© Libro N° 13039. Escalas. Vallejo, César. Emancipación.
Octubre 5 de 2024
Título original: ©
Escalas. César Vallejo
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Original: © Escalas.
César Vallejo
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reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
César
Vallejo
Escalas
César
Vallejo
Escalas
César
Vallejo
Novela
corta
Índice
Parte 1.
Cuneiformes
Muro
noroeste
Muro
antártico
Muro este
Muro
dobleancho
Alféizar
Muro
occidental
Parte 2.
Coro de vientos
Más allá
de la vida y la muerte
Liberación
Los
caynas
El
unigénito
Mirtho
Cera
Parte 1.
Cuneiformes
Muro
noroeste
Penumbra.
El único
compañero de prisión que me queda ya ahora, se sienta a yantar, ante el hueco
de la ventana lateral de nuestro calabozo, donde, lo mismo que en la ventanilla
enrejada que hay en la mitad superior de la puerta de entrada, se refugia y
florece la angustia anaranjada de la tarde.
Me vuelvo
hacia él:
—¿Ya?
—Ya. Está
usted servido —me responde sonriente.
Al
mirarle el perfil de toro destacado sobre la plegada hoja lacre de la ventana
abierta, tropieza la mirada con una araña casi aérea, como trabajada en humazo,
que emerge en absoluta inmovilidad en la madera, a medio metro de altura del
testuz del hombre. El poniente lanza un largo destello bayo sobre la tranquila
tejedora, como enfocándola. Ella ha tenido, sin duda, el tibio aliento solar;
estira alguna de sus extremidades con dormida perezosa lentitud y, luego, rompe
a caminar a intermitentes pasos hacia abajo, hasta detenerse al nivel de la
barba del individuo, de modo tal, que, mientras éste mastica, parece que se
traga a la bestezuela.
Por fin
termina el yantar, y al propio tiempo, el animal flanquea corriendo hacia los
goznes del mismo brazo de puerta, en el preciso momento en que ésta es
entornada de golpe por el preso. Algo ha ocurrido. Me acerco, vuelvo a abrir la
puerta, examino en todo el largo de las bisagras y doyme con el cuerpo de la
pobre vagabunda, trizado y convertido en dispersos filamentos.
—Ha
matado usted una araña —le digo con aparente entusiasmo al hechor.
—¿Sí? —me
pregunta con indiferencia—. Está muy bien; hay aquí un jardín zoológico
terrible.
Y se pone
a pasear, como si nada a lo largo de la celda, extrayéndose de entre los
dientes, residuos de comida que escupe en abundancia.
¡La
justicia! Vuelve esta idea a mi mente.
Yo sé que
este hombre acaba de victimar a un ser anónimo pero existente, real. Es el caso
del otro, que, sin darse cuenta, puso al inocente camarada de presa del filo
homicida. ¿No merecen pues, ambos ser juzgados por estos hechos? ¿O no es del
humano espíritu semejante resorte de justicia? ¿Cuándo es entonces el hombre
juez del hombre?
El hombre
que ignora a qué temperatura, con qué suficiencia acaba un algo y empieza otro
algo; que ignora desde qué matiz el blanco ya es blanco y hasta dónde; que no
sabe ni sabrá jamás qué hora empezamos a vivir, qué hora empezamos a morir,
cuándo lloramos, cuándo reímos, dónde el sonido limita con la forma en los
labios que dicen: yo… no alcanzará, no puede alcanzar a saber hasta
qué grado de verdad un hecho calificado de criminal es criminal.
El hombre que ignora a qué hora el 1 acaba de ser 1 y empieza a ser 2, que
hasta dentro de la exactitud matemática carece de la inconquistable plenitud de
la sabiduría ¿cómo podrá nunca alcanzar a fijar el sustantivo momento
delincuente de un hecho, a través de una urdimbre de motivos de destino, dentro
del gran engranaje de fuerzas que mueven seres y cosas enfrente de cosas y
seres?
La
justicia no es función humana. No puede serlo. La justicia opera tácitamente,
más adentro de todos los adentros, de los tribunales y de las prisiones. La
justicia, ¡oídlo bien, hombre de todas las latitudes! se ejerce en subterránea
armonía, al otro lado de los sentidos, de los columpios cerebrales y de los
mercados. ¡Aguzad mejor el corazón! La justicia pasa por debajo de toda
superficie y detrás de todas las espaldas. Prestad más sutiles oídos a su fatal
redoble, y percibiréis un platillo vigoroso y único que, a poderío del amor, se
plasma en dos; su platillo vago e incierto, como es incierto y vago el paso del
delito mismo o de lo que se llama delito por los hombres.
La
justicia sólo así es infalible; cuando no ve a través de los tintóreos
espejuelos de los jueces; cuando no está escrita en los códigos; cuando no ha
menester de cárceles ni guardias.
La
justicia, pues, no se ejerce, no puede ejercerse por los hombres, ni a los ojos
de los hombres.
Nadie es
delincuente nunca. O todos somos delincuentes siempre.
Muro
antártico
El deseo
nos imanta.
Ella, a
mi lado, en la alcoba, carga el circuito misterioso de mil en mil voltios por
segundo. Hay una gota imponderable que corre y se encrespa y arde en todos mis
vasos, pugnando por salir; que no está en ninguna parte y vibra, canta, llora y
muge en mis cinco sentidos y en mi corazón; y que, por fin, afluye, como
corriente eléctrica a las puntas…
De pronto
me incorporo, salto sobre la mujer tumbada, que me franquea dulcemente su
calurosa acogida, y luego… una gota tibia que resbala por mi carne, me separa
de mi hermana que se queda en el ambiente del sueño del cual despierto
sobresaltado.
Sofocado,
confundido, toriondas las sienes, agudamente el corazón me duele.
Dos…
Tres… ¡Cuaaaaaatrooooo!… Sólo las irritadas voces de los centinelas llegan
hasta la tumbal oscuridad del calabozo. Poco después, el reloj de la catedral
da las dos de la madrugada.
¿Por qué
con mi hermana? ¿Por qué con ella, que a esta hora estará seguramente durmiendo
en apacible e inocente sosiego? ¿Por qué, pues, precisamente con ella?
Me
revuelvo en el lecho. Rebullen en la sombra perspectivas extrañas, borrosos
fantasmas; oigo que empieza a llover.
¿Por qué
con mi hermana? Creo que tengo fiebre. Sufro.
Ahora
oigo mi propia respiración que choca, sube y baja rasguñando la almohada. ¿Es
mi respiración? Un aliento cartilaginoso de invisible moribundo parece
mezclarse a mi aliento, descolgándose acaso de un sistema pulmonar de Soles y
trasegándose luego sudoroso en las primeras porosidades de la tierra… ¿Y aquel
anciano que de súbito deja de clamar? ¿Qué va a hacer? ¡Ah! Dirígese hacia un
franciscano joven que se yergue, hinchadas las rodillas imperiales en el fondo
de un crepúsculo, como a los pies de ruinoso altar mayor; va a él, y arranca
con airado ademán el manteo de amplio corte cardenalicio que vestía el
sacerdote… Vuelvo la cara. ¡Ah inmenso palpitante cono de sombra, en cuyo
lejano vértice nebuloso resplandece, último lindero, una mujer desnuda en carne
viva!…
¡Oh
mujer! Deja que nos amemos a toda totalidad. Deja que nos abrasemos en todos
los crisoles. Deja que nos lavemos en todas las tempestades. Deja que nos
unamos en alma y cuerpo. Deja que nos amemos absolutamente, a toda muerte.
¡Oh carne
de mis carnes y hueso de mis huesos! ¿Te acuerdas de aquellos deseos en botón,
de aquellas ansias vendadas de nuestros ocho años? Acuérdate de aquella mañana
vernal, de sol y salvajez de sierra, cuando, habiendo jugado tanto la noche
anterior, y quedándonos dormidos los dos en un mismo lecho, despertamos
abrazados, y, luego de advertirnos a solas, nos dimos un beso desnudo en todo
el cogollo de nuestros labios vírgenes; acuérdate que allí nuestras carnes
atrajéronse, restregándose duramente y a ciegas; y acuérdate también que ambos
seguimos después siendo buenos y puros con pureza intangible de animales…
Uno mismo
el cabo de nuestra partida; uno mismo el ecuador albino de nuestra travesía, tú
adelante, yo más tarde. Ambos nos hemos querido ¿no recuerdas? cuando aun el
minuto no se había hecho vida para nosotros; ambos luego en el mundo hemos
venido a reconocernos como dos amantes después de oscura ausencia.
¡Oh
soberana! Lava tus pupilas verdaderas del polvo de los recodos del camino que
las cubre y, cegándolas, tergiversa tus sesgos sustanciales. ¡Y sube arriba,
más arriba, todavía! ¡Sé toda la mujer, toda la cuerda! ¡Oh carne de mi carne y
hueso de mis huesos!… ¡Oh hermana mía, esposa mía, madre mía!…
Y me
suelto a llorar hasta el alba.
— Buenos
días, señor alcaide…
Muro este
Esperaos.
No atino ahora cómo empezar. Esperaos. Ya.
Apuntad
aquí, donde apoyo la yema del dedo más largo de mi zurda. No retrocedáis, no
tengáis miedo. Apuntad no más ¡Ya!
Brrrum…
Muy bien.
Se baña ahora el proyectil en las aguas de las cuatro bombas que acaban de
estallar dentro de mi pecho. El rebufo me quema. De pronto la sed aciagamente
ensahara mi garganta y me devora las entrañas…
Mas he
aquí que tres sonidos solos, bombardean a plena soberanía, los dos puertos con
muelles de tres huesecillos que están siempre en un pelo ¡ay! de naufragar.
Percibo esos sonidos trágicos y treses, bien distintamente, casi uno por uno.
El
primero viene desde una rota y errante hebra del vello que decrece en la lengua
de la noche.
El
segundo sonido es un botón; está siempre revelándose, siempre en anunciación.
Es un heraldo. Circula constantemente por una suave cadera de oboe, como de la
mano de una cáscara de huevo. Tal siempre está asomado, y no puede trasponer el
último viento nunca. Pues él está empezando en todo tiempo. Es un sonido de
entera humanidad.
Y el
último. El último vigila a toda precisión, altopado al remate de todos los
vasos comunicantes. En este último golpe de armonía la sed desaparece (ciérrase
una de las ventanillas del acecho), cambia de valor en la sensación, es lo que
no era, hasta alcanzar la llave contraria.
Y el proyectil que en la sangre de mi corazón destrozado
cantaba
y hacía palma,
en vano ha forcejeado para darme la muerte.
—¿Y bien?
—Con ésta
son dos veces que firmo, señor escribano. ¿Es por duplicado?
Muro
dobleancho
Uno de
mis compañeros de celda, en esta noche calurosa, me cuenta la leyenda de su
causa. Termina la abstrusa narración, se tiende sobre su sórdida tarima y
tararea un yaraví.
Yo poseo
ya la verdad de su conducta.
Este
hombre es delincuente. A través de su máscara de inocencia, el criminal hase
denunciado. Durante su jerigonza, mi alma le ha seguido, paso a paso, en la
maniobra prohibida. Hemos entrambos festinados días y noches de holgazanería,
enjaezada de arrogantes alcoholes, dentaduras carcajeantes, cordajes dolientes
de guitarra, navajas en guardia, crápulas hasta el sudor y el hastío. Hemos
disputado con la inerme compañera, que llora para que ya no beba el marido y
para que trabaje y gane los centavos para los pequeños, que para ellos Dios
verá… Y luego, con las entrañas resecas y ávidas de alcohol, dimos cada
madrugada el salto brutal a la calle, cerrando la puerta sobre los belfos
mismos de la prole gemebunda.
Yo he
sufrido con él también los fugaces llamados a la dignidad y a la regeneración;
he confrontado las dos caras de la medalla, he dudado y hasta he sentido crujir
el talón que insinuaba la media vuelta. Alguna mañana tuvo pena el tabernario,
pensó en ser formal y honrado, salió a buscar trabajo, luego tropezó con el
amigo y de nuevo la bilis fue cortada. Al fin la necesidad le hizo robar. Y
ahora, por lo que arroja ya su instrucción penal, no tardará la condena.
Este
hombre es un ladrón.
Pero es
también asesino.
Una de
aquellas noches de más crepitante embriaguez, ambuló a solas por cruentas
encrucijadas del arrabal, y he aquí que sálele al paso, de modo casual, un
viejo camarada obrero que a la sazón toma honestamente de su labor, rumbo al
descanso del hogar. Le toma por el brazo, le invita, le obliga a compartir de
su aventura, a lo que el probo accede a su pesar.
Vadeando
hasta diez codos de tierra, de madrugada vuelven a lo largo de negros
callejones. El varón sin tacha le arresta al bebedor diptongos de alerta; le
endereza por la cintura, le equilibra, le increpa sus heces vergonzante.
—¡Anda!
Esto te gusta. Tú ya no tienes remedio.
Y de
súbito estalla flamígera sentencia que emerge de la sombra:
—¡Aguántate!
Un asalto
de anónimos cuchillos. Y errado el blanco del ataque, no va la hoja a rajar la
carne del borracho, y al buen trabajador le toca por equívoco la puñalada
mortal.
Este
hombre es, pues, también un asesino. Pero los Tribunales, naturalmente, no
sospechan, ni sospecharán jamás esta tercera mano del ladrón.
En tanto,
él sigue ahora de pechos sobre su mosqueada tarima, tarareando su triste
yaraví.
Alféizar
Estoy
cárdeno. Mientras me peino, al espejo advierto que mis ojeras se han amoratado
aún más, y que sobre los angulosos cobres de mi rostro rasurado se ictericia la
tez acerbadamente.
Estoy
viejo. Me paso la toalla por la frente, y un rayado horizontal en resaltos de
menudos pliegues, acentúase en ella, como pauta de una música fúnebre,
implacable… Estoy muerto.
Mi
compañero de celda liase levantado temprano y está preparando el té cargado que
solemos tomar cada mañana, con el pan duro de un nuevo sol sin esperanza.
Nos
sentamos después a la desnuda mesita, donde el desayuno humea melancólico,
dentro de dos porcelanas sin plato. Y estas tazas a pie, blanquísimas ellas y
tan limpias, este pan aún tibio sobre el breve y arrollado mantel de damasco,
todo este aroma matinal y doméstico, me recuerda mi paterna casa, mi niñez
santiaguina, aquellos desayunos de ocho y diez hermanos de mayor a menor, como
los carrizos de una antara, entre ellos yo, el último de todos, parado junto a
la mesa del comedor, engomado y chorreando el cabello que acababa de peinar a
la fuerza una de las hermanitas; en la izquierda mano un bizcocho entero ¡había
de ser entero! y con la derecha de rosadas falangitas, hurtando a escondidas el
azúcar de granito en granito…
¡Ay!, el
pequeño que así tomaba el azúcar a la buena madre, quien, luego de
sorprenderle, se ponía a acariciarle, alisándole los repulgados golfos
frontales:
—Pobrecito
mi hijo. Algún día acaso no tendrá a quién hurtarle azúcar, cuando él sea
grande, y haya muerto su madre.
Y acababa
el primer yantar del día, con dos ardientes lágrimas de madre, que empapaban
mis trenzas nazarenas.
Muro
occidental
Aquella
barba al nivel de la tercera moldura de plomo.
Parte 2.
Coro de vientos
Más allá
de la vida y la muerte
Jarales
estadizos de julio; viento amarrado a cada peciolo manco del mucho grano que en
él gravita. Lujuria muerta sobre lomas onfalóideas de la sierra estival.
Espera. No ha de ser. Otra vez cantemos. ¡Oh qué dulce sueño!
Por allí
mi caballo avanzaba. A los once años de ausencia, acercábame por fin aquel día
a Santiago, mi aldea natal. El pobre irracional avanzaba, y yo, desde lo más
entero de mi ser hasta mis dedos trabajados, pasando quizá por las mismas
riendas asidas, por las orejas atentas del cuadrúpedo y volviendo por el
golpeteo de los cascos que fingían danzar en el mismo sitio, en misterioso
escarceo tanteador de la ruta y lo desconocido, lloraba por mi madre que,
muerta dos años antes, ya no habría de aguardar ahora el retorno del hijo
descarriado y andariego. La comarca toda, el tiempo bueno, el color de cosechas
de la tarde limón, y también alguna masada que por aquí reconocía mi alma, todo
comenzaba a agitarme en nostálgicos éxtasis filiales, y casi podían ajárseme
los labios para hozar el pezón eviterno, siempre lácteo de la madre; sí,
siempre lácteo, hasta más allá de la muerte.
Con ella
había pasado seguramente por allí de niño. Sí. En efecto. Pero no. No fue
conmigo que ella viajó por esos campos. Yo era entonces muy pequeño. Fue con mi
padre, ¡cuántos años haría de ello! Ufff… También fue en julio, cerca de la
fiesta de Santiago. Padre y madre iban en sus cabalgaduras; él adelante. El
camino real. De repente mi padre que acababa de esquivar un choque con
repentino maguey de un meandro:
—Señora…
¡Cuidado!…
Y mi
pobre madre ya no tuvo tiempo, y fue lanzada ¡ay! del arzón a las piedras del
sendero. Tornáronla en camilla al pueblo. Yo lloraba mucho por mi madre, y no
me decían qué la había pasado. Sanó. La noche del alba de la fiesta, ella
estaba ya alegre y reía. No estaba ya en cama, y todo era muy bonito. Yo
tampoco lloraba ya por mi madre.
Pero
ahora lloraba más, recordándola así, enferma, postrada, cuando me quería más y
me hacía más cariño y también me daba más bizcochos de bajo de sus almohadones
y del cajón del velador. Ahora lloraba más, acercándome a Santiago, donde ya
solo la hallaría muerta, sepulta bajo las mostazas maduras y rumorosas de un
pobre cementerio.
Mi madre
había fallecido hacía dos años a la sazón. La primera noticia de su muerte
recibila en Lima, donde supe también que papá y mis hermanos habían emprendido
viaje a una hacienda lejana de propiedad de un tío nuestro, a efecto de atenuar
en lo posible el dolor por tan horrible pérdida. El fundo se hallaba en
remotísima región de la montaña, al otro lado del río Marañón. De Santiago
pasaría yo hacia allá, devorando inacabables senderos de escarpadas punas y de
selvas ardientes y desconocidas.
Mi animal
resopló de pronto. Cabillo molido vino en abundancia sobre ligero vientecillo,
cegándome casi. Una parva de cebada. Y después perspectivóse Santiago, en su
escabrosa meseta, con sus tejados retintos al sol ya horizontal. Y todavía,
hacia el lado de oriente, sobre la linde de un promontorio amarillo brasil, se
veía el panteón retallado a esa hora por la sexta tintura postmeridiana; y yo
ya no podía más, y atroz congoja arrecióme sin consuelo.
A la
aldea llegué con la noche. Doblé la última esquina, y, al entrar a la calle en
que estaba mi casa, alcancé a ver a una persona sentada a solas en el poyo de
la puerta. Estaba sola. Muy sola. Tanto, que, ahogando el duelo místico de mi
alma, me dio miedo. También seria por la paz casi inerte con que, engomada por
la media fuerza de la penumbra, adosábase su silueta al encalado paramento del
muro. Particular revuelo de nervios secó mis lagrimales. Avancé. Saltó del poyo
mi hermano mayor, Ángel, y recibióme desvalido entre sus brazos. Pocos días
hacía que había venido de la hacienda, por causa de negocios.
Aquella
noche, luego de una mesa frugal, hicimos vela hasta el alba. Visité las
habitaciones, corredores y cuadras de la casa; y Ángel, aun cuando hacía
visibles esfuerzos para desviar este afán mío por recorrer el amado y viejo
caserón, parecía también gustar de semejante suplicio de quien va por los
dominios alucinantes del pasado más mero de la vida.
Por sus
pocos días de tránsito en Santiago, Ángel habitaba ahora solo en casa, donde,
según él, todo yacía tal como quedara a la muerte de mamá. Referíame también
cómo fueron los días de salud que precedieron a la mortal dolencia, y cómo su
agonía. ¡Cuántas veces entonces el abrazo fraterno escarbó nuestras entrañas y
removió nuevas gotas de ternura congelada y de lloro!
—¡Ah,
esta despensa, donde le pedía pan a mamá, lloriqueando de engaños!—. Y abrí una
pequeña puerta de sencillos paneles desvencijados.
Como en
todas las rústicas construcciones de la sierra peruana, en las que a cada
puerta únese casi siempre un poyo, cabe el umbral de la que acababa yo de
franquear, hallábase recostado uno, el mismo inmemorial de mi niñez, sin duda,
rellenado y enlucido incontables veces. Abierta la humilde portezuela, en él
nos sentamos, y allí también pusimos la linterna ojitriste que portábamos. La
lumbre de ésta fue a golpear de lleno el rostro de Ángel, que extenuábase de
momento en momento, conforme trascurría la noche y reverdecíamos más la herida,
hasta parecerme a veces casi transparente. Al advertirle así en tal instante,
le acaricié y colmé de ósculos sus barbadas y severas mejillas que volvieron a
empaparse de lágrimas.
Una
centella, de esas que vienen de lejos, ya sin trueno, en época de verano en la
sierra, le vació las entrañas a la noche. Volví restregándome los párpados a
Ángel. Y ni él ni la linterna, ni el poyo, ni nada estaba allí. Tampoco oí ya
nada. Sentíme como ausente de todos los sentidos y reducido tan solo a
pensamiento. Sentíme como en una tumba…
Después
volví a ver a mi hermano, la linterna, el poyo. Pero creí notarle ahora a Ángel
el semblante como refrescado, apacible y —quizás me equivocaba— diríase
restablecido de su aflicción y flaqueza anteriores. Tal vez, repito, esto era
error de visión de mi parte, ya que tal cambio no se puede ni siquiera
concebir.
—Me
parece verla todavía —continué sollozando— no sabiendo la pobrecita qué hacer
para la dádiva y arguyéndome: —Ya te cogí, mentiroso; quieres decir que lloras
cuando estás riendo a escondidas. ¡Y me besaba a mí más que a todos ustedes,
como que yo era el último también!
Al
término de la velada de dolor, Ángel parecióme de nuevo muy quebrantado, y,
como antes de la centella, asombrosamente descarnado. Sin duda, pues, había yo
sufrido una desviación en la vista, motivada por el golpetazo de luz del
meteoro, al encontrar antes en su fisonomía un alivio y una lozanía que,
naturalmente, no podía haber ocurrido.
Aún no
asomaba la aurora del día siguiente, cuando monté y partí para la hacienda,
despidiéndome de Ángel que quedaba todavía unos días más, por los asuntos que
habían motivado su arribo a Santiago.
Finada la
primera jornada del camino, acontecióme algo inaudito. En la posada hallábame
reclinado en un poyo descansando, y he aquí que una anciana del bohío, de
pronto, mirándome asustada, preguntóme lastimera:
—¿Qué le
ha pasado, señor, en la cara? ¡Parece que la tiene usted ensangrentada, Dios
mío!…
Salté del
asiento. Y al espejo advertíme en efecto el rostro encharcado de pequeñas
manchas de sangre reseca. Tuve un fuerte calofrío, y quise correr de mí mismo.
¿Sangre? ¿De dónde? Yo había juntado el rostro al de Ángel que lloraba… Pero…
No. No. ¿De dónde era esa sangre? Comprenderase el terror y el alarma que
anudaron en mi pecho mil presentimientos. Nada es comparable con aquella
sacudida de mi corazón. No habrán palabras tampoco para expresarla ahora ni
nunca. Y hoy mismo, en el cuarto solitario donde escribo está la sangre añeja
aquella y mi cara en ella untada y la vieja del tambo y la jornada y mi hermano
que llora y a quien no beso y mi madre muerta y…
… Al
trazar las líneas anteriores he huido disparado a mi balcón, jadeante y sudando
frío. Tal es de espantoso y apabullante el recuerdo de esa escarlata
misteriosa…
¡Oh noche
de pesadilla en esa inolvidable choza, en que la imagen de mi madre muerta
alternó, entre forcejeos de extraños hilos, sin punta, que se rompían luego de
solo ser vistos, con la de Ángel, que lloraba rubíes vivos, por siempre jamás!
Seguí
ruta. Y por fin, tras de una semana de trote por la cordillera y por tierras
calientes de montaña, luego de atravesar el Marañón, una mañana entré en
parajes de la hacienda. El nublado espacio reverberaba a saltos con lontanos
truenos y solanas fugaces.
Desmonté
junto al bramadero del portón de la casa que da al camino. Algunos perros
ladraron en la calma apacible y triste de la fuliginosa montaña. ¡Después de
cuánto tiempo tornaba yo ahora a esa mansión solitaria, enclavada en las
quiebras más profundas de las selvas!
Una voz
que llamaba y contenía desde adentro a los mastines, entre el alerta gárrulo de
las aves domésticas alborotadas, pareció ser olfateada extrañamente por el
fatigado y tembloroso solípedo que estornudó repetidas veces, enristró casi
horizontalmente las orejas hacia delante, y, encabritándose, probó a quitarme
los frenos de la mano en son de escape. La enorme portada estaba cerrada.
Diríase que toquéla de manera casi maquinal. Luego aquella misma voz siguió
vibrando muros adentro; y llegó instante en que, al desplegarse, con medroso
restallido, las gigantescas hojas del portón, ese timbre bucal vino a pararse
en mis propios veintiséis años totales y me dejó de punta a la Eternidad. Las
puertas hiciéronse a ambos lados.
¡Meditad
brevemente sobre este suceso increíble, rompedor de las leyes de la vida y la
muerte, superador de toda posibilidad; palabra de esperanza y de fe entre el
absurdo y el infinito, innegable desconexión de lugar y de tiempo; nebulosa que
hace llorar de inarmónicas armonías incognoscibles!
¡Mi madre
apareció a recibirme!
—¡Hijo
mío! —exclamó estupefacta—. ¿Tú vivo? ¿Has resucitado? ¿Qué es lo que veo,
Señor de los Cielos?
¡Mi
madre! Mi madre en alma y cuerpo. ¡Viva! Y con tanta vida, que hoy pienso que
sentí ante su presencia entonces, asomar por las ventanillas de mi nariz, de
súbito, dos desolados granizos de decrepitud que luego fueron a caer y pesar en
mi corazón hasta curvarme senilmente, como si, a fuerza de un fantástico
trueque de destinos, acabase mi madre de nacer y yo viniese, en cambio desde
tiempos tan viejos, que me daban una emoción paternal respecto de ella.
Sí. Mi
madre estaba allí. Vestida de negro unánime. Viva. Ya no muerta. ¿Era posible?
No. No era posible. De ninguna manera. No era mi madre esa señora. No podía
serlo. Y luego, ¿qué había dicho al verme? ¿Me creía, pues, muerto?
—¡Hijo de
mi alma! —rompió a llorar mi madre y corrió a estrecharme contra su seno, con
ese frenesí y ese llanto de dicha con que siempre me amparó en todas mis
llegadas y mis despedidas.
Yo
habíame puesto como piedra. La ví echarme sus brazos adorados al cuello,
besarme ávidamente y como queriendo devorarme y sollozar sus mimos y sus
caricias que ya nunca volverán a llover en mis entrañas. Tomóme luego
bruscamente el impasible rostro a dos manos, y miróme así, cara a cara,
acabándome a preguntas. Yo, después de algunos segundos, me puse también a
llorar, pero sin cambiar de expresión ni de actitud: mis lágrimas parecían agua
pura que vertían dos pupilas de estatua.
Por fin
enfoqué todas las dispersadas luces de mi espíritu. Retiréme algunos pasos
atrás. E hice entonces comparecer ¡oh Dios mío! a esa maternidad a la que no
quería recibir mi corazón y la desconocía y la tenía miedo; la hice comparecer
ante no sé qué cuando sacratísimo, desconocido para mí hasta ese momento, y la
di un grito mudo y de dos filos en toda su presencia, con el mismo compás del
martillo que se acerca y aleja del yunque, con que lanza el hijo su primer
quejido, al ser arrancado del vientre de la madre, y con el que parece
indicarla que ahí va vivo por el mundo y darla al mismo tiempo, una guía y una
señal para reconocerse entrambos por los siglos de los siglos. Y gemí fuera de
mí mismo:
—¡Nunca!
Nunca! Mi madre murió hace tiempo. No puede ser…
Ella
incorporóse espantada ante mis palabras y como dudando de si yo era yo. Volvió
a estrecharme entre sus brazos, y ambos seguimos llorando llanto que jamás
lloró ni llorará ser vivo alguno.
—Sí —la
repetía—. Mi madre murió ya. Mi hermano Ángel también lo sabe.
Y aquí
las manchas de sangre que advirtiera en mi rostro, pasaron por mi mente como
signos de otro mundo.
—¡Pero,
hijo de mi corazón! —susurraba casi sin fuerzas ella—. ¿Tú eres mi hijo muerto
y al que yo misma vi en su ataúd? Sí. ¡Eres tú, tú mismo! ¡Creo en Dios! ¡Ven a
mis brazos! Pero ¿qué?… ¿No ves que soy tu madre? ¡Mírame! ¡Mírame! ¡Pálpame,
hijo mío! ¿Acaso no lo crees?
Contempléla
otra vez. Palpé su adorable cabecita encanecida. Y nada. Yo no creía nada.
—Sí, te
veo —la respondí— te palpo. Pero no creo. No puede suceder tanto imposible.
¡Y me reí
con todas mis fuerzas!
Liberación
Ayer
estuve en los talleres tipográficos del Panóptico, a corregir unas pruebas de
imprenta.
El jefe
de ellos es un penitenciado, un bueno, como lo son todos los delincuentes del
mundo. Joven, inteligente, muy cortés; Solís, que así se llama el preso, pronto
ha hecho grandes inteligencias conmigo, y hame referido su caso, hame expuesto
sus quejas, su dolor.
—De los
quinientos presos que hay aquí —afirma—, apenas alcanzarán a una tercera parte
quienes merezcan ser penados de esta manera. Los demás no; los demás son quizás
tan o más morales que los propios jueces que los condenaron.
Arcenan
sus ojos el ribete de no sé qué platillo invisible, y de amargura. ¡La eterna
injusticia!
Viene
hacia mí uno de los obreros. Alto, fornido, acércase como alborozado y me dice:
—Señor,
buenas tardes. Cómo está usted—. Y me tiende la mano con viva efusión.
No le
reconozco. Le pregunto por su nombre.
—¿No
recuerda usted? Soy Lozano. Usted estuvo en la cárcel de Trujillo cuando yo
también estuve en ella. Supe que lo absolvió el Tribunal y tuve mucho gusto.
En
efecto. Ya le recuerdo. Pobre hombre. Fue condenado a nueve años de
penitenciaría, por ser uno de los coautores de un homicidio.
Cuando se
aleja de nosotros el atento, Solís me inquiere sorprendido:
—¡Cómo!
¿También usted las había sufrido?
—También
—le respondo—; también, amigo mío.
Y le
refiero, a mi vez, las circunstancias de mi prisión en Trujillo, procesado por
incendio frustrado, robo y asonada…
El sonríe
y de nuevo me pregunta:
—Si usted
ha estado en Trujillo, debe de haber conocido a Jesús Palomino, oriundo de
aquel departamento, que purgó aquí doce años de prisión.
Hago
memoria.
—Ahí
tiene usted —añade— Aquel hombre era una víctima inocente de la mala
organización de la justicia.
Calla
breves instantes y, después de mirarme a la cara con mirada escrutadora,
prorrumpe resueltamente:
—Voy a
contarle a la ligera lo que a Palomino le sucedió aquí.
La tarde
está gris y llueve. Las maquinarias y linotipos cuelgan penosos traquidos
metálicos en el aire oscuro y arrecido.
Vuelvo
los ojos y distingo a lo lejos la cara regordeta de un preso que sonríe
bonachonamente entre los aceros negros en movimiento. Es mi peón. El que está
compaginando mi obra. Sonríe este desgraciado a toda hora. Diríase que ha
perdido el sentimiento verdadero de su infortunio, o que se ha vuelto idiota.
Solís
tose, y, con acento trabajoso, empieza su relato:
—Palomino
era un hombre bueno. Sucedió que se vio estafado en forma cínica e insultante
por un avezado a tales latrocinios, a quien, por ser de la alta sociedad, nunca
le castigaron los tribunales. Viéndose, de este modo, a la miseria, y a raíz de
un violento altercado entre ambos, sobrevino lo inesperado: un disparo, el
muerto, el Panóptico. Luego de recluido aquí, el pobre tuvo que sobrellevar
tenebrosa pesadilla. Eso era horroroso. ¡Hasta los mismos que le veíamos,
hubimos de sufrir su contagio infernal! ¡Qué atrocidad! Más valiera la muerte.
Sí, señor. ¡Más valiera la muerte!…
El
tranquilo narrador quiere llorar. Se nota que revive nítidamente el pasado,
pues se le humedecen los ojos, y tienen que callar un instante para no
demostrar en la voz que está sollozando en el alma.
—Cuando
me acuerdo —agrega— no sé cómo pudo Palomino resistir tanto. Porque aquello era
un tormento indescriptible. No sé por qué conducto fue noticiado de que se le
tramaba un envenenamiento dentro de la prisión, desde mucho tiempo antes de ser
alojado en ella. La familia del hombre que él mató, le perseguía de esta manera
hasta más allá de su desgracia. No se contentaba con verle condenado a quince
años de penitenciaría y arrastrar a su familia a una ruina clamorosa: llevaba
su sed de venganza aun más abajo. Y ahora se embreñaba en recova por tras de
los quicios de los sótanos y entre espora y espora de los líquenes que crecen
entre los dedos carceleros, tanteando el resorte más secreto de la prisión;
ahora se movía aquí, con más libertad que antes a la luz del sol para la
injusta sentencia, e hincaba las pestañas de infame emboscada en la atmósfera
que había de venir a respirar el condenado. Noticiado éste de ello, sufrió,
como usted comprenderá, terrible sorpresa; lo supo, y nada pudo desde entonces
ya desvanecérselo. Un hombre de bien, como él, temía una muerte así, no por él,
claro, sino por ella y por ellos, la inocente prole atravesada de estigma y
orfandad. De allí la zozobra de minuto en minuto y el sobresalto a cada trance
de su vida cotidiana. Diez años había pasado así, cuando le ví por primera vez.
Despertaba en el ánimo ese atormentado, no ya lástima y compasión, sino un
religioso y casi beatífico transporte inexplicable. No daba piedad. Llenaba el
corazón de algo quizás más suave y tranquilo y dulce casi. Mirándole, yo no
sentía impulsos de deschapar sus hierros, ni de encorecer sus llagas que
crecían verdinegras en el fondo de todos sus fondos. Yo no habría hecho nada de
esto. Mirando tamaño suplicio, tan sobrehumana actitud de pavor, siempre quise
dejarle así, marchar paso a paso, a sobresaltos, a pausas, filo a filo, hacia
la encrucijada fatal, hacia la jurada muerte, tanto tiempo ha revelada. No
movía Palomino por entonces a socorro. Sólo llenaba el corazón de algo quizás
más vago e ideal, más sereno y casi dulce; y era grato, de un agrado
misericordioso, dejarle subir su cuesta, dejarle cruzar los pasillos y galerías
en penumbra, y entrar y salir por las celdas frías, en su horrendo juego de
inestables trapecios, de vuelos de agonía, al acaso, sin punto fijo donde ir a
parar. Con su barba roja a vellones y sus verdes ojos de alga polar, el
uniforme estropeado, asustadizo, azorado, parecía atisbarlo todo siempre. Un
obstinado gesto de desconfianza resbalaba por sus labios de justo pavorido, por
sus cabellos bermejos, por sus sainados pantalones y aun por sus dedos
desvalidos, que buscaban en toda la extensión de su capilla de condenado, sin
poderlo hallar nunca, un lugar seguro en qué apoyarse. ¡Cuántas veces le ví
quizás al borde de la muerte! Un día fue aquí, en la imprenta, durante el
trabajo. Callado, meditabundo, taciturno, Palomino hallábase limpiando unas
fajas de jebe negro, en un ángulo del taller, y, de cuando en cuando, echaba
una mirada recelosa en torno suyo, haciendo girar furtivamente los globos de
sus ojos, con el aire visionario de los de un ave nocturna que entreviese
fatídicos fantasmas. De repente tuvo un brusco movimiento. Uno de los
compañeros de labor, en quien yo había sorprendido repetidas ocasiones marcados
gestos y extrañas palabras de sutil aversión, tal vez inmotivada, hacia
Palomino, mirábale de hito en hito, desde el lado opuesto de la estancia. Tal
conducta, cuya intención no podía, desde luego, serle grata a mi amigo, por los
antecedentes que dejo ya anotados, le hizo experimentar un brusco movimiento de
desasosiego y agudo escozor destempló todos sus nervios. El gratuito odiador, a
su vez, advirtióse sorprendido, y, perdida la serenidad, con torpeza y
turbación asaz significativas, vertió de un pequeño frasco de vidrio, algunas
gotas; el color y la densidad de éstas fueron envueltas y veladas casi
completamente por una alígera voluta de humo que en tal instante venía del lado
de los motores. No sé decir dónde fueron a caer esas largas misteriosas
lágrimas; pero quien las había vertido siguió agitándose entre los objetos de
su trabajo, cada vez con más visible turbación, hasta el punto de no tener
posiblemente conciencia de lo que hacía. Palomino le observaba estático,
sobrecogido de presentimiento, con las pupilas fijas, pendientes de aquella
maniobra que inspirábale intensa expectación y angustiosa zozobra. Luego las
manos del trabajador fueron a ensamblar un lingote de plomo entre otras barras
dispuestas en la mesa de labor. Entonces Palomino cesa de aguaitarle, y, atónito,
abstraído, bajos los ojos, superpone círculos con la fantasía herida de
sospecha, desembroca afinidades, vuelve a sorprender nudos, a enjaezar
intenciones fatales y rematar siniestras escaleras… . Otro día ingresó de la
calle una desconocida visita, la cual acercóse al linotipista y le habló largo
rato; no se percibían sus palabras entre el ruido de los talleres. Palomino
saltó, plantóle la vista, analizándole de pies a cabeza, a hurtadillas, pálido
de temor… "¡Palomino! ¡Vea!" —le consolaba yo— "Olvide usted
eso; creo que no puede ser". Y él, por toda respuesta, apoyaba las sienes
entre ambas manos, tintas de encierro y desamparo, vencido, sin fuerzas. A los
pocos meses de habérseme traído aquí, él era mi mejor amigo, el más leal, el
más bueno.
Solís se
emociona visiblemente y yo también.
—¿Tiene
usted frío?— me interroga con súbita ternura.
Hace
rato, sin duda, la estancia está llena de una neblina densa que azulea en
extraños cendales en torno a las ampolletas de luz roja. Por los altos
ventanales vese que sigue lloviendo. Hace mucho frío en verdad.
Suenan
como entre apretados algodones impregnados de limalla de hielo, notas dispersas
de un solfeo distante. Es la banda de músicos de la Penitenciaría que ensayan
el himno del Perú. Suenan esas notas, y desusada sugestión ejercen ahora en mi
espíritu, hasta el punto de casi sentir la letra misma de la canción, engarzada
sílaba por sílaba, o como clavada con gigantescos clavos en cada uno de los
sonidos errantes.
Las notas
se cruzan, se iteran, patalean, chirrían, vuelven a iterarse, destrozan tímidos
biseles.
—¡Ah, qué
suplicio el de aquel hombre!— exclama el preso con creciente lástima. Y
continúa narrando entre silencios continuos, durante los cuales sin duda trata
de atrapar los tremendos recuerdos:
—Era una
obsesión indestructible la suya, cimentada sabe Dios por quién, para no caer
nunca. Muchos decían: "Está loco Palomino". ¡Loco! ¿Puede acaso estar
loco quien en circunstancias normales, cuida de su existencia en peligro? ¿Y
puede estarlo quien, sufriendo los zarpazos del odio, aun con la complicidad
misma de la justicia, precave aquel peligro y trata de pararlo con todas sus
fuerzas exacerbadas de hombre que lo cree posible todo, por propia experiencia
de dolor? ¡Loco! ¡No! ¡Demasiado cuerdo quizá! ¿Quién, con qué formidable
persuasión, sobre cuáles incuestionables visos de posibilidad, habíale
infundido tal idea? A pesar de haberme expuesto Palomino muchas veces los
torvos alambres ocultos que, según él, podrían vibrar desde fuera hasta el hilo
de su existencia, difícil me era ver claramente aquel peligro. "Como usted
no conoce a esos malvados",… refunfuñaba impertérrito Palomino. Yo, luego
de argumentarle cuanto podía, me callaba. "Me escriben de mi casa —díjome
otro día— y vuelven a dármelo a entender; puede venir pronto mi indulto, y
pagarían cualquier precio por evitar mi salida. Sí. Hoy más que nunca, el
peligro está a mi lado, amigo mío… " Y sus últimas palabras ahogáronle en
desgarradores sollozos. La verdad es que, ante la constante desesperación de
Palomino, llegué a sufrir, a veces, sobre todo en los últimos tiempos,
repentinas y profundas crisis de duda, admitiendo la posibilidad de cualquiera
alevosía, aun de la más negra para su vida, y llegué hasta a asegurárselo, a mi
vez, a los demás amigos de la prisión, alegándoles, probándoles por medio de no
sé qué insospechados aportes de peso decisivo, la sensatez con que razonaba
Palomino. Más todavía. Hubo ocasiones en que ya no era duda lo que yo sentía,
sino seguridad incontrovertible del peligro, y yo mismo salíale al encuentro
con nuevas sospechas y vehementes advertencias de mi parte, sobre el horror de
lo que podía sobrevenir, y esto lo hacía precisamente cuando él se hallaba
tranquilo, en algún olvido visionario. Diríase, que entonces era en mí en quien
se había metido el terror más adentro que en él mismo. Yo le quería mucho, es
cierto; yo me interesaba intensamente por su situación, siempre de pie a la
cabecera de su espanto; y de tácito modo le ayudaba a escudriñar los cárabos de
su pesadilla; en fin, yo llegué por último, a registrar de hecho los bolsillos
y los menores actos de numerosos compañeros y empleados del establecimiento,
tanteando el escondido pelo de su tragedia inminente… todo esto es verdad. Pero
también verá usted, por cuanto le refiero, que, a fuerza de interesarme tanto
por Palomino, iba convirtiéndome en su propio torturador, en un verdadero
verdugo suyo. "¡Tenga usted cuidador— le decía yo con agorera angustia.
Palomino daba un salto, y trémulo volvíase a todos lados y quería huir sin
saber por donde. Y ambos experimentábamos entonces, acerba, terrible
desesperación, vallados por los muros de piedra, invulnerables, implacables,
absolutos, eternos. Palomino, desde luego, no comía casi. Cómo iba a comer. No
bebía. No hubiera respirado. En cada migaja veía latente el veneno mortal. En
cada gota de agua. En cada adarme de la atmósfera. Su tenaz escrupulosidad
sutilizada hasta la hiperestesia, le hacía parecer los más triviales
movimientos ajenos, relacionados con los alimentos. Alguien, cierta mañana,
comía a su lado, pan del bolsillo. Palomino vióle llevarse a los labios el
mendrugo, y, tras una enérgica mueca de repulsa, escupió varias veces y fue a
enjuagarse. "¡Tenga usted siempre cuidado"! —le repetía yo cada día
con más frecuencia. Dos, cuatro veces diarias este alerta resonaba entre ambos.
Yo me desahogaba, sabiendo que de este modo, Palomino se cuidaría más y
alejaríase mejor del peligro. Me parecía, en fin, que cuando yo no le había
recordado mucho rato la fatídica inquietud, él podría acaso olvidarla y
entonces ¡ay de él!… ¿Dónde estaba Palomino?… Pues, llevado por mi vigilante
fraternidad, de un salto llegábame a él, y le susurraba al oído
atropelladamente: "¡Tenga usted cuidado!"… Así me tranquilizaba yo,
pues podía estar cierto de que en algunas horas no le sucedería nada a mi
amigo. Un día se lo repetí más a menudo que nunca. Palomino oíame, y, luego de
la conmoción consiguiente, de seguro me lo agradecía en su pensamiento y en su
corazón. Mas, tengo que volver a recordárselo a usted; por este camino
traspasaba las lindes del amor y del bien por Palomino y me convertía en su
principal tormento; en su propio verdugo. Yo me daba cuenta de este doble valor
de mi conducta. Pero —me decía yo allá en mi conciencia— sea lo que fuere:
irrevocable imperativo de mi alma, me ha investido de guardián suyo, de curador
de su seguridad, y no volveré atrás por nada. Mi voz de alerta palpitaría
siempre al lado suyo, en su noche de zozobra, como un despertador para el
escudo y la defensa. Sí. Yo no volvería atrás, por nada. Una media noche,
desperté sobresaltado, a consecuencia de haber sentido en mitad del sueño, un
vivo espanto misterioso. Tal una válvula abierta de golpe, que me arrojara en
todo el pecho un golpe de agua fresca. Desperté, poseído de gran alegría, de
una alada alegría, cual si de pronto me hubiera abandonado un formidable peso
agobiador, o hubiera saltado de mi cuello una horca, hecha pedazos. Era una
alegría ciega, de no se por qué; y a tientas desperezábase y aleteaba en mi
corazón, diáfana, pura. Desperté bien. Hice conciencia. Cesó mi alegría: había
soñado que Palomino era envenenado. A la mañana siguiente, el sueño aquel me
tenía sobrecogido, con crecientes palpitaciones de encrucijada: la muerte — la
vida. Sentíame en realidad totalmente embargado por él. Ásperos vientos de
enervante fiebre, corríanme el pulso, las sienes, el pecho. Debía yo demostrar
aire de enfermo, sin duda, pues harto me pesaban las sienes, la cabeza y
velaban mi ánima graves pesares. Por la tarde, a Palomino y a mí toconos
trabajar juntos en la Imprenta. Como ahora, los aceros negros rebullían,
chocaban cual reprochándose, rozábanse y se salvaban a las ganadas, giraban
quizás locamente, con más velocidad que nunca. Durante toda la mañana y hasta
la tarde, el sueño aquel acompañóme terco, irreductible. Mas, ignoro por qué,
yo no lo rehuía. Lo sentía a mi lado, riendo y llorando alternativamente,
enseñándome, sin son ni ton, una de sus manos, la siniestra, negra; blanca,
bien blanquísima la otra, y ambas entrelazándose siempre con extraño
isocronismo, en impecable, aterradora encrucijada; ¡la muerte —la vida! ¡la
vida— la muerte! Durante todo el día también— y también ignoro por qué— ni una
sola vez acudió a mis labios el velador alerta de antes. Absolutamente. Mi
sueño anterior parecía sellar mi boca para no verter tal palabra, por su propia
diestra albicante y luminosa, de una luminosidad azul, esfumada, sin bordes. De
repente, Palomino murmuró a mis oídos, con contenida explosión de lástima e impotencia:
"Tengo sed". Inmediatamente, empujado por mi solícita hermandad de
siempre para con él, apresté una escudilla de greda rojiza, y en ella fui a
traerle a que bebiese. El agradeció enternecido, asiéndose del asa de la
vasija, y sació su sed hasta que ya no pudo… Y al crepúsculo, cuando esta vida
de punzantes cuidados hacíase más insoportable; cuando Palomino habíase
agujereado ya toda la cabeza, a punta de zozobras; cuando febril amarillez de
un amarillo de nuevo viejo, aplácabale el rostro desorbitado de inquietud;
cuando hasta el médico mismo declarado había que aquel mártir no tenía nada más
que debilidad, motivada por malestar del estómago; cuando estaba ya añicos ese
uniforme sainado de excesiva, cediza agonía; cuando hasta Palomino había esbozado
¡oh armonía secreta de los cielos! a la vera de las arrugas de su propia
frente, fugitiva sonrisa alta, que no alcanzó a saltar a las bajas mejillas, ni
a la humana tristeza de sus hombros; y cuando, como hoy, llovía y había neblina
por los libres espacios inalcanzables, y arreciaba por aquí abajo un premioso y
hosco augurio sin causa… al crepúsculo, acercóse él y me dijo, a sangrantes
astillas de voz: "¡Solís… Solís… Ya… ya me mataron!… Solís… " Al
verle ambas manos sosteniéndose el vientre y retorciéndose de dolor, sentí,
antes que en el fondo de mi corazón, caerme el golpe, en sensación de fuego
devorador y crepitante, dentro de mis propias vísceras integrales. Sus quejas,
apenas articuladas, como no queriendo fuesen percibidas más que por mí solo, soplaban
hacia mi interior, como avivadas lenguas de una llama mucho tiempo atrás
contenida entre los dos, en forma de invisibles comprimidos. ¡De tan seguro
modo, con tan viva certidumbre habíamos ambos por igual, esperado aquel
desenlace! Mas, luego de sentir como si el áspid hubiérase colado por las venas
de mi propio cuerpo, invadióme instantánea, súbita, misteriosa satisfacción
¡Misteriosa satisfacción! ¡Si señor!…
En esto,
Solís hizo una mueca de enigmática ofuscación, mezclada de tan sorda ebriedad
en la mirada, que me hizo bambolear en el asiento, como con una pedrada
furibunda.
Después,
enronquecido, a pulso, a grandes toneladas, agregó misteriosamente:
—Y
Palomino no amaneció al siguiente día. ¿Había, pues, sido envenenado? ¿Y acaso
con el agua que yo le dí a beber? ¿O había sido aquello sólo un acceso nervioso
suyo y nada más? No lo sé. Sólo dicen que al otro día, mientras yo vime
obligado a guardar cama en las primeras horas, a causa de los fuertes golpes
nerviosos de la víspera; dicen que entonces vino un hijo suyo a noticiar a su
padre habérsele concedido el indulto, y ya no le encontró. Le había respondido
la Dirección del establecimiento: "En efecto. Concedido el indulto para su
padre, ha sido puesto en libertad esta mañana".
El
narrador tuvo en esto un mal contenido gesto de tormento que me impulsó a
decirle, solícito y consternado:
—No… No…
¡No vaya usted a llorar!
Y,
haciendo súbito paréntesis, volvió Solís a preguntarme con honda ternura, como
antes:
—¿Tiene
usted frío?
Yo le
interrumpo anhelante:
—¿Y
después?
—Y
después… nada.
Y luego,
Solís calló hasta la muerte. Y luego, como cosa aparte, lleno de amor y
amargura a un tiempo, añadió:
—Pero
Palomino, que ha sido siempre un hombre bueno y mi mejor amigo, el más leal, el
más bondadoso; a quien yo quería tanto, por cuya situación me interesaba
intensamente, a quien le ayudé a escudriñar su futuro amenazado, y por quien
llegué hasta registrar de hecho los bolsillos y los actos de los demás;
Palomino no ha vuelto más por aquí, ni se acuerda de mí. Es un ingrato. ¡Qué le
parece!
Se oye de
nuevo a la banda de músicos de la Penitenciaría tocar el himno del Perú. Ahora
ya no solfean. El coro de la canción es tocado por toda la banda y en su
integral sinfonía. Suenan las notas de ese himno, y el preso que permanece en
silencio, sumido en sus hondas cavilaciones, agita de pronto los párpados en
vivo aleteo y exclama con gesto alucinado:
—¡Es el
himno el que tocan! ¿Lo oye usted? Es el himno. ¡Qué claro! Parece hacerse
lenguas:
Soo-mos-liii-bres…
Y al
tararear estas notas, sonríe y ríe por fin con absurda alegría.
Luego
vuelve a la reja inmediata los encandilados ojos, en los que está brillando un
brillo de lágrimas ardidas. Salta del asiento, y, tendiendo los brazos, exclama
con júbilo que me estremece hasta los huesos:
—¡Hola
Palomino!…
Alguien
avanza hacia nosotros, a través de la cerrada verja silente e inmóvil.
Los
caynas
Luis
Urquizo lanzó una carcajada, y, tragándose todavía las últimas pólvoras de
risa, bebió ávidamente su cerveza. Luego, al poner el cristal vacío sobre el
zinc del mostrador, lo quebró, vociferando:
—¡Eso no
es nada! Yo he cabalgado varias veces sobre el lomo de mi caballo que caminaba
con sus cuatro cascos negros invertidos hacia arriba. ¡Oh, mi soberbio alazán!
Es el paquidermo más extraordinario de la tierra. Y más que cabalgarlo así
sorprende, maravilla, hace temblar de pavor el espectáculo en seco, simple y
puro de líneas y movimientos que ofrece aquel potro cuando está parado, en
imposible gravitación hacia la superficie inferior de un plano suspendido en el
espacio. Yo no puedo contemplarlo así, sin sentirme alterado y sin dejar de
huir de su presencia, despavorido y como acuchillada la garganta. ¡Es brutal!
Parece entonces una gigantesca mosca asida a una de esas vigas desnudas que
sostienen los techos humildes de los pueblos ¡Eso es maravilloso! ¡Eso es
sublime! ¡Irracional!
Luis
Urquizo habla y se arrebata, casi chorreando sangre el rostro rasurado, húmedos
los ojos. Trepida; guillotina sílabas, suelda y enciende adjetivos; hace de
jinete, depone algunas fintas; conifica en álgidas interjecciones las más
anchas sugerencias de su voz, gesticula, iza el brazo, ríe: es patético, es
ridículo: sugestiona y contagia en locura.
Después
dijo:
—Me
marcho— Y corriendo, saltó el dintel de la taberna y desapareció rápidamente
—¡Pobre!
—exclamaron todos—. Está completamente loco.
Urquizo,
en verdad, estaba desequilibrado. No cabía duda. Así lo confirmaba el curso
posterior de su conducta. Aquel hombre continuó viendo las cosas al revés,
trastrocándolo todo, a través de los cinco cristales ahumados de sus sentidos
enfermos. Las buenas gentes de Cayna, pueblo de su residencia, hicieron de él,
como es natural, blanco de cruel curiosidad y cotidiana distracción de grandes
y pequeños.
Años más
tarde, Urquizo, por falta de cura oportuna, agravóse en forma mortal en su
demencia, y llegó al más truculento y edificante diorama del hombre que tiene
el triángulo de dos ángulos, que se muerde el codo, que ríe ante el dolor, y
llora ante el placer: Urquizo llegó a errar allende las comisuras eternas, a
donde corren a agruparse, en son de armonía y plenitud, los siete tintes
céntricos del alma y del color.
Por
entonces, yo le encontré una tarde. Desde que le avisté, pocos pasos antes de
cruzarnos, despertóse en mí desusada piedad hacia aquel desgraciado, que, por
lo demás, era primo mío en no sé qué remota línea de consanguinidad materna; y,
al cederle la vereda, saludándole de paso, tropecéme en uno de los baches de la
empedrada calle, y fui a golpear con el mío un antebrazo del enfermo. Urquizo
protestó colérico:.
—¡Quía!
¿Esta usted loco?
La
exclamación sarcástica del alienado me hizo reír; y más adelante fue ella
motivo de constantes cavilaciones en que los misterios de la razón se hacían
espinas, y empozábanse en el cerrado y tormentoso círculo de una lógica fatal,
entre mis sienes. ¿Por qué esa forma de inducción para atribuirme la
descompaginación de tornillos y motores que sólo en él había?
Este
último síntoma, en efecto, traspasaba ya los límites de la alucinación
sensorial. Esto era ya más trascendental, sin duda, desde que representaba,
nada menos que un raciocinio, un atar de cabos profundos, un dato de
conciencia. Urquizo debía, pues, creerse a sí mismo en sus cabales; debía de
estar perfectamente seguro de ello, y, desde este punto de vista suyo, era yo,
por haberle golpeado sin motivo, el verdadero loco. Urquizo atravesaba por este
plano de juicio normal que se denuncia en casi todos los alienados; plano que,
por su desconcertante ironía, hiere y escarnece los riñones más cuerdos, hasta
quitarnos toda rienda mental y barrer con todos los hitos de la vida. Por eso,
la zurda exclamación de aquel enfermo clavóse tanto en mi alma y todavía me
hurga el corazón.
Luis
Urquizo pertenecía a una numerosa familia del lugar. Era, por infortunado, muy
querido de los suyos, quienes le prestaban toda suerte de cuidados y amorosa
asistencia.
Un día se
me notificó una cosa terrible. Todos los parientes de Urquizo, que convivían
con él, también estaban locos. Y todavía más. Todos ellos eran víctimas de una
obsesión común, de una misma idea, zoológica, grotesca, lastimosa, de un
ridículo fenomenal; se creían monos, y como tales vivían.
Mi madre
invitóme una noche a ir con ella a saber del estado de los parientes locos. No
encontramos en la casa de éstos sino a la madre de Urquizo, quien cuando
llegamos, se entretenía en hojear tranquilamente un cartapacio de papeluchos, a
la luz de la lámpara que pendía en el centro de la sala. Dado el aislamiento y
atraso de aquel pueblo, que no poseía instituciones de beneficencia, ni régimen
de policía, esos pobres enfermos de la sien salían cuando querían a la calle; y
así era de verlos a toda hora cruzar por doquiera la población, introducirse a
las casas, despertando siempre la risa y la piedad en todos
La madre
de los alienados, apenas nos divisó, chilló agudamente, frunció las cejas con
fuerza y con cierta ferocidad, siguió haciéndolas vibrar de abajo arriba varias
veces, arrojó luego con mecánico ademán el pliego que manoseaba; y,
acurrucándose sobre la silla, con infantil rapidez de escolar que se enseria
ante el maestro, recogió los pies, dobló las rodillas hasta la altura del
nacimiento del cuello, y, desde esta forzada actitud, parecida a la de las
momias, esperó a que entrásemos a la casa, clavándonos, cabrilleantes, móviles,
inexpresivos, selváticos, sus ojos entelarañados que aquella noche suplantaban
asombrosamente a los de un mico. Mi madre asióse a mí asustada y trémula, y yo
mismo sentíme sobrecogido de espeluznante sensación de espanto. La loca parecía
furiosa
Pero no.
A la brusca claridad de la cercana lámpara, distinguimos que aquella cara
extraviada, bajo la corta cabellera que le caía en crinejas asquerosas hasta
los ojos, empezaba luego a fruncirse y moverse sobre el miserable y haraposo
tronco, volviéndose a todos lados, como solicitada por invisibles resortes o
por misteriosos ruidos producidos en los ferrados barrotes de un parque. La
loca, después, como si prescindiera de nosotros, empezó a rascarse y espulgarse
el vientre, los costados, los brazos, triturando los fantásticos parásitos con
sus dientes amarillos. De breve en breve chillaba largamente, escrutaba en
torno suyo y aguaitaba a la puerta, como si no nos advirtiera. Madre,
transcurridos algunos minutos de expectación y de miedo, hízome señas de
retroceder, y abandonamos la casa.
De esta
lúgubre escena hacía veintitrés años cumplidos, cuando después de haber vivido,
separado de los míos durante todo aquel tracto de tiempo, por razón de mis
estudios en Lima, tornaba yo una tarde a Cayna, aldea que, por lo solitaria y
lejana era como una isla allende las montañas solas. Viejo pueblo de humildes
agricultores, separado de los grandes focos civilizados del país por inmensas y
casi inaccesibles cordilleras, vivía a menudo largos períodos de olvido y de
absoluta incomunicación con las demás ciudades del Perú.
Debo
llamar la atención hacia la circunstancia asaz inquietante de no haber tenido
noticias de mi familia, en los seis últimos años de mi ausencia.
Mi casa
estaba situada casi a la entrada de la población. Un acanelado poniente de
mayo, de esos dulces y cogitabundos ponientes del oriente peruano, abríase de
brazos sobre la aldea que no sé por qué tenía a esa hora, en su soledad y
abandono exteriores, cargado olor a desventura, tenaz aire de lástima. Tal una
roña de descuido y destrucción inexplicable rezumaba de todas partes. Ni un
solo traseúnte. Y apenas crucé las primeras esquinas, opacáronse mis nervios,
golpeados por una súbita impresión de ruina; y sin darme cuenta, estuve a punto
de llorar.
El portón
lacre y rústico de la mansión familiar apareció abierto de par en par. Descendí
de la cabalgadura, y, jadeante de lacerada ternura, torpe de presagiosa
emoción, hablando al sudoroso lento animal, avancé zaguán adentro.
Inmediatamente, entre el ruido de los cascos, despertáronse en el interior
destemplados gritos guturales, como de enfermos que ululasen en medio del
delirio y la fatiga.
No podré
ahora precisar la suerte de pétreas cadenas que, anillándose en mis costados,
en mis sienes, en mis muñecas, en mis tobillos, hasta echarme sangre,
mordiéronme con fieras dentelladas, cuando percibí aquella especie de doméstica
jauría. La antropoidal imagen de la madre de Urquizo surgió instantáneamente en
mi memoria, al mismo tiempo que invadíame un presentimiento tan superior a mis
fuerzas que casi me valía por una aciaga certeza de lo que, breves minutos
después, había de dar con todo mi ser en la tiniebla
A toda
voz llamé casi gimiendo.
Nada.
Todas las puertas de las habitaciones estaban, como la de la calle, abiertas
hasta el tope. Solté la brida de mi caballo, corrí de corredor en corredor, de
patio en patio, de aposento en aposento, de silencio en silencio; y nuevos
gruñidos detuviéronme por fin, delante de una gradería de argamasa que ascendía
al granero más elevado y sombrío de la casa. Atisbé. Otra vez se hizo el
misterio.
Ninguna
seña de vida humana; ni un solo animal doméstico. Extrañas manos debían de
haber alterado, con artimañoso desvío del gusto y de todo sentido de orden y
comodidad, la usual distribución de los muebles y de los demás enseres y menaje
del hogar.
Precipitadamente,
guiado por secreta atracción, salté los peldaños de esa escalera; y, al
disponerme a trasponer la portezuela del terrado, la advertí franca también.
Detúvome allí inexplicable y calofriante tribulación; dudé por breves segundos,
y, favorecido por los destellos últimos del día, avizoré ávidamente hacia
adentro.
Rabioso
hasta causar horror, desnaturalizado hasta la muerte, relampagueó un rostro
macilento y montaraz entre las sombras de esa cueva. Enristrando todo mi coraje
—¡pues que ya lo suponía todo, Dios mío!— me parapeté junto al marco de la
puerta y esforcéme en reconocer esa máscara terrible.
¡Era el
rostro de mi padre!
¡Un mono!
Sí. Toda la trunca verticalidad y el fácil arresto acrobático; todo el juego de
nervios. Toda la pobre carnación facial y la gesticulación; la osamenta entera.
Y, hasta el pelaje cosquilleante, ¡oh la lana sutilísima con que está tramada
la inconsútil membrana de justo, matemático espesor suficiente que el tiempo y
la lógica universal ponen, quitan y trasponen entre columna y columna de la
vida en marcha!
—Khirrrrr…
. Khirrrrr… .— silbó trémulamente.
Puedo
asegurar que por su parte él no me reconocía. Removióse ágilmente, como
posicionándose mejor en el antro donde ignoro cuando habíase refugiado; y,
presa de una inquietud verdaderamente propia de un gorila enjaulado, ante las
gentes que lo observan y lo asedian, saltaba, gruñía, rascaba en la torta y en
el estucado del granero vacío, sin descuidarse de mí ni por un solo momento,
presto a la defensa y al ataque.
—¡Padre
mío!— rompí a suplicarle, impotente y débil para lanzarme a sus brazos.
Mi padre
entonces depuso bruscamente su aire diabólico, desarmó toda su traza indómita y
pareció salvar de un solo impulso toda la noche de su pensamiento. Deslizóse en
seguida hacia mí, manso, suave, tierno, dulce, transfigurado, hombre, como
debió de acercarse a mi madre el día en que se estrecharon tanto y tan
humanamente, hasta sacar la sangre con que llenaron mi corazón y lo impulsaron
a latir a compás de mis sienes y mis plantas.
Pero
cuando yo ya creía haber hecho la luz en él, al conjuro milagroso del clamor
filial, se detuvo a pocos pasos de mí, como enmendándose allá, en el misterio
de su mente enferma. La expresión de su faz barbada y enflaquecida fue entonces
tan desorbitada y lejana, y, sin embargo, tan fuerte y de tanta vida interior,
que me crispó hasta hacerme doblar la mirada, envolviéndome en una sensación de
frío y de completo trastorno de la realidad.
Volví, no
obstante, a hablarle con toda vehemencia. Sonrió extrañamente.
—La
estrella… — balbuceó con sorda fatiga. Y otra vez lanzó agrios chillidos.
La
angustia y el terror me hicieron sudar glacialmente. Exhalé un medroso sollozo,
rodé la escalinata sin sentido y salí de la casa.
La noche
había caído del todo.
¡Es que
mi padre estaba loco! ¡Es que también él y todos los míos creíanse cuadrumanos,
del mismo modo que la familia de Urquizo! Mi casa habíase convertido, pues, en
un manicomio. ¡El contagio de los parientes! ¡Sí; la influencia fatal!
Pero esto
no era todo. Una cosa más atroz y asoladora había acontecido. Un flagelo del
destino; una ira de Dios. No sólo en mi hogar estaban locos. Lo estaba el
pueblo entero y todos sus alrededores.
Una vez
fuera de la casa, echéme a caminar sin saber adónde ni con qué fin, padeciendo
aquí y allá choques y cataclismos morales tan hondos que antes ni después los
ha habido semejantes que abatieran más mi sensibilidad.
Las
calles tenían aspecto de tapiados caminos. Por doquiera que salíame al paso
algún transeúnte, saltaba en él fatalmente una simulación de antropoide, un
personaje mímico. La obsesión zoológica regresiva, cuyo germen primero brotara
tantos años ha en la testa funámbula de Luis Urquizo, hablase propagado en
todos y cada uno de los habitantes de Cayna, sin variar absolutamente de
naturaleza. A todos aquellos infelices les había dado por la misma idea. Todos
habían sido mordidos en la misma curva cerebral.
No
conservo recuerdo de una noche más preñada de tragedia y bestialidad, en cuyo
fondo de cortantes bordes no había más luz que la natural de los astros, ya que
en ninguna parte alcancé a ver luz artificial. ¡Hasta el fuego, obra y signo
fundamentales de humanidad, había sido proscrito de allí! Como a través de los
dominios de una todavía ignorada especie animal de transición, peregriné por
ese lamentable caos donde no pude dar, por mucho que lo quise y lo busqué, con
persona alguna que librado hubiérase de él. Por lo visto, había desaparecido de
allí todo indicio de civilidad.
Muy poco
tiempo después de mi salida, debí de haber tornado a mi casa. Advertíme de
pronto en el primer corredor. Ni un ruido. Ni un aliento. Corté la compacta
oscuridad que reinaba, crucé el extenso patio y di con el corredor de enfrente.
¿Qué sería de mi padre y de toda mi familia?
Alguna
serenidad tocó mi ánima transida. Había que buscar a todo trance y sin pérdida
de tiempo a mi madre, y verla y saberla sana y salva y acariciarla y oírla que
llora de ternura y que gozo al reconocerme, y rehacer, a su presencia, todo el
hogar deshecho. Había que buscar de nuevo a mi padre. Quizás, por otro lado,
sólo él estaría enfermo. Quizás todos los demás gozarían del pleno ejercicio de
sus facultades mentales.
¡Oh, sí,
Dios mío! Engañado habíame, sin duda, al generalizar de tan ligero modo. Ahora
caía en cuenta de mi nerviosidad del primer momento y de lo mal dispuesta que
había estado mi excitable fantasía para haber levantado tan horribles castillos
en el aire. Y aun ¿acaso podía estar seguro de la demencia misma de mi padre?
Una
fresca brisa de esperanza acaricióme hasta las entrañas.
Franqueé,
disparado de alegría, la primera puerta que alcancé entre la oscuridad, y, al
avanzar hacia adentro, sin saber por qué, sentí que vacilaba, al mismo tiempo
que, inconscientemente, extraía de uno de los bolsillos una caja de fósforos y
prendía fuego.
Escudriñaba
la habitación, cuando oí unos pasos que se aproximaban por los corredores.
Parecían atropellarse.
La sangre
desapareció del todo de mi cuerpo; pero no tanto que ello me obligase a
abandonar la cerilla que acababa de encender.
Mi padre,
tal como le había visto aquella tarde, apareció en el umbral de la puerta,
seguido de algunos seres siniestros que chillaban grotescamente. Apagaron de un
revuelo la luz que yo portaba, ululando con fatídico misterio:
—¡Luz!
¡Luz!… ¡Una estrella!
Yo me
quedé helado y sin palabra.
Más, de
modo intempestivo, cobré luego todas mis fuerzas para clamar desesperado:
—¡Padre
mío! ¡Recuerda que soy tu hijo! ¡Tú no estás enfermo! ¡Tú no puedes estar
enfermo! ¡Deja ese gruñido de las selvas! ¡Tú no eres un mono! ¡Tú eres un
hombre, oh, padre mío! ¡Todos nosotros somos hombres!
E hice
lumbre de nuevo.
Una
carcajada vino a apuñalarme de sesgo a sesgo el corazón. Y mi padre gimió con
desgarradora lástima, lleno de piedad infinita.
—¡Pobre!
Se cree hombre. Está loco…
La
oscuridad se hizo otra vez.
Y
arrebatado por el espanto, me alejé de aquel grupo tenebroso, la cabeza
tambaleante.
—¡Pobre!
—exclamaron todos— ¡Está completamente loco!…
* * *
—Y aquí
me tienen ustedes, loco— agregó tristemente el hombre que nos había hecho tan
extraña narración.
Acercósele
en esto un empleado, uniformado de amarillo y de indolencia, y le indicó que le
siguiera, al mismo tiempo que nos saludaba, despidiéndose de soslayo:
—Buenas
tardes. Le llevo ya a su celda. Buenas tardes.
Y el loco
narrador de aquella historia, perdióse lomo a lomo con su enfermero que le
guiaba por entre los verdes chopos del asilo; mientras el mar lloraba
amargamente y peleaban dos pájaros en el hombro jadeante de la tarde…
El
unigénito
Sí.
Conocí al hombre a quien luego aconteció mucho acontecimiento. Tanto tuvo,
pues, haberme ido en lo sucedido a aquel sujeto, en verdad, siempre digno de
curiosidad y holgadas meditaciones, a causa del aire de espantadiza
irregularidad de su modo de ser… La ciudad le tenía por loco, idiota o poco
menos. A ser franco, diré que yo nunca le tuve en igual concepto. Yerro. Sí le
tuve como anormal, pero sólo en virtud de poseer un talento grandeocéano y una
auténtica sensibilidad de poeta.
Cierta
vez hasta almorzamos juntos en el hotel. Otra vez comimos. Y tomamos desayuno
otro día. Y así durante cuatro o cinco meses seguidos, que vivió solo, por
ausencia de los suyos del lugar. Lato humor el de nuestra mesa. Hasta las finas
lozas pálidas y los cristales, sonríen con brillo inteligente en su límpida
dentadura de turno. Un charlador endemoniado el señor Marcos Lorenz. Yo estaba
lindo. A poco le llegué a tener cariño y a extrañarle harto, cuando faltaba al
restorán.
El señor
Lorenz era soltero y no tenía hijo alguno. A la sazón contaba diez años, como
enamorado de una aristocrática dama de la ciudad. Diez años. No sonriáis. Sí.
El señor Lorenz amaba a su amada hacía una década. El mismo habíamelo
declarado, así como también que ella, a pesar de no haber estado juntos jamás,
lo sabía todo, y quizá, a su vez, le amaba un tanto, pues el señor Lorenz la
escribía su cariño a menudo. Viejo amor flamante siempre aquél, vibrando día
tras día, desde el mismo traste, desde el mismo sostenido en sí bemol, hasta
haberse evado en todos los oídos del distrito, donde nadie ignoraba semejante
historia neoplatónica, a la que, desde la primera a la última página, exornaba
un texto igual, con sólo ligeras variaciones tipográficas y, posiblemente,
hasta gramaticales. ¡Viejo amor flamante siempre aquél!
—¡Acaso
me ama un poco!— repetíase en la mesa el señor Lorena, ovalando un mordisco
episcopal sobre el sabroso choclo de mayo, que deshacíase y lactaba, de puro
tierno, entre los cuatro dígitos del tenedor argénteo. Por que, en verdad, mi
excelente contertulio no parecía estar muy seguro de lo que sentiría por él la
dama de su corazón. Tanto, que muchas veces, su tranquilidad ante esta
incertidumbre, y la longevidad de semejantes relaciones estadizas, tornábanme
descreído, y hacíanme pensar que todo no podía pasar acaso de un reverendísimo
boato de vanidad inofensiva, de parte del señor Lorenz, ya que él era apenas un
ciudadano más o menos herbolario, y ella un divino anélido de miel, hecho para
volverle agua la boca al más ahito de los salomones de la tierra. Mas vino
prueba en contrario, una mañana en que ingresó el señor Lorenz al restorán.
¿Qué le pasaba al señor Lorena? ¿Qué cara traía, tan a crespas facciones
trabajada?
—¿Algún
borrón en la tela, amigo mío?
—Nada
—respondióme en un mugido— Sólo que acaba de pasar ella, acompañada de un
bribón, de quien ya me han noticiado como novio suyo… .
—¿Cómo?
—aducíle sarcásticamente— ¿Y usted? ¿Y sus diez años de amor?
El señor
Lorena salióme entonces al encuentro, pidiendo un antipasto de jamón del país y
sardinas. Servido éste, añadió regocijado:
—Parece
estar mejor que el de ayer.
Y, como
si se vendase una ligera picazón de insecto, voceó:
—¡Mozo!
¡Whisky!
No
obstante lo cual, notificado quedaba yo, con roja cédula de celos, que,
verdaderamente, lo que el señor Lorenz sentía por aquella dama, era una pasión
a todo cuadrante. No cabía duda. ¡Viejo amor flamante siempre el suyo!
Una tarde
leí, poco después, en uno de los diarios locales:
Enlace concertado.—
Ha quedado concertado el enlace del señor Walter Wolcot, con la señorita Nérida
del Mar.
¡Pesia!
¡Pobre señor Lorena! Qué amargas calabazas le florecían. Calabazas decenarias.
Aquel divino anélido de miel iba a subjuntivar su áureo nombre aqueo, al rápido
de trusts del bribón de quien ya habían noticiado al señor Lorena, como
prometido de Nérida.
Terrible
pesar sobrevino a mi amigo, como podrá suponerse, ante el anuncio de aquel
matrimonio. Acabáronse las sobremesas plácidas; y las aguas de oro y los
espumosos benedictines de antes, quizás sólo lloraban ahora, estancados en las
pupilas de este nuevo José Matías, que, desde entonces, parecía estar siempre
pronto a verter lágrimas de desesperación. Acabóse el buen humor que arcenara,
en jocunda guardilla tornasol, la fraternal efusión de los almuerzos soleados y
las florecidas cenas retardadas: pues, aun cuando el apetito por las buenas
viandas arreciaba con fuerza mayor en el señor Lorena, a raíz de su sétima
caída romántica, quijarudo Pierrot punteaba ahora en su alma herida, ahora que
los días y las noches le aporreaban con ocasos moscardados de recuerdos, y
lunas amarillas de saudad.
No volvió
el señor Lorenz a decir palabra alguna sobre Nérida. Caviloso, callado, sólo de
vez en tarde, enventanaba la taciturnidad del yantar, para estornudar algún
versículo del Eclesiastés, entre cuyas cenizas aventaba, con aire confinado de
orfandad, su desventura. Ante éste, que podría llamarse trágico palimpsesto de
amor, tenté, en más de una ocasión, escarbar el secreto de sus pensares, a fin
de ver si en algo podría yo aliviarle. Pero nada. Siempre que resolvíame a
interrogarle, sentía al hombre trancarse a piedra y lacre, pecho adentro, para
toda pregunta o confidencia.
Luego,
dos mil ciento sesentidós horas.
Y un
domingo al medio día, la orquesta lanza una torreada marcha nupcial, entre las
pilastras de rancias molduras provinciales, y bajo los domos iluminados del
templo, cuyo altar mayor resplandece enguirnaldado de albos azahares goteantes
de campo y de rocío.
Veíase,
por la pompa del cortejo, que eran Nérida y el señor Walter Wolcot, quienes, en
tales instantes, recibían la bendición del Todopoderoso, en matrimonio; y que,
a un tiempo mismo, el destino del muy amado señor Lorenz, calados el lúgubre
clac de unto y los guantes negros, asistía al sepelio de diez sarcófagos
ingrávidos, en cuyos labrados campos de azabache, habrían, decorados a la
usanza etrusca, verdes ramas de miosotys florecido portadas por piérides
mútilas y suplicantes; boscajes de rumorosas uvas vivas, bajo el cielo de puras
anilinas anacreónticas; vientos encontrados desnudando árboles de otoño; y
montañas de hielos eternos. Dentro de los diez sarcófagos, irían diez relojes
difuntos…
Y todo
era así, en verdad. Los novios eran Nérida y el caballero de la cuádruple V:
él, calvete prematuro, sanguinoso tipo congestionado de clubman empedernido que
duerme hasta las tres de la tarde; grandes ojos engallados verdebotella,
crónico gesto placentero, como si siempre estuviese celebrando algo; flamante
traje de una cuasi mortuoria corrección británica. Ella… visiblemente pálida.
¿Y el
otro?… ¡Oh espectáculo de impiedad y de heroísmo! El señor Marcos Lorenz
también estaba allí. Le hallé alarmantemente demudado. El, a su vez, me vio,
pero no pareció verme. Le saludé con una venia, y no me hizo caso. Muy cerca de
la pareja, erguíase aquel hombre, rígido, petrificado en dantesca laceria.
Monseñor,
revestido de finísima pelliza de gran tono, mayaba, con voz enronquecida, el
sagrado latín del sacramento. En los incensarios de plata antigua y cadenillas
de oro, ardían los granos de resinas místicas. La orquesta por segunda vez
doblaba la llave del sol de la partitura; y, sudoroso, el acólito, murmuraba
como en sueños, de capítulo en capítulo sus sílabas rituales.
De
súbito, la triste desposanda hizo una extraña cosa. En el preciso momento en
que el tonsurado la hacía la pregunta de promesa, alzó ella sus ardientes ojos
de ámbar oscuro, inundados en febril humedad, y derecho fue a clavarlos en el
otro, en el señor Lorenz. Tal, distraída por entero, no contesta. Algunos del
cortejo, notan el inesperado silencio, y, siguiendo la dirección de la mirada
de Nérida, la encontraron posada en el pobre José Matías. Y luego, todo como en
la duración del relámpago, el señor Lorenz recibió aquella mirada, quebró
bruscamente su rigidez tormentosa, de un solo tranco lanzóse hacia Nérida,
arrollando a cuantos tropezó a su paso, y, con increíble destreza de ave rapaz,
cogióla el rostro estupefacto, y la dio un beso furioso en toda su boca virgen,
que entreabrióse como un surco… Luego, el señor Lorenz cayó pesadamente a
tierra.
Un
revuelo de voces y una repentina parálisis en todos. Y quienes, en son de
airada indignación, acercáronse al yacente besador, al inicuo intruso, oreja en
pecho oyeron a la Muerte fatigada y sudorosa sentarse a descansar en el corazón
ya helado de aquel hombre. ¡Pobre señor Lorenz! Sólo de esta manera, y en sólo
este beso fugaz, frotado y encendido por el total de su vida, en la muerte,
logró unir su carne a la carne de su amada, que ¡ay! acaso no le había amado
nunca en este mundo.
El
desposorio quedó frustrado. Ciega polvareda interpúsose, a gran espesor, entre
los que hubieran sido esposos. Nérida también había sufrido en tal instante,
seria conmoción nerviosa, y, llevada al lecho de dolor, agravándose fue de
segundo en segundo, para morir una hora después de la instantánea muerte del
pobre José Matías…
Y hoy,
corridos ya algunos años, desde que abandonaran el mundo aquellas dos almas, en
esta dorada mañana de enero, un niño fino y bello acaba de detenerse en la
esquina de Belén, un niño extrañamente hermoso y melancólico.
Pasa un
ómnibus del cual bajan varios pasajeros. A uno de ellos, señorón de amplio aire
mundano, se le cae el bastón. El niño, tan bello y, sobre todo, tan
melancólico, gana a recoger la caída caña, enjoyada de oro rojo casi sangre, y
se la entrega al dueño que no es otro sino el propio señor Walter Wolcot. Este
advierte el rostro del pequeño, y sin saber por qué, sufre fuerte sobresalto.
Vacila. Tartamudo agradece, por fin, la gentileza anónima, y, con desesperada
vehemencia que lagrimea de misteriosa inquietud, pregunta al niño:
—¿Cómo te
llamas?
El
infante no responde.
—¿Dónde
vives?
El
infante no responde.
—¿Cuántos
años tienes?
El
infante no responde nada.
—¿Tus
padres?…
El niño
se pone a llorar… .
Una mosca
negra y fatigada viene y trata de posarse en la frente del señor Walter Wolcot,
a punto en que éste se aleja del niño. Muy distante ya, se la espanta varias
veces.
Mirtho
Orate de
candor, aposéntome bajo la uña índiga del firmamento y en las 9 uñas restantes
de mis manos, sumo, envuelvo y arramblo los dígitos fundamentales, de 1 en
fondo, hacia la más alta conciencia de las derechas.
Orate de
amor, con qué ardentía la amo.
Yo la
encontré al viento el velo lila, que iba diciendo a las tiernas lascas de sus
sienes: "Hermanitas, no se atrasen, no se atrasen… " Alfaban sus
senos, dragoneando por la ciudad de barro, con estridor de mandatos y amenazas.
Quebróse, ¡ay! en la esquina el impávido cuerpo: yo sufrí en todas mis puntas,
ante tamaño heroísmo de belleza, ante la inminencia de ver humear sangre
estética, ante la muerte mártir de la euritmia de esa carnatura viva, ante la
posible falla de un lombar que resiste o de una nervadura rebelde que de pronto
se apeala y cede a la contraria. ¡Mas he allí la espartana victoria de ese
escorzo! Y cuánta sabiduría, en metalla caliente, cernía la forja de aquese
desfiladero de nervios, por todas las pasmadas bocas de mi alma. Y luego, sus
muslos y sus piernas y sus prisioneros pies. Y sobre todo, su vientre.
Sí. Su
vientre, más atrevido que la frente misma; más palpitante que el corazón,
corazón él mismo. Cetrería de halconados futuros de aquilinos parpadeos sobre
la sombra del misterio. ¡Quién más que él! Adorado criadero de eternidad,
tubulado de todas las corrientes historiadas y venideras del pensamiento y del
amor. Vientre portado sobre el arco vaginal de toda felicidad, y en el
intercolumnio mismo de las dos piernas, de la vida y la muerte, de la noche y
el día, del ser y el no ser. Oh vientre de la mujer, donde Dios tiene su único
hipogeo inescrutable, su sola tienda terrenal en que se abriga cuando baja,
cuando sube al país del dólar, del placer y de las lágrimas. ¡A Dios sólo se le
puede hallar en el vientre de la mujer!
* * *
Tales
cosas decía ayer tarde un joven amigo mío, mientras con él discurríamos por el
jirón de la Unión. Yo me reía a carcajada limpia. Es claro. El pobre está
enamorado de una de tantas bellas mujeres que cruzan por la arteria principal
de Lima, elegantes y distinguidas, de 5 a 7 de la tarde. Ayer el ocaso ardía
urente de verano. Sol, lujo, flirt, encanto sensual por todas partes. Y mi
amigo desflagraba romántico y apasionado, hecho un poseído de veras. Sí. Hecho
un orate de amor, como él llamábase entre orgulloso y combatido. Un orate de
amor.
Despedíme
de él, y, ya a solas, llegué a decirme para mí: Orate de amor. Bueno. Pero ¿qué
quería significar aquello de orate de candor, apóstrofe de ironía con que
inició su jerigonza?
Anoche
vino a mí el mozo.
—Escúcheme
usted —me dijo, sentándose a mi lado y encendiendo un cigarrillo—. Escúcheme
cuanto voy a referirle ahora mismo, ya que ello es harto extraordinario, para
quedar oculto para siempre.
Miróme
con melancolía que taladraba y, echando luego temerosas y repetidas ojeadas
hacia los ventales del aposento, con sigilo y gravedad profunda continuó de
este modo:
—¿Usted
conoce a la mujer que amo?
—No— le
repliqué al punto.
—Perfectamente.
No la conoce. Pues ríase de como la esbocé esta tarde. Nada. Esas frases eran
sólo truncos neoramas de la gran equis encantada que es la existencia de tan
peregrina criatura.
Y armando
cinegético, disparado ceño de quien fuera a capturar órbitas, hizo rechinar los
dientes y hasta las encías contra las encías, flagelóse desde los lóbulos de
las orejas desoladas hasta la punta de la nariz con un relámpago morado; clavó
frenético ambas manos entre la greña de erizo como para mesársela, y deletreó
con voz de visionario que casi me hace estallar en risotadas:
—Mi amada
es 2.
—Sigue
usted incomprensible. ¿Su amada es 2? ¿Qué quiere decir eso?
Mi amigo
sacudió la cabeza abatiéndose.
—Mirtho,
la amada mía, es 2. Usted sonríe. Está bien. Pero ya verá la verdad de esta
aseveración.
—A Mirtho
—agregó— la conocí hace cinco meses en Trujillo, entre una adorable farándula
de muchachas y muchachos compañeros míos de bohemia. Mirtho pulsaba a la sazón
catorce setiembres tónicos, una cinta milagrosa de sangre virginal y primavera.
La adoro desde entonces. Hasta aquí lo corriente y racional. Mas he allí que,
poco tiempo después, el más amado e inteligente de mis amigos díjome de buenas
a primeras: "¿Por qué es usted tan malo con Mirtho? ¿Por qué, sabiendo
cuánto le ama, la deja usted a menudo para cortejar a otra mujer? No sea así
nunca con esa pobre chica".
Tan
inesperada como infundada acusación, en vez de suscitar mi protesta e inducirme
a reiterar mi fidelidad a Mirtho, toméla, como comprenderá usted, solo en son
de inocente y alado calembour de amistad y nada más, y sonreí para pasmo de mi
amigo que, dada su austera y purísima moral en materia de amor, tuvo entonces
un suave mohín de reproche hacia mí, arguyéndome que cuanto acababa de decirme
tenía toda seriedad. Y, sin embargo, yo nunca había estado con mujer alguna que
no fuese Mirtho desde que la conocí. Absolutamente. La queja de mi amigo
carecía, pues, de base de realidad; y, si ella no hubiera venido de un espíritu
tan fraternal como aquél, habríame dejado sin duda tranquilo y exento del
escozor en la conciencia. Pero el cariño casi paternal con que trataba aquel
amigo inolvidable todos los acontecimientos de mi vida, investía a tan extraño
reproche de un toque asaz inquietante y digno de atención, para que él no me
lastimase sin saber por qué. Además por el gran amor que yo sentía hacia
Mirtho, dolíame que aquello viniese a perturbar así nuestra dicha.
Desde
entonces, continuamente aquel amigo repetíame el consabido reproche, cada vez
con más acritud. Yo, a mi vez, reiterábale y pretendía patentizarle por todos
los medios posibles mi lealtad para Mirtho. Vanos esfuerzos. Nada. La acusación
marchaba, afirmándose con tal terquedad que empezaba yo a creer a su autor
fuera de razón, cuando llegó momento en que todos los demás hermanos de bohemia
fueron de uno en uno formulándome idéntica tacha a mi conducta.
—Nosotros,
todo el mundo —recriminábanme desaforadamente— te hemos sorprendido infraganti,
y con nuestros propios ojos. Nada tienes que alegar en contrario. Tú no puedes
negar la verdad.
Y en
efecto. Si a cuantos me conocían hubiera yo interrogado sobre la verdad de este
asunto, todos habrían testificado mis relaciones de amor con la segunda mujer
para mí tan desconocida como irreal. Y yo habríame quedado aún más boquiabierto
ante semejante fosfeno colectivo, que no otra cosa podía acontecer en el
cerebro de mis acusadores.
Pero una
circunstancia llamaba mi atención, y era que Mirtho nunca me decía nada que
diera a entender ni remotamente que ella supiese de mi supuesta infidelidad. Ni
un gesto, ni una espina en su alma, no obstante su carácter vehemente y celoso.
De la ciudad entera ¿acaso sólo ella ignoraba mi culpa y ni presentía a través
de las generales murmuraciones? Muy más, si, como me lo echaban en cara, diz
que yo solía presentarme por doquiera y sin escrúpulo alguno con la otra. Por
todo esto, la ignorancia de parte de Mirtho roíame el corazón al otro lado de
la acusación de los demás. En aquella ignorancia, podría asegurar, radicaba de
misteriosa manera y por inextricable encadenamiento de motivos, la piedra de
toque, y quizás hasta la razón de ser de la imputación que se me hacia.
Mirtho,
sin duda alguna, no sabía, pues, nada de la otra. Esto era incuestionable.
Malhadada inocencia suya, en último examen, porque ella, no sé por qué medios,
vino a dar a la habladuría azotante de los demás, una cierta vida, un calor y
¡vamos! un sabor de intriga tales, que yo no podía menos que sentirme vacilar
arrastrado hasta el filo de una ridícula posición de desconcierto y de absurda
atonía.
Ocasión
llegó en que habiendo asistido en unión de Mirtho al teatro, nos hallábamos
ambos juntos en la sala, cuando en uno de los entreactos, dieron mis ojos con
uno de mis amigos. Este dístinguióme a su vez e hízome señas para que saliese a
atenderle al foyer. Harto nos amábamos con ese muchacho para que, por inusitada
que fuera tal invitación en ese instante, yo no la atendiese. Pedí perdón a
Mirtho y salí a verle.
—¡Ahora
no lo negarás! —exclamó aquel amigo desde lejos—. Allí estás ahora mismo con la
otra… ¡Y cuánto se parece a Mirtho!
Repliquéle
que no, que él no se había fijado. Fue todo inútil.
Despedíme
riendo y volví al lado de Mirtho, sin haber dado mayor importancia a lo que
creí un simple juego de camarada y nada más.
Varias
veces, posteriormente, estando con ella, tuve, no sin fuertes sobresaltos y
alarmas que terminaban es cierto en seguida, repentina impresión de hallarme en
efecto ante otra mujer que no era Mirtho. Hubo noche, por ejemplo, en que esta
crisis de duda colmóse en álgida desesperación, por haber percibido un
inusitado arrebol de serenidad en el desenvolvimiento de las ondas de un
silencio suyo, arrebol completamente extraño a todas las pausas de su voz, y
que chilló aquella noche en todo mi corazón. Pero, repito, esas alarmas cedían
luego, pensando que ellas deberíanse sin duda a la sugestión obsesiva que
podían ejercer los demás cerca de mí.
He de
advertir, por lo que esto pudiera dar luz a este enredo, que por raro que
parezca el caso, fuera de la vez en que fui presentado a Mirtho, jamás la vi
acompañada de tercera persona, y aun más: cuando solía hallarse conmigo, nunca
estuvimos sino los dos únicamente.
Así
continuaban las cosas, creciente pesadilla que iba a volverme loco, hasta
cierta mañana tibia y diáfana en que hallábame en la confitería Marrón, tomando
algunos refrescos en compañía de Mirtho. Ante la parva mesa de albo caucho
traslúcido estábamos a solas.
—Oye— la
murmuré lacerado, como quien manotea a ciegas en un precipicio, mientras las
flotantes manos suyas, de un cárdeno espasmódico, subieron a asentar el cabello
en sus sienes invisibles— ¿Quieres decirme una cosa?
Ella
sonrió llena de ternura y acaso con cierto frenesí.
—¡Oye,
Mirtho adorada!— repetíla titubeante.
Interrumpióme
violentamente y me clavó sus ojos de hembra en celo, arguyéndome:
—¿Qué
dices? ¿Mirtho? ¿Estás loco? ¿Con cara de quién me ves?
Y luego,
sin dejarme aducir palabra:
—¿Qué
Mirtho es esa? ¡Ah! Con que me eres infiel y amas a otra. Amas a otra mujer que
se llama Mirtho.
¡Qué tal!
¡Así pagas mi amor! Y sollozó inconsolable.
* * *
Calló el
adolescente relator. Y, al difuso fulgor de la pantalla, parecióme ver animarse
a ambos lados del agitado mozo, dos idénticas formas fugitivas, elevarse
suavemente por sobre la cabeza del amante, y luego confundirse en el alto
ventanal, y alejarse y deshacerse entre un rehilo telescópico de pestañas.
Cera
Aquella
noche no pudimos fumar. Todos los ginkés de Lima estaban cerrados. Mi amigo,
que conducíame por entre los taciturnos dédalos de la conocida mansión amarilla
de la calle Hoyos, donde se dan numerosos fumaderos, despidióse por fin de mí,
y aporcelanadas alma y pituitarias, asaltó el primer eléctrico urbano y
esfumóse entre la madrugada.
Todavía
me sentía un tanto ebrio de los últimos alcoholes. ¡Oh mi bohemia de entonces,
broncería esquinada siempre de balances impares, enconchada de secos paladares,
el círculo de mi cara libertad de hombre a dos aceras de realidad hasta por
tres sienes de imposible! Pero perdonadme estos desahogos que tienen aún bélico
olor a perdigones fundidos en arrugas.
Digo que
sentíame todavía ebrio cuando vime ya solo, caminando sin rumbo por los barrios
asiáticos de la ciudad. Mucho a mucho aclarábase mi espíritu. Luego hice la
cuenta de lo que me sucedía. Una inquietud posó en mi izquierdo pezón. Berbiquí
hecho de una hebra de la cabellera negra y brillante de mi novia perdida para
siempre, la inquietud picó, revoloteó, se prolongó hacia adentro y traspasóme
en todas direcciones. Entonces no habría podido dormir. Imposible. Sufría el
redolor de mi felicidad trunca, cuyos destellos trabajados ahora en férrea
tristeza irremediable, asomaban larvados en los más hondos paréntesis de mi
alma, como a decirme con misteriosa ironía, que mañana, que sí, que como no,
que otra vez, que bueno.
Quise
entonces fumar. Necesitaba yo alivio para mi crisis nerviosa. Encaminéme al
ginké de Chale, que estaba cerca.
Con la
cautela del caso llegué a la puerta. Paré el oído. Nada. Después de breve
espera, dispúseme a retirarme de allí, cuando oí que alguien saltaba de la
tarima y caminaba descalzo y precipitadamente dentro de la habitación. Traté de
aguaitar, a fin de saber si había allí algún camarada. Por la cerradura de la
puerta alcancé a distinguir que Chale hacía luz, y sentábase con gran
desplazamiento de malhumor delante de la lamparita de aceite, cuyo verdor
patógeno soldóse en mustio semitono a la lámina facial del chino, soflamada de
visible iracundia. Nadie más estaba allí.
Dado el
aspecto de inexpugnable de Chale, y, según el cual, parecía acabar de despertar
de alguna mala pesadilla quizás, consideré importuna mi presencia y resolví
marcharme, cuando el asiático abrió uno de los cajones de la mesa y,
capitaneando de alguna voz de mando interior e inexorable, que desenvainóle el
cuerpo entero en resuelto avance, extrajo de un lacónico estuche de pulimentado
cedro, unos cuerpos blancos entre las uñas lancinantes y asquerosas. Los puso
en el borde de la mesa. Eran dos trozos de mármol.
La
curiosidad tentóme. Dos trozos ¿de mármol eran? Eran de mármol. No sé por qué,
desde el primer momento, esas piezas, sin haberlas tocado ni visto claramente y
de cerca, vinieron a través del espacio, a barajarse entre las yemas de mis
dedos, produciéndome la más segura y cierta sensación del mármol.
El chino
las volvió a coger, angulando en el aire miradas por demás febriles y de
angustioso devaneo, para que ellas no descorrieran ante mí ciertas presunciones
sobre la causa de su vigilia. Las cogió y examinólas detenidamente a la luz.
Sí. Dos pedazos de mármol.
Luego,
sin abandonarlos, acodado en la mesa, desaguó entre dientes algún monosílabo
canalla que alcanzó apenas a ensartarse en el ojo tajado, donde el alma del
chino lagrimeó de ambición mezclada de impotencia. Hala otra vez el mismo cajón
y aupado acaso por un viejo tesón que redivivía por centésima vez, toma de allí
numerosos aceros, y con ellos empieza a labrar sus mármoles de cábala.
Ciertas
presunciones, dije antes, saltaron ante mí. En efecto. Conocía yo desde dos
años atrás a Chale. El mongol era jugador. Y jugador de fama en Lima; perdedor
de millares, ganador de tesoros al decir de las gentes. ¿Qué podía significar,
pues, entonces esa vela tormentosa, ese episodio furibundo de artífice
nocturno? ¿Y esos dos fragmentos de piedra? Y luego, ¿por qué dos y no uno,
tres o más? ¡Eureka! ¡Dos dados! Dos dados en gestación.
El chino
labraba, labraba desde el vértice mismo de la noche. Su faz, entre tanto,
también labraba una infinita sucesión de líneas. Momentos hubo que Chale
exaltábase y quería romper aquellos cuerpezuelos que irían a correr sobre el
tapete persiguiéndose entre sí, a las ganadas del azar y la suerte, con el
ruido de dos cerrados puños de una misma persona, que se diesen duro el uno al
otro, hasta hacer chispas.
Por mi
parte habíame interesado tanto esa escena, que no pensé ni por mucho
abandonarla. Parecía tratarse de una vieja empresa de paciente y heroico
desarrollo. Y yo aguzábame la mente, indagando lo que perseguiría este enfermo
de destino. Burilar un par de dados. ¿Y bien?
Tanto se
afirma sobre maniobras digitales y secretas desviaciones o enmiendas a voluntad
en el cubileteo del juego, que, sin duda, díjeme al cabo, algo de esto se
propone mi hombre. Esto por lo que tocaba al fin. Pero lo que más me intrigaba,
como se comprenderá, era el arte de los medios, en cuya disposición parecía
empeñarse Chale a la sazón, esto es la correlación que debía de prestablecerse,
entre la clase de dados y las posibilidades dinámicas de las manos. Porque si
no fuese necesaria esta concurrencia bilateral de elementos, ¿para qué este
chino hacía por sí mismo, los dados? Pues cualquier material rodante sería
utilizable para el caso. Pero no.
Es
indudable que los dados deben de estar hechos de cierta materia, bajo este
peso, con aquel aristaje, exagonados sobre tal o cual impalpable declive para
ser despedidos por las yemas de los dedos; y luego, estar pulidos con esa otra
depresión o casi inmaterial aspereza entre marca y marca de los puntos o entre
un ángulo poliédrico y el exergo en blanco de una de las cuatro caras
correspondientes. Hay, pues, que suscitar la aptitud de la materia aleatoria,
para hacer posible su obediencia y docilidad a las vibraciones humanas, en este
punto siempre improvisadas, y triunfadoras por eso, de la mano, que piensa y
calcula aún en la más oscuro y ciego de estos avatares.
Y si no,
había que observar al asiático en su procelosa jornada creadora, cincel en
mano, picando, rayando, partiendo, desmoronando, hurgando las condiciones de
armonía y dentaje entre las innacidas proporciones del dado y las propias
ignoradas potencias de su voluntad cambiante. A veces, detenía su labor un
punto, contemplaba el mármol y sonreía su rostro de vicioso, melado por la
lumbre de la lámpara. Luego con aire tranquilo y amplio, golpeaba, cambiaba de
acero, hacía rodar el juguete monstruoso ensayándolo, confrontaba planos tenaz,
pacientemente y cavilaba.
Pocas
semanas después de aquella noche, quienes hubo que murmuraban entre atorrantes
y demás círculos de la cuerda, cosas estupefacientes e increíbles sobre grandes
acontecimientos recientemente habidos en las casas de juego de Lima. De mañana
en mañana las leyendas fabulosas crecían. Una tarde del último invierno, en la
puerta del Palais Concert, refería un exótico personaje de biscotelas
chorreantes, a un grupo de mozos, que le oían por todas las orejas:
—Chale
para poder jugar esos diez mil soles, no ha jugado limpio. Yo no sé cómo. Pero
el chino se maneja una misteriosa, inconstatable prestidigitación sobre el
tapete. Eso no se puede negar. Fíjense ustedes —recalcó aquel hombre con
gravedad siniestra— que los dados con que juega ese chino, jamás aparecen en la
mano de otro jugador que no sea Chale. Hablo sobre datos inequívocos de propia
observación. Esos dados tienen, pues, algo. En fin…Yo no sé…
Una noche
lanzóme la inquietud al antro donde jugaba Chale.
Era una
cosa de juego para los más soberbios duelos del tapete.
Había
mucha gente en torno de la mesa. La cabestreada atención de todos hacia el paño
ganglionado de montones de billetes, díjome que esa era noche de gran borrasca.
Abriéronme paso algunos conocidos que entusiastas me echaban a apostar.
Allí
estaba Chale. Desde la cabecera de la mesa, presidía la sesión, en su impasible
y torturante catadura todopoderosa: dos correas verticales por cuello, desde
los parietales chatos de ralo pelaje, hasta las barras lívidas de las
clavículas; boca forjada a la mala en dos jebes tensos de codicia, que no se
entreabrían jamás en sonrisa por miedo a desnudarse hasta el hueso; camisa
heroica hasta los codos. El latido de la vida saltábale de un pulso al otro,
buscando las puertas de las manos para escapar de cuerpo tan miserable. Livor
nauseante sobre los pómulos de caza.
Podría
decirse que allí se había perdido la facultad de hablar. Señas. Adverbios casi
inarticulados. Interjecciones arrastradas. ¡Oh cuánto quema a veces el resuello
branquial de lo que anda muerto, y sin embargo vivo en cada uno de nosotros!
Propúseme
observar con toda la sutileza y profundidad de que era capaz, las más mínimas
ondas sicológicas y mecánicas del chino.
Rayaba la
una de la madrugada.
Alguien
apostó cinco mil soles a la suerte. El aire chasqueó como agua caliente
estocada por la primera burbuja de la ebullición. Y si quisiera yo ahora
precisar cómo eran las caras circunstantes en aquellos segundos de prueba,
diría que todas ellas rebasáronse a sí mismas y fueron a ser refregadas y
estrujadas con el par de dados de Chale, encendiéndose y afilándose allí, hasta
urgir y querer arrancar una novena arista milagrosa a cada dado, como ansiada
sonrisa del destino. Chale deshízose violentamente de los dados, como un par de
brasas que chisporroteasen, y rugió una hienada formidable grosería que
trascendió en la sala a carne muerta.
Palpéme
en mi propio cuerpo como buscándome, y me di cuenta de que allí estaba yo
temblando de asombro. ¿Qué había sentido el chino? ¿Por qué arrojó los dados
así, como si le hubiesen quemado o cortado las manos? ¿El ánimo de aquellos
jugadores todos, como es natural, en contra suya siempre, había, ante tan
crestada apuesta, así llegádole a herir de tal manera?
Mientras
los dados estuviesen abandonados sobre el paño de esmeralda, vinieron a mi
memoria los dos trozos de mármol que ví troquelar a Chale en ya lejana noche.
Estos dados, que ahora veía, provenían por cierto de las nacientes joyas de
entonces, porque he aquí que ellos eran de un mármol albicante y traslúcido en
los bordes y de brillo firme casi metálico en los fondos. ¡Bellos cubos de
Dios!
El chino,
luego de corta vacilación, recogió otra vez los dados y siguió su juego, no sin
algún temblor convaleciente en las sienes que quizás sólo yo percibí con harto
trabajo.
Tiró una
vez. Barajó. Volvió a tirar dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho veces.
La novena pintó quina y sena.
Todos
parecieron descolgarse de una picota y resucitar. Todos humanizáronse de nuevo.
Por allí se pidió un cigarrillo. Tosieron. Chale pagó dos mil quinientos soles.
Yo lancé un suspiro. Luego tragué saliva. Hacía calor.
Formuláronse
nuevas apuestas y continuó la trágica disputa de la suerte con la suerte.
Noté que
la pérdida que acababa de tener Chale no le había inmutado absolutamente,
circunstancia que venía a echar aún mayor sombra de misterio sobre el motivo de
su inusitado rapto de ira anterior que, por lo visto, no podía atribuirse a
claro alguno producido fogonazo nervioso, por incausado, al parecer, socavaba
mi espíritu con crecientes cavilaciones sobre posibles inteligencias del chino
con corrientes o potencias que danse más allá de los hechos y de la realidad
perceptible. ¿Hasta dónde, en efecto, podría Chale parcializar al destino en su
favor por medio de una técnica sabia e infalible en el manejo de los dados?
En el
primer juego que siguió al de los cinco mil soles, fue de nuevo esta misma
cantidad, apuntada esta vez al azar. Varios acompañaron con menores apuestas a
las quinientas libras. Y el ambiente de combate fuéle ahora aún más enteramente
hostil al banquero.
Los dados
saltaron de la diestra del asiático, juntos, al mismo tiempo, dotados de un
impulso igual. Con un instrumento de medida que pudiese registrar en cifras
innominables las humanas ecuaciones gestadoras de acción más infinitesimales,
habríase constatado la simultaneidad absolutamente matemática con que ambos
mármoles fueron despedidos al espacio. Y juraría que, al auscultar la relación
de avance que desarrollábase entre esos dos dados al iniciar su vuelo, lo que
hay de más permanente, de más vivo, de más fuerte, de más inmutable y eterno en
mi ser, fundidas todas las potencias de la dimensión física, se dio contra sí
mismo, y así pude sentir entonces en la verdad del espíritu, la partida
material de esos dos vuelos, a un mismo tiempo, unánimes.
Chale
había arrojado los dados constriñendo toda su escultura hacia una desviación
anatómica tan rara y singular, que ello turbó aún más mi ya sugestionada
sensibilidad. Diríase que en ese momento había el jugador estilizado toda su
animalidad, subordinándola a un pensamiento y un deseo únicos a la sazón en su
juego.
En
efecto. ¿Cómo poder describir semejante movimiento de sus huesosos flancos,
arrimándose uno contra otro, por sobre la gritería misma de un silencio de pie
suspenso entre los dos guijarros de la marcha; semejante ritmo de los omóplatos
transfigurándose, empollándose en truncas alas que, de pronto, crecían y salían
fuera, ante la ceguedad de todos los jugadores que nada de esto percibían y que
me dejaban ¡ay, sólo ante aquel espectáculo que me castigaba en todo el
corazón!… Y aquella confluencia del hombro derecho, quieta, esperando que la
frente del chino acabase de ganar todo el arco que la intuición y el cálculo
mental de fuerzas, distancias, obstáculos, elementos aceleratrices y hasta del
máximun de intervención de una segunda potestad humana, tendían, templaban,
ajustaban desde el punto más alto de la vidente voluntad del hombre hasta los
cercos lindantes a la omnipotencia divina… Y esa muñeca pálida, alambreada,
neurótica, como de hechicería, casi diafanizada por la luz que parecía portar y
transmitir en vértigo a los dados, que la esperaban en la cuenca de la mano,
saltando, hidrogénicos, palpitantes, cálidos, blandos, sumisos,
transustanciados tal vez, en dos trozos de cera que sólo detendríanse en el
punto del extendido paño, secretamente requerido, plasmados por los dos lados
que plugo al jugador… La presencia entera de Chale y toda la atmósfera de
extraordinaria e ineludible soberanía que desarrolló en la sala en tal
instante, habíanme envuelto también a mí, como átomo en medio del fuego solar del
mediodía.
Los dados
volaron, mejor, corrieron tropezándose entre sí, patinando, saltando isócronos
a veces, con el rehillo punzante de dos tambores que batieran en redoble de
piedra la marcha de lo que no podía volver atrás, aun a pesar de Dios mismo,
ante las pobres miradas de aquella estancia, solemne y recogida más que iglesia
a la hora de alzar la hostia consagrada…
Vibrante,
grisácea línea trababa cada dado al rodar. Una de esas líneas empezó a
engrosar, fue desdoblándose en manchas unas más blancas que otras; pintó
sucesivamente 2 puntos negros, luego 5, 4, 2, 3 y plantóse por fin marcando
quina. El otro mármol ¡oh los costados y el espaldar, el hombre y el frontal
del jugador! el otro mármol ¡oh la partida simultánea de los dados! el otro
avanzó tres dedos más que el anterior, y por parecido proceso de evolución
hacia la meta insospechada, fue a presentar también 5 puntos de carbón sobre el
tapete. ¡Suerte!
El chino,
con la serenidad de quien lee un enigma cuyos términos le fuesen desde mucho
antes familiares, hizo ingresar a su banca los cinco mil soles de la apuesta.
Alguien
dijo a media voz:
—¡Es una
barbaridad! Siempre las más altas paradas son para Chale. No se puede con él.
El chino,
repetí para mí, no hay duda, tiene completo dominio sobre los dados que él
mismo labrara, y, acaso, todavía más, es dueño y señor de los más
indescifrables designios del destino, que le obedecen ciegamente.
Los más
poderosos jugadores parecieron encolerizarse y refunfuñar contra Chale, a raíz
de la última jugada. La sala entera sacudióse en un espasmo de despecho; y
quizá la protesta amordazada de esa masa de seres a los que así golpeaba la
invencible sombra del destino encarnada en la fascinante figura de Chale,
estuvo a punto de traducirse en un zarpazo de sangre. Un solo gran infortunio
puede más que millares de pequeños triunfos dispersos y los atrae y ata a sus
huracanadas entrañas, hasta untarles por fin en su aceite incandescente y
funerario. Todos esos hombres debieron sentirse heridos por la última victoria
del chino, y, llegado el caso, todos le habrían arrancado la vida a las
ganadas. Hasta yo mismo —me aguijonea el remordimiento al recordarlo— hasta yo
mismo odié furiosamente a Chale en ese instante.
Siguió
una apuesta de diez mil soles al azar. Todos temblamos de expectación, de miedo
y de una misericordia infinita, como si fuésemos a presenciar un heroísmo. La
tragedia revolcase cosquilleante a lo largo de las epidermis. Las pupilas
relincharon casi vertiendo lloro puro. Los rostros alisáronse cárdenos de
incertidumbre. Chale lanzó sus dados. Y de este solo cordelazo, apuntaron dos
senas en el paño. ¡Suerte!
Sentí que
alguien se abría paso a mi lado y me apartaba para adelantarse a la mesa,
presionándome, casi acogotándome en forma brutal y arrolladora, como si una
fuerza irresistible y fatal impulsara al intruso para tal conducta. Quienes
estuvieron a mi lado sufrieron idéntico vejamen del desconocido.
Y he aquí
que le chino, en vez de recoger dinero ganado, hizo de él desusado olvido, para
como movido por resorte, volver inmediatamente la cara hacia el nuevo
concurrente. Chale se demudó. Parece que ambos hombres chocaron sus miradas, a
modo de dos picos que se prueban en el aire.
El recién
llegado era un hombre alto y de anchura proporcionada y hasta armoniosa; aire
enhiesto; gran cráneo sobre la herradura fornida de un maxilar inferior que
reposaba recogido y armado de excesiva dentadura para mascar cabezas y troncos
enteros; el declive de los carrillos anchábase de arriba abajo. Ojos mínimos,
muy metidos, como si reculasen para luego acometer en insospechadas embestidas,
las niñas sin color, produciendo la impresión de dos cuencas vacías. Tostado
cutis; cabello bravo; nariz corva y zahareña; frente tempestuosa. Tipo de pelea
y aventura, sorpresivo, preñado de sugerencias embrujadas como boas. Hombre
inquietante, mortificante a pesar de su alguna belleza; céntrico. ¿Su raza? No
acusaba ninguna. Aquella humanidad peregrina quizá carecía de patria étnica.
Tenía
innegable traza mundana y hasta de clubman intachable, con su correcto vestir y
su distinción, y el desenfado inquirido de sus ademanes.
Apenas
este personaje tomó una posición junto al tapete, todo el gas envenenado de
ebriedad y codicia, que respirábamos en la sala, inclusive el de la última
jugada de diez mil soles, la mayor de la noche, despejóse y desapareció
súbitamente. ¿Qué oculto oxígeno traía, pues, aquel hombre? De haberse podido
ver el aire entonces, lo habríamos hallado azul, serena y apaciblemente azul.
De golpe recobré mi normalidad y la luz de mi conciencia, entre un hálito
fresco de renovación sanguínea y de desahogo. Sentí que me liberaba de algo.
Hubo un dulce remanso en la expresión de todos los semblantes. El señorío de
Chale y todas sus posturas de sortilegio se acabaron.
En
cambio, una cosa allí nacía. Una cosa en forma de sensación de curiosidad
primero, luego de extrañeza y de espinosa inquietud. Y esa inquietud partía,
indudablemente, de la presentación del nuevo parroquiano. Sí. Pues él —yo lo
hubiera afirmado con mi cuello— traía algún propósito apabullante, algún
designio misterioso.
El
asiático estaba demudado. Desde que éste advirtió al desconocido, no volvió a
mirarle cara a cara. Por nada. Aseguraría que la tomó miedo y que en él más que
en ningún otro de los presentes, el efecto repulsivo y aborrecible que
despertaba ese hombre, fue mucho mayor para ser disimulado. Chale le odiaba, le
temía. Esa es la palabra: le tenía miedo. Además, nadie había visto jamás a tal
caballero en aquella casa de juego. Chale ni siquiera le conocía. Detonaba,
pues, también por esto su presencia.
El
clubman de súbito empezó a respirar con trabajo, como si se asfixiara. Jadeaba
mirando fijamente al cabizbajo chino que parecía triturado por aquella mirada,
mutilado, reducida a pobres carbones toda su personalidad moral, toda su
confianza en sí mismo de antes, toda su beligerancia triunfadora siempre del
hado. Chale, cariacontecido, como niño cogido en falta, movía los dedos en el
hueco de su diestra temblorosa, queriendo derribarlos por impotencia.
El corro,
poco a poco, llegó a converger todas sus miradas en el forastero que aún no
había pronunciado palabra. Se hizo silencio.
Por fin
el recién llegado dijo dirigiéndose al chino:
—¿Cuánto
importa toda su banca?
El
interrogado pestañeó haciendo una mueca apocalíptica y ridícula de desamparo,
como si fuese a recibir una bofetada mortal. Y volviendo en sí, balbuceó, sin
saber lo que decía.
—Allí
está todo.
La banca
importaba más o menos cincuenta mil soles.
El hombre
equis nombró esta suma, extrajo una cantidad igual de su cartera y con majestad
la colocó en el paño, apostándola al azar, ante el pasmo de los circunstantes.
El chino se mordió los labios. Y, siempre rehuyendo el rostro de su nuevo
adversario, empezó a barajar los cubos de mármol, sus cubos.
Nadie
acompañó a tan monstruosa y atrevida apuesta.
El
apostador único, solitario, sin que nadie, absolutamente nadie, menos el chino,
pudiese advertirlo, extrajo del bolsillo su revólver, acercólo sigilosamente al
cerebro de Chale, y, la mano en el gatillo, erecto el cañón hacia aquel blanco.
Nadie, repito, percibió esta espada de Damocles que quedó suspendida sobre la
vida del asiático. Muy al contrario. La espada de Damocles viéronla todos
suspendida sobre la fortuna del desconocido, pues que su pérdida estaba
descontada. Recordé lo que momentos antes habíase susurrado en la sala:
—Siempre
las más altas paradas son para Chale. No se pude con él.
¿Era su
buena suerte? ¿Era su sabiduría? No lo sé. Pero yo era ahora el primero que
preveía la victoria del chino.
Echó éste
los dados. ¡Oh los costados y el espaldar, el hombro y el frontal del jugador!
De nuevo, y con más óptima elocuencia, repitiese ante mis ojos y ante mi alma,
el espectáculo extraordinario, la desviación anatómica, la polarización de toda
la voluntad que doma y sojuzga, entraba y dirige los más inextricables
designios de la fatalidad. De nuevo, ante el esfuerzo creador del lanzador de
dados, sobrecogido fui de un cataclismo misterioso que rompía toda armonía y
razón de ser de los hechos y leyes y enigmas en mi cerebro estupefacto. De
nuevo esa partida simultánea de los dados ante iguales términos aleatorios de
apuesta. De nuevo abrí los ojos desmesurándolos para constatar la suerte que
vendría a agraciar al gran banquero.
Los
mármoles corrieron y corrieron y corrieron.
El cañón
y el gatillo y la mano esperaban. El de la gran parada no miraba los dados:
sólo miraba fija, terrible, implacablemente a la testa del asiático.
Ante
aquel desafío, que nadie notaba, de ese revólver contra ese par de dados que
pintarían el número que pluga a la invencible sombra del Destino, encarnada en
la figura de Chale, cualquier habría asegurado que yo estaba allí. Pero no. Yo
no estaba allí.
Los dados
detuviéronse. La muerte y el destino tiraron de todos los pelos.
¡Dos
ases!
El chino
se echó a llorar como un niño.

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