© Libro N° 13040. La Tigra. De la Cuadra, José. Emancipación.
Octubre 5 de 2024
Título original: ©
La Tigra. José de la Cuadra
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Original: © La Tigra.
José de la Cuadra
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LA TIGRA
José de la Cuadra
La Tigra
José de
la Cuadra
La Tigra
José de la Cuadra
Cuento
Índice
La Tigra
Un
telegrama:
Intermezzo
musicale solo de clarinete
Y otro
telegrama
Los
agentes viajeros y los policías rurales, no me dejarán mentir —diré como en el
aserto montuvio— Ellos recordarán que en sus correrías por el litoral del
Ecuador —¿en Manabí?, ¿en el Guayas?, ¿en Los Ríos?— se alojaron alguna vez en
cierta casa-de-tejas habitada por mujeres bravías y lascivas… Bien; ésta es la
novelita fugaz de esas mujeres. Están ellas aquí tan vivas como un pez en una
redoma; sólo el agua es mía; agua tras la cual se las mira… Pero, acerca de su
real existencia, los agentes viajeros y los policías rurales no me dejarán
mentir.
"Señor Intendente General de Policía del Guayas: Clemente Suárez
Caseros, ecuatoriano, oriundo de esta ciudad, donde tengo mi domicilio, agente
viajero y propagandista de la firma comercial Suárez Caseros & Cía., a
usted con la debida atención expongo: En la casa de hacienda de la familia
Miranda, ubicada en el cantón Balzar, de esta jurisdicción provincial,
permanece secuestrada en poder de sus hermanas, la señorita Sara María Miranda,
mayor de edad, con quien mantengo un compromiso formal de matrimonio que no se
lleva a cabo por la razón expresada. Es de suponer, señor Intendente, que la
verdadera causa del secuestro sea el interés económico; pues la señorita
nombrada es condómina, con sus hermanas, de la hacienda a que aludo, así como
del ganado, etc., que existe en tal propiedad rústica. Últimamente he sido
noticiado de que se pretende hacer aparecer como demente a la secuestrada. En
estas circunstancias, acudo a su integridad para que ordene una rápida
intervención a los agentes de su mando en Balzar.
De usted,
respetuosamente.— (Fdo.): C. Suárez Caseros . — (Sigue la fe de entrega):
"Guayaquil, a 24 de enero de 1935; las tres de la tarde; Telegrafíese al
comisario nacional de Balzar para que, a la brevedad posible, se constituya,
con el piquete de la policía rural destacado en esa población, en la hacienda
indicada, e investigue lo que hubiere de verdad en el hecho que se denuncia;
tomando cuantas medidas juzgue necesarias en ejercicio de su autoridad.
Transcríbansele
las partes esenciales del pedimento que antecede. (Fdo.): Intendente
General".
—(Siguen
el proveído y la razón de haberse despachado el telegrama respectivo).
Son tres las Miranda. Tres hermanas: Francisca, Juliana y Sarita.
Su predio
minúsculo —ellas le dicen "la hacienda"— no es más grande que un
cementerio de aldea. Pero, eso no importa. Jamás las Miranda han tendido cerca
en los linderos, sencillamente porque no los reconocen. Se expanden con sus
animales y con sus desmontes como necesitan.
Talan las
arboladas que requieren. Entablan potreros ahí en la tierra más propicia para
la yerba de pasto.
El fundo
está abierto en plena jungla, sobre las manchas de maderas preciosas. Se llama,
en honor de sus dueñas, "Tres Hermanas", y desde él cualquier lugar
queda lejos. El poblado más próximo es Balzar; y, para venir a Balzar, hay que
andar, o mejor, arrastrarse por senderos de culebras, un día con su noche. El
invierno, exponiéndose a toda cosa —por ejemplo, a matarse entre las piedras
filudas, bajo la correntada—, se puede utilizar el camino del río, por el cual
descienden, ayudadas desde el ribazo por las mulas, las tupidas alfajías. Sólo
que esta vía del agua tarda un poco más en ser cumplida: hasta Balzar "se
gastan" cuatro días y cuatro noches.
Entre
cada Miranda y la siguiente, media aproximadamente un lustro de diferencia.
Así, Francisca —la niña Pancha— va por los treinta años; Juliana, por los
veinticinco; y Sarita es ya una ciudadana.
La
hermosura de las tres hermanas no es únicamente rústica y relativa al ambiente.
En justicia y dondequiera se las podría calificar de hembras soberanas.
Refieren los balzareños que las Mirandas tuvieron un antecesor extranjero,
probablemente napolitano. Sin duda a este abuelo europeo le deberán las tres la
tez mate y las cabelleras de ébano lustroso, amplias como una capa; Francisca y
Juliana, los ojos beige; y, Sarita, los suyos maravillosos, color uva de
Italia.
A la niña
Pancha le dicen "La Tigra". No la conocen de otro modo. Ella lo sabe.
Algún peón borracho mascullaría a su paso el remoquete, creyendo no ser oído.
Ella habría sonreído.
—¡La
Tigra!
No le
molesta el apodo. Por lo contrario, se enorgullece de él.
—Sí; la
Tigra…
A la niña
Pancha le envuelve en sus telas doradas la leyenda. Pero, su prestigio no
requiere de la fábula para su solidez. La verdad basta.
La niña
Pancha es una mujer extraordinaria.
Tira al
fierro mejor que el más hábil jugador de los contornos: en sus manos, el
machete cobra una vida ágil y sinuosa de serpiente voladora.
Dispara
como un cazador: donde pone el ojo, pone la bala, conforme al decir campesino.
Monta caballos alzados y amansa potros recientes. Suele luchar, por ensayar
fuerzas, con los toros donceles (ella nombra así a los toretes que aún no han
cubierto vacas).
Muy de
tarde en tarde, la niña Pancha trasega aguardiente. Gusta de hacer esto alguna
noche de sábado, cuando el peonaje, después de la paga, se mete a beber en la
tienda que las mismas Miranda sostienen en la planta baja de la casa-de-tejas.
En tales
ocasiones, la niña Pancha se convierte propiamente en una fiera; y a los
peones, por muy ebrios que estén, en viéndola así se les despeja la cabeza.
—¡La
Tigra está ajumándose!
—¿De
veras? Yo me voy.
—Es pior.
Hay que estar quedito hasta ver a quién agarra.
—Ahá. Si
advierte que te vas, te seguirá a bala limpia.
Es así.
Cuando la niña Pancha descubre que, mientras ella bebe, alguno deja
furtivamente la cantina, lo caza a balazos en la oscuridad.
—Ah, hijo
de perra! ¡Corre! ¡Corre! Esto te ayudará a correr.
Apoyada
en el hombro la dos-cañones —"la gemela"—, dispara a las piernas del
huidizo.
También
le place "hacer bailar".
—¡Baila,
Everaldo! ¡Baila, Everaldo!
Utiliza
entonces el Smith Wesson. Apunta a los pies del indicado.
—¡Baila,
Everaldo!
Y el
hombre tiene que bailar hasta que a la "patronita linda" le viene en
gana, para caer luego rendido, acezante, como un perro con aviva, a revolcarse
en el suelo de la cantina.
—¡Flojo
bía sido Everaldo! Veremos con vos, Cara'e caballo, qué tal eres pa'l baile!
¡La Tigra! Cuando ya está completamente borracha, necesita un domador.
Vaga su
mirada por el concurso de peones.
Al fin,
se fija en alguno.
—¡Ven,
Tobías!
No cabe
resistir a la voz imperiosa. Es la patrona y la hembra que llaman en la voz de
la niña Pancha: la patrona implacable y la hembra implacable.
—Ven,
Tobías…
Es una
dulce orden; pero, es una orden.
Lo sube a
la casa tras de ella, y lo hace entrar en su propia alcoba.
Con
frecuencia, el escogido tiene que abandonar, horas después, antes del amanecer,
por la ventana, la alcoba a que ingresara por la puerta.
¡La
Tigra!
Cuando a
la Tigra se le esfuman las nubes del alcohol, le fastidian los hombres.
—¡Largo,
perro!
Casi
siempre, al domador ocasional lo despide, con todos los honores, un tiro de
revólver que le cruza juguetón, una cuarta arriba de la cabeza.
Momentos
antes, esa misma cabeza ha sido devorada a besos profundos. Ahora, nada vale.
Es como la almendra de una fruta exprimida. Fue gustada. Se la arroja.
—¡Largo,
perro!
Le
desagrada a la niña Pancha que el domador ocasional recuerde. Satisfácele el
amante desmemoriado.
Un día,
Venancio Prieto, que a su turno resultó favorecido, le dijo algo a la niña
Pancha.
Algo
sobre aquello.
¡La
Tigra!
La Tigra
estaba frente a él, con el machete en la diestra. De un revés admirable, que no
tocó la nariz, que ni siquiera golpeó los dientes, se le llevó los belfos
gruesos, abultados, de negroide.
—Tenías
mucha bemba, Venancio, y hablabas feo. Ahora te la he recortao pa que puedas
hablar bonito.
Desde los
dieciocho años, la niña Pancha fue el ama. El jefe inexpugnable de su casa y de
sus gentes. El señor feudal de la peonada.
Amaneció
señora.
Una
noche…
Llovía a
cántaros esa noche. Parecía que la selva se venía abajo, que no podría
resisitir el peso de las aguas volcadas desde el cielo. Afuera, todo estaba
oscuro, densamente oscuro, entre relámpago y relámpago. La vacada mugía
aterrorizada en el potrero punzado de rayos que quebrantaban los troncos
añosos.
Desde su
ventana, la niña Pancha adivinaba a las vacas apretujándose en redor del toro
padre; creía verlo a éste, afirmándose con los cuatro traseros en el lodazal,
recogiendo las manos como si se arrodillara a implorar clemencia del cielo
tremendo.
¡Mariquita
er "Segundo", vea! ¡Mujerona!
Tiene
miedo.
Ella —la
niña Pancha— no tenía miedo. ¿Y por qué habría de tenerlo? ¿Qué le iba a hacer
el agua? ¿Qué le iban a hacer los rayos? ¿se la iban a comer, acaso? ¡Ja, ja,
ja! ¿Se la iban a comer? No; a ella no le pasaba nada. Nunca le había pasado
nada. Jamás le pasaría nada. Ella era la hija mayor de papá Baudilio, el más
hombre entre los hombres, y de mama Jacinta, la mujer más mujer… Y ella misma
era, ¡la niña Pancha!
Todavía
no la Tigra. Desde esa noche iba a empezar a serlo, precisamente.
Baudilio
Miranda se mecía en su hamaca de la sala. Cerca de la lámpara, junto a la mesa,
mama Jacinta cosía. La niña Pancha estaba asomada en la galería, sobre el
temporal. Sus hermanitas dormían ahí atrás, en la alcoba. Nadie más había en la
casa-de-tejas esa noche.
De
repente, ño Baudilio se levantó de la hamaca. Había percibido un ruido de pasos
en la escalera, y se dirigió a la puerta. Pensó que sería gente conocida pues
los perros guardianes no ladraron. No alcanzó a pisar el umbral. Cayó de
redondo, con el pecho atravesado de un balazo.
Sonó en
seguida otro disparo, y ña Jacinta se abatió sobre sus trapos de costura. Todo
fue cuestión de segundos.
En la
sala penetraron cinco hombres armados.
Uno de
ellos inquirió:
—¿Y las
chicas?
—Han de
estar acostadas —repuso otro.
—¿No se
habrán recordao?
—No… ¡qué
va! El sueño del muchacho es como el sueño del chancho.
—Ahá…
Oye… ¿y la Pancha? ¡Buen cuerazo! ¡No hay que olvidarse!
—Eso pa
dispué… Ahora vamo a ver qué hay de plata. Este desgraciao —y el que hablaba
sacudió un puntapié al cadáver de Baudilio Miranda—; este lagarto preñao era
rico, dicen…
La niña
Pancha estaba en la penumbra de la galería, encogida como un pequeño animalito
asustado. Pero, no estaba asustada. No se había alterado lo más mínimo. Antes
se le habían templado los nervios. Debía hacer algo… Algo… ¡Ya!…
Se
resolvió. Amparada en las tinieblas, se deslizó por las piezas interiores
—¡ella se sabía su casa de memoria! — hasta la alcoba de las hermanitas.
Las
encontró dormidas y las alzó en vilo.
Cargada
con ellas se encaminó a la escalera del mirador, y trancó la puerta por dentro.
Respiró.
iAhora sí!
La niña
Pancha subió muy despacio hasta el torreoncito que dominaba la casa. Por
ventura, las chiquillas no despertaron, y las depositó en el suelo, una junto a
otra.
Conocía
la niña Pancha las costumbres de su padre, hombre precavido, habituado a la
vida de la selva. Estaba segura, por eso, de que en el mirador guardaba un
rifle de ejército, de cañón recortado listo siempre, y una reserva de
cartuchos.
Tanteó
las paredes y dio con el arma.
—Por fin,
¡Dios mío!
Estaba
serena la niña Pancha. Solo una idea la obsedía: vengar a los viejos. Pero, no
se atolondraba.
No; eso
no. Había que aprovechar las ventajas de que en este momento gozaba. No la
habían oído. ¡Ah, esta lluvia bendita! ¡Esta santa tempestad!
Se asomó
al ventanal con el fusil amartillado.
Desde ahí
veía toda la casa. La arquitectura montuvia ha dispuesto los miradores en forma
que sean como torres de homenaje para la defensa.
¿Dónde
estaban los asaltantes? ¡Ahí! ¡Qué bien los distinguía! Se alumbraban con velas
de sebo y rebuscaban en los dormitorios. Aún no se habían dado cuenta de nada.
La niña
Pancha se acodó en el alféizar y enfiló la dirección. Primero, a ése. Ése había
matado a sus padres. Estuvo afianzando la puntería durante un largo minuto y
disparó.
Tumbó al
hombre de contado. Los otros se alarmaron. ¿Qué ocurría? ¿De dónde aquel
disparo?
Sacaron a
relucir sus armas contra el enemigo invisible.
La niña
Pancha no les dio tiempo para más.
Un
instante significaba la vida. Estaba decidida a exterminarlos. Disparó a los
bultos, sin tregua ni descanso. Parecía haberse vuelto loca. Un balazo tras
otro.
Los
criminales se desconcertaron y sólo pensaron en huir; pero, en su terror
ansioso, portaban en la mano las velas encendidas, ofreciendo blanco a
maravilla.
Aun
cuando la niña Pancha vio caer a los cinco hombres, no paró el fuego. La poseía
una alta fiebre de muerte. Quería matar. ¡Matar! ¡Destruir!
Golpeaba
a las hermanas, que, despiertas ahora y temblorosas, se le abrazaban a las
piernas.
—¡Quiten!
¡Dejen! ¡Vaina!
Disparaba.
Disparaba. Disparaba al azar sobre las habitaciones. Oía los impactos en el
piso de tablas gruesas. Oía el zumbido de los proyectiles que partían las cañas
de las paredes. Oía el chililín de las lozas quebradas. Oía el campaneo de las
ollas de fierro de la cocina, tocadas por las balas. Y, en medio de esta
algarabía que la excitaba más todavía, seguía disparando.
A la
postre, se calmó.
Escuchó.
¿Qué habría abajo? ¿Estarían todos muertos? No; alguien se quejaba.
—¡Perdón!
¡Perdón! ¡Perdón, por Dios!
¿Quién
sería?
La voz
herida suplicaba:
—¡Agua!
Agua, niña Pancha…
La había
visto. La había reconocido. A la luz de algún relámpago. De algún fogonazo.
Pero, ¿quién sería? Y, sobre todo, ¿dónde estaría?
La niña
Pancha se guio por la voz. Y comenzó una horrible cacería. Disparaba sobre el
sonido. Una vez. Otra vez. Hasta que se extinguió la voz herida y el gran
silencio reinó en la casa.
Entonces,
la niña Pancha sonrió.
Sonrió…
Pero, ¿qué era eso, ahora? Se estremeció la muchacha. Prestó atención. Semejaba
un vagido de niño. ¡Ah! ¡Su perrito! ¡"Fiel amigo"!
¿Lo
habría alcanzado alguna bala? ¿Estaría, no más, asustado?
La niña
Pancha se dispuso a socorrer al bicho.
¡No! ¡No!
¿Y si alguno de los asaltantes estaba vivo aún, escondido, esperándola?
Se
sintió, de pronto, una débil mujer, y soltó a llorar casi a gritos. Luego,
sacudió la campana que convoca a los peones. Desde ahí distinguía las masas
negras de sus casas, destacándose más negras que la noche, en sombra profunda.
¡Cobardes! ¡No venían! ¡No se atrevían a venir! ¡Supondrían a los patrones
difuntos, incapacitados ya de hacerse obedecer, detenidos en su gesto de mando
por la muerte intempestiva! ¡Cobardes!
El resto
del tiempo, hasta el alba, la niña Pancha se lo pasó en el torreoncillo,
abrazada de sus hermanas temblando, sintiendo miedo de todo, deslumbrada por
los relámpagos.
Cuando
salió el sol, bajó a las habitaciones.
Había
siete cadáveres humanos y el de un perro.
La niña
Pancha besó el rostro de ño Baudilio, besó el rostro de ña Jacinta, y mojó con
lágrimas ardorosas, teniéndolo en los brazos, como a su bebé muerto la madre
desolada, el cuerpecito frío de "Fiel amigo".
Ese día
niña Pancha asumió su jefatura omnipotente, cuyo más sólido apoyo lo constituía
el temor que inspiraba.
Cualquier
comarcano antiguo diría esto de ella, al comentar, con el cigarro de tras la
merienda en la boca desdentada, la hazaña irrepetible:
cinco
hombres muertos.
—Una
tigra…
Desde
entonces la niña Pancha dejó de ser, para el vecindario, la niña Pancha, y se
convirtió en la Tigra.
—¡La
Tigra!
Hacia
media mañana los peones atendieron a la convocación de la campana angustiada de
llamados.
Uno tras
otro, primero los más valientes y arrojados después los más tímidos y medrosos,
fueron aproximándose a la casa-de-tejas.
—¿Qué ha
pasado anoche, patroncita? Me dijeron. Yo no estaba. Me fui temprano onde mi
comadre Petita que tiene un hijo enfermo… Mi compadre Petita, ¿ricuerda?, la de
Piedra Gúeca…
—Ahá.
Otro más
se sinceraba:
—Yo, como
usté estará cierta, tengo un sueño que parezco un palo, mala la comparación…
Ni oí,
siquiera…
—Ahá.
La niña
Pancha se había recobrado por completo.
Sus ojos
estaban hinchados y enrojecidos de llorar; pero, su voz era firme, y su ademán,
seguro.
Lo había
previsto todo. A las hermanas las había puesto a la máquina, a coser la zaraza
negra de los trajes de luto. En cuanto a sus dos muertos queridos, los había
vestido ya con lo mejor que encontró, acomodándolos en el gran lecho conyugal,
en la postura yacente definitiva, con las manos cruzadas en actitud suplicante
sobre el pecho. De los demás cadáveres no se había preocupado.
Permanecían
donde fueron cayendo, en sus desesperados gestos de lucha contra la oscuridad y
contra la muerte, revolcados en su sangre.
La niña
Pancha se dirigió a los peones:
—A ver:
cuatro de ustedes caven una fosa pa los patrones. ¡Vayan!
—¿Y ónde,
niña Pancha?
—Allá, en
el cerrito, en la mancha de guaránganos.
Me
avisan.
Un
anciano se atrevió a preguntar, refiriéndose a los cuerpos muertos de los
atacantes:
—¿Y a
ésos? ¿Ónde les enterramos?
La niña
Pancha se lo quedó mirando fijamente.
Bailaba
en sus ojos la burla. ¿Enterrarlos?
¿Es que
eres mismo, o te haces, Gabriel? ¿O es que los años…? Conque, enterrarlos, ¿no?
¡A éstos! ¡Bah! Los haré tirar a medio potrero, pa que se los coman los
gallinazos, de día, y los agoreros, de noche. Eso haré.
Rio a
carcajadas.
—¡Enterrarlos!
¡Tas jumo, Gabriel! ¡Tas jumo!
Lo hizo
como lo dijo. Al atardecer llevó a sepultar los cadáveres de ño Baudilio y ña
Jacinta. Los metió en una misma fosa, bajo los nervudos guaránganos, y colocó
una rústica cruz para marcar el sitio.
Antes,
había mandado a arrojar a la sabana los cinco cadáveres restantes. No
amanecieron. En la noche, los parientes se los robarían, sin duda.
La niña
Pancha se puso pensativa.
—¿Se los
habrán cargao ellos? —musitó.
Luego, la
dominó una idea:
—No; se
los ha llevado el diablo.
En breve,
esta versión fabulosa, cara a la fantasía montuvia, se generalizó:
—El
patica se los jaló al infierno, pues.
La niña
Pancha había olvidado a su perro. Al otro día tropezó con el cadáver en la
azotea. Lo miró un instante. Hedía horrorosamente. La niña Pancha lo empujó al
vacío con un palo de escoba. Al caer, "Fiel amigo" reventó como una
camareta.
Como al
mes de aquellos sucesos se presentó en la hacienda el comisario de policía de
Balzar.
Lo
acompañaban el secretario y dos números de la gendarmería rural.
—Venimos,
pues, a levantar el sumario.
—Ahá.
—¿Qué le
parece, guapa?
—Por mí,
levante lo que le dé la gana, no más.
Era la
niña Pancha quien respondía.
El
comisario formuló una serie de preguntas, que después repetía do otro modo.
Así que
usté mató a los cinco, ¿no?
—Claro,
pues; ya le hey dicho.
—¡Ah!…
—¿Y eran
cinco, mismo?
—Sí,
hombre; ya me'stá usté cansando.
La
delegación merendó en la casa-de-tejas.
La niña
Pancha hizo los honores de la mesa.
El
comisario era un tipo joven. Delatábase dado a las faldas. Galanteaba a la niña
Pancha. La niña Pancha lo escuchaba, sonriente. El comisario hablaba acerca de
su importante persona y de su ciudad natal.
—Yo soy
de Guayaquil, ¿sabe?
—Ahá.
—Silvano
Moreira, el capitán Silvano Moreira, de Guayaquil. Me llaman capitán, por el
cargo; pero, soy, no más teniente. Teniente de infantería de línea.
—¡Ahá!
—¿Usté ha
estado en Guayaquil, señorita?
—No; en
Balzar, no más.
—Guayaquil
es muy lindo. Precioso. ¡Qué calles!
—En
Balzar también hay calles.
—Pero, no
como las de Guayaquil. Son enormes.
—Ahá.
La charla
insulsa del comisario se desenvolvía de esa manera, pero sus ojos, más activos,
devoraban a la muchacha. Notábase en ellos una exacerbada lujuria. El
Secretario y los gendarmes le llevaban la cuerda a su superior jerárquico.
Alzada la
mesa, el comisario tomó del brazo a la niña Pancha y la condujo a la galería.
Nosotros
dormiremos aquí —dijo—. Nos acomodaremos en cualquier parte. Somos soldados y
estamos acostumbrados a todo. Como en campaña.
La niña
Pancha guardó silencio. El capitán Moreira entendió el silencio por una tácita
aceptación.
—Y
pasaremos los dos una noche jay… — murmuró a la oreja de la muchacha.
Intentó
ahora acariciarle los senos.
—¡Dame un
beso!… ¿Quieres?
La niña
Pancha se volvió bruscamente y cruzó la cara del comisario con la mano abierta.
—¡Busque
la manga, hombre! Usté y su gente dormirán en la casa del negro Victorino. Ya
sabe.
Dio un
salto atrás, en guardia.
El
capitán Moreira pretendió imponerse:
—Es que
yo soy la autoridá, y hago lo que me parece..
—Vea,
señor… ¡Déjese de cosas! Aquí…, aquí mando yo…
La niña
Pancha cobró un aspecto resuelto.
Rebrillaron
sus ojos de rabia. Y el bravo capitán Moreira recordó con toda oportunidad a
los cinco asaltantes muertos a bala, y optó por retirarse.
—Como sea
su gusto. Yo soy muy galante con las damas.
—Bueno;
lárguese…
A la
madrugada, la delegación policial dejó la hacienda.
El
comisario dijo al negro Victorino, al despedirse:
—¿Sabe?
Para mí, este caso es legítima defensa.
Ño
Victorino no comprendió nada; pero, creyó menester asentir.
—Así es
jefe.
El
capitán agregó, mientras tomaba el camino de regreso:
—¿Y para
qué instruir el sumario? Total, para nada. El muerto es muerto.
Añadió
aún:
—¡Buen
rancho la patrona, ¿no?, la niña Pancha!
Ahora sí
comprendió ño Victorino; y, poniendo los ojos en blanco y relamiéndose los
labios, dijo picarescamente:
—¡Y es
coco, jefe! ¡Virgen doncella!
Más o
menos al año apareció por la hacienda el tuerto Sotero Naranjo.
El tuerto
era un hombrachón fornido, bajo de estatura, de regular edad y metido en sus
grasas.
Tenía un
aire vacuno, pacífico, que justificaba su apodo de Ternerote.
Les
explicó a las Miranda:
—Yo soy
tío de ustedes, mismamente. La mama de ustedes, la finadita Jacinta Moreno, era
sobrina del difunto mi padre.
—Ahá.
Las
Miranda no discutieron el parentesco.
Les
convenía aceptarlo. Ellas necesitaban un hombre de confianza. Podía ser éste.
Justamente ahora que habían abierto la tienda, les era indispensable.
—Ta bien,
Ternerote. ¿Te querés hacer cargo de la tienda?
El tuerto
Sotero Naranjo se encantó. ¡De perlas! Era para eso que él servía. En Colimes
había tenido una tienda de su propiedad. Pero, lo arruinaron los chinos. Los
chinos, claro; ¿quiénes otros? Como ellos no gastan en nada: no comen, no
beben, no usan mujer… Así, Venden más barato.
¡Vaya!
los nacionales, en cambio, son otra cosa, de otra madera, pues comen, beben, y
lo demás…
¡Muy
justo! Él, Sotero Naranjo, era, antes que nada, un nacional. Bueno, pues; como
iba diciendo, hubo de ceder el negocio. ¡Cuánto sufrió en esa ocasión! Fue,
para él, tanta tristeza, mala la comparación, como si vendiera a su propia
mujer.
Y es que
así quería a su negocio. Así quería a sus mostradores, a sus perchas, a sus
anaqueles.
Como a
una mujer o como a un caballo. Así. Con decir que quería hasta los artículos de
expendio.
En fin…
¡Qué se le iba a hacer!… Pero, él era lo que se dice un entendido en materia de
abarrotes.
—Es pa lo
que me preciso.
Por
descontado, él, además, valía para muchos otros menesteres. Tumbar cacao,
arguenear, pisonar; todo eso sabía. Rajar leña, ¡ah!. Distinguía y separaba los
palos como cualquier montañero el algarrobo del aromo; el ébano del compoño; el
matasarna del porotillo. El algarrobo, lo mejor, por supuesto. ¿Y dónde dejar
el guarángano?
Arde
solo, también. Él tenía visto, al venir, aquí en la hacienda, una mancha enorme
de guaránganos que incitaba a meterle hacha. ¡Ah!, ¿y lo otro? Hacer quesos,
batir mantequilla, ordeñar, chiquerear, herrar, señalar, castrar, los mil y un
oficios menores de la ganadería: todos los dominaba.
Pero,
"más menos".
—Más
menos, claro, que lo de enflautarle a uno, por verbigracia, ruán pasado en vez
de olán pa calzonaria. Pa eso soy una águila.
—¡Ah!…
A poco de
su llegada, Sotero Naranjo estaba colocado como dependiente en el despacho de
abarrotes. Se alojaba en la trastienda, pero comía con las hermanas a la mesa
común. Hacía con las Mirandas trato de familia.
El tuerto
era de trato simpático y agradable.
Gustaba
de contar picantes chascarrillos y aventuras obscenas en las que se exorbitaba
su fantasía, atribuyéndolas a su propia persona.
Serían
escasas dos vidas para que en ellas le hubiera sucedido cuanto narraba.
Los
peones, a quienes permitía muchas confianzas y lo llamaban ya por su remoquete,
solían decirle:
—¿Pero,
por qué, ño Ternerote, no se aprovecha de las hembritas?
Sotero
Naranjo se defendía, escandalizado:
—¡Cómo!
¡Si yo soy de la misma carne que ellas! ¡Hay cosas sagradas, amigo! Por mí, ni
atocarlas…
—¡Bay, ño
Ternerote! Lo que se ha de comer er moro, que se lo coma er crestiano, como
dice er dicho.
El tuerto
meditaba profundamente.
—¿O es
que le tiene miedo a la Tigra?
—Yo no me
abajo ante naide.
—¿Entonces?…
Vea, don Naranjo; cierto que la niña Pancha es brava y macha pa todo; pero, en
eso… ¡quién sabe!… La mujer es frágil.
Concluía
Sotero por franquearse:
—Mire,
amigo, ¡pa qué vo a engañarlo!, yo le dentro a la entremedia, a Juliana; pero,
¿sabe?, hay que cuidarse de Pancha. Pancha es, pues, fregada.
Decía
verdad Sotero Naranjo. Mantenía estrechas relaciones amorosas con Juliana
Miranda; y si no habían pasado a mayores, según confesaba, no era por falta de
ganas. Entre el afán de poseer a la muchacha y la realización del deseo, se
interponía con su sangriento prestigio la figura temerosa de la Tigra.
—¡Capaz
me mata!
—¿Y por
qué no se acomoda con ella, pues?
—¿Con
quién?
—Con la
niña Pancha, pues.
—¡Bay,
usté está mamao, amigo!
—Puede
que se sea así, don Naranjo —concluía, transigiendo, el interlocutor—; pero,
siga mi consejo, no más. ¡Déntrele a la Tigra! Esa fruta está madura;
pudriéndose, mismo.
De
frecuentes diálogos de la laya, Sotero Naranjo salía envalentonado.
Paulatinamente iba cobrando ánimos. Hasta que se decidió a echarlo todo por la
borda.
Cierta
tarde de domingo cerró temprano la tienda, y se encaminó al picado donde estaba
la cancha de gallos, en un redondo placer detrás de la casa. Apostó sin
entusiasmo, al principio; mas, luego fue excitándose con las incidencias de la
lidia y los tragos de chicha fuerte con punta de mallorca. Hasta que se
resolvió. Iría a buscar a Juliana.
Le
propondría. Descontaba de antemano la aquiescencia de la chica.
—Si sale
mal la cosa, me largo, pues, ¡qué vaina! Pa eso es grande el monte.
Encontró
a Juliana, en la orilla del río, sola, buscando pedruscos. Acababa de bañarse y
llevaba el pelo suelto a la espalda. La ropa se le pegaba al cuerpo limpio, mal
enjugado, delatando las formas oscuras.
—Vamo a
andar, ¿quieres?
Juliana
aceptó. Se metieron por los brusqueros apretados, entre el abrazo de los
hierbajos rastreros y de las lianas colgantes.
—¡Cuidao
las culebras, Sotero!
—No; a mí
me juyen . Tengo colgao de una piola en el pescuezo, el cormillo de una equis
rabo'e hueso. Es la contra negra.
—¡Ah!…
Dieron
con un pequeño despampado y se sentaron en unos troncos caídos.
Se habían
alejado bastante. El tuerto Naranjo calculó que ni aun gritando los oirían de
la casa- de-tejas. Esto lo acabó de envalentonar.
—¿Quieres
ser mi mujer, Juliana?
Los
catorce años bobalicones de Juliana estaban estremecidos de amor por Ternerote.
—Ya te
hey dicho de que sí… —balbuceó.
La niña
Pancha los había seguido. A la distancia.
Sin que
se dieran cuenta. Guiándose sobre la huella de las hierbas pisoteadas.
Nada pudo
impedir. Cuando ya llegaba al despampado, oyó el agudo grito con que su hermana
se despedía de su virginidad florecida.
La niña
Pancha se sacudió como en un escalofrío.
El grito
ése, punzante, la agitó toda. Sentía que le hincaba las entrañas. Que le
arañaba los nervios. Que le hacía hervir la sangre en las arterias intensas.
¡Qué
grito! Era un alarido más que un grito.
Estaba
cargado de dolor, grávido de lujuria. Y, al propio tiempo, parecía una
carcajada a la que un golpe de hipo intenso sofocara en suspiro.
La niña
Pancha pretendió ponerse en su sitio.
¡La
Tigra! Pero, no lo consiguió. Se le nublaron los ojos y sintió que la cabeza le
daba vueltas, como si fuera a desmayarse… Y nunca supo luego cómo hizo entonces
lo que hizo.
Irrumpió
en la escena terrible. Vio a su hermana tumbada sobre el suelo, como dormida,
con la respiración disneica. Y, frenética, se lanzó sobre Naranjo. Lo agarró
fuertemente de los hombros, y le dijo, con vehemencia entrecortada:
—Ahora…,
¡fórzame a mí, Ternerote!..
¡Fórzame
o te mato!…
Desde
aquella tarde, al tuerto Sotero Naranjo se le hizo insoportable la existencia,
hasta el extremo de que pensó seriamente en acabar con ella.
En
cambio, los hombres de la hacienda, viejos y mozos, sin excepción, lo
envidiaban.
—¡Hay
gente suertuda! ¡Véanlo al tuerto, que parecía pasao por agua tibia, como los
güevos!…
¡Bía sido
macho juerte!… Vive con las dos hermanas; y, de seguro, cuando madure la otra
fruta…, se la come, también.
Algún
anciano buscaba oportunidad de interpolar su historia:
—Todo
tuerto es así, bragao de las entrepiernas.
Mi
recuerdo que pa'l año de los Chapulos, vide a un mentao Segundino que era falto
de un ojo…
Otro
anciano lo interrumpía:
—¿Y mi
general Buen? ¿Ónde me lo deja? El catiro tenía los dos ojos, y veía usté como
era pa'l montamiento… Es que mismo habimos hombres así, ajustadores…
—¿Usté,
ño Serapio?
—Juí;
juí, en un tiempo antiguo, como dicen los samborondeños, hace-olla-e-barro…
Las
risotadas se sucedían; pero, volvían en seguida a los comentarios:
—¿Y cómo
se alcanzará Ternerote pa las dos?
—¿De
veras, no?
—¡Y qué
ranchazos, baray! ¡Pa quedarse templao como lagarto en playón!
—Ahá.
Lo
envidiaban al infeliz; deseaban sustituido; y él, precisamente, habría dado
algo porque lo reemplazaran.
—Una
mano, pongo por caso.
—Pero,
¿es que está tan hostigao, don Sote?
—Cualquiera
de los ancianos metería basa:
El mucho
dulce empalaga, pues…
Ternerote
sonreía tristemente:
—¡Hostigao!
¿Usté ha visto un zorro apaleao cómo queda? Pues, igual…
—¡Baray,
don Sote; qué esageración!
—Así es.
El
transcurrir del día era una gloria para el tuerto Naranjo. Desde la tarde
aquella, las dos hermanas se disvivían por agasajarlo. Le separaban los platos
más delicados, los bocados más suculentos.
—Tienes
que alimentarte, Sotero. Estás amarillo como plátano pintón.
No
consentían que trabajara. Alternaban ellas en el despacho de la tienda.
—Descansa,
Sotero.
Se pasaba
el tuerto acostado en la hamaca de la galería, comiendo y durmiendo. Fumaba
sendos cigarros dauleños. Punteaba la guitarra.
Sí; el
día era una gloria.
¡Pero, la
noche!
Las dos
hermanas se disputaban la preferencia de sus favores.
—Yo soy
la mayor —alegaba la niña Pancha.
—Pero,
jue mío más primero —redargüía la niña Juliana.
Sin
embargo, no reñían, y terminaban por entenderse. El pobre tuerto pasaba de una
alcoba a otra, como un mueble.
Tanto
amor lo iba matando. A pesar de los alimentos, a pesar del régimen de ocio,
enflaquecía cada día más. Los ojos se le hundían en las órbitas excavadas. Se
le brotaban los pómulos.
Cobraba
una facies comatosa. Al andar, vacilaba como un muñeco descuajeringado.
Concluyó por rebelarse. No fue la suya una rebelión violenta.
Carecía
de fuerzas para eso. Fue una rebelión sórdida y oscura que apenas llegó a
cuajarse en la fuga silenciosa.
Aprovechado
el sueño de hartura que dormía niña Pancha y niña Juliana, Sotero Naranjo, en
la sombra de la alta noche, emprendió la huída.
Todo lo
dejó. Apenas si portó consigo el hato de sus mudas.
Tomó la
ruta de los Andes lejanos y fue a caer, tras mil peripecias, en la aldea
leonesa de Angamarca.
Lo último
se supo meses después, cuando ya se lo creía muerto en la selva, víctima de las
fieras, comido de las aves…
Pero,
todo esto es historia antigua, marea pasada…
Los
policías rurales han sentido siempre especial predilección por hospedarse en la
casa- de-tejas del fundo "Tres Hermanas". Probablemente, ahora no les
ocurra lo mismo.
En sus
cruceros sobre Manabí, cuando montaban la raya de Santa Ana y se introducían
por las tierras ásperas y sedientas de los piñales, persiguiendo a los ladrones
de ganado en sus ocultaderos del río Tigre; los jefes de piquete procuraban
dejarse coger por las sombras en la hacienda de las Miranda.
—Un
güequito, no más. Vamos lo que se dice atrasaos…
—¿Nos
darían, niñas, un güequito pa pasar la noche?
Jugaban
con las palabras en un primitivo doble sentido. Las Miranda no entendían, o
fingían no entender. Por lo común, la niña Pancha respondía en nombre de todas:
—Como sea
su voluntá. Aquí no se niega posada al andante.
—Gracias,
pues.
Recibían
con placer a los hombres armados.
Gustaban
de ellos más que de los civiles. Les brindaban la merienda sabrosa y el café
bienoliente.
—¿Prefieren
con puntita?
Era el
comienzo. Les servían las grandes tazas, mediadas de negra esencia y de puro de
contrabando.
Después,
menudeaban las copitas.
—¡Hay que
alegrarse, pues! —decía la niña Pancha—. La noche está joven.
—Así es,
niñas.
—Vamos,
pues, a dar una vueltita.
—Vamos.
Ponían en
marcha el caduco fonógrafo de corneta, marca Edison, cuyos rayados cilindros
emitían sonidos destemplados, roncos, cascados, que imitaban perdidas armonías:
valses somnolientos, habaneras lánguidas o desaforadas machichas brasileras.
Por
rústico que fuera el oído de los gendarmes, aquellos sones les molestaban,
antes que agradarlos. No se atrevían, empero, a manifestarlo así, claramente.
Alguno
insinuaba:
—Son un
poco pasaos de moda, mismo, estos toques.
—Ahá.
—Mi mama
no era mi mama, y ya se rascaban estas músicas —osaba decir el más atrevido.
La niña
Pancha miraba con rabia no disimulada a los soldados. ¡Imbéciles! Ella adoraba
su máquina Edison. Pensaba que no había nada mejor que eso. ¡A qué, pues! Pero,
intuía que era un deber suyo complacer a los visitantes. "Er güespe ej er
güespe", le oyó repetir a su padre, el finado ño Baudilio; y había hecho
de eso artículo de fe.
—Bueno,
pues. Paren el fonógrafo.
De un
rincón de la sala sacaba entonces una guitarra española, de honda y sonora
barriga, adornada con un lazo de cinta ecuatoriana en el astil, cerca del
clavijero.
—Ya que
no les place el Endison, aquí viene la vigüela. Si arguien sabe…
De
principio, no confesaba que ella misma glosaba para acompañamiento, y que la
niña Juliana, sobre pulsar la guitarra, cantaba con la gracia de una colemba
dorada.
—También
hay bandolina… Y un clarinete…
Suspiraba
al pronunciar la última palabra.
Casi
nunca faltaba entre los huéspedes algún gritador experto que se apoderaba en
seguida del instrumento.
La niña
Pancha se apresuraba a expresar sus aficiones:
—Valses,
¿quiere? O amorfinos. O pasillos.
Pero
pasillos de acá; no de la sierra.
—Ahá.
La niña
Pancha detestaba a la sierra y a sus cosas. Jamás había tenido un amante que
fuera de esa región. Afirmaba que todos los serranos son piojosos y que,
además, les apestan los pies. De la música se conformaba con decir que era
triste.
—Pa
llorar no más sirve…
Rompían
el silencio de la selva anochecida, las notas simples de los pasillos:
Cuando tú te haigas ido…
O si no:
Yo te quise, Isabel, con toda mi pasión…
La corriente era que la guitarra tomara su propio camino, y que la voz del
cantador se trepara a donde podía, como mono en árbol. De cualquier manera, el
baile se hacía, alentado por las repetidas libaciones de mallorca.
—Er
trago, pues, anima.
—Ahá.
En breve,
Juliana y la Tigra se dejaban convencer a tanto ruego, y tocaban y cantaban.
Pero, lo más que hacían era bailar. Bailaban… zangolotéabase la casa enorme.
Trinaban sus cuerdas y sus vigas. Quejábanse sus tablones de laurel. Sus calces
profundos de palo incorruptible, esforzábanse por mantener la firmeza del
conjunto.
—Este
armazón se mueve, ¿no?
—De vera.
—Será que
baila, también, como nosotros.
—Así ha
de ser, pues.
Las tres
hermanas hacían las atenciones en la sala. Las tres se entregaban al movimiento
melodioso y pausado del valse, o el agitado sacudir del pasillo, o a las
ráfagas lúbricas de la jota, en los brazos de los gendarmes. Las tres bebían el
destilado quemante que cocinaba las gargantas. Pero, Juliana y la Tigra
escamoteaban servidas a Sara, cuidando que no tomara demasiado. Vigilaban sus
menores actos. Controlaban sus gestos más nimios.
—Vos eres
medio enfermiza, Sara. ¡No vaya hacerte daño!
Cuando
advertían que, a pesar de todo, Sara se había embriagado o estaba en trance de
embriagarse, acudían a ella. A empellones la conducían a su cuarto, la
desnudaban y la metían en la cama, echando luego candado a la puerta y
escondiendo la llave. Lo propio hacían cuando notaban que en los huéspedes el
alcohol comenzaba a causar sus efectos, por mucho que Sara estuviera aún en sus
cabales.
Por
supuesto, la muchacha no dejaba gustosa la diversión. Negábase a salir de la
sala, y sólo a viva fuerza conseguían sus hermanas sacarla de ahí. Ya en su
alcoba, se la oía sollozar.
Los
huéspedes la defendían según sus aficiones:
con
interés o por elemental cortesía.
—¿Y por
qué, pues, se va la niña Sarita?
La Tigra
hablaba, entonces:
—Es
maliada, ¿sabe? No le conviene esto.
—¡Ah!…
Miraba a
los soldados con ojos relampagueantes; se ponía en jarras, con lo que sus senos
robustos emergían soberbiamente, esculpiéndose en la tela de la blusa, como un
par de boyas en la pleamar; contoneaba las redondas caderas en una actitud
promisora y lasciva; Y decía, con voz sorda, baja, hueca, de hembra placentera:
—Aquí
estamos nosotras: Juliana y yo… ¿Pa qué más? ¿No es cierto?
Los
hombres subrayaban la afirmación con los ojos desenfrenados.
—Ahá.
Era
cuando la orgía llegaba a su máximum.
Juliana y
la Tigra escogían sus compañeros.
—Bailamos,
¿ah?
Y en
mitad de la danza apretaban a la pareja contra los pechos enhiestos:
—¿Vamos,
negro?
Desaparecían
las dos a un tiempo, o una después de otra, seguidas del elegido; y volvían
luego con los rostros empalidecidos, castigados de fatiga amorosa, a continuar
la fiesta.
Solía
ocurrir que no volvieran en toda la noche; y, entonces, los desdeñados se
consolaban bebiendo hasta dormirse.
Alguna
vez, cuando los gendarmes eran novatos —"altas", les decían—, y no
conocían las costumbres de la casa, ni la fama de la niña Pancha, provocaban
riñas y alborotos por la preferencia.
Si el
jefe del piquete no metía orden, la Tigra se encargaba de ello. Contábase que
más de una ocasión la sangre policía, que ella hizo verter, mojó las tablas de
la sala. Pero, la verdad es que se referían tantas cosas…
Mas,
quien realmente daba la nota trágica en estas escenas, era la menor de las
Miranda.
Cuando
desde su encierro Sara comprendía que sus hermanas conducían a sus alcobas al
amante transitorio, lloraba a gritos.
—¿Y yo?
¿Y yo?
Era
terrible.
Se
revolcaba en su lecho de obligada virgen, como una envenenada; se tiraba sobre
el piso; golpeaba las paredes y pretendía traer abajo la puerta.
—¡Yo,
también! ¿por qué no me dejan a mí también?
Luego,
insultaba a sus hermanas, endilgándoles los más asquerosos y repugnantes
adjetivos, hasta que, extenuada, agotada, vacía, caía como una muerta, rendida
de sueño profundo.
A la niña
Juliana la conmovía un tanto la angustia de la ñañita. A la Tigra, no.
Decíale
aquella:
—Acuérdate
de vos, Pancha, con Ternerote…
—Me
acuerdo, ¿qué crees? ¡Pero, esa no! Tú ya sabes por qué; tú ya sabes…
Y si
alguno de los visitantes inquiría sobre lo que le acontecía a Sara, la Tigra
respondía serenamente:
—Mi ñaña
es medio loca, ¿ve? Loca de la cabeza…
Asentiría
el preguntón:
—Ahá…
Histérica…
La Tigra
ignoraba la palabreja. Se le alcanzaba un poco que era algo así como romántica.
Mascullaba
el vocablo:
—Romántica…
Y por
asociación de ideas se le venía a la mente el recuerdo del hombre del
clarinete…
—Del
clarinete que está en la sala, —murmuraba para sí, como si ella misma se diera
una explicación.
Un
telegrama:
De Balzar, 26 de enero de 1935. —Intendente. —Guayaquil. – Este momento,
siete noche, salgo dirección hacienda "Tres Hermanas", con piquete
diez gendarmes montados, complir orden ud. — Ref. suyo ayer. (fdo.) Comisario
Nacional.
Intermezzo
musicale solo de clarinete
El hombre
repentino. El hombre inesperado.
Era una
historia fresca. Fresca como la carne de la badea matrona. Así de fresca. Y
sabrosa. Sabrosa como la carne del mamey Cartagena. Así de sabrosa.
Al
evocarla, la Tigra sonreía para sí, —¡ah!, sólo para sí—, con una dulzura
escondida, como una madre que le sonriera al hijo de que está preñada, al hijo
nonato.
¡Y era
tan breve esa historia!
Cierta
tarde llegó a la hacienda un mocetón serrano. Era rubio y hermoso.
—Era como
un gringo, no más; ¿verdá, ñaña Juliana?
El mozo
no llevaba otra impedimenta que un clarinete roñoso, ese que ahora guardaba la
Tigra.
Iba para
las tierras cordilleranas.
Se alojó
en la casa. Comió con las hermanas…
Después,
acompañado de la Tigra, bajó a la orilla del río.
—¿Quiere
oír tocar este instrumento, señorita?
Mostraba
su clarinete imprescindible.
—Ahá.
A la
mujer le pareció una música de hechicería la que brotaba del clarinete.
Palmoteaba
como una chicuela:
—¡Qué
lindo! ¡Qué lindo!
Después
se puso melancólica, como no lo había estado nunca.
El odio a
los serranos se fue del corazón de la Tigra. ¡Ah, este mozo adorable! ¡Cómo lo
amaría ella! Hubiera querido besarlo, morderlo; ser suya en ese instante y para
siempre, ahí ahí mismo, sobre las piedras humedecidas; entregársele toda… Pero,
él nada decía. Estaba remoto. Estaba en su música.
Cesó de
tocar.
—Estoy
cansado. Mañana me iré, de mañanita.
Desearía
dormir…
—¿Por qué
no se queda? —alcanzó a balbucir la niña Pancha.
—¡Ah, no;
no! Tengo que irme. Tengo que irme…
La Tigra
no se atrevió a insistir.
Reposaré
unas horas, hasta la madrugada.
Esa noche
no cerró los ojos la niña Pancha.
La
proximidad de aquel hombre la inquietaba. Sabía que estaba tendido en la hamaca
de la sala, tan cerca, tan cerca que lo oía respirar; ¡y ella, ahí, propicia!
A la luz
del brasero de velones que no apagó, la niña Pancha contemplaba su cuerpo
desnudo.
Si me
viera así…
¿Osaría
llamarlo? No. A otro se le habría brindado; a él, no. ¡Jamás!… Pero, si él la
deseara…
¡Cómo
sería suya! ¡De qué suerte única, como no había sido de nadie!
Cuando el
alba inundó de luz amarillenta su alcoba, la niña Pancha abandonó el lecho
insomne.
Fue al
hombre dormido.
—¡Señor!
¡Señor!
Despierto
ya, le preparó ella el desayuno. La criada, no. Ella misma. Ella quería
servirlo.
—¿Se va,
siempre?
—Sí. ¡Y
tan agradecido! ¡No me merezco tantas molestias!
Estaban
junto a la escalera. Él sostenía en sus manos el clarinete. Miraba a la mujer
con una vaga tristeza en los ojos celestes.
—Yo le
dejaré un encargo, señorita. Un encargo no más. Guárdeme este instrumento. Me
descubrirían por él, ¿sabe? Pero, no quiero perderlo.
Volveré
por él.
—¿Volverá?
—Sí;
cuando se acabe este invierno, vendré; y si no vengo en esa época, será que no
vendré ya nunca. Entonces, este clarinete será suyo.
Le
oprimió la mano, y se fue.
Y pasó el
invierno. Y llegó el verano, dorado a fuego de sol. Y otra vez empezaron a caer
las lluvias sobre los campos resecos.
Pero, el
hombre no regresó.
En el
corazón de la Tigra, el odio a los serranos fue de nuevo instalándose.
El
clarinete se inmovilizó en una mesa de la sala. Estaba más roñoso. Más feo.
Cualquiera figuraría que había envejecido de abandono, muchos años en cada uno.
La Tigra
lo contemplaba con un sentimiento extraño: como con una burla triste.
Cada
mañana, al hacer la limpieza de los muebles, el pobre instrumento proporcionaba
a su guardadora un momento de emoción antigua, como un pedazo de pan romántico.
Y ésta es
la historia del clarinete.
La marea
ha de estar subiendo en el río, en este instante, porque —como cuando refluyen
las basuras vienen a la memoria cosas pasadas.
"Tú
ya sabes por qué, Juliana; tú ya lo sabes".
En
verdad, Juliana conocía la causa tremenda en fuerza de la cual Sara tenía que
conservarse virgen por siempre: fuente sellada; capullo apretado; fruto caído
del árbol antes de la madurez, que habría de podrirse encerrando sin futuro la
semilla malhecha.
El negro
Masa Blanca había andado por la hacienda años atrás.
—¿No hay
argún enjuermo que melecinar?
Aquí está
en mi modesta persona un médico vegetal.
El negro
Masa Blanca era un curandero afamado.
Lo
rodeaba cierto ambiente misterioso.
Se
ignoraba dónde vivía. Según unos habitaba en los terrenos de
"Pampaló", el latifundio de los Hernández de Fonseca. Según otros
carecía de residencia fija. Lo cierto es que se topaba con él en los sitios más
distantes e inesperados.
—Ha de
volar de noche en argún palo encantao…
—Es brujo
malo. Tiene trato con er Colorao…
El
Colorao era el diablo.
—Caminae
n l'agua sin mojarse los pieses…
—Y cambia
de cuero como er camalión…
Masa
Blanca, sabedor de estos rumores de las gentes montuvias, colocaba su frase
indispensable:
—Yo soy
médico de curar. Puedo dañar, claro; pero, no daño. Así es.
Masa
Blanca se calificaba también de adivino:
—Con mis
cábulas, veo lo que va pasar, como si ya haiga pasao mesmo.
Las
Miranda consultaron con Masa Blanca sus dolencias.
—Yo,
pues, tengo un lobanillo adebajo der pescuezo, —dijo Juliana—. ¿Qué hago pa
quitármelo?
Masa
Blaca le aconsejó:
—Frótese
er chibolo, o lo que sea, con saliva en ayuna; y, al acostarse, con unto sin
sar, serenao.
¡La
mano'e Dio!
—Ahá.
Sara era
por entonces una muchachita traviesa, y nada tenía que consultar. Pero, la
Tigra, sí. La Tigra le confió sus ardores. Y Masa Blanca se hizo relatar el
rojo cronicón de las hermanas Miranda.
Cuando su
curiosidad de vejete estuvo satisfecha, pensó en el negocio.
—D'esta
casa está apoderao er Compadre.
El
Compadre era, también, el demonio.
—Y hay
que sacarlo, pué.
—¿Como,
ño Masa?
—Verán…
Pero, mi precio es una vaca rejera… con er chimbote, claro…
Las
Miranda convinieron en el honorario.
Masa
Blanca celebró entonces lo que él llamaba "la misa mala"… En un
cuarto vacío de la casa, acomodó un altarzuelo con cajas de kerosene que aforró
de zaraza negra; puso sobre el ara una calavera, posiblemente distribuyó sin
orden trece velas en la estancia; y a media noche, inició la ceremonia. Daba
manotones en el aire. Barría con los pies descalzos las esquinas de la pieza;
abría y cerraba la puerta, como si hiciera salir y entrara alguien; en fin, se
movía como un verdadero poseído.
A la
postre, hizo como si apresara un cuerpo.
—¡Ya lo
tengo garrao! —vociferaba.
Accionó
lo mismo que si arrojara por la ventana ese cuerpo imaginario al espacio.
—Ya se
jué —musitó, cansado.
La Tigra
y Juliana habían presenciado la escena ridícula macabra, que a ellas les
pareció terriblemente hermosa. Preguntó la Tigra:
—¿No
s'apoderará otra vez de la casa el Compadre?
Masa
Blanca vaciló al responder:
—Puede
que no, si hacen lo que yo digo…
Otro
negocio. Cerrado el asunto, el hechicero habló pausadamente. Era visible que le
costaba dificultad inventar "la contra"; pero, las Miranda no se
percataron de ello.
—¿Cómo?
—¿Cómo?
Estaban
ansiosas.
—Ustede,
pué, perdonando la espresión, han pecado mucho po'abajo, y er Compadre la sigue
como la hormiga a la cañafístola… Si se les priende, no las aflojará…
Vaciló:
—¿Ustede
tienen una hermana doncella, no?
—Sí.
—Sí.
—Ahá…
Bueno; mientras naiden la atoque y ella viva en junta de ustede, se sarvarán…
De no, s'irán a los profundo…
Fue esa
la condenación a perpetua virginidad para Sara Miranda. La falta de imaginación
de Masa Blanca, a quien no se le pudo ocurrir otra cosa, cayó sobre el destino
de la muchacha.
Era una
sentencia definitiva a doncellez.
Por
supuesto, las dos Miranda mayores se guardaron el secreto.
—Ta
enferma la ñaña.
—Es
locona bastante.
—Si
conociera marido se frogaría pa nunca más.
—Un dotor
lo dijo.
—Ahá.
Por eso
cuando Clemente Suárez Caseros, que pasó en tránsito a Manabí y hubo de
hospedarse por ocho días en la casa-de-tejas, esperando cabalgaduras, se
enamoró de Sara y la pidió en matrimonio, la Tigra se opuso:
—No puede
ser, don Caseros; vea. Mi ñaña está tocadita. No puede ser.
Y lo
invitó a marcharse.
—Pa
cualquier lao y en lo que sea, don Caseros…
Pero,
usté se va… No me venga a tolondrar a la loquita… Después, como Sara se dejó
sorprender en preparativos de fuga, sus hermanas la encerraron bajo llave.
La
cuestión era esa.
A vida o
muerte.
Y otro
telegrama
De Balzar, enero 28 de 1935. Intendente. — Guayaquil.— Regresamos este
momento comisión ordenada su autoridad. Peonada armada hacienda "Tres
Hermanas" ataconos balazos desde casa fundo. Señor comisario, herido
pulmón izquierdo, sigue viaje por lancha 'Bienvenida'. Un gendarme y tres
caballos resultaron muertos. Ruégole gestionar baja dichas acémilas en libro
estado respectivo. Espero instrucciones. Atento subalterno. - (Fdo.) Jefe
Piquete Rural.
Del gendarme no se solicitaba baja alguna en ningún libro. ¿Para qué? Antes
bien, se le había dado de alta en el registro cantonal de defunciones.
La marea
estará, ahora, repuntando en el río.

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