© Libro N° 13044. Una Historia De Mar Y
Tierra. Dunsany, Lord. Emancipación. Octubre 5 de 2024
Título original: ©
A Story Of Land And Sea, Lord Dunsany (1878-1957)
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Original: © Una Historia
De Mar Y Tierra. Lord Dunsany
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Lord Dunsany
Una
Historia De Mar Y Tierra
Lord
Dunsany
En el primer Libro de las Maravillas está escrito cómo el capitán Shard,
del terrible barco pirata Desperate Lark, se retiró de la vida activa después
de saquear la ciudad costera de Bombasharna; y cómo, renunciando a la piratería
en favor de los más jóvenes, con el beneplácito del Atlántico Norte y Sur, se
instaló con una reina cautiva en su isla flotante. A veces hundía un barco en
memoria de los viejos tiempos, mas había dejado de merodear por las rutas
comerciales y los asustadizos comerciantes temían ahora a otros hombres.
No fue la edad lo que le impulsó a abandonar su romántica profesión. Ni
tampoco la indignidad de sus traiciones, ni ninguna herida de arma de fuego, ni
la bebida. Fue la inexorable necesidad y la force majeure. Cinco navíos le
perseguían. Cómo les dio el esquinazo un día en el Mediterráneo, cómo combatió
contra los árabes, cómo fue oída una andanada de sus cañones por primera y
última vez en un lugar a 23º de latitud norte y 4º de longitud este, junto a
otras cosas desconocidas para los Almirantazgos, es lo que procederé ahora a
contar.
Se había divertido un poco, sí, él, Shard, capitán pirata, y todos sus
compinches llevaban perlas en sus pendientes. Y ahora la flota inglesa iba tras
él a todo trapo a lo largo de la costa de España con un favorable viento del
norte a popa. No conseguían ganar terreno al aerodinámico navío de Shard, el
terrible barco pirata Desperate Lark; sin embargo, estaban más cerca de lo que
a él le habría gustado y se entrometían en sus asuntos. Le habían estado
persiguiendo durante un día y una noche, cuando, a la altura del Cabo de San
Vicente, hacia las seis de la mañana, Shard dio aquel paso que decidió su
retiro de la vida activa: viró hacia el Mediterráneo.
Si hubiera seguido hacia el Sur descendiendo por la costa africana, es
dudoso que hubiese podido sacar provecho de la piratería, debido a la
obstrucción de Inglaterra, Rusia, Francia, Dinamarca y España; mas, virando
hacia el Mediterráneo, dio lo que podía llamarse el penúltimo paso de su vida,
que para él significó establecerse. Desde su juventud Shard tuvo en mente tres
grandes líneas de conducta, sobre las que meditaba de día y rumiaba de noche,
consolándole de todos sus peligros; secretas incluso para sus hombres, eran
tres medios con los que esperaba escapar de cualquier peligro que pudiera
encontrar en el mar.
Una de ellas era la isla flotante de la que se habla en el Libro de las
Maravillas; otra era tan fantástica que podemos dudar de que incluso la
brillante audacia de Shard la hubiera podido encontrar practicable, al menos él
nunca la intentó por lo que se sabe en esa taberna junto al mar en la que me he
informado; y la tercera decidió llevarla a cabo cuando viró aquella mañana para
el Mediterráneo. En realidad, a pesar del paso que había dado, podría haber
practicado la piratería un poco más tarde cuando los mares recuperaran la
calma, mas ese penúltimo paso fue como esa pequeña casa de campo a la que todo
hombre de negocio le ha echado el ojo; como cualquier cómoda inversión
reservada para la vejez, hay determinadas trayectorias decisivas en las vidas
de los hombres que después de tomadas impiden a éstos volver a sus asuntos.
Ante el asombro de sus hombres viró, pues, para el Mediterráneo con la
flota inglesa pisándole los talones.
—¡Qué locura es ésta —murmuró Bill, el contramaestre, al único oído del
viejo Frank—, con toda la flota francesa esperándonos en Lyon y los españoles a
lo largo de todo el trayecto entre Cerdeña y Túnez! (pues ellos conocían las
rutas de los españoles).
Mandaron una delegación a hablar con el capitán Shard, todos ellos
serios y vestidos con sus trajes más costosos. Le dijeron que el Mediterráneo
era una ratonera, y lo único que él les respondió fue que el viento del norte
les sostendría. Y la tripulación le contestó que estaban rendidos. De manera
que penetraron en el Mediterráneo y la flota inglesa cerró el Estrecho de
Gibraltar. Y Shard continuó dando bordadas por la costa marroquí con una docena
de fragatas tras él.
Y el viento del norte se hizo más intenso. Y el Capitán no habló a su
tripulación hasta que anocheció, momento en que les reunió a todos a excepción
del timonel y les pidió cortésmente que bajaran a la bodega. Allí les mostró
seis inmensos ejes de acero y una docena de enormes ruedas de hierro, que
ninguno de ellos había visto antes; y contó a su tripulación que, sin que nadie
lo supiera, su nave había sido especialmente adaptada a esos ejes y ruedas, y
que tenía la intención de navegar en seguida de nuevo hacia el vasto Atlántico,
aunque no a través del estrecho. Y cuando oyeron el nombre del Atlántico todos
sus compinches se alegraron, pues lo consideraban un mar muy seguro.
Y cayó la noche y el capitán Shard mandó llamar a su buzo. Con el mar
embravecido al buzo le era difícil trabajar, mas a media noche las cosas
salieron a entera satisfacción de Shard; y el buzo dijo que de todos los
trabajos que había desempeñado... Mas, al no encontrar adecuada comparación y
estar necesitado de un trago, se calló y pronto se durmió, y sus camaradas lo
llevaron a su hamaca. La persecución continuó durante todo el día siguiente con
el inglés bien a la vista, ya que Shard había perdido tiempo por la noche con
sus ruedas y ejes, y el peligro de encontrarse con los españoles aumentaba cada
hora. Cuando anocheció cada minuto parecía cargado de peligro; sin embargo
siguieron dando bordadas hacia el este, donde sabían que debían de estar los
españoles.
Y finalmente divisaron sus gavias, y no obstante Shard siguió adelante.
Se estaba aproximando, mas la noche avanzaba y la Union Jack que izaron ayudó a
Shard con los españoles durante los últimos, ansiosos minutos, aunque esto
pareció enojar al inglés. Mas, como dijo Shard, "no se puede contentar a
todo el mundo" , y a continuación la oscuridad se tragó el crepúsculo.
—A estribor —dijo el capitán Shard.
El viento del norte, que había arreciado a lo largo del día, soplaba
ahora como un vendaval. Ignoro a qué parte del litoral se dirigía Shard, mas él
sí lo sabía, pues las costas del mundo eran para él lo que Margate para alguno
de nosotros. En un lugar donde, impregnado de misterio y de muerte, y hasta del
propio corazón de África, el desierto emerge por encima del mar, no menos
grandioso, ni menos terrible, divisaron tierra muy próxima, casi en tinieblas.
Shard mandó a todos los hombres a la parte trasera del barco y también el
lastre. Y pronto el Desperate Lark, elevando un poco su proa por encima del
agua, hizo dieciocho nudos a favor del viento, encalló en una playa arenosa y a
continuación se enderezó, y lentamente se dirigió hacia el interior de África.
Los piratas habrían dado tres hurras, mas tras el primero Shard los
silenció y, tomando él mismo el timón, les soltó un pequeño discurso, mientras
las sólidas ruedas aporreaban lentamente la arena africana, haciendo apenas
cinco nudos en medio del vendaval.
—Los peligros de la mar —dijo— se han exagerado mucho. Durante cientos
de años, los barcos han estado navegando por la mar, y en la mar uno sabe lo
que hay que hacer; mas en tierra es diferente.
Ahora estaban en tierra y no iban a olvidarlo. En la mar se puede hacer
todo el ruido que se quiera sin sufrir ningún perjuicio, mas en tierra puede
suceder cualquier cosa. Uno de los peligros de tierra firme que citó como
ejemplo fue la horca.
—De cada cien hombres que son ahorcados en tierra —dijo—, en la mar no
serían colgados más de veinte.
Los hombres se fueron a dormir junto a los cañones. Esa noche no irían
lejos, pues el riesgo de naufragar de noche era un peligro característico de
tierra firme, mientras que en el mar se puede navegar desde la puesta del sol
hasta el amanecer. No obstante era esencial no dejarse ver desde el mar, pues,
si alguien se enteraba de dónde se encontraban, tendrían a la caballería tras
ellos. Y por eso había enviado de nuevo a Smerdrak (un joven lugarteniente
pirata) a fin de que borrara las huellas que habían dejado en el lugar por
donde habían salido del mar. Y los compinches asintieron enérgicamente con la
cabeza aunque no se atrevieron a vitorear, y al poco subió corriendo Smerdrak y
le arrojaron un cabo por la popa.
Después de hacer unos quince nudos echaron el ancla, y el capitán Shard
reunió a sus hombres en torno suyo y, permaneciendo junto a la rueda de proa,
bajo las nítidas y grandes estrellas de Argelia, les explicó su sistema de
conducción. No había mucho que explicar; con considerable ingenuidad había
separado y montado sobre un pivote la porción de quilla que sostenía el eje
delantero, y podía moverla mediante cadenas controladas desde el timón de
tierra, de manera que el par delantero de ruedas podía girar a voluntad aunque
sólo un poco; y más tarde comprobaron que en cien yardas únicamente podían
desviar el barco de su rumbo unas cuatro yardas. Mas los capitanes de cómodos
acorazados, o incluso los propietarios de yates, no deben criticar demasiado
severamente a un hombre que no era de esta época y que no conocía los inventos
modernos; también debería recordarse que Shard no se encontraba ya en alta mar.
Es posible que su forma de gobernar fuera torpe, mas hizo lo que pudo.
Cuando quedó claro para sus hombres el uso y las limitaciones de su
timón de tierra, Shard les ordenó acostarse a todos a excepción de los vigías.
Mucho antes del amanecer les despertó y con el primer rayo de luz se pusieron
en marcha, de manera que aquellas dos flotas, que estaban tan seguras de tener
rodeado a Shard en una amplia media luna frente a la costa argelina, no vieron
ni rastro del Desperate Lark, ni en el mar ni en tierra firme; y las banderas
del buque insignia prorrumpieron en enérgicos juramentos en inglés.
El temporal siguió soplando tres días más y, mediante el empleo de más
trapo durante el día, corrieron por encima de la arena a casi diez nudos,
aunque en el informe sobre las aguas agitadas que iban encontrando (así llamaba
el vigía, antes de adaptarse a su nuevo medio, a las peñas, los pequeños cerros
o el terreno accidentado), la velocidad fue muy disminuida. Como era verano los
días eran muy largos y Shard, deseoso de dejar atrás el rumor de su propia
aparición mientras el viento se mantuviera favorable, navegó durante diecinueve
horas al día, acostándose a las diez de la noche y volviendo a izar velas a las
tres de la madrugada, cuando empezaba a despuntar el alba. En aquellos tres
días recorrió quinientas millas. Luego, el viento amainó hasta convertirse en
una brisa, aunque sin dejar de soplar del norte, y en la semana siguiente no
hicieron más de dos nudos por hora. Entonces los compinches empezaron a
murmurar.
Al principio la suerte había favorecido a Shard claramente, pues la
caballería había salido a dar una batida local y el navío, lanzado a diez
nudos, atravesó las únicas regiones pobladas, pasando por delante de multitudes
que habían decidido no huir. En cuanto a los fugitivos, pronto desaparecieron por
las alturas cercanas a la costa en cuanto Shard les apuntó con su cañón, aunque
no se atrevió a disparar. Por mucho que se burlara de la inteligencia del
Almirantazgo inglés y del español, que no habían sospechado de su maniobra,
única posible, según él, en aquellas circunstancias, sabía sin embargo que el
estruendo del cañón descubriría su secreto. Por supuesto, la suerte le había
ayudado, y cuando dejó de hacerlo tuvo que desplegar oportunamente todas sus
posibilidades.
Por ejemplo, mientras el viento se mantuvo favorable nunca perdió
ocasión de reabastecerse; si atravesaban una aldea, se apoderaba de sus cerdos
y de sus aves de corral; y cada vez que pasaba cerca de donde había agua
llenaba sus depósitos hasta el borde. Y cuando sólo podía hacer dos nudos,
navegaba toda la noche precedido por un hombre provisto de farol; de esa manera
hizo en aquella semana cerca de cuatrocientas millas cuando cualquier otro
habría fondeado de noche, perdiendo cinco o seis de las veinticuatro horas
diarias. No obstante sus hombres murmuraban:
—¿Es que acaso se cree que el viento durará eternamente? —decían.
Y Shard únicamente fumaba. Estaba claro que pensaba, pensaba mucho.
—Mas ¿en qué está pensando? —le dijo Bill a Jack el Malo.
Y éste le contestó:
—Puede pensar todo lo que le venga en gana, mas eso no nos sacará del
Sahara si el viento amaina.
Y a finales de aquella semana, Shard se dirigió a su compartimento de
cartas náuticas y trazó un nuevo rumbo un poco hacia el este, hacia terrenos
cultivados. Y un día, hacia el atardecer, divisaron una aldea, y en esto llegó
el ocaso y el viento amainó completamente. Entonces aumentaron los murmullos de
los compinches hasta convertirse en juramentos, bordeando casi el motín.
¿Adónde iban ahora?, se preguntaban. ¿Estaban siendo tratados
equitativamente?
Shard los tranquilizó preguntándoles qué deseaban hacer, y cuando a
ninguno se le ocurrió nada mejor que acudir a los aldeanos y decirles que una
tormenta había desviado su rumbo, Shard les reveló su plan. Había oído hacía
mucho tiempo que en África es corriente que los bueyes tiren de las carretas;
los bueyes eran muy numerosos en aquellos lugares donde no existía ningún tipo
de cultivo. Por esa razón, cuando el viento empezó a amainar, había puesto
rumbo en dirección a la aldea: aquella noche cuando oscureciera iban a llevarse
cincuenta yuntas de bueyes; a media noche ya debían de estar uncidos y entonces
inmediatamente galoparían. Un plan tan estupendo como ése asombró a sus
hombres, los cuales se disculparon por su falta de fe en Shard, estrechándole la
mano de uno en uno y escupiendo en ellas en señal de buena voluntad.
La incursión de aquella noche tuvo un gran éxito; mas, por ingenioso que
Shard se mostrara en tierra firme, y maestro en alta mar, debe admitirse que la
falta de experiencia en este tipo de navegación le llevó a cometer un error,
insignificante es cierto y completamente evitable con un poco de práctica: los
bueyes no podían galopar. Shard los maldijo, los amenazó con su pistola,
diciéndoles que no les daría de comer, mas todo fue inútil: aquella noche,
empujado por ellos, el Desperate Lark no hizo más de un nudo a la hora. Shard
utilizó sus fracasos, como todo lo que le acontecía, como materiales con que
edificar su futuro éxito: se fue inmediatamente a su compartimento de cartas
náuticas y revisó otra vez todos sus cálculos.
La cuestión de la lenta marcha de los bueyes imposibilitaba que pudieran
eludir la persecución. Por tanto, Shard anuló su orden al lugarteniente de
cubrir las huellas dejadas en la arena, y el Desperate Lark prosiguió con
dificultad su curso a través del Sahara confiando en sus cañones. La aldea no
era grande, y la escasa multitud que fue avistada a popa, desapareció a la
mañana siguiente tras el primer disparo del cañón correspondiente. Al principio
Shard hizo que los bueyes llevaran toscos y resistentes bocados de hierro, otro
de sus errores.
Pues, si se desbocan, había dicho, podríamos también ser arrastrados
delante de la tempestad, y es imposible decir dónde nos encontraríamos.
Mas, pasado uno o dos días, comprobó que los bocados no eran útiles y,
como hombre práctico que era, corrigió inmediatamente su error. Y ahora la
tripulación, sacando sus mandolinas y cornetas, cantó todo el día alegres
canciones y vitoreó al capitán Shard. Todos estaban alegres excepto el Capitán,
cuyo rostro parecía malhumorado y perplejo; únicamente esperaba tener más
noticias de aquellos aldeanos. Cada día los bueyes se bebían toda el agua
disponible, y él sólo temía que no pudieran conseguir más, desagradable temor
sobre todo si el barco se detenía en pleno desierto por falta de viento.
Durante una semana continuaron igual, haciendo diez nudos diarios, y la música
y el canto crispaban los nervios del Capitán, mas él no se atrevía a contar a
sus hombres cuál era el problema. Y entonces un día los bueyes apuraron las
últimas existencias de agua. Y se presentó el lugarteniente Smerdrak a informar
del hecho.
—Dadles ron —dijo Shard, mientras maldecía a los bueyes—. Lo que es
bueno para mí —siguió diciendo— debería ser bueno para ellos —y juró que
beberían ron.
—Sí, sí, señor —dijo el joven lugarteniente pirata.
No debería juzgarse a Shard por las órdenes de aquel día. Durante casi
quince días había estado esperando el funesto destino que se le avecinaba
lentamente; la disciplina le había llevado a aislarse de cualquier otro que
pudiera compartir su miedo y discutirlo; y todo el tiempo había tenido que
pilotar el barco, lo cual incluso en la mar es una ardua responsabilidad. Esas
cosas habían alterado el sosiego de aquel claro juicio que en una ocasión había
desconcertado a cinco armadas. Por consiguiente maldijo a los bueyes y les
ordenó beber ron, y Smerdrak dijo: Sí, sí, señor, y se fue abajo.
Hacia el ocaso, Shard estaba de pie en la toldilla, pensando en la
muerte; no se moriría de sed; antes habría un motín, pensó. Los bueyes
rechazaron el ron por última vez y los hombres empezaron a mirar con inquietud
al capitán Shard, sin murmurar mas observándole de reojo como si únicamente
tuvieran un pensamiento que no necesitara palabras. Una veintena de gansos
formando una gran V cruzaron el cielo nocturno, inclinaron sus pescuezos y los
torcieron hacia abajo en dirección a algún lugar del horizonte. El capitán
Shard se precipitó hacia el compartimento de cartas náuticas y pronto llegaron
los hombres a la puerta con el viejo Frank al frente, visiblemente molesto y
retorciendo la gorra entre sus manos.
—¿Qué ocurre? —dijo Shard, como si no pasara nada.
Entonces el viejo Frank dijo lo que había ido a decir:
—Queremos saber lo que va usted a hacer.
Y los hombres asintieron solemnemente con la cabeza.
—Conseguir agua para los bueyes —respondió el capitán Shard—, ya que los
muy puercos no quieren ron. Los muy perezosos tendrán que trabajar para eso.
¡Levad el ancla!
Y al oír la palabra agua, una mirada afloró a sus rostros como cuando
algún vagabundo piensa de repente en su hogar.
—¡Agua! —dijeron.
—¿Por qué no? —contestó el capitán Shard. Y ninguno de ellos llegó a
enterarse de que, a no ser por los gansos, que inclinaron sus pescuezos y los
torcieron hacia abajo, no hubieran encontrado agua esa noche ni ninguna otra, y
que el Sahara los habría atrapado como ha atrapado a tantos otros y atrapará a
muchos más. Aquella noche siguieron un nuevo rumbo: al alba encontraron un
oasis y los bueyes bebieron.
Y decidieron quedarse en aquel acre de verdor con palmeras y manantial,
rodeado por miles de millas de desierto y resistente al paso del tiempo; pues
los que se han quedado sin agua durante algún tiempo en algún desierto africano
llegan a sentir por ese fluido natural una estima que el lector difícilmente
puede dar crédito. Cada hombre eligió un lugar donde edificaría su cabaña y se
instalaría, y tal vez se casaría, e incluso olvidaría la mar. Cuando terminaron
de llenar sus depósitos y barriles, el capitán Shard les ordenó perentoriamente
levar anclas. Hubo mucho descontento, incluso algunas quejas; mas, cuando un
hombre ha librado por dos veces de la muerte a sus camaradas con sólo la viveza
de su mente, éstos llegan a sentir respeto por su buen juicio, que no vacila
ante las insignificancias.
Debe recordarse que en el asunto del amaine del viento, y nuevamente
cuando se agotó el agua, estos hombres no supieron qué hacer, eso mismo le
ocurrió a Shard en aquella última circunstancia, mas ellos lo ignoraban. Shard
sabía todo eso y eligió ese momento para consolidar su reputación entre los
componentes de aquel navío mediante la explicación de sus motivos, que
normalmente guardaba en secreto.
—El oasis —dijo— debe de ser un puerto de arribada para todos los
viajeros en centenares de millas a la redonda: ¡hay que ver la de hombres que
se juntan en cualquier parte del mundo donde existe una gota de whisky en los
países decentes, incluso, tal es la peculiaridad de los árabes, más preciosa.
Otra cosa les indicó: los árabes eran gente singularmente indiscreta y
si tropezaran con un barco en medio del desierto probablemente hablarían de
ello; y como en todas partes existen lenguas maliciosas, nunca interpretarían
correctamente sus discrepancias con las flotas inglesa y española, sino que
simplemente tomarían partido por el más fuerte en contra del más débil.
Y los hombres suspiraron, y cantaron la canción del cabrestante, y
levaron anclas y uncieron los bueyes, y siguieron haciendo su nudo invariable,
que nada podía hacer aumentar. Puede parecer extraño que, con todas las velas
recogidas por la calma chicha y los bueyes parados, echaran el ancla. Mas la
costumbre no se olvida fácilmente y su uso persiste durante bastante tiempo.
Cabe preguntarse más bien cuántas de esas costumbres inútiles conservamos
nosotros mismos: por ejemplo, los apéndices de la parte posterior de las botas
camperas, aunque ya no se tira de ellos, o los lazos de nuestros zapatos de
etiqueta, que ni se atan ni se desatan. Los hombres dijeron que así se sentían
más seguros y sanseacabó. Shard trazó un rumbo sur cuarta al sudoeste y ese día
hicieron diez nudos, mas el siguiente hicieron solamente siete u ocho y Shard
tuvo que ponerse al pairo, intentando detenerse.
Llevaban a bordo muchas provisiones de forraje para los bueyes, y para
los hombres un cerdo o poco más o menos, una cantidad suficiente de aves de
corral, varios sacos de galletas y noventa y ocho bueyes (pues ya se habían
comido dos de ellos); y se encontraban a tan sólo veinte millas del agua. Se
quedarían allí, dijo el capitán, hasta que la gente se olvidara de sus pasados;
alguien inventaría algo, o alguna cosa ocurriría para que la gente se olvidara
de ellos y de los barcos que habían hundido. Olvidaba que hay hombres a los que
les pagan muy bien por recordar. A mitad de camino del oasis estableció un
pequeño depósito donde enterró sus barriles de agua. Tan pronto como se vaciaba
un barril, ordenaba que una docena de hombres lo hiciera rodar por turnos hasta
el depósito.
Esto lo hacían de noche, manteniéndose ocultos durante el día, y la
noche siguiente se ponían en camino en dirección al oasis, llenaban el barril y
lo volvían a traer rodando. Así pronto tuvo, a sólo diez millas de distancia,
una reserva de agua, desconocida para los más sedientos nativos de África, con
la cual podría fácilmente rellenar sus depósitos a voluntad. Permitió que sus
hombres cantaran e incluso que encendieran fuego sin motivo. Fueron noches muy
alegres, mientras duró el ron; a veces divisaban gacelas que les observaban con
curiosidad; otras veces, pasaba cerca algún león y su rugido aumentaba la
sensación de seguridad que tenían en el interior de su barco; a su alrededor,
uniforme, inmenso, yacía el Sahara.
—Es mejor que una prisión inglesa —decía el capitán Shard.
Y la calma chicha permanecía todavía; ni siquiera susurraba la arena por
las noches, acariciada por el viento. Cuando se agotó el ron y su falta empezó
a ser problemática, Shard les recordó lo poco que lo habían consumido cuando
era lo único que tenían y los bueyes no querían ni mirarlo. Y pasaron
lentamente los días cantando, incluso a veces bailando, y las noches alrededor
de un prudente fuego en una depresión de la arena, con sólo un vigía,
contándose historias de la mar. Era un alivio tras arduas guardias alternadas
con cabezadas junto a los cañones, un reposo para sus tensos nervios y sus
fatigados ojos; y todos estuvieron de acuerdo en que, a pesar de lo mucho que
echaban de menos el ron, el mejor lugar para un barco como el suyo era tierra
firme.
Como he dicho fue a 23º de latitud norte y 4º de longitud este donde se
oyó por primera y única vez una andanada procedente de un barco. Sucedió así.
Habían permanecido allí durante varias semanas y se habían comido diez o tal
vez doce bueyes, y en todo ese tiempo no había habido ni un soplo de viento y
no habían visto a nadie. Mas una mañana, cuando la tripulación estaba
desayunando, el vigía anunció la llegada de la caballería procedente de la
costa. Shard, que ya había rodeado su barco de afiladas estacas, ordenó a todos
sus hombres que subieran a bordo; el joven corneta, que se vanagloriaba de
haber aprendido las costumbres de tierra firme, dio el toque de prepararse a
recibir a la caballería.
Shard envió unos hombres con picas a las portillas más bajas, dos más
con mosquetes a la arboladura y el resto a los cañones; cambió por balas la
metralla o los botes con que cargaba los cañones en caso de sorpresa, despejó
las cubiertas, tendió escalas por dentro y, antes de que la caballería se
pusiera a tiro, todo estaba listo para recibirla. Los bueyes fueron uncidos
para que Shard pudiera maniobrar su barco inmediatamente.
Cuando divisaron por vez primera a la caballería, ésta iba al trote, mas
ahora que avanzaba a medio galope. Árabes vestidos de blanco a lomos de
excelentes caballos. Shard estimó que serían unos doscientos o trescientos.
Cuando llegaron a unas seiscientas yardas del barco, Shard abrió fuego con uno
de los cañones; había calculado cuidadosamente la distancia, mas nunca había
practicado por miedo a que le oyeran del oasis: el disparo fue alto. El
siguiente se quedó corto y rebotó por encima de las cabezas de los árabes.
Shard se encontraba ahora a tiro y, cuando dio a los diez cañones restantes de
su batería de costado la misma elevación de su segundo cañón, los árabes habían
llegado al lugar en donde había caído el último disparo.
La batería de costado alcanzó a los caballos, sobre todo por bajo, y
rebotó contra ellos; una bala de cañón golpeó una roca junto a las patas de los
caballos, la hizo pedazos, lanzó por los aires los fragmentos contra los árabes
con el peculiar chirrido propio de los objetos liberados por los proyectiles de
su estado inmóvil e inofensivo, y continuó con ellos en medio de un gran
estrépito; sólo con este disparo murieron tres hombres.
—Muy satisfactorio —dijo Shard, frotándose el mentón—. Cargadlo ahora
con metralla —añadió bruscamente.
La batería de costado no detuvo a los árabes, ni siquiera redujo su
velocidad; sino que se apiñaron todavía más como buscando la compañía en
aquellos momentos de peligro, lo cual no deberían haber hecho. Ahora estaban a
cuatrocientas yardas, trescientas cincuenta; y entonces, los dos vigías
empezaron a disparar de uno en uno los treinta mosquetes cargados que, junto a
unas pocas pistolas, estaban apoyados contra la batayola. Cada disparo tuvo su
efecto, mas los árabes siguieron todavía avanzando. Ahora galopaban. En
aquellos tiempos llevaba algún tiempo cargar los cañones. Trescientas yardas,
doscientas cincuenta, y los hombres seguían cayendo. Doscientas yardas.
El viejo Frank, a pesar de su única oreja, tenía una vista atroz. Ahora
comenzaron a sonar las pistolas, pues habían disparado ya todos los mosquetes.
Ciento cincuenta yardas. Shard había señalado cada cincuenta yardas con
pequeños mojones blancos. El viejo Frank y Jack el Malo, desde lo alto de la
arboladura, se sintieron bastante inquietos cuando vieron que los árabes habían
llegado a aquel pequeño mojón blanco: ambos erraron sus tiros.
—¿Todo listo? —dijo el capitán Shard.
—Sí, sí señor —respondió Smerdrak.
—Bien —dijo el capitán Shard, alzando un dedo.
Ciento cincuenta yardas es una deplorable distancia para ser alcanzado
por la metralla (o bote, como la llamamos ahora): los artilleros difícilmente
pueden errar y la carga tiene tiempo de esparcirse. Más tarde, Shard estimó que
con sólo aquella andanada había alcanzado a treinta árabes y otros tantos
caballos. Se habían aproximado unos doscientos de ellos, todavía montados en
sus caballos, mas la andanada de metralla los había trastornado, y cuando
rodearon el barco parecían indecisos acerca de lo que hacer. Portaban en sus
manos espadas y cimitarras, aunque la mayoría llevaba colgando a sus espaldas
extraños mosquetes de largo cañón; unos pocos los descolgaron y empezaron a
disparar al azar. No podían alcanzar con sus espadas a los compinches de Shard.
De no haber sido por aquella andanada que recibieron, habrían tomado a
la fuerza por su mayor número; mas deberían haberse mostrado más firmes, y la
andanada lo echó todo a perder. Lo mejor que podían haber hecho era concentrar
todos sus esfuerzos en prender fuego al barco, mas no lo intentaron. Parte de
ellos pulularon alrededor del navío, blandiendo sus espadas y buscando
inútilmente un fácil acceso. Tal vez esperaran encontrar alguna puerta, no eran
gente marinera; mas sus jefes les instigaron manifiestamente a ahuyentar a los
bueyes, imaginando que el Desperate Lark no dispondría de otros medios de
transporte. Cosa que consiguieron hasta cierto punto.
Ahuyentaron a treinta cortando sus tirantes, a otros veinte los mataron
en el mismo lugar con sus cimitarras, aunque el cañón de proa les alcanzó por
dos veces mientras realizaban su misión, y diez más murieron víctimas
desgraciadas del citado cañón de Shard. Antes de que pudieran dispararles por
tercera vez desde proa, se alejaron al galope, volviendo a disparar sus
mosquetes contra los bueyes y matando a otros tres, y, más que la pérdida de
sus bueyes, lo que le preocupaba a Shard era su pérdida de capacidad de
maniobra. Se alejaron al galope en el preciso momento en que el cañón de proa
estaba listo, y pasaron al costado de babor, donde la batería no pudiera
alcanzarles, lo que mostraba, a su entender, un mejor conocimiento del
funcionamiento de los cañones de lo que pudieron haber aprendido aquella
luminosa mañana. ¿Qué pasaría, pensaba Shard para sí mismo, si trajeran grandes
cañones contra el Desperate Lark?
Sólo el pensarlo le hizo denostar al destino. Mas los piratas vitorearon
cuando los árabes se alejaron. A Shard sólo le quedaban veintidós bueyes, y
entonces alrededor de una veintena de árabes desmontaron, mientras el resto se
alejó todavía más, llevándose sus caballos. Los que desmontaron se apostaron
detrás de unas rocas, a unas doscientas yardas por el costado de babor, y
empezaron a disparar contra los bueyes. Shard, que disponía todavía de un
número suficiente de ellos para maniobrar su barco aunque con esfuerzo, lo hizo
virar unos puntos hacia estribor a fin de lanzar una andanada contra las rocas.
Mas en ese caso no servía la metralla: la única forma de poder alcanzar a algún
árabe era que el disparo diera en una de las rocas que los protegían, y eso no
era fácil salvo por casualidad; además, cada vez que Shard maniobraba su barco,
los árabes cambiaban de posición. La situación se prolongó durante todo el día,
mientras los jinetes árabes rondaban, fuera del alcance de los cañones,
vigilando los movimientos de Shard. Y cada vez había menos bueyes, tal era la
puntería de los árabes, hasta que sólo quedaron diez y el barco ya no pudo
maniobrar. Mas entonces se fueron todos a caballo.
Los piratas quedaron encantados; calcularon que a un costado y a otro
del barco habrían desmontado a un centenar de árabes, y ellos a bordo no tenían
más que un herido: Jack el Malo había sido alcanzado en la muñeca,
probablemente por una bala destinada a los artilleros, pues los árabes
disparaban alto. Habían capturado un caballo, y sobre los cadáveres de los
árabes habían encontrado pintorescas armas y una interesante especie de tabaco.
Estaba anocheciendo. Hablaron del combate, bromearon acerca de sus disparos más
afortunados, fumaron su nuevo tabaco y cantaron: en conjunto fue la velada más
alegre que habían tenido. Mas Shard, solo en el alcázar, paseaba de un lado a
otro meditabundo y perplejo, le había amputado a Jack el Malo su mano herida,
poniéndole en su lugar un garfio del almacén, pues en estas ocasiones el
Capitán hacía de médico y guardaba una media docena de miembros bien
proporcionados y, por supuesto, un hacha.
Jack el Malo bajó blasfemando un poco y dijo que se echaría un rato; la
tripulación fumaba y cantaba en la arena; Shard se quedó solo. Le turbaba un
pensamiento: ¿qué harían los árabes? No parecía existir ninguna razón para que
se hubieran ido. Y en lo más recóndito de su mente sólo pensaba en cañones y
más cañones. Se persuadió a sí mismo de que no podrían arrastrarlos por la
arena, que el Desperate Lark no merecía la pena, que lo habrían dejado por
imposible. No obstante sabía en su fuero interno lo que harían. Sabía que en
África había muchas ciudades fortificadas, y en cuanto a que su barco mereciera
la pena, sabía que a aquellos hombres derrotados no les quedaba ahora otra
opción salvo la venganza, y si el Desperate Lark vino por la arena, ¿por qué no
los cañones? Sabía que el barco nunca podría resistir a los cañones y a la
caballería; tal vez una semana, dos semanas, o incluso tres. ¿Qué más daba el
tiempo? Y los hombres cantaron:
Nos vamos de aquí,
Ajá, ajá, ajá,
Una gota de ron para tí y otra para mí,
Y el mundo es tan redondo como la letra O,
Y la mar fluye a su alrededor.
La melancolía invadió a Shard. Hacia el ocaso subió el lugarteniente
Smerdrak para recibir órdenes. Shard le mandó que cavara una zanja a lo largo
del costado de babor del barco. Los hombres querían cantar y refunfuñaron por
tener que cavar, sobre todo teniendo en cuenta que Shard no les había
mencionado su temor a los posibles cañones de los árabes; mas el Capitán echó
mano a sus pistolas y al final se salió con la suya. Nadie a bordo sabía
disparar como el capitán Shard. Eso les ocurre a menudo a los capitanes de
barcos piratas, cuya posición es bastante difícil de mantener. La disciplina es
esencial para aquellos que tienen derecho a ondear la bandera de la calavera y
las tibias cruzadas, y Shard era el encargado de hacerla respetar.
La luna ya había salido cuando terminaron de cavar la zanja a entera
satisfacción del Capitán; y los hombres que ésta iba a proteger cuando llegara
lo peor estuvieron blasfemando todo el tiempo mientras cavaban. Y cuando la
finalizaron, reclamaron un banquete con alguno de los bueyes muertos, y Shard
les dejó hacer. Y por primera vez encendieron una inmensa hoguera, quemando la
abundante maleza; pensaban que los árabes no se atreverían a volver, y Shard
sabía que de nada servía seguir ocultándolo. Los hombres pasaron toda la noche
regalándose y cantando, mientras Shard permaneció sentado en su compartimento
de cartas náuticas haciendo planes.
Cuando llegó la mañana aparejaron el cúter, así llamaban al caballo
capturado, y designaron su tripulación. Como sólo había dos hombres que sabían
montar un poco, éstos se convirtieron en la tripulación del cúter. Eran Dick el
Español y el contramaestre Bill. Las órdenes de Shard eran que tomaran el mando
del cúter por turno y patrullaran durante el día unas cinco millas en dirección
noreste, mas que regresaran de noche. Y equiparon el caballo con una bandera al
frente de la silla, que de esta forma sería su enseña, y se llevaron un ancla
por temor a que se desbocara. Tan pronto como partió Dick el Español, Shard
envió a algunos hombres para que llevaran rodando todos los barriles al
depósito, donde fueron enterrados en la arena, con órdenes de vigilar al cúter
todo el tiempo y, en caso de recibir señales de él, volver lo más rápidamente
posible.
Aquel día enterraron a los árabes muertos, quitándoles sus cantimploras
y cualquier provisión que llevaran encima, y aquella misma noche enterraron
todos los barriles. Nada sucedió durante varios días. No obstante, ocurrió un
acontecimiento de singular importancia: un día el viento se levantó, mas como
procedía del sur y el oasis estaba al norte de donde ellos se encontraban y
pasado éste debían tomar un sendero de camello, Shard decidió quedarse donde
estaba. Si hubiera creído que iba a durar, tal vez habría izado velas, mas
amainó al atardecer como sabía que ocurriría, y en cualquier caso no era la
clase de viento que él quería. Y pasaron más días, dos semanas, sin una brisa.
Los bueyes muertos no se conservaban y tuvieron que matar tres más;
ahora solamente quedaban siete. Los hombres nunca habían pasado tanto tiempo
sin ron. El capitán Shard había doblado la guardia, ordenando además que
durmieran otros dos hombres junto a los cañones. Se habían cansado de sus
sencillos juegos y de la mayoría de sus canciones; y sus relatos, siempre
inventados, ya no constituían ninguna novedad. Y entonces un día la monotonía
del desierto se les echó encima.
El Sahara tiene un encanto especial: un día allí es delicioso, una
semana agradable, una quincena cuestión de opinión, mas llevaban ya meses. Los
hombres eran perfectamente corteses, mas el contramaestre quería saber cuándo
pensaba irse Shard. Cualquier pregunta al capitán de un barco atrapado en el
desierto en medio de una calma chicha era irracional, mas Shard respondió que
se haría a la vela, ya le avisaría, en uno o dos días. Y pasaron uno o dos días
en medio de la monotonía del Sahara, que no tiene igual en las demás partes del
mundo. Ni los grandes pantanos, ni las praderas, ni la mar pueden igualarla;
sólo el Sahara permanece inalterable al paso de las estaciones, sin que se
altere su superficie, sin flores que se marchiten o crezcan, invariable año
tras año en centenares y centenares de millas. Y el contramaestre regresó y,
quitándose la gorra, preguntó al capitán Shard si era tan amable de
comunicarles el nuevo rumbo. Shard dijo que tenía la intención de quedarse
hasta que se hubiesen comido tres bueyes más, ya que sólo podían llevarse tres
en la bodega. Ahora quedaban solamente seis.
—Mas ¿y si no hubiera viento? —preguntó el Contramaestre.
Y en aquel preciso momento una ligerísima brisa del norte agitó un
mechón de pelo del Contramaestre, que permanecía de pie con la gorra en la
mano.
—No me hables del viento —dijo el capitán Shard, y Bill se asustó un
poco, ya que la madre de Shard había sido gitana.
Mas sólo era una brisa extraviada, un ardid del Sahara. Y pasó otra
semana y se comieron dos bueyes más. Ahora obedecían al capitán Shard con
ostentación, mas presentaban un aspecto siniestro. Bill volvió de nuevo y Shard
le respondió en caló. Así estaban las cosas cuando una calurosa mañana del
Sahara el cúter hizo señales. El vigía las comunicó al Capitán y éste leyó el
mensaje: Caballería a popa, leyó, y luego un poco más adelante: con cañones.
—¡Ah! —exclamó el capitán Shard.
Shard abrigó un resquicio de esperanza: las banderas ondeaban en el
cúter. Por primera vez en cinco semanas soplaba una ligera brisa del norte, tan
ligera que apenas se notaba. Dick el Español regresó y fondeó su caballo a
estribor, mientras la caballería avanzaba lentamente hacia el costado de babor.
No los avistaron hasta llegada la tarde, y mientras tanto estuvo soplando
aquella ligera brisa.
—Un nudo —dijo Shard al mediodía—. Dos nudos —dijo al sonar las seis
campanadas, y la velocidad siguió aumentando mientras los árabes se acercaban
al trote. A las cinco en punto, la tripulación del Desperate Lark pudo
vislumbrar doce anticuados cañones de largo alcance sobre carretas arrastradas
por caballos, y lo que parecían cañones más ligeros a lomos de camellos. Ahora
el viento soplaba un poco más fuerte.
—¿Izamos las velas, señor? —dijo Bill.
—Todavía no —respondió Shard.
A las seis en punto, los árabes estaban a punto de ponerse a tiro del
cañón y se detuvieron. Luego siguió una hora de inquietud poco más o menos, mas
los árabes no se aproximaban. Evidentemente tenían la intención de esperar a
que oscureciera para acercar sus cañones. Probablemente intentaban excavar un
parapeto, desde el cual pudieran disparar el cañón sin peligro.
—Estamos haciendo casi tres nudos —dijo Shard para sus adentros,
mientras recorría el alcázar de un lado a otro con pasos pequeños y muy
rápidos. Y entonces se puso el sol y oyeron rezar a los árabes, y los
compinches de Shard maldijeron a voz en grito para demostrarles que eran tan
buenos como ellos.
En espera de que llegara la noche, los árabes no se habían acercado más.
No sabían hasta qué punto lo deseaba también Shard, quien suspiraba con los
dientes apretados, e incluso habría rezado si no hubiera tenido miedo de que el
cielo se acordara de él y de sus compinches. Llegó la noche y brillaron las
estrellas.
—Izad velas —dijo Shard.
Los hombres acudieron rápidamente a sus puestos, estaban hartos de aquel
solitario y silencioso lugar. Subieron los bueyes a bordo y arriaron las velas
mayores, y al igual que un amante procedente de ultramar, con el que se ha
soñado durante mucho tiempo y al que se ha esperado largamente, como un amigo
perdido al que se vuelve a ver pasados muchos años, el viento del norte llegó
hasta las velas de los piratas. Y antes de que Shard pudiera evitarlo, unos
estruendosos hurras en inglés salieron disparados en dirección a los perplejos
árabes. Se pusieron en camino a unos tres nudos y medio y pronto alcanzaron
casi los cuatro, mas Shard no quería arriesgarse de noche. El viento se mantuvo
favorable toda la noche y, a razón de tres nudos a la hora desde las diez hasta
las cuatro, cuando se hizo de día habían perdido de vista a los árabes.
Entonces Shard izó las velas y el barco hizo cuatro nudos, y cuando dieron las
ocho estaban haciendo cuatro y medio.
Los ánimos de aquellos hombres volubles se elevaron considerablemente y
la disciplina llegó a ser absoluta. Mientras hubiera viento en las velas y agua
en los depósitos, el Capitán se sentía por lo menos a salvo de un motín. Los
grandes hombres únicamente pueden ser vencidos cuando su suerte está al mínimo.
Si no habían logrado deponer a Shard cuando sus planes se vieron expuestos a la
crítica y él apenas sabía qué hacer, era poco probable que pudieran hacerlo
ahora; y, con independencia de lo que pensemos acerca de su pasado y de su
forma de vida, no podemos negar que Shard era uno de los hombres más grandes de
su tiempo.
De su derrota a mano de los árabes no estaba tan seguro. Era inútil
tratar de ocultar sus huellas aun cuando hubiera dispuesto de tiempo; la
caballería árabe los podría haber atrapado en cualquier parte. Y tenía miedo de
sus camellos con aquellos cañones a bordo; se había enterado de que podían
hacer siete nudos y continuar así la mayor parte del día, y aunque algún
disparo alcanzase el palo mayor... Olvidándose de temores inútiles, Shard
siguió consultando su carta marina pese a que los árabes estaban a punto de
alcanzarles. Les dijo a sus hombres que el viento se mantendría favorable
durante una semana y, gitano o no, desde luego sabía del viento tanto como un
marino necesita saber.
Solo en su compartimento de cartas náuticas, resolvió lo siguiente: los
árabes emplearían un par de horas más en sorprenderles y en encontrar su pista
y en demorar su partida, digamos tres horas si montaban los cañones en sus
parapetos, por lo que comenzarían a atacar a las siete. Suponiendo que los
camellos caminaran doce horas diarias a razón de siete nudos, harían ochenta y
cuatro nudos al día, mientras que Shard, haciendo tres nudos de diez a cuatro,
y cuatro nudos el resto del tiempo, completaría noventa y realmente les tomaría
más delantera. Mas llegado el momento, no se arriesgaría a hacer más de dos
nudos por la noche mientras el enemigo se mantuviera fuera del alcance de la
vista, pues justamente consideraba que navegar de noche por tierra firme era
más peligroso que cualquier otra cosa, por lo que también haría ochenta y
cuatro nudos diarios. Fue una bonita carrera.
No me he molestado en comprobar si Shard exageró erróneamente sus cifras
o si subestimó el paso de los camellos, mas, fuera lo que fuese, los árabes
disminuyeron ligeramente su desventaja, pues al cuarto día, a unos cinco nudos
de popa de lo que llamaban el cúter, Jack el Español divisó a los camellos a lo
lejos y avisó a Shard. Habían dejado atrás a la caballería tal y como Shard
supuso que ocurriría. El viento se mantenía favorable, todavía les quedaban dos
bueyes, y siempre podrían comerse su cúter, disponiendo de una regular, aunque
no abundante, provisión de agua. Mas la aparición de los árabes fue un duro
golpe para Shard, ya que le demostraba que no había escapatoria posible; lo que
más temía de ellos era sus cañones. Ante sus hombres quitó importancia a este
hecho: les dijo que acabarían con el grupo en menos de media hora de
enfrentamiento; sin embargo, temía que cuando llegaran los cañones sería sólo
cuestión de tiempo que derribaran el aparejamiento o pusieran fuera de uso el
gobierno.
En una cosa, y además muy útil, aventajaba el Desperate Lark a los
árabes: en el preciso momento en que estaban a punto de descubrirles oscureció
y entonces Shard utilizó un farol delantero, como no se había atrevido a hacer
la primera noche en que se acercaron los árabes, y con su ayuda lograron hacer
tres nudos. Los árabes acamparon al anochecer, y el Desperate Lark adelantó
veinte nudos. Mas al siguiente atardecer aparecieron de nuevo en el horizonte,
y esta vez avistaron las velas del Desperate Lark. Al sexto día estaban cerca.
Al séptimo, mucho más cerca. Y entonces Shard descubrió a través de sus amuras
una franja de vegetación: era el río Níger.
Puede que supiera que, durante unas mil millas, el río seguía su curso a
través de la selva, o puede incluso que ignorara su existencia; mas lo cierto
es que jamás contó a sus hombres cuáles eran sus planes, o si vivía al día como
un hombre cuyas horas están contadas. Tampoco me es posible añadir nada a este
respecto, basándome en lo que oí a algunos marineros borrachos en ciertas
tabernas que yo me sé. Su rostro se mantuvo inexpresivo y su boca cerrada, y su
barco siguió el rumbo por él trazado. Al anochecer llegaron al comienzo de la
selva, y los árabes acamparon y se retrasaron diez nudos más; el viento había
amainado un poco.
Shard fondeó allí, un poco antes del ocaso, y desembarcó en seguida. Al
principio exploró un poco la selva a pie. Luego mandó llamar a Dick el Español.
Habían izado a bordo el cúter hacía algunos días, al comprobar que no podía
resistir más. Shard no sabía cabalgar, mas mandó llamar a Dick el Español y le
dijo que debía tomarle como pasajero. Así es que Dick el Español le montó en la
parte delantera de la silla, "delante del mástil", como la llamaba
Shard, y en seguida se alejaron al galope.
—Tiempo borrascoso —dijo Shard, mas siguió inspeccionando la selva según
la atravesaba; y en resumidas cuentas descubrió un lugar en donde la espesura
era mucho menor, permitiendo el paso del Desperate Lark, aunque tendrían que
talar unos veinte árboles. Shard señaló personalmente los árboles a derribar,
mandó a Dick el Español que regresara inmediatamente a vigilar a los árabes y
llevó al resto de la tripulación hasta aquellos veinte árboles. Era
tremendamente arriesgado: el Desperate Lark quedaba vacío con el enemigo a no
más de diez nudos, mas era ya tiempo de tomar medidas drásticas y Shard se
arriesgó a abandonar su barco en el corazón de África con la esperanza de que
sería compensado, escapando finalmente.
Los hombres trabajaron toda la noche en la tala de aquellos veinte
árboles; los que no tenían hachas se tuvieron que conformar con sus leznas y
después relevaron a los que sí las tenían. Shard era infatigable; iba de árbol
en árbol, mostrando exactamente la forma en que debía caer cada uno y lo que
iba a hacerse con ellos cuando fueran derribados. Algunos tenían que ser
cortados para que sus ramas no estorbaran a los mástiles, otros porque sus
troncos se interponían al paso de las ruedas; en cuanto a estos últimos, el
tocón debía ser cepillado y rebajado con sierras, y tal vez una porción del
tronco aserrada y apartada. Ése era el trabajo más duro. Y todos eran grandes
árboles; por otra parte, si hubieran sido pequeños, serían más numerosos y no
habrían podido seguir adelante ni cien metros sin tener que talar alguno de
ellos. Shard confiaba en disponer de tiempo para poder hacer todo eso.
Llegaron los primeros resplandores del amanecer y parecía que nunca iban
a terminar. Finalmente amaneció y sólo faltaba un árbol por talar; la parte más
pesada del trabajo la habían realizado por la noche, y una especie de ímpetu
final acabó con todo a excepción de un árbol enorme. Entonces el cúter avisó
que los árabes se habían puesto en movimiento. Habían rezado sus oraciones al
alba y ahora habían levantado su campamento. Shard mandó inmediatamente a todos
sus hombres al barco, excepto a diez, que dejó en el susodicho árbol; siempre
tenían la posibilidad de irse, y además, los árabes se habían puesto en marcha
sólo diez minutos antes de que ellos llegaran. Shard se metió en el cúter,
perdiendo cinco minutos en la operación; luego izó la vela sin ayuda de nadie,
lo que le llevó cinco minutos más, y lentamente se puso en camino.
El viento estaba amainando ya y, cuando el Desperate Lark llegó al
comienzo de la franja de selva a través de la cual había trazado su rumbo, los
árabes estaban a no más de cinco nudos de distancia. Shard había navegado hacia
el este una media milla, que debió hacer de noche para estar preparado para el
ataque, mas no pudo disponer de tiempo para pensar ni de hombres útiles,
ocupados todos en la tala de árboles. Entonces Shard se metió en la selva y los
árabes se quedaron atrás. Y cuando vieron que el Desperate Lark penetraba en la
selva se apresuraron.
—Estamos haciendo diez nudos —dijo Shard, mientras vigilaba a sus
hombres desde cubierta. El Desperate Lark no hacía más de un nudo y medio, pues
el viento era flojo al abrigo de los árboles. No obstante, durante algún tiempo
todo fue bien. El árbol grande acababa de ser derribado, no muy lejos, y los
diez hombres estaban troceando el tronco con sus sierras.
Entonces Shard avistó una rama que no había señalado en la carta náutica
y que estaba a punto de alcanzar el extremo superior del palo mayor.
Inmediatamente fondeó y envió a un hombre a la arboladura, el cual aserró el
palo a medias, haciendo el resto con una pistola; ahora los árabes se
encontraban a sólo tres nudos a popa. Durante un cuarto de milla, Shard les
condujo a través de la selva hasta llegar al lugar en donde se encontraban los
diez hombres y aquel nefasto árbol grande; todavía hubo que rebajarle otro pie
a una de las esquinas del tocón para que las ruedas pudieran pasar. Shard envió
a todos sus hombres disponibles al tocón y fue entonces cuando los árabes se
pusieron a tiro.
Sin embargo, no habían desembalado todavía su cañón. Y antes de que lo
montaran, Shard se había largado. Si lo hubieran tenido cargado, podría haber
sido diferente. Cuando vieron al Desperate Lark navegando de nuevo, los árabes
avanzaron unas trescientas yardas y montaron allí dos cañones. Shard los
vigilaba desde su cañón de popa, mas no pensaba disparar. Cuando los árabes
comenzaron a disparar, los piratas se encontraban ya a seiscientas yardas; como
dispararon prematuramente, los dos cañones fallaron. Y entonces Shard y sus
compinches avistaron agua a sólo diez brazas al frente. Shard cargó su cañón de
popa con metralla en lugar de proyectiles y en aquel mismo momento los árabes
cargaron con sus camellos;venían al galope a través de la selva, portando largas
lanzas.
Shard dejó el gobierno a Smerdrak y permaneció junto al cañón de popa.
Aunque los árabes estaban a menos de cincuenta yardas no disparó todavía; tenía
a su lado, en la popa, a la mayor parte de sus hombres armados con mosquetes.
Aquellos lanceros a lomos de camello tenían una gran ventaja sobre los
espadachines a caballo: podían alcanzar a los hombres de cubierta. Los piratas
podían ver las horribles puntas de hierro de las lanzas; ya los tenían casi
encima cuando Shard disparó. Y en aquel mismo momento la reseca y agrietada
quilla del Desperate Lark asomó por la ribera más alta del Níger y cayó en
picado hacia adelante como si se zambullera. El cañón disparó entre las copas
de los árboles, una ola invadió las amuras y barrió la popa, el Desperate Lark
se enderezó y comenzó a deslizarse: estaba otra vez en su elemento.
Los piratas contemplaron las cubiertas mojadas y sus ropas goteantes.
Agua, dijeron casi perplejos. Los árabes siguieron avanzando un poco más por la
selva, mas cuando comprendieron que en lugar de a un solo cañón de popa tenían
que enfrentarse a una batería de costado, y se dieron cuenta de que un barco a
flote es menos vulnerable todavía a la caballería que en tierra firme,
renunciaron a sus planes de venganza y se consolaron con unos versículos de su
libro sagrado, que hacen referencia a cómo en otros tiempos y otros lugares
nuestros enemigos serán castigados según nuestro deseo. Impulsado por la
corriente del Níger, y con la ayuda de ocasionales vientos, el Desperate Lark
se dirigió hacia el mar por espacio de unas mil millas.
Al principio, el curso del río seguía un poco hacia el este y luego
hacia el sur, hasta llegar a Akassa y de allí a mar abierta. No relataré aquí
cómo tomaron peces y patos, ni cómo atacaron por sorpresa alguna aldea
ocasionalmente y llegaron por fin a Akassa, pues ya he contado bastante acerca
del capitán Shard. Imagínenselos acercándose cada vez más al mar y sintiendo,
no obstante, algo parecido a lo que nosotros sentimos por nuestro rey, nuestra
patria o nuestro hogar, sentimiento que les abrasaba en su interior no menos
ardientemente que a nosotros los nuestros: su pasión por el mar. Imagínenselos
aproximándose al mar hasta ver aparecer las aves marinas y sentir los efectos
de las brisas de alta mar; entonces, cantarían de nuevo canciones que no habían
cantado durante semanas. Imagínenselos finalmente navegando de nuevo por el
salado Atlántico.
Ya he contado bastante acerca del capitán Shard y temo fatigarte, amable
lector, si añado algo más acerca de tan cruel pirata. En lo alto de una torre,
en solitario, yo también estoy cansado. Y, sin embargo, es conveniente que
semejante historia sea contada. Un viaje hacia el sur, casi en línea recta,
desde las cercanías de Argel hasta Akassa, en un barco apenas equiparable a un
yate, constituye un estímulo para los jóvenes.
Garantía para el lector
Desde que puse por escrito en tu honor, amable lector, esta larga
historia que escuché en una taberna junto al mar, he viajado por Argelia y
Túnez así como por el desierto. Gran parte de lo que vi en esos países parece
poner en duda la historia que el marinero me contó. Para empezar, el desierto
se encuentra a centenares de millas de la costa y lo atraviesan más montañas de
lo que se suele suponer, en particular el Atlas. Es más que posible que Shard
lo atravesara por El Cantara, siguiendo la ruta de los camellos, varias veces
centenaria; o que pasara por Argel y Bou Saada, a través del desfiladero de El
Finita Dem, aunque se trata de un paso bastante dificultoso para los camellos
(y mucho más para unos bueyes arrastrando un barco), por cuya razón los árabes
lo llaman Finita Dem, que quiere decir Sendero de Sangre.
Si el marinero hubiera estado sobrio cuando me la contó, no me habría
atrevido a imprimir esta historia, por miedo a defraudarte, amable lector. Mas
ése no fue el caso, como tuve buen cuidado de asegurarme: in vino veritas es un
antiguo proverbio de comprobada eficacia, y nunca tuve motivo para dudar de su
palabra... a menos que el proverbio mienta. Únicamente aceptaría que me hubiera
engañado a mí; mas si resultara también, querido lector, que has sido tú el
engañado, lo poco que sé de él, el vulgar chismorreo de aquella vieja taberna
cuyas ventanas emplomadas miran al mar, lo contaré inmediatamente a todos los
jueces que conozco y será digno de ver cuál de ellos le ahorcará primero. Entre
tanto, amable lector, créete la historia en la seguridad de que, si te han dado
gato por liebre, el asunto acabará en manos del verdugo.
_______________________________
Lord Dunsany (1878-1957)

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