© Libro N° 13042. Una Hermosa Vampira. Kenealy, Arabella. Emancipación.
Octubre 5 de 2024
Título original: ©
A Beautiful Vampire, Arabella Kenealy (1864-1938)
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Original: © Una Hermosa
Vampira. Arabella Kenealy
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Arabella Kenealy
Una
Hermosa Vampira
Arabella Kenealy
La pequeña ciudad de Argles se despertó conmocionada con la noticia de
que el doctor Andrew había intentado asesinar a Lady Deverish. Andrew era un
joven atractivo, recién llegado a la firma Byrne & Andrew, compañía que
reunía a los principales médicos de la zona. Caía bien a todo el mundo. Era
inteligente y amable, y era cierto que ponía el mismo entusiasmo en traer al
mundo un noveno hijo de un peón caminero que al heredero de un conde. Algunos
llegaron a pensar que todo aquello no era más que falsa amabilidad (aquella
novela criatura bien podría haberse ahorrado el sufrimiento de nacer, sobre
todo si su padre le daba a la bebida. En cualquier caso, bebiera o no, nunca
podría sacar adelante ni tan siquiera a sus otros ocho vástagos). Otros,
incluso, se atrevieron a afirmar que Andrew se burlaba de la Providencia –para
qué hablar de lo que pensaban los contribuyentes– al traer al mundo a aquel
noveno ser, a pesar del quinto ataque de difteria. De cualquier modo, su
popularidad era tan grande como puede ser en una sociedad donde de lo único que
se habla en la hora del té es de chismorreos y no de la conducta intachable y
de la reputación del tal o cual persona.
–El mayordomo dice que oyó gritos –susurraban entre las finas tazas de
porcelana–. Lady Deverish pidió socorro, él entró corriendo y se encontró con
el doctor estrangulándola.
–Le pilló in fraganti. ¡Ella ya tenía la cara amoratada!
–¿No es terrible? ¡Había sido siempre un hombre tan amable! ¿Alguien de
su familia estaba mal de la cabeza?
–No estoy segura. Dicen que su madre era un poco rara. Que escribía
libros y cosas así, y llevaba sombreros enormes con plumas negras. Un adefesio.
Me lo ha contado la señora Byass. Ella llegó a conocerla.
–¿Qué han hecho con él?
–Eso es lo más extraño de todo. Lady Deverish no va a presentar cargos
contra él. Dijo que todo había sido un error. Así que él se fue en su coche de
caballos y continuó su ronda de visitas.
–Con que amable, ¿no?
–No puedo creérmelo.
–Tenía el cuello amoratado. El viejo doctor Byrne fue en seguida a ver
cómo se encontraba. Le acompañó esa nueva enfermera que se trajo de Londres.
Dicen que no paran de discutir.
–Sí, pero eso no son más que rumores, querida.
–Se comportó con toda naturalidad. El mozo de cuadra de Lady Deverish le
dijo al cocinero que el doctor Andrew apenas la miró.
–No sabía que admirara a Lady Deverish.
–Bueno, no es de extrañar, les pasa a casi todos.
–Lo que no acabo de entender es para qué quiere ella una enfermera, con
esa salud de hierro que tiene.
–Dicen que está mal de los nervios.
–Claro y, si todo los que estamos mal de los nervios tuviéramos que
tener una enfermera, no habría suficientes para todos.
–Sí, pero no todas somos viudas con la pensión de dos ricos difuntos,
querida.
Y claro, puesto que yo conocía tanto a la señora como a Andrew, sentí
curiosidad por enterarme de por qué éste había intentado estrangular aquel
hermoso cuello, en un acto que poco tenía de amabilidad. Con este único fin, a
la semana siguiente al suceso en cuestión, quedé a tomar el té con una serie de
conocidos. Todo lo que oí no fueron más que cotilleos y, al no aclararme nada,
me puse a investigar. Sin perder un instante, llamé a la casa. Me costaba dar
crédito a la historia del estrangulamiento pero, conociendo como conocía la
fuerza de las manos de Andrew, sabía que éste se marcharía y que en la casa
sólo quedaría su enfermera, la señora Lyall.
–¡Dios mío, qué mal aspecto tiene! –no pude por menos que exclamar al
verla entrar.
Me la habían presentado hacía unos meses; era una mujer entradita en
carnes, bien entradita, por cierto, y ahora recordaba a una anciana. En su
rostro se dibujaba el agotamiento y el cansancio. De dejó caer en la silla, y
las manos y las piernas le temblaban como si tuviera parálisis. Durante varios
minutos fue incapaz de hablar.
–Debe de haberlo pasado muy mal –le dije.
En realidad, era una persona dulce y poco decidida, una de esas mujeres
regordetas y que parecen tener sangre de horchata. Pero, a medida que le
hablaba, le fue cambiando la expresión del rostro. Se puso en pie de un salto y
levantó crispado el brazo.
–¡Si la hubiera matado! –gritó enloquecida–, ¡sí, gracias a la
Providencia, él la hubiera matado…!
Tenía ante mí a un ser diferente, desconocido. Era como si a una oveja
le salieran de repente garras. Entre temblores, se volvió a dejar caer en la
silla.
–Querida señora Lyall –apostillé en señal de protesta–, si la hubiera
matado, el mundo habría perdido a uno de los ejemplares más hermosos y
perfectos del sexo femenino, y la carrera de Andrew habría tenido un final
lamentable.
–Estoy segura de que ningún jurado la habría condenado –siguió
diciendo–, no, si supieran la verdad.
De repente, se calló y recorrió la habitación con una mirada inquieta. A
continuación, susurró:
–¡Ella es el demonio!
Yo sabía que hay mujeres buenas y honradas, que las mujeres tienen la
fea costumbre de creer que cualquier miembro con cierto atractivo de su mismo
sexo tiene algo de maligno, pero parecía que era algo más que envidia lo que
había provocado las palabras de la señora Lyall.
Todo aquello avivó mi curiosidad, pero ella no añadió nada más; se
limitó a mirar a su alrededor como asustada.
–¡Por amor de Dios, Lord Syfret, no le cuente ni una sola palabra de
esto a nadie! –me dijo tartamudeando–. Me siento desconcertada. No sé ni lo que
me digo. La pobre señorita Deverish ha hecho todo lo que ha podido.
A partir de ahí, no dijo ni una palabra más, a pesar de que le prometí
guardar la mayor discreción. Le dijo que lo sentía y me marché. Byrne no sabía
nada.
–Andrew no soltará palabra –me contó–. Se sentía agobiado. Llevaba
varias noches sin dormir. Ella debió de enfadarle con algo. ¡A saber qué fue lo
que se le pasó por la cabeza! Él siempre ha sido una persona de lo más amable.
–Y ella, ¿qué dice de todo esto?
–Se lo toma a risa, aunque no parece muy afable. Da la sensación de que
no quiere que se sepa nada más.
–¿Quieres decir…?
–Querido, no pienso contarte lo que quiero decir.
Fueran las que fueran las circunstancias que habían puesto ante mí aquel
suceso, durante toda mi vida yo siempre había intentado coger el toro por los
cuernos, y decidí hacerlo una vez más. Después de todo, Andrew era un todo
bastante manso, a pesar de su última embestida.
–No voy a ocultarte la verdadera razón de mi visita –le dije–. Me
conocer bastante bien y sabes que nada de lo que me cuentes va a salir de aquí.
No seré yo quien diga una sola palabra del escándalo del baile de Argles. Pero
me deleita explorar la mente humana y debes admitir que la situación es, cuando
menos, sugerente.
Se sonrió al oírme hablar; era una sonrisa nerviosa. Jamás le había
visto tan inquieto. Asintió con la cabeza.
–Ella me tiene atado de pies y manos –dijo–. Si me hubiera dejado, la
habría estrangulado.
–No me sorprende que te sientas así –me aventuré a decir sin dejar de
mirarle–. Es una mujerona de primera categoría.
Se echó reír.
–Querido Scott –respondió–, ¿es eso lo que dicen de ella? ¿Acaso piensan
que aspiro a tener la mano de Deverish y a hacerme con sus tierras? No, no. No
estoy tan loco.
Justo en ese momento, se oyó a alguien subir corriendo las escaleras.
Tras llamar a la puerta, entró en la habitación.
–Por favor, doctor, baje en seguida –dijo sin más presentación un
criado–. La enfermera de Lady Deverish se ha caído en mitad de la calle, y
dicen que se está muriendo.
De repente, vi cómo Andrew sufría la misma transformación a la que había
asistido con la señora Lyall. La expresión de su rostro se contorsionó y alzó
el puño.
–¡Maldita sea su estampa! –gritó, y salió corriendo.
Aquella exclamación tenía todos los visos de estar dirigida a la
enfermera y dejaba entrever un grado de insensibilidad tal por parte de Andrew,
más, si tenemos en cuenta que la desgraciada joven estaba a punto de fallecer,
impropio en él. Por ello, quiero aclararle al lector que aquella frase se
refería sola y exclusivamente a su señora. He de decir que es la imprecación
más terrible y brutal que recuerde haber oído nunca, pero sirvió para aclarar
cualquier tipo de duda que yo pudiera tener con respecto al hecho de que su
señora le debía la vida a la oportuna aparición de su criado. Aquello no hizo
sino avisar mi interés.
Seguí a Andrew. En la calle de al lado se había congregado un grupo de
curiosos.
–¡Apártense –gritaba el doctor a medida que nos acercábamos–. Déjenla
respirar.
El círculo se fue abriendo y pude ver el cuerpo de una joven vestida de
enfermera que yacía inconsciente en el suelo. Tenía las facciones de una
persona cansada, aunque los rasgos era de una mujer joven, y el pelo rizado le
caía sobre el rostro.
–Para ser enfermera no parece gozar de muy buena salud –le comenté a
Byrne, quien llegó en ese momento.
–No parece gozar de muy buena salud –repitió de mal humor–. Pues hace
una emana era una mujer robusta y fuerte. La señora Deverish se cuidó muy mucho
de que lo fuera. Y ahora no puede ni tenerse en pie.
Y continuó hablando para sí:
–Debe de ser por la casa, que tenga mala ventilación o algo parecido. A
todas, una tras otras, les ha ocurrido lo mismo que a ésta.
La chica comienza a dar señales de conciencia. Abre los ojos y, al ver a
Andrew, sonríe. A continuación se incorpora.
–La próxima vez que te sientas indispuesta, querida –le dijo el doctor
Byrne–, te acompañaré a mi coche de caballos y, así, podrás volver.
–¿Volver adónde? –repitió asustada la joven.
–A casa de tu señora. Tienes que…
Ella lo interrumpió y le cogió la mano.
–¡No, no! –dijo con voz entrecortada–. ¡Allí, no. Nunca más! No puedo
pasar ni una hora más allí.
“La hermosa Deverish debe tener algo de bruja”, pensé al ver la
expresión de terror que se dibujaba en el rostro de la joven. Andrew la ayudó a
ponerse en pie.
–No tengas miedo –le dijo tranquilamente–. Yo me ocuparé de que no
tengas que volver.
Ella no apartaba la mirada de él.
–¿Me lo promete? –susurró–. ¿Lo sabe?
–Sí, lo sé –respondió sin dejar de mantener su mirada.
En aquel momento tuve una idea. Entre mis clientes había varias
enfermeras diplomadas. Así que, de camino a casa, me acerqué a la Oficina de
Correos y le puse un telegrama a una de ellas. En menos de dos horas ya estaba
conmigo. La mandé a casa de la señora.
–Di que vienes del cielo, de Buckingham Palace o de cualquier otro
sitio, pero mantén los ojos bien abiertos.
Eso fue lo que le ordené, sin importarme lo más mínimo ni la verdad ni
los escrúpulos, valores que tanto me habían ayudado hasta entonces. Regresó en
una hora. En sus ojos había cierta mirada de ira. El velo de gasa que le caía
de la toca se movía al tiempo que movía la cabeza.
–No has estado apenas tiempo –le dije.
–Mi señor –me respondió–, no he podido. Lady Devilish, creo que es así
como usted la llama, entró en la habitación y dio un grito. A continuación, se
apartó de mí como si yo fuera un monstruo. “No eres el tipo de persona que
necesito” –me dijo–. “Busco a alguien más joven”. Y, mi señor, sólo tengo
veintiséis años.” “Y más rellenita”. “Y peso sesenta y tres kilos”. “Y que
rebose de salud”. “Y en mi vida no me ha dolido nada”. “Busco a una chica
joven, entradita en carnes y saludable”, repitió, y se marchó.
–Bueno, supongo que no te será muy difícil ser como ella quiere –le
comenté.
–Por supuesto que no –me respondió decidida–. Un poco de relleno,
colorete y algún que otro detalle sin importancia.
–¿Eso quiere decir que va a volver?
–Sí, volveré –dijo–. Si hay algo raro en todo esto, se va a arrepentir
de no haber sido más amable –añadió con aire meditabundo.
–¿Y no te reconocerá?
La valentía es una virtud que siempre me ha sorprendido, y el desdén con
respondió a mi pregunta me dejó admirado. Se volvió y se marchó sin la más
mínima palabra de condescendencia. Volvió en quince minutos, o mejor dicho, se
presentó ante mí alguien cuya voz me resultaba familiar. El disfraz era
perfecto. Es cierto que antes no parecía ni joven (a pesar de que ella
aseguraba tener veintiséis años) ni gorda (con todos los kilos de más que se
quisiera poner) si saludable. Pero ahora estaba regordeta, más joven y
sonrosada. Antes era morena, y ahora sobre la frente le caían unos cuantos
rizos de un rojo intenso. Pero, ¿por qué no iría siempre disfrazada?
Ella me lo explicó.
–Mi señor, en la mayoría de las casas –me contó– hay hijos, hermanos y
maridos. Una mujer que se gana la vida como enfermera sólo puede lucir sus
mejillas sonrosadas en momentos muy especiales. Una vez que se hubo ido, mojé
la pluma en el tintero y escribí su nombre en mi diario. Consiguiera o no su
propósito con Lady “Devilish”, era una persona muy competente. Y las personas
competentes son algo insólito en un mundo donde la ineficiencia reina los siete
días la mayoría de las semanas.
Me recibió con los brazos abiertos.
–Eres justo lo que estaba buscando –dijo encantada–. Odio a la gente
enfermiza. Hace una hora se ha presentado una chica demacrada y ojerosa. ¡Puag!
–se estremeció–. No la hubiera contratado ni por todo el oro del mundo.
Puede que no sea imparcial pero, después de escuchar aquellas palabras,
confieso haber sentido cierta antipatía por su señora. Tenía una forma de mirar
extraña. Creo que era miope, pero no se ponía gafas. Nunca había visto a nadie
tan hermoso. Una vez en el piso de arriba, me presentaron a la señora Lyall. Me
dio la sensación de que no estaba muy en sus cabales. Tenía una sonrisita
siniestra.
–Confío en que no sea así –le contesté con cierto grado de seguridad–.
–¿Lady Devilish es una paciente difícil –le pregunté.
Ella se echó a reír.
–¿Cómo la has llamado?
–Creía que se llamaba Devilish –le contesté.
–No, es sólo su carácter –me dijo, al tiempo que miraba a su alrededor–.
Y su apellido es con r, no con l.
A la señora Lyall no le gustaba su señora. Bueno, a decir verdad,
parecía como si todos los que vivían en la casa sintiera un miedo terrible
hacia ella. Los criados, si podían evitarlo, hacían todo lo posible por no
entrar en la habitación donde estuviera ella.
Por los rostros cansados y enfermos de la servidumbre, llegué a la
conclusión de que en aquella casa debía de haber falta de higiene, y decidí
inspeccionar los desagües. Sin embargo, lo único que era cierto era que fuera
lo que fuera lo que estuviera ocurriendo no afectaba a la salud de la señora.
Ésta era una persona con una energía fuera de lo normal, nunca se la veía
cansada. Cuando, después de un largo día de estar comiendo en el campo o de
haber asistido a un baile hasta altas horas de la noche, todo el mundo estaba
exhausto, ella seguía resplandeciente y alegre. Lo de contratar a una enfermera
no era más que un mero pretexto, pues lo único que quería era que le dieran
masajes día y noche.
–No pareces cansada –comentó sorprendida después de mi primera noche de
trabajo, sin dejar de mirar mis mejillas sonrosadas.
Pero lo cierto, y al mismo tiempo extraño, es que me sentía agotada.
Todo me daba vueltas.
–A usted le puede parecer lo que quiera –le respondí con cierto enfado–,
pero no recuerdo haberme sentido tan cansada en toda mi vida.
Me dio la sensación de que la agradó oír aquellas palabras aunque, a
decir verdad, no dije nada para que se sintiera así, No hay duda de que estaba
pensando en sus cosas.
Al día siguiente a mi llegada, anunciaron su nuevo compromiso de
matrimonio. Nuevo, porque ya había estado casada en dos ocasiones. El novio, el
conde de Arlintong, estaba pasando unos días en la casa con una serie de
personas. Era apuesto y atractivo. Me habían contado que había dejado a una
chica de la que había estado enamorado durante muchos años, y ella de él, para
pedir la mano de lady Deverish, aunque no parecía de esos. Pero, por lo visto,
estaba perdidamente enamorado. No podía apartar los ojos de ella. Como si
estuviera hechizado, se sentaba, y ni comía ni dormía.
–¡Pobrecillo, lleva el mismo camino que los otros! –me confió en secreto
la señora Plimmer, el ama de llaves de la casa.
–¿Usted no cree que Lady Deverish ha podido envenenar a sus maridos? –le
respondí.
–Yo no soy quién para sospechar de mi señora, enfermera –me contestó con
cierta dignidad–. Lo que digo es que hay algo extraño en todo esto. ¿Por qué
todo el que viene a esta casa cae enfermo?
Levantó la barbilla y preguntó: “¿Por qué sus dos jóvenes maridos,
hombres prometedores los dos, enferman el mismo día en que se casan con ella y
mueren de tuberculosis? ¿Puedes explicarme qué tienen que ver en esto los
desagües”.
Es cierto que pensaba que ésa bien podría ser la causa pero, como no
tenía prueba alguna de ello, no dije nada más. La señora Plimmer volvió a alzar
la barbilla, esta vez en un gesto de superioridad.
–¿Y por qué –continuó– el doctor Andrew, un hombre que derrocha
amabilidad por donde va, intentó estrangularla?
Aguanté aquella demostración de desprecio y me aventuré movida por la
envidia. Ella me lanzó una mirada fulminante.
–Un doctor no es el marido de sus pacientes –dijo– y, aunque lo fuera,
no hay ninguna razón para estrangularlas.
No vi nada extraño en los desagües, y mi curiosidad empezó a ir en
aumento. Pero yo también me encontraba pachucha, algo raro en mí. En
enamoramiento de Lord Arlinton se hizo enfermizo. Se pasaba las horas
contemplándola fascinado, en una especie de éxtasis. Estaba pálido y
melancólico, y parecía claro que no era feliz. Me contaron que aquella falta de
salud y de alegría le venían del momento mismo de su compromiso matrimonial.
Quizá era el haber abandonado a la otra mujer lo que le remordía la conciencia.
Una mañana, en el desayuno, se dispuso a abrir un pequeño paquete que había
llegado para él por correo, sin fijarse en la letra (es de suponer).Mientras lo
abría de forma mecánica, fueron apareciendo de entre el envoltorio un anillo,
un lazo y un fajo de cartas. Se quedó atónito. Sin decir una sola palabra, lo
recogió todo y salió de la habitación. Más tarde, lo encontré midiendo con
pasos el jardín como si estuviera loco. ¡Pobre hombre, su amor era tan efímero!
Una semana después fui testigo de una curiosa escena. Una tarde estaba
yo sentada en jardín, pues Lady Deverish no me necesitaba hasta el momento de
ir a acostarse para darle el consabido masaje. De repente, ella y él, mientras
discutían acaloradamente, se fueron acercando a los matorrales.
–Voy a volverme loco –gritaba furioso–. ¡Por amor de Dios, deja que me
vaya! Dicen que está destrozada.
A continuación, ella le puso las dos manos en los hombros y le miró.
–Nunca dejaré que te vayas –le dijo con un raro tono metálico en la voz.
Le rodeó con sus brazos el cuello y le besó en la garganta–. Me quieres
demasiado –añadió.
–Sólo el cielo sabe si esto es amor –le respondió–. A mí me parece una
locura. Yo la amé durante muchos años.
–Sí, pero ahora me amas a mí, y no puede ser de otra forma –le susurró
al oído. Volvió a mirarle y le besó.
A continuación, soltó una carcajada y se marchó. Él se quedó allí,
contemplándola.
–Sí, sí puede ser de otra forma –le escuché decir en voz baja.
Y esa misma noche, y aunque apenas la conocía desde hacía dos semanas,
supe que era un ser demasiado fuerte con para dejarse atrapar por la enfermedad
que supone estar enamorado. No obstante, la noche en que él murió yo estaba
dispuesta a cambiar la opinión que tenía de ella. El joven se despidió deprisa,
con la excusa de que le llamaban de la ciudad, y cogió el último tren. Esa
noche ella me llamó. Me la encontré sentada en la cama, con la tez pálida, la
mirada perdida y con las manos agarrándose la cabeza. Le costaba respirar.
Parecía como si estuviera muy afligida; tenía el rostro cubierto arrugas.
No dijo nada, pero una y otra vez se señaló con el dedo la sien derecha.
Le acerqué mi mano. Busqué una vela; mis dedos tocaron lo que parecía un
agujero húmedo y pegajoso, terriblemente viscoso. Pero, al acercar la vela
allí, no había ni sangre ni agujero alguno; sólo se veía una mancha blanquecina
y fría al tacto. Le di su copa de coñac y le metí una bolsa de agua caliente en
la cama. .Tiritaba. Me cogió las manos y me las puso en la mancha helada que
tenía en la sien. Entonces, me empecé a sentir mal y a marearme. De repente, se
puso mejor y recobró el color.
–¡Dios mío, está muerto! –dijo, y le castañetearon los dientes.
A continuación, se agachó. Parecía una masa que se estremeciera a cada
momento. A la mañana siguiente tuvimos noticias de él. Mientras lo que acabo de
contar ocurría la noche anterior, aquel joven se pegaba un tiro en la sien
derecha. Ella estuvo todo ese día enferma, apagada, con apenas pulso. Parecía
como si hubiera envejecido diez años. Nunca antes había visto un cambio tan
espectacular. Mandé llamar al doctor Byrne, quien atribuyó su estado el shock
que le habían producido las malas noticias. Lo que no pudo explicar es por qué
había empeorado justo unas horas antes de enterarse del infeliz desenlace.
Sólo concluyó: “Enfermera, la vida está llena de coincidencias”.
Y le recetó amoniaco.
Al día siguiente se encontraba mejor y me pidió que la levantara, pero
cambió de idea cuando se miró en el espejo.
–¡Cielo santo! –dijo mientras la sacudía un escalofrío–. Si parezco una
anciana.
Y, entonces, se echó a llorar.
–¡Él debió pensar en mí! –gritó enfurecida.
Pidió que le trajeran vino y un caldo de carne, y se lo tomó con
ansiedad, sin dejarse de mirar en el espejo para comprobar el efecto. Pero lo
que vio no la animó.
–¿Piensas que me estoy muriendo? –me preguntó con voz temblorosa.
Por la tarde, le pidió al jardinero que dejara que su hijo le hiciera
compañía. Era un muchacho rellenito, sonrosado, a quien todos mimaban.
–Me servirá de distracción –dijo.
Jamás habría pensado que le gustaran los niños. Pero le cogió entre sus
brazos y le apretó contra su pecho. De repente, recobró la vitalidad y el
color. Los ojos le brillaban. Al instante, se estaba riendo y conversaba como
siempre. El niño se había dormido, pero ella no tenía ninguna intención de
soltarlo. Cuando por fin me lo dio, me quedé aterrorizada al comprobar que
estaba frío y pálido. Le costaba respirar y parecía inconsciente. Me dio la
sensación de que había caído enfermo. Poco después, me sorprendió el recibir
una nota del doctor Andrew, a quien yo no conocía. No le hice caso, como
tampoco se lo había hecho a la señora Lyall ni a la señora Plimmer, porque no
estaban en su sano juicio.
“Me han pedido que me haga cargo de Willy Daniels” –decía la nota–.
“¡Por amor de Dios, no deje que coja a ningún niño más!”
Al día siguiente, ella estaba mejor. Parecía haberse olvidado por
completo de Arlington, y de lo único que hablaba era de su salud. Volvió a
pedir que le trajeran el niño. Le dije que estaba enfermo. Se echó a reír sin
motivo alguno.
–¡Gracias a Dios, no he perdido mis poderes! –dijo un minuto después.
Pero no explicó lo que quería decir con aquello.
Estuvo muy animada el resto de la mañana; no dejó de hablar, de cantar y
de intentar hacer nuevos lazos y tocas, aunque seguía quejándose de le dolía la
sien derecha. Le di un masaje, pero se puso de mal humor y me dijo que no le
sentaba bien.
–Si no tuvieras ese color en las mejillas, pensaría que estás enferma
–dijo enfadada.
Los hijos del párroco vinieron a tomar el té con ella. Decía que le
encantaba verlos comer fresas, pero éste se agarró a mí y empezó a gritar. Ella
no cejo en su empeño, y el pequeño cayó dormido en sus brazos. Al ir a cogerlo
pocos minutos después, me di cuenta de que estaba helado y de que respiraba con
dificultad. Me acordé de la nota del doctor Andrew. ¡Cielos! ¿Qué había hecho
aquella mujer?, ¿acaso se dedicaba a envenenar a escondidas a la gente? Me puse
a analizar lo ocurrido. Durante todo el tiempo que el niño estuvo en brazos, yo
no había salido de la habitación ni un solo instante y ella no le había dado
nada de comer ni de beber.
–¿Qué ocurre? –le pregunté.
Ella evitó mi mirada y me respondió con la clara indiferencia.
–Nada raro. A los niños parece que nunca les acaban de salir los dientes
y, cuando no, están empachados o les da el sarampión.
A la mañana siguiente, me despertaron antes de que amaneciera. El doctor
Andrew quería hablar conmigo. Me vestí y bajé a verle. Recogía el salón con
paso airado. Me miró fijamente.
–Pareces que te le resistes –murmuró mientras no dejaba de mirarme las
mejillas.
Yo siempre me he vanagloriado de tener buena memoria, y jamás se me
olvidará lo roja que me puse. Me contó una historia increíble, a la vez que
absurda. Se hizo un corte al ir a darme un pequeño frasco.
–Que se tome esto nada más levantarse –me dijo.
Puede que aquel hombre fuera mejor doctor que actor. Me tendió la dosis
con cierta ostentación. Le quite el tapón y la olí. Me lo sospechaba. Crucé la
habitación y tire el líquido por la ventana.
–Va a tener que disculparme –le dije–, pero creo que se ha excedido.
–¿Vamos a permitir que siga asesinando gente? –protestó–. ¿Acaso no sabe
que me he pasado la noche con ese pobre niño?, ¿se le ha olvidado ya que Willy
Daniels no está fuera de peligro? Por amor de Dios, si yo estoy dispuesto a
todo, ¿cómo puede negarse alguien que sabe lo que está ocurriendo?
–Yo tengo un plan más seguro –le respondí–. Si lo que dice es cierto, la
solución es bien sencilla, y no habrá que recurrir a la historia del veneno.
Después de todo, no puede negarme, doctor Andrew, que su versión de los hechos
resultará poco creíble delante de un juez. Con mi plan, le aseguro que no
correrá riesgo alguno.
Le conté lo que pensaba hacer. Pareció interesarle pero, como ocurre
siempre que un hombre habla con una mujer, el doctor no estaba muy dispuesto a
fiarse de mí.
–Podría salir bien –reaccionó con poco entusiasmo– y, sí, es cierto,
parece más seguro.
–Me fui a mi habitación y abrí un nuevo paquete de colorete. Me puse una
capa abundante. No sabía por qué, pero aquel polvo sobre mis mejillas jugaba un
papel importante en toda aquella historia. Me pinté los labios de carmín y, a
continuación, le llevé el desayuno a mi paciente.
Parecía del todo restablecida y, cual Venus sonriente, permanecía
acostada en su cama color rosa. Rebosaba salud. Me acordé del pobre niñito
enfermo.
–¡Dios mío –dije asustada–, qué más aspecto tiene!
En ese instante, ella dejó de sonreír. Se bajó de un salto de la cama.
El camisón le colgaba por encima de los pies sonrosados. Se dirigió hacia el
espejo y, de repente, se volvió hacia mí enfadada.
–¿Por qué me dices eso? –protestó–. Creía que ya estaba mejor.
Me acerqué y me puse a su lado.
–Míreme y compárese conmigo.
Lo cierto es que, ya antes de hacerlo estaba terriblemente pálida.
–¿Acaso he perdido todos mis poderes? –murmuró entre dientes–. Dios mío,
¿eso quiere decir que voy a envejecer como el resto de los mortales?
De repente, se echó sobre mí y me apretó sus labios contra mi cuello.
–¡Compártelo conmigo! –gritó como si estuviera hambrienta–. Hay mucha
vida en ti. Deja que beba parte de ella.
Estuve a punto de perder el conocimiento. Parecía como si realmente me
estuviera chupando la vida. Todo me daba vueltas. Haciendo un enorme esfuerzo,
la empujé y salí tambaleándome de la habitación. ¿Acaso era verdad la historia
del doctor Andrew?, ¿acaso era ella un monstruo o simplemente una monomaniaca?
Años atrás, él le había diagnosticado que se estaba muriendo de tisis. A decir
por los síntomas, no le quedaba más de una semana de vida. De repente, empezó a
recuperarse. Ganó peso, recobró la salud y volvió a la vida de las garras
mismas de la muerte. Mientras tanto, su hermana, una niña que aún iba al
colegio y a la que ella siempre quería tener a su lado, enfermó y fallecido. A
continuación, moría su hermano y, poco después, su madre. Ella rebosaba salud.
A partir de aquel momento, vivió de la energía de quienes la rodeaban.
–La ley de la vida –dijo el doctor– hace que las criaturas dependan unas
de otras. La salud depende de las leyes físicas de la difusión y de la
compensación. Así, una persona que no se siente bien absorbe energía de otros
más fuertes que conviven con ella. Muchos sujetos ya ancianos y enfermos viven
de la energía del gato que mantienen sentado a su lado, y mueren cuando éste se
muere. Esposas y maridos, hermanas y hermanos, amigos y conocidos, todo un
constante intercambio de energía vital. Por las averiguaciones que he hecho,
Lady Deverish es la causa de la muerte de una docena de personas. Además de
éstas, ha absorbido la vida de todos los que tienen algo que ver con ella. Y,
en su caso, y no voy a negar que se trata de un caso insólito, esa facultad es consciente
y voluntaria. Ella estuvo viviendo de Arlington, y aquel hombre dejo de tener
vida propia. Ella se apoderó de su voluntad, de su mente, de toda su energía;
incluso llegó a apoderarse de la fuerza que le quedaba para hacerle frente. El
resto de la historia es muy interesante desde un punto de vista psicológico.
Durante un tiempo, ella vivió de su energía, y la repentina muerte de él, por
algún extraño proceso de simpatía, la afecto en la forma en que tú has
descrito. La habían privado de su fuente de vida y, si se lo hubieran
permitido, se habría buscado en ese mismo instante una nueva víctima. Durante
años, me he dedicado a estudiarla de cerca, y he de decir que es el arquetipo
de una clase de personas cuyos rasgos he analizado en profundidad. Ahora sé que
su poder depende en gran medida de su fuerza de voluntad y de un alto grado de
concentración. Y si posee estas dos cualidades, parece que no hay razón alguna
para que no pueda vivir eternamente. Siempre habrá seres más o menos entregados
a los que arrebatar la energía. En este momento, tanto su confianza en sí misma
como su poder están debilitados; su vida está en la balanza. En nombre de la
Humanidad y de la Justicia, no podemos permitir que se vuelva a rearmar, pues
sólo vive de la muerte de otros. Me bebí un vaso de oporto y regresé a la
habitación de mi paciente. Estaba tumbada en la cama pintando.
–¡Qué vergüenza! –le dije–, ¡darle un ataque de histeria! Deje eso ahora
mismo y tómese el desayuno.
Me miró a la cara. El sudor, provocado por el miedo, empezó a aparecer
en su piel.
–He oído hablar de transfusiones –dijo con voz apagada–. Si dejas que
parte de tu hermosa sangre corra por mis venas, te pagaré 500 libras al año.
Negué con la cabeza.
–¡Mil! –dijo– ¡Mil quinientas libras!
–No podrá engañarla, aunque quisiera –insistí. Ninguna de las
transfusiones, que se han llevado a cabo hasta ahora, ha salido bien.
La mujer rompió a llorar.
–No puedo morir –decía–. Amo la vida, quiero ser hermosa y rica. Sólo
busco que me admiren, tienen que admirarme. ¡Qué hermoso, qué hermoso es mi
cuerpo! ¡Cuánto amo la vida! ¡No puedo, no puedo morir!
–¡No diga más tonterías! –le respondí–. Usted no va a morir.
–Si no puedo tener tu sangre –gritó, ya en pleno desvarío–, antes que
morir, me beberé la sangre de criaturas vivas.
Una hora después llamó al ama de llaves. Todo ese tiempo había estado
dándole vueltas a una idea; sus dientes parecían perlas en contraste con el
color rojo de sus labios.
–Plimmer –le dijo–, dale a todos los criados un mes de sueldo por
adelantado y diles que no quiero ver a ninguno en mi casa dentro de una hora.
No soporto ni un minuto más esto rostros enfermizos. Vamos a traer gente sana.
Esos pobres desgraciados están acabando conmigo.
Plimmer salió de la habitación sin mediar palabra. Ya en la puerta, me
lazó una mirada y alzó los brazos en un gesto con el que parecía querer decir:
¡Que Dios se apiade de nosotros! La seguí y le cogí la mano. Fuera o no verdad
la teoría de Andrew o el hecho de que mi señora fuera una persona enferma, lo
cierto es que su voluntad jugaba un papel muy importante en toda aquella
historia. Me vestí y fui a la farmacia, donde me gasté medio soberano. Regresé
con varios sobrecitos, que repartí entre la servidumbre y les dije lo que
debían hacer. Su señora no se encontraba bien y había que complacerla. Es
sorprendente lo que puede hacer un poco de colorete. En un instante, los
criados recordaban una escena de la Arcadia. Hasta el mayordomo más anciano
parecía haber recobrado la lozanía de la juventud. A continuación, fui a hablar
con la señora.
–Permítame decirle que creo que comete un error echando a los criados.
Jamás he visto rostros tan saludables.
–¿Desde cuándo estoy enferma? –dijo con voz desfallecida.
Permanecía allí, acostada, y le costaba respirar.
–Dile a alguno que entre –añadió.
Desde que se habían ido los criados, la palidez se había apoderado de su
rostro.
–¡Cielo santo! –la oí murmular–. He perdido mis poderes, soy un ser
moribundo.
Agitó los brazos y empezó a llorar.
–¡Traedme niños sonrosados! –gritaba–. ¡Tiene que haber vida a mi
alrededor!
El doctor Byrne, que estaba ocupado de ella, asintió con toda inocencia:
–Por supuestos –dijo–, seguro que le hace un gran bien. Enfermera,
traiga unos cuantos niños para hacerle compañía a la señora.
Hice gesto afirmativo con la cabeza, en señal de que le había oído, no
porque le fuera a hacer casi ni mucho menos. Le llevé comida y vino en
abundancia, pero ni el más mínimo rastro de ser humano, ni niño ni adulto. Le
aislé del resto del mundo. A las doncellas sólo les permitía acercarse lo
suficiente para limpiar y arreglar la habitación. En más de una ocasión vi cómo
las miraba enfurecida. No había duda alguna de que tenía un siniestro poder que
hipnotizaba y atemorizaba. Era como si, por alguna clase de maleficio, se
quedaban petrificadas y aturdidas junto a su cama. Yo me volvía hacia ellas,
comentaba lo saludables que parecían, les reñía por estar allí de pie
holgazaneando y les pedía que se marcharan. La señora las seguía con una mirada
de desesperación tal que, en cualquier otra circunstancia, habría despertado mi
compasión. Sentía que se había quedado sin poder, pero era eso lo que realmente
se lo arrebataba. Caía en el delirio y maldecía a su amado, que se había
quitado la vida para implicarla en su muerte.
Aunque nuestra forma de proceder, la del doctor Andrew y la mía, estaba
más que de sobra justificada, a veces, ahora, me pongo a pensar. Pero, por
aquel entonces, yo no tenía ninguna duda. Todo lo ocurrido era terrible que ni
se me pasaba por la mente cuestionarme lo que estábamos haciendo. Si lo que
pensábamos acerca de ella era cierto, era justo que obráramos así; en caso
contrario lo que hacíamos no iba a cambiar nada.
Andrew sostenía que aquella mujer se había alimentado durante tanto
tiempo de energía humana, que la comida normal apenas la satisfacía. Lo cierto
es que, a pesar de que tenía la más nutritiva y selecta de las dietas, en una
semana se convirtió en una mujer ajada y macilenta.
Nadie la habría reconocido. Se iba consumiendo como si tuviera cólera.
Un día su perro se coló en la habitación; ella sacó las manos por debajo de las
sábanas y lo atrapó con voracidad. Yo entré allí una hora después. El animal
estaba rígido y muerto. Aún hoy no puedo explicarme cómo yo y otra enfermera a
la que acudí en busca de ayuda conseguimos salir con vida de todo aquello.
Hasta ese momento yo jamás había bebido ni una gota de alcohol pero, de
repente, empecé a bebe vino como si fuera agua.
Aunque fuera hacía un soleado día de junio, alrededor de su cama se
respiraba una atmósfera viciada. La señora chillaba como si fuera una posesa.
–¡Me estáis matando, me estáis matando! –no dejaba de gritar.
El doctor Byrne pensó que deliraba, pero yo sabía que aquellos gritos no
eran sino producto del más terrible de los estados de cordura. Byrne llamó a
uno de los especialistas más eminentes que había en Londres. Después de
observar detenidamente a la paciente, manifestó que padecía una enfermedad
nerviosa desconocida.
–No se puede hacer nada –nos dijo–. Le doy tres días de vida. Espero que
pueda llegar a una conclusión más definitiva tras la autopsia.
Ella me siguió con una mirada siniestra. Aquellos ojos habían perdido la
vitalidad y el brillo que un día escondiera tras ellos.
–He tenido diez años de vida y de placer de los que me correspondían
–dijo riéndose con la voz de una mujer ya anciana.
De repente, se echó a llorar sin verter ni una sola lágrima.
–No sé por qué pensé que podría vivir otros diez.
Pidió que la trajera un espejo. Doy gracias a Dios de que, a pesar de
todo lo que odiaba, no tuviera que ser yo quien cometiera tal crueldad, El
doctor Andrew llamaba todos los días para conocer mi diagnóstico. Él se había
encargado de traer de Londres todos los adelantos médicos en el campo de la
nutrición.
–No podemos negarle ninguna posibilidad, por pequeña que sea –me dijo–,
ninguna.
Pocos días después, yo volvía a estar sola. La otra enfermera había
fallecido. Me fallaban las fuerzas, apenas podía mantenerme en pie. Le pedí a
Dios que me permitiera salir de aquello pero, incluso cuando pensé que había
llegado el momento, ella continuó luchando por seguir viva con una frenética
avidez de vida.
Un día, le estaba yo colocando las almohadas cuando, sin darme cuenta,
me agarró la mano, se la llevó a la boca y me mordió. Sentí cómo me chupaba con
terrible voracidad la sangre. Cuando conseguí soltarme, lanzó un grito y me
golpeó. Murió a la tercera semana de que empezara su aislamiento. Vi cómo la
muerte se iba apoderando de su ajado rostro. Y en ese momento en que la vida la
abandonaba para siempre, hizo un último esfuerzo. Fue como si mi corazón dejara
de latir; todo mi cuerpo se vino abajo. Me tambaleé y caí sobre su cama. Allí
me encontraron más tarde, recostada sobre su cadáver. Estoy segura de que si
aquel último esfuerzo lo hubiera hecho un instante antes, si hubiera podido
coger fuerzas, hoy seguiría con vida y yo… Yo tuve que permanecer en cama
durante un mes.
–Estoy seguro de que si escribiera esta historia en el Lancet –dijo el
doctor Andrw–, me convertiría en el hazmerreír de la profesión. Pero ésta es la
clave de la salud y de la enfermedad del ser humano, ese continuo intercambio
de energía. Gracias a Dios, esa demoniaca voracidad se da muy pocas veces pero,
a fin de cuentas, esta ciudad también tiene sus vampiros, aunque sean vampiros
menores. Cada vez que A. habla contigo diez minutos, me siento como si hubiera
envejecido diez años, y tardo casi una hora en volver a reponerme. La gente
dice que es un pesado, pero, en realidad, es un egoísta que absorbe la energía
de todo aquel con quien habla. En otras palabras, un vampiro humano.

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