Libro N° 10901. Algunas Reflexiones Sobre Multipolarismo Y Socialismo (I/II). Lara, Jesús.
© Libro N° 10901. Algunas Reflexiones Sobre Multipolarismo Y Socialismo (I/II). Lara, Jesús. Emancipación. Febrero 18 de 2023
Título original: © Algunas
Reflexiones Sobre Multipolarismo Y Socialismo (I/II). Jesús Lara
Versión Original: © Algunas Reflexiones Sobre Multipolarismo Y Socialismo (I/II).
Jesús Lara
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión
original de textos:
https://cemees.org/2023/01/26/algunas-reflexiones-sobre-multipolarismo-y-socialismo-i-iii/
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro
contenido, con la única condición de citar la fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Fondo:
Portada E.O. de Imagen original:
https://cemeesorg.files.wordpress.com/2023/01/front-banner-no-to-nato-3339145240-e1674791067319.jpeg
© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE MULTIPOLARISMO Y
SOCIALISMO (I/II)
Jesús Lara
Algunas Reflexiones Sobre Multipolarismo Y Socialismo (I/II)
Jesús Lara
ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE MULTIPOLARISMO Y SOCIALISMO (I/II)
JESÚS LARA
Discursos y análisis sobre la multipolaridad emergieron
y proliferaron durante las últimas dos décadas en boca de diversos sectores
políticos en todo el planeta. Sin embargo, la consolidación de China como
potencia mundial y la guerra tecnológico-comercial que Estados Unidos libra
contra ella, así como el estallido de la guerra en Ucrania, que apunta hacia la
separación definitiva de Rusia del bloque occidental, han colocado al debate
sobre la multipolaridad al orden del día. Del mismo modo, las fuerzas políticas
de izquierda antimperialistas y socialistas se posicionan firmemente por la
construcción de un mundo multipolar, y, generalmente, determinan sus posiciones
en política exterior tomando como criterio principal la medida en que un evento
particular contribuye a la multipolaridad. Esto vuelve imprescindible un
análisis crítico acerca de la relación entre multipolaridad, imperialismo y
socialismo.
El objetivo de este trabajo es contribuir a esa discusión. El argumento
central es que el marxismo cometería un error enorme al rechazar el objetivo de
la multipolaridad, pero también que no puede aceptar acríticamente ninguna las
concepciones dominantes sobre la misma. El reto consiste en entender cómo el
desarrollo real del capitalismo global se dirige o no hacia la multipolaridad,
y cómo esto favorece o no los intereses de largo plazo de la clase trabajadora
mundial. Esto demanda análisis concretos de cada situación en las que se juega
el balance de fuerzas global, y no una toma de postura basada en un esquema
fijo y predefinido. En esta primera parte, presento la concepción básica de la
multipolaridad, su relación con el imperialismo y con las luchas de las masas
por vías de desarrollo alternativas al neoliberalismo y, eventualmente, por el
socialismo.
Multipolaridad e imperialismo
La primera y obvia definición de multipolaridad es que es lo contrario a
la unipolaridad. Esta última, a grandes rasgos, se refiere a la concentración
del poder en un solo polo, que en la actualidad está liderado indiscutiblemente
por Estados Unidos con sus aliados subordinados de Europa occidental y Japón.
El marxista egipcio Samir Amin denomina a este polo la triada
imperialista. La fuente de esta asimetría de poder yace en la
superioridad económica (que abarca aspectos tecnológicos, de infraestructura y
organizacionales), científica y militar del bloque liderado por EE. UU. Esto le
otorga la capacidad de limitar el espacio de acción de los gobiernos del resto
del mundo y, más aún, de dirigir el desarrollo económico de los mismos de
acuerdo con sus propios intereses. Este orden unipolar es, a su vez, producto
del colapso del campo socialista en los ochenta y noventa del siglo pasado, que
significó el fin del mundo bipolar. Los dos grandes polos en disputa eran el
bloque imperialista (el “primer mundo”) y el campo socialista (el “segundo
mundo”). Los países no abiertamente adheridos a uno de los bloques aprovechaban
en distinto grado el conflicto entre los dos hegemones y en muchos casos el
apoyo abierto y decidido de la Unión Soviética para negociar condiciones
favorables a su desarrollo económico o a sus procesos revolucionarios y de
liberación nacional.
El multipolarismo, puesto de manera sencilla, significaría el fin del
poder desproporcionado de la triada imperialista sobre el
resto del mundo. Esto supone, necesariamente, el surgimiento de otros polos con
capacidades económicas y militares, así como con importancia demográfica y
estratégica, similares a las de la triada; esto, por un lado,
obligaría a los participantes más importantes de cada polo a negociar en pie de
igualdad cualquier cuestión en la que busquen avanzar sus intereses. Por otro
lado, y quizás lo más relevante para la periferia mundial, que en el corto plazo
no tiene posibilidades reales de consolidarse como poder global o regional, el
mundo multipolar representaría un aumento efectivo de la soberanía nacional
para todos los países del mundo. O, puesto en otros términos, representaría la
posibilidad de elegir caminos de desarrollo económico y político que
actualmente son sancionados y prohibidos por el imperialismo norteamericano.
Así entendida, muy pocas objeciones podrían encontrarse hacia la meta de
construir un mundo multipolar. Sin embargo, esta es una elaboración sumamente
abstracta de la cuestión. Al menos dos puntos se vuelven evidentes cuando se
analiza el problema desde el punto de vista marxista. El primero es que se toma
a los estados-nación e implícitamente a los gobiernos nacionales como la unidad
básica de análisis. Se ignora así, en primer lugar, que cada nación está
interconectada a todas las demás por complejas redes de producción y
distribución que crecen y desarrollan siguiendo la lógica de la acumulación de
capital, que tiene independencia relativa de los distintos gobiernos
nacionales. En segundo lugar, y quizás más importante, en la formulación
anterior cada estado-nación es una unidad homogénea, carente de contradicciones
internas, la más importante de ellas siendo la división entre clases sociales
antagónicas que luchan por coordinar la producción social y asignar el
excedente que de ella se deriva.
Pongamos un ejemplo para ilustrar el problema. Supongamos que, fruto de
conflictos internos entre Estados Unidos, Europa y Japón, el bloque que ellos
representan se desmembrara en dos bloques distintos: Estados Unidos (junto con
Canadá) contra Europa occidental y Japón. Para la ilustración del argumento,
supongamos que ni China ni Rusia están en condiciones serias de equipararse a
alguno de estos dos bloques. Este mundo, en el sentido puramente político,
efectivamente habría dejado de ser unipolar: ni Estados Unidos ni
Europa-Japón podrían avanzar sus intereses a costa del resto del mundo de
manera unilateral. Ahora bien, en un sentido más profundo, el mundo seguiría
siendo unipolar en tanto todo el planeta estaría dominado no
solo por relaciones de producción capitalistas, sino por la unidad entre el
estado nación de los países imperialistas con sus monopolios nacionales, que se
repartirían el mundo para la provisión de materias primas, energía, mercados y
súper explotación de fuerza laboral. En una palabra: habríamos
regresado a 1914, a la antesala de la Primera Guerra Mundial, es
decir, al sistema imperialista clásico en donde las diversas potencias se
dividen el mundo y, además, entran en conflictos inter-imperialistas por
la redivisión del mismo, como tan nítidamente apuntaron los grandes teóricos
marxistas del imperialismo clásico: Vladimir Lenin y Nikolai Bujarin. Ese mundo
no es necesariamente más propicio para el avance de luchas proletarias que la
unipolaridad imperialista. Como demuestra la historia durante el periodo
imperialista clásico, las potencias capitalistas son capaces de superar
temporalmente sus diferencias para aplastar avances revolucionarios que
amenacen al orden capitalista; basta recordar la invasión conjunta de más de
diez ejércitos extranjeros en apoyo a las Guardias Blancas contra el Ejército
Rojo durante la Guerra Civil Rusa. Tampoco crea mejores condiciones para el
desarrollo económico de la periferia: el mundo de la preguerra fue el del
colonialismo abierto en toda Asia y África, mientras que América Latina cayó
definitivamente bajo el mando norteamericano.
De aquí se desprende una conclusión que, aunque puede parecer obvia, no
siempre se menciona con la claridad necesaria: para que el mundo
multipolar desempeñe un papel progresista con respecto al unipolarismo, es
indispensable que al menos uno de los polos emergentes tenga un carácter
no-imperialista. Esto cambia radicalmente los términos del problema, porque
en este caso, uno de los polos no determina su política exterior y su relación
con el resto del mundo bajo el criterio del máximo beneficio para sus monopolios
y el fortalecimiento estatal-militar. Las grandes potencias se ven en la
necesidad, entonces, de negociar de manera más simétrica cuestiones que afectan
sus intereses (los de su clase dominante), y el resto del mundo se puede
beneficiar de esa nueva configuración.
Finalmente, es importante enfatizar que el carácter antimperialista o no-imperialista de
un proyecto político no se puede determinar por los discursos o declaraciones
de la clase dirigente del país en turno. La base de la teoría marxista del
imperialismo es que la política de dominación más o menos directa sobre otras
naciones, y los conflictos con otras potencias imperialistas, son la
consecuencia necesaria de fenómenos de carácter económico: la formación del
capital financiero o monopolista, problemas de subconsumo y rentabilidad a
nivel interno, competencia con los oligopolios de otros países y sus
respectivas maquinarias estatales, entre otros. Por eso, cometen un error
quienes se apresuran a calificar de imperialista, a un país de acuerdo con sus
acciones de política exterior (Rusia) o por la creciente importancia de sus
relaciones con el exterior para la economía doméstica (China). Ninguno de los
países que se perfilan a colocarse como fuerzas clave del nuevo polo emergente
puede calificarse de imperialista en tanto su nivel de desarrollo es
incomparablemente menor con el de los países de la tríada – siendo
China la única posible excepción.
Por último, a pesar de que el polo no-imperialista estaría constituido
temporalmente por países más “atrasados” en términos económicos, tecnológicos y
militares, aspectos importantísimos como la magnitud de la población y el
consecuente tamaño del mercado interno, y su papel en el suministro de recursos
naturales y materias primas, pueden ser factores que eventualmente impongan
costos enormes al polo imperialista si este último insiste en el ejercicio del
poder unilateralmente. Sin embargo, como bien afirma Samir Amin, la triada deriva
su poder de cinco grandes monopolios: el monopolio tecnológico, producto de
descomunales gastos militares; el de armas de destrucción masiva; el de acceso
a los recursos naturales, el de control sobre los medios de comunicación
masiva, y el del sistema financiero global. Para que la multipolaridad sea una
realidad, el polo no-imperialista debe romper inevitablemente esos monopolios,
lo que demanda no solo coordinación entre gobiernos nacionales sino apoyo
popular organizado y consciente: consciente de la explotación imperialista y la
necesidad de revertir esa situación. Así, el régimen político y económico de
los países que conforman el nuevo polo cobra importancia esencial en la lucha
por un mundo multipolar.
En síntesis, la formulación de la multipolaridad como la simple
coexistencia de múltiples polos cuyas fuerzas tienden a un equilibrio pacífico
es incompleta al ignorar la naturaleza de los regímenes político-económicos que
constituyen esos polos. Estos sí son determinantes importantes
de la forma en que la multipolaridad contribuye o no con objetivos de tipo
progresistas y revolucionarios. Por todo esto, los marxistas no pueden aceptar
una visión de la multipolaridad que ignore la importancia de las relaciones de
producción al interior de los nuevos polos emergentes y el papel que desempeñan
en ellos las masas populares.
Y, a pesar de esto, no hay duda de que, partiendo del desarrollo real en
la configuración de fuerzas, el mundo multipolar que emerge seguiría
siendo un mundo capitalista, en tanto los nuevos polos de desarrollo
seguirían estando caracterizados por relaciones capitalistas de producción al
interior y entre los países que los conforman, con la excepción, siempre en
disputa interna, de la República Popular China. En el resto de países no habrá
desaparecido la explotación del trabajo ni la anarquía de la producción, con
sus implicaciones en términos de pobreza, desigualdad, crisis, destrucción
ambiental y el riesgo de nuevas guerras mundiales y nucleares. Todo esto,
claro, con una menor fuerza que en el mundo unipolar actual.
Si este es el caso: ¿por qué poner como objetivo la multipolaridad y no
directamente el socialismo? La respuesta más simple al cuestionamiento anterior
es que la multipolaridad, que no es sinónimo de socialismo, sí crea las
condiciones para una eventual transición a éste. La razón es que, en un mundo
unipolar, todo proyecto político que vaya en contra de los intereses
estratégicos de las potencias dominantes (dentro de los que se encuentran a la
cabeza los proyectos socialistas) pueden ser dañados hasta niveles que vuelven
al proyecto insostenible o sostenible con costos enormes. Los medios para
provocar estos daños incluyen medidas económicas, políticas y militares, como
bloqueos y sanciones, el aislamiento internacional, el sabotaje, o la
intervención militar directa. Estas medidas, cuando no logran provocar el
colapso definitivo del proyecto, obligan al gobierno en turno a adoptar medidas
de emergencia en todos los ámbitos, lo que suele acompañar una enorme
centralización del poder político que, en la práctica, se ha mostrado muy
difícil de revertir. Desde esta perspectiva, la unipolaridad imperialista es un
obstáculo casi infranqueable en la lucha revolucionaria.
En conclusión, habría que apoyar la formación de un mundo
multipolar, fundamentalmente, porque creará mejores
condiciones para una transición socialista. Pero, una vez
más, incluso esta tesis bastante razonable merece ser sometida a un escrutinio
detallado, y éste puede iniciar con las siguientes preguntas: ¿por qué ni Marx
ni los clásicos del marxismo hablaron nunca del multipolarismo como una etapa
intermedia entre el capitalismo y el socialismo? O, puesto, en otros términos,
¿qué transformaciones en el capitalismo global y en la experiencia
revolucionaria han determinado la necesidad del multipolarismo como esa etapa
intermedia necesaria? A estas dos cuestiones trataremos de dar respuesta en la
segunda parte de este trabajo.
Jesús Lara es economista por El Colegio de México e investigador del
Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.


Publicar un comentario