier otro compositor de su
tiempo, excepto en Richard Wagner. Las reticencias de Joseph Kerman en Opera
as Drama, son interesantes, precisamente, por lo mucho que reconocen de la singularidad
de Aida:
En Aida, en mi opinión, el resultado es una casi constante
disparidad entre la sencillez y facilidad del libreto y la intrigante
complejidad de la expresión musical: desde luego, la técnica de Verdi nunca
había sido tan rica. Solo Amneris logra cierta vida; Aida es pura y continua
confusión, Radamés parece un retroceso, si no hasta Metastasio, al menos hasta
Rossini. Por supuesto que algunas páginas, números y escenas no tienen
parangón, lo cual es razón suficiente para la vasta popularidad de la obra. No
obstante, hay una curiosa falsedad en Aida que no es propia de
Verdi y que recuerda a Meyerbeer, lo cual es mucho más inquietante que su gran
despliegue operístico de triunfos, consagraciones y marchas militares.[8]
Hasta donde alcanza, esto es innegablemente persuasivo; Kerman no se
equivoca acerca de la falsedad de Aida, aunque no pueda explicar la
causa. Antes que nada, debemos recordar que la obra anterior de Verdi había
atraído atención precisamente porque involucraba y tenía que ver con su
audiencia mayoritariamente italiana. Sus dramas musicales retrataban héroes y
heroínas incorregiblemente sanguíneos en todo el esplendor de sus encuentros
(muchas veces incestuosos) en torno al poder, la fama y el honor, pero — como
ha demostrado convincentemente Paul Robinson en Opera and Ideas— habían
sido concebidas como óperas políticas, repletas de estridencias retóricas,
música marcial y emociones desenfrenadas. «Quizá el componente más claro del
estilo retórico de Verdi —para decirlo sin ambages— es la pura ruidosidad.
Junto con Beethoven, él es el más ruidoso de los grandes compositores. Como si
fuese un orador político, Verdi no puede quedarse callado ni por un rato. Si se
deja la batuta en reposo durante la grabación de una ópera de Verdi, al momento
se recibe una reprimenda».[9] Robinson sigue afirmando que la
espléndida ruidosidad de Verdi efectivamente refuerza esos «momentos de los
desfiles, motines y discursos»,[10] que, durante el Risorgimento,
fueron escuchados como amplificaciones de episodios de su vida. (Aida no
es una excepción; por ejemplo, apenas empieza el acto II se siente la
formidable «Su! del Nilo», para varios solistas y un coro numeroso). Es un
lugar común hoy que las melodías de las primeras obras de Verdi (Nabucco, Los
lombardos y Attila, en particular) suscitaban en su
audiencia frenesíes participativos: tan inmediato era el impacto, la claridad
de la referencia contemporánea y la pura destreza de su capacidad para llevar a
cualquiera que lo oyese a clímax teatrales inmediatos y desmesurados.
Mientras que en sus óperas anteriores, a pesar de sus temas con
frecuencia exóticos o outré, Verdi se había dirigido a Italia y a
los italianos (con singular
fuerza, paradójicamente, en Nabucco), en Aida se
trataba de Egipto y de los egipcios de la antigüedad, un fenómeno mucho más
remoto y menos comprometedor que cualquiera utilizado antes. No le falta, sin
embargo, la habitual estridencia política, porque la escena segunda del acto
II, la llamada escena triunfal, virtual exageración de todo lo que un teatro de
ópera puede reunir y mostrar, es lo más grande que Verdi escribiera para el
teatro. Pero Aida es atípicamente contenida y no se desborda;
no ha suscitado, ni se conoce que lo haya hecho, ningún delirio de
entusiasmo participatorio, a pesar de que en el Metropolitan Opera de Nueva
York, por ejemplo, se ha montado con más frecuencia que ninguna otra obra. Las
otras óperas de Verdi ambientadas en culturas remotas o extrañas no impidieron
a sus audiencias identificarse con ellas y, por otra parte, Aida también
trata de un tenor y una soprano que se aman y a los que un barítono y una mezzo ponen
obstáculos. ¿En qué es diferente Aida y por qué la mezcla
verdiana habitual produjo una combinación tan rara de competencia musical y
neutralidad afectiva?
Las circunstancias bajo las cuales Verdi escribió y produjo por primera
vez Aida son únicas en su carrera. El escenario político y,
ciertamente, también el cultural dentro del cual Verdi trabajó
desde principios de 1870 hasta finales de 1871 incluía no solo Italia, sino
también la Europa imperial y el virreinato de Egipto, que técnicamente
pertenecía al imperio otomano, pero de hecho comenzaba gradualmente a
convertirse en parte dependiente y subsidiaria de Europa. Las peculiaridades
de Aida —su asunto y su ambientación, su grandeza monumental,
sus efectos visuales y musicales extrañamente distantes, su elaboradísima
partitura, tan a contrapelo de la limitada intriga doméstica, el lugar
excéntrico que ocupa dentro de la carrera de Verdi— exige lo que yo he venido
llamando una interpretación en contrapunto, que no se pueda asimilar ni a la
perspectiva corriente sobre la ópera italiana ni, dentro de un plano más
general, a las concepciones dominantes hoy sobre las
grandes obras maestras de la civilización europea del siglo XIX. Como la forma operística
misma, Aida es una obra híbrida, radicalmente impura, que
pertenece por igual a la historia de la cultura y a la experiencia histórica de
la dominación de ultramar. Es un compuesto construido en torno a disparidades y
discrepancias que se han ignorado o dejado sin estudiar, pero que pueden ser
convocadas y descriptivamente esquematizadas; son interesantes en sí mismas y,
además, informan del sentido de las irregularidades, anomalías, restricciones y
silencios de Aida mejor que los análisis que solo toman en
cuenta la cultura italiana y la europea.
Presentaré al lector elementos que no pueden ser desdeñados pero que
sistemáticamente lo han sido. Esto sucede porque el problema de Aida,
finalmente, reside en que no trata de la dominación imperial,
sino que forma parte de ella. Surgirán así similitudes con la
obra de Jane Austen, que parecía igualmente improbable como arte
ligado al imperio. Si se interpreta Aida desde esta
perspectiva, advirtiendo que la ópera fue escrita y producida por primera vez
en un país africano con el cual Verdi no tenía ninguna relación, surgen un buen
número de nuevas cuestiones.
El mismo Verdi afirma algo al respecto en una carta que inaugura su
vinculación hasta ese momento únicamente latente con una ópera egipcia.
Escribiendo a Camille du Locle, un amigo íntimo que acababa de volver de un
viaje a Oriente, Verdi afirma el 19 de febrero de 1868: «Cuando nos
encontremos, usted deberá describirme todas las circunstancias de su viaje, las
maravillas y fealdades de un país que tuvo una vez una civilización que nunca
he sido capaz de admirar».[11]
El 1 de noviembre de 1869 tuvo lugar la inauguración del Teatro de la
Ópera de El Cairo, un brillante acontecimiento dentro de los festejos por la
apertura del canal de Suez, y fue representada la ópera Rigoletto. Unas
pocas semanas antes, Verdi había rechazado una oferta de Ismail, virrey de los
otomanos, para escribir un himno para la ocasión, y en diciembre dirigió
a Du Locle una larga carta acerca de los peligros de las óperas «patchwork»:
«Quiero arte en cualquiera de sus manifestaciones, y no
el arreglo, el artificio, y el sistema que
usted prefiere», decía, agregando que, por su parte, él deseaba
obras «unificadas» en las cuales «la idea es UNA, y todo debe converger para
formarla».[12] A pesar de que estas afirmaciones
constituían una respuesta a las sugerencias de Du Locle, que deseaba que Verdi
escribiese una ópera para París, vuelven a aparecer en suficientes ocasiones
durante la composición de Aida como para convertirse en un
tema importante. El 5 de enero de 1871 Verdi escribió a Nicola de Giosa: «Hoy
las óperas se escriben con tantas diferentes intenciones dramáticas y musicales
que es casi imposible interpretarlas; me parece que nadie puede ofenderse si el
autor, cuando se estrena una de sus producciones, envía a una persona que ha
estudiado cuidadosamente la obra bajo la dirección del propio autor».[13] Y el 11 de abril de 1871 escribió a Giovani
Ricordi que permitía «solo un creador» para su obra: él mismo. «No concedo el
derecho a “crear” a cantantes y directores porque, como he dicho antes, es un
principio que conduce al abismo.»[14]
¿Por qué, entonces, aceptó finalmente Verdi la oferta del virrey Ismail
de escribir una ópera especial para El Cairo? El dinero fue una de las razones:
se le pagaron 150.000 francos en oro. Lo hizo también porque se sentía
halagado, puesto que, después de todo, se lo había elegido como número uno, por
encima de Wagner y de Charles F. Gounod. Creo que igualmente importante fue el
relato que le mandó Du Locle, quien había recibido un esquema para un posible
tratamiento operístico por parte de Auguste Mariette, el renombrado egiptólogo
francés. En una carta a Du Locle, Verdi le indicaba que había leído «el
bosquejo egipcio,» que estaba bien hecho y que «ofrecía una espléndida mise-en-scène».[15] Señalaba también que la
obra muestra «una mano muy experta, de alguien habituado a escribir y
que conoce el teatro muy bien». A principios de junio empezó a trabajar
en Aida y expresó de inmediato su impaciencia a Ricordi por lo
lentamente que progresaba, a pesar de haber solicitado los servicios de Antonio
Ghislanzoni como libretista. Al llegar a este punto, decía: «Estas cosas deben
hacerse muy deprisa».
En los intensos, sencillos y, sobre todo, auténticamente «egipcios»
decorados de Mariette, Verdi percibió una intención unitaria: la huella o traza
de una voluntad experta y magistral que esperaba igualar en la música. En un
momento especial de su carrera, marcada por desengaños, proyectos fracasados,
colaboraciones nada satisfactorias con empresarios, vendedores de entradas y
cantantes —el estreno parisino de Don Carlos era un ejemplo
reciente y todavía vivo—, Verdi veía la oportunidad de crear una obra que él
pudiese supervisar en cada detalle, desde los primeros esbozos hasta el
estreno. Además, en esta empresa lo apoyaba la realeza. De hecho, Du Locle
sugería que el virrey no solo deseaba desesperadamente la obra para él, sino
que había ayudado a Mariette a escribirla. Verdi podía suponer que un rico
potentado oriental se había unido con un genuinamente brillante y metódico
arqueólogo occidental para brindarle la ocasión en la que él pudiese ser la
presencia artística dominante e indisputada. La ambientación y el origen
egipcio y remoto de la obra parecen haber estimulado, paradójicamente, su
sentido de la maestría técnica.
Hasta donde he podido averiguar, Verdi carecía de toda opinión formada
acerca del Egipto moderno, en contraste con sus posiciones abiertamente
desarrolladas acerca de Italia, Francia o Alemania, a pesar de que durante los
dos años en los que trabajó en la ópera le llegaban continuamente afirmaciones
acerca de que con su ópera él estaba, por así decirlo, haciendo algo por Egipto
desde el punto de vista de Egipto como nación.
Así se lo aseguró Draneht Bey (nacido Pavlos Pavlidis), el empresario
cairota de ópera; el mismo Mariette, llegado a París para conseguir que
vestidos y decorados estuviesen listos en el verano de 1870 e inmovilizado allí
a causa de la guerra francoprusiana, frecuentemente le recordaba que no se
repararía en gastos a la hora de montar una función verdaderamente
espectacular. Verdi debía dedicarse a ajustar letra y música, asegurándose
previamente de que Ghislanzoni encontrase la perfecta «palabra teatral», parola
scenica,[16] y supervisando los detalles del
montaje con incansable cuidado. Durante las negociaciones
inmensamente complicadas para contratar a la primera Amneris, la contribución
de Verdi al imbroglio le ganó el calificativo de «el jesuita
más famoso del mundo».[17] La presencia subalterna, o al menos
indiferente, de Egipto en su vida le allanaba el camino en la consecución de
sus intenciones artísticas con lo que parece haber sido una intensidad sin
concesiones.
Pero creo que Verdi confundió fatalmente esta capacidad (basada en la
colaboración más que en la complejidad) de dar vida a una distante fábula
operística, con el ideal romántico de una obra de arte orgánicamente integrada,
sin fisuras, informada solo por la intención estética de su único creador. De
este modo, la noción imperial del artista se ensamblaba convenientemente con la
noción, también imperial, de un mundo no europeo cuyas exigencias respecto al
compositor europeo eran inexistentes o mínimas. Sometido durante años a la
ineficacia y las obstrucciones del personal de los teatros de ópera, podía
ahora dominar su territorio sin disputa; mientras preparaba la función de El
Cairo y, un par de meses más tarde (febrero de 1872), para la première italiana
en La Scala, Ricordi le informó que sería «el Moltke de La Scala» (2 de
septiembre de 1871).[18] Tan fuerte era para él la atracción
de este papel de dominio militar que en cierta ocasión, en una carta a Ricordi,
Verdi llegó a vincular de modo explícito sus metas estéticas con
Bayreuth (hasta ese
momento, un proyecto teórico), sobre cuyos montajes
Wagner se atribuía
un poder prácticamente total:
El sitio de la orquesta es de una importancia mucho mayor que la que
corrientemente se le atribuye: por la mezcla de los instrumentos, la sonoridad
y el efecto. Estas pequeñas mejoras abrirán el camino para innovaciones que de
seguro llegarán más adelante, entre ellas, sacar del escenario los palcos de
espectadores, adelantando el telón hasta las luces y haciendo invisible la
orquesta. Esta idea no es mía, sino de Wagner. Es excelente. Hoy parece
imposible tolerar la vista de fracs raídos y lazos blancos, por ejemplo,
entremezclados con vestidos egipcios, asirios o druidas, etcétera, etcétera y,
más aún, avistar casi hasta la mitad el alto de las arpas, los extremos
superiores de los contrabajos y la batuta del director al aire.[19]
Verdi alude aquí a una presentación teatral exenta de las interferencias
habituales de los teatros de ópera: exenta y aislada de manera tal que la
audiencia recibiera la impresión de una fusión novedosa de autoridad y
verosimilitud. Son evidentes los paralelismos con lo que Stephen Bann, en The
Clothing of Clio, ha llamado «la composición histórica de lugar» en escritores
como Walter Scott y Byron.[20] La diferencia es que Verdi podía, y
de hecho pudo, beneficiarse de la visión histórica y la autoridad académica de
la egiptología por primera vez en la historia de la música. Esta ciencia se
encontraba a su alcance, encarnada en la figura de Auguste Mariette, cuya
nacionalidad francesa y su educación formaban parte de una genealogía
fundamentalmente imperial. Aunque no tuviese modo de conocer demasiados
detalles acerca de Mariette, Verdi se sentía fuertemente impresionado por su
libreto inicial y reconocía en él a un experto cualificado cuya competencia lo
hacía capaz de representar el antiguo Egipto con una credibilidad legítima.
La única objeción que hay que hacer aquí es que la egiptología es
egiptología, no Egipto. Mariette fue posible gracias a dos importantes
predecesores, ambos franceses, ambos imperiales, ambos dedicados a la
reconstrucción y, si se me permite utilizar un término que tomo prestado de
Northrop Frye, ambos «presentacionales»: el primero está constituido por los
volúmenes de la napoleónica Description de l’Egypte y
el segundo es Jean-François Champollion y su trabajo de desciframiento de
jeroglíficos, según lo presentó en 1822 en su Lettre á M. Dacier y
en 1824 en su Précis du systéme hiéroglyphique. Con
«reconstructivo» y «presentacional» me refiero a ciertas características
que parecen hechas a la medida de Verdi: la expedición militar de Napoleón fue
motivada por el deseo de conquistar Egipto, desafiar a los ingleses y demostrar
el poder francés. Pero, además, Napoleón y sus expertos académicos fueron allí también
para mostrar Egipto a Europa; para, en cierto sentido, poner en escena su
antigüedad, riqueza de asociaciones, importancia cultural y aura única para una
audiencia de europeos. Pero sin una intención estética a la par que política
era imposible llevar semejante empresa a cabo. Lo que Napoleón y sus hombres se
encontraron fue un Egipto cuyas dimensiones antiguas estaban veladas por las
presencias musulmana, árabe y hasta otomana, interponiéndose, en todas partes,
entre los invasores franceses y el antiguo Egipto. ¿Cómo hacer para llegar
hasta esa parte más vieja y más prestigiosa?
Aquí se inicia la vertiente particularmente francesa de la egiptología,
que continuó con las empresas de Champollion y Mariette. Egipto debía ser
reconstruido por medio de modelos o dibujos, cuya escala, grandeur en
la proyección y exótica distancia verdaderamente no tenían precedentes. He
utilizado el término «proyección» porque, a poco que se hojee la Description,
se nota que uno se encuentra ante dibujos, diagramas, pinturas de
localizaciones faraónicas polvorientas, decrépitas y descuidadas que se verían
ideales, espléndidas y dispuestas solo para los espectadores europeos si los
egipcios modernos no existiesen. Por lo tanto, las reproducciones de la Description no
son descripciones, sino «adscripciones». Primero, los templos y
palacios se reprodujeron con una orientación y perspectiva que ponían en escena
la realidad del antiguo Egipto, tal como se reflejaba ante la mirada
imperial. Luego, puesto que, en palabras de André-Marie Ampère, se
trataba de lugares vacíos y carentes de vida, había que hacerlos hablar: de ahí
la eficacia del desciframiento de Champollion. Finalmente, podían ser sacados
de su contexto y trasladados a Europa para su uso. Como veremos, en esto
consistió la contribución de Mariette.
Fueron los franceses quienes realizaron ese proceso continuo, que se
desarrolló aproximadamente entre 1798 y 1860. A diferencia de Inglaterra, que
poseía la India, y de Alemania, que a la distancia dominaba el saber
especializado sobre Persia o sobre la propia India, Francia se dedicó a este
campo bastante imaginativo e innovador, en el cual, como dice Raymond Schwab
en The Oriental Renaissance, los eruditos eran «desde Jean-Luc
Rougé a Mariette (tras el impulso de la obra inicial de Champollion) [...], exploradores
de trayectoria aislada que habían aprendido todo por sí mismos».[21] Los savants napoleónicos
eran exploradores que aprendían las cosas por sus propios medios, ya que no
había ningún cuerpo de conocimiento sobre Egipto que fuese organizado,
verdaderamente moderno y científico, y en el cual pudiesen apoyarse. Según ha
señalado Martin Bernal, a pesar de que en el siglo XVIII el prestigio de Egipto era
considerable, se lo asociaba con corrientes esotéricas y misteriosas como la
masonería.[22] Aunque excéntricos y autodidactas,
Champollion y Mariette se movían por impulsos científicos y racionalistas. En
términos ideológicos, esto significaba que Egipto podía ser descrito como la
«primera y esencial influencia oriental sobre Occidente», afirmación que con
razón Schwab considera falsa, puesto que desdeña la obra orientalista llevada a
cabo por eruditos europeos en otras partes del mundo antiguo. En cualquier
caso, Schwab señala:
En junio de 1868 (justo en el momento que Draneht, el virrey Ismail y
Mariette empiezan a concebir lo que será luego Aida), en la Revue
des Deux-Mondes, Ludovic Vitet saludaba los «inigualables descubrimientos»
de los orientalistas del momento, en comparación con los de los
cincuenta años anteriores. Hasta hablaba de «la revolución arqueológica
cuyo teatro es Oriente», aunque aseguraba enfáticamente que «el movimiento se
inició con Champollion y que todo empezó gracias a él. Él es el punto de
partida de todos estos descubrimientos». Luego, Vitet establece su propia
progresión, siguiendo la aceptada por el gran público, pasa a los monumentos
asirios y, finalmente, dedica unas cuantas palabras a los Vedas, pero no se
extiende más. Está claro que, tras la expedición de Napoleón, los monumentos y
las misiones de estudiosos de Egipto habían ya descubierto sus secretos a
todos. En cambio, la India nunca revivió, excepto en el papel. [23]
De muchas e interesantes maneras, la carrera de Auguste Mariette es
significativa en relación con Aida. A pesar de que ha habido
discusiones acerca de su exacta contribución al libreto, Jean Humbert ha
reivindicado definitivamente la intervención de Mariette como la más importante
desde el punto de vista del impulso inicial de esta ópera.[24] (Después del libreto, sus actividades
incluirían su inmediato nombramiento como diseñador principal de las
antigüedades del pabellón egipcio de la Exposición Internacional de París de
1867, una de las primeras y mayores muestras de poder imperial).
A pesar de que la arqueología, la gran ópera y las exposiciones
universales europeas son evidentemente ámbitos diferentes, alguien como
Mariette es capaz de ponerlos en conexión de modos bien sugerentes. Citaré una
explicación perspicaz que da cuenta de lo que, quizá, facilitaba los
deslizamientos de Mariette de un ámbito a otro:
Las exposiciones universales del siglo XIX fueron concebidas como microcosmos que darían cuenta de la
totalidad de la experiencia humana: pasado, presente y proyección hacia el
futuro. Su orden cuidadosamente articulado también expresaba el sentido de la
relación de poder dominante. La ordenación y caracterización jerarquizaban,
racionalizaban y volvían objetivas las diferentes sociedades. Las jerarquías
resultantes retrataban un mundo donde razas, sexos y naciones ocupaban lugares
fijos asignados por los comités de los países anfitriones. Las formas a través
de las cuales se representaban en las ferias las culturas no occidentales
provenían de ordenaciones sociales previamente establecidas en la cultura
«anfitriona»: Francia. Por ello es importante describir esos parámetros: ellos
fijan los patrones de la representación de lo nacional y ofrecen los canales de
expresión cultural a través de los cuales debía darse forma al conocimiento
proporcionado por las exposiciones.[25]
En el catálogo escrito para la exposición de 1867, Mariette subrayaba,
casi con estridencia, los aspectos reconstructivos de su obra,
como si deseara dejar muy claro ante el espectador que él, Mariette, de algún
modo había traído por primera vez Egipto ante Europa. Y podía afirmarlo gracias
a sus espectaculares éxitos arqueológicos en casi treinta y cinco yacimientos,
incluyendo los de Giza, Sakkarah, Edfu y Tebas, donde, según la incisiva
formulación de Brian Fagan, «excavó desenfrenadamente».[26] Además, Mariette se dedicaba
regularmente a la excavación y el vaciamiento de yacimientos, por lo que, a la
par que enriquecía los museos europeos (el Louvre sobre todo), con cinismo
considerable despojaba por completo las auténticas tumbas egipcias. Luego
ofrecía sus excusas ante los «decepcionados oficiales egipcios» con tranquila
compostura.[27]
Durante sus trabajos para el virrey, Mariette conoció a Ferdinand de
Lesseps, el arquitecto del canal. Sabemos que los dos colaboraron en varios
proyectos para el cuidado y restauración de lugares, y estoy convencido de que
ambos compartían una visión similar —que quizá se remonta al primer Henri de
Saint-Simon, con resonancias masónicas y de la teosofía europea acerca de
Egipto— de la cual surgieron proyectos verdaderamente extraordinarios, cuya
eficiencia, es importante señalarlo, se veía aumentada por la unión, en ambos,
de fuerza de voluntad, cierta tendencia a la teatralidad y perspicacia
científica.
Tras el libreto para Aida, Mariette se dedicó al diseño de
su vestuario y escenarios, lo cual lo llevó de nuevo a los dibujos notablemente
proféticos de la Description. Sus páginas más impresionantes
parecen exigir grandes acciones o personajes que las pueblen; su escala y el
vacío que exhiben recuerdan escenarios de ópera aguardando a que se los llene.
El contexto europeo aquí supuesto es el teatro del poder y del conocimiento,
mientras que la escena egipcia real del siglo XIX sencillamente se desvanece. Cuando
proyectaba la primera escena para Aida, Mariette tenía in
mente casi con toda seguridad el templo de Fylae (y no un supuesto
original en Memfis). Aunque sea dudoso que Verdi hubiera visto esas láminas, sí
conocía las reproducciones que circulaban por toda Europa; su contemplación le
hizo mucho más fácil imaginar la ambientación de esa estentórea música militar
tan frecuente en los dos primeros actos de Aida. Y a pesar de
que existen diferencias sustanciales, es verosímil que las nociones acerca de
los vestuarios las adquiriera Mariette en las ilustraciones de la Description que
adaptó para la ópera. Creo que, dentro de su propia visión, Mariette transmutó
los originales faraónicos a equivalentes abiertamente modernos, o sea, a lo que
parecerían los egipcios prehistóricos modificados por los estilos dominantes en
1870: rostros europeizados, bigotes y barbas serían los elementos que delataban
esta trasmutación.
El resultado fue un Egipto orientalizado, al cual Verdi llegó, con su
música, por un camino propio. Los más conocidos ejemplos se dan sobre todo en
el segundo acto: primero, en el canto de las sacerdotisas, y luego, en la danza
ritual. Sabemos que Verdi estaba preocupado por la fidelidad de esta escena,
puesto que requería una mayor dosis de autenticidad y lo había obligado a
buscar respuesta a las más detalladas cuestiones históricas. Hay un documento
enviado por Ricordi a Verdi en el verano de 1870 que contiene material sobre el
antiguo Egipto: los principales detalles son acerca de consagraciones, ritos
sacerdotales y otros elementos que tienen que ver con la religión egipcia.
Verdi usó poco esta información, pero las fuentes allí utilizadas indican una
generalizada conciencia europea sobre Oriente que provenía de Volney y Georg
Friedrich Creuzer, a la que se había añadido la obra arqueológica más reciente
de Champollion. Todo ello en relación con sacerdotes (las mujeres no son
mencionadas).
Sin embargo, Verdi
hace dos cosas con este material. Primero, convierte a
algunos de los sacerdotes en sacerdotisas, siguiendo la convención
europea de poner a las mujeres orientales en el centro de cualquier práctica
exótica; los equivalentes funcionales de estas sacerdotisas son las bailarinas,
esclavas, concubinas y bellezas de los baños y harenes, dominantes en el arte
europeo de mediados del siglo XIX, y hacia 1870, también en los espectáculos y la vida galante. Estas
exhibiciones de erotismo femenino à l’orientale «articulaban
relaciones de poder y revelaban el deseo de realzar la supremacía a través de
su representación».[28] Es fácil detectar algunos de estos
aspectos en la escena del acto II, en las habitaciones de Amneris donde se
asocian inevitablemente sensualidad y crueldad; por ejemplo, en la danza de las
esclavas moras. En segundo lugar, Verdi convierte el cliché orientalista de la
vida en la corte en una crítica mordaz y más directa en contra del sacerdocio
masculino. Creo que el sumo sacerdote Ramfis está cargado del anticlericalismo
verdiano propio del Risorgimento, y también de sus ideas acerca del
señor oriental despótico, alguien capaz de ejercer venganza únicamente por sed
de sangre disfrazada de legalidad y de la autoridad basada en las escrituras.
En cuanto a la música exótica modal, sabemos por sus cartas que Verdi
consultó la obra de François-Joseph Fétis, musicólogo belga que fue el primer
europeo en acometer el estudio de la música no europea como parte separada
dentro de la historia general de la música en su Résumé philosophique
de l’histoire de la musique (1835). Su inacabada Histoire
générale de la musique depuis les temps les plus anciens jusqu’à nos jours (1869-1876)
llevaba el proyecto aún más lejos y enfatizaba la particularidad única de la
música exótica y su identidad integral. Fétis parece haber frecuentado la obra
de E. W. Lane sobre el Egipto del siglo XIX y también los dos volúmenes de música egipcia en la Description.
Para Verdi, el
valor de Fétis residía en que en su obra podía leer ejemplos
de música «oriental» —los clichés armónicos, muy utilizados en fanfarria
carnavalesca, se basan en un aplanamiento de lo hipertónico— y ejemplos de
instrumentos orientales, que en algunos casos se corresponden con la
representación de la Description: arpas, flautas y las ahora bien
conocidas trompetas ceremoniales, que Verdi, realizando un esfuerzo hasta
cierto punto cómico, se dedicó a construir en Italia.
Por último, Verdi y Mariette colaboraron con gran imaginación —y
en mi opinión, de manera exitosa— para crear las bellas atmósferas del acto
III, de la así llamada escena del Nilo. También aquí el probable modelo son las
imágenes idealizadas de la Description napoleónica, mientras
Verdi, a su vez, dignificaba su concepción del Oriente antiguo mediante el uso
de medios musicales menos literales y más sugerentes. El resultado es una
soberbia pintura tonal de la escena con que se abre el acto y que luego se torna
clímax turbulento y conflictivo alrededor de Aida, su padre y Radamés. Los
apuntes de Mariette para el montaje de esta magnífica escena son como una
síntesis de su Egipto: «El escenario representa un jardín del palacio. A la
izquierda, la fachada oblicua de un pabellón o tienda. Al
fondo fluye el Nilo. En el horizonte, las montañas de la cordillera de Libia
vivamente iluminadas por el sol, que se pone. Estatuas, palmeras, vegetación
tropical».[29] No es extraño que, como Verdi,
Mariette se considerara un creador: «Aida [dijo en una carta al
paciente y siempre dispuesto Draneht el 19 de julio de 1871] es en efecto el
producto de mi obra. Soy yo quien convenció al virrey de que ordenara su
presentación; en una palabra, Aida es una creación de mi
cerebro».[30]
De ese modo, Aida incorpora y funde material sobre
Egipto confiriéndole una forma que tanto Verdi como Mariette podían reclamar
justificadamente como invención propia. No obstante, sugiero que la obra se
resiente —o, al menos, acusa ciertas peculiaridades— a causa del énfasis en lo
que se presenta y el modo en que se realizó la selección de todo ello. Y lo
que, por el
mismo movimiento, se excluye. En ciertos momentos, Verdi debió de
preguntarse qué pensaba el Egipto moderno de su obra, cómo los oyentes
individuales respondían a su música, en qué se convertiría su ópera tras
la première: le habían dado una publicidad incómoda, llegó a
afirmar con cierta rudeza. En una carta a Filippo Filippi captamos
la distancia de Verdi respecto de su ópera, un Verfremdungseffekt que,
supongo, estaba ya en la escritura musical y el libreto de Aida:
¿Usted en El Cairo? ¡Esta es la más poderosa publicidad para Aida que
uno pueda imaginar! ¡Me parece a mí que de esta manera el arte ya no es arte,
sino un negocio, un juego de placer, una cacería, algo que se debe atrapar,
algo que nos debe dar, si no éxito, al menos notoriedad a toda costa! ¡Ante
todo esto, mi reacción es de disgusto y humillación! Siempre recuerdo con
alegría mis primeros tiempos, cuando casi sin amigos, sin nadie con quien
hablar, sin preparación, sin influencia de ninguna clase, me presenté ante el
público con mis óperas, dispuesto a ser fulminado, y contento con solo suscitar
alguna impresión favorable. En cambio ahora, ¡¡¡¡¡qué pomposidad para una
ópera!!!!! Periodistas, artistas, coristas, directores, instrumentistas,
etcétera, etcétera. Todos ellos aportan su ladrillo al edificio de la
publicidad y así contribuyen a un modelo hecho de menudencias que nada añade al
valor de una ópera; de hecho, oscurecen su auténtico valor (si tiene alguno).
¡¡¡¡Esto es deplorable, profundamente deplorable!!!!
Mucho te agradezco sus amables
ofertas para El Cairo, pero anteayer escribí a Bottesini todo lo concerniente
a Aida. Quiero para esta ópera una interpretación vocal e
instrumental y una puesta en escena buena y sobre todo inteligente. En cuanto a
lo demás, queda à la grace de Dieu; así empecé y así deseo terminar
mi carrera...[31]
Aquí sus protestas se extienden a su posición respecto a la intención
misma de la ópera: Aida es una obra autosuficiente, parece
estar diciendo Verdi, y dejemos el asunto tal cual. Pero ¿no sucede otra cosa
al mismo tiempo, como si Verdi sintiese que Aida es una ópera
escrita para un lugar con el cual él no puede entrar en relación, con una trama
que acaba de modo desesperantemente abrupto y en un literal enterramiento?
La conciencia de Verdi acerca de las incongruencias de Aida también
se expresa en otros sitios. En algún momento habla irónicamente de agregar a
Giovanni P. Palestrina al esquema armónico de la música egipcia, y parece
haber advertido hasta qué punto el antiguo Egipto no era únicamente una
civilización muerta, sino también una cultura de los muertos, cuya aparente
ideología de conquista (según la adaptó de Herodoto y Mariette) se relacionaba
con una ideología de la vida más allá de la muerte. El afecto más bien sombrío,
desencantado y residual que en la época en que trabajaba en esta ópera Verdi
sentía por la política del Risorgimento se refleja en la obra
en esos éxitos militares que suponen fracasos personales y que asimismo pueden
ser descritos como triunfos políticos expresados en los tonos ambivalentes de
un impasse humano; en resumen, como Realpolitik. Verdi
parece haber imaginado los atributos positivos de la patria de Radamés para
hacerlos culminar en los tonos fúnebres de O terra addio. Ciertamente,
el escenario dividido del acto IV —cuya posible fuente es una de las láminas de
la Description— imprimió profundamente en su mente la discordia
concors entre la pasión no correspondida de Amneris y las muertes
felices de Aida y Radamés.
El carácter opresivo y el hieratismo de Aida solo
encuentran un respiro en los ballets y las marchas triunfales,
pero hasta estas exhibiciones se ven de algún modo alteradas por el tono
general: Verdi era demasiado inteligente y sincero como para dejarlas intactas.
La danza de la consagración triunfal de Ramfis en el acto I lleva, desde luego,
al relegamiento de Radamés en los actos III y IV, de modo que hay muy poco por
lo cual regocijarse; la danza del acto II es un baile de esclavas que
entretienen a Amneris mientras juega malévolamente con Aida, su esclava y
rival. En cuanto a la parte verdaderamente famosa del acto II, escena 2, nos
encontramos quizá ante el núcleo egregio del atractivo de Aida ante
público y directores, que lo consideran una oportunidad para desplegar casi
cualquier cosa con la sola condición de que esté llena de pompa y sea lo más
excesiva posible. En realidad, tal vez esto no esté lejos de la intención de
Verdi.
Tomemos tres
ejemplos modernos de este exceso. El primero:
Aida en Cincinnati (marzo de 1986). Una nota de
prensa de la Ópera de Cincinnati anuncia que para el montaje de la temporada
de Aida, en la escena triunfal tomarán parte los siguientes
animales: un aardvark (oso hormiguero sudafricano), un burro, un elefante, una
boa constrictor, un pavo real, un tucán, un halcón de cola roja, un tigre
blanco, un lince de Siberia, una cacatúa y un jaguar: once en total. El
conjunto completo para la producción incluirá 261 personas, de las cuales habrá
8 protagonistas, 117 coristas (40 estables y 67 extras), un cuerpo de ballet de
24 miembros y 101 extras (incluyendo 12 guardas de zoológico), además de los 11
animales.[32]
Se trata de una Aida más o menos en bruto, una catarata
de opulencia, hasta cierto punto cómica, como esa fiesta de incomparable
vulgaridad operística que se monta y se vuelve a montar una y otra vez en las
termas de Caracalla.
En contraste, encontramos en el acto II, escena 2, del montaje de
Wieland Wagner un desfile de prisioneros etíopes que arrastran tótems, máscaras
y objetos rituales como elementos de exhibición etnográfica ante el público. Se
trata de «la transferencia de todo el montaje de la obra desde el Egipto de los
faraones al África más oscura de la era prehistórica»:
Lo que yo intentaba hacer, respecto de la escenografía, era dar a Aida esa
fragancia llena de color que allí reside y extraerla no de un museo egipcio,
sino de la atmósfera inherente a la obra misma. Quería huir de la parafernalia
falsamente egipcia, de la falsa monumentalidad operística y de la imagen
histórica al estilo de Hollywood, y volver a lo arcaico, lo cual equivale a
decir, en términos de la egiptología, a tiempos predinásticos.[33]
El énfasis de Wagner recae en la diferencia entre «nuestro» mundo y el
de «ellos»; seguramente, algo que Verdi también acentuó, reconociendo así que
esa ópera había sido compuesta y proyectada para un lugar que no era
París, Milán o Viena. Y es interesante que este reconocimiento nos lleve a
la Aida de México de 1952, donde la soprano Maria Callas
superó todo el conjunto coronándolo con un mi bemol sostenido, una octava por
encima de la nota
que Verdi había
escrito.
En los tres ejemplos se hace un esfuerzo para explotar una salida que
Verdi ofrece dentro de la obra misma, una salida en la que parece aceptar un
mundo exterior que, de otro modo, tendría prohibida la entrada. No obstante,
sus términos son estrictos. Parece estar diciendo: «entrad como parte de lo
exótico o como cautivos, quedaos un rato y, después, dejadme con mi música». Y
para marcar su territorio, utiliza recursos musicales que casi nunca había
utilizado antes, todos ellos pensados para mostrar a su audiencia que se
encontraba ante un maestro en acción, ante alguien iniciado en las eruditas
técnicas tradicionales despreciadas por sus contemporáneos del bel
canto. El 20 de febrero de 1871 escribió a Giuseppe Piroli, uno de sus corresponsales,
que «para un joven compositor, yo exigiría largos y rigurosos ejercicios en
todas las ramas del contrapunto... ¡Nada de estudiar a los modernos!».[34] Esto estaba en consonancia con los
aspectos necrológicos de Aida —en la que hacía cantar a las
momias, como dijo cierta vez—, que se abría con una pieza de
estricta escritura contrapuntística: las técnicas verdianas de contrapunto
y stretto alcanzan aquí una altura, intensidad y rigor que
Verdi raramente había conseguido antes. Junto con la música marcial que marca
la partitura de Aida (alguna de cuyas piezas se convertiría
luego en himno egipcio nacional del virrey Ismail), estos refinados pasajes
refuerzan la monumentalidad de la ópera y, lo que nos interesa más aquí, su
carácter de muro.
En resumen, Aida evoca con precisión las circunstancias
que hicieron posible su encargo y composición, y, como un eco del sonido
original, se somete a aquellos aspectos del contexto contemporáneo que con
tanto esfuerzo había intentado dejar fuera. Como forma altamente especializada
de la memoria estética, Aida encarna, como si hubiese sido
pensada para eso, la autoridad de la versión europea de Egipto en ese momento
del siglo XIX,
versión para la cual El Cairo era, entre 1869 y 1871, un sitio
extraordinariamente apropiado. Si se examina la ópera por completo desde el
punto de vista contrapuntístico, se descubre una «estructura de actitud y
referencia», un nudo de afiliaciones, conexiones, decisiones y colaboraciones
que pueden leerse como si hubiesen impreso un juego entero de notaciones
fantasmales sobre el texto musical y visual de la ópera.
Veamos la trama: un ejército egipcio derrota a un ejército etíope, pero
el joven héroe egipcio de la campaña es acusado de traidor, sentenciado a
muerte, y muerto por asfixia. Este episodio de antigua rivalidad interafricana
adquiere considerable resonancia cuando se lo lee contra el fondo de la
rivalidad angloegipcia en África oriental entre 1840 y 1860. Los británicos
consideraban que los objetivos egipcios bajo el dominio del virrey Ismail, que
alentaba la expansión hacia el sur, constituían una amenaza para la hegemonía
inglesa sobre el mar Rojo y la seguridad de la ruta hacia la India. No
obstante, en una prudente maniobra de distracción, alentaron los movimientos de
Ismail hacia el este como manera de frenar las ambiciones francesas e italianas
en Somalia y Etiopía. Hacia principios de 1870, el cambio se había llevado a
cabo, y en 1882, Gran Bretaña pudo ocupar Egipto por entero. Desde el punto de
vista francés, que Mariette adopta, Aida dramatiza los
peligros de una exitosa política agresiva egipcia sobre Etiopía, especialmente
porque al mismo Ismail, en su condición de virrey otomano, le interesaban tales
movimientos como modo de alcanzar una mayor dosis de independencia respecto a
Estambul.[35]
En la sencillez y severidad de Aida hay más que eso,
especialmente porque muchas otras cosas acerca de la ópera, y el edificio mismo
del Teatro, que se construyó para alojar la música de Verdi, tuvieron que ver
con Ismail y su reinado (1863-1879). Últimamente se han llevado a cabo gran
cantidad de investigaciones sobre la historia económica y política de la
intervención
europea en Egipto en los ochenta años siguientes a la invasión
napoleónica y en muchos casos coinciden con las posiciones adoptadas por los
historiadores nacionalistas (Mohammad Sabry, Mohammed Rafi, Ashraf Ghorbal) que
sostienen que los herederos de la dinastía de Mohammad Alí, en descendiente
orden de mérito (con la excepción del intransigente Abbas), comprometieron cada
vez más profundamente a Egipto en lo que se ha llamado la «economía mundial»,[36] pero que más grave fue la laxa
aglomeración de financieros europeos, banqueros, comerciantes, corporaciones de
préstamo y aventuras comerciales. Esto condujo ineluctablemente a la ocupación
británica de 1882 y, también de manera fatal, a la eventual reclamación del
canal de Suez por Gamal Abdel Nasser en julio de 1956.
Entre 1860 y 1870 el rasgo sobresaliente de la economía egipcia fue el
auge de las ventas de algodón, cuando la Guerra de Secesión norteamericana
impidió el abastecimiento de los telares europeos. Esto aceleró las ya variadas
distorsiones de la economía local egipcia (hacia 1870, según Owen, «todo el
delta se había convertido en un sector dedicado a la producción, elaboración y
exportación de dos o tres cosechas anuales»),[37] distorsiones que eran parte de una
situación de depresión de alcance mayor. Egipto se abría a toda clase de
planes, algunos locos, otros beneficiosos (como la construcción de
ferrocarriles y carreteras), y todos costosísimos, especialmente el canal. El desarrollo
estaba financiado por la emisión de bonos del tesoro, la impresión de moneda,
el aumento del déficit, el crecimiento de una deuda pública que se iba
añadiendo a la cuantiosa deuda extranjera, el coste de los servicios y la
creciente penetración de inversores extranjeros y de sus agentes locales. El
coste general de los préstamos extranjeros parece situarse entre el 30 y el 40
por ciento de su valor nominal. (En Bankers and Pashas, David
Landes ofrece la historia detallada del sórdido aunque divertido episodio).[38]
Además de su
profunda debilidad económica y dependencia de las finanzas
europeas, el Egipto de Ismail sufrió una serie importante de desarrollos
antitéticos. Mientras la población nativa crecía naturalmente, la cantidad de
residentes extranjeros lo hacía en proporción geométrica, hasta llegar a unas
90.000 almas a principios de 1880. La concentración de riqueza de la familia
del virrey y sus allegados hizo que se estableciera un modelo de privilegios
urbanos y una propiedad de la tierra prácticamente feudal, que a su vez
favoreció el desarrollo de una conciencia de resistencia nacional. La opinión
pública parece haberse opuesto a Ismail tanto porque se consideraba que
entregaba Egipto a los extranjeros como porque esos mismos extranjeros daban
por hecha la aquiescencia y debilidad egipcias. Según el historiador egipcio
Sabry, se vio con disgusto que Napoleón III, en el discurso de apertura del
canal, mencionara a Francia y a su canal, pero ni una vez a
Egipto.[39] Del otro lado del espectro, los
periodistas prootomanos[40] atacaban con dureza a Ismail a causa de la
exageración de sus viajes europeos exorbitantemente caros (con un detallismo
casi exasperante, Georges Douin los describe en su Histoire du régne du
Khedive Ismail),[41] su pretensión de independencia
respecto a la Sublime Puerta encarnada en el poder otomano, el exceso de
impuestos con que cargaba a sus súbditos y sus lujosas invitaciones a
celebridades europeas para la apertura del canal. Cuanto más deseaba aparecer
independiente, más le costaban sus baladronadas a Egipto, más se resentían los
otomanos ante sus exhibiciones de independencia y más se convencían sus
acreedores europeos de la necesidad de controlarlo estrechamente. La ambición e
imaginación de Ismail «sorprendía a sus oyentes. Durante el tórrido y
apremiante verano de 1864, no solo pensaba en canales y ferrocarriles, sino en
un París-sobre-el-Nilo y en sí mismo, Ismail, como emperador
de África. El Cairo tendría sus grands boulevards, su Bolsa, sus
teatros, su ópera; Egipto tendría un gran ejército y una flota poderosa. “¿Por
qué? —le preguntó el cónsul francés. También podría haber inquirido
—: ¿Cómo?”».[42]
La respuesta a ese «¿Cómo?» consistía en proceder a la renovación de El
Cairo, lo cual exigía el empleo de numerosos europeos (entre ellos, Draneht) y
el desarrollo de una nueva clase de intermediarios urbanos cuyos gustos y
necesidades pronosticaban el crecimiento de un mercado local dependiente de
mercaderías caras e importadas. Como señala Owen, «los bienes importados eran
esenciales [...] para satisfacer el modelo de consumo de la abundante población
extranjera y de los terratenientes y funcionarios egipcios que habían empezado
a vivir en casas de tipo europeo en los barrios europeizados de El Cairo y
Alejandría, donde casi todos los elementos de importancia se compraban en el
extranjero, incluidos los materiales de construcción».[43] Y podríamos añadir que también se
traían óperas, compositores, cantantes, directores, escenarios y vestuarios. Un
significativo beneficio añadido a estos proyectos era convencer a los
acreedores extranjeros, a través de pruebas visibles, de que a su dinero se le
estaba dando un buen uso.[44]
Pero, a diferencia de Alejandría, El Cairo era una ciudad islámica y
árabe, aún durante el apogeo de Ismail. Aparte del episodio de los yacimientos
arqueológicos de Giza, el pasado de El Cairo no podía establecer fácilmente
conexiones con Europa: aquí no existían grupos helenísticos o levantinos, ni
dulce brisa marina, ni bulliciosa vida de puerto mediterráneo. La contundente
centralidad de El Cairo respecto de África, el islam y los mundos árabe y
otomano parecían una infranqueable barrera ante los inversores europeos, y la
esperanza de volverla más accesible y atractiva a sus ojos seguramente animó a
Ismail a apoyar la modernización de la ciudad. Esto se hizo, esencialmente, por
medio de la división de El Cairo. Nada mejor que citar aquí el mejor texto acerca
de esta ciudad: Cairo: 1001 Years of the City Victorious, de la
norteamericana Janet Abu-Lughod, historiadora urbana:
Hacia finales del
siglo XIX, El Cairo consistía en dos
comunidades físicamente distintas,
separadas la una de la otra por cuestiones mayores que la diminuta y
única calle que marcaba sus fronteras. La discontinuidad entre el pasado y el
futuro de Egipto, que aparecía como una grieta pequeña a principios de siglo,
se había convertido en una fisura insalvable cien años más tarde. La dualidad
física de la ciudad solo era una manifestación de la ruptura cultural.
Al este se extendía la ciudad nativa, aún esencialmente preindustrial en
tecnología, estructura social y modo de vida; al oeste se extendía la ciudad
«colonial» con su técnica alimentada a vapor, sus vías más rápidas, su tráfico
rodado y sus rasgos europeos. Al este se extendía el mapa laberíntico de las
calles con sus harat y durub todavía sin
asfaltar, a pesar de que por entonces se habían desmantelado las puertas y dos
nuevas calles atravesaban las sombras; al oeste se desplegaban anchas y rectas
calles asfaltadas flanqueadas por aceras amplias y arregladas, dispuestas unas
y otras disciplinadamente en ángulos rectos que de vez en cuando convergían en
una rotonda o maydan. Los barrios del este todavía dependían para
el suministro de agua de los aguadores itinerantes, a pesar de que a los
residentes del oeste el agua les llegaba por una red adecuada de conductos
conectados con una estación de bombeo situada cerca del río. Al caer la noche,
los barrios del este quedaban a oscuras del todo, mientras que los faroles de
gas iluminaban las calles del oeste. Ni parques ni árboles aliviaban, en la
ciudad medieval, la molestia de la arena o el lodo, mientras que en el oeste la
ciudad estaba adornada con elegantes y simétricos jardines franceses, parterres
de flores decorativas y árboles artificiosamente podados. Se entraba a la vieja
ciudad en caravana y se la atravesaba a pie o a lomos de animal; se entraba a
la nueva por tren y se seguía en carruaje. En resumen, en todos los aspectos
decisivos, y a pesar de su contigüidad física, las dos ciudades estaban
separadas por millas de distancia en lo social y por siglos en lo tecnológico.[45]
El Teatro de la Ópera, construido por Ismail para Verdi, estaba situado
justo en el centro de los ejes norte-sur, en medio de una plaza espaciosa y de
cara a la ciudad europea, que se estrechaba hacia el oeste hasta las riberas
del Nilo. Al norte se hallaba la estación de trenes, el hotel Shepheards y las
jardines Azbakiyah, para los cuales, dice Abu-Lughod, «Ismail invitó al
arquitecto paisajista cuyos trabajos había admirado en el Bois de Boulogne y el
Campo de Marte, y le encargó rediseñar Azbakiyah como el parque Monceau de
París, completarlo con un estanque de forma libre, grutas, puentes y
belvederes, que constituían los clichés inevitables de cualquier jardín francés
del siglo XIX».[46] Al sur se encontraba el palacio
Abdin, adaptado por Ismail para disponer de él como residencia principal en
1874.
Detrás de la Ópera se encontraban los populosos barrios de Muski, Sayida
Zeinab, y Ataba al-Khadra, contenidos por la mole imponente de la Ópera y por
la autoridad europea.
El Cairo empezaba a registrar el fermento intelectual de la reforma.
Parcialmente, esto fue obra de la penetración europea, lo cual dio por
resultado, según Jacques Berque, una producción marcada por la confusión.
[47] Existe una bella evocación de este proceso en el que quizá sea el mejor
relato acerca de El Cairo de Ismail, el Khittat Tawfikiya del
bajá Alí Mobarak, quien fuera el prodigiosamente activo ministro de Obras
Públicas y Educación: ingeniero, incansable historiador, modernizador y
nacionalista, oriundo de un poblado e hijo humilde de un alfaquí, un hombre tan
fascinado por Occidente como observante de las tradiciones y la religión del
Oriente islámico. Se tiene la impresión de que los cambios sufridos por la ciudad
durante ese periodo obligaron al bajá Alí a registrar la vida de El Cairo,
reconociendo que su dinámica exigía ahora un atención nueva y moderna a los
detalles, detalles que realzaban la capacidad de los cairotas de origen de
establecer diferencias y observaciones. Alí no menciona la Ópera, aunque habla
en detalle de los extravagantes dispendios de Ismail en sus palacios, sus
jardines y sus zoológicos, y también de sus exhibiciones ante los dignatarios
visitantes. Como Alí, los escritores posteriores notarían el fermento del
periodo, pero también señalarían, como por ejemplo lo hace Anwar Abdel-Malek,
que la Ópera y Aida constituyeron símbolos antinómicos de la
vida artística del país y de su dominación por el imperialismo. En 1971, el
edificio de madera del teatro se quemó; no fue jamás reconstruido, y se
construyó un aparcamiento, primero y, más tarde, un garaje de varios pisos. En
1988, con dinero de los japoneses, se construyó un nuevo centro cultural en la
isla de Gezira; el centro incluía un teatro de ópera.
Podríamos afirmar
con contundencia que El Cairo no podría seguir hoy
relacionado con Aida, una ópera escrita para una ocasión y
en un lugar que solo circunstancial y aparentemente han sobrevivido en ella, a
pesar de su continuo triunfo en los escenarios occidentales. La identidad
egipcia de Aida era solo parte de la fachada europea de El
Cairo, y su sencillez y rigor se inscribían en esos muros imaginarios que
separaban la ciudad colonial de los nativos de los barrios imperialistas. Aida supone
una estética de la separación; no podemos ver, entre la obra y El Cairo,
aquella congruencia que John Keats percibía en el dibujo de la urna griega y el
mundo que a este le correspondía: el pueblo y las murallas «vacías de estas
gentes, de este piadoso amanecer». Para la mayoría de los egipcios, Aida fue
un article de luxe comprado a crédito para disfrute de una
clientela escogida cuyo entretenimiento solo tenía importancia
incidental en comparación con sus auténticos propósitos. Verdi la consideró un
monumento de su arte, y por distintos motivos, Ismail y Mariette se
aprovecharon del tesón infatigable y de la energía desbordante del compositor.
A pesar de sus fallos, se puede interpretar y disfrutar de Aida como
de una especie de arte de museo cuyo riguroso e inflexible proyecto, con una
lógica implacablemente necrológica, recuerda un momento histórico preciso y una
forma estética de un periodo dado: un espectáculo imperial diseñado para
alienar e impresionar a una audiencia casi del todo europea.
Por supuesto, todo ello está hoy muy lejos del repertorio cultural en el
que se inscribe Aida. Ciertamente, en la actualidad, muchas de
las grandes realizaciones estéticas propias del imperialismo son recordadas y
admiradas sin el bagaje de espíritu de dominación que poseían durante su
proceso de gestación y su producción. Pero, en sus inflexiones y sus huellas,
el imperio puede leerse, verse y oírse. Si no tomamos en cuenta las estructuras
imperialistas de actitud y referencia que allí se sugieren, y que incluso en
obras similares a Aida parecen estar fuera de la lucha de las
potencias
europeas por el territorio y por el control, reduciremos esas obras a
caricaturas, quizá refinadas, pero caricaturas al fin.
También deberíamos recordar que cuando se pertenece al lado más poderoso
del encuentro colonial e imperial, es bastante fácil no tomar en cuenta,
olvidar o despreciar los aspectos más desagradables de lo que pasa «allá
lejos». La maquinaria cultural —de espectáculos como Aida, de
libros auténticamente interesantes de viajes, novelas y estudios, de
fotografías fascinantes y pinturas exóticas— ha tenido un efecto informativo,
pero también estético, sobre el público europeo. Cuando se utilizan prácticas
culturales que distancian y estetizan lo tratado, las cosas permanecen de modo
evidente en el mismo estado, porque esas técnicas disuelven y anestesian la
conciencia metropolitana. En 1865, el gobernador británico de Jamaica, E. J.
Eyre, ordenó una masacre fulminante de negros en represalia por la muerte de
algunos blancos; esto reveló a muchos ingleses la injusticia y los horrores de
la vida colonial. El debate que siguió comprometió a muchas personalidades
públicas, que se mostraron, bien a favor de la declaración de
la ley marcial y el ulterior asesinato de los negros jamaicanos (Ruskin,
Carlyle, Arnold), bien en contra (Mill, Aldous Huxley y
Alexander Cockburn, presidente del Tribunal Supremo). No obstante, con el
tiempo, el caso se olvidó y otras masacres «administrativas» se llevaron a cabo
en el imperio. Así, en palabras de un historiador, «Gran Bretaña se las arregló
para mantener la distinción entre libertad en casa y autoridad imperial (que él
describe como “represión y terror”) en el exterior».[48]
Muchos lectores actuales de la poesía cargada de angustia de Matthew
Arnold, o de su famosa teoría a favor de la cultura, no saben que, además,
Arnold equiparaba (y aprobaba con entusiasmo) la «masacre administrativa»
ordenada por Eyre en Jamaica con la dura política británica en Eire (Irlanda
del Norte). Culture and Anarchy fue alumbrada justo en medio
de las
revueltas de Hyde Park de 1867, y lo que Arnold afirmaba acerca de la
cultura se interpretó entonces como un freno contra el desorden rampante:
colonial, irlandés o inglés. Los jamaicanos, los irlandeses y las mujeres
suelen mencionar estas masacres en momentos «poco adecuados», pero la mayoría
de los lectores norteamericanos de Arnold no las recuerdan o las consideran —en
el caso de que lo hagan— irrelevantes frente a esa importante teoría de la
cultura que aparentemente Arnold preconiza para todas las épocas.
(Como breve paréntesis, es importante señalar que, independientemente de
las bases legales para oponerse a la brutal ocupación de Kuwait por parte de
Sadam Husein, la operación Tormenta del Desierto fue desplegada, en parte, para
conjurar el fantasma del «síndrome de Vietnam», para demostrar que Estados
Unidos podía ganar una guerra y hacerlo además rápidamente. Para sostener esto,
había que olvidar los dos millones de vietnamitas muertos y no tomar en cuenta
que, dieciséis años después de la guerra, el sudeste asiático sigue devastado.
Así, fortalecer Norteamérica y la imagen de líder de su presidente Bush se
convirtió en un objetivo más importante que la destrucción de una sociedad
distante. Además, la alta tecnología y las relaciones públicas llevadas a cabo
con astucia se utilizaron para que la guerra pareciese estimulante, limpia y
virtuosa. Mientras que Irak sufría paroxismos de desintegración,
contrainsurgencia y un sufrimiento humano masivo, la opinión y el interés
popular norteamericanos tuvieron sus breves momentos de alegría.)
Un sugerente abanico de opciones se abría ante los europeos de finales
del siglo XIX, pero todas se basaban en la
subordinación y la victimización del nativo. La primera implicaba cierto
deleite egoísta en el uso del poder: el poder de observar, gobernar, retener y
beneficiarse de pueblos y territorios lejanos. De ahí los viajes de descubrimiento,
el comercio lucrativo, la
administración, anexión, expediciones y exhibiciones eruditas,
espectáculos locales y toda una clase nueva de expertos y dirigentes
coloniales. Otra opción suponía una lógica racional para reducir y luego
reconstituir al nativo como alguien a quien administrar y gobernar. Hay
distintos estilos de mando, tal como describe Thomas Hodgkin en Nationalism
in Colonial Africa: el cartesianismo francés, el empirismo británico y el
platonismo belga.[49] Se los encuentra dentro de la empresa
humanista misma: las variadas escuelas, colegios y universidades, las élites
nativas creadas y manipuladas a lo largo de toda África y Asia. En tercer lugar
está la noción de la salvación y redención a través de la «misión civilizadora»
de Occidente. Estrechamente apoyados por los expertos en ideas (misioneros,
maestros, consejeros y eruditos), y en la industria y las comunicaciones
modernas, la idea imperial de la occidentalización de la retaguardia consiguió
un estatuto permanente en todo el mundo, pero, como han mostrado Michael Adas y
otros, siempre acompañada de dominación.[50] En cuarto término está la seguridad
de una situación que permite al conquistador no reparar en la auténtica
violencia que ejerce. En sí misma, y según la definiera Arnold, la idea de
cultura fue designada para elevar la práctica al nivel de la teoría, para
liberar la coerción ideológica utilizada contra los elementos rebeldes, en casa
y en el extranjero, desde los planos mundanos e históricos hasta los abstractos
y generales. La definición de cultura de Arnold («lo mejor que se haya pensado
y escrito») se considera como una posición inexpugnable tanto en lo interno
como en lo externo. En quinto lugar está ese proceso por el cual, tras
desplazar a los nativos de las localizaciones históricas de sus tierras, su
historia misma se reescribe en función de la imperial. Este proceso utiliza la
narración para disolver recuerdos incómodos o para ocultar la violencia —lo
exótico permite reemplazar la aplicación directa del poder por las seducciones
de la curiosidad—, porque la presencia imperial domina la escena de tal modo
que
hace imposible cualquier esfuerzo para separar esa dominación de la
necesidad histórica. Todos estos mecanismos crean una amalgama de artes de la
narración y la observación sobre los territorios acumulados, dominados y
gobernados cuyos habitantes parecen destinados a no escapar jamás, a continuar
siendo para siempre creaciones a la medida de la voluntad europea.
5
Los placeres del imperialismo
En la carrera y en la vida de Rudyard Kipling, Kim ocupa
un lugar único; igualmente es único su lugar en la literatura inglesa. La
novela apareció en 1901, doce años después de que el autor se hubiese marchado
de la India, su lugar de nacimiento, el país con el que su nombre estaría para
siempre asociado. Lo que es aún más interesante: Kim fue la
única novela larga, madura y vigorosa en toda su trayectoria. A pesar de que
los adolescentes disfrutan de su lectura, cualquier persona puede hacerlo, al
margen de su edad, tanto los lectores corrientes como los críticos. El resto de
la obra de ficción de Kipling consiste en cuentos (agrupados en colecciones),
como en El Libro de la Selva, o en novelas realmente defectuosas,
como Capitanes intrépidos, la Luz que agoniza o Stalky
y Cía, cuyos aspectos interesantes están con frecuencia
ensombrecidos por fallos en la perspectiva, en la composición o en las
opiniones. Solo Conrad, otro maestro del estilo, está a la altura de su
contemporáneo (apenas más joven) en la tarea de haber logrado convertir con
tanta fuerza la experiencia del imperio en asunto principal de su obra. Y a
pesar de que eran notablemente distintos en tono y en estilo, ambos brindaron a
un público principalmente insular y británico el color, el atractivo y el
brillo romántico de la aventura británica de ultramar,
hasta entonces conocida bien solo en los sectores especializados de la
sociedad metropolitana. De los dos, fue Kipling —el menos irónico, el que de
menos autoconciencia artística gozaba, el menos equívoco— quien se hizo con el
público más amplio. Pero ambos siguen siendo un enigma para los estudiosos de
la literatura inglesa, que los encuentran excéntricos y a menudo inquietantes.
Generalmente se los trata con una circunspección e incluso una distancia que ha
contribuido a preservarlos de la crítica y la absorción y domesticación por
parte de esta que en cambio sufrieron sus coetáneos Dickens o Hardy.
Las mayores visiones conradianas del imperialismo tienen que ver con el
África de El corazón de las tinieblas (1899), con los Mares
del Sur de Lord Jim (1900) y con la Sudamérica de Nostromo (1904),
mientras que Kipling se concentró en la India, territorio sobre el
que Conrad jamás escribió. Hacia finales del siglo XIX, la India se había convertido en la
más grande, duradera y beneficiosa de todas las posesiones coloniales
británicas, y quizá hasta europeas. Desde el momento en que llegara la primera
expedición inglesa, en 1608, hasta que el último virrey inglés la abandonara,
en 1947, la India tuvo una influencia masiva en la vida, el comercio, el
intercambio, la industria, la política, la ideología, la guerra, la imaginación
y la cultura inglesas. En la literatura y el pensamiento, la lista de los
grandes nombres británicos que tuvieron que ver con la India y escribieron
acerca de ella es enorme e impresionante, porque incluye a William Jones,
Edmund Burke, William Makepeace Thackeray, Jeremy Bentham, James y John Stuart
Mill, lord Macaulay, Harriet Martineau y, desde luego, Rudyard Kipling, cuya
importancia es innegable para la definición, la imaginación y la formulación de
lo que la India era para el imperio británico en su fase de madurez, justo
antes de que el edificio empezara a resquebrajarse y se desplomase.
Pero Kipling no es
que solo escribiera sobre la India, sino que era de la
India. Su padre, John Lockwood, un estudioso refinado, maestro y artista
(modelo para el bondadoso conservador del Museo de Lahore en el primer capítulo
de Kim), era profesor en la India británica. Rudyard nació allí en
1865 y durante los primeros años de su vida habló indostaní y vivió una vida
bastante similar a la de Kim: un sahib con ropas nativas. A la
edad de seis años, él y su hermana fueron enviados a Inglaterra para empezar la
escuela. Tan traumática como insoportable, la experiencia de sus primeros años
en Inglaterra (cuidado por una tal señora Holloway, en Southsea) proveyó a
Kipling de material permanente respecto a la interacción entre los jóvenes y la
desagradable autoridad de los mayores, tema que a lo largo de toda su vida
trató en sus textos con gran complejidad y ambivalencia. Luego fue a una de las
escuelas más modestas proyectadas para los hijos de los funcionarios
coloniales, la United Services College, en Westward Ho! (la mejor era
Haileybury, reservada para miembros escogidos de la élite colonial). Volvió a
la India en 1882. Su familia permanecía allí, y durante siete años, según
relata en su autobiografía, publicada póstumamente (Something of Myself),
trabajó de periodista en el Punyab: primero en The Civil and Military
Gazette y más tarde en The Pioneer.
Sus primeros cuentos surgieron de esa experiencia y se publicaron en
periódicos locales; durante esos años empezó a escribir poesías (que T. S.
Eliot ha llamado despectivamente «versos»), reunidas por primera vez en Departmental
Ditties (1886). En 1889, Kipling abandonó la India y no volvió a
residir allí, aunque durante el resto de su vida su arte se alimentó de los
recuerdos de sus primeros años indios. Más tarde vivió algún tiempo en Estados
Unidos (se casó con una mujer norteamericana) y Sudáfrica, pero después de 1900
se estableció en Inglaterra: escribió Kim en Bateman, casa que
sería su hogar hasta su muerte, en 1936. Adquirió gran fama muy pronto y en
1907 recibió el Premio Nobel. Sus amigos eran ricos y poderosos:
incluían a su primo Stanley Baldwin, el rey Jorge V o Thomas Hardy, y
muchos escritores prominentes, entre los que se contaban Henry James y Conrad,
hablaban de él con respeto. Tras la Primera Guerra Mundial (en la que perdió la
vida su hijo John), su visión se volvió considerablemente más sombría. A pesar
de que siguió siendo un tory imperialista, sus cuentos de
animales, casi teológicos o cargados de desoladoras visiones acerca de
Inglaterra y el futuro, supusieron también un cambio en su reputación. A su
muerte se le concedió el honor que reservan los británicos a sus escritores más
grandes: fue enterrado en la abadía de Westminster. Siguió siendo una
institución de las letras británicas, aunque la crítica siempre lo mantuvo
ligeramente separado de la gran línea central: reconocido, pero algo
disminuido; apreciado, pero nunca canonizado del todo.
Los admiradores y acólitos de Kipling han hablado muchas veces de sus
representaciones de la India como si la India de la que escribía fuese algo
«esencial», intemporal e inmutable; un lugar tan poético como real es su
geografía concreta. Creo que esta constituye una lectura radicalmente errónea
de sus obras. Si la India de Kipling poseía cualidades esenciales e inmutables
era porque él, deliberadamente, la veía desde esa perspectiva. Después de todo,
ahora no suponemos que sus últimos cuentos sobre Inglaterra o las guerras de
los bóers traten de una Inglaterra o una Sudáfrica esenciales; más bien
creemos, de modo más sensato, que Kipling efectivamente respondía y hasta
reformulaba en términos imaginarios sus sentimientos respecto a esos sitios en
momentos determinados de sus respectivas historias. Lo mismo sucede con la
India de Kipling, que debemos interpretar como territorio dominado por los
británicos durante trescientos años y que solo entonces estaba empezando a
experimentar la inquietud que culminaría con la descolonización y la
independencia.
Al
interpretar Kim, debemos tener presentes dos factores. Uno es que,
nos
guste o no, su autor escribe no solo desde el punto de vista dominante
de un blanco en medio de una posesión colonial, sino desde la perspectiva del
conjunto del sistema colonial, cuya economía, funcionamiento e historia habían
adquirido prácticamente la categoría de un hecho natural. De un lado de la
divisoria colonial estaba la Europa cristiana y blanca, cuyos países,
principalmente Gran Bretaña y Francia, pero también Holanda, Bélgica, Alemania,
Italia, Rusia, Portugal y España, controlaban la mayor parte de la superficie
de la tierra. Del otro se encontraba una inmensa variedad de territorios y de
razas, todas ellas consideradas menores, inferiores, dependientes y sometidas.
Se pensaba que las colonias «blancas», como Irlanda y Australia, también estaban
compuestas por seres inferiores; un famoso dibujo de Daumier, por ejemplo,
relaciona explícitamente a los blancos irlandeses con los negros jamaicanos.
Cada uno de estos sujetos inferiores se clasificaba y situaba en un esquema de
pueblos científicamente sustentado por eruditos y sabios como Georges Cuvier,
Charles Darwin y Robert Knox. La división entre blanco y no blanco, en la India
y en todas partes, era absoluta, y a ella se alude tanto a lo largo de Kim como
en el resto de la obra de Kipling: un sahib es un sahib,
y no existe ninguna amistad o camaradería, por más estrecha que sea, capaz de
alterar las bases de la diferencia racial. Kipling estaba tan lejos de
cuestionar esa diferencia, o el derecho de los europeos blancos a mandar, como
de discutir la existencia del Himalaya.
El segundo factor es que, como la India, Kipling era un sujeto
histórico, además de un gran artista. La escritura de Kim tuvo
lugar en un momento específico de su carrera, una época en la cual la relación
entre los pueblos británico e indio estaba a punto de cambiar. Para la época
casi oficial del imperio y de los modos de representación de este, Kim es
fundamental. A pesar de que Kipling se resistiera a admitir esta realidad, la
India se
encontraba ya embarcada en una dinámica de oposición directa al dominio
británico (el Congreso Nacional Indio se creó en 1885), mientras que entre la
casta de los funcionarios ingleses, tanto militares como civiles, se empezaban
a producir importantes cambios de actitud como resultado de la rebelión de
1857. Británicos e indios estaban cambiando, y lo estaban haciendo juntos.
Tenían una historia común de interdependencia en la cual oposición, animosidad
y simpatía los unían, al tiempo que contribuían a mantenerlos separados. Una
novela notable y compleja como Kim forma parte de esa historia
a la vez que la ilumina; la llena, como toda verdadera obra de arte, de
énfasis, inflexiones, inclusiones y exclusiones deliberadas. Y se torna aún más
interesante si se tiene en cuenta que Kipling no era una figura neutral
respecto a la situación angloindia, sino un actor prominente del conflicto.
A pesar de que la India lograra su independencia y que su partición
tuviera lugar en 1947, el problema de cómo interpretar la historia británica e
india del periodo posterior a la colonización constituye todavía, como sucede
con los encuentros densos y altamente conflictivos, un problema que es motivo
de discusión estridente y no siempre edificante. Existe la opinión, por
ejemplo, de que el imperialismo marcó y distorsionó la vida india para siempre,
de modo que, tras décadas de independencia, su economía, sangrada por las
necesidades y las prácticas inglesas, continúa sufriendo sus consecuencias. Al
revés, hay intelectuales, historiadores y políticos ingleses que creen que la
entrega del imperio —cuyos símbolos fueron Suez, Adén y la India— fue malo para
los británicos y también para los «nativos», que desde entonces han sufrido una
grave decadencia en todos los aspectos.[1]
Leído en la actualidad, Kim parece referirse a muchos
de esos problemas. ¿Retrata Kipling a los indios como inferiores o como
iguales, de alguna manera, pero diferentes? Evidentemente, un lector indio
responderá tomando en cuenta ciertos factores y no otros (por ejemplo, su visión
estereotipada,
que algunos llamarían racista, del carácter oriental), mientras que los
lectores ingleses y norteamericanos subrayarían su afecto por la vida india de
la «gran carretera nacional». ¿Cómo leer entonces Kim, en su
calidad de novela de finales del siglo XIX, en una línea precedida por las obras de Scott, Austen, Dickens y
Eliot? No debemos olvidar que se trata de un libro relacionado con toda una
serie de novelas, que en él existe más de una historia que recordar y que la
experiencia imperial, muchas veces considerada exclusivamente en sus aspectos
políticos, también tenía que ver con la vida estética y cultural del Occidente
metropolitano.
Es necesario exponer aquí brevemente la trama de la novela: Kimball
O’Hara es huérfano de un sargento del ejército indio. Su madre también es
blanca. Ha crecido en los bazares de Lahore, llevando consigo un amuleto y
algunos papeles que dan fe de su origen. Se encuentra con un monje tibetano que
busca el río, donde supone que podrá lavar sus pecados. Kim se convierte en
su chela o discípulo, y los dos vagabundean como mendigos
aventureros por la India, ayudados en cierta medida por el conservador inglés
del Museo de Lahore. Al mismo tiempo, Kim se compromete con el servicio secreto
inglés para ayudarlo en un plan para desbaratar una conspiración animada por
los rusos, cuyo propósito es apoyar la insurrección de una de las provincias
del norte del Punyab. Kim es utilizado como mensajero entre Mahbub Alí, un
comerciante afgano de caballos que trabaja para los ingleses, y el coronel
Creighton, jefe del servicio secreto y etnógrafo. Más tarde, Kim se encuentra
con otros miembros del equipo de Creighton en el «Gran Juego», Lurgan Sahib y
Hurri Babu, este último también etnógrafo. Al mismo tiempo en que Kim conoce a
los otros miembros del equipo de Creighton, se descubre que el muchacho, aunque
parece un nativo, es blanco (si bien irlandés), y se lo manda al colegio de St.
Xavier, donde debe completar su educación de joven blanco. El gurú se las
arregla para conseguir el dinero para el colegio de Kim,
y en las vacaciones, el viejo y su joven discípulo reanudan sus
peregrinaciones. Se encuentran con los espías rusos y les roban documentos
incriminadores, pero no sin que antes los «extranjeros» hieran al hombre santo.
A pesar de que la trama ha sido descubierta y es abortada, tanto el chela como
su mentor están enfermos y se sienten desconsolados. Pero los poderes
curativos de Kim y su renovado contacto con la tierra los sanan a ambos: el
viejo comprende que a través de Kim ha encontrado el Río. Cuando la novela
acaba, Kim vuelve al Gran Juego y se une del todo al servicio colonial
británico.
Algunos rasgos de Kim sorprenden siempre a los
lectores, más allá de la política y de la historia. Se trata de una novela
totalmente masculina, con dos hombres maravillosos y atractivos en su centro:
un niño a punto de pasar a la primera juventud y un sacerdote anciano y asceta.
A su alrededor hay otros hombres, algunos compañeros, colegas o amigos: todos
ellos forman la realidad fundamental y definitoria de esta novela. Mahbub Alí,
Lurgan Sahib, el gran babu, así como el viejo soldado indio y su
hijo, el arrojado jinete, además del coronel Creighton, el señor Bennett y el
padre Víctor, por nombrar solo a algunos de los numerosos personajes de este
libro abigarrado, todos hablan el lenguaje que los hombres utilizan entre
ellos. En comparación, las mujeres de la novela son escasas, y todas, de un
modo u otro, están por debajo de los hombres o no merecen su atención:
prostitutas, viudas mayores o mujeres lujuriosas e impertinentes como la viuda
de Shamlegh. Kim dice que «estar continuamente importunado por las mujeres»
supone un estorbo para el Gran Juego, que es mucho mejor si solo hay hombres.
Nos encontramos en un mundo masculino, dominado por los viajes, el comercio, la
aventura y la intriga: un mundo de solteros en el cual se evitan, aunque no se
ignoren, los idilios corrientes de las novelas y la sólida institución
matrimonial. A lo sumo, las mujeres ayudan a que las cosas
funcionen: te
compran un billete, cocinan, atienden a los enfermos y...
molestan a los
hombres.
El mismo Kim, a pesar de que en la novela crece desde los trece hasta
los dieciséis o diecisiete años, sigue siendo un niño, con la pasión de los
niños por los trucos, las travesuras, los juegos inteligentes de palabras y la
inventiva. Parece que Kipling guardó una inagotable simpatía durante toda su
vida por su propia imagen de niño hostigado por el mundo adulto de los maestros
y sacerdotes dominantes —de los cuales, el señor Bennett, en Kim,
es un ejemplar particularmente poco atractivo— con cuya autoridad hay siempre
que tenérselas, hasta que otra figura, como el coronel Creighton, aparezca y
trate al joven con compasión comprensiva, aunque no menos autoritaria. La
diferencia entre el colegio de St. Xavier, al que Kim asiste durante algún
tiempo, y el servicio en el Gran Juego (la inteligencia británica en la India)
no reside en que el segundo deje mayor libertad a sus miembros; más bien al
contrario: las exigencias del Gran Juego son más perentorias. La diferencia
reside en el hecho de que el colegio impone una autoridad inútil, mientras que
las exigencias que el servicio secreto inglés plantean a Kim suponen una
disciplina estimulante y precisa, que él acepta de buen grado. Desde el punto
de vista de Creighton, el Gran Juego es una especie de economía política de
control, en la cual, como una vez le dice a Kim, el peor de los pecados es la
ignorancia, no saber. Pero Kim no es capaz de percibir toda la complejidad de
los esquemas del Gran Juego, a pesar de que puede disfrutar enormemente de él,
como si se tratase de una gran travesura. Las escenas en las que Kim bromea,
negocia y discute con sus mayores, tanto amigos como enemigos, indican la
tendencia aparentemente inagotable de Kipling al placer infantil característico
del puro goce momentáneo del juego, de cualquier clase de juego.
Pero no debemos
dejarnos engañar por estas alegrías infantiles. En
absoluto están en contradicción con el propósito del dominio británico
completo sobre la India y sobre los otros territorios ingleses de ultramar. Al
contrario, uno de los componentes innegables de Kim es
el placer, cuya silenciosa presencia en muchas formas de la
escritura y las artes figurativas y musicales imperiales y coloniales casi
nunca es motivo de análisis. Ejemplo distinto de la misma mezcla de diversión y
estrecha seriedad política se encuentra en la creación de los boy
scouts por lord Baden-Powell en 1907-1908. BP, como se lo llamaba,
contemporáneo de Kipling, recibió gran influencia de los jóvenes personajes
inventados por Kipling, y, sobre todo, del personaje de Mowgli. Las ideas de BP
sobre «muchachología» («Boyology») se nutrieron de esas imágenes y las llevaron
directamente al modelo de la autoridad imperial que culmina en la gran
organización de los Boy Scouts, cuya función era «fortificar los muros del
imperio», lo cual se confirmaba en la imaginativa conjunción de diversión y
servicio que, combate tras combate, emprendían los pequeños sirvientes del
imperio de clase media y ojos brillantes, dispuestos y decididos.[2] Después de todo, Kim es irlandés y de
una casta social inferior (a los ojos de Kipling, esto facilita sus condiciones
para el servicio). BP y Kipling coinciden en otros dos puntos importantes: que
los jóvenes deben partir siempre de la concepción de que la vida y el imperio
están gobernados por las mismas leyes inquebrantables, y que el servicio es más
gratificante cuanto más se piensa en él en términos de campo de juego —de
muchas dimensiones, discontinuo y espacial—, y no en términos de historia lineal,
continua y temporal. Un libro reciente del historiador J. A. Mangan resume
perfectamente esto en su título: The Games Ethic and Imperialism.[3]
Tan amplia es su perspectiva y tan extrañamente sensible se muestra
Kipling ante el abanico de posibilidades humanas, que es capaz de compensar
esta ética del servicio imperial en Kim dando rienda suelta a
otra de sus
predilecciones emocionales, expresada en el extraño lama tibetano y su
relación con el protagonista. A pesar de que a Kim se lo reclute para el
servicio de inteligencia, el despierto joven se ha sentido atraído, al
principio de la novela, por la idea de convertirse en chela del
lama. Esta relación casi idílica entre los dos amigos posee una interesante
genealogía. Como buen número de novelas norteamericanas (recordaremos
fácilmente Huckleberry Finn, Moby Dick y The
Deerslayer de James Fenimore Cooper), Kim ensalza la
amistad entre dos hombres que se encuentran en un entorno agreste, casi hostil.
A pesar de que la frontera norteamericana y la India colonial sean bastante
diferentes, en ambas se confiere mayor preponderancia a la «relación entre
hombres» que a vínculos domésticos o amorosos entre los dos sexos. Algunos
críticos han especulado acerca de los motivos homosexuales ocultos en estas
relaciones, pero también existe un motivo cultural largamente asociado con los
relatos picarescos en los cuales un aventurero (con su madre o esposa —si es
que existe— a salvo y en casa) y sus amigos se embarcan en persecución de un
sueño: como Jasón, Ulises y, aún con más claridad, Don Quijote y Sancho Panza.
Ya en el campo o en el camino, los dos hombres pueden viajar o ir uno en
rescate del otro con más facilidad y con mayor verosimilitud que si una mujer
anduviese por allí. Así parece indicar la larga tradición de los relatos de
aventura, desde Ulises y su tripulación hasta el Llanero Solitario y Tonto,
Holmes y Watson, y Batman y Robin.
Además, el gurú santo de Kim pertenece al estilo de la búsqueda o
peregrinaje religioso, común a todas las culturas. Sabemos que Kipling admiraba
los Cuentos de Canterbury de Geoffrey Chaucer y El
peregrino de Bunyan. Kim se parece mucho más a la
obra de Chaucer que a la de Bunyan. Kipling tenía la misma capacidad de
percepción de Chaucer para el detalle extravagante, los caracteres curiosos, la
plasmación de la tranche de vie y el sentimiento gozoso de las
alegrías y las debilidades humanas. No obstante, al
contrario que Chaucer o Bunyan, Kipling está menos interesado
personalmente en la religión (aunque nunca dudemos de la auténtica piedad del
lama Abbott) que en el color local, en la atención escrupulosa al detalle
exótico y en todas las envolventes realidades del Gran Juego. Uno de los logros
más grandiosos de la novela reside precisamente en que, sin disminuir en
absoluto la perfecta sinceridad de la búsqueda del gurú, Kipling consiga no
obstante ponerlo claramente dentro de la órbita protectora del dominio
británico de la India. En el capítulo 1 encontramos el símbolo de este
movimiento: cuando el anciano conservador del museo británico de Lahore ofrece
sus gafas a Abbott, agregando así al prestigio y la autoridad espiritual del
lama la consolidación de la legitimidad y justicia del benevolente régimen
inglés.
En mi opinión, muchos de los lectores de Kipling han comprendido mal y
hasta negado este aspecto de la novela. No debemos olvidar que para su sustento
y guía el lama depende de Kim y que el triunfo de este reside precisamente en
no haber abandonado sus tareas de espía bisoño ni traicionado los valores del
lama. A lo largo de toda la novela, Kipling nos muestra claramente que el lama,
aunque bueno y sabio, necesita de la juventud de Kim, de su guía, de sus
artimañas. Incluso, de modo explícito, el lama admite su necesidad absoluta y
religiosa de Kim: hacia el final del capítulo 9, en Benarés, el lama cuenta al
«jataka» la parábola del joven elefante («El Señor en persona») que libera al
viejo elefante (Ananda) atrapado en un cepo. Es evidente que el lama Abbott
considera a Kim su salvador. Más adelante, tras el fatal enfrentamiento con los
agentes rusos — que promueven la insurrección contra Inglaterra—, Kim ayuda al
lama y es ayudado por este, quien, en una de las escenas más conmovedoras de la
obra de Kipling, dice: «Hijo, he vivido de tu fuerza como el árbol viejo vive
de la argamasa de un muro viejo.» A pesar de que Kim siente la emoción
recíproca
de su amor por el gurú, nunca abandona sus deberes para con el Gran
Juego, aunque confiese al viejo que lo necesita «para algunas otras cosas».
Sin duda, esas «otras cosas» son la voluntad inflexible y la fe. En una
de las líneas narrativas principales, la novela insiste en la búsqueda y en el
afán de redención del lama respecto a la rueda de la vida, un diagrama complejo
que lleva consigo en el bolsillo, pero sin dejar de subrayar a la vez el afán
de Kim por encontrar un puesto seguro en el funcionariado colonial. Pero
Kipling no condesciende en ninguno de los dos casos. Por un lado, sigue al lama
por doquier cuando este se afirma en su voluntad de liberarse de «los engaños
del cuerpo». Sin duda, el hecho de que el tono del novelista sea verosímil aun
cuando trata del peregrinaje del lama explica en parte nuestro entusiasmo por
la dimensión oriental de la novela, que Kipling ofrece con muy pocos rasgos de
exotismo falso. El lama consigue atención y respeto de casi de todo el mundo.
Cumple su palabra de conseguir el dinero para la educación de Kim; acude a las
citas con el joven en los lugares y a las horas convenidas; se lo atiende con
veneración y devoción. En un momento especialmente bonito del capítulo 14,
Kipling hace que cuente «un relato fantásticamente engarzado de brujería y
milagros» acerca de sucesos maravillosos en sus montañas nativas del Tíbet,
sucesos que el novelista, con toda cortesía, se abstiene de repetir, como si
nos dijera que este viejo santo tiene una vida propia que no puede reproducirse
en la secuencia de la prosa inglesa.
La búsqueda del lama y la enfermedad de Kim son resueltas a la vez al
final de la novela. Los lectores de otros cuentos de Kipling estarán
familiarizados con lo que el crítico J. M. S. Tompkins ha llamado,
acertadamente, «el tema de la curación».[4] También aquí la narración progresa
inexorablemente hacia la gran crisis. En una escena inolvidable, Kim ataca a
los asaltantes profanadores del lama, el viejo mapa talismán se
rompe y los dos desdichados peregrinos, despojados de toda tranquilidad
y salud, vagabundean por las colinas. Kim debe esperar que se lo alivie de su
carga, consistente en el fajo de papeles que ha robado al espía extranjero; el
lama tiene una conciencia casi insoportable de lo mucho que debe esperar para
alcanzar sus objetivos espirituales. Dentro de esta dolorosa situación, Kipling
introduce una de las dos grandes mujeres caídas de la novela (la otra es la
anciana viuda de Kulu). Aquí se trata de la mujer de Shamlegh, hace tiempo
abandonada por su shahib «kerlistiano», y a pesar de ello
fuerte, vital y apasionada. Hay en este episodio algo que recuerda uno de los
más sutiles cuentos tempranos de Kipling, «Lispeth», que narra las dificultades
de la mujer nativa amada por un blanco ausente que ha partido sin casarse con
ella. Surge la atracción sexual entre Kim y la lujuriosa mujer de Shamlegh,
pero se disipa rápidamente cuando Kim y el lama vuelven a ponerse en camino.
¿Cuál es el proceso de curación por el que deben pasar Kim y el anciano
lama antes de descansar? Esta es una pregunta extremadamente interesante y
compleja, a la que solo podemos responder con cautela y parsimonia, porque
Kipling, con igual cuidado, se evade de los límites estrechos
de la solución imperial racista. Kipling no abandonará impunemente a Kim y al
monje a las satisfacciones previsibles, al simple crédito que se otorga por un
trabajo bien hecho. Desde luego, tal cuidado revela la destreza del novelista,
pero además obedece a otros imperativos: emocionales, culturales, estéticos.
Kim debe recibir un rango en la vida acorde con su obstinada lucha por la
identidad. Ha resistido las seductoras tentaciones del sahib Lurgan,
afirmándose en el hecho de que él es Kim; ha mantenido su categoría de sahib aun
siendo el gracioso niño de bazares y tejados; ha jugado con acierto el juego,
luchando por Inglaterra con episódico brillo y con cierto riesgo para su vida;
ha rechazado a la mujer de Shamlegh. ¿Dónde situarlo? Y ¿dónde situar al viejo
y amable monje?
Quienes hayan leído las teorías antropológicas de Victor Turner
reconocerán en los desplazamientos, en los disfraces y en las mutaciones
generalmente beneficiosas de Kim las características esenciales de lo que
Turner denomina «lo liminar». Algunas sociedades, dice Turner, necesitan de
mediadores que establezcan los lazos de unión de la comunidad, convirtiendo a
esta en algo más que una reunión de estructuras legales o administrativas.
Puede que esos seres liminares o
fronterizos, como los neófitos en los ritos de la pubertad o de iniciación, se
muestren como desposeídos. Pueden llevar disfraces monstruosos, o tan solo un
trapo por único vestido, o ir desnudos para que se vea que carecen de categoría
alguna, de propiedades o de insignias [...]. Es como si se los rebajara o
redujese a una condición uniforme para luego poder moldearlos y dotarlos de
poderes adicionales que les permitan enfrentarse a su nuevo estado en la vida.[5]
Que el mismo Kim sea a la vez un irlandés desclasado y más tarde una
pieza esencial en el Gran Juego del servicio secreto inglés, sugiere que
Kipling tiene una inquietante comprensión de las maniobras y las fuerzas que
controlan la sociedad. De acuerdo con Turner, las sociedades no pueden ser
rígidamente gobernadas por «estructuras» ni tampoco desmontadas por completo
por figuras marginales, proféticas, hippies, milenaristas o
alienadas. Debe darse una alternancia, de manera que la tendencia de los unos
sea compensada o atenuada por la inspiración de los otros. La figura liminar
ayuda a conservar el equilibrio de la sociedad y este procedimiento es el que
Kipling pone en acción en el momento culminante de la intriga y de la
transformación de Kim.
Para desarrollar esos aspectos, Kipling desarrolla a la vez el tema de
la enfermedad de Kim y la desolación del lama. También se da aquí el pequeño
truco de hacer que el indomable babu, absurdo seguidor de Herbert
Spencer y mentor nativo y secular de Kim en el Gran Juego, se convierta en el
garante del éxito de sus proezas. Kim consigue hacerse con los papeles
comprometedores que prueban las maquinaciones ruso-francesas y las viles
trapacerías del príncipe indio. Después, para decirlo con palabras de Otelo,
empieza a experimentar «la pérdida de sus afanes»:
Durante todo aquel tiempo sintió,
aunque no era capaz de expresarlo con palabras, que su alma se había
desconectado de lo que lo rodeaba: que era como una rueda dentada sin relación
con ningún mecanismo, como la inmóvil rueda de una trituradora de caña de
azúcar, un aparato de mala calidad, abandonada en un rincón. La brisa lo
abanicaba, los loros le chillaban y los ruidos de la poblada casa que tenían
detrás —disputas, órdenes y reproches— caían sobre sus oídos muertos. [6]
En efecto, Kim ha muerto para ese mundo; como el héroe épico o como la
personalidad liminar, desciende a una especie de mundo subterráneo, del cual,
si es capaz de salir, emergerá más fuerte y con mayor dominio de sí mismo.
Ahora debe restañarse la herida que separa a Kim de «su mundo». La
página que sigue, si no está en la cima del arte de Kipling, se aproxima
bastante. El pasaje está estructurado alrededor de la aparición gradual de las
respuestas a la pregunta de Kim: «Soy Kim. ¿Y qué es Kim?» He aquí lo que
sucede:
No quería llorar —nunca había sentido menos ganas de llorar en toda su
vida—, pero, de repente, unas estúpidas lágrimas que brotaron solas empezaron a
correrle nariz abajo, y con un chasquido casi audible notó cómo las ruedas de
su ser engranaban nuevamente con el mundo exterior. Las cosas que un momento
antes atravesaban su campo de visión sin tener el menor significado recobraron
las debidas proporciones. Las carreteras servían para andar por ellas; las
casas, para habitarlas; el ganado, para apacentarlo; los campos, para
cultivarlos; y los hombres y las mujeres, para hablar con ellos. Todo era real
y verdadero —sólidamente asentado sobre sus pies—, perfectamente comprensible,
barro de su mismo barro, ni más ni menos.[7]
Lentamente, Kim
empieza a sentirse en consonancia consigo mismo y con el mundo. Y Kipling
continúa:
A menos de un kilómetro había un carro vacío sobre un pequeño montículo
que tenía detrás una higuera de Bengala todavía joven; una atalaya, por así
decirlo, sobre algunos campos recién arados; y a Kim, bañado por la dulce
brisa, empezaron a pesarle los párpados mientras se acercaba. Era de buena
tierra limpia: no con hierba nueva que, aunque viva, está ya a mitad de camino
hacia la muerte, sino la tierra llena de esperanza que contiene las simientes
de toda vida. La sintió entre los dedos de los pies, la aplastó con las palmas
de las manos, y poco a poco, suspirando voluptuosamente, se tumbó cuan largo
era a la sombra del carro inmovilizado por unos tacos de madera. Y la Madre
Tierra fue tan eficaz como la Sahiba (la viuda de Kulu, que ha estado
asistiendo a Kim), y le empapó para restablecer el equilibrio que había perdido
al pasar tanto tiempo tumbado en un catre separado de sus buenas corrientes. Su
cabeza descansó sumisa sobre su pecho, y sus manos abiertas se rindieron a su
fortaleza. El árbol de muchas raíces que lo cobijaba, e incluso la madera
muerta manipulada que tenía al lado, sabían lo que buscaba, aunque él lo
ignorase. Hora tras hora siguió allí, hundido a una profundidad mayor que la
del sueño.[8]
Mientras Kim duerme, el lama y Mahbub discuten el destino del muchacho;
los dos saben que se ha curado, y que lo que permanece es la forma de su vida.
Mahbub quiere que vuelva al servicio; el lama sugiere, con esa asombrosa
inocencia suya, que Mahbub se les una a ambos, chela y gurú,
en su peregrinaje por el camino del bien. La novela termina cuando el lama
revela a Kim que ahora todo está bien, porque ha visto:
[...] toda la India, desde Ceilán, en el mar, hasta las montañas, y
también mis rocas pintadas en Suchzen; vi todos los campos y las aldeas, hasta
el más pequeño, donde hemos descansado alguna vez. Los vi al mismo tiempo y en
el mismo sitio; porque estaban dentro del Alma. Por eso supe que el Alma había
pasado más allá de la ilusión del Tiempo y del Espacio y de las Cosas. Por eso
supe que había alcanzado la libertad.[9]
Esto es palabrería, desde luego, aunque solo en parte; no debe
desdeñársela por completo. La visión enciclopédica de la libertad del lama
recuerda sorprendentemente el Indian Survey del coronel Creighton, el servicio
de vigilancia por el cual cada llanura y cada pueblo son escrupulosamente
inventariados. La diferencia es que el inventario positivista de lugares y
pueblos llevado a cabo desde la perspectiva del dominio británico se convierte,
gracias a la generosa completitud del lama, en visión redentora y,
para Kim, terapéutica. Ahora todo está unido. En el centro se encuentra
el chico cuyo espíritu errante ha conseguido volver a comprender las cosas,
atrapándolas en «un movimiento casi audible». A pesar de que esta metáfora
mecánica de un alma que se encarrila transgrede, de alguna manera, la elevada y
edificante situación de Kim, la figura no deja de ser apta para un escritor
inglés que quiere pintar a un joven varón blanco en trance de entender la vida
en un país tan vasto como la India. Después de todo, los ferrocarriles indios
fueron construidos por los británicos y ello les aseguró un mayor dominio sobre
el lugar.
Antes de Kipling, otros escritores habían pintado ese tipo de escena de
comprensión de la vida: George Eliot en Middlemarch, por ejemplo, y
luego, sin duda influido por aquella, Henry James en Retrato de una
dama. En los dos casos las heroínas respectivas, Dorothea Brooke e
Isabel Archer, se ven sorprendidas, por no decir trastornadas, por el
descubrimiento súbito de la traición de sus enamorados. Dorothea ve a Will
Ladislaw aparentemente coqueteando con Rosamond Vincy, mientras que Isabel
intuye los escarceos entre su marido y Madame Merle. A ambas epifanías les
siguen largas noches de angustia, semejantes a la enfermedad de Kim. Entonces
las mujeres despiertan a una nueva conciencia de sí mismas y el mundo. En las
dos novelas, las escenas son notablemente parecidas; la experiencia de Dorothea
Brooke nos puede ser útil para describir las dos. Contempla el mundo superando
«la estrecha celda de su calamidad» y ve
[...] más allá de las colinas, tras
las verjas de la entrada. Por la carretera había un hombre con un atado a la
espalda y una mujer que llevaba un bebé [...]. Sintió la vastedad del mundo y
el multiplicado despertar de los hombres al trabajo y la perpetuación. Era
parte de esa vida involuntaria y palpitante y no podía limitarse a la mera
contemplación desde su lujoso refugio ni apartar los ojos en lamento egoísta.[10]
Eliot y James
quieren que esas escenas no solo expresen el despertar
moral, sino que constituyan el momento en que las heroínas dejan atrás,
e incluso olvidan, a los seres que las han atormentado, al verse a sí mismas
dentro de un esquema más amplio de la existencia. En parte, la estrategia de
Eliot consiste en que Dorothea deba reemprender sus anteriores planes para
ayudar a sus amigos; la escena de la comprensión confirma así el impulso para
estar en el mundo y comprometerse con él. En Kim se da un
movimiento muy semejante, aunque allí el mundo se encuentra enteramente a disposición
del alma que se una a él. El pasaje de Kim antes citado posee
una suerte de triunfalismo moral implícito en su notoria defensa del poder, el
voluntarismo y la capacidad de decisión. Las cosas tienen la proporción
adecuada, son perfectamente comprensibles y están asentadas; los caminos sirven
para transitarlos, etcétera. Por el pasaje planean «las ruedas» del ser de Kim,
que «engranaban nuevamente con el mundo exterior». Por último, estas series de
movimientos se ven consolidadas y reforzadas por la Madre Tierra, que bendice a
Kim cuando él se acuesta cerca del carromato: «le empapó para restablecer el
equilibrio que había perdido». Kipling muestra el deseo poderoso y casi
instintivo de devolver el niño a su madre en una relación preconsciente, asexual
e indefinida.
Mientras se describe a Dorothea e Isabel como parte inevitable de una
«vida involuntaria y palpitante», a Kim se lo retrata en el momento de hacerse
voluntariamente con el completo control de su vida. Creo que la diferencia es
capital. El logro por parte de Kim de un nuevo y sólido dominio sobre sus
recursos y sobre su capacidad de comprensión es, en buena medida, una extensión
de la función del sahib en la India colonial: lo que ha hecho
Kipling es que Kim participe de una ceremonia de reapropiación, en la que su
parte británica (aun en su condición de leal súbdito irlandés) se hace, otra
vez, con el poder sobre la India. El conocimiento de la naturaleza y los ritmos
involuntarios de la salud le son concedidos después de que
Kipling haya
hecho, en nombre de Kim, un gesto que es, sobre todo, político e
histórico. Lo contrario sucede con las heroínas europeas o con las
norteamericanas en Europa: el mundo está ahí para ser de nuevo descubierto; no
exige que se ejerza sobre él ningún tipo de dirección o acto soberano. Al
revés, en la India británica se llegaría al caos o a la insurrección a menos
que los caminos se usen del modo correcto, las casas sean pulcramente habitadas
y hombres y mujeres dialoguen en el tono adecuado.
En uno de los mejores comentarios críticos sobre Kim, Mark
Kinkead-Weekes sugiere que su carácter único dentro de la obra de Kipling se
debe a que la resolución imaginada por este para la novela no funciona.
Kinkead-Weekes afirma que el triunfo artístico de Kipling trascendió incluso
las intenciones de su autor:
[La novela] es el producto de una tensión peculiar entre diversas formas
de visión: la del interés fascinado por el caleidoscopio de una realidad
externa que se basta a sí misma; la de la inteligencia que discrimina y que se
esconde bajo la piel de actitudes diferentes unas de otras, y todas de la
propia; finalmente, como producto de lo anterior, pero de un modo mucho más
intenso y creativo, el logro triunfante de un antiyo tan poderoso que consigue
convertirse en un punto de referencia para todos: la creación del lama. Esto
supone que era necesario imaginar una perspectiva y una personalidad lo más
alejada de Kipling que fuese posible; no obstante, el análisis es tan delicado
que consigue funcionar como un catalizador orientado hacia una síntesis más
profunda. La nueva visión, más generosa, compleja, humana y madura que la de
cualquier obra de Kipling, proviene de ese desafío especial: olvidarse de la
obsesión por sí mismo, sondear mucho más profundamente en lo que le ofrece la
visión objetiva de la realidad que lo circunda, y ser capaz de ver, pensar y
sentir más allá de sí mismo.[11]
Por más que coincidamos con algunas de las propuestas de esta lectura
sutil, en mi opinión es demasiado ahistórica. Es verdad que el lama es una
suerte de antiyo; es verdad que Kipling es capaz de meterse dentro de la piel
de otros y sentir simpatía. Pero Kipling jamás olvida que Kim forma parte
indiscernible de la India británica; el Gran Juego debe seguir y Kim debe
seguir en el juego, no importa cuántas parábolas pergeñe el lama.
Naturalmente, tendemos a leer Kim como una novela
perteneciente a la más alta literatura, libre hasta cierto punto de las
incomodidades de las circunstancias históricas y políticas. Por el mismo
movimiento, no debemos despreciar de manera unilateral las conexiones internas
con su realidad contemporánea, conexiones que fueron cautelosamente respetadas
por Kipling. Desde luego, Kim, Creighton, Mahbub, el Babu y hasta el lama ven
la India según la veía Kipling: como parte del imperio. Y desde luego Kipling
preserva minuciosamente esta visión cuando hace que Kim —el humilde muchacho
irlandés, inferior en la escala social que un inglés de pura sangre— reafirme
sus prioridades británicas mucho antes de que el lama las bendiga.
Con regularidad, los lectores de la mejor obra de Kipling han tratado de
salvarlo de sí mismo. Y casi siempre la consecuencia ha sido que se corroborara
la famosa opinión de Edmund Wilson acerca de Kim:
Lo que el lector generalmente espera es que Kim llegue a darse cuenta de
que está contribuyendo a poner bajo el dominio de los invasores británicos a
aquellos que siempre ha considerado como su propia gente y que de ello
resultará un conflicto entre lealtades contrapuestas. Con considerable efecto
Kipling ha establecido para el lector el contraste entre Asia, con su
misticismo, su sensualidad, sus extremos de santidad y bellaquería, y los
ingleses, con su organización superior, su confianza en los métodos modernos y
su tendencia a barrer, como si se tratase de telarañas, las creencias y mitos
de los nativos. Se nos han mostrado dos mundos completamente distintos y
coexistentes, que carecen de auténtica comprensión el uno del otro, y hemos
sido testigos de la oscilación de Kim en su ir y venir entre ellos [...]. Pero
las líneas paralelas nunca se unen; las atracciones alternativas que sufre Kim
no dan nunca lugar a una auténtica lucha [...]. Así, la obra no dramatiza un
conflicto fundamental al que el mismo Kipling jamás se enfrentaría.[12]
Creo que existe una alternativa a estas posiciones que es más profunda y
al mismo tiempo está más atenta a las realidades de la India británica de
finales del siglo XIX, según la veían Kipling y otros como él. El conflicto entre el servicio
de Kim a la colonia y la lealtad a sus compañeros indios permanece sin resolver
no porque Kipling no pueda enfrentarse a él sino porque para
Kipling no existía conflicto. De hecho, uno de los
propósitos de la novela es mostrar la ausencia de enfrentamiento; una vez que
Kim se ha curado de sus dudas, el lama ya no añora el río, y la India se ha
librado de unos cuantos sobresaltos y de ciertos agentes foráneos. No dudamos
de que si Kipling hubiese considerado que la servidumbre de la India conducía a
la infelicidad, el conflicto podría haberse dado, pero no era así:
ante sus ojos, el mejor destino para la India era ser gobernada por Inglaterra.
Se utiliza un criterio igualmente reduccionista pero opuesto si se lee a
Kipling no solo como si fuese un «bardo imperialista» (lo que tampoco era),
sino como alguien que, habiendo leído a Frantz Fanon, frecuentado a Mahatma
Gandhi y absorbido sus lecciones, perseverase en la obstinada convicción
previa. Se distorsiona entonces severamente ese contexto que él contribuyó a
refinar, elaborar e iluminar. Es fundamental tener presente que no hubo casi
frenos para la perspectiva imperialista mundial que compartía Kipling, como
tampoco para Conrad existieron alternativas al imperialismo, aunque admitiese
todos sus males. Así, Kipling no se sentía inquieto por la idea de una India
independiente, aunque debamos admitir que en su obra de ficción se representa
el imperio con todas sus legitimaciones conscientes. Al tratarse de novelas se
incurre —al contrario de lo que sucedería en la prosa discursiva— en ironías y
problemas como los que hemos detectado en Austen, en Verdi y, según veremos más
adelante, en Camus. Mi idea en esta lectura contrapuntística que estoy llevando
a cabo es acentuar e iluminar esas disyunciones, en lugar de desdeñarlas o
desestimarlas.
Consideremos dos episodios de Kim. Muy poco después de
que el lama y su chela hayan abandonado Ambala, se encuentran
con un anciano, antiguo soldado retirado, «que había servido al Gobierno
durante los días del Motín». Para el lector contemporáneo de Kipling, «el
Motín» quería decir el único, más importante, conocido y violento episodio de
la historia de las relaciones
angloindias durante el siglo XIX: el Gran Motín de 1857, que empezó en Merut el 10 de mayo y concluyó
con la caída de Nueva Delhi. Hay una enorme cantidad de bibliografía, india y
británica, acerca de este episodio (por ejemplo, The Great Mutiny,
de Christopher Hibbert), que los historiadores indios llaman «Rebelión». El
motivo del Motín —usaré aquí la designación ideológica de los británicos— fue
la sospecha, por parte de soldados hindúes y musulmanes, de que en el ejército
indio sus municiones habían sido lubricadas con grasa de vaca (impura para los
hindúes) y de cerdo (impura para los musulmanes). En realidad, las causas del
Motín eran parte constitutiva del imperialismo británico en sí mismo, de un
ejército formado sobre todo por nativos a las órdenes de oficiales sahibs y
de las anomalías de las regulaciones de la East India Company. Además, subyacía
al Motín una enorme carga de resentimiento contra el dominio blanco cristiano
sobre un país poblado por muchas otras razas y culturas, todas las cuales, probablemente,
consideraban que su sumisión a los británicos era degradante. Pero a los
amotinados les pasó inadvertido que desde el punto de vista numérico superaban
en mucho a sus oficiales superiores.
Tanto para la historia británica como para la india, el Motín supuso una
clara divisoria. Sin entrar en la compleja estructura de acciones, motivos,
sucesos y principios puestos en cuestión desde entonces, podemos afirmar que
para los británicos, que conjugaron el Motín con brutalidad y severidad, todas
las actuaciones de los rebeldes fueron venganzas; los rebeldes mataron
europeos, se dijo, y con eso se probó, como si las pruebas fuesen necesarias,
que los indios merecían ser sojuzgados por la más alta civilización de los
británicos europeos. Después de 1857, la East India Company fue reemplazada por
el Gobierno de la India, que tenía un carácter más formal. Para los indios, el
Motín constituyó un alzamiento nacionalista contra la dominación inglesa, que se
reafirmó entonces con toda intransigencia, a pesar
de los malos tratos, la explotación y las continuas y desatendidas
quejas de los nativos. En 1925, cuando publicó su breve y vigoroso
folleto The Other Side of the Medal —apasionada proclama
contra la dominación inglesa y a favor de la independencia india—,
Edward Thompson erigió el Motín como gran episodio simbólico durante el cual
las dos partes, la india y la británica, tomaron consciencia de su completo
enfrentamiento. Allí mostraba, de manera dramática, el modo en que la historia
británica y la india elaboraron representaciones marcadamente opuestas del
suceso: el Motín realimentó la diferencia entre colonizador y colonizado.
En tal situación de justificado ardor nacionalista, ser indio hubiese
significado experimentar una natural solidaridad con las víctimas de las
represalias británicas. Ser británico, en cambio, hubiese significado sentir
repugnancia y dolor —por no hablar de la virtuosa necesidad de castigo— ante
las muestras de terrible crueldad por parte de los «nativos», que cumplieron
los papeles asignados en el reparto de salvajismo. Un indio que no compartiese
esos sentimientos podría haber pertenecido a una pequeñísima minoría. Por ello,
es altamente significativo que Kipling eligiese como soldado leal precisamente
a un indio, que al relatar el Motín pinta la rebelión de sus compatriotas como
un acto de locura. Es previsible entonces que los «comisionados adjuntos» (Deputy
Commissioners) británicos lo respetasen hasta el punto de desviarse de su
ruta para saludarlo. Lo que Kipling elimina es la posibilidad real de que sus
compatriotas considerasen al soldado como un traidor a su pueblo. Cuando, unas
páginas más adelante, el viejo veterano cuente la historia del Motín al lama y
a Kim, su versión de los hechos estará altamente cargada de las explicaciones
británicas de lo que sucedió:
Una locura se
apoderó de todo el Ejército, y los hombres se volvieron contra sus oficiales.
Este fue el primer mal, pero hubiese tenido remedio si se hubieran contenido.
Pero los soldados
decidieron matar a las esposas y los hijos de los sahibs.
Entonces vinieron los sahibs del otro lado del mar y les
pidieron estricta cuenta de lo que habían hecho.[13]
Rebajar a «locura» el resentimiento y la resistencia (como podría
haberla denominado) de los indios frente a la insensibilidad británica,
presentando las actuaciones de los indios como expresión de una pura tendencia
congénita a la matanza de mujeres y niños británicos, no es una reducción
inocente, sino tendenciosa, del nacionalismo indio. Y cuando Kipling hace que
el viejo soldado describa la contrarrevolución británica en términos de
exigencias de «estricta cuenta» —llenas de horrendos castigos de los blancos
animados por la necesidad de acciones «morales»— dejamos el mundo de la
historia para entrar en el de la polémica imperialista, en la cual el nativo es
descrito como delincuente natural y el blanco como un padre y juez severo pero
moral. Así, Kipling nos ofrece el punto de vista británico extremo acerca del
Motín, y lo pone en boca de un indio, cuya contrapartida nacionalista agraviada
no aparece nunca en la novela. (De la misma manera, Mahbub Alí, el fiel
ayudante de Creighton, pertenece al pueblo Pathan, que históricamente se
mantuvo en violenta rebeldía contra los británicos a lo largo de todo el
siglo XIX, y sin embargo aquí aparece feliz
ante el dominio inglés y hasta colaborando con
él). Tan lejos está Kipling de mostrarnos dos mundos en conflicto, que solo nos
enseña cuidadosamente uno, eliminando toda oportunidad de colisión entre ambos.
El segundo ejemplo confirma el primero. Se trata, otra vez, de un
momento breve pero significativo. En el capítulo 4, Kim, el lama y la viuda de
Kulu están en camino rumbo a Saharunpore. Acaba de tener lugar una descripción
exuberante de Kim, que está «en medio de todo eso, más despierto y atento que
nadie». El «todo eso» de la descripción alude «al mundo en su verdad auténtica;
aquella era la vida tal como él la deseaba: el bullicio y el griterío, el
enganche de los correajes, el aguijoneo de los bueyes, el chirrido de las
ruedas, los fuegos que se encendían para guisar los alimentos, nuevas
cosas que ver cada vez que el ojo aprobador miraba en otra dirección».[14] Ya hemos contemplado antes buena
parte de este aspecto de la India, con su color, frenesí e interés, expuestos
en toda su variedad para disfrute del lector inglés. Pero, de alguna manera,
Kipling necesita exhibir su autoridad sobre la India, quizá porque unas pocas
páginas antes ha sentido ante el amenazante relato del Motín de boca del viejo
soldado la necesidad de conjurar toda futura «locura». Después de todo, de la
misma India surgen tanto la vitalidad local de la que disfruta Kim como el
desafío al imperio británico. Se les cruza entonces un superintendente de la
policía de distrito y su aparición suscita esta reflexión en la Vieja Viuda:
Estos son los que deben supervisar la justicia. Conocen el país y sus
costumbres. Los otros, recién llegados de Europa, amamantados por mujeres
blancas que han aprendido nuestras lenguas en los libros, son peores que la
peste. Perjudican hasta a los reyes.[15]
Sin duda, algunos indios estaban convencidos de que los funcionarios de
policía ingleses conocían el país mejor que los nativos, y que ellos, más que
los gobernantes indios, debían manejar los hilos del poder. Pero hay que
advertir que en Kim nadie desafía el poder británico; nadie es
capaz de articular ninguna de las posiciones indias opuestas y locales que por
entonces debían ser enormemente evidentes aun para alguien tan obtuso como
Kipling. En lugar de todo ello, nos encontramos ante un personaje que explícitamente
afirma que un funcionario de la policía colonial debe gobernar el país y agrega
que prefiere el viejo estilo de los funcionarios. Esos que (como Kipling y su
familia) habían vivido entre los nativos y eran, por ende, mejores que los
nuevos burócratas académicamente adiestrados. Esta es una de las posiciones de
los llamados orientalistas de la India, que creían que se debía gobernar a los
indios de acuerdo con usos indios orientales y por
«manos» indias, pero, al desarrollar tal postura, Kipling a la vez
desdeña, calificándolas de académicas, todas las demás aproximaciones al
orientalismo desde ángulos filosóficos o ideológicos. Entre estas
desacreditadas maneras de gobernar se encontraba el evangelismo (sus misioneros
y reformadores están parodiados en el personaje del señor Bennet), el
utilitarismo y el spencerianismo (parodiados en el babu) y desde
luego todos los académicos innominados bajo el rótulo de «peores que la peste».
Es interesante advertir que en la formulación de la viuda tal como se nos
presenta hay sitio suficiente para aprobar a funcionarios policiales como el
superintendente, educadores flexibles como el padre Víctor y la tranquilizadora
autoridad de la figura del coronel Creighton.
Al hacer que la viuda exprese lo que, en efecto, constituye una especie
de inapelable juicio normativo acerca de la India y sus gobernantes, Kipling
consigue demostrar que los nativos admiten el dominio colonial siempre que sea
de la clase correcta. Históricamente, este ha sido el modo en que el
imperialismo europeo se ha presentado ante sí mismo de forma aceptable: ¿qué
puede ser mejor para su propia imagen que súbditos nativos que proclamen su
asentimiento ante el poder y los conocimientos del extranjero, aceptando a la
vez implícitamente los dictámenes europeos acerca de la naturaleza degenerada,
atrasada y poco desarrollada de su propia sociedad? Si se lee Kim como
el relato de la aventura de un muchachito, o como un panorama rico y
amorosamente detallado de la vida india, no se está leyendo la novela que
Kipling en verdad escribió, con todo cuidado cargada de las perspectivas,
supresiones y elisiones aquí consideradas. Según Francis Hutchins en The
Illusion of Permanence: British Imperialism in India:
[Hacia finales del siglo XIX] se creó una India imaginaria que no contenía elementos indicativos de
cambio social o de amenaza política. La orientalización era resultado de este
esfuerzo por concebir una sociedad india carente de elementos hostiles a la
perpetuación del dominio británico,
porque los orientalizadores intentaban construir un dominio permanente
sobre la base de esta India supuesta.[16]
Kim es una contribución mayor a esa India
orientalizada de la imaginación, como también lo es a eso que los historiadores
han llegado a llamar la «invención de la tradición».
Pero hay más. Dentro de la novela aparecen una serie de observaciones
emitidas por una voz editorial que fija la naturaleza inmutable del mundo
oriental en su oposición al blanco, no menos inmutable. Por ejemplo: «Kim
mentiría como un oriental»; un poco más tarde: «cada hora de las veinticuatro
del día es igual para los orientales»; cuando Kim compra los billetes de tren
con el dinero del lama se guarda una rupia para él porque, como dice Kipling,
esa rupia es «la inmemorial comisión de Asia»; luego se refiere el autor al
«instinto de regateo de Asia»; en la plataforma del tren, los criados, «puesto
que eran nativos», no descargan los vagones cuando debían haberlo hecho; la
facilidad con que Kim duerme mientras el tren ruge es ejemplo de «la
indiferencia oriental ante cualquier ruido»; cuando desmontan el campamento,
Kipling señala que esto se lleva a cabo «con lo que los orientales entienden
por rapidez: descuidadamente, con presteza pero con largas explicaciones, entre
insultos y arrebatos, entre centenares de comprobaciones de pequeños olvidos
posibles»; se describe a los sijs como especialmente «amantes del dinero»;
Hurri Babu equipara ser bengalí a tener miedo; cuando oculta el paquete robado
a los agentes extranjeros, el babu «esconde el tesoro entero
en su cuerpo, como solo los orientales saben hacerlo».
Nada de esto es propio únicamente de Kipling. El más ligero repaso de la
cultura occidental de finales del siglo XIX revela un inmenso caudal de este tipo de sabiduría popular, buena
parte de la cual sigue viva hoy. Como John MacKenzie demuestra en su valioso
libro Propaganda and Empire, había
toda clase de artilugios al servicio de la exaltación del imperio, desde
cajetillas de cigarrillos, postales, partituras, almanaques, manuales,
repertorios de music-hall, soldados de juguete, conciertos de bandas militares
y juegos de tablero. En todos ellos se afirmaba su importancia prioritaria para
el bienestar económico, estratégico y moral de Inglaterra, y al mismo tiempo se
pintaba a las razas oscuras o inferiores como necesitadas de regeneración, o de
supresión, o de severo dominio, o de subyugación indefinida. Sobresalía el
culto de la personalidad militar, esencialmente porque algunos de sus
representantes se las habían arreglado para cortar unas cuantas cabezas negras.
Se ofrecían diversas racionalizaciones para el control de territorios de ultramar:
algunas veces, el provecho; otras, la competencia con poderes imperiales
rivales. Como en Kim (en The Strange Ride of Rudyard
Kipling, Angus Wilson menciona que a la temprana edad de dieciséis años, el
joven propuso que en su colegio se debatiera la cuestión de que «el avance de
Rusia en Asia Central es hostil al poder británico»).[17] Lo único invariable en todo esto es
la subordinación de los no blancos.
Kim es una obra de gran mérito artístico; no
puede rebajársela de modo simplista calificándola de producto de la imaginación
racista de un imperialista ultrarreaccionario y perturbado. George Orwell tuvo
razón cuando alabó la capacidad singular de Kipling para agregar frases y
conceptos al lenguaje corriente —Asia es Asia, Occidente es Occidente; la gran
Responsabilidad del Hombre Blanco; en algún lugar al este de Suez— y también
cuando señaló que las obsesiones de Kipling, de enorme interés, son a la vez vulgares
y permanentes.[18] Una de las razones del vigor de
Kipling tiene que ver con que era un artista inmensamente dotado; lo que hizo
fue elaborar ideas que, debido a su intrínseca vulgaridad, hubiesen tenido
mucha menos permanencia de no ser por su arte. Para ello, además, se sostenía
en la autoridad de los grandes monumentos de la cultura europea, de los que se
nutría, y en la convicción de la inferioridad de las razas no blancas,
de su necesidad de ser dominadas por una raza superior. Su esencia por completo
inmutable era un axioma más o menos incuestionable de la vida moderna.
Es verdad que se dieron debates acerca de cómo debían gobernarse las
colonias, o si algunas de ellas debían abandonarse. Sin embargo, nadie con
poder suficiente para influir en la discusión pública o en la política puso
objeciones a la superioridad básica del varón blanco europeo, que siempre se
guardaba la última carta. Frase del tipo «Los hindúes son intrínsecamente
mentirosos y carentes de valentía moral» eran expresiones de sabiduría popular
que muy pocos, entre los cuales, desde luego, no se contaban los gobernadores
de Bengala, se hubiesen negado a suscribir. De modo semejante, cuando el
historiador de la India sir H. M. Elliot planeó su obra, esta se centraba en la
idea de la barbarie india. El clima y la geografía condicionaban ciertos rasgos
característicos de los indios. Según Evelyn Baring (lord Cromer), uno de los
más duros gobernadores de la India, los orientales no podían aprender a usar
las aceras, ni a decir la verdad, ni a utilizar la lógica; el nativo malayo era
esencialmente perezoso, de la misma simétrica manera en que el europeo del
norte era enérgico y decidido. El libro de V. G. Kiernan The Lords of
Human Kind, que trata de los malayos, ofrece un notable panorama de cuán
difundidas estaban esas opiniones. Como he sugerido antes, ciertas disciplinas
como la economía colonial, la antropología, la historia y la sociología se
construyeron sobre estas afirmaciones, con el resultado de que para casi cada
hombre y mujer occidentales los europeos que trataban con colonias como la
India estaban al margen de cambios y determinaciones nacionales. Descrita
minuciosamente por Michael Edwardes en The Sahibs and the Lotus, la
experiencia completa de la India (con su historia integral, su cocina, su
dialecto, sus valores y sus metáforas) se separa, sin ningún criterio, de las
oscilantes y contradictorias
realidades de la India y así se perpetúa. Hasta Karl Marx sucumbió a la
idea de la existencia inmutable de la aldea asiática, tan inmutable como la
agricultura y el despotismo.
El joven inglés enviado a la India para formar parte del funcionariado
civil «pactado» con los indios pertenecía a una clase cuyo dominio nacional era
absoluto sobre todos y cada uno de los indios, independientemente de cuán
aristocráticos y ricos fuesen. Ese joven habría oído las mismas historias,
leído los mismos libros, aprendido las mismas lecciones y frecuentado los
mismos clubes que cualquier otro funcionario colonial. Según Michael Edwardes,
muy pocos de ellos se preocupaban de aprender a hablar con fluidez el lenguaje
de aquellos a quienes gobernaban, y por ello dependían en gran medida de sus
secretarios nativos, «que sí se habían tomado la molestia de aprender el
lenguaje de sus conquistadores y, en muchos casos, aprovechaban la ignorancia
de sus señores en su propio beneficio».[19] Un elocuente retrato de los
funcionarios de ese jaez es Ronny Heaslop, personaje de Pasaje a la
India, de E. M. Forster.
Todo esto es importante para Kim, cuya principal figura desde el punto
de vista de la autoridad es el coronel Creighton. Este soldado, a la vez
etnógrafo y estudioso, no es una criatura inventada del todo, sino, casi con
toda seguridad, un personaje extraído de las experiencias de Kipling en el
Punyab. En general se lo interpreta como una combinación de personajes
anteriores, típicos de la autoridad colonial en la India y figuras originales
que se ajustan perfectamente a los nuevos propósitos de Kipling. En primer
lugar, a pesar de que Creighton aparece de vez en cuando en la novela y sus
rasgos no están tan perfilados como los de Mahbub Alí o los del babu,
constituye un punto de referencia para el desarrollo de la acción; es un
discreto director de los hechos, un hombre cuyo poder es digno de respeto. Pero
no se trata de un hombre que ejerza la fuerza. Convence a Kim de entregarle su
vida por
medios persuasivos, no por imposición de su rango. Cuando le parece
razonable, puede ser flexible —¿podría Kim haber soñado con un jefe más
tolerante que Creighton durante su peregrinación?—, pero duro si las
circunstancias lo exigen.
En segundo término, es especialmente interesante el hecho de que, además
de ser funcionario colonial, sea un estudioso. Esta unión de poder y
conocimiento es contemporánea a la invención de Sherlock Holmes (y de su
ayudante Watson, precisamente veterano de las guerras de la frontera norte de
la India) por parte de Conan Doyle, autor cuya visión de la vida incluye
también un saludable acatamiento y respeto de la ley aliada a un intelecto
superior volcado a lo científico. En los dos casos, Kipling y Doyle representaban
para sus lectores personajes cuyo estilo de operar, nada ortodoxo, encontraba
su razón de ser en los nuevos campos de la experiencia que casi se habían
convertido ya en especializaciones académicas. El gobierno de las colonias y
los métodos detectivescos estaban a punto de ganar el mismo respeto de que
gozaba el orden de los clásicos o la química. Cuando Mahbub Alí rechaza a Kim a
causa de su educación deficiente, Creighton, que está escuchando la
conversación, piensa «que no se puede desperdiciar a este chico si es tan
listo». El coronel ve el mundo desde una perspectiva totalmente sistemática.
Todo lo que tiene que ver con la India le interesa, porque todo cuenta para su
gobierno; en Creighton, el intercambio entre etnografía y trabajo colonial es
fluido; puede considerar los talentos de Kim tanto como objeto de curiosidad
antropológica como en su función de futuro espía. Así, cuando el padre Víctor
se pregunta si no será demasiado trabajo para el coronel atender una dificultad
burocrática en torno a la educación de Kim, Creighton lo tranquiliza: «La
transformación de un emblema sentimental como su Toro Rojo en una suerte de
fetiche al que el chico venere es muy interesante.»
Hay otras razones por las cuales es interesante el hecho de que
Creighton sea antropólogo. De todas las ciencias modernas, la historia de la
antropología es la más estrechamente ligada al colonialismo, puesto que era
frecuente que antropólogos y etnólogos informaran a los funcionarios coloniales
sobre las costumbres y creencias de los pueblos nativos. (Claude Lévi-Strauss
reconoció esto cuando calificó la antropología de «doncella del colonialismo»;
la excelente colección de ensayos editada por Talal Asad en 1973, Anthropology
and the Colonial Encounter, desarrolla este vínculo con más profundidad, y
en la novela de Robert Stone sobre la política de Estados Unidos en
Latinoamérica, A Flag for Sunrise, 1981, el personaje central es
Holliwell, antropólogo con lazos extraños y ambiguas relaciones con la CIA).
Kipling fue uno de los primeros novelistas en retratar esta alianza evidente
entre la ciencia y el poder político en las colonias. [20] Y Kipling siempre toma muy en serio a
Creighton: esta seriedad es una de las razones que explican la existencia
del babu. El antropólogo nativo, hombre brillante cuyos reiterados
intentos de pertenecer a la Royal Society no carecen de fundamento, casi
siempre se nos presenta de modo divertido, extravagante y hasta caricaturesco,
no porque sea incompetente o inepto —todo lo contrario —, sino porque no es
blanco. Es decir, no puede ser un Creighton. Kipling es muy cuidadoso en este
aspecto. Del mismo modo en que no podía imaginar el curso histórico de la India
fuera del control británico, tampoco podía imaginar indios capaces de mostrarse
eficientes y serios en lo que él y otros de su época consideraban, pura y
exclusivamente, objetivos occidentales. Aun siendo admirable y digno de
aprecio, en el babu prevalece el sombrío estereotipo del
nativo ontológicamente gracioso cuando trata, sin conseguirlo, de ser «como
nosotros».
He señalado que la figura de Creighton es la culminación del cambio
generacional que tiene lugar en la personificación del poder británico en la
India. Detrás de Creighton están los aventureros y pioneros de finales
del siglo XVIII, como Warren Hastings y Robert
Clive, cuyos excesos personales e innovaciones en el poder forzaron a
Inglaterra a someter la autoridad ilimitada del Raj a leyes generales. Lo que
sobrevive en Creighton de Clive y Hastings es su sentido de la libertad, su
capacidad para improvisar, su preferencia por la informalidad. Después de la
rudeza de los pioneros vinieron Thomas Munra y Mountstuart Elphinstone, los
reformadores y sintetizadores que fueron los primeros administradores
coloniales eruditos, cuyo ejercicio del poder reflejaba algo semejante al
conocimiento de los expertos. En ese momento también aparecen los grandes
estudiosos para quienes el servicio colonial en la India significaba la
oportunidad de analizar una cultura extranjera: sir William («Asiatic») Jones,
Charles Wilkins, Nathaniel Halhed, Henry Colebrooke o Jonathan Duncan. Se
trataba de hombres dedicados a empresas principalmente comerciales y no
parecían creer, como tampoco el mismo Creighton (y Kipling), que el trabajo en
la India estuviese tan pautado y fuese tan económico (en el sentido literal de
la palabra) como el gobierno de cualquier sistema totalizador.
Las normas de Creighton son las del gobierno desinteresado, basado no en
preferencias personales (como sucede en el caso de Clive), sino en leyes, en
principios de orden y control. Creighton encarna la idea de que no se puede
gobernar la India a menos que se la conozca, y que conocerla supone entender el
modo en que funciona. Los conocimientos sobre la India se desarrollaron durante
el mandato de William Bentinck como gobernador general y promovieron tanto el
orientalismo como la utilización de principios utilitaristas para el gobierno
de la mayor cantidad de indios con los mayores beneficios posibles (tanto para
los indios como para los británicos).[21] Pero todo ello siempre al servicio
del inmutable hecho de la autoridad imperial británica, que situaba al
gobernador aparte de los seres humanos corrientes,
para quienes los problemas de lo bueno y lo malo, la virtud y el
perjuicio, eran importantes y emocionalmente comprometidos. Para la persona que
representaba a Gran Bretaña en la India, el principal problema no era la bondad
o la maldad de una decisión, o si las cosas debían modificarse o permanecer sin
cambios, sino si funcionaban o no, si impedían o ayudaban a mantener el
gobierno del territorio como un todo. Así, Creighton es satisfactorio para el
Kipling que había imaginado una India ideal, inmutable y atractiva, como parte
eternamente perteneciente al imperio. Esa era una autoridad en
la cual se podía confiar.
En «Kipling’s Place in the History of Ideas», un celebrado ensayo de
Noel Annan, se demuestra que la visión que Kipling tiene de la sociedad es
similar a la de los nuevos sociólogos, Émile Durkheim, Max Weber y Vilfredo
Pareto, quienes
[...] veían la sociedad como nexos entre grupos; y el modelo de conducta
que esos grupos inadvertidamente establecían determinaba sus acciones mucho más
que sus voluntades o que elementos tan evanescentes como la clase o la
tradición cultural o nacional. Ellos se preguntaron cómo hacían estos grupos
para garantizar el orden o alimentar la inestabilidad social, mientras que sus
antecesores se habían preguntado si ciertos grupos ayudaban a la sociedad a
progresar.[22]
A continuación, Annan afirma que Kipling se asemeja a estos fundadores
del discurso de la sociología moderna en la medida en que creía que el gobierno
eficiente de la India dependía de las fuerzas de control social (religión,
leyes, costumbres, convención y moral) «que imponían a los individuos ciertas
reglas que era arriesgado romper». Se convirtió casi en un lugar común dentro
de la teoría imperialista británica afirmar que el imperio inglés difería del
romano —y era mejor que este— porque constituía un sistema riguroso en el que
prevalecían la ley y el orden, mientras que en el romano predominaban el puro
expolio y el saqueo. Así lo afirma Cromer en Ancient and Modern
Imperialism, y también Marlow en El corazón de las
tinieblas.[23] Creighton entiende esto perfectamente
y por ello trabaja con musulmanes, bengalíes, afganos o tibetanos sin mostrarse
desdeñoso con sus creencias o poco advertido de sus diferencias. Era natural
que la visión de Kipling incluyese a Creighton, un científico cuya especialidad
supone los detallados mecanismos de una sociedad compleja, en lugar de un
burócrata colonial o un saqueador rapaz. El olímpico humor de Creighton, su
actitud afectuosa pero distante respecto al pueblo y sus aires excéntricos
forman parte de los recursos con los cuales Kipling embellece la figura de su
funcionario ideal para la India.
Creighton, como hombre de la organización, no solo preside el Gran Juego
(cuya beneficiaria última es por supuesto la Kaiser-i-Hind, o reina
emperatriz, y su pueblo británico) sino que además trabaja mano a mano con el
novelista. Si pudiésemos atribuir a Kipling un punto de vista consistente
dentro de la novela, lo hallaríamos en Creighton, más que en cualquier otro
personaje. Como Kipling, Creighton respeta las diferencias en la sociedad
india. Cuando Mahbub Alí le dice a Kim que jamás debe olvidar que es un sahib,
habla como subordinado leal y con su experiencia de Creighton. Como Kipling,
Creighton nunca se mete con las jerarquías, prioridades y privilegios de casta,
religión, etnias y raza; tampoco lo hacen los hombres y las mujeres que
trabajan para él. Hacia finales del siglo XIX, la llamada Garantía de Precedencia —que había empezado, según Geoffrey
Moorhouse, por reconocer «catorce niveles diferentes de categoría social»— se
había ampliado a «sesenta y uno, alguno reservado a una sola persona, otros
compartidos por cierta cantidad de gente.»[24] Moorhouse se pregunta si la relación
de amor-odio entre indios y británicos no viene de esas complejas actitudes
jerarquizantes presentes en los dos grupos. «Cada uno aprendía la premisa
social básica del otro y no solo la comprendía, sino que subconscientemente la
respetaba, como si fuese una curiosa variante de la
suya propia.»[25] Este tipo de pensamiento se ve
reproducido a lo largo de casi toda Kim: el detallado registro que
Kipling lleva a cabo de las distintas razas y castas indias, la aceptación
universal (incluido el lama) de la doctrina de la separación racial, las líneas
y costumbres que los extraños no podían franquear fácilmente. En Kim,
todos son extraños para los otros grupos y miembros para el propio.
El aprecio de Creighton por las habilidades de Kim —su rapidez, su
facilidad para el disfraz y para adaptarse a cualquier situación como si la
conociese— se parece al interés del novelista hacia ese personaje complejo y
camaleónico que sale y entra de las aventuras, las intrigas, los episodios. La
analogía final será entre el Gran Juego y la novela misma. La gran satisfacción
es ser capaz de aprehender la totalidad de la India desde la ventaja de la
observación bajo control. Otro motivo de satisfacción viene de tener en la
punta de los dedos un personaje capaz de cruzar deportivamente las fronteras y
de invadir territorios ajenos, un pequeño Amigo del Mundo: Kim O’Hara en
persona. Es como si al poner a Kim en el centro de la novela, del mismo modo
que Creighton, el jefe de los espías, controla a Kim en el centro del Gran
Juego, Kipling pudiera poseer y disfrutar de la India de una
manera que ni siquiera el imperialismo soñó.
¿Qué significa esto dentro de una estructura tan codificada y organizada
como la de la novela realista de finales del siglo XIX? Junto con Conrad, Kipling es ese
tipo de novelista cuyos héroes, llenos de encanto personal y capaces de vivir
aventuras en el extranjero, pertenecen a un mundo sorprendentemente poco
habitual. Digamos que Kim, Kurtz y lord Jim son criaturas de voluntad cambiante
que presagian a los posteriores T. E. Lawrence en Los siete pilares de
la sabiduría o el Perken de Malraux en La vía real. Hasta
los héroes de Conrad, marcados por una ironía cósmica y un raro
poder de reflexión, quedan en la memoria como fuertes, desafiantes y
muchas veces
arriesgados hombres de acción.
Kipling y Conrad exigen una atención crítica y estética seria a pesar de
que sus obras pertenecen al género de la novela de aventuras imperialista,
junto con las de Rider Haggard, Doyle, Charles Reade, Vernon Fielding, G. A.
Henty y docenas de escritores menores.
Un modo de entender lo que Kipling tiene de peculiar es recordar
brevemente quiénes eran sus contemporáneos. Nos hemos habituado a verlo en
compañía de Haggard y de Francis Buchan, pero eso nos hace olvidar que se trata
de un artista de rango justificadamente comparable al de Thomas Hardy, Henry
James, George Meredith, George Gissing, la última George Eliot, George Moore o
Samuel Butler. En Francia, sus pares son Flaubert y Zola, e incluso Proust o el
primer Gide. Sin embargo, las obras de estos creadores eran esencialmente de
desilusión y desencanto, mientras que Kim no lo es. Casi sin
excepción, el protagonista o la protagonista típicos de finales del siglo XIX eran seres que comprendían que
su proyecto vital —el deseo de grandeza, fortuna o distinción— eran pura
fantasía, sueños e ilusiones. Tanto el Frédéric Moreau de La educación
sentimental de Flaubert como la Isabel Archer de Retrato de
una dama o el Ernest Pontifex de El camino de la carne de
Butler son un joven o una joven que despiertan amargamente de un
sueño vano de éxito, acción o gloria para verse obligados a aceptar la traición
amorosa, el descenso en la escala social y un mundo desagradablemente burgués,
corrupto y filisteo.
En Kim ese despertar no tiene lugar en absoluto. Nada
puede aclarar este punto con más fuerza que una comparación entre Kim y su casi
contemporáneo Jude Fawley, el «héroe» de Thomas Hardy en Jude el
Oscuro. Los dos son huérfanos excéntricos que se encuentran en
conflicto con sus entornos: Kim, un irlandés en la India; Jude, un
campesino inglés de reducidos ingresos, más interesado en el griego que en los
trabajos de la
granja. Los dos imaginan vidas de supremo atractivo para su futuro; los
dos tratan de cumplirlas a través de algún tipo de aprendizaje: Kim, como chela del
lama peregrino; Jude, como postulante en la universidad. Pero aquí la
comparación debe detenerse. Jude se ve atrapado por una circunstancia tras
otra: se casa con la nada conveniente Arabella, se enamora desastrosamente de
Sue Bridehead, concibe niños que se suicidan y, después de años de vagabundeos
patéticos, acaba sus días despreciado por todos. Por el contrario, Kim pasa de
un brillante éxito a otro.
Sin embargo, es importante insistir en las semejanzas entre Kim y Jude
el Oscuro. Los dos protagonistas están marcados por su peculiar
origen; ninguno de los dos es «normal», con padres y una familia
que les asegure un paso «tranquilo» por la vida. En sus preocupaciones, es
central el problema de la identidad: ¿qué ser, adónde ir, qué hacer? Puesto que
no pueden ser como los otros ¿quiénes son? Son incansables y errantes
peregrinos, como el héroe arquetípico de la propia forma novelística, Don
Quijote, que definitivamente inicia el mundo de la novela con su infeliz
estado, con su caída desde el mundo satisfecho y feliz de la épica, con su «trascendencia
perdida», como propone Lukács en Teoría de la novela. El héroe
de la novela, afirma Lukács, intenta restaurar el mundo perdido de la
imaginación, que en la novela del desencanto de finales del siglo XIX se ha convertido en un sueño irrealizable.[26] Como Frédéric Moreau, Dorothea
Brooke, Isabel Archer, Ernest Pontifex y todos los demás, Jude está condenado.
La paradoja de la identidad personal es que la identidad forma parte de ese
sueño fallido. Jude no llegaría a ser lo que es si no fuese por su fútil
aspiración de convertirse en un erudito. Existe una promesa de consuelo en la
voluntad de huir de un estado asocial, pero eso resulta siempre imposible. La
ironía estructural reside precisamente en esa conjunción: lo que se desea es
precisamente lo que no se puede tener. La amarga esperanza desbaratada del
final de Jude el Oscuro se convierte en sinónimo de la
identidad misma de Jude.
Precisamente porque logra superar estas barreras paralizantes y
desalentadoras, Kim O’Hara es un personaje notablemente optimista. Como otros
héroes de la novela imperialista, sus actuaciones no acaban en derrotas sino en
victorias. Cuando los agentes extranjeros invasores son apresados y expulsados,
él devuelve a la India su bienestar. En parte, su fuerza proviene de su
profunda y casi instintiva convicción de ser diferente de los indios que lo
rodean: posee un amuleto especial que se le dio en su infancia, y a diferencia
de los niños con los que juega —en el episodio que abre la novela —, una
profecía natal le atribuye un destino especialísimo que él intenta trasmitir a
todos los que lo rodean. Más tarde adquiere el conocimiento explícito de su
condición de sahib, de hombre blanco. Y cada vez que flaquea,
alguien le recuerda que él es realmente un sahib, con todos los
derechos y privilegios de ese rango especial. Kipling hace que incluso el
hombre santo afirme la diferencia entre un blanco y un no blanco.
Pero este solo elemento no bastaría para dar a la novela ese curioso
tono de confianza y alegría que le es propio. Comparado con James o Conrad,
Kipling no era un escritor que practicase la introspección, ni se concebía a sí
mismo —por los testimonios de los que disponemos—, a la manera de Joyce, como
«el Artista». La fuerza de su mejor escritura viene de su fluidez y facilidad,
de la aplastante naturalidad del relato y de la construcción de los personajes,
a la par que la inmensa variedad de su capacidad creativa rivaliza con la de
Dickens y Shakespeare. Para Kipling, el lenguaje no era, como para Conrad, un
medio resistente, sino transparente, cuajado de múltiples tonos e inflexiones,
todas ellas directamente representativas del mundo que él exploraba. Es este
lenguaje lo que dota a Kim de ingenio y ligereza de espíritu, de atractivo y
energía. En muchos aspectos, Kim recuerda a
personajes característicos de principios del siglo XIX; por ejemplo, los de Stendhal, cuyos vivaces retratos de Fabrizio del
Dongo y Julien Sorel comportan la misma mezcla de aventura y avidez que el
propio Stendhal denominaba espagnolisme. A diferencia del Jude
de Hardy, Kim, semejante a los personajes de Stendhal, considera que el mundo
está lleno de posibilidades, como la isla de Calibán, «llena de ruidos, sonidos
y dulces brisas que causan alegría y no daño».
A veces, el mundo es pacífico, casi idílico. De esta manera, no solo
gozamos del bullicio y la vitalidad de la «gran carretera nacional», sino
también del acogedor y amable sentimiento pastoral del capítulo 3, la escena
del camino y del viejo soldado, cuando el pequeño grupo de viajeros reposa
tranquilamente:
El sol calentaba y había en el aire somnoliento zumbido de vidas
diminutas, un arrullarse de palomas y el tranquilo rumor de las poleas de los
pozos en los alrededores. El lama comenzó a hablar lenta y solemnemente. Al
cabo de diez minutos, el soldado se apeó del caballo para oír mejor, según
explicó, y se sentó en el suelo con las riendas liadas a la muñeca. La voz del
lama titubeaba de cuando en cuando [...]. Las pausas se fueron alargando. Kim
estaba muy ocupado contemplando una ardilla gris. Cuando la pequeña criatura de
abundante pelaje, después de regañarles a conciencia por invadir su territorio,
desapareció de la rama a la que estaba estrechamente abrazada, el predicador y
su público estaban profundamente dormidos: el anciano oficial con la cabeza de
rasgos enérgicos apoyada en un brazo y la del lama recostada contra el tronco
de un árbol, dando la impresión de ser una escultura de marfil. Un niñito
desnudo apareció dando traspiés, se quedó mirando y, movido por algún repentino
impulso de respeto, inició una solemne reverencia ante el lama, pero estaba tan
gordo y era tan corto de estatura que se cayó de lado y Kim no pudo contener la
risa ante las rechonchas piernecillas pataleantes. El niño, asustado e
indignado, se puso a gritar.[27]
Desde todos los ángulos de esta paradisíaca composición alienta el
«maravilloso espectáculo» de la gran carretera nacional, donde, según lo
formula el viejo soldado, «personas de todas las castas y condiciones pasan por
aquí... brahamanes y chumares, banqueros y caldereros, barberos y
comerciantes, peregrinos y alfareros: el mundo entero que va y viene.
Para mí, es semejante a un río, del que estoy apartado como un tronco después
de la crecida».[28]
Uno de los elementos más fascinantes del carácter de Kim es su notable
capacidad para disfrazarse. Lo vemos por primera vez en la plaza de Lahore,
como un chico indio entre chicos indios, encaramado a un antiguo cañón que
todavía sigue allí. Cuidadosamente, Kipling nos muestra las diferencias de cada
uno (el musulmán, el indostanés, el irlandés), pero es igualmente cuidadoso en
hacernos notar que si bien estas identidades pueden ser una barrera para los
otros chicos, ninguna de ellas lo es para Kim. Él es capaz de pasar de un
dialecto a otro o de un esquema de valores y creencias a otro. A lo largo del
libro, Kim se apropia del dialecto de numerosas comunidades indias: habla urdu,
inglés (aquí Kipling despliega burlonamente una soberbia y divertida muestra
del estilo angloindio de Kim, sutilmente diferenciado de la rotunda verbosidad
del babu), euroasiático, indi y bengalí. Cuando Mahbub habla en
pastún, Kim lo caza al vuelo; cuando el lama se expresa en chino del Tíbet, Kim
lo entiende. Como orquestador de esta Babel de lenguas, de esta auténtica arca
de Noé de sansis, cachemires, akalis, sijs y otros muchos, Kipling muestra
también el movimiento camaleónico de Kim, entrando y saliendo de esos mundos,
como un gran actor que sabe pasar por diversas situaciones y se encuentra
cómodo en todas ellas.
Qué diferencia entre esto y el mundo sin brillo de la burguesía europea,
cuyos ambientes, pintados por cualquier novelista importante, confirmaban la
decadencia de la vida contemporánea, la extinción de todos los sueños de
pasión, éxito y aventuras exóticas. Lo que hace Kipling en la ficción es
ofrecer su antítesis: un mundo que nada niega a los expatriados europeos,
precisamente porque se trata de la India dominada por los ingleses. Kim muestra
el modo en que un sahib blanco puede disfrutar de la vida en toda
su
lujosa complejidad. Es más: yo sostengo que la ausencia de resistencia a
la intervención europea, ausencia simbolizada en la habilidad de Kim para
moverse sin trabas a través de la India, se debe a la perspectiva imperialista
de Kipling. Porque fuera se puede hacer todo aquello que no se puede lograr en
el propio entorno occidental, donde el intento de vivir un gran sueño o de
llevar a cabo una búsqueda exitosa supone revolverse contra la propia
mediocridad y contra la corrupción y degradación del mundo. ¿Acaso no es
posible hacer cualquier cosa en la India?, ¿ser cualquier cosa?, ¿ir a
cualquier sitio con total impunidad?
Consideremos el mapa de los movimientos de Kim según su influencia en la
estructura de la novela. La mayoría de sus viajes transcurren en el Punyab,
alrededor del eje formado por Lahore y Ambala, una ciudad guarnición inglesa en
la frontera de las Provincias Unidas. La gran carretera nacional, trazada por
el poderoso gobernante musulmán Sher Shan a finales del siglo XVI, corre desde Peshawar a Calcuta, aunque el lama
nunca traspasa el sureste de Benarés. Kim
hace excursiones a Simla, Lucknow y el valle Kulu; con Mahbub llega tan al sur
como Bombay y tan al oeste como Karachi. Pero la impresión general que crean
estos viajes es de tortuoso y libre vagabundeo. De vez en cuando, los viajes de
Kim se ven interrumpidos por las exigencias del año escolar pasado en St.
Xavier, pero las únicas citas serias, los únicos equivalentes a una cierta
presión temporal sobre los personajes son dos. En primer lugar, la búsqueda del
lama Abbott, que es enormemente elástica; en segundo lugar, la persecución y
posterior expulsión de los agentes extranjeros que tratan de alborotar en la
frontera noroccidental. Aquí no hay prestamistas intrigantes, pueblerinos
gazmoños, chismosos viciosos o despiadados y desagradables parvenus como
los que pululan en las novelas europeas de los contemporáneos de Kipling.
Es necesario
comparar la estructura más bien laxa de Kim, basada en una
lujosa expansión geográfica y espacial, con la estructura temporal
rigurosa, inflexible y omniabarcadora de las obras europeas del periodo.
En Teoría de la novela, Lukács afirma que en estas novelas el
tiempo es el gran ironista y que configura casi un personaje capaz
de mover al protagonista entre la ilusión y el desvarío, revelando a la vez que
esos sueños son amargamente fútiles, vacíos y carentes de base.[29] En Kim se tiene la
impresión de que el tiempo está de nuestra parte porque poseemos una geografía
en la que podemos desplazarnos con mayor o menor libertad. Kim tiene
ciertamente ese sentimiento, y también lo posee el paciente coronel Creighton,
quien lo muestra en la manera esporádica y vaga en que aparece y desaparece. La
amplitud del espacio indio, el poder de la presencia británica y el sentimiento
de libertad trasmitido por la interacción entre aquel espacio y esta presencia
aumentan la atmósfera maravillosamente positiva que se respira en las páginas
de Kim. No vemos aquí el mundo de Flaubert o Zola, un mundo
condenado al irrefrenable desastre.
La atmósfera amable de la novela viene también, según mi criterio, del
propio talante de Kipling, que trasmite la sensación retrospectiva de estar en
la India como en su hogar. En Kim, los ingleses que representan el
Raj no parecen tener problemas con estar «en el extranjero». Para ellos, la
India no exige una defensa consciente ni les causa desazón o incomodidad. Los
agentes rusos francófonos admiten que en la India «no» han «dejado todavía su
marca».[30] En cambio, los británicos saben que
sí lo han hecho: hasta tal punto que Hurri, que se autoconfiesa «oriental», se
siente perturbado por la conspiración rusa a causa del peligro que corre el
Raj, y no a causa de su propio pueblo. Cuando los rusos atacan al lama y rompen
su mapa, lo que metafóricamente rasgan es la India; más adelante, Kim corregirá
el destrozo. La mente de Kipling se demora en las ideas de reconciliación,
curación y unidad al final de la novela, y los medios de los que se vale son
geográficos:
los británicos se apropian de nuevo de la India para poder volver a
gozar de su espaciosidad y para sentirse en casa una y otra vez.
Hay una sorprendente coincidencia entre la reafirmación de Kipling sobre
la geografía de la India y la de Camus en algunos de los cuentos argelinos
escritos casi un siglo después. Creo que sus gestos, en lugar de demostrar
confianza, son ya síntomas de un malestar escondido, casi inadvertido. Cuando
se pertenece a un lugar, no es necesario afirmarlo y mostrarlo continuamente:
se es de allí, como los árabes silenciosos de El extranjero o
los negros de pelo rizado de El corazón de las tinieblas o los
varios indios de Kim. En cambio, la apropiación colonial y,
por lo tanto, geográfica exige ese tipo de inflexiones afirmativas:
esos énfasis son las marcas de la cultura imperial que se afirma ante y para sí
misma.
En Kim, el dominio de Kipling, espacial y geográfico en
lugar de temporal, como en la novela europea metropolitana, adquiere especial
relieve a causa de factores políticos e históricos y expresa, por parte de
Kipling, una posición política irreductible. Es como si estuviese diciendo: la
India es nuestra y por lo tanto podemos abarcarla de la manera más
indiscutible, completa y satisfactoria. La India es lo «otro», y además, y no
menos importante, todas sus maravillosas dimensiones y variedades están bien controladas
por Gran Bretaña.
Kipling consigue otra coincidencia estéticamente satisfactoria que
también debe tomarse en cuenta. Se trata de la confluencia entre el Gran Juego
de Creighton y la capacidad inagotablemente renovada de Kim para el disfraz y
la aventura. Kipling mantiene estos dos elementos en estrecha relación. Se
trata de un recurso de vigilancia política y control, por un lado, pero
también, en un plano más profundo e interesante, de una expresión de deseo o
fantasía propia de alguien a quien le gustaría pensar que todo es posible, que
se puede ir a todos lados y ser cualquier cosa. En Los siete pilares de
la sabiduría, T.
E. Lawrence expresa reiteradamente esta fantasía cuando nos recuerda
cómo él, un inglés rubio y de ojos azules, se movía entre los árabes como si
fuese uno de ellos.
Considero que esto es una fantasía: tanto Kipling como Lawrence nos
recuerdan reiteradamente que nadie —y menos aún los blancos y no blancos en las
colonias— puede olvidar que «convertirse en nativo» o jugar el Gran Juego
depende de la solidez de los fundamentos del poder europeo. ¿Existió acaso un
nativo a quien engañasen los ojos verdes o azules de los Kim o los Lawrence que
se cruzaban con ellos como agentes aventureros? Lo dudo; como dudo que
cualquier blanco, hombre o mujer, dentro de la órbita del imperialismo europeo,
haya jamás olvidado que la discrepancia entre los gobernantes blancos y los
súbditos nativos era absoluta, y que además pretendía ser inmutable y estar
anclada en realidades culturales, políticas y económicas.
Kim, el héroe positivo que viaja disfrazado por toda la India, que cruza
cercas y tejados, que se adentra en pueblos y tiendas, es del todo responsable
ante el poder inglés representado por el Gran Juego de Creighton. Podemos ver
esto con toda claridad, porque después de la publicación de Kim, la
India se independizó de Inglaterra, como Argelia de Francia después de El
inmoralista de Gide y El extranjero de Camus. Al
poner retrospectiva y heterofónicamente estas obras mayores del
periodo imperialista contrapunto con otras historias y tradiciones, al leerlas
a la luz de la descolonización, no disminuimos su fuerza estética ni las
reducimos a propaganda imperialista. Sería un error todavía más grave leerlas
desgajadas de sus vínculos con los lazos del poder, que las informaban y las
hacían posibles.
Es evidente que solo el imperialismo británico hizo posible el truco
inventado por Kipling por el cual el control británico sobre la India (el Gran
Juego) coincide en detalle con la fantasía de Kim de vestirse para ser uno con
la India y más tarde remediar sus lacras. Debemos leer la novela en
cuanto realización de ese gran proceso acumulativo que en los años finales del
siglo XIX, antes de la independencia de la
India, llegaba a su momento de mayor intensidad: por un lado, vigilancia y control sobre ella; por el otro,
amor y fascinada atención a cada detalle. Fue el imperialismo británico el que
salvó el hiato entre el control político y el placer estético y psicológico.
Kipling lo comprendió, a pesar de que muchos de sus lectores posteriores
rehusaron aceptar esta verdad inquietante y hasta embarazosa. No se trataba
únicamente de la admisión del imperialismo británico en general, sino del
imperialismo en ese momento específico de su historia, cuando ya había perdido
de vista la dinámica desplegada por una evidencia humana y secular: la de que
la India existía antes de la llegada de los europeos, la de que una potencia
europea se había hecho con el control y la de que la resistencia india
inevitablemente llevaría a la lucha por sacudirse el yugo británico.
Al leer Kim en la actualidad comprobamos la ceguera
parcial de un gran artista que, a causa de sus propias vivencias en torno a la
India, confundió las realidades contempladas bajo esa luz ingenua con nociones
permanentes y esenciales. Kipling extrajo de la forma novelística cualidades
que trató de integrar a esa meta esencialmente engañosa. De seguro constituye
una gran ironía artística que no haya triunfado en este empeño y que su intento
de utilizar la novela para ese propósito reafirme, al contrario, su integridad
estética. De ninguna manera es Kim un panfleto político.
Podemos afirmar que el significado central del libro reside en la elección de
Kipling de una forma novelística y de un personaje, Kim O’Hara, que le
permitieron comprometerse profundamente con una India a la que amaba, pero que
nunca sería del todo suya. Entonces seremos capaces de ver en Kim un
gran documento de su momento histórico y un jalón estético en el camino hacia
la medianoche del 14 al 15 de agosto de 1947. Esa hora que muchos de sus
hijos han utilizado como punto de referencia para revisar en gran medida
nuestra comprensión de la riqueza y también de la continuidad de los problemas
del pasado.
6
El nativo bajo control
He tratado de centrarme, por un lado, en aquellos aspectos de la cultura
europea vigente que el imperialismo utilizaba mientras sus éxitos crecían; por
el otro, en la descripción de las maneras en que la Europa imperial se negaba o
no podía ver su carácter imperialista, mientras que, irónicamente, los no
europeos veían Occidente solo bajo ese aspecto. «Para el nativo», dice Fanon,
un valor europeo como la “objetividad” se volverá siempre en su contra».[1]
Aun así, ¿podemos afirmar que el imperialismo estaba tan integrado a la
Europa del siglo XIX que es imposible separarlo de la cultura como un todo? ¿Cambia el
significado de la palabra «imperialismo» si la usamos dentro de los términos
casi xenófobos de algunas obras de Kipling, si la referimos a sus textos más
sutiles o a los de sus contemporáneos Tennyson y Ruskin? ¿Está implicado en
ello cada producto de la cultura?
Hay dos respuestas evidentes. No, debemos proclamar, el concepto de
«imperialismo» tiene una carga de generalización que lastra de una vaguedad
inaceptable la interesante heterogeneidad de las culturas metropolitanas
europeas. En lo que respecta a la relación con el imperialismo, se deben
establecer diferencias entre las diversas obras de la cultura. Así, podremos
decir que a pesar de su autoritarismo respecto a la India, John Stuart Mill
tenía actitudes más complejas e ilustradas ante la noción de imperio que
Carlyle o Ruskin. Aún más: en el caso del problema de Irlanda, la posición de
principio de Stuart Mill retrospectivamente puede considerarse como admirable.
Algo similar es verdad respecto de Conrad o Kipling si los comparamos con
Buchan o Haggard. Sin embargo, oponerse a que la cultura sea considerada parte
del imperialismo puede convertirse en una táctica que impida cualquier tipo de
estudio serio de las relaciones de ambos términos. Si nos enfrentamos a ellos
con cuidado, podemos establecer varias provechosas formas de vinculación entre
ellos que enriquezcan y afirmen nuestras lecturas de los grandes textos de la
gran cultura occidental. La paradoja reside, desde luego, en que para nada
disminuye la riqueza, complejidad e interés de la cultura europea el hecho de
que haya apoyado casi sin restricciones la experiencia imperial.
Consideremos a Conrad y a Flaubert, escritores en actividad durante la
segunda mitad del siglo XIX; el primero, comprometido explícitamente con el imperialismo, mientras
que los lazos del segundo eran implícitos. A pesar de sus diferencias, los dos
exaltan igualmente personajes cuya capacidad para aislarse y rodearse de
estructuras creadas por ellos mismos es análoga a la del colonizador en el
centro del imperio que gobierna. Como guardianes de una totalidad mágica, Axel
Heyst en Victoria y San Antonio en La tentación de San
Antonio —obras tardías ambas— se retiran a sitios desde los cuales incorporan
un mundo hostil purgado de toda inquietante resistencia al control que ellos
quieren ejercer.
Estas retiradas solitarias tienen dentro de la obra de Conrad una larga
historia: Almayer, Kurtz en la Estación Interior, Jim en Patusan y, sobre todo,
Charles Gould en Sulaco. En Flaubert aparecen con creciente fuerza tras Madame
Bovary. Pero al revés de Robinson Crusoe en su isla, estas versiones del
imperialismo moderno que intentan la redención individual están
condenadas irónicamente a sufrir distracciones e irrupciones. Lo que los
personajes habían tratado de excluir de sus mundos aislados penetra a pesar de
todo. Es chocante la fuerza soterrada del control imperial presente en la
imaginería flaubertiana de la soberanía solitaria si la comparamos con las
representaciones explícitas de Conrad.
Dentro de los códigos de la ficción europea, estas interrupciones del
proyecto imperial son recordatorios realistas de que nadie puede retirarse del
mundo y confinarse dentro de una versión privada de la realidad. La evocación
de Don Quijote es aquí evidente, como lo es la continuidad con los aspectos
institucionales de la forma misma de la novela, donde la aberración individual
recibe habitualmente sus correctivos y sus castigos en nombre de los intereses
de una identidad corporativa. En los decorados abiertamente coloniales de
Conrad, las alteraciones son ocasionadas por europeos, y luego se adecuan a una
estructura narrativa que retrospectivamente se somete al escrutinio europeo
para su interpretación y cuestionamiento. Esto se puede ver en una obra temprana
como Lord Jim y en la tardía Victoria: un hombre
blanco retirado o idealista (Jim, Heyst) vive una vida de quijotesca reclusión
mientras su espacio es invadido por mefistofélicas emanaciones, por aventureros
cuyas subsecuentes malas andanzas serán examinadas retrospectivamente por un
narrador blanco.
El corazón de las tinieblas constituye
otro ejemplo: la audiencia de Marlow es inglesa y el mismo Marlow penetra en el
dominio privado de Kurtz como una inquisitiva mente occidental que quisiese dar
sentido a una revelación apocalíptica. Muchas lecturas llaman la atención muy
correctamente acerca del escepticismo de Conrad respecto a la aventura
colonial, pero rara vez se insiste en que al contar la historia de su viaje
africano, Marlow repite y confirma la actuación de Kurtz: devolver África a la
hegemonía europea a través del relato y la historización de su extrañeza.
Todo, los salvajes, la jungla, y hasta la superficie sembrada de miles
de remaches, se reúne en un vasto continente y subraya la necesidad de Marlow
de situar las colonias en el mapa imperial, bajo la cobertura de la
temporalidad de una historia que pueda narrarse, no importa cuán complicada y
rocambolesca resulte.
Para tomar dos prominentes ejemplos que sean equivalentes históricos de
Marlow, mencionaremos a sir Henry Maine y a sir Roderick Murchison, ambos
famosos por sus abundantes producciones culturales y científicas: producciones
incomprensibles fuera del contexto imperialista. En su gran estudio Ancient
Law (1861), Maine explora la estructura de la ley en la sociedad
patriarcal primitiva que atribuye privilegios a «jerarquías» fijas y no puede
acceder a la modernidad a menos que transforme su base en «contractual». De
modo inquietante, Maine prefigura la historia de Foucault en Vigilar y
castigar, acerca de la transición, en Europa, desde la monarquía a la
vigilancia administrativa. La diferencia es que para Maine el imperio se
convierte en una especie de laboratorio en el que probar sus teorías, mientras
que Foucault utiliza el panóptico de Bentham, por entonces corriente en los
establecimientos correccionales europeos, como prueba de las suyas. Miembro de
la asesoría legal del Consejo del Virrey en la India, Maine consideraba su
estancia en Asia como un extensísimo «trabajo de campo». Combatió a los
utilitaristas en cuestiones concernientes a la ambiciosa reforma de la
legislación india (doscientas de sus normas se debían a su pluma) y consideraba
que su tarea era la definición y preservación de los indios que podían ser
rescatados del sistema «jerárquico» para convertirlos en miembros de élites
cuidadosamente adiestradas y atraerlos al sistema contractual de la política
británica. En Village Communities (1871) y en sus Conferencias
Rede, Maine desarrolló una teoría curiosamente semejante a la de Marx: al
convivir con el colonialismo inglés, el feudalismo indio seguiría
un desarrollo necesario. A su debido tiempo, afirmaba Maine, un señor
feudal llegaría para establecer las bases de la propiedad individual y así
favorecería la emergencia de una burguesía adecuada.
El igualmente sorprendente Roderick Murchison fue un soldado convertido
en geólogo, geógrafo y administrador de la Royal Geographical Society. Como
indica Robert Stafford en su fascinante relato de la vida y carrera de
Murchison, dada su formación militar, su recalcitrante conservadurismo, su
orgullo y voluntad a toda prueba y su celo enorme desde el punto de vista
científico y adquisitivo, era inevitable que enfocase su trabajo de geólogo con
la perspectiva de un ejército invencible cuyas campañas añadían poder y alcance
planetario al imperio británico.[2] Estuviese en Inglaterra, Rusia,
Europa, África, la India o las Antípodas, la obra de Murchison era el
imperio. Cierta vez dijo: «Viajar y colonizar siguen siendo las principales
pasiones de los ingleses, como en tiempos de Raleigh y Drake».[3]
Del mismo modo, los relatos de Conrad actualizan el gesto imperial de
apoderarse prácticamente del mundo entero y muestran sus beneficios, aunque
también subrayen sus insalvables ironías. La visión historicista de Conrad
engloba los otros elementos narrativos de la secuencia novelística; en su
dinámica se erige a Marlow, Kurtz y África como objetos de una
comprensión constitutivamente superior, aunque se admita que
problemática. Aun así, como he señalado antes, buena parte de la narrativa
conradiana se dedica a aquello que elude la expresión articulada: la jungla,
los nativos desesperados, el gran río, la vida oscura, magnífica e inefable de
África. En la segunda de las dos ocasiones en que un nativo pronuncia una
palabra inteligible, Conrad la pone en boca de «una insolente cabeza negra» que
aparece en la puerta para anunciar la muerte de Kurtz, como si solo un pretexto
europeo pudiera lograr que un africano hablase con coherencia. El relato de
Marlow es menos el reconocimiento de una diferencia esencial de
África que la admisión de la experiencia africana como parte de la
significación mundial de Europa. El sentido integral de África mengua, como si
con la muerte de Kurtz el continente volviese otra vez al vacío que su voluntad
imperial había luchado por conquistar. Hay muy poco trecho entre esta
perspectiva y el informe del rey Leopoldo de Bélgica acerca de su Asociación
Internacional del Congo, «que ha rendido tantos desinteresados y permanentes
servicios a la causa del progreso»,[4] informe citado por uno de sus
admiradores en 1885 como «el plan más noble y abnegado para el desarrollo de
África que jamás haya sido o vaya a ser puesto en práctica.»
La conocida objeción de Chinua Achebe a Conrad —a quien llama racista
porque deshumanizó totalmente la población africana nativa— no subraya
demasiado este aspecto de las primeras novelas de Conrad, que luego se torna
más acentuado y explícito en trabajos posteriores, como Nostromo y Victoria,
que no tratan de África.[5] En Nostromo, la historia
de Costaguana se corresponde con la de la despiadada familia blanca de
grandiosos planes y tendencias suicidas. Ni los indios locales ni los españoles
de la clase dominante en Sulaco ofrecen perspectivas alternativas: Conrad los
trata con la carga exótica y el mismo desdén piadoso que reserva para los
negros africanos y los campesinos del sur de Asia. A la postre, la audiencia de
Conrad era europea y sus obras tenían el efecto no de desafiar, sino de
confirmar ese hecho para reforzar la conciencia que de él se derivaba. Y ello,
a pesar de que así, paradójicamente, aliviaba su propio corrosivo escepticismo.
Una dinámica similar aparece en Flaubert.
A pesar de su sutileza y de la complejidad de sus redes, las formas
culturales incluidas que tratan acerca de localizaciones periféricas no
europeas son marcadamente ideológicas y selectivas (y aun represivas) en lo que
respecta a los «nativos». De semejante modo, pese a su «realismo», es
ideológico y represivo el pintoresquismo de la pintura colonial decimonónica:
[6] efectivamente, silencia al Otro,
reconstruye la diferencia en términos de identidad y domina y representa los
dominios imaginados no por sus habitantes inactivos sino por las potencias
ocupantes. Pero si algo interesa de todo esto es la respuesta a las siguientes
preguntas: ¿había algo que se resistiera a los relatos abiertamente imperiales
a la manera de Conrad?; ¿era monolítica esa visión europea consolidada?; dentro
de Europa, ¿era irresistible y carente de la menor oposición?
De hecho, el imperialismo europeo encontró una oposición en Europa, como
han demostrado A. P. Thornton, Porter y Hobson:[7] es cierto que, por ejemplo, los
abolicionistas Anthony Trollope o Goldwin Smith se erigieron en figuras
relativamente honorables dentro de los muchos movimientos grupales e
individuales. Pero la corriente de la cultura proimperialista era
abrumadoramente poderosa y triunfante y estaba representada por gentes como
Froude, Dilke y Seeley.[8] Como sostiene Stephen Neill en
Colonialism and Christian Missions,[9] los misioneros fueron capaces, aun
cuando funcionaban muchas veces como agentes de esta o aquella potencia
imperial, de atenuar los peores excesos coloniales. También es cierto que los
europeos llevaron innovaciones tecnológicas modernas —máquinas de vapor, el
telégrafo y hasta la educación— a algunos nativos, beneficios que, no del todo
exentos de aspectos negativos, perduraron tras el periodo colonial. Pero la
sobrecogedora pureza de la búsqueda imperial en El corazón de las tinieblas —cuando
Marlow reconoce que siempre ha sentido pasión por llenar los grandes espacios
vacíos del mapa— permanece como la realidad constitutiva y dominante en la
cultura de imperialismo. El gesto recuerda, en su impulsiva fuerza, a los
exploradores imperialistas reales, como Rhodes, Roderick Murchison
y Stanley. No existe ninguna forma de disminuir el poder discrepante
establecido por el imperialismo y prolongado en el encuentro colonial. Conrad
subraya esa realidad no solo en el contenido, sino
en la forma del informe a la Sociedad para la Supresión de las
Costumbres Salvajes, de diecisiete páginas, escrito por Kurtz. La idea de
civilizar y llevar luz a los lugares oscuros es antitética y lógicamente
equivalente a su fin efectivo: el deseo de «exterminar a los brutos» que pueden
no mostrarse cooperativos o albergar ideas de resistencia. En Sulaco, Gould es
al tiempo el patrón de la mina y el hombre que planea acabar con la empresa. No
es necesario ningún tipo de relación: la visión imperial se hace cargo a la vez
de la vida y de la muerte de los nativos.
Desde luego, era imposible hacer desaparecer a todos los nativos; al
revés: con el tiempo penetraban más y más la conciencia imperial. Siguieron
planes basados en argumentos religiosos y raciales para separar a los
africanos, malayos, árabes, bereberes, indios, nepalíes, javaneses o filipinos
del hombre blanco. Luego hubo que convertirlos en pueblos necesitados de la
presencia europea, ya como implantación colonial, ya como discurso del amo
dentro del cual pudiesen ajustarse y ponerse a trabajar. Frente a esto tenemos
primero a Kipling, que pinta al indio como una criatura que claramente necesita
de la tutela británica, uno de cuyos aspectos es la narrativa que engloba y
después asimila la India, puesto que sin los ingleses esta se hundiría hasta
desaparecer en su propia corrupción y subdesarrollo: aquí Kipling repite los
conocidos argumentos de James y John Stuart Mill y otros utilitaristas durante
el ejercicio de sus cargos en la India House.[10]
En segundo lugar, tenemos también el discurso sombrío del capitalismo
colonial, anclado en la política del libre comercio (y también derivado de la
literatura evangelista), en la cual, por ejemplo, el nativo indolente se nos
presenta otra vez como alguien naturalmente depravado y de carácter débil, muy
necesitado de un señor europeo. Este tipo de observaciones aparecen en
gobernantes coloniales como Joseph Gallieni, Hubert Lyautey, lord Cromer, Hugh
Clifford y John Bowring: «Tiene manos grandes y puede doblar las
plantas de los pies, porque acostumbra a trepar a los árboles y a
realizar otras funciones activas... Toda impresión que recibe es transitoria y
muestra una memoria débil respecto a los hechos pasados [...]. Pregúntesele la
edad y no podrá responder; quiénes son sus antecesores, ni sabe ni le importa
[...]. Su vicio principal es la pereza, que es su felicidad. Los trabajos que
la necesidad le exige los realiza con desgana».[11] Se dan también con monográfico rigor
en las disciplinas de los estudios sociales coloniales, como en los del
historiador Clive Day, que escribió en 1904: «En la práctica, ha sido imposible
asegurarse los servicios de la población nativa (javanesa) apelando a algún
tipo de deseo de mejorarse y de elevar su nivel de vida. Lo único que los saca
de su indolente rutina es el goce material inmediato».[12] Estas descripciones cosificaban a los
nativos y sus trabajos y resbalaban sobre las condiciones históricas reales,
suprimiendo además la evidencia de las condiciones penosas de trabajo y de la
resistencia.[13]
Además, estos informes borraban, obstaculizaban y elidían el poder real
del observador, quien por razones garantizadas solo por ese mismo poder y su
alianza con el espíritu de la historia mundial podía pronunciarse acerca de los
pueblos nativos desde un punto de vista invisible y de perspectiva
superobjetiva, utilizando los protocolos y la jerga de las nuevas ciencias para
desplazar el punto de vista de los «nativos». Según señala, por ejemplo, Romila
Thapar:
La historia de la India se convirtió en uno de los medios para propagar
esos intereses. La escritura histórica tradicional de la India, con su énfasis
en las crónicas y las biografías históricas, fue ampliamente ignorada. La
escritura europea de la historia de la India constituyó un intento de crear una
tradición histórica desde el principio. Los modelos historiográficos del pasado
indio que se formaron durante el periodo colonial en los siglos XVIII y XIX fueron probablemente similares a modelos surgidos en las historias
de otras sociedades coloniales.[14]
No menos capaces de
emitir juicios similares a los de los portavoces
gubernamentales franceses e ingleses fueron Marx y Engels, pensadores no
obstante opuestos a estas corrientes. Ambos campos políticos se sustentaban en
documentos coloniales: por ejemplo, el discurso completamente codificado del
orientalismo y la visión de Hegel de Oriente y África como estáticos,
despóticos e irrelevantes para la historia mundial. El 17 de septiembre de 1857
Engels no hacía más que repetir la doctrina colonial francesa cuando definía a
los moros de Argelia como «raza tímida» porque se mostraban cohibidos, pero
agregaba: «lo que no obstante ocultaban era su crueldad y espíritu vengativo,
mientras su carácter moral era muy bajo».[15] Así como Marx y Engels alimentan sus teorías
con datos sobre la ignorancia y superstición de africanos y asiáticos, también
Conrad usa relatos coloniales sobre nativos perezosos. Esta es la segunda
faceta de la apetencia imperial todavía no expresada. Mientras los contumaces
nativos materiales se transforman de seres inferiores en humanidad inferior, el
colonizador se convierte, del mismo modo, en un escriba invisible, cuyos
escritos informan acerca del Otro y a la vez insisten en el
desinterés de su empresa científica, así como en la firme mejora de la
condición, carácter y costumbres de los primitivos, atribuida, según ha
observado Katherine George[16] al contacto con la civilización
europea.[17]
A principios de este siglo y en el punto más álgido de desarrollo del
gran imperialismo, tenemos así una fusión coyuntural entre, por un lado, los
códigos historicistas de la escritura discursiva europea que proponen un mundo
universalmente accesible al examen trasnacional e impersonal y, por otro, un
mundo masivamente colonizado. El objeto de la consolidación de esta visión es
siempre una víctima o un personaje enormemente reprimido; amenazado
reiteradamente con severos castigos a pesar de sus múltiples virtudes,
servicios o logros; excluido ontológicamente por carecer de los méritos del
extranjero conquistador, guardián y civilizador. Para el
colonizador, el aparato de incorporación exige mantener un esfuerzo
continuo. Para la
víctima, el imperialismo ofrece esta alternativa: servir o ser
destruido.
7
Camus y la experiencia imperial francesa
Pero no todos los imperios eran iguales. De acuerdo con uno de sus más
famosos historiadores, el francés, a pesar de que actuaba tan interesado como
el británico en los beneficios, plantaciones y esclavos, estaba además cargado
de «prestigio.»[1] Los varios dominios adquiridos (y a
veces perdidos) a lo largo de casi tres siglos, se encontraban presididos por
su «genio» irradiante; en sí mismo, una función de la vocation
superieure de Francia, según los términos de Robert Delavigne y
Charles André Julien, compiladores de una obra fascinante, Les
Constructeurs de la France d’outre-mer.[2] Su galería de personajes empieza con
Samuel de Champlain y Richelieu e incluye procónsules tan formidables como
Bugeaud, conquistador de Argelia; Brazza, el hombre que estableció el Congo
francés; Gallieni, el pacificador de Madagascar; y Lyautey, quien, con Cromer,
fue el más poderoso gobernante europeo de los árabes musulmanes. No se puede
encontrar casi nada equivalente en la «óptica departamental» de los británicos,
y menos aún nada comparable al mucho más personal estilo francés dentro de una
gran empresa asimilacionista.
No importa si esta era solo una percepción de los franceses respecto a
sí mismos, porque la consistencia y regularidad de tales proclamas fueron
fuerzas impulsoras para la justificación de la adquisición territorial
antes, durante y después de los hechos. Cuando Seeley (cuyo famoso libro,
traducido al francés en 1885, fue muy admirado y comentado) dijo que el imperio
británico había sido conquistado casi sin querer, lo que hacía era describir de
este modo una actitud inglesa muy distinta a la de los tratadistas franceses
del imperio.
Como demuestra Agnes Murphy, la guerra francoprusiana de 1870 estimuló
directamente el aumento de las sociedades geográficas francesas.[3] A partir de ese momento, el estudio de la
geografía y las actividades exploratorias estuvieron ligadas al discurso y
adquisición del imperio (en la enorme popularidad de algunos personajes como
Eugène Étienne, fundador del Grupo Colonial en 1892, se puede dibujar la
aparición de la teoría imperialista francesa casi como si fuera una ciencia
exacta). Tras 1872, por primera vez, según Girardet, se desarrolló en la cúpula
del estado una doctrina política coherente de expansión colonial: entre 1880 y 1895
las posesiones coloniales de Francia aumentaron de uno a nueve millones y medio
de kilómetros cuadrados y de cinco a cincuenta millones de habitantes nativos.[4] En el Segundo Congreso Internacional
de Ciencias Geográficas de 1875, al que asistieron el presidente de la
República, el gobernador de París y el presidente de la Asamblea, almirante La
Rouciére, Le Noury dejó clara en su discurso inaugural la actitud dominante a
lo largo del encuentro: «Caballeros, la Providencia nos ha impuesto la
obligación de conocer y conquistar la tierra. Este supremo mandato supone
imperiosos deberes para nuestras inteligencias y tareas. La geografía, esa
ciencia que inspira devociones tan bellas y en cuyo nombre se han sacrificado
tantas víctimas, se ha convertido en la filosofía de la tierra».[5]
En las décadas siguientes a 1880 florecieron la sociología inspirada por
Gustave Le Bon, la psicología inaugurada por Léopold de Saussure, la
historia y, por supuesto, la antropología; todas ellas alcanzaron su
culminación en los Congresos Coloniales Internacionales (1889, 1894, etcétera)
o en el funcionamiento de grupos específicos, como el Congreso Internacional de
Sociología Colonial de 1890 o el de Ciencias Etnográficas de París en 1902.
Regiones enteras del mundo se convirtieron en objetos de la erudición colonial:
Raymond Betts señala que la Revue Internationale de Sociologie dedicó
informes anuales a Madagascar (1900) y a Laos y Camboya (1908).[6] Lo que guiaba las estrategias
imperiales francesas era la teoría ideológica de la asimilación colonial,
surgida tras el hundimiento de la Revolución; y también las teorías de los
tipos raciales: la de Le Bon (razas superiores, primitivas, inferiores e intermedias);
la filosofía de la fuerza pura de Ernest Seillière; las teorías sistemáticas de
práctica colonial de Albert Sarraut y Paul Leroy-Beaulieu; o el principio de
dominación de Jules Harmand.[7]
Los nativos y sus tierras no debían ser tratados como entidades capaces
de convertirse en francesas, sino como posesiones cuyas inmutables
características exigían separación y supervisión, aunque esto no excluyese
la mission civilisatrice. Por influencia de Alfred Fouillée,
François Joseph Clozel y Giran, estas ideas se convirtieron en
lenguaje y, dentro de las colonias mismas, en una práctica que se asemejaba
estrechamente a ciencia del gobierno de esos inferiores cuyos recursos, tierras
y destinos estaban a cargo de Francia. En el mejor de los casos, Francia
establecía con Argelia, Senegal, Mauritania o Indochina relaciones de asociación a
través de una «sociedad jerarquizada», según sostiene René Maunier en The
Sociology of Colonies,[8] pero Betts señala con acierto que, a
pesar de ello, la teoría del imperialismo no se desarrolló por
invitación sino por la fuerza, y que si se consideran en perspectiva aun las
más nobles doctrinas, su éxito dependía de que esta ultima ratio fuese
evidente.[9]
Si comparamos cómo los franceses discuten y se proponen el imperio con
la realidad de la conquista imperial, causarán sorpresa las muchas disparidades
e ironías. A Lyautey, Gallieni, Louis L. C. Faidherbe o Bugeaud, generales,
procónsules o administradores, se les permitía siempre actuar con enérgica y
urgencia draconianas en razón de consideraciones pragmáticas. Jules Ferry y
otros políticos que articulaban la política imperial antes y durante los
hechos, se reservaban el derecho de proponerse objetivos que limitasen a los
nativos, como «la gestion même et... la defense du patrimoine nationale».[10] Para los grupos de presión y lo que
hoy llamamos publicistas —desde novelistas y agitadores nacionalistas a
filósofos y mandarines intelectuales—, el imperio francés aparecía conectado de
modo único con la identidad nacional francesa, con su brillo, energía
civilizadora y especial desarrollo geográfico, social e histórico. Nada de esto
tenía la menor consistencia ni se correspondía con la vida cotidiana en la
Martinica, Argelia, Gabón o Madagascar, la cual era, para decirlo de manera
suave, difícil para los nativos. Además, otros imperios —el alemán, el
holandés, el británico, el belga, el norteamericano— hostigaban a Francia,
provocando guerras exteriores (como en Fachoda); negociando con ella (como en
Arabia en 1917-1918), amenazándola o emulándola.[11]
En Argelia el proceso conducía inexorablemente a convertirla en
francesa, a pesar de las inconsistencias de las diversas políticas
gubernamentales desde 1830. Primero se quitó la tierra a los nativos y se
ocuparon sus edificios; luego los colonos franceses se hicieron con el control
de los bosques de alcornoque y los depósitos minerales. Después, como señala
David Prochaska para el caso de Annaba (antes llamada Bône) «desplazaron a los
argelinos y poblaron el sitio con europeos».[12] Después de 1830, y durante varias
décadas, el capital que tuvo su origen en el botín dirigió la economía,
disminuyó la población nativa e hizo que aumentaran los colonos. Comenzó a
existir una economía dual: «la economía de los europeos podría
compararse por vínculos y volumen a una economía capitalista bien centrada,
mientras que la argelina se puede homologar a una economía de bazar
precapitalista».
[13] Así, mientras
«Francia se reproducía a sí misma en Argelia»,[14] se relegaba a los argelinos a la
pobreza y la marginalidad. Prochaska compara el relato de un colono francés
sobre Bône con otro de un patriota argelino, cuya versión de los sucesos de
Annaba es «como leer al revés a los historiadores franceses de Bône».[15]
Sobre todo y por encima de todo, Arnaud exalta los progresos llevados a
cabo por los franceses tras la confusión dejada por los argelinos de Bône. «No
es que la “vieja” ciudad deba conservarse intacta porque está “sucia”», sino
porque «solo así el visitante [...] podrá entender mejor la grandeza y la
belleza de la tarea francesa llevada a cabo en este país, en este pequeño y feo
poblado árabe de apenas mil quinientos habitantes, en un lugar casi desierto,
estéril y prácticamente desprovisto de recursos naturales».[16]
Es comprensible que el libro de H’sen Derdour acerca de Annaba titule el
capítulo sobre la revolución argelina de 1954-1962: «Argelia, prisionera en un
campo de concentración universal, se sacude el colonialismo y consigue su
libertad».[17]
A unos veinticinco kilómetros de Bône está Mondovi, fundada en 1849 por
obreros «rojos» transportados por el Gobierno de París con el fin de quitarse
de encima elementos políticamente conflictivos, y con tierras previamente
expropiadas a los nativos argelinos. La investigación de Prochaska muestra cómo
Mondovi empieza por ser una localidad de viñedos satélite de Bône: allí nació
en 1913 Albert Camus, hijo de una «jornalera española y de un vinatero
francés».[18]
Si hay algún autor
de la Argelia francesa que tenga rango universal, ese es
Albert Camus. Como
sucede con Jane Austen un siglo antes, en la obra de
Camus se han
desvanecido los hechos de la realidad imperial, que tan
claramente podrían observarse. Como en Austen, se ha conservado un ethos visible,
que sugiere universalidad y humanismo y que está en profunda contradicción con
las descripciones geográficas abiertamente ofrecidas en sus novelas. Fanny
controla Mansfield Park y la plantación en Antigua, así como Francia controla
Argelia y, dentro del mismo giro narrativo, gobierna también el desconcertante
aislamiento existencial de Meursault.
Dentro del proceso de descolonización de la Francia del siglo XX, con sus desagradables turbulencias coloniales, Camus es
particularmente importante. Se trata de una figura imperial muy tardía que no
solo ha sobrevivido al fin del imperio sino que permanece como escritor
«universalista» anclado en un colonialismo hoy olvidado. Aún más interesante es
su relación retrospectiva con George Orwell. Como Orwell, Camus se convirtió en
un escritor conocido en relación con problemas centrales en los años treinta y
cuarenta: el fascismo, la Guerra Civil española, la resistencia ante los
ataques fascistas, las cuestiones de la pobreza y la injusticia social vistas
desde dentro del discurso del socialismo, las relaciones entre escritores y
políticos y el papel del intelectual. Ambos eran famosos por la claridad y
limpidez del estilo — recordaremos aquí la descripción de Roland Barthes del
estilo camusiano en términos de écriture blanche en El
grado cero de la escritura (1953)—[19] y también por la despojada claridad
de sus formulaciones políticas. Los dos sufrieron con poco felices resultados
la transformación inherente a los años de la posguerra. Los dos tienen un
interés póstumo: escribieron novelas que hoy parecen tratar de cosas muy
diferentes a las que aludían en su momento. En la esfera de la polémica de la
Guerra Fría los exámenes ficticios de Orwell sobre el socialismo británico
adquirieron una cualidad profética (si se está de acuerdo con ellos) y
sintomática (si no se aceptan). Los relatos de Camus sobre la resistencia y la
confrontación existenciales, que antes parecían versar sobre la solidaridad y
el enfrentamiento con la muerte y el nazismo, hoy
podemos leerlos
como parte del debate acerca de cultura e imperialismo.
A pesar del ataque profundo de Raymond Williams a la visión social de
Orwell, este sigue siendo reivindicado por los intelectuales de la derecha y de
la izquierda.[20] ¿Era Orwell un neoconservador
adelantado a su tiempo, como sostiene Norman Podhoretz, o un héroe de la
izquierda, como afirma más convincentemente Christopher Hitchens?[21] De algún modo, Camus se encuentra más
alejado de las preocupaciones angloamericanas actuales, pero se lo cita como
crítico, moralista político y novelista admirable en debates sobre terrorismo y
colonialismo.[22] El paralelo llamativo entre Camus y
Orwell reside en que los dos se han convertido en figuras ejemplares para sus
culturas respectivas, figuras cuya importancia proviene de la fuerza inmediata
de sus contextos nativos, aunque parezcan trascenderlos. Este rasgo queda
perfectamente claro en la descripción de Camus al final de la ágil
desmitificación llevada a cabo por Conor Cruise O’Brien. Se trata de un libro
muy similar al estudio de Orwell por Raymond Williams (ambos fueron escritos
para la misma serie, Modern Masters). Dice O’Brien de Camus:
Probablemente ningún escritor europeo de su tiempo dejó una huella tan
profunda en la imaginación y en la conciencia moral y política de su propia
generación y de la siguiente. Se sentía intensamente europeo porque pertenecía
a la frontera de Europa y era consciente de la amenaza. La amenaza también
apeló a su conciencia. La rechazó, pero no sin conflicto.
Ningún otro escritor, ni siquiera Conrad, es más representativo de la
conciencia occidental en relación consigo misma y con el mundo no occidental.
El drama interno de su obra es el desarrollo de esa relación, llevada a cabo
bajo presión creciente y con creciente angustia.[23]
Tras exponer rigurosa y casi cruelmente las conexiones entre las más
famosas novelas de Camus y la situación colonial en Argelia, O’Brien le perdona
la vida. En la idea de O’Brien de que Camus pertenecía a la «frontera de
Europa» hay una sutil caída en la trascendencia: nadie que sepa algo sobre
Francia, Argelia y Camus —y O’Brien sabe mucho— diría que el
lazo colonial se daba entre Europa y sus fronteras. De igual manera,
Conrad y Camus no son solo representantes de algo tan evanescente como la
«conciencia europea», sino de la dominación europea en el
mundo no europeo. Conrad concreta este punto abstracto con toda precisión en su
ensayo «Geography and Some Explorers», donde elogia la exploración británica
del Ártico y termina con un ejemplo de su propia «geografía militante». Se trata
del modo en que «al poner un dedo en un punto justo del, por entonces, corazón
blanco de África, declaraba que algún día iría allí.[24] Por supuesto que fue allí y legitimó el gesto
en El corazón de las tinieblas.
Ese colonialismo occidental que O’Brien y Conrad encuentran tan difícil
de describir es, primero, una penetración más allá de la
frontera europea y hacia el corazón de otra entidad
geográfica. Además, se trata de una penetración específica y no de
una «conciencia occidental» ahistórica «en relación con un mundo no
occidental»: muchos indios o africanos nativos consideraban que lo que los
oprimía tenía menos que ver con la conciencia europea que con prácticas
coloniales específicas como la esclavización, las expropiaciones de tierras o
los ejércitos exterminadores. Se trata, en suma, de una relación trabajosamente
construida en la que Francia y Gran Bretaña se autodenominaban «Occidente»
frente a frente con pueblos inferiores, subordinados, habitantes de un «mundo
no occidental» inerte y profundamente subdesarrollado.[25]
Las elisiones y omisiones en el, por otra parte, riguroso análisis de
O’Brien tienen lugar cuando este se enfrenta a Camus en sus aspectos
individuales: un artista angustiado ante la necesidad de elecciones cargadas de
dificultad. A diferencia de Jean-Paul Sartre y Francis Jeanson, para quienes,
de acuerdo con O’Brien, la oposición a la política francesa durante la guerra
de Argelia fue muy fácil, Camus, nacido y educado en Argelia, con su familia
residente allí aún después de su establecimiento en Francia, el compromiso en
la lucha
con el FLN era una cuestión de vida o muerte. Se puede estar de acuerdo
en gran medida con O’Brien, pero es mucho menos fácil aceptar el modo en que
este eleva las dificultades de Camus al rango de «conciencia europea», que
constituiría así un receptáculo vacío de todo, salvo de la capacidad para
reflexionar y sentenciar.
O’Brien exonera además a Camus de estas cargas subrayando su experiencia
individual privilegiada. Con esta táctica el lector puede sentir simpatía por
Camus: fuera cual fuese la infortunada naturaleza colectiva de la conducta
colonial en Argelia, no hay razón para culpar a Camus de ella: a pesar de su
educación enteramente francesa —bien descrita por Herbert Lottman en su
biografía—[26] eso no le impidió elaborar antes de
la guerra un famoso informe acerca de la mísera situación del lugar y señalar
que esta se debía sobre todo al colonialismo francés.[27] Nos encontramos así con un hombre
moral en una situación inmoral. Camus se centra en el problema individual en
medio de un paisaje social, tanto en El extranjero como
en La peste y en La caída. Allí se ensalzan
la madurez desilusionada, el autodominio y la justicia moral en
medio de una situación confusa.
Aquí conviene poner en claro tres problemas metodológicos. El primero
supone interrogarse y deconstruir la elección del espacio geográfico de El
extranjero (1942), La peste (1947) y un conjunto de
cuentos extremadamente interesante reunidos bajo el título de El
exilio y el reino (1957). ¿Por qué fue Argelia el paisaje
de esas obras, cuya referencia principal, al menos en el caso de las dos
primeras, ha sido siempre atribuida a Francia, en general, y a la Francia
ocupada por los nazis, en particular? O’Brien va más lejos que otros críticos y
afirma que esa elección no es inocente, y que buena parte de los relatos (por
ejemplo, el juicio de Meursault) consiste en una justificación subrepticia o
inconsciente de la presencia francesa en Argelia, o un intento ideológico de
embellecerla.[28] Pero si queremos establecer una
continuidad
entre Camus como artista individual y el colonialismo francés en
Argelia, debemos preguntarnos si las obras de Camus están en conexión con otras
anteriores y más abiertamente imperialistas y si Camus ha sacado lecciones de
ellas. Al ampliar la perspectiva histórica desde Camus como escritor solitario
y atractivo de los años cuarenta y cincuenta de este siglo e incluirlo en el
siglo de presencia francesa en Argelia, quizá entenderemos mejor no solo la
forma y el sentido ideológico de sus novelas sino también la medida en que su
obra se refiere a la naturaleza de la empresa francesa en África, el grado en
que la influye, la afirma y la hace más precisa.
Un segundo problema metodológico tiene que ver con las pruebas
necesarias para ampliar la perspectiva y la cuestión, relacionada con ella, de
quién hace el trabajo de interpretación. Será fácil que un crítico europeo de
tendencia historicista profese la creencia de que Camus representa la
conciencia trágicamente inmovilizada de Francia ante la crisis europea en una
de sus grandes conflagraciones, si bien parece que Camus consideró, hasta su
muerte en 1960, que se podían salvar y mantener las implantaciones coloniales.
Esta consideración constituyó sencillamente un error histórico: en 1962 los
franceses cedieron sobre toda reclamación y posesión argelina. De hecho, puesto
que sus obras aluden claramente a la Argelia contemporánea, la preocupación
general de Camus no era la evolución dramática de los grandes cambios a lo
largo de la extensión histórica del destino de Francia y de Argelia, sino el
estado real de los asuntos francoargelinos. Salvo en excepcionales ocasiones,
Camus deja de lado o sobrevuela la historia, lo cual hubiese sido imposible
para un argelino, para quien la presencia francesa era un sojuzgamiento
cotidiano. Por lo tanto, un argelino hubiese contemplado el año 1962 como final
de una larga e infeliz época de la historia, comenzada con la llegada de los
franceses en 1830 y como triunfante inauguración de una nueva fase. Un modo
correlativo de interpretar las novelas de Camus es,
entonces, verlas no como relatos acerca de la situación interior del
novelista, sino como intervenciones en la historia de los esfuerzos franceses
en Argelia, esfuerzos para hacerla y conservarla francesa. Así, lo que
deberíamos hacer es poner en relación las incorporaciones y suposiciones de
Camus acerca de la historia de Argelia con las escritas por argelinos después
de la independencia, para adquirir una significación más plena del
enfrentamiento entre el nacionalismo argelino y el colonialismo francés. Sería
correcto considerar la obra de Camus en su alianza histórica con la aventura
colonial francesa (puesto que la consideraba inmutable) y con la creciente
oposición a la independencia de Argelia. Esta perspectiva argelina podría abrir
y mostrar aspectos escondidos, dados por supuestos o negados por Camus.
Por último, existe un valor metodológico crucial en la observación de
cualidades de detalle, cuidado e insistencia en el análisis de la alta
condensación característica de los textos camusianos. Generalmente, los
lectores tienden a asociar las novelas de Camus con otros relatos franceses
sobre Francia no solo porque su lenguaje y sus formas vienen de tan ilustres
antecedentes como Adolphe, de Benjamin Constant, y Tres
cuentos, de Flaubert, sino porque la elección de un paisaje argelino parece
incidental ante los urgentes problemas morales que plantean las novelas. Es
verdad que Meursault mata a un árabe, pero el árabe no tiene nombre y
aparentemente carece de historia, salvo un padre y una madre; es verdad que los
árabes mueren de peste en Orán, pero tampoco tienen nombre, mientras que Rieux
y Tarrou son llevados al primer plano de la acción. Se podría argüir que
debemos leer los textos en razón de la riqueza de lo que allí encontramos y no
buscando aquello que esté excluido. Pero quiero insistir en que en sus novelas
se hallan pistas de todo lo que se suponía borrado: detalles sobre una
conquista imperial iniciada en 1830, existente a lo largo de la vida de Camus y
que se proyecta sobre la composición de los textos.
Esta restauración interpretativa no quiere ser una venganza. Tampoco
trato de culpar retrospectivamente a Camus por haber ocultado
cosas acerca de Argelia; en varios textos titulados Crónicas argelinas muestra
grandes dificultades para exponerlas. Lo que quiero es considerar las obras de
Camus como un elemento de la geografía política de Argelia, metódicamente
construida por los franceses. Esta geografía fue trabajo de muchas generaciones
y su objetivo general era ofrecer un impresionante relato de la oposición
política e interpretativa a las razones coloniales francesas para la
representación, ocupación y posesión del mismo territorio; hay que recordar que
Camus intentó esto al mismo tiempo que los británicos abandonaban la India. Su
escritura está imbuida de una sensibilidad colonial extraordinariamente tardía
y hasta cierto punto fracturada que, sin embargo, logra desplegar un gesto
imperial dentro de la forma de la novela realista, revitalizando sus recursos
en un momento muy posterior al de sus grandes logros europeos.
Como locus classicus utilizaré un episodio cercano al
final de «La femme adultère» en el que la protagonista, Janine, deja el lecho
de su marido durante una noche de insomnio en un pequeño hotel del campo
argelino. El marido, prometedor estudiante de leyes en su juventud, se ha
convertido en viajante de comercio; tras un largo y agotador viaje en autobús,
la pareja llega a su destino y allí él hace la visita a sus variados clientes
árabes. Durante el viaje Janine se ha sentido impresionada por la pasividad silenciosa
e inmutable de los nativos; su presencia le parece un dato natural apenas
evidente, poco relevante para sus conflictos emocionales. Cuando deja a su
marido dormido y sale del hotel, Janine se encuentra al vigilante nocturno, que
le habla en árabe, lengua que ella parece no entender. El clímax del cuento es
una notable comunión, casi panteísta, que ella experimenta respecto del cielo y
del desierto. Creo que es evidente que la intención de Camus es presentar la
relación entre
mujer y geografía en términos sexuales, como alternativa a su casi extinguida
relación con su marido. De ahí el adulterio del título:
Giraba con ellas (con las estrellas a la deriva en un cielo que se
«movía en una especie de vuelta lenta») y el progreso aparentemente conseguido
la identificaba poco a poco con el centro de su ser, donde el frío y el deseo
estaban ahora luchando el uno con el otro. Ante ella las estrellas caían una
tras otra y se desvanecían entre las piedras del desierto; Janine se abría cada
vez un poco más ante la noche. Respirando hondo, olvidó el frío, el peso de los
otros, la vida loca o fingida, la larga angustia de vivir y morir [le poids
des êtres, la vie dementé ou figée, la longue angoisse de vivre et de mourir].
Tras tantos años de escapar sin rumbo y sin tino del miedo, al fin se había
detenido. Al mismo tiempo, apoyada en el parapeto, parecía estar
recobrando sus raíces y de nuevo la savia creció en ella, mientras se tensaba
ante el cielo en movimiento; lo único que hizo fue esperar que su corazón
palpitante se calmara y se estableciera el silencio. Las últimas estrellas de
las constelaciones dejaron caer sus racimos un poco más abajo, en el horizonte
del desierto, y quedaron inmóviles. Después, con una casi insoportable
suavidad, el agua de la noche empezó a llenarla, ahogando el frío, surgiendo
gradualmente del centro oscuro de su ser para desbordar en movimientos
ininterrumpidos hasta su boca llena de gemidos [l’eau de la nuit... monta
peu à peu du centre obscur de son être et déborda en flots ininterrompus
jusqu’à sa bouche pleine de gemissements]. Al momento, todo el cielo se
precipitó sobre ella y cayó de espaldas sobre la tierra fría.[29]
El efecto conseguido es el de un momento fuera del tiempo en el que
Janine escapa de las sórdidas circunstancias de su vida presente y entra en el
reino que da título al volumen; o como decía Camus en una nota que quería
insertar en las posteriores ediciones: «au royaume... [qui] coincide avec un
certaine vie libre et nue que nous avons à retrouver pour renaître enfin»
(«un reino... [que] coincide con una cierta vida libre y desnuda
que depende de nosotros reencontrar para finalmente volver a nacer»).[30] Su pasado y su presente se
desvanecen, como la realidad de los otros (le poids des êtres,
sintomáticamente mal traducido en inglés por «peso muerto de las otras
personas»; the dead weight of other people por Justin
O’Brien). En este pasaje, Janine «llega finalmente a un punto» inmóvil y
fecundo, preparado para la comunión con este trozo de cielo y de desierto donde
la mujer —pied
noir y colon— descubre sus
raíces, haciéndose así eco de la nota explicativa de Camus, proyectada como
aclaración posterior de los seis relatos. Su identidad real o lo que puede
llegar a serlo serán juzgadas más tarde, cuando alcanza lo que es un
inconfundible clímax sexual: Camus habla aquí del «centre obscur de son être»,
que sugiere tanto su experiencia de inseguridad e ignorancia como la del propio
Camus. Sus circunstancias específicas de mujer francesa en Argelia no importan
porque ha conseguido un acceso superior instantáneo, inmediato y directo a esos
cielos y esas tierras.
Cada uno de los cuentos de El exilio y el reino (con la
excepción de una torpe parábola de la vida artística parisina, carente de
cualquier logro) versan sobre el exilio de personajes en la historia no europea
—cuatro relatos suceden en Argelia, uno en París y otro en Brasil—. Esa
historia es profunda y amenazadoramente inquietante, y los personajes tratan de
lograr un precario momento de reposo, de distancia idílica, de realización
poética. Solo en «La femme adultère» y en un relato ambientado en Brasil en el
cual a través del sacrificio y el compromiso un europeo logra que los nativos
lo reciban en el círculo de su intimidad como sustituto de uno de ellos, que ha
muerto, se sugiere que Camus se ha permitido creer que los europeos pueden
conseguir una identificación firme y satisfactoria con los territorios de
ultramar. En «Le renégat», un misionero es hecho prisionero por una tribu de
marginados del sur argelino (hay un fantasmal paralelo con A Distant
Episode de Paul Bowles) y se convierte en un sólido miembro de la
tribu, combatiendo en una emboscada contra el ejército francés. Como si
convertirse en nativo solo pudiese ser resultado de una mutilación que
produjera una enfermiza, y en última instancia inaceptable, pérdida de
identidad.
Unos pocos meses separan este libro relativamente tardío (1957), cuyos
cuentos, publicados por separado, precedieron y siguieron la aparición de La
caída (1956), de las últimas piezas de Camus, las Crónicas
argelinas, de
1958. A pesar de que algunos pasajes de El exilio y el reino retroceden
al lirismo temprano y la nostalgia controlada de Bodas, una de las
pocas obras de Camus que tratan de la vida en Argelia, los relatos están llenos
de preocupación por la crisis que se avecina. Debemos recordar que la
revolución argelina fue oficialmente anunciada e iniciada el 1 de noviembre de
1954, que la masacre de Sétif llevada a cabo por tropas francesas contra
civiles argelinos se había producido en mayo de 1945 y que los años anteriores,
mientras Camus estaba trabajando en El extranjero, estuvieron
jalonados por numerosos episodios de la larga y sangrienta resistencia argelina
contra los franceses. A pesar de que Camus, de acuerdo con todos sus biógrafos,
creciese en Argelia como francés, lo hizo rodeado de los signos de
la lucha entre franceses y argelinos, la mayoría de los cuales parecieron
desvanecerse. En sus últimos tiempos, fueron trasladados abiertamente al
lenguaje, la imaginería o la descripción geográfica de una singular voluntad
francesa que se enfrentaba a los habitantes musulmanes nativos de Argelia. En
1957, en su libro Présence française et abandon, François
Mitterrand afirmaba con franqueza: «Sans Afrique, il n’aura pas l’histoire
de France au XXIe siècle».[31]
Para situar el contrapunto de Camus respecto al
conjunto —si dejamos de lado una pequeña parte— de su historia real, hay que
estar al tanto de sus verdaderos antecedentes franceses, así como de la obra de
los novelistas, historiadores, sociólogos y especialistas en ciencias políticas
argelinos posteriores a la independencia. Existe todavía hoy una tradición
eurocéntrica, persistente y fácilmente descifrable, que se obstina en cerrarse
interpretativamente hacia todo lo que Mitterrand, Camus, y sus personajes de
ficción dejaron fuera de su visión de Argelia. En los últimos años de su vida,
cuando Camus, pública y vehementemente, se opuso a las exigencias nacionalistas
formuladas por los combatientes de la independencia de
Argelia, lo hizo en los mismos términos en que había representado a
Argelia desde los inicios de su carrera literaria, aunque ahora sus palabras
estaban cargadas de los deprimentes acentos de la retórica oficial
anglofrancesa posterior al episodio de Suez. Sus observaciones sobre el
«coronel Nasser» y acerca del imperialismo árabe y musulmán nos son familiares,
pero hay una posición política severamente desafiante sobre Argelia, que se
presenta como todo un resumen, sin adorno ninguno, de sus obras previas:
... en ce qui concerne l’Algérie, l’independence nationale est une
formule purement passionnelle. Il n’y a jamais eu encore de nation algérienne.
Les Juifs, les Turcs, les Grecs, les Italiens, les Berbères, auraient autant de
droit á réclamer la direction de cette nation virtuelle. Actuellement, les
Arabes ne forment pas a eux seuls toute l’Algérie. L’importance et ancienneté
du peuplement francais, en particulier, suffisent à créer un problème qui ne
peut pas se comparer à rien dans l’histoire. Les Francais d’Algèrie sont, eux
aussi, et au sens fort du terme, des indigènes. Il faut ajouter qu’une Algérie
puramente arabe ne pourrait accéder a l’independence économique sans laquelle
l’independence politique n’est qu’un leurre. Si insuffisant que soit l’effort
français, il est d’une telle envergure qu’auncun pays, à l’heure actuelle, ne
consentirait à le prendre en charge.[32]
(En lo que respecta a Argelia, la independencia nacional es una fórmula
puramente pasional. Nunca ha existido una nación argelina. Judíos, turcos,
griegos, italianos y bereberes podrían creerse con derecho a reclamar el
liderazgo de esta nación virtual. En la actualidad, los árabes no forman la
totalidad de Argelia. En particular, la importancia y la antigüedad de los
asentamientos franceses bastan para crear un problema que no encuentra parangón
en la historia. Los franceses de Argelia también son, en el sentido fuerte del
término, indígenas. Hay que agregar que una Argelia puramente árabe sería
incapaz de acceder a la independencia económica, sin la cual la independencia
política es únicamente ilusoria. Aun siendo el esfuerzo francés insuficiente,
su envergadura es tal que ningún otro país accedería a asumir esa
responsabilidad).
La ironía reside en que cuando en las novelas u obras descriptivas de
Camus se narra una historia, la presencia francesa en Argelia se muestra como
algo exterior, como una esencia no sujeta al tiempo o a la interpretación (como
en el caso de Janine) o como la única secuencia que vale la pena presentar como
historia. (Qué diferente el tono y la actitud de Pierre Bourdieu
en Sociologie de l’Algérie, también publicada en 1958, cuyos
análisis refutan las fórmulas insustanciales de Camus y donde se habla
abiertamente de guerra colonial como resultado de dos sociedades en conflicto).
La cerrazón de Camus explica el vacío y la ausencia de historia del árabe
muerto por Meursault, y de ahí también el sentido de la devastación de Orán
en La peste, que no está concebido para expresar en primer lugar
las muertes de árabes (que después de todo, son las que cuentan desde el punto
de vista demográfico), sino la conciencia francesa.
Sería adecuado afirmar que las obras de Camus plantean severos y
ontológicos reclamos coloniales a la geografía de Argelia. Para cualquiera que
haya tenido aunque sea la más leve familiaridad con la aventura colonial
francesa en Argelia, estos reclamos son tan disparatados y anómalos como la
declaración del ministro francés Camille Chautemps, en 1938, cuando afirmó que
en Argelia el árabe era una «lengua extranjera». Pero no pertenecen solo a
Camus, a pesar de que él les otorgara una suerte de transparencia y continua
vigencia. Él las heredó o aceptó acríticamente, como fórmulas convencionales
acuñadas en la larga tradición de la escritura colonial argelina, hoy olvidada
o no advertida por lectores y críticos, la mayoría de los cuales encuentra más
fácil interpretar la obra de Camus en términos de reflexión acerca de la
«condición humana».
Manuela Semidei ha realizado una notable investigación en los libros
escolares franceses en el periodo que va desde la Primera Guerra Mundial hasta
la posguerra de la Segunda y ofrece allí un excelente repertorio de las
abundantes suposiciones acerca de las colonias francesas que compartían los
lectores y los críticos contemporáneos de Camus. Sus descubrimientos muestran
un firme aumento de la insistencia en el papel colonial de los franceses
después de la Primera Guerra, en los «episodios gloriosos» de su historia de
«potencia mundial» y también líricas descripciones de los logros
coloniales franceses, con el establecimiento de la paz y la prosperidad
duraderas, los abundantes hospitales y escuelas para beneficio de los nativos,
etcétera. Hay referencias ocasionales al uso de la violencia, pero teñidas por
el énfasis puesto más bien en el maravilloso cometido francés de acabar con la
esclavitud y el despotismo y reemplazarlos por paz y prosperidad. En primer
lugar aparecen las menciones del norte de África, pero según Semidei no existe
ningún tipo de admisión de la posibilidad de que las colonias se
independizaran; los movimientos nacionalistas de los años treinta son
presentados como «dificultades», más que como desafíos preocupantes.
Semidei también observa que estos textos de entreguerra establecen
comparaciones con el imperio británico, y favorecen en la comparación al
gobierno francés colonial. Hacia 1930 este motivo se repite insistentemente.
Cuando se hace referencia a la violencia en Argelia, por ejemplo, se la
disfraza presentándola como una obligación del ejército francés, que se ve
obligado a tomar medidas a causa del «peligro de pillaje y el ardor religioso
de los nativos».[33] Ahora, en cambio, Argelia se ha
convertido en una nueva Francia: próspera, llena de nuevas escuelas, hospitales
y carreteras. Aún tras la independencia, la historia colonial francesa se
presenta como esencialmente constructiva, ya que permitió la existencia de
lazos «fraternales» entre la metrópoli y sus antiguas colonias.
Hay una marcada persistencia en el modo en que una sola de las partes
del enfrentamiento se supone relevante para la audiencia francesa; también la
hay en la manera embarazosa en que la dinámica real de la implantación colonial
y la resistencia nativa debilita la fuerza del atractivo humanismo de la gran
tradición europea. Pero ni la una ni la otra son causa suficiente para seguir
aceptando esta corriente de interpretación y admitir como válidas sus
construcciones e imágenes ideológicas. Hasta me atreveré a decir que las obras
de Camus son más interesantes, no menos, precisamente porque sus
más famosos relatos dependen en muchas maneras del discurso francés
colonial sobre Argelia, discurso que incorporan y recapitulan con toda
intransigencia y que pertenece al lenguaje de las actitudes imperiales y
referencias geográficas francesas. Todo en su estilo depurado, en los
angustiados dilemas morales expuestos en su desnudez, en los atormentados
destinos personales de sus personajes tratados con tanta sutileza como regulada
ironía, se alimenta de la historia de la dominación francesa en Argelia y de
hecho la reactualiza con una precisión circunspecta y una notable ausencia de
remordimiento o compasión.
Una vez más, en sus novelas, la relación interna entre geografía y
contestación política se hace viva exactamente en las zonas que Camus cubre con
una superestructura que Sartre celebró precisamente porque ofrecía «una
atmósfera para el absurdo».[34] Tanto El extranjero como La
peste tratan de muertes de árabes, muertes que iluminan e informan en
silencio de las dificultades de conciencia y de reflexión de los personajes
franceses. Más aún, es francesa la estructura de la sociedad civil tan
nítidamente representada —la municipalidad, el aparato legal, los hospitales,
restaurantes, clubes, escuelas y diversiones— a pesar de que se administra
sobre todo a la población no francesa. Es sobrecogedora la semejanza entre el
modo en que Camus escribe acerca de ello y el modo en el que lo presentan los
libros de texto franceses: las novelas y los cuentos narran el resultado de una
victoria sobre la población musulmana pacificada y diezmada, cuyos derechos a
la tierra se encuentran severamente coartados. Al confirmar y consolidar de
esta manera las prioridades francesas, Camus no las discute ni disiente de la
campaña por el dominio llevada a cabo por los franceses contra los argelinos
musulmanes durante casi cien años.
En el centro del conflicto está la lucha militar, cuyos primeros grandes
protagonistas fueron el mariscal Theodore Bugeaud y el emir Abd el-Kader.
El primero, un feroz legalista cuya severidad patriarcal respecto a los
argelinos empezó en 1836 como un esfuerzo de disciplina y acabó aproximadamente
diez años más tarde con una política de genocidio y expropiaciones
territoriales masivas; el segundo, un místico sufí e inagotable combatiente
guerrillero que no cesaba de reagrupar, reformar y dirigir sus tropas contra el
ejército francés invasor, más fuerte y más moderno. Si se leen los documentos
de la época se percibe la dinámica que alimentaba inevitablemente el desprecio
de Camus por la presencia árabe: ya las cartas, proclamas e informes de
Bugeaud, reunidas y publicadas casi al mismo tiempo que El extranjero;
ya la reciente edición de la poesía sufí de Abd el-Kader editada y traducida al
francés por Michel Chodkiewicz;[35] ya el notable relato de la psicología
de la conquista reconstruida a partir de diarios y cartas franceses de 1830 y
1840 por Mostafa Lacheraf, miembro fundador del FLN y, tras la independencia,
profesor en la Universidad de Argelia.[36]
El núcleo de la política militar de Bugeaud y sus oficiales era la razia,
o expedición punitiva contra los poblados argelinos, sus casas, cosechas,
mujeres y niños. «A los árabes», decía Bugeaud, «debe impedírseles sembrar,
cosechar y pastorear sus tierras».[37] Lacheraf da ejemplos de la euforia
poética experimentada de vez en cuando por los oficiales y su sentimiento de
que por fin había allí la oportunidad de una guerre à outrance, más
allá de toda moral o necesidad. Por ejemplo, el general Changarnier describe la
concesión a las tropas de la placentera distracción de arrasar pacíficos
poblados. Afirma entonces que este tipo de actividad viene en las Escrituras,
cuando José y otros grandes líderes dirigían «de bien terribles razias» y Dios
los bendecía. La ruina, la destrucción total y la brutalidad más salvaje no
solo se permiten porque Dios las ha legitimado, sino porque, en palabras
repetidas una y otra vez desde Bugeaud a Salan, «les Arabes ne comprennent
que la force brutale».[38]
Lacheraf comenta que el esfuerzo militar francés de las primeras décadas
fue mucho más allá de lo necesario para su objetivo, que era la supresión de la
resistencia argelina, hasta alcanzar la categoría absoluta de un ideal.[39] La otra cara de la empresa militar,
según la expresaba con infatigable celo Bugeaud, era la colonización. Hacia el
final de su estancia, Bugeaud se muestra constantemente exasperado por el modo
en que los emigrados europeos civiles utilizan los recursos naturales sin
medida e irracionalmente: dejen la colonización a los militares, escribe en sus
cartas, aunque sin éxito. [40]
En realidad, uno de los temas permanentes que recorre la ficción
francesa desde Balzac a Psichari y Loti, es precisamente el expolio de Argelia
y los escándalos derivados de las oscuras tramas financieras dirigidas por
individuos sin escrúpulos, para quienes la permisividad del sitio facilitaba
toda clase de cosas, con la promesa o la espera de beneficio. En Tartarín
de Tarascón, de Daudet, y en Bel Ami, de Maupassant —ambos
presentes en el penetrante Littérature et colonialisme de
Martine Loutfi—,[41] existen pinturas inolvidables de
semejantes situaciones.
La destrucción llevada a cabo por los franceses en Argelia fue no solo
sistemática, sino que constituyó la base de una nueva política metropolitana.
Ningún testigo contemporáneo a los hechos entre 1840 y 1870 duda de ello.
Alexis de Tocqueville, que criticó abiertamente la política de los
norteamericanos con respecto a los negros y los indios, estaba convencido de
que el avance de la civilización europea exigía prácticas crueles hacia los
indígenas musulmanes: desde su punto de vista, la conquista total equivalía a
la culminación de la grandeza francesa. Tocqueville consideraba el islam como
sinónimo de «poligamia, reclusión de las mujeres, ausencia de toda vida
política, gobiernos tiránicos y omnipresentes que obligan a los hombres a
esconderse y a procurarse cualquier satisfacción dentro de la vida familiar».
[42] Además, porque pensaba que los nativos eran nómadas, sostenía que
«pueden usarse todos los medios para eliminar esas tribus. Solo hago la
excepción en el caso de lo que prohíben las leyes internacionales y las de la
humanidad». Pero, como señala Melvin Richter, Tocqueville nada dijo «en 1846»,
cuando «se asfixió a cientos de árabes durante el curso de esas razias
que él había aprobado a causa de su cualidad humana».[43] Tocqueville reconoce las
«desafortunadas necesidades», pero las considera de mucho menor calibre que la
importancia del «buen gobierno» que debían agradecer a los franceses los
musulmanes «a medias civilizados».
Para el principal exponente actual de la historia del norte de África,
Abdullah Laroui, la política colonial francesa quería nada menos que la
destrucción del estado argelino. Es evidente que la afirmación de Camus acerca
de la inexistencia de la nación argelina implica que las purgas de la política
francesa habían logrado hacer borrón y cuenta nueva. Pero según he venido
afirmando, los acontecimientos del periodo poscolonial nos imponen la
aceptación de un relato más extenso y una interpretación todavía más completa y
desmitificadora. Dice Laroui:
Entre 1830 y 1870 la historia de Argelia está hecha de pretensiones: la
de los colonos que proclamaban su voluntad de transformar a los argelinos en
hombres iguales a ellos, cuando en realidad su único deseo era convertir el
suelo argelino en suelo francés; la de los militares, que supuestamente
respetaban las tradiciones y formas de vida locales, cuando en realidad su
único interés era gobernar con el menor esfuerzo posible; la de Napoleón III,
al proclamar que estaba construyendo un reino árabe, cuando en realidad su idea
fundamental era la «americanización» de la economía francesa y la colonización
de Argelia.[44]
En 1872, cuando llegó a Argelia, Tartarin, el personaje de Daudet,
percibió pocas huellas de ese «Oriente» que se le había prometido y en cambio
se encontró instalado en una copia ultramarina de su Tarascón nativa. Para
algunos escritores, por ejemplo Segalen y Gide, Argelia es un sitio exótico en
el cual pueden expresar y tratar terapéuticamente problemas espirituales
similares a los de Janine. Los nativos reciben escasísima atención y su
presencia cumple el propósito de ilustrar emociones pasajeras o brindar
oportunidades para ejercicios de la voluntad. Sucede así no solo con Michel
en El inmoralista, sino con Perken, el protagonista de Malraux en
el paisaje camboyano de La vía real. Las diferencias en las
representaciones francesas de Argelia pueden todas ellas remontarse y
unificarse en la morte-main geográfica de la práctica colonial
francesa: desde las procaces postales de harén que ha estudiado memorablemente
Malek Alloula,[45] pasando por las complejas
elucubraciones antropológicas expuestas por Fanny Colonna y Claude Brahimi,[46] hasta las impresionantes estructuras
narrativas de las cuales Camus es un ejemplo sobresaliente.
También en los textos de geografía y de pensamiento colonialista de
principios de siglo podemos comprobar la profundidad y consistencia de la
experiencia, incorporación, combinación e institucionalización de la empresa
colonial en el discurso francés. En Grandeur et servitude coloniales,
Albert Sarraut establece como objetivo para el colonialismo nada menos que la
unidad biológica de la humanidad: «la solidarité humaine». Razas
incapaces de utilizar sus recursos (por ejemplo, los nativos de los territorios
franceses de ultramar) deben ser nuevamente unidas a la familia humana; «c’est
là pour le colonisateur, la contre-partie formelle de la prise de possession;
elle enlève a son acte le caractère de spoliation; elle en fait une création du
droit humain»[47] («Aquí se halla, para el colonizador,
la contrapartida formal del acto de posesión; despoja al acto de su
carácter de expoliación y lo convierte en una creación del derecho humano»). En
su clásico La Politique coloniale et le partage du terre aux XIXe et
XXe siècles, Georges Hardy se atreve a sostener que la
asimilación de las colonias a Francia «a fait jaillir des sources
d’inspiration et non seulement provoque la apparition d’innombrables
romans coloniaux, mais encore ouvert les ésprits à la diversité des
formes morales et mentales, incite les écrivains à des genres inédits
d’exploration psychologique»[48] («ha hecho brotar fuentes de
inspiración y no solo ha provocado la aparición de innumerables novelas
coloniales, sino que ha abierto además los espíritus a la diversidad de formas
morales y mentales incitando a los escritores a probar géneros inéditos de
exploración psicológica»). El libro de Hardy se publicó en 1937; fue rector de
la Academia de Argelia y también director honorario de la École Coloniale, y en
sus inquietantes declaraciones se revela antecesor inmediato de Camus.
Así, las novelas y cuentos de Camus destilan de manera muy precisa las
tradiciones, giros y estrategias discursivas de la apropiación francesa de
Argelia. Nos muestran su más exquisita articulación, su evolución final hacia
la «estructura de sentimiento» general a la que me he referido aquí. Pero, para
percibirla, debemos considerar las obras de Camus como transfiguración
metropolitana del dilema colonial: representan la escritura del colon ante
una audiencia francesa cuya historia personal está irrevocablemente ligada a un
sector departamental de la Francia del sur: sería incomprensible que la
historia sucediese en cualquier otra parte. Sin embargo, es irónico que las
ceremonias de unión con el territorio —por Meursault en Argelia, por Tarrou y
Rieux encerrados dentro de las murallas de Orán, por Janine durante un insomnio
en el Sáhara— susciten en el lector sospechas acerca de la verdadera necesidad
de esas afirmaciones. Cuando la violencia del pasado francés retorna
inadvertidamente ante el lector, las ceremonias se vuelven conmemoraciones de
supervivencia altamente abreviadas y condensadas: conmemoraciones de una
comunidad que no tiene adónde ir.
La afirmación de Meursault es más radical que la de los otros. Porque
aun si aceptamos, a pesar de su falsedad, la existencia del tribunal que lo
juzga (como Conor Cruise O’Brien señala con penetración, era un lugar muy poco
lógico para que se juzgara a un francés por la muerte de un árabe), el
mismo Meursault comprende el objetivo de esa falsedad. Por fin puede sentir a
la vez alivio y seguridad: «J’avais eu raison, j’avais encore raison,
j’avais toujours raison. J’avais vécu de telle façon et j’aurais pu vivre de
telle autre. J’avais fait ceci et je n’avais pas fait cela. Je n’avais pas fait
cette autre. Et après? C’était comme si j’avais attendu pendant tout le temp
cette minute et cette petite aube ou je serais justifié.»[49] («Tenía razón. Otra vez tenía razón,
siempre había tenido razón. He hecho esto y no he hecho lo otro. No he hecho
aquello otro. ¿Y qué? Ha sido como si todo siempre hubiese esperado este
momento y esta madrugada en la que seré justificado»).
No queda aquí ninguna elección, ninguna alternativa, ninguna sustitución
humana. El colon encarna tanto el esfuerzo humano real al que
su comunidad contribuye como el obstáculo que hace imposible abandonar un
sistema político metódicamente injusto. La fuerza profunda del conflicto de la
autoconciencia suicida de Meursault solo puede surgir de esa historia y de esa
comunidad específica. Al final acepta lo que él es y además comprende por qué
su madre, confinada en una residencia para ancianos, había decidido volver a
casarse: «elle avait joué à recommencer... Si prês de la mort, maman devait
s’y sentir libre et prête à tout revivre».[50] («Había jugado a recomenzar...Tan
cerca de la muerte, mamá debía de haberse sentido libre y dispuesta a volver a
vivir todo otra vez»). Hemos hecho aquí lo que hemos hecho; hagámoslo otra vez.
Esa firmeza trágicamente antisentimental se convierte en la decidida disposición
humana para la regeneración y renovación generacionales. Los lectores de Camus
han atribuido a El extranjero la universalidad de una
humanidad existencial liberada, que se enfrenta con impúdico
estoicismo a la indiferencia cósmica y la crueldad humana.
Resituar la novela
dentro de los nexos geográficos de los que surge su
trayectoria narrativa supone interpretarla como si fuese una forma
elevada de experiencia histórica. Como la obra y la situación de Orwell en
Inglaterra, el estilo depurado y limpio en el que Camus vuelca la información
de situaciones sociales oculta contradicciones complejas que se vuelven
irresolubles cuando se interpreta, como ha hecho la crítica en general, que los
sentimientos de lealtad de Camus hacia la Argelia francesa pueden constituir
una parábola de la condición humana. Todavía hoy su reputación social y
literaria depende de esta visión. Pero las limitaciones de Camus nos parecerán
inaceptables y paralizantes si aceptamos que han existido alternativas más
complicadas y valerosas respecto a la apropiación territorial y dominio
político francés sobre Argelia. Se podía juzgarlas primero, rechazarlas luego y
comprender después que frenaban la posibilidad de aceptar el nacionalismo
argelino y sentir simpatía por él. Confrontada con la literatura
descolonizadora de su tiempo, tanto francesa como árabe —Germaine Tillion,
Kateb Yacine, Fanon, o Genet—, la obra de Camus posee una vitalidad negativa en
la que la trágica seriedad humana del esfuerzo colonial alcanza su última gran
culminación antes de que llegue la ruina. Lo que Camus expresa es esa desolación
y esa tristeza de las que no nos hemos recuperado y que todavía no hemos
acabado de comprender.
8
Un apunte sobre el modernismo
No existe visión o sistema social que posea hegemonía total sobre su
terreno. Al estudiar los documentos de la cultura que han coexistido y apoyado
con éxito las empresas globales de los imperios europeos y norteamericano, no
estamos decretando su liquidación o sugiriendo que interesan menos como arte
porque hayan formado parte, de modo complejo, de la tarea imperialista. Mi
trabajo aquí habla de una voluntad en gran medida extendida y
carente de oposición respecto al dominio de ultramar, pero no totalmente ausente
de aquella. Debemos, en efecto, sentirnos impresionados por el modo en que a
finales del siglo XIX los sectores colonialistas
europeos, por ejemplo, eran capaces, ya por apoyo popular, ya por intereses
concretos, de presionar a los estados para que se apoderaran de más tierras y
sometieran al servicio imperial a más y más nativos: muy pocos en las
metrópolis trataban de detener u obstaculizar el proceso. No obstante, aunque
poco efectiva, siempre hubo resistencia. El imperialismo no es solo una
relación de dominación, sino que también está comprometido en una peculiar
ideología de la expansión. Hay que reconocer que Seeley fue capaz de admitir
que la expansión era más que una inclinación, que «evidentemente es el gran
factor de la historia inglesa moderna».[1] Proclamas semejantes hicieron en
Estados Unidos el
almirante Mahan y en Francia Leroy-Beaulieu. Y la expansión podía tener
lugar con tan espectaculares resultados solo porque para esa tarea se disponía
de suficiente poder en Estados Unidos y en Europa: poder militar, económico,
político y cultural.
Una vez que se consideró inevitable el hecho básico del control
occidental y europeo sobre el mundo, empezaron a tener lugar, con una mayor
frecuencia, discusiones mucho más complejas y, me permitiría agregar,
marcadamente antinómicas. Esto no alteró de inmediato el sentimiento de
permanencia soberana y presencia irreversible, pero sí llevó a practicar un
peculiar estilo cultural extremadamente importante en la sociedad occidental,
que jugaría luego un papel interesante en el desarrollo de la resistencia antiimperialista
en las colonias.
Los lectores de The Passions and the Interests de
Albert O. Hirschman recordarán que este atribuye la procedencia y consolidación
del debate intelectual que acompañó la expansión europea a la idea de que
la pasión humana debía ceder su lugar a los intereses como
método para gobernar el mundo. A finales del siglo XVIII, cuando esta idea triunfó, se
convirtió en un objetivo lleno de oportunidades para aquellos románticos que
veían en su propio mundo, centrado en el interés, un símbolo de la situación
egoísta, aburrida, carente de atractivo, que habían heredado de las generaciones
anteriores.[2]
Extendamos el método de Hirschman al problema del imperialismo. A
finales del siglo XIX el imperio inglés era
preeminente en el mundo y el argumento cultural que sostenía el imperio había
triunfado. Después de todo, lo real era el imperio y, como Seeley aseguraba
ante su audiencia, «Nosotros, en Europa... estamos completamente de acuerdo
acerca de que el tesoro de verdad que forma el núcleo de la civilización
occidental es infinitamente más genuino no solo que el misticismo brahmán con
el cual tuvo que enfrentarse,
sino incluso que la ilustración romana que el viejo imperio transmitió a
las naciones de Europa».[3]
En el fondo de esta afirmación de notable arrogancia se hallan dos
realidades recalcitrantes que Seeley hábilmente incorpora y al mismo tiempo
desprecia: una es la existencia de un nativo al cual oponerse (en este caso, el
misticismo brahmán); el segundo es la existencia de los otros imperios, tanto
en el pasado como en el presente. En esas dos realidades Seeley registra de
modo alusivo las consecuencias paradójicas de los triunfos del imperialismo
para luego pasar a otros temas. Es irónico que mientras el imperialismo y la
doctrina de los intereses se transforman ambos en la norma establecida de las
ideas políticas acerca de Europa y su destino planetario, emerge el perfil
nítido del talante de sus oponentes, de la intransigencia de las clases
sometidas y de su resistencia a los vaivenes, justamente casi irresistibles,
del imperialismo. Seeley trata estas cuestiones con realismo, no como un poeta
que quisiera hacer del imperialismo una presencia noble o romántica o de los
resistentes competidores bajos e inmorales. Tampoco intenta llevar a cabo una
revisión a la manera de Hobson, cuyo libro acerca del imperialismo es la
contraparte disidente de Seeley.
Se me permitirá ahora volver bruscamente hacia la novela realista a la
que tanta atención he prestado en este capítulo. A finales del siglo XIX su asunto principal era el
desencanto, o lo que Lukács llamaba desilusión irónica. La trama de las novelas
del periodo hace que protagonistas trágica o a veces cómicamente inmóviles
despierten, de modo brusco y en ocasiones brutal, a la conciencia de la
discrepancia entre sus esperanzas ilusorias y las realidades sociales. La lista
es muy extensa: Jude (de Thomas Hardy), Dorothea (de George Eliot), Frédéric
(de Flaubert), Nana (de Zola), Ernest (de Samuel Butler), Isabel (de Henry
James), Reardon (de Gissing), Feverel (de George Meredith). En esa novelística
de la pérdida y el desencanto se inserta
gradualmente una alternativa: no solo la novela abiertamente exótica y
llena de confianza imperialista, sino los relatos de viaje, las obras de
exploración y erudición colonial, las memorias y narraciones de experiencias y
aprendizajes. En los relatos personales del doctor Livingstone, en Ella de
Haggard, en el Raj de Kipling, en Le Roman d’un Sahib de
Pierre Loti y en muchas de las aventuras de Julio Verne descubrimos una nueva
progresión narrativa y un triunfalismo inédito. Casi sin excepción, estas obras
y (literalmente) cientos de piezas similares basadas en la exaltación y en el
estímulo de la aventura en el mundo colonial sirvieron para confirmar y
celebrar sus éxitos, en lugar de arrojar dudas sobre la tarea imperial. Los
exploradores encuentran aquello que buscan, los aventureros vuelven a casa
sanos y salvos, y más ricos, y hasta el casto Kim es reclutado en el Gran
Juego.
Las obras de Conrad, a las que tantas veces he aludido, puesto que en
ellas se abordan más que en cualesquiera otras los problemas de los sutiles
reforzamientos culturales y manifestaciones del imperio, irradian una angustia
extrema e inquietante, en lugar del optimismo, sentido afirmativo y confianza
serena de las anteriores: reaccionan ante el triunfo del imperio con la misma
actitud de rechazo que Hirschman atribuye a los románticos frente a la visión
interesada del mundo de sus contemporáneos. Por un lado, los cuentos y las
novelas de Conrad reproducen las formas agresivas de la gran tarea
imperialista, mientras que, por otro, están penetradas de una conciencia
irónica, fácilmente reconocible y propia de la sensibilidad modernista
posrealista. Conrad, Forster, Malraux y T. E. Lawrence sacan sus obras fuera
del ámbito de la experiencia triunfalista del imperialismo y las trasladan
hasta esos puntos extremos de autoconciencia, experiencia de la discontinuidad,
autorreferencia e ironía corrosiva cuyas marcas formales son hitos de la
cultura modernista, que engloba las obras mayores de Joyce, T. S. Eliot,
Proust, Thomas Mann y Yeats. Me gustaría sugerir que varias de las más
prominentes características de la cultura modernista que generalmente
consideramos derivaciones de la dinámica puramente interna de la cultura y la
sociedad occidentales, incluyen una respuesta a las presiones externas que
ejerce el imperium sobre la cultura. Esto se puede afirmar
respecto a la obra entera de Conrad, y también a las de Forster, T. E. Lawrence
y Malraux; de diferentes modos, registramos en ellas los coletazos del imperio:
en un caso, sobre la sensibilidad irlandesa de Yeats y de Joyce y, en otro,
sobre los sentimientos de los expatriados norteamericanos, en las obras de
Eliot y de Pound.
En la gran fábula de Mann acerca de la alianza entre creación y
enfermedad —Muerte en Venecia—, la plaga que afecta a Europa es de
origen asiático. Creo que la combinación de amenaza y promesa, de degeneración
y deseo, tan eficazmente expuesta en la psicología de Aschenbach, es la manera
de Mann de sugerir que Europa, su arte, su intelectualidad y sus monumentos ya
no son invulnerables: entonces no se puede dejar de advertir la existencia de
los lazos que unen a Europa con sus dominios de ultramar. De la misma manera
irónica, Joyce hace que el intelectual irlandés nacionalista Stephen Dedalus no
encuentre apoyo en sus camaradas irlandeses católicos, sino en Leopold Bloom,
el judío errante, cuyas costumbres exóticas y cosmopolitas acaban por erosionar
la morbosa solemnidad de la rebelión de Stephen. Como los fascinantes
invertidos de Proust, Bloom da testimonio de una nueva presencia dentro de
Europa, una presencia bastante inquietante que se describe en términos
innegablemente extraídos de los anales exóticos del descubrimiento, conquista y
visión de ultramar. Solo que ahora, en lugar de estar allá fuera, están aquí,
tan perturbadores como los ritmos primitivos en La consagración de la
primavera o las imágenes africanas en el arte de Pablo Picasso.
En rigor, las dislocaciones y desplazamientos formales propios de la
cultura modernista, y aún más evidentemente, su omnipresente ironía, están
influidas por dos factores de perturbación que Seeley considera consecuencias
del imperialismo: el nativo desafiante y la existencia de otros imperios. Junto
a los «viejos» que sabotean y arruinan su gran aventura, los árabes de Lawrence
en Los siete pilares de la sabiduría exigen de él, como de los
franceses imperiales y los turcos, un melancólico e insatisfecho reconocimiento.
El gran logro de Forster en Pasaje a la India es mostrar con
notable agudeza su desazón ante el drama moral del misticismo y el nacionalismo
indio contemporáneo —Godbole y Aziz— que se desarrolla paralelamente al antiguo
choque entre los imperios británico y mongol. Linde (sans les Anglais) de
Pierre Loti es un relato de viajes basado en una travesía por la
India durante la cual, deliberada y hasta burlonamente, a los dominadores
ingleses no se los menciona ni una sola vez.[4] Como si Loti sugiriese que se debe
mirar solo a los nativos, cuando, como sabemos, la India constituía una
posesión exclusivamente británica y, desde luego, en absoluto francesa.
Adelanto la sugerencia de que cuando la cultura europea empezó
finalmente a advertir las «decepciones y descubrimientos imperiales» —para
utilizar la feliz frase con la que Benita Parry describe el encuentro cultural
angloindio—[5] esta conciencia adquirió tono irónico
y no el de un enfrentamiento; se dio incluso un desesperado intento de plantear
una nueva complementariedad. Después de haber concebido el imperio como un
hecho de la identidad nacional que se debía dar por sentado, celebrado,
consolidado o reafirmado, los miembros de las culturas europeas dominantes
empezaron mirar hacia afuera con el escepticismo confuso de quienes se ven
sorprendidos y escandalizados por lo que se les presenta. Los textos de la
cultura importaron lo extranjero hacia Europa en modos que muy claramente
llevaban la marca de la empresa imperial: la marca de sus exploradores,
etnógrafos, geólogos, geógrafos, comerciantes y soldados. Al principio
atrajeron el interés de las audiencias europeas; a comienzos del siglo XX se los utilizó para mostrar cuán vulnerable era Europa y cómo —en
la extraordinaria frase de Conrad— «esta también había sido uno de los lugares
sombríos de la tierra».
Para enfrentarse con eso se hizo necesaria una nueva forma estética,
caracterizada por tres rasgos distintivos. Primero, por la circularidad de la
estructura, cerrada y abierta a la vez: Ulises, El corazón
de las tinieblas, En busca del tiempo perdido, La
tierra baldía, Cantos, Al faro. Luego está la novedad
de la readaptación de viejos y antiguos fragmentos, extraídos adrede de
lugares, fuentes y culturas disímiles. Lo característico de la forma modernista
es la extraña yuxtaposición de lo cómico y lo trágico, de lo alto y lo bajo, de
lo corriente y lo exótico, de lo familiar y lo extraño. Sus más ingeniosas
realizaciones se dan en Joyce: la fusión de la Odisea con el
Judío Errante, de los anuncios publicitarios con Virgilio, de la simetría
perfecta con el folleto de ventas del viajante de comercio. Por último,
predomina en la época el uso irónico de formas que atraen atención hacia sí
mismas: se trata de concebir el arte de la sustitución y sus creaciones como
síntesis posible de los imperios mundiales. Cuando ya no se puede suponer que
Britannia dominará los mares para siempre, se impone la idea de que la realidad
es algo que solo el artista puede mantener unido: unido en la Historia más que
en la geografía. No deja de ser irónico que, cuando cada vez más regiones
—desde la India a África, pasando por el Caribe— desafían los imperios clásicos
y sus culturas, la espacialidad se convierte en un rasgo característico de
poder estético más que político.
TERCERA PARTE
Resistencia y oposición
[...] lie moi de tes vastes bras à l’argile lumineuse.
AIMÉ CÉSAIRE, Cahier
d’un retour au pays natal
1
Siempre existen dos lados
Un lugar común de la historia de las ideas y del estudio de las culturas
afirma que podemos reunir bajo el título general de «influencia» toda una
constelación de relaciones. Empecé este libro invocando el famoso ensayo de
Eliot «Tradition and the Individual Talent» para presentar el problema de la
influencia en sus aspectos más elementales y hasta abstractos: la conexión
entre el presente y lo efectivamente concluido (o no) del pasado, conexión que,
como señala Eliot, incluye la vinculación entre el escritor individual y la
tradición de la cual él (o ella) forman parte. Sugerí entonces que el estudio
de la relación entre «Occidente» y sus «otros», culturalmente dominados por
aquel, no constituye únicamente una manera de comprender esa relación desigual
entre interlocutores desiguales, sino también un modo de aproximarse a la
formación y el significado de las prácticas culturales occidentales en sí
mismas. Debemos tener en cuenta la persistente disparidad de poder entre
Occidente y lo no occidental si queremos comprender formas culturales como la
novela, el discurso etnográfico e histórico y ciertas obras poéticas y
operísticas en las cuales abundan las alusiones a estructuras basadas en tal
disparidad. Después sostuve que si zonas de la cultura aparentemente neutrales
como la literatura y la teoría literaria se dedican al
estudio de culturas subordinadas o más débiles y las interpretan
utilizando nociones que suponen la existencia de esencias europeas y no
europeas inmutables, o de relatos acerca de la posesión geográfica o de
imágenes de redención y legitimidad, la chocante consecuencia del uso de tales
nociones es que se enmascara la situación de poder. Se oculta, así, todo
aquello que se refiere a la experiencia del más fuerte superpuesta a la del más
débil, experiencia que también, extrañamente, depende de este último.
Podemos encontrar un ejemplo de esas cuestiones en El
inmoralista de Gide (1902), habitualmente interpretado como la
historia de un hombre que llega a reconciliarse con su excéntrica sexualidad,
permitiéndose que ella lo separe no solo de su mujer Marceline y de su carrera,
sino hasta de sus propios designios. Michel es un filólogo cuyas
investigaciones académicas acerca del bárbaro pasado de Europa le revelan sus
propios instintos reprimidos, apetencias y tendencias. Como en Muerte
en Venecia de Thomas Mann, el paisaje muestra una localización
exótica, justo en los confines de Europa o más allá; en El inmoralista,
el paisaje fundamental es la Argelia francesa, lugar de desiertos, oasis,
languidez y niños y niñas amorales. Se describe directamente el carácter del
mentor nietzscheano de Michel, Ménalque, un oficial colonial; a pesar de que
pertenece a ese mundo imperial reconocible para los lectores de T. E. Lawrence
o de Malraux, su epicúrea presencia de sibarita lleva la marca de Gide.
Ménalque (más aún que Michel) extrae conocimiento y también placer de su vida
de «obscures expeditions», de abandono sensual y libertad antidoméstica. Cuando
compara su ciclo de conferencias académicas con la actividad del rumboso
imperialista, Michel se pregunta si «La vie, le moindre geste de Ménalque,
n’était-il pas plus éloquent mille fois que mon cours?».[1]
Pero lo primero que pone a los dos hombres en contacto no es la historia
de sus vidas o las ideas, sino las confesiones de Moktir, un niño nativo de
Biskra
(que Gide mencionará libro tras libro) que cuenta a Ménalque cómo había
advertido que Michel lo espiaba en el momento en que robaba las tijeras a la
esposa de Michel, Marceline. La complicidad homosexual entre los tres muestra
una inconfundible ordenación jerárquica: subrepticiamente, Moktir, el niño
africano, causa inquietud en Michel, que es su amo, y que a la vez se encuentra
en el camino de su autodescubrimiento, en el cual lo guían las experiencias
interiores más avanzadas de Ménalque. Lo que Moktir piense o sienta (cosa que
se nos muestra congénita y casi racialmente equívoca) es mucho menos importante
que lo que Michel y Ménalque extraigan de la experiencia. De manera explícita,
Gide pone en conexión el proceso de autoconocimiento de Michel con sus experiencias
de Argelia, que tienen relación causal con la muerte de su esposa, su cambio
intelectual y su casi patética y desesperada bisexualidad del final.
Respecto al norte de África colonizado por Francia —él piensa en Túnez
—, Michel nos ofrece el siguiente aperçus:
Esta tierra de placeres satisface sin aplacar el deseo; al contrario,
cada satisfacción lo aumenta. Una tierra exenta de obras de arte. Desprecio a
aquellos que solo pueden advertir la belleza cuando ya se la ha transcrito o
interpretado. Una cosa admirable de los árabes: viven su arte, cantan y lo
dilapidan un día tras otro. No se pegan a él, no lo embalsaman en obras. Lo
cual es la causa y el efecto de la ausencia de grandes artistas... Justo cuando
me volvía al hotel, recordé a un grupo de árabes que había observado
descansando al aire libre sobre los tapetes de un pequeño
café. Fui y dormí entre ellos. Volví cubierto de parásitos.[2]
Las gentes de África, especialmente los árabes, están allí; no poseen un
arte o una historia acumulados que hayan sedimentado en obras de arte. Si no
fuese por el observador europeo que atestigua su existencia, esta no contaría.
Estar entre ellos puede ser placentero, pero es necesario aceptar los riesgos
(por ejemplo, los parásitos).
Hay una dimensión
problemática agregada en El inmoralista: se trata de
una narración en primera persona —Michel cuenta su propia historia— que
depende en gran medida de buen número de inclusiones a través de esa voz: por
medio de ella nos llegan los norteafricanos, su esposa y Ménalque. Michel es un
próspero terrateniente normando, erudito y protestante, lo cual sugiere que
Gide quiere abordar los múltiples aspectos de su personalidad capaces de
hacerse cargo, a la vez, de las tareas de construcción del yo y del mundo. En
último término, todos estos aspectos dependen de lo que Michel descubre acerca
de sí mismo en África, aunque este descubrimiento esté limitado por su carácter
transparente y efímero y permanezca sin ser sopesado. De nuevo, el relato posee
una «estructura de actitud y referencia», lo cual permite al sujeto europeo,
que detenta la voz de autor, apoderarse de un territorio de ultramar, extraerle
beneficios y depender de él, pero, en última instancia, negarle autonomía o
independencia.
Gide es un caso especial. En sus obras norteafricanas se enfrenta con un
material relativamente restringido: el islam, lo árabe y lo homosexual. Pero, a
pesar de que se trate de un artista de relevante individualidad, la relación de
Gide con África pertenece a un modelo más amplio de actitudes y prácticas
europeas comunes en relación con el continente. Se trata de las ideas de las
cuales surgió lo que los críticos de este fin de siglo XX han denominado africanismo, o discurso
africanista: un lenguaje sistemático destinado a abordar el estudio de
África para Occidente.[3] A él se asocian las nociones sobre
primitivismo y los conceptos a los que se atribuye una fuente africana, como
una suerte de privilegiada y especial vertiente epistemológica: el tribalismo,
el vitalismo y la originalidad. Podemos comprobar la existencia de estas
nociones forzosamente subalternas en Conrad e Isak Dinesen y, más tarde, en los
audaces estudios de Leo Frobenius, el antropólogo alemán que afirmó haber
descubierto el orden perfecto que gobierna el sistema africano; o en los de
Placide Tempels, el misionero belga cuyo libro, Bantu
Philosophy, propone la existencia en el corazón
de la filosofía africana de una vitalidad esencialista (y reductiva). Esta
noción fue tan productiva y adaptable que pudieron utilizarla primero los
misioneros occidentales; después, los antropólogos; más tarde, los historiadores
marxistas; y por último, de manera antagónica, los movimientos de liberación
nacional, como ha demostrado V. Y. Mudimbe en su notable The Invention
of Africa (1988), exposición histórica de lo que él denomina la gnosis africana.[4]
De ello resulta que, al menos hasta el periodo moderno, especialmente
hasta la Primera Guerra Mundial, la situación cultural general de Occidente y
su imperium de ultramar se ajusta a ese tipo de esquema.
Puesto que, al llegar a este punto, es mejor enfrentarse con mi vastísimo
objeto de estudio alternando desarrollos generales con perspectivas específicas
y locales, mi propósito aquí es esquematizar la experiencia interrelacionada
que une a los imperialistas con sus súbditos. En este estadio bastante temprano,
el estudio de la vinculación entre cultura e imperialismo no necesita ni
simples relatos anecdóticos ni cronológicos, ya que hay un buen número de ellos
en diferentes campos, sino que exige una descripción globalizada, aunque no
llegue a abarcar la totalidad. Desde luego, cualquier estudio de los vínculos
entre imperialismo y cultura constituye, en sí mismo, parte integral del objeto
de estudio. Más que de un discurso escrito desde una perspectiva distante y
desapegada, tal vínculo pertenece a lo que, pensando en otras conexiones,
George Eliot calificó de «el mismo y enrevesado medio». El surgimiento de casi
un centenar de estados descolonizados después de 1945 no es un hecho neutral,
sino algo respecto a lo cual, al analizarlo, se han pronunciado, a favor o en
contra, historiadores, activistas y eruditos.
De la misma manera en que durante el periodo de auge imperialista se
tendía a permitir únicamente un discurso cultural que surgiese del interior
metropolitano, hoy el posimperialismo deja que emerja el discurso de la
cultura de la sospecha por parte de los pueblos antes colonizados,
mientras que los intelectuales metropolitanos practican un teoricismo que evita
los puntos conflictivos. Como muchos de nosotros, educados durante el periodo
de desmantelamiento de los imperios coloniales clásicos, yo me encuentro preso
entre las dos tendencias. Pertenecemos a la era del colonialismo y de la
resistencia a la vez; al mismo tiempo pertenecemos a un periodo de
sobresaliente elaboración teórica, marcado por las técnicas universalizadoras
de la deconstrucción, el estructuralismo y el marxismo de Lukács y de Louis
Althusser. Mi propio modo de conciliar estas antítesis entre compromiso y
teoría ha sido articular una perspectiva amplia, desde la cual abarcar
imperialismo y cultura y observar la gran dialéctica histórica entre ambos,
aunque solo de tanto en tanto podamos captar la miríada de detalles. Procederé
siguiendo la idea de que, a pesar de que la totalidad de la cultura no forma un
conjunto, sino una serie de disyunciones, podemos comprender muchos de sus
aspectos al unirlos en contrapunto.
Aquí me refiero especialmente al cambio extraordinario, casi de giro
copernicano, en las relaciones entre la cultura occidental y el imperio durante
los primeros años del siglo XX. Es útil considerar que este cambio es similar en
alcance y significación a dos anteriores: el redescubrimiento de Grecia durante
el periodo humanista del Renacimiento europeo y el «Renacimiento oriental» —así
denominado por el gran historiador moderno Raymond Schwab—[5] que tiene lugar desde finales del
siglo XVIII hasta mediados del XIX, cuando las riquezas culturales de la India,
China, Japón, Persia y el islam son firmemente incorporadas al corazón de la
cultura europea. Lo que Schwab califica de magnífica apropiación europea de
Oriente —los descubrimientos del sánscrito por los gramáticos franceses y
alemanes, de las grandes epopeyas indias por parte de los poetas y artistas
ingleses, alemanes y franceses, y de la imaginería persa y la filosofía sufí
por pensadores
europeos e incluso
norteamericanos, desde Goethe a Ralph Waldo Emerson
— constituye uno de
los episodios más espléndidos en la historia de la aventura humana, y es,
además, un tema cuyo estudio se basta a sí mismo.
Lo que falta en la teoría de Schwab es la dimensión política, mucho
menos edificante y mucho más dolorosa que la cultural. Como he afirmado en
Orientalismo, el efecto directo del intercambio
cultural entre socios que tengan conciencia de la desigualdad de tal
intercambio es el sufrimiento del pueblo. Los clásicos griegos sirvieron a los
humanistas italianos, franceses e ingleses sin que hubiese conflictivos choques
con los griegos reales. Gentes que imaginaban una comunidad ideal leyeron,
juzgaron y finalmente se apropiaron de textos que provenían de pueblos
extinguidos. Esta es la razón por la que muy raramente los especialistas hablan
del Renacimiento con desdén o suspicacia. En cambio, en los tiempos modernos la
reflexión sobre intercambio cultural supone reflexionar también acerca de la
dominación y la apropiación por la fuerza: alguien pierde, alguien gana. Hoy,
por ejemplo, las discusiones sobre la historia norteamericana incluyen cada vez
más preguntas acerca de lo que esa historia significó para los pueblos nativos,
las masas de inmigrantes y las minorías oprimidas.
Solo recientemente los occidentales han advertido que lo que ellos dicen
la historia y las culturas de los pueblos «subordinados» puede ser desmentido
por esos mismos pueblos que hasta hace muy poco veían como todo, desde sus
culturas y territorios hasta sus historias, era absorbido directamente por los
grandes imperios y los discursos de sus diversas disciplinas. (Con esto no
quiero rebajar la obra de tantos eruditos, historiadores, artistas, filósofos,
músicos y misioneros, cuyos esfuerzos, colectivos o individuales, para dar a
conocer el mundo que existía más allá de Europa constituyen un logro
deslumbrante).
Podríamos decir que
una inmensa ola de actividades, reflexiones y
revisiones anticolonialistas y luego antiimperialistas ha asaltado el
enorme bastión de los imperios occidentales, enfrentándose con él, para usar
una expresiva metáfora de Gramsci, en un asedio mutuo. Por primera vez se ha
exigido a los occidentales que se vean a sí mismos no únicamente como el Raj,
sino como representantes de culturas, e incluso de razas, acusadas de
represión, de violencia y de crímenes de conciencia. En Los condenados
de la tierra (1961), Fanon afirma: «Hoy, el Tercer Mundo [...] se enfrenta
con Europa como una masa colosal cuyo objetivo debería ser la
resolución de esas preguntas a las que Europa misma no ha sabido dar
respuesta».[6] Desde luego, tales acusaciones se
habían oído antes, hasta en boca de europeos intrépidos como Samuel Johnson y
W. S. Blunt. Había habido levantamientos en todo el mundo no europeo, desde la
revolución de Santo Domingo hasta la insurrección de Abd el-Kader, pasando por
la rebelión india de 1857, la revuelta de Ahmed Orabi y la de los bóxers.
Habían tenido lugar represalias, cambios de régimen, causes célèbres,
debates, reformas y modificaciones en las políticas. Sin embargo, a lo largo de
todo el proceso, los imperios aumentaban en tamaño y beneficios. La nueva
situación expresaba un enfrentamiento sostenido y una sistemática resistencia
al Imperio en cuanto representaba a Occidente. Desde el
Pacífico hasta el Atlántico, los prolongados motivos de resentimiento soterrado
contra el hombre blanco se encauzaron hasta expresarse abiertamente en los
movimientos de independencia maduros. No podía detenerse ya a los militantes
panafricanos y panasiáticos que empezaban a surgir.
Entre las dos guerras mundiales del siglo XX los grupos militantes no eran todavía tan clara y completamente
antioccidentales. Algunos creían que el fin del colonialismo tendría lugar
mediante la colaboración con el cristianismo; otros, que la solución residía en
la occidentalización. Según Basil Davidson, en África, estos esfuerzos de
entreguerras estuvieron representados por
Herbert Macaulay,
Leopold Senghor, J. H. Casely Hayford o Samuel Ahuma.
[7] Durante el mismo periodo, sus
contrapartidas en el mundo árabe fueron Saad Zaghloul, Nuri as-Said o Bishara
al-Khoury. Incluso líderes revolucionarios, como por ejemplo, Ho Chi Minh en
Vietnam, sostenían que, en principio, para acabar con el colonialismo podían
ser útiles algunos aspectos de la cultura occidental. Pero sus ideas y
esfuerzos apenas si tuvieron eco en las metrópolis y con el tiempo su
resistencia se modificó.
Si, como dijera Sartre en uno de sus ensayos de posguerra, el
colonialismo constituía un sistema, la resistencia había empezado a concebirse
también como tal.[8] El mismo Sartre era capaz de afirmar,
en las primeras líneas de su prólogo a Los condenados de la tierra (1961),
que el mundo estaba realmente compuesto por dos bandos opuestos: «Quinientos
millones de hombres y mil quinientos millones de nativos. Los primeros poseen
la Palabra; los otros, su uso... En las colonias, la verdad se yergue desnuda,
pero los ciudadanos de la madre patria la prefieren vestida».[9] Davidson defiende la justicia de la
nueva respuesta africana con su habitual agudeza y elocuencia:
La Historia [...] no es una máquina calculadora. Se despliega en la
mente y en la imaginación y se encarna en las multifacéticas respuestas de la
cultura de un pueblo, cultura que es, en sí misma, resultado de la mediación
infinitamente sutil de las realidades materiales, las sólidas circunstancias
económicas y las escuetas objetividades. Después de 1945, las respuestas
culturales africanas fueron tan variadas como se podía esperar si se tiene en
cuenta la cantidad de pueblos e intereses diversos. Pero, sobre todo, se
inspiraban en una viva esperanza de cambio antes apenas existente; y eran
respuestas formuladas por hombres y mujeres cuyos corazones latían al son de
una música desafiante. Esas fueron las respuestas que hicieron que la Historia
africana tomase un nuevo rumbo.[10]
Ni durante el Renacimiento europeo ni durante el «descubrimiento» de
Oriente, unos tres siglos antes, los europeos habían experimentado la sensación
enteramente nueva de un tremendo y desorientador cambio de
perspectiva en la relación entre Occidente y el mundo no occidental.
Basta pensar en las diferencias entre la recuperación y edición de los clásicos
griegos por Angelo Poliziano alrededor de 1460, o Franz Bopp y Friedrich
Schiegel leyendo a los gramáticos sánscritos hacia 1810, frente a cualquier
teórico de la política u orientalista que se enfrentase a Fanon en 1961,
durante la guerra de Argelia, o leyese el Discours sur le colonialisme de
Césaire cuando apareció en 1955, justo tras la derrota francesa en Dien Bien
Phu. En este último ejemplo, el desafortunado protagonista no solo se ve
interpelado por nativos mientras su propio ejército se encuentra a merced de
aquellos, cosa que ninguno de sus precursores había sufrido, sino que debe leer
un texto que se sirve de conceptos de Hegel, Marx y Sigmund Freud en el idioma
de Bossuet y Chateaubriand para atacar esa misma civilización que los produjo a
todos. Fanon va mucho más lejos, al invertir el paradigma, hasta entonces
aceptado, según el cual Europa había dado a las colonias su modernidad y
afirmar, al revés, que no únicamente «el bienestar y el progreso de Europa
[...] se sustentaron en el sudor y la agonía de negros, árabes, indios y
amarillos»,[11] sino que «Europa es literalmente la
creación del Tercer Mundo»,[12] acusación que formulan una y otra vez
Walter Rodney, Chinweizu y otros. Como culminación de este escandaloso
reordenamiento de cosas, encontramos a Sartre oficiando de eco de Fanon (en
lugar de a la inversa) cuando afirma: «No existe nada más consistente que un
racismo humanista, puesto que el europeo solo ha sido capaz de convertirse en
hombre creando esclavos y monstruos».[13]
La Primera Guerra Mundial en nada alivió el control sobre los
territorios coloniales porque Occidente los necesitaba para proveer a Europa de
fuerza de trabajo y recursos durante esa contienda, tan ajena a los intereses
de africanos y asiáticos.[14] No obstante, los procesos que
culminaron con la independencia tras la Segunda Guerra Mundial estaban ya en
marcha. Para
las dos partes en pugna en el modo de enfocar el imperialismo, es
decisivo el problema de la datación de la resistencia en los territorios
sojuzgados. Para los partidos nacionalistas, que guiaron hasta el triunfo a las
fuerzas en lucha contra las potencias europeas, la primacía cultural y la
legitimidad dependen de su necesaria e intacta vinculación con los iniciadores
de la lucha contra el blanco intruso. Así, el Frente de Liberación Nacional de
Argelia, que inició la insurrección contra Francia en 1954, no duda en remontar
sus precursores hasta el emir Abd el-Kader, que combatió contra los ocupantes
franceses entre 1830 y 1840. En Guinea y Mali se rastrea la resistencia contra
los franceses durante generaciones, hasta llegar a Samory Touré y Hajji Omar.
[15] Pero solo en contadas ocasiones los escribas del imperio acceden a
reconocer la validez de estos movimientos de resistencia; como vimos en nuestro
comentario de Kipling, se formulan numerosas racionalizaciones acerca del
rechazo de los nativos (por ejemplo, que «ellos» se mostraban contentos hasta
que aparecieron los agitadores), en lugar de su admisión del simple y llano
deseo de que cesara la presencia europea en su tierra. El debate continúa vivo
hoy entre los historiadores de Europa y Estados Unidos. ¿Eran esos tempranos
«profetas de la rebelión» como los ha llamado Michael Adas, gentes retrógradas,
románticas y poco realistas que reaccionaban rechazando a los europeos
«modernizadores»?[16] ¿O debemos tomar en serio las
afirmaciones de sus actuales herederos —por ejemplo, Julius Nyerere y Nelson
Mandela— que reivindican la significación permanente de esos esfuerzos
primeros, habitualmente condenados al fracaso? Terence Ranger ha demostrado que
estos no son asuntos de especulación académica, sino que revisten urgencia
política. Por ejemplo, muchos de los movimientos de resistencia «dieron forma
al contexto en el que se desarrollaron las políticas posteriores; [...] la
resistencia tuvo efectos profundos sobre las políticas y actitudes blancas;
[...] durante el curso de algunas de ellas emergieron tipos
de organización o inspiración política que marcaron importantes líneas
para el futuro; lo cual, en algunos casos, tiene relación directa y en otros,
indirecta, con manifestaciones posteriores de la oposición africana (al
imperialismo europeo)».[17] Ranger demuestra que la batalla
intelectual y moral por la continuidad y coherencia de la resistencia
nacionalista al imperialismo continuó durante decenas de años y se convirtió en
parte orgánica de la experiencia imperialista en sí misma. Si, como árabe o
africano, se elige conmemorar los levantamientos de Ndebele-Shona y Orabi en
1896-1897 y 1882, respectivamente, se está honrando a los líderes nacionalistas
cuyas derrotas permitieron los éxitos posteriores. Es
comprensible que los europeos interpreten estas rebeliones de modo
más desapasionado, como obra de alucinados o milenaristas dementes y cosas por
el estilo.
Entonces, de manera casi pasmosa, tras la Segunda Guerra Mundial, el
mundo entero, a lo ancho y a lo largo del planeta, se descolonizó. El estudio
de Henri Grimal incluye un mapa del momento de mayor expansión del imperio
británico: es impresionante comprobar a la vez cuán vastas era sus posesiones y
en qué pocos años las perdió tras 1945. Es bien conocido el libro de John
Strachey The End of Empire (1959), que celebra esa caída
definitiva. Desde Londres, los estadistas, soldados, mercaderes, eruditos, educadores,
misioneros, burócratas y espías ingleses detentaban la máxima responsabilidad
de mando sobre Australia, Nueva Zelanda, Hong Kong, Nueva Guinea, Ceilán,
Malasia, todo el subcontinente asiático, la mayor parte del Oriente Próximo,
toda África oriental, desde Egipto a Sudáfrica, una buena parte del África
central occidental (incluyendo Nigeria), parte de Guayana, algunas islas
caribeñas, Irlanda y Canadá.
Decididamente más pequeño que el británico, el imperio francés
comprendía una masa de islas en los océanos Pacífico e Índico y en el mar
Caribe (Madagascar, Nueva Caledonia, Tahití, Guadalupe, etcétera), otra
parte de Guayana, toda Indochina (Annam, Camboya, Cochinchina, Laos y
Tonkin); en África, Francia se enfrentó enérgicamente con Inglaterra por la
supremacía en la región: la mayor parte de la mitad occidental del continente,
desde el Mediterráneo al ecuador, estaba en manos francesas, así como una parte
de Somalia. Además, estaban Siria y Líbano, que, como tantas de las colonias
francesas en África y Asia, cercaban las rutas y territorios británicos. Lord
Cromer, uno de los más famosos y temibles de entre los procónsules británicos
(dijo cierta vez, de modo bastante arrogante: «No gobernamos Egipto. Solo
gobernamos a sus gobernadores»),[18] distinguido en el servicio en la
India antes de administrar Egipto, casi solo, entre 1883 y 1907, hablaba con
irritación de la «volátil» influencia francesa sobre las colonias británicas.
Para estos inmensos territorios —como para los que dependían de Bélgica,
Holanda, España, Portugal y Alemania—, las culturas metropolitanas occidentales
desplegaron amplias estrategias e inversiones. Muy pocos, en Inglaterra o
Francia, parecían pensar que las cosas cambiarían algún día. He tratado de
demostrar que la mayoría de las formaciones culturales creían en la primacía
permanente del poder imperial. No obstante, surgió, persistió y, por último, se
impuso una óptica alternativa al imperialismo.
Hacia 1950, Indonesia había obtenido su emancipación de Holanda. En
1947, Gran Bretaña había entregado la India al Partido del Congreso, seguida
inmediatamente por Pakistán, liderado por la Liga Musulmana de Muhammad Ali
Jinnah. Malasia, Ceilán y Birmania se independizaron, como las otras naciones
del Asia «francesa». Todo a lo largo del este, el oeste y el norte de África
concluyeron las ocupaciones inglesa, francesa y belga; a veces, como en
Argelia, con enormes pérdidas de vidas y bienes. Hacia 1990 habían surgido
cuarenta y nueve estados africanos. Pero ninguna de estas contiendas tuvo lugar
en el vacío. Como señala Grimal, la internacionalización de las relaciones
entre colonizados y colonizadores había
sido efecto de fuerzas planetarias: las iglesias, las Naciones Unidas,
el marxismo, la Unión Soviética y Estados Unidos. Se universalizó la lucha
antiimperialista, como testimonian multitud de congresos panafricanos,
panárabes y panasiáticos, y se acentuó drásticamente la grieta entre Occidente
(blanco, europeo, desarrollado) y lo que no es Occidente (de color, nativo,
subdesarrollado).
A causa de esta espectacular modificación del mapa mundial, hemos
perdido —quizá incluso se nos haya animado a ello— la percepción histórica y
moral de que, aun en lo más acendrado de la lucha, el imperialismo y sus
oponentes luchaban en el mismo terreno y por la misma historia. Ciertamente,
territorio e historia se superponían allí donde argelinos de formación
francesa, asiáticos o antillanos de educación inglesa y africanos en la misma
situación se enfrentaban con sus amos imperiales. La oposición al imperio en
Londres y en París experimentaba la influencia de la resistencia en Nueva Delhi
y en Argelia. Una interpretación occidental muy corriente y falsa sostiene que,
por un lado, fueron ideas de libertad exclusivamente occidentales las que
lideraron la lucha contra el sometimiento colonial, con lo cual se desdeña
engañosamente la existencia de fuerzas que, dentro de las culturas indias y
árabes, siempre se resistieron al imperialismo; y por otro,
afirma que la lucha contra el imperialismo constituyó, de este modo, uno de sus
mayores triunfos. Pero, a pesar de que no se tratase de la lucha de lo igual
contra lo igual, las partes en conflicto, que pertenecían al mismo terreno
cultural, protagonizaron encuentros fascinantes. Sin la existencia de la
oposición y las dudas de sectores metropolitanos, el carácter, la lengua y
hasta la estructura de la resistencia nativa al imperialismo hubiesen sido
diferentes. Aquí, también, la cultura se adelanta a la política, la historia
militar o los procesos económicos.
Esta superposición
no constituye un aspecto menor o desdeñable. Si la
cultura puede predisponer a una sociedad a prepararse para la dominación
ultramarina de otra, e incluso ser parte activa de tal dominación, también
puede, al revés, contribuir a apaciguar o modificar tal disposición. Esos
cambios no pueden darse sin la voluntad de hombres y mujeres de resistir las
presiones del régimen colonial, de levantarse en armas, de desplegar ideas de
liberación y de imaginar (como lo ha hecho Benedict Anderson) una nueva
comunidad nacional capaz del salto final. Tampoco pueden darse si en los
centros coloniales no se llega al agotamiento de las relaciones económicas y
políticas con el imperio; si la idea de imperio y el coste del régimen colonial
no son públicamente cuestionados; si las imágenes del imperialismo no empiezan
a perder su justificación y su legitimidad; finalmente, si los «nativos»
rebeldes no imprimen a la cultura metropolitana la independencia e integridad
de la propia, libre de los moldes coloniales. Pero, tras haber reseñado todos
esos requisitos, debemos reconocer que, en los dos extremos de este mapa
rediseñado, oposición y resistencia al imperialismo se articulan al unísono en
el terreno —en su mayor parte común, aunque disputado— que le ofrece la
cultura.
¿Cuáles son los territorios culturales dentro de los cuales nativos y
europeos liberales vivían y se entendían? ¿Cuánto pueden ofrecerse unos a
otros? Dentro del círculo de la dominación imperial, ¿cómo podían relacionarse
antes de que tuviese lugar el cambio radical? Consideremos en primer
lugar Pasaje a la India, de E. M. Forster, novela que, seguramente,
expresa su afecto (a veces pedante y engañoso) por el país. Siempre he creído
que lo más interesante de Pasaje a la India es que Forster la
utiliza para representar material que, de acuerdo con las normas de la forma
novelística, no podría de hecho acceder a la representación: vastedad,
creencias incomprensibles, movimientos secretos, historias y comportamientos
sociales. Dos personajes, Fielding y especialmente la señora Moore, son
presentados como europeos que van más allá de la norma antropomórfica al
permanecer en lo que es (para ellos) un nuevo y terrorífico elemento. En el
caso de Fielding, este experimenta la complejidad de la India, pero luego
vuelve al humanismo que le es familiar: tras el juicio, y después de haber
tenido un estremecedor presentimiento de lo que la India podía hacer
con su sentido del tiempo y del espacio, retorna a Inglaterra a través de Suez
y de Italia.
Pero Forster es un observador demasiado escrupuloso de la realidad que
lo contiene como para detenerse en este punto. La novela restituye el
tradicional sentido de la propiedad en su último tramo, cuando el autor,
deliberada y afirmativamente, importa a la India la habitual solución doméstica
occidental (matrimonio y propiedad) al casarse Fielding con la hija de la
señora Moore. A pesar de ello, Fielding y Aziz —un musulmán nacionalista— se
mueven juntos, pero separados: «“No lo querían”, dijeron ellos con sus cientos
de voces, “No, todavía no”, y el cielo dijo: “No, no aquí”». Hay una resolución
y una unión, pero ninguna será completa.[19]
Si la India actual no es ni el momento ni el lugar (las líneas de
Forster son cautelosas) para que se configure una identidad, una convergencia,
una fusión, entonces, ¿para qué lo es? La novela muestra que los orígenes
políticos de este problema residen en la presencia británica, a la vez que
permite experimentar varios de los aspectos que ese impasse genera,
pero siempre con la convicción de que en el futuro el conflicto político se
resolvería. Se reconoce la oposición al imperialismo, diametralmente diferente
en Godbole y en Aziz —el uno, un musulmán nacionalista; el otro, un hindú casi
surrealista—, se reconoce también la soterrada oposición de Fielding, a pesar
de que este es incapaz de formular en términos filosóficos o políticos sus
objeciones a las iniquidades del régimen británico y en cambio se limita a
poner objeciones locales a abusos locales. En Delusions and
Discoveries, Benita Parry expone un interesante
argumento: Forster resolvería positivamente la novela articulándola sobre
«evanescentes indicios», a pesar de la «totalidad textual».[20] Más exacto sería afirmar que él
deseaba que la separación entre la India y Gran Bretaña se mantuviera, aunque
se permitieran unas cuantas travesías intermitentes de ida y vuelta. Sea como
sea, tendemos a asociar la animosidad india contra los británicos, que se
despliega en el juicio de Aziz, con la emergencia en paralelo de una
resistencia india que, a pesar de sus reticencias, Fielding empieza a percibir
en Aziz, uno de cuyos modelos de nacionalismo es Japón. Los miembros del club
inglés, cuyo desprecio por los nativos obliga a Fielding a renunciar a él, son
completamente desagradables, se sienten nerviosos y consideran tan grave la
falta de Aziz que suponen que cualquier «debilidad» en la respuesta
constituiría un ataque al régimen imperial en sí mismo: todos estos signos
aluden a la existencia de un clima sin esperanzas.
A causa de su adhesión a los principios y actitudes liberales y humanas
del personaje de Fielding, Pasaje a la India acusa cierta
debilidad; en parte porque el compromiso de Forster con la forma novelística lo
expone a dificultades que en la India él no podía resolver. Como el África de
Conrad, la India de Forster es un paisaje que frecuentemente se describe en términos
de enormidad e inaprehensibilidad. En una ocasión, al principio de la novela,
cuando Ronny y Adela se encuentran, observan cómo un pájaro desaparece dentro
de un árbol, pero no pueden identificarlo porque, como agrega Forster para su
beneficio y el nuestro: «nada en la India se puede identificar; una pregunta
hace que eso desaparezca o que resurja en otra cosa».[21] Así, el núcleo de la novela es el
constante encuentro entre los colonos ingleses —«cuerpos bien desarrollados,
mentes aceptablemente desarrolladas y corazones subdesarrollados»— y la India.
Mientras Adela se
acerca a las cuevas de Marabar, advierte que el
traqueteo del tren,
que acompaña sus propios suspiros, lleva un mensaje que ella no puede adivinar:
¿Cómo puede la mente aprehender algo como esta tierra? Generaciones de
invasores lo intentaron, pero sin conseguirlo. Las importantes ciudades que
construyeron son solo refugios, y sus batallas, la maldición de hombres que no
pueden encontrar el camino de vuelta a casa. La India sabe de sus sufrimientos.
Sabe del sufrimiento del mundo entero hasta en sus más escondidas
profundidades. Los llama —«Venid»— desde sus cien voces, a través de cosas
ridículas o augustas. Pero ¿venir a qué? Nunca se ha definido. Ella no es una
promesa, sino, únicamente, una llamada».[22]
No obstante, Forster muestra de qué manera el «oficialismo» británico
intenta imponer sentido a la India. Hay orden de precedencia, clubes con
reglamentos, restricciones, jerarquías militares, y, sobre todo ello e
informándolo todo, el poder inglés. La India no es «como ir a tomar el té»,
dice Ronny Heaslop. «No he visto más que desastres cuando ingleses e indios
tratan de intimar socialmente. Intercambio, sí; cortesía, desde luego;
intimidad, nunca jamás».[23] No hay que asombrarse de que el
doctor Aziz se muestre tan sorprendido cuando la señora Moore se quita los
zapatos para entrar a una mezquita, en un gesto que sugiere deferencia y que
establece la amistad de un modo prohibido por el código.
Tampoco Fielding es típico: auténticamente inteligente y sensible, es el
más feliz de los hombres en el toma y daca de una conversación privada. Pero su
capacidad de comprensión y simpatía fracasan ante la masiva inaprehensibilidad
de la India; en las novelas anteriores de Forster hubiese sido el héroe
perfecto, pero aquí es derrotado. Al menos, Fielding puede «establecer
contacto» con un personaje como Aziz, contacto que, a medias, es la estratagema
de la que se sirve Forster para enfrentarse con la India en una novela inglesa:
la divide en dos partes, una islámica y la otra hindú. En 1857, Harriet
Martineau había declarado: «La mentalidad sin preparación,
hindú o musulmana, desarrollada en un medio asiático, no puede
simpatizar ni poco ni mucho, intelectual o moralmente, con una mentalidad
europea cristiana».[24] Forster subraya la parte musulmana,
comparada con la cual los hindúes, incluido Godbole, son periféricos, como si
no fuesen susceptibles de tratamiento novelístico. En Pasaje a la India,
Forster está ligeramente más cerca del islam que del hinduismo, aunque resulte
evidente, en última instancia, la ausencia total de simpatía respecto de aquel.
De acuerdo con la novela, los hindúes creen que todo está mezclado,
conectado, que Dios es uno, que no es, que no fue, que fue. Por contraste, el
islam representado por Aziz supone orden y un Dios específico («La mentalidad
comparativamente más sencilla de un musulmán»,[25] dice ambiguamente Forster, como si
quisiese sugerir no solo que Aziz posee una mentalidad comparativamente más
sencilla, sino que también la tienen los «mahometanos», en general). Para
Fielding, Aziz es casi un italiano, aunque sus exagerados entusiasmos acerca
del pasado mongol, su pasión por la poesía, su curioso pudeur con
las fotografías de su esposa, que lleva consigo, sugieren que se trata de un
ser exótico y no mediterráneo. A pesar de sus maravillosas características
bloomburianas, de su disposición a juzgar con caridad y amor, de su apasionada
inteligencia basada en normas humanas, finalmente, Fielding es rechazado por la
India, en cuyo desconcertante corazón solo penetra la señora Moore, aunque en
último término ella sea aniquilada por su visión. El doctor Aziz se convierte
en un nacionalista, pero creo que Forster se siente defraudado por él, porque
considera esa conversión como una pose. Le es imposible ponerlo en conexión con
el movimiento prolongado y coherente hacia la independencia india. Según
Francis Hutchins, desde finales del siglo XIX a principios del siglo XX, «los ingleses fueron asombrosamente incapaces de imaginar siquiera una
respuesta al movimiento nacionalista».[26]
Mientras viajaban a través de la India en 1912, Beatrice y Sidney Webb
advirtieron la dificultad con que se enfrentaban los patrones ingleses a la
hora de hacer trabajar a los obreros indios para el Raj; ya fuera a causa de la
holgazanería, forma de resistencia (muy corriente en toda Asia, como ha
demostrado S. H. Alatas),[27] ya debido a la llamada «teoría del
drenaje» de Dadabhai Naoroji, quien había afirmado, ante la satisfacción de los
partidos nacionalistas, que la riqueza de la India era expoliada por los
británicos. Los Webb culparon de ello a «esos anticuados habitantes europeos de
la India (que) no han sabido aprender el arte de gobernar a sus habitantes».
Después añadían:
Igualmente claro es que el indio se muestra, algunas veces, como un
trabajador al que es extraordinariamente difícil hacer sudar. No se preocupa
demasiado por lo que gana. Prefiere agotarse en una suerte de semiinanición
antes que trabajar duro. Por más bajo que sea su nivel de vida, siempre lo será
más su salario; al menos, cuando trabaja para un patrón que no le gusta. Y sus
irregularidades son completamente misteriosas.[28]
Difícilmente sugieren estas consideraciones algún tipo de enfrentamiento
entre dos naciones; del mismo modo, en Pasaje a la India, Forster
encuentra que la India es difícil porque es extraña e imposible de definir, o
porque las personas como Aziz se dejan seducir por los eufóricos sentimientos
nacionalistas, o porque si se trata de entenderla, como lo hiciera la señora
Moore, uno no puede recobrarse del encuentro.
Para los occidentales, la señora Moore es una molestia, como lo es
también para sí misma tras su visita a las cuevas. Para los indios presentes en
la sala del juicio, que se rebelan momentáneamente uniéndose en una especie de
coherencia nacionalista, la señora Moore es menos una persona que una frase
movilizadora, un principio cómicamente indianizado de protesta y comunión:
«Esmiss Esmoor». Ella ha sufrido una experiencia india que no ha podido
comprender, mientras que Fielding, que superficialmente ha entendido, no ha
pasado por la experiencia profunda. En su irresolución, la novela no se
atreve a condenar o defender abiertamente el colonialismo británico; tampoco a
condenar o defender el nacionalismo indio. Aunque las ironías de Forster
alcancen a todos, desde los reaccionarios Turton y Burton hasta los indios con
sus cómicas poses, no se puede dejar de pensar que, ante las realidades
políticas de los años veinte y treinta, hasta una novela tan notable como esta
naufraga frente a la realidad innegable del nacionalismo indio. Forster
establece una identificación, en el curso del relato, con un inglés, que solo
puede entender que la India es demasiado vasta y misteriosa, y con un musulmán
como Aziz, del que se puede ser amigo únicamente hasta cierto punto: desde el
momento en que su rechazo del colonialismo es tan inaceptablemente pueril. Se
deja de lado el sentimiento de que la India y Gran Bretaña son naciones
enemigas (aunque sus posiciones se superpongan), se oculta y finalmente se
disipa.
Tales son prerrogativas de una novela que trata de historias personales,
no oficiales ni nacionales. En contraste, Kipling admite directamente la
realidad política como fuente de ironía novelística, por más amenazada, trágica
o violenta que haya sido para él la historia de la India o de Inglaterra. Los
indios forman un conjunto variado y complejo; se necesita conocerlos y
comprenderlos; el poder británico ha de llegar a un acuerdo con los indios en
la India: estas son, políticamente hablando, las coordenadas de Kipling.
Forster, en cambio, es más evasivo y paternalista. Hay algo de verdad en la
observación de Parry: «Pasaje a la India es la expresión triunfante
de la imaginación inglesa en la tarea de explorar la India»,[29] pero también es cierto que la India
de Forster es tan personal y afectiva, y a la vez tan inexorablemente
metafísica, que su perspectiva sobre los indios como nación en pugna por
conseguir la soberanía no es seria ni respetuosa desde el punto de vista político.
Consideremos lo siguiente:
Hamidullah había hecho una visita en su camino hacia una reunión de un
inquietante comité de notables en la que hindúes, musulmanes, dos sijs, dos
parsis, un jainista y un cristiano nativo trataban de gustarse unos a otros un
poco más de lo que les era natural. Mientras alguno de ellos injuriaba a los
ingleses todo iba bien, pero no se había conseguido nada constructivo, y si los
ingleses abandonaran la India, el comité también se desvanecería. Se alegró de
que Aziz, al que quería, y cuya familia tenía relación con la suya, no se
interesase por la política, cosa que arruina el carácter y la carrera aunque
nada se pueda alcanzar sin aquella. Pensó en Cambridge; con tristeza, como en
otro poema que se hubiese acabado. ¡Qué feliz había sido allí treinta años antes!
En la rectoría del señor y la señora Bannister, la política no había contado.
Allí, juegos, trabajo y placentera sociedad entrelazados y con apariencia de
constituir una estructura de apoyo suficiente para la vida nacional. Aquí todo
era miedo y maquinaciones arteras.[30]
Esto registra un cambio en el clima político: lo que alguna vez fue
posible en la rectoría de los Bannister en Cambridge, ya no es apropiado en la
era del estridente nacionalismo. Pero Forster considera a los indios desde la
perspectiva imperial cuando afirma que era «natural» que las sectas no se
gustasen las unas a las otras o cuando minimiza la capacidad de los comités
nacionalistas para durar más allá de la presencia inglesa, o cuando dice que el
fastidioso y modesto nacionalismo consistía únicamente en «miedo y
maquinaciones arteras». Su presuposición es que él puede atravesar las pueriles
mascaradas del nacionalismo y llegar a la India esencial; y en cuanto a quién
debe gobernar la India —cuestión que precisamente se traen entre manos
Hamidullah y los otros—, será mejor que los ingleses continúen haciéndolo, a
pesar de sus errores. «Ellos» todavía no están preparados para el autogobierno.
Tal idea, desde luego, se remonta a Mill, y se asemeja sorprendentemente
a la postura de Bulwer-Lytton, quien había afirmado en su calidad de Virrey
entre 1878 y 1879:
Ya ha hecho gran
daño la deplorable tendencia de funcionarios indios de segunda categoría y
superficiales filántropos ingleses a ignorar las esenciales e insuperables
distinciones de rasgos
raciales, fundamentales para nuestra
posición en la India; y así, sin intención, han adulado los sentimientos y la
vanidad de nativos semieducados, causando severo desmedro al sentido común y a
la aceptación de la realidad en su conjunto.[31]
En otra ocasión afirmó que el «Baboodom de Bengala del Sur, aunque
desleal, es afortunadamente cobarde, y su único revólver es su tintero; a pesar
de que ensucia, no es peligroso».[32] En The Emergence of Indian
Nationalism, donde se citan estas páginas, Anil Seal observa que
Bulwer-Lytton no comprendió hacia dónde iba la corriente principal de la
política india, corriente que sí percibió un agudo comisionado de distrito al
escribir que:
Hace veinte años [...] debíamos tener
en cuenta las nacionalidades locales y cada una de las razas. El resentimiento
del Mahratta no suponía el de los bengalíes. [...] Ahora [...] hemos cambiado
todo eso y empezamos a encontrarnos, cara a cara, no con la población de una
provincia u otra, sino con doscientos millones de personas unidas por simpatías
y vínculos que nosotros mismos hemos creado y alentado.[33]
Por supuesto, Forster es un novelista, no un funcionario político, un
teórico o un profeta. No obstante, encuentra una manera de utilizar el
mecanismo novelístico para elaborar, sin modificarla, la ya existente
estructura de actitud y referencia. Esta estructura permitía sentir afecto y
hasta intimidad por algunos indios y por la India en general, pero seguía
considerando que la política india debía estar a cargo de los británicos y
negar privilegios, desde el punto de vista de la cultura, al nacionalismo indio,
privilegios que, por otra parte, concede rápidamente a griegos e italianos. De
nuevo Anil Seal:
En Egipto, como en la India, las actividades adversas a los británicos
se consideraban maquinaciones egoístas más que auténtico nacionalismo. Para el
Gobierno de Gladstone, la revuelta de los árabes en Egipto era tan solo
cuestión de unos pocos oficiales del ejército azuzados por ciertos
intelectuales egipcios que se habían puesto a leer a Lamartine: una conclusión
consoladora que justificaba a los partidarios de Gladstone negando sus propios
principios. Después de todo, en El Cairo no había Garibaldis. Tampoco en
Calcuta o Bombay.[34]
Cómo hace un escritor británico para lograr la representación
novelística de un nacionalismo de la resistencia por el cual siente simpatía es
un problema que Forster no expone explícitamente en su obra. Pero, en cambio,
lo hace Edward Thompson en 1926, dos años después de la publicación de Pasaje
a la India, en su The Other Side of the Medal. El tema de
Thompson es la tergiversación. Los indios, afirma, consideran a los
ingleses enteramente desde la perspectiva de la brutalidad británica ejercida
durante la represión del «Motín» de 1857. Los ingleses, desde la cúspide de la
pomposa y fría religiosidad del Raj, consideran a los indios y su historia como
bárbaros, no civilizados, inhumanos. Thompson advierte la asimetría entre las
dos tergiversaciones: la inglesa posee todo el poder de la tecnología y la
información —desde el ejército hasta la Oxford History of India—,
mientras que la otra se sustenta en el panfleto y en la capacidad movilizadora
de los sentimientos de rechazo de un pueblo oprimido. Pero aun así, dice
Thompson, debemos reconocer el hecho de que:
[el] odio indio existe —odio puro y salvaje—; y cuanto antes lo
admitamos e investiguemos sus razones, mejor. El descontento respecto a nuestro
dominio está universalizándose. Primero, debe haber existido una difundida
memoria popular que lo explique; segundo, algo debe de avivar la llama de ese
odio para que haya crecido de manera tan acelerada.[35]
En consecuencia, afirma, debemos pedir «una nueva orientación en las
historias de la India», debemos expresar nuestro remordimiento por las cosas
que hemos hecho y, sobre todo, reconocer que los hombres y mujeres indios
«quieren que se les devuelva su autoestima. Si se los hace nuevamente libres y
se les permite mirarnos y mirar a cualquiera a los ojos, se comportarán como un
pueblo libre y dejarán de mentir».[36]
El admirable y sólido libro de Thompson es doblemente sintomático. Por
un lado, admite la sobresaliente importancia de la cultura en la consolidación
del sentimiento imperial: la escritura de la historia, afirma una y otra
vez, está ligada a la extensión del imperio. El suyo es uno de los primeros y
más persuasivos intentos metropolitanos para entender el imperialismo como un
sufrimiento cultural tanto para el colonizador como para el colonizado. Por
otro lado, Thompson es prisionero de la noción de que existe una «verdad» en
los hechos que involucran a los contendientes y que trasciende a ambos. Los
indios «mienten» porque no son libres, mientras que Thompson (y otras figuras
de la oposición) pueden ver esa verdad porque son libres y
porque son ingleses. Ni Thompson ni Forster son capaces de adivinar que —como
afirmara Fanon— el imperio nunca devuelve nada de buen grado.[37] Le era imposible dar a los indios su
libertad; debía ser forzado a concederla como resultado de una lucha prolongada
y cada vez más dura, según pasaba el tiempo, en los campos de la política, la
cultura y, a veces, el militar.
El enfrentamiento entre los nativos y los blancos debía ya ser evidente,
como lo era en 1926, cuando Thompson se vio a sí mismo como parte «del otro
lado». Siempre hay dos lados, dos naciones en combate, y no meramente la voz
del señor blanco que responde en antífona —reactivamente— por el despertar
colonial. A esta instancia Fanon la llamó, en un pasaje teatral, la «alteridad
de la ruptura, del conflicto, de la batalla».[38] Thompson acepta ese estado de cosas
de modo más pleno que Forster, para quien está todavía viva la tradición de la
novela del siglo XIX, con su visión de los nativos como dependientes y subordinados.
En Francia no existió nadie comparable a Kipling, quien aun celebrando
el imperio advertía de su tendencia creciente al cataclismo; y nadie tampoco
como Forster. Francia se identificaba culturalmente con algo que Raoul Girardet
ha calificado de doble movimiento de orgullo y preocupación: orgullo, por la
tarea cumplida en las colonias; preocupación, por el destino de estas.[39] Pero, como en Inglaterra, la reacción
francesa ante el nacionalismo
asiático y africano apenas llegó a una ceja enarcada, excepto en el caso
del Partido Comunista francés que, siguiendo la línea de la Tercera
Internacional, apoyó la revolución anticolonial y la resistencia contra el
imperio. Girardet subraya que dos obras importantes de Gide pertenecientes a
los años posteriores a El inmoralista, Viaje al Congo (1927)
y Retorno de El Chad (1928) expresan algunas dudas sobre el
colonialismo francés en el África subsahariana, pero —añade con severidad— en
ninguna parte Gide cuestiona «le principe elle-même de la colonisation».[40]
El modelo, ¡ay!, es siempre el mismo: los críticos del colonialismo,
como Gide y Tocqueville, atacan los abusos en lugares extraños y por potencias
relativamente lejanas a ellos, mientras excusan, en cambio, los cometidos en
territorios franceses. O nada dicen de una acusación general contra toda represión
o hegemonía imperialistas.
Durante los años treinta surgió una literatura etnográfica seria que
discutía con interés y preocupación la existencia de sociedades nativas dentro
del imperium francés. Las obras de Maurice Delafosse,
Charles-André Julien, Labouret, Marcel Griaule y Michel Leiris
ofrecen sustanciales y cautelosas reflexiones respecto a culturas distantes y
muchas veces oscuras, a las que demuestran una estima que los moldes del
imperialismo político les negaban. [41]
Una dosis de esa curiosa mezcla de atención especial y rigidez
imperialista se encuentra en La vía real de André Malraux
(1930), una de las obras menos conocidas y discutidas del autor. Malraux era él
mismo aventurero y etnógrafo-arqueólogo aficionado; entre sus antecedentes se
encuentran Leo Frobenius, el Conrad de El corazón de las tinieblas,
T. E. Lawrence, Rimbaud, Nietzsche y, estoy convencido, Ménalque, el personaje
de Gide. La vía real muestra un viaje «al interior»: en este
caso, de la Indochina francesa (hecho apenas advertido por los
críticos más importantes de Malraux, para
quienes, como sucede en el caso de Camus y los suyos, el único contexto
al que vale la pena referirse es europeo). Por un lado, Perken y Claude (el
narrador); por otro las autoridades francesas: los dos bandos luchan por el
poder y el botín. Perken ansía quedarse con los bajorrelieves camboyanos; y las
autoridades francesas contemplan su búsqueda con desconfianza y desprecio.
Cuando los aventureros se encuentran con Grabot, un personaje muy semejante a
Kurtz, que ha sido capturado, torturado y dejado ciego, tratan de llevárselo
con ellos y alejarlo de los nativos que lo retienen, pero su espíritu se ha
quebrado. Después de que Perken sea herido y su pierna enferma esté a punto de
acabar con él, el indomable egoísta (como Kurtz en su agonía final) pronuncia
su mensaje desafiante ante el apesadumbrado Claude (el Marlow de turno):
il n ’y a pas... de mort... Il y a seulement... moi... Un doigt se
crispa sur la cuise... moi... qui vais mourir.[42]
En La vía real, la jungla y las tribus de Indochina están
presentadas con una mezcla de aprensión e invitadora seducción. Las tribus que
tienen prisionero a Grabot son mois; Perken, a su vez, ha gobernado al pueblo
sieng durante un largo periodo y, como un antropólogo devoto, intenta
protegerlo de la arrolladora modernización (en forma de ferrocarril colonial).
Pero, a pesar de la amenaza y desazón que causa el decorado imperial de la
novela, casi nada sugiere la existencia de una amenaza política, ni
que la cósmica maldición que engulle a Claude, Perken y Grabot consista en algo
históricamente más concreto que una suerte de mal general contra el que hay que
poner en juego la propia voluntad. Sí, se puede hacer negocio a pequeña escala
en el mundo extranjero de los indigènes (Perken comercia con
los mois, por ejemplo), pero su completo odio por Camboya sugiere, de modo más
bien melodramático, la separación metafísica entre el Este y el Oeste.
Doy tanta importancia a La vía real porque en su
calidad de obra de un extraordinario talento europeo, ofrece un concluyente
testimonio sobre la torpeza de la conciencia humanista occidental para
enfrentarse a los desafíos políticos de los dominios imperiales. Tanto Forster
en los años veinte como Malraux en los años treinta —ambos auténticos
conocedores del mundo no europeo— consideran que un destino más grande que el
meramente nacional de la autodeterminación espera a Occidente: la
autoconciencia, la voluntad, e incluso los profundos problemas del gusto y la
discriminación. Tal vez la forma novelística en sí misma impide la claridad de
sus percepciones, marcadas por una estructura de actitud y referencia con más
de un siglo de existencia. Hay una enorme diferencia entre Malraux y el
elogiado especialista francés en cultura indochina Paul Mus, cuyo libro Vietnam:
Sociologie d’une Guerre apareció veinte años después, en vísperas de
Dien Bien Phu y que fue capaz de ver, como Edward Thompson, la
profunda crisis política que separaba a Francia de Indochina. En un capítulo
notable titulado «Sur la route vietnamienne» (quizá como eco de La vía
real), Mus habla francamente del sistema institucional francés y su secular
violación de los valores vietnamitas sagrados; los chinos, indica, entendían a
los vietnamitas mejor que los franceses, con sus ferrocarriles, escuelas
y administration laique. Sin predicamento religioso, con poco
conocimiento de la moral tradicional vietnamita y aún menos
atención al nativismo y la sensibilidad local, los franceses eran apenas
conquistadores desaprensivos.[43]
Como Thompson, Mus considera a los europeos y a los asiáticos en su
necesaria vinculación y, de nuevo, como Thompson, se opone a la continuidad del
sistema colonial. Propone la independencia para Vietnam, a pesar de las
amenazas china y soviética, y, al mismo tiempo, quiere un pacto que conceda a
Francia ciertos privilegios en la reconstrucción de Vietnam (lo cual constituye
el fallo de un capítulo titulado «Que faire?»). A pesar de que
esto marca una considerable distancia respecto de Malraux, es tan solo
un cambio mínimo en el concepto europeo de tutelaje —aunque sea ilustrado—
sobre los no europeos. Y es incapaz de reconocer la completa fuerza de eso que,
en lo que al imperialismo occidental respecta, se convirtió en el nacionalismo
antinómico del Tercer Mundo, un nacionalismo que no deseaba cooperación, sino
que expresaba antagonismo.
2
Temas de resistencia cultural
La lenta y con frecuencia amargamente disputada recuperación del
territorio geográfico que se encuentra en el corazón del proceso de
descolonización está precedida, como antes lo fue el imperio, por el
establecimiento cartográfico del territorio cultural. Tras el periodo de
«resistencia primaria», en el que literalmente se lucha contra la intrusión
extranjera, viene el periodo segundo, es decir, de resistencia cultural,
durante el cual se realizan esfuerzos para reconstituir esa «comunidad
pulverizada y salvar o restaurar el sentimiento y el hecho mismo de la
comunidad contra las presiones del sistema colonial»,[1] según ha formulado Basil Davidson.
Esto, a su vez, hace posible el establecimiento de nuevas e independientes
delimitaciones. Es importante señalar que no solo estamos hablando de regiones
utópicas — prados idílicos, por así decirlo— descubiertas por intelectuales,
poetas, profetas, líderes e historiadores de la resistencia en sus propios
pasados privados. Davidson habla de las afirmaciones «de otro mundo» que
algunos formularon en la primera fase de enfrentamiento, en las que se
rechazaba el cristianismo y también las ropas occidentales. Todas ellas eran
respuesta a las humillaciones del colonialismo y conducían «a la principal
enseñanza del nacionalismo: la necesidad de encontrar una base ideológica que
sirviera de
sustento a una unidad más amplia que la conocida hasta aquel momento».[2] Creo que esta base se encontró en el
redescubrimiento y repatriación de lo que había sido suprimido del pasado de
los nativos por el proceso del imperialismo. Así se puede entender la
insistencia de Fanon en releer la dialéctica hegeliana del amo y del esclavo a
la luz de la situación colonial: en ella, Fanon insiste en el proceso en que el
amo imperial difiere del amo que describe Hegel. Para Hegel, hay reciprocidad;
aquí, el señor se ríe de la conciencia del esclavo. «Lo que quiere del esclavo
no es reconocimiento, sino trabajo».[3] Pero lograr reconocimiento es
rediseñar y, después, ocupar de modo consciente el lugar reservado a la
subordinación dentro de las formas de la cultura imperialista, luchando por
ella en el mismo y exacto territorio antes regido por una conciencia que aceptaba
la subordinación de un «otro» designado como inferior. En consecuencia, reinscripción. La
ironía reside en que la dialéctica hegeliana pertenece a Hegel, después de
todo: él estaba allí primero, tal como la dialéctica marxista de sujeto y
objeto estaban allí antes de que Fanon la utilizara para explicar la lucha
entre colonizador y
colonizado.
En esto consiste la tragedia parcial de la resistencia: en que, hasta
cierto punto, debe esforzarse por recobrar formas ya establecidas por la
cultura del imperio o, al menos, infiltradas o influidas por él. Ese es otro
ejemplo de lo que he calificado de territorios superpuestos: la lucha sobre
África a lo largo del siglo XX, por ejemplo, es una guerra por territorios establecidos y
restablecidos durante generaciones por exploradores europeos: un proceso
memorable y concienzudamente reconstruido por Philip Curtin en The
Image of Africa.[4] Así como en el momento de la
ocupación, los europeos consideraban, de modo polémico, que África
era un lugar vacío, o lo suponían amablemente dispuesto a ser conquistado,
cuando dispusieron su partición en el congreso de Berlín entre 1884 y 1885, la
descolonización de
África se enfrentó con la necesidad de reimaginar África, desgajándola
de su pasado imperialista.
Tomemos un ejemplo de esta lucha sobre las proyecciones e imágenes
ideológicas de la llamada búsqueda o motivo de la búsqueda, abundante en mucha
literatura europea y especialmente en la literatura acerca del mundo no
europeo. En todos los grandes relatos de exploradores del Renacimiento tardío
(Daniel Defert los ha llamado, con acierto, la recolección del mundo (la
collecte du monde)[5] y en la de los exploradores y
etnógrafos del siglo XIX, por no mencionar el viaje de Conrad al Congo,
existe el topos del viaje al sur, como lo ha
llamado Mary Louise Pratt refiriéndose a Gide y a Camus:[6] en todos ellos «suena ininterrumpidamente» el
motivo del control y de la autoridad. Para el nativo que empieza a ver y oír
ese persistente sonido, se oye «la nota de la crisis, del destierro del
corazón, del destierro de casa». Así es como Stephen Dedalus sitúa
memorablemente en la Biblioteca el episodio de Ulises;[7] el escritor nativo descolonizador
—Joyce, escritor irlandés colonizado por los británicos— vuelve a experimentar
el motivo del viaje de búsqueda, del cual había sido desterrado según la misma
figura llevada desde la cultura imperial a la nueva cultura y allí adoptada,
reutilizada y revivida.
The River Between, de James Ngugi (después fue Ngugi
wa Thiongo), reformula El corazón de las tinieblas, y lo hace desde
la primera página, infundiendo vida al río de Conrad. «El río se llamaba Honia,
que quiere decir ‘cura’ o ‘volver a la vida’. El río Honia no se seca nunca:
parece que posee una fuerte voluntad de vida a pesar de las sequías y de los cambios
de clima. Y corre siempre igual, sin prisas, sin dudas. El pueblo veía esto y
se sentía feliz».[8] Las imágenes conradianas del río, la
exploración y el misterioso decorado no están demasiado lejanas mientras leemos
la obra de Ngugi; sin embargo, se ven sopesadas de modo distinto,
experimentadas (y hasta sacudidas) por una lengua austera, voluntariamente
ausente de giros
reconocibles y deliberadamente cargada de sobreentendidos. En Ngugi se
disminuye la importancia del hombre blanco —comprimido en la figura de un solo
misionero emblemáticamente llamado Livingstone—, a pesar de que su influencia
se siente en las divisiones que separan unos de otros las poblaciones, las
riberas del río y los pueblos. En el conflicto interno que destroza la vida de
Waiyaki, Ngugi muestra con poderosa mano las tensiones imposibles de resolver
que seguirán vivas después de la novela y que esta no hace el menor esfuerzo
por contener. Aparece un nuevo modelo, suprimido en El corazón de las
tinieblas. Es un nuevo mito recreado por Ngugi: en su sinuoso curso y
su final oscuridad se sugiere el retorno a un África africana.
Y en Season of Migration to the North, de Tayeb Salih, el
río de Conrad se convierte en el Nilo, cuyas aguas rejuvenecen a sus pueblos,
mientras la primera persona del estilo narrativo inglés, con sus protagonistas
europeos, se ve de algún modo invertida; primero, por el uso del árabe; segundo,
porque la novela de Salih trata del viaje de un sudanés a Europa; tercero,
porque el narrador habla desde un poblado sudanés. El viaje al corazón de las
tinieblas se convierte así en una hégira sagrada desde el
campo sudanés, todavía agobiado por la herencia colonial, hasta el corazón de
Europa, donde Mustafá Said, espejo de Kurtz, desencadena la violencia ritual
sobre sí mismo, sobre las mujeres europeas y sobre el entendimiento del
narrador. La hégira concluye con el retorno de Said a su
tierra y su suicidio en su pueblo natal. Tan deliberada es la imitación inversa
de Conrad por Salih, que hasta la valla adornada de calaveras de Kurtz
encuentra su repetición y deformación en el inventario de los libros europeos
almacenados en la biblioteca secreta de Said. Las intervenciones e intercambios
de norte a sur y de sur a norte alargan y complican el vaivén de la trayectoria
colonial dibujada por Conrad. Lo que resulta no es una sencilla reclamación del
territorio ficticio, sino una articulación de algunas de las discrepancias y
las consecuencias imaginadas,
atenuadas por la
majestuosa prosa de Conrad:
Allí es como aquí, ni mejor ni peor. Pero yo soy de aquí, como lo es la
palmera en el prado de nuestra casa, que ha crecido en nuestra casa y no en la
de cualquier otro. No sé por qué ha sucedido esto de que ellos hayan venido a
nuestra tierra; ¿significa eso que envenenarán nuestro presente y nuestro
futuro? Tarde o temprano abandonarán nuestro país, igual que tantas gentes a lo
largo de la historia han dejado tantos países. Los ferrocarriles, los barcos,
los hospitales, las fábricas y las escuelas serán nuestras y hablaremos su
lengua sin sentir ni culpa ni gratitud. Otra vez seremos lo que antes fuimos
—gentes corrientes—, y si somos mentira, seremos una mentira inventada por
nosotros mismos.[9]
Los escritores posimperialistas del Tercer Mundo llevan así su pasado
con ellos: como cicatrices de heridas humillantes, como el motor para prácticas
diferentes, como visiones de su pasado potencialmente en revisión y que tienden
a un futuro poscolonial, como experiencias susceptibles de urgente revisión y
reorganización en las que el antiguo silencio de los nativos habla y actúa
sobre el territorio reclamado a los colonizadores dentro de un movimiento
general de resistencia y entra después en acción.
Otro motivo emerge en la cultura de la resistencia. Considérese el
impresionante esfuerzo cultural llevado a cabo para reclamar la posesión,
restaurada y vigorizada, sobre una región específica, como en muchas modernas
versiones latinoamericanas y caribeñas de La tempestad de
Shakespeare. Esta fábula es una de las tantas que gobiernan el imaginario
respecto del Nuevo Mundo. Hay otras: las aventuras y descubrimientos de
Cristóbal Colón, Robinson Crusoe, John Smith y Pocahontas, y las aventuras de
Inkle y Yariko. (Hay un brillante estudio de Peter Hulme, Colonial
Encounters, que los revisa con bastante detalle).[10] Este trabajo da la medida
de cuán reñida se ha vuelto la discusión acerca de las «figuras inaugurales» lo
cual hace casi imposible decir algo sencillo sobre cualquiera de ellas. Creo
que es un error considerar que este celo reinterpretativo sea vengativo,
simplificador o denigrador. Es imposible dejar de lado las formas,
totalmente inéditas dentro de la cultura occidental, de las
intervenciones de los artistas y estudiosos no europeos. Pues estas
intervenciones no únicamente forman parte del movimiento político, sino que, en
muchos sentidos, el movimiento está guiando de manera exitosa la
imaginación y la energía intelectual y figurativa en su trabajo de
redimensionar y repensar el terreno común a blancos y no blancos. Muchos
occidentales consideran una intolerable afrenta que los nativos reclamen ese
terreno, pero realmente, para ellos, volver a poseerlo es impensable.
El núcleo de la obra de Aimé Césaire Une Tempête no es
el resentimiento, sino una afectuosa disputa con Shakespeare acerca
del derecho a representar lo caribeño. Esa tendencia a la disputa forma parte
de un esfuerzo mayor por descubrir las bases de una identidad integral
diferente a la anterior, dependiente y resultado de una derivación de la
europea. Según George Lamming, «Calibán es lo excluido, aquello que está
eternamente por debajo de la posibilidad... Se lo ve apenas como una ocasión,
como un estado de existencia que puede ser poseído y explotado según los
propósitos del propio desarrollo de otro».[11] Para Lamming, se puede «explotar el
viejo mito de Próspero» consagrando «un lenguaje nuevo»; pero esto no «puede
ocurrir hasta que mostremos que el lenguaje es producto del trabajo humano,
hasta que convirtamos en algo accesible a todos ese resultado de ciertas
tareas, propias de hombres todavía vistos como los infelices descendientes de
esclavos deformados y carentes de lenguaje».[12]
Lo que Lamming apunta es que, a pesar de que el problema de la identidad
sea crucial, limitarse a afirmar una identidad diferente nunca es suficiente.
Lo fundamental es advertir que Calibán posee una historia capaz de desarrollo,
como parte de un proceso de trabajo, crecimiento y madurez que solo los
europeos parecen haberse propuesto. Cada nueva reinscripción americana de La
tempestad supone así una versión local de la antigua y grandiosa
leyenda,
reforzada y modificada en función de las presiones de una historia
cultural y política por hacer. El crítico cubano Roberto Fernández Retamar ha
señalado una cuestión significativa: para los latinoamericanos modernos y
caribeños, es Calibán y no Ariel el gran emblema de la hibridación, con su
extraña e impredecible mezcla de atributos. Esto es aún más cierto para
lo creole o para el compuesto mestizo de la nueva América.[13]
La elección de Calibán por encima de Ariel propugnada por Fernández
Retamar expresa un importante y profundo debate ideológico en el propio corazón
del esfuerzo cultural por la descolonización, un esfuerzo por la restauración
de la comunidad y la reapropiación de la cultura que se produce mucho después
de la instauración política de las naciones-estados independientes. La
resistencia y la descolonización a las que aquí aludo persisten bastante tiempo
después de que el nacionalismo triunfante haya llegado a detenerse. Esta
discusión posee un referente simbólico en Decolonising the Mind (1986)
de Ngugi, quien cuenta su propia despedida del idioma inglés y su
intento de adentrarse en la causa de la liberación explorando paralela y
profundamente la lengua y la literatura africanas.[14] Esfuerzo similar relata el importante libro
de Barbara Harlow, Resistance Literature (1987) cuyo propósito
es la utilización de las herramientas de la reciente teoría
literaria para dar lugar a «la producción literaria de áreas geopolíticas que
se oponen, social y políticamente, a la misma organización política y social
donde se originaron esas teorías a las que aquellas contestan».[15]
La forma básica del debate se ve más claramente si se la traslada a un
juego de alternativas que se pueden extraer de la elección entre Ariel y
Calibán, cuya historia en Latinoamérica, a pesar de ser específica y rara,
puede aplicarse a otras áreas. En el ámbito latinoamericano (desde el reciente
y bien conocido Fernández Retamar hasta los antecedentes, entre los que se
inscriben José Enrique Rodó y José Martí), esta elección es realmente
una respuesta a la siguiente pregunta: ¿cómo hace una cultura que quiere
independizarse del imperialismo para imaginar su propio pasado? Una posibilidad
es hacerlo como Ariel, como criado diligente de Próspero: Ariel cumple
prontamente con lo que se le ordena, y cuando obtiene su libertad, vuelve a su
elemento, una suerte de burguesía nativa que no se inquieta por su colaboración
con Próspero. Otra opción es la de Calibán, consciente de su pasado bastardo y
dispuesto a aceptarlo, pero no impedido para el futuro desarrollo. La tercera
vía es convertirse en un Calibán que se sacude su servidumbre y su
desfiguración física en el proceso de descubrimiento de un yo esencial y
precolonial. Este último Calibán es el que se encuentra tras los nacionalismos
nativistas radicales que han producido los conceptos de négritude,
fundamentalismo islámico, arabismo y otros semejantes.
Los dos Calibanes se alimentan y se necesitan el uno al otro. Cada
comunidad sometida en Europa, Australia, África, Asia y las Américas ha hecho
el papel del duramente tratado y oprimido Calibán respecto a algún Próspero del
exterior. La visión fundamental del nacionalismo antiimperialista consiste en
la toma de conciencia de que el propio yo individual forma parte de un pueblo
sometido. De esa visión vienen las literaturas, los innumerables partidos
políticos, el conjunto de otras luchas por las minorías, por los derechos de
las mujeres y, con el tiempo, nuevos estados independientes. Pero, como observa
muy justamente Fanon, la conciencia nacionalista puede llevar con mucha
facilidad a la más fría petrificación. La mera sustitución de los funcionarios
y oficiales blancos por sus equivalentes de color, señala Fanon, no garantiza
que los funcionarios nacionales no vayan a reproducir las antiguas costumbres.
Los peligros del chovinismo y la xenofobia («África para los africanos») son
muy reales. Es mejor la opción en que Calibán ve su propia historia como
aspecto parcial de
la historia de todos los hombres y las mujeres
sometidos del mundo, y comprende la verdad compleja de su propia situación
social e histórica.
No debemos minimizar la casi aplastante importancia de esa visión
inicial —pueblos que adquieren conciencia de ser prisioneros en su propia
tierra— porque vuelve, una y otra vez, en la literatura del mundo sometido al
imperialismo. La historia del imperio, marcada por rebeliones a lo largo de
todo el siglo XIX —en la India;
en el África alemana, francesa, belga e inglesa; en Haití, Madagascar, el norte
de África, Birmania, Filipinas, Egipto; y otros sitios— parece incoherente, a
menos que se reconozca esa sensación de aprisionamiento infundido con una
pasión por la comunidad que basó la resistencia antiimperialista precisamente
en el esfuerzo cultural por el rechazo. Aimé Césaire:
Ce qui est à moi
aussi: une petite
cellule dans le
Jura,
une petite cellule,
la neige la double de barreaux blancs la neige est un gêolier blanc qui monte
la garde devant une prison
Ce qui est à moi:
c’est un homme seul
emprisonné de
blanc
c’est un homme seul
qui défie les cris
blancs de la morte
blanche
(TOUSSAINT,
TOUSSAINT LOUVERTURE)[16]
Muchas veces, el concepto de raza da a la prisión misma su raison
d’être, y esta se repite casi en todas partes dentro de la cultura de la
resistencia. En su gran conferencia titulada «Nacionalismo», en 1927,
Rabindranath Tagore
se refiere a ello: «La Nación» es para Tagore un receptáculo de poder
duro e inexorable en su propósito de lograr conformidad, ya sea británica,
china, india o japonesa. La respuesta de la India, afirma, debe consistir no en
otro nacionalismo que entre en competencia con los ya existentes, sino en una
solución creativa que supere el espíritu divisionista producido por la
conciencia de las razas.[17] La misma convicción subyace en una
obra de W. E. B. Du Bois, The Souls of Black Folk (1903):
«¿Qué se siente cuando se es un problema? [...]. ¿Por qué Dios me hizo un
marginal y un extranjero en mi propia casa?».[18] Tanto Tagore como Du Bois, no
obstante, advierten en contra de un ataque masivo e indiscriminado contra la
cultura occidental o blanca. No hay que culpar a la cultura occidental, dice
Tagore, sino a la «pacata avaricia de la nación que se ha apropiado para sí la
carga del hombre blanco cuando este ataca el Este».[19]
En la cultura de la resistencia de la descolonización emergen tres
grandes tópicos, todos ellos relacionados, aunque se los separe por razones
analíticas. Uno, por supuesto, es la insistencia en el derecho de considerar el
conjunto de la historia de la comunidad de modo coherente e integral. Devolver
la nación prisionera a sí misma. (Benedict Anderson relaciona tal insistencia,
en Europa, con el «capitalismo impreso» que «dio una nueva fijeza al lenguaje»
y creó «campos unificados de intercambio y comunicación por debajo del latín y
por encima de las lenguas vernáculas orales»).[20] El concepto de lengua nacional es
central, pero sin la práctica de una cultura nacional —de consignas a panfletos
y periódicos, de cuentos folklóricos y héroes a poesía épica, novelas y
dramas—, el lenguaje es inerte. La cultura nacional organiza y sostiene la
memoria común, como cuando, en el contexto de la resistencia africana, se
resumen los relatos de las primeras derrotas («nos quitaron nuestras armas en
1903; ahora nosotros las recuperamos»); se vuelven a llenar los paisajes con
formas de vida recuperadas, con hazañas, héroes y
heroínas; se formulan expresiones y sentimientos de orgullo y desafío
que, a su vez, sirven para formar el núcleo de los principales partidos
nacionalistas de la independencia. Los relatos locales de la esclavitud, las
autobiografías espirituales y las memorias de presidio constituyen el
contrapunto de las historias monumentales de las potencias occidentales, los
discursos oficiales y las perspectivas panópticas cuasicientíficas. En Egipto,
por ejemplo, las novelas históricas de Girgi Zaydan reúnen, por primera vez, un
tipo de narrativa específicamente árabe (un poco a la manera en que Walter
Scott lo hiciera un siglo antes en Inglaterra). En la América hispana, según
Anderson, las comunidades creole «producen criollos que
conscientemente redefinen esas poblaciones mezcladas como sus compatriotas».[21] Tanto Anderson como Hannah Arendt
advierten de la extendida tendencia global a «conseguir expresiones de
solidaridad que se basan en un fundamento esencialmente imaginario».[22]
El segundo tópico se refiere a la idea de que la resistencia, lejos de
constituir meramente una reacción al imperialismo, es un modo alternativo de
concebir la historia humana. Es particularmente importante comprender hasta qué
punto esta nueva concepción se basa en la ruptura de las barreras entre
culturas. Ciertamente, un componente mayor del proceso es esa escritura
de retorno —según el título de un libro fascinante— frente a los grandes
relatos europeos sobre África y Oriente, a los que fractura y reemplaza
por un nuevo estilo narrativo más libre o más poderoso.[23] La novela de Salman Rushdie Los
hijos de la medianoche es una obra brillante basada, precisamente, en
la capacidad liberadora de la imaginación en el proceso de la
independencia, con todas sus anomalías y contradicciones puestas en marcha. En
Rushdie, como en la primera generación de la escritura de la resistencia, es de
particular interés el esfuerzo consciente por penetrar el discurso de Europa y
de Occidente, mezclarse con él, transformarlo y obligarlo a reconocer las
historias marginales, suprimidas u olvidadas. Llamo a este esfuerzo,
llevado a cabo por docenas de especialistas, críticos e intelectuales de la
periferia, el viaje de retorno.
El tercer tópico apunta a la notable tendencia del nacionalismo
separatista hacia una perspectiva más integradora de la comunidad humana y la
liberación. Quiero ser muy claro en esto. Nadie necesita que se le recuerde que
durante el periodo de la descolonización, a lo largo de todo el orbe imperial,
los movimientos de protesta, resistencia e independencia estaban alimentados
por uno u otro nacionalismo. Actualmente, los debates acerca del nacionalismo
en el Tercer Mundo han aumentado en volumen e interés, y no solo porque según
abundantes estudiosos y observadores occidentales esta reaparición del
nacionalismo reavive buen número de actitudes anacrónicas. Elie Kedourie, por
ejemplo, considera que el nacionalismo no occidental es esencialmente
condenable, una reacción negativa que muestra una notoria inferioridad cultural
y social y que imita conductas políticas «occidentales» que nada bueno han
aportado. Hay otros, como Eric Hobsbawm y Ernest Gellner, que consideran el
nacionalismo como una forma de conducta política gradualmente superada por
nuevas realidades transnacionales en materia de economías modernas,
comunicaciones electrónicas o superpotencias de proyección militar.[24] Creo que en todas estas actitudes
existe una marcada (y creo que ahistórica) incomodidad respecto a las
sociedades no occidentales que acaban de adquirir su independencia nacional,
cosa que se ve como «extraña» a su ser mismo. De ahí la repetida insistencia en
el origen occidental de las filosofías nacionalistas que, por
lo tanto, se ajustan mal a los árabes, zulúes, indonesios,
irlandeses o jamaicanos y corren el riesgo de ser mal utilizadas por ellos.
Esta crítica de los pueblos recientemente independizados, según mi
opinión, conlleva una oposición cultural marcada tanto desde la izquierda
como desde la derecha por la afirmación de que pueblos antiguamente
sometidos pueden adscribirse a la misma clase de nacionalismo que, digamos, los
más desarrollados y, por lo tanto, más meritorios, como los alemanes e
italianos, por ejemplo. Una confusa y a la vez limitadora noción de prioridades
permitiría que únicamente aquellos que han inventado una idea fuesen capaces de
ponerla en práctica. Sin embargo, la historia de la cultura no es otra cosa que
la historia de préstamos culturales. Las culturas no son impermeables; así como
la ciencia occidental tomó cosas de los árabes, ellos las tomaron de los indios
y los griegos. La cultura no es nunca cuestión de propiedad, de tomar y prestar
con garantías y avales, sino más bien de apropiaciones, experiencias comunes e
interdependencias de toda clase entre diferentes culturas. Esta es la norma
universal. ¿Quién ha podido determinar qué cantidad de elementos provenientes
del imperio sobre los otros contribuyó a la enorme riqueza de las potencias
francesa e inglesa?
Al académico y erudito indio Partha Chatterjee (miembro del grupo de
Subaltern Studies) se debe una crítica mucho más interesante del nacionalismo
no occidental. Él sostiene que en buena medida el pensamiento nacionalista
indio depende de realidades generadas por el poder colonial, ya sea afirmando o
negando la conciencia patriótica. Esto «conduce inevitablemente al elitismo de
cierta intelligentsia, enraizado en una visión de regeneración
radical de la cultura nacional».[25] La restauración de la nación en una
situación así constituye fundamentalmente un sueño; un ideal utópico romántico
desgajado de la política real. De acuerdo con Chatterjee, el punto de máxima
radicalidad del nacionalismo se alcanzó en la completa oposición de Gandhi a
toda la civilización occidental. Influido por el pensamiento antimoderno de
pensadores como Ruskin y Tolstói, Gandhi se sitúa epistemológicamente fuera del
orden temático de la reflexión de la posilustración.[26] La tarea de Nehru consistió
efectivamente en tomar la
nación india como una totalidad liberada enteramente de la modernidad
por obra de Gandhi y depositarla así, por entero, dentro del concepto del
estado. «El mundo de lo concreto, el mundo de las diferencias, del conflicto,
de la lucha entre clases, de la historia y la política encuentran ahora su
unidad en la vida del estado».[27]
Chatterjee muestra que el nacionalismo antiimperialista triunfante tiene
detrás una historia de evasión o evitación, y que puede convertirse en una
panacea para no enfrentarse con las disparidades económicas, la injusticia
social y la captura del nuevo estado independiente por parte de una élite
nacionalista. Pero, a mi juicio, insiste muy poco en que la contribución de la
cultura al estatalismo es, en muchas ocasiones, el resultado de una concepción
separatista y hasta chovinista y autoritaria del nacionalismo. No obstante,
existe también una tendencia intelectual consistente, dentro del consenso
nacionalista, que es vitalmente crítica, que rechaza el halago de las consignas
triunfalistas y separatistas en favor de las realidades humanas más generosas y
amplias de una comunidad entre culturas, pueblos y sociedades.
Esta comunidad es la de la real liberación humana anunciada por la resistencia
al imperialismo. Basil Davidson afirma contundentemente la misma posición en su
magistral Africa in Modern History: The Search for a New Society.[28]
No quiero que se me malinterprete: no estoy abogando por una posición
simplemente antinacionalista. Es un hecho histórico que, como fuerza política
movilizadora, el nacionalismo —restauración de la comunidad, afirmación de la
identidad, emergencia de nuevas prácticas culturales— instigó y propulsó la
lucha contra la dominación occidental en todo el orbe no europeo. Es tan inútil
oponerse a eso como a la ley de la gravedad de Isaac Newton, En las Filipinas o
en cualquiera de los territorios africanos, en el subcontinente indio, en el
mundo árabe, en buena parte de Latinoamérica o el Caribe, en
China o Japón, los nativos se unieron en grupos que reivindicaban tanto
la independencia como el nacionalismo, basándose en un sentido de la identidad
étnico, religioso o comunitario opuesto a cualquier tipo de futura opresión
occidental. Esto fue así desde el principio. Se convirtió en una realidad
global en el siglo XX al extenderse enormemente la reacción a la intromisión occidental,
que, a su vez, se había extendido también de manera extraordinaria. Con muy
pocas excepciones, los pueblos se unieron en la afirmación de su resistencia
hacia lo que percibían como trato injusto hacia ellos; y sobre todo, porque esa
injusticia se sustentaba en ser ellos quienes eran, es decir, no occidentales.
Ciertamente, en algunas ocasiones, estos agrupamientos se convertían en
asociaciones ferozmente exclusivistas, como lo han demostrado muchos
historiadores del nacionalismo. Pero también debemos centrarnos en el argumento
cultural e intelectual, dentro del nacionalismo de la resistencia, que sostiene
que, una vez adquirida la independencia, se necesitan nuevas e imaginativas
reconceptualizaciones de la sociedad y la cultura para así evitar la recaída en
las antiguas ortodoxias e injusticias.
Al llegar a este punto, es fundamental el movimiento de las mujeres.
Porque mientras se organiza una resistencia primaria, para ser seguida por el
despliegue de los partidos nacionalistas, injustas prácticas machistas como el
concubinato, la poligamia, el vendaje de pies, el sati y la
virtual esclavización de las mujeres, se convierten en cuestiones básicas de su
propia resistencia. En Egipto, Turquía, Indonesia, China y Ceilán, la lucha de
principios de siglo por la emancipación de las mujeres está orgánicamente
relacionada con la agitación nacionalista. Raja Ramuhan Roy, una nacionalista
de principios de siglo influida por Mary Wollstonecraft, fue el motor de las
primeras movilizaciones de las campañas por los derechos de las mujeres en la
India, modelo común del mundo colonial, donde los inicios del cuestionamiento
intelectual contra la injusticia incluyeron la preocupación por los
derechos pisoteados de todas las clases oprimidas. Después, mujeres escritoras
e intelectuales —muchas veces pertenecientes a estratos sociales privilegiados
y con frecuencia aliadas a las defensoras occidentales de los derechos de la
mujer, como Annie Besant— se pusieron al frente del movimiento por la educación
de las mujeres. La obra fundamental de Kumari Jayawardena, Feminism and
Nationalism in the Third World, describe los esfuerzos de las reformistas
indias Toru Dutt, D. K. Karve y Cornelia Sorabjee, y de militantes como Pundita
Ramabai. Sus contrapartidas en las Filipinas, Egipto (Huda Sha’arawi) o
Indonesia (Raden Kartini) han ampliado la corriente del feminismo, que después
de la independencia se ha convertido en una entre varias tendencias
liberacionistas.[29]
Esta lucha más amplia por la liberación se hizo más evidente allí donde
los logros nacionalistas habían fracasado o se habían retrasado: en Argelia,
Guinea, Palestina, partes del mundo islámico y árabe y Sudáfrica. Los
estudiosos de la política poscolonial no han reparado lo suficiente en las
ideas que minimizan la ortodoxia y el pensamiento autoritario o patriarcal y
que se pronuncian con severidad sobre la naturaleza coercitiva de la identidad
política. Quizá esto suceda porque los Idi Amin y los Sadam Husein del Tercer
Mundo se han apropiado de modo completo y siniestro del nacionalismo. Es
evidente que muchos nacionalistas son más coactivos o, al contrario, más
autocríticos que otros; pero mi propia tesis consiste en que, en sus mejores
aspectos, la resistencia nacionalista al imperialismo fue siempre crítica
respecto a sí misma. Una lectura atenta de las figuras cimeras dentro de la
jerarquía nacionalista —C. L. R. James, Neruda, el mismo Tagore, Fanon, Cabral
y otros— descubrirá cómo distinguen entre las varias fuerzas en pugna por el
dominio dentro del campo antiimperialista. James es el ejemplo perfecto. Desde
siempre campeón del nacionalismo negro,
continuamente atempera sus proclamas con afirmaciones y exhortaciones a
recordar la insuficiencia de la particularidad étnica, del mismo modo que es
insuficiente la solidaridad sin crítica. Podemos abrigar esperanzas serias en
torno a esto, aunque solo sea porque, en lugar de estar al final de la
historia, estamos en disposición de hacer algo acerca de nuestra historia
presente y futura, vivamos dentro o fuera del mundo metropolitano.
En suma, la descolonización es una compleja batalla sobre el derrotero
de diferentes objetivos políticos, historias y geografías, y está llena de
obras de imaginación, de investigación y de contrainvestigación. La lucha
adopta diversas formas: huelgas, marchas, ataques violentos, retribuciones y
contrarretribuciones. Su caudal está también alimentado por novelistas y
funcionarios colonialistas que escriben acerca, por ejemplo, de la mentalidad
india, o de los modelos de renta rural en Bengala, o de la estructura de la
sociedad india. En respuesta, surgen las novelas escritas por indios en las que
se reclama más participación en el gobierno, e intelectuales y oradores que
llaman a las masas a un compromiso más profundo y a la movilización por la
independencia.
No se pueden fijar calendarios para este proceso. La India ha seguido un
derrotero; Birmania, África Occidental o Argelia, otros distintos; Egipto,
Siria y Senegal, aún otros diversos. Pero en todos los casos se perciben
gradualmente las divisiones cada vez más perceptibles entre los bloques
nacionales masivos: de un lado, Occidente (Francia, Inglaterra, Holanda,
Bélgica, Alemania, etcétera); del otro, la mayoría de los nativos. Desde una
perspectiva general, la resistencia antiimperialista se construye gradualmente,
desde revueltas esporádicas y muchas veces fracasadas hasta que, tras la
Primera Guerra Mundial, eclosiona de modo variado en partidos, movimientos y
personalidades a lo largo de todo el imperio. Durante las tres décadas
siguientes a la Gran Guerra, esa resistencia adquirió una mentalidad
más militante e independiente, hasta lograr la aparición de los nuevos
estados en Asia y África. En el proceso, la resistencia operó permanentemente
cambios dentro de la situación interna de las potencias occidentales, cuyas
fuerzas se dividieron entre oponentes y afines a la política imperialista.
3
Yeats y la descolonización
William Butler Yeats ha sido casi por completo asimilado al canon y
también a los discursos acerca de la literatura inglesa y moderna del fin de
siglo. En ambos se lo reconoce como un gran poeta moderno irlandés,
profundamente afín y en activa relación con sus tradiciones nativas, el
contexto histórico y político de su periodo y su compleja situación de poeta de
la Irlanda turbulenta y nacionalista que escribe en inglés. Además de su
visible, y hasta diría que asentada, presencia en Irlanda, en la cultura y la
literatura británicas y en el modernismo europeo, Yeats presenta de hecho otro
rasgo fascinante: el de ser un indiscutible poeta nacional que,
durante una época de resistencia antiimperialista, articulaba las experiencias,
las aspiraciones y la visión restauradora de un pueblo que sufría bajo la
ocupación de una potencia extranjera.
Desde esta perspectiva, Yeats es un poeta perteneciente a una tradición
no habitualmente considerada como suya: la de un mundo colonial gobernado por
el imperialismo europeo durante una etapa de insurrección aguda. Aunque esta no
sea la manera corriente de interpretar a Yeats, debemos aún insistir en que
también pertenecía, naturalmente, a un dominio cultural que, en virtud del
estatuto colonial de Irlanda, compartía con un número
elevadísimo de regiones no europeas: antagonismo y dependencia cultural
al unísono.
Se dice que la etapa del gran imperialismo no comenzó hasta 1870. Pero
en el ámbito de habla anglosajona se había iniciado unos cien años antes, como
lo demuestra el interesante libro de Angus Calder, Revolutionary
Empire. Irlanda había sido cedida a Enrique II de Inglaterra por el
Papado alrededor de 1150; un Papa visitó la isla en 1171. Ya en esa época se
daba un persistente prejuicio acerca de Irlanda: sus habitantes eran
considerados miembros de una raza bárbara y degenerada. Historiadores y
críticos recientes —Seamus Deane, Nicholas Canny, Joseph Leerssen y R. N. Lebow
entre otros— han estudiado y documentado esta historia, alimentada en gran
medida por figuras de impresionante influencia intelectual, como Edmund Spenser
y David Hume.
A pesar de que las metrópolis trataban a cada una de ellas por separado,
la India, norte de África, Caribe, América Central, del Norte y del Sur, muchas
partes de África, China, Japón, el archipiélago del Pacífico, Malasia,
Australia, Nueva Zelanda y, por supuesto, Irlanda, pertenecían a un solo grupo.
Todas ellas era sitios de enfrentamiento antes de 1870, ya a causa de la
resistencia local, ya por las contiendas entre las mismas potencias europeas;
en algunos casos, como en la India y África, dos tipos de lucha contra la
dominación exterior se desarrollaban desde antes de 1857, y también antes de
los varios congresos europeos sobre el reparto de África que se celebraron a
finales del siglo XIX.
Aquí la cuestión es que, independientemente del momento en que se desee
fijar la etapa del gran imperialismo —ese periodo en que casi todos, en Europa
y en Estados Unidos, creían estar sirviendo la causa comercial y altamente
civilizadora del imperio—, el imperialismo como tal habíase desarrollado ya en
un proceso continuo, durante varias centurias de
conquistas de ultramar, rapiña y exploración científica. Para un indio,
un irlandés o un argelino, la tierra estaba y había estado sometida a un poder
extranjero, fuese este liberal, monárquico o revolucionario.
Pero, constitutivamente, el imperialismo europeo moderno era diferente,
de manera radical, de otros tipos anteriores de dominación de ultramar. La
escala y el alcance eran solo una parte de lo que lo hacía diferente;
ciertamente ni Bizancio, ni Roma, Atenas o Bagdad, ni España o Portugal durante
los siglos XV y XVI llegaron a controlar nada
similar en dimensiones a los territorios bajo el poder de Inglaterra y Francia
en el siglo XIX. La primera
diferencia atañe a la sustancial duración de la disparidad de poder, y la
segunda a su masiva organización, que afectaba los más mínimos detalles y no
únicamente las grandes líneas de la vida social. A principios del siglo XIX, Europa había empezado la
transformación industrial de su economía, con Gran Bretaña a la cabeza. Las
estructuras feudales y tradicionales de la posesión de la tierra estaban
cambiando; se habían fijado nuevos esquemas mercantilistas para el comercio
internacional, el poder naval y los asentamientos coloniales; la revolución
burguesa alcanzaba su estadio triunfal. Todos estos desarrollos dieron a Europa
una ascendencia marcada sobre sus posesiones ultramarinas, un perfil de
impresionante y, en ocasiones, amedrentadora fuerza. Cuando comenzó la Primera
Guerra Mundial, Europa y Estados Unidos sostenían, en la mayor parte de la
superficie del planeta, diversas formas de sometimiento colonial.
Diferentes razones dieron lugar a este estado de cosas, que toda una
biblioteca de estudios sistemáticos (empezando con los críticos del
imperialismo en su fase más agresiva, como Hobson, Rosa Luxemburg y Lenin)
suele relacionar con procesos económicos y también, aunque descritos de modo
más ambiguo, con derroteros políticos (que, en el caso de Joseph Schumpeter,
adquieren además tintes psicológicamente agresivos). Lo que yo
sostengo en este libro es que la cultura jugó aquí un papel importante y
hasta indispensable. Durante muchas décadas de expansión imperial, en el
corazón de la cultura europea latía un inocultable e inexorable eurocentrismo.
Este acumulaba experiencias, territorios, pueblos, historias; los estudiaba,
clasificaba, verificaba y, como dice Calder, permitía que los «hombres de
negocio europeos» tuviesen poder «para trazar grandiosos planes»;[1] pero sobre todo los subordinaba
borrando sus identidades, salvo en el estrato más bajo del ser, de la cultura y
hasta de la idea misma de una Europa blanca y cristiana. Se debe considerar
este proceso cultural como contrapunto vital, informador y reforzador de la
maquinaria económica y política que se encontraba en el centro material del
imperialismo. Esta cultura eurocéntrica implacablemente codificaba y registraba
todo acerca de los no europeos y el mundo periférico, de modo tan concienzudo y
con tanto detalle que casi no se dejaba punto sin tocar, cultura sin estudiar,
tierras o pueblos sin reclamar su posesión.
Desde este punto de vista, no hay casi diferencias entre el Renacimiento
y lo que vino después. No temamos afirmar que todos aquellos elementos sociales
históricamente progresistas eran no obstante, desde la perspectiva del
imperialismo, uniformemente retrógrados. Artistas y escritores de vanguardia,
la clase obrera, las mujeres —todos ellos marginales en Occidente— mostraban un
fervor imperialista que aumentaba en intensidad y febril entusiasmo al ritmo en
que crecía la brutalidad y el insensato —y a veces inútil— control de las
potencias europeas y norteamericana sobre los pueblos sometidos. El
eurocentrismo penetró la médula misma del movimiento obrero, de las mujeres y
de la vanguardia artística: nadie significativo quedó fuera de su alcance.
Mientras el imperialismo crecía en alcance y profundidad, también en las
colonias aumentaba la resistencia. Así como en Europa la acumulación
global, que reunía los dominios coloniales dentro de la economía mundial
de mercado, se sostenía y alimentaba en una cultura que concedía licencia
ideológica al imperialismo, así en el imperium de ultramar la
masiva resistencia política, económica y militar estaba apoyada e informada por
una cultura de la resistencia provocadora y desafiante. Esto constituía algo
más que una respuesta tardía y reactiva al imperialismo occidental: era una cultura
con una larga tradición de integridad y poder por derecho propio.
En Irlanda, señala Calder, la idea de exterminar a los celtas fue desde
el principio considerada «parte de las tareas del ejército real, y, con
aprobación real, un cometido patriótico, heroico y justo».[2] Se hizo más fuerte la idea de la
superioridad racial inglesa: alguien tan humano como el caballero y poeta
Edmund Spenser, en su View of the Present State of Ireland (1596)
llegó a proponer claramente que puesto que los irlandeses eran escitas,
bárbaros, la mayoría debía ser exterminada. Naturalmente, las rebeliones contra
los ingleses empezaron pronto, y hacia el siglo XVIII, bajo Wolfe Tone y Henry Grattan, la oposición había adquirido una
identidad acabada, con organizaciones, giros de lenguaje y reglas. «Se estaba
poniendo de moda el patriotismo»,[3] continúa Calder, y a mitad del siglo
los extraordinarios talentos de Jonathan Swift, Goldsmith y Burke dieron a la
resistencia irlandesa un discurso enteramente propio.
En buena parte, aunque no en toda, la resistencia al imperialismo
encontraba su dirección dentro del amplio contexto del nacionalismo.
«Nacionalismo» es una palabra que todavía significa toda clase de cosas
indiferenciadas, pero aquí me sirve, muy adecuadamente, para definir la energía
movilizadora encarnada en la resistencia, por parte de pueblos con una
historia, religión e idioma común, contra un imperio extranjero y de ocupación.
Sin embargo, a pesar de su éxito —de hecho, a causa de su éxito — en la tarea
de desembarazarse de señores coloniales en muchos territorios,
el nacionalismo ha seguido siendo una práctica profundamente
problemática. Cuando se trataba de sacar la gente a la calle para manifestarse
contra el amo blanco, el nacionalismo estuvo muchas veces encabezado por
abogados, médicos y escritores que, en parte, eran producto del poder colonial
y se habían formado gracias a él. Las burguesías nacionales y sus élites
especializadas, de las cuales Fanon habla con tanto desprecio, tendían, en
efecto, a reemplazar el poder colonial por uno nuevo basado en la división de
clases y, en última instancia, en la explotación que reproducía las viejas
estructuras coloniales en nuevos términos. Existen estados, a lo largo de todo
el mundo antes colonial, que han alimentado patologías del poder, como las ha
denominado Eqbal Ahmad.[4] También puede suceder que los
horizontes culturales del nacionalismo se vean fatalmente limitados a causa de
la común historia de colonizador y colonizado. Después de todo, el imperialismo
fue una aventura de cooperación; una de sus características más sobresalientes
en su forma moderna consiste en que era (o afirmaba ser) un movimiento
educativo, conscientemente puesto en marcha para modernizar, desarrollar,
instruir y civilizar. Los anales de escuelas, misiones, universidades,
sociedades académicas y hospitales en Asia, África, Latinoamérica, Europa y
Norteamérica están llenos de los registros de esta historia, que con el tiempo
fijó las así llamadas tendencias modernizadoras mientras difuminaba los
aspectos más duros de la dominación. Pero, en su centro, preservó la división
decimonónica entre el occidental y el nativo.
Los grandes colegios coloniales, por ejemplo, enseñaron a generaciones y
generaciones de burguesía nativa importantes verdades acerca de la historia, la
ciencia y la cultura. De ese proceso de aprendizaje millones de individuos
extrajeron los fundamentos de la vida moderna, pero siguieron subordinados a
una autoridad sustentada no en sus propias vidas, sino en otra parte. Puesto
que uno de los propósitos de la vida colonial era la promoción de la historia
de Francia o de Gran Bretaña, esa misma educación degradaba la historia
nativa. Para el nativo siempre existían los ingleses, los franceses, los
alemanes, los holandeses, como depositarios distantes de la Palabra, a pesar de
las afinidades que, durante años de productiva colaboración, se desarrollaron
entre los nativos y los «blancos». Un ejemplo célebre y de inusual vigor acerca
del descubrimiento de esta distancia, se encuentra en el momento en que Stephen
Dedalus, el personaje de Joyce, se enfrenta con el director de estudios inglés:
El lenguaje en el que hablamos es suyo antes que mío. ¡Qué diferentes
son las palabras casa, Cristo, cerveza, señor, en sus labios o en los míos! No
puedo hablar o escribir estas palabras sin que mi espíritu se inquiete. Su
lenguaje, tan familiar y tan extraño, siempre será para mí un habla adquirida.
Yo no he hecho ni aceptado sus palabras. Mi voz las mantiene a raya. Mi alma se
consume a la sombra de su lenguaje.[5]
En Irlanda, la India y Egipto, el nacionalismo estaba arraigado en la
larga lucha de partidos, como el Sinn Fein, el Partido del Congreso y el Wafd,
por los derechos de los nativos y por la independencia. Procesos similares
tuvieron lugar en otros sitios de África y Asia. Nehru, Nasser, Ahmed Sukarno,
Nyerere, Kwame Nkrumah: el panteón de Bandung floreció, en toda su grandeza y
sus sufrimientos, gracias a la dinámica del nacionalismo, culturalmente
encarnado en autobiografías propagandísticas, manuales de instrucción y
meditaciones filosóficas de estos grandes líderes nacionales. En el
nacionalismo clásico, en cualquiera de sus localizaciones, se advierte, aún
ahora, un inconfundible repertorio patriarcal, que retrasa y distorsiona las
reclamaciones por los derechos de las minorías y las mujeres (para no mencionar
las libertades democráticas). Obras fundamentales como Asia and Western
Dominance de Panikkar, The Arab Awakening de
Antonius, y varios libros del Renacimiento irlandés, son deudores
también del molde del nacionalismo clásico.
Dentro del revival nacionalista, en Irlanda y en otras partes, se pueden
distinguir dos momentos políticos distintos, cada uno dentro de su propia
cultura imaginaria, y el segundo impensable sin la existencia del primero. El
primer momento es el de la pronunciada percepción de la cultura europea y
occidental como imperialismo; supone la conciencia reflexiva
que permite a los ciudadanos de África, el Caribe, Irlanda, Latinoamérica y
Asia afirmar que llega a su fin la existencia de Europa como guía cultural o
educativa para los no europeos o no pertenecientes a los territorios
metropolitanos. Muchas veces este momento fue arbitrado, como sostiene Thomas
Hodgkin, por «profetas y sacerdotes»,[6] entre los cuales se contaban poetas y
visionarios, versiones quizá de los «rebeldes primitivos» de Eric Hobsbawm. El
segundo momento es más abiertamente liberacionista y se dio durante la
prolongada misión imperial de Occidente posterior a la Segunda Guerra Mundial,
sobre todo en regiones coloniales como Argelia, Vietnam, Palestina, Irlanda,
Guinea y Cuba.[7] El nacionalismo convencional, en su
primer momento, se reveló a la vez radical e insuficiente, ya fuese en la
constitución india, en las afirmaciones de panarabismo y panafricanismo, o en
formas particularistas como el gaélico de Pearse y la négritude de
Senghor. Pero solo como primer paso. De esa paradoja surgió la idea de
liberación, un vigoroso tema nuevo y posnacionalista, implícito en las obras de
James Connolly, Marcus Garvey, Martí,[8] Mariátegui, Cabral y Du Bois, por
ejemplo, pero que exigía la energía añadida de la teoría y hasta de una
militancia insurreccional armada que la llevara abiertamente a cabo.
Volvamos nuevamente a la literatura del primero de esos momentos, el de
la resistencia antiimperialista. Si existe algo que distingue radicalmente la
imaginación antiimperialista, es la primacía que tiene en ella el elemento
geográfico. Después de todo, el imperialismo es un acto de violencia geográfica
por medio del cual, prácticamente, cualquier espacio del globo es
explorado, cartografiado y finalmente sometido a control. Para el
nativo, la historia de la servidumbre colonial comienza con la pérdida del
lugar en favor del extraño: más adelante se buscará e intentará restaurar la
identidad geográfica perdida. A causa de la presencia del extraño colonizador,
la tierra será primero recuperada solo en el plano de la imaginación.
Daré tres ejemplos del modo en que la compleja pero firme morte
main geográfica del imperialismo se mueve desde lo general a lo
específico. En Ecological Imperialism de Crosby, encontramos
el ejemplo más general. Crosby afirma que dondequiera que iban, los
europeos empezaban inmediatamente a cambiar el hábitat local; su propósito
consciente era transformar los territorios y convertirlos en imágenes de
aquello que habían abandonado. Era un proceso interminable, mientras un enorme
número de plantas, animales, cereales y métodos de construcción convertían
gradualmente la colonia en un sitio inédito, al que se agregaban las
enfermedades nuevas, los desajustes del entorno y los disloques traumáticos que
sufrían los empobrecidos nativos.[9] Una ecología modificada daba pie,
también, a la modificación del sistema político. A los ojos de los poetas y
visionarios nacionalistas por venir, esto enajenaba al pueblo de sus
tradiciones auténticas, de sus modos de vida y de sus organizaciones políticas
propias. A pesar de la buena dosis de mitología romántica que se colaba en
estas versiones acerca de cómo el imperialismo había alienado la tierra de sus
habitantes, no hay que poner en duda la extensión real de los cambios que
tenían lugar.
El segundo ejemplo tiene que ver con los proyectos racionalizadores de
la posesión territorial prolongada, que intentaba, sistemáticamente, que la
tierra diese beneficios y al mismo tiempo se integrase a una norma externa. En
su libro Uneven Development, el geógrafo Neil Smith demuestra
brillantemente el modo en que el capitalismo ha producido en su historia una
especie
particular de naturaleza y de espacio, un paisaje de desarrollo desigual
donde se reúnen pobreza y riqueza, urbanización industrial y retraso agrario.
La culminación de este proceso es el imperialismo, que domina, clasifica y
universalmente convierte en un bien todo el espacio, bajo la égida del centro
metropolitano. Su análogo cultural a finales del siglo XIX fue la geografía comercial,
cuyas perspectivas (por ejemplo en la obra de Mackinder y Chisolm) justificaba
el imperialismo como resultado de la fertilidad y esterilidad «natural», mares
disponibles, zonas permanentemente diferenciadas, territorios, climas y
pueblos.[10] Así se lograba «la universalidad del
capitalismo» que consiste en «la diferenciación del espacio nacional según la
división territorial del trabajo».[11]
Siguiendo a Hegel, Marx y Lukács, Smith llama, a la producción de este
mundo científicamente «natural», segunda naturaleza. Para la
imaginación antiimperialista, nuestro espacio propio en las periferias ha sido
usurpado y después utilizado para sus propios fines por los extranjeros. Es por
lo tanto necesario buscar, registrar, inventar o descubrir una tercera naturaleza,
no pura y prehistórica («La Irlanda romántica está muerta y enterrada», decía
Yeats), sino sacada de las privaciones del presente. El impulso es
cartográfico, y entre sus más llamativos ejemplos se encuentran algunos de los
primeros poemas de Yeats reunidos en «The Rose», los poemas de Neruda
describiendo el paisaje chileno, Césaire sobre las Antillas, Faiz sobre
Pakistán y Mahmoud Darwish sobre Palestina:
Devuélveme el color
del rostro
y el calor del
cuerpo,
la luz del corazón
y de los ojos,
la sal del pan y de
la tierra... la Patria.[12]
Pero —y este es el tercer ejemplo— el espacio colonial debe
transformarse lo suficiente como para ya no aparecer del todo extraño a los
ojos del imperio. En mucha mayor medida que en cualquiera de sus otras
colonias, la Irlanda de los ingleses sufrió innumerables metamorfosis a través
de repetidos proyectos de asentamiento que culminaron con su virtual
incorporación a través del Acta de Unión de 1801. Consecuentemente, en 1824 se
promulgó un Decreto de Registro de Irlanda cuyo cometido era anglicizar los nombres,
redefinir las lindes para permitir la valoración de las propiedades (y las
posteriores expropiaciones en favor de familias inglesas y señoriales) y
someter la población de modo permanente. Fue personal inglés el que llevó a
cabo el registro, lo cual, según ha demostrado con solvencia Mary Hamer, tuvo
«el inmediato efecto de definir a los irlandeses como incompetentes (y)
disminuir... sus logros nacionales».[13] Una de las obras teatrales más
contundentes de Brian Friel, Translations (1980), trata del
demoledor efecto del Decreto de Registro sobre los habitantes indígenas de la
isla. «En un proceso de ese tipo», prosigue Hamer, «se supone que el colonizado
es típicamente pasivo, carece de voz propia y no controla su propia representación:
se lo representa de acuerdo con el impulso hegemónico que, al mismo tiempo, lo
construye como entidad unitaria y estable».[14] Y lo que se llevaba a cabo en Irlanda
se repetía en Bengala, o lo hacían los franceses en Argelia.
Una de las primeras tareas de la cultura de la resistencia era reclamar,
volver a nombrar y habitar la tierra propia. Con todo ello venían agregadas una
serie de afirmaciones, restauraciones e identificaciones, todas basadas casi
literalmente en proyecciones poéticas. La búsqueda de autenticidad, de un
origen nacional común más verdadero que el ofrecido por la historia colonial,
de un nuevo panteón de héroes y (ocasionalmente) de heroínas, mitos y
religiones: todo ello se hacía posible gracias al sentimiento de la
tierra que el pueblo había recuperado. Y junto a tal imaginería
nacionalista de identidad descolonizada, aparece siempre la recuperación, casi
por arte de alquimia o de magia, del lenguaje nativo.
En este punto Yeats es especialmente interesante. Como algunos
escritores caribeños o africanos, expresa la difícil situación de quien
comparte una lengua con el amo colonial. Con el agravante de que, desde luego,
él pertenece, en muchos aspectos, a la Ascendencia Protestante, cuyas lealtades
respecto de Irlanda eran, por decirlo de modo suave, al menos confusas. Y, en
su caso, notablemente contradictorias. Existe una progresión lógica muy clara
en el paso del gaelicismo temprano de Yeats, con sus temas y preocupaciones
célticas, a sus sistematizaciones mitológicas posteriores, según se despliegan
en poemas programáticos como «Ego Dominus Tuus» y en el tratado Una
visión. Para Yeats, la superposición entre su nacionalismo irlandés y
la herencia cultural inglesa, a la vez que lo dominaban y
fortalecían, debía de ser causa de gran tensión. Se puede incluso especular que
fue la presión de esta urgencia política y secular la que lo obligó a
resolverla en un plano más «elevado», lo cual equivale a decir no político. Los
relatos profundamente excéntricos y estetizados de Una visión y
los poemas tardíos, casi religiosos, elevan esa tensión a un plano
extramundano, como si Irlanda fuese captada de modo más agudo colocándola por
encima de lo terrenal.
En Celtic Revivals, Seamus Deane, quien ha llevado a cabo el
más interesante y agudo análisis de la idea de revolución ultraterrestre de
Yeats, sugiere que la Irlanda temprana inventada por Yeats y que su imaginación
podía modelar... (fue) reemplazada por una «Irlanda que se le resistía».
Acertadamente Deane señala que cada vez que Yeats trataba de reconciliar sus
creencias ocultistas con la Irlanda real —como en «Las estatuas»— el resultado
es evidentemente forzado.[15] Puesto que la Irlanda de Yeats era un
país revolucionario, él podía utilizar su atraso como fuente para un retorno
inquietante y perturbador a ideales espirituales perdidos en una Europa
superdesarrollada. Yeats consideró una situación tan alarmante como la del
alzamiento del Sinn Fein en la Semana Santa de 1916, o como la ruptura de un
ciclo de interminable recurrencia, quizá hasta desprovista de sentido,
simbolizada por los esfuerzos ilimitados de Cuchulain.[16] La teoría de Deane es que el
nacimiento de la identidad nacional irlandesa coincide para Yeats con la
ruptura del círculo, aunque subraya y refuerza, en Yeats mismo, la actitud
colonialista británica en relación con un carácter nacional irlandés específico.
De modo que su retorno a la mística y su recurso al fascismo, señala claramente
Deane, acentúa el influjo colonial. Así se expresa también, por ejemplo, en las
representaciones de la India de V. S. Naipaul, en las que una
cultura en deuda con la madre patria, tanto respecto a sí misma como respecto
al sentimiento de «lo inglés», no obstante se vuelve hacia la colonia: «tal
búsqueda de un rasgo específicamente nacional se vuelve colonial, ya que debe
tomar en cuenta las diferentes historias de las dos islas. La mayor expresión
de esa búsqueda ha sido la poesía de Yeats».[17] Lejos de representar un nacionalismo
anacrónico, el voluntario misticismo y la incoherencia de Yeats conlleva un
potencial revolucionario, y el poeta insiste en que «Irlanda debe conservar su
cultura manteniendo viva su conciencia de las cuestiones metafísicas», como
dice Deane.[18] En un mundo al que las duras
exigencias del capitalismo han desprovisto de toda posibilidad de reflexión y
pensamiento, un poeta que pueda estimular el sentimiento de la eternidad y del
paso de la muerte a la conciencia es un auténtico rebelde, una figura cuyas
humillaciones coloniales alimentan su visión negativa de su sociedad y de la
modernidad «civilizada».
Esta formulación, más bien propia de Theodor Adorno, del dilema de Yeats
es, desde luego, poderosamente atractiva. Sin embargo, la debilita la necesidad
de hacer a Yeats más heroico de lo que una lectura crudamente
política de su biografía sugiere, intentando excusar su inaceptable e
indigerible reaccionarismo político, su abierto fascismo, sus fantasías de
viejas casas y familias, sus incoherentes divagaciones ocultistas y tratando de
convertirlas en un ejemplo de la «dialéctica negativa» de Adorno. Como modesto
correctivo, podemos, muy acertadamente, considerar a Yeats un ejemplo
exacerbado del fenómeno nativista que también tuvo su
florecimiento en otros lugares (por ejemplo, la négritude) como
resultado del encuentro colonial.
Es verdad que las conexiones físicas y geográficas entre Inglaterra e
Irlanda son más estrechas que las que existen entre la misma Inglaterra y la
India, o entre Francia respecto Argelia o de Senegal. Pero la relación
imperialista se da en todos los casos. Los irlandeses son tan poco ingleses
como los camboyanos o los argelinos franceses. Me parece que esta es siempre la
situación en cada relación colonial, porque su principio básico es que debe
existir una distinción constante absolutamente separada y jerárquica entre
dominador y dominado, sea el primero blanco o no. El nativismo,
lamentablemente, refuerza la distinción, aunque defienda el valor del socio más
débil o dependiente. Y muchas veces ha llevado a enfáticas pero demagógicas
afirmaciones acerca de la existencia de un pasado nativo, cuyo carácter
ficticio o real permanece libre de toda atadura y determinación temporal. Esto
se ve claramente en empresas como la de la négritude de
Senghor, en el movimiento Rastafari, en el proyecto de Marcus Garvey de retorno
al África para los negros norteamericanos, o en los redescubrimientos de
esencias musulmanas inmaculadas y precoloniales.
Dejando de lado el tremendo ressentiment del nativismo
(por ejemplo, en Occidentosis, de Jalal Alí Ahmad, un influyente
tratado iraní publicado en 1978 y que culpa a Occidente de la
mayoría de los males del mundo) existen dos razones para rechazar o, al menos,
reconceptualizar la empresa nativista.
Si se afirma, como lo hace Deane, que es algo incoherente y no obstante,
a pesar de su negación de la política y la historia, heroicamente
revolucionaria, se cae en la misma posición nativista, como si esa fuese la
única opción dentro de un nacionalismo resistente y descolonizador. Porque
tenemos pruebas de sus excesos: aceptar el nativismo es aceptar las
consecuencias del imperialismo, y la imposición de sus divisiones en lo racial,
lo religioso y lo político. Abandonar el mundo de la Historia a la metafísica
de las esencias
—négritude, lo irlandés, el islam o el catolicismo— es dejar la
Historia al arbitrio de esencializaciones que pueden enfrentar a los hombres
entre sí. Muchas veces, este abandono del mundo secular ha llevado a una suerte
de milenarismo, si el movimiento tiene una base de masas, o ha degenerado en
locura privada en pequeña escala, o caído en una irreflexiva aceptación de
estereotipos, mitos, animosidades y tradiciones alentadas por el imperialismo.
Tales programas no son, ni de lejos, aquello que imaginaron y soñaron los
grandes movimientos de resistencia.
Un modo útil de analizar este problema es detenerse en un estudio de la
misma cuestión en el contexto africano: se trata de la aplastante crítica de
la négritude por Wole Soyinka, publicada en 1976. Soyinka
advierte que este concepto se encuentra en relación de
inferioridad, es un término subalterno en la oposición europeo-africano. Por lo
tanto, concluye que tal oposición «acepta la estructura dialéctica de las
confrontaciones ideológicas europeas, pero toma también prestados los
componentes del silogismo racista».[19] Así, los europeos son analíticos, los
africanos «incapaces de pensamiento analítico. Y por lo tanto los africanos no
están desarrollados, mientras que los europeos sí lo están». El resultado, de
acuerdo con Soyinka, es:
que la négritude queda atrapada en lo que era, sobre
todo, un papel defensivo, aun cuando sus acentos sean estridentes, su sintaxis
hiperbólica y su estrategia agresiva... La négritude permanece
en un esquema preestablecido de análisis intelectual eurocéntrico tanto del
hombre como de la
sociedad, y trata de redefinir lo africano y su sociedad en esos
términos exteriores.[20]
Nos quedamos con la paradoja que el mismo Soyinka formula (teniendo a
Fanon in mente): adorar lo negro es tan «enfermo» como abominar de
él. Y aunque sea imposible evadirse de los primeros estadios combativos y
beligerantes de la identidad nativista —que siempre tienen
lugar, como se ve en la primera poesía de Yeats, que no solo trata de Irlanda,
sino de lo irlandés
— existen prometedoras posibilidades de
superarlos, sin quedar atrapado en la indulgencia emocional de la celebración
de la propia identidad. Puede darse, incluso, la posibilidad de descubrir un
mundo que no esté construido sobre esencias opuestas. Además,
puede darse también la posibilidad de un universalismo que no sea limitado o
coactivo, como sí lo es suponer que todas las personas tienen una sola
identidad: los irlandeses solo irlandeses, los indios solo indios, los
africanos solo africanos, y así ad nauseam. Por último, y más
importante, alejarse del nativismo no implica abandonar la nacionalidad, sino
únicamente pensar en la identidad local como algo no exhaustivo y, por lo
tanto, algo que no nos obliga a confinarnos cada uno en nuestra propia esfera,
con nuestras ceremonias de pertenencia, chovinismo autoconstruido, y sentido
limitador de la seguridad.
Nacionalidad, nacionalismo, nativismo: creo que la progresión es cada
vez más empobrecedora. En países como Argelia y Kenia se puede comprobar la
resistencia heroica de una comunidad surgida, en parte, de la degradación del
mundo colonial, que condujo a un prolongado conflicto armado y cultural con las
potencias imperialistas y que, a su vez, dio lugar a la aparición de un estado
unipartidista y dictatorial acompañado, en el caso de Argelia, por una
intransigente oposición islámica fundamentalista. No puede decirse que el
estrecho despotismo del régimen de Daniel arap Moi en Kenia complete la gran
tendencia liberacionista que alimentaba la insurrección de los Mau-Mau. Aquí no
se da ninguna transformación de la conciencia social, sino tan solo
una deprimente duplicación de la patología del poder: en las Filipinas,
Indonesia, Pakistán, el Zaire, Marruecos, Irán.
En cualquier caso, el nativismo no es la única opción. Existe la
posibilidad de una visión del mundo más plural y generosa, en la cual persistan
las posibilidades de liberación a pesar de que el imperialismo continúe vigente
y aparezca tardíamente en diferentes formas (por ejemplo, en la polaridad
Norte-Sur); a pesar de que continúen vigentes también las relaciones de
dominación. Aunque hacia el final de su vida, en 1939, Yeats llegó a presenciar
el origen de un estado irlandés independiente, él se identificó parcialmente
solo con este segundo momento del proceso, como lo demuestra su sostenido
sentimiento antibritánico, y la ira y la euforia de su inquietante y anárquica
producción poética final. En esta segunda fase la nueva alternativa no es la
independencia nacionalista, sino la liberación, cuya misma
naturaleza implica, en palabras de Fanon, la transformación de la conciencia
social más allá de la conciencia nacional.[21]
Desde esta perspectiva, el deslizamiento de Yeats hacia la incoherencia
y el misticismo durante los años veinte, su rechazo de la política, su abierto
aunque arrogante coqueteo con el fascismo (o el autoritarismo en sus versiones
italianas o sudamericanas) no puede excusarse, ni una rápida dialectización
puede ajustarlos al modelo de la utopía negativa. Con facilidad se puede situar
y analizar críticamente esas actitudes inaceptables de Yeats sin cambiar de
opinión acerca de su papel como poeta de la descolonización.
Este modo de superar el nativismo encuentra su representación en el gran
giro que preconiza Aimé Césaire en el clímax de su poema «Cahier d’un retour».
Tras redescubrir y volver a experimentar su pasado, sintiendo otra vez las
pasiones, los honores y las circunstancias de su historia como negro, el poeta
advierte que acepta:
J’accepte...
j’accepte... entièrement, sans réserve
ma race qu’aucune
ablution d’hysope et des lys melés ne pourrait purifier
ma race rongée de
macule
ma race raisin mur
pour pieds ivres.[22]
(Acepto... acepto... por entero, sin
reservas / mi raza, que ninguna ablución de hisopo mezclado con lis podría
purificar / mi raza moteada de manchas / mi raza, racimo maduro para pies
borrachos.)
Y después de haber
aceptado, súbitamente lo asalta la fuerza de la vida «como un toro» y empieza a
comprender que:
Il n’est point vrai
que l’ceuvre de l’homme est finie que nous n’avons rien à faire au monde que
nous parasitons le monde
qu’il suffit que
nous nous mettions au pas du monde mais l’œvre de l’homme vient seulement de
commencer et il reste à l’homme à conquérir toute interdiction immobilisée aux
coins de sa ferveur et aucune race
ne possède le
monopole de la beauté, de l’intelligence, de la force et il n’y a place pour
tous au rendez-vous de la conquête
et nous savons
maintenant que le soleil tourne autour de notre terre éclairant la parcelle
qu’a fixé notre volonté seule et que toute étoile chute de ciel en terre à
notre commandement sans limite.[23]
(Porque no es verdad que la obra del hombre esté acabada / que no
tengamos nada que hacer en el mundo / que seamos parásitos / que sea suficiente
con seguir los pasos del mundo / sino que la obra del hombre está empezando / y
el hombre debe todavía vencer toda prohibición / que lo
inmoviliza en lo más profundo de su
fervor y que ninguna raza / posee el monopolio de la belleza, de la
inteligencia, de la fuerza / y que hay sitio para todos en la celebración de la
conquista / y que ahora sabemos que el sol gira / alrededor de nuestra tierra
iluminando la parcela que ha fijado / solo nuestra voluntad y que cada estrella
que cae del cielo / lo hace por nuestra orden omnipotente.)
Las frases más llamativas son «à conquérir toute interdiction
immobilisée aux coins de sa ferveur» y «le soleil... éclairant la
parcelle qu’a fixé notre volonté seule». No nos rendimos a las rígidas
prohibiciones y limitaciones autoimpuestas a causa de nuestra raza,
momento y lugar; al revés, las atravesamos hasta alcanzar el sentimiento,
animado y extendido, del «rendez-vous de la conquête», que,
necesariamente, es algo más amplio que nuestra Irlanda, nuestra
Martinica o nuestro Pakistán.
No es mi intención usar a Césaire contra Yeats (o
contra el Yeats de Seamus Deane), sino, de manera más general, asociar una
tendencia mayor dentro de la poesía de Yeats con la poesía de la
descolonización y la resistencia por un lado, y con las alternativas históricas
al impasse nativista por otro. De muchos y variados modos
Yeats se asemeja a otros poetas resistentes al imperialismo: en su insistencia
por una nueva narrativa de la historia de su pueblo, en su ira ante los modelos
ingleses para la partición de Irlanda (y su entusiasmo por la unidad), en la
celebración y conmemoración de la violencia que facilitaría la llegada de un
orden nuevo y en el sinuoso entrelazado de lealtad y traición ante el modelo
nacionalista. Su asociación directa con Parnell y O’Leary, con el Abbey Theatre
y con el alzamiento de Semana Santa confiere a su poesía esa característica
cuya definición R. P. Blackmur tomó prestada de Jung: «la terrible ambigüedad
de una experiencia inmediata».[24] La obra de Yeats en los años veinte
posee una inquietante semejanza con el compromiso y las ambigüedades de la
poesía palestina de Darwish casi medio siglo más tarde: en sus violentas
interpretaciones, en la impresionante celeridad y sorpresa de los acontecimientos
históricos, en la
oposición de poesía y política de una parte y violencia y armas de la
otra (véase su maravilloso poema «The Rose and The Dictionary»),[25] y en la búsqueda de reposo tras
cruzar la última frontera y atravesar el último cielo. «Los centauros sagrados
de las colinas se han desvanecido», dice Yeats, «nada me queda, sino el amargo
sol.»
Al leer los grandes poemas posteriores al alzamiento de 1916, como «Mil
novecientos diecinueve», «Pascua de 1916» o «Septiembre de 1913», se
experimentan no únicamente las desilusiones de esa vida regida por la
«grasienta caja registradora», la violencia de caminos y caballos y de
«comadrejas que luchan en una madriguera» o los rituales de eso que se llamó
poesía del Sacrificio Sangriento, sino también una belleza nueva y terrible que
modifica el antiguo paisaje moral y político. Como todos los poetas de la
descolonización, Yeats pugna por anunciar el perfil de una comunidad ideal o
imaginada, cristalizada no únicamente por su sentido de sí misma, sino también
por la comprensión de quién es el enemigo. Los términos «comunidad imaginada»
se adecuan a este contexto, al menos mientras no nos sintamos obligados a
aceptar la periodización lineal de Benedict Anderson. En los discursos
culturales de la descolonización circulan muchas historias, formas y lenguajes.
Como ha demostrado Barbara Harlow en Resistance Literature, la
inestabilidad temporal, que debe ser formulada y reformulada por el pueblo y
sus líderes, es un tema que aparece en todos los géneros: autobiografías
espirituales, poemas de protesta, memorias de prisión, dramas didácticos de
liberación. Las idas y vueltas en las versiones de Yeats acerca de sus grandes
ciclos evoca esa inestabilidad, como también la indica el fácil comercio, en su
poesía, entre el habla popular y la culta, entre la escritura erudita y el
folklore. El desasosiego respecto de eso que T. S. Eliot llamó «la taimada
historia» (y) «los artificiosos corredores» del tiempo —los giros en falso, las
superposiciones, las repeticiones sin sentido,
los momentos ocasionalmente gloriosos— ofrece a Yeats, como a todos los
poetas y hombres de letras de la descolonización —Tagore, Senghor, Césaire —,
estridentes acentos marciales, heroísmo y también la rutinaria persistencia del
«misterio incontrolable del fondo bestial». Así, el escritor se eleva por
encima su contexto nacional y alcanza significación universal.
En el primer volumen de sus memorias, Pablo Neruda habla del Congreso
que se llevó a cabo en Madrid en 1937 en defensa de la República:
De todas partes llegaban valiosas
respuestas. Una de Yeats, poeta nacional de Irlanda. Otra de Selma Lagerlöf, la
gran escritora sueca. Los dos eran demasiado ancianos para viajar a una ciudad
asediada y bombardeada como Madrid, pero ambos se adherían a la defensa de la
República Española.[26]
Así como Neruda no ve ninguna dificultad en concebirse a sí mismo como
poeta que se enfrenta tanto al colonialismo interno chileno como al
imperialismo externo de toda Latinoamérica, podemos pensar en Yeats como un
poeta irlandés que supera las aplicaciones locales y los estrictos significados
irlandeses. Neruda aceptaba a Yeats como poeta nacional representante de la
nación irlandesa en su guerra contra la tiranía y, según Neruda, Yeats aceptó
la llamada indiscutiblemente antifascista, a pesar de sus frecuentemente
mencionadas simpatías por el fascismo europeo.
Es llamativa la semejanza entre un poema justamente famoso de Neruda
(«El pueblo»), que se encuentra en Plenos poderes (1962), y
«El pescador» de Yeats. En los dos, la figura central es un hombre anónimo que
en su fuerza y soledad constituye la expresión muda del pueblo, cualidad que
inspira al poeta Yeats:
It’s long since I
began
To call up to the
eyes
This wise and
simple man.
All day I’d look in
the face
What I liad hoped
’twould be
To write for my own
race
And the reality.[27]
(Ha pasado mucho tiempo desde que
empecé / a fijarme en los ojos / de este hombre sabio y sencillo. / Buscaba en
su rostro todo el día / aquello que esperaba que fuese / a escribir para mi
propia raza / y para la realidad.)
Neruda:
Yo conocí a aquel
hombre y cuando pude cuando ya tuve ojos en la cara, cuando ya tuve la voz en
la boca
lo busqué entre las
tumbas y le dije apretándole un brazo que aún no era polvo: «Todos se irán, tú
quedarás viviente. Tú encendiste la vida.
Tú hiciste lo que
es tuyo.»
Por eso nadie se
moleste cuando parece que estoy solo y no estoy solo, no estoy con nadie y
hablo para todos: Alguien me está escuchando y no lo saben, pero aquellos que
canto y que lo saben siguen naciendo y llenarán el mundo.[28]
La llamada poética surge de un pacto entre el pueblo y su poeta; de ahí
el poder de este tipo de invocaciones, formuladas con relación a figuras que
los dos hombres parecen necesitar y que se concretan en un poema real.
La cadena no se detiene aquí, porque Neruda sigue (en «Deber del poeta»
afirmando que «Y así, por mí, la libertad y el mar responderán al corazón
oscuro.») y Yeats en «The Tower» habla de soltar la imaginación y «convocar
imágenes y memorias / de ruina y de árboles antiguos».[29] Ya que esos protocolos de exhortación
y expansión se anuncian bajo la sombra de la dominación, podemos conectarlos
con la narrativa de la liberación, tan memorablemente desplegada por Fanon
en Los condenados de la tierra. Porque mientras las divisiones
y separaciones del orden colonial congelan a la población cautiva en una
resentida inmovilidad, «las nuevas posibilidades [...] ofrecen alicientes a la
violencia de los pueblos oprimidos».[30] Fanon especifica que estas
posibilidades son la declaración de derechos, las exigencias de libertad de
expresión y sindicalización; más adelante se desarrolla una nueva historia,
cuando una clase revolucionaria de militantes, surgida de entre los más marginales
de los pobres de las ciudades, los parias, criminales y déclassés,
llega a las zonas rurales, forma allí lentamente células de activistas armados
y vuelve a la ciudad para las etapas finales de la insurrección.
El extraordinario poder de la escritura de Fanon reside en que se
presenta como un contrarrelato frente a la fuerza sobrehumana del régimen
colonial, que, en la teleología de Fanon, sin duda, será derrotado. La
diferencia entre Fanon y Yeats es que el relato teórico, y quizá hasta
metafísico, de la descolonización antiimperialista está lleno de las marcas,
los acentos, las inflexiones de la liberación; va mucho más lejos que una
actitud de defensa reactiva de los nativos, cuyo problema principal (según lo analiza
Soyinka) es que implícitamente acepta sin superar las oposiciones básicas entre
europeo y no europeo. El de Fanon es el discurso de ese triunfo anticipado, de
esa liberación que marca el segundo momento de la descolonización. En cambio,
en la obra temprana de Yeats la nota suena nacionalista como una barrera
imposible de traspasar. Y esto, a pesar de que comparte un trayecto
común con otros poetas de la descolonización como Neruda y Darwish, un trayecto
que no pudo completar mientras los otros podían adelantársele. Al menos, se le
puede agradecer que en su poesía haya expresado la tendencia revolucionaria,
utópica y liberacionista que ahogó, y hasta canceló, en sus tardías actitudes
políticas reaccionarias.
En épocas recientes, se ha caracterizado a Yeats como alguien cuya
poesía nos advierte acerca de los peligros de los excesos nacionalistas. Se lo
cita sin nombrarlo, por ejemplo, en el libro de Gary Sick, All Fall
Down, sobre la actitud de la administración Carter durante la crisis de los
rehenes en Irán entre 1979 y 1981.[31] El difunto James Markham,
corresponsal del The New York Times en Beirut entre 1975 y
1977 cita los mismos pasajes de «The Second Coming» en un artículo
referido al inicio de la guerra civil libanesa en 1976. Una de las frases es:
«La cosas se separan; el centro no puede retenerlas.» («Things fall apart;
the center cannot hold.») La otra «The best lack all conviction, while
the worst / Are full of passionate intensity». («A los mejores
les falta del todo convicción, mientras que los peores / están llenos de apasionada
intensidad.») Tanto Sick como Markham son liberales norteamericanos, alarmados
por la oleada revolucionaria antes contenida por el poder occidental y ahora
extendiéndose por el Tercer Mundo. Su utilización de Yeats es amenazadora:
permaneced en orden o estáis condenados a una agitación incontrolable. Ni Sick
ni Markham dicen cómo podría un colonizado, en una situación de tensión,
permanecer centrado, pero los dos suponen que Yeats, en cualquier caso, se
opondría a la anarquía de la guerra civil. Es como si ambos no se hubiesen
parado a pensar que es necesario remontar el desorden hasta la intervención
colonial que dio lugar a todo lo posterior: eso es lo que hizo, en 1959, Chinua
Achebe en su gran novela Things Fall Apart.[32]
El problema es que Yeats tiene más fuerza precisamente cuando se imagina
ese momento primero y lo comunica. Es útil recordar que el «conflicto
angloirlandés» del cual está saturada la œuvre poética de
Yeats constituía un «modelo de las guerras de liberación del siglo XX».[33] Sus grandes obras descolonizadoras
tienen que ver con el nacimiento de la violencia, o con el nacimiento violento
del cambio, como en «Leda y el cisne», instantes durante los cuales un cegador
relámpago de simultaneidad se presenta ante los ojos coloniales. Así, la
violación de Leda y, junto con ella, la pregunta: «¿Reunió ella su poder con su
conocimiento / antes de que el pico indiferente la dejara caer?» («Did she
put on his knowledge with his power / Before the indifferent beak could let her
drop?»).[34] Yeats se sitúa en una
encrucijada en la cual la violencia del cambio es indiscutible, pero donde los
resultados de la violencia exigen una razón necesaria, si no siempre
suficiente. Su más grande asunto en la poesía que culmina en The Tower (1928)
es cómo reconciliar la inevitable violencia del conflicto colonial con la
política cotidiana durante el curso de la lucha nacional; y también cómo
ajustar el poder de las varias partes en lucha con el discurso de la razón, la
persuasión, la organización y las exigencias de la poesía misma. La profética
percepción de Yeats de que en algún momento la violencia no es suficiente y que
las estrategias de la política y la razón tienen que jugar un papel es, según
mi conocimiento, el primer anuncio importante, en el contexto de la
descolonización, de la necesidad de equilibrar la fuerza con las necesidades
del proceso político y organizativo. La afirmación de Fanon en el sentido de
que la liberación no se obtiene por la simple toma del poder (a pesar de que
«Aun el hombre más sabio se pone en tensión ante la más mínima violencia»)
[35] llega casi medio siglo tarde. Que ni Yeats ni Fanon ofrezcan vías para
la transición tras la descolonización en un periodo durante el
cual un nuevo orden político alcanza hegemonía moral, es un síntoma de las
dificultades de
millones de
personas en el contexto actual.
Es algo sorprendente que el problema de la liberación no solo se haya
prolongado más allá de cualquier otro conflicto comparable, sino que muchas
veces no se lo haya considerado como una cuestión nacionalista o imperialista.
En lugar de esto, se lo mira como si fuese una aberración dentro de los
dominios británicos. Pero los hechos revelan otra cosa. Desde las sentencias de
Edmund Spenser sobre Irlanda en 1596, toda una tradición de pensamiento
británico y europeo ha considerado a los irlandeses como una raza inferior y
separada, de primitivos y delincuentes, habitualmente en estado de barbarie
irredenta. El nacionalismo irlandés ha estado marcado, en los últimos
doscientos años, por luchas intestinas sobre la cuestión de la tierra, la
Iglesia, la naturaleza de sus partidos y sus líderes. El control del movimiento
supone obtener dominio sobre la tierra donde, en palabras de la proclamación de
la república de Irlanda en 1916, «el derecho del pueblo de Irlanda a la
posesión de Irlanda y a su completo control sobre el destino irlandés [deberá]
ser soberano e indiscutible».[36]
No se puede separar a Yeats de esta búsqueda. Más allá de su notable
genialidad, él contribuyó, como lo formulara Thomas Flanagan, «en términos
irlandeses y, desde luego, de un modo singularmente poderoso y persuasivo, al
proceso de simultánea abstracción y cosificación que, desafiando la lógica,
constituye el corazón mismo del nacionalismo».[37] Y a esta obra han contribuido varias
generaciones posteriores de escritores menores, articulando la expresión de la
identidad irlandesa con su vinculación con la tierra, los orígenes celtas, y un
creciente cuerpo de experiencias y dirigentes nacionalistas (Wolfe Tone,
Connolly, Mitchel, Isaac Butt, O’Connell, los United Irishmen, el movimiento de
la Home Rule, etcétera) junto con una literatura nacional específica.[38] Y retrospectivamente el nacionalismo
literario incluyó abundantes precursores: Thomas Moore, historiadores
literarios tempranos como el abate John McGeoghehan y Samuel Ferguson,
James Clarence Mangan, el movimiento de los Orange-Young Ireland, Standish
O’Grady. Estos «revivals» de la experiencia nacional irlandesa han sido
brillantemente reflotados, impulsando a la aventura nacionalista a ensayar
nuevas formas de expresión verbal en la obra actual poética, dramática y
erudita de la Field Day Company (Seamus Heaney, Brian Friel, Seamus Deane, Tom
Paulin) y en la de los historiadores de la literatura Declan Kiberd y W. J.
McCormack.[39]
Los temas esenciales de Yeats atraviesan toda su obra literaria, desde
el principio hasta el final: el problema de asegurarse la unión del
conocimiento con el poder y la comprensión de la violencia. Es interesante que
también pueda descubrírselos en la obra evidentemente contemporánea de Gramsci,
desarrollada y elaborada en un contexto diferente. En el entorno colonial
irlandés, Yeats se ve más libre para plantear la cuestión una y otra vez,
utilizando para ello su poesía, según Blackmur, como técnica de agitación.
[40] Y se crece en los
grandes poemas de suma y visión, como en «Among School Children», «The Tower»,
«A Prayer for My Daughter», «Under Ben Bulben» y «The Circus Animals’
Desertion». Se trata, desde luego, de poemas de genealogía y recapitulación:
Yeats reconstruye su vida, poéticamente, como epítome de la vida nacional,
contando y volviendo a contar su biografía, desde las primeras revueltas
nacionalistas hasta llegar a ser un senador que camina por un aula y piensa en
cómo Leda figura en el pasado de todos; o como padre amante que piensa en su
hijo; o como artista anciano que intenta lograr una visión equilibrada; o,
finalmente, como el artesano de larga experiencia que sobrevive de algún modo a
la pérdida de sus dones.
Estos poemas son el reverso del encapsulamiento de la realidad irlandesa
en las fatalistas fórmulas, reductivas y calumniosas de los escritores ingleses
que, de acuerdo con el informadísimo libro de Joseph Leerssen Mere
Irish and Fior-Ghael, definen a los irlandeses a lo largo de ocho siglos,
con calificativos históricos como «comedores de patatas»,
«habitantes de los pantanos», «gente de las chozas».[41] La poesía de Yeats se reúne con su
pueblo en su historia, al suponer que el relato y la densidad de la experiencia
personal son equivalentes a la experiencia de su pueblo: ya imperativamente,
como un padre; o como «un sonriente hombre público de sesenta años»; o como
hijo y esposo. Las referencias de las estrofas finales de «Among School
Children» sugieren que en el poema Yeats recordaba a su audiencia que la
historia y la nación no se pueden separar, del mismo modo que no se puede
separar la danza de quien la baila.[42]
El drama de los logros de Yeats en su tarea de restauración de una
historia reprimida y en la unión de la nación con esa historia está bien
expresada en la descripción de Fanon acerca de la situación que Yeats consigue
superar: «Al colonialismo no le basta con mantener al pueblo bajo sus garras y
con vaciar el cerebro del nativo de toda forma y contenido. Por una especie de
lógica perversa, se vuelve hacia el pasado del pueblo, lo distorsiona,
desfigura y destruye».[43] Yeats se eleva desde la experiencia
folklórica y personal hasta el plano del arquetipo nacional sin perder la
inmediatez del primero ni la estatura del segundo. Y su infalible elección de
fábulas y figuras genealógicas se dirige a otro aspecto del colonialismo que
Fanon describe: su capacidad para separar lo individual de la vida instintiva,
fracturando las líneas generacionales de la identidad nacional:
En el plano inconsciente, el colonialismo no busca por tanto que el
nativo lo considere como una madre amable y protectora que protege a su hijo de
un entorno hostil, sino más bien como una madre que constantemente debe
contener el natural perverso de su hijo para que no se suicide o dé vía libre a
sus más viles instintos. La madre colonial protege a su hijo de sí mismo, de su
propio yo, de su fisiología y de su biología y de esa infelicidad que es su
auténtica esencia.
En esa situación
las afirmaciones de los intelectuales nativos (y los poetas) no constituyen un
lujo, sino una necesidad dentro de cualquier programa coherente. El
intelectual nativo que toma las armas para defender la legitimidad de su
nación, que está dispuesto a desnudarse para estudiar la historia de su propio
cuerpo, está también obligado a diseccionar el corazón de su pueblo.[44]
No puede sorprender
que Yeats haya instruido a los poetas irlandeses:
Scorn the sort now
growing up
All out of shape
from toe to top,
Their unremembering
hearts and heads
Base-born products
of base beds.[45]
(Despreciad a los que ahora medran / todos deformes de la cabeza a los
pies / sus corazones y cabezas desmemoriados / productos bastardos de lechos
villanos).
Que en ese proceso Yeats haya acabado por crear tipos en lugar de
individuos, tipos que «no pueden desprenderse de la abstracción de la que
surgen» (de nuevo según Blackmur), es verdad solo en la medida en que se deje
de lado —como hace habitualmente Blackmur—[46] toda consideración acerca del
programa de descolonización y sus raíces en la historia del sometimiento de
Irlanda. Por eso sus interpretaciones son magistrales pero ahistóricas. Cuando
se tienen en cuenta las realidades coloniales, captamos su sentido y su
experiencia y no meramente «el simulacro alegórico mezclado con la acción».[47]
El completo sistema de ciclos de Yeats, con sus pernes y gyres,
parece importante solo si simboliza sus esfuerzos para dominar una realidad
distante y sin embargo ordenada, como refugio ante la turbulencia de su
experiencia inmediata. En los poemas de Byzantium, cuando pide ser
incluido dentro del artificio de la eternidad, se siente más agudamente su
necesidad de alejarse de su tiempo y de eso que él llamaría más adelante «la
lucha de la mosca en la mermelada». De otro modo sería difícil leer la mayor
parte de su poesía sin
sentir que el genio y la furia destructora de Swift se convirtieron, en
Yeats, en instrumentos para levantar la losa de los sufrimientos coloniales de
Irlanda. Es verdad que se quedó corto en la imaginación de la liberación
política, pero nos brindó, sin embargo, una obra de alcance internacional para
la descolonización cultural.
4
El viaje de vuelta y el surgimiento de la oposición
La experiencia brindada por Irlanda y por similares historias de
colonización en otras partes del mundo contemporáneo da fe de un nuevo
fenómeno: la aparición de un proceso de alejamiento y extrapolación entre
Europa y Occidente. Los escritores nativos no son los únicos inductores de este
cambio, pero dicho proceso se vuelve más eficiente a partir de obras
descentralizadas y, llamémoslas, periféricas, que primero se introducen
gradualmente en Occidente y después logran su reconocimiento.
Solo con remontarnos treinta años atrás observaremos que muy pocas
universidades europeas o americanas prestaban atención académica a la
literatura africana. En la actualidad existe un sincero interés por autores
como Bessie Head, Alex La Guma, Wole Soyinka, Nadine Gordimer, o J. M. Coetzee,
por su capacidad para mantener el valor de su expresión literaria al margen de
su naturaleza africana. Del mismo modo, ya no puede ignorarse la obra de Cheikh
Anta Diop, Paulin Hountondji, V. Y. Mudimbe, o Alí Mazrui, aun en las
investigaciones más superficiales de la historia, la política y la filosofía
africanas. Innegablemente, esta evolución está envuelta en polémica, pero ello
es solo debido a que la literatura africana no puede sustraerse a las
circunstancias políticas, entre las cuales la historia del imperialismo y de la
resistencia a él es, sin duda, una de las más importantes. Este hecho no
significa que la cultura africana tenga una calidad inferior a la de la
francesa o la británica, por ejemplo, pero si que es más difícil dejar de lado
su contenido político. «África» sigue siendo un lugar marcado por la contienda,
como lo demuestra el modo en que se clasifica a sus especialistas en algunas
zonas de Oriente Próximo: se trata de una clasificación basada en antiguos
conceptos imperialistas —proliberación, antiapartheid, etcétera—.
Así, gracias a una serie de alianzas o formaciones intelectuales, el trabajo
del inglés Basil Davidson y la visión política del guineano Amílcar Cabral, por
ejemplo, entran en contacto, aunque desarrollen investigaciones de carácter
opuesto e independiente.
Sin embargo, el espíritu de consolidación del imperialismo ha
propiciado, a lo largo de la historia, que muchas de las partes que integran
las manifestaciones culturales más representativas de Occidente, como las obras
«periféricas» que antes mencionaba, hayan permanecido ocultas. Recordemos que
Maupassant iba a comer cada día a la Torre Eiffel porque ese era el único lugar
en todo París desde donde no veía la majestuosa construcción. Incluso ahora,
dado que la mayoría de los compendios sobre la historia de la cultura europea
presta poca atención a los periodos imperialistas, y dado también que a los
grandes novelistas en especial se los considera totalmente desvinculados de
dichos lapsos, el erudito y el crítico actuales están habituados a aceptar
inconscientemente sus actitudes y referencias imperialistas, así como su
centralismo autoritario.
Como ya he indicado anteriormente, por muy absoluta que pueda parecer la
dominación de una ideología o un sistema, siempre existen ámbitos de la
experiencia social que aquella no llega a cubrir y controlar. La oposición,
tanto en sus formas más tenues como en las más exacerbadas, proviene muy a
menudo de estos sectores. El proceso no es tan complejo como parece. La
oposición a una estructura dominante surge cuando una serie de
individuos y grupos, tanto ajenos como integrados en ella, toma una conciencia
casi militante de que, por ejemplo, algunos de sus principios son erróneos. Los
principales estudios de Gordon K. Lewis (Slavery, Imperialism, and Freedom)
y Robin Blackburn (The Overthrow of Colonial Slavery, 1776-1848)[1] muestran que al declive y posterior
desaparición —entre 1840 y 1850— del comercio de esclavos[2] contribuyó una extraordinaria
amalgama de individuos y movimientos: milenaristas, evangelistas, benefactores
o personajes con actitudes políticas radicales, colonos escépticos y políticos
astutos. En el ámbito británico, desde la época de la casa de Hanover hasta la
llegada de la reina Victoria, no existió un único interés colonial sin
oposición; de hecho, la investigación histórica que podríamos denominar de
oposición o revisionista ha puesto en evidencia un abigarrado cúmulo de
intereses. Académicos como Lewis, Blackburn, Basil Davidson, Terence Ranger, y
E. J. Thompson, entre otros, basaron su trabajo en el paradigma ofrecido por la
resistencia cultural y política dentro del imperialismo. Así,
siguiendo directrices de oposición, los historiadores británicos dedicados a
las colonias en la India y África, por ejemplo, redactaron la historia de esos
territorios en solidaria alianza con las fuerzas locales del lugar, tanto
culturales como políticas, que eran consideradas nacionalistas y
antiimperialistas. Como Thomas Hodgkin señala, después de haber explicado la
ascensión y los subsiguientes efectos del imperialismo, estos intelectuales
intentaron mostrar «cómo todo este sistema de relaciones, y las actitudes que
de él surgen, puede abolirse o transformarse».[3]
Es necesario establecer, en este punto, una distinción entre
anticolonialismo y antiimperialismo. A partir de mediados del siglo XVIII se desarrolló en Europa un
animado debate sobre los méritos y deméritos de mantener las colonias. En la
base de esta discusión se encontraban las
posiciones avanzadas desde los siglos XV, XVI y XVII, de Bartolomé de las Casas, Francisco de Vitoria, Francisco Suárez,
Luis de Camões y el Vaticano, sobre los derechos de los nativos y los abusos
europeos. La mayoría de los ilustrados franceses, entre ellos Diderot y
Montesquieu, apoyaron al abate Raynal en su oposición a la esclavitud y al
colonialismo; Johnson, William Cowper y Burke, así como Voltaire, Rousseau y
Jacques-Henri Bernardin de Saint-Pierre también adoptaron actitudes similares.
(L’anticolonialisme européene de Las Casas à Karl Marx, de Marcel Merle,
ofrece una valiosa recopilación de sus ideas).[4] Durante el siglo XIX, aparte de extrañas excepciones como
el escritor holandés Multatuli, el debate sobre las colonias giró normalmente
en torno a su rentabilidad, a su buena y mala administración y a cuestiones
teóricas como si el colonialismo podía ser compatible con el concepto de laissez-faire o
con las políticas arancelarias y, en tal caso, cómo podía desarrollarse dicha
compatibilidad. De estas consideraciones resulta la aceptación implícita de una
estructura imperialista y eurocéntrica. Gran parte de la
discusión es complicada, y, como Harry Bracken y otros han mostrado, ambigua e
incluso contradictoria en problemas más profundos relativos a la categoría
ontológica —pues ontológica era— de la dominación europea sobre los no
europeos.[5] En otras palabras, los
anticolonialistas liberales adoptan la postura humanitaria de que la
administración de las colonias y los esclavos debe llevarse a cabo con
indulgencia, pero —en el caso de los ilustrados— no cuestionan la superioridad
fundamental del hombre occidental o, en algunos casos, de la raza blanca.
Esta perspectiva se introdujo en el seno de las disciplinas y tratados
del siglo XIX que dependían de los estudios
cotejados y recogidos dentro del marco colonial.[6] Pero el periodo de descolonización es
distinto. De hecho, más que de etapas completamente diferentes se trata de una
situación de
cambio cultural: al tiempo que la resistencia nacionalista o
antiimperialista de las colonias se hace cada vez más perceptible, también lo
hacen una serie de fuerzas antiimperialistas desordenadamente contradictorias.
Una de las primeras y quizá más famosa de las críticas sistemáticas
europeas — Imperialism: A Study (1902) de J. A. Hobson— ataca
el imperialismo por su inhumano sistema económico, su exportación
de capital, su alianza con facciones despiadadas, y su fachada de
bienintencionados pretextos «civilizadores». Sin embargo, el libro no presenta
ninguna objeción a la noción de las «razas inferiores», concepto que para
Hobson resulta aceptable.
[7] Ramsay MacDonald, sin duda un crítico
de las prácticas imperialistas británicas pero no contrario al imperialismo
como tal, también expuso ideas similares.
Nadie ha estudiado mejor el movimiento antiimperialista en Gran Bretaña
y Francia que A. P. Thornton (The Imperial Idea and Its Enemies),
Bernard Porter (Critics of Empire), y Raoul Girardet en su obra L’idée
coloniale en France. Sus conclusiones se caracterizan por dos
particularidades principales: ciertamente hubo intelectuales de
finales del siglo XIX (Wilfrid Scawen Blunt
y William Morris) que se opusieron por completo al imperialismo, pero
apenas tenían influencia; muchos de los que se encontraban en tal posición,
como Mary Kingsley y los miembros de la escuela de Liverpool, eran
imperialistas autoproclamados y acérrimos patriotas, aunque implacablemente
severos con los abusos y crueldades del sistema. En resumen, no se produjo una
condena global del imperialismo hasta que —y este es el hecho significativo—
los alzamientos de los nativos llegaron demasiado lejos como para ser ignorados
o suprimidos.
(Merece la pena incluir un anexo a esta cuestión: como en el caso de
Tocqueville en Argelia, los intelectuales europeos tendieron a denunciar los
abusos llevados a cabo por imperios rivales al tiempo que mitigaban o
excusaban las prácticas del suyo propio.[8] Esta es la razón por la que insisto
en que se advierta que los ataques verbales que los imperios modernos se
dedican unos a otros son paralelos, a pesar de que cada uno reclama el hecho de
ser diferente a los demás y en la necesidad de una actitud rigurosamente
antiimperialista. Muchos partidos y líderes nacionalistas del Tercer Mundo
consideraron habitualmente con buenos ojos a Estados Unidos porque, a lo largo
de la Segunda Guerra Mundial, su postura fue abiertamente antiimperialista.
Años más tarde, durante la década de los cincuenta y principios de los sesenta,
dado que Estados Unidos desaprobaba el colonialismo francés, su política sobre
Argelia cambió tanto que la cordialidad de las relaciones francoamericanas
llegó a alterarse considerablemente. Sin embargo, en general, tras la Segunda
Guerra Mundial, Estados Unidos se consideró a sí mismo responsable de muchas
zonas del Tercer Mundo que los británicos y los franceses ya habían desocupado
(Vietnam, por supuesto, es el ejemplo más representativo),[9] y, debido a su pasado histórico
excepcional, basado en la legitimidad de una revolución anticolonialista, se
sintieron casi totalmente eximidos de la acusación de que, a su propia manera,
su actitud empezaba a parecerse a la de Gran Bretaña y Francia. En conjunto,
las doctrinas relacionadas con el excepcionalismo cultural abundan demasiado).
La segunda característica, especialmente palpable en Girardet, es que en
la metrópoli no empezó a desarrollarse un verdadero y significativo movimiento
anticolonialista hasta que los nacionalistas, y posteriormente los
intelectuales y activistas expatriados, se convirtieron en protagonistas en los
territorios imperiales. Para Girardet, autores como Aimé Césaire y Fanon
representan un «mesianismo revolucionario» en cierta manera sospechoso, aunque
de hecho alentaron a Sartre y a otros europeos a oponerse abiertamente a la
política colonial francesa aplicada en Argelia e Indochina durante los años
cincuenta.
[10] A partir de estas
iniciativas surgieron otras: la oposición de carácter humanista a prácticas
coloniales como la tortura y la deportación, una nueva conciencia del
advenimiento a escala mundial de la era del «fin-del-imperio», y, con todo
ello, una serie de redefiniciones del objetivo al que deben servir las
naciones. Durante los años de la guerra fría, proliferaron también diversas
posturas de defensa del «Mundo Libre», lo cual suponía seducir a los nativos
poscoloniales a través de publicaciones culturales, viajes y seminarios. En
estos procesos, la Unión Soviética y las Naciones Unidas tuvieron un papel
ciertamente importante, aunque no siempre de buena fe, y, en el primer caso, no
por razones altruistas; prácticamente todos los movimientos de liberación que a
partir de la Segunda Guerra Mundial se desarrollaron con éxito en el Tercer
Mundo recibieron el apoyo de la Unión Soviética, en su afán de ejercer una
influencia de contrapeso a Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Portugal y
Holanda.
La mayoría de estudios sobre las vanguardias estéticas europeas omite el
gran caudal de carga de culturas no europeas que a principios de este siglo se
introdujo en el seno de la metrópoli; incluso a pesar de la influencia
claramente fundamental que tuvo ello en artistas de la vanguardia como Picasso,
Stravinsky y Matisse, y, así mismo, en la trama de una sociedad que, en su
mayor parte, se consideraba a sí misma como un conjunto homogéneo de blancos
occidentales. Durante el periodo entre guerras, estudiantes de la India,
Senegal, Vietnam, y de la zona del Caribe acudieron en tropel a Londres y
París;[11] se crearon diarios, revistas y
asociaciones políticas. Recordemos los congresos panafricanos de Inglaterra,
revistas como Cri des nègres, partidos como la Unión de los
Trabajadores Negros, creado por expatriados, disidentes, exiliados,
y refugiados que, paradójicamente, causaron un mayor efecto en el núcleo del
imperio que en sus extensos dominios, y el estimulante vigor que el
Renacimiento de Harlem proporcionó
a los movimientos africanos.[12] Se experimentaba un sentimiento común
antiimperialista, con nuevas asociaciones entre europeos, norteamericanos, y no
europeos; algunas disciplinas se transformaron y se abrieron las puertas a
nuevas ideas que cambiaron rotundamente esa estructura de actitud y referencia
que había sobrevivido en la cultura europea a lo largo de varias generaciones.
En la consolidación de la historia universal de las vanguardias intervinieron
dos factores clave: por un lado, la fecunda interacción del nacionalismo africano
tal y como representa George Padmore, Nkrumah y C. L. R. James; por otro, la
aparición de un nuevo estilo literario a partir de las obras de Césaire,
Senghor, y de poetas del Renacimiento de Harlem como Claude McKay y Langston
Hughes.
Para configurar un enfoque acertado de la contribución que las
vanguardias aportaron a la descolonización, la cultura de la resistencia, y la
literatura de oposición al imperialismo, es necesario desarrollar un gran
ajuste de la perspectiva y de los mecanismos de comprensión. Aunque, como ya
indiqué, este ajuste aún no se ha llevado a cabo por completo, hay buenas
razones para pensar que el proceso ya ha comenzado. En la actualidad, muchas de
las posturas apologéticas de Occidente mantienen un talante defensivo, como si
se reconociese que las obras, tradiciones, culturas a las que han contribuido
en tan gran manera poetas, eruditos y líderes políticos de África, Asia y del
Caribe han desafiado seriamente las viejas ideas imperiales. Más aún, lo que
Foucault ha denominado «conocimientos subyugados» ha irrumpido plenamente en la
zona de influencia que en un tiempo estuvo bajo el dominio, por así decirlo, de
la tradición judeocristiana; y los que vivimos en el marco occidental nos hemos
visto profundamente afectados por la extraordinaria eclosión de manifestaciones
literarias e intelectuales de primer orden proveniente del mundo poscolonial,
un escenario que ya ha dejado de representar «uno de los lugares oscuros de la
tierra», según la famosa
descripción de Conrad, y que una vez más vuelve a ser caldo de cultivo
para una enérgica producción cultural. Hablar hoy en día de Gabriel García
Márquez, Salman Rushdie, Carlos Fuentes, Chinua Achebe, Wole Soyinka, Faiz
Ahmad Faiz, y muchos otros como ellos, es referirse a una cultura naciente
bastante insólita y original, impensable sin el sustrato previo de activistas
como C. L. R. James, George Antonius, Edward Wilmot Blyden, W. E. B. Du Bois o
José Martí.
Deseo tratar con mayor detalle un aspecto relativamente oculto de esta
relación de poderosa influencia que acabo de señalar: la aportación de
intelectuales pertenecientes a regiones coloniales o periféricas que
escribieron sus obras en una lengua «imperial», que se sintieron orgánicamente
vinculados a la resistencia al imperio y que se encomendaron a sí mismos la
labor crítica y revisionista de enfrentarse de lleno a la cultura
metropolitana, usando las técnicas, discursos y armas propias de la erudición y
la teoría crítica que durante años estuvieron reservadas exclusivamente a los
europeos. El trabajo de estos intelectuales está, debido a sus circunstancias,
solo en apariencia subordinado (y en ningún sentido puede considerarse
parasitario) a las consideraciones y valoraciones occidentales; su originalidad
y su capacidad creativa han sido la causa de la transformación del universo de
las disciplinas.
Un informe general, casi teórico, del fenómeno que a continuación voy a
abordar puede hallarse en Culture (1981) de Raymond Williams.
En el capítulo dedicado a lo que denomina «Formaciones», Williams habla en
primer lugar de los gremios, las profesiones, los lugares de reunión, y los
movimientos, para pasar más adelante a cuestiones más complejas como escuelas,
facciones, disidentes y rebeldes. Todos estos elementos, señala el autor,
«están relacionados con estructuras existentes dentro de un único orden social
nacional.» De todos modos, durante el siglo XX han aparecido
nuevas
configuraciones internacionales o paranacionales que acostumbran a
formar parte de los fenómenos de vanguardia en el núcleo de la metrópoli. En
cierta manera, estas paraformaciones —París 1890-1930, Nueva York 1940-1970—
son el resultado de una serie de fuerzas sociales de nueva implantación que
internacionalizan la cultura: por ejemplo, «la música occidental», el arte del
siglo XX, o la literatura europea. Sin embargo, lo que
reviste un mayor interés es el hecho de que «al desarrollo de los movimientos
vanguardistas contribuyeron igualmente los inmigrantes residentes en las
metrópolis, procedentes no solo de lejanas regiones nacionales, sino también de
otras culturas nacionales de menor repercusión, consideradas en la actualidad
como provincias en relación con la metrópoli». Williams ejemplifica esta
cuestión a través de Guillaume Apollinaire, a pesar de que luego se dedique a
hablar de «la sociología de las interacciones metropolitanas y las asociaciones
formadas por los inmigrantes» y de los sectores mayoritarios, los cuales
«establecen unas condiciones de apoyo especialmente favorables para los grupos
disidentes».[13]
Williams concluye indicando que aún no se tiene la certeza de si estas
interacciones producen como efecto «bruscas e incluso violentas rupturas con
las prácticas tradicionales (actuaciones disidentes o sublevaciones más que
actitudes propiamente de vanguardia)» o si son absorbidas y entran a formar
parte de la «cultura dominante de un periodo metropolitano y paranacional». De
todas maneras, si consideramos la tesis de Williams e introducimos una
perspectiva histórica y política en sus planteamientos iniciales, para
posteriormente situarla en el contexto histórico del imperialismo y el
antiimperialismo, observaremos que se hacen evidentes una serie de elementos.
En primer lugar, los trabajos intelectuales y académicos de carácter
antiimperialista llevados a cabo por escritores de las periferias que han
emigrado o están temporalmente en la metrópoli constituyen
normalmente una infiltración, en la misma metrópoli, de movimientos de
masas de gran escala. Durante la guerra de Argelia se produjo una gráfica
representación de este hecho cuando el FLN calificó a Francia como «Séptima
Wilaya», siendo las otras seis las regiones que forman propiamente Argelia,[14] y desplazó así la polémica sobre la
descolonización desde las periferias hacia el centro. En segundo lugar, todas
estas incursiones están en relación con las mismas áreas de la experiencia, la
cultura, la historia y la tradición, hasta la fecha dirigidas y controladas
unilateralmente por el radio de influencia de la metrópoli. Cuando Fanon
escribió sus libros trató de hablar de la experiencia del colonialismo tal y
como la podía interpretar un autor de nacionalidad francesa, desde el marco,
hasta entonces inviolable, de un espacio francés que en aquellos momentos era
invadido y reexaminado críticamente por un contingente nativo en desacuerdo.
Aparecen así una superposición de actuaciones y una interdependencia que en el
plano teórico no pueden describirse únicamente como la declaración reactiva de
un súbdito colonial aislado o de una identidad nativa. Por último, estas interacciones representan,
en mi opinión, una contradicción o discrepancia aún no resuelta dentro del
contexto de esa cultura metropolitana que, a través de procesos de indiferencia
o absorción, en parte reconoce y en parte rechaza su evidencia.
La interacción constituye pues una variedad
especialmente interesante de producción cultural híbrida. Su existencia
irrefutable es el símbolo del desarrollo de una internacionalización marcada
por el enfrentamiento en una era de prolongadas estructuras imperiales. El
logos ya no es patrimonio exclusivo, como lo fue en una época, de Londres y
París. Tampoco la Historia transcurre ya unilateralmente, como Hegel creía, de
este a oeste, o de sur a norte, sino que a medida que va sucediéndose se
convierte en un mecanismo cada vez más sofisticado y desarrollado, menos
primitivo y retroactivo. Los recursos tácticos de la crítica han entrado a
formar parte del
legado histórico del imperio, en el cual se han suprimido las
separaciones y las exclusiones del tipo «divide y vencerás» y han aparecido
nuevas y sorprendentes configuraciones.
Cada uno de los cuatro textos que quiero reseñar a continuación
pertenece específicamente a un momento histórico en particular: los dos
primeros son The Black Jacobins de C. L. R. James, publicado
en 1938, y, aparecido casi al mismo tiempo, The Arab
Awakening de George Antonius. El primero de ellos trata de una
insurrección llevada a cabo a finales del siglo XVIII por negros de la zona del Caribe; el otro, de una protagonizada
recientemente por milicias árabes; ambos hablan de hechos del pasado en los
cuales el escritor intenta detectar una realidad, nativa o colonial, ignorada o
traicionada por Europa. Los dos autores son brillantes estilistas y
extraordinarias personalidades (destaca la faceta de James como deportista),
cuyas tempranas formaciones académicas en escuelas coloniales británicas les
proporcionaron una maravillosa percepción de la cultura inglesa, así como
profundos desacuerdos con ella. Ambos libros parecen ahora elocuentemente
proféticos: James anticipó una indómita historia de la vida en el Caribe,
turbulenta y, aún hoy, profundamente intranquila. Por su parte, Antonius
pronosticó con igual precisión los sucesos de primera plana y las espantosas
escenas televisivas que hoy en día nos llegan de Oriente Próximo, dado que el
conflicto palestino-israelí sigue candente, aunque desde el punto de vista
árabe ya se resolviera de modo adverso en 1948 con el establecimiento del
estado de Israel, un hecho que Antonius anticipó, con funestos presagios, diez
años antes de que sucediera.
Mientras que James y Antonius concibieron sus obras como alegatos y al
mismo tiempo como rigurosos ejercicios de erudición dirigidos desde el seno de
un movimiento nacional por la independencia hacia un público general, los otros
dos libros que comentaré, A Rule of Property for Bengal (1963)
de
Ranajit Guha y The Myth of the Lazy Native (1977) de S.
H. Alatas, con su talante poscolonial y especializado, se dedican a temas más
específicos y cubren un sector de audiencia más reducido. Las dos obras, la
primera escrita por un economista bengalí versado en política, la segunda por
un historiador y teórico social malayo de origen musulmán, exhiben la
meticulosa investigación de archivo y la documentación, discusiones y
generalizaciones escrupulosamente actualizadas de sus autores.
En un estilo que más tarde reconocerán los escritores
posestructuralistas (incluido el propio autor), el libro de Guha es un estudio
arqueológico y deconstructivo sobre cómo el Acta de Colonización Permanente de
Bengala firmada en 1826 —según la cual el Gobierno británico regulaba las
rentas y los beneficios extraídos de Bengala con infalible precisión— surge a
partir de un complejo sustrato europeo de filosofía fisiócrata e ideológica
puesto en práctica en Bengala a finales del siglo XVIII por Philip Francis. En su propio estilo, la obra de Alatas, tan
sorprendentemente original como la de Guha, también detalla la manera en que el
colonialismo europeo crea una figura, en este caso el nativo holgazán, que
desempeña una función crucial en los cálculos y los mecanismos de defensa de lo
que ese autor denomina el capitalismo colonial. Según palabras de Sinbaldo de
Mas, un oficial español a quien en 1843 se le encomendó la misión de mantener
Filipinas como colonia, se consideraba que el contingente nativo, sujeto a
severas normas y a una rígida disciplina, se mantenía «en un estado intelectual
y moral tan precario que, a pesar de su superioridad numérica, en el plano
político podía tener un peso inferior al de un lingote de oro»;[15] del nativo se hablaba, se lo
analizaba, se abusaba de él y se lo hacía trabajar, alimentándolo con comida de
pésima calidad y con opio, apartándolo de su ambiente natural, y oprimiéndolo
con una letanía cuyo propósito era perpetuar su laboriosidad y su subordinación.
Así, Alatas observa: «El juego, el opio, las inhumanas
condiciones laborales, la legislación parcial y unilateral, la
adquisición de derechos de propiedad y tenencia por parte de los colonos, o los
trabajos forzados, fueron elementos que, de una manera u otra, todos calaron en
la estructura de la ideología colonial y le confirieron un halo de
respetabilidad. Los que se mantenían al margen de estos sistemas degradantes
eran ridiculizados y se hacía burla de ellos».[16]
El contraste entre James y Antonius por un lado y Guha y Alatas por el
otro se basa no solo en la circunstancia de que los primeros estaban
involucrados de un modo más inmediato en la política contemporánea, mientras
que los dos últimos se preocuparon mucho más de las discusiones académicas en
el marco de la India y la Malasia poscoloniales, sino también en que la
historia poscolonial en sí ha cambiado los términos, y, en realidad hasta la
propia naturaleza del debate. James y Antonius consideraban que el mundo en
litigio habitado durante la década de los años treinta de este siglo por
nativos del Caribe y de zonas de Oriente de población árabe dependía
ineludiblemente de Occidente. James afirma que Toussaint L’Ouverture no podría
haber razonado de la manera que lo hizo si no hubiese sido por la influencia
del abate Raynal, de otros enciclopedistas, y de la Revolución francesa:
En situaciones comprometidas, Toussaint, a pesar de no disponer de una
buena instrucción, supo encontrar el lenguaje y el acento de Diderot, Rousseau
y Raynal, de Mirabeau, Robespierre y Danton. Y en un aspecto superó a todos, ya
que incluso estos maestros de la oratoria y la literatura, debido a las
complicaciones que se daban entre las clases de su sociedad, a menudo tenían
que detenerse, reconsiderar sus exposiciones, o hacer modificaciones en ellas.
Toussaint pudo defender la libertad de los negros sin ningún tipo de reservas,
y este factor imprimió a sus declaraciones una fuerza y una firmeza difíciles
de encontrar en los mejores tratados de la época. Los burgueses franceses
fueron incapaces de comprenderlo, y tuvo que correr la sangre antes de que entendiesen
que, aun a pesar de su tono un tanto altivo, Toussaint no había caído en
rimbombante retórica, sino que había escrito la pura y simple verdad.[17]
En esta maravillosa descripción de un hombre que había incorporado por
completo la auténtica realidad de los sentimientos universalistas propagados
por la Ilustración europea, James muestra la sinceridad de Toussaint así como
sus latentes carencias e imperfecciones y su tendencia a confiar en las
declaraciones europeas, a verlas como auténticas intenciones más que como
percepciones clasistas determinadas por la Historia y cargadas de los intereses
de diversos sectores y grupos.
En gran medida, Antonius desarrolló este mismo tema; su crónica del
despertar árabe, fomentado por Gran Bretaña a principios de este siglo, se
centra en la manera que los árabes, después de liberarse por sí mismos de los
otomanos entre 1917 y 1918, se tomaron al pie de la letra las promesas
británicas sobre la independencia árabe. El relato que Antonius hace de la
correspondencia que mantenían Sherif Hussein y sir Henry McMahon, en la cual el
oficial británico prometía al pueblo de Hussein la independencia y la
soberanía, se corresponde con el modo en que James describe cómo Toussaint
asimiló y actuó respecto a la Declaración de los Derechos del Hombre. Sin
embargo, para Antonius, que se declara partidario de los británicos y de los
árabes a la vez, en un clásico ejemplo de interdependencia, se trata de un
deliberado subterfugio de los ingleses, atribuible no a la existencia de clases
sociales ni a la Historia, sino al deshonor, que para él tiene la categoría de
catástrofe:
No cabe ninguna duda de que el veredicto de la historia confirmará y
aprobará sustancialmente el punto de vista árabe. A pesar de cualquier otra
cosa que pueda decirse sobre las decisiones de San Remo (tomadas durante la
primavera de 1920, y según las cuales «todo el rectángulo árabe que se extiende
entre el Mediterráneo y la frontera con Persia lograría disponer de una
administración y una autoridad propias»), lo cierto es que se violaron los
principios generales antes proclamados y las promesas concretas hechas por los
Aliados, en particular por Gran Bretaña. En la actualidad se sabe cuál era el
contenido de los compromisos adoptados en secreto, de manera que entre este
conocimiento y las garantías que en su momento se ofrecieron en público se
puede disponer de todo el material relevante para establecer un juicio. Los
árabes tomaron parte
en la guerra mundial y apostaron su contribución y sus sacrificios
precisamente sobre la base de todas esas promesas; y ese hecho, por sí solo,
era suficiente para convertir la correspondiente obligación de los británicos
en una deuda de honor. Lo que se hizo en la conferencia de San Remo fue, en
realidad, ignorar esa deuda y en su lugar tomar decisiones que, respecto a los
puntos esenciales, se oponían a los deseos y aspiraciones de los pueblos
involucrados.[18]
Sería erróneo minimizar las diferencias entre James y Antonius, ya que
los dos están separados no solo por la ideología y la raza, sino también por el
temperamento y la educación. Sin embargo, en sus prosas persiste
inconfundiblemente el mismo grado de tristeza, decepción, y esperanza no
correspondida, además del hecho de que ambos comulgaban con la política de la
descolonización y fueron moldeados por ella. James pertenecía a la clase media
baja de Trinidad; fue un autodidacta, un atleta y —como pude comprobar por mí
mismo cuando en junio de 1987, y teniendo él en aquellos momentos ochenta y
seis años, lo visité en Brixton— conservó siempre el talante del escolar
precoz, con el interés del revolucionario por la historia, la política y la
teoría, con la atenta predisposición del intelectual hacia las ideas y las
contradicciones, y con un interés puramente jovial y aventurero por la buena
literatura, la música y la conversación. Antonius, tal y como Albert Hourani lo
describe memorablemente,[19] provenía de una clase más antigua y
mundana de sirios levantinos que durante una época se estableció en Egipto
(donde, años antes de graduarse por la Universidad de Cambridge, se inscribió
en el Victoria College, una academia a la que yo mismo asistí). Cuando
escribió The Arab Awakening, Antonius tenía ya más de cuarenta años
(murió en 1942, cuando le faltaba poco para llegar a los cincuenta); James era
diez años más joven. Antonius había disfrutado de una carrera mucho más
variada, a través de sus diversas facetas como confidente de altos cargos
británicos, consejero de los líderes árabes más importantes (desde Hussein y
Faisal hasta Faris Nimr y Haj Amin al-Husayni) o heredero de décadas de
pensamiento y actividad nacionalista árabe, aparte de que fuese un
hombre de mundo relacionado con otros hombres de mundo situados en
posiciones de poder. Mientras que James, recién llegado a Inglaterra, donde
tuvo que ponerse a trabajar como corresponsal de las competiciones de cricket,
era un negro de convicciones marxistas, y un gran orador con dotes
organizativas, pero por encima de todo un revolucionario impregnado del
nacionalismo africano, caribeño y negro. The Black Jacobins se
presentó por primera vez en Londres no como libro, sino como un montaje teatral
para Paul Robeson; durante las representaciones de la obra, Robeson y James se
alternaban los papeles de Toussaint y Dessalines.[20]
A pesar de las diferencias entre el marxista historiador negro
originario de las Antillas, indigente e itinerante, y el árabe más conservador,
sumamente culto y con inmejorables contactos, ambos dirigieron su obra hacia un
mundo que consideraban como propio, aun cuando ese universo europeo de poder y
dominación colonial los excluyera, hasta cierto punto los subyugara y a la vez
decepcionara profundamente. Se dirigieron hacia ese mundo desde su interior y
cuestionaron y desafiaron su autoridad dentro del terreno cultural, presentando
versiones alternativas del mismo, tanto en el plano dramático, como en el de la
argumentación y el íntimo. Aunque en gran medida se dedicaron a articular la
experiencia adversa de los pueblos coloniales o no occidentales, en sus obras
no llega a captarse la existencia de una posición que se saliese de la
tradición cultural occidental. Una vez pasada la época de la negritud,
del nacionalismo negro, y del indigenismo de los años sesenta y setenta, James
apoyó tenazmente la herencia occidental al mismo tiempo que suscribía el
movimiento insurrecto y antiimperialista que compartió con Fanon, Cabral y
Rodney. En una entrevista hizo la siguiente declaración:
¿Cómo me planteo mi regreso a unas raíces no europeas? Estoy de acuerdo
en ello, si eso significa que los escritores caribeños de hoy en día deberían
ser conscientes de que en sus obras existen elementos procedentes de raíces no
europeas, no shakespearianas, y de que en la música
hay un pasado que no es precisamente
Beethoven: entonces estoy de acuerdo. Pero no me gusta el enfrentamiento al que
se han visto sometidas las dos posturas, como si se tuviera que escoger entre
una u otra. No creo en este antagonismo, sino en la dualidad de ambas. De
hecho, tanto nuestra alfabetización como nuestra tradición estética están
fundamentalmente arraigadas en la civilización europea occidental.[21]
Y si, en su magistral relato sobre la ascensión del nacionalismo árabe,
Antonius subraya la importancia capital del redescubrimiento de la lengua árabe
y de la herencia clásica islámica (casi siempre a través de la aportación de
pensadores cristianos como él mismo, circunstancia que historiadores
posteriores han considerado ciertamente exagerada), también insiste en que la
tradición árabe no entra, en ningún punto esencial, en conflicto con la
occidental. Más bien existe entre las dos una relación filial y solidaria como,
por ejemplo, explica en el siguiente pasaje:
Las actividades educativas de los misioneros norteamericanos durante ese
primer periodo (1850-1860) tuvieron, entre muchas otras virtudes, un
excepcional mérito; dieron prioridad a la lengua árabe y, tras decidir impartir
sus clases usando el habla nativa, se dedicaron con empeño a la labor de
proporcionarles suficiente literatura. En ese aspecto, ellos fueron los
pioneros. Por este motivo, la efervescencia intelectual que marcó las primeras
manifestaciones del resurgimiento árabe lo debe prácticamente todo a sus
esfuerzos.[22]
Sin embargo, en la obra de Guha y Alatas no se observa una coincidencia
tan armoniosa entre Occidente y sus colonias de ultramar. Las guerras
coloniales y los prolongados conflictos políticos y militares surgidos a partir
de entonces son, en parte, responsables de tal desavenencia. Y si bien el
control político directo ha desaparecido, lo ha perpetuado la dominación
económica, política, y a veces militar, acompañada por la hegemonía cultural
—con la fuerza de la autoridad y las ideas directrices (dirigente, como
las denomina Gramsci) procedentes de Occidente— que ejerce su poder en el mundo
periférico. Uno de los ataques más duros de The Myth of the Lazy Native de
Alatas se dirige contra esos malayos que en su propia manera de
pensar siguen reproduciendo la ideología colonial que creó y sostuvo la
noción del «nativo holgazán». En pasajes que recuerdan la censura de Fanon
contra la burguesía nacionalista, Alatas muestra cómo residuos del capitalismo
colonial permanecen en la forma de pensar de los recientemente autónomos
malayos, confinándolos —a aquellos, claro está, que no dominan la metodología y
no son conscientes de las relaciones de clase que afectan la propia mentalidad—
a las categorías del «pensamiento capitalista colonial». Así señala Alatas:
La falsa conciencia distorsiona la realidad. El partido que gobierna en
Malasia heredó el poder de manos de los británicos sin luchar por la
independencia, como se hizo en Indonesia, la India y Filipinas. Tampoco existió
un enfrentamiento ideológico como tal. No hubo una ruptura intelectual con las
posiciones ideológicas británicas en los planos más profundos del pensamiento.
La cúpula dirigente de este partido se reclutó entre profesores de escuela y
funcionarios malayos de clase media y la alta jerarquía de la burocracia
oficial adiestrada por los británicos. Los pocos profesionales asociados a la
formación del partido no se ajustaban a esas normas.[23]
Por su parte, Guha está igualmente interesado por el problema de la
continuidad y la discontinuidad, pero para él esta cuestión posee resonancias
autobiográficas, dadas sus profundas y propias preocupaciones metodológicas. Si
se es un indio moderno cuya ascendencia, educación y vida familiar ha dependido
históricamente del poder británico, ¿cómo debe enfocarse el estudio del pasado
de la India, teniendo en cuenta que ese poder lo afectó radicalmente y no en un
plano abstracto, sino real? ¿Cómo puede contemplarse esa relación, después de
la independencia de la India, cuando uno mismo ha estado involucrado en ella?
Guha resuelve sus problemas con una estrategia intelectual que acentúa la
estricta otredad del poder británico, que dio origen no solo
al Acta de Colonización Permanente, sino también a su propia clase social:
Durante los
primeros años de su juventud, este autor, igual que muchos otros de su
generación
en Bengala, creció bajo el azote de la Colonización Permanente: su
sustento y el de su familia procedía de países remotos que jamás había
visitado; su educación estaba orientada por las necesidades de una burocracia
colonial que reclutaba su personal entre los vástagos de los beneficiarios de
lord Cornwallis; y su mundo cultural estaba rígidamente condicionado por los
valores de una clase media que se daba a la buena vida y no quería saber nada
de la cultura indígena de las masas campesinas. De ahí que llegase a considerar
la Colonización Permanente como un estatuto que conllevaba la inmovilización
social y económica. Más tarde, cuando se convirtió en alumno de posgrado en la
universidad de Calcuta, entró en contacto con las ideas antifeudales de Philip
Francis y de repente se le planteó una cuestión que ni los libros de texto ni
los profesores podían resolverle. ¿Cómo podía ser que la colonización casi
feudal que se implantó en 1793 se hubiese originado en las ideas de un hombre
que fue gran admirador de la Revolución francesa? Los libros de historia no
registraban la existencia de una contradicción de este tipo, a la que había que
darle una explicación. Los textos mostraban una realidad según la cual el buen
trabajo hecho por Inglaterra en la India formaba una serie de fructíferos
experimentos que poco tenían que ver con las ideas y los prejuicios heredados
de los principios europeos de autoridad. Sin embargo, esta visión de la
política británica como suerte de «florecimiento espontáneo» no está confirmada
por la historia de la principal ley nativa vigente durante la época de la
soberanía británica. El autor espera haber sido capaz de localizar los orígenes
de la Colonización Permanente en esa confluencia de ideas en la que, a lo largo
de la segunda mitad del siglo XVIII, se fusionaron las dos corrientes principales del pensamiento inglés y
francés.[24]
Un acto de separación establece el preludio de un proceso de
descolonización. Guha logró despegar en lo intelectual cuando fue capaz de
comprender que la ideología que cimentó la colonización permanente en la India
provenía históricamente de fuentes francesas e inglesas, y que la herencia de
su propia clase no procedía de sus raíces nativas, sino de la estructura del
poder colonial. Para Alatas, como para Guha, la historia es un ejercicio de
crítica, no la sumisa reproducción de los objetos, las ideologías y los
argumentos colonialistas. En obras posteriores, ambos escritores se
concentraron en el intento de rescatar de la historia colonial la reprimida voz
nativa, y obtener nuevas perspectivas historiográficas no solo del pasado, sino
también de los puntos débiles de la sociedad nativa que la hicieron durante
tanto tiempo vulnerable a esquemas similares al del Acta de Colonización
Permanente. En el ensayo preliminar de Subaltern Studies, serie
de volúmenes colectivos firmados por colegas de ideología similar a la
suya y publicada bajo su patrocinio en 1982, Guha señala que la «historiografía
antihistórica» de la India colonial omitió «la política popular» en favor de
las élites nacionalistas creadas por los británicos. De ahí «el fracaso
histórico de la nación a la hora de adueñarse de sus propios designios», lo
cual hace que «el estudio de este fracaso constituya la parte más problemática
de la historiografía de la India colonial».[25]
En resumen, en la actualidad puede considerarse que la cultura
metropolitana ha suprimido los elementos propios de la sociedad colonizada. No
se trata simplemente del hecho de que Alatas y Guha sean especialistas
académicos, sino de que, después de varias décadas de independencia, la
relación entre las culturas implicadas se percibe de un modo radicalmente
antitético. Un signo de esta nueva percepción adoptada tras las guerras de
independencia es la progresiva desaparición de la narrativa. The Arab
Awakening y The Black Jacobins presentan como tema de
fondo movimientos de masas dirigidos por líderes excepcionales. En
ambas obras encontramos episodios nobles y emocionantes, que hablan de la
ascensión de movimientos populares de resistencia —la sublevación de los
esclavos en Santo Domingo, la revuelta de los árabes— y grandes relatos,
parafraseando a Jean-François Lyotard, sobre ilustración y emancipación. En
cambio, las páginas de Alatas y Guha no están alentadas por historias de este
tipo.
Un rasgo sorprendentemente similar en los dos primeros libros es que su
intención sea la de iluminar la conciencia de los lectores occidentales, ya
previamente impuestos de los hechos narrados, a través de obras previas de
observadores metropolitanos. La labor de James consiste en crear una narración
sobre la Revolución francesa que incorpore sucesos ocurridos tanto en Francia
como en el extranjero, y por eso, para él, Toussaint y Napoleón son las dos
grandes figuras que surgen como producto de la Revolución. De
modo fascinante, The Arab Awakening está concebida para
minimizar y contrarrestar el famosísimo y tan cacareado relato de la revuelta
árabe escrito por T. E. Lawrence en Los siete pilares de la sabiduría. En
este caso, por fin, eso es, al menos, lo que Antonius parece querer dar a
entender: que los árabes y sus líderes, guerreros y filósofos, pueden contar su
propia historia. Otro aspecto de su generosa visión histórica es que tanto
James como Antonius ofrecen un relato alternativo que puede interpretarse como
parte de una historia ya bien sabida para los públicos europeos, pero que,
hasta ahora, no había sido bien conocida desde un punto de vista nativo. Y por
supuesto, los dos autores escriben desde la perspectiva de una continua lucha
política de masas («la revolución de los Negros») en el caso de James, o el
nacionalismo árabe, en el de Antonius.
Un problema que suscita el libro de Antonius es que su obra se centra
principalmente en los hechos políticos en los que él mismo estuvo comprometido,
por lo cual tiende a despreciar o no hacer una evaluación adecuada del enorme
resurgimiento cultural producido en el mundo árabe e islámico y que precedió a
su propia época. Historiadores posteriores —A. L. Tibawi, Albert Hourani,
Hisham Sharabi, Bassam Tibi, Mohammad d’Abed al-Jabri— proporcionan una visión
más amplia y precisa de este despertar y del modo (ya presente en Jabarti) cómo
se percibió la influencia del imperialismo occidental en el islam.[26] Escritores como el egipcio Rifa’a
Al-Tahtawi o el tunecino Khayr al-Din o los importantes reformistas y
redactores de panfletos religiosos de finales del siglo XIX, entre quienes se incluyen Jamal
al-Din al-Afghani y Muhammad Abduh, insisten en la importancia de desarrollar
una revitalizada cultura independiente para resistir la influencia de
Occidente, llegar a igualarlo en el terreno tecnológico y articular una identidad
árabe-islámica coherente con una naturaleza indígena. Una obra tan importante
como The Historical Formation of the Arab Nation
(1984)[27] de A. A. Duri lleva este proyecto al
marco de un relato clásico del nacionalismo árabe acerca de la consolidación de
una nación integral, que persigue su propio destino a pesar de los obstáculos
del imperialismo, el estancamiento interno, el subdesarrollo económico o el
despotismo político.
En todas estas obras, incluida la de Antonius, la acción narrativa se
desarrolla desde posiciones de dependencia e inferioridad hasta la
consolidación del resurgimiento nacionalista, de un estado independiente y de
una autonomía cultural en inquieta asociación con Occidente. Lejos de exhibir
un talante triunfalista, todas estas historias se basan en una configuración de
esperanza, traición y amarga decepción; el debate sobre el nacionalismo árabe
de hoy en día supone esta estructura. El resultado es una cultura incompleta,
no acabada, que se expresa a través de un lenguaje fragmentado y marcado por la
angustia, el empeño airado y la frecuente condena, aunque sin sentido crítico,
de los enemigos externos (normalmente los occidentales). De este modo, los estados
árabes poscoloniales han tomado dos caminos distintos: muchos, como Siria e
Irak, defienden el concepto de la unidad panárabe, usándolo como justificante
de un estado de seguridad nacional monopartidista que ha absorbido casi por
completo la sociedad civil; otros, como Arabia Saudí, Egipto o Marruecos, al
mismo tiempo que conservan ciertos aspectos de la primera alternativa, han
puesto sus miras en un nacionalismo de carácter regional o local cuya cultura
política, en mi opinión, no se ha desarrollado más allá de la dependencia con
el Occidente metropolitano. Ambas posibilidades, implícitas en The Arab
Awakening, están reñidas con la preferencia particular de Antonius por un
ideal de autonomía digna e integral.
En el caso de James, The Black Jacobins cubre un
importante espacio cultural y político entre la historia caribeña, en concreto
la protagonizada por el contingente de raza negra, y la europea. También se
puede apreciar cómo
la obra se nutre de corrientes variadas y de mayor amplitud que lo que
podría sugerir incluso la riqueza de su relato. Casi en la misma época, James
escribió A History of the Negro Revolt (1938), cuyo propósito
fue, según la brillante descripción que Walter Rodney hizo del libro,[28] «ofrecer una dimensión histórica al
proceso de la resistencia». Rodney señala que James dio testimonio del largo
(aunque por lo general infructuoso) proceso de resistencia al colonialismo que
se produjo en África y el Caribe y que fue ignorado por los historiadores
coloniales. Como la de Antonius, su obra constituye un complemento de su
implicación y su compromiso con la lucha política en África y las Antillas, un
cometido que lo llevó a Estados Unidos, a África (como queda claro en su
estudio, sumamente crítico, Nkrumah and the Ghana Revolution, donde
indica que la instauración del sistema político en dicho país vino
propiciada fundamentalmente por su amistad de toda la vida con George Padmore y
por una madura asociación con el propio Nkrumah), más tarde a las Antillas y
por último a Inglaterra.
A pesar de que James era un dialéctico antiestalinista, su actitud
crítica hacia Occidente (compartida también por Antonius) concebido como centro
imperial, no le impidió nunca comprender y reconocer sus logros culturales y
criticar los errores de los activistas negros (como Nkrumah) que él apoyaba.
Por supuesto, su vida fue más larga que la de Antonius, pero, al tiempo que
desarrollaba y cambiaba sus opiniones, añadiendo más ámbitos de la experiencia
a sus preocupaciones liberacionistas, o que entraba y salía de polémicas y
controversias, mantenía siempre una constante concentración en la
historia (término recurrente en su obra). Su concepción del modelo
central de la política y la historia se establece en términos
lineales —«desde Du Bois hasta Fanon» o «desde Toussaint hasta Castro»— y su
metáfora básica es la de un tránsito protagonizado por las ideas y la gente:
aquellos que habían sido esclavos o pertenecido a clases subalternas podían
convertirse primero en
inmigrantes y luego en los principales intelectuales de una nueva y
diversificada sociedad.
En las obras de Guha y Alatas, el sentido narrativo de la aventura
humana es reemplazado por la ironía. Los dos autores ponen al descubierto las
desagradables estrategias ligadas a las pretensiones del imperialismo, en
especial la ideología, actualmente desacreditada por completo, del
ennoblecimiento y la mejora educativa. Consideremos, en primer lugar, la
detallada reconstrucción que Guha hace de los sistemas mediante los cuales los
oficiales de la Compañía Británica de las Indias Orientales emparentaron el
empirismo y el antifeudalismo con la filosofía fisiócrata francesa (cuya base
era la ideología de los réditos obtenidos de las tierras coloniales) para
conseguir la permanencia del dominio británico, citando la frase utilizada por
Philip Francis, el protagonista del libro de Guha.[29] La magistral historia de Francis —un
«joven Alcibíades», amigo de Burke, contemporáneo de Warren Hastings,
antimonárquico, abolicionista y consumado genio de la política— y de su idea de
la colonización permanente, es presentada como un montaje, con diversos cortes
y empalmes, y no como un relato heroico. Guha muestra cómo las ideas de Francis
sobre la tierra y su progresiva aceptación, después de sus años de servicio,
surgen al mismo tiempo que la restauración de la imagen de Hastings, y ayudan a
intensificar, enriquecer y reforzar la noción del Imperio, el cual, en palabras
de Guha,
ya estaba rápidamente superando en
importancia la carrera personal e individual de sus creadores y, como concepto
abstracto, ya desgajado e independiente de los «usuarios de un servicio» se
había convertido en una «marca», en algo separado de la personalidad e
intenciones de sus fundadores.[30]
Vemos así que el objeto de Guha es el de definir la manera en que esa
abstracción exige y se apropia del marco geográfico. La idea básica es que, en
su función de imperialistas, los británicos creyeron que su papel en la
India era el de solucionar «el problema de la soberanía en Bengala»[31] a favor, por supuesto, de la corona
británica. Y el auténtico éxito de Francis, en su empeño de decretar la
normativa por la cual todas las rentas de Bengala iban a quedar permanentemente
fijadas por medio de unas fórmulas matemáticas, fue que logró «diseñar o
restablecer la constitución de un Imperio».[32]
La intención del libro de Guha es mostrar una manera para desmantelar la
historiografía imperial —poco desarrollada debido a la explotación británica
del territorio indio— y hacerlo no tanto en la India como en Europa, cuna
original de su magnificente seguridad, longevidad y autoridad. La ironía reside
en que el trabajo lo realice un nativo, que domina no solo las fuentes y los
métodos, sino también las poderosas abstracciones que los propios imperialistas
apenas podían discernir en el momento de su aparición.
Este mismo y espectacular logro aparece en la obra de Alatas. Pero
mientras los personajes de Guha son, de hecho, ideólogos, preocupados por
imponer la autoridad en la India a través de sistemas que ostenten una
coherencia filosófica, los colonialistas portugueses, españoles y británicos
analizados por Alatas no presentan un programa de estas características. Su
razón de ser en el sureste del Pacífico es conseguir tesoros (caucho y
metales), mano de obra barata y beneficios económicos. Exigiendo por la fuerza
la colaboración de los nativos, idean diversos esquemas para consolidar una
economía colonial lucrativa, y destruyen, en el proceso, a los comerciantes
locales de nivel medio, subyugan y prácticamente esclavizan a los nativos; y
provocan, además, aniquiladoras guerras étnicas entre la comunidad china, la
javanesa y la malaya con la finalidad de debilitar y dividir a la población y
así gobernar sin oposición. De todo este confuso panorama surge la mítica
figura del nativo holgazán, de cuya existencia como constante esencial e
inmutable de la sociedad oriental supuestamente
provienen una serie de verdades básicas. Alatas documenta minuciosamente
la manera en que estas descripciones —todas ellas basadas en la «falsa
conciencia» de los colonialistas, nada dispuestos a aceptar que la negativa de
los nativos a trabajar representaba una de las primeras formas de resistencia a
la incursión europea— van adquiriendo, progresivamente, consistencia, autoridad
y la irrefutable inmediatez de la realidad objetiva. Arthur J. Raffles y otros
observadores establecen entonces un código de normas racionalizadas para
someter y castigar aún más a los nativos, dado que, como bien habían previsto
los administradores colonialistas, el proceso de lucha y resistencia ya se
había iniciado y era irreversible.
Alatas ofrece una explicación alternativa al significado del nativo
holgazán, o más bien, explica por qué los europeos lograron mantener vivo el
mito durante tantísimo tiempo. En realidad, también demuestra que el mito aún
sigue vigente, que, según palabras de Eric Williams, «intereses caducos, cuyo
desmembramiento es visto desde una perspectiva histórica como una bendición,
pueden ejercer un efecto obstruccionista y disgregador, solo explicable por los
vitales servicios y la supremacía militar que anteriormente habían prestado e
implantado».[33] El mito del nativo holgazán va ligado
a la dominación, y esta representa una de las formas más básicas de poder.
Muchos estudiosos se han habituado de tal manera a considerar el poder
únicamente como un efecto discursivo, que probablemente sorprenderá por su
contundencia la concreta descripción de Alatas sobre cómo los colonialistas
destruyeron sistemáticamente los centros comerciales de las costas de Sumatra y
Malasia, cómo la conquista territorial condujo a la eliminación de oficios
nativos (como pescadores o fabricantes artesanales de armas) y sobre todo, cómo
los señores extranjeros hicieron cosas que ningún indígena jamás hubiese hecho:
El poder que caía en manos holandesas era diferente del que caía en las
de un sucesor indígena.
El poder autóctono se comportaba, por lo general, de modo más liberal
con el comercio. No destruía sus propias categorías profesionales, sino que
seguía utilizando los productos de su propia industria. A pesar de que en el
trono hubiese un tirano, se promovían las habilidades de cada individuo en
particular, y se fomentaba la construcción de la propia flota. En definitiva,
ni siquiera ese tirano era incapaz de imponer un monopolio aplicable a la mayor
parte de Indonesia.[34]
Controles como los descritos por Alatas en este párrafo, y por Guha en
su libro, son casi totales y se encuentran en permanente y devastador conflicto
con la sociedad colonizada. Por ello, es imposible describir cómo se establece
una continuidad entre Europa y sus colonias periféricas, tanto desde el punto
de vista europeo como del colonial; al revés, lo que parece más apropiado para
el erudito que está a favor de la descolonización es una hermenéutica de la
sospecha. Sin embargo, a pesar de que los magníficos relatos cargados de
optimismo sobre el nacionalismo emancipador ya no sirvan para confirmar la
existencia de una comunidad cultural (como lo hicieron para James y Antonius
durante los años treinta), en su lugar surge una nueva comunidad metodológica más
compleja y austera en sus exigencias. La obra de Guha ha estimulado el
desarrollo de una importante iniciativa colectiva, la de Subaltern
Studies, que, por su parte, ha llevado a Guha y a sus colegas a importantes
investigaciones posteriores sobre los problemas del poder, la historiografía y
la historia popular. La obra de Alatas se ha propuesto dos objetivos:
establecer la base para una metodología poscolonial de la historia y la
sociedad surasiática, y proseguir el trabajo de desmitificación y deconstrucción
emprendidos en The Myth of the Lazy Native.
No es mi intención sugerir que los enfáticos y apasionados relatos de
los dos intelectuales anteriores a la Segunda Guerra Mundial hayan sido
rechazados o considerados deficientes por generaciones posteriores. Tampoco que
la obra más técnica y exigente de Alatas y Guha muestre una visión del público
occidental metropolitano cualitativamente especializado y, por lo tanto, menos
indulgente en los aspectos culturales. Más bien se trata,
según mi criterio, de que James y Antonius están asociados a movimientos
que ya han iniciado su camino hacia la autodeterminación (a pesar de la
existencia de casos no demasiado representativos y poco satisfactorios). En
cambio Guha y Alatas, en su debate sobre cuestiones generadas por la confusa
transición poscolonial, dan por sentados esos logros anteriores (como la
independencia nacional) al tiempo que también subrayan las imperfecciones de
los procesos de descolonización y de las libertades e identidades propias
adquiridas a través de dichos procesos. Por otro lado, Guha y Alatas se dirigen
por igual tanto a los eruditos occidentales como a sus compatriotas, esos
intelectuales nativos aún atrapados y esclavizados por las concepciones
colonialistas de su propio pasado.
El problema de la delimitación de la audiencia lleva a la cuestión, más
general, de los diferentes públicos. Tal y como los muchos lectores corrientes
de The Black Jacobins y The Arab Awakening podrían
rápidamente asegurar, la audiencia se ha visto reducida, y se ha decantado por
libros más recientes, más rigurosos y acotados. James y Antonius suponen que
sus temas tienen una relevante importancia política y estética. James retrata a
Toussaint como un hombre encantador y admirable, nada vengativo, sumamente
inteligente, sutil y sensible a los sufrimientos de sus compañeros haitianos.
«La historia la hacen los hombres importantes», dice James, «pero solo hacen lo
que les es posible hacer».[35] Toussaint logró ganarse la confianza
de su propia gente en muy pocas ocasiones y, al revés, juzgaba mal a sus
enemigos. James no comete estos errores, no alberga falsas ilusiones. En The
Black Jacobins reconstruye con detallismo casi clínico el contexto
imperialista del egoísmo y el escrúpulo moral del cual surgió el abolicionismo
británico y su principal representante, el bien intencionado Wilberforce; pero
mientras Francia y los negros haitianos se enzarzaban en una encarnizada y
sangrienta guerra, el gobierno británico manipuló los sentimientos
filantrópicos de los
abolicionistas para aumentar el poder británico en la zona del Caribe a
expensas de Francia y sus enemigos. James es muy duro con esa característica
tenacidad del imperialismo de no dar nunca nada por perdido, pero sigue
confiando en los poderes persuasivos de un relato cuyos ingredientes
principales son la lucha por la libertad común a Francia y a Haití, y el deseo
de saber y actuar en consecuencia. Este hecho da pie a que, como historiador
negro, James escriba tanto para un público negro y combatiente como para uno
blanco y metropolitano.
¿Actúa la interacción a modo de castigo? ¿Acaso el
objeto colonial reprimido va a perseguir, acechante, los pasos de los europeos
modernos, para quienes la deforme herencia que Toussaint dejó a los Duvalier y
a los Trujillo del mundo, confirma la idea de que los no europeos son unos
salvajes? En su prefacio de 1962, James no cae en la trampa de adoptar en
principio una postura que induzca a la reacción, sino que, en su lugar,
prefiere mostrar que las ideas revolucionarias de Toussaint han resurgido en
ciertos movimientos de lucha por la liberación que sí han logrado su objetivo.
Además, con igual fuerza, y ante el nacimiento de nuevas culturas nacionales
con identidad propia y seguras de sí mismas, James es consciente del pasado
colonial al tiempo que se ponen las miras en «la última etapa de la búsqueda
caribeña de la identidad nacional».[36] No en vano James ha sido considerado
por muchos escritores —George Lamming, V. S. Naipaul, Eric Williams, Wilson
Harris— como el gran patriarca de la cultura antillana contemporánea.
En el caso de Antonius, tampoco la traición de los aliados a los árabes
desmerece el magnífico movimiento retrospectivo de su relato, en el que los
árabes actúan de acuerdo con ideas de libertad compartidas con los europeos.
Tal como The Black Jacobins da lugar al estudio de la
«Revolución Negra» moderna (término acuñado por James), The Arab
Awakening también
inaugura la investigación académica sobre el nacionalismo árabe, que se
ha convertido, poco a poco, en una asignatura académica no solo en el mundo
árabe, sino también en Occidente. La adhesión a una política de continuidad es
también en este caso especialmente importante. Adoptando su propia causa y
defendiendo la abortada autodeterminación árabe ante el mismo jurado de
políticos y filósofos occidentales que había frustrado ese proceso de la
historia, Antonius, igual que James, se dirige tanto a su propia gente como a
un público blanco resistente, para quien la emancipación de los no blancos se
había convertido en un problema marginal. Pero no se apela a la justicia o a la
compasión, sino a las realidades de la propia historia, a menudo sorprendentes
e inesperadas. De ahí que valga la pena conocer ciertas notables
consideraciones de Antonius en una conferencia en Princeton en 1935, mientras
aún estaba escribiendo The Arab Awakening:
En la historia de las naciones ocurre
a menudo que un conflicto entre fuerzas opuestas, que parece inevitablemente
destinado a concluir con el triunfo de la parte más fuerte, adquiere un giro
inesperado a raíz de la aparición de nuevas fuerzas cuyo origen proviene
precisamente de ese triunfo.[37]
Mi impresión es que de un modo extraño y misterioso, Antonius se
situaba, desde lo más profundo del estado de decepción de su presente, en la
explosiva eclosión de la insurrección popular por la que parece estar
implícitamente abogando en su libro. (La intifada palestina,
uno de los mayores alzamientos anticoloniales de nuestro tiempo, mantiene en
pie la lucha por la soberanía del territorio histórico de Palestina; y este es
uno de los principales temas de The Arab Awakening).
Y esta observación nos lleva, de nuevo, abruptamente, a la cuestión
general de lo académico y la política. Cada uno de los intelectuales cuya obra
estoy aquí analizando está firmemente enraizado en una situación de ámbito
local, en la que sus historias, tradiciones y afiliaciones condicionan tanto la
elección de los temas como su tratamiento. A la obra de Antonius, por
ejemplo, debe prestársele atención en la actualidad por ser una historia sobre
el nacionalismo árabe de principios del siglo XX y por representar el patético documento de una serie de
personalidades notables que, tras las décadas de los años treinta y cuarenta,
fueron desplazadas y sustituidas por un grupo de escritores en lengua árabe más
radicales, populares y defensores de un carácter nativo. Ya no era posible, ni
necesario, tratar de dirigirse a los políticos occidentales, y mucho menos
hacerlo desde el interior de un universo común de debate. Durante los años
sesenta, Guha se presenta como un exiliado, profundamente adverso a la política
practicada en la India, controlada como lo estaba por aquellos que Tariq Alí ha
llamado «los Nehru y los Gandhi».[38]
Por supuesto, la política —y el impulso abiertamente político que se
esconde tras sus obras— afecta a los estudios e investigaciones que los cuatro
autores presentan. La explícita urgencia política o humana y el talante y tono
de sus libros contrasta notablemente con lo que en el mundo moderno occidental
se ha convertido en norma para la intelectualidad. (La manera en que surgió
esta norma, con su supuesta independencia, con sus declaraciones de objetividad
e imparcialidad, y con su código de corrección y serenidad ritual, representa
un problema para la sociología del gusto y el conocimiento). Cada uno de estos
cuatro intelectuales del Tercer Mundo escribe a la vez desde dentro y desde
fuera de una situación política cuyas presiones constantes no constituyen solo
perturbaciones transitorias o preocupaciones empíricas sin trascendencia, que
deban dejarse de lado en favor de un objetivo superior. Este conflicto
político, aún no resuelto, está siempre pronto a aflorar, y emponzoña la
retórica, o por decirlo de otra manera, desvía a la clase intelectual de sus
intenciones y empeños. Porque estos autores escriben, ciertamente, desde una
posición de conocimiento y aprendizaje solvente, pero
también como individuos cuyo mensaje de resistencia y oposición es
resultado histórico del sometimiento. Como Adorno observa acerca de la aparente
mutilación del lenguaje usado en tales circunstancias: «Por otro lado, el
lenguaje de los sometidos está únicamente marcado por el hecho de la
dominación, lo cual los priva de esta manera de la justicia que prometían las
inmaculadas palabras de autonomía a todos aquellos lo suficientemente libres
como para pronunciarlas sin rencor».[39]
No pretendo sugerir que esta especialización erudita y contestataria
deba tener un tono estridente y ser desagradablemente insistente, ni que
Antonius y James (o para el caso, Guha y Alatas) deban adornar sus discursos
con insultos y acusaciones. Tan solo señalo que, en estos libros, lo
intelectual y lo político están en evidente relación, porque sus autores se
consideran a sí mismos emisarios, ante la cultura occidental, de una libertad
política bloqueada y aplazada. Interpretar mal la repercusión histórica de sus
declaraciones, discursos e intervenciones, acusarlos (como Conor Cruise O’Brien
en una ocasión)[40] de suplicar compasión, o rechazarlos
porque constituyen cris de cœur emocionales y subjetivos de
tenaces activistas y políticos partidistas sería atenuar su fuerza, desfigurar
su valía y negar su enorme contribución al conocimiento. No hay que extrañarse
de que Fanon declarara que «la objetividad siempre actúa en contra del nativo».[41]
Los públicos metropolitanos han caído habitualmente en la tentación de
decretar que estos libros y otros similares, más que contribuciones
contemporáneas al conocimiento, son únicamente la prueba de una literatura
indígena escrita por «informadores nativos». En Occidente se ha deseñado la
autoridad de obras como las de Antonius y James, porque los intelectuales
profesionales de Occidente suponen que fueron escritas desde el exterior pero
mirando hacia el interior. Quizá esta sea la razón por la que Guha y Alatas,
una generación después, deciden concentrarse en la retórica, las ideas y el
lenguaje más que en la historia tout court, y prefieren
analizar las estrategias o síntomas verbales del poder y no puramente su puesta
en práctica; sus procesos y tácticas y no sus fuentes; sus métodos
intelectuales y técnicas enunciativas y no su moral. En otras palabras, se
trata de adoptar una postura que favorezca la deconstrucción más que la
destrucción.
Por supuesto, para volver a unir experiencia y cultura es necesario leer
textos en contrapunto, textos que procedan tanto del centro metropolitano como
de las periferias, pero sin aceptar el criterio del privilegio de la
«objetividad» por «nuestra parte» o el lastre de la «subjetividad» por «la
suya».[42] La cuestión es más bien saber cómo leer,
según lo proponen los partidarios de la deconstrucción, sin separar ese aspecto
del problema de saber qué se lee. Los textos no son objetos
acabados, sino, tal como Williams declaró en una ocasión, apuntes y prácticas
culturales, que crean no solo sus propios precursores, como Borges dijo de
Kafka, sino también sus sucesores. La gran experiencia imperial de los últimos
doscientos años tiene un alcance universal; en ella se han visto implicados
todos los rincones del globo, incluyendo a los colonizadores y a los
colonizados. Dado que Occidente logró hacerse con el dominio del mundo entero y
parece haber completado ya su trayectoria al producirse lo que Francis Fukuyama
ha denominado «el final de la historia», los occidentales han aceptado la
integridad e inviolabilidad de las obras maestras de su cultura, de su
intelectualidad y de sus esferas de debate, mientras que el resto del mundo se
asoma a sus ventanas pidiendo que se le preste atención. De todas formas, creo
que falsificaríamos radicalmente la cultura si la separamos de las
vinculaciones con su contexto, si la desvinculamos de los terrenos por los que
luchó, o si, siguiendo una corriente opuesta dentro de la cultura occidental,
le negamos su auténtica influencia. Mansfield Park de Jane
Austen habla de Inglaterra y de Antigua, y la autora establece la conexión
entre ambas de un modo explícito. El tema del
libro es, pues, el orden en el propio país y la paralela esclavitud en
el extranjero y puede —de hecho debería— interpretarse de esta manera, al
tiempo que suenan los ecos de Eric Williams y C. L. R. James. Por su parte,
Camus y Gide escriben precisamente sobre la misma Argelia de la que ya se habla
en las obras de Fanon y Kateb Yacine.
Si estas ideas de contrapunto, interrelación, e integración representan
algo más que un indicio moderadamente inspirador de lo que puede entenderse por
visión ecuménica, entonces hemos de admitir que reafirman la experiencia
histórica del imperialismo visto, primero, como cuestión de historias
interdependientes y dominios en los que se enfrentan intereses coincidentes, y,
en segundo lugar, considerado como proceso que requiere una serie de elecciones
intelectuales y políticas. Si, por ejemplo, nos detenemos en la historia
francesa y la argelina o la vietnamita, por un lado; o la británica y la
caribeña, la africana o la india, por otro, y las estudiamos por separado en
vez de unidas, lo que se consigue es que las experiencias de dominar y de ser
dominado queden desligadas de un modo falso y artificial. Si se considera la
dominación imperial y la resistencia a ella como un proceso dual que evoluciona
hacia la descolonización, y, después, hacia la independencia, esto significa,
en gran medida, que nosotros mismos nos introducimos en dicho proceso e
interpretamos las dos partes del conflicto desde un enfoque no solo
hermenéutico, sino también político.
Por ejemplo, The Black Jacobins, The Arab Awakening, A
Rule of Property y The Myth of the Lazy Native son
obras que pertenecen plenamente al seno de la propia lucha, lo cual hace que la
elección de las interpretaciones que suscitan sea más clara y a la vez más
difícil de evitar.
Consideremos la historia contemporánea del mundo árabe como ejemplo de
un proceso marcado por una continua presión. La empresa de Antonius consistió
en establecer que la interacción entre el nacionalismo árabe y
Occidente (o sus sustitutos regionales) era un factor que no solo debía
estudiarse, sino que al mismo tiempo había que pronunciarse a favor o en
contra. Como consecuencia de la publicación de The Arab Awakening — especialmente
en Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña— se empezó a relacionar la aparición
de la disciplina académica denominada «Estudios de Oriente Próximo», que cubría
terrenos de antropología, historia, sociología, ciencia política, economía y
literatura, con las tensiones políticas de la zona, con la posición de las dos
potencias coloniales existentes desde un principio y con la de las actuales
superpotencias. Desde la Segunda Guerra Mundial ha sido imposible eludir tanto
el conflicto árabe-israelí como el estudio de las sociedades individuales
pertenecientes al campo académico de los «Estudios de Oriente Próximo». Así,
escribir sobre el problema de Palestina exigía al autor la decisión de si los
palestinos constituían un pueblo (o comunidad nacional), lo cual a su vez
implicaba apoyar u oponerse a su derecho a la autodeterminación. Para ambos
casos, la clase intelectual se decanta por la postura de Antonius, ya sea
aceptando sus opiniones sobre la traición occidental, o a la inversa, sobre el
derecho por parte de Occidente a prometer la tierra palestina al movimiento
sionista basándose en la mayor importancia cultural del sionismo.[43]
Y esta decisión da lugar a nuevas posibilidades. Por un lado, ¿es
posible hablar, sin una justificación que no sea política o ideológica, de la
«mentalidad árabe» moderna, con su supuesta propensión a la violencia, con su
cultura de la vergüenza, con su histórico exceso de peso del islam, con sus
significados políticos, y su degeneración respecto del judaísmo y el
cristianismo? Todos estos aspectos han proporcionado la base de libros
tendenciosos, como The Arab Mind de Raphael Patai, The
Closed Circle de David Pryce-Jones, The Political Language of
Islam de Bernard Lewis, o Hagarism de Patricia Crone
y Michael Cook.[44] A pesar de su carácter
erudito, ninguno de ellos se sale del ámbito de confrontación que ya
Antonius definiera por primera vez en Occidente; de ninguno de ellos puede
decirse que esté exento de sentimientos de hostilidad hacia la aspiración
colectiva del pueblo árabe a librarse del determinismo histórico que se
desarrollara bajo las perspectivas coloniales.
Por otra parte, el discurso crítico y antiorientalista de una generación
más antigua de especialistas como Anwar Abdel-Malek y Maxime Rodinson perdura a
través de una generación más joven, entre la que se encuentran Timothy
Mitchell, Judith Tucker, Peter Gran y Rashid Khalidi, así como sus equivalentes
en Europa. Durante los años ochenta, la Asociación de Estudios de Oriente
Próximo (MESA), que en sus inicios mostraba un talante conservador, experimentó
una importante transformación ideológica gracias a la colaboración y ayuda de
todos estos intelectuales. Al principio, académicos de primer orden, ejecutivos
de empresas petrolíferas, y asesores y funcionarios gubernamentales integraban
a menudo la MESA. En sus concurridos congresos anuales se trataron abiertamente
temas de significación política contemporánea: la revolución iraní, la guerra
del Golfo, la intifada palestina, la guerra civil en Líbano,
los acuerdos de Camp David, o la relación entre los intelectuales y la
ideología política en Oriente Próximo —cuestiones que anteriormente habían sido
omitidas o minimizadas en los estudios de individuos como Lewis, Patai, o más
recientemente Walter Laqueur, Emmanuel Sivan y Daniel Pipes. Los trabajos
académicos que abogaban por una línea política opuesta al nacionalismo árabe o
islámico habían dominado el debate profesional e incluso el periodístico (como
puede observarse en obras de éxito de ese tipo de periodismo concebido como
«erudición al instante»: From Beirut to Jerusalem de Thomas
Friedman y Arab and Jew de David Shipler), pero este factor ha
sufrido modificaciones.
La idea básica de
la línea «antigua» consistía en proponer generalizaciones
de los árabes, que adoptaron tintes racistas en sus explicaciones de una
actitud «árabe» hacia el resto del mundo: antidemocrática, violenta y
regresiva, por la cual se los consideraba, indefectible y congénitamente, como
los «Otros». Elemento clave en esa postura fue Israel, ya que también
contribuyó a la polaridad establecida entre el Israel democrático y un mundo
árabe mayoritariamente no democrático, en el cual los palestinos, desposeídos y
exiliados por Israel, pasaron a convertirse en emblema de «el terrorismo» y
poca cosa más. Posteriormente, lo que los eruditos antiorientalistas más
jóvenes expusieron fue el desarrollo de las historias, diferenciadas con gran
precisión, de diversos pueblos, sociedades y formaciones árabes: en sus
esquemas se respetaba la historia del mundo árabe y los acontecimientos que se
han ido produciendo en su ámbito. Se logró restaurar un sentido dinámico del
inacabado camino hacia la independencia, de los derechos humanos (especialmente
los de las mujeres y las minorías en desventaja), de la supresión de las
interferencias externas (a menudo, las imperialistas) y la corrupción o
colaboracionismo internos.
Así, lo que se promovió en la Asociación de Estudios de Oriente Próximo
fue un movimiento metropolitano de oposición cultural a la dominación
occidental, oposición surgida al mismo tiempo que una serie de importantes
cambios similares en los estudios africanos, indios, caribeños y
latinoamericanos. Todas estas disciplinas dejaron de estar dirigidas por
exoficiales coloniales o por una brigada de académicos que hablaban la lengua
apropiada. Al revés, se desmontó eficazmente el monopolio del debate ejercido por
intelectuales y políticos eurocéntricos y se lo sustituyó por una actitud
receptiva hacia las corrientes de liberación y la crítica poscolonial y por una
serie de grupos de oposición de reciente formación (los movimientos por los
derechos civiles en Norteamérica, el movimiento por los derechos de los
inmigrantes en el Reino Unido). En el ámbito estadounidense han sido
fundamentales Basil Davidson, Terence Ranger, Johannes Fabian, Thomas
Hodgkin, Gordon K. Lewis, Alí Mazrui o Stuart Hall y sus capacidades
intelectuales representan un catalizador para otros especialistas. Del mismo
modo, las primeras obras de los cuatro autores que he analizado en este
capítulo —sus relaciones de interacción— fueron importantes para toda esta
generación de académicos, sobre todo en lo referente a esa coalición cultural
que, en la actualidad, se está configurando entre la resistencia antiimperialista
en las periferias y la cultura de la oposición de Europa y Estados Unidos.
5
Colaboración, independencia y liberación
En un seminario sobre imperialismo celebrado en Oxford entre 1969 y
1970, el ensayo de Ronald Robinson «Bases no europeas del imperialismo europeo»
fue una de las contribuciones más interesantes. Junto con «Teorías africanas y
del Tercer Mundo sobre el imperialismo», de Thomas Hodgkin, la «sugerencia» de
Robinson en favor de un estudio de tipo teórico y empírico hizo evidente la
influencia de la gran cantidad de cambios poscoloniales que he estado
mencionando:
Cualquier teoría que se pretenda nueva debe reconocer que el
imperialismo existió en función de la expansión europea, tanto como de la
colaboración o la no colaboración de sus víctimas, dentro de los sistemas
políticos nativos. Según el momento histórico en que se desarrollaron, los
europeos no podrían haber conquistado y gobernado sus imperios no europeos si
no hubiese sido por la cooperación, voluntaria o forzosa, de los estamentos
dirigentes nativos y por la colaboración de la población indígena. Desde un
principio, a esta alianza se le presentó siempre oposición; del mismo modo que
para prevenir o contener la resistencia había que recurrir constantemente a la
mediación nativa.[1]
Robinson prosigue investigando la colaboración prestada por los pachás y
el Virrey en Egipto antes de 1882, colaboración que permitió la penetración
europea, tras la cual, a raíz de la drástica degradación de toda esa zona,
provocada por la rebelión nacionalista orabí, los británicos ocuparon el país
militarmente. Robinson podría haber añadido, aunque no lo hace, que
muchas de las clases sociales e individuos particulares que colaboraron con el
imperialismo empezaron intentando emular los estilos europeos para modernizarse
siguiendo las pautas de lo que percibían como el avance occidental. Durante las
dos primeras décadas del siglo XIX, Muhammad Alí envió misiones a Europa, treinta años antes de que
misiones japonesas llegasen a Estados Unidos y a Europa con el mismo propósito.
Dentro de la órbita colonial francesa, y por lo menos hasta los años veinte y
treinta de este siglo, se concedían becas a alumnos indígenas de talento,
aunque algunos de ellos, como Senghor, Césaire y muchos intelectuales
indochinos, se convirtieran en enérgicos oponentes al imperio.
El propósito inicial de estas primeras misiones a Occidente era aprender
los modos de vida del hombre blanco civilizado, traducir sus obras y adquirir
sus hábitos. Los recientes estudios desarrollados por Masao Miyoshi (As We
Saw Them) e Ibrahim Abu-Lughod (The Arab Rediscovery of Europe)[2] muestran que a los ilusionados estudiantes
orientales, además de proporcionales información, textos de gran utilidad, e
inculcarles hábitos provechosos,[3] se les enseñaba la jerarquía
imperial.
De esta particular dinámica de dependencia surgió la primera experiencia
de antiimperialismo nativo prolongado y reactivo: se trata de la discusión
publicada en Revue de deux mondes (1883) entre Afghani y
Ernest Renan. En ella el indígena, sirviéndose de términos previamente
definidos por Renan, trata de «desmontar» los presupuestos racistas y
culturalmente arrogantes que los europeos tenían sobre su inferioridad.
Mientras que Renan sostiene que la posición del islam es inferior a la del
judaísmo o el cristianismo, Afghani afirma que el islam es «mejor», y que
Occidente logró mejorar y progresar tomando elementos prestados de la cultura
musulmana, que el desarrollo científico islámico se produjo antes que el
europeo, y que, si en esta religión
hay algún aspecto
regresivo, su origen es común a todas las religiones.[4]
El tono de Afghani es amistoso, a pesar de que se opone abiertamente a
Renan. A diferencia de posteriores defensores de la resistencia al imperio —
para quienes la liberación es el tema clave—, Afghani, al igual que los
abogados indios de los años 1880-90, pertenece a un grupo que, al tiempo que
lucha por sus comunidades, trata de encontrar y hacerse un lugar propio en el
esquema cultural que comparte con Occidente. Estos grupos son élites que,
cuando lideraban los diversos movimientos nacionalistas por la independencia,
recibieron la autoridad de manos del poder colonial, como Louis Mountbatten
hizo con Nehru, o De Gaulle con el FLN. A este tipo de colaboración y
antagonismo pertenecen diferentes redes de dependencia cultural. Por ejemplo,
el caso de asesores occidentales cuyos trabajos ayudaron a las comunidades o
las naciones nativas a «alzarse» (un aspecto que ha sido bien descrito en To
Change China, el libro que Jonathan Spence escribió sobre los asesores
occidentales), o el de los paladines occidentales de los oprimidos —la señora
Jellyby de Charles Dickens en Casa desolada es una de las
primeras representantes y los miembros de la Liverpool School otro ejemplo
posterior—. Todos ellos daban sus propias versiones sobre cuáles eran los
intereses de los nativos. Otro ejemplo: la rivalidad planteada entre T. E.
Lawrence y Louis Massignon justo después de la Primera Guerra Mundial, descrita
con gran sutileza en un ensayo de Albert Hourani.[5] Los dos en auténtica comunión con los
árabes que lucharon contra los otomanos durante la guerra (de hecho, Massignon
hizo de su inclinación hacia el islam el punto central de su teoría de la
comunidad monoteísta, y de la sucesión abrahámica). Pero, a la vez, siguiendo
sus convicciones imperiales, cada uno desempeñó su papel en la partición del
mundo árabe entre Francia y Gran Bretaña: para los árabes,
Lawrence sirvió a Gran Bretaña; y Massignon a Francia.
Estas afinidades entre nativos y representantes convencionales o
excéntricos y contradictorios del imperialismo, han alimentado todo un extenso
capítulo de la historia de la cultura en los cinco continentes. Pero, aunque
hagamos patente nuestro respeto, y reconozcamos el valor de esas experiencias
compartidas y combinadas que para muchos de nosotros representaron el punto de
partida, al mismo tiempo debemos ser conscientes de que, en el fondo, esas
afinidades preservaron la división imperial que durante el siglo XIX se estableciera entre nativos y
occidentales. Numerosas escuelas coloniales en Extremo Oriente, la India, el
mundo árabe o África Oriental y Occidental, enseñaron a varias generaciones de
la burguesía nativa importantes verdades sobre la historia, la ciencia y la
cultura. Gracias a este proceso de aprendizaje, millones de personas
comprendieron los fundamentos de la modernidad, pero sin dejar de estar
subordinadas y dependientes de una autoridad imperial extranjera.
La culminación de esta dinámica de dependencia fue el nacionalismo, que
finalmente produjo estados independientes en países de todo el mundo, países
que en otras épocas habían sido colonias. El final del periodo del
antiimperialismo nacionalista estuvo marcado por dos factores políticos cuya
importancia ya había sido advertida en el plano cultural, y que, al tiempo,
inauguraron la era de la resistencia antiimperialista de corte liberacionista.
Uno fue la aguda percepción de la cultura como otra forma más
de imperialismo: ese momento reflexivo de concienciación que permitió al
ciudadano recientemente independiente declarar el fin de la imposición cultural
europea, que se arrogaba la facultad de guiar o instruir a los no europeos. El
segundo fue la existencia de una misión imperial occidental innecesariamente
prolongada en diversas zonas que ya he mencionado, principalmente Argelia,
Vietnam, Palestina, Guinea y Cuba.[6] De todos modos, el nuevo problema
fundamental pasó a ser la liberación, concepto
distinto al de la independencia nacionalista, ya implícito en trabajos
anteriores de Marcus Garvey, José Martí, y W. E. B. Du Bois, por ejemplo,
aunque ahora exige una enérgica aportación teórica y, en ocasiones, militancia
armada e insurreccional.
Esas identidades nacionales que luchaban por liberarse de la dominación
imperialista se vieron, de repente, incluidas en el seno de los nuevos estados
y aparentemente fomentada por aquellos. Aparecieron ejércitos, banderas,
legislaturas, programas de educación nacional, y partidos políticos dominantes
(por no decir únicos), siguiendo habitualmente unas reglas que otorgaban a las
élites nacionalistas los lugares en un tiempo ocupados por los británicos o los
franceses. La importante distinción de Basil Davidson entre movilización de
masas (por ejemplo, las grandes multitudes de indios manifestándose
por las calles de Calcuta) y participación de masas subraya
las diferencias entre la élite nacionalista y los colectivos populares rurales
y urbanos, que simplemente representaban una parte orgánica de los proyectos
nacionalistas. Así, lo que Yeats hace en Irlanda es contribuir a la creación de
un sentimiento de comunidad recuperada y restablecida —una Irlanda celebrada
por «un grupo que, para endulzar las injusticias cometidas contra ella, cantaba
baladas, cuentos y canciones»—.[7] Como sea, en el núcleo de esta
comunidad se encuentra un grupo selecto de hombres y mujeres.
Cuando, por fin, se establece el nuevo estado nacional, arguye Partha
Chatterjee, no son profetas y románticos rebeldes quienes dirigen el gobierno
Así, en el caso de la India, será Nehru, «un prohombre de estado, pragmático, y
conocedor de sí mismo».[8] Para él, los campesinos y los pobres
de las ciudades están dominados por las pasiones, no por la razón; poetas como
Tagore y figuras carismáticas como Gandhi pueden movilizarlos, pero una vez
conseguida la independencia esta gran cantidad de gente deberá ser absorbida
por el estado, para adquirir, a lo largo del proceso de su desarrollo,
un carácter funcional y útil. Aun así, es interesante que Chatterjee
señale que al transformar el nacionalismo en una nueva ideología regional o
estatal, los países poscoloniales quedaron sujetos a un proceso internacional
de racionalización, basado en normas externas, un proceso regido, durante los
años de modernización y progreso que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, por
la lógica de un orden mundial, cuya máxima representación es el capitalismo y
cuya cúpula dirigente está formada por una reducida élite de países
industrializados.
Chatterjee tiene razón al decir que «por muy cualificado que esté el
personal del estado, las técnicas modernas de gobierno y la aplicación de la
tecnología moderna no pueden suprimir con total eficacia las auténticas
tensiones que aún permanezcan sin resolver».[9] La nueva patología del poder, según
palabras de Eqbal Ahmad, da lugar a estados de seguridad nacional, dictaduras,
oligarquías, y sistemas unipartidistas. En la novela Un recodo en el
río (1979) de V. S. Naipaul, un país africano sin nombre es gobernado
por un poderoso cabecilla, ni identificado ni presente en la acción, que
manipula a los asesores europeos, a las minorías indias y musulmanas, y a la
gente de su propia tribu siguiendo los cánones de una estricta doctrina
indígena (algo parecido al culto que Muamar el Gaddafi profesaba al Libro Verde
o las tradiciones tribales que Mobutu Sese Seko se inventó). Hacia el final
muchos de los personajes han sido asesinados sin piedad, y los pocos que
sobreviven a la masacre y se dan cuenta de lo que está sucediendo — como Salim,
el protagonista— llegan a la conclusión de que la situación es desesperada y
que hace falta iniciar una nueva emigración. (Desde el seno de una familia
musulmana india de África oriental, Salim se desplaza hacia la zona interior
dominada por el cabecilla, para más tarde abandonar el lugar totalmente
desamparado y abatido.) La suposición ideológica de Naipaul es que el triunfo
del nacionalismo en el Tercer Mundo no solo «suprime las
auténticas tensiones sin resolverlas» dentro del estado poscolonial,
sino que también elimina la última posibilidad de una resistencia contra ese
estado, así como los últimos rasgos civilizadores de la influencia occidental.
Naipaul, un novelista y escritor de relatos de viajes de extraordinario
talento, expresa con exactitud una de las posiciones ideológicas en Occidente:
desde ella es posible acusar a los estados poscoloniales precisamente de haber
logrado la independencia incondicionalmente. Sus críticas al fanatismo
religioso del mundo poscolonial (en Entre los creyentes), a los
sistemas políticos degenerados (en Guerrillas), y a la inferioridad
fundamental (en sus dos primeros libros sobre la India),[10] muestran únicamente uno de los
aspectos del desencanto respecto al Tercer Mundo que mucha gente sufrió durante
los años setenta y ochenta. Entre ella, varios destacados defensores
occidentales del nacionalismo en el Tercer Mundo, como Conor Cruise O’Brien,
Pascal Bruckner (Le sanglot de l’homme blanc), y Gérard Chaliand. En un
interesante tratado, casi de carácter documental, sobre el apoyo que Francia
ofreció en un principio a la resistencia en el Tercer Mundo, Aux
origines des tiers-mondismes: Colonisés et anti-colonialistes en France
(1919-1939), Claude Liauzu sostiene la tesis de que hacia 1975 ya no
existía el bloque antiimperialista anteriormente vigente.[11] La desaparición de una oposición
doméstica al imperialismo es un argumento válido en el caso de Francia y, quizá
también, en el de toda la zona occidental atlántica en general, pero no puede
aplicarse en los lugares donde aún persiste la lucha, tanto en los nuevos
estados como en sectores menos representativos de la cultura metropolitana. Las
cuestiones referentes al poder y a la autoridad que en una época iban dirigidas
hacia los imperios clásicos de Gran Bretaña y Francia ahora se dirigen hacia
despóticos regímenes que los han sucedido, y utilizadas contra la idea de que
los países africanos o asiáticos deban seguir bajo un sistema de esclavitud y
dependencia.
Este hecho es de una palmaria evidencia. La lucha en nombre de los
derechos humanos y democráticos prosigue en Kenia, Haití, Nigeria, Marruecos,
Pakistán, Egipto, Birmania, Túnez y El Salvador, por nombrar solo unos cuantos
lugares. Además, la creciente importancia de los movimientos en favor de las
mujeres ha generado un mayor número de presiones en los estados oligárquicos y
los gobiernos militares (o unipartidistas). Por otra parte, la cultura de la
confrontación aún mantiene lazos de unión entre Occidente y el mundo no
europeo: la afiliación de Césaire al marxismo y al surrealismo y la relación
entre Subaltern Studies, Gramsci y Barthes son ejemplos de esta
vinculación. Muchos intelectuales del mundo colonizado de antaño se han negado
a aceptar el desdichado destino de Indar, uno de los personajes de Naipaul,
quien al principio es presentado como un prometedor joven provinciano
solicitado por diversas fundaciones norteamericanas, pero que más tarde es
rechazado y se convierte en una persona desesperada sin sitio adonde ir.
En ocasiones, lo único que su mente tiene claro es que ya es hora de
volver a casa. Sueña con un lugar ideal pero mientras tanto hace los trabajos
más bajos. Sabe que está capacitado para algo mejor, aunque no quiera hacerlo.
Creo que le gusta que le digan que puede aspirar a una situación más favorable.
Pero ha desistido de su empeño. Ya no quiere volver a arriesgarse.[12]
Indar es uno de los «hombres nuevos», un intelectual del Tercer Mundo
que adquiere una importancia poco justificada cuando los volubles entusiastas
del mundo civilizado se muestran dispuestos a apoyar los movimientos
nacionalistas insurrectos, pero que se viene abajo a medida que sus defensores
van perdiendo el entusiasmo. ¿Es esta, quizá, una representación precisa de los
contenidos y las intenciones de la política y la cultura de la resistencia?
¿Logró finalmente la independencia contener y extinguir la energía radical que
llevó a los argelinos y a los indios a la insurrección de masas? No, porque el
nacionalismo fue solo uno de los
aspectos de la resistencia, y no precisamente el más interesante o
duradero. En realidad, el hecho de que podamos observar y juzgar la historia
nacionalista con tanta dureza es una prueba de la perspectiva
radicalmente nueva que un frente de oposición más sólido y consistente ofrece a
toda la experiencia del imperialismo histórico; este nuevo enfoque proviene, en
lo positivo, de las doctrinas descentralizadoras de Freud, Marx y Nietzsche, y,
en lo negativo, de las insuficiencias de la ideología nacionalista. Basándose
en esta percepción Aimé Césaire escribió Discourse sur le colonialisme,
donde se muestra que los conceptos de dependencia colonial e inferioridad
racial de los negros se incorporan subrepticiamente a la jerga moderna de la
psiquiatría, lo cual a su vez permite a Césaire utilizar la subyacente fuerza
deconstructiva que poseen esos conceptos teóricos cuando se utilizan para
socavar la propia autoridad del imperio. En ocasiones, la cultura nacionalista
se ha visto ferozmente arrinconada por una creciente cultura de la resistencia,
cuyo núcleo consiste en un enérgico foco de insurrección de «técnicas para
crear problemas», dirigidas contra la autoridad y el discurso del imperialismo.
Afortunadamente, este hecho no se da siempre, ni siquiera la mayoría de
las veces. Todas las culturas nacionalistas dependen en gran medida del
concepto de identidad nacional, y la política nacionalista es una política de
identidad: Egipto para los egipcios, África para los africanos, la India para
los indios, etcétera. Lo que Basil Davidson denomina la «fertilidad ambigua»
del nacionalismo[13] produce la aparición de un nuevo tipo
de autoridad a la vez que la consolidación, a través de los sistemas nacionales
de educación, de una identidad que a pesar de haber sido durante un tiempo
reprimida y por ello incompleta, finalmente logra recuperarse y restablecerse.
Este proceso es igualmente observable en Estados Unidos, donde se han
convertido en doctrinas, por doquier, la estimulante fuerza de los sectores
afronorteamericanos, la voz de las mujeres y las minorías, como si el deseo
de criticar el mito de la Norteamérica blanca también supusiese la
necesidad de suplantar ese mito por otros nuevos de carácter igualmente
dogmático.
En Argelia, por ejemplo, los franceses prohibieron el árabe como lengua
formal en los ámbitos de la educación y la administración; a partir de 1962, el
FLN erigió comprensiblemente al árabe como la única lengua oficial y estableció
un nuevo sistema educativo árabe-islámico. El FLN procedió más adelante a
absorber políticamente la totalidad de la sociedad civil argelina: en el plazo
de treinta años esta combinación de estado, autoridad de partido y recuperación
de una identidad condujo no solo a la monopolización de la mayoría de acciones
políticas a cargo de un único partido y la casi total erosión de la vida
democrática, sino también, por parte de los sectores de la derecha, a la
desafiante aparición de una oposición islámica, favorable a una identidad argelino-musulmana
militante y extremista basada en los principios del Corán (shari’ah). Al
iniciarse la década de los noventa, el país entró en un estado de crisis cuyo
resultado ha sido el enfrentamiento, profundamente empobrecedor para la
sociedad, entre el gobierno, que anuló los resultados de las elecciones así
como la mayor parte de las actividades políticas libres, y el movimiento
islámico, que justifica su autoridad apelando al pasado y a la ortodoxia. Ambas
partes reclaman el derecho a gobernar Argelia.
En el capítulo de Los condenados de la tierra que trata
sobre «los peligros de la conciencia nacionalista», Fanon previó este giro de
los acontecimientos. Su idea era la siguiente: a menos que, una vez adquirido
un alto nivel de aceptación y funcionalidad, la conciencia nacional se
transformase de algún modo en una conciencia social, el futuro no traería la
liberación, sino una extensión del imperialismo. Su teoría de la violencia no
pretende responder a las reclamaciones de un nativo airado por la vigilancia
paternalista de un policía europeo y que, en cierto sentido, preferiría en su
lugar los servicios de un oficial indígena. Por el contrario, en primer término
Fanon presenta el
colonialismo como un sistema totalitario basado en mecanismos similares
— la analogía implícita que Fanon desarrolla es devastadora— a los impulsos
inconscientes de la conducta humana. En un segundo plano, casi hegeliano,
aparece un oponente maniqueo, el nativo insurrecto, cansado de esa lógica que
lo rebaja y degrada, de la geografía que lo segrega, de la ontología que lo
deshumaniza, y la epistemología que lo reduce a una esencia irredimible. «La
violencia del régimen colonial y la contraviolencia del nativo se equilibran y
se responden mutuamente con una homogeneidad extraordinariamente recíproca».[14] El conflicto debe llevarse a un nuevo
territorio de lucha, que es la síntesis representada por la guerra de
liberación, para la cual se requiere una cultura y una teoría posnacionalistas
completamente nuevas.
Si he citado a Fanon tan a menudo es porque creo que, con más
contundencia y decisión que nadie, expresa el inmenso giro cultural, desde el
terreno de la independencia nacionalista hacia el campo teórico de la
liberación. Este cambio se produce principalmente en lugares de África donde el
imperialismo persiste después de que la mayoría de los otros estados coloniales
hayan conseguido la independencia, por ejemplo, Argelia y Guinea-Bisáu. En
cualquier caso, Fanon puede resultar ininteligible si no llega a comprenderse
que su obra es una respuesta a las explicaciones teóricas ofrecidas por la
cultura del capitalismo occidental, cultura recibida por el intelectual nativo
del Tercer Mundo como una cultura de opresión y esclavitud colonial. Fanon
trata de superar la inflexibilidad de esas mismas explicaciones teóricas
mediante un acto de voluntad política, transformándolas para volverlas en
contra de sus autores y así poder, utilizando una frase prestada de Césaire,
«inventar nuevas almas».
Fanon enlaza agudamente la conquista de la historia llevada a cabo por
los colonizadores con el régimen de la verdad del imperialismo, presidido por
los grandes mitos de la cultura occidental:
El colonizador hace historia; su vida marca una época, es una odisea. Es
el principio absoluto. «Esta tierra fue creada por nosotros»; él es la
sempiterna causa: «Si nos vamos todo estará perdido, y el país volverá a la
Edad Media.» Frente a él, una serie de criaturas torpes e inactivas, consumidas
por las fiebres, y obsesionadas por costumbres ancestrales, forman un trasfondo
casi inorgánico, ante el innovador dinamismo del mercantilismo colonial.[15]
De la misma manera que Freud socavó los cimientos del edificio de la
razón occidental, o que Marx y Nietzsche interpretaron los elementos dogmáticos
de la sociedad burguesa como impulsos primitivos aunque productivos que tienden
hacia la dominación y la masificación, Fanon lleva a cabo una lectura del
humanismo occidental en la que traslada todo el enorme y arrogante montaje del
«pedestal grecorromano» al yermo colonial, donde «este centinela artificial
queda reducido a polvo»[16] y donde no se puede sobrevivir a la
degradación cotidiana infligida por los colonizadores europeos. En los aspectos
subversivos de la escritura de Fanon late un hombre totalmente consciente de
estar reproduciendo, deliberada e irónicamente, las tácticas de esa cultura
que, según él, lo ha oprimido. La diferencia entre Freud, Marx y Nietzsche, por
un lado, y el «intelectual nativo» de Fanon, por otro, reside en que este
tardío pensador colonial clasifica a sus precursores según criterios
geográficos —ellos pertenecen a Occidente— clasificación que
supone un sistema ideal para liberar sus energías de la matriz cultural
opresora de la cual surgieron. Al considerarlos, de modo antitético, como algo
intrínseco al sistema colonial y, al mismo tiempo, potencialmente en guerra con
él, Fanon da por concluido el periodo imperial y anuncia el advenimiento de una
nueva era. La conciencia nacional, señala el autor, «debe ahora enriquecerse e
intensificarse a través de una transformación muy rápida que lleve a una
conciencia de necesidades sociales y políticas, en otras palabras, hacia el
(auténtico) humanismo».[17]
Qué extraña suena
en este contexto la palabra «humanismo», libre de ese
individualismo narcisista, voluntad de separación y egoísmo
colonialista, característicos del imperialismo y que justificaron la autoridad
del hombre blanco. Al igual que Césaire en su retour, el concepto
renovado que Fanon propone del imperialismo representa, en su aspecto positivo,
un acto colectivo que reanima y devuelve sentido a una masa indígena inerte y
enmudecida para conducirla hacia una nueva concepción global de la historia.
Esta ardua labor, que consiste en
reintroducir en el mundo a toda la humanidad, será llevada a cabo con la ayuda
indispensable de los pueblos europeos, quienes deben darse cuenta de que en el
pasado, por lo que se refiere a las cuestiones coloniales, a menudo han estado
del lado de nuestros comunes señores. Para lograrlo, los pueblos europeos
deben, en primer lugar, decidirse a sacudirse, abrir los ojos, utilizar el
cerebro, y dejar de representar el estúpido papel de la Bella Durmiente.[18]
Preguntarse cómo se puede realizar este proceso nos lleva de lleno de
las aparentes exhortaciones y declamaciones a la estructura y método,
extraordinariamente interesantes, de Los condenados de la tierra. Lo
que Fanon consiguió en esta, su última obra, (publicada en 1961, pocos meses
después de su muerte) fue en primer lugar representar la lucha maniquea entre
el colonialismo y el nacionalismo, en segundo término describir el nacimiento
de un movimiento por la independencia, y, por último, transfigurar ese
movimiento en lo que de hecho es una fuerza transpersonal y transnacional. La
cualidad visionaria e innovadora del trabajo postrero de Fanon procede de la
notable sutileza con que, en el proceso de poner las miras en la liberación y
trascenderla deforma enérgicamente la cultura imperialista y
su antagonista, el nacionalismo. Como Césaire antes, con una estructura sumaria
y una poderosa retórica, Fanon impugna el imperialismo a causa de lo que este
ha generado. Así se hace evidente la larga historia cultural del imperialismo,
y —con mayor eficacia— permite a Fanon formular nuevas estrategias y objetivos
para la liberación.
Los condenados de la tierra es una obra
híbrida: en ella coexisten trazos de ensayo, narrativa de ficción, análisis
filosófico, historias clínicas psiquiátricas, alegorías nacionalistas, o
visiones trascendentes de la historia. El libro arranca con un esbozo
territorial del espacio colonial, en el cual están claramente diferenciadas la
zona europea de la ciudad, limpia y bien iluminada, y la parte habitada por los
indígenas, fétida y en penumbras. Todo el trabajo de Fanon prosigue a partir de
esta situación física maniquea y de estancamiento, y se pone en movimiento, por
así decirlo, gracias a la violencia del nativo, una fuerza cuyo sentido es
llenar el vacío entre los blancos y los no blancos. Como ya he señalado
anteriormente, para Fanon la violencia es la síntesis que vence y supera la
cosificación del hombre blanco como sujeto y del hombre negro como objeto.
Conjeturo que mientras estaba escribiendo el libro, Fanon leyó Historia
y conciencia de clase de Lukács, cuya versión francesa había aparecido
en París en 1960. Lukács muestra que los efectos del capitalismo son la
fragmentación y la cosificación: en un modelo así, todo ser humano se convierte
en objeto o mercancía, el producto del trabajo y el trabajador mantienen una
relación de alienación, y la imagen de conjunto o de comunidad desaparece por
completo. Hay un elemento muy importante en el marxismo insurgente y herético
propuesto por Lukács (poco después de su publicación en 1923, el libro fue
apartado de circulación por el propio autor): el concepto de separación de la
conciencia subjetiva respecto al mundo de los objetos. Según el autor, a esta
situación podía llegarse mediante un acto de voluntad mental, por el cual una
mente solitaria podría unirse a otra, imaginándose los lazos comunes entre ambas
y rompiendo así la fuerte rigidez que hace que los seres humanos sigan siendo
esclavos de tiránicas fuerzas externas. De ahí la reconciliación y la síntesis
entre el sujeto y el objeto.
La noción de
violencia de Fanon, que el indígena utiliza para salvar la
división entre blancos y nativos, se corresponde muy estrechamente con
la tesis de Lukács sobre la superación de la fragmentación a través de un acto
de voluntad; Lukács define este acto no como «un desgarro único e irrepetible
del velo que enmascara el proceso, sino como la continua alternancia del
anquilosamiento, la contradicción y el movimiento».[19] De esta manera se destruye la
inmovilidad y el encierro de la relación de dominio entre sujeto y objeto.
Fanon suscribe en gran parte esta tesis extremadamente audaz, que tiene un
carácter positivo incluso dentro del marxismo más contestatario, en pasajes
como el siguiente, donde la conciencia del colonizador actúa como la de un
capitalista, convirtiendo a los trabajadores en objetos deshumanizados y sin
consciencia:
El colono hace historia y es
consciente de que la está haciendo. Y debido a que constantemente se está
refiriendo a la historia de su madre patria, indica con toda claridad que él
mismo es la extensión de esa madre patria. De manera que la historia que protagoniza
no es la del país al que somete y saquea, sino la de su propia nación, en el
capítulo correspondiente a todo lo que ella esquilma, viola, y saquea.
La inmovilidad [más tarde habla
del apartheid como una de las formas de «división en
compartimientos»: «El nativo», añade, «es cercado... Lo primero que un indígena
aprende es a saber quedarse en su lugar»][20] a la que el nativo es condenado solo
puede ponerse en duda si este decide poner fin a la historia de la colonización
—la del pillaje— y dar vida a la historia de la nación —la historia de la
descolonización.[21]
En el mundo de Fanon el cambio solo puede producirse cuando el indígena,
como el trabajador alienado de Lukács, decide que la colonización debe terminar
—en otras palabras, debe producirse una revolución epistemológica—. Solo
entonces puede existir un movimiento. En este punto entra en juego la
violencia, «un agente de limpieza», que opone directamente al colonizador y al
colonizado:
La violencia del
régimen colonial y la contraviolencia del nativo se equilibran y se responden
mutuamente con una
homogeneidad extraordinariamente recíproca. La función del colonizador es
hacer que incluso los sueños de
libertad se conviertan en algo imposible para el nativo. Por su parte, el papel
del nativo consiste en concebir todos los métodos posibles para destruir al
colonizador. En el plano de la lógica, el maniqueísmo del colonizador produce
un maniqueísmo de los nativos, y a la teoría de la «maldad absoluta del
indígena» se replica con la teoría de la «maldad absoluta del colonizador».[22]
En este párrafo, Fanon está no solo reconstruyendo la experiencia
colonial en los términos que Lukács ya sugirió, sino también caracterizando el
naciente antagonista cultural y político del imperialismo. Las imágenes que
utiliza para describir esta aparición son de tipo biológico:
La aparición del colonizador ha supuesto en términos de sincretismo, la
muerte de la sociedad aborigen, el letargo cultural, y la petrificación de los
individuos. Para el nativo, la vida solo puede aflorar de nuevo una vez se haya
liberado del cadáver en descomposición del colonizador... Sin embargo, esta
violencia, debido a que representa su única actividad, confiere a los
colonizados rasgos positivos y creadores. La práctica de la violencia los une
para formar un conjunto estrechamente ligado, dado que cada individuo
constituye un eslabón de violencia dentro de la gran cadena, una parte del gran
organismo de la violencia.[23]
Lo que Fanon describe en estas líneas depende ciertamente del lenguaje
empleado con anterioridad por el colonialismo francés, en el cual publicistas
como Jules Harmand y Leroy-Beaulieu utilizaron la imagen biológica de
nacimiento, parto y genealogía para describir la relación paternal entre
Francia y sus hijos coloniales. Fanon invierte los términos, recurriendo a ese
lenguaje para marcar el comienzo de una nueva nación, y aplicando el lenguaje
de la muerte al estado colonial. De todas maneras, ni siquiera este antagonismo
llega a resolver todas las diferencias que surgen una vez se ha iniciado la
revolución y «la vida (parece ser) una lucha interminable».[24] Aún siguen persistiendo las divisiones
fundamentales entre el nacionalismo legal y el ilegal, entre la política de la
reforma nacionalista y la simple descolonización, por un lado, y la política
ilícita de la liberación, por otro.
Estas divisiones son tan importantes como la existente entre los
colonizados y el colonizador (cuya historia es relatada, de un modo
mucho más sencillo, por Albert Memmi).[25] De hecho, la verdadera genialidad
profética de Los condenados de la tierra reside precisamente
en este aspecto: Fanon percibe la discordia entre la burguesía nacionalista
argelina y las tendencias liberacionistas del FLN, y también introduce un
esquema narrativo oposicional y una serie de patrones históricos. Una vez que la
insurrección se pone en marcha, las élites nacionalistas tratan de establecer
una paridad con Francia: demandas de derechos humanos, autogobierno, sindicatos
laborales, etcétera. Y dado que el imperialismo francés se denominó a sí mismo
«asimilacionista», los partidos nacionalistas oficiales se ven obligados a
convertirse en agentes colaboradores de las autoridades gubernativas. (Ese fue,
por ejemplo, el triste destino de Farhat Abbas, quien a medida que iba ganando
la aprobación oficial francesa perdía toda esperanza de ganarse el apoyo de las
masas). De esta forma, los nacionalistas burgueses oficialistas simplemente
caen dentro de los modelos narrativos de los europeos, y esperan convertirse en
imitadores —en palabras de Naipaul, meras correspondencias indígenas— de sus
señores imperiales.
El brillante análisis de Fanon sobre la tendencia liberacionista abre el
segundo capítulo, «Espontaneidad: puntos fuertes y puntos débiles», cuya base
es un desajuste temporal y una diferencia de ritmo (décalage) «entre los
dirigentes de un partido nacionalista y la masa popular».[26] Como los nacionalistas copian sus
métodos de los partidos políticos occidentales, dentro del campo nacionalista
se desarrollan todo tipo de tensiones —entre el campo y la ciudad, el líder y
sus militantes, la burguesía y el campesinado, los señores feudales y los
cabecillas políticos— aunque todos ellos sean víctimas de la explotación
imperialista. El problema principal es que, a pesar de que los nacionalistas
oficiales desean acabar con el colonialismo, «otra voluntad bastante distinta
(se hace evidente): la de llegar a un acuerdo
amistoso con él».[27] A partir de ahí, surge un grupo
ilegal que empieza cuestionar esta política, pero es aislado rápidamente, y sus
miembros a menudo encarcelados.
De modo que podemos observar un
proceso según el cual la ruptura se debate entre las tendencias legales e
ilegales que existen dentro del partido... y el resultado será un partido
clandestino, una ramificación del partido legal.[28]
El método de Fanon para mostrar el efecto de este partido clandestino
consiste en dramatizar su existencia en una especie de contranarrativa, un
relato subterráneo, puesto en práctica mediante la introducción de fugitivos,
proscritos e intelectuales perseguidos que huyen hacia las zonas rurales y que
a través de su trabajo y su organización sacan a la luz y socavan las
debilidades de la versión oficial del nacionalismo. Lejos de conducir
al pueblo colonizado hacia la soberanía suprema de un solo golpe, esa
certeza de que disfrutabas de que todas las partes de la nación se
desarrollarían, junto contigo, siguiendo un mismo ritmo y guiadas por la misma
luz, y esa fuerza que te daba esperanzas, son ahora consideradas, a la luz de
la experiencia, como síntomas de una gran debilidad.[29]
Ese poder para expresar «la voz de la experiencia» se basa precisamente
en la tendencia ilegal que alienta al partido liberacionista: este afirma que
el racismo y la venganza «no pueden validar la guerra de liberación»; y a raíz
de este presupuesto el nativo hace el «descubrimiento» de que al «acabar con la
opresión colonial está creando automáticamente otro sistema de explotación», al
que confiere en esta ocasión «un rostro negro o uno árabe», cosa que no importa
con tal de que los imitadores sigan dirigiendo el sistema. «La historia muestra
claramente», señala Fanon en este punto, «que la batalla contra el colonialismo
no encuentra paralelismo total con las ideas del nacionalismo.»[30] Dentro de esta imagen de «líneas del
nacionalismo», Fanon supone que los relatos convencionales constituyen, como
puede
apreciarse en el trabajo de Conrad, un aspecto central de la capacidad
de dominación y atribución del imperialismo. En sí misma, la narrativa es la
representación del poder, y su teleología está asociada al papel internacional
de Occidente. Fanon fue el primer teórico destacado del antiimperialismo en
advertir que el nacionalismo ortodoxo seguía el mismo camino trazado por el
imperialismo, que mientras parecía estar concediendo autoridad a la burguesía
nacionalista en realidad continuaba extendiendo su hegemonía. De ahí que
relatar una simple historia nacional signifique repetir, extender, y también
engendrar nuevas formas de imperialismo. Si una vez conseguida la independencia
se la deja actuar a sus anchas, el nacionalismo «se desmenuzará en pequeños regionalismos
dentro de su propio caparazón hueco».[31] Ahora vuelven a repetirse los viejos
conflictos entre las regiones, un sector de la población monopoliza los
privilegios en detrimento de otro, y se rehabilitan las jerarquías y las
divisiones constituidas por el imperialismo, solo que esta vez están presididas
por argelinos, senegaleses, indios, etcétera.
Como Fanon expresa un poco más adelante, este proceso será irreversible
a menos que «se pase rápidamente de una conciencia nacional a una conciencia
política y social».[32] En primer lugar quiere dar a entender
que hay que desestimar las necesidades basadas en una conciencia de identidad
(es decir, nacionalista). Los nuevos colectivos de ámbito general —africanos,
árabes, islámicos— deberían tener prioridad sobre los de carácter particular, y
establecer de este modo conexiones laterales y no ficticias entre individuos a
quienes el imperialismo separó en tribus, tradiciones y culturas autónomas. En
segundo lugar —en este caso, Fanon adopta algunas de las ideas de Lukács— el
centro (la ciudad capital, la cultura oficial, el líder designado) debe ser
desacralizado y desmitificado. Un nuevo sistema de relaciones móviles debe
reemplazar las jerarquías heredadas del imperialismo. En ciertos pasajes llenos
de incandescente fuerza, Fanon recurre a la poesía y al
teatro, a René Char y Keita Fodeba. La liberación es la conciencia de sí
mismo y «no representa cerrar una puerta a la comunicación»,[33] sino un interminable proceso de
«descubrimiento y aliento» que conduce a la auténtica autoliberación nacional y
al universalismo.
Al leer la parte final de Los condenados de la tierra, se
tiene la impresión de que, habiéndose comprometido a combatir tanto al
imperialismo como al nacionalismo ortodoxo a través de un relato contrapuesto
de enorme poder deconstructivo, Fanon no será capaz de hacer explícita la
complejidad y la capacidad de esa contraposición para desmontar las identidades
previas. Sin embargo, en la oscuridad y la dificultad de su prosa existen
suficientes indicaciones poéticas y visionarias de que aún desea convertir el
tema de la liberación en un proceso y no un objetivo asumido
automáticamente por las nuevas naciones independientes. A lo largo de todo el
libro (escrito en francés), se quiere, de algún modo, unir a europeos y nativos
en una nueva comunidad consciente e integradora marcada por el antiimperialismo.
Fanon rechaza la actitud de los europeos, aunque por otro lado también
solicita su atención, y en esta acción doble observamos la misma energía
cultural que encontramos en la obras de ficción de Ngugi, Achebe y Salih. El
mensaje es que se debe luchar para liberar a toda la humanidad del
imperialismo; que las historias y las culturas deben relatarse de una nueva y
distinta manera; todos compartimos la misma historia, aun a pesar de que esa
historia haya esclavizado a algunos. En resumen, esto representa escribir desde
la perspectiva de las colonias, con el verdadero potencial de la liberación
poscolonial. Argelia fue liberada, igual que Kenia y Sudán. Las importantes
conexiones con anteriores poderes imperiales siguen existiendo, pero también
surge un nuevo y esclarecido sentimiento de lo que se puede y a la vez no se
puede utilizar o recuperar de esa relación anterior. Una vez más, la cultura y
el esfuerzo cultural son elementos que determinan el curso de los
acontecimientos, con bastante antelación a la política cultural del
periodo poscolonial dominado por Estados Unidos, la única superpotencia que hoy
sobrevive.
Debido a que la mayor parte de la literatura sobre la resistencia fue
escrita durante la época más reñida de la batalla, se produce una comprensible
tendencia a concentrarse en su energía combativa, y a menudo estrepitosa, o a
ver en ella un anteproyecto de los horrores del régimen de Pol Pot. Por un
lado, gran cantidad de artículos actuales sobre Fanon lo retratan estrictamente
como un predicador que exhorta a los oprimidos a la violencia, y solo a la
violencia. Poco se dice sobre la violencia colonial francesa; según las
escandalosas objeciones del angoleño Sidney Hook, Fanon no es más que un
enemigo irracional, incluso estúpido, de «Occidente». Por el otro, es difícil
no apreciar en los notables discursos y tratados de Amílcar Cabral la
extraordinaria intensidad de la fuerza movilizadora del hombre, su hostilidad y
violencia, la manera en que el ressentiment y el odio siguen
brotando, con la máxima evidencia, contra el telón de fondo particularmente
desagradable del colonialismo portugués. De todas formas, si se ignorase la
capacidad utópica y la generosidad teórica de Cabral se haría una mala
interpretación, de graves consecuencias, de textos como «Las armas de la
teoría» o «La liberación nacional y la cultura», del mismo modo que también
sería leer erróneamente a Fanon no percibir en él algo que va más allá de una
celebración del conflicto violento. Tanto para Cabral como para Fanon, el
énfasis en la «lucha armada» debe ponerse, únicamente sobre sus aspectos
tácticos. Para Cabral, la liberación, obtenida a través de la violencia,
organización y militancia, es necesaria porque el imperialismo ha aislado a los
no europeos de experiencias que solo le han estado permitidas al hombre blanco.
Pero, dice Cabral, «ya ha pasado la época en que, en un intento de perpetuar la
dominación sobre los individuos, la cultura era considerada
como atributo de las personas o las naciones privilegiadas y en que,
debido a la ignorancia o a la mala fe, se confundía la cultura con la destreza
técnica, si no con el color de la piel o la forma de los ojos».[34] Poner fin a estas barreras es admitir
a los no europeos en el pleno conjunto de la experiencia humana; al menos, toda
la humanidad puede tener un destino y, aún más importante, una historia.
Como ya he señalado anteriormente, la resistencia cultural al
imperialismo ciertamente ha tomado a menudo la forma de lo que podemos
denominar un nativismo utilizado como refugio privado. Encontramos este
sentimiento no solo en Jabarti, sino también en el gran héroe de los primeros
tiempos de la resistencia argelina, el emir Abd el-Kader, un guerrero del siglo XIX que, además de luchar contra
los ejércitos franceses de ocupación desarrolló su aprendizaje espiritual
dentro de las doctrinas del maestro sufí del siglo XIII Ibn Arabi.[35] Luchar de esta manera contra las
distorsiones infligidas a la identidad propia supone la voluntad de regresar al
periodo preimperial para localizar una cultura indígena «pura». Este mecanismo
es algo completamente diferente a las interpretaciones revisionistas, como las
de Guha o Chomsky, cuyo propósito es desmitificar los intereses de los eruditos
del sistema de poder británico especializados en culturas «atrasadas», y
sopesar la complejidad del proceso interpretativo. En cierta manera, el
nativista argumenta que se puede prescindir de toda interpretación para
preocuparse de lo que puramente constituye el fenómeno, un hecho literal que
requiere consentimiento y confirmación más que debate e investigación. Algunas
muestras de esta intensidad y apasionamiento están presentes en el rechazo y
las condenas generales de «Occidente» como Occidentosis: A Plague from
the West (1961-1962)[36] de Jalal Alí Ahmad o en la manera en que
Wole Soyinka sugiere la existencia de un africano indígena puro (como en su
desafortunada crítica del islam y los árabes, a los que acusa de
desfigurar la experiencia africana).[37] En cambio, la propuesta de Anwar
AbdelMalek sobre los «proyectos civilizadores» y la teoría de las culturas
endógamas[38] refleja una puesta en práctica más
interesante y productiva de esa intensidad.
No tengo interés especial en dedicar demasiado tiempo a las
consecuencias culturales, evidentemente desgraciadas en su conjunto, del
nacionalismo en Irak, Uganda, Zaire, Libia, las Filipinas, Irán, y a lo largo
de toda Latinoamérica. Se han descrito con detalle las características
limitadoras del nacionalismo y las han caricaturizado multitud de
comentaristas, tanto expertos como aficionados, para quienes el mundo no
occidental parece haberse convertido, después de que los blancos lo
abandonasen, en poco más que una repugnante mezcla de caciques tribales,
bárbaros despóticos, y fundamentalistas estúpidos. Algunas versiones o
interpretaciones de la cultura americana o de la mestiza, como Ariel (1900)
de Rodó o como las de esos novelistas latinoamericanos cuyos textos demuestran
la manifiesta impureza, la fascinante combinación de lo real y lo
irreal que se produce en toda experiencia, ofrecen una visión más
interesante de la tendencia nativista y de la ideología fundamentalista,
bastante ingenua, que la hace posible. Al leer a «realistas mágicos» como Alejo
Carpentier, que fue el primero en describir este recurso, o a Borges, García
Márquez y Fuentes se perciben intensamente los densos filamentos entretejidos
de una historia que se burla de lo lineal, de las «esencias» fácilmente
recuperadas y de la mimesis dogmática de la representación «pura».
En sus formulaciones más acertadas, la cultura de la oposición y la
resistencia sugieren una alternativa teórica y un método práctico para volver a
interpretar la experiencia humana en términos no imperialistas. Utilizo la
palabra «sugiere», más tentativa, en vez de «proporciona», que inspira más
confianza y seguridad, por razones que, espero, se harán evidentes.
Sería oportuno en primer lugar resumir rápidamente los puntos
principales de mi argumento. La guerra ideológica y cultural contra el
imperialismo se desarrolla a través de la resistencia en las colonias, y
posteriormente, a medida que la resistencia se va extendiendo por Europa y
Estados Unidos, de la oposición o la disidencia en la metrópoli. De la primera
fase de esta dinámica surgen los movimientos nacionalistas para la
independencia; de la segunda, más aguda, las luchas por la liberación. La
premisa básica de este análisis es que a pesar de que la división imperial de
hecho separa la metrópoli de las periferias, y a pesar de que cada
manifestación cultural se expone según distintas formas, contenidos, retóricas,
e imágenes, en realidad todas ellas están relacionadas, por no decir que
siempre se encuentran en perfecta correspondencia. El imperio británico en la
India necesitaba a Babu, del mismo modo que los Nehru y los Gandhi tomaron más
tarde las riendas de la India levantada por los británicos. La conexión se
realiza en el plano de la cultura ya que —según he venido afirmando—, como
todas las prácticas culturales, la experiencia imperialista representa un
sistema de superposiciones entrelazadas. No solo los colonizadores se emulaban
y se hacían la competencia unos a otros, sino que también los colonizados
hicieron lo mismo, pasando a menudo del tipo general de «resistencia primaria»
a la formación de partidos nacionalistas que buscaban la soberanía y la
independencia.
Pero ¿es esto todo lo que el imperialismo y sus enemigos han ofrecido,
únicamente una continua avalancha de imposiciones y contraimposiciones, o acaso
se ha abierto un nuevo horizonte?
No cabe duda de que si hoy aún viviesen Fanon y Cabral, por ejemplo, se
sentirían enormemente decepcionados con los resultados de sus esfuerzos. Baso
esta especulación en la consideración de sus obras como teorías no solo de la
resistencia y la descolonización, sino también de la liberación. Las
fuerzas históricas, las confusas antítesis, y las acciones no
sincronizadas y hasta cierto punto rudimentarias, que ellos trataron de
articular no resultaron totalmente controladas o representadas por esas
teorías. Finalmente se constató que Fanon tenía razón respecto a la rapacidad y
la tendencia divisoria de las burguesías nacionales, pero que no pudo
proporcionar un antídoto institucional, ni siquiera teórico, para sus estragos.
No debería leerse e interpretarse a los grandes escritores de la
resistencia, como Fanon y Cabral, como prohombres de estado o, según reza la
horrible expresión, padres fundadores. A pesar de que la lucha por la
liberación nacional es una continuación de la independencia nacional, esa
continuidad no se mantiene —y en mi opinión nunca lo hizo— en el plano
cultural. La lectura de Fanon y Cabral, de C. L. R. James y George Lamming, o
de Basil Davidson y Thomas Hodgkin meramente como la realizan tantos profetas
de algún Mesías por venir o tantos expertos en asuntos exteriores, se convierte
en un acto de travestismo. Algo más se estaba desarrollando, algo que en algún
momento se interrumpe bruscamente, algo que luego se separa sin miramientos de
la unidad forjada entre el imperialismo y la cultura. ¿Por qué cuesta percibir
este proceso?
Rara vez se concede a la teoría y a las estructuras teóricas sugeridas
por los escritores de la liberación la autoridad decisiva —tomando estos
términos de modo bastante literal— o el optimismo universalista de sus
equivalentes contemporáneos, en su mayor parte occidentales. Este hecho obedece
a diversas razones, y una de las más importantes es la ya mencionada en el
capítulo anterior en mi análisis de los recursos narrativos de El
corazón de las tinieblas: muchas teorías culturales que suscriben el
universalismo aceptan e incorporan a sus presupuestos la
desigualdad de las razas, la subordinación de las culturas inferiores, y el
consentimiento de esos que, utilizando palabras de Marx, no pueden
representarse a sí mismos y por eso deben ser representados
por otros. «De ahí», expresa el erudito marroquí Abdullah Laroui, «las
condenas de la intelectualidad del Tercer Mundo al imperialismo cultural. A
veces la gente se asombra de las acerbas críticas dirigidas al antiguo
paternalismo liberal, al eurocentrismo de Marx, y al antirracismo
estructuralista (Lévi-Strauss). Esto se debe a que está poco dispuesta a
admitir que tales tendencias pueden formar parte del mismo sistema hegemónico».[39] O, como manifiesta Chinua Achebe en
el siguiente pasaje, cuando señala que los críticos occidentales a menudo
acusan a la literatura africana de carecer de «universalidad»:
¿Se les ocurre alguna vez a estos universalistas hacer la prueba de
cambiar los nombres de los personajes y los lugares en una novela americana,
digamos, de un Philip Roth o un Updike por ejemplo, e introducir en su lugar
nombres africanos, solo para ver qué resulta de ello? De todos modos, por
supuesto, no se les pasaría por la mente dudar de la universalidad de su propia
literatura. De acuerdo con la naturaleza del sistema, la obra de un escritor
occidental participa automáticamente de la universalidad. Son otros los que
deben esforzarse para alcanzarla. La obra de fulano es universal:
¡Verdaderamente ha llegado! Como si la universalidad fuese una distante curva
de la carretera que debe tomarse si se viaja lo suficientemente lejos en
dirección de Europa o Norteamérica, si se aleja uno lo suficiente de su hogar.[40]
Como recordatorio instructivo de este funesto estado de cosas,
consideremos la producción, prácticamente contemporánea, de Michel Foucault y
Frantz Fanon, quienes insisten en la ineludible cuestión de la inmovilidad y la
incomunicación existentes en el seno del sistema occidental del conocimiento y
la disciplina. El trabajo de Fanon intenta, de modo sistemático, dar un
tratamiento unitario a las sociedades metropolitanas y coloniales como
entidades discrepantes pero al mismo tiempo relacionadas, mientras que la obra
de Foucault va alejándose cada vez más de una consideración seria y rigurosa de
los conjuntos sociales, centrándose en su lugar en el individuo como un ser
disuelto en una «microfísica del poder», [41] indiscutiblemente progresiva y a la
cual es inútil resistirse. Fanon
representa los intereses de un doble ámbito, el nativo y el occidental,
saliendo del confinamiento hacia la liberación; mientras que, ignorando el
contexto imperial de sus propias teorías, Foucault parece en realidad
representar un irresistible movimiento colonizador que paradójicamente
fortalece el prestigio tanto del erudito, individual y solitario, como del
sistema que lo abarca. Los dos autores se nutren de la herencia de Hegel, Marx,
Freud, Nietzsche, Georges Canguilhem y Sartre, pero solo Fanon da a este
formidable arsenal un sentido antiautoritario. Foucault, debido quizá a su
desencanto respecto a las insurrecciones de los años sesenta y a la revolución
iraní, se desvía por completo de la política.[42]
De modo parecido, la mayoría de los marxistas occidentales, en lo
referente a la estética y la cultura, ignoran la cuestión del imperialismo. La
teoría crítica de la escuela de Frankfurt, a pesar de sus aleccionadoras
investigaciones sobre las relaciones entre el poder, la sociedad moderna, y la
posibilidad de redención a través del arte como forma crítica, mantiene un
sorprendente silencio respecto a las teorías racistas, la resistencia
antiimperialista y la oposición práctica dentro del imperio. Y para que ese
mutismo no sea interpretado como un descuido o una distracción, el principal
teórico actual de Frankfurt, Jürgen Habermas, explica en una entrevista
(publicada originalmente en The New Left Review) que tal reserva
obedece a una abstención deliberada: no, declara Habermas, no tenemos nada que
decir sobre «las luchas antiimperialistas y anticapitalistas del Tercer Mundo»,
aun a pesar de que, añade, «soy consciente del hecho de que esta es una perspectiva
limitada por el eurocentrismo».[43] Todos los teóricos franceses
destacados, excepto Gilles Deleuze, Todorov y Jacques Derrida, han mostrado una
similar desatención, lo cual no les ha impedido elaborar teorías sobre el
marxismo, el lenguaje, el psicoanálisis y la Historia con una implícita
aplicabilidad al mundo entero. Lo mismo puede decirse de la mayor parte de
la teoría cultural anglosajona, con la importante excepción del
feminismo y de las exiguas obras de jóvenes críticos influidos por Raymond
Williams y Stuart Hall.
Si la teoría europea y el marxismo occidental, ambos en su papel de
factores culturales de la liberación, no han demostrado ser en general serios
aliados de la resistencia al imperialismo —al contrario, cabe sospechar que
forman parte del mismo «universalismo» odioso que unió durante siglos el
imperialismo con la cultura—, ¿cómo ha tratado el antiimperialismo
liberacionista de romper esta férrea unidad? En primer lugar, a través de una
nueva orientación en la Historia, de carácter integrador o contrapuntístico,
que considera que las experiencias occidentales y las no occidentales se
suponen mutuamente porque están a su vez relacionadas por el imperialismo. En
segundo lugar, a través de una visión imaginativa, incluso utópica, que vuelve
a tener en cuenta la teoría y práctica de la emancipación (como elemento
opuesto a la reclusión). Y por último, apostando por un tipo particular de
energía nómada, migratoria, y antinarrativa en lugar de aceptar nuevas
autoridades, doctrinas u ortodoxias reconocidas, o instituciones y causas
establecidas.
Desearía ilustrar mis afirmaciones con un maravilloso pasaje de The
Black Jacobins de C. L. R. James. Más de veinte años después de la
aparición del libro en 1938, James agregó un capítulo adicional,
«Desde Toussaint L’Ouverture hasta Fidel Castro». A pesar de que, como ya he
señalado, James sea una figura sumamente original, no resta méritos a su
contribución asociar su obra a la de varios historiadores y periodistas
metropolitanos — Basil Davidson, Thomas Hodgkin, y Malcolm Caldwell entre otros
en Gran Bretaña, y Maxime Rodinson, Jacques Chesnaux, y Charles-Robert Argeron
entre otros en Francia— que insistieron en la conexión del imperialismo con la
cultura y llevaron sus actividades desde el periodismo hasta la ficción y el
pensamiento. De hecho, se daba un intento consciente no solo de escribir
una historia saturada —es decir, hasta el mínimo detalle— de la lucha entre la
Europa imperial y las periferias, sino también de hacerlo tanto en términos de
contenido como de tratamiento o método, desde la perspectiva de la lucha contra
la dominación imperial y como parte de ella. Para todos ellos, la historia del
Tercer Mundo debía superar los supuestos, actitudes y valores implícitos en los
relatos coloniales. No importaba el hecho de que esta postura significase, como
normalmente sucedió, la adopción de una posición activa de defensa; era
imposible escribir sobre la liberación y el nacionalismo, aunque fuese por
alusiones, sin declararse también en favor o en contra. Creo que tenían razón
cuando suponían que al insistir en una visión mundial como la del imperialismo
no quedaba lugar para la neutralidad: o se estaba del lado del imperialismo o
en contra, y dado que ellos mismos habían vivido el imperio (como nativos o
como blancos), no era posible eludir esta circunstancia.
The Black Jacobins, de James, presenta el alzamiento de
los esclavos en Santo Domingo como proceso que se desarrolla dentro del mismo
esquema histórico que la Revolución francesa; y Napoleón y Toussaint son las
dos grandes figuras que dominan esos años turbulentos. Los sucesos en Francia y
en Haití se entrelazan y hacen referencia unos a otros como voces en una fuga
musical. La narración de James se fragmenta en una historia dispersa en la
geografía, en las fuentes de archivo, y con el acento puesto tanto en los
negros como en los franceses. Por otra parte, James retrata a Toussaint como
alguien dedicado a la lucha por la libertad humana —una lucha que también se
extiende a esa metrópolis, a la cual, en lo cultural, debe su lengua y muchos
de sus compromisos morales— con una decisión rara de observar entre los
sometidos; y más difícil aún entre los esclavos. Adopta los principios de la
Revolución no como hombre negro, sino como ser humano, y
lo hace con la concienzuda certeza histórica de que, al descubrir el
lenguaje de Diderot, Rousseau, y Robespierre, sigue a sus precursores de un
modo creador, utilizando las mismas palabras y empleando las mismas inflexiones
que transformaron la retórica en realidad.
La vida de Toussaint acabó de modo horrible, prisionero de Napoleón y
confinado en Francia. Sin embargo, en propiedad, el tema del libro de James no
se circunscribe a la biografía de Toussaint, en la misma medida en que una
historia de la Revolución francesa podría considerarse insuficiente si se
omitiera el episodio de la insurrección haitiana. El proceso continúa hasta el
presente —de ahí el apéndice de 1962 «De Toussaint a Castro»— y la situación de
conflicto sigue existiendo. ¿Cómo puede escribirse una historia
posimperialista, o exenta de tintes imperialistas, que no sea ingenuamente
utópica o, al revés, cargada de total pesimismo, frente a la persistencia de la
realidad, confusa y embrollada, de la dominación sobre el Tercer Mundo? Estamos
frente a una aporía metodológica y metahistórica, y la certera resolución que
James ofrece es imaginativa y brillante.
Al hacer una breve digresión en la que reinterpreta Cahier d’un
retour au pays natal de Aimé Césaire, James descubre el movimiento del
poeta a través de las privaciones de la vida en las Antillas, de la
«inflexibilidad del acero azul» y las «conquistas orgullosas» del «mundo
blanco», para volver de nuevo a las Antillas, donde ante el deseo de liberarse
del odio que en el pasado sintió hacia sus opresores, el poeta declara su
compromiso de «ser quien cultive esta raza única». Es decir, Césaire considera
que la continuidad del imperialismo supone la necesidad de pensar en el
«hombre» (el énfasis exclusivamente masculino es bastante sorprendente) como
algo más que «un parásito del mundo». «Llevar el mismo paso que el mundo» no es
la única obligación:
[...] pero el
trabajo del hombre no ha hecho más que empezar y sigue siendo tarea del hombre
vencer toda
la violencia cobijada en lo más hondo de sus pasiones.
Y ninguna raza posee el monopolio de la belleza,
de la inteligencia, o de la fuerza, y hay
un lugar para todos en la reunión final
de la victoria.[44]
Este es, señala James, el punto clave del poema de Césaire, precisamente
cuando el autor descubre que su defensiva declaración de identidad, la négritude,
no es suficiente. La négritude es simplemente una contribución
«la reunión final de la victoria». «La visión del poeta», añade
James, «no es económica o política, sino poética, sui generis,
auténtica en sí misma y no necesita ninguna otra verdad. Pero caeríamos en el
más vulgar de los racismos si no reconociésemos en este argumento una
encarnación poética de la famosa frase de Marx, “La verdadera historia de la
humanidad aún tiene que empezar”».[45]
En este momento, James realiza otro giro contrapuntístico y no
narrativo. En vez de seguir a Césaire en su retomo hacia la historia de las
Antillas o del Tercer Mundo, en vez de mostrar sus inmediatos antecedentes
poéticos, ideológicos, o políticos, James lo acerca a su gran contemporáneo
anglosajón T. S. Eliot, cuya conclusión es «Encarnación»:
Aquí la imposible unión
de las esferas de la existencia es real,
aquí el pasado y el futuro
son conquistados, y reconciliados,
donde de otra manera la acción sería movimiento
de aquello que tan solo es movido
y no tiene en sí fuente alguna de movimiento.[46]
Al pasar tan
inesperadamente de Césaire a «Dry Salvages» de Eliot, a los versos de este
poeta que, podría pensarse, pertenecen a una esfera
completamente distinta, James utiliza la fuerza poética de la «verdad
por sí misma» de Césaire como vehículo para cruzar la frontera entre el
provincialismo de una única línea de la historia para alcanzar la comprensión
de otras historias, todas ellas vivificadas por una «imposible unión» en la que
además se realizan. Este es un ejemplo literal del inicio de la historia de la
humanidad estipulado por Marx, y ofrece a su prosa la perspectiva de una
comunidad social tan real como la historia de un pueblo y tan general como la
visión del poeta.
Sin ser una teoría abstracta o preestablecida ni una desalentadora
colección de hechos que se relaten, esta secuencia del libro de James encarna
(y no simplemente representa o expresa) la fuerza de la liberación
antiimperialista. Dudo que alguien pueda extraer de esto alguna doctrina que
secundar, teoría que aplicar o cuento que recordar, y, mucho menos, la
perspectiva burocrática de un estado futuro. Quizá podría decirse que se trata
de la historia y la política del imperialismo, la esclavitud, la conquista y la
dominación desmanteladas a través de la poesía, por una visión que conlleva,
aunque no logre implantarla definitivamente, la auténtica liberación. Puesto
que a ella puede llegarse desde otros puntos de partida, como The Black
Jacobins, la obra de James representa una parte de todo lo que, en la
historia de la humanidad, es capaz de llevarnos de la historia de la dominación
hacia la realidad de la liberación. Este movimiento se opone a las sendas
narrativas ya exploradas y controladas y guarda distancias con los sistemas de
la teoría, la doctrina y la ortodoxia. Pero, como lo confirma la obra entera de
James, no se abandonan en él la preocupación social por la comunidad, la
observación crítica y la orientación teórica. Y, a medida que avanzamos hacia
el siglo XXI, un movimiento de este tipo, con su audacia y su generosidad de
espíritu, será especialmente necesario en la Europa y los Estados Unidos de
nuestros días.
CUARTA PARTE
El desmantelamiento de la dominación en el futuro
Los nuevos hombres del Imperio son los que creen en nuevos principios,
nuevos episodios, nuevas páginas; pero yo sigo luchando con la vieja historia,
esperando que antes de que acabe me revelará por qué llegué a creer que valía
la pena el esfuerzo.
J. M. COETZEE, Waiting for the Barbarians
1
El dominio norteamericano: un espacio público en litigio
El imperialismo no terminó, no se convirtió repentinamente en algo
«pasado», una vez que la descolonización empezó a hacer efectivo el
desmantelamiento de los imperios clásicos. Todo un legado de relaciones une
todavía a países como Argelia y la India con Francia y Gran Bretaña
respectivamente. Una extensa y nueva población de musulmanes, africanos y
antillanos originarios de los antiguos territorios coloniales reside en la
actualidad en la Europa metropolitana; incluso Italia, Alemania y Escandinavia
deben afrontar hoy en día estos traspasos demográficos, que en gran medida son
resultado del imperialismo y la descolonización, así como de la creciente
población europea. Además, el fin de la guerra fría y de la Unión Soviética
como tal ha cambiado definitivamente el mapa mundial. El triunfo de Estados
Unidos como última superpotencia sugiere que el mundo se verá estructurado por
una nueva serie de líneas de fuerza que ya empezaron a manifestarse durante los
años sesenta y setenta.
En un prefacio a la segunda edición (en 1970) de su obra After
Imperialism (1963) Michael Barratt-Brown sostiene «que sin duda el
imperialismo es aún la fuerza que conserva todo su poder en las relaciones
económicas, políticas y militares por las cuales los países con un desarrollo
económico inferior están
sujetos a los más avanzados. Todavía habrá que desear y esperar su
final».[1] Resulta irónico que en las descripciones de
esta nueva forma de imperialismo se hayan podido utilizar habitualmente
términos que aludan a lo gigantesco y apocalíptico, términos que no podrían
haberse aplicado con tanta facilidad a los imperios clásicos durante su apogeo.
Algunas de estas descripciones poseen una inevitabilidad extraordinariamente
desalentadora, una especie de cualidad galopante, absorbente, impersonal y
determinista. Masificación a escala mundial; sistema capitalista internacional;
crecimiento del subdesarrollo; imperialismo y dependencia, o estructura de la
dependencia; pobreza e imperialismo: el repertorio es bien conocido en los
ámbitos de la economía, la política, la ciencia, la historia y la sociología, y
se lo suele adscribir más a cierta discutible escuela de pensamiento de la
izquierda que al Nuevo Orden Mundial. Sin embargo, las implicaciones culturales
de esos términos y conceptos se perciben —a pesar de su naturaleza
frecuentemente puesta en cuestión y muy lejos de estar aceptada por completo—
y, por desgracia, poseen una resonancia innegablemente deprimente, hasta para
la persona más indocta.
¿Cuáles son los aspectos más notables del resurgimiento de las viejas
injusticias imperiales, o, según la elocuente frase de Arno Mayer, de la
persistencia del antiguo régimen?[2] Uno es por supuesto el inmenso abismo
económico entre los países ricos y los pobres, cuya topografía, en general
bastante simple, fue perfilada de un modo muy claro y sencillo por el llamado
Informe Brandt, North-South: A Program for Survival (1980).[3] Sus conclusiones utilizan el lenguaje
de la crisis y la emergencia: deben atenderse las «necesidades prioritarias» de
las naciones más pobres del hemisferio sur, debe acabarse con el hambre y
potenciarse la adquisición de bienes de consumo; la industria del hemisferio
norte debería permitir un auténtico crecimiento de los centros de fabricación
del sur, deberían «limitarse» las
prácticas de las corporaciones transnacionales, el sistema monetario
internacional debería reformarse, y el desarrollo económico transformarse para
eliminar lo que se ha descrito acertadamente como «la trampa de la deuda».[4] Lo esencial del caso es, como ya
sugiere el título del informe, el reparto del poder, es decir: hay que conceder
a los países del sur una participación más equitativa en «el poder y la toma de
decisiones dentro de las instituciones monetarias y financieras».[5]
Es difícil estar en desacuerdo con el diagnóstico, o incluso con las
recomendaciones del informe, que gana en credibilidad gracias a su tono
equilibrado y su retrato ecuánime de la rapacidad sin obstáculos ni
impedimentos, de la avaricia y la inmoralidad del norte. Pero ¿cómo se
producirán los cambios? Se ha abandonado casi totalmente la clasificación de
las naciones en tres «mundos» que se estableció tras la Segunda Guerra Mundial,
y que fue acuñada por un periodista francés.[6] Willy Brandt y sus colegas reconocen
de un modo implícito que Estados Unidos, una organización admirable en
principio, no ha intervenido con la suficiente contundencia en innumerables
conflictos regionales e internacionales que se producen cada vez con mayor
frecuencia. Con la excepción del trabajo llevado a cabo por pequeños grupos
(por ejemplo, el Proyecto de Modelos de Orden Mundial), el pensamiento
desarrollado en términos mundiales tiende a reproducir la superpotencia, la
guerra fría, las luchas regionales, ideológicas, o étnicas de antaño, aún más
peligrosas en la era nuclear y posnuclear, como lo certifican los horrores de
la antigua Yugoslavia. Los poderosos probablemente adquirirán más poder y serán
más ricos, y los débiles tendrán menos poder y más pobreza; la distancia
existente entre las dos posiciones anula las anteriores diferencias entre
regímenes socialistas y capitalistas que, al menos en Europa, han perdido parte
de su relevancia.
En 1982, Noam
Chomsky llegó a la conclusión de que durante los años
ochenta:
El conflicto «Norte-Sur» no decrecerá, y tendrán que idearse nuevas
formas de dominación para asegurar que los sectores privilegiados de la
sociedad industrial occidental mantengan un control sustancial sobre los
recursos mundiales, tanto humanos como materiales, y que gracias a este control
se beneficien de un modo desproporcionado. De ahí que no sea ninguna sorpresa
el hecho de que la reconstitución de la ideología en Estados Unidos encuentre
ecos a través de todo el mundo industrializado... Pero uno de los requisitos
básicos en el sistema ideológico occidental es que se establezca un enorme
abismo entre el Occidente civilizado, con su tradicional compromiso con la
dignidad humana, la libertad y la autodeterminación, y la brutalidad bárbara de
aquellos que por algún motivo —quizá debido a genes defectuosos— no sean
capaces de apreciar la profundidad y la importancia de este compromiso
histórico, que tan claramente se revela, por ejemplo, en las guerras de
Norteamérica en Asia.[7]
El paso que da Chomsky del dilema Norte-Sur a la dominación
norteamericana y occidental, es, creo yo, esencialmente correcto, a pesar del
retroceso del poder económico estadounidense, de su crisis urbana, económica y
cultural, del creciente poder de los estados situados a orillas del Pacífico y
también de las confusiones de un mundo multipolar. Todo ello ha debilitado la
estridencia del periodo Reagan. La evolución de Chomsky subraya en primer lugar
la permanente necesidad ideológica de consolidar y justificar la dominación en
términos culturales, como ha sido el caso en Occidente desde el siglo XIX, e incluso antes. En segundo lugar,
recupera fielmente la idea de que en la actualidad vivimos en una etapa de
dominio norteamericano, idea que se adivina en repetidas proyecciones y
teorizaciones del poder norteamericano, desarrolladas de maneras a menudo muy
vacilantes y, por lo tanto, exageradas.
Los estudios desarrollados durante la pasada década sobre las
personalidades más destacadas de mediados de este siglo ilustran mis
afirmaciones. Walter Lippmann and the American Century de
Ronald Steel describe esta tendencia ideológica inscrita en la carrera del
periodista
norteamericano más famoso —también el más prestigioso y poderoso— de
este siglo. Lo extraordinario de la carrera de Walter Lippmann, como puede
extraerse del libro de Steel, no es que tuviese razón o que fuese especialmente
perspicaz (que no lo era) en sus reportajes o sus predicciones sobre
acontecimientos mundiales, sino que, desde una posición de «miembro interno»
(el término es suyo) articuló los fundamentos del dominio del mundo por
Norteamérica sin objeciones, excepto en el caso de Vietnam, y que comprendió
que su función como intelectual era la de ayudar a sus compatriotas a hacer «un
ajuste con la realidad»: la realidad del poder estadounidense sin par en el
mundo entero. Él contribuyó a que ese poder se hiciese más aceptable, al
insistir en su carácter moral y en su realismo y altruismo con «una notable
destreza para no alejarse demasiado de la opinión pública general».[8]
Una postura similar, aunque expresada de modo distinto, con el estilo
más austero y elitista, propio de un mandarín, sobre el papel internacional de
Norteamérica, puede hallarse en la influyente obra literaria de George Kennan.
Creador de la política de contención que guio el pensamiento oficial
estadounidense durante la mayor parte del periodo de la guerra fría, Kennan
creía que su país era el protector de la civilización occidental. Para él, un
destino de tales características en el mundo no europeo no exigía
necesariamente la popularidad de Estados Unidos (denominó a tal necesidad
«idealismo del Rotary Club», calificación con claros tintes despreciativos),
sino que más bien dependía de «puros conceptos de poder». Y dado que en el
pasado ningún pueblo o estado colonizado tuvo los medios para desafiar militar
o económicamente a Norteamérica, Kennan aconsejaba moderación. Sin embargo, en
un memorándum redactado en 1948 para el Policy Planning Staff se mostró
partidario de la recolonización de África, así como apoyó el apartheid (aunque
no sus abusos) en un escrito de 1971. No obstante,
desaprobó la intervención en Vietnam y en general desaconsejaba «esos
tipos de imperialismo informal característicamente norteamericano».[9] Para él no cabía ninguna duda de que
Europa y Norteamérica controlaban la posición única y exclusiva para dirigir el
mundo, opinión que lo llevaba a considerar su propio país como una especie de
«adolescente» en curso de crecer y asimilar el papel que en un tiempo
desempeñara el imperio británico.
Además de personajes como Lippmann y Kennan —ambos hombres solitarios,
disconformes con la sociedad masificada en la que vivieron, que odiaban la
fanfarronería nacionalista y las manifestaciones más crudas de la conducta
agresiva norteamericana— también hubo otras fuerzas que perfilaron la política
exterior estadounidense tras la Segunda Guerra Mundial. Lippmann y Kennan
sabían que el aislacionismo, el intervencionismo, el anticolonialismo y el
imperialismo de libre comercio estaban relacionados con las características
domésticas de una vida política norteamericana descrita por Richard Hofstadter
como «antiintelectual» y «paranoica». Todos esos elementos fueron los causantes
de vaivenes, avances y retrocesos de la política exterior norteamericana antes
del final de la Segunda Guerra Mundial. De todos modos, la idea del liderazgo y
el excepcionalismo está siempre presente; independientemente de cuáles sean las
actuaciones de Estados Unidos, a menudo las autoridades no desean hacerse con
un poder imperial similar a los que ya existieron en el pasado. Se prefiere, en
su lugar, el concepto de «responsabilidad mundial» como base lógica de sus
actos. Hubo otros planteamientos precedentes —la Doctrina Monroe, la idea del
Destino Manifiesto— que condujeron por fin a la noción de «responsabilidad
mundial», que se corresponde exactamente con la expansión de los intereses
norteamericanos internacionales tras la Segunda Guerra Mundial y con la
concepción de su enorme poder tal como la proponen los árbitros de la política
exterior y la élite intelectual.
En una clara y convincente explicación del daño causado por esta
actitud, Richard Barnet señala que entre 1945 y 1967 (fecha en la que él cesa
su recuento) cada año se produjo una intervención militar estadounidense en el
Tercer Mundo. Desde esa época, Estados Unidos ha mostrado una impresionante
actividad, sobre todo en 1991, durante la guerra del Golfo, cuando se enviaron
650.000 soldados a casi 10.000 kilómetros de distancia para poner fin a la
invasión iraquí de un país aliado. Estas intervenciones, declara Barnet
en The Roots of War, poseen «todos los elementos de un poderoso
credo imperial...: un sentido de misión, de necesidad histórica, y fervor
evangélico». El autor prosigue:
El credo imperial se sustenta sobre una teoría de carácter legislador.
Según los internacionalistas, ya estridentes como [Lyndon Baines] Johnson o
silenciosos como Nixon, el objetivo de la política exterior estadounidense es
conseguir un mundo que cada vez esté más regido por la norma de la ley. Pero es
Norteamérica quien debe «organizar la paz», según palabras del secretario de
Estado Rusk. Estados Unidos impone el «interés internacional», estableciendo
las reglas básicas para el desarrollo económico y el despliegue militar en todo
el planeta. De este modo, marca las normas para la conducta soviética en Cuba,
la brasileña en Brasil y la vietnamita en Vietnam. La política de la guerra
fría se expresa a través de una serie de directrices sobre temas extraterritoriales
como, por ejemplo, que Gran Bretaña puede mantener relaciones comerciales con
Cuba, o que el gobierno de la Guayana británica puede estar dirigido por un
dentista marxista. La definición que Cicerón acuñó del imperio romano en sus
primeros tiempos era extraordinariamente similar. Los territorios conquistados
constituían el dominio imperial donde Roma disfrutaba del derecho legal de
imponer y hacer valer la ley. La autoridad que Norteamérica se ha concedido hoy
a sí misma se extiende por todo el mundo, incluida la Unión Soviética y China,
sobre cuyos espacios aéreos el gobierno estadounidense se ha asignado derecho
de utilización para su propia aviación militar. Estados Unidos, especialmente
bendecido con riquezas sin igual y una historia excepcional, está por encima
del sistema internacional, no dentro de él. Supremo entre las naciones, está
preparado para ser el portador de la Ley.[10]
Aunque estas palabras fueron publicadas en 1972, describen de un modo
incluso más certero la actitud de Norteamérica durante la invasión de Panamá y
la guerra del Golfo, la de un país que sigue intentando imponer en todo el
mundo sus puntos de vista sobre la ley y la paz. Pero lo asombroso no es
que se intente poner en práctica esta actitud, sino que sea llevada a cabo con
un gran consenso, que roza la unanimidad, por parte de una esfera pública
construida, expresamente, como suerte de espacio cultural cuya función es
representarla y explicarla. En épocas de grandes crisis internas (por ejemplo,
el año siguiente a la guerra del Golfo) se suspende y se deja de lado esta
clase de triunfalismo moralista. Pero, mientras dura, los medios de
comunicación desempeñan un extraordinario papel en el proceso que Chomsky
denomina «fabricación del consentimiento», y que consiste en hacer que el
norteamericano medio sienta que es cuestión «nuestra» arreglar los entuertos y
los males del mundo. La intervención en el Golfo estuvo precedida por una serie
de actuaciones (Panamá, Granada, Libia), todas ellas extensamente discutidas,
aunque la mayoría aprobadas, o, al menos, exentas de alteraciones o
modificaciones en sus planes, por ser cosa «nuestra» por derecho. Como Kiernan
señala: «A Norteamérica le encantaba pensar que lo que quería era precisamente
lo que toda la raza humana quería».[11]
Durante años, el gobierno de Estados Unidos ha aplicado una política
activa de intervenciones declaradas y directas en los asuntos de Centro y
Sudamérica: Cuba, Nicaragua, Panamá, Chile, Guatemala, El Salvador o Granada
han sufrido ataques perpetrados contra su soberanía que van desde la guerra
abierta hasta golpes de estado y subversiones anunciadas, desde intentos de
asesinato hasta el financiamiento de los ejércitos de la «contra». En Asia
Oriental, Estados Unidos mantuvieron dos grandes guerras, secundaron masivas
campañas militares que provocaron cientos de miles de muertos a manos de un
gobierno «amigo» (Indonesia en la zona este de Timor), derrocaron gobiernos
(Irán en 1953) y apoyaron a estados que desarrollaban actividades ilegales,
desoyendo las resoluciones de las Naciones Unidas, y contraviniendo las
políticas establecidas (Turquía, Israel).
En la mayoría de ocasiones, la respuesta oficial es que se están
defendiendo los intereses estadounidenses, manteniendo el orden, e implantando
justicia, para erradicar la injusticia y la mala conducta. Sin embargo, en el
caso de Irak, Norteamérica utilizó el Consejo de Seguridad de las Naciones
Unidas para forzar el acuerdo de entrar en guerra —mientras que en otros
numerosos ejemplos (Israel sería el más representativo) las resoluciones de las
Naciones Unidas apoyadas por Estados Unidos no se pusieron en práctica o fueron
ignoradas—; y precisamente en aquellos momentos Norteamérica tenía una deuda
impagada con las Naciones Unidas de varios cientos de millones de dólares.
La literatura de la disensión siempre ha sobrevivido en Estados Unidos
junto al espacio público autorizado; esta literatura puede describirse como de
oposición respecto a todas las actuaciones nacionales y oficiales. Dentro de
ella encontramos historiadores revisionistas como William Appleman Williams,
Gabriel Kolko y Howard Zinn, e influyentes críticos de la vida pública como
Noam Chomsky, Richard Barnet, Richard Falk y muchos otros; todos ellos notables
no solo como voces individuales, sino también como miembros de un movimiento
antiimperialista y alternativo bastante sólido, surgido en el propio seno del
país. Paralelamente a estos autores aparecieron periódicos de tendencias
liberales e izquierdistas como The Nation, The Progressive y,
mientras su creador vivió, I. F. Stone’s Weekly. Resulta muy difícil
concretar qué grado de adhesión consiguieron estos puntos de vista
representados por la oposición. Siempre ha existido una oposición — podríamos
pensar en antiimperialistas de la talla de Mark Twain, William James y Randolph
Bourne— pero la triste realidad es que su poder disuasorio no
ha sido efectivo. Estas plataformas, aun oponiéndose al ataque estadounidense
sobre Irak, en nada consiguieron detener, aplazar, o reducir su horrenda
fuerza. Lo que prevaleció fue un extraordinario consenso general en
el que la retórica del gobierno, los políticos, los militares, los
medios de comunicación y los centros académicos coincidieron en la necesidad de
la fuerza de Estados Unidos, y en la justicia que, en definitiva, reflejaba su
proyección: una idea suficientemente abonada y preparada por una larga historia
de teóricos y apologistas, desde Andrew Jackson, pasando por Theodore
Roosevelt, hasta Henry Kissinger y Robert W. Tucker.
Existe una evidente correspondencia, aunque a menudo disfrazada o
inadvertida, entre la doctrina del siglo XIX del Destino Manifiesto (título de un libro escrito en 1890 por
John Fiske), la expansión territorial de Estados Unidos, la extensa literatura
de la justificación (la misión histórica, la regeneración moral o el desarrollo
de la libertad son aspectos estudiados en 1958 por Albert K. Weinberg en una
obra sólidamente documentada, Manifest Destiny),[12] y la fórmula constantemente repetida
desde la Segunda Guerra Mundial sobre la necesidad de una
intervención norteamericana en este o aquel conflicto. Pero muy pocas veces
esta correspondencia se hace explícita, y, de hecho, se desvanece cuando
empiezan a sonar los tambores públicos de la guerra y cientos de miles de
toneladas de bombas caen sobre un enemigo lejano y casi siempre desconocido. Me
interesa insistir en el ocultamiento intelectual de lo que «nosotros» hacemos
en este proceso, ya que es evidente que ningún esquema o misión imperial puede
jamás, a la larga, mantener para siempre el control de su influencia en el
extranjero; la Historia también nos enseña que la dominación engendra
resistencia, y que la violencia inherente a la lucha imperial —a pesar de los
beneficios o placeres que de vez en cuando pueda aportar— representa un
empobrecimiento para ambas partes. Todas estas evidencias hacen que nuestra era
esté marcada por el recuerdo de los imperialismos del pasado. Actualmente hay
demasiada gente politizada, en cualquier país del que se trate, en nada
dispuesta a aceptar lo ineluctable de la
misión histórica
norteamericana de dirigir el mundo.
Los historiadores estadounidenses de la cultura han llevado a cabo un
considerable esfuerzo para que comprendamos las fuentes de las que, a escala
mundial, surge la tendencia a la dominación, así como la manera en que se
representa y se acepta ese impulso. Richard Slotkin mantiene, en Regeneration
Through Violence, que la experiencia que marcó y modeló la historia
norteamericana fue la prolongada serie de guerras con los indios; a su vez,
este hecho creó una imagen de los norteamericanos no como simples asesinos (así
los calificó D. H. Lawrence), sino como «una nueva raza de personas, libre de
la herencia humana manchada por el pecado, y en busca de una relación
totalmente nueva y original con la naturaleza pura en su calidad de cazadores,
exploradores, pioneros y buscadores».[13] Este tipo de imágenes aparece
constantemente en la literatura del siglo XIX, en especial en Moby Dick de Melville, donde, al igual
que C. L. R. James y V. G. Kiernan desde una perspectiva no
norteamericana, Melville construye en el capitán Ahab una alegoría de la
conquista del mundo que Estados Unidos desea; está obsesionado, se comporta de
un modo compulsivo y se muestra imparable, absorto completamente en su propia
justificación retórica y su sentido del simbolismo cósmico.[14]
Nadie soñaría siquiera con reducir la gran obra de Melville a una mera
ilustración literaria de los hechos del mundo real; además, el propio autor se
muestra muy crítico con la actitud de Ahab como norteamericano. No obstante, lo
cierto es que durante el siglo XIX Estados Unidos experimentó una expansión territorial, en la
mayoría de casos a expensas de pueblos indígenas, para llegar finalmente a
conseguir la hegemonía sobre el continente norteamericano y los territorios y
mares adyacentes. Durante ese siglo, las experiencias más allá de sus propias
fronteras se desarrollaron desde la costa norteafricana hasta Filipinas, China,
Hawai, y por supuesto a
través del Caribe y Centroamérica. La tendencia general fue expandir y
extender aún más el control sobre el mundo, y no dedicar demasiado tiempo a
reflexionar sobre la integridad y la independencia de los Otros, para quienes
la presencia americana supuso, en el mejor de los casos, un bien acompañado
siempre de una serie de desventajas.
Encontramos un ejemplo extraordinario, aunque tópico, de la testarudez
norteamericana en la relación entre Haití y Estados Unidos. Tal y como J.
Michael Dash la interpreta en Haiti and the United States: National
Stereotypes and the Literary Imagination, prácticamente desde el mismo momento
en que Haití consiguió su independencia como república negra en 1803, los
norteamericanos se acostumbraron a imaginársela como un espacio vacío en el
cual era legítimo verter sus propias ideas. Los abolicionistas, señala Dash,
consideraron Haití no como un territorio con su propia integridad y su
población autóctona, sino como un lugar práctico donde albergar esclavos
liberados. Posteriormente, la isla y sus habitantes pasaron a representar la
degeneración y, por supuesto, la inferioridad racial. Norteamérica ocupó la
isla en 1915 (y Nicaragua en 1916) e instauró una tiranía indígena que exacerbó
la situación en la zona, ya de por sí desesperada.[15] Y cuando en 1991 y 1992 miles de
refugiados haitianos trataron de entrar en Florida, la mayoría fueron
repatriados por la fuerza.
Pocos norteamericanos se han preocupado por sitios como Haití o Irak una
vez concluida la crisis o la intervención en el país. Lo curioso es que la
dominación norteamericana es insular —a pesar de abarcar el mundo entero y de
incluir elementos auténticamente diversos—. La élite al frente de la política
exterior no posee una larga tradición de dominio directo en el extranjero, como
fue el caso de Gran Bretaña o Francia, de modo que sus esfuerzos para controlar
estas situaciones no se desarrollan con plena regularidad; en ocasiones y en
algunos lugares se llevan a cabo grandes
intervenciones retóricas y enormes despliegues de medios (Vietnam,
Libia, Irak, Panamá) y a continuación lo único que sigue es un silencio
absoluto. Kiernan ofrece de nuevo una explicación: «A pesar de disponer de
múltiples recursos, más aún que el imperio británico, esta nueva hegemonía tuvo
incluso menos capacidad que aquel para diseñar algún programa coherente de
acción que no fuese la más testaruda negatividad. De ahí su disposición a
permitir que otros, sobre todo directores de empresas o agentes secretos, les
hicieran los planes».[16]
Dado que el expansionismo americano es principalmente económico, todavía
depende mucho de ideas culturales e ideológicas sobre la propia Norteamérica.
Se mueve sobre esas nociones, reiteradas en público sin cesar. «Un sistema
económico,» declara Kiernan, «igual que una nación o una religión, no solo vive
de pan, sino de creencias, visiones, e incluso sueños y por el hecho de que
quizá estos elementos sean erróneos no dejan de ser menos vitales para él».[17] Puede apreciarse cierta monotonía en
la regularidad de los esquemas, locuciones o teorías producidas por sucesivas
generaciones para justificar las serias responsabilidades del alcance mundial
de Norteamérica. En los últimos años, sus intelectuales pintan un cuadro nada
prometedor acerca de la manera en que la mayoría de estas actitudes y de las
políticas que ellas generaron estaban basadas en la ignorancia y en
tergiversaciones casi malintencionadas, mitigadas únicamente por un deseo de
autoridad y dominio signado por la convicción del excepcionalismo
norteamericano. La relación entre Estados Unidos y sus interlocutores del
Pacífico o de Extremo Oriente —China, Japón, Corea, Indochina— participa de los
prejuicios raciales. En ocasiones han surgido focos de atención, repentinos y
relativamente improvisados, a los que ha seguido una gran presión, ejercida a
miles de kilómetros de distancia, pero alejada geográfica e intelectualmente de
la vida de la mayoría de los norteamericanos. Teniendo
en cuenta los análisis especializados de Akiri Iriye, Masao Miyoshi,
John Dower, y Marilyn Young, se observa que todos esos países asiáticos se
formaron, en gran medida, una idea equivocada de Estados Unidos, aunque,
dejando de lado la complicada excepción de Japón, ninguno de ellos penetró de
hecho en el territorio norteamericano.
Esta extraordinaria asimetría se establece definitivamente gracias a la
aparición en Estados Unidos del discurso (y las políticas) del Desarrollo y la
Modernización, una realidad tratada con sutileza en la novela de Graham
Greene El americano impasible y con menos oficio y agudeza
en El americano feo de William Lederer y Eugene Burdick. Por
todo el mundo se desplegó un arsenal de conceptos verdaderamente
asombroso: teorías sobre las fases económicas, los tipos sociales, las
sociedades tradicionales, las transferencias de sistemas, la pacificación, la
movilización social, etcétera; las universidades recibieron copiosas
subvenciones gubernamentales para investigar sobre estas ideas, muchas de las
cuales atrajeron la atención de estrategas y expertos en política del gobierno
de Estados Unidos o cercanos a él. Los intelectuales críticos no hicieron caso
de estas cuestiones hasta que surgió la gran inquietud popular por la guerra de
Vietnam. Pero entonces, casi por primera vez, las críticas se dirigieron no
solo hacia la política estadounidense en Indochina, sino hacia las premisas
imperialistas de la actitud norteamericana en Asia. En Managing
Political Change,[18] Irene Gendzier ofrece un convincente
relato del discurso del Desarrollo y la Modernización y de cómo este aprovechó
las críticas antibélicas. La autora muestra que el impulso irreflexivo hacia la
expansión mundial tuvo el efecto de despolitizar, disminuir y a veces incluso
socavar la integridad de sociedades de países de ultramar que parecían
necesitar modernizarse para lo que Walt Whitman Rostow denominó «el despegue
económico».
A pesar de que
estas caracterizaciones no sean exhaustivas, sí describen
correctamente, según creo, una política general, con una autoridad
social considerable que dio pie a lo que D. C. M. Platt definiera en el
contexto británico como «perspectiva departamental». Las destacadas figuras
académicas analizadas por Gendzier —Huntington, Pye, Verba, Lerner o Lasswell—
determinaron los contenidos intelectuales y los puntos de vista de los sectores
influyentes del gobierno y el mundo académico. En las directrices que la guerra
fría estableció se incluyeron los fenómenos de la descolonización y los efectos
del imperialismo clásico como la subversión, el nacionalismo radical o los
argumentos de los nativos para obtener la independencia. Pero todos ellos
tuvieron que transformarse o pasar por un tamiz selectivo; en el caso de Corea,
China y Vietnam se requería un continuo suministro de tropas para llevar a cabo
costosas campañas militares. El reto aparente a la autoridad norteamericana en
el caso casi risible de la Cuba posterior a Fulgencio Batista sugiere que lo
que estaba en juego no era en absoluto la seguridad, sino el hecho de que,
dentro del espacio establecido y definido por ellos mismos (el hemisferio),
Estados Unidos no aceptaría ninguna infracción o desafío ideológico a lo que
consideraba como «libertad».
Este paralelismo entre poder y legitimidad, el primero conseguido en el
ámbito de la dominación directa, la segunda en la esfera cultural, es
característico de la hegemonía imperial clásica. Sin embargo, en el universo
norteamericano ha adquirido también una autoridad cultural, gracias en gran
medida al aumento, sin precedentes en el sistema, de la difusión y el control
de la información. Como veremos a continuación, los medios de comunicación son
un elemento clave para la cultura nacional americana. Mientras que hace un
siglo la cultura europea se asociaba a la presencia de un hombre blanco, en
realidad a su presencia física inequívocamente dominante (y por lo tanto
susceptible de que se le opusiese resistencia), en la actualidad
disponemos además de una presencia internacional de los medios que se
manifiesta, a menudo en un plano que escapa al conocimiento consciente, a
través de ámbitos de gran vastedad. El término «imperialismo cultural»,
popularizado e incluso puesto de moda por Jacques Lang, pierde parte de su
significado cuando se aplica a la presencia, en lugares como Francia o Japón,
de series televisivas como «Dinastía» y «Dallas», pero vuelve a recobrarlo
cuando estos programas se contemplan bajo una perspectiva de carácter mundial.
Lo más cercano y similar a esa perspectiva puede encontrarse en el
informe publicado por la Comisión Internacional para el Estudio de los
Problemas de Comunicación convocada por la UNESCO y presidida por Sean
McBride: Many Voices, One World (1980), que trataba del
denominado Nuevo Orden del Mundo de la Información.[19] El informe ha sido objeto de
comentarios iracundos y ataques, a menudo insustanciales, la mayoría por parte
de periodistas norteamericanos y sabios universales que censuraron a «los
comunistas» y al «Tercer Mundo» por intentar restringir la democracia en la
prensa, el libre caudal de ideas, las fuerzas del mercado que configuran el
sistema de las telecomunicaciones y la industria editorial e informática. Pero
hasta la lectura más superficial del Informe McBride revela que lejos de
recomendar soluciones estúpidas como la censura, surgieron dudas considerables
entre los miembros de la comisión, acerca de que se pudiese hacer gran cosa
para introducir equilibrio e igualdad en el anárquico sistema del mundo de la
información. Incluso escritores no demasiado benévolos reconocen la seriedad y
el rigor de estas cuestiones, como Anthony Smith en The Geopolitics of
Information:
La amenaza de independizarse del nuevo panorama de la electrónica
durante esta última parte del siglo xx podría ser aún mayor que la que
representó propiamente el colonialismo. Estamos empezando a aprender que la
descolonización y el auge de los supranacionalismos no supusieron
el fin de las relaciones imperiales,
sino, simplemente, la extensión de una telaraña geopolítica que se ha estado
urdiendo desde el Renacimiento. Los nuevos medios de comunicación tienen el
poder de penetrar con mayor profundidad en una cultura «receptora» que
cualquier otra manifestación anterior de la tecnología occidental. Los
resultados podrían causar estragos, y reportar una intensificación de las
contradicciones sociales dentro de las actuales sociedades en vías de
desarrollo.[20]
Nadie ha negado que quien ejerce mayor poder en este sistema es
Norteamérica, bien sea porque un grupo de empresas estadounidenses
transnacionales controlen la composición, distribución y sobre todo la
selección de noticias en las que casi todo el mundo confía (incluso Sadam
Husein parece haber confiado en la CNN para escuchar algunas noticias sobre él
mismo). Esto se debe a diversas causas: porque la expansión, que tan
eficazmente ha logrado deshacerse de cualquier clase de oposición, de diversas
formas de control cultural surgidas en Estados Unidos, ha creado un nuevo
mecanismo de incorporación y dependencia, mediante el cual se puede subordinar
y someter no solo a la propia población norteamericana, sino también a culturas
con menor fuerza y representatividad. Parte de la obra de los representantes de
la teoría crítica —en particular, la idea de Herbert Marcuse de una sociedad
unidimensional o la «industria de la conciencia» de Adorno y Hans Magnus
Enzensberger— intenta iluminar la naturaleza de esta mezcla de represión y
tolerancia utilizada como instrumento de pacificación social en las sociedades
occidentales (un tema ya debatido por autores de una generación anterior, como
George Orwell, Aldous Huxley y James Burnham). La influencia del imperialismo de
los medios de comunicación occidentales, y particularmente de los
norteamericanos, sobre el resto del mundo, refuerza las recomendaciones de la
Comisión McBride, así como las que Herbert Schiller y Armand Mattelart
expresaron sobre la propiedad de los medios de producción y puesta en
circulación de imágenes, noticias y representaciones.[21]
Aparte de que los medios de comunicación sean exportados fuera del
ámbito norteamericano, en lo doméstico sirven para mostrar a la audiencia
nacional culturas extranjeras, raras y amenazadoras. En pocas ocasiones
tuvieron más éxito al crear un ambiente de hostilidad y violencia hacia ellas
que durante la crisis del Golfo y la guerra de 1990-91. En el siglo XIX, Francia y Gran Bretaña
acostumbraban a enviar fuerzas expedicionarias para bombardear la población
nativa: «Parece ser», dice Marlow, el personaje de Conrad, al llegar a África,
«que los franceses libraron una de sus batallas por aquí cerca... En la vacía
inmensidad de la tierra, el cielo y el agua, ahí estaba [un buque de guerra
francés], incomprensiblemente, disparando contra el continente. Bum: los
cañones de seis pulgadas dejaban oír su estruendo.» Actualmente es Norteamérica
quien lo hace. Consideremos ahora cómo se logró que la guerra del Golfo fuese
aceptada. A mediados de diciembre de 1990 se produjo un enfrentamiento a
pequeña escala en las páginas de The Wall Street Journal y The
New York Times: Karen Elliot House, periodista del primer
periódico, contra Anthony Lewis, del segundo. La tesis de House consistía en
que Estados Unidos no debían esperar a que las sanciones diesen resultado, sino
atacar Irak, haciendo de Sadam Husein un claro perdedor. La refutación de Lewis
llevaba su habitual dosis de sensatez y buena fe de talante liberal, cualidades
que lo han distinguido entre destacados columnistas americanos. Partidario de
la respuesta inicial de George Bush a la invasión iraquí de Kuwait, Lewis
consideró más tarde que las probabilidades de una guerra casi inminente eran
muy altas, y que había que oponerse a ella. En la toma de esta postura tuvo
mucho que ver la honda impresión que le causaron los argumentos de personas
como el acérrimo militarista Paul Nitze, quien sostenía que si se llevaba a
cabo una ofensiva norteamericana en la zona del Golfo ocurrirían numerosos
desastres. Estados Unidos debía esperar, aumentar la presión económica y
diplomática, y
entonces, una vez agotados estos recursos, podría admitirse
la posibilidad, muy a largo plazo, de una guerra. Un par de semanas después,
los dos antagonistas aparecieron en «MacNeil/Lehrer NewsHour», un programa
televisivo norteamericano que se ofrece cada noche y en el que se desarrollan
largos debates y análisis, para presentar sus posiciones. Presenciar su combate
dialéctico supuso ver a dos filosofías opuestas enzarzadas en una seria
discusión en un momento delicado de la historia norteamericana. Estados Unidos
parecía estar preparado para la guerra: ahí estaban los pros y los contras
expuestos con total elocuencia en el marco del espacio público autorizado, en
un noticiario nacional emitido todas las noches.
Tanto House como Lewis, ambos realistas, aceptaron el principio de que
«nosotros» —este pronombre, casi más que cualquier otra palabra, fortalece la
idea poco menos que ilusoria de que todos los norteamericanos, como
copropietarios del espacio público, participan en las decisiones de implicar a
Norteamérica en sus intervenciones en el extranjero— debíamos estar en el
Golfo, controlando el comportamiento de los estados, los ejércitos y las
personas a varios miles de kilómetros de distancia. La supervivencia nacional
no formaba parte del asunto y en ningún momento del programa llegó a
mencionarse. Pero sí se habló mucho de principios, moral y derecho; ambos se
refirieron a la fuerza militar como algo más o menos a su disposición, para
poder ser desplegada, utilizada y retirada convenientemente, y en todo este
proceso las Naciones Unidas dieron la impresión, en el mejor de los casos, de
ser una extensión de la política norteamericana. Este debate resultó
deprimente, porque los dos periodistas eran personas respetables, no
militaristas proféticos (como Henry Kissinger, quien jamás se ha cansado de las
«luchas quirúrgicas») ni expertos en seguridad nacional (como Zbigniew
Brzezinski, quien se opuso enérgicamente a la guerra basándose en conceptos
sólidamente geopolíticos).
Tanto para House como para Lewis, «nuestras» acciones formaban parte de
la supuesta tradición de actuaciones llevadas a cabo en todo el mundo, en la
cual entran las intervenciones que Norteamérica ha estado realizando durante
dos siglos con resultados a menudo devastadores, aunque por lo general
rápidamente olvidados. En el debate casi no se hizo mención del problema de si
los árabes podían tener algo que ver con la guerra, en calidad de víctimas, por
ejemplo, o de instigadores (otra posibilidad igualmente convincente). Daba la
impresión de que la crisis debía tratarse íntegramente como si fuese una
cuestión interna. El escenario de la conflagración inminente, con la
probabilidad cierta y evidente de ocasionar una terrible destrucción, estaba
muy lejos, y una vez más, excepto por parte de las familias afligidas de los
(poquísimos) soldados muertos, a los norteamericanos casi se los perdonó. Una
suerte de cualidad abstracta daba a todo un halo de frialdad y crueldad.
Como norteamericano y árabe que ha vivido en los dos mundos, yo me
encontré con un panorama particularmente problemático, ya que la confrontación
era total e involucraba a todo el mundo; no había manera de no verse implicado
en ella. Jamás se habían pronunciado tanto los nombres que designan el mundo
árabe y sus objetos; jamás habían tenido un significado tan extrañamente
abstracto y carente de valor, y en muy pocas ocasiones se los pronunciaba con
algún matiz de respeto o consideración, a pesar de que Estados Unidos no estaba
en guerra con todos los árabes. El mundo de estos producía
fascinación e interés e incluso una oculta simpatía y un deseo entusiasta y
acusado de conocerlo. Ningún grupo cultural relevante, por ejemplo, era (y
todavía es) tan poco conocido: si se le preguntase a un ciudadano
norteamericano por algún novelista o poeta árabe reciente, probablemente el
único que se le ocurriría seguiría siendo Kahlil Gibran. ¿Cómo pudo haber tanta
interacción en un plano y tan poco en otro?
Desde el punto de vista árabe, el paisaje está igualmente
desequilibrado. Hoy sigue sin haber apenas literatura escrita en árabe que
hable de los norteamericanos y los describa; la excepción más interesante es la
gran colección de novelas Cities Of Salt[22] de Abdelrahman el Munif, pero sus
libros están prohibidos en varios países, y las autoridades de su originaria
Arabia Saudí le han retirado la nacionalidad. Por lo que yo puedo saber, no
existe ningún instituto o departamento académico en el mundo árabe cuyo
propósito principal sea el estudio de Norteamérica, a pesar de que Estados
Unidos son, con mucho, la mayor y más significativa fuerza externa al mundo
árabe contemporáneo. Algunos dirigentes árabes que se pasan la vida denunciando
los intereses norteamericanos no dudan, por otro lado, en enviar a sus hijos a
las universidades norteamericanas. Aún se hace difícil de explicar, incluso a
personalidades árabes doctas y experimentadas, que la política exterior
estadounidense no está de hecho dirigida por la CIA, ni es una conspiración o
una misteriosa red de «contactos» clave; casi todos mis conocidos creen que
Norteamérica planea prácticamente sobre todos los acontecimientos importantes
de Oriente Próximo. Incluso se me insinuó cierta vez la pasmosa idea de que
Estados Unidos había planeado la intifada palestina.
Esta mezcla bastante estable de familiaridad (bien descrita en America
and the Mediterranean World,[23] de James Field), hostilidad e
ignorancia es propia de las dos partes de este encuentro cultural
complejo, desigual y relativamente reciente. La sensación predominante que se
tuvo durante la época de la operación Tormenta del Desierto era la de
inevitabilidad, como si la necesidad declarada por el presidente Bush de «ir
allí» y (en palabras de su propio argot deportivo) «meter caña» tuviese que
habérselas con las expresiones abiertamente brutales con que Sadam Husein
formuló la necesidad árabe poscolonial de enfrentamiento, réplica y terca
oposición a
Estados Unidos. En otras palabras, la retórica pública no se vio
constreñida o matizada por consideraciones de detalle, realismo, causa o
efecto. Durante, al menos, toda una década, las películas sobre los comandos
norteamericanos presentaron a un corpulento Rambo o un Delta Force técnicamente
ingenioso como héroes que se enfrentaban a los criminales y terroristas árabes
y musulmanes y los vencían; en 1991 fue como si hubiese surgido una voluntad
casi metafísica de derrotar por completo a Irak, no porque su transgresión, aun
siendo grave, pudiese conducir a un cataclismo, sino porque un pequeño país no
blanco había perturbado u ofendido a una supernación repentinamente activada y
empapada de un fervor que solo podía calmarse con la sumisión o rendición de «jeques»,
dictadores y jinetes de camellos. Los árabes verdaderamente aceptables serían
aquellos que, como Anwar el-Sadat, parecían purificados casi por completo de su
molesta identidad nacional y podían convertirse en populares invitados de
entrevistas televisivas.
Históricamente, los medios de comunicación americanos, y quizá también
los occidentales en general, han sido extensiones sensoriales del contexto
cultural principal. Los árabes constituyen solo un débil ejemplo reciente de
Otros que han ocasionado la ira de un Hombre Blanco duro y severo, una especie
de superhombre puritano cuya misión en los desiertos y los yermos conoce pocos
límites y que para lograr lo que quiere será capaz de hacer todo lo necesario.
Sin embargo, por supuesto, la palabra «imperialismo» fue un ingrediente
visiblemente ausente en las discusiones norteamericanas sobre el Golfo. «En
Estados Unidos», según el historiador Richard W. Van Alstyne en su obra The
Rising American Empire, «es casi una herejía describir la nación como un
imperio».[24] De todos modos, Van Alstyne demuestra
que los primeros fundadores de la república, incluido George Washington,
caracterizaron el país como imperio, con una subsiguiente política exterior
que renunciaba a la revolución pero fomentaba el crecimiento imperial.
En su argumentación, su libro cita a un estadista tras otro, todos afirmando,
como dijera cáusticamente Reinhold Niebuhr, que la nación era «el Israel
americano de Dios», cuya «misión» consistía en ser «administradores, en nombre
de Dios, de la civilización mundial». De ahí que, durante la época de la guerra
del Golfo, fuese difícil no descubrir ecos de esa misma grandiosa
autoafirmación. Y, a medida que la infracción iraquí parecía realmente
agrandarse ante los ojos colectivos del país, Sadam se convirtió en Hitler, en
el carnicero de Bagdad, en el loco (como lo describió el senador Alan Simpson)
que había que abatir.
A cualquiera que haya leído Moby Dick le puede resultar
irresistible extrapolar esa gran novela al mundo real, ver el imperio
norteamericano preparándose una vez más, igual que Ahab, para ocuparse de un
mal supuesto. En primer lugar está la irreflexiva misión moral; después, a
través de los medios de comunicación, viene su extensión militar
geoestratégica. El aspecto más desalentador de los medios de comunicación
—aparte de su tímida aceptación del modelo político del gobierno, movilizándose
desde un principio en pro de la guerra— fue su fachada de «expertos»
conocedores de Oriente Próximo, con su supuesta atribución de estar bien
informados sobre los árabes. Todos los caminos llevan «al bazar»; los árabes
solo entienden la fuerza; la brutalidad y la violencia forman parte de la
civilización árabe; el islam es una religión intolerante, segregacionista,
«medieval», fanática, cruel, y adversa con las mujeres. El contexto de
cualquier discusión estaba limitado, de hecho congelado, por estas ideas.
Parecía como si hubiese que sentir una alegría considerable, aunque
inexplicable, por la perspectiva de que «los árabes», en la manera en que Sadam
los representaba, iban a tener al fin su merecido, e iban a ajustarse muchas
cuentas pendientes con una serie de viejos enemigos de Occidente: los
palestinos, el nacionalismo árabe y la
civilización
islámica.
Pero hubo muchas cosas que no se dijeron. Poco se habló de los
beneficios de las compañías petrolíferas, de cómo las variaciones en el precio
del petróleo no influían prácticamente para nada en el abastecimiento, ya que
seguía habiendo superproducción de petróleo. El problema de Irak con Kuwait, o
incluso la propia naturaleza de Kuwait como nación —liberal en ciertos
sentidos, intolerante en otros— apenas fue tratado o tenido en cuenta. Poco se
dijo, o se analizó, sobre la complicidad y la hipocresía compartida entre los
estados del Golfo, Norteamérica, Europa e Irak durante la guerra Irán-Irak. Las
opiniones sobre estas cuestiones no empezaron a difundirse hasta bastante
tiempo después de que acabase la guerra, como por ejemplo en un artículo
escrito por Theodore Draper y publicado en The New York Review of Books (16
de enero de 1992), que sugería que un conocimiento profundo de las
reclamaciones iraquíes contra Kuwait podría haber evitado la guerra. Un pequeño
grupo de eruditos hizo esfuerzos por analizar la adhesión
popular de algunos árabes a Sadam, a pesar del poco atractivo que ofrecía su
mando, pero esos esfuerzos no se integraron, o no se les prestó la misma
atención que a otros asuntos, en las peculiares inflexiones de la política
norteamericana, que durante un tiempo hizo propaganda de Sadam, luego le
confirió la categoría de demonio y finalmente aprendió a convivir de nuevo con
él.
Un aspecto curioso y profundamente sintomático del conflicto del Golfo
es que la palabra «enlazabilidad» (linkage) —un feo solecismo que parece
haber sido inventado como símbolo del irreflexivo derecho norteamericano a
ignorar o incluir en sus consideraciones secciones geográficas enteras de
cualquier parte del mundo— se mencionase tediosamente una y otra vez, aunque
sin analizarla. Durante la crisis del Golfo, «enlazabilidad» no significó que
hubiese, sino al contrario, que no había ninguna relación
entre elementos que, de hecho, mantienen una mutua correspondencia a través de
una asociación, un sentido, una geografía o una historia comunes. Estos
elementos fueron separados, dejados de lado por comodidad y para beneficiar a
políticos arrogantes, estrategas militares y expertos en la materia
estadounidenses. Cada uno es su propio escultor, dijo Jonathan Swift. Que
Oriente Próximo estuviese unido internamente por todo tipo de vínculos: eso era
irrelevante. Que los árabes pudiesen suponer una conexión entre la intervención
de Sadam en Kuwait y, por ejemplo, la de Turquía en Chipre: eso tampoco tenía
sentido. Que la política norteamericana ejerciese un efecto de «enlazabilidad»
era un tema prohibido, sobre todo para esos sabios cuya función era fomentar la
aceptación popular de la guerra, aunque en realidad jamás llegara a producirse.
La entera premisa tenía un carácter colonial: una pequeña dictadura de
un país del Tercer Mundo, promovida y apoyada por Occidente, no tenía derecho a
desafiar a Norteamérica, nación de raza blanca y superior. Gran Bretaña
bombardeó a las tropas iraquíes durante los años veinte por atreverse a oponer
resistencia a su dominio colonial; setenta años más tarde, Estados Unidos hizo
lo mismo, pero con un tono más moralista, que a la vez sacó a la luz la tesis
de que las reservas petrolíferas de Oriente Próximo son un monopolio norteamericano. Estas
prácticas son anacrónicas y sumamente falsas, ya que no solo constituyen la
causa de que las guerras sean algo permanentemente posible y atractivo, sino
que también impiden que el firme conocimiento de la Historia, la diplomacia y
la política tenga la importancia que debe tener.
Un artículo aparecido en el número de Foreign Affairs correspondiente
al invierno 1990-1991, titulado «The Summer of Arab Discontent», empieza con el
siguiente pasaje, que recoge a la perfección el indigente estado de
conocimiento y poder que supuso el origen de la operación Tormenta del
Desierto:
En cuanto el mundo árabe/musulmán se despidió de la ira y la pasión de
la cruzada del ayatolá Jomeini, surgió otro contendiente en Bagdad. El nuevo
pretendiente estaba hecho de una naturaleza distinta a la del salvador del
turbante de Quum: Sadam Husein no era un tratadista versado en gobiernos
islámicos ni un producto de alto nivel académico de los seminarios religiosos.
Tampoco se identificaba con las interminables luchas ideológicas que los fieles
experimentaban en sus corazones y en sus mentes. Provenía de una tierra frágil,
de un país fronterizo entre Persia y Arabia, con pocas aspiraciones en relación
con la cultura, los libros y las grandes ideas. El nuevo contendiente era un
déspota, un dirigente diestro y despiadado que había subyugado su territorio
convirtiéndolo en una enorme prisión.[25]
Sin embargo, hasta los escolares saben que Irak es la sede de la
civilización abasí, el mayor florecimiento de la cultura árabe entre los
siglos IX y XII, que produjo obras literarias que hoy aún se leen igual que las de Shakespeare, Dante y Dickens, y que, como capital,
Bagdad es también uno de los grandes monumentos del arte islámico.[26] Además, es el lugar donde, junto con
El Cairo y Damasco, se originó el resurgimiento del arte y la literatura árabe
en los siglos XIX y XX. De Bagdad salieron al menos cinco de los mejores
poetas árabes de este siglo y sin duda la mayoría de sus principales artistas,
arquitectos y escultores. A pesar de que Sadam provenga de la estirpe Tikrit,
insinuar que Irak y sus gentes no tenían ninguna relación con los libros y las
ideas es no tener en cuenta Sumeria, Babilonia, Nínive, Hammurabi, Asiria, y
todos los grandes monumentos de la antigua civilización (y del mundo) de
Mesopotamia, cuya cuna es Irak. Afirmar de modo tan poco solvente que Irak era
una tierra «frágil», sugiriendo así un paisaje completamente árido y desértico,
demuestra una ignorancia que avergonzaría hasta a un escolar de enseñanza
primaria. ¿Qué les pasó a los verdes valles del Tigris y el Éufrates? ¿Qué le
pasó a la antigua certeza de que, entre todos los países de Oriente Próximo,
Irak ha sido con diferencia el más fértil?
El autor elogia
efusivamente a la Arabia Saudí contemporánea, más frágil
y desligada de libros, ideas y cultura de lo que jamás pueda haber
estado Irak. No es mi intención restarle importancia a Arabia Saudí, ya que es
un país importante y puede llevar a cabo grandes contribuciones, pero artículos
como este constituyen un síntoma de la voluntad intelectual de satisfacer al
poder en público, de contarle lo que quiere escuchar, de decirle que no había
problema en matar, bombardear y destruir, puesto que lo que iba a atacarse era
algo realmente insignificante, frágil, sin relación con los libros, las ideas y
la cultura, ni con la gente verdadera y auténtica. Disponiendo de esta
información sobre Irak, ¿qué perdón puede haber, qué humanidad, qué
posibilidades de un debate humanitario? Por desgracia, muy pocas. De ahí que la
conmemoración de la operación Tormenta del Desierto, un año después de su
puesta en práctica, fuese bastante deslucida y poco eufórica, tanto que incluso
los columnistas e intelectuales de derechas se lamentaron de la «presidencia
imperial» del presidente Bush y de lo cuestionable que podía ser esa guerra que
únicamente contribuyó a ahondar las muchas crisis del país.
El mundo ya no puede seguir permitiéndose una mezcla tan desconcertante
de patriotismo, solipsismo relativista, autoritarismo social, agresividad sin
restricciones, y actitudes de autodefensa y autoprotección frente a otros. Hoy
en día, Estados Unidos exhibe su triunfalismo en el plano internacional, y se
muestra febrilmente ansioso por demostrar que es el número uno, quizá para
contrarrestar la recesión, los problemas endémicos planteados por sus ciudades,
la pobreza, la salud, la educación, la industria y el desafío eurojaponés. A
pesar de ser norteamericano, yo crecí en un marco cultural impregnado por la
idea de que el nacionalismo árabe era lo más importante; y también de que era
un nacionalismo que había recibido muchas ofensas y no se había materializado
por completo, dificultado por conspiraciones y enemigos tanto internos como
externos, obstáculos que debían superarse y
finalmente que,
para lograrlo, no había precio que fuese demasiado alto.
Mi entorno árabe había vivido durante mucho tiempo bajo la experiencia
colonial, pero cuando yo era joven se podía viajar por tierra desde el Líbano y
Siria, pasando por Palestina, hasta Egipto y otros puntos situados más hacia el
oeste. Hoy esta ruta terrestre es imposible. Cada país coloca formidables
obstáculos en sus fronteras. (Y para los palestinos, cruzarlas representa una
experiencia especialmente terrible, ya que las naciones que apoyan a Palestina
a voz en cuello son a menudo las que peor tratan a los palestinos.) El
nacionalismo árabe no ha muerto, pero se ha descompuesto con demasiada
frecuencia en unidades cada vez más pequeñas. La «enlazabilidad» también ha
llegado al panorama árabe. No es que el pasado fuese mejor, pero se daba una
interconexión más saludable, por así decirlo; la gente estaba realmente
relacionada entre sí y no se contemplaban unos a otros por encima de
fortificadas fronteras. En muchas escuelas podían encontrarse árabes de todas
partes, musulmanes y cristianos, aparte de armenios, judíos, griegos,
italianos, indios, o iraníes, todos mezclados, todos bajo un régimen colonial u
otro, pero interactuando como si el hacerlo fuese algo natural. En la
actualidad, los nacionalismos de estado se fraccionan en clanes o sectas. El
Líbano e Israel son ejemplos perfectos de lo que ha sucedido: la conveniencia
de una rígida estructuración en cantones está presente de una forma u otra en
casi todas partes como sentimiento colectivo, si no como práctica, y está,
además, promovida por el estado a través de su burocracia y su policía secreta.
Los dirigentes son clanes, familias, camarillas, o círculos cerrados de
oligarcas ancianos, casi mitológicamente inmunes, como el patriarca otoñal de
García Márquez, a la sangre nueva o al cambio.
El esfuerzo de homogeneizar y aislar a las poblaciones en nombre del
nacionalismo (y no de la liberación) ha llevado a sacrificios y fracasos
colosales. En la mayoría de lugares del mundo árabe, la sociedad civil
(universidades, medios de comunicación y, en términos más amplios, la
cultura) ha sido engullida por la sociedad política, cuya configuración
principal es el estado. Uno de los grandes éxitos de los primeros gobiernos
nacionalistas árabes surgidos después de la Segunda Guerra Mundial fue la
alfabetización de las masas: en Egipto, los resultados fueron
extraordinariamente positivos, casi más allá de todo lo imaginable. Sin
embargo, la mezcla de alfabetización acelerada y de ideología demagógica
confirma con toda exactitud los temores de Fanon. Mi impresión es que se
dedican mayores esfuerzos a mantener esa conexión, reforzando la idea de que
ser sirio, iraquí, egipcio o saudí ya es suficiente de por sí, en vez de pensar
en el programa nacional de forma crítica, e incluso audaz. La identidad,
siempre la identidad, por encima del conocimiento de los demás.
En este estado de cosas marcado por el desequilibrio, el militarismo
adquirió demasiados privilegios en la economía moral del mundo árabe. En gran
medida este hecho tuvo que ver con la sensación de «estar recibiendo un trato
injusto», Palestina no era tan solo una metáfora, sino una auténtica realidad.
Pero ¿era la fuerza militar la única respuesta, con sus grandes ejércitos, las
consignas descaradas, las promesas manchadas de sangre, y, junto a todo eso,
sus innumerables ejemplos concretos de militarismo, empezando, desde la
cúspide, con guerras catastróficamente perdidas y terminando, por abajo, con
castigos, torturas físicas y comportamientos amenazadores? No conozco ni un
solo árabe que en privado pusiese objeciones, o no estuviese totalmente de
acuerdo con el hecho de que el monopolio estatal sobre la coacción ha eliminado
casi por completo la democracia en el mundo árabe, ha propiciado una enorme
hostilidad entre gobernantes y gobernados, y ha concedido demasiado valor al
conformismo, al oportunismo, a la adulación y a la postura de ir apenas
aguantando en vez de aceptar nuevas ideas, críticas o disensiones.
Llevada lo suficientemente lejos, esta situación desemboca en el
«exterminismo», concepto según el cual si algo no sale como queremos o nos
desagrada es posible aniquilarlo sin más. Es seguro que, de algún modo, esta
noción formaba parte de las suposiciones que condujeron a la agresión iraquí
contra Kuwait. ¿Qué tipo de idea confusa y anacrónica de «integración»
bismarckiana implicaba arrasar un país y aplastar su sociedad teniendo como
objetivo la «unidad árabe»? Lo más desalentador fue que gran cantidad de
personas, muchas de ellas víctimas de esa misma lógica brutal, apoyaron la
acción de Husein y no simpatizaron para nada con Kuwait. Aunque admitiésemos
que los kuwaitíes no gozaban de excesiva popularidad (¿acaso se necesita ser
popular para no ser eliminado?) y a pesar de que Irak reclamase su derecho a
defender a Palestina en su enfrentamiento con Israel y con Estados Unidos, la
idea de que una nación deba ser borrada y eliminada es con toda seguridad una
proposición criminal, impropia de una gran civilización. La aplicación habitual
de estos planteamientos «exterministas» indica el terrible estado de la cultura
política en el mundo árabe actual.
El petróleo creó más desavenencias y problemas sociales que los que
llegó a solucionar, por mucho desarrollo y prosperidad que pueda haber
reportado —y con toda certeza lo ha hecho— en los lugares donde estuvo asociado
a la violencia, la pureza ideológica, la defensa política, y la dependencia
cultural de Estados Unidos. Para cualquiera que crea que el mundo árabe posee
una cohesión interna ciertamente visible, representa un inmenso rompecabezas y,
por supuesto, supone una enorme decepción, comprobar el ambiente general de
mediocridad y corrupción que impera en una zona tan ilimitadamente próspera,
con magníficas riquezas tanto culturales como históricas, y llena de
individualidades de gran talento.
La democracia, en cualquiera de los verdaderos sentidos que pueda tener
la palabra, no puede encontrarse hoy en ninguna parte del Oriente Próximo que
sea todavía «nacionalista»: lo que existe son o bien oligarquías
privilegiadas o bien grupos étnicos privilegiados. El grueso de la población
está aplastado bajo el peso de dictaduras o de gobierno inflexibles,
insensibles e impopulares. Pero es inaceptable la noción de que frente a todo
este terrible panorama Estados Unidos sean unos inocentes llenos de virtudes;
igualmente lo es la idea de que la guerra del Golfo no tuvo lugar entre George
Bush y Sadam Husein —ya que sin lugar a dudas fue así— y de que Norteamérica
actuó única y exclusivamente en nombre de los intereses de las Naciones Unidas.
En el fondo había una lucha personal: de un lado, un dictador del Tercer Mundo,
similar a tantos con los que Estados Unidos ha mantenido relaciones desde hace
mucho tiempo (Haile Selassie, Anastasio Somoza, Syngman Rhee, el Sha de Irán,
Augusto Pinochet, Ferdinand Marcos, Manuel A. Noriega, etcétera), cuyo poder
fue fomentado por Norteamérica, de cuyos favores había disfrutado durante largo
tiempo; del otro, el presidente de un país que ha retomado el cetro del imperio
heredado de Gran Bretaña y Francia, decidido a mantener su presencia en Oriente
Próximo a causa del petróleo y de intereses geoestratégicos y políticos.
Durante dos generaciones, la actuación de Estados Unidos en Oriente
Próximo se ha decantado por la tiranía y la injusticia. Oficialmente, no se ha
apoyado ninguna lucha por la democracia, ni los derechos de las mujeres y las
minorías, ni la secularización. Al contrario, una administración tras otra ha
ayudado a clientes sumisos e impopulares, y se ha despreocupado de los
esfuerzos de las masas populares por liberarse de la ocupación militar,
mientras subvencionaba y financiaba a sus enemigos. Norteamérica ha promovido
un militarismo ilimitado y (junto con Francia, Gran Bretaña, China, Alemania y
otros países) se ha dedicado a realizar grandes ventas de armamento a todas las
naciones de la zona, principalmente a gobiernos que se habían decantado hacia
posiciones cada vez más extremas por la obsesión y
exageración estadounidenses del poder de Sadam Husein. La concepción de
un mundo árabe actual dominado por los dirigentes de Egipto, Arabia Saudí y
Siria, todos ellos trabajando en una nueva Pax Americana como
parte del Nuevo Orden Mundial, no es creíble ni intelectual ni moralmente.
Todavía no se ha producido un debate en el espacio público
norteamericano que suponga algo más que una mera identificación con el poder, a
pesar de los peligros de ese poder en un mundo que se ha empequeñecido e
interrelacionado de una forma tan acusada e impresionante. Siendo su población
tan solo el 6 por ciento de la población del planeta, Estados Unidos no puede
pretender por la fuerza tener el derecho de consumir, por ejemplo, el 30 por
ciento de la energía mundial. Pero eso no es todo. Durante varias décadas, en
Norteamérica se ha librado una guerra cultural contra los árabes y el islam:
las espantosas caricaturas racistas de árabes y musulmanes sugieren que todos
ellos son o terroristas o jeques, y que la zona es una gran extensión, árida y
ruinosa, apta solo para sacar provecho de ella o para la guerra. La idea de que
pueda existir una Historia, una cultura, una sociedad —de hecho, muchas
sociedades— no ha aflorado más que en una o dos ocasiones, pero ni siquiera
cuando las voces del coro proclamaban las virtudes del «multiculturalismo». El
mercado fue invadido por un torrente de libros banales y superficiales escritos
por periodistas, que proporcionó grandes beneficios a una serie de estereotipos
deshumanizados: todos ellos presentaban a los árabes esencialmente como una u
otra variante de Sadam. Apenas se recuerda y mucho menos mencionan las
desafortunadas insurrecciones kurdas y chiitas, en un principio alentadas por
Estados Unidos para formar un frente de resistencia contra Sadam, pero más
tarde abandonadas a su despiadada venganza.
Tras la repentina desaparición de la embajadora April Glaspie, que
poseía gran experiencia en Oriente Próximo, la administración norteamericana no
ha
tenido allí profesional alguno que ostentase un alto cargo y que tuviese
un verdadero conocimiento o experiencia sobre la región, sus lenguas o sus
pueblos. Y después del sistemático ataque a su infraestructura civil aún se
sigue destruyendo Irak —por hambre, enfermedades y desesperación—, no por su
agresión contra Kuwait, sino porque Estados Unidos desea tener presencia física
en el Golfo y una excusa para estar allí, para así ejercer una influencia
directa sobre el petróleo que a su vez influya sobre Europa y Japón. También
para marcar las directrices de las prioridades mundiales, y por último, porque
todavía consideran que Irak es una amenaza para Israel.
La lealtad y el patriotismo deberían basarse en un sentido crítico de lo
que son los hechos, y de lo que, como habitantes de este planeta empequeñecido
y menguado, los norteamericanos deben a sus vecinos y al resto de la humanidad.
Una adhesión exenta de crítica hacia la política del presente, especialmente
cuando es tan costosa, es algo cuya hegemonía se debe evitar.
La operación Tormenta del Desierto representó, en última instancia, una
guerra imperial contra el pueblo iraquí, un esfuerzo por vencer y matar a sus
gentes como parte de un intento más global por vencer y matar a Sadam Husein.
Sin embargo, la televisión norteamericana omitió totalmente este aspecto
anacrónico y singularmente sangriento, como sistema para mantener la imagen de
inofensivo juego de Nintendo, y la paralela imagen de los norteamericanos como
guerreros virtuosos y decentes. Quizá si se hubiese hecho público el dato de
que la última vez que Bagdad había sido destruida —a manos de los mongoles— se
remontaba a 1258 (y eso a pesar de que los británicos habían sentado, en
tiempos recientes, un precedente contemporáneo respecto a la violencia ejercida
hacia los árabes) se hubiese establecido una diferencia, incluso para esos
norteamericanos que normalmente no se interesan por la Historia.
En el ámbito
nacional norteamericano, la ausencia de cualquier corriente
disuasoria significativa hacia este extraordinario ejemplo de violencia
colectiva casi inimaginable, desplegada por Estados Unidos contra un lejano
enemigo no blanco, queda explicada al leer la interpretación de Kiernan acerca
de por qué toda la intelectualidad norteamericana, salvo algunos individuos y
grupos, se mostró tan poco contraria a la política de su país durante los años
setenta, y aceptó la opinión de que esas críticas no mostraban «categoría
suficiente para concederles una consecuencia práctica». Kiernan admite que «el
viejo orgullo de la nación por sí misma como una nueva civilización» era algo
real, pero que el hecho de que ese orgullo «condujera peligrosamente hacia la
perversión en manos de demagogos» también lo era. Existía el peligro de que ese
orgullo se estuviese convirtiendo en algo parecido a la Kultur de
Bismarck, «donde la “cultura” se endurece hasta convertirse en “conocimiento”
tecnológico». Además, «al igual que el sentido de superioridad que
anteriormente tuvo Gran Bretaña, el de los norteamericanos estaba reforzado por
un alto grado de aislamiento e ignorancia respecto al resto del mundo».
Finalmente:
Este aislamiento ha ayudado a conducir a la intelectualidad americana de
nuestros días hacia un alejamiento análogo de la vida o de la realidad
histórica. Para los disidentes no fue sencillo romper la barrera. En la
literatura de protesta de los años de entreguerras había cierta
superficialidad, una incapacidad para superar el nivel del periodismo...
Carecía de la profundidad imaginativa o la resonancia que únicamente pueden
obtenerse en un ambiente sobrado de sensibilidad... A partir de la Guerra Mundial,
los intelectuales se sintieron atraídos cada vez más por actividades públicas
promovidas, en última instancia, por el complejo militar-industrial. Tomaron
parte en planificaciones estratégicas y en el desarrollo de la guerra
científica y la contrarrevolución, les abrieron las puertas de la Casa Blanca
con halagos y lisonjas, y ellos premiaron a los presidentes con el trato
adulador que se dispensa a la realeza. Durante todo el tiempo de la guerra
fría, los eruditos que se dedicaban a los estudios latinoamericanos apoyaron la
ideología del «buen vecino», de la armonía de intereses entre Estados Unidos y
el resto del mundo. Chomsky tenía buenas razones para hablar de la «apremiante
urgencia» de contrarrestar «los efectos de una generación de adoctrinamiento y
una larga historia de autocelebración»; exhortó a los intelectuales a abrir sus
ojos a la «tradición de ingenuidad y beatería que desfigura nuestra historia
intelectual». [27]
Este último aspecto puede aplicarse absolutamente en el caso de la
guerra del Golfo de 1991. Los norteamericanos contemplaron la guerra por
televisión con la certeza relativamente incuestionable de que estaban viendo la
realidad, pero lo que contemplaban era en realidad la guerra más manipulada y
menos rigurosa, en lo informativo, de toda la Historia. Las imágenes y las
palabras impresas estaban controladas por el gobierno y los principales medios
de comunicación norteamericanos se copiaban unos a otros, y eran a la vez
copiados o exhibidos (como la CNN) en todo el mundo. Apenas se prestó atención
al daño infligido al enemigo, al tiempo que algunos intelectuales guardaron
silencio y se sintieron impotentes, o contribuyeron al debate «público» en
términos adaptados sin sentido crítico al deseo imperial de ir a la guerra.
La profesionalización de la vida intelectual se ha extendido tanto que
el sentido de la vocación del erudito, tal como Julien Benda la describió,
prácticamente ha desaparecido. Los intelectuales dedicados a la política se han
imbuido de las reglas del estado, que, cuando requiere su presencia en la
capital lo hace para convertirse, de hecho, en su señor. A menudo se prescinde
del sentido crítico. La universidad norteamericana, con su munificencia, su
utópica calidad de refugio y su destacada diversidad, ha defendido a los
intelectuales (literatos, filósofos o especialistas en Historia) cuyas
responsabilidades suponen valores y principios. Sus estilos se han visto
dominados por unas jergas que producen una repugnancia casi inimaginable. Los
cultos del posmodernismo, del análisis del discurso, del Nuevo Historicismo, de
la ideología de la deconstrucción o del neopragmatismo los llevan a posiciones
conservadoras, mientras una asombrosa sensación de ingravidez respecto al peso
de la Historia y de la responsabilidad individual aleja su atención de los
asuntos públicos y también del debate público. El resultado es una especie de
zigzagueo completamente desalentador, al tiempo
que la sociedad en su conjunto va a la deriva sin dirección ni
coherencia. El racismo, la pobreza, los estragos ecológicos, la enfermedad y
una ignorancia espantosamente extendida: todos estos aspectos pasan a ser
competencia de los medios de comunicación y de cualquier candidato político
durante una campaña electoral.
2
El desafío de la ortodoxia y de la autoridad
No hay que hacer esfuerzos demasiado titánicos para recordar aquí la
tesis de Chomsky acerca de la «reconstitución de la ideología», entre cuyos
elementos se incluyen nociones sobre el triunfalismo judeocristiano occidental,
el estado de atraso inherente al mundo no occidental, los peligros de varios
credos extranjeros, la proliferación de conspiraciones «antidemocráticas» o la
celebración y recuperación de las obras, los autores y conceptos canónicos. Al
contrario, cada vez se tiende más a observar las otras culturas bajo la
perspectiva de la patología o la terapia. Por muy precisa y seria que sea su
información, reflexión capacidad analítica, el consumo de libros que aparecen
en Londres, París o Nueva York con títulos como The African Condition, The
Arab Predicament, The Republic of Fear, o The Latin
American Syndrome se produce dentro de lo que Kenneth Burke denomina «marcos
de aceptación», cuyas condiciones son bastante peculiares.
Por un lado, nadie en el espacio público dominante en Estados Unidos
había prestado tanta atención a Irak como sociedad, cultura, o historia hasta
agosto de 1991; a partir de ese momento, apenas hubo freno para la profusión de
libros al momento y programas televisivos sobre el tema. Como ejemplo
característico, The Republic of Fear fue publicado en 1989, y
pasó entonces
inadvertido. Pero más tarde su autor se hizo famoso, no porque su obra
aportase una contribución académica —cosa que de todos modos no pretendía—,
sino porque su «retrato» obsesivo y monocromático de Irak cubría a la
perfección la necesidad de representar un país de una forma deshumanizada,
demoníaca y desprovista de historia, hasta acabar con la encarnación de un
Hitler árabe. Ser un no occidental (las clasificaciones son en sí mismas
sintomáticas) significa pues, en un plano ontológico, ser un miserable en casi
todos los aspectos, en el peor de los casos un maníaco y en el mejor un
seguidor y consumidor holgazán que, como Naipaul dice en alguna parte, puede
usar el teléfono pero jamás hubiese sido capaz de inventarlo.
Por otro lado, existe un hecho nuevo, que es la desmitificación de todos
los constructors culturales, tanto «nuestros» como «de ellos»;
hecho que los especialistas, críticos y artistas han puesto sobre
el tapete. Hoy en día no podemos hablar de Historia sin, por ejemplo, dar
cabida en nuestro discurso sobre esta materia a las tesis de Hayden White
en Metahistory, donde dice que el conjunto de la escritura de la
Historia posee carácter literario y en ella se emplean el
lenguaje figurado y los tropos: metonimia, metáfora, alegoría o ironía. Del
estudio de los trabajos de Lukács, Fredric Jameson, Foucault, Derrida, Sartre,
Adorno y Walter Benjamin —por mencionar solo algunos de los nombres más
notorios— se obtiene una gráfica comprensión de los procesos de regulación y
fuerza a través de los cuales la hegemonía cultural se reproduce y se perpetúa
a sí misma, introduciendo incluso la poesía y la vida del espíritu dentro de la
administración y el sistema del mercado de consumo.
Sin embargo, en general, existen unas diferencias verdaderamente
abismales entre estos importantes teóricos metropolitanos y la experiencia
imperial presente o histórica. Se han ignorado las contribuciones del
imperialismo a las artes de la observación, la descripción, la formación
de las diversas disciplinas y el discurso teórico; y con una discreción, quizá
hasta con una delicadeza irritante, estos nuevos descubrimientos teóricos han
evitado rutinariamente mencionar la confluencia entre sus hallazgos y la fuerza
de los procesos de liberación de las culturas de la resistencia del Tercer
Mundo. En muy pocas ocasiones encontramos aplicaciones directas de un campo al
otro, como sucede cuando, por poner un ejemplo aislado, Arnold Krupat utiliza
los recursos de la teoría posestructuralista para analizar el triste panorama
que produjo el genocidio de los aborígenes americanos y la amnesia cultural
sobre lo que está empezando a ser conocido como «literatura norteamericana
nativa» para así interpretar las configuraciones de poder y experiencia
auténtica que sus textos contienen.[1]
Podemos, y de hecho debemos, preguntarnos por qué se ha originado y
desarrollado en Occidente la costumbre de restringir su propia carga teórica
libertaria mientras, al mismo tiempo, en el mundo anteriormente colonizado la
perspectiva de una cultura con un fuerte componente también libertario pocas
veces ha parecido un proyecto más sombrío y confuso.
Pondré un ejemplo. En 1985, durante una visita de una semana a uno de
los estados del Golfo Pérsico, las autoridades universitarias me solicitaron
que realizase una evaluación de su programa de lengua inglesa y propusiera
algunas recomendaciones para mejorarlo. Me sentí impresionado al comprobar que
en términos puramente numéricos el inglés era la asignatura que atraía mayor
número de estudiantes en todos los departamentos de la universidad, pero
desalentado al descubrir que las materias se dividían de forma equitativa entre
lo que se conoce como lingüística (es decir, gramática y estructura fonética) y
literatura. Estos cursos de literatura eran, creo, rigurosamente ortodoxos, un
modelo seguido en universidades árabes, incluso en las más antiguas y de mayor
prestigio, como las de El Cairo y Ain
Shams. Los alumnos leían aplicadamente a Milton, Shakespeare,
Wordsworth, Austen y Dickens como podrían haber estudiado sánscrito o heráldica
medieval; no se ponía ningún énfasis en la relación entre la lengua inglesa y
los procesos coloniales que llevaron el idioma y su literatura al mundo árabe.
No pude detectar demasiado interés, excepto en conversaciones privadas con
algunos miembros de la facultad, por las nuevas literaturas anglófonas surgidas
del Caribe, África o Asia. Se trataba de una confluencia anacrónica y un tanto
extraña de un aprendizaje mecánico, una enseñanza sin visión crítica, y (por
decirlo con palabras suaves) unos resultados azarosos.
Aun así, advertí dos hechos que me interesaron como crítico e
intelectual laico. La razón de que tantos estudiantes escogiesen la asignatura
de inglés me la explicó claramente un profesor un tanto indiferente: muchos
alumnos tenían la intención de terminar trabajando en líneas aéreas o bancos,
donde el inglés es la lingua franca internacional. Esta causa
hace que el inglés quede terminantemente relegado a lenguaje técnico,
desprovisto de sus características expresivas y estéticas y exento de dimensión
crítica o de conocimiento propias. Se aprendía inglés para operar con
ordenadores, responder órdenes, transmitir cables, descifrar discursos,
etcétera. Eso era todo. El otro hecho que me inquietó fue que se utilizaba la
lengua inglesa, tal y como propiamente es, en lo que parecía ser un caldero en
ebullición de resurgimiento islámico. Las consignas islámicas relativas a las
elecciones para el consejo universitario estaban pegadas en todas las paredes
de la facultad (más tarde supe que los diversos candidatos islámicos obtuvieron
resultados muy favorables, por no decir aplastantes). En Egipto, en 1989,
después de haber ofrecido una conferencia de una hora de duración en la
facultad de filología inglesa de la universidad de El Cairo sobre nacionalismo,
independencia y liberación como prácticas culturales alternativas al
imperialismo, me preguntaron por la «alternativa teocrática».
Supuse erróneamente que quien me había hecho la pregunta se refería a la
«alternativa socrática» y rápidamente se me corrigió. Era una muchacha joven de
acento culto con la cabeza cubierta por un velo; mi celo laico y anticlerical
había pasado por alto, o no había entendido, sus preocupaciones. (¡De todas
formas, procedí abiertamente a señalarlo!).
La circunstancia de que se utilice el mismo inglés de quienes aspiran a
cotas literarias muy altas y recurren a un uso crítico de la lengua para poder
llegar a una «descolonización de la mente», tal como Ngugi wa Thiongo lo
expresa, se produce en nuevas comunidades muy diferentes, con una también nueva
configuración menos llamativa. En lugares donde el inglés fue en un tiempo el
idioma de los gobernantes y los administradores, en la actualidad tiene una
presencia muy reducida, como lenguaje técnico con rasgos y características
completamente instrumentales, o como lengua extranjera que mantiene diversas
conexiones implícitas con el gran mundo de habla anglosajona, pero esa
presencia debe competir con la indiscutible realidad del surgimiento del fervor
religioso organizado. Como el idioma del islam es el árabe, una lengua con una
comunidad literaria y una fuerza jerárquica considerables, el inglés se ha
visto postergado a un plano de segunda categoría, muy poco interesante.
Para calibrar esta nueva subordinación en una era en la que en otros
contextos el inglés ha adquirido una destacada importancia y ha entrado en
muchas comunidades, nuevas e interesantes, de tipo literario, crítico y
filosófico, tan solo hace falta recordar brevemente el asombroso consentimiento
del mundo islámico hacia las prohibiciones, proscripciones y amenazas
proferidas por las autoridades islámicas, clericales y seculares, contra Salman
Rushdie por su novela Los versos satánicos. No quiero decir
que el mundo islámico entero estuviese conforme con esas decisiones, sino que
sus organismos y portavoces oficiales se negaron vehementemente o
rechazaron ciegamente comprometerse con un libro que la inmensa mayoría
de gente ni siquiera había leído. (La fatwa de Jomeini fue,
por supuesto, bastante más allá que el simple rechazo, aunque la actitud iraní
representó un caso relativamente aislado.) La principal ofensa de Rushdie
consistía en hablar sobre el islam en lengua inglesa para lo que, se supone, era
un público mayoritariamente occidental. Pero revistieron la misma importancia
dos factores que marcaron la reacción del universo occidental contra los
sucesos relacionados con Los versos satánicos. Uno fue la
unanimidad casi total en las condenas tímidas y precavidas contra el islam,
condenas que se unían en una causa que para la mayoría de los escritores e
intelectuales de las metrópolis parecía sensata y políticamente correcta.
Aunque se habló muy poco de la gran cantidad de autores asesinados,
encarcelados o censurados en naciones aliadas de Norteamérica (Marruecos,
Pakistán, Israel) o estados antinorteamericanos, también llamados «terroristas»
(Libia, Irán, Siria). Y el segundo factor fue que, una vez pronunciadas las
frases rituales de apoyo a Rushdie y las denuncias del islam, dio la impresión
de que había dejado de existir interés por el mundo islámico en conjunto o por
las condiciones en que allí se desarrolla el ejercicio de las letras. Se podría
haber dedicado (y no se hizo) mayor entusiasmo y energía al diálogo con las
figuras literarias e intelectuales importantes del mundo islámico (Mahfuz,
Darwish o Munif, entre otros) que ocasionalmente defendieron (y atacaron) a
Rushdie en circunstancias más difíciles que las de aquellos que se pronuncian
desde Greenwich Village o Hampstead.
Se dan algunas deformaciones muy significativas dentro
de las nuevas comunidades y estados en la actualidad existentes, ya alineados,
ya parcialmente insertos en el grupo de influencia inglesa dominado por Estados
Unidos, un grupo en el cual se incluyen las voces heterogéneas, las diversas
lenguas y las formas híbridas que confieren a la literatura anglófona su
identidad distintiva y hasta problemática. En las últimas décadas el
surgimiento de una configuración nítidamente perfilada llamada «islam»
constituye una de esas deformaciones; otras podrían ser el «comunismo»,
«Japón», u «Occidente», cada una con capacidad para generar polémica y debate y
con una perturbadora abundancia de oportunidades para diseminarse. Al trazar el
mapa de los extensos campos dirigidos y controlados por estas gigantescas y
caricaturescas generalizaciones, podemos apreciar e interpretar con mayor
detalle los modestos logros conseguidos por grupos literarios más pequeños
unidos no por polémicas insensatas, sino por una serie de afinidades, simpatía,
incluso por sentimientos compasivos.
Durante el vigoroso apogeo de la descolonización y el despertar de los
primeros nacionalismos en el Tercer Mundo, poca gente se dio cuenta o prestó
suficiente atención al hecho de que un nativismo cuidadosamente alimentado
desde las filas del anticolonialismo estaba desarrollándose sin parar, hasta
llegar a proporciones desmesuradas. Todas esas llamadas nacionalistas a un
islam puro o auténtico, al afrocentrismo, a la négritude, o al
arabismo obtuvieron una gran respuesta, sin que hubiese suficiente conciencia
de que esos etnicismos y esencias espirituales suscitarían a su vez una
reacción que exigiría un precio muy alto a sus optimistas partidarios. Fanon
fue uno de los pocos en advertir los peligros que una conciencia nacional poco
experimentada e instruida podía suponer a un gran movimiento sociopolítico como
la descolonización. Podría decirse prácticamente lo mismo sobre los peligros de
una conciencia religiosa poco experimentada y poco instruida. De ahí la
aparición de diversos mullahs, coroneles y regímenes unipartidistas
insistiendo en los riesgos de la seguridad nacional y en la necesidad de
proteger la plataforma del poco consolidado estado revolucionario. Esto provocó
nuevos problemas dentro de la herencia del imperialismo, una herencia ya de por
sí considerablemente onerosa.
La inmensa mayoría de estados y regímenes ha tenido una participación
intelectual e histórica activa en la nueva configuración internacional
poscolonial. Sus consignas son la seguridad nacional y una identidad de tipo
separatista. Junto a la apropiación de los personajes con autoridad —el
gobernante, los héroes y mártires nacionales, las autoridades religiosas
establecidas— lo primero que los políticos recién llegados al poder parecieron
necesitar fueron fronteras y pasaportes. Lo que en una época había constituido
un proceso de imaginativa liberación de un pueblo —las «invenciones de nuevas
almas» de Aimé Césaire— y de audaz exploración metafórica del territorio
espiritual usurpado por los señores coloniales, fue rápidamente traspasado y
adaptado a un sistema mundial de barreras, mapas, fronteras, fuerzas
policiales, aduanas y controles de divisas. Basil Davidson ha comentado del
modo más admirable y en el tono más elegíaco esta deprimente situación, durante
una reflexión hecha en el curso de un homenaje a Amílcar Cabral. Tras pasar
revista a las preguntas que nunca llegaron a formularse sobre qué sucedería
tras la liberación, Davidson llegó a la conclusión de que el neoimperialismo
surgió a raíz de una profunda crisis que a su vez colocó firmemente en el poder
a dirigentes de la pequeña burguesía. Pero, continúa el autor, esta especie de
nacionalismo reformista sigue
cavándose su propia tumba. A medida que se vuelve cada vez más honda la
sepultura menos personas de la clase dirigente pueden sacar sus propias cabezas
por encima de la superficie. El funeral prosigue con la sonata de réquiem
interpretada por los solemnes coros formados por expertos extranjeros o
funcionarios de una u otra fundación, a menudo con unos salarios muy cómodos (y
alentadores). Las fronteras están ahí, las fronteras son sagradas. ¿Qué otra
cosa, después de todo, podría garantizar a las élites dirigentes el privilegio
y el poder? [2]
La última novela de
Chinua Achebe, Anthills of the Savannah, es un convincente estudio
de este panorama deprimente y desalentador.
A continuación, Davidson morigera el pesimismo de su propia descripción
aludiendo a lo que él denomina «la solución alternativa que el pueblo ofrece a
este caparazón aceptado desde el periodo colonial».
Los pueblos muestran lo que piensan respecto a tal cuestión en su
incesante emigración a lo largo de estas líneas del mapa, así como en sus
actividades contrabandísticas. De manera que aunque un «África burguesa»
endurezca sus fronteras, multiplique sus controles fronterizos, y arremeta
contra el contrabando de seres humanos y mercancías, un África «de los pueblos»
funciona de otra manera bastante distinta.[3]
El correlato cultural de esa combinación audaz, aunque a menudo ardua,
de contrabando y emigración nos es, por supuesto, familiar: está ejemplificado
en la actividad de los nuevos grupos de escritores que hace poco, en un sutil
análisis, Tim Brennan definiera como cosmopolitas.[4] Y el traspaso de fronteras y también
las elocuentes privaciones y alegrías de la migración se han convertido en
temas fundamentales del arte de la era poscolonial.
A pesar de que pueda decirse que estos autores y temas constituyen una
nueva configuración cultural y de que hay que destacar con admiración los
éxitos estéticos regionales en todo el mundo, creo que deberíamos estudiar
dicha configuración desde un punto de vista en cierta manera menos atractivo
pero, en mi opinión, más realista y político. Mientras que deberíamos admirar
tanto el contenido como los éxitos del trabajo de Rushdie, por ejemplo, por
constituir una importante manifestación de la literatura anglófona, al mismo
tiempo también deberíamos observar que su obra sufre una serie de cargas e
imposiciones, ya que podría formar parte de una estructura cultural amenazadora
y coactiva, o profundamente antiliteraria y antiintelectual. Antes de que en
1988 se publicase Los versos satánicos, Rushdie era ya una figura
conflictiva para los ingleses debido a sus ensayos y a sus primeras novelas; de
todos modos, para muchos indios y paquistaníes que vivían en Inglaterra y en el
continente no solo era un autor famoso del cual se sentían
orgullosos, sino también un defensor de los derechos de los inmigrantes
y un crítico severo de los imperialistas nostálgicos. Tras la fatwa,
su posición y su reputación cambiaron drásticamente y pasó a ser anatema para
sus anteriores admiradores. Rushdie provocó al fundamentalismo islámico cuando,
durante una época, había sido un representante virtual del islam indio: este
hecho prueba que la apremiante conjunción del arte y la política puede ser
explosiva.
«No existe ningún documento de civilización que no sea al mismo tiempo
documento de barbarie», afirmó Walter Benjamin. En esas oscuras conexiones
pueden encontrarse las interesantes coyunturas políticas y culturales de la
actualidad. Estas afectan tanto a nuestras obras críticas individuales y
colectivas como a esas obras hermenéuticas y utópicas de textos de valor
literario sobre las que reflexionamos y que con tanta comodidad leemos y
comentamos. Seré más concreto. No son solo los refugiados cansados, preocupados
y desposeídos quienes cruzan las fronteras y tratan de adaptarse a las culturas
de nuevos ambientes; también todo el gigantesco sistema de los medios de
comunicación refleja su omnipresencia, penetrando prácticamente toda barrera
imaginable y asentándose en todas partes. He comentado que Herbert Schiller y
Armand Mattelart lograron hacer patente la dominación ejercida por un puñado de
multinacionales de la producción y la distribución de las representaciones
periodísticas; un estudio más reciente de Schiller, Culture, Inc.,
describe la forma en que un círculo pequeño, pero en constante expansión, de
corporaciones de carácter privado ha invadido todos los departamentos de la
cultura, no solo los informativos y noticiarios.[5]
Este hecho tiene una serie de consecuencias. Para empezar, lo que hace
en realidad el sistema internacional de los medios de comunicación es lo mismo
que aspiran a hacer las comunidades imaginadas, es decir, alimentadas por
nociones de colectividad idealistas o ideológicas. Cuando, por ejemplo,
investigamos y hablamos de lo que se denomina «literatura de la Commonwealth» o
«literatura mundial en lengua inglesa», nuestros esfuerzos se quedan
simplemente en el plano de una mera incorporación; en los debates sobre
realismo mágico en la novela caribeña o africana se podrá hacer referencia, o
en el mejor de los casos perfilar, los contornos de un terreno «posmoderno» o
nacional que una y englobe toda esta producción literaria, pero sabemos que las
obras, sus autores y sus lectores son elementos específicos y articulados a
través de circunstancias locales, que normalmente dejamos de lado al analizar
las condiciones opuestas de recepción en Londres y Nueva York, por un lado, y
en las periferias, por otro. Comparados con la manera en que operan las cuatro
principales agencias de información occidentales, el modo en que los
periodistas de la televisión internacional en habla inglesa seleccionan,
recogen y retransmiten imágenes gráficas de todo el mundo, o la forma en que
programas realizados en Hollywood como «Bonanza» y «El show de Lucy» se abren
camino, incluso en medio de acontecimientos tan importantes como la guerra
civil en Líbano, nuestros esfuerzos críticos se convierten en algo ínfimo y
primitivo: los medios de comunicación no solo constituyen una red práctica
plenamente integrada, sino también un sistema de articulación muy
eficiente para unir a todo el mundo.
Esta estructura global, que articula y produce la cultura, la economía y
el poder político junto con sus coeficientes militares y demográficos, tiene
una tendencia institucionalizada a generar imágenes transnacionales
desproporcionadas, que en la actualidad están reorientando el proceso del
debate social internacional. Tomemos para este caso el ejemplo de la aparición
del «terrorismo» y el «fundamentalismo», dos términos clave durante los años
ochenta. Hubo una época en la cual apenas podían analizarse
(en el espacio público proporcionado por el debate internacional)
conflictos políticos en los que se viesen envueltos suníes y chiitas, kurdos e
iraquíes, tamiles y cingaleses, o sijs e hindúes —la lista es larga— sin tener
finalmente que recurrir a las categorías e imágenes del «terrorismo» y el
«fundamentalismo», procedentes íntegramente de las preocupaciones y centros
intelectuales de núcleos metropolitanos como Washington y Londres. Se
presentaban como figuras pavorosas carentes de contenidos diferenciales o
definiciones, pero capaces de dar poder moral y aprobación a quienes las
utilizan, y reprobación moral y carácter criminal a quienes designan. Estos dos
gigantescos conceptos movilizaron tanto a los ejércitos como a las comunidades
dispersas. La reacción oficial de Irán ante la novela de Rushdie, el entusiasmo
no oficial hacia él entre los colectivos islámicos de Occidente, o la expresión
de indignación, tanto pública como privada, que se produjo en Occidente contra
la fatwa no pueden comprenderse, en mi opinión, sin referencia
a la lógica global y las pequeñas articulaciones y reacciones puestas en marcha
por el despótico sistema que he estado intentando describir.
Así pues, en el marco, bastante abierto, de comunidades de lectores
interesados, por ejemplo, en la naciente literatura poscolonial anglófona y
francófona, las configuraciones fundamentales están dirigidas y controladas no
por procesos de investigación hermenéutica, o por una intuición docta y
comprensiva, o por una lectura instruida, sino por mecanismos mucho más toscos
y de fines pragmáticos, cuyo objetivo es promover el consentimiento, erradicar
la disidencia y fomentar un patriotismo ciego, casi en el sentido literal de la
palabra. Gracias a estos métodos, queda asegurada la gobernabilidad de un gran
número de pueblos, cuyas ambiciones potencialmente subversivas respecto a la
democracia y la libertad de expresión se ven oprimidas (o adormecidas) en las
sociedades de masas;
incluidas, por
supuesto, las occidentales.
El miedo y el terror inducidos por las imponentes imágenes del
«terrorismo» y el «fundamentalismo» —a los que podríamos calificar de figuras
de diablos extranjeros creadas por una especie de imaginería internacional o
transnacional— obligan al individuo a subordinarse a las normas dominantes del
momento. Este hecho es tan cierto en las nuevas sociedades poscoloniales como
en Occidente en general y en Estados Unidos en particular. Así, oponerse a la
irracionalidad y el extremismo inherentes al terrorismo y al fundamentalismo
—en mi ejemplo hay solo un pequeño grado de parodia— significa también apoyar
la moderación, la racionalidad y la centralidad ejecutiva de un carácter
«occidental» vagamente definido (si la definición no fuese vaga, el carácter
poseería únicamente un ámbito local y patrióticamente aceptado). La ironía
reside en que lejos de dotar al carácter occidental de la seguridad y
«normalidad» estable y confiada que asociamos con el privilegio y la rectitud,
esta dinámica «nos» llena de virtuosa cólera y sentimientos defensivos, que
hacen que acabemos viendo a los «otros» como enemigos dispuestos a destruir
nuestra civilización y forma de vida.
La exposición anterior ha sido un simple esbozo de cómo estos modelos de
ortodoxia coactiva y autocelebración refuerzan, aún más, el sometimiento
irreflexivo a doctrinas incuestionables. Lamentablemente, a medida que el
tiempo perfecciona esos elementos, y gracias a su constante repetición, se
obtiene la respuesta prevista de enemigos previamente designados como tales. De
este modo, musulmanes, africanos, indios o japoneses, cada uno en su idioma y
desde el seno de sus propios territorios amenazados, atacan a Occidente, a la
norteamericanización o al imperialismo, con apenas un poco más de atención al
detalle, de diferenciación crítica, de capacidad de discriminación y distinción
que la que Occidente les presta a ellos. Ese mismo mecanismo es válido para los
norteamericanos, para quienes su propio
patriotismo alcanza casi caracteres divinos. Esta dinámica es, en última
instancia, estúpida e insensata. Cualesquiera que sean los motivos de tales
«guerras de límites», estas son empobrecedoras. Las únicas posibilidades son:
unirse al grupo dominante ya constituido; o, en calidad de «Otro subalterno»,
aceptar una posición de inferioridad; o luchar hasta la muerte.
Estas guerras fronterizas expresan una serie de generalizaciones:
africanizar a los africanos, orientalizar a los orientales, occidentalizar a
los occidentales, norteamericanizar a los norteamericanos, durante un tiempo
indefinido y sin otra alternativa (ya que las esencias africanas, orientales, u
occidentales solo pueden seguir siendo esencias). Se trata de un modelo vigente
desde la era del imperialismo clásico y sus sistemas. ¿Qué puede hacerle
frente? Immanuel Wallerstein cita un ejemplo claro de lo que él denomina
movimientos antisistémicos, surgidos como consecuencia del capitalismo
histórico.[6] En los últimos tiempos ha habido
suficientes casos de nuevos movimientos como para alentar incluso al pesimista
más intransigente: las aperturas democráticas en todos los territorios del
universo socialista, la intifada palestina, las diversas
corrientes sociales, ecológicas y culturales a través de América del Norte y
del Sur, o el movimiento de las mujeres. Sin embargo, resulta difícil que tales
tendencias demuestren interés en algo que suceda más allá de sus propias
fronteras, o tengan capacidad y libertad como para poder reflexionar de modo
más general. Los militantes de un movimiento de oposición, ya sea en Filipinas,
Palestina, o Brasil, deben afrontar los requisitos tácticos y logísticos de la
lucha diaria. De todos modos, pienso realmente que esfuerzos de este tipo son
capaces de desarrollar, sino una teoría general, al menos cierta tendencia
general del discurso o, expresándolo en términos territoriales, un mapa mundial
subyacente. Quizá podamos empezar a hablar de esta corriente de oposición todavía
tenue, y de la estrategia que haga posible su emergencia, como una
suerte de
contraarticulación internacionalista.
¿Qué nueva (o más nueva) política intelectual y cultural exige este
internacionalismo?[7] ¿Qué importantes transformaciones y
transfiguraciones deberían producirse en nuestras ideas tradicionales y
eurocéntricas sobre el escritor, el intelectual y el crítico? El inglés y el
francés son lenguas internacionales e igualmente es internacional la lógica de
las fronteras y de las esencias opuestas y enfrentadas, de manera que
deberíamos empezar por reconocer que el mapa del mundo no tiene espacios,
esencias, o privilegios divina o dogmáticamente sancionados. Y aun así,
podríamos hablar de un espacio secular, y de historias humanas e
interdependientes fundamentalmente cognoscibles, aunque no a través de
grandiosas teorías o totalizaciones sistemáticas. A lo largo de este libro, he
venido afirmando que la experiencia humana se compone de una textura densa,
sutil y lo suficientemente accesible como para no necesitar la mediación de
factores ajenos a la Historia o al ámbito de lo terrenal que la iluminen o
expliquen. Me refiero a un modo de considerar nuestro mundo como algo
susceptible de ser investigado y estudiado sin claves mágicas, jergas e
instrumentos especiales, o prácticas esotéricas.
Es necesario establecer un nuevo paradigma, diferente e innovador, en la
investigación humanística para que así los especialistas puedan dedicarse
libremente a la política y los intereses del presente, con los ojos abiertos,
con un enérgico rigor analítico y con los decentes valores sociales propios de
aquellos preocupados no por la supervivencia de un feudo o del gremio de una
disciplina, ni tampoco por una identidad manipuladora como «la India» o
«Norteamérica», sino por la mejora y la reafirmación, no coactiva, de la vida
en una comunidad que luche por existir entre otras comunidades. No deben
minimizarse los esfuerzos y la inventiva que esta tarea requiere, ya que no se
buscan esencias únicas y originales, bien para restaurarlas, bien para
situarlas
en una posición de honor indiscutible. En Subaltern Studies,
por ejemplo, se concibe el estudio de la historia de la India como una lucha
continua entre las distintas clases sociales y sus opuestas epistemologías; de
modo similar, los colaboradores de la trilogía Patriotism, editada
por Raphael Samuel, no atribuyen a la categoría de «lo inglés» primacía ante la
Historia, mientras que Martin Bernal, en Black Athena, utiliza la
«civilización ática» simplemente como modelo ahistórico de una civilización
superior.
La idea que subyace a todas estas obras es que las versiones ortodoxas
de la Historia, autoritariamente nacionales e institucionales, tienden sobre
todo a inmovilizar otras versiones, provisionales y de alta capacidad crítica y
beligerante, para convertirlas en identidades oficiales. De esta forma se
entiende la versión oficial del episodio de la historia británica que trata,
por ejemplo, sobre los «durbars», a los que en 1876 el Virrey de la reina
Victoria atribuía una longevidad casi mítica, con lo cual también el poder
británico en la India disfrutaba de ella. En estas ceremonias están imbricadas
las tradiciones del servicio, obediencia y subordinación por parte de los
indios, para así crear la imagen de la identidad transhistórica de todo un
continente, adecuada a la imagen de una Gran Bretaña cuya propia identidad se
cifra en que ha gobernado, y debe seguir gobernando siempre, tanto en el mar
como en la India.[8] Esas versiones oficiales de la
historia intentan seguir estas pautas por medio de «identidades autoritarias»
(utilizando términos de Adorno), como el califato, el estado, el clero
ortodoxo, el sistema. En cambio, las desencantadas y discutidas investigaciones
de carácter sistemáticamente escéptico que he mencionado someten identidades
híbridas y compuestas a una dialéctica negativa que las disuelve en componentes
de diversa constitución. Lo que realmente importa, mucho más que la identidad
estable mantenida en el debate oficial, es la fuerza contestataria de un método
interpretativo cuyo material está formado por los tramos dispares de la
experiencia histórica, aunque entrelazados e interdependientes, y sobre
todo por aquellos que se encuentran en intersección.
Un ejemplo soberbio y atrevido de esta tendencia puede encontrarse en
las interpretaciones sobre la literatura y la tradición cultural árabes
expuestas por el poeta árabe más importante en la actualidad, Adonis (seudónimo
de Alí Ahmed Said). Desde 1974-1978, en que se publicaron los tres volúmenes de
su Al-Thabit wa al-Mutahawwil, se ha dedicado a desafiar casi en
solitario la persistencia de eso que él considera una herencia árabe-islámica
petrificada y limitada por la tradición, anclada no solo en el pasado, sino en
lecturas rígidas y autoritarias de tal pasado. El propósito de estas lecturas,
ha manifestado el autor, es evitar que los árabes tengan un verdadero encuentro
con la modernidad (al-hadatha). En su libro sobre la poética árabe,
Adonis asocia las lecturas literales y restrictivas de la gran poesía árabe a
la lectura que a su vez lleva a cabo el poder, mientras que una lectura
imaginativa revelaría que en el seno de la tradición clásica —incluyendo el
Corán—existe una tendencia subversiva y discrepante que contrarresta la
aparente ortodoxia proclamada por las autoridades temporales. Adonis muestra
que la fuerza de la ley de la sociedad árabe separa al poder de la crítica y a
la tradición de la innovación, reduciendo de este modo la historia a un agotador
código de procedimientos interminablemente repetidos. Contra este sistema,
opone Adonis los poderes disolventes de la modernidad crítica:
A todos los que no pensaban según la cultura del califato, los
gobernantes los llamaron «la gente de la innovación» (ahl al-ihdath),
excluyéndolos, con esta acusación de herejía, de su afiliación al islam. Este
hecho explica por qué los términos ihdath (modernidad) y muhdath (moderno,
nuevo), utilizados para caracterizar la poesía que violaba los antiguos
principios poéticos, venían originariamente del vocabulario religioso. Por
consiguiente, podemos observar que lo moderno en poesía fue interpretado por la
clase dirigente como un ataque político o intelectual a la cultura del régimen
y un rechazo de las normas idealizadas de los antiguos, y que, por ello, en la
vida árabe la poesía siempre ha estado mezclada con la política y la religión,
y de hecho, aún sigue siendo así.[9]
A pesar de que el trabajo de Adonis y de sus compañeros en el
periódico Mawaqif apenas es conocido fuera del mundo árabe,
puede considerárselo parte de una configuración internacional mucho
más amplia en la que se incluyen los escritores del Field Day en
Irlanda, el grupo de los Subaltern Studies en la India, la
mayoría de los autores disidentes de la Europa del Este, y muchos
intelectuales y artistas de la zona del Caribe cuya herencia fijó C. L. R.
James (Wilson Harris, George Lamming, Eric Williams, Derek Walcott, Edward
Braithwaite y V. S. Naipaul en sus primeros tiempos). Para todos estos
movimientos e individuos, son inútiles los clichés y las idealizaciones
patrióticas de la historia oficial, como también lo son el legado de esclavitud
intelectual y las recriminaciones defensivas. Como Seamus Deane propone para el
caso de los irlandeses, «El mito de la influencia de Irlanda, la noción de
irrealidad irlandesa y las ideas que exaltan la elocuencia irlandesa, son todas
ellas cuestiones políticas de las que se ha alimentado enormemente la
literatura desde el siglo XIX, cuando se inventó el concepto de carácter nacional».[10] Por eso la labor del intelectual de
la cultura no consiste en aceptar la política de la identidad tal como se le
propone, sino en mostrar que todas las representaciones son construcciones,
describir cuáles son sus propósitos y sus componentes y quiénes las fabrican.
Este proceso es bastante complejo y difícil de llevar a cabo. En la
imagen oficial que Norteamérica tiene de sí misma se ha introducido un
alarmante ánimo defensivo, especialmente en sus representaciones del pasado
nacional. Cada sociedad y tradición oficial se defiende de las interferencias
que puedan atacar sus relatos sagrados; con el tiempo, estos adquieren una
categoría casi teológica, gracias a la acción de héroes fundadores, ideas y
valores muy apreciados, y alegorías nacionales de inestimable efecto en la vida
cultural y política. Por ejemplo, dos de estos elementos —Norteamérica como
sociedad pionera y su vida política como reflejo directo de las prácticas
democráticas
— han pasado por un reciente análisis, cuyo resultado ha sido una muy
notable y fervorosa reacción. En ambos casos se ha producido, por parte de los
propios intelectuales, cierto esfuerzo intelectual riguroso y laico, aunque de
ningún modo de la suficiente intensidad como para aceptar puntos de vista
críticos. De forma similar a los medios de comunicación, que interiorizan las
normas del poder, estos intelectuales han interiorizado las normas de la
identidad oficial.
Consideremos a continuación «Norteamérica como Oeste», una exposición
organizada en 1991 por la National Gallery of American Art; la galería forma
parte de la Smithsonian Institution, fundación mantenida y financiada
parcialmente por el gobierno federal. Según lo que podía deducirse de la
exposición, la conquista del Oeste y su subsiguiente incorporación a Estados
Unidos había sido transformada, a lo largo de la Historia, en un relato de
exaltación heroica, con tendencia a limpiar y mejorar el trasfondo y el
significado de los hechos reales que ese relato no dudó en disfrazar, a los que
confirió tonos románticos, o de los que simplemente eliminó la verdad
multifacética del propio proceso de la conquista, así como la destrucción de
los nativos y también del medioambiente. En la exposición se colocaron, por
ejemplo, pinturas estadounidenses del siglo XVIII con imágenes de indios —
nobles, orgullosos, reflexivos— junto a textos, en la misma pared, en
los que se describían las degradaciones del indígena a manos del hombre blanco.
Este tipo de deconstrucciones provocó las iras de los miembros del Congreso,
tanto de los que habían visitado la exposición como de los que no; estimaron
que la vertiente antipatriótica o antinorteamericana de la muestra era
inaceptable e inadecuada para ser exhibida, especialmente por parte de una
institución federal. Profesores, eruditos y periodistas atacaron lo que
consideraron como maligna calumnia al «carácter único» de Estados Unidos, el
cual, en palabras de un columnista del Washington Post, consiste en
la
«esperanza y el optimismo de sus cimientos, la promesa de su liberalidad
y los esfuerzos perseverantes de su gobierno».[11] Hubo unas pocas excepciones a esta
visión, como por ejemplo Robert Hughes, quien en Time (31 de
mayo de 1991), definió el arte allí exhibido, en los siguientes términos: «el
mito de una fundación expresado a través de la pintura y la piedra».
La causa de que en este relato de un origen nacional, exista, como en
todos, una extraña mezcla de inventiva, hechos históricos y autocelebración,
resulta de una suerte de consenso semioficial que en nada se ajusta a la
realidad de Estados Unidos. Es paradójico que un país con una sociedad formada
por inmigrantes y compuesta por muchas culturas, se apoye en un discurso
público tan vigilado y controlado, con tanta necesidad de presentar el país
libre de cualquier mancha, y tan unificado alrededor de un relato básico
blindado que evoque un falso triunfo inocente. Este esfuerzo para lograr que
las cosas sigan siendo simples y buenas desliga a la nación de sus vínculos con
otras sociedades y pueblos, reforzando de esta manera su aislamiento y su
insularidad.
Otro caso extraordinario fue la controversia que rodeó la película de
Oliver Stone JFK, estrenada a finales de 1991 entre una oleada de
duras críticas. Su argumento se basaba en la convicción de que el asesinato de
Kennedy se debía a una conspiración alentada por algunos norteamericanos que se
oponían al deseo del presidente de poner fin a la guerra de Vietnam. Aunque
aceptemos que la película era escabrosa y confusa, y que la principal razón por
la que Stone la hizo podría ser simplemente de tipo comercial, cabe preguntarse
por qué hubo entonces tantos sectores no oficiales o líderes de opinión
culturales —publicaciones periódicas dedicadas a la historia, historiadores del
sistema, políticos— que se creyeran en la obligación de atacar la película. A
una persona no norteamericana no le cuesta demasiado
aceptar como punto de partida que la mayoría de los asesinatos
políticos, si no todos, son conspiraciones: porque el mundo es
así. Pero, por el contrario, un largo elenco de sabios estadounidenses gastará
toda la tinta que haga falta para negar que en Norteamérica se produzcan
conspiraciones, ya que «nosotros» representamos un mundo nuevo, mejor y más
inocente. Al mismo tiempo, sin embargo, existe un torrente de evidencias sobre
las conspiraciones e intentos de asesinato que, con carácter oficial, Estados
Unidos ha perpetrado contra los decretados «diablos extranjeros» (Castro,
Gaddafi, Sadam Husein, etcétera). Pero no se establecen las evidentes
conexiones ni se formulan los lógicos recordatorios de estas conspiraciones.
De esta situación se deriva una serie de importantes corolarios. Si la
identidad principal, la más oficial, enérgica y coactiva es la de un estado con
sus fronteras, aduanas, partidos y autoridades dirigentes, relatos e imágenes
oficiales, y si los intelectuales consideran que esa identidad necesita crítica
y análisis constantes, entonces debe concluirse que otras identidades de
constitución similar requieran una investigación y estudio parecidos. La
formación de quienes estamos interesados en la literatura y el estudio de la
cultura se organiza, en su mayor parte, bajo diversas nociones —el escritor
como creador, la obra independiente y autónoma, la literatura nacional, los
distintos géneros— que han adquirido una presencia casi fetichista. Aunque
sería completamente erróneo afirmar que los escritores y los trabajos
individuales no existen, que los franceses, los japoneses, o los árabes no son
pueblos diferentes, o que John Milton, Rabindranath Tagore y Alejo Carpentier
constituyen solo variaciones trivialmente distintas de un mismo tema. Tampoco
quiero decir que un ensayo sobre Grandes esperanzas y la
propia novela de Dickens sean lo mismo, pero sí que esas «identidades» no
implican necesariamente una estabilidad de origen ontológico y fijada desde la
eternidad, ni una unidad, ni un carácter irreductible, ni una posición
privilegiada concebida como algo total y completo en y por sí misma.
Preferiría considerar una novela como elección de una forma literaria entre
muchas otras, la actividad de escribir como expresión social entre otras, y la
categoría de lo literario como algo creado para servir a diversos propósitos
terrenales, entre los cuales, quizá incluso principalmente, los estéticos. De
esta manera, los enfoques deconstruccionistas y las investigaciones que se
oponen activamente a la autoridad de estados y fronteras, enfatizan el modo en
que una obra de arte, por ejemplo, empieza como trabajo y desde una situación
política, social, y cultural y al mismo tiempo comienza a producir algunos
efectos y no otros.
Los estudios literarios de la modernidad están unidos al desarrollo del
nacionalismo cultural, cuya intención fue, en primer lugar, establecer la
tradición nacional, y posteriormente mantener su eminencia, autoridad y
autonomía estética. Incluso en debates referentes a la cultura en general que
parecían estar por encima de las diferencias nacionales y abogar por una esfera
universal, se ha sostenido la permanencia de las jerarquías y las afinidades
étnicas (de europeos frente a no europeos). Este aspecto es tan cierto para
Matthew Arnold como para los críticos culturales y filólogos del siglo XX a quienes venero: Auerbach, Adorno, Spitzer o Blackmur. Para todos
ellos, su cultura constituía en cierto modo la única cultura. Las amenazas eran
en gran medida internas —para los intelectuales modernos venían del fascismo y
del comunismo— y lo que defendían era el humanismo europeo y burgués. Pero nada
ha logrado sobrevivir: ni la intención ni el talante, ni el riguroso
adiestramiento necesario para instaurar este Bildung, ni la
extraordinaria disciplina que dicho proceso requería, aunque se oigan todavía
ecos de admiración y de voluntad de aprendizaje retrospectivo. Sin embargo, no
existe obra crítica actual que pueda alcanzar la altura de Mimesis. En
lugar del humanismo burgués europeo, la noción básica actual la proporciona un
residuo del nacionalismo, con sus diversas autoridades derivadas, en
alianza con especialidades que clasifican el material en campos, subdivisiones,
acreditaciones y conceptos similares. La doctrina de la autonomía estética, a
pesar de haber subsistido, ha quedado reducida a un formalismo asociado a uno u
otro método profesional: el estructuralismo, la deconstrucción, etcétera.
El estudio de algunos nuevos terrenos académicos creados desde la
Segunda Guerra Mundial, y especialmente como resultado de las luchas
nacionalistas por parte de los no europeos, revela una topografía y un conjunto
de imperativos diferentes. Por un lado, la mayoría de los estudiantes y
profesores de literaturas no europeas deben, desde un buen principio, tener en
cuenta la política existente en el ámbito de su estudio; en cualquier
investigación seria sobre la literatura moderna india, africana, norte y latinoamericana,
árabe, caribeña y de países de la Commonwealth, es imposible omitir las
cuestiones de la esclavitud, el colonialismo o el racismo. Otra
irresponsabilidad intelectual sería tratar estas literaturas sin referirse a
sus conflictos de origen, ya por su pertenencia a sociedades poscoloniales, ya
como elementos marginados o subyugados y relegados a lugares secundarios en los
planes de estudio de los centros metropolitanos. Tampoco se debe buscar refugio
en el positivismo o el empirismo y «desafiar» sin miramientos a los ejércitos
de la teoría. Por otro lado, es un error argumentar que las «otras» literaturas
no europeas, las que exhiben afiliaciones terrenales más evidentes con el poder
y la política, pueden estudiarse «respetablemente», como si en realidad fuesen
tan elevadas, autónomas, estéticamente independientes y satisfactorias como se
ha hecho ser a las literaturas occidentales. El concepto de piel negra bajo
máscara blanca es tan poco útil y digno en los estudios literarios como en la
política. Con la emulación y la imitación no se llega muy lejos.
Sería un error
utilizar en este contexto el término contaminación. En
cambio, me parece acertado considerar, de algún modo, la noción de
literatura y, de hecho, de cultura en su totalidad, como una estructura híbrida
(en el complejo sentido que da a esta palabra Homi Bhabha),[12] gravada con una serie de cargas,
entrecruzamientos y superposiciones de factores antes considerados,
generalmente, como elementos extraños: a mi modo de ver, este hecho es la idea
esencial para la realidad revolucionaria actual, en la cual las luchas del
mundo laico alimentan de forma tan provocativa los textos que leemos y
escribimos. Ya no se puede permitir la existencia de concepciones de la
Historia que insistan en el desarrollo lineal o en la trascendencia hegeliana,
ni aceptar suposiciones geográficas o territoriales que den carácter central al
mundo atlántico al tiempo que atribuyen una congénita cualidad periférica —y
hasta delictiva— a las regiones no occidentales. Si configuraciones como
«literatura anglófona» o «literatura internacional» tienen algún significado,
esto se debe a que su existencia y realidad actuales son testimonio de las
contiendas y las continuas luchas que les dieron origen, como textos y a la vez
como experiencias históricas. Y, también, porque desafían
vigorosamente los presupuestos de base nacionalista en la composición y estudio
de la literatura, y la soberbia independiente e indiferente al tiempo, con la
que había sido habitual considerar las literaturas occidentales metropolitanas.
Una vez se ha aceptado la auténtica existencia de una configuración de
experiencias literarias interdependientes y superpuestas unas con otras, a
pesar de fronteras y autonomías nacionales ligadas por la fuerza, la historia y
la geografía quedan transfiguradas en nuevos mapas; en nuevas entidades mucho
menos estables; en nuevos tipos de conexiones. El exilio, lejos de constituir
el destino de desdichados desposeídos, expatriados y casi olvidados, se
convierte en algo más cercano a un hábito, una experiencia en la que, por mucho
que se reconozca y se sufra la pérdida, se atraviesan
barreras y se exploran nuevos territorios, superando así las fronteras
canónicas clásicas. Los nuevos modelos y tipos recién modificados empujan a los
antiguos y tratan de desplazarlos de su lugar y ocuparlo ellos. El lector y el
creador de literatura —que pierde sus formas hasta entonces fijas y absorbe las
observaciones, revisiones y notaciones de la experiencia poscolonial,
incluyendo la vida clandestina, los relatos de los esclavos, la literatura de
las mujeres y los testimonios de las prisiones— ya no necesitan seguir atados a
la imagen del poeta o el erudito como personajes aislados, seguros, estables y
en posesión de un carácter nacional en virtud de su identidad, clase, género, o
profesión. Ahora pueden pensar y experimentar, con Jean Genet en Palestina o
Argelia, con Tayeb Salih como negro en Londres, con Jamaica Kincaid en el mundo
blanco, con Rushdie en la India y Gran Bretaña, etcétera.
Deben expandirse los horizontes contra los cuales se plantean y
responden los interrogantes sobre cómo y qué leer
y escribir. Parafraseando una observación de Erich Auerbach en uno de sus
últimos ensayos, nuestro hogar filológico es el mundo entero, y no la nación o
siquiera el escritor individual. Esto significa que nosotros, estudiosos y
profesionales de la literatura, debemos tener en cuenta una serie de graves
cuestiones al respecto, arriesgarnos a ser impopulares y también acusados de
megalomanía. En una era dominada por los medios de comunicación y por lo que he
denominado la «fabricación del consentimiento», resulta propio del doctor
Pangloss imaginar que la lectura cuidadosa de ciertas obras de arte
significativas desde el punto de vista humanístico, profesional, o estético
suponga algo más que una actividad privada con tan solo una ligera resonancia
pública. Los textos son elementos proteicos; están sujetos a las circunstancias
y a las diversas formas políticas, tanto las principales como las secundarias,
y estas requieren atención y crítica. Nadie puede abarcarlo todo, por supuesto,
así como no existe una teoría que pueda, por si sola, explicar o dar cuenta de
las
conexiones entre los textos y las sociedades. Pero leer y escribir
libros no son jamás actividades neutras: prescindiendo de lo estéticamente
interesante o entretenida que sea una obra en concreto, siempre entran en juego
intereses, poderes, pasiones y placeres. Los medios de comunicación, la
economía política, las instituciones colectivas —en otras palabras, los
vestigios del poder secular y de la influencia del estado— forman parte de lo
que consideramos como literatura. Y, del mismo modo en que es cierto que no
podemos leer libros escritos por hombres sin leer, también, libros escritos por
mujeres —tan drástico ha sido el cambio en la forma de la literatura—
igualmente cierto es que no se puede abordar la literatura de las periferias
sin prestar atención también a la de los centros metropolitanos.
En lugar del análisis parcial ofrecido por las diversas escuelas
nacionales o por las que practican sistemáticamente la teoría, he propuesto
líneas contrapuntísticas de análisis global, en el cual obras literarias e
instituciones internacionales trabajen conjuntamente; Dickens y Thackeray,
autores londinenses, son también vistos como escritores cuya experiencia
histórica depende, a la vez, de las empresas coloniales en la India y
Australia, de las que ellos eran tan buenos conocedores; y finalmente, la literatura
de una estructura dominante tiene implicaciones en las literaturas escritas por
otros. En mi opinión, las tendencias separatistas o nativistas han caducado; el
contexto del nuevo y extenso sentido de la literatura no puede asociarse
únicamente a una sola esencia o a la idea discreta de una cosa aislada. Pero
este análisis global y contrapuntístico debería ser modelado no bajo la forma
de una sinfonía (como las primeras nociones relativas a la literatura
comparada), sino más bien bajo la forma de un conjunto atonal; deben tenerse en
cuenta todo tipo de prácticas espaciales o geográficas y retóricas —
inflexiones, limites, reservas, intrusiones, inclusiones, prohibiciones— todas
ellas al servicio de la elucidación de una topografía compleja y desigual. Aún
pueden seguir vigentes las síntesis intuitivas de un crítico con
talento, como las que suelen ofrecer las grandes interpretaciones hermenéuticas
o filológicas (cuyo prototipo es Wilhelm Dilthey), pero, a mi modo de ver,
representan el recuerdo apenas conmovedor de una época más serena que la
nuestra.
Esto nos lleva otra vez al problema de la política. Ningún país está
exento de la responsabilidad de discutir qué debe leerse, enseñarse o
escribirse. A menudo he envidiado a los teóricos norteamericanos para quienes
el escepticismo radical o la reverencia deferencial hacia el statu quo son
una alternativa real. Yo no la considero como tal, quizá porque mi propia
historia y situación no me permiten tal lujo, objetividad o placer. Pero sigo
creyendo que existe literatura realmente buena y literatura realmente mala y
sigo siendo tan conservador como el que más a la hora de decantarse, si no por
el valor redentor de la lectura de un clásico antes que la televisión, sí por
el engrandecimiento potencial de la sensibilidad y de la propia conciencia a la
que se llega a través de la lectura y el ejercicio de la propia mente. Supongo
que la cuestión se reduce a definir en qué consiste nuestro trabajo diario,
monótono y pedestre, en qué hacemos como lectores y escritores, teniendo en
cuenta que no sirven el profesionalismo ni el patriotismo ni tampoco es útil la
sola espera del próximo apocalipsis. No dejo de insistir —de un modo simplista
e idealista— en la convicción de que hay que oponerse a la coacción del poder y
mitigarlo, transformando el presente mediante el intento racional y analítico
de hacer desaparecer algunas de sus cargas, situando las obras de diversas
literaturas en conexión unas con otras y con sus modos de ser históricos. Lo
que quiero decir es que lectores y escritores, en virtud de las configuraciones
y las transfiguraciones que se producen a nuestro alrededor, nos convertimos de
hecho en intelectuales seculares, con las responsabilidades documentales,
expresivas, explicativas y morales que dicho
papel implica.
Para los intelectuales norteamericanos hay considerablemente más cosas
en juego. Estamos formados por nuestro país, que posee una enorme presencia
internacional. Por ejemplo, hay un serio problema si se analiza la oposición
entre Paul Kennedy —quien sostiene que todos los grandes imperios entran en
decadencia porque se prolongan demasiado—[13] y Joseph Nye, cuyo nuevo prefacio
a Bound to Lead reafirma la exigencia imperial norteamericana
de ser el número uno, sobre todo tras la guerra del Golfo Pérsico. Los hechos
hablan a favor de Kennedy, pero Nye es demasiado inteligente para no comprender
que «el problema del poder de Estados Unidos en el siglo XXI no consistirá en nuevos
desafíos para mantener la hegemonía, sino en nuevos desafíos de
interdependencia transnacional».[14] Sin embargo, Nye concluye afirmando que
«Estados Unidos sigue siendo la potencia más grande y más rica, con la mayor
capacidad para moldear el futuro. Y en una democracia quien elige es el
pueblo».[15] Pero la pregunta es:
¿Tiene «el pueblo» acceso directo al poder? ¿O constituyen acaso las formas
de ese poder una organización tan firme y culturalmente tan compleja como para
requerir un análisis distinto?
Hablar de productividad implacable y de especialización en este mundo
supone, en mi opinión, empezar a formular ese análisis, sobre todo porque han
aumentado la perspectiva y la voluntad de poder, junto con la veneración
norteamericana a la especialización y al profesionalismo, y se han convertido
en hegemónicos en el debate cultural. Muy pocas veces en el transcurso de la
historia humana se ha producido una intervención tan masiva de la fuerza y las
ideas de una cultura en otra como la que Norteamérica opera en la actualidad
sobre el resto del mundo (en este aspecto, Nye tiene razón): volveré sobre ello
un poco más adelante. Sin embargo, también es cierto que, en general, en muy
pocas ocasiones hemos estado tan fragmentados, tan
marcadamente reducidos y disminuidos por completo en el sentimiento
acerca de en qué consiste de verdad nuestra identidad cultural, opuesta a la
oficial. Esta circunstancia está, en parte, propiciada por la fantástica
explosión de conocimientos especializados y aislacionistas: afrocentrismo,
eurocentrismo, occidentalismo, feminismo, marxismo, teorías de la
deconstrucción, etcétera. Las diversas tendencias debilitan y desacreditan la
autoridad y el interés de las ideas originales. Y, a su vez, este hecho ha creado
un espacio para una poderosa retórica con propósitos culturales nacionales,
elocuentemente expresados en documentos como The Humanities in American
Life,[16] estudio encargado por la Rockefeller
Foundation. O, más recientes y con mayor contenido político, las
diversas protestas del ex secretario de Educación (y anterior director de la
National Endowment for the Humanities) William Bennett, en su escrito «To
Reclaim a Heritage» no solo como miembro del gabinete de la administración
Reagan, sino también como portavoz autodesignado de Occidente, una especie de
Jefe del Mundo Libre. A él se unieron Allan Bloom y sus seguidores,
intelectuales que consideran que la irrupción, en el mundo académico, de las
mujeres, los afronorteamericanos, los homosexuales y los norteamericanos
nativos, con sus discursos de genuino matiz multicultural y su proyecto de un
nuevo tipo conocimiento, supone una amenaza de la barbarie sobre la
«civilización occidental».
¿Qué revelan estas sempiternas quejas acerca del «estado de la cultura»?
Simplemente que las humanidades son importantes, fundamentales, tradicionales e
inspiradoras. La intención de Allan Bloom es que se lea tan solo a unos cuantos
filósofos griegos y de la Ilustración, de acuerdo con su idea de que la
enseñanza superior en Estados Unidos es únicamente para «la élite». Bennett va
tan lejos que llega a afirmar que, a través de una veintena de obras
principales, podemos «poseer» las humanidades «al reclamar para
nosotros» nuestras tradiciones: los pronombres colectivos y los
posesivos son aquí importantes. Si a cada estudiante norteamericano se le
exigiera leer a Homero, Shakespeare, la Biblia y Thomas Jefferson, entonces
alcanzaríamos una comprensión plena del fin de la nación. La autoridad social
del patriotismo y el reforzamiento de la identidad que nos transmite «nuestra»
cultura, por la cual podemos situarnos frente al mundo con aire desafiante y
seguros de nosotros mismos, consisten en proporcionar un fundamento seguro para
estas respuestas epigonales a las clásicas exhortaciones de Matthew Arnold
respecto al significado de la cultura; según el aserto triunfalista de Francis
Fukuyama, «nosotros» los norteamericanos podemos vernos a nosotros mismos como
encargados de llevar a cabo el fin de la historia.
Esta es una definición extremadamente drástica de lo que hemos aprendido
sobre la cultura: su productividad, su diversidad de componentes, su fuerza
crítica y a menudo contradictoria, sus rasgos radicalmente antitéticos, y sobre
todo su exquisita mundanidad y compromiso tanto con la conquista imperial como con
la liberación. Se dice que el estudio de las humanidades supone la recuperación
de la herencia judeocristiana u occidental, libre de la cultura norteamericana
nativa (que, no lo olvidemos, fue masacrada por la tradición judeocristiana
cuando esta llegó al nuevo mundo), y libre también de los derroteros de esa
tradición en el mundo no occidental.
Sin embargo, las disciplinas multiculturales han encontrado, en
realidad, un refugio acogedor en las instituciones académicas norteamericanas
contemporáneas: este hecho de extraordinaria magnitud histórica es lo que en
gran medida ha constituido el objetivo del ataque de William Bennett, seguido
por Dinesh D’Souza, Roger Kimball y Alvin Kernan; lo cual contrasta con la
concepción legítima de la misión secular de la universidad moderna (tal como la
describe Alvin Gouldner): un lugar en el que la
multiplicidad y la controversia coexisten con el dogma establecido y la
doctrina tradicional. En la actualidad, esta visión de la universidad se ve
hostigada por un nuevo dogmatismo conservador que declara que «lo políticamente
correcto» es su enemigo. La posición neoconservadora sostiene que, al admitir
en los planes de estudio el marxismo, el estructuralismo, el feminismo y los
estudios sobre el Tercer Mundo (y al haber admitido, antes que todas estas
disciplinas, a una entera generación de estudiosos refugiados de distintas
partes del mundo), la universidad norteamericana sabotea el fundamento mismo de
su supuesta autoridad y ahora está ya dirigida por una conjura extremista de
intolerantes ideólogos que la «controlan».
La ironía reside en que la táctica de la universidad ha consistido en
admitir las diversas vertientes subversivas de la teoría de la cultura para
neutralizarlas, hasta cierto punto, al catalogarlas como subespecialidades
académicas. De modo que ahora nos encontramos con el curioso espectáculo de
profesores que imparten teorías ya completamente desplazadas — arrancadas sería
la palabra adecuada— de sus contextos; a este fenómeno lo he denominado «teoría
ambulante».[17] En diversos departamentos académicos
—entre ellos los de literatura, filosofía e historia— la teoría se imparte para
hacer creer al estudiante que él o ella pueden convertirse en marxistas,
feministas, afrocentristas, o deconstruccionistas con el mismo esfuerzo y
atención con que se elige una serie de platos de un menú. Por encima de esa
trivialización existe el culto, con un poder cada vez mayor y más firme, a la
destreza profesional, cuya suposición ideológica principal estipula que los
compromisos sociales, políticos, y de clase, deben subordinarse a las
disciplinas diversas, de manera que para un profesional de la literatura o un
crítico de la cultura, todos sus vínculos con el mundo real estén subordinados
a su militancia en esos campos. De forma parecida, el intelectual es
responsable no tanto ante un público de su comunidad o
sociedad, como ante su gremio colectivo de colegas y expertos, su
departamento de especialistas y su disciplina. Con el mismo espíritu y según el
mismo código de la división del trabajo, los que se encargan de los «asuntos
exteriores» o los «estudios eslavos o de Oriente Próximo» se centran en esas
materias y no se inmiscuyen en las de otros. De este modo, la habilidad que se
tenga para envasar, comercializar, promover y vender su pericia —de universidad
en universidad, de editor en editor, de mercado en mercado— queda protegida, su
valor se mantiene y se enfatiza la competencia individual. Robert McCaughey ha
escrito un interesante estudio sobre el funcionamiento de este proceso en un
ámbito internacional; el título es elocuente por sí solo: International
Studies and Academic Enterprise: A Chapter in the Enclosure of American
Learning.[18]
En este apartado no intento abarcar todas las prácticas
culturales en la sociedad norteamericana contemporánea; muy lejos de ello. Pero
describo una formación particularmente influyente con un papel decisivo en la
relación, heredada históricamente de Europa por Estados Unidos en el siglo XX, entre la cultura y el imperialismo. La destreza en la política
exterior jamás ha sido tan provechosa como en la actualidad;
y nunca se ha refinado tanto su falseamiento público. De modo que, por un lado,
tenemos los mecanismos de absorción del saber especializado en el entorno
exterior que lleva a cabo el academicismo (solo los expertos en la India pueden
hablar de la India, solo los africanistas pueden hablar de África), y por otro
la reafirmación de tales mecanismos de absorción por parte tanto de los medios
de comunicación como del gobierno. Estos procesos, bastante lentos y
silenciosos, se ponen en sorprendente evidencia y salen a la luz de forma
impresionante y repentina, durante periodos de crisis exteriores de Estados
Unidos y de sus intereses: por ejemplo, la crisis iraní de los rehenes, el
abatimiento del vuelo 007 de las líneas aéreas de Corea, el secuestro del
Achille Lauro, o las guerras con Libia, Panamá e
Irak. Entonces, como por ensalmo, tan obedientemente acatado como planeado
hasta el último detalle, el ámbito público se ve saturado de análisis de los
medios de comunicación y estupendos reportajes sobre el tema. Así se mutila la
experiencia en sí. Adorno observa:
La obliteración total de la guerra a través de la información, la
propaganda y los comentarios, con cámaras en los tanques que van en primera
línea y corresponsales de guerra muriendo heroicamente, una ensaladilla de
manipulación inteligente de la opinión pública y actividad inconsciente: todo
esto no es más que otra expresión del aplastamiento de la experiencia, del
vacío entre los hombres y su destino, vacío en el cual reside su verdadero
destino. Es como si el enmascaramiento de los hechos, habitual y aceptado,
ocupase el lugar de los propios hechos. Los hombres quedan reducidos al papel
de figurantes en un documental de monstruos.[19]
Sería una irresponsabilidad desestimar los efectos de la cobertura del
mundo no occidental por parte de los medios de comunicación electrónicos
norteamericanos —y sus consiguientes desplazamientos en la cultura impresa
— con su influencia sobre las actitudes norteamericanas y sobre la
política exterior estadounidense. En 1981 discutí este problema[20] y afirmé (y en la actualidad es aún
más cierto) que el limitado efecto público sobre la actuación de los medios de
comunicación, unido a una correspondencia casi perfecta entre la política
gubernamental dominante y la ideología que rige la selección y presentación de
las noticias (sistema establecido en estrecho acuerdo entre expertos y
dirigentes de los medios de comunicación) permite que la perspectiva imperial
de Estados Unidos sobre el mundo no occidental siga siendo consistente. Como
resultado, la política de Estados Unidos recibe el sostén de una cultura
dominante que no se opone a sus principios básicos: apoyo a regímenes
dictatoriales e impopulares, a escaladas represivas totalmente
desproporcionadas para abatir la violencia de la insurrección nativa contra los
aliados norteamericanos y constante hostilidad hacia la
legitimidad de los
diversos nacionalismos nativos.
La concurrencia entre estas nociones y la visión del mundo promulgada
por los medios de comunicación es bastante exacta. La historia de otras
culturas no existe hasta que entra en confrontación con Estados Unidos; la
mayoría de informaciones importantes de sociedades extranjeras se comprimen en
reportajes de treinta segundos, en «ráfagas de sonido» y se reducen a la
cuestión de si tienen una vertiente favorable o contraria a Norteamérica, la
libertad, el capitalismo y la democracia. En la actualidad, la mayor parte de
los norteamericanos habla y discute con más solvencia de deportes que del
comportamiento de su propio gobierno en África, Indochina o Latinoamérica; una
encuesta reciente reveló que el 89 por ciento de los alumnos de instituto de
tercer curso creía que Toronto estaba en Italia. Tal como está configurada por
los medios de comunicación, la única alternativa para los especialistas o
expertos en «otros» pueblos es contarle al público si lo que sucede es «bueno»
o «malo» para Norteamérica: como si lo «bueno» pudiese articularse en ráfagas
de sonido de quince segundos de duración para luego recomendar un sistema y
pasar a la acción. Todo comentarista o experto se convierte durante unos
cuantos minutos en un potencial secretario de Asuntos Exteriores.
La interiorización de las normas utilizadas en el debate cultural, las
reglas que hay que seguir cuando se hacen declaraciones, la existencia de una
«historia» declarada como oficial en oposición a la historia que no lo es:
todas estas son, por supuesto, formas de regular el debate público en todas las
sociedades. La diferencia consiste en que la gran magnitud de la escala del
poder internacional de Estados Unidos y el correspondiente poder del consenso
nacional generado por los medios de comunicación electrónicos no conocen
precedentes. Jamás ha existido un consenso al que sea tan difícil oponerse y
frente al cual sea tan fácil y lógico capitular inconscientemente.
Conrad concibió a Kurtz como un europeo en la jungla africana y a Gould
como un occidental ilustrado en las montañas de Sudamérica, capaz de civilizar
y a la vez de destruir a los nativos; este mismo poder, a escala internacional,
existe en los Estados Unidos actuales, a pesar incluso de la decadencia de su
poder económico.
Mi análisis sería incompleto si no mencionase otro elemento importante.
Al hablar del control y del consenso, he utilizado la palabra «hegemonía» a
propósito, a pesar de que Nye niegue que Estados Unidos aspire a ella en la
actualidad. No se trata de que exista un régimen de conformidad directamente
impuesto entre el discurso cultural norteamericano contemporáneo y la política
estadounidense en el mundo no occidental subordinado. Más bien se trata de un
sistema de presiones y fuerzas por el cual todo el cuerpo cultural conserva su
identidad y orientación esencialmente imperial. Por ello, es correcto decir que
una cultura así dirigente y predominante, posee una cierta regularidad,
integridad o capacidad de predicción en el transcurso del tiempo. Otra manera
de formular este hecho es declarar que en la cultura contemporánea pueden
reconocerse, tomando prestada la definición del posmodernismo de Fredric
Jameson,[21] nuevos modelos de dominación. La idea
de Jameson está vinculada a su descripción de una cultura del consumidor, cuyos
rasgos principales son una nueva relación con el pasado basada en el pastiche y
la nostalgia, un nuevo y ecléctico carácter aleatorio del aparato cultural, una
reorganización del espacio y de elementos del capital multinacional. A esto
debemos añadir la impresionante capacidad de incorporación de la cultura, que
hace que todo el mundo pueda en realidad decir cualquier cosa, porque luego todo
es procesado o bien hacia la línea principal y dominante o bien hacia afuera,
hacia los márgenes.
En la cultura norteamericana la marginalización representa una especie
de provincianismo sin importancia, y significa que se consideran inconsecuentes
todos los que, eufemísticamente, se consideran modos «alternativos»;
estados, pueblos y culturas alternativas; teatros, prensas, periódicos,
artistas, eruditos y estilos también alternativos. En un momento posterior,
pueden convertirse en elementos centrales o, al menos, ponerse de moda. Las
nuevas imágenes de lo central —directamente conectadas con lo que Charles
Wright Mills denominó la élite del poder— suplantan los procesos de la cultura
impresa, más lentos y reflexivos, menos inmediatos y rápidos, a través de la
codificación de categorías concomitantes y hasta recalcitrantes de clase
histórica, propiedad heredada y privilegio tradicional. La presencia ejecutiva
es fundamental en la cultura norteamericana actual: el presidente, el
comentarista de televisión, el funcionario corporativo o el personaje célebre.
La centralidad es la identidad, consiste en lo que es poderoso, importante
y nuestro, lo que mantiene el equilibrio entre los extremos; lo que
dota a las ideas de moderación, racionalidad y pragmatismo y
proporciona además unidad al centro.
Y la centralidad genera relatos semioficiales que autorizan y provocan
ciertas secuencias de causa y efecto, previniendo al mismo tiempo el
surgimiento de contrarrelatos. La secuencia más común es la vieja convicción de
que Norteamérica, una potencia para siempre en el mundo, se alza constantemente
contra los obstáculos de las conspiraciones extranjeras, ontológicamente
perjudiciales y fundamentalmente «contra Norteamérica». De este modo, la ayuda
a Vietnam y a Irán se vio corrompida por los comunistas por un lado, y por los
terroristas fundamentalistas por el otro, lo cual condujo a la humillación y a
la amarga decepción. A la inversa, durante la época de la guerra fría, los
denodados mujaidines afganos (guerreros de la libertad), el
movimiento Solidaridad en Polonia, los «contras» nicaragüenses, los rebeldes
angoleños, los regulares de El Salvador —a quienes «nosotros» apoyamos— todos
ellos respaldados por estratagemas apropiadas, lograron
alzarse con la victoria gracias a «nuestra» ayuda, aunque el
entrometimiento de sectores liberales en el ámbito nacional y de expertos de la
desinformación en el extranjero redujese «nuestra» capacidad de ayuda. Hasta la
guerra del Golfo, cuando por fin «nosotros» nos liberamos del «síndrome de
Vietnam».
Esas historias, encapsuladas y subliminales, son a veces pulverizadas y
desmentidas, de manera soberbia, en las novelas de E. L. Doctorow, Don DeLillo
y Robert Stone; o analizadas sin piedad por periodistas como Alexander
Cockburn, Christopher Hitchens o Seymour Hersh; y demolidas en la obra
infatigable de Noam Chomsky. Pero estos relatos oficiales conservan el poder de
poner en entredicho, marginalizar y criminalizar diversas versiones
alternativas de la misma historia: en Vietnam, Irán, Oriente Próximo, África,
América Central, o Europa del Este. Una simple demostración empírica de lo que
vengo diciendo es lo que sucede cuando se tiene la oportunidad de expresar una
historia más compleja y menos lineal: en realidad estamos obligados a volver a
relatar los «hechos» desde el principio, con un nuevo lenguaje a partir de
cero, como fue el caso en los ejemplos de la guerra del Golfo antes
mencionados. Lo que más costó durante la guerra del Golfo fue continuar
afirmando que todas aquellas sociedades extranjeras, tanto en el pasado como en
el presente, quizá no estuvieran de acuerdo con la imposición del poder
político y militar de Occidente, no porque en dicho poder hubiese algo
inherentemente maligno, sino porque lo sentían como algo ajeno a ellas.
Atreverse a expresar una verdad en apariencia indiscutible sobre un mecanismo
común a todas las culturas suponía poco menos que un acto delictivo; la
oportunidad de decir algo en nombre del pluralismo y la justicia quedaba
bruscamente frenada por avalanchas inconsecuentes de hechos, catalogados ya
como extremistas, ya como irrelevantes. Sin un relato aceptable que contar, y
sin un permiso constante para narrar, se tiene la sensación de haber sido
excluido y acallado.
Para completar este panorama nada prometedor añadiré unas cuantas
observaciones finales sobre el Tercer Mundo. Evidentemente, no se puede tratar
el mundo no occidental como si estuviese desligado de los avances de Occidente.
Los estragos de las guerras coloniales, los largos conflictos entre los
nacionalismos insurrectos y un control imperialista anómalo, los nuevos
movimientos rebeldes de carácter fundamentalista y nativista alimentados por la
desesperanza y la ira, la extensión del poder del sistema mundial por encima
del mundo en desarrollo, son circunstancias directamente conectadas a las
realidades de Occidente. Por un lado, como Eqbal Ahmad señala en uno de los
mejores análisis de tales circunstancias, las clases campesinas y
precapitalistas, dominantes en número durante la era del colonialismo clásico,
se han dispersado en los nuevos estados y han formado nuevas clases,
turbulentas y a menudo precipitadamente urbanizadas, vinculadas al absorbente
poder económico y político del Occidente metropolitano. En Pakistán y Egipto,
por ejemplo, el fundamentalismo beligerante está dirigido no por intelectuales
de clase campesina u obrera, sino por ingenieros, doctores, o abogados formados
en Occidente. Con las nuevas deformaciones de las nuevas estructuras del poder
surgen las minorías dirigentes.[22] Estas patologías, y el desencanto de
la autoridad así generado, recorren un amplio abanico: desde las de tipo
neofascista hasta las dinástico-oligárquicas. Solo unos cuantos estados
mantienen un sistema parlamentario y democrático. Por otro lado, la crisis del
Tercer Mundo no presenta desafíos que sugieran un aumento considerable de lo
que Ahmad denomina «una lógica del desafío».
[23] Al tener que renunciar a las creencias tradicionales, los nuevos estados
independientes reconocen el relativismo y las posibilidades inherentes de todas
las sociedades, escalas de valores o prácticas culturales. La experiencia del
logro de la independencia permite alentar «optimismo: y supone el surgimiento y
difusión de un sentimiento de esperanza y poder. Se difunde
así la opinión de que lo que existe no tiene por qué existir, de que la
gente puede mejorar su vida si lo intenta [y]... supone también la difusión del
racionalismo... con la propagación de la idea de que la planificación, la
organización y el uso del conocimiento científico resolverán los problemas
sociales».[24]
3
Movimientos y migraciones
A pesar de todo su aparente poder, no dejan de ser inestables estos
nuevos e influyentes modelos de dominación desarrollados durante la era de las
sociedades de masa, dirigidos en la cúspide por una también poderosa cultura
centralizadora y una economía integradora y compleja. Como ha señalado el
notable urbanista y sociólogo francés Paul Virilio, se trata de una política
basada en la comunicación rápida e instantánea, de alcance distante, en
constante emergencia, con brotes de inseguridad que se dan en crisis
aceleradas, algunas de las cuales llevan a la guerra. En tales circunstancias,
la ocupación rápida del espacio real y del público —la colonización— se
convierte en la principal prerrogativa del estado moderno, como lo demostró
Estados Unidos al enviar un inmenso ejército al Golfo Pérsico y dirigir los
medios de comunicación para que lo ayudaran a llevar a cabo la operación. Paul
Virilio sugiere que, oponiéndose a estos movimientos masivos, el proyecto
vanguardista de la liberación de la palabra (la libération de la parole)
encuentra su paralelo en la liberación de espacios críticos: hospitales, universidades,
teatros, fábricas, iglesias, edificios vacíos. En ambos casos, el acto
transgresor fundamental es habitar lo normalmente deshabitado.[1] Virilio cita los ejemplos de pueblos cuyo
estado corriente es consecuencia de
la descolonización (trabajadores emigrantes, refugiados, Gastarbeiter)
o de grandes fracturas demográficas y políticas (negros, inmigrantes, squatters de
las ciudades, estudiantes, insurrecciones populares). Estas constituyen
alternativas reales a la autoridad del estado.
Si los años sesenta se recuerdan ahora como una década de demostraciones
de masas europeas y norteamericanas (entre ellas, fueron sobresalientes las
universitarias y las manifestaciones antibélicas) los años ochenta seguramente
serán la década de las rebeliones masivas fuera de las metrópolis de Occidente.
Irán, las Filipinas, Argentina, Corea, Pakistán, Argelia, China, Sudáfrica,
toda Europa del Este y los territorios ocupados de Palestina: estos son algunos
de los sitios de mayor virulencia de masas, cada uno de ellos con su población
civil desarmada y harta de sufrir las privaciones, la tiranía y la
inflexibilidad impuesta por gobiernos que los habían oprimido durante largos
periodos. Aún más memorable fue lo llamativo e ingenioso de los símbolos de las
protestas (las piedras de los jóvenes palestinos, el balanceo de los bailes de
los grupos sudafricanos, los alemanes saltando el muro de Berlín), así como la
brutalidad ofensiva, el colapso o la ignominiosa rendición de algunos
gobiernos.
A pesar de las grandes diferencias ideológicas, todas estas protestas de
masas tienen en común haber desafiado algo básico en toda teoría y técnica de
ejercicio del poder: el principio del confinamiento. Para ser gobernado, el
pueblo debe ser contabilizado, educado, se le debe cobrar impuestos, y se lo
debe registrar en sitios prefijados (casas, escuelas, hospitales, lugares de
trabajo) cuya extensión última, como sostuvo Michel Foucault, está representada
de la manera más sencilla y severa en la prisión o en la institución
psiquiátrica. Es verdad que en las muchedumbres de Gaza o de las plazas de san
Wenceslao o de Tiananmen había algo de carnavalesco, pero las consecuencias de
la existencia de masas fuera de sus lugares habituales de
confinamiento o de establecimiento se convirtió, en los ochenta, en algo
un poco menos drástico (y desalentador) que en épocas anteriores. El conflicto
irresoluble de los palestinos expresa directamente una causa que no admite
acuerdos y un pueblo rebelde dispuesto a pagar un precio muy alto por su
resistencia. Y hay otros ejemplos: refugiados y boat people,
incansables e inermes vagabundos; la población hambrienta del hemisferio sur;
los «sin casa», esas desplazadas pero insistentes sombras que, como Bartleby,
el personaje de Melville, se proyectan sobre los compradores navideños en los
centros de las grandes ciudades occidentales. Entre los extremos de tribus
urbanas desafiantes y descontentas y los flujos de gentes relegadas y casi
olvidadas, las autoridades religiosas y seculares del mundo han buscado o
pergeñado nuevos o renovados modos de gobernar.
Pocos han parecido tan fáciles, accesibles y convenientemente atractivos
como las apelaciones a la tradición, a la identidad nacional o religiosa o al
patriotismo. Y han resultado sorprendente, por no decir terroríficamente
efectivos, ya que son amplificados y diseminados por un sistema de comunicación
de masas perfecto y capaz de llegar a las formaciones culturales masivas.
Cuando, en la primavera de 1986 la administración Reagan decidió dar un
escarmiento al «terrorismo», el raid sobre Libia fue programado para que
tuviera lugar exactamente a la hora en que empezaban las noticias de la noche.
La consigna «Norteamérica devuelve el golpe» fue respondida, a lo ancho de todo
el mundo musulmán, con sangrientas apelaciones al «islam», que a su vez
provocaron una avalancha de imágenes, escritos y tomas de posición en
«Occidente» exaltando el valor de «nuestra» herencia judeocristiana
(occidental, liberal, democrática) y la inmadurez, nefasta crueldad y maldad de
la «suya» (islámica, del Tercer Mundo, etcétera).
El raid sobre Libia
es instructivo no solo porque produjo un espectacular
efecto de espejo entre las dos partes, sino también porque combinaba la
más rigurosa autoridad y una violencia retributiva que se volvía incuestionable
y que luego fue imitada muchas veces. Es verdad que esta ha sido la era de los
ayatolás (Jomeini, el Papa, Margaret Thatcher) que simplifican y protegen uno u
otro credo, esencia o fe primordial. Un fundamentalismo ataca envidiosamente a
otro en el nombre de la libertad, la bondad y la seguridad. Una curiosa
paradoja es que el fervor religioso parece casi siempre disfrazar las nociones
de lo sagrado o lo divino, como si estas no pudiesen sobrevivir en la atmósfera
caldeada y totalmente secular del combate fundamentalista. No se puede pensar
en invocar la misericordia divina cuando se está movilizado por Jomeini (o,
también, por el campeón árabe de la guerra contra los persas en la más sucia de
todas las guerras de los ochenta, Sadam Husein). Se sirve en el ejército, se
lucha, se mata. Del mismo modo, los campeones indiscutibles de la guerra fría,
como Reagan y Thatcher, exigían obediente servicio contra el Imperio del Mal,
con una dureza y una autoridad tales que muy pocos sacerdotes serían capaces de
igualarlas.
No han existido casi análisis serios o discusiones acerca del
aplastamiento de otras religiones y culturas ni se ha estudiado con solvencia y
rigor la profunda autocelebración conservadora actual. Entre las toneladas de
papel impreso sobre Los versos satánicos de Rushdie, tan solo
una parte mínima se detenía en la obra en sí misma; los que se oponían a él y
recomendaban que ardiese en la hoguera y que su autor fuese ejecutado, se
negaban a leer el libro; los que defendían la libertad de
Rushdie para escribir se quedan púdicamente en ese punto. En gran medida, la
apasionada controversia norteamericana y europea acerca de la «cultura
literaria» se centró en el problema de qué leer —los veinte o treinta libros
esenciales— y no en cómo hacerlo. En muchas universidades
norteamericanas, la frecuente respuesta de la derecha a las demandas de los
grupos marginales recientemente en alza
consistía en decir: «muéstrenme el Proust africano (o asiático o
femenino)» o «si se socava el canon de la literatura occidental se está
apoyando el retorno de la poligamia y la esclavitud». Pero esos sabios no se
han pronunciado sobre por qué suponen que desde tal hauteur y
perspectiva caricaturesca del proceso histórico se pueda sostener la
ejemplaridad del humanismo y la generosidad de «nuestra» cultura.
Estos pronunciamientos se unieron a una cantidad apreciable de
afirmaciones culturales cuya característica unitaria es que se debían, todas
ellas, a expertos y profesionales. Al mismo tiempo, como advirtieron izquierda
y derecha, desapareció el modelo de intelectual secular. En 1980 las muertes de
Jean-Paul Sartre, Roland Barthes, I. F. Stone, Michel Foucault, Raymond
Williams y C. L. R. James marcaron la extinción del viejo orden. Habían sido
figuras con autoridad y conocimiento, cuya visión general sobre muchos campos
les daba algo más que competencia profesional: poseían, en efecto, el estilo de
la crítica intelectual. Al contrario, como dice Lyotard en La condición
postmoderna,[2] los tecnócratas son especialmente
competentes para resolver problemas locales pero no para
preguntarse por los grandes relatos de la emancipación y la ilustración. Junto
a ellos, abundan también expertos en política cuidadosamente acreditados que
sirven a los gestores de la seguridad en la dirección de los asuntos
internacionales.
Con el virtual agotamiento de los grandes sistemas y teorías
totalizantes (la Guerra Fría, los acuerdos de Bretton Wood, las economías
colectivistas soviética y china, el nacionalismo antiimperialista del Tercer
Mundo) entramos en un periodo de vastas incertidumbres. Hasta que lo sucediese
el mucho más decidido Borís Yeltsin, Mijaíl Gorbachov representó exactamente
ese periodo. Las palabras clave asociadas a las reformas de Gorbachov, perestroika y glasnost,
expresaban el disgusto por el pasado y ciertas difusas esperanzas
acerca del futuro, pero no constituían teorías o visiones. Sus
continuos viajes revelaron gradualmente un mapa inédito del mundo, en su
mayor parte interdependiente hasta un grado sorprendente y también sin
delimitar desde el punto de vista intelectual, filosófico, étnico y hasta
imaginativo. Grandes masas, más grandes en número y esperanzas que nunca antes,
quieren comer mejor y con más regularidad, quieren moverse, expresarse, cantar,
vestirse. Si los viejos sistemas no pueden responder a esas demandas, tampoco
servirán las imágenes apresuradas de los gigantescos medios de comunicación,
que provocan sentimientos de xenofobia fanática o de violencia regulada. Puede
suponerse que son momentáneamente útiles, pero han perdido su poder
movilizador. Existen demasiadas contradicciones entre esos esquemas reductivos
y las irrefrenables tendencias e impulsos de las masas.
Los viejos relatos inventados y las tradiciones y esfuerzos
convencionales para gobernar están dando paso a teorías nuevas, más elásticas y
mesuradas, acerca de qué sea lo discrepante o lo intenso dentro de nuestra
contemporaneidad. En Occidente, el posmodernismo se ha
apropiado de la falta de peso ahistórica, del consumismo y la espectacularidad
del nuevo orden. A él se asociaron otras ideas, como el posmarxismo y el
posestructuralismo, todas ellas variaciones de lo que el filósofo italiano
Gianni Vatimo describe como «pensamiento débil» del «fin de la modernidad». No
obstante, muchos artistas del mundo árabe e islámico, como Adonis, Elias
Khoury, Kamal Abu Deeb, Muhammad Arkoun y Jamal Ben Sheikh están todavía
interesados en la modernidad en sí misma, problema en absoluto
agotado y todavía vigente como el mayor desafío para culturas dominadas por
la turath (la tradición) y la ortodoxia. Existen similaridades
en el Caribe, Europa del Este, Latinoamérica, África y el subcontinente indio;
estos movimientos se encuentran en relaciones de intersección en un fascinante
espacio cosmopolita animado por escritores de
renombre internacional: Salman Rushdie, Carlos Fuentes, Gabriel García
Márquez, Milan Kundera, que intervienen con decisión no solo como novelistas,
sino como articulistas y ensayistas. Y su debate sobre la definición de lo
moderno y lo posmoderno se une a la angustiada, urgente pregunta acerca de qué
modernizar, dados los catastróficos sobresaltos sufridos por el mundo mientras
se aproxima al fin de siècle: ¿cómo salvar la vida misma, cuando
las exigencias cotidianas del presente amenazan con poner en peligro, incluso,
la presencia del hombre?
El ejemplo de Japón es extraordinariamente sintomático, según lo
describe el intelectual japoamericano Masao Miyoshi. Hay que destacar, indica,
que, como todo el mundo sabe, según los estudios acerca del «enigma del poder
japonés», los bancos, corporaciones y conglomerados de propiedad inmobiliaria
japoneses actualmente superan a las norteamericanas (y hasta impiden su
crecimiento). Los valores inmobiliarios japoneses están varias veces por encima
de los estadounidenses, antes considerados los auténticos núcleos del
capitalismo. Los diez bancos más grandes del mundo son casi todos japoneses, y
buena parte de la deuda externa de Estados Unidos está en manos de acreedores
japoneses (y taiwaneses). A pesar de que existió alguna débil prefiguración de
este movimiento en la ascendencia internacional de los estados árabes
productores de petróleo en los años setenta, la potencia económica japonesa no
conoce paralelos, sobre todo si se tiene en cuenta su absoluta carencia de
potencia cultural internacional. La cultura verbal japonesa contemporánea es
austera —e incluso se ha empobrecido—; se ve dominada por programas de debate
televisivo, libros de cómic, incesantes conferencias y mesas redondas. Miyoshi
hace el diagnóstico de la existencia de un nuevo tipo de problemas culturales
como corolario de la riqueza enorme de los recursos financieros; la absoluta
disparidad entre la novedad y el dominio global en la esfera económica; y el
retroceso empobrecedor y la
dependencia
respecto de Occidente en el discurso cultural japonés.[3]
Desde los detalles de la vida cotidiana a la inmensa lista de fuerzas
globales (incluido lo que ha sido denominado: «la muerte de la naturaleza»):
todo ello conturba el alma y poco puede hacerse para mitigar esas fuerzas y las
crisis que crean. Existen dos campos generales de acuerdo en casi todos los
sitios: que las libertades personales deben resguardarse y que el medioambiente
debe ser defendido contra una decadencia mayor. Frente a un trasfondo cósmico
se proyectan así los valores de la democracia y la ecología, cada uno de ellos
con sus contextos locales y sus abundantes zonas concretas de combate. Sea en
las luchas de las nacionalidades o en los problemas de la deforestación y el
calentamiento del globo, las interacciones entre la identidad individual
(encarnada en actividades menores como fumar o usar tubos de aerosol) y el
contexto general son tremendamente directas, mientras que, al revés, las
convenciones consagradas por el tiempo y provenientes del arte, la historia y
la filosofía, no parecen ajustarse bien a estas exigencias. Hoy nos parece
característicamente abstracto y eurocéntrico hasta el hartazgo todo cuanto nos
interesaba hace unos cuarenta años, el final de las vanguardias occidentales y
sus coletazos: sobre todo, sus elaboradísimas estrategias de teoría y crítica y
la extrema autoconciencia de las formas literarias y musicales. Ahora se confía
más en los informes que vienen de la primera línea: allí donde se libra la
batalla entre los tiranos locales y la oposición idealista, las combinaciones
híbridas de realismo y fantasía, las descripciones cartográficas y
arqueológicas, todas las investigaciones de formas mixtas en las que se relatan
experiencias de exilios sin término (ensayos, vídeos y películas, fotografías,
memorias, cuentos, aforismos).
La tarea mayor pondrá en relación las nuevas dislocaciones y
configuraciones económicas y sociopolíticas de nuestro tiempo con las
arrolladoras realidades de la interdependencia humana a escala mundial. Si
los japoneses, los europeos del Este, los islámicos y las instancias
occidentales expresan algo en común, se trata de la necesidad de una nueva
conciencia crítica y la certeza de que a ella únicamente se puede acceder
revisando las actitudes respecto a la educación. Con solo instar a los
estudiantes a insistir en la propia identidad, historia y tradición, la
especificidad los obligaría, inicialmente, a dar nombre a sus necesidades
básicas de democracia y de disfrute y derecho a una existencia humana segura y
decente. Pero necesitamos continuar y situar tales necesidades en una geografía
perteneciente a otras identidades, pueblos y culturas. Luego estudiaremos cómo,
a pesar de las diferencias, las diversas instancias se han superpuesto unas con
otras, a través de influencias jerárquicas, cruces, incorporaciones, recuerdos,
olvidos deliberados y, por supuesto, conflictos. Estamos casi llegando al «fin
de la historia», pero todavía lejos de que se debiliten las actitudes
monopolizadoras a este respecto. Nada de eso ha sido de gran utilidad en el
pasado —a pesar de las voces unificadoras ante las políticas separatistas de la
identidad, de las minorías, del multiculturalismo— y cuanto más deprisa
aprendamos a encontrar alternativas, mejor y más seguro. Creo que el desafío
intelectual y cultural del momento es lograr la unión acompasada del
conocimiento en las artes y las ciencias.
No deberemos olvidar la crítica específica del nacionalismo, derivado de
las varias teorías de la liberación que he venido analizando, porque no nos
podemos condenar a la repetición de la experiencia imperialista. ¿Cómo encauzar
las energías liberadoras de los grandes movimientos de resistencia y las
rebeliones masivas de los ochenta, en la redefinición de las todavía muy
estrechas relaciones entre cultura e imperialismo, relaciones que favorecen
inquietantes formas de dominación? ¿Pueden estas energías eludir los procesos
homogeneizadores de la vida moderna, manteniéndose fuera del alcance de la
nueva centralidad imperialista?
«Todas las cosas contrarias, originales, raras, extrañas»: Gerard Manley
Hopkins en «Pied Beauty». El problema es ¿dónde? Y también: ¿dónde — nos
podernos preguntar— existe un lugar para esa asombrosamente armoniosa visión
del tiempo en intersección con lo intemporal que ocurre al final de «Little
Gidding», el momento que Eliot formula así:
An easy commerce of the old and the new,
The common word exact without vulgarity,
The formal word precise but not pedantic,
The complete consort dancing together.[4]
(Un fluido
intercambio de lo viejo y lo nuevo. / La palabra corriente exacta pero no
vulgar. / La palabra formal precisa pero no pedante. / La completa compañía que
baila unida.)
La propuesta de Virilio es la contrahabitación: vivir como los
emigrantes en sitios habitualmente no habitados pero, no obstante, públicos.
Algo semejante se plantea en Mille Plateaux (segundo volumen
de El antiedipo de Gilles Deleuze y Félix Guattari). He
encontrado lleno de misteriosas sugerencias buena parte de este libro
inmensamente rico, pero no demasiado accesible. El capítulo titulado «Tratado
de nomadología: la máquina de guerra» sirve de base a la obra de Virilio,
extendiendo sus ideas sobre el movimiento y el espacio para aplicarlas a un
estudio altamente original acerca de la máquina de guerra itinerante. Este
tratado, tan original como he dicho, se basa en una metáfora sobre la
disciplina de la movilidad intelectual en una época de institucionalización,
regimentación y cooptación. Según Deleuze y Guattari, la máquina de guerra
puede asimilarse a los poderes militares del estado. Pero, puesto que se trata
fundamentalmente de una entidad separada, no necesita, como tampoco lo necesita
el espíritu en sus vagabundeos nómadas, ser puesto al servicio de las
instituciones. La fuerza de la máquina de guerra no proviene únicamente de su
libertad nómada, sino
también de su arte metalúrgico —que Deleuze y Guattari comparan con el
arte de la composición musical— por el cual se forjan sus materiales,
modelándose «más allá de las formas separadas»; [esta metalurgia, como la
música] subraya el continuo desarrollo de la forma misma, y más allá de los
materiales individualmente diferenciados, acentúa la continua variación dentro
de la materia misma».[5] Precisión, concreción, continuidad,
forma: todas ellas poseen los atributos de una práctica nómada cuyo poder,
afirma Virilio, no es agresivo, sino transgresivo.[6]
Podemos percibir esta evidencia en el mapa político del mundo
contemporáneo. Seguramente una de las características más infortunadas de
nuestra época es haber producido más refugiados, emigrantes, personas
desplazadas y exiliados que cualquier otra anterior en la historia: la mayoría
de ellos como consecuencia y como factor agregado, irónicamente, a los grandes
conflictos imperialistas y poscoloniales. Así como la lucha por la
independencia producía nuevos estados y fronteras, también generaba vagabundos
sin hogar, nómadas y errantes, que no se podían asimilar a las estructuras
emergentes del poder institucional y eran rechazados por el orden establecido a
causa de su intransigencia y obstinada rebeldía. Y en la medida en que estas
personas vivían entre lo viejo y lo nuevo, entre el viejo imperio y el nuevo
estado, su condición articulaba las tensiones, contradicciones y problemas no
resueltos en los territorios superpuestos del mapa cultural del imperialismo.
Pero hay una gran diferencia entre la movilidad optimista, la vivacidad
intelectual y la «lógica del desafío» descrita por varios de los teóricos en
cuyas obras me he detenido, y las dislocaciones masivas, la pérdida, la miseria
y los horrores experimentados en nuestro siglo por las vidas mutiladas de las
masas migratorias. Aun así, no se exagera cuando se afirma que, como misión
intelectual nacida en la resistencia y la oposición al
confinamiento y los estragos del imperialismo, la liberación se ha
desplazado, abandonando la dinámica establecida, fijada y centrada de la
cultura, en favor de las energías sin hogar, descentradas y exiliadas, cuya
encarnación es hoy el emigrante y cuya conciencia es el intelectual y artista
en el exilio, esa figura política entre dominios, formas, hogares y lenguajes.
Desde esta perspectiva, todas las cosas son verdaderamente «contrarias,
originales, raras, extrañas». También desde esta perspectiva se puede ver la
«completa compañía que baila unida» y hacerlo a la vez de modo
contrapuntístico. Sería un acto de la más baja deshonestidad proponer que los
gestos teatrales de un intelectual en el exilio y las miserias de una persona
corriente desplazada son comparables. Pero sí supongo posible considerar al
intelectual como el primero en expresar las características que desfiguran la
modernidad: deportaciones masivas, prisión, transferencias de poblaciones,
desposesiones colectivas y migraciones forzosas.
«La vida anterior del émigré es, como todos sabemos,
anulada», dice Adorno en Minima Moralia, subtitulado Reflexiones
de una vida dañada (Reflexionen aus dem beschädigten Leben)
¿Por qué? «Porque si algo no está cosificado, no puede ser contado y medido y
cesa de existir»,[7] o, como dice luego, se consigna
únicamente como «antecedentes». Conocemos bien las mutilaciones que este
destino inflige, pero vale la pena explorar también sus virtudes y
posibilidades. Así la conciencia de este émigré —una «mente en
invierno», según la frase de Wallace Stevens— descubre en su marginalidad que
«la última esperanza para el pensamiento es la mirada que se desvía del camino
trillado, el odio a la brutalidad, la búsqueda de conceptos nuevos todavía no
acoplados al esquema general».[8] La propuesta general de Adorno
consiste en describir eso que en otra parte de su obra denomina «el mundo
administrado» o, en lo que respecta a las líneas de irresistible influencia en
la cultura, «la industria de la conciencia». Existe, por ello, no
solo la ventaja negativa del refugio del émigré en su
excentricidad, sino también el beneficio positivo del desafío del sistema, al
que se describe en un lenguaje que aquellos sometidos al sistema no pueden
utilizar:
En una jerarquía intelectual que constantemente hace que los otros no
puedan responder, solo lo que no puede responder es capaz de llamar a la
jerarquía directamente por su nombre. La esfera de la circulación, cuyos
estigmas han sido creados por los intelectuales excluidos, abre un último
refugio a esa mente a la que al mismo tiempo aparta, y lo abre en el mismo
exacto momento en que el refugio deja de existir.[9]
Estas son, ciertamente, oportunidades mínimas, a pesar de que pocas
páginas después, Adorno amplía la posibilidad de la libertad proponiendo una
forma de expresión cuya opacidad, oscuridad y carácter tortuoso —con su
ausencia de «la completa transparencia de su génesis lógica»— se aparta del
sistema dominante, logrando, en su «inadecuación», una dosis de liberación:
Esta inadecuación recuerda la de la
vida, que describe una línea sinuosa, desviada y desilusionante por comparación
con sus premisas, y que sin embargo solo en su curso real, siempre menor de lo
que debía ser, puede, en determinadas condiciones de existencia, representar a
alguien no sometido al régimen general.[10]
Demasiado privado, nos sentimos tentados a opinar, respecto a este
alejamiento de toda reglamentación colectiva. Aun así, podemos redescubrir su
talante liberador no solo en el obstinadamente subjetivo y hasta negativo
Adorno, sino también en los acentos públicos de un intelectual islámico como
Alí Shariati, influyente voz en los primeros tiempos de la revolución iraní,
cuando su ataque contra «el verdadero y recto camino, la sagrada y suave senda»
—o sea, la ortodoxia organizada— contrasta con las desviaciones de la migración
constante:
el hombre, ese fenómeno dialéctico, se ve obligado a estar siempre en
movimiento... El hombre, entonces, no accede al lugar del reposo final ni llega
a descansar en Dios... Qué infortunadas,
entonces, todas las normas prefijadas. ¿Quién puede atreverse a fijar
una norma? El hombre es una «elección», una lucha, un constante renacer. Es una
migración infinita, una migración dentro de sí mismo, de la arcilla a Dios; es
un migrante dentro de su propia alma.[11]
Aquí tenemos una posibilidad genuina de que emerja una cultura no
coercitiva (a pesar de que Shariati hable solo del «hombre» y no de la
«mujer»), con su conciencia de los pasos y obstáculos concretos, exactitud sin
vulgaridad, precisión sin pedantería. Se comparte así el sentimiento de un
inicio que se da también en todos los esfuerzos radicales por recomenzar:[12] por ejemplo, en la autorización tentativa de
la experiencia femenina de Una habitación propia de Virginia
Woolf, en la fabulosa reordenación de tiempo y personajes que dan
origen a la división de las generaciones en Los hijos de la medianoche,
o en la notable universalización de la experiencia afronorteamericana
en todos sus brillantes detalles en las novelas de Toni Morrison, Tar
Baby y Beloved. La tensión y la presión vienen del
entorno circundante: de ese poder imperialista que, de otra manera, nos obligaría
a desaparecer o a aceptar una versión microscópica de nosotros mismos,
formulada como una doctrina dentro de una materia de enseñanza obligatoria.
Estos discursos nuevos no constituirán relatos autoritarios o surgidos de un
amo indiscutible, sino, como en la propuesta de John Berger, una forma distinta
de contar. Cuando las fotografías o los textos se usan meramente para
establecer identidad y presencia —para darnos simples imágenes representativas
de la mujer o el indio, entran en lo que
Berger llama un sistema de control. En cambio, si no se niega su rebeldía,
innatamente ambigua y por lo tanto negativa y antinarrativa, se logrará que la
subjetividad no reglamentada alcance una función social: «frágiles imágenes
(fotografías de familia) muchas veces llevadas toda la vida cerca del corazón o
puestas en la mesilla de noche, se usan para referirse a eso que el tiempo
histórico no tiene derecho a destruir».[13]
Desde otra perspectiva, hay que contar con las energías de lo marginal,
subjetivo, migratorio y característico del exilio, energías que se han
expresado en las luchas por la liberación y cuya gran capacidad de adaptación
las hace demasiado resistentes como para que puedan desaparecer. Así reaparecen
también en lo que Immanuel Wallerstein ha llamado «movimientos antisistémicos».
Hay que recordar que, históricamente, la principal forma de expansión
imperialista fue la acumulación y que este proceso se aceleró en el siglo XX. Lo que sostiene Wallerstein es que, en el fondo, la acumulación del
capital es irracional. Aunque sus costes sean exorbitantes y no compensen las
ganancias, el proceso de adición y adquisición continúa sin control, a pesar de
lo que se gasta en mantener el aparato en marcha, en pagar las guerras que lo
protegen, en «comprar» y cooptar «cuadros intermedios», en vivir en una
atmósfera de crisis permanente. Por lo tanto, dice Wallerstein, «la auténtica
superestructura (del poder estatal y de las culturas nacionales que apoyan la
idea del poder estatal) creada para extraer el máximo beneficio de la libre
circulación de los factores de producción en la economía mundial, es la nodriza
de los movimientos nacionalistas que se movilizan contra las desigualdades
inherentes al sistema mundial».[14] Estos pueblos, obligados a jugar
papeles subordinados o prefijados dentro del sistema, surgen como antagonistas
conscientes que lo desorganizan, formulando exigencias y argumentos que
cuestionan las tendencias totalizadoras del mercado mundial. No todo puede
comprarse.
Estos movimientos híbridos de contraenergía, activa en muchos campos,
casos individuales y momentos, ofrecen una comunidad cultural compuesta por
numerosas indicaciones «antisistémicas» y prácticas que tienden a la existencia
humana colectiva (no a doctrinas ni teorías completas) y que no se basan en la
coerción o en la dominación. Dieron pie a los levantamientos de los años
ochenta, de los que he hablado antes. La imagen autoritaria y
amenazante del imperio, que se infiltró dentro de tantos procedimientos
de dominio cultural y se apropió además de ellos, encuentra su opuesto en
discontinuidades renovadas y casi lúdicas, cargadas de impurezas intelectuales
y seculares: géneros mezclados, combinaciones inesperadas de tradición y
novedad, experiencias políticas basadas en comunidades de esfuerzo e
interpretación (en el sentido más amplio de la palabra), más que en clases y
corporaciones de poder, posesión y apropiación.
Me encuentro
volviendo una y otra vez a un pasaje de insistente belleza de
Hugo de St. Victor,
un monje sajón del siglo XII:
Es, por lo tanto, una fuente de gran virtud para la mente educada
aprender primero, paso a paso, a cambiar en las cosas visibles y transitorias,
de modo que más tarde pueda ser capaz de abandonarlas. Quien encuentre dulce su
patria es todavía un tierno aprendiz; quien encuentre que todo suelo es como el
nativo, es ya fuerte; pero perfecto es aquel para quien el mundo entero es un
lugar extraño. El alma tierna fija su amor en un solo lugar en el mundo; la
fuerte extiende su amor a todos los sitios; el hombre perfecto ha aniquilado el
suyo.[15]
Erich Auerbach, el gran erudito alemán que pasó los años de la Segunda
Guerra Mundial como exiliado en Turquía, cita este pasaje como modelo para
cualquiera —hombre y mujer— que desee trascender los límites imperiales,
nacionales o provinciales. Solo a través de esa actitud puede un historiador,
por ejemplo, empezar a entender la experiencia humana y todos sus registros
escritos, en toda su particularidad y diversidad. De otro modo, seguiríamos
encerrados en las exclusiones y reacciones prejuiciadas sin buscar la libertad
negativa del conocimiento auténtico. Pero hay que destacar que, por dos veces,
Hugo indica que el hombre «fuerte» o «perfecto» alcanza independencia y
desapego elaborando sus propios afectos, no rechazándolos. Se predica el exilio
respecto al amor al lugar de nacimiento, a su propia existencia y a sus lazos
de pertenencia: la verdad universal del exilio no consiste en que se extinga
ese amor o ese hogar, sino en que sea inherente a
cada uno el sentimiento inesperado de su pérdida. Consideremos entonces
las experiencias como si estuviesen a punto de desaparecer:
¿qué es lo que las ancla o las arraiga en la realidad? ¿Qué guardaríamos de
ellas, qué abandonaríamos, qué recobraríamos? Para responder a estas preguntas
hay que poseer la independencia y la distancia de alguien para quien la patria
es «dulce» pero cuyas condiciones reales hacen imposible recapturar esa
dulzura, y aún menos, encontrar satisfacción en sustitutos ofrecidos por la
ilusión o el dogma, vengan ya del orgullo por la propia herencia, ya de la
certeza de saber «quiénes» somos.
Nadie es hoy puramente una sola cosa. Etiquetas como
indio, mujer, musulmán o norteamericano no son más que puntos de partida: en
cuanto se convierten en experiencias reales hay que abandonarlos
inmediatamente. El imperialismo consolidó la mezcla de culturas e identidades a
escala global. Pero su regalo más complejo y paradójico fue que permitió que
los pueblos se creyesen única y sobre todo, exclusivamente, blancos, negros,
occidentales u orientales. No obstante del mismo modo en que los seres humanos
hacen su propia historia, los pueblos también se hicieron sus identidades
étnicas y sus culturas. Nadie puede negar la continuidad persistente de las
largas tradiciones, sostenidos asentamientos, lenguajes nacionales y geografías
culturales. Pero no parece existir razón, excepto el miedo y el prejuicio, para
que se insista en su separación y sus caracteres distintivos, como si la vida
humana consistiese solo en eso. De hecho, sobrevivir supone establecer
conexiones entre las cosas: en frase de Eliot, no se puede privar a la realidad
de «los otros ecos [que] habitan el jardín». Es mucho más satisfactorio, y más
difícil, pensar con simpatía, en concreto y en contrapunto acerca de los otros,
y no hacerlo únicamente sobre «nosotros». Pero esto también significa que se
debe intentar no dominar a los otros, ni tratar de clasificarlos o situarlos en
moldes jerárquicos. Y, por encima de todo, no reiterar constantemente que
«nuestra» cultura o país es el número uno (o no lo es,
para el caso). Un intelectual para quien existan suficientes elementos de valor
puede prescindir de ello.
Índice alfabético
abasí, civilización
Abbas, Farhat
Abbey Theatre
Abdel-Malek, Anwar
Abdu, Muhammad
Abu Deeb, Kamal
Abu-Lughod, Ibrahim
The Arab Rediscovery of Europe
Abu-Lughod, Janet, Cairo: 1001 Years of the City Victorious
Abu-Lughod, Lila
Achebe, Chinua
Anthills of the Savannah
Things Fall Apart
Adas, Michael
Machines as the Measure of Men: Science, Technology and Ideologies of
Western Dominance Adén
Adonis (Ali Ahmed Said)
Adorno, Theodor
Afganistán
Afghani, Jamal al-Din al-
África
entre las dos guerras mundiales
estereotipos
filosofía
literatura de
luchas por los territorios africanos
nacionalismo
oposición
relatos de la resistencia
representaciones africanas de
representaciones en los medios de comunicación
resistencia al imperialismo
según Conrad
según Dickens
según Gide
véase también Argelia; Conrad, Joseph; Egipto; Gide, André; négritude
África, norte de
África Occidental
África Oriental
africanismo
africanos, Los
afrocentrismo
Ahmad, Eqbal
Ahmad, Jalal Ali-
Occidentosis
A Plague from the West
Ahmed, Leila: Women and Gender in Islam
Ahuma, Samuel
Alatas, Sued Husein
The Myth of the Lazy Native
Alejandro Magno
Alemania
imperio alemán
y la tradición judía
Ali, Mohammad
Ali, Muhammad
Ali, Tariq
Alloula, Malek
The Colonial Harem
Althusser, Louis
América, colonias en
colonización inglesa en
representación de
América Central
América del Norte, disputas anglo-francesas por su territorio
Amin, Idi
Amin, Samir n. 1
Ampère, André-Marie
Anderson, Benedict
Angola, bajo el dominio de Portugal
Annan, Noel:
«Kipling’s Place in the History of Ideas»
Annam
Antigua, isla de
véase también Austen, Jane
Antillas
antisistémicos, movimientos
Antonio, Marco
Antonius, George
The Arab Awakening
antropología
Apollinaire, Guillaume
árabe, renacimiento
árabe, revuelta
véase también Antonius, George; Lawrence, T. E.
árabes
según los medios de comunicación
véase también Gide, André; islam
árabes cristianos protestantes
Arabi, Ibn
Arabia Saudí
arabismo
véase también nacionalismo
Arendt, Hannah
Argelia
artistas franceses y
dominación francesa
entre las dos guerras mundiales
guerra de independencia
resistencia armada en
según Camus
según Gide
según Stendhal
véase también Camus, Albert
Argelia, Universidad de
Argentina
Argeron, Charles-Robert
Arkoun, Muhammad
Arnold, Matthew
Culture and Anarchy
Ártico, exploraciones británicas del
Asad, Talal: Anthropology
and the Colonial Encounter
Asia
según Conrad
Asociación de
Estudios de Oriente Próximo (MESA)
Asociación Internacional del Congo
Atenas
Auerbach, Erich
Mimesis
Philologie der Weltliteratur
Augusto, emperador
Austen, Jane
Mansfield Park
Persuasión
Australia
como colonia penal
según Carter
según Dickens
según Hughes
austro-húngaro, imperio
Baaz, partido iraquí
Baden-Powell, primer barón
Bagdad n. 26
Bagehot, Walter: Physics and Polítics
Baldwin, Stanley
Balzac, Honoré de
La Cousine Bette
La piel de zapa
Bann, Steven: The Clothing of Clio
Barnet, Richard
The Roots of War
Barratt-Brown, Michael: After Imperialism
Barthes, Roland
El grado cero de la escritura
Batatu, Hanna
Batista y Zaldívar, Fulgencio
Bayreuth, ópera de
Beckett, Samuel
Beckford, William Thomas
Beethoven, Ludwig van
Bélgica
colonialismo
Benda, Julien
Bengala
Benjamin, Walter
Bennett, William
«To Reclaim a Heritage»
Bentham, Jeremy
Bentinck, William
Berger, John
Berlín, congreso de
Berlín, muro de
Bernal, Martin
Black Athena
Berque, Jacques
Besant, Annie
Betts, Raymond F.
Bhabha, Homi K.
Birmania
Bizancio
Blackburn,
Robin: The Overthrow of Colonial Slavery68
Blackmur, R. P.
Blake, William
Bloom, Allan
Blunt, Wilfrid Scawen
Blyden, Edward Wilmot
bóers, guerras de los
Bokassa, Jean Bedel
Bolívar, Simón
«Bonanza», serie
Bône (Annaba)
Bopp, Franz
Borges, Jorge Luis
Borís Godunov
Bossuet, Jacques Benigne
Bourdieu, Pierre: Sociologie de l’Algérie
Bourne, Randolph
Bowles, Paul: A Distant Episode
Bowring, John
bóxers, rebelión
boy scouts
Bracken, Harry
Brahimi, Claude
Braithwaite, Edward
Brandt, Informe (North-South:
A Program for Survival)
Brandt, Willy
Brantlinger, Patrick
Brasil
Brazza, Pierre Paul
François Camille Savorgnan de
Brennan, Timothy
británico, imperio
imágenes de la
dominación británica en la India
y esclavitud
véanse también nombres de países; imperialismo Brontë, Charlotte
Jane Eyre
Brontë, Emily
Brooke, sir James
Brosses, Charles de
Bruckner, Pascal: Le sanglot de l’homme blanc
Brzezinski, Zbigniew
Buchan, Francis
Budden, Julian
Bugeaud, Theodore
Bulwer-Lytton, Robert, primer conde de
Bunyan, Paul: El peregrino
Burdick, Eugene: El americano feo
Burke, Edmund
Burke, Kenneth
Burnham, James
Bush, George H. W.
Butler, Samuel
El camino de la carne
Butt, Isaac
Byron, George Gordon, lord
Cabral, Amílcar
«La liberación nacional y la cultura»
«Las armas de la teoría»
Cairo, El
Ópera de
universidad de
Calder, Angus
Revolutionary Empire
Caldwell, Malcolm
Callas, Maria
Camboya
Camões, Luis de
Camp David, acuerdos de
Camus, Albert
apropiación de Argelia
Bodas
con relación a Orwell
Crónicas argelinas
El exilio y el reino
El extranjero
La caída
«La femme adultère»
La peste
«Le renégat»
Canadá
Canguilhem, Georges
Canny, Nicholas
canon, o tradición literaria, debate sobre
capitalismo
colonial
raíces islámicas en Egipto
«capitalismo impreso»
Carey, Peter
Caribe
resistencia al colonialismo
véanse también Césaire, Aimé; James, C. L. R.
Carlyle, Thomas
«Discurso ocasional
sobre la cuestión negra»
Past and Present
The Nigger Question
Carpentier, Alejo
Carter, Jimmy
Carter, Paul: The Road to Botany Bay
Cary, Joyce
Casely Hayford, J. H.
Casement, Roger
Castro, Fidel
César, Julio
Ceilán
Çelik, Zeynep
Cervantes, Miguel de
Césaire, Aimé
Cahier d’un retour au pays natal
Discours sur le colonialisme
Une Tempête
Chaliand, Gerard
Champlain, Samuel de
Champollion, Jean-François
Lettre à M. Dacier
Précis du système hiéroglyphique
Changarnier, general Nicolas
Char, René
Chateaubriand, François de
Atala
René
Chatterjee, Partha
Chaucer,
Geoffrey: Cuentos de Canterbury
Chautemps, Camille, ministro
Chesnaux, Jacques
Chile
China
estereotipos sobre
Chinweizu
Chipre
Chisolm, George
Chodkiewicz, Michel
Chomsky, Noam
Clark, T. J.
Clifford, Hugh
Clive, Robert
Clozel, François Joseph
Cochinchina
Cockburn, Alexander
Coetzee, J. M.
Cohn, Bernard
An Anthropologist Among the Historians
«Representing Authority in Victorian India»
colaboración
Colebrooke, Henry
Coleridge, Samuel Taylor
Colón, Cristóbal
colonialismo
definición
resistencia al
Colonna, Fanny
Columbia, Universidad de
Comisión Internacional para el Estudio de los Problemas de
Comunicación (Many Voices, One World) comunismo
y descolonización confinamiento Congo
Congo francés
Congreso de Ciencias Etnográficas
Congreso Internacional de Ciencias Geográficas, Segundo Congreso
Internacional de Sociología Colonial Connolly, James
Conrad, Joseph
El corazón de las tinieblas
«Geography and Some Explorers»
Lord Jim
Nostromo
Memoria personal
Victoria
«consentimiento, fabricación del»
Constant de Rebecque, Benjamin, Adolphe
Constantinopla
contrapunto, análisis en
Cook, capitán James
Cook, Michael, Hagarism
Cooper, James Fenimore
The Deerslayer
Coppola, Francis Ford, Apocalypse Now
Corán
Corea
Cornwallis, lord
Corry, John
Costa-Gavras, Constantin: Desaparecido
Cowper, William
Creuzer, Georg Friedrich
Cri des nègres
cristianismo árabe
Croce, Benedetto
Cromer, lord
Ancient and Modern Imperialism
Crone, Patricia: Hagarism
Crosby, Alfred
Ecological Imperialism
cruzadas
Cuba
cultura
definición
economía y
extensión del imperio y
heterogeneidad de la
política y
representación y
Cumberland, William
Augustus, duque de: The West Indian
Curtin, Philip: The Image of Africa
Curtius, Ernst Robert
Cuvier, Georges
«Dallas», serie
Damasco
Dante Alighieri
La divina comedia
Danton, Georges Jacques
Darwin, Charles
Darwish, Mahmoud
«The Rose and The Dictionary»
Dash, J. Michael: Haiti and the United States: National
Stereotypes and the Literary Imagination Daudet, Alphonse
Tartarín de Tarascón
Daumier, Honoré
Davidson, Basil
Africa in Modern History: The Search for a New Society
Davis, Lance E.: Mammon and the Pursuit of Empire
Davis, Lennard
Day, Clive
De Sanctis, Francesco
Deane, Seamus
Celtic Revivals
Defert, Daniel
Defoe, Daniel
Captain Singleton
Moll Flanders
Robinson Crusoe
Delacroix, Eugène
Delafosse, Maurice
Delavigne, Robert: Les Constructeurs de la France d’outre-mer Deleuze,
Gilles
Delhi, Asamblea Imperial en
DeLillo, Don
dependencia, dinámica de
Derdour, H’sen
Derrida, Jacques
descolonización
exigencias territoriales y
políticas de
relatos sobre la
Yeats y la
Description de l’Egypte
Dessalines, Jean-Jacques
Destino Manifiesto
Dickens, Charles
Casa desolada
David Copperfield
Dombey e hijo
Grandes esperanzas
Tiempos difíciles
Diderot, Denis
Dilke, sir Charles Wentworth
Dilthey, Wilhelm
Din, Khayr al-
«Dinastía», serie
Dinesen, Isak
Diop, Anta
Disraeli, Benjamin, discurso del Crystal Palace
Tancredo
Doctorow, E. L
Douin, Georges, Histoire du règne du Kkedive Ismail Dower,
John
Doyle, Arthur Conan
Doyle, Michael
Drake, sir Francis
Draneht Bey
Draper, Theodore
D’Souza, Dinesh
Du Bois, W. E. B.
The Souls of Black Folk
Du Locle, Camille
Duncan, Jonathan
Dupleix, Joseph François
Duri, A. A., The
Historical Formation of the Arab Nation
Durkheim, Émile
Dutt, Tora
DuvaIier, Jean-Claude
East India Company
ecología
educación
árabe-islámica
colonial
en Estados Unidos
francesa
liberal
véase también universidades
Edwardes,
Michael, The Sahibs and the Lotus
Egipto
conquista de
en Aída
expedición de Napoleón y estudio de
general Charles Gordon
invasión de
nacionalismo
partido Wafd
egiptología
Eldridge, C. C., England’s Mission
Eliot, George
Daniel Deronda
Middlemarcb
Eliot, T. S.
«Dry Salvages»
«Encarnación»
«Little Gidding»
«Tradition and the Individual Talent»
La tierra baldía
Elliot, sir H. M.
Elphinstone, Mountstuart
Emerson, Ralph Waldo
Engels, Friedrich
Enrique II, rey de Inglaterra
Enzensberger, Hans Magnus
Escandinavia
esclavitud
esencialismo
teorías del
España
guerra civil
imperio
República
Estados Unidos
coherencia imperial
en su carácter de potencia imperial
en su carácter de última superpotencia
expansión territorial
historia de
identidad cultural
intervenciones militares de
polémica sobre la cultura literaria
política antiimperialista
política internacional de
retroceso de su poder económico
y la interdependencia transnacional
y su historia oficial
Estambul
estudios comparatistas, origenes en las potencias imperialistas
estructuralismo
Étienne, Eugène
Etiopía
etnografía
eurocentrismo
exilio
experiencias discrepantes
exploraciones, relatos de
Eyre, Edward J.
Fabian, Johannes
Language and Colonial Power
Time and the Other
Fagan, Brian
Faidherbe, Louis Léon Casar
Faisal, rey
Faiz, Faiz Ahmad
Falk, Richard
Fanon, Frantz
su teoría de la violencia
Los condenados de la tierra
fascismo
feminismo
y los estudios referidos a Oriente Próximo
Ferguson, Samuel
Fergusson, Francis
Fernández Retamar, Roberto
Ferry, Jules
Fetis, François-Joseph
Histoire générale de la musique depuis les temps anciens à nos jours
Résumé philosophique de l’histoire de la musique
Fevre, Lucien
La Terre et l’évolutian humaine
Field, James: America and the Mediterranean World Field Day
Company
Fieldhouse, D. K.
Fielding, Henry
Tom Jones
Fielding, Vernon
Filipinas
Filippi, Filippo
fisiócrata, filosofía
Fiske, John
Flanagan, Thomas
Flaubert, Gustave
La educación sentimental
La tentación de San Antonio
Madame Bovary
Tres cuentos
Florida
Fodeba, Keita
Foreign Affairs
Forster, E. M.
Howards End
Pasaje a la India
Fortunato, Giustino
Foucault, Michel
Vigilar y castigar
Fouillée, Alfred Jules Emile
Fourier, Jean-Baptiste-Joseph: Introducción a Description de
l’Egypte Francia
bajo la ocupación nazi
coherencia imperial
como potencia imperial
cultura decimonónica de, y novela del imperio
Declaración de los Derechos del Hombre
expediciones en Egipto
guerra franco-prusiana
política antiimperialista
Revolución
Unión Imperial
véanse también Argelia; Napoleón; y nombres de autores
Francis, Philip
Frank, André Gunder
Frankfurt, escuela de
Frente de Liberación Nacional de Argelia (FNL)
Freud, Sigmund
Friedman, Thomas: From Beirut to Jerusalem
Friel, Brian
Translations
Frobenius, Leo
Froude, James Anthony
Frye, Northrop
Fuentes, Carlos
Fukuyama, Francis
fundamentalismo
Gabón
Gaddafi, Muammar al-
gaelicismo
Gallagher, John
Gallieni, Joseph Simon
Gandhi, Mohandas
Garantía de Precedencia
García Márquez, Gabriel
Garvey, Marcus
Gaskell, Elizabeth Cleghorn
Gaulle, Charles de
Gellner, Ernest
Gendzier, Irene: Managing Political Change
Genet, Jean
geografía
cultura y
historia literaria y
historia social y
historia y
identidad y
narrativa y
véanse también imperio; Gramsci, Antonio
George, Katherine
Géróme, Jean Léon
Ghana
Ghislanzoni, Antonio
Ghorbal
Gibbon, Edward
Gibran, Kahlil
Giddings, Franklin H.
Gide, André
El inmoralista
Retorno de El Chad
Viaje al Congo
Giosa, Nicola de
Giran
Girardet, Raoul
L’idée coloniale en France
Gissing, George
Gladstone, William Ewart
Glaspie, April
Gobetti, Piero
Gobierno de la India
Gobineau, Joseph Arthur, conde de
Goethe, Johann Wolfgang von
Goldsmith, Oliver
Golfo, guerra del
Gorbachov, Mijaíl
Gordimer, Nadine
Gordon, Charles, general
Gould, Stephen Jay
Gouldner, Alvin
Gounod, Charles François
Goytisolo, Juan
Gramsci, Antonio
Algunos aspectos de
la cuestión sureña
Cuadernos de la cárcel
La cuestión meridional
Gran, Peter
Gran Bretaña
política antiimperialista
política exterior
véanse también británico, imperio; Inglaterra; Irlanda
Granada, isla de
Grattan, Henry
Grecia, antigua
Iglesia ortodoxa griega
Green, Martin
Greene, Graham
El americano impasible
Griaule, Marcel
Grimal, Henri
Grupo Colonial
Guadalupe
Guatemala
Guattari, Félix
Guayana
guerra civil norteamericana
Guerra Fría
Guerra Mundial, Primera
Guerra Mundial, Segunda
Guha, Ranajit
A Rule of Property for Bengal
Guinea
Guinea-Bisau
Habermas, Jurgen
Haggard, Rider
Ella
Haití
Halhed, Nathaniel
Hall, Stuart
Hamer, Mary
Hardy, Georges
director de la École Coloniale
rector de la Academia de Argelia
La Politique coloniale et le partage du terre aux XIXe et XXe
siécles Hardy, Thomas
Jude el Oscuro
Harlem, Renacimiento de
Harlow, Barbara
Resistance Literature
Harmand, Jules
principio de dominación
Harris, Wilson
Hastings, Warren
Hawai
Head, Bessie
Heaney, Seamus
Hegel, G. W. F.
su visión de Oriente y África
Henty, G. A.
Herder, Johann Gottfried von
Herodoto
Hersh, Seymour
Hibbert, Christopher: The Great Mutiny
hibridez
Hilferding, Rudolf
Hirschman, Albert O.
The Passions and the Interests
historia
del Tercer Mundo
experiencia de la
y la novela
y la representación
histórica, narrativa
Hitchens, Christopher
Hitler, Adolf
Ho Chi Minh
Hobsbawm, Eric
The Invention of Tradition
Hobson, John A., S.
Imperialism: A Study
Hodgkin, Thomas
Nationalism in Colonial Africa
Hofstadter, Richard
Holanda
Hollywood
Homero
Odisea
Hong Kong
Hook, Sidney
Hopkins, Gerard Manley: «Pied Beauty»
Hountondji, Paulin J.
Hourani, Albert
House, Karen Elliot
Hughes, Langston
Hughes, Robert
The Fatal Shore
Hugo de St. Victor
Hugo, Victor, «Lui»
Hulme, Peter: Colonial Encounters
Humanities in American Life, The
Humbert, Jean
Humboldt, Wilhelm von
Hume, David
Huntington
Husayni, Haj Amin al-
Husein, Sadam
presentado como el Hitler árabe
Husein, Sherif
Hutchins, Francis
The Illusion of Permanence: British
Imperialism in India Huttenback, Robert A.: Mammon and the Pursuit of Empire Huxley,
Aldous
Hyde Park, revueltas de
identidad
árabe
árabe-islamica
árabe-protestante
británica
caribeña
francesa
irlandesa
norteamericana
pérdida de
políticas de
y cultura
y el imperio
y el nacionalismo
y lenguaje
y los medios masivos de comunicación
Ilusiones perdidas
Ilustración
imperialismo, como acto de violencia geografica
como movimiento educacional
definido
gran
moderno
imperialismo cultural
imperio
defensa cultural del
disciplinas académicas
discrepancia en la experiencia del
disolución de y surgimiento del modernismo y las vanguardias
e historia
e identidad cultural
imágenes y representaciones en los medios de comunicación
integridad cultural del
poder integrador del
resistencia al
retórica del
y estética
y geografía
y la cultura del siglo XIX
y la novela
y narrativa
y representación
véanse también colonialismo; imperialismo; narrativa; retórica de la culpa Inden,
Ronald: Imagining India
India
Acta de Colonización Permanente
educación
épica nacional
estereotipos de
historias opuestas de
imágenes de la India en los medios de comunicación
independencia y partición
nacionalismo
Partido del Congreso de la
resistencia al imperio
rivalidad anglo-francesa en
según Bront
según Forster
según Kipling
según Naipaul
según Thackeray
y los artistas británicos
véanse también Chatterjee, Partha; Guha, Ranajit; Kipling, Rudyard; Naipaul, V.
S. India, Motín de la
véase también India, Rebelión de
India, Rebelión de
Indias Occidentales
indígenas norteamericanos
Indio, Congreso Nacional
Indochina
Indonesia
resistencia armada en
influencia, definición de
Inglaterra
Inkle
intereses, doctrina de los
Irán
crisis de los rehenes
revolución
Sha de
Irán-Irak, guerra entre
Irak
Iriye, Akiri
Irlanda
Acta de Unión
Decreto de Registro de
estereotipos de
movimiento de la Home Rule
nacionalismo
partido Sinn Fein
rebelión de Semana Santa
resistencia armada en
según Spenser
según Yeats
Irlandés, Renacimiento
islam
descripción orientalista del
fundamentalismo
imágenes norteamericanas del
Islamocentrismo
Ismail, virrey de los otomanos
Israel
Italia
Jabarti, ‘Abd al-Rahman al-
Aja’ib al-Athr
Jabri, Mohammad Abed al-
Jackson, Andrew
Jamaica
estereotipos de
James, C. L. R.
A History of the Negro Revolt
Nkrumah and the Ghana Revolution
The Black Jacobins
James, Henry
Retrato de una dama
James, William
Jameson, Fredric
The Political Unconscious
Japón
Jayawardena,
Kumari: Feminism and Nationalism in the Third World
Jefferson, Thomas
Jinnah, Muhammad Ali
Johnson, Lyndon Baines
Johnson, Samuel
Jomeini, ayatollah
Jones, Gareth Stedman
Jones, sir WiIliam
Jonson, Benjamin
Jordania
Jorge V, rey de Inglaterra
Joy, G. W.
joya de la corona, La, serie televisiva
Joyce, James
Ulises
Julien, Charles-André
Les Constructeurs
de la France d’outre-mer
Jung, Carl
Kader, emir Abd el-
Kafka, Franz
Kant, Immanuel
Kartini, Raden
Karve, D. K.
Kautsky, Karl J.
Keats, John
Kedourie, Elie
Kennan, George
Kennedy, John F.
Kennedy, Paul
The Rise and Fall of the Great Powers
Kenia
Kerman, Joseph: Opera as Drama
Kernan, Alvin
Khalidi, Rashid al-
Khoury, Bishara al-
Khoury, Elias
Kiberd, Declan
Kidd, Benjamin
Kiernan, V. G.
The Lords of Human Kind
Marxism and Imperialism
Kimball, Roger
Kincaid, Jamaica
Kingsley, Charles: Westward Ho!
Kingsley, Mary
Kinkead-Weekes, Mark
Kinney, Leila
Kipling, John Lockwood
Kipling, Rudyard
Capitanes intrépidos
como periodista
El Libro de la Selva
galardonado con el Premio Nobel
Kim
La luz que se apaga
«Lispeth»
Something of Myself
Stalky y Cía.
Kirkpatrick, Jeane
Kissinger, Henry
Knox, Robert
Kolko, Gabriel
Kotzebue, August
von: Juramentos de amor
Krupat, Arnold
Kundera, Milan
Kuwait
véase también Golfo, guerra del
La Guma, Alex
La Rouciére, almirante
La Scala
Labouret
Lacheraf, Mostafa
Lagerlöf, Selma
Lamartine, Alphonse de
Lamming, George
Landes, David, Bankers and Pashas
The Unbound Prometheus
Lane, E. W.
Lang, Jacques
Langland, William
Laos
Laqueur, Walter
Laroui, Abdullah
Las Casas, Bartolomé de
Lasswell
Latinoamérica
Lawrence, D. H.
Lawrence, T. E.
Los siete pilares
de la sabiduría
Le Bon, Gustave
Le Noury
Lean, David, Pasaje a la India
Lebow, R. N.
Lederer, William
J.: El americano feo
Leerssen, Joseph
Mere Irish and Fior-Ghael
Leeward, islas
Lefeber, Walter
Leiris, Michel
lenguaje
africano
árabe
colonialismo y
cultura nacional y
del poder
francés
identidad y
inglés
mutilación del
teorías del
Lenin, Vladimir Ilich
Leopoldo de Bélgica, rey
Lerner
Leroy-Beaulieu, Paul
Lesseps, Ferdinand de
Lévi-Strauss, Claude
Levin, Harry
Lewis, Anthony
Lewis, Bernard
The Political Language of Islam
Lewis, Gordon K.
Slavery, Imperialism, and Freedom
Liauzu, Claude: Aux Origines des tiersmondismes: Colonisés et
anti-colonialistes en France (1919-1939)
Líbano
guerra civil
liberación y movimientos de liberación
políticas de
Libia
Licurgo
Limerick, Patricia
Lindenberger, Herbert: Opera, The Extravagant Art
literatura
comparada
de Estados Unidos
europea
mundial
literatura de viajes
Livingstone, David
Londres
Loti, Pierre
L’inde (sans les Anglais)
Le Roman d’un Sahib
Lottman, Herbert
Loutfi, Martine: Littérature et colonialisme
Louvre
Lowe, Lisa: Critical Terrains
Lugard, Frederick
Lúkacs, Georg
Historia y conciencia de clase
Teoría de la novela
Luxemburg, Rosa
Lyautey, Hubert
Lyotard, Jean-François
«Mac Neil/Lehrer NewsHour»
Macaulay, Thomas Babington
Minute on Indian Education
MacDonald, Ramsay
MacKenzie, John M.: Propaganda and Empire
Mackinder, Halford
conferencias sobre imperialismo
Madagascar
Magdoff, Harry
Mahan, almirante
Mahfuz, Naguib
Mahood, Molly
Maine, sir Henry
Ancient Law
Conferencias Rede
Village Communities
Malasia
Mali
Malouf, David
Malraux, André
como amateur etnógrafo-arqueólogo
La vía real
Malti-Douglas,
Fedwa: Woman’s Body, Woman’s World
Malvinas, guerra de las
Mandela, Nelson
Manet, Édouard
Mangan, J. A.: The Games Ethic and Imperialism
Mangan, James Clarence
Mann, Thomas
Muerte en Venecia
maoríes
Marcos, Ferdinand
Marcuse, Herbert
Mariátegui, José
Mariette, Auguste
Markham, James
Marruecos n. 12
Martí, José n. 8
Martineau, Harriet
Martinica
Marx, Karl
marxismo
Mas, Sinbaldo de
masonería
Massignon, Louis
Matisse, Henri
Mattelart, Armand
Maugham, Somerset
Mau-Mau, insurrección de los
Maunier, René: The Sociology of Colonies
Maupassant, Guy de
Bel-Ami
Mauricio, isla
Mauritania
Mawaqif, periódico
Mayer, Arno
Mazrui, Ali
McBride, Sean
Comisión
Many Voices, One World
véase también Comisión Internacional para el Estudio de los Problemas de
Comunicación McCaughey, Robert: International Studies and Academic
Enterprise: A Chapter in the Enclosure of
American Learning
McClure, John A.
McCormack, W. J.
McGeoghehan, abate
McKay, Claude
McKeon, Michael
McMahon, sir Henry
McNeill, William, The Pursuit of Power
medios de comunicación
y el imperialismo cultural
Melbourne
Melville, Herman
Moby Dick
Memmi, Albert
Meredith, George
Merle, Marcel: L’anticolonialisme Européen de Las Casas à Karl
Marx
Mesopotamia, civilización de
Metropolitan Opera, Nueva York
metropolitanas, culturas
Michelet, Jules
migración, tema de la
Mill, James
Mill, John Stuart
Principles of Political Economy
Mille
Miller, Christopher: Blank Darkness
Miller, David: The Novel and the Police
Mills, Charles Wright
Milton, John
Mirabeau, Honoré Gabriel Riqueti
misioneros
Mitchel, John
Mitchell, Timothy
Colonizing Egypt
Mitterrand, François: Présence française et abondon Miyoshi,
Masao
As We Saw Them
Mobarak, Alí, bajá: Khittat Tawfikiya
Mobutu, Sese Seko
modernismo (vanguardias)
disolución del imperio
Moi, Daniel arap, régimen de
Monroe, doctrina
Montagu, lady Wortley
Montaigne, Michel de
Montesquieu, Charles Louis de Secondat
Moore, George
Moore, Thomas
Moorhouse, Geoffrey
Morazé, Charles
Morris, William
Morrison, Toni: Beloved
Playing in the Dark
Tar Baby
Mountbatten, Louis
Mozambique
Mubarak, Hosni
Mudimbe, V. Y.
The Invention of Africa
mujeres, movimientos en favor de las
Müller, Max
Multatuli
multiculturalismo
Munif, Abdelrahman el
Cities of Salt
Munro, Thomas
Murchison, sir Roderick
Murphy, Agnes
Mus, Paul: Viet-Nam:
Sociologie d’une guerre
Musulmana, Liga
nacionalismo
africano
alfabetización y
árabe
argelino
castas patriarcales del
de Oriente Próximo
estudios literarios y
identidad y
indio
irlandés
movimientos de liberación y
negro
relatos del
Tercer Mundo
Naciones Unidas
Naipaul, V. S.
Un recodo en el río
Entre los creyentes
Guerrillas
Naoroji, Dadabhai
Napoleón Bonaparte
expedición a Egipto
Napoleón III
narrativa
árabe
oficial
y el imperio
y el orden moral
y el poder
y la cultura
y la identidad
véanse también los nombres de los autores
Nasser, Gamal Abdel
National Defense Education Act n. 5
National Endowment for the Humanities
nativismo
identidad y
véase también nacionalismo
Ndebele-Shona, levantamiento de
négritude
Nehru, Jawaharlal
Neill,
Stephen: Colonialism and Christian Missions
Neruda, Pablo
«Deber del poeta»
«El pueblo»
Plenos poderes
Nerval, Gérard
New York Times, The
Ngasse
Ngugi wa Thiongo (James)
Decolonising the Mind
The River Between
Nicaragua
Niebuhr, Reinhold
Nietzsche, Friedrich Wilhelm
Nigeria
Nimr, Faris
Nitze, Paul
Nixon, Richard
Nkrumah, Kwame
Noriega, Manuel A.
Norte-Sur, relaciones
«Norteamérica como Oeste», exposición
novela, y corrientes estéticas imperiales
árabe
descolonización y
identidad nacional y
imperio y
Nueva Caledonia
Nueva Guinea
Nueva York
Nueva Zelanda
Nuevo Orden del Mundo de la Información
Nye, Joseph
Nyerere, Julius
O’Brien, Conor Cruise
O’Brien, Justin, traductor de Camus
O’Brien, Patrick
occidentalismo
O’Connell, Daniel
O’Grady, Standish
O’Leary
Omar, Hajji
ópera
Orabi, levantamiento de
orientalismo
Oriente
Oriente Próximo
véanse también bajo el nombre de los diversos países Orwell, George
y Camus otomano, imperio Owen, Roger Oxford, Universidad de
Padmore, George
Pakistán
Palestina n. 43
intifada
Palestrina, Giovanni Pierluigi da
Palmerston, Henry John Temple
panafricanismo
panarabismo
Panamá
Panikkar, K. M., Asia and Western Dominance
Pareto, Vilfredo
París
Exposición Internacional
Parnell, Charles Stewart
Parry, Benita
Delusions and Discoveries
Partido Comunista francés
pasado, imágenes del
Patai, Raphael
The Arab Mind
patriotismo, retórica del
véanse también imperio; nacionalismo
Paulin Tom
Pavlidis, Pavlos, véase Draneht Bey
Pearse, Patrick Henry
Persia
petróleo
en relación con la prosperidad de Oriente Próximo Picasso, Pablo
Pinochet Ugarte, Augusto
pintura
Pipes, Daniel
Piroli, Giuseppe
Pitágoras
Platón
Platt, D. C. M.
Finance
Trade and Politics
in British Foreign Policy54
Pocahontas
Podhoretz, Norman
poesía
Poiret, Jean L. M., abate: Lettres de Barbarfe
Policy Planning Staff
política
arte y
ciencias sociales y
cultura y
estética y
identidad y
retórica y
Poliziano, Angelo
Pompeyo
Porter, Andrew
Porter, Bernard
Critics of Empire
Portugal
imperio
posmodernismo
Pot, Pol, régimen de
Pound, Ezra
Pratt, Mary Louise
Prochaska, David
Proust, Marcel
Proyecto de Modelos de Orden Mundial
Pryce-Jones, David: The Closed Circle
psicología
Psichari, Ernest
puritanos norteamericanos
Pye
racismo
Radcliffe, Ann
Raffles, Arthur J.
Rafi, Mohammed
Ragatz, Lowell
Joseph: The Fall of the Planter Class in the British Caribbean33
Raleigh, sir Walter
Ramabai, Pundita
Ranger, Terence
The Invention of Tradition
Raskin, Jonah: The Mythology of Imperialism
Rastafari, movimiento
Raynal, abate
Reade, Charles
Reagan, Ronald
Renacimiento
de Harlem
irlandés
oriental
Renan, Ernest
resistencia, cultura de, véanse colonialismo,
resistencia al; imperio, resistencia al; retórica de la culpa revisionismo
Revue de deux mondes
Reynolds, Joshua: Discourses
Rhee, Syngman
Rhodes, Cecil
Rhys, Jean: Ancho mar de los Sargazos
Richardson, Samuel
Clarissa
Richelieu, cardenal
Richetti, John
Richter, Melvin
Ricordi, Giovani
Rimbaud, Arthur
Robbins, Bruce
Roberts, Warren
Robeson, Paul
Robespierre, Maximilien-François-Marie-Isidore
Robinson, Paul: Opera and Ideas
Robinson, Ronald
Robinson-Gallagher, polémica
Rockefeller Foundation
Rodinson, Maxime
Rodney, Walter
How Europe Underdeveloped Africa
Rodó, José Enrique
Ariel
Rogin, Michael Paul
Romania
romano, imperio
Roosevelt, Theodore
Rostow, Walt Whitman
Roth, Philip
Rougé, Jean-Luc
Rousseau, Jean-Jacques
Roy, Ramuhan
Royal Geographical Society
Rushdie, Salman
Los hijos de la medianoche
Los versos satánicos
Rusia
imperio ruso
Rusk, Dean
Ruskin, John
conferencias en la cátedra Slade
Sabry, Mohammed
Sacro Imperio Romano
Sadat, Anwar el-
Said, Ali Ahmed, véase Adonis
Said, Edward: Orientalismo
Said, Nuri as-
Saint-Saéns,
Charles Camille: Sansón y Dalila
Saint-Simon, Claude Henri
Salan
Salih, Tayeb
Season of Migration to the North
Salvador, El
Samory
Samuel, Raphael
sánscrito
Santo Domingo
Sarraut, Albert
Grandeur et servitude coloniales
Sartre, Jean-Paul
Saussure, Léopold de
SchiIler, Herbert
Schlegel, August Wilhelm von
Schlegel, Friedrich von
Schlesinger,
Arthur: The Disuniting of America
Schumpeter, Joseph
Schwab, Raymond
The Oriental Renaissance
Scott, sir Walter
Seal, Anil: The Emergence of Indian Nationalism
Seeley, J. R.
Segalen, Victor
Seillière, Ernest
Selassie, Haile
Semidei, Manuela
Senegal
Senghor, Leopold
separatismo, véase nacionalismo
Sha’arawi, Huda
Shakespeare, William
La tempestad
Shan, Sher
Sharabi, Hisham
Shariati, Ali
Sheikh, Jamal Ben
Shipler, David: Arab and Jew
«show de Lucy, El», programa
Sick, Gary: All Fall Down
Simpson, Alan, senador
Singapur
sionismo n. 43
Siria
Sivan, Emmanuel
Slotkin, Richard
Regeneration Through Violence
Smith, Anthony: The Geopolitics of Information
Smith,
Bernard: European Vision and the South Pacific
Smith, Goldwin
Smith, John
Smith, Neil: Uneven Development
Smollett, Tobias George
sociología
Solón
Somalia
Somoza, Anastasio
Sorabjee, Cornelia
Soyinka, Wole
Spence, Jonathan: To Change China
Spenser, Edmund
View of the Present State of Ireland
Spencer, Herbert
Spitzer, Leo
Sputnik
St. Pierre, Jacques-Henri Bernardin de
Stafford, Robert
Stanley, Henry
Steel, Ronald: Walter Lippmann and the American Century Stendhal,
Henri Beyle
Rojo y negro
Stepan, Nancy
Sterne, Laurence
Stevens, Wallace
Stevenson, Robert Louis
Stocking, George W.
Stone, I. F.
Stone, Oliver
JFK
Salvador
Stone, Robert
A Flag for Sunrise
Strachey, John: The End of Empire
Stravinsky, Igor
La consagración de la primavera
Street, Brian: The Savage in Literature
Suárez, Francisco
Subaltern Studies
Sudáfrica
Sudamérica
según Conrad
Sudán
Suez
canal
Suiza
Sukarno
Suleri, Sara: The Rhetoric of English India
Sumatra
Sur, Mares del, según Conrad
surrealismo
Swift, Jonathan
Tagore, Rabindranath
«Nationalism», conferencia
Tahití
Tahtawi, Rifa’a Al-
Taiwan
Tempels,
Placide: Bantu Philosophy
Temple, Charles
Tennyson, Alfred, lord
The Idylls of the King
teoría política
Tercer Mundo
descolonización
nacionalismo
prácticas colonialistas
relatos antioccidentales
según la
perspectiva occidental
tras el colonialismo
Tercera Internacional
terrorismo
Thackeray, William Makepeace
La feria de las vanidades
Thapar, Romila
Thatcher, Margaret
Thompson, Edward John
The Other Side of the Medal
Thornton, A. P.
The Imperial Idea
and Its Enemies
Tibawi, A. L.
Tibi, Bassam
Tillion, Germaine
Time
Tocqueville, Alexis de
sobre Argelia
Todorov, Tzvetan
Nous et les autres
Tolstói, León
Tompkins, J. M. S.
Tone, Wolfe
Tonkin
Tormenta del Desierto, operación
véase también Golfo, guerra del
Toronto
Toussaint L’Ouverture
Tres cuentos
Trevelyan, Charles
Trilling, Lionel
Trinidad
Trollope, Anthony
Trujillo Molina, Rafael Leónidas
Tucker, Judith
Tucker, Robert W.
Túnez
Turner,
Brian: Marx and the End of Orientalism
Turner, Victor
Turquía
Twain, Mark
Las aventuras de Huckleberry Finn
Uganda
Unión de los Trabajadores Negros
Unión Soviética
United Irishmen
universidades
departamentos de inglés en universidades árabes
moderna y secularización
Updike, John
vallado de tierras
van Alstyne,
Richard: The Rising American Empire
Vattel, Emerich de
Vaticano
Vatimo, Gianni
Vendler, Helen
Venecia
Verba
Verdi, Giuseppe
Aida
Attila
Don Carlos
Falstalf
Il trovatore
La forza del destino
La traviata
Los lombardos
Nabucco
Otelo
Rigoletto
Simon Boccanegra
Un ballo in maschera
Verne, Julio
viaje de retorno
Vico, Giovanni Battista
Victoria, reina
proclamada
emperatriz de la India
Vietnam
guerra de
Virgilio
Virilio, Paul
Viswanathan, Gauri
Vitoria, Francisco de
Volney
Voltaire
Vossler, Karl
Wagner, Richard
El crepúsculo de los dioses
Tristán
Wagner, Wieland
Walcott, Derek
Walker, Frank
Walpole, Horace
Wall Street Journal, The
Wallerstein, Immanuel
Washington, D.C.
Washington, George
Waterloo
Watt, Ian
Weaver, William
Webb, Beatrice y Sidney
Weber, Max
Wechsberg, Joseph
Weinberg, Albert K.: Manifest Destiny
White, Hayden: Metahistory
White, Patrick
Wilberforce, William
Wilkins, Charles
Wilson,
Angus: The Strange Ride of Rudyard Kipling
Wilson, Edmund
Williams, Eric
Capitalism and Slavery
Williams, Raymond
The Country and the City
Culture and Society
Williams, William Appleman
Wolf, Eric Robert
Wollstonecraft, Mary
Woodberry, George Edward
Woolf, Virginia
Al faro
Una habitación propia
Wordsworth, William
Yacine, Kateb
Yariko
Yeats, William Butler
descolonización y
fascismo y
mística y
problema de la Ascendencia Protestante
resistencia al imperialismo y
«A Prayer for My Daughter»
«Among School Children»
«Ego Dominus Tuus»
«El pescador»
«Las estatuas»
«Leda y el cisne»
«Mil novecientos diecinueve»
«Pascua de 1916»
«Septiembre de 1913»
«The Circus
Animals’ Desertion»
«The Rose»
«The Tower»
The Tower
Una visión
Yeltsin, Borís
Young, Marilyn
Yugoslavia
Zaghloul, Saad
Zaire
Zaydan, Girgi
Zia
Zinn, Howard
Zola, Émile
Notas
INTRODUCCIÓN
[1] Robert Hughes, The Fatal
Shore: The Epic of Australia’s Founding, Nueva York, Knopf, 1987, p. 586.
[2] Paul Carter, The Road to
Botany Bay: An Exploration of Landscape and History, New York, Knopf, 1988,
pp. 202-260. Como suplemento a Hughes y Carter, véase Sneja Gunew,
«Denaturalizing Cultural Nationalisms: Multicultural Readings of “Australia”»,
en Nation and Narration, Homi Bhabha, ed., Londres, Routlegde,
1990, pp. 99-120.
[3] Joseph Conrad, Nostromo: A
Tale of the Seaboard, 1904; reimpreso en: Garden City, New York, Doubleday,
Page & Co., 1925. [Hay trad. cast.:
Nostromo, Madrid, Alianza, 1995.]
Curiosamente, Ian Watt, uno de los mejores críticos de Conrad, apenas dice nada
sobre el imperialismo norteamericano en Nostromo (véase
su Conrad: «Nostromo», Cambridge: Cambridge University Press,
1988). Acerca de la relación entre geografía, comercio y fetichismo, hay
algunas perspectivas sugerentes en: David Simpson, Fetishism and
Imagination: Dickens, Melville, Conrad, Baltimore, Johns Hopkins University
Press, 1982, pp. 93-116.
[4] Lila Abu-Lughod, Veiled
Sentiments: Honor and Poetry in a Bedouin Society, Berkeley, University of
California Press, 1987; Leila Ahmed,
Women and Gender in
Islam: Historical Roots of a Modern Debate, New
Haven, Yale University Press, 1992; Fedwa Malti-Douglas, Woman’s
Body, Woman’s World: Gender and Discourse in Arabo-Islamic Writings, Princeton:
Princeton University Press, 1991.
[5] Sara Suleri, The Rhetoric of
English India, Chicago, University of Chicago Press, 1992; Lisa Lowe, Critical
Terrains: French and British Orientalism, Ithaca, Cornell University Press,
1991.
[6] Arthur Schlesinger, Jr., The
Disuniting of America: Reflections of a Multicultural Society, Nueva York,
Whittle Communications, 1991.
PRIMERA PARTE
Territorios superpuestos, historias entrecruzadas
1. IMPERIO, GEOGRAFÍA Y CULTURA
[1] T. S. Eliot, Critical Essays,
Londres, Faber and Faber, 1932, pp. 14-15.
[2] Véase Lyndall Gordon, Eliot’s
Early Years, Oxford y Nueva York, Oxford University Press, 1977, pp. 49-54.
[3] C. C. Eldridge, England’s
Mission: The Imperial Idea in the Age of Gladstone and Disraeli, 1868-1880,
Chapel Hill, University of North Carolina Press, 1974.
[4] Patrick O’Brien, «The Costs and
Benefits of British Imperialism», Past and Present, n.° 120, 1988.
[5] Lance E. Davis y Robert A.
Huttenback, Mammon and the Pursuit of Empire: The Political Economy of
British lmperialism, 1860-1920, Cambridge,
Cambridge University Press, 1986.
[6] Véase William Roger Louis, ed., Imperialism:
The Robinson and
Gallagher
Controversy, Nueva York: New Viewpoints, 1976.
[7] Por ejemplo, André
Gunder Frank, Dependent Accumulation and Underdevelopment, Nueva
York, Monthly Review, 1979; y Samir Amin,
L’accumulation à
l’echelle mondiale, París, Antrophos, 1970.
[8] O’Brien, «Costs and Benefits», pp.
180-181.
[9] Harry Magdoff, Imperialism:
From the Colonial Age to the Present, Nueva York, Monthly Review, 1978, pp.
29 y 35.
[10] William H. McNeill, The Pursuit of Power: Technology, Armed
Forces and Society Since 1000 AD, Chicago, University of Chicago Press, 1983,
pp. 260-261.
[11] V. G. Kiernan, Marxism and
Imperialism, Nueva York, St Martin’s Press, 1974, p. 111.
[12] Richard W. Van
Alstyne, The Rising American Empire, Nueva York, Norton, 1974, p.
1. Véase también Walter LaFeber, The New Empire: An Interpretation of
American Expansion, Ithaca, Cornell University Press, 1963.
[13] Véase Michael H. Hunt, Ideology
and U.S. Foreign Policy, New Haven, Yale University Press, 1987.
[14] Michael Doyle, Empires,
Ithaca, Cornell University Press, 1980, p.
45.
[15] David Landes, The
Unbound Prometheus: Technological Change and Industrial Development from 1750
to the Present, Cambridge, Cambridge University Press, p. 37.
[16] Tony Smith, The
Pattern of Imperialism: The United States, Great Britain and the Late
Industrializing World since 1815, Cambridge, Cambridge
University Press, 1981, p. 52 (Smith cita a Gandhi cuando trata esta cuestión).
[17] Kiernan, Marxism and Imperialism, p.
111.
[18] D. K.
Fieldhouse, The Colonial Empires: A Comparative Survey from the
Eighteenth Century, 1965, reeditada en Houndsmills, Macmillan, 1991, p. 103.
[19] Frantz Fanon, The
Wretched of the Earth, traducción de Constance Farrington, 1961; reeditada
en Nueva York, Grove 1968, p. 101. [Hay trad. cast.: Los condenados de
la tierra, México, Fondo de Cultura Económica, 1.ª ed., 1965.]
[20] J. A. Hobson, Imperialism:
A Study (1902); reeditado en Ann Arbor, University of Michigan Press,
1972, p. 197. [Hay trad. cast.: Estudio del imperialismo, Madrid,
Alianza, 1981.]
[21] Selected Poetry and
Prose of Blake, Northrop Frye, ed., Nueva York,
Random House, 1953, p. 447. Una de las escasas obras en las que se aborda el
antiimperialismo de Blake es la de David V. Erdman, Blake: Prophet Against
Empire, Nueva York, Dover, 1991.
[22] Charles Dickens, Dombey and Son (1848); reeditada en
Harmondsworth, Penguin, 1970, p. 50.
[23] Raymond Williams, «Introduction»; en
Dickens, Dombey and Son, pp. 11-12.
2. IMÁGENES DEL PASADO, PURAS E IMPURAS
[1] Martin
Bernal, Black Athena: The Afroasiatic Roots of Classical Civilization,
vol. 1, New Brunswick, Rutgers University Press, 1987, pp. 280-
336.
[2] Bernard S. Cohn, «Representing
Authority in Victorian India», en Eric Hobsbawm y Terence Ranger, eds., The
Invention of Tradition, Cambridge, Cambridge University Press, 1983,
185-207.
[3] Citado por Philip D. Curtin, ed.,
en Imperialism, Nueva York, Walker, 1971, pp. 294-295.
3. DOS VISIONES EN EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS
[1] Salman Rushdie, «Outside the Whale»,
en Imaginary Homelands: Essays and Criticism, 1981-1991, Londres,
Viking/Granta, 1991, pp. 92 y
101.
[2] Este es el mensaje de Conor Cruise
O’Brien en «Why the Wailing Ought to Stop»: The Observer, 3 de
junio de 1984.
[3] Joseph Conrad, «Heart of Darkness»,
en Youth and Two Other Stories, Garden City, Doubleday, Page &
Co., 1925, p. 82. [Hay trad. cast.: El corazón de las tinieblas,
Lumen, Barcelona, 1992.]
[4] Para Mackinder, véase Neil
Smith, Uneven Development: Nature, Capital and the Production of Space,
Oxford, Blackwell, 1984, pp. 102-103. Conrad y la geografía
triunfalista forman el núcleo del trabajo de Felix Driver en «Geography’s
Empire: Histories of Geographical Knowledge», Society and Space,
1991.
[5] Hannah Arendt, The Origins of
Totalitarianism, 1951; nueva edición en Nueva York, Harcourt and Brace
Jovanovich, 1973, p. 215. [Hay trad. cast.:
Los orígenes del totalitarismo, Madrid: Taurus,
1974.] Véase también Fredric Jameson, The Political Unconscious:
Narrative as a Socially Symbolic Art, Ithaca, Cornell University
Press, 1981, pp. 206-281.
[6] Jean-François
Lyotard, The Postmodern Condition: A Report on Knowledge,
traducción de Geoff Bennington y Brian Massumi, Minneapolis, University
of Minnesota Press, 1984, p. 37. [Hay trad. cast.: La condición
postmoderna, Madrid, Cátedra, 1989.]
[7] Véase especialmente la última obra de
Foucault, Le souci de soi, París, Gallimard, 1984. [Hay trad.
cast.: El cuidado de sí, Madrid, Siglo XXI, 1987.] En The
Passion of Michel Foucault, Nueva York, Simon & Schuster, 1993, James
Miller propone una nueva y arriesgada interpretación, en la que sostiene que,
en su conjunto, la oeuvre de Foucault estaría por entero
dedicada al yo, en particular, al del mismo Foucault.
[8] Véase, por ejemplo, Gérard
Chaliand, Revolution in the Third World, Harmondsworth, Penguin,
1978.
[9] Salman Rushdie, «Outside the Whale»,
pp. 100-101.
[10] Ian Watt, Conrad in the
Nineteenth Century, Berkeley, University of California Press, 1979, pp.
175-179.
4. EXPERIENCIAS DISCREPANTES
[1] Los ingleses tomaron el término
hindi darbar, del persa «corte», para reunir asambleas de nativos
notables convocados por la autoridad imperial. Se dijo en la primera
convocatoria (1877) que se trataba de una «costumbre ancestral», pero en
realidad era un recurso recién inventado con motivo de la proclamación de la
reina Victoria de Inglaterra como emperatriz de la India en 1876. (N.
de la T.)
[2] Eric Hobsbawm, «Introduction», en
Hobsbawn y Ranger, Invention of Tradition, p. 1.
[3] Jean-Baptiste Joseph Fourier, Préface
historique, vol. I de Description de l’Egypte, París,
Imprimerie Royale, 1809-1828, p. 1.
[4] Abd al-Rahman
al-Jabarti, ‘Aja’ib al-Athar fi al-Tarajum wa al-Akhbar, vol. 4, El
Cairo, Lajnat al-Bayan al-’Arabi, 1958-1967, p. 284.
[5] Véase Cristopher Miller, Blank
Darkness: Africanist Discourse in
French, Chicago, University of Chicago
Press, 1985; también: Arnold Temu y Bonaventure Swai, Historians and
Africanist History: A Critique, Westport, Lawrence Hill, 1981.
[6] Johannes Fabian, Time and the
Other: How Anthropology Makes Its Object, Nueva York, Columbia University
Press, 1983; Talal Asad, ed.,
Anthropology and the Colonial Encounter, Londres, Ithaca Press, 1975; Bryan S. Turner, Marx and the End
of Orientalism, Londres, Alien & Unwin, 1978. Para una discusión sobre
algunos de estos trabajos, véase Edward W. Said, «Orientalism
Reconsidered», Race and Class 27, n.° 2, otoño de 1985,
pp. 1-15.
[7] Peter Gran, The
Islamic Roots of Capitalism: Egypt, 1760-1840, Austin, University of Texas
Press, 1979; Judith Tucker, Women in Nineteenth Century Egypt, El
Cairo, American University in Cairo Press, 1986; Hanna Batatu, The
Old Social Classes and The Revolutionary Movements of Iraq, Princeton,
Princeton University Press, 1978; Syed Hussein Alatas, The Myth of the
Lazy Native: A Study of the Image of the Malays, Filipinos and Javanese from
the Sixteenth to the Twentieth Century and Its Function in the Ideology of
Colonial Capitalism, Londres, Frank Cass, 1977.
[8] Gauri Viswanathan, The Masks
of the Conquest: Literary Study and British Rule in India, Nueva York,
Columbia University Press, 1989.
5. VINCULACIÓN DEL IMPERIO CON LA INTERPRETACIÓN
SECULAR
[1] Francis Fergusson, The Human
Image in Dramatic Literature, Nueva York, Doubleday, Anchor, 1957, pp.
205-206.
[2] Erich Auerbach, «Philology and Weltliteratur»
traducción de M. y E. W. Said, Centennial Review 13, invierno
de 1969. (Véase mi análisis de su
obra en The
World, the Text, and the Critic, Cambridge, Massachusetts, Harvard
University Press, 1983, pp. 1-9.)
[3] George E. Woodberry, «Editorial»
(1903), en Comparative Literature: The Early Years, An Anthology of
Essays, Hans Joachim Schulz y Phillip K. Rein, eds., Chapel
Hill, University of North Carolina Press, 1973, p. 211. Véase también Harry
Levin, Grounds for Comparison, Cambridge, Massachusetts, Harvard
University Press, 1972, pp. 57-130; Claudio Guillén,
Entre lo uno y lo
diverso: Introducción a la literatura comparada, Barcelona, Editorial Crítica, 1985, pp. 54-121.
[4] Erich Auerbach, Mimesis: The
Representation of Reality in Western Literature, traducción de Willard
Trask, Princeton, Princeton University Press, 1953. [Hay trad.
cast.: Mimesis: La representación de la realidad en la literatura
occidental, México, Fondo de Cultura Económica, 1948.] Véase también
Said, «Secular Criticism», en The World, the Text and the Critic,
pp. 31-53 y 148-149.
[5] The National Defense Education Act
(NDEA). En 1958, el Congreso de Estados Unidos aprobó un decreto por el cual
autorizaba un presupuesto de 295 millones de dólares para las ciencias y las
lenguas, ambas consideradas importantes para la seguridad nacional. Los
Departamentos de Literatura Comparada estaban entre los beneficiarios de tal
resolución.
[6] Citado por Smith en Uneven
Development, pp. 101-102.
[7] Antonio Gramsci,
«La cuestión meridional», en Selections from Political Writings,
1921-1926, Quintin Hoare, trad. y ed., Londres, Lawrence and
Wishart, 1978, p. 461. [Hay trad. cast.: La cuestión meridional,
Madrid, Penthalon, 1978.] Para una explicación poco corriente de las teorías de
Gramsci acerca de «lo sureño», véase Timothy Brennan, «Literary Criticism and
the Southern Question», Cultural Critique, n.° 11, invierno de
1988-1989, pp. 89-114.
[8] John Stuart Mill, Principles
of Political Economy, vol. 3, J. M. Robson, ed., Toronto, University of
Toronto Press, 1965, p. 693.
SEGUNDA PARTE
Una visión consolidada
1. NARRATIVA Y ESPACIO SOCIAL
[1] Richard Slotkin, Regeneration
Through Violence: The Mythology of the American Frontier, 1600-1860,
Middletown, Wesleyan University Press, 1973; Patricia Nelson
Limerick, The Legacy of Conquest: The Unbroken Past of the American
West, Nueva York, Norton, 1988; Michael Paul Rogin,
Fathers and
Children: Andrew Jackson and the Subjugation of the American Indian, Nueva York, Knopf, 1975.
[2] Bruce Robbins, The Servant’s
Hand: English Fiction from Below, Nueva York, Columbia University Press,
1986.
[3] Gareth Stedman Jones, Outcast
London: A Study in the Relationship Between the Classes in Victorian Society (1971);
reed. en Nueva York, Pantheon, 1984.
[4] Eric Wolf, Europe
and the People Without History, Berkeley, University of California Press,
1982.
[5] Martin Green, Dreams of
Adventure, Deeds of Empire, Nueva York, Basic Books, 1979; Molly
Mahood, The Colonial Encounter: A Reading of Six Novels, Londres,
Rex Collings, 1977; John A. McClure, Kipling and Conrad: The Colonial
Fiction, Cambridge, Massachusetts, Harvard University Press,
1981; Patrick Brantlinger, The Rule of Darkness: British
Literature and Imperialism, 1830-1914, Ithaca, Cornell
University Press, 1988. Véase también John Barrell, The Infection of
Thomas de Quincey: A Psychopatology of Imperialism, New Haven,
Yale University Press, 1991.
[6] William Appleman Williams, Empire
as a Way of Life, Nueva York y Oxford, Oxford University Press, 1980, pp.
112-113.
[7] Jonah Raskin, The Mythology
of Imperialism, Nueva York, Random House, 1971; Gordon K. Lewis, Slavery,
Imperialism and Freedom: Studies in English Radical Thought, Nueva York,
Monthly Review, 1978; V. G. Kiernan, The Lords of Human
Kind. Black Man, Yellow Man and White Man in the Age of Empire (1969);
reed. en Nueva York, Columbia University Press, 1986, y Marxism
and Imperialism, Nueva York, St. Martin’s Press, 1974. The Poetics
of Imperialism: Translation and Colonization from The Tempest to Tarzan,
de Eric Cheyfitz (Nueva York, Oxford University Press, 1991) es una aportación
más reciente. Conrad and Imperialism, de Benita Parry (Londres,
Macmillan, 1983), discute a fondo la obra anterior y otras similares dentro del
contexto que ofrece la obra de Conrad.
[8] E. M. Forster, Howards End,
Nueva York, Knopf, 1921, p. 204. [Hay trad. cast.: La mansión,
Madrid, Alianza, 1985.]
[9] Raymond Williams, Politics
and Letters: Interviews with New Left Review, Londres, New Left, 1979, p.
118.
[10] Culture and Society, 1780-1950, de Raymond Williams, se publicó en Londres, Chatto & Windus, 1958.
[11] Joseph Conrad, «Heart of Darkness», en Youth and Two Other
Stories, Garden City, Doubleday, Page & Co., 1925, pp. 50-51. [Hay
trad. cast.: El corazón de las tinieblas, Lumen,
Barcelona, 1992.] Si se quiere leer un relato desmitificador sobre la relación
entre la cultura de la modernidad y la redención, véase Leo Bersani, The
Culture of Redemption, Cambridge, Massachusetts, Harvard University Press,
1990.
[12] Después de 1880 existieron multitud de teorías y justificaciones acerca
del estilo imperial: antiguo contra moderno, inglés contra francés, etcétera.
Como reputado ejemplo, véase Ancient and Modern Imperialism, de
Evelyn Baring (Cromer), Londres, Murray, 1910; también Studies in
Mid-Victorian Imperialism, de C. A. Bodelsen (Nueva York, Howard Fertig, 1968);
y The Vision and the Need: Late Victorian Imperialist Aims, de
Richard Faber (Londres, Faber & Faber, 1966). Una obra anterior, pero
todavía útil, es British Colonial Theories, de Klaus Knorr
(Toronto, University of Toronto Press, 1944).
[13] Ian Watt, The
Rise of the Novel, Berkeley, University of California Press, 1957; Lennard
Davis, Factual Fictions: The Origins of the English Novel, Nueva
York, Columbia University Press, 1983; John Richetti, Popular Fiction
Before Richardson, Londres, Oxford University Press, 1969; Michael McKeon, The
Origin of the English Novel: 1600-1740, Baltimore, Johns Hopkins University
Press, 1987.
[14] J. R. Seeley, The Expansion of England (1884), reed. en
Chicago, University of Chicago Press, 1971, p. 12; J. A. Hobson, Imperialism:
A Study
(1902); reed. en Ann Arbor, University of Michigan Press, 1972, p. 15.
[Hay trad. cast.: Estudio del imperialismo, Madrid, Alianza, 1981.]
A pesar de que Hobson acusa a las otras potencias europeas de las perversiones
del imperialismo, Inglaterra se salva.
[15] Raymond
Williams, The Country and the City, Nueva York, Oxford University
Press, 1973, pp. 165-182 y ss. [Hay trad. cast.: El campo y la ciudad,
Buenos Aires, Paidós, 2001.]
[16] D. C. M. Platt, Finance,
Trade and Politics in British Foreign Policy, 1815-1914, Oxford, Clarendon
Press, 1968, p. 536.
[17] Ibid., p. 357.
[18] Joseph Schumpeter, Imperialism
and Social Classes, trad. de Heinz
Norden, Nueva York,
Augustus M. Kelley, 1951, p. 12.
[19] Platt, Finance, Trade and Politics, p.
359.
[20] Ronald Robinson y John Gallagher, con Alice Denny, Africa and
the Victorians: The Official Mind of Imperialism (1961); nueva ed.:
Londres, Macmillan, 1981, p. 10. Pero si se quieren captar con
nitidez los efectos que esa tesis ha tenido en las discusiones académicas
acerca del imperialismo, véase William Roger Louis, ed., Imperialism:
The Robinson and Gallagher Controversy, Nueva York, Franklin Watts, 1976.
Para una visión de conjunto de este campo de estudios, la
compilación esencial de Robin W. Winks, ed.,
The Historiography of the British Empire-Commonwealth: Trends,
Interpretations and Resources, Durham, Duke
University Press, 1966. Dos compilaciones mencionadas por Winks (p. 6)
son: Historians of India, Pakistan and Ceylan, Cyril H.
Philips, ed., e Historians of South East Asia, D. G. E. Hall, ed.
[21] Fredric
Jameson, The Political Unconscious: Narrative as a Socially Symbolic
Act, Ithaca, Cornell University Press, 1981; David A. Miller, The
Novel and the Police, Berkeley, University of California Press, 1988. Véase Hugh
Ridley, Images of Imperial Rule, Londres, Croom Helm, 1983.
[22] En John
MacKenzie, Propaganda and Empire: The Manipulation of British Public
Opinion, 1880-1960, Mánchester, Manchester University Press,
1984, se encontrará una excelente descripción del modo en que la cultura
popular rindió sus servicios durante la era oficial del imperialismo. Véase
también MacKenzie, ed., Imperialism and Popular Culture,
Mánchester, Manchester University Press, 1986; para el registro de otras
sutiles manipulaciones de la identidad nacional inglesa durante el mismo
periodo, véase Robert Colls y Philip Dodd, eds., Englishness: Politics
and Culture, 1880-1920, Londres, Croom Helm, 1987. También, Raphael Samuel,
ed., Patriotism: The Making and Unmaking of British National
Identity, 3 vols., Londres, Routledge, 1989.
[23] E. M.
Forster, A Passage to India (1924); reed. en Nueva York,
Harcourt, Brace & World, 1952, p. 231. [Hay trad. cast.: Pasaje a
la India, Madrid, Alianza, 1985.]
[24] Sobre los ataques a
Conrad, véase Chinua Achebe, «An Image of Africa: Racism in Conrad’s Heart
of Darkness», en Hopes and Impediments: Selected Essays, Nueva
York, Doubleday, Anchor, 1989, pp. 1-20. Brantlinger, en Rule
of Darkness, discute con inteligencia algunos de los problemas planteados
por Achebe, pp. 269-274.
[25] Deirdre David, Fictions of
Resolution in Three Victorian Novels, Nueva York, Columbia University
Press, 1981.
[26] Georg Lukács, The Historical Novel, trad. de Hannah y
Stanley Mitchell, Londres, Merlin Press, 1962, pp. 19-88. [Hay trad.
cast.: La novela histórica, Barcelona, Grijalbo, 1978.]
[27] Ibid., pp. 30-63.
[28] Unas pocas líneas
de Ruskin se citan y comentan en R. Koebner y H. Schmidt, Imperialism: The
Story and Significance of a Political World, 1840-1866, Cambridge,
Cambridge University Press, 1964, p. 99.
2. JANE AUSTEN Y EL IMPERIO
[1] V. G. Kieman, Marxism and
Imperialism, Nueva York, St. Martin’s Press, 1974, p. 100.
[2] John Stuart
Mill, Disquisitions and Discussions, vol. 3, Londres, Longmans,
Green, Reader & Dyer, 1875, pp. 167-168. Una versión anterior de estos
aspectos se encuentra en Nicholas Canny, «The Ideology of English Colonization:
From Ireland to America», William and Mary Quarterly 30,
1973, pp. 575-598.
[3] Williams, The Country and the
City, p. 281.
[4] Peter Hulme, Colonial
Encounters: Europe and the Native Caribbean, 1492-1797, Londres, Methuen,
1986. Véase también su antología con Neil L. Whitehead: Wild
Majesty: Encounters with Caribs from Columbus to the Present Day, Oxford,
Clarendon Press, 1992.
[5] Hobson, Imperialism, p.
6.
[6] Tal extremo es tratado memorablemente
en C. L. R. James, The Black Jacobins: Toussaint L’Overture and the
Santo Domingo Revolution (1938); reed. en Nueva York,
Vintage, 1963 (especialmente en el capítulo 2, «The Owners»). Véase también
Robin Blackburn, The Overthrow of Colonial Slavery, 1776-1848,
Londres, Verso, 1988, pp. 149-153.
[7] Williams, The Country and the
City, p. 117.
[8] Jane Austen, Mansfield
Park, Tony Tanner, ed. (1814); reed. en Harmondsworth, Penguin, 1966, p.
42. En Jane Austen, de Tony Tanner (Cambridge, Massachusetts,
Harvard University Press, 1986), se encontrará el mejor análisis de la novela.
[Entre las diversas traducciones castellanas:
[9] Ibid., p. 54.
[10] Ibid., p. 206.
[11] Warren Roberts, Jane Austen and the French Revolution,
Londres, Macmillan, 1979, pp. 97-98. Véase asimismo Avron Fleishman, A
Reading of
Mansfield Park:
An Essay in Critical Synthesis, Minneapolis, University of Minnesota Press,
1967, pp. 36-39 y ss.
[12] Austen, Mansfield Park, pp. 375-376.
[13] John Stuart Mill, Principles of Political Economy, vol. 3,
J. M. Ronson, ed., Toronto, University of Toronto Press, 1965, p. 693. Sidney
W. Mintz cita el pasaje en Sweetness and Power: The Place of Sugar in
Modern
History, Nueva York, Viking, 1985, p. 42.
[14] Said juega aquí y en las páginas siguientes con los múltiples
significados que Jane Austen da a la palabra «confort»; para que no se pierdan,
he preferido citarla entre paréntesis, aunque la traduzca de muchas maneras
distintas. (N. de la T.)
[15] Austen, Mansfield Park, p. 446.
[16] Ibid., p. 448.
[17] Ibid., p. 450.
[18] Ibid., p. 456.
[19] John Gallagher, The Decline,
Revival and Fall of the British Empire, Cambridge, Cambridge University
Press, 1982, p. 76.
[20] Austen, Mansfield Park, p. 308.
[21] Lowell Joseph
Ragatz, The Fall of the Planter Class in the British Caribbean,
1763-1833: A Study in Social and Economic History (1928); reed.
en Nueva York, Octagon, 1963, p. 27.
[22] Eric Williams, Capitalism and Slavery, Nueva York, Russell
& Russell, 1961 p. 211. Véase también su From Columbus to Castro:
The History of the Caribbean, 1492-1969, Londres, Deutsch, 1970, pp.
177-254.
[23] Austen, Mansfield Park, p. 213.
3. LA INTEGRIDAD CULTURAL DEL IMPERIO
[1] Tzvetan Todorov, Nous et les
autres: La réflexion sur la diversité humaine, París, Seuil, 1989.
[2] Raoul Girardet, L’Idée
coloniale en France, 1871-1962, París, La Table Ronde, 1972, pp. 7 y 10-13.
[3] Basil
Davidson, The African Past: Chronicles from Antiquity to
Modern Times, Londres, Longmans, 1964, pp. 36-37.
Asimismo: Philip D. Curtin, Image of Africa: British Ideas and Action,
1780-1850, 2 vols., Madison, University of Wisconsin Press, 1964; Bernard
Smith, European Vision and the South Pacific, New
Haven, Yale University Press, 1985.
[4] Stephen Jay Gould, The
Mismeasure of Man, Nueva York, Norton, 1981; Nancy Stepan, The Idea
of Race in Science: Great Britain, 1800-1960, Londres, Macmillan, 1982.
[5] En George W. Stocking, Victorian
Anthropology, Nueva York, Free Press, 1987, se dispone de una visión
completa de las corrientes en los primeros tiempos de la antropología.
[6] Citado por Philip D. Curtin, Imperialism,
Nueva York, Walker, 1971, pp. 158-159.
[7] John Ruskin, «Inaugural Lecture»
(1870), en The Works of John Ruskin, vol. 20, E. T. Cook y
Alexander Wedderburn, eds., Londres, George Allen, 1905, p. 41, n.
2.
[8] Ibid., pp. 41-43.
[9] V. G. Kiernan, «Tennyson, King Arthur
and Imperialism», en su Poets, Politics and the People, Harvey J.
Kaye, ed., Londres, Verso, 1989, p. 134.
[10] Para un análisis
más profundo de uno de los hitos fundamentales en la historia de la relación
jerárquica entre Occidente y lo no occidental, véase E. W. Said, Orientalism,
Nueva York, Pantheon, 1978, pp. 48-92. [Hay trad. cast.; la más reciente Orientalismo,
Barcelona, Debate, 2016.]
[11] Hobson, lmperialism, pp. 199-200.
[12] Citado por Hubert Deschamps, Les Méthodes et les doctrines
coloniales de la France du XVIe siècle à nos jours, París, Armand Colin, 1953,
pp. 126-127.
[13] Véase Anna Davin, «Imperialism and
Motherhood», en Samuel, ed.,
Patriotism, vol. I, pp. 203-235.
[14] Michael Rosenthal, The Character Factory: Baden-Powell’s Boy
Scouts and the Imperatives of Empire, Nueva York, Pantheon, 1986, especialmente,
pp. 131-160. Véase también H. John Field, Toward a Programme of
Imperial Life: The British Empire at the Turn of the Century, Westport,
Greenwood Press, 1982.
[15] Johannes Fabian, Time and the
Other: How Anthropology Makes Its Object, Nueva York, Columbia University
Press, 1983, pp. 25-69.
[16] Véase Marianna Torgovnick, Gone Primitive: Savage Intellects,
Modern Lives, Chicago, University of Chicago Press, 1990. Y para el estudio de
la clasificación, codificación, coleccionismo y exhibición, véase James
Clifford, The Predicament of Culture: Twentieth Century Ethnography,
Literature and Art, Cambridge, Massachusetts, Harvard University Press, 1988.
Asimismo: Street, Savage in Literature, y Roy Harvey Pearce,
Savagism and
Civilization: A Study of the Indian and
the American Mind
(1953); ed. rev.:
Berkeley, University of California Press, 1988.
[17] K. M. Panikkar, Asia and Western Dominance, 1959; reed. en
Nueva York, Macmillan, 1969, y Michael Adas, Machines as the Measure of
Men: Science, Technology and Ideologies of Western Dominance, Ithaca,
Cornell University Press, 1989. Asimismo es interesante el libro de
Daniel R. Headrick The Tools of Empire: Technology and European
lmperialism in the Nineteenth Century, Nueva York, Oxford University Press,
1981.
[18] Henri Brunschwig, French
Colonialism, 1871-1914: Myths and Realities, trad. de W. G. Brown, Nueva
York, Praeger, 1964, pp. 9-10.
[19] Véase
Brantlinger, Rule of Darkness; Suvendrini Perera, Reaches
of Empire: The English Novel from Edgeworth to Dickens, Nueva York, Columbia
University Press, 1991; Christopher Miller, Blank Darkness: Africanist
Discourse in French, Chicago, University of Chicago Press, 1985.
[20] Citado en Gauri Viswanathan, The
Masks of Conquest: Literary Study
and British Rule in
India, Nueva York, Columbia University Press, 1989, p.
132.
[21] Alfred Crosby, Ecological
Imperialism: The Biological Expansion of Europe, 900-1900, Cambridge,
Cambridge University Press, 1986.
[22] Guy de
Maupassant, Bel-Ami (1985): Georges Duroy es un oficial de
caballería que ha servido en Argelia, se hace una carrera en París como
periodista y, con cierta ayuda, escribe acerca de la vida en Argelia. Luego se
ve envuelto en los escándalos financieros que rodearon la conquista de Tánger.
[23] Johannes
Fabian, Language and Colonial Power: The Appropriation of Swahili in
the Former Belgian Congo, 1880-1938, Cambridge, Cambridge University
Press, 1986; Ranajit Guha, A Rule of Property for Bengal: An Essay on
the Idea of Permanent Settlement, París y La Haya, Mouton, 1963; Bernard
S. Cohn «Representing Authority in Victorian India», en Eric Hobsbawm y Terence
Ranger, eds., The Invention of Tradition, Cambridge, Cambridge
University Press, 1983, pp. 185.207, y su An Anthropologist Among the
Historians and Other Essays, Nueva Delhi, Oxford University Press,
1990. En relación con estas obras, véase: Richard G. Fox, Lions of the
Punyab: Culture in the Making, Berkeley, University of California Press, 1985,
y Douglas E. Haynes, Rhetoric and Ritual in Colonial India: The Shaping
of Public Culture in Surat City, 1852-1928, Berkeley,
University of California Press, 1991.
[24] Fabian, Language and Colonial Power, p.
79.
[25] Ronald Inden, Imagining India, Londres,
Blackwell, 1990.
4. EL IMPERIO EN ACCIÓN: AIDA DE VERDI
[1] Timothy Mitchell, Colonising Egypt, Cambridge, Cambridge
University Press, 1988.
[2] Leila Kinney y Zeynep Çelik,
«Etnography and Exhibitionism at the Expositions Universelles», Assemblages,
13 de diciembre de 1990, pp. 35-59.
[3] T. J. Clark, The Painting of
Modern Life: Paris in the Art of Manet and His Followers, Nueva York,
Knopft, 1984, pp. 133-146; Malek Alloula, The Colonial Harem, trad.
de Myrna y Wlad Godzich, Minneapolis, University of Minnesota
Press, 1986; y también Sarah Graham-Brown, Images of Women: The
Portrayal of Women in Photography of the Middle East, 1860-1916, Nueva
York, Columbia University Press, 1988.
[4] Véase, por ejemplo, Zeynep
Çelik, Displaying the Orient: Architecture of Islam at Nineteenth
Century World’s Fairs, Berkeley, University of California
Press, 1992; y Robert W. Rydell, All the World’s a Fair: Visions of
Empire at American International Expositions, 1876-1916, Chicago, University
of Chicago Press, 1984.
[5] Herbert Lindenberger, Opera:
The Extravagant Art, Ithaca, Cornell University Press, 1984, pp. 270-80.
[6] Antoine Goléa, Gespräche mit
Wieland Wagner, Salzburgo, SN Verlag, 1967, p. 58.
[7] Opera 13, n.° 1 (enero de 1962), 33. Véase también Geoffrey Skelton,
Wieland Wagner: The
Positive Sceptic, Nueva York, St. Martin’s Press,
1971, pp. 159 y ss.
[8] Joseph Kerman, Opera as Drama,
Nueva York, Knopf, 1956, p. 160.
[9] Paul Robinson, Opera and
Ideas: From Mozart to Strauss, Nueva York, Harper & Row, 1985, p. 163.
[10] Ibid., p. 164.
[11] Verdi’s Aida: The
History of an Opera in Letters and Documents, traducción y
recopilación de Hans Busch, Minneapolis, University of
Minneapolis Press
1978, p. 3.
[12] Ibid., pp. 4 y 5.
[13] Ibid., p. 126.
[14] Ibid., p. 150.
[15] Ibid., p. 17.
[16] Ibid., p. 50. Véase asimismo Philip Gossett, «Verdi, Ghislanzoni, and
Aida: The Uses of
Convention», Critical Inquiry 1, n.° 1 (1974), pp. 292-334.
[17] Verdi’s Aida, p. 153.
[18] Ibid., p. 212.
[19] Ibid., p. 183.
[20] Stephen Bann, The
Clothing of Clio, Cambridge, Cambridge University Press, 1984, pp. 93-111.
[21] Raymond Schwab, The Oriental Rennaissance, trad. de Cene
Patterson-Black y Victor Reinking, Nueva York, Columbia University Press, 1984,
p. 86. Véase también Said, Orientalism, pp. 80-88.
[22] Martin Bernal, Black Athena: The Afroasiatic Roots of Classical
Civilization, vol. I, New Brunswick, Rutgers University Press, 1987, pp.
161-188.
[23] Schwab, Oriental Rennaissance, p. 25.
[24] Jean Humbert, «À
propos de l’egyptomanie dans l’œuvre de Verdi: Attribution à Auguste Mariette
d’un scénario anonyme de l’opéra Aida»,
[25] Kinney y Çelik, «Etnography and Exhibitionism», p.
36.
[26] Brian Fagan, The Rape of the
Nile, Nueva York, Scribner’s, 1975, p.
278.
[27] Ibid., p. 276.
[28] Kinney y Çelik, «Etnography and Exhibitionism», p.
38.
[29] Verdi’s Aida, p. 444.
[30] Ibid., p. 186.
[31] Ibid., pp. 261-262.
[32] Opera, 1986.
[33] Skelton, Wieland Wagner, p. 160.
Véase también Goléa, Gespräche mit Wieland Wagner, pp. 62-63.
[34] Verdi’s Aida, p. 138.
[35] Muhammd Sabry, Episode de la question d’Afrique: l’Empire
egyptien sous Ismail et l’ingérence anglo-francaise (1863-1879), París, Geuthner,
1933, pp. 390 y ss.
[36] Roger Owen, The Middle East
and the World Economy, 1800-1914, Londres, Methuen, 1981.
[37] Ibid., p. 122.
[38] David Landes, Bankers and
Pashas, Cambridge, Massachusetts, Harvard University Press, 1958.
[39] Sabry, Episode..., p. 313.
[40] Ibid., p. 322.
[41] Georges Douin, Histoire du
règne du Khedive Ismail, vol. 2, Roma, Royal Egyptian Geographic Society,
1934.
[42] Landas, Bankers and Pashas, p. 209.
[43] Owen, Middle East, pp. 149-150.
[44] Ibid., p. 128.
[45] Janet L.
Abu-Lughod, Cairo: 1001 Years of City Victorious, Princeton,
Princeton University Press, 1971, p. 98.
[46] Ibid., p. 107.
[47] Jacques Berque, Egypt:
Imperialism and Revolution, trad. de Jean Stewart, Nueva York, Praeger,
1972, pp. 96-98.
[48] Bernard
Semmel, Jamaican Blood and Victorian Conscience: The Governor Eyre
Controversy, Boston, Riverside Press, 1963, p. 179. Una
cerrazón de miras comparable se estudia en: Irían Habib, «Studying a
Colonial Economy-Without Perceiving Colonialism», Modern Asian Studies 19,
n.° 3, 1985, pp. 355-381.
[49] Thomas Hodgkin, Nationalism
in Colonial Africa, Londres, Muller, 1956, pp. 29-59.
[50] Véase Adas, Machines as the Measure of Men,
pp. 199-270.
5. LOS PLACERES DEL IMPERIALISMO
[1] Como ejemplo de este tipo de
razonamiento, véase J. B. Kelly, Arabia, the Gulf and the West,
Londres, Weidenfeld & Nicolson, 1980.
[2] Rosenthal, Carachter Factory,
p. 52 y ss.
[3] J. A. Mangan, The Games Ethic
and Imperialism: Aspects of the Diffusion of an Ideal, Harmondsworth,
Viking, 1986.
[4] J. M. S. Tompkins, «Kipling’s Later
Tales: The Theme of Healing»,
[5] Victor Turner, Dramas, Fields
and Metaphors: Symbolic Action in Human Society, Ithaca, Cornell University
Press, 1974, pp. 258-259. Véase S. P. Mohanty, «Kipling’s Children
and the Colour Line», Race and Class 31, n. ° 1 (1989), pp.
21-40. Para una meditación en detalle acerca de los problemas de color y casta,
véase también su «Us and Them: On the Philosophical Bases of Political
Criticism», Yale Journal of Criticism 2, n.° 2 (1989), pp.
1-31.
[6] Rudyard Kipling, Kim (1901),
reed. en Garden City, Doubleday, Doran, 1941, p. 516. [Hay trad. cast.: Kim,
trad. de José Luis López Muñoz, Madrid, Alianza, 1986.]
[7] Ibid., pp. 516-517.
[8] Ibid., p. 517.
[9] Ibid., p. 523.
[10] George Eliot, Middlemarch,
Bert G. Hornback, ed., Nueva York, Norton, 1977, p. 544. [Hay trad.
cast.: Middlemarch, trad. de J. L. López Muñoz, Mondadori,
Barcelona, 1992.]
[11] Mark Kinkead-Weekes, «Vision in
Kipling’s Novels», en Andrew Rutherford, ed., Kipling’s Mind and Art,
Londres, Oliver & Boyd, 1964.
[12] Edmund Wilson, «The Kipling that
Nobody Read», The Wound and the Bow, Nueva York, Oxford University
Press, 1947, pp. 100-101 y 103.
[13] Kipling, Kim, p. 242.
[14] Ibid., p. 268.
[15] Ibid., p. 271.
[16] Francis Hutchins, The Illusion of Permanence: British
Imperialism in India, Princeton, Princeton University Press, 1967, p. 157.
Véase también George Bearce, British Attitudes Towards
India, 1784-1858, Oxford, Oxford University Press, 1961. B. R. Tomlinson,
por su parte, desnuda el sistema en
The Political
Economy of the Raj, 1914-1947: The Economics of Decolonization in India, Londres, Macmillan, 1979.
[17] Angus Wilson, The Strange
Ride of Rudyard Kipling, Londres, Penguin, 1977, p. 43.
[18] George Orwell, «Rudyard Kipling», en A
Collection of Essays, Nueva York, Doubleday, Anchor, 1954, pp. 133-135.
[19] Michael Edwardes, The Shahibs
and the Lotus: The British in India, Londres, Constable, 1988, p. 59.
[20] Véase Edward W. Said, «Representing the Colonized: Anthropolgy’s
Interlocutors», Critical Inquiry 15, n.° 2 (invierno de 1989),
pp. 205-225. Asimismo: Lewis D. Wurgaft, The Imperial Imagination:
Magic and Myth in Kipling’s India, Middletown, Wesleyan University Press,
1983, pp. 54-78; y
desde luego la obra
de Bernard S. Cohn: Anthropologist Among the Historians.
[21] Véase Eric Stokes, The English Utilitarians and India,
Oxford, Clarendon Press, 1959, y Bearce, British Attitudes Towards
India, pp. 153-
174. Acerca de la reforma educativa de
Bentinck, véase Viswanathan, Masks of Conquest, pp. 44-47.
[22] Noel Annan, «Kipling’s Place in the
History of Ideas», Victorian Studies 3, n.° 4 (junio de 1960),
p. 323.
[23] Véase notas 11 y 12, p. 918.
[24] Geoffrev Moorhouse, India
Britannica, Londres, Paladin, 1984, p.
103.
[25] Ibid., p. 102.
[26] Georg Lukács, The
Theory of the Novel, trad. de Anna Bostock, Cambridge, Massachusetts, MIT
Press, 1971, pp. 35 y ss. [Hay trad. cast.:
[27] Kipling, Kim, p. 246.
[28] Ibid., p. 248.
[29] Lukács, Theory of the Novel, pp.
125-126.
[30] Kipling, Kim, p. 466.
6. EL NATIVO BAJO CONTROL
[1] Frantz Fanon, The
Wretched of the Earth, trad. de Constance Farrington (1961), reed. en Nueva
York, Grove, 1968, p. 77. La substanciación de esta exigencia se encuentra en:
Fabiola Jara y Edmundo Magana, «Rules of Imperialist Method», Dialectical
Anthropology 7, n.° 2 (septiembre de 1982), pp. 115-136. [Hay trad.
cast.: Los condenados de la
tierra, prefacio de Jean-Paul Sartre, trad. Julieta Campos, Fondo de Cultura
Económica, México, 1963.]
[2] Robert Stafford, Scientist of
Empire: Sir Roderick Murchison, Scientific Exploration and Victorian
Imperialism, Cambridge, Cambridge University Press, 1989. Un
ejemplo anterior en India es registrado por Marika Vicziany en «Imperialism,
Botany and Statistics in Early Nineteenth-Century India: The Surveys of Francis
Buchanan (1762-1829)», Modern Asian Studies 20, n.
° 4 (1986), pp. 625-660.
[3] Stafford, Scientist of Empire,
p. 208.
[4] J. Stengers, «King Leopold’s
Imperialism», en Roger Owen y Bob Sutcliffe, eds., Studies in the
Theory of Imperialism, Londres, Longmans, 1972, p. 260. Véase también The
King Incorporated: Leopold II in the Age of Trusts, Londres, Allen &
Unwin, 1963.
[5] Achebe, Hopes and Impediments;
véase nota 24.
[6] Linda Nochlin, «The Imaginary
Orient», Art in America (mayo de 1983), pp. 118-131 y 187-191.
Además, como ampliación del ensayo de Nochlin, véase la interesante y notable
tesis de doctorado de Todd B. Porterfield, Art in the Service of French
Imperialism in the Near East, 1798-1848: Four Case Studies, Ann Arbor,
University Microfilms 1991.
[7] A. P. Thornton, The Imperial
Ideas and Its Enemies: A Study in British Power (1959); reed. en
Londres, Macmillan, 1985; Bernard Porter, Critics of Empire: British
Radical Attitudes to Colonialism in Africa, 1895-1914, Londres,
Macmillan, 1968; Hobson, Imperialism. Respecto a Francia, ver:
Charles Robert Ageron, L’Anticolonialisme en France de 1871 à 1914,
París, Presses Universitaires de France, 1973.
[8] Véase Bodelsen, Studies in
Mid-Victorian Imperialism, pp. 147-214.
[9] Stephen Charles Neill, Colonialism
and Christian Missions, Londres, Lutterworth, 1966. Se trata de una obra
general cuyas afirmaciones deberían
enriquecerse y detallarse con gran número de estudios muy precisos
acerca de la actividad misionera. Por ejemplo, con el trabajo de Murray A.
Rubinstein sobre China: «The Missionary as Observer and Imagemaker: Samuel
Wells Williams and the Chinese», American Studies, Taipei, 10, n.°
3 (septiembre de 1980), pp. 31-44; y «The Northeastern Connection: American
Board Missionaries and the Formation of American Opinion Toward China:
1830-1860», Bulletin of Modem History, Academica Sinica, Taiwán,
julio de 1980.
[10] Véase Bearce, British
Attitudes Towards India, pp. 65-77; y Stokes,
[11] Citado en Syed
Hussein Alatas, The Myth of the Lazy Native: A Study of the Image of
the Malays, Filipinos and Javanese from the Sixteenth to the Twentieth Century
and Its Function in the Ideology of Colonial Capitalism, Londres,
Frank Cass, 1977, p. 59.
[12] Ibid., p. 62.
[13] Ibid., p. 223.
[14] Romila Thapar, «Ideology and
Interpretation of Early Indian History»,
[15] Karl Marx y
Friedrich Engels, On Colonialism: Articles from The New York
Tribune and Other Writings, Nueva York, International, 1972, p.
156. [Hay trad. cast.: Sobre el colonialismo,
Madrid, Júcar, 1977.]
[16] Katherine George, «The Civilized West
Looks at Africa, 1400-1800. A Study in Ethnocentrism», Isis, n.°
155 (marzo de 1958), pp. 66, 69-70.
[17] Para la definición de «primitivos» a través de esta técnica, véase
Torgovnick, Gone Primitive, pp. 3-41. También: Ronald L.
Mees, Social Science and the Ignoble Savage, Cambridge, Cambridge
University Press, 1976, que propone una elaborada versión de la
teoría de los cuatro estadios del salvaje basada en la filosofía y el
pensamiento cultural europeos.
7. CAMUS Y LA EXPERIENCIA IMPERIAL FRANCESA
[1] Brunschwig, French
Colonialism, p. 14.
[2] Robert Delavigne y
Charles André Julien, Les Constructeurs de la France d’outre-mer,
París, Corea, 1946, p. 16. A pesar de que trata de temas semejantes,
L. H. Gann y Peter Duignan, eds., African Proconsuls: European
Governors in Africa, Nueva York, Free Press, 1978, presenta interesantes diferencias
respecto al primero. Véase asimismo Mort Rosenblurn, Mission to
Civilize: The French Way, Nueva York, Harcourt Brace Jovanovich, 1986.
[3] Agnes Murphy, The
Ideology of French Imperialism, 1817-1881, Washington, Catholic University
of America Press, 1968, p. 46 y ss.
[4] Raoul Girardet, L’Idée
coloniale en France, 1871-1962, París, La Table Ronde, 1972, pp. 44-45.
Véase también Stuart Michael Persell, The French Colonial Lobby,
Stanford, Hoover Institution Press, 1983.
[5] Citado por Murphy, Ideology
of French Imperalism, p. 25.
[6] Raymond F. Betts, Assimilation
and Association in French Colonial Theory, 1840-1914, Nueva York, Columbia
University Press, 1961, p. 88.
[7] He leído sobre esta misma materia
respecto a las teorías de la identidad nacional en el imperialismo de finales
del siglo XIX en Freedom and
Interpretation, Barbara Johnson, ed., Nueva York, Basic Books, 1992.
[8] Betts, Association and
Assimilation, p. 108.
[9] Ibid., p. 174.
[10] Girardet, L’Idée Coloniale en France,
p. 48.
[11] Para conocer un
pequeño episodio de la competencia imperialista entre Francia e Inglaterra,
véase el fascinante retrato de Albert Hourani «T. E. Lawrence and Louis
Massignon», en Islam in European Thought, Cambridge, Cambridge
University Press, 1991, pp. 116-128. Asimismo: Christopher M. Andrew y A. S.
Kanya-Forstner, The Climax of French
Imperial Expansion,
1914-1924, Standford, Standford University Press, 1981.
[12] David Prochaska, Making Algeria French: Colonialism in Bône,
1870-1920, Cambridge, Cambridge University Press, 1990 p. 85. Para un fascinante
examen del modo en que los científicos sociales y los planificadores urbanos
franceses utilizaron Argelia como lugar de experiencias y rediseño, véase
Gwendolyn Wright, The Politics of Design in French Colonial Urbanism,
Chicago, University of Chicago Press, 1991, pp. 66-84. Los últimos
capítulos del libro tratan el efecto de estos planes en Marruecos, Indochina y
Madagascar. No obstante, el estudio definitivo acerca de estos aspectos es el
de Janet Abu-Lughod, Rabat: Urban Apartheid in Morocco, Princeton,
Princeton University Press, 1980.
[13] Ibid., p. 124.
[14] Ibid., pp. 141-142.
[15] Ibid., p. 255.
[16] Ibid., p. 254.
[17] Ibid., p. 255.
[18] Ibid., p. 70.
[19] Roland
Barthes, Le Degré zéro de l’écriture (1953); reed. en París,
Gonthier, 1964, p. 10. [Hay trad. cast.: El grado cero de la escritura,
Buenos Aires, Jorge Alvarez, 1965.]
[20] Raymond Williams, George
Orwell, Nueva York, Viking, 1971, esp. pp. 77-78.
[21] Christopher Hitchens, Prepared
for the Worst, Nueva York, Hill & Wang, 1989, pp. 78-90.
[22] Michael Walzer convierte a Camus en un intelectual ejemplar precisamente
por su angustia, sus dudas y su oposición al terrorismo; y porque amaba a su
madre; véase Walzer, «Albert Camus’s Algerian War» en
The Company of
Critics: Social Criticism and Political Commitment in the Twentieth Century, Nueva York, Basic Books, 1988, pp. 136-152.
[23] Conor Cruise O’Brien, Albert
Camus, Nueva York, Viking, 1970, p.
103.
[24] Joseph Conrad, Last Essays,
Richard Curle, ed., Londres, Dent, 1926, pp. 10-17.
[25] En los últimos
tiempos, desde posiciones evidentemente similares a esta y distintas del núcleo
de su libro sobre Camus, O’Brien no ha ocultado su antipatía por los pueblos
inferiores del «Tercer Mundo». Véase su extensa controversia con Said en Salmagundi 70-71
(primavera-verano de 1986), pp. 65-81.
[26] Herbert Lottman, Albert Camus: A Biography, Nueva York,
Doubleday, 1979. [Hay trad. cast.: Albert Camus, Madrid, Taurus,
1975.] La mejor crónica acerca de la actuación real de Camus en Argelia durante
la misma guerra colonial se encuentra en: Yves Carrière, La Guerre
d’Algérie II: Le Temps de léopards, París, Fayard, 1969.
[27] «Misère de la Kabylie» (1939), en:
Camus, Essais, París, Gallimard, 1965, pp. 905-938.
[28] O’Brien, Camus, pp. 22-28.
[29] Camus, Exile
and the Kingdom, trad. de Justin O’Brien, Nueva York, Knopf, 1958, pp.
32-33. [Hay trad. cast.: El exilio y el reino, Madrid, Alianza,
1983.] Para un examen a fondo de Camus en el contexto del norte de África, ver:
Barbara Harlow, «The Maghrib and The Stranger», Alif 3
(primavera de 1983), pp. 39-55.
[30] Camus, Essais, p. 2039.
[31] Citado por Manuela
Semidei, «De L’Empire à la décolonisation à travers les manuels
scolaires», Revue française de science politique 16, n.° 1
(febrero de 1961), p. 85.
[32] Camus, Essais, pp. 1012-1013.
[33] Semidei, «De l’Empire à la décolonisation», p. 75.
[34] Jean-Paul
Sartre, Literary Essays, trad. de Annette Michelson, Nueva York,
Philosophical Library, 1957, p. 32. [Hay trad. cast.: Escritos sobre
literatura, 3 vols., Madrid, Alianza, 1985.]
[35] Abd el-Kader (emir), Écrits
espirituels, trad. de Michel Chodkiewicz, París, Seuil, 1982.
[36] Mustafa
Lacheraf, L’Algérie: Nation et socièté, París, Maspero, 1965. En la
novela de Assia Djebar L’Amour, la fantasie, París, Jean-Claude
Lattès, 1985, se puede leer una maravillosa reconstrucción personal y ficticia
del periodo.
[37] Citado por Abdullah Laroui, The History of the Magreb: An
lnterpretative Essay, traducción de Ralph Manheim, Princeton, Princeton University
Press, 1977, p. 301.
[38] Lacheraf, L’Algérie, p. 92.
[39] Ibid., p. 93.
[40] Theodore
Bugeaud, Par l’Epée et par la charrue, París, PUF, 1948. La carrera
posterior de Bugeaud fue igualmente distinguida: mandaba las tropas que
dispararon sobre las masas insurgentes el 23 de febrero de 1848, y en La
educación sentimental, Flaubert lo recompensó haciendo que disparasen al
estómago del retrato del impopular mariscal durante las revueltas del Palacio
Real el 24 de febrero de 1848.
[41] Martine Astier Loutfi, Littérature et colonialisme: L’Expansion
coloniale vue dans la littérature romanesque française, 1871-1914, París, Mouton,
1971.
[42] Melvin Richter, «Tocqueville on
Algeria», Review of Politics 25 (1963), p. 377.
[43] Ibid., 380. Un compendio exhaustivo y más reciente de este material
se encuentra en: Marwan R. Buheiry, The Formation and Perception
of the Modern Arab World, ed. Lawrence I. Corvad, Princeton, Darwin Press,
1989, especialmente en la parte I, «European Perceptions of the
Orient», que contiene cuatro ensayos acerca de la Francia y la Argelia del
siglo XIX, uno de los cuales tiene que ver con
Tocqueville y el islam.
[44] Laroui, History of the Magreb, p. 305.
[45] Véase Alloula, Colonial Harem.
[46] Fanny Colonna y Claude Haim Brahimi,
«Du bon usage de la science coloniale», en Le mal de voir, París,
Union Genérale d’Éditions, 1976.
[47] Albert Sarraut, Grandeur et
servitude coloniales, París, Editions du Sagittaire, 1931, p. 113.
[48] Georges Hardy, La Politique coloniale et le
partage du terre aux XIXe et XXe siècles, París, Albin Michel, 1937, p.
441.
[49] Camus, Théâtre, Récits, Nouvelles,
París, Gallimard, 1962, p. 1210.
[50] Ibid., p. 1211.
8. UN APUNTE SOBRE EL MODERNISMO
[1] Seeley, Expansion of England,
p. 16.
[2] Albert O.
Hirschman, The Passions and the Interests: Political Arguments for
Capitalism Before Its Triumph, Princeton, Princeton University
Press, 1977, pp. 132-133.
[3] Seeley, Expansion of England,
p. 193.
[4] Véase Alec G. Hargreaves, The
Colonial Experience in French Fiction, Londres, Macmillan, 1983, p. 31,
donde esta extraña elisión se señala y se explica, sugerentemente, como
resultado de la peculiar psicología y anglofobia de Loti. No obstante, no se
toman en cuenta las consecuencias
formales de la obra de Loti. Véase el tratamiento completo en la tesis
doctoral inédita de Panivong Norindr para la Universidad de Princeton Colonialism
and Figures of the Exotic in the Work of Pierre Loti, Ann Arbor, University Microfilms,
1990.
[5] Benita Parry, Delusions and
Discoveries: Studies on India in the British Imagination, 1880-1930,
Londres, Allen Lane, 1972.
TERCERA PARTE
Resistencia y oposición
1. SIEMPRE EXISTEN DOS LADOS
[1] André Gide, L’Inmoraliste,
París, Mercure de France, 1902, pp. 113-
114. [Hay trad. cast.; la más
reciente El inmoralista, Barcelona, RBA, 2011.]
[2] Gide, The
Immoralist, traducción de Richard Howard, Nueva York, Knopf, 1970, pp.
158-159. Para el estudio de la relación entre Gide y Camus, véase Mary Louise
Pratt, «Mapping Ideology: Gide, Camus and Argelia»,
[3] Según el uso que le
da Christopher Miller en: Blank Darkness: Africanist Discourse in
French, Chicago, University of Chicago Press, 1985; además,
encontraremos una crítica profunda de la filosofía africanista en Paulin J.
Hountondji, Sur la «philosophie africaine», París, Maspero, 1976.
En su desarrollo, Hountondji dedica especial atención a la obra de Placide
Tempels.
[4] V. Y. Mudimbre, The Invention
of Africa: Gnosis, Philosophy and the Order of Knowledge, Bloomington,
Indiana University Press, 1988.
[5] Raymond Schwab, The Oriental
Renaissance, traducción de Gene Patterson-Black y Victor Reinking, Nueva
York, Columbia University Press, 1984.
[6] Frantz Fanon, The Wretched of
the Earth, traducción de Constance Farrington, 1961; reed. en Nueva York,
Grove, 1968, p. 314.
[7] Basil Davidson, Africa in
Modern History: The Search for a New Society, Londres, Allen Lane, 1978,
pp. 178-180.
[8] Jean-Paul Sartre, «Le Colonialisme
est un système», en Situacions V: Colonialisme et néo-colonialisme,
París, Gallimard, 1964. [Hay trad. cast.: El colonialismo es un sistema,
Madrid, Alianza, 1987.]
[9] Sartre, «Prólogo» a Fanon, The
Wretched of the Earth, p. 7.
[10] Davidson, Africa in Modern History, p.
200.
[11] Fanon, The Wretched of the Earth, p.
96.
[12] Ibid., p. 102.
[13] Sartre, «Prólogo», p. 26.
[14] Henri Grimal, Decolonization: The British, French, Dutch and
Belgian Empires: 1919-1963, traducción de Stephan de Vos, 1965; reeditado en:
Londres, Routledge and Kegan Paul, 1978, p. 9. Existe abundante literatura
sobre descolonización, de la cual se pueden indicar algunos títulos señeros: R.
F. Holland, European Decolonization, 1918-1981: An Introductory Survey,
Londres, Macmillan, 1985; Miles Kahler,
Decolonization in Britain and France: The Domestic Consequences of
International Relations, Princeton, Princeton University
Press, 1984; Franz Ansprenger, The Dissolution of the Colonial Empires,
1981; reeditado en: Londres, Routledge, 1989; A. N. Porter y A. J. Stockwell,
vol. I, British Imperial Policy and Decolonization,
1938-1951, y vol. II, 1951-1964, Londres, Macmillan, 1987,
1989; John Strachey, The End of Empire, Londres, Gollancz, 1959.
[15] Terence Ranger, «Connexions Between Primary Resistence Movements and
Modern Mass Nationalisms in East and Central Africa», pp. 1 y 2, Journal
of African History 9, n.° 3 (1968), p. 439. Véase también Michael
Crowder, ed., West African Resistance: The Military Response to
ColoniaI Occupation, Londres, Hutchinson, 1971, y los capítulos finales de: S.
C. Malik, ed., Dissent, Protest and Reform in Indian Civilization,
Simla, Indian Institute of Advanced Study, 1977.
[16] Michael Adas, Prophets
of Rebellion: Millenarian Protest Movements Against the European Colonial Order,
Chapel Hill, University of North Carolina, 1979. Otro
ejemplo, The Rising of the Red Shawls: A Revolt in Madagascar:
1895-1899, Cambridge, Cambridge University Press, 1985.
[17] Ranger, «Connexions», p. 631.
[18] Citado por Afaf Lutfi
al-Sayyid, Egypt and Cromer, Nueva York, Praeger, 1969, p. 68.
[19] E. M.
Forster, A Passage to India, 1924; reeditado en Nueva York,
Harcourt, Brace and World, 1952, p. 322. [Hay trad. cast.: Pasaje a la
India, trad. de José Luis López Muñoz, Madrid, Alianza, 1985.]
[20] Véanse las páginas
finales, 314-320, de Benita Parry, Delusions and Discoveries: Studies
on India in the British Imagination, 1880-1930, Londres, Allen
Lane, 1972. Por contraste, en The Rhetoric of English India,
Chicago, University of Chicago Press, 1992, Sara Suleri interpreta la relación
entre Aziz y Fielding en términos psicosexuales.
[21] Forster, Passage to India, p. 86.
[22] Ibid., p. 136.
[23] Ibid., p. 164.
[24] Citado por Francis Hutchins, The
Illusion of Permanence: British Imperialism in India, Princeton, Princeton
University Press, 1967, p. 41.
[25] Forster, Passage to India, p. 76.
[26] Hutchins, Illusion of Permanence, p.
187.
[27] En Syed Hussein
Alatas, The Myth of the Lazy Native: A Study of the Image of the
Malays, Filipinos and Javanese from the Sixteenth to the Twentieth Century and
Its Function in the Ideology of Colonial Capitalism, Londres,
Frank Cass, 1977. Véase también James Scott, Weapons of the Weak:
Everyday Forms of Peasant Resistance, New Haven, Yale University Press,
1985.
[28] Sidney y Beatrice Webb, Indian Diary, Nueva Delhi, Oxford
University Press, 1988, p. 98. Sobre la atmósfera de curioso aislamiento,
característico de la vida colonial, véase Margaret MacMillan, Women of
the Raj, Londres, Thames & Hudson, 1988.
[29] Parry, Delusions and Discoveries, p.
274.
[30] Forster, Passage to India, pp. 106-107.
[31] Citado por Anil Seal, The Emergence of Indian Nationalism:
Competition and Collaboration in the Later Nineteenth Century, Cambridge, Cambridge
University Press, 1971, p. 140.
[32] Ibid., p. 141.
[33] Ibid., p. 147 (las elipsis pertenecen al original).
[34] Ibid., p. 191.
[35] Edward Thompson, The Other
Side of the Medal, 1926; reed. en Westport, Greenwood Press, 1974, p. 26.
[36] Ibid., p. 126. Véase también el penetrante análisis de Thompson en
[37] Fanon, The Wretched of the Earth, p.
106.
[38] Frantz Fanon, Black Skin, White Masks, trad. de Charles Lam
Markmann, 1952; reed. en Nueva York, Grove Press, 1967, p. 222. [Hay trad.
cast.: Piel negra, máscaras blancas, México, Siglo XXI, 1969.] Como
complemento del estilo temprano y psicologicista de Fanon, ver: Ashis
Nandy, The
Intimate Enemy: Loss and Recovery of Self under Colonialism, Nueva Delhi,
Oxford University Press, 1983.
[39] Raoul Girardet, L’idée
coloniale en France, 1871-1962, París, La Table Ronde, 1972, p. 136.
[40] Ibid., p. 148.
[41] Ibid., pp. 159-172. Acerca de Griaule vale la pena
consultar los excelentes pasajes sobre sus contribuciones y su carrera que le
dedica James Clifford en The Predicament of Culture: Twentieth Century
Etnography, Literature and Art, Cambridge, Massachusetts,
Harvard University Press, 1988, pp. 55-91. Son también excelentes sus
observaciones sobre Leiris (pp. 165-174). No obstante, en ninguno de los dos
casos Clifford vincula los autores tratados con el proceso de la descolonización,
un contexto político global eminentemente visible en Girardet.
[42] André Malraux, La Voie
royale, París, Grasset, 1930, p. 268. [Hay trad. cast.: La vía
real, Barcelona, Argos Vergara, 1980.]
[43] Paul Mus, Vietnam: Sociologie d’une guerre, París, Seuil,
1952, pp. 134-135. Fire in the Lake (1972), el galardonado
libro de Frances Fitzgerald sobre la guerra norteamericana contra Vietnam, está
dedicado a Mus.
2. TEMAS DE RESISTENCIA CULTURAL
[1] Davidson, Africa in Modern
History, p. 155.
[2] Ibid., p. 156.
[3] Fanon, Black Skin, White
Masks, p. 220.
[4] Philip D. Curtin, The Image
of Africa: British Ideas and Action, 1780-1850, 2 vols., Madison,
University of Wisconsin Press, 1964.
[5] David Defert, «The Collection of the
World, Accounts of Voyages
from the Sixteenth
to the Eighteenth Centuries», Dialectical Anthropology 7
(1982), pp. 11-20.
[6] Pratt, «Mapping Ideology», consúltese
también su notable Imperial Eyes: Travel Writing and Transculturation,
Nueva York y Londres, Routledge, 1992.
[7] James Joyce, Ulysses,
1922, reed. en Nueva York, Vintage, 1966, p.
212. [Traducción al castellano de José
María Valverde, Barcelona, Lumen,
1980.]
[8] James Ngugi, The River
Between, Londres, Heinemann, 1965, p. 1.
[9] Tayeb Salih, Season of
Migration to the North, traducción Denys Johnson-Davies, Londres,
Heinemann, 1970, pp. 49-50.
[10] Peter Hulme, Colonial Encounters: Europe
and the Native Caribbean, 1492-1797, Londres, Methuen, 1986.
[11] George Lamming, The Pleasures
of Exile, Londres, Allison & Busby, 1984, p. 107.
[12] Ibid., p. 119.
[13] Roberto Fernández
Retamar, Caliban and Other Essays, traducción de Edward Baker,
Minneapolis, University of Minnesota Press, 1989, p. 14. [Primera
edición: Calibán, La Habana, Casa de las Américas, 1971.] Como
corolario, véase Thomas Cartelli, «Prospero in Africa: The Tempest as
Colonialist Text and Pretext», en Shakespeare Reproduced: The Text in
History and Ideology, Jean E. Howard y Marion F. O’Connor eds., Londres, Methuen,
1987, pp. 99-115.
[14] Ngugi wa Thiongo, Decolonising
the Mind: The Politics of Language in African Literature, Londres, James
Curry, 1986.
[15] Barbara Harlow, Resistance Literature, Nueva York, Methuen,
1987, p. xvi. En este aspecto, fue pionera la obra de Chinweizu, The
West and the Rest of Us: White Pedrators, Black Slaves and the African Elite,
Nueva York,
Random House, 1975.
[16] Aimé Césaire, The Collected Poetry; editores y traductores:
Clayton Eshleman y Annette Smith, Berkeley, University of California Press,
1983, p.
46. [Hay trad. cast.: Poemas,
Barcelona, Plaza & Janés, 1979.]
[17] Rabindranah Tagore, Nationalism,
Nueva York, Macmillan, 1917, p.
19 y ss.
[18] W. E. B. Du Bois, The Souls
of Black Folk, 1903; reed. en Nueva York, The New American Library, 1969,
pp. 44-45.
[19] Tagore, Nationalism, p. 62.
[20] Benedict Anderson, Imagined Communities:
Reflections on the Origin and Spread of Nationalism, Londres, New Left,
1983, p. 47.
[21] Ibid., p. 52.
[22] Ibid., p. 74.
[23] Bill Ashcroft,
Gareth Griffiths y Helen Tiflin, The Empire Writes Back: Theory and
Practice in Post-Colonial Literatures, Londres y Nueva York,
Routledge, 1989.
[24] Eric Hobsbawm, Nations and Nationalism Since 1780: Programme,
Myth, Reality, Cambridge, Cambridge University Press, 1990; Ernest Gellner,
Nations and
Nationalism, Ithaca, Cornell University Press, 1983.
[25] Partha
Chatterjee, Nationalist Thought and the Colonial World: A Derivative
Discourse?, Londres, Zed, 1986, p. 79. Véase también Rajat K. Ray,
«Three Interpretations of Indian Nationalism», en Essays in Modern
India, B.O. Nanda, ed., Nueva Delhi, Oxford University Press, 1980, pp.
1-41.
[26] Chaterjee, Nationalist Thought, p. 100.
[27] Ibid., p. 161.
[28] Davidson, Africa
in Modern History, especialmente, p. 204. Véase también General
History of Africa, A. Adu Boaher, ed., vol. 7, Africa Under
Colonial Domination, 1880-1935, Berkeley, París y
Londres, University of California Press, UNESCO, James Currey, 1990, y The
Colonial Moment in Africa: Essays on the Movement of Minds and
Materials, 1900-1940, Andrew Roberts, ed. Cambridge, Cambridge University
Press, 1990.
[29] Kumari
Jayawardena, Feminism and Nationalism in the Third World, Londres,
Zed, 1986, especialmente pp. 43-56, 73-108, 137-154 y ss. Respecto al feminismo
e imperialismo desde el punto de vista de la historia de la emancipación, véase
Laura Nader, «Orientalism, Occidentalism and the Control of Women», Cultural
Dynamics 2, n.° 3 (1989), pp. 323-355; Maria Mies, Patriarchy
and Accumulation on a World Scale: Women in the International Division of
Labour, Londres, Zed, 1986. También Helen Callaway, Gender,
Culture and Empire: European Women in Colonial Nigeria, Urbana, University
of Illinois Press, 1987, Nupur Chandur y Margaret Strobel,
eds., Western Women and Imperialism: Complicity and Resistence,
Bloomington, Indiana University Press, 1992.
3. YEATS Y LA DESCOLONIZACIÓN
[1] Angus Calder, Revolutionary
Empire: The Rise of the English-Speaking Empires from the Eighteenth Century to
the 1780’s, Londres, Cape, 1981, p.
14. En Eurocentrism (trad.
de Russell Moore, Nueva York, Monthly Review, 1989), Samir Amin ofrece —en una
jerga irritante— la versión filosófica e ideológica del problema. Desde una
óptica liberacionista —también a escala planetaria—, Jan Nederveen Pietersee
presenta una perspectiva contrastada en el relato Empire and
Emancipation, Londres, Pluto Press, 1991.
[2] Calder, Revolutionary Empire,
p. 36.
[3] Ibid., p. 650.
[4] Eqbal Ahmad, «The Neo-Fascist State,
Notes on the Pathology of Power in the Third World», Arab Studies
Quarterly 3, n.° 2 (primavera de 1981), pp. 170-180.
[5] James Joyce, A Portrait of
the Artist as a Young Man, 1916; reed. en Nueva York, Viking, 1964, p. 189.
[Hay trad. cast.: Retrato del artista adolescente, Barcelona,
Lumen, 1986.]
[6] Thomas Hodgkin, Nationalism
in Colonial Africa, Londres. Muller, 1956, pp. 93-114.
[7] En estas enumeraciones Said suele
incluir países latinoamericanos que en esa época era estados independientes. A
pesar de su discutible inclusión, hay que respetarla. (N. de la T.)
[8] José Martí no tendría que estar
incluido en esta serie. Murió en 1895, tres años antes de la independencia de
Cuba. (N. de la T.)
[9] Alfred Crosby, Ecological
Imperialism: The Biological Expansion of Europe, 900-1900, Cambridge,
Cambridge University Press, 1986, pp. 196-
216.
[10] Neil Smith, Uneven Development: Nature,
Capital and the Production of Space, Oxford, Blackwell, 1984, p. 102.
[11] Ibid., p. 146. En los proyectos de parques nacionales y
en la idea de paisaje se pueden apreciar todavía más diferenciaciones de
espacio, con consecuencias en los campos del arte y del ocio. Véase W. J. T.
Mitchell, ed., «Imperial Landscape», en Landscape and Power,
Chicago, University of Chicago Press, 1993; y Jane Carruthers, «Creating a
National Park, 1910 to 1926», Journal of South African Studies 15,
n.° 2 (enero de 1989), pp. 188-
216. En un ámbito diferente, vale la pena comparar con Mark Bassin,
«Inventing Siberia, Visions of the Russian Fast in the Early Nineteenth
Century», American Historical Review 96, n.° 3 (junio de
1991), pp. 763-794.
[12] Mahmoud Darwish, «A Lover from
Palestine» en Splinters of Bone,
trad. de B.M.
Bannani, Greenfield Center, Nueva York, Greenfield Review Press, 1974, p. 23.
[13] Mary Hamer, «Putting Ireland on the
Map», Textual Practice 3, n.° 2 (verano de 1989), pp. 184-201.
[14] Ibid., p. 195.
[15] Seamus Deane, Celtic Revival:
Essays in Modrn Irish Literature, Londres, Faber & Faber, 1985, p. 38.
[16] Se refiere a un personaje de la mitología
irlandesa. (N. de la T.)
[17] Ibid., p. 49.
[18] Ibid.
[19] Wole Soyinka, Myth,
Literature and the African World, Cambridge, Cambridge University Press,
1976, p. 127. Véase también Mudimbe,
[20] Ibid., pp. 129, 136.
[21] Fanon, Wretched of the Earth, p. 203.
[22] Césaire, Collected Poetry, p. 72.
[23] Ibid., pp. 76 y 77.
[24] R. P. Blackmur, Eleven Essays
in the European Novel, Nueva York, Harcourt, Brace & World, 1964, p. 3.
[25] Mahmoud Darwish, The Music of
Human Flesh, trad. de Denys Johnson-Davies, Londres, Heinemann, 1980, p.
18.
[26] Pablo Neruda, Confieso que he vivido, Barcelona, Seix Banal,
1974, pp. 180-81. Este pasaje puede ser sorprendente para cualquiera que haya
experimentado la influencia del ensayo de Conor Cruise O’Brien «Passion and
Cunning, An Essay on the Politics of W. R. Yeats», reunido en Passion
and Cunning, Londres, Weidenfeld & Nicolson, 1988. Ni su información ni sus
afirmaciones son correctas, si se los compara con el libro de Elizabeth
Cullingford: Yeats, Ireland and Fascism, Londres, Macmillan, 1981;
Culllingford
también se refiere al pasaje de Neruda.
[27] W. B. Yeats, Collected Poems,
Nueva York, Macmillan, 1959, p. 146.
[28] Pablo Neruda, Fully
Empowered, trad. de Alastair Reid, Nueva York, Farrar, Straus and Giroux,
1986, p. 131. El original es Plenos poderes, Barcelona, Seix
Barral, 1977, pp. 86-87.
[29] Yeats, Collected Poems, Nueva York,
Macmillan, 1959, p. 193.
[30] Fanon, Wretched of the Earth, p. 59.
[31] Gary Sick, All Fall Down:
America’s Tragic Encounter with Iran, Nueva York, Random House, 1985.
[32] Chinua Achebe, Things Fall
Apart, 1959; reed. en Nueva York, Fawcett, 1969.
[33] Lawrence J. McCaffrey, «Components of
Irish Nationalism», en
Perspectives on
Irish Nationalism, eds. Thomas E. Hachey y Lawrence J.
McCaffrey,
Lexington, University of Kentucky Press, 1989, p. 16.
[34] Yeats, Collected Poetry, p. 212.
[35] Ibid., p. 342.
[36] Citado en Hachey y McCaffrey, Perspectives
on Irish Nationalism, p.
117.
[37] Ibid., p. 106.
[38] Véase David Lloyd, Nationalism and Minor Literature: James
Clarence Mangan and the Emergente of Irish Nationalism, Berkeley, University
of California Press, 1987.
[39] Algunos de sus
trabajos se encuentran reunidos en Ireland’s Field Day, Londres,
Hutchinson, 1985. El libro incluye a Paulin, Heaney, Deane, Kearney
y Kiberd. Véase también W. J. McCormack, The Battle of the Books,
Gigginstown, Irlanda, Lilliput Press, 1986.
[40] R. P. Blackmur, A Primer of
Ignorance, Joseph Frank, ed., Nueva York, Harcourt, Brace & World,
1967, pp. 21-37.
[41] Joseph
Leerssen, Mere Irish and Fior-Ghael: Studies in the Idea of Irish
Nationality. Its Development and Literary Expression Prior to the Nineteenth
Century, Amsterdam y Filadelfia, Benjamins, 1986.
[42] Alusión a un verso de Yeats: «How can
we know the dancer from the dance?», (N. de la T.)
[43] Fanon, Wretched of the Earth, p. 210.
[44] Ibid., p. 214.
[45] Yeats, Collected Poetry, p. 343.
[46] R. P. Blackmur, Language as
Gesture: Essays in Poetry, Londres, Allen & Unwin, 1954, p. 118.
[47] Ibid., p. 119.
4. EL VIAJE DE VUELTA Y EL SURGIMIENTO DE LA OPOSICIÓN
[1] Gordon K. Lewis, Slavery,
Imperialism and Freedom, Nueva York, Monthly Review, 1978; y Robin
Blackburn, The Overthrow of Colonial Slavery, 1776-1848, Londres,
Verso, 1988.
[2] Solo en el ámbito anglosajón; España
y Portugal, a pesar de los acuerdos firmados, siguieron beneficiándose de él
hasta 1860-1880. (N. de la T.)
[3] Thomas Hodgkin,
«Some African and Third World Theories of Imperialism», en Studies in
the Theory of Imperialism, eds. Roger Owen y Bob Sutcliffe, Londres,
Longman, 1977, p. 95.
[4] Marcel Merle, ed., L’Anticolonialisme
européen de Las Casas à Karl Marx, París, Colin, 1969. También Charles
Robert Ageron,
L’Anticolonialisme
en France de 1871 à 1914, París, Presses Universitaires de
France, 1973.
[5] Harry Bracken,
«Essence, Accident and Race», Hermathena 116 (invierno de
1973), pp. 81-96.
[6] Gerard Leclerc, Anthropologie
et colonialisme: Essai sur l’histoire de l’africanisme, París, Seuil, 1972.
[7] J. A. Hobson, Imperialism: A
Study, 1902; reed. en Ann Arbor, University of Michigan Press, 1972, pp.
223-284. [Hay trad. cast.: Estudio del imperialismo, Madrid,
Alianza, 1981.]
[8] Otro ejemplo, que C. L. R. James
somete a un análisis cáustico, es el de Wilberforce, manipulado por Pitt, en la
causa de la abolición, The Black Jacobins: Toussaint L’Ouverture and
the Santo Domingo Revolution, 1938, reeditado en Nueva York,
Vintage, 1963, pp. 53-54.
[9] Véase Noam Chomsky, American
Power and the New Mandarins, Nueva York, Pantheon, 1969, pp. 221-366.
[10] Girardet, L’idée coloniale en France,
p. 213.
[11] Para un excelente panorama de la actividad de los jóvenes intelectuales
vietnamitas en París en el periodo de entreguerras, véase Hue-Tam Ho Tai, Radicalism
and the Origins of the Vietnamese Revolution, Cambridge, Massachusetts,
Harvard University Press, 1992.
[12] Janet G. Vaillant describe muy bien esto en Black, French and
African: A Life of Léopold Sédar Senghor, Cambridge, Massachusetts, Harvard
University Press, 1990, pp. 87-146.
[13] Raymond Williams, Culture, Londres,
Fontana, 1981, pp. 83-85. [Hay trad. cast.: Sociología de la cultura,
Barcelona, Paidós, 1994.]
[14] Ali Haroun, La 7e. Wilaya: La Guerre de FLN
en France, 1954-1962, París, Seuil, 1986.
[15] Alatas, Myth of the Lazy Native, p. 56.
[16] Ibid., p. 96.
[17] James, Black Jacobins, p. 198.
[18] George Antonius, The Arab Awakening, The Story of the Arab
National Movement, 1938; reed. en Beirut, Librairie du Liban, 1969, pp.
305-306.
[19] Albert
Hourani, The Emergence of Modern Middle East, Berkeley, University
of California Press, 1981, pp. 193-234. Véase también el impresionante acopio
de información sobre la vida de Antonius en la tesis doctoral de Susan Silsby,
leída en la Georgetown University Antonius: Palestine, Zionism and
British Imperialism, 1929-1939, Ann Arbor, University
Microfilms, 1986.
[20] Paul Buhle, C. L. R. James:
The Artist as Revolutionary, Londres, Verso, 1988, pp. 56-57.
[21] «An Audience with C. L. R.
James», Third World Book Review 1, n.° 2, 1984, p. 7.
[22] Antonius, Arab Awakening, p. 43.
[23] Alatas, Myth of the Lazy Native, p.
152.
[24] Ranajit Guha, A Rule of Property for
Bengal: An Essay on the Idea of Permanent Settlement, París y La Haya,
Mouton, 1963, p. 8.
[25] Guha, «On Some Aspects of the
Historiography of Colonial India», en
Subaltern Studies I, Nueva Delhi, Oxford
University Press, 1982, pp. 5, 7. Para posteriores desarrollos del pensamiento
de Guha, véase su «Dominance Without Hegemony and Its Historiography», en Subaltern
Studies VI, Nueva Delhi, Oxford University Press, 1986, pp. 210-309.
[26] A. L. Tibawi, A
Modern History of History, Including Lebanon and Palestine, Londres,
Macmillan, 1969; Albert Hourani, Arabic Thought in the Liberal Age,
1798-1939, Cambridge, Cambridge University Press, 1983; Hisham
Sharabi, Arab Intellectuals and the West: The Formative Years,
1875-1914, Baltimore, Johns Hopkins University Press, 1972; Bassam Tibi,
Arab Nationalism: A
Critical Analysis, traducido por M. F. y Peter
Sluglett,
Nueva York, St.
Martin Press, 1990; Mohammad Abed al-Jabry, Naqd al-Aql al-’Arabi,
2 vols., Beirut, Dar al-Tali’ah, 1984, 1986.
[27] A. A. Duri, The
Historical Formation of the Arab Nation: A Study in Identity and Consciousness,
traducido por Lawrence I. Conrad, 1984; Londres, Croom Helor, 1987.
[28] Walter Rodney, «The African
Revolution», en C. L. R. James: His Life and Work, Paul Buhle, ed.,
Londres, Allison & Busby, 1986, p. 35.
[29] Guha, Rule of Property for Bengal, p.
38.
[30] Ibid., p. 62.
[31] Ibid., p. 145.
[32] Ibid., p. 92.
[33] Eric Williams, Capitalism and
Slavery, Nueva York, Russell & Russell, 1961, p. 211.
[34] Alatas, Myth of the Lazy Native, p.
200.
[35] James, Black Jacobins, pág. x.
[36] Ibid., p. 391.
[37] Citado en Silsby, Antonius, p. 184.
[38] Tariq Ali, The Nehrus and the
Gandhis: An Indian Dynasty, Londres, Pan, 1985.
[39] Theodor
Adorno, Minima Moralia: Reflections from a Damaged Life, trad. por
E. F. N. Jephcott, 1951; trad. en Londres, New Left, 1974, p. 102. [Hay trad.
cast.: Minima moralia, Madrid, Taurus, 1987.]
[40] Conor Cruise O’Brien, «Why the
Wailing Ought to Stop», The Observer, 3 de junio de 1984.
[41] Fanon, Wretched of the Earth, p. 77.
[42] Véase S. P. Mohanty, «Us and Them: On the Philosophical Bases of
Political Criticism», Yale Journal of Criticism 2, n.° 2
(1989), pp. 1-31. Tres ejemplos de este método llevado a la práctica: Timothy
Brennan, Salman
Rushdie and the Third World: Myths of the Nation, Nueva York, St. Martin’s Press, 1989; Mary Layoun, Travels of
a Genre, The Modern Novel and Ideology, Princeton, Princeton
University Press, 1990; Rob Nixon, London Calling: V.S. Naipaul,
Postcolonial Mandarin, Nueva York, Oxford University Press, 1992.
[43] Afirmada en la
siguiente observación de Lord Balfour, secretario inglés de Asuntos Exteriores
en 1919, que sigue siendo la opinión liberal corriente entre los occidentales:
«En Palestina no nos proponemos siquiera pasar por el formulismo de
consultar con los actuales habitantes del territorio, a pesar de que la
Comisión Norteamericana ha cumplido con la norma de preguntar qué eran. Las
cuatro grandes potencias están comprometidas con el sionismo y el sionismo,
bueno o malo, equivocado o acertado, está enraizado en una larga tradición, en
necesidades del presente y en esperanzas del futuro, todas ellas mucho más
importantes que los deseos y prejuicios de los 700.000 árabes que ahora habitan
esas antiguas tierras. En mi opinión, esto está bien».
Citado en
Christopher Sykes, Crossroads to Israel, 1917-1948 (1965);
reed. en Bloomington, Indiana University Press, 1973, p. 5.
[44] Raphael Patai, The Arab Mind, Nueva York, Scribner’s, 1983;
David Pryce-Jones, The Closed Circle: An Interpretation of the Arabs,
Nueva York, Harper & Row, 1989; Bernard K. Lewis, The Political
Language of Islam, Chicago, University of Chicago Press, 1988; Patricia
Crone y Michael Cook,
Hagarism: The
Making of Islamic World, Cambridge, Cambridge University
Press, 1977.
5. COLABORACIÓN, INDEPENDENCIA Y LIBERACIÓN
[1] Ronald Robinson, «Non-European Foundations of European Imperialism:
Sketch for a Theory of Collaboration», en Owen y Sutcliffe,
[2] Masao Miyoshi, As We Saw
Them: The First Japanese Embassy in the United States (1860), Berkeley,
University of California Press, 1979; Ibrahim Abu-Lughod, The
Arab Rediscovery of Europe: A Study in Cultural Encounters, Princeton,
Princeton University Press, 1963.
[3] Homi K. Bhabha,
«Signs Taken for Wonders: Questions of Ambivalence and Authority Under a Tree
Outside Nueva Delhi May 1817»,
[4] La respuesta de Afghani a Renan está
incluida en el libro de Nikki R. Keddie An Islamic Response to
Imperialism: Political and Religious Writings of Sayyid Tamal ad-Din
«al-Afghani», 1968; reed. en Berkeley, Berkeley University
Press, 1983, pp. 181-187.
[5] Albert Hourani, «T. E. Lawrence and
Louis Massignon», en Islam in European Thought, Cambridge,
Cambridge University Press, 1991, pp. 116-128.
[6] Cuba era independiente desde
1902. (N. de la T.)
[7] Yeats, Collected Poetry,
p. 49.
[8] Chatterjee, Nationalist
Thought, p. 147.
[9] Ibid., p. 169.
[10] V. S.
Naipaul, Among the Believers, Nueva York, Alfred Knopf, 1981. [Hay
trad. cast.: Entre los creyentes, Barcelona, Ediciones Quarto,
1984]; y Guerrillas, Nueva York, Alfred Knopf, 1975. Véase también
su
India: A Wounded
Civilization, Nueva York, Vintage, 1977; y An
Area of Darkness, Nueva York, Vintage, 1981.
[11] Claude Liauzu, Aux origines
des tiers-mondismes: Colonisés et anti-colonialistes en France (1919-1939),
París, L’Harmattan, 1982, p. 7.
[12] V. S. Naipaul, A Bend in the
River, Nueva York, Knopf, 1979, p. 244.
[13] Davidson, Africa in Modern History, p.
374.
[14] Fanon, Wretched of the Earth, p. 88.
[15] Ibid., p. 51.
[16] Ibid., p. 47.
[17] Ibid., p. 204.
[18] Ibid., p. 106. Sobre el tema de la «reintroducción de la humanidad en el
mundo» según Fanon, véase su agudo examen en Patrick Taylor, The Narrative
of Liberation: Perspectives on Afro-Caribbean Literature, Popular Culture and
Politics, Ithaca, Cornell University Press, 1989, pp. 7-94. Sobre la
actitud de recelo de Fanon hacia la cultura nacional, véase Irene Gendzier,
Frantz Fanon, a
Biography, 1973; reeditado en Nueva York, Grove Press, 1971,
p. 199.
[19] Georg Lukács, History and Consciousness: Studies in Marxist
Dialectics, trad. de Rodney Livingstone, Londres, Merlin Press, 1971, p.
199. [Hay trad. cast.: Historia y conciencia de clase,
Barcelona, Grijalbo, 1978.]
[20] Fanon, Wretched of the Earth, p. 51.
[21] Ibid., p. 52.
[22] Ibid., p. 88, 93.
[23] Ibid., p. 93.
[24] Ibid., p. 94.
[25] Albert Memmi, The Colonizer
and the Colonized, 1957, Nueva York, Orion Press, 1985.
[26] Fanon, Wretched of the Earth, p. 107.
[27] Ibid., p. 124.
[28] Ibid., p. 125.
[29] Ibid., p. 131.
[30] Ibid., p. 148.
[31] Ibid., p. 159.
[32] Ibid., p. 203.
[33] Ibid., p. 247.
[34] Amílcar Cabral, Unity and
Struggle: Speeches and Writings, trad. de Michael Wolfers, Nueva York,
Monthly Review, 1979, p. 143.
[35] Michel Chodkiewicz, «Introduction», a
Emir Abdel Kader, Écrits spirituels, trad. del propio Chodkiewicz,
París, Seuil, 1982, pp. 20-22.
[36] Jalal Ali Ahmad, Occidentosis:
A Plague from the West, trad. de R. Campbell, 1978; reed. en Berkeley,
Mizan Press, 1984.
[37] Wole Soyinka, «Triple Tropes of Trickery», Transition,
n.° 54 (1991), pp. 178-183.
[38] Anwar Abdel-Malek,
«Le Projet de civilisation: Positions», en Les conditions de
l’independence nationale dans le monde moderne, París, Éditions
Cujas, 1977, pp. 499-509.
[39] Abdullah Laroui, The Crisis
of the Arab Intellectuals, Berkeley, University of California Press, 1976,
p. 100.
[40] Chinua Achebe, Hopes and
Impediments: Selected Essays, Nueva York, Doubleday, Anchor, 1989, p. 76.
[41] Esta frase aparece
por primera vez en Michel Foucault, Discipline and Punishment: The
Birth of Prison, trad. de Alan Sheridan, Nueva York, Pantheon,
1977, p. 26. [Hay trad. cast.: Vigilar y castigar, Madrid, Siglo
XXI, 1986.] En La volonté de savoir, vol. 1 de Histoire de
la sexualité [hay trad. cast.: La voluntad de saber, en
Madrid, Siglo XXI, 1987], lo mismo que en varias entrevistas, hay ideas
posteriores relacionadas con esta primera noción, que ha influido también en
Chantal Mouffe y Ernest Laclau,
Hegemony and Socialist Strategy: Towards a Radical Democratic Politics, Londres, Verso, 1985. Véase mi crítica «Foucault and the Imagination
of Power», en Foucault: A Critical Reader, David Hoy, ed., Londres,
Blackwell, 1986,
pp. 149-155.
[42] Hablo de esa
posibilidad en «Michel Foucault, 1926-1984», en After Foucault:
Humanistic Knowledge, Postmodern Challenges, Jonathan Arac, ed.,
New Brunswick, Rutgers University Press, 1988, pp. 8-9.
[43] Jürgen Habermas, Autonomy and
Solidarity: Interviews, Peter Dews, Londres, ed., Verso, 1986, p. 187.
[44] James, Black Jacobins, p. 401.
[45] Ibid.
[46] Ibid., p. 402.
CUARTA PARTE
El desmantelamiento de la dominación en el futuro
1. EL DOMINIO NORTEAMERICANO: UN ESPACIO
PÚBLICO EN LITIGIO
[1] Michael Barratt-Brown, After
Imperialism (ed. revisada), Nueva York, Humanities, 1970, p. viii.
[2] Arno J. Mayer, The
Persistence of the Old Regime: Europe to the Great War, Nueva York:
Pantheon, 1981. Debe completarse el libro de Mayer, que trata de la
reproducción y permanencia del viejo orden del siglo XIX en el XX,
con una obra que describe en detalle la muerte del antiguo sistema
colonial y la herencia que recibe Norteamérica de Gran Bretaña durante la
Segunda Guerra Mundial: William Roger Louis, Imperialism at Bay: The
United States and the Decolonization of the British Empire, 1941-1945,
Londres, Oxford University Press, 1977.
[3] North-South: A Program for Survival, Cambridge, Massachusetts: MIT
Press, 1980. Para una visión más sombría, y quizá más verídica, de la
misma realidad, véase A. Sivananden, «New Circuits of Imperialism», Race
and Class 30, n.° 4 (abril-junio de 1989), pp. 1-19.
[4] Cheryl Payer, The Debt Trap:
The IMF and the Third World, Nueva York, Monthly Review, 1974.
[5] North-South, p. 275.
[6] Para disponer de una útil historia de
la clasificación de los tres mundos, véase Carl E. Pletsch, «The Three Worlds,
or the Division of Social Scientific Labor, circa 1950-1975», Comparative
Studies in Society and History 23 (octubre de 1981), pp. 565-590.
También el ahora clásico de Peter Worlsley:
The Third World, Chicago, Chicago University Press, 1964.
[7] Noam Chomsky, Towards a New
Cold War: Essays on the Current Crisis and How We Got There, Nueva York,
Pantheon, 1982, pp. 84-85.
[8] Ronald Steel, Walter Lippmann
and the American Century, Boston, Little, Brown, 1980, p. 496.
[9] Véase Anders Stephanson, Kennan
and the Art of Foreign Policy, Cambridge, Massachusetts, Harvard University
Press, 1989, pp. 167, 173.
[10] Richard J.
Barnet, The Roots of War, Nueva York, Atheneum, 1972, p. 21. Véase
también Eqbal Ahmad, «Political Culture and Foreign Policy: Notes on American
Interventions in the Third World», en For Better or Worst: The American
Influence in the World, Allen F. Davis, ed., Westport, Greenwood
Press, 1981, pp. 119-131.
[11] V. G.
Kiernan, America: The New Imperialism: From White Settlement to World
Hegernony, Londres, Zed, 1978, p. 127.
[12] Albert K. Weinberg, Manifest Destiny: A Study of Nationalist
Expansionism in American History, Gloucester, Massachusetts, Smith, 1958. Véase
también Reginald Horsman, Race and Manifest Destiny: The Origin of
American Racial Anglo-Saxonism, Cambridge, Massachusetts, Harvard
University Press,
1981.
[13] Richard
Slotkin, Regeneration Through Violence: The Mythology of the American
Frontier, 1600-1860, Middletown, Wesleyan University Press, 1973,
p. 557. Véase también la secuela en The Fatal Environment: The Myth of
the Frontier in the Age of Industrialization, 1800-1890, Middletown, Wesleyan
University Press, 1985.
[14] C. L. R.
James, Mariners, Renegades and Castaways: The Story of Herman Melville
and the World We Live In, 1953; nueva edición: Londres, Allison
& Busby, 1985, p. 51 y ss. También: Kiernan, America, pp.
49-50.
[15] Véase J. Michael Dash, Haiti and the United States: National
Stereotypes and the Literary Imagination, Londres, Macmillan, 1988, pp.
22-25 y ss.
[16] Kiernan, America, p. 206.
[17] Ibid., p. 114.
[18] Irene
Gendzier, Managing Political Change: Social Scientists and the Third
World, Boulder y Londres, Westview Press, 1985, especialmente pp. 40-41
y 127-147.
[19] Many Voices, One World, París, UNESCO, 1980.
[20] Anthony Smith, The Geopolitics of Information: How Western
Culture Dominates the World, Nueva York, Oxford University Press, 1980, p.
176.
[21] Para mencionar solo
tres obras, entre las muchas que los autores han escrito sobre el mismo asunto:
Herbert I. Schiller, The Mind Managers, Boston, Beacon Press, 1973;
y Mass Comunications and American Empire, Boston, Beacon Press,
1969; Armand Mattelart, Transnationals and the Third World: The
Struggle for Culture, South Hadley, Massachusetts, Bergin & Garvey
1983.
[22] Entre 1984 y 1988 se publicó en árabe
la serie de cinco novelas de
Munif; han aparecido dos volúmenes con excelentes traducciones inglesas
de Peter Theroux: Cities of Salt, Nueva York, Vintage Books, 1989;
y The Trench, Nueva York, Pantheon Books, 1991.
[23] James A. Field,
Jr., America and the Mediterranean World, 1776-1882, Princeton,
Princeton University Press, 1969, especialmente los capítulos 3, 6,
8 y 11.
[24] Richard W. Van Alstyne, The
Rising American Empire, Nueva York, Norton, 1974, p. 6.
[25] Fouad Ajami, «The Summer of Arab Discontent», Foreign
Affairs 69, n.° 5 (invierno de 1990-1991), I.
[26] Uno de los principales historiadores de arte islámico, Oleg Grabar,
estudia el papel de la ciudad de Bagdad como uno de los tres monumentos
fundamentales de la herencia artística islámica: The Formation of
Islamic Art, 1973; edición revisada en New Haven, Yale University Press,
1987, pp. 64-
71.
[27] Kiernan, America, pp. 262-263.
2. EL DESAFÍO DE LA ORTODOXIA Y DE LA AUTORIDAD
[1] Arnold
Krupat, For Those Who Came After: A Study of Native American
Autobiography, Berkeley, University of California Press, 1985.
[2] Basil Davidson, «On
Revolutionary Nationalism: The Legaey of Cabral», Race and Class 27,
n.° 3 (invierno de 1486), p. 43.
[3] Ibid., 44. Davidson amplifica y desarrolla este tema en una obra de gran
profundidad reflexiva, The Black Man’s Burden: Africa and the Curse of
Nation State, Nueva York, Times, 1992.
[4] Timothy Brennan, «Cosmopolitans and
Celebrities», Race and Class,
31, n.° 1
(julio-septiembre de 1989), pp. 1-19.
[5] En Herbert I. Schiller, Culture,
Inc.: The Corporate Takeover of Public Expression, Nueva York, Oxford
University Press, 1989.
[6] Immanuel Wallerstein, Historical
Capitalism, Londres, Verso, 1983, p. 65 y ss. Véase también Giovanni
Arrighi, Terence K. Hopkins e Immanuel Wallerstein, Antisystemic
Movements, Londres y Nueva York, Verso, 1989.
[7] En
«Internationality», de Jonathan Rée: Radical Philosophy, 60
(primavera de 1992), pp. 3-11.
[8] Bernard S. Cohn, «Representing
Authority in Victorian India», en The Invention of Tradition, eds.,
Eric Hobsbawm y Terence Ranger, Cambridge, Cambridge University
Press, 1983, pp. 192-207.
[9] Adonis, An Introduction to
Arab Poetics, traducción de Caherine Cobban, Londres, Saqi, 1990, p. 76.
[10] Seamus Deane, «Heroic Styles: The
Tradition of an Idea», en
[11] Ken Ringle, The Washington Post, 31 de marzo de 1991. Los
monstruosos ataques que sufrió la exposición encuentran un excelente antídoto
en su completísimo catálogo, de gran interés, The West as America:
Reinterpreting Images of the Frontier, 1820-1970, William H. Truettner,
ed., Washington y Londres, Smithsonian Institution Press, 1991.
En American Art
5, n.° 2 (verano de
1991), pp. 3-11, se reproduce una buena selección de las respuestas de los
visitantes a la exposición.
[12] Homi K. Bhabha analiza con extraordinaria sagacidad esta noción en «The
Postcolonial Critic», Arena 96, 1991, pp. 61-63, y en
«DissemiNation: Time, Narrative, and the Margins of Modern nation». Nation
and Narration, Homi K. Bhabha, ed., Londres y Nueva York, Routledge, 1990,
pp. 291-322.
[13] Paul Kennedy, The
Rise and Fall of the Great Powers: Economic Change and Military Conflict from
1500-2000, Nueva York, Random House,
1987.
[14] Joseph S. Nye, Jr., Bound to
Lead: The Changing Nature of American Power, 1990; edición revisada en
Nueva York, Basic, 1991, p. 260.
[15] Ibid., p. 261.
[16] The Humanities in American Life:
Report of the Commission on the Humanities, Berkeley,
University of California Press, 1980.
[17] En Edward W. Said, The World,
the Text and the Critic, Cambridge, Massachusetts, Harvard University
Press, 1983, pp. 226-247.
[18] Robert A. McCaughey, International Studies and Academic
Enterprise: A Chapter in the Enclosure of the American Learning, Nueva York,
Columbia University Press, 1984.
[19] Theodor
Adorno, Minima Moralia, Reflections from a Damaged Life, traducción
de E. F. N. Jephcott, 1951; trad. en Londres, New Leh, 1974, p. 55.
[20] En Edward W. Said, Covering Islam,
Nueva York, Pantheon, 1981.
[21] Frederic Jameson,
«Postmodernism and Consumer Society», en The Anti-Aethetic: Essays on
Postmodern Culture, Hal Foster, ed., Washington, Bay
Press, 1983, pp. 123-125.
[22] Eqbal Ahmad, «The
Neo-Fascist State: Notes on the Pathology of Power in the Third World», Arab
Studies Quarterly 3, n.° 2 (primavera de 1981), pp. 170-80.
[23] Eqbal Ahmad, «From
Potato Sack to Potato Mash: The Contemporary Crisis of the Third World», Arab
Studies Quarterly 2, n.° 3 (verano de 1980), pp. 230-32.
[24] Ibid., p. 231.
3. MOVIMIENTOS Y MIGRACIONES
[1] Paul Virilio, L’Insecurité du
territoire, París, Stock, 1976, p. 88 y ss.
[2] Jean-François
Lyotard, The Postmodern Condition: A Report on Knowledge,
traducción de Geoff Bennington y Brian Massumi, Minneapolis, University
of Minnesota Press, 1984, pp. 37-46. [Hay trad. cast.: La condición
postmoderna, Madrid, Cátedra, 1989.]
[3] Masao Miyoshi, Off Center:
Power and Culture Relations Between Japan and the United States, Cambridge,
Massachusetts, Harvard University Press, 1991, pp. 623-624.
[4] T. S. Eliot, «Little Gidding»,
en Collected Poems, 1909-1962, Nueva York, Harcourt, Brace &
World, 1963, pp. 207-208. [Hay trad. cast.: Poesías reunidas,
Madrid, Alianza, 1993.]
[5] Gilles Deleuze y Félix
Guattari, Mille Plateaux, París, Minuit, 1980, p.
511. [Hay trad. cast.: Mil
mesetas: capitalismo y esquizofrenia, Valencia, Pre-Textos, 1988.]
[6] Virilio, L’Insecurité du
territoire, p. 84.
[7] Adorno, Minima Moralia,
pp. 46.47.
[8] Ibid., pp. 67-68.
[9] Ibid., p. 68.
[10] Ibid., p. 81.
[11] Ali Shariati, On the
Sociology of Islam, Lectures by Ali Shariati, traducción de Hamid Algar,
Berkeley, Mizan Press, 1979, pp. 92-93.
[12] En mi obra Beginnings: Intention and Method, 1975; reed. en
Nueva York, Columbia University Press, 1985, describo extensamente este
proceso.
[13] John Berger y Jean Mohr, Another
Way of Telling, Nueva York, Pantheon, 1982, p. 108.
[14] Immanuel Wallerstein, «Crisis as Transition», en Samir Amin, Giovanni
Arrighi, André Gunder Frank e Immanuel Wallerstein, Dynamics of Global
Crisis, Nueva York, Monthly Review, 1982, p. 30.
[15] Hugo de St. Victor, Didascalicon,
traducción de Jerome Taylor, Nueva York, Columbia University Press, 1961, p.
101.
Publicada originalmente en 1993, Cultura e imperialismo es
una obra indispensable que restablece el diálogo entre la
literatura y la vida, y permite comprender uno de los procesos históricos y
culturales más complejos de la modernidad.
En el siglo XIX y principios del XX, mientras las grandes potencias se esforzaban en construir y mantener
imperios que se extendían desde Australia hasta las islas del Caribe, Occidente
fue el protagonista incontestable de un esplendor cultural que vio nacer obras
maestras tales como la Aida de Verdi, Mansfield Park de
Jane Austen, El corazón de las
tinieblas de Conrad o El
extranjero de Camus, por citar solo algunas. Con todo, y a pesar de la
magnitud del fenómeno imperialista que caracterizó esa época, la mayoría de
críticos literarios y culturales nunca prestaron la suficiente atención a su
influencia sobre la cultura.
Mediante un brillante análisis, Edward W. Said examina estas obras junto
con la de escritores de la talla de W. B. Yeats, Chinua Achebe o Salman
Rushdie, para demostrar como la periferia sujeta al orden impuesto por la
metrópoli supo crear su propia cultura vigorosa, opositora y resistente.
Críticas:
«Obra
imprescindible.»
José María
Ridao, El País
«La originalidad y
la eficacia de este estudio se basan en el método. Said trabaja sobre las obras
individuales, leyéndolas primero como grandiosos productos de la imaginación
creadora e interpretativa, y luego mostrándolas dentro de la relación entre cultura
e imperio.» Elvira Huelbes, El Mundo
«Pivote entre dos
mundos, solo Said ha sido capaz de advertir que la apacible rutina de Mansfield
Park, la mansión en la novela de Jane Austen, se mantiene con el trabajo
esclavo de una isla del Caribe. Sin imperio, proclama Said, no existiría la
novela clásica europea tal como la conocemos.» Terry Eagleton, The
Guardian
«La crítica literaria que intenta tender puentes entre el arte y la
política tiene que aprender mucho, si no todo, de este impresionante diálogo de
Said consigo mismo.»
Camille
Paglia, The Washington Post
Sobre el autor
Edward W. Said (1935-2003) nació en Jerusalén
y pasó parte de su juventud en el Líbano y El Cairo. Se educó en el Victoria
College de El Cairo, en la Mount Hermon School de Massachusetts y en las
universidades de Princeton y Harvard. En esta última ejerció la docencia
durante breves periodos, así como en las universidades de Yale y Johns Hopkins,
pero fue en la Universidad de Columbia donde desarrolló casi toda su carrera
investigadora como catedrático de literatura inglesa y comparada. Su actividad
como pensador se extendió a la literatura, la política, la música, la filosofía
y la historia. Colaboró asiduamente en The Nation, The
Guardian, London Review of Books, Le Monde Diplomatique, CounterPunch y Al-Ahram.
En 2002 recibió, junto con Daniel Barenboim, el Premio Príncipe de Asturias de
la Concordia por su aportación al acercamiento entre jóvenes talentos árabes e
israelíes. De su numerosa e importante producción destacan Orientalismo,
Representaciones del intelectual, Sobre el estilo tardío, Cubriendo el islam y La
cuestión palestina. Falleció en Nueva York en septiembre de 2003.
La publicación de
esta obra ha sido posible gracias a la ayuda de la Fundación Barenboim-Said
Título original: Culture and Imperialism
Edición en formato digital: mayo de 2018
© 1993, Edward W. Said. Todos los derechos reservados
© 2018, Penguin Random House Grupo
Editorial, S. A. U. Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona
© 1996, 2018, Nora Catelli, por la traducción
Diseño de la
cubierta: Penguin Random House Grupo Editorial a partir del diseño original de
Vintage
Penguin Random House Grupo Editorial apoya la protección del copyright.
El copyright estimula la creatividad, defiende la diversidad
en el ámbito de las ideas y el conocimiento, promueve la libre expresión y
favorece una cultura viva. Gracias por comprar una edición autorizada de este
libro y por respetar las leyes del copyright al no reproducir
ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al
hacerlo está respaldando a los autores y permitiendo que PRHGE continúe
publicando libros para todos los lectores. Diríjase a CEDRO (Centro Español de
Derechos Reprográficos, http://www.cedro.org) si necesita reproducir algún
fragmento de esta obra.
ISBN: 978-84-9992-897-5
Composición digital: M.I. Maquetación, S.L.
Índice
Primera parte. Territorios superpuestos, historias entrecruzadas
1. Imperio, geografía y cultura
2. Imágenes del pasado, puras e impuras
3. Dos visiones en El corazón de las tinieblas
5. Vinculación del imperio con la interpretación secular Segunda parte. Una visión consolidada
3. La integridad cultural del imperio
4. El imperio en acción: Aida de Verdi
5. Los placeres del imperialismo
7. Camus y la experiencia imperial francesa
8. Un apunte sobre el modernismo
2. Temas de resistencia cultural
4. El viaje de vuelta y el surgimiento de la oposición
5. Colaboración, independencia y liberación
Cuarta parte. El desmantelamiento de la dominación en el futuro
1. El dominio norteamericano: un espacio público en litigio
2. El desafío de la ortodoxia y de la autoridad
Índice alfabético
Notas
Sobre este libro
Sobre el autor
Créditos

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