© Libro N° 13045. Una Historia Escolar. James, M. R. Emancipación.
Octubre 5 de 2024
Título original: ©
A School Story; M.R. James (1862-1936)
Versión
Original: © Una Historia
Escolar. M.R. James
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
M.R. James
Una
Historia Escolar
M.R.
James
En un salón de fumar, dos hombres charlaban de su época escolar.
—En nuestro colegio —decía A.—, teníamos la huella de un fantasma en la
escalera. ¿Cómo era? Poco convincente. Tenía forma de zapato, con la punta
cuadrada, si no recuerdo mal. La escalera era de piedra. Pero nunca oí contar
cómo apareció. Cosa extraña, si lo piensas. Me pregunto cómo es que no se le
ocurrió a nadie inventar una historia sobre el particular.
—Con los niños, nunca se sabe. Ellos tienen su propia mitología. Ése es
un tema muy apropiado para ti: Tradición y costumbres en los colegios privados.
—Sí, pero el material es más bien escaso. Me imagino que si nos
pusiéramos a estudiar el ciclo de historias de fantasmas, por ejemplo, que los
niños se cuentan, comprobaríamos que no son más que versiones abreviadas de
relatos extraídos de los libros.
—Hoy los sacarían casi todos del Strand, el Pearson's y otras
publicaciones de ese tipo.
—Desde luego, en mis tiempos no existía nada parecido. Vamos a ver. Me
pregunto si sería capaz de acordarme de las historias que circulaban por
entonces. En primer lugar, estaba la de la casa que tenía una habitación en la
que una serie de individuos se empeñaban en pasar la noche, y por las mañanas
les encontraron de rodillas en un rincón, y sólo pudieron balbucear lo he
visto, antes de caer muertos.
—¿No era la casa de Berkeley Square?
—Creo que sí. Luego estaba el hombre que oyó un ruido en el pasillo,
abrió la puerta, y vio que alguien avanzaba hacia él en cuatro patas con un ojo
colgándole sobre la mejilla. Había otra, vamos a ver... ¡sí!, la de la
habitación donde encontraron a un hombre muerto con la huella de una coz en la
frente, y el suelo de debajo de su cama cubierto de huellas de herradura, no se
sabe cómo. Y la historia de aquella mujer que, al encerrarse en su dormitorio,
en una casa extraña, oyó una voz tenue entre los cortinajes que le susurraba:
Ahora vamos a pasar la noche tú y yo, aquí encerrados. No se llegó a encontrar
explicación a ninguna de esas historias, ni se supo qué pasó después. Me
pregunto si aún las seguirán contando.
—Es muy posible, con los aditamentos que suelen añadir las revistas como
digo. ¿A que nunca has oído que existiera un fantasma de verdad en un colegio?
Yo tampoco lo hubiera creído, ni nadie, que yo sepa.
—Por la manera de decirlo, parece que tú sí.
—En realidad, no lo sé; pero me estaba acordando de algo. Sucedió en mi
colegio hará unos treinta años y pico, y nunca llegué a encontrarle
explicación. El colegio a que me refiero se hallaba cerca de Londres. Un
caserón enorme, viejo; un edificio blanco rodeado de terrenos muy cuidados;
tenía unos cedros inmensos en el jardín, como los hay en tantos jardines
antiguos del valle del Támesis, y añosos olmos en los tres o cuatro prados
donde nosotros solíamos jugar. Probablemente era un lugar atractivo; pero los
chicos jamás están dispuestos a admitir que sus colegios tienen algo agradable.
Entré en el colegio en el mes de septiembre de 1870, y entre los
escolares que llegaron ese mismo día había uno al que le tomé bastante afecto:
era un chico escocés que se llamaba McLeod. No hace falta que me entretenga en
describirle, llegué a conocerlo bastante bien. No tenía nada de excepcional: no
era muy bueno en los estudios ni en los juegos, pero me era simpático. El
colegio era grande: tenía de 120 a 130 alumnos lo menos, por lo que su claustro
de profesores era considerablemente numeroso, aunque solía haber en él
frecuentes cambios.
Un curso, creo que estaba yo en tercero o en cuarto, hizo su aparición
un nuevo profesor. Se llamaba Sampson. Era un hombre alto, fuerte, pálido y de
barba negra. Creo que nos caía bien: había viajado mucho, y nos contaba
historias durante nuestros paseos, de manera que había una especie de pugna
entre nosotros para colocarnos junto a él. Recuerdo, también (¡válgame Dios, no
había vuelto a pensar en ello desde entonces!) que tenía un amuleto en la
cadena de su reloj que me llamó la atención un día, y me dejó examinarlo. Era,
supongo, una moneda de oro bizantina; en una de las caras tenía la efigie; la
otra estaba completamente desgastada y tenía grabadas (un tanto
rudimentariamente) sus propias iniciales: G. W S., y una fecha: 24 de julio,
1865. Sí, ahora recuerdo; me contó que la había traído de Constantinopla, era
del tamaño de un florín, quizá algo más pequeña.
La primera cosa extraña fue la siguiente: Sampson nos enseñaba latín, y
uno de sus métodos favoritos consistía en hacernos construir frases que
ilustraran las reglas que quería hacernos aprender. Naturalmente, eso es algo
que da pie a que salga algún tonto con una impertinencia. hay infinidad de
historias escolares en las que ocurre eso, vamos, me imagino que las habrá.
Pero Sampson era un profesor riguroso en cuanto a la disciplina, y no era
probable que intentara nadie una cosa así. Verás, en aquella ocasión nos estaba
explicando el empleo del verbo recordar en latín, y nos mandó construir una
frase con memini, yo recuerdo.
Casi todos escribimos una frase corriente, como: yo recuerdo a mi padre
o él recuerda su libro, y supongo que la mayoría puso Memino librum meum y
cosas así; pero el chico al que me refiero, McLeod, pensaba en algo más
complicado. Los demás queríamos presentar nuestra frase y pasar a otra cosa,
así que alguien le dio una patada por debajo del banco, y yo, que me sentaba a
su lado, le di con el codo y le susurré que avivara. Pero él no pareció
enterarse. Miré su hoja y vi que la tenía en blanco. Conque le di más fuerte
que antes. Tuvo efecto.
Dio un respingo y volvió en sí, acto seguido garabateó un par de líneas
y entregó. Fue el último, y como Sampson se entretuvo en explicar un montón de
cosas a los que habíamos escrito meminiscimus patri meo y demás, entre unas
cosas y otras el reloj dio las doce antes de que le llegara la vez a McLeod, y
McLeod se tuvo que quedar a que le corrigieran la frase. Como no se había
organizado ningún juego afuera, me quedé esperándole. Al salir observé que
caminaba despacio, y supuse que le había ocurrido algo.
—Bueno —dije—, ¿qué te ha pasado?
—No lo sé —dijo McLeod—; nada concreto, pero creo que Sampson se ha
disgustado conmigo.
—¿Has puesto alguna tontería?
—No —dijo—. Que yo sepa, estaba bien; le he puesto lo siguiente: Memento
(que expresa correctamente el verbo recordar y rige genitivo), memento putei
inter quatuor taxos.
—¡Bárbaro! —dije—. ¿Cómo se te ha ocurrido eso? ¿Qué quiere decir?
—Eso es lo extraño —dijo McLeod—, que no estoy seguro del significado.
Lo único que sé es que se me ha ocurrido de repente. Creo que sé lo que
significa porque antes de escribirlo he tenido una especie de visión mental; me
parece que es esto: Recuerda el pozo que está entre los cuatro. ¿Cómo se llaman
esos árboles oscuros que dan unas bayas rojas?
—Supongo que te refieres al serbal.
—Ese árbol no lo he oído en mi vida —dijo McLeod—. No; ya me acuerdo
cómo se llama: tejo.
—Bueno, ¿y qué ha dicho Sampson?
—Nada, se ha puesto raro por ese motivo. Después de leerlo se levantó,
se apoyó en la chimenea, y se quedó pensando sin decir nada. Luego, sin
volverse, con voz muy serena, dijo: ¿Qué supone usted que ha puesto ahí? Le
contesté lo que yo creía que significaba, sólo que no he conseguido recordar el
nombre del dichoso árbol. Luego quiso saber por qué lo escribí y le tuve que
explicar que se me había ocurrido. Después dejó de hablar de eso y me preguntó
cuánto tiempo hace que estoy en el colegio, dónde vive mi familia y cosas por
el estilo; después me he venido pero parecía que no se encontraba bien.
No recuerdo ya lo que dijimos los dos sobre esto. Al día siguiente,
McLeod tuvo que quedarse en cama por un resfriado o algo parecido, y tardó
semana o más en incorporarse a las clases. Pasó por lo menos un mes sin que
sucediera nada destacable. Si el señor Sampson estaba asustado, como pretendía
McLeod, no se notó. Ahora estoy seguro de que había algo muy extraño en su
pasado, pero naturalmente los niños no éramos lo bastante perspicaces como para
adivinar una cosa así.
Y hubo otro incidente del mismo género. Se presentaron varias ocasiones
en clase en las que tuvimos que escribir ejemplos que ilustraban diversas
reglas, pero no volvió a surgir ningún caso que diera pie a una reprimenda,
aparte de cuando nos equivocábamos. Por último llegó el día en que tuvimos que
pasar a esas fatídicas oraciones que suelen llamarse condicionales, y nos mandó
que construyéramos una oración en la que figurara la condición en futuro.
Las hicimos, mal que bien; las presentamos, y Sampson empezó a
revisarlas. De repente se levantó y dejó escapar un extraño ruido gutural y
salió precipitadamente por la puerta que había junto a su mesa. Nosotros
continuamos sentados; después nos levantamos, y yo y uno o dos más nos
acercamos a mirar los papeles que había sobre la mesa. Naturalmente, pensé que
alguien le había puesto alguna tontería y que Sampson había ido a dar parte.
Sin embargo, había visto que al salir no llevaba ninguna hoja. Bueno, pues el
ejercicio de encima estaba escrito con tinta roja —ninguno de nosotros gastaba
tinta roja—, y nadie lo había puesto allí. Pasó por las manos de todos (incluso
por las de McLeod), y juramos que ninguno lo había puesto. Entonces se me
ocurrió contar las hojas. Y de una cosa estoy completamente seguro: que había
diecisiete ejercicios sobre la mesa, y éramos dieciséis chicos en el curso.
Bueno, doblé la hoja, me la guardé, y creo que todavía la tengo. Supongo que
querrás saber lo que decía. Parecía una frase inocente:
Si tu non veneris ad me, ego veniam ad te, lo que significa: Si tú no
vienes a mí, yo iré a ti.
—¿Me podrías enseñar esa hoja? —interrumpió el que escuchaba.
—Sí, claro, pero ocurrió otra cosa con ella. Esa misma tarde la saqué de
mi cajón (estoy seguro de que era la misma porque la había marcado con mi
propia huella dactilar), y vi que no tenía ya el menor rastro de escritura. Me
la guardé y la sometí más tarde a diversos experimentos para ver si habían
empleado tinta simpática, pero sin resultado.
Eso por un lado. Al cabo de media hora, volvió a aparecer Sampson, dijo
que se había sentido repentinamente mal, y nos comunicó que podíamos
marcharnos. Se acercó recelosamente a su mesa, echó una mirada furtiva a la
hoja, y supongo que debió de creer que lo había soñado: de todos modos, no hizo
ninguna pregunta. Ese día tuvimos media jornada, pero al siguiente, Sampson dio
su clase como siempre, y por la noche tuvo lugar el tercer y último incidente
de esta historia.
McLeod y yo dormíamos en un dormitorio en ángulo recto con el edificio
principal, y Sampson dormía en el principal, en el primer piso. Había una
brillante luna llena. A una hora que no me es posible precisar, pero que
oscilaría entre la una y las dos, me desperté al notar que me sacudían. Era
McLeod; parecía encontrarse en un estado de extrema excitación.
—¡Vamos! —dijo— Hay un ladrón a punto de entrar por la ventana de
Sampson.
Tan pronto como me fue posible hablar, dije:
—Bueno, ¿y por qué no gritas y despiertas a todo el mundo?
—No, no —dijo—; no estoy seguro de quién pueda ser: no armes ruido, ven
a ver.
Naturalmente, me asomé, y naturalmente también, no vi a nadie. La cosa
me molestó, y tuve ganas de llamarle de todo; pero no sé por qué, me parecía
que pasaba algo raro, algo por lo que sentía un gran alivio de no encontrarme
solo. Estábamos asomados a la ventana y, en cuanto me fue posible, le pregunté
qué es lo que había visto u oído.
—No he oído nada —dijo—, sino que unos cinco minutos antes de
despertarme me he encontrado de pronto con que estaba asomado a la ventana
mirando a un hombre sentado o de rodillas en el alféizar de la ventana de
Sampson, y parecía que escudriñaba el interior.
—¿Cómo era ese hombre?
McLeod se estremeció:
—No lo sé —dijo—, sólo puedo decirte algo: estaba horriblemente flaco y
parecía empapado, y —dijo, mirando en torno y bajando la voz, como si se
asustara de oír sus propias palabras— yo diría que estaba vivo.
Seguimos hablando en voz baja, y finalmente nos metimos en la cama.
Nadie más se había despertado ni había dado señales de vida durante todo ese
tiempo. Creo que nos dormimos poco después. Pero por la mañana nos sentimos muy
mal. Al día siguiente, el señor Sampson había desaparecido: no lo encontraron,
creo que no se volvió a saber de él. Pensándolo bien, una de las cosas más
extrañas de todo esto, me parece, es el hecho de que ni McLeod ni yo contáramos
a nadie lo que habíamos visto. Naturalmente, no se nos preguntó nada, aunque de
haber sido así, me inclino a creer que no habríamos podido dar ninguna
respuesta: nos era imposible hablar de este asunto.
Y ésa es la historia —dijo el narrador—. La única historia de fantasmas
que conozco que tiene relación con la vida escolar; pero que la tiene, y mucho.
Puede que se considere convencional el epílogo de esta historia, pero
tiene uno, y hay que darlo a conocer. El relato había tenido otro oyente, el
cual, a finales de ese mismo año, o al siguiente, había estado viviendo en una
casa de campo irlandesa. Una noche, el patrón de dicha casa estaba haciendo
limpieza en un cajón de la sala de estar. De repente, tropezó con una caja de
pequeñas dimensiones.
—A ver, usted que entiende de cosas antiguas —dijo—, dígame qué es esto.
Mi amigo abrió la caja y vio que contenía una cadena de oro prendida a
un objeto. Miró dicho objeto, y luego se puso las gafas para examinarlo con más
detalle.
—¿De dónde la ha sacado? —preguntó.
—Es una historia extraña —respondió—. Usted conoce el grupo de tejos que
hay en los arbustos, ¿verdad?, bien, hace un año o dos, estábamos limpiando un
pozo viejo que hay en medio del claro, y ¿qué diría usted que encontramos?
—No me irá a decir que encontraron un cadáver —dijo el huésped con una
rara sensación de nerviosismo.
—Pues sí; y lo que es más, para ser completamente exactos, encontramos
dos.
—¡Válgame Dios! ¿Dos? ¿Y había señales de cómo habían caído allí?
¿Encontraron esto con ellos?
—Sí. Entre los jirones de ropas que envolvían uno de los cuerpos. Un mal
asunto, sea lo que fuere lo que haya pasado. Uno de ellos tenía agarrado al
otro entre sus brazos. Debía hacer unos treinta años o más que estaban allí,
mucho antes de que nos viniéramos a vivir a este lugar. ¿Tiene usted idea de lo
que significa eso que hay grabado en esa moneda?
—Creo que sí —dijo mi amigo, colocándola a la luz (aunque lo podía leer
sin ninguna dificultad)—: parece que pone G. W S., 24 de julio, 1865.
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M.R. James (1862-1936)

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