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Libro N° 13624. Diario De Duelo. Extractos Del Diario De Mary Shelley. Shelley, Mary.

 


© Libro N° 13624. Diario De Duelo. Extractos Del Diario De Mary Shelley. Shelley, Mary. Emancipación. Marzo 15 de 2025

  

Título Original: © Diario De Duelo. Extractos Del Diario De Mary Shelley. Mary Shelley

 

Versión Original: © Diario De Duelo. Extractos Del Diario De Mary Shelley. Mary Shelley

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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DIARIO DE DUELO

Extractos Del Diario De Mary Shelley

Mary Shelley

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diario De Duelo

Extractos Del Diario De Mary Shelley

Mary Shelley

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



 

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Primera edición en Hermida Editores: marzo del 2021

 

Segunda edición corregida en Hermida Editores: abril del 2021

 

Impreso en España por Albadalejo Artes Gráficas

 

Hermida Editores SL

 

Calle Antonio Alonso Martín, 10

 

28860 Paracuellos de Jarama, Madrid

 

Tel. 916584193

 

e-mail: hermidaeditores@gmail.com

 

www.hermidaeditores.com

 

© Imagen de la cubierta: ilustración de Pablo Ríos

 

©  De la presente edición: Hermida Editores, 2021 © De la edición: Gonzalo Torné

 

Revisión y correcciones: Germán Molero y Hermida Editores

 

Asesor literario de la colección: Jaime Fernández Martín

 

ISBN: 978-84-122811-6-3

 

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ÍNDICE

 

 

 

Portada

 

Título

 

Créditos

 

Prólogo Sus páginas más obscenas , por Gonzalo Torné Nota sobre el texto

 

 

Diarios

 

1. La huida

 

2. Retorno a Inglaterra

 

3. Un viaje por Suiza

 

4. Reflejos de Diodati

 

5. Un viaje por Francia

 

6. La muerte de Percy

 

7. Visiones de duelo

 

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PRÓLOGO

 

SUS PÁGINAS MÁS OBSCENAS

 

 

La vida de Mary Shelley quedó partida en dos tras la repentina muerte de su marido Percy B. Shelley, ahogado después de que una tempestad destrozase su embarcación junto a las costas de Livorno. Aunque Mary Shelley escribió mucha literatura valiosa antes y después de enviudar, buena parte de su obra se alimenta de las energías oscuras del fallecimiento de Percy. La muerte le inspiró las mejores páginas de su correspondencia, elevó a niveles extraordinarios su poesía (una aventura singular que abandonaría, para desgracia de todos, en sus años de madurez), y asoma aquí y allí, alterada por la alquimia de la narración, en muchos de sus relatos.

 

Pero en ningún otro texto está tan expuesto el impacto devastador de la muerte de Shelley como en su diario. En ningún otro texto expuso con tanta crudeza la complicidad y las dificultades por las que atravesaron en su tierna y salvaje aventura de ocho años, a lo que debemos añadir un rasgo al que volveré más adelante: este diario es un texto sin destinatario, que ni siquiera se amplía al reducidísimo escenario que exige una correspondencia privada.

 

Pero empecemos por el principio: aunque el duelo sea su tema central (si lo central es la nota que mantiene un libro en el recuerdo del lector), estos diarios no se concibieron como un diario de duelo. Mary empezó a escribirlos para anotar las vicisitudes y las esperanzas abiertas por su primera huida romántica con Shelley. La pareja se sentía tan compenetrada que el diario empieza siendo un texto conjunto, alternando entradas de los dos amantes, escrito a cuatro manos. El agente provocador del texto parece ser la energía eufórica de la partida, y también la preocupación por las complicaciones económicas que derivan de desafiar a la sociedad: Mary huye sin permiso paterno, y Shelley deja atrás un matrimonio infeliz, una esposa embarazada y un hijo. Son páginas despojadas de culpa y de arrepentimiento (casi hasta el escándalo), donde se combinan las impresiones del viaje con los complicados enlaces de dos viajeros sin dinero ni apoyos.


Con el regreso de la pareja a Inglaterra empieza el tramo más extenso del diario, casi todo él escrito por Mary. Se trata de una prosa singular que se podría definir como un asedio social expuesto en un lenguaje telegráfico. Arruinados, a la espera de un hijo, enredados en litigios con los Shelley, repudiados por el padre de Mary, sin domicilio fijo, y con la presión constante de Harriet, la esposa abandonada de Percy, las entradas del diario se leen como condensadísimos informes de resistencia diaria a las presiones de la vida y las convenciones. Pero también registran las delicias de una vida intempestiva: paseos, lecturas, vislumbres de la naturaleza, la indecible felicidad de la escritura, el amor conyugal y consentidos enamoramientos extramatrimoniales se suceden en los huecos que se abren a diario entre las cartas de reproche y las gestiones con los abogados. Mary observa aquí a un Shelley del que se olvidará más adelante: un poeta sobrepasado por las gestiones prácticas, que no logra enderezar la economía familiar, frustrado por la trama de complicaciones prácticas y por la lucha continua por liberarse de Harriet como ya se desembarazó de su amor. Páginas donde también asistimos al nacimiento y a la emotiva muerte del primer hijo del matrimonio.

 

Cuando el diario se retoma, Harriet ha desaparecido ya de sus vidas (ahogada en el lago de Hyde Park, destino final de tantos suicidas submarinos), los problemas económicos parecen mitigados (aunque no resueltos) y la pareja emprende un viaje a Suiza. Son las páginas más serenas del libro, una serie de finísimas descripciones de la naturaleza envolvente. La etapa final, o por lo menos la más importante de este viaje, es villa Diodati, la mansión de lord Byron en Suiza. El encuentro entre los Shelley y Byron (con la presencia entre cómica y entrañable del doctor Polidori) se ha convertido en un lugar común de la cultura popular, que ha exagerado e intensificado sus reuniones vespertinas a veces hasta rozar el sensacionalismo. Sabemos que Mary Shelley salió de aquellas reuniones con la decisión (o el reto) de escribir un libro que se convertiría en un clásico: Frankenstein. Los proyectos literarios de Shelley y de Byron ya estaban lanzados, pero Diodati supuso para ambos poetas un centro de alto rendimiento de conversaciones, lecturas y entusiasmos. Shelley incrementó su confianza en su inspiración poética y se atrevió a aventuras nunca vistas antes en la poesía inglesa, y Byron recordó el escenario donde con más provecho resplandecía su carisma: entre los lectores de poesía. El diario no


nos permite acceder al cogollo de las reuniones, pero sí refleja el trasiego exterior y las crecidas de ánimo de los tres poetas, que en su sociedad precaria disfrutaban del afecto y la comprensión que les negaban las convenciones civiles. Durante estas conversaciones se gestó también la que quizás sea una de las páginas más emocionantes de este diario, cuando Mary cuenta que después de la muerte de Shelley se estremecía cada vez que escuchaba la voz de Byron, porque, acostumbrada a oírles conversar, a cada pausa de su amigo esperaba ahora (y casi podía escuchar) la voz del marido perdido.

 

Tras un breve periplo por Francia, donde, entre descripciones de la naturaleza y crónicas de sus visitas turísticas, se intuye la placidez de los años más felices de los Shelley, llegamos al golpe que partirá en dos la vida de Mary: Percy muere ahogado en el mar. La crónica que Mary hace en estas páginas incluye cartas propias y ajenas, y datos de segunda mano ofrecidos por diversas fuentes, y suponen un esfuerzo por objetivar el dolor, por fijar una versión oficial en previsión de las acometidas distorsionantes de la memoria.

 

La muerte de Percy no sólo cambia la trayectoria del diario (intenso y deslavazado como la propia vida de los Shelley), sino que obliga a reconfigurar el sentido de todo lo anterior como una preparación de este duelo inesperado. Nadie conoce su futuro, pero intuye unas líneas maestras, cauces por donde discurrirá la vida, que en el caso de Mary quedaron trastocadas de manera decisiva, o por decirlo en palabras aproximadas a las de ella: «el futuro con Shelley es ya el que no viviré».

 

La muerte irrumpe como un factor de corrección, encapsula una porción de la propia vida y le niega su continuidad, y nos enseña que aunque le apliquemos la palabra a los paisajes, a las ciudades y a las experiencias, lo único irremplazable son las personas. Shelley imaginó la muerte como una fuerza que secaba las obras de los hombres y las sumergía en el olvido de un desierto de tiempo. Wallace Stevens (su heredero más sagaz) la quiso ver como el «emperador de los helados» que congela con su leve toque inanimado el caudal de tantas cosas que creíamos que correrían y descenderían para siempre a nuestro lado. Pero el tiempo tarda en cubrir de arena nuestras obras, y la muerte no detiene a los vivos que acompañaban a los difuntos recientes: el recuerdo les golpea en el pecho, pero se sigue adelante. Shelley ha muerto, pero Mary vive, y a resolver este problema sin


solución se entregarán las últimas páginas de este libro.

 

Lo que a primera vista parece un diario de duelo (y que desde luego transforma todo el material previo en la preparación de un diario de duelo) escapa de las definiciones críticas convencionales. Mary modula los sentimientos oscuros que le provocó la muerte de Percy en cartas emotivas, en poemas elegantes y contenidos, en varios de sus relatos… Todos estos escritos están dirigidos a un público: concreto en las cartas, indefinido en los poemas y relatos. Las páginas de este diario no tienen destinatario: están despojadas de las fuerzas clarificadoras y hasta cierto punto represoras del trabajo artístico. Pertenecen al género del desahogo, y el paso de nuestros ojos sobre estas palabras constituye una obscenidad.

 

Pero si merece la pena recorrer este diario hasta el final (y claro que lo merece) es porque, liberadas del centro rector que proporciona la expectativa de una obra pensada para los lectores o del norte de un destinatario, las fuerzas creativas de Mary Shelley corren libres sobre sus páginas alterando la persona a la que se dirigen (su marido, su hijo, la muerte, la naturaleza, la música…), el tono y la intención; sin miedo a repetirse ni a volver una y otra vez a los mismos asuntos, como nos ocurre cuando se habla para uno mismo. El Shelley apurado del diario de Inglaterra queda aquí casi idealizado en una forma sólo parcialmente humana en la que Mary encapsula el futuro muerto, la existencia que le queda por atravesar despojada de su amor y la esperanza de una comunión imprecisa más allá de la muerte que va prosperando en una conciencia en otro tiempo seducida por el ateísmo. El efecto es impresionante, el Shelley de estas páginas es una figura compuesta de magisterio y abandono, un personaje único en la literatura inglesa. Los sentimientos contradictorios hacia su hijo, la confianza desoladora en el estudio, la paradoja de encontrar apenas esperanza en la desesperanza y sensibilidad en el dolor, la atracción y el rechazo hacia el mar de Italia que le arrebató a Shelley, el miedo y la necesidad de regresar a Inglaterra hacen el resto para constituir una atmósfera inquietísima, sin precedentes claros en la escritura anterior. Todo es doble en estas páginas finales, todo oscilante en la conciencia de una mente al borde del colapso, apasionadísima en su agotamiento. Mary cobra conciencia de que en poco más de veinte años ha acumulado experiencias que para otros ocupan vidas enteras. ¿Y no es así como los dioses señalan a sus elegidos? ¿No fue ésa la lección que le repitieron una y otra vez Keats,


Shelley y Byron, antes de predicar con el ejemplo y dejarla sola en un mundo roto?

 

Con el tiempo, Mary Shelley recompondría su ánimo y escribiría visiones cada vez más serenas y precisas sobre las limitaciones del arte y la ciencia para retener la vida, sobre el escándalo de que en milenios no hayamos avanzado apenas en el desafío de regresar a nadie de la muerte. Como sucede con tantas personas cuya conciencia no deja de ensancharse por efecto de la imaginación, no sabemos muy bien qué pensaba Mary Shelley sobre lo que sigue o no sigue más allá de la muerte. Su inteligencia sencillamente iba demasiado rápido para estabilizarse en una expectativa clara. Aunque las distintas versiones del cristianismo no parecen ajustarse a sus sugestivas visiones, estoy casi seguro de que incluso al reencontrarse con Shelley podría hacer suyas las palabras de C. S. Lewis, un católico que también fue un maestro del duelo: «Ni una convivencia eterna me resarcirá de haber perdido la compañía de mi compañera durante todos estos años terrenales».

 

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NOTA SOBRE EL TEXTO

 

 

 

La presente edición surge de The Journals of Mary Shelley, editados por Paula R. Feldman y Diana Scott-Klivert (Oxford, 1987) en dos volúmenes, nunca reeditados, y tan difíciles de encontrar que se han convertido casi en una criatura mitológica. Se trata de una edición un tanto precaria, donde los textos y dibujos y listas y borrones de los Shelley (además de fragmentos de poemas, cartas, informes…) se han volcado con una literalidad casi lisérgica. El presente texto resulta de extraer los pasajes que hemos considerado más importantes de estos diarios, «traduciendo» de manera lo más competente posible las abreviaciones, signos y tachaduras que abundan tanto en el texto original y en la edición de 1987. Aunque la separación en capítulos y sus títulos correspondientes son de nuestra cosecha, la presente edición respeta el orden cronológico de los cuadernos.

 

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1. LA HUIDA

 

Mary Shelley tenía 16 años cuando conoció a Percy Shelley. Pese a que el joven poeta y discípulo del padre de Mary tenía, a sus 22 años, ya dos hijos con Harriet Westrook, los dos jóvenes se enamoraron e iniciaron un romance que les impulsó a huir de Inglaterra en dirección a Francia. Siempre asediados por la falta de recursos económicos.

 

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1814

 

28 de julio.

 

La noche pasada quedó todo decidido. Pedí que el caballo estuviera ensillado a las cuatro en punto. Estuve mirando la noche hasta que las estrellas palidecieron. Por fin dieron las cuatro. Estaba convencida de que era imposible que tuviéramos éxito. Me parecía que quedaban peligros acechándonos, escondidos; lo vivía como una certeza. Acudí. La vi. Ella se acercó. Todavía nos quedaba un cuarto de hora, muchos arreglos por hacer, así que volvió a alejarse, y lo sentí, aunque también sabía que volvería esta vez. Qué espantosa parecía la ocasión, era como si jugásemos con la vida y la esperanza. Unos minutos después, estaba ya en mis brazos, los dos a salvo. Íbamos camino a Dover.

 

Mientras viajábamos, Mary se sintió indispuesta. Pero ¡qué placer y bienestar compartimos entre los achaques! Se desmayó a causa del calor; cada poco tiempo teníamos que parar para que descansase. Estaba dividida entre la ansiedad por su salud y el terror que le provocaban nuestros perseguidores. Me reproché por no poder proporcionarle más tiempo de descanso, pero no dejaba de imaginar una amenaza tan profunda contra nosotros que para evitarlo estaba justificado sacrificar hasta la última gota de cuidado y consuelo.

 

En Dartford alquilamos cuatro caballos para superar a nuestros perseguidores. Llegamos a Dover antes de las cuatro. Nos vimos obligados a dedicar algo de tiempo a buscar un sitio para cenar, a negociar con los marineros, a discutir con los funcionarios de aduanas. Finalmente, encontraron un pequeño bote con el que podían llevarnos a Calais. A las seis en punto estaba listo. La noche fue hermosísima, la arena retrocedía despacio. Nos sentimos seguros. Soplaba poco viento, la brisa agitaba las velas. Salió la luna, llegó la noche, y con la noche, un oleaje lento y pesado, y después, un viento más frío que fue volviéndose violento hasta sacudir con saña el barco… La agitación del mar afectó mucho a Mary. Apenas podía moverse. Pasó la noche en mis brazos; la poca fuerza que le quedaba a mi propio cuerpo exhausto la invertí en mantener su cabeza apoyada en mi pecho. El viento era agresivo y soplaba en dirección contraria a nuestros


intereses. Los marineros nos propusieron atracar en Bolounge si no podíamos llegar a Calais. Me prometieron que allí estaríamos a salvo poco después de alejarnos de la costa, pero las horas iban pasando y parecíamos estar todavía muy lejos de Francia; después, la luna se hundió en el horizonte y las primeras luces del amanecer empalidecieron ante la velocidad de los relámpagos.

 

Avanzábamos deprisa contra el viento cuando un trueno golpeó de repente la vela y las olas se precipitaron contra el barco. Incluso los marineros empezaron a considerar que la situación era peligrosa; con gran esfuerzo consiguieron arriar la vela. Me dijeron que el viento había cambiado de dirección y que sus ráfagas violentas volvían a dirigirnos hacia Calais. Mary no llegó a darse cuenta del peligro de la situación. Descansaba entre mis rodillas; yo temblaba tanto que apenas podía sostenerla; aunque no abrió los ojos ni dijo una palabra, sentí que estaba consciente. Yo no estaba tan aterrorizado como inseguro e incómodo. Nada podrá separarnos, pero quizás una vez dentro de la muerte no sintamos ni reconozcamos nuestra unión como la sentimos ahora. Tengo esperanzas, pero no puedo evitar que se mezclen con el miedo por lo que ocurriría con estos espíritus de valor incalculable cuando nos despertemos dentro de la muerte.

 

Amaneció, los relámpagos se apagaron, la violencia del viento amainó. Llegamos a Calais mientras Mary todavía dormía. Caminamos sobre la arena. De repente, la espaciosa luz del sol se elevó sobre Francia.

 

Viernes 29.

 

Le pedí a Mary que mirase cómo el sol salía sobre Francia. Después cruzamos el arenal para llegar a la posada. Nos llevaron a un cuarto que servía tanto de dormitorio como de sala de estar. Mary estaba allí, y su Shelley entró con ella; lo habíamos conseguido.

 

Sábado, 30 de julio de 1814.

 

Jane 1 nos informa de que no puede resistir más el patetismo con el que la trata la señora Godwin; 2 para conmoverla apeló a la elegancia de París, a la esclavitud del pasado y a la libertad del futuro. Le aconsejé que se tomase por lo menos media hora a solas para deliberar. Después ha vuelto a casa de la señora Godwin y le ha informado de que estaba decidida a quedarse con nosotros. Por lo visto, la señora Godwin ha reaccionado retirándose a sus habitaciones sin decir una sola palabra. Por la tarde me he encontrado a la


señora Godwin por la calle; su propósito aparente era embarcarse hacia Dover. He preferido seguir mi paseo con Mary a campo través antes que saludarla. Hacia las seis hemos salido de Calais y enseguida hemos llegado a Boulonge. Pasamos la noche entera allí.

 

Domingo 31.

 

Viajamos todo el día, y a las dos de la mañana llegamos a Abbeville, donde pasamos la noche.

 

Lunes, 1 de agosto.

 

Viajamos todo el día, y también la noche siguiente.

 

Martes, 2 de agosto.

 

Llegamos a París. Alquilamos una habitación en el hotel Vienne. Mary me pidió que examinase con ella los papeles que contenía su caja. Consistían en cartas de su padre, cartas de sus amigos, todas las mías y textos propios. Me dejó leer una carta de Harriet 3 donde le recomendaba trucos que podían calmarme y dominar el amor que sentía por ella. Me prometió que me dejaría leer y estudiar las producciones de su mente que precedieron a nuestra primera unión. Estoy dispuesto a reclamar esta promesa. De noche caminamos en dirección a los jardines de las Tullerías, y después nos perdimos en ellos. Me parecieron demasiado formales y fríos, sin interés, sin apenas vegetación. Mary no se encontraba bien. Regresamos a la habitación, demasiado felices para dormir.

 

Miércoles 3.

 

Recibí una carta tan fría como estúpida de Hookham. 4 Me decía que la familia de la señora Boinville iba a quedar reducida a la miseria por la lejana posibilidad de que dentro de un año les exijan que paguen las cuarenta libras con las que me avalaron. No pienso enviar el dinero. Le escribí a Tavernier. Mary me leyó sus pasajes favoritos de los poemas de lord Byron. Nunca antes había reparado en la cantidad de calor que desprenden nuestros propios sentimientos ante la presencia de las más vivas delineaciones de otras mentes. El mundo entero depende de nuestras percepciones parti culares.

 

Jueves 4.


 

Mary me recordó que era el día de mi cumpleaños. Estaba convencido de


que los cumplía el 27 de junio. Cenamos con Tavernier; es más insoportable que el hombre más tonto del mundo. Se hizo de noche y le dio por caminar con nosotros hasta el Boulevard.

 

Viernes 5.

 

Desayuné con unos amigos de Tavernier. Cometí el error de considerar soltera a una muchacha casada; y di por hecho que aquella chica que resultó ser su hermana era su hija. Su semblante me confundió, pero por suerte me sacaron de mi error y pude sentar a la cría en mi regazo y darle un terrón de azúcar. Las damas hablaron de cocina y vestuario. Tavernier me acompañó a la comisaría de policía; también visitamos el Louvre y la iglesia de Notre-Dame, cuyo interior decepcionó mucho las expectativas que nos habíamos formado. En el Louvre vimos un cuadro, cuyo tema, aparentemente, era el diluvio, que nos impresionó de una manera casi terrible. Fue el único cuadro notable que tuvimos tiempo de contemplar. También vimos representaciones sobre el cielo y el infierno, pero la expresión de los bienaventurados era de una estupidez insalvable. Por la tarde salimos en busca de Williams. 5 Después de numerosas tentativas infructuosas, conocimos en la plaza Vendôme a un francés que hablaba inglés. Nos brindó sus servicios para todas las gestiones que nos fuesen necesarias. Nos acompañó durante todo el recorrido sólo por el placer de escucharse hablar ante un auditorio foráneo. Nos dijo que había contribuido a sobornar a la turba para que derribase la estatua de Napoleón, y que era tan partidario del rey que se había unido al ejército inglés para combatir a Bonaparte; allí fue donde aprendió el idioma. Si hay que creerle, según él, fue el primer monárquico que pisó París de nuevo tras la primera derrota de Napoleón. Nos pidió que nos sentáramos un rato con él en el jardín de las Tullerías, y allí mismo…, con una amplia sonrisa en el rostro… y una vanidad desbordante…, nos confesó que era escritor y poeta. Lo invitamos a desayunar con la esperanza de que confraternizar con alguien de nuestro oficio nos ayudase a olvidar las crecientes penalidades de nuestra situación.

 

 

Sábado 6.


 

M. R. de Savi desayunó con nosotros. Le acompañamos a visitar al señor Peregaux, el banquero que se niega a adelantar dinero. Tavernier me dio la dirección de H. M. Williams. Estoy convencido de que informarle sobre


nuestra situación y contarle nuestra historia no va a perjudicarnos. Así que me apresuré a ir a verle. Pero resulta que está fuera del país y que la fecha de su regreso es incierta. Al regresar al hotel, pasó por la oficina de correos a buscar nuestras cartas. Allí nos dijeron que Tavernier tenía cartas para nosotros y que se había ido con ellas al hotel. Regresamos. Habíamos acordado cenar con M. R. de Savi a las seis. Hemos mantenido la cita, pero la tuvimos que aplazar hasta las ocho. Jane se ha quedado esperando a Tavernier. M. R. de S. ha perdido toda esperanza. Regresamos. Tavernier trae una carta aburrida e insolente de Hookham.

 

 

Domingo 7.

 

Desayuno con Tavernier, nos promete dinero. La mañana se consume en una conversación deliciosa, casi nos olvidamos de que somos prisioneros de París. Mary parece insensible a cualquier daño que pueda prepararnos el futuro: siente que nuestro amor es suficiente para resistir las invasiones de la calamidad. Le basta con descansar la cabeza sobre mi pecho, sería capaz de olvidarse del alimento que le proporciona el sustento. Fuimos a ver a Tavernier y recogimos un envío de sesenta peniques. Conversamos sobre nuestros planes y nos acostamos temprano; dormimos en el sofá.

 

 

Lunes 8.

 

Jane y Shelley han ido a ver al vendedor de asnos. Compramos un asno. El día entero se nos ha ido dedicado a los preparativos para la partida. Madame de Hôte no se ha dejado convencer de que es seguro y agradable caminar a solas por las montañas. Partimos hacia Charendon por la noche con el asno, que resultó estar demasiado débil para recorrer todo el trayecto. Llegamos a Charenton muy tarde. Sufrí unos espasmos terribles. Pasamos por Grosbois, Brie y otros pueblos. Llegamos a Guignes sin mayores aventuras, aunque recorridos por sentimientos de orgullo y de placer. Allí nos enteramos de que Napoleón y algunos de sus generales dormían en la misma posada.

 

Miércoles 10.


 

Dejamos Guignes y nos detuvimos en Provins. Los alrededores de Provins son muy hermosos. Una ciudadela en ruinas, con extensas murallas y torres, se alzaba sobre la ciudad. La catedral quedaba a lo lejos, era toda una


estampa. Dormimos en casa de una viejecita cuyas camas eran fabulosamente detestables.

 

 

Jueves 11.

 

De Provins llegamos a Nogent-sur-Seine. La ciudad quedó desolada después de la destrucción a la que la sometieron los cosacos. Las casas son ahora ruinas blancas, y el puente está derrumbado. Continuamos nuestro camino, dejamos detrás la carretera principal y llegamos a St. Aubin, un hermoso pueblecito emplazado entre árboles. Los lugareños nos dijeron que los cosacos no habían dejado una sola vaca en el pueblo. A pesar de las súplicas de la gente, que nos pedía con ansia que pasáramos con ellos la noche, seguimos nuestro camino y no nos detuvimos hasta pasadas tres leguas (que recorrimos por un camino poco frecuentado, que por momentos parecía desaparecer, indistinto de los páramos circundantes), cuando llegamos a Ossey-les-Trois-Maisons. Hasta ese momento no habíamos encontrado un solo campo en Francia sin cultivar. Las extensiones de maíz florecientes parecían de una riqueza interminable, pero ahora el rostro del país parecía cambiar, el calor era escaso, la luz, pobre, y allí donde llegaba la vista, el suelo calcáreo parecía por cultivar. A medida que se acercaba la noche, fue creciendo nuestro temor a no poder distinguir el camino, y Mary expresó sus temores en un tono muy quejumbroso. Por fortuna llegamos a Trois Maisons a las nueve en punto. Jane se adelantó y se acercó a una cabaña para preguntar dónde podíamos alojarnos, pero la única respuesta que recibió fue una risa sin sentido. Por suerte, enseguida descubrimos una especie de albergue en el que de manera algo precaria conseguimos calmar el hambre con pan y leche agria. Nos retiramos a dormir en una habitación miserable. Consigno mi sorpresa al descubrir que los habitantes de este pueblo no parecían tener la costumbre de lavarse ni al acostarse ni tampoco al levantarse.

 

Viernes 12.

 

Jane no pudo dormir en toda la noche por culpa de las ratas, que según me dijo llegaron a pasarle sus frías patas por la cara. Así que la dejamos descansar unas horas en nuestra cama, que sus enemigos roedores no se atrevieron a invadir; quizás habían escuchado las amenazas que le soltó Shelley al hombre que pretendía acostarse con Jane. No abandonamos este


sitio hasta las once, y después recorrimos media legua bajo el ojo de un sol abrasador. Shelley se torció un tobillo justo al salir, y tuvo que viajar el resto del día con dolor. Nos tomamos un descanso en Echemines, un pueblo completamente arrasado por los cosacos, pero perdimos toda la compasión por sus habitantes cuando comprobamos su escasísima amabilidad. Ninguna descripción puede hacer justicia al tugurio donde descansamos. He oído hablar de la suciedad de las tabernas irlandesas, y sé que los escoceses menos escrupulosos temen comer en una de ellas, pero las echamos de menos en aquel entorno. Al salir, sólo encontramos una posada, pero los cosacos la habían quemado hasta la raíz; todos los caminos parecían igual de desolados. En Pavillon nos contaron que los cosacos se habían llevado las vacas, las ovejas y las aves de corral, y que habían derribado las casas para conseguir la leña con la que alimentar sus hogueras. Salimos de Pavillon poco antes de las cinco; allí nos aseguraron que estábamos a tres leguas de Troyes, pero estoy convencida de que no recorrimos menos de cinco. Por el camino conocimos a un hombre cuyo hijo fue asesinado por los cosacos. Vimos las primeras señales de cultivos en muchas leguas, pero las posadas seguían presentando el mismo aspecto desapacible e inhóspito.

 

Sábado 13.

 

Nos levantamos muy disgustados con la suciedad excesiva de nuestra habitación. Shelley ha ido a preguntar por el precio de un traslado a Vesoul; también pretende vender nuestra mula por cuarenta francos, y la silla por dieciséis. Debido a nuestras operaciones de compraventa de asnos y mulas, llevamos ya perdidos quince napoleones. Nos costará muchísimo volver a ahorrar este dinero. Esta tarde, Jane y Shelley han pasado dos horas buscando transporte para Neuchâtel. Regresaron con un pequeño mueble que les ha costado cinco napoleones, y con el compromiso de un muchacho de que nos enviarán un carro tirado con una mula para llegar a Neuchâtel. Después nos acercamos a la misma posada que nos alquila el mulo, con la idea de pasar allí la noche.

 

Domingo 14.

 

A las cuatro de la mañana salimos de Troyes y nos encaminamos con nuestro vehículo nuevo en dirección a Vendeuvre, por la carretera de Vandavres. Los pueblos por los que pasamos también han sido arrasados por la guerra. Descansamos dos horas en Vandavres. Caminamos por un


bosque que pertenece al castillo vecino; dormimos bajo su sombra. El musgo era tan suave, y el murmullo del viento entre las hojas me pareció más dulce que el arpa eólica… Nos olvidamos por unas horas de que estábamos en Francia, incluso de que existía el mundo. En cuanto salimos de Vandavres, el aspecto del país se alteró de repente: colinas abruptas cubiertas por viñedos, entremezclados con árboles, cercando un valle estrecho recorrido por el Aube. Me alegró ver los prados verdes, salpicados de álamos y sauces, y por las agujas de las escasas iglesias aldeanas que los cosacos no habían tenido tiempo de destruir. Incluso los pueblos arruinados por la guerra adquirían, contemplados desde el camino, un aspecto romántico. Por la tarde llegamos a un pueblo situado en la orilla sur del Aube, un hermoso conjunto de casas emplazado donde el valle empieza a ensancharse; allí las colinas son más abruptas y terminan los cultivos. Subimos a la colina más alta para ver mejor el paisaje, y por la tarde llegamos a nuestra posada, mojados por la lluvia que había caído al atardecer. Las nubes cargadas de tempestad casi consiguen que el cielo se pusiera tan oscuro como a medianoche, pero, hacia el oeste, una franja inusualmente brillante y ardiente de firmamento rojo iluminaba la niebla e incrementó la belleza de nuestra modesta excursión. Las luces de la posada se reflejaban en el curso sereno del río, las colinas oscuras ofrecían un trasfondo borroso y sólido al mismo tiempo. Aquí dormimos.

 

 

Lunes 15.

 

Nos levantamos a las cuatro y continuamos con nuestro viaje. Dejamos atrás las colinas, nos gustó poder ver una montaña distante envuelta de nubes; pero reconozco que el paisaje no fue tan hermoso como el del día anterior, aunque espero haber dejado atrás para siempre la monotonía interminable de las llanuras de maíz. Cenamos en Chaumont-en-Bassigny. Di con Shelley un paseo por los alrededores de la ciudad. Después nos dirigimos a Langres y nos vimos obligados a cenar en nuestra posada con el resto de clientes. No recuerdo haber estado nunca en un entorno más repugnante.

 

Martes, 16 de agosto.


 

A las cinco de la mañana continuamos con nuestro viaje. La comarca que atravesamos está cubierta de bosques. A lo lejos pudimos descansar la


mirada en las montañas. Cenamos en Champlitte-et-le-Préloy. Conversamos con Margarite Pascal; me habría encantado que nos acompañase, pero su padre se opuso. Nunca he conocido a una muchacha tan encantadora. Shelley y yo dimos un paseo hasta el río. Dormimos en Gray.

 

Miércoles, 17 de agosto.

 

Nos levantamos a las cuatro y nos dirigimos hacia Besançon. Es el primer día de viaje que transcurre bajo la lluvia. Antes del desayuno ya estamos calados. En el mismo apeadero donde entramos a secarnos compramos un paraguas, de manera que pasamos el resto del día más o menos secos. Llegamos a Besançon hacia las seis. Justo cuando entramos dentro de la fortificación, nos salió al encuentro una hermosa estampa: un castillo construido en lo más alto de una roca, rodeado de colinas cubiertas de pino, dominando una hermosa llanura por la que corría un río sereno. Shelley insiste en que pasemos la noche en el pueblo de Maurt. Antes hicimos una excursión a las rocas, y Shelley y yo le leímos a Jane unos relatos. Regresamos al anochecer, pero no tenían todavía preparadas las camas, así que pasamos un tiempo bien incómodo junto al fuego de la cocina.

 

Jueves 18.

 

Salimos de Maurt a las cuatro. Después de unas cuantas horas de viaje tedioso por un paisaje que no dejaba de tener su encanto, llegamos a Noé. Desde la cima de una de las colinas pudimos contemplar el valle en toda su extensión. Estaba cubierto por una niebla blanda que las colinas más altas perforaban, como esas islas que asoman rompiendo la superficie del mar. El sol acababa de salir, y una luz roja flotaba sobre las ondulaciones de la niebla fluctuante. El viento la empujaba contra las rocas como si fuesen inmensas olas espumosas. Al acercarnos a Noé, dimos un paseo por el bosque de pinos para entretenernos a la espera de que llegase el postillón. El paisaje parecía encantado, y todos los sonidos y todo lo que veíamos parecía satisfecho de contribuir al hechizo. Nos sentamos en una roca cubierta de musgo, en uno de los recovecos más profundos del bosque, que parecía aislado del mundo por un velo impenetrable. A nuestro regreso descubrimos que el postillón se había marchado sin nosotros. En la posada dejó el mensaje de que esperaba encontrarnos por el camino. Por lo visto, tenía que acudir sin falta a Pontarlier, que está a seis leguas de distancia, pero al volver nos recogería. Le enviamos un mozo a caballo, que volvió


con el mensaje de que nos esperaba en la siguiente aldea. Caminamos dos leguas con la esperanza de encontrarle allí. La tarde era hermosísima, la luna dominaba sobre las montañas repletas de pinos y los profundos y sombríos valles que las rodeaban. En Lavrine, como era de esperar, nos enteramos de que nuestro postillón había continuado con su viaje sin tenernos en cuenta. Tuvimos que contratar a otro, porque a Shelley le volvieron los dolores y ya no podía caminar. La luna se volvió amarilla, flotaba muy bajo, al filo del horizonte. Todo se volvió oscuro antes de llegar a Pontarlier. El de postillón es un oficio de mentirosos. Por primera vez desde que estamos en Francia dormimos en una cama limpia.

 

Viernes, 19 de agosto.

 

Seguimos nuestro viaje hacia Neuchâtel. Atravesamos paisajes encantadores. Montañas de pinos y rocas áridas, y extensiones de verde que superan a la imaginación más entusiasta. Aquí vimos los primeros arroyos de montaña. Cruzamos la frontera que separa Francia de Suiza, y después de descender durante casi una legua entre rocas altas y cubiertas de pinos, y pastos donde la hierba era fina, corta y suave, de un verde brillantísimo, llegamos a St. Sulpice. La mula está casi coja. Nuestro postillón se anticipó esta vez a nuestra marcha, pero en ningún momento nos explicó cuáles eran sus intenciones. Poco después salió con el anuncio de que había decidido abandonarnos, que la idea no tenía vuelta atrás y que no se dejaría convencer. En cuanto dejamos atrás St. Sulpice, el paisaje se eleva y se vuelve más hermoso. Cuando quedaban apenas dos leguas para llegar a Neuchâtel, empezamos a ver los Alpes. Pico tras pico se iba extendiendo su escarpada silueta, con todas las cumbres nevadas. Algunos están a cien millas de distancia y el ojo los confunde con nubes de un blanco deslumbrante, de esas que sólo se aprecian en los días más resplandecientes del verano. La inmensidad de los Alpes consigue que la imaginación se tambalee, y sobrepasa toda concepción; el entendimiento debe hacer un gran esfuerzo para convencerse de que no se trata de un paisaje de fantasía. Al llegar a Neuchâtel, nos dormimos enseguida.

 

Sábado, 20 de agosto.


 

Fuimos a consultar nuestra situación. No encontramos ninguna carta para nosotros, y el correo no volverá hasta dentro de una semana. Shelley se presentó en el banco; allí le prometieron darle una respuesta en pocas horas.


Transcurridas unas cuantas horas, envié a Shelley y, para nuestro asombro y consuelo, regresó tambaleándose bajo el peso de una gran bolsa de lona llena de plata. Shelley ha tratado de mantener la seriedad, pero sabía perfectamente que esos francos son como una nube blanca en el cielo del mediodía: tan hermosa como pasajera. Shelley ha ido después a reservarnos un lugar en la diligencia, pero todos estaban ya reservados. Por suerte, en la estación se ha encontrado con un suizo que habla inglés. El hombre ha resultado estar imbuido por el espíritu de la verdadera cortesía, de manera que se esfuerza por ser servicial y ayudarnos; da la impresión de que considera la pompa y la ceremonia como asuntos de poco valor. Gracias a él, llegamos a un trato con el postillón para que nos lleve hasta Lucerna por un precio que podíamos pagar. Acordamos salir a las cuatro de la madrugada del día siguiente. Nuestro amigo suizo nos asegura que se reunirá con nosotros antes de salir.

 

 

Domingo 21.

 

Salimos de Neuchâtel a las seis. Nuestro amigo suizo nos acompaña un tramo fuera de la ciudad. Se ha levantado la niebla, de manera que no podemos ver los Alpes, sin embargo, el camino sigue siendo interesante, sobre todo hacia el final del día. Shelley y Jane hablan sobre personajes literarios. Antes de las siete llegamos a Soleure. Fui con Shelley a visitar la elogiadísima catedral; la encontramos demasiado moderna e insípida.

 

 

Lunes 22.

 

Dejamos atrás Soleure a las cinco y media. Hace mucho frío, pero por suerte hemos vuelto a ver las magníficas montañas de Valais. Todos estamos cansados de los charcos y de los carros. Shelley está de un humor socarrón e incisivo. Cenamos en Zofingen, pero sólo pudimos descansar dos horas. En nuestro paseo después de la cena vimos las montañas de San Gotardo. Pero estábamos tan cansados que renunciamos a la idea de pasear por sus laderas; al llegar a Sursee, fuimos directos a la habitación.

 

 

Martes 23.


 

Abandonamos Sursee a las cuatro en punto y llegamos a Lucerna alrededor de las diez. Al terminar el desayuno, alquilamos un barco para recorrer el


lago. Salimos a comprar lo imprescindible, y después embarcamos. El día era divino. Cuanto más nos adentrábamos en el lago, más magníficas nos parecían sus orillas: bosques de rocas y pinos que cubren los pies de las inmensas montañas. Leemos fragmentos del libro del abad Barruels sobre la historia del jacobinismo. Después atracamos en Bessen, asistimos a una escena cómica y fuimos a dormir a Brunen. Pero antes de acostarnos miramos un buen rato por la ventana.

 

 

Miércoles 24.

 

Volvemos a estudiar nuestra situación. Tenemos poco dinero, y será dificil conseguir una casa en buen estado. El piso que hemos conseguido está terriblemente sucio; es demasiado para Mary, no resistirá la aprensión de vivir aquí todo el invierno. Podríamos seguir avanzando, pero un viento terrible sopla desde Italia y complica mucho el viaje… Al final dejamos el piso y encontramos alojamiento en una casa no del todo miserable a la que tienen la poca vergüenza de llamar castillo; la hemos alquilado por un mes. Tiene dos habitaciones. Por la tarde salimos a caminar hasta la orilla del lago y leemos la descripción que Tácito hace del asedio de Jerusalén. Al llegar a casa, miramos un rato por la ventana y después nos acostamos.

 

Jueves 25.

 

Leemos a Barruel. 6 Shelley y Jane se encargan de las compras. Después desempaquetamos nuestras cosas y tomamos posesión de la casa, de nuestra casa, que hemos alquilado para seis meses. Recibimos la visita del médico y del anciano abad, que debe ser el propietario, y al que no tratamos con la debida cortesía. Organizamos nuestras habitaciones y después nos ponemos a escribir en este diario, al que por divertirnos ya llamamos La novela de los Shelley.

 

Viernes 26.

 

Shelley estuvo escribiendo hasta las tres en punto. Nos propusimos subir el San Gotardo. Estoy decidida a regresar a Inglaterra. Esperaré a que la lavandera traiga nuestra ropa blanca y partiremos. Pero quien llega primero es el pequeño comerciante francés: nos trae ciruelas, tarrinas y sal. Nos vemos obligados a aplazar la partida hasta mañana, porque la ropa de cama no está seca. Pero contratamos un barco para que nos lleve a Lucerna a las


seis en punto.

 

 

Sábado 27.

 

Al final salimos a las siete. Llueve con mucha fuerza durante todo el viaje; nos asombra el buen trato que recibimos de la tripulación. Llegamos a Lucerna a la hora del almuerzo. Después escribimos y leemos a Shakespeare. La desesperación de Jane, en su intento de empaquetar nuestras cosas ella sola, nos obliga a interrumpir la lectura. Contratamos un barco para que nos lleve a Basilea.

 

Domingo 28.

 

Zarpamos a las seis en punto. El río resulta ser extraordinariamente hermoso, las olas rompen sobre las rocas, y los descensos son rápidos y abruptos. Llovió durante todo el día. Hicimos una parada en Mellingen para cenar; allí tuvimos la oportunidad de inspeccionar con tranquilidad los rostros horribles y viscosos de nuestros compañeros de viaje. Shelley y yo experimentamos el mismo deseo: aniquilar por completo a esos animales inmundos. Era más sencillo formar del barro hombres completamente nuevos y bondadosos que intentar purificar a monstruos como éstos. Pasamos todo el viaje bajo una lluvia insistente, pero lo verdaderamente desagradable fue tener que compartir el barco con estos seres, repugnantes como enredaderas podridas. Shelley llegó a Döttingen, el sitio donde debíamos pasar la noche, completamente agotado.

 

 

Lunes 29.

 

Apenas eran las seis cuando salimos de Döttingen. Paramos en Laufenburg, y allí contratamos un barco para que nos llevase a Mumpf. La embarcación es pequeña y frágil, el capitán debe ir con mucho cuidado para que no se incline demasiado. En Mumpf fue imposible conseguir un barco que nos acercase a Rheinfelden. Como nos aseguraron que estaba apenas a una milla de la ciudad, nos decidimos a ir a pie. Un suizo muy amable se presentó voluntario para cargar con nuestro equipaje hasta Rheinfelden. Allí también fuimos incapaces de conseguir un bote. Caminamos un cuarto de legua más, y cuando ya estábamos resignados a pasar la noche en un pueblo desagradable, amenazados por las inclemencias del tiempo, conseguimos plaza en el barco que nos llevó hasta Basilea, aunque pasamos mucho frío y


las condiciones eran muy incómodas. Shelley consiguió esa noche un buen trato para el alojamiento con un librero completamente idiota. Logramos encender la estufa y conseguimos algo de cenar. Las camas son incomodísimas. Me he pasado la noche gimiendo de fiebre.

 

Martes 30.

 

Aniversario de Mary. No estamos en condiciones de celebrar el día con toda la solemnidad que merece. Espero que el año próximo vivamos en unas condiciones más cómodas, ya que no se me ocurre cómo íbamos a ser más felices. Salimos de Basilea a la hora y en los términos que acordamos al contratar el barco. El viento nos azotaba con violencia, así que nos detuvimos en Shaufhauc y dormimos allí. El Rin bajaba hoy a mucha velocidad, casi violento. Antes de abandonar Shaufhauc, el caudal del río se estrechó de repente y el bote se lanzó con una rapidez inconcebible alrededor de la base de una colina rocosa y cubierta de pinos. Una torre en ruinas, con sus ventanas desoladas, se alzaba en la cima de la otra colina que sobresalía por encima del río. Allí donde alcanzaba la vista, la puesta de sol iluminaba las montañas y las nubes, y proyectaba sus reflejos matizados sobre las aguas agitadas del río. El brillo y los contrastes entre las sombras y los colores que trazaban las corrientes entre masas de aguas estancadas eran algo que no había visto nunca, y hermosísimo.

 

Miércoles 31.

 

Proseguimos nuestro viaje en la canoa ligera que acompañaba nuestro barco. Shelley se ha puesto a leer en voz alta las cartas que ha recibido de Noruega. Llegamos a Estrasburgo, compramos provisiones y nos preparamos para continuar el viaje. Cae la noche. Shelley nos lee en voz alta las páginas de un relato. Dormimos en un pueblo muy pequeño, a pocos kilómetros de Estrasburgo.

 

Jueves, 1 de septiembre.

 

Seguimos con nuestra travesía. A unas seis leguas del sitio donde dormimos, hemos podido cambiar nuestra canoa por un bote más grande. Hemos pasado toda la noche dentro de la embarcación, alcanzando y sobrepasando Schwitz, Schneider y Hoff.

 

Viernes 2.


 

Hemos  llegado  a  Mannheim  a  primera  hora  de  la  mañana,  y  hemos


aprovechado para desayunar. La ciudad es limpia y hermosa. Después hemos continuado navegando hasta el atardecer. El marinero descansa cuando el viento sopla a nuestro favor. En un descanso en tierra he dado un paseo con Shelley de casi tres horas; necesitábamos tanto estar solos. A las once hemos reemprendido la marcha; dormimos en el bote.

 

Sábado 3.

 

Por la mañana, al despertar, nos damos cuenta de que hemos pasado la noche entera atados a la vegetación flotante de una isla del Rin. La única explicación que se nos ocurre es que el viento cambió de dirección inmediatamente después de nuestra partida y se puso a soplar en contra de nuestro avance. Nos costó mucho trabajo llegar a la rica ciudad de Maguncia; lo logramos a las doce. Consigo pasar un rato a solas con Shelley. Dormimos en Maguncia.

 

Domingo, 4 de septiembre.

 

A las cinco en punto de la mañana abandonamos Maguncia y nos servimos de un pequeño bote para llegar a la diligencia. Las orillas del Rin son muy elegantes, rocosas, envueltas de montañas coronadas por castillos solitarios. Pero, ay, a sus pies apenas prosperan las ciudades, aunque las colinas compensan un poco, ya que no están repletas de cabañas, y los bosques son tan espesos que dejan mucho margen para que trabaje la imaginación. Aquí apetece llevar una vida solitaria. Leemos a Shakespeare. Esta vez, nuestros compañeros de viaje son tolerables. Asustamos a un pasajero que entendía el inglés cuando nos escuchó hablar de que nos gustaría ver rodar las cabezas cortadas de los reyes. En esta ocasión llegamos tarde a la posada, donde nos esperaban para pasar la noche.

 

 

Lunes 5.

 

Viajamos todo el día por agua; la pereza de los marineros parecía una provocación. Llegamos a Bonn a las seis en punto, y de inmediato nos buscamos un sitio donde descansar. La puesta de sol fue exquisita y hermosa, las colinas que nos rodean son bajas, pero la oscuridad las aumenta de tamaño y se ven como montañas imponentes. Después de un viaje sencillo y cómodo de una milla, llegamos a Colonia. Reservamos nuestros asientos en la diligencia y nos retiramos a descansar.


Martes 6.

 

La diligencia es el invento más detestable del ser humano, y la nuestra va más lenta que el paso del caracol. Cenamos durante el trayecto y asistimos a una procesión de ancianas, todo un espectáculo. Viajamos de noche, tardamos siete horas en recorrer tres miserables millas. El país no tiene el menor interés.

 

Holanda, miércoles 7.

 

Hemos llegado a Cleve a las doce en punto, el resto del camino lo haremos en caballos de posta. El país es plano, pero la vegetación es hermosa. Se nos ha desaconsejado viajar de noche, por miedo a los ladrones. Dormimos en Tiel.

 

Jueves 8.

 

Salimos a las seis en punto de la mañana. Holanda es un país muy llano, la tierra progresa sin interrupciones, y los canales de agua son tan estrechos que cuando se encuentran dos barcas cara a cara necesitan media hora de maniobras para poder pasar. A nosotros nos han engañado y no hemos podido llegar a Rotterdam hasta pasadas las ocho. Mientras buscábamos alojamiento, hemos hablado de muchas cosas: pasadas, presentes y futuras.

 

Viernes 9.

 

Nos hemos puesto de acuerdo con un capitán para que nos lleve a Inglaterra. Hemos zarpado a las tres en punto, y al anochecer hemos llegado a Maasluis, donde un mal viento nos ha obligado a quedarnos.

 

 

Sábado 10.

 

Pasamos el día en Maasluis. Mary ha decidido empezar su relato, una noticia que me ha puesto muy contento. Yo he escrito un buen tramo de mi poema. Dormimos en Maasluis por culpa del viento en contra.

 

 

Domingo 11.

 

El viento se ha vuelto favorable. Estamos convencidos de que podremos navegar. Mary ha estado escribiendo sobre sus malos sentimientos. Zarpamos, aunque el mar está agitadísimo y amenaza tormenta. Mary está muy enferma, yo me encuentro mucho mejor. Por el este ha empezado a soplar un vendaval que casi nos mata justo cuando ya podemos soñar con el


final de todos estos viajes tan alegres y tan desdichados.

 

Lunes 12.

 

El tiempo está tranquilo. Hemos permanecido en cubierta todo el día. Los pasajeros que nos acompañan son gente bastante decente. Mary parece que se recupera de su enfermedad. He discutido con un individuo sobre el comercio de esclavos.

 

Inglaterra, martes 13.

 

Hemos llegado a Gravesend, y, aunque nos ha costado bastante, hemos encontrado un capitán que confiase en nosotros, en que le pagaríamos al llegar. Hemos ido en barco hasta Londres. Hemos llegado en un carro a casa de los Hookman. No hemos encontrado a Thomas en casa, y Edward Hookman nos ha tratado muy mal. Shelley ha ido a visitar a Harriet, mientras yo me he quedado muy triste conversando con Jane, durante horas, en el carro. Ahora considero que nuestra deuda está saldada. Hemos ido al hotel Strafford a cenar, pasaremos allí la noche.

 

Notas

 

. De soltera, Jane Johnson (1798-1884), buena amiga de Mary. Más adelante la encontraremos casada con Edward Ellerker Williams en segundas nupcias. Jane estaba viviendo con los Shelley cuando Percy y su marido perdieron la vida en la misma barca. (Todas las notas son del editor, salvo mención expresa).

 

. Tía de Mary Shelley, hermana de su padre: William Godwin.

 

. Primera esposa de Percy Shelley y madre de sus primeros hijos. Se casó con él, pese a la oposición familiar. Cuando Percy la abandonó por Mary, se suicidó arrojándose al lago de Hyde Park en 1795.

 

. Thomas Hookham, primer editor de Shelley. Tras la huida de Percy, se puso del lado de Harriet y se convirtió en un feroz enemigo secreto.

 

. Edward Ellerker Williams, oficial de la Armada bengalí, amigo y compañero de Shelley, esposo de Jane, y que murió en la misma embarcación que Percy Shelley.

 

. Augustin Barruel, sacerdote jesuita, hábil polemista que acusó a la masonería y a los illuminati de estar detrás de la Revolución francesa.

 

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2. RETORNO A INGLATERRA

 

Los Shelley regresan a Inglaterra con un regalo inesperado: Mary está embarazada. La primera sorpresa es que el padre de Mary no está dispuesto a reconocer al crío ni a ayudarles económicamente. Son tiempos movidos, sin un domicilio fijo. Las deudas amenazan a los Shelley, y también a la familia de Mary. Shelley tontea con Claire, y Mary con Hogg. Pasan los días leyendo y paseando; el embarazo avanza. Harriet da a luz a su segundo hijo con Shelley y se prepara para librar una batalla encarnizada contra el poeta.

 

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Miércoles 14.

 

Conversamos y leemos el periódico. Shelley ha ido de nuevo a ver a Harriet, quien sin duda es una criatura muy extraña. Al regresar, Shelley ha escrito varias cartas, ha ido a visitar a Hookman y nos ha leído unos pasajes del poema de Wordsworth La excursión. Enseguida he notado que estaba muy decepcionado. Ya no considera a Wordsworth un poeta, sino un esclavo de la escritura. Después ha salido a contratar el alojamiento, al que nos hemos trasladado al anochecer.

 

 

Jueves 15.

 

Shelley se ha reconciliado con Hookham, ha venido a visitarnos y ha escuchado un pasaje del poema que Percy está escribiendo. Al quedarnos solos, me ha leído El viejo marinero de Coleridge. Yo me he pasado el día entero leyendo La excursión.

 

Viernes 16.

 

He seguido leyendo La excursión. Hookham ha venido a almorzar. La señora Godwin y Fanny 7 se han pagado un coche para venir a vernos, pero se han negado a hablar con Shelley cuando ha salido a saludarlas. Me he acostado pronto; me ha despertado un ruido, era Charles. 8 Hemos conversado sobre muchas cosas: la conducta de William, los planes para ingresar a Jane en un convento y nuestros problemas monetarios. Cuando se ha ido, eran las tres de la mañana.

 

Sábado 17.

 

Mary se ha pasado la mañana leyendo, mientras yo he estado fuera todo el día, tratando de arreglar nuestros asuntos. Sólo he podido leer un rato por la noche.

 

Domingo 18.

 

He recibido mi primera lección de griego. Shelley ha salido a cenar con Peacock, y han hecho el camino de vuelta juntos, andando. Me ha contado cosas muy curiosas sobre Harriet. Conversamos, estudiamos un poco de griego y nos acostamos.


Lunes 19.

 

Shelley ha ido a casa de Ballachy. Allí le han confirmado que la venta será el miércoles. He leído griego, y, por la noche, unas páginas de Rasselas.

 

Miércoles 21.

 

He leído griego. Hookham ha venido a buscar a Shelley y se han ido juntos a la subasta; por desgracia, no ha comparecido ningún postor. Hookham ha cenado con nosotros, y Percy nos ha querido leer un canto de Thaliba. No lo ha conseguido. Demasiado cansado, le ha entrado sueño; se ha acostado temprano.

 

Jueves 22.

 

Hemos salido a comprar papel y tinta. Shelley se ha ejercitado en la escritura del alfabeto griego. Por la noche hemos discutido por culpa de Harriet. Resulta que hemos recibido una carta de ella, abrasiva, que venía de Bexhill. Shelley se ha ido directo a la ciudad, pero Harriet ya no estaba allí. Después hemos recibido otra carta de ella en un estilo distinto, más conciliador. Shelley se ha puesto a dibujar, y yo a leer El monje; hemos pasado así la noche entera.

 

Viernes 23.

 

Visitamos a Hookman, y después hemos ido a un librero y nos hemos gastado una guinea en libros. He recibido una carta de mi padre. Hookham ha cenado con nosotros, y Shelley nos ha leído Thaliba durante buena parte de la noche.

 

 

Domingo 25.

 

Antes del desayuno he leído dos odas de Anacreonte. Después he dibujado mientras Shelley leía a Diógenes Laercio. Hemos paseado con Shelley por el campo. Peacock 9 ha venido de visita; iba a casa de Warry, y se ha llevado a Shelley con él.

 

 

Martes 27.

 

He terminado de leer Justicia política, después he preparado las maletas y nos hemos dirigido a nuestro alojamento en Somerstown.


 

 

Miércoles 28.


Peacock ha venido de visita. Jane ha ido a ver a Hookham. Percy y yo acompañamos a Peacock a Ballanchy. Vamos los cuatro al banco. De regreso, leo algo de griego. Peacock pasa la tarde entera con nosotros.

 

Jueves 29.

 

Shelley ha ido a la oficina de seguros de Westminster. Después hemos dado una caminata juntos hasta las praderas que rodean Kentish Town.

 

Viernes 30.

 

Después del desayuno hemos dado una caminata hasta Hampstead Heath. Allí discutimos el caso de dos hermanas que han renunciado a su herencia. Al regresar, nos esperaba una carta de la señora Boinville. Peacock ha venido de visita. Hemos hablado con él sobre el caso de las herederas y sobre los arreglos matrimoniales.

 

Sábado, 1 de octubre.

 

Peacock ha venido a vernos después del desayuno; hemos salido a caminar en dirección a Hackney. Peacock ha cenado con nosotros; nos hemos pasado la noche entera tramando planes de huida.

 

 

Domingo 2.

 

Después del desayuno damos un paseo con Peacock por la ladera de

 

Primrose Hill. Vemos cómo los pequeños botes se desplazan sobre el agua.

 

Regresamos antes de lo que teníamos previsto; tarde de lectura.

 

Lunes 3.

 

Releo Justicia política. Después damos un paseo con Peacock por el lago Nangis; nos enseña los barcos que se usan para apagar incendios: son más pequeños de lo que imaginaba. Después de la cena conversamos y encendemos fuegos artificiales. Fantaseamos con un viaje por Irlanda.

 

Martes 4.

 

Shelley se ha pasado todo el día fuera, tratando de resolver con Ballanchy y con Ellis varios de nuestros asuntos administrativos. He leído y he estudiado griego, también me he ocupado de la correspondencia. Shelley, al regresar, ha escrito cartas para Hogg y para la señora Boinville.

 

Miércoles 5.


 

Peacock ha venido a desayunar. Hemos paseado hasta el Nangis, y esta vez


hemos navegado con los botes contra incendios. Por la tarde, Shelley nos ha leído en voz alta El viejo marinero de Coleridge. Recibimos carta de Harriet, en un tono algo más conciliador.

 

Jueves 6.

 

Peacock ha desayunado con nosotros. Shelley ha ido a ver a Ballachys; ha vuelto diciendo que no se encontraba demasiado bien. Me ha leído un canto de La reina Mab. Hookman ha llegado con los libros que encargamos. He empezado el de Godwin: es de una estupidez desoladora.

 

Viernes 7.

 

Por la mañana, lectura y visita de Peacock. Por algún motivo que me da pereza averiguar, Jane se ha negado a salir a pasear con nosotros. Hemos atravesado la llanura en dirección a Hampstead. Debajo de un roble enorme hemos visto un becerro muerto… Una vaca muy flaca observaba el cadáver del animal desde un estado casi parecido al dolor humano… He pensado que se podía integrar la escena y ese punto de vista en un poema… La puesta de sol es hermosa… Regresamos a las nueve… Justo para cenar. Cuando Peacock se ha ido, nos hemos sentado a hablar con Jane sobre la opresión y la conveniencia de una reforma, de despellejar a los militares… Jane nos ha contado su ideal de una sociedad secreta de mujeres. Han desfilado por la conversación: Harriet, la señora Hitchener, Hogg… 10 A la una en punto me he dado cuenta de lo tarde que se nos había hecho… Poco después hemos conversado sobre lo horrible que sería escuchar el silencio de la noche recorriendo los tímpanos como hormigas. En media hora hemos vuelto sobre el mismo asunto con otras palabras. A las dos nos hemos querido ir a dormir, pero estábamos casi asfixiados de tanto hablar. Shelley le dice a Jane «Buenas noches», con la mano apoyada sobre la mesa. Jane es consciente de que en su rostro dibuja una expresión que no puede reprimir. Jane vacila. Shelley repite: «Buenas noches». Jane sigue dudando. Shelley le dice: «¿Has oído hablar de la tragedia de Orra? Sí, pues así de horrible te ves. ¡Cierra ya esos ojos! Descansa. Buenas noches». Jane ha salido corriendo hacia su habitación. Shelley se sentía incapaz de dormir, me besó y se dispuso a sentarse a mi lado y leer hasta que se hiciese de día. Entonces escuchamos unos pasos nerviosos que descendían por las escaleras… Era Jane de nuevo. Su rostro estaba horriblemente distorsionado por la consternación, y al mismo tiempo su piel resplandecía


con un brillo que no parecía humano, mientras el color de los labios se apagaba como el de los muertos. La piel se le arrugó en cientos de arrugas que unas horas antes no existían. Era como si su rostro no fuese lo bastante fuerte para soportar el avance del terror. Sus orejas estaban tiesas como las de los animales. Los ojos estaban tan abiertos que parecían deseosos de salirse de las órbitas, casi dolía imaginar el esfuerzo que hacían los músculos de los párpados para retenerlos, y el conjunto de su cara todavía me horrorizó más cuando pensé que alguien había insertado unos ojos vivos en una cabeza sin vida. Este espantoso espectáculo duró unos instantes que me parecieron eternos… Lo que siguió fue también terrible y confuso, en cierta manera violento, pero por lo menos recuperó la dimensión humana.

 

Jane me preguntó si le había tocado su almohada. Su tono era de alarma, como si estuviese horrorizada. Shelley respondió por los dos que nadie le había tocado su almohada. Entró con ella en la habitación, y para calmarla le recordó que yo estaba embarazada. Esto pareció serenarla, aunque entonces se puso a decir que un poder más allá de lo humano había desplazado su almohada cuando ella no miraba, pero, si omitimos estas palabras, lo cierto es que pareció recuperar el dominio de sus sentimientos y, poco a poco, la tranquilidad. Sus gestos suaves me convencieron de que no nos estaba engañando. Continuamos sentados junto al fuego, alternando silencios incómodos con una conversación espantosa sobre la naturaleza de tantos misteriosos comportamientos que se apoderan de ella. Shelley le leyó algunos de sus poemas, y aunque conseguimos desviar por momentos la conversación de las fantasmagorías de Jane, una y otra vez regresábamos a ellas… Nuestras velas iluminaban poco… Temíamos que se consumieran antes de que la luz del día inundase el cielo y el efecto de la oscuridad total en el ánimo de Jane volviese a descomponerla… Justo cuando el amanecer rompía la tiniebla, Jane logró describir con una mente serena la sensación que se había apoderado de ella… Me habló de una tristeza profunda, casi consciente, capaz de apoderarse de sus pensamientos. Le acaricié el rostro y le hablé con toda la dulzura de la que fui capaz… Tarea inútil…: su horror y su sufrimiento volvieron a incrementarse hasta alcanzar unas convulsiones horribles. Jane gritó antes de arrojarse al suelo y empezar a retorcerse. Shelley vino corriendo… La abrazamos, y sus convulsiones fueron espaciándose y reduciendo su intensidad; al final se durmió gradualmente. Al amanecer examinamos bajo la luz del día su habitación y encontramos la


almohada en la silla.

 

Sábado 8.

 

Relectura de Justicia política. Salimos a dar un paseo. Al regresar, Shelley conversa con Jane y yo leo Los males de la mujer. Dedicamos la tarde a leer y a conversar.

 

 

Lunes 10.

 

He releído Justicia política. Después, con Percy y Mary Jane Clairmont, hemos ido a Finnis y a Oxford Street. Hemos visitado con Shelley el cementerio. Nos confabulamos para no admitir más información sobre nuestros intereses que no esté bien contrastada. A nuestro regreso nos encontramos con una carta de Harriet. Asegura que ha contraído una enfermedad que ella considera peligrosa. Nos visita Peacock. Shelley ha salido a ver al doctor Sims, pero no le encuentra en casa. He leído. Peacock se ha quedado a cenar. Shelley le ha escrito a Harriet, aunque yo era partidaria de ir a visitarla. Después ha salido a buscar al doctor Sims; ha vuelto con un informe sobre el estado de salud de Harriet que no parece muy alentador.

 

Martes 11.

 

Shelley ha ido a Westminster, a la oficina de seguros. Yo he estudiado griego. A la hora de cenar, Peacock ha venido con una mala noticia: nos han denegado el dinero. Ahora parece claro que la culpa ha sido del concienzudo y maniático Lawrence. Nos ha llegado una carta más alegre de Harriet y una fría, casi sarcástica, de la señora Boinville.

 

Miércoles 12.

 

Carta de Marshall. Jane viene a visitarnos, pero ya hemos salido hacia Cheepside. De regreso, un acontecimiento… 11 Deliberamos hasta la siete, después quemamos la carta. Nos hemos acostado muy temprano.

 

Jueves 13.

 

Hemos comunicado la quema de la carta. Muchas discusiones, también controversia sobre su posible contenido. Nos hemos asustado mutuamente, por un momento hemos decidido salir de Londres. Por suerte, nos han llegado cinco libras, cortesía de Hookham, que nos han animado a quedarnos. Enseguida nos hemos puesto a analizar la situación: estamos de


acuerdo con la naturaleza repugnante de la escena, hay algo depravado en el engaño del que hemos sido objeto; tratar con personajes de tan escasa calidad humana, que ni son como nosotros, ni jamás podrían serlo, es una visión repulsiva. Pero eso no quita que somos una pareja algo ineficaz, incapaces de idear, y ya no digamos de mantener, sistemas para defendernos de las trampas. Shelley estaba realmente disgustado con su comportamiento. Hemos ido a Kean, y ha regresado la angustia. El regreso era tan depresivo que decidimos quedarnos a pasar la noche en un hotel de Stratford.

 

 

Viernes 14.

 

Cada día es más evidente y dolorosa la insensibilidad de Jane, su incapacidad para mantener vivo un grado mínimo de amistad… Los sentimientos ocasionados por este descubrimiento me impiden aflojar mi severidad.

 

Visita de Peacock. Por fin he logrado interesarme algo en este hombre. Aunque dudo mucho que su manera de ser logre entusiasmarme o alterar algún día mi sosiego. Ha oído que Eliza y Helle se irán a Poynton tres semanas. Después se ha puesto a conversar con Jane; casi he podido sentir cómo se inquietaba su mente, cómo su personalidad perdía la forma. Creo que tendremos una oportunidad con ella si admite que la tratemos con suavidad, si le deja un espacio al sentimiento. En su manera de hablar con Peacock advierto que no es del todo insensible a nuestra generosidad. Su conducta me ayuda otra vez a pensar en los principios de la verdadera filosofía, y que si no los aplicamos de mala manera podemos transformarnos para bien. Para eso es imprescindible despreciar muchos rasgos de la propia personalidad que por desgracia suelen ser habituales: someter la ira, sacrificar el orgullo y el egoísmo, no ceder a los placeres triviales. Lo mejor sería que Jane y el resto de nosotros nos concentrásemos en un gran afecto, nos entregásemos a él con una esperanza: que el resto de la humanidad pueda disfrutar del beneficio de la benevolencia, la justicia y la sensibilidad que prodigamos cuando queremos y se nos quiere. Pero esa aproximación al verdadero afecto difícilmente puede ser serena. Las horas de paz son horas donde con frecuencia no ocurre nada, y en ese estado, ¿cómo vamos a beneficiar a un individuo o a una comunidad? Nada puede


sacudir a un espíritu verdaderamente grande si no es lo bastante poderoso para destruirlo. Todo lo anterior son reflexiones accidentales que surgen de manera indirecta de las circunstancias en las que me encuentro, de manera que un cambio de circunstancias o una reflexión más atenta podrían alterarlas. Por la tarde he leído a Cicerón, Sobre la senectud; me entretienen sus paradojas. Cae la noche. Jane camina en sueños y gime de desesperación, es horrible. La hemos estado escuchando durante casi dos horas; después, Mary ha logrado calmarla. Al ver que me desvelaba, he intentado terminar el libro de Cicerón. A la mañana siguiente descubrimos que Jane se había paseado por el alerón de la chimenea de su dormitorio, agarrada a su almohada, y que desde allí trató de meterse en la cama de un salto, pero cayó de espaldas, y allí la hemos encontrado.

 

Sábado 15.

 

Después de desayunar he leído más sobre política. Shelley se ha ido con Peacock a un recital: ha resultado ser una decepción; luego, por lo visto, han ido a Hommerton. Jane le ha escrito a Marshall. He recibido una carta de mi padre; estaba locuaz. Percy y Peacock han regresado a las seis. Le he dicho a Percy que Jane me ha hecho mucha compañía, y él le ha pedido a Jane que no se marche todavía. Jane le ha escrito una carta a mi padre donde no dice una palabra sobre su partida; una carta que, como de costumbre, no contribuye a solucionar nada.

 

Domingo 16.

 

Visita de Peacock. Nos expone varios planes de acción para nuestra fuga; poco después ha llegado Hookham. Hookham y Peacock se han ido juntos. Percy, Mary Jane Clairmont y yo hemos ido de paseo hasta el pueblo de Kent. Después hemos cenado.

 

 

Lunes 17.

 

Peacock ha aparecido por la mañana y se ha quedado aquí todo el día. Shelley ha intentado ver a Ballachy, pero ha sido imposible. Hookham llega cuando me había puesto a leer; conversamos durante la noche entera. La carta de Hogg es propia de una persona fría y antipática. ¡Qué pocos espíritus amistosos vagan por el mundo!


Martes 18.

 

Percy se ha ido con Peacock a visitar a varios abogados, pero, como de costumbre, no tiene el menor éxito. Jane y yo vamos a Pancras. A nuestro regreso, nos informan de que Shelley, al no encontrarnos en casa, ha salido a buscarnos. Cuando vuelve, pasamos unas horas conversando a solas, preocupados. Por la tarde damos otro paseo hasta Pancras. Me acuesto pronto. Shelley y Jane se quedan conversando; no sé si es más rara su repentina cordialidad o que no parezcan asustados.

 

Miércoles 19.

 

Shelley vuelve a la ciudad y cosecha otro fracaso absoluto. Hookham nos envía dinero. Shelley me lee un pasaje de Comus en voz alta; se acuesta pronto. Yo no logro tranquilizarme para meterme en la cama hasta las once. Hemos recibido una traducción italiana de Plutarco.

 

Jueves 20.

 

Shelley vuelve una vez más a la ciudad. He terminado Caleb Williams. 12 Visita de Peacock. Nos informa de que mi padre no piensa recibir a Shelley, que si quiere algo de él, que nos pongamos en contacto con su abogado. ¡Oh, Señor, filósofos, qué gremio de seres compasivos! Nos enteramos de que Harriet se ha ido a casa de su padre. Hookham nos visita a la hora de la cena; la apelación está en manos de un individuo al que no duda en calificar de «un auténtico cerdo». Por la noche hemos leído las memorias de Voltaire. Shelley se acuesta temprano. Yo no lo consigo hasta pasadas las diez.

 

Sábado 22.

 

Termino la vida de Alfieri. También he visitado el cementerio y me han entrado ganas de leer algún ensayo sobre sepulcros. Shelley se ha pasado la mañana entre abogados, pero no ha conseguido nada. He leído los cuentos de Voltaire, después he dado un pequeño paseo. Visita de Starling. Nos ha traído una factura con un mes de retraso. Por la noche nos ha llegado una carta de Fanny advirtiéndonos de las intrigas de Hookham. Jane y Shelley han ido a buscarla para preguntarle; han llegado a verla, pero les ha dado esquinazo.


 

 

Domingo 23.


De visita a Skinner Street. Jane nos informa ahora sobre Fanny. Visitamos a Peacock, almorzamos con él. Después, Percy y Peacock van a casa de Hookham, pero no le encuentran allí. Jane y yo hemos regresado a Pancras. Cuando Shelley regresa, escribe cartas para Harriet y Godwin. Yo escribo a Isabel. Después conversamos sobre nuestros planes. Peacock viene a cenar. Jane va a ver a Harriet; tarda tanto en volver que Shelley sale a buscarla. Al filo de la medianoche recibimos la respuesta de Harriet: desalentadora.

 

Lunes 24.

 

Por la mañana, Jane nos lee en voz alta. A las once estamos ya vestidos para salir, paseamos por Fleet Street. Visitamos a Peacock. Volvemos a Pancras y nos quedamos allí una hora o dos. Llaman a la puerta, no respondemos, seguro que eran alguaciles. Regreso a casa de Peacock con Jane, mientras Shelley va a ver a Ballachy. Regresa con esperanzas; nos dice que hay buenas perspectivas de que todo se resuelva el jueves por la mañana. Cenamos en casa de Peacock; se alegra mucho al decirnos que ha conseguido dinero. Nos acostamos pronto, mortalmente cansados.

 

 

Martes 25.

 

He escrito a Shelley. Jane va a ver a Fanny. He leído Elementos de moralidad. Después he empezado a inquietarme y he enviado a Marshall a buscar a Jane, y cuando ha vuelto a casa, mis temores se han concretado. Quieren que se una a su familia. Fanny le ha reconocido que Charles estaba al corriente de la traición de Hookham, pero no sólo no nos advirtió, sino que se quedó callado cuando Jane le preguntó directamente. Es una infamia peor de lo que me pensaba. Se ha dicho mucho que Patrickson se suicidó, pero lo asesinaron sus acreedores, con Flather a la cabeza. Flather es el verdadero asesino, es otro de estos homicidios legales y asépticos, como el de Maria Schoening, que el mundo parece guardarse el derecho a reclamar. Y quizás sea lo que nos preparan a nosotros. Peacock ha venido a verme. Shelley estaba en Holborn. Hemos salido a pasear. Al regresar, Shelley me ha parecido muy afectado por la muerte de Patrickson. Ha salido a pasear con Peacock, han estado hablando hasta las diez, pero ha regresado solo. Jane parece embrujada, se ha pasado la noche removiendo el estercolero de sus planes para abandonarnos.


 

Miércoles 26.

 

Nos visitan los viejos amigos de Shelley, que se marchan algo más que decepcionados, creo que casi rabiosos. Shelley me dice que prefiere otra clase de personas. Por la tarde ha ido a visitar a Hookham para tratar asuntos de dinero. Ha vuelto a Pancras hacia las cuatro; hemos pasado la tarde entera leyendo.

 

 

Jueves 27.

 

Invierto la mañana en escribir a Fanny. También recibimos cartas de Skinner. Pero lo relevante es que Fanny está muy triste, y que Charles Clairmont contradice todas y cada una de las líneas que ella me escribe. Pasadas las dos, he ido a St. Paul para encontrarme con Shelley. Él venía de ver a Hookham en carro, pero no lo ha encontrado en casa. Me ha dicho que me fuese a Pancras, que él volvería a intentarlo, que no iba a parar hasta que consiguiese una respuesta definitiva de Ballachy. También me da dado una noticia esperanzadora: le han hablado de un prestamista que podría estar interesado en nuestro caso. Por la tarde me dediqué a leer en voz alta para Jane. Cuando Jane se ha acostado, he escrito a Shelley. Me ha llegado una carta suya, con un escrito adjunto de Hookham, donde nos informa que Harriet ha ido a molestar a mi padre, con la idea de predisponerlo en nuestra contra; es una mujer detestable.

 

 

Viernes 28.

 

Paseo, lectura y conversación con Shelley. Le ha escrito a Hookham sobre mi padre. También hemos recibido una carta de sir John Shelley pidiendo detalles sobre nuestra situación. A las cuatro estaba de vuelta en Pancras; a las seis ha llegado una carta de la señora Godwin; una sola palabra de esta mujer tiene fuerza suficiente para estremecerme. Mi pobre padre…, nada de lo que diga ayudará. Leo sin concentrarme, así que decido escribirle a mi amor.

 

 

Sábado 29.

 

Lectura. Luego salgo para ir a ver a Shelley. Paseamos durante hora y media. Regresamos a casa. Conversamos con Jane. Shelley no se encuentra


demasiado bien. Me acuesto a las nueve y me desvelo a las doce. Shelley llega a las doce.

 

Domingo 30.

 

Me he levantado tarde. Me paso el día entero conversando con Shelley. Apenas nos interrumpe la visita de Hookham, que le aconseja que no se deje ver durante un tiempo por el London Coffee House. Shelley y yo pasamos la noche en una posada de St. John Street; a veces, el amor no permite que nos separemos. Shelley me dice que no quiere pasar otra noche sin mí.

 

 

Lunes 31.

 

Después de desayunar, Shelley acude a Ballachy. Allí le hacen una proposición vergonzosa. Le ofrecen trescientas libras al año si renuncia a las quince mil sobre las que tiene derecho cuando muera sir Shelley. Le pasan el acuerdo por escrito para que delibere con calma; deben haber advertido su excitación. Yo he pasado la mañana leyendo a Carnot, un hombre absolutamente vulgar, pero del que se puede aprender algo. Me he enterado de los tratos cuando Shelley ha regresado. A la hora de la cena se ha presentado Jane con la idea de quedarse a comer con nosotros. Yo le había escrito por la mañana, y Shelley por la tarde, y a los dos se nos había olvidado. Shelley nos habla con esperanzas un poco forzadas de un individuo de Sussex que podría estar interesado en ayudarnos. Se acuesta pronto, agotado por la conversación.

 

Martes, 1 de noviembre.

 

Paso la mañana entera estudiando griego. Shelley ha ido al banco. Jane aparece de visita. Nos dice que los acreedores andan por la ciudad exigiendo su dinero. Lo peor es que han decidido no enviarnos más comida hasta que paguemos, y tenemos mucha hambre. Jane va a ver a Hookham. Shelley regresa sin dinero, y nos ponemos a discutir sobre el carácter de Jane. Después escribimos a Fanny con la idea de que nos invite a comer. Cuando Peacock llega con algunos alimentos, Shelley ya ha salido con la idea de hacer unas gestiones del todo imprecisas. Llega a casa con pasteles; le ha contado a Charles el lamentable estado de nuestros asuntos: ése es el único progreso. Por suerte, Hookham llega con dinero para pagar las


facturas más inmediatas. Tomo el té y me voy a la cama para calmarme después de la discusión. Shelley decide pasar la noche en casa de Peacock.

 

Miércoles 2.

 

Recibo carta de Shelley. Le respondo. Voy a Holborn a ver a Jane. Regreso muy triste. Le escribo otra carta a Shelley, esta vez, más larga. También le escribo a Hookham. Le escribo de nuevo a mi amor para desearle buenas noches.

 

Jueves 3.

 

Trabajo y escribo a Shelley, después estudio gramática griega. He recibido una carta de Booth. Es curioso saber que todas nuestras esperanzas caben dentro de un sobre. Pobre Isabel, qué pena, nunca pensé que sería capaz de comportarse así. Por la tarde leo y estudio. Recibo una carta de Shelley. Le respondo.

 

Sábado 5.

 

Visito a Peacock con la idea de ver a Shelley. Me entero de que Lambert se ha instalado allí, y me encuentro con Charles Clairmont, decidido a vender parte de sus muebles para satisfacer la deuda. Clairmont nos asegura que piensa irse a las Indias Occidentales, un viaje muy peligroso y del todo desaconsejable, teniendo en cuenta su estado de salud. Regreso a casa sin Shelley, que no llega hasta las doce y media.

 

 

Domingo 6.

 

Conversación con Shelley. Antes he escrito un montón de cartas, pero dedico la noche entera a hablar con él. Es un día entregado a las dulces ociosidades del amor; me acuesto de madrugada. Shelley se va un poco antes de las diez.

 

 

Lunes 7.

 

Trabajo toda la mañana. A las tres salgo un rato para ir a ver a Shelley; regreso a las cinco, me pongo otra vez a trabajar, leo al atardecer, me meto en la cama a las diez.

 

Martes 8.


 

Le escribo una carta a Izy y trabajo el resto de la mañana. Por la tarde voy a


ver a Shelley. La lluvia y los truenos han dejado paso a un cielo limpio y luminoso. Hemos pasado dos horas juntos. Después he regresado a Pancras en un carro. Me he pasado la tarde entera hablando con Claire. Me he retirado a dormir a las diez. Me he pasado un buen rato en silencio, sin dormir, escuchando cómo el hijo del herrero daba golpes en una tetera de hojalata, feliz porque es su fiesta de cumpleaños. Shelley ha conocido a Charles Clairmont, han conversado sobre Hogg y han tomado el té. A Shelley le ha parecido un hombre ingenioso, pero demasiado frío.

 

Miércoles 9.

 

Ocupo la mañana entera empaquetando. Dejo Pancras sobre las tres; le pido a Peacock que avise a Shelley. Charles Clairmont se aloja en Nelson Square por ocho libras. Visito a Jane, que está muy triste. Ella está muy hosca con Shelley. Lo cierto es que pensamos muy poco en ella, nuestro amor nos hace muy felices.

 

Jueves 10.

 

Claire no se encuentra bien y no ha dicho una sola palabra en todo el día. Enviamos a Peacock, pero no ha vuelto con buenas noticias. He leído algo de Petronio, me ha parecido un escritor detestable. Shelley ha pasado fuera toda la mañana. Por la noche he leído las memorias de Louvet; me acuesto temprano. Shelley y Claire se quedan hasta las doce hablando. Desde la cama escucho como Shelley habla con Claire de muy buen humor.

 

Viernes 11.

 

Nos ha llegado una carta de Hookham exigiéndonos veinticuatro libras.

 

Shelley ha ido a verlo. Yo he seguido leyendo las memorias de Louvet.

 

 

Domingo 13.

 

El mejor momento del día es por la mañana, cuando puedo dedicar unas horas a escribir. El resto del día, pésimo. Fanny le ha enviado una carta a Jane para convocarla a Blackfriars Road, pero Jane se siente incapaz de ir, así que es Fanny la que decide venir. Consigo que no me vea, pero escucho todo lo que dice, y no es agradable. Fanny asegura que mis cartas son frías y poco delicadas. Fanny le dice a Jane que, si sigue relacionándose conmigo, papá cortará la relación con ella. Dios bendito, ¡qué idea de libertad! Después han comentado una carta muy impertinente de Chrisy


Baxter, aunque el motivo por el que asegura haber venido es porque está preocupada por la escasez de ropa de Jane. Fanny va y vuelve a la calle Skinner para traerle algo de ropa. Jane decide irse con ella. Shelley regresa después de un día entero con Hockham, tratando de que entre en razón. Desaprueba lo que ha sucedido. Lectura y escritura. De noche converso con mi amor sobre muchas cosas. Nos interrumpe una carta de Jane: asegura que está muy contenta y que no sabe cuándo volverá. He pasado muy mala noche.

 

Lunes 14.

 

Mary no se encuentra bien. Hemos recibido una nota de Hogg y otra de Claire; sería una suerte para nosotros que esta chica tuviera una mente más resoluta. Sin firmeza, el entendimiento se vuelve impotente, y los principios morales más verdaderos se entenebrecen. Charles ha venido para hablarme de Lambert. He salido a dar un paseo. Gracias a Peacock, recibo treinta libras. Por la tarde se ha presentado Hogg, acompañado de Claire. Me gustaría pensar que todavía es mi amigo, que a pesar de las radicales diferencias de ideas que se han ido manifestando, en parte por ese fondo de temperamento tan distinto que tenemos, todavía queda simpatía entre nosotros. Estoy muy contento de cómo se ha comportado Mary. Está pasando con buena nota la prueba que he temido siempre: la que evidenciaría su carácter y me permitiría juzgarla. Nos entregamos a una conversación muy animada, y es como si la mala salud de Mary se desvaneciese durante todo este tiempo.

 

 

Martes 15.

 

Sueños inquietantes me han ocupado toda la noche. Me he encontrado muy mal. Ha venido Jane, he hablado con ella; después ha ido a Skinner a comunicar que no volverá. Después, Shelley la ha recogido en la plaza de Nelson y han vuelto juntos a casa. Shelley ha visitado a Peacock. Por la tarde nos ha leído en voz alta.

 

Miércoles 16.


 

Me he sentido indispuesta todo el día. Shelley y Jane han pasado el día fuera, paseando por la ciudad. Shelley ha leído en voz alta. Hogg ha llegado en mitad de la declamación. Se ha quedado toda la tarde. Shelley no ha


terminado de escribir su crítica hasta las tres y media.

 

Jueves 17.

 

Me siento más enferma de lo que era capaz de imaginar que era posible. Shelley ha reescrito algunos pasajes de la crítica. Se ha pasado el resto del día y buena parte de la tarde leyendo. Nos hemos acostado pronto.

 

Viernes 18.

 

Me siento muy enferma, pero hablo demasiado, como de costumbre.

 

Sábado 19.

 

Sigo muy enferma. Shelley y Jane han ido a visitar a la señora Knapps. Por lo visto, ha recibido a Jane con mucha amabilidad, e incluso ha prometido venir a visitarme. Me he acostado muy temprano. Charles Clairmont ha venido de visita por la noche, pero no me han despertado y no he llegado a verlo.

 

Domingo 20.

 

Todavía me encuentro mal. Me he levantado tardísimo. Por la tarde, Shelley ha leído a Plutarco. Después ha venido Hogg; nos ha ofrecido un relato ridículo del doctor Lambe y la señora Newton, un relato casi denigrante. Hemos discutido sobre la calidad humana de Hogg. Percibo en él malos sedimentos; por momentos me parece una persona bastante turbia.

 

Lunes 21.

 

Nos levantamos muy tarde. Leemos a Plutarco. Por la tarde, mientras conversábamos, aparece Charles Clairmont y se queda con nosotros hasta las diez. No nos ha traído ninguna noticia concreta, pero hemos deducido que de repente esas personas de la calle Skinner que tienen tan alto concepto de sí mismas manifiestan ahora una suficiencia hacia Jane que raya en la indiferencia.

 

Martes 22.

 

Turner apareció de buena mañana. Ha decidido irse a Francia. Habla de Jane en un tono que él mismo se ve obligado a dar explicaciones. Shelley va a ver a Lambert; le proponen que escriba obituarios para pagarle la deuda a Godwin. Shelley regresa, pero se queda poco tiempo en casa; enseguida sale con Claire para comprarle vestidos. Por la noche visita a Charles Clairmont. Nos ha dicho que Turner le comunicó a Godwin que Claire


debería estar de regreso en cinco días. Charles es Charles: dice unas cuantas tonterías intolerables en una persona cabal, pero también parece más amistoso y amable que en otras ocasiones.

 

Jueves 24.

 

Claire está muy enferma. La ha visitado el doctor Currie. Sufre una enfermedad en el hígado. Shelley sigue leyendo sobre Prometeo. Por la tarde han sangrado a Claire. Espasmos en la espalda. Nos ha visitado Hogg.

 

Viernes 25.

 

El doctor Currie recomienda un tratamiento de sanguijuelas. Por la tarde parece que ha tenido éxito, y Claire se encuentra mejor.

 

Sábado 26.

 

He trabajado todo el día, mientras Shelley terminaba el poema. Claire estaba de muy mal humor, no quería leer en italiano. Shelley se ha sentado con ella un rato y ha conseguido que entrase en razón.

 

Domingo 27.

 

He leído por la mañana, y nos hemos pasado el resto del tiempo conversando; un día verdaderamente feliz. Hogg ha aparecido por la tarde. Está triste, resentido… Estoy perdiendo las pocas esperanzas que tenía en él. Sus opiniones sobre el honor y el respeto a las costumbres establecidas son perversas, y lo condenarían ante cualquier tribunal organizado en nombre de la filosofía.

 

Lunes 28.

 

He dado un corto paseo con Shelley; después, él se ha ido a ver a Tahourdin y a visitar otras madrigueras de abogados. Al regresar, se ha puesto a trabajar. Después de unas horas me ha confiado que John Shelley se niega a ayudarnos. He visto a Percy verdaderamente cansado. Jane nos ha leído en voz alta.

 

Martes 29.

 

Me he pasado el día entero trabajando. Shelley ha leído La reina de las hadas en voz alta. Después hemos ido a casa de Parker con Claire. Por la noche nos ha visitado Hogg. Hemos tenido una discusión sobre el amor a la sabiduría, el libre albedrío y la necesidad. Sus posiciones me han parecido


muy equívocas, pero creo que son fruto del desconcierto. Sus argumentos son muy débiles.

 

Miércoles 30.

 

Trabajo todo el día. Después del desayuno, Shelley me ha confesado que está tan insatisfecho y desconcertado con su trabajo como yo; no puede concentrarse con tantas idas y venidas a los abogados. Por la tarde, Shelley y Claire han ido a buscar a Charles Clairmont, pero no le han encontrado. He leído a Philip Stanley; me ha parecido un escritor muy poco inteligente.

 

Jueves, 1 de diciembre.

 

He terminado el libro de Philip Stanley. He trabajado tanto como he podido. Shelley y Claire han ido a buscar a Charles Clairmont, y esta vez han logrado volver con él. Hogg ha venido de visita. Hemos conversado sobre muchas cosas, y esta vez sin discutir.

 

Viernes 2.

 

He trabajado durante toda la mañana. Jane ha leído en voz alta. Shelley está con el mal humor que se gasta últimamente todas las mañanas. Nos llegan libros de parte de Hookham. Shelley nos lee a Proudhomme en voz alta, también unas estrofas de Spencer. Nos acostamos temprano.

 

Sábado 3.

 

He sentido mucho malestar. Me he pasado el día acostada, leyendo los libros de la señorita Bailleys, tomando mis medicinas. Shelley nos ha leído en voz alta páginas del diario de Moore.

 

Domingo 4.

 

Me he pasado el día leyendo el diario de Moore. Shelley me lo ha prestado, y él se ha sumergido en Diógenes Laercio. Hemos dado un paseo al anochecer, varias vueltas por la plaza. Hogg viene de visita por la tarde. Esta noche ha estado más agradable que en otras ocasiones, pero sigo pensando que es un caso clarísimo de muchacho extraviado. Me encuentro muy mal.

 

Lunes 5.


 

Claire y Shelley se pasan todo el día fuera, ven a un montón de gente. No estoy segura de que lo apruebe, pero lo cierto es que trabajan mejor por la tarde. Por la tarde, Shelley lee un buen fragmento de Agathon. Me gusta,


pero no me parece tan bueno como El peregrino.

 

Martes 6.

 

Me encuentro muy mal. Entretanto, y como siempre, Shelley y Claire han ido a montones de sitios. Por la tarde hemos leído los diarios de Moore: es notable cómo pasa de lo conmovedor a lo afectado. Hemos recibido una carta de la señorita Marianne de St. Croix. Y también una carta de Hookham, donde se nos informa de que Harriet ha dado a luz al hijo y heredero de Shelley. Percy ha recibido y ha escrito un carrusel de cartas referidas a este acontecimiento, que en otras circunstancias merecería que lo recibiéramos con un repique de campanas. Me lo tomo como si fuera el hijo de la esposa de Shelley, y no el hijo de Percy. Por la tarde aparece Hogg; cada vez me cae un poco mejor, pero me fastidia tanto apego al ejercicio físico. Recibimos una carta de Harriet confirmando la noticia: desde la primera hasta la última línea adopta el tono de la esposa abandonada. Según ella, el bebé nació hace una semana.

 

 

Miércoles 7.

 

Claire y Shelley han salido juntos. Shelley se ha reunido con los abogados. Por lo visto, Harriet le ha tratado con un egoísmo insultante. Ha vuelto a casa muy mojado y agotado. Me ha leído el Agathon. Hoy todavía me gusta menos, con tiene ideas que me parecen detestables. Trabajo bastante y bien. Por la noche nos visita Charles. Nos dice que Place está tratando de recaudar 1200 libras para pagarle a Hume. Los asuntos en Skinner Street van de mal en peor. Temo que en cualquier momento aparezca alguien para exigirnos el alquiler. Aquí también todo va de mal en peor. Shelley acom paña a pie a Charles a su casa. También pasa por casa de Hookham a por las cien libras que le daremos a mi padre. Regresa agotado. Me he pasado toda la noche trabajando.

 

 

Jueves 8.

 

Shelley y Claire salen de buena mañana para visitar a Hookham. Necesitan noventa libras más para mi padre. Como de costumbre, se han pasado toda la mañana fuera. He terminado de leer Agathon y ya puedo decir que no me gusta. Su autor, Wieland, expresa algunas opiniones de lo más detestables; es uno de esos hombres que al cumplir 40 años alteran todas sus opiniones


y se convencen de que al resto de la humanidad les pasará lo mismo. Su sitio está en la parroquia, y no entre los escritores. Shelley y Claire regresan tarde, pero Shelley no se queda mucho tiempo, se dirige a casa de Lambert para tratar de nuestros interminables asuntos. Trabajo toda la tarde. Hogg viene de visita. Conversamos sobre un montón de asuntos. Hoy me ha parecido más sincero que otras veces. Sueños extraños.

 

Domingo 11.

 

Leemos un poco a Drummond, pero sobre todo hablamos. Después del almuerzo doy un paseo con Shelley hasta casa de Pike. Después hemos leído el periódico en voz alta, para satisfacer un capricho de Claire. Hogg viene de visita y nos hemos puesto a conversar sobre las diferencias con las que varones y mujeres encaran las relaciones sexuales. Después ha venido de visita Charles Clairmont, a quien prefiero no ver.

 

Lunes 12.

 

Larga conversación con Shelley. Después se va con Claire a Londgdills. Aprovecho para leer a Drummond. Por la tarde trabajo mientras Shelley lee los viajes de Mungo Park; está tan cansado que se va a dormir a las siete y media. Jane lee la biografía de Mirabeau.

 

 

Miércoles 14.

 

Hemos terminado de leer los viajes de Mungo Park; son de lo más interesantes, y si el hombre no tuviese tantos prejuicios, lo serían mil veces más. Pero ya se sabe que nos encontramos con cristianos estrechos de mente por todas partes. Salimos a dar un paseo con Shelley. Por la tarde hemos leído a Suetonio. Cenamos temprano. Me he empezado a sentir mal, más débil que enferma. Al anochecer, Shelley y Claire leen la carta de Milton sobre la educación. Ya es de noche cuando nos visita Hogg; ni discutimos ni la conversación consigue ser interesante. Pero nos divierte con un retrato del padre de Shelley y su visión sobre el matrimonio.

 

 

Jueves 15.


 

Shelley ha terminado con Suetonio. Me he encontrado muy mal toda la mañana. Shelley y Claire han ido a ver a la señora Peacock. Pese a lo mucho que me duelen los ojos, me he adentrado en las páginas de Jane


Talbot: menuda estupidez de libro; se salvan algunas cartas, pero la anciana es abominable. El único sensato es Oman, pero es tan débil y joven que frecuentar el agujero donde vive la autora sólo le sirve para precipitarse en la idiotez.

 

 

Viernes 16.

 

Sigo encontrándome mal. Termino de leer el libro de Jane Talbot. Hume nos visita a las doce y media, nos cuenta las grandes angustias por las que atraviesan en Skinner Street. Lágrimas de cocodrilo, no me creo una sola palabra. Después viene a visitarnos Hookham: qué hombrecito más desagradable; por suerte, no se queda mucho tiempo. Cuando por la tarde llega Hogg, me encuentra sola en casa. Shelley y Claire han ido a casa de Charles Clairmont, y, por lo que me entero después, los tres han dado un largo paseo. Shelley está agotado y se va a dormir temprano. Me he quedado hablando con Claire y Hogg de flores y árboles, una conversación campestre, ¡botánica!

 

 

Sábado 17.

 

Me encuentro mal. Shelley y Claire han ido a ver a Pike. Cuando regresan, Claire dice que necesita airearse y se va a caminar a la plaza. Por la tarde, él se duerme en el salón, y yo me acuesto un rato en la cama. A las nueve, Shelley se va a ver a Pike de nuevo, y Charles Clairmont viene de visita. Hemos hablado de varias cosas, entre ellas, los motivos por los que la señora Godwin se opuso a que Fanny viniese a cenar después de que le enviase un mechón de mi pelo. Parece que se pone de nuestro lado, pero su servilismo es tan afectado que no creo ya en sus buenas intenciones. No se va hasta las once y media. Shelley regresa a las doce y se va directo a la cama. Tengo un sueño muy extraño donde aparece Hogg.

 

Domingo 18.

 

Me encuentro mejor, desde luego, pero todavía no estoy bien del todo. Por suerte, he pasado una mañana muy feliz con Shelley. Charles Clairmont ha venido a la hora de comer. La gente de la calle Skinner ha ido a cenar a casa de los Keeny, y Jane decide pasar por allí y tomar algo. Shelley y yo nos quedamos un rato solos. Hogg viene de visita un poco antes de que regresen Claire y su hermano. Charles Clairmont se va enseguida, alega ocupaciones


en el campo. La conversación avanza por las vías de siempre. Mi estado de salud empeora al anochecer.

 

Lunes 19.

 

Mary se encuentra bastante mejor esta mañana. He ido a ver a Hume para tratar de resolver el asunto de l as facturas de Godwin. Lambert parece inclinarse a nuestro favor, pero todavía vacila. En su casa escucho hablar a una mujer que se supone que es la hija del duque de Montrose, pero que por su aspecto dirías que es la hija de un cerdo. He terminado con Suetonio, y quiero leer más historia romana. Claire Clairmont nos visita por la tarde. Discutimos sobre los personajes femeninos en la literatura. Claire dice que la trato con crueldad. Mary interviene para consolarla con esa benevolencia suya sobrenatural. Me levanto y me voy a acostar. Claire parece realmente triste, tanto que Mary también prefiere dejarla tranquila.

 

 

Martes 20.

 

Shelley ha ido a ver a Pike; van juntos a dar un paseo, y al principio todo va bien, pero enseguida se tuerce el día. Shelley recibe una carta de Harriet donde le amenaza con soltarnos a sus abogados. Hemos conversado por la tarde, y Shelley estaba visiblemente tenso. Pero ha llegado Hogg y nos hemos puesto a hablar de otras cosas, y no nos ha dejado a solas hasta las doce.

 

 

Miércoles 21.

 

Me he despertado temprano. Una charla encantadora. Shelley y Claire han ido a ver a Pike, y después, a la oficina de seguros. Visita de Lambert, que me ha traído una historia del arrianismo. Por la tarde, Hogg ha venido de visita: me describe con mucho detalle las apariciones de una mujer muerta a la que amó mucho. La primera vez que lo visitó desde la tumba fue un atardecer de verano, y aunque su figura le pareció casi translúcida, logró rozarle la mejilla. Después le visitó muchas noches seguidas. Hogg nunca sabía a qué hora iba a presentarse ella, así que pasaba muchas horas desvelado, esperándola. La conversación era interesante, pero la superstición miedosa de Claire la ha interrumpido, nos ha pedido que nos callemos. Hogg se ha ido a las doce.


 

Sábado 24.

 

Leo sobre la Revolución francesa. Después salgo a pasear con Shelley, pero la mañana ha sido triste: he pasado un par de horas esperando que terminase de hablar con la señora Peacock. Por la tarde ha venido Hogg de visita; cada día me gusta más. Es una lástima que sea abogado, pierde tantas horas en esa basura, deprime pensar que podría invertirlas en cosas mucho mejores.

 

 

Domingo 25.

 

Día de Navidad. Por la mañana siento un dolor muy agudo en el costado, así que me levanto tarde. Charles Clairmont ha venido a comer con nosotros. Hogg nos ha visitado por la tarde; la conversación se ha ido por los derroteros de costumbre.

 

 

Lunes 26.

 

La dulce Mary estaba dormida, así que le hemos dejado una nota. He dado un paseo con Claire hasta la casa de Pike, y después hemos ido a Hampstead en busca de una casa. Regresamos en carruaje. Lawrence ha venido de visita y ha preguntado por Mary. Se ha pasado el día leyendo. Por la noche se encontraba mejor, pero yo estaba fatigadísimo. He leído Cándido.

 

 

Martes 27.

 

No estoy muy bien de salud, pero Shelley se encuentra mucho peor. He leído a De Monfort; por la tarde, larga conversación con Shelley sobre la Revolución francesa. Hogg nos ha visitado con la necesidad de hablarnos de montones de cosas. Me preocupa un poco el extraño sueño que ha tenido Shelley.

 

 

Miércoles 28.

 

Shelley y Claire se han pasado fuera toda la mañana; he aprovechado para leer sobre la Revolución francesa. Por la tarde había quedado con Shelley en Gray’s Inn a recoger un cerdo, pero no lo he encontrado allí; después he ido a Arundel, y tampoco estaba. Cuando al final coincidimos, nos hemos ido a la conferencia de Garnerin sobre electricidad, gases y fantasmagoría.


Shelley se ha acostado a las nueve y media, y yo he leído hasta las doce sobre la Revolución francesa.

 

Jueves 29.

 

Charles Clairmont nos ha visitado de buena mañana, pero no nos ha encontrado en casa. Shelley estaba en la subasta, y yo he ido al campo a leer sobre la Revolución francesa. Al volver, nos vemos obligados a escuchar de boca de Jane toda clase de tonterías sobre Hogg. Por la tarde, Claire y Shelley van a otra de las conferencias de Garnein. Me canso de leer sobre la Revolución francesa y me pongo a leer algunas de las cartas de Kirke White; 13 me parece un individuo servil hasta lo indecible. Empiezo Historia de las Indias Orientales de Bryan Edwards. Shelley y Claire regresan poco antes de las diez; por lo visto, se ha suspendido la conferencia.

 

 

Viernes 30.

 

Shelley y Claire salen juntos a pasear, como de costumbre, y no regresan hasta después de las siete, después de pasarse el día dentro de los jardines de Kensington; ambos parecían muy cansados. He aprovechado para avanzar con el libro de Bryan Edwards sobre las Indias Occidentales. Hogg viene a pasar la tarde con nosotros.

 

 

Sábado 31.

 

Me siento muy débil, y sospecho que estoy enferma. Shelley y Claire salen a visitar a Hume, a Pike y a la señora Peacock; regresan tan cansados que se pasan la tarde durmiendo. Yo también me voy a dormir prontísimo. Es Nochevieja.

 

1815

 

 

1 de enero, domingo.

 

Larga conversación con Shelley de buena mañana. Me ha llegado una nota y un regalo de Hogg. Charles ha venido a visitarnos. Claire y Shelley han dado un paseo hasta la abadía de Westminster y han pasado a saludar a la señora Peacock y a Hookham. Hogg nos ha vistado por la tarde, pero Shelley estaba muy cansado y enseguida se ha ido a dormir.


Lunes 2.

 

Respondo cartas. Shelley y Claire, de paseo, como de costumbre. Recibo una carta muy conmovedora de Marianne. Estoy deseosa de ver a Shelley. Harriet nos ha enviado a sus acreedores. Ahora tendremos que cambiar de alojamiento. No logro imaginar una mujer más desagradable.

 

 

Martes 3.

 

Han vuelto los acreedores de Harriet. Shelley ha ido a visitar a Marianne; allí se ha enterado de que una rica heredera se ha enamorado de Peacock y que ya viven juntos. Toda una sorpresa. Según Marianne, ella es una mujer despreciable, pero no da mayores argumentos, a saber qué motivos tendrá. A ratos yo me siento miserable sin motivos. Hookham nos ha enviado un paquete: contiene la revisión crítica del libro de Alexy Haimatoff, quien por lo visto es un príncipe. He leído a Brian Edwards. Hogg viene de visita y pasamos juntos una velada de lo más agradable.

 

 

Miércoles 4.

 

Shelley y Claire han vuelto a salir juntos de paseo. Shelley llega por la tarde y se encierra a escribir cartas. Hemos discutido cuando Shelley ha ido a buscar a Hogg y Claire ha intentado acompañarle. La discusión ha seguido con Claire, mientras Shelley estaba fuera de casa. Hogg se ha quedado casi toda la noche; nos hemos citado para vernos un día a solas.

 

 

Jueves 5.

 

He ido a desayunar a casa de Hogg, como estaba previsto. Shelley me ha acompañado hasta la puerta y se ha ido a visitar a Hume. Después viene a buscarme, damos un paseo por Newman Stret y contemplamos la estatua de Theoclea. Se trata de una divinidad cuya mente no atiende a otra cosa que no sea la virtud y la excelencia. Nunca he visto nada ni la mitad de hermoso, es una maravilla. Pero regreso a casa muy enferma. Espero a Hogg por la noche, pero no viene. Me encuentro demasiado mal para leer.

 

 

Viernes 6.


 

Por la mañana he dado un paseo con Claire hasta la casa de la señora Peacock. Después he dado un paseo con Hogg hasta la estatua de Theoclea.


Hoy está diez veces más hermosa de lo habitual. Nos ha costado mucho separarnos; lo hemos logrado en la plaza Nelson, aunque Hogg ha insistido en acompañarme hasta casa. Allí no he encontrado a nadie. Shelley ha salido a visitar a Ryan, una visita de negocios de la que vuelve agotado. Así que he salido a dar mi paseo con Claire, la he llevado a ver la Theoclea. Al atardecer, Shelley y Claire dan un paseo por los jardines, y no vuelven hasta las diez. Entre medias, escribo mi diario, le mando una carta a Roderick; siento como mi ánimo se hunde, y entonces llega Hogg. Cuando Shelley y Claire regresan, conversamos con gusto, de manera sosegada. Shelley nos lee la Oda a Francia en voz alta, y después, un poema sobre la vida retirada. Hogg y Shelley conversan solos un buen rato, cuando las chicas nos vamos a dormir. Hogg se va, y Shelley queda a solas en la otra habitación hasta las cinco; cuando le llamo, se duerme de inmediato. A las ocho se despierta, se viste y sale de casa.

 

 

Sábado 7.

 

Shelley ha desayunado con Hogg. Claire ha ido a reunirse con él en casa de la señora Peacock. Hogg ha venido a hacerme compañía, mientras Shelley y Claire hacen varias visitas en busca de una casa para nosotros. Recorren muchos kilómetros; de momento, sin suerte. Ryan viene de visita, pero no llego a verlo. Me entero de la muerte de sir Bysshe por los periódicos. Hookham aparece y es muy amable conmigo. Hogg llega a las tres. Shelley y Claire no aparecen hasta dos horas después.

 

Jueves 12.

 

Nos llega una carta de Peacock para informarnos de que está en prisión. Su comportamiento es inexplicable, actúa como un idiota, no ha estado a la altura, hay un terrible misterio en todo este asunto. Al fin y al cabo, su deuda no supera las cuarenta libras. También he recibido una carta de Gray donde asegura que desconocía la situación de Peacock y le envía dos libros. Gray es otro hombre muy divertido en su género. Hogg ha venido a cenar conmigo y se ha quedado a dormir. No me he encontrado demasiado bien, y, para colmo, nos ha llegado una carta de Harriet.

 

Viernes 13.


 

Mientras  desayuno,  recibo  varias  cartas.  Shelley  y  Claire  llegan  del


abogado, se ha abierto el testamento. Su padre no le permite tomar posesión de Field Place. Shelley se ha evadido leyendo a Milton. Yo calculo que esa propiedad vale cien mil libras. Hogg viene a cenar y se queda toda la noche con nosotros.

 

 

Sábado 14.

 

Shelley y Claire han pasado el día entero juntos, prefiero no pensar demasiado en ello.

 

Sabado 28.

 

Shelley me ha dicho que pasará hoy la noche en casa. El caso es que se ha quedado hasta las dos de la madrugada hablando con Claire. Shelley no se encuentra nada bien.

 

 

Domingo 29.

 

Larga conversación con Shelley. Después damos un paseo por Kensington con Claire. A nuestro regreso, nos encontramos con Charles Clairmont. De noche, mientras Shelley, Claire y Hogg duermen, me he puesto a leer a Gibbons.

 

Lunes 30.

 

Cannon viene a visitarnos cuando estamos durmiendo, deja papeles relativos al testamento, y los leemos durante el desayuno. Cannon es un hombre decididamente estúpido. Hogg se va a las once y media. Shelley y Claire se piden explicaciones, no me entero bien de qué. El resto del día lo paso trabajando. Shelley lee El paraíso recobrado en voz alta, y después se acuesta. Hogg llega un poco después; hablamos y trabajamos hasta tarde, se queda a dormir.

 

Martes 31.

 

Shelley pasa todo el día fuera. He trabajado toda la tarde. Claire se va a dormir muy pronto, como de costumbre. Shelley me ha leído un capítulo de Gibbon en voz alta. Hogg llega más tarde de lo normal, no se encuentra nada bien y prefiere irse a dormir a su casa. Así que me quedo leyendo sola hasta las once y media.


 

Miércoles, 1 de febrero.


He terminado el primer volumen de Gibbon. Shelley lee a Livy. Me paso la tarde trabajando. Shelley y Claire se van a dormir antes de que venga Hogg, que también se queda a dormir.

 

Jueves 2.

 

Hogg ha pasado el día entero con nosotros. Claire no ha venido hasta las cuatro. Hemos conversado mucho rato. Ha llegado otra factura de Chartres; se la hemos enviado a Charles Clairmont. Shelley ha conversado un buen rato a solas con Hogg, después ha leído algo de Gibbon, pero muy poco. Por la tarde he trabajado. Claire se ha acostado pronto, y Hogg se ha ido a las once y media.

 

Viernes 3.

 

Nos hemos levantado tarde. Recibo una carta de Clairmont con cinco libras. Shelley y Claire se han pasado el día entero fuera. Whitton está de acuerdo con las condiciones que le ha planteado Shelley: arrendamiento sin necesidad de compra. Paseo por la tarde. Claire se va a dormir, y Shelley lee a Gibbon en voz alta, sólo para mí. Visita de Weeks; después viene Hogg. Trabajo. Shelley nos lee las memorias de Gibbon en voz alta. Hogg se va a las once y media.

 

Domingo, 5 de febrero.

 

Lectura de Gibbon. Hemos dado un paseo hasta los jardines de Kensington, y una vez dentro hemos caminado. Hogg nos visita, se siente mal, pero no logramos persuadirlo para que se quede y se va a las once y media.

 

Lunes 6.

 

Me he pasado la mañana leyendo a Gibbon. Shelley ha escrito y enviado cartas. Después de cenar he vuelto a leer a Gibbon, he terminado el segundo volumen. Hogg ha llegado a las nueve de la noche y se ha ido a las once y media; apenas lo he visto, he preferido trabajar. Después he conversado un poco con Shelley y nos hemos ido a la cama.

 

Martes 7.

 

He leído a Gibbon mientras Shelley se ha ido con Claire a casa de la señora Peacock, después nos hemos reunido con Clairmont, que nos ha entregado un mensaje de Godwin. Es equívoco, pero amable; lo único que quiere es una copia de nuestro acuerdo como compromiso de pago. Después, ronda


de visitas: Pike, Hayward, Longdill. En casa recibimos a Cannon, que está a la altura de su fama: es el miserable infeliz más grande del mundo, no sé si de la historia, pero no tiene rival entre los vivos. Es repulsivo oír hablar a una bestia así de filosofía y republicanismo. Es como arrojar a la basura todo el refinamiento y la buena voluntad de nuestras veladas. Por la noche, larga conversación con Claire sobre Grecia.

 

Miércoles 8.

 

Como era miércoles, Hogg se quedó todo el día. Los dos decidimos quedarnos en casa, así que Shelley y Claire se han ido a buscar alojamiento. Hogg y yo nos quedamos haciendo paquetes. Han vuelto a las tres, no han tenido éxito. Vuelven a salir y consiguen un apartamento en Hans Place. Nos trasladamos justo a tiempo de tener que soportar a una plaga de insolentes.

 

Lunes 13.

 

Conversación inusualmente briosa sobre Esquilo y Sófocles. Después nos llegan noticias inquietantes: en Italia se está gestando una conspiración contra Austria. Shelley vuelve a acostarse y cuando se levanta vamos a dar un paseo, y la conversación vuelve a ser de lo más agradable. Intento leer, pero la emoción no me permite concentrarme; lectura muy inconexa. Me acuesto por la tarde. Antes de cenar, salgo de paseo con Claire. Hemos hablado de tragedias griegas y francesas, y se ha incrementado en mí el deseo de leer a Séneca y a Virgilio, sobre todo las Geórgicas.

 

Martes 14.

 

Shelley va a ver a Longdill y a Hayward y regresa febril y fatigado. He terminado el tercer volumen de Gibbon. Por la tarde, todo va mal. Hogg viene de visita y nos ayuda a meternos en la cama, no nos encontramos nada bien. Se queda con nosotros hasta las once y media.

 

Miércoles 15.

 

Shelley se queda todo el día en casa. Yo he leído un poco a Gibbon. Leemos y nos fascina Lara, consideramos que es el mejor poema que ha escrito lord Byron. De noche, Shelley vuelve a leerlo, esta vez en voz alta. Hogg viene de visita y se duerme enseguida en nuestro salón. Shelley todavía se siente indispuesto, y creo que yo tampoco me encuentro demasiado bien.


Jueves 16.

 

Le digo a Shelley que si el emperador Juliano viviese hoy y llegásemos a conocerlo, nos parecería un hombre de lo más corriente, con una vida privada mediocre. He leído las fábulas de Esopo y la Consolación de Boecio. A Gibbon le gustaba mucho Boecio. Me pregunto cómo sería la vida de un cristiano en tiempos de Teodorico. Hogg viene a cenar, pero encuentra a Shelley tan mal que se va enseguida.

 

Viernes 17.

 

Claire se encuentra muy mal, no mejora en toda la mañana.

 

Miércoles 22.

 

Mary está de parto, y después de soportar unos cuantos dolores adicionales, ha dado a luz a una niña, nuestra primera hija. Cinco minutos después del parto ha llegado el doctor Clarke; todo ha salido bien para Mary, se encuentra perfectamente, y se recuperará sin secuelas. La niña no es ni sietemesina. El doctor me dice que no cree que sobreviva. De repente siento como me devoran los nervios, estoy exhausto. Hogg decide quedarse a dormir con nosotros.

 

Jueves 23.

 

El doctor tenía razón: Mary se encuentra bastante bien. La sorpresa, la buena sorpresa, es que la niña sigue viva, aunque el pronóstico sigue siendo malo: el doctor está convencido de que tarde o temprano morirá. Hogg viene ahora antes, a las siete y media ya lo tenemos por aquí. He escrito a Fanny para pedirle que venga a visitar a Mary. Fanny obedece y se queda toda la noche; los Godwin no pasan ni un momento. Pero, a las once de la noche, Charles aparece con ropa comprada por la señora Godwin. He enviado a Hogg a casa de los Godwin con dinero.

 

Viernes 24.

 

Mary sigue bien, la niña ofrece signos favorables, podemos empezar a permitirnos algunas esperanzas. Hogg ha llegado a las dos. Fanny se va. El doctor Clarke viene de visita. Confirma nuestras esperanzas sobre la salud del niño. He empezado a encontrarme mal. Termino el segundo volumen de Livio. Hogg viene a visitarnos al atardecer. Estoy agotado, me encuentro realmente mal.


 

Sábado 25.


El bebé se encuentra muy bien, y Mary también. Mary se pasa el día amamantándolo sin problemas. Soy yo quien se encuentra muy mal. Hogg viene de visita por la tarde, pero está muy cansado y se va enseguida. Me encuentro realmente mal.

 

Domingo 26.

 

Mary se ha levantado hoy de la cama. Ha conversado un rato con Hogg y se ha vuelto a acostar a las seis. Hogg se encarga de renovar nuestro contrato de alquiler. Leo un rato y luego me acuesto con Mary. Hogg regresa y conversamos largo y tendido. Después, Mary se une a nosotros y tomamos algo de té. Cuando nos estamos preparando para acostarnos, alguien llama a la puerta; resulta ser Fanny, que ha venido a ver cómo nos encontrábamos. Se ha quedado casi tres horas y media hablando con nosotros. Después hemos intentado dormir. Mary ha sufrido varios espasmos.

 

Lunes 27.

 

Al despertarnos nos hemos puesto a conversar, y después hemos leído. Por la tarde ha venido Hogg. Me he pasado mucho rato al lado de la cuna. Hogg no se ha ido hasta las once y media; entonces, Shelley se ha acostado a mi lado.

 

Martes 28.

 

Bajo las escaleras y nos ponemos a conversar. Después he cuidado del bebé y he leído. Shelley ha ido a la consulta del doctor Pemberton, está preocupado por su salud. Hogg ha estado aquí por la tarde.

 

Miércoles, 1 de marzo.

 

He amamantado al bebé, he leído y he trabajado. Shelley y Claire salen y pasan fuera toda la mañana. Por la noche viene Peacock de visita. La conversación da vueltas en torno a tipos de imprenta, ediciones y el alfabeto griego. Estamos así toda la tarde. Peacock no se marcha hasta las once y media. Entretanto, Napoleón se apodera de Francia.

 

 

Jueves 2.

 

Por la mañana, la casa es puro bullicio y movimiento. Salgo a dar un paseo con mi bebé. Shelley y Claire regresan a las seis. Después, visita de Hogg.


Viernes 3.

 

Amamanto a mi bebé, conversación y lectura. Hogg nos visita por la tarde.

 

Sábado 4.

 

Lectura, conversación y cuidado del bebé. Shelley lee la biografía de Chaucer. Hogg nos visita por la tarde y se queda a dormir.

 

Domingo 5.

 

Shelley y Claire van a la ciudad. Hogg se pasa el día entero conmigo. Leo y amamanto a mi bebé. Por la tarde conversamos. Shelley termina la biografía de Chaucer. Hogg se va a las 11.

 

Lunes 6.

 

He encontrado a mi bebé muerto. He mandado que vayan a buscar a Hogg. Conversación muerta. Es un día miserable. Por la noche he leído sobre la caída de los jesuitas. Hogg ha dormido en casa.

 

Martes 7.

 

Le he escrito una carta muy negra a Fanny. Después del desayuno, Shelley y Claire, convencidos de que ya me encuentro bien, se han ido a la ciudad, reclamados por nuestros asuntos económicos. Por suerte, Hogg se queda todo el día conmigo. Converso con él y leemos juntos Rinaldo Renaldini. 14 Me ofende que pretenda sentirse peor que yo. Se va a las 11. Shelley regresa y discutimos, armamos un alboroto considerable. No me acuesto hasta las tres de la madrugada.

 

 

Miércoles 8.

 

He terminado el libro de Renaldini. Larga conversación con Shelley; sigue de muy mal humor, pero está más accesible. Duerme un poco durante el día, y pasa la tarde peleando por nuestros asuntos. Hogg viene de visita y se marcha a las once y media, como de costumbre. Claire ha escrito a Fanny, pero esta vez no ha respondido; siento su ausencia.

 

 

Jueves 9.

 

Lectura y conversación. Sigo con la imagen del bebé clavada en la mente. Es cierto todo lo que había escuchado: qué terrible es para una madre perder a su hijo. Hogg y Charles Clairmont nos visitan por la tarde. Charles nos deja a las once. Hogg se queda toda la noche.


Viernes 10.

 

Hogg ha empezado las vacaciones, de manera que tendrá tiempo para nosotros. Shelley, Hogg y Claire han ido a la ciudad. Hogg ha regresado antes, conversamos y salimos a pescar. Hogg me dice que se quedará unos días con nosotros. Me distrae poner a punto su habitación.

 

Sábado 11.

 

Me encuentro realmente mal. Hogg se ha ido a la ciudad. Conversamos con Shelley sobre la conveniencia de que Claire se marche. Pero no llegamos a ninguna solución. Mi punto de vista es que da igual lo que argumentemos, todo es inútil. Claire no se irá a Skinner Street. Nuestra casa es de momento el único hogar posible para Claire. Lo veo con toda nitidez, y también sé lo que debe hacerse, sólo me queda esperar a que Shelley no tarde en llegar a la misma conclusión, que es la única. Hogg ha vuelto y ha interrumpido una conversación que ya estaba entrando en zona muerta. Conversamos un poco, y después Hogg nos lee en voz alta una obra de Goldoni.

 

Domingo 12.

 

Hablo muchísimo, me sorprendo a mí misma. No puedo decir que me encuentre ya bien, pero sí que estoy un poco mejor. Me siento feliz al ver a Claire más serena, sin la angustia de marcharse. Hoy no se ha levantado hasta las cuatro de la tarde. He leído a Gibbon. Nos acostamos a las doce.

 

Lunes 13.

 

Dejo que Shelley, Hogg y Claire se vayan a la ciudad para poder quedarme sola en casa y pensar tranquilamente en mi pequeño bebé muerto. Sé que es una bobada, y es posible que me perjudique incluso, pero cada vez que me quedo sola, si no me esfuerzo mucho por desviarlos, mis pensamientos regresan al mismo punto: que yo fui madre y ya no lo soy. Les ha llovido por el camino; tengo que secar a Fanny, que llega muy mojada. Cena y se queda con nosotros toda la noche. Hemos hablado de muchas cosas, aunque se ha tenido que ir a las nueve y media. Después he cortado la tela de mi nuevo vestido.

 

Martes 14.


 

Shelley ha llamado al doctor Pemberton. Cuando Hogg se ha ido a la ciudad, Shelley se ha hundido en la lectura y yo me he dedicado a mis labores: he terminado la bolsa que le estoy cosiendo a Hogg. Después,


Shelley ha querido tener la conversación que llevo un tiempo esquivando: hemos hablado de la marcha de Claire. La perspectiva me parece más siniestra y sin esperanza que nunca. Los argumentos de Shelley son casi imposibles de soportar. Por la tarde, Hogg viene y nos lee a Gibbon en voz alta. Charles Clairmont nos visita por la noche.

 

Jueves 16.

 

Me paso el día trabajando. Shelley lee a Gibbon. Damos un largo paseo con Shelley por la tarde. Después terminé mi vestido y me puse a leer a Gibbon.

 

Viernes 17.

 

Nos pasamos la mañana conversando, con un parón para leer el periódico. A las doce salimos de paseo con la idea de ver la exposición. Todos los pintores son viejos maestros, y algunos cuadros son muy hermosos. El que más me gustó fue La Magdalena de La Greuse, y la serie de Carlo Dolce sobre los evangelistas. Los caballos de Wolvermans también me parecieron un trabajo muy fino. Regresamos a casa sobre las cuatro. Nos acostamos un rato. Después, lectura de Gibbon y trabajo. Hogg se va de casa a las once y media. Yo me acosté a la una.

 

Sábado 18.

 

Caminata hasta el parque; compramos leche y nos encon tramos a Hogg. Vimos muchos pájaros. Después de comer, Shelley y Claire fueron a Longdill, y Hogg y yo nos quedamos leyendo a Gibbon. He terminado ya el cuarto volumen. Shelley ha vuelto sobre las seis. Hemos jugado al ajedrez mientras tomábamos el té.

 

Domingo 19.

 

He soñado con mi pequeño bebé, he soñado que volvía a la vida. Que no estaba muerto, que sólo se había enfriado mucho y que al acercarlo junto al fuego y frotarlo revivía. Me he despertado de golpe, he buscado por la cama y por la habitación, pero no he encontrado a ningún bebé. Pienso en esa pequeña criatura durante todo el día, y mi humor se va poniendo tenebroso. Shelley se encuentra muy mal. Hogg se va a la ciudad, decidido a no volver hasta la hora de la cena, cuando ve llegar a Charles Clairmont. Charlamos con Charles sobre cómo van los asuntos en Skinner Street. Nos confirma que las cosas van de mal en peor, y me convenzo de que de ninguna manera podremos ayudarles. Charles nos confiesa que se está planteando irse a


América: es la clase de plan repentino y brutal que casa con su personalidad. Juego un poco al ajedrez con Claire. Shelley y Hogg juegan a algo cuyas reglas no termino de entender. Shelley y Claire acompañan un tramo a Charles de regreso a su casa. Aprovecho para jugar al ajedrez con Hogg, y cuando se va, sigo leyendo a Gibbon.

 

Lunes 20.

 

He vuelto a soñar con mi bebé. La misma postración e impotencia. Después del desayuno escribo un poco y me uno a la excursión que Shelley, Hogg y Claire proyectan al museo Bullock. Pasamos allí la mañana entera. ¿Qué sería sin Shelley? Una viuda desconsolada. Jugamos al ajedrez toda la tarde.

 

Miércoles 22.

 

Conversamos a partir de lo leído en el periódico. Me paso la mañana leyendo a Gibbon. Charles Clairmont llega muy preocupado por nuestro préstamo de cien libras; decidimos no darle una respuesta decisiva. Después de comer, jugamos al ajedrez. Miro durante una hora por la ventana, y después vamos a Exeter a ver los animales salvajes. El león tiene un aspecto majestuoso, pero por desgracia la leona parece enferma. He visto una pantera hermosísima que jugaba con una bala de cañón. La hiena es un animal formidable. El lince me ha parecido el menos dócil de todos los animales. A la vuelta, preparo té y juego una partida al ajedrez con Shelley; me dice que hoy no ha leído ni tres páginas.

 

Jueves 23.

 

Damos un buen paseo con Shelly y Hogg hasta Arundel Street. Allí nos enteramos de que Napoleón se ha apoderado de París. Al regresar, una reunión muy tensa con mi padre y Charles. Después vamos a reponernos al terrario: veo mi primera serpiente viva. Vemos también un mono de lo más curioso, un antílope hermosísimo y dos tortugas terrestres. Al volver a casa nos encontramos a Charles, que nos informa de las impresiones de mi padre sobre la reunión. Por lo visto, ha comentado que Shelley se había convertido en una persona de mérito, lástima que fuese tan perverso. Por la noche jugamos al ajedrez. Claire ha pasado una noche horrible.

 

Viernes 24.


 

Viernes Santo. Claire se encuentra realmente mal. He ido a la ciudad con Hogg y hemos paseado por el parque. Después de comer he jugado al


ajedrez y leído a Gibbon. Fanny ha venido un poco antes de las nueve. Nos habla de cómo van las estrategias en Skinner Street y los aliados que se están buscando. Después, Fanny y Shelley dan un paseo hasta Charing Cross. Shelley la ha dejado en un carruaje, y a medio camino se ha encontrado con Hogg. Ya en casa, Shelley juega al ajedrez con Claire, y yo leo a Gibbon.

 

Sábado 25.

 

Día de Nuestra Señora, la Virgen María, Madre de Dios. Me paso la mañana con mis labores, y Shelley trabajando. Damos un paseo hasta el río, y allí navegamos en barcos de papel con la imaginación. Al llegar, Shelley encuentra un montón de cartas que sólo buscan hacernos daño. Después de comer, juego al ajedrez con Hogg; al terminar, les dejamos el tablero a Shelley y a Claire.

 

Domingo 26.

 

Acompaño a Shelley al parque, allí se reúne con Hogg. Después del almuerzo, lectura de Gibbon. Charles Clairmont nos visita después de la cena; juego con él una partida de ajedrez, y al terminar salimos a pasear. De regreso, larga conversación sobre la belleza de los jardines de Kensington y la navegación a vela. Cuando se marchan, nos dedicamos a leer, nos acostamos casi a la una.

 

Martes 28.

 

Trabajo toda la mañana, y después salgo a mirar casas por si fuese necesario trasladarnos. Regreso casi a las cuatro. Después de la cena leo a Gibbon, jugamos una partida de ajedrez y, como la preocupación no me deja dormir, me dedico a coser.

 

Miércoles 29.

 

Dedico la mañana entera a leer a Gibbon. Hacia las dos, Shelly, Hogg y Claire se van a pasear por el río. Después de comer, Claire se viene abajo. Peacock aparece para tomar el té, me recuerda a un pavo real. Después de la cena sigue aquí, hablando y hablando…

 

Viernes 7.


 

Desayuno con Hogg. Vamos de visita al Museo Británico. No me canso de ver cosas maravillosas: minerales, fósiles, estatuas de dioses… A la vuelta,


ceno y subo las escaleras para ver cómo está Shelley y conversar con él. Por la tarde parece que mejora, leemos juntos unas páginas.

 

Sábado 8.

 

Peacock se presenta sin avisar a la hora de comer y se lleva a Hogg a la ciudad. He empezado a leer El espíritu de las naciones. Después he dado un paseo con Shelley hasta la casa de Hatchet. Al final no entramos. Cada vez parece más claro que no podremos seguir adelante con nuestro plan. En previsión, Shelley se ha puesto a leer en italiano; veremos.

 

Domingo 9.

 

Nos hemos levantado a las ocho. Y a las diez ya estaba Charles Clairmont en casa para desayunar. He podido leer algunos versos de Ovidio antes de ponerme a prepararlo. Después he salido a dar un paseo con Shelley, Hogg, Claire y el propio Charles. Hemos llegado hasta el pequeño estanque que salpica los jardines de Kensington.

 

Lunes 10.

 

He leído a Voltaire antes del desayuno; después de comer me he puesto con mis labores, nerviosa, porque Shelley ha salido a visitar a Harriet. Por lo visto, la ha encontrado de un sorprendente buen humor. Debemos atraer la acción, porque después de la cena hemos visto desfilar la figura de la señora Godwin ante nuestras ventanas. La hemos invitado a entrar. Hogg la ha entretenido con una animada conversación sobre las montañas, los lagos y Londres.

 

Martes 11.

 

Dedico la mañana entera a trabajar. Llegan cartas de Skinner Street para comunicarme que mi madre ha salido de viaje con su mascota. Planea pasar varias noche fuera. Después de la cena hemos dado un paseo precioso por el parque. Al llegar a los jardines de Kensington, la tarde era hermosísima. Por la tarde ha llegado Charles Clairmont con pésimas noticias.

 

Sábado 15.

 

Por la mañana he leído a Ovidio. Después, Shelley y Claire han vuelto de un paseo, donde han estado hablando bastante rato con Fido, el pastor de la zona. También me dicen que el billete de lotería que Claire compró el otro día ha salido premiado en el sorteo. Proyectamos comprar dos escritorios.


Visita de Charles Clairmont. Cuando se va, en lugar de retomar la conversación, nos ponemos a leer. Yo sigo con Ovidio (y avanzo 95 versos), mientras que Shelley y Claire empiezan Orlando furioso. De noche atravieso una pesadilla muy sombría.

 

Domingo 16.

 

Nos levantamos tarde; recibo un paquete de Fanny que incluye una carta amistosa de Chrisy Baxter. Estaba fechada en el mes de septiembre pasado; le pedía entrar en relaciones, en unos términos inequívocos; está por ver si es una amistad que le convenga a Fanny. La señorita Smith viene de visita y me impone su cotilleo durante más de una hora. Cuando se va, dedico unas horas al dibujo. Después de comer, Shelley lee para mí una escena o dos de Como gustéis. No sé cómo terminamos medio discutiendo. Yo leo a Ovidio (aunque no avanzo más de 54 versos), y Shelley termina el tercer canto de Ariosto.

 

Lunes 17.

 

Nos levantamos a las ocho y media. Hogg se dirige a los tribunales. Me refugio en Ovidio. Visita de Peacock; me cuenta su plan de irse al Canadá con Marianne. Todos estamos muy excitados con fantasías de huida, sólo que algunas son más racionales que otras. Después de comer, nos damos una vuelta por Piccadilly; de regreso, tomamos el té y leo 83 versos de Ovidio. Juego una partida de ajedrez, y antes de acostarme leo un poco más de Voltaire.

 

Martes 18.

 

Hoy nos hemos levantado tarde. Shelley casi no ha saludado, enfrascado en la lectura de Ariosto. Después, Shelley y Claire salen a dar un paseo, y Shelley vuelve con un ejemplar de Séneca, regalo de Claire. A Hogg le han comprado una edición de Lucrecio.

 

Miércoles 19.

 

Volvemos a levantarnos tarde. Shelley le lee a Claire unos pasajes de Ariosto. Peacock viene de visita, pero no me impide leer a Ovidio. Después de comer, preparamos el bote y salimos con Shelley, Claire, Jefferson, Hogg y Peacock a navegar. Regresamos a las ocho de la tarde; todos retomamos nuestras lecturas.


Jueves 20.

 

Shelley atraviesa un estado febril de lectura: Ovidio y Ariosto y Voltaire. Después de comer, Shelley va a la ciudad para cumplir con unos encargos y comprar cosas. Yo acompaño a Jefferson hasta el hospital de Chelsea. Pasamos la tarde muy nerviosos, hasta que llega la noticia de que el lord Chancellor ha fallado a favor de Shelley.

 

Viernes 21.

 

Después del desayuno nos desplazamos a los juzgados. Shelley se acerca a casa de Harriet para ver a su hijo. Fanny le ha acompañado, y cuando regresa me cuenta que Harriet ha sometido a toda clase de humillaciones a Shelley, que se refugia en los poemas de Wordsworth. También nos llega una noticia terrible: van a encarcelar a mi padre. Shelley recorre medio agotado el camino a casa de mi padre con Fanny, que le ha seguido medio somnolienta. De regreso, Shelley ha preferido leer a Ariosto que conversar conmigo del asunto en profundidad.

 

Sábado 22.

 

He leído un poco de Ovidio. Shelley ha ido a ver a su hijo, y de nuevo ha recibido las burlas de Harriet. Después ha ido a ver al abogado. Ha vuelto con los nervios martirizados, pero les ha arrancado la promesa de que el lunes tendrán todos los papeles a punto. Después de la cena, Fanny se despide de nosotros. Yo leo sesenta versos de Ovidio, y Shelley y Claire llegan al canto catorce de Ariosto.

 

Domingo 23.

 

Después de desayunar, Shelley nos lee en voz alta a Ariosto. Jefferson incumple su promesa y no llega hasta las tres: está entusiasmado con la lectura del Quijote. Me da tiempo a leer ciento veinte versos de Ovidio. Charles Clairmont llega justo cuando hemos terminado de tomar el té. Estamos nerviosos, soportando la calma que precede a la tempestad. Por si no tuviéramos bastante con el combate contra Harriet, nos vemos obligados a soportar el pomposo orgullo que reina en Skinner Street; no me extraña que Shelley se refugie en Séneca.

 

Viernes 5.


 

Después del desayuno hemos ido directos a casa del juez, pero no le hemos encontrado. Visitamos a mi bebé en el cementerio. Shelley me deja allí y


acude a Longdill; no tarda demasiado. El regreso es extraño, de alguna manera triste, pero indoloro. Me he puesto a leer a Spencer, he traducido algo de Ovidio, pero la tormenta y sus magníficos relámpagos no me han dejado concentrarme. Después de comer, larga conversación con Shelley. Aprovecho el paseo de Shelley con Claire para seguir con Spencer. Fanny viene a visitarnos. Nos informa de que no hemos encontrado esta mañana al juez porque han muerto intoxicados dos sirvientes suyos; también, de que papá se doblegará y le irá a pedir ayuda a la señora Knapp. Shelley tiene la caballerosidad de acompañar a Fanny de vuelta a casa. Yo estoy agotada, así que supongo que él también estará cansadísimo. Al regresar, se refugia en Séneca.

 

Sábado 6.

 

Nos hemos despertado a las siete y media, y después de desayunar hemos visitado el Covent Garden. Jefferson ha recorrido parte del camino a mi lado. Hemos llegado a casa muy tarde. Las flores estaban preciosas, y he dedicado un buen rato a preparar ramos. Después he leído a Spencer: termino el primer canto y empiezo con el segundo. Shelley ha llegado tarde a casa, muy cansado, y justo cuando empezábamos a sentirnos a gusto ha llegado otra carta horrible de Harriet.

 

Lunes 8.

 

Paseo con Shelley. Nos hemos acercado a visitar a la señora Knapp, pero no la hemos encontrado en casa. Veo a Shelley tan alicaído que le compro un estuche de lápices. Es ya la una cuando volvemos a casa. Leemos a Spencer. Después volvemos a intentarlo con la señora Knapp. Nos recibe, es simpática, pero deja muy claro que no puede hacerse cargo de Claire. Leo a Spencer mientras Shelley sale de paseo con Claire para informarla de la conversación; llegan a las ocho, bajo el signo de un agotamiento mental. Escribo al juez. Ellos se van a la cama temprano. Jefferson llega para la cena y me regaña por permitir que Shelley se exija tanto.

 

Jueves 11.

 

He leído algunos poemas de Ovidio, y cuando Shelley ha salido a pasear con Claire, me he puesto a leer a Spencer. Shelley ha preparado un catálogo con nuestros libros y después de comer hemos traducido juntos unos cincuenta versos de Ovidio. Por la tarde, Jefferson nos ha acompañado a ver


las bestias salvajes de Exeter; son muy hermosas, aunque el pobre león parece un esqueleto; se alimentan como moribundos. Después llueve con mucha violencia. Los relámpagos caen como dedos resplandecientes de fuego. Nos quedamos mirando la tempestad. Ya en casa nos dedicamos a conversar. Shelley lee a Séneca.

 

Viernes 12.

 

No me encuentro demasiado bien. Después del desayuno he leído a Spencer. Shelley sale con un amigo, pero regresa enseguida. Traducimos noventa versos de Ovidio. Jefferson llega con una noticia terrible: van a colgar a Sawyer. Las leyes inglesas son un infierno. Después de comer, leemos a Spencer. Y en cuanto Jefferson se va me pongo a traducir a Ovidio, y trato de familiarizarme con la grafía del abecedario griego. Me tomo el té sola. Shelley tiene asuntos importantes que tratar con su amigo.

 

Sábado 13.

 

Parece que hoy Claire se marcha. Shelley la acompaña. Charles Clairmont aparece durante la hora del desayuno y conversamos un rato. Cuando Shelley regresa, los dos salen a dar un paseo, que se alarga. He leído a Spencer durante todo el día, porque Jefferson no se ha presentado hasta las cinco. Cuando le digo que Shelley no está, me pregunta, insiste, se pone nervioso (casi se le transparenta el ansia) y sale a buscarlo. Llueve muy fuerte. A las seis y media regresa Shelley y me promete que nuestros asuntos están arreglados. Shelley se acuesta para descansar, está agotado. Leo a Ovidio, unos sesenta versos. Charles Clairmont regresa para tomar el té con nosotros; conversamos sobre pintura, pero no presto demasiada atención a lo que dice.

 

Notas

 

. Madrastra y hermanastra de Mary Shelley.

 

. Hermanastro de Claire Clairmont.

 

. Thomas Love Peacock (1785-1866). Amigo muy cercano de Percy Shelley. Aunque cultivó todos los géneros, era conocido, sobre todo, por sus novelas satíricas.

10 . Thomas Jefferson Hogg ha pasado a la historia como coautor, junto a Shelley, de La necesidad del ateísmo, y por ser su primer biógrafo. Hogg estuvo mucho tiempo enamorado de Mary (con el consentimiento de Percy), a quien le gustaba tenerlo a su lado, como una suerte de paje.

 

11 . Los Shelley reciben una carta que sospechan es una comunicación de sus acreedores.

 

12 . Novela de William Godwin publicada en 1794 en tres volúmenes. Ficción de tesis pensada para ayudar a deponer gobiernos tiránicos.

13 . Henry Kirke White, poeta inglés nacido en 1785 y muerto de manera temprana en 1806, devorado por la tuberculosis.


14 . Novela de Christian August Vulpius, publicada en 1799, sobre las aventuras de un bandido, todo un best-seller de la época.

 

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3. UN VIAJE POR SUIZA

 

1816

 

Tras el suicidio de Harriet, Percy Shelley queda libre para casarse. La boda se celebra a finales de año. Y la pareja emprende un viaje por Francia, Suiza e Italia, aparentemente de celebración por la boda, pero también huyendo de las deudas. La compañía de Claire Clairmont, hermanastra de Mary, se explica por la expectativa de encontrarse con el poeta lord Byron, admirado por los Shelley, y de quien Claire estaba perdidamente enamorada.

 

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Miércoles.

 

En las montañas de los alrededores descubrimos dos castillos con foso, uno de los cuales cuelga al borde de un bosque de pinos. Abandonamos San Martín a las siete, montados en nuestras mulas. Durante varios kilómetros atravesamos una llanura que parece interminable, después ascendemos por una ladera para ver la cascada del Chede. El salto de agua es altísimo y se esparce sobre varias formas rocosas de fantasía, de manera que la masa de agua se divide y se une por cientos de lugares distintos, como una imposible telaraña líquida donde todos los hilos estuviesen en movimiento.

 

Pese a mi compañía, Shelley ha escrito: «Todos mis pensamientos surgen y se hunden en soledad». Así que me alegro de verle, después de tantos padecimientos, rodeado de un escenario (Mellerie, el Chateau de Chillion, Clarens, las montañas de La Valais y Saboya) que parece modelado por un genio sublime dotado de la sensibilidad más maravillosa y una imaginación agitadísima. Hemos avanzado por el camino de Clarens con el viento en contra, acompañados de un oleaje imponente. Al llegar a Clarens, he sentido con más fuerza que nunca cómo el espíritu de los viejos tiempos puede abandonar un paisaje, llevándose con él la belleza. Miles de veces Julie y St. Preux 15 caminaron por estos senderos, plagados de terraplenes, contemplando la fuerza de las montañas que ahora yo también contemplo sin que la emoción me haga temblar cuando piso la tierra. Desde la ventana de nuestro alojamiento se contempla el «bosque de Julie», al menos así me lo ha asegurado nuestra casera. Por lo menos, los habitantes del pueblo mantienen viva la ilusión.

 

Hemos recorrido los caminos cercanos al hotel: la mayoría de ellos terminan en una subida muy pronunciada entre bosques de castaños y almendros que conducen a una especie de terraza natural dominada por las flores. Allí hemos recogido rosas. Después volvemos al bosque de Julie y descubrimos el sitio exacto donde ella se acostó; el tiempo no había logrado borrar todas las marcas, al menos para la fantasía de los lugareños. Recorrimos un viejo viñedo y deducimos que aquel viejo montón de piedras señalaba el emplazamiento de una pequeña capilla destruida por el tiempo. Nos pusimos a hablar de literatura y denostamos a una cantidad maravillosa de falsos escritores.

 

Llegamos a Vevey, y desde allí nos fuimos a Ouchy, un pueblo que


queda muy cerca de Lausanne. Lo impresionante de esta zona es que, pese a la cantidad de pueblos y de habitantes que tiene, está dominada por una belleza tranquila, muy peculiar, que se aviene bien con la soledad que tanto nos gusta a Shelley y a mí. Las colinas son muy altas y rocosas, coronadas por unos bosques que también encuentran la manera de abrirse paso entre la dureza del terreno. Las cascadas de agua resuenan a lo lejos, al impactar contra los acantilados, y es precioso verlas brillar a lo lejos cuando les da la luz del sol. En un paso del camino vimos la huella que habían dejado dos inmensas piedras caídas por el desfiladero; en el pueblo nos contaron que una de ellas arrasó la habitación donde dormía un joven, sin hacerle el menor daño. Pero destruyó todos los viñedos que encontró a su paso y arruinó los cultivos que iban a cosecharse. Como las desgracias llaman a las desgracias, también nos contaron la historia de un barco que había volcado en medio del lago, condenando a una muerte inmediata a dos mujeres, tres vacas y doce cerdos negros. Los marineros lograron escapar del agua, pero la humedad les dio caza en tierra firme: murieron de fiebres. Atardecía ya cuando llegamos a Ouchy; las enormes murallas de Lausanne se levantaban tras el perfil inconfundible de la ciudad.

 

Jueves.

 

Un día dominado por un viento muy violento. La lluvia cae de manera intermitente, pero con la suficiente regularidad para impedir que zarpásemos. Así que nos fuimos a Lausanne y visitamos la casa de Gibbon. Siempre produce un efecto extraño pasear donde vivió una voz que nos ha acompañado tanto en la mente. Se trata de una casa de verano decadente, desde donde contemplaba día tras día el Montblanc, sobre todo después de escribir la última línea de su inmenso libro, 16 que le dejó tanto tiempo libre. Shelley recogió algunas hojas de acacia para conservar su recuerdo. Mi compañero me instó a que le imitase, pero me abstuve de hacerlo por temor a ultrajar a un hombre para mí superior y más sagrado: Rousseau, quien estoy segura de que dejaría una estela entre las cosas mortales que le sobrevivieron. Shelley se ríe conmigo cuando le digo que la huella de sus creaciones está impregnada en los sitios donde escribió. Le parece injusto que compare a Rousseau con Gibbon, pero no puedo evitarlo: por lejos que parezcan estar el Imperio romano de los personajes de Julie y Clarence, a través de ellos veo hasta qué punto el corazón de Gibbon era frío, y su vida


algo insensata. De regreso, disfrutamos del único intervalo de sol que nos ofrece el día. He caminado por el muelle del lago, disfrutando con el azote de las olas. Sobre las aguas se ha formado un arco iris, y hacia el final del día he visto otro entre las montañas de Saboya. Algunas casas blancas parecían arder bajo la luz amarilla. Al atardecer le pedí a Shelley que volviéramos a pasear por el lago: las olas gigantes me atraían, parecían hechizadas. De noche conversamos sobre Rousseau; pasé la noche en vela leyéndole. Descubrí que el perro que vimos en Laussane nos había seguido y que se había pasado la noche durmiendo junto a nuestra puerta.

 

Viernes.

 

Un día muy parecido al anterior, de manera que seguimos sin poder retomar el viaje. Nuestro perro ha decidido quedarse con nosotros. De noche doy un paseo sola por la orilla del lago; tengo la mente cruzada con imágenes de Julie, me he pasado el día entero leyendo el libro.

 

Sábado.

 

Abandonamos G. a las siete. Después de tomar el té, atravesamos el país de la Champaña. El terreno parece fértil, aunque apreciamos cada vez más extensiones yermas a medida que nos acercamos a los Alpes. Se suceden las elevaciones. Los valles cada vez son más profundos. El día es brillante hasta el desconcierto, y de un calor desolador. Mientras avanzamos, las montañas parecían moverse para adaptarse cuanto antes al perfil característico de los Alpes. Imaginé los valles y glaciares del otro lado, presididos por el Montblanc, siempre a la vista. Cruzamos un afluente que desemboca en el Arve; enseguida vemos el Arve, que fluye a la derecha, con el caudal muy ensanchado por las lluvias de los últimos días. Después de pocos kilómetros descubrimos que todos los campos de maíz han quedado anegados por el río desbordado. Bonneville está situado al pie de dos inmensas montañas, como una suerte de prolongación sólida del Arve. El edificio más famoso del pueblo, casi un personaje por derecho propio, es un gran edificio cuyas paredes blancas vemos resplandecer desde lejos, y, pese a su pulcro aspecto, es nada más y nada menos que un presidio.

 

Domingo, 21 de julio.


 

Partimos hacia Chamonix a las ocho y media, tal y como teníamos previsto. Shelley contrató los caballos de antemano, y esta vez todo salió bien: nos


esperaban a la hora acordada. Atravesamos el campo de la Champaña que se extiende por un terreno inmenso: desde el monte Salère hasta la base de los Alpes. Nos ha impresionado la fertilidad del suelo, cubierto de campos de maíz y de huertos, alternando elevaciones con llanuras. Hemos cruzado un puente, y después una avenida de álamos viejos, pero todavía nobles, y el pensamiento se me ha ido de nuevo a Bonneville, a sus calles ordenadas, sin el menor reclamo arquitectónico, pero desprendiendo una agradable sensación de placidez. Sobrepasamos una montaña tan cubierta de árboles que el bosque nos recordaba a un vestido. El camino que nos conduce a Cluses pasa por una llanura espaciosa, húmeda y fértil, donde se entrecruzan los pinos y los castaños, como en Mellerie. Al llegar a Cluses, el camino gira de manera muy brusca hacia la derecha y vuelve a cruzarse con el río Arve, que parece recién salido de una cacería a muerte por los abismos de las montañas. Esta precipitación del río resulta ser el preludio ideal de lo que nos espera a partir de ahora: un escenario más salvaje, y en cierta manera también más colosal. El valle se vuelve angosto y apenas deja espacio para el río y el camino que progresa pegado a la orilla. Los pinos descienden retorciéndose hasta la orilla, inclinando sus agujas, mientras los riscos adquieren la forma de una pirámide y se elevan muy por encima de la pantalla del bosque. Apenas a cinco kilómetros de distancia, el escenario ha cambiado por completo: las dimensiones se han vuelto inmensas, las proporciones se han ensanchado, y el conjunto impone un aspecto solitario e indomable.

 

No hemos visto tantas cabras por las rocas como nos habían prometido, y las que atravesaban el paisaje estaban bastante separadas las unas de las otras. Lo que sí hemos visto son cascadas, aunque la desproporción entre el hilo de agua y la majestuosidad de las rocas es un tanto cómica. Aun así, siempre son hermosas de ver. La primera cascada, al caer se abría en dos brazos, y después descendía formando pliegues de espuma, en una forma que recordaba más a una nube que al agua, y capaz de rivalizar con la trama más exquisita del velo más hermoso; después, los dos brazos volvían a unirse, y la fuerza del agua ocultaba en este tramo la pared de la montaña; después daba una especie de salto acelerado, que tensaba la musculatura del agua, antes de hundirse profundamente en el Arve. La otra cascada tenía una forma más continua, una especie de cinta de agua, y era más ancha. Vista de soslayo, parecía una aparición sobrenatural,


tan blanco era su cuerpo en comparación con la negrura de la roca, como si la montaña apareciese detrás de una nube. El paisaje no experimentó ninguna modificación hasta que llegamos a St. Martin. Las nubes habían ganado cuerpo y ocultaban la cima del Montblanc, pero desde el balcón de la posada se podía ver su base.

 

Lunes.

 

A las siete en punto abandonamos St. Martin. El camino atravesaba una extensa llanura que desembocaba en una cascada. El agua cae a tanta altura y tan deprisa que levanta un vaho de rocío; cuando nos acercamos, fue como atravesar una cortina de lluvia: nuestra ropa se quedó completamente calada; es increíble cómo mojan estas partículas de agua diminutas, pero veloces como diablos. La catarata caía sobre el caudal del Arve, el agua golpeaba sus orillas con la fuerza de un animal salvaje cuando está enfurecido. A medida que progresábamos en nuestra ruta hacia Servoz, las montañas iban incrementando su altura y su belleza, las cumbres más altas quedaban escondidas por las nubes, pero en ocasiones las veíamos recortadas contra el azul purísimo del cielo; sin duda, Dios les concedía el beneplácito que le había negado a la torre de Babel, que de ninguna manera pudo igualar a estas montañas en inmensidad. Nuestra ruta acompañaba los meandros del Arve, que no parecía tan ancho y grandioso como de costumbre. A partir de Cerveaux, el camino se vuelve más montañoso, con una enorme predominancia de las rocas. Cruzamos un puente sobre el Arve que podría competir con los escenarios más hermosos del mundo: el río, blanco por la espuma, rompía con orgullo entre las rocas que se oponían a su avance. Pinos inmensos cercaban la base de la montaña. Los barrancos parecían el resultado de un desprendimiento violento de rocas.

 

Era como si, al ascender, el viaje fuese volviéndose más hermoso. El río se había convertido en un continuo de espuma que parecía reflejar el blanco purísimo de los glaciares, que desafiaban el cielo. En este escenario blanco, el verdor de los poderosos pinos, que cubrían el horizonte, era prodigioso. Después nos adentramos en el valle de Chamonix, que es mucho más ancho y que contiene campos de cultivo y caballerizas. Las montañas abandonaron su aspecto más amenazador, y los glaciares parecían estar más cerca del camino. Me fijé sobre todo en el glaciar de Bossons: a distancia recuerda a una catarata espumosa que se hubiese congelado en el


aire, y al aproximarnos se apreciaba como el hielo había adoptado la forma de estalactitas y estalacmitas. Al llegar al pueblo, nos ofrecieron que comprásemos como animal de compañía una ardilla que habían atrapado tres días antes. El animal nos dio pena y nos lo quedamos, pero en cuanto la puse sobre la mano me mordió un dedo y tuve que soltarla. Shelley estuvo rápido y volvió a atraparla; cargamos con ella un rato, pero cuando ya parecía resignarse a su cautiverio, nos apiadamos y la pusimos sobre una estaca del camino. El pobre animal estuvo un buen rato preguntándose dónde estaba y qué querían ahora de ella, pero en cuanto logró orientarse se adentró en sus bosques natales.

 

A medida que avanzábamos, escuchábamos el resonar lejano del trueno, pero el ruido que de verdad nos asustó fue una avalancha que se precipitó por un barranco de roca. Por suerte, la nieve se detuvo antes de invadir el camino, pero, al verse golpeada allí más fuerte por el sol, ha empezado a deshacerse en un torrente. Por la mañana ya se habían producido otros desprendimientos, y los torrentes casi habían borrado el surco oscuro del camino. Nos costó orientarnos. Las mulas iban probando senderos y no siempre acertaban. Llegamos a las siete a Chamonix, fatigadísimos, como si acabáramos de escapar de la muerte.

 

Lo que más nos llamó la atención del último tramo del camino fue un edicto público del rey de Cerdeña que prohibía a sus súbditos celebrar asambleas privadas. La multa era de doce francos, y, en caso de no poder satisfacer el pago, los ciudadanos podían acabar con sus huesos en la cárcel. Pero no todo fue truculento, también buscamos piedras curiosas y las guardamos para nuestra colección.

 

Martes 23.

 

De buena mañana, justo después del desayuno, nos montamos en nuestras mulas y salimos de excursión para ver el nacimiento del Arveyron. Habíamos recorrido ya tres cuartas partes del camino cuando bajamos de las monturas y recorrimos el último tramo a pie, sobre un camino de piedras sueltas, aunque algunas eran tan grandes que por un momento teníamos la impresión de pisar un camino homogéneo. Me llamó mucho la atención una fuente de agua que brotaba entre tres glaciares, como si la hubiera situado allí un pintor inspiradísimo. Nos sentamos en una roca para mirar la escena. La roca también parecía un asiento dispuesto por una mano humana. A la


izquierda quedaba el mayor de los tres glaciares. De manera incesante iba soltando piedras heladas. Se trata de un glaciar muy peligroso, y quedarse justo debajo podía resultar mortal. Nuestro guía nos contó la historia de dos holandeses que visitaron unas cuevas cercanas sin acompañantes y que fueron devorados por un alud. Desde donde estamos, que se supone que es un lugar seguro, aunque a veces cueste creerlo, vemos varias avalanchas. Algunas son tan pequeñas que parece como si pudieras cogerlas con las manos; otras son enormes y rugen y humean, sacudiendo los bosques de los contornos y dejando restos de hielo en este bellísimo valle. En esta época, el glaciar aumenta a diario de tamaño, y pronto cerrará los accesos del valle. Probamos la deliciosa agua del Arveyron. Después de la cena, Shelley quiere ver el glaciar de Bossons, pero como estoy segura de que va a llover, decido quedarme en casa. Shelley se va solo, yo me quedo leyendo cuentos de Voltaire.

 

Miércoles 24.

 

El día está lluvioso, y nuestra excursión al Col de Balme queda abortada. Hacia las diez, el clima parece aclararse. Shelley y yo decidimos emprender el camino hacia Montanvert. No se me ocurre nada más desolador que el ascenso a esta montaña. Las avalanchas han arrancado decenas de árboles, y muchos están tan inclinados que casi dan más lástima que los caídos. Enseguida empieza a llover, buscamos un refugio, y a nuestra espalda vemos un espectáculo estremecedor: una densa niebla blanca se había apoderado del valle. La única vida vegetal visible eran las puntas de los pinos que lograban perforar la niebla. La lluvia era ahora torrencial. Pese a que no habíamos tardado apenas en encontrar refugio, íbamos calados hasta los huesos, de manera que antes de llegar a la mitad del recorrido decidimos volver a casa. Shelley se adelantó, pero tropezó y se hizo daño en la rodilla, ¡en el mismo sitio donde se había lastimado antes! Se desmayó, y durante un buen rato tuvimos que esperar bajo la lluvia a que se recuperase. Llegamos a la posada tan mojados que los huesos parecían llenos de agua. Después de secarnos, escribí un relato.

 

Jueves 25.


 

El día promete ser bueno, así que decidimos salir a las nueve en dirección a Montanvert. A las doce estamos en la cumbre y contemplamos el Mar de Hielo. Éste sí que es el lugar más desolado del mundo, una luna de hielo.


No se atisba el menor asomo de vegetación, el valle entero está sombreado por enormes montañas heladas. Grietas irregulares, algunas muy profundas, atraviesan el suelo; en los bordes, el hielo es más azul, en contraste con el blanco embarrado de la superficie. Descendemos para cenar en la montaña. El aire sigue siendo frío, pero aquí crecen muchísimas flores, entre ellas, la preciosa rosa de los Alpes; hay muchísimas de ellas. Bajamos al campo sin prisa. Shelley se acerca hasta la mina de amianto, pero regresa asegurando que allí no hay nada que ver. Regresamos a las seis, fatigados del viaje, pero contentos y asombrados por haber visto aquel muro de hielo que se alzó ante nosotros.

 

Viernes 26.

 

Hoy hemos decidido salir a dar un paseo, porque de nuevo la lluva nos impidió ascender por el Col de Balme, como era nuestro propósito. Volvimos a recorrer el camino por el que llegamos aquí, pero esta vez me pareció mil veces más hermoso. Me fijé sobre todo en la manera como los pinos se mezclaban con una hierba rebosante de flores en las laderas de las montañas. En la cima de una de estas montañas vimos las ruinas de un castillo. Los desprendimientos constantes de piedras se han llevado muchas vidas de hombres y de vacas. Cabalgamos por un valle cubierto de estas cargas líticas asesinas.

 

Conversación con el guía. Le pregunté sobre la manera de vivir en el campo. Me dijo que aquí la mujer carga con el peso de casi todo: cosechar, preparar el heno… Los hombres trabajan en verano como guías, lo que resulta lucrativo, pues en ocasiones pueden encadenar veinte días con las comidas pagadas por sus clientes. Louis me dice que en otoño se pasa el día cazando; buscan rebecos, que pueden llegar a vender a veinte francos. Si cazan tres en una temporada, suelen darse por muy satisfechos. También cazan ciervos, zorros, marmotas y lobos. Estos últimos son los más rentables: de una piel pueden llegar a sacar doce francos, y cuentan con el apoyo del gobierno. Consideran a los lobos una plaga y han puesto precio a sus cabezas; pagan doce francos por las crías, quince por los adultos y dieciocho por una hembra si está embarazada. La costumbre aquí es casarse bien jóvenes. Ducré se casó a los 18 con una chica de 16. Cuando llega el invierno, muchos hombres van a París. Allí suelen contratarlos como criados de hotel. Marchan porque aquí, en invierno, sólo se pasa hambre;


me reconoce que algunos inviernos apenas hay manera legal de ganarse unos francos. Por suerte, aquí todo es barato; y el clima, suave; si el frío fuese severo, me dice, quizás preferirían morir. Napoleón no llegó a gozar aquí de mucho predicamento, y parecen indiferentes a cualquier clase de gobierno.

 

Sábado 27.

 

Día hermosísimo y sin nubes. Salimos a las doce. La jornada avanza calurosa, pero nos refresca una brisa delicada. Pasamos por delante de la gran cascada, que nos ofrece una estampa de singular belleza. El viento levanta partículas de agua que pasan delante de la roca como una gasa de niebla. La otra cascada arrastra muy poca agua, y su efecto no es tan hermoso. Por la tarde, el día es sereno, hermoso y tranquilo. El atardecer es siempre el mejor momento de cada jornada de viaje: los caballos trotaban, y el valle se abrió ante nosotros. Vimos el Jura, y saludamos al lago como quien se reencuentra con un viejo amigo. Después de invertir un buen tiempo preguntando a los lugareños, y de escuchar mucha información equivocada, encontramos el camino y nos apeamos en Diodati. Conversamos con lord Byron hasta las doce, después bajamos a Chapuis. No tardamos en acostarnos.

 

Notas

 

15 . Protagonistas de Julia, o La nueva Eloísa (1761), la novela más famosa de Rousseau, tan admirada por Mary Shelley.

 

16 . Mary se refiere a Auge y caída del Imperio romano, la monumental historia de Gibbon, escrita a lo largo de casi toda su vida adulta.

 

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4. REFLEJOS DE DIODATI

 

El verano de 1816 ha quedado fijo en la historia de la cultura popular y de las letras inglesas. Los Shelley y lord Byron se reúnen en la mansión de Diodati, en compañía de Claire Clairmont y del pálido doctor Polidori. Las semanas que pasaron juntos dieron un nuevo impulso a la poesía de Percy y al compromiso por parte de Mary de escribir lo que con el tiempo sería Frankenstein. La idílica estancia, recogida fragmentariamente en el diario, terminó con la decisión de los Shelley de regresar a Inglaterra, con la intención de solucionar su situación financiera.

 

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Domingo 28.

 

Leo a Voltaire. Shelley lee a Lucrecio. Larga conversación con Claire. Después de la cena, Shelley sale a dar una vuelta en bote con Byron. Al anochecer, vamos todos juntos a Diodati. En silencio celebramos el segundo año de mi unión con Shelley.

 

Lunes 29.

 

He escrito, y después he leído a Voltaire. El día ha resultado lluvioso, con truenos y relámpagos. Shelley ha terminado con Lucrecio, y sin darse una pausa se ha puesto a leer las cartas de Plinio.

 

Martes 30.

 

Después de cenar, subimos a Diodati y pasamos allí la noche.

 

Miércoles 31.

 

He leído diez páginas de Rousseau. Por la tarde subimos a Diodati.

 

Jueves, 1 de agosto.

 

Le he cosido un bolso a Shelley; me lo agradece. Conversamos un buen rato, y después sube a Diodati, donde pasará la noche con Byron. Leo un rato a Rousseau, escribo bastante, hojeo el libro que Shelley está leyendo: las cartas de Plinio.

 

Viernes 2.

 

Voy al pueblo acompañada de Shelley, con la idea de comprarle un telescopio para su cumpleaños; es un regalo que le hace mucha ilusión. Por la tarde, él y lord Byron salen en barco, y cuando regresan, Claire sube a Diodati para pasar un rato con ellos. Me da la impresión de que debería haber impedido que Claire fuese, que lord Byron prefería no verla; de ser así, debería haberse expresado con más claridad. Shelley regresa con una carta donde se exige su regreso inmediato a Inglaterra. La noticia nos pone de un humor de perros. Shelley lee las cartas de Plinio, yo abro y cierro libros, sin concentrarme en ninguno.

 

Sábado 3.

 

Me he pasado la mañana escribiendo. Comemos. Le envío una carta a Fanny. Subimos a Diodati. Byron me recomienda la biografía de madame Du Deffand. 17 No nos quedamos mucho tiempo, necesitamos hablar sobre nuestros planes. Shelley lee un rato a Plinio, pero sobre todo se dedica a


escribir cartas.

 

Domingo 4.

 

Vigésimocuarto cumpleaños de Shelley. He dedicado un par de buenas horas a la escritura. Salimos a dar un paseo en el bote con Shelley, y le he leído el libro cuarto de Virgilio entero. Después de comer, subimos a Diodati, pero regresamos enseguida. Estamos ilusionados con volver a salir de paseo en el bote; nuestro plan es dejar ir el globo, pero el viento sopla muy fuerte y frustra nuestros planes. Tratamos de que el globo levante el vuelo desde tierra, pero no es nuestro día: se incendia justo cuando alzaba el vuelo. Termino las Ensoñaciones del paseante solitario de Rousseau justo cuando Shelley termina las cartas de Plinio; yo no quiero seguir leyendo, pero en cuanto cierra el libro, abre el Encomio a Trajano.

 

Lunes 5.

 

Dedico la mañana a la escritura. Por la tarde subimos a Diodati. Shelley termina el Encomio a Trajano y empieza a leer a Tácito.

 

Miércoles 7.

 

Hoy he escrito casi diez páginas, mientras lord Byron y Shelley navegaban en el bote y hablaban de su poesía. Por la tarde he traducido un poco. Subimos a Diodati.

 

Jueves 8.

 

Salimos a leer en el bote, bajo un cielo precioso. Shelley parece sumergido en Tácito. Comemos. Shelley vuelve a salir en bote con lord Byron. Al volver, sigue leyendo a Tácito, parece poseído. Sobre las ocho subimos a Diodati. Recibimos una larga carta de Fanny. Qué pocas veces una carta larga trae buenas noticias.

 

Sábado 10.

 

Escribo la carta de respuesta a Fanny. Luego nos acercamos hasta la ciudad a comprar libros y un reloj para Fanny. En cuanto regresamos, me pongo a traducir. Por la tarde, Shelley y Byron salen a dar un paseo en el bote. Shelley me dice que se han recitado sus poemas y que han traducido de memoria. Pero no me lo ha podido contar hasta bien tarde, porque primero han subido un buen rato a Diodati; parecen ebrios de conversación. También ha vuelto con una noticia casi divertida de tan grotesca y que ha


revolucionado la casa: han arrestado a Polidori, y pretenden llevarlo a juicio por vender magnesio en mal estado. ¡Nuestro médico es un boticario estafador! Me acuesto y dejo a Shelley leyendo a Tácito.

 

Domingo 11.

 

Lectura y traducción. Lord Byron y Shelley salen con el bote. Vienen a comer a casa y vuelven a salir; después subimos todos juntos a Diodati. Shelley sigue enfrascado en Tácito; la verdad es que yo prefiero escribir.

 

Lunes 12.

 

Paso la mañana completamente sumergida en la escritura de mi relato sobre el monstruo; traduzco un poco de griego para descansar. Shelley va al pueblo a completar unos encargos, después vuelve a salir en bote con lord Byron. Al terminar de comer, damos un paseo por la orilla y subimos juntos a Diodati. De noche decido ponerme a leer. Shelley me dice que quiere ir a ver a Byron; sube a buscarlo, pero Byron ha tenido la misma idea y llega a casa cuando Shelley ha salido ya. Se cruzan sin verse. La situación me divierte y me apena. Byron, que ha dejado instrucciones en Diodati por si esto pasaba, me da conversación a la espera de que vuelva Shelley.

 

Jueves 15.

 

Shelley y yo decidimos dar un paseo en bote, pero enseguida el cielo se oscurece y amenaza con tormenta; decidimos regresar, y acertamos: el resto del día es lluvioso. Escribo, termino un relato al que quiero titular El viejo hombre de las montañas. Shelley lee a Tácito, pero con menos pasión: su propia escritura vuelve a tirar de él.

 

Viernes 16.

 

Leo un poco, pero sobre todo escribo, escribo y escribo. Lord Byron ha ido a Ferney, de manera que hoy no subiremos a Diodati. Shelley escribe sin suerte y se refugia en Tácito.

 

Sábado 17.

 

Escribo tanto como puedo. Por la tarde salimos a dar un paseo en bote con Shelley que me refresca la mente y las ideas. Subimos juntos a Diodati en un estado agradabilísimo de excitación intelectual. Byron propone leer juntos una de las novelas de la señora Genlis. Shelley prefiere leer a Tácito en silencio. Cómica aparición de Polidori, que se declara, con gran


solemnidad y aparato, libre de cargos. El bebé no se encuentra bien.

 

Domingo 18.

 

Prolongada conversación con Shelley, y después, un rato de lectura. Shelley lee a Plutarco en griego, y yo avanzo con Curtius. Lord Byron baja de Diodati y se queda con nosotros una hora. Por la tarde leo una novela. Shelley sube a Diodati y regresa para cenar con Lewis, con quien hablamos de fantasmas. El hombre había investigado a muchas personas cuyo oficio era el misterio y su investigación. Pero Lewis no cree en fantasmas, en este punto sostiene la misma opinión que lord Byron: quien crea en espíritus y fantasmas debe creer también en la existencia de Dios, son las dos caras de la misma moneda. Creo que todas las personas (incluidas Lewis y Byron) que consumen tantos esfuerzos para desacreditar el mundo de las sombras están más asustados de lo que parecen, y que siempre se burlan de día y en sitios seguros, y nunca después de medianoche, y mucho menos si están solas. En momentos así, y cuando no les ve nadie, seguro que se comportan con más respeto y temor hacia todo aquello que está más allá del reino de la carne.

 

Shelley le pidió a Lewis que recitase un poema escrito por encargo de la princesa de Gales. Al acabar, no sé si para congraciarse conmigo, insistió mucho en que la princesa de Gales era una fervorosa creyente en los fantasmas, y no sólo en ellos, sino también en la magia y en la brujería. Para sostener sus tesis afirmaba que todas las profecías que le habían hecho de joven se habían cumplido. De manera que no lo quedaba otro remedio que creer, por lo menos, en la adivinación.

 

El poema de Lewis trataba de una dama que vivía en una corte alemana. La dama se llamaba Dina, y era célebre en la comarca por la lealtad con la que siempre había estado unida a su esposo. Tan fuerte era su vínculo que ambos firmaron un acuerdo, un voto según el cual el primero en morir regresaría del más allá y visitaría al otro bajo la forma de fantasma. Un día que Dina estaba sentada sola en su habitación, escuchó un sonido inusual en la escalera: unos pasos suaves, blandos. Dina se levantó y vio como la puerta se abría y dejaba ver el cuerpo espectral de su marido, con ropa militar y una herida profunda en la cabeza. En un primer momento, la aparición sobresaltó a Dina, pero se tranquilizó al escuchar la voz cavernosa del espectro: «Dina, estoy aquí». Recordó el voto de su


marido, y la propia criatura le confió (en un tono de voz que no sonaba como la suya de siempre, sino como un tañido grave, como un repique de campanas) que estaba cumpliendo con su promesa de venir a verla tras la muerte, y que esperaba que se reunieran pronto, cuando terminase el recorrido de Dina por esta vida.

 

Al despertarse, Dina pensó que había sido víctima de un sueño, de una cruel pesadilla. Preguntó por su marido y le informaron de que había muerto en el campo de batalla, la noche pasada, de un corte profundo en la cabeza. En el poema de Lewis, los dos amantes no se separaban al momento. El espectro siguió visitándola hasta que estuvo convencido de que ya no despertaba terror en su mujer, que el impacto y la pena por su muerte estaban superados y que Dina no se arrojaría por la ventana para precipitar su reencuentro. El fantasma quería que Dina siguiese viviendo. Al ver que su mujer volvía a refugiarse en la alegría y en la serenidad, por las que era reconocida en toda la comarca, le dijo que se retiraba, que la dejaba sola en esta vida transitoria, y que seguía en pie la decisión de volver a fundirse en el más allá. Dina vivió, maduró, y, aunque no llegó a olvidarse de sus obligaciones, las relajó. Una tarde acudió a un baile. Al atardecer permitió que sus pensamientos quedasen dominados por un atractivo florentino. Ideas románticas se apoderaron de su cerebro. Se dijo que no había conocido jamás a una persona más ingeniosa, más graciosa ni más dulce. Aceptó un baile con el caballero. Mientras iba de su brazo hacia la pista, sonó una campana que no pertenecía a ningún campanario, sino a la muerte tenebrosa. Dina, perdida en el fascinante laberinto de atenciones que le prodigaba el florentino, no escuchó el tañido, o lo desatendió; en este punto, las cosas no estaban claras. Un segundo repique sonó tan fuerte y profundo que sobresaltó a todos los concurrentes. Dina miró hacia un espejo y recibió la profunda mirada de odio y desaprobación del espectro de su marido. Dicen que murió, allí mismo, de terror.

 

 

Lunes 19.

 

Escribo y leo. Shelley se acerca al pueblo. Después de comer, damos un paseo y leemos. Shelley sale a dar un paseo en barca con Byron y Lewis; después suben los tres juntos hasta Diodati. Leo a Plutarco.

 

Martes 20.


 

Mañana de lectura. Lord Byron baja después de comer y se queda con


nosotros hasta que anochece. Shelley decide acompañar a Byron a Diodati.

 

Yo me quedo leyendo a Plutarco.

 

Miércoles 21.

 

Shelley y yo hablamos largamente sobre mi historia del monstruo. Con sus ideas en la cabeza, me pongo a escribir más serena. Después de la cena aparece Byron, y Claire y Shelley le acompañan durante el camino de regreso.

 

Jueves 22.

 

Escribo mi historia, fascinada de cómo se enreda, y después acompaño a Shelley a visitar el cementerio. Ambos teníamos muchas ganas de verlo, pero ha resultado ser, como ya nos avanzó Byron, un camposanto bastante feo. De lejos parece un terreno cualquiera, rodeado por una valla vulgar. El paseo se hace pesado, el paisaje es aburrido. De noche recuperamos el ánimo leyendo: yo picoteo en las novelas de la señora Genlis, Shelley lee a Milton.

 

Viernes 23.

 

Leo a Curtius y termino una de las novelas de Genlis. Shelley acompaña a Byron a dar un paseo en barca, y después sube a Diodati. Cuando regresa, me dice que Byron ha recibido carta de su esposa y que está de un humor de perros. Ha considerado prudente no quedarse a cenar con él. Nos llegan cartas de Peacock y de Charles. Shelley sale a dar una vuelta con el barco bajo la luz de la luna, y cuando regresa se enzarza en la lectura de Milton.

 

Sábado 24.

 

Mañana de escritura. Shelley se acerca a Ginebra a solucionar cuestiones prácticas. De regreso, se reúne con Byron, y sé que no hablan de poesía, porque después Byron viene a visitarme y me dedica una hora de conversación, como si quisiera purgarse de las propias complicaciones personales. Shelley aparece no sé bien de dónde, y suben juntos a Diodati. Cuando Shelley regresa, se pone a leer la Germania de Tácito.

 

Domingo 25.


 

No tengo buena mañana para escribir, así que me acerco a la orilla del lago a contemplar las olas. Veo a Byron acercarse por el camino; hablamos un buen rato. Después, en la cena, elogia con vehemencia a Rienzi. 18 Por la


noche, cuando nos quedamos a solas, Shelley y yo leemos en un clima de serena complicidad.

 

Lunes 26.

 

Leo Carolina de Lichtfield. 19 Subimos a Diodati, y me encuentro allí a Hobhouse y a Scroop Davis. Regreso a casa, y Shelley decide quedarse allí. Al regresar, descubro con alegría que han llegado varios libros, entre ellos el Christabel de Coleridge, que Shelley me lee en voz alta antes de acostarnos.

 

Martes 27.

 

Paso el día entero sola, termino los cuentos de Carolina de Lichtfield y leo un poco de Christabel; también paso la mirada por encima de los artículos de la revista trimestral de poesía que me ha marcado Shelley: no me interesan nada. Shelley cena en Diodati y se queda allí toda la noche; por lo visto, se han pasado la tarde navegando.

 

Miércoles 28.

 

Hacemos las maletas. Shelley va a la ciudad. Varias horas escribiendo mi novela. Polidori viene de visita. Por suerte, Byron llega enseguida, me rescata y salimos a dar un paseo por la orilla del lago; hablamos largo y tendido sobre mi novela. No es una despedida triste, pero tampoco alegre, ¿quién sabe cuándo volveremos a vernos?

 

Notas

 

17 . Marquesa Du Deffand (1697-1780). Su salón fue uno de los principales puntos de encuentro de los enciclopedistas, con los que mantuvo correspondencia. Escribió unas semblanzas muy leídas en la época de los Shelley.

 

18 . Notario que hizo su fama en la Italia medieval derrotando a las clases nobles y otorgándole el poder al pueblo.

 

19 . Novela histórica escrita por Isabelle de Montolieu (1751-1832).

 

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5. UN VIAJE POR FRANCIA

 

Tras recalar en Inglaterra para tratar de solventar sus problemas contables y su traslado (definitivo para Percy) a Italia, los Shelley emprendieron un breve viaje por Francia, del que Mary dejó constancia en una serie de evocaciones de una belleza delicada y contundente.

 

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Jueves 29.

 

Salimos de Ginebra a las nueve de la mañana. Los suizos son conductores muy lentos, el viaje se eterniza, y por si fuera poco tenemos que remontar el Jura. El día se nos pasa convenciéndonos de que hoy no avanzaremos demasiado. Pese a todo, sobrepasamos La Vattay y Les Rousses. Es bonito contemplarlos bajo la luz del sol; cuando pasamos en invierno, los vimos sepultados bajo la nieve. Dormimos en Morez.

 

Viernes 30.

 

Dejamos atrás Morez; al atardecer llegamos a Dole. El día ha sido distraído, aunque no ha ocurrido nada lo bastante relevante como para escribirlo.

 

Sábado 31.

 

De Dole hemos viajado hasta Rowray, donde pasaremos la noche. Antes habíamos pasado por Dijon, y la novedad fue que esta vez, al salir de Dijon, tomamos un camino distinto al de las dos ocasiones anteriores. El nuevo paisaje era también bello, aunque lo más destacado fuese el perfil singularísimo de las montañas que envuelven el valle de Suzon: las colinas son bajas, pero de laderas abruptas, y los bosques cubren sus paredes como si fuesen enredaderas; al fondo se alternan los arroyos y el temblor de los álamos.

 

Domingo, 1 de septiembre.

 

Dejamos Rowray, atravesamos Auxerre (nos detuvimos a cenar, nos pareció una ciudad hermosa), y a las dos en punto entrábamos en Villenueve-la-Guyard.

 

Lunes 2.

 

Desde Villenueve-la-Guyard nos dirigimos a Fontainebleau. El paisaje que rodea el palacio parece crecer en estado salvaje, tanto que roza lo aterrador. El suelo está plagado de rocas, aparentemente de granito, que por todas partes atraviesan la tierra del camino. Los valles me parecieron igual de salvajes, sombreados por bosques más retorcidos que densos. En medio de esta tierra indócil y yerma se alza el palacio de Fontainebleau y la ciudad del mismo nombre. Visitamos el palacio. Algunas de las habitaciones igualan en magnificencia no sólo cualquier cosa que hayamos visto, sino que desafía todo lo que podamos imaginar. Los techos están engastados en


oro, y las marquesinas son de terciopelo. Al salir de Fontainebleau hemos tomado el camino de Rouen en dirección a Versalles. Llegamos a Versalles a las nueve.

 

Martes 3.

 

Visitamos el palacio y los jardines de Versalles. Pese a las buenas palabras que le dediqué a Fontainebleau, Versalles lo supera ampliamente. Los jardines están plagados de las estatuas más exquisitas, y también nos tropezamos con jarrones, fuentes y columnas de primera calidad. Pero todo lo que pertenece propiamente al jardín, su vegetación, me ha parecido un exceso, y por momentos un auténtico despropósito: el invernadero es un gasto estúpido. Lo único que nos gustó fue un naranjo, que supuestamente habían sembrado en 1442, pero que no parecía tan viejo. Los jardines que rodean el teatro son de estilo inglés, y estos sí que nos parecieron bellísimos. El Grand Trianon no es más grande que un palacete de verano, pero es magnífico en su género y transmite un encantador aspecto de ligereza, pese a todo su aplomo. No pudimos dedicarle a la galería de pinturas todo el tiempo que merecía. En el poco tiempo del que dispusimos, los ojos se me fueron a un retrato de madame La Vallière, la amante arrepentida de Luis XIV. Ofrecía la imagen de una mujer melancólica, pero extremadamente hermosa, y aparecía representada sosteniendo una calavera, frente a un crucifijo, pálida y con la mirada baja. Después de salir, visitamos el gran palacio. Muchas de las habitaciones están todavía sin terminar, pero, pese a esa desventaja, siguen siendo mejores que las de Fontainebleau. Todas las salas están revestidas con mármoles de varios colores, todos los capiteles son dorados, y no hay techo que no esté embellecido con alguna pintura exquisita. Es cierto lo que dice Shelley: la disposición de los tonos y los colores proporcionan al conjunto un aire más afeminado que regio. Si un arquitecto griego se hubiese gastado la cantidad de dinero que se ha invertido en este palacio, el mundo contaría ahora con un complejo arquitectónico inigualable. Vimos el Salón de Hércules, y también el salón donde el rey y la reina se exhibían ante la multitud parisina. Las personas que nos mostraron el palacio se negaron a pronunciar una sola palabra sobre la Revolución; dejaron caer un muro de silencio, como si así acelerasen el olvido; ni siquiera quisieron indicarnos en qué habitación los sublevados encontraron al rey el 10 de agosto. En el Salón de


la Ópera vimos los retratos de los reyes. La raza de la casa de Orleans estaba allí muy viva y manifiesta: todos eran extremadamente guapos; reconocimos a la señora de Maintenon, y a su lado a una hermosa niña que sólo podía ser la señora de La Vallière. Los cuadros sobrevivieron a la Revolución porque estaban escondidos. También nos enseñaron la biblioteca de Luis XVI. El bibliotecario nos dijo que había conversado mucho con María Antonieta en un patio interior que vimos desde una ventana; el hombre esperaba que la situación del palacio mejorase con el regreso de los Borbones, pero lo cierto es que actuaban como si no quisieran acercarse a Versalles; les debía recordar la desolación actual de Francia, los sufrimientos de los heridos y los horrores en los que el país se sumergió. Las enormes cantidades de dinero invertidas en este palacio han quedado suspendidas. La cantidad de habitaciones vacías que alberga el palacio nos pareció un emblema del espectáculo patético de la monarquía. Cuando terminamos de verlo todo, partimos hacia El Havre; pasamos la noche en Auxonne.

 

Miércoles 4.

 

Paseamos por Rouen y visitamos la catedral, un inmenso ejemplar del gótico más magnífico; cuesta trabajo calcular el dinero y el esfuerzo que habrá costado. Pero el interior nos decepciona; creo que se nos notó en la cara, de manera que el guía quiso enseñarnos el sitio donde están enterrados Ricardo Corazón de León y su hermano. El altar de la iglesia nos pareció ahora, al verlo por segunda vez, una fina pieza de mármol. Pasamos la noche en Yvetot.

 

Jueves 5.

 

Llegamos a El Havre. Por la noche, Shelley se cae de la cama, pero por suerte no se hace el menor daño.

 

Viernes 6.

 

Seguimos en El Havre. Buscando pasaje de regreso. Lo encontramos, pero el viento sopla ahora en contra de la dirección que nos conviene. Shelley está leyendo sobre los secretos del crimen en un libro que por lo visto es de lo más curioso y sorprendente. A falta de mejores interlocutores, decidimos hablar con el capitán.


 

Sábado 7.


Salimos a las once; el viento no sopla demasiado fuerte en todo el día.

 

Sentimos que el clima nos respeta.

 

Domingo 8.

 

Llegamos a Portsmouth a las dos y media. Shelley no se encuentra bien.

 

Nos dan de cenar, pero él apenas toca la comida. Conversamos.

 

Lunes 9.

 

Nos hemos quedado hasta las dos en la casa de los aduaneros. Shelley se ha despedido del extranjero con aire contrito. Después hemos recorrido el camino de Bath hasta llegar a Salisbury.

 

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6. LA MUERTE DE PERCY

 

En 1818, los Shelley se trasladan a Italia con el pretexto de acercarle a lord Byron la hija ilegítima que había tenido con Claire Clairmont. Los Shelley se instalarían en Italia, donde Mary perdió a otros dos hijos, pero vio prosperar al cuarto, Percy Florence. En julio de 1822, Shelley murió ahogado al hundirse su velero durante una travesía desde Pisa a Lerici. Con él iba su amigo Edward Ellerker Williams, que también se ahogó, y cuya esposa estaba pasando unos días en casa de los Shelley.

 

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1822

 

1 de julio.

 

He pasado la mayor parte del día enferma. Me da la impresión de que desde hace unos días me comporto como una enferma, y los otros me tratan como una convaleciente que trata de recuperarse. Roberts 20 y Trelawny 21 han llegado con el Bolívar, el barco de lord Byron. Trelawny me ha dicho que pretende quedarse aquí hasta el 16 de junio, mientras que Roberts esperará a que lleguen los Hunt. Shelley decide irse con Edward a Livorno; ninguno de los dos ha sabido concretarme cuándo volverán.

 

Lunes 8 de julio.

 

El Don Juan llegó a Livorno el 1 de julio por la tarde. Al día siguiente, Shelley bajó a tierra para recibir a Hunt y a su familia, a los que llevaba cuatro años sin ver. El 3 de julio, Shelley se separó de Williams y decidió acompañar a los Hunt a Pisa. Los días siguientes, estoy segura de que no fueron nada sencillos para Shelley. La señora Hunt se había pasado el viaje entero muy débil, entrando y saliendo de la enfermedad, y, al llegar a Pisa, un amigo del matrimonio le dijo a Shelley que el estado de Hunt bordeaba la desesperación, y que a ninguno de sus amigos le extrañaría si ponía fin a su vida allí mismo. Todo el problema radicaba en el tiempo y en el dinero invertido en una revista que ahora no estaba claro si vería la luz. Para colmo, se rumoreaba que Byron había perdido el interés en apoyar la revista, no digamos ya en participar.

 

También el 1 de julio, los condes Ruggero y Pietro Gamba se enteraron de que iban a ser exiliados de la Toscana como resultado de los incidentes con el militar cuya autoridad habían desafiado. El caso se presentaba como un desacato, pero se trataba de un problema político, de manera que era improbable que se solucionase antes de la fecha acordada para el exilio. Por lo visto, Byron está decidido a seguirlos, irá donde vaya Teresa Guiccioli, como el más leal de los caninos. 22 El conde Gamba y su hijo decidieron ir a Lucca en un primer momento, pero no pierden la esperanza de que se solucione su problema (creo que esta confianza en la propia suerte es uno de los rasgos de la nobleza), y tampoco consideran Lucca un lugar seguro. Mientras la familia a la que Byron ha jurado su lealtad se mantiene


indecisa, los problemas de Hunt se agravan. Hunt no puede presentarse como un inocente: se ha gastado las cuatrocientas libras que le prestó Byron para financiar su viaje a Italia, sólo le quedan las treinta que Shelley le arrebató para ponerlas a buen recaudo, en previsión de lo que acaba de suceder. Hunt dice que con este dinero no le alcanza, y nos ha pedido más, pero Shelley no está en disposición de prestarle dinero a nadie, como le he recordado, por si acaso se dejaba tentar por su delirante generosidad; de manera que Shelley no tiene otro remedio que abordar a un Byron que ya no quiere recibir a Hunt para pedirle un último favor en nombre de su amigo. La situación es desesperada, porque, de todos los artículos que Hunt había propuesto para el primer número de la revista, sólo La visión del juicio de Byron había despertado la curiosidad de los suscriptores, y ahora mismo, dado el estado emocional y la incertidumbre vital que rodea a Byron, Hunt ni siquiera puede estar seguro de contar con esos derechos. Shelley me confió esta perspectiva de noticias en una carta que me envió desde Pisa. También me advirtió de que, dado el embrollo en el que estaban metidos, no le quedaba otra que dejar que Williams regresase con el bote y quedarse allí para solucionar sus asuntos. Por suerte, Shelley logró aclarar parte de la situación en el mismo Palazzo Lanfranchi, y el 7 de julio logró partir hacia Livorno, acompañado por Williams.

 

Ya en Livorno, Shelley se reunió con Trelawny en presencia de Williams. Trelawny tenía órdenes expresas de conducir el barco de Byron, el Bolívar, a Lerici. El plan de Trelawny pasaba por zarpar junto a Shelley y Williams, pero el hado torció sus planes: en el último momento no pudo conseguir los documentos que autorizaban su partida y tuvo que quedarse atrás. Así que mi Shelley, Williams y el ayudante de marinero, un hombre llamado Charles Vivian, abandonaron el puerto de Livorno el 8 de julio por la tarde; por lo que he podido saber, las nubes negras, como presagios de tormenta, ya estaban reunidas en el cielo del oeste. Al poco de partir se desencadenó la tormenta. Trelawny y Roberts habían tratado de disuadir a Shelley de que zarpase en unas condiciones climáticas tan inciertas, pero fue en vano; y también fueron los primeros en subirse al faro con la idea de divisar el Don Juan, pero comprobaron con horror que no se encontraba entre las pequeñas embarcaciones de pescadores que regresaban a toda prisa al puerto de Livorno huyendo de la tempestad.

 

Estamos casi seguros de que el Don Juan naufragó y se hundió durante


la tormenta. El diseño del barco, que sólo tenía veinticuatro pies de eslora, y que cargaba con una vela demasiado grande, hubiese sido difícil de manejar incluso entre las brisas más suaves del Mediterráneo, de manera que ante un viento fuerte, tripulado únicamente por dos marineros sin experiencia y un crío, la embarcación se convirtió en una pura pesadilla. Seguramente se hundieron mientras trataban de replegar velas y regresar a puerto. El 20 de julio, Roberts le escribió a lord Byron:

 

Esta mañana he hablado con un hombre que asegura que vio el Don Juan dos o tres minutos antes de que se hundiese. Me ha contado la siguiente historia: «A las cuatro de la tarde del lunes, se levantó una fuerte ráfaga de viento en dirección contraria a la ruta que el Don Juan llevaba hacia Livorno. En ese momento, el marinero que iba a proa se hundió; a los pocos minutos de esta primera desaparición, el barco fue tragado por el mar. El viento soplaba demasiado fuerte para que pudiéramos soñar siquiera con acercarnos y ayudar a la tripulación. El agua formaba olas de casi nueve metros. Sólo al amainar la tormenta salimos a buscar los restos y encontramos el mástil y parte de la vela principal. El mar estaba plácido, pero no vimos nada más flotando».

 

La carta termina con una descripción tan exacta del barco que no tengo motivos para desconfiar de su declaración.

 

Leída esta carta, me resulta particularmente incomprensible que Roberts dedicase tantos esfuerzos a persuadirme de que el barco no se había hundido a causa de la tempestad, sino al chocar con otra embarcación, cerca ya de Livorno. Los motivos de Roberts son tan extraños que me obligan a pensar que le daba vergüenza reconocer que estaba a cargo de un barco tan frágil, tan pequeño y tan pesado que mató a sus tripulantes sin necesidad de chocar contra las rocas, volcado por culpa de las olas. Ahora sabemos que fue así como se perdieron sus vidas, y también contamos con el testimonio de un barco genovés, cuyo capitán dijo haber visto al Don Juan corriendo como un diablo alado, con las velas desplegadas, hacia su destrucción segura. El marinero ha calificado el espectáculo de hermosísimo, pero terrible, como si fuese un poema de Byron. Pero todavía me dolió más cuando supe que se había acercado a ellos y que les había pedido a gritos (Byron me dijo que hablaba como una trompeta) que por el amor de Dios


plegasen las velas, aunque la mar estaba ya tan picada que habían decidido no subir a rescatarlos por la seguridad de todos; pero en ese momento una ola como una montaña de alta se interpuso entre las dos embarcaciones, y mi marido y el Don Juan desaparecieron de su vista. En pocos segundos, toda la superficie marina estaba recorrida de espumas salvajes. Yo esperaba noticias en Casa Magni, acompañada de Jane y Claire. Cuando recibimos la carta de Leigh Hunt, escrita el 9 de julio, donde nos preguntaba si nuestros maridos habían llegado a casa sanos y salvos, comprendí que eran ya cuatro los días que llevaban desaparecidos, pues estábamos a 12 de julio. Salí de inmediato con Jane en dirección a Pisa, y de noche llegamos al Palazzo Lanfranchi. Encontramos a Hunt dormido, pero lord Byron y Teresa nos confirmaron las fechas de la partida de Shelley y Williams. Una mano negra de dolor me agarró del cuello.

 

Lo siguente que escuché fue a través de un muro de desesperación. Por lo visto, Roberts aseguraba haber divisado el Don Juan desde la torre del puerto, con ayuda de un telescopio: diez millas mar adentro, sacudidos por el oleaje y las corrientes, pero la tormenta no tardó en tragarse aquella silueta. Roberts no se desesperó: su optimismo y su experiencia le llevaron a convencerse de que se habían desviado hacia Córcega, pero los tripulantes no tenían su experiencia, y la tempestad no sabe de optimismos.

 

Trelawny se presentó voluntario para acompañarnos a casa. En el camino nos enteramos de que alguien había encontrado los restos de la barca, pero no nos llegó ninguna noticia de su tripulación amada. Es incontable el número de mensajeros que mandamos para que preguntasen a lo largo de la costa italiana, pero, hasta el 18 de julio, Trelawny no nos trajo la negra noticia odiosa: la marea había arrastrado sus cuerpos muertos a la playa. Trelawny presumió al principio de haber visto los cadáveres, pero las leyes de cuarentena eran demasiado estrictas para que no los retirasen al momento, así que debió basar su certeza en la identificación de algunos marineros, pero no fue suficiente para mí, y tampoco para Claire. Entre las dos le escribimos a Hunt una de las cartas más penosas de nuestra vida, cuya redacción consumió entera la noche del 19 de julio: «Te rogamos que nos des algún consejo o que preguntes por un método que nos permita una identificación segura. No puedo añadir otra palabra que no sea comunicarte que nuestra situación es desesperada, y que ahora mismo la llegada de la muerte sería recibida como un bálsamo contra tanto dolor». Trelawny


regresó con la noticia de que esta vez sí había visto a Shelley con sus propios ojos. Nunca olvidaré su actitud; no es que tratase de consolarme, en mi estado aquello habría sido una crueldad inútil, sino que se entregó a una alabanza desbordante y elocuente de mi divino Shelley que logró que me alegrase de su infelicidad y de su dolor: me halagaba que la muerte de mi marido pudiese provocar esa clase de desgarro en la conciencia de un amigo.

 

Al día siguiente, Trelawny nos llevó a todos de regreso a Pisa, y ocupamos nuestras antiguas habitaciones en el Palazzi de Chiesa. Los asuntos prácticos pasaron a primer plano. Se volvió imperioso recuperar los cuerpos. El señor Dawkins, el representante inglés en la zona, ya había brindado asistencia a Byron y Shelley durante las complicaciones derivadas del incidente con el militar. Dawkins es un hombre diligente y con buena reputación, así que consiguió el permiso de las autoridades para que los cuerpos fuesen incinerados y que después nos entregasen las cenizas. El 13 de agosto, Trelawny partió con el Bolívar hacia Migliarino. El cuerpo de Williams estaba enterrado en la orilla. Trelawny llevaba con él un horno portátil que le habían fabricado en Livorno. Con la ayuda de dos hombres, logró quemar el cuerpo en presencia de lord Byron y Hunt, que llegaron a Pisa por tierra. Al día siguiente alcanzaron la playa de Viareggio, donde las olas habían depositado el cuerpo de Shelley, y repitieron la misma operación con los despojos de mi marido. La diferencia fue que en esta ocasión ni Byron ni Hunt lograron soportar la destrucción final del cuerpo de Shelley. Hunt se quedó todo el tiempo dentro del carruaje de Byron, y Byron se fue a nado hasta el Bolívar, que estaba anclado a una milla de la costa, y se puso a llorar mientras mi marido ardía. Después de la incineración, Byron y Hunt cenaron juntos en Viareggio, con la intención de regresar al día siguiente a Pisa. La tensión acumulada los dos días previos puso a ambos amigos al borde de la histeria. Hunt me escribió más tarde:

 

La conversación de lord Byron no brilló ese día, ni siquiera durante las copas, el momento donde suele mostrar sus mejores cualidades. En cuanto a mí, había bordeado emociones que nunca antes me había permitido. Emociones que ahora sé a ciencia cierta que pueden llevar al hombre al desastre. Después, en el carruaje, nos dejamos arrastrar por una corriente eufórica: cantamos, reímos, gritamos… Fue la alegría más impresionante de


mi vida, posiblemente porque extraía la fuerza del alivio de un dolor insoportable. No quiero imaginar lo que el cochero pensó de nosotros… No quiero volver a revivir esta pesadilla despierto.

 

Pero la aventura no terminaba aquí. Tuvimos que emprender mil gestiones para que nos dejasen sacar las cenizas de la región, pese a que la incineración debió acabar con todas las objeciones derivadas de las leyes de cuarentena. Solucionado el papeleo, sólo me quedaba agradecer que las cenizas fuesen más sencillas de transportar que los cuerpos. Trelawny me dejó ver el horno de hierro, sostenido por un armazón, que había mandado construir y que tenía, efectivamente, las dimensiones de un cuerpo humano. Allí dentro estaba todo lo que quedaba de Williams. Me llamó la atención, pero no me atreví a preguntar por los dos cajones que se apreciaban en el horno. También me fijé y anoté la inscripción impresa en una placa de latón sujeta a la parte superior: «Edwardus Ellerker Williams, Anglicâ Stirpe Ortus, India Orientale natus, un Ligurno Portu en Viam Regiam navigiolo proficiscens, tempestate periit».

 

Después de asegurarnos de que todo estaba listo, me embarqué con lord Byron en el Bolívar. Llevábamos con nosotros a Shelley. El tedioso trayecto duró diez horas sobre un mar que parecía incapaz de matar a nadie. Llegamos a Via Reggio. Dos pequeñas embarcaciones habían recorrido la zona con la esperanza de recuperar los restos de la embarcación hundida, pero todo había sido en vano. Roberts me dijo que había fatigado el mar en compañía de los marinos que aseguraban haber visto al Don Juan peleando contra la tormenta, y que después de seis días de esfuerzo, bajo su supervisión directa, los envió a casa. Roberts también me contó que el mayor al mando de la ciudad les había puesto, curiosamente, más problemas a la incineración de los cuerpos que a su retirada.

 

Notas

 

20 . Marinero y capitán de barco, ayudó a los Shelley a construir el Don Juan, el barco donde moriría.

 

Byron siempre lo consideró un tanto incapaz.

 

21 . Edward John Trelawny (1792-1881), aventurero y admirador de la poesía de Shelley, con Byron mantuvo una relación de amor-odio que terminaría con un descarado ajuste de cuentas por escrito.

 

22 . Teresa Guiccioli y su marido el conde Gamba llenaban el paisaje vital de lord Byron estos años. Teresa era su amante, y el conde medio permitía la presencia de Byron al lado de su esposa, siempre que no armasen revuelo y se respetase la etiqueta social.


 

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7.  VISIONES DE DUELO OceanofPDF.com


 

 

1822

 

2 de octubre, Génova.

 

El 8 de julio escribí la última entrada de mi diario, aunque seguí escribiendo… Qué triste monumento al espectáculo que terminó con mi vida. ¿Y de verdad quiero empezar ahora de nuevo? ¡No, de ninguna manera! Pero son varios los motivos que me inducen a volver, sobre todo cuando el día ha caído y todo a mi alrededor está en silencio… Entonces parece como si la ocasión me pidiese que vierta sobre el papel mis reflexiones y mis sentimientos. Y manejo otro motivo terrible: me he quedado sin mi amigo. Durante ocho años me relacioné con una libertad sin límites con un genio, un hombre cuyo talento iba mucho más allá del mío. Despertó mis sentimientos y animó mis ideas, fue un compañero y un guía. Conversé tantas horas con él, rectificó mis errores de juicio, me sacudió mis prejuicios, me iluminó con ideas que desconocía, me ayudó a que mi mente mejorase. ¡Y ahora estoy sola! ¡Oh, nadie sabe lo sola que estoy! Las estrellas pueden contemplar mis lágrimas, y el aire puede rozar mis suspiros, pero mis pensamientos se han convertido en un tesoro sellado que no puedo compartir con nadie.

 

Cuaderno blanco: ¿confiarás en mí? Yo te entrego mi plena confianza porque sé que nadie más verá nunca lo que aquí escribo. Pero confiar no es suficiente, ¿me atreveré a expresar todo lo que siento? Ni siquiera se trata de atreverse, ¿seré capaz? ¿Tengo talento suficiente para ponerle palabras a estos pensamientos y sentimientos que me zarandean como una tempestad? ¿Lograré en esta arena de dolor dejar una huella indeleble, o se borrará como las marcas del mar? ¡Ay! Estoy sola, sola, ningún ojo responde a mis miradas, mi voz no se modula ante la presencia de nadie, el mundo natural sigue a lo suyo, y yo tengo el mismo peso que una sombra.

 

¡Qué cambio! ¡Qué cambio ha dado mi vida! Oh, mi amado Shelley, seguro que tú encontrarías natural que mi corazón se haya enfriado con el tuyo. Dime, ahora que ya estás dentro del secreto, ¿no es cierto que sacrifiqué todos los atractivos de la soledad por la suerte de que fueses mío? Cuán a menudo, durante nuestros días felices, porque fueron felices pese a todos los accidentes que sufrimos, pensé hasta qué punto estaba hechizada,


arrebatada por la presencia y compañía de una persona que era capaz de desvelarse de preocupación por mí y que trataba de comprenderme por completo. Pues bien, ahora mismo nuestra relación se ha reducido a estas páginas en blanco, no puede prosperar en otro sitio, y mi ánimo sólo me permite expresarme con imágenes borrosas y pensamientos opacos. Mientras escribo, me abandono a pensar lo que él me habría aconsejado en una situación así, lo que me habría respondido si en lugar de escribir se lo dijese de viva voz. Ya sé que no se puede hablar a los muertos de su propia muerte, pero eso no aplaca el deseo de saber qué opinarías de este estado mío de desolación, de escuchar qué debería hacer y pensar hoy, y de hoy en adelante. Supongo que me dirías algo así: «Aprende las nuevas reglas de tu corazón, descubre qué es lo que más ama ahora, y trata de disfrutarlo». Así que levanto la mirada, observo lo que me espera en mi vida futura y trato de descubrir qué me gustará entre lo que allí intuyo. Cuando medito o sueño en mi vida futura, sólo me anima un pensamiento: los amigos y las relaciones humanas. Sin todas estas personas que siguen viviendo, todo me parece plano e inútil.

 

Al pensar en la inseguridad de la vida me asaltan las lágrimas. Las personas que más quería, a las que el amor proporcionaba una sensación de seguridad y de anclaje, se han ido para siempre. Sólo me quedan afectos secundarios, sin contar con mi hijo, cuya personalidad todavía está en el aire, y temo que la terrible situación que atravesamos empañe nuestras relaciones. «Hijo mío», surgen tantos sentimientos cuando pronuncio estas palabras que prefiero alejar los pensamientos; incluso la imaginación, mi facultad más sólida, flaquea. Debo olvidarme de mi hijo, concentrarme en lo que puede ser más útil para mí: el trabajo literario, el perfeccionamiento y la ampliación de mi conciencia… Es lo único que puede rescatarme del hundimiento. Tengo la impresión de que es para lo que he nacido, casi el convencimiento. Todos los acontecimientos de mi vida parecen dirigirme a una reclusión dedicada al arte y al estudio. Es como si el destino hubiese manejado mi existencia para meterme en esta celda y dejarme después abandonada a mis recursos. Padre, madre, amigos, esposo, hijos…, es casi interminable el desfile de los que me han abandonado. Todos, todos se han ido, menos tú, muchacho, pobre muchacho; por mucho que quiera apartarte de mis pensamientos, eres imprescindible para que mi vida continúe, y también para cumplir con mi tarea. ¡Que así sea! Sé que mi corazón no me


permitirá buscar otro hombre, pero sí tengo la esperanza de que los elásticos sentimientos de la juventud, que todavía no me han abandonado, me seguirán hacia otras perspectivas vitales…, pero una vez allí volvería a arruinarme y a perderlo todo, y el destino me devolvería a una celda parecida a ésta, pues el único alimento que me permite la vida es el que segrega mi intelecto. Buenas noches, buen diario, libro dedicado a la noche calmada y a Shelley. Buenas noches, buen diario, te dejo en compañía de una lágrima vertida por este corazón saturado, hasta que me decida a abrirte de nuevo.

 

5 de octubre de 1822.

 

Bueno, ya están aquí, ya les he dejado entrar en mi vida, y es todo justo como suponía que iba a ser. Desperté como de un sueño y me di cuenta de que llevaba muchos días vegetando. Meses, quizás. La extrañeza se apoderó de mí: había pasado tanto tiempo curándome en soledad, y ahora me desperezaba para volver a la sociedad. Participar de nuevo de la vida… En fin, en cuanto he vuelto a relacionarme con los demás, mis sensaciones han sido dolorosísimas: por todas partes he visto el mismo egoísmo, insensibilidad y… cosas peores, para las que no quiero ni buscar palabras. Debo ser fuerte en medio de estas personas si quiero mantener la paz y la tranquilidad de espíritu, pero no puedo volver a darles la espalda por completo. En lo más hondo de mi corazón se ha abierto un pozo insondable de aguas amargas. Empleo toda la fuerza de mi pensamiento para reprimirlo, ésta es ahora mi única filosofía de vida, ¿cómo iba a seguir adelante si sus aguas anegasen mis dulces sufrimientos? No quiero que mi mente quede inundada por la miseria sin sentido de esas aguas. Aunque no me engaño ni por un momento: así será, éste es mi destino. Las personas que podrían haberme salvado terminarán de hundirme. No se trata de dónde plantar mi casa. Aquí o en Inglaterra sufriré las mismas humillaciones y los mismos horrores. Aquí y ahora pienso que quizás los sufrimientos en Inglaterra serían más llevaderos, pero sufriría el doble pensando que soy una carga para los demás. Aquí, al menos, y esto Dios lo sabe bien, mis lágrimas no suponen un peso para nadie, y sólo me duelen a mí, sólo yo cargo con ellas.

 

Oh, hijo mío, pienso tanto en ti, en tu controvertida figura. ¿Cuál será tu destino? Sólo tú me cuidas, eres la única cadena que me une al tiempo, y


sólo por ti me impongo la obligación de volver a ser una persona libre y autónoma. Pero sé que no estoy destinada a vivir mucho tiempo, ¡no quiero pasar mucho más tiempo aquí! Cualquiera puede saber que el desprecio a la vida consume la sustancia viviente. Separada del mundo, no puedo esperar que el mundo me soporte mucho tiempo. Para mí todo está muerto, el espectáculo casi infinito del mundo se reduce a ver pasar una monótona sucesión de soles dedicados a la morbosa tarea de iluminar la ausencia de todo lo que en este planeta he amado… Pero debo alejarme de estos pensamientos y entregarme a mi única tarea aquí, centrar mis esfuerzos en pulir la virtud de la única criatura de la tierra por la que vale la pena amar y morir. Espérame, Shelley, y en diez años quizás pueda unirme a ti. También la luz lunar anhela fundirse con la del sol y no vagar más por el espacio, como un triste reflejo de la única fuente de luz. Trelawny me dice que ignoro cómo es el carácter de las personas, que no sabré formar a mi hijo, y lo cierto es que le dedico poquísimo tiempo, me siento muchas veces ingrata, pero sé que mi línea de actuación es la correcta, acumulo fuerzas para ser después efectiva. Shelley: sé que apruebas mi comportamiento y que guiarás mi mano. No necesito esperar a que las circunstancias confirmen o nieguen mis intuiciones.

 

7 de octubre de 1822.

 

Hoy he recibido el contenido de mi escritorio y se me ha pasado el día leyendo mis propias cartas, las que le escribí a Shelley durante sus ausencias. ¡Qué cantidad de escenas han regresado a mi memoria! Williams, Claire, Allegra…, 23 todos han desfilado por mi mente, todos vivían entonces, respiraron este aire, y sus voces se mezclaron con mis sentidos. Todos esos pies queridos pisaron la misma tierra que yo pisaba al mismo tiempo. Y sus manos estaban calientes y recorridas de sangre, y las sentía latir cuando las apretaba. Me gustaría expresar mi desesperación, pero no encuentro las palabras adecuadas, una y otra vez repito lo mismo: ¿dónde estáis todos?, ¿dónde os habéis ido todos?

 

Se dice falsamente

 

que en el pasado existió relación

 

entre los vivos y los muertos.


Pero ellos viven… Su presencia en mi mente es demasiado intensa para que estén muertos. ¿Dónde estás, Shelley? ¿Y cuándo me uniré a ti? Todos se han ido, pero viven, están más vivos que yo. Algunos llaman vivir a mi estado, pero yo sé que no estoy viva. Me he quedado quieta en el valle sombrío que antecede a la muerte, y muy pronto estaré helada.

 

¡Esta cruz de diamantes! Me la diste como garantía de tu lealtad, y ahora la miro como si fuese el memorial de tu pérdida. Pero no puedo escribir lo que ni siquiera me atrevo a pensar. La desesperación anida entre mis latidos. Oh, Dios mío, ¿cuándo moriré?

 

10 de octubre.

 

¡Oh, Shelley, mi mejor amigo! Con qué tristeza pasan estos días interminables, vacíos de ti. ¿Existe una combinación de palabras capaz de expresar la distancia entre los ocho años de felicidad a tu lado y este hueco? La poesía, la brillantez, toda la luz del sol que iluminaba mi vida, se han ido, y la realidad se ha vuelto demasiado real:

 

¡Ojalá estuviera muerta!

 

Y que las flores de esta primavera que ya se fue se deshojasen sobre mi tumba.

 

Pobre de mí. Ninguna Beatriz ha deseado tanto la muerte con tanta seriedad como yo. Pero lo cierto es que, al ver que todo cuanto nos rodeaba era tan doloroso, pensé que entre los dos lograríamos levantar una segunda vida dentro de la falsa sociedad exterior, donde la imaginación compensaría la falta de poesía, de calor y de luz que hay en el mundo. Pero esa vida nos la han arrancado. Te he perdido. Nunca más volveré a disfrutar la luz del sol, veré el mundo entero bañado por la pálida luna… Dicen de mí que soy una criatura de la noche. A veces pienso que te visito en el barco donde te hundiste bajo la forma de una luna amada. Soy luz de luna, no tengo más existencia que la que el sol me presta; así he vivido yo, gracias a la influencia de tu espíritu, Shelley, gracias a la fuerza que has compartido conmigo. No me importaría nada ser una débil continuación de tu existencia, y en la medida de lo posible me esforzaría por revelar a la tierra y a la humanidad futura aquello de lo que fuiste capaz. Sin embargo, mucho debo cambiar y mejorar para ser tu digno portavoz en la tierra, para que


brille en mí un resplandor verdadero de tu antigua luz. Debo recorrer mucho camino, adquirir numerosos conocimientos y beber de las mismas fuentes de sabiduría y virtud donde el joven Shelley apagó su sed. Hasta el momento no he conseguido ningún logro parecido, pero no estoy descontenta. Me refiero exclusivamente al tiempo que llevo viviendo en Italia. Desde que me dejaste sola, aunque he podido ocupar mi mente con los estudios que me impuse, mi ánimo está tan inquieto que a veces caigo en la indolencia, y el trasiego de la sociedad me vuelve negligente: espacio cada vez más las horas de estudio, mi plan se está ralentizando, debo concentrarme y redirigir mi atención hacia los deberes que me he impuesto para que prospere la vida que he planeado sin ti. Tu voz ya no está aquí para reforzarme, pero sé que tu espíritu me visitará y me animará. Sé que lo harás. ¿Qué sería de mí si no me ayudase creer que todavía existes? ¿Por qué iba a renunciar a esperarte? En el caso de creer que ya no existes de ninguna manera, incluso la luz de la luna desaparecería y todo sería oscuro y hueco, como los espacios que se abren entre los planetas.

 

No quiero que pienses que sólo concibo una vida eterna para ti. Creo que todos seguiremos viviendo más allá. Sí, lo haremos. Pero incluso allí tú serás distinto. Aquí en la tierra ya eras único: un espíritu enjaulado, un espíritu elemental encerrado en una carne tan frágil que se desgarró enseguida. ¿No decían de ti todos lo mismo, aunque con otras palabras? Charles, Trelawny, Hunt… y tantos otros. Déjanos tener razón, disfruta de haber salido por fin de esta dolorosa prisión, de ser libre, mi Shelley, aunque el precio a pagar sea que yo, tu pobre elegida, se extravíe hoy en este simulacro de vida.

 

Qué extraña ha sido mi existencia. El amor, la juventud, el desafío y la temeridad me arrancaron bien temprano de la rutina regular de la vida; me uní a este ser, que era como cualquiera de nosotros, sin parecerse en nada a ninguno de nosotros, y que desde joven se mezcló con situaciones peligrosas, y que vivía perseguido por miserias que cuando me enamoré de él empecé a compartir. Y después me convertí en la madre de sus segundos hijos, pues ya había tenido hijos de otra. La madre de dos hermosos hijos que por desgracia no se quedaron demasiado tiempo a mi lado. Pasé por la agonía de asistir a cómo dos formas que había llevado y alimentado en mi interior fueron decayendo hasta la muerte. Pero uno muy parecido a ellos sigue aquí. Y aunque es verdad que tras la muerte de mi Percy el mundo


parecía una sucesión de arenas movedizas, en cuyo interior me hundía un poco más cada día, él seguía a mi lado como un refugio, tan desgastado y frágil por la tempestad que tardé en darme cuenta que de él podría extraer una nueva fuerza: porque es evidente que mi hijo me sobrevivirá.

 

Pero tú sí te has ido. La tuya es una voz que ya nadie puede escuchar, y tampoco la tierra recibe la sombra de tu forma. La aniquilación ha tocado y devorado el envoltorio mortal de la criatura más dulce que jamás respiró el aire de la tierra. Pensaré y pensaré en ti hasta ponerme triste, porque la desesperanza es ahora la única esperanza a la que puedo aspirar. Mañana debo empezar una nueva vida. Ojalá fuese digna de morir. Todavía no lo soy, pero ojalá dentro de unos cuantos años de esforzado trabajo pueda desaparecer como mi Shelley.

 

19 de octubre.

 

Qué dolorosos resultan todos los cambios para quien vive total y despóticamente absorto en sus propios pensamientos, refugiado en una vida interior muy distinta a las apariencias exteriores. Mientras mi existencia sigue su curso monótono y estéril a la vista de mis conocidos, una corriente subterránea perturba el suave rostro de las aguas y distorsiona todos los objetos que se reflejan en ella: la mente ya no es un espejo donde se reflejan los acontecimientos exteriores, sino que es el pintor y el creador de sus propios mundos. Esta actividad incesante de la mente creativa tiene el poder de alterar con sus cambios continuos los sucesos cotidianos de una vida de lo más anodina, de animarla en su interior con el espíritu de la tempestad y del huracán. Así, esta noche, lo que desde fuera recordaba a una mujer sentada en silencio… ocultaba un interior recorrido por un viento brioso que despertaba emociones profundamente arraigadas en el ánimo. Habría sacrificado mundos enteros a cambio de que me hubiesen permitido quedarme años aquí quieta, con los ojos cerrados, escuchando sus palabras. También me ocurre cuando estoy en un salón rodeada de gente. En este estado de sensibilidad creativa, sus palabras más pálidas, esparcidas en una conversación sin interés, me llegan con un doble sentido capaz de tocar acordes muy profundos en mi interior, músicas de las que mi interlocutor es del todo inconsciente. No creo que ninguna otra voz entre los vivos sea capaz de despertar en mí las fuerzas dormidas de la melancolía como la de Albe. 24 Algunas veces me acusan de que, cuando Albe habla, escucho


mucho y apenas hablo. Nunca respondo por miedo a que la emoción me rasgue las cuerdas vocales. Pero es así: cuando Albe deja de hablar, espero sin escuchar hasta que vuelve a tomar la palabra, y entonces mi interior vibra de nuevo movido por las mismas asociaciones. He visto muy poco a Albe desde los días que pasamos juntos en Suiza, pero entonces nos veíamos a diario, y en el tono de su voz quedaron impregnados ciertos sonidos y gestos de los que nunca podré ya separarlos.

 

 

Desde que murió Shelley, he escuchado a Hunt hablando con muchas personas, pero nunca me ha causado la misma impresión. Trelawny no es capaz de emocionarme, y lo asocio más a Edward que a Shelley. Ni siquiera nuestros amigos más antiguos, Peacock y Hogg, son capaces de alterarme, aunque hablen entre ellos como hacían entonces. Como la incapacidad y la timidez me impidieron mezclarme en las conversaciones nocturnas de Diodati, las recuerdo como un tête a tête entre Shelley y Albe, las dos voces alternándose con un fenómeno natural, de manera que cuando ahora Albe habla y Shelley no responde, es como escuchar el trueno sin que responda la lluvia o ver un sol que no desprende ni luz ni calor. Escuchar la voz de Albe sin la réplica de Shelley es como sostener en la mano un objeto familiar que ha perdido su tacto: nuestra cualidad favorita, la que más nos gustaba. Escucho su voz con una melancolía indecible, pero la sensación no es completamente dolorosa.

 

Creo que esto explica lo que de otra manera sería un enigma: por qué Albe tiene el poder de provocarme, con su sola presencia y un puñado de palabras, emociones tan profundas y cambiantes en mi interior. Mi mente y mis sentimientos se ven obligados a convocar la réplica de Shelley a las opiniones que está expresando en ese momento, o por lo menos al tema general del que se habla. Es imposible que exista otra persona con la que al hablar ambos sintamos como Shelley flota sobre la conversación. En compañía de Albe, ambos sabemos de quién va saturado nuestro corazón. Al lado de Albe, la presencia de Shelley es tan nítida en mi cerebro que interrumpe las funciones vitales, como si ya no fuesen sólo mis lágrimas, sino el mismísimo escenario histórico quien lamentase su muerte. He regresado a casa en un estado que incluso el murmullo del mar parecía presionarme. El caso es que por primera vez desde hace más o menos un


año he pasado dos horas en compañía de Albe, y al llegar a casa he tenido que escribir estos párrafos que no terminan de expresar toda la fuerza de mis sentimientos. ¡Shelley, amado mío! Miro las estrellas, y la naturaleza entera me habla de ti con una voz clara. ¿Por qué no me respondes? ¿Han destruido allí donde estés el instrumento de tu voz? Soportaría siglos de dolor si se me concediese el don de sentir por un segundo cómo roza mi oído tu voz.

 

21 de octubre.

 

Después de un día entero pasado en sociedad, regreso a ti, amado mío. Cuando en mi extrema soledad lloro pensando en lo sola que estoy, cuando comparo la compañía que se proporcionan los otros con mi propia soledad, no suelto ni media lágrima. En esos salones me invade un sentimiento de insatisfacción que es mucho más doloroso que las lágrimas más agónicas. Siento como si mi carne se irritase dentro de la piel. Shelley ya no está para ennoblecer con su presencia el gesto más insignificante de mi vida, y tampoco cuento con su apoyo, de manera que me he convertido en una persona completamente inconveniente para cualquier clase de vida social.

 

Quizás escribo así porque hoy estoy particularmente descontenta, aunque he pasado varias horas con personas que me han dado numerosas pruebas de que me aman. La mayor parte del tiempo lo he dedicado a las palabras y a las miradas despiadadas, que también abundan. Hay un aspecto de mi personalidad, de mi manera de ser con los demás, que me parece extremadamente desagradable. La gente me considera una persona incapaz de sentir afecto por nadie, poco dotada para la sensibilidad; observan mis sufrimientos como si estuviesen cifrados. Todo esto me degrada ante sus ojos, me rebaja a un rango injusto. Delante de estas criaturas tan bien adaptadas a la vida social me siento abatida y cobarde, y voy adentrándome paso a paso en la incapacidad que me presumen. Pero no soy nada incapaz, ni tampoco insensata. Es sólo que me examino con tanto rigor que confundo a estos pobres curiosos con los jueces divinos de mi tribunal interior. Tanto examen me ha hundido en una desconfianza que acrecienta mi inclinación natural a encontrarme defectos. Y nadie puede relacionarse con nadie, ni siquiera con las personas a las que aprecia y le aprecian (con excepción de aquel que nos ama con un amor verdadero y eterno) sin mucha confianza en sí mismo, en sus propios talentos y capacidades. Cuando la confianza se


quiebra, perdemos aptitudes para la vida social y debemos refugiarnos en lo íntimo. Pero nuestro hijo vive, y me obliga a seguir viendo personas, y me impide encerrarme en esa soledad absoluta en la que tanto me gustaría encerrarme. Así que no me queda otra que tratar de cambiar mi estado de ánimo. Soy orgullosa, y el orgullo es útil para manejarse con el mundo, pero también soy sincera, y la sinceridad destruye la utilidad social del orgullo. ¿Acaso no estoy siempre temerosa de enorgullecerme de algo que no sea mío de verdad, de lucir unas plumas prestadas? Pero si no mejora mi confianza, habré desperdiciado mi tiempo. Toda mi esperanza pasa por el estudio, es mi única regla de vida, pero soy incapaz de arrancar mi plan con provecho.

 

¡Mi querido Shelley! Ten un poco de compasión de mí, dame algo de tu fuerza, algo de esperanza (no de la terrenal, sino de la espiritual), parte de tu inmensa energía y de la nobleza angelical de tu espíritu. Sé que no soy mezquina ni ruin, pero en ocasiones me siento como si lo fuese. Tampoco soy insensible, todas las horas de angustia que padezco vienen a probarlo. Sin embargo, estar al lado de personas que no me aman y no me quieren bien me hace sentir como si fuese de mármol. Sé que no soy imperiosa ni insincera ni egoísta, y que, si me diesen la oportunidad, podría demostrar que soy todo lo contrario, que si alguien me proporciona su cariño, puedo reaccionar con generosidad, de manera sincera y amable. ¿Por qué no soy capaz de desenvolver todas estas virtudes? Porque necesito alguien que proyecte su energía sobre mí, que disipe estos bajos sentimientos; pero nadie me ayudará si no lo hago sola, debo deshacerme de ellos yo misma o me hundiré en una miseria insoportable.

 

27 de octubre.

 

Escribo, escribo como te prometí, pero ya ves lo que escribo. Oh, amado mío, no me dejes tan sola en este desierto. Me he convencido de que, mientras hable y actúe, aunque se trata de un simulacro de vida, nuestra existencia conjunta continuará de alguna manera y tú no abandonarás definitivamente este mundo. Pero debo ser muy constante en este empeño, o de lo contrario pierde su efecto y vuelvo a estar sola. El proceso es miserable, me obliga a convertir mi vida en una especie de ficción. En el pasado, mientras escribía Matilda, 25 mi estado era igual de miserable, pero la inspiración lograba calmar temporalmente la angustia; pero ahora no


tengo respiro, ninguna tarea en la que descansar mi angustia. Y la inspiración se ha secado, no volveré a encontrar el menor oasis, y en cierta manera tampoco quiero descansar: la prolongación ininterrumpida de mi dolor mantiene vigente la promesa de nuestra reunión futura, y no quiero cambiarla por unos años aquí, vividos con sentimientos más placenteros.

 

10 de noviembre.

 

He pasado un tiempo considerable sin escribir aquí, sumergida en mis proyectos literarios, y ahora pienso que esta rutina me ha beneficiado. Desde luego estoy más tranquila, tanto que empiezo a vislumbrar maneras de mejorar mi situación, aunque el cambio me atemoriza anticipadamente de maneras sutiles. Es como si el caudal volviera al sitio de siempre y recuperase las viejas fuerzas. Pero todo es apariencia. ¡Qué poco me conoce la gente que piensa que me satisface mi actual manera de vivir, el estado actual de mi existencia! No espero nada. Mi vida consiste en una continua inapetencia, una ausencia constante de deseos. Me da igual una cosa que otra, me dejo arrastrar por cada situación que me ofrece la tierra, y sólo siento un espasmo de deseo por una circunstancia: vivir en Roma, ése sí me parecería un estado algo mejor que el actual, pero no es posible. Así que mi lema ahora es: «No esperes más, la muerte ha asesinado a la esperanza». Todos los sonidos de la naturaleza me susurran ahora la misma melodía fúnebre. Si desease algo de verdad… Siento que en mi interior todavía bulle energía suficiente para lograrlo, podría recogerla y conseguir cualquier cosa que me propusiese, pero, en la medida en que nada me parece mejor que el resto, toda mi fuerza interior está atenuada. Sé que esta última idea puede parecerle contradictoria a quien no pase por mi situación. Uno de mis problemas es que estoy completamente segura de que nada de lo que satisface al resto de las personas me alegrará más que la vida que llevo ahora mismo, por sombría que sea. La actividad del espíritu es mi esfera. Pero una no puede estar activa de mente sin un objetivo, y yo no tengo ninguno. De manera que vivo fuera de mi elemento, y hasta que la muerte no se decida a abrirme las puertas, mi destino estará fuera de sitio. Un poder ante el que no se puede protestar ha cerrado la puerta de acceso y ha construido una cerradura que nadie puede abrir. Más allá prosperan las aguas felices, yo me quedo aislada en la costa.

 

¿Dónde iba a encontrar a otro como tú, mi divinidad perdida?, ¿y no


sería una herejía buscarlo? Las complicidades de ocho años, los recuerdos de nuestra juventud intrépida y descuidada… participan de una doble naturaleza: no puedo olvidarlos ni incrementarlos, no saben cómo renovarse. Ahora entiendo la bendición que supone disfrutar de un corazón intrépido. Desde que murió Williams he perdido completamente ese sentimiento que una vez fue uno de los atributos de mi carácter, los restos se han apagado. He pasado meses enteros caminando sobre arenas movedizas como una timorata. Mi metabolismo ha drenado el miedo, pero también me ha vaciado de esperanza. Ser intrépido es una cualidad del diablo, la felicidad es un atributo de los ángeles; compartimos ambas naturalezas. Ahora estoy dominada por la desesperación, que es un espasmo completamente humano. Reconozco que se me permite disfrutar de algo de talento. Pero estoy lejos del genio, y el talento se siente mejor cuando se asocia a un espíritu superior. Qué placer era mezclar mi talento con tu carácter, Shelley. El sol no ha visto a nadie en milenios que se pueda comparar contigo: valiente, sabio, amable, noble de corazón, loco por aprender, colmado de tolerancia y amor. Amor, qué palabra, cómo me duele y alegra escribirla. ¿A quién voy a amar? Y, sin embargo, permítele a mi corazón amar todavía, aunque su objeto ya no pertenezca a este mundo. Que me permitan verte en tu belleza, sentir tu belleza, ser interpelada por el recuerdo de tu excelencia. Y así seguir amando, aunque esté sola, con ese ardor que deberíamos reservar para lo eterno. No serán trabajos de amor perdido, porque todavía soy tuya, todavía me siento la mujer elegida por tu bendito espíritu, al que le sigo jurando amor por los siglos de los siglos.

 

17 de noviembre.

 

He llegado a la conclusión de que es preferible llorar a retener las lágrimas. Que se trata de un sacrificio inútil. El dolor es inútil en la esfera práctica, pero por lo menos me recuerda que no siempre fui la persona que soy ahora. En una época, mi vida parecía seleccionada para participar de la felicidad, así que ahora le permito al dolor que me ayude a retener ese recuerdo. Cuando pasas por delante de una casa en ruinas, por un camino desolado, no le prestas atención, pero si te dicen que esa misma casa está encantada y vive allí un espíritu salvaje y hermoso, empieza a irradiar la belleza particularísima del interés. Admito que se diga de mí que ya no soy nada, pero quiero que el mundo recuerde que una vez fui algo y que todavía me


aferro a lo que fui. Cuando por un instante el buitre se distrae de la tarea de desgarrar mi corazón (aunque sé que nunca me suelta, que apenas se adormece un rato), me hundo en el letargo de la desesperación. La indiferencia es mucho peor que el dolor. Nada me alegra más ahora que quedarme completamente sola. No debo ver a nadie, uno solo ya es una multitud; si no me confino, si no me protejo, la sociedad me drenará la energía, que es ahora mi único recurso. La soledad pone en marcha el recuerdo y la imaginación, y sólo gracias a estas facultades puedo seguir ahora adelante.

 

Dicen que tengo un corazón frío. ¿Tengo un corazón frío? Pregúntale a Dios, él lo sabe. Pero quienes dicen eso no conocen las regiones que envuelven este corazón helado, ni las cálidas lágrimas que supuran sus grietas. ¡Un corazón frío! ¿Cómo pueden criticar lo que nadie envidiaría? Porque este corazón frío fue antes una llama ardiente que al lado del tuyo nunca se consumía. Les perdonaría todo si pudiera recuperar un minuto de aquel tiempo. ¿Donde estás, Shelley? Sin ti no estoy en el sitio adecuado. Ningún sitio es para mí si cuando no estás a mi lado no puedo alimentar la esperanza de que regreses. Ojalá hubiésemos vivido para siempre en uno de esos encinares, esos bosques recorridos por vientos suaves, cuya belleza parecía ser una manera dulce de responder a tus cualidades. Quizás si me trasladase a un bosque, estas emociones se desarrollarían libres y sanas… Pero no, no soy capaz. Mi ánimo no se atreve. Las estrellas brillan densas sobre mí, y sé que tú estás entre ellas. Mi corazón está saturado esta noche.

 

¡Y también pienso en ti, Edward, mi querido amigo! Pienso en tu gentileza, en tu delicadeza, cuando me decías: «Querida niña, esto no lo olvidaré». Y ahora que tú lo has olvidado todo, atesoro esta pequeña muestra, en palabras, de tu espíritu. Si algo te llega de este mundo, debes saber que pienso en ti, que te recuerdo, que escribiré sobre tu vida, y que así tu bondad obrará de nuevo sobre mí, porque en la escritura sobre tu vida y tu carácter encontraré el consuelo que tanto me falta. Pero no será un bálsamo dulce. ¿Y si lloro? ¿Y si cada palabra que escribo se convierte en una lágrima? Pagaré el precio contenta, cualquier cosa es mejor que permitir que en la inacción prospere el olvido, ¿qué otra cosa será el olvido sino una inactividad del recuerdo? Algo despierta en mí la indignación, el horror y un dolor muy profundo (pese a que hago todo lo posible por no darles el gusto) cuando alguien se atreve a hablar de mí y de las


circunstancias de mi vida como lo haría de una rareza de circo. Me siento especial, me siento elegida, por encima de ellos; nunca seré como los demás, y de alguna manera ellos lo sienten y se ven empujados a transformarlo en otra cosa, en devaluarlo…

 

Ya ves, Shelley, lo lleno que está mi corazón. Mis pensamientos están tan inquietos que rebotan contra los barrotes de mi jaula. ¿De verdad te has ido, amor mío? No puedo soportar la idea de que además de ausente… estés perdido para siempre. ¡Mírame!

 

19 de diciembre.

 

Estoy copiando el diario de Edward. ¡Querido Edward! Tu mente era tan suave como tu voz y tan noble como tu aspecto. Que tú también hayas marchado cuando se fue Shelley es una prueba para mí de que el poder que gobierna este mundo quiso estampar vuestros nombres juntos en mi ánimo y marcar mi vida futura con vuestra ausencia. El destino le puso un sello a mi vida, nada nuevo puede entrar. Los días pasan sin novedad y sin sustancia, uno tras otro; las horas diurnas me imponen un letargo, son un túnel por el que me dirijo hacia la noche; entonces, mi pensamiento se activa, las cosas que para mí son reales y ya no existen en el mundo ocupan su lugar en mi conciencia y dejo de mirar el «falso velo pintado» de la vida social. Me refugio en ese viejo mundo que sólo existe en mí. Ojalá estas regiones del recuerdo no estuvieran tan llenas de recuerdos como espinas que me duelen tanto si me pincho con ellos.

 

En algo coinciden mi vida social y la existencia que llevo en mi interior: ambas me recuerdan que la vida pudo ser de otra manera. Una vida mucho mejor. Pero me consuelo diciendo que todo lo que ya no seré no puede influir negativamente en nadie, excepto sobre mi querido hijo. He reconocido en mi hijo el motivo por el que no debo dejar pasar el desaliento, debo fijar mi vista en él, sé que estoy destinada a una meta cuyo premio está más allá de cualquier elogio, pero no debo dejarme cegar por su resplandor; estoy aquí, sigo aquí. Así que cuando miro el sol glorioso en lo alto del cielo, pienso que te hablo a ti, Shelley, y te prometo que nuestro hijo es un tesoro de valor incalculable que le entregamos al futuro. Debo emplear en ti, hijo, todas mis habilidades y destrezas, verter en ti la memoria de las virtudes divinas de tu padre. Educarte será la única tarea placentera que me espera, y después quedaré libre y podré partir, irme con


Shelley.

 

Pero cuánto dolor. A quién quiero engañar. No sé por qué sigo aquí. Para qué tratar de convencerme de que me volveré más sabia, mejor persona y un ánimo más feliz de lo que soy, si sé que no será así. ¡Dios mío! Apago enseguida esta chispa de vida falsa, esta cota miserable de aspiración, este átomo indigno de esperanza, y vuelvo a hundirme en la comodidad sincera de la desesperación. Mi única fe radica en esa certeza firme de que con el paso de los días me acerco más a él. Que toda mi vida es un caudal que sólo puede desembocar en Shelley. Con esta idea en la mente no me libraré de las lágrimas, pero sí de las quejas.

 

He vivido: el éxtasis, el júbilo, todos los dulces matices de la alegría y el placer me han pertenecido. Ahora todo se ha desvanecido, mi corriente fluye por un desierto, pero, pese a todo, las alegrías pasadas flotan y apuntan hacia una alegría futura, más allá de esta vida. Debo tener paciencia, y en este empeño mi memoria es un bien valiosísimo; el recuerdo ha grabado de manera indeleble decenas de escenas en mi memoria: Francia, pobreza, soledad y malestar, una residencia tranquila en un lugar hermoso, Suiza, Bath, Milán, Lucca, Este, Venecia, Roma, Nápoles, otra vez Roma y toda su miseria, Livorno, Florencia, Pisa, más soledad, los Williams, Pisa… Éstos son los capítulos de mi libro mental, una historia de amor que va mucho más allá del amor.

 

He vivido, claro que sí. El amor y la alegría me pertenecieron. Has partido sin mí, amado mío, pero te ordeno que me lleves pronto contigo. Tu marcha me ha enajenado de mi entorno, ya no puedo respirar este aire, te necesito para volver a ser feliz. Eso es todo. Ya no disfruto con nada, pero sigo amando. La muerte no sabe cómo privarme del triunfo del dolor. Amo y volveré a disfrutar de cierta alegría, ya no lo dudo, pero cuándo, ¿cuándo me soltarán los colmillos de este presente? El dolor se ha apoderado de los rincones más queridos de mi alma, ha despojado de allí todo lo bello y suave, todas las flores y todos los frutos, todos los beneficios de la naturaleza o esos edificios singulares que levantamos entre los dos. La esperanza y el genio, la confianza y el entusiasmo esconden en la tierra negra «su luz disminuida», asustados por la tiranía del presente.

 

Ahora confío en el más allá, nunca lo había hecho; sé que volverás a ser mío, que volveremos a estar juntos, espíritu glorioso; estés donde estés, seguro que observas, compadeces y amas a tu Mary, tu única devota, que


ahora está hundida en la angustia y que no tiene otro deseo que recabar un poco de esperanza. Nútreme, mi amor, porque tu recuerdo es lo único que me alimenta. Estoy tan cerca de la aniquilación que la muerte de la carne sería ahora para mí una liberación. Prefiero verte entre las sombras de la muerte que seguir aquí con el sol sagrado, las estrellas radiantes, los árboles que dan sombra, las deliciosas flores, las rocas majestuosas y el murmullo de los ríos, pues todo este escenario asombroso lo veo ahora como lívido, como si le hubieses sustraído la sangre de la vida, oscurecido por un velo de miseria. Nadie ama ya a tu dulce Mary. Pero yo sí te amo, mi único amor, amo la naturaleza, y confío en saber amar. Cuando salga de mi aturdimiento, seguiré amando toda la bondad que me ofrezcan mis semejantes. ¡Qué cambiada estoy, Shelley! El año pasado, pese a tenerte a mi lado, buscaba el cariño en otras personas; en esos momentos ingratos, mi corazón latió con injusticia, estaba ya frío, pero ahora está helado. Pero soy agradecida cuando alguien me trata bien. Y me gusta pensar en ti, porque los recuerdos me recorren como un cálido chorro de sangre. Las lágrimas que salen de mis ojos son la prueba de lo mucho que te amo.

 

Ahora vivo seria y absorta. A nadie le importa mi dolor. Pero no quiero hablar de los demás, ni siquiera voy a dedicarles una palabra. No me importan. A veces pienso, y me gusta dejar correr así el pensamiento, que la fortuna fue buena con nosotros, que lograste extraer de la naturaleza un deleite sin fin, que los diversos hilos de nuestra experiencia, después de perderse por lugares incómodos, parecían trenzarse para descansar en un sitio que apuntaba hacia la serenidad y la alegría. Pero muchas otras veces pienso que tu espíritu estaba demasiado herido por los filos de este mundo, que tu enfermedad era incurable, y que sólo en los días más felices eras como siempre te imagina el recuerdo: el príncipe de los días despejados, de las horas distraídas y del amor infinito.

 

Quizás sería mejor que no abriese mi cuaderno para escribir estas miserables frases, pero es lo que siento ahora: odio la vida, odio su realidad y sus despiadados habitantes. ¡Ha pasado otro año! Y, sin embargo, no se parece a los otros años, no puede compararse con ninguno. Queridísimo muchacho, escribo y escribo y no encuentro las palabras, así que dejaré que las lágrimas de amargura hablen por mí, que los jadeos de la angustia sean mi retórica, que lágrimas y jadeos expongan lo miserable que es la tarea de la vida. Shelley, desde tu muerte, los años tienen un nombre nuevo que no


conocemos. Cuando llegue la primavera, las hojas que ensombrecerán el suelo serán distintas a todas las que han brotado hasta hoy, la hierba crecerá distinta, y los pájaros habrán aprendido canciones nuevas. La tierra envejecerá más rápido, un mes valdrá dos; los árboles más longevos entregan su cosecha de hojas sabiendo que están más cerca de la tumba, y las colinas inmemoriales, despojadas de su verdor, esperarán en ese extremo lúgubre del tiempo donde los estragos de la muerte siegan cualquier esperanza de reverdecer. Tu nombre se añade a la lista de los espíritus más atrevidos que pisaron la tierra, y sé que ella está orgullosa de ti. Y ahora los pasos del tiempo, lentos e infatigables, me acercan a mí hacia el estado que ya has alcanzado. Cada vez está más cerca la hora en la que mi vestido terrenal sea depositado en el interior de la tierra junto al tuyo. Querido amigo perdido, ¡soy tuya para siempre!

 

 

1823

 

2 de febrero.

 

Creo que me gustaría que desapareciese por entero el último año de mi vida. Explicaría mis motivos, pero mi corazón está demasiado saturado de emociones para escribir esta noche. Sé que me propuse examinar mi corazón periódicamente para descubrir mis posibilidades en esta situación, pero no estoy de humor para esta tarea; ni para ésta ni para ninguna. Mi cuerpo está recorrido por convulsiones miserables. Siento como si la vida sobrecargada fuese a explotar… Así el alma podría abandonar la prisión que la encierra. Pero no, estoy condenada a vivir día tras día. Mi adorado y único amor reposa bajo el cielo azul de Roma. Por lo menos de esto sí que estoy satisfecha. ¿Por qué no sigo escribiendo al dictado de estos pensamientos? Ya lo dije: mi corazón está demasiado lleno para que puedan formarse las palabras adecuadas. Espíritu que ahora habitas y vibras en una atmósfera superior, te suplico que consueles a tu Mary. Ella sigue siendo, como siempre lo fue, tu única amada. Ahora ya lo sabes. Ámame siempre, estés donde estés, no te pido nada más.

 

3 de febrero.


 

Mi situación se parece a la de los indios norteamericanos: cuando la naturaleza se decidió a dar un respiro a sus tormentos, fueron despertados a


nuevos sufrimientos por sus crueles conquistadores. Mis alivios, cuando llegan, son tan breves que no logran aliviarme apenas. Un accidente o la naturaleza insensible de mis vecinos reaviva enseguida mi miseria. Pero es inútil volver a explicarlo: el sufrimiento es mi alfa y mi omega. La paciencia es mi compañía.

 

17 de febrero.

 

La extrema soledad en la que vivo ahora parecía haber insuflado algo de calma a mis pensamientos. Vivía como si me hubiese acostado en mi tumba, una tumba triste, sin compañía, pero pacífica. Estudiaba para formar una mente digna de él, así ocupaba mi tiempo. Sigo pensando que éste es el único esquema de vida por el que puedo progresar en el camino de la vida sin ser devorada por la angustia. Pero he sido sorprendida por una nueva tormenta, o mejor: ha sido como si un circo irrumpiese en la iglesia, la tentación ha perturbado esa calma engañosa de la que tanto me jactaba. Me pareció escuchar la voz de Shelley, mi compañero en tantas de mis ocupaciones diarias, que decía: «Mary». Pensé de inmediato: «Es Shelley, ya está aquí». La certeza de lo imposible me sumergió de nuevo en la agonía: nunca más volveré a escuchar su voz, nunca más le escucharé decir mi nombre. ¡Oh, no, nunca más! Donde tantas veces había visto nuestra vida futura se extiende ahora un desierto interminable. ¡No, no viviré ese futuro! Mis ojos han sido engañados. Y ahora siento que me esperan nuevas amenazas, pero ¿qué otras desgracias pueden ocurrirme? Y también siento que la energía de mi juventud no se ha desvanecido del todo, y creo que el estudio y la soledad pueden renovarla. ¿Marcharé de manera repentina e inesperada, como él? Y tú, mi único tesoro, dime, ¿cuál es tu destino? Oh, estrellas que brilláis con tanta intensidad en el cielo despejado, legendarias dominadoras de nuestra fortuna en la tierra, ¿no podéis consolarme contándome sus secretos?

 

Avanzo día tras día, y sé que soy infeliz; deseo la muerte como único desenlace posible de mi miseria. Es una espera plácida, hasta que despierto a una pesadilla más compleja, como si el personaje de una novela se viese sorprendido por el drama, como si los muros de una prisión se acercasen a mí. Cada una de las terminaciones nerviosas de mi cuerpo vibra en el mismo sentido: denunciar que la vida no tiene más que desperdicios para ofrecerme. Soy joven, pero ya no puedo más. Es como si un pájaro dejase


sobre una roca aislada mi cuerpo, abandonada a mis propios temblores. Espero la mañana, pero sé que no vendrá sola, debo convocarla con el estudio, ocupándome de mi hijo… Estoy más serena esta noche que otras… Ten piedad de mí, amor, visítame en sueños, déjame verte como siempre, adornado por un dulce interés hacia mí. Orgullo del cielo, amor profundo. Ahora veo lo mucho que me beneficié de tus consejos, y ahora volvería a escucharlos, aunque para oír tu voz tuviese que abrazarme a los brazos fríos de la tierra donde descansas. Si fuese materialista, pensaría que tus cenizas me miran desde su inmovilidad, pero tengo mejores esperanzas sobre nosotros, sé que tu espíritu escapó de la destrucción de tu envoltorio mortal y que ahora me vigilas. En este mundo que compartimos, tu espíritu siempre fue audaz, temeroso de que la tierra terminase siendo poca cosa para él; por eso, también sé que has sobrevivido y que volveremos a encontrarnos. Pero ahora estamos separados. Seguiré garabateando día tras día, hasta dejar caer la pluma por el cansancio. Soy tan desdichada.

 

24 de febrero.

 

Los problemas se amontonan a mi alrededor, amor mío, pese a que ya lo perdí todo al perderte. Si no fuese por mi hijo, preferiría que me fulminase un rayo. Y si mi destino fuese el de pasar hambre, lo cumpliría sin un suspiro de protesta, pero nuestro hijo exige todos mis cuidados ahora que nos has dejado. Lo soy todo para él, pues tu muerte también le ha privado de buenas relaciones sociales. ¿Qué me espera todavía? ¿Debo cerrar los ojos de mi hijo y unirme a los muertos? ¿Ves en qué pensamientos entretengo las horas? ¿Puedes imaginar la profundidad de mi angustia?

 

Pero por lo menos las últimas semanas han pasado en calma. El estudio no consigue serenarme por completo, pero de alguna manera se las arregla para estabilizar mi pensamiento. Cuando me quedo sola, además de estudiar, miro la naturaleza, los árboles, las colinas, el riachuelo que murmura, y siento como si el aire libre me abanicase. Me digo que después de todo llevo una vida inocente y tranquila, que puedo ser de utilidad para mi hijo, que tengo talento y que lo puliré, y que así me volveré digna de mi divino Shelley. Fantaseo con acumular la sabiduría completa de los siglos, contener en mi mente todo lo bueno que se ha dicho e imaginado, y quizás aportar un poco de luz propia que sea útil a mis compañeros y a las futuras generaciones. ¿Por qué motivo me siento capaz de dominar el conocimiento


e incapaz de dirigir mi destino? Me temo que son los restos que me quedan de ardor juvenil, el espíritu todavía indómito que se apartó por completo de las esperanzas y los afectos sobre la vida, que se prepara para recorrer con toda su energía el único camino que ve abierto, el único que me he permitido. Me he convertido en una cautiva del pensamiento, mi mente sólo quiere ir a ese cielo donde imagino que estás, pero el ansia de conocimiento me retiene aquí, en la comunidad de todo lo que me rodea. Me siento orgullosa, pero desde la humildad, no soy vanidosa: mi corazón tiembla al reprimir tantos sentimientos. A menudo, el vigor de mis propias emociones me desestabiliza, parece como si viviera dentro de una conversación perpetua con una inmensa cantidad de espíritus muertos enseñándome y alentándome, guías en mi camino hacia la excelencia de la mente, pero su precio es renunciar al resto de esperanzas. Sólo se me permite disfrutar de mi hijo.

 

Estrellas que brilláis en ese cielo sin nubes, ¿no podéis hablarme de lo que me espera en el futuro? ¿Llegaré a compartir un poco de la sabiduría de las grandes mentes del pasado? Atravesaré momentos de duda y de debilidad, de desalientos indignos, pero saldré de ellos con coraje, con valentía…, con la fuerza moral que tenga más a mano. Sé que me ayudan fuerzas que existen más allá de la tumba. Visítame en sueños esta noche, querido Shelley, ven vivo y amable, como solías ser, y todo lo malo que ha traído este día quedará olvidado.

 

17 de marzo.

 

A veces siento que mi situación no debería ser exactamente como es, que las cualidades de mi corazón merecerían un trato algo distinto al que me dan: esta negligencia que parece aversión y crueldad por todos lados.

 

¿Por qué no soy capaz de superarlo? O por lo menos de pasarlo por alto, como hice siempre. Quizás sea porque mi espíritu está deprimido y abrumado hasta la desesperación. Pero también encuentro motivos materiales: no soy independiente y estoy sola. Es mi debilidad la que me impide arrancarme las flechas que me hieren: las dejo demasiado tiempo dentro de mi carne. Nunca he sido independiente ni he disfrutado de una posición económica segura, pero cuando éramos tres, la esperanza me sostenía, y el gusto por levantarme y ponerme a estudiar calmaba el dolor, aunque fuese imponiendo una gélida calma invernal sobre mi personalidad.


Pero no puedo seguir viviendo así, no puedo. La animadversión social hacia mi hijo y las intrigas contra la única pasión que me consuela me llevarán a la indigencia, y antes o después a la muerte. Pero no puedo seguir viviendo como lo hago. Si me quedo aquí, si no regreso a Inglaterra, estaré obligada a soportar esfuerzos incalculables. Mi padre dice que debo ser más independiente, y no lo soy; tiene razón, pero lo seré. Si la inquina que recibo estuviese dirigida hacia mí, podría llegar a defenderse que quizás la merezca, pero ¿qué daño ha hecho, qué errores puede haber cometido un hijo inocente, un niño hermoso?

 

A veces confío en que todos estos desdichados pensamientos terminen por desaparecer y pueda volver a convertirme en la persona que fui hace dos años. Ahogar mis penas en el estudio y no esperar ni desear nada más. Pero sé que no será así, mi situación ha cambiado demasiado. Ahora descubro que mi protector, el hombre que había prometido socorrerme, ha dimitido de su cargo: para una persona confiada y optimista como yo ha supuesto un golpe muy amargo. Se ha cerrado la única puerta en la que podía reclamar algo de apoyo, y la ha cerrado una mano amiga.

 

No tiene el menor sentido escribir el catálogo de mis males (mi corazón está lleno), y cada vez que lo intento, el llanto me obliga a detenerme. Mi corazón no admite la acción benéfica de ningún medicamento, aunque ya no aspiro a curarme, sino tan sólo a paliar lo más doloroso de mis heridas. ¡Ay, Isabel! Amiga de mi infancia y de mi juventud, cuántas veces pienso que podrías poner los pies en este escenario vacío y apoyarnos mutuamente. Pero ¿quién va a compadecerme si nadie me escucha?

 

¿Debo ir a Inglaterra? Espero que otros resuelvan esta cuestión por mí. En mi interior me confieso que quizás sí debería ir, que mi angustia interior ha sido capaz de nublar el sol inacabable de Italia.

 

¡Shelley! ¡Me has dejado aislada y sola! Pero no te guardo rencor, sólo amor, ¡te necesito! ¿Sabes lo que es para mí tener delante de mis ojos el elemento que te apartó de mi lado? Me fuiste infiel con el agua, cuando tu elemento era el aire. Tu casa húmeda está aquí, debes estar cerca, me parece que te escucho… Es una locura, mi cerebro da vueltas, no debo escribir nada en este estado, ni hablar… Sólo callar, oprimir con el silencio los terribles pensamientos que brotan de mi interior… Oh, silencio, ¡oh, silencio!


19 de marzo.

 

Recurrí a este cuaderno para descargar en él los excesos de una mente demasiado llena de las aguas amargas de la vida. Y éste es el uso que le he dado hasta ahora, y así lo emplearé esta noche… Hace días entré en el sueño con el alma calmada, y me he despertado empapada de los pensamientos más angustiosos que una conciencia puede imaginar. Eran tan intensos que no encontré la manera de distraerlos.

 

Ahora estoy mucho más tranquila, pero durante esos días negros no pude leer ni descansar, el vivo sentimiento de llevar una existencia miserable se me aferraba al cuello, y ni siquera con el mayor esfuerzo lograba rebajar la agonía. Escribo ahora que he logrado regresar al estudio. La lectura inconexa incrementa mis penas en lugar de aliviarlas, sólo el seguimiento de un programa estricto de estudio me proporciona algún descanso. Me apliqué durante unas semanas y por fin experimenté el beneficio esperado. Pero ahora sospecho que en cuanto discipline mi mente, cuando se adapte al esfuerzo intelectual, el dolor volverá a inundarme. Pero no estoy en situación de avanzar acontecimientos. Mi lema no puede ser otro que «día a día», cada nueva jornada debe considerarse una «unidad completa», así me despojaré del miedo y de la inquietud por el futuro, sólo así podré aprovechar mi tiempo. Me siento agradecida por el desinterés extremo que siento por la sociedad en este tramo de mi vida. Debo a este desinterés los principales espacios de alivio de los que disfruto. Si me dejo atraer por la vida activa, aunque las circunstancias fuesen agradables para el resto de las personas, en mi estado, tarde o temprano me provocaría un pellizco de dolor. No es de extrañar que me identifique tantas veces con las plantas, que sueñe con echar raíces en la acogedora plataforma del suelo y dejarme alimentar allí por los vientos del cielo. Crecer en el aire, protegida de la obligación de actuar.

 

He empezado a estudiar seriamente, y cada vez comprendo más el lastre que arrastro con una educación tan tardía. Mi educación intelectual está centrada en los libros, pero la moral la baso también en el examen de mi corazón, pues encuentro entre sus pliegues y esquinas muchas cosas que no puedo representar con palabras, que incluso escapan a los sentimientos corrientes. No es despreciable cómo he profundizado en la comprensión de la virtud, de las distintas facultades, del bien y del mal. Pero no creas que me alejo de la modestia; al contrario, creo que he descubierto cuál es el


camino de una humildad más auténtica; nadie puede ser menos presuntuoso que yo, siento un amor ardiente por las leyes inmutables de la naturaleza, aspiro a la bondad natural de la emoción y a discurrir con un pensamiento puro…

 

Pero con palabras nunca seré capaz de desvelar los tesoros profundos de mi corazón, apenas alcanzo a trazar el perímetro de mis defectos, y con suerte encontrar una dirección donde encauzarlos primero y enderezarlos después. Pero debo hacerte un reproche, mi amado e inigualable Shelley: así como la esperanza de reunirme contigo es el resorte que pone en marcha el carruaje de la vida, y el recuerdo de lo que fuiste son las columnas donde se apoyan mis restos, no puedo dejar de sentir lo insignificante que es tu aportación desde el más allá como guía, maestro e intérprete.

 

Pero no puedo seguir por este camino: este pensamiento me lleva a una serie de ideas capaces de empapar mi pluma de hiel. Y no quiero manchar las páginas de este cuaderno con reproches amargos.

De lo que sí quiero dejar constancia es de las tristes ensoñaciones de esta noche, tan distintas de la efusión eufórica de ayer, que me equivoqué al no dejar por escrito. Y… ¿quién sabe qué me traerá el mañana? Ojalá consiga construir paredes más altas y asegurarlas con torres más fuertes, duplicar la guardia y mantenerla alerta para defender este miserable microcosmos de las invasiones de tantas lamentaciones inútiles, esa tentación sin fin.

 

Estoy leyendo la Odisea, pero no soy capaz de escribir. Día tras día sufro de una agitación que no me deja escribir ni leer concentrada; es un torbellino que me altera todas las terminaciones nerviosas. Hago ejercicio para impedir que el sedentarismo del cuerpo influya negativamente sobre mi mente. Pero lo hago a sabiendas de que no servirá: a tu muerte se le suma la ansiedad que siento ahora por la escritura. Soy una desgraciada. Los árboles en flor, el despertar de la primavera, que en otro tiempo me aliviaron, me parecen ahora pinceladas de escarnio. Cada día espero que me llegue algo de calma espiritual, pero los síntomas del dolor y de la desesperación reaparecen. Ya no tengo palabras, sólo lamentos. ¡Oh, mi ser amado y perdido! ¿Cuándo soltarás tu cadena, con la que tan bien me sujetas?


 

26 de abril.


Ya se acerca el momento en el que debo abandonar este país. Y lo cierto es que, en la situación en que me encuentro, Italia ya no es más que el cadáver de la tierra que me hechizó. Quizás ella se ha adaptado mejor a mí que yo a ella. Sigo soñando con que, de quedarme aquí, las cosas cada vez irían mejor, pero la sospecha de que a mi hijo todo le será más fácil en Inglaterra me mantiene firme en la resolución de regresar. Es lo mejor para él, así que abandonaré Italia. Dios sabe qué nos espera allí. He pedido al cielo tener una vida pacífica, pero no tengo demasiada esperanza de que me escuche. Me oprime una melancolía capaz de imponerse a cualquier circunstancia. No espero ningún alivio. Así que me concentraré en evitar las impresiones fuertes; si no me llevo ninguna decepción demasiado profunda, ya me sentiré satisfecha. Pero me temo que todo irá a peor. Oh, Italia, ¡amado país! Todavía amo la altura de tus Alpes, pero tu mar me expulsa, ese mar cuyas aguas me han convertido en la miserable que soy.

 

Sé que tengo entereza para soportar algunos males, pero ante otros estoy tan indefensa como una caña rota. Allí donde miro veo colinas dulces, bosques de olivos, campos llenos de flores… Inequívoca Italia, ¿cuándo volveré a visitarle? Mi único amor, no sabes cómo envidio tu destino, a qué profundidad cavan mis celos. Sé que no está bien, sobre todo porque tengo el presentimiento de que no viviré ya muchos años. Cuando mi imaginación se asoma al umbral del futuro, sólo alcanzo a ver un abismo tragándose mis pensamientos y mi sensibilidad. Esta esperanza en la cercanía del fin no sabes cómo vigoriza mi mano y aligera por un momento las cargas de mi corazón. ¡Liberada de la carne!

 

Porque no voy a creer que estoy separada de él para siempre, ¿oyes?, nunca, nunca lo creeré. ¡No puede ser verdad! La naturaleza es tan rica y tan perfecta, ¿cómo iba, después de formar el mejor ejemplar de su especie, a destrozar su carne sin darle la menor continuidad y destruir así su propio trabajo? La naturaleza, en el punto más alto de su inspiración, plantó una semilla en el barro y vio crecer una flor de hermosura trascendente; si la arrancó de la tierra fue para trasplantarla enseguida a un suelo más nutritivo y sutil. Cada mirada que lanzo sobre las acciones de otras personas contribuye a convencerme de la inconmensurable superioridad de Shelley: valiente, gentil, sabio, de mente suave como una mujer, firme como las estrellas de la noche… ¿Dónde estaban sus manchas? No sé cuándo podré volver a entrar en comunión con él, pero si depende de la profundidad de mi


amor y del esfuerzo por acercar mi mente a la suya, volveremos a vernos. La disciplina, la paciencia y el sufrimiento serán mis armas contra la muerte, aunque mientras escribo siento tan vivas mis deficiencias. Mi traslado a Inglaterra y todo el sufrimiento que allí encontraré no es más que otro paso en mi camino de regreso hacia él. No nací para estar alegre o lucir en sociedad, sino para morir y reencontrarme con él.

 

14 de mayo.

 

Hace tiempo que no escribo. No es que a mi espíritu le cueste más concentrarse, sino que mi manera de vivir se ha alterado por completo. Me levanto temprano, y por la noche estoy demasiado cansada, y la noche es mi momento preferido para escribir. Lejos de disminuir mi melancolía, se incrementa día a día. El efecto del tiempo sobre mí es nulo. No atenúa ni alivia nada. Me parece una impertinencia pensar que un día desaparecerá. No existe ningún cambio para mi estado emocional. Sólo hay una fecha para mí: desde su muerte, los relojes avanzan, pero el tiempo está clausurado.

 

Mi impaciencia ante la vida, la manera como me irritan los acontecimientos y los actos sociales, se incrementa de una manera casi peligrosa. ¿Qué tengo yo que ver con todo esto? Mi querido Shelley: desde que te perdí he ocupado mi tiempo adorando tu memoria, pero no puedo disminuir tanto mi vínculo con los sucesos externos; la sociedad es un mal del que no puedo huir, aunque me sumerge en una ansiedad que queda más allá de las palabras.

 

Mi único amado: te conocí en plena juventud, en el cénit de tu obra, y me hiciste tuya; años después, el sol se ha puesto y sólo puedo adorar a la estrella vespertina. Me gustaría descansar junto a tu tumba. La muerte de la materia que me sostiene quizás sería mejor solución que este sufrimiento que me aplasta más a cada segundo y cuyos duros grilletes cada vez parecen pesar más. Tengo el convencimiento de que ya se acerca, que no está ya muy lejos… Éste es el único conocimiento que me intriga: ¿cuándo moriré?

 

31 de mayo.

 

Los caminos están llenos de luciérnagas, parece como si se abalanzasen contra los troncos de los árboles. Pueblan estas llanuras como estrellas terrestres. Caminé a su lado la noche entera y descendí hacia el mar. Paseé por la iglesia en ruinas y me detuve en el mirador que cae sobre la playa; las


rocas negras asomaban entre las aguas azules, que lanzaban oleadas de ímpetu contra ellas. Los barcos oscuros, con sus velas blancas, se deslizaban en suaves ondulaciones. Las estrellas iluminan los promontorios cerrados de la bahía. Debajo, entre los riscos, escucho las monótonas pero armoniosas voces de los pescadores. Qué hermosas son estas costas y qué hermoso es este mar. Qué bello escenario dentro de este elemento; entre las olas desapareció mi único amor; él sigue allí, reclama su derecho inalienable a participar en la belleza de estos paisajes que llegó a amar tanto. Su oído todavía escucha el rumor adorado de las olas, sigue viendo los colores y las luces que se desplazan en el cielo, liberado de su pesada cadena, del destino que la tierra le había impuesto, disfruta entregado al puro deleite de las sensaciones intensísimas que le procura esta intimidad renovada con la naturaleza. No me digas que no eres consciente, mi amado Shelley, de mi presencia y de mi amor, que no ves a la persona que te proporcionó más alegría en esta tierra; yo sigo saturada por tu idea, tan llena que la presión interior se vuelve en ocasiones dolorosa. ¡Ay! El único placer que espero de este mundo son los recuerdos del pasado que se clavan a veces con tanto dolor en mi corazón. Todo lo demás es triste y sólo me provoca amargura y decepción. Sólo tengo dos apoyos: la soledad y tú.

 

Hace cuatro años, queridísimo compañero de aflicciones, perdimos a nuestro amado hijo, cuatro años ya. Entré en una fase de agonía tan aguda que llamé a las puertas de la muerte para que me liberase de todo lo que me quedaba por sufrir en este valle de lágrimas. Pero seguí viviendo. Con el rodar de los meses, la alegría regresó y la vida se vistió con nuevos encantos, como si lo hiciese exclusivamente para mí. Sin embargo, ahora ya puedo confesártelo, ni por un momento me abandonó el deseo de morir. No era tanto la infelicidad como el miedo lo que imprimió de manera indeleble este sentimiento en mí. Y lo peor es que, mientras experimentaba estas sensaciones de éxtasis inspiradas por los cielos italianos, cuando estaba cerca de ti y de otras personas a las que amaba con cariño, cuando la estrella vespertina latía en el cielo, y los cipreses soltaban su fragancia, y el ruiseñor cantaba, y las montañas derramaban sus sombras serenas sobre las llanuras, me repetía (con esa profunda serenidad del ánimo que no se engaña a sí mismo) que ahora podía morir y escapar de los males futuros que me aguardan.

 

Pero viví, y los males me alcanzaron, y luego tú te marchaste y ahora


tengo que abandonar Italia. Y no sabes cómo lo lamento. Los recuerdos de nuestra vida en común están mezclados con la bondad y la simpatía de esta tierra, pero no es sólo eso: al partir, temo cambiar las escasas alegrías que todavía me procura la soledad por la envidia, los celos y las tergiversaciones que impone el trato social. Cuando me vaya, seré más consciente de que mis amigos italianos me querían de verdad, y perderé el regalo que aquí no sé cómo aprovechar: que estas personas te conocieron y te amaron. Porque ellos te trataron y te quisieron mientras tú eras mío y mi amigo, y me doy cuenta de que en Inglaterra no podré pensar en ellos sin sentir que una parte de tu espíritu se ha quedado con ellos.

 

¿Debo marchar de Italia? ¿No puedes intervenir para retenerme aquí? ¿Forjar una cadena para atarme? Si estuviese sola, nunca abandonaría este cielo, esta tierra, ni siquiera este mar que me obliga, pese al dolor que nos causó, a amarlo. Pero nuestro hijo vive, y debo hacerlo por él. ¿No concibes un suceso inesperado, pero no dañino, que evite que me destruya para salvar a la única persona amada que me queda? A veces quiero imaginar que algo me aguarda en el futuro inminente y que no me veré obligada a ir a Inglaterra, pero no se me ocurre nada. Así que una vez más te confío mi destino, amado. Guíame, protégeme, instrúyeme, y déjame sentir vívidamente, día a día, que en la vida o en la muerte son ciertas las palabras que me escribiste una vez: que yo seré siempre tuya y tú serás siempre mío. Palabras capaces de sellar el destino.

 

3 de junio.

 

¡Pobre de mí! Trato de no compadecerme, pero qué miserable me siento cuando oscuras visiones me envuelven como un aliento fétido. Sólo siento amor y simpatía por ti, pero a veces una mala idea busca comunicarse también con los muertos. ¡Shelley! ¿Pensaste un solo instante, al partir, en las lágrimas que derramó tu Mary mientras te abrazaba para despedirse, en el amor que prosperaba en lo profundo de su corazón, en su sufrimiento? ¿Pensaste en su angustia? ¿O, al decirle adiós, tu mente recorrió las faltas, la frialdad y las debilidades de tu pobre Mary?

 

Ya no lloro tanto por ti, amado Shelley. Me apoyan los viejos amigos, me apoya tu hijo, me apoya saber que me siento en el trono de tu amor y que cada día soy más sabia y mejor gracias a tu ejemplo, y que profundizo como discípula tuya en la filosofía y en el arte más elevado. Como discípula


y como amiga, amante, esposa y madre de tus hijos. Nada ha cambiado entre nosotros, sólo que antes vivíamos nuestro amor a la luz del sol, y ahora lo vivimos bajo el imperio de la noche. Fuiste un espíritu de luz y de amor, y ahora veo como una injusticia que se te obligase a pasar por las dolorosas relaciones de la vida mortal. Muchas veces sentí que era indigna de ti, y ahora lo comprendo con la amargura y la profundidad de lo inequívoco. ¿Ves la angustia de mi corazón? Pues desciende sobre mí con el suave rocío de la piedad. Si no encuentro el camino de la muerte, que nada terrenal se acerque al pedestal donde estás encaramado, ni siquiera mis lágrimas. Y así surge una nueva oración: fe en tu ser, esperanza de reencontrarnos, paciencia para las luchas del presente.

 

¡Buenas noches! Soy tuya por los siglos de los siglos, sólo tuya, tuya eternamente. Iría ahora mismo a buscarte, estés donde estés, pero me encadenan las ligaduras del tiempo y no puedo partir.

 

15 de diciembre.

 

He anotado estos versos: «Soy como aquel / que en una torre solitaria de vigilancia / baraja las reconfortantes visiones del hogar que ama / y tiembla al escuchar el aullido furioso de las olas».

 

¡Qué cosa más extraña, la vida! ¡Cuántos cambios le esperan a aquel que cree haberse acostumbrado a las circunstancias del mundo! ¿La persona que es feliz fue amada alguna vez? ¿Se puede ser feliz y libre? A veces me parece que una mala hierba arrojada al mar tiene más peso en el equilibrio de la vida que yo. ¿Qué debo hacer? ¿Qué debo hacer? Una vez pensé que los pensamientos ciegos que trabajan en mi cerebro podían moldear ellos mismos palabras que tejiesen hilos de amor y simpatía hacia mis semejantes, pero me equivocaba: la sociedad es un arenal que se traga todas las aguas que manan de nuestra calidez. Lo que brota con gran esfuerzo de las fuentes más profundas de mi alma no llega ni siquiera a humedecer los corazones que me parecían más tiernos. Mis bendiciones pasan en silencio, se pierden sin efecto. ¿Quién podría calentar la carne de su corazón? Quizás una mujer mejor que yo, porque la idea de ser una mujer débil sacude a diario mi mente vacilante y sensible. Debería aprender a superar la cobardía, buscar la sabiduría y despreciar tantas ensoñaciones ociosas, ocuparme apenas en pensamientos elevados, independientes y firmes…, pero mi mente es una caña que se agita a cada ráfaga de viento que sopla de


la sociedad.

 

¡Oh, memoria embrujada! Convoca el pasado y mis pérdidas. Pues yo fui ésta, y fueron mías las horas que me acompañó. Viví en Italia, trepamos por las colinas, nos bañamos en el mar, respiramos la brisa alentados por el amor. Él me protegía tanto con su amor que no llegué a comprender que iba desnudo ni lo frágil que era. Llegué a olvidar incluso mi propia debilidad, que ahora olfatean los hombres desaprensivos que merodean a mi alrededor. ¡Vuelve a cubrirme con la capa de tu compañía!

 

¿Por qué me marché de Italia? Sol y aires italianos, flores, tierra y esperanza… Se parecen tanto al amor, al placer, a la libertad y al deleite…, y si no son exactamente ellos, por lo menos están disfrazados de manera muy parecida. Pero aquí, en Inglaterra, todo lleva el tono de la realidad más sombría. Una realidad que invita a que me desgarre al gritar cuando llega la medianoche. Pero no debo… No debo…

 

Sólo tengo palabras de agradecimiento para la música. Me llenas, música, me elevas al cielo, me proporcionas tantos momentos de libertad, eres el único deleite que he conocido aquí. No he sido bendecida con el don de sacar sonidos melodiosos de los instrumentos, pero nada me priva de escuchar a los demás con placer, y mientras las notas enlazadas dejan caer sus gotas de rocío, se despiertan mis pensamientos, sueño con grandes ideas, vislumbro escenas encantadoras, puedo desplazarme libremente por el pasado y por el futuro, que decoro con la gloria auténtica que sé que me espera un día y que un día conocerán quienes me rodean.

 

¿Qué digo? Mis palabras suenan como prolongaciones de una vanidad extravagante, pero no soy una persona vanidosa. Aun así, lo atesoro, atesoro este pensamiento como una incitación para esforzarme, para estar más cerca de ti, mientras me alejo del duelo. Un primer latido de esperanza. ¿Me ayudarás a merecerte?

 

Notas

 

23 Se refiere a la hija ilegítima de lord Byron y Claire Clairmont, que vivió un tiempo a cargo de los Shelley y que terminó muriendo de tifus en el internado donde la dejó su padre.

24 . Apodo con el que los Shelley se referían a lord Byron.

 

25 . Segunda novela de Mary Shelley, escrita entre 1819 y 1820. Una intensa novela sobre el incesto y el suicidio.


 

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