© Libro N° 13638. Una Defensa
Marxista De La Interseccionalidad. Smith,
Sharon. Emancipación. Marzo 22 de 2025
Título Original: © Una Defensa Marxista De La
Interseccionalidad. Sharon Smith
Versión
Original: © Una Defensa Marxista
De La Interseccionalidad. Sharon Smith
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión
original de textos:
https://marxismocritico.com/2017/10/17/una-defensa-marxista-de-la-interseccionalidad/
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro
contenido, con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un
medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los
contenidos publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la
circulación del conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría
corresponden a Versiones originales de textos. El uso de los mismos son
estrictamente educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los
autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
https://i.pinimg.com/736x/ec/02/83/ec0283b483959480a44e2e832aaf2b72.jpg
Portada E.O. de Imagen original:
https://marxismocritico.com/wp-content/uploads/2017/10/combahee-river-collective-e1438925095858.jpg
© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
UNA DEFENSA MARXISTA DE LA
INTERSECCIONALIDAD
Sharon Smith
Una Defensa
Marxista De La Interseccionalidad
Sharon Smith
Una Defensa
Marxista De La Interseccionalidad
Sharon Smith
Muchos militantes que han seguido el debate en la izquierda acerca del
término «interseccionalidad» ven difícil defirnirlo, por una razón muy
comprensible: diferentes personas lo explican de manera distinta con propósitos
distintos.
Por esta razón -junto con el hecho de que es una palabra de siete
sílabas- interseccionalidad puede aparecer como una abstracción con solo una
vaga relación con la realidad material. Sería un error, sin embargo, descartar
totalmente el concepto.
Hay dos interpretaciones muy distintas de la interseccionalidad: una
desarrollada por las feministas negras y la otra por el ala postestructuralista
de la posmodernidad. Quiero tratar de dejar claras las diferencias en este
artículo y explicar por qué la tradición feminista negra plantea el proyecto de
construcción de un movimiento unido para luchar contra todas las formas de
opresión que es central en el proyecto socialista, mientras que el
postestructuralismo no lo hace.
Un concepto, no una teoría
Quiero empezar dejando claras algunas cosas.
Primero, la interseccionalidad es un concepto, no una teoría. Es una
descripción de cómo diferentes formas de opresión -racismo, sexismo, opresión a
LGTBI y todas las otras formas- interactúan entre sí y se fusionan en una sola
experiencia.
De modo que las mujeres negras, por ejemplo, no están «oprimidas
doblemente» -esto es, oprimidas por experiencias separadas de racismo, que
también afecta a hombres negros, y además de sexismo, que afecta también a las
mujeres blancas- sino que el racismo afecta al modo en que las mujeres negras
son oprimidas como mujeres y también como gente negra.
La interseccionalidad es otra forma de describir la «simultaneidad de la
opresión», el «solapamiento de opresiones», el «entrelazamiento de opresiones»
o cualquier otro término que las feministas negras hayan usado para describir
la intersección de raza, clase y género.
Como planteó la académica y feminista negra Barbara Smith en 1983 en
Home Girls: A Black Feminist Anthology: «el concepto de simultaneidad de la
opresión está en el centro de una comprensión feminista negra de la realidad
política y es, creo, una de las contribuciones ideológicas más significativas
del pensamiento feminista negro».
Puesto que la interseccionalidad es un concepto (una descripción de la
experiencia de múltiples opresiones, que no explica sus causas) más que una
teoría (que sí intenta explicar las causas de fondo de las opresiones), puede
ser aplicada por varias teorías de la opresión diferentes, teorías de matriz
marxista o posmoderna, pero también separatismo, etc.
Puesto que el marxismo y el posmodernismo son habitualmente antitéticos,
el uso específico que hacen del concepto de interseccionalidad puede ser muy
diferente en muchos sentidos distintos y contrarios.
El marxismo explica que todas las formas de opresión tienen sus raíces
en la sociedad de clases, mientras que las teorías que salen del posmodernismo
rechazan esa idea como «esencialista» y «reduccionista». Esta es la razón por
la que un buen número de marxistas han desdeñado o han sido hostiles al
concepto de «interseccionalidad», sin distinguir entre sus fundamentos teóricos
rivales: el feminismo negro o el posmodernismo/postestructuralismo.
La tradición feminista negra
Es importante entender que el concepto de interseccionalidad fue
desarrollada por primera vez por las feministas negras, no por los posmodernos.
El feminismo negro tiene una larga y compleja historia basada en el
reconocimiento de que el sistema de esclavitud tradicional y, desde entonces,
del racismo y la segregación racial modernas ha causado que las mujeres negras
sufran de formas que no han sido experimentadas por las mujeres blancas.
En 1851, Sojourner Truth pronunció su famoso discurso ¿No soy yo una
mujer?, en la Convención de Mujeres en Akron, Ohio. Ese discurso estaba
dirigido a enfatizar a las sufragistas blancas de clase media que la opresión
de Truth como antigua esclava negra no tenía nada en común con la experiencia
de las mujeres blancas de clase media.
Truth contraponía su propia opresión como mujer negra, sufriendo
brutalidad, degradación física, horas interminables de trabajo forzado y no
pagado, y dando a luz a hijos e hijas solo para verlos forzados a la
esclavitud.
Un siglo antes de que la jurista y feminista negra Kimberlé Williams
Crenshaw acuñara el término «interseccionalidad» en 1989, ese mismo concepto
era usado normalmente para describir un «entrelazamiento de opresiones»,
«opresiones simultáneas» y otros términos similares.
El feminismo negro ponían también mucho énfasis en las diferencias de
clase entre mujeres, porque la gran mayoría de población negra de los EEUU
había sido siempre parte de la clase obrera y había vivido
desproporcionadamente en la pobreza, debido a las consecuencias económicas del
racismo.
El ensayo de Crenshaw de 1989, Demarginalizing the Intersection of Race
and Sex: A Black Feminist Critique of Antidiscrimination Doctrine, Feminist
Theory and Antiracist Politics, que introdujo el término interseccionalidad,
rinde tributo al discurso de Sojourner Truth.
Crenshaw escribe: «Cuando Sojourner Truth se alzó para hablar, muchas
mujeres blancas querían callarla, temiendo que desviara la atención del
sufragio femenino [hacia la abolición de la esclavitud]». Crenshaw se pregunta
en el contexto moderno: «Cuando la teoría y la política feminista que reclama
reflejar las experiencias y las aspiraciones de las mujeres no incluye ni habla
de las mujeres negras, éstas deben preguntar, ’¿no somos nosotras mujeres?’»
Feminismo negro de izquierda
Es importante también reconocer que el feminismo negro siempre contenía
un análisis de izquierda, incluyendo un solapamiento entre algunas feministas
negras y el partido comunista a mediados y finales del siglo XX. Las líderes
del partido comunista Claudia Jones y Angela Davis, por ejemplo, desarrollaron
el concepto de opresión femenina negra como la experiencia de entrelazamiento
de raza, género y clase.
En 1949, Claudia Jones escribió un artículo pionero titulado An End to
the Neglect of the Problems of the Negro Woman! en el que afirmaba: «las
mujeres negras -como trabajadoras, como negras y como mujeres- son la capa más
oprimida de toda la población».
En ese ensayo, Jones enfatizaba los ataques sexuales como una cuestión
racial para las mujeres negras:
«Nada dramatiza más el carácter oprimido de las mujeres negras que el
caso de Rosa Lee Ingram, una madre viuda de 14 hijos -dos de ellos muertos- que
afronta la cadena perpetua en una cárcel de Georgia por el “crimen” de
defenderse del acoso de un “supremacista blanco”. […] Saca a la luz la
hipócrita coartada de los que linchaban a los negros, que históricamente se
escondían tras las faldas de las mujeres blancas cuando trataban de encubrir
sus funestos crímines con la “caballerosidad” o “proteger a las mujeres
blancas”»
Este tema -que el ataque sexual no es sólo una cuestión de las mujeres
sino también una cuestión racial en la sociedad estadounidense-, fue seguido y
desarrollado posteriormente por Angela Davis, cuyo inveterado compromiso en la
lucha contra toda forma de explotación y opresión, incluyendo el injusto
sistema racista es bien conocido.
En 1981, Davis escribió en Women, Race and Class que la violación «tiene
un tóxico componente racial en los Estados Unidos desde el día en que la
esclavitud fue un arma clave en el mantenimiento del sistema de supremacía
blanca». Describe la violación como «un arma de dominación, un arma de
represión, cuyo objetivo encubierto era acabar con la voluntad de resistencia
de las mujeres negras y, en ese proceso, desmoralizar a sus hombres».
La violación institucionalizada de las mujeres negras sobrevivió la
abolición de la esclavitud y tomó su forma moderna, según Davis: «Las
violaciones colectivas, perpetradas por el Ku Klux Klan y otras organizaciones
terroristas en el periodo posterior a la Guerra Civil, se convirtieron en un
arma política indisimulada para aplastar el movimiento de igualdad negro».
La caricatura del deseo de los depredadores sexuales masculinos de
violar a las virtuosas bellezas sureñas tiene una «inseparable pareja», escribe
Davis: «la imagen de la mujer negra como promiscua crónica. […] Vistas como
“mujeres fáciles” y putas, los quejas de las mujeres negras por las violaciones
carecerían necesariamente de legitimidad».
Pero en los años 70, mucha feministas blancas, quizá la más famosa,
Susan Brownmiller, en su libro Against our Will: Men, Women and Rape, describía
la violación exclusivamente como una lucha entre mujeres y hombres.
Este marco político llevó a Brownmiller a conclusiones abiertamente
racistas en su apreciación del linchamiento en 1955 de Emmett Till, el chico de
14 años que visitaba a su familia en Jim Crow, Mississippi que fue secuestrado,
torturado y asesinado de un disparo por el supuesto “crimen” de silbar a una
mujer casada.
A pesar del linchamiento de Till, Brownmiller dice que él y su asesino
compartían el poder sobre una «mujer blanca», haciendo uso de estereotipos que
Davis calificó como «la resurrección del viejo mito racista del violador
negro».
Hay muchas otras formas en las que la experiencia de las mujeres negras
difiere entre las mujeres de diferentes clases y razas.
La corriente principal del feminismo de los años 60 y 70 exigía poder
abortar en base al derecho de la mujer a poner fin a un embarazo no deseado.
Esto es, por supuesto, un derecho fundamental de todas las mujeres, sin el cual
las mujeres no pueden ser iguales a los hombres.
A la vez, sin embargo, la corriente principal del movimiento se centra
casi exclusivamente en el aborto, cuando la historia de los derechos
reproductivos complicaba mucho más la cuestión para las mujeres negras y para
otras mujeres de color, que habían sido los objetivos históricos de la
esterilización forzosa racista.
El colectivo del Río Combahee
La lección central de estos ejemplos es que no puede haber algo tan
simple como «la cuestión de las mujeres» en un sistema capitalista fundado
sobre la esclavización de africanos, en el que el racismo está incrustado en
todos sus fundamentos e instituciones. Casi todas cuestión «de las mujeres»
tiene un componente racial.
A lo largo de los 60 y los 70, hubo un potente movimiento en el
feminismo negro de izquierda. Un representante destacado del mismo fue el
Colectivo del Río Combahee, un grupo de lesbianas feministas negras de Boston.
Se identificaban como «marxistas» y afirmaban en su declaración de 1977:
«Somos socialistas porque creemos que el trabajo debe ser organizado
para el beneficio colectivo de aquellos y que trabajan y crean los productos y
no para el beneficio de los jefes. Los recursos materiales deben ser
distribuidos igualitariamente entre aquellos que crean estos recursos.
«No estamos convencidas, sin embargo, de que una revolución socialista
que no sea a la vez feminista y antiracista puede garantizar nuestra
liberación. […] Aunque estamos esencialmente de acuerdo con la teoría de Marx
aplicada a las específicas relaciones económicas que analiza, sabemos que este
análisis debe ser extendido más allá para que comprendamos nuestra situación
económica específica como mujeres negras».
Es un punto de vista bastante razonable que parece de sentido común para
la mayoría de la gente de izquierda hoy. El Colectivo del Río Combahee no
apoyaba el separatismo, como algunos marxistas han interpretado erróneamente.
Barbara Smith, una de las fundadores del Colectivo del Río Combahee,
reclamaba en una entrevista en el libro de 1984 This Bridge Called My Back una
estrategia de «construcción de coalición» en vez del «separatismo racial».
Decía que «cualquier tipo de separatismo es un callejón sin salida […]. Ningún
grupo oprimido puede derribar el sistema por sí mismo. Es muy importante formar
coaliciones de principios en torno a cuestiones específicas».
Es importante discutir la idea que han sostenido muchos críticos -entre
ellos algunos marxistas- de que el concepto de interseccionalidad del feminismo
negro trata simplemente de la experiencia de racismo, sexismo y otras formas de
opresión a nivel individual.
La tradición feminista negra siempre ha estado vinculada a la lucha
colectiva contra la opresión, contra la esclavitud, segregación, racismo,
brutalidad policial, pobreza, esterilización forzosa, violación sistemática de
mujeres negras y en linchamiento sistemático de hombres negros.
Quizá la lección más importante que podemos sacar del Colectivo del Río
Combahee es que cuando construyamos el próximo movimiento de masas de
liberación de las mujeres -ojalá sea pronto- debe estar basado no en las
necesidades de las menos oprimidas sino de las que están más oprimidas, puesto
que eso ese es el verdadero núcleo de la solidaridad.
Pero la interseccionalidad es un concepto que sirve para entender la
opresión, no la explotación. Muchas feministas negras reconocen las raíces
sistémicas del racismo y el sexismo, pero dan mucho menos énfasis que los
marxistas a la conexión entre los sistemas de explotación y opresión.
El marxismo es necesario porque proporciona un marco para entender la
relación entre explotación y opresión y porque también identifica la agencia
para crear las condiciones materiales y sociales que harán posible acabar con
la explotación y la opresión: la clase obrera.
Los trabajadores no solo tienen el poder para parar el sistema, sino
para reemplazarlo por una sociedad socialista basada en la propiedad colectiva
de los medios de producción. Aunque otros grupos de la sociedad sufran
opresión, solo la clase obrera tiene este poder colectivo.
De modo que el concepto de interseccionalidad necesita la teoría
marxista para reconocer el tipo de movimiento conjunto que es capaz de poner
fin a todas las formas de opresión. Al mismo tiempo, el marxismo solo puede
beneficiarse de integrar el feminismo negro de izquierda a su propia política y
práctica.
El rechazo posmoderno de la «totalidad»
Hasta ahora, he tratado de mostrar que el concepto de
interseccionalidad, de entrelazamiento de opresiones, estuvo basado en la
tradición feminista negra durante un largo periodo de tiempo y que este
concepto ha sido compatible con el marxismo.
Quiero ahora centrar en la posmodernidad y contraponer la interpretación
posmoderna de interseccionalidad con el concepto, anterior, de la tradición
feminista negra.
Para ser claros: no cabe duda de que el posmodernismo ha hecho avanzar
la lucha contra todas las formas de opresión, incluyendo la opresión
experimentada por el colectivo transexual, con diversidad funcional o aquellos
discriminados por razones de edad y muchas otras formas de opresión, que fueron
eclipsadas antes de que las teorías postmodernas florecieran en los 80 y 90.
El crítico literario Terry Eagleton identificó «el logro más duradero»
del postmodernismo en el «el hecho de que ha ayudado a plantear preguntas de
sexualidad, género y etnia tan firmemente en la agenda política que es
imposible imaginar eliminarlas sin una poderosa lucha».
Al mismo tiempo, sin embargo, el posmodernismo hizo surgir un rechazo de
plano de la generalización política y de las categorías de las estructuras
sociales y realidades materiales, a las que se referían como «verdades»,
«totalidades» y «universalizaciones», en nombre de un «anti-esencialismo».
(Ciertamente, tal rechazo de la generalización política es en sí misma una
generalización política, una contradicción inherente al pensamiento
posmoderno).
Los posmodernos sitúan un énfasis clave en el carácter limitado,
parcial, subjetivo, de las experiencias individuales de la gente, rechazando la
estrategia de lucha colectiva contra las instituciones de opresión y
explotación para centrarse en las relaciones individuales y culturales como
centros de lucha.
No es un coincidencia que el posmodernismo floreciera en el mundo
académico tras el declive de la lucha de clases y los movimientos sociales de
los 60 y 70, y con el ascenso de la clase dominante neoliberal.
Algunos académicos vinculados con el ascenso del posmodernismo eran
veteranos radicales de los 60 que habían perdido la fe en la posibilidad de la
revolución. Se les unió una generación de radicales demasiado jóvenes para
haber experimentado el tumulto de los 60, pero que estaban influenciados por el
pesimismo del periodo. En este contexto, el marxismo fue calificado
generalmente de «reduccionista» y «esencialista» por académicos que se
autodenominaban posmodernos, postestructuralistas y postmarxistas.
Dentro de la categoría teórica más amplia de postmodernidad, el
postmarxismo proporcionó un nuevo marco teórico a comienzos de los 80. Dos
teóricos postmarxistas, Ernesto Laclau y Chantal Mouffe publicaron Hegemonía y
Estrategia Socialista: Hacia una Política Democrática Radical en 1985.
Laclau y Mouffe planteaban su teoría como negación de la «totalidad»
socialista: «vínculos necesarios entre antisexismo y anticapitalismo, y la
unidad entre ambos sólo puede ser el resultado de una articulación hegemónica.
Por consiguiente, sólo es posible construir esta articulación a partir de
luchas separadas […]. Esto requiere la autonomización de las esferas de lucha».
Esto es un argumento en favor de la separación de las luchas. Tales
luchas «flotantes» deberían entonces ser conducidas totalmente dentro de lo que
los marxistas llaman superestructura de la sociedad, sin relación con su base
económica.
Además, el concepto de Laclau y Mouffe de «autonomización de las esferas
de lucha» no es solo que cada lucha esté limitada a combatir una sola forma
particular de subordinación dentro de un dominio social particular, sino que no
necesita siquiera implicar a ninguna otra persona más que a uno mismo. Esto se
dice explícitamente: «muchas de estas resistencias no se manifiestan bajo la
forma de luchas colectivas sino a través de un individualismo crecientemente
afirmado».
Estos pasos muestran claramente cómo el énfasis se alejó de la
solidaridad entre movimientos y también de la lucha colectiva a la individual,
a la lucha interpersonal. Así, las relaciones interpersonales se convirtieron
en el lugar central de lucha, basada en las percepciones subjetivas de qué
individuo está en posición de «dominio» y cuál en posición de «subordinación»
en cualquier situación particular.
En 1985 el teórico queer Jeffrey Escoffier resumía: «La política de la
identidad debe ser también una política de la diferencia […]. La política de la
diferencia afirma una existencia limitada, parcial».
Los postestructuralistas se apropiaron de términos como «política de la
identidad» y «diferencia» que tenían su origen en el feminismo negro de finales
de los 70.
Cuando el Colectivo del Río Combahee se refería a la necesidad de una
política de la identidad, por ejemplo, estaban describiendo la identidad
colectiva de las mujeres negras; cuando enfatizaba la importancia de reconocer
las «diferencias» entre mujeres, se referían a la invisibilidad del colectivo
de mujeres negras en el feminismo predominantemente blanco de clase media del
momento.
Pero hay un mundo de diferencia entre la identidad social
-identificación como parte de un grupo social- y la identidad individual. La
concepción postestructuralista de la «identidad» está basada en los individuos,
mientras que la «diferencia» puede referirse igualmente a cualquier
característica que sitúe a un individuo al margen de otros, ya sea por una
relación de opresión o que sea simplemente no normativo.
Vale la pena señalar que la feminista negra Kimberlé Williams Crenshaw,
escribiendo en los 90, discrepaba con la «versión del antiesencialismo que
encarnaba lo que puede llamarse la tesis vulgarizada de la construcción social,
[que] consiste en que, puesto que las categorías son construidas socialmente,
no existen los “negros” o las “mujeres”, y no tiene sentido por tanto continuar
reproduciendo esas categorías y organizándose en torno a ellas».
Frente a ello, afirmaba que «una primera respuesta a estas preguntas
requiere que reconozcamos en primer lugar que los grupos de identidad
organizados en los que nos encontramos son de hecho coaliciones, o al menos,
coaliciones potenciales esperando a ser formadas».
Concluía diciendo que «en este momento de la historia, puede
argumentarse firmemente que la estrategia de resistencia más seria para los
grupos desempoderados es ocupar y defender una política de localización social
en vez de vaciarla y destruirla».
Identidad «individual» o «social»
Es así como el concepto de interseccionalidad que se desarrolló por
primera vez en el marco de la tradición feminista negra, emergió mucho más
recientemente en el contexto de la posmodernidad.
Aunque el feminismo negro y algunas corrientes de la teoría posmoderna
comparten asunciones y lenguaje comunes, estos quedan ensombrecidos por las
diferencias clave que hacen de ellos enfoques distintos para combatir la
opresión. Por tanto, el concepto de interseccionalidad tiene dos fundamentos
políticos distintos: uno con el trasfondo del feminismo negro y otro del
posmodernismo.
La reciente evolución del enfoque postestructuralista de la política de
la identidad y de la interseccionalidad, que ha tenido una fuerte influencia en
la generación actual de militantes, da un gran énfasis al cambio de
comportamiento individual como la forma más eficaz para combatir la opresión.
Esto ha dado pie a la idea de que los individuos «señalen» los actos
interpersonales de opresión percibida como un acto político crucial. Ha dado
pie, más en general, a la interseccionalidad en términos posmodernos, incluso
entre los que no tienen idea de qué es la posmodernidad.
Como ha afirmado recientemente un investigador marxista:
«A finales del siglo XX, un discurso teórico de la interseccionalidad se
hizo casi hegemónico en muchos sectores de la vida intelectual radical. En este
discurso, centrado en cuestiones sociales y movimientos en torno a la raza,
género, clase, sexualidad y otras formas de opresión era habitual decir que
deberíamos rechazar cualquier tipo de reduccionismo o esencialismo de clase en
el que el género y la raza queden subsumidas bajo la categoría de clase. Como
mucho, se decía, los movimientos en torno a la raza, género, sexualidad o clase
puede entrecruzarse entre sí, pero no pueden coaligarse fácilmente en un
movimiento contra la estructura de poder y el sistema capitalista que, según
con los marxistas, está tras él. Así, la interseccionalidad actual de estos
movimiento sociales -frente a su separación- era vista habitualmente como
limitada, como realidad y como una posibilidad. Decir otra cosa era correr el
riesgo de caer en el abismo del reduccionismo o el esencialismo».
Coincido con Anderson en este punto, pero también creo que es claro que
está criticando la versión posmoderna de la interseccionalidad, no la del
feminismo negro.
Creo que un error por parte de los marxistas no apreciar el valor de la
tradición feminista negra, incluyendo el concepto de interseccionalidad, tanto
su contribución a combatir la opresión de las mujeres de color, las mujeres de
clase obrera y las formas en que puede ayudar a avanzar la teoría y práctica
marxistas.
Los marxistas aprecian las contribuciones de los nacionalistas negros de
izquierda, incluyendo a Malcolm X y Franz Fanon, así como el socialismo del
Black Panther Party y han intentado incorporar aspectos de sus contribuciones a
nuestra propia tradición política. Los ejemplos anteriores proporcionan pruebas
sólidas de que deberíamos incorporar del mismo modo lo que las feministas
negras tienen que ofrecer al marxismo.
El papel de la segregación racial en EEUU ha impedido eficazmente el
desarrollo de un movimiento de mujeres unido que reconozca las muchas
implicaciones de la histórica división racial. Ningún movimiento puede aspirar
a hablar por todas las mujeres a menos que hable por las mujeres que también
afrontan las consecuencias del racismo, que sitúa mayoritariamente a las
mujeres de color en las filas de la clase obrera y la pobreza.
La raza y la clase deben ser centrales al proyecto de la liberación de
las mujeres -no sólo en la teoría sino en la práctica- si pretender ser
significativo para aquellas mujeres que son las más oprimidas por el sistema.
Sharon Smith, activista, autora de Women
and Socialism: Class, Race and Capital.
Fuente: Viento
Sur

No hay comentarios:
Publicar un comentario