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Libro N° 13518. A La Pintura. Poema Del Color Y La Línea. Alberti, Rafael.

 


© Libro N° 13518. A La Pintura. Poema Del Color Y La Línea. Alberti, Rafael. Emancipación. Febrero 15 de 2025

 

Título Original: © A La Pintura. Poema Del Color Y La Línea. Rafael Alberti

 

Versión Original: © A La Pintura. Poema Del Color Y La Línea. Rafael Alberti

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://www.cervantesvirtual.com/portales/rafael_alberti/obra-visor/a-la-pintura-poema-del-color-y-la-linea-19451976-seleccion--0/html/00358c00-82b2-11df-acc7-002185ce6064_2.html#I_0_

 

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Portada E.O. de Imagen original:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A LA PINTURA

Poema Del Color Y La Línea

Rafael Alberti

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A La Pintura

Poema Del Color Y La Línea

Rafael Alberti

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A la Pintura (poema del color y la línea):

(1945-1976)

 [Selección]

 

Al color

 

Goya

 

1917

 

 

A ti, sonoro, puro, quieto, blando,

 

La dulzura, el estupro,

 

Mil novecientos diecisiete.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A la Pintura (poema del color y la línea): (1945-1976) [Selección]

Rafael Alberti









Al color



 A ti, sonoro, puro, quieto, blando,

incalculable al mar de la paleta,

por quien la neta luz, la sombra neta

en su trasmutación pasan soñando.



A ti, por quien la vida combinando

color y color busca ser concreta;

metamorfosis de la forma, meta

del paisaje tranquilo o caminando.



A ti, armónica lengua, cielo abierto,

descompasado dios, orden, concierto,

raudo relieve, lisa investidura.



Los posibles en ti nunca se acaban.

Las materias sin términos te alaban.

A ti, gloria y pasión de la Pintura.






Goya



 La dulzura, el estupro,

la risa, la violencia,

la sonrisa, la sangre,

el cadalso, la feria.

Hay un diablo demente persiguiendo

a cuchillo la luz y las tinieblas.



   De ti me guardo un ojo en el incendio.

   A ti te dentelleo la cabeza.

   Te hago crujir los húmeros. Te sorbo

    el caracol que te hurga en una oreja.

   A ti te entierro solamente

   en el barro las piernas.

      Una pierna.

      Otra pierna.

Golpea.



¡Huir!

Pero quedarse para ver,

para morirse sin morir.

¡Oh luz de enfermería!

Ruedo tuerto de la alegría.

Aspavientos de la agonía.

Cuando todo se cae

y en adefesio España se desvae

y una escoba se aleja.

Volar.

El demonio, senos de vieja.

Y el torero,

Pedro Romero.

Y el desangrado en amarillo,

Pepe-Hillo.

Y el anverso

de la duquesa con reverso.

Y la Borbón esperpenticia

con su Borbón espertenticio.

Y la pericia

de la mano del Santo Oficio.

Y el escarmiento

del más espantajado

fusilamiento.

Y el repolludo

cardenal narigado,

narigudo.

Y la puesta de sol en la Pradera.

Y el embozado

con su chistera.

Y la gracia de la desgracia.

Y la desgracia de la gracia.

Y la poesía

de la pintura clara

y la sombría.

Y el mascarón

que se dispara

para

bailar en la procesión.



El mascarón, la muerte,

la Corte, la carencia,

el vómito, la ronda,

la hartura, el hambre negra,

el cornalón, el sueño,

la paz, la guerra.



¿De dónde vienes tú, gayumbo extraño, animal fino,

corniveleto,

rojo y zaíno?

¿De dónde vienes, funeral,

feto,

irreal

disparate real,

boceto,

alto

cobalto,

nube rosa,

arboleda,

seda umbrosa,

jubilosa

seda?



       Duendecitos. Soplones.

      Despacha, que despiertan.

      El sí pronuncian y la mano alargan

       al primero que llega.

      Ya es hora.

¡Gaudeamus!

Buen viaje.

       Sueño de la mentira.

Y un entierro

      que verdaderamente amedrenta al paisaje.



Pintor.

En tu inmortalidad llore la Gracia

y sonría el Horror.






 1917



 

1



Mil novecientos diecisiete.

Mi adolescencia: la locura

por una caja de pintura,

un lienzo en blanco, un caballete.



Felicidad de mi equipaje

en la mañana impresionista.

Divino gozo, la imprevista

lección abierta del paisaje.



Cándidamente complicado

fluye el color de la paleta,

que alumbra al árbol en violeta

y al tronco en sombra de morado.



Comas radiantes son las flores,

puntos las hojas, reticentes,

y el agua, discos trasparentes

que juegan todos los colores.



El bermellón arde dichoso

por desposar al amarillo

y erguir la torre de ladrillo

bajo un naranja luminoso.



El verde cromo empalidece

junto al feliz blanco de plata,

mas ante el sol que lo aquilata

renace y nuevo reverdece.



Llueve la luz, y sin aviso

ya es una ninfa fugitiva

que el ojo busca clavar viva

sobre el espacio más preciso.



Clarificada azul, la hora

lavadamente se disuelve

en una atmósfera que envuelve,

define el cuadro y lo evapora.



Diérame ahora la locura

que en aquel tiempo me tenía,

para pintar la Poesía,

con el pincel de la Pintura.



 

2



Y las estatuas. En mi sueño

de adolescente se enarbola

una Afrodita de escayola

desnuda al ala del diseño.



¡Inusitada maravilla!

Mi mano y Venus frente a frente

con mi ilusión de adolescente:

un papel y una carbonilla.



Ante la forma, era mi estado

de pura gracia y de blancura,

peregrinante a la ventura,

libre, dichoso y maniatado.



Incontenible, aunque indecisa,

la línea en curva se dispara

como si un pájaro jugara

con el contorno de la brisa.



Cautivo al fin que lo promueve

y al negro albor que lo sombrea,

el claroscuro redondea

la cima exacta del relieve.



Y el azabache submarino

ciñe a la hija de la espuma,

fingida en yeso, luz y bruma

de carbón, goma y disfumino.



Nada sabía del poema

que ya en mi lápiz apuntaba.

Venus tan sólo dibujaba

mi sueño prístino, suprema.



Feliz imagen que en mi vida

dio su más bella luminaria

a esta academia necesaria,

que abre su flor cuando se olvida.



 

3



¡El Museo del Prado! ¡Dios mío! Yo tenía

pinares en los ojos y alta mar todavía

con un dolor de playas de amor en un costado,

cuando entré al cielo abierto del Museo del Prado.



¡Oh asombro! ¡Quién pensara que los viejos pintores

pintaron la Pintura con tan claros colores;

que de la vida hicieron una ventana abierta,

no una petrificada naturaleza muerta,

y que Venus fue nácar y jazmín trasparente,

no umbría, como yo creyera ingenuamente!

Perdida de los pinos y de la mar, mi mano

tropezaba los pinos y la mar de Tiziano,

claridades corpóreas jamás imaginadas,

por el pincel del viento desnudas y pintadas.

¿Por qué a mi adolescencia las antiguas figuras

le movieron el sueño misteriosas y oscuras?

Yo no sabía entonces que la vida tuviera

Tintoretto (verano), Veronés (primavera),

ni que las rubias Gracias de pecho enamorado

corrieran por las salas del Museo del Prado.

Las sirenas de Rubens, sus ninfas aldeanas

no eran las ruborosas deidades gaditanas

que por mis mares niños e infantiles florestas

nadaban virginales o bailaban honestas.



Mis recatados ojos agrestes y marinos

se hundieron en los blancos cuerpos grecolatinos.

Y me bañé de Adonis y Venus juntamente

y del líquido rostro de Narciso en la fuente.

Y -¡oh relámpago súbito!- sentí en la sangre mía

arder los litorales de la mitología,

abriéndome en los dioses que alumbró la Pintura

la Belleza su rosa, su clavel la Hermosura.



¡Oh celestial gorjeo! De rodillas, cautivo

del oro más piadoso y añil más pensativo,

caminé las estancias, los alados vergeles

del ángel que a Fra Angélico cortaba los pinceles.

Y comprendí que el alma de la forma era el sueño

de Mantegna, y la gracia, Rafael, y el diseño,

y oí desde tan métricas, armoniosas ventanas

mis andaluzas fuentes de aguas italianas.



Transido de aquel alba, de aquellas claridades,

triste «golfo de sombra», violentas oquedades

rasgadas por un óseo fulgor de calavera,

me ataron a los ímprobos tormentos de Ribera.

La miseria, el desgarro, la preñez, la fatiga,

el tracoma harapiento de la España mendiga,

el pincel como escoba, la luz como cuchillo

me azucaró la grácil abeja de Murillo.

De su célica, rústica, hacendosa, cromada

paleta golondrina María Inmaculada,

penetré al castigado fantasmal verdiseco

de la muerte y la vida subterránea del Greco.

Dejaba lo espantoso español más sombrío

por mis ojos la idea lancinante de un río

que clavara nocturno su espada corredora

contra el pecho elevado, naciente de la aurora.

Las cortinas del alba, los pliegues del celaje

colgaban sus clarísimos duros blancos al traje

del llanamente monje que Zurbarán humana

con el mismo fervor que el pan y la manzana.

¡Oh justo azul, oh nieve severa en lejanía,

trasparentada lumbre, de tan ardiente, fría!

La mano se hace brisa, aura sujeta el lino,

céfiro los colores y el pincel aire fino;

aura, céfiro, brisa, aire, y toda la sala

de Velázquez, pintura pintada por un ala.

¡Oh asombro! ¡Quién creyera que hasta los españoles

pintaron en la sombra tan claros arreboles;

que de su más siniestra charca luciferina

Goya sacara a chorros la luz más cristalina!



Mis oscuros demonios, mi color del infierno

me los llevó el diablo ratoneril y tierno

del Bosco, con su químico fogón de tentaciones

de aladas lavativas y airados escobones.

Por los senderos corren refranes campesinos.

Patinir azulea su albor sobre los pinos.

Y mientras que la muerte guadaña a la jineta,

Brueghel rige en las nubes su funeral trompeta.



El aroma a barnices, a madera encerada,

a ramo de resina fresca recién llorada;

el candor cotidiano de tender los colores

y copiar la paleta de los viejos pintores;

la ilusión de soñarme siquiera un olvidado

Alberti en los rincones del Museo del Prado;

la sorprendente, agónica, desvelada alegría

de buscar la Pintura y hallar la Poesía,

con la pena enterrada de enterrar el dolor

de nacer un poeta por morirse un pintor,

hoy distantes me llevan, y en verso remordido,

a decirte, ¡oh Pintura!, mi amor interrumpido.

 

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