© Libro N° 13043. Una Historia De Fantasmas. Twain, Mark. Emancipación.
Octubre 5 de 2024
Título original: ©
A Ghost Story, Mark Twain (1835-1910)
Versión
Original: © Una Historia
De Fantasmas. Mark Twain
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Mark Twain
Una
Historia De Fantasmas
Mark
Twain
Fui a una gran habitación, lejos de Broadway, de un gran y viejo
edificio cuyos departamentos superiores habían estado vacíos por años, hasta
que yo llegué. El lugar había sido ganado hacía tiempo por el polvo y las
telarañas, por la soledad y el silencio. La primer noche que subí a mis
cuartos, me pareció estar a tientas entre las tumbas e invadiendo la privacidad
de los muertos. Por primera vez en mi vida, me dio un pavor supersticioso; y
como si una invisible tela de araña hubiera rozado mi rostro con su textura, me
estremecí como alguien que se encuentra con un fantasma.
Una vez que llegué a mi cuarto me sentí feliz, y expulsé la oscuridad.
Un alegre fuego ardía en la chimenea, y me senté frente al mismo con
reconfortante sensación de alivio. Estuve así durante dos horas, pensando en
los buenos viejos tiempos; recordando escenas, e invocando rostros medio
olvidados a través de las nieblas del pasado; escuchando, en mi fantasía, voces
que tiempo ha fueron silenciadas para siempre, y canciones una vez familiares
que hoy en día ya nadie canta.
Y cuando mi ensueño se atenuó hasta un mustio patetismo, el alarido del
viento fuera se convirtió en un gemido, el furioso latido de la lluvia contra
las ventanas se acalló y uno a uno los ruidos en la calle se comenzaron a
silenciar, hasta que los apresurados pasos del último paseante rezagado
murieron en la distancia y ya ningún sonido se hizo audible. El fuego se estaba
extinguiendo. Una sensación de soledad se cebó en mí. Me levanté y me desvestí,
moviéndome en puntillas por la habitación, haciendo todo a hurtadillas, como si
estuviera rodeado por enemigos dormidos cuyos descansos fuera fatal suspender.
Me acosté y me tendí a escuchar la lluvia y el viento y los distantes
sonidos de las persianas, hasta que me adormecí.
Me dormí profundamente, pero no se por cuanto tiempo. De repente, me
desperté, estremecido. Todo estaba en calma. Todo, a excepción de mi corazón -
podía escuchar mi propio latido. En ese momento las frazadas y colchas
comenzaron a deslizarse lentamente hacia los pies de la cama, ¡cómo si alguien
estuviera jalándolas! No podía moverme, no podía hablar. Los cobertores se
habían deslizado hasta que mi pecho quedó al descubierto. Entonces, con un gran
esfuerzo los aferré y los subí nuevamente hasta mi cabeza. Esperé, escuché,
esperé.
Una vez más comenzó el firme jalón. Al final arrebaté los cobertores
nuevamente a su lugar, y los así con fuerza. Esperé. Luego sentí nuevos
tirones, y la cosa renovó sus fuerzas. El tirón se afianzó con firme tensión: a
cada momento se hacía más fuerte.
Mi fuerza cesó, y por tercera vez las frazadas se alejaron. Gemí. ¡Y un
gemido de respuesta vino desde los pies de la cama! Gruesas gotas de sudor
comenzaron a poblar mis sienes. Estaba más muerto que vivo. Escuché unos
fuertes pasos en el cuarto —como si fuera el paso de un elefante, eso me
pareció— y no era nada humano.
Pero era también como si se alejara de mí. Lo escuché aproximándose a la
puerta, traspasándola sin mover cerrojo o cerradura, y deambular por los
tétricos pasillos, tensando el piso de madera y haciendo crujir las vigas a su
paso. Luego de eso, el silencio reinó una vez más.
Cuando mi excitación se calmó, me dije a mí mismo:
—Esto ha sido un sueño, simplemente un horrendo sueño.
Y me quedé pensando eso hasta que me convencí que había sido solo una
pesadilla, y entonces, me relajé lo suficiente como para reír un poco y estuve
feliz de nuevo. Me levanté y encendí una luz; y cuando revisé la puerta, vi que
la cerradura y el cerrojo estaba como lo había dejado. Otra serena sonrisa
fluyó desde mi corazón y se ondeó en mis labios. Tomé mi pipa y la encendí, y
cuando estaba ya sentado frente al fuego, ¡la pipa se me cayó de entre mis
dedos, la sangre se fue de mis mejillas, y mi plácida respiración se detuvo y
quedé sin aliento!
Entre las cenizas del hogar, a un costado de mi propios huellas, había
otra, tan vasta en comparación, que las mías parecían de un infante. Entonces,
había habido un visitante, y las pisadas del elefante quedaban demostradas.
Apagué la luz y regresé a la cama, paralítico de miedo. Me recosté un
largo rato, mirando fijamente en la oscuridad, y escuchando. Percibí un
rechinido más arriba, como si alguien estuviera arrastrando un cuerpo pesado
por el piso; entonces escuché que lanzaban el cuerpo, y el chasquido de mis
ventanas fue la respuesta del golpe. En otras partes del edificio escuché
portazos. A intervalos, también oi sigilosos pasos, por aquí y por allá, a
través de los corredores, y subiendo y bajando las escaleras. Algunas veces
esos ruidos se acercaban a mi puerta, dubitaban y luego retrocedían.
Escuché desde pasillos lejanos, el débil sonido de cadenas, los que se
iban acercando paulatinamente, a la par que ascendían las escaleras, marcando
cada movimiento con un matraqueo metálico. Escuché palabras murmurantes; gritos
a medias que parecían ser violentamente sofocados; y el crujido de prendas
invisibles. En ese momento fui conciente que mi habitación estaba siendo
invadida, y de que no estaba solo. Escuché suspiros y alientos alrededor de mi
cama, y misteriosos murmullos. Tres pequeñas esferas de suave fosforescencia
aparecieron en el techo, directamente sobre mi cabeza, brillando durante un
instante, para luego dejarse caer - dos de ellas sobre mi cara, y una sobre la
almohada.
Me salpicaron con algo líquido y cálido. La intuición me dijo que podría
ser sangre. No necesitaba luz para darme cuenta de ello. Entonces vi rostros
pálidos, levemente luminosos, y manos blancas, flotando en el aire, como sin
cuerpos flotando en un momento, para luego desaparecer. El murmullo cesó, lo
mismo que las voces y los sonidos, y una solemne calma siguió. Esperé y
escuché. Sentí que tendía que encender una luz o moriría.
Estaba debilitado por el temor. Lentamente me alcé hasta sentarme, ¡y mi
rostro entró en contacto con una mano viscosa! Todas mis fuerzas me abandonaron
de repente, y me caí como si fuera un inválido. Entonces escuché el susurro de
una tela - pareció como si hubiera pasado la puerta y salido.
Cuando todo se calmó una vez más, salí de la cama, enfermo y enclenque,
y encendí la luz de gas, con una mano tan trémula como si fuera de una persona
de cien años. La luz me dio algo de alegría a mi espíritu. Me senté y quedé
contemplando las grandes huellas en las cenizas. Las miré mientras la llama del
gas se ponía mustia. En ese mismo momento volví a escuchar el paso elefantino.
Noté su aproximación, cada vez más cerca, por el vestíbulo, mientras la luz se
iba extinguiendo poco a poco. Los ruidos llegaron hasta mi puerta e hicieron
una pausa.
La luz ya había menguado hasta convertirse en una mórbida llama azul, y
todas las cosas a mi alrededor tenían un aspecto espectral. La puerta no se
abrió, y sin embargo, sentí en el rostro una leve bocanada de aire. En ese
momento fui conciente que una presencia enorme y gris estaba frente a mí. Miré
con ojos fascinados. Había una luminosidad pálida sobre la Cosa; gradualmente
sus pliegues oscuros comenzaron a tomar forma - apareció una mano, luego unas
piernas, un cuerpo, y al final una gran cara de tristeza surgió del vapor.
¡Limpio de su cobertura, desnudo, muscular y bello, el majestuoso Gigante de
Cardiff apareció ante mí!
Todo mi misterio dejó de existir - ya que de niño sabía que ningún daño
podría esperar de tal benigno semblante. Mi alegría regresó una vez más a mi
espíritu, y en simpatía con esta, la llama de gas resplandeció nuevamente.
Nunca un solitario exiliado fue tan feliz en recibir compañía como yo al
saludar al amigable gigante. Dije:
—¿Nada más que tú? ¿Sabes que me he pegado un susto de muerte durante
las últimas dos o tres horas? Estoy más que feliz de verte. Desearía tener una
silla, aquí, aquí. ¡No trates de sentarte en esa cosa!
Pero ya era tarde. Se había sentado antes que pudiera detenerlo; nunca
vi una silla estremecerse así en toda mi vida.
—Detente, detente, o arruinarás todo.
De nuevo muy tarde. Hubo otro destrozo, y otra silla fue reducida a sus
elementos originales.
—¡Al infierno! ¿Es que no tienes juicio? ¿Deseas arruinar todo el
mobiliario de este lugar? Aquí, aquí, tonto petrificado.
Pero fue inútil, antes que pudiera detenerlo, ya se había sentado en la
cama, y esta era ya una melancólica ruina.
—¿Qué clase de conducta es esta? Primero vienes pesadamente aquí
trayendo una legión de fantasmas vagabundos para intranquilizarme, y luego
tengo que pasar por alto tal falta de delicadeza que no sería tolerada por
ninguna persona de cultura elevada excepto en un teatro respetable, y no
contento con la desnudez de tu sexo, tu me compensas destrozando todo el
mobiliario mientras buscas lugar donde sentarte. Tu te dañas a tí mismo tanto
como a mí. Te has lastimado el final de tu columna vertebral, y has dejado el
piso sembrado de astillas de tus destrozos. Deberías estar avergonzado, ya eres
bastante grande como para saber las cosas.
—Está bien, no romperé más muebles. Pero ¿qué puedo hacer? No he tenido
chance de sentarme desde hace cien años —Y las lágrimas comenzaron a brotar de
sus ojos.
—Pobre diablo —dije—, no debería haber sido tan rudo contigo. Eres un
huérfano, sin duda. Pero siéntate en el piso, aquí, ninguna otra cosa aguantará
tu peso.
Así que se sentó en el piso, y encendí una pipa que me dio, le di una de
mis mantas y se la puse sobre sus hombros, le puse mi bañera invertida en su
cabeza, a modo de casco, y lo puse sentir confortable. Entonces, él cruzó sus
piernas, mientras yo avivé el fuego y acerque las prodigiosas formas de sus
pies al calor.
—¿Qué pasa con las plantas de tus pies y la parte anterior de tus
piernas, que parecen cinceladas?
—¡Sabañones infernales! Los agarré estando en la granja Newell. Amo ese
lugar, como si fuera mi viejo hogar. No hay para mí como la tranquilidad que
siento cuando estoy ahí.
Hablamos durante media hora, y luego noté que se veía cansado, y se lo
dije.
—¿Cansado? —dijo—. Bueno, debería estarlo. Y ahora te diré todo, ya que
me has tratado tan bien. Soy el espíritu del Hombre Petrificado que yace sobre
la calle que va al museo. Soy el fantasma del Gigante de Cardiff. No puedo
tener descanso, no puedo tener paz, hasta que alguien de a mi pobre cuerpo una
sepultura. ¿Qué es lo más natural que puedo hacer para hacer que los hombres
satisfagan ese deseo? ¡Aterrorizarlos, encantar el lugar donde descansan! Así
que embrujé el museo noche tras noche. Hasta tuve la ayuda de otros espectros.
Pero no hice bien, porque nadie se atrevía luego a ir al museo a medianoche.
Entonces se me ocurrió acechar un poco este lugar. Sentí que si escuchaba
gritos, tendría éxito, así que recluté a las más eficientes almas que la perdición
pudiera proveer. Noche tras noche estuvimos estremeciendo estas enmohecidas
recámaras, arrastrando cadenas, gruñendo, murmurando, deambulando, subiendo y
bajando escaleras, hasta que, para decir la verdad, me cansé de hacerlo. Pero
cuando vi una luz en su cuarto esta noche, recuperé mis energías nuevamente y
salí con la frescura original. Pero estoy cansado, enteramente agotado. ¡Dadme,
os imploro, dadme alguna esperanza!
Encendido por un estallido de excitación, exclamé:
—¡Esto sobrepasa todo, todo lo que ocurrido! ¿Por qué tu, pobre fósil
antiguo, te tomás tantas preocupaciones por nada? ¡Has estado acechando una
efigie de yeso de tí mismo, ya que el verdadero Gigante de Cardiff está en
Albany! ¡Demonios! ¿No sabes en donde están tus propios restos?
Nunca vi tan elocuente mirada de vergüenza, de lastimera humillación. El
Hombre Petrificado se levantó lentamente, y dijo:
—Honestamente, ¿es eso cierto?
—Tan cierto como que estoy aquí sentado.
Sacó la pipa de su boca y la dejó en el mantel, luego se irguió
dubitativamente (de manera inconsciente, por algún viejo hábito, llevó sus
manos hasta donde los bolsillos de sus pantalones deberían haber estado, y de
forma meditativa dejó caer su barbilla en su pecho), finalmente dijo:
—Bien, nunca antes me sentí tan absurdo. ¡El Hombre Petrificado ha sido
vendido a alguien más, y ahora el peor fraude ha terminado vendiendo su propio
fantasma! Hijo mío, si tienes alguna caridad en tu corazón de un pobre fantasma
sin amigos como yo, no dejes que esto se sepa. Piensa como te sentirías si te
hubieras puesto tu mismo en ridículo también.
Escuché esto, y el bribón se fue retirando lentamente, paso a paso bajó
las escaleras y salió a la calle desierta; me sentí triste que se hubiera ido,
pobre tipo, y también porque se llevó mi manta y mi bañera.
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Mark Twain (1835-1910)

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