Libro N° 9976. Damas En Bicicleta. Erskine, F. J.
© Libro N° 9976. Damas En Bicicleta. Erskine, F. J. Emancipación. Junio 4 de 2022.
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Damas En Bicicleta. F. J. Erskine
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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F. J. Erskine
Damas En
Bicicleta
F. J.
Erskine
CONTENIDO
Nota de los editores
1. Ciclismo: aspectos sociales y deportivos
2. Indumentaria ciclista para el campo y la ciudad
3. La máquina
4. El modo correcto de andar en bicicleta
5. Pedaleando en la ciudad
6. Pedaleando en Inglaterra y en el extranjero
7. Ascendiendo montañas en bicicleta
8. Gymkhanas ciclistas
9. Mantenimiento de la bicicleta
10. Otros consejos de carácter general
Sobre este libro
La máquina de la libertad
(Una nota de los editores)
R
«El uso de la bicicleta ha hecho más por la emancipación de la mujer que
cualquier otra cosa en el mundo.»
Susan B. Anthony en una conversación con Nellie Bly
Durante la segunda mitad del siglo XIX, la reina Victoria gobernó, con
un palo y una zanahoria, un imperio que se extendía desde Canadá y el Caribe,
abarcando buena parte de África, extensas posesiones en Oriente Medio, la
India, hasta Australia y algunas de las más importantes islas del Pacífico.
Medio mundo estaba bajo su dominio. Victoria era una monarca omnipotente en
cuyo país, paradójicamente, las mujeres carecían del derecho de sufragio, del
derecho a litigar en juicio y a poseer bienes propios. Las mujeres estaban
circunscritas exclusiva y específicamente a la esfera doméstica, y se requería
de ellas que mantuvieran la casa limpia, la comida en la mesa y a los hijos
educados. Cuando un hombre y una mujer contraían matrimonio en la era
victoriana, los derechos de la mujer se cedían a su marido. Bajo las leyes
inglesas, la pareja se convertía en una entidad única, representada por el
marido, que pasaba a controlar todo lo referente a la familia: el dinero, las
posesiones y el propio destino del matrimonio. Las mujeres se convertían, de
hecho, en otra posesión más de sus maridos, que asimismo se convertían en
dueños de todo lo que ellas pudieran darles, hijos incluidos. El matrimonio
otorgaba al marido incluso el derecho de propiedad del cuerpo de su esposa (la
institución del matrimonio suponía que la mujer debía consentir sexualmente
ante su marido en todo momento, según su deseo) y daba por hecho que el cuerpo
de la mujer ya no le pertenecía a esta.
Pero la era victoriana fue también una época de crecimiento y de
progreso. La Revolución Industrial supuso el nacimiento de una nueva clase, la
clase media y, por primera vez en la historia, sucedió que la gente trabajadora
empezó a disponer de algo hasta entonces desconocido para ellos: un periodo de
tiempo libre que se podía dedicar a la práctica de todo tipo de actividades
«mundanas»: el croquet, los paseos a caballo, las actividades acuáticas, los
deportes… Y el ciclismo. Hordas de ciclistas comenzaron a tomar las calles, los
caminos y las carreteras en las dos décadas finales del siglo XIX. La fiebre de
la bicicleta hizo que aquellos que nunca habían salido de sus pueblos, de sus
barrios y de sus comarcas se aventurasen ahora más allá de sus lugares archiconocidos
y explorasen nuevos territorios. Incluso hubo mujeres, arriesgadas amazonas del
pedal, que, intrépidas, se lanzaron a pilotar esos artilugios que para muchos
eran auténticas «máquinas del diablo».
Montar en bicicleta en la década de 1890 fue poco menos que «una
erupción, un exceso de exuberancia, un temblor sísmico que sacudió la economía
y las bases mismas de la sociedad». [1] Y
en nadie fue más evidente esa violación de los sagrados principios de la moral
que en las mujeres. Para ellas no resultó sencillo adaptarse a una práctica que
se esperaba exclusivamente masculina, pero fue la evolución de la propia
tecnología de la máquina (la introducción de la cadena, que hacía más fácil el
pedaleo, o el diseño de bicicletas con ruedas de parejo tamaño, que
«democratizaban» la práctica del deporte ciclista) lo que permitiría que el
ejercicio del ciclismo femenino se extendiera de manera masiva por todos los
rincones del mundo británico. Se convirtió en una práctica «de moda».
Así, y junto con otros factores, la práctica del ciclismo entre las
damas propiciaría el nacimiento en la década de 1890 de un nuevo temperamento y
una nueva condición en la existencia femenina: el surgimiento de la «Nueva
Mujer», término que se usó para describir a las mujeres que rompían con las
convenciones sociales imperantes trabajando fuera de casa, renunciando a su
tradicional rol de madres y esposas, y reivindicando un activismo político
mediante el sufragismo, el protofeminismo y la defensa de sus propios derechos.
La «Nueva Mujer» se situaba en igualdad de condiciones con el hombre, y la
bicicleta ayudó en gran medida a que algo así, tan impredecible e inimaginable
en la época, se hiciera posible.
Las mujeres que decidieron subirse a una bicicleta no solo consiguieron
algo que no habían tenido hasta entonces (movilidad física por sus propios
medios), sino que la práctica del ciclismo les ayudó a ampliar sus horizontes
más allá de los barrios en que vivían y habían vivido siempre, y les hizo
descubrir una libertad de la que habían carecido, gracias, en parte, a la
eliminación de lo que en gran medida había estado asfixiándolas: su atuendo.
Los restrictivos ropajes de las mujeres victorianas (corsés, pesadas y largas
faldas con enaguas, camisas de cuello alto rígido) les imposibilitaba una
necesaria libertad de movimiento para montar en bicicleta y, más allá, parecía
simbolizar la prisión invisible, forjada a base de convenciones, en que se
hallaban encerradas. Dicho atuendo era incompatible con cualquier tipo de
ejercicio físico, y el ciclismo requería una indumentaria más práctica, más
racional, de modo que las faldas largas y los corsés empezaron a dar paso a los
pantalones anchos, a veces incluso en forma de falda-pantalón, ceñidos a la
altura de las rodillas. Quien quisiera montar en bicicleta tenía que vestir más
libremente, lo que conllevaba, a su vez, mayor sensación de libertad. Las
carreteras y las calles de Inglaterra (y no solo de Inglaterra, sino también de
América, como lo prueban célebres mujeres impulsoras de la práctica del
ciclismo en el Nuevo Mundo, como Annie «Londonderry» Cohen Kopchovsky) se
poblaron de mujeres vestidas como hombres, de mujeres que pusieron en tela de
juicio los estereotipos de género desafiando la moral de la época. La práctica
del ciclismo y los cambios en cuanto a indumentaria que la acompañaron
«proporcionaron un espacio en el que la mujer pudo replantearse su propia
feminidad». [2]
Los cambios sociales propiciados por el ciclismo no se limitaron, no
obstante, a la vestimenta. Cuando una mujer adquiría una bicicleta ya no tenía
que depender de un hombre que la trasladara de un lado a otro, y era libre de
ir y venir a su antojo sin pedir permiso a nadie. Experimentó una suerte de
liberación, y la bicicleta impuso con el hombre una paridad de hecho, que hasta
ese momento había sido casi una quimera. Además, el cambio de indumentaria no
supuso un simple asunto de adaptación, diríase práctica, al nuevo deporte, sino
que significó un cambio radical en la percepción de la feminidad y se
convirtió, de hecho, en un asunto muy controvertido moralmente. Hubo quien
llegó a sugerir que el ejercicio del ciclismo podía ser sexualmente estimulante
para las mujeres y de ahí la pasión con que adoptaban su práctica, por lo que
florecieron los llamados «sillines higiénicos», rígidos y sin apenas relleno,
que, se pensaba, harían más difícil que los genitales femeninos, en contacto
con el asiento, sufrieran cualquier tipo de estimulación no deseada. La batalla
por el nuevo y revolucionario atuendo femenino propiciado por el ciclismo
alteró de una vez y para siempre la percepción pública de la capacidad atlética
de las mujeres y, más allá, de su propio comportamiento público.
Es en este ámbito en el que se publica, en 1897, este pequeño manual
«escrito para mujeres ciclistas por una mujer ciclista», firmado por F. J.
Erskine. En él, la autora guía y lleva de la mano a las nuevas practicantes del
deporte de la bicicleta en Inglaterra, aconsejándolas sobre todo tipo de
cuestiones: no solo vestimenta, sino también la correcta alimentación para no
sucumbir al agotamiento tras una larga jornada sobre dos ruedas; trucos de
mecánica para poder reparar la bicicleta en caso de avería súbita;
comportamiento ante eventualidades como un repentino encuentro con un mendigo,
cruces peligrosos y vecinos poco amigables; y organización de eventos
deportivos con los amigos en el jardín de casa. Un manual que, a los ojos de
los modernos y las modernas ciclistas, puede resultar de una curiosidad rayana
en el humor, y que los editores ingleses de la National Library recomiendan no
tomarse muy en serio. Aun así, este curioso manual de buenas prácticas
ciclistas victorianas constituye un recordatorio del papel revolucionario que
tuvo la bicicleta en la existencia de las mujeres inglesas de finales del XIX,
así como un testimonio sin igual de una época en la que las cosas que hoy damos
por sabidas aún estaban despuntando.
Los Editores
Capítulo 1
Ciclismo: aspectos sociales y deportivos
Hace algunos días me topé con un prolijo artículo en el que el autor se
preguntaba si, desde el punto de vista de la salud, las damas deberían
practicar el ciclismo. «Pero tanto si deben practicarlo como si no, lo cierto
es que las damas ya van en bicicleta —apuntaba el autor—, y hasta el momento
los resultados parecen ser extraordinariamente beneficiosos para ellas.» En
todo caso, no hay otro asunto sobre el que se haya desatado últimamente una
controversia más feroz. Tal vez, como en otras cuestiones, las espantosas
historias que una oye a todas horas a propósito de los peligros de andar en
bicicleta contengan una pizca de verdad adornada con una buena dosis de
exageración. En realidad, la cuestión sobre si es bueno o no para la mujer
andar en bicicleta se puede resumir brevemente en el siguiente enunciado: si
las damas recorren en bicicleta cincuenta millas cuando su límite razonable
está en diez —en definitiva, si pierden el juicio y el sentido común y se
vuelven majaretas—, en ese caso, sin ninguna duda, el ciclismo constituye una
práctica dañina para las féminas.
Por ejemplo: las mujeres no deberían competir en carreras ciclistas, si
es que tienen el más mínimo interés en preservar su salud; y si lo hacen, sin
duda se tratará de una práctica suicida, condenada al más estrepitoso de los
desastres… por no hablar de la perniciosa influencia que tendría en el deporte.
En la actualidad, el ciclismo está tan firmemente arraigado entre los miembros
más sanos de nuestra comunidad, como una forma sencilla y barata de locomoción,
que la mujer que compitiera solo conseguiría perjudicarse o incluso hacerse
daño físicamente.
Pero en cuanto forma de ejercicio —siempre que se realice con
moderación, desde luego—, la práctica del ciclismo, en el caso de las mujeres,
se encuentra en una posición excepcionalmente favorable respecto al resto de
las actividades deportivas. Es evidente que el coste inicial de una bicicleta
es casi tan elevado como el de un poni —aunque, claro, luego el poni requiere
su propio equipamiento, por no hablar de la enorme cantidad de cosas que hay
que hacer para mantenerlo en perfectas condiciones—. Por ejemplo, al coste de
un poni hay que añadir el precio de un carro… lo que supone otras 25 libras,
los arneses (7 libras más), el forraje, las mantas, y además un lacayo. Por su
parte, la bicicleta no requiere más que una cuidadosa limpieza, que apenas
lleva quince minutos, y un uso adecuado de la máquina. Aparte de todo esto, el
ciclismo está dejando de ser un mero pasatiempo de moda y empieza a adquirir un
papel más práctico y útil como medio para lograr determinados objetivos. Y es
en este aspecto del asunto donde precisamente reside su fuerza. Si el ciclismo
fuera solo una moda, ya se habría abandonado hace mucho tiempo. Pero el arte
del pedaleo no es simplemente un deporte pasajero. El ciclismo —una vez que se
supera la fase de aprendizaje, es decir, la etapa «acrobática» o «de
equilibrio»—, en sentido estricto, requiere muy poco esfuerzo: «las ruedas van
a toda pastilla», como decían los famosos y añorados Budge y Toddie en los
libros del señor Habberton. Las payasadas que una puede cometer en una bicicleta
tienen un límite y las consecuencias son muy evidentes. Pero una bicicleta es
la puerta a tantos placeres y diversiones que no dudamos en abrirla porque nos
conduce a un pródigo mundo de diversiones, tanto en Inglaterra como en el
Continente. A nosotras, las ciclistas, nos es dado recorrer a placer toda
Inglaterra, y Escocia, e Irlanda y Gales, solo con la ayuda de esas frágiles
ruedas recubiertas de goma neumática. Gracias a las bicicletas los paisajistas
han podido pintar más de lo que jamás hubieran soñado antes del advenimiento de
este artefacto, cuando uno tenía que pasarse los días estudiando al detalle los
horarios de los trenes para poder ir a un lugar, pintar una escena y regresar
antes de que pasara el último convoy. Los arqueólogos, por fin, pueden
dedicarse a su afición más querida con renovado entusiasmo. El fotógrafo
ciclista es ya una figura familiar en nuestras carreteras. Por cierto, los
caminos y senderos se están beneficiando notablemente de este incremento de
usuarios. La razón es sencilla: ahora son los propios ciclistas los
responsables de su mantenimiento, ciclistas a quienes «una especie de
camaradería los convierte en individuos increíblemente educados» los unos con
los otros, de modo que los baches y las roderas, los senderos imposibles y
otras causas de preocupación están a punto de convertirse en historia… y todo
gracias a la bicicleta.
Si la bicicleta es de uso casi indispensable para todos aquellos que
viven en el campo, también lo es para aquellos que habitan en las ciudades.
Pocos —salvo los que no los han sufrido— desconocen los horrores de una noche
de agosto en Londres, asfixiante y abrasadora, con ese cielo tan turbio y
oscuro, con esas paredes recalentadas, esas aceras chamuscadas, ese pestilente
pavimento de madera embreada, esa imposibilidad de encontrar ningún lugar
adonde huir. El tren metropolitano subterráneo londinense es sofocante y está
mal ventilado, los agobiantes omnibuses pasan uno tras otro atestados de gente,
atronando con su insoportable traqueteo. Los obreros que llevan trabajando todo
el día, y que suspiran por un poco de aire fresco, apenas encuentran una especie
de atmósfera polvorienta que llevarse a los pulmones, y los respiraderos de las
calles no consiguen sino provocar en los ya de por sí sufridos londinenses
episodios de cefalalgia y brotes de irritación nerviosa. Pues bien, hay que
decir que un simple soplo de aire fresco aliviaría de un plumazo semejantes
dolencias.
Es en este punto donde la bicicleta acude en nuestro auxilio. Durante
años fue una herramienta utilísima para las jóvenes generaciones, que
acostumbraban a salir a dar paseos campestres tan pronto como concluían sus
labores cotidianas. Los tiempos han evolucionado, y nosotras con ellos, de modo
que las mujeres comenzamos a participar en los distintos oficios y negocios —en
aquellos en los que se nos admite, claro está— y, como consecuencia natural,
también las mujeres empezamos a exigir el descanso preceptivo, igual que
nuestros compañeros masculinos.
Fue entonces cuando se desató la bicimanía en Francia. Este país, tan
alegre y audaz, siempre se mostró gustosamente proclive al uso de la bicicleta
y, como ocurre con la mayoría de las modas procedentes de París, no transcurrió
mucho tiempo antes de que el uso de la bicicleta —más bien escaso hasta ese
momento en nuestro país— estallara también como una moda en las Islas. Pero
como por naturaleza somos una nación de tenderos —«chicos de los recados», nos
llaman cariñosamente nuestros primos continentales—, aunque el ciclismo parecía
ser solo una tendencia pasajera, en nuestro país siempre fue menos una moda que
una útil y práctica afición. Las damas van a hacer los recados sobre ruedas; se
dice que las princesas prefieren montar en bicicleta a montar en sus caballos
(«las bicicletas son más manejables»); los campesinos y los habitantes de las
comarcas rurales visitan a sus vecinos utilizando las dos ruedas, en vez de
emplear el caballo… Y no solo eso, sino que es con harta frecuencia el deseo de
utilizar la bicicleta precisamente lo que los impulsa a hacer dichas visitas.
Cada vez más señoritas meten sus aderezos en un pequeño hatillo o en una
cesta y se van en bicicleta a pasar un par de días con una amiga que vive a
veinte o incluso a treinta millas de distancia. La gente sale a cenar… ¡en
bicicleta! A veces van a visitar a los amigos a la luz de la luna… ¡en
bicicleta! Acuden a sus citas… ¡en bicicleta!; y, lo que es más, mucha gente
cruza los campos en bicicleta… ¡vestida para ir de fiesta! Los sacerdotes y los
hombres de iglesia consideran de todo punto imprescindible la bicicleta, dado
que, por su oficio, se ven obligados a recorrer de modo constante largos e
incómodos caminos rurales. Maestros, comerciantes, nobles, plebeyos, ricos,
pobres, todos ven en la bicicleta un medio de locomoción barato y sencillo. Un
artefacto que se mantendrá sin duda entre nosotros muchos años, y no como una
moda, sino como un accesorio mecánico indispensable en cada hogar, grande o
pequeño, con más posibles y con menos.
Las consecuencias de este movimiento, en un sentido estrictamente
social, son difíciles de evaluar. Es probable que su influencia sea positiva,
en tanto en cuanto el arte del pedaleo, sin ir más lejos, nivela los diferentes
estratos sociales, iguala las clases. La gente de la ciudad tendrá más contacto
con los habitantes de las zonas rurales, y así podrá hacerse una idea más
ajustada de los intereses vitales de la sociedad en general. Un senador
aficionado al ciclismo, yendo convenientemente de incógnito, podrá formarse
seguramente una idea más ajustada de los problemas del campo que dedicándose al
trabajo rutinario de oficina y leyendo aburridos informes sobre su distrito
electoral. Se producirá un intercambio de ideas más fructífero, y un
conocimiento mucho mayor de las bellezas del país que si nos limitáramos a ir
de un lado para otro montados en un tren expreso. La gran lacra social y
política de los últimos años ha sido la centralización, y parece que esto
podría contrarrestarse con la práctica del ciclismo, que favorece el contacto
entre las gentes y la propagación de las ideas y la cultura.
Al parecer, algunas personas creen que el ciclismo debe su éxito al
hecho de que ciertos miembros de la nobleza hayan reconocido últimamente sus
méritos. Desde luego, es indudable que esos personajes notables han imprimido
un fuerte e importante impulso en este deporte; pero durante muchos años,
calladamente, el ciclismo ha ido abriéndose poco a poco hueco entre los más
atrevidos y modernos del país. Pocas grandes casas solariegas hay en el campo
que no cuenten con una bicicleta, al menos, para su uso más o menos diario. De
ese modo, la semilla ha ido esparciéndose, una semilla que por fuerza estaba
obligada a arraigar y florecer tarde o temprano. Y si ha habido una persona que
haya favorecido el ciclismo entre las damas, esa ha sido Su Majestad la Reina Victoria.
Ella comprendió enseguida las grandes posibilidades que tenía aquella entonces
novedosa idea, e inmediatamente encargó un par de bicicletas para su uso
personal, y de ese modo dio prestigio y carta de naturaleza al movimiento
ciclista británico, hecho por el que todos y todas las ciclistas le debemos
gratitud y reconocimiento.
Cada vez es más evidente que el ciclismo, practicado con moderación,
puede resultar extraordinariamente beneficioso. El ejercicio, sin ir más lejos,
constituye un perfecto antídoto contra la anemia y otros desórdenes
relacionados con nuestro agobiante y angustioso modo de vida. Antes de que el
ciclismo acudiera en nuestra ayuda, no había ningún medio sencillo y práctico
de hacer deporte en Londres. El golf, en la ciudad, exige dedicarle una gran
cantidad de tiempo y dinero, incluso para poder acceder a los campos más
cercanos a nuestras casas. Tampoco es fácil practicar el tenis. Caminar es
excelente si lo que se quiere es acabar con un dolor de cabeza, y en verano el
calor agobiante anula cualquier deseo de entregarse a un ejercicio que pueda
considerarse mínimamente exigente.
Por supuesto, es probable que al principio se exagere en el uso de la
bicicleta… incluso aunque sus devotos alberguen las mejores intenciones. «¡El
ejercicio es tan delicioso —piensa (y declara) la ciclista novata—, que podría
estar pedaleando toda la vida!» Paseando hace algún tiempo por Regent’s Park,
me crucé con una señorita que estaba aprendiendo a andar en bicicleta. Ya podía
ir sola perfectamente, y de hecho pedaleaba de lo más ufana junto a unas
amigas. «¡Esto es la gloria!», oí que decía, y a fe mía que parecía que sus
palabras se ajustaban sin duda a sus sentimientos más sinceros.
Ahora bien, el objeto de este pequeño libro es proporcionar a las damas
y señoritas todos los consejos necesarios e imprescindibles sobre el arte del
pedaleo, aunque hay una advertencia que debe imponerse sobre todas las demás
—pues es el fruto de la experiencia personal de la autora—: ¡practique ciclismo
con moderación! ¡Sea prudente y no se exceda en el ejercicio!
Capítulo 2
Indumentaria ciclista para el campo y la ciudad
Antiguamente, en la época de los triciclos, y cuando la práctica del
pedaleo no estaba en absoluto de moda, la indumentaria ciclista no constituía
un arte tan refinado como en la actualidad. Nuestro único pensamiento en
aquellos tiempos consistía en ir arregladas y convenientemente aseadas, y
llevar la consabida indumentaria impermeable. Los llamados «gorros marineros»
(ligero canotier con banda) en verano y los sombreros de fieltro en otoño e
invierno eran el colmo de la elegancia exigible, y las modas —de París,
racionales y bien distintas a las nuestras— ni siquiera se tenían en
consideración. Pero todo eso hace tiempo que ha cambiado. Llevemos tweed, sarga
o sea nuestro traje de tela común, en la actualidad entendemos que nuestra
indumentaria debe tener un corte impecable, y muchas veces gastamos tanto como
si lleváramos indumentaria hípica.
Por lo visto, para ir en bicicleta por el parque debemos contar con una
fantástica falda de singular corte y confección, ingeniosamente preparada para
que cuelgue vistosa y ampliamente a ambos lados del sillín; al parecer la moda
(aunque no el sentido común) decreta que debemos ir ataviadas con una blusa de
seda o algodón, rebosante de lacitos y aderezos, y con amplias mangas
abombadas, que es la indumentaria en régle y lo que mejor se ajusta a nuestros
cuerpos. Tal vez este detalle no sea en exceso importante si lo que vamos a
hacer es dar un simple paseo por el parque en verano —me refiero a llevar esas
blusas ampulosas y ligeras—, aunque me gustaría ver el aspecto que tienen
después de que a la señorita ciclista le haya caído un chaparrón encima… En fin:
sea como sea, llevar esa indumentaria es una idea absurda si estamos pensando
en la posibilidad de salir de Battersea Park o del Inner Circle de Regent’s
Park.
¡Lana! Lana arriba y lana abajo, lana por todas partes; tal es el
consenso deportivo al que han llegado tirios y troyanos en lo que a normas de
saludable higiene ciclista se refiere. Las camisetas de algodón para largos
recorridos, desde el punto de vista higiénico, son inviables. Se empapan
enseguida, la dama ciclista se para por cualquier razón, y rápidamente empieza
a tiritar, coge un buen resfriado y se ve obligada a guardar cama, al tiempo
que culpa de todo ello a la práctica del ciclismo. En Inglaterra, una nunca
está segura del tiempo que va a hacer al día siguiente… ¡ni siquiera a la hora
siguiente! Las ciclistas pueden comenzar su paseo como el almirante Sydney
Smith, que en sus viajes tropicales dijo desear quitarse la piel y quedarse en
los huesos «con tal de refrescarse un poco»; esto es, deseando en lo más
profundo del alma algo de fresco, y pasar así buena parte de la mañana. Pero
entonces, de repente, el viento cambia a norte o a este y el aire que se cuela
por el algodón húmedo le da a la ciclista la sensación de encontrarse en pleno
proceso de congelación. ¡No se trata de una escena imaginaria! En la costa
oriental de Inglaterra con frecuencia me ha ocurrido que me he estado asando
—metafóricamente— en un momento dado, y dos o tres horas después, ese mismo
día, he estado dando las gracias al Cielo por contar con un abrigo de piel de
foca para poder entrar en calor. La ropa interior de lana puede ser ligera o de
un grosor notable, de acuerdo con las peculiares costumbres o idiosincrasia de
la dama ciclista en particular, pero en cualquier caso… ¡es obligatorio que sea
de lana! Según tengo entendido, varias firmas de ropa están especializadas en
ropa interior para señoritas ciclistas. En numerosos periódicos y revistas
femeninas donde se anuncia ropa para ciclistas, una observa que casi
invariablemente se recomienda usar medias de algodón o caladas. Bueno, puede
que sirvan para ir a dar unas cuantas pedaladas por el barrio, pero para
cualquier cosa que vaya un poco más allá de ese simple paseo urbano esas medias
serían de lo más contraproducentes: además de causar unas horrorosas ampollas,
ese tipo de medias tienen cierta tendencia a dañar los pies. Y eso es no solo
extraordinariamente problemático, sino muy doloroso. Lo mejor es ponerse unas
medias ligeras de lana, a menos que se lleven polainas —de las que nos
ocuparemos un poco más adelante—, y cambiárselas después de cada paseo en
bicicleta. Aunque no nos ocupemos de nada más, los pies siempre deben
mantenerse secos y en perfectas condiciones, porque una vez que empiecen a
sufrir, tardarán mucho tiempo en recuperarse.
Algunos entendidos dicen que los corsés deberían descartarse a la hora
de practicar ciclismo. Esto no es correcto. Es verdad que no deben apretarse
mucho los cordones, pero lo cierto es que un par de corsés bien revestidos de
lana pueden proporcionar una beneficiosa sujeción; impedirán que la figura se
descomponga y de paso protegerán las partes vitales del frío. Ya se fabrican
corsés especiales revestidos de lana, al menos lo hacen dos empresas, que no
han reparado en gastos a la hora de proporcionar un corsé seguro y apropiado
para las señoritas ciclistas.
En el universo ciclista es esencial contar con unos pantalones bombachos
de corte perfecto en lugar de faldas. Pueden conseguirse en la mayoría de las
sastrerías femeninas, y su coste ronda habitualmente una libra. Lo mejor es que
incluyan refuerzos de piel, igual que si sus dueñas fueran a montar a caballo.
Deberían tener una hebilla por debajo de la rodilla, pero no han de apretarse
mucho: en este punto, no son recomendables las gomas. En este mismo sentido,
para asegurar las medias son preferibles las ligas.
Tal y como he mencionado más arriba, las indumentarias ciclistas
difieren enormemente dependiendo de si se está en el campo o en la ciudad. En
la ciudad, la naturaleza humana obliga a acomodarse a ciertas modas y —aunque
no resulta saludable ni higiénico— aquellas que utilizan la bicicleta en la
ciudad deben tener en cuenta la moda del momento. Esto no significa que las
ciclistas deban adoptar ridículas blusas y sombreros jardineros. Sería
verdaderamente absurdo, y semejante aderezo constituiría el peor modelito
posible para afrontar un pasatiempo que requiere, sobre todo, que la ciclista
vaya libre, desenvuelta y en armonía con la máquina de raigambre obrera en la
que va montada. Pero no hay ninguna razón por la que la señorita ciclista no
pueda llevar una ligera tela de alpaca gris, un piqué blanco o una holanda beis
para conformar la chaqueta y la falda. (Los días de los puños vueltos con
puntillas blancas ya han pasado. Se pusieron de moda entre la muchedumbre, y su
éxito derivó en su propia ruina.) Con estos materiales ligeros y veraniegos, y
el buen gusto y el corte de una modiste con talento, las señoritas pueden salir
a la calle en bicicleta con la seguridad de que dará gusto verlas. Estas
indumentarias no se desgastarán mucho, pero de todos modos aquellas señoritas
que monten en bicicleta por la ciudad pueden procurarse distintos vestidos para
los diferentes ambientes, de modo que esa preocupación no debería ser ningún
inconveniente. En términos generales, se considera que las faldas para la
ciudad deben ser más amplias que en el campo. He comentado este asunto
recientemente con un sastre y su explicación fue que «resulta muy elegante el
ondular de los pliegues al pedalear». Bueno, hay que reconocer que la gente
tiene distintos puntos de vista al respecto. El incremento de la tela rara vez
se equilibra en ambos laterales. En el noventa por ciento de los casos, la
falda acaba pareciéndose peligrosamente a la vela de botavara de un velero y la
gente acaba imaginando que la dama ciclista se aleja como impulsada por el
viento marino. Para contrarrestar este inconveniente se ha inventado la falda
partida o falda pantalón. Se da por seguro que The Pedaleuse es la mejor
empresa en la confección de faldas partidas, pero casi todos los sastres tienen
su propia especialidad. Aquellas damas que quieran diseñar su propia
indumentaria ciclista deben tener en cuenta que en la ropa deportiva no puede
haber ni trenzados ni forros ligeros. Se han producido accidentes más graves
por culpa de estos adornos que por cualquier otra causa. Lo mejor, en términos
generales, es hacer el dobladillo de la falda de unas buenas seis u ocho
pulgadas, y coserlo bien fuerte alrededor con cinco o seis vueltas de la
máquina de coser. Así el dobladillo quedará bien sujeto y firme. Otro consejo
interesante es que la falda pantalón (o los bombachos) tenga los botones a los
lados, y ninguna abertura ni remate en la parte de atrás donde pueda
engancharse el pico del sillín. Una buena idea es tener un par de cintas
elásticas cosidas firmemente en cada lateral de la falda, ajustadas de tal modo
que la falda no pueda subirse o dar tirones y se mantenga siempre en su sitio,
perfectamente estirada. Cada pata de la falda pantalón se engancha a los
botones de las polainas, y de ese modo ya está completa la indumentaria. Las
polainas son muy necesarias, porque las damas deben llevar una falda larga para
el campo, y las que se lo tomen en serio deberían vestir una falda que
alcanzara casi hasta el empeine, y esas faldas cortas que llevan ahora algunas
señoritas, a menos que se complementen con unas polainas de pie, hacen que una
ofrezca un aspecto un poco desaliñado. La indumentaria que se ha descrito aquí,
en general, resulta perfectamente apropiada con tela de tweed Harris, con sarga
o con frieze irlandés, y es tan útil como pueda desearse. Es elegante y
resistente; racional, sin resultar poco femenina; segura, porque si lleva un
buen dobladillo no hay nada con lo que pueda engancharse; y apropiada en igual
medida para un paseo campestre o para montar a caballo, para patinar o para
jugar al golf. En cualquier caso, la falda no debería tener un perímetro mayor
de dos yardas y media (unos dos metros) y el único forro debería ser una pieza
cuadrada de seda glasé en torno a las rodillas, bien alejada de la zona de los
pedales. Cualquier buena firma londinense puede confeccionar un vestido con
estas indicaciones y aplicando el más estricto sentido común. Lo mismo vale
para los sastres de provincias. No existe ninguna complicación al respecto ni
derechos de patentes que incrementen el coste de esta indumentaria. La tela
debería ser de calidad, así como el corte y la confección.
Uno de los errores típicos es la recomendación habitual, que puede
leerse por todas partes, según la cual el mejor calzado para ir en bicicleta
son unas botas. Pues bien, las botas son completamente desaconsejables para
pedalear, y no debería ponérselas nadie sensato que estuviera siquiera pensando
en andar en bicicleta con conocimiento. Unos zapatos, razonablemente
confeccionados en piel negra o marrón, con una buena horma para los dedos de
los pies, son lo mejor y lo más adecuado. Por lo que toca al ejercicio
ciclista, al final sale más a cuenta ir a un buen zapatero y encargar un zapato
cosido a mano que se ajuste bien al pie, en vez de cometer la atrocidad de
pretender que el pie se acomode a un zapato ya fabricado: ni más ni menos que
una promesa de infinitos dolores y males de todo tipo. La piel marrón, tintada
con una solución suave de café, para quitarle esa espantosa apariencia de
zapatos recién estrenados, es lo mejor para disfrutar de largas excursiones
campestres, con la ventaja, además, de que se limpia fácilmente. Pero como se
muestran tanto, deben además sentar bien y ser elegantes. Las señoritas que
utilicen mucho la bicicleta descubrirán que los pedales metálicos «dentados» y
las suelas de zapatos con estrías son el colmo de la comodidad ciclista. Esos
pedales no cuidan mucho la suela del calzado, es verdad, pero su empleo los
dota de más agarre, evitando el peligro de que el pie resbale sobre el pedal,
como ocurre con los pedales planos de goma. Las damas ciclistas que los empleen
entenderán por qué sus colegas más experimentadas los tienen en una alta estima
y consideración.
Respecto a los sombreros y los guantes, la cuestión es más un asunto de
gusto que de necesidad. Los alfileres sombrereros deben evitarse; en su lugar,
para sujetar los sombreros, se recomienda la utilización de unas bandas anchas
y elásticas, o de otras de seda, que se pasarán por debajo de la barbilla. En
todo caso, pocas cosas hay mejores en verano que un buen «sombrero marinero»
(estilo canotier) para ir en bicicleta con elegancia y comodidad. Para el
invierno son preferibles los sombreros de fieltro. Respecto a los guantes, se
trata de una cuestión abierta y controvertida: los guantes de color canela
oscuros y calados quedan muy bien y son agradables de llevar; los blancos de
ante también son muy buenos y muy estilosos; los blancos de cabritilla resultan
absurdos y excesivos para emplearlos en un deporte como el ciclismo. La seda y
el algodón no tardan en agujerearse y además dan muchísimo calor, por no
mencionar que con frecuencia provocan ampollas en las manos que en teoría
deberían proteger. Los guantes de lana confeccionados en casa son los mejores
para cuando hace mal tiempo, y el clima nos depara frío y lluvia.
Los pañuelos y las corbatas son muy elegantes y resultan incluso útiles,
sobre todo en trayectos cortos. Las blusas con cuellos de quita y pon, que
pueden conseguirse en cualquier sastrería femenina, resultan
extraordinariamente elegantes y útiles asimismo.
La utilidad de los velos es discutible: desde luego, mantienen el
peinado impecable cuando hace viento, y también proporcionan una notable
protección contra los mosquitos que se estrellan contra nuestra cara; pero
embutirse en una gruesa gasa azul y blanca, como hacen algunas, no solo es
absurdo sino que termina siendo asfixiante. Se dice que son una buena
protección contra las quemaduras del sol, pero las ciclistas más juiciosas
prefieren ponerse un poco morenas antes que andar por los caminos con las cabezas
metidas bajo una bolsa casi opaca que no las deja ni ver por dónde van.
La indumentaria adecuada para el ciclismo campestre debe ser
impermeable, capaz de soportar y proteger a la ciclista frente a la lluvia, y
que no se estropee aunque se empape. Todas tendremos que enfrentarnos tarde o
temprano a una excursión pasada por agua, y en tanto la ciclista vaya ataviada
con prendas de lana y siga moviéndose, no habrá ningún peligro de que pille un
resfriado.
Capítulo 3
La máquina
La pregunta más común de todas cuando se trata de empezar a practicar
ciclismo es siempre la misma: «¿Cuál es la mejor bicicleta que se puede comprar
hoy en día?». Y las que plantean semejante pregunta con frecuencia se muestran
muy sorprendidas cuando se les dice que no hay una que sea definitivamente
mejor que las otras, sino que hay media docena o más que son igual de buenas.
Teniendo en cuenta la moda, el diseño y el precio, tal vez las Humber y las
Elswick se encuentran entre lo mejorcito del mercado; las segundas, sin lugar a
dudas, son las mejor fabricadas, y una Beeston Humber es, como me dijo una
aficionada de Lincolnshire, «tremendamente dura de pelar». Pero al mismo
tiempo, para un uso normal y para las excursiones largas, recomiendo las
Coventry Machinists y sus Swifts, las J. K. Starley y sus Rover; la compañía
Singer Co. con las bicicletas De Luxe; las Raleigh, Premier, Osmond, Ivel, y
las bicicletas Sunbeam, así como las bicicletas de la Rudge-Whitworth Co. y las
Marriott & Cooper. Todas estas compañías fabrican bicicletas de primera
categoría, fiables, y capaces de satisfacer todos los requerimientos de la
ciclista exigente. En la actualidad hay tantos fabricantes que lo que debemos
buscar son los detalles específicos de cada máquina. Algunas marcas fabrican
bicicletas para señoritas extraordinariamente ligeras; otras fabrican máquinas
más adecuadas para el trabajo, duras y resistentes; otras, como las Rovers, son
ideales para excursiones y el turismo ciclista; las Singers tienen una fama aquilatada
por sus excelentes materiales; las Swifts, por su diseño sólido y compacto; las
Premier, por su rigidez y por sus cámaras. Así pues, cualquiera que se haya
planteado la pregunta con la que comienza este capítulo comprenderá cuán
difícil resulta ofrecer una respuesta adecuada.
«No quiero gastarme mucho dinero», es otra de las afirmaciones que con
frecuencia conducen a adquirir una de esas bicicletas «baratas» que publicitan
por ahí. Seguid mi consejo: las bicicletas baratas son trampas mortales. En
términos generales se puede adquirir una buena bicicleta por poco dinero, sobre
todo ahora que hay tanta oferta. Es posible obtener bicicletas fuertes y
ligeras, con sus cubiertas neumáticas y todos los avances más modernos por un
precio que va desde las siete a las diez libras. Una buena bicicleta ligera es
muy cara, porque contará con un cuadro perfecto y un trabajo perfecto en las
soldaduras. La gente, en general, tiende a calcular el precio de una bicicleta
teniendo en cuenta sobre todo el esmalte o el cromado. En realidad, el verdadero
valor de una bicicleta reside en su mecánica. Los rodamientos de las bicicletas
baratas solo tienen de rodamiento el nombre. El acero es pobre y con frecuencia
las juntas muestran irregularidades, y montar en bicicletas de este tipo suele
resultar una experiencia bastante desagradable. Las que quieran saberlo todo
acerca del mecanismo de funcionamiento de sus bicicletas harán bien en leer
atentamente un buen manual sobre el tema, y aplicar en la práctica, en sus
propias máquinas, los conocimientos que han adquirido. Así se mostrarían menos
sorprendidas y comprenderían por qué las buenas bicicletas son tan caras.
Pero eso no quiere decir que una bicicleta que no sea una Humber o una
Rover no sirva para nada. Hay muchos fabricantes en provincias que producen
excelentes máquinas por precios que oscilan entre las catorce y las dieciséis
libras. Pero si la aficionada al ciclismo tiene intención de comprar una
bicicleta a un fabricante local o desconocido, lo mejor es que se haga
acompañar de una amiga con cierta experiencia para que la ayude a escoger la
bicicleta adecuada. Es un hecho bien conocido que cualquier bicicleta repintada
con colorines es suficiente para una dama… en opinión de los vendedores, claro
está. Porque se supone que la dama desconoce cuáles han de ser las
características técnicas de la bicicleta… o directamente le importan un comino.
Lo primero que hay que decir es que adquirir una bicicleta demasiado
ligera es un gran error. Las americanas son excelentes para pasear por el
parque y son fáciles de manejar, pero para un camino duro por el campo resultan
extremadamente incómodas, si bien aguantarán bien el continuo traqueteo. Como
ya he comentado anteriormente, si la bicicleta es ligera (unas 26 libras o unos
12 kilos), tiene que estar muy bien hecha. Naturalmente, fabricar una buena
bicicleta requiere el concurso de obreros especializados, que no trabajan
gratis; los cuadros ligeros deben ser perfectos, sin tacha, lo cual encarece el
producto; y de todos modos, al final, cuando se trata de hacer excursiones con
equipaje, y recorrer todo tipo de caminos, senderos y carreteras, es más que
probable que la bicicleta pese bastante más que una bicicleta de carretera de
unas 32 libras (alrededor de 15 kilos).
Las formas de los cuadros se dividen en dos tipos: el cuadro angular
recto y el doble curvado. El sencillo curvado también tuvo su momento; a las
jóvenes modernas les gustaba porque no molestaba tanto ni entorpecía el
movimiento del vestido a la hora de desmontar, pero ningún cuadro sencillo
curvado resiste la tensión necesaria del ángulo donde se sujetan el plato y los
pedales. Singer y Starley Brothers fabricaron durante muchos años el sencillo
curvado, pero creo que en la actualidad los hacen dobles. Para viajes por el
extranjero, la bicicleta femenina más resistente del mercado es la del cuadro
triangular, patentado por Humber & Co. En esta bicicleta, el plato se
encuentra precisamente en el ángulo donde se unen los dos tubos principales, de
modo que la bicicleta es tan rígida y resistente como las de los hombres. Otro
cuadro muy resistente es el de las Raleigh; estas cuentan con un cuadro de
doble ángulo también en el manillar, lo cual les confiere una extraordinaria
resistencia.
Los mejores manillares son los sencillos, rectos en el frontal y
ligeramente curvados hacia atrás. Los que están curvados y retorcidos como los
cuernos de un carnero, hacia arriba, no solo son mucho más difíciles de
reparar, sino que dan la impresión de que una viaja montada en una silla de
ruedas. Cuando se colocan hacia arriba, resultan de todo punto espantosos, y es
imposible hacerse con ellos cuando se trata de subir una colina o cuando el
camino es empinado y es necesario empujar la bicicleta, aunque, como norma
general, este tipo de circunstancias debería reducirse al mínimo, como veremos.
Los mejores manillares —los manillares propiamente dichos— son los de
corcho. Si se lavan de vez en cuando con un jabón corriente de casa pueden
conservarse perfectamente limpios. Son frescos y transpirables, y más limpios
que los de fieltro.
Pedales, hay de dos tipos: los de metal «dentado», y los que cuentan con
apoyaderos gruesos de caucho, de goma o de fieltro. Estos últimos son los más
adecuados para las señoritas, pero la comodidad de los zapatos fijos y los
pedales «dentados» es tan grande que yo se los recomendaría de todo corazón a
todas aquellas damas que realmente deseen adentrarse en el universo del
ciclismo. Los zapatos que se lleven deberían tener una suela especial, un poco
más gruesa en el interior, para proteger la piel de la fricción de las bielas
de los pedales. La ciclista debe colocar el pie en ángulo recto con el pedal,
del mismo modo que se pone cuando se monta a caballo, y decirle al zapatero que
marque con tiza dónde deben ir las ranuras antideslizantes. Entonces, el zapatero
debe colocar otra suela ligera en tiras, con cuidado de que estas queden bien
pegadas o cosidas y de que coincidan donde están las hendiduras, y no solo en
los bordes. Hecho esto, el agarre es fabuloso; sin embargo, nunca jamás hay que
fijar el pie con rastrales o calapiés: estos artefactos de ningún modo deben
utilizarlos las señoritas, porque son unos amigos peligrosísimos.
Respecto a los neumáticos, casi parece que hoy solo existen los Dunlop;
sin embargo, los Clincher son extraordinariamente buenos, y los Palmer son muy
adherentes. Para las bicicletas de las señoritas yo recomendaría sin lugar a
dudas los Scottish; los Fleuss también son muy fiables. La principal
característica de los Scottish es la facilidad con que se puede quitar la
cubierta. No resulta sencillo retirar la goma Dunlop de la llanta, aunque una
sepa cómo se hace y conozca a la perfección la teoría de dicha operación e
incluso haya practicado. Ahora se lleva mucho poner una cubierta antideslizante
en la rueda trasera, y una cubierta lisa y sencilla en la delantera. Para los
paseos campestres este expediente resulta muy apropiado, pero en la ciudad me
parece que este arreglo incrementa bastante la posibilidad de resbalones y
caídas. Así pues, lo mejor es decidirse por lo más seguro y colocar cubiertas
antideslizantes tanto en la rueda delantera como en la posterior.
El argumento en favor de una cubierta sencilla en la rueda delantera es
que sufre menos con el uso de los frenos. Desde luego, los frenos desgastan un
poco los neumáticos, pero los peligros de resbalar son suficiente argumento
como para permitirse el gasto de una libra al año destinado a reparar el
posible neumático dañado. Algunos eliminan el problema prescindiendo del freno,
una innovación que llevan todas las bicicletas modernas. Ahora bien, aun
admitiendo que los frenos en ocasiones pueden dañar la cubierta, lo cierto es
que son tan importantes que ninguna mujer debería ni siquiera plantearse montar
en bicicleta sin contar con ellos. Una novata no tiene fuerza suficiente en los
tobillos para sujetar una bicicleta descendiendo de una colina sin caerse. Algunas
personas creen que es muy moderno ir diciendo por ahí: «¡Yo nunca utilizo
frenos!». ¡Que no se sorprendan entonces si alguien les dice que eso significa
que no llevan mucho tiempo andando en bicicleta o incluso que no tienen
demasiado aprecio ni por sus vidas ni por las de los demás! No existe ninguna
necesidad de ir dando frenazos en seco cada vez que se nos presente una mínima
pendiente, pero cuando se llevan a cabo excursiones largas una puede
encontrarse en cualquier momento en la cima de una cuesta empinada. ¿Qué hacer
entonces? No solo todas las bicicletas deberían llevar frenos, sino que los
frenos deberían ser firmes, seguros y fáciles de accionar. En general se
asegura que los frenos neumáticos (en los que dos pequeñas bolsas de goma se hinchan
junto a la rueda y la bicicleta se detiene) son muy buenos, pero el mejor
dispositivo de frenado de palanca es la zapata Roper, que detiene el neumático
sin dañarlo. Los frenos de fricción Smith también son excelentes; funcionan con
una palanca convencional y tienen la ventaja de que no destrozan la cubierta
del neumático. No obstante, los frenos de palanca más satisfactorios que yo he
utilizado son los Humber. La palanca es larga, sólida, y se fija al final del
manillar, con lo que alivia la tensión en la mano. Conviene que tanto las
ciclistas como los fabricantes presten más atención a este imprescindible
dispositivo.
Otro de los puntos conflictivos de las bicicletas para señoritas son los
sillines. Resulta prácticamente imposible ofrecer un consejo fiable respecto a
este adminículo ciclista. Los sillines de Henson y de Burgess son buenos, pero
exigen a la usuaria que se sitúe a muy baja altura y bastante atrás, de modo
que la rotación de las rodillas resulta bastante incómoda. Los sillines B85 y
B302 de Brookes son bastante buenos, sobre todo si se ajustan correctamente con
su corrector de inclinación patentado. Puede que a la ciclista le lleve algún
tiempo subir y bajar el sillín, inclinándolo hacia delante o hacia atrás, hasta
que se consiga el mejor ángulo y el más cómodo. Es perfectamente posible montar
en bicicleta con toda comodidad utilizando un sillín común, pero al principio
conseguir una posición correcta no resulta tan sencillo como parece.
A la hora de escoger la primera bicicleta, lo mejor es hacerse con una
que sea buena y sencilla. Lo mejor es dejarse de inventos, como eso de las
marchas. À propos de este último punto, nueve de cada diez
bicicletas para señoritas están adaptadas para ir demasiado despacio, porque
sesenta pulgadas de engranaje no es en absoluto demasiado para una ciclista
verdaderamente competente. El pedaleo lento es mucho menos agotador que andar
por ahí pedaleando como una loca, que es lo que se hace cuando se elige una
bicicleta con una marcha corta o un plato pequeño. Con buenas carreteras y una
fuerza normal, no es insensato elegir una relación de marchas de sesenta y cinco
pulgadas. Debería utilizarse un protector de cadena, y no solo porque así se
protege la ropa para que no se enganche, sino porque así se evita que el barro
y la suciedad que suelen salpicar la rueda delantera se incrusten en la cadena.
Pero si aún hay alguien a estas alturas que dude de los beneficios del uso de
un buen protector, el estado de los pedales y las bielas tras una excursión por
barrizales servirá como testigo mudo de mi afirmación. En este mismo sentido,
los guardabarros deben ser fuertes y buenos. Cuando el tiempo viene malo y los
caminos están encharcados y llenos de lodo, conviene poner un trozo de goma en
la parte de atrás del guardabarros, para proteger las bielas, los pedales y los
pies, aunque nos parezca que el camino tiene solo agua. Cualquier tienda de
bicicletas puede instalar una de esas gomas por un chelín, y por experiencia
puedo decir que se gana mucho en comodidad y en limpieza.
La luz y el timbre son otros dos importantes aparejos de cualquier
bicicleta. La linterna marca The Silver King (cuesta 12 chelines y seis
peniques) es una de las mejores y una de las que mejor salen de precio, y da
una luz excelente. La 20th Century, que consume parafina, es también bastante
buena; se fabrica en aluminio y también en otros metales comunes. Las luces
eléctricas resultan un poco más caras porque son una novedad, pero si el
ciclista vive cerca de algún lugar donde se la recarguen, este tipo de luces
funcionan de modo muy eficaz, si bien únicamente durante un número limitado de
horas. Respecto a los timbres, un simple timbrazo largo y agudo tiende a
despejar la calzada mejor que el ligero tintineo de los timbrecillos comunes.
Los ciclómetros resultan un aderezo interesante durante los paseos ciclistas.
Resulta muy interesante comprobar las distancias que se van cubriendo durante
una larga excursión. Los mejores y los más científicos son los fabricados por
Boy’s & Rücker, que hacen sonar un pequeño timbre cada milla. Cuestan una
libra y un chelín. Los Standard son bastante fiables también, al igual que los
Trenton y los diminutos Veedor. Estos tres últimos cuestan entre cinco y diez
chelines cada uno.
Dos de los dispositivos más interesantes en lo que al mantenimiento de
la bicicleta se refiere son el pie apoyador o pata de cabra (que se usa para
que la bicicleta se mantenga en pie y no tengamos que tumbarla en el suelo) y
el bombín de bicicletas marca Hutton. Ambos pueden adquirirse separadamente o
bien de modo conjunto; el precio del segundo es de catorce chelines, y puede
adquirirse en The Army and Navy Stores. Si no se desea afrontar ese gasto, un
bombín sencillo de pie, con válvulas para poderlo conectar a cualquier tipo de
rueda, puede conseguirse en cualquier comercio del ramo por diez chelines. Con
estos bombines cualquier aficionada podrá hinchar las ruedas con toda
facilidad, y así evitar una de las causas más frecuentes de pinchazos: el andar
por ahí con las ruedas deshinchadas.
También resulta muy útil un candado para bicicletas, sobre todo para
cuando se va de visita, o cuando se pernocta en hoteles en el extranjero. Hay
tantos tipos de candados que es fácil escoger uno cualquiera. Los candados con
combinación de cierre son especialmente buenos.
La caja de herramientas Martin Silent es una invención reciente. Lo más
interesante es que se trata de un pequeño paño desenrollable en el que van
envueltas las herramientas. Hay muchas otras cajas o equipos portátiles de
herramientas, y algunas son especialmente conocidas por su eficacia. Hay quien
utiliza un dispositivo para sujetar el reloj en el manillar, pero yo no creo
que sea un aditamento muy útil en la bicicleta. En ningún caso debería
colocarse un buen reloj en un lugar sometido a tantas vibraciones como el
manillar de una bicicleta. Si se desea utilizar alguno, cualquier modelo
corriente de Waterbury será suficiente para ir a la última moda.
Capítulo 4
El modo correcto de andar en bicicleta
En la actualidad debería ser algo excepcional —y no la norma, como
desgraciadamente ocurre— ver por esos caminos de Dios a ciclistas que practican
el arte de la bicicleta chapuceramente. Mucho se ha afirmado al respecto, mucho
se ha escrito y (por citar uno de los dichos más repetidos de nuestros padres)
«doctores tiene la Iglesia y no hay nada que el dinero no pueda comprar»; sin
embargo, por extraño que resulte, una ciclista realmente es una rara avis, y
hoy más que nunca. Puede que, aunque las instrucciones que acompañan al aparato
sean excelentes, su dueña no las haya leído; ¡y ya pueden ser buenas las
enseñanzas, si le entran por un oído y le salen por el otro! O puede que sea el
talante natural de los ingleses de llevar la contraria lo que nos impele, a
unos y a otros, a hacer exactamente lo que no debemos. En cualquier caso,
muchas de las actuales damas ciclistas tienen mucho que aprender antes de que
puedan autoconcederse los galones de buenas practicantes del arte del pedaleo.
Me da la impresión de que algunas lectoras, después de meditar
detenidamente la jeremiada anterior, preguntarán con atenta curiosidad:
«Entonces, ¿cómo se monta bien en bicicleta?». En términos generales se
entiende que todo consiste en echarle un poco de esfuerzo a la cosa y que el
balanceo corporal, a fin de cuentas, sea más o menos armonioso. La ciclista y
su bicicleta han de moverse como si fueran un solo cuerpo; deprisa o despacio,
con vigor o suavemente; independientemente de cómo sea el camino, la buena
ciclista se desplaza, aparentemente sin esfuerzo, como un halcón cruzando la
cúpula celeste. Sus rodillas no bombearán arriba y abajo como si fueran los
pistones de un motor de vapor; los brazos no se desplegarán en semicírculo,
abriéndose en ángulos rectos desde el cuerpo, sino que deberán situarse como si
fueran una extensión misma de la bicicleta, formando los dos un agradable
conjunto. La mala ciclista salta a la vista: es todo ángulos y tensión. Si la
dama ciclista lee un libro que le dice que tiene que sentarse con el sillín
alto, hará todo lo posible por ajustarse a lo que le dicen. Y colocará el
sillín tan alto que apenas sí podrá dar pedales, lo cual no hará sino imprimir
a su cuerpo una especie de extraño movimiento parecido al que ejecutaría sobre
los pedales de su máquina de coser, llevará la espalda encorvada y encogida, y
el conjunto mostrará una carencia tal de sencillez y armonía que la visión de
su persona resultará extraordinariamente penosa para todos aquellos que sean
testigos de su paso. Esta manía de llevar el sillín lo más alto posible es una
costumbre moderna que ejemplifica las malas prácticas ciclistas. A las
principiantes se les suele decir que deben sentarse alto, y se trata de un
consejo que sin duda se da con la mejor intención, aunque con una indiscutible
falta de raciocinio. Así, las neófitas tienden a pedalear últimamente
encaramadas al sillín en todo lo alto, y su actitud es tan criticable como
cuando se afeaba la conducta de sus despreciadas hermanas de antaño en Battersea
Park por llevarlo demasiado bajo.
La posición adecuada del sillín se encuentra, pues, en el justo medio.
El sillín debe estar situado a una altura que permita que haya entre una
pulgada y una pulgada y media en la holgura de su «alcance» al pedal. Esto
permite que el tobillo tenga margen para rotar, lo cual es una condición sine
qua non para imprimir un buen pedaleo a la máquina. Las principiantes pueden
sentarse más bajo al principio, pero en el bien entendido de que a medida que
vayan ganando confianza el sillín debe irse levantando gradualmente hasta
alcanzar la altura antes mencionada. Luego hay que tener en cuenta la
inclinación hacia delante o hacia atrás del sillín. Mucho se ha dicho a
propósito de la incomodidad inherente a casi todos los sillines, pero en el
noventa por ciento de los casos un ajuste adecuado representa la diferencia
entre un pedaleo incómodo y un agradable paseo. Y el ajuste se consigue con el
buen manejo de una llave inglesa. La gran mayoría de la gente parece incapaz de
utilizar una llave inglesa o una llave de tuerca. Cuando comenzó la moda de las
bicicletas, la llave marca King Dick —por cierto, la mejor que se ha fabricado
jamás— podía llevarse en un bolsillo de la chaqueta, y podía utilizarse para
subir o bajar el sillín hasta que la usuaria se encontrara cómoda en su
posición. La barra del sillín siempre se ajusta aflojando la mariposa que hay
al final del tubo del cuadro. A veces he oído a algunas señoritas que dicen:
«Creo que mi sillín no puede moverse, porque no hay tornillo». ¡Pues parece que
quien dice estas cosas no tiene ojos en la cara! Todas las bicicletas, sean
buenas o malas, ofrecen la posibilidad de subir o bajar el sillín, y la mayoría
de los sillines disponen de mecanismos que permiten la fácil inclinación de los
mismos. Cualquier bicicleta ofrece la posibilidad de ajustar esta parte tan
importante.
Una vez que el sillín está correctamente colocado, debemos pasar al
ajuste del manillar. Como regla general, la altura adecuada es una pizca más
alto que el pico del sillín, pero el ajuste final depende de diversas
variables, esencialmente de la longitud de los brazos de la ciclista, de su
altura, etcétera. Los manillares que se curvan hacia arriba deberían
descartarse siempre que se pueda, y en caso de que la máquina los incluya,
deberíamos sustituirlos por un sencillo manillar de frontal plano, ligeramente
curvado hacia atrás en los extremos. Aparte de lo absurdo de la forma y la
postura tan idiota a la que obliga sentarse con el manillar con los cuernos
hacia arriba, lo cual requiere ir encogida y medio paralizada mientras se
pedalea, tal accesorio traslada una gran cantidad de vibraciones al ciclista,
lo cual, por sí solo, constituye una razón excelente para prescindir de él.
Una vez que la máquina se encuentra debidamente ajustada y la dama
ciclista se ha armado de confianza —tanto en sí misma como en su montura—, se
puede decir que ha dado el paso decisivo hacia el éxito. A muchas señoritas les
parece que el proceso de montar y desmontar constituye una verdadera pesadilla.
El mejor modo de emprender la marcha es atraer levemente la bicicleta hacia
una, y a continuación «entrar» en el cuadro, aunque no se esté sentada aún
propiamente en el sillín. Solo entonces se coloca un pie en el pedal. La pierna
que permanece en el pedal debería estar completamente doblada, casi alcanzando
la horquilla delantera con la rodilla; las manos, firmemente asidas al
manillar. Llegado el momento, simplemente hay que estirar la rodilla, empujando
el pedal hacia abajo. Así, la máquina coge carrerilla y se mueve hacia delante,
permitiendo que la dama ascienda hasta el sillín con el simple movimiento del
estiramiento de la pierna apoyada en el pedal. Al comenzar, el pedal de impulso
debería estar casi totalmente arriba, sobre todo si la bicicleta tiene bielas
cortas. Algunas señoritas utilizan la pierna derecha para el impulso primero,
mientras que otras emplean la izquierda. Esta es una mera cuestión de gusto,
pero es recomendable practicar con ambas piernas. Las principiantes pueden dar
un fuerte pisotón para lanzarse, pero una vez que se coge práctica resulta
bastante fácil encaramarse en el pedal e impulsarlo sin mayores alardes, y sin
movimientos bruscos. Esa moda espantosa de sentarse en la bicicleta, con el
sillín bajo, e impulsarse a zapatillazos en el suelo con una de las piernas
hasta que se coge carrerilla, debe descartarse totalmente, al menos para
aquellas damas que pretendan ser unas buenas ciclistas. Hacer eso no solo es
feo, sino además muy peligroso.
La mayoría de los errores, no obstante, dan a la hora de acometer el
pedaleo. Hay varios estilos: el «movimiento de máquina de vapor», al que ya
hemos aludido anteriormente; el «pedaleo de talón», tan característico de las
novatas; y el exagerado movimiento de tobillo que se ha convertido últimamente
en lo más común entre las ciclistas de parque y jardín. El primero es
simplemente una pérdida de tiempo y de energía. En realidad, un pie trabaja
contra el otro, y no es de extrañar que las señoritas que practican el ciclismo
de este modo lo encuentren agotador. El pedaleo de talón, por su parte, es muy
difícil de combatir. Tiene la desventaja de concentrar todo el esfuerzo y la
acción en el tobillo de la ciclista. También deriva en una apariencia
desaseada, y exige un esfuerzo enorme porque en realidad sus practicantes
necesitan que el asiento esté muy bajo (aunque las novatas dicen que eso les
proporciona más seguridad, y se necesita tener la paciencia de un santo para
convencerlas de que empiecen a utilizar la parte delantera del pie). En un
pedaleo correcto, todos los músculos del pie colaboran para impulsar el pedal
hacia delante, y al mismo tiempo retirar el otro hacia atrás, promoviendo de
este modo el movimiento circular de los pies. Solo entonces se emplea
adecuadamente cada átomo de fuerza. El nombre técnico que recibe esta técnica
es «clawing», porque se apoya en el pedal solo el antepié (los dedos y los
metatarsianos), adoptando una postura en forma de garra. La parte delantera del
pie y los dedos se sitúan sobre la barra del pedal y se aferran a ella casi
como la mano se aferra al manubrio de una broca cuando se pretende perforar
algo. No hay peso muerto en ninguno de los pedales, sino una inteligente
interacción de ambas bielas que permite un esfuerzo continuo gracias a una
combinación de los músculos del talón y la tensión de todos los músculos del
pie y el tobillo. Hay que decir que mediante este método de pedaleo se consigue
un perfecto control sobre la bicicleta. El peso del cuerpo, mediante la lógica
distribución en el sillín y los pedales, contribuye a dicho control, sin
concentrarlo todo en el sillín. La conducción resulta mucho más sencilla cuando
se trata más de una cuestión de variar levemente la presión de los pedales que
de forzar el giro del manillar. Pues este es el secreto de andar correctamente
en bicicleta. Una ciclista experimentada puede dirigir la bicicleta sin apenas
tocar el manillar, una habilidad que la ciclista de pedaleo «estilo máquina de
vapor» apenas puede siquiera imaginar y en la que fracasaría estrepitosamente.
Para pedalear adecuadamente, lo mejor es utilizar pedales «dentados»
(con hendiduras y picos de agarre) y un calzado adecuado. Estos pedales tienen
el inconveniente de que las suelas del calzado pueden rasgarse y estropearse
con bastante facilidad, pero si los zapatos están bien hechos y un buen
zapatero ha colocado bien las hendiduras en las suelas, en realidad no tienen
por qué sufrir daños excesivos. Si se utilizan pedales de goma, en cambio, es
recomendable utilizar zapatos preparados para conseguir cierto
antideslizamiento mediante una suela extra o unas hendiduras apropiadas. Cuando
llueve o cuando hay mucho polvo o arenisca en el camino, los pedales de goma
tienden a ser bastante resbaladizos, no obstante, y un pedal resbaladizo no
solo es una cosa incomodísima sino también algo bastante peligroso.
Conviene apuntar que la mayoría de la gente, en cuanto empieza a
controlar el equilibrio, suelen lanzarse a demostrar su recién experimentada
habilidad girando a toda velocidad en las curvas y doblando las esquinas lo más
rápido posible. Hay que decir que no es lo más inteligente. Puede resultar muy
llamativo, pero cuando se patina —como ocurre en muchas ocasiones—, la
bicicleta tiende a irse para un lado y la ciclista para el otro. ¡Cuán poca
gracia tiene hacer el loco cuando eso ocurre! Con tiempo lluvioso y los caminos
embarrados, o bien cuando está todo muy seco y polvoriento, es muy recomendable
coger las curvas —incluso cuando se transita por un buen camino— con
precaución. Además, nadie puede saber qué obstáculo puede esconderse tras la
siguiente esquina, y si se va demasiado deprisa resulta imposible frenar y
detenerse ante un peligro imprevisto. Apuntaremos algunos detalles más sobre
este asunto en el próximo capítulo pero, como norma general, puede afirmarse
que las mejores ciclistas son las que se conducen de manera prudente.
Otro aspecto interesante es aprender a subir cuestas. Aprender a subir
cuestas es esencialmente una cuestión de practicar correctamente: de dominar
trucos y habilidades que pueden aprenderse con una buena técnica. En esta
particular modalidad, como cuando nos da el viento de cara, la persistencia es
lo que cuenta. Intentar subir una colina a un paso vivo es absolutamente
absurdo, además de agotador. El mejor modo de hacerlo, suponiendo que el camino
sea bastante horizontal, es sentarse en el sillín y subir con calma y
lentamente. No es necesario arquear el cuerpo de modo excesivo, pero conviene
ascender con una ligera inclinación hacia delante del mismo. Los músculos del
tobillo y de la pantorrilla deben trabajar conjuntamente. Cuando el ascenso
obliga a giros descontrolados del manillar y aparecen los jadeos y las
angustias en la respiración, es el momento de bajarse y terminar andando. Es un
gran error empeñarse en subir en bicicleta todas las cuestas, aunque sean
moderadamente empinadas. Algunos días subiremos las cuestas mejor que otros,
pero cuando al final el esfuerzo de la ciclista se hace excesivo, lo mejor es
subir andando y así alcanzar la cumbre.
Como norma general puede decirse que hay pocas cuestas que valga la pena
subir a menos que pueda hacerse tranquilamente. Reventarse y fatigarse, como
hacen muchas ciclistas, resulta en extremo perjudicial para el cuerpo y para el
ánimo. En todo caso, mediante la práctica y el aprendizaje de ciertos trucos
comunes, pueden subirse cuestas bastante empinadas sin demasiado esfuerzo. Los
principales factores de éxito son, de nuevo, la acción del tobillo y un
balanceo constante y uniforme del cuerpo.
A la hora de bajar las cuestas, no conviene quemar la goma con frenazos
prematuros e innecesarios. El freno es un mecanismo que se utiliza en
combinación con el pedaleo de frenada; el pedaleo de frenada no se puede
descartar completamente, aunque tampoco se puede fiar todo a este modo de
reducir la velocidad. Y por último, de ningún modo las señoritas deberían bajar
las cuestas quitando los pies de los pedales. En un triciclo era posible, pero
en una bicicleta los peligros sobrepujan a las ventajas. Lo mejor es mantener
la bicicleta bajo control, con un balanceo uniforme, hasta que el camino
parezca estar libre de obstáculos y curvas, y entonces darle un poco de cuerda,
pero nunca como para perder el control sobre la máquina. Es una imprudencia, en
todos los sentidos, depender solo del pedaleo de frenada, aunque no sea más que
porque las cadenas pueden tener remaches poco seguros y la tensión puede
romperlas en cualquier momento. Ocurren constantemente graves accidentes a
causa de la ruptura de la cadena, o porque esta se salga, y por esta razón, si
no por otras, siempre hay que tener un buen freno a mano… ¡y utilizarlo!
Capítulo 5
Pedaleando en la ciudad
Transitar en bicicleta por la ciudad de modo seguro, sobre todo por
lugares donde existe cierto tráfico, es una experiencia ciclista que solo
deberían intentar aquellas que no tienen otro modo de regresar a sus casas si
no es sobre las dos ruedas, o aquellas que son capaces de mantener la cabeza
fría y no perder los nervios con facilidad. En todo caso, aunque la dama
ciclista esté adornada con semejantes cualidades, es mejor evitar las atestadas
calles de las ciudades siempre que se pueda. Dejemos aparte la cuestión de si
es agradable para una dama tener que soportar las vulgares groserías que no
pocas veces se le dedican por parte de los viandantes: lo mejor es, desde
cualquier punto de vista que se mire, que las damas que se tengan por tales
eviten el tráfico cuando montan en bicicleta. La cuestión se ha planteado
recientemente así: «¿Deben las señoritas montar en bicicleta por las calles de
Londres, sí o no?»; y he de decir que las respuestas que se me ofrecen cuando
pregunto son decididamente contrarias a semejante idea.
No obstante, si, por circunstancias sobre las cuales la dama ciclista no
tiene ningún control, no le queda más remedio que andar en bicicleta por la
ciudad, las siguientes instrucciones y consejos pueden serle de cierta ayuda.
Concéntrate, querida amiga, en lo que tienes entre manos y en lo que
estás haciendo, mantén la mirada alta y al frente, actúa con decisión, y mantén
la bicicleta siempre bajo control. Estate preparada para frenar en seco al
menor obstáculo; avisa a los vehículos que llevas detrás estirando firmemente
el brazo izquierdo cuando se produzca un atasco en el tráfico. Evita los giros
bruscos, la velocidad excesiva, pasar demasiado cerca bajo los hocicos de las
cabalgaduras y entre los vehículos que circulan por las calles. Reduce la
velocidad en los cruces; presta suma atención a los ruidos que emiten los seres
y las máquinas que te rodean; incluso en medio de la turbamulta londinense
prestar atención a los sonidos de la calle resulta de gran ayuda, aunque haya quien
diga que en semejante barahúnda un ruidillo más o menos no puede ni oírse. Al
ir en bicicleta por la ciudad, los oídos se acostumbran enseguida al rumor del
tráfico, y resulta sencillo distinguir los detalles que nos pueden ayudar a
transitar por las calles con más seguridad.
En Inglaterra, la norma es que las bicicletas circulen por la izquierda,
mientras que todos los vehículos se cruzarán con nosotras por la derecha. Es
imprescindible entender y comprender esta regla a la perfección, pues nada
molesta y enfurece tanto a los conductores como los ciclistas que circulan por
el lado equivocado de la calzada. Pero mantenerse a la izquierda no significa
ir metidas en el bordillo. La mayoría de las calles de las ciudades tienen una
pequeña inclinación a ambos lados de la calzada, y por eso es
extraordinariamente importante mantenerse en el centro de la calle. Los
ciclistas que se mantienen cerca del bordillo están siempre en trance de ser
golpeados o empujados por el tráfico que transcurre a su derecha, y en estas
circunstancias montar en bicicleta se convierte en una práctica tan cargada de
tensiones de todo tipo, que no la soportará ni la más templada de las amigas
ciclistas. El lugar adecuado para las bicicletas es, pues, la hilera de tráfico
que se forma en la parte izquierda de la calzada. Una vez asumido esto, debe
tenerse muy en cuenta que, a ojos de la autoridad, una bicicleta es un vehículo
como cualquier otro: goza de los mismos privilegios y está sometido a las
mismas obligaciones que el resto de las máquinas que se impulsan sobre ruedas.
Mientras la dama ciclista recuerde este sencillo principio, observe las normas
básicas de circulación y se comporte con la educación necesaria, no deberá
tener mayores sustos. Hay muchas damas ciclistas que reciben un trato muy
cortés y favorable por parte de los conductores de autobuses, los carreteros y
los taxistas; pero siempre hay personas que más que seres humanos parecen
moscardones en lo que a los ciclistas se refiere, gente irritable y que se
comporta de modo furibundo, sobre todo si quien lleva la bicicleta es una
mujer. En resumen y en román paladino, si las normas generales de cortesía se
cumplen por parte de todos, y se da una convivencia normal en la calzada,
ninguna dama tendría que quejarse de la insolencia por parte de los conductores
—bastante irritables en general— que pueblan las calles de nuestras grandes
ciudades.
Los resbalones y patinazos con la bicicleta constituyen un peligro
constante y un problema que, hasta el momento, no se ha logrado resolver
adecuadamente. Los neumáticos antideslizantes para ciudad ofrecen una cierta
seguridad, pero en la mayoría de los casos el problema no es la calzada
deslizante, sino los nervios y el pedaleo irregular del ciclista. Los días en
los que la calzada está muy grasienta —bien por culpa de los carros aguadores
que lo han encharcado todo o por culpa de las lluvias, que en nuestro país son
muy habituales— resulta conveniente bajar un poco el sillín. De este modo, el
empuje del pie es menor y el centro de gravedad de la ciclista estará más bajo.
En circunstancias de firme deslizante, el paso debería acomodarse a un pedaleo
constante, reduciéndose, a la hora de girar en las curvas, casi a la velocidad
del paso de un peatón. En cierto sentido resulta raro y curioso que dos
condiciones ambientales completamente distintas, como las calzadas polvorientas
y las calzadas mojadas o embarradas, puedan provocar patinazos y resbalones
similares. De modo paradójico, en un día lluvioso en Londres, con su
característico pavimento de adoquines de madera, el tránsito de las bicicletas
será perfectamente seguro y firme; la lluvia tiende a limpiar la grasa
acumulada y el maderamen desgastado proporciona un excelente agarre a la rueda.
Pero en los días muy secos y polvorientos —tanto en la ciudad como en el
campo—, ni siquiera los neumáticos antideslizantes resultan del todo útiles. No
en vano una de las peores caídas que he sufrido a lo largo de mi carrera como
ciclista fue por culpa de un patinazo en un camino de entrada a una casa, un
día en que el firme estaba muy seco y polvoriento.
Hay que apuntar que en comarcas como Gloucestershire, Oxfordshire y
también en ciertas partes de Wiltshire los caminos presentan una espantosa
mezcla geológica denominada «oolito». Cuando llueve —aunque sea poco—, el suelo
se torna tan resbaladizo como las callejuelas más grasientas de cualquier
astillero. La ciclista que se aventure por tales demarcaciones hará bien en
concentrarse y poner todos sus sentidos en mantenerse derecha, pero seguir
pedaleando con naturalidad exige mucha habilidad y destreza. Pues precisamente
en la normalidad del pedaleo reside el secreto para no terminar con tus huesos
en el suelo.
Esto, por cierto, constituye una simple digresión respecto al tema que
me dispongo a abordar inmediatamente, pero los patinazos y resbalones y cómo
evitarlos es un asunto que reviste la máxima importancia. Entre los miles de
peligros con que los constructores siembran nuestras ciudades, los peores,
incuestionablemente, son los raíles de los tranvías. El mejor consejo que puede
darse al respecto es alejarse todo lo que se pueda de las calles por donde
estos discurren, pero si una está obligada a pasar en bicicleta por encima de
las vías, ha de tenerse en cuenta que lo más seguro es cruzarlas en ángulo
recto. Afrontarlas incluso con una levísima desviación del ángulo recto no
constituye sino una invitación a sufrir una mala caída. La bicicleta debe
encarar los raíles perpendicularmente, en la medida de lo posible, en ángulo
recto, o tan recto como se pueda dadas las circunstancias, y solo cambiar de
dirección cuando la rueda trasera los haya sobrepasado. Ir en bicicleta por una
calle por donde transiten tranvías es en extremo peligroso. El mismo consejo
puede aplicarse a los pasos de piedra que a veces forman los bordillos o los
escalones en la calzada: también conviene afrontarlos directamente y en
perpendicular.
Al cruzar estos pasos de piedra, que forman como caminos para cruzar las
calles, las bicicletas sufren mucho menos si la ciclista se pone en pie sobre
los pedales, en vez de permanecer sentada como un peso muerto en el sillín. Lo
mismo puede aplicarse al pavimentado de madera desigual o de macadán, esas vías
pródigas en baches que magullan las bicicletas hasta lo indecible y que además
causan una considerable incomodidad. Las rejillas de las alcantarillas también
merecen una vigilancia extrema por nuestra parte. ¡Es increíble la cantidad de
trampas que esconden las ciudades más civilizadas del mundo para las ciclistas
de naturaleza incauta! A la hora de andar en bicicleta por la ciudad, lo más
inteligente, por último, es no darse mucho tono, yendo sin manos, por ejemplo,
o intentando hacer piruetas y otros truquillos baratos. Se da por hecho que
cualquiera puede andar sin manos en los lugares menos peligrosos, pero
pavonearse con excentricidades en un lugar atestado de gente y de vehículos no
solo es peligroso: denota, además, una suprema falta de buen gusto.
Posiblemente en todas las ciudades del mundo las ciclistas piensan lo
mismo de los peatones indecisos. Por mucho que una intente evitarlo, a veces un
individuo se cruza en su camino —sin mala intención, por supuesto— e intenta
cruzar la calle con un vigor digno de mejor causa. El infractor generalmente se
encuentra en un lado de la calle y mira a derecha y a izquierda; la ciclista
hace sonar su timbre; y el peatón, en vez de esperar a que la ciclista haya
pasado, o cruzar tranquilamente, sale corriendo como un poseso en dirección al
centro de la calzada. Si siguiera corriendo hasta la otra acera, todo iría
bien, pero en el peor momento se detiene y, entre espasmos, da media vuelta con
la intención de regresar a la acera de donde había partido. A continuación
comienzan los aspavientos y las pirouettes del peatón, y los consiguientes
volantazos de la ciclista. La conclusión es que o bien la ciclista decide
apearse para evitar el atropello o bien el indeciso peatón acaba bajo las
ruedas de la bicicleta. Un desastre.
En fin, es cierto que algunas ciclistas no tienen ningún problema en
surcar a toda velocidad una vía pública atestada de gente y de vehículos pero,
al mismo tiempo, algunos peatones tratan a las ciclistas como si no tuvieran
derecho a haber nacido. Lo razonable simplemente sería que los peatones
prestaran a los timbres de las bicicletas la misma atención que prestan a las
campanillas de los carruajes provistos de ruedas de goma. Las ciclistas por lo
general podemos evitar a una persona que actúa con decisión, pero cuando de lo
que se trata es de esquivar a un individuo que se comporta del modo en que se
ha descrito arriba, el asunto se vuelve algo más complicado.
En el extranjero, la ley indica que en la carretera hay que circular por
la derecha. En las ciudades francesas, como en las nuestras, está prohibido
(défendu) ir por las aceras, incluso aunque se vaya desmontado. Está prohibido
tomar las curvas a alta velocidad y la multa por conducción temeraria oscila
entre los cinco y los quince francos. A los ciclistas se les exige que lleven
siempre luz. En Francia, y creo que también en Alemania, el ciclista está
obligado a llevar una matrícula con un número, o con un nombre y una dirección;
para más detalles, recomiendo preguntar en las oficinas londinenses del CTC
(Cyclists’ Touring Club). En el extranjero, asimismo, las ciudades generalmente
están pavimentadas con adoquines, los cuales, en general, son mejores para
transitar que nuestras calzadas. Pero cuando en dicho adoquinado se incrustan
las vías del tranvía eléctrico, como por ejemplo en la ciudad de Montreux, a
orillas del lago de Ginebra, entonces las ciclistas deben andarse con mucho
ojo, pues los accidentes acechan en cada esquina.
Los frenazos y parones repentinos de carros y otros vehículos de
tránsito, así como los giros inesperados de los mismos, cuando se pedalea en
mitad del tráfico, son la causa más habitual de accidentes ciclísticos; en el
caso de giros bruscos las ciclistas pueden caer incluso bajo las ruedas de un
coche. Todos estos peligros pueden prevenirse prestando atención y manteniendo
firme la bicicleta, y procurando ir despacio y con tiento. Una indicación con
el brazo estirado servirá para avisar de nuestros movimientos a los vehículos
que vienen detrás. Por otro lado, la ciclista siempre ha de mantenerse alerta,
por si ve una mano levantada, o por si alguien avisa con un látigo o una fusta,
pues estas son señales que indican la obligación de detenerse, y las usan y
conocen todos los conductores.
Los cruces de las calles principales es mejor afrontarlos despacio y
avanzando lentamente, hasta que una pueda echar un vistazo y comprobar quién
viene por ambos lados. Cuando hay hueco, un firme timbrazo permite avisar al
resto de conductores para que presten atención, y así la ciclista conseguirá
que le dejen espacio para cruzar sin peligro. Si la dama ciclista está
nerviosa, o el cruce es complicado, como el de Regent Circus o la rotonda del
Marble Arch, lo más inteligente —si no lo más decoroso— es que una se tire de
la bicicleta y cruce andando.
Capítulo 6
Pedaleando en Inglaterra y en el extranjero
El ciclismo ha logrado su popularidad en nuestras tierras, no tanto por
la moda, sino sobre todo gracias al turismo. Irremisiblemente, de año en año,
cada vez más gente ha adoptado el ciclismo, frente a las caminatas, como medio
ideal para hacer excursiones campestres por nuestros más renombrados parajes
naturales durante las breves vacaciones de otoño, lo cual representa un
revitalizante regalo para la mayoría de los agotados trabajadores urbanitas.
Pues hombres y mujeres trabajan igual de duro, ciertamente. Ya quedaron atrás
los días en los que los hombres eran la exclusiva mano de obra en el comercio y
las distintas profesiones liberales; ahora, y cada día en mayor medida, se
abren nuevos campos profesionales y las mujeres en muchos casos comparten el honor
de contribuir con su salario al mantenimiento del hogar. Si ellas trabajan, y a
fe que lo hacen ya miles de mujeres en nuestro país, en oficinas insalubres,
encorvadas sobre la procelosa correspondencia y los apuntes contables,
mecanografiando, y en otros muchos casos desempeñando empleos sedentarios, es
justo que las féminas tengan las mismas oportunidades que los hombres de
disfrutar de un poco de aire puro de vez en cuando. Y esto es precisamente lo
que convierte el turismo en bicicleta en una actividad tan valorada por todo
tipo de mujeres, y esta también es la razón —mucho más que las modas o las
tendencias— por la que el ciclismo ocupa hoy su actual posición preponderante
entre las damas. Entre las señoritas ciclistas, probablemente nada es más digno
de aprecio y estima que las excursiones de fin de semana, esto es, las
excursiones de sábado a lunes. Resulta muy agradable huir de la sofocante urbe
el domingo, y pasarlo con amigos en algún paraje rural, para regresar a la
ciudad el lunes por la mañana, totalmente en forma, recuperadas y con ánimos
suficientes para afrontar una dura semana de trabajo. El equipaje preciso para
estas salidas puede acarrearse perfectamente en la bicicleta: puede llevarse
incluso un recambio completo de vestimenta, aunque ello requiere cierta
inteligencia y habilidad, a la hora de escoger una que sea ligera, adecuada,
elegante, y que al mismo tiempo pueda doblarse sin problemas. Haré unas mínimas
sugerencias al respecto (todas las mujeres tienen ideas particulares en lo que
al modo de vestir se refiere, y sería una pérdida de tiempo prescribir consejos
especiales sobre la forma de arreglarse).
Hablando en términos generales, una falda de seda o de crepé y una blusa
de seda son un recambio de ropa ideal para una excursión. La ropa para montar
en bicicleta debería ser de un tejido ligero, y conviene llevar un sobretodo.
La chaqueta, por su parte, debería estar confeccionada de tal modo que pueda
desabotonarse por delante junto con la sobrefalda de crepé. El asunto de los
sombreros es algo más complejo. Un canotier de paja o estraza resulta perfecto
para cualquier excursión ciclista, pero desde luego no siempre resulta
elegante, y el aderezo jardinero o «flowergarden» para un sombrero sería una
pesadilla para cualquiera que se proponga montar en bicicleta. O bien elegimos
un sombrero simple que nos resulte de utilidad a la hora de andar en bicicleta
o lo mejor es que acudamos a una oficina de correos y empaquetemos el bonito
para enviarlo al lugar donde vayamos a pasar el día o el fin de semana; este
recurso también puede aprovecharse para enviar el vestido, con la seguridad de
que estará en el lugar señalado para poder ponérnoslo.
Ante un viaje de varios días, debemos incluir sin falta una muda
completa de lana. No hay nada peor que andar por ahí con la ropa empapada, y el
hecho de poder darse un baño y cambiarse después de una calurosa y polvorienta
excursión es una experiencia gloriosa: hay que vivirla para creerlo. Bajo
ninguna circunstancia, por tanto, debe olvidarse que es obligatorio cambiarse
de ropa al final de cada sesión. Otros elementos indispensables y absolutamente
necesarios que siempre deberíamos llevar: un cepillo y un peine, un cepillo de
dientes, una esponja, una cajita de jabón, un recambio de zapatos y medias, un
neceser con recado de coser, y por último un mapa de la ruta. Conviene,
asimismo, a las damas ciclistas llevar una discreta petaca de brandi y un poco
de agua de colonia —sobre todo en verano—, así como una pequeña caja de
cerillas. Aparte de estos elementos imprescindibles, la señorita ciclista debe
obrar con conocimiento y pensar en su propia comodidad y en sus necesidades
particulares. Bastarán unas cuantas excursiones para que adquiera los
conocimientos precisos al efecto y para que aprenda a seleccionar los objetos
que sin duda convertirán su experiencia en una aventura tan placentera como una
pudiera imaginar; como la gente tiene ideas diversas a este respecto, no será
necesario ofrecer una tabla de objetos pertinentes, y como el espacio de que
disponemos es limitado, optaremos por seguir a continuación con una exposición
sobre las necesidades de la bicicleta en sí misma.
Para este tipo de excursiones largas o vacacionales no tiene ningún
sentido plantearse comprar una bicicleta demasiado ligera. Como he explicado
anteriormente, una bicicleta ligera o bien resulta demasiado cara o bien no
resulta útil para caminos incómodos y difíciles, para llevar equipaje y para el
uso general. No hemos de pensar que una máquina de treinta libras (alrededor de
trece kilos) sea en absoluto pesada para nuestros propósitos, pues la pueden
utilizar incluso señoritas de pequeña complexión. La libertad y la flexibilidad
del pedaleo son con mucho más importantes que la simple ligereza de la
bicicleta. Deberíamos tener especial cuidado y comprobar que el manillar está
dispuesto en una barra amplia y horizontal; que el manillar del freno sea suficientemente
largo, que tenga posibilidad de quedar encajado y que sea seguro; que la goma
de los neumáticos esté correctamente alineada con la zapata de frenado; que las
ruedas sean fiables; que los neumáticos estén bien ajustados con su cámara
interior, y que sean seguros; que el equipo portátil de herramientas esté
completo; que la lata de aceite esté bien llena; si la bolsa de herramientas no
cuenta con una llave inglesa ajustable King Dick, deberíamos adquirir una,
junto con un candado y una cadena; y también deberíamos llevar un bombín, atado
con cintas a la barra del sillín. Las cintas para sujetar el bombín son
infinitamente mejores que los clips, porque así no se daña la goma del bombín,
y si se da una vuelta a la barra del sillín antes de ajustar el bombín se puede
evitar el más mínimo riesgo de que el bombín vaya traqueteando mientras
pedaleamos.
Obviamente, se entiende que debe llevarse un equipo completo de
reparación de neumáticos, y la propietaria debe saber cómo utilizarlo para
reparar los posibles pinchazos.
Igual que en la bicicleta todo debería ser de la mejor calidad, bien
hecho y sencillo, así también debería ser nuestra indumentaria. Debe tenerse
siempre en cuenta que el vestido ideal para hacer turismo ciclista debe estar
confeccionado de tal manera que sirva para ir en la bicicleta y que no
desentone cuando una se baje de ella. Sin embargo, este detalle se olvida con
harta frecuencia. La mayoría de la gente pretende bajarse de la bicicleta en su
lugar de destino y luego hacer la correspondiente visita a pie. Esto no acarrea
mayores inconvenientes si las damas ciclistas van ataviadas con un sencillo
vestido de corte sastre, que puede ser ligeramente corto; en estos días tan
golfísticos nadie lo consideraría una extravagancia. Respecto a los supuestos
impedimentos que supondrían nuestras faldas con viento de cara, y las mil y una
objeciones inconsistentes que proclama la escuela racionalista del vestir, sus
falacias han quedado claramente desmentidas una y otra vez. El viento de cara
resulta una desagradable molestia, pero lo es tanto andando, montando a
caballo, como yendo en bicicleta y patinando; la única manera de lidiar con
ello en bicicleta es reduciendo la pedalada hasta alcanzar un ritmo cómodo y
constante, y no pretender luchar contra las ráfagas de viento.
La elección de las telas y el estilo indumentario es una cuestión
personal que hemos de resolver por nosotras mismas, cada una en su caso. El
vestido debería ser capaz de resistir y repeler un chubasco intempestivo, y
todas las guarniciones, forros y cenefas deberían ser de lana o de un tejido
similar. Cualquiera de los sastres oficiales de la Cyclists’ Touring Club (CTC)
podrá ofrecernos, a precios moderados, una selección de tejidos y estilos
aprobados por la propia organización. El frieze irlandés (una tela densa de
lana, algodón, mohair y otros materiales) es insuperable gracias a sus
cualidades impermeables. Lo mismo cabe decir del tweed de Harris. Tal vez, en
general, resulte más útil que la chaqueta y la falda incluyan una pechera de
refuerzo, o un chaleco, o incluso una sobrefalda. La chaqueta de estilo Norfolk
es también muy recomendable, siempre que esté bien hecha, claro está. Respecto
a las polainas (o guêtres), indispensables en largas excursiones, yo
personalmente lamentaría mucho prescindir de ellas. Un buen calzado es un
elemento sine qua non. Cuando se sube una colina o cuando los caminos están
embarrados o polvorientos, la arenilla entra por los agujeros de los cordones y
puede fácilmente, gracias al rozamiento, provocar ampollas y rozaduras. Las
polainas también protegen el pie de los aguijonazos de los mosquitos y demás
insectos campestres. Un buen picotazo de un bicho (rastrero o volador) puede
llegar a causar tanta hinchazón en la pierna como para que la dama ciclista
apenas pueda caminar. Á propos de insectos y mosquitos, la loción de ácido
bórico es lo mejor para las picaduras, así como para todo tipo de cortes y
rozaduras. Es barato, es inocuo, y un pequeño frasco o un paquetito de sales
para disolución es una aportación muy útil al equipo de viaje. La proporción
adecuada es de una onza de sales por 25 onzas de agua.
Aquellas que pretendan hacer largas excursiones por el país o por el
extranjero deberían unirse al Cyclists’ Touring Club de Inglaterra (o bien al
Touring Club de France si es que planea un viaje al Continente). La información
respecto a esta última asociación puede encontrarse en las oficinas del propio
CTC. Los miembros del CTC. tienen derecho de entrada libre a los puertos
franceses, y en casi todas las ciudades de Inglaterra hay un cónsul de la
asociación a quien se le puede solicitar información sobre rutas y caminos.
Algunos hoteles ofrecen restauración a precios reducidos para los miembros del
CTC, y la asociación cicloturista publica mensualmente una revista especial y
gratuita que está a disposición de todos los miembros del club. El club también
ha establecido delegaciones especiales destinadas a apoyar a los miembros
femeninos de la asociación: existen cónsules para las damas ciclistas que se
encuentran en casi todas las grandes ciudades, y a ellas pueden dirigirse los
miembros femeninos del club en caso de caer enfermas estando de excursión, o de
accidentarse en un lugar lejano a su hogar natal y lejos de sus familiares.
Actualmente se está procediendo a construir alojamientos en el campo y se está
elaborando una lista de granjas accesibles para que los miembros del club no
echen a perder sus vacaciones preocupándose de buscar alojamiento; disponer de
esta información es primordial, porque así las excursionistas pueden explorar
la región, jugar al golf, dibujar, hacer fotografías o no hacer nada en absoluto
y descansar sin tener que preocuparse de nada. Hay talleres de reparación
cualificados del club en todas las ciudades, que no tardarán en dar pruebas de
su competencia a la hora de reparar bicicletas. Finalmente, el club publica el
Handbook, una de las revistas dedicadas al ciclismo más exhaustivas y completas
de Inglaterra; y en la actualidad se está preparando un detallado y preciso
mapa de caminos y carreteras, que no tardará en publicarse.
Ir de excursión en bicicleta por Inglaterra es una cosa, e ir de
excursión por el extranjero… otra bien distinta. Es más agradable y
entretenido, concedámoslo, pero en tales casos se precisa tener una
documentación oficial que poder mostrar y una potente organización que la
respalde a una. Para la ciclista que se aventure por el extranjero, existen dos
documentos imprescindibles: el pasaporte y un carné de la CTC. Para un
extranjero, un billet o un documento que certifique que efectivamente se ha
contratado un alojamiento es vital, y la británica que ignore esos «molestos e
inútiles requisitos de la burocracia y el papeleo» no tardará en descubrir que
cuando se está en el extranjero es mejor guardarse ese y otros prejuicios
insulares en el bolsillo.
Es extraordinariamente importante, sobre todo para las damas, no hacer
largas distancias al principio; hacer más de cuarenta millas en un solo día
resulta algo exagerado. A la mayoría de las personas les gusta emprender estos
viajes para sentirse bien y disfrutar, y eso sería argumento suficiente para
reprimirse y no empeñarse en cubrir largas distancias de una sola tacada.
Conviene desayunar con moderación, pero abundantemente; es importante empezar a
pedalear temprano y descansar durante las horas más calurosas del día,
disfrutando de una comida al fresco si el tiempo lo permite. Para conseguir que
nuestro periplo se convierta en un ameno entretenimiento, siempre es de gran
ayuda practicar alguna afición como la pintura o la fotografía, y llevar un
cuaderno para dibujar o una cámara fotográfica que animen el viaje. Y lo mismo
puede decirse de los intereses científicos, como la arqueología o la botánica.
Es necesario estudiar la ruta cuidadosamente y llevar un mapa grande, preciso y
detallado de la zona que se va a visitar. Deben evitarse los atajos. También
debe llevarse una brújula, aparato que con frecuencia se nos demostrará
utilísimo, especialmente cuando se hace turismo en países muy llanos donde hay
pocas indicaciones y puntos de referencia. Y aprovecho para decir que nosotros
los ingleses apenas estamos empezando a darnos cuenta de que nuestra estúpida
estructura de señalización viaria es una desgracia nacional al lado de las
utilísimas señales metálicas y esmaltadas que tienen en el extranjero.
A la hora de hacer turismo en bicicleta, por último, cuando la dama
ciclista tenga sed, lo mejor es beber leche y soda, acompañadas con una galleta
si es posible. Las bebidas baratas de refrescos son peligrosas. Las buenas
cervezas de jengibre (las envasadas en cerámica) son seguras, pero como norma
general ha de entenderse que la cerveza de jengibre comercial no es buena. Un
huevo batido en la leche, al que añadiremos una buena cucharadita de whisky,
resulta un magnífico reconstituyente para la ciclista que ha perdido
súbitamente sus fuerzas. Una cerveza clara con gaseosa, si está preparada con
productos saludables, resulta de lo más reconfortante. Hay escasas
posibilidades de conseguir una bebida aceptable durante las excursiones
campestres (digamos, en Westmorland Fells o en los Lincolnshire Wolds), así que
es mejor llevarse una discreta petaca con vino y agua, o alguna bebida por el
estilo, de modo que podamos pasar el día con toda tranquilidad y sin depender
de nadie. La leche, si se toma en grandes cantidades, es peligrosa si la
señorita ciclista está muy sofocada.
Capítulo 7
Ascendiendo montañas en bicicleta
Antaño, cuando los triciclos se consideraban inventos estrafalarios, y
en absoluto máquinas respetables, mucha gente se planteó un problema crucial,
que no era sino cómo subir las cuestas montados en aquellos aparatos. Que se
pudieran bajar lo entendía cualquiera; pero «¿cómo se las arregla uno cuando la
cuestión es ascender?». La respuesta natural era que las cuestas medianas
podían subirse pedaleando, y las otras, más empinadas, podían subirse andando y
empujando el triciclo; pero esta respuesta siempre causaba cierta decepción y
hasta frustración en quien la recibía. La gente, claramente se veía, no
confiaba mucho en quienes asegurábamos que podíamos subir las cuestas montados
en «aquellos artefactos», e incluso ahora —diez años después— la «escalada» o
ascensión de cuestas en bicicleta aún se observa con mucho más respeto y temor
del que realmente resultaría recomendable.
Ahora bien, hay cuestas y cuestas. Yo conozco lugares con larguísimos
tramos de pendiente gradual, lo que se conoce como «falsos llanos», que las
aficionadas más novatas considerarían simples tramos de camino liso, y que he
de decir que son los que más esfuerzo me han costado en mi vida, incluso más
que muchos puertos llenos de esas señales de peligro. Casi por vergüenza una no
puede permitirse desmontar en un tramo que parece prácticamente plano, y sin
embargo con cada pedalada se constata que la pendiente está ahí, aunque debido
a la naturaleza del camino o la carretera, esta apenas se percibe. Con un
viento de cara constante, atravesar un tramo de este tipo es una de las
experiencias más agotadoras que puede afrontar una ciclista.
Otra variante orográfica que la señorita cicloturista puede encontrarse
en el camino es el llamado valle en V —un tramo de los llamados «montañas
rusas» o «rompepiernas»—, pero con eso que los cazadores llaman «una buena
rampa»: una pequeña cuesta, bastante empinada, del tipo que impresiona a los
timoratos aficionados a las dos ruedas. Una vez que se llega a la cumbre de la
loma, y sentada bien atrás en el sillín, apenas tocando el freno… ¡fiuuu!, allá
que se lanza la dama ciclista, permitiendo a media bajada que la bicicleta
adquiera toda la velocidad posible para que con el impulso pueda ascenderse
buena parte de la cuesta opuesta: entonces, con un fuerte pedaleo y una buena
sujeción del manillar, la bicicleta ascenderá sin mayores contratiempos la
pendiente. Pueden quedar unos metros duros hasta la cima, eso es cierto, pero
la dama ciclista aún contará con cierto impulso suplementario, así que unas
cuantas pedaladas vigorosas más… ¡y estará arriba!, preparada para continuar
por un eventual camino llano. Este tipo de cuestas son de lo más llamativas,
pero para subirlas se requiere, más que fuerza, una buena cantidad de sensatez
y no poca habilidad.
Otro tipo de cuesta, esta más engorrosa y pesada de afrontar, es la
cuesta que se empina gradualmente, que se endurece por momentos y en la que
cada pedalada que se da parece más difícil que la anterior. Cuando me encuentro
con una de estas cuestas en mis correrías ciclistas, en prácticamente todos los
casos acabo bajándome de la bicicleta y termino andando. Ya en la cumbre,
cuando observo la cuesta desde arriba, veo que se trata de una cuesta muy larga
y muy empinada, un «rompepiernas» que se remata con una repentina «pared» en el
último tramo: sin duda es el peor tipo de cuesta a la que una puede
enfrentarse. La «escalada», como se llama técnicamente el arte de subir cuestas
en bicicleta, requiere una combinación de fuerza y habilidades particulares.
Las buenas «escaladoras» saben que, con mucho, resulta más importante utilizar
bien la fuerza y los músculos del tobillo que optar por doblar el espinazo
hasta acabar adoptando la forma de una luna menguante y, así encogida, empujar,
resoplar y agobiarse hasta acabar extenuada. En tales casos lo más seguro es
acabar haciéndose daño; es preferible pensárselo bien y subir con más
tranquilidad. Algunas cuestas pueden afrontarse sin mayores problemas, como las
reseñadas cuestas en V de las que hemos hablado antes, así como los puentes
sobre vías férreas (figura extensible a los puentes sobre canales), que no son
más que pequeñas e incómodas tachuelas que por desgracia aún adornan nuestros
caminos.
Por tanto, el mejor modo de afrontar una larga cuesta es hacerlo
lentamente, y no esprintando a toda velocidad hasta que a una le sea imposible
avanzar más; una vez que se llega al pie de la colina se debe comenzar a
pedalear tranquilamente y empezar a ascender poco a poco, bien sentada en el
sillín, derecha, con algún empujoncito al manillar de tanto en tanto, pero sin
agacharse ni retorcerse sobre la bicicleta. Eso siempre es peor. Los músculos
del tobillo son los que deben hacer el esfuerzo principal; debemos mantener los
pedales en acción continuamente, uno después del otro. Las puntas de los pies
deberán cumplir con su función presionando el pedal hacia delante y hacia
abajo, mientras el otro pie tirará del pedal hacia atrás y hacia arriba,
girando y girando, exactamente del mismo modo que las bielas hacen girar las
ruedas de la locomotora de la Great Northern Line. Lo que mejor funciona en
tales casos es la calma y la confianza en las posibilidades de una misma. Puede
que la cuesta sea muy empinada, pero la dama ciclista debe saber que su labor
es avanzar con pedaladas largas, procurando no quedarse sin aliento. Por el
contrario, ha de procurar llevar una respiración tranquila y rítmica, sin hacer
alardes, sin apresurarse, manteniendo un ritmo constante y uniforme. Luego, una
vez la dama ciclista alcanza la cima y se relaja toda la tensión, puede
continuar adelante tan fresca y respirando tan normalmente como si no hubiera
hecho otra cosa que avanzar por una carretera llana. Este es el sistema científico
adecuado para escalar cuestas: con un ritmo uniforme y utilizando la
distribución del peso corporal para ayudar a los tobillos en su rotación. Una
mala ciclista encararía esa misma cuesta empujando el manillar, pedaleando a
toda máquina, entorpeciendo con un pie el trabajo del otro, dando tirones,
resoplando, jadeando, tensando cada nervio de su cuerpo, y en consecuencia
llegando a la cima desarbolada, despeinada, destrozada e inevitablemente
agotada para toda la jornada.
Una de las cosas que los denostados triciclos de antaño enseñaron a
nuestras antepasadas ciclistas fue precisamente cómo subir las cuestas. Hay que
reconocer que empujar una pesada máquina de setenta libras por las tierras
montañosas del norte constituyó un buen aprendizaje para lo que ha venido
después. El pasado otoño fui a visitar una vieja propiedad familiar con una
bicicleta ligera y me topé con una cuesta bastante seria que ya en su momento
había subido sobre uno de esos pesados triciclos. Puedo asegurar que, en
aquella ocasión, para cuando alcancé la loma la columna vertebral de mi máquina
estaba severamente dolorida. Pues bien, en aquel soleado día de otoño,
reconozco que me quedé pensativa junto a mi ligera Humber preguntándome cómo
era posible que hubiera conseguido subir esa cuesta con un pesado triciclo diez
años antes casi sin desgaste por mi parte. Al intentar repetir la hazaña en la
bicicleta, fracasé absoluta y ridículamente.
Algunas personas afirman que, visto lo visto, todas las cuestas deberían
subirse andando. Pues bien, he de decir que quien diga eso no demuestra sino su
estupidez. Es de suponer que los ciclistas utilizaremos el mismo sentido común
a la hora de ascender un puerto que en el resto de asuntos de nuestra vida. Si
un puerto o una cuesta exigen demasiado esfuerzo, nos bajaremos de la
bicicleta. Si no, no. Por otra parte, si una cuesta empinada se afronta
sosegadamente y con ritmo constante, ello exigirá poco más esfuerzo que subirla
andando con la bicicleta de la mano. Es inútil forzar el ritmo, tanto en las
cuestas como cuando tenemos el viento de cara. Solo la tranquilidad y el ritmo
constante nos beneficiarán, no así los esfuerzos agónicos. Optar por rodear un
puerto, como haría un poni de Devonshire, puede funcionar en algunos casos,
pero si los caminos están llenos de tachuelas y baches (con el consiguiente
traqueteo de la montura) lo mejor es evitarlos y afrontar la escalada.
Personalmente nunca he salido ganando cuando he decidido rodear los puertos que
me he ido encontrando por el camino.
La escalada ciclista constituye una entretenida diversión si la
confrontamos con los múltiples peligros que surgen a partir de un descenso
descuidado o atolondrado: tal es la razón y causa de innumerables accidentes.
De ningún otro modo se muestra tan frecuentemente la estulticia juvenil como en
la conducción temeraria de las novatas bajando los puertos a pedal suelto, y en
la indiferencia que demuestran ante la absoluta necesidad de emplear
adecuadamente los frenos. Yo recomendaría que todas las bicicletas llevaran un
freno apropiado de zapata o bien uno neumático, si es que una va a transitar
por paisajes montañosos o con cuestas; el segundo es excelente si se emplea
como un mecanismo de reserva, fijado a la rueda trasera. El manillar del freno
debería ser fuerte y estar bien sujeto, de modo que la mano no tenga que hacer
mucho esfuerzo al accionarlo. He de decir que, desgraciadamente, se ha prestado
demasiada poca atención en los últimos años a esta cuestión. A los hechos me
remito.
Capítulo 8
Gymkhanas ciclistas
La bicicleta ha irrumpido en nuestras vidas de muchas y diferentes
maneras, y una de ellas, y no la menos importante, es que ha propiciado un
nuevo tipo de entretenimiento en las reuniones sociales, en los mercados, en
las fiestas privadas y en otras diversiones principalmente estivales. La
imaginación y el ingenio han unido sus fuerzas, y así ha sido posible contar
con una muy pasable serie de competiciones deportivas en las que, en vez de
ponis, se utilizan bicicletas. No se esperaba que estas gymkhanas o juegos
ciclistas despertaran la misma expectación. Una bicicleta apenas si constituye
una débil imitación de un poni, pues los animales siempre hacen gala de una
vitalidad y una energía proverbiales. Con la bicicleta, puede que el ciclista
baile y se tambalee en su montura y ello distraiga un tanto al espectador, pero
he de decir que, desde la irrupción de la bicicleta, las mil y una piruetas y
giros del inteligente poni de polo que hasta ahora se empleaba en estos juegos
ya se han perdido para siempre.
En cualquier caso, y a pesar de todo, una gymkhana ciclista no es mala
cosa para pasar alegremente una tarde de verano con los amigos. Siempre anima
un mercadillo, que de otro modo podría ser una auténtica lata; además, estos
divertidos concursos de habilidad y destreza son también un gran incentivo como
distracción en las exposiciones florales de provincias; y al fin y al cabo,
favorecen notablemente la práctica y las habilidades del ciclismo. El
lanzamiento de cartas y paquetes sin bajar de la bicicleta es un ejercicio de
lo más divertido, creedme. Pero existen otros juegos, como las fintas al pasar
entre un poste y otro, el regateo entre obstáculos de distintos tamaños
utilizando solo una mano y sabiendo que los segundos vuelan en el reloj del
cronometrador… los juegos son innumerables. Actividades todas ellas que no son
juegos de niños precisamente, como podría parecer a primera vista.
Conviene, primeramente, que el lugar donde se celebren estas gymkhanas o
competiciones de destrezas y habilidades ciclistas sea una gran pradera o un
campo llano: cuanto más espacio haya para trotar con la bicicleta, mayor será
el éxito del evento. Tanto si tenemos la vista puesta en un simple circuito
para juegos, como si decidimos organizar algo más complejo, digamos una carrera
tipo Cruz Victoria provista de obstáculos y vallas, el espacio mínimo que es
necesario acotar sería una zona rectangular de 250 por 160 pies.
Lo siguiente que deberemos hacer es reclutar un buen equipo de jueces;
los hombres son indispensables, y entre ellos, los más fiables son los
militares. Serán árbitros y jueces competentes, cuya palabra se convertirá en
ley, y cuyas decisiones deben considerarse obviamente definitivas. Al final del
cartel donde se especifiquen las reglas del evento debería advertirse de dicha
circunstancia, cartel que habríamos de colgar en un lugar donde todo el mundo
pudiera verlo. Otro de los jueces imprescindibles es el cronometrador, armado
con su correspondiente reloj-cronómetro. También debe haber dos o tres chicos
avispados, a disposición de las órdenes del secretario de la carrera, que nos
ayuden a colocar los aros, reemplazar los obstáculos cuando se hayan desordenado
en la carrera, y atender a todo lo que sea preciso y necesario. También debe
montarse aparte una pequeña tienda con bicicletas baratas de alquiler y con un
hombre de confianza al cargo. Cada bicicleta debe llevar una etiqueta y el
propietario ha de recibir un resguardo, y ninguna bicicleta podrá sacarse de la
carpa sin ese documento. Esto por lo que respecta al personal de la gymkhana.
Respecto a la competición propiamente dicha, los postes para el torneo
de los aros deben ser de madera o bien metálicos. En este último caso lo mejor
sería que tuvieran un pie de sujeción. Los de madera, en cambio, precisan que
se haga un agujero en el suelo, lo que con frecuencia daña el césped; los más
recomendables, por todo ello, son los aros de hierro, que pueden plantarse en
el terreno de modo sencillo, obviando los inconvenientes de sus primos de
madera. El aro puede estar colgado de un gancho fijo, pero las cosas resultarán
un poco más interesantes si se utiliza un alambre fino, como en los torneos del
Agricultural Hall. Este alambre hará que el aro se balancee con la brisa, y de
ese modo los ciclistas tendrán que manejarse más diestramente que si el aro
está firmemente anclado en un gancho fijo. Los postes se colocarán a ambos
lados del campo, a razón de tres en cada margen. Los participantes en el torneo
correrán a mano derecha, por el interior, y tanto los ganchos como los alambres
deberán estar dispuestos de tal modo que la lanza pueda ensartarse y soltarse
del aro sin dificultades y sin excesiva resistencia. De lo contrario, cualquier
enganchón podría derivar en un accidente grave.
Para la carrera de obstáculos deben utilizarse grandes pelotas de goma o
bien bloques de madera pintados de blanco. Una línea blanca debería marcar el
trazado de la carrera y sobre ella deberían colocarse los obstáculos, cada seis
o siete pies. Una cruz blanca podría utilizarse para indicar el lugar exacto
donde debería recolocarse el obstáculo si algún ciclista lo moviera o lo
desplazara. Si hubiera dos equipos enfrentados, deberían trazarse un par de
líneas paralelas, con una separación de unos veinte pies, de modo que las
marcas y los obstáculos estuvieran en una posición idéntica en ambos
recorridos. En un extremo, pintada en el suelo, debería haber una cruz blanca,
y en el otro un poste blanco, sobre el cual deben girar los competidores.
Se pondrá a cada competidor en la cabecera de la línea de obstáculos,
sobre la cruz blanca. El juez preguntará: «¿Listos?», el cronometrador
controlará el tiempo y a la voz de «¡Ya!» los dos competidores comenzarán a
serpentear sobre su línea y a salvar los obstáculos. Puede recordarse, en
passant, que es un error entregarse a un balanceo excesivo: queda muy
brusco y muy zafio. El primer giro brusco significará un giro aún más brusco en
el segundo obstáculo, y el error que se cometió al principio acabará desembocando
al final en desastre. Por otra parte, si empezamos directos por la línea de
obstáculos, y solo nos desviamos ligeramente, tendremos muy fácil ganar la
justa. La presión de los pies en los pedales debería ser una parte importante
del control de dirección en los giros.
Para el concurso del cartero planearemos seis envíos. Cada competidor
deberá llevar una saca; generalmente cada una incluirá dos tarjetas postales,
dos cartas normales y un par de paquetes, tan grandes como sea necesario a fin
de que se precise un buen lanzamiento para colarlos por el agujero. Los
paquetes, no lo olvidemos, son los elementos cruciales en este juego, y los que
con más facilidad se resbalan de las manos. Si el ciclista deja caer uno,
deberá desmontar, recogerlo, volver a montar, retomar la marcha y volver a
intentar embocar el paquete por su ranura. Los buzones preferiblemente se
situarán junto a los postes del torneo de justas. Podrán estar hechos de paja,
con una abertura en la parte superior a fin de que puedan sacarse las cartas; y
por supuesto, también con su preceptiva ranura para echarlas. Si se pinta de
rojo, añadirá mucha más verosimilitud al espectáculo.
La carrera tipo Cruz Victoria puede organizarse tanto para damas como
para caballeros. En el caso de los caballeros, las vallas y otros obstáculos
añadirán diversión al espectáculo; para las damas es necesario que todo el
mundo comience al mismo tiempo, recoja sus muñecos y vuelva corriendo a la
base. Hay que advertir que un muñeco bien embutido en su funda es bastante
difícil de manejar, así que son fundamentales la rapidez en detenerse, en
desmontar y en volver a montar cada vez.
Sin embargo, es probable que la prueba más difícil, y a la vez la más
útil, sea aquella en la que el participante monta en su bicicleta mientras
transporta otra a su lado, sosteniéndola con la mano. Dominar tal disciplina no
es más que una cuestión de práctica. A fin de afrontar la prueba con éxito, la
dama ciclista ha de colocar la bicicleta vacía lo más cerca de sí misma que
pueda, formando una A. Utilizando la bicicleta vacía como apoyo, dará un salto,
se montará en la suya, cogerá equilibrio, y ya podrá salir andando. Lo único
que hay que procurar es que la bicicleta vacía no se desvíe demasiado, y que
los pedales respectivos se mantengan algo separados para que no se traben.
Algunos prefieren conducir la bicicleta vacía por el extremo del manillar, y otros
por el centro. Hay que decir que este último método confiere más control a la
conducción.
Por supuesto, las cosas que pueden hacerse sobre una bicicleta son de lo
más variadas. Posiblemente ir tocando un instrumento musical y ensartar una
lanza en una argolla sean las actividades que precisen más habilidad. Tras
preguntar a diversos aficionados, he sabido que el señor W. Macpherson, de
Sloane Street, puede proporcionar a quien interese jueces cualificados
dispuestos a trasladarse a cualquier zona de la campiña, así como equipos
ciclistas completos, a razón de una libra por día, sin incluir el billete de
tren ni el alojamiento, que van aparte. No hay duda alguna de la belleza de una
carrera ciclista que además lo sea musical, pero en este caso todos los
ciclistas deberían ser grandes expertos en el manejo de la bicicleta, además de
consumados músicos.
Las lanzas para los torneos deberían tener una longitud de
aproximadamente cuatro pies. A falta de lanza, siempre se pueden utilizar palos
de billar, pero todos han de tener la misma longitud y ser de la misma calidad,
y deberían rasparse hacia la mitad para que puedan proporcionar un buen agarre
a la mano.
Las bicicletas de las gymkhanas, para ir acabando, deberían ser bajas y
sólidas. Este tipo de bicicletas, naturalmente, solo son aconsejables para
andar por los parques y siempre que haga buen tiempo; las máquinas de más
amplitud entre ruedas y de ruedas grandes —las buenas bicicletas de carretera—
no son aptas para ejecutar los rápidos ejercicios de montar y desmontar de la
bicicleta, los giros cortos, las maniobras veloces, etcétera, necesarias para
una buena gymkhana. Por ejemplo, en una carrera «de huevo y cuchara» lo más
difícil (habrá alguna que lo considerará incluso imposible), será subirse al
sillín sin que se caiga el huevo. El único modo de conseguirlo es utilizar una
bicicleta de 26 pulgadas, sentarse en el sillín e impulsarse con una pierna. En
última instancia este método constituye una auténtica herejía si de lo que
hablamos es de montar correctamente en bicicleta, pero en estos imaginativos
juegos ciclistas algunas veces las prescripciones pueden obviarse a gusto de la
consumidora. Si los concursantes se ven obligados a utilizar una bicicleta de
carretera estándar, lo mejor es poner el sillín ligeramente más bajo a fin de
facilitar la operación de subir y bajar rápidamente de la bicicleta. Para estos
casos la mejor es la bicicleta corta Swift. También hay algunos modelos con el
cuadro curvado de Rovers, como el «Modèle de Luxe», que resultan de lo más
útiles para estos casos.
A la hora de escoger un equipo, el organizador del evento deportivo hará
bien en seleccionar a ciclistas jóvenes, si bien estos no tendrán tanta
práctica como las más veteranas, pues la vitalidad y la agilidad son cruciales
en este tipo de competiciones. Montar y desmontar a la velocidad del rayo o ser
capaz de girar rápidamente son aspectos que hay que tener en cuenta; respecto a
la altura y el tamaño de la deportista, cuanto más pequeña sea la ciclista,
mejor. Pasa igual que con los jockeys de las carreras de caballos. Las
ciclistas veteranas pueden competir en la actividad de las lanzas y las
argollas con mayor eficacia que sus colegas más novatas, porque esa prueba
necesita compensar la puntería y la firmeza del manillar, así como la fuerza y
la regularidad de la velocidad. Sin embargo, como norma general, cuanto más
joven sea el equipo, mejor.
Otra prueba, aparte de las ya mencionadas, es la carrera de verduras:
cada concursante debe coger un surtido de cebollas, patatas, berzas, puerros y
zanahorias de un cubo situado en un extremo del campo, y trasladarlos y
meterlos en otro cubo situado en el otro extremo, todo ello sin desmontar. Esto
con frecuencia propicia momentos de gran diversión, porque desde luego no es
nada fácil hacer un lanzamiento preciso de una hortaliza desde el sillín de una
bicicleta mientras se va a toda velocidad. Por lo que se refiere a la
competición de disfraces, ponerse trajes siempre es divertido, aunque se corre
el peligro de que aquello acabe pareciendo un cotillón navideño. Las carreras
«sin manos», por último, resultan un poco peligrosas si hay muchos
concursantes.
Capítulo 9
Mantenimiento de la bicicleta
Cualquier dama ciclista que se precie presumirá de saber cómo reparar su
propia bicicleta cada vez que se le plantee algún pequeño problemilla mecánico.
De hecho, no hay nada menos complicado que mantener la bicicleta en buen estado
de revista. Tan pronto como se localice un chirrido, para lo cual es necesaria
cierta habilidad, la buena ciclista será diestra en saber aplicar las medidas y
los remedios oportunos a fin de hacer las reparaciones precisas. Cualquier
mínima irregularidad en la cadena, por ejemplo, puede ser la causa de que la
bicicleta vaya lenta, o de que chirríe de un modo harto desagradable. Siempre y
cuando la propietaria sea capaz de conocer hasta el último detalle técnico de
su máquina y de llevar a cabo sin ayuda de nadie las reparaciones habituales,
será muy poco lo que se gaste en su mantenimiento, una vez adquirida la propia
bicicleta, claro está. De ese modo, ella misma podrá ocuparse perfectamente del
cuidado de su máquina sin ayuda de nadie.
Para la ciclista acostumbrada, por el contrario, a acudir al taller a
cada ruidito que detecte en la máquina, la experiencia ciclista será en extremo
frustrante y acabará considerando que un poni le resultará, a fin de cuentas,
mucho más barato que una bicicleta, pues las bicicletas que se pasan la vida en
el taller mecánico para que les revisen esto o lo otro siempre acaban
resultando ruinosas para sus dueños.
Lo primero y primordial que cabe esperar de la propietaria de una
bicicleta es que la mantenga siempre limpia y brillante. Últimamente se ha
puesto de moda la costumbre de montar un buen zafarrancho cuando toca limpiar
la bicicleta, pero diez minutos de trabajo concienzudo cada día, armadas
simplemente con un sencillo trapo de parafina y un cepillo, servirán para que
podamos mantener el cromado y el esmaltado de nuestra máquina en perfectas
condiciones. Cuando por desidia o bien por inexperiencia se abandona y se
descuida el cuidado de una bicicleta —con lo que el esmaltado pierde brillo y
el cromado se empaña y se pica—, el trabajo de lustrado y limpieza nos llevará
más tiempo del que resulta recomendable, y la experiencia acabará siendo
frustrante. Fundamental para poder limpiar cómodamente la bicicleta es adquirir
un pie para que la máquina se sujete sola, así como un bombín de pie que nos
servirá para inflar las ruedas y prevenir pinchazos indeseables. La importancia
del pie de sujeción es enorme, puesto que con él la bicicleta podrá tenerse
derecha ella sola, con lo que conseguiremos limpiar tanto las ruedas como las
manivelas de los pedales mucho más fácilmente que cuando la bicicleta está
tumbada en el suelo.
En caso de pinchazo, las cosas se simplifican mucho si se quita la rueda
entera del cuadro y se coloca en un banco o sobre una mesa. A continuación se
sacará la cubierta —en caso de que sea una Dunlop— tal y como se especifica en
el libro de instrucciones que la ciclista podrá adquirir en cualquier tienda
del ramo. Se extraerá la cámara, que es una pieza delicada, procurando que los
extremos de la cubierta no la magullen y puedan debilitar alguna zona e,
indirectamente, posibiliten un reventón. La rueda delantera es muy fácil de
sacar. Para reparar la rueda trasera es necesario retirar la protección de la
cadena. Una vez hecho esto, quitaremos el ajuste de la cadena y la
desatornillaremos. No es un trabajo en absoluto sencillo ni agradable, pero nos
resultará utilísimo saber cómo llevarlo a cabo. Una vez que se ha sacado la
rueda, hay que actuar igual que con la rueda delantera.
Para las damas, no obstante, yo recomiendo fervientemente el neumático
Scottish. Quitar la cubierta de un Scottish no representa el más mínimo
problema y el propio neumático es de primerísima calidad, y excelente en todos
los sentidos. Yo he usado un par de ellos en mi bicicleta y el resultado ha
sido de lo más satisfactorio. El neumático antideslizante es muy bueno, en
verdad excelente, tanto que incluso estaría dispuesta a admitir que lo prefiero
a los mismísimos Dunlop-Welch.
La cadena, tanto si va protegida como si va al aire y expuesta al polvo
y al barro —algo que ocurre por culpa de la estúpida pasión por la ligereza de
la bicicleta a la que ya se ha aludido—, precisará limpieza y atención de vez
en cuando. Si lleva aceite, recomiendo el sistema del engrasado automático
Carter, que requerirá menos cuidados; pero si el protector es de cuero, la masa
de polvo y aceite hará que la cadena se ensucie y por tanto precisará de cierta
limpieza cada cierto tiempo. En tal caso deberíamos quitar la cadena, bien
sacándola de los dientes del plato y la corona, bien desatornillando uno de los
empalmes que unen los eslabones, y la introduciremos en una lata llena de
parafina. La dejamos allí una hora más o menos, y luego la secaremos cuidadosamente
y la frotaremos para que no quede arenisca entre los eslabones. Al volver a
colocar la cadena, tendremos que asegurarnos de que la parte más gastada encaja
correctamente en el mecanismo. Una cadena mal puesta, aunque no esté muy
gastada, además de hacer un ruido espantoso echará a perder todo el placer y la
comodidad del paseo; por tanto, insisto en que hay que probar hasta que la
cadena encaje bien. Es recomendable marcar en un trozo de papel el modo en que
estaba colocado el eslabón desatornillado antes de quitarlo, para así poder
volver a montarlo bien. La cabeza del tornillo debe estar mirando hacia
nosotras, mientras que el extremo afilado debe salir por la otra parte. Si se
tienen en cuenta estos dos puntos tan sencillos se evitarán muchas dificultades
y molestias.
Los cojinetes, como norma general, es mejor dejarlos como están y no
tocarlos, pero si fuera estrictamente necesario reforzarlos o desmontarlos, hay
que tener muchísimo cuidado de no atornillarlos demasiado fuerte. El mejor modo
de llevar a cabo esta operación es apretarlos fuerte y luego darles un cuarto
de giro hacia atrás, lo cual les permitirá cierto juego. Luego deben
atornillarse las contratuercas con cuidado, y hacer girar las ruedas, hasta
comprobar que lo hacen solas sin rozamiento. Si giran libremente, el peso del
neumático debería hacerlo girar paulatinamente a menos revoluciones. Las
bicicletas Elswick y Centaur presentan unos excelentes ejes ajustables. En caso
de adquirir una de estas dos máquinas, la compradora debería exigir una
completa explicación sobre el modo de ajustar los cojinetes, pues el método
difiere un poco respecto al que se ha explicado aquí.
Algunas veces se oye un ruido molesto, como de arenilla y chirridos
procedente de los ejes, lo cual denota que un cojinete se ha roto. En este
caso, si no es posible llevar la bicicleta a un taller especializado, la
propietaria deberá tumbar la bicicleta sobre un lado y desenroscar la cubierta
de los cojinetes, sacando las bolas una por una. Como la mayoría de las
bicicletas tienen un sistema estándar y se pueden solicitar por correo nuevos
cojinetes del fabricante, este contratiempo no representa un grave problema ni
acarreará excesivos gastos. A la hora de volver a colocar las bolas, estas
deberían estar bien limpias de grasa, si bien conviene embadurnarlas
previamente de vaselina; también debería ponerse una ligera capa de vaselina en
el interior, para que las bolas se asienten en su lugar apropiado mientras se
vuelve a atornillar la tapa. En las bicicletas Elswick y Centaur el sistema de
cojinetes es más complicado, porque está diseñado para repeler el polvo, pero
con un poco de interés la tarea de reemplazar los cojinetes debería ser igual
de sencilla que con las bicicletas convencionales.
A veces, generalmente cuando viajamos por carretera, ocurre que se rompe
un radio. Ante tal eventualidad, deberían guardarse en casa unos cuantos radios
de sobra, junto con las contratuercas en las que se atornillan dichos radios.
Para cambiar un radio basta con retirar la cubierta y la cámara del neumático,
así como la cinta que recorre toda la llanta e impide que los radios agujereen
o rocen la cámara. Se quita la tuerca si la rosca está gastada y se reemplaza
por una nueva. Hay que tener cuidado de pasar el radio por el agujero del
reborde del eje. Debería introducirse sin problemas, sin necesidad de doblarlo
o forzarlo, y luego sujetarlo mientras se ajusta la boquilla roscada, bien sea
con una llave especial plana o con una llave inglesa ajustable. Hay que tener
mucho cuidado de que el nuevo radio tenga exactamente la misma tensión que el
resto, o de lo contrario la llanta se torsionará y tenderá a combarse. Tal vez
haya que limar el extremo del nuevo radio, para que quede al mismo nivel que
los otros: esto lo puede hacer cualquier herrero que encontremos en la nuestra
ciudad. Si no atendemos a estas sencillas recomendaciones, la cámara podría
resultar dañada. La alineación y la tensión de las ruedas precisan la ayuda de
un especialista, pues los radios pueden saltar en cualquier momento si están
mal colocados. Es, por tanto, una operación que requiere cierta pericia
profesional, así que no me esforzaré en explicarla por escrito.
Un manillar roto, si es de esos tan modernos un poco combados, resulta
complicadísimo de arreglar. Los manillares rectos pueden repararse
provisionalmente utilizando un palo que una las dos secciones hasta que pueda
conseguirse un manillar nuevo. Las señoritas que estén obsesionadas por la
cuestión de la ligereza de las bicicletas harán bien en quitar el manillar de
su bicicleta. Se sorprenderán del peso tan ridículo que tiene esa pequeña pieza
de metal, y lo poco que influye en el peso total de la máquina.
La bolsa de herramientas portátiles debería recibir más atención de la
que generalmente se le presta. El buen manejo de la llave inglesa es crucial,
por lo que la usuaria debería pasar algún rato aprendiendo cómo utilizarla. El
mejor modo de abordar su uso es aplicar de forma lateral la llave inglesa y
fijarla a la tuerca hasta que esta quede cuadrada y ajustada en el hueco. A
continuación debemos aplicar una fuerza constante y firme, del cuerpo al mango,
hasta que la tuerca ceda. Si nos precipitamos o tiramos como unas locas solo
conseguiremos perder el tiempo, además de estropear tanto la llave inglesa como
la rosca, y rasparnos los nudillos.
Aparte de esta llave, deberían llevarse siempre un par de llaves de tubo
de distintos calibres, que nos servirán para apretar cada tuerca de la
bicicleta, para ajustar los tornillos que estén algo sueltos y los de las
ruedas delantera y trasera, así como los tornillos del manillar. Este tipo de
llaves tienen que formar parte en todo caso de nuestro equipaje, y nos
resultarán de gran ayuda cada vez que surja un problema mecánico. También es
bastante útil llevar una llave para fijar radios, un pequeño maletín para
reparar los neumáticos, una tira de goma para reparar las válvulas cuando se
estropeen, cosa que ocurrirá tarde o temprano, y una latita de aceite,
preferiblemente que no gotee, si es que puede conseguirse semejante milagro.
El mejor aceite del mercado lo fabrican en las casas Tringham y Lucas.
El mejor lubricante para la cadena, si la protección del carenado no tiene un
baño de aceite, es el Viscoleum o vaselina. Cuando el tiempo es muy seco y
polvoriento, cada quince días conviene sacar los cojinetes y meterlos en
parafina. Por último, cuando llega el invierno conviene engrasar la máquina más
a menudo de lo que lo haríamos en verano; así prevendremos la oxidación en los
cojinetes.
A menudo se ríen de mí al ver la cantidad de objetos que llevo en mi
bolsa de herramientas: «Es una tontería cargar con todo ese peso de más», me
dicen. Bueno, mis críticos podrían tener razón si la red viaria estuviera
salpicada, cada milla más o menos, de tiendas de bicicletas o de talleres
mecánicos. Sin embargo, mi experiencia cuando he sufrido pinchazos o averías,
es que el taller más cercano puede estar perfectamente a ocho millas. Si algo
fuera mal en una excursión por medio de los Wolds, lo más seguro es que no nos
quedara más remedio que cargar con la bicicleta durante millas. El otro día mi
hermana estaba dando un paseo en bicicleta cuando se topó con un par de
ciclistas que llevaban sus bicicletas de la mano aunque tenían un estupendo
viento de espalda: habían pinchado. Le preguntaron a mi hermana si había algún
taller cerca y su respuesta fue que no había ninguno en doce millas a la
redonda. Así que los pobres infortunados tuvieron que seguir con su excursión a
pie, sin duda lamentando no haber cargado con un poco de peso extra y con un
equipo adecuado de reparación.
En resumen, esa moda por evitar todo el peso posible no conducirá más
que al desastre; aquellos que deciden quitarse de encima todo lo necesario irán
contentos durante un rato, pero cuando les ocurra cualquier percance se
quedarán literalmente «tirados». Nadie debería echarse a los caminos sin un
bombín, un buen equipo de reparación, un juego de llaves y una latita de
aceite. Los accidentes siempre ocurren cuando menos se lo espera uno y cuando
menos convienen; y si alguien desea confirmar el valor de su propio bombín, que
intente pedir prestado uno en el campo o que improvise una reparación
provisional. Entonces sabrá lo que vale.
Una vez que se sabe cómo reparar la bicicleta, las excursiones
resultarán mucho más agradables y placenteras. Es la independencia y la
libertad lo que hace del ciclismo una actividad tan deliciosa, y esto no puede
apreciarse en toda su magnitud sin que seamos totalmente autosuficientes. Ante
un problema mecánico, no obstante, los herreros de los pueblos se convertirán
en nuestros más fieles aliados. Una siempre puede confiar en ellos y en que
cumplan las órdenes, bajo supervisión nuestra. Sin embargo, nadie que aprecie
realmente su bicicleta debería dejarla en manos inexpertas y abandonarla a su
suerte, o sin duda se arrepentirá y lo lamentará durante mucho tiempo.
Capítulo 10
Otros consejos de carácter general
Como la mayoría de las actividades deportivas, el ciclismo tiene sus
luces y sus sombras. Practicado con moderación, todo el mundo admite que se
trata de un ejercicio excelente para las mujeres de toda clase y condición.
Pero en su sencillez y en el encanto de este deporte residen también sus
peligros. Las principiantes no guardan el debido cuidado. Salen en grupo a
andar en bicicleta y hacen largas tiradas, a una velocidad huracanada, y, una
vez que empiezan, ¿quién se atreve a decirles que van demasiado deprisa y que
deben refrenarse? Ahí las ves, enloquecidas, jugando a «tonta la última». ¡Pues
bien, tales locuras no pueden conducir más que al desastre! Además, este modo
de proceder no solo es estúpido, sino abiertamente irracional. Un hombre a
lomos de un buen caballo, al emprender un largo viaje, lo refrenará durante las
primeras millas, y luego, gradualmente, lo irá soltando para que alcance un
buen tranco. Si empezara cabalgando sin mesura, como hacen las ciclistas
jóvenes, sin duda agotaría a su cabalgadura antes de que hubiera transcurrido
la mitad de la jornada. Pues bien, igual que los buenos jinetes cuidan bien de
su cabalgadura, una buena ciclista deberá cuidar sobre todo de sí misma. Solo
las «irresponsables» empiezan un recorrido de treinta millas a un ritmo de
cuarenta millas por hora: son las mismas que andan por ahí quejándose de que el
ciclismo es un deporte agotador. Siempre, vayan donde vayan, acaban exhaustas.
No hay ningún peligro en concluir una tirada a buen ritmo: los músculos ya han
entrado en calor y se han acostumbrado al movimiento. Pero salir a toda
pastilla y luego pretender mantener el ritmo durante horas, eso no hay cuerpo
humano que lo soporte.
Debería ser una regla de obligado cumplimiento, por tanto, que el ritmo
para las primeras millas no excediera las ocho millas por hora. Una vez que las
señoritas ciclistas se acostumbren a este ritmo, tomarán aire y podrán empezar
a rodar a velocidades que ronden las veinte millas por hora si ellas quieren, e
incluso más rápido, y todo sin descansar y sin hacer esfuerzos excesivos.
Ocurre lo mismo que con el montañismo. Los novatos parten a toda velocidad,
como si quisieran llegar a la cima por encima de todo: «Estos guías no son más
que unos rufianes perezosos —dicen malhumorados—. Parece que nunca tienen
prisa». Aparentemente es verdad, pero su actitud no se debe a que sean
perezosos… al contrario. De hecho, son los guías los que nunca se detienen. Los
novatos enseguida estarán agotados, y en un par de horas estarán cansados como
perros, hasta que comprenden que «con paso lento y un poco de vino se anda el
camino» y, metafóricamente, no les quedará más remedio que bajarse del burro y
enmendar su comportamiento.
Los excesos de este tipo en la bicicleta suelen resultar peligrosos, son
algo muy serio desde todos los puntos de vista; por otra parte, el comercio de
bicicletas en Inglaterra ha aumentado considerablemente en los últimos años y
es de vital importancia que las tontunas de ciertas mujeres alocadas no den
mala fama a un deporte espléndido y por lo demás muy saludable. Mi hermana y yo
llevamos montando en bicicleta más de catorce años, en todo tipo de máquinas
—nuestra primera bicicleta tenía la dirección en la rueda de atrás—, y siempre
hemos hecho deporte con moderación, con resultados magníficos.
Sin embargo, ser prudente con la bicicleta resulta harto difícil. Es
infinitamente más sencillo estar sentada e impartir conocimientos, que es lo
que me dispongo a hacer yo ahora: en todo caso, las advertencias son necesarias
y hay que darlas, y si se aceptan mis consejos, al menos en parte, y se tienen
en cuenta mis recomendaciones, por pesadas que parezcan, habrá muchas jóvenes
que podrán disfrutar de alegres excursiones ciclistas y que me lo agradecerán.
Si una señorita ciclista se sobrepasa una vez, ello significará que tardará
meses e incluso años en volver a coger la bicicleta. Y entonces habríamos
fracasado.
En el universo del pedaleo, probablemente nada resulta de más ayuda que
tomarse las cosas con tranquilidad, uniendo el ciclismo con otra afición común,
como por ejemplo, el dibujo. Hay muchísimos paisajes pintorescos que pueden
disfrutarse desde la bicicleta; la señorita ciclista puede intentar pintarlos
en su cuaderno, y el resultado de semejante entretenimiento se convertirá en un
agradable recuerdo de sus excursiones, así como un objetivo particular que la
invite a salir en bicicleta y expandirse. Los aparejos para pintar al óleo o
con acuarelas pueden llevarse sin mayores impedimentos. Resulta sorprendente
que la mayoría de los clubes de pintura al aire libre no tengan una formación
ciclista adecuada. La pintura y el dibujo tienen grandes ventajas frente a la
fotografía, sobre todo porque los paisajes que reproduzcamos saldrán en color.
Una placa fotográfica puede reproducir un paisaje con prodigioso detalle, pero
es el color, el ambiente, el dorado de los maizales en los ondulados valles
recortados contra el azul del cielo, lo que confiere auténtico significado a
una obra artística. A la dibujante, sea profesional o una mera aficionada, le
será dado reproducir la atmósfera campestre con total fidelidad, mientras que
las fotógrafas se limitarán, como mucho, a jugar con efectos relacionados con
la distancia y los difuminados, que algunos denominan «detalles artísticos» y
otros simplemente «borrones indefinidos». Y si se desea, además, por apenas un
chelín y tres peniques podremos instalar en la bicicleta un soporte compuesto
por un par de barras metálicas y llevar incluso un trípode o hasta un
caballete.
Y si no, también se puede llevar una pequeña cámara fotográfica provista
de película. Hoy en día, las ciclistas aficionadas a la fotografía proliferan
por doquier, y si bien el resultado de su trabajo no es genuinamente artístico,
al menos se llevarán un recuerdo agradable de sus excursiones. Lo mismo puede
decirse de las arqueólogas vocacionales. Esta disciplina, la arqueología, es
fascinante: está muy lejos de ser el asunto polvoriento e incómodo que algunos
creen que es. De la arqueología se siguen los trabajos en disciplinas como la
heráldica, el coleccionismo de viejos relojes de sol y el estudio de los
epitafios inscritos en los monumentos. Yo misma he podido conocer algunos
verdaderamente extraños y pintorescos en mis excursiones por algunos cementerios
rurales. La historia natural o la biología también constituyen aficiones que
combinan extraordinariamente bien con la práctica del ciclismo. Encaramadas al
sillín de nuestras bicicletas podemos estudiar el comportamiento y las
costumbres de los pájaros, de los animales e incluso de los reptiles. Gracias a
la bicicleta nos resulta sencillísimo acercarnos a la fauna sin ser advertidas.
Cualquier cosa es mejor que una larga y solitaria cabalgada ciclista por una
carretera recta e interminable. Y si no se tiene ninguna afición ni se goza de
compañía propicia, una siempre se puede llevar un libro y leer tumbada en las
extensas praderas que salpican nuestra campiña. Pero, en realidad, la mayoría
de las ciclistas, excepto las pertenecientes a la antes mentada fraternidad del
ciclismo veloz, aprenden pronto a encontrar cosas de interés y disfrutar de
todas las novedades que se presentan en su camino: la charla con los paisanos,
la visita a las granjas, el descubrimiento de paisajes campestres, etcétera.
Para acabar, debemos decir que al apearse de la noble práctica de la
hípica y bajar a la altura mundana de la vida real, las ciclistas —como los
caballos— deberían estar bien alimentadas. Conviene comenzar la jornada con
café y tostadas, y quizá también con un par de huevos o unas lonchas de jamón
—o ambas cosas, si es que el jamón no tiene mucha sustancia—. Media hora
después de desayunar, pero no más tarde de las nueve de la mañana, las damas
ciclistas ya deberían estar en route. Una buena jornada matutina bien puede
alargarse hasta las doce. En los sofocantes días de julio y agosto la
cicloturista avispada se ocupará de llevar un buen acopio de comida
—sándwiches, galletas, vino, chocolate, pasas y otras golosinas— y disfrutar
así de un tranquilo picnic a la sombra, momento que aprovechará para consultar
alguna guía o para leer a algún autor con quien renovar las amables lecturas de
antaño.
Lo mejor es descansar durante las horas de más calor, de doce a tres, y
luego continuar nuestra ruta con el fresco de la tarde, con la previsión de
alcanzar nuestro destino alrededor de las cinco o las seis de la tarde. Un
baño, cambiarse de ropa, y por último una buena cena, sencilla, tras lo cual
nos iremos a la cama, es todo lo que se precisa para cerrar la jornada con un
broche de oro. La dama ciclista debería dormir como un tronco y de un tirón, y
levantarse alrededor de las siete de la mañana al día siguiente, fresca y
lozana. Lo mejor es comenzar el día con un buen café, si es que se puede
conseguir en la posada donde una se aloje. Hay que decir que en el extranjero
una apenas encontrará otra cosa que no sea café, pero en Inglaterra es difícil
hallar un establecimiento donde lo hagan bueno. Para tales casos, una excelente
alternativa es una taza de cacao de Schweitzer. A mucha gente le desagrada el
té por las mañanas. Las gachas, para aquellas a las que les gusten, vienen
fenomenal como complemento alimenticio. En cuanto a las bebidas para el camino,
aconsejo llevar leche o bien soda: no leche a secas, puesto que los días de
mucho calor puede sentarnos mal.
Debe evitarse andar en bicicleta en las horas de más calor y cuando el
sol brille en todo lo alto del cielo. Para prevenir un golpe de calor o una
insolación hay que protegerse la cabeza, especialmente la nuca. Si notamos que
el sol nos está recalentando la cabeza, es mejor subirse el cuello de la
chaqueta, o bien utilizar un pañuelo de seda o una bufanda. A nosotras, las
inglesas, nos encanta tomar el sol; deberíamos aprender de las árabes y las
indias, que acostumbran a envolverse la cabeza con telas para protegerse de los
rayos de sol. Son más sabias que nosotras, eso está claro.
Muchos clubes de señoritas están empezando a organizarse, aunque, desde
algunos puntos de vista, las jóvenes que están acostumbradas a ir solas en sus
correrías ciclistas cometerían un craso error si se unieran a estas
agrupaciones porque las mujeres, en términos generales, no estamos hechas para
los clubes. No somos tan tolerantes como los hombres en lo que a costumbres se
refiere: ellos cuentan con una infinidad de círculos sociales, organizados
concéntrica y jerárquicamente, lo que hace que, cuando alcanzan el poder,
suelan mostrarse arbitrarios y tiranos. Si aun así se está interesada en
integrarse en algún grupo, probablemente el mejor club exclusivamente femenino
sea el Lady Cyclist Association, que tiene delegaciones (imitando en parte a la
organización del Cyclists’ Touring Club) en la mayoría de las grandes ciudades
de Inglaterra. Uno de los clubes de señoritas más antiguos, asimismo, es el
Coventry Ladies’, presidido admirablemente por la señorita Edith Thomas. Tengo
entendido que recientemente se ha fundado otro en Newcastle-on-Tyne, y también
que se han formado, o se están formando, asociaciones regionales del Cyclists’
Touring Club a lo largo y ancho de toda Inglaterra.
Por último, ir acompañada cuando se hacen excursiones en bicicleta
constituye una certera salvaguardia contra las molestias ocasionadas por los
vagabundos, aunque pienso que una señorita, vestida formalmente y sin llamar la
atención, y pedaleando tranquilamente sola a la luz del día, tiene poco que
temer de nadie. En cualquier caso, en los alrededores de las grandes ciudades
industriales suele haber individuos pendencieros y gamberros que en ocasiones
incomodan a las damas que viajan solas en bicicleta, aunque, si he de hablar
por mi experiencia, siempre he disfrutado de la mayor amabilidad y cortesía por
parte de todo el mundo. Sin embargo, puede que todo se deba a que he tenido una
suerte excepcional en mis excursiones, y no quisiera presumir de ello.
Sobre este libro
Publicada originalmente en 1897, estamos ante una de las primeras guías
para mujeres ciclistas de la época victoriana. Un manual impagable que sirvió
para instruir, aconsejar y modelar a las primeras generaciones de arriesgadas
amazonas del pedal, incluyendo la selección de la bicicleta adecuada a las
damas de la buena sociedad, su atuendo y complementos, la elección de la comida
y la bebida más convenientes para tomar durante el viaje, y hasta la
organización de divertidas ginkanas ciclistas en tu jardín. Además de afrontar
la espinosa y controvertida cuestión de si montar en bicicleta constituía una
actividad apropiada para las mujeres. Un libro revolucionario que es el
espíritu de una época en que montar en bicicleta constituía una actividad
naciente para las féminas más modernas y temerarias del Imperio.
Notas:
[1] Irving
A. Leonard, When Bikehood was in Flower, (Seven Palms Press, 1983).
[2] Sarah
Gordon, Beauty and Business: Commerce, Gender, and Culture in Modern America,
2001.


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