© Libro N° 13125. Pesadilla. Chéjov, Antón. Emancipación.
Octubre 26 de 2024
Título Original: ©
Pesadilla. Antón Chéjov
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Original: © Pesadilla.
Antón Chéjov
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Antón Chéjov
Pesadilla
Antón
Chéjov
Antón
Chéjov
(Ucrania,
1860 - Alemania, 1904)
Pesadilla (1886)
(“Кошмар”)
Originalmente
publicado en la sección “Sábado” de Tiempo nuevo (29 de marzo de 1886);
En el
crepúsculo [В сумерках] (1887);
Obras
completas (vol. III)
Al regresar de San Petersburgo a su
hacienda de Borísovo, Kunin, joven de unos treinta años, miembro permanente de
la comisión de asuntos rurales, tomó como primera providencia enviar un jinete
para convocar al cura de Sinkovo, el padre Yákov Smírnovich.
Unas cinco horas más tarde el padre
Yákov se presentaba en la casa.
—¡Me alegro mucho de conocerle! —le dijo
Kunin, recibiéndole en el vestíbulo—. Hace ya un año que vivo y trabajo aquí, y
me parece que ya va siendo hora de que nos conozcamos. ¡Haga el favor de pasar!
Pero… ¡qué joven es usted! —se sorprendió Kunin—. ¿Cuántos años tiene?
—Veintiocho —respondió el padre Yákov,
apretando apenas la mano que le tendían y ruborizándose sin razón aparente.
Kunin lo condujo a su despacho y lo
examinó.
“¡Qué rostro tan grotesco! —pensó—
¡Parece el de una campesina!”.
En efecto, el rostro del padre Yákov
guardaba muchas semejanzas con el de una campesina: nariz respingona, mejillas
de un rojo vivo y grandes ojos de un azul grisáceo bajo unas cejas poco
pobladas, apenas apreciables. Los cabellos largos y rojizos, secos y lacios,
caían sobre los hombros como varillas. El bigote aún estaba formándose y no
había adquirido una apariencia respetable y varonil; en cuanto a la barba,
pertenecía a esa clase que apenas cubre las mejillas, denominada “risueña”
entre los seminaristas; era rala, irregular, no había manera de alisarla o
arreglarla con un peine, apenas podía pellizcarse… Toda esa pobre vegetación se
extendía en mechones desiguales, a la manera de arbustos; daba la impresión de
que el padre Yákov hubiera querido caracterizarse como sacerdote y lo hubieran
sorprendido en el momento en que se pegaba la barba. Su sotana tenía el color
de la achicoria y lucía grandes remiendos en ambos codos.
“Extraña criatura… —pensó Kunin, mirando
sus faldones, salpicados de barro—. Viene a mi casa por primera vez y no puede
vestirse de modo conveniente”.
—Siéntese, padre —comenzó, con más
desenvoltura que amabilidad, acercando un sillón a la mesa—. ¡Siéntese, por
favor!
El padre Yákov tosió en el puño, se dejó
caer torpemente sobre el borde del sillón y colocó las palmas de las manos en
las rodillas. Pequeño de talla, estrecho de pecho, con el rostro rubicundo
cubierto de sudor, causó desde el primer momento en Kunin una impresión de lo
más desagradable. Hasta entonces Kunin nunca había imaginado que en Rusia
existieran sacerdotes tan poco presentables y de aspecto tan lamentable; la
actitud del padre Yákov, su manera de apoyar las manos en las rodillas y de
sentarse en el borde del asiento, le parecían carentes de dignidad e incluso
serviles.
—Le he mandado llamar, padre, para
hablarle de un asunto… —empezó Kunin, recostándose en el respaldo del sillón—.
Ha recaído sobre mí la grata obligación de prestarle mi concurso en una de sus
útiles iniciativas… Es el caso que, al regresar de San Petersburgo, encontré
una carta del presidente de la asamblea. Yegor Dmitrievich me propone tomar
bajo mi responsabilidad la escuela parroquial que debe inaugurarse en Sinkovo.
Yo, padre, me alegro con toda mi alma… Y le diré más: ¡acepto esa proposición
con entusiasmo! —Kunin se levantó y se puso a dar vueltas por la habitación—.
No obstante, como el presidente bien sabe, y probablemente usted también, no
dispongo de grandes recursos. Mi hacienda está hipotecada y vivo exclusivamente
del sueldo de mi cargo permanente. Por tanto, no debe usted esperar una ayuda
importante, pero haré todo lo que esté en mi mano, dentro de mis posibilidades…
¿Cuándo piensa inaugurar la escuela, padre?
—Cuando haya dinero… —respondió el padre
Yákov.
—¿Con qué cantidad cuenta a día de hoy?
—Casi con nada… Los campesinos
decidieron en asamblea pagar anualmente treinta kopeks por varón, pero eso no
pasa de ser una promesa. Y para dar los primeros pasos se necesitan al menos
unos doscientos rublos…
—Sí… Por desgracia, en estos momentos
carezco de esa suma… —dijo Kunin con un suspiro—. He gastado todo mi dinero en
el viaje… Hasta he contraído algunas deudas. Pero unamos nuestros esfuerzos y
ya se nos ocurrirá algo.
Kunin se puso a pensar en voz alta.
Exponía sus ideas y examinaba el semblante del padre Yákov, buscando en él un
indicio de aprobación o de conformidad. Pero aquel rostro seguía impasible,
inmóvil y sólo expresaba desasosiego y una embarazosa timidez. A juzgar por su
cara, se diría que Kunin estaba disertando de cosas tan complejas que el padre
Yákov no las comprendía, que sólo le escuchaba por cortesía y también porque
temía que quedara patente su incomprensión.
“Por lo visto, el mozo no es muy
inteligente… —pensaba Kunin—. Es demasiado apocado y corto de luces”.
El padre Yákov sólo se animó un poco e
incluso sonrió cuando en el despacho entró un criado llevando una bandeja con
dos vasos de té y una caja de galletas llena de bollos. Cogió su vaso y, sin
más preámbulos, se puso a beber.
—¿Y si escribiéramos a monseñor?
—continuaba cavilando Kunin en voz alta—. A decir verdad, no somos nosotros los
que hemos planteado la cuestión de las escuelas parroquiales, sino las altas
autoridades eclesiásticas. En realidad, son ellas las que deben procuramos los
medios. Recuerdo haber leído que se había asignado una suma con ese fin. ¿No
sabe usted nada?
El padre Yákov estaba tan ocupado
bebiendo su té que tardó en responder a la cuestión. Levantó sus ojos azul
grisáceo hasta Kunin, meditó un momento y, como recordando de pronto la
pregunta, hizo un gesto negativo con la cabeza. Una expresión de satisfacción,
del más vulgar y prosaico apetito, atravesó su feo rostro de oreja a oreja.
Bebía y saboreaba cada sorbo. Cuando vació el vaso hasta la última gota, lo
depositó sobre la mesa; luego lo cogió de nuevo, examinó el fondo y volvió a
dejarlo en el mismo lugar. La expresión de satisfacción se borró de su cara… A
continuación Kunin vio cómo su invitado cogía un bollo de la caja de galletas,
rompía un pedazo con los dientes, lo giraba entre los dedos y con un movimiento
fulgurante se lo metía en el bolsillo.
“¡Bueno, esto ya es intolerable en un
sacerdote! —pensó Kunin, encogiéndose de hombros con desagrado—. ¿Se trata de
esa glotonería proverbial de los popes o más bien de una chiquillada?”.
Tras ofrecerle al invitado otro vaso de
té y acompañarlo hasta el vestíbulo, Kunin se tumbó en el sofá y se dejó ganar
por la impresión desagradable que le había causado la visita del padre Yákov.
“¡Qué hombre tan extraño e incivilizado!
—pensaba—. Sucio, desaliñado, vulgar, tonto y, probablemente, borracho… ¡Dios
mío, y es un sacerdote, un director espiritual! ¡Un maestro para el pueblo! Me
imagino cuánta ironía habrá en la voz del diácono cuando le pida solemnemente,
antes de cada oficio: “¡Bendícenos, monseñor!”. ¡Menudo monseñor! No tiene ni
una gota de dignidad, ni la menor educación, se guarda las galletas en el
bolsillo como los escolares… ¡Uf! Señor, ¿dónde tenía los ojos el obispo cuando
ordenó a este individuo? ¿Qué consideración tienen por la gente cuando les dan
semejantes educadores? Lo que se necesitan son personas que…”.
Y se puso a meditar en la imagen que
debían ofrecer los sacerdotes rusos…
“Por ejemplo, si yo fuera pope… Un pope
instruido y entregado a su sacerdocio puede hacer muchas cosas… Yo habría
abierto la escuela hace mucho tiempo. ¿Y los sermones? ¡Qué sermones tan
maravillosos y arrebatados puede pronunciar un pope sincero e inspirado por el
amor a su ministerio!”.
Kunin cerró los ojos y empezó a componer
mentalmente un sermón. Al cabo de un rato estaba sentado ante la mesa y tomaba
notas a toda prisa.
“Se lo daré a ese pelirrojo para que lo
lea en la iglesia…”, pensaba.
El domingo siguiente, por la mañana,
Kunin se dirigió a Sinkovo para aclarar la cuestión de la escuela y, de paso,
conocer la iglesia de la que era parroquiano. A pesar del barro causado por el
deshielo, la mañana era magnífica. El sol brillaba con fuerza y resquebrajaba
con sus rayos los blancos montones de nieve que se demoraban aquí y allá,
lanzando, a modo de despedida, destellos diamantinos cuyo resplandor hacía daño
a la vista, mientras a su alrededor despuntaban ya los verdes brotes de trigo. Los
grajos revoloteaban con aire grave por encima de los campos. Uno de ellos
descendió y, antes de posarse firmemente sobre sus patas, dio algunos saltitos…
La iglesia de madera a la que se
aproximaba Kunin era vetusta y gris; las pequeñas columnas del atrio, antaño
pintadas de blanco, estaban completamente desconchadas y se parecían a dos
varas de carro deformes. El icono que coronaba la puerta no era más que una
mancha oscura. Pero esa pobreza conmovió y enterneció a Kunin. Bajando la vista
con humildad, entró en la iglesia y se detuvo en el umbral. El oficio acababa
de empezar. Un viejo sacristán, con la espalda curvada, leía las Horas con una
voz de tenor sorda e indistinta. El padre Yákov, que oficiaba sin diácono,
recorría la iglesia meciendo el incensario. De no haber sido por el sentimiento
de humildad que se apoderó de Kunin al entrar en la miserable iglesia, sin duda
habría sonreído al ver al padre Yákov. Su pequeño cuerpo estaba revestido de
una casulla arrugada y demasiado larga, confeccionada con una tela amarilla y
gastada, cuyo borde se arrastraba por el suelo.
La iglesia no estaba llena. Nada más
dirigir una ojeada a los asistentes, Kunin se quedó sorprendido de una
circunstancia curiosa: sólo había viejos y niños… ¿Dónde estaban los
trabajadores? ¿Dónde los jóvenes y los adultos? No obstante, al cabo de un
rato, tras examinar con más atención los rostros de esos ancianos, Kunin se dio
cuenta de que había tomado a los jóvenes por viejos. En cualquier caso, no
concedió demasiada importancia a ese pequeño engaño óptico.
El interior era tan vetusto y gris como
el exterior. En el iconostasio y en las paredes parduscas no había un solo
lugar que no llevara la marca del tiempo, ya fuera en forma de humo o de
arañazos. Había muchas ventanas, pero la tonalidad general seguía siendo gris,
razón por la cual la iglesia parecía sumida en la oscuridad.
“El que tenga el alma limpia debe rezar
a gusto en este lugar… —pensaba Kunin—. De la misma manera que en Roma
impresiona la magnificencia de San Pedro, aquí conmueven esta humildad y
sencillez”.
Pero esa piadosa disposición de ánimo se
esfumó en cuanto el padre Yákov entró en el recinto del altar y empezó a
oficiar. Joven aún, ordenado sacerdote apenas salido de los bancos del
seminario, el padre Yákov no había tenido tiempo de configurar un estilo
definido. Cuando leía, parecía preguntarse qué tono elegir, el de agudo tenor o
el de suave bajo; se inclinaba con torpeza, caminaba deprisa, abría y cerraba
con brusquedad la puerta del iconostasio… El viejo sacristán, sin duda enfermo
y sordo, oía mal las invocaciones, lo que ocasionaba leves contratiempos.
Apenas había tenido tiempo el padre Yákov de acabar su lectura, cuando el
sacristán ya estaba cantando su parte; o bien la lectura había terminado hacía
tiempo y el anciano seguía tendiendo la oreja en dirección al altar, prestando
oídos y guardando silencio, hasta que le tiraban del faldón. Tenía una voz
sorda, enfermiza, asmática, trémula, ceceante… Para completar esa disonancia,
el sacristán estaba acompañado por un niño de corta edad, cuya cabeza apenas se
veía a través de la barandilla del coro. El niño cantaba con una voz de tiple
chillona y aguda y parecía empeñarse en desentonar. Kunin estuvo escuchando un
rato y después salió fuera a fumar un cigarrillo. El hechizo se había roto y
ahora miraba la iglesia casi con hostilidad.
—Y luego se quejan de la pérdida del
sentimiento religioso entre el pueblo… —suspiró—. ¡Y qué quieren! ¡Con
sacerdotes como éstos!
Kunin entró en la iglesia dos o tres
veces más, pero el irresistible atractivo que ejercía sobre él el aire puro le
empujaba hacia el exterior. Una vez terminado el oficio, se dirigió a la casa
del padre Yákov, cuyo exterior no se diferenciaba en nada de las isbas de los
campesinos; sólo la paja del tejado estaba dispuesta con algo más de orden y
las ventanas estaban guarnecidas con unas cortinillas blancas. El padre Yákov
condujo a Kunin a una habitación pequeña y luminosa, con suelo de arcilla y paredes
cubiertas de papel barato; a pesar de algunas tentativas de lujo, como unas
fotografías enmarcadas y un reloj con unas tijeras atadas a las pesas, la
decoración sorprendía por su pobreza. A juzgar por el mobiliario, podía
pensarse que el padre Yákov había ido recomendó las casas y reuniéndolo pieza a
pieza: en una primera le habían dado una mesa redonda de tres patas; en una
segunda, un taburete; en una tercera, una silla con el respaldo doblado hacia
atrás; en una cuarta, una silla con el respaldo derecho, pero el asiento
hundido; en una quinta habían extremado la generosidad y le habían entregado un
objeto parecido a un sofá, con respaldo plano y asiento de rejilla. Ese último
mueble, teñido de color rojo oscuro, desprendía un fuerte olor a pintura. En un
principio Kunin hizo intención de sentarse en una de las sillas, pero luego se
lo pensó mejor y se acomodó en el taburete.
—¿Es la primera vez que viene usted a
nuestra iglesia? —preguntó el padre Yákov, colgando la gorra de un clavo grande
y deforme.
—Así es. A propósito, padre… Antes de
que nos ocupemos de nuestro asunto, ofrézcame un poco de té. Me muero de sed.
El padre Yákov parpadeó, carraspeó y
desapareció detrás de un tabique. Se oyó un cuchicheo…
“Debe de estar hablando con su mujer…
—pensó Kunin—. Me pregunto cómo será la mujer de ese pelirrojo”.
El padre Yákov, encarnado y sudoroso,
reapareció al cabo de un rato y, esforzándose por sonreír, se sentó frente a
Kunin en el borde del sofá.
—Ahora mismo prepararán el samovar
—comentó, sin mirar a su invitado.
“¡Dios mío, ni siquiera han preparado el
samovar! —se dijo Kunin con espanto—. ¡No hay más remedio que esperar!”.
—Le he traído el borrador de una carta
que le he escrito al obispo. Se la leeré después del té… Quizá quiera añadir
usted algo…
—Muy bien.
Se hizo el silencio. El padre Yákov, con
aire temeroso, dirigió una mirada de soslayo al tabique, se arregló los
cabellos y se sonó.
—Hace un tiempo excelente —dijo.
—Sí. A propósito, ayer leí algo muy
interesante… La asamblea rural de Volsk ha decidido poner todas sus escuelas
bajo la jurisdicción de la Iglesia. Es una medida peculiar.
Kunin se puso en pie, dio unos pasos por
el suelo de arcilla y empezó a exponer sus puntos de vista:
—No es una mala solución —decía—,
siempre que el clero esté a la altura de su misión y tenga plena conciencia de
sus deberes. Por desgracia, conozco sacerdotes que, a juzgar por su desarrollo
intelectual y sus cualidades morales, no valdrían ni para escribanos de
cuartel, por no hablar del sacerdocio. Convenga usted conmigo en que un mal
profesor es menos perjudicial para una escuela que un mal sacerdote.
Kunin miró al padre Yákov que, encorvado
en su asiento, estaba sumido en sus propios pensamientos y por lo visto no le
escuchaba.
—¡Yasha, ven aquí! —dijo una voz de
mujer detrás del tabique.
El padre Yákov se estremeció y fue al
otro lado de la pieza. De nuevo empezó el cuchicheo.
Kunin se moría de ganas de beber una
taza de té.
“¡No, no voy a esperar a que me lo
sirvan aquí! —pensó, mirando el reloj—. Parece que mi visita no ha sido bien
recibida. El dueño de la casa no se ha dignado dirigirme la palabra, se ha
pasado todo el tiempo sentado, pestañeando”.
Kunin cogió su sombrero, esperó la
vuelta del padre Yákov y se despidió de él.
“¡He perdido toda la mañana en vano!
—pensaba con enfado durante el camino—. ¡Tarugo! ¡Zoquete! Le interesa tan poco
la escuela como a mí la nieve del año pasado. ¡No, no se puede hacer nada con
él! ¡Lo echará todo a perder! Si el presidente de la asamblea supiera qué pope
tenemos, no se daría tanta prisa en poner en marcha la escuela. ¡Primero hay
que encontrar un pope como Dios manda y ya se pensará luego en la escuela!”.
Ahora Kunin casi odiaba al padre Yákov.
Aquel hombre, con su figura lamentable y caricaturesca, su sotana larga y
arrugada, su rostro afeminado, su manera de oficiar, su forma de vivir y su
deferencia embarazosa de pequeño funcionario, ofendía el rescoldo de
religiosidad que, junto con otros sentimientos inculcados por su aya, aún
ardían con débil llama en su pecho. A su amor propio le costaba trabajo
soportar la frialdad y la desatención con las que el padre Yákov había acogido
el interés sincero y ardiente de Kunin por un proyecto que afectaba sobre todo
al sacerdote.
Kunin pasó la tarde de ese mismo día
dando vueltas por las habitaciones y cavilando; luego se sentó con decisión a
la mesa y escribió una carta al obispo. Después de solicitar su bendición y
dinero para la escuela, le expuso con sinceridad y respeto filial la opinión
que le merecía el sacerdote de Sinkovo. “Es joven —escribió—, carece de
formación, no lleva una vida muy sobria y, en general, no responde a la imagen
del pastor que el pueblo ruso se ha forjado a lo largo de los siglos”. Una vez
terminada la carta, Kunin exhaló un leve suspiro y fue a acostarse con la
conciencia de que había realizado una buena acción.
El lunes por la mañana, estando aún en
la cama, le anunciaron la visita del padre Yákov. No tenía ganas de levantarse,
así que mandó decir que no estaba en casa. El martes se marchó a la asamblea y
el sábado, cuando regresó, los criados le informaron de que durante su ausencia
el padre Yákov se había presentado todos los días.
“¡Se ve que le gustaron los dulces!”,
pensó Kunin.
El domingo por la tarde apareció el
padre Yákov. Esta vez no sólo los faldones de la sotana estaban manchados de
barro, sino también el gorro. Tal como sucedió durante la primera entrevista,
se sentó en el borde del asiento, igual de rojo y sudoroso que entonces. Kunin
se abstuvo de iniciar una conversación sobre la escuela, pues no estaba
dispuesto a echar margaritas a los cerdos.
—Le he traído una lista del material
escolar, Pável Mijaílovich… —empezó el padre Yákov.
—Gracias.
Pero era evidente que aquella nota no
era el verdadero motivo de la visita. Toda su figura dejaba traslucir una
profunda turbación, aunque al mismo tiempo se percibía en ella la determinación
del hombre iluminado por una idea repentina. Ardía en deseos de decir algo
importante, absolutamente indispensable, y trataba con todas sus fuerzas de
vencer su timidez.
“¿Por qué calla? —pensaba Kunin con
irritación—. ¡Sigue ahí sentado! ¡Y yo no tengo tiempo de ocuparme de él!”.
Para atenuar un tanto su embarazoso
silencio y ocultar el combate que se libraba en su interior, el sacerdote
esbozó una sonrisa forzada. Esa sonrisa larga y tortuosa, que se abría pasó a
través del sudor y el rubor de su rostro y tan poco se correspondía con la
mirada inmóvil de sus ojos azul grisáceo, obligó a Kunin a darse la vuelta.
Sentía repugnancia.
—Perdóneme, padre, pero tengo que salir…
—dijo.
El padre Yákov se estremeció como un
hombre dormido que acaba de recibir un golpe y, sin dejar de sonreír, se cruzó
los faldones de la sotana con aire cohibido. A pesar del desdén que le
inspiraba ese hombre, Kunin de pronto sintió pena de él y quiso mitigar su
crueldad.
—Le suplico, padre, que vuelva otro día…
—dijo—. Antes de despedirme de usted, tengo una petición que hacerle… Tuve una
especie de inspiración, ¿sabe?, y escribí dos sermones… Los someto a su examen…
Si tienen algún valor, puede leerlos.
—Muy bien… —dijo el padre Yákov,
cubriendo con la mano los sermones que Kunin había dejado sobre la mesa— Me los
llevaré…
Al cabo de un rato de vacilaciones, y
sin dejar de cruzar los faldones de la sotana, abandonó esa sonrisa forzada y
levantó la cabeza con decisión.
—Pável Mijaílovich —dijo, esforzándose
por hablar con voz fuerte y clara.
—¿Qué desea?
—He oído que ha despedido usted… a su
secretario y… que está buscando uno nuevo…
—Sí… ¿puede usted recomendarme a
alguien?
—Pues verá… yo… ¿No podría confiarme esa
tarea a mí?
—¿Es que va a dejar usted el sacerdocio?
—se sorprendió Kunin.
—No, no —se apresuró a responder el
padre Yákov, palideciendo y temblando con todo el cuerpo—. ¡Dios me libre! Pero
si tiene usted dudas, déjelo, no merece la pena. Lo haría en los ratos libres…
para aumentar mis ingresos… ¡Pero no es necesario, no se moleste!
—Hum… Sus ingresos… ¡Pero yo sólo le
pago a mi secretario veinte rublos al mes!
—¡Dios mío, yo me conformaría con diez!
—susurró el padre Yákov, mirando a su alrededor—. ¡Diez es suficiente! Usted…
se sorprende, todo el mundo se sorprende. Un pope avaro, codicioso. ¿Qué puede
hacer con el dinero? Yo mismo me doy cuenta de que soy avaro… me cubro de
reproches y denuestos… Me da vergüenza mirar a la gente a la cara… Le digo a
usted en conciencia, Pável Mijaílovich… poniendo a Dios por testigo… —el padre
Yákov tomó aliento y continuó—: Había preparado toda una confesión por el camino,
pero… la he olvidado por completo, ya no encuentro las palabras. Recibo cada
año de la parroquia ciento cincuenta rublos y todo el mundo… se pregunta qué
hago con ese dinero… Voy a explicárselo en conciencia… Destino cuarenta rublos
a mi hermano Piotr, que está estudiando en el seminario. Tiene todos los gastos
cubiertos, pero el papel y las plumas corren de mi cuenta…
—¡Le creo, le creo! Pero ¿para qué me
cuenta todo esto? —respondió Kunin con un gesto de la mano, sintiendo sobre sí
el peso terrible de esa franqueza y sin saber dónde meterse para no ver el
brillo de las lágrimas en los ojos de su huésped.
—Además, aún no he terminado de pagar al
Consistorio todo lo que debo por la plaza que ocupo. Mi deuda se ha
contabilizado en doscientos rublos, de los que pago diez al mes. Juzgue usted
mismo lo que me queda. Y a eso hay que añadir los tres rublos al mes que, como
mínimo, entrego al padre Avraam.
—¿A qué padre Avraam?
—El padre Avraam es el cura que había en
Sinkovo antes de que yo viniera. Lo echaron porque tenía… una debilidad, pero
sigue viviendo en Sinkovo. ¿Adónde va a ir? ¿Quién iba a darle de comer? Aunque
sea viejo, necesita un techo, pan y ropa. No puedo permitir que un hombre
revestido de la dignidad eclesiástica pida limosna. ¡Si eso sucediera, el
pecado sería mío! ¡Mío! Debe dinero a todo el mundo y, si no salda sus deudas,
el pecado recaería sobre mí —el padre Yákov se levantó de su asiento y, mirando
el suelo con aire demente, se puso a dar vueltas por la habitación—. ¡Dios mío,
Dios mío! —balbucía, ora alzando los brazos, ora dejándolos caer—. Ayúdame,
Señor, y perdóname. ¿Por qué habré aceptado el sacerdocio si no tengo fuerzas
ni fe? ¡Mi desesperación no conoce límites! Sálvame, Reina de los Cielos.
—¡Tranquilícese, padre! —dijo Kunin.
—¡El hambre me atormenta, Pável
Mijaílovich! —continuó el padre Yákov—. Haga el favor de excusarme, pero ya no
puedo más… Ya sé que si hiciera algunas reverencias, que si pidiera, todo el
mundo me ayudaría, pero… no puedo. ¡Me da vergüenza!
¿Cómo iba a solicitar ayuda a los
campesinos? Usted trabaja en la Comisión rural y conoce su situación… ¿Quién se
atrevería a pedir limosna a un mendigo? ¡Y tampoco puedo pedir a los más ricos,
a los propietarios! ¡Soy orgulloso! ¡Me da vergüenza! —el padre Yákov hizo un
gesto de desesperación y se rascó nerviosamente la cabeza con ambas manos—. ¡Me
da vergüenza! ¡Dios mío, cuánta vergüenza! ¡No puedo soportar, por orgullo, que
la gente vea mi pobreza! ¡Cuando me visitó usted el otro día, Pável Mijaílovich,
no tenía té para ofrecerle! No quedaba ni una brizna, pero el orgullo me
impidió confesárselo. Me avergüenzo de mi ropa, de todos estos remiendos… Me
avergüenzo de mis sotanas, de mi hambre… ¿Acaso el orgullo es propio de un
sacerdote? —el padre Yákov se detuvo en medio del despacho y, como si no fuera
consciente de la presencia de Kunin, se puso a deliberar consigo mismo—: Bueno,
supongamos que pudiera soportar el hambre y la vergüenza, pero ¡Dios mío!, ¿qué
pasa con mi mujer? ¡Es de buena familia! Tiene las manos blancas, es delicada,
está acostumbrada a beber té, a comer pan blanco, a dormir entre sábanas… En
casa de sus padres tocaba el piano… Es joven, aún no ha cumplido veinte años…
Le gusta arreglarse, divertirse, hacer visitas… Y en mi isba vive… peor que
cualquier cocinera; le da vergüenza salir a la calle. ¡Dios mío, Dios mío! Su
único consuelo es que le traiga de alguna casa una manzana o un dulce… —el
padre Yákov volvió a rascarse la cabeza con ambas manos—. Más que amor lo que
siento por ella es lástima… ¡No puedo verla sin compadecerme! ¡Qué cosas pasan
en este mundo, Señor! Si los periódicos escribieran sobre ellas, la gente no
las creería… ¿Cuándo acabará todo esto?
—¡Basta, padre! —casi gritó Kunin,
asustando de aquel tono—, ¿Por qué tiene una visión tan sombría de la vida?
—Le ruego que me excuse, Pável
Mijaílovich… —balbució el padre Yákov, como borracho—. Perdone, todo esto… no
tiene importancia, no le preste atención… La culpa es mía y seguirá siendo mía…
¡Sólo mía! —y, mirando a su alrededor, murmuró—: Una mañana temprano me dirigía
de Sinkovo a Luchkovo; de pronto, en la orilla del río, vi a una mujer ocupada
en alguna actividad… Me acerqué y no di crédito a mis propios ojos… ¡Qué
horror! Era la mujer del médico Iván Sergueich, aclarando ropa… ¡La mujer del
médico, que cursó estudios en un internado! Para que la gente no la viera, se
levantaba lo más temprano posible y se alejaba una versta de la aldea… ¡Qué
orgullo indomable! Cuando vio que estaba a su lado y advirtió que había
descubierto su pobreza, se puso roja como la grana… Atónito, espantado, me
acerqué corriendo con intención de ayudarla, pero ella ocultó la ropa de mi
vista, temiendo que viera sus camisas deshilachadas…
—Todo eso parece cuando menos
inverosímil… —dijo Kunin, sentándose y mirando casi con pavor el rostro pálido
del padre Yákov.
—¡En efecto, inverosímil! Cuándo ha
sucedido, Pável Mijáilovich, que la mujer de un médico tenga que aclarar la
ropa en el río. ¡En ningún país pasa algo así! Yo, como pastor y padre
espiritual, no debería permitirlo, pero ¿qué puedo hacer? ¡Yo mismo me las
arreglo para que su marido me cure gratis! ¡Ha acertado usted cuando ha
calificado esa situación de inverosímil! ¡Uno no da crédito a los ojos! Cuando
digo misa, fíjese, y contemplo desde el altar a los fieles, al hambriento padre
Avraam y a mi mujer, pienso en la esposa del médico, en sus manos azules por el
agua fría; en esos momentos, créame, me aturdo y me quedo allí parado como un
idiota, olvidado de todo, hasta que la voz del sacristán me devuelve a la
realidad… ¡Qué horror! —el padre Yákov volvió a pasearse de un rincón al otro—.
¡Señor Jesucristo! —añadió, alzando las manos—. ¡Santos del Cielo! Ni siquiera
puedo oficiar… Me habla usted de la escuela y yo me quedo como un pasmarote,
sin entender palabra, pensando sólo en la comida… Incluso delante del altar…
Pero… ¿qué estoy haciendo? —dijo, recobrando el sentido—. Iba usted a salir.
Perdone, sólo lo decía… excúseme.
Kunin le estrechó la mano en silencio,
lo acompañó hasta el vestíbulo y, al regresar a su despacho, se detuvo ante la
ventana. Vio salir al padre Yákov, calarse su raído sombrero de ala ancha y
alejarse por el camino a paso lento y con la cabeza gacha, como avérgonzado de
su franqueza.
“No veo su caballo”, pensó Kunin.
Kunin no se atrevía a pensar que el
sacerdote hubiera ido andando a su casa todos esos días: hasta Sinkovo había
siete u ocho verstas y la carretera era un auténtico barrizal. Al poco rato vio
cómo el cochero Andréi y el pequeño Paramón, saltando entre los charcos y
salpicándole de barro, corrían hacia él para solicitar su bendición. El padre
Yákov se quitó la gorra, bendijo con parsimonia a Andréi y luego al muchacho,
acariciándole la cabeza.
Kunin se pasó la mano por los ojos y
tuvo la sensación de que se le humedecía. Se apartó de la ventana y con los
ojos turbios se paseó por la habitación, en la que aún resonaba aquella voz
tímida y sofocada… Miró la mesa… Por fortuna, en su apresuramiento, el padre
Yákov había olvidado coger los sermones… Kunin se lanzó sobre ellos, los rompió
en mil pedazos y los arrojó al suelo con desprecio.
—¡Y yo no lo sabía! —gimió, dejándose
caer en el sofá—. ¡Yo, que hace más de un año fui nombrado miembro permanente,
juez de paz honorífico, miembro del consejo escolar! ¡Soy un muñeco ciego, un
fatuo! ¡Tengo que ayudarles enseguida! ¡Enseguida! —iba de un lado a otro con
aspecto angustiado, se apretaba las sienes, se estrujaba el cerebro—. El veinte
de este mes recibiré mis doscientos rublos de sueldo… Con algún pretexto
plausible les entregaré algo de dinero tanto a él como a la mujer del médico… A
él le encargaré un tedeum y ante el médico me fingiré enfermo… De ese modo, no
ofenderé su orgullo. Y también ayudaré a Avraam.
Contaba con los dedos su dinero y temía
confesarse que esos doscientos rublos apenas le alcanzarían para pagar al
administrador, a la servidumbre y al campesino que le traía la carne… A su
pesar hubo de acordarse de un pasado no lejano en el que había dilapidado con
la mayor despreocupación la herencia paterna; siendo aún un mocoso de veinte
años regalaba a las prostitutas abanicos caros, daba diez rublos diarios a su
cochero Kuzmá y enviaba presentes a las actrices por simple vanidad. ¡Ah, qué
útiles le serían a hora todos esos billetes de tres y diez rublos, diseminados
a los cuatro vientos!
“El padre Avraam sólo gasta en comer
tres rublos al mes —pensaba Kunin—. Con un rublo la popesa puede hacerse una
camisa y la mujer del médico contratar a una lavandera. ¡Sea como fuere, les
ayudaré! ¡Les ayudaré sin falta!”.
En ese momento Kunin se acordó de la
denuncia que había dirigido al obispo y todo su cuerpo se contrajo como bajo el
efecto de una ducha fría. Ese recuerdo anegó su alma de un sentimiento
angustioso de vergüenza ante sí mismo y ante la invisible verdad…
Así empezó y acabó el esfuerzo sincero
que hacía por mostrarse útil uno de esos muchos hombres bienintencionados, pero
demasiado satisfechos e irreflexivos.

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