© Libro N° 13778. El Fuego
Subterráneo Que Vuelve A Renacer. Historia Del
Primero De Mayo. Revolución Obrera. Emancipación. Mayo 3 de 2025
Título Original: © El Fuego Subterráneo Que Vuelve A
Renacer. Historia Del Primero De Mayo. Revolución Obrera
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Que Vuelve A Renacer. Historia Del Primero De Mayo. Revolución Obrera
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EL FUEGO SUBTERRÁNEO QUE
VUELVE A RENACER Historia Del Primero De Mayo
Revolución Obrera
El Fuego
Subterráneo Que Vuelve A Renacer
Historia Del Primero De
Mayo
Revolución
Obrera
ÍNDICE
Introducción.......................................................................................................
3
La
Internacional.................................................................................................
6
La Historia del Primero de Mayo de
1886......................................................... 9
El 3 de Mayo trágico en Mc.
Cormik..................................................... 15
La bomba de
Haymarket...........................................................................
16
Se desata la Ola de
Terror.........................................................................
18
Un Juicio Contra la Esclavitud
Asalariada............................................... 19
El Significado Histórico del Primero de
Mayo......................................... 23
El Primero de Mayo en
Colombia.............................................................. 25
Mártires de Chicago.
Hablan los
sentenciados................................................................................
34
August
Spies................................................................................................
34
Michael
Schwab..........................................................................................
39
Oscar
Neebe..................................................................................................
41
Adolf Fischer...............................................................................................
42
Louis
Lingg..................................................................................................
43
George
Engel...............................................................................................
44
Samuel
Fielden............................................................................................
46
Albert
Parsons.............................................................................................
48
INTRODUCCIÓN
A pocos días de la
conmemoración del 1 de mayo, Revolución Obrera presenta al movimiento una nueva
edición del folleto Primero de Mayo El fuego subterráneo que vuelve a renacer,
el cual recuerda la histórica lucha por la jornada de las 8 ho-ras y sus protagonistas,
ratificando que el legado para la clase obrera sigue vigente, mucho más en las
actuales condiciones que enfrenta el proletariado mundial.
Este trabajo,
además de detallar la preparación, desarrollo y desenlace de todo lo sucedido
alrededor del 1 de mayo de 1886, rescata el carácter Internacionalista y
Revolucionario de la fecha, pues esta lucha reunió a los obreros del mundo en
una sola causa, y destacó la necesidad de combatir de forma directa e
independiente al capitalismo, exaltando a su vez el himno que nos une como
clase La Internacional.
Hoy, al
proletariado mundial le corresponde la tarea de des-tacar este carácter
Internacionalista y Revolucionario con mucha más beligerancia, pues en la época
del capitalismo imperialista, los desposeídos representan el gran ejército de
sepultureros de este sistema y su unidad internacional es vital para la
humanidad, que se encuentra, sin exagerar, en peligro de exterminio ante la
amenaza de guerra imperialista por un nuevo reparto del mundo; de ahí que
conmemorar el 1 de mayo, rescatando su carácter internacionalista, implica hoy
manifestarse en contra de los preparativos de guerra por par-te de los
imperialistas, condenar la agresión a los pueblos del mundo y el genocidio al
pueblo palestino; implica llamar a los comunistas revolucionarios en todo el mundo
a unirse en una nueva Internacional Comunista, como tarea necesaria para frenar
con la revolución la guerra reaccionaria o convertirla en guerra
revolucionaria. De este modo, tanto el internacio-nalismo proletario, como el
carácter revolucionario del 1 de mayo, sigue vigente y con necesidades que los
proletarios del mundo deben asumir, haciendo real la consigna ¡Proletarios del
mundo, uníos!
Encontrarán también
en este folleto, la forma como actúa la reacción cuando el pueblo se levanta
contra la opresión y la explotación; usando todos sus instrumentos e
instituciones (medios de comunicación, fuerzas represivas, leyes,
institu-ciones judiciales) para detener a como dé lugar el ímpetu de las masas
luchadoras. Lo que no pueden evitar es que ese fue-go subterráneo siga
encendido y que aunque intentaron ente-rrar la jornada del 1 de mayo de 1886 y
la reivindicación de las 8 horas, condenando injustamente a los mártires de
Chicago, no podrán conseguirlo, porque las nuevas generaciones de desposeídos
siguen al frente y desde muchos frentes: en las calles, en las redes, en las
organizaciones populares de masas, en las organizaciones obreras… la chispa
está encendida y la aguda situación que viven millones de proletarios en el
mun-do, es combustible que atiza el fuego. Los reaccionarios, los burgueses,
terratenientes e imperialistas pretenderán siem-pre apagar este fuego, así lo
hicieron en Colombia durante el levantamiento popular, condenando a la juventud
rebelde a la detención, persecución y muerte, pero igual que el 1 de mayo de
1886, los héroes que a diario se destacan en la lucha, son el ejemplo de otros
miles de millones que se encarga-rán de honrar su lucha, con nuevos combates y
triunfos. ¡Por nuestros muertos ni un minuto de silencio toda una vida de
combate!
Y sí, a pesar de la
infame condena a los mártires de Chicago, la lucha por la jornada de las 8
horas se conquistó, se internacionalizó y se mantiene hasta nuestros días,
sobreviviendo incluso a las pretensiones de los explotadores que han que-rido
pisotearla para garantizar que su cuota de ganancia se eleve, sin embargo, es
una reivindicación vigente, que debe defenderse con lucha y reconquistarse
donde se haya perdi-do, tomando el ejemplo de nuestros hermanos en Chicago,
manteniendo vivo el 1 de mayo con nuestra lucha, organiza-ción y movilización.
Finalmente,
encontrarán en esta nueva edición del folleto Primero de Mayo El fuego
subterráneo que vuelve a rena-cer, los combativos discursos de los mártires de
Chicago, un ejemplo de agitación política viva que fue capaz de romper los
muros de la represión, que trascendió las fronteras y que sigue llegando a los
oídos y ojos de los obreros a través de trabajos como este, que mantiene viva
la experiencia históri-ca de aquel 1 de mayo de 1886 y que hoy los invita a
conocer o leer y estudiar de nuevo, para que el ejemplo de nuestros hermanos de
clase, se replique en todo el mundo, contra la opresión, la explotación, el
hambre y la miseria.
¡Viva el 1 de mayo
Internacionalista y Revolucionario!
LA INTERNACIONAL
Este es el himno
internacional de la clase obrera, entonado por los manifestantes el Primero de
Mayo en la mayoría de ciudades y países del mundo. Fue escrito por el poeta
obrero francés Eugenio Pottier y su letra ha sido traducida a casi to-das las
lenguas.
Cualquier obrero
con conciencia de clase que emigre a otro país, que no entienda el idioma, sin
conocidos, lejos de su hogar natal, podrá encontrar camaradas y amigos por el
co-nocido himno. Los obreros de todos los países hicieron de La Internacional
su emblema.
Eugenio Pottier
siempre vivió en las condiciones de vida de un proletario, desempeñándose como
embalador de cajones y dibujante textil. Nació en París, el 4 de octubre de
1816. A los 14 años compuso su primera canción, titulada, ¡Viva la Li-bertad!
En 1848, durante la gran batalla de los obreros contra la burguesía en dicho
país, combatió en las barricadas.
Con sus canciones
combativas, a partir de 1840, contribuyó a despertar la conciencia de los
oprimidos, llamando a la uni-dad de los obreros, a la lucha a muerte contra la
burguesía y fustigando sus gobiernos.
Pottier fue miembro
de la gran Comuna de París (1871), que fue el primer poder obrero, instaurado
en Francia. Tomó parte en todas las medidas de La Comuna que derrocaron a la
burguesía.
La caída de esta
gesta dos meses después, le obligó a emigrar a Inglaterra y EE.UU.
La famosa canción
La Internacional fue escrita por el poeta en junio de 1871 y aunque La Comuna
sufrió una sangrienta derrota, siendo aplastada, La Internacional de Pottier
espar-ció sus ideas liberadoras por todo el mundo, y hoy revive más vigente que
nunca en pleno siglo XXI, cuando el capitalismo imperialista está en crisis.
Hoy a diferencia de
1871, contra este cruel sistema se levanta la fuerza del proletariado mundial,
miles de veces más vasta y poderosa que la de aquel entonces. Todo un ejército
que ob-jetivamente pertenece a un mismo bando, pero que requiere de la conciencia,
para conquistar la independencia de cla-se frente a la burguesía y así lograr
marchar bajo una misma bandera, ya no solo por las reivindicaciones
fundamentales del trabajo, sino por la emancipación definitiva del yugo de la
opresión y explotación mundiales.
Pottier murió hace
mucho y en un país europeo, pero deja a los obreros colombianos un monumento
imperecedero: su himno, que se debe entonar con orgullo, por ser parte de la
Clase Obrera, la más importante y revolucionaria fuerza ja-más existente.
LA INTERNACIONAL
Arriba los pobres
del mundo
de pie los esclavos
sin pan
y gritemos todos
unidos
viva La
Internacional.
Removamos todas las
trabas
que oprimen al
proletario
cambiemos el mundo
de base
hundiendo al
imperio burgués.
CORO
Agrupémonos todos
en la lucha final
y se alcen los
pueblos
por La
Internacional.
Agrupémonos todos
en la lucha final
y se alcen los
pueblos con valor
por La
Internacional.
No más salvadores
supremos
ni césar, ni
burgués, ni dios
pues nosotros
mismos haremos
nuestra propia
redención.
Donde tienen los
proletarios
el disfrute de su
bien,
tenemos que ser los
obreros
los que guíemos el
tren.
CORO...
El día que el
triunfo alcancemos
ni esclavos, ni
dueños habrá
los odios que al
mundo envenenan
al punto se
extinguirán.
El hombre del
hombre es hermano
cese la
desigualdad, la tierra será el paraíso
bello de la
humanidad.
CORO...
La Historia del
Primero de Mayo de 1886
Hombres y mujeres
venidos de todos los rincones de la tierra engrosaban las filas de la clase
obrera en Norteamérica.
Millones de seres
humanos encadenados por el grillete del salario fueron los artífices del
crecimiento descomunal de las fuerzas productivas en el país del norte. Tal
situación se mantuvo hasta que sobrevino una gran crisis de sobreproducción
relativa, a mediados de la década de 1870.
Miles de obreros
eran lanzados a la calle, arrojados como so-bras de la producción, castigados
por haber producido, rela-tivamente, más de lo que la sociedad necesitaba. La
riqueza acumulada por una minoría parasitaria se trocaba en miseria para ellos;
la prosperidad general de la sociedad, se revertía en sufrimientos indecibles;
la dicha y la alegría de los ricos se transformaba en desdicha de los pobres y
hacía crecer su odio contra aquel sistema injusto. El “sueño americano” de una
vida próspera se había convertido en una horrible pesa-dilla.
Al lado del
crecimiento portentoso de las fábricas y del lujo fastuoso de unos cuantos
magnates del capital, se amontona-ba la miseria y el hambre de la masa
laboriosa, que estrujada en el infierno de las factorías y apiñada en tugurios
sin luz, veía crecer sus hijos sin ninguna esperanza.
No había otra
salida que organizarse, pues el obrero solo, está perdido e impotente.
Surgieron así las primeras organizacio-nes que ensanchaban sus filas cada día,
hasta convertirse en un poderoso movimiento social, exigiendo que se tratara a
los obreros como seres humanos.
La burguesía se
sentía amenazada y veía en aquel poderoso movimiento el fin de sus privilegios
y tomó las medidas para defenderlos a sangre y fuego: convirtió los arsenales
en for-talezas, transformó la Guardia Nacional en un ejército mo-derno y
contrató grandes ejércitos privados de informantes, matones y pinkerton
(vigilantes civiles armados).
Ante las exigencias
de quienes todo lo producían, la respues-ta de los potentados fue el garrote,
el encarcelamiento y el asesinato. Cada huelga era una verdadera batalla donde
la policía, el ejército y los pinkerton garantizaban por la fuerza el ingreso
de los rompe huelgas, desempleados contratados para impedir el paro de la
producción; y no era extraño que los enfrentamientos terminaran con obreros
baleados.
En Chicago se
presentaba una situación excepcional, dado el salvajismo de los industriales,
banqueros y comerciantes que, además de mantener en las condiciones
infrahumanas a sus obreros, usaban el departamento de policía como una fuerza
privada a su servicio.
Era normal que los
policías interrumpieran las reuniones obreras a garrotazo limpio; allanaran las
sedes sindicales y decomisaran lo que les viniera en gana; encarcelaran a los
dirigentes y, muy frecuentemente, usaran también sus revól-veres contra la masa
desarmada.
Los patrones y los
medios de comunicación a su servicio, ha-bían convencido a los policías que
detrás de cada huelguista había un comunista, un subversivo y un agente
extranjero que pugnaba por destruir la sociedad. Se ayudaban además con el
soborno permanente, de tal suerte que la mayoría de policías recibían además de
la paga del municipio, una bonificación por sus servicios a favor de los
capitalistas.
Acosados por el
hambre y la miseria, perseguidos por las fuerzas del orden, silenciadas sus
aspiraciones por la fuerza brutal del Estado al servicio de los dueños del
capital, los obreros se vieron obligados a cambiar sus formas de lucha y sus
métodos de acción. Algunos se armaron y comenzaron a surgir las milicias
obreras, las arengas y pancartas fueron cambiadas por los rifles Springfield;
pero sobre todo, se iba haciendo cada día más consciente, la necesidad de una
ac-ción general de todos los trabajadores que enfrentara, no a un patrón
individual quien podía vencerlos separadamente utili-zando el Estado a su
servicio, sino enfrentando precisamente al Estado para obligarlo, por acción de
la ley, a maniatar a los patrones individuales.
En 1884 la
Confederación de Gremios Organizados y Trade-uniones (sindicatos) había
convocado a un día nacional de acción el Primero de Mayo de 1886, para imponer
la jornada de 8 horas.
Inicialmente la
propuesta fue rechazada por las organizacio-nes anarquistas considerando que
tal medida no resolvía la situación de los esclavos del salario. Sin embargo,
ante la gran acogida que tuvo la propuesta entre las masas, se vieron
obli-gadas a adoptarla, llegando a ser sus dirigentes, los mayores impulsores
de la idea.
En 1885 una hoja,
que corrió de mano en mano en las fábricas y barrios proletarios, llamaba a
sumarse al movimiento por las ocho horas el Primero de Mayo con las siguientes
frases:
“Un día de
rebelión, no de descanso! Un día no ordenado por los voceros jactanciosos de
las instituciones que tienen enca-denado al mundo del trabajador. Un día en que
el trabajador hace sus propias leyes y tiene el poder de ejecutarlas! Todo sin
el consentimiento ni aprobación de los que oprimen y gobier-nan. Un día en que
con tremenda fuerza la unidad del ejército de los trabajadores se moviliza
contra los que hoy dominan el destino de los pueblos... Un día de protesta
contra la opresión y la tiranía, contra la ignorancia y la guerra... Un día en
que comenzar a disfrutar ‘ocho horas de trabajo, ocho horas de descanso, ocho
horas para lo que nos dé la gana’”.
Así las cosas,
varios meses antes del Primero de Mayo de 1886 se había iniciado un gigantesco
movimiento por las ocho ho-ras de trabajo. En cada hoja volante o periódico
obrero de la época se encontraba el llamado a la lucha por esa reivindi-cación.
De un extremo al otro del país, cual reguero de pól-vora, se había extendido el
movimiento; Estados Unidos era sacudido en sus cimientos por la clase obrera
que se ponía de pie, como un solo hombre, para exigir la jornada normal de 8
horas de trabajo.
Se presentaban
disturbios repetidamente y era común ver los vagones de patrulleros llenos de
policías armados que corrían a “sofocar” la llama de la lucha que prendía por
doquier. “En marzo y abril -dice Henry David en su trabajo “El caso de
Haymarket”- subió la tensión, como un termómetro al sol, al informarse en los
periódicos de Chicago sobre los miles de trabajadores que diariamente
declaraban que se adherían a la huelga...”
Para la última
semana de abril se calculaba que 62.000 tra-bajadores de Chicago se habían
comprometido a realizar el paro el Primero de Mayo, otros 25.000 exigían la
jornada de ocho horas sin comprometerse con el paro y 20.000 ya ha-bían logrado
esa conquista.
Ante los
preparativos de la huelga, los patrones movilizaron a la Guardia Nacional,
aumentaron las fuerzas policiales y fun-daron un cuerpo especial de represión.
Los sindicatos reali-zaron dos grandes asambleas: la primera, la de los
Caballeros del Trabajo, el 17 de abril, en el local “Calvary Armony” a la cual
asistieron cerca de 21 mil trabajadores, la tercera parte de ellos se vio
obligada a escuchar afuera, pues en el teatro no cabía un alma; la segunda, el
domingo 25 de abril en la que Albert Parsons y August Spies hablaron ante 25
mil obreros.
Los periódicos al
servicio del capital llamaban diariamente a “adornar cada poste de luz con el
esqueleto de un comunista” y concentraron su ataque contra Parsons y Spies como
los mayores responsables del movimiento en favor de las ocho horas.
El Chicago Mail, en
el editorial del 1º de Mayo decía: “Hay dos rufianes peligrosos sueltos en esta
ciudad; dos cobardes escurridizos que se proponen armar bronca. Uno se llama
Parsons; el otro se llama Spies... Obsérvenlos hoy. No les qui-ten el ojo de encima.
Háganlos personalmente responsables de cualquier problema que ocurra. Denles un
castigo ejem-plar si ocurren problemas.”
Albert Parsons,
nacido en Norteamérica, alguna vez propues-to para la presidencia de la
república, era un orador elocuen-te que reunía en sus fervorosos discursos las
aspiraciones de los desposeídos; dirigía el periódico bimestral Alarm (La
Alarma) que contaba con más de tres mil lectores; incansable activista además,
se había convertido en uno de los más que-ridos dirigentes no solo de los
Caballeros del Trabajo, sino también del Sindicato Obrero Central del cual era
fundador y, en fin, de todos los que buscaran organizarse y de quienes
quisieran conocer las ideas de la posibilidad de un mundo sin esclavos.
Lucy, su esposa,
era una mujer apasionada, de quien José Martí diría que de su corazón caían
como puñales los dolores de la gente obrera; solía después de Parsons romper en
arre-
batado discurso que
con tanta elocuencia llameante, no se pintó jamás el tormento de las clases
abatidas; rayos los ojos, metralla las palabras, cerrados los puños, y luego,
hablando de las penas de una madre pobre, tonos dulcísimos e hilos de lágrimas.
August Spies, venía
de Alemania, era director del Arbeiter Zeitung, un diario que había mantenido
en alto la bandera de la anarquía durante siete años; era también un magnífico
orador que hacía estremecer a sus oyentes con sus discursos; la palabra precisa,
el verso a flor de piel, el odio contra los tormentos de la explotación
capitalista y el sueño hermoso
del paraíso que
habrían de construir los obreros con sus pro-pias manos, transformaban la masa
cansada en un verdadero ejército en pie de guerra.
Contrariamente a lo
que la burguesía creía, el Primero de Mayo no estalló la guerra, sus hombres
acuartelados y sus francotiradores apostados en las terrazas se quedaron con la
sed de sangre obrera.
Era un día hermoso,
la primavera, amiga de los pobres, des-pedía con su luz y con los cálidos rayos
del sol una inmensa confianza; los obreros salían de sus casas sin el miedo del
frío y hasta los niños corrían por las calles como si fuera un día de fiesta.
Más de un millón de proletarios en todo el país se habían unido a la jornada
exigiendo las ocho horas de trabajo; unos 340 mil se movilizaron en gigantescas
manifestaciones y cerca de 200 mil pararon las labores. ¡Nada se mueve sin el
brazo poderoso del obrero!, había dicho alguien, pero era la primera vez que
los proletarios en Estados Unidos lo veían.
En Chicago
alrededor de 80 mil obreros se lanzaron a la calle; era un día radiante sin el
estridente rugir de las máquinas, ni el humo de las chimeneas de las fábricas;
aquella masa infor-me de obreros anónimos sentía un raro júbilo mirando hacia
atrás y a los costados la enorme concurrencia que por pri-mera vez se unía como
uno sólo hombre hermanada por su condición y sus aspiraciones: alemanes,
polacos, bohemios, rusos, italianos, irlandeses, norteamericanos; negros,
blancos y mestizos, católicos, protestantes y judíos; anarquistas,
so-cialistas, republicanos, demócratas y comunistas; todos for-mando una
voluntad indestructible para implantar la jornada de ocho horas de trabajo en
todas partes.
Los discursos se
sucedían uno a otro; hablaron en inglés, bo-hemio, alemán y polaco. Parsons fue
el penúltimo en hablar y de sus palabras se extendió como un bálsamo en aquella
mu-chedumbre, la idea del poder invencible de la unidad obrera.
Spies cerró el
acto. Su fogoso discurso sublimó la lucha de los trabajadores y los llevó a
acariciar muy de cerca el sueño de un mundo en que los productores, los
obreros, disfrutaran de todo cuanto produjeran.
El Primero de Mayo
culminó como un día de fiesta, donde los obreros, sin diferencias de raza, de
nacionalidad, de idioma, de credo o de convicciones políticas, se unían en un
abrazo fraterno para implantar la jornada de ocho horas y soñar con la abolición
de la explotación asalariada. Allí se selló su unidad internacional como una
sola clase, con idénticos intere-ses y objetivos.
El 3 de Mayo
Trágico en Mc Cormick
A los tres días de
la histórica jornada, todavía la huelga era sostenida por miles de obreros, el
camino negro, que así se llamaba en la época el que conducía a la segadora Mc.
Cor-mik, se encontraba atestado de hombres airados que, calle arriba, proferían
insultos contra los rompe huelga: allí estaba la fábrica insolente que
empleaba, para vencer a los obreros que luchaban contra el hambre y el frío, a
las mismas víctimas desesperadas del hambre; rompe huelgas habían sido
contra-tados para quebrantar el movimiento, obreros también todos ellos que por
el salario de un día ayudaban a oprimir a sus hermanos.
Apretujados sobre
las rocas, los obreros escucharon a los ora-dores hasta que sonó la campana de
salida y las chimeneas dejaron de arrojar su humo espeso. Impetuosos, aquellos
hombres ofendidos se armaron con piedras e hicieron trizas todos los cristales
de la fábrica.
De pronto, surgidos
de la nada, aparecieron los carros de pa-trulla de la policía escupiendo el
fuego de la muerte, concen-trados todos, para cobrar con sangre la afrenta
ocasionada al capital el día primero. Los guardianes del orden de los
pode-rosos vaciaron sus revólveres una y otra vez contra la masa que respondió
a los proyectiles con guijarros. Seis muertos y más de un centenar de heridos
dejó la desigual batalla.
El dolor por los
hermanos muertos hizo crecer el odio en-tre los proletarios humillados; Spies,
testigo presencial de la masacre, escribió al día siguiente en el Arbeiter
Zeitung: “La sangre se ha vertido... la milicia no ha estado entrenándose en
vano... En la pobre choza, mujeres y niños cubiertos de re-tazos lloran por
marido y padre. En el palacio hacen brindis, con copas llenas de vino costoso,
por la felicidad de los ban-didos sangrientos del orden público. Séquense las
lágrimas, pobres y condenados: anímense esclavos y tumben el sistema de
latrocinio”.
En las salas de
reunión de los proletarios, se debatía apasio-nadamente cómo responder. Una
parte importante de los obreros, impulsada por los anarquistas quería desatar
la insurrección y llamaba a las armas. Finalmente, después de una reñida
discusión, los jefes más influyentes lograron convencer a los luchadores de que
en lugar de un mitin armado, celebra-ran gigantescas manifestaciones, que
trocaran los condados Springfield y la dinamita por el mayor número de
asistentes. Se acordó entonces realizar varias manifestaciones, una de ellos
debía concentrarse en la plaza del heno o Haymarket al día siguiente.
La bomba de
Haymarket
El 5 de mayo fue un
día de lluvia. En la mañana la policía atacó una manifestación de tres mil
huelguistas, pero ni ella ni la lluvia lograron disolver ninguna de las
innumerables reuniones de protesta. Al atardecer miles de proletarios lle-garon
a la plaza Haymarket.
Spies y Parsons
hablaron primero, la lluvia y el frío azotaban a los asistentes, amenazaba una
fuerte tormenta y la mani-festación se fue disolviendo. Hablaba Sam Fieldem,
cuando 180 policías concentrados no lejos de allí venían calle abajo en
formación militar, amenazando con sus garrotes. La gente empezó a dispersarse
rápidamente. El capitán Ward, al man-do, fue directamente hacia Fieldem y le
ordenó disolver el mitin en el acto. “¿Qué hemos hecho en contra de la paz?”,
le replicó Fieldem.
Sordos, ciegos y
embrutecidos, los policías arremetieron contra los manifestantes que ya se
dispersaban, eran ya más de la diez de la noche y la oscuridad no permitía
distinguir con claridad más allá de unos cuantos metros. Un relámpa-go rompió
la oscuridad y una poderosa explosión desató una terrible confusión. Una bomba
de gran poder había estallado entre las filas de los uniformados.
Los fogonazos de
los revólveres policiales disipaban por se-gundos la oscuridad. Frenéticos, los
policías disparaban en todas direcciones, pisoteaban y golpeaban sin concierto
al-guno; los manifestantes huían tropezaban y caían, algunos fueron heridos. El
balance final según la prensa fue: un po-licía muerto en el lugar, siete
hombres que murieron poco después y cientos de heridos.
La prensa se ensañó
contra el obrero: “¡Ahora es Sangre!, de-cía un titular, Una bomba arrojada
contra la policía inaugura el trabajo de la muerte”. “La multitud parecía
enloquecida por un deseo frenético de sangre y de sostener su terreno,
dispa-rando descarga tras descarga contra los agentes...”, torcía la verdad el
New York Tribune.
Se desata la Ola de
Terror
¡A la horca las
cabezas y los pensamientos! Era el clamor unánime de los magnates del capital,
en sus medios de prensa. El Chicago Tribune con su ya conocido odio declaraba:
“La justicia pública exige que los asesinos europeos August Spies, Michael
Schwab (otro dirigente de la Asociación del Pueblo Trabajador) y a Samuel
Fieldem se les detenga, se les juzgue y se les ahorque. La justicia pública
exige que el asesino A. R. Parsons, de quien se dice deshonra este país por
haber nacido en él, sea capturado juzgado y ahorcado por asesinato”.
La policía azuzada
no solo por los dueños del capital sino además por la prensa, por la cátedra y
el púlpito desató una verdadera ola de terror: las cárceles fueron atestadas
con de-tenidos extranjeros, las casas humildes fueron allanadas, las instalaciones
de los periódicos obreros fueron brutalmente destruidas y detenidos sus
responsables, las sedes sindicales y demás locales de las organizaciones
obreras fueron invadidos echando sus puertas al piso.
“A los sospechosos
se los golpeaba y se les sometía al ‘tercer grado’ -narra el profesor Harvey
Wish- la policía torturaba a individuos totalmente ignorantes de lo que
significaba anar-quismo o socialismo. Algunas veces también se les obligaba a
actuar como testigos para el Estado. ‘Primero invadan, y después busquen la
ley’, decía Julius S. Grinnell, fiscal de Chi-cago designado para el caso”.
En los días
siguientes se arrestó a toda la junta directiva de los Caballeros del Trabajo,
del distrito de Milwaukee, y se les acusó de sedición y conspiración. Cuatro
dirigentes de los Caballeros del Trabajo de Pittsburg fueron también
encar-celados y acusados de conspiración, mientras que en Nueva York toda la
junta directiva del distrito 75 de la misma or-ganización fue arrestada,
acusada también de conspiración por haber dirigido la huelga de la Tercera
Avenida Elevada.
“Jueces corrompidos
y la policía, que es esclava de los mono-polios están ahora arrestando a los
ciudadanos en números incalculables”, denunciaba John Swinton.
Parsons, Spies,
Fieldem, Schwab, George Engel, Adolph Fis-cher, Louis Lingg y Oscar Neebe,
fueron acusados formal-mente de conspiración en el asesinato de Mathis J.
Degan, el policía muerto en Haymarket. De ellos, únicamente Spies, Parsons y
Fieldem habían estado en el lugar, incluso Parsons, ya se había retirado de la
plaza en el momento de la explosión de la bomba.
Parsons, escapó
hacia Winsconsin pero días después se pre-sentó a la corte; convencido que el
juicio era una farsa, dijo: “vuestras honorabilidades, he venido para que se me
procese junto a todos mis inocentes compañeros”.
Un Juicio Contra la
Esclavitud Asalariada
El juicio fue una
farsa antiobrera con el cual la burguesía nor-teamericana quería castigar, en
la cabeza de sus dirigentes, la osadía de imponer con la fuerza de su unidad la
jornada normal de ocho horas de trabajo. Éste había sido un colo-sal atrevimiento
que no dejaría pasar sin castigo y ejecutó su venganza con desvergonzada
sevicia.
La farsa se inició
el 21 de junio de 1886, ante el juez Joseph E. Gary, un sirviente irrestricto
de los potentados. El jurado fue compuesto por comerciantes, industriales y
empleados al servicio de esos mismos comerciantes e industriales. Los testigos
y las pruebas fueron fabricados, “los testimonios se lograban de hombres
ignorantes y aterrorizados, a quien la policía había amenazado con torturarlos
si se rehusaban a jurar por lo que ellos les ordenaban...” denunció
posterior-mente el gobernador de Illinois, John P. Altged.
En una escandalosa
orgía, la burguesía trató de aplastar en aquellos dirigentes toda la causa
obrera. Su veredicto estaba dictado de antemano y sólo necesitaba la
formalidad.
Y he ahí, que
aquellos condenados se irguieron poderosos para condenar y sentenciar la
sociedad que hacía de ellos es-carmiento, convirtiendo aquella asquerosa farsa
en un juicio a la moderna esclavitud.
Uno tras otro
defendieron con dignidad sus convicciones, de-clarándose culpables, no de la
muerte del policía en Haymar-ket, sino de ayudar a levantarse a los millones de
pisoteados, sus hermanos, que con su miseria y padecimientos llenaban los
bolsillos de los capitalistas.
Neebe, el único a
quien la condena de muerte le fue conmu-tada por quince años de prisión, exigió
que a él también se le condenara a muerte, declarando que no era menos culpable
que sus compañeros ya que todos eran inocentes: “Vi que a los panaderos de esta
ciudad se les trataba como a perros. Y ayudé a organizarlos. ¿Es eso un crimen?
Ahora trabajan 10 horas al día en vez de las 14 o 16 que trabajaban antes. ¿Es
otro crimen? Pues cometí otro mayor. Una madrugada obser-vé que los
trabajadores cerveceros de Chicago comenzaban sus tareas a las cuatro de la
mañana. Regresaban a sus casas hacia las siete u ocho de la noche. Nunca veían
a sus familias y sus hijos a la luz del día. Fui a trabajar por organizarlos.
Pero, vuestras honorabilidades, aún cometí otro crimen: vi a los empleados de
comercio y a otros empleados de la ciudad que trabajaban hasta las diez y once
de la noche. Emití una convocatoria, y hoy están trabajando solamente hasta las
siete de la noche y no trabajan los domingos. ¡Estos son mis grandes crímenes!”
Parsons, desafiante
y apasionado demostró que no habían sido los obreros, sino las fuerzas
militares al servicio de los ricos quienes utilizaban las balas para acallar
los reclamos de los pobres. Afirmó además que la bomba de Haymarket, ha-bía
sido lanzada por un agente pagado por los industriales, en su intento por
quebrantar el movimiento en favor de la jor-nada de ocho horas de trabajo. “Yo
soy socialista. Soy uno de los que piensan que el salario esclaviza, que es
injusto... Pero no aceptaría dejar de ser esclavo del salario para convertir-me
en patrón y dueño de esclavos yo mismo... Estos son mis crímenes!... nosotros
somos víctimas de la conspiración más negra y más sucia que jamás se haya
tramado...”
Las palabras de
Spies, dirigidas al juez Gary, retumban toda-vía, cual sentencia de muerte a
todo el orden capitalista: “Si usted cree que ahorcándonos puede eliminar el
movimiento obrero, el movimiento del cual millones de pisoteados, millo-nes que
trabajan duramente y pasan necesidades y miserias esperan la salvación, si esa
es su opinión... ¡entonces ahór-quenos! Así aplastará una chispa, pero allá y
acullá, detrás de usted y frente a usted y a sus costados, en todas partes, se
encienden llamas. Es un fuego subterráneo. Y usted no podrá apagarlo.
“Y ahora, éstas son
mis ideas. Constituyen parte de mí mismo. No puedo despojarme de ellas, y si
pudiese, no lo haría. Y si Usted cree que puede destruir esas ideas que están
ganan-do más y más terreno cada día, mandándonos a la horca, si una vez más usted
dicta pena de muerte a la gente por haber osado decir la verdad; entonces
¡orgullosa y desafiantemente pagaré ese tan caro precio! ¡Llame a su
verdugo!...”
El 9 de octubre se
dictó la sentencia de muerte. Pero Nortea-mérica era nuevamente sacudida, esta
vez por una oleada de opinión en contra del juicio-farsa. Ya no era posible
ocultar por más tiempo que aquello era una venganza de los capita-listas, y
millones de personas, incluso de las clases poseedo-ras exigían la libertad de
los acusados.
Lucy Parsons, fue
en cierto sentido la artífice de todo aquel movimiento; con sus dos pequeños
hijos desafiando miles de obstáculos, se lanzó a una batalla con la firme
convicción de “Salvar las vidas de siete hombres inocentes, a uno de ellos de
los cuales amo más que a la vida misma”.
Realizó una gira
por todo el país durante casi un año, se diri-gió a más de 200 mil personas de
17 estados, viajaba de día y hablaba de noche, escribió centenares de cartas
tanto a orga-nizaciones obreras como a personalidades en distintos países
contagiando de su fervor a tanta gente, que nadie podía sen-tirse indiferente.
Todas las
organizaciones obreras de Estados Unidos y miles más en Europa se dirigían al
Estado americano para impedir aquel crimen. Centenares de manifestaciones en
Rusia, Ale-mania, Francia, Italia, España, Holanda e Inglaterra exigieron la
libertad de los acusados. Incluso la Cámara de Diputados de Francia envió un
despacho solicitando clemencia y justicia al gobernador Oglesby.
Hasta Nina Van
Zandt, una rica y bella jovencita, se gastó una fortuna para casarse con Spies,
con la esperanza de que su gesto conmoviera al jurado y no condenara a la
muerte a ese desconocido, que la había atrapado con su pasión por la no-ble
causa que seguía defendiendo, aún a las puertas mismas de la muerte.
La orden de
ejecución ya estaba firmada para el 11 de no-viembre de 1887 y sólo un día
antes de esta fecha, el gober-nador Oglesby conmutó las penas de muerte de
Fieldem y Schwab por condenas a prisión perpetua. Ese mismo día la celda de
Luois Lingg fue sacudida por una súbita explosión que le destrozó la garganta
muriendo horas después. Dijeron que se había suicidado pero siempre quedó la
sospecha de que había sido un asesinato.
La muerte llegó con
la mañana del 11 de noviembre de 1887, los cuatro condenados vestidos con
túnicas blancas se veían cual gigantes frente a los verdugos y a los asistentes
al maca-bro espectáculo.
“Llegará el día en
que nuestro silencio será más elocuente que las voces que ustedes estrangulan
hoy”, alcanzó a decir Spies, antes de que el nudo corredizo silenciara su voz.
“Este es el momento
más feliz de mi vida” dijo Fischer.
“¡Viva la
anarquía!”, gritó Engel.
“¿Se me permitirá
hablar, ¡oh! hombres de los Estados uni-dos?, retumbó la voz de Parsons en la
sala, ¡Déjeme hablar, alguacil Matson! ¡Que se escuche la voz del pueblo!”
Dos días demoró el
desfile interminable de amigos, de gen-tes sencillas, de obreros que iban a
despedir a sus camaradas asesinados. Las casas humildes fueron adornadas con
cintas rojas en señal de duelo. Chicago asombrado vio pasar más de cien mil
personas acompañando aquel funeral convertido en una acusación terrible contra
el orden de los ricos. El Arbeiter Zeitung, esa noche esperaba a aquel gentío
con la frase: “He-mos perdido una batalla, amigos infelices, pero veremos al
fin el mundo ordenado conforme a la justicia...”
Siete años más
tarde, una revisión del proceso, hizo pública la inocencia, tanto de los
asesinados en la horca, como de los encarcelados, a quienes de inmediato se
liberó.
El Significado
Histórico del Primero de Mayo
Un año después de
la ejecución, la Federación Americana del Trabajo resolvió que a partir del 1º
de Mayo de 1890 se realizaría un día de huelga para manifestar por las
reivindicaciones y aspiraciones de la clase obrera, así como para rendir
homenaje a los mártires de Chicago.
Entre el 14 y el 20
de julio de 1889, se celebró el Congreso Obrero de París, Primer Congreso de la
II Internacional, el cual adoptó como suyo el 1º de Mayo y llamó a la clase
obre-ra de todos los países, a manifestarse el 1º de Mayo de 1890 para: “exigir
a los poderes públicos la reducción legal de la jornada de trabajo a ocho horas
y la aplicación de las otras resoluciones del Congreso”. Y llamó a todos los
trabajadores de la tierra para que consagraran el 1º de Mayo de cada año como
el día internacional de la clase obrera.
Y, efectivamente,
desde 1890 la clase obrera en todos los rin-cones de la tierra, el 1º de Mayo
levanta sus banderas, pasa revista a sus filas y se prepara para culminar la
obra anuncia-da por los mártires de Chicago: abolir la propiedad privada y las
clases. El 1º de Mayo fue así consagrado como el ¡Día Internacional de la Clase
Obrera!
Un día de unidad,
solidaridad y lucha internacional de la clase que no tiene nada que perder
excepto sus cadenas.
Un día en que los
obreros de todas las convicciones, credos, nacionalidades, razas y sexos logran
atravesar los continen-tes, entrelazar sus manos y levantar sus puños lanzando
sus gritos de batalla, cerrando filas bajo la bandera del interna-cionalismo proletario.
Un día que
simboliza la lucha por declarar que el pulso del mundo se debe marcar y se
marcará por el pulso del prole-tariado, quien ha entrado a la historia como el
verdadero se-pulturero de la reacción mundial y por tanto, como la única clase
que emancipándose, emancipará a toda la humanidad, poniendo fin a toda forma de
opresión y explotación sobre la tierra.
El Primero de Mayo
en Colombia
La clase obrera en
Colombia nace a finales del siglo diecinue-ve, y el 1º de Mayo, como día
internacional suyo, empezó a conmemorarse en la primera década del siglo
veinte, cuando ya había logrado algún desarrollo en su conciencia y en su nivel
de organización.
Sus condiciones de
existencia no eran muy diferentes del res-to de la clase obrera de los demás
países en su nacimiento, sólo que en las condiciones de un país oprimido en
calidad de semicolonia: jornadas extenuantes de 14 y 16 horas de tra-bajo,
salarios miserables, sin ninguna protección legal y sin derecho a organizarse o
reclamar.
Obligada a luchar
por mejorar sus condiciones, sus organiza-ciones nacen inspiradas por la
experiencia del movimiento obrero internacional, en particular, por las ideas
socialistas de Marx y Engels que ya habían conquistado al proletariado de
Europa y Norteamérica por su justeza, pero también dis-torsionadas por las
ideas liberales radicales.
Hasta 1909 el 1º de
Mayo en Colombia se conmemoraba en reuniones cerradas organizadas por obreros y
artesanos en diferentes ciudades del país, donde se rendía homenaje a los
mártires de Chicago y se trataba de despejar el horizonte de la clase obrera,
de comprender su papel en la sociedad.
El 13 de marzo de
1909, es tal vez la primera vez que la clase obrera en Colombia apareció con
relativa independencia en la lucha de clases; y se presentó en las
manifestaciones que condenaban la entrega del canal de Panamá al imperialismo
yanqui por parte de la dictadura de Rafael Reyes.
Invadió la Asamblea
Nacional y se desbocó por las calles y plazas de la capital, ganándose en los
hechos su existencia como clase, su derecho a expresarse públicamente y a
orga-nizarse con independencia. Su actuación le proporcionó un enorme impulso;
ese año, según Ignacio Torres Giraldo, en su “Síntesis de Historia Política de
Colombia”:
“Se realizan
asambleas locales y regionales de trabajado-res, y se presentan reclamos
colectivos que llegan inclusive a combativas huelgas, como sucede precisamente
en 1910 con el gran movimiento de braceros portuarios, obreros de construcción
y transportadores fluviales y ferroviarios que abarcó la extensa región de la
Costa Atlántica desde Calamar hasta Barranquilla y Puerto Colombia.”
Desde ese año, el
1º de Mayo se convirtió en un día de lucha, donde los trabajadores realizaban
manifestaciones exigiendo sus reivindicaciones y ya existía una idea más clara
de la ne-cesidad de organizarse como Partido Político para conquistar el poder político.
Ante la creciente
influencia de las ideas socialistas entre los proletarios, impulsadas además
por el triunfo de la clase obre-ra en Rusia en 1917, los patrones y la iglesia
tratan de apartarla de su senda y dedican grandes esfuerzos a ello, difundiendo
propaganda anticomunista y realizando misas y fiestas de recreación para la
fecha.
Iván Darío Osorio,
en Historia del Sindicalismo Antioqueño 1900-1986, dice que para el 1º de mayo
de 1919, el “sindicato” del patronato de Medellín (una organización dirigida
por la jerarquía católica) “distribuyó 13.000 hojas a todos los obre-ros y obreras
de la ciudad, en que se mostraba el peligro de aquella fiesta. Dirigió cartas a
los industriales para pedirles que no cerraran las fábricas el 1º de mayo e
igualmente se les invitó para que asistieran al Colegio de San Ignacio a una
reunión presidida por el R.P. Gabriel Lizardi. S.J., Director de la Acción
Social Católica.”
Ese día, en
momentos en que los curas daban misa, se cele-braba una manifestación obrera
que culminó en un acto ce-rrado en el Teatro El Bosque, en el cual se aprobó el
“Acta de unión, emancipación y organización del Partido Obrero” en esa ciudad.
Ese mismo año,
según Torres Giraldo, 48 organizaciones nacionales y regionales, todas bajo la
influencia de grupos y dirigentes socialistas, que tenían como tarea movilizar
a las masas ese día, conmemoraron el 1º de Mayo. Jornada de ocho horas y
descanso dominical, aumento de salarios y mejores condiciones de trabajo,
fueron las banderas en todas las ma-nifestaciones.
Este ascenso del
movimiento obrero de masas, logra impor-tantes conquistas en materia salarial y
ya la consigna por la jornada de 8 horas de trabajo y el descanso dominical
remu-nerado se generalizaba. El empuje del movimiento en 1919 consigue la
expedición de una ley de huelgas.
El Primero de Mayo
de 1924 en una imponente manifestación en Bogotá se realiza el Primer Congreso
Obrero de Colombia, el cual coincidió con una Conferencia Nacional Socialista y
un Congreso Nacional Estudiantil. Hasta allí el movimiento obrero era uno solo,
el movimiento sindical, como el movi-miento político de la clase obrera
marchaban de la mano.
Por la lucha
intensa de los trabajadores, ese año empieza a aparecer más clara la
legislación laboral sobre trabajo infantil. Y a partir de allí el Primero de
Mayo en Colombia conquistó su carácter de Día Internacional de la Clase Obrera.
En 1925 las
manifestaciones fueron majestuosas y combati-vas, donde las masas obreras
celebraron la caída del ministro del trabajo, ocasionada por una formidable
huelga de los telegrafistas con el apoyo de toda la clase obrera. En la
gigantesca manifestación de Medellín es proclamada María Cano como la “Flor del
Trabajo”, una gran agitadora socialista, en quien las masas veían una heroína y
en sus discursos ardorosos, lla-mas que incendiaban la tupida sombra del
régimen económi-co y social.
En 1926 ya se
reclama abiertamente la jornada de 8 horas de trabajo. Éste fue uno de los
puntos principales de la histórica Huelga del Ferrocarril del Pacífico, la cual
se convirtió en un movimiento de carácter nacional, que contó con la
partici-pación solidaria de todo el proletariado del Valle y Caldas,
contabilizándose más de diez mil obreros en paro. La huelga conquistó la
jornada de ocho horas para los proletarios ferro-viarios y obligó a que meses
más tarde se decretara el descan-so dominical obligatorio y remunerado.
Los años
posteriores fueron la reafirmación de las conquistas obreras, entre ellas su
propia organización política indepen-diente, pese a las terribles
persecuciones, al encarcelamiento de los dirigentes, al abaleamiento e incluso
la masacre de los huelguistas, como sucedió con los obreros de Barrancaber-meja
en 1927 y los proletarios de las plantaciones bananeras en Magdalena en 1928.
En 1934, ante una
nueva y poderosa oleada huelguística, el gobierno de Olaya Herrera se vio
obligado a implantar por decreto la jornada normal de ocho horas de trabajo,
entre otras, un convenio internacional que la burguesía colombiana había
contraído desde hacía mucho tiempo.
En 1936 se realizó
la llamada “histórica manifestación del 1º de Mayo en Bogotá”, donde en un
hecho sin precedentes, los dirigentes de la clase obrera la movilizan para
apoyar al tirano de turno, Alfonso López Pumarejo, con el pretexto de opo-nerse
a la reacción y en defensa de la democracia burguesa.
Allí se enterró la
independencia conquistada y jamás el Pri-mero de Mayo volvió a ser lo mismo,
porque desde esa época, el oportunismo colombiano obligó al movimiento obrero a
marchar bajo las banderas de la burguesía y en apoyo al im-perialismo ruso o europeo.
En 1940 es el
propio presidente Santos (de los dueños del diario burgués El Tiempo) quien lee
el discurso oficial de la manifestación; hecho que da cuenta del grado de
postración a que el oportunismo había conducido a la clase obrera. Así se
expresó el dictador ante los manifestantes: “Enfrentar las clases capitalistas
y obreras puede tener alguna explicación en los países en donde unas y otras
han alcanzado tanto de-sarrollo entre ellas que se plantea el problema imperial
de do-minación. Pero entre nosotros, en un país que no solo es joven, sino que
en ciertos aspectos sale apenas de la infancia, y que tiene ante sí un porvenir
con todas sus promesas infinitas, la lucha de clases solamente representaría
dentro de su máxima expresión realidades de anarquía y ruina para todos”.
Es decir, no la
lucha de clases, sino la conciliación y la con-certación entre ellas y la
defensa del país o de la “producción nacional”. Tal parece que los discursos en
boga ahora, fueron aprendidos por los oportunistas de los demagogos tiranos de
los años treinta del siglo pasado.
Desde mediados de
la década del sesenta y hasta finales de los setenta, la clase obrera logra
rescatar el 1º de Mayo como su día internacional. Obreros revolucionarios
influenciados por el Partido Comunista de Colombia (marxista leninista) y la
Gran Revolución Cultural Proletaria en China, le dan un poderoso impulso a la
lucha por la independencia de clase y nuevamente conquistan el carácter
internacionalista y revo-lucionario de la jornada.
El Primero de Mayo
vuelve a ser de majestuosas manifesta-ciones condenando la esclavitud
asalariada y levantando la bandera del internacionalismo proletario; un auge
del movi-miento revolucionario de las masas impone como himno ofi-cial de las
manifestaciones La Internacional. Los combativos sectores del Sindicalismo
Independiente logran neutralizar la influencia perniciosa de las centrales
patronales, Unión de Trabajadores de Colombia -UTC- y Confederación de
Tra-bajadores de Colombia -CTC-, así como del reformismo re-presentado en la
Confederación Sindical de Trabajadores de Colombia -CSTC- dirigida por el falso
(y prosocialimperialis-ta ruso) Partido Comunista Colombiano.
Luego vino la
crisis del movimiento obrero, ocasionada por la derrota del proletariado en
Rusia, a finales de los cincuen-ta, y en China, en 1976, lo cual dejó al
proletariado perplejo; sus organizaciones destruidas y sus aspiraciones
frustradas; el sueño de un mundo sin esclavos, parecía haberse desvanecido y el
escenario fue ocupado por la socialdemocracia europea, que pretendió cambiar el
carácter internacional de la lucha de la clase obrera, por el estrecho
antiimperialismo yanqui y la defensa de la burguesía nacional; pretendió
sepultar la idea de la muerte inevitable del capitalismo para sustituirla por
la baratija de un capitalismo más humano, por la falacia de un “socialismo
democrático”, sin abolir la propiedad privada ni las clases sociales.
El 1º de Mayo, fue
entonces convertido en un carnaval nacio-nalista y burgués, donde no se cantaba
el himno de la clase obrera sino el asqueroso himno nacional de la burguesía;
la bandera proletaria, que simboliza la alianza fraterna de los obreros y los
campesinos, fue arriada para colocar en su lugar el tricolor nacional burgués.
Los obreros marchaban nueva-mente, bajo la bandera de la clase enemiga.
Repuesto de los
duros golpes y reveses, analizada críticamen-te la experiencia, el movimiento
obrero mundial, vuelve a la lucha mejor armado y se propone el rescate del
Primero de Mayo como el Día Internacional de la Clase Obrera. En 1984, la
Conferencia Internacional de Organizaciones y Partidos Comunistas Revolucionarios,
que dio vida al Movimiento Revolucionario Internacionalista (ya fenecido), en
su mensa-je de la fecha, hace un “llamado a los obreros, a los pueblos
oprimidos y a los comunistas auténticos de todos los países a cerrar filas bajo
la bandera roja del proletariado y a acelerar la lucha por la revolución
proletaria mundial contra el impe-rialismo, el social-imperialismo y toda forma
de reacción”.
“¡Primero de Mayo,
día de unidad, solidaridad y lucha inter-nacionales para la clase obrera que no
tiene nada que perder más que sus cadenas y tiene en cambio un mundo que ganar!
¡Primero de Mayo,
día en que los obreros y trabajadores de todas las nacionalidades, razas y
sexos logran atravesar los continentes y entrelazar sus manos, día en que
juntos levantan sus puños cerrados y lanzan sus gritos de batalla, cerrando
filas bajo la bandera del internacionalismo proletario!...
¡Primero de Mayo,
día que simboliza el Poder rojo encarnado en los brazos del proletariado, que
bajo la guía del movimiento comunista internacional, emancipará a la toda la
humanidad y pondrá fin a toda forma de opresión y explotación, avanzando al
comunismo!
Es por estas
razones, por las que los enemigos abiertos y dis-frazados del proletariado
internacional recurren a todos los medios contrarrevolucionarios de que son
capaces con el fin de manchar y empañar este significado histórico del Primero
de Mayo, para desorientar al proletariado y minimizar el pa-pel que el Primero
de Mayo puede jugar en la lucha por la re-volución proletaria mundial o para
volverlo obsoleto. Esto ha sido cierto en el pasado y seguirá siendo cierto en
el futuro.”
Este llamado
militante y urgente apenas fue acogido por un reducido número de obreros en
Colombia, quienes se propusieron rescatar el carácter internacionalista y
revolucionario del Primero de Mayo. En 1990 eran sus voces todavía apenas
lánguidos susurros, apabullados por las voces de los enemigos de la clase
obrera.
Poco a poco y año
tras año, el número de obreros que se de-ciden a marchar bajo las banderas del
internacionalismo re-volucionario aumenta y ya en varias ciudades, se ha
logrado rescatar el contenido Internacionalista y Revolucionario del Primero de
Mayo, y, en muchas, ya se entona nuevamente, La Internacional como el himno
oficial de las manifestaciones.
Hoy, el
proletariado se apresta a marchar nuevamente el Pri-mero de Mayo en un mundo
maduro para la revolución, en una sociedad sacudida por las guerras de agresión
imperia-lista, en una ola creciente de indignación y odio contra toda forma de
opresión y explotación.
En Colombia, la
clase obrera marcha hacia un enfrentamiento con sus centenarios enemigos, la
burguesía, los terratenientes y sus socios imperialistas, y este Primero de
Mayo, debe ser-vir para reafirmar su decisión de lucha, para templar sus filas,
en la perspectiva de la revolución socialista.
La posibilidad de
triunfo del proletariado es inevitable, y aunque parezca que el imperialismo y
las clases dominantes son todopoderosas e invencibles, no pasa de ser una
aparien-cia, pues la revolución está ya caminando y es inevitable su victoria.
Quienes sí son
invencibles y poderosas son las masas popula-res, porque sus intereses
coinciden con el desarrollo objetivo hacia la revolución y esto es
independiente de la voluntad de los hombres; porque será inevitable el fin del
imperialismo y el advenimiento del socialismo, el arribo de la humanidad al
comunismo.
El desarrollo de la
clase obrera en pos de su propio Partido Político, junto con el ascenso
revolucionario de su lucha, está cambiando la situación y nuevos destacamentos
de obreros revolucionarios, se aprestan a recoger las banderas que la burguesía
pretendió enterrar con el asesinato de los márti-res de Chicago. El fuego
subterráneo del cual hablaba Spies, crepita ahora sobre la superficie y el
ejército mundial de los proletarios, se apresta a cumplir su misión de acabar
con la propiedad privada y las clases sociales e instaurar el paraíso bello de
la humanidad sobre la tierra.
MÁRTIRES DE CHICAGO
HABLAN LOS SENTENCIADOS
El 20 de agosto de
1886, ante el Tribunal en pleno, fue leído el veredicto del Jurado: condenados
a muerte Spies, Schwab, Lingg, Engel, Fielden, Parsons, Fischer y a 15 años de
trabajos forzados, Oscar W. Neebe.
Se les concedió el
uso de la palabra a los sentenciados. Sus discursos se conservan y algunos
fragmentos de ellos se re-producen aquí, en el orden en que fueron
pronunciados. Hiela la sangre leerlos. Se trata de hombres que sabían de
antemano que serían condenados a la pena capital por un crimen que no habían
cometido. Sus palabras, inspiradas y proféticas, tienen un patetismo que los
años pasados desde entonces no logran borrar.
La actuación de
estos hombres es un fiel reflejo de la fuerza del movimiento obrero, de sus
deseos de liberación y de la convicción de que este sistema debe morir para dar
paso al reino del trabajo y la libertad.
DISCURSO DE AUGUST
SPIES
(Director del
“Arbeiter Zeitung”, 31 años. Nacido en Alemania Central)
“Al dirigirme a
este Tribunal lo hago como representante de una clase social enfrente de los de
otra clase enemiga, y em-pezaré con las mismas palabras que un personaje
veneciano pronunció hace cinco siglos en ocasión semejante: “Mi defen-sa es
vuestra acusación; mis pretendidos crímenes son vuestra historia”.
Se me acusa de
complicidad en un asesinato y se me condena, a pesar de que el ministerio
público no ha presentado prueba alguna de que yo conozca al que arrojó la
bomba, ni siquiera de que en tal asunto haya tenido yo la menor intervención.
Sólo el testimonio del procurador del Estado y el de Bonfield, y las
contradictorias declaraciones de Thompson y de Gill-mer, testigos pagados por
la Policía, pueden hacerme apare-cer como criminal.
Y si no existe un
hecho que pruebe mi participación o mi res-ponsabilidad en el asunto de la
bomba, el veredicto y su eje-cución no son más que un crimen maquiavélicamente
conce-bido y fríamente ejecutado, como tantos otros que registra la historia de
las persecuciones políticas y religiosas.
Se han cometido
muchos crímenes jurídicos aun obrando de buena fe los representantes del
Estado, creyendo realmente delincuentes a los sentenciados. En esta ocasión, ni
esa ex-cusa existe. Por sí mismos, los representantes del Estado han fabricado
la mayor parte de los testimonios, y han elegido un Jurado viciado en su
origen. Ante este Tribunal, ante el públi-co, yo acuso al procurador del
Estado, y a Bonfield, de cons-piración infame para asesinarnos.
La tarde del mitin
de Haymarket encontré a un tal Legner. Este joven me acompañó, no dejándome
hasta el momento en que bajé de la tribuna, unos cuantos segundos antes de
estallar la bomba. El sabe que no vi a Schwab aquella tarde. Sabe también que
no tuve la conversación que me atribu-ye Thompson. Sabe que no bajé de la
tribuna para encender la bomba. ¿Por qué los honorables representantes del
Estado rechazan a este testigo que nada tiene de socialista? Sencilla-mente
porque probaría el perjurio de Thompson y la falsedad de Gillmer. Y el nombre
de Legner estaba en la lista de los tes-tigos presentados por el ministerio
público. No fue, sin embar-go, citado a declarar, y la razón es obvia. Se le
ofrecieron 500 dólares para que abandonara la ciudad, y rechazó indignado el
ofrecimiento. Cuando yo preguntaba por Legner, nadie sa-bía de él ¡el
honorable, el honorabilísimo fiscal Grinnell, me contestaba que él mismo lo
había buscado sin conseguir en-contrarlo! Tres semanas después supe que aquel
joven había sido llevado detenido por dos policías a Buffalo, Estado de Nueva
York. ¡Juzgad quiénes son los asesinos!
Si yo hubiera
arrojado la bomba o hubiera sido el causante de que se la arrojara, o hubiera
siquiera sabido algo de ello, no vacilaría en afirmarlo aquí... Mas, decís,
“habéis publicado artículos sobre la fabricación de dinamita”. Y bien, todos
los periódicos los han publicado, entre ellos los titulados “Tribu-ne” y
“Times”, de donde yo los trasladé, en algunas ocasiones, al “Arbeiter Zeitung”
¿Por qué no traéis al estrado a los edito-res de aquellos periódicos?
Me acusáis también
de no ser ciudadano de este país. Re-sido aquí hace tanto tiempo como Grinnell,
y soy tan buen ciudadano como él cuando menos, aunque no quisiera ser comparado
con tal personaje. Grinnell ha apelado innecesa-riamente al patriotismo del
Jurado y yo voy a contestarle con las palabras de un literato inglés: ¡El
patriotismo es el último refugio de los infames!
¿Qué hemos dicho en
nuestros discursos y en nuestros escritos?
Hemos explicado al
pueblo sus condiciones y las relaciones sociales; le hemos hecho ver los
fenómenos sociales y las circunstancias y leyes bajo las cuales se
desenvuelven; por medio de la investigación científica hemos probado hasta la
saciedad que el sistema del salario es la causa de todas las iniquidades,
iniquidades tan monstruosas que claman al cie-lo. Nosotros hemos dicho, además,
que el sistema del salario, como forma específica del desenvolvimiento social,
habría de dejar paso, por necesidad lógica, a formas más elevadas de
civilización; que dicho sistema preparaba el camino y favo-recía la fundación
de un sistema cooperativo universal, que tal es el socialismo. Que tal o cual
teoría, tal o cual diseño de mejoramiento futuro, no eran materia de elección,
sino de necesidad histórica, y que para nosotros la tendencia del pro-greso era
la de una sociedad de soberanos en la que la liber-tad y la igualdad económica
de todos produciría un equilibrio estable como base y condición del orden
natural.
Grinnell ha dicho
repetidas veces que es el anarquismo lo que se trata de sojuzgar. Pues bien, la
teoría anarquista pertenece a la filosofía especulativa. Nada se habló de la
anarquía en el mitin de Haymarket. En ese mitin sólo se trató de la reducción
de horas de trabajo. Pero insistid: “Es el anarquismo al que se juzga”. Si así
es, por vuestro honor que me agrada: yo me sentencio, porque soy anarquista. Yo
creo como Burke, como Paine, como Jefferson, como Emerson y Spencer y muchos
otros grandes pensadores del siglo, que el estado de castas y de clases, el
estado donde una clase vive a expensas del trabajo de otra clase -a lo cual
llamáis orden- yo creo, digo, que esta bárbara forma de organización social,
con sus ro-bos y asesinatos legales, está próxima a desaparecer y dejará pronto
paso a una sociedad libre, a la asociación voluntaria o a la hermandad
universal, si lo preferís. ¡Podéis, pues, sen-tenciarme, honorable Jurado, pero
que al menos se sepa que aquí, en Illinois, ocho hombres fueron condenados por creer
en un bienestar futuro, por no perder la fe en el triunfo final de la Libertad
y de la Justicia!
Grinnell ha
repetido varias veces que éste es un país adelan-tado. ¡El veredicto corrobora
tal aserto!
Este veredicto
lanzado contra nosotros es el anatema de las clases ricas sobre sus expoliadas
víctimas, el inmenso ejército de los asalariados. Pero si creéis que
ahorcándonos podéis contener el movimiento obrero, ese movimiento constante en
que se agitan millones de hombres que viven en la miseria, los esclavos del
salario; si esperáis salvaros y lo creéis, ¡ahor-cadnos!... Aquí os halláis
sobre un volcán, y allá y acullá, y debajo, y al lado, y en todas partes surge
la Revolución. Es un fuego subterráneo que todo lo mina.
Vosotros no podéis
entender esto. No creéis en las artes diabó-licas, como nuestros antecesores,
pero creéis en las conspira-ciones. Os asemejáis al niño que busca su imagen
detrás del espejo. Lo que veis en nuestro movimiento, lo que os asusta, es el
reflejo de vuestra maligna conciencia. ¿Queréis destruir a los agitadores? Pues
aniquilad a los patrones que amasan sus fortunas con el trabajo de los obreros,
acabad con los te-rratenientes que amontonan sus tesoros con las rentas que
arrancan a los miserables y escuálidos labradores... Supri-míos vosotros
mismos, porque excitáis el espíritu revolucio-nario.
Ya he expuesto mis
ideas. Ellas constituyen una parte de mí mismo. No puedo prescindir de ellas, y
aunque quisiera no podría. Y si pensáis que habréis de aniquilar esas ideas,
que ganan más y más terreno cada día, mandándonos a la hor-ca; si una vez más aplicáis
la pena de muerte por atreverse a decir la verdad -y os desafiamos a que
demostréis que he-mos mentido alguna vez-, yo os digo que si la muerte es la
pena que imponéis por proclamar la verdad, entonces estoy dispuesto a pagar tan
costoso precio. ¡Ahorcadnos! La ver-dad crucificada en Sócrates, en Cristo, en
Giordano Bruno, en Juan Huss, en Galileo, vive todavía; éstos y otros muchos
nos han precedido en el pasado. ¡Nosotros estamos prontos a seguirles!”.
El discurso de
Spies, interrumpido sin cesar por el juez, duró más de 2 horas. Hablaba como un
iluminado, y las interrup-ciones parecían hacerlo más enérgico y elocuente.
DISCURSO DE MICHAEL
SCHWAB
(Nacido en Baviera,
Alemania. Tipógrafo. Tenía 33 años en el momento del juicio)
“Hablaré poco, y
seguramente no despegaría mis labios si mi silencio no pudiera interpretarse
como un cobarde asenti-miento a la comedia que acaba de desarrollarse.
Habláis de una
gigantesca conspiración. Un movimiento so-cial no es una conspiración, y
nosotros todo lo hemos hecho a la luz del día. No hay secreto alguno en nuestra
propaganda. Anunciamos de palabra y por escrito una próxima revolu-ción, un
cambio en el sistema de producción de todos los paí-ses industriales del mundo,
y ese cambio viene, ese cambio no puede menos que llegar...
Si nosotros
calláramos, hablarían hasta las piedras. Todos los días se cometen asesinatos;
los niños son sacrificados in-humanamente, las mujeres perecen a fuerza de
trabajar y los hombres mueren lentamente, consumidos por sus rudas fae-nas, y
no he visto jamás que las leyes castiguen estos críme-nes...
Como obrero que
soy, he vivido entre los míos; he dormido en sus tugurios y en sus cuevas; he
visto prostituirse la virtud a fuerza de privaciones y de miseria, y morir de
hambre a hombres robustos por falta de trabajo. Pero esto lo había co-nocido en
Europa y abrigaba la ilusión de que en la llamada tierra de la libertad, aquí
en América, no presenciaría estos tristes cuadros. Sin embargo, he tenido
ocasión de conven-cerme de lo contrario. En los grandes centros industriales de
los Estados Unidos hay más miseria que en las naciones del viejo mundo. Miles
de obreros viven en Chicago en habita-ciones inmundas, sin ventilación ni
espacio suficientes; dos y tres familias viven amontonadas en un solo cuarto y
comen piltrafas de carne y algunos restos de verdura. Las enfermedades se ceban
en los hombres, en las mujeres y en los niños, sobre todo en los infelices e
inocentes niños. ¿Y no es esto ho-rrible en una ciudad que se reputa
civilizada?
De ahí, pues, que
haya aquí más socialistas nacionales que extranjeros, aunque la prensa
capitalista afirme lo contrario con objeto de acusar a los últimos de traer la
perturbación y el desorden desde fuera.
El socialismo, tal
como nosotros lo entendemos, significa que la tierra y las máquinas deben ser
propiedad común del pueblo. La producción debe ser regulada y organizada por
asociaciones de productores que suplan a las demandas del consumo. Bajo tal
sistema todos los seres humanos habrán de disponer de medios suficientes para
realizar un trabajo útil, y es indudable que nadie dejará de trabajar.
Tal es lo que el
socialismo se propone. Hay quien dice que esto no es americano. Entonces, ¿será
americano dejar al pueblo en la ignorancia, será americano explotar y robar al
pobre, será americano fomentar la miseria y el crimen? ¿Qué han hecho los partidos
políticos tradicionales por el pueblo? Pro-meter mucho y no hacer nada, excepto
corromperlo compran-do votos en los días de elecciones. Es natural después de
todo, que en un país donde la mujer tiene que vender su honor para vivir, el
hombre se vea obligado a vender su conciencia...
“El anarquismo está
muerto”, ha dicho el fiscal. El anarquis-mo hasta hoy sólo existe como
doctrina, y Mr. Grinnell no tie-ne poder para matar ninguna doctrina. El
anarquismo es hoy una aspiración, pero una aspiración que se realizará algún
día... La anarquía es un orden sin gobierno. Es un error em-plear la palabra
anarquía como sinónimo de violencia, pues son cosas opuestas. En el presente
estado social, la violencia se emplea a cada momento, y por eso nosotros
propagamos la violencia también, pero solamente contra la violencia, como un
medio necesario de defensa”.
DISCURSO DE OSCAR
NEEBE
(Nacido en
Filadelfia, de padres alemanes, no era obrero, sino vendedor de levaduras en
una empresa propiedad de su fami-lia. Desde su adolescencia trabajó a favor de
los deshereda-dos y organizó varios importantes sindicatos por oficio. Fue
condenado a 15 años de prisión)
“Durante los
últimos días he podido aprender lo que es la ley, pues antes no lo sabía. Yo
ignoraba que pudiera estar convic-to de un crimen por conocer a Spies, Fielden
y Parsons...
Con anterioridad al
4 de mayo yo había cometido ya otros de-litos. Mi trabajo como vendedor de
levaduras me había pues-to en contacto con los panaderos. Vi que los panaderos
de esta ciudad eran tratados como perros... Y entonces me dije: ´A es-tos
hombres hay que organizarlos; en la organización está la fuerza´. Y ayudé a
organizarlos. Fue un gran delito. Aquellos hombres ahora, en vez de estar
trabajando catorce y dieci-séis horas, trabajan diez horas al día... Y aún más:
cometí un delito peor... Una mañana, cuando iba de un lado a otro con mis
trastos, vi que los obreros de las fábricas de cerveza de la ciudad de Chicago
entraban a trabajar a las cuatro de la mañana. Llegaban a su casa a las siete u
ocho de la noche. No veían nunca a su familia; no veían nunca a sus hijos a la
luz del día... Puse manos a la obra y los organicé.
En la mañana del 5
de mayo supe que habían sido detenidos Spies y Schwab, y entonces fue también
cuando tuve la pri-mera noticia de la celebración del mitin de Haymarket
du-rante la tarde anterior. Después que terminé mis faenas fui a las oficinas
del ´Arbeiter Zeitung´, en donde me encontraba cuando fue allanado el
periódico...
Veinticinco
policías allanaron mi casa el mismo día y encon-traron un revólver y una
bandera roja, de un pie cuadrado, con la que jugaba frecuentemente mi hijo.
Yo no creo que sólo
los anarquistas y socialistas tengan armas en su casa... Habéis probado que
organicé asociaciones obre-ras, que he trabajado por la reducción de horas, que
he hecho cuanto he podido por volver a publicar el ´Arbeiter Zeitung´: he ahí mis
delitos. Pues bien: me apena la idea de que no me ahorquéis, honorables jueces,
porque es preferible la muerte rápida a la muerte lenta en que vivimos. Tengo
familia, tengo hijos, y si saben que su padre ha muerto lo llorarán y
recoge-rán su cuerpo para enterrarlo. Ellos podrán visitar su tumba, pero no
podrán, en caso contrario, entrar en el presidio para besar a un condenado por
un delito que no ha cometido. Esto es lo que tengo que decir. Yo os suplico:
¡Dejadme participar de la suerte de mis compañeros! ¡Ahorcadme con ellos!”.
DISCURSO DE ADOLF
FISCHER
(Nacido en Bremen,
Alemania. Periodista. Tenía 30 años)
“No hablaré mucho;
solamente tengo que protestar contra la pena de muerte que me imponéis, porque
no he cometido cri-men ninguno. He sido tratado aquí como asesino y sólo se me
ha probado que soy anarquista. Pero si yo he de ser ahorcado por profesar mis
ideas, por mi amor a la libertad, a la igual-dad y a la fraternidad, entonces
no tengo nada que objetar. Si la muerte es la pena correlativa a nuestra
ardiente pasión por la redención de la especie humana, entonces yo lo digo muy
alto: disponed de mi vida.
Aunque soy uno de
los que prepararon el mitin de Haymarket, nada tengo que ver con el asunto de
la bomba. Yo no niego que he concurrido a tal mitin, pero tal mitin... (Se le
acer-ca, entonces, el defensor, Mr. Solomon, aconsejándole que no continúe en
tal tono, que no es conveniente, etcétera.) ... Sois muy bondadoso, Mr.
Solomon. Sé muy bien lo que estoy di-ciendo: Ahora bien, el mitin de Haymarket
no fue convocado para cometer ningún crimen; fue, por el contrario, convocado
para protestar contra los atropellos y asesinatos de la Policía en la fábrica
McCormik.
Pocas horas antes
del mitin en Haymarket habíamos tenido una reunión para tomar la iniciativa y
convocar a esa mani-festación popular. Se me comisionó para que me hiciera
cargo de buscar oradores y redactar los volantes. Cumplí este encargo invitando
a Spies a que hablara en el mitin y mandando a imprimir veinticinco mil
volantes. En el original aparecían las palabras “¡Trabajadores, acudid
armados!”: Yo tenía mis motivos para escribirlas, porque no quería que, como en
otras ocasiones, los trabajadores fueran ametrallados impunemen-te, indefensos.
Cuando Spies vio dicho original, se negó a to-mar parte en el mitin si no se
suprimían aquellas palabras. Yo accedí a sus deseos, y Spies habló en
Haymarket. Esto es todo lo que tengo que ver en el asunto del mitin...
Yo no he cometido
en mi vida ningún crimen. Pero aquí hay un individuo que está en camino de
llegar a ser un criminal y un asesino, y ese individuo es Mr. Grinnell, que ha
comprado testigos falsos a fin de poder sentenciarnos a muerte. Yo le denuncio
aquí públicamente. Si creéis que con este bárbaro veredicto aniquiláis nuestras
ideas, estáis en un error, por-que éstas son inmortales. Este veredicto es un
golpe de muerte dado a la libertad de imprenta, a la libertad de pensamiento, a
la libertad de palabra, en este país. El pueblo tomará nota de ello. Es cuanto
tengo que decir”.
DISCURSO DE LOUIS
LINGG
(Era el único
acusado efectivamente dispuesto a utilizar mé-todos terroristas, experto,
además, en fabricar bombas. Car-pintero. Tenía 22 años. Había nacido en
Alemania)
“Me acusáis de
despreciar la ley y el orden. ¿Y qué significan la ley y el orden? Sus
representantes son los policías, y entre éstos hay muchos ladrones. Aquí se
sienta el capitán Schaack. El me ha confesado que mi sombrero y mis libros
habían des-aparecido de su oficina, sustraídos por los policías. ¡He ahí
vuestros defensores del derecho de propiedad!
Yo repito que soy
enemigo del orden actual y repito también que lo combatiré con todas mis
fuerzas mientras respire. De-claro otra vez franca y abiertamente que soy
partidario de los medios de fuerza. He dicho al capitán Schaack, y lo sostengo,
que si vosotros empleáis contra nosotros vuestros fusiles y ca-ñones, nosotros
emplearemos contra vosotros la dinamita. Os reís probablemente porque estáis
pensando: “Ya no arrojará más bombas”. Pues permitidme que os asegure que muero
fe-liz, porque estoy seguro que los centenares de obreros a quie-nes he hablado
recordarán mis palabras, y cuando hayamos sido ahorcados, ellos harán estallar
la bomba. En esta espe-ranza os digo: ¡Os desprecio; desprecio vuestro orden,
vues-tras leyes, vuestra fuerza, vuestra autoridad! ¡Ahorcadme!”.
DISCURSO DE GEORGE
ENGEL
(Alemán de
nacimiento, había emigrado a los EEUU en 1873, estableciéndose primero en Nueva
York y Filadelfia. Tipógra-fo y periodista. Tenía 50 años al ser condenado a la
horca en Chicago)
“Es la primera vez
que comparezco ante un Tribunal ameri-cano, y en él se me acusa de asesinato.
¿Y por qué razón estoy aquí? ¿Por qué razón se me acusa de asesino? Por la
misma que tuve que abandonar Alemania, por la pobreza, por la mi-seria de la
clase trabajadora.
Aquí también, en
esta ´libre república´, en el país más rico del mundo, hay muchos obreros que
no tienen lugar en el banquete de la vida y que como parias sociales arrastran
una vida miserable. Aquí he visto a seres humanos buscando algo con que
alimentarse en los montones de basura de las calles.
Cuando en 1878 vine
a esta ciudad, creí hallar más fácil-mente medios de vida aquí que en
Filadelfia, donde me había sido imposible vivir por más tiempo. Pero mi
desilusión fue completa. Empecé a comprender que para el obrero no hay
diferencia entre Nueva York, Filadelfia o Chicago, así como no la hay entre
Alemania y esta república tan ponderada. Un compañero de taller me hizo
comprender científicamente la causa de que en este rico país no pueda vivir
decentemen-te el proletariado. Compré libros para ilustrarme más, y yo, que
había sido político de buena fe, abominé de la política y de las elecciones y
también comprendí que todos los partidos estaban degradados... Entonces entré
en la Asociación Inter-nacional de Trabajadores. Los miembros de esta asociación
están convencidos de que sólo por la fuerza podrán eman-ciparse los
trabajadores, de acuerdo con lo que la Historia enseña. En ella podemos
aprender que la fuerza libertó a los primeros colonizadores de este país, que
sólo por la fuerza fue abolida la esclavitud, y así como fue ahorcado el
primero que en este país agitó la opinión contra la esclavitud, vamos a ser
ahorcados nosotros.
¿En qué consiste mi
crimen?
En que he trabajado
por el establecimiento de un sistema social en que sea imposible el hecho de
que mientras unos amontonan millones utilizando las máquinas, otros caen en la
degradación y en la miseria. Así como el agua y el aire son libres para todos,
así la tierra y las invenciones de los hombres de ciencia deben ser utilizadas
en beneficio de todos. Vuestras leyes están en oposición con las de la
Naturaleza, y mediante ellas robáis a las masas el derecho a la vida, a la
libertad y al bienestar...
En la noche en que
fue arrojada la primera bomba en este país, yo me hallaba en mi casa. Yo no
sabía ni una palabra de la conspiración que pretende haber descubierto el
ministerio público.
Es cierto que tengo
relaciones con mis compañeros de pro-ceso, pero a algunos sólo los conozco por
haberlos visto en reuniones de trabajadores. No niego tampoco que haya yo
hablado en varios mítines, afirmando que si cada trabajador llevase una bomba
en el bolsillo, pronto sería derribado el sistema capitalista imperante. Esa es
mi opinión y mi deseo.
Yo no combato
individualmente a los capitalistas; combato el sistema que da el privilegio. Mi
más ardiente deseo es que los trabajadores sepan quiénes son sus enemigos y
quiénes son sus amigos. Todo lo demás yo lo desprecio; desprecio el poder de un
Gobierno inicuo, sus policías y sus espías. Nada más tengo que decir”.
DISCURSO DE SAMUEL
FIELDEN
(Pastor metodista y
obrero textil. Tenía 39 años. Había nacido en Inglaterra)
“Habiendo observado
que hay algo injusto en nuestro siste-ma social, asistí a varias reuniones
gremiales y comparé lo que decían los obreros con mis propias observaciones.
Mas no conocía el remedio para los males sociales. Pero discu-tiendo y
analizando las cosas en boga actualmente, hubo quien me dijo que el socialismo
significaba la igualdad de condiciones, y ésta fue la enseñanza. Comprendí en
seguida aquella verdad, y desde entonces fui socialista. Aprendí cada vez más y
más; reconocí la medicina para combatir los males sociales, y como me juzgaba
con derecho para propagarla, la propagué. La Constitución de los Estados
Unidos, cuando dice ´el derecho a la libre emisión del pensamiento no puede ser
negado´ da a cada ciudadano, reconoce a cada individuo, el derecho a expresar
sus pensamientos. Yo he invocado los principios del socialismo y de la economía
social y por ésta, y sólo por ésta razón me hallo aquí y soy condenado a
muerte...
Se me acusa de
excitar las pasiones, se me acusa de incen-diario porque he afirmado que la
sociedad actual degrada al hombre hasta reducirlo a la categoría de animal
¡Andad! Id a las casas de los pobres, y los veréis amontonados en el menor
espacio posible, respirando una atmósfera infernal de enfer-medad y muerte...
La cuestión social
es una cuestión tanto europea como ame-ricana. En los grandes centros
industriales de los Estados Unidos el obrero arrastra una vida miserable, la
mujer pobre se prostituye para vivir, los niños perecen prematuramente
aniquilados por las penosas tareas a las que tienen que dedi-carse, y una gran
parte de los vuestros se empobrece también diariamente. ¿En dónde está la
diferencia de país a país?
Habéis traído aquí
a los corresponsales de la prensa burguesa para probar mi lenguaje
revolucionario, y yo os he demostra-do que a todas nuestras reuniones han
podido acudir nues-tros adversarios... y, en resumen, os digo que esos
periodistas son hombres que no dependen de sí mismos, que no son libres, que
obran a instigación ajena, y lo mismo pueden acusarnos de un crimen que
proclamarnos el más virtuoso de todos los hombres. Un ciudadano de Washington
que aquí vino a com-batirnos en 1880 nos ha escrito repetidas veces
ofreciéndonos declarar que nuestras reuniones no tenían por objeto excitar al
pueblo a la rapiña, como decís vosotros, sino simplemen-te a la discusión de
las cuestiones económicas. Veinte testi-gos más estaban dispuestos a confirmar
lo mismo. Esto era en el supuesto de que se nos acusase en aquel sentido. Pero
vimos aquí que de lo que se nos acusaba realmente era de ´anarquistas´, y por
eso no vinieron aquellos testigos, porque no eran necesarios...
Si me juzgáis
convicto de haber propagado el socialismo, y yo no lo niego, entonces ahorcadme
por decir la verdad...
Si queréis mi vida
por invocar los principios del socialismo, como yo entiendo que los he invocado
en favor de la Huma-nidad, os la doy contento y creo que el precio es
insignificante ante los resultados grandiosos de nuestro sacrificio...
Yo amo a mis
hermanos, los trabajadores, como a mí mismo. Yo odio la tiranía, la maldad y la
injusticia. El siglo XIX co-mete el crimen de ahorcar a sus mejores amigos. No
tardará en sonar la hora del arrepentimiento. Hoy el sol brilla para la
Humanidad, pero puesto que para nosotros no puede ilu-minar más dichosos días,
me considero feliz al morir, sobre todo si mi muerte puede adelantar un solo
minuto la llega-da del venturoso día en que aquél alumbre mejor para los
trabajadores. Yo creo que llegará un tiempo en que sobre las ruinas de la
corrupción se levantará la esplendorosa mañana del mundo emancipado, libre de
todas las maldades, de todos los monstruosos anacronismos de nuestra época y de
nuestras caducas instituciones”.
DISCURSO DE ALBERT
PARSONS
(De 38 años,
excandidato a la Presidencia de los EEUU, había nacido en el Sur, en Alabama, y
peleado en la guerra de sece-sión. Luego abandonó fortuna y familia -que, de
paso, lo ha-bía repudiado por casarse con una mexicana de origen indí-gena-
para dedicarse a la propagación de las ideas socialistas)
“Me preguntáis qué
fundamentos hay para concederme una nueva prueba de mi inocencia. Yo os
contesto y os digo que vuestro veredicto es el veredicto de la pasión,
engendrado por la pasión y realizado, en fin, por la pasión de la ciudad de
Chicago. Por este motivo, yo reclamo la suspensión de la sentencia y una nueva
prueba inmediata. ¿Y qué es la pasión? Es la suspensión de la razón, de los
elementos de discernimien-to, de reflexión y de justicia necesarios para llegar
al conoci-miento de la verdad. No podéis negar que vuestra sentencia es el
resultado del odio de la prensa burguesa, de los monopoli-zadores del capital,
de los explotadores del trabajo...
Hay en los Estados
Unidos, según el censo de 1880, dieciséis millones doscientos mil jornaleros.
Estos son los que por su industria crean toda la riqueza de este país. El
jornalero es aquél que vive de un salario y no tiene otros medios de
sub-sistencia que la venta de su trabajo hora tras hora, día tras día, año tras
año. Su trabajo es toda su propiedad; no posee más que su fuerza y sus manos.
De aquellos dieciséis millones de jornaleros, sólo nueve millones son hombres;
los demás, mujeres y niños...
Ahora bien,
señores; yo, como trabajador, he expuesto los que creía justos clamores de la
clase obrera, he defendido su de-recho a la libertad y a disponer del trabajo y
de los frutos de su trabajo...
Este proceso se ha
iniciado y se ha seguido contra nosotros, inspirado por los capitalistas, por
los que creen que el pueblo no tiene más qué un derecho y un deber, el de la
obediencia.
¿Creéis, señores,
que cuando nuestros cadáveres hayan sido arrojados a la fosa se habrá acabado
todo? ¿Creéis que la guerra social se acabará estrangulándonos bárbaramente?
¡Ah, no! Sobre vuestro veredicto quedará el del pueblo americano y el del mundo
entero, para demostraros vuestra injusticia y las injusticias sociales que nos
llevan al cadalso...
Yo estaba libre y
lejos de Chicago cuando vi que se había fija-do la fecha de la vista de este
proceso.
Juzgándome inocente
y sintiéndome asimismo que mi deber era estar al lado de mis compañeros y
afrontar con ellos, si era preciso, la sentencia; que mi deber era también
defen-der desde aquí los derechos de los trabajadores y la causa de la libertad
y combatir la opresión, regresé sin vacilar a esta ciudad. Me dirigí a la casa
de mi amiga miss Ames, en la calle Morgan. Hice venir a mi esposa y conversé
con ella algún tiempo. Mandé aviso al capitán Black, señalándole que estaba
aquí pronto a presentarme y constituirme preso. Me contestó que estaba
dispuesto a recibirme. Vine y le encontré a la puerta de este edificio, subimos
juntos y comparecí ante este Tribunal. Sólo tengo que añadir: aún en este
momento no tengo de qué arrepentirme”.
50
El fuego
subterráneo que vuelve a renacer
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Diseño y
publicación:
Revolución Obrera Unión Obrera Comunista (mlm) Colombia - Mayo de 2024
Permitida su reproducción total
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Fuente:
https://revolucionobrera.com/wp-content/uploads/2024/04/Folleto-1-de-mayo-web.pdf

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