© Libro N° 13041. Una Fiesta Selecta. Hawthorne, Nathaniel. Emancipación.
Octubre 5 de 2024
Título original: ©
A Select Party; Nathaniel Hawthorne (1804-1864)
Versión
Original: © Una Fiesta Selecta. Nathaniel Hawthorne
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
https://elespejogotico.blogspot.com/2009/08/fiesta-selecta-nathaniel-hawthorne.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del
texto y el nombre de los autores
No
comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No
derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Fondo:
https://i.pinimg.com/564x/5e/b7/9e/5eb79eb7c6aed3afbb1567ce8e1ceb42.jpg
Portada
E.O. de Imagen original:
https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEi0rAHAefgfSqW9gvzjpEbt7OQBWKv_3fQBtu8Mek90tc067NQDUiCxHFi8u9R-4aJiHC3YUp0z3Jc4JJUOUHRaCSe_pnKTF4S54XnNHE_u-bPtN_Ci8RcVKuyU4UUGdOjwFdB3aZPq21k/s640/fiesta_Selecta_nathaniel_hawthorne.jpg
© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Nathaniel Hawthorne
Una
Fiesta Selecta
Nathaniel
Hawthorne
Un Hombre con Fantasía celebró una fiesta en uno de sus castillos imaginarios e
invitó a un número de distinguidos personajes para que le honraran. La mansión,
aunque no tan espléndida como muchas de la misma región, era de una
magnificencia que raramente conocen los que sólo ven la arquitectura terrenal.
Sus fuertes cimientos y muros macizos habían sido extraídos de una repisa de
nubes pesadas y oscuras que se hallaban suspendidas y meditabundas sobre la
tierra, con la apariencia de ser tan densas y pesadas como el granito, durante
todo un día otoñal.
Al darse cuenta de que el efecto general era triste —pues el castillo
imaginario se parecía a una fortaleza feudal, o un monasterio de la Edad Media
o a una prisión estatal de nuestra época, en lugar de a la casa de placer y
reposo que él pretendía—, el propietario decidió, sin prestar atención a los
gastos, recubrir el exterior. Afortunadamente en ese momento recorría el aire
abundante luz solar del atardecer. Tras recogerla y derramarla en abundancia
sobre tejado y muros, les imbuyó una especie de alegría solemne; entonces las
cúpulas y pináculos brillaron con el oro más puro, y las cien ventanas
destellaron con una luz alegre, como si el propio edificio se regocijara. Si
entonces las gentes del mundo inferior mirasen desde el torbellino de su
insignificante confusión, probablemente confundirían el castillo imaginario con
un amontonamiento de nubes del atardecer a las que la magia de la luz y de la
sombra había impartido el aspecto de una mansión de construcción fantástica.
Para esos espectadores sería irreal porque carecían de fe imaginativa. Si
hubieran sido dignos de traspasar sus puertas, habrían reconocido la verdad:
que los dominios que el espíritu conquista para sí mismo entre lo irreal llegan
a ser mil veces más reales que la tierra que pisan, y dirían: Esto es sólido y
fuerte; a esto lo podríamos considerar un hecho.
A la hora designada el anfitrión se situó en pie en su gran salón para recibir
a los invitados. Era una sala amplia y noble, cuyo techo abovedado se sujetaba
por una doble fila de columnas gigantescas que habían sido cortadas de una
pieza de masas de nubes jaspeadas. Habían, sido pulidas con tanto brillo, y
trabajadas tan exquisitamente por la habilidad del escultor, que asemejaban a
los más hermosos ejemplares de esmeralda, ópalo y crisolita, produciendo con
ello una delicada riqueza de efecto que su tamaño inmenso no hacía incompatible
con la grandeza. Sobre cada una de estas columnas se hallaba suspendido un
meteorito. Cruzan continuamente el firmamento miles de estos brillos etéreos,
ardiendo hasta gastarse, pero capaces de impartir una radiación útil a
cualquier persona que tenga el arte de convertirlos en fines propios.
Utilizados en el salón, resultan mucho más económicos que las lámparas
ordinarias. Sin embargo, era tal la intensidad de su brillo que había sido
conveniente cubrir cada meteorito con una esfera de niebla de atardecer,
amortiguando así la incandescencia demasiado potente, que queda convertida en
un esplendor suave y confortable. Era como la brillantez de una imaginación
poderosa pero sumisa: una luz que parecía ocultar todo lo que fue indignó de
ser observado y dar relieve a todo atributo hermoso y noble. Por lo tanto
cuándo los invitados avanzaron hacia el centro del salón tenían mejor aspecto
que nunca antes su vida.
El primero que entró, con una puntualidad pasada de moda, era una figura
venerable vestida como en tiempos pasados, con los cabellos blancos flotan
sobre sus hombros y una barba reverente sobre el pecho. Se apoyaba en un baste
cuyo trémulo golpeteo cuando lo dejaba caer cuidadosamente en el suelo se
repetía en un eco por el salón a cada paso. Reconociendo de inmediato al
personaje, que tantos problemas y averiguaciones le había costado descubrir,
anfitrión avanzó casi tres cuartas partes de la distancia entre las columnas
para recibirle y darle la bienvenida.
—Venerable señor —dijo el Hombre de la Fantasía inclinándose hacia suelo—. El
honor de está visita no lo olvidaré nunca aunque el término de existencia se
prolongue felizmente tanto como la suya.
El anciano caballero recibió el cumplido con condescendencia. Se puso entonces
las gafas sobre la frente y pareció examinar críticamente el salón.
—Nunca, que yo recuerde, había entrado en un salón más espacioso y noble
—observó—. ¿Se ha asegurado de que está construido con materiales sólidos y que
la estructura será permanente?
—Oh, no tema, mi venerable amigo —contestó el anfitrión—. En comparación con
una vida como la suya, es cierto que podría decirse que mi castillo es edificio
temporal. Pero se mantendrá lo suficiente como para satisfacer todos los
propósitos con los que se levantó.
Hemos olvidado que el lector no conoce todavía al invitado. No es otro que
personaje universalmente acreditado al que nos referimos constantemente en
todas las estaciones frías o de calor: el que recuerda los domingos calurosos y
viernes fríos; el testigo de una era pasada, cuyas reminiscencias negativas se
abre camino en todos los periódicos, pero que cuya antigua y oscura morada está
ensombrecida por los años acumulados y por los amontonados edificios modernos
que sólo el Hombre de la Fantasía podría haberlo descubierto: era, en suma, el
hermano gemelo del Tiempo, el mayor antepasado de la humanidad, uña y cara y
compañero de todas las cosas y los hombres olvidados: el Habitante Más Antiguo
El anfitrión habría entrado en conversación de buena gana, pero sólo consigo:
provocar algunos comentarios acerca de la atmósfera opresiva de esa tarde
verano en comparación con la que el invitado había experimentado unos ochenta
años atrás. En realidad el anciano estaba rendido por el viaje entre las nubes,
que para un cuerpo tan incrustado de tierra por su larga permanencia en una
región inferior era inevitablemente más fatigoso que para los espíritus más
jóvenes. Por tanto le condujo hacia un sillón, bien mullido y con buenos
cojines de suavidad vaporosa, y le dejó que reposara un poco.
El Hombre de la Fantasía discernió entonces otro invitado que estaba en parado
a la sombra de una de las columnas que fácilmente podría no haberlo visto.
—Mi querido señor —exclamó el anfitrión tomándole de la mano— permítame que le
salude como al héroe de la tarde. Y le ruego no tome esto como un cumplido
vacío, pues aunque no hubiera otro invitado en mi castillo, se hallaría
totalmente invadido por su presencia.
—Se lo agradezco —respondió el otro—. Pero aunque usted no me había visto, no
acabo de llegar. Vine muy temprano; y con su permiso me quedaré hasta que se
haya ido el resto del grupo.
¿Y quién imagina el lector que era ese invitado tan modesto? Era el famoso
ejecutante de las imposibilidades reconocidas: un personaje de virtud y
capacidad sobrehumanas; y, de creer a sus enemigos, de defectos y debilidades
no menos notables.
Con una generosidad de la que él solo es ejemplo, examinaremos de pasada sus
atributos más nobles. Es el que prefiere el interés de los demás al suyo
propio, y una posición humilde a otra elevada. Despreocupado de la moda, la
costumbre, las opiniones de los hombres y la influencia de la prensa, asimila
su vida al nivel de la rectitud ideal, mostrándose así como el único ciudadano
independiente de nuestro país libre. En cuanto a la habilidad, muchas personas
declaran que él es el único matemático capaz de cuadrar el círculo; el único
mecánico que conoce el principio del movimiento perpetuo; el único filósofo
científico que puede obligar al agua a ascender colina arriba; el único
escritor cuyo genio es igual a la producción de un poema épico; y finalmente,
tan variados son sus logros, el único profesor de gimnasia que ha conseguido
saltar hasta el nivel de su propia garganta. Sin embargo, a pesar de todos esos
talentos, tan lejos está de ser considerado miembro de la buena sociedad que en
cualquier reunión de moda se censuraría gravemente afirmar que está presente
este notable individuo.
Evitan particularmente su compañía los oradores públicos, conferenciantes y
actores de teatro. Por razones especiales no tenemos la libertad de revelar su
nombre, y sólo mencionáremos otro rasgo de él —un fenómeno de lo más singular
en la filosofía natural—, que cuando mira un espejo, contempla a Nadie
reflejado en él.
En ese momento hicieron su aparición algunos otros invitados, y entre ellos,
conversando con enorme volubilidad, un caballero pequeño y vivo que se
encuentra siempre de moda en toda buena sociedad, y que no es desconocido de
los diarios públicos con el título de Monsieur On-Dit. El nombre parece indicar
que es francés, pero con independencia de cuál sea su país está totalmente
versado en todas las lenguas de la época, y puede expresarse con la misma
fluidez en inglés que en cualquier otro idioma. Apenas habían terminado los
saludos ceremoniales cuando esa charlatana personilla acercó la boca al oído
del anfitrión y murmuró tres secretos de estado, un importante secreto
comercial y un ingrediente sustancial de un escándalo de moda.
Aseguró entonces al hombre de la fantasía que no se le olvidaría poner en
circulación en la sociedad del mundo inferior una detallada descripción del
magnífico castillo imaginario y de las fiestas á las que había tenido el honor
de ser invitado. Y tras decir eso, Monsieur On-Dit hizo una reverencia y se
acercó presuroso á otro miembro del grupo, pues parecía conocerlos a todos y
poseer algún tema interesante o divertido para cada uno de ellos. Al llegar
finalmente al Habitante Más Antiguo, que dormitaba cómodamente en el sillón,
acercó la boca a su venerable oído.
—¿Y llevándose dice usted? —gritó el anciano despertando sobresaltado de la
siesta, llevándose una mano a la oreja para que le sirviera de trompetilla.
Monsieur On-Dit volvió a inclinarse y repitió el mensaje.
—Que yo recuerde, nunca había oído hablar de un incidente tan notable exclamó
el Habitante Más Antiguo levantando las manos de asombro.
Entró entonces el Secretario del Clima, invitado como deferencia a su posición
oficial, aunque el anfitrión era bien consciente de que era poco probable que
su conversación contribuyera a la diversión general. Enseguida se situó en una
esquina con su conocido de toda la vida, el Habitante Más Antiguo, y empezó a
comparar notas con él que hacían referencia a grandes tormentas, vendavales y
otros hechos atmosféricos que se habían producido durante el siglo anterior.
Regocijó mucho al Hombre de la Fantasía el que su venerable y muy respetado
huésped hubiera encontrado un amigo con el que congeniara tanto. Tras rogarles
a ambos que se consideraran en su casa, se dio la vuelta para recibir al Judío
Errante. Sin embargo, últimamente este personaje se había vuelto tan común, por
mezclarse con todo tipo de sociedad y hallarse a la disposición de todo artista
que difícilmente podía considerársele un invitado adecuado para un círculo tan
exclusivo. Además, como estaba recubierto de polvo por sus vagabundeos
continuos por las carreteras del mundo, realmente parecía fuera de sitio en una
fiesta de etiqueta; por eso el anfitrión se sintió aliviado cuando el inquieto
individuo en cuestión, tras una breve estancia, se despidió para partir rumbo a
Oregón.
La enorme puerta estaba atestada ahora por una multitud de gentes sombrías a
las que el Hombre de la Fantasía había conocido en su juventud visionaria. Les
había invitado para observar si podían compararse ventajosa mente o no con los
personajes reales a quienes había conocido en su vida madura. Eran seres de
imaginación tosca, como los que se deslizan ante la vista de un hombre joven
pretendiendo ser habitantes reales de la tierra; los sabios e ingeniosos con
los que después mantendría relaciones; los amigos generosos y heroicos cuya
devoción se vería pagada con la del anfitrión; la hermosa mujer de los sueños
que se convertiría en la compañera de sus penas y fatigas humanas, e
inmediatamente en la fuente y la participante de su felicidad.
¡Ay! No es bueno que el hombre adulto examine detenidamente a esos viejos
conocidos, sino que es mejor reverenciarlos más bien desde lejos, a través de
los años que entre el polvo se han levantado entre medias. Había algo falso y
risible en su andar pomposo y sentimientos exagerados; ni eran humanos ni se
asemejaban tolerablemente a la humanidad, sino más bien máscaras fantásticas
que volvían ridículos la naturaleza y el heroísmo con el grave absurdo de su
pretensión de tener tales atributos; y en cuanto a la dama sin igual de los
sueños, ¡contémplala! Allí avanzaba por el salón con el movimiento de una
muñeca articulada, una especie de figura de ángel hecha en cera, una criatura
tan fría como la luz de la luna, un artificio en falda de cancán, con un
intelecto hecho de frases hermosas y sólo algo que se parecía a un corazón,
aunque en todos estos particulares fuera verdaderamente el tipo de amante
imaginaria de un hombre joven. Sólo con dificultad pudo la cortesía puntillosa
del anfitrión evitar una sonrisa cuando presentó sus respetos a esa irrealidad
y se enfrentó a la mirada sentimental con la que el Sueño trataba de recordarle
sus anteriores historias amorosas.
—No, no, bella dama —murmuró él en medio de un suspiro y una sonrisa—. Mi gusto
ha cambiado. He aprendido a amar lo que hace la Naturaleza más que mis propias
creaciones disfrazadas de mujer.
—Ah, falso, tu inconstancia me ha aniquilado —gritó la dama del sueño
pretendiendo desmayarse, aunque en realidad se disolvió en el delgado aire del
que salía el murmullo deplorable de su voz.
—Así sea —contestó el cruel Hombre de la Fantasía para sí mismo—. Váyase.
Junto con estas sombras, y procedente de la misma región, entró una multitud de
formas que no habían sido invitadas y que en algún momento de su vida habían
atormentado al Hombre de la Fantasía con sus estados de ánimo de morbosa
melancolía o le habían acosado con el delirio de la fiebre. Los muros de su
castillo imaginario no eran lo bastante densos como para mantenerlos fuera, y
tampoco la más fuerte arquitectura terrenal habría servido para excluirlos.
Allí estaban esas formas de terror oscuro que le habían acosado al principio de
la vida, librando combate con sus esperanzas; allí los horribles desconocidos
del principio, como los que acosan a los niños por la noche. Particularmente le
sorprendió la visión de una anciana negra y deforme que él imaginaba que
habitaba en el desván de su casa y que de niño había acudido una vez junto a su
cama, y le había sonreído, durante la crisis de una escarlatina. Esa misma
sombra negra, junto con otras casi igual de horribles, se deslizaba ahora entre
las columnas del magnífico salón, sonriendo al reconocerse, hasta que el hombre
volvió a estremecerse con los terrores olvidados de su infancia. Le divirtió,
sin embargo, observar que la mujer negra, con el capricho malévolo peculiar de
esos seres, se acercó al sillón del Habitante Más Antiguo y escudriñó las
ensoñaciones de su mente.
—Jamás, que yo recuerde, vi un rostro semejante —murmuró horrorizado el
venerable personaje.
Casi inmediatamente después de las irrealidades que acabamos de describir llegó
un grupo de invitados a quienes el incrédulo lector se verá inclinado a
catalogar igualmente entre las criaturas de la imaginación. Los que más dignos
resultaban de mención eran un Patriota incorruptible; un Erudito sin
pedantería; un Sacerdote sin ambición mundana; una Mujer Hermosa sin orgullo ni
coquetería; una Pareja Casada cuya vida no se había visto nunca turbada por
incongruencias del sentimiento; un Reformista que no se veía trabado por sus teorías;
y un Poeta que no sentía envidia de los demás devotos de la lírica. En realidad
el anfitrión no era uno de esos cínicos que consideran que esos modelos de
excelencia, sin defecto fatal, son rarezas en el mundo; y les había invitado a
su fiesta selecta principalmente por deferencia humilde al juicio de la
sociedad, que les considera casi imposibles de encontrar.
—En mi juventud —observó el Habitante Más Antiguo— podían verse esos personajes
en las esquinas de cada calle.
Sea como sea, esas muestras de la perfección demostraron no ser como compañeros
ni la mitad de entretenidos que las personas con defectos ordinarios. Apareció
entonces un extraño al que nada más reconocerlo el anfitrión, con un exceso de
cortesía que no había empleado en ningún otro, se apresuró a cruzar todo el
salón para rendirle enfáticos honores. Y sin embargo era un hombre joven mal
vestido, sin ninguna insignia de rango ni eminencia reconocida, ni nada que le
distinguiera de la multitud salvo una frente alta y blanca bajo la cual
brillaban con luz cálida unos ojos profundos. Emitía una luz que nunca ilumina
la tierra salvo cuando un gran corazón arde con el fuego de un gran intelecto.
¿Y quién era él?
¿Quién sino el Genio Maestro que nuestro país busca ansiosamente entre la niebla
del Tiempo y está destinado a realizar la gran misión de crear una literatura;
americana tallándola, por así decirlo, del granito sin trabajar de nuestra
cantera intelectual? Bien moldeada en la forma de un poema épico o asumiendo un
disfraz, totalmente nuevo, tal como el mismo espíritu pueda determinar, de él
recibiremos, nuestra primera gran obra original que hará todo lo que falta por
hacer para, conseguir nuestra gloria entre las naciones. Poca importancia tiene
mencionar cómo fue descubierto por el Hombre de la Fantasía ese hijo de un
poderoso destino. Baste decir que habita, todavía sin honrar, entre los
hombres, sin ser reconocido por aquellos que desde la cuna le conocen; el noble
semblante que debería distinguirse por un halo difundido a su alrededor pasa
diariamente entre la multitud de gentes que se afanan e inquietan por las
insignificancias de un momento, y ninguno presta reverencia al trabajador de la
inmortalidad. Y tampoco le importa mucho a él, en su triunfo sobre los tiempos,
el que una o dos generaciones de su época cometan el error de no tenerle en
cuenta.
Para entonces Monsieur On-Dit se había enterado del nombre y el destino del
desconocido y lo susurraba entre los otros invitados.
—¡Bah! —exclamó uno—. Nunca existirá un genio americano.
—¡Uf! —gritó otro—. Ya tenemos buenos poetas, como cualquier nación del mundo.
Por mi parte, no deseo ver ninguno mejor.
Y el Habitante Más Antiguo, cuando propusieron presentarle al Genio Maestro,
suplicó que le excusaran, observando que un hombre que había sido honrado con
el conocimiento de Dwight, Freneau y Joel Barlow, podía permitirse un poco de
austeridad en el gusto. El salón se estaba llenando ahora rápidamente con la
llegada de otros personajes notables, entre los que destacaban Davy Jones, el
distinguido personaje náutico, y un hombre mayor rudo, descuidadamente vestido,
atolondrado, conocido por el apodo de El Viejo Harry. Sin embargo este último,
cuando le indicaron un vestidor, reapareció con los cabellos grises bien
peinados, las ropas cepilladas y una pechera limpia sobre el cuello, y tan
cambiado de aspecto como para merecer el apelativo más respetuoso de Venerable
Henry Joel Doe y Richard Roe aparecieron cogidos del brazo acompañados por un
Hombre de Paja, un endosador ficticio, y varias personas que no tenían
existencia salvo como votantes en las elecciones muy enfrentadas. El famoso
Seatsfield, que entró entonces, al principio se consideró que pertenecía a la
misma hermandad, hasta que fue evidente que era un hombre real de carne y hueso
y tenía su domicilio terrenal en Alemania. Entre los que llegaron al final,
como cabía razonablemente esperar, había un invitado del futuro lejano.
—¿Le conoce? ¿Le conoce? —susurraba Monsieur On-Dit, que por lo visto conocía a
todo el mundo—. Es el representante de la Posteridad, el hombre de una época
que ha de venir.
—¿Y cómo se ha presentado aquí? —preguntó una figura que evidentemente era el
prototipo de una foto de moda de una revista, y podía pensarse que representaba
las vanidades del momento pasajero—. Ha infringido nuestros derechos al llegar
antes de su tiempo.
—Pero os olvidáis de dónde estamos —respondió el Hombre de la Fantasía, que
había oído el comentario—. Es cierto que la tierra inferior será un terreno
prohibido para él durante muchos años todavía; pero un castillo imaginario es
una especie de tierra de nadie, donde la Posteridad puede moverse entre
nosotros en términos de igualdad.
En cuanto su identidad fue conocida una multitud de invitados se reunió
alrededor de la Posteridad, expresando todos el interés más generoso acerca de
su bienestar, y jactándose muchos de los sacrificios que tendrían que hacer, o
pensaban hacer, en su nombre. Algunos, de la manera más secreta posible,
deseaban conocer su juicio acerca de ciertos versos o grandes manuscritos de
prosa; otros le acosaban con la familiaridad de los viejos amigos, dando por
supuesto que él conocía muy bien sus nombres y personajes. Al final, viéndose
acosado de ese modo, el representante de la Posteridad perdió la paciencia.
—Caballeros y buenos amigos —gritó soltándose de un poeta neblinoso que se
esforzaba por sujetarle de los botones—. ¡Les ruego que atiendan sus propios
asuntos y me dejen a mí cuidar de los míos! Espero no deberles nada, a menos
que haya ciertas deudas nacionales, y otras molestias e impedimentos, físicos y
morales, que me resultarán lo bastante turbadores como para apartarlos de mi
camino. En cuanto a sus versos, les ruego que los lean a sus contemporáneos.
Sus nombres son para mí tan desconocidos como sus rostros; y aunque fuera de
otra manera —permítanme decírselo en secreto—, el recuerdo frío y glacial que
pueda tener una generación de otra sólo es una pobre recompensa para pagar por
ella toda una vida. Pero si verdaderamente desean que yo les conozca, el modo
más seguro, el único, consiste en vivir auténtica y sabiamente para su propia
época, pues si hallan ustedes una fuerza original podrán vivir para la
posteridad.
—Es absurdo —murmuró el Habitante Más Antiguo, que como hombre del pasado se
sentía celoso de que toda la atención que a él le quitaban se empleara en el
futuro—. Es un verdadero absurdo desperdiciar tantos pensamientos en lo que
sólo habrá de ser.
Para distraer las mentes de sus invitados, que con este pequeño incidente se
habían sentido considerablemente confusos, el Hombre de la Fantasía les condujo
a través de diversos salones del castillo, recibiendo sus cumplidos por el
gusto y la variada magnificencia que cada uno de ellos mostraba. Una de esas
salas se hallaba llena por la luz de la luna, que no entraba por la ventana,
sino que era la suma de toda la luz lunar esparcida por la tierra en una noche
de verano cuando no había ojos despiertos que disfrutaran de su belleza. Los
espíritus del aire la habían recogido allí donde la encontraron brillando sobre
el fondo amplio de un lago, o de color de plata en los meandros de un torrente,
o reluciendo entre las ramas de un bosque agitadas por el viento, y la habían
acumulado en ese espacioso salón. Iluminadas por la intensidad suave de la luz
de la luna a lo largo de las paredes había múltiples estatuas ideales, las
concepciones originales de las grandes obras del arte antiguo o moderno, que
los escultores sólo lograron poner en mármol imperfectamente; pues no debe
suponerse que la idea pura de una creación inmortal deja de existir: sólo es
necesario saber dónde están depositadas para poseerlas.
En los huecos de otra amplia estancia se había dispuesto una biblioteca
espléndida cuyos volúmenes eran inestimables porque no eran las realizaciones
reales, sino las obras que los autores sólo habían planeado sin encontrar nunca
el momento feliz de escribirlas. Para dar sólo algunos ejemplos conocidos,
estaban allí los relatos nunca escritos de los Cuentos
de Canterbury de Chaucer; los cantos jamás escritos
de La reina de las hadas; la conclusión del Christabel de
Coleridge; y toda la épica que había proyectado Dryden sobre el tema del Rey
Arturo.
Los estantes se hallaban atestados, pues no sería excesivo afirmar que todo
autor ha imaginado y dado forma en su pensamiento a más y mejores obras que las
que salieron realmente de su pluma. Y allí estaban, también, las concepciones
no realizadas de los poetas jóvenes que murieron por la fuerza misma de su
genio antes de que el mundo hubiera captado un murmullo inspirado de sus
labios.
Cuando las peculiaridades de la biblioteca y la galería de estatuas le fueron
explicadas al Habitante Más Antiguo, éste pareció infinitamente perplejo y
exclamó, con más energía de la habitual, que nunca que él recordara había oído
tal cosa, y que además no entendía en absoluto cómo resultaba posible.
—Aunque creo que mi cerebro no es tan claro como solía —dijo el buen anciano—.
Ustedes, jóvenes, supongo que pueden abrirse camino entre esos asuntos
extraños. Pero yo, abandono.
—También yo —murmuró el Viejo Harry—. Esto basta para asombrarme el... ¡Ejem!
Dando la menor respuesta posible a esas observaciones, el Hombre de la Fantasía
condujo al grupo a otro salón noble cuyas columnas estaban hechas de rayos
solares dorados sólidos extraídos del cielo a primera hora de la mañana. Por
ello, como retenían todo su lustre vivo, la habitación estaba llena de la
irradiación más alegre que quepa imaginar, aunque no era excesivamente
deslumbrante, por lo que podía soportarse con comodidad y placer. Las ventanas
estaban hermosamente adornadas con cortinas hechas de nubes de amanecer de
múltiples colores, todas empapadas de luz virginal, y colgando en festones
magníficos desde el techo hasta el suelo. Había además fragmentos de arcoiris
esparcidos por la habitación, por lo que los invitados, asombrados, veían
recíprocamente sus cabezas glorificadas por los siete colores primarios; o si
lo preferían, podían coger un arcoiris en el aire y convertirlo en su atavío y
adorno.
Pero la luz de la mañana y el arcoiris esparcido sólo eran un tipo y un símbolo
de las verdaderas maravillas de la estancia. Por una influencia afín a la
magia, aunque absolutamente natural, todos los medios y oportunidades de la
alegría que se olvidan en el mundo inferior habían sido cuidadosamente
recogidos y depositados en el salón del sol de la mañana. Se entiende pues que
había material suficiente para proporcionar no sólo una tarde gozosa, sino una
vida feliz, y para más personas que las que esa espaciosa estancia podía
contener. El grupo pareció renovar su juventud; durante todo el tiempo ese
modelo y nivel proverbial de la inocencia, el Niño Nonato, correteaba de aquí
para allá entre ellos, comunicando su alegría sin gastar a todos los que tenían
la buena fortuna de presenciar sus retozos.
—Mis honrados amigos —dijo el Hombre de la Fantasía después de que hubieran
disfrutado un rato—. Voy a requerir ahora su presencia en el salón de
banquetes, donde les aguarda una ligera colación.
—¡Ah, bien dicho! —exclamó una figura cadavérica que había sido invitada no por
otra razón que la de que tenía el hábito constante de cenar con el Duque
Humphrey—. Estaba empezando a preguntarme si un castillo imaginario estaría
provisto de cocina.
Resultó verdaderamente curioso ver lo instantáneamente que los invitados se
apartaron de los elevados placeres morales, que habían estado degustando con
tan evidente entusiasmo, ante la sugerencia de los placeres más sólidos y
líquidos de una mesa festiva. Se amontonaron tras el anfitrión, que les condujo
entonces a un elevado y amplio salón, en el que de un extremo a otro se hallaba
dispuesta una mesa que relucía por los innumerables platos y copas de oro.
Resulta inseguro si aquellos ricos artículos se habían hecho para la ocasión
con haces solares fundidos o recubriéndolos con los restos del naufragio de
galeones españoles que yacían durante siglos en el fondo del mar. Al extremo
más elevado de la mesa le daba sombra un dosel, bajo el cual había una silla de
elaborada magnificencia que el anfitrión declinó ocupar, pidiendo a sus
invitados que lo asignaran al más digno de entre ellos. Como adecuado homenaje
a su incalculable antigüedad y eminente distinción, en principio se ofreció el
puesto de honor al Habitante Más Antiguo. Sin embargo éste lo rechazó
requiriendo el favor de un cuenco de gachas en una mesa auxiliar en la que
pudiera recuperarse con una tranquila siesta. Vacilaron un poco con respecto al
siguiente candidato, hasta que Posteridad tomó de la mano al Genio Maestro de
nuestro país y le condujo hasta la silla presidencial bajo el dosel principesco.
Una vez que le contemplaron en el lugar que le era apropiado, el grupo
reconoció la justicia de la elección con una larga y estruendosa salva de
vehementes aplausos.
Se sirvió entonces un banquete que combinaba, si no todas las delicadezas de la
estación, al menos sí todas las rarezas que unos cuidadosos proveedores habían
encontrado en forma de carne, pescado y verduras procedentes de los mercados de
la tierra de Ninguna Parte. La factura desgraciadamente se había perdido, por
lo que sólo podemos mencionar un fénix asado en sus propias llamas, aves del
paraíso conservadas en frío, helados de la Vía Láctea y compendios, batidos y
extractos de jalea de avena del Paraíso de los Locos, donde se consumían en
gran cantidad. En cuanto a las bebidas, los temperados se contentaron con agua,
como de costumbre, pero era agua de la Fuente de la Juventud; las damas
sorbieron; a los heridos por el amor, los agobiados por las preocupaciones y
los acosados por las penas les ofrecieron copas desbordantes y sagazmente se conjeturó
que una cierta jarra dorada que sólo los invitados más distinguidos fueron
invitados a compartir contenía néctar que llevaba madurando desde los días de
la mitología clásica. Se quitó el mantel y el grupo, como de costumbre, cobró
elocuencia con el licor y se entregó a una sucesión de brillantes discursos,
recayendo la tarea de informar de ellos sobre la adecuada habilidad del
Consejero Gill, cuya indispensable cooperación el Hombre de la Fantasía había
tenido la precaución de asegurarse.
Cuando el banquete se hallaba en su punto más etéreo, el Secretario del Clima
fue visto levantarse de la mesa y meter la cabeza entre las cortinas moradas y
doradas de una de las ventanas.
—Mis queridos comensales —comentó en voz alta tras observar cuidadosamente los
signos de la noche—, aconsejo a los que vivan lejos que se marchen lo antes
posible; pues ciertamente se avecina una tormenta eléctrica.
—¡Que Dios se apiade de mí! —gritó Madre Carey, que había dejado su nidada de
pollos para acudir allí vestida con gasas y medias de seda rosa—. ¿Cómo podré
regresar a casa?
Entonces todo fue confusión y marcharse presurosamente, con escasas y
superfluas despedidas. Sin embargo el Habitante Más Antiguo, fiel a la norma de
los días lejanos en los que había estudiado su cortesía, se detuvo en el umbral
del salón iluminado por meteoritos para expresar su enorme satisfacción por el
entretenimiento.
—Nunca, que yo recuerde, había tenido la buena fortuna de pasar una tarde más
agradable ni en compañía más selecta —comentó el gracioso anciano.
En ese momento el viento se llevó su aliento, se llevó también en un remolino
su sombrero de tres picos hacia el espacio infinito y ahogó cualquier cumplido
que tuviera el propósito de pronunciar. Muchos de los invitados tenían
previamente concertados fuegos fatuos para que les llevaran a casa; y el
anfitrión, en su general cuidado benefactor, había contratado al Hombre de la
Luna para que con una inmensa linterna en forma de cuerno guiara a las
desoladas solteronas que no podían valerse por sí mismas. Pero una ráfaga de la
naciente tempestad apagó todas sus luces en un instante. Si en la oscuridad que
siguió los invitados lograron regresar a la tierra, o si la mayor parte de
ellos no lo consiguió y siguen deambulando entre nubes, nieblas y ráfagas de
viento tempestuoso, magullados por las vigas del derribado castillo imaginario,
y engañados por todo tipo de irrealidades, son cuestiones que les conciernen
mucho más a ellos que al autor o al público. La gente debería pensar en esas cosas
antes de lanzarse a una agradable fiesta en el reino de Ninguna Parte.
___________________
Nathaniel
Hawthorne (1804-1864)

No hay comentarios:
Publicar un comentario