© Libro N° 13789. Cuestiones Cuánticas. Escritos Místicos De Los Físicos Más Famosos Del
Mundo. Heisenberg, Schodinger, Einstein, Jeans, Planck, Pauli, Eddington.
Edición a cargo de Ken Wilber. Emancipación. Mayo 3 de 2025
Título Original: © Cuestiones Cuánticas. Escritos
Místicos De Los Físicos Más Famosos Del Mundo. Heisenberg, Schodinger,
Einstein, Jeans, Planck, Pauli, Eddington. Edición a cargo de Ken Wilber
Versión Original: © Cuestiones Cuánticas. Escritos Místicos De Los Físicos Más
Famosos Del Mundo. Heisenberg, Schodinger, Einstein, Jeans, Planck, Pauli,
Eddington. Edición a cargo de Ken Wilber
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN
RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
CUESTIONES CUÁNTICAS
Escritos Místicos De Los Físicos Más Famosos
Del Mundo
Heisenberg, Schodinger, Einstein, Jeans,
Planck, Pauli, Eddington
Edición De Ken Wilber
Cuestiones
Cuánticas
Escritos Místicos De Los
Físicos Más Famosos Del Mundo
Heisenberg,
Schodinger, Einstein, Jeans, Planck, Pauli, Eddington
Edición a cargo de Ken Wilber
Por primera vez se
reúnen en un libro los escritos místicos de los científicos más eminentes de
nuestra era, los padres fundadores de la Relatividad y de la Física Cuántica.
Todos ellos, con un lenguaje asequible y ajeno a la terminología técnica,
expresan su convicción de que la física y la mística, de alguna manera, son
complementarias.
Ciertamente, el
autor de la compilación, Ken Wilber, nos previene contra la ya abusiva
tendencia a ligar la suerte de la mística con el nuevo paradigma de la ciencia.
Son cosas diferentes que, precisamente en tanto que diferentes, pueden
convivir. Pero queda intacta una pregunta: ¿qué fue lo que llevó a científicos
tan diversos a compartir una visión mística de la realidad? Ello es que
Heisenberg, Schrödinger, Einstein, Jeans, Planck, Pauli, Eddington, todos, sin
excepción, acabaron teniendo una concepción trascendente del mundo donde la
dualidad entre materia y espíritu quedaba sobrepasada. Y que esta concepción
les vino como remate de una postura crítica y no irracional.
Nos encontramos,
pues, ante el aspecto más hondo y apasionante de la ciencia de nuestro tiempo.
La aventura intelectual más fascinante contada por sus protagonistas más
preclaros.
Ken Wilber, autor
de la selección, es ampliamente conocido por sus trabajos en la investigación
de la conciencia. Entre sus obras más destacadas figuran La conciencia sin
fronteras, Ciencia y religión, Espiritualidad integral o El paradigma
holográfico.
Cuestiones
cuánticas
Escritos místicos
de los físicos más famosos del mundo
Heisenberg, Schrödinger, Einstein,
Jeans, Planck, Pauli, Eddington
AGRADECIMIENTOS
Physics and Beyond, de Werner
Heisenberg, George Alien & Unwin, Londres. [Versión en castellano: Diálogos
sobre la física atómica. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1972.]
Where is Science
Going?, de Max Planck, George Alien & Unwin, Londres. [Versión en
castellano: ¿Adónde va la ciencia? Buenos Aires: Losada,
1947.]
Ideas and
Opinions, de Albert Einstein, Copy right 1954, 1982 by Crown Publishers,
Inc. (Usado con permiso de esta editora). [Versión en castellano: Mis
ideas y opiniones. Barcelona: Bosch, 1980.]
« Positivism,
Metaphy sics and Religión» (1952), de Physics and Beyond: Encounters
and Conversations, de Werner Heisenberg. Traducido del alemán por
Arnold Pomerans. Copy right 1971 by Harper and Row, Publishers, Inc. Reimpreso
con permiso del editor.
Mind and Matter, de Erwin
Schrödinger. Reimpreso con permiso del editor, Cambridge University Press.
[Versión en castellano: Mente y materia. Barcelona: Tusquets,
1985.]
My View of the
World, de Erwin Schrödinger. Reimpreso con permiso del editor, Cambridge
University Press. [Versión en castellano: Mi concepción del mundo.
Barcelona: Tusquets, 1988.]
Science and
Humanism, de Erwin Schrödinger. Reimpreso con permiso del editor, Cambridge
University Press. [Versión castellana: Ciencia y humanismo.
Barcelona: Tusquets, 1985.]
Nature and Greeks, de Erwin
Schrödinger. Reimpreso con permiso del editor, Cambridge University Press.
[Versión en castellano: La naturaleza y los griegos.
Barcelona: Tusquets, 1997.]
What is Life?,
de Erwin Schrödinger. Reimpreso con permiso del editor, Cambridge University
Press. [Versión en castellano: ¿Qué es la vida? Barcelona:
Tusquets, 1983.]
Science and the
Unseen World, de Arthur Stanley Eddington. Reimpreso con permiso del editor,
Cambridge University Press. [Versión en castellano: La ciencia
y el mundo invisible: ciencia y misticismo. México D. F.: Alba, 1937.]
New Pathways in
Science, de sir Arthur Eddington. Reimpreso con permiso del editor, Cambridge
University Press. [Versión en castellano: Nuevos senderos de
la ciencia. Barcelona: Montaner y Simón, 1945.]
The Nature of the
Physical World, de A. S. Eddington. Reimpreso con permiso del editor, Cambridge
University Press. [Versión en castellano: La naturaleza del mundo
físico. Buenos Aires: Sur, 1938.]
The Mysterious
Universe, de sir James Jeans. Reimpreso con permiso del editor, Cambridge
University Press. [Versión en castellano: El misterioso universo.
Madrid: Poblet, 1933.]
« Scientific and Religious Truths» ,
Copy right by Werner Heisenberg, en Schritte Über Grenzen, R. Piper
& Co. Verlag 1971; edición inglesa, Across the Frontiers,
publicada por Harper & Row, 1974. [Versión en castellano: Más allá
de la física: Atravesando fronteras. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos,
1974.]
PREFACIO A LA
EDICIÓN DE 2001
Merece la pena —en
medio de tanto interés por la relación existente entre la ciencia y la
religión— releer los escritos de los pioneros fundadores de la física moderna y
ver lo que dijeron en torno a este importante tema. En este sentido, Cuestiones
cuánticas comprendía casi todo lo que escribieron al respecto algunos de
los más grandes físicos que el mundo ha conocido.
Cuando nos
enfrentamos a las cuestiones últimas de la existencia, existe la tendencia
demasiado común a creer —o al menos a esperar— que la física y el misticismo
convergen en el mismo tipo de respuestas y que, de algún modo, la física
demuestra —o, cuando menos, sostiene— la visión mística del mundo. Éste ha
sido, después de todo, el mensaje transmitido por innumerables libros,
desde El Tao de la física hasta La danza de los
maestros del Wu Li.
Pero esta
conclusión, no obstante, no tiene nada que ver con lo que crey ó ninguno de los
grandes físicos incluidos en este volumen. Y es que Einstein, Eddington, Bohr,
Planck, Heisenberg y Pauli rechazaron por igual la idea de que la física
demostrase o alentase siquiera el misticismo. Pero lo más curioso de todo es
que, a pesar de eso, ¡todos ellos fueron místicos declarados!
¿Cómo puede ser tal
cosa? Dicho muy sencillamente, todos ellos se dieron cuenta de que, en última
instancia, la física tiene que ver con el mundo de forma, mientras que el
misticismo se orienta hacia lo que carece de forma. Así pues, aunque ambas sean
importantes, en modo alguno deben ser equiparadas. La física puede ser
comprendida mediante el estudio de los hechos y de las matemáticas pero el
misticismo, muy al contrario, sólo puede ser aprehendido a través de una
transformación profunda de la conciencia. Confundirlos es comprender
inadecuadamente —y, en consecuencia, distorsionar también— tanto a la
conciencia como a la espiritualidad.
Como el lector verá
en las páginas que siguen, todos los pioneros de la física mencionados crey
eron que la ciencia y la religión o la física y la espiritualidad, eran
necesarias para un acercamiento completo, pleno e integral a la realidad, pero
que ninguno de esos abordajes puede reducirse al otro ni derivarse de él.
(Recomiendo a todos los que estén interesados en estos temas la lectura de mi
libro Una teoría de todo: Una visión de la ciencia, la política, la
empresa y la espiritualidad).
Valdrá la pena,
pues, en estos tiempos en que tantos buscadores espirituales creen en la
posibilidad de descansar en los descubrimientos realizados por la física,
escuchar directamente los comentarios que hicieron los maestros de la física
sobre la importancia fundamental de la ciencia y de la religión… sin confundir,
por ello, sus respectivas tareas y objetivos, sino considerándolos, muy al
contrario, como parte de la Única Totalidad.
KEN WILBER
Boulder, Colorado
Otoño de 2000
INTRODUCCIÓN:
SOMBRAS Y SÍMBOLOS
MÁS ALLÁ DE LA
CAVERNA
Física y
misticismo, física y misticismo, física y misticismo… En los últimos diez años
han aparecido literalmente docenas de libros, escritos por físicos, filósofos,
psicólogos y teólogos, con el común propósito de describir o explicar la
relación extraordinaria que se da entre la más ardua de las ciencias, la Física
y la Mística, la más tierna entre las religiones. Según algunos, la física, y
la mística están llegando rápidamente a una visión del mundo notablemente
cercana. Para otros, se trata de enfoques complementarios de una misma
realidad. Los escépticos, en cambio, proclaman que nada tienen en común: sus
métodos, objetivos y resultados se oponen diametralmente. De hecho, se ha
recurrido a la física moderna tanto para defender como para refutar el determinismo,
el libre albedrío, Dios, el espíritu, la inmortalidad, la causalidad, la
predestinación, el budismo, el hinduismo, el cristianismo y el taoísmo.
La realidad es que
cada generación ha intentado echar mano de la física tanto para probar como
para rechazar al espíritu, lo que y a debería resultarnos suficientemente
sospechoso. Según Platón, usando sus propias palabras, toda la física no era
más que una « descripción conveniente» , y a que en último término no
descansaba en otra cosa que en la evidencia huidiza y tenebrosa de los
sentidos, mientras que la verdad residía en las formas trascendentales más allá
de la física (de aquí el nombre de metafísica). Demócrito, por el
contrario, ponía toda su fe en los « átomos» y en el « vacío» , puesto que para
él no existía ninguna otra cosa (molesta concepción que llevó a Platón a
expresar su más ferviente deseo de que todas las obras de Demócrito fueran
quemadas sin dilación).
Cuando la física
newtoniana brillaba en todo su esplendor, los materialistas se aferraban a la
física para demostrar que, siendo el universo con toda evidencia una máquina
determinista, no podía haber lugar para el libre albedrío, Dios, la gracia, la
intervención divina, o cualquier otra cosa que recordase aun vagamente al
espíritu. Esta argumentación, aparentemente incontestable, no ejerció sin
embargo el menor influjo sobre los filósofos de mentalidad idealista o
espiritualista. De hecho, señalaban que la segunda ley de la termodinámica
(según la cual el universo camina inequívocamente hacia el desorden) sólo puede
significar una
cosa: si el universo marcha hacia el desorden, algo o alguien tiene que haberlo
ordenado previamente.
La física
newtoniana no proporciona un argumento en contra de Dios. Por el contrario,
sostenían, ¡prueba la absoluta necesidad de un Dios Creador!
Cuando apareció en
escena la física relativista, todo el drama volvió a repetirse. El cardenal
O’Connell de Boston previno a todos los católicos frente a la relatividad,
afirmando de ella que era « una especulación nebulosa tendente a inducir una
duda universal acerca de Dios y de su creación» ; la teoría era « una mortífera
encarnación del ateísmo» . Por el contrario, el rabino Goldstein proclamó
solemnemente que lo que Einstein había hecho era nada menos que proporcionar «
una fórmula científica a favor del monoteísmo» . Y de un modo semejante las
obras de James Jeans y de Arthur Eddington fueron recibidas con alborozo desde
todos los púlpitos de Inglaterra: ¡la física moderna apoy a al cristianismo en
todos sus aspectos esenciales! El problema era que ni Jeans ni Eddington
estaban en modo alguno de acuerdo con semejante acogida, ni tampoco realmente
entre sí, lo que dio lugar a ese famoso e ingenioso comentario de Bertrand
Russell: « Sir Arthur Eddington considera probada la religión por el hecho de
que los átomos no obedecen a las ley es matemáticas. Sir James Jeans la
considera probada por el hecho de que sí las obedecen» .
Hoy en día se oy e
hablar de la supuesta relación que se da entre la física moderna y la mística
oriental. La teoría del bootstrap, el teorema de Bell, el orden
implicado, el paradigma holográfico constituy en otras tantas pruebas (¿o
contrapruebas?) supuestas del misticismo oriental. En lo esencial es
sencillamente la misma historia con diferentes rodajes. Se airean por uno y
otro lado los argumentos en pro y las objeciones en contra, pero la única
conclusión que permanece clara e inmutable es que el tema en sí es
extremadamente complejo.
En medio de toda
esta confusión, me pareció una buena idea acudir a consultar a los propios
fundadores de la física moderna para comprobar qué es lo que ellos
mismos pensaban sobre la naturaleza de las relaciones entre la ciencia
y la religión. ¿Qué relación existe, si es que hay alguna, entre la física
moderna y el misticismo trascendente? ¿Tiene la física algo que decir en temas
tales como el libre albedrío, la creación, el alma o el espíritu? ¿Cuáles son los
papeles respectivos de la ciencia y la religión? ¿Puede la física llegar a
ocuparse de la Realidad (con may úscula) o debe conformarse necesariamente con
estudiar las sombras que ésta proy ecta en la caverna?
Este volumen
recoge, de forma compendiada, prácticamente la totalidad de los principales
pasajes que sobre estos temas se encuentran en los fundadores y más relevantes
teóricos de la física moderna (cuántica y relativista): Einstein, Schrödinger,
Heisenberg, Bohr, Pauli, Jeans y Planck. Aunque hubiera sido pedir demasiado
encontrar un acuerdo completo entre ellos acerca de la naturaleza y las
relaciones entre la ciencia y la religión, me sentí sumamente sorprendido al
comprobar cómo se
iba delimitando una comunidad general de enfoques en la visión del mundo propia
de estos diversos filósofos-científicos. Con algunas excepciones (que veremos),
prácticamente todos ellos parecen haber llegado a unas mismas y fundamentales
conclusiones. En seguida volveremos sobre estas conclusiones para examinarlas
más precisa y cuidadosamente (véase la segunda parte de esta introducción),
pero como primera aproximación puede decirse lo siguiente: existe una práctica
unanimidad entre todos estos teóricos en declarar que la física moderna no
ofrece soporte positivo de ninguna clase a favor de ninguna especie de
misticismo o trascendentalismo. (¡Y sin embargo todos ellos fueron
místicos, de una u otra forma! El porqué de ese hecho constituy
e uno de los puntos centrales de esta parte).
Es, pues, opinión
común de todos ellos que la física moderna no constituy e una prueba, ni a
favor ni en contra, de la visión místico-espiritual del mundo; no hay en ella
ninguna demostración ni ninguna refutación a este respecto. Están dispuestos a
admitir que existen ciertas semejanzas entre la visión del
mundo de la nueva física y la de la mística, pero esas semejanzas, cuando no
son puramente accidentales, resultan triviales comparadas con las amplias y
profundas diferencias que las separan. El intento de apuntalar una visión
espiritualista del mundo según datos tomados de la física (antigua o nueva)
equivale sencillamente a desconocer enteramente la naturaleza y la función de
cada una de ellas. Como decía el propio Einstein, « la moda actual de aplicar
los axiomas de la física a la vida humana no es sólo una completa equivocaron,
sino
que es en sí algo
reprensible» [1]. Al preguntarle el
arzobispo Davidson a Einstein qué efecto tenía sobre la religión la teoría de
la relatividad, éste replicó:
« Ninguno. La
relatividad es una teoría científica, y no tiene nada que ver con la religión»
. Sobre lo cual Eddington comentaba ingeniosamente: « En aquel tiempo uno tenía
que convertirse en un experto en sortear a las personas que estaban
convencidas de que
la cuarta dimensión era la puerta a la espiritualidad» [2]. Eddington poseía
por supuesto (como Einstein) una perspectiva hondamente
mística, pero sobre
este punto era tajante: « No estoy sugiriendo que la nueva física aporte
ninguna “demostración de la religión”, ni que ofrezca siquiera algún tipo de
fundamentación positiva a la fe religiosa… Por mi parte, me declaro
absolutamente
opuesto a esa clase de intentos» [3]. El mismo
Schrödinger, que en mi opinión fue probablemente el más místico del grupo, era
igualmente severo:
« La física no tiene
nada que ver con eso. La física parte de la experiencia cotidiana, y sigue
valiéndola de medios más sutiles. Permanece afín a ella, no la
trasciende en
términos generales, no entra en otros dominios» [4]. El intento de
hacerlo, dice, es algo sencillamente « siniestro» : « El terreno del que
algunos antiguos logros científicos han debido retirarse es reclamado con
admirable
destreza por
ciertas ideologías religiosas como ámbito propio, sin que puedan realmente
hacer de él un uso provechoso, y a que su auténtico campo está mucho más allá
de cuanto puede quedar al alcance de la explicación científica» [5].
La posición de
Planck, tratando de resumirla, era que la ciencia y la religión se ocupan de
dos dimensiones muy diferentes de la existencia, entre las cuales no puede
decirse con propiedad que pueda darse acuerdo o conflicto de ningún tipo, lo
mismo que, por ejemplo, entre la botánica y la música tampoco puede hablarse de
acuerdo o de conflicto. « El intento de contraponerlas, por una parte, o de
“unificarlas”, por otra, proviene de una deficiente comprensión, o más
exactamente de una confusión de las metáforas religiosas con las afirmaciones
científicas.
Innecesario es decir que el resultado no tiene ningún sentido» [6]. En cuanto a sir
James Jeans, se mostraba sencillamente asombrado: « ¿Qué pasa con todo lo que
no se ve, a lo que la religión atribuy e un carácter de eternidad? Se ha
hablado mucho últimamente de las aspiraciones a dotar de un “soporte
científico” a los “hechos trascendentes”. Hablando como científico, considero
absolutamente inconvincentes las pruebas alegadas; hablando como ser humano, la
may oría de ellas me parecen además ridículas» [7].
Por otro lado, no
se puede achacar sin más a estos hombres un desconocimiento de los escritos
místicos de Oriente y Occidente. No se puede
decir alegremente
que bastaría con que ley eran La danza de los maestros[8] para cambiar de
opinión y confesar la condición gemela de la física y la mística; ni se puede
afirmar que sólo con que conocieran algo más en detalle la literatura mística
podrían de hecho encontrar numerosas semejanzas entre la mecánica cuántica y la
mística. Por el contrario, sus escritos están positivamente plagados de
referencias a los Vedas, a las Upanishads, al taoísmo (Bohr incluy ó en su
escudo familiar el símbolo del y in-y ang), al budismo, a Pitágoras, Platón,
Plotino, Schopenhauer, Hegel, Kant, y prácticamente a todo el panteón de
campeones de la filosofía perenne. Y no obstante llegaron a las conclusiones
arriba mencionadas.
Eran perfectamente
conscientes, por ejemplo, de que uno de los puntos clave de la filosofía
perenne es la afirmación de que en el conocimiento místico el sujeto y el
objeto se unifican. Sabían también que algunos filósofos
proclamaban que el principio de indeterminación de Heisenberg y el de
complementariedad de Bohr venían a apoy ar esa concepción mística, desde el
momento en que, según esos principios, el sujeto no puede conocer al objeto sin
« interferir» con él, lo que prueba que la física moderna ha trascendido la
dualidad sujeto-objeto. Ninguno de los físicos que se recogen en este
volumen suscribió nunca tal afirmación. El propio Bohr afirmó taxativamente
que « la noción de complementariedad no supone en modo alguno un
alejamiento de nuestra posición como observadores desligados de la naturaleza…
El aspecto
esencialmente nuevo
del análisis de los fenómenos cuánticos es la introducción de una distinción
fundamental entre los aparatos de medida y los objetos sometidos a
investigación (cursiva original)… En nuestros futuros encuentros con
la realidad tendremos que distinguir el lado objetivo y el
subjetivo, tendremos que establecer
una división entre ambos» [9, 10].
Louis de Broglie
era aún más explícito: « Se ha dicho que la física cuántica reduce o difumina
la región divisoria entre lo subjetivo y lo objetivo, pero hay aquí… un uso
equivocado del lenguaje. Porque en realidad los medios de observación
pertenecen claramente al aspecto objetivo; y el hecho de que no podamos dejar
de lado en microfísica las reacciones que esos medios producen en las porciones
del mundo exterior que deseamos estudiar no suprime, ni
siquiera disminuy
e, la distinción tradicional entre sujeto y objeto» [11]. Schrödinger, por
su parte —y tengamos presente que estos hombres reconocían firmemente que en la
unión mística el sujeto y el objeto se hacen uno, aunque sencillamente no
encontrasen fundamento alguno para esta idea en la física moderna—, afirmaba
que « el estrechamiento de la frontera entre el observador y lo observado, que
muchos consideran una significativa revolución del pensamiento, a mí me parece
una sobrevaloración de un aspecto provisional carente de significado
profundo» [12].
Así pues, para
tratar de explicar el hecho de que estos técnicos rechazaran la idea de que «
la física apoy a a la mística» , habremos de buscar otro argumento que no sea
la consabida afirmación de que no estaban familiarizados con la literatura o
con la experiencia mística. E incluso aunque se demostrara que su conocimiento,
digamos, del taoísmo era insuficiente, pienso que su crítica seguiría siendo
absolutamente válida. Más aún, esa crítica (que voy a presentar a continuación)
no puede quedar afectada en modo alguno por ningún tipo de nuevos
descubrimientos físicos. Es una crítica lógica, absolutamente inmune frente a
cualquier posible nuevo descubrimiento. Es una crítica simple, profunda
y directa; de un solo
trazo da al traste prácticamente con todo cuanto se ha escrito sobre el
supuesto paralelismo existente entre la física y la mística.
Brevemente, la
crítica se reduce a lo siguiente. El núcleo de la experiencia mística puede
describirse de forma aproximada (si bien un tanto poética) como sigue: en la
conciencia mística se aprehende directa o inmediatamente la Realidad, es decir,
sin ningún tipo de mediación, ni de elaboración simbólica, conceptualización o
abstracción alguna. El sujeto y el objeto se unifican en un acto fuera del
espacio y del tiempo, que trasciende todas las formas posibles de mediación.
Todos los místicos hablan universalmente de contactar la realidad en su
mismidad, en su entidad, en su taleidad, sin ninguna clase de intermediarios,
más allá de las palabras, los símbolos, los nombres, los pensamientos o las
imágenes.
Ahora bien, cuando
el físico contempla la realidad cuántica o relativista, no contempla
las « cosas en sí mismas» , el noúmeno, la realidad directa, sin mediación
alguna. Más bien, lo que el físico contempla no es otra cosa que una
serie de ecuaciones diferenciadas sumamente abstractas, esto es, no la
« realidad» en cuanto
tal, sino los símbolos matemáticos de la realidad. Como dice Bohr, « es preciso
reconocer que se trata aquí de un procedimiento puramente simbólico… Por
consiguiente, toda la visión espacio-temporal que tenemos de los fenómenos
físicos depende en último término de tales
abstracciones» [13]. Sir James Jeans
era explícito a este respecto: en el estudio de la física moderna, afirma, «
nunca podemos comprender lo que sucede, sino que debemos limitarnos a describir
las pautas de comportamiento en términos matemáticos; no podemos aspirar a otra
cosa. Los físicos que intentan comprender la realidad pueden estar trabajando
en campos diferentes o con métodos distintos: uno puede que se dedique a cavar,
otro a sembrar y otro a recoger. Pero la cosecha final siempre será un haz de
fórmulas matemáticas. Y éstas nunca serán una descripción de la naturaleza en
cuanto tal… [Por eso]
nuestros estudios
no alcanzan nunca a ponernos en contacto con la realidad» [14]. ¡Qué diferencia
tan abismal, radical y absoluta con la mística! Y esta crítica es válida para
todo tipo de física —vieja, nueva, antigua, moderna, cuántica o
relativista—. La
propia naturaleza, objetivos y resultados de ambos enfoques son profundamente
distintos: una, volcada sobre los símbolos y formas abstractas y mediatas de la
realidad, y la otra, tendente a un contacto directo, sin mediaciones, con la misma
realidad. El mismo hecho de proclamar la existencia de semejanzas nucleares y
directas entre los descubrimientos físicos y la mística supone proclamar
necesariamente al mismo tiempo que la última se reduce en esencia a una mera
abstracción simbólica, porque es absolutamente cierto que eso es exactamente la
primera. Tal afirmación encierra, cuando menos, una profunda confusión entre la
verdad absoluta y la relativa, entre lo finito y lo infinito, entre lo temporal
y lo eterno. Y eso es lo que tanta repulsión despertaba entre los físicos que
aparecen en este volumen. Eddington, como de costumbre, lo expresó de un modo
tajante: « Podríamos sospechar la intención de reducir a Dios a un sistema de
ecuaciones diferenciales. En cualquier caso [es preciso] evitar ese fracaso.
Por mucho que las ramas actuales [de la física] puedan ampliarse con nuevos
descubrimientos científicos, no pueden por su propia naturaleza llegar a
traspasar los lindes del trasfondo en el que se asienta su ser… Hemos tenido
ocasión de aprender que la exploración del mundo exterior con los métodos de la
ciencia física no nos lleva a encontrarnos con la realidad concreta, sino con
un mundo de sombras y símbolos, por debajo de los cuales aquellos
métodos no resultan y a adecuados
para seguir penetrando» [15].
La física, en resumen, se ocupa —y no
puede ocuparse de otra cosa— del
mundo de las
sombras y los símbolos, y no de la luz de lo real que se encuentra fuera de las
tinieblas de la caverna. Tal es, en una primera aproximación, la conclusión
general a que llegan estos teóricos.
¿Pero por qué
entonces llegaron de hecho todos ellos a abrazar y profesar
una u otra forma de misticismo? Evidentemente este hecho nos indica aquí una
profunda conexión de algún tipo. Ya hemos visto que esa
conexión no reside, según estos científicos, en la similaridad
de puntos de vista entre la física y la mística, ni en la de objetivos o
resultados. Entre la sombra y la luz no cabe ninguna semejanza esencial.
Entonces, ¿qué es lo que ha obligado a tantos físicos a salir de la caverna? Y
en particular, ¿qué es lo que ha venido a decirles a estos físicos la nueva física
(cuántica y relativista) que no les hubiera mencionado la física antigua? ¿Cuál
era, a fin de cuentas, la diferencia crucial entre la antigua y la nueva
física, que hacía que la última les hiciera tender con mucha más frecuencia al
misticismo?
Una vez más nos
encontramos ante una conclusión común y general entre la may oría de los
físicos teóricos recogidos en este volumen, expuesta con la misma claridad por
Schrödinger y Eddington. Eddington parte del hecho reconocido de que la física
se ocupa de las sombras, no de la realidad. Ahora bien, afirma, la gran
diferencia entre la antigua y la nueva física no reside en que esta última sea
relativista, no determinista, cuatridimensional o cualquiera de estas cosas. La
gran diferencia entre la antigua y la nueva física es a la vez más simple y
mucho más profunda: tanto una como otra sólo se ocupan de sombras y de
símbolos, pero la nueva física se vio obligada a hacerse consciente de
este hecho, se vio forzada a darse cuenta de que estaba ocupándose de
sombras e ilusiones, no de la realidad. Así, tal vez en uno de los
pasajes más famosos y más frecuentemente citados de todos estos científicos,
Eddington elocuentemente afirma: « En el mundo de la física contemplamos una
representación de la vida cotidiana en sombras chinescas. La sombra de mi codo
descansa sobre la sombra de mi mesa, mientras la sombra de la tinta resbala
sobre la sombra del papel… El franco descubrimiento de que la ciencia física se
desenvuelve en un mundo de
sombras es uno de
los avances recientes más significativos» [16]. Schrödinger
insiste sobre este punto más explícitamente: « Me permito hacerles notar que
los últimos progresos (de la física cuántica y relativista) no residen en el
hecho de haber dotado a la ciencia física de ese carácter umbrío: siempre lo
tuvo, desde los tiempos de Demócrito de Abdera e incluso antes, pero no
éramos conscientes
de ello, pensábamos
que estábamos ocupándonos del mundo en cuanto tal» [17]. Y sir James Jeans
lo resumen perfectamente en forma de metáfora: « El hecho esencial es
sencillamente que todas las imágenes que la ciencia nos ofrece
actualmente de la naturaleza, y las únicas que parecen poder resultar adecuadas
a los hechos observados, son las imágenes matemáticas… No son otra cosa que
imágenes, ficciones
si se prefiere, si por ficción se entiende el hecho de que la ciencia siga sin
estar en contacto con la última realidad. Desde un amplio punto de vista
filosófico, muchos sostendrían que el may or logro de la física del siglo
XX no es la teoría de
la relatividad y la fusión de espacio y tiempo que comporta, ni la teoría
cuántica con su aparente negación de las ley es de la causalidad, ni la
disección del átomo y el consiguiente descubrimiento de que las cosas no son
como parecen: es el reconocimiento generalizado de que todavía no estamos en
contacto con la realidad última. Seguimos estando prisioneros en la caverna, de
espaldas a la luz, y sólo podemos contemplar las sombras contra el
muro» [18].
Ésa es la gran
diferencia entre la antigua y la nueva física: ambas se ocupan de las sombras,
pero aquélla no se había dado cuenta de ello. Mientras se vive entre las
sombras de la caverna, sin siquiera saberlo, no cabe, por supuesto, tener
motivo ni deseo alguno de escapar hacia la luz de afuera. Las sombras se toman
por la única realidad, y no se reconoce ni se sospecha la existencia de otra
realidad. Ése era el efecto filosófico que producía la antigua física. Pero la
nueva física vino a poner de manifiesto que ninguno de sus empeños puede
superar el nivel de las sombras, y con ello todos los físicos sensibles
—incluidos naturalmente los de este volumen— comenzaron en tropel a mirar a un
tiempo más allá de la caverna (y de la física).
« Hoy en día —explica
Eddington—, se reconoce generalmente la naturaleza simbólica de la física, y
sus esquemas se formulan de tal forma que resulta casi evidente por sí mismo el
hecho de constituir un aspecto parcial de algo más amplio» . No obstante, según
estos mismos físicos, la física no nos dice —ni puede decirnos— nada de ese «
algo más amplio» . Justamente esa incapacidad de la física, y no su supuesta
semejanza con la mística, fue lo que condujo paradójicamente a tantos físicos a
una visión mística del mundo. Eddington lo explica cuidadosamente: « En pocas
palabras, la situación es como sigue: hemos tenido ocasión de aprender que la
exploración del mundo exterior con los métodos de la ciencia física no nos
lleva a encontrarnos con la realidad concreta, sino con un mundo de sombras y
símbolos, por debajo de los cuales aquellos métodos no resultan y a adecuados
para seguir penetrando. Con la sensación de que debe haber algo más detrás,
volvemos a la conciencia humana como punto de partida, al
único centro donde podríamos encontrar algo más y llegarlo a conocer. Ahí (en
el inmediato interior de la conciencia), nos encontramos con otros movimientos
y otras revelaciones distintas de las que nos llegan condicionadas a través del
mundo de los símbolos… La física subray a con la máxima energía que sus métodos
no pueden ir más allá de lo simbólico. Seguramente entonces esa naturaleza
nuestra, mental y espiritual, de la que tenemos conciencia a través de un
íntimo contacto que trasciende los métodos de la física, nos proporciona
justamente aquello que… reconocidamente la ciencia
no nos puede
dar» [19].
En síntesis, según
esta concepción, la física trata de un mundo de sombras; ir más allá de las
sombras es ir más allá de la física; ir más allá de la física es apuntar a la
metafísica o a la mística. Y ésa es la razón por la cual
tantos físicos pioneros han sido también místicos. La nueva física no ha
aportado nada positivo a esta aventura mística, salvo un monumental fracaso, de
cuy as ruinas humeantes ha surgido sutilmente el espíritu místico.
UNA OJEADA MÁS DE
CERCA
Desearía en esta
sección echar una ojeada más de cerca a la relación entre ciencia y religión,
su naturaleza, métodos y campos respectivos. Es preciso, sin embargo, poner de
relieve que en esta sección, a diferencia de la anterior, no represento
necesariamente las opiniones de los físicos que recoge este volumen. Lo que
sigue representa en may or o menor medida mis propias opiniones, que espero
sirvan para clarificar los temas que se tratan en esta antología. Y aunque
muchos, tal vez la may oría, de tales físicos probablemente estarían de acuerdo
con la may or parte de cuanto tengo que decir, se trata ahora no y a de puntos
de común o general aceptación, sino de detalles específicos y de una
terminología peculiar, sobre lo cual cada físico tiene sus propias y
particulares opiniones. A menudo indicaré aquellos puntos con los que varios
físicos podrían estar de acuerdo, y aquellos otros de los que probablemente
disentirían.
Tenemos, ante todo,
el propio significado de la palabra ciencia. Naturalmente podemos
definir a la « ciencia» del modo que queramos, con tal de que seamos
consecuentes, y de hecho buena parte de la argumentación en torno a este tema
de « ciencia y religión» no consiste en otra cosa que en el intercambio de
definiciones seleccionadas de antemano para producir precisamente el efecto
deseado. Así, por ejemplo, si definimos la ciencia simplemente como
« conocimiento» , la
religión contemplativa es entonces una forma de ciencia. Más aún, se convierte
en la más elevada de las ciencias (muchos maestros orientales actuales adoptan
este enfoque, y hablan así continuamente de la ciencia del y oga, la ciencia de
la meditación, la ciencia de la inteligencia creativa, y así sucesivamente). La
física se convierte entonces en una rama más de ese omnicomprensivo árbol de la
ciencia, en donde caben igualmente el
médium, el físico y el místico[20].
Por el contrario,
si definimos la ciencia como « conocimiento empírico-sensorial validado
instrumentalmente» , deja automáticamente de considerarse científica cualquier
forma de religión que podamos concebir. Quedan entonces dos salidas: 1)
Considerar la religión como una forma de fe, de valores o creencias personales perfectamente
válidos, ajenos a toda crítica científica. Se trata entonces de dos campos
igualmente legítimos pero diferentes, entre los cuales no pueden darse
propiamente conflictos ni paralelismos (esta opinión,
defendida
primeramente por Kant y Lotze, cuenta hoy con muchos partidarios, entre los
cuales se cuentan algunos de los físicos que aparecen en este volumen, como
Planck, Einstein y Eddington). 2) Considerar la religión como no científica en
el sentido más puramente pey orativo, en cuanto reliquia supersticiosa del
pensamiento mágico y primitivo (Comte), o como mecanismo de defensa frente a la
culpa y la ansiedad (Freud), o como ideología obtusa consagradora de la
alienación (Marx), o como proy ección debilitadora nacida de las nostalgias
interiores y humanistas de hombres y mujeres (Feuerbach), o como un asunto
emocional puramente privado, en sí inocuo pero no merecedor del apelativo de «
conocimiento» (Quine, Ay er y los positivistas en general).
Ahora bien, toda esta
confusión, como puede observarse, descansa en gran medida en la forma como
definamos a la « ciencia» . Los temas son tan complejos y sutiles que si no
precisamos muy exactamente lo que entendemos por « ciencia» (y también por «
religión» ), las afirmaciones que puedan hacerse sobre la relación entre ambas
pueden resultar estúpidas en el mejor de los casos,
y hasta siniestras en
el peor de ellos. Personalmente, cuando me topo con uno de esos escritores
populares que disfrutan haciendo afirmaciones generales sobre la « nueva
ciencia» y la « espiritualidad» , siento que no tengo la menor idea de lo que
pueden querer decir, y que mi única certeza es que ellos tampoco la tienen.
Puesto que esta
antología está de hecho dedicada al tema de « la ciencia y la religión» , no
veo que me quede más remedio que examinar con todo cuidado lo que entendemos, o
lo que podemos entender con la palabra ciencia y
la palabra religión. Así pues, la tarea un tanto arriesgada que me
corresponde acometer en las pocas páginas que siguen es desempeñar
el papel de analista del lenguaje, la más banal de todas las actividades
filosóficas. Intentaré hacer la operación lo menos dolorosa posible.
Comencemos con la «
ciencia» . Como dije, podemos definir libremente la « ciencia» como mejor nos
convenga, con tal de que luego seamos consecuentes. Pero me parece que, al
menos, debemos distinguir entre el método
y el campo de
la ciencia. El método científico se refiere a las formas o medios de que se
vale la ciencia —sea cual sea el modo como entendamos ésta— para reunir hechos,
datos o información, y para poder confirmar o refutar una serie de
afirmaciones, confrontándolas con esos datos. Con otras palabras, el método se
refiere al modo como se las arregla la ciencia (sin especificar este concepto)
para reunir conocimientos.
Por el contrario,
el campo científico se refiere simplemente a los tipos de
hechos o fenómenos que son o pueden ser objeto de investigación por parte de la
« ciencia» , sea lo que sea lo que entendamos por ella. El « método» pertenece
a la epistemología de la ciencia, mientras que el « campo» pertenece a su
ontología.
Permítaseme una burda analogía.
Supongamos que vamos a explorar las
cuevas de Carlsbad
en la oscuridad de la noche. Llevamos una linterna —que es el medio o el método
de que vamos a valemos para obtener conocimientos acerca de ellas (o para «
arrojar luz» sobre las diferentes cuevas), y las cuevas son los diversos objetos
o campos que vamos a investigar e iluminar con nuestra metodología, con nuestra
linterna—. En una cueva puede haber oro y piedras preciosas, en otra puede que
no hay a sino cieno y murciélagos. La cuestión es que con una misma linterna
pueden descubrirse muy diversos tipos de objetos, y no vamos a confundirlos
unos con otros simplemente por el hecho de haber sido encontrados con la luz de
la misma linterna.
Por tanto, en vez
de preguntarnos vagamente « ¿qué entendemos por ciencia?» , vamos a
preocuparnos por definir qué es el método científico y qué es
el campo científico. En cuanto al método científico, los
textos científicos en general parecen estar de acuerdo en definirlo como un
método de obtener conocimientos nuevos a través de la verificación de hipótesis (instrumental
o experimentalmente) en contraste con la experiencia (« datos»
), y que es potencialmente público o susceptible de repetición (confirmación
o refutación) por otros colegas. En sustancia, eso significa que el método
científico abarca toda pretensión de conocimiento abierta a una validación o
refutamiento experimental.
Notemos que esta
definición —que vamos a aceptar como válida por el momento— no hace,
correctamente, ninguna referencia al campo u objetos del método científico. Si
un pretendido conocimiento, sea del campo que sea, puede ser
públicamente verificado experimentalmente, ese conocimiento puede entonces ser
considerado « científico» con toda propiedad.
Esta definición,
correcta a mi entender, no afirma que sólo puedan ser
susceptibles de investigación científica los objetos sensibles o físicos. Eso
equivaldría a afirmar que sólo podemos usar la linterna en una de las cuevas.
No hay nada en esa definición que nos impida aplicar legítimamente el
término científico a ciertas y determinables pretensiones de
conocimiento en áreas o campos como la biología, la psicología, la
historia, la antropología, la sociología y la espiritualidad. De hecho, eso es
justamente lo que entienden los alemanes por
« ciencias del
espíritu» , ciencias que tratan de los fenómenos mentales y espirituales, y eso
es lo que los estadounidenses entendemos por ciencias humanas o sociales.
Lo importante en
esta definición es que, como acertadamente se refiere tan sólo al método y no
hace ninguna referencia a su campo objetual, la línea divisoria entre lo «
científico» y lo « no-científico» no es la que divide lo
físico de lo metafísico, sino la que distingue entre afirmaciones
experiencialmente verificables y no-verificables (o puramente dogmáticas): las
primeras son susceptibles de confirmación o refutación según experiencias
públicas, mientras que las segundas se basan en evidencias que no tienen may or
fuste que las que
sustentan
expresiones del tipo « porque y o te lo digo» . Si la « ciencia» estuviera
limitada al campo de los objetos « físico-sensoriales» , entonces ni las
matemáticas, ni la lógica, ni la psicología, ni la sociología podrían ser
consideradas como disciplinas « científicas» , en cuanto que los aspectos
centrales de todas ellas no tienen carácter sensorial, ni empírico ni físico,
sino metafísico.
Existe, por
ejemplo, un modo de verificar la verdad de un teorema
matemático, pero la prueba se basa, no en una evidencia sensorial,
sino en una evidencia mental, es decir, en la experiencia interior
de la coherencia mental existente en el tracto de proposiciones lógicas que lo
integran —coherencia experiencial interna que puede ser comprobada por el
pensamiento de otros matemáticos igualmente preparados, coherencia (no
correspondencia) experiencial interna que no tiene nada que ver con una
evidencia físico-sensorial
—. (La
correspondencia, o la falta de ella, puede también ser comprobada por
referencia a la evidencia, y a sea mental o sensorial, según las exigencias del
caso). Lo que es importante señalar es que « comprobar por evidencia
experiencial» no significa meramente « comprobar por evidencia
físico-sensorial» (punto que en seguida desarrollaremos), y es por eso
justamente por lo que las matemáticas, la lógica, la psicología, y otras ramas
parecidas pueden
ser consideradas « ciencias» con toda
propiedad[21].
Tras haber visto
que el « método científico» es el que se aplica a toda
pretensión-de-conocimiento validable por experiencia —por oposición a toda
afirmación dogmática, no verificable (afirmaciones que pueden ser verdaderas,
pero por motivos que nos vemos obligados a designar con otro nombre distinto
del de científicos)—, podemos ahora preguntarnos: « ¿A qué campo(s) científicos
puede, pues, aplicarse el método científico?» . Y antes, hemos de preguntar:
« ¿Cuántos campos existen?»
. Esto es, ¿cuántos dominios de experiencia, o modos de ser, o aspectos de la
realidad pueden estar a nuestro alcance? ¿Y, en primer lugar, a cuáles de ellos
puede ser o no aplicable el método científico? Dicho de otra forma, ¿qué ontología tenemos
que aceptar? ¿Cuántas cavernas existen en el universo que podamos explorar con
nuestra linterna?
No voy a
desarrollar una larga argumentación sobre este punto. Para los fines que
pretendo en esta introducción, asumiré sencillamente como válida la ontología
de la filosofía perenne, y en particular tal como la resumen autores como
Lovejoy, Huston Smith, René Guénon, Marco Pallis, Frithjof Schuon, y otros, y
en la forma como la abrazan pensadores modernos como Nicolai Hartmann, Samuel
Alexander, Whitehead, Aurobindo, Maritain, Urban, etc. Ni voy tampoco a entrar
en disputas sobre términos tales como Dios, Divinidad, Absoluto, Último, Ser,
Espíritu, vida, conciencia, psique, alma. Podemos dar a todos estos términos
más o menos el significado que queramos. Pero mi objetivo
va en otra dirección.
He aquí, pues, la ontología operativa
que nos sirve de base, la así llamada « Gran Cadena del Ser» :
En la zona superior
del diagrama he dispuesto un nombre para designar cada campo en general; en la
parte inferior figura una disciplina representativa que generalmente (pero no
necesariamente de forma exclusiva) tiene como objeto de estudio ese campo determinado.
Los números expresan simplemente los diversos niveles, y en cuanto a las
letras, su significado se explica un poco más abajo. Podría también advertir
que algunas versiones de la Gran Cadena le asignan entre los tres y veinte
niveles; este sencillo esquema de cinco niveles es adecuado para nuestro
propósito.
El significado
general de los términos materia, vida, y mente puede
parecer bastante evidente, pero permítaseme decir una o dos palabras acerca del
« alma» y del «
espíritu» . El campo del alma, en el sentido en que se usa aquí, se refiere al
reino de las formas platónicas, de los arquetipos, de las deidades
personificadas (yidam, ishtadeva, formas angélicas, etc.).
En el campo del alma subsiste todavía alguna forma de sutil dualidad
sujeto-objeto; el alma puede captar el Ser o entrar en comunicación con Dios,
pero sigue existiendo una frontera irreductible entre ellos. En el reino del
espíritu (nivel 5), sin embargo, el alma se convierte en Ser
en un estado de intuición radical y suprema identidad, conocida con nombres
diversos como gnosis, nirvikalpa samadhi, satori, kensho, jnana,
etc. En el campo del alma, el alma y Dios se comunican; en el reino del espíritu,
el alma y Dios se unen a un tiempo en la divinidad o en el mismo espíritu
absoluto, sin ninguna frontera delimitante entre sí.
A pesar de todo,
nos tropezamos en seguida con graves dificultades semánticas a propósito de la
palabra espíritu, pues prácticamente no hay manera de hablar del
reino del espíritu sin caer en la paradoja. El espíritu en sí no es paradójico;
hablando estrictamente, está más allá de toda caracterización y cualificación
(incluida ésta). Como el espíritu es, por así decirlo, el último límite de la
jerarquía del Ser, se asoma a nuestras formulaciones verbales en formas
aparentemente contradictorias o paradójicas (como han señalado Kant, Stace,
Nagarjuna y otros). La cuestión se vuelve problemática sin embargo solamente si
olvidamos incluir ambos lados de la paradoja en nuestra
formulación verbal.
Daré algunos
ejemplos. Notemos que cada uno de los niveles de la Gran Cadena trasciende, a
la vez que incluy e, al anterior (o anteriores). Es decir, cada nivel superior
contiene funciones, capacidades o estructuras que no se encuentran, o no pueden
explicarse únicamente en función de él, en el nivel inferior. El nivel superior
no viola los principios del inferior; sencillamente no se encuentra limitado o
no resulta explicable exclusivamente por ellos. El nivel superior trasciende y
a la vez incluy e al inferior, y no viceversa, de igual forma
que una esfera tridimensional incluy
e o contiene círculos bidimensionales, pero
no al contrario.
Ese « no-viceversa» es lo que establece y constituy e la jerarquía. Así, por
ejemplo, la vida trasciende e incluy e a la materia, y no
viceversa: los
organismos biológicos se componen de elementos materiales, pero los objetos
materiales no contienen componentes biológicos (las rocas no se reproducen
genéticamente, etc.). Ésa es también la razón de por qué el estudio de la
biología comprende el de la física, pero no al revés[22].
Así pues, la vida
trasciende y, a la vez, incluy e a la materia: la mente trasciende y, a la vez,
incluy e a la vida; el alma trasciende y, a la vez, incluy e a la mente; y el
espíritu trasciende y, a la vez, incluy e al alma. En este punto, sin embargo,
asintótico con la infinitud, llegamos a un límite paradójico: el espíritu es lo
que trasciende a todo y, a la vez, incluy e a todo. O, expresado en términos
tradicionales, el espíritu es, a la vez, completamente trascendente al mundo y
completamente
inmanente al mundo, y ésa es la más notoria (e inevitable) paradoja del
espíritu.
Por una parte,
pues, el espíritu es el más elevado de todos los campos
posibles; es la cima de todos los reinos, el Ser más allá de todos los seres.
Es el campo que no está supeditado a ningún otro campo, lo que le garantiza su
naturaleza radicalmente trascendente. Por una parte, puesto que el espíritu
todo lo penetra y todo lo abarca —puesto que es la Base de toda base posible,
la Condición de todas las condiciones y la Naturaleza de todas las
naturalezas—, no cabe propiamente concebirlo como un reino aparte de los demás,
sino como el Fundamento o el Ser de todos los reinos posibles,
el puro Aquello del cual toda manifestación es meramente un
juego o modificación. Lo cual le garantiza (paradójicamente) su naturaleza
radicalmente inmanente.
Si me ocupo de este
punto aparentemente trivial, es por una razón realmente importante. Puesto que
podemos referirnos al espíritu con toda legitimidad como algo a la vez
perfectamente trascendente y perfectamente inmanente, es necesario que
precisemos con cuidado el significado que deseamos otorgarle, pues de otra
forma corremos peligro de estar jugando con afirmaciones acerca de lo que es o
de lo que no es el reino del espíritu. Así, por ejemplo, si ponemos de relieve
solamente la naturaleza trascendente del espíritu, la religión (y el espíritu)
quedan entonces evidentemente « fuera de este mundo» y no tienen absolutamente
nada en común con la ciencia de este mundo. Desde esta perspectiva truncada,
cualquier intento de identificar el espíritu con el mundo manifiesto de la
naturaleza será tachado de « confuso panteísmo» , y los teólogos se verán en
apuros para explicar que « atraer a Dios al reino de lo finito» supuestamente
implica la destrucción de todos los valores y la efectiva destrucción de todo
significado que pretendamos asignar a la palabra Dios o a la
palabra espíritu.
Por el contrario,
si cometemos el error opuesto, de igual magnitud, que consiste en subray ar
únicamente la naturaleza inmanente del espíritu, entonces no sólo resultan
compatibles la ciencia y la religión, sino que la primera queda supeditada a la
segunda, de modo que « cuanto más sepamos de las cosas (ciencia), tanto más
sabremos de Dios (religión)» (Spinoza). Cualquier intento de situar a Dios o al
espíritu en alguna especie de reino trascendental « más allá» , será recibido
con vociferantes acusaciones de « dogmatismo» y de
« insensibilidad» , y
todos se felicitarán de haber resuelto el Misterio trascendental, cuando todo
lo que han hecho en realidad ha sido ignorarlo.
Una gran parte de
toda esta confusión puede desvanecerse si: 1) reconocemos el carácter
necesariamente paradójico de toda formulación verbal relativa al espíritu, y 2)
indicamos sencillamente a qué aspecto del espíritu — trascendente o inmanente—
nos estamos refiriendo en un momento dado. No se trata de un prurito
filosófico; es un prerrequisito absolutamente indispensable para
poder efectuar
cualquier afirmación significativa acerca del papel y mutuas relaciones de la
ciencia y la religión.
Así pues, por mi
parte, cuando desee referirme al espíritu en su aspecto trascendental —en
cuanto dimensión más elevada o cima del ser—, usaré el término espíritu o reino
del espíritu con una « e» minúscula, a fin de indicar que el reino
espiritual (nivel 5) es diferente y trasciende, en
una serie de aspectos muy significativos, a los reinos de la materia, de la
vida, de la mente y del alma. Más en particular, lo que quiero decir es: hemos
dicho que cada nivel trasciende e incluy e al que (o a los que) le precede(n).
Si la materia (nivel 1) posee las características propias de « A» , entonces la
vida biológica (nivel 2) puede ser representada como « A+B» , en donde « B»
significa las características propias de los organismos vivos y que no se dan
en la materia inanimada (como, por ejemplo, la capacidad de consumir alimentos,
el metabolismo, el sexo, las funciones motoras, etc.). La mente (nivel 3) es
entonces « A+B+C» , en donde
« C» representa todas
las propiedades características de los sistemas dotados de psiquismo, y no de
los sistemas biológicos o materiales inanimados (como son las ideas, los
conceptos, los valores, las intuiciones, etc.). De modo semejante, el reino del
alma es « A+B+C+D» . Y el reino del espíritu (con « e» minúscula) es
« A+B+C+D+E» . Por
tanto, cuando hablamos de « explorar el reino del espíritu» o de las «
características del reino espiritual» , nos referimos exactamente a aquellas
funciones, propiedades o aspectos (representadas por
« E» ) que se
encuentran en el reino del espíritu y no en otra parte alguna (tales como jnana,
nirvikalpa samadhi, nirguna Brahman, etcétera).
Si nos fuera
permitido hablar de la « ciencia del espíritu» (aspecto que aún no hemos
examinado), nos estaríamos refiriendo tan sólo a la « investigación científica
de aquellos fenómenos propios de la clase “E”» . En ese sentido, la ciencia del
espíritu sería ciertamente diferente, de un modo significativo, de la ciencia
física (estudio de los fenómenos clase « A» ), de la ciencia biológica
(fenómenos clase « B» ), de la ciencia psicológica (fenómenos clase « C» ), y
así sucesivamente, aunque en absoluto antagónica con respecto a ninguna de
ellas. Ningún beneficio obtendríamos del intento de mezclar o confundir entre
sí todas estas ciencias, o de proclamar que todas « en realidad son una» ,
agrupándolas a todas de forma indiscriminada. Eso supondría, una vez más, algo
parecido al que pretendiera confundir el oro y el lodo de una y otra cavernas,
porque ambos han sido descubiertos a la luz de una misma linterna.
Por otra parte,
cuando desee referirme al aspecto omnipenetrante y omnicomprensivo, esto es, al
aspecto radicalmente inmanente del espíritu, emplearé la
palabra Espíritu (con « E» may úscula), a fin de indicar que
el Espíritu no sólo es el nivel más elevado de todos, sino que es más bien el
Fundamento de la Realidad de todos los niveles, por lo que no
cabe predicar de él
otras cualidades o atributos que el
de ser la « entidad» (tzu jan) o la « taleidad» o
« esencia» (tathata)
de todos los niveles actuales o posibles; dicho de otra forma, el Ser
incualificable de todo ser, no el ser cualificable de cualquier ser particular,
y ciertamente no encuadrable en la clase « E» en cuanto opuesta a la clase A,
B, C o D. (En el diagrama de la Gran Cadena del Ser, el Espíritu viene
representado, no por el nivel 5, sino por el papel sobre el que está dibujado
el diagrama entero) [23].
Por lo que respecta
al Espíritu (no al espíritu), lo importante es subray ar que el Espíritu no es
Uno ni Múltiple, ni es finito ni infinito, ni es todo o parte, y a que todas estas
supuestas cualificaciones del Espíritu a lo sumo pueden
predicarse del espíritu, pero no del Espíritu. Ésta es justamente
la doctrina budista del sunyata (« incualificabilidad» ), la
negación de todas las negaciones. Notemos en particular que el Espíritu no es
Uno, no es el Todo, no es la Unidad —neti,
neti—, pues todos éstos son conceptos dualistas, que sólo adquieren
significado por contraste con sus opuestos.
Sin embargo, por
ejemplo, la « Totalidad» sí tiene un significado legítimamente determinable, en
cuanto suma integral de todo cuanto existe, esto es, de los niveles 1 al 5.
Pero esta Totalidad o Integridad, es preciso subray arlo, no tiene justamente
nada que ver con el Espíritu, que es, en cuanto tal, radical, total, absoluta e
igualmente inmanente en cada uno y en cuanto cada uno de los seres particulares
que existen en cualquier parte. Según esto, no hay más Espíritu en siete cosas
que en tres, ni el todo es más Real que la parte. La « Totalidad» tiene un
importante campo de aplicación en el lado trascendental de la paradoja: por
ejemplo, cualquier ente biológico posee may or totalidad que cualquier objeto
material, por lo cual se encuentra más cercano al reino espiritual,
pero no al Espíritu. Menciono esto a fin de no caer en el error positivista
de hacer equivalente al Espíritu con la Totalidad o la Integridad,
error que, a mi juicio, es hoy en día muy frecuente, y a cuy a luz se han
cometido muchos malabarismos filosóficos del todo injustificados[24].
Creo que ahora
contamos con suficientes instrumentos para volver a las preguntas que hacíamos
al principio e intentar terminar.
¿Qué entendemos por «religión»?
En mi libro A
Sociable God (Shambhala Publications, 1983). [Versión en
castellano: Un Dios sociable, Barcelona: Ed. Kairós, 1988],
relacionaba ocho acepciones igualmente legítimas de la palabra religión.
A los fines mucho más simples que aquí perseguimos, digamos que el tipo de
religión del que hablamos en este volumen es el que tiene —o pretende tener—
acceso directo a los niveles
4 y 5
(especialmente al 5). Se plantea entonces la pregunta: ¿merece ese tipo de
religión (o de espiritualidad) ser considerada como un conocimiento? ¿Puede ser
fuente de conocimientos válidos? Y más particularmente, ¿merece que
le otorguemos el estatus de conocimiento científico? Después de
todo lo que hemos dicho, ¿pueden convertirse los fenómenos religiosos
(fenómenos de los niveles 4 y 5) en un campo apropiado para el
empleo del método científico?
Mi propia
conclusión es que todos los campos (niveles 1-5) contienen ciertos rasgos o
estructuras profundas abiertas a la investigación científica, por la sencilla
razón de que todos los campos son susceptibles de un
descubrimiento experiencial. La experiencia religiosa
existe con no menos certeza que la experiencia psicológica o la
experiencia sensorial. En ese sentido puede hablarse de la ciencia de la
religión tan legítimamente como hablamos de la ciencia de la psicología, de la
biología o de la física.
Ahora bien, por «
experiencia religiosa» entiendo la directa aprehensión en la conciencia de
aquellos fenómenos que hemos clasificado como « D» y « E» , pertenecientes a
los campos del alma y del espíritu. Los aspectos centrales de estos campos no
son sólo susceptibles de ser experimentados, sino que son además públicos,
en cuanto que es posible entrenar a la conciencia para captar
estos dominios (ese entrenamiento recibe el nombre de meditación o contemplación),
y semejante conciencia debidamente entrenada constituy e un tipo de
conciencia pública, participable o intersubjetiva, pues de otra forma no se
entiende cómo podría haber sido entrenada. El hecho de que la experiencia
religiosa sólo pueda ser captada « interiormente» no significa que se trate de
un conocimiento puramente privado, lo mismo que el hecho de que las matemáticas
o la lógica sólo puedan ser captadas internamente con los ojos de la mente no
las convierte en meras fantasías privadas sin trascendencia pública. El
conocimiento matemático constituy e un conocimiento público para quienes
cuentan con una similar formación matemática; de igual forma, el conocimiento
nacido de la contemplación es también un conocimiento público para todo aquel
que se hay a entrenado igualmente en la contemplación. Basta para acallar la
pretensión injustificada de considerar como privada e incomunicable a toda
experiencia religiosa, el aducir, aunque no sea más que como un ejemplo,
la transmisión de la iluminación de Buda a lo largo de los
siglos hasta alcanzar a los maestros budistas actuales.
Esto no quiere
decir que todos los « conocimientos religiosos» que se dicen tales sean capaces
de superar un test de cientificidad (en cuanto conocimientos experienciales y
públicos). Las afirmaciones dogmáticas, las preferencias nacidas de la propia
idiosincrasia, las creencias personales e intencionadamente privadas, y las
afirmaciones teológicas no comprobables pueden o no ser válidas, pero no son
científicamente demostrables ni refutables; se trata, pues, de
pretendidos
conocimientos no científicos o no comprobables. Por el contrario, prácticamente
todos los textos orientales relativos a la meditación y al y oga y
prácticamente todos los textos occidentales relativos a la contemplación y a la
oración interior pueden ser legítimamente considerados como tratados
científicos, relativos (principalmente) a los niveles 4 y 5. Contienen
reglas y experimentos que, de ser seguidos correctamente,
conducen a la obtención de fenómenos (o datos) de conciencia, de los que hemos
clasificado como « D» y « E» , fenómenos que pueden ser fácilmente comprobados
(confirmados o rechazados) por otras personas de igual formación, lo mismo que
cualquier matemático debidamente formado puede comprobar (confirmar o rechazar)
cualquier teorema de geometría.
¿Qué decir del conflicto o batalla
entre la ciencia y la religión?
Hay aquí, en mi
opinión, una auténtica, real e importante batalla. Pero la batalla, en
realidad, no se plantea entre la ciencia y la religión.
Por lo tanto, y
a hemos visto la diferencia que hay entre «
campo» y
« método» , por lo
que en realidad estamos tratando con dos escalas completamente diferentes, por
así decir. Por un lado tenemos las naturales e importantes diferencias que se
dan entre los campos inferiores y los superiores de la existencia. Por otro,
tenemos las naturales e importantes diferencias que se dan entre supuestos
conocimientos auténticos o verificables, y los dogmáticos o no verificables.
Por desgracia,
cuando se confunden estas escalas, o se las convierte en equivalentes, la
ciencia viene a identificarse con lo « inferior pero auténtico» y la religión
queda identificada con lo « superior pero desprovisto de sentido» . Así
planteado, el conflicto no puede jamás llegar a resolverse, porque ambas partes
tienen algo de razón y algo de equivocación. Hablando con propiedad, entre las
dimensiones inferior y superior de la realidad no se da ningún tipo de
conflicto (puesto que la última trasciende pero incluy e a la primera). Existe,
no obstante, una batalla muy real entre las pretensiones auténticas de
conocimiento frente a las desprovistas de sentido, pero no entre
los campos inferior y superior de la existencia. Es una batalla que se plantea
en cualquier campo existencial (niveles del 1 al 5) y se
refiere a la oposición entre los pretendidos conocimientos susceptibles de
comprobación experimental frente a las afirmaciones dogmáticas no verificables
(no susceptibles de comprobación o rechazo experimental).
Así, si por «
ciencia» entendemos el estudio de los niveles inferiores, básicos
|
o naturales |
de |
la existencia (generalmente 1-2-3), y si entendemos por |
|
« religión» |
el |
acercamiento a los niveles superiores, elevados o |
|
« sobrenaturales» |
(por lo general,
4-5), entonces la única batalla real es la que se |
|
da entre la ciencia
auténtica y la falsa, y también entre la religión auténtica y la falsa
(entendiendo por « auténtico» lo que es « experimentalmente comprobable o
rechazable» , y entendiendo por « falso» lo « dogmático, lo no basado en la
experiencia, lo que no es susceptible de comprobación ni de rechazo» ). Existe
una ciencia auténtica y una pseudociencia, de igual forma que existe una
religión auténtica y una pseudorreligión, y la única batalla que merece la
pena es la que se da entre lo auténtico y lo falso, no la que pueda
darse entre la ciencia y la religión.
De acuerdo con eso,
tanto la ciencia como la religión auténticas se encuentran aliadas frente a
todo pretendido conocimiento, o pseudoconocimiento, dogmático, no basado en la
experiencia (de los que todos los campos están infectados), razón por la cual llegados
a este punto podemos considerarnos con derecho a referirnos a esta alianza
metodológica, y hablar de la ciencia de la física, de la ciencia de la
biología, de la ciencia de la psicología y de la ciencia de la religión (o
espiritualidad). Con ello no referimos la palabra ciencia a
ningún campo determinado, sino a una metodología que se funda en evidencias
basadas en la experiencia y no en afirmaciones dogmáticas, una metodología que
podemos querer emplear y aplicar a todas y en todas las auténticas pretensiones
de conocimiento en todos los niveles. Esto es lo que entendemos al hablar de
ciencias « superiores» o « del espíritu» (« geist» -sciences). No se da,
sin embargo, una auténtica batalla entre la ciencia y la religión, sino tan
sólo entre la ciencia y la religión fundadas en la experiencia, y la ciencia y
la religión nacidas del dogmatismo.
¿Emplean los mismos
métodos las ciencias mentales y espirituales y las ciencias físicas?
Sí y no. Sí en el
sentido de que el criterio metodológico central —esto es, que todo pretendido
conocimiento esté en último término basado en una apelación directa a la
experiencia— es idéntico en todas las auténticas ciencias, sean físicas,
biológicas, psicológicas o espirituales. No en el sentido de que cada campo
tiene características muy diferentes, por lo que la aplicación de hecho del
método científico en cada uno de los diferentes campos le hace asumir, de
alguna manera, la forma propia de cada uno de ellos.
Por ejemplo, una de
las características dominantes del mundo físico es su extensión en el espacio y
en el tiempo. El modo más sencillo de tratar la extensión es medirla;
por eso la medición es algo que tiene mucha relevancia en las ciencias físicas
(este aspecto de las ciencias físicas fue descubierto simultáneamente, pero por
caminos independientes, por Kepler y Galileo en 1605, por lo cual se les suele
considerar con toda propiedad como padres de la
ciencia física moderna). Cuando nos
asomamos al campo mental-psicológico, en cambio, la cantidad y la extensión son
mucho menos importantes que la cualidad
y la intención; por
lo que la medición cuantitativa, aunque siga siendo aplicable en ciertas áreas,
no es tan relevante. Una afirmación típica de las ciencias físicas es la
siguiente: « La masa de un protón es dos mil veces superior a la del electrón»
, tras lo cual pasamos a comprobar su veracidad por medio de complicados
procesos instrumentales. Por otro lado, una afirmación típica del campo mental
es: « Hamlet tiene éste o aquel significado» , cosa que comprobamos luego
dentro del círculo hermenéutico correspondiente (o en el reino
intersubjetivo del intercambio comunicativo) entre quienes realmente han leído
y estudiado a Hamlet.
El círculo
hermenéutico es capaz de desechar las interpretaciones inadecuadas, de manera
que se garantiza así un estatus de cuasi-objetividad a todas las auténticas
afirmaciones o pretensiones de conocimiento. Pero en este caso no se juzga
tanto la extensión cuanto el elemento intencional, por lo cual la medición no
desempeña un papel importante.
De un modo semejante, una afirmación típica del campo espiritual es:
« ¿Tiene un perro
naturaleza de Buda?» . Esta pregunta admite una comprobación y una respuesta
específicas, repetibles, verificables, basadas en la experiencia — con toda
certeza se pueden rechazar las respuestas inadecuadas—, pero todo ello no tiene
nada que ver con mediciones físicas ni con la intencionalidad mental.
Este enfoque
general nos garantiza, por tanto, una unidad en medio de la diversidad en la
búsqueda del conocimiento: una unidad de criterios metodológicos, o una unidad
del conocimiento mismo, que suby ace a la diversidad de sus objetos o a la
diversidad de sus concretas aplicaciones. Dicho en forma un tanto poética: una
unidad del conocimiento que suby ace a la diversidad de
los fenómenos. Digo en forma « poética» , porque si llevamos hasta
el extremo tal afirmación acaba en paradoja (sencillamente porque en último
término asigna al Espíritu la cualidad de « unidad suby acente» , lo que
constituy e una violación del sunyata). Pero por el momento vamos a
ignorar este punto, a fin de hacernos la pregunta central de esta antología:
¿existen paralelismos importantes entre los datos y los fenómenos que se dan de
hecho en el campo de la física y los que se dan en el campo de la mística? Con
otras palabras.
¿Existen
paralelismos significativos entre los fenómenos descubiertos por los físicos y
los descubiertos por la mística?
No nos referimos
aquí a los criterios abstractos centrales de todas las auténticas ciencias —y a
sean físicas o psicológicas o místicas—; y a hemos dicho que aquéllos son
sustancialmente coincidentes. Nos referimos a los descubrimientos,
a los resultados, a
los datos, a los fenómenos de las ciencias físicas y místicas, y lo que
preguntamos es si entre ellos se dan paralelismos significativos. Y ahí, y a
definamos a la mística como conocimiento del espíritu o como conocimiento del
Espíritu, la respuesta sigue siendo: « Ninguno» (o si acaso bastante
triviales). Ésta es justamente la misma conclusión a la que llegábamos
al principio de esta introducción, conclusión que refleja el sentir común o
de la may oría de los físicos que recoge este volumen, aunque
nosotros hay amos llegado a ella por caminos enteramente distintos. Allí
hacíamos una aproximación bastante abrupta o drástica, de acuerdo con la may
oría de los propios físicos. A la luz de cuanto con más detenimiento llevamos
dicho, podemos llegar a la misma conclusión por una vía más lenta pero más
firme.
En primer lugar, si
entendemos por mística el conocimiento directo, a través de la experiencia, del
campo espiritual (nivel 5), entonces se dará, por supuesto, algún tipo de
paralelismo entre los descubrimientos de la física y la mística, sencillamente
porque entre los niveles 1 y 5 cabe esperar algún tipo de semejanzas, por
pequeñas que sean. Pero estas semejanzas resultan bastante triviales si se las
compara con las profundas diferencias que separan a esas dos dimensiones del
Ser (y que en seguida explicaré), y por otra parte el subray ar excesivamente
esos paralelismos invita a confundir totalmente los dos campos de objetos en
cuestión.
En cuanto a los
paralelismos en sí, a juzgar por las descripciones populares de que han sido
objeto, vienen a reducirse por lo común a algún tipo de afirmación acerca de
cómo « todas las cosas están mutuamente interrelacionadas entre sí de una forma
holística» . Pero si esta afirmación no es absolutamente errónea, sigue siendo
trivial. Personalmente creo que es errónea: no es cierto que todas las cosas
estén mutua, simétrica o equivalentemente relacionadas entre sí; en el campo de
lo manifestado, las relaciones jerárquicas y asimétricas son, como hemos visto,
al menos tan importantes como las relaciones mutuas o equivalentes. En el campo
del tiempo, por ejemplo, lo pasado afecta al presente, pero el presente no
afecta en modo alguno al pasado (por ejemplo, lo que hizo Colón nos afecta de
algún modo con toda certeza a todos nosotros, pero lo que nosotros hacemos no
tiene ningún influjo sobre Colón; no hay ningún tipo de reciprocidad en esta
relación).
Pero aun suponiendo
que tal afirmación fuese verdadera —que no lo es—, sigue siendo igualmente
trivial, pues no nos aporta nada que no hubiera podido decirnos la física
clásica. Para la física newtoniana todo cuanto existe en el universo está
relacionado con todo lo demás por medio de una acción-a-distancia instantánea,
un concepto holístico por excelencia. (A propósito, existe un
excelente libro
sobre la nueva física —The Cosmic Code de Heinz Pagels[25]— que es el único libro que me
atrevo a recomendar sin reservas sobre este tema. Además de una soberbia
exposición y explicación de la nueva física, sugiere —
correctamente, a mi
entender— que la física newtoniana está de hecho mucho más cerca de la mística
oriental que la física cuántica). Podría continuar por este camino, examinando
cada uno de los supuestos paralelismos que han creído detectarse entre los descubrimientos
de la nueva física y los de la mística, pero seguiríamos llegando a la misma
conclusión: cuando tales paralelos no son sencillamente el resultado de
generalizaciones excesivas o de oscuros razonamientos semánticos, o son
completamente erróneos o, en todo caso, no pasan de resultar triviales.
Y si, por ultimo
entendemos por mística un conocimiento directo del Espíritu (o Fundamento) en
cuanto tal, entonces no se da ningún tipo de paralelismo entre la física
(antigua o moderna) y la mística, por la sencilla razón de que el Espíritu en
cuanto Fundamento carece de cualidades con las cuales pueda ser comparado,
contrastado o puesto en paralelo. Para poder comparar al Espíritu, digamos, con
los descubrimientos de la física, sería preciso asignar al Espíritu algún tipo
de cualidades o características específicas, punto a partir del cual dejaría
ipso facto de ser Espíritu.
¿Y no serán la
física y la mística simplemente dos enfoques diferentes de una misma Realidad
subyacente?
No, no, sí y no. Si
por « Realidad» entendemos espíritu (o nivel 5), entonces la física y la
mística no se ocupan de la misma realidad en absoluto, sino de dos niveles o
dimensiones muy diferentes de realidad, sin garantías de excluir toda confusión
entre los mismos.
Si por « Realidad»
entendemos Espíritu en cuanto Fundamento, entonces no cabe establecer
comparación alguna, y sólo nos queda la recomendación de Wittgenstein: « De lo
que no podemos hablar, es preciso que callemos» .
Si por « Realidad
suby acente» entendemos la Totalidad de todo cuanto existe, entonces
evidentemente la física y la mística son partes o aspectos de esa Totalidad;
todo lo que hemos hecho ha sido inventar una tautología absolutamente trivial.
Me siento un tanto perversamente a favor del efecto del impacto que esta
tautología produce en los científicos ortodoxos, pero por desgracia (si bien
con toda razón), cuando se paran a investigarla más de cerca no encuentran más
que una serie de falsas pretensiones científicas en las que se pretende fundar
otra serie de supuestos asertos místicos, lo que a la larga no ay uda
precisamente a la auténtica ciencia ni a la verdadera mística.
Finalmente, si por
esa « única Realidad suby acente» entendemos el Espíritu, entonces estamos
atribuy endo al Espíritu esa específica cualidad de la « unidad» , lo cual
equivale, según hemos visto, a no estar y a hablando del
Espíritu. Y sin embargo, esa atribución es lo que por lo general está en el
fondo del notable éxito
popular de los
libros sobre « física y misticismo» . En una ocasión preguntaron al rey Carlos
II cómo podía explicar la popularidad de un predicador bastante oscuro, y el
rey respondió: « Supongo que su estupidez encaja con la de sus oy entes» .
Antes de abandonar
este tema, me gustaría dar un ejemplo concreto que aclare lo más posible las
distinciones semánticas un tanto dificultosas que he estado manejando. Ya hemos
visto que en la Gran Cadena del Ser cada nivel trasciende a la vez que incluy e
al nivel precedente, de modo que podemos representar al nivel 1 como « A» , al
nivel 2 como « A+B» , al nivel 3 como
« A+B+C» , y así
sucesivamente. Entre los niveles 1 y 2, o entre el 2 y el 3, o entre el 3 y el
4 se dan paralelismos más significativos que, pongamos entre el 1 y el 4 o
entre el 1 y el 5, sencillamente a causa de que los primeros están « más
cercanos» entre sí en cuanto a semejanzas estructurales y número de cualidades
compartidas. Pero a lo que voy : la física, en su exhaustiva indagación del
dominio material (nivel 1), ha encontrado cuatro —y sólo cuatro— « fuerzas»
principales: la gravitacional, la electromagnética, la nuclear fuerte y la
nuclear débil. Cuando nos ocupamos del nivel 2, sistemas biológicos, seguimos
encontrándonos con esas mismas cuatro fuerzas en acción, pero además
debemos añadir las fuerzas que representan el deseo de
alimento, el impulso sexual, la necesidad de beber, la capacidad motora, aparte
de otra serie de impulsos bastante elementales que generalmente reciben el
nombre de instintos. Si subimos al campo psicológico (nivel 3),
tenemos que añadir las fuerzas que provienen de motivaciones
provocadas por celos, esperanzas, envidia, orgullo, culpa, remordimiento,
compasión, misericordia, habilidades, intuición, o sea, los diez paramitas,
por no nombrar más que algunos pocos.
Es verdad que el
intento actual de aislar ciertos puntos comunes a todas estas
fuerzas es legítimo, pero y a podemos comprender lo sumamente cuidadoso que hay
que ser en ese empeño. Después de todo, en el nivel 1 (por lo que hasta ahora
sabemos) no existen más que cuatro fuerzas en acción; pero cuando llegamos al
nivel 5, hemos tenido que ir añadiendo cientos, tal vez miles, de nuevas y
distintas fuerzas operativas, y cualesquiera paralelismos que podamos
establecer entre aquellas cuatro fuerzas físicas y los cientos o miles de otras
fuerzas más elevadas en la escala no podrán evidentemente pasar de representar
un conjunto tan endeble como variado. Yo me declaro absolutamente a
favor de este empeño; lo único es que, sencillamente, todos los esfuerzos
que conozco realizados en esta dirección (incluy endo la teoría
general de sistemas) han resultado ser erróneos (esto es, fundados en errores
conceptuales o categoriales) o bien triviales (es decir, formulados a un nivel
tan abstracto y tan poco comprometido que les desposee prácticamente de todo
significado), y personalmente sospecho que la may oría de los auténticos
paralelismos (a los que
llamo « ley es
analógicas» ) no pasarán de ser, como también he dicho, bastantes endebles.
(Los pocos auténticos paralelismos o ley es analógicas que he encontrado entre
los diversos niveles han resultado ser excesivamente generales y, a menudo,
vagos; por ejemplo, en todo nivel se dan fuerzas de atracción y repulsión, en
todo nivel existen relaciones simétricas y asimétricas, todo nivel tiene su
propio modo espacio-temporal. Pero para que esos paralelismos se puedan
predicar de todos los niveles es necesario formularlos en unos
términos tan sumamente genéricos que no estoy seguro de en qué medida puedan
resultar en absoluto significativos). La razón por la cual encontramos tan
escasas conexiones o paralelismos entre los diversos niveles de la Gran Cadena es
la misma por la cual nunca hemos encontrado ni jamás encontraremos el « eslabón
perdido» entre el hombre y el animal: cada uno de los niveles superiores, en la
medida en que trasciende a los que le preceden, no encuentra
en ellos ningún
paralelismo; supone algo «
emergente» , « creativo» , «
nuevo» ,
« trascendente» [26].
Y por esto es por
lo que, resumiendo, prácticamente todos los físicos a los que se refiere este
volumen llegan a la conclusión de que, cortemos como cortemos en rebanadas la
gran tarta ontológica, los descubrimientos de la física moderna y la mística
tienen muy poco en común, fuera de la fútil teología que supone afirmar que
todos son solamente aspectos diferentes de la misma realidad.
Sin embargo —y con
ello querría terminar esta nota—, todos los físicos recogidos en este volumen
se han mostrado siempre absolutamente partidarios del diálogo interdisciplinar.
Tras haber estudiado intensamente todas sus obras en la preparación de esta antología,
estoy personalmente convencido de que todos ellos estarían en desacuerdo con la
práctica totalidad de los libros populares sobre
« física y mística»
que corren por ahí, pero al mismo tiempo apoy arían y aplaudirían de todo
corazón todo esfuerzo por aclarar, podíamos decir, las cuestiones cuánticas
fundamentales de la existencia. Los sujetos que aparecen en este volumen eran
físicos, pero eran también filósofos y místicos, y no podían por menos de
reflexionar en la manera de hacer encajar los descubrimientos de la física en
una visión más amplia o general del mundo. En mi opinión, a pesar del hecho (o
en realidad, por el hecho) de llegar a la común conclusión de que los
descubrimientos de la física y la mística tienen poco o nada que ver entre sí,
no obstante, el noventa por ciento de este volumen contiene ideas y opiniones
surgidas precisamente del diálogo entre estos dos límites extremos de la Gran
Cadena del Ser. Todo lo cual, es mi convicción personal, es exactamente como
debe de ser. Su objetivo era encontrar que la física era compatible con
una visión más amplia o mística del mundo, no confirmatoria, ni probatoria, sino
simplemente no contradictoria con ella. Todos ellos, cada uno por su propio
camino, alcanzaron un éxito considerable en su empeño.
Dispongámonos ahora
a asistir a algunos de los más exquisitos diálogos entre la física, la
filosofía y la religión que hay a alumbrado nunca el espíritu humano.
En el verano de
1925, víctima de un acceso de fiebre del heno y cansado hasta el agotamiento
por la continua pelea con las perplejidades de las líneas espectrales del
átomo, Werner Heisenberg, que no contaba a la sazón más de 24 años, decidió
tomarse unas cortas vacaciones y dejar por unos días el Instituto de Física de
la Universidad de Göttingen, donde estaba trabajando con Max Born, y se marchó
de viaje a las colinas de Helgoland. En este lugar, en un día y una noche
enfebrecidos, fue donde inventó lo que había de conocerse como mecánica
cuántica matricial. La completa formulación de la mecánica cuántica
matricial tuvo lugar con la ay uda de Max Born, Pascual Jordan,
Paul Dirac y Wolfgang Pauli (una de sus conclusiones fue el famoso principio de
Indeterminación de Heisenberg, que en términos sencillos viene a afirmar que
cuanto más sabemos acerca de una mitad del mundo subatómico, tanto menos
podemos saber de la otra mitad). Fruto de un trabajo independiente y siguiendo
líneas de razonamiento diferentes, Edwin Schrödinger había desarrollado una
mecánica ondulatoria; pronto pudo mostrarse que ambas formulaciones resultaban
equivalentes. Con ello, casi de un golpe, había nacido la mecánica cuántica.
Heisenberg recibió el premio Nobel de la Física en 1932 por sus brillantes y
decisivas contribuciones a esta ciencia.
Los capítulos que
siguen están tomados de Physics and Beyond (Nueva York: Harper
and Row, 1971). [Versión en castellano: Diálogos sobre la física
atómica], Across the Frontiers (Nueva York: Harper and
Row, 1974), y The Physicist’s Conception of Nature (Nueva
York: Harcourt and Brace, 1955). El centro de sus conclusiones es
que en Física sólo se pueden hacer afirmaciones « acerca de relaciones
estrictamente limitadas que sólo resultan válidas dentro del marco de
tales limitaciones» (la cursiva es suy a). Pero si queremos, sin embargo,
ir más allá de la física y empezar a filosofar, entonces la
concepción del mundo que se presta mejor a explicar la física
moderna no es la de Demócrito, sino la de Platón. Heisenberg fue un excelente
filósofo (probablemente, junto con Eddington, el más acabado entre los autores
que aparecen en este volumen), y un metafísico y místico de orientación
pitagórico-platónica. Capaz de un absoluto rigor analítico y empírico,
despreciaba, no obstante, al positivismo puro —el
intento de
ser solamente analítico y empírico—, y así, en este capítulo
inicial, Heisenberg, Pauli y Bohr se lamentan de que la filosofía intente
imitar a la física.
LA VERDAD HABITA EN
LAS PROFUNDIDADES
La reanudación de
los contactos internacionales reunió de nuevo a unos viejos amigos. Así, a
principios del verano de 1952, los cultivadores de la física atómica se
reunieron en Copenhague para tratar de la construcción de un acelerador de
partículas europeo. Yo estaba sumamente interesado en este proy ecto, pues
esperaba que un acelerador de suficientes magnitudes podría ay udarnos a
determinar si la colisión de alta energía entre dos partículas elementales
podría llevar a producir una legión de partículas ulteriores, como y o había
supuesto, o no; es decir, a decidir si de hecho estábamos legitimados para dar
por supuesta la existencia de otras muchas partículas nuevas, y si, por tanto,
a semejanza de los estados estacionarios de los átomos y las moléculas,
solamente diferían en cuanto a su masa, su simetría y su duración. El tema
fundamental del encuentro tenía, pues, para mí un interés personal, y si no me
extiendo más sobre ello aquí, es porque quiero referir una conversación que
tuve con Niels (Bohr) y con Wolfgang (Pauli) en aquella ocasión. Wolfgang había
venido desde Zúrich, y los tres estábamos sentados en el pequeño invernadero
que conducía al parque desde la residencia oficial de Bohr. Estábamos hablando
del viejo tema de si nuestra interpretación de la teoría cuántica en este mismo
lugar veinticinco años antes había sido correcta, y de si nuestras ideas habían
pasado o no desde entonces a formar parte del acervo intelectual de la
totalidad de los físicos. Niels vino a decir lo siguiente:
—Hace algún tiempo,
hubo aquí en Copenhague un encuentro de filósofos, la may oría de ellos
positivistas, durante el cual los miembros del Círculo de Viena desempeñaron un
papel sobresaliente. Me pidieron que les expusiera la interpretación de la
teoría cuántica. Al terminar mi conferencia, nadie planteó ninguna objeción ni
me dirigió ningún tipo de pregunta embarazosa, pero debo decir que este mismo
hecho fue para mí fuente de un tremendo desencanto. Porque quienes no se
sienten profundamente extrañados al entrar en contacto por vez primera con la
teoría cuántica, la única explicación es que no la han entendido. Probablemente
hablé tan mal, que nadie se enteró de qué estaba hablando.
—La culpa no tiene
por qué haber sido necesariamente suy a —objetó Wolfgang—. Forma parte
importante del credo positivista el aceptar los hechos
tal cual son, a
ojos cerrados, por así decirlo. Si no recuerdo mal, Wittgenstein afirma: « El
mundo es todo aquello que sucede» . « El mundo es la totalidad de los hechos,
no de las cosas» . Si se parte de esa premisa, uno siempre está dispuesto a dar
la bienvenida a cualquier teoría que represente « lo que sucede» . Los
positivistas han comprendido que la mecánica cuántica describe correctamente
los fenómenos atómicos, y no encuentran por ello ningún motivo para quejarse de
que así sea. Todo lo que a esto podamos añadir
(complementariedad,
interferencia de posibilidades, relaciones de incertidumbres, separación de
sujeto y objeto, etc.) no les impresiona más que como otros tantos añadidos
estéticos, como meras recaídas en el pensamiento precientífico, retazos de
charla ociosa que no deben ser tomados en serio. Tal vez esta actitud sea
lógicamente defendible, pero si lo es, me declaro incapaz de entender qué es lo
que queremos decir cuando afirmamos que hemos comprendido a la naturaleza.
—Por mi parte
—comentó Niels—, puedo estar muy de acuerdo con los positivistas acerca de lo
que pretenden, pero no acerca de lo que rechazan. Todo lo que intentan hacer
los positivistas es dotar a los procedimientos de que se vale la ciencia
moderna de una base filosófica, o si se prefiere, de una justificación. Ponen
de relieve que las antiguas filosofías carecían de una auténtica precisión de
conceptos científicos, y piensan que la may or parte de las cuestiones que
plantean y tratan los filósofos convencionales no tienen ningún sentido en
absoluto, que no son más que pseudoproblemas, y que, como tales, lo mejor es
ignorarlos. Por supuesto, esta insistencia de los positivistas en la claridad
conceptual es algo que y o respaldo plenamente, pero el hecho de considerar
prohibida toda disquisición en torno a temas más amplios, sencillamente porque
estos dominios carezcan de conceptos lo suficientemente definidos, no me parece
demasiado útil: esa misma prohibición podría impedirnos comprender la teoría
cuántica.
—Los positivistas
—intenté puntualizar— son extraordinariamente puntillosos en todas las
cuestiones que tengan lo que ellos llaman carácter precientífico.
Recuerdo un libro de Philipp Frank sobre la causalidad, en el que rechaza toda
una serie de problemas y formulaciones, sobre la base de considerarlos a todos
ellos reliquias de la antigua metafísica, vestigios del período del pensamiento
precientífico o animista. Rechaza por ejemplo los conceptos biológicos de
« totalidad» y «
entelequia» como ideas precientíficas, e intenta demostrar que todas las
afirmaciones en que se usan comúnmente estos conceptos carecen de un
significado verificable. « Metafísica» es para él sinónimo de « libre
pensamiento» , y por tanto fuente de abuso conceptual.
—Tampoco a mí me
parece útil esa forma de restringir el lenguaje —dijo Niels—. Todos conocéis el
poema de Schiller « Sentencias de Confucio» , que contiene aquella frase
memorable: « Sólo una mente plena es clara, y la verdad
habita en las
profundidades» . En nuestro caso, una mente plena no se compone sólo de una
abundancia de experiencia, sino también de una abundancia de conceptos con los
que poder hablar de nuestros problemas y de todos los fenómenos en general.
Solamente empleando toda una diversidad de conceptos para intentar describir
las extrañas relaciones que tienen lugar entre las ley es formales de la teoría
cuántica y los fenómenos observados, tratando de iluminar esa relación desde
todos los ángulos y sacar a la luz sus aparentes contradicciones, podemos
esperar un cambio en nuestros procesos mentales, lo que constituy e una
condición sine qua non de toda auténtica comprensión de la teoría cuántica.
» Has mencionado el
libro de Philipp Frank sobre la causalidad. Philipp Frank fue uno de los
filósofos que asistió al congreso de Copenhague, y dio una conferencia en la
que usó el término metafísica puramente como un insulto o a lo
sumo como un eufemismo para designar el pensamiento precientífico. Cuando
terminó, y o tuve que explicar mi propia postura, lo que hice más o menos como
sigue:
» Comencé
puntualizando que no veía razón alguna por la que hubiera que reservar el
prefijo meta- para la lógica y para las matemáticas (Frank
había hablado de “metalógica” y de “metamatemática”) y anatematizar, en cambio,
su aplicación a la física. Después de todo, ese prefijo meramente sugiere que
nos estamos planteando cuestiones ulteriores, esto es, cuestiones que se
refieren a los conceptos fundamentales de una determinada disciplina, ¿y por
qué habría de estar prohibido plantearse tales cuestiones en el campo de la
física? Pero tal vez debería empezar por el extremo opuesto. Partamos de la
pregunta “¿qué significa ser un experto?”. Para mucha gente, un experto es
alguien que sabe mucho acerca de su tema específico. Pero a esto y o objetaría
que nadie puede saber mucho acerca de ningún tema. Yo preferiría decididamente
dar la siguiente definición: un experto es alguien que conoce cuáles son los
peores errores que pueden cometerse en el tema de su especialidad, y que sabe
cómo evitarlos. De aquí que debiéramos considerar a Philipp Frank —dije— como
un experto en metafísica, alguien que sabe cómo evitar el caer en algunas de
las peores equivocaciones que pueden cometerse en este campo.
» No estoy del todo
seguro de que Frank se quedase muy contento de mi cumplido, aunque en verdad y
o no lo había dicho por fastidiarle. En todo este tipo de discusiones, lo que a
mí fundamentalmente me importa es que no eliminemos simplemente de la existencia
esas “profundidades en las que habita la verdad”. Ello significaría estarnos
moviendo sólo en la superficie» .
Esa misma tarde
Wolfgang y y o seguimos hablando del tema los dos solos. Era la estación en que
las noches son largas. El aire estaba lleno de fragancias, la luz del
crepúsculo se prolongaba hasta casi la medianoche, y cuando el sol se decidía a
ocultarse tras el horizonte la ciudad quedaba bañada por una débil luz de
tonos azulados.
Decidimos dar un paseo a lo largo de la Langelinie, un hermoso recorrido por el
puerto, donde los mercantes descargaban su mercancía a uno y otro lado. Por el
lado sur, la Langelinie comienza más o menos junto a la roca sobre la play a donde
descansa la pequeña sirena de Hans Christian Andersen; por el norte, continúa
por el malecón que se adentra en el recinto del puerto y señala la entrada a
Frihavn con una pequeña baliza. Tras contemplar durante un largo rato el ir y
venir de los barcos en la incierta luz del atardecer, Wolfgang me preguntó:
—¿Te dejó del todo
satisfecho lo que dijo Niels de los positivistas? Tengo la impresión de que tú
los criticas aún más fuertemente que el propio Niels, o más bien, que tu
criterio acerca de la verdad difiere radicalmente del que ellos tienen.
—Consideraría
completamente absurdo (y Niels por su parte estaría de acuerdo) el tener que
cerrar mi mente a los problemas planteados y a las ideas expuestas por los
filósofos antiguos, simplemente por el hecho de que no puedan expresarse en un
lenguaje más preciso. Es verdad que frecuentemente me encuentro con grandes
dificultades para captar lo que tales ideas querían realmente decir, pero
cuando esto me sucede, siempre intento traducirlas a una terminología moderna y
a ver si así me proporcionan alguna respuesta fresca. Pero no tengo objeciones
de principio que me impidan reexaminar cuestiones antiguas, como tampoco siento
objeción alguna contra el empleo del lenguaje de cualquiera de las antiguas
religiones. Ya sabemos que las religiones hablan en imágenes y en parábolas, y
que éstas nunca pueden corresponderse plenamente con los significados que
tratan de expresar. Pero pienso que todas las viejas religiones, en un último
análisis, intentan expresar unos mismos contenidos, unas mismas relaciones, y que
tanto éstas como aquéllos, en su totalidad, giran en torno a cuestiones
relativas a valores. Es posible que los positivistas tengan razón al pensar que
hoy en día resulta difícil asignar un significado a tales parábolas. Sin
embargo, no deberíamos escatimar ningún esfuerzo para tratar de captar su
sentido, pues con toda evidencia se refieren a un aspecto crucial de la
realidad; o tal vez deberíamos intentar verterlas en un lenguaje moderno, si y
a el antiguo no se presta a trasmitirnos su contenido.
—Si ésa es tu forma
de pensar en estas cuestiones, entonces es evidente que no puedes aceptar la
equivalencia entre verdad y capacidad de predicción. Pero ¿cuál es entonces tu
propio criterio de verdad en el campo de la ciencia?
—Puede que nos
resulte más útil volver a la vieja comparación entre la astronomía de Ptolomeo
y la concepción de Newton sobre el movimiento de los planetas. Si el único
criterio de verdad fuera la capacidad de predicción, la astronomía de Ptolomeo
no sería peor que la de Newton. Pero si comparamos retrospectivamente a Newton
con Ptolomeo, obtenemos claramente la impresión de que las ecuaciones de Newton
expresan los senderos que siguen los planetas con mucha may or integridad y
corrección de lo que había hecho Ptolomeo, de
que Newton, por así
decir, llegó a describir los planos de construcción de la misma naturaleza. O
también, tomando un ejemplo de la física moderna, cuando aprendemos que los
principios de conservación de la energía, la inercia, etc., tienen un carácter
absolutamente universal, que son aplicables en todas las ramas de la física y
provienen de la simetría inherente a las ley es fundamentales, entonces nos
sentimos tentados en afirmar que la simetría constituy e un elemento decisivo
del plan según el cual la naturaleza ha sido creada. Al decir esto, me doy
perfecta cuenta de que, una vez más, hemos tomado las palabras plan y creada de
los dominios de la experiencia humana, y que, a lo sumo, constituy en otras
tantas metáforas. Pero es del todo fácil comprender que el lenguaje cotidiano
tiene aquí que quedársenos necesariamente corto. Supongo que esto es todo
cuanto puedo decir de mi propia concepción sobre la verdad científica.
—Estoy de acuerdo,
pero los positivistas pueden acusarte de estar emitiendo solamente ruidos
oscuros y sin sentido, mientras que ellos por su parte son modelos de claridad
analítica. Pero ¿dónde debemos buscar la verdad, en la claridad o en la
oscuridad? Niels ha citado antes la frase de Schiller: « La verdad habita en
las profundidades» . ¿Existen esas profundidades? ¿Se encuentra en ellas alguna
verdad? ¿Ocultan tal vez esas profundidades el sentido de la vida y de la
muerte?
Unos cientos de
metros más allá se deslizaba silenciosamente un barco grande de pasajeros, y el
brillo de sus luces producía una mágica sensación de irrealidad en medio de
azulado resplandor crepuscular. Durante unos momentos me puse a cavilar sobre
los destinos humanos que estaban poniéndose en juego en cada uno de los
camarotes que estaban detrás de aquellas ventanitas iluminadas, y de pronto las
preguntas de Wolfgang vinieron a mezclarse con mis especulaciones. ¿Qué era en
realidad este barco? ¿Una masa de hierro con una fuente central de energía y
luz eléctrica? ¿Era expresión de unas intenciones humanas, una forma que era
resultado de una relación interhumana? ¿O era una consecuencia de ley es
biológicas capaces de dar forma no sólo a moléculas proteínicas, sino también
al acero y a la corriente eléctrica? ¿O acaso la palabra intención no
era meramente más que un reflejo de la existencia de esos poderes conformadores
o de esas ley es biológicas en la conciencia humana? ¿Y qué significaba en este
contexto la palabra meramente?
Mi silencioso
soliloquio se centraba ahora en cuestiones de índole más general: ¿era
completamente absurdo buscar tras las estructuras confortantes de este mundo
una « conciencia» cuy as « intenciones» ponían de manifiesto esas mismas
estructuras? Por supuesto, el mero hecho de plantear esa pregunta suponía y a
caer en el antropomorfismo, y a que, después de todo, la palabra conciencia estaba
basada únicamente en la experiencia humana, por lo que su uso
debería quedar restringido a los dominios de lo humano. Pero en este caso sería
también erróneo hablar de conciencia animal, siendo así que nos sentimos
muy inclinados a
pensar que obrar así tiene realmente sentido. Lo único es que el significado
de conciencia se amplía, a la vez que adquiere un sentido más
vago, cuando tratamos de aplicarla fuera de los dominios de lo humano.
La solución de
todos los positivistas es muy simple: debemos dividir el mundo en dos partes:
aquello que podemos decir de él con toda claridad, y el resto, con respecto a
lo cual lo mejor que podemos hacer es no decir nada. ¿Pero puede acaso nadie
concebir una filosofía más inútil, cuando vemos que lo que podemos afirmar con
claridad es poco menos que nada? Si tuviésemos que dejar de lado todo lo que no
está claro, muy probablemente nos veríamos reducidos a una serie de tautologías
triviales desprovistas completamente de interés.
Seguimos caminando
en silencio y pronto alcanzamos el extremo norte de la Langelinie, desde donde
continuamos siguiendo el malecón hasta donde estaba situada la pequeña baliza.
Hacia el norte aún podía verse una brillante franja roja; en estas latitudes el
sol no desciende demasiado por debajo del horizonte. Los contornos de las
instalaciones portuarias destacaban con nitidez. Cuando llevábamos un rato
parados en el extremo del malecón, Wolfgang inesperadamente me espetó:
—¿Crees en un Dios
personal? Ya, y a sé lo difícil que es darle un significado claro a esta
pregunta, pero seguramente puedes entender en general a qué me refiero.
—¿Puedo formular tu
pregunta de otra manera? —le pregunté—. Yo preferiría formularla así: ¿podemos,
o puede alguien, alcanzar la razón central de las cosas de los sucesos, de cuy
a inexistencia no parece haber duda, de un modo tan directo como podemos alcanzar
el alma de otro ser humano? Empleo el término alma deliberadamente,
para que se entienda lo que quiero decir. Así planteada la pregunta, mi
respuesta sería « sí» . Y puesto que mi propia experiencia no importa
demasiado, me gustaría recordarte el famoso texto de Pascal, aquel que llevaba
cosido por dentro en su chaqueta: « El Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el
Dios de Jacob, y no el de los filósofos y los sabios» .
—Con estas
palabras, ¿piensas que podemos hacernos conscientes del orden central con la
misma intensidad con que podemos captar el alma de otra persona?
—Posiblemente.
—¿Por qué empleaste
la palabra alma, en vez de hablar sencillamente de otra
persona?
—Justamente porque
la palabra alma se refiere al orden central, al núcleo
interior de un ser cuy as manifestaciones externas pueden ser enormemente
diversas y sobrepasar nuestra comprensión.
—Si la fuerza
magnética que orienta en concreto a esta brújula (¿y cuál otra puede ser su
fuente sino el orden central de cuanto existe?) llegara alguna vez a
extinguirse,
podrían sucederle a la humanidad cosas terribles, mucho más terribles que los
campos de concentración o las bombas atómicas. Pero no estamos aquí para
investigar esos oscuros arcanos; esperamos que el reino central ilumine de
nuevo nuestro camino, tal vez de las formas más insospechadas. Por lo que
respecta a la ciencia, sin embargo, Niels hace muy bien en suscribir las
exigencias de una meticulosa atención al detalle y de claridad semántica que
plantean los pragmatistas y positivistas. Lo único que podemos objetar al
positivismo son sus tabúes, pues si hemos de dejar de hablar, e incluso de
pensar, acerca de otro tipo de conexiones más amplias que también están ahí,
corremos el riesgo de quedamos sin brújula, y por tanto, en peligro de perdernos.
A pesar de lo
tardío de la hora, una pequeña motora se acercó brevemente al malecón y nos
condujo de regreso a Kongens Ny torv, desde donde resultaba fácil volver a casa
de Niels.
VERDADES CIENTÍFICAS Y VERDADES RELIGIOSAS
En la historia de
la ciencia, a partir del famoso proceso de Galileo, se ha proclamado repetidas
veces que la verdad científica no puede reconciliarse con la interpretación
religiosa del mundo. Aunque he llegado a convencerme de que la verdad
científica es inatacable dentro de su propio campo, nunca me ha parecido
posible rechazar el contenido del pensamiento religioso como parte
sencillamente de una fase superada de la conciencia de la humanidad, como algo
que abandonar desde ahora en adelante. Y así, a lo largo de mi vida, me he
sentido impulsado una y otra vez a meditar sobre la relación entre estos dos
campos del pensamiento, porque nunca he sido capaz de poner en duda la realidad
de lo que cada uno de ellos señala. En lo que sigue, trataremos, pues, ante
todo, de la inatacabilidad y el valor de la verdad científica, y luego nos
ocuparemos del campo mucho más amplio de la religión; por último —y esto será
lo más difícil de formular— hablaremos de la relación entre ambas verdades.
Suele decirse que
en los comienzos de la ciencia moderna, con los descubrimientos de Copérnico,
Galileo, Kepler y Newton, la verdad religiosa revelada, tal como aparece en la
Biblia y en los comentarios de los Santos Padres, venía apoy ada por la realidad
de la propia experiencia sensorial, que cada cual en posesión de sus cinco
sentidos ordinarios podía comprobar a diario,
y que, por tanto —con
las debidas precauciones— no podía ponerse en duda en lo más mínimo. Pero
incluso esta primera aproximación a la descripción de la nueva forma de pensar
sólo es correcta a medias; descuida algunos aspectos decisivos, sin los cuales
no puede llegarse a comprender bien su virtualidad. No es ciertamente casual el
hecho de que los comienzos de la ciencia moderna vengan asociados con una huida
de Aristóteles y una vuelta a Platón. Incluso en la antigüedad, Aristóteles,
que era un empirista, había opuesto la objeción —cito más o menos sus propias
palabras— de que los pitagóricos (entre los que debe incluirse a Platón) no
buscaban explicaciones y teorías que estuviesen acordes con los hechos, sino
que distorsionaban los hechos para hacerlos encajar en determinadas teorías y
opiniones por ellos sustentadas, y se presentaban, podríamos decir, como
coordenadores del universo. De hecho, la nueva ciencia se apartaba de la
experiencia inmediata en la forma criticada por Aristóteles.
Parémonos a
considerar la comprensión del movimiento de los planetas. La experiencia
inmediata nos enseña que la tierra está en reposo y que el sol da vueltas en
torno suy o. Expresado en la forma más precisa de nuestros días, podríamos aún
decir que la expresión « en reposo» viene definida por la afirmación de que la
tierra está quieta y que está « en reposo» todo aquello que en relación con la
tierra permanece igualmente inmóvil. Si la expresión « en reposo» se entiende
de esta forma —y es así como se entiende generalmente—,
entonces es Ptolomeo quien tiene razón y Copérnico quien está equivocado. Sólo
si nos paramos a reflexionar sobre los conceptos de « movimiento» y « reposo» ,
y nos damos cuenta de que el movimiento implica una afirmación sobre la
relación recíproca de al menos dos cuerpos, nos resulta posible invertir la
relación, convirtiendo al sol en el centro inmóvil del sistema planetario, y obteniendo
con ello una imagen mucho más simplificada y más unificada del sistema solar,
cuy o poder explicativo fue más tarde reconocido en toda su extensión por
Newton. Copérnico vino así a añadir a la experiencia inmediata un elemento
enteramente nuevo, que puedo describir en este punto como la
« simplicidad de las
ley es naturales» , y que en ningún caso tiene nada que ver con la experiencia
inmediata. Lo mismo puede decirse de las ley es de Galileo sobre la caída de
los cuerpos. Para la experiencia inmediata, los cuerpos ligeros caen con may or
lentitud que los pesados. Galileo sostenía, por el contrario, que en el vacío
todos los cuerpos caen con la misma velocidad, y que su caída puede describirse
con toda corrección por medio de ley es matemáticamente formulables, o sea, por
las ley es sobre la caída de los cuerpos del propio Galileo. Pero en aquella
época era completamente imposible todavía observar el movimiento de los cuerpos
en el vacío. El lugar de la experiencia inmediata ha sido suplantado por una
idealización de la experiencia, que exige ser reconocida como la correcta
idealización por el hecho de permitir que resulten visibles las estructuras
matemáticas ocultas en los fenómenos. No puede caber ninguna duda de que en
esta temprana fase de la ciencia moderna la conformidad recién descubierta con
las ley es matemáticas se convirtió en la auténtica fuente de su poder de
persuasión. Estas ley es matemáticas, tal leemos en Kepler, son la expresión
visible de la voluntad divina, y Kepler estalla de entusiasmo ante el hecho de
haber sido el primero en reconocer la belleza de la obra de Dios. Así pues, la
nueva forma de pensar no tenía nada que ver con ninguna clase de apartamiento
de la religión. Si los nuevos descubrimientos contradecían de hecho a las
enseñanzas de la Iglesia en algunos puntos, la cosa podía tener escasa
importancia, ante la posibilidad de que habrían de percibir con tal inmediatez
las obras de Dios en la naturaleza.
El Dios al que aquí
nos referimos es, sin embargo, un Dios ordenador, del que no sabemos en seguida
si es o no idéntico al Dios al que acudimos en nuestras tribulaciones y con el
que podemos poner en relación nuestra propia vida. Puede
decirse tal vez,
por tanto, que la atención se dirigía aquí enteramente a un aspecto de la
actividad divina, y que de ahí nacía el peligro de perder de vista la
totalidad, la unidad interconectada de todo el conjunto; la atención se centra
excesivamente en el estrecho campo del bienestar material, con descuido de los
demás fundamentos de la existencia. Aunque la ciencia y la tecnología pudieran
emplearse meramente como medios para alcanzar un fin, el resultado depende de
si los fines para cuy a consecución se usan son buenos. Pero la decisión sobre
los objetivos escapa del campo de la ciencia y de la tecnología; si no queremos
marchar totalmente a la deriva, esa decisión debe tomarse desde un punto que
permita dirigir la mirada al hombre en su conjunto y al conjunto de su
realidad, y no meramente a un pequeño seguimiento de ésta. Pero esta realidad
total contiene muchas cosas de las que no hemos dicho aún una palabra.
En primer lugar
está el hecho de que el hombre sólo puede desarrollar sus poderes mentales y
espirituales a partir de estar en relación con una sociedad humana. Las mismas
capacidades que le distinguen y le sitúan por encima de las demás criaturas
vivientes —la posibilidad de ir más allá de los datos inmediatos de los
sentidos, y reconocer otras interrelaciones más amplias— dependen de su
incardinación en una comunidad de seres parlantes y pensantes. La historia
muestra que tales comunidades han adquirido en su desarrollo unos patrones no
sólo exteriores, sino también espirituales de orientación y comportamiento. Y
en los patrones espirituales que hemos podido reconocer, lo que ha desempeñado
casi siempre el papel decisivo ha sido su relación con una conexión
significativa de la totalidad, más allá de lo que puede verse o experimentarse
de forma inmediata. Solamente dentro de esos patrones espirituales, del ethos que
prevalece en su comunidad, puede el hombre adquirir los puntos de vista que le
permiten configurar su propia conducta allí donde se requiere algo más que una
mera reacción frente a una concreta situación externa; es ahí donde se decide
en primer término la cuestión de los valores. Pero no sólo la ética, como sea:
toda la vida cultural de la comunidad viene también gobernada por esos patrones
espirituales. Sólo dentro de su esfera se hace visible por primera vez la
íntima conexión entre lo bueno, lo bello y lo verdadero, y sólo aquí resulta
posible hablar por primera vez de la vida del individuo como de algo dotado de
sentido. A ese patrón espiritual es a lo que llamamos la religión de la
comunidad. La palabra religión viene así dotada de un
significado bastante más general del que suele asignársele. De esta
forma puede abarcar el contenido espiritual de muchas culturas y períodos
diversos, incluso en lugares en los que hasta la misma idea de Dios está
ausente. Sólo en los moldes generalizados de pensamiento que persiguen los
modernos estados totalitarios, en donde se excluy e totalmente lo trascendente,
cabría dudar de si el concepto de religión podía seguirse aplicando con algún
sentido.
En este punto, podemos también
reconocer la característica diferencial entre
las genuinas
religiones, en las que los dominios del espíritu, el orden central espiritual
de las cosas, desempeñan un papel decisivo, y otras formas de pensamiento más
estrechas, especialmente en nuestros días, que se refieren únicamente a los
moldes estrictamente experimentables de una comunidad humana. Tales formas de
pensar se dan entre las democracias liberales de Occidente no menos que en los
estados totalitarios del Este. También aquí se da, ciertamente, una ética, pero
se trata de una norma de comportamiento ético que se deriva del mundo exterior,
esto es, de una consideración del mundo inmediatamente visible de la
experiencia. La religión propiamente dicha no habla, sin embargo, de normas,
sino de ideales orientadores por los cuales deberíamos guiar nuestra conducta y
a los cuales, a lo sumo, podemos intentar acercarnos. Estos ideales no brotan
de una consideración del mundo inmediatamente visible, sino de la región de las
estructuras a él suby acentes, a la que Platón se refería como mundo de las Ideas
y a las que se refiere la Biblia cuando dice que « Dios es espíritu» .
Pero todo lo que
hasta aquí hemos dicho sobre la religión es naturalmente algo bien conocido. Si
lo hemos repetido, ha sido sólo para subray ar el hecho de que incluso
los cultivadores de las ciencias naturales deben reconocer este significado
abarcador de la religión en la sociedad humana, si desean intentar reflexionar
sobre la relación entre la verdad religiosa y la científica.
He intentado y a
enunciar la tesis de que en las imágenes y parábolas de la religión nos
encontramos con un tipo de lenguaje que permite comprender esa interconexión
del mundo que podemos rastrear tras los fenómenos y sin la cual careceríamos de
toda ética o escala de valores. Este lenguaje, como cualquier otro, puede en
principio ser sustituido; en otras partes del mundo hay, y ha habido, otros
lenguajes que permiten el mismo tipo de comprensión. Pero nosotros hemos nacido
en un área lingüística concreta. Este lenguaje es más íntimamente afín al de la
poesía que al más preciso y definido de las ciencias de la naturaleza. De aquí
que las palabras tengan a menudo un significado diferente en uno y otro
lenguaje. El cielo al que se refiere la Biblia tiene poco que ver con el cielo
que puebla la ciencia de aviones y cohetes. Dentro del universo astronómico la
tierra no es más que un minúsculo grano de polvo en medio de uno de los
incontables sistemas galácticos, pero para nosotros es el centro del universo,
es realmente el centro. La ciencia trata de dotar de un significado objetivo a
sus conceptos. Pero el lenguaje religioso debe evitar precisamente el dividir
al mundo en dos lados, objetivo y subjetivo; pues ¿quién se atrevería a afirmar
que el lado objetivo es más real que el subjetivo? De modo que
deberíamos intentar no mezclar ambos lenguajes, deberíamos tratar de pensar
de un modo más sutil de como hasta ahora estábamos acostumbrados a
hacerlo.
Entre las
precauciones por adoptar para mantener separados a ambos lenguajes, el
religioso y el científico, debería también incluirse el evitar todo
debilitamiento de
su respectivo contenido que se derivaría de cualquier mezcla de los mismos. El pensamiento
religioso no puede racionalmente poner en duda los resultados científicos
correctamente comprobados, y al contrario, las exigencias éticas que brotan del
núcleo del pensamiento religioso no deberían ser debilitadas por los argumentos
excesivamente racionales venidos del campo de la ciencia. A este respecto, no
cabe duda de que el ensanchamiento de las posibilidades tecnológicas ha hecho
surgir nuevos problemas éticos que no tienen una fácil solución. Como ejemplos
pueden citarse el problema de la responsabilidad del investigador en relación
con las aplicaciones prácticas de sus descubrimientos, o el tema aún más
difícil, dentro de la medicina moderna, de determinar por cuánto tiempo puede o
debe el médico prolongar la vida de un paciente moribundo. La consideración de
éstos y otros problemas semejantes no tiene nada que ver con cualquier intento
de sofocamiento de los principios éticos. Ni puedo tampoco imaginar que este
tipo de problemas puedan encontrar respuesta a partir de consideraciones
pragmáticas o de conveniencia solamente. Por el contrario, también aquí será
necesario tener en cuenta la conexión global del conjunto, eso es, la fuente de
los principios éticos en que se basa esa actitud humana que se expresa a través
del lenguaje de la religión.
Más aún, es posible
que hoy en día estemos en condiciones de efectuar una distribución de
prioridades más correcta, alterada por la enorme expansión de la ciencia y la
tecnología en los últimos cien años. Me refiero a las prioridades a adscribir a
las precondiciones materiales y espirituales en la comunidad humana. Las
condiciones materiales son importantes, y la sociedad tenía el deber de
eliminar la privación de amplios sectores de la población, una vez que la
tecnología y la ciencia lo hacían posible. Pero ahora, después de haberlo
hecho, sigue habiendo mucha infelicidad, y hemos podido darnos cuenta de cuán
perentoriamente tiene también el individuo necesidad, para su propia
autoconciencia y autocomprensión, de la protección que puede proporcionarle la
existencia de unos patrones de referencia espirituales en la comunidad. Tal vez
es aquí donde reside ahora nuestra tarea principal. Si sigue habiendo mucha
infelicidad entre la generalidad de los estudiantes, la razón no es la dureza
material, sino la falta de confianza que dificulta al individuo el poder dar un
sentido a su vida. Debemos intentar superar el aislamiento que amenaza al
individuo en un mundo dominado por los intereses tecnológicos. Las
disquisiciones teóricas en torno a cuestiones psicológicas o de estructura
social van a servir aquí de poco, en tanto no consigamos encontrar la forma de
volver a recuperar, por medio de una acción directa, el equilibrio entre las
condiciones espirituales y materiales de la vida. Será cuestión de reanimar en la
vida cotidiana los valores fundados en las referencias espirituales de la
comunidad, de hacer resaltar su atractivo de modo que la vida de los individuos
vuelva a orientarse de nuevo hacia ellos de un modo automático.
Pero no me
corresponde aquí hablar de la sociedad, se supone que estábamos hablando de la
relación entre la verdad científica y la religiosa. En los últimos cien años la
ciencia ha hecho progresos enormemente considerables. Pero con ello pueden
haber quedado descuidados otros campos más amplios de la vida, de los que
solemos ocuparnos empleando el lenguaje de la religión. No sabemos si podremos
conseguir expresar la configuración espiritual de nuestras futuras comunidades
con el viejo lenguaje religioso. Pero no va a servirnos de mucho acudir aquí a
juegos racionales de palabras y conceptos; lo que más se requiere es una
actitud directa y honesta. Pero como la ética es la base de la vida en común de
los seres humanos, y la ética sólo puede nacer de esa actitud humana
fundamental a la que me he referido como moldes de referencia espirituales de
la comunidad, debemos volcar todos nuestros esfuerzos en unirnos, junto con las
generaciones más jóvenes, en una perspectiva humana común. Estoy convencido de
que seremos capaces de conseguirlo, si una vez más llegamos a alcanzar el recto
equilibrio entre las dos clases de verdad.
ELDEBATE ENTRE PLATÓN Y DEMÓCRITO
Fue aquí, en esta
parte del mundo, en la costa del mar Egeo, donde los filósofos Leucipo y
Demócrito reflexionaban sobre la estructura de la materia, y allá abajo, en la
plaza del mercado, bañada ahora en la luz del atardecer, donde Sócrates
disertaba sobre las dificultades que tenemos para expresarnos, y donde Platón
enseñó que la Idea, la forma, era la estructura realmente fundamental por
debajo de los fenómenos. Los problemas formulados por vez primera en esta
tierra hace dos milenios y medio han ocupado desde entonces casi sin cesar al
pensamiento humano y han sido discutidos una y otra vez en el curso de la
historia cada vez que algún nuevo descubrimiento venía a alterar la luz sobre
la que se dibujaban las antiguas líneas de pensamiento.
Si me atrevo a
suscitar hoy de nuevo algunos de los viejos problemas en relación con la
estructura de la materia y el concepto de la ley natural, ello se debe a que el
desarrollo de la física atómica en nuestro tiempo ha alterado radicalmente toda
nuestra perspectiva sobre la naturaleza y la estructura de la materia. Tal vez
no resulta exagerado en realidad el sostener que algunos de aquellos viejos
problemas han encontrado por fin, en estos últimos tiempos, una solución clara
y definitiva. Ello nos autoriza a hablar hoy de esta nueva y quizá concluy ente
respuesta a cuestiones que fueron formuladas aquí hace miles de años.
Pero existe además
otra razón para que refresquemos la consideración de estos problemas. La
filosofía materialista, desarrollada en la antigüedad por Leucipo y Demócrito,
ha sido objeto de múltiples especulaciones desde el surgimiento de la ciencia
moderna en el siglo XVII y, bajo la forma de materialismo dialéctico, ha sido
una de las fuerzas motrices de los cambios políticos operados en los siglos XIX
y XX. Si las ideas filosóficas sobre la estructura de la materia han podido
desempeñar un papel de tal importancia en la vida humana, si en la sociedad
europea han llegado a actuar casi como un explosivo y pueden llegar a hacerlo
así en otras partes del mundo, resulta aún más importante saber qué es lo que
nuestros conocimientos científicos actuales tienen que decir sobre este extremo
filosófico. Por expresarlo en términos lo suficientemente generales y
concretos, cabe esperar que un análisis filosófico de los recientes
descubrimientos científicos contribuy a a un replanteamiento de las
opiniones
dogmáticas en conflicto en torno a los problemas básicos que hemos enunciado,
por un desapasionado reajuste a la nueva situación, que en sí mismo cabe y a
considerar como una auténtica revolución de la vida humana sobre la tierra.
Pero hasta prescindiendo de ese indudable influjo de la ciencia sobre nuestra
época, puede resultar interesante comparar las reflexiones filosóficas de la
Grecia antigua con los descubrimientos de la ciencia experimental y de la
moderna física atómica. Si se me permite anticipar en este punto el resultado
de semejante comparación, parece que, a pesar del éxito tremendo que ha
alcanzado el concepto del átomo en la ciencia moderna, Platón estaba mucho más
cerca de la verdad acerca de la estructura de la materia que los atomistas
Leucipo y Demócrito. Pero antes de poder ocuparnos de los descubrimientos de la
ciencia moderna, será necesario, indudablemente, empezar por recordar algunas
de las argumentaciones más importantes aducidas en las antiguas disquisiciones
en torno a la materia y a la vida.
EL CONCEPTO DE
MATERIA EN LA FILOSOFÍA ANTIGUA
La filosofía
griega, en sus comienzos, se encontró ante el dilema de lo « uno» y lo «
múltiple» . Somos conscientes de la variedad continuamente cambiante de
fenómenos que aparecen ante nuestros sentidos. Y, sin embargo, pensamos que, en
último término, debe de ser posible reconducirnos de algún modo a un único
principio.
Los fundadores del
atomismo, Leucipo y Demócrito, trataron de obviar la dificultad suponiendo que
el átomo era eterno e indestructible, la única cosa que en realidad existía.
Todas las demás cosas existían solamente por estar compuestas de átomos. La antítesis
entre « ser» y « no ser» de la filosofía de Parménides quedaba aquí reducida a
la oposición entre lo « lleno» y lo « vacío» . El ser no es solamente uno;
puede repetirse una infinidad de veces. El ser es indestructible, y por lo
tanto el átono también lo es. El vacío, el espacio vacuo entre los átomos,
permite hablar de posición y movimiento, y por tanto también de las propiedades
del átomo en cuanto tal, mientras que por definición, por decirlo así, el puro
ser no puede tener otra propiedad que la de la existencia.
La última parte de
la doctrina de Leucipo y Demócrito constituy e a la vez su fuerza y debilidad.
Por una parte, proporciona una explicación inmediata de los diferentes estados
agregados de una misma materia —tales como hielo, agua y vapor—, y a que los átomos
pueden estar densamente comprimidos en orden los unos junto a los otros, o bien
encontrarse en desorden con un movimiento irregular entre ellos, o bien
aparecer separados entre sí con intervalos especiales relativos lo
suficientemente amplios. Este aspecto de la hipótesis atómica había de
revelarse extraordinariamente fructífero en un contexto posterior. Por otra
parte, el átomo se
convierte así en un mero « material» de construcción; sus propiedades, su
posición y su movimiento en el espacio lo convierten en algo completamente
distinto de lo que significaba el concepto originario del « ser» . Los átomos
pueden incluso poseer una extensión finita, y aquí es donde se pierde
finalmente el único argumento convincente de su indivisibilidad. Si el átomo
tiene propiedades espaciales, ¿por qué no va a poder dividirse? Al menos, su
indivisibilidad se convierte en una propiedad física, no en una cualidad
fundamental. Y así podemos empezar a plantearnos de nuevo una serie de
preguntas sobre la estructura del átomo, con lo que corremos el riesgo de
perder toda la simplicidad que confiábamos encontrar en la porción mínima posible
de materia. Obtenemos con ello la impresión de que la hipótesis atómica, en su
forma original, no era lo suficientemente sutil como para explicar lo que los
filósofos realmente intentaban encontrar: un elemento simple por debajo de los
fenómenos y como estructura de la materia.
No obstante, la
hipótesis atómica camina de hecho en buena parte en la dirección correcta. Toda
la múltiple diversidad de fenómenos y la pluralidad de propiedades observadas
de la materia pueden reducirse finalmente a la posición
y movimiento de los
átomos. Propiedades tales como el olor, el color o el gusto no están presentes
en los átomos. Pero su posición y movimiento pueden indirectamente provocar
tales cualidades. Posición y movimiento parecen ser conceptos mucho más simples
que las propiedades empíricas de gusto, olor o color. Pero, naturalmente,
podemos todavía seguirnos preguntando por lo que determina la posición y el
movimiento de los átomos. Los filósofos griegos no intentaron formular en este
punto ningún tipo de ley natural; el concepto moderno de ley natural no
encajaba con su forma de pensar. Sin embargo, sí parecen haber pensado en
alguna especie de determinismo o descripción causal, y a que hablan de
necesidad y de causa y efecto.
La intención de la hipótesis atómica había sido señalar el
camino de lo
« múltiple» a lo «
uno» , formular el principio suby acente, la causa material, que permite
comprender en su virtud todos los fenómenos. Los átomos podían considerarse
como causa material, pero solamente una ley general determinadora de sus
posiciones y velocidades respectivas podría de hecho jugar el papel de principio
fundamental de la naturaleza. Sin desempeñar, cuando los filósofos griegos
reflexionaron sobre las ley es de la naturaleza, sus pensamientos se
dirigieron, más que a los procesos que tienen lugar en el espacio y en el
tiempo, a las formas estáticas y a las simetrías geométricas. Las órbitas
circulares de los planetas, los sólidos dotados de formas geométricas
regulares, les parecían ser estructuras permanentes del mundo. La idea moderna,
de que la posición y velocidad del átomo en un momento dado solamente puede ser
conectada con su posición y velocidad en un momento ulterior por medio de una
ley matemática, no encajaba en los patrones de pensamiento de aquella época,
y a que supone
emplear el concepto del tiempo de una forma que surgió sólo en el pensamiento
de una época mucho más tardía.
Platón, al ocuparse
de los problemas suscitados por Leucipo y Demócrito, adoptó también la idea de
unas mínimas unidades materiales, pero introduciendo una decisiva salvedad a la
tendencia de aquellos filósofos a suponer que los átomos eran el fundamento de
todo lo existente, los únicos objetos materiales realmente existentes. Los
átomos de Platón no eran estrictamente materiales, sino que los concebía como
formas geométricas, los sólidos regulares de los matemáticos. Estos cuerpos, de
acuerdo con el punto de partida de su filosofía idealista, eran en algún
sentido las Ideas suby acentes a la estructura de la materia
y características del
comportamiento físico de los elementos a que pertenecen. El cubo, por ejemplo,
era la mínima partícula del elemento tierra, simbolizando al mismo tiempo la
estabilidad de la misma. El tetraedro, de agudas aristas, representaba la mínima
partícula del elemento fuego. El icosaedro, el más cercano a la esfera entre
los sólidos regulares, se prestaba mejor para encarnar la movilidad del
elemento agua. De esta forma, los sólidos regulares venían a servir como
símbolos de determinadas tendencias en el comportamiento físico de la materia.
Pero no eran en
sentido estricto átomos, unidades básicas indivisibles como las de la filosofía
materialista. Platón los consideraba compuestos de los triángulos que formaban
sus superficies; por lo cual, por un adecuado intercambio de triángulos estas partículas
mínimas podían transmutarse las unas en las otras. Dos átomos de aire, por
ejemplo, y uno de fuego podían componerse entre sí para formar un átomo de
agua. De este modo pudo Platón escapar del problema de la indefinida
divisibilidad de la materia. Porque, en cuanto superficies bidimensionales, los
triángulos no eran cuerpos propiamente tales, ni tampoco materia; por lo cual
la materia no podía dividirse ad infinítum . Por consiguiente, en el extremo
inferior, esto es, en el campo de las mínimas dimensiones espaciales, el
concepto de materia se resolvía en el de forma matemática. Esta forma determina
el comportamiento, en primer lugar de las mínimas porciones de materia, y
luego, de la materia como tal. En cierta medida, viene a suponer lo que la ley natural
en la física posterior; pues sin referirse explícitamente al transcurso del
tiempo, caracteriza las tendencias en el comportamiento de la materia. Podría
decirse, tal vez, que las tendencias fundamentales estaban representadas por la
forma geométrica de las mínimas unidades, mientras que el detalle más preciso
de tales tendencias vendría expresado por la posición y velocidad relativas de
tales unidades.
Toda esta
descripción encaja perfectamente con las ideas centrales de la filosofía
idealista de Platón. La estructura suby acente a los fenómenos no se compone de
objetos materiales, como son los átomos de Demócrito, sino que viene dada por
la forma configuradora de tales objetos materiales. Las Ideas son
más fundamentales
que los objetos. Y mientras que las mínimas porciones de materia tienen que ser
aquellos objetos que pongan de manifiesto la simplicidad del mundo y nos
permitan aproximarnos a lo « uno» , a la « unidad» , del mundo, las Ideas
admiten una descripción matemática, son simples fórmulas matemáticas. La
expresión « Dios es un matemático» , que así formulada ciertamente proviene de
un período filosófico posterior, encuentra de este modo su origen en este
pasaje de la filosofía platónica.
La importancia de
este paso en el pensamiento filosófico apenas puede ser excesivamente valorada.
Puede considerarse como el inicio decisivo de la ciencia matemática de la
naturaleza, y responsable por tanto de las ulteriores aplicaciones técnicas que
han transformado toda la imagen del mundo. Con este paso queda también
establecido por primera vez el significado que debe darse al término comprensión.
Entre todas las formas posibles de comprensión, se destaca a la que emplean los
matemáticos como la « auténtica» forma de comprensión. Se puede sentir la
fuerte impresión que debió de ejercer sobre los filósofos griegos la fuerza
persuasiva de los argumentos lógicos y matemáticos. Evidentemente se sintieron
arrollados por esa fuerza. Pero tal vez se rindieron demasiado pronto en este
punto.
LA RESPUESTA DE LA
CIENCIA MODERNA A LOS VIEJOS PROBLEMAS
Si rastreamos la
historia de la física desde Newton hasta nuestros días, vemos que en diversas
ocasiones, y sin perjuicio del interés por los detalles, se han formulado ley
es naturales de un alcance muy general. El siglo diecinueve presenció un
desarrollo muy preciso de la teoría estadística acerca del calor. Las teorías
del electromagnetismo y la relatividad especial se han revelado susceptibles de
ser combinadas en un grupo de ley es naturales muy general, que contiene
afirmaciones no sólo sobre fenómenos eléctricos, sino también acerca de la
estructura del espacio y el tiempo. En nuestro mismo siglo, la formulación
matemática de la teoría cuántica ha conducido a una comprensión de las capas
exteriores de los átomos químicos, y por consiguiente, de las propiedades
químicas de la materia en general. Las relaciones y conexiones entre estas
diferentes ley es, especialmente entre la relatividad y la teoría cuántica, aún
no han sido del todo satisfactoriamente explicadas. Pero los últimos avances de
la física de partículas permiten esperar que estas relaciones puedan ser
satisfactoriamente analizadas en un futuro relativamente próximo. Estamos,
pues, en situación de considerar qué tipo de respuestas puede dar todo este
actual desarrollo científico a las preguntas planteadas por los filósofos
antiguos.
Durante el siglo
XIX, los avances de la química y de la teoría de la termodinámica se ajustaban
muy exactamente a las ideas primeramente
expuestas por
Leucipo y Demócrito. La resurrección de la filosofía materialista en su forma
moderna, la del materialismo dialéctico, supuso así una contrapartida natural a
los impresionantes avances conseguidos por la física y la química durante este
período. El concepto del átomo se había revelado extraordinariamente fructífero
a la hora de explicar los enlaces químicos y el comportamiento físico de los
gases. No obstante, pronto pudo comprobarse que las partículas a las que los
químicos daban el nombre de átomos estaban compuestas de otras unidades aún más
pequeñas. Pero estas unidades más pequeñas —primero los electrones, luego los
núcleos atómicos, y finalmente sus partículas elementales, protones y
neutrones— seguían aún asemejándose a los átomos desde el punto de vista de la
filosofía materialista. El hecho de que, al menos indirectamente, esas
partículas elementales pudieran ser vistas —en una cámara de turbulencia,
digamos, o en una cámara de burbujas— apoy aba la idea de que esas mínimas
porciones de materia eran objetos físicos reales, existentes en igual sentido
que existen las piedras o las flores.
Pero las
dificultades implícitas inherentes a la teoría materialista del átomo, que y a
se habían puesto de manifiesto en las antiguas disquisiciones acerca de las
partículas elementales, también habían surgido de forma muy clara en el
desarrollo de la física a lo largo del siglo actual.
Esta dificultad se
refiere a la cuestión de si tales unidades elementales son objetos físicos
ordinarios, de si existen del mismo modo que las piedras o las flores. Aquí el
desarrollo de la teoría cuántica hace unos cuarenta años ha introducido un
cambio completo en la situación. Las ley es matemáticas formuladas de la teoría
cuántica muestran claramente que nuestros conceptos intuitivos ordinarios no
pueden ser aplicados sin ambigüedad a las partículas elementales. Todas las
palabras o conceptos que usamos para describir los objetos físicos ordinarios,
tales como posición, velocidad, color, tamaño, etc., resultan indefinidos y
problemáticos cuando tratamos de aplicárselos a las partículas elementales. No
puedo entrar aquí en los detalles de esta problemática, que ha sido abordada
frecuentemente en los últimos años. Pero es importante darse cuenta de que,
mientras que el comportamiento de las partículas elementales no puede ser
descrito sin ambigüedad en el lenguaje ordinario, el lenguaje matemático, en cambio,
se presta muy adecuadamente para dar cuenta de lo que sucede, de un modo muy
preciso.
En los próximos
años, los aceleradores de alta energía van a aportar nuevos y muy interesantes
detalles sobre el comportamiento de las partículas elementales. Pero me inclino
a pensar que la respuesta que acabamos de contemplar, en relación con esos antiguos
problemas filosóficos, va a seguir siendo definitivamente la misma. Si eso es
así, ¿confirma esa respuesta las concepciones de Demócrito o las de Platón?
Creo que, en este punto, la física
moderna se ha decantado definitivamente a
favor de Platón.
Porque las mínimas porciones de materia no son de hecho objetos físicos en el
sentido ordinario de la palabra; son formas, estructuras, o — en el sentido que
les da Platón— Ideas, que pueden ser descritas sin ambigüedad en un lenguaje matemático.
Tanto Demócrito como Platón, al centrarse en las mínimas unidades materiales,
confiaban acercarse a lo « uno» , al principio unitario que gobierna la marcha
del mundo. Platón estaba convencido de que este principio sólo podía expresarse
y ser comprendido en términos matemáticos. El problema central de la física
teórica hoy en día es la formulación matemática de la ley natural que suby ace
al comportamiento de las partículas elementales. A partir de la situación
experimental inferimos que una teoría satisfactoria de las partículas
elementales debe ser al mismo tiempo una teoría de la física general, y por
tanto, de todo cuanto pertenece al campo de la misma.
De esta forma,
habría que llevar a cabo un programa que el mismo Einstein recientemente se
encargó de proponer: formular una teoría unificada de la materia —y por tanto
también de la teoría cuántica de la materia— que pudiera servir, de un modo muy
general, de cimiento de la física. Aún no sabemos si las formulaciones
matemáticas hasta ahora propuestas para tal principio unificador son las
adecuadas, o si tendrán que ser sustituidas por otras aún más abstractas. Pero
el conocimiento que tenemos actualmente de las partículas elementales nos
permite saber con suficiente certeza cuáles deben ser las líneas y el contenido
general de esa ley. Esencialmente, debe poner de relieve un pequeño número de
propiedades de simetría fundamental que desde hace unos años se han ido
descubriendo en la naturaleza; además de tales simetrías, debe englobar el
principio de causalidad, tal como se le entiende en la teoría de la
relatividad. Las más importantes entre tales simetrías son las así llamadas «
del grupo de Lorentz» de la teoría de la relatividad especial, que incluy e
afirmaciones clave acerca del espacio y el tiempo, y las así llamadas « del
grupo-iso-spin» , que tienen que ver con la carga eléctrica de las partículas
elementales. Existen también otras simetrías, pero no voy a decir aquí nada
acerca de ellas. La causalidad relativista está conectada con el grupo de
Lorentz, pero debe considerarse como un principio independiente.
Esta situación nos
trae a la memoria inmediatamente los cuerpos simétricos que introduce Platón
para representar las estructuras fundamentales de la materia. Las simetrías de
Platón no eran, desde luego, las correctas, pero tenía razón al pensar que, en último
término, en el núcleo más íntimo de la materia, entre sus porciones más
mínimas, encontramos simetrías matemáticas. Constituy e un logro increíble por
parte de los antiguos filósofos el haberse planteado las cuestiones realmente
pertinentes. Pero, a falta de todo conocimiento de los detalles empíricos, no
podíamos esperar encontrar en ellos respuestas que fueran correctas también en
el detalle.
CONSECUENCIAS PARA
LA EVOLUCIÓN DEL PENSAMIENTO HUMANO EN NUESTROS DÍAS
La búsqueda de lo «
uno» , de la fuente última de toda comprensión, ha desempeñado sin duda un
papel similar en el nacimiento tanto de la religión como de la ciencia. Pero el
método científico desarrollado en los siglos XVI y XVII, centrado en aquellos aspectos
comprobados mediante experimentación, ha impulsado durante mucho tiempo a la
ciencia por un camino diferente. No es de extrañar que esta actitud tuviera que
conducir a un conflicto entre la ciencia y la religión, tan pronto como una ley
científica entrara en contradicción en algún detalle particular, tal vez muy
importante, con la imagen general, el modo y la manera de abordar los hechos la
religión. Este conflicto, que empezó en la época moderna con el célebre proceso
de Galileo, ha sido y a abordado por otros muchos de forma suficiente, y no
necesito repetir aquí todo cuanto se ha dicho. Podemos recordar que incluso en
la antigua Grecia, Sócrates fue condenado a muerte porque sus enseñanzas
parecían estar en contradicción con la religión tradicional. En el siglo XIX
este conflicto alcanzó su punto culminante con el intento de algunos filósofos
de sustituir el cristianismo tradicional por una filosofía científica, basada
en una versión materialista de la dialéctica hegeliana. Podríamos decir que, al
dirigirse su mirada hacia una interpretación materialista de lo « uno» , los
científicos intentaban encontrar de nuevo el camino de vuelta a lo « uno» desde
la multiplicidad de los detalles.
Si la ciencia
moderna ha de contribuir de alguna forma a la solución de este problema, no
tiene por qué basarse en decidir a favor o en contra de alguna de estas
doctrinas; por ejemplo, como posiblemente se pensara en el siglo XIX,
poniéndose a favor del materialismo y en contra de la filosofía cristiana, o
como y o ahora pienso, decantándose a favor del idealismo platónico y en contra
del materialismo de Demócrito. Por el contrario, el principal provecho que
puede derivarse para estos problemas del progreso de la ciencia moderna es
aprender lo cautelosos que tenemos que ser con el lenguaje y con el significado
de las palabras. Quisiera, por tanto, dedicar la última parte de mi exposición
a hacer algunas observaciones acerca del problema del lenguaje en la ciencia
moderna y en la filosofía antigua.
Si a este respecto
nos remontamos a los Diálogos de Platón, nos encontramos con
que las limitaciones de nuestros medios de expresión fueron y a un tema central
de la filosofía de Sócrates; podría incluso decirse que toda su vida fue una
lucha constante contra esas limitaciones. Sócrates no se cansaba nunca de
explicar a sus conciudadanos, aquí en las calles de Atenas, cómo no sabían con
exactitud lo que querían decir con las palabras que empleaban. Se cuenta que
uno de los adversarios de Sócrates, aburrido de sus constantes referencias a la
insuficiencia del lenguaje, le criticó diciéndole: « Pero, Sócrates, es muy
aburrido
escucharte; siempre andas diciendo lo mismo sobre las cosas» . Y Sócrates le
replicó: « Pero vosotros, sofistas, que sois tan listos, tal vez jamás decís lo
mismo de las mismas cosas» .
La razón de poner
tanto énfasis sobre este problema del lenguaje era sin duda que Sócrates tenía
conciencia, por una parte, de los muchos malentendidos a que puede dar lugar un
empleo poco cuidadoso del lenguaje, y de lo importante que es usar términos precisos,
y esclarecer los conceptos antes de emplearlos. Por otra parte, tal vez también
se daba cuenta de que, en último término, puede tratarse de un problema
insoluble. La situación ante la que nos encontramos en nuestro intento de «
comprender» puede llevarnos a la conclusión de que los medios de expresión con
los que contamos no nos permiten una clara descripción de los hechos,
desprovista de toda ambigüedad.
La tensión entre la
exigencia de una completa claridad, por una parte, y la inevitable
insuficiencia de los conceptos existentes se ha puesto de manifiesto de un modo
muy especial en la ciencia moderna. En física atómica hacemos uso de un
lenguaje matemático altamente evolucionado, que satisface todas las exigencias
posibles de claridad y precisión. Al mismo tiempo, reconocemos que somos
incapaces de describir los fenómenos atómicos en ningún lenguaje ordinario
excluy endo toda ambigüedad; no podemos, por ejemplo, hablar sin ambigüedad del
comportamiento de un electrón en el interior de un átomo. Sería, sin embargo,
prematuro afirmar que lo conveniente es evitar la dificultad limitándonos a
emplear el lenguaje matemático. Esto no constituy e una auténtica solución,
pues desconocemos hasta qué punto el lenguaje matemático es aplicable a los
fenómenos. En último término, incluso la ciencia necesita apoy arse en el
lenguaje ordinario, pues es el único lenguaje que nos permite estar seguros de
haber captado realmente los fenómenos.
Esta situación
arroja alguna luz sobre la tensión existente entre el método científico, por
una parte, y la relación de la sociedad con lo « uno» , con el principio
fundamental tras los fenómenos por otra. Parece evidente que esta última
relación no puede expresarse, ni debería ser expresada, en un lenguaje preciso
y altamente sofisticado, de aplicabilidad posiblemente muy restringida al mundo
real. El único apropiado a estos fines es el lenguaje natural que todos pueden
entender. Sin embargo, en el campo de la ciencia, cualquier resultado fiable
sólo puede venir garantizado por afirmaciones exentas de ambigüedad; aquí no es
posible prescindir de la precisión y claridad propias del lenguaje matemático
abstracto.
La necesidad de
combinar constantemente ambos lenguajes se convierte por desgracia en una
fuente crónica de malentendidos, y a que en muchos casos se emplean las mismas
palabras en ambos. La dificultad es inevitable. Pero puede servir de alguna ay
uda el tener siempre presente que la ciencia moderna se ve obligada a hacer uso
de ambos lenguajes, que la misma palabra puede tener
significados muy
diferentes en cada uno de ellos, y que juegan con criterios diferentes de
verdad, por lo que no deberíamos apresurarnos a hablar de contradicciones entre
ellos.
Si deseamos abordar
lo « uno» con un lenguaje científico, debemos centrar la atención en ese núcleo
científico descrito por Platón, en el que se encuentran las simetrías
matemáticas fundamentales. En términos de este lenguaje debemos contentarnos
entonces con la afirmación de que « Dios es un matemático» ; porque habríamos
escogido libremente limitar nuestra visión a los dominios del ser que pueden
ser entendibles en el sentido matemático de la palabra comprensión,
esto es, que pueden ser descritos en términos racionales.
El propio Platón no
se daba por satisfecho con esta limitación. Tras haber constatado con toda
claridad las posibilidades y limitaciones de un lenguaje preciso, no dudó en
acudir al lenguaje poético, que evoca en el oy ente imágenes que comportan una
comprensión de un tipo completamente diferente. No voy a tratar aquí de lo que
puede realmente significar este tipo de comprensión. Estas imágenes
probablemente están conectadas con los patrones mentales inconscientes, a los
que los psicólogos dan el nombre de arquetipos, formas de carácter
fuertemente emocional que de alguna forma reflejan las estructuras internas del
mundo. Pero sea cual sea la explicación que deba darse de esas otras formas de
comprensión, el lenguaje imaginativo y parabólico constituy e probablemente la
única forma de abordar lo « uno» desde otros campos más generales. Si en una
sociedad la armonía descansa en una interpretación común de lo « uno» , del
principio unitario suby acente a los fenómenos, puede que entonces el lenguaje
poético resulte aquí más importante que el lenguaje científico.
Tal vez lo mejor
sea, sin intentar empezar por un análisis filosófico del concepto de « belleza»
, preguntarnos simplemente dónde puede encontrarse lo bello dentro del campo de
las ciencias exactas. Permítaseme empezar aquí relatando una experiencia
personal. Cuando asistía de niño a los cursos inferiores del Max-Gy mnasium
aquí, en Múnich, empecé a interesarme por los números. Encontraba placer en
conocer sus propiedades, en comprobar si eran o no números primos, o si podían
representarse como sumas de cuadrados, o en demostrar finalmente que debía de
haber infinitos números primos. Como mi padre pensaba que era mucho más
importante mi conocimiento del latín que mi interés por los números, un día me
trajo a casa, de la Biblioteca Nacional, un tratado escrito en latín del
matemático Leopold Kronecker, en el que se ponían en relación las propiedades
de los números enteros con el problema geométrico de dividir un círculo en un
número de partes iguales. No tengo idea de cómo mi padre vino a reparar en esta
concreta investigación de mediados del siglo pasado. Pero el estudio de la obra
de Kronecker produjo en mí una profunda impresión. Tuve una inmediata sensación
de la belleza inherente al hecho de que a partir del problema de dividir en
partes un círculo, cuy os casos más simples nos resultaban por supuesto
familiares en el colegio, podía aprenderse algo acerca de cuestiones
completamente diferentes implicadas en la teoría elemental de los números.
Aunque sin duda a distancia, flotaba ahí y a la cuestión acerca de la
existencia de los números enteros y las formas geométricas, esto es, si existen
fuera de la mente humana o son una pura creación de la mente, a modo de
instrumentos para comprender el mundo. Pero en aquella época y o no era aún
capaz de pensar en estos problemas. Sin embargo, había tenido, de un modo
completamente directo, la sensación del algo muy bello, que no requería
justificación ni explicación alguna.
Pero ¿qué es lo que
había ahí de bello? Incluso en la antigüedad había dos definiciones de la
belleza que en cierta forma se oponían entre sí. La controversia entre ambas
desempeñó un gran papel, sobre todo en el Renacimiento. Una de ellas describe a
la belleza como la adecuada conformidad de las partes entre sí y con relación
al todo. La otra, que arranca de Plotino, la define, sin hacer referencia a las
partes, como transparencia del esplendor eterno de lo « uno» a
través del fenómeno
material. En nuestro ejemplo matemático, debemos detenernos inicialmente en la
primera definición. Las partes son aquí las propiedades de los números enteros
y las ley es de las construcciones geométricas, mientras que el todo es evidentemente
el sistema suby acente de axiomas matemáticos al que pertenecen la aritmética y
la geometría euclidiana —la grandiosa estructura de interconexión garantizada
por la consistencia del sistema axiomático—. Percibimos el encaje recíproco de
las partes individuales, y su pertenencia en cuanto tales al todo, y sin
necesidad de reflexión alguna sentimos la belleza de la integridad y
simplicidad de este sistema axiomático. La belleza está por tanto implicada con
el antiquísimo problema de lo « uno» y lo
« múltiple» que, en
íntima conexión con el problema del « ser» y el « devenir» , ocupó un puesto
central en los albores de la filosofía griega.
Como las raíces de
las ciencias exactas se remontan también a ese mismo punto, puede ser
conveniente rastrear al menos los contornos de las corrientes de pensamiento en
aquella época temprana. En el mismo punto de partida de la filosofía griega de
la naturaleza se sitúa la búsqueda de un principio básico, capaz de explicar la
variedad multicolor de los fenómenos. Por extraño que pueda resultarnos, la
bien conocida respuesta de Tales —« el agua es el primer principio material de
todas las cosas» — contiene, según Nietzsche, tres exigencias filosóficas
fundamentales que habían de convertirse en básicas en los sucesivos desarrollos
filosóficos: en primer lugar, la necesidad de buscar semejante principio
unitario básico; en segundo lugar, la necesidad de una respuesta únicamente
racional, es decir, sin referencia a ningún tipo de mito; y en tercer y último
lugar, la necesidad de conferir el papel decisivo en este contexto al aspecto
material del mundo. Por debajo de estas exigencias suby ace, por supuesto, el
reconocimiento implícito de que comprender no puede nunca significar otra cosa
que percibir las conexiones entre las cosas, esto es, percibir los rasgos
unitarios o los signos de afinidad presentes en la multiplicidad.
Pero si ese
principio unitario o unificador de todas las cosas existe, entonces —y éste era
el paso siguiente en esta línea de pensamiento— nos encontramos directamente
enfrentados con la cuestión de cómo ese principio puede explicar el hecho del
cambio. La dificultad se pone particularmente de relieve en la famosa paradoja
de Parménides. Sólo el ser es; el no-ser no es. Pero si solamente el ser es, no
puede haber nada fuera de ese ser que posibilite o pueda aportar el cambio. De
aquí que el ser deba ser concebido como externo, uniforme e ilimitado en el
espacio y en el tiempo. Los cambios que percibimos en nuestra experiencia son
por tanto solamente una ilusión.
El pensamiento
griego no podía quedarse mucho tiempo estancado en esta paradoja. El eterno
flujo de apariencias era un dato de experiencia inmediata, y el problema era
poder explicarlo. En el intento de superar la dificultad, diversos filósofos
indagaron en diferentes direcciones. Uno de los caminos condujo a la
teoría atomística
de Demócrito. Además del ser, el no-ser puede aún existir en cuanto
posibilidad, concretamente en cuanto posibilidad del movimiento y de forma, o
dicho de otra forma, en cuanto espacio vacío. El ser es repetible, y así
llegamos a la imagen de átomos en el vacío —la imagen se ha revelado desde
entonces inmensamente fructífera como cimiento de la ciencia natural—. Nuestro
propósito es, más bien, presentar en detalle la otra vía, la que condujo a las
Ideas de Platón, la que nos ha conducido directamente a abordar el problema de
la belleza.
Esta vía comienza
en la escuela de Pitágoras. Es aquí donde se dice que tuvo su origen la idea de
que las matemáticas, el orden matemático, era el principio básico que podía
proporcionar una explicación de la multiplicidad de fenómenos. Del propio
Pitágoras sabemos muy poco. Sus discípulos parece que, efectivamente, formaban
una secta religiosa, pero sólo la doctrina de la trasmigración y algunas normas
y prohibiciones morales y religiosas pueden ser con certeza atribuidas a
Pitágoras. Pero entre esos discípulos —y esto es lo que tuvo importancia en lo
sucesivo— la preocupación por la música y por las matemáticas desempeñó un
papel dominante. En este contexto es donde se dice que Pitágoras hizo su famoso
descubrimiento de que la vibración de unas cuerdas sometidas a igual tensión
producen un sonido conjunto armónico si sus respectivas longitudes guardan
entre sí una simple proporción numérica. La estructura matemática suby acente a
este hecho, concretamente la proporción numérica en cuanto fuente de armonía, es
uno de los descubrimientos más culminantes de la historia de la humanidad. La
concordancia armoniosa de dos cuerdas produce un sonido bello. Debido a la
sensibilidad del oído humano a todo sonido rítmico, le resulta perturbadora
cualquier disonancia, y encuentra bella, por el contrario, la sensación de
consonancia, de paz en armonía. De esta forma, la relación matemática se
convertía también en fuente de belleza.
La belleza, según
la primera de las definiciones antiguas que hemos mencionado, es la adecuada
conformidad de las partes entre sí y con relación al todo. Las partes son aquí
las diferentes notas individuales, mientras que el todo es el sonido armonioso
resultante. La relación matemática puede, pues, ensamblar en un todo dos partes
inicialmente independientes, y de ese modo producir belleza. Este
descubrimiento abrió la vía, en la doctrina pitagórica, a nuevas formas de
pensamiento, y trajo así consigo la idea de dejar de considerar al último
principio de todo ser como un elemento material sensible —tal como el agua, en
Tales—, para pasar a situarlo en un principio forma ideal. Esto equivalía a
sentar una idea básica que más tarde había de convertirse en cimiento de toda
ciencia exacta. Aristóteles cuenta en su Metafísica que los
pitagóricos « … que fueron los primeros en ocuparse de las matemáticas, no sólo
hicieron avanzar esta ciencia, sino que, educados como habían sido en ella,
pensaban que sus principios eran también los principios de todas las cosas…
Puesto que habían
comprobado una vez
más que las modificaciones y proporciones de las escalas musicales eran
expresables numéricamente —puesto que además todas las demás cosas, en cuanto a
su total naturaleza, parecían estar modeladas según patrones numéricos, y
puesto que los números parecían ser lo primero en la naturaleza entera—,
llegaron a suponer que los elementos numéricos eran a su vez los elementos de
todas las cosas, y que todo el cielo no era sino un número y una escala
musical» .
Iba así a poderse
comprender por primera vez la policroma multiplicidad de los fenómenos según un
reconocimiento en ellos de unos principios formales unitarios que pueden ser
expresados en lenguaje matemático. Con ello también venía a establecerse una íntima
conexión entre lo bello y lo inteligible. Porque si lo bello se concibe como
conformidad recíproca de las partes entre sí y con relación al todo, y si, por
otra parte, lo que posibilita en primer lugar toda comprensión es esa conexión
formal, la experiencia de la belleza se convierte en algo prácticamente
idéntico a la experiencia de las conexiones comprendidas o, al menos,
adivinadas.
El siguiente paso
por este camino lo dio Platón con su formulación de la teoría de las Ideas.
Platón hace contrastar las formas imperfectas del mundo corpóreo de los
sentidos con las formas perfectas de las matemáticas; las órbitas circulares
imperfectas de los cuerpos celestes, pongamos por caso, con la perfección del
círculo definido matemáticamente. Las cosas materiales son sólo copias, sombras
proy ectadas, de las formas ideales que componen la auténtica realidad; más
aún, podríamos añadir hoy en día, esas formas ideales se actualizan porque, y
en tanto en cuanto, se vuelven « activas» en los fenómenos y sucesos
materiales. De esta forma, distingue aquí Platón con toda claridad un ser
corporal accesible a los sentidos y un ser puramente ideal aprehensible no y a
por los sentidos sino por medio de la actividad mental. Ni tampoco este ser
ideal necesita en modo alguno del pensamiento humano para ser sacado por él a
la luz. Por el contrario, es el verdadero ser, del que el mundo corpóreo y el
propio pensamiento humano no son sino reproducciones. Como su propio nombre
indica, la aprehensión de las Ideas por el pensamiento humano es más una
intuición artística, una sugestión a medias consciente, que el tipo de
conocimiento que conlleva la comprensión. Es una reminiscencia de formas
impresas y a en el alma antes de existir sobre la tierra. Lo Bello y lo Bueno
es la Idea central, en la que se hace visible lo divino y a cuy a vista las
alas del alma empiezan a desplegarse. En un pasaje del Fedro encontramos
expresado el siguiente pensamiento: « El alma se siente empavorecida y tiembla
a la vista de lo bello, porque siente que evoca en sí misma algo que no ha
adquirido a través de los sentidos sino que siempre había estado depositado
allí dentro en una región profundamente inconsciente» .
Pero volvamos una vez más a la
comprensión y, con ella, a la ciencia natural.
Según Pitágoras y
Platón, la variopinta multiplicidad de fenómenos puede comprenderse porque, y
en cuanto que, por debajo de ella suby acen principios formales unitarios,
susceptibles de representación matemática. Este postulado constituy e y a una
anticipación de todo el programa de las ciencias exactas contemporáneas. No
podía sin embargo ser adecuadamente desarrollado en la antigüedad, pues les
faltaba en gran medida un conocimiento empírico y detallado de los procesos
naturales.
Como sabemos, la
filosofía de Aristóteles fue el primer intento de penetrar en esos detalles.
Pero ante la infinita riqueza que se ofrecía aquí inicialmente al estudiante
observador de la naturaleza, unida a la falta total de cualquier punto de vista
desde donde poder discernir un atisbo de orden, los principios formales
unitarios buscados por Pitágoras y Platón hubieron de ceder el sitio a la
descripción de los detalles. Y así surgió el conflicto, que ha continuado hasta
nuestros días en los debates, por ejemplo, entre la física teórica y la
experimental; el conflicto entre el empirista, que a través de una
investigación cuidadosa y escrupulosamente detallada proporciona los
presupuestos iniciales para una adecuada comprensión de la naturaleza, y el
teórico, creador de imágenes matemáticas mediante las cuales intenta ordenar y
así entender a la naturaleza —imágenes matemáticas que conllevan la pretensión
de ser las Ideas verdaderas que suby acen al curso de la naturaleza—, no sólo
por describir correctamente los datos provenientes de la experiencia, sino
también y más especialmente por su propia simplicidad y belleza.
Aristóteles, en
cuanto empirista, se mostraba crítico de los pitagóricos, quienes, según decía,
« no buscan teorías y causas que den razón de los hechos observados, sino que
más bien fuerzan sus observaciones e intentan acomodarlas a determinadas
teorías y opiniones que les son propias» , y se presentaban así, podríamos
decir, como organizadores adjuntos del universo. Si miramos hacia atrás a lo
largo de la historia de las ciencias exactas, puede tal vez afirmarse que la
correcta representación de los fenómenos naturales ha evolucionado a partir de
esa misma tensión entre ambas concepciones opuestas. La pura especulación
matemática acaba resultando infructuosa porque en su juego con el inagotable
caudal de formas posibles acaba por perder contacto con el pequeño número de
formas de acuerdo con las cuales la naturaleza está de hecho construida. Y el
empirismo puro acaba siendo infructuoso porque acaba perdiéndose también en un
esfuerzo de clasificación inagotable desprovisto de toda conexión interna. Sólo
a partir de la tensión, del juego recíproco entre la riqueza de hechos, de una
parte, y las posibles formas matemáticas que pueden aplicársele, de otra,
pueden surgir avances realmente decisivos.
Pero en la
antigüedad esta tensión no podía resultar aceptable por mucho tiempo, y así el
camino del conocimiento estuvo durante mucho tiempo apartado de la vía de lo
bello. El significado de lo bello para la comprensión de la
naturaleza sólo
volvió a hacerse claramente patente con el comienzo de la época moderna, tras
haberse encontrado el camino de vuelta de Aristóteles a Platón. Y sólo a través
de este cambio de agujas ha podido ponerse de relieve en toda su extensión la
fecundidad del modo de pensar inaugurado por Pitágoras y Platón.
Esto aparece muy
claramente con los célebres experimentos de Galileo sobre la caída de los
cuerpos, que probablemente no tuvieron de hecho lugar en la torre inclinada de
Pisa. Galileo comienza por hacer cuidadosas observaciones, sin prestar atención
a la autoridad de Aristóteles, pero, siguiendo las enseñanzas de Pitágoras y
Platón, trata de encontrar fórmulas matemáticas que se correspondan con los
hechos observados, y llega así a formular sus ley es sobre la caída de los
cuerpos. No obstante, y éste es un punto crucial, a fin de reconocer la belleza
de las formas matemáticas en los fenómenos, se ve obligado a idealizar los
hechos, o como decía despectivamente Aristóteles, a forzarlos. Aristóteles
enseñaba que todo cuerpo en movimiento no sometido a la acción de fuerzas
exteriores al mismo acababa por quedar en reposo; tal era la experiencia
general. Galileo sostiene, por el contrario, que en ausencia de fuerzas
exteriores, los cuerpos continúan en un estado de movimiento uniforme. Galileo
podía arriesgarse a forzar los hechos de esa forma, porque podía señalar que
todo cuerpo en movimiento está siempre expuesto, por supuesto, a la resistencia
proveniente de las fricciones existentes, y que el movimiento de hecho, tiende
a prolongarse más cuanto mejor se consigan eliminar efectivamente las fuerzas
de fricción que intervienen en el mismo. A cambio de ese forzamiento de los
hechos, de esa idealización, obtuvo una ley matemática simple que iba a servir
de comienzo de las modernas ciencias exactas.
Algunos años más
tarde, Kepler conseguía descubrir unas nuevas fórmulas matemáticas que
respondían a los datos obtenidos a través de sus muy cuidadosas observaciones
de las órbitas planetarias, llegando a formular las tres famosas ley es que
llevan su nombre. Podemos deducir hasta qué punto Kepler debió de sentirse
cercano, con sus descubrimientos, de los antiguos argumentos de Pitágoras —y
hasta qué punto sus formulaciones estuvieron guiadas por la belleza de las
conexiones descubiertas— del hecho de haber él mismo comparado las revoluciones
de los planetas en torno al sol con las vibraciones de una cuerda, y haber
hablado de la armoniosa concordia de las diferentes órbitas planetarias, de la
armonía de las esferas. Al final de su obra sobre la armonía del universo,
prorrumpe en este grito de alegría: « Gracias a Ti, Señor Dios, Creador
nuestro, por haberme permitido contemplar la belleza de tu obra creadora» .
Kepler se sentía profundamente conmovido por el hecho de haberse tropezado con
una conexión central de la que el hombre no tenía aún la menor idea, por
haberle estado reservado a él su reconocimiento por primera vez —una conexión
de la más excelsa belleza—. Algunas décadas más tarde, Isaac Newton pudo poner
de relieve esta conexión en toda su integridad y describirla en detalle en su
obra
monumental Principia
Mathematica. Quedaba así indicado por adelantado el camino que habían de
recorrer las ciencias exactas en lo sucesivo durante casi dos siglos.
¿Pero estamos
tratando aquí meramente del conocimiento, o también de lo bello? Y si también
estaba implicada la belleza, ¿qué papel desempeñó en el descubrimiento de tales
conexiones? Recordemos de nuevo la primera definición de la belleza dada en la
antigüedad: « La belleza es la adecuada conformidad de las partes entre sí y
con relación al todo» . Que este criterio se aplica en sumo grado a una
estructura como la mecánica newtoniana, es algo que apenas necesita
explicación. Las partes son aquí los procesos mecánicos individuales — tanto
aquellos que aislamos con todo cuidado por medio de aparatos, como los que se
desarrollan inextricablemente unidos antes nuestros ojos dentro del juego
multicolor de los fenómenos—. Y el todo es el principio formal unitario al que
todos esos procesos se ajustan, y al que Newton encontró una formulación
matemática en forma de un sistema simple de axiomas. Unidad y simplicidad no
son, en realidad, justamente lo mismo. Pero el hecho de que una teoría
semejante consiga conjugar la multiplicidad con la unidad, de que la
multiplicidad aparezca en ella unificada, trae indudablemente como consecuencia
el que podamos percibirla como algo simple y bello al mismo tiempo. El papel
que desempeña la belleza en el descubrimiento de la verdad ha sido reconocido y
subray ado en toda época. La expresión latina « Simplex sigillum veri»
—« la simplicidad es el sello de la verdad» — aparece inscrita en grandes
caracteres en el auditorio de física de la Universidad de Göttingen, a modo de
admonición para quienes pretenden descubrir la verdad; otra expresión latina,
« Pulchritudo splendor veritatis» —« la belleza es el resplandor de
la verdad» — puede también interpretarse en el sentido de que el investigador
puede reconocer la verdad en primer lugar por su resplandor, por la forma como
resplandece su brillo.
En la historia de
las ciencias exactas ha habido otras dos ocasiones en que ese llamativo
resplandor de las grandes conexiones ha sido el signo decisivo de hallarse ante
un avance significativo. Me estoy refiriendo aquí a dos acontecimientos que han
tenido lugar en la física de nuestro siglo: el surgimiento de la teoría de la
relatividad, por una parte, y el de la teoría cuántica, por otra. En ambos
casos, después de años de varios esfuerzos por comprender, una desconcertante
plétora de detalles quedaba de pronto encajada dentro de un orden por la
aparición de una conexión durante mucho tiempo inintuible, y sin embargo
sumamente simple en su última esencia, que hacía que se la considerase
inmediatamente convincente en virtud de su integridad y de su abstracta belleza
(convincente, naturalmente, para quienes podían entender y hablar ese lenguaje
abstracto).
Pero ahora, en vez de proseguir por más tiempo el curso de los
acontecimientos,
formulemos la pregunta de un modo totalmente directo: ¿qué es lo que
resplandece aquí? ¿Cómo es que ese resplandor de la belleza permite reconocer
en el campo de las ciencias exactas una gran conexión antes incluso de haber
sido comprendida en detalle y antes de haber sido demostrada racionalmente? ¿En
qué consiste el poder de tal iluminación, y qué influjo ejerce en el progreso
de la ciencia?
Tal vez debiéramos
empezar aquí por recordar un fenómeno, que podríamos describir como capacidad
de despliegue de las estructuras abstractas. Cabe citar el ejemplo de la teoría
de los números, a la que al comienzo nos referíamos, pero cabe también señalar
otros procesos comparables que se han dado a lo largo de la evolución del arte.
Como fundamento matemático de la aritmética o teoría de los números bastan unos
pocos axiomas muy simples, que definen de hecho muy exactamente lo que
significa el contar. Pero en esos pocos axiomas reside y a desde un principio
toda la abundancia de formas que han ido irrumpiendo en las mentes de los
matemáticos solamente a lo largo del curso de la historia del tema a que se
refieren —en este caso, la teoría de los números primos, de los residuos
cuadráticos, de las congruencias numéricas, etc.—. Podría decirse que las
estructuras abstractas implícitas y a en los números se han desplegado de modo
visible solamente en el curso de la historia de la matemática, llegando a engendrar
toda la riqueza de proposiciones y relaciones que componen el contenido de la
ciencia complicada que es hoy en día la teoría de los números. Algo semejante
sucede —en los comienzos de un determinado estilo artístico en arquitectura—
con ciertas formas básicas, muy simples, tales como el semicírculo y el
rectángulo en el arte románico. De esas formas básicas surgen luego, a lo largo
de la historia, otras formas nuevas más complicadas, e incluso alteradas, que
pueden sin embargo ser consideradas, de algún modo, como variaciones sobre el
mismo tema; y así, a partir de unas ciertas estructuras básicas, surge una
nueva manera, un nuevo estilo constructivo. Tenemos, no obstante, la impresión
de que las posibilidades para semejantes desarrollos eran y a perceptibles en
las formas originales, incluso al comienzo; de otra forma, sería difícilmente
comprensible que muchos artistas dotados hubiesen podido decidir tan
rápidamente explorar esas nuevas posibilidades.
Un despliegue
semejante a partir de unas estructuras abstractas básicas ha tenido lugar
también sin duda en los casos que he enumerado a lo largo de la historia de las
ciencias exactas. Esta expansión, este constante desarrollo de nuevas ramas,
continuó sucediendo en la mecánica newtoniana hasta mediados del siglo pasado.
En nuestro siglo hemos presenciado un desarrollo semejante en el seno de la
teoría de la relatividad y de la teoría cuántica, y esa expansión aún no ha
llegado a su fin.
Más aún, en la
ciencia, tanto como en el arte, este proceso ofrece también un importante
aspecto ético y social, pues permite a muchos seres humanos tomar
parte activa en el
mismo. En la Edad Media, cuando se construía una gran catedral, se empleaba a
muchos maestros albañiles y artesanos. Todos ellos estaban imbuidos de la idea
de belleza implícita de las formas originales, y se sentían impulsados en su contenido
a realizar su trabajo de un modo exacto y meticuloso de acuerdo con esas
formas. De un modo semejante, durante los dos siglos que siguieron al
descubrimiento de Newton, muchos matemáticos, físicos y técnicos en general
fueron convocados para resolver problemas mecánicos específicos de acuerdo con
los métodos de Newton, llevar a cabo experimentos, o realizar aplicaciones
técnicas; también aquí se requería proceder con un cuidado extremo a fin de
alcanzar lo que fuera posible dentro del marco de la mecánica newtoniana.
Podríamos tal vez decir en términos generales que partiendo de las estructuras
suby acentes, en este caso las de la mecánica newtoniana, llegaron a
establecerse criterios orientadores o incluso estándares valorativos, por
comparación con los cuales podía objetivamente decidirse si una determinada
tarea había sido bien o mal cumplida. El propio hecho de haberse establecido
unas exigencias concretas, el hecho de que los individuos pudieran hacer
pequeñas contribuciones al logro de unos objetivos más amplios, y el hecho de
que el valor de tales contribuciones pudiera ser objetivamente establecido
permitía que todo el amplio número de personas implicadas en la consecución de
esos objetivos pudieran obtener una satisfacción que procedía de todo el
desarrollo previo de aquellas estructuras. De aquí que no hay a que subestimar
el significado incluso ético de la tecnología en nuestra época.
El desarrollo de la
ciencia y la tecnología ha traído consigo, por ejemplo, la idea del aeroplano.
El técnico que ensambla alguno de los componentes del aparato, el artesano que
lo fabrica, saben que su trabajo requiere un máximo de cuidado y exactitud, y
que de ello puede depender la vida de muchas personas. De aquí que pueda
enorgullecerse de una pieza bien ejecutada, y pueda deleitarse también, como
nosotros mismos, en la belleza de un aeroplano, sintiendo que en él los
objetivos técnicos se han conseguido por la aplicación precisa de los medios
adecuados. La belleza, según la antigua definición que y a hemos citado en
repetidas ocasiones, es la adecuada conformidad de las partes entre sí y con
relación al todo, y un buen aeroplano debe también responder a esta exigencia.
Pero con toda esta
puntualización acerca de la evolución de la estructura fundamental de la
belleza, acerca de los valores éticos y las exigencias consiguientes surgidas a
lo largo de su desarrollo, aún no hemos respondido a la pregunta que antes
habíamos planteado, a saber, ¿qué es lo que resplandece en estas estructuras?,
¿cómo puede reconocerse una gran conexión antes incluso de haber sido
comprendida racionalmente en detalle? Aquí tendríamos que contar de antemano
con la posibilidad de que tal reconocimiento pueda estar basado nada más que en
una ilusión. Pero lo que no puede ponerse en duda es que ese
reconocimiento
perfectamente inmediato, este estremecimiento ante lo bello del que habla
Platón en su Fedro es algo que de hecho se da.
Todos cuantos se
han ocupado de esta cuestión parecen estar universalmente de acuerdo en que ese
reconocimiento inmediato no es consecuencia de un pensar discursivo (esto es,
racional). Me gustaría citar aquí dos pasajes, uno de Johannes Kepler, al que y
a nos hemos referido, y otro, de nuestra época, del físico atómico de Zúrich
Wolfgang Pauli, que era amigo del psicólogo Carl Jung. El primer pasaje se
encuentra en la obra de Kepler La armonía del mundo:
Esa facultad que
percibe y reconoce la nobleza de proporciones en lo que nos viene dado por los
sentidos, y en otras cosas que están situadas fuera de sí mismas, debe ser
adscrita al alma. Está muy cercana a la facultad que proporciona esquemas
formales a los sentidos, o aún más profundamente, y por consiguiente ady acente
a la energía puramente vital del alma, que no piensa de un modo discursivo, es
decir, por medio de conclusiones, como hacen los filósofos, ni emplea ningún
método determinado, y que por tanto no es sólo peculiar del ser humano, sino
que reside también en los animales salvajes y en las bestias del campo…
Podríamos entonces preguntarnos cómo es que esta facultad del alma, que no se
implica en un pensar conceptual y no puede por tanto adquirir un conocimiento
adecuado de las relaciones armónicas, puede ser capaz de reconocer lo que viene
dado en el mundo exterior. Puesto que reconocer significa comparar la
percepción sensible de lo exterior con las imágenes originales internas, y
juzgar de su conformidad con ellas. Proclo ha expresado este tema con suma
finura, poniendo como símil el despertar de un sueño. Porque así como las cosas
del mundo exterior que nos presentan los sentidos nos recuerdan aquéllas que
antes hemos percibido en el sueño, así también las relaciones matemáticas
captadas sensiblemente evocan en nosotros aquellos arquetipos inteligibles que
figuraban y a de antemano en nuestro interior, de modo que ahora resplandecen
verdadera y vívidamente en el alma, allí donde antes sólo estaban oscuramente
presentes. ¿Pero cómo han llegado a nuestro interior? A esto respondo que todas
las Ideas puras o patrones armónicos arquetípicos, como son aquéllos de que
estamos hablando, están presentes de un modo inherente en todos aquéllos que
tienen la capacidad de aprehenderlos. Pero no son primeramente referidos en la
mente en virtud de un proceso conceptual, sino que son más bien producto de una
especie de intuición instintiva puramente cuantitativa, y son innatos en
aquellos individuos, así como en una planta es innato, digamos, en virtud de su
principio formal, el número de pétalos, o en una manzana el número de cápsulas
que contienen la semilla.
Hasta aquí Kepler.
Nos remite en este pasaje, por tanto, a posibilidades que se encuentran y a en
el reino animal y vegetal, a arquetipos innatos que permiten reconocer las
formas. En nuestros propios días, Adolf Portman, concretamente, ha puesto de
relieve esas mismas posibilidades, refiriéndose, por ejemplo, a determinadas
pautas de color que aparecen en el plumaje de las aves, y que pueden poseer un
significado biológico solamente en el caso de que sean percibidas por otros
miembros de la misma especie. La capacidad perceptiva tiene, pues, que ser tan
innata como la propia pauta de color de la especie. Algo semejante sucede, en
este sentido, con el canto de los pájaros. Al principio, la exigencia biológica
puede que estuviera limitada simplemente a una señal acústica especial,
indicadora de búsqueda de pareja y comprensible para esta última. Pero en la
medida en que esa función biológica inmediata pierde importancia, puede
producirse un lúdico ensanchamiento de las formas sonoras posibles,
desplegándose a partir de la estructura melódica suby acente, de modo que hasta
una especie tan alejada de la suy a como es el hombre pueda encontrar
encantador el resultado. La capacidad de reconocer ese juego de formas debe ser
innata, en todo caso, en la especie de pájaros en cuestión, y a que desde luego
no tienen necesidad de pensamiento racional discursivo. En el ser humano, por
citar otro ejemplo, existe probablemente una capacidad innata de comprensión de
ciertas formas básicas de lenguaje gestual, como, por ejemplo, saber si el otro
viene con intenciones hostiles o amistosas, cosa que es de suma importancia
cuando se vive con otros en común.
En un ensay o de
Pauli se ponen de relieve ideas muy semejantes a las que hemos citado de
Kepler. Pauli escribe:
El proceso de
comprensión de la naturaleza, unido al gozo que el hombre siente al comprender,
esto es, al familiarizarse con nuevos conocimientos, parece, pues, descansar en
una correspondencia, en un encaje congruente entre imágenes internas
preexistentes en el alma humana y los objetos exteriores y su modo de
comportarse. Esta concepción del conocimiento natural se remonta, por supuesto,
a Platón, y fue… también plenamente adoptada por Kepler. Este último habla, en
efecto, de Ideas preexistentes en la mente divina e impresas en el alma humana,
como imagen que es de Dios. A estas imágenes primigenias, que el alma puede
percibir por medio de un instinto innato, Kepler las llama arquetipos.
Concuerda esto en gran medida con las imágenes o arquetipos primordiales
introducidos en la psicología moderna por C. G. Jung, que funcionan como
patrones instintivos de ideación. En este nivel, el lugar de los conceptos
nítidos es asumido por imágenes de contenido fuertemente emocional, que no son
pensamientos, sino representaciones pictóricas, como si dijéramos, que se
ofrecen a los ojos de la mente. En la medida en que estas imágenes son
expresión de
realidades entrevistas pero aún desconocidas, pueden también recibir el nombre
de simbólicas, de acuerdo con la definición de símbolo propuesta por Jung. En
cuanto agentes ordenadores y conformadores de este mundo de imágenes
simbólicas, los arquetipos funcionan, de hecho, como el puente anhelado entre
las percepciones sensibles y las Ideas, y constituy en por tanto un
prerrequisito indispensable para el surgimiento de una teoría científica. Sin
embargo, es preciso estar alerta al desplazar este a priori de
conocimiento a la conciencia, y al ponerlo en relación con Ideas concretas
formulables racionalmente.
En el curso
posterior de sus investigaciones, Pauli continúa mostrando que Kepler no dedujo
primariamente su convencimiento de que el sistema copernicano era correcto de
ningún dato concreto de observación astronómica, sino más bien de la
concordancia de la descripción copernicana con un arquetipo, al que Jung da el
nombre de mandala, y que fue también usado por Kepler como símbolo
de la Trinidad. En el centro de la esfera se sitúa a Dios, se compara con la
superficie de la esfera; el Espíritu Santo se corresponde con los ray os que
irradian desde el centro a la superficie de la esfera. Naturalmente, una
característica de estas imágenes primordiales es que no se las puede describir
de modo racional, ni siquiera intuitivo.
Aunque es posible
que Kepler obtuviera su convencimiento de que el sistema copernicano era
correcto a partir de imágenes primordiales de este tipo, toda teoría científica
válida sigue teniendo como prerrequisito decisivo de su validez la capacidad de
resistir a la comprobación empírica y al análisis racional. A este respecto,
las ciencias ocupan una posición más favorecida que las artes, pues para la
ciencia existe un criterio de valor inexorable e irrevocable, al que no puede
escapar ninguna teoría por mucho que pretenda ser una obra de arte. El sistema
de Copérnico, las ley es de Kepler y la mecánica de Newton han sido
consiguientemente comprobadas —desde el punto de vista de la interpretación de
los fenómenos, de las observaciones realizadas, y de la tecnología— con tal
amplitud y con una precisión tan extrema, que después de los Principia de
Newton nadie pudo seguir dudando de que eran correctos. No obstante, incluso
aquí seguía habiendo implicada una cierta idealización, tal como Platón
consideraba necesario y Aristóteles rechazaba.
Esto sólo se puso
de manifiesto con toda claridad hace unos cincuenta años, cuando por los
descubrimientos realizados en física atómica pudo verse que el esquema de
conceptos newtoniano no podía servirnos para aplicarlos a los fenómenos
mecánicos del interior del átomo. Desde que Planck descubrió el quantum de
acción en 1900, reinaba en la física una gran confusión. Las antiguas normas,
que habían permitido describir la naturaleza durante más de dos siglos,
no encajaban y a
con los nuevos descubrimientos. E incluso éstos resultaban en sí mismos
contradictorios. Una hipótesis, comprobada en un experimento, podía fallar en
otro. La belleza e integridad de la antigua física parecía haber quedado
destruida, sin que hubiera nadie capaz de ofrecer una intuición auténtica de
alguna nueva y diferente especie de conexión a partir de los experimentos, a
menudo dispares, realizados. No sé si es adecuado comparar el estado de la
física en aquellos veinticinco años siguientes al descubrimiento de Planck (con
el cual y o también me topé de joven, como estudiante) con las circunstancias
que rodean al arte contemporáneo. Pero debo confesar que esta comparación acude
a menudo a mi mente. La sensación de desvalimiento ante la cuestión de qué
hacer con toda una serie de fenómenos desconcertantes, las lamentaciones por
las conexiones ahora perdidas pero que siguen pareciendo tan convincentes —
todo este tipo de quejas han afectado de un modo semejante a ambas disciplinas
en su período correspondiente, pese a las diferencias que las separan—.
Evidentemente se trata aquí de una etapa necesaria, que no puede ser pasada por
alto, y que es en realidad preparatoria de nuevos desarrollos por venir. Pues,
como decía Pauli, toda comprensión sucede siempre con retraso, y se inaugura en
procesos inconscientes mucho antes de que su contenido consciente pueda ser
formulado de modo racional.
Pero en ese
momento, cuando surgen las verdaderas Ideas, sucede en el alma de quien las
percibe un proceso totalmente indescriptible de la may or intensidad. Es el
asombro sobrecogido de que habla Platón en su Fedro y que
siente el alma al recordar, por así decir, algo que había poseído
inconscientemente desde siempre. Kepler, dice: « Geometría est
archetypus pulchritudinis mundi» ; es decir, traducido en términos algo más
generales, « las matemáticas son el arquetipo de la belleza del
mundo» . En física atómica ese proceso tuvo lugar hace unos cincuenta años, y
ahora las ciencias exactas se ven de nuevo restauradas en aquel estado de
armoniosa integridad que habían perdido durante un cuarto de siglo, si bien
bajo presupuestos enteramente nuevos. No veo razón alguna para que no deba
suceder lo mismo un día en el campo del arte. Pero es preciso añadir, a modo de
advertencia, que un proceso semejante tiene que ocurrir por sí mismo, no es
posible hacer que suceda.
He querido resaltar
este aspecto de las ciencias exactas porque en él resulta más patente su
afinidad con las bellas artes, y porque desde él se puede contradecir más
fácilmente esa falsa concepción de que la ciencia natural y la tecnología sólo
tienen que ver con la observación precisa y racional y con el pensamiento
discursivo. Cierto que el pensamiento racional y las mediciones cuidadosas
forman parte del trabajo del científico, de igual forma que el martillo
y el cincel son
indispensables en la tarea del escultor. Pero en uno y otro caso no se trata
más que de instrumentos, no pertenecen al contenido de la obra.
Tal vez ahora que nos acercamos al
final convenga recordar una vez más
aquella segunda
definición del concepto de belleza, que tiene su origen en Plotino,
y en la que no se
hace mención ni de las partes ni del todo: « La belleza es la transparencia del
esplendor eterno de lo “uno” a través del fenómeno material» . Hay períodos
importantes en el arte en los que esta definición resulta más apropiada que la
primera, y solemos mirar hacia ellos con nostalgia. Pero en nuestra época
resulta difícil hablar de belleza en este aspecto, y posiblemente sea una buena
norma acomodarse a las costumbres de la época que a uno le toca vivir y guardar
silencio sobre aquello que resulta difícil expresar. En realidad, ambas
definiciones no están tan lejos la una de la otra. Contentémonos, pues, con la
primera y más sobria definición de la belleza, que ciertamente se cumple
también en el ámbito de la ciencia natural, y declaremos que también en las
ciencias exactas, no menos que en las artes, la belleza es la fuente más
importante de iluminación y claridad.
SI LA CIENCIA ES
CONSCIENTE DE SUS LÍMITES…
Puede resultar
interesante tratar aquí de un modo más general el concepto de verdad
científica, y preguntarnos cuáles son los criterios que nos permiten considerar
como consistentes y definitivos a unos determinados conocimientos científicos.
Comencemos partiendo de un criterio puramente externo. En tanto que una
determinada esfera de la vida mental avanza de un modo continuo, sin rupturas
internas, quienes trabajan en ella pueden seguir planteándose cuestiones de
detalle en torno a lo que podemos llamar problemas técnicos, cuy a solución no
constituy e un fin en sí mismo, antes bien su valor proviene del papel que
desempeñan dentro de aquel marco amplio, que es lo único importante. Tal vez
sea ésta la razón por la que los escultores de la Edad Media se esforzaban por
reproducir del mejor modo posible los pliegues de los vestidos: dar solución a
este problema era para ellos importante, y a que incluso los pliegues de los
mantos de los santos formaban parte del gran marco religioso que era para todos
ellos lo que realmente importaba. De un modo semejante, nos encontramos con que
la ciencia moderna sigue planteándose problemas concretos, y que el trabajo en
ellos es condición necesaria para la comprensión del marco más amplio en que se
engloban. Incluso a lo largo de la investigación de los últimos cincuenta años
no han dejado de surgir constantemente problemas por sí mismos. No había
necesidad de ir a buscarlos, y el objetivo seguía siempre siendo ese gran marco
de las ley es naturales. A este respecto, y hablando puramente desde un punto
de vista exterior, no vemos razón alguna para hablar de ruptura en la
continuidad de las ciencias exactas.
No obstante, con
respecto al carácter definitivo de los resultados, debemos recordar al lector
que en los dominios de las ciencias exactas las soluciones definitivas se han
limitado siempre a ciertos campos restringidos de experiencia. Así, por
ejemplo, las ciencias planteadas por el concepto de mecánica introducido por
Newton encontraron una respuesta válida para todos los tiempos en la ley por él
formulada y en las consecuencias matemáticas que de ella se derivaban. La
mecánica newtoniana no puede ser mejorada en modo alguno, porque en tanto en
cuanto podamos describir un fenómeno con la concepción de la física newtoniana
—esto es, posición, velocidad, aceleración, masa, fuerza, etc.—, las ley es de
Newton se mantienen válidas en todo su rigor, y no hay nada
en ellas que hay a
que cambiar en los próximos cien mil años. Más precisamente deberíamos decir:
las ley es de Newton son válidas con el grado de precisión con que pueden ser
descritos mediante esos conceptos los fenómenos en cuestión. El hecho de que esa
precisión tenga sus límites era algo, por supuesto, bien conocido incluso por
los físicos clásicos, ninguno de los cuales presumió nunca de poder hacer
mediciones con el máximo grado deseable de precisión. No obstante, el hecho de
que la precisión de las mediciones esté limitada en principio, concretamente
por las relaciones de indeterminación, es algo completamente nuevo, algo que
hemos encontrado por primera vez en el campo del átomo. Pero por el momento no
necesitamos adentrarnos en este tema. Para los fines que pretendemos en esta
disertación, es suficiente afirmar que, en tanto en cuanto es completamente
posible hacer mediciones precisas de este tipo, la mecánica newtoniana es
totalmente válida hoy en día y seguirá siéndolo igualmente en el futuro.
Con las reservas
expuestas, es, pues, posible decir que la mecánica newtoniana es una teoría
completa. Una teoría cerrada de este tipo se caracteriza por un sistema de
definiciones y axiomas que establece los conceptos fundamentales y sus
interrelaciones, y también por su pretensión de que existe un amplio campo de
experiencias, de fenómenos observables, que pueden ser descritos con una
elevada precisión por medio de este sistema. La teoría representa entonces la
idealización, válida para la época, de este campo de experiencia.
Pero existen otros
campos de experiencia, y por tanto también, otras teorías cerradas.
Concretamente, en el siglo XIX, la teoría de la termodinámica adoptó su formal
final en este sentido como una afirmación estadística relativa a sistemas
dotados de un gran número de grados de libertad. Los axiomas fundamentales de
esta teoría definen y conectan conceptos tales como temperatura, entropía y
energía, dos de los cuales, la temperatura y la entropía, no figuran para nada
en la mecánica newtoniana, mientras que el último, la energía, desempeña un
papel importante en todos los campos de experiencia y no sólo en el de la
mecánica. A partir de la obra de Willard Gibbs, la teoría estadística de la
termodinámica puede también considerarse como una teoría definitiva y cerrada,
y no puede y a caber ninguna duda de que sus ley es son de aplicación
universal, en toda época, con la máxima precisión —aunque naturalmente sólo
aquellos fenómenos abordables por medio de conceptos tales como la temperatura,
la entropía y la energía—. Esta teoría es también una idealización; sabemos que
existen muchas condiciones, por ejemplo la materia en estado gaseoso, donde no
cabe hablar de temperatura, y donde por tanto no son aplicables tampoco las ley
es de esta teoría de la termodinámica.
De lo que llevamos
dicho, queda y a claro que en física, en todo caso, existen teorías cerradas,
que pueden ser consideradas como idealizaciones relativas a
campos restringidos
de experiencia, y que llevan aneja la pretensión de ser válidas en todo tiempo.
Pero, evidentemente, no hemos hablado hasta ahora de que la física como tal
esté o pueda estar cerrada.
En los últimos
doscientos años se han abierto a la experimentación campos de experiencia
completamente nuevos. Desde que tuvieron lugar las investigaciones básicas de
Luigi Galvani y Alessandro Volta, los fenómenos electromagnéticos han sido
estudiados con una exactitud cada vez may or; sus relaciones con la química han
quedado demostradas por Faraday, y con la óptica, por Heinrich Hertz. Los
hechos fundamentales de la física atómica quedaron desvelados primeramente a
partir de descubrimientos realizados en el campo de la química, y fueron luego
explorados con todo detalle mediante experimentos con electrólisis, con
procesos de descarga en gases, y más tarde con la radiactividad. Las teorías
cerradas de épocas anteriores resultaban inadecuadas para comprender todo este
nuevo y gigantesco territorio. Surgieron así nuevas teorías más comprensivas,
que pueden a su vez ser consideradas como idealizaciones de estas nuevas
regiones experimentales. La teoría de la relatividad surgió de la
electrodinámica de los cuerpos en movimiento, y condujo a nuevas intuiciones
acerca de la estructura del espacio y el tiempo. La teoría cuántica da cuenta
de los procesos mecánicos que tienen lugar en el interior del átomo, pero
incorpora también la propia mecánica newtoniana como caso límite en el que
resulta posible objetivar los hechos completamente y descuidar la interacción
entre el objeto de observación y el propio observador.
La teoría de la
relatividad, no menos que la mecánica cuántica, puede también ser considerada
como una teoría cerrada, como una idealización sumamente comprensiva de unas
regiones de experiencia extraordinariamente amplísimas, y de cuy as ley es
podemos afirmar que son válidas en todo tiempo y lugar, pero de nuevo,
solamente en aquellas áreas de experiencia que resulten abarcables por medio de
esos conceptos.
Por consiguiente,
en ciencias exactas la palabra definitivo significa
evidentemente que existen siempre sistemas, matemáticamente representables y
contenidos en sí mismos, de conceptos y ley es que son aplicables a ciertos
dominios de experiencia, en los cuales son siempre válidas, y que no son
susceptibles de cambio ni de mejora. No obstante, es evidente que no podemos
esperar que esos conceptos y ley es resulten apropiados para la descripción
subsiguiente de nuevos dominios de experiencia. Solamente en este sentido
limitado puede considerarse que los conceptos de teoría cuántica son
definitivos, y sólo en este sentido limitado puede ser formulado de modo
definitivo algún conocimiento científico en lenguaje matemático o en cualquier
otro lenguaje que resulte apropiado.
De un modo
semejante, dentro del campo de la filosofía del Derecho, muchos piensan que
mientras la Ley existe siempre, cada nuevo caso implica
por lo general un
descubrimiento de un nuevo aspecto de la misma, y que la ley escrita puede
resultar aplicable solamente a determinados campos de la vida y no puede ser
perennemente obligatoria. Las ciencias exactas parten también de la suposición
de que al final siempre será posible comprender la naturaleza, incluso en todos
los nuevos campos de experiencia, con tal de que no demos por supuesto nada a
priori respecto del significado de la palabra comprender.
En el campo de la
ciencia, las formulaciones matemáticas de épocas anteriores pueden ser «
definitivas» , pero en modo alguno universales. Por eso es imposible basar
actos de fe, que se suponen vinculantes para nuestro comportamiento en la vida,
en el conocimiento científico, y a que las formulaciones en que éste se
contiene sólo son aplicables a un área limitada de experiencia. Muchos modernos
credos que proclaman no implicar cuestiones de fe, sino estar basados de hecho
en el conocimiento científico, contienen contradicciones internas y se apoy an
en un autoengaño.
Mientras más
claramente nos damos cuenta de esta limitación, tanto más fácilmente ésta puede
ay udarnos, como un primer paso, a reorientarnos de un modo más conveniente.
Puede que esta analogía sea capaz de aportarnos una nueva esperanza de que,
aunque estamos afectados en cierto modo por tales limitaciones, la vida misma
no queda por ello limitada. El espacio en el que el ser humano se desarrolla
como ser espiritual tiene más dimensiones que la única que había ocupado
durante los últimos años. Esto implicaría que en períodos largos de tiempo la
aceptación consciente de esta limitación podría acabar conduciendo a un cierto
equilibrio, en donde el conocimiento y las energías creativas del hombre puedan
encontrarse una vez más alineadas en torno a su centro común.
A modo de
conclusión, deseo citar aquí la introducción a los Principles of
Mechanics (1876) de Heinrich Hertz (1857-1894), pues en ella aparece claramente
cómo empezó la física a recordar una vez más que la ciencia natural es
aquella cuyas proposiciones relativas a campos limitados de la
naturaleza sólo pueden tener una validez correspondiente limitada; que la
ciencia no es una filosofía llamada a desarrollar una visión de la naturaleza
en su conjunto, o acerca de la esencia de las cosas. Hertz puntualiza que,
en el campo de la física, las proposiciones no tienen la finalidad
ni la capacidad de desvelar la esencia íntima de los fenómenos naturales. Hertz
concluy e que las descripciones físicas son sólo imágenes, de cuy a
correspondencia con los objetos naturales sólo podemos hacer una única
afirmación: la de si las consecuencias que se derivan lógicamente de
tales imágenes se corresponden o no con las consecuencias empíricamente
observadas en los fenómenos que se han querido describir con tales imágenes.
Con otras palabras, la descripción hipotética de la relación causal que
pretendemos achacar a los fenómenos naturales debe demostrar su utilidad
práctica. Los criterios para decidir sobre si una descripción es adecuada, son:
1)
debe ser admisible,
esto es, debe ser conforme a las ley es del pensamiento; 2) debe ser correcta,
es decir, estar de acuerdo con la experiencia; 3) debe ser relevante,
o sea, debe contener el máximo de las relaciones esenciales, y el mínimo
de las superfluas o vacías, correspondientes al objeto.
Saboreamos y a aquí
algo de esa intuición esencial de la física moderna, que Eddington formuló con
una impresionante concisión en estos términos: « Nos encontramos con que allí
donde la ciencia ha avanzado al máximo, la mente no ha hecho sino recuperar de
la naturaleza lo que ella misma ha puesto en ella. Nos hemos encontrado con una
huella extraña en las play as de lo desconocido. Hemos inventado, una tras
otra, las más profundas teorías tratando de explicar su origen. Al fin, hemos
podido determinar la criatura que dejó la huella. ¡Y ved!: la huella es
nuestra» .
Quisiera subray ar lo siguiente:
1. La ciencia moderna,
en sus comienzos, se caracterizaba por una actitud de modestia consciente; se
limitaba a hacer afirmaciones sobre relaciones estrictamente limitadas, válidas
sólo dentro del marco de tales limitaciones.
2. Esa modestia se
perdió en gran medida a lo largo del siglo XIX. Aquí empezó a
considerarse que el conocimiento físico hacía afirmaciones relativas a la
naturaleza como conjunto. Los físicos se complacían en filosofar, y de todos
los rincones surgían voces pidiendo que todos los filósofos debieran ser
científicos.
3. La física actual
está atravesando una transformación básica, cuy o rasgo más característico
consiste en volver a su conciencia original de autolimitación.
4. El contenido
filosófico de una ciencia sólo queda garantizado cuando ésta es consciente de
sus límites. Sólo cabe hacer grandes descubrimientos acerca de las propiedades
de determinados fenómenos individuales, si no se generaliza a priori la
naturaleza de tales fenómenos. Sólo dejando abierta la cuestión de la última
esencia de los cuerpos, la materia, la energía, etc., puede alcanzar la física
una comprensión de las propiedades individuales de los fenómenos que
describimos con tales conceptos, comprensión que es la única que puede
conducirnos a una auténtica intuición filosófica.
Más o menos en la
misma época en que Heisenberg y otros andaban desarrollando la mecánica
matricial, Erwin Schrödinger descubría de manera independiente una forma de «
mecánica ondulatoria» , que muy pronto llegó a revelarse como equivalente a
aquélla, y en muchos aspectos más simple y más elegante que ella. Por tanto, la
« ecuación de onda de Schrödinger» pronto se convirtió en el núcleo de la
moderna mecánica cuántica y en su instrumento matemático más ampliamente
difundido. Por todo su trabajo, preñado de consecuencias, Schrödinger fue
galardonado con el premio Nobel de Física en 1933.
Los capítulos
siguientes están tomados de My View of the World (Cambridge
University Press —« CUP» —, 1964). [Hay versión castellana: Mi
concepción del mundo], Mind and Matter (CUP, 1958). [Hay
versión castellana: Mente y materia], Nature and the Greeks (CUP,
1954). [Hay versión castellana: La naturaleza y los griegos], Science
and Humanisms (CUP, 1951), y What is Life! (CUP,
1947). La intuición mística en Schrödinger fue, en mi opinión, más penetrante
que en los restantes autores que figuran en este volumen, y su elocuencia sólo
tiene parangón con la de Eddington. El último segmento seleccionado contiene,
en particular, algunas de las afirmaciones místicas más sutiles y poéticas que
jamás se hay an escrito, y constituy e por sí mismo su mejor comentario.
¿CHARLAMOS SOBRE
FÍSICA?
Puede aquí
plantearse una queja que no voy a tratar de eludir. No se habla aquí una
palabra de acausalidad, de mecánica ondulatoria, de relaciones de
indeterminación, de complementariedad, de universo en expansión, de creación
continua, etc. ¿Por qué no se limita a hablar —podrá decir alguno— de lo que
conoce, en vez de adentrarse en los dominios profesionales reservados a los
filósofos? Ne
sutor supra crepidam[27]. En esto puedo sentirme
tranquilamente justificado: no creo que esas cosas tengan tanto que ver con una
concepción filosófica del mundo como la gente cree. Creo que en esto coincido
en lo esencial, casi punto por punto, con la visión de Max Planck y Ernst
Cassirer.
No creo tener
prejuicio alguno en contra de la importancia que puede tener la ciencia desde
un punto de vista puramente humano. Pero, a pesar de todo, no puedo creer (y
ésta es mi primera objeción) que, por ejemplo, la profunda indagación
filosófica sobre la relación entre el sujeto o sobre el auténtico significado
de la distinción entre ellos dependa de los resultados cuantitativos de
mediciones físicas y químicas por medio de escalas, espectroscopios,
microscopios, telescopios, contadores Geiger-Müller, cámaras de Wilson, placas
fotográficas, dispositivos para medir la cadencia radiactiva, o cualquier otro
invento. No resulta fácil decir por qué no lo creo. Siento que
se da una cierta incongruencia entre el problema que resolver y los medios
empleados para ello. No me siento del todo tan desconfiado con
respecto a otras ciencias, en particular con respecto a la
biología, y muy especialmente respecto de la genética y de los
hechos que tienen que ver con la evolución. Pero de esto no voy a
hablar aquí y ahora.
Por otra parte (y
ésta es mi segunda objeción), la pura afirmación de que toda observación
depende al mismo tiempo del sujeto y del objeto, por estar inextricablemente
unidos entre sí, es apenas nueva: es casi tan vieja como la propia ciencia.
Aunque a través de los veinticuatro siglos que nos separan de ellos sólo nos
hay an llegado unas pocas referencias y citas de los dos prohombres de Abdera,
Protágoras y Demócrito, podemos afirmar que ambos, a su modo, sostenían que
todas las sensaciones, percepciones y observaciones tienen un fuerte tinte
personal, subjetivo, y que no comportan una captación de la cosa-en-sí. (La
diferencia entre ellos estribaba en que Protágoras prescindía de la cosa-
en-sí; para él, las
sensaciones eran la única verdad, en tanto que Demócrito pensaba de otro modo).
Desde entonces, la cuestión ha vuelto a suscitarse siempre que se ha hecho
ciencia; podríamos seguir sus pasos a través de los siglos, refiriéndonos a las
actitudes de Descartes, Leibniz y Kant con respecto a ella. Pero no lo vamos a
hacer. Debo, no obstante, mencionar un punto para que no se me acuse de ser
injusto con los físicos cuánticos de nuestros días. He dicho que su afirmación
de que en toda percepción y observación sujeto y objeto están entretejidos de
modo inextricable es apenas nueva. Pero ellos podrían insistir en que sí
que hay algo nuevo en ella. Creo que es verdad que en siglos
anteriores, cuando se trataba esta cuestión, se tenían presentes sobre todo dos
cosas: a) la impresión física directa causada por
el objeto en el sujeto, y b) el estado del
sujeto que recibe
esa impresión. Mientras que, por el contrario, en el orden de ideas actual, la
influencia física directa entre ambos se considera mutua. Se afirma
que se da también una impresión inevitable e incontrolable del sujeto sobre
el objeto. Este aspecto es nuevo y, debo decir,
más adecuado de algún modo. Porque la acción física es siempre Interacción:
siempre es mutua. Lo que sigue pareciéndome dudoso no es más
que esto: si resulta adecuado dar el nombre de « sujeto» a uno de los dos
sistemas que interactúan físicamente entre sí. Pues como la mente que
observa no es un sistema físico, no puede interactuar con ningún sistema físico.
Y podría ser más conveniente reservar el término « sujeto» para la
mente que observa[28].
Pero de la teoría,
tal como ha quedado expuesta, de la inevitable e insoslay able interferencia de
los instrumentos de medida con el objeto sometido a observación, se han
extraído y se han puesto sobre el tapete ingentes consecuencias de naturaleza
epistemológica con respecto a la relación entre sujeto y objeto. Se afirma que
los recientes descubrimientos en el campo de la física se han acercado a la
misteriosa frontera que separa el sujeto del objeto. Esta frontera —así se nos
dice— no es en modo alguno una frontera definida. Se nos da a entender que
nunca observamos un objeto sin modificarlo o teñirlo de algún modo con nuestra
propia actividad observadora. Se nos quiere hacer entender que bajo el influjo
de los métodos refinados de observación y pensamiento que hoy en día se aplican
al análisis de los resultados de los experimentos, esa misteriosa frontera
entre el sujeto y el objeto se ha venido abajo.
A fin de poder
someter debidamente a crítica tales pretensiones, debo partir en primer lugar
de una aceptación de la distinción o discriminación, consagrada por el tiempo,
entre sujeto y objeto, tal como antiguamente fue aceptada, y sigue siéndolo más
recientemente, por muchos pensadores. Entre los filósofos que la aceptaron
—desde Demócrito de Abdera al « anciano de Königsberg» (Kant)— hubo pocos, si
es que hubo alguno, que dejaran de insistir en que toda sensación,
percepción y
observación lleva consigo un fuerte tinte personal, subjetivo y no comporta una
captación de la naturaleza de la « cosa-en-sí» , por usar la expresión de Kant.
Mientras que algunos de tales filósofos pueden pensar tan sólo en una más o
menos ligera o más o menos fuerte distorsión, Kant nos hace tomar tierra en una
actitud de total resignación: la de no poder saber nunca nada de la
« cosa-en-sí» . De
modo que, según toda apariencia, la idea de la subjetividad es muy antigua y
resulta muy familiar. Lo nuevo en la situación actual es lo siguiente: la
afirmación de que no sólo dependerían en gran medida de la naturaleza y del
estado eventual de nuestro propio aparato sensorio las impresiones que
recibimos del entorno, sino que, también al contrario, el mismo entorno que
deseamos considerar resulta modificado por nosotros, singularmente por los
instrumentos de medida que establecemos para someterlo a observación.
Quizás esto sea así
—en cierto modo lo es—. Es posible que a partir de las ley es físico-cuánticas
recientemente descubiertas, esa modificación no pueda reducirse por debajo de
ciertos límites bien definidos. Pero, aun así, no me gustaría dar a
esto el nombre de un influjo directo del sujeto sobre el objeto. Porque
el sujeto, de ser algo, es la cosa que siente y piensa. Las sensaciones y los
pensamientos no pertenecen al « mundo de la energía» . Son incapaces de
producir ningún cambio en ese mundo de energía, como sabemos por Spinoza y sir
Charles Sherrington.
Mi mente y el mundo
están compuestos de los mismos elementos. Esto mismo puede decirse de toda
mente y sus mundos respectivos, a pesar de la insondable abundancia de «
referencias cruzadas» entre ellos. El mundo me viene dado de una sola vez: no
hay el mundo que existe y el que es percibido. El sujeto y el objeto son
solamente uno. No puede decirse que se hay a derrumbado la barrera entre ambos
como resultado de recientes experiencias en el campo de las ciencias físicas,
porque esa barrera no existe.
¿PUEDE SER LA
INDETERMINACIÓN FÍSICA UN ARGUMENTO A FAVOR DEL LIBRE ALBEDRÍO?
¿Puede suceder que
la indeterminación establecida permita al libre
albedrío venir a llenar un hueco, en el sentido de que el libre
albedrío determinaría aquellos acontecimientos que la ley de la
naturaleza deja indeterminados? A primera vista, tal esperanza resulta obvia y
comprensible.
El intento de
exponer y desarrollar hasta cierto punto, incluso en esta forma un tanto cruda,
la idea, ha sido llevado a cabo por el físico alemán Pascual Jordan. A mí me
parece una solución imposible tanto física como moralmente. En cuanto a lo
primero, de acuerdo con nuestra concepción actual, las ley es cuánticas, aunque
dejan indeterminado cada evento singular, predicen
estadísticamente con una gran
precisión el conjunto de eventos que han de producirse una y otra vez en la
misma situación. Si esa estadística queda interferida por la intervención de
algún agente, ese agente habrá violado las ley es de la mecánica cuántica tan a
la fuerza como si se hubiera interferido —en la física precuántica— con una ley
mecánica estrictamente causal. Ahora bien, sabemos que la reacción de una misma
persona justamente ante la misma situación moral no da lugar a
estadística alguna —la norma es que una misma persona ante una misma
situación reacciona siempre precisamente del mismo modo—. (Nos referimos, claro
está, justamente a una misma situación; eso no nos quiere
decir que un criminal o un drogadicto no pueda convertirse o curarse a través
de la persuasión, del ejemplo o cualquier otra cosa —por un fuerte influjo
exterior—. Pero esto, por supuesto, significa que la situación habría
cambiado). En la hipótesis de Jordan, la interferencia —la entrada en acción
del libre albedrío para llenar el hueco de la indeterminación— se convierte en
una interferencia con las ley es de la naturaleza, incluso en la forma que
revisten en la teoría cuántica. Pero a ese precio, por
supuesto, todo es posible. Esto no es una solución al dilema.
La objeción moral
fue fuertemente subray ada por el filósofo alemán Ernst Cassirer (que murió en
1945 en Nueva York, como exiliado de la Alemania nazi). La amplia crítica de
Cassirer a las ideas de Jordan se basa en un profundo conocimiento de la
situación en el campo de la física. Trataré de resumirla brevemente; y o diría
que se reduce a esto. El libre albedrío incluy e, como parte más importante, el
comportamiento ético del hombre. Suponiendo que los acontecimientos físicos que
tienen lugar en el espacio y en el tiempo no están de hecho, en gran medida,
estrictamente determinados, sino sujetos al puro azar, según cree la may oría
de los físicos de nuestro tiempo, entonces este lado azaroso de los sucesos del
mundo material es ciertamente (dice Cassirer) lo último que puede
invocarse como correlato físico del comportamiento ético del ser humano.
Porque éste es todo menos azaroso; antes está intensamente determinado
por motivos que van de lo más bajo a lo más sublime, por ambición
y malicia o por
auténtico amor al prójimo o una devoción religiosa sincera. La lúcida
argumentación de Cassirer le hace a uno sentir tan fuertemente el absurdo de
basar el libre albedrío, incluida la ética, en el azar físico, que la anterior
dificultad, el antagonismo entre determinismo y libre albedrío, se disuelve y
casi se desvanece bajo los poderosos golpes que Cassirer asesta a la concepción
opuesta. « Incluso el margen reducido de predictibilidad (añade Cassirer) que
sigue garantizando la mecánica cuántica bastaría ampliamente para destruir la
libertad ética, si el concepto y el auténtico significado de ésta fuera
irreconciliable con la predictibilidad» . En realidad, uno empieza a
preguntarse si la supuesta paradoja es realmente tan chocante, y si el determinismo
físico no es tal vez un correlato totalmente adecuado del fenómeno mental de la
voluntad,
que no siempre
resulta fácil de predecir « desde fuera» , pero que generalmente está en
extremo determinado « desde el interior» . En mi opinión, éste es el resultado
más valioso de toda la controversia: las tornas se han vuelto a favor de una
posible reconciliación del libre albedrío con el determinismo físico, tras
habernos dado cuenta de lo inadecuado que resulta el azar físico como base de
la ética.
A fin de cuentas,
el resultado es que la física cuántica no tiene nada que ver con el problema
del libre albedrío. Si existe tal problema, los últimos avances de la física no
han contribuido en lo más mínimo a esclarecerlo. Citando de nuevo a Ernst Cassirer:
« Así pues, resulta claro… que un posible cambio en el concepto físico de la
causalidad pueda no tener repercusión alguna inmediata en el campo de la ética»
.
SE ESCAPA A LA
CIENCIA
La imagen
científica del mundo que me rodea es muy deficiente. Proporciona una gran
cantidad de información sobre los hechos, reduce toda experiencia a un orden
maravillosamente consistente, pero guarda un silencio sepulcral sobre todos y
cada uno de los aspectos que tienen que ver con el corazón, sobre todo lo que
realmente nos importa. No es capaz de decirnos una palabra sobre lo que
significa que algo sea rojo o azul, amargo o dulce, físicamente doloroso o
placentero; no sabe nada de lo bello o de lo feo, de lo bueno o de lo malo, de
Dios
y la eternidad. A
veces la ciencia pretende dar una respuesta a estas cuestiones, pero sus
respuestas son a menudo tan tontas que nos sentimos inclinados a no tomarlas en
serio.
De modo que, en
resumen, no sentimos pertenecer al mundo material construido por la ciencia. No
estamos en él; estamos fuera de él. Somos solamente espectadores. Si podemos
creer que estamos en él, es porque formamos parte de la imagen, porque nuestros
cuerpos están en ella. Nuestros cuerpos forman parte de ella. No sólo el propio
cuerpo, sino también el de los amigos, el de mi perro, mi gato o mi caballo, el
de todas las demás personas y animales. Y ése es mi único medio de comunicarme
con ellos.
Más aún, el propio
cuerpo está implicado en una buena parte de los cambios, movimientos, etc., más
interesantes que tienen lugar en este mundo material, y está implicado de tal
forma que me siento ser, en parte, autor de tales acontecimientos. Pero me encuentro
de pronto ante un callejón sin salida, ante ese descubrimiento científico
verdaderamente desconcertante que afirma que y o no soy necesario en cuanto
autor. Dentro de la imagen científica del mundo, todos esos sucesos responden
de sí mismos —el intercambio energético directo proporciona una explicación
suficiente de los mismos—. Hasta los mismos
movimientos del
cuerpo humano « se explican por sí mismos» , según afirma Sherrington. La
imagen científica del mundo constituy e un salvoconducto para poder comprender
todo cuanto acaece —lo que pasa es que tal vez hace que todo resulte demasiado
comprensible—. Nos induce a imaginar que todo el dispositivo de la realidad es
semejante a una maquinaria mecánica de relojería que, hasta donde la ciencia
alcanza a saber, podría continuar funcionando indefinidamente de igual forma,
sin que existan en ella conciencia, voluntad, esfuerzo, dolor y placer, ni la
responsabilidad conectada con todo ello —aunque realmente existan
—. Y la razón por
la que nos encontramos ante tal desconcertante situación no es más que ésta:
que para construir esa imagen del mundo exterior, hemos acudido al expediente
sumamente simplificador de dejar fuera, de excluir, la propia personalidad; de
aquí que hay a desaparecido, se ha evaporado, resulta manifiestamente
innecesaria.
En particular, y
esto es lo más importante de todo, ésa es la razón por la cual la visión
científica del mundo no contiene por sí misma valores estéticos ni éticos, ni
dice una palabra sobre nuestro último objetivo o destino final, ni quiere saber
nada —sólo faltaría— de Dios. ¿De dónde vengo, adónde voy ?
La ciencia es
incapaz de explicar mínimamente por qué la música puede deleitarnos, o por qué
y cómo una antigua canción puede hacer que nos salten las lágrimas.
En este último
caso, la ciencia puede, en principio, según creo, descubrir con todo detalle
todo cuanto sucede en nuestro aparato sensorio y motor desde el momento en que
las ondas sonoras nos llegan al oído hasta el momento en que ciertas glándulas
segregan un líquido salino que brota de nuestros ojos. Pero de los sentimientos
de placer o tristeza que acompañan a todo este proceso la ciencia no sabe
absolutamente nada, y se abstiene por tanto de hablar de ello.
La ciencia se
abstiene también de hablar cuando aparece la cuestión de la gran Unidad —el Uno
de Parménides—, del cual todos formamos parte de algún modo, a la cual todos
pertenecemos. El término más común para designarlo en nuestros días es Dios
—así, con may úscula—. Por lo general, la ciencia se proclama atea. Lo cual no
resulta asombroso, después de todo lo que hemos dicho. Si su imagen del mundo
no contiene siquiera a lo azul, lo amarillo, lo amargo, lo dulce, ni la
belleza, el placer o la pena, si la personalidad queda convencionalmente
excluida de ella, ¿cómo podría contener la idea más sublime que puede concebir
la mente humana?
El mundo es grande,
magnífico y hermoso. Mi conocimiento científico de cuanto ha sucedido en él
comprende cientos de millones de años. Y sin embargo, visto desde otra
perspectiva, todo eso se contiene en los setenta, ochenta o noventa años que
puedo tener garantizados: una minúscula motita en medio del tiempo
inconmensurable, en medio incluso de los millones y de los miles de millones
finitos de años que he aprendido a medir y a determinar. ¿De dónde
vengo y adónde voy
? Ésa es la gran cuestión insondable, la misma para cada uno de nosotros. La
ciencia es incapaz de responderla.
LA UNIDAD DE LA
MENTE
La razón por la
cual en la imagen científica del mundo no entra en parte alguna el propio ego
sintiente, percipiente y pensante puede explicarse fácilmente en pocas
palabras: porque él mismo es esa imagen del mundo. El ego es idéntico al todo,
y por eso no puede contenerse en él como parte de él. Pero, por supuesto, nos
topamos aquí de nuevo con la paradoja aritmética: parece haber una muchedumbre
de egos conscientes; el mundo sin embargo es solamente uno. Ello proviene del
modo de elaborar el concepto del mundo. Los diversos dominios de conciencia «
privada» se solapan parcialmente. El concepto del « mundo real que nos rodea»
coincide con la región común a todos, en donde todos se solapan. Con todo esto,
nos queda dentro una sensación de cierto malestar, que nos lleva a hacer
preguntas como ésta: ¿es mi mundo realmente igual al tuy o? ¿Hay un único mundo
real, distinto de las imágenes de él proy ectadas en cada uno de nosotros
por medio de la percepción? Y si esto es así, ¿se parecen esas imágenes al
mundo real, o es tal vez este último, el « mundo en sí mismo» , muy diferente
del que percibimos?
Tales cuestiones
son ingeniosas, pero muy apropiadas, en mi opinión, para engendrar confusión en
torno al tema. No hay respuestas adecuadas para ellas. Todas ellas representan,
o conducen a antinomias que provienen de una misma fuente, lo que y o he llamado
la paradoja aritmética: la pluralidad de egos conscientes, a
partir de cuy as experiencias mentales se ha elaborado el concepto de un mundo
único. La solución de esta paradoja numérica daría al traste con todas las
cuestiones de la índole expresada, revelándolas —me atrevo a decir— como
cuestiones falseadas.
Existen dos caminos
de salida de la paradoja numérica, ambas de apariencia bastante demente desde
el punto de vista del conocimiento científico actual (basado en el antiguo
pensamiento griego, y por ende completamente
« occidental» ). Una
de las vías de salida consiste en multiplicar el mundo de acuerdo con la
temible doctrina de las mónadas de Leibniz: toda mónada es un mundo en sí
mismo, incomunicadas todas ellas entre sí; la mónada « no tiene ventanas» , no
tiene « comunicación» . Si, a pesar de todo, concuerdan entre sí, ello se debe
a la « armonía preestablecida» entre ellas. No creo que esta salida les resulte
a muchos atractiva, ni que consideren que suponga ningún tipo de
mitigación de la antinomia numérica.
Evidentemente, sólo
queda otra alternativa única: la unificación de las mentes o conciencias. Su
multiplicidad es sólo aparente; en realidad, no hay más que una mente. Ésta es
la doctrina de las Upanishads. Y no solamente de las Upanishads. La unión con Dios
experimentada en estados místicos lleva consigo normalmente esa actitud
unificadora, a menos que tenga que enfrentarse con fuertes prejuicios en contra
de ella; esto significa que puede ser aceptada más fácilmente en oriente que en
occidente. Citemos solamente, a modo de ejemplo ajeno a las Upanishads, a un
místico persa-islámico del siglo XIII, Aziz Nasafi. Tomo la cita de un artículo
de Fritz Mey er, traduciéndola de su propia traducción alemana:
A la muerte de toda
criatura viviente, el espíritu retorna al mundo espiritual y el cuerpo al mundo
corpóreo. En éste, sin embargo, solamente los cuerpos están sujetos a cambio.
El mundo espiritual es un único espíritu que se sitúa a modo de una luz tras el
mundo corporal y que, cada vez que una criatura viene al ser, brilla a través
de ella como a través de una ventana. Según es el tipo y el tamaño de la
ventana, así deja pasar al mundo más o menos luz. No obstante, la luz en sí
misma permanece inmutada.
Hace unos años,
Aldous Huxley publicó un precioso volumen con el título La Filosofía
perenne, que contiene una antología de místicos pertenecientes a los pueblos
y a las épocas más variadas. Lo abramos por donde lo abramos, siempre
encontraremos expresiones bellísimas muy semejantes. Resulta sorprendente
encontrar un acuerdo semejante, ray ano en lo milagroso, entre seres humanos de
razas y religiones tan diferentes, ignorantes los unos de la existencia de los
otros, separados entre sí por siglos y hasta por milenios, y por las máximas
distancias que existen en nuestro planeta.
A favor de la «
identidad» de todas las mentes entre sí y con la mente suprema, enseñada por
todos los místicos —y a la vez en contra de la temible doctrina de las mónadas
de Leibniz—, hay un hecho indudable. La doctrina de la identidad viene
reforzada por el hecho empírico de que la conciencia nunca se experimenta en
plural, sino solamente en singular. No sólo ninguno de nosotros ha
experimentado nunca más de una conciencia, sino que además no existe huella o
circunstancia alguna que evidencie que esto hay a sucedido alguna vez en alguna
parte en este mundo. Si afirmamos que no puede haber más de una conciencia en
la misma mente, tal afirmación suena a pura tautología; somos totalmente
incapaces de imaginar lo contrario.
Y, sin embargo, se
dan casos o situaciones en las que esperaríamos, y casi llegamos a exigir, que
suceda eso tan inimaginable, si es que puede ocurrir en absoluto. Éste es el
punto que me gustaría tratar ahora con algún detalle,
apoy ándome en
algunas citas de sir Charles Sherrington, que fue (¡cosa rara!) un hombre
sumamente genial a la vez que un científico serio. Reproduzco aquí sus
principales conclusiones con sus propias palabras:
Lo que combina
ambas informaciones no es la conjunción espacial del mecanismo cerebral… Sucede
más bien como si las imágenes del ojo derecho y del ojo izquierdo fueran vistas
cada una por un observador, distinto, y las mentes de los dos observadores se combinaran
luego en una sola mente. Es como si las percepciones visuales del ojo derecho y
del ojo izquierdo fueran elaboradas de modo singular, cada una por su parte,
y se combinaran luego
en una única percepción… Es como si cada ojo tuviera un aparato sensorial
propio, de suy o suficiente, que sirviera de base para la elaboración de
procesos mentales propios de cada ojo, que pueden llegar a alcanzar un nivel
perceptual pleno. Ello equivaldría a estar dotados fisiológicamente algo así
como de dos subcerebros visuales, correspondientes uno a cada ojo. Su
colaboración a nivel mental vendría dada por una simultaneidad de acción, más
que por una unión estructural.
Siguen aquí una serie de
consideraciones de orden general, de las que entresaco a continuación solamente
las que me parecen más relevantes:
¿Existen, pues,
subcerebros cuasi-independientes correspondientes a las diversas modalidades
sensoriales? En la corteza cerebral resulta fácil localizar, delimitados todos
entre sí en sus esferas respectivas, los « cinco» sentidos corporales, en lugar
de encontrarse éstos inextricablemente mezclados entre sí y entreverados además
bajo otros mecanismos de un orden superior. ¿En qué medida se reduce la mente a
una colección de mentes perceptoras cuasi-independientes que se integran
psíquicamente en gran medida merced a una concurrencia temporal de sus
respectivas experiencias?… Cuando se trata de la « mente» , el sistema nervioso
no se integra centralizándose en una sola célula pontificial. Más bien procede
elaborando una democracia compuesta de millones de unidades, cada una de ellas
compuesta de una célula… así integrada, la vida concreta, compuesta de
subvidas, revela su naturaleza aditiva, y se nos manifiesta como el resultado
de la acción conjunta de minúsculos focos de vida… Sin embargo, cuando consideramos
la mente, no hay nada de esto. La célula nerviosa, singularmente considerada,
no es nunca un cerebro en miniatura. La constitución celular del cuerpo no
tiene por qué representar indicio alguno de que otro tanto debe suceder con la
« mente» . Una única
y suma célula nerviosa cerebral no podría garantizar a la reacción mental un
carácter más unificado y menos atomizado de lo que lo hace la multitudinaria
capa celular de la corteza
cerebral. La materia y la energía
parecen poseer una estructura granular, y lo mismo la vida, pero no así la
mente.
He citado los
pasajes que más me han impresionado. Vemos en ellos a Sherrington, con todo su
elevadísimo conocimiento de los procesos que tienen lugar en un cuerpo vivo,
luchando con una paradoja que, en su candidez y sinceridad intelectual
absoluta, no intenta ocultar ni disimular (como otros muchos habrían hecho, o
mejor, han hecho), antes lo expone casi brutalmente, sabiendo muy bien que es
la única manera de acercarse a una solución en cualquier problema filosófico o
científico, mientras que el limitarse a
« parchearlo» con
unas pocas frases « bonitas» no lleva más que a impedir todo progreso y a
convertir la antinomia en permanente (al menos, hasta que alguien descubra el
fraude cometido). La paradoja de Sherrington es también una paradoja numérica,
aritmética, y a mi entender tiene mucho que ver con la otra a la que nos hemos
referido al comienzo de este capítulo, aunque no se trata en absoluto de la
misma cosa. La primera se refería, en pocas palabras, al mundo único cristalizado
a partir de la multiplicidad de mentes. La de Sherrington se refiere
a la única mente, ostensiblemente basada en una multiplicidad
de vidas celulares, o dicho de otra forma, en una multiplicidad de subcerebros,
cada uno de los cuales parece tener una suficiencia propia tal que nos sentimos
inclinados a asociar una submente a cada uno de ellos. No obstante, sabemos que
el concepto de submente constituy e una monstruosidad atroz, lo mismo que el de
una mente plural; ninguno de ambos puede apoy arse en ningún tipo de experiencia,
ni resulta en modo alguno imaginable. La mente es, por su propia naturaleza, un
singulare tantum[29]. Deberíamos decir:
la totalidad de las mentes se reduce a
una. Me atrevo a
afirmar que es indestructible dada su peculiar temporalidad: la mente siempre
existe ahora. Para la mente realmente no existe el antes ni el
después. Sólo existe un ahora, que puede incluir recuerdos y expectativas. Pero
puedo asegurar que nuestro lenguaje no resulta del todo adecuado para expresar
esto, y puedo también asegurar, caso de que alguien quisiera intentarlo, que
ahora no estoy hablando de ciencia, sino de religión…
Dice Sherrington: «
La mente humana es un producto reciente de nuestro planeta» .
Estoy de acuerdo,
naturalmente. No lo estaría si de esa afirmación se suprimiera la palabra «
humana» . Resultaría extraño, por no decir ridículo, pensar que la mente
contemplante, consciente, única capaz de hacer reflejo el devenir del mundo,
hizo su aparición únicamente en un cierto momento de ese
« devenir» , o que su
aparición fue un hecho contingente, asociado con un extraño mecanismo biológico
muy peculiar, que por sí mismo facilita evidentemente el automantenimiento de
ciertas formas de vida, y favorece también por lo tanto su preservación y propagación:
formas de vida llegadas a última hora, y que
habrían sido
precedidas por otras muchas que se habían mantenido hasta entonces sin contar
con aquel peculiar mecanismo (un cerebro). De hecho, sólo una pequeña porción
de entre ellas (refiriéndonos a las diversas especies) se han embarcado en «
procurarse un cerebro» . Y antes de que eso ocurra, ¿acaso todo habría sido una
representación sin espectadores? Más aún, ¿acaso merece el nombre de mundo lo
que nadie puede contemplar? Cuando un arqueólogo reconstruy e una ciudad o una
cultura desaparecida hace tiempo, se interesa por la vida de los seres humanos
que formaron parte de ella en el pasado, por sus acciones, sensaciones,
pensamientos, sentimientos, por sus penas y alegrías, por todo lo que allí y
entonces experimentaron. Pero un mundo existente durante miles de millones de
años sin que hubiera ninguna mente que pudiera hacerse consciente de él, que
pudiera contemplarlo, ¿acaso es algo en absoluto?, ¿ha existido tal cosa?
Porque no lo olvidemos: decir, como acabamos de hacerlo, que el devenir del
mundo se hace reflejo en la mente consciente no es más que un cliché, una
frase, una metáfora que nos resulta familiar. Porque el mundo sólo se da de una
vez. No hay nada que sea reflejo suy o. El original y la imagen del espejo son
una misma cosa, son idénticas. El mundo desplegado en el espacio y en el tiempo
es sólo nuestra representación (Vorstellung) de él. La experiencia no nos
proporciona el menor indicio de que sea algo más que eso, como y a Berkeley lo
hizo notar claramente.
A veces los
pintores introducen en sus pinturas, o los poetas en sus poemas, algún
personaje de poca monta en donde se refleja a sí mismo. Así, el cantor de
la Odisea se refería a sí mismo, supongo, al describirnos al
bardo ciego que canta el poema de la guerra de Troy a en el pórtico de los
feacios y hace conmoverse hasta las lágrimas al héroe curtido en mil batallas.
Igualmente, en el canto de los Nibelungos, cuando atraviesan las
tierras austríacas, aparece un poeta que se sospecha sea el autor
de todo el poema. En el cuadro de Durero titulado Todos los Santos,
dos círculos de crey entes se apiñan en actitud orante en torno a la Trinidad
allá en los cielos: el círculo de los bienaventurados arriba, y el de los
humanos en la tierra. Entre estos últimos aparecen rey es, emperadores y papas,
pero también, si no me equivoco, el autorretrato del propio artista, en forma
de una humilde figura que igual podría no estar ahí, a uno de los lados.
Para mí, éste es el
símil que mejor refleja el doble y desconcertante papel de la mente. Por una
parte, la mente es el artista, autor del conjunto; pero en la obra, en cuanto
tal, no es sin embargo más que un añadido insignificante, que igual podría estar
ausente sin que quedara por ello dañado el efecto total.
Hablando sin
metáforas, tenemos que confesar que nos vemos aquí enfrentados a una de esas
típicas antinomias que provienen del hecho de no haber conseguido aún plasmar
una perspectiva lo suficientemente comprensible sobre el mundo, que incluy a a
la propia mente, creadora de la imagen del mundo: de manera que la mente no
encuentra sitio en ella. Y el intento de introducirla a la
fuerza genera
necesariamente, después de todo, algunos absurdos.
Antes he comentado
el hecho de que, por esa misma razón, la imagen del mundo físico carece de
todas las cualidades sensibles que contribuy en a moldear al sujeto de
conocimiento. El modelo resulta impalpable, desprovisto de sonido y color. De
igual forma, y por la misma razón, el mundo de la ciencia carece, o está
desprovisto, de todo cuanto sólo significa algo en relación con un sujeto
contemplante, percipiente, sintiente. Me refiero, en primer lugar, a los
valores éticos y estéticos, a los valores de cualquier clase, a todo lo
relativo al significado
y finalidad de todo
el conjunto. Desde el punto de vista científico, todo esto no sólo está
ausente, sino que resulta imposible integrarlo en él de un modo orgánico. Si
se intenta insertarlo en él, o montarlo sobre él, al modo como un niño colorea
una lámina dibujada sin colores, sencillamente no encaja. Porque, querámoslo o
no, todo cuanto puede encajar en ese modelo del mundo debe asumir la forma de
una afirmación científica relativa a hechos determinados, y en cuanto tal en
nuestro caso resultaría erróneo.
Ese absoluto
silencio de todas nuestras investigaciones científicas, en torno a las
cuestiones relativas al significado y finalidad globales de todo cuanto sucede,
resulta de lo más doloroso. Cuanto más atentamente lo contemplamos, más absurdo
y sin sentido nos parece. Evidentemente, todo ese espectáculo sólo adquiere un
sentido en relación con una mente capaz de contemplarlo. Pero todo lo que la
ciencia nos dice de esta relación es manifiestamente absurdo: como si la mente
hubiera sido sólo un producto de ese mismo espectáculo que estamos
contemplando, y estuviera condenada a desaparecer con él cuando el sol acabe
finalmente por enfriarse y la tierra se hay a convertido en un desierto de
nieve y hielo.
Permítaseme
mencionar de pasada el notorio ateísmo confesado de la ciencia, que pertenece
por supuesto al tema que estamos tratando. Una y otra vez se le hace este
reproche a la ciencia, si bien injustamente. En un modelo de mundo que se hace
accesible solamente al coste de eliminar de él todo lo personal, no puede caber
un dios personal. Cuando tenemos experiencia de Dios, sabemos que es algo tan
real como una percepción sensible inmediata, o como la propia personalidad. No
hay sitio para él, como tampoco para ellas, en una imagen espacio-temporal.
Todo científico honesto nos dirá: no encuentro a Dios en parte alguna en el
espacio y en el tiempo. Pero, al decirlo, se hace acreedor al reproche de
aquéllos en cuy o catecismo está escrito: Dios es espíritu.
Como recompensa por
el indudable esfuerzo que me ha supuesto exponer el aspecto puramente
científico del problema sine ira et studio, me tomo la libertad de
añadir mi propia visión, necesariamente subjetiva, acerca de sus implicaciones
filosóficas.
Como se ha puesto
de relieve de forma evidente en las páginas que preceden, los fenómenos
espacio-temporales que tienen lugar en el cuerpo de un ser viviente en
correspondencia con la actividad de su mente, con su autoconciencia o con otras
acciones, están (considerando también la complejidad de su estructura y la
explicación estadística de la físico-química comúnmente aceptada) si no
estrictamente, sí en todo caso estadísticamente determinados. Deseo subray ar
que, en mi opinión y contrariamente a lo que se piensa en algunos sectores,
la indeterminación cuántica no desempeña en ellos un papel
biológico relevante, excepto tal vez para resaltar su carácter puramente
accidental en fenómenos tales como la meiosis, la mutación natural o inducida
mediante ray os X, etc. Pero esto es, en todo caso, algo evidente y bien
reconocido.
Con vistas a la
presente argumentación, voy a permitirme considerar lo dicho como un hecho, tal
como creo haría cualquier biólogo exento de prejuicios de no ser por esa bien
conocida y desagradable sensación que produce el
« reconocerse a sí
mismo como un puro mecanismo» , y a que ello contradice la sensación de libre
albedrío que nos proporciona la introspección directa.
Pero las
experiencias inmediatas, por sí mismas, y a pesar de lo variadas y dispares que
puedan ser, no pueden lógicamente estar en contradicción las unas con las
otras. Tratemos, pues, de extraer la conclusión correcta, no contradictoria,
que deriva de las dos premisas siguientes:
1.ª El propio cuerpo funciona como un
mero mecanismo de acuerdo con las ley es naturales.
2.ª Me consta, sin
embargo, por mi propia e incontrovertible experiencia, que soy y o quien dirige
sus movimientos, cuy os efectos —tal vez preñados de consecuencias de suma
importancia— puedo prever, por lo que siento y puedo aceptar una plena
responsabilidad sobre los mismos.
Lo único que cabe inferir de estos
dos hechos es, creo y o, que soy y o —y o
en el más amplio
sentido de la palabra, esto es, toda mente consciente que pueda alguna vez
haber dicho o haberse sentido « y o» — quien controla, de hacerlo alguien, el «
movimiento de los átomos» de acuerdo con las ley es naturales.
En determinados
medios culturales (Kulturkreis), que no admiten sino limitadamente ciertas
ideas (de gran simplificación actualmente o en el pasado para otros pueblos)
puede resultar atrevido formular tal conclusión con toda la simplicidad
adecuada. Decir, en términos cristianos: « Por lo tanto, y o soy Dios
Todopoderoso» , suena a loco y blasfemo a un tiempo. Pero olvidemos por el
momento tales connotaciones, y parémonos a considerar si semejante conclusión
no es una muestra de hasta qué punto puede acercarse un biólogo a demostrar a
la vez la existencia de Dios y la inmortalidad.
La intuición en sí
no es nueva. Sus primeras huellas se remontan, por lo que y o sé, a unos 2500
años o más. Desde las primeras grandes Upanishads, se consideraba en el
pensamiento indio que el reconocimiento del ATMAN como idéntico al BRAHMAN (el
y o personal igual al y o eterno omnipresente y omniabarcativo), lejos de ser
una blasfemia, representaba la quintaesencia de la más profunda intuición
acerca del mundo. El anhelo de todos los discípulos del Vedanta consistía,
después de haber aprendido a pronunciarlo con sus labios, en llegar a asimilar
realmente en sus mentes este pensamiento, el más grandioso que cabe concebir.
Posteriormente, de
modo independiente, pero en perfecta armonía los unos con los otros (algo así
como las partículas de un gas ideal), los diversos místicos a través de los
siglos han descrito cada uno la experiencia única de su vida en términos que
pueden condensarse en esta frase: DEUS FACTUS SUM (me he convertido en Dios).
En la ideología
occidental, este pensamiento ha seguido resultando extraño a pesar de haberlo
defendido Schopenhauer y algunos otros, y a pesar de esos verdaderos amantes
que al mirarse a los ojos caen en la cuenta de que su pensamiento y su gozo no
son meramente semejantes o idénticos, sino numéricamente uno y
el mismo, aunque por lo general están demasiado embebidos
emocionalmente como para reparar en claridades intelectuales, aspecto en el que
se parecen mucho a los místicos.
Permítaseme añadir
aún algunas otras consideraciones. La conciencia jamás se experimenta en
plural, sino sólo en singular. Incluso en casos patológicos de conciencia
escindida o doble personalidad, las dos personas se alternan, nunca se
manifiestan simultáneamente. En los sueños creamos al mismo tiempo diversos
personajes, pero no de una forma indiscriminada: el y o se identifica con
uno de ellos, y desde él hablamos y actuamos, mientras tal vez aguardamos
ansiosamente la respuesta o la intervención de otro de los personajes, sin
darnos cuenta de que es uno mismo quien controla sus movimientos y su discurso
igual que hacemos con el propio.
¿Cómo pudo surgir
la idea de pluralidad (a la que con tanto ahínco se oponen los autores de las
Upanishads)? La conciencia se encuentra en sí misma en íntima conexión y
dependencia con el estado físico de una porción concreta de materia: el propio
cuerpo. (Reflexionemos sobre los cambios mentales que trae consigo el
desarrollo corporal, al atravesar etapas como la pubertad, la madurez, la
decrepitud, o sobre los efectos que producen la fiebre, las intoxicaciones, la
narcotización, las lesiones en el cerebro, etc.). Ahora bien, existe una gran
multitud de cuerpos semejantes. De aquí que la pluralidad correlativa de mentes
o conciencias aparezca como una hipótesis muy sugestiva. Probablemente, la may
oría de las personas sencillas e ingenuas del pueblo llano, y también la
inmensa may oría de los filósofos occidentales, lo aceptan así sin más.
Ello lleva, casi
inmediatamente, a inventar las almas, tantas cuantos cuerpos existen, y también
a preguntarse si son mortales como el cuerpo o si son inmortales y capaces de
existir por sí mismas. La primera alternativa resulta molesta, mientras que la segunda
francamente olvida, ignora o descuida los hechos sobre los que descansa la
hipótesis misma de la pluralidad. Otras cuestiones aún más tontas han llegado a
plantearse, como la de: ¿tienen alma también los animales? Se ha llegado
incluso a plantear la cuestión de si también las mujeres, o solamente los
hombres, tienen alma.
Este tipo de
derivaciones, aun siendo puramente hipotéticas, deben ser suficientes para
poner en duda la idea misma de pluralidad, que forma parte de todos los credos
oficiales occidentales. ¿Acaso no significaría incurrir en una estupidez aún
may or el tratar de descartar de esa idea sus más burdas supersticiones,
intentado ponerle « remedio» por el simple expediente de declarar que las almas
son perecederas y quedan aniquiladas a la vez que sus cuerpos respectivos?
La única
alternativa posible consiste en atenerse sencillamente a la experiencia
inmediata, según la cual la conciencia es un hecho en singular, sin plural
conocido; que no hay más que una sola cosa, y que lo que nos
parece una pluralidad de cosas no son más que una serie de aspectos diferentes
de esa única cosa, producto de un engaño (MAYA para los indios); que es la
misma ilusión que produce una galería de espejos o como Gaurisankar y el monte
Everest, que resultaron ser el mismo pico visto desde valles diferentes.
Por supuesto,
tenemos la mente llena de una serie de historias fantásticas que nos impiden
reconocer y aceptar un hecho tan simple. Por ejemplo, que aunque se diga que
hay un árbol detrás de mi ventana, y o realmente no veo el árbol; lo que y o
percibo es la imagen que del árbol real se forja en mi mente en virtud de no se
qué ingeniosos mecanismos de los que sólo hemos comenzado a explorar su fases
iniciales, relativamente sencillas. Si alguien está a mi lado y mira al mismo
árbol, también él consigue formarse una imagen del árbol en su alma. Cada uno
ve su árbol (que se parecen notablemente), pero ninguno sabemos qué o cómo es
el árbol en sí. La
paternidad de semejante extravagancia corresponde a Kant. En el orden de ideas
que considera a la conciencia como un singulare tantum todo
ello queda convenientemente sustituido por la afirmación de que evidentemente
no hay más que un solo árbol, y que todo el asunto de las
imágenes no son más que fantasmagorías.
Sin embargo, todos
tenemos la indiscutible impresión de que la suma total de las propias
experiencias y recuerdos forman una unidad, absolutamente distinta de la de
cualquier otra persona. A esa unidad le damos el nombre de « y o» . ¿Qué
es ese «yo»?
Si lo analizamos de
cerca, nos encontramos, creo y o, con poco más que una colección de datos
(experiencias y recuerdos) singulares, esto es, con el lienzo en que
todos ellos se contienen. En una íntima introspección, finalmente nos
encontramos con que lo que realmente queremos decir al referirnos al propio
« y o» no es más que
esa materia prima que sirve de soporte a todos aquellos datos. Podemos
marcharnos a un país lejano, perder de vista a todos nuestros amigos, podemos
incluso olvidarnos de ellos; pero adquirimos nuevos amigos y llegamos a
compartir con ellos la vida con igual intensidad que con los anteriores. Cada
vez va perdiendo importancia el hecho de acordarnos de nuestra vida anterior,
mientras vamos viviendo la nueva. Podemos llegar a hablar de nosotros mismos en
tercera persona: « El joven que era y o entonces» ; de hecho, es probable que
el protagonista de la novela que estamos ley endo nos resulte más emotivo, y
ciertamente más intensamente vivo y mejor conocido que aquél. Y, sin embargo,
no ha habido ninguna ruptura intermedia, ninguna muerte. Aun en el caso de que
un hipnotizador experto consiguiera sacar a flote todas nuestras antiguas
reminiscencias, no sentiríamos que aquel y o hubiera matado a nuestro yo
actual. No hay que deplorar la pérdida de ninguna existencia personal en ningún
caso.
Ni tampoco habrá que deplorarla
nunca.
Para la filosofía,
la dificultad real estriba en la multiplicidad espacial y temporal de
individuos observadores pensantes. Si todos los fenómenos tuvieran lugar en el
seno de una única conciencia, toda la situación sería
sumamente sencilla. Podríamos partir entonces de algo dado, de un simple dato,
y no tendríamos así que enfrentarnos a una dificultad de tanta magnitud como la
que tenemos de hecho entre manos.
No me parece
posible resolver esta dificultad lógicamente, a través de un pensamiento
riguroso, puramente intelectual. Pero resulta sumamente fácil expresar la
solución con palabras, de este modo: la pluralidad que percibimos es
solamente una apariencia, no es real. La filosofía vedántica, para
la que esta afirmación constituy e un dogma fundamental, ha intentado
explicarla a través de diversas analogías; una de las más atractivas es la de
un cristal tallado con multitud de caras, que reflejando alrededor cientos de
pequeñas imágenes de un único objeto existente situado frente a él, no lo
multiplica sin embargo en modo alguno. Los intelectuales de nuestros días no
estamos acostumbrados a admitir una analogía fundada en imágenes como argumento
a favor de una intuición filosófica; necesitamos fundarnos en deducciones
lógicas. Pero, en contra de esto, tal vez le resulte posible al pensamiento
lógico descubrir al menos esto: que intentar captar o comprender el fundamento
de los fenómenos a través del pensamiento lógico probablemente resulta
imposible, y a que el propio pensamiento lógico de por sí forma parte de los
fenómenos y está absolutamente implicado en ellos; podemos preguntarnos si, en
este caso, seguimos estando obligados a no tratar de formarnos una imagen
alegórica de la situación, a causa de la imposibilidad de probar la exactitud
de su correspondencia con la realidad. En un buen número de casos, el
pensamiento lógico puede conducirnos hasta un cierto punto y dejarnos luego en
la estacada. Cuando nos hallamos ante un área que es imposible de alcanzar
directamente a través de esa forma de pensamiento, pero a la que ésta parece
apuntar y conducir, podemos conseguir acceder a ella aprovechando la
convergencia de tales líneas de pensamiento hacia su núcleo central, en vez de
pararnos ante el hecho de que estas líneas se extinguen cada una de hecho antes
de llegar a él. Este procedimiento puede ay udarnos valiosamente a completar la
imagen que tenemos del mundo, y no
deberíamos juzgar
su valor de acuerdo con los criterios rigurosos, absolutamente inequívocos, de
que habíamos partido. De hecho, la ciencia ha acudido a este procedimiento en
cientos de casos, y hace tiempo que semejante proceder se considera justificado.
Más tarde
intentaremos ofrecer algún apoy o a favor de la concepción vedántica, señalando
sobre todo determinadas líneas del pensamiento moderno que convergen hacia
ella. Pero, primero, permítaseme ofrecer una breve descripción imaginativa de
una experiencia que puede también conducir a ella. La
situación concreta que se describe al comienzo a continuación podría ser
sustituida por cualquier otra con idéntico resultado; no tiene otro objetivo
que hacernos ver que hay situaciones que necesitan ser experimentadas,
y para las que no nos resulta suficiente un puro conocimiento conceptual.
Supongamos que
estoy sentado en un tronco junto a un sendero en una región de alta montaña.
Estoy rodeado de laderas cubiertas de hierba, de las que emergen aquí y ahí
abruptamente algunas rocas; en la ladera opuesta del valle diviso un pedregal
entreverado escasamente de arbustos de abedules. A ambos lados del valle, la
vegetación trepa en pendientes escarpadas hasta alcanzar la línea de pastos
donde cesa el arbolado; enfrente, remontándose desde las honduras del valle, se
y ergue poderoso un pico, de cuy a cumbre desciende un glaciar entre suaves
hondonadas cubiertas de nieve y agudas aristas rocosas, que en este momento
acarician, tiñéndolas de un suave color rosa, los últimos ray os del sol
poniente, destacándose todo ello en maravilloso contraste sobre el fondo azul,
pálido y transparente, del cielo.
Según la forma
ordinaria que tenemos de ver las cosas, todo eso que estoy viendo ha estado ahí
durante miles de años antes de ahora, fuera de algunos cambios sin importancia.
Dentro de algún tiempo, no mucho, y o habré dejado de existir, y esos bosques, esas
rocas y ese cielo seguirán estando ahí más o menos igual durante miles de años
después de que y o hay a desaparecido.
¿Qué es lo que me
ha sacado de la nada de un modo tan repentino, a fin de gozar por tan corto
rato de un espectáculo al que resulto absolutamente indiferente? Las
condiciones que han permitido que y o exista son casi tan antiguas como las
rocas que contemplo. Durante miles de años, me han precedido otros hombres que
se han esforzado, han sufrido, han engendrado, y otras mujeres que han parido a
sus hijos con dolor. Tal vez hace cien años estuvo aquí mismo sentado otro
hombre, y como y o, estuvo mirando esa luz feneciente reflejarse en el glaciar,
sintiéndose entre nostálgico y sobrecogido en su corazón. Como y o, había sido
engendrado por un hombre y había sido parido por una mujer. Había sentido penas
y breves alegrías en su vida, como y o mismo. ¿Era alguien distinto
de mí? ¿No era tal vez y o mismo? ¿En qué consiste mi y o? ¿Qué condiciones
fueron necesarias para que lo concebido esta vez fuera yo,
justamente yo y no otro? ¿Qué significado científico claramente
inteligible puede
realmente
corresponder a ese « otro» ? Si mi madre hubiese vivido con otra
persona distinta de mi padre y hubiese tenido de él un hijo, y mi padre hubiese
hecho otro tanto, ¿habría yo llegado a ser? ¿O es que acaso
vivía y o y a en ellos, y en los padres de mis padres, y así sucesivamente,
desde hace miles de años? E incluso si fuera así, ¿por qué y o no soy mi
hermano, o por qué mi hermano no es y o, o no soy y o alguno de mis primos
lejanos? ¿Qué es lo que justifica el que nos empeñemos tan obstinadamente en
descubrir esa diferencia —la diferencia entre mi propio y o y los demás— cuando
objetivamente lo que hay en todos es la misma cosa?
Al pensar y ver las
cosas de esta manera, es posible que de pronto caigamos en la cuenta de la
profunda verdad que alberga la convicción básica del Vedanta: no es posible que
esa unidad de conocimiento, de sentimiento y de decisiones a la que llamamos el propio y
a hay a saltado de la nada al ser en un momento dado hace apenas un poco
tiempo; más bien, ese conocimiento, sentimiento y decisión son en lo esencial
eternos, inmutables y numéricamente unos y los mismos en
todos los seres humanos, más aún, en todos los seres dotados de sensibilidad.
Pero no en el sentido de que cada uno de nosotros sea una parte o una porción
de un ser infinito y eterno, o un aspecto o modificación del mismo como en el
panteísmo de Spinoza. Porque entonces seguiríamos topándonos con la misma
pregunta embarazosa: ¿qué parte o qué aspecto soy yo? ¿Qué es lo
que objetivamente me diferencia de los demás? No es eso, sino que, por
inconcebible que resulte a nuestra razón ordinaria, todos nosotros —y todos los
demás seres conscientes en cuanto tales— estamos todos en todos. De modo que la
vida que cada uno de nosotros vive no es meramente una porción de la existencia
total, sino que en cierto sentido es el todo; únicamente, que ese
todo no se deja abarcar con una sola mirada. Eso es lo que, como sabemos,
expresa esa fórmula mística sagrada de los brahmines, que es no obstante tan
clara y tan sencilla: Tat twan asi,
« Eso eres tú» . O
también, lo que significan expresiones como « Yo estoy en el este y en el
oeste, y o estoy encima y debajo, yo soy el mundo entero» .
Podemos, pues,
tumbarnos sobre el suelo y estirarnos sobre la Madre Tierra con la absoluta
certeza de ser una sola y misma cosa con ella y ella con nosotros. Nuestros
cimientos son tan firmes e inconmovibles como los suy os; de hecho, mil veces
más firmes y más inconmovibles. Tan seguro como que mañana seré engullido por
ella, con igual seguridad volverá a darme de nuevo a la luz un día para
enfrentarse a nuevos trabajos y padecimientos. Y no solamente « un día» :
ahora, hoy, cada día, me da la luz continuamente, no y a una vez,
sino miles y miles de veces, lo mismo que me va devorando miles de veces cada
día. Porque eternamente, y siempre, no existe más que ahora, un
único y mismo ahora; el presente es lo único que no tiene fin.
Albert Einstein es
generalmente considerado, así sin más, como el más grande físico que hay a
existido jamás. Su contribución a la física ha sido ingente: las teorías
especial y general de la relatividad, el efecto cuántico fotoeléctrico, la
teoría del
movimiento browniano, la fórmula inmortal E = mc2. Fue galardonado
con el premio Nobel de Física en 1921.
Los capítulos
siguientes han sido tomados de su obra Ideas and Opinions (Nueva
York: Crown Publishers, 1954). [Versión castellana: Mis ideas y
opiniones]. Se ha descrito el misticismo de Einstein como una mezcla de
Spinoza
y Pitágoras; el
cosmos está presidido por un orden central, que puede ser captado por el alma a
través de la unión mística. Siempre estuvo profunda y devotamente convencido de
que, aunque la ciencia, la religión, el arte y la ética constituy en empeños
necesariamente distintos, la motivación que realmente suby ace en todos ellos
es el asombro ante la faz del « Misterio de lo Sublime» .
ELSENTIMIENTO CÓSMICO RELIGIOSO
Todo cuanto ha
hecho y pensado la raza humana tiene que ver con la satisfacción de necesidades
profundamente sentidas y con la mitigación del dolor. Es preciso tener esto
continuamente presente si se desea comprender el significado y evolución de los
movimientos espirituales. El sentimiento y el anhelo son las fuerzas
motivadoras que se esconden detrás de todo empeño y de toda creación humanos,
por elevada que sea la forma de que pueden revestirse. ¿Cuáles son entonces los
sentimientos y necesidades que han conducido al hombre al pensamiento y a las
creencias religiosas en el más amplio sentido de estas palabras? Una pequeña
reflexión bastará para mostrarnos cómo el nacimiento del pensamiento y la
experiencia religiosa están presididos por las más variadas emociones. En el
hombre primitivo, lo que evoca los conceptos religiosos es sobre todo el miedo
—miedo al hambre, a las fieras, a la enfermedad, a la muerte—. Como en este
estadio de la existencia la comprensión de las conexiones causales está aún muy
escasamente desarrollada, la mente humana tiende a crearse seres imaginarios,
más o menos semejantes a sí mismo, de cuy a voluntad y de cuy as acciones
dependen tales acontecimientos temidos. Intenta así asegurarse el favor de esos
seres llevando a cabo acciones u ofreciendo sacrificios que, de acuerdo con la
tradición recibida de generación en generación, consigan tenerlos propicios y
bien dispuestos hacia los mortales. Me refiero, en este sentido, a una religión
fundada en el miedo. Éste viene, si no creado, sí estabilizado por la formación
de una casta sacerdotal especial que se erige a sí misma en mediadora entre el
pueblo y los seres a quienes éste teme, estableciendo sobre esta base su propia
hegemonía. En muchos casos, el líder, el gobernante, o la clase privilegiada
que deriva su situación de otros factores, combina las funciones sacerdotales
con su autoridad secular, a fin de asegurarse ésta de un modo más firme; o
bien, los dirigentes políticos y la casta sacerdotal hacen causa común de sus
respectivos intereses.
Los impulsos
sociales son otra fuente de cristalización de la religión. El padre, la madre,
y los dirigentes de otras formas más amplias de comunidad humana, son mortales
y falibles. El deseo de sentirse amados, guiados y apoy ados inclina a los
humanos a formarse un concepto social o moral de Dios. Éste es el Dios
providente, que protege, dispone, recompensa y castiga; el Dios que, según sean
los límites de la
perspectiva del crey ente, ama y cuida la vida en cuanto tal; el que conforta
en las penas y en los anhelos insatisfechos; el que salva a las almas de la
muerte. Éste es el concepto social o moral de Dios.
Las sagradas
escrituras de los judíos constituy en un ejemplo admirable de evolución desde
una religión de miedo a una religión moral, evolución que se continúa en el
Nuevo Testamento. Las religiones de todos los pueblos civilizados, en especial
las de los pueblos orientales, son primariamente religiones morales. La
evolución de una religión basada en el miedo a una religión moral supone un
gran paso en la vida de los pueblos. Y, sin embargo, pensar que las religiones
primitivas estaban totalmente basadas en el miedo y las religiones de los
pueblos civilizados meramente sobre la moralidad constituy e un prejuicio
frente al que debemos estar en guardia. La verdad es que todas las religiones
suponen, de algún modo, una mezcla variada de ambos tipos, con una diferencia:
que en los niveles más elevados de la vida social, lo que predomina es la
religión de la moral.
Común a todas estas
concepciones religiosas es el carácter antropocéntrico de su idea de Dios. Por
lo general, sólo ciertos individuos excepcionalmente dotados o algunas
comunidades de una altura mental por encima de la norma consiguen elevarse de
un modo considerable sobre ese nivel. Pero la experiencia religiosa se
da también en un tercer nivel, presente en todas esas concepciones, si bien raramente
en forma pura: me refiero al sentimiento cósmico religioso. Resulta muy difícil
explicar esta sensación a quien no la hay a experimentado en absoluto,
particularmente al no llevar anejo ningún concepto antropomórfico
correspondiente de Dios.
El individuo siente
la futilidad de los deseos y aspiraciones humanas, y percibe al mismo tiempo el
orden sublime y maravilloso que se pone de manifiesto tanto en la naturaleza
como en el mundo del pensamiento. La existencia individual se le impone como una
especie de prisión, y ansía experimentar el universo como un todo único
significativo. Los albores del sentimiento cósmico religioso se dejan y a
sentir en fases tempranas de la evolución religiosa, concretamente en muchos de
los Salmos de David y en algunos profetas. En el budismo, según aprendimos
especialmente en algunos escritos maravillosos de Schopenhauer, aparece con
mucha may or fuerza este elemento.
Los genios
religiosos de todas las épocas se han distinguido por esta especie de
sentimiento religioso que no conoce dogmas ni concibe a Dios a imagen y
semejanza humana; y que carece por tanto de iglesia alguna que deba basar en
ellos sus principales enseñanzas. Por eso, es precisamente entre los herejes de
todos los tiempos entre quienes encontramos a esos hombres impregnados de esta
forma suprema de sentimiento religioso, y que en muchos casos fueron
considerados por sus contemporáneos como ateos, y también en otros como
santos. Mirados a
esta luz, hombres como Demócrito, Francisco de Asís y Spinoza son íntimamente
afines entre sí.
¿Cómo puede
comunicarse de una persona a otra el sentimiento cósmico religioso si no da
lugar a un concepto definido de Dios ni a una concreta teología? En mi opinión,
la función más importante que corresponde al arte y a la ciencia consiste en
despertar y en mantener vivo este sentimiento de quienes tienen capacidad de
recibirlo.
Llegamos así a una
concepción de la relación entre la ciencia y la religión muy diferente de la
ordinaria. Cuando abordamos históricamente este tema, nos sentimos inclinados a
considerar a la ciencia y la religión como antagonistas irreconciliables, y ello
por una razón evidente. Quien está plenamente convencido del alcance universal
de la ley de la causalidad no puede admitir ni por un momento la idea de que
algún ser pueda interferir en el curso de los acontecimientos —con tal que,
naturalmente, se tome realmente en serio la hipótesis de la causalidad—. Para
él, la religión del miedo no tiene ningún sentido, ni lo tiene tampoco la
religión moral o social. Le resulta inconcebible la idea de un Dios que premie
o castigue, porque las acciones humanas están sencillamente determinadas por la
necesidad, externa e interna, de modo que el ser humano no puede ser a los ojos
de Dios más responsable de lo que puede serlo un objeto inanimado de los
movimientos a que está sujeto. Se ha acusado, por tanto, a la ciencia de
socavar la moralidad, pero esa acusación es injusta. El comportamiento ético
del hombre debería estar efectivamente basado en criterios de compasión,
educación y lazos y necesidades sociales; no se precisa para nada una base
religiosa. Mal andaría la humanidad si su único freno fuese el miedo al castigo
o la esperanza de recompensa en la otra vida.
Resulta fácil
entonces entender por qué las iglesias han atacado siempre a la ciencia y han
perseguido a sus seguidores. Por otra parte, y o sostengo que el sentimiento
cósmico religioso constituy e la más fuerte y noble motivación de la
investigación científica. Solamente quienes pueden percatarse del inmenso
esfuerzo, y sobre todo de la devoción, que requiere trabajar como pionero en el
campo científico teórico, son capaces de comprender que semejante trabajo, por
alejado que pueda parecer de las realidades de la vida, sólo puede surgir de la
fuerza emocional vinculada a tal sentimiento. ¡Qué profunda convicción de la
racionalidad del universo, y qué ansia de comprender, aunque sólo fuera una
brizna de la mente creadora que revela este mundo, debieron de tener Kepler y
Newton, para hacerlos capaces de gastar años y años de solitario trabajo en el
empeño de desenmarañar los principios de la mecánica celeste! A aquellos cuy o
contacto con la investigación científica proviene principalmente de sus
aplicaciones prácticas les resulta fácil hacerse una idea completamente falsa
de la mentalidad de esos hombres que, en medio de un mundo escéptico, han sido
capaces de abrir el camino a otros espíritus afines desperdigados a lo largo y
ancho del mundo de
los siglos. Sólo quien ha dedicado su vida a empeños semejantes pueden hacerse
una idea vívida y adecuada de lo que inspiró a tales hombres y les proporcionó
la fuerza necesaria para permanecer fieles a su propósito a pesar de incontables
fracasos. Lo que proporciona a un hombre esa fuerza es el sentimiento cósmico
religioso. Un contemporáneo nuestro ha dicho, no sin razón, que en esta era
materialista en que vivimos, los únicos seres profundamente religiosos son
quienes trabajan con la máxima seriedad.
I
Durante el último
siglo y parte del anterior estaba ampliamente extendida la opinión de que entre
el conocimiento y la fe había un conflicto irreconciliable. En general, las
mentes avanzadas pensaban que había llegado la hora de ir sustituy endo cada
vez más la fe por el conocimiento; toda creencia que no descansase, ella misma,
sobre el conocimiento era una superstición, y en cuanto tal merecía ser
desechada. Según esta concepción, la única función de la educación consistía en
abrir paso al pensar y al saber, y la escuela, en cuanto órgano eminentemente
encargado de la educación del pueblo, debía servir exclusivamente a este
propósito.
Probablemente, el
punto de vista racionalista rara vez, si es que hay alguna, vendrá expresado de
una forma tan crasa; cualquier persona sensible podría darse cuenta
inmediatamente de lo unilateral de esa toma de posición. Pero si lo que se
desea es dilucidar mentalmente la naturaleza de una determinada tesis, lo mejor
puede ser exponerla de una forma desnuda y descarnada.
Es verdad que el
mejor apoy o que puede encontrar cualquier convicción proviene de la
experiencia y de la claridad de pensamiento. En este punto es preciso estar de
acuerdo sin reservas con el más extremado racionalista. El punto débil de
semejante concepción estriba, sin embargo, en que esta sólida vía científica es
incapaz por sí sola de ofrecer una base suficiente a aquellas convicciones que
condicionan y determinan la propia conducta y modo de pensar.
Efectivamente, el
método científico es incapaz de enseñarnos nada por encima y más allá del modo
como los hechos están relacionados y recíprocamente condicionados entre sí. La
aspiración a alcanzar un conocimiento objetivo semejante pertenece a lo mejor que
puede dar de sí el ser humano, y no creo que a nadie se le ocurra pensar que y
o intento minimizar los logros y heroicos esfuerzos del hombre en esta esfera.
No obstante, resulta igualmente claro el hecho de que el conocimiento de lo
que es, y ser incapaz, sin embargo, de deducir de ahí cuál debería
ser la meta de las aspiraciones humanas. El conocimiento
objetivo nos proporciona instrumentos poderosos para alcanzar
determinados fines,
pero el último fin en sí mismo, y el anhelo de alcanzarlo, deben provenir de
otra fuente. Y no creo que sea necesario argumentar a favor de una perspectiva
que sostiene que la existencia y la actividad humanas solamente adquieren sentido
a partir del establecimiento de tal objeto y de los valores correspondientes.
El conocimiento de la verdad como tal es algo maravilloso, pero sirve tan poco
de guía orientadora que ni siquiera alcanza a justificar y a demostrar el valor
de la misma aspiración al conocimiento de la verdad. Aquí nos tropezamos, pues,
con los límites de una concepción puramente racional de la existencia.
Pero no deberíamos
deducir de aquí que el pensar inteligente no desempeñe ningún papel en la
formación del objeto y de los juicios éticos. Cuando alguien se percata de que
para alcanzar un fin son necesarios ciertos medios, esos mismos medios se
convierten por ello en fin. La inteligencia nos permite aclarar la
interrelación entre los medios y fines. Pero el puro pensar no nos sirve para
orientarnos en lo relativo a los fines últimos y fundamentales. Precisamente,
la función más importante que tiene que cumplir la religión en la vida del
hombre consiste, en mi opinión, en ay udar al individuo a clarificar esos fines
y valores fundamentales, y arraigarlos en su vida emocional. Y si se pregunta
de dónde proviene la autoridad de esos fines fundamentales, y a que la mera
razón no basta para establecerlos ni para justificarlos, no cabe más que una
respuesta: en una sociedad sana están presentes en forma de tradiciones
poderosas, que influy en en la conducta, en las aspiraciones y en las opiniones
de los individuos; sencillamente están ahí, esto es, como cualquier otro ser
vivo, sin que sea necesario buscar una justificación a su existencia. Deben su
existencia no a demostración alguna, sino al hecho de haber sido reveladas a
través de ciertas personalidades poderosas. No se debe intentar justificarlas,
sino más bien dejarse impregnar por su naturaleza clara y simplemente.
Los supremos
principios en que se fundan nuestras aspiraciones y opiniones nos vienen dados
en la tradición religiosa judeocristiana. La meta que propone es tan elevada
que, en nuestra debilidad, sólo de un modo inadecuado podemos alcanzarla, pero
ofrece un fundamento seguro a nuestras aspiraciones y valores. Si tuviéramos
que despojar a esa meta de su vestidura religiosa y mirarla solamente desde el
lado puramente humano, tal vez cabría formularla así: alcanzar el desarrollo
libre y responsable del individuo, de modo que sea capaz de poner sus energías
libre y alegremente al servicio de toda la humanidad.
No hay aquí lugar a
la divinización de ninguna nación, de ninguna clase determinada, menos aún de
ningún individuo. ¿Acaso no somos todos hijos del mismo padre, según expresa el
lenguaje religioso? Realmente, ni siquiera la divinización de la humanidad, considerada
como una totalidad abstracta, sería acorde con el espíritu que encierra aquel
ideal. Solamente el individuo está dotado de alma. Y el sumo destino del
individuo es servir, antes que mandar o
imponer su voluntad del modo que sea.
Si se mira a la
esencia más que a la forma, esas palabras expresan asimismo una posición
fundamentalmente democrática. Un auténtico demócrata es igual de incapaz que un
hombre religioso —en el sentido que estamos dando a esta expresión— de venerar
a su nación como algo absoluto.
Si ponemos estos
elevados principios ante nuestros ojos, y los comparamos con la vida y el
espíritu que preside nuestra época, resulta evidente que la humanidad
civilizada se encuentra actualmente en un grave peligro. En los estados
totalitarios son los gobernantes mismos quienes se esfuerzan de hecho en
destruir ese espíritu humanitario. En otras partes menos amenazadas, el
nacionalismo y la intolerancia, y también la opresión ejercida sobre los
individuos por medios económicos, ponen en peligro a esas preciadas
tradiciones, llegando casi a sofocarlas.
La gente que piensa
se va dando cada vez más cuenta del peligro, y están llevándose a cabo
numerosas iniciativas a fin de intentar conjurarlo por los más diversos medios
—política nacional e internacional, legislación, organización en general—.
Estos esfuerzos son sin duda enormemente necesarios. Pero los antiguos sabían
algo que nosotros parecemos haber olvidado. Cualquier medio que no cuente tras
sí con un espíritu vivo no pasa de ser un instrumento romo. Pero si el anhelo
de llegar a la meta está vivo en toda su fuerza en nuestro interior, no ha de
faltarnos la fuerza necesaria para encontrar los medios que se requieren para
alcanzar el objetivo y traducirlo en hechos.
II
No sería difícil
llegar a un acuerdo sobre lo que entendemos por ciencia. La ciencia es el
intento centenario de asociar y conectar del modo más profundo posible, a
través del pensamiento sistemático, los fenómenos sensibles que se dan en este
mundo. Por decirlo claramente, es el intento de reconstruir a posteriori todo
cuanto existe por medio de la conceptualización. Pero si me pregunto qué es la
religión, no veo manera de responderme con tanta facilidad. E incluso si llego
a encontrar una respuesta que me parece lo suficientemente satisfactoria en
este momento determinado, sigo estando convencido de que jamás, en ninguna
circunstancia, podré ser capaz de conectar, ni siquiera en una pequeña medida,
los pensamientos de todos cuantos se han ocupado seriamente de esta cuestión.
En un principio,
por tanto, en vez de preguntar qué es la religión, preferiría preguntarme sobre
qué es lo característico de las aspiraciones de una persona religiosa, según y
o la entiendo: una persona iluminada por el sentimiento religioso es para mí alguien
que, en la medida de sus posibilidades, se ha liberado de los grilletes de sus
propios deseos egoístas y alienta pensamientos, sentimientos y
deseos de carácter
suprapersonal. Lo que me parece importante es la fuerza de ese contenido
suprapersonal y la profunda convicción sobre la trascendencia de su
significado, dejando aparte el hecho de si hay o no un intento de unir ese
contenido con un ser divino, pues de otra forma no sería posible considerar
igualmente a Buda y a Spinoza como personalidades religiosas. Por
consiguiente, una persona religiosa o devota lo es en el sentido de que
no tiene la menor duda de la significación y carácter elevadísimo de esos
contenidos y metas suprapersonales y que no pueden ni necesitan ser
fundamentales de modo racional. Su existencia posee la misma necesidad y
evidencia que la suy a misma. En este sentido, la religión es el
intento centenario de la humanidad por alcanzar una conciencia clara y total de
esos valores y objetivos, y por fortalecer y difundir continuamente su influjo.
Así concebidas la ciencia y la religión, no cabe conflicto alguno entre ellas.
Porque la ciencia se limita a hacer afirmaciones sobre lo que es,
pero no sobre lo que debería ser, y fuera de su campo siguen siendo
necesarios otros juicios de valor de todo tipo. La religión, por el contrario,
no sólo se ocupa de valorar los pensamientos y las acciones humanas: no está en
modo alguno justificada para hablar de hechos y de relaciones entre los mismos.
Siguiendo esta interpretación, debemos considerar a todos los bien conocidos
conflictos entre la ciencia y la religión en el pasado como productos de un mal
entendimiento de la situación que hemos descrito.
Puede surgir, por
ejemplo, un conflicto si una determinada comunidad religiosa se empeña en
sostener la absoluta veracidad de cuantas afirmaciones se contienen en la
Biblia. Eso significa una intrusión por parte de la religión en la esfera de la
ciencia; es el caso de la lucha de la Iglesia contra las doctrinas de Darwin y
Galileo. Por su parte, también ha sido frecuente el intento de ciertas
personalidades representativas de la ciencia de llegar a formular conclusiones
fundamentales en torno a metas y valores sobre la base del método científico, y
se han declarado consiguientemente enemigos de la religión. Todos estos
conflictos han provenido de errores fatales.
Ahora bien, aun
cuando en sí mismos los campos de la ciencia y la religión están claramente
delimitados entre sí, existen sin embargo entre ellos fuertes relaciones y
dependencias recíprocas. Aunque pueda corresponder a la religión determinar los
objetivos, ésta ha aprendido, no obstante, de la ciencia, en su más amplio
sentido, qué medios podrán contribuir mejor a alcanzar aquellas metas. Pero la
ciencia sólo puede ser creada por quienes están profundamente imbuidos del
anhelo de verdad y comprensión. La fuente de estos sentimientos proviene, sin
embargo, de la esfera religiosa. A ella pertenece también la fe en la
posibilidad de que las normas que rigen al mundo de lo existente sean
racionales, esto es, asequibles por medio de la razón. No puedo concebir a un
auténtico científico que carezca de esa profunda fe. Todo esto puede expresarse
con una imagen: la ciencia sin la religión está coja, y la religión, sin la
ciencia, ciega.
Aunque he afirmado
antes que, ciertamente, no cabe un auténtico conflicto entre la ciencia y la
religión, es preciso no obstante matizar esa afirmación un poco más en torno a
un punto esencial y con referencia al contenido de hecho de las religiones históricas.
La matización tiene que ver con el concepto de Dios. Durante el período de
juventud de la evolución espiritual de la humanidad, la fantasía humana se
forjó dioses a su propia imagen y semejanza, atribuy éndoles la supuesta
facultad de determinar o al menos influenciar de algún modo el mundo
fenoménico. Por medio de la magia y de la oración, el hombre intentaba
conciliarse la voluntad favorable de estos dioses. La idea de Dios que se
enseña en las religiones en el presente es una sublimación de aquel antiguo
concepto acerca de los dioses. Su carácter antropomórfico queda puesto de
relieve, por ejemplo, por el hecho de que los hombres acuden en oración al Ser
Divino para implorar el cumplimiento de sus deseos.
Ciertamente, nadie
se atreverá a negar que la idea de la existencia de un Dios personal
omnipotente, justo y providente puede servir al hombre de ay uda, solaz y
orientación; además, por su propia simplicidad, es una idea accesible hasta
para las mentes menos desarrolladas. Pero, por otra parte, esta idea lleva
anejos una serie de puntos débiles decisivos, que se han dejado sentir
dolorosamente a lo largo de la historia. Esto es, si ese ser es omnipotente,
entonces todo cuanto ocurre —incluy endo todo pensamiento, toda acción y todo
sentimiento y deseos humanos— es también obra Suy a; ¿cómo es posible seguir
considerando a los hombres responsables de sus pensamientos y acciones en
presencia de un Ser todopoderoso? En cierta medida, al distribuir premios y castigos
se estaría juzgando a Sí mismo. ¿Cómo puede esto conciliarse con la bondad y
justicia que se le atribuy en?
La fuente principal
de conflictos entre las esferas científica y religiosa en el presente reside en
ese concepto de un Dios personal. La ciencia aspira a establecer normas
generales que determinen las conexiones recíprocas entre objetos y
acontecimientos en el espacio y en el tiempo. Estas normas o ley es naturales
necesitan estar dotadas de una validez absolutamente general —aun no estando
comprobada—. Son ley es fundamentalmente pragmáticas, y la fe en principio en
su posible cumplimiento universal sólo se basa en éxitos parciales. Pero
difícilmente encontraremos a nadie que se atreva a rechazar esos éxitos
parciales atribuy éndolos a un autoengaño humano. El hecho de que, con base en
esas ley es, podamos predecir con gran precisión y certidumbre el comportamiento
en el tiempo de determinados fenómenos está sin duda profundamente arraigado en
la conciencia del hombre moderno, incluso habiendo comprendido personalmente
muy poco del contenido de tales ley es. Le basta con pararse a pensar que se
pueden calcular por adelantado con gran exactitud los movimientos planetarios
en nuestro sistema solar con un número limitado de ley es de formulación
sencilla. De modo semejante, aunque no con
igual precisión, es
posible calcular por adelantado el comportamiento de un motor eléctrico, o un
sistema de transmisión, o un aparato de radio, aun tratándose de un invento
nuevo.
Es verdad que
cuando el número de factores que entran en juego en un complejo de fenómenos es
excesivamente amplio, el método científico falla en la may oría de los casos.
Bástenos pensar en el tiempo atmosférico, en donde resulta imposible hacer
predicciones ni siquiera aproximadas para dentro de pocos días. Sin embargo,
nadie pone en duda que también aquí nos hallamos ante una serie de conexiones
causales cuy os componentes nos resultan fundamentalmente conocidos. Lo que
ocurre en este campo se escapa del alcance de toda predicción exacta a causa de
la diversidad de factores en juego, no porque no hay a un orden en la
naturaleza.
En el reino de los
seres vivos no hemos sido capaces de detectar regularidades en una medida tan
profunda, pero, a pesar de todo, hemos profundizado lo suficiente como para
captar al menos el hecho de estar regido también por unas pautas fijas,
necesarias. No tenemos más que pensar en el orden sistemático por el que se
rigen las ley es de la herencia, o en el efecto que producen en todo caso en el
organismo de los seres vivos los venenos, o el alcohol, pongamos por caso. Lo
que nos sigue faltando aquí es el conocimiento de unas conexiones lo
suficientemente profundas, pero conocemos la existencia de orden en cuanto tal.
Cuanto más imbuido
está el ser humano de la ordenada regularidad que rige todos los
acontecimientos, tanto más firme se vuelve su convicción de que no hay en ella
espacio para la intervención de causas de otra naturaleza. Para él, ni la
voluntad humana ni la divina existen como causas independientes de los sucesos
naturales. Es cierto que la doctrina de un Dios personal capaz de interferir en
esos sucesos naturales nunca podrá ser refutada, en el sentido real
de la palabra, por la ciencia, pues esa doctrina siempre podrá retirarse a
buscar refugio en los dominios adonde el conocimiento científico no ha llegado
aún a plantar su pie.
Pero estoy
persuadido de que un comportamiento semejante por parte de los partidarios de
la religión no sólo sería indigno, sino también fatal para ellos mismos. Porque
una doctrina que no es capaz de sostenerse a sí misma a plena luz, sino tan
sólo en la oscuridad, necesariamente acaba perdiendo su influencia sobre la
humanidad, y produciendo un daño incalculable al progreso humano. En su lucha
en beneficio de la ética, los profesores de religión deberían ser capaces de
renunciar a la doctrina de un Dios personal, es decir, deberían de dejar de
lado esa fuente de miedos y esperanzas que en el pasado llegó a poner tales
dosis de poder en manos de los sacerdotes. Deberían sacar partido en su trabajo
de esas fuerzas presentes en la humanidad en cuanto tal y capaces de hacerle
perseguir lo Bueno, lo Verdadero y lo Bello para sí. Ésta es, con toda
seguridad, una tarea bastante más difícil, pero incomparablemente más digna y
necesaria.
Si los profesores
de religión cumplieran el proceso indicado, seguramente reconocerían con
alegría que la auténtica religión había salido ennoblecida y profundamente
enriquecida de su contacto con el conocimiento científico.
Si uno de los
objetivos de la religión consiste en liberar a la humanidad de la traba que
suponen los miedos, deseos y anhelos egocéntricos, es posible que el
razonamiento científico pueda echar también aquí una mano a la religión. Aunque
es verdad que lo que la ciencia persigue es descubrir reglas que permitan
asociar y predecir determinados hechos, ése no es su único objetivo. También
pretende reducir las conexiones descubiertas al menor número posible de
elementos conceptuales mutuamente independientes. Es aquí —en ese esfuerzo por
unificar racionalmente la multiplicidad de elementos— donde la ciencia alcanza
sus más grandes éxitos, incluso si es precisamente ese intento el que le hace
correr el riesgo de quedar presa de sus propias ilusiones. Pero cualquiera que
hay a experimentado la intensa satisfacción que produce todo avance logrado en
este campo, siente una profunda reverencia por la racionalidad que se pone de
manifiesto en todo lo que existe. Con esta comprensión consigue liberarse en
gran medida de los embates de sus propios deseos y temores personales,
adoptando con ello una actitud de humildad mental frente a la grandeza de la
razón encarnada en la existencia, y que en lo más hondo de sus profundidades
resulta inaccesible al ser humano. Ahora bien, esta actitud, a mi modo de ver,
es una actitud religiosa en el más alto sentido de la palabra. Y así, me parece
que la ciencia no sólo es capaz de purificar el impulso religioso de la ganga
de su peculiar antropomorfismo, sino que contribuy e también a espiritualizar
de forma religiosa la propia comprensión de la existencia.
Interpretar así la
religión supone hacer depender a la ciencia de actitudes religiosas, cosa que,
en nuestra época predominantemente materialista, se pasa por alto con excesiva
facilidad. Aunque es verdad que los resultados científicos son enteramente independientes
de cualquier tipo de consideraciones morales o religiosas, también es cierto
que justamente aquellos hombres a quienes la ciencia debe sus logros más
significativamente creativos fueron individuos impregnados de la convicción
auténticamente religiosa de que este universo es algo perfecto y susceptible de
ser conocido por medio del esfuerzo humano de comprensión racional. De no haber
estado dotada esta convicción de una fuerte carga emocional, y de no haber
estado inspirados en su búsqueda por el Amor Dei Intellectualis de
Spinoza, difícilmente habrían podido dedicarse a su tarea con esa
infatigable devoción, la única que permite al hombre llegar a las más
encumbradas metas.
Sir James Jeans fue
matemático, físico y astrónomo. Aportó contribuciones decisivas a la teoría de
la dinámica de los gases, a la teoría matemática del electromagnetismo, al
conocimiento de la evolución de las estrellas gaseosas y al de la naturaleza de
las nebulosas, por no citar sino unas pocas entre ellas. El título de sir le
fue concedido en 1924, y acabó convirtiéndose en uno de los más eminentes y
populares filósofos de la ciencia.
Los capítulos
siguientes están tomados de su obra The Mysterious Universe (Cambridge
University Press, 1931). [Versión en castellano: El misterioso universo].
Sir Jeans llega a la conclusión de que, puesto que el mundo físico sólo a través
de las matemáticas nos resulta comprensible, podemos afirmar finalmente con
toda razón, por usar su frase favorita, que « Dios es un matemático, y el
universo está empezando a parecerse más a un gran pensamiento que a una gran
maquinaria» . Jeans se apresura a aclarar que habla como filósofo, no como
científico, pero su misticismo de corte pitagórico le inspira un estilo que le
permite abarcar ambas vertientes de un modo a la vez encantador, riguroso y
lleno de ingenio.
EN LA MENTE DE
ALGÚN ESPÍRITU ETERNO
El hecho
fundamental es sencillamente que todas las imágenes o
descripciones que da hoy día la ciencia de la naturaleza, y que parecen ser las
únicas capaces de concordar con los hechos sometidos a observación, son
imágenes matemáticas.
La may oría de los
científicos estaría de acuerdo en admitir que no se trata nada más que de
imágenes, o ficciones, si lo preferimos, entendiendo por ficción el hecho de no
haber llegado la ciencia a estar en contacto con la realidad última. Muchos
sostendrían que, desde un amplio punto de vista filosófico, el logro más
sobresaliente de la física en el siglo XX no ha sido la teoría de la
relatividad al combinar conjuntamente el espacio y el tiempo, ni la teoría
cuántica con su actual aparente negación de las ley es de la causalidad, ni la
disección del átomo
y el consiguiente
descubrimiento de que las cosas no son lo que parecen; es el reconocimiento
universal de que aún no nos hemos puesto en contacto con la realidad última.
Por emplear los términos del conocido símil de Platón, seguimos estando
prisioneros en la caverna, de espaldas a la luz, y sólo podemos ver las sombras
que se reflejan en el muro. Por el momento, la única tarea que la ciencia tiene
inmediatamente ante sí consiste en estudiar esas sombras, clasificarlas y
explicarlas del modo más simple posible. Y en medio del torrente sorprendente
de nuevos conocimientos, lo que vamos encontrando es que el modo más claro, más
completo y más natural de explicarlos es la vía de las matemáticas, la
explicación en términos conceptuales matemáticos. Es cierto, aunque en un
sentido algo diferente del propuesto por Galileo, que « el gran libro de la
Naturaleza está escrito en lenguaje matemático» . Es tan cierto que nadie,
excepto los matemáticos, puede esperar una completa comprensión de las ramas científicas
que intentan arrebatar el secreto fundamental de la naturaleza: la teoría de la
relatividad, la teoría cuántica y la mecánica ondulatoria.
Las sombras que
arroja la realidad, proy ectándolas sobre el muro de la caverna, podrían a
priori haber sido muy diferentes. Podríamos concebir que hubieran estado
totalmente desprovistas de sentido para nosotros, igual de ininteligible que
resultaría una película sobre el desarrollo de tejidos microscópicos para un
perro que se hubiera colado por error en la sala donde estaba siendo proy
ectada. Realmente, nuestro planeta es algo tan infinitesimal
comparado con la
inmensidad del universo, y nosotros mismos —únicos seres pensantes, según
parece, en todo el espacio— somos según todas las apariencias algo tan
accidental, tan alejado del esquema fundamental del universo, que a priori lo
más probable es que cualquiera que sea el significado global que pueda tener el
universo, éste trascienda enteramente nuestra limitada experiencia humana, y
resulte por tanto completamente ininteligible para nosotros. De ser ello así,
no habríamos podido encontrar apoy o alguno desde el cual iniciar nuestra
exploración sobre el auténtico significado del universo.
Aunque esa
posibilidad sea la más probable, no es imposible que algunas de las sombras
proy ectadas en el muro de nuestra caverna pudieran sugerirnos objetos o
acciones con los que nosotros, habitantes de la caverna, estuviéramos y a
familiarizados. La sombra de un cuerpo mientras cae se comporta como el mismo
cuerpo que cae, y eso nos haría acordarnos de otras cosas que habríamos
nosotros dejado caer, si bien estaríamos tentados de interpretar tales sombras
en términos mecánicos. Esto explica la física mecanicista del siglo pasado; las
sombras recordaban a nuestros predecesores científicos el comportamiento de
cosas para ellos conocidas, como gelatinas, trompos, palancas y engranajes, por
lo cual, confundiendo la sombra con la sustancia, creían ver ante ellos un
universo compuesto de sustancias gelatinosas e ingenios mecánicos. Hoy en día
somos conscientes de lo inadecuado de esa interpretación: no consigue explicar
los fenómenos más simples, como la propagación de la luz, la composición de las
radiaciones, la caída de una manzana, o el torbellino de electrones en el
interior del átomo.
Asimismo, la sombra
de una partida de ajedrez que estuvieran jugando a la luz del día dos
jugadores, nos recordaría las partidas de ajedrez que nosotros mismos hemos
jugado en el interior de la caverna. De vez en cuando podríamos reconocer el
movimiento de un alfil, o el movimiento simultáneo del rey y la torre al
enrocarse, o discernir algún otro movimiento característico, y tan semejante a
los que conoceríamos y a por la práctica, que difícilmente podríamos atribuirlo
a un mero azar. No pensaríamos entonces y a en describir la realidad externa en
términos mecánicos; tal vez los detalles en su modo de operar puedan ser
mecánicos, pero esencialmente responden a una realidad de orden mental, de
pensamiento: podríamos llegar a reconocer que los jugadores que están jugando
la partida de ajedrez a la luz del sol son seres regidos por mentes semejantes
a las nuestras; encontraríamos que nuestros propios pensamientos tenían también
su contrapartida en la realidad, esa realidad que permanece eternamente
inaccesible a nuestra directa observación.
Así, cuando los
científicos estudian el mundo de los fenómenos, las sombras que la realidad
proy ecta sobre el mundo de nuestra caverna, no encuentran que esas sombras
sean totalmente ininteligibles, pues no parecen representar objetos que nos
resulten totalmente desconocidos o ajenos. Más bien, creo y o podemos
reconocer a unos
jugadores de ajedrez a plena luz que parecen estar bien familiarizados con las
reglas del juego tal como nosotros mismos las habíamos formulado en el
interior de nuestra caverna. Dejando a un lado la metáfora, la naturaleza
parece responder en muy buena medida a las reglas matemáticas puras, tal como
nuestros matemáticos las han formulado en el curso de sus estudios, sacándolas
del interior de su propia conciencia sin basarse apreciablemente en su propia
experiencia del mundo exterior. Por « matemáticas puras» entendemos esos
sectores matemáticos producto del pensamiento puro, del operar de la razón
exclusivamente dentro de su propia esfera, por contraste con las « matemáticas
aplicadas» que razonan basándose en el mundo externo, después de haber extraído
de él alguna supuesta propiedad considerada como materia prima del mismo.
Descartes, en su búsqueda de un ejemplo de producto del pensamiento puro,
incontaminado de toda observación (racionalismo), escogió el hecho de que la
suma de los tres ángulos de un triángulo era necesariamente igual a la suma de
dos ángulos rectos. Fue, según sabemos hoy, una elección particularmente
desafortunada. Podría haber elegido igualmente otras opciones bastante menos
objetables, como por ejemplo las ley es de la probabilidad, o las reglas de
manipulación de los números « imaginarios» —esto es, aquéllos que contienen las
raíces cuadradas de cantidades negativas—, o la geometría multidimensional.
Todas estas ramas de la matemática han sido elaboradas originariamente por
matemáticos en términos de pensamiento abstracto, prácticamente sin ningún
influjo proveniente del contacto con el mundo exterior, y sin fundarse para
nada en la experiencia: forman un mundo independiente creado a partir de la
inteligencia pura.
Pues bien, ahora
resulta que el juego de sombras que describimos como la caída al suelo de una
manzana, el flujo y reflujo de las mareas, el movimiento de los electrones en
el interior del átomo, vienen producidos por actores que parecen responder muy
bien a esos conceptos puramente matemáticos a esas reglas del juego de ajedrez
que nosotros mismos habíamos formulado hace tiempo, mucho antes de descubrir
que las sombras sobre el muro estaban jugando al ajedrez.
Cuando intentamos
descubrir la naturaleza de la realidad que se oculta detrás de las sombras, nos
vemos enfrentados al hecho de no poder ni siquiera hablar de esa naturaleza
última de las cosas, a menos que contemos con algunos patrones de referencia
extraños a ellas con los cuales poder compararlas. Por esta razón, empleando la
expresión de Locke, « la esencia real de las sustancias» no puede jamás ser
reconocida. Del único modo que podemos avanzar es tratando de entender las ley
es que rigen los cambios de las sustancias y dan así origen a los fenómenos del
mundo externo. Y comparar aquéllas luego con las creaciones abstractas de
nuestra propia mente.
Por ejemplo, un ingeniero sordo que
estuviera estudiando el funcionamiento
de una pianola
podría intentar primero interpretarla como una máquina, pero quedaría
desconcertado por la continua reiteración de los intervalos 1, 5, 8 y 13 en el
movimiento de las teclas. Un músico sordo, aun siendo incapaz de oír nada,
reconocería inmediatamente esa sucesión numérica como los intervalos de un
acorde común, en tanto que otras sucesiones numéricas menos frecuentes le
sugerirían otros acordes musicales. De esa forma, sería capaz de reconocer la
afinidad existente entre sus propios pensamientos y los pensamientos que dieron
como resultado la creación de una pianola; podría decir que ésta había surgido
del pensamiento de algún músico. Del mismo modo, el estudio científico de la
acción del universo nos ha llevado a una conclusión que, aunque de una forma un
tanto burda y totalmente inadecuada dado que no contamos con otro lenguaje que
el que se deriva de nuestros conceptos y experiencias terrenas, puede resumirse
en la afirmación de que el universo parece haber sido diseñado por un matemático
puro.
Esta afirmación se
presta en buena medida al reproche de estar meramente queriendo moldear la
naturaleza de acuerdo con unas ideas preconcebidas. El músico, se dirá, puede
estar tan engolfado en la música, que acabe encontrando el modo de interpretar
cualquier pieza del mecanismo como un instrumento musical; el hábito de
considerar cualquier intervalo como un intervalo musical está tan arraigado en
él, que si cay ese escaleras abajo saltando por los escalones numerados, del 1
al 5, al 8 y al 13, sería capaz de encontrar música en su propia caída.
Asimismo, un pintor cubista no puede ver otra cosa que cubos en toda la
indescriptible riqueza de la naturaleza, y la irrealidad de sus cuadros muestra
lo lejos que se encuentra de comprenderla; sus lentes cubistas actúan como
filtros que le impiden ver más de una minúscula porción del mundo ingente que
le rodea. Así también, podría decirse, los matemáticos sólo ven la naturaleza a
través del filtro que ellos mismos se han fabricado. Se nos puede recordar que
el propio Kant, hablando de los diversos modos de percepción por medio de los
cuales aprehende la naturaleza la mente humana, llega a la conclusión de que
ésta está particularmente inclinada a ver la naturaleza a través de unas lentes
matemáticas. Así como alguien que llevara unas gafas azules no podría ver más
que un mundo azul, así también pensaba Kant, nosotros, debido a esa inclinación
de nuestra mente, tendemos a ver únicamente un mundo matemático. ¿Se reduce
nuestra argumentación a servir de ejemplo de esa antigua trampa, si es que lo
es?
Una breve reflexión
servirá para mostrarnos que no se reduce a eso toda la historia. La nueva
interpretación matemática de la naturaleza no puede provenir enteramente de las
lentes que usamos —de nuestro modo subjetivo de considerar el mundo exterior—,
porque, de ser así, lo habríamos visto de esa forma hace mucho tiempo. En su
calidad y modo de operar, la mente humana era igual hace un siglo que hoy en
día; el enorme cambio operado recientemente en la perspectiva científica es el
resultado de un ingente progreso del conocimiento
científico, y no
proviene de ningún cambio operado en la mente humana; hemos descubierto algo
nuevo y hasta ahora desconocido en el universo objetivo exterior a nosotros.
Nuestros remotos antecesores intentaron interpretar la naturaleza de acuerdo
con conceptos antropomórficos creados por ellos mismos, y fracasaron. Los
esfuerzos de otros antecesores nuestros más cercanos, intentando interpretar la
naturaleza de acuerdo con patrones ingenieriles, resultaron igualmente
inadecuados. La naturaleza se resistía a acomodarse a ninguno de esos moldes
creados por el hombre. Por el contrario, los esfuerzos por interpretar la
naturaleza en términos conceptuales puramente matemáticos han demostrado hasta
ahora tener un éxito brillante. Parecería, pues, estar ahora fuera de duda el
hecho de que, de algún modo, la naturaleza se encuentra más íntimamente
vinculada a conceptos puramente matemáticos, que a otros procedentes de la
biología o de la ingeniería, e incluso, si la interpretación matemática no es
sino un tercer molde fabricado por el hombre, lo que puede decirse es que al
menos se ajusta a la naturaleza objetiva incomparablemente mejor que los dos
ensay ados con anterioridad.
Hace cien años,
cuando los científicos trataban de interpretar el mundo de un modo mecánico, no
hubo ninguna voz prudente que surgiera para avisarles de que la concepción
mecanicista estaba abocada a revelarse finalmente como inadecuada —que el
universo fenoménico no podría encontrar sentido a menos de proy ectarlo en una
pantalla conceptual puramente matemática—: de haber surgido un argumento
convincente en este sentido, la ciencia podría haberse ahorrado mucho trabajo
infructuoso. Si viene ahora el filósofo diciendo: « Lo que habéis descubierto
no es nada nuevo: y o podía haberos dicho desde entonces que eso tenía que ser
así» , el científico puede preguntarle con toda razón: « ¿Por qué, entonces, no
nos lo advertiste, cuando habríamos podido valorar realmente esa información?»
.
Lo que pretendemos
decir es que el universo parece hoy día ser matemático en un sentido diferente
del que Kant contempló o pudo incluso haber contemplado. En resumen, las
matemáticas entran en el universo desde arriba, no desde abajo.
En cierto sentido,
se puede argumentar que todo es matemático. La forma matemática más sencilla es
la aritmética, la ciencia que trata de los números y de las cantidades, y toda
la vida está penetrada de aritmética. Por ejemplo, el comercio, que se reduce
en gran medida a una serie de operaciones de contabilidad, almacenaje, etc., es
en un sentido una operación matemática. Pero no es en este sentido en el que el
universo parece hoy día ser una realidad matemática.
También todo
ingeniero tiene que tener algo de matemático; si necesita calcular y predecir
con precisión el comportamiento mecánico de los diversos materiales tiene que
hacer uso de conocimientos matemáticos y contemplar
estos problemas a
través de lentes matemáticas, por así decir. Pero, una vez más, no es de esa
forma como la ciencia ha empezado a considerar al universo como algo
matemático. Las matemáticas del ingeniero difieren de las del tendero solamente
por ser mucho más complejas. Pero siguen siendo un mero instrumento de cálculo;
en vez de evaluar el monto del pasivo o los beneficios, calcula tensiones y
vectores o corrientes eléctricas.
Por otra parte,
cuenta Plutarco que Platón acostumbraba a decir que Dios geometriza eternamente
—πλάτων έλεγε τόν θεόν άεί γεωμετφείν— y monta un coloquio imaginario para
discutir lo que Platón quería decir con ello. Claramente, quería decir algo
completamente distinto de lo que damos a entender cuando decimos que un
banquero siempre aritmetiza, después de todo. Algunas de las interpretaciones
que transmite Plutarco son las siguientes: que Platón había dicho que la
geometría pone límites a lo que de otra forma sería ilimitado, y que había
afirmado que Dios había construido el mundo sobre la base de los cinco sólidos
regulares —según él, las partículas de tierra, aire, fuego y agua tenían la
forma de cubos, octaedros, tetraedros e icosaedros respectivamente, en tanto
que el universo como tal estaba configurado en forma de un dodecaedro—. A esto
podría tal vez añadirse la creencia de Platón de que las distancias del sol, la
luna
y los planetas
seguían « una proporción de intervalos dobles» , queriendo sugerir con ello la
secuencia de números íntegros que son potencias de 2 o de 3, o sea: 1, 2, 3, 4,
8, 9, 27.
De todas estas
consideraciones, la única que puede retener una brizna de validez es la primera
—el universo de la teoría de la relatividad es finito justamente por ser
geométrico—. La idea de que los cuatro elementos y el universo en sí están de
algún modo relacionados con los cinco sólidos regulares es por supuesto mera
fantasía, y las auténticas distancias del sol, la luna y los planetas no
guardan la menor relación con la secuencia numérica de Platón.
Dos mil años
después de Platón, Kepler gastó mucho tiempo y energía tratando de poner en
relación los tamaños de las órbitas planetarias con los intervalos musicales y
las construcciones geométricas; posiblemente, también él esperaba descubrir que
las órbitas habían sido dispuestas por un músico o por un geómetra. Por un
breve momento, crey ó haber descubierto que las proporciones de las órbitas
guardaban relación con la geometría de los cinco sólidos regulares. De haber
conocido Platón este supuesto hecho, ¡qué prueba habría visto en él de las
propensiones geometrizantes de la divinidad! El propio Kepler escribió: « El
intenso placer que me ha producido este descubrimiento es algo indecible con
palabras» . Innecesario es decir que ese gran descubrimiento era un puro
engaño. De hecho, es algo ridículo para nuestra mente moderna; nos resulta
inconcebible pensar en el sistema solar como un producto acabado, inalterado
hoy, igual a cuando salió de las manos del creador; sólo podemos concebirlo
como algo en perpetuo cambio y evolución, en trance de elaborar su propio
futuro partiendo
siempre del pasado.
No obstante; si nos las arreglamos para dar un giro lo suficientemente medieval
a nuestro pensamiento y nos dejamos imaginar algo tan fantástico como que las
conjeturas de Kepler hubieran resultado ser verdaderas, está claro que él se
habría sentido con derecho a extraer de ahí alguna conclusión. Las matemáticas
que habría descubierto en el universo habrían sido algo más de lo que él mismo
hubiera puesto en él, y podría haber argumentado legítimamente que, inherentes
al universo, había unas matemáticas adicionales a las que él mismo había usado
para intentar arrebatarle su secreto; podría haber argumentado, usando el
lenguaje antropomórfico, que su descubrimiento indicaba que el universo había
sido diseñado por un geómetra. Y no necesitaría inquietarse ante la crítica de
que las matemáticas por él descubiertas en el universo provenían meramente de
sus propias lentes matemáticas, más de lo que se inquietaría un pescador, que
acaba de pescar un gran pez usando uno pequeño como cebo, si alguien comentara:
« Sí, pero y o te he visto cómo ponías tú mismo el pez en el anzuelo» .
Pongamos otro
ejemplo de lo mismo menos fantástico y más moderno. Hace cincuenta años, cuando
estaba muy en el candelero el tema de la comunicación con el planeta Marte, se
deseaba comunicar a los supuestos marcianos que en el planeta Tierra existían
seres pensantes, pero el problema estribaba en encontrar un lenguaje
comprensible para ambas partes. Se sugirió que el lenguaje más adecuado era el
puramente matemático; se propuso encender cadenas de grandes fogatas en el
Sahara, que formaran un diagrama ilustrativo del famoso teorema de Pitágoras,
de que la suma de los cuadrados de los catetos de un triángulo equilátero es
igual al cuadrado de la hipotenusa. Esa señal probablemente no tendría
significado alguno para la may oría de los habitantes de Marte, pero se argüía
que, de haber matemáticos en Marte, seguramente la reconocerían como obra de
otros matemáticos de la Tierra. Obrando así, no estarían expuestos al reproche
de estar viendo matemáticas en todas partes. Y, en mi opinión, la situación es
bastante semejante, mutatis mutandis, a las señales del mundo de la realidad
exterior, que proy ecta sus propias sombras en el muro de la caverna en donde
estamos prisioneros. No podemos interpretar esas sombras como procedentes de
actores vivos, ni como proy ectadas por una máquina, pero el matemático puro
puede reconocerlas por representar el tipo de ideas con las que él y a está
familiarizado a través de sus estudios.
Por supuesto, no
podríamos extraer de esto ninguna conclusión si los conceptos matemáticos puros
descubiertos como inherentes a la estructura del universo fueran meramente una
parte, o hubieran sido introducidos a través de los conceptos de matemáticas aplicadas
que empleamos para desvelar el funcionamiento del universo. Si se hubiera
descubierto que la naturaleza se limitaba a actuar de acuerdo con los conceptos
de la matemática aplicada, nada habríamos demostrado con ello: esos conceptos
fueron inventados por el hombre,
particular y
deliberadamente, a fin de hacerlos encajar con el modo de obrar la naturaleza.
De modo que se puede aún objetar que ni siquiera la matemática pura representa
de hecho un producto o creación de nuestra mente, sino más bien el esfuerzo por
comprender la obra de la naturaleza según recuerdos subconscientes u olvidados.
Si ello es así, el descubrimiento de que la naturaleza se ajusta en su operar a
las ley es puramente matemáticas no resulta sorprendente. Lógicamente, no puede
negarse que algunos de los conceptos que manejan los matemáticos puros están
directamente tomados de su propia experiencia de la naturaleza. Un ejemplo
evidente es el concepto de cantidad; que es tan elemental que difícilmente
podemos imaginar representación alguna de la naturaleza en que este concepto
esté ausente. También otros conceptos están, al menos parcialmente, fundados en
la experiencia; por ejemplo, la geometría multidimensional, claramente
proveniente de la experiencia del espacio tridimensional. Otros conceptos puramente
matemáticos, pero más intrincados, caso de haber sido tomados del modo de obrar
de la naturaleza, deben haber estado enterrados muy profundamente en nuestro
subconsciente. No se puede excluir enteramente esta posibilidad, por discutible
que sea, pero resulta extremadamente difícil creer que conceptos tan
intrincados como el de un espacio curvo, finito, y en expansión hay an entrado
a formar parte de la matemática pura a partir de alguna especie de experiencia
inconsciente o subconsciente del modo de comportarse de hecho el universo. En
cualquier caso, lo que apenas resulta discutible es que la naturaleza y la
mente humana matemática y consciente funcionan de acuerdo con unas mismas ley
es. La naturaleza no se ajusta en su comportamiento al que nos provocan
nuestros caprichos y pasiones, ni al de nuestros músculos o articulaciones,
sino al modo como funciona nuestra mente pensante. Esto sigue siendo verdad,
tanto si es nuestra mente la que imprime sus ley es en la naturaleza, como si
es ella la que las tiene impresas en nosotros, y ofrece una base
suficientemente justificada para pensar que el universo está diseñado en forma
matemática. Cay endo de nuevo en el lenguaje crudamente antropomorfo que hemos
venido usando, podemos considerar desechada la posibilidad de que el universo
hay a sido planeado por un biólogo o por un ingeniero; a partir de la evidencia
intrínseca de su propia obra, el Gran Arquitecto del Universo empieza ahora a
perfilarse como un matemático puro.
Personalmente,
siento que el hilo de este pensamiento puede ser llevado aún más lejos en plan
hipotético, pero es difícil precisarlo exactamente con palabras, pues de nuevo
el vocabulario con que contamos viene circunscrito por nuestra experiencia
mundana. El matemático puro no se preocupa ni se ocupa de las sustancias
materiales; su ocupación es el pensamiento puro. Sus creaciones no son sólo
criaturas hijas del pensamiento, sino que además están hechas de puro
pensamiento, igual que las creaciones de un ingeniero están compuestas de
mecanismos. Y todos
los conceptos revelados hoy como fundamentales para la comprensión del universo
—un espacio finito, un espacio vacío, cuatridimensional, de modo que un punto
difiere de otro solamente por las propiedades del espacio mismo; espacios de
siete y más dimensiones; un espacio en permanente expansión; secuencias de
acontecimientos que se ajustan a las ley es de la probabilidad, en vez de a las
de la causalidad; o, por otra parte, secuencias de acontecimientos que sólo
pueden describirse total y adecuadamente desde fuera del espacio y el tiempo—
todos estos conceptos resultan ser, a mi modo de ver, estructuras de
pensamiento puro, imposibles de entender en ningún sentido propiamente
material.
Por ejemplo,
cualquiera que hay a escrito o hay a dado conferencias sobre la finitud del
espacio está acostumbrado a la objeción consistente en afirmar que el concepto
de un espacio finito es en sí algo contradictorio y sin sentido. Si el espacio
es finito, dicen nuestros críticos, debe ser posible ir más allá de sus propios
límites, ¿y qué es lo que podemos encontrar más allá de ellos, sino más
espacio, y así ad infinítum? Lo cual demuestra que el espacio no puede ser
finito. Y además, añaden, si el espacio está en expansión, ¿hacia dónde puede
estar expandiéndose, si no es hacia un may or espacio? Lo que, una vez más,
demuestra —en su opinión— que lo que está en expansión solamente puede ser una
parte del espacio, de modo que la totalidad del espacio no puede expanderse en
modo alguno.
Los críticos de
nuestro siglo, que hacen este tipo de comentarios, comparten todavía la actitud
mental de los científicos del siglo XIX; dan por supuesto que el universo debe
ser susceptible de representación material. Si partimos de sus premisas, debemos,
también, creo y o, compartir sus conclusiones —que estamos diciendo tonterías—,
pues su lógica es irrefutable. Pero la ciencia moderna no puede en modo alguno
compartir sus conclusiones, e insiste en la finitud del espacio a toda costa.
Eso significa, naturalmente, que tenemos que negar las premisas de que parten
por ignorancia quienes formulan ese tipo de críticas. El universo no es
susceptible de representación material, y la razón, creo y o, es que se ha
convertido en un concepto puramente mental.
Es lo mismo que
ocurre, creo y o, con otros conceptos más técnicos, caracterizados por el «
principio de exclusión» , lo que parece implicar una especie de « acción» a «
distancia» a la vez en el espacio y en el tiempo, como si cada porción del
universo supiese lo que las demás porciones a distancia están haciendo, y
actuase de acuerdo con ello. En mi opinión, las ley es a las que obedece la
naturaleza sugieren menos aquellas a las que obedece el movimiento de una
máquina, que aquellas a las que se ajusta un músico al componer una fuga, o un
poeta al componer un soneto. Los movimientos de los átomos y de los electrones
se parecen más a los de los bailarines en un cotillón, que a los de las
diversas partes de una locomotora. Y si « la verdadera esencia de las
sustancias»
no puede llegar a
ser conocida jamás, entonces no importa si el baile del cotillón tiene lugar en
la vida real, o en la pantalla del cine, o en un cuento de Boccaccio. Si todo
es así, entonces la mejor forma de describir el universo, aunque todavía muy imperfecta
e inadecuada, consiste en considerarlo con un pensamiento puro, como el
pensamiento de quien, a falta de otro concepto más abarcativo, podríamos
describir como un pensador matemático.
Y de esta forma nos
vemos introducidos en el núcleo del problema de las relaciones entre la mente y
la materia. Las perturbaciones atómicas que tienen lugar en nuestro distante
sol le hacen emitir luz y calor. Después de « viajar por el éter» durante ocho
minutos, algunas de esas radiaciones pueden incidir en nuestros ojos, causando
una perturbación en la retina, que se transmite a través del nervio óptico al
cerebro. Aquí es percibida por la mente como una sensación; ésta pone en acción
a nuestro pensamiento, y da como resultado, digamos, unos pensamientos poéticos
en torno a la puesta de sol. Hay una cadena continua, A, B, C, D… X, Y, Z, que
conecta a A —el pensamiento poético— con B —la mente pensante—, con C —el
cerebro—, con D —el nervio óptico—, y así sucesivamente, a través de todos
ellos, con Z —la perturbación atómica solar—. El pensamiento A resulta de la
lejana perturbación Z, de un modo semejante a como el sonido de la campana es
el resultado del tirón que alguien dio a distancia a la cuerda a ella
conectada. El hecho de que el tirar de una cuerda material haga sonar a
distancia a una campana material nos resulta comprensible porque hay una
conexión material a lo largo de todo el tray ecto de la cuerda. Pero es mucho
menos fácil entender cómo una perturbación atómica material puede hacer surgir
un pensamiento poético, debido a la entera disparidad de su respectiva
naturaleza.
Por esta razón
Descartes insistió en que no había conexión posible entre la mente y la
materia. Para él, se trataba de dos clases de entidades enteramente distintas;
la esencia de la materia era la extensión en el espacio, y la de la mente, el
pensamiento. Y esto le llevó a sostener la existencia de dos mundos distintos,
el de la mente y el de la materia, que seguían, por así decir, cursos
independientes sobre raíles paralelos sin encontrarse jamás.
Berkeley y los
filósofos idealistas estaban de acuerdo con Descartes en que, si la mente y la
materia eran de naturaleza fundamentalmente distinta, no podían jamás
interactuar entre sí. Pero, para ellos, esas interacciones eran de hecho
continuas. Por consiguiente, argüían, la esencia de la materia debe ser también
el pensamiento, no la extensión. Más en detalle, lo que defendían era que las
causas deben ser esencialmente de la misma naturaleza que sus efectos; si B, en
nuestra cadena, produce a A, B tiene que ser esencialmente de la misma
naturaleza que A, y C que B, y así sucesivamente. De modo que Z debe tener
también esencialmente la misma naturaleza que A. Ahora bien, los únicos
eslabones de la cadena de los que tenemos un conocimiento directo son
los propios pensamientos
y sensaciones, esto
es, A y B; la existencia y la naturaleza de los eslabones remotos X, Y, Z nos
resultan conocidas sólo por inferencia a partir de los efectos que transmiten a
nuestra mente a través de los propios sentidos. Berkeley, sosteniendo que los
desconocidos eslabones distantes X, Y, Z debían tener la misma naturaleza que
los eslabones conocidos y cercanos A y B, concluía que debían de ser
pensamientos o ideas por naturaleza, « y a que después de todo sólo las ideas
son como las ideas» . Ahora bien, los pensamientos o las ideas, para existir,
necesitan de una mente en la cual existan. Podemos decir que algo existe en
nuestra mente mientras somos conscientes de ello, pero este hecho no acredita
su existencia en los períodos en que no somos conscientes de ello. El planeta
Plutón, por ejemplo, existía mucho antes de haberlo sospechado ninguna mente
humana, y su existencia estaba atestiguada por placas fotográficas antes de que
ningún ojo humano llegase a verlo. Consideraciones de este tipo llevaron a Berkeley
a postular un Ser Eterno, en cuy a mente existían todos los objetos. Y así
venía a resumir su filosofía, con el lenguaje sonoro y rimbombante de épocas
pasadas, en estas palabras:
Todo el coro de los
cielos y el ropaje de la tierra, en una palabra, todos los cuerpos que componen
el marco poderoso de este mundo, no tienen sustancia alguna fuera de la mente…
En tanto que no son de hecho percibidos por mí, o en tanto que no existen en mi
mente, o en la de algún otro espíritu creado, necesariamente tienen que, o no
haber existido en absoluto, o más bien subsistir en la mente de algún Espíritu
Eterno.
Tengo la impresión
de que la ciencia moderna nos conduce, aunque por un camino diferente, a una
conclusión no del todo distinta de ésta. También la biología, al estudiar la
conexión entre los primeros eslabones de la cadena, A, B, C, D parece
inclinarse a concluir que todos son en general de la misma naturaleza. Su
argumentación, específicamente, se reduce a afirmar de pasada que, puesto que
para los biólogos los eslabones C y D son materiales y mecánicos, también
tienen que ser mecánicos y materiales A y B. Pero, aparentemente, igual
podríamos dar la vuelta al argumento y decir que, puesto que A y B son
mentales, C y D tienen que serlo también. La ciencia física, poco preocupada de
los eslabones intermedios C y D, procede directamente hasta el extremo final de
la cadena; su cometido es estudiar el modo de operar de X, Y, Z. Y, en mi
opinión, las conclusiones a las que llega sugieren que los últimos eslabones de
la cadena, y a sea que nos remontemos al cosmos como conjunto, o descendamos
hasta lo más íntimo de la estructura del átomo, son de la misma naturaleza que
A y B —su naturaleza es la del pensamiento puro—; llegamos a las mismas
conclusiones que Berkeley, pero desde el otro extremo. Por ello, vamos a parar
directamente a la última de las tres alternativas que propone Berkeley,
comparadas con la cual las otras dos carecen de importancia. No
importa si los
objetos « existen en mi mente, o en la de cualquier otro espíritu creado» o no;
su objetividad proviene del hecho de subsistir « en la mente de algún Espíritu
Eterno» .
UN UNIVERSO COMPUESTO DE PENSAMIENTO PURO
Tal vez algunos
puedan pensar que lo que estoy proponiendo es descartar enteramente todo
realismo y entronizar en su lugar a un absoluto idealismo. Pero me parece que
esto sería una forma un tanto cruda de definir la situación. Si es verdad que
la « esencia real de las sustancias» está fuera del alcance de nuestro
conocimiento, la línea de demarcación entre realismo e idealismo se convierte
entonces en algo realmente difuso; se vuelve en poco más que una reliquia del
pasado, cuando se creía que la realidad era únicamente un mecanismo. La
existencia de realidades objetivas se funda en el hecho de que unas mismas
cosas afecten de igual modo a la conciencia de todos los individuos, pero si
por ello decimos que esas cosas son « reales» o « ideales» , estamos dando por
supuesto lo que no tenemos derecho a presuponer. La etiqueta que en realidad
les corresponde es la de « matemáticas» , si nos ponemos de acuerdo en
significar con ello la globalidad del pensamiento puro, y no solamente lo que
estudian los matemáticos profesionales. Semejante etiqueta no implica afirmar
nada respecto de lo que las cosas son últimamente en esencia, sino únicamente
de la forma como se comportan.
La etiqueta que
hemos elegido no supone, por supuesto, relegar la materia a la categoría de un
sueño o una alucinación. El universo material sigue siendo tan sustancial como
siempre, y esta afirmación debe seguir siendo verdadera, a mi parecer, a través
de todos los cambios que pueda atravesar el pensamiento científico o
filosófico.
Porque la
sustancialidad es un concepto puramente mental que se corresponde con el efecto
directo que los objetos producen sobre nuestro sentido del tacto. Decimos que
una piedra o una motocicleta son sustanciales, mientras que el eco o el arco
iris no lo son. Éste es el significado ordinario de la palabra, y es un puro
absurdo, una contradicción in terminis, decir que las piedras o las
motocicletas se convierten en insustanciales, o siquiera en algo menos
sustancial, por el hecho de que hoy en día podemos asociarlas con fórmulas y
pensamientos matemáticos, o con glomérulos en el espacio vacío, más que con una
multitud de partículas sólidas. Se dice que el doctor Johnson expresó la
opinión que le merecía la filosofía de Berkeley dando un puntapié a una piedra
y diciendo: « No, señor; y o le demuestro lo contrario de esta forma» .
Naturalmente, esta
forma empírica de
argumentar no tenía nada que ver con el problema filosófico que intentaba
resolver; no hacía más que verificar la sustancialidad de la materia. Y por
mucho que la ciencia progrese, las piedras seguirán siendo siempre cuerpos
sustanciales, por la sencilla razón de que estos cuerpos, y los demás de su
clase, son los que nos proporcionan el criterio según el cual definimos la
cualidad de la sustancialidad.
Alguien ha dicho
que el célebre lexicógrafo pudo haber refutado realmente la filosofía de
Berkeley si en vez de darle un puntapié a una piedra, se lo hubiese dado a un
sombrero en el que un niño hubiese introducido subrepticiamente un ladrillo; se
nos dice que « el elemento sorpresa es garantía suficiente de la realidad
externa» , y que « una segunda garantía es la unión de lo permanente y lo
cambiante —permanencia en la memoria, cambio en lo exterior—» . Pero esto,
claro está, se limita a refutar el error solipsista de que « todo esto es
creación de mi propia mente, y no existe ninguna otra mente fuera de ella» ,
pero difícilmente hacemos algo en la vida que no constituy a en sí mismo una
refutación de esta teoría. El argumento de la sorpresa, y de los nuevos
conocimientos en general, pierde todo su valor ante el concepto de una mente
universal del que todas las mentes individuales —la del que sorprende y la del
que es sorprendido— forman parte como unidades o meras excrecencias. Cada una
de las células individuales del cerebro no puede estar relacionada con todos
los pensamientos que atraviesan el cerebro en su conjunto.
Ahora bien, el
hecho de que no poseamos una referencia totalmente ajena con la que comparar y
medir la sustancialidad no significa que no podamos afirmar que dos cosas
tienen el mismo grado, o diferente, de sustancialidad. Si le doy un puntapié a
una piedra en sueños, probablemente me despertaré con un dolor en el pie, y me
daré cuenta de que la piedra del sueño era una pura creación mental mía y de
nadie más, fruto de un impulso nervioso proveniente de mi propio pie. Esta
piedra es característica del nivel de sustancialidad de los sueños y
alucinaciones; es claramente menos sustancial que aquélla a la que el doctor
Johnson dio una patada. Podemos, pues, decir razonablemente que las creaciones
de la mente individual son menos sustanciales que las creaciones de la mente
universal. Podemos hacer una distinción semejante entre el espacio que
contemplamos en los sueños y el espacio propio de la vida cotidiana; este
último, igual para todos, es el espacio de la mente universal. De acuerdo con
esto, podemos pensar que las ley es a las que se ajustan los fenómenos cuando
estamos despiertos, las ley es naturales, son las ley es del pensamiento de la
mente universal. La uniformidad de la naturaleza es un claro indicio de la
solidez y consistencia de esa mente.
Este concepto del
universo como un mundo compuesto de pensamiento puro arroja nueva luz sobre
muchas de las situaciones con que nos hemos encontrado a lo largo de nuestro
recorrido por la física moderna. Ahora podemos
comprender cómo el
éter, en donde tienen lugar todos los sucesos del universo, puede reducirse a
una abstracción matemática y convertirse en algo tan abstracto y tan matemático
como los paralelos y meridianos de la latitud y longitud de la tierra. Ahora podemos
también comprender que la energía, la entidad fundamental del universo, hubiera
de ser tratada como una abstracción matemática: la constante dimanada de la
integración de una ecuación diferencial.
Esta misma
concepción implica, por supuesto, que la verdad última de cualquier fenómeno
reside en la descripción matemática del mismo; mientras ésta no sea imperfecta,
nuestro conocimiento del fenómeno es completo. Podemos arriesgarnos a ir más
allá de la formulación matemática —podemos encontrar un modelo o imagen que nos
ay ude a comprenderlo— pero no tenemos derecho a esperar que eso sea así, y la
incapacidad de encontrar semejante modelo o imagen no indica que nuestro
razonamiento o nuestro conocimiento adolezca de ningún fallo. Construir modelos
o imágenes para explicar las fórmulas matemáticas y los fenómenos descritos por
ellas no es un paso adelante en el conocimiento de la realidad, sino más bien
una huida de ella; es como querer hacer imágenes de un espíritu. Sería tan poco
razonable pretender que las diversas imágenes se parecieran entre sí, como
esperar que fueran semejantes todas las estatuas de Mercurio que representan al
dios en sus diversas actividades —como mensajero, heraldo, músico, ladrón,
etc.—. Para algunos, Mercurio —Hermes— es el viento. Si eso es así, todos sus
atributos quedan incluidos en su descripción matemática, que es ni más ni menos
que la ecuación del movimiento de un fluido comprimible. El matemático sabe
cómo manejar los diferentes aspectos de esta ecuación que representan el
transporte y anuncio de mensajes, la creación de tonos musicales, el llevarse
nuestros papeles
y otras cosas con su
soplo, y así sucesivamente. No es fácil que necesite tener estatuas de Mercurio
para que le recuerden esos distintos aspectos, pero caso de querer apoy arse en
ellas no le iba a bastar con menos que la colección entera, todas ellas diferentes.
Igualmente, hay algunos físicos matemáticos que siguen trabajando con ardor,
tratando de ofrecer imágenes acabadas de los conceptos de la mecánica
ondulatoria.
En resumen, las
fórmulas matemáticas son incapaces de decirnos lo que las cosas son, sino
solamente cómo se comportan; su forma de especificar un objeto es únicamente
describir sus propiedades. Y no es posible que éstas coincidan in toto con
las propiedades de ninguno de los objetos macroscópicos de nuestra vida cotidiana.
Este punto de vista
nos libera de muchas de las dificultades y aparentes inconsecuencias de la
física actual. No tenemos necesidad de seguir discutiendo si la luz está
compuesta de partículas o de ondas; si contamos con una fórmula matemática que
describe su comportamiento con toda precisión, ahí tenemos
todo lo que es
preciso saber sobre ella, y podemos considerarla como compuesta de partículas o
de ondas a nuestro antojo, según la conveniencia del momento. En los días que
nos dé por pensar que se trata de ondas, podemos imaginarnos, si queremos, que
el éter transmite las ondas, pero ese éter varía la propia velocidad de
movimiento. De igual forma, no tenemos necesidad de discutir si el sistema
ondulatorio de un grupo de electrones existe en un espacio tridimensional o
multidimensional, o no existe en absoluto. Ese sistema existe en una fórmula
matemática; ésta, y ninguna otra cosa, es lo que representa a la última
realidad, y a ésta podemos representarla como integrada por ondas que se
transmiten en tres, seis o más dimensiones, cada vez que lo deseamos. También
podemos interpretarla sin tener que representarla en absoluto en Heisenberg y
Dirac. Lo más sencillo, por lo general, será interpretarla como ondas que
pueden representarse en un espacio de tres dimensiones para cada electrón, de
igual forma que el modo más simple de interpretar el universo macroscópico
consiste en representarlo como un conjunto de objetos compuestos solamente de
tres dimensiones, y los fenómenos en que consisten como un conjunto de sucesos
que tienen lugar en cuatro dimensiones, pero ninguna de estas interpretaciones
posee una validez absoluta o única.
Si el universo es
esencialmente pensamiento, también su creación debió de ser entonces un acto de
pensamiento. En realidad, el carácter finito del tiempo y del espacio casi nos
obligan, por sí mismos, a pensar o imaginar la creación como un acto de pensamiento;
la determinación de constantes tales como el radio del universo y el número de
electrones que sostiene implican un pensamiento, de cuy a riqueza nos da idea
la inmensidad de tales cifras. El tiempo y el espacio, que forman el marco del
pensamiento, tuvieron que venir al ser como parte de ese mismo acto. Las
cosmologías primitivas imaginaban al creador trabajando en el espacio y en el
tiempo mientras formaba al sol, la luna, las estrellas y todo lo demás como de
una materia prima y a existente. La moderna teoría científica nos obliga a
pensar en el creador trabajando fuera del tiempo y del espacio — que son
también parte de su obra creadora—, lo mismo que el artista, el pintor, está
fuera del lienzo en que plasma su obra. Esto está de acuerdo con la conjetura
de San Agustín: « Non in tempore; sed cum tempore, finxit Deus mundum»
. En realidad, esta doctrina se remonta hasta el mismo Platón:
El tiempo y los
cielos vinieron al ser en el mismo momento, a fin de que, si alguna vez
tuvieran que disolverse, pudieran disolverse juntos. Ésos fueron la mente y el
pensamiento de Dios al crear el tiempo.
Más aún, entendemos
tan poco el tiempo, que tal vez debiéramos comparar la globalidad del tiempo
con el acto creativo, con la materialización del pensamiento.
Hoy día existe un
acuerdo ampliamente generalizado en el seno de la ciencia, y que en la ciencia
física alcanza casi la unanimidad, de que la corriente del conocimiento está
apuntando hacia una realidad no mecanicista; el universo está empezando a
parecerse más a un gran pensamiento que a una gran maquinaria. La mente ha
dejado de ser considerada como un intruso en los dominios de la materia;
estamos empezando a sospechar que más bien deberíamos saludarla como creadora y
gobernadora del reino de la materia (no, por supuesto, la mente de cada uno de
nosotros, sino la mente en la que existen como pensamientos los átomos a partir
de los cuales se han desarrollado nuestras mentes individuales).
Los nuevos
conocimientos nos obligan a revisar las primeras impresiones apresuradas que
nos habíamos formado, de haber ido a parar a un universo ajeno, o incluso
activamente hostil, frente a la vida. Es probable que llegue a desvanecerse la
antigua dualidad mente-materia, principal responsable de esa supuesta
hostilidad, no a través de convertir a la materia de algún modo en algo más
sutil o insustancial de lo que era hasta ahora, ni a través de convertir a la
mente en una función del operar de la materia, sino reduciendo toda materia
sustancial a una creación y manifestación de la mente. Los descubrimientos nos
muestran como evidente la existencia de una fuerza planificadora y controladora
en el universo que tiene algo en común con nuestras mentes individuales: no y a
la emoción, la moralidad o la capacidad de apreciación estética —por cuanto
hasta ahora hemos descubierto—, sino la tendencia a pensar de una forma que, a
falta de mejor palabra, podemos describir como matemática. Y aunque mucho de
ella pueda ser hostil a determinados aditamentos materiales de la vida, hay
también en ella mucha afinidad respecto de las actividades vitales
fundamentales; no somos tan extraños ni tan intrusos en el universo como en un
principio habíamos pensado. Aquellos átomos inertes que en el limo primigenio
comenzaron por vez primera a prefigurar los atributos de la vida estaban
tratando de ponerse más de acuerdo, y no menos, con la naturaleza fundamental
del universo.
Así es al menos
cómo nos sentimos inclinados a pensar en la actualidad, si bien ¿quién sabe
cuántas veces aún tendrá que girar sobre sí misma la corriente del saber? Y
partiendo de esta reflexión, tal vez podemos concluir añadiendo lo que muy bien
podríamos haber intercalado en cada párrafo: que todo cuanto se ha dicho y
todas las conclusiones que hipotéticamente se han expuesto son, hablando con
toda franqueza, algo especulativo e incierto. Hemos intentado examinar si la
ciencia de nuestros días tiene algo que decirnos sobre ciertas cuestiones
difíciles, que tal vez estén para siempre fuera del alcance de la comprensión
humana. No podemos presumir de haber discernido más que, a lo sumo, un muy
tenue resplandor de luz; tal vez incluso, no fue todo más que una ilusión, y a
que ciertamente tuvimos que forzar mucho los ojos para poder ver algo en
absoluto. De modo que difícilmente podemos pretender que la ciencia
actual tenga que
pronunciarse en algún sentido, pues tal vez, más bien, tendría que renunciar
absolutamente a hacer pronunciamientos de ningún tipo: el río del conocimiento
se ha vuelto sobre sí mismo demasiadas veces.
Nota del Editor
No necesitamos
estar de acuerdo con todo lo dicho por Jeans para poder señalar que la idea de
que el reino de lo físico es una « materialización del pensamiento» cuenta con
un apoy o sumamente amplio en la filosofía perenne. Como advierte Huston Smith
en su obra Forgotten Truth (Harper San Francisco, 1992).
[Versión en castellano: La verdad olvidada: el factor común de todas
las religiones. Kairós: Barcelona, 2004], la filosofía perenne siempre ha
sostenido que la materia es una cristalización o un precipitado de la mente
(ontológicamente, no cronológicamente). De hecho, este proceso de «
precipitación» atraviesa toda la Gran Cadena del Ser. Ajustándonos al diagrama
del principio, podemos explicarlo como sigue: si comenzamos por el reino de lo
espiritual (nivel 5), y sustraemos « E» , tenemos el alma;
si sustraemos entonces « D» , tenemos la mente;
sustraemos « C» , y tenemos la vida; y si sustraemos « B» , tenemos la materia.
Este proceso de sustracción es una progresiva precipitación de
lo bajo desde lo más alto, un proceso que recibe el nombre de involución;
cada nueva dimensión es así un resto resultante de la
dimensión anterior. Lo contrario de este proceso de sustracción, precipitado o
involución, es sencillamente la evolución, o el despliegue de
dimensiones sucesivamente más elevadas a partir de su previa involutiva
implicación en los dominios inferiores (en los cuales existen in
potentia, como habría dicho Aristóteles, si bien no hay nada en los niveles
inferiores que ofrezca evidencia alguna de que puede surgir de ellos algo
superior, capaz de trascender sus propios dominios). Por ello, la evolución,
con respecto a los niveles inferiores, supone siempre una adición o
una emergencia creativa de dominios sucesivamente más elevados
a partir de (o más bien, a través de) las dimensiones inferiores. La evolución
—cabe especular— dio origen al « Big Bang» , que trajo a la existencia al reino
de lo material por vía de un precipitado concreto de los dominios superiores
(que en este punto están sólo ontológicamente implícitos), y el universo ha
estado retornando o remontando su curso desde entonces, produciendo primero
mucha más materia, luego vida, luego mente (y en algunos santos y sabios, una
realización consciente a través de una realidad adicional, el
alma, y luego el espíritu).
El hecho
significativo es que todos los físicos que recoge este volumen se sintieron
sumamente sorprendidos por el hecho de que el campo de lo natural (niveles 1 y
2) obedeciese en algún sentido a las ley es o formulaciones
matemáticas, o en
general a ciertas formas mentales arquetípicas (que son propias de los niveles
3 y 4). Pero es exactamente lo que cabría esperar si los dominios de lo natural
constituy en un resto resultante o un precipitado de los dominios de la mente y
el alma; el hijo obedece a sus progenitores ópticos. La búsqueda de Heisenberg
y Pauli en pos de unas formas arquetípicas suby acentes al reino material, la
afirmación de De Broglie de que las formas materiales tienen que venir
precedidas (ontológicamente) por formas mentales, el hallazgo de Einstein y
Jeans de una fórmula matemática central aplicable a todo el cosmos, todo esto
resulta perfectamente inteligible a esta luz.
Como el reino de lo
natural es un resto resultante de, o es ónticamente inferior,
a los dominios de la mente y el alma, todos los procesos naturales fundamentales
pueden entonces ser representados matemáticamente, pero no todas las fórmulas
matemáticas son susceptibles de aplicación material. Esto es, del número casi
infinito de esquemas matemáticos que existen implícitamente en los reinos de la
mente y del alma, sólo un número finito, bastante pequeño, cristaliza o se
precipita de hecho en y como reino material. Dicho de otra forma, como los
dominios de la materia son ontológicamente muy inferiores a los de la mente,
sólo las formas relativamente más sencillas de entre las
propias de los reinos de la mente y del alma aparecen bajo el reino material o
se precipitan en él como tal. Y esto conduce exactamente al principio
orientador que guió a todos estos físicos en su intento de descubrir las ley es
mentales por las que se regían los fenómenos materiales: de todos los esquemas
matemáticos posibles que puedan servir de explicación a los datos
físicos, escoger los más simples y los más elegantes. Einstein lo
expresó perfectamente: « La Naturaleza es la realización (cristalización
o precipitado) de las ideas matemáticas más sencillas que cabe concebir» . Esto
no significa que la materia sea pura y simplemente una idea;
lo que significa es que la Materia, sea lo que sea, es una versión sustraída,
reducida o condensada de la Idea, sea ésta lo que sea. La materia, si queremos,
es una sombra en el sentido platónico, pero, como dice Jeans, lleva impresas en
sí algunas de las formas propias de los dominios
ontológicamente superiores, fórmulas matemáticas en este caso.
Finalmente, esto
explica que todos los físicos hay an sostenido que las ley es matemáticas no
pueden deducirse de los datos puramente sensoriales-físicos-empíricos: es
imposible deducir lo superior de lo inferior. Para comprobar si
un esquema matemático concreto se aplica correctamente a un determinado campo
físico, necesitamos usar nuestros sentidos físicos (o sus prolongaciones
instrumentales); sin embargo, para descubrir por primera vez
ese esquema matemático, usamos la mente, y solamente la mente. Lo que hacemos
(al usar el ojo de la razón) es rebuscar en el universo mental en busca de
esquemas o fórmulas que podrían haber cristalizado en este universo físico
concreto y en
cuanto tal (cosa
que luego comprobamos con los ojos carnales). De modo que los criterios para
establecer la verdad de una teoría física son: con respecto a
la mente, debe ser coherente (libre de contradicciones
internas); con respecto a los datos físicos, debe corresponderse con
ellos (encajar de modo evidente); si hay dos teorías que encajan igualmente en
ambos criterios (cosa que sucede con frecuencia), hay que elegir entonces la
más sencilla y la más elegante. Los empiristas sólo quieren teorías que se correspondan
con los hechos; los idealistas, sólo teorías que resulten en sí mismas
coherentes; cuando en realidad ambos criterios son igualmente importantes, y su
corona, la elegancia y la belleza sencillas. Yo creo que es por eso por lo que
Heisenberg solía repetir: « La sencillez es el sello de la verdad» , y « La
Belleza es el resplandor de la verdad» . [K. W.]
El valiente,
brillante, osado y totalmente inédito salto genial que supuso Max Planck,
desembocó en 1900 en toda la revolución cuántica subsiguiente, y a que fue
Planck quien dio con la idea de que la naturaleza no es continua, sino que
aparece más bien agrupada en paquetes o « cuantos» de naturaleza discreta.
Justamente considerado como padre de la moderna teoría cuántica, Planck fue
galardonado con el premio Nobel de Física en 1918.
Albert Einstein
dedicó a Planck, que era profundamente amado y respetado por sus colegas, estas
memorables palabras: « El anhelo de contemplar la armonía es la fuente de la
paciencia y perseverancia inagotables con que Planck se ha dedicado a los
problemas más generales de nuestra ciencia, negándose a sí mismo toda
distracción hacia otros objetos más gratificantes y más fácilmente alcanzables.
A menudo he oído entre nuestros colegas intentar atribuir esta actitud suy a a
una disciplina y una fuerza de voluntad extraordinarias —erróneamente, a mi
entender—. La actitud mental que capacita a un hombre para una tarea de esta
clase es afín a la que posee un hombre religioso o un amante; el esfuerzo
diario no nace de ningún problema o intención deliberada, sino directamente del
corazón. Ahí tenemos sentado a nuestro amado Planck, sonriendo para sí mismo
por mi forma infantil de andar jugando por ahí con la linterna de Diógenes.
Nuestro afecto por él no necesita inútiles declaraciones. ¡Ojalá el amor por la
ciencia siga iluminando su camino en el futuro y le lleve a solucionar los
problemas más importantes de la física actual, que él mismo ha planteado y
contribuido tanto a resolver!» .
Los párrafos que
siguen han sido tomados de su obra Where is Science Going? (Nueva
York: Norton, 1932). [Versión en castellano: ¿Adónde va la ciencia?].
ELMISTERIO DE
NUESTRO SER
Lógicamente
podríamos pensar que uno de los resultados conseguidos por la ciencia habría
sido la disminución de la fe en los milagros. Pero no parece haber ocurrido
así. Una de las características más notorias de nuestra época es justamente la
tendencia a creer en el poder de entidades misteriosas. Así lo demuestra la
popularidad conseguida por las innumerables variantes del ocultismo y el
espiritismo. A pesar de que los avances extraordinarios de la ciencia son tan
evidentes que no pueden escapar ni siquiera al menor observador de cuantos
andan por la calle, las gentes, y a educadas y a desprovistas de educación, se
vuelven a menudo, no obstante, hacia la oscura región del misterio en busca de
luz para resolver los problemas ordinarios de la vida. Uno esperaría que
acudieran a la ciencia, y probablemente es verdad que quienes lo hacen están
interesados en ella y son tal vez más numerosos que en épocas anteriores; de
todas formas, sigue siendo cierto el hecho de que la fuerza de los sistemas
basados en lo irracional es al menos tan poderosa y está tan extendida como
siempre, si no más.
¿Cómo explicar este
hecho singular? ¿Cuentan tal vez estas creencias en lo milagroso con alguna
base sólidamente fundada, en un último análisis, por extrañas o irracionales
que puedan parecer en su forma exterior? ¿Existe en la naturaleza del hombre
algo, algún reino interior, fuera del alcance de la ciencia? ¿Es cierto que
según nos aproximamos a las fuentes interiores de la conducta humana la ciencia
deja de tener la última palabra? O, hablando más concretamente, ¿existe un
punto a partir del cual la línea causal del pensamiento no puede y a ser
aplicada, y más allá del cual la ciencia no puede pasar?
Esto nos lleva al
núcleo del problema en torno al libre albedrío. Y creo que la respuesta viene
automáticamente sugerida por las preguntas que acabo de formular.
El hecho es que
existe un punto, un único punto en el mundo inconmensurable de la mente y la
materia, donde la ciencia y por tanto todos los métodos causalistas de
investigación resultan inaplicables, por motivos no solamente prácticos, sino
también lógicos y seguirán resultándolo en lo sucesivo. Este punto
es el y o
individual[30]. Es un punto
pequeño en todo el reino universal del ser, pero en sí mismo es todo un mundo,
que abarca la propia vida emocional, la
propia voluntad y
el propio pensamiento. Este reino del ego es, al propio tiempo, la fuente de
nuestros más profundos sufrimientos y, a la vez, de nuestras más excelsas
alegrías. Sobre este reino, ningún poder exterior puede jamás tener influjo
alguno, y el descuido del propio control y responsabilidad sobre nosotros
mismos supone estar dejando a un lado la vida misma.
Aquí es donde entra
el libre albedrío y donde tiene su asiento, sin usurpar los derechos de ningún
otro rival. Emancipados de esta forma, somos libres para construirnos a nuestro
gusto un trasfondo prodigioso en el misterioso reino del propio ser interior,
aunque al mismo tiempo podamos ser los científicos más estrictos del mundo y
los más rigurosos defensores del principio de determinismo causal. De esa
autarquía del ego nace la fe en los milagros, y a esta fuente hemos de atribuir
lo extendida que está la ciencia en las explicaciones irracionales de la vida.
La existencia de esas creencias a pesar de los avances científicos continuos es
una prueba de la inviolabilidad del ego por la ley de causalidad en el sentido
que hemos mencionado. Desde otro punto de vista, podría afirmar que la libertad
del ego aquí y ahora, y su independencia de la cadena causal, es una realidad
que constata como verdadera el dictado inmediato de la conciencia del ser
humano.
Y lo que resulta
ser bueno para el propio ser en este momento, lo es también para la propia
conducta en el futuro, que está en parte influida por lo que es actualmente el
propio ego. El camino hacia el futuro siempre empieza en el presente. Es una
parte, una porción del ego aquí y ahora. Y por esta razón nadie puede
considerar su propio futuro pura y exclusivamente desde el punto de vista
causal. Por eso juega la fantasía un papel tan importante en la construcción
del futuro. El reconocimiento de hecho de esta profunda realidad es lo que hace
que la gente recurra a quiromantes y videntes para satisfacer su curiosidad por
su propio futuro. En este hecho se basan también sueños e ideales, y aquí
encuentra el ser humano una de sus más ricas fuentes de inspiración.
La ciencia nos
acompaña, pues, hasta el umbral del ego, y ahí nos deja abandonados a nosotros
mismos. Ahí nos deja al cuidado de otras manos. Para saber cómo comportarnos en
la vida, el principio de causalidad nos sirve de poco; pues las propias férreas
ley es de la lógica nos impiden asentar los cimientos causales del propio
futuro o prever ese futuro como un resultado de hecho del presente.
Pero la humanidad
tiene necesidad de orientaciones fundamentales en su existencia cotidiana, y
esa necesidad es mucho más acuciante que el ansia de conocimiento científico. A
menudo, un simple hecho tiene muchos más significados para un ser humano que toda
la sabiduría del mundo junta. Y por ello debe de haber otra fuente de
orientación distinta de la mera dotación intelectual. La ley de causalidad es
el principio orientador de la ciencia, pero el Imperativo Categórico —es decir,
el dictado del deber— es el principio orientador de la vida.
Aquí la
inteligencia debe ceder el puesto al carácter, y el conocimiento científico a
la fe religiosa. Y cuando digo aquí fe religiosa, entiendo la expresión en su
sentido propio y fundamental. Y esta mención nos lleva a la cuestión, sumamente
debatida, de la relación entre la religión y la ciencia. No me corresponde
aquí, ni entra dentro de mi competencia, el ocuparme de esta cuestión. La
religión pertenece a ese dominio inviolable para la ley de causalidad, y vedado
por tanto a la ciencia. El científico en cuanto tal debe reconocer el valor de
la religión como tal, cualquiera que sea su forma, con tal de que ésta no
cometa el error de oponer sus dogmas a la ley fundamental sobre la que se basa
el conocimiento científico, o sea, la secuencia causa-efecto en todos los
fenómenos externos. A propósito de esta cuestión de la relación entre la
ciencia y la religión, podríamos también decir que aquellas formas religiosas
que profesan una actitud nihilista hacia la vida están en disarmonía con la
perspectiva científica y son contradictorias con sus principios. Toda negación
del valor de la vida por sí misma es una negación del mundo del pensamiento
humano, y constituy e por tanto, en un último análisis, una negación del
auténtico cimiento no sólo de la ciencia sino también de la religión. Pienso
que la may oría de los científicos estarían de acuerdo con esto y levantarían
su mano en contra del nihilismo religioso como destructor de la misma ciencia.
Nunca puede darse
una verdadera oposición entre la ciencia y la religión. Cualquier persona seria
y reflexiva se da cuenta, creo y o, de la necesidad de reconocer y cultivar el
aspecto religioso presente en su propia naturaleza, si quiere que todas las fuerzas
del alma humana actúen conjuntamente en perfecto equilibrio y armonía. Y
realmente no es accidental que los may ores pensadores de todas las épocas
fueran almas profundamente religiosas, incluso si no mostraban en público sus
sentimientos en este sentido. De la cooperación del entendimiento con la
voluntad surgió el fruto más refinado de la filosofía, esto es, la ética. La
ciencia enaltece los valores morales de la vida al promover el amor
y la veneración a la
verdad, amor por la verdad que se pone de manifiesto en el empeño constante de
llegar a un más exacto conocimiento del mundo de la mente y la materia en torno
nuestro, y veneración porque cada paso adelante en el conocimiento supone un
enfrentamiento con el misterio de nuestro propio ser.
EL PURO
RACIONALISTA NO TIENE SITIO AQUÍ
Planck: Las iglesias
parecen ser incapaces de ofrecer ese enraizamiento espiritual que mucha gente
anda buscando. Y por eso la gente busca en otras direcciones. La dificultad con
que se encuentra la religión organizada para atraer a la gente hoy en día
proviene de que su llamada exige necesariamente un espíritu crey ente, lo que
generalmente se conoce con el nombre de fe. En medio
de un estado de
escepticismo generalizado, esa llamada recibe una pobre respuesta. De aquí que
hay an surgido por todas partes profetas que tienen algún sucedáneo que
ofrecer.
Murphy: ¿Piensa usted que
la ciencia podría ser un sucedáneo de la religión en este sentido?
Planck: No para una
actitud mental escéptica; porque la ciencia exige también un espíritu crey
ente. Cualquiera que hay a participado con seriedad en cualquier clase de
trabajo científico sabe que a la entrada del templo de la ciencia está escrito
sobre la puerta: Necesitas tener fe. Es algo que los científicos no
pueden prescindir.
Quien está
manejando un montón de resultados obtenidos de un proceso experimental debe
representarse imaginativamente la ley que anda persiguiendo. Luego debe
encarnarla en unas hipótesis imaginarias. La facultad de razonar por sí sola no
le va a ay udar a dar un solo paso adelante, pues de un caos de elementos no
puede surgir orden alguno, a menos que intervenga la cualidad creadora de la
mente, que es capaz de construir el orden por un proceso sistemático de
eliminación y selección. Una y otra vez, el plan imaginativo sobre el que se
intenta construir ese orden se viene abajo, y entonces tenemos que intentar
otro plan. Esa capacidad de visión imaginativa y de fe en el éxito final son
indispensables. El puro racionalismo no tiene sitio aquí.
Murphy: ¿Hasta qué punto
eso se ha verificado en las vidas de los grandes científicos? Tenemos el caso
de Kepler, cuy o trescientos aniversario estamos celebrando, ¿se acuerda de
aquella tarde en que Einstein pronunció una conferencia en la Academia de la
Ciencia? ¿No decía algo de Kepler, que algunos de sus descubrimientos no se
debieron precisamente a haberse puesto a buscarlos con su imaginación creadora,
sino a su preocupación por las dimensiones de los barriles de vino, al
preguntarse sobre la forma que resultaría más económica?
Planck: Historias de este
tipo circulan todos los días sobre toda persona pública conocida. En realidad,
Kepler es un magnífico ejemplo de lo que estoy diciendo. Tuvo que soportar
mucho toda su vida. Tuvo que sufrir desilusión tras desilusión, y tuvo que
mendigar el pago de los atrasos de su sueldo al Reichstag en Regensburg. Tuvo
que pasar por la agonía de tener que defender a su propia madre contra una
acusación pública de brujería. Pero uno se da cuenta, al estudiar su vida, de
que lo que le mantuvo hasta ese punto incansable, productivo y lleno de energía
era la fe profunda que tenía en su propia ciencia —no fe en
poder llegar
finalmente a una síntesis aritmética de sus observaciones astronómicas, sino
más bien una fe profunda en la existencia de un plan definido detrás de la
creación entera—. Por creer en ese plan pudo sentir que su trabajo merecía la
pena, y de esa forma, al no dejar nunca desfallecer su fe, su obra vivificó y
alumbró su propia azarosa vida. Si le comparamos con Ty cho de Brahe, éste tuvo
en sus manos el mismo material que Kepler, e incluso mejores oportunidades que
él, pero como no tenía su misma fe en la existencia de unas ley es eternas
rectoras de la creación entera, no pasó de ser un investigador más. Brahe se
quedó sólo en investigador; pero Kepler fue el creador de la nueva astronomía.
Otro nombre que
acude a mi memoria en este contexto es el de Julius Robert May er. Sus
descubrimientos no fueron muy conocidos, porque a mediados del siglo pasado
incluso la gente educada miraba con mucho escepticismo las teorías
filosófico-naturales. May er continuó siempre adelante, no por lo que hubiera
descubierto o pudiera demostrar, sino por aquello en lo que siempre crey ó.
Sólo en 1869, la Sociedad de Físicos y Médicos Alemanes, con Helmholtz a la
cabeza, reconoció el valor de la obra de May er.
Murphy: Usted ha dicho
muchas veces que el proceso de la ciencia consiste en el descubrimiento de un
nuevo misterio cada vez que se piensa haber resuelto alguna cuestión
fundamental.
Planck: Indudablemente
eso es verdad. La ciencia es incapaz de resolver el misterio último de la
naturaleza. Y ello se debe, en un último análisis, a que nosotros mismos
formamos parte de la naturaleza, y por tanto del misterio que estamos
intentando resolver. También, en cierta medida, la música y el arte son
intentos de resolver, o al menos de expresar ese misterio. Pero, en mi opinión,
cuanto más progresamos en todos estos campos, tanto más nos ponemos en armonía
con la misma naturaleza. Y éste es uno de los grandes servicios que la ciencia
presta al individuo.
Murphy: Goethe decía una
vez que lo más alto que puede alcanzar la mente humana es una actitud de
asombro ante los fenómenos elementales de la naturaleza.
Planck: Sí, una y otra
vez nos vemos enfrentados a lo irracional. De otra forma no podríamos tener fe.
Y si no tuviéramos fe, al ser capaces de resolver todos los enigmas de la vida
aplicando la razón, la vida se convertiría en una carga insoportable. No tendríamos
música, ni arte, ni capacidad de asombro. Y tampoco tendríamos ciencia; no sólo
porque la ciencia perdería así su principal atractivo para quienes la cultivan
—esto es, la búsqueda de lo incognoscible—,
sino también porque
la ciencia habría perdido la piedra angular sobre la que toda su estructura
descansa, a saber, la percepción de la existencia de la realidad extrema a
través de la conciencia. Como decía Einstein, nadie podría ser científico si no
supiera que el mundo exterior realmente existe, pero este conocimiento no se
deriva de ningún tipo de razonamiento. Es una percepción directa, y por tanto
de naturaleza afín a lo que llamamos fe. Es una fe metafísica. Esto
es algo que el escéptico cuestiona en relación con la religión, pero es lo
mismo con respecto a la ciencia. No obstante, hay algo que decir a favor de la
física teórica, y es que es una ciencia muy activa y hace una apelación a la
imaginación del profano. Siendo ello así, puede en alguna medida satisfacer el
ansia metafísica que la religión parece capaz de saciar hoy en día. Pero esto
sería enteramente a través de una indirecta estimulación de una reacción
religiosa. La ciencia como tal nunca puede realmente asumir el puesto de la
religión.
En cuanto a
brillantez intelectual, probablemente Wolfgang Pauli no ha tenido parangón con
ningún otro físico ni de ésta ni de épocas anteriores (según Max Born, el genio
de Pauli era superior incluso al de Einstein). Toda falta de rigor intelectual
o de consistencia lógica atraía el furor de Pauli sobre cualquiera que tuviera
la desgracia de ser su autor. Era un crítico de ideas brillantes y despiadado,
y prácticamente todos los físicos de su generación consideraban la opinión de
Wolfgang Pauli como uno de los tests obligados que cualquier
teoría debía superar si quería tener alguna posibilidad de supervivencia. Pauli
mismo realizó profundas y numerosas contribuciones positivas a la física,
incluy endo el famoso « principio de exclusión» y la predicción de la
existencia del neutrino veinte años antes de que fuera descubierto. Recibió el
premio Nobel de Física en 1945.
A pesar de, o tal
vez precisamente a causa de su brillantez analítica e intelectual, Pauli
insistía en que la racionalidad tenía que venir complementada por la mística.
En principio, había planeado incluir en este capítulo el ensay o de Pauli « La
influencia de las ideas arquetípicas en la construcción de las teorías
científicas de Kepler» , que pone de manifiesto su concepción
platónico-pitagórica del mundo, y que fue escrito en colaboración con C. G.
Jung. Pero su amigo personal y colega Werner Heisenberg escribió un bello
resumen de más elegante lectura, por lo cual lo ofrezco a continuación en vez
de aquél (« Wolfgang Pauli’s Philosophical Outlook» , cap. 3 en Across
the Frontiers).
LA UNIÓN DE LO RACIONALY LO MÍSTICO
La obra de Wolfgang
Pauli dentro del campo de la física teórica no nos deja mucha elección a la
hora de reconocer el trasfondo filosófico de donde surge. Para sus colegas,
Pauli aparece ante todo como el físico brillante, siempre partidario de las
formulaciones más penetrantes, quien a través de su aportación de nuevas ideas
significativas, a través del análisis clarificador hasta los últimos detalles
de los descubrimientos y a existentes, o a través de su crítica exhaustiva de
cada uno de los puntos oscuros o inexactos de las teorías propuestas, ejerció
una influencia decisiva y enriquecedora sobre la física de nuestro siglo. Si
tuviéramos que deducir la actitud filosófica básica de Pauli a partir de sus
manifestaciones científicas, en un principio nos sentiríamos inclinados a
inferir de ellas un racionalismo extremo y un punto de vista fundamentalmente
escéptico. Sin embargo, en realidad, detrás de todo ese despliegue exterior de
apariencia crítica y escéptica se oculta un profundo interés filosófico incluso
por las áreas más oscuras de la realidad o del alma humana que escapan del
alcance de la razón. Y aunque el poder de fascinación que ejercen los análisis
de Pauli acerca de los problemas de la física emana decididamente, en parte, de
la penetrante claridad y detalle de sus formulaciones, en cuanto al resto
deriva del contacto constante que mantuvo con el campo de los procesos
creativos espirituales, para los que no existe hasta ahora formulación racional
alguna. Desde el principio de su carrera, Pauli había seguido hasta el fin el
camino del escepticismo, basado en el racionalismo más extremo, hasta llegar a
volverse escéptico de su propio escepticismo, e intentando luego rastrear los
elementos del proceso cognitivo previos a una comprensión racional en profundidad.
Lo esencial de la actitud filosófica de Pauli aparece recogido concretamente en
dos ensay os suy os: un artículo sobre « El influjo de las ideas arquetípicas
en la construcción de las teorías científicas de Kepler» , y una conferencia
sobre « La ciencia y el pensamiento occidental» . De estas dos fuentes, y de
sus cartas y otras manifestaciones, intentaremos obtener una imagen del punto
de vista filosófico de Pauli.
Para Pauli, un
primer tema central de reflexión filosófica fue el proceso mismo de
conocimiento, especialmente del conocimiento natural, que encuentra su última
expresión racional en el establecimiento de ley es de la naturaleza
matemáticamente
formuladas. Pauli no se daba por satisfecho con la concepción puramente
empirista, según la cual las ley es naturales únicamente pueden derivarse de
los datos experimentales. Más bien estaba de parte de quienes
« subray an el papel
de la intuición y el manejo de la atención en la estructuración de los
conceptos e ideas necesarios para establecer un sistema de ley es naturales»
(es decir, una teoría científica) —ideas que, por lo general, van mucho más
allá de la mera experiencia—. Pauli, por tanto, buscaba el lazo de conexión
entre las percepciones sensoriales, por una parte, y los conceptos, por otra:
Todos los
pensadores consecuentes han llegado a la conclusión de que la pura lógica es
fundamentalmente incapaz de construir ese lazo. Lo más satisfactorio, a mi
entender, es introducir en este punto el postulado de que en el cosmos existe
un orden distinto del mundo de las apariencias, y que escapa a nuestra
capacidad de elección. Ya hablemos de participación de los objetos naturales en
las Ideas, o del comportamiento de entidades metafísicas, esto es,
intrínsecamente reales, lo cierto es que la relación entre la percepción
sensible y la Idea sigue siendo una consecuencia del hecho de que tanto el alma
como lo que se conoce por medio de la percepción están sujetos a un orden
objetivamente concebido.
El puente que
conduce desde los datos experimentales, inicialmente desordenados, hasta las
Ideas lo ve Pauli en ciertas imágenes primigenias que preexisten en el alma,
los arquetipos de que hablaba Kepler y también la psicología moderna. Esas
imágenes primordiales —aquí Pauli está de acuerdo en gran medida con Jung— no
están localizadas en la conciencia, ni están relacionadas con ideas concretas
formulables racionalmente. Son, más bien, formas que pertenecen a la región
inconsciente del alma humana, imágenes dotadas de un poderoso contenido
emocional y que no brotan a través del pensamiento, sino que son contempladas,
por así decir, imaginativamente. El placer que se experimenta al hacerse uno
consciente de una nueva parcela de conocimiento proviene de cómo esas imágenes
preexistentes concuerdan de modo congruente con el comportamiento de los
objetos externos.
Esta concepción del
conocimiento natural proviene, obviamente, en lo esencial, de Platón, y penetró
en el pensamiento cristiano a través del neoplatonismo (Plotonio, Proclo).
Pauli intenta aclararlo, señalando que incluso la conversión de Kepler a la teoría
copernicana, que marca el comienzo de la ciencia natural moderna, se debió de
forma decisiva al influjo de ciertas imágenes primordiales o arquetipos. Pauli
cita este pasaje, tomado del Mysterium Cosmographicum de
Kepler: « La imagen del Dios trino se contiene en la esfera, a
saber, la imagen del Padre en el centro, la del Hijo en la superficie externa,
y
la del Espíritu
Santo en la uniformidad de conexiones entre el punto central y todo el espacio
de alrededor» . El movimiento dirigido desde el centro hasta la superficie
externa es para Kepler el símbolo de la creación. Toda esta simbología
esférica, íntimamente asociada con la Santísima Trinidad y descrita por Jung
como un mandala, se encuentra representada para Kepler, aunque de
modo imperfecto, en el mundo físico: el sol en el centro de todo el sistema
planetario, rodeado por los cuerpos celestes (a los que Kepler consideraba aún
animales de vida). Pauli piensa que para Kepler la fuerza persuasiva del
sistema copernicano se basaba ante todo en esa correspondencia simbólica que
hemos descrito, y sólo secundariamente en los datos experimentales.
Pauli considera
además que el símbolo de Kepler ilustra de un modo muy general la actitud de
donde ha surgido la ciencia contemporánea. « La mente parece moverse a partir
de un centro interior hacia fuera, por un movimiento como de extraversión hacia
el mundo físico, donde se supone que todo sucede de modo automático, de manera
que se diría que el espíritu abarca serenamente al mundo físico con sus Ideas»
. Así pues, la ciencia natural de la época moderna implica una elaboración
cristiana del « lúcido misticismo» platónico, para el cual el fundamento
unitario del espíritu y la materia reside en las imágenes primordiales, donde
tiene también lugar la comprensión, en sus diversos grados y clases, incluso
hasta el conocimiento de la palabra de Dios. Pero Pauli añade una advertencia:
« Este misticismo es tan lúcido que es capaz de ver más allá de numerosas
oscuridades, cosa que los modernos no podemos ni nos atrevemos a hacer» .
Compara así Pauli,
a continuación, la perspectiva de Kepler con la de un contemporáneo suy o, el
médico inglés Robert Fludd, con quien Kepler sostuvo una violenta polémica
sobre la aplicación de las matemáticas a la experiencia previamente definida
por medio de mediciones cuantitativas. Fludd es aquí un exponente de una
descripción mágica arcaica de la naturaleza, tal como la practicaban los
cultivadores de la alquimia medieval y las sociedades secretas que surgieron en
torno a ella.
La sucesiva
elaboración del pensamiento de Platón en el neoplatonismo y en el cristianismo
llevó a caracterizar la materia como un vacío de Ideas. Y puesto que lo
inteligible se identificaba con lo bueno, la materia quedó identificada con lo
malo. Pero la nueva ciencia vino finalmente a sustituir el alma del mundo por
unas ley es de la naturaleza matemáticas y abstractas. Contar esta tendencia
unilateralmente espiritualizadora, la filosofía alquimista, defendida aquí por
Fludd, representa un cierto contrapeso. Para la visión alquímica, « en la
materia habita un espíritu que espera ser liberado. El alquimista está
continuamente implicado en su laboratorio en el curso de la naturaleza, de tal
modo que las reacciones reales o supuestas que tienen lugar en la retorta se
identifican místicamente con los procesos psíquicos que tienen lugar en sí
mismo, recibiendo
ambos los mismos
nombres. La liberación de la sustancia a través de la transmutación conseguida
por el hombre la ve el alquimista, a la luz de la correspondencia mística entre
macrocosmos y microcosmos, como idéntica a la transformación salvífica del hombre
por medio de su trabajo, que sólo “Deo concedente” consigue tener éxito» . El
símbolo que rige esta concepción mágica de la naturaleza es el número
cuaternario, la tetractys de los pitagóricos, que se compone
de dos polaridades. Esta división se relaciona con el lado oscuro del mundo (la
materia, el Demonio), y la visión mágica de la naturaleza abarca también esa
región oscura.
Ninguna de estas
dos líneas de desarrollo que arrancan de Platón y de la filosofía cristiana,
por una parte, y de la alquimia medieval, por otra, pudieron evitar
desintegrarse más tarde en sistemas opuestos de pensamiento. El pensamiento
platónico, originalmente orientado a la unidad entre materia y espíritu, acaba
produciendo un foso entre las concepciones científica y religiosa del mundo, en
tanto que el sendero espiritual representado por el gnosticismo y la alquimia
desemboca en el surgimiento de la química científica, por un lado, y en un
misticismo religioso desconectado una vez más de los procesos materiales, como
es el caso de Jakob Böhme.
En estas líneas de
desarrollo espiritual mutuamente divergentes y sin embargo emparentadas,
discierne Pauli las relaciones de complementariedad que han determinado al
pensamiento occidental desde el comienzo y que hoy en día, cuando la
posibilidad lógica de ese tipo de relaciones ha quedado abierta a través de la
mecánica cuántica, nos resultan más fácilmente comprensibles que en épocas
anteriores. En el pensamiento científico, característico de occidente, el alma
humana se vuelve hacia fuera preguntándose el porqué de las cosas. « ¿Por qué
lo uno se refleja en lo múltiple, qué es lo que refleja y qué es lo reflejado,
por qué no existe solamente lo uno?» . La mística, por el contrario, propia
tanto de oriente como de occidente trata de experimentar la unidad de las
cosas, intentando penetrar más allá de lo múltiple, que es para ella solamente
una ilusión. La búsqueda científica de conocimiento condujo en el siglo XIX al
concepto limitante de un mundo material objetivo, independiente de toda
observación, mientras que, por su parte, en el extremo de la experiencia
científica la situación limitante viene dada por el total divorcio del alma
respecto de la totalidad de los objetos al unirse con la divinidad. Para Pauli,
el pensamiento occidental se encuentra, por así decir, tensado entre esas dos
limitaciones.
« Siempre habitarán
en el alma humana dos actitudes, y cada una lleva a la otra en su interior,
como semilla de su opuesto. Surge de ahí un proceso dialéctico que no sabemos
adónde nos conduce. Pienso que, como occidentales, debemos entregarnos
confiadamente a ese proceso, y reconocer a los dos opuestos como
complementarios. Al dejar que persista la tensión entre los opuestos, debemos
también reconocer que todo intento nuestro por conocer o resolver cualquier
cuestión depende de
factores que escapan a nuestra capacidad de control, y para los que el lenguaje
religioso ha reservado siempre el nombre de la “gracia”» .
Cuando en 1927 la
interpretación de la mecánica cuántica parecía estar recibiendo una formulación
racional y Bohr estaba acuñando el concepto de complementariedad, Pauli fue uno
de los primeros físicos en apoy ar sin reservas la nueva posibilidad interpretativa.
El rasgo característico de esta interpretación —es decir, el hecho de que en
todo experimento o incursión en la naturaleza tenemos la posibilidad de elegir
el aspecto de la naturaleza que deseamos hacer visible, al precio de tener que
sacrificar al mismo tiempo todos los demás aspectos de lo mismo—, o sea, ese
emparejamiento de « elección y sacrificio» , venía a encajar espontáneamente en
la perspectiva filosófica de Pauli. En el centro de su pensamiento filosófico
estaba el deseo de una comprensión unitaria del mundo, una unidad en la que
estuviese incorporada la tensión de los opuestos, por lo cual saludó a esa
interpretación de la teoría cuántica como a la inauguración de un nuevo modo de
pensar, que permita expresar aquella unidad con may or facilidad que hasta
entonces. De la filosofía alquimista le había cautivado el intento de hablar de
los procesos materiales y psíquicos con un mismo lenguaje. Pauli llegó a pensar
que el terreno árido atravesado por la moderna física atómica y por la psicología
moderna permitía intentar una vez más emplear ese único lenguaje:
Sospecho que el
intento de la alquimia por emplear un lenguaje psicofísico unitario fracasó
sólo por estar relacionado con la realidad concreta visible. Pero en la física
actual tenemos una realidad invisible (la de los objetos atómicos) en la que el
observador interviene con una cierta libertad (viéndose por ello enfrentado a
alternativas de « elección y sacrificio» ); por otra parte, en la psicología
del inconsciente nos encontramos con procesos que no pueden atribuirse siempre
sin ambigüedad alguna a un sujeto determinado. Pienso que el intento de monismo
psicofísico se encuentra ahora en una situación esencialmente más prometedora,
y a que el lenguaje unitario adecuado (todavía desconocido, y neutral con
respecto a la antítesis psicofísica) se refería a una realidad invisible más
profunda. Habríamos encontrado así un modo de expresar la unidad entre todos
los seres, que trascendería la causalidad de la física clásica como forma de
correspondencia (Bohr); unidad, de la cual son casos especiales la interrelación
psicofísica y la coincidencia de las formas instintivas de ideación a priori
con las percepciones externas. En una concepción semejante, la ontología y la
metafísica tradicionales resultan sacrificadas, y la elección recae en la
unidad del ser.
Entre los estudios que Pauli se vio
llevado a acometer de la mano de los trabajos filosóficos que hemos citado, los
referidos a la simbología alquímica fueron los
que más huella
dejaron en él, como delatan ocasionalmente algunas expresiones en sus cartas. A
propósito de la teoría sobre las partículas elementales, por ejemplo, se
muestra encantado de las diversas simetrías cuatripartitas entremezcladas entre
sí, que él inmediatamente relaciona con la tetractys de los
pitagóricos; o bien, escribe: « La bisección y la disminución de la simetría,
ése es el nudo de la cuestión. Dividir en dos es un viejo atribuido diabólico
(se supone que la palabra dudoso, dubitable, tenía originariamente
la misma raíz que doble)» . Los sistemas filosóficos del período
siguiente a la bifurcación cartesiana le resultaban menos
atractivos. Criticaba muy duramente el empleo kantiano del término a
priori, al haber aplicado Kant esta expresión a formas de intuición o de
pensamiento racionalmente determinables. Expresamente advierte que « nunca
debería afirmarse que las tesis expuestas mediante formulaciones racionales son
los únicos presupuestos posibles de la razón humana» . Pauli, por el contrario,
pone los elementos a priori de la ciencia natural en íntima
conexión con las imágenes primordiales, los arquetipos de la psicología
jungiana, que no tenemos por qué considerar como necesariamente innatos, y a
que son susceptibles de un cambio paulatino y son relativos a unas determinadas
situaciones cognoscitivas. En este punto difieren, por tanto, las concepciones
de Pauli y Jung de la de Platón, quien consideraba que las imágenes
primordiales existían como inmutables e independientes del alma humana. Pero en
ambos casos esos arquetipos son consecuencia y prueba evidente del orden
general que preside el cosmos, y que abarca igualmente a la materia y al
espíritu.
Con relación a este
orden unitario del cosmos, que no admite todavía una formulación racional,
Pauli se muestra asimismo escéptico respecto de la opinión de Darwin, sumamente
extendida en la biología moderna, según la cual la evolución de las especies sobre
la tierra habría tenido lugar únicamente a causa de las ley es físico-químicas,
a través de mutaciones sobrevenidas al azar y sus efectos consiguientes. Pauli
considera este esquema excesivamente estrecho, y apunta la posibilidad de otras
conexiones más generales, que ni pueden encajar en el esquema conceptual
general de las estructuras causales, ni puede tampoco ser adecuadamente
descrito como « azar» . Una y otra vez encontramos en Pauli el intento de
romper los senderos usuales del pensamiento, a fin de acercarse por nuevos
caminos a la comprensión de la estructura unitaria del mundo.
No es preciso decir
que Pauli, en su pugna con el « uno» , se vio obligado a enfrentarse
continuamente con el concepto de Dios; cuando habla en una carta de « los
teólogos, frente a los que me encuentro en una relación arquetípica de
fraternidad hostil» , no cabe dudar de la seriedad de su intención. Si estaba
lejos de poder vivir y pensar sencillamente dentro de la tradición de
cualquiera de las antiguas religiones, tampoco se sentía más propenso a pasarse
a un ingenuo ateísmo de corte racionalista. Ningún resumen mejor de la actitud
de Pauli con respecto a esta cuestión, la más general de todas, que el que el
mismo Pauli
ofrece al final de
su conferencia sobre la ciencia y el pensamiento occidental.
Creo, sin embargo,
que a todo aquel para quien un racionalismo estrecho ha perdido todo atractivo,
y para quien tampoco resulta suficientemente poderoso el encanto de una actitud
mística, que considera sencillamente ilusoria la oprimente multiplicidad del
mundo exterior, no le queda más remedio que exponerse a la intensa acción de
los opuestos y sufrir los conflictos consiguientes. Precisamente obrando así,
puede el sujeto encontrar más o menos conscientemente un camino interior de
salvación. Lentamente surgen entonces imágenes, fantasías o Ideas internas que
compensan la situación exterior y revelan como posible la aproximación entre
los polos de la antítesis. Consciente del desarrollo de todos los intentos
inmaduros que en pos de la unidad se han hecho a lo largo de la historia del
pensamiento humano, no me atrevo a hacer predicciones sobre el futuro. Pero,
contrariamente a una estricta división de la actividad del espíritu humano en
compartimentos separados —división que prevalece desde el siglo pasado— considero
que el anhelo de superación de los opuestos, extensivo al logro de una síntesis
que abarque a un tiempo a la comprensión racional y a la experiencia mística de
la unidad, constituy e el mito, confesado o no, de nuestro tiempo y de la época
actual.
SIR ARTHUR EDDINGTON (1882-1944)
Sir Arthur
Eddington realizó importantes contribuciones sobre la física teórica del
movimiento, sobre la evolución y sobre la constitución interna de los sistemas
estelares. Fue uno de los primeros teóricos que llegaron a entender plenamente
la teoría de la relatividad, de la que llegó a ser uno de sus principales
expositores. Lejos de ser un puro teórico de sillón, Eddington dirigió la
famosa expedición que fotografió el eclipse solar que ofreció la primera prueba
de la teoría de la relatividad de Einstein. Por sus eminentes contribuciones,
le fue otorgado el título de sir en 1930.
Los siguientes
capítulos están tomados de sus obras Science and the Unseen World (Nueva
York: Macmillan, 1929). [Versión en castellano: La ciencia y el mundo
invisible], New Pathways in Science (Nueva York:
Macmillan, 1935). [Versión en castellano: Nuevos senderos
de la ciencia], y The Nature of the Physical World (Nueva
York: Macmillan, 1929). [Versión en castellano: La naturaleza del mundo
físico]. Eddington fue probablemente el mejor escritor entre
todos los físicos que recoge este volumen; juntamente con Heisenberg, fue
también el más acendrado filósofo de todos ellos; y, junto con Schrödinger, el
más místico. Poseía además un exquisito ingenio, que se evidencia casi en cada
página de sus obras (a veces el lector tarda en darse cuenta de hasta qué punto
Eddington juega con el humor, de modo que convendrá estar prevenido desde ahora
para lo que sigue). He dividido el material tomado de él para hacerlo encajar
en tres capítulos: el primero, relativo a las oscuras limitaciones de la
ciencia física; el segundo, sobre la necesidad de equiparar la realidad oculta
tras las sombras con la conciencia misma; y el tercero, que
contiene su famosa defensa de la mística.
TRAS ELVELO DE LA
FÍSICA [31]
Mi último round va
dedicado a Bertrand Russell. Pienso que él, más que ningún otro autor, ha
influido en el desarrollo de mis opiniones filosóficas, y mi deuda con él es
realmente ingente. Pero este capítulo tiene necesariamente algo de pendenciero,
y debo protestar contra la siguiente acusación: sir Arthur Eddington deduce la
religión del hecho de que los átomos no obedezcan a las ley es matemáticas. Sir
James Jeans la deduce del hecho de que sí las obedezcan.
Russell me atribuy
e aquí una opinión sobre el fundamento de la religión, a la que y o siempre me
he opuesto decididamente cada vez que he tratado este tema. Por lo que precede
a ese pasaje, me imagino que Russell se refiere en realidad a mis opiniones sobre
el libre albedrío, que él parece considerar equivalente a la religión; aun así,
la afirmación sigue estando lejos de ser verdad. Yo no he dado pie a pensar que
la religión ni el libre albedrío puedan deducirse de la física moderna; y o me
he limitado a mostrar que han desaparecido algunas de las dificultades que
impedían su reconciliación con la física. Si y o me encontrase ante la opinión
generalizada de que Russell no podía ser un matemático competente por haber
defendido la cuadratura del círculo, y o podría, para defenderle, señalar la
falta de fundamento de semejante información. ¿Sería correcto concluir de ahí
que y o deduzco que Russell es un matemático competente del hecho de no haber
defendido la cuadratura del círculo?
Podría tal vez
considerarse lo anterior como debido a la conveniencia de sacrificar en un
momento la precisión al juego de palabras, si no fuera porque la misma
acusación se contiene también en otros pasajes:
Como vemos, en este
pasaje Eddington no infiere un acto creativo determinado, emanado de un
Creador. La única razón que ofrece para no hacerlo así, es que no le gusta la
idea. El argumento científico que le lleva a la conclusión que rechaza es mucho
más fuerte que el argumento a favor del libre albedrío, y a que éste está
basado en la ignorancia, mientras que el que estamos ahora considerando se basa
en el conocimiento. Esto ilustra el hecho de que los científicos sólo extraen
de su propia ciencia las conclusiones teológicas que les complacen, y no las
que su ansia de ortodoxia les impide tragar, aunque puedan estar sólidamente
argumentadas.
La memoria es
frágil, y a veces a un hombre se le cuelgan opiniones que no son suy as. Creo,
por tanto, que merece la pena ofrecer aquí algunas citas que demuestren que
Russell ha malinterpretado absolutamente mi idea de la relación entre la
religión y la ciencia. Creo que los extractos que siguen representan todos los
libros o artículos en que he tocado el tema de la religión, salvo un temprano
ensay o en el que no encuentro un pasaje lo suficientemente compacto como para
citarlo.
El punto de partida
de la fe en la religión y en la mística es el convencimiento de su significado
o, como he dicho antes, el reconocimiento de una proclividad en la conciencia.
Debo subray ar esto, porque la religión siempre se ha fundamentado en toda época
en una apelación a un convencimiento intuitivo de esta índole, y no deseo dar
la impresión de que hemos encontrado ahora algo nuevo y más científico con que
sustituirlo. Yo rechazo la idea de que la fe característica de la religión
pueda demostrarse a partir de los datos o los métodos de la ciencia física. (The
Nature of the Physical World, p. 333).
La ausencia de
finalidad de las teorías científicas constituiría una seria limitación de la
fuerza de nuestra argumentación, caso de haber hecho mucho hincapié en su
permanencia. El lector religioso puede darse por muy satisfecho de que y o no
le hay a ofrecido un Dios revelado por la teoría cuántica, susceptible por
tanto de ser barrido de en medio por la revolución científica siguiente (ibíd.
p. 353).
Probablemente es
cierto que los últimos cambios del pensamiento científico vienen a quitar del
medio algunos de los obstáculos que se oponían a la reconciliación entre la
religión y la ciencia, pero es preciso distinguir cuidadosamente este hecho de
cualquier propuesta de basar la religión sobre los descubrimientos científicos.
Por mi parte, me declaro enteramente opuesto a semejante intento. (Science
and the Unseen World, p. 45).
Los pasajes que
cita Mr. Cohen dejan bien claro que y o no pretendo que la nueva física aporte
« demostración» alguna de la religión, ni siquiera que ofrezca algún fundamento
positivo a la fe religiosa. Pero sí proporciona sólidos argumentos a favor de una
filosofía idealista, que — esto es lo que sugiero— está abierta a una religión
espiritual, con tal de que el invitado aporte sus propias credenciales.
En resumen, la nueva concepción del universo físico me pone en la situación de
defender a la religión frente a una determinada acusación: la de ser
incompatible con la
ciencia física.
Esto no constituy e una panacea universal contra el ateísmo. Si se comprende
bien… esto explica mi « clara inclinación a considerar como definitiva la
posición de ciertas teorías físicas» ; cualquiera puede tratar de defender a la
religión especulando sobre la posibilidad de que la ciencia esté equivocada.
Ello explica por qué a veces y o doy por supuesta la verdad fundamental de la
religión; el soldado a quien toca defender una fortaleza desde un lado debe dar
por supuesto que los defensores del otro lado todavía no han sido derrotados.
(Artículo en el Freethinker).
Vuelvo ahora a la
cuestión de qué es lo que debe figurar en la estructura básica de los símbolos.
Ya he dicho que la ciencia física está a salvo de este tipo de transmutaciones,
y si digo algo positivo en este aspecto de la cuestión, no pretendo
estar hablando como científico (Broadcast Sy mposium, Science
and Religion).
El influjo de la
ciencia sobre la religión se reduce a que los científicos, de vez en cuando,
han asumido el papel de guardavías, y han puesto aquí y allá señales de
peligro, no siempre desacertadas. Interpretando correctamente la situación
actual, me parece que una de esas señales, colocada en una de las principales
vías de acceso, ha sido ahora eliminada. Pero nada importante va a suceder a
menos que venga una locomotora[32].
Limitaciones del
conocimiento físico. Cuando establecemos las propiedades de un cuerpo en términos
cuantitativos físicos, lo único que sabemos de él es las respuestas que su
presencia produce en los diversos indicadores métricos utilizados, y
nada más. Este tipo de conocimiento llega, no obstante, bastante lejos
después de todo. Si conociéramos las respuestas de toda clase de objetos —
balanzas, y demás indicadores incluidos—, su mutua relación con el entorno
estaría perfectamente determinada, quedando indeterminada únicamente su
naturaleza íntima inalcanzable. En la teoría de la realidad, semejante
conocimiento se considera total, y a que por naturaleza de un objeto, en cuanto
determinable a través de la investigación científica, se entiende sus relaciones
con todos los demás objetos que lo rodean abstractamente consideradas. El
desarrollo de la teoría de la relatividad se ha debido en gran medida al
crecimiento de un poderoso instrumento de cálculo matemático, capaz de tratar
en forma compendiosa con una infinidad de lecturas de indicadores; el término
técnico tensor, que tanto aparece en los tratados sobre la teoría
de la relatividad, puede traducirse como relación de lecturas de
indicadores. Esta íntima adaptación de las matemáticas a las concepciones
físicas forma parte del atractivo estético de la teoría matemática de la
relatividad. Esto no sucede así en todos los temas. Por ejemplo, podemos
admirar el triunfo de paciencia que
supone el que un
matemático pueda llegar a predecir con tanta precisión los movimientos de la
luna, pero estéticamente esta teoría lunar es horrible; es evidente que la luna
y los matemáticos usan métodos diferentes para fijar su órbita. Pero por el
empleo de tensores el físico matemático puede describir con precisión la
naturaleza del tema objeto de su estudio como una lista de lecturas de
diferentes indicadores, rechazando automáticamente toda la otra composición de
imágenes y conceptos que no tienen lugar dentro de la ciencia física.
El reconocer que el
conocimiento que la física nos proporciona de los objetos que estudia se reduce
únicamente a una serie de lecturas en diversas escalas e indicadores transforma
de modo fundamental la idea que tenemos del rango del conocimiento físico.
Hasta hace poco, dábamos por supuesto que nuestro conocimiento de las entidades
del mundo externo era algo mucho más íntimo que eso. Un ejemplo nos ay udará a
llegar a la raíz del gran problema de las relaciones entre la materia y el
espíritu. Tomemos el cerebro de un ser humano vivo, dotado de mente y de
pensamiento. El pensamiento es uno de los hechos indiscutibles de este mundo.
Yo sé que pienso, con una certeza que no tiene nada que ver con ninguno de los
conocimientos físicos que tengo del mundo. Algo más hipotéticamente, pero
fundado en una evidencia bastante plausible, estoy convencido de que los demás
poseen también mentes que piensan. He aquí, pues, un hecho universal
susceptible de ser investigado. El físico echa mano de sus instrumentos y comienza
a hacer exploraciones de modo sistemático. Todo lo que descubre es una
colección de átomos y electrones y campos de fuerza dispuestos en el espacio y
en el tiempo, de un modo aparentemente semejante al que se encuentra en los
objetos inorgánicos. Puede intentar rastrear otras características físicas,
como la energía, la temperatura, la entropía. Ninguna de éstas es idéntica al
pensamiento. Podría llegar a la conclusión —interpretando torcidamente el juego
recíproco de entidades físicas por él descubierto— de que el pensamiento es una
ilusión. Ahora bien, si cae en la locura de llamar ilusión al aspecto más
indudable de nuestra experiencia humana, tiene que enfrentarse inmediatamente a
esta tremenda pregunta: ¿cómo puede convertirse esa colección de átomos ordinarios
en una máquina pensante? ¿Tenemos un conocimiento tal de la naturaleza de los
átomos que nos obligue a considerar como absolutamente incongruente la
posibilidad de que puedan constituir un objeto pensante? Los físicos de la
época victoriana, cuando hablaban de materia y de átomos,
creían saber de lo que estaban hablando. Los átomos eran bolas diminutas de
billar, frágil afirmación que supuestamente describía íntegramente su
naturaleza, de un modo inaplicable a otras realidades trascendentales, como la
conciencia, la belleza o el humor. Pero hoy en día sabemos que la ciencia no
puede decir nada acerca de la intrínseca naturaleza del átomo. El átomo es para
la física, como cualquier otra cosa, una relación de lecturas de indicadores
diversos.
La ciencia estudia la relación entre
unas lecturas de indicadores con otras
lecturas de
indicadores. Los términos se enlazan en un ciclo interminable, en tanto que su
común inescrutable naturaleza se escapa todo el tiempo por el agujero. No
hay nada que impida que el ensamblaje de átomos constituidos de su cerebro
constituya por sí mismo una entidad pensante en virtud de esa naturaleza íntima
que la física deja siempre indeterminada y considera indeterminable.
El método cíclico
de la Física. Debo aclarar esta referencia a un ciclo interminable de términos
físicos. Me referiré a la ley gravitacional de Einstein. Esta vez voy a
exponerlo de un modo tan completo que es muy probable que nadie llegue a
comprenderlo. No importa. No estamos intentando echar más luz sobre el tema de
la gravitación: lo que nos interesa es comprobar qué es lo que realmente
implicaría intentar explicar completamente alguna realidad
física.
La ley de Einstein,
en su forma analítica, proclama que en el espacio vacío ciertas cantidades
llamadas potenciales obedecen a determinadas ecuaciones
diferenciales particularmente largas. Anotamos en un memorándum la
palabra potencial para acordarnos de que más tarde tenemos que
explicar su significado. Podemos concebir un mundo en el que los
potenciales tendrían en todo momento
y en todo lugar
valores enteramente arbitrarios. El mundo no es de hecho tan ilimitado, y los
potenciales se restringen a los valores conformes a las actuaciones de
Einstein. La pregunta siguiente es: ¿qué son los potenciales? Pueden definirse
como aquellas cantidades que se derivan, mediante cálculos matemáticos muy
sencillos, de ciertas cantidades fundamentales que se llaman intervalos (anotamos
en el memorándum explicar « intervalo» ). Si conocemos los valores
de diversos intervalos en todo el mundo, pueden darse reglas definidas para
deducir los valores de los potenciales. ¿Qué son los intervalos? Son relaciones
entre pares de acontecimientos que pueden medirse mediante escalas o relojes o
con ambos (memorándum: explicar « escala» y « reloj» ). Pueden darse
instrucciones para usar adecuadamente escalas y relojes, de modo que nos
proporcionen el intervalo combinado en la forma prescrita las lecturas de
ambos. ¿Qué son las escalas y los relojes? Una escala es una tira graduada de
alguna materia que… (memorándum: explicar « materia» ).
Pensándolo bien, dejo el resto de la descripción como « ejercicio
para el lector» , y a que nos llevaría bastante tiempo enumerar todas las
propiedades y sutilezas del comportamiento del tipo material que los físicos
aceptarían como adecuado para componer una escala o un reloj perfectos. Pasamos
a la pregunta siguiente: ¿qué entendemos por materia? Hemos dejado a un lado la
concepción física de la sustancia. Podríamos tal vez describir aquí la
estructura atómica y eléctrica de la materia, pero eso nos llevaría a los
aspectos microscópicos del mundo, mientras que aquí nos estamos ocupando del
aspecto macroscópico. Limitándonos a la mecánica, que es donde surge el tema de
la ley gravitacional, podemos definir la materia
como la encarnación
de tres magnitudes físicas interrelacionadas: masa (o
energía), momento (o velocidad) y stress (o
tensión). ¿Qué entendemos por
« masa» , « momento»
, y « stress» ? Uno de los máximos logros de la teoría de Einstein consiste
precisamente en haber proporcionado una respuesta exacta a esta pregunta. Son
expresiones de un alcance bastante formidable, que contienen los potenciales y
sus primeros y segundos derivados en relación con las coordenadas. ¿Qué son los
potenciales? Bueno, ¡esto es justamente lo que estamos intentando explicar!
En física, las definiciones se hacen
de acuerdo con el método inmortalizado
en The
House that Jack Built[33]: éste es el potencial, que se
dedujo del intervalo, que se midió con la escala, que se hizo de la materia,
que llevaba en sí la tensión, que… Pero, en vez de acabar en Jack, a quien
todos nuestros adolescentes conocen sin necesidad de serles presentado, nos
remontamos hacia atrás hasta el comienzo de la poesía: …el gato, que mató al
ratón, que se comió la cebada, que estaba en la casa, que construy ó el cura,
que casó al hombre, que vivía en la casa que Jack construy ó… Y así podríamos
seguir dando vueltas eternamente.
Pero quizás alguno hay a podido
hartarse antes a lo largo de mi explicación
sobre la
gravitación, y al llegar a la materia, tal vez hay a dicho: « Por
favor, no me explique nada más. Yo y a sé lo que es la materia» . Muy bien,
materia es algo que ese señor X conoce. Veamos cómo sigue la cosa: éste es el
potencial, que se dedujo del intervalo, que se midió con la escala, que se hizo
de la materia, que el señor X conoce. La pregunta siguiente es: ¿quién es el
señor X?
Bien, lo que pasa
es que a la física no le preocupa en absoluto seguir adelante con esa pregunta
de quién es el señor X. No está en modo alguno dispuesta a admitir que toda su
elaboración de la estructura del universo venga a ser algo así como « La casa que
el señor X construy ó» . Considera al señor X —y, más particularmente, a lo que
el señor X sabe— como a un inquilino bastante molesto que, en un
período tardío de la historia del mundo, ha venido a habitar en una estructura
que la naturaleza inorgánica, por un lento proceso evolutivo, ha contribuido a
construir. Y así, prefiere dejar a un lado la calle que le conduce al señor X
—y más allá—, y cerrar en sí mismo el ciclo, dejado al señor X a la intemperie.
Desde su punto de
vista, la física está enteramente justificada. El hecho de que la materia se
asome de un modo indirecto al horizonte mental del señor X no ofrece ninguna
utilidad para un esquema teórico de la física. No podemos englobarlo en una
ecuación diferencial. Así pues, se le ignora, y las propiedades físicas de la
materia y de las demás entidades se expresan a través de sus conexiones dentro
del ciclo, y así vemos cómo, a través de ese ingenioso recurso cíclico, la
física se asegura como objeto de estudio un campo autodelimitado, sin cabos
sueltos proy ectados a lo desconocido. Todas las restantes definiciones físicas
presentan el mismo tipo de entrelazamientos. La energía eléctrica se define
como aquello que da origen al movimiento de una carga eléctrica; una carga
eléctrica es aquello que produce una energía eléctrica. De modo que una carga
eléctrica es aquello que produce algo, que produce al movimiento de algo, que a
su vez produce algo que produce… y así ad infinítum .
Para saber lo que
le pasa al señor X, y qué es lo que le hace comportarse de esa forma extraña,
no tenemos que acudir a un sistema físico deductivo, sino a esa
intuición que poseemos, por debajo de los símbolos, en la propia mente. Es esta
intuición la que nos permite finalmente encontrar la respuesta a la pregunta:
¿quién es el señor X?
Mientras la física,
entretenida en tratar de conocer y arreglar el mundo cotidiano, fue capaz de
considerar suy os incluso los aspectos que pertenecen al lado estético de la
naturaleza, podía también con algún asomo de razón pretender cubrir la
totalidad de la experiencia humana; quienes pretendían que la existencia
presentaba además otro aspecto, el religioso, se veían obligados a luchar para
defender su pretensión. Pero ahora que la descripción física omite tantos
aspectos obviamente significativos, nadie pretende que aquélla represente la
verdad total de toda posible experiencia. Semejante pretensión despertaría las
protestas, no
sólo de las
personas de mentalidad religiosa, sino de todos cuantos reconocen que el ser
humano no es meramente un instrumento de medición científica.
La física ofrece
una respuesta muy perfeccionada a un problema especial que le sale al encuentro
en la experiencia. No deseo minimizar la importancia del problema ni el valor
de la solución. Para enfocar el problema, se han descartado las diversas facultades
del observador y se ha simplificado incluso su equipamiento sensorial, hasta
convertir el problema en algo que podemos resolver con nuestros métodos. Para
el físico, el observador se ha convertido en un símbolo que habita en el mundo
de los símbolos. Pero antes de traspasarle el problema al físico, hemos tenido
un atisbo del Hombre en cuanto espíritu rodeado de un entorno afín a su propia
espiritualidad.
Cuando me refiero
en estas conferencias a una experiencia que va más allá de las ecuaciones
simbólicas de la física, no me estoy apoy ando en ningún conocimiento
científico especializado; dependo, como cada cual, de la común herencia del
pensamiento humano.
Nosotros
reconocemos que el tipo de conocimiento que persigue la física es demasiado
estrecho y especializado como para proporcionar una entera comprensión de lo
que rodea al espíritu humano. En nuestra vida y en nuestra actividad ordinaria
hay una gran cantidad de aspectos que escapan de la perspectiva de la física.
La admisibilidad e importancia de estos aspectos no suscita, en su may or
parte, controversia alguna; los damos por válidos y adaptamos a ellos nuestra
vida sin tener que cuestionarnos nada profundamente al respecto. Toda discusión
acerca de su compatibilidad con las verdades reveladas por la física queda
dentro del ámbito académico; sea cual sea el resultado de la discusión, no es
probable que estuviéramos dispuestos a sacrificarlos, sabiendo como sabemos
desde un principio que la naturaleza humana quedaría sin esos aliviaderos.
Resultaría, por consiguiente, un tanto anómalo que, entre los muchos aspectos
extrafísicos que se dan en la experiencia, solamente a la religión se la
considerase necesitada de reconciliación con los conocimientos propios de la
ciencia: ¿por qué habría que suponer que todo lo que respecta a la naturaleza
humana puede ser determinado con una regla de medir o puede ser expresado en
términos de intersecciones de
« líneas mundanas» ?
Si tiene necesidad de ser defendida, habrá que defender la perspectiva
religiosa de un modo muy semejante a como defenderíamos la perspectiva
estética. El argumento definitivo parece estar en el sentimiento interno de
crecimiento o de satisfacción que proporcionan tanto la facultad estética como
el ejercicio de la facultad religiosa. Es semejante al sentimiento interno del
científico, que le hace estar persuadido de que por el ejercicio de otra
facultad mental —la capacidad de razonar— llegamos a alcanzar algo que el
espíritu humano no puede por menos de perseguir.
La contemplación de la propia
naturaleza nos hace descubrir por primera vez
que el universo
físico no se corresponde coextensivamente con la propia experiencia de la
realidad. Ese « algo a lo que le importa la verdad» debe ciertamente tener su
puesto en la realidad, sea cual sea la definición que de ella queramos dar. En
nuestra propia naturaleza, o a través del contacto de nuestra conciencia con
otra naturaleza que trasciende la propia, descubrimos otras cosas que reclaman
la misma especie de reconocimiento: el sentido de la belleza, de la moralidad,
y en último término, en la raíz de toda religión espiritual, una experiencia
que describimos como presencia de Dios. Al referirme a este tipo de cosas como
constitutivas de un mundo espiritual, no pretendo sustancializarlas ni
objetivarlas, o hacerlas aparecer distintas de como nos resultan en la
experiencia que de ellas tenemos. Pero me atrevería a decir que cuando del
fondo del corazón, perplejo ante el misterio de la existencia, brota como un
grito la pregunta: « ¿qué significa todo esto?» , no podemos responderla
verdaderamente mirando tan sólo a la parcela de experiencia que nos llega a
través de ciertos
« órganos
sensoriales» , y diciéndonos: « Todo es átomos y caos; es un universo de globos
inflamados que vagan camino de una inminente oscuridad; todo son tensores y
álgebra no-conmutativa» . No; más bien, la respuesta habla de un espíritu,
santuario de la verdad, candidato al sentimiento de plenitud que proporciona la
fidelidad a la rectitud y a la belleza. ¿No debo acaso añadir que, incluso
cuando irrumpen en nuestra mente la luz, el color y el sonido excitados por la
estimulación proveniente del mundo de afuera, esos otros movimientos de nuestra
conciencia provienen de algo que, y a sea desde más allá o desde lo profundo de
nosotros mismos, es superior a la propia personalidad?
En la religión, es
fundamental preservar este aspecto de la experiencia humana como algo
cotidiano. Para poder vivirlo así, tenemos que atenernos a las formas
religiosas que nos resultan familiares y no a una serie de afirmaciones
científicas abstractas. Un hombre que se refiriese a su entorno ordinario en
los términos propios de un lenguaje científico sería insufrible. Si Dios
significa algo en nuestras vidas cotidianas, no me parece que debamos sentirnos
desleales con la verdad por el hecho de hablar o de pensar en él en términos no
científicos, como tampoco por el hecho de hablar o pensar de modo no científico
sobre los seres humanos que tenemos a nuestro lado.
La definición de la
Realidad. Es hora de ocuparnos de unos términos ambiguos — Realidad y
Existencia— que hemos estado usando sin investigar para nada lo que supone qué
quieren decir. La palabra Realidad me da miedo, al no connotar una
característica definible ordinaria de las cosas a las que se aplica, y ser por
el contrario usada como si fuera una especie de halo celestial. Naturalmente,
es posible llegar a emplear de modo consistente la palabra « realidad»
adoptando una definición convencional. De mi propia experiencia podría extraer
probablemente una definición, para mí satisfactoria, que consideraría como real
algo, cuando
constituy e el objetivo de un tipo de exploración a la que y o personalmente
concedo importancia. Pero si no insisto en ninguna otra cosa, estoy estrechando
el significado que normalmente se le da a esa palabra. En física, es posible
ofrecer una fría definición científica de la realidad, ajena a toda
mixtificación sentimental. Pero esto no es jugar del todo limpio, porque la
palabra « realidad» se usa generalmente con la intención de evocar
sentimientos. Es una palabra muy adecuada para una peroración: « El digno
portavoz de la derecha continuó declarando que la concordia y la amistad, por
las que no ha cesado de luchar, se han convertido hoy en una realidad (grandes
aplausos)» . El concepto que nos cuesta captar no es el de « realidad» , sino
el de « realidad (grandes aplausos)» .
Examinemos
primeramente la definición ateniéndonos al empleo puramente científico de la
palabra, aunque esto no nos va a llevar demasiado lejos. El único tema que se
me ofrece como objeto de estudio es el contenido de la propia conciencia. Los
demás pueden comunicarme parte del contenido de sus propias conciencias, que de
esa forma se hace accesible a la mía propia. Por razones generalmente
admitidas, y que no me gustaría tener que demostrar como concluy entes, y o les
reconozco a las conciencias de los demás el mismo estatus que a la mía propia;
y empleo esa porción de segunda mano de mi conciencia para « ponerme en su
lugar» (en el de los demás). Por consiguiente, mi tema de estudio viene así a
diferenciarse en contenidos de diversas conciencias, cada uno de los cuales
constituy e un punto de vista. Surge luego el problema de combinar
esos diversos puntos de vista, y es así como surge el mundo externo de la
física. Hay mucho en la propia conciencia que es individual, y mucho que es
aparentemente alterable por propia voluntad, pero hay un elemento estable que
es común con las demás conciencias. Ese elemento común es lo que deseamos
estudiar, describiéndolo tan completa y precisamente como sea posible, y
descubrir las ley es en virtud de las cuales ahora se combina con un punto de
vista
y luego con otro. Ese
elemento común no puede situarse en la conciencia de un hombre en vez de en la
de otro; debe estar situado en un terreno neutral: el mundo externo.
Si queremos
descubrir, no y a la realidad meramente convencional de los átomos y los
electrones del mundo exterior, sino su « realidad (grandes aplausos)» , no
debemos mirar al final sino al principio, al origen, de esa búsqueda. Es en el
origen donde debemos encontrar el argumento que nos hace elevar a estas
entidades considerándolas como algo más que meros productos de un ejercicio
mental arbitrario. Ello implica tratar de determinar de algún modo el impulso
que nos puso en marcha en este viaje de exploración. ¿Cómo podemos hacerlo?
Desde luego, no por ningún razonamiento que y o conozca. La razón sólo nos
remitiría a juzgar el impulso por el éxito eventual de la aventura —esto es, si
al final nos condujo a algo realmente existente, portador de ese halo por
derecho
propio—; nos
traería pues de un lado para otro, como la canilla de una máquina de coser, a
lo largo de la cadena de deducciones, buscando inútilmente ese huidizo halo.
Pero, legítimamente o no, la mente confía en su capacidad de distinguir cuándo
sus demandas de exploración vienen sancionadas por una autoridad indiscutible.
Podemos expresarlo de diferentes formas: el impulso que nos empuja a ese tipo
de exploraciones forma parte de lo más íntimo de nuestra propia naturaleza; o
es la expresión de un propósito que nos posee. ¿Es esto precisamente lo que
queríamos decir cuando buscábamos afirmar la realidad del mundo exterior? De
algún modo va encaminado a encontrar su sentido, pero no nos da la respuesta
plena que le corresponde. Yo dudo de que realmente los interrogantes que hay
detrás de esa demanda queden satisfechos a menos que nos planteemos la
hipótesis más arriesgada de que la búsqueda y lo que con ella se consigue
tienen algún valor a los ojos de un Evaluador Absoluto.
Sea cual sea la
justificación que encontramos en su origen a nuestra vindicación del mundo
externo, no dejaremos de reconocer que muchas otras cosas ajenas a la ciencia
física están en la misma situación. Aunque no dependen de ellas largas cadenas
de regularidad deductiva, no podemos dejar de reconocer en nuestro ser otras
fibras que se extienden en direcciones distintas de lo sensorial. No me
preocupa excesivamente coronar esos otros sectores de intereses del alma con
grandes palabras como « existencia» o « realidad» . Me interesa más expresarlo
diciendo que cualquier planteamiento de la cuestión de la realidad en su
sentido trascendental (emane o no la cuestión del mundo de la física) nos lleva
a considerar al hombre, no como a un manojo de impresiones sensoriales, sino a
un ser consciente de tener objetivos y responsabilidades a los que el mundo
exterior está subordinado.
Desde esta
perspectiva podemos reconocer el mundo espiritual junto al mundo físico. La
experiencia —es decir, la del propio ser junto con el entorno—
abarca más de lo que comprende el mundo físico, limitado como está a una
complejidad de mediciones simbólicas. Como hemos visto, el mundo físico es la
respuesta a un problema concreto y urgente que surge del examen de la
experiencia; ningún otro problema ha ido seguido ni de lejos con tanta
precisión y tanto trabajo. El progreso en la comprensión de los elementos no
sensoriales constitutivos de la propia naturaleza no es probable que siga
líneas semejantes, ni está de hecho animado por el mismo anhelo. Si hay el
sentimiento de que la diferencia es tan grande que la expresión mundo espiritual
constituy e una analogía equívoca, no insistiré en mantener el término. Todo lo
que pretendo afirmar es que quienes en la búsqueda de la verdad parten
de la conciencia como sede del propio conocimiento, con intereses y
responsabilidades que escapan del plano material se ven confrontados
con los hechos desnudos de la experiencia, tanto como quienes
parten de la conciencia entendida como instrumento de lectura de las
indicaciones de los espectroscopios y los micrómetros.
¿Cuál es la verdad
última respecto de todos nosotros? Hay diversidad de respuestas. Somos una
porción equivocada de materia estelar. Somos maquinarias físicas —muñecos que
se contonean, parlotean, ríen y mueren, según tira de las cuerdas la mano del
tiempo—. Pero hay una respuesta elemental, insoslay able. Somos lo que
plantea la pregunta. Sea lo que sea lo que puede haber en nuestra
naturaleza, la responsabilidad con respecto a la verdad es indudablemente uno
de sus atributos. Este aspecto de nuestra naturaleza está a salvo del
escrutinio de los físicos. No me parece que baste con admitirlo como un aspecto
mental de nuestro ser. Tiene que ver con la conciencia más que con el
estar consciente[34]. La preocupación
por la verdad es uno de los ingredientes de la naturaleza espiritual del ser
humano. Nuestra naturaleza espiritual tiene también otros elementos
constitutivos que son quizá tan evidentes como éste, la admisión de cuy a
existencia no se puede forzar tan fácilmente. No podemos reconocer que la
experiencia nos plantea un problema, sin al mismo tiempo reconocernos
implicados en él como buscadores de la verdad. La extraña asociación de alma y
cuerpo —de responsabilidad por la verdad, por una parte, y un grupo particular
de derivados del carbono, por otra— es un problema por el que de forma natural
nos sentimos intensamente interesados, pero ese interés está desprovisto de
ansiedad, como sería si de veras estuviéramos cuestionando la existencia de un
significado espiritual en la experiencia. Más bien hay que considerar a ese
significado como un dato del problema; la solución debe adecuarse a los datos;
no debemos alterar los datos para que encajen en una pretendida solución.
Sería tonto negar
la magnitud del abismo que separa la comprensión que tenemos de la forma más
compleja de materia inorgánica y la de la forma de vida más sencilla.
Supongamos, sin embargo, que un día ese abismo llegara a salvarse, y que la
ciencia fuera capaz de mostrar la manera de formar, a partir de las entidades
físicas, criaturas dotadas incluso de vida. El científico podría tal vez
describir el mecanismo nervioso de semejante criatura, su capacidad de
movimiento, de crecimiento, de reproducción, y acabar diciéndonos: « Es como
tú» . Pero todavía tendría que superar la prueba insoslay able: ¿le preocupa la
verdad lo mismo que a mí? Si es así, le reconoceré como igual a mí. El
científico podría mostrarnos los movimientos que tienen lugar en su cerebro, y
explicarnos que se trata realmente de sensaciones, emociones, pensamientos;
podría incluso proporcionarnos un código para traducir sus movimientos en los
pensamientos correspondientes. Pero incluso aceptando todo esto como un
sustituto inadecuado de lo que conocemos como conciencia, aún tendríamos que
protestar: « Nos ha mostrado usted una criatura capaz de pensar y de creer;
pero no nos ha enseñado una criatura a la que le importe que
lo que piensa y cree es verdad» . Ese íntimo y o, que posee ese atributo que ha
considerado insoslay able, no puede nunca formar parte del mundo físico, a
menos que alteremos el significado de la
palabra « físico»
hasta hacerlo sinónimo de « espiritual» —cosa que contribuiría escasamente a
poder pensar con may or claridad—. Pero tras haber descalificado a nuestro
supuesto doble, podemos decirle al científico: « Si consigue usted que este
robot que pretende ser igual a mí adquiera la cualidad que actualmente le
falta, y quizá también otros atributos espirituales que me parecen igualmente
evidentes, puede que consigamos algo que se parezca realmente a mí» .
Hace unos pocos
años, la hipótesis de adaptar a la naturaleza espiritual un hombre completo
desde el punto de vista físico, por el simple expediente de añadirle alguna
otra cosa, habría sido una mera figura literaria, un juego verbal para obviar
dificultades insuperables. De un modo semejante, sin ningún afán de precisión,
hablamos libremente de construir un robot e insuflar luego vida en él.
Presumiblemente, un robot no está construido de tal modo que pueda admitir
cambios de última hora en su diseño; es una pieza delicada, hecha para
funcionar de modo mecánico, y adaptarlo a alguna otra cosa implicaría tener que
reconstruirlo enteramente. Por decirlo llanamente, si se quiere poder llenar de
algo un barco, es preciso hacerlo hueco, y nuestro cuerpo material, entendido a
la antigua, no era lo suficientemente hueco como para servir de receptáculo de
atributos mentales o espirituales. El resultado fue considerar a la conciencia
como un instrumento en el mundo físico. Nos veíamos obligados a elegir entre
descartarlo como una ilusión o una torcida representación de lo que tenía lugar
realmente en el cerebro, o aceptarlo como una instancia extraña, dotada del
poder de suspender las ley es de la naturaleza y capaz de interferir
brutalmente con los átomos y moléculas al entrar en contacto con ellos.
La concepción que
tenemos actualmente del mundo físico es lo suficientemente hueca como
para poder albergar cualquier cosa. Creo que el lector estará de acuerdo. Puede
que incluso hay a un asomo de burla en su sincero asentimiento. Lo que hemos
sacado a la luz hasta ahora como base de cualesquiera fenómenos se reduce a
unos esquemas simbólicos conectados entre sí por medio de ecuaciones
matemáticas. A eso se reduce la realidad física cuando se la intenta probar con
los métodos de que disponen los físicos. Si por algo se caracteriza un esquema
simbólico estructural, es por ser algo hueco, vacío. Semejante esquema puede
—más aún, está pidiendo a gritos— ser llenado con algo que pueda transformarlo
de esqueleto en sustancia, que pueda llevarlo del plan a la práctica, del puro
símbolo a la interpretación de los símbolos. Y si alguna vez los físicos llegan
a resolver el problema de construir un cuerpo vivo, no deberían sentirse
tentados de señalar al resultado y decir: « Es como tú» . Deberían más bien
decir: « Éste es el conjunto de símbolos equivalentes a ti según la descripción
y explicación que podemos dar de aquellas propiedades tuy as que podemos
observar y medir. Si tú pretendes poseer dentro de tu propia naturaleza una
intuición más profunda de tu ser que te permita interpretar estos
símbolos —es decir,
un conocimiento más íntimo de una realidad que y o sólo puedo manejar
simbólicamente—, puedes estar tranquilo de que nosotros no tenemos otra
interpretación alternativa que ofrecer» . La física contribuy e a solucionar el
problema de la experiencia proporcionándonos su esqueleto; en cuanto al
revestimiento del esqueleto, se mantiene al margen.
Consideremos ahora
la respuesta que hemos de dar a la pregunta si la naturaleza de la realidad es
material o espiritual, o una combinación de ambas. He indicado a menudo lo poco
que me gusta la palabra realidad, que con frecuencia sirve más para
oscurecer que para aclarar las cosas, pero he planteado la pregunta en los
términos que suelen emplearse comúnmente y la responderé ateniéndome a lo que
pienso que puede ser la intención de quien pregunta.
Pero antes
plantearé otra pregunta. ¿De qué está compuesto el océano? ¿De agua, de olas, o
de ambas cosas? Algunas de las personas que me acompañaban cruzando una vez el
Atlántico defendían ardorosamente que estaba compuesto de olas, de ondas. Pero
me parece que la respuesta más común y carente de prejuicios estaría a favor de
considerarlo compuesto de agua. Al menos, si expresamos la opinión de que el
océano es de naturaleza acuosa, no es probable que venga nadie a discutirnos
afirmando que, por el contrario, es de naturaleza ondulatoria, o que es de
naturaleza dual, en parte acuosa y en parte ondulatoria. De un modo semejante,
y o afirmo que toda realidad es de naturaleza espiritual,
y no material, ni
tampoco en parte material y en parte espiritual. No entra en mis cálculos la
hipótesis de que puede ser, en algún grado, de naturaleza material, porque tal
como entendemos actualmente la materia, juntar al sustantivo naturaleza el
adjetivo material no tiene ningún sentido.
Si interpretamos el
término material (o, hablando con may or precisión, físico)
en su sentido más amplio, como aquello con lo que podemos entrar en relación a
través de la experiencia sensorial del mundo externo, reconocemos en seguida
que es lo que se corresponde con las olas, no con el agua del océano de la
realidad. Yo no niego en mi respuesta la existencia del mundo físico, como
tampoco afirmar que el océano está compuesto de agua implica negar la
existencia de las olas marinas; lo que pasa es que esta vía no nos acerca a la
naturaleza intrínseca de las cosas. Igual que el mundo compuesto de símbolos de
la física, el concepto de onda es lo suficientemente hueco como para poder
contener casi cualquier cosa: puede haber ondas en el agua, en el aire, en el
éter,
y también (en la
teoría cuántica) ondas de probabilidad. De manera que después de que la física
nos hable de las ondas, tenemos aún que determinar el contenido de las mismas
por alguna otra vía de conocimiento. Si estamos de acuerdo en que el aspecto
espiritual de la experiencia está, con respecto al lado material de la misma,
en el mismo tipo de relación que tienen el agua y las formas ondulatorias, cada
cual puede y a responder por sí mismo la pregunta que
planteábamos al
comienzo de este capítulo, y evitar así toda clase de malentendidos verbales.
Y, lo más importante, tendremos ocasión de ver cuán fácilmente encajan entre sí
esos dos aspectos de la experiencia, sin necesidad de disputarse el sitio el
uno al otro. Es casi como si la moderna concepción del mundo físico hubiese
abierto y deliberadamente el espacio a las realidades del espíritu y la
conciencia.
La conciencia
consta como elementos de pensamientos y sentimientos específicos; en las
células del cerebro, los elementos son los átomos y los electrones. Pero ambos
análisis no corren paralelos el uno al otro. Y así, cuando decimos que por
debajo del mundo físico globalmente considerado suby ace una realidad
espiritual, no pensamos por ello que ésta esté distribuida de manera que a cada
elemento espacio-temporal corresponda una determinada porción de ese trasfondo
espiritual. Mi conclusión es que, aunque en su may or parte la indagación en el
problema de la experiencia acaba envuelta en un velo compuesto de símbolos, hay
también en las mentes de los seres conscientes un conocimiento inmediato que es
capaz de levantar el velo en algunos lugares; lo que a través de esas aberturas
podemos ver es de naturaleza mental y espiritual. En todo lo demás no vemos más
que el velo.
Probablemente es
verdad que los recientes cambios operados en el pensamiento científico hay an
retirado algunos de los obstáculos que impedían la reconciliación de la
religión con la ciencia, pero es preciso distinguir cuidadosamente este hecho
de cualquier tipo de propuesta de basar la religión en los descubrimientos
científicos. Por mi parte, me declaro totalmente opuesto a semejante intento.
En resumen, la situación es la siguiente. Sabemos hoy que la exploración del
mundo exterior con los métodos de la ciencia física no nos conduce a una
realidad concreta, sino a un mundo de sombras y símbolos, por debajo de los
cuales esos métodos son incapaces de penetrar. Si se les pregunta hoy a los
físicos que han decidido finalmente qué son los átomos o los electrones, no nos
responderán hablándonos de bolas de billar ni de turbinas ni de ninguna otra
cosa concreta; nos remitirán más bien a una serie de símbolos y ecuaciones
matemáticas que reflejan su comportamiento de modo satisfactorio. ¿Qué
representan esos símbolos, qué hay detrás de ellos? Misteriosamente se nos
responderá que esa pregunta es indiferente para la física; ésta carece de
medios para indagar por debajo de ese nivel simbólico. Para comprender los
fenómenos del mundo físico, es necesario conocer las ecuaciones a las que esos
símbolos se ajustan, pero no la naturaleza de lo realmente simbolizado por
ellos.
Con la sensación de
que detrás de ellos debe de haber algo más, volveremos al punto de partida de
la conciencia humana —el único centro donde podemos esperar conocer algo más—.
Ahí nos encontramos con otras reacciones y revelaciones verdaderas o falsas, distintas
de las que nos proporciona el mundo de los símbolos.
Todos compartimos
esa extraña decepción de poder comprender tan fácilmente la naturaleza general
de un pedazo de materia, y que siga siendo insondable para nosotros la
naturaleza del espíritu humano. Pero veamos cómo adquirimos esta supuesta
familiaridad con el pedazo de materia. Algún influjo que emana de él juega de
algún modo con algunas de mis terminaciones nerviosas, iniciando así una serie
de cambios físico-químicos, que se propagan a lo largo de los nervios hasta
alcanzar algunas de las células del cerebro; ahí sucede un misterio, que hace
que surja en la mente una imagen o una sensación que no puede jactarse de
parecerse en nada al estímulo que dio origen a la excitación. Todo cuanto
conocemos del mundo material tiene que haber sido inferido de un modo u otro de
esos estímulos transmitidos por los nervios al cerebro. Constituy e una hazaña
asombrosa de desciframiento el hecho de haber podido deducir un esquema
ordenado de conocimientos naturales a partir de un proceso tan indirecto de
comunicación. Pero claramente existe una clase de conocimiento que no necesita
pasar por esos canales: el conocimiento de la intrínseca naturaleza de lo que
se esconde al otro extremo de la línea de comunicación. El conocimiento
inferido es un marco estructural, cuy os elementos constituy entes son de
naturaleza desconocida. Por esa razón se les describe por medio de símbolos,
como ocurre en álgebra, en donde el signo « x» representa una cantidad
desconocida.
La mente, a modo de
estación receptora central, lee los puntos y ray as de las señales nerviosas
que acuden al cerebro. A través de la repetición frecuente de sus llamadas de
atención, las diversas estaciones transmisoras del mundo exterior acaban por resultarnos
familiares. Poco a poco empezamos a sentirnos como en casa con señales como 2LO
y 5XX. Pero la estación transmisora no es como la señal de
atención que transmite; la naturaleza de una y otra no son conmensurables. Así
también, las sillas y mesas que nos rodean y que emiten constantemente hacia
nosotros esas señales que afectan a nuestra vida o a nuestro tacto, no pueden
ser de una naturaleza semejante a la de las señales ni a la de las sensaciones
que esas señales despiertan al término de su viaje.
Por muy
profundamente que se quiera investigar la naturaleza del ser humano con los
medios propios de la física, sólo podremos llegar a formular una descripción
simbólica. Lejos de pretender dogmatizar acerca de la naturaleza de la realidad
así simbolizada, la física se preocupa de proclamar con todas sus fuerzas que
sus métodos son incapaces de pasar más allá de la simbolización. Es entonces,
ciertamente, cuando nuestra propia naturaleza mental y espiritual, que
conocemos en el interior de nuestra mente en virtud de un contacto íntimo que
trasciende los métodos físicos, viene a proporcionarnos justamente esa
interpretación de los símbolos que la ciencia confiesa no poder aportarnos.
Justamente por tener un conocimiento real y no puramente simbólico de nuestra
propia naturaleza, es por lo que ésta nos parece tan misteriosa; rechazamos
como
inadecuada para
ella una descripción puramente simbólica, aunque ésta pueda ser buena para
andar entre sillas y mesas y otras entidades físicas que sólo nos afectan por
comunicación remota.
Al comparar el
grado de certidumbre que podemos tener de las cosas espirituales y de las cosas
materiales, no olvidemos esto: la mente es el primer y más directo dato con que
contamos en nuestra experiencia; todo lo demás son inferencias remotas.
Todo ese entorno de
espacio, tiempo y materia, de luz y color y de cosas concretas, que se nos
aparece tan vívidamente real, cuando se le examina profundamente con todos los
adelantos de la ciencia física, en el fondo se reduce a símbolos. Su sustancia
se convierte en sombra. No obstante, si los símbolos tienen un trasfondo —una
cantidad desconocida, representada por el signo matemático « x» —, el mundo
sigue siendo real. A nosotros nos parece que no estamos del todo desconectados
de ese trasfondo. A ese trasfondo pertenecen la propia conciencia y
personalidad, y los aspectos espirituales de la propia naturaleza que no pueden
describirse a través de ningún lenguaje simbólico, o al menos no con el de tipo
numérico al que se ha limitado hasta ahora la física matemática. La historia de
la evolución termina con la excitación producida en el cerebro del más tardío
invento de la naturaleza, pero esa excitación de la conciencia introduce una
total trasformación en la realidad al encontrar el sentido de su simbolismo.
Desde el punto de vista de los símbolos, es el fin, pero atisbando más allá de
ellos, es el comienzo.
MATERIA MENTAL
Trataré de ser lo
más concreto posible respecto del atisbo de realidad que al parecer hemos
alcanzado. Sólo que soy bien consciente de que al descender a detalles voy a
tener que andar probablemente a tientas. Aunque hay a producido una visión
correcta de la tendencia filosófica de la ciencia moderna, resulta prematuro
pretender ofrecer un esquema acabado de la naturaleza de las cosas. Debo
admitir que considero pertinente toda crítica que pueda hacerse en el sentido
de que se tocan aquí ciertos aspectos que pertenecen más bien al campo del
psicólogo experto. Las tendencias recientes de la ciencia nos sitúan, creo y o,
a una altura que nos permite contemplar las aguas profundas de la filosofía; si
me atrevo de pronto a sumergirme en ellas, no es porque tenga confianza en mi
capacidad de nadar, sino para intentar demostrar que esas aguas son realmente
profundas.
Por decirlo con
toda crudeza, mi conclusión es que el mundo está compuesto de « materia»
mental. Como suele suceder con este tipo de afirmaciones rotundas, tendré que
matizar a continuación que al emplear aquí el término materia no
me refiero en absoluto a lo que normalmente entendemos por materia,
ni al decir mental quiero tampoco exactamente remitirme a la
mente. No obstante, es la forma más aproximada de expresar la idea en una sola
frase. La materia mental de que se compone el mundo se refiere, naturalmente, a
algo más general que las propias mentes individuales conscientes, pero podemos
pensar que su naturaleza no es del todo ajena al sentimiento que tenemos de la
propia conciencia. La materia en sentido realista y los campos de fuerza
propios de la antigua teoría física son aquí totalmente irrelevantes, salvo en
cuanto que todas estas imágenes son creación y producto de la propia « materia
mental» . La materia y los campos de fuerza de la física actual —una y otros
simbólicos— tienen may or relevancia, pero guardan con respecto a la materia
mental la misma relación que la que tienen las cuentas del tesorero de una
universidad con respecto a las actividades de ésta. Una vez admitido esto, la
actividad mental de esa parte del mundo que constituy e el propio y o no puede
para nosotros ser causa de sorpresa; tenemos de ella un conocimiento directo, y
no necesitamos explicarla disfrazándola de algo distinto de lo que sabemos —o
mejor, de lo que ella misma sabe— que es. Son los aspectos físicos del mundo los
que están
necesitados de
explicación. Nuestro cuerpo es más misterioso que nuestra mente. O al menos
debería serlo. Lo que pasa es que tenemos la posibilidad de dejar el misterio
de lado por el simple expediente de acudir al esquema cíclico de la física, lo
que nos permite limitarnos a estudiar el comportamiento fenoménico sin tener
nunca que vérnoslas con el misterio suby acente.
La materia mental
no se encuentra extendida a lo largo y ancho del espacio y el tiempo; éstos
forman parte del esquema cíclico que en último término se deriva de aquélla.
Pero hemos de suponer que, de un modo u otro, puede diferenciarse en partes.
Aunque sólo aquí y allá aflore al nivel de la conciencia, de esos islotes
procede todo conocimiento. Además del conocimiento directo que contiene cada
una de las unidades de autoconciencia, hay un conocimiento inductivo. Este
último incluy e el conocimiento que tenemos del mundo físico. Es preciso que
recordemos una y otra vez que todo el conocimiento de nuestro propio entorno, a
partir del cual se construy e el mundo de la física, ha entrado en la sede de
nuestra conciencia en forma de mensajes transmitidos hasta ella a lo largo de
las diferentes vías nerviosas. Evidentemente, esos mensajes vienen codificados.
Cuando un mensaje relativo a una mesa viaja por una vía nerviosa, la alteración
nerviosa no se parece en lo más mínimo ni a la mesa exterior que origina la impresión
mental, ni al concepto de mesa que surge en la conciencia. Los mensajes que
afluy en a la estación central de distribución se agrupan y descodifican en
ella, en parte por una elaboración de imágenes instintiva, heredada de nuestros
antepasados, y en parte un proceso científico de comparación y razonamiento.
Toda nuestra supuesta familiaridad con el mundo exterior y las teorías que de
él tenemos se han construido según procesos deductivos hipotéticos y muy
indirectos de este tipo. Si el mundo exterior nos resulta familiar, es porque
sus fibras se introducen en nuestra conciencia; aunque lo que de hecho
conocemos son los propios cabos de esas fibras únicamente; a partir de estas
terminaciones reconstruimos luego el resto con más o menos fortuna, igual que
un paleontólogo reconstruy e un monstruo prehistórico y a extinguido a partir
de sus propias huellas.
La materia mental
es el conjunto de relaciones y de elementos relacionados entre sí que constituy
en el material de construcción del mundo físico. La explicación que damos de
este proceso de construcción muestra, sin embargo, que buena parte de lo que implican
esas relaciones se desecha como inservible para la identificación requerida. Mi
manera de ver coincide prácticamente con la propuesta por W. K. Clifford en
1875: « La sucesión de sentimientos y sensaciones en que consiste la conciencia
de un ser humano es la realidad que da origen en nuestra mente a la percepción
de los movimientos de su cerebro» .
Es decir, lo que el
hombre mismo conoce como una sucesión de sentimientos o sensaciones es una
realidad que, al ser examinada con los instrumentos de un observador externo,
provoca en éstos unas lecturas que llevan a identificarla
como una determinada configuración de materia cerebral. Una vez más,
Bertrand Russell escribe:
Lo que el fisiólogo
ve al examinar un cerebro está dentro de sí mismo no en el cerebro que está
examinando. No pretendo saber lo que hay en un cerebro mientras lo está
examinando un fisiólogo, si aquél y a está muerto; pero mientras su propietario
estuvo vivo, parte al menos del contenido de su cerebro consistía en sus
propios pensamientos, sentimientos, percepciones. Como su cerebro también
consta de electrones, nos vemos obligados a concluir que, siendo el electrón un
conjunto de acontecimientos, probablemente algunos de esos acontecimientos
constituy en algunos de los « estados mentales» del sujeto al que el cerebro
pertenece. O, al menos, es probable que formen parte de esos
« estados mentales» ,
pues no hay por qué identificar a lo que es parte de un estado mental con el
estado mental en sí. No deseo entrar en discusión sobre el significado de la
expresión « estado mental» ; lo fundamental para nosotros es que este término
debe incluir percepciones. Una percepción es, pues, un acontecimiento o un
grupo de acontecimientos, cada uno de los cuales pertenece a uno o más de los
grupos que constituy en los electrones en el cerebro. Ésta es, creo y o, la
afirmación más concreta que podemos hacer acerca de los electrones; todo lo
demás que podamos decir es más o menos abstracto y matemático.
He citado esto, en
parte, debido a la observación de que no hay por qué identificar necesariamente
a lo que es parte de un estado mental con el estado mental en cuanto tal.
Indudablemente, podemos analizar el contenido de la conciencia durante un corto
intervalo de tiempo, y tratar de identificar separadamente los sentimientos y
sensaciones constitutivos del mismo, pero no cabe esperar que ese análisis vay
a a revelar los elementos de que, en determinada medida, se componen los átomos
y los electrones. La materia cerebral es un aspecto parcial del conjunto del
estado mental, pero el análisis de aquélla, hecho según los métodos
investigativos de la física, no guarda el menor paralelismo con el análisis del
estado mental realizado a través de una investigación psicológica. Supongo que
Russell, al hablar de parte de un estado mental, quería advertirnos de que no
se estaba refiriendo a partes reconocibles como tales desde el punto de vista
psicológico, sino que cabía admitir una forma de disección más abstracta.
Esto podría hacer
surgir algunas dificultades si estuviéramos pretendiendo identificar
completamente a la materia mental con la conciencia. Pero sabemos que en la
mente se guardan recuerdos que están momentáneamente fuera de la conciencia,
aunque pueden ser traídos a ella por evocación. Somos además vagamente
conscientes de que esas otras cosas que no podemos recordar andan
por ahí por algún
lado y pueden acudir a la mente en cualquier momento. La conciencia no tiene
límites definidos, sino que se pierde en el subconsciente; pero además, tenemos
que postular su vinculación, en términos indefinidos pero no obstante continuos,
con la propia naturaleza mental. Ésta es, para mí, la materia de que está hecho
el mundo. Si la comparamos con nuestras sensaciones y sentimientos conscientes
es porque, ahora que estamos convencidos del carácter formal y simbólico de las
entidades de la física, no podemos compararla con ninguna otra cosa.
Para algunos, esa
materia básica del mundo debería llamarse « materia neutra» en vez de « materia
mental» , y a que tiene que ser tal que pueda dar origen tanto a la mente como
a la materia. Si de lo que se trata es de subray ar que las mentes de los individuos
concretos sólo suponen unos islotes limitados en aquella materia básica, y que
incluso lo conocido mentalmente en estas islas no abarca el inventario completo
de todo lo que en ella puede haber, estoy de acuerdo. De hecho, me atrevo a
suponer que el autoconocimiento consciente es principal o totalmente un
conocimiento que evita hacer descripciones con metódicos inventarios. Es
posible que la expresión « materia mental» no sea la más correcta, pero no
parece que la de « materia neutra» sea la más apropiada para sustituirla.
Implicaría la existencia de un doble camino para aproximarse a la comprensión
de su naturaleza. Pero no existe más que una vía, la del conocimiento
directo de la propia mente. La supuesta vía de acceso a través del mundo físico
conduce únicamente a las explicaciones cíclicas de la física, en donde nos
ponemos a dar vueltas y más vueltas, como un gato queriendo coger su cola, sin
llegar nunca a alcanzar en modo alguno la materia básica del mundo.
Espero que,
habiendo dejado y a bien atrás toda ilusión sustancialista, el empleo de la
palabra materia no suscite aprensiones ni sospechas.
Ciertamente, no pretendo materializar o sustancializar a la mente en modo
alguno. La mente es… —pero todo el mundo sabe cómo es la mente, de modo que
¿para qué necesito decir más acerca de su naturaleza?—. La palabra materia hace
referencia a la función que le corresponde desempeñar como base de la
construcción del mundo, y no implica modificar de ninguna forma su naturaleza.
Para el físico que
anda zambullido en la practicidad cotidiana resulta difícil aceptar la idea de
que todas las cosas tengan un substrato de naturaleza mental. Pero nadie puede
negar que la mente es el dato primero y más directo de la propia experiencia, y
que todo lo demás requiere una inferencia —intuitiva o deliberada—, en todo
caso remota. Probablemente jamás se nos hubiera ocurrido que el mundo pudiera
tener otra base que la mental (en cuanto hipótesis seria), de no habérsenos
dado la impresión de que existía otra materia rival, dotada de un tipo de «
realidad» concreta mucho más cómoda —algo demasiado inerte y estúpido como para
ser capaz de forjarse una ilusión—. El rival ha quedado reducido a una relación
de lecturas de indicadores que, aunque permiten
construir a partir
de ellas un mundo de naturaleza simbólica, el resultado equivale en realidad a
proceder al archivo de la investigación sobre la naturaleza del mundo de la
experiencia.
Esta forma de
concebir la relación entre el mundo material y el espiritual viene a aliviar en
cierta medida la tensión existente entre la religión y la ciencia. La ciencia
física parecía ocupar un campo de realidad autosuficiente, y poder proseguir su
curso independientemente, indiferente a esa voz interior que proclama la
existencia de una realidad superior. Nos sentimos celosos de esa independencia.
Nos resulta incómoda la existencia de un mundo aparentemente encerrado en sus
propios límites, en donde Dios se convierte en una hipótesis innecesaria.
Reconocemos que los caminos de Dios son inescrutables, pero ¿no subsiste
todavía en la mentalidad religiosa algo de aquel sentimiento de los antiguos
profetas, que invocaban a Dios para respaldar su autoridad y proclamar con
signos o milagros que las fuerzas de la naturaleza están sujetas a su poder? E
incluso si los científicos tuvieran que arrepentirse y admitir que entre las
instancias que controlan a las estrellas y a los electrones era necesario
incluir un espíritu omnipresente que rastreamos en el ámbito sagrado de la
conciencia, ¿no daría ello lugar a aprensiones aún más graves? Podríamos
sospechar la intención de reducir a Dios a un sistema de ecuaciones
diferenciales, como ha ocurrido con las demás instancias introducidas en
diversas ocasiones para restablecer el orden en el esquema físico de la
realidad. Esta posibilidad, al menos, queda evitada. Pues lo que constituy e la
esfera de las ecuaciones diferenciales en física es el esquema métrico cíclico extraído
del estudio de la realidad exterior. Por mucho que las ramificaciones de ese
ciclo puedan entenderse debido a ulteriores descubrimientos científicos, no
pueden por su propia naturaleza penetrar en el trasfondo que sustenta su ser,
su existencia de hecho. En este trasfondo es donde reside la propia conciencia
mental; y es aquí donde, si es posible en algún lugar, podemos encontrar un
Poder superior afín a la propia conciencia. Las ley es que controlan ese
substrato espiritual, que por lo que de ellas conocemos en nuestra propia
conciencia escapan esencialmente a toda medición, no pueden ser análogas a las
ecuaciones diferenciales ni a otras ecuaciones matemáticas propias de la
física, que para encontrar sentido necesitan nutrirse de cantidades determinadas
producto de las mediciones efectuadas. De manera que la imagen más crudamente
antropológica que podemos hacernos de una deidad espiritual difícilmente podrá
estar más lejana de una realidad que la que podamos concebir en términos de
esas ecuaciones métricas matemáticas.
Un día estaba
ocupándome del tema de la « Generación de olas por el viento» . Tomé entre mis
manos el tratado usual de hidrodinámica, consulté el apartado correspondiente,
y leí:
Las ecuaciones (12) y (13) de la sección precedente nos permiten
examinar una
cuestión relacionada que presenta un cierto interés, esto es, la generación y
mantenimiento de las olas en medio viscoso, por la aplicación de fuerzas
apropiadas a su superficie.
Si a las fuerzas
externas p’y y , p’xy se las
convierte en múltiplos de
eikx + αt,
siendo k y α constantes prescritas, las ecuaciones
consiguientes determinan a A y C, y también, en virtud de (9), el valor
de η (eta). Y así nos encontramos:
en donde σ2 se
ha escrito como gk+T’k3, como antes…
Y así seguía en las
dos páginas siguientes. Al final quedaba claro que un viento de menos de media
milla por hora no llegaría a rizar la superficie del agua. A una velocidad de
una milla por hora, la superficie se cubriría de mínimas ondulaciones debidas a
ondas capilares que cesan de inmediato en cuanto se paraliza la fuente de
perturbación. Cuando la velocidad es de dos millas por hora, aparecen las ondas
de gravedad. El autor concluy e modestamente: « Nuestras investigaciones
teóricas proporcionan una comprensión considerable de los estados incipientes
de la formación de olas» .
En otra ocasión,
pensaba también en la « Generación de olas por el viento» ; pero esta vez cay ó
en mis manos un libro más apropiado, en el que leí:
Hay aguas sopladas por vientos
cambiantes que las hacen reír
e iluminadas por cielos esplendorosos
todo el día.
Y luego
el hielo, con un gesto, aplaca el
baile de las ondas
y su errante encanto, dejando la
huella blanca
de su intacta gloria, una impresión
de luminosidad
contenida,
de inmensidad y de rutilante paz,
bajo la noche.
La magia de las
palabras evoca la escena. Nos hacen volver a sentir la proximidad de la
naturaleza, unidos a ella hasta llenarnos de alegría ante las olas que bailan
iluminadas por el sol, o sentirnos sobrecogidos a la luz de la luna que se
refleja sobre el lago helado. No fueron momentos en que nos sintiéramos
rebajados ante nosotros mismos. No los recordamos diciéndonos: « Es una
desgracia que un hombre en el pleno uso de sus sentidos y capaz de comprender
las cosas científicas se deje embaucar de esa forma. La próxima vez llevaré
conmigo la Hidrodinámica de Lamb» . Para nosotros, es bueno
vivir momentos como ésos. La vida quedaría chata y estrecha si el mundo que nos
rodea no tuviera para nosotros otro significado que el de poderlo pesar y medir
con los instrumentos de la física, o el de poderlo describir por medio de
símbolos métricos matemáticos.
Por supuesto, era
una ilusión. Es fácil explicar el truco bastante simple que se ha operado en
nosotros. Una serie de vibraciones etéreas de diferentes longitudes de onda,
reflejadas en diversos ángulos desde la superficie distorsionada de contacto
entre el agua y el aire alcanza nuestros ojos, y, en virtud de la acción
fotoeléctrica, da origen a estímulos apropiados que recorren los nervios
ópticos hasta llegar al centro cerebral oportuno. Aquí entra en funcionamiento
la mente, tejiendo una determinada impresión a partir de esos estímulos. Aunque
el material afluy ente sea un tanto escuálido, la mente es un gran almacén de
asociaciones que permiten vestir el esqueleto. Tras haber tejido la impresión,
la mente repasa todo lo hecho, y la da por buena. La facultad crítica queda
adormecida. Dejamos todo análisis y quedamos conscientes únicamente de la
impresión en su conjunto. La calidez del aire, el aroma de la y erba, el soplo
suave de la brisa se combinan con la escena visual en una impresión única,
trascendente, que recoge tanto lo que está fuera como lo que está dentro de
nosotros. Otras asociaciones más osadas pueden añadirse, que surgen del
almacén. Tal vez acude a nuestra mente la expresión « ondulante carcajada» :
ondas, ondulaciones, risa, alegría —las ideas se amontonan entre sí—. De un
modo completamente ilógico, nos sentimos alegres, aunque nadie pueda explicar
qué es lo que puede haber en unas vibraciones etéreas que pueda hacernos sentir
alegres. Toda la impresión queda difuminada en un estado de ánimo de tranquila
alegría. Esa alegría estaba en la naturaleza, en las olas, en todas las partes.
Es así como es.
Era una ilusión.
Entonces ¿por qué seguir jugando con ella? Todas esas aladas fantasías que proy
ecta nuestra mente sobre el mundo exterior en cuanto nos descuidamos no
deberían interesar a quienes buscan seriamente la verdad. Éstos deben volverse
a indagar de nuevo la sustancia sólida de las cosas, el hecho material de que
el agua se mueva bajo el empuje del viento y la fuerza de la gravitación,
obediente a las ley es de la hidrodinámica. Pero la sustancia sólida de las
cosas es también otra ilusión. También es una fantasía proy ectada por la
mente sobre el
mundo exterior. Hemos ido arrinconando a lo sustancialmente sólido, de la
materia líquida como continuo, al átomo y de éste al electrón, en donde ha
acabado por escapársenos de las manos. Pero al menos, se dirá, hemos llegado a
algo real al final de todo el proceso: los protones y los electrones. O, si la
nueva teoría cuántica condena esas imágenes por excesivamente concretas y nos
impide acudir a ningún tipo de imágenes coherentes, al menos podemos contar con
coordenadas simbólicas, momentos y funciones hamiltonianas, encaminadas todas
ellas a garantizarnos con un propósito unidireccional que qp−pq sea
igual a ih/2π.
He intentado
mostrar que siguiendo este camino llegamos a un esquema explicatorio cíclico
que, por su propia naturaleza, sólo puede explicar parcialmente nuestro
entorno. No nos da la realidad, sino el esqueleto de la realidad. Los aspectos
« fácticos» evidentes se pierden por las exigencias que implica aquel
arrinconamiento. Tras haber rechazado a la mente como forjadora de ilusiones,
al final tenemos que volver a la mente y decir: « Aquí tenemos una serie de
mundos sólida y verdaderamente construidos sobre una base más segura que la de
tus fantasiosas ilusiones. Pero no hay nada que nos permita convertir a ninguno
de ellos en un mundo real de hecho. Por favor, elige uno de ellos y deja volcar
sobre él tus ilusorias imágenes. Sólo eso puede convertirlo en algo real para
nosotros» . Tras habernos despojado de toda fantasía mental para alcanzar la
realidad suby acente, nos encontramos finalmente que esa realidad suby acente
lleva en sí la indisoluble potencialidad de despertar tales fantasías. Como la
mente, creadora de ilusiones, es también la única garante de la realidad, no
podemos buscar esa realidad si no es sobre la base de la ilusión. La ilusión es
a la realidad lo que el humo al fuego. No voy a insistir en la vieja falsedad
de afirmar
« por el humo se sabe
dónde está el fuego» , como si no pudiera haber humo sin que hay a fuego. Pero
parece razonable preguntarse si en la ilusión mística del hombre no hay un
reflejo de la realidad suby acente.
Planteándolo con
toda claridad, ¿por qué habría de ser bueno para nosotros experimentar una
decepción semejante a la que he descrito? Me parece que todo el mundo cree que
es bueno tener un espíritu sensible a las influencias de la naturaleza y
ejercitarse en una imaginación que permita deleitarse en ellas, en vez de
pasarnos la vida diseccionando sin piedad nuestro entorno al modo de los
físicos matemáticos. Y es bueno, no meramente en sentido utilitario, sino que
de algún modo es también intencionalmente necesario para poder experimentar la
propia vida con plenitud. No es una droga que convenga tomar de vez en cuando
para volver con rigor renovado a emplear más legítimamente la mente en el
proceso de investigación científica. Podríamos defenderlo posiblemente sobre la
base de que, a mentes no matemáticas, les aporta en alguna débil medida esa
complacencia en el mundo exterior que les proporcionaría con may or plenitud
una eventual familiaridad con sus ecuaciones diferenciales. (Para que no se
piense que estoy
tratando de dejar en ridículo a la hidrodinámica, me apresuro a decir en este
contexto que y o no sitúo la comprensión intelectual —científica— en un plano
inferior al de la comprensión mística; conozco pasajes escritos en lenguaje
matemático simbólico que pueden parangonarse en sublimidad con el poema de
Rupert Brooke). Pero se estará de acuerdo conmigo en que es imposible que un
tipo de comprensión llene adecuadamente el lugar de la otra. ¿Entonces cómo
puede decirse que es bueno si a fin de cuentas no es nada más
que un autoengaño? Eso supondría una revolución de todas las ideas que tenemos
sobre la ética. Yo creo que las únicas alternativas que tenemos son: o bien
considerar maligna y errónea toda rendición al contacto místico con la
naturaleza, o bien admitir que en esos estados captamos algo de la auténtica
relación que nos vincula con el mundo —relación de la que el análisis puramente
científico de su contenido no nos proporciona el menor indicio—. Ni siquiera el
más ardiente partidario del materialismo defiende, o al menos practica, la
primera alternativa; por lo tanto y o me inclino por la segunda, esto es, que
en la base de la ilusión hay algún asomo de verdad.
Pero debemos
detenernos para reflexionar sobre la amplitud de la ilusión. ¿Se trata de que
bajo una montaña de ilusiones se esconda un pequeño núcleo de realidad? Si eso
fuese así, sería nuestra obligación librar al menos nuestra mente de algo de
esa ilusión, para intentar conocer más puramente la verdad. Pero y o no pienso
que hay a mucho de equivocado de apreciar la impresión que nos produce aquella
escena de la naturaleza. No creo que ningún ser, por más altamente dotado que
pueda estar por encima de nosotros, dejaría a un lado mucho de lo que sentimos.
No es tanto que hay a algún fallo en la sensación como tal, cuanto que al
examinarla introspectivamente la envolvemos en imaginaciones fantasiosas. Si
tuviéramos que expresar en palabras la verdad esencial que se nos revela en la
experiencia mística, diríamos que sentimos que nuestra mente no es algo aparte
del mundo, y que los sentimientos de alegría o de melancolía, u otros aún más
profundos que tenemos no son solamente nuestros, sino que contienen un atisbo
de una realidad que trasciende los estrechos límites de la propia conciencia
individual —que en último término, en la raíz, la armonía y la belleza de la
faz del universo son una misma cosa que la alegría que transfigura la faz del
ser humano que las contempla—. Cuando decimos que las entidades físicas son
solamente un extracto de lecturas de indicadores, y que por debajo de ellas
existe una naturaleza que está unida a la nuestra sin solución de continuidad,
estamos expresando en buena parte la misma verdad. Pero y o prefiero no tener
que hablar de ella ni someterla a introspección. Ya hemos visto cómo en el
mundo físico el significado cambia enormemente cuando se le contempla desde
fuera, en vez de desde dentro, como esencialmente debe ser. Por medio de la
introspección, arrastramos la verdad hasta la superficie para someterla a un
reconocimiento externo, pero en el sentimiento místico la verdad
se capta desde
dentro, donde forma parte de nosotros mismos, como debe ser.
CONOCIMIENTO
SIMBÓLICO Y CONOCIMIENTO ÍNTIMO
¿Puedo oponer esa
objeción a la introspección? Tenemos dos clases de conocimiento, a los que
llamo conocimiento simbólico y conocimiento íntimo. No sé si sería correcto
decir que el razonamiento sólo encuentra aplicación en el conocimiento
simbólico, pero en todo caso lo que es cierto es que las formas más ordinarias
de razonamiento se han desarrollado únicamente al servicio del conocimiento
simbólico. El conocimiento íntimo no se deja someter a codificaciones ni
análisis, o mejor aún, cuando intentamos analizarlo pierde su intimidad y es
reemplazado por el simbolismo.
Reflexionemos, a
modo de ejemplo, sobre el humor. Supongo que el humor se puede analizar en
alguna medida y clasificar los ingredientes esenciales de los diversos tipos de
ingenio. Supongamos que nos cuentan un chiste. Si lo sometemos a análisis
científico, igual que haríamos con una sal de dudosa naturaleza, tal vez,
después de una cuidadosa consideración de todos sus aspectos, podemos confirmar
que efectivamente se trataba de un chiste. Lógicamente, supongo, lo que
tendríamos que hacer a continuación sería reírnos. Pero podemos predecir con
toda certeza que, tras el tiempo de haber terminado el escrutinio, habremos
perdido todas las ganas de reírnos, si es que alguna vez las tuvimos.
Sencillamente, pararse a investigar sobre los mecanismos internos de un chiste
es algo que no funciona en absoluto. El intento de clasificación pertenece a un
conocimiento simbólico del humor, que conserva todas sus características,
excepto su capacidad de hacernos reír. La auténtica apreciación de un chiste
debe venir espontáneamente, no por introspección. Me parece que ésta es una
analogía no del todo desencaminada con el sentimiento místico que tenemos de la
naturaleza, e incluso, me atrevería a decir, con la experiencia mística que
tenemos de Dios. Para algunos, la sensación de la presencia divina irradiante
en el alma es uno de los aspectos más evidentes de la experiencia de la
realidad. En su opinión, quienes carecen de ese sentimiento serían comparables
a quienes carecen de sentido del humor. En psiquiatría, la ausencia es una
especie de enfermedad mental. Podemos intentar analizar la experiencia lo mismo
que analizamos el humor, y construir una teología, o tal vez una filosofía
atea, que expondrá en forma científica todo lo que de ella pueda deducirse.
Pero no olvidemos que la teología pertenece al conocimiento simbólico, mientras
que la experiencia pertenece al conocimiento íntimo. Y así como la exposición
científica de la estructura de un chiste carece del poder de incitarnos a la
risa, así también una discusión filosófica sobre los atributos de Dios (o su
sustituto impersonal) corre el peligro de dejar de lado la íntima respuesta del
espíritu, que
constituy e el
punto central de toda experiencia religiosa.
La defensa de la
mística podría hacerse más o menos como sigue. Hemos reconocido que las
entidades de que se ocupa la física sólo pueden representar por su propia
naturaleza un aspecto parcial de la realidad. ¿Cómo podemos ocuparnos de la
otra parte? No puede decirse que esta otra parte tenga menos que ver con
nosotros que aquellas entidades físicas. Los sentimientos, las intenciones, los
valores forman parte de nuestra conciencia tanto como las impresiones que nos
entran por los sentidos. El seguimiento de las impresiones sensoriales nos
conduce al mundo exterior del que trata la ciencia; el seguimiento de esos
otros elementos presentes en nuestro ser, vemos que no nos conduce a un mundo
espacio-temporal, pero debe conducirnos seguramente a algún lado. Si seguimos
la opinión que considera que la totalidad de la conciencia se refleja en la
danza de electrones que tiene lugar en el cerebro, de modo que cada emoción se
corresponde con una peculiar configuración de dicha danza, entonces todos los
aspectos de la conciencia sin distinción conducen al mundo exterior de la
física. Pero doy por supuesto que se me ha seguido hasta aquí en mi rechazo de
esa forma de concebir las cosas, y que estamos de acuerdo en que la conciencia
como conjunto es algo superior y más grande que esos aspectos cuasi-métricos
abstraídos de ella que componen el cerebro físico. Tenemos, pues, que tratar de
esas partes de nuestro ser, imposibles de reconducir a puras especificaciones
métricas, que no entran en contacto con el espacio y el tiempo, que se salen de
ellos, por así decirlo. Ocuparnos de estos aspectos no quiere decir someterlos
a indagación científica. El primer paso consiste en reconocer a las ideas y
concepciones inmediatas que la mente espontáneamente les aplica, el mismo estatus
que concedemos a las ideas y concepciones inmediatas que espontáneamente
aplicamos a lo que constituy e el mundo material con el que estamos
familiarizados.
El concepto
familiar que tenemos de lo que es una mesa ha resultado ser una ilusión. Pero
si una voz profética nos hubiera advertido de que era una ilusión, y no nos
hubiéramos preocupado, por tanto, de seguir investigando más allá, nunca
hubiéramos descubierto el concepto científico de lo que es una mesa. Para
alcanzar la realidad de la mesa, necesitamos estar dotados de órganos
sensoriales que entretejan imágenes e ilusiones acerca de ella. Pienso, por
ello, que el
primer paso para
alcanzar un amplio conocimiento del hombre debe consistir en despertar su
capacidad imaginativa en relación con las facultades superiores de su propia
naturaleza, de modo que éstas dejen de ser callejones sin salida y pasen a
abrirse a un mundo espiritual, un mundo hecho en parte, sin duda, de ilusión,
pero en el que el ser humano habita no menos que en el mundo, asimismo
ilusorio, que le revelan sus sentidos.
Posiblemente, si un
místico fuera conducido ante un tribunal de científicos, podría terminar su
defensa en estos términos. Diría: « El mundo material cotidiano con el que
estamos familiarizados, aunque carente en buena parte de verdad científica, es
suficientemente bueno para que podamos vivir en él; de hecho, en el mundo
científico que se describe a través de las lecturas de diversos indicadores nos
resultaría del todo imposible vivir. Es un mundo simbólico, y lo único que
podría vivir en él cómodamente son los símbolos. Pero y o no soy
ningún símbolo; y o estoy compuesto de esa actividad mental que, desde el punto
de vista científico, no es más que un nido de ilusiones, hasta el punto de que
para actuar de acuerdo con mi propia naturaleza necesito incluso transformar el
mundo que exploro a través de mis sentidos. Pero y o no estoy hecho sólo de
sentidos; también el resto de mi naturaleza necesita vivir y crecer, y tengo
que saber a qué atenerme con respecto al ámbito por donde busca salida. Mi idea
del ámbito espiritual no tiene por qué ser comparada con el mundo científico de
las lecturas de indicadores; es un mundo cotidiano que debe ser comparado con
el mundo material, también cotidiano, con el que estamos familiarizados en
nuestra experiencia. No pretendo que aquél tenga ni más ni menos realidad que
éste. Pero, por lo pronto, no es un mundo para ser analizado, sino un mundo
para ser vivido» .
A pesar de que esto
suponga salimos de la esfera del conocimiento exacto, y de que es difícil
imaginar que pueda alguna vez aplicarse a esta parte integrante de nuestro
ámbito experiencial nada que pueda corresponderse con una ciencia exacta, el
místico se mantiene firme. Porque seamos incapaces de dar cuenta exactamente de
lo que integra ese ámbito, no se deduce que deberíamos afirmar que vivimos en
el vacío.
Si se considera que
la defensa ha sido buena para resistir el primer asalto, tal vez la nueva
estrategia de ataque revista la forma de una cómoda tolerancia.
« Muy bien. Haga
usted lo que quiera. Después de todo, es un tipo de creencia inofensiva —no
como una teología más dogmática—. Usted desea una especie de terreno de juego
espiritual, donde poder explay ar esas tendencias extrañas que hay en el ser
humano y que de vez en cuando se apoderan de él. Muy bien, márchese, y juegue
como quiera, pero deje de molestar a la gente seria que se ocupa de que el
mundo siga marchando» . El desafío proviene ahora, no del materialismo
científico que confiesa buscar una explicación natural de la energía
espiritual, sino de un más mortífero materialismo moral que desprecia esa
energía. Pocos son
los que sustentan deliberadamente la filosofía de que las fuerzas del progreso
tienen que ver únicamente con el ámbito material de la experiencia, pero pocos
son también los que pueden presumir de estar completamente libres de su influjo.
No debemos interrumpir la tarea de esos
« hombres prácticos»
, esos atareados moldeadores de la historia que nos arrastran a una velocidad
siempre creciente hacia nuestro destino, como a un ejército humano de hormigas
que infesta la tierra. ¿Pero es verdad, históricamente, que los factores más potentes
hay an sido las fuerzas materiales? Ya se lo atribuy amos a Dios, al diablo, al
fanatismo, o a la irracionalidad, no hay que subestimar el poder de la mística.
Podemos combatir contra la misma considerándola errónea, o creer en ella como
proveniente de una inspiración interna, pero para lo que no da es para ser
objeto de una cómoda tolerancia.
Somos creadores de músicas
y fabricantes de sueños,
que vagamos por desnudos arrecifes
y nos sentamos junto
a corrientes desoladas; perdedores, y a la vez salvadores,
en este mundo sobre el que brilla la
pálida luna. Y, no obstante, según parece,
somos quienes movemos y conmovemos a
este mundo para siempre.
MÍSTICA Y REALIDAD
Pero defenderse
ante los científicos no es lo mismo que defenderse ante los cuestionamientos
que podemos hacernos a nosotros mismos. Nos desazona la palabra realidad.
Ya he tratado de las cuestiones que suscita el significado de la realidad, pero
vista la presión que sigue ejerciendo insistentemente sobre nosotros,
reflexionaré sobre ello una vez más, aun a riesgo de repetirme, considerándolo
desde el punto de vista de la religión. La actitud de comportamiento entre
ilusión y realidad puede valernos para abordar el entorno físico, pero tratar
de aplicarla a la religión puede sonarnos a intento de banalizar las cosas
sagradas. Al parecer, las creencias religiosas llevan aneja una preocupación
por su realidad, muy superior a la implicada en otros aspectos. A nadie le
preocupa si detrás del humor hay o no una realidad. El artista que se esfuerza
por reflejar en su cuadro el alma de su modelo no se preocupa mucho en realidad
por saber en qué sentido puede afirmarse que esa alma existe. Incluso a los
físicos les preocupa muy poco el hecho de si los átomos o los electrones
existen o no realmente; generalmente afirman que sí, pero, como
hemos visto, la
palabra existencia se usa aquí en un sentido cotidiano, sin
investigar si se trata de algo más que de un término puramente convencional. En
la may or parte de los temas (sin excluir, posiblemente, siquiera los
filósofos) parece suficiente ponerse de acuerdo sobre las cosas que van a
considerarse reales, y tratar luego de descubrir lo que con esa palabra se
quiere decir. Y, sin embargo, la religión se presenta como un campo de
indagación en el que la cuestión de la realidad y la existencia se considera de
seria y vital importancia.
Pero lo difícil es
ver de qué manera puede hacerse provechosamente esa indagación. El doctor
Johnson, sintiéndose cada vez más perdido en una discusión sobre « los
ingeniosos sofismas del obispo Berkeley, con los que prueba la existencia de la
materia y la naturaleza puramente ideal de todo cuanto existe en el universo» ,
respondió « dando un puntapié con gran fuerza a una piedra de regular tamaño, y
diciendo al rebotar: “Yo refuto así esos argumentos”» . No está muy claro qué
es lo que esa acción podía certificarle, pero aparentemente le hacía sentirse
confortado. Y hoy en día los científicos practicones sienten el mismo impulso
de apearse de todo vuelo metafísico para tratar de volver a encontrar algo que
poder golpear con el pie, aunque para entonces debieran ser bien conscientes de
que lo que Rutherford nos ha dejado de aquella gran piedra apenas deja sitio y
a para que le propinemos un puntapié.
Existe todavía la
tendencia a emplear la palabra realidad con un halo de mágico
confort. Si y o tuviera que defender la realidad del alma o de Dios,
ciertamente no se me ocurriría compararlos con la piedra de Johnson —
evidentemente, una ilusión—, ni con las p’s y las q’s de
la teoría cuántica —puro simbolismo abstracto—. Por tanto, no tengo el derecho
de usar esa palabra para hablar de religión, si lo que intento es aprovecharme,
a favor de ésta, de esa sensación de comodidad que (probablemente de modo erróneo)
ha quedado asociada a las piedras y a las coordenadas cuánticas.
El instinto científico me previene de
que todo intento de dar a la pregunta
« ¿qué es lo real?»
una respuesta más amplia que la que la ciencia adopta para sus fines
domésticos, probablemente nos lleve a debatirnos inútilmente entre vanas
palabras y epítetos altisonantes. Todos sabemos que existen regiones en el
espíritu humano que escapan del mundo de la física. En el sentimiento místico
del mundo que nos rodea, en la nostalgia de Dios, en la expresión artística, el
alma se eleva sobre sí misma hasta llenar en plenitud una aspiración que surge
de su propia naturaleza. La confirmación de ese proceder proviene del propio
interior, de una inclinación nacida junto con la propia conciencia, o de una
Luz Interior que procede de un poder superior al propio. Difícilmente puede la
ciencia cuestionar esa confirmación interior, pues su propia búsqueda brota de
una inclinación que la mente se ve compelida a seguir, de una tendencia a
hacerse preguntas sobre la realidad sin poderlo remediar. Trátese de la
búsqueda intelectual de la ciencia, o de la búsqueda mística del espíritu, la
luz nos hace
señas de seguir
adelante, y nuestra naturaleza responde planteándose las metas. ¿No podemos
dejar el tema ahí? ¿Es realmente necesario que introduzcamos ahí a la fuerza la
palabra realidad, para ganarnos unos confortadores golpecitos en la
espalda?
El punto de partida
de la creencia en la religiosidad mística está en el convencimiento del
significado o el reconocimiento de la inclinación presente en la conciencia,
como he indicado antes. Es preciso hacer hincapié en este punto, porque la
apelación a una convicción intuitiva de este tipo ha sido el fundamento de toda
religión al paso de las épocas, y no deseo dar la impresión de que hay amos
descubierto algo más nuevo y científico que lo sustituy a. Yo rechazo la idea
misma de tener que demostrar las distintas creencias religiosas a partir de los
datos, o por medio de los métodos, que emplea la ciencia física. Partiendo de
un misticismo religioso no basado en la ciencia, sino (correctamente o no)
sobre una experiencia interna que se acepta como fundamental, podemos pasar
luego a examinar las diversas críticas que la ciencia pueda dirigirle; o el
posible conflicto con las ideas científicas sobre la naturaleza de la
experiencia, igualmente procedentes de datos internos.
Es necesario
examinar más profundamente la naturaleza de la convicción de donde brota la
religiosidad; de otra forma, podría parecer que estamos abogando por un ciego
rechazo de la razón como guía de la verdad. Hay un hueco en el razonamiento,
esto hay que admitirlo, pero difícilmente se puede afirmar que eso suponga un
rechazo del razonamiento. Es el mismo hueco que nos encontramos justamente al
razonar sobre el mundo físico, si nos remontamos lo suficiente. Sólo podemos
razonar sobre los datos con que contamos, y los últimos datos deben venirnos
dados por un proceso no razonador: el reconocimiento de lo que hay en nuestra
conciencia. Para poder empezar a avanzar, necesitamos tener conciencia de algo.
Pero esto no es suficiente; necesitamos estar convencidos del significado de
esa conciencia. Necesitamos poder proclamar que la naturaleza humana, y a por
sí misma o inspirada por un poder trascendente, es capaz de pronunciarse
legítimamente sobre el significado de las cosas. De otra forma, ni siquiera
podríamos alcanzar el mundo físico.
De acuerdo con
esto, necesitamos postular el convencimiento de que determinados estados de
lucidez que se dan en la conciencia tienen al menos igual importancia
significativa que los que llamamos sensaciones. Tal vez no resulte irrelevante
señalar aquí que el tiempo, debido a la doble entrada que tiene en nuestra
mente; salva en alguna medida la sima que separa a las impresiones sensoriales
y a esos otros estados de conciencia. Entre estos últimos, debe hallarse la
base experimental de donde surge la espiritualidad religiosa. Ese
convencimiento difícilmente se presta a discusión, y a que depende de la fuerza
que el sentimiento respectivo tenga en la conciencia.
Pero, se dirá, aunque podamos tener un compartimento semejante a la
conciencia, ¿no es
posible que nos equivoquemos completamente en cuanto a la naturaleza de lo que
creemos estar experimentando? Por lo que respecta a nuestra experiencia del
mundo físico, también nos hemos equivocado en gran medida sobre el significado
de las propias sensaciones. Precisamente, la tarea de la ciencia ha consistido
en descubrir que las cosas son muy diferentes de lo que parecen. Pero no nos
arrancamos por ello los ojos, por el hecho de que insistan en engañarnos con
coloridos ilusorios, en vez de proporcionarnos la verdad desnuda de las
longitudes de onda correspondientes. Nos vemos obligados, de hecho, a vivir en
medio de esas erróneas representaciones (si hemos de llamarlas así) del entorno
que nos rodea. Pero considerar que en ese glorioso revestimiento multicolor de
cuanto nos rodea no hay más que representación errónea —como si el entorno en
cuanto tal fuera lo único importante, y el espíritu consciente fuese algo
superfluo—, supone una concepción muy unilateral de la verdad. Es cierto que el
objetivo de la ciencia física, hasta donde alcanzan sus miras, consiste en
presentarnos desnuda la estructura fundamental suby acente al mundo en torno,
pero la ciencia tiene también que explicar —si es que puede hacerlo, y si no,
aceptar humildemente— el hecho de que de ese mismo mundo hay an surgido mentes
capaces de transformar esa estructura desnuda en un mundo de experiencias
sumamente ricas. El hecho de que seamos capaces de construirnos un mundo
familiar a partir de una base tan pobre, más que una representación errónea,
constituy e un logro del ser humano —resultado posiblemente de largas eras de
evolución biológica—. Supone alcanzar el objetivo de la naturaleza humana.
Igualmente, si resulta que de hecho transformamos el mundo espiritual, dotándolo
de un colorido religioso más allá de lo que implican sus puras cualidades
externas, podríamos tal vez permitirnos afirmar con igual convicción que ello
no supone una errónea representación, sino el logro de un aspecto divino
presente en la naturaleza humana.
Volvamos de nuevo a
la analogía entre la teología y una supuesta ciencia del humor, a la que (tras
las debidas consultas con autoridades clásicas en la materia) me atrevo a
bautizar como geloeología. La analogía no es un argumento
convincente, pero va a servirnos aquí. Pensemos en el típico escocés,
fuertemente proclive a la filosofía, pero incapaz de comprender un chiste. No
hay nada que le impida doctorarse en geloeología, y escribir por ejemplo un
agudo análisis de las diferencias entre el humor británico y el estadounidense.
Seguramente la comparación entre unos y otros chistes sería particularmente
juiciosa y neutral, dada su absoluta incapacidad de verle la chispa a ninguno
de ellos. Pero sería inútil considerar sus opiniones acerca de cuál o cuáles de
ellos estaban correctamente estructurados; pues para ello necesitaría poderlos
comprender empáticamente; esto es (usando una expresión que pertenece al otro
lado de la analogía) necesitaría convertirse. El tipo de ay uda y
de crítica que proporcionan los geloeólogos y los filósofo-teólogos es
garantizarnos que nuestra
locura está sujeta
a método. Los primeros pueden demostrarnos que la hilarante acogida que
dispensamos a un determinado discurso obedece a una comida satisfactoria y a un
buen cigarro más que a una sutil percepción del ingenio ajeno; y los segundos
pueden asimismo demostrarnos que el éxtasis místico de un anacoreta no es más
que el extravío de un cuerpo enfebrecido y no encierra ninguna revelación
trascendente. Pero no me parece que tengamos que acudir a ninguno de ellos para
enjuiciar la realidad del sentido de que nos sentimos estar dotados, ni para
determinar la dirección correcta en que tenemos que desarrollarlo. Esto es algo
que captamos con la propia estimación interna de los valores, que es algo en lo
que todos creemos en alguna medida, aunque pueda prestarse a discusión la
determinación de su alcance. Si carecemos de ese sentido, creo que no sólo la
religión, sino también el mundo físico y la misma fe en el razonamiento se
tambalearían en medio de una total inseguridad.
A veces me han
preguntado si la ciencia no puede hoy en día ofrecer argumentos que pudieran
convencer a cualquier ateo razonable. Yo me siento tan incapaz de inculcar una
convicción religiosa en un ateo como de hacer que comprenda un chiste un
escocés. La única forma de convertir a este último sería poniéndolo en contacto
con compañeros de ánimo festivo que pudieran hacerle sospechar que se estaba
perdiendo en la vida algo que merece la pena conseguir. Posiblemente, en los
recovecos de su solemne actitud mental ande inhibida la semilla del humor,
esperando ser despertada por el impulso adecuado. El mismo consejo me parece
apropiado para quien quiera propagar la religión; y tiene además, según creo,
la ventaja de ser un consejo de lo más ortodoxo.
No podemos
pretender ofrecer pruebas. La prueba es el ídolo ante el que
se tortura el matemático puro. En física, nos damos por contentos con
sacrificarnos a una deidad inferior: la plausibilidad. Pues bien,
hasta el matemático puro —con toda su estricta lógica— tiene que permitirse,
aun a regañadientes, partir de algunos supuestos; nunca está lo suficientemente
convencido de que el esquema matemático sea absolutamente intachable, y la
lógica matemática ha sufrido revoluciones tan profundas como las operadas en la
teoría física. Todos andamos igualmente a tientas, persiguiendo un ideal que
está fuera de nuestro alcance. Los científicos tenemos a veces una clara idea
de cuál es la solución correcta de un problema, y la acariciamos sin poderla
justificar; estamos influidos por una especie de sentido innato de cómo son las
cosas. Así también, pueden brotar en nosotros convicciones en el ámbito
espiritual que nuestra naturaleza nos invita a acoger. Más arriba he dado un
ejemplo de este tipo de convicciones que raramente, si es que sucede alguna
vez, se discute: ese rendirse ante el influjo místico de una bella escena de la
naturaleza es algo correcto y propio del espíritu humano, aunque pudiera ser
considerado como una imperdonable excentricidad en el « observador» a que nos
referíamos en los capítulos anteriores. A menudo se describe la convicción
religiosa en términos análogos al de rendición; no hay
por qué insistir en
el argumento con quienes no sienten su llamada en su propia naturaleza.
Considero
inevitable que estas convicciones vengan a subray ar un aspecto personal de lo
que estamos intentando entender. Así como el mundo científico se construy e a
partir de los símbolos métricos de los matemáticos, así también hemos de
construir el mundo espiritual a partir de símbolos tomados de la propia
personalidad. De otra forma, ese mundo correría peligro de seguir siendo
inentendible para nosotros —un entorno oscuramente presentido en momentos de
exaltación, pero ausente para nosotros en la sórdida rutina de la vida
cotidiana—. Para hacerlo fluir por canales más continuos, necesitamos poder
acercarnos a ese Espíritu Universal en medio de nuestros cuidados y deberes,
con esa más sencilla relación de espíritu a espíritu en la que toda auténtica
religión encuentra expresión.
Una manera de
indagación ha ido creciendo en el pecho del científico practicón, y está a
punto de darle rienda suelta en contra nuestra. Echemos una ojeada general al
tipo de defensa que podemos oponerle.
Imagino que la
andanada más fuerte consistirá en acusarme de haber estado hablando de lo que
en el fondo de mi mente debo estar convencido de que no es más que un género
bien intencionado de estupidez. Puedo asegurar que hay en mí una parte
científica que me ha puesto delante de los ojos esta crítica en algunos de los
últimos capítulos. No diré que me he dejado medio convencer, pero al menos sí
he sentido nostalgia de los senderos de la ciencia física, donde siempre hay
indicadores más o menos discernibles que nos impiden caer en los peores
marasmos de la tontería. Pero por mucho que me hay a tentado a abandonar esta
parte de la discusión y limitarme a mi propia profesión de hacer malabarismos
con las lecturas de los indicadores, sigo viéndome aferrado a los principios
fundamentales. Partiendo del éter, de los electrones y demás instrumental
físico, nos es imposible llegar al hombre consciente y dar cuenta de lo que
éste aprehende en su conciencia. Posiblemente, podríamos llegar a una máquina
humana, conectada con su entorno por medio de reflejos, pero no podemos llegar
hasta el hombre racional, moralmente responsable en su búsqueda de la verdad
con respecto al éter, a los electrones o a la religión. Tal vez puede parecer
innecesariamente llamativo invocar los últimos avances de la relatividad y de
las teorías cuánticas para, al final, no decir más que esto, pero no es ésa la
cuestión. Si hemos expuesto estas teorías, es porque en ellas se contienen los
conceptos de la ciencia moderna; no es cuestión de afianzar la fe en que la
ciencia debe ser compatible en último término o con una visión idealista de la
realidad, sino de examinar en qué posición se encuentra de hecho actualmente a
este respecto. Hubo un tiempo en que todo el compuesto de entorno y propio y o
en que consiste la experiencia parecía estar abocado a caer en los dominios de
la
física mucho más
férreamente de como luego ha quedado. Esa fase de autosuficiencia, cuando casi
era necesario pedirle permiso a la física para considerar propia a la propia
alma, ha pasado. El cambio da lugar a pensamientos que necesitan ser
desarrollados. Pero incluso si no podemos llegar a conclusiones demasiado
claras, sí nos damos cuenta de que determinados presupuestos, expectativas o
temores, y a no resultan aplicables.
¿Constituy e
meramente un género bien intencionado de insensatez para un físico el afirmar
la necesidad de una perspectiva que trascienda a la de la propia física? May or
insensatez es negar esa necesidad. O como decía aquel ardiente relativista: «
Llamas a eso insensatez, pero tengo oídas otras insensateces, comparadas con
las cuales ésa podría considerarse tan sensata como un diccionario» .
Pues si quienes
sostienen que todo tiene que tener una base física sostienen también que esas
concepciones místicas son una insensatez, podemos preguntarles: « ¿Cuál es
entonces la base física de la insensatez?» . El « problema de la insensatez»
afecta al científico más cercanamente que cualquier otro problema moral. La
distinción entre sensatez (sentido) e insensatez (carencia de sentido, sin
sentido), entre razonamiento válido e inválido, tiene que ser tenida en cuenta
desde el inicio de cualquier investigación científica. De modo que bien podemos
someterla a examen a modo de prueba.
Si se da en el
cerebro una base física para la insensatez que en un momento dado puede pensar,
esa base debe consistir en alguna especial configuración de las entidades
físicas que lo componen —no precisamente una secreción química, pero tampoco
esencialmente diferente de esta clase de producto—. Es como que la maquinaria
de mi cerebro, al decir « 7 por 8 son 56» , estuviera fabricando azúcar, pero
que al decir « 7 por 8 son 65» , la maquinaria estuviese estropeada y fabricase
tiza en vez de azúcar. Pero ¿quién sabe que la maquinaria se ha equivocado? En
cuanto maquinaria física, el cerebro ha actuado de acuerdo con las ley es
inquebrantables de la física; entonces, ¿por qué reprocharles su actuación? La
discriminación de productos químicos entre buenos y malos no tiene ningún otro
paralelo en química. Las ley es del pensamiento no se asemejan
a las ley es
naturales; son ley es que deberían ser obedecidas, no ley es
que tienen que serlo forzosamente; los físicos deben aceptar
las ley es del pensamiento antes
de aceptar las ley
es naturales. El « debería» nos saca fuera del campo de la física y la química.
Tiene que ver con algo que prefiere el azúcar a la tiza, la sensatez o el
sentido a la insensatez o falta de él. Una maquinaria física no puede querer ni
preferir nada; todo lo que se le eche, ella lo mascará y digerirá de acuerdo
con las ley es por las que se rigen sus mecanismos. Si algo del mundo físico
captase la insensatez de la propia mente en un momento dado, carecería de
motivos para condenar su proceder. En el mundo del éter y de los electrones,
podemos tal vez tropezamos con la insensatez, pero nunca con
una condena de la
insensatez.
Y entonces, por lo
que a mí respecta, y a menos que no hay a estado diciendo más que insensateces,
acabo por persuadirme de que se trata de algo que no podemos encontrar por el
mundo físico.
Otra de las
ofensivas que pueden lanzarse contra estas conferencias puede ser la de
acusarme de estar admitiendo un cierto grado de sobrenaturalidad, lo que a los
ojos de muchos es lo mismo que superstición. En la medida en que la
sobrenaturalidad viene asociada a la negación de una estricta causalidad, sólo
puedo responder que eso es lo que viene a defender el moderno desarrollo
científico de la teoría cuántica. Pero probablemente la parte más provocativa
de mi esquema sea el papel asignado a la mente y a la conciencia. No obstante,
supongo que nuestro adversario admitirá la conciencia en cuanto dato de hecho,
y él mismo será consciente de que de no ser por el conocimiento que en ella
tiene lugar, la investigación científica ni siquiera podría haberse iniciado.
¿Considera a la conciencia como algo sobrenatural? Entonces es él quien está
admitiendo lo sobrenatural. ¿O considera que forma parte de la naturaleza? Pues
eso es también lo que nosotros pensamos. Y tratamos de ella en el puesto
evidente que ocupa como vía de acceso a la realidad y al significado del mundo,
como también representa la vía de acceso a todo conocimiento científico del
mundo. ¿O acaso considera nuestro adversario a la conciencia como algo que,
desgraciadamente, tenemos que admitir, pero hablar de lo cual constituy e una
falta de educación? Concedámosle, incluso, que eso fuera así. Hemos asociado la
conciencia a un trasfondo inasequible a la visión física del mundo,
reconociendo al mismo tiempo a los físicos un campo propio por el que puede dar
vueltas y más vueltas sin peligro de tropezarse nunca con nada que pueda
hacerle ruborizarse. Todo este campo está asegurado por unas ley es naturales
que afectan a todo el territorio efectivamente ocupado por ellos. Y de hecho
éste ha sido igualmente uno de los objetivos de toda esta disertación:
garantizar unos dominios en los que el método científico pueda operar sin
ningún tipo de impedimento, para poder así ocuparnos de la naturaleza de esa
otra parte de nuestra experiencia que y ace más allá de ellos. Puede que esta
defensa del método científico no sea superflua. A menudo se acusa a la ciencia
física de haber descuidado aspectos de la experiencia humana evidentes desde un
más amplio enfoque cultural, y haber sucumbido por ello a una especie de locura
que la lleva tristemente a la deriva. Pero precisamente nosotros defendemos que
existe un vasto campo de investigación en el que los métodos físicos son
enteramente suficientes, y en donde la introducción de esos otros aspectos
resultaría totalmente perjudicial.
Una tentación
dominante para el apologeta científico de la religión es tomar algunas de sus
expresiones más corrientes, y tras despojarlas de sus afinidades mentales más
hirientes (necesariamente emparentadas con aspectos
relacionados con
las necesidades cotidianas de la humanidad), aguar su significado hasta rehuir
al mínimo posible cuanto pudiera haber en ellas de opuesto a la ciencia o a
cualquier otra cosa. De haberse presentado así las cosas desde un principio, no
se habrían suscitado contra ellas críticas de peso; pero, por otro lado,
tampoco habrían despertado grandes entusiasmos espirituales. Lo que hace que
resulte difícil no caer en esta tentación es que es necesariamente una cuestión
de grados. Está claro que si tenemos que extraer, para defenderla, una visión
coherente de los postulados de un centenar de sectas diferentes, algunos de
ellos van a tener que ser aguados o suavizados de algún modo. No sé si el
lector podrá absolverme por haber sucumbido a esta tentación en los pasajes en
los que he tratado de la religión, pero he intentado lucha contar ello.
Cualquier fracaso aparente puede haberse debido a lo siguiente. Nos hemos
estado ocupando del territorio fronterizo entre el mundo material y el mundo
espiritual, pero contemplándolo desde el lado del primero. Desde esta
perspectiva, todo lo que pudiéramos afirmar del mundo espiritual sería
insuficiente para justificar aun el más mínimo toque teológico que no esté lo
suficientemente desvirtuado como para no tener el menor influjo práctico en la
óptica humana. Pero el mundo espiritual, tal como lo entiende cualquier
religión seria, no es en modo alguno un campo descolorido. Y así, al dar el
nombre de mundo espiritual a este trasfondo del mundo de la ciencia, puede parecer
que hay a hecho de ello la cuestión vital, cuando en realidad sólo pretendía
una identificación provisional. Para convertirla en algo más que provisional,
se precisa un enfoque realizado desde el otro lado. Pero y o no me siento con
ganas de hacer el papel de teólogo aficionado y examinar en detalle ese otro
enfoque. Sí he señalado, sin embargo, que la atribución de un colorido
religioso a todo ese campo debe descansar en una convicción interna; no me
parece que deba negarse validez a ciertas convicciones internas, que, después
de todo, parecen ser paralelas de esa confianza no-razonada en la razón, que
está en la base de las matemáticas, o de ese sentido innato del modo como las
cosas son, que está en la base de la ciencia física, o de esa irresistible
sensación de incongruencia que constituy e la base de toda justificación del
humor. O tal vez no es tanto cuestión de afirmar la validez de esas
convicciones, cuanto de reconocer la función que cumplen como parte esencial de
la propia naturaleza. No estamos defendiendo la validez de apreciar la belleza
de un paisaje natural; aceptamos más bien con gratitud el hecho de haber sido
dotados para verlo de ese modo.
Quizá se diga que
la conclusión que puede sacarse de toda esta argumentación procedente de la
ciencia moderna es que la religiosidad comenzó a ser posible por primera vez
para los científicos razonables a partir de 1927. Si entendemos por tales un
tipo de personas más bien tediosas, sistemáticamente razonadoras, no cabe duda
que en esa fecha quedaron abiertas para ellos no sólo las puertas de la
religión, sino también las de la may oría de los demás aspectos
ordinarios de la
vida. Ciertas actividades comunes (como, por ejemplo, enamorarse) siguen quizás
estándoles todavía prohibidas. Pero si se demostrase cierta mi suposición de
que en ese año 1927 tuvo lugar el destierro final de la causalidad estricta por
obra de Heisenberg, Bohr, Born y algunos otros, ese año debería figurar
ciertamente señalado como uno de los grandes hitos en el desarrollo de la
filosofía de la ciencia. Pero a la vista de que, antes de sobrevenir esta nueva
era de iluminación, los seres humanos se las componían para persuadirse de la
necesidad de moldear su propio futuro material a pesar del supuesto imperio
universal de la causalidad estricta, pienso que podrían aplicar también el
mismo modus vivendi con respecto a la religión.
El conflicto (entre
la ciencia y la religión) no desaparecerá hasta que ambas partes se confinen a
sí misma cada una dentro de su propio campo; todo cuanto pueda facilitarnos una
mejor comprensión de sus fronteras contribuiría a consolidar el estado de paz
entre los eventuales contendientes. Pero quedan todavía muchas oportunidades de
conflictos fronterizos, como demuestra el siguiente ejemplo.
Una creencia que no
es en modo alguno exclusiva de los partidarios más dogmáticos de la religión es
que en algún sitio nos aguarda una existencia futura no material. El cielo no
está en ninguna parte en el espacio, pero sí en el tiempo. (Todo el sentido de
esta creencia está vinculado con la palabra futuro; nadie se siente
aliviado de contar con una felicidad asegurada en un estadio anterior de
la existencia). Por otra parte, los científicos afirman que el espacio y el
tiempo forman un continuo único, y que la idea de un cielo anclado en el tiempo
pero no en el espacio se aparta de lo que dice la ciencia más que la idea
precopernicana de un cielo situado por encima de nuestras cabezas. Lo que y o
pregunto ahora no es quién tiene razón, si el científico o el teólogo, sino
quién está traspasando los linderos del otro. ¿No puede disponer la teología de
los destinos del alma humana sin traspasar los linderos de la ciencia? ¿No
puede la ciencia formular sus conclusiones con respecto a la geometría o al
continuo espacio-temporal sin invadir el campo de la teología? Según lo que
hemos afirmado antes, la ciencia y la teología pueden cometer los errores que
quieran, con tal de que los cometan en el seno de su propio territorio;
si se mantiene cada una dentro de sus límites no hay lugar a conflicto alguno.
Pero para impedir que surjan y crezcan tales conflictos, será necesario trazar
con todo cuidado la línea fronteriza.
Las tendencias
filosóficas del moderno pensamiento científico difieren abiertamente de las que
se sustentaban hace tan sólo treinta años. ¿Podemos garantizar que en los
próximos treinta años no vay a a tener lugar otra revolución, o tal vez incluso
una reacción total de signo contrario? Ciertamente, cabe esperar grandes
cambios, y pasado ese tiempo muchas cosas se verán de otra manera. Ésa es una
de las dificultades que presentan las relaciones entre la ciencia y la
filosofía; y ésa es la razón por la cual los científicos suelen prestar poca
atención
a las implicaciones
filosóficas de sus propios descubrimientos. Con tenacidad perruna van lenta y
tortuosamente avanzando hacia verdades cada vez más puras, pero sus ideas
parecen ir zigzagueando de una manera sumamente desconcertante para quien sigue
su rastro desde fuera. El proceso del descubrimiento científico se parece a la
tarea de encajar entre sí las piezas de un gigantesco puzzle de cartón; el
hecho de que se produzca una revolución en la ciencia no significa que hay a
que descolocar todas las piezas y a colocadas y ensambladas; significa que al
ensamblar las nuevas piezas y a descubiertas tengamos que revisar la impresión
que hasta entonces teníamos de cómo iba a ser la imagen final del puzzle una
vez resuelto. Un día podemos preguntarle al científico cómo va, y puede
respondernos: « Bien, y a casi he acabado este trozo de cielo azul» . Otro día
podemos preguntarle cómo sigue, y puede decirnos: « Ya he añadido mucho más,
pero resulta que no era un trozo de cielo, sino de mar; hay un bote flotando encima
de él» . Posiblemente, la vez siguiente resulta que se trataba de una sombrilla
boca abajo, pero nuestro amigo sigue sintiéndose encantado y entusiasmado con
los progresos que ha ido haciendo. El científico va siempre tratando de
adivinar el aspecto futuro de la obra una vez terminada; en buena medida,
depende de sus propias proy ecciones en la búsqueda de nuevas piezas que puedan
encajar, pero esas imágenes proy ectivas van siendo modificadas de vez en
cuando por lo que va apareciendo a medida que avanza el proceso de
ensamblamiento de las piezas. Las revoluciones que su pensamiento debe sufrir
en cuanto al aspecto final de la imagen no le hacen perder la fe en la
minuciosidad de su trabajo, pues sabe que éste sólo puede progresar poco a
poco. Quienes miran por encima de su hombro y hacen uso de la imagen en su
estadio actual parcial de desarrollo para fines exteriores a la ciencia, lo
hacen así bajo su propia responsabilidad y a su propio riesgo.
La falta de
permanencia de las teorías científicas sería una limitación muy fuerte en
contra de nuestra argumentación si hubiéramos hecho mucho hincapié en ella. El
lector religioso puede darse por satisfecho de no haberlo ofrecido un Dios
revelado por la teoría cuántica, susceptible por tanto de quedar barrido de en
medio en la próxima revolución científica. Lo que le interesa al filósofo no es
tanto la forma particular adoptada hoy en día por las teorías científicas —las
conclusiones que hoy consideramos demostradas—, sino el movimiento de
pensamiento que todo ello supone. Una vez tenemos los ojos abiertos, podemos
pasar a ver el mundo desde otra perspectiva aún más nueva, pero somos y a
incapaces de volver a verlo desde la antigua.
LA RELIGIÓN MÍSTICA
Ya hemos visto que el esquema cíclico
de la física presupone la existencia de un
trasfondo que se
sale del ámbito de sus investigaciones. En este trasfondo debe encontrarse, en
primer lugar, nuestra personalidad, y tal vez, además, una personalidad
superior. A mi parecer, una deducción bastante plausible que podría extraerse
del estado actual de la teoría científica sería la idea de una Mente o Logos
universal; al menos, resulta armónica con ella. Pero, si esto es así, lo más
que nuestras indagaciones nos permiten afirmar es un puro y descolorido
panteísmo. La ciencia no puede siquiera decirnos si ese espíritu universal es
bueno o malo, y el argumento principal que nos ofrece a favor de la existencia
de Dios, igual podría convertirse en un argumento a favor de la existencia del
diablo.
Creo que éste es un
ejemplo de la limitación de los esquemas físicos con que y a nos hemos
tropezado antes, esto es, el que en todos estos esquemas los opuestos vengan
representados por los signos + y −. De esa forma inadecuada se representan el
pasado y el futuro, la causa y el efecto. Uno de los may ores enigmas de la
ciencia consiste en descubrir por qué los protones y los electrones no son
simplemente opuestos los unos de los otros, a pesar de que toda nuestra
concepción de las cargas eléctricas exige que la electricidad positiva y la
negativa estén relacionadas entre sí como + y −. La dirección de la flecha del
tiempo sólo puede ser determinada por medio de esa mezcla incongruente de
teología y estadística, que es la segunda ley de la termodinámica; o, siendo
más explícitos, la dirección de la flecha sólo puede determinarse por medio de
reglas estadísticas, pero su significado en cuanto hecho rector « que otorga
sentido al mundo» sólo puede ser deducido de presupuestos teológicos. Si la
física no puede determinar en qué dirección debemos contemplar su propio mundo,
no podemos esperar de ella que nos sirva de guía para orientarnos éticamente.
Cuando nos orientamos sobre el mundo físico colocando el futuro arriba, lo
hacemos confiando en un cierto sentido interno de cómo son las cosas; e
igualmente, cuando nos orientamos en el mundo espiritual situando arriba lo
bueno, lo hacemos fundados en esa misma confianza en una especie de guía
interior.
Aunque la ciencia
física, al limitar su propio ámbito, nos hay a dejado un trasfondo que somos
libres de, o estamos incluso invitados a, llenar con una realidad de carácter
espiritual, seguimos teniendo que enfrentar todavía la más ardua crítica de
parte de la ciencia. « Ahí te dejo un campo —nos dice la ciencia
— libre de
interferencia por mi parte. Me consta que puedes acceder a él de algún modo a
través de tu conciencia o propio conocimiento, de modo que no es necesariamente
un campo abocado a un puro agnosticismo. Pero ¿cómo te las vas a componer con
este campo? ¿Posees algún sistema deductivo a partir de la experiencia mística,
que pueda compararse con el sistema de que se vale la ciencia para desarrollar
su conocimiento del mundo exterior? No pretendo insistir en que emplees mi
propio método, que y a sé que es aquí inaplicable, pero deberías de contar con
algún método defendible. La base experiencial que alegas
puede que sea
válida, pero ¿qué razones me das para considerar la interpretación religiosa
usual como algo más que una muestra de confuso romanticismo?» .
La cuestión casi se
escapa de mi planteamiento, pero no puedo por menos de considerarla
justificada. Aunque y o he simplificado voluntariamente los términos al
referirme únicamente a la religión mística —no tengo intención de defender
ninguna otra—, no me siento capaz de dar una respuesta ni siquiera lejanamente
completa. Es evidente que aunque la intuición de la propia conciencia sea la
única vía de acceso a lo que he llamado conocimiento íntimo de
la realidad más allá de los símbolos científicos, no podemos confiar en ella
implícitamente sin ningún tipo de control. Históricamente, el misticismo
religioso ha venido a menudo asociado con extravagancias absolutamente
reprobables. Supongo que la hiper-sensibilidad frente a los influjos estéticos
puede ser además un signo de un insano temperamento neurótico. Tenemos que
dejar algún sitio para posibles condiciones patológicas del cerebro en todo lo
que aparentemente son momentos de exaltada intuición. Uno comienza a temer que
después de haber detectado y eliminado todos nuestros fallos, no quede apenas
nada de « nosotros» . Pero en el estudio del mundo físico necesitamos, en
último término, apoy arnos en los órganos de nuestros propios sentidos, por más
que puedan traicionarnos presentándonos groseras ilusiones; de un modo
semejante, la vía que conduce desde la conciencia al mundo del espíritu puede
estar también sembrada de trampas, pero eso no implica que todo avance sea
necesariamente imposible.
En cuanto
científicos, sabemos que el color es puramente una cuestión de longitudes de
onda de ciertas vibraciones etéricas, pero eso no parece haber difundido el
sentimiento de que cuando los ojos reflejan una luz cercana a las 4800
ondulaciones por segundo pueden provocar la composición de una rapsodia,
mientras que cuando su reflejo alcanza las 5300 ondulaciones por segundo toda
inspiración poética o musical queda anulada. Aún no hemos llegado al nivel de
los Laputanos, quienes « para alabar, por ejemplo, la belleza de una mujer, o
de otro animal, la describen en términos de rombos, círculos, paralelogramos,
elipses y otras figuras geométricas» . El materialista convencido de que todos
los fenómenos se reducen a electrones, cuantos y demás entidades físicas
controladas por medio de fórmulas matemáticas, muy probablemente piensa que su
propia esposa es una ecuación diferencial particularmente elaborada, pero
probablemente también sabe tener el suficiente tacto como para no hacer uso de
esta opinión en la vida doméstica. Si sentimos como inadecuada e irrelevante en
las relaciones personales ordinarias esa especie de disección científica,
seguramente debe estar fuera de lugar también en la más personal de todas las
relaciones, la del alma humana con el espíritu divino.
Estoy en el umbral,
a punto de atravesar una puerta para entrar en una habitación. Es un asunto
complicado. En primer lugar, tengo que empujar una
atmósfera que
ejerce sobre cada centímetro cuadrado de mi cuerpo una presión de más de dos
kilos. Debo asegurarme de que al echar el pie voy a aterrizar sobre una plancha
que viaja a más de treinta kilómetros por segundo alrededor del sol; una
fracción de segundo antes o después, la plancha estaría alejada de mí varios
kilómetros. Debo además cuidar de hacerlo colgado como estoy de un planeta
redondo que huy e en el espacio en medio de un viento etérico que sopla a no se
sabe cuántos kilómetros por segundo a través de todos los intersticios de mi
cuerpo. La plancha, por otra parte, carece de toda solidez sustancial. Pisar
encima de ella es como pisar encima de un enjambre de moscas. ¿No me deslizaré
entre ellas? No, si pienso que puedo chocar con una de ellas, que me haga
rebotar hacia arriba, y al caer encuentre otra que me haga lo mismo, y así
sucesivamente. Puedo confiar en que el resultado final sea quedarme quieto
sobre esa fluida, bordoneante plancha. Pero si, por desgracia, llego a
deslizarme por el suelo abajo o salgo de pronto lanzado violentamente contra el
techo, ello no habría constituido una violación de las ley es de la naturaleza,
sino que habría sido tan sólo una rara coincidencia. Éstas no son más que
algunas de las dificultades menores. Tendría además que considerar el tema
cuatridimensionalmente, en cuanto que implica la intersección de mi línea
mundana con la de la plancha. Luego, además, sería necesario determinar en qué
dirección está creciendo la entropía del universo, a fin de asegurarme de que
al pasar por el umbral de la habitación estoy realmente entrando, y no saliendo
de ella.
En verdad, es más
fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un científico
atraviese una puerta. Y. aunque la puerta sea más grande que el portón de un
granero o de una iglesia, lo más prudente que puede hacer es consentir en
comportarse como un hombre ordinario, y entrar sin más, en vez de esperar a que
todas las dificultades implicadas en una entrada realmente científica queden
resueltas.
KEN WILBER. Kenneth
Earl Wilber Jr., nacido el 31 de enero de 1949 en Oklahoma City, es un escritor
estadounidense cuy os intereses versan principalmente sobre filosofía,
psicología, religiones comparadas, historia, ecología y misticismo. Wilber
describe sus logros académicos como « una licenciatura en bioquímica y un
doctorado (sin tesis) en bioquímica y biofísica, con una especialización en el
mecanismo de los procesos ópticos» , pero pronto se decantaría por el abordaje
filosófico. Aunque con frecuencia se lo describe como un escritor New Age, su
obra es severamente crítica con este movimiento.
Aun practicante de
distintas técnicas budistas de meditación (en especial zazen), e incluso
reconociendo su posición filosófica ampliamente influenciada por Nagarjuna,
Wilber no se identifica como budista.
Ken Wilber vivió en
muchos lugares durante sus años de escuela y a que su padre trabajaba para la
fuerza aérea. Terminó sus estudios secundarios en Lincoln, Nebraska y comenzó
la carrera de medicina en la Duke University. Durante el primer año de estudios
comenzó a leer psicología y filosofía tanto de oriente como de occidente.
Perdiendo interés por la medicina, regresó a Nebraska para estudiar bioquímica.
Luego de algunos años se aleja del mundo académico para dedicarse totalmente al
estudio independiente y a escribir sus propios libros.
Su trabajo se
centra principalmente en distintos estudios sobre la evolución del ser humano y
en su interés por promover una integración de la ciencia y la religión, según
experiencias de meditadores y místicos, analizando los elementos comunes
a las tradiciones
místicas de oriente y occidente. En su obra articula distintos aspectos de la
psicoterapia y la espiritualidad.
Sus libros tratan
sobre filosofía, psicología, antropología, sociología y religión
principalmente. Su pensamiento está influido por pensadores como Nagarjuna,
Huston Smith, Ramana Maharshi, Jürgen Habermas, Jean Gebser y Teilhard de
Chardin (con quien comparte la intención de crear una teoría que unifique a la
ciencia, el arte y la moral), Platón, Hegel, el budismo y el vedanta advaita.
Durante sus primeras épocas como
autor (fines de los 70 hasta mediados de los
80) contribuy ó al
desarrollo de la psicología transpersonal aunque luego se diferenció de esta
corriente por considerar que gran parte de sus referentes caían en lo que
denominó falacia pre-trans. Desde hace más de una década, comenzó a desarrollar
una teoría integral, donde articula de forma transdiciplinaria gran cantidad de
perspectivas para abordar el fenómeno humano utilizando el modelo AQAL. Para
promover y avanzar con esta propuesta, en 1998 fundó el Instituto Integral, un
centro de estudio para investigar las distintas aplicaciones de lo que denomina
enfoque integral.
Wilber establece
una jerarquización de los distintos ámbitos de la realidad, incluy endo
sociedades, visiones del mundo, niveles de conciencia, modelos políticos, etc.,
desplegándose en cuatro cuadrantes (el interior-individual, el
interior-colectivo, el exterior-individual, y el exterior-colectivo). En los
últimos años ha relacionado su teoría integral con el modelo de la dinámica
espiral, desarrollada por Don Beck y Christopher Cowan, denominando vMemes
(memes de valor) a los distintos niveles de desarrollo, asignándoles un color
diferente a cada uno.
[1] Entrevista recogida
en el libro de M. Planck, Where is Science Going? (Nueva York:
Norton, 1932), p. 209. <<
[2] Sir Arthur Stanley
Eddington, The Nature of the Physical World (Nueva York:
Macmillan, 1929). <<
[3] Sir Arthur Stanley
Eddington, New Pathways in Science (Nueva York: Macmillan,
1935), pp. 307-308. <<
[4] Erwin
Schrödinger, Science, Theory and Man (Nueva York: Dover,
1957), p. 204. <<
[5] Erwin
Schrödinger, Nature and the Greeks (Cambridge University
Press, 1954),p. 8. <<
[6] Citado por W.
Heisenberg en Physics and Beyond (Nueva York: Harper and Row,
1971), pp. 82-83. <<
[7] Living Philosophies, p. 117. <<
[8] La danza de los
maestros: título en castellano de la obra de Gary Zukav The Dancing Wu
Li Masters, Argos-Vergara 1981. Es uno de los muchos libros que divulgan
las relaciones sobre la mística oriental y la física moderna. (N. del
T.)
[9] Niels Bohr, Atomic
Physics and Human Knowledge (Nueva York: Wiley, 1958), pág. 74. <<
[10] Citado por W.
Heisenberg en Physics and Beyond (Nueva York: Harper and Row,
1971), p. 88. <<
[11] Louis de
Broglie, Matter and Light (Nueva York: Dover, 1946), p.
252. <<
[12] E.
Schrödinger, Nature and the Greeks (Cambridge University
Press, 1954), p. 15. <<
[13] N. Bohr, Atomic
Theory and the Description of Nature (Cambridge University Press,
1961), p. 77. <<
[14] Sir James
Jeans, Physics and Philosophy (Cambridge University Press,
1942), pp. 15-17. <<
[15] A. Eddington, The
Nature of the Physical World (Cambridge University Press), p.
282. <<
[16] Ibíd. <<
[17] E.
Schrödinger, Mind and Matter (Cambridge University Press,
1958). <<
[18] Sir James
Jeans, The Mysterious Universe (Cambridge University Press,
1931), p. 111. <<
[19] A. Eddington, Science and
the Unseen World (Nueva York: Macmillan,
1929). <<
[20] Hace referencia a
la obra de Lawrence LeShan The Médium, the Mystic and the Physicist (Viking
Press: Nueva York, 1974). (N. del E.) <<
[21] Ya me he ocupado de
esto con may or detalle; véase K. Wilber, Eye to Eye (Nueva
York: Doubleday /Anchor, 1983). [Versión en castellano: Los tres ojos
del conocimiento. Barcelona: Kairós, 1991]. <<
[22] ¿Cómo se relaciona
la metáfora de la Gran Cadena con la metáfora de las sombras y la caverna? Muy
sencillo: los niveles de la Gran Cadena son los niveles
de los objetos-sombras de la caverna, y a que algunos de esos
objetos-sombras están evidentemente más cercanos a la abertura
que otros, hecho que da lugar a esa jerarquía de niveles. Los
niveles de la Gran Cadena son, pues, niveles decrecientes en sombra y
crecientes en luz, que culminan en la apertura al espíritu (nivel 5), por donde
nos damos cuenta de que lo que únicamente y siempre existió es
el espíritu, incluso en los niveles más ínfimos (aunque de esto sólo podemos
darnos cuenta en los más elevados). Esto no significa que los diversos niveles
de la manifestación sean pura ilusión o irrealidad, pues todos son
manifestaciones del Ser y, por tanto, están bañados, aunque en diversos grados,
de su gloria. Lo único que sucede es que los niveles superiores, al estar más
cerca de la abertura, necesitan (como señala Bradley ) ser suplementados cada
vez en menor medida para poder pasar al Absoluto. El hecho de que todas las
cosas sean Dios, pero que algunas lo sean más que otras, es una versión
diferente del carácter paradójico del Ser. <<
[23] Esta paradoja
explica justamente el por qué la may oría de los físicos que recoge este
volumen habla en ocasiones de una especie de « unidad» entre la física y la
mística (o entre los reinos de la materia y el espíritu), y a menudo lo niegan
completamente en la misma frase. Lo que hacen con esto, consciente o
inconscientemente, es reflejar la naturaleza paradójica del espíritu-Espíritu.
En cuanto espíritu (con e minúscula), es la dimensión más elevada (y
por lo tanto totalmente separada de la física), pero en cuanto Espíritu (con E
may úscula), es el Fundamento común (que « suby ace» por tanto
también, de un modo unitario, en la física). En este sentido se manifiesta
Eddington, tal como lo resume Cohen: « La tesis fundamental del profesor
Eddington, en cuanto presenta concomitancias con la religión, es que existen
dos mundos, en uno de los cuales tienen aplicación las “ley es” científicas,
mientras que en el otro no resultan aplicables. Admite, no obstante, una
especie de unidad entre el mundo material y el espiritual… pero para quienes
están íntimamente familiarizados con las ley es de la física y la química (y
aquí viene la paradójica negación), la idea de que el mundo espiritual pueda
estar regido por ley es que tienen otro carácter relacionado (o digamos,
paralelo) resulta tan injustificada como la de que una nación puede venir
regida por las ley es de la gramática» . Afirmaciones paradójicas de este tipo
resultan frecuentes en las obras de Einstein, Eddington, Schrödinger, Bohr,
Heisenberg, y en prácticamente todos los teóricos a que se refiere este
volumen. Esto es, a mi juicio, tal como debe ser; los problemas surgen
únicamente cuando ignoramos o nos olvidamos de ese carácter intrínsecamente
paradójico. Yo estoy tratando sencillamente de explicitarlo, de hacernos
conscientes de este hecho, a fin de evitar que pueda complicar una situación y
a de por sí lo suficientemente difícil. <<
[24] Ésta es la razón
por la cual el Zen, por ejemplo, niega rotundamente que el Espíritu sea uno, o
el todo, o una unidad o identidad suby acente. Como dice D. T. Suzuki: « A los
buscadores de identidad debería advertírseles que están dominados por los conceptos»
(El Zen y la cultura japonesa). Si algo dice el Zen es que el Espíritu
es « ni dos ni uno» . <<
[25] H. Pagels, The
Cosmic Code (Nueva York: Bantam, 1982). <<
[26] Decía en el prólogo
que el intento de convertir a la física moderna en una « demostración» de la
mística no sólo es algo equivocado sino que de hecho resulta perjudicial para
el genuino misticismo. El intento en sí es perfectamente comprensible: quienes han
tenido algún atisbo directo de la mística saben de su realidad
y de su profundidad. Pero es tan difícil convencer de ello a los escépticos que
resulta sumamente tentadora y atractiva la posibilidad de proclamar que la
física —la ciencia « real por excelencia» — constituy e de hecho un argumento a
favor de la mística. Yo mismo he hecho justamente eso en anteriores escritos.
Pero es un error, y es perjudicial en el sentido de que a la larga
acarrea más males que bienes. Y ello por las siguientes razones: 1) Confunde la
verdad temporal, relativa y finita con la verdad eterna y absoluta. Fritjof
Capra, según tengo entendido, ha modificado mucho sus primeras opiniones, pero
en El Tao de la física, por ejemplo, ponía mucha fuerza en la teoría
del bootstrap (para la cual no existen cosas irreductibles
entre sí, sino sólo relaciones dotadas de consistencia propia), considerándola
equivalente a la doctrina budista de la recíproca interpenetración. Pero hoy en
día la práctica totalidad de los físicos creen que existen objetos
irreductibles (quarks, leptones, gluones) que surgen de la rotura de simetrías.
¿Pierde Buda entonces por ello su iluminación? Repitamos con Bernstein: «
Colgar una filosofía religiosa de la ciencia contemporánea es el camino más
seguro para que quede obsoleta» . Y eso es perjudicial. 2)
Fomenta la creencia de que para alcanzar la conciencia mística de
todo, lo que uno tiene que hacer es aprender una nueva forma de concebir el
mundo; puesto que la física y la mística son simplemente dos maneras distintas
de enfocar la misma realidad, ¿para qué ocuparse durante años en arduas
meditaciones? Basta con leer El Tao de la física. Evidentemente no
era ésa la intención de Capra, sino meramente uno de sus efectos imprevistos.
Por cuanto sé, ninguno de los autores de los libros populares sobre las
relaciones entre la física y la mística es un meditador asiduo. 3) La may or
ironía de todas es que este enfoque, en el fondo, es profundamente reduccionista.
Efectivamente, afirma: puesto que todas las cosas están constituidas en último
término por partículas subatómicas, y puesto que las partículas están mutua y
holísticamente interrelacionadas, entonces todas las cosas son holísticamente
una, tal como afirma la mística. Pero todas las cosas no están
constituidas en último término por partículas subatómicas; todas las cosas,
incluso las partículas subatómicas, están constituidas en último término por
Dios. Y el campo de lo material, lejos de ser el más fundamental, es el
menos fundamental: posee menos Ser que la vida, la que a su vez tiene
menos Ser que la mente, que a su vez tiene menos Ser que el alma,
la que a su vez
tiene menos Ser que el espíritu. La física se limita al estudio del campo que
posee menos ser. ¡Proclamar que todas las cosas están constituidas en último
término por partículas subatómicas constituy e, pues, la posición más
reduccionista que cabe imaginar! Y decía que esto es una ironía, pues es
justamente lo contrario de lo que todos esos escritores de la nueva era con su
mejor intención pretenden, de modo que mientras están intentando apoy ar a la
mística, lo que en realidad están haciendo es destruirla. El extremado (aunque
a veces sutil y escondido) reduccionismo de semejante concepción horroriza
incluso a los filósofos y científicos ortodoxos. Stephen Jay Gould, por
ejemplo, en el pensado y elogioso comentario que hace del libro de Capra The
Turning Point, acaba temerosamente recogiendo velas: « Nótese lo peculiar
de la última frase: “Las partículas subatómicas, y por tanto, en último
término, todas las partes del universo…”. A fin de cuentas, el autoproclamado
holista y antirreduccionista (esto es Capra) acaba preso de su propio
provincianismo. Se ha ajustado a la más antigua de las estrategias
reduccionistas: lo que sucede en la estructura de la física, eso es lo que debe
suceder, por extrapolación, en el resto de la naturaleza. No se sale de esta
trampa (reduccionista) invocando el holismo en el nivel más bajo. La misma
aseveración de que ese nivel ínfimo, cualquiera que sea su naturaleza,
representa la esencia de la realidad, es el postrer argumento reduccionista» .
Gould pasa a continuación a poner de relieve que la biología, la psicología y
la sociología modernas trabajan con « entidades propias de una secuencia de
niveles, cada uno de los cuales es más inclusivo que el anterior, y está dotado
de principios explicativos exclusivos y únicos de su propia plataforma
jerárquica. Esta perspectiva supone tomar en serio el principio de que los
fenómenos propios de un nivel no pueden extrapolarse en el sentido de esperar
que funcionen de igual forma en los otros niveles» . Con otras palabras, ¡los
modernos científicos y filósofos ortodoxos están sencillamente redescubriendo
la Gran Cadena del Ser! Pero resulta embarazoso, cuando menos, para ellos el
tener que señalar el patente reduccionismo de que adolecen los
« antirreduccionistas»
de la nueva era. Y esto es perjudicial, como he dicho, porque
conduce a alejar y a extremar a los teóricos ortodoxos que, en mi opinión,
estarían realmente deseosos de abrirse a un trascendentalismo jerárquico, si
éste fuera presentado de un modo cauteloso, racional y no reduccionista. Pero lo
que viene sucediendo hasta ahora es que la may or parte de los enfoques de la
nueva era resultan sencillamente irritantes para los partidarios de la
ortodoxia, no porque esos enfoques pequen de misticismo, sino, por el contrario
¡por adolecer de un inadmisible reduccionismo! Y así, Gould, que empezaba su
comentario sobre The Turning Point diciendo que « esta
temática general tratada con enorme destreza merece sin duda mi aprobación» ,
acababa por confesar: « Me he ido sintiendo cada vez más a disgusto con este
libro, con sus analogías facilonas, su desconfianza de la razón, su apelación a
conceptos de
moda. En algunos
aspectos me siento más cercano al racionalismo cartesiano (al que él desprecia)
que a la especie ecológica californiana que Capra representa» (New York
Review of Books, 3 de marzo de 1983). Pienso que Gould es
excesivamente duro
con Capra; considero a Capra uno de los más cautelosos escritores de la nueva
era, si bien su reduccionismo sigue siendo suficiente como para provocar
apoplejía al pobre Gould. Y los intentos continúan: Arthur Young piensa que el
espíritu absoluto es el fotón. Pero aguarden: el físico francés Jean Charon
acaba de demostrar en su libro The Unknown Spirit que el
espíritu ¡es el
electrón! (hablo en
serio). Y mientras escribo esto, acaba de aparecer otro libro suy o, God
and the New Physics… <<
[27] Ne sutor supra
crepidam: « No vay an a creer que me meto a zapatero de algo más que sandalias»
. Equivale a la expresión castellana « zapatero a tus zapatos» . (N.
del T.) <<
[28] Con otras palabras,
Schrödinger reconoce que lo que la mecánica cuántica demuestra, caso de
demostrar algo, es una interacción entre objetos, no entre sujeto y
objeto. La razón por la cual niega esto último —y la razón por la que le parece
ofrecer poca base para el pretendido influjo de la interacción cuántica sobre
la filosofía y el misticismo— se explica en los párrafos siguientes. (N.
del E.) [K. W.] <<
[29] Singulare tantum (en latín en
el original): que sólo se da en singular, no en plural. (N. del T.) <<
[30] En la
tradición filosófica germana, dentro de la cual Planck se inscribe, el término
« ego» o « y o» significa « el y o» en el sentido interiorizante de
« y oidad» , o lo que
constituy e el sentido del propio y o. No tiene ninguna connotación de «
egoísmo» , sino más bien es indicativo de esa sensación interna, irreductible e
inmediata, de tener conciencia de darse cuenta. (N. del E.) [K.
W.]
[31] Antes de entrar a
examinar la compleja argumentación de Eddington, es preciso dejarle hablar
consigo mismo acerca de lo que está exactamente tratando, y especialmente de lo
que no está tratando de conseguir. Su obra maestra, The
Nature of the Physical World, trata de un modo tan elocuente y convincente
el tema de la física y la mística, que la conclusión a la que llega —a saber,
que una y otra se refieren a temas y campos enteramente diferentes— fue
rápidamente olvidada por el público (y especialmente por los teólogos) y
Eddington se ganó la totalmente inmerecida reputación de defender que la nueva
física ofrecía un apoy o (o incluso una demostración) de la perspectiva mística
del mundo. Ello exasperaba a Eddington hasta el extremo, pues era exactamente
lo contrario de lo que pensaba. Cuando Bertrand Russell, dando rienda suelta a
su considerable ingenio filosófico, criticó duramente a Eddington por defender
supuestamente que la mística se derivaba de la física, sir Arthur no pudo
contenerse por más tiempo y, en su obra New Pathways in Science, le
ofreció esta áspera respuesta. (N. del E.) [K. W.] <<
[32] Lo central para
Eddington, como se verá más claramente en los capítulos siguientes, es que la
física —tanto la clásica como la cuántica— no puede en medio alguno ofrecer un
apoy o positivo, ni siquiera fomentar, la concepción
místico-religiosa del mundo. Lo que ocurre sencillamente es que, mientras que
la física clásica era teóricamente hostil frente a la
religión, la física moderna es simplemente indiferente con respecto a ella
—deja tantos huecos teóricos en el universo, que cada cual puede (o no) llenarlos
de elementos religiosos, pero si lo hace, debe ser fundado en motivos
filosóficos o religiosos—. La física no puede ay udar en esto lo más mínimo,
pero al menos no opone y a obstáculo alguno a
esos esfuerzos. Eso es lo que Eddington quiere decir cuando afirma:
« Interpretando
correctamente la situación actual, me parece que una de esas señales colocada
en una de las principales vías de acceso, ha sido ahora eliminada. Pero nada
importante va a suceder a menos que venga una locomotora» . La física no ofrece
apoy o a la mística, pero ha dejado de rechazarla, y este hecho —es lo que
Eddington sentía— ha abierto una puerta
filosófica al
Espíritu. Pero es la mística, no la física, la que debe aportar la «
locomotora» .
La opinión de
Eddington, que y o suscribo enteramente —esto es, la desaparición de todo
obstáculo importante, por parte de la teoría física, frente a las realidades
espirituales—, sería en sí realmente una espléndida novedad, de no ser por esas
promesas de la luna que vienen haciendo los escritores de la nueva era, con las
pretendidas « pruebas» a favor de la mística aportadas por la física moderna.
Mucha gente se siente desilusionada o decepcionada por la debilidad o la
molestia aparentes de las afirmaciones de Eddington, cuando la realidad es que
esta opinión —sustentada por prácticamente todos los físicos teóricos que
aparecen en este volumen— es probablemente la conclusión más resonante y
revolucionaria que hay a pronunciado « oficialmente» hasta ahora la ciencia
teórica acerca de la religión. Constituy e un giro monumental, de los que hacen
época, en la posición de la ciencia con respecto a la religión; es sumamente
improbable una vuelta atrás en este punto, y a que se trata de una conclusión
de naturaleza lógica, y no empírica (a priori, no a posteriori); supone, por
tanto, según toda probabilidad, el cierre final del aspecto más incordiante del
debate secular entre las ciencias físicas y la religión (o ciencias del
espíritu, geist-sciences). ¿Qué más podríamos pedir? (N.
del E.) [K. W.] <<
[33] The House that Jack
Built: poesía infantil muy popular en los Estados Unidos, que comienza con la
casa que Jack construy ó, a quien casó un cura, que tenía una casa, en donde se
guardaba cebada, que se comió un ratón, al que mató un gato… en la casa que
Jack construy ó, a quien casó un cura, etc., etc. La historieta recuerda una
canción, más bien infantil también, que se hizo popular en España hace algunos
años: « Estaba la rana sentada cantando debajo del agua; cuando la rana se puso
a cantar, vino la mosca y la hizo callar. La mosca a la rana, la rana sentada
cantando debajo del agua; cuando la mosca se puso a cantar, vino la araña y la
hizo callar. La araña a la mosca, la mosca a la rana, la rana que estaba…» . En
esta canción no se cierra el círculo, porque en la larga serie final —la suegra
al hombre, el hombre al perro, el perro al gato, etc., hasta llegar a la rana—
a la suegra « ni el mismo diablo la hizo callar» . Si la hiciera callar la
rana, tendríamos una remisión en círculo como en la poesía de The House
that Jack Built. (N. del T.) <<
[34] En el original, el
autor emplea conscience en el primer caso y conciousness en
el segundo. (N. del T.) <<

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