Libro N° 9977. La Geología En 100 Preguntas. Rossis, Vicente Del Rosario Y Raquel.
© Libro N° 9977. La Geología En 100 Preguntas. Rossis, Vicente Del Rosario Y Raquel. Emancipación.
Junio 4 de 2022.
Título
original: ©
La Geología En 100 Preguntas. Vicente
Del Rosario Y Raquel Rossis
Versión Original: © La Geología En 100 Preguntas. Vicente
Del Rosario Y Raquel Rossis
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
http://www.librosmaravillosos.com/lageologiaen100preguntas/index.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación
Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Fondo:
Portada E.O. de Imagen original:
http://www.librosmaravillosos.com/lageologiaen100preguntas/imagenes/portada.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Vicente Del Rosario Y Raquel Rossis
La Geología En 100
Preguntas
Vicente Del Rosario Y
Raquel Rossis
CONTENIDO
Prólogo
Introducción
I. Cristalografía y mineralogía
II. Paleontología
III. Atmósfera e hidrosfera
IV. Geomorfología
V. Ciclo de las rocas
VI. Riesgos y recursos geológicos
VII. Estructura de la Tierra
VIII. Tectónica de placas
IX.
X. Geología regional
XI. Planetología
Bibliografía
A nuestros familiares y amigos.
Prólogo
La transmisión del conocimiento adquirido por la ciencia es publicada en
revistas especializadas. Los investigadores acceden a una pequeña parte de esos
artículos, pero lógicamente la población no posee los medios necesarios para
interpretar y comprender esos resultados. La sociedad en general es mucho más
diversa que el sector científico haciendo que la divulgación de la ciencia
pueda convertirse en una difícil tarea y las escuelas, un lugar desde el que
intentarlo.
Un profesor de instituto que enseñaba geología en Andalucía afirmó que
«la ciencia que se muestra en el aula es con frecuencia estática, cerrada,
acabada. Al alumno se le ocultan tanto las incertidumbres e interrogantes del
pasado como los que pueden encontrarse hoy». Quizás no fue el primero ni el
único que lo pensó, pero han pasado ya más de veinte años desde que don Emilio
Pedrinaci publicara esas palabras en la revista de la Asociación Española para
la Enseñanza de las Ciencias de la Tierra y, desgraciadamente, en este sentido
muy poco o nada ha cambiado. En cualquier caso, probablemente no haya razones
para ser pesimistas; humildemente pensamos, señor Manrique, que no andaba en lo
cierto cuando dijo que «cualquier tiempo pasado fue mejor». Pero tampoco
podemos negarlo: hay cosas que en el pasado iban mejor, y ese es el caso de la
enseñanza de la geología.
El simpático Sheldon Cooper dijo que la geología no es una ciencia real,
pero cualquiera que tenga dos dedos de frente sabe que esto no es así. No cabe
duda de que es una ciencia llena de peculiaridades: los que la estudian suelen
tener más aspecto de excursionistas que de universitarios y muchos creen que se
puede ser geólogo sin saber matemáticas; pero, evidentemente estos estereotipos
no son ciertos (bueno, al menos no completamente ciertos).
La geología es una ciencia maravillosa que no solo permite el deleite
con preciosos paisajes y soleados paseos por el campo, sino que nos lleva a
realizar viajes inimaginables que desafían los límites de la comprensión
humana. Galileo no fue un geólogo, pero sí un científico de la Tierra. Él fue
quién puso nuestro planeta en movimiento y nos alejó irremediablemente del
centro del espacio. Más tarde vino un médico, de nombre James Hutton, y nos
hizo ver que tampoco nosotros ocupábamos un lugar privilegiado en el tiempo. Y
poco después llegó Darwin, quien tratando de evitarse problemas, pidió a
quienes no tuvieran la capacidad de comprender la inmensidad del tiempo
geológico que cerraran su libro. Nadie hizo caso a este joven geólogo y muchos
seguimos fascinados al comprender que en este universo no tenemos un papel
protagonista.
La geología es imprescindible. La geología no se puede perder. La
geología debe formar parte del conocimiento de cualquier persona culta. Este
libro pretende ser un granito de arena. Esperamos que sea de cuarzo y resista
un tiempo antes de convertirse en el alimento de los fangosos, ocultos y
olvidados fondos marinos. Eso es lo que hemos intentado y nos gustaría que este
libro continuara vivo. Nos gustaría mantener el contacto con usted, con el
lector; y para ello esperamos verle por nuestra web de GEOLOGÍAparaINSTITUTOS
(puede buscarnos en google).
Por último quisiéramos mostrar nuestro agradecimiento a las personas que
de una forma u otra nos han llevado a sentir una cierta pasión por la
divulgación de la ciencia en general y de la geología en particular: autores
como Sagan, Asimov, Anguita y, muy especialmente, a nuestros padres.
Ojalá que disfruten del libro.
Santa Cruz de Tenerife, 4 enero de 2018
Introducción
Contenido:
§ 1. Antes de la geología… ¿qué?
§ 2. ¿Se puede poner algo de orden entre tantas piedras?
§ 3. ¿Por qué sabemos que la Tierra es muy antigua?
§ 4. ¿Era Charles Darwin geólogo?
§ 5. ¿Cuál es la edad de la Tierra?
§ 1. Antes de la geología… ¿qué?
Somos parte de la naturaleza. Comemos, matamos y morimos como los
animales, pero somos diferentes a ellos. Ayudándonos de ramas, tendones y
piedras construimos herramientas. Enseñamos a nuestros hijos a identificar las
piedras más adecuadas para construirlas, especialmente aquellas de las que
podemos obtener bordes cortantes.
Conocemos los puntos en que el agua brota del suelo y otras cuevas donde
pernoctar. Nos gusta este lugar para vivir porque estamos cerca de un terreno
donde recoger barro con el que construir nuestras vasijas. También solemos
recolectar tierras verdes, rojas y blancas con las que podemos decorar nuestros
cuerpos en ocasiones especiales. Cerca del río solemos encontrar piedras
traslúcidas con bellos colores con los que hacemos collares y amuletos.
Cuando mis hermanos y yo éramos pequeños, un sonido ensordecedor hizo
temblar la montaña, fue como si el mundo se rompiera. Los sabios nos dijeron
que a veces los espíritus se enfadan, y por ello debíamos realizar ofrendas con
frecuencia. Cuando los viejos nos lo indicaban, nos reuníamos en torno a un
monolito cercano, donde venerábamos a los espíritus de nuestros antepasados.
Nadie sabe quién talló el monolito, los sabios decían que fue el dios que se
esconde bajo las montañas.
En las expediciones de caza, atravesábamos varios valles a pie. En
algunos lugares veía cosas que no entendía. Observé conchas en lugares muy
altos, enterradas en la tierra. El viejo sabio nos dijo que era normal, que a
veces llovía mucho y que él había visto cómo nuestros padres fueron arrastrados
por las aguas. Antes vivíamos en la llanura, junto al río, pero desde aquella
catástrofe tuvimos que huir a nuestro nuevo asentamiento. El viejo sabio
también contaba una antigua historia sobre la gran ola que había devorado a
todas las tribus de la costa. Él nos explicó que aquellas conchas habían
llegado allí de esa manera.
Lo que acaba de leer es un intento por emular a Carl Sagan, el genial
divulgador neoyorquino que imaginó y publicó en Cosmos, una de sus grandes
obras, los pensamientos de algún sabio del paleolítico en torno a cuestiones
sobre las estrellas y la bóveda celeste. En nuestro caso, hemos tratado de
reflejar algunas observaciones y reflexiones que aquellos humanos ancestrales
pudieron tener sobre el entorno físico en que vivían.
Pasarían horas buscando cantos de fractura concoidea, como el sílex, de
los que obtener piezas afiladas mediante golpes. También debían de conocer los
manantiales en los que brotaba el agua subterránea, los yacimientos donde
extraer arcillas y posteriormente minerales metálicos; así como las cuevas
donde refugiarse y otras caprichosas formas producidas por la erosión donde
rendir culto a sus creencias.
Nuestros antepasados prehistóricos tuvieron una relación muy íntima con el
entorno y en muchos aspectos debieron tener un conocimiento práctico de la
naturaleza mucho mayor que la mayoría de nosotros. Aunque no podemos hablar de
un pensamiento geológico, el saber acumulado durante milenios sentó las bases
para el desarrollo que vino después.
Sufrirían como nosotros los estragos de los riesgos geológicos como
inundaciones, terremotos o tsunamis. Y con el desarrollo de su civilización
demandarían un suministro creciente de recursos geológicos.
Seguramente aquellos hombres y mujeres conocían mucho mejor que nosotros
el aspecto de su entorno. Cada acantilado, cada llanura, cada meandro,
representaba para ellos lo mismo que las calles, plazas y pasillos de un
supermercado para nosotros. Sin embargo, de igual forma que no podemos
considerar su habilidad para pescar o cazar como el nacimiento de la biología,
tampoco ahí vamos a encontrar el origen de nuestra ciencia.
No obstante, es muy probable que aquellas ingentes observaciones de
nuestros antepasados y sus reflexiones más intuitivas estén detrás de las
primeras interpretaciones lógicas de la naturaleza. Como es sabido, este paso
del mito al logos, fundamental para la historia de la ciencia, tuvo lugar en la
antigua Grecia, donde los primeros filósofos de la naturaleza desarrollaron
explicaciones racionales, aunque no por ello ciertas, en torno al mundo que nos
rodea. Por ejemplo, junto a la concepción geocéntrica, con una Tierra inmóvil
en el centro del cosmos, nacieron otras ideas erróneas sobre diferentes
aspectos del planeta.
Estos pioneros de la ciencia imaginaron que el interior de la Tierra era
hueco, que el agua que alimenta los ríos ascendía desde los mares a través del
subsuelo y que los terremotos eran producidos por la brusca entrada del aire en
las cavidades del terreno. Sus razonamientos también les llevaron a la
conclusión de que la Tierra tendría unos pocos siglos de antigüedad y de que
los fósiles tenían un origen inorgánico, formados a partir de semillas de
origen misterioso.
Por otra parte, algunas ideas acertadas también germinaron en aquellas
primeras etapas de la historia humana. Frente a la razonable percepción que nos
lleva a imaginar una Tierra plana, los antiguos investigadores supieron
comprender que la misma se trataba de una esfera, y llegaron incluso a calcular
su tamaño.
En tiempos más recientes en que Magallanes daba la vuelta al mundo y
Copérnico lo ponía en movimiento, se produjeron algunos avances importantes en
nuestra ciencia. Hasta el siglo XVI, pocas de las explicaciones anteriores
habían sido sometidas a la discusión científica y es que, aun siendo racionales
y alejadas de la intervención divina, la mayoría se basaba en especulaciones
teóricas sin fundamento experimental.
Sin embargo, durante siglos la actividad artesanal había aportado
conocimientos empíricos que se transmitían de generación en generación.
Georgius Agricola, un autor interesado por la actividad minera, recogió gran
parte de este saber práctico en su obra De re metallica. Además de dignificar
el oficio minero, este autor realizó importantes aportaciones para comprender
los procesos de génesis de los minerales y la evolución del paisaje, con
razonamientos muy acertados como la importancia que otorga al agua en el origen
de los filones y la acción erosiva, así como la vinculación entre fracturas y
elevación de las montañas. Aun desconociendo la noción de capa o estrato,
enumeró secuencias de materiales que se repiten en minas distantes.
También el genio renacentista Leonardo da Vinci llegaría a deducciones
acertadas al desvincular la presencia de fósiles en las montañas con la idea
del diluvio universal. Esta polifacética figura propuso que aquellas montañas
de su entorno debieron de haber estado bajo el mar en el pasado y que la Tierra
debía de ser más antigua de lo que se pensaba.
Aunque desde la Edad Media el término latino geología había sido acuñado
para hacer referencia a todo lo que tuviese que ver con la vida terrenal, en
contraposición al de teología; solo si nos adelantamos hasta el siglo XVII
asistiremos al nacimiento de los principios básicos de la geología, de la mano
del científico danés Nicolaus Steno.
§ 2. ¿Se puede poner algo de orden entre tantas piedras?
Para rasgar un papel o una vestimenta, los italianos usan el verbo stracciare.
Y así, destrozada, debía de ser como percibía la naturaleza inerte de las
montañas cualquier naturalista del siglo XVII que estuviera interesado en
desvelar algún orden, alguna geometría en los afloramientos rocosos. Como las
esquirlas de chocolate que se distribuyen en la superficie de un helado de
stracciatella, las capas de roca aparecerían caóticamente en el paisaje. Inclinadas,
a veces hacia el norte, a veces hacia el sur. En ocasiones en posición
horizontal y completamente empinadas un poco más allá. A veces dobladas y, no
lejos, fracturadas.
Describir la superficie rocosa sería una tarea imposible para las osadas
mentes que lo intentaran. Sería en 1668 cuando el médico, clérigo y naturalista
Nicolaus Steno publicaría las ideas que permitirían desvelar aquella naturaleza
confusa de las montañas.
Él fue la primera persona en aplicar el término estrato para referirse a
cada una de las capas rocosas que se observan en el paisaje. Acerca de este
concepto desarrolló diversas ideas que darían lugar a una nueva disciplina, la
estratigrafía, con un papel fundamental dentro de la geología. Como otros
sabios de su época, defendió la idea de que los estratos se habían formado a
partir de sedimentos depositados en el fondo de antiguos mares. Argumentó que
solo así podría explicarse la presencia de fósiles marinos en el interior de
los mismos frente a la idea generalizada de que aquellas formas orgánicas
pudieran germinar en el interior de la roca sólida.
También imaginó que rocas idénticas, encontradas en lugares distantes de
una determinada región (a ambos lados de un valle por ejemplo), eran en
realidad fragmentos de un único estrato que, aunque hoy estuvieran limitados
por la superficie topográfica, en el pasado habrían formado estructuras
continuas. Esta capacidad de abstracción le permitía visualizar cómo los
estratos continuaban lateralmente por encima y por debajo del actual relieve,
formando pliegues.
El caminante sobre el mar de nubes, David Friedrich. La interpretación
correcta de los afloramientos se basa en algunos razonamientos aparentemente
sencillos. Pero esta capacidad para entender la estructura que se esconde tras
el paisaje se la debemos a los primeros naturalistas que se asomaron al campo
con una visión crítica y despojada de ideas preconcebidas.
Supuso también que esas extensas capas de roca no debieron presentar
siempre ese aspecto. Para Steno, los estratos fueron formados en una
disposición perfectamente horizontal, independiente de la morfología del fondo
marino, y serían las deformaciones posteriores las causantes de las formas que
observamos en el presente.
Aceptando la hipótesis de que estas capas se habían originado por
sedimentación, pudo llegar a una conclusión aparentemente sencilla: los
primeros estratos en formarse ocupan una posición inferior, sobre los que se
depositan los siguientes conforme pasa el tiempo. Este principio permitía
comenzar a ordenar cronológicamente los materiales; es decir, un determinado
estrato es más antiguo que el que tiene por encima y más joven que el que tiene
por debajo.
El nuevo enfoque de sedimentos que se apilan le permitió explicar cómo
estos se consolidan y se transforman en piedra a causa del peso generado por
las capas suprayacentes. Dicho aumento de la carga litostática conlleva varios
procesos que dan lugar a la litogénesis. Por un lado, la compactación que
reduce el espacio entre granos sedimentarios y por otro, la precipitación de
minerales en dichos poros.
El origen de la estratificación es fácil de entender cuando se produce
una alternancia de materiales sedimentarios, como pueden ser arenas y arcillas.
Pero ¿por qué aparecen estas formas tabulares en depósitos homogéneos? La
estratigrafía moderna nos explica que, generalmente, estas superficies que
separan estratos contiguos representan breves interrupciones en el aporte de
sedimentos, comparables a los silencios que se intercalan en las notas de una
obra musical.
Un ejemplo sencillo que nos permite comprender este proceso podemos
verlo en el aporte que realiza un barranco intermitente en su desembocadura, en
el que la sedimentación solo se produce en los episodios de fuertes lluvias,
separados entre sí por largos intervalos de sequía.
Nicolaus Steno sería el hombre que aportaría los cimientos para que la
geología pudiera progresar estableciendo algunos de los principios básicos de
esta ciencia. El principio de horizontalidad original, el de continuidad
lateral y el de superposición constituyen herramientas esenciales utilizadas
por los geólogos actuales. Aunque hoy en día se conocen algunas excepciones a
estas normas, conocidas cariñosamente como las leyes de Steno, las mismas
continúan siendo fundamentales.
Antes de la formulación de estas reglas la estratigrafía carecía de un
método. Con ellas surgieron las pautas que harían posible comprender la crónica
contada por las rocas, la historia de los procesos acontecidos en las cuencas
sedimentarias del pasado.
§ 3. ¿Por qué sabemos que la tierra es muy antigua?
En los inicios del siglo XIX la máxima autoridad en geología era el profesor
Abraham Werner, de la Escuela de Minas de Friburgo. Werner explicó que las
rocas que formaban la superficie terrestre se habían originado a partir de un
gran océano global, que cubrió también los terrenos continentales y en cuyo
fondo precipitaban las rocas que hoy podemos ver. Las demostraciones acerca de
la imposibilidad de que el agua se transformara en tierra no habían calado aún
en la comunidad científica y, de cualquier manera, se conocían múltiples
ejemplos de sustancias que precipitaban en disoluciones acuosas.
Aquel desaparecido océano habría tenido una composición química muy
diferente a la de los mares que conocemos hoy y su descenso hasta los niveles
actuales podía explicarse por una brusca infiltración hacia las capas más
profundas de nuestro planeta. La catastrófica naturaleza de aquel evento y la
violencia del descenso del nivel de las aguas habrían provocado una enorme
removilización de los sedimentos, razón por la cual estos podrían encontrarse
ahora formando capas inclinadas, plegadas o incluso fracturadas. De la misma
manera, las etapas finales de aquella gran desecación por drenaje serían las
causantes de la formación de profundos valles por toda la superficie terrestre.
Este paradigma científico fue conocido como catastrofismo y tuvo buena
aceptación por la sociedad occidental debido a sus semejanzas con la idea de un
gran diluvio universal. Además, debido a la velocidad y unicidad de los
procesos implicados, permitía mantener la cómoda idea de un planeta con pocos
siglos de antigüedad, teoría respaldada por los cálculos que había realizado un
arzobispo irlandés, James Ussher, a partir de la interpretación literal de la
Biblia. Este clérigo, basándose en datos como las edades de los descendientes
de Adán y Eva, había fechado el origen de la Tierra en el atardecer del 22 de
octubre del año 4004 a. C.
«Para los que vimos estos fenómenos por primera vez, la impresión no fue
fácil de olvidar [...]. La mente parecía marearse al mirar tan atrás en el
abismo del tiempo, y mientras escuchábamos con la máxima atención y admiración
al filósofo que nos estaba desentrañando estos maravillosos eventos, fuimos
conscientes de que, a veces, la razón puede ir mucho más lejos de lo que la
imaginación se atreve». El matemático John Playfair se refería con estas
palabras a su amigo James Hutton, quien les había llevado al acantilado de
Siccar Point.
Sin embargo, para James Hutton (considerado actualmente como el fundador
de la geología moderna) las ideas de Werner no podían ser correctas. Este
naturalista escocés proponía una nueva visión que contradecía las afirmaciones
del eminente profesor alemán. Para entender la dimensión de las ideas de Hutton
recordemos un fragmento de la película 2001: una odisea del espacio. En ella
sucede algo que se parece bastante a lo que él intuía. Al inicio, este
largometraje nos muestra a un homínido eufórico, al ritmo de Así habló
Zaratustra, que tras golpear con un hueso el esqueleto de un animal muerto, lo
lanza con energía al aire. El hueso gira en su ascenso y, de repente, la imagen
nos muestra una nave espacial que se desliza ingrávida al ritmo de El Danubio
azul. Esta elipsis representa el mayor salto temporal que se reconoce en la
historia del cine; cuatro millones de años en un pestañeo. Este recurso del
lenguaje cinematográfico es el equivalente artístico a lo que Hutton andaba
buscando en los campos de Escocia.
Los afloramientos geológicos suelen tener una extensión muy limitada y
por lo general no permiten observar más que una breve fracción de la historia
de la Tierra. En aquel tiempo, todos los afloramientos conocidos podían
explicarse como consecuencia de un único evento, tal y como pretendían los
catastrofistas. Pero Hutton vislumbraba que el registro estratigráfico
representaba múltiples acontecimientos separados por largos períodos de tiempo;
para demostrarlo, necesitaba encontrar un afloramiento que recogiera varios de
ellos. Necesitaba ver el instante de la película en que el hueso deja paso a la
nave.
Tras varios años de exploración por fin encontró el acantilado costero
de Siccar Point, próximo a su ciudad, Edimburgo. Como él mismo habría dicho,
ese lugar representaba «una bella imagen de esta unión dejada al desnudo por el
mar». Y es que allí la erosión marina descubría y limpiaba diversos estratos
con una disposición que llamó su atención.
En la parte inferior observó una formación constituida por estratos de
arenisca, de tonos grisáceos y con una fuerte inclinación, casi verticales.
Sobre ellos se sucedían capas de arenisca, con tonalidades rojizas y muy poco
inclinadas. Hutton denominó aquello discordancia y observó no solo estas
enormes diferencias en la orientación de ambas formaciones, sino también que la
superficie que las delimitaba era muy irregular, lo que recordaba al perfil
dejado por la erosión en un valle.
Las reflexiones que daban vértigo a los colegas que acompañaban a Hutton
a Siccar Point eran las siguientes:
1.
Las
areniscas inferiores se depositaron en el fondo de un antiguo mar.
2.
Esas
areniscas grisáceas se inclinaron y levantaron.
3.
Al
emerger, quedaron expuestas a la erosión y dieron lugar a una superficie
irregular.
4.
El
relieve resultante volvió a ser ocupado por las aguas marinas, lo que permitió
el depósito de las nuevas capas de arenisca, en este caso rojizas.
5.
Ambas
formaciones se elevaron conjuntamente hasta su actual posición.
6.
Desde esa
última emersión y hasta el presente, ambas formaciones fueron sometidas a la
erosión, la cual nos permite observar el corte geológico.
Para este autor, las rocas sedimentarias que cubrían la superficie de
los continentes eran el reflejo de la sucesión de múltiples ciclos que se
iniciaban con el levantamiento del terreno:
También planteó que estos procesos habían sucedido de manera casi
imperceptible, de la misma forma que en la actualidad se levantan las montañas
y sedimentan los ríos.
En los momentos de mayor apoteosis de la excursión, la pregunta que
todos se planteaban era: ¿cuántos ciclos hubo antes en este lugar? ¿Y cuántos
habrá después? Para Hutton, la Tierra era infinitamente antigua, tal y como
reflejan sus propias palabras: « We find no vestige of a beginning, no
prospect of an end» (‘no existen vestigios de un principio ni prospecto de
un final’).
§ 4. ¿Era Charles Darwin geólogo?
En febrero de 1851, el presidente de la Geological Society londinense
presentaba su informe anual y se enfrentaba nuevamente a los defensores de la
evolución biológica. Charles Lyell, quien ocupaba ese cargo, argüía que el
registro fósil conocido era incompleto y azaroso, por lo que no era
suficientemente representativo para defender una progresión de las especies
hacia formas más complejas.
Lyell, que había sido abogado antes de dedicarse a la geología, pasó a
ocupar un papel protagonista en la historia de esta ciencia gracias a su gran
obra Principles of Geology, que además de haberle aupado a aquel cargo en la
Geological Society, le proporcionó un sustento económico durante el resto de su
vida.
Este científico amplió y popularizó las aportaciones de Hutton
profundizando en la idea de que los procesos que han actuado en el planeta a lo
largo de su historia han sido semejantes a los que observamos en la actualidad
y han ocurrido de forma constante en ritmo e intensidad. La dimensión
actualista y uniformista de su metodología para interpretar los afloramientos,
que se refleja en su célebre cita « the present is the key to the past»,
comenzaba a dejar atrás al paradigma que aún dominaba, el catastrofismo.
Frente a lo que se pudiera pensar por sus diferentes puntos de vista
acerca de la evolución, Charles Lyell y su tocayo Darwin fueron grandes amigos
y colaboraron estrechamente en sus trabajos científicos. Darwin fue un fanático
lector de Principles of Geology durante sus años en el Beagle alrededor del
mundo. Su pasión por esta ciencia se la había inculcado su profesor de
Geología, que fue quien medió para que viajara en aquella gran travesía, germen
de su gran obra On the origin of species. En ella, describe a Lyell como un
revolucionario de las ciencias naturales e invita a abandonar la lectura al
lector que «tras haber leído su obra […] no admita la inmensidad del tiempo
geológico».
Tras varias semanas de navegación, el Beagle alcanzó el archipiélago de
Cabo Verde. Era la primera vez que Darwin ponía un pie fuera de Europa y en su
diario de viaje dejó recogida la fuerte impresión que le causaron los paisajes
volcánicos: «Tuve por primera vez la idea de que quizás podría escribir un
libro sobre la geología de los diversos países que visitaría y esto me hizo
sentir un escalofrío de emoción». Darwin aplicaría los principios de la nueva
geología en todas sus observaciones de campo; intentaría interpretar los
paisajes y afloramientos inexplorados, con frecuencia tan diferentes a los que
había conocido en Inglaterra.
Sin embargo, el mayor cúmulo de observaciones geológicas lo realizó al
abandonar el océano Atlántico. En su recorrido por la Patagonia percibió una
serie de escarpes que se prolongaban a lo largo de más de mil kilómetros
paralelamente a la línea de costa. Cada escarpe correspondía a un acantilado
costero con antiguas playas de guijarros en la base, evidencia de que habían
estado expuestos al oleaje en el pasado.
«Me gustaría que algún millonario forrado se dedicara a hacer perforaciones
en varios de los atolones del Pacífico y el Índico, y que volviera con algunos
núcleos […] extraídos de una profundidad de 150 a 180 metros». (Carta de Darwin
de 1881). Setenta años después, un estudio geológico relacionado con las
pruebas nucleares de Estados Unidos en las islas Marshall confirmó la hipótesis
de Darwin. Los investigadores colocaron un cartel con la inscripción: «Darwin
was right!».
A su paso por la costa chilena, observó numerosos depósitos de conchas
de organismos marinos recientes situados a alturas de decenas de metros sobre
el nivel del mar. Además, en las cumbres de los Andes descubrió un gran bosque
costero fosilizado. Estos hallazgos y la vivencia de un seísmo, que pudo
relacionar directamente con un levantamiento de varios metros en la costa, le
convencieron del acenso de las cordilleras mediante pequeños impulsos, a
consecuencia de una lenta y larga serie de terremotos. Ser testigo de una
erupción en esa misma región le llevó a vincular el vulcanismo y la sismicidad,
y las señaló como las fuerzas responsables del levantamiento de la costa
pacífica del continente sudamericano.
Por supuesto Lyell quedó encantado con las nuevas observaciones
aportadas por Darwin, que suponían un argumento decisivo contra la
catastrofista teoría de un levantamiento súbito de las cordilleras. Esta nueva
visión del planeta, surgida en las islas británicas durante la Revolución
Industrial, es comparable a uno de aquellos primeros motores de vapor, donde la
caldera interna mueve un pistón en un continuo y cíclico vaivén. En nuestro
caso, los nuevos geólogos argumentaron que la Tierra poseía un calor interno
causante del cíclico ascenso y descenso del relieve, lo que daba lugar a
cordilleras y cuencas que se alternaban de forma sucesiva en el tiempo.
Darwin no fue el primero en advertir el levantamiento de las cordilleras
y en relacionarlo con la actividad interna. No obstante, su primera gran
aportación a la ciencia sería el descubrimiento de una evidencia a favor del
hundimiento vertical de un territorio, proceso conocido como subsidencia.
Hasta aquel momento existía un interesante debate en torno al origen de
las islas coralinas en forma de anillo que se distribuyen en los mares del
planeta. El propio Lyell defendía que aquellos arrecifes habían crecido en
torno a volcanes submarinos próximos a la superficie. Darwin, sin embargo,
advirtió que la estructura anular se prolongaba hacia el fondo, lo que
resultaba en una geometría cilíndrica, y que los corales no podían haber vivido
en aquellas profundidades poco soleadas. Propuso acertadamente que los corales
muertos estuvieron en el pasado más cerca de la superficie y que era el monte
volcánico el que se había hundido, los había arrastrado hacia abajo y había
permitido que nuevos corales crecieran sobre los anteriores, lo cual dio lugar
a estas islas conocidas como atolones de coral.
Una prueba de la buena sintonía existente entre Darwin y Lyell fue la
reunión que mantuvieron ambos al día siguiente de que Lyell presentara aquel
informe como presidente de la Geological Society. En aquella oportunidad Darwin
le confesó a su colega su convicción de que las especies nuevas eran el
resultado de una lenta transformación de las preexistentes.
Los planteamientos uniformistas del momento se fundamentaban en una
visión cíclica de los procesos, mientras que el evolucionismo representaba una
progresión lineal, una línea ascendente hacia formas más complejas. La idea de
la evolución no era nueva y por supuesto Lyell conocía la sucesión de especies
a lo largo de la historia del planeta, pero creía que estas aparecían tal y
como eran, adaptadas a las condiciones ambientales.
Con el paso de los años Lyell se convertiría en uno de los principales
defensores de las ideas de Darwin, cuyo gran avance fue la explicación del
mecanismo de la evolución. Este razonamiento, basado en observaciones actuales
como la variedad dentro de una misma especie y la limitación de los recursos
disponibles, constituye un precioso ejemplo de cómo las posturas actualistas y
uniformistas han invadido otras áreas de la ciencia. Para ayudar a comprender,
en este caso, cómo la selección natural que hoy observamos a una velocidad
relativamente lenta ha podido generar una enorme diversidad de especies a lo
largo del abismo de los tiempos geológicos.
§ 5. ¿Cuál es la edad de la tierra?
Entré en la sala medio oscura, y reconocí a Lord Kelvin entre el público. Me di
cuenta entonces de que iba a tener problemas en la parte que trataba sobre la
edad de la Tierra, donde mi punto de vista estaba en conflicto con las
posiciones sostenidas por él.
Estas palabras forman parte de las memorias de Ernest Rutherford, un
joven científico neozelandés que en 1904 expuso en Londres, ante la élite
científica de la época, sus nuevas ideas sobre la controversia más apasionante
de aquel momento: la antigüedad del planeta.
Hasta el siglo XIX había sobrevivido la cifra de los seis mil años, que
se basaba directamente en la interpretación de la Biblia y en la suposición de
que la existencia del planeta era coetánea con la existencia del hombre. Un
dato que para los naturalistas resultaba erróneo a todas luces, no solo por el
método usado, sino también por su incongruencia con el paradigma triunfante, el
uniformismo. Fue a finales de ese siglo cuando se desarrollaron diversas ideas
para resolver el enigma.
Uno de estos métodos se basaba en medidas del registro sedimentario. En
dichos estudios se relacionaba la velocidad de acumulación de los sedimentos
con el grosor total de la roca sedimentaria depositada durante la historia del
planeta. A mayor espesor, mayor antigüedad, pensaban.
Otra técnica, ideada por Halley (descubridor del famoso cometa), se
basaba en la idea de que los mares originalmente no poseían sal y de que su
composición actual era el resultado del aporte constante de sodio a través de
los ríos. De esa forma, determinando los aportes de sales y midiendo su
concentración en el agua, sería posible calcular el tiempo en el que habría
transcurrido ese proceso.
Ambos procedimientos presentaban enormes dificultades y se basaban en
hipótesis erróneas. No sería hasta los cálculos realizados por el prestigioso
científico Lord Kelvin (a quien debemos la escala de temperatura que lleva su
nombre) cuando se creara un método considerado fiable por el conjunto de la
comunidad científica de la época. A partir de datos acerca de cómo aumenta la
temperatura con la profundidad en las minas, Kelvin pudo estimar la velocidad a
la que nuestro planeta pierde calor desde el interior. Sabiendo además que en
su origen la Tierra debió de ser una gran esfera de magma, calculó el tiempo
que debía de haber transcurrido para disipar aquel calor inicial hasta alcanzar
la temperatura actual.
La autoridad de Kelvin dio lugar a que sus estimaciones, que asignaban
al planeta una edad absoluta de cien millones de años (Ma), fueran consideradas
ciertas hasta los primeros años del siglo XX. Fue entonces cuando Ernest
Rutherford, nuestro joven físico neozelandés, reveló en aquella conferencia lo
que había descubierto sobre el nuevo fenómeno de la radiactividad. En sus
memorias continuó describiendo su pánico ante la presencia del eminente
científico:
Para mi alivio, Kelvin se había quedado dormido, pero cuando comencé a
tratar el punto importante, Kelvin se enderezó en su asiento, abrió un ojo y me
envió una mirada furibunda. En un rapto de inspiración dije: «Lord Kelvin ha
fijado la edad de la Tierra, basado en la información existente hasta el
momento. Y justamente esta noche nos referimos a cambios en los datos que
sustentan esos resultados: la radiactividad…» y lo logré, el viejo me sonrió
ampliamente.
Ruherford había descubierto que algunos elementos del interior
terrestre, como el uranio y el torio, eran radiactivos y generaban una cantidad
considerable de calor, Lo que derrumbaba los datos estimados sobre la edad de
la Tierra que se basaban exclusivamente en un proceso de enfriamiento. Este
fenómeno, sin embargo, iba a sentar las bases para un método de datación mucho
más eficaz y preciso, que se sigue utilizando con excelentes resultados en
nuestros días.
Los elementos radiactivos se caracterizan por tener núcleos inestables
que se desintegran espontáneamente, de forma tal que se obtienen átomos
diferentes a los iniciales. El método radiométrico más popular, por sus
aplicaciones en arqueología e historia, es la datación con carbono-14. Los
átomos de carbono se presentan en el aire en dos variedades (más correctamente,
isótopos): el carbono-12 (C-12) y el carbono-14 (C-14).
Este último es muy escaso e inestable, y se origina de forma natural en
las capas altas de la atmósfera a causa de la radiación solar. Cuando un
organismo está vivo, las proporciones de ambos isótopos en su cuerpo son
similares a las proporciones en el aire que respira. Al morir sin embargo, el
C-14 que se desintegra en sus estructuras orgánicas deja de ser repuesto por la
inhalación de aire, de manera que la variedad de C-14 disminuye progresivamente
en los huesos del animal fallecido. Por tanto, a mayor tiempo transcurrido, la
proporción de C-14 será menor. Como se conoce la velocidad a la que se produce
esta degradación radiactiva, es posible calcular el tiempo que ha pasado desde
la muerte del organismo.
Dada la antigüedad de los procesos que han afectado al planeta, los
geocronólogos utilizan elementos radiactivos que se desintegren muy lentamente.
El carbono-14 solo permite datar sucesos producidos en los últimos milenios,
razón por la que en geología se utilizan otros elementos con una velocidad de
desintegración mucho menor, tales como el uranio, el rubidio y el potasio.
De esta manera se han podido datar rocas de los afloramientos más
antiguos. Muy pronto se descubrieron algunas con más de mil quinientos millones
de años de antigüedad y actualmente se conocen otras que duplican con creces
esa edad. Sin embargo, la superficie terrestre sufre procesos de reciclaje que
someten a las rocas a altas temperaturas y llegan incluso a transformarlas en
magma. En esas condiciones se produce una redistribución de los isótopos
formados y, como consecuencia, el contador radiométrico vuelve a ponerse a
cero.
Es más que probable que en nuestro planeta no queden recuerdos de su
nacimiento, por lo que los científicos han recurrido al estudio de las rocas
extraterrestres. Los meteoritos, esos fragmentos que en ocasiones impactan
contra nuestro mundo, son residuos de la formación del Sol y los planetas que
lo orbitan, por lo que su datación ha permitido conocer la edad de la Tierra y
de todo el sistema solar, que hoy sabemos es de cuatro mil quinientos millones
de años.
Parte I
Cristalografía y mineralogía
Contenido:
§ 6. ¿Por qué las ventanas no son de cristal?
§ 7. ¿Cómo se forman los cristales?
§ 8. ¿Puede convertirse un lápiz en diamante?
§ 9. ¿Es el hielo un mineral?
§ 10. ¿Cómo evitar el «oro de los tontos»?
§ 11. ¿Cuál es el principal ingrediente de las rocas?
§ 12. ¿Con qué están condimentadas las rocas?
§ 13. ¿Por qué algunas piedras son preciosas?
§ 14. ¿Cuáles son los poderes de los minerales?
§ 15. ¿Curan los minerales?
§ 6. ¿Por qué las ventanas no son de cristal?
Los átomos, en los que encontramos respuesta a la cuestión anterior, también
van a ser ahora los protagonistas. Pero antes de que estas partículas salgan a
escena, vamos a continuar nuestro viaje por la historia de la geología.
Situémonos en una época en que las ideas de Demócrito habían caído en el olvido
y los científicos aún no habían desarrollado los modernos modelos atómicos.
Vayamos concretamente al momento en que se origina la confusión lingüística que
plantea esta pregunta, cuando Plinio el Viejo escribió sobre los crystallus de
Segóbriga… ¡Bienvenidos al Imperio romano!
Aunque este viaje en el tiempo nos pueda parecer relativamente largo, si
nos encontramos en la antigua Hispania, el espacio que deberemos recorrer no
será tanto. En la actual provincia de Cuenca estaban localizadas las minas
donde se extraía lapis specularis, el nombre en latín de grandes cristales de
yeso transparente (yeso selenítico) que se utilizaban para cubrir las ventanas
e invernaderos de los habitantes más ricos de Pompeya y otras ciudades del
imperio. Debido a su configuración laminar era posible cortarlo en lajas con un
simple serrucho, lo que permitía obtener placas de diferentes tamaños y con el
espesor adecuado para ser completamente traslúcidas.
También Plinio hizo referencia al surgimiento de las técnicas para
producir vidrio en la antigüedad. Este autor nos narra cómo una caravana de
mercaderes fenicios de natrón o natrium (compuesto de sodio, del que procede su
símbolo, Na) descubrió este arte por casualidad al cocer sus alimentos en el
desierto. Para ello, hicieron una hoguera en la arena y, ante la ausencia de
piedras, usaron fragmentos de su cargamento para apoyar los calderos. Plinio
describió la sorpresa de aquellos hombres al observar como la arena se fundía y
de las cenizas salía un colado rojo y humeante con el que modelaron un vaso.
Otros de los pioneros en la industria del vidrio fueron los egipcios,
quienes destacaron por la elaboración de objetos artísticos y ornamentales
desde épocas muy remotas, lo que queda respaldado por la aparición de cuentas
de vidrio de varios colores en tumbas antiquísimas (del año 1550 a. C.). Cuando
Egipto se convirtió en provincia del Imperio romano parte de sus tributos
fueron pagados con objetos de vidrio y sus mejores artesanos emigraron a Roma.
De esta forma se desarrolló este arte en el imperio y se dispersó a través de
sus conquistas, considerado como un sinónimo de lujo.
Con la caída del Imperio romano la producción de vidrio se desplazó a
Oriente y posteriormente a la Venecia medieval. Allí la industria se concentró
en la isla de Murano para evitar que difundieran los secretos de su
fabricación. Sin embargo, los conocimientos llegaron a Francia y de ahí se
expandieron a Bohemia, donde surgieron poderosas industrias.
Gracias al desarrollo técnico, poco a poco este material dejó de ser un
lujo. A finales del siglo XIX la fabricación de vidrio comenzó a mecanizarse
con la producción semiautomática de botellas, y desde entonces se ha propagado
paulatinamente.
Existen vidrios creados por la naturaleza como la obsidiana o vidrio
volcánico, formada por el enfriamiento rápido de la lava, o las fulguritas,
resultantes de la caída de un rayo en la arena. Pero hoy en día la mayor parte
de los objetos trasparentes se hacen con vidrio fabricado en hornos
industriales. Para su producción se funde una mezcla compleja de diversos
compuestos, entre los que se incluye natrón, que facilita la fusión de la arena
de sílice. Posteriormente, tras ser modelado, se procede al enfriamiento rápido
de la masa fundida.
En coherencia con la vieja teoría de los cuatro elementos (agua, tierra,
aire y fuego como ingredientes de toda la materia), los sabios griegos de la
antigüedad creyeron que las piedras transparentes estaban formadas por agua
superenfriada. Los llamaron krýstallos, término que procede de krýos y
significa ‘helado’.
Las ventanas de nuestra casa, el parabrisas de nuestro coche, las
botellas, los vasos..., todos ellos están hechos de este material transparente.
En la industria se suele usar el término cristal para indicar el tipo de vidrio
que tiene un gran brillo y una absoluta ausencia de coloración. Estas
características se deben a la particular pureza de las materias primas y, más
que nada, a la presencia de óxido de plomo. En el caso de España, incluso la
legislación admite llamar cristal a aquellos vidrios a los que se le incorporan
en su composición al menos el 24 % de esta sustancia.
Sin embargo, desde el punto de vista científico esto constituye un
error, puesto que existen diferencias claras entre ambos conceptos. Para los
cristalógrafos, la materia cristalina es aquella en la que sus componentes,
átomos y moléculas, están dispuestos de forma ordenada, siguiendo patrones
geométricos definidos. Precisamente lo que no ocurre en el vidrio, que es una
sustancia amorfa donde las partículas que lo constituyen están dispuestas
aleatoriamente. Al igual que los líquidos convencionales, no presentan una
organización interna de su estructura, por lo que a los vidrios también se les
conoce como líquidos subenfriados.
Los cristales se originan mediante procesos que ocurren con suficiente
tiempo para que los átomos y moléculas puedan agruparse en una disposición
ordenada. Por el contrario, los vidrios se forman a partir de procesos más
instantáneos, donde las condiciones cambian de forma brusca y no hay tiempo
para alcanzar dicho ordenamiento.
En el siglo I d. C., Roma desarrolló la tecnología para producir láminas
de vidrio plano. El nuevo material, aunque era menos transparente y lujoso que
las láminas de lapis specularis, también era mucho más barato. Ese nuevo
producto llevaría al abandono de las minas de Segóbriga y se apropiaría,
erróneamente, de la palabra crystallus.
§ 7. ¿Cómo se forman los cristales?
El principal factor que determinará la naturaleza vítrea o cristalina de un
sólido que se está formando será el tiempo. El proceso de cristalización cuenta
con diferentes fases y debe ser lo suficientemente lento para que los átomos y
moléculas puedan situarse de forma ordenada.
Los cristales se forman a partir de disoluciones, fundidos y vapores que
constituyen estados desordenados, donde los átomos siguen una disposición al
azar. Sin embargo, al cambiar las condiciones físico-químicas (presión,
temperatura o concentración) los átomos tienden a reubicarse formando
estructuras totalmente ordenadas, lo que confiere a los cristales unas
características aparentemente extrañas en la naturaleza, como son las formas
lineales y los ángulos constantes.
El proceso de cristalización solo se inicia después de haberse formado
un núcleo o semilla en respuesta a la variación de condiciones. Este se origina
como resultado de la comparecencia simultánea de varios iones (en la solución o
masa fundida) para formar el modelo estructural inicial de un sólido cristalino
estable bajo las nuevas circunstancias fisicoquímicas.
Normalmente la mayor parte de estos núcleos vuelven a separarse en iones
(pasan de nuevo a la disolución o al fundido) debido al gran número de iones en
contacto con el exterior frente a los pocos que ya se encuentran bien agrupados
en el interior. Sin embargo, si el núcleo alcanza un tamaño crítico por el
depósito rápido de posteriores capas de iones, esta relación disminuirá y se
obtendrá un microcristal estable. El crecimiento continúa con la adición de
iones, átomos o conglomerados de átomos en la superficie según un modelo
regular y continuo.
Para entender esto hagamos una analogía, imaginemos el recreo de un
colegio con niños jugando y corriendo a la desbandada y que al sonar la sirena
algunos niños se reúnen y comienzan a formar en fila. Puede que no sean muchos
y que incluso vuelvan a separarse y echar a correr, pero si llegan a colocarse
los suficientes se les irán añadiendo sucesivamente otros niños hasta obtener
una formación ordenada.
Los niños en el recreo equivalen a los átomos que conforman la masa
fundida, pues estos se distribuyen aleatoriamente de forma desordenada. Por su
parte, el sonido de la sirena se corresponde con la variación en las
condiciones físico químicas, por ejemplo una disminución de la temperatura, lo
que provoca la convergencia de varios átomos para formar núcleos. Es posible
que estos sean inestables, se desintegren y vuelvan al fundido, de forma
similar a lo que ocurre con los niños que comienzan a formar la fila y después
la abandonan, influenciados por el caótico entorno.
Cuando estos grupos iniciales alcanzan un tamaño estable, la formación
se consolida y crece por la adición paulatina de niños contagiados por el nuevo
orden. Lo mismo ocurre con las partículas, estas se van sumando a la semilla
original siguiendo un patrón espacial fijo, lo que conlleva el crecimiento de
la materia cristalina.
Este símil constituye un ejemplo simplificado, puesto que la fila es una
disposición que sigue un patrón geométrico unidimensional: la línea recta. Sin
embargo, los cristales tienen volumen y, por tanto, su estructura posee más
dimensiones. En ella los átomos se ubican en redes tridimensionales que
mantienen un determinado orden en el espacio.
Aunque tradicionalmente se ha denominado cristal a los cuerpos sólidos con
forma geométrica regular limitada por superficies planas, la mayor parte de los
cristalógrafos emplean hoy en día este término para referirse a cualquier
sólido con estructura interna ordenada.
En el caso de los cristales de sal común (NaCl), por ejemplo, estos
están formados por dos tipos de átomos: la mitad son de sodio y la otra de
cloro. Si estos átomos fueran los niños que se sientan en torno a una mesa, se
colocarían ocupando las esquinas de forma alterna, es decir: un cloro en una
esquina, un sodio en la contigua, luego otro cloro y finalmente otro sodio.
Sobre ellos otros cuatro átomos: un cloro sobre cada sodio y viceversa. Y junto
a esta configuración tridimensional, multitud de cubos similares hasta ocupar
todo el espacio.
Cada uno de estos cubos que se repiten indefinidamente se conoce como
celda unidad, y si los átomos se ordenan de esta caprichosa y estricta manera,
lo hacen porque supone la forma más estable en que pueden presentarse.
Hemos visto cómo las partículas que forman los cristales se disponen de
forma ordenada. Pero ¿se ordenan siempre de la misma manera? ¿Qué factores
pueden influir en este ordenamiento? Y sobre todo… ¿pueden unas mismas
partículas ordenarse de forma diferente en diferentes situaciones?
§ 8. ¿Puede convertirse un lápiz en diamante?
El trazo que dibuja un lápiz no es más que un montón de minúsculos fragmentos
arrancados de la mina que se apoya sobre el papel. Existen lápices con
diferentes características, que los fabricantes obtienen en función de la
proporción de grafito y arcilla con que realizan la mina. El más común lleva
las siglas HB y nos indica que tiene una dureza media; en este caso la cantidad
de grafito ronda el 70 %. Para obtener minas más blandas y oscuras añaden más
cantidad de grafito.
El diamante, en cambio, es una de las piedras preciosas más codiciadas.
Además de su brillo y sus coloridos destellos, su valor viene dado
fundamentalmente por su dureza. Debido a esto fue llamado adamas, que
significaba ‘invencible’ para los antiguos griegos.
Esta extraordinaria característica de los diamantes sirvió al geólogo
Friedrich Mohs para ordenar el mundo mineral siguiendo criterios objetivos
similares a los que ya existían en botánica y zoología. Su Tratado de
Mineralogía publicado a principios del siglo XIX contenía una escala formada
por diez minerales ordenados de menor a mayor dureza en la que el diamante
ocupaba la posición superior.
En el otro extremo de la escala, con dureza 1 se encuentra el talco,
seguido por el yeso cuya dureza es 2. Es entre estos bajos valores donde se
sitúa el grafito, ya que es capaz de rayar al talco, pero es rayado por el
yeso. Muy alejado de la dureza del diamante, que no es rayado por ningún otro
mineral conocido.
El grafito se fragmenta en pequeñas escamas incluso cuando es presionado
sobre el papel. Esta propiedad de algunos minerales de disgregarse en láminas
se conoce como exfoliación (del latín folium, ‘hoja’). Las hojas que componen
un cristal de grafito tienen el grosor de un átomo y en cada una de ellas los
átomos están fuertemente enlazados, pero la unión con las capas que se apilan
por encima y por debajo se realiza mediante enlaces muy débiles.
Salvo impurezas, el único elemento que está presente en esta estructura
del grafito es el carbono ®. Sin embargo, este mismo elemento puede organizarse
formando otra estructura cristalina para dar lugar al diamante. A estos
conjuntos de minerales que poseen exactamente la misma composición química pero
difieren en su ordenamiento interno se les conoce con el nombre de polimorfos
(procedente del latín, ‘varias formas’).
A pesar de las enormes diferencias entre esta débil y oscura punta de
grafito con el más duro y brillante de los diamantes, ambos tienen la misma
composición química: átomos de carbono.
Para comprender la influencia de la estructura cristalina en las
propiedades observadas a escala macroscópica, volvamos al patio utilizado como
analogía en la pregunta anterior. Supongamos que los niños que antes jugaban
ahora deben entrar al gimnasio para realizar una actividad en grupo. La maestra
les da las instrucciones: deben unirse para formar una estructura que ocupe
todo el espacio y que esté unida lo más fuertemente posible. Los obedientes
alumnos se agarran de las manos y se distribuyen uniformemente por todo el
espacio, para ello deben estirar sus brazos todo lo que puedan.
Ahora imaginemos que comienza a llover, y que un grupo de alumnos que
permanecía en el patio entra al gimnasio. Los alumnos casi no caben, pero la
maestra decide continuar con la actividad, repite las instrucciones y… los
alumnos se abrazan, ahora no necesitan separarse demasiado para ocupar el
espacio.
Si la maestra hubiera querido separar a los niños en la primera
estructura, la que formaron antes de que comenzara la lluvia, no habría tenido
grandes dificultades. Pero si tratara de hacer lo mismo en la segunda
situación, cuando entraron los que buscaban refugio del aguacero, encontraría
mucha mayor dificultad en romper los abrazos. Algo similar ocurre con la
estructura del grafito y el diamante. La configuración del diamante sería
equivalente a la segunda distribución. En ella, los átomos de carbono están
mucho más cerca entre sí, de manera que todos los enlaces que se establecen son
fuertes.
En el caso de los alumnos, la organización varió en respuesta a un
cambio en las condiciones ambientales, la lluvia. De igual forma, para lograr
la estructura del diamante, los átomos de carbono deben estar sometidos a
condiciones de presión extremadamente alta.
Las minas de diamantes son excavadas en rocas volcánicas conocidas como
kimberlitas (por el yacimiento de Kimberley en Sudáfrica). El magma que las
origina procede de grandes profundidades donde se forman los diamantes que son
arrastrados en el fundido hacia la superficie. A esas profundidades las
inmensas presiones producen estructuras muy apretadas que propician la unión de
los átomos de carbono por enlaces covalentes en una disposición tridimensional
compacta, lo que explica su dureza extrema.
Para convertir el grafito en diamante es necesaria una temperatura muy
elevada que agite a los átomos hasta el punto de romper la estructura
cristalina del grafito y unas enormes presiones que permitan que se organicen
siguiendo la estructura del diamante. Estas condiciones se han logrado en los
laboratorios desde mediados del siglo XX y, aunque estos diamantes sintéticos
por lo general no poseen la calidad suficiente para su uso en joyería, sí son
de gran utilidad en procesos industriales que requieren de este potente
abrasivo.
La conversión de un polimorfo en otro se denomina cambio de fase y es
frecuente que se produzca de forma natural en los minerales que cambian de
ambiente. Los diamantes que tenemos en la superficie terrestre se encuentran en
condiciones muy alejadas de sus campos de estabilidad, pero, por suerte para
los joyeros y su distinguida clientela, su velocidad de transformación en
grafito es infinitesimal.
§ 9. ¿Es el hielo un mineral?
Debemos remontarnos mil años para encontrar el primer uso del vocablo mineral.
Aparece en una traducción medieval del Libro de los remedios, obra del sabio
persa Ibn Sina (Avicena), cuyo título fue traducido al latín cómo De
mineralibus. Su etimología parece estar relacionada con la palabra céltica
mein, que significa ‘mina’.
En los siglos siguientes, fue frecuente que se entremezclase este
término con el de fósil para referirse ambos a objetos interesantes o
llamativos que se obtenían excavando el suelo. Obsidiana, carbón, petróleo,
ópalo, la concha de un molusco, un hueso o incluso piezas arqueológicas se
incluían en esta categoría.
Fue en el siglo XVIII cuando los naturalistas comenzaron a establecer
restricciones a estos conceptos. Linneo, por ejemplo, reservó el vocablo
mineral para los materiales de origen inorgánico, y fósil para los restos de
seres vivos.
Actualmente, el término mineral se reserva para las sustancias que
satisfacen los siguientes requisitos:
Algunos satélites de los planetas exteriores están cubiertos por hielo. El
comportamiento de esta capa es similar al de nuestra corteza terrestre y muy
probablemente haya erupciones en forma de agua que añaden hielo a la
superficie. El agua en estos mundos se comporta como el magma en la Tierra.
1. Que tenga un origen natural. No serán minerales aquellas sustancias
sintetizadas en el laboratorio, como piedras preciosas o minerales de uso
industrial. Incluso cuando son equivalentes a las encontradas en la naturaleza,
estas suelen denominarse minerales sintéticos. Desde este punto de vista
encontramos algunas sustancias que dan margen al debate, como por ejemplo la
cal (CaCO3) que precipita en una tubería. ¿Será su origen natural o
antrópico?
2. Que se trate de materia cristalina. Es decir, que se encuentre en
estado sólido y posea una estructura interna ordenada. Por tanto, quedarán
excluidas algunas sustancias naturales de estructura vítrea como la obsidiana,
y otras en estado líquido como el magma o el petróleo (a pesar de que proceda
del griego petros, que significa ‘piedra’).
3. Otro ejemplo es el ópalo, que se clasifica como mineraloide debido a
que carece de una estructura atómica ordenada. Está formado por microscópicas
esferas de naturaleza vítrea que, estas sí, se empaquetan de forma geométrica,
lo que le confieren unas bellas propiedades ópticas.
4. Que se haya originado por procesos inorgánicos. Aunque los minerales
se forman normalmente por este tipo de procesos, existen importantes compuestos
orgánicos que cumplen el resto de requisitos. Ejemplos de ello son la calcita
de las conchas de los moluscos o el apatito de nuestros huesos y dientes.
5. Que tenga una composición química definida. De manera que pueda
expresarse mediante una fórmula química específica, como: SiO2 (cuarzo),
CaMg(CO3)2 (dolomita), etc. Sin embargo, la mayoría
de los minerales no son sustancias puras, sino que su composición oscila entre
ciertos límites y, por lo tanto, no es fija. Por ejemplo en la dolomita suele
detectarse un porcentaje variable de Fe y Mn en la posición del Mg.
Por tanto, desde finales del siglo XX, suele manejarse esta definición:
un mineral es un sólido de origen natural con una composición química definida
(pero generalmente no fija) y una estructura interna ordenada. Normalmente se
forma por procesos inorgánicos.
Entonces ¿qué ocurre con el hielo? No cabe duda de que el hielo es agua
solidificada. En la naturaleza son múltiples las situaciones que pueden
originarlo. Su composición química está definida desde los tiempos de Lavoisier
(H2O), y siempre se forma por procesos inorgánicos. Todo esto está
más claro que el agua, pero ¿qué hay de su estructura interna? ¿Se trata de un
cristal?
Todos nos hemos fijado alguna vez en las curiosas formas de los copos de
nieve. Estas son el reflejo de la ordenación atómica regular que adquieren las
moléculas de agua al ser congelada. El hielo puede presentar doce estructuras o
fases cristalinas diferentes.
Como hemos visto, el hielo cumple todas las condiciones de esta estricta
definición, por lo tanto, podemos afirmar que sí, el hielo es un mineral.
Sin embargo, existen definiciones de mineral que incorporan otros
matices. El Vocabulario Científico y Técnico de la Real Academia de Ciencias
añade que «su origen puede ser ígneo, sedimentario o metamórfico», condición
que como veremos en el capítulo 6 dejaría al hielo desterrado del reino
mineral, al menos en las condiciones de nuestro planeta.
§ 10. ¿Cómo evitar el «oro de los tontos»?
La composición química de un mineral puede estar constituida por uno o varios
elementos químicos de la tabla periódica. Es frecuente que la fórmula
simplificada presente multitud de ellos, mientras que son muy escasas las
especies minerales formadas por un único tipo de átomo. Los minerales que
integran este selecto grupo se conocen como elementos nativos.
Es el caso, por ejemplo, del oro. Los átomos de este elemento (Au) son
lo suficientemente inertes como para encontrarse en estado elemental en la
naturaleza, sin combinarse con otros. Los átomos de oro son pesados de por sí,
y además se organizan en estructuras cúbicas muy compactas, razones por las que
la densidad del mineral es muy elevada. Esta particular propiedad es la causa
de que se acumule en determinados lugares del cauce de los ríos, formando los
típicos placeres de oro. También esta gran densidad es la que permite a los
buscadores de oro separar las valiosas pepitas del resto de sedimentos con los
que se acumulan.
Los átomos de oro se ensamblan mediante enlaces metálicos que determinan
las características propias de este tipo de uniones. Como el resto de metales,
es un sólido dúctil, maleable y con un brillo característico. Sus propiedades
lo hicieron conocido y valorado por los artesanos desde la prehistoria, y fue
empleado tradicionalmente para acuñar monedas, en la joyería, la industria y la
electrónica. También se ha usado como símbolo de pureza, realeza y poder.
Tanto ha sido el valor que se le ha dado al oro a lo largo del
desarrollo de la humanidad que ha inspirado varios sucesos históricos. Un
ejemplo es el fenómeno de la alquimia, un sistema filosófico que abarcó al
menos dos mil quinientos años y que se extendió por buena parte del mundo
antiguo. El mismo tenía dentro de sus principales objetivos la transmutación de
metales vulgares en oro. En el transcurso de la época moderna este movimiento
evolucionó en la actual química.
El oro también ha sido la inspiración de guerras, conquistas y grandes
migraciones conocidas como fiebres del oro. Estas consistían en el traslado
apresurado y masivo de gran cantidad de trabajadores hacia tierras más
rústicas, tras el descubrimiento del preciado metal. Una de las más importantes
fue la ocurrida en California a mediados del siglo XIX.
Precisamente durante este proceso, en el que miles de personas
inexpertas en la minería intentaban hacer fortuna con este negocio, algunos
fueron engañados por estafadores que hacían pasar por oro a otro mineral. Se
cobraban fuertes sumas por esos falsos hallazgos, situación que propició que
fuera conocido desde aquella época como el oro de los tontos.
Se trataba de la pirita, un sulfuro de hierro (FeS2) que en
determinadas regiones se utiliza como mena de hierro y azufre. Se caracteriza
por ser opaco, con un color amarillo claro y un brillo metálico, razones por
las que puede confundirse con el oro. Si bien es cierto que se trata de un
mineral bastante pesado, su densidad es muy inferior a la del oro, propiedad
esta que en manos expertas puede ser suficiente para diferenciarlo.
Los granos de oro pueden acumularse en el lecho de determinados ríos. El
tradicional bateo permite separar las pepitas de la arena gracias a la mayor
densidad del preciado metal.
Los átomos de Fe y S que forman la pirita están organizados de manera
similar al Na y Cl de la sal común (halita). Esta simetría cristalina cúbica se
expresa externamente en forma de caras planas y perpendiculares, que muy
frecuentemente dan lugar a cubos perfectos que causan gran impacto en quién los
ve por primera vez.
Esta forma externa es conocida por los minerólogos como hábito mineral,
y en el caso que nos ocupa es la propiedad más clara que nos permitirá
diferenciarlo del oro, con un hábito generalmente informe.
Si las diferencias de densidad y hábito no nos resultan suficientes para
discernir entre ambos minerales, retomaremos el color. A menudo el color
observable a simple vista resulta poco fiable, puesto que pequeñas impurezas o
alteraciones pueden proporcionar una amplia diversidad de colores a un mismo
mineral. Por ello, los cristalógrafos han recurrido a otra prueba diagnóstico
de mucho más valor: la raya. Consiste en raspar el mineral en cuestión sobre
una superficie de porcelana blanca y observar el color del rastro dejado por el
mineral sobre la misma. Esto aporta mayor certeza, puesto que el color puede
variar de una muestra a otra, pero la raya no suele cambiar. Si raspamos la
pirita utilizando este método, observaremos una raya negruzca, mientas que, al
raspar el oro, el polvo resultante mantendrá el característico color dorado.
Estas reglas básicas nos resultarán útiles para, llegado el momento,
identificar con seguridad al verdadero oro. Si no, al menos queda argumentado
que «no es oro todo lo que reluce».
§ 11. ¿Cuál es el principal ingrediente de las rocas?
Los minerales raramente aparecen en la naturaleza de forma aislada; suelen
hacerlo formando agregados que denominamos rocas. Se han descubierto más de
cinco mil minerales, sin embargo, la mayor parte de la litosfera
(etimológicamente ‘esfera de roca’) está formada por unas pocas decenas de
ellos. Estos minerales formadores de rocas son los minerales petrogenéticos.
Para tratar de identificarlos, pensemos por ejemplo en el relieve más
cercano de nuestro entorno. Simplificando mucho las cosas, es muy probable que
esos materiales que lo forman se hayan originado a partir del enfriamiento y
cristalización de un magma o de la precipitación química en el fondo de un mar.
Es posible que esos materiales hayan sufrido transformaciones posteriores,
tales como fragmentación y redepósito en el caso de sedimentos detríticos o
cambios metamórficos, pero sus ingredientes principales ya debían de estar
formados previamente.
Veamos la segunda posibilidad, cuando un mar queda aislado del océano
sufre una progresiva disminución de sus aguas que lleva a la saturación de las
sustancias disueltas en él. Al alcanzar la mitad de su volumen original,
comienza a precipitar el mineral calcita (CaCO3); cuando su volumen es la
quinta parte comienzan a crecer los cristales de yeso (CaSO4); y
cuando ya solo queda una décima parte del mar inicial, precipita la halita
(NaCl).
El tetraedro es un cuerpo geométrico formado por cuatro caras triangulares.
En el caso de la sílice, cada vértice está ocupado por un átomo de oxígeno que
se une a uno de silicio ubicado en el centro.
Sin embargo, la mayoría de las montañas de caliza (roca monominerálica
formada por el mineral calcita) se han formado en mares que no quedaron
aislados. La calcita que las forma procede en su mayor parte de los restos de
conchas de los organismos marinos y pequeños cristales de calcita que formaban
un fango calcáreo posteriormente petrificado.
La calcita y el resto de materiales sedimentarios ocupan el 75 % de la
superficie continental. Podría ser un candidato para hacerse con el título de
principal ingrediente de las rocas, si no fuera porque esta capa que recubre el
planeta supone menos del 5 % del volumen total de la litosfera. De forma
general, bajo ella encontramos inmensos volúmenes de roca cuyo origen se
encuentra en la cristalización de los magmas.
Un magma es un fundido formado mayoritariamente por moléculas de sílice.
La geometría de esta molécula es la de un tetraedro, en cuyos vértices se
sitúan cuatro átomos de oxígeno (O) y en el centro uno de silicio (Si), aunque
una cantidad variable de estos últimos puede estar sustituido por aluminio
(Al).
Estos tetraedros tienen tendencia a unirse unos con otros formando
polímeros con diferentes geometrías: parejas, cadenas, láminas, redes
tridimensionales, etc. Entremezclados en el fundido se distribuyen átomos de
otros elementos, principalmente hierro (Fe), magnesio (Mg), sodio (Na), potasio
(K), calcio (Ca)… que quedan «atrapados» en proporciones variables entre estas
estructuras de sílice. Al cristalizar el magma, los minerales que se obtienen
de la forma descrita se conocen como silicatos, y forman el grupo mineral más
abundante en la corteza terrestre.
A diferencia del agua, que cristaliza completamente a cero grados
Celsius, los diferentes sólidos que se obtienen de la cristalización magmática
poseen distintos puntos de fusión. Este proceso se conoce como cristalización
fraccionada, y da lugar a que coexistan cristales sólidos en el seno del magma
aún fundido.
En 1928, el petrólogo canadiense Norman Bowen realizó en el laboratorio
un estudio exhaustivo de este proceso de enfriamiento y cristalización
magmática. Los primeros minerales en cristalizar eran de naturaleza
ferromagnesiana, con proporciones relativamente bajas de sílice. Es el caso del
olivino, cuyos tetraedros no están en contacto directo, sino unidos mediante
átomos de Fe y Mg. Este tipo de estructura cristalina en la que los tetraedros
están aislados da lugar a un grupo de minerales conocido como nesosilicatos
(del griego nesos, que significa ‘isla’).
La cristalización del olivino dejaba paso a otros silicatos,
ferromagnesianos también, pero formados en este caso por cadenas de tetraedros.
Hablamos de piroxenos y anfíboles, formados por filas simples y dobles
respectivamente que seguían teniendo aún proporciones muy bajas de sílice.
En etapas más avanzadas de la cristalización, se observó que comenzaban
a formarse silicatos más ricos en sílice. Era el caso de la mica, en cuya
estructura cristalina los tetraedros forman extensas capas, características de
este grupo de silicatos, denominados filosilicatos (del griego filo, que
significa ‘hoja’).
Bowen y su equipo observaron cómo también variaba la composición de los
feldespatos que se formaban paralelamente. Los feldespatos son un grupo de
silicatos que contienen cantidades variables de Ca, Na y K. Los primeros
feldespatos que se formaban junto con el olivino eran cálcicos, pero pronto
eran sustituidos por otros ricos en sodio y potasio.
En la última etapa de este proceso de cristalización fraccionada se
formaban cristales compuestos exclusivamente por SiO2 con total
ausencia de otros elementos. En este caso todos los oxígenos son compartidos
con los tetraedros adyacentes mediante fuertes enlaces, lo que da lugar a una
red tridimensional propia de los tectosilicatos (del griego tecton, que
significa ‘constructor’). El mineral más representativo de la estructura
descrita es el cuarzo, que es, a fin de cuentas, el residuo de este proceso de
solidificación de un magma.
Esta serie de Bowen, aun tratándose de una idealización de la realidad,
nos muestra que los silicatos son el principal ingrediente de las rocas y que
el tetraedro de sílice es la molécula que cementa la litosfera.
§ 12. ¿Con qué están condimentadas las rocas?
Para hablar de la litosfera terrestre esta vez utilizaremos un símil culinario,
la compararemos con una pizza. La masa estaría hecha de silicatos, y sobre ella
encontraríamos otros minerales que ocupan grandes superficies, aunque su
volumen respecto al total sea relativamente pequeño.
Además de los silicatos formados a partir de la cristalización de
grandes masas de magma, la capa más externa de la geosfera está «salpimentada»
con minerales formados en estrecha relación con las capas fluidas de nuestro
planeta, los mares y la atmósfera.
Estos minerales son químicamente diversos, pero se agrupan atendiendo a
los diferentes complejos aniónicos (iones con carga negativa) que pueden
reconocerse por formar unidades fuertemente enlazadas en sus estructuras.
Por ejemplo, en el caso de la calcita, nombrada anteriormente, su
estructura cristalina está constituida por átomos de oxígeno (O) que se
disponen en triángulos en cuyo centro se ubica otro átomo de carbono ®, lo que
da lugar al radical carbonato ((CO3)=). Esta doble carga
negativa queda neutralizada con la presencia de átomos de calcio (Ca), de lo
que resulta la fórmula mineral CaCO3. Existe otro mineral con esta misma
composición, el aragonito, que forma el nácar de bellas irisaciones y las
perlas.
La corteza terrestre está cubierta por una variada gama de minerales que se
originan por la interacción entre el aire, las aguas y la vida que recubren el
planeta.
Una de las pruebas más populares para identificar a estos carbonatos
consiste en añadir ácido a la muestra en estudio. Los ácidos aportan hidrógenos
en forma iónica H+, que rompe los triángulos de carbonato con los
que entra en contacto siguiendo la siguiente reacción:
2H+ + (CO3)= → H2O
+ CO2
El agua (H2O) y el dióxido de carbono gaseoso (CO2)
son liberados y dan lugar a la característica efervescencia de ambos minerales.
La calcita es una de las especies más corrientes y el principal
constituyente de extensas masas de rocas calizas. Sin embargo, existen otros
minerales dentro de este grupo de los carbonatos.
La posición que hemos indicado para el calcio puede estar sustituida por
cantidades variables de otros elementos. Es el caso del mineral dolomita
(CaMg(CO3)2), en cuya estructura se alternan capas de
calcio (Ca) y magnesio (Mg), combinadas con el ion carbonato ((CO3)=).
Las calizas dolomíticas o dolomía suelen aparecer asociadas a las calizas más
puras, y su diferenciación puede resultar complicada. La dolomía presenta una
efervescencia menos vigorosa al añadirle ácido y, al ser golpeada con el
martillo, desprende un olor que puede recordar a los huevos podridos.
Estos minerales suelen encontrarse juntos formando las rocas
sedimentarias caliza y dolomía, que deben su nombre al mineral dominante en
cada caso. Otros minerales del grupo de los carbonatos son la malaquita (verde)
y la azurita (azul). Ambos suelen presentarse asociados y son ricos en cobre
(Cu), por lo que son usados como mena de ese metal, así como en joyería.
Otro mineral formado por precipitación es la sal común o halita,
denominada hals por los antiguos griegos. Esta se encuentra frecuentemente en
los charcos costeros, como consecuencia de la evaporación y desecación de los
mismos. También existen enormes capas de sal subterránea, que constituyen los
últimos vestigios de mares antiguos que se han evaporado hace mucho tiempo y su
posterior enterramiento bajo depósitos sedimentarios. El peso bajo el que
quedan sometidas estas formaciones puede dar lugar a que se comporten como
fluidos y lleguen incluso a ascender a la superficie y discurrir por las
laderas de forma similar a como lo hace un glaciar.
La estructura de la halita (NaCl) fue la primera en descubrirse mediante
técnicas de difracción de rayos X. Un padre y su hijo demostraron que la
estructura de la sal estaba formada por cubos en cuyos vértices se ubicaban
átomos de sodio (Na) y cloro (Cl) de forma alterna. La técnica que utilizaron
está basada en lo que se conoce como Ley de Bragg (en honor a ellos) y les
valió para ganar el Nobel de Física en 1915.
La halita forma parte de un grupo de minerales conocidos como haluros,
que suelen tener una estructura cúbica visible y ser muy solubles. Esta
propiedad, en contacto con la saliva, es la que nos permite saber si una
ensalada ya está aliñada o si un potaje está soso. Otros ejemplos de este grupo
son la silvina (KCl), con un sabor salado y amargo, y la fluorita (CaF2),
que representa la dureza 4 en la escala de Mohs.
Además de la calcita y la halita, existe un tercer mineral mayoritario
que precipita en el agua dando lugar a grandes depósitos sedimentarios: el
yeso. A nivel cristalino está formado por tetraedros de sulfato ((SO4)=)
y átomos de calcio (Ca), que forman capas débilmente unidas por moléculas de
agua. A diferencia de la humedad que puede presentar cualquier objeto, en este
caso las moléculas de agua están integradas en la estructura cristalina
formando parte de su fórmula mineral (CaSO4·2H2O), razón
de su perfecta exfoliación.
El yeso es el segundo mineral más blando en la escala de Mohs y se
identifica fácilmente al ser rayado con la uña. Es un mineral utilizado para la
construcción desde la antigüedad. Actualmente casi todos hemos, literalmente,
convivido con él, por su utilidad en la producción de escayola para inmovilizar
huesos rotos. A las variedades de grano fino se las conoce como alabastro y son
de gran valor en escultura.
Aunque estos minerales representan un bajo porcentaje en la composición
de la corteza terrestre, algunos de ellos como la calcita, el yeso o la halita
son los principales componentes de diversas rocas sedimentarias. Otros
excepcionalmente forman concentraciones locales de los elementos menos
abundantes en forma de elementos nativos, sulfuros, sulfatos, nitratos y
boratos, etc., que dan lugar a yacimientos minerales de interés económico.
Por otro lado, a partir del proceso de cristalización magmática también
se obtienen minerales accesorios en bajas proporciones que se encuentran
frecuentemente en las rocas magmáticas y que, por tanto, podríamos considerar
también como condimentos minoritarios de la litosfera. Algunos de estos
minerales soportan especialmente bien las condiciones superficiales, de manera
que conforme avanza el proceso de denudación que destruye el resto de la roca
que forma el relieve, ellos permanecen inalterados. Estos resistentes minerales
(denominados resistors) pueden acumularse aguas abajo y dar lugar a yacimientos
minerales conocidos como placeres.
Es muy famoso el caso del oro, que se acumula en los fondos fluviales de
donde se extrae mediante bateo. El oro es un mineral perteneciente al grupo de
los elementos nativos, del que también forman parte otros como la plata, el
cobre, el grafito y el diamante.
También es llamativo el caso de las playas de arena negra de las islas
volcánicas. Al acercar un imán al suelo, enseguida será rodeado por multitud de
granos del mineral magnetita (Fe3O4), que representa un
gran porcentaje de la arena de estos ambientes de sedimentación. Este óxido
comparte grupo mineral con otros como la hematites (Fe2O3)
o el corindón (Al2O3), todos ellos de gran dureza y
densidad.
Por tanto, para cocinar las rocas que conforman la litosfera terrestre,
deberemos incluir en nuestra cesta de la compra grandes cantidades de silicatos
y menores porciones de otros grupos minerales, tales como carbonatos, haluros,
sulfatos, elementos nativos, óxidos o sulfuros.
§ 13. ¿Por qué algunas piedras son preciosas?
Casi todos los hogares poseen una pequeña colección de piedras que sus dueños
han percibido como preciosas. Desde brillantes cristales de cuarzo encontrados
en una excursión por el monte hasta guijarros con una esfericidad casi perfecta
hallados a la orilla de un río. Normalmente estas piedras sirven no solo para
embellecer una estantería, sino también como recuerdo de un día o un viaje
especial.
Cada persona puede encontrar diferentes razones para considerar bella
una piedra. Asimismo, una piedra puede parecerle preciosa a una persona y
horrenda a otra. La belleza es un concepto totalmente subjetivo y variable.
Sin embargo, el concepto de piedra preciosa se reserva para aquellas que
resultan atractivas para multitud de personas y tienen por ello un elevado
valor económico. Existen piedras preciosas de origen orgánico como el ámbar,
resultante de la fosilización de resinas; las perlas, producidas por las ostras
en su interior; y el coral, formado por pequeños pólipos acuáticos. Sin
embargo, el grupo más amplio de piedras preciosas está constituido por
diferentes especies de minerales. A estos cristales se les conoce como gemas.
Una de las principales características que hacen que un mineral se
considere gema son sus propiedades ópticas. Generalmente se trata de ejemplares
que permiten el paso de la luz, y con un color atractivo. Estas propiedades han
sido desde la antigüedad tomadas como criterio para clasificar a las gemas, lo
que ha dado lugar a denominaciones que desde el punto de vista mineralógico
pueden resultar confusas.
Es el caso por ejemplo del corindón. Su estructura cristalina está
formada por átomos de oxígeno (O) ocupando los vértices de infinidad de
octaedros, que generalmente incluyen en su interior un átomo de aluminio (Al).
La fórmula que lo define es Al2O3, pero pueden incluir
cantidades variables de otros elementos. La presencia de ínfimas cantidades de
cromo (Cr) le otorga una vistosa coloración roja y hace que estos ejemplares
reciban el nombre de rubí. Sin embargo, desde la antigüedad se han incluido como
tales a otros minerales rojos mucho más comunes, como algunas variedades de
espinela, que poseen menor valor.
Los deslumbrantes zafiros son igualmente variedades de corindón. Su
llamativa coloración azul es también debida a la presencia de trazas de otros
elementos, en este caso, hierro (Fe) y titanio (Ti). Esta propiedad de ciertos
minerales traslúcidos, que presentan una coloración variable en función de la
presencia de pequeñísimas cantidades de determinados elementos, se conoce como
alocromatismo.
Otro buen ejemplo de mineral alocromático es el berilo (Be3Al2(Si6O18)).
El berilo es un silicato en el que los tetraedros se disponen formando anillos
que se superponen. Debido a esta estructura se clasifica como ciclosilicato y
en su interior alberga átomos de un metal que debe su nombre a este mineral, el
berilio (Be). Las distintas variedades reciben diferentes nombres en función
del color. Así, el berilo azul verdoso se conoce como aguamarina, los
ejemplares amarillos como heliodoro y también podemos encontrar el berilo rosa,
berilo dorado, etc. Sin duda el más apreciado es el de color verde oscuro
llamado esmeralda.
Además de por su brillo, transparencia y color, estas gemas son tan
apreciadas porque poseen una gran durabilidad. Debido a que la mayor parte de
las piedras preciosas se usan para el adorno personal, estas deben ser
resistentes a la abrasión y a los arañazos que pudieran empañar su belleza. Se
considera que una gema es resistente a la abrasión cuando su dureza es igual o
superior a la del cuarzo, con valor 7 en la escala de Mohs. El berilo con
dureza 8, el corindón con dureza 9 y por supuesto… el diamante.
La longevidad de los diamantes los ha convertido en una forma de
inversión económica, especialmente en momentos de inestabilidad y crisis. El
elevado valor de un ejemplar pequeño permite movilizar grandes riquezas de una
manera sencilla.
El diamante es la sustancia natural más dura que se conoce. La talla que se
realiza a cada ejemplar tiene como fin realzar al máximo sus propiedades
ópticas.
Aparte de su apariencia externa y durabilidad, las gemas más valoradas
son aquellas que se caracterizan por su rareza. A menor cantidad, menor es la
oferta y mayor la exclusividad del producto, de manera que su precio también
será mayor. Tanto es así que si debido a descubrimientos tecnológicos una gema
se hace más abundante, su valor disminuye y pierde atractivo entre los
interesados en adquirirla.
Tanta es la importancia de la durabilidad y la rareza en la valoración
de las gemas que a las que no cumplen alguna de estas propiedades se las
cataloga como piedras semipreciosas. Es el caso por ejemplo de múltiples
variedades de cuarzo, tales como la amatista o el citrino, que a pesar de su
relativa abundancia, ocupan una parcela fundamental en el mundo de las gemas. O
el ópalo, que con sus bellísimas irisaciones es muy cotizado a pesar de su
relativamente escasa dureza. En la misma situación se encuentra el peridoto,
variedad especialmente bella del mineral olivino que, si es tratado con
cuidado, mantendrá su brillo durante años.
Recapitulando, hemos comentado como la belleza de las gemas se debe a su
estructura cristalina y, en muchos casos, a las impurezas que contiene. Cuando
se encuentran en la naturaleza suelen mostrarse opacas y no exhiben todo su
atractivo; podrían pasar desapercibidas para los coleccionistas menos
experimentados. Generalmente es el proceso de talla y pulido el que consigue
resaltar al máximo las características ópticas, o en caso necesario,
esconderlas. Como consuelo para los humanos, nos queda haber comprobado que,
también en las piedras..., la belleza está en el interior.
§ 14. ¿Cuáles son los poderes de los minerales?
Transcurrían los finales del siglo XIX y un cargamento de una tonelada de
piedras llegaba a París. El vagón había atravesado Europa recorriendo más de
mil kilómetros desde una mina de Bohemia, en la actual República Checa. De
momento nada extraño podríamos pensar, menos aún cuando la mina era de plata y
París, por supuesto, una ciudad rica e industrializada que demandaba valiosos
metales. Lo original de este envío es que había sido encargado y supervisado
por una maestra de la capital gala y, sobre todo, que las piedras no contenían
plata.
En minería se conoce como ganga a los minerales sobrantes en una
extracción. En este envío, la ganga transportada era pechblenda, y la única
razón por la que se extraía en aquella mina era para poder acceder a la plata
nativa que impregnaba el subsuelo.
Dos años antes, un prestigioso científico de la misma ciudad había
mostrado gran interés por el sorprendente poder de algunos minerales, la
luminiscencia. Esta propiedad les hacía emitir luz en la oscuridad si
previamente habían sido expuestos a radiación electromagnética. Recordemos que,
por ejemplo, el Sol emite radiación electromagnética, y que nuestros ojos son
capaces de percibir una parte de ella, a la que llamamos luz visible.
Este científico era Henri Becquerel y mientras trabajaba con sustancias
extraídas de la pechblenda, el cielo de París se nubló. Sin sol al que exponer
sus muestras, sus investigaciones sobre luminiscencia no podían continuar.
Aburrido quizás, decidió probar que las muestras no emitían radiación debido a
que no habían estado expuestas a la radiación solar, pero para su más absoluta
sorpresa las muestras habían emitido radiación de forma espontánea, y el
causante de la misma era el elemento uranio.
Aquella maestra de la capital francesa no podía ser otra sino Marie
Curie. Esta genial científica continuó estudiando el fenómeno descubierto por
Becquerel y tras un arduo trabajo durante cuatro años con la tonelada de
pechblenda, obtuvo un gramo de los materiales radiactivos que buscaban en ella.
Descubrió que la radiactividad de la pechblenda se debía no solo al uranio,
sino también a dos nuevos elementos: el polonio (nombrado así en honor a su
país de origen) y el radio.
Marie realizó estos descubrimientos con la ayuda de otro grandísimo
investigador, su marido Pierre Curie. Pierre había descubierto años atrás que
algunos minerales adquirían potencial eléctrico al ser presionados. Esta
sorprendente propiedad se conoce como piezoelectricidad y conlleva también el
efecto contrario; es decir, los minerales piezoeléctricos se deforman cuando se
someten a un potencial eléctrico.
Marie participó activamente durante la Primera Guerra Mundial
promoviendo el uso de ambulancias con equipamiento radiológico (rayos X), las
cuales fueron conocidas como las Petit Curie. A finales de la contienda, la
piezoelectricidad del cuarzo encontró una de sus primeras aplicaciones: las
ondas sonoras producidas por un submarino podían ser detectadas por una lámina
de cuarzo sumergida.
Durante el período de entreguerras Curie falleció a causa de una
leucemia, muy probablemente por su continua exposición a las radiaciones. Sus
logros en la investigación atómica continuaron avanzando a pasos agigantados
durante el siglo XX, con algunas consecuencias nefastas como el lanzamiento de
la bomba de Hiroshima, cuya carga explosiva de uranio fue obtenida de la
pechblenda.
Pero volvamos al poder luminiscente que investigaba Becquerel antes de
que descubriera la radiactividad en la pechblenda. Recordemos que la
luminiscencia es la capacidad de un mineral para emitir luz visible al ser
excitado. Cuando la excitación proviene de la incidencia de ondas
electromagnéticas solemos hablar de fluorescencia (o fosforescencia si continúa
siendo luminoso tras el cese de la excitación). El mineral fluorescente por
antonomasia es la fluorita, que emite un precioso y débil azul en presencia de
radiación ultravioleta. Además, algunas variedades de este mineral son
luminiscentes al ser triturados (triboluminiscencia) o calentados
(termoluminiscencia).
§ 15. ¿Curan los minerales?
Todos hemos escuchado en alguna ocasión que el cuarzo, el jaspe, la turmalina y
muchos otros minerales poseen propiedades curativas. Incluso que estos pueden
atraer la buena suerte, contribuir al desarrollo espiritual o brindar ayuda en
el amor. También es usual que se asocien ciertos minerales con los distintos
signos del zodiaco, así como con determinados rasgos de la personalidad o del
estado de ánimo.
Si hacemos una búsqueda en Internet relacionada con este tema
encontraremos una amplia variedad de blogs, manuales o libros donde se alaban
los diversos y efectivos poderes de los minerales. Los sitios de venta de gemas
proliferan a nuestro alrededor en respuesta a la demanda de cristales para usos
terapéuticos o místicos.
Estas creencias se convierten en pseudociencia cuando incluyen términos
tomados de la física cuántica y la psicología para atraer seguidores. Aunque
sus postulados carecen completamente del respaldo de la ciencia ortodoxa y sus
prácticas se alejan del método científico, el aire académico que le confiere
esta terminología cautiva y vende. Sin embargo, lo cierto es que sus argumentos
no son explicados o entran en contradicción con los más elementales paradigmas
científicos aceptados en la actualidad.
Un ejemplo lo tenemos en la cristaloterapia, que es una pseudociencia
basada en el uso de ciertos cristales para regular el estado energético de las
personas, para lo que se sitúan minerales sobre seis o siete puntos de energía
distribuidos por el cuerpo, denominados chakras. Según sus defensores, los
pacientes poseen desequilibrios o bloqueos energéticos o eléctricos que son
reparados por las vibraciones de los cristales. Sin embargo, resulta imposible
encontrar alguna evidencia científica que avale dichos efectos.
Leyendo varias webs promotoras de la cristaloterapia encontramos, por
poner un ejemplo, que la calcedonia y la piedra de luna son remedios
ampliamente recomendados para los trastornos de la menopausia, así como el jade
y la venturina fomentan la fertilidad. Sin embargo, en ninguna se explica de
qué forma podrían influir estos cristales en ese proceso endocrino. ¿Acaso
producen hormonas?
En otros manuales encontramos que los diamantes pueden ayudar a su
portador a deshacerse de los miedos diversos, ataques de nervios y la
depresión. ¡Claro! Un buen diamante puede darle seguridad y ánimo a cualquiera…
Se difunden múltiples ejemplos, cada cual más delirante e incongruente.
En diversos sitios se atribuye a las gemas propiedades muy generales, incluso
contradictorias. Todas ellas sin ningún resultado comprobado y que como mucho
podrían tener un efecto placebo.
Este fenómeno, cuyo nombre proviene del latín y significa ‘yo
complazco’, se produce cuando algunos pacientes notan mejoría tras emplear
medicamentos que no poseen ningún principio activo. Se basa en la sugestión y
sus efectos suelen desaparecer cuando la persona conoce la realidad. Los
neurólogos han localizado zonas del cerebro que se activan cuando el paciente
cree que está tomando un medicamento, lo que explica los fuertes efectos
fisiológicos que pueden producir. También se conoce que los placebos no funcionan
en todo el mundo, depende de múltiples factores dados por las diferencias
individuales y la condición médica que se pretenda tratar.
Por lo general, las personas recurren a este tipo de tratamientos cuando
aparentemente no hay solución desde la medicina oficial, lo que es aprovechado
por los charlatanes. Estos crean la ilusión de curación, mientras la enfermedad
remite por sí misma.
Estas creencias disfrazadas de ciencia podrían llegar a ser incluso
peligrosas. El problema aparece cuando se abandonan los tratamientos clásicos y
se desechan los métodos más apropiados para acortar el período de la enfermedad
y garantizar que la curación sea exitosa, sin secuelas ni muerte.
El uso de los medicamentos tradicionales está respaldado por la
farmacología, una ciencia que estudia, a través de diferentes disciplinas, los
efectos bioquímicos y fisiológicos de los fármacos, sus mecanismos de acción,
así como los procesos a los que estos son sometidos a través de su paso por el
organismo.
Es cierto que para ciertos tratamientos la medicina clásica utiliza
medicamentos cuyos mecanismos de acción no están descritos totalmente. Sin
embargo, aun en estos casos, las decisiones terapéuticas se basan en estudios
clínicos que las respaldan, investigaciones que siguen protocolos diseñados
para reunir la evidencia científica que permita evaluar la eficacia y seguridad
del medicamento antes de que su uso se extienda a la población.
Por todo lo comentado anteriormente podemos afirmar que el verdadero
poder de los cristales nada tiene que ver con las curaciones energéticas que se
le atribuyen a determinadas gemas. Su verdadero valor reside en otras
propiedades, no menos sorprendentes, que han sido utilizadas por el hombre a lo
largo de su historia. Los minerales aparecen por todos lados en nuestra vida
diaria y sin su uso el mundo en que vivimos sería bastante diferente.
Parte II
Paleontología
Contenido:
§ 16. ¿Qué son los «caprichos de la naturaleza»?
§ 17. Si la gorgona Medusa no existió, ¿cómo se petrifican los seres vivos?
§ 18. ¿Hubo años con miles de días?
§ 19. ¿Qué nos dicen las rocas sobre la vida?
§ 20. ¿Existieron dinosaurios en la prehistoria?
§ 16. ¿Qué son los «caprichos de la naturaleza»?
Casi todo el mundo se ha fijado alguna vez en las curiosas figuras, con aspecto
de conchas o plantas, que en ocasiones aparecen en las rocas que conforman el
pavimento de aceras o la fachada de algunos edificios. Aunque hoy en día pueda
parecer evidente, en la antigüedad estas formas no se relacionaban con seres
que habían vivido en el pasado. Eran explicadas como imágenes engendradas en la
tierra por una fuerza modeladora, o generadas de forma espontánea por semillas
caídas de las estrellas.
Los romanos aplicaban el adjetivo fossilis a todos los objetos que
hubieran sido desenterrados, desde un cristal de pirita a un diente de tiburón.
Las rocas que tenían formas orgánicas no pasaron inadvertidas, pero eran
consideradas como casuales o intentos abortados de producir vida. A estas rocas
que no habían tenido la suficiente fuerza como para adquirir vida se las
denominó de forma genérica «caprichos de la naturaleza».
Lithographia Wirceburgensis, J. Behringer. A finales del siglo XVIII, en
plena euforia por los descubrimientos en el registro fósil, el profesor Johann
Behringer fue víctima de una de las bromas científicas más sonadas de la
historia. En esta publicación suya se muestran algunos de los ejemplares que
sus «amigos» prepararon para él.
Los fósiles eran considerados simples lusus naturae, es decir, ‘juegos
de la naturaleza’. Incluso algunos llegaron a pensar que podrían ser inventos
diabólicos, permitidos por el Creador para desconcertar a los hombres. Su
origen se intentaba explicar a través de la idea de la generación espontánea,
según la cual algunos animales podían nacer sin la necesidad de la existencia
previa de unos progenitores.
Un ejemplo de la dificultad a lo largo de la historia para determinar la
naturaleza de los fósiles son las rocas con abundancia de graptolitos (del
griego graptos, ‘escrito’, y lithos, ‘piedra’). Estos fósiles fueron así
denominados por su semejanza con los jeroglíficos, pero hoy sabemos que sus
formas se deben a los esqueletos de pequeños organismos coloniales marinos ya
extinguidos.
Durante siglos, el origen de los fósiles y su verdadero significado
fueron objeto de gran interés y de acalorados debates tanto entre los
naturalistas como entre los profanos. Algunos de estos coleccionistas los
reconocieron como animales de piedra, pero no llegaron a sugerir que hubieran
estado vivos en algún momento del pasado. Para el mundo antiguo, la idea de
descubrir la historia de la Tierra por el testimonio de las rocas pasó
desapercibida.
Las primeras explicaciones que relacionaron el origen de los fósiles con
organismos del pasado giraron en torno a la idea del diluvio universal. Las
conchas de gasterópodos, bivalvos, erizos y en general aquellos fósiles cuyo
aspecto era claramente parecido a los seres vivos actuales fueron considerados
como seres que habían sido sepultados en aquella gran catástrofe.
Estas eran las primeras ideas sobre la existencia de una historia de la
vida. Sin embargo, esta explicación que comprendía desde la creación divina
hasta el momento presente, pasando por un evento catastrófico a escala
planetaria, era simplista y errónea. Los sucesos antiguos de esta historia eran
catalogados como antediluvianos y englobaba a todos los que podían reconocerse
en el registro fósil.
En esta época los fósiles eran descritos con frecuencia por artistas y
no por científicos. En una ocasión, cierto esqueleto fósil fue catalogado como
Homo diluvii testis, es decir, un ‘hombre testigo del diluvio’, aunque luego se
pudo ver que se trataba simplemente de una salamandra gigante fósil.
Una anécdota conocida y tragicómica es el caso de un digno profesor
alemán de medicina, quien publicó descripciones de ciertas piedras figuradas a
principios del siglo XVIII. Pero estas eran falsas, habían sido preparadas y
colocadas hábilmente por sus alumnos en los sitios en los que él acostumbraba a
recoger fósiles, con el objeto de jugarle una mala pasada. El profesor las
consideró, de buena fe, como auténticos fósiles y al enterarse de su verdadera
naturaleza dedicó muchos esfuerzos en comprar los ejemplares de su propia
publicación, en un intento desesperado por salvar su prestigio.
El científico que corrigió algunos de estos conceptos fue el francés
Georges Cuvier, quien estableció ciertos principios básicos para interpretar el
registro fósil. Observó que este no era homogéneo, como debía suponerse en el
caso de que los fósiles fueran consecuencia del Diluvio. Los estratos contenían
diferentes faunas fósiles que, por lo tanto, debían de haber cambiado
notablemente en el transcurso del tiempo geológico.
Seguramente influenciado por el momento histórico que le tocó vivir en
la Francia revolucionaria, trató de explicar estos cambios en la historia de la
vida mediante sucesos catastróficos, similares al Diluvio, que aniquilaban una
fauna anterior para permitir la creación de la siguiente. Estas ideas
derivarían en un modelo de creaciones sucesivas que tuvo gran influencia en los
naturalistas de la época y sería uno de los grandes paradigmas contra los que
Darwin debió enfrentarse.
No obstante, Cuvier propició enormes avances en el conocimiento humano.
Además de sembrar el anhelo por desvelar la historia de la vida en la comunidad
científica, introdujo el concepto de extinción de las especies fosilizadas y,
como veremos más adelante, realizó las primeras reconstrucciones de animales
superiores extintos. Por todo ello es considerado el padre de la paleontología,
etimológicamente ‘la ciencia de los seres del pasado’, término acuñado por el
inglés Charles Lyell.
Este grandísimo geólogo inglés atacó las ideas catastrofistas de Cuvier.
Frente a estas, proponía que los procesos que habían regido el pasado geológico
del planeta debían de haber sido uniformes, sin grandes eventos de naturaleza
catastrófica. Este uniformismo también lo aplicaba a la sucesión de especies en
el registro fósil. Lyell consideraba a los seres vivos como el resultado de un
único acto de creación divina según un plan continuo, gradual y ascendente, que
evolucionaba desde las especies más imperfectas y antiguas hasta las actuales.
Entre las innumerables aportaciones de Lyell a la geología moderna
destaca la inmensidad que le otorgaba a la edad de la Tierra. Si, como él
afirmaba, los fenómenos que modelaban los valles y levantaban las montañas eran
graduales y uniformes, el concepto de tiempo geológico debía de ser
inconmensurablemente grande.
Las ideas de Lyell acompañaron a Darwin en su viaje alrededor del mundo,
y a su regreso a Inglaterra ambos naturalistas trabaron una fuerte relación
amistosa y profesional. Los cientos o quizás miles de siglos en que se dilataba
el tiempo de la Tierra con el nuevo paradigma triunfante en la historia natural
permitirían a Darwin explicar el mecanismo de evolución de los seres vivos.
Probablemente esta idea de la evolución de las especies por selección natural
sea el aspecto más importante e interesante de la historia de la vida recogida
en el registro fósil.
En la actualidad el término fósil ha ceñido su ámbito de significación a
los restos y las huellas de antiguos organismos. Los mismos son inclusiones
importantes en los sedimentos y las rocas sedimentarias que, entendidos como
registros de la historia natural, constituyen herramientas básicas para
interpretar el pasado geológico.
De su estudio científico se encarga la paleontología, ciencia
interdisciplinar que une a la geología y la biología en el intento de explicar
la sucesión de la vida durante la enorme extensión del tiempo geológico.
Conocer la naturaleza de las formas vivas que existieron en un momento concreto
ayuda a los investigadores a comprender las condiciones ambientales del pasado.
Además, los fósiles son indicadores cronológicos importantes y desempeñan un
papel clave en la correlación de las rocas de edades similares que proceden de
diferentes lugares.
La curiosidad humana por explicar el origen del mundo que le rodea se
sirve de las valiosas pistas aportadas por los fósiles. Podemos decir que la
naturaleza mediante sus «caprichos» nos cuenta su pasado. Desenterrando el
recuerdo de los que han habitado el planeta a lo largo de millones de años, se
va reconstruyendo una historia inmensa que aún encierra numerosos misterios por
desvelar.
§ 17. Si la gorgona medusa no existió, ¿cómo se petrifican los seres
vivos?
La mitología de la antigua Grecia cuenta cómo Perseo fue capaz de
derrotar a la Medusa gracias al reflejo de su escudo. Medusa era una gorgona
como sus dos hermanas, seres monstruosos del inframundo que solían
representarse con grandes colmillos, manos de bronce y piel de reptil. Ella
poseía además serpientes venenosas en lugar de cabellos y su poder era tan
grande que cualquiera que la mirara directamente a sus irresistibles ojos se
convertía en piedra.
Según el mito, Perseo logró cortarle la cabeza a Medusa mirándola a través
del reflejo de su escudo. Su mirada petrificante, los cíclopes o incluso los
dragones son leyendas que podrían tener un origen ligado a las primeras
observaciones de fósiles.
Aunque bellas, estas historias de seres sobrenaturales capaces de
petrificar con la mirada son completamente falsas. Forman parte del importante
legado de la cultura clásica, pero no poseen ningún sentido desde el punto de
vista científico. Hace ya varios siglos que los humanos dejamos de creer en
ellas.
Sin embargo, en el 2016, los medios de comunicación hicieron eco de un
hallazgo fascinante: un cerebro petrificado de dinosaurio. ¿Podrían explicar
esto los paleontólogos?
Las partes blandas suelen ser comidas rápidamente por carroñeros o
descompuestas por bacterias y hongos. Para que un organismo llegue a constituir
un fósil reconocible, alguna parte de su estructura (o el resultado de alguna
de sus actividades) debe sobrevivir a factores destructivos tan universales
como la descomposición y la erosión.
Un buen ejemplo de conservación es el de los insectos atrapados por la
pegajosa resina segregada por las coníferas. ¿Recordáis los mosquitos de Parque
Jurásico? Pues ese tipo de fósiles existen, y la resina endurecida con el
transcurso de los años se conoce como ámbar. Este proceso de fosilización
permite una muy buena conservación de las estructuras animales; impide que
partes frágiles, como las patas de un escarabajo, se rompan. Además de insectos
o flores, algunos vertebrados pueden quedar atrapados en esta especie de
cápsula del tiempo. Tal es el caso de lagartos o la cola de un pequeño
dinosaurio, que conserva vértebras y el plumaje con que estaba cubierta.
También la carbonización es particularmente eficaz conservando las hojas
y las formas delicadas de animales. Se produce cuando un sedimento fino
encierra los restos de un organismo. A medida que pasa el tiempo, la presión
expulsa los componentes líquidos y gaseosos y deja solo un delgado resto de
carbón.
Pero quizás el ejemplo más divulgado acerca del proceso de fosilización
es el que tiene lugar con las huellas. Muchos hemos realizado en nuestra
escuela (o lo vimos en algún libro de texto) una famosa práctica de laboratorio
para entender este proceso. Consiste en colocar una capa de arcilla en un
depósito, sobre ella se ejerce presión hasta que quede la huella de nuestras
manos, y posteriormente se vierte una capa de escayola. Cuando esta fragüe, la
extraemos y obtenemos así un molde de nuestra mano. Esta experiencia recrea muy
bien lo que sucede en la realidad (con otros materiales sedimentarios que
sustituyen a la escayola); es el proceso por el que conocemos las huellas de
gusanos, trilobites, dinosaurios y hasta de los humanos ancestrales.
Sin embargo, resulta obvio que la mayoría de fósiles corresponden a las
partes duras de los organismos. Los restos recientes de huesos, dientes y
caparazones pueden no haberse alterado en absoluto, pero con el paso del tiempo
suelen sufrir cambios en la composición química o en la estructura cristalina.
Es el caso de muchas conchas de aragonito que suele transformarse en calcita,
su polimorfo de igual composición (CaCO3). También el material
original de la concha puede disolverse hasta dejar un molde que puede ser
ocupado por otra sustancia.
El hallazgo del cerebro fósil que comentamos anteriormente se produjo en
Inglaterra y se trataba del primer ejemplo conocido de tejido cerebral de un
dinosaurio. Los científicos han interpretado que el dinosaurio debió de morir
cerca de una ciénaga con aguas ligeramente ácidas y pobres en oxígeno. Su
cabeza quedaría sumergida en esta especie de salmuera en el mismo instante de
su muerte, y en las horas siguientes enterrada por el sedimento fino
transportado por el agua. Esto permitió que los tejidos nerviosos mineralizaran
antes de que fueran destruidos por completo y quedaran así preservados.
Encontrar los tejidos blandos fosilizados es muy raro, por lo que el
descubrimiento solo podía explicarse con la confluencia de múltiples
casualidades tras la muerte de aquel individuo, que hicieron posible que su
cerebro llegara hasta nosotros.
Pero ¿cómo podría explicarse la fosilización masiva de animales de
cuerpo blando? Eso es lo que se observa en el yacimiento fósil de Burgess Shale
en las montañas de Canadá. Este es un lugar de conservación fósil excepcional.
En él se registran grandes cantidades de organismos marinos de cuerpo blando,
debido a las circunstancias particulares en las que ocurrió la fosilización.
Estos animales vivían en los escarpes abruptos de un arrecife, donde la
acumulación de barros se hacía inestable periódicamente. Era frecuente que los
sedimentos cayeran pendiente abajo y dieran lugar a corrientes de turbidez que
transportaban a los organismos hacia la base del arrecife, donde quedaban
sepultados en el instante de morir. Allí, en un ambiente profundo y exento de
oxígeno, los restos enterrados estaban protegidos. Este proceso se repitió
durante miles de años, por lo que se formó una secuencia gruesa de capas
sedimentarias ricas en fósiles que hoy son objeto de estudio para los
paleontólogos de todo el mundo.
Como hemos visto, la conservación depende de condiciones especiales,
motivo por el que el inventario de la vida en el pasado geológico está sesgado.
Los organismos con partes duras que vivieron en áreas de sedimentación nutren
en mayor medida el registro fósil y de ellos tenemos mayor información. Sin
embargo, solo conseguimos una visión parcial de las diferentes formas de vida
que no contaron con las condiciones favorables para su preservación, ya sea por
sus características anatómicas o por las peculiaridades de los ambientes en que
vivieron y perecieron.
§ 18. ¿Hubo años con miles de días?
Los astrónomos conocen perfectamente el movimiento de los astros que nos rodean
y por ende las posiciones que ocuparán en un determinado momento. Con la ayuda
de los ordenadores son capaces incluso de predecir sin error el momento en que
nuestra Luna volverá a interponerse entre nosotros y el Sol hasta que la sombra
de nuestro satélite se proyecte sobre la superficie terrestre. Como bien
sabemos, este fenómeno se llama eclipse solar, y de la misma manera que podemos
saber cuándo serán los próximos, somos capaces también de conocer cuándo
sucedieron en el pasado.
Muchas civilizaciones históricas registraron la ocurrencia de este
fenómeno, algo que ha permitido validar este método. La anotación más antigua
confiable que se conoce es la que realizaron los astrónomos babilonios el 15 de
abril del año 136 a. C., y los modelos matemáticos actuales confirman que ese
día se produjo un eclipse de Sol.
Los anillos de crecimiento que permiten contar los años de un determinado
árbol también están presentes en otras estructuras orgánicas. Los estudios
microscópicos detallados hacen posible incluso contar el paso de los días.
Sin embargo, había un hecho que desconcertaba a los investigadores. Los
cálculos indicaban que la sombra lunar solo se proyectó en algunas regiones de
África y Europa. Entonces…, ¿cómo pudo ser observado el eclipse desde aquella
región asiática? Para comprender mejor el significado de esta divergencia
refresquemos un par de conceptos.
La Tierra tiene forma esférica y gira en torno a su eje imaginario
describiendo un movimiento llamado rotación. Al tiempo que tarda el planeta en
completar un giro lo denominamos día. Además, la Tierra se traslada alrededor
del Sol describiendo una elipse. Al intervalo de tiempo que transcurre hasta
que pasa dos veces consecutivas por el mismo punto de la trayectoria lo
llamamos año, período en el que completa 365,256363004 vueltas sobre su eje.
Este valor numérico, tan válido para nuestro tiempo presente, fue el
introducido en los modelos matemáticos que estimaron aquel eclipse del 136 a.
C. El hecho de que la sombra del mismo fuera observada a miles de kilómetros de
donde indican estos cálculos solo puede explicarse porque la rotación de la
Tierra ha sufrido un leve frenado, de manera que en aquella época nuestro
planeta completaba una mayor cantidad de vueltas sobre su eje durante el
transcurso de un año.
La comprobación de este frenado nos llega de la mano de los restos
fósiles de coral. Al igual que sucede con el tronco de los árboles, el
crecimiento de estos pólipos es sensible a las variaciones estacionales, de
forma que podemos distinguir un bandeado anual en sus estructuras minerales.
Pero es que además estos organismos muestran al microscopio una
alternancia de líneas que se corresponden con el depósito diario de una
finísima capa de calcita, lo que se puede comprobar porque los individuos
actuales depositan 365 de estos anillos de crecimiento cada año.
La relativa facilidad con la que estos organismos han fosilizado ha
permitido hacer el mismo conteo sobre corales muy antiguos y llegar a
estimaciones sorprendentes. Corales que vivieron hace quinientos cincuenta
millones de años exhiben cuatrocientos veinte días por banda anual, de manera
que los días solo tendrían veintiuna horas. La explicación a este hecho está
relacionada, como las mareas, con la acción que ejerce la Luna sobre la
rotación de la Tierra. El mecanismo se conoce como frenado mareal y es similar
al de las pastillas que frenan el giro de una rueda, con la diferencia de que
entre la Tierra y la Luna no hay contacto físico.
Teniendo en cuenta que la Luna y sus efectos son muchísimo más antiguos
que ese viejo coral, algunos investigadores han llegado a estimar velocidades
de rotación de cuatro a cinco horas, condiciones en las que el año tendría unos
dos mil días. Sin embargo, el debate está aún por resolverse ya que son muchos
los factores que pueden influir en este frenado.
Las observaciones hechas en corales han permitido desvelar este curioso
misterio del pasado geológico de nuestro planeta. Pero existen otros ejemplos
de cómo los fósiles pueden contribuir a este propósito, como es el caso de la
sucesión biológica de las especies a lo largo del tiempo. Aquellas que tienen
facilidad para fosilizar pueden servir como indicadores cronológicos para
ordenar los acontecimientos que se sucedieron en la historia de la Tierra.
Los fósiles más interesantes para este fin serán los de aquellos
organismos que se han expandido y extinguido rápidamente, de manera que se
sitúen en una etapa muy concreta del pasado. Estos se conocen como fósiles guía
y desde el siglo XVIII han permitido clasificar los terrenos de diferentes
localidades en función de su edad. Los geólogos de aquella época pudieron
determinar, por ejemplo, una era primaria cuyos estratos se ordenaban en
función de las diferentes especies de trilobites que contenían, y otra era
secundaria donde eran los amonites los que servían para esta finalidad.
Por otro lado, los fósiles cuya distribución queda restringida a
regiones concretas tienen un valor muy limitado en este sentido, pero puede
llevarnos a otras conclusiones sobre la geografía de nuestro planeta en el
pasado. Un buen ejemplo de estudios paleogeográficos es el caso del mesosaurio,
cuyos restos solo se encuentran en Brasil y África del Sur. Este pequeño reptil
acuático debió de tener unas habilidades y un estilo de vida similares a los de
los cocodrilos actuales, de manera que la distribución de los mismos resultaba
un poco caprichosa. ¿Cómo podrían encontrarse restos a ambos lados del
Atlántico?
Los paleontólogos de principios del siglo XX encontraron la pista que
necesitaban para esta pregunta en la geografía de los continentes actuales.
Basta por ejemplo con echar una mirada a América del Norte para darse cuenta de
que existen diversos puentes intercontinentales que la unen con otros
territorios. Por el sur, el estrecho istmo de Centroamérica, y por el noroeste,
mediante el rosario de islas que son las Aleutianas, permiten el paso de
especies poco nadadoras desde Sudamérica y Asia respectivamente. La respuesta
parecía obvia: en el pasado debió de existir un puente intercontinental que
cruzaba el Atlántico de este a oeste y permitía el paso del mesosaurio. Por
alguna razón, estos trozos de continentes se habían hundido en el océano y se
había roto la conexión.
Pero esta explicación implicaba asumir que los relativamente ligeros
continentes pudieran hundirse en los pesados fondos marinos, y esto sería
equivalente a que un flotador se hundiera en una piscina. Sin embargo, el
enorme prestigio de los paleontólogos de aquel entonces que persistieron por
unanimidad en esta idea hizo que se mantuviera como cierta. Dejar atrás este
paradigma sería una de las grandes dificultades que encontraría la geología
para reconocer la validez de la hipótesis de la deriva continental.
§ 19. ¿Qué nos dicen las rocas sobre la vida?
En 1824, la Geological Society se reunió para debatir sobre el contenido de una
carta enviada por el barón de Cuvier. El prestigioso investigador francés
sostenía que el vertebrado fósil, cuyo dibujo había recibido y estudiado, se
apartaba de las normas básicas que él mismo había fundado, puesto que la
mayoría de los reptiles tienen entre tres y ocho vértebras cervicales y aquel
ejemplar presentaba un cuello extremadamente largo, de treinta y cinco
vértebras. Afirmaba por ello que era una falsificación hecha con piezas de
diferentes animales.
Duria Antiquior, Henry de la Beche. Esta acuarela está basada en los
descubrimientos de Mary Anning. Se trata de la primera representación que se
realizó sobre la vida del pasado, la cual causó un enorme impacto en la
sociedad de entonces.
Muchos de los naturalistas allí reunidos habían sido ya víctimas de este
tipo de fraudes, y en este caso era la máxima autoridad de la paleontología
quien cuestionaba la veracidad de los fósiles que Mary Anning decía haber
descubierto.
Cuvier había conseguido grandes logros para la ciencia. La metodología
que había desarrollado, denominada anatomía comparada, le permitía, sin
necesidad de observar todo el organismo, sino alguna parte de su estructura
como la dentadura o las extremidades, clasificar un animal y conocer aspectos
de su forma de vida como el tipo de alimentación o de locomoción.
Un buen ejemplo de su habilidad lo demostró años antes, cuando desde
Madrid recibió una carta con la primera reconstrucción de un mamífero fósil. A
partir de las ilustraciones recibidas pudo concluir acertadamente que se
trataba de un animal emparentado con el perezoso actual, al que por sus
gigantescas dimensiones denominó megatherium (‘bestia gigante’).
En aquellos años la paleontología de vertebrados causaba furor, no solo
entre científicos que comenzaban a arrojar cierta luz sobre la historia
natural, sino también entre aficionados y coleccionistas. La recolección de
fósiles era una actividad en auge y a ello se dedicó Anning desde que era una
niña.
De pequeña, su padre la llevaba con su hermano a recoger fósiles en los
acantilados cercanos a su ciudad natal, Lyme Regis, que eran continuamente
excavados por el oleaje. Para ganarse la vida, los vendían a los nobles que
veraneaban en los alrededores. Siendo adolescente falleció su padre y solo ella
continuó con el negocio familiar.
A los trece años realizó su primer gran descubrimiento, un esqueleto de
5,2 metros que los canteros locales la ayudaron a extraer. Descubrió muchos
otros esqueletos similares y alcanzó tal notoriedad que los museos y
asociaciones científicas comenzaron a interesarse. Sus ejemplares fueron
expuestos en Londres y causaron gran impacto en el público, que por primera vez
podía imaginar misteriosas bestias de un pasado diferente al relatado por las
escrituras sagradas. Los científicos del British Museum nombraron a uno de sus
hallazgos ictiosauro, (‘pez lagarto’), porque sus características anatómicas,
aun siendo un reptil, recordaban a las de los peces y delfines actuales.
Pero su encumbramiento profesional llegó cuando la comisión de la
Geological Society concluyó que aquel reptil de enorme cuello, cuya veracidad
había sido cuestionada, se trataba efectivamente de una nueva especie hoy
extinta a la que pusieron el nombre de plesiosauro, lo que quiere decir
‘próximo a los lagartos’ (porque era más parecido a los reptiles actuales que
el ictiosauro). Este poseía extremidades en forma de aleta similares a las de
las tortugas marinas. Incluso Cuvier llegaría a reconocer que se había
precipitado tras el análisis que había hecho de aquellos dibujos que la propia
Anning le había enviado y que estaba equivocado.
Con la tranquilidad de saber que las ventas de sus fósiles no iban a
verse dañadas, Anning pudo continuar con sus trabajos.
Así, realizó otros avances importantes como la correcta interpretación
de unas piedras que encontraba con frecuencia en el abdomen de los grandes
animales fosilizados, y que al partirlas mostraban restos de huesos y escamas.
Se denominaron coprolitos, etimológicamente ‘excremento piedra’.
Observó también con detalle las conchas de belemnites, en las que
descubrió que existía una cámara interna. Mediante la disección de calamares
actuales similares a los belemnites concluyó acertadamente que aquellos
compartimentos eran depósitos para la tinta. Asimismo, a la lista de grandes
vertebrados encontrados por ella, hubo que sumar algunos restos de pterosaurios
(‘reptiles alados’) y numerosas especies de peces, otros descubrimientos que
ayudarían a desvelar aquel mundo pretérito dominado por grandes reptiles.
El análisis de diferentes pruebas como la morfología de las
articulaciones, las señales de inserción dejadas por los músculos en los
huesos, los tendones asociados que pueden quedar osificados, las huellas sobre
el fango, las marcas de dientes en las conchas de las presas, así como la
comparación con los organismos y ecosistemas actuales han permitido a los
paleontólogos modernos conocer el modo de vida de aquellas especies, su
morfología y el medio en que vivían.
La paleobiología y la paleoecología hacen posible imaginar aquel
fascinante ecosistema marino en el que nadaban plesiosaurios de hasta catorce
metros impulsados por sus cuatro aletas, algunos con los cuellos erguidos para
sacar la cabeza y respirar fuera del agua. Junto a ellos, bandadas de veloces
ictiosaurios. Los amonites, parientes de los pulpos, con concha externa que se
impulsaban lanzando chorros de agua, serían parte de su dieta. También habría
peces y belemnites, que podrían lanzar tinta para huir y refugiarse entre los
corales del exuberante arrecife. Sobre esas cálidas y luminosas aguas, grandes
pterodáctilos planeaban a la búsqueda de peces para alimentarse. Y en la base
de esta red trófica se encontraría un abundantísimo plancton, cuyas diminutas
conchas levantan hoy enormes acantilados de calizas jurásicas.
Los paleontólogos nos asombran con estos mundos reales del pasado que
parecen sacados de antiguas mitologías o de la enorme imaginación de las
modernas películas de ficción. Sin embargo, es falsa la creencia de que estos
especialistas son capaces de reconstruir un esqueleto completo a partir de una
sola pieza.
La paleontología crea, como todas las ciencias, modelos e hipótesis que
pueden ser posteriormente modificados por la aparición de nuevas evidencias.
Algunas limitaciones propias de esta ciencia, como la inexistencia de especies
similares en la actualidad o la degradación del color en el proceso de
fosilización, dejan un espacio para la imaginación y la creatividad de
científicos y artistas.
§ 20. ¿Existieron dinosaurios en la prehistoria?
Hace un millón de años existía la humanidad. Hace un millón de años no habíamos
inventado la escritura. Hace un millón de años habían desaparecido ya los
dinosaurios, y los plesiosaurios, ictiosaurios, pterosaurios… Es probable que,
si usted tiene una cierta edad o simpatiza con el cine de los sesenta, le
vengan a la cabeza algunas imágenes de la película estadounidense One million
years B. C. Este largometraje rodado junto al majestuoso volcán del Teide, muestra
a un grupo de humanos prehistóricos que son atacados y luchan contra
dinosaurios. Y, como bien sabemos, no se trata del único relato que ha puesto a
convivir a estos feroces animales con los primeros humanos.
El prefijo de origen latino pre- se utiliza con el significado de ‘antes
de’. De esta manera tenemos palabras como prerrománico y preadolescencia. Sin
embargo, la mayoría de personas comprende que el arte prerrománico no incluye
al Partenón de Atenas de igual modo que un bebé no es aún un preadolescente.
Ambos conceptos hacen referencia a un período que antecede a otro, románico y
de adolescencia respectivamente, y con la prehistoria sucede algo similar.
Etimológicamente la prehistoria es ‘lo que va antes de la historia’.
Pero, aunque el origen de las palabras nos da pistas sobre su significado, este
suele ser algo más complejo. Denominamos prehistoria al período de la humanidad
anterior a la invención de la escritura. Del mismo modo que en los ejemplos
anteriores, no podemos incluir en la prehistoria acontecimientos como el Big
Bang o el origen de la vida porque, aunque ocurrieran antes de la historia, los
humanos aún no habíamos aparecido y, por lo tanto, nuestra prehistoria no había
empezado.
Al igual que los arqueólogos dividieron la prehistoria en Paleolítico,
Neolítico y Edad de los Metales según la naturaleza de los artefactos
encontrados en las excavaciones, también la geología ha establecido etapas en
la historia del planeta, atendiendo principalmente a bruscas variaciones en el
registro fósil.
Así, en el siglo XVIII, el geólogo italiano Giovanni Arduino definió un
primer conjunto primario de estratos y afloramientos que consideró carentes de
fósiles. En los materiales secundarios, depositados sobre los anteriores en una
etapa posterior, Arduino identificó fósiles de organismos, como los amonites y
los belemnites, que calificó como muy imperfectos y diferentes a las actuales
faunas. Conforme ascendemos en el registro geológico, se observa que estas
faunas extrañas desaparecen súbitamente y son sustituidas por fósiles de
animales más similares a los de las faunas que observamos hoy, y que dan lugar
a otra era geológica que denominó era terciaria.
Los humanos aparecimos en la era cuaternaria, caracterizada por la
alternancia de glaciaciones que aún estamos viviendo. Existen animales que
coexistieron con nuestros antepasados humanos y que hoy ya se han extinguido.
Los enormes mamuts y los fieros dientes de sable son buenos ejemplos de
animales prehistóricos. Pero como bien sabemos, los dinosaurios y los humanos
jamás coexistimos, y por tanto no, no existen los dinosaurios prehistóricos y
los fósiles, en general, no son vestigios de vida prehistórica.
Los restos de dinosaurios dejaron de aparecer en el registro
estratigráfico en el mismo momento que los amonites y los belemnites, cientos
de miles de siglos antes de que aparecieran las primeras personas. Y es que el
paso de la era secundaria a la terciaria en el registro estratigráfico queda
marcado por un cambio muy brusco en el contenido fosilífero. En un período
breve de tiempo geológico desaparecieron, además de los espectaculares
dinosaurios, la mitad de las especies animales marinas y de los microorganismos
que formaban el plancton, por citar algunos ejemplos.
Las escenas en las que los dinosaurios persiguen a los humanos han sido
utilizadas con frecuencia en los relatos de aventura. Hoy todos sabemos que los
dinosaurios no convivieron ni siquiera con los primeros humanos, pero entonces…
¿por qué hablamos de animales prehistóricos cuando nos referimos a ellos?
Este proceso de destrucción biológica a escala planetaria se conoce como
extinción masiva. Hubo otras antes, como la que acabó con los trilobites, así
como otras posteriores. De hecho, tenemos la gran suerte (nótese la ironía) de
poder comprender cómo se desarrollan este tipo de catástrofes rápidas a escala
geológica, ya que estamos viviendo la sexta extinción masiva en la historia de
la vida, la primera cuyas causas están relacionadas con la actividad de una
sola especie.
Estas grandes divisiones en la escala geológica del tiempo se han
mantenido con algunas modificaciones en la nomenclatura. Así, la era primaria
se conoce hoy como Paleozoico (del griego, ‘vida antigua’), y la secundaria
como Mesozoico (‘vida intermedia’), mientras el terciario y el cuaternario
conservan su nombre y forman conjuntamente el Cenozoico (‘vida reciente’).
Estos límites, establecidos en función de cambios paleontológicos, son
de gran utilidad en todos los campos de la geología porque coinciden con hitos
reconocibles en la actividad del planeta. Así, en muchos territorios
continentales como Europa, encontramos con frecuencia unos materiales
paleozoicos que han sufrido metamorfismo, lo que ha dificultado la
identificación de los fósiles que contienen (trilobites, por ejemplo). Sobre
este basamento se disponen los materiales mesozoicos, intensamente deformados pero
con escasa o nula transformación metamórfica. Y por encima de estos, los
cenozoicos, que se ven afectados en menor medida por estos procesos. Esta
coincidencia entre los procesos que afectan a las rocas y los que influyen en
la historia evolutiva no es casual. Comprender esta interacción es uno de los
grandes retos de la ciencia moderna, algo que continuaremos desgranando en
capítulos siguientes.
Parte III
Atmósfera e hidrosfera
Contenido:
§ 21. ¿Se vive mejor sin oxígeno?
§ 22. ¿El hombre del tiempo siempre se equivoca?
§ 23. ¿Cómo estropeamos el aire?
§ 24. ¿El azul del planeta es realmente terrestre?
§ 25. ¿Cómo es posible que los ríos lleven agua en verano?
§ 26. El mar es el morir, ¿o es al contrario, Manrique?
§ 27. ¿La toma de la Bastilla fue cosa del clima?
§ 21. ¿Se vive mejor sin oxígeno?
En los años cincuenta del siglo pasado, un joven investigador quiso poner a
prueba una idea que parecía descabellada. Con solo veintitrés años, el
californiano Stanley Miller mezcló en un matraz diferentes gases (amoniaco,
metano e hidrógeno) y les añadió agua. Después, lanzó pequeñas descargas
eléctricas que simulaban rayos mientras un calentador evitaba que la mezcla se
enfriara. De esta manera Miller estaba reproduciendo las condiciones que
teóricamente se habían dado en la Tierra primitiva.
A los pocos días apareció en el recipiente una sustancia viscosa y
rojiza, que resultó ser una pasta rica en aminoácidos, los «ladrillos» que
forman las proteínas fundamentales para la vida. Este experimento demostraba
por primera vez que las moléculas orgánicas, imprescindibles para la vida
celular, podían aparecer por una reacción química espontánea a partir de
procesos inorgánicos. Parecía que la ciencia había sido capaz de dilucidar uno
de los mayores misterios de la naturaleza: el origen de la vida en la Tierra.
Hoy sabemos que la atmósfera primitiva no contenía tanto metano y
amoniaco como intuyó Miller, ni tampoco debió de ser tan favorable para la
síntesis de compuestos orgánicos como se concluyó tras sus experimentos. Sin
embargo, estamos seguros de que aquella protoatmósfera fue muy diferente a la
actual, ya que se había originado por la desgasificación del planeta. Estaba,
por tanto, constituida por gases similares a los liberados por los volcanes y,
sin la menor duda, no tenía oxígeno (O2).
El oxígeno es un gas muy reactivo que daña la materia orgánica tan
rápidamente como una manzana se oxida al ser pelada. Es capaz de descomponer
las moléculas orgánicas complejas y alterar el código genético, y si Miller lo
hubiera introducido en su experimento, jamás hubiera obtenido aquellos
resultados.
El abundante O2 de nuestro planeta tiene origen biológico. Hace unos
tres mil millones de años las bacterias que ya habitaban los mares arcaicos
inventaron la fotosíntesis y, en relativamente poco tiempo, llenaron las aguas
de este terrible veneno. Los organismos de aquella época solo podían vivir en
condiciones anóxicas, por lo que la acumulación de este nocivo gas desencadenó
una crisis biológica global en la que gran parte de aquellos seres vivos
desaparecieron.
Una de las pruebas de este enorme atentado ecológico la encontramos en
las rocas formadas en los fondos marinos de aquel entonces. Durante miles de
millones de años, la actividad volcánica submarina había estado liberando
enormes cantidades de hierro (Fe) que quedaba disuelto en las aguas oceánicas.
Los primeros millones de toneladas de oxígeno que generaron los organismos
fotosintéticos no llegarían a la atmósfera, ya que reaccionarían rápidamente en
los mares y precipitarían grandes cantidades de óxido de hierro (FeO y Fe2O3).
Hoy en día estos depósitos afloran en diversos lugares del mundo y por su
aspecto en forma de capas se conocen como formaciones de hierro bandeado.
Sería entonces, una vez agotado el hierro disponible en los océanos,
cuando el oxígeno comenzaría a acumularse en los mares en forma de O2 hasta
que las aguas quedaran saturadas, momento en que el nuevo gas empezaría a
liberarse hacia la atmósfera. Un lavado similar al producido en los mares con
el hierro tendría lugar con los gases que formaban aquella atmósfera primitiva,
y solo a partir de entonces podemos imaginar un cielo azul cubriendo al planeta
como observamos hoy.
La adaptación de la vida al mundo oxidante se logró definitivamente con
la aparición de enzimas capaces de utilizar el oxígeno en reacciones químicas
beneficiosas. Las que permiten, por ejemplo, descomponer el azúcar para obtener
una gran cantidad de energía de forma rápida y eficaz, mediante un proceso
conocido como respiración celular.
Aún hoy algunas bacterias fotosintéticas forman colonias en pequeñas cúpulas
en las costas someras de los mares cálidos. La erosión nos muestra el
crecimiento concéntrico de estos estromatolitos fosilizados.
Cuando posteriormente los niveles de oxígeno alcanzaron valores elevados
en el aire, comenzó a formarse una nueva molécula: el ozono (O3).
Este gas, minoritario en la atmósfera actual, se produce de forma natural por
alteración del O2 en las capas altas de la atmósfera. Se
concentra fundamentalmente a una altura de entre treinta y cuarenta kilómetros
sobre el nivel del mar, pero incluso allí sus niveles son tan bajos que si lo
aisláramos del resto del aire obtendríamos una finísima franja del grosor de
una lámina de cartón. Sin embargo, esa zona de la atmósfera, conocida como capa
de ozono, tiene enormes beneficios para la vida, ya que filtra la radiación
procedente del Sol impidiendo que el 90 % de los rayos ultravioleta la
atraviesen. El efecto de estas ondas sobre las células provoca enormes daños
que están en el origen, por ejemplo, de numerosos casos de cáncer de piel.
Podemos concluir, por tanto, que el oxígeno gaseoso debió de ser
enormemente dañino en las primeras etapas del desarrollo de la biosfera, hasta
tal punto que si hubiera estado siempre presente podría haber impedido que la
vida asomara en nuestro planeta. Sin embargo, desde que las células se
adaptaron a subsistir rodeadas de este desecho metabólico, muchos seres somos
incapaces de vivir en su ausencia.
§ 22. ¿El hombre del tiempo siempre se equivoca?
A finales de los años setenta, el grupo de investigación meteorológica liderado
por Edward Lorenz trabajaba en el desarrollo de un sistema de predicción del
tiempo. Este se basaba en la introducción de grandes cantidades de datos que
eran procesados mediante los primeros modelos de ordenadores. Para sorpresa de
Lorenz, las predicciones arrojadas por el modelo en cálculos sucesivos llegaban
a ser contrarias entre sí, a pesar de que los datos introducidos eran los
mismos.
Pasaron semanas buscando el error. Todo el proceso fue revisado
minuciosamente hasta que dieron con el problema: uno de los técnicos había
redondeado un dato de la presión atmosférica en el tercer decimal, por lo que
los valores de inicio en las dos simulaciones no eran exactamente los mismos.
La variación era aparentemente despreciable (29,517 en lugar de 29,5168), pero
desencadenaba una sucesión de eventos en el modelo que determinaban la
diferencia entre predecir un cielo claro o una tormenta.
Este ejemplo, en que un sistema puede evolucionar de forma antagónica a
causa de una diferencia casi imperceptible, es conocido como el efecto
mariposa, que hace alusión metafóricamente a que el aleteo de uno de estos
pequeños insectos podría provocar un huracán en el otro lado del mundo.
Por supuesto, no es el movimiento de ningún animal el principal factor
que condiciona la dinámica atmosférica, sino el peso de la masa de aire que se
apoya sobre cada punto de la superficie terrestre. Este peso se conoce como
presión atmosférica y su valor es aproximadamente el mismo que el de una
columna de diez metros de agua. Es decir, un buceador que alcanza esa
profundidad estará soportando el doble de presión que un nadador que se
encuentre flotando al nivel del mar.
Sin embargo, existen ligeras variaciones en la densidad a lo largo y
ancho de la geografía, de manera que la presión atmosférica no es idéntica en
los distintos puntos de la superficie terrestre. Las regiones más calientes
tienen un aire más ligero, menos denso, mientras que en las regiones más frías
el aire es más pesado.
Esta diferencia de presión en la superficie se compensa por el
movimiento horizontal de masas de aire desde las zonas de altas presiones hacia
las de bajas presiones, lo cual da lugar a los vientos que circulan sobre los
continentes y océanos. Aunque la orientación de los mismos puede variar,
existen direcciones dominantes que reciben nombres propios. Tal es el caso —por
ejemplo— de los vientos alisios, que empujaron a Colón desde la península
ibérica hasta el mar Caribe.
Los alisios se originan en el entorno de las islas Azores, donde el aire
frío y seco de las alturas desciende e impide la formación de nubes, lo que da
lugar a un fenómeno conocido como anticiclón. Al alcanzar la superficie
oceánica, una parte del aire es empujada hacia el sur y hacia el oeste (debido
a la diferencia de presión y a la rotación de la Tierra), hasta acercarse a la
línea del ecuador donde el calentamiento del Sol hace que ascienda cargado de
humedad.
Bajo estas condiciones se desarrollan las borrascas, en las que el aire
cálido y húmedo asciende nuevamente hacia zonas más frías, allí el vapor de
agua se condensa y da lugar a precipitaciones muy abundantes durante
prácticamente todo el año. Este conjunto de movimientos se cierra en altura con
los denominados vientos contralisios y completa una de las múltiples células
convectivas que giran continuamente en las capas bajas de nuestra atmósfera.
Las nubes se forman como consecuencia del enfriamiento del aire hasta formar
minúsculas gotas de rocío en su seno. Una de las maneras de lograr este
enfriamiento tiene lugar cuando los vientos se encuentra con un relieve; un
aspecto que complica enormemente las predicciones meteorológicas.
Teniendo en cuenta la gran complejidad de estos procesos, los
meteorólogos han desarrollado ecuaciones físicas que describen el
comportamiento de la atmósfera y rigen los modelos matemáticos de predicción
del tiempo. Además de los datos atmosféricos, la información sobre la geografía
y el relieve también resulta determinante para el pronóstico acertado de los
estados del tiempo.
El avance de la meteorología se ha visto favorecido por la proliferación
de satélites de teledetección que orbitan nuestro planeta y por el vertiginoso
avance de la capacidad de cálculo de los ordenadores, lo que ha ampliado las
posibilidades de obtener pronósticos cada vez más precisos. Hoy en día pueden
hacerse predicciones fiables de temperatura con más de una semana de
antelación, mientras que fenómenos extremos como los temporales solo pueden
predecirse correctamente un par de días antes de que sucedan. No obstante, de
forma general, las previsiones a cinco días suelen tener un 70 % de acierto,
mientras que con siete días de antelación las probabilidades decrecen al 50 %.
§ 23. ¿Cómo estropeamos el aire?
«Elemental, mi querido Watson». Así diría el más famoso de los detectives,
mientras caminaba con su fiel ayudante por una calle oscura, a punto de
resolver algún misterioso crimen. Transcurría el final del siglo XIX y Londres
se encontraba sumergido en una constante niebla. La apariencia gris y sombría
de la metrópolis en aquellos años quedó inmortalizada, no solo por la novela de
Sherlock Holmes, sino también por otras obras de arte como algunos de los
cuadros del impresionista Claude Monet, donde apenas se intuye el desdibujado
perfil de los edificios.
Tal vez hoy podamos sentir nostalgia de aquella característica imagen,
tan cautivadora y enigmática; sin embargo, para los londinenses de aquellos
tiempos ese ambiente cargado debió de ser realmente molesto, ya que llegó a
causarles afecciones graves en las vías respiratorias. Esta niebla de humo,
conocida como smog (acrónimo creado a partir de los términos en inglés smoke y
fog), tuvo consecuencias catastróficas durante el invierno de 1952, cuando en
pocos días provocó la muerte de miles de personas y produjo una situación de
absoluto caos en toda la ciudad.
El esmog (smog) está producido por la emisión de contaminantes urbanos.
Al humo de las industrias y de los miles de vehículos que ya circulaban por las
calles en aquel entonces se sumaban enormes cantidades de carbón empleado en
las calefacciones de los hogares londinenses, en unos días en que una gran masa
de aire frío se había establecido sobre la ciudad. La contaminación generada,
que normalmente se dispersaba en el cielo, quedó esa vez atrapada en las capas
más bajas de la atmósfera debido a la ausencia temporal de viento
característica de esa situación anticiclónica.
Este fenómeno adverso de origen antrópico aún representa un problema
para los países donde se utiliza el carbón como fuente de energía. Sin embargo,
en las ciudades de los países más industrializados este esmog clásico ha dejado
paso a otro tipo, el esmog fotoquímico, que también es conocido como esmog de
verano.
En julio de 1943 una rojiza y espesa niebla cargada de componentes
dañinos se apoderó de la ciudad de Los Ángeles y ocasionó graves ataques de
rinitis en la población.
En aquel momento los países se encontraban enfrentados en plena Segunda
Guerra Mundial, de manera que enseguida se atribuyó a un bombardeo japonés con
armas químicas.
Le pont de Waterloo, Claude Monet. La polución urbana ya era una causa de
malestar e insalubridad a principios del siglo XX. El pintor Claude Monet captó
el efecto del smog sobre la luz y el ambiente de la ciudad de Londres.
Como se supo más tarde, la niebla no la produjo un ataque enemigo, sino
que se debía a la actividad de sus propios vehículos y fábricas, cuyos
contaminantes se transformaron en otros por mediación de la intensa radiación
solar.
El tiempo cálido y soleado de aquel verano generaba una capa de aire
caliente en las alturas, lo que impedía que los contaminantes ascendieran como
hacían normalmente. Esta situación, conocida como inversión térmica, se veía
agravada por la especial orografía de la ciudad. Puesto que las montañas que la
rodean dificultaban la dispersión de las sustancias dañinas.
Estos contaminantes generados en la atmósfera durante el esmog
fotoquímico se conocen como contaminantes secundarios y uno de los más
importantes es el ozono (O3). No deja de ser curioso que este gas,
enormemente dañino en contacto con los tejidos biológicos, sea en cambio
indispensable para los seres vivos cuando se encuentra de forma natural en la
estratosfera formando la capa de ozono. Es por ello que en la década de 1980
los científicos dieron la voz de alarma al encontrar indicios de que esta capa
estaba desapareciendo en determinadas regiones del planeta. Esto atrajo la
atención de la comunidad internacional, que se volcó en la búsqueda de
soluciones para remediar el denominado agujero en la capa de ozono.
Las reducciones anormales del ozono estratosférico, observadas
fundamentalmente en la zona de la Antártida, se atribuyeron al aumento de la
concentración de cloro y bromo que destruyen las moléculas de O3. El
origen de estas sustancias estaba relacionado con las emisiones masivas de
compuestos clorofluorocarbonados (CFC), utilizados en diversos artilugios de
uso cotidiano como los aerosoles.
A diferencia de los esmogs, la actividad humana afectaba no solo las
regiones próximas a los focos emisores de contaminación, sino que estaba
poniendo en peligro el equilibrio de todo el planeta. Rápidamente se
desarrollaron diferentes actuaciones para estimular la investigación y
propiciar la cooperación entre las naciones, a fin de obtener un mejor
entendimiento de los procesos atmosféricos a nivel mundial. En 1987 se firmó el
Protocolo de Montreal, que consiguió el compromiso internacional de reducir la producción
de CFC y abrió el camino a posteriores acuerdos, que finalmente determinaron la
eliminación casi total de estos compuestos, lo cual frenó la destrucción del
ozono estratosférico y favoreció la reconstrucción natural de la capa de ozono.
Hoy en día en muchas ciudades del mundo existen redes de monitoreo de la
calidad del aire; las emisiones de contaminantes están restringidas por ley y
se ponen en práctica iniciativas para promover estilos de vida más sostenibles.
Así, en la década de los sesenta por fin Londres dejó de ser la ciudad de la
niebla, lo que supuso otra batalla ganada en la guerra contra la contaminación.
Sin embargo, la contienda continúa. Cuando aún quedan por resolver numerosos
problemas en el mundo desarrollado, los llamados países emergentes apenas
comienzan a afrontar las mismas dificultades. Sin duda se presenta un panorama
difícil al que debemos enfrentarnos juntos trabajando por un objetivo común: la
defensa de nuestra atmósfera.
§ 24. ¿El azul del planeta es realmente terrestre?
La Navidad de 1968 nos dejó un regalo muy especial en forma de fotografía. Por
primera vez la humanidad pudo observar a todo color el planeta Tierra
asomándose desde el horizonte lunar. La instantánea fue tomada por los
astronautas del Apolo 8 que, aunque no llegó a alunizar, fue el primer vuelo
tripulado que orbitó la Luna.
Con el transcurso del tiempo y los avances tecnológicos se han obtenido
imágenes de mayor resolución cada vez más nítidas. En todas ellas se aprecia el
predominio del color azul, lo que era de esperar sabiendo que tres cuartas
partes de la superficie planetaria están cubiertas por agua. Sin embargo el
agua es incolora, por lo menos eso parece cuando sale del grifo o la observamos
en el interior de una botella, todos lo hemos visto. La explicación a esta
aparente contradicción viene de la mano de un fenómeno conocido como dispersión
de Rayleigh.
Cuando las ondas electromagnéticas de la luz visible chocan con
partículas que tienen un tamaño inferior al de su longitud de onda, se produce
la separación de las distintas frecuencias que conforman la luz. Las moléculas
del agua absorben la mayoría de las frecuencias del espectro visible a
excepción de los rangos en los que se hallan los tonos azulados, que son
reflejados y pueden ser captados por nuestros ojos. Los choques aumentan cuanto
mayor es el espesor del objeto que atraviesa la luz, lo que explica que en
pequeñas cantidades la dispersión sea escasa y el agua no presente coloración
alguna, mientras que los tonos azules se intensifican al aumentar la
profundidad en los mares.
Así fotografió el astronauta Bill Anders al planeta azul en la primera
misión que alcanzó la Luna. La escasísima atmósfera de nuestro satélite hace
que allí el cielo siempre aparezca oscuro. En el momento de la imagen el Sol se
encontraría en la parte superior, fuera del encuadre.
Una buena limonada a la orilla de una idílica playa azul turquesa podría
ser un magnífico plan para nuestras vacaciones de verano. Tal vez ese no sería
el mejor momento para ponernos trascendentes, pero ¿qué pensaríamos si nos
dijeran que el océano que contemplan nuestros ojos y hasta el agua de nuestra
bebida son de origen extraterrestre?
Todavía se debaten las causas por las que hay más agua en la Tierra que
en los cuerpos similares del sistema solar y no está claro su origen. Durante
mucho tiempo se ha pensado que ríos y océanos son el resultado de la
desgasificación de las sustancias volátiles del magma, de las que el agua es la
más importante. A través de procesos como las erupciones este vapor de agua
escapa a la atmósfera, donde se condensa y cae a la superficie en forma de
precipitaciones.
No obstante, hoy en día se piensa que los enormes volúmenes de agua que
nos rodean no pueden ser explicados únicamente con las aportaciones internas
del propio planeta. Por ello, en los últimos años han cobrado fuerza las ideas
que apuntan a los meteoritos como responsables de gran parte del agua
terrestre.
El problema ahora se centra en desvelar la procedencia de estos objetos
que han chocado contra la Tierra. Los cometas fueron los primeros candidatos
considerados por los especialistas. Sin embargo, han sido descartados puesto
que su gran velocidad de impacto haría que el agua transportada saliera
despedida fuera de la atmósfera. Las últimas publicaciones en la materia
señalan que la mayor parte del agua extraterrestre procede de los asteroides
que escapan del gran cinturón ubicado entre las órbitas de Marte y Júpiter. Los
estudios isotópicos del agua contenida en esos bólidos espaciales respaldan
esta hipótesis, ya que muestra una gran semejanza con el agua terrícola.
Independientemente de su origen, hoy toda el agua presente en nuestro
planeta conforma una capa discontinua denominada hidrosfera. La hidrosfera se
encuentra repartida entre todos los seres vivos, las nubes, los ríos, las aguas
subterráneas, los glaciares y, por supuesto, los océanos.
Dada la abrumadora mayoría que representa el agua oceánica (97 %)
respecto al total de la hidrosfera, podemos tomarla como ejemplo de la
composición media del agua en nuestro planeta azul. En ella están presentes
numerosos elementos químicos, entre los que destacan el sodio (Na+)
y el cloro (Cl-), que aparecen mezclados entre las moléculas de H2O
que actúan como disolvente. Estos iones que se encuentran disueltos en el agua
salada (minoritarios en cambio en las denominadas aguas dulces) son los
responsables de su característico sabor, propiedad esta que varía ligeramente a
lo largo y ancho de los océanos. Así por ejemplo, encontramos que mares
cerrados como el Mediterráneo son más salados debido a la evaporación, mientras
que áreas cercanas a la desembocadura de grandes ríos como el Amazonas tienen
una salinidad mucho menor.
La visión del planeta desde el espacio nos ha hecho conscientes del
importante lugar que ocupa el agua en la superficie que habitamos. Varias
fotografías históricas realizadas por la NASA, entre las que destacan las
conocidas como The blue marble o Pale blue dot, han emocionado a la humanidad,
que no ha tardado en rebautizar a la Tierra como el planeta azul. Título al
que, aun a riesgo de perder el encanto, podríamos agregarle un adjetivo más, el
de salado.
§ 25. ¿Cómo es posible que los ríos lleven agua en verano?
El agua ha desempeñado un papel fundamental no solo en el origen y evolución de
la vida, sino también en nuestra historia humana. Fue en torno a los grandes
ríos donde se desarrollaron las primeras grandes ciudades, conocidas como
civilizaciones fluviales. Mesopotamia entre el Tigris y el Éufrates, Egipto
entorno al Nilo, el río Indo en India y el Amarillo y Azul en China. Todos
ellos eran imprescindibles, no solo para la agricultura y la pesca, sino
también para el transporte, las comunicaciones y el comercio.
Desde aquellos remotos tiempos de la historia hasta épocas relativamente
recientes, el origen del agua que alimenta a los ríos ha constituido un
controvertido enigma. Durante siglos se creyó imposible que el flujo constante
y enorme de los grandes ríos fuera mantenido por las lluvias, que parecían
aportar un volumen insuficiente. La existencia de manantiales en lugares
topográficamente elevados y con caudales relativamente constantes era una
maravilla que cautivaba a los estudiosos.
Algunos de los grandes filósofos griegos como Tales, Platón y
Aristóteles, e incluso científicos más modernos como Kepler y Descartes
sostuvieron que el agua de los ríos procedía del mar, que ascendía de una
curiosa manera. Según esta antigua idea, el agua penetraba en los continentes
desde el fondo de los océanos y se almacenaba en las profundidades hasta que el
calor del interior la hiciera ascender hacia los relieves montañosos, donde
emanaba en las zonas de nacimiento de los ríos. Las sales, mucho más abundantes
en las aguas marinas, quedarían atrapadas en el subsuelo, probablemente en
grandes cavernas, donde el calentamiento del agua daba lugar a procesos
similares a la destilación a lo largo de su ascenso hacia la superficie
continental.
Aunque sea la faceta más llamativa del ciclo del agua, la escorrentía
superficial solo representa una pequeña parte del flujo hidrológico, mientras
las mayores masas de agua permanecen ocultas a nuestros ojos.
No andaban equivocados en que los océanos están en el origen de estas
aguas, pero hoy sabemos que este ascenso a través del interior de las montañas
no se produce. En cambio, el camino que recorre el agua desde los mares hacia
las alturas lo realiza a través de la atmósfera, y se inicia mediante un
fenómeno denominado evaporación.
Este proceso es más intenso cuanto más lo sea la temperatura y la
agitación del aire. Por ejemplo, en el Mediterráneo, que está sometido a una
fuerte radiación, se evapora un metro y medio de agua al año, cantidad que va
decreciendo hacia latitudes más altas. No obstante, el volumen total de agua
que el mar confía al cielo cada día es inmenso y este proceso constituye la
principal fuente de agua dulce del planeta.
Las masas bajas de aire que están en contacto con la superficie marina
pueden verse obligadas a ascender por diversas razones. Por ejemplo, si los
vientos las empujan contra una isla montañosa, o si chocan contra otra masa de
aire más frio y denso, o simplemente porque estén más calientes (y, por tanto,
sean menos densas) que el aire que las rodea. Cuando estas masas de aire
cargadas de humedad alcanzan mayores alturas, se encuentran también con una
temperatura menor, y esto da lugar a un proceso conocido como condensación,
idéntico al que produce pequeñas gotas en la superficie de una botella fría
recién sacada de la nevera.
La acumulación de miles de millones de estas minúsculas gotas da lugar a
las nubes. Mientras las gotas son muy pequeñas, pueden permanecer en el aire
sustentadas por el viento, pero si alcanzan un determinado volumen, caerán en
forma de precipitaciones.
Una fracción del agua caída sobre el suelo se evapora desde la
superficie o desde las hojas de las plantas, mientras que otra parte importante
desciende por las laderas de forma salvaje hasta alcanzar un cauce bien
definido.
Un caso particular lo constituyen las precipitaciones en forma de nieve
o granizo, que no se sumarán a esta frenética carrera hacia al mar sin antes
permanecer un tiempo retenidas en glaciares o mantos de nieve. Estos almacenes
superficiales de agua en estado sólido pueden darnos una pista sobre la
respuesta a esta pregunta, y es que durante el deshielo primaveral, gran parte
de estas aguas se liberan hacia los ríos, lo que hace muchas veces que el
caudal aumente aun cuando las precipitaciones puedan haber cesado semanas
atrás.
Existe sin embargo otro enorme almacén, algo más escondido, para gran
parte de aquellas aguas que han precipitado. La fracción de lluvia que no se ha
evaporado, ni tampoco se ha escurrido por la superficie del terreno, se
infiltra en el suelo donde puede seguir diferentes caminos.
Una pequeña parte puede ser absorbida por las raíces para satisfacer las
necesidades fisiológicas de los vegetales, hasta que es devuelta al ambiente
mediante la transpiración que se produce en las hojas. El agua restante es
arrastrada por la gravedad a través de los materiales permeables del subsuelo,
hasta alcanzar la superficie freática y sumarse así a inmensas cantidades de
aguas subterráneas. Estas ocupan los pequeños poros y fisuras de las
formaciones rocosas conocidas como acuíferos (del latín, ‘portar agua’).
Es entonces cuando se comienza a desvelar el secreto de la inmortalidad
de los ríos en verano. Resulta que tenían algo de razón aquellos primeros
hidrogeólogos que habían interpretado un ciclo del agua inverso al que
conocemos hoy.
Y es que, efectivamente, son las aguas subterráneas las que, circulando
entre las fisuras y poros interconectados de las rocas, salen al exterior a
través de manantiales o alimentan furtivamente a los cauces superficiales.
También esta es la causa por la que el caudal de los ríos tiende a aumentar
paulatinamente aguas abajo aunque no reciba nuevos afluentes superficiales.
Este flujo también puede ocurrir de manera inversa, cuando es el río el que
cede agua al acuífero y da lugar a situaciones curiosas como los denominados
ojos del Guadiana, donde el río llega incluso a desaparecer en determinados
tramos.
§ 26. El mar es el morir, ¿o es al contrario, Manrique?
Transcurre el año 1999 y la guerra de los Balcanes se acerca a su fin. Un grupo
de cooperantes internacionales se afana por conseguir una cuerda en una zona
rural que ha quedado destruida por el conflicto bélico. El objetivo: amarrarla
a un cadáver que yace en el fondo de un pozo antes de que la putrefacción
contamine sus aguas.
Este es el argumento de la película Un día perfecto, una comedia
antibelicista protagonizada por Benicio del Toro y premiada en los Goya del
2016. Pero, desgraciadamente, esta práctica conocida como envenenamiento de
pozos ha sido una realidad constante en las contiendas del pasado y del
presente.
Todos los residuos que generamos acabarán llegando tarde o temprano al mar.
En nuestras manos está tratarlos o retenerlos durante el suficiente tiempo como
para que causen el menor impacto posible.
El problema no sería tan grave si solo el agua del pozo quedara
contaminada por las bacterias, pero las consecuencias de estos actos son
desastrosas para la toda la región. El agua que cubre el fondo de un pozo no es
más que una ventana al acuífero que se esconde bajo nuestros pies, cuyas aguas
fluyen lentamente entre los poros del subsuelo, por lo que una contaminación
puntual afecta a pozos, manantiales e incluso ríos de todo el entorno.
Casos similares pueden producirse de forma accidental; por ejemplo,
cuando un vertedero o un cementerio no están correctamente aislados del
acuífero, lo que permite que las aguas de lluvia se infiltren arrastrando
sustancias que impiden su consumo. Para evitar este fenómeno se realizan
estudios previos del terreno, de manera que bajo estas instalaciones exista
alguna capa impermeable (de arcilla, por ejemplo) que impida el contacto de las
aguas lixiviadas con el acuífero en explotación.
Frente a estos ejemplos alarmantes, existen otros que pueden pasar más
desapercibidos pero que son mucho más frecuentes. Es el caso por ejemplo del
uso de pesticidas en grandes extensiones agrícolas. Estos producen una
contaminación difusa cuando los productos químicos se infiltran y alcanzan el
nivel freático. Sin embargo, una de las mayores causas de contaminación de las
aguas subterráneas es consecuencia de nuestros hábitos cotidianos de consumo
hídrico multiplicados por miles de hogares. La sobreexplotación de los
acuíferos da lugar a que el nivel freático descienda con el paso de los años,
lo que causa diversos problemas.
Por un lado, al haber un menor volumen de agua, puede aumentar la
concentración de ciertas sustancias de origen natural hasta niveles
perniciosos. Es el caso del flúor en las regiones volcánicas, cuyo exceso
produce problemas graves en la dentición de niños y mayores. Por otro lado, en
los acuíferos costeros, este descenso del nivel freático se ve compensado por
una mayor infiltración de agua marina, lo que da lugar a una salinización del
acuífero. Este fenómeno es unos de los mayores problemas de las regiones
turísticas, hasta tal punto que en el caso de la costa mediterránea, solo el
acuífero asociado al Delta del Ebro escapa a este proceso de contaminación
hídrica.
Una de las soluciones tecnológicas desarrolladas para dar respuesta a
este problema son las plantas desaladoras, mediante las que se obtiene agua
potable a partir del agua de mar. Aparte de las grandes cantidades de energía
que consume este proceso, se añade el problema de las salmueras resultantes.
Estas son generalmente enviadas lejos de la costa mediante emisarios submarinos
cuya ubicación debe ser bien estudiada para minimizar daños en los ecosistemas
marinos.
Aunque tradicionalmente se ha considerado a los océanos como inmensos
vertederos capaces de diluir y dispersar los contaminantes, actualmente
comenzamos a percibir muchos efectos de estas malas prácticas. La escorrentía
que arrastra todos los contaminantes terrestres hacia el mar, el uso de
emisarios submarinos en el vertido de aguas residuales y la limpieza de
embarcaciones causan daños especialmente perceptibles en mares poco
comunicados.
Sin embargo, uno de los fenómenos que más llaman nuestra atención son
las denominadas mareas negras. Estas cubren la superficie oceánica de petróleo,
impiden el paso de oxígeno y luz e impregnan a los seres vivos que allí
habitan. A pesar de ello, estas impactantes catástrofes causadas por accidentes
de barcos petroleros solo representan el 5 % de los vertidos de hidrocarburos.
La limpieza de los depósitos de estos barcos y de las refinerías son los
mayores responsables de ese tipo de vertidos.
Otra forma de contaminación del petróleo y de nuestro moderno estilo de
vida se hace visible en las denominadas islas de plástico. Estas enormes
concentraciones de fragmentos no biodegradables que se acumulan en determinadas
regiones de la superficie oceánica acaban contaminando toda la cadena
alimentaria, incluido el pescado que termina en nuestros platos.
Reflexionando sobre lo leído en estas páginas bien se podría invertir la
metáfora que hace siglos escribiera el poeta Jorge Manrique: «Nuestra vidas son
los ríos que van a dar en la mar, que es el morir […]». Pues hoy son nuestras
vidas, nuestros devastadores estilos de vida, con nuestros plásticos, abonos,
pesticidas, envases... los que podrían representar la muerte, no solo de los
mares, sino de gran parte de la hidrosfera.
§ 27. ¿La toma de la bastilla fue cosa del clima?
Hace tiempo ya que los pescadores peruanos se percataron del calentamiento
anual que se producía en las aguas costeras hacia finales del mes de diciembre.
Comprendieron que este fenómeno, que se repetía cada año, estaba relacionado
con la llegada de aguas más cálidas que denominaron corriente del Niño, en
referencia al niño Jesús y las festividades navideñas que se celebran en esa
época del año.
La historia de las civilizaciones ha estado marcada por múltiples
acontecimientos y muchos de ellos han tenido una causa climática. Las sequías,
las malas cosechas, la sed, el hambre, las grandes migraciones y hasta algunas
guerras y revoluciones han estado y estarán condicionadas por pequeñísimas
variaciones en el complejo equilibrio climático del planeta.
Sin embargo, este calentamiento era tan intenso algunos años que
provocaba un aumento de la evaporación y las precipitaciones y hacía que los
bancos de peces desaparecieran. Este fenómeno, que adoptó el nombre del Niño,
ha centrado la atención de climatólogos y periodistas de todo el planeta, que
lo han rebautizado como ENSO (siglas de El Niño Southern Oscillation).
En situaciones normales, los vientos alisios retiran las aguas calientes
de la superficie oceánica, lo cual permite que afloren las frías y profundas
aguas cargadas de nutrientes en la costa sudamericana. Sin embargo, cada cierto
tiempo estos vientos del Pacífico tienen una caída importante, que interrumpe
este sistema de circulación, y las aguas cálidas permanecen en las proximidades
de Perú y Ecuador. Esto provoca lluvias inusuales a lo largo del litoral
americano a la vez que terribles sequías tienen lugar del otro lado del
Pacífico.
Los desastres naturales relacionados con El Niño que se repiten cada
década no solo afectan a las regiones mencionadas, sino que sus efectos se
extienden a otras zonas del mundo, lo cual nos muestra un claro ejemplo de la
complejidad e interconexión de los procesos que regulan el clima global de la
Tierra.
Los océanos actúan como el gran termostato del planeta, debido a la gran
capacidad del agua para almacenar y liberar calor. Además, sus corrientes
desempeñan un papel fundamental en la distribución de esa energía alrededor del
globo. La «cinta transportadora» oceánica constituye una corriente permanente
que recorre todo el planeta, formada por el flujo combinado del agua profunda y
el agua superficial, que no se mezclan con facilidad. Esta circulación se debe
al efecto de convección, originado principalmente por diferencias de
temperatura y salinidad, de manera que pequeñas modificaciones locales de estas
variables pueden provocar alteraciones climáticas en todo el planeta.
Igualmente los científicos saben que los procesos geológicos internos
tienen también una influencia determinante sobre el clima. Así, por ejemplo,
las cenizas expulsadas en una erupción bloquean parcialmente la radiación
solar, lo que produce un efecto refrigerante sobre la atmósfera. Se cuenta con
pruebas de que una actividad volcánica masiva y prolongada puede conducir a un
enfriamiento global. Existen casos históricos como la intensa actividad
volcánica que a finales del siglo XIII generó una reacción en cadena que afectó
al hielo y las corrientes oceánicas, lo que hizo que las temperaturas
disminuyeran durante los siglos posteriores. Este período relativamente más
frío es conocido como la Pequeña Edad de Hielo.
Un ejemplo más cercano en el tiempo lo encontramos en el momento
histórico al que hace referencia esta pregunta: la toma de la Bastilla en 1789,
la primera gran cita de la Revolución francesa. Las cosechas de toda Europa
habían disminuido en aquellos años, lo que provocó el aumento del precio de los
alimentos. Los historiadores señalan a este declive económico y al hambre que
se había extendido entre los pobres de Francia como uno de los principales
detonantes de las revueltas.
Los geólogos han descubierto que seis años antes un volcán situado a
miles de kilómetros de la capital gala había entrado en erupción. Todos los
años hay cientos de erupciones en nuestro planeta, pero aquella del volcán Laki
fue especialmente intensa y prolongada, por lo que emitió grandes cantidades de
gases y partículas diminutas al aire. La bruma del Laki se extendió por todo el
continente y causó alteraciones climáticas que matarían a millones de europeos.
Con todo, estas catastróficas variaciones climáticas que han
condicionado la historia de la humanidad son menospreciables cuando se comparan
con los grandes cambios climáticos que han tenido lugar en la historia de la
Tierra.
La energía procedente del Sol es la que pone en marcha toda la
maquinaria climática de los planetas similares al nuestro. Parte de esta
radiación entrante es reflejada en la superficie planetaria. Si esta escapa de
nuevo al espacio el planeta se enfría, pero si la atmósfera es capaz de
retenerla el planeta se calienta. Esta segunda situación es la que tiene lugar
en nuestra atmósfera y los gases responsables de esta característica se
denominan Gases de Efecto Invernadero (GEI). Gracias a ellos, la temperatura en
la Tierra se mantiene en un estrecho margen que posibilita la vida. Sin la
suficiente cantidad de vapor de agua, ni de CO2 (principales GEI en nuestra
atmósfera), la temperatura media en la superficie terrestre sería del orden de
18 ˚C bajo cero, lo que haría imposible la presencia de agua en estado líquido.
Sin embargo, otra revolución humana, la Revolución Industrial, está
poniendo en peligro el equilibro climático natural en que ha vivido la
humanidad. No es la primera vez que varía la concentración de GEI en la
historia de la Tierra, pero tampoco sería la primera vez que una especie
dominante se extingue. La combustión masiva de combustibles fósiles está
liberando a la atmósfera enormes cantidades de CO2 cada día, lo
cual provoca un aumento del efecto invernadero y el consecuente cambio
climático del que ningún miembro serio de la comunidad científica duda ya.
Se prevé que este calentamiento global afectará los actuales patrones
climáticos y alterará los recursos hídricos, el nivel del mar y las cosechas,
lo que, en el mejor de los casos, obligará a migrar a millones de personas. Es
hora, pues, de que una nueva revolución se imponga, se modifique el modelo de
desarrollo actual y se enarbole a la ciencia y la tecnología al servicio de un
planeta más sostenible y justo para todos. Un planeta del que, al menos de
momento, nadie puede escapar.
Parte IV
Geomorfología
Contenido:
§ 28. ¿Es verdad que el relieve cambia?
§ 29. ¿Cómo hacer un relieve de película?
§ 30. ¿Qué pasa durante las lluvias torrenciales?
§ 31. El mar o la tierra, ¿quién es más fuerte?
§ 32. ¿Cuál es el secreto de la Gran Esfinge?
§ 33. ¿Cómo se desplazan las rocas gigantes?
§ 34. ¿Pueden disolverse las rocas?
§ 28. ¿Es verdad que el relieve cambia?
En la antigüedad la Tierra era considerada plana. La civilización griega
mantuvo durante muchos años la idea de un mundo con forma de disco con Grecia
en una posición central. Sin embargo, con el desarrollo de la navegación a vela
se fue tomando conciencia de la curvatura del planeta. Por una parte, los
navegantes que se dirigían hacia el sur se percataron de que existían
constelaciones diferentes que antes no habían visto, a la vez que desaparecían
las que normalmente divisaban desde sus hogares.
Anaximandro de Mileto entendió que esto era una evidencia de que la
superficie terrestre era curva, de manera que al desplazarnos sobre ella
podríamos observar diferentes sectores de la bóveda celeste. Para él la Tierra
era un cilindro.
Posteriormente se tomó consciencia de que los barcos que salían de
puerto iban desapareciendo de forma gradual: primero el casco y por último las
velas más altas. Y como así ocurría independientemente de que los buques fueran
hacia el sur, el norte, el este o el oeste, fue ganando crédito la idea de una
Tierra curvada en todas direcciones, es decir, una Tierra esférica. Hoy sabemos
que no se trata de una esfera perfecta, pero casi. Y a esta forma idealizada,
lisa y casi esférica del planeta la denominamos geoide.
Muchas veces no somos conscientes, o podemos llegar a pensar que se trata de
accidentes, pero nada escapa a la gravedad del planeta. Las tierras que forman
las laderas siempre están tentadas a desplazarse hacia abajo y los esbeltos
monolitos de dura roca no soportarán por mucho tiempo la verticalidad de su
figura.
Sin embargo, del mismo modo que la superficie de los mares presenta
irregularidades a menor escala debido al oleaje, la superficie topográfica del
planeta también es tremendamente escabrosa. El concepto relieve se emplea para
denominar a todo aquello que se aleje de la superficie imaginaria de ese geoide
ideal. Las elevaciones, depresiones, mesetas, cuencas, valles, cerros, montañas
y cañones que se encuentran en nuestro planeta son parte del mismo.
La causa última de estas irregularidades debemos buscarla en el interior
de la Tierra. Es el calor de origen interno el responsable del empuje que sufre
la litosfera en contra de la gravedad y produce regiones con mayores
elevaciones. Los procesos geológico asociados a esta energía son lentos y
graduales a escala geológica, pero en ocasiones podemos percibirlos en forma de
terremotos o erupciones volcánicas.
Las elevaciones producidas en el terreno dan lugar a superficies
topográficas con un mayor o menor grado de inclinación que, desafiando la
atracción gravitatoria, se mantendrán en equilibrio mientras la fuerza de
cohesión interna sea superior a su propio peso. Pero la estructura interna de
las rocas se debilita progresivamente con el paso del tiempo, lo que hace que
la ladera sea cada vez más inestable. Diversos fenómenos como el aumento de la
inclinación de la ladera o un temblor de tierra actúan como factores
desencadenantes del deslizamiento gravitacional. Estos procesos a favor de la
pendiente, que desempeñan un papel fundamental en la destrucción del relieve,
se ven acelerados con la participación de diversos agentes geológicos externos,
entre los que destaca el agua.
De la misma manera que el calor interno es capaz de elevar la superficie
topográfica, la energía calorífica procedente de la radiación solar será la
responsable de desplazar hacia las alturas las aguas presentes en nuestro
planeta. Al precipitar estas sobre la superficie el terreno se empapa, lo que
aumenta el peso de las laderas y reduce la fricción interna que las sostienen
en cotas elevadas. De esta manera, los movimientos en masa de materiales se ven
enormemente favorecidos por factores condicionados por la presencia de esta
agua.
Además, en su discurrir hacia cotas más bajas, el agua pone en
movimiento grandes cantidades de fragmentos rocosos. A mayores pendientes mayor
es la velocidad con la que circula el agua y mayor su capacidad de arrastre.
Todo este proceso va desmantelando progresivamente la orografía y haciéndola
más suave.
Los ríos, junto con los fenómenos de ladera antes mencionados, son los
mecanismos erosivos más ampliamente repartidos y, por tanto, los más
importantes en todo el planeta.
En condiciones extremadamente bajas de temperatura el agua se encuentra
en estado sólido, sin embargo, es capaz de fluir en forma de glaciares y su
fuerza como modelador del relieve es aún mayor.
En los lugares donde la presencia del agua es mínima, otro fluido, el
aire, es el encargado de modificar el relieve. Aunque el viento, debido a su
menor densidad, posee una capacidad para el acarreo de materiales reducida y,
por tanto, su contribución al modelado de la superficie del planeta en general
es escasa. Sin embargo, debemos señalar su importancia en la fragmentación y
degradación de las rocas.
Este proceso, conocido como meteorización, tiene lugar en todas las
superficies que están en contacto con la atmósfera y su grado de intensidad es
variable, en función de la composición de las rocas expuestas y las condiciones
climáticas de cada región. Así, por ejemplo, los grandes contrastes térmicos en
las regiones montañosas favorecen la fragmentación de las piedras, mientras que
las elevadas temperaturas combinadas con un alto grado de humedad propician la
alteración química de los minerales.
Como hemos visto, los procesos creados por la geodinámica externa
tienden a contrarrestar los que proceden del interior de la Tierra. Estos
mecanismos fueron estudiados por el científico William Morris Davis a finales
del siglo XIX, quien clasificó los relieves de acuerdo con esa lucha entre los
procesos geológicos internos y los externos. Así, distinguió entre relieves
jóvenes, que han sido recientemente elevados, donde los ríos se han encajado
formando valles estrechos y abruptos; otros maduros, con valles más anchos y
laderas más suaves, y por último los viejos, donde los valles están tan
abiertos que dan lugar a extensas llanuras.
Estas descripciones correspondían con diferentes etapas que se sucedían
en el tiempo y dieron lugar al que aún se conoce como ciclo de Davis. Este
modelo simplificado de la evolución gradual del relieve se oponía a las
explicaciones catastrofistas que prevalecían en aquella época, y su importancia
fue tal que dio lugar al nacimiento de una nueva rama de la ciencia, la
geomorfología.
§ 29. ¿Cómo hacer un relieve de película?
«Todos los “elegidos” la han soñado, pensado, dibujado, modelado… tienen
obsesión por ella sin haberla conocido». De esta forma la Torre del Diablo
atormentaba a los protagonistas de la película Encuentros en la tercera fase,
hasta descubrir que serviría de punto de encuentro entre la humanidad y la vida
extraterrestre que nos visitaba.
Este monumento natural ubicado en Norteamérica tiene una morfología
aproximadamente cilíndrica que sobresale en el entorno. Su singularidad es tal
que también inspiró las leyendas de diversas tribus indias mucho antes de que
Spielberg lo convirtiera en un símbolo del séptimo arte.
Al calor de las hogueras se contaba como un grupo de muchachas cheyenes
fueron perseguidas por osos voraces y, cuando estaban a punto de ser atrapadas,
pidieron ayuda al Gran Espíritu, quien hizo que se alzara la roca sobre la que
se encontraban. Aunque los intentos de las fieras por trepar resultaron
inútiles, dejaron en sus paredes el rastro de los supuestos arañazos que la
roca exhibe en todo su contorno.
Hoy en día conocemos a este tipo de formas monolíticas con el nombre de
pitón o aguja, y los geólogos han conseguido desvelar un origen racional para
todas ellas. La mayoría se forman como consecuencia de la solidificación del
magma en su ascenso a través de un volcán. Esta «chimenea petrificada» suele
ser más resistente a la erosión que el propio cono volcánico, de manera que con
el transcurso de unos pocos miles de años, el pitón permanece como una
evidencia prominente del antiguo edificio volcánico.
El rasgado aspecto de la superficie realmente se debe a la fractura
progresiva de toda roca durante el enfriamiento de la lava, proceso por el que
suelen aparecer formaciones regulares de pilares más o menos verticales
mediante la disyunción columnar.
Otras de las formaciones curiosas asociadas a la actividad magmática son
los diques. En este caso el magma que ha quedado solidificado en enormes
fisuras que atraviesan el subsuelo puede aflorar con el aspecto de resistentes
muros naturales que llegan a alcanzar longitudes de varios kilómetros. El
proceso encargado de exhumar estas formas inicialmente enterradas es el mismo
que en el caso de los pitones y es conocido como erosión diferencial.
Este fenómeno puede dar lugar a situaciones curiosas como los
denominados relieves invertidos. Imaginemos que en los alrededores de un valle
acontece una erupción volcánica. Es bastante frecuente que en estos casos la
lava se acumule preferentemente en las partes topográficamente más deprimidas,
como por ejemplo un cauce. La colada de lava quedará petrificada en el fondo
del valle y servirá de protección al cauce frente a la persistente erosión. Con
el transcurso de unos cuantos milenios encontraremos que algunos tramos de
aquel antiguo curso fluvial ocuparán la cima de una meseta volcánica, rodeada
por valles excavados por los ríos actuales.
Parece inevitable que algunos relieves sirvan de escenarios para las más
bellas historias creadas por los seres humanos. Desde mitos y leyendas hasta
las películas más futuristas, la creatividad humana ha encontrado en las
bellezas naturales la mejor inspiración para la mayoría de sus obras.
Por supuesto, estos procesos de erosión diferencial no son exclusivos de
las regiones de origen volcánico. Un ejemplo, muy hollywoodiense también, lo
encontramos en Monument Valley, una extensa región formada por estratos de
origen sedimentario. Este valle es famoso por sus curiosos cerros de coloración
rojiza, que permanecen como testigos de una extensa formación de resistente
arenisca que fue depositada hace millones de años en un ambiente muy distinto
al actual.
Esas estructuras, que se convirtieron en maravilloso telón de fondo de
numerosas películas del género wéstern, conservan la horizontalidad original
con que se formaron los estratos. Sin embargo, esto no es lo más frecuente,
dado que los mismos fenómenos internos que elevan las rocas estratificadas
desde el fondo marino son capaces de deformarlas, lo que provoca que hoy las
encontremos con geometrías muy diversas.
Los terrenos de origen sedimentario en que se alternan capas duras y
blandas con una inclinación constante dan lugar a un tipo de colinas
asimétricas muy características. En estos casos, una de las laderas, denominada
cuesta, coincide con la superficie de estratificación hasta que es interrumpida
en la cima por la erosión del valle colindante, al que se desciende de forma
mucho más abrupta, atravesando las capas más blandas que se encuentran por
debajo.
En otras regiones donde la deformación ha dado lugar a la sucesión de
pliegues, podemos encontrar otro tipo de relieves invertidos de origen muy
similar al de las mesetas volcánicas. Este caso se produce cuando la parte más
profunda de un sinclinal (pliegue cóncavo, es decir, en forma de v) queda en la
cima de una meseta a causa de la erosión de las capas que lo flanquean, lo que
da lugar a una forma conocida como sinclinal colgado.
Otra maravillosa pieza de esta orfebrería geológica la podemos encontrar
en la región turca de Capadocia. Su fantástico paisaje está lleno de
puntiagudas formas coronadas por sombreros de basalto, más resistentes a la
erosión, que protegen la base de la estructura bastante más blanda. Estas
peculiares morfologías de unos pocos metros de altura se conocen como chimeneas
de hadas.
Nuevamente nos encontramos frente a un fenómeno de erosión diferencial,
aunque generalmente a una escala menor que los ejemplos anteriores. En este
caso cobra especial protagonismo la protección que ejercen los fragmentos más
resistentes sobre los materiales más fácilmente deleznables que se encuentran
debajo. De esta manera se forma uno más de los múltiples paisajes geológicos
que serían justos merecedores de un Óscar a la mejor escenografía.
§ 30. ¿Qué pasa durante las lluvias torrenciales?
En los Juegos Olímpicos de 1974 un nuevo deporte se sumaba a las disciplinas
oficiales. La construcción del Eiskanal en las cercanías de Múnich iba a
permitir que los piragüistas de aguas bravas deleitaran a la afición con la
potencia de su paleo y la agilidad de su navegación. El canal recreaba las
condiciones propias de los ríos en su curso más alto, con corrientes y
remolinos que se formaban al combinar la presencia de obstáculos con grandes
pendientes que dotaban de enorme energía a la corriente de agua.
Las aguas de escorrentía superficial, que se tratan de recrear en este
tipo de instalaciones deportivas, son el agente modelador más importante de la
superficie terrestre. No solo son capaces de excavar sus propios cauces, sino
que movilizan enormes cantidades de sedimento producido por la meteorización en
las laderas y cumbres de los alrededores. La mayor parte es transportada en
forma de pequeña partículas sólidas que viajan suspendidas en la corriente, y
son esos granos de limo, arcilla y arena los responsables del aspecto más o
menos turbio que pueda presentar un río.
Cuando estas aguas bravas alcanzan zonas de menor pendiente, se produce
una combinación de procesos de erosión y depósito que tienen gran importancia
en la dinámica del río. Por lo común las corrientes que fluyen sobre estas
llanuras se mueven en trayectorias curvas denominadas meandros, en cuyo lado
externo, donde la velocidad y la turbulencia del agua son mayores, se produce
erosión; mientras que en sus zonas internas, con menos velocidad, se deposita
parte de la carga. Este mecanismo de retroalimentación hace que los cauces sean
cada vez más enrevesados y vayan modificando su geometría de forma continua
dentro del propio valle.
A pesar de la importancia que tienen los procesos descritos en la
evolución de un valle, las mayores modificaciones de la morfología fluvial se
producen de forma intermitente, coincidiendo con los períodos de grandes
precipitaciones. Por un lado, el impacto de las gotas de lluvia y el descenso
de las aguas no encauzadas son capaces de vencer la cohesión de las partículas
del suelo. Estas aguas salvajes representan una parte importante de la erosión
hídrica y su acción se verá favorecida por la presencia de fuertes pendientes y
la ausencia de vegetación.
Afortunadamente los avisos meteorológicos y el sentido común nos evitan
adentrarnos en determinados ambientes durante los días de inclemencias
climáticas. Pero no por ello debemos imaginar que la actividad geológica que
observamos en los placenteros paseos de verano es la responsable de algunos de
estos rasgos geomorfológicos que socavan el paisaje.
Además, como vimos al inicio del capítulo, estas aguas pueden actuar
como factor desencadenante del deslizamiento de las laderas y poner los
materiales en las cercanías del cauce, más accesibles a las aguas que realizan
el posterior lavado. Como consecuencia de todo esto, el número de partículas en
suspensión dentro del cauce aumenta enormemente y llega a haber tanta cantidad
de sedimento como de agua.
Por otra parte, el incremento del caudal hace que también aumente la
velocidad del flujo, lo que permite que partículas más grandes que la arena
floten en la corriente. Los fragmentos mayores, que pueden permanecer inmóviles
en el fondo durante la mayor parte del año, son demasiado grandes para ser
transportados de esa forma, sin embargo se mueven mediante otros mecanismos.
A diferencia de la carga suspendida, esta fracción se traslada solo con
caudales y velocidades propias de los desbordamientos fluviales, y por ello es
la más difícil de estudiar. No obstante se conoce que estos cantos pueden ser
arrastrados y rodados por el fondo o incluso dar saltos de varios metros, lo
cual causa un efecto de molienda que es el principal responsable del trabajo
erosivo dentro del cauce. Es por eso que en el curso de unos pocos días o
incluso unas pocas horas en una etapa de inundación, una corriente puede
erosionar y transportar más sedimento que durante los meses restantes del año.
Cuando tiene lugar la crecida de un río, las aguas colman el cauce e
invaden las tierras colindantes dentro de su propio valle, denominadas llanuras
de inundación. Este proceso que se repite de forma periódica ha tenido grandes
ventajas para las civilizaciones humanas, tal es el caso de los aportes anuales
de sedimentos y nutrientes a las tierras próximas al Nilo, que propiciaron el
asentamiento y desarrollo del Antiguo Egipto.
En estos períodos de inundación es posible que las aguas encuentren
nuevos caminos y, cuando los niveles vuelven a bajar, queden abandonados
algunos tramos del cauce. Es el caso de los meandros, cuyas curvaturas llegan a
ser tan contorsionadas que algunos terminan por estrangularse cuando el agua
descubre un atajo para evitarlo. El meandro acaba abandonado y da lugar a un
original lago con forma de medialuna.
Afortunadamente, la mayoría de los excursionistas conocen las
previsiones meteorológicas y evitan los días de lluvias torrenciales para
planificar sus salidas. Y es que en esos días en que ni siquiera los más
aguerridos piragüistas transitan por las embravecidas aguas, es cuando los
valles son excavados y modelados por las aguas. Una transformación que
transcurre de forma intermitente por la interacción de múltiples procesos, de
los que generalmente es mejor permanecer alejados. Pequeñas y grandes catástrofes
a escala humana que se repiten con relativa frecuencia y forman parte de la
dinámica natural de los valles fluviales dominados por la acción geológica de
las aguas superficiales.
§ 31. El mar o la tierra, ¿quién es más fuerte?
Una de las bromas más usuales para los habitantes de las islas Canarias aludía
a la desaparición del Dedo de Dios. Para los vecinos del pueblo costero de
Agaete, quienes habían crecido admirando esta aguda formación rocosa situada en
el mar a escasos metros del acantilado, resultaba absurda la posibilidad de su
pérdida.
Cada vez que se forma una nueva isla o se eleva una nueva costa, la furia
del oleaje comienza su trabajo como incansable escultora del litoral. A veces
nos deja fragmentos en forma de sugerentes playas; en otras ocasiones las
cuevas se agrandan y hacen más inestables los acantilados, mientras algunos
islotes permanecen como testigos a escasos metro dentro del agua.
«Hoy es un día de frustración y lamentación por la desaparición de
nuestro símbolo más importante» declaró el alcalde después de que el paso de un
temporal devastador arrancara el enorme fragmento de roca, que se desplomó y se
hundió en el fondo de las aguas.
La zona donde el mar y la tierra se encuentran es el lugar donde una
fuerza descomunal se enfrenta a unos materiales casi indestructibles. El
conflicto que se produce en las costas rocosas es continuo y, muchas veces,
espectacular.
La mayor parte de esta actividad es realizada por las olas que, desde un
punto de vista físico, no son más que ondas que se propagan por la superficie
del agua y transmiten la energía proporcionada por el viento a centenares de
kilómetros. Tras un largo viaje sin impedimentos, las olas se aproximan a la
costa, donde la escasa profundidad del fondo las eleva sobre el mar. Cuando
alcanzan una pendiente inestable se desploman hacia delante y rompen sobre el
litoral que absorbe la energía del impacto.
Cuando el tiempo es tranquilo la acción de las olas es mínima; es
durante las tormentas cuando llevan a cabo la mayor parte del trabajo. El
violento impacto de las grandes olas de tormenta lanza miles de toneladas de
agua contra la costa y la fuerza a penetrar en cualquier abertura de la roca.
Como consecuencia de este empuje, el aire que ocupaba las fracturas se comprime
en el interior, acelera enormemente la abertura y extensión de estas grietas y
desaloja fragmentos de roca.
A medida que progresa la erosión de la base del terreno costero, las
rocas de encima tienden a sobresalir y se desmoronan, lo que da lugar a la
formación de un acantilado marino que va retrocediendo por la repetición de
este proceso.
La erosión diferencial, producto de la heterogeneidad de los materiales
rocosos y sus diferentes grados de fracturación y resistencia, puede dar lugar
al desarrollo de morfologías muy peculiares como el puntiagudo Dedo de Dios.
Estas chimeneas litorales, como se las conoce de forma genérica, suelen
originarse con la formación de cuevas marinas, que se unen para dar lugar a
arcos costeros que terminan por desmoronarse. Como resultado aparece este tipo
de restos aislados que con el tiempo también son consumidos por la erosión.
El acantilado en recesión deja detrás una superficie relativamente plana
bajo las aguas, llamada plataforma de abrasión o terraza marina, sobre la que
se depositan los materiales desprendidos de la costa. La incesante acción de
molienda de roca contra roca en la zona de rompiente pule y redondea los
fragmentos presentes a lo largo del litoral, denominados cantos rodados.
Los fragmentos más pequeños, como la arena, son movilizados por el
vaivén del oleaje, que los deposita en aquellas zonas donde las aguas están más
tranquilas. Durante las tormentas de invierno, la fuerte resaca del oleaje
puede llegar a retirar toda la arena hacia regiones próximas pero algo más
profundas. En verano, cuando la actividad de las olas es relativamente suave,
el agua rompiente es capaz de devolver la arena hacia la orilla. De esta forma
queda restablecido uno de los atractivos que más solemos aprovechar durante
nuestras vacaciones en la playa.
La dirección en la que las olas se aproximan a la costa tiene también
una importante influencia en la distribución de los materiales no consolidados.
La subida de cada ola rompiente suele hacerse con un ángulo oblicuo a la línea
litoral, mientras que la resaca que se opone suele descender de forma
perpendicular a la playa, siguiendo la línea de máxima pendiente. Esto provoca
un movimiento conocido como deriva litoral, que transporta gran cantidad de
sedimento en paralelo a la línea de costa, lo cual crea una gran diversidad de
formas deposicionales a lo largo de la misma. Algunos ejemplos son las flechas,
las barras de bahía, los tómbolos y las islas barreras.
El Dedo de Dios, como casi todos los materiales del archipiélago
canario, se formó como consecuencia de sucesivas erupciones en el pasado que
dieron origen a estas islas del Atlántico. Entender su nacimiento y muerte es
introducirnos en una apasionante historia de lucha o dialéctica entre
construcción y destrucción, entre creación y desmantelamiento; y a pesar de que
en aquel triste día para muchos isleños el alcalde prometiera hacer todo los
posible por reconstruir el icónico monumento natural, lo cierto es que no vale
la pena lamentarse en exceso por estos fenómenos que modelan el paisaje costero
de forma imparable.
§ 32. ¿Cuál es el secreto de la gran esfinge?
Tras el ocaso de su civilización los antiguos egipcios dejaron atrás enormes
monumentos. Si viajamos a la meseta de Guiza nos encontraremos con alguno de
ellos, como las pirámides de Keops, Kefrén y Micerinos, entre otros templos
funerarios, embarcaderos y calzadas. Al contemplar esos restos arqueológicos
tan solo podemos imaginar el deslumbrante aspecto que tendrían en tiempos
remotos, cuando el Imperio vivía su mayor esplendor.
Todo nuestro patrimonio cultural está condenado a degradarse. Pese a los
esfuerzos de los restauradores por mantenerlos, los monumentos están expuestos
a la acción de agentes geológicos como el viento, que lanza infinidad de
partículas contra la superficie generando una abrasión capaz de modelar a las
rocas más persistentes.
Una de las más famosas construcciones que se levantan en esta enigmática
necrópolis es la Gran Esfinge. En torno a ella gira uno de los mayores
misterios de la egiptología. Y es que, frente a la existencia de información
relativamente abundante sobre la construcción de las pirámides vecinas, destaca
la carencia de documentación acerca de los orígenes de esta gran obra. Por su
proximidad espacial se ha creído que fue erigida al mismo tiempo que las
pirámides, pero actualmente no existe consenso sobre su antigüedad. Algunos
sospechan, incluso, que no fue esculpida por la mano del hombre.
Si nos adentramos en el cercano desierto del Sáhara, descubriremos unas
pistas que podrían ayudarnos a encontrar la solución. Estas áridas y desoladas
regiones carecen de humedad suficiente para cohesionar las partículas del suelo
y, sobre todo, para desarrollar una abundante vegetación que las sujete. En su
superficie afloran con frecuencia las rocas desnudas, salvo en las regiones
cubiertas por grandes cantidades de arena en forma de dunas. Estas condiciones
tan particulares hacen que el viento, que generalmente pasa desapercibido en
otras regiones climáticas donde el agua acapara todo el protagonismo, tenga
aquí un papel predominante como agente modelador del paisaje.
Quinientos kilómetros al sur de las pirámides, el desierto aparece lleno
de afloramientos rocosos que han adquirido una forma increíblemente similar a
la de la Gran Esfinge. En esta zona específica la acción del aire soplando en
una misma dirección ha convertido a las rocas del entorno en monumentos
naturales con formas caprichosas.
Este sorprendente mecanismo de erosión eólica se denomina abrasión. Por
supuesto que un único grano de arena resultaría inefectivo, pero cuando se
trata de millones de impactos combinados con enormes períodos de tiempo
obtenemos una fuerza capaz de pulir y esculpir las rocas más resistentes. Estos
casos en que la abrasión ha actuado sobre grandes piedras se conocen como
yardang, pero su efecto también puede quedar patente en rocas más pequeñas, que
se denominan ventifactos.
Los minúsculos misiles pueden haber recorrido cientos de kilómetros
antes de producirse el impacto. El proceso mediante el que la arena suelta es
catapultada desde el suelo para sumarse a este enorme campo de batalla se
conoce como deflación. El resultado más destacable de este fenómeno es la
aparición de depresiones, que llegan incluso a retirar toda la arena y dejan
únicamente los cantos gruesos y demasiado grandes para ser movidos por el
viento, hasta formar una capa continua denominada hamada o reg. En contraposición
a estas zonas pavimentadas de forma natural, en las regiones desérticas donde
se acumula la arena se forman enormes campos de duna, denominados erg.
Estos procesos, resultantes de la interacción entre las partículas
sólidas y el viento fuerte, son aprovechados en algunas situaciones que pueden
resultarnos cotidianas. Tal es el caso de la deflación con la que limpiamos las
alfombrillas de un coche al ventilarlas con pistolas de aire en una gasolinera,
o los instrumentos utilizados para eliminar grafitis mediante la proyección de
arena, que mediante abrasión arranca las capas más superficiales de un muro.
El viento sin embargo es un escultor que nunca sabe cuándo detenerse.
Mientras que los primeros egipcios retocaron aquel curioso promontorio para
adaptarlo a su cultura y asignarle la función de custodiar las pirámides a
través de los siglos, los equipos actuales de conservación arqueológica se
encuentran indefensos ante los diminutos granos de arena y el inexorable paso
del tiempo.
En la actualidad esta roca de incalculable valor patrimonial necesita de
muchos trabajos de restauración para su mantenimiento. Uno de los monumentos
más emblemáticos de Egipto y de toda la Antigüedad continúa desmoronándose poco
a poco. Y puede que muchos otros de sus intrigantes misterios se los lleve el
viento antes de que logremos descifrarlos.
§ 33. ¿Cómo se desplazan las rocas gigantes?
En los inicios del siglo XIX, uno de los principales debates de la geología
giraba en torno a unas enormes piedras de varios metros de diámetro y toneladas
de peso. Estos grandes bloques se encontraban distribuidos en colinas, mesetas
o llanuras de regiones muy diversas, pero los científicos europeos fijaron su
atención en los ubicados en las montañas francesas del Jura.
Esta cordillera de roca caliza se encuentra separada de los mayores
relieves centroeuropeos por el gran valle del Ródano.
Aunque había evidencias de que llevaban muchísimo tiempo en esa
posición, parecía claro que aquellas gigantescas masas de piedra habían
recorrido una enorme distancia en algún momento del pasado, ya que están
formadas por rocas como el granito, que solo aflora en la cordillera de los
Alpes a varios cientos de kilómetros.
Estos bloques, que denominaron erráticos, traían de cabeza a los
naturalistas de la época, que llegaron a exclamar enfurecidos: «¡Los granitos
no se forman en la tierra como la trufa, y no crecen como las sabinas en las
rocas calcáreas!». Esta situación alimentaba la imaginación de muchos
científicos y fomentaba las más diversas hipótesis.
Una de las explicaciones más interesantes afirmaba que aquellos bloques
erráticos que salpicaban el continente habrían sido dispersados por el aire,
como consecuencia de violentos escapes de gases subterráneos sacudidos por la
actividad sísmica alpina. Aquella hipótesis fue rechazada. No se conocían
ejemplos actuales de ese tipo de fenómenos y se dedujo correctamente que, si
así fuera, los bloques erráticos habrían quedado destrozados y se observarían
cráteres en el lugar del impacto.
Mientras tanto, el conocimiento de los depósitos sedimentarios más
recientes del planeta se estaba ampliando y podía arrojar algunas pistas acerca
de este enigma. Estos depósitos, denominados cuaternarios, se caracterizan por
no haber estado sometidos a grandes cambios, de manera que suelen encontrarse
en su posición original. Los sedimentos asociados a los ríos actuales son un
buen ejemplo de este tipo de materiales. Estos depósitos que cubren grandes
extensiones de los continentes se caracterizan por mostrar una buena
estratificación y un orden interno reconocible.
«[…] no tenemos más que ensanchar nuestras ideas respecto a las cosas del
pasado, observando lo que vemos en el presente, y comprenderemos muchas cosas
que con una visión más estrecha aparecen aisladas en la naturaleza o sin una
causa precisa; este es el caso de estos bloques de granito tan extraños al
lugar en el cual están situados, y tan grandes que parece como si los hubiera
transportado algún poder sobrenatural al lugar desde el cual vinieron». Aunque
estas palabras de Hutton pasaron desapercibidas, él fue capaz de adelantarse al
profundo impacto que causarían los nuevos descubrimientos.
Por otro lado, los naturalistas de aquella época se percataron de que
bajo algunos de estos depósitos aluviales se encontraban otros, formados por
fragmentos de muy diferentes tamaños y carentes de una estratificación
rudimentaria. Tras estas observaciones, llegaron a la acertada conclusión de
que aquellos montones de aspecto caótico que los campesinos franceses
denominaban morrenas habrían sido puestos allí por agentes que por aquel
entonces ya no actuaban en la región.
Estos agentes geológicos del pasado debían de ser los mismos que habían
puesto en movimiento a los grandes bloques erráticos. Aquellos materiales
fueron calificados como diluvianos, en referencia a una supuesta inundación
catastrófica que imaginaron como responsable de aquellos depósitos. Diversos y
refinados modelos recurrían a la acción de grandes olas y torrentes marinos
provocados por los frecuentes seísmos alpinos. Otros reputados naturalistas,
entre los que se incluía Charles Lyell, apostaron por un mar glacial, recorrido
por los recientemente descubiertos icebergs que arrojarían su carga al
fundirse.
Sin embargo, aquellas explicaciones resultaban insatisfactorias para el
suizo Ignaz Venetz, que en 1821 sugirió otro escenario para dar explicación a
los hechos observados. Para Venetz, gran parte de las tierras europeas habían
estado cubiertas por glaciares en el pasado, y aquello que denominaban
depósitos diluvianos eran evidencias de que las masas de hielo habían ocupado
en el pasado una extensión mucho mayor a la actual.
Para muchos naturalistas, aquella hipótesis glaciar parecía tanto o más
extraña que las anteriores explicaciones, por lo que recibió la burla de gran
parte de la comunidad científica. En los años siguientes un compatriota suyo,
Louis Agassiz, se propuso encontrar pruebas que contradijeran las aparentemente
extravagantes ideas de Venetz. Sin embargo, durante su minuciosa investigación
de campo en el entorno de los Alpes, comprobó que efectivamente el agua líquida
no era el único agente capaz de mover rocas.
En los ascensos realizados hacia los glaciares encontraba superficies
extraordinariamente pulidas, en las que aparecían con frecuencia largas estrías
con una orientación similar a la de los valles. Hasta entonces aquellas estrías
habían pasado desapercibidas y llegaron a explicarse torpemente como simples
arañazos producidos por el paso de carros y crampones.
Agassiz, sin embargo, interpretó correctamente que aquellas hermosas
superficies habían sido pulidas por el paso del hielo glaciar, y que las
estrías eran producidas por el transporte de fragmentos rocosos en su base. De
hecho, en el frente de todos los glaciares encontró depósitos de morrena,
similares a aquellos que se habían encontrado en cotas más bajas.
Sus investigaciones no solo iban a permitir explicar el aspecto de esas
superficies y otras características propias de los valles glaciares, sino que
dejaban claro que durante el período cuaternario, muchas regiones del planeta
que hoy disfrutan de un clima templado habían estado cubiertas por hielo en un
pasado geológico relativamente reciente.
Los enormes bloques erráticos que adornaban los campos del Jura y otras
regiones habían realizado sus enormes viajes sobre los lentos pero eficientes
glaciares, hasta ser abandonados en sus posiciones actuales igual que sucede
con las morrenas. Aún hoy podemos observar estos grandes bloques en movimiento
a hombros de los glaciares que persisten en muchas montañas del planeta.
§ 34. ¿Pueden disolverse las rocas?
Eslovenia, un pequeño país europeo frecuentado por visitantes vacacionales,
describe de la siguiente manera algunos de sus atractivos en su web de
información turística:
Hasta que no se adentre en el mundo subterráneo, no ha vivido Eslovenia
de verdad. Laberintos de galerías y salas con maravillosas estalagmitas y
estalactitas le revelarán una dimensión completamente nueva del mundo. Mire
hacia el cañón subterráneo más profundo y más grande del planeta.
Con el mítico trenecito turístico que recorre la Cueva de Postojna
adéntrese en la maraña de túneles subterráneos para admirar las extrañas formas
de las formaciones calcáreas. Visite el Castillo de Predjama, el más grande del
mundo ubicado dentro de una cueva.
Así se anuncian las sorprendentes instalaciones que, ubicadas en el
interior de estas cuevas, tratan de atraer visitantes a un lugar ya de por sí
infinitamente cautivador.
De forma natural existen en estas cuevas zonas inundadas, donde se
forman lagos subterráneos de extraordinaria belleza. Por encima de ellos, el
incesante goteo de las aguas infiltradas desde la superficie rompe el silencio
sepulcral de este mundo subterráneo, lo que lo hace aún más atractivo.
En el techo, donde el agua surge de forma preferente a través de
fisuras, encontramos colgando unas formas muy conocidas, las estalactitas. Bajo
ellas crecen en el suelo por goteo unas formas con un aspecto similar pero
invertido, las estalagmitas. Ambas tienen un lento pero continuo crecimiento,
las primeras hacia abajo, las segundas hacia arriba, de manera que en ocasiones
ambas se unen y forman columnas que van desde la parte inferior hasta el techo
de la cueva. Este tipo de depósitos se conocen como travertinos y podemos
observarlos también tapizando las paredes y el suelo de las grutas.
Estas enormes cavernas eslovenas se han formado en la intersección de
grandes conductos verticales y horizontales por los que circula el agua. Y han
crecido, en parte, por el desprendimiento de piedras del techo, algunas de las
cuales aún permanecen bajo el agua.
En contraste con ese húmedo mundo subterráneo, encontramos en la
superficie del macizo áreas que están dominadas por una enorme aridez. La
ausencia de un suelo rico impide el desarrollo de una densa vegetación, lo que
hace que en el paisaje abunden afloramientos de tonos grises formados por roca
caliza.
El agua de lluvia, aunque desaparece rápidamente, ha marcado la
superficie de pequeñas y grandes acanaladuras conocidas como lapiaces. Por
ellas la escorrentía discurre hacia enormes conductos verticales denominados
simas, que en muchos casos permiten el acceso a las cuevas de los espeleólogos.
El relieve está repleto de depresiones con formas y tamaños variados;
desde grandes embudos circulares de algunos metros de diámetro, hasta enormes
socavones kilométricos con un contorno irregular. La mayoría se han formado por
el hundimiento de una, varias o multitud de cuevas próximas a la superficie, y
en función de ello reciben el nombre de dolina, uvala o poljé.
En los grandes poljés encontramos manantiales en las cotas más bajas por
los que resurge parte del agua infiltrada y descubrimos restos del antiguo
relieve que sobresale en forma de pináculos rocosos.
Las peculiaridades de este paisaje son la evidencia de que rocas tan
consistentes como la caliza pueden disolverse. La agresividad del agua sobre el
mineral calcita (CaCO3) depende de la cantidad de dióxido de carbono
(CO2) que arrastre en su descenso. Como resultado se obtiene
bicarbonato cálcico [Ca(CO3H)2] mediante la siguiente
reacción:
CaCO3 + CO2 + H2O → Ca(CO3H)2
Al igual que el conocido fármaco que combate las digestiones pesadas, el
bicarbonato resultante en la reacción anterior es soluble en el agua, y por
tanto fácilmente transportado en la escorrentía subterránea.
A mayores presiones el agua tiene mayor capacidad para contener CO2, de
manera que la destrucción del macizo calcáreo alcanza una mayor intensidad
conforme profundizamos bajo las aguas subterráneas, donde todos los poros y
fisuras del macizo rocoso están rellenos de agua. De forma contraria, la
reacción anterior puede invertirse si las condiciones varían levemente, lo que
da lugar a formas como las estalagmitas y resto de travertinos.
Esta agreste y bella región mediterránea conocida como Kras fue descrita
por primera vez en 1893 por Jovan Cvijić. A partir del trabajo realizado por
este geógrafo esloveno, todos los relieves del planeta que han sufrido un
modelado similar se conocen como karst o carso (respectivamente los topónimos
en alemán e italiano de la región).
La sucesión en el tiempo de precipitaciones da lugar a un envejecimiento
de los macizos kársticos, algunos de ellos muy conocidos como la Ciudad
Encantada de Cuenca (España), los mogotes de Viñales (Cuba) o las
espectaculares agujas de la película Avatar (China). Todos ellos de un enorme
atractivo turístico y geológico.
Parte V
Ciclo de las rocas
Contenido:
§ 35. ¿Cómo se forma el basalto?
§ 36. ¿Qué es una cuenca sedimentaria?
§ 37. ¿Cómo pudo llegar grava al medio del océano?
§ 38. ¿El efecto invernadero puede quedar petrificado?
§ 39. ¿Qué pistas nos desvelan las rocas sobre el pasado de la Tierra?
§ 40. ¿Pueden doblarse las rocas?
§ 41. ¿Cómo afecta el calor a las rocas?
§ 42. ¿Cómo cambian las rocas enterradas?
§ 43. ¿El petróleo funde las rocas?
§ 44. Palomitas y rocas, ¿qué nos desvela el maíz?
§ 45. Magma ácido y lava básica, ¿en qué se diferencian?
§ 46. ¿Cómo distinguir una colada de un magma atascado?
§ 35. ¿Cómo se forma el basalto?
Mefistófeles: Cuando Dios, el señor —bien conozco yo las razones—, nos hizo
emigrar del aire a las más hondas profundidades, allá donde en el centro arde
un fuego eterno, nos encontrábamos ante un excesivo fulgor, muy apretados e
incómodos. Los diablos empezamos a toser todos a la vez, el infierno se inundó
de hedor de azufre y ácido. Se formó un gas tan horrible que la corteza de la
tierra de los continentes estalló, en todo su grosor. Ahora hemos pasado al
otro extremo, lo que antes era abismo ahora es cumbre. […]
Fausto: […] Cuando la naturaleza se construyó a sí misma, el globo
terráqueo tomo por sí mismo una perfecta forma redonda; luego se solazó creando
picos y barrancos, luego plácidamente modeló las colinas y suavizó las
pendientes en el valle. Allí todo verdea y crece y para entretenerse no
necesita hacer locuras.
Mefistófeles: Eso es lo que tú piensas y te parece tan claro como la luz
del sol, pero el que estuvo allí presente sabe que fue de forma diferente. Allí
estaba cuando la masa hirviente del abismo borboteando se hinchó despidiendo
una tormenta de llamas, cuando el martillo de Moloc, fundiendo unas rocas con
otras, arrojaba a gran distancia los escombros del monte. En la tierra están
aún inmóviles esas extrañas masas. […]
Fausto: Es curioso observar cómo contemplan los diablos la naturaleza.
En este fragmento de la obra dramática Fausto, el demonio Mefistófeles
se muestra a favor de la idea del fuego interno de la Tierra. Para él, las
montañas son consecuencia de los procesos ocurridos en el interior del planeta,
y los volcanes su máxima expresión. Fausto, sin embargo, aludía a causas
externas para explicar el origen de los valles y las montañas, a partir de una
superficie inicial perfectamente horizontal, como la que se deposita en el
fondo de un mar que precipita.
El literato alemán Goethe reflejó de esta manera las dos posiciones
geológicas enfrentadas en su época: el neptunismo y el plutonismo. Existía tal
entusiasmo en aquel debate que la prensa se hizo eco de la polémica. Filósofos,
naturalistas, religiosos y políticos se posicionaban de forma apasionada en uno
de los dos bandos enfrentados, hasta el punto de que la controversia llegó a
convertirse en un debate ideológico.
Las ideas neptunistas defendían el origen acuoso de las rocas que
cubrían la superficie terrestre. Múltiples observaciones como los fósiles y los
sedimentos que conformaban los estratos parecían refrendar esta idea a la que
se sumaban los más prestigiosos geólogos. Todo ello, junto a la coherencia con
el relato del diluvio universal, favoreció que tuviese un gran apoyo fuera de
los círculos científicos.
Sin embargo, unas extrañas masas como las referidas por Mefistófeles en
el diálogo anterior iban a sembrar la polémica. Para los científicos el debate
se centraba en desvelar el origen de una roca concreta: el basalto.
El basalto es una piedra dura y oscura, en cuyo seno se distribuyen
bellos cristales de diversos colores, uno de ellos verde, conocido como
olivino. En las regiones europeas, donde se estaba desarrollando el debate,
suelen presentarse en forma de capas que se intercalan entre estratos
sedimentarios.
Además del color oscuro, esta roca maciza se caracteriza por la presencia de
fracturas que forman una típica estructura en columnas geométricas. Su aspecto
se debe a la contracción que sufren los materiales, que tienden a romperse en
la forma más parecida al círculo sin dejar espacios libres: el hexágono.
Para los neptunistas la explicación estaba muy clara y su origen era
comparable al de otras rocas como la caliza, el yeso o la sal. El basalto era,
para ellos, resultado de la precipitación química en el fondo de un mar
químicamente distinto a los actuales y que con una distribución global habría
cubierto los continentes en el pasado.
Aunque muy pocos de aquellos naturalistas habían tenido contacto con los
volcanes, ninguno negaba la existencia de erupciones como las producidas en el
Etna con frecuencia. Pero la mayoría los interpretaba como procesos puntuales,
ligados a la combustión que tenían lugar en el subsuelo del propio volcán.
Suponían que las causas de este calentamiento local estarían ligadas a
materiales inflamables como el azufre o el carbón, que desencadenarían
explosiones e incendios subterráneos a escasa profundidad. Estos supuestos
mecanismos serían los responsables no solo de fundir las rocas circundantes de
basalto que saldrían al exterior en forma de lava, sino también de provocar los
terremotos sentidos en áreas no volcánicas.
Uno de los discípulos de aquella corriente neptunista nacida en la
Escuela de Minas de Friburgo fue Alexander von Humboldt. Este célebre
naturalista alemán exploró el continente americano con fines científicos y a su
regreso aportó una visión global de los fenómenos naturales que afectan al
planeta. Antes de alcanzar el Nuevo Mundo, realizó una parada de varios días en
la isla de Tenerife, con la intención de subir a lo alto de su majestuoso
volcán, el Teide. Durante la ascensión de casi cuatro mil metros, pudo
comprobar que la isla estaba formada mayoritariamente por basaltos y, ya en la
cima, observar desde lo alto las recientes coladas de lava petrificadas en la
ladera y medir los gases calientes que aún hoy emanan del cráter.
Las dudas sobre las teorías neptunistas que había aprendido comenzaban a
tambalearse, y sería en su visita a diversos volcanes andinos como el
Chimborazo en Ecuador cuando abandonaría definitivamente aquellas ideas. A su
regreso a Europa, Humboldt comenzaría a defender las ideas plutonistas
aportando nuevas evidencias a los científicos del Viejo Continente.
En sus propias palabras: «Todas las ideas que se han expresado sobre las
causas de los volcanes, sobre los orígenes de sus productos, me parecen falsas
e insostenibles». Para Humboldt, las enormes masas de basalto expulsadas por
los volcanes y, sobre todo, la distribución de los mismos formando parte de
enormes cordilleras, eran la prueba definitiva de la existencia de un calor
interno en el planeta. Y ese era, en última instancia, el único motor capaz de
provocar terremotos y levantar las montañas. Las ideas plutonistas de Hutton y
Lyell encontrarían así, en el que inicialmente fuera uno de sus más poderosos
oponentes, a su mayor aliado.
§ 36. ¿Qué es una cuenca sedimentaria?
Mientras leéis estas líneas, un pequeño fragmento de roca está muy cerca de
depositarse a miles de metros de profundidad en el océano. Se encuentra a
escasos centímetros del fondo y a enormes distancias del continente del que
zarpó hace ya varios años. Sin embargo, incluso en esas aguas tranquilas, casi
inmóviles y carentes de luz, podría permanecer varios meses más en suspensión;
sin subir ni bajar.
Esta historia, que puede resultarnos tan banal, tiene lugar
continuamente en uno de los escenarios más importantes para la geología: las
cuencas sedimentarias. La palabra cuenca, que procede de ‘concha’, se usa en
las ciencias de la Tierra para hacer referencia a zonas deprimidas
topográficamente y, por tanto, receptoras tarde o temprano de los sedimentos
que se originan en la superficie terrestre. Debido a esto se desarrollan
espesores sedimentarios kilométricos acumulados durante millones de años.
Las cuencas se alimentan de rocas más antiguas que forman parte de un
relieve circundante y se ven sometidas a procesos de destrucción conocidos como
meteorización. La cantidad y calidad de estos productos de meteorización
dependen de diversos factores. El clima, por ejemplo, controla el predominio de
un determinado agente geológico como puede ser el viento, los ríos o los
glaciares. La altitud, por su parte, incide en la velocidad a la que se
destruyen los materiales, mayor cuanto mayores sean los relieves.
Aunque una pequeña fracción de los materiales desprendidos pasa a formar
parte de los suelos o lagos continentales, la mayor parte es tarde o temprano
erosionada del medio generador y transportada hacia las grandes cuencas
oceánicas. El principal agente de transporte es el agua de los ríos que, a
escala global, mueve a más del 90 % del material sedimentario. Las cantidades
aportadas por uno solo de los grandes ríos del planeta se miden en miles de
millones de toneladas cada año.
A la vez que los grandes relieves son desgastados por la erosión, los flujos
de agua depositan enormes masas de sedimento al llegar al mar. Los más gruesos
permanecen cerca de la línea de costa mientras las finas arcillas pueden
permanecer a flote a merced de la corriente.
Como vimos al inicio, algunos de estos aportes pueden tardar muchos años
en depositarse, pero la mayoría lo hacen más rápidamente en las proximidades de
la costa. Así, mientras que en los ambientes pelágicos solo se acumula un
milímetro de sedimentos cada mil años, en el entorno de los deltas se alcanzan
cientos de metros.
El aporte acumulado durante largos períodos de tiempo hace que en las
áreas adyacentes a los continentes se alcancen espesores sedimentarios de hasta
diez kilómetros. Esta sedimentación continuada solo es posible debido al
hundimiento simultáneo que se produce en las cuencas, conocido como
subsidencia. De no ser así, la llegada de aportes sucesivos rellenaría
rápidamente el volumen disponible para el depósito y la sedimentación se
trasladaría a otras regiones.
Desde el momento en que se produce el depósito, los sedimentos se ven
sometidos a una transformación denominada diagénesis. El enterramiento causado
por los aportes sucesivos y la subsidencia hacia zonas más profundas tienen
como consecuencia un aumento de la presión y de la temperatura que concluye con
la formación de rocas sedimentarias.
Una etapa importante de este proceso es la compactación, donde el agua
marina que ocupaba los poros del sedimento es expulsada y el empaquetamiento de
los granos se reajusta. La circulación del agua subterránea a través de la
reducida porosidad provoca la precipitación de diversos materiales cementantes
como la calcita o la sílice, que favorecen la litificación del sedimento con el
transcurso del tiempo.
Algunos importantes secretos de las cuencas se mantuvieron escondidos
bajo las aguas hasta hace unas décadas, cuando se desarrolló la investigación
oceanográfica. Sin embargo, los geólogos llevan siglos aplicando este término
para referirse a cuencas del pasado, cuyos grandes espesores de sedimentos hoy
aparecen emergidos y forman parte de las cadenas montañosas de nuestro planeta.
Estas cuencas inactivas, fuertemente deformadas, han pasado a someterse a la
actividad erosiva y son ahora generadoras de sedimento para las cuencas
activas, lo que da continuidad al ciclo geológico que se repite desde hace
miles de millones de años.
Por cierto, la partícula de arcilla con la que iniciamos esta pregunta
ya se ha depositado. Pero no por su propios medios, sino porque al chocar con
otras y quedar débilmente pegadas, han alcanzado la suficiente masa para vencer
el rozamiento del agua y descender el último tramo hasta el (casi) eterno
descanso del fondo oceánico.
§ 37. ¿Cómo pudo llegar grava al medio del océano?
Imaginemos una piedra del tamaño de un puño. A estos fragmentos de roca de
grandes dimensiones se los conoce como grava. Normalmente los fragmentos de
grava se juntan con los de su mismo tamaño, pero este está aislado. Aislado en
medio de los infinitos campos de fango pelágico que cubren el fondo del océano.
Estos fangos están formados por innumerables cantidades de sedimentos finos, la
arcilla, que también tienden a juntarse.
Aquel fragmento de grava pudo haber sido tirado desde un barco; pero no,
no existía la navegación cuando esto ocurrió. También pudo ser lanzado por un
volcán submarino; pero tampoco, no es una roca de origen volcánico. Su origen
no es extraterrestre y es demasiado pesada para haber llegado flotando, por lo
que su presencia a miles de kilómetros de distancia de la costa es, cuando
menos, misteriosa.
Las corrientes de agua seleccionan los clastos por tamaños; cuanto más
fuerte sea la corriente, mayor será el tamaño del clasto transportado. A medida
que pierde energía se depositan, en primer lugar, los clastos mayores, mientras
que los más pequeños continúan siendo movilizados hacia ambientes más
tranquilos. Este proceso da lugar a una gradación en el tamaño de grano, de tal
manera que sirve como indicador de la energía y velocidad de las corrientes que
tuvieron lugar en el momento de la sedimentación. Generalmente las gravas
quedan abandonadas en los márgenes de los ríos, en los deltas o en las playas,
mientras que la arcilla se mantiene en suspensión hasta las zonas más distales
del océano.
Por otro lado, la composición y el aspecto de los granos también pueden
arrojar información sobre los procesos geológicos que han tenido lugar de forma
previa al depósito. Los fragmentos de grava se obtienen mediante meteorización
física en las áreas continentales que están siendo desmanteladas, de manera que
pueden conservar la estructura y mineralogía de la roca originaria, lo cual
aporta importante información acerca de las montañas y relieves en los que se
ha generado el sedimento. Las arcillas, sin embargo, son producidas por la
meteorización química, que cambia la estructura mineral original, lo que da
lugar a nuevos y minúsculos cristales planos.
Estos minerales de la arcilla, vistos al microscopio, revelan un aspecto
planar debido a la estructura cristalina propia del grupo al que pertenecen,
los filosilicatos. Sin embargo, el aspecto de una grava es consecuencia de los
golpes que ha sufrido durante el transporte, de manera que a mayor cantidad de
golpes, mayor será la redondez del fragmento. En el caso más general, cuando
son transportados por un fluido (agua o aire), un fragmento bien redondeado
será el resultado de haber recorrido una distancia mayor.
El oleaje es capaz de movilizar grandes fragmentos sedimentarios, pero en
cuanto nos adentramos en el agua esta energía se desvanece. Los mayores son
rápidamente depositados en el fondo del mar, de manera que el tamaño de grano
nos sirve como indicador de la distancia de un estrato con respecto a la costa.
Además de los gruesos fragmentos de grava y los finos de arcilla, los
sedimentólogos han establecido categorías intermedias entre las que se
encuentra la arena. Del mismo modo que las gravas, las arenas se obtienen
generalmente por meteorización física, y aunque también pueden tratarse de
pequeños fragmentos de roca, la mayor parte de los granos son cristales
individuales arrancados de la roca.
Dado que el granito es la roca más abundante y representativa de las
áreas continentales desmanteladas, la composición mineralógica de los
principales depósitos de arena está representada por cantidades variables de
cuarzo, feldespato y mica. De estos tres minerales, el cuarzo es con diferencia
el más resistente a la meteorización química, mientras que los otros se
transforman en arcillas con relativa facilidad. De este modo, la presencia de
granos de feldespato da lugar a unas arenas denominadas arcosas que se asocian
a un transporte breve y a climas áridos. Por el contrario, un transporte
prolongado destruye los fragmentos que no sean de cuarzo, lo cual forma una
roca muy resistente denominada cuarcita.
Otro aspecto importante en el análisis de los depósitos detríticos es la
forma en que se combinan granulometrías diversas, con granos de tamaño arena o
grava embebidos en una matriz arcillosa. Así, encontramos depósitos muy bien
seleccionados por flujos cuyas velocidades varían de forma suave, como el
viento que transporta la arena de las dunas, frente a otros que frenan de forma
brusca. Estos cambios drásticos en la velocidad suelen tener relación con
variaciones igualmente contundentes en la pendiente por la que circulan. Tal es
el caso de las bases de las montañas, en las que suelen mezclarse gravas y
arcillas y la base de los taludes oceánicos, en los que la fracción fina se
combina con arenas.
Estos pocos depósitos seleccionados suelen estar asociados a fragmentos
angulosos que reflejan un transporte escaso y limitado al tramo de la abrupta
pendiente. De este modo se forma un tipo especial de depósitos gruesos
denominado brecha (frente a los conglomerados redondeados) y otros arenosos
denominados grauvacas.
Pero retomemos la grava del misterio con la que iniciamos la pregunta,
aquella que se encuentra aislada, en medio de un mundo de arcillas. Podríamos
pensar ahora que se trató de un flujo que se detuvo de forma repentina; pero
no, no existen relieves en el entorno del depósito y las aguas a esa
profundidad jamás han sufrido bruscos cambios de velocidad. Si recordamos el
capítulo anterior de este libro, probablemente hayamos encontrado similitudes
entre esta grava y los grandes bloque erráticos que describimos previamente, y
es que efectivamente, aquel fragmento de grava no fue arrastrado allí por la
corriente, sino por un fragmento de hielo a la deriva, un iceberg, que en su
proceso de fusión fue descargando las rocas que transportaba desde el
continente helado. Es así como se forman este tipo de anomalías
granulométricas, que se conocen con el nombre de paratillitas por su similitud
con las tillitas o morrenas glaciares.
§ 38. ¿El efecto invernadero puede quedar petrificado?
Para contribuir a paliar el incremento del efecto invernadero los
investigadores intentan extraer de la atmósfera parte del CO2 liberado por la
actividad humana. Una opción para capturar y almacenar este exceso consiste en
convertirlo en roca sólida inyectándolo en formaciones de basalto, con una gran
cantidad de poros generados por la liberación de gases volcánicos, a unos
novecientos metros bajo tierra. A esa profundidad las reacciones químicas
naturales desencadenan la transformación. Los minerales que forman parte del
basalto son inestables y liberan algunos elementos (calcio, hierro y magnesio)
que se disuelven en las condiciones ácidas creadas por el CO2.
Se obtiene un precipitado de color blanco conocido como ankerita
(CaFe(CO3)2), muy similar a la dolomita (CaMg(CO3)2),
pero con presencia de átomos de hierro (Fe) en lugar de magnesio (Mg). Ambos
son minerales del grupo de los carbonatos que comparten la capacidad de retener
CO2 en sus estructuras cristalinas.
Aunque la roca dolomía es relativamente abundante en algunos lugares
como el sector alpino de los dolomitas, la cantidad que se forma en la
naturaleza de este mineral a partir del CO2 son mínimas. La
mayoría se ha originado mediante procesos diagenéticos, por reemplazamiento de
magnesio (Mg) en el lugar ocupado por el calcio (Ca) en las estructuras
cristalinas de otro mineral previamente formado, la calcita (CaCO3).
La calcita es el resultado de un proceso natural de captación del CO2 hacia
la litosfera, que es, con mucho, el mayor depósito terrestre de carbono. El
agua de lluvia se combina con este gas atmosférico y crea un ácido que ataca a
las rocas. Como producto de la meteorización química se forma el ión
bicarbonato (HCO3-) que, al ser soluble en agua, es
transportado por los ríos y aguas subterráneas hacia los mares. El posterior
precipitado de estas sustancias da lugar a rocas sedimentarias compuestas
fundamentalmente por carbonato cálcico, que reciben el nombre de caliza.
Muchos de los relieves más vistosos que nos rodean están formados por rocas
calizas. Esta roca puede presentarse en distintas variedades, pero todas están
formadas mayoritariamente por el mineral calcita, un carbonato que precipita
como consecuencia de la presencia de CO2 en las aguas.
Este tipo de precipitado de calcita representa el 10 % del volumen total
de todas las rocas sedimentarias. Un ejemplo son las estalagmitas depositadas
en las cavernas cuando las gotitas de agua son expuestas al aire de la cavidad,
parte del dióxido de carbono disuelto se escapa y causa la precipitación del
carbonato cálcico. Otra variedad se produce en las aguas poco profundas de los
mares cálidos. A partir de minúsculas partículas que son movidas por las
corrientes en un continuo vaivén, se depositan capas sucesivas que dan lugar a
pequeños granos esféricos denominados ooides.
De forma general las calizas que tienen un origen inorgánico se forman
cuando los cambios químicos o las temperaturas elevadas del agua aumentan la
concentración del carbonato cálcico hasta el punto de que este precipita. Algo
similar ocurre con otro conjunto de rocas, las evaporitas, entre las que
destacan la sal (cloruro sódico, NaCl) y el yeso (sulfato cálcico hidratado,
CaSO4·2H2O). Estas rocas se forman también por la
sedimentación de precipitados químicos al variar las condiciones ambientales.
Pero, como su nombre indica, en este caso la evaporación del agua es el
mecanismo desencadenante.
No obstante, la mayor parte de la caliza no se produce por estos
procesos de precipitación inorgánica, sino que son consecuencia de la actividad
biológica. Una caliza bioquímica de fácil identificación es la coquina, una
roca de grano grueso compuesta por fragmentos de caparazones poco cementados.
Otro ejemplo menos obvio, aunque familiar, es la creta, una roca blanda y
porosa constituida casi en su totalidad por las partes duras de microorganismos
marinos.
El material disuelto en el agua es extraído por los seres vivos que la
habitan para producir estructuras fundamentalmente de carbonato de calcio (CaCO3).
Una vez que los organismos mueren, estas se depositan en el fondo oceánico,
donde los procesos diagenéticos las transforman en roca caliza. Aunque
predomine, no siempre resulta evidente el origen biológico de la caliza, puesto
que los caparazones y los esqueletos pueden sufrir cambios considerables antes
de litificarse para formar una roca.
Si bien la mayoría de las partes duras de los organismos acuáticos son
fabricadas de carbonato cálcico, algunos otros, como las diatomeas y los
radiolarios, producen esqueletos compuestos de sílice (SiO2). A
pesar de que el agua de mar contiene cantidades ínfimas, estos pequeños seres
vivos son capaces de extraer la sílice y dar origen a formaciones de roca
silícea muy compactas y duras, que se pueden encontrar como nódulos irregulares
en la caliza y como capas de roca. Un ejemplo conocido es el pedernal, cuyo
color oscuro se debe a la materia orgánica que contiene.
Además de los microorganismos y moluscos con concha comentados
previamente, una de las mayores fábricas de caliza la encontramos en los
exuberantes ecosistemas coralinos. Los corales han sido también los
responsables de la precipitación de enormes cantidades de roca (en este caso
caliza) en el pasado geológico. Estos diminutos animales viven en colonias de
numerosos individuos que fabrican esqueletos externos ricos en calcita, que en
su conjunto dan lugar a estructuras masivas de gran tamaño llamadas arrecifes.
A este proceso contribuyen algas secretoras de carbonato que facilitan la
cementación y consolidación de la formación como una masa sólida.
La geología ha descubierto el papel de las rocas sedimentarias de
precipitación química en la historia climática del planeta y hoy en día la
ingeniería ambiental utiliza estos conocimientos para intentar disminuir las
enormes emisiones de CO2 a la atmósfera. Aunque las tecnologías
desarrolladas hasta el momento resultan insuficientes y suponen soluciones
locales, en áreas con rocas de basalto, cuando se trata de luchar contra el
calentamiento global toda ayuda debe ser bienvenida.
§ 39. ¿Qué pistas nos desvelan las rocas sobre el pasado de la tierra?
Alfred Wegener ha sido uno de los mayores detectives que han indagado en
el pasado de nuestro planeta. Especialista en el estudio de los climas y
ayudado por su abuelo, fue capaz de reconstruir el clima de la Tierra durante
el carbonífero a partir de las pistas grabadas en las rocas. Sus resultados
fueron asombrosos. La distribución climática durante aquel período era tan
peculiar que los mejores climatólogos del presente se desorientarían. Allí
donde hoy se extienden los hielos, se podían observar huellas de ardientes
desiertos y donde reinan las actuales selvas tropicales, el suelo aún conserva
las marcas de gigantescos glaciares. Según sus investigaciones, el clima del
planeta parecía haber estado completamente loco en aquel período.
La caprichosa distribución de algunos fósiles resultó un verdadero
quebradero de cabeza para muchos científicos. Se propusieron diversas hipótesis
para explicarlo, algunas tan atrevidas como suponer que los continentes habían
estado unidos y se estaban desplazando.
La ciencia que estudia las características climáticas de la Tierra a lo
largo de su historia es la paleoclimatología. Esta parte de la idea de que cada
clima deja unas pruebas en las rocas, a través de fósiles, formas erosivas y,
sobre todo, depósitos sedimentarios.
Así, por ejemplo, las formaciones de carbón mineral son indicadoras de
la existencia de vegetación y humedad en el pasado. Una gran capa de este
mineral se corresponde con una selva frondosa, asociada a un clima ecuatorial.
También es posible inferir la existencia de casquetes helados si observamos
superficies pulidas, aborregadas, sobre las que se aprecien estrías talladas
por las rocas arrastradas en la base de los glaciares. Por su parte, los
grandes depósitos de sal están dados por la existencia, en el pasado, de un mar
incomunicado que recibía menos agua de la que se evaporaba, evidencias de un
clima desértico.
Los estudios paleontológicos tienen también gran importancia para la
interpretación de la historia climática. El conocimiento de las características
desarrolladas por diferentes grupos de organismos fósiles permite interpretar
las condiciones ambientales a las que se adaptaron.
Por su naturaleza algunos organismos no pueden vivir bajo determinadas
condiciones climáticas. Este es el caso de los grandes reptiles, quienes tienen
vetadas las regiones frías debido a su incapacidad para regular por sí mismos
su temperatura corporal, por lo que sus fósiles pueden utilizarse como
indicadores térmicos de una determinada región.
Los árboles también constituyen un registro de las temperaturas y su
variabilidad anual. La presencia de anillos en troncos fosilizados indica que
la planta vivió en un clima templado con una marcada estacionalidad, donde los
árboles fabrican un nuevo anillo cada verano, mientas que en el invierno
detienen su crecimiento. Por el contrario, la ausencia de anillos en los
troncos suele estar asociada a climas ecuatoriales que carecen de variabilidad
anual.
La composición química de las rocas igualmente puede aportar indicios
valiosos en este proceso de reconstrucción. Por ejemplo, las lutitas negras
(ricas en carbono) indican un ambiente de sedimentación en aguas estancadas,
donde la oxigenación es baja, lo que permite que la materia orgánica no se
descomponga.
Las estructuras sedimentarias, presentes dentro de los estratos o en las
superficies de estratificación, proporcionan información adicional de gran
utilidad para la interpretación de la geografía de una determinada cuenca en el
pasado. Estas reconstrucciones paleogeográficas se basan en identificar las
estructuras presentes y relacionarlas con el ambiente en que se desarrollan, y
permiten, entre otras cosas, trazar la línea de costa a lo largo de las épocas
geológicas. Tal es el caso de las grietas de desecación, que indican que el
sedimento estuvo alternativamente húmedo y seco, por lo que se asocian con
ambientes como los lagos someros y las cuencas desérticas.
Aunque la mayoría de los sedimentos se depositan en capas horizontales,
en ciertas circunstancias es posible encontrar capas inclinadas dentro de
determinados estratos, que reciben el nombre de estratificación cruzada. Estas
estructuras se desarrollan en el interior de las dunas de arena y pueden
indicar la existencia de antiguas playas o desiertos áridos.
Otro tipo de ondulaciones, similares a las dunas pero a menor escala,
son las rizaduras o ripples. Unas son asimétricas, y permiten reconstruir la
dirección predominante de las corrientes y, de esta forma, la inclinación y el
aspecto de los antiguos relieves. Otras, simétricas, originadas por la continua
oscilación del oleaje costero.
Por otro lado, la presencia de conglomerado puede indicar un ambiente de
gran energía en una zona de rompientes donde los materiales de mayor tamaño
quedan descubiertos, separados de las partículas finas que se marchan en
suspensión hacia otros ambientes. Del mismo modo que el depósito de grandes
espesores de arcilla hace pensar que la zona estuvo situada en la parte más
interna de un antiguo océano.
Los depósitos sedimentarios no aparecen aislados en la naturaleza. La
variedad de características litológicas y paleontológicas, que permiten deducir
el origen y el ambiente de formación de las rocas sedimentarias, determinan
distintas facies. La variación lateral de estas permite reconstruir la
paleografía y la línea de costa en un momento determinado del pasado. Resulta
también muy interesante conocer los cambios de facies en la vertical, puesto
que brindan información sobre la evolución de una determinada cuenca
sedimentaria.
De esta manera, si encontramos depósitos propios de un ambiente marino
profundo sobre los que se superponen facies de playa y por encima de estas
aparecen facies continentales, estaremos entonces observando una secuencia de
somerización de la cuenca, y podremos interpretar que durante ese período de
tiempo se produjo un proceso de regresión marina.
Por supuesto, también puede darse la situación contraria, en que las
facies continentales se encuentren bajo facies costeras y estas, a su vez, bajo
facies distales y profundas. En este caso se trataría de una secuencia de
profundización, evidencia de que tuvo lugar una transgresión marina.
Este patrón de distribución de facies, en que la secuencia de cambios
laterales (depósitos más distales a la costa–depósitos costeros–depósitos
continentales) se repite en la vertical, es muy frecuente en el registro
estratigráfico, y se conoce como Ley de Walter.
Como hemos visto, y pese a la antigüedad de las eras geológicas, los
geólogos disponen de multitud de estrategias para reconstruir los ambientes del
pasado que, en muchas ocasiones, permiten llegar a conclusiones fascinantes. Un
buen ejemplo podremos verlo en las investigaciones de Wegener, que le llevarían
a imaginar la fugacidad de la geografía global y el asombroso desplazamiento de
los continentes.
§ 40. ¿Pueden doblarse las rocas?
En nuestra vida cotidiana estamos familiarizados con reconocer las dos caras de
una misma tela. Las costuras o la intensidad del estampado son algunas de las
pistas que nos permiten vestirnos y hacer la cama de forma correcta. Este tipo
de criterios, por los que podemos diferenciar el interior del exterior de una
camiseta, o la parte inferior y superior de una sábana, se denominan criterios
de polaridad, y son muy útiles en geología cuando se aplican a los estratos.
Imaginemos, por ejemplo, lo que sucede cuando las lluvias cesan y hacen
que los charcos y pantanos desaparezcan. El fango depositado en el fondo queda
al descubierto, y se cuartea debido a la evaporación del agua. Si unas lluvias
posteriores traen nuevos aportes de fango, este fino sedimento rellenará, como
si se tratara de un molde, estas grietas de desecación sobre las que se
asienta. Como resultado, obtendremos que el nuevo nivel de arcillas reproducirá
estas formas en la superficie inferior pero a la inversa, es decir, como
salientes en lugar de hendiduras.
Este tipo de procesos y estructuras de desecación pueden quedar
conservadas también en una superficie de estratificación. De esta manera, si en
un determinado afloramiento con los estratos en posición vertical observamos
este tipo de salientes o hendiduras, podremos determinar si la parte superior
de esa formación geológica se encuentra a nuestra izquierda o nuestra derecha.
Parece evidente que unos estratos en posición vertical han sido
movilizados desde su horizontalidad original. Pero imaginemos ahora que los
estratos están en posición horizontal, y las grietas de desecación nos muestran
que lo que antes estaba arriba, ahora está hacia abajo. Este tipo de
situaciones en las que los estratos han sufrido un vuelco tan espectacular son
frecuentes en la naturaleza, y se conocen como secuencias invertidas.
Para descifrar el origen de estos cambios, retomemos el símil de una
cama bien hecha. Apoyemos nuestras manos sobre ella y comencemos a empujar la
una contra la otra. Entre ambas manos se nos creará una elevación, formada por
dos pendientes contrapuestas separadas por una zona central donde la curvatura
es máxima.
Con frecuencia los pliegues se presentan tan inclinados que difícilmente
podemos definirlos como cóncavos o convexos. Con mucha frecuencia el trabajo de
campo nos obliga a acercarnos hasta cada afloramiento para descubrir pistas que
nos indiquen qué era arriba y qué era abajo.
Al igual que en las sábanas, también los estratos geológicos muestran
este tipo de arrugas que reciben el nombre de pliegues. En este caso la parte
más curvada se conoce como charnela y los lados inclinados se denominan
flancos.
Es muy probable que si continuamos empujando llegue un momento en que el
pliegue caiga hacia un lado, de manera que quede descansando sobre uno de sus
flancos. Si después recortamos el flanco superior, quedará a la vista el
inferior, pero con el estampado hacia abajo, es decir, con una secuencia
invertida. Los pliegues son abundantes en la superficie terrestre, donde la
erosión es la encargada de sacar a la luz los diferentes criterios de polaridad
que permiten reconstruir la disposición geológica de la región.
Este tipo de estructuras convexas se conocen como pliegues anticlinales
y, del mismo modo en que las arrugas no suelen estar aisladas en una cama
deshecha, es frecuente que estén asociados con pliegues cóncavos denominados
sinclinales. Esto da lugar a una serie de ondulaciones en las que, con
frecuencia, el flanco de un anticlinal coincide con el del sinclinal adyacente.
Aunque el símil que hemos utilizado nos permita reproducir estructuras
similares, parece obvio que si tratamos de deformar una roca con un martillo, o
un estrato con una retroexcavadora, solo conseguiremos destrozarlos. Entonces…,
¿cómo es posible que se doblen sin que se rompan?
Es verdad que los esfuerzos geológicos implicados en este tipo de
deformación actúan durante larguísimos períodos de tiempo, de manera muy
diferente al golpeo de un martillo. Pero esta diferencia no es suficiente para
explicar este tipo de deformación dúctil que origina los pliegues.
Para dar respuesta a esta pregunta debemos tener en cuenta las
condiciones a las que se somete una roca: la presión y la temperatura. Estas
dos variables aumentan a medida que profundizamos en nuestro planeta, hasta
llegar a valores colosales. Sin embargo, no será necesario irnos tan abajo para
deformar las rocas de manera dúctil, ya que es en la corteza terrestre donde se
alcanzan las condiciones para este tipo de comportamiento plástico de las
rocas.
Por el contrario, las rocas más próximas a la superficie, donde las
temperaturas y las presiones de confinamiento son bajas, tienden a comportarse
de la manera que nuestra experiencia cotidiana nos indica, es decir, como un
sólido que se fractura cuando se supera su resistencia. Así, observamos que los
esfuerzos compresivos en estas condiciones de deformación frágil dan lugar a
fracturas sobre las que se desplazan las masas rocosas que son empujadas.
Estas estructuras se conocen como fallas inversas, presentan un plano
inclinado de rotura con un cierto grado de inclinación y en ellas se observa
cómo el bloque rocoso que se apoya sobre el mismo ha realizado un movimiento
ascendente. Este tipo de esfuerzo tiende a acortar el cuerpo rocoso, puesto que
desplaza a los bloques de la corteza uno hacia el otro.
Por el contrario, existe otro tipo de falla, en la que los materiales
que se apoyan sobre el plano han realizado un movimiento descendente, que se
conoce como fallas normales. Estas no son posibles en ambientes donde los
esfuerzos son compresivos, lo cual indica por el contrario que esa región
estuvo sometida a esfuerzos distensivos (como el que realizamos con nuestras
manos al alisar una cama).
Sin embargo, la que probablemente sea la falla más conocida del planeta,
la falla de San Andrés en California, no se corresponde con ninguno de los
tipos descritos. El movimiento que se produce en esta falla no representa un
hundimiento ni un levantamiento de ninguno de los bloques separados por la
ruptura, sino que el desplazamiento dominante es horizontal. Este tipo se
conoce como falla de desgarre, y se produce por esfuerzos denominados de
cizalla (similares a los que realizamos con las palmas de nuestras manos al
frotarnos para darnos calor).
Cada vez que observamos un afloramiento con rocas deformadas, debemos
recordar que nos encontramos ante una ventana para asomarnos a las entrañas de
la corteza, donde las condiciones son muy diferentes a las que podemos apreciar
en la superficie del planeta.
§ 41. ¿Cómo afecta el calor a las rocas?
La alfarería es la técnica por la que somos capaces de transformar el barro en
un tazón, un plato, una tinaja, un botijo o un ánfora. La humanidad viene
elaborando estos objetos desde hace miles de años debido a su gran utilidad
como recipientes en nuestras actividades cotidianas, para el almacenaje o el
transporte de sustancias.
Tradicionalmente el artesano coloca la arcilla sobre una rueda, donde la
humedece para modelarla con la destreza de sus manos. Una vez lograda la forma
deseada, la pieza se deja secar al sol para que pierda su plasticidad y se
convierta en un objeto sólido. Sin embargo, si el proceso termina ahí, el
recipiente continúa siendo muy desmenuzable y volvería a convertirse en barro
al ser puesto en contacto con el agua.
Para obtener un objeto duradero y capaz de contener líquidos, debe
introducirse en un horno alfarero, donde las altas temperaturas hacen que los
minerales de arcilla pierdan sustancias volátiles como el agua contenida en su
estructura cristalina y se amalgamen unos con otros. Al terminar el proceso,
las modificaciones sufridas son irreversibles, presenta una tonalidad diferente
y se convierte en un objeto verdaderamente útil y resistente al paso de los
siglos.
La plasticidad de los materiales con los que trabaja el alfarero contrasta
con la fragilidad de los objetos que fabrica. La variación en la humedad
contenida en la arcilla es el cambio más evidente, pero otras transformaciones
se ocultan en el horno donde se cuecen las piezas.
Esta técnica, conocida como bizcochado, tiene su equivalente en la
naturaleza cuando un suelo es sepultado por una ardiente colada de lava. Como
consecuencia, la arcilla abundante en los suelos se recristaliza en detrimento
de la porosidad y da lugar a una capa impermeable y de intensa coloración
rojiza que en muchos lugares recibe el nombre de almagre.
Este proceso natural de transformación de las rocas se conoce como
metamorfismo térmico, y el volumen de rocas que se ven afectadas se denomina
aureola de contacto. Sin embargo, se trata de un caso muy particular, ya que
los fenómenos similares de conducción térmica que afectan a mayores volúmenes
de rocas se producen lejos de la superficie terrestre. Por lo general se deben
al calor de grandes cantidades de magma que ascienden dentro de la corteza
terrestre hasta acumularse en determinados lugares en forma de grandes
embolsamientos, lo que provoca que las rocas encajantes de esta intrusión se
vean afectadas por el incremento de la temperatura.
El tamaño e intensidad de la aureola resultante dependerá de varios
factores. Por un lado, ha de ser lo suficientemente grande como para elevar la
temperatura de su entorno y mantenerla así durante varios millones de años.
Además, solo se producirá metamorfismo cuando haya una variación en las
condiciones, por lo que en zonas más profundas, donde la temperatura de la roca
encajante ya es alta de por sí, la aureola de contacto será menor que en
condiciones más someras.
Lógicamente, otro factor determinante del tipo de roca metamórfica que
resultará de este proceso es la naturaleza inicial de la roca, denominada
protolito. Por ejemplo, si la intrusión se produce en una formación de arenisca
rica en cuarzo se formará una cuarcita, mientras que si tiene lugar en rocas
calizas, dará lugar a mármol. La roca que más frecuentemente se produce por
este tipo de metamorfismo de contacto es la corneana, que se forma a partir de
diversas rocas sedimentarias.
El metamorfismo de contacto puede venir acompañado de una circulación de
soluciones acuosas desde la fuente de calor. En este caso no podemos hablar de
metamorfismo en sentido estricto, ya que se produce un aporte de nuevos
componentes químicos al protolito, por lo que recibe el nombre de
metasomatismo.
El agua implicada puede ser de origen magmático, pero en muchas
ocasiones es el agua infiltrada desde la superficie que se pone en circulación
por el calor de la intrusión, fenómeno muy frecuente en el magmatismo de los
fondos marinos. Múltiples mineralizaciones de importancia económica están
asociadas a estos procesos hidrotermales. También, algunas de sus
manifestaciones externas como los géiseres, fumarolas y fuentes termales pueden
ser de interés medicinal y turístico.
Teniendo en cuenta la relativamente reducida extensión a la que afecta
el metamorfismo de contacto, se considera como un tipo de metamorfismo a escala
local. Otro tipo importante de metamorfismo a este nivel es el metamorfismo
dinámico que tiene lugar en los planos de falla.
Aunque en las zonas poco profundas, de comportamiento frágil, las rocas
tienden a fracturarse y crear brechas de falla o cataclasitas (del griego
kataklásis, ‘acción de romper completamente’, como cataclismo), en las zonas
profundas los minerales suelen recristalizar en formas alargadas, debido a la
deformación y el calor producido por el rozamiento en el entorno del plano de
falla. Las rocas formadas de esta forma reciben el nombre de milonitas (del
griego mylos, ‘molino’).
§ 42. ¿Cómo cambian las rocas enterradas?
Todos hemos podido experimentar una sensación curiosa, a veces molesta, en
nuestra vida cotidiana: los oídos que se taponan. Existen diversas razones para
que esto se produzca, pero aquí vamos a referirnos al taponamiento que sufrimos
durante al aterrizaje de un avión o cuando descendemos un gran relieve en
coche.
Ambos ejemplos tienen algo en común: nos sumergen dentro de un fluido
que nos rodea, la atmósfera. A mayor profundidad, mayor es la cantidad de aire
que reposa sobre nosotros y, por tanto, mayor la presión que ejerce. El
interior de nuestros oídos tarda un poco más en adaptarse a las nuevas
condiciones y durante ese tiempo el tímpano permanece abombado, situación que
nosotros percibimos como oídos taponados.
Este tipo de presión percibida por el hecho de estar confinados en el
interior de un fluido es similar a la que reciben las rocas que se encuentran
bajo una montaña o en el interior de la corteza terrestre. Esta última se
conoce como presión litostática (P) y, obviamente, su valor también aumenta con
la profundidad. Mientras mayor sea la presión de confinamiento los espacios
entre los granos minerales estarán más cerrados y formarán rocas más compactas
y densas.
El ejemplo más evidente del aumento gradual de la intensidad metamórfica
es el aumento general del tamaño del grano de las rocas y una reorientación de
los minerales planos y alargados, que forman capas en una estructura conocida
como foliación (distinta a la exfoliación mineral, ver capítulo 2). Esta
característica, tan propia de las rocas metamórficas, es fácilmente apreciable
en las pizarras (donde las micas se han orientado en superficies paralelas),
los esquistos (donde se intercalan cristales aplastados de cuarzo y feldespato)
y los gneises (en los que se observa un bandeado composicional generado por la
segregación de minerales oscuros y claros).
Sin embargo, los cambios producidos por el metamorfismo no se limitan a
la textura y reordenación de los minerales, sino que muchos de ellos se ven
sometidos a cambios en la estructura cristalina, lo que lleva a la
transformación de unos minerales en otros. Estos procesos de recristalización
en estado sólido se ven favorecidos por el aumento de la temperatura (T) con la
profundidad, lo que implica una mayor movilidad de las partículas dentro de las
estructuras cristalinas que favorecen el desarrollo de estas reacciones
metamórficas.
Un buen ejemplo puede verse en los aluminosilicatos, un grupo de
minerales con idéntica composición química (Al2SiO5) pero
que difieren unos de otros por su estructura cristalina. Los estudios de
laboratorio han permitido relacionar cada uno de estos polimorfos con las
condiciones a las que son estables cada uno de ellos. De esta manera, se ha
podido determinar que la andalucita solo es estable en valores bajos de
presión, mientras la distena se forma únicamente a grandes profundidades. Un
tercer polimorfo de este grupo es la sillimanita, y su presencia en una roca es
indicador de unas condiciones intermedias.
Este tipo de minerales, que permiten establecer una correlación con
determinadas condiciones de presión o temperatura, se conocen como minerales
índice y pueden utilizarse para distinguir zonas con distinto grado de
metamorfismo en una sucesión metamórfica de enterramiento. Así, podemos
distinguir la zona de la clorita, la zona de la biotita, la zona de la
estaurolita, etc.
Sin embargo, un mayor conocimiento de los factores del metamorfismo ha
revelado que esta correlación entre P y T no siempre se cumple, y que los
caracterizadores más importantes no son los minerales individuales, sino sus
paragénesis, es decir, un conjunto de minerales que coexisten en unas
determinadas condiciones del metamorfismo conocidas como facies metamórficas.
Conforme van aumentando las condiciones P-T de una determinada roca, se
van atravesando diversas facies metamórficas hasta alcanzar unas condiciones de
clímax metamórfico. La paragénesis obtenida permanece en la roca incluso cuando
esta es exhumada por la erosión y se pone a nuestro alcance para ser estudiada.
La reconstrucción de diversas series de rocas metamórficas con diversas
paragénesis nos revela los procesos metamórficos a los que ha estado sometida
una determinada región de la corteza, la manera en que la presión y la
temperatura han actuado y, a partir de esto, podemos reconstruir el contexto
geológico de la región en el pasado.
§ 43. ¿El petróleo funde las rocas?
La película estadounidense Volcano, una de tantas muestras del género de
catástrofe de los años noventa, centra su argumento en un inminente peligro que
amenaza a la ciudad de Los Ángeles. Un terremoto y el intenso calor que emana
del subsuelo anuncian una supuesta erupción volcánica en el centro de la
ciudad, mientras la voz en off indica que la causa está en los abundantes
yacimientos de hidrocarburos que, verdaderamente, existen en ese territorio.
Esta idea de relacionar las erupciones volcánicas con la presencia de
combustibles fósiles como el petróleo o el carbón está mucho más extendida de
lo que pudiera parecer, hasta el punto de que fue uno de los principales
argumentos de algunos naturalistas del pasado para explicar los fenómenos
magmáticos.
Recordemos que la materia puede encontrarse en diversos estados, y el
paso de uno a otro se produce como consecuencia de una variación en las
condiciones a las que está sometida. En estado sólido los átomos de los
minerales están menos agitados y suelen encontrarse entrelazados formando
estructuras definidas, lo que les confiere una forma determinada. Si estos
enlaces se rompen se produce la fusión, y si las partículas son capaces de
escapar de la masa líquida, se produce la evaporación.
Parece inevitable que la intuición humana nos lleve repetidamente a
relacionar el vulcanismo con la existencia de materiales inflamables en el
subsuelo. Pero la verdad desvelada por la ciencia es otra: es el enorme calor
interno de la Tierra el responsable de la abundante presencia de magmatismo en
nuestro planeta.
Una forma común en la que observamos estos cambios de estado es mediante
la variación de la temperatura. Esta variable es proporcional al grado de
agitación de las partículas, de manera que a mayor temperatura mayor movimiento
de las mismas y menor cohesión de los enlaces. Esto es lo que le ocurre, por
ejemplo, a un trozo de hielo que se derrite al ser calentado en un caldero y
luego se evapora.
Si aumenta la temperatura disminuye la cohesión hasta que desaparece la
estructura cristalina y se alcanza el estado líquido, en el que el material
tiene la capacidad de fluir y adaptarse a la forma del recipiente que lo
contiene. Si continuamos proporcionando calor las partículas se separarán y
expandirán aún más, hasta pasar al estado gaseoso. Esto hace que los gases no
tengan volumen ni forma definida y se dispersen libremente por el espacio.
Algo similar sucede en el interior de la Tierra, donde la temperatura
aumenta con la profundidad y las rocas que se desplazan hacia el interior
pueden fundir gradualmente y dar lugar al magma.
Pero la ciencia nos ha enseñado que existen diversos mecanismos para
provocar un cambio de estado. Un ejemplo lo tenemos muy cerca, en nuestras
propias casas. El butano que usamos para cocinar o para calentar el agua de la
ducha se encuentra en estado líquido, confinado a presión dentro de las
bombonas. Sin embargo, al ser liberado en los fogones o los calentadores se
vuelve gaseoso, de manera que podemos percibir su olor característico. La razón
de este cambio de estado, de líquido a gas, ha sido una variación en las
condiciones diferente al aumento de la temperatura; en este caso, la pérdida de
presión.
De forma análoga puede ocurrir con los materiales sólidos de la corteza
terrestre, que pueden fundirse a medida que la presión disminuye, ya que las
partículas encuentran una menor resistencia para abandonar sus estructuras y
transformarse en líquidos.
Otra circunstancia que provoca la fusión de un sólido se produce al
variar la composición química. Así podemos observarlo en las carreteras durante
un frío invierno, cuando se esparce sal sobre la nieve para lograr la fusión
del hielo a temperaturas inferiores a 0 ˚C. A mayor concentración de sal en el
agua, más bajo es su punto de fusión, y de igual forma sucede con las rocas en
profundidad. Un aumento en la concentración de moléculas de agua (H2O) puede
desencadenar la fusión de la roca, del mismo modo que lo hace un aumento de la
temperatura o una disminución de la presión. Recordemos que el principal
componente de las rocas y de los magmas son los tetraedros de sílice (SiO4=),
que se unen para formar grandes estructuras que pueden ser destruidas por la
intercalación de moléculas de agua.
No obstante, debemos tener en cuenta que el origen de un magma no es tan
sencillo como los ejemplos citados hasta ahora. Las rocas están formadas por
agregados de minerales con características propias, y cada tipo de mineral
tiene un punto de fusión determinado, de manera que mientras unos minerales
alcanzan la fusión, otros permanecen en estado sólido. Esta coexistencia de
magma y una fracción remanente de rocas sólidas se conoce como fusión parcial,
y existen lugares en la superficie terrestre que evidencian este proceso. Se
trata de afloramientos de migmatitas, una roca a caballo entre el metamorfismo
y el magmatismo, que se caracteriza por un grosero bandeado de tonalidades
oscuras y claras. Los minerales claros (leucocráticos) poseen un menor punto de
fusión, y representan la parte fundida de la roca que comenzaba a segregarse
del conjunto.
Las condiciones a las que aparece la primera gota de magma suponen las
condiciones más extremas de los procesos metamórficos, y precisamente el límite
inferior del metamorfismo viene marcado por las condiciones a las que los
hidrocarburos desaparecen de las rocas sedimentarias. El intervalo de
temperaturas que separa ambos procesos es de casi 1000 ˚C, y es la evidencia de
que la energía liberada en la combustión de los mismos es incapaz de generar la
más mínima cantidad de magma.
Precisamente Los Ángeles, debido a su peligrosidad sísmica (que en este
caso sí es real debido a la cercana falla de San Andrés), ha sido objeto de
numerosos estudios geológicos y geofísicos. Ninguno de ellos ha puesto de
manifiesto la existencia de cámaras magmáticas cercanas a la superficie. Aunque
esta importante ciudad debe preocuparse por otros riesgos geológicos, al menos
podemos estar seguros de que el paseo de la fama de Hollywood no quedará
sepultado por la lava.
§ 44. Palomitas y rocas, ¿qué nos desvela el maíz?
Todas las rocas aportan información sobre los procesos que han acontecido en un
determinado lugar. Pero existen algunas especialmente curiosas.
«Encontramos fragmentos de rocas llenos de burbujas, con densidades muy
bajas, muy parecidos a palomitas de maíz, entre las rocas emitidas en
erupciones volcánicas», explica Steffi Burchardt, investigadora sueca que ha
dedicado parte de su trabajo al estudio de estas peculiares rocas de aspecto
espumoso.
La mayor parte de lo que conocemos sobre el magmatismo ha sido
descubierto a partir de las diferentes rocas relacionadas con estos procesos de
origen interno. Las migmatitas en las que se origina el magma, las rocas
volcánicas que se forman por la cristalización de este en superficie, las
plutónicas que han solidificado en el interior..., todas ellas nos hablan sobre
diferentes fases de la evolución de un magma.
El proceso inicia cuando la fusión aumenta y alcanza valores cercanos al
7 %, el magma generado forma una red interconectada y se separa de la fracción
sólida debido a su menor densidad. Esta fracción de roca fundida continuará
drenando a través de los intersticios mientras sea más ligera que la roca
sólida, a una velocidad del orden de un metro por año, que variará en función
de algunos factores.
Por un lado la viscosidad del magma (concepto diferente al de densidad),
es decir, su mayor o menor dificultad para fluir. Esta característica a su vez
depende de algunas variables como la concentración en sílice; un componente
químico mayoritario en los magmas, que suele polimerizarse en estructuras de
gran rozamiento, por lo que los magmas con mayores concentraciones poseen menor
capacidad de ascenso. Esta fricción interna también está fuertemente
condicionada por la temperatura (todos hemos podido comprobar como la
mantequilla caliente se unta mejor sobre un pan), a mayor temperatura, menos
viscosidad.
De igual forma, desempeña un papel importante la presión ejercida por
los componentes volátiles disueltos en el magma. Cuando esta es mayor que la
presión litostática, el magma es capaz de apartar a las rocas encajantes y
puede ascender. Llegará un momento, sin embargo, en que el magma alcance cotas
superiores, donde la roca encajante es menos densa y la temperatura más baja,
por lo que el flujo detiene su avance y se acumula en lo que se conoce como
cámara magmática.
En su recorrido hacia la superficie, este magma primario va ocupando
cámaras cada vez más someras, donde puede experimentar una serie de procesos
que modifican su composición original. Uno de ellos es la diferenciación que se
produce cuando el magma empieza a enfriarse y se inicia en él un proceso de
cristalización fraccionada (inverso al de la fusión parcial), en el que los
minerales con mayor punto de fusión comienzan a formarse.
Esta fracción sólida puede, inicialmente, distribuirse de forma
homogénea dentro de la cámara magmática, pero existen diversos procesos por los
que pueden separarse del magma residual. Por lo general los cristales de mayor
densidad caen al fondo de la cámara magmática por diferenciación gravitatoria,
proceso que puede combinarse con otros como el filtrado a presión que retiene
los cristales en las fracturas por las que el magma escapa al verse sometidos a
esfuerzos compresivos.
Al ser calentados los granos de maíz, el agua contenida en su interior se
convierte en vapor, lo que hace que la presión aumente hasta explotar. Algunos
no revientan debido a la ausencia de agua en su interior o a la presencia de
fisuras en la corteza.
El magma resultante de esta segregación se conoce como magma secundario
y se caracteriza por tener una composición química diferente a la del magma
primario. Los primeros minerales formados son de composición ferromagnesiana,
de manera que sustraen selectivamente estas sustancias químicas del magma. Como
resultado, obtenemos un magma secundario empobrecido en hierro (Fe) y magnesio
(Mg) y enriquecido en sílice (SiO2).
Estos procesos de diferenciación magmática producen una diversidad
composicional dentro de una misma región magmática, en la que varias cámaras
pueden ponerse en contacto y dar lugar a procesos de mezcla. Aunque dos magmas
sin ninguna relación genética pueden mezclarse, la situación más frecuente se
da cuando a una cámara con un magma diferenciado llegan, desde la misma fuente,
nuevos aportes de su correspondiente magma primario.
El origen y funcionamiento del magmatismo ha sido objeto de
investigación desde el siglo XVIII. Sin embargo, la explicación de cómo las
grandes cámaras magmáticas llegaron a residir en el interior de otras rocas sin
apenas deformarlas ha sido uno de los grandes misterios pendientes de resolver.
¿Qué les sucedió a las rocas circundantes durante el ascenso del magma?
Durante un tiempo se pensó que los techos y las paredes de la cámara se
fundían y eran asimilados por el magma, o bien que se hundían hasta el fondo
del reservorio. Sin embargo, no se contaba con suficientes evidencias que
respaldaran dichas hipótesis. Las actuales investigaciones indican que la
respuesta había que buscarla en aquellas espumosas rocas volcánicas.
«Vimos que los fragmentos de roca del techo de la cámara de magma fueron
arrojados como si fuesen palomitas de maíz lanzadas en una sartén…». Es el
símil utilizado por Steffi para describir lo que ocurre cuando los fragmentos
de roca caen en la cámara magmática, todos sus componentes volátiles son
liberados y se forman burbujas. Como consecuencia, se elevan encima de la
cámara en vez de hundirse en ella, de manera que son fácilmente expulsadas
durante la erupción.
Tal y como afirma esta joven geóloga: «A veces se puede encontrar la
solución a antiguos rompecabezas enfocándolos desde un nuevo ángulo, las
cámaras magmáticas cristalizadas no eran el lugar adecuado donde buscar».
§ 45. Magma ácido y lava básica, ¿en qué se diferencian?
Los primeros análisis petrológicos realizados en el siglo XIX dieron cuenta de
la importancia del óxido de silicio (SiO2) en la composición química
de las rocas magmáticas. En un principio se pensó que este compuesto presente
en los minerales tendría su origen en otra sustancia química diferente que se
descomponía durante la cristalización magmática. Aquellos científicos imaginaron
que los magmas presentaban cantidades variables de ácido ortosilícico (H4SiO4)
que se descomponía en sílice y agua durante la cristalización, siguiendo la
siguiente reacción:
H4SiO4 → H2O + SiO2
El agua escaparía a la atmósfera como tantos otros compuestos volátiles
presentes en los magmas, mientras la sílice quedaría como parte fundamental de
los cristales formados. Las rocas con una alta concentración de sílice debían
proceder de magmas con altas concentraciones de aquel ácido y viceversa.
Hoy en día se conoce que la sílice de las rocas también se presenta como
tal en el magma, y que el ácido ortosilícico no está presente en ningún momento
del proceso magmático. A pesar de ello se ha mantenido esta división en ácidos
y básicos en función de la concentración de SiO2, debido a la gran
importancia de este compuesto en las características del magma y las rocas
resultantes de su cristalización.
Una de las características más interesantes de esta clasificación es la
abundancia relativa de cada uno de ellos en los diferentes procesos magmáticos.
Mientras que los magmas básicos tienen una mayor capacidad de alcanzar la
superficie del planeta, los ácidos son los que mayoritariamente cristalizan en
el interior de la corteza terrestre. Aunque existen otras razones que
contribuyen a este reparto desigual de los magmas en función de su composición,
un factor fundamental es la menor viscosidad de los magmas básicos, que les
permite alcanzar la superficie con mayor facilidad.
Los magmas graníticos suelen quedar atrapados durante su ascenso a través de
la corteza. Sin embargo, esto no les impide fracturar las rocas con las que
entra en contacto y generar intrusiones de muy diversos tamaños.
El proceso por el que las masas de roca fundida escapan del interior de
la corteza se conoce como erupción volcánica. El magma generalmente completa su
último tramo a través de un conducto llamado chimenea y sale a la superficie a
través de una depresión conocida como cráter. Es entonces cuando el magma deja
de estar sometido a las presiones del subsuelo, libera los compuestos volátiles
y disminuye rápidamente su temperatura para pasar a recibir el nombre de lava.
El discurrir de las corrientes de lava a favor de las pendientes da
lugar a coladas que pueden recorrer largas distancias antes de solidificar
completamente. En el transcurso de este proceso se desarrollan diversas
estructuras de espectacular belleza. Tal es el caso de los tubos volcánicos,
formados por el vaciado del interior de las coladas, y de diversas superficies
caracterizadas por su distinto grado de rugosidad. Estas últimas se denominan
con nombres locales como aa o malpaís (para las superficies más angulosas) y
pahoehoe o cordadas (para las más suaves).
Cabe destacar que la mayor parte de las erupciones tiene lugar en
ambientes submarinos, donde las coladas avanzan de forma muy particular
mediante la sucesión de borbotones denominados lavas almohadilladas.
Cuando pasa el tiempo y la erosión nos muestra el interior de las
coladas, podemos observar una característica muy propia de estos materiales.
Como consecuencia del proceso de enfriamiento, la roca continúa disminuyendo su
temperatura en los momentos posteriores a la solidificación de la lava, lo que,
como en todos los sólidos, conlleva a una disminución del volumen. La
acomodación de la colada a esta nueva situación implica una contracción, que da
lugar a un agrietamiento muy característico en forma de prismas verticales,
denominado disyunción columnar.
Otra característica importante relacionada con este proceso de
solidificación se puede observar en la textura de muchas rocas volcánicas. El
rápido enfriamiento que da origen a estas rocas impide que todas las partículas
se organicen en estructuras cristalinas, lo que da lugar a una matriz vítrea
que embebe a cristales mayores formados previamente.
Sin embargo, las erupciones no expulsan exclusivamente materiales en
estado líquido. Existen diferentes tipos de erupciones volcánicas, y se
diferencian fundamentalmente por el tipo de materiales emitidos. En muchas
ocasiones las coladas vienen acompañadas de partículas sólidas proyectadas
hacia el aire, que reciben el nombre de piroclastos, y volúmenes variables de
gases que determinan la explosividad de la erupción.
La combinación de todas estas variables da lugar a una gran diversidad
de erupciones, que dejan como evidencia una amplia variedad de edificios
volcánicos propios de cada una de ellas. Desde conos cinder, formados
exclusivamente por la acumulación de piroclastos, hasta grandes calderas
generadas por la destrucción de los relieves previos a la erupción. Sin olvidar
los majestuosos estratovolcanes, con el característico perfil dibujado por los
niños de todo el planeta.
§ 46. ¿Cómo distinguir una colada de un magma atascado?
Las coladas, igual que los estratos sedimentarios, se apilan unas sobre otras.
En ocasiones, entre los estratos sedimentarios del fondo de una cuenca puede
intercalarse un estrato de basalto, y sobre este continuar el depósito de rocas
sedimentarias. Como resultado obtendremos una sucesión de rocas sedimentarias
en las que se intercala una capa de rocas magmáticas. Pero al observar un
afloramiento de este tipo, ¿podemos asegurar que no se trata de una porción del
magma que ocupó ese lugar cuando los sedimentos ya se habían depositado?
Estas formaciones geológicas en las que el magma ha cristalizado bajo la
superficie terrestre se conocen como intrusiones y pueden presentar morfologías
diversas. Existen ejemplos muy cercanos a la superficie, por ejemplo los
pitones volcánicos, resultado de la solidificación del magma que queda en la
chimenea tras una erupción volcánica. También los domos volcánicos intrusivos,
formados por magma que ha estado cerca de alcanzar la superficie pero, debido a
su gran viscosidad, ha quedado a escasos metros y ha provocado un fuerte
abombamiento del terreno.
Pero existen otras intrusiones que presentan una geometría tabular. Es
el caso de los diques, extensas fracturas del terreno que fueron abiertas y
rellenadas por el magma en su ascenso y que suelen presentarse en grupos
formando una red de intrusiones paralelas. A pesar de su aspecto, similar al de
un estrato sedimentario, los diques son fáciles de distinguir, debido a que su
orientación es independiente de las estructuras que cruzan. Aparecen
generalmente en posición vertical, atravesando las múltiples capas del terreno.
Un caso mucho más complicado se presenta cuando se trata de un sill.
Estas intrusiones son similares a los diques, pero aprovechan la debilidad de
las superficies de estratificación para abrirse camino y solidifican entre los
estratos adoptando un aspecto concordante con la secuencia estratigráfica. Para
que se forme un sill, el magma debe ser capaz de levantar los estratos
suprayacentes, motivo por el que solo se originan en ambientes próximos a la
superficie, donde el peso apilado es menor.
Principles of Geology, Charles Lyell. Los magmas que se forman en el
interior del planeta se desplazan hacia la superficie. Pero la mayor parte
jamás la alcanza, lo que da lugar a intrusiones de muy diversa morfología.
A tan poca profundidad, desarrolla características muy similares a las
coladas, como la disyunción columnar y la textura volcánica, pero ¿es posible
diferenciar ambas estructuras?
La respuesta es sí. Recordemos que, durante su enfriamiento, la
superficie superior de una colada no está en contacto con rocas, de manera que
solo el estrato inferior se verá afectado por el calor de la lava. Por el
contrario, un sill genera una aureola de contacto en ambas partes, lo que causa
metamorfismo de contacto también en el estrato superior. Es frecuente que el
magma que fluye por un sill se acumule en algunos lugares y cree un
abombamiento de los estratos superiores. Este tipo de intrusiones de forma
lenticular se conoce como lacolito.
Con todo, existe un tipo de intrusión que destaca entre las demás por su
tamaño. Son aquellas que se forman por la cristalización de una cámara
magmática. Estos cuerpos pueden extenderse por cientos de kilómetros y tener un
grosor de decenas de kilómetros hacia el interior de la corteza. Reciben el
nombre de batolitos (de griego bathos, ‘profundidad’) y, aunque pueden estar
constituidos por diversas litologías, la mayoría están formados por granitos o
rocas similares (granitoides).
A diferencia de los magmas que alcanzan la superficie o los que quedan
cerca de ella, los batolitos han cristalizado a bastante profundidad, donde la
temperatura desciende muy lentamente, lo que permite el crecimiento de todos
los núcleos cristalinos. Este tipo de textura en que los cristales han crecido
lo suficiente como para distinguirse a simple vista es un rasgo determinante de
las rocas plutónicas.
Parte VI
Riesgos y recursos geológicos
Contenido:
§ 47. ¿Cuánto daño me puede hacer la Tierra?
§ 48. ¿Por qué ardió San Francisco en 1906?
§ 49. ¿Cómo murió Plinio?
§ 50. ¿Por qué el río Turia no pasa por Valencia?
§ 51. ¿Qué significa
§ 52. ¿Cuál es el temor en el litoral atlántico?
§ 53. ¿Cuánto planeta necesito?
§ 54. ¿En qué consistía el ruina montium?
§ 55. ¿La Revolución Industrial comenzó en una selva?
§ 56. Un zahorí en busca de agua, ¿cómo la consigue?
§ 47. ¿Cuánto daño me puede hacer la tierra?
Probablemente el mejor apelativo que podría ponérsele a la Tierra es el de
planeta vivo. Y no solo por la presencia de vida, sino también por la dinámica
geológica que exhibe. Una parte de esta es consecuencia de la existencia de una
atmósfera y una hidrosfera que son calentadas por la radiación solar. De esta
forma se ponen en marcha los procesos externos como los vientos, la formación
de nubes y el movimiento de las masas oceánicas. Mientras tanto, los procesos
internos como los terremotos, los volcanes y la elevación de las cordilleras
son el resultado de la energía aportada por el interior del planeta.
Estas dos fuentes de calor —el Sol y el interior terrestre—, con la
colaboración de la gravedad, son la causa última de toda la actividad geológica
de nuestro planeta. Cuando nuestras vidas se cruzan con algunos de estos
procesos en la superficie terrestre, nuestra salud y nuestros bienes serán
susceptibles de verse perjudicados.
El concepto científico que tiene como objetivo valorar y predecir estos
daños es el riesgo. El origen etimológico de esta palabra está probablemente
relacionado con los riscos, esos peñascos escarpados que suponen un peligro
para los que los transitan.
Aunque en el lenguaje cotidiano podemos utilizar peligro como sinónimo
de riesgo, en el lenguaje técnico no debe confundirse este último con la
peligrosidad, la cual se reserva para referirse a la probabilidad de que un
evento natural adverso ocurra en un lugar específico en un tiempo dado. Por
ejemplo, en las dorsales oceánicas son muy frecuentes las erupciones
volcánicas, pero ningún humano se ve afectado por estas. En este caso existe
una enorme peligrosidad pero un riesgo nulo.
El concepto de riesgo implica la presencia de personas o bienes
materiales en el área afectada. El número de habitantes y el valor económico de
las riquezas presentes en la zona de estudio se denomina exposición y será
tanto mayor cuanto más extensa sea la superficie que puede abarcar el fenómeno.
Asimismo, la cantidad de vidas expuestas dependerá de la densidad demográfica,
mientras que la exposición material estará relacionada con el nivel de
actividad económica de la región.
Aunque es evidente que a mayor riqueza, mayor es la cantidad de cosas
expuestas, lo cierto es que continuamente vemos en las noticias cómo las peores
tragedias se producen en los países pobres. Podríamos llegar a pensar que en
las regiones menos desarrolladas la naturaleza es más violenta, pero esa no es
la realidad.
El principal factor que determina estas diferencias se conoce como
vulnerabilidad, y se define como la proporción de daños esperados ante la
ocurrencia del fenómeno en estudio. Un ejemplo evidente podemos verlo al
comparar el número de muertes y daños provocados por un gran terremoto en
regiones como Haití y Japón. Mientras que el país más pobre de América tiene
una enorme vulnerabilidad y sus víctimas se pueden contar por millares, la
población del rico país nipón está muy protegida frente a estos eventos y las
edificaciones soportan relativamente bien los embates de la naturaleza.
El análisis de la peligrosidad, la exposición y la vulnerabilidad, nos
permite dar una respuesta a la pregunta que se ha planteado aquí. La
cuantificación de estas tres variables para un determinado fenómeno hace
posible estimar los daños humanos y materiales que sufriremos durante un
intervalo de tiempo como consecuencia de cada uno de los procesos geológicos
que se desarrollen en un determinado lugar. Y esa estimación se conoce como
riesgo.
Para lograr una reducción de los desastres es fundamental concienciar y
educar a la población. Un buen ejemplo es juego online de la Estrategia
Internacional para la Reducción de los Desastres (ISDR) de las Naciones Unidas.
Sin embargo, los valores que nos ofrecen estos indicadores tienen
significado desde el punto de vista estadístico, por lo que tratar de
cuantificarlos a título individual puede llevarnos a resultados poco lógicos.
Para facilitar la comprensión de cómo se calcula el riesgo, imaginemos el
siguiente caso. Supongamos que los estudios geológicos realizados en una
pequeña y remota isla volcánica indican que allí ocurre una erupción violenta
cada mil años que afecta a toda la isla. Esto equivale a una peligrosidad (P)
de 1 para mil años, 0,1 para un siglo, etcétera.
Imaginemos que en la isla viven exactamente cien personas, y que todos
sus bienes materiales (coches, casas, huertas, colegios, carreteras, puerto,
etc.) están valorados en doscientos lingotes de oro. Estos datos representan la
exposición ®.
Sigamos imaginando y consideremos que la ocurrencia de esa erupción
causa la muerte del 10 % de la población y la destrucción del 25 % de los
bienes materiales. En ese caso, la vulnerabilidad (V) equivale a 0,1 para las
vidas y 0,25 para los bienes.
La estimación del riesgo ® se obtiene mediante la siguiente fórmula:
Riesgo = Peligrosidad × Exposición × Vulnerabilidad
El riesgo de vidas humanas para un siglo sería:
R vidas en 1 siglo = 0,1 × 100 vidas × 0,1
R vidas en 1 siglo = 1 vida
El riesgo de bienes materiales para el mismo período de tiempo, sería:
R bienes en 1 siglo = 0,1 × 200 lingotes × 0,25
R bienes en 1 siglo = 5 lingotes
A partir de estos cálculos, podemos estimar que en esa isla morirá una
persona y habrá pérdidas materiales valoradas en cinco lingotes de oro cada
siglo como consecuencia de la actividad volcánica.
Los riesgos naturales como inundaciones, terremotos o desprendimientos
son elementos con los que debemos convivir. Todos los habitantes del planeta
estamos, en mayor o menor medida, afectados por estos procesos que en ocasiones
derivan en sucesos dramáticos. Por este motivo, una de las aplicaciones más
útiles de la geología es la que se dedica al estudio de los riesgos geológicos,
ya que permite centrar los esfuerzos económicos y sociales en aquellas
circunstancias cuyo riesgo queda por encima del umbral de aceptación.
Para la reducción del riesgo resulta indispensable actuar en las tres
variables que hemos visto anteriormente. De un lado, investigar aquellos
fenómenos que representan una amenaza, para determinar la peligrosidad real de
los mismos. Por otro, incidir en la exposición mediante estudios de ordenación
del territorio, que planifican la actividad socioeconómica en función de las
características naturales de la zona a la vez que se intenta reducir la
vulnerabilidad, a través de la aplicación de soluciones tecnológicas así como
la educación de la población para aumentar su preparación en relación con estos
eventos.
§ 48. ¿Por qué ardió san francisco en 1906?
Bombardeo en Siria, terremoto en Haití, tsunami en Indonesia… Desgraciadamente
hoy estamos habituados a ver impactantes imágenes de ciudades destrozadas por
la catástrofe. Las cámaras captan la tragedia desde todos los ángulos, desde el
vuelo de los drones hasta la intimidad de los teléfonos móviles.
Pero, por supuesto, esto no siempre ha sido así. Hasta hace unos siglos
las imágenes sobre desastres, para quienes no los hubieran padecido en primera
persona, estaban limitadas a algunos cuadros como los de El Bosco o a unos
pocos grabados y fotografías en blanco y negro. En este sentido, un evento que
causó un tremendo impacto en el imaginario colectivo fue el gran fuego que
asoló durante cuatro días la ciudad de San Francisco hace más de cien años, ya
que pudo ser filmado por las modestas cámaras de la época.
«San Francisco está comenzando a levantarse de sus cenizas nuevamente»,
afirmaría un profesor unos días más tarde del siniestro. Todo había comenzado
la madrugada del 18 de abril de 1906, cuando un fuerte temblor despertaba a la
población y destruía el tendido eléctrico y las instalaciones de gas. Cuando el
fuego se inició, quedó rápidamente descontrolado, y los bomberos poco pudieron
hacer con una red hidráulica que también había quedado inutilizada por la
sacudida.
Para explicar las causas de este seísmo el geofísico estadounidense H.
F. Reid elaboró un modelo coherente con el desplazamiento que observó en la
falla de San Andrés. Para Reid, aquella deformación no era una consecuencia más
del terremoto, sino al contrario, una causa del mismo. Explicó cómo el empuje
constante en el entorno de la falla habría producido una acumulación de
deformación elástica hasta superar la resistencia del material y producir la
rotura del terreno.
El mayor uso de la madera como material de construcción hizo que varias
ciudades ardieran en el pasado. Este incendio de San Francisco causó un gran
impacto en su época y aún hoy es recordado como una de las mayores catástrofes
del siglo XX.
Esta acomodación súbita de la deformación acumulada produjo el brusco
desplazamiento en el plano de falla que liberó de forma repentina la energía
acumulada durante largos períodos de tiempo.
Ese mecanismo se denomina rebote elástico, y podemos experimentarlo
cuando rompemos un palo con las manos. Inicialmente el palo se dobla, pero
cuando alcanza su límite de deformación elástica, se fractura de forma
repentina, y la energía que hemos aplicado con nuestros brazos se libera
bruscamente. En este caso, la energía se propaga en forma de ondas sonoras
través del aire, de forma similar a como se propagan las ondas sísmicas a
través del terreno. El lugar donde se produce la ruptura constituye el foco a
partir del cual nacen las ondas. En el caso de los terremotos, este foco suele
encontrarse a cierta profundidad y recibe el nombre de hipocentro.
Las ondas sísmicas se propagan en las tres dimensiones, como un globo
que se infla, a través del interior terrestre. El primer punto de la superficie
terrestre que estas alcanzan es, lógicamente, el que se encuentra en la
vertical del foco, y recibe el nombre de epicentro. El resto de la región
recibirá de forma sucesiva la llegada de las ondas sísmicas. Generalmente, al
alejarnos del epicentro estas llegarán con menor energía, de manera que sus
efectos y el grado de percepción de la población variará en función del lugar
geográfico que ocupen. Un mismo terremoto, por ejemplo, puede derrumbar
edificios en una ciudad mientras que en otra apenas es percibido por algunas
personas.
Los sismólogos recogen la información de este tipo de apreciaciones para
realizar una valoración de la intensidad sísmica, cuyo valor se establece a
partir de la denominada escala de Mercalli en función de la percepción humana y
las consecuencias observadas. Un mismo terremoto, por tanto, tendrá diversos
valores de intensidad, que podrán ser representados en un mapa y un único valor
de intensidad máxima alcanzada, que dará idea del tamaño de la sacudida y
permitirá compararlo con otros seísmos.
Esta medida, sin embargo, presenta un cierto componente subjetivo, y no
es estrictamente correlacionable con la cantidad de energía liberada en el
hipocentro. Diversos factores como la litología del subsuelo, el tipo de
relieve o la preparación de los edificios influyen en el valor de esta
variable.
Para cuantificar de forma objetiva la energía liberada por un seísmo,
los geofísicos recurren al estudio de los registros realizados por los
sismógrafos. Este tipo de gráficas formadas por una línea quebrada, que refleja
el vaivén producido por el paso de las ondas sísmicas, permite calcular, previa
determinación de la distancia a la que se encuentra el foco, la magnitud
sísmica del terremoto, cuyo valor solo depende de la energía liberada y, por
tanto, no varía de un lugar a otro y puede ser estimado para zonas despobladas
como los desiertos o las cuencas oceánicas.
La escala de magnitud más popular es la que ideó Charles Ritcher en
1935. Esta escala se caracteriza por ser logarítmica, es decir, un terremoto de
magnitud 5 produce una cantidad de vibración diez veces mayor que uno de
magnitud 4 y, atendiendo a la energía liberada, equivale a mil de magnitud 3, o
a un millón de magnitud 1. Estas escalas no tienen límite superior pero hasta
hoy ningún seísmo ha superado los 9,6 grados del terremoto de Valdivia (Chile)
en 1960.
Aunque puede haber pequeños terremotos en cualquier lugar de la
superficie terrestre, lo cierto es que la mayor parte de la actividad sísmica
se concentra en determinadas franjas del planeta. Precisamente Valdivia y San
Francisco se encuentran en una de ellas, denominada el cinturón circumpacífico,
que junto a otras como el cinturón alpino-himalayo representan los lugares
donde existen mayores esfuerzos y fricciones de la corteza terrestre.
Esta distribución natural de la sismicidad permite predecir dónde existe
mayor peligro ante este tipo de eventos; ahora la pregunta clave sería: ¿es
posible saber cuándo va a ocurrir un terremoto?
Aunque los científicos se han afanado por dar una respuesta afirmativa a
esta pregunta, lo cierto es que aún no somos capaces de determinar el momento
en que se producirá el gran temblor que se espera en muchas ciudades. No
obstante, el terremoto de Japón de 2011 (recordado por el accidente nuclear de
Fukushima) sirvió para comprobar un novedoso Sistema de Alerta Sísmica
Temprana, que permite adelantarse unos segundos o minutos al advenimiento del
desastre.
Para ello aprovecha el intervalo de tiempo que existe entre la primera
detección de ondas sísmicas por una estación cercana al foco y la llegada de
las ondas más destructoras a emplazamientos más alejados. Este lapso de tiempo
puede parecer insignificante, pero es suficiente para tomar ciertas decisiones
que aminoren los daños. La alerta temprana permite que la población adopte
posiciones seguras dentro de colegios, hospitales y otros edificios, así como
la desconexión de sistemas eléctricos que puedan dar lugar a posteriores
incendios.
Estas novedosas herramientas, que han incrementado el interés y la
expectación mundial, vienen a sumarse a toda una serie de medidas de prevención
sísmica, encaminadas a disminuir la vulnerabilidad de las sociedades expuestas
a este fenómeno geológico. Mientras la humanidad no ceja en el empeño de
desarrollar herramientas que la asistan ante las violentas sacudidas de la
Tierra, estos eventos súbitos continúan siendo las catástrofes naturales que
mayores daños han causado a lo largo de la historia.
Actualmente los más vulnerables son los países pobres, donde los
temblores continúan siendo casi tan impredecibles y destructores como aquel que
desoló a San Francisco a principios del siglo XX. Aquel terremoto no ha sido ni
el de mayor magnitud ni el de mayor intensidad ni el más destructivo. Pero fue
el punto de partida para el nacimiento de la sismología y la reducción del
riesgo sísmico en aquella ciudad americana. Confiemos en que la capacidad
innovadora del ser humano y el desarrollo de los pueblos puedan lograr un
futuro más seguro para todos los habitantes del planeta.
§ 49. ¿Cómo murió Plinio?
A principios del siglo XVIII, un afortunado campesino de la región italiana de
Nápoles parecía haber descubierto un tesoro en su jardín. Había cavado un pozo
para abastecerse de agua, pero lo que encontró bajo tierra iba a cambiar
drásticamente su forma de ganarse la vida. Muros, columnas y suelos de mármol
que desenterraba a varios metros de profundidad y que antaño servirían para
embellecer los palacetes de sus nobles vecinos.
Aquel saqueo atraería a otros buscatesoros y se prolongaría durante más
de un siglo. Sería entonces cuando las primeras excavaciones científicas
tratarían de ordenar y estudiar la historia y la vida de aquellas misteriosas
casas. Platos, herramientas, joyas…, los arqueólogos descubrieron todo tipo de
pertenencias que evidenciaban que aquella ciudad había quedado abandonada de
una forma repentina.
Pero lo más sorprendente no era lo que habían encontrado, sino lo que ya
no estaba allí. Con frecuencia observaron multitud de huecos con una forma
peculiar entre los materiales que debían retirar para alcanzar las ruinas.
Decidieron entonces aplicar una técnica propia de los escultores para
descubrir y conservar el aspecto de aquellos espacios vacíos. Cada vez que
daban con uno de ellos, practicaban unos pequeños agujeros en la parte
superior, sin llegar a destruir el resto de la forma, e inyectaban escayola
líquido en su seno. Tras el fraguado, continuaban destruyendo el material que
había servido de molde, y la inquietante figura quedaba al descubierto.
A lo largo de la historia muchas ciudades han quedado abandonadas dejando
tras de sí grandes misterios. Pompeya no iba a ser menos, pero su final fue tan
drástico que los últimos instantes que vivieron sus habitantes han quedado
inmortalizados con una precisión inusitada.
Se trataba de personas, y a veces animales, que habían quedado
sepultadas en vida y reflejaban con exhaustividad la agonía de aquella muerte
imprevista. Todo había sucedido siglos atrás, cuando el vecino volcán Vesubio
entró en erupción. Actualmente los investigadores han podido reconstruir con
bastante exactitud aquel proceso eruptivo que destruyó una de las ciudades más
bellas del Imperio romano: Pompeya.
Aquel verano del año 79 d. C. era completamente normal. Los ricos
veraneantes disfrutaban como era habitual. Pero la mañana del 24 de agosto la
tranquilidad de los pompeyanos iba a verse interrumpida. Acompañada por algunos
seísmos, una inmensa nube eruptiva comenzó a formarse sobre el cráter.
A las pocas horas, algunos fragmentos empujados por el viento comenzaron
a caer sobre las casas. Mientras el caos se apoderaba de las calles y algunos
intentaban huir, las cenizas continuaron cayendo. La mañana siguiente el
espesor acumulado en las calles y tejados era tal que muchas casas se habían
derrumbado por el peso.
Pese a todo, muchas personas seguían vivas en la ciudad en el momento
que sucedió lo peor. Cuando mermó el impulso de la erupción sobre la enorme
columna eruptiva, esta colapsó y se vino abajo. Una oleada de cenizas, rocas y
gas caliente descendió rápidamente por las laderas y recorrió velozmente los
nueve kilómetros que la separaban de la ciudad.
Gran parte de lo que sabemos sobre cómo ocurrió aquella erupción se lo
debemos a los escritos de los grandes sabios de aquella época. Plinio el Joven
se encontraba en las cercanías de Pompeya, desde donde fue testigo de la
erupción. Su tío, Plinio el Viejo, se acercó en un navío para observarla de
cerca y ayudar a algunos amigos que habían huido hacia la costa. La bravura del
mar les dificultó embarcar nuevamente, de manera que muchos se vieron obligados
a pasar la noche en la playa. Plinio el Viejo aconsejó protegerse con almohadas
de los fragmentos que caían (piroclastos) mientras continuaba anotando sus
observaciones.
Durante la noche, los gases volcánicos envenenaron el aire, y todos
huyeron despavoridos. Plinio trató de levantarse, pero las dificultades
respiratorias que padecía le impidieron abandonar aquel intoxicado lugar. Su
sobrino registró con exactitud los acontecimientos de aquellos días, y la
descripción fue tan minuciosa que actualmente los vulcanólogos llaman plinianas
a todas las erupciones que tienen características similares.
Y es que no todas las erupciones son iguales. Una de las principales
diferencias radica en el tipo de materiales expulsados. Así, tenemos erupciones
como las denominadas estrombolianas, que expulsan principalmente piroclastos.
Otras, en cambio, de tipo hawaiano, emiten grandes cantidades de lava. La
explosividad de una erupción viene determinada por la viscosidad del magma
implicado. Los magmas básicos (muy fluidos) producen erupciones tranquilas como
las hawaianas, mientras que los ácidos (muy viscosos) dan lugar a erupciones
muy violentas como las ultraplinianas.
Para estudiar de forma objetiva la magnitud de una erupción, los
vulcanólogos analizan variables como el volumen de productos expulsados, la
altura de la columna eruptiva, la duración de la erupción…, con lo que obtienen
un valor denominado Índice de Explosividad Volcánica, que va de 0 a 8.
Al igual que sucede con los terremotos, la actividad volcánica suele
estar concentrada en determinadas zonas del planeta, por lo que las áreas con
riesgo volcánico pueden definirse previamente de forma bastante acertada.
Además, a diferencia de los seísmos, las erupciones volcánicas son predecibles
en la actualidad. El lento ascenso del magma produce temblores, cuya intensidad
y frecuencia aumenta progresivamente. Este proceso puede comenzar meses antes
de la erupción y ser detectado con tiempo por los sismógrafos. Es posible
también que aparezcan fumarolas, y si estas ya existían, podrían
intensificarse.
Otro síntoma medible son las deformaciones que suelen aparecer con
antelación en el edificio volcánico. Y cuando la erupción es inminente, se
producen pequeñas explosiones y emisiones de ceniza, cuya intensidad y
frecuencia van aumentando a medida que se acerca el momento en que finalmente
el volcán entra en erupción.
La historia está llena de catástrofes provocadas por volcanes. Estas han
causado miles de muertos y arrasado con pueblos, ciudades y hasta
civilizaciones enteras. Antes de aquella erupción, el Vesubio había estado
dormido durante siglos y sus laderas estaban llenas de vida. Después ha vuelto
a entrar en erupción muchas veces y en la actualidad es considerado como uno de
los volcanes más peligrosos del mundo.
El interior de los volcanes habla su propio lenguaje y actualmente los
sistemas de vigilancia son capaces de entenderlos. Esta es la forma en la que
la Tierra se expresa y debemos estar muy atentos. Escuchar las señales que nos
envía el planeta resulta indispensable para la seguridad de quienes viven en
zonas volcánicas.
§ 50. ¿Por qué el río Turia no pasa por Valencia?
Durante los años sesenta todas las cartas y paquetes postales que se remitían
desde Valencia tenían que llevar un sello adicional de correos por valor de
veinticinco céntimos de peseta. Con este dinero los ciudadanos ayudarían a
pagar una obra colosal.
La última gran riada del Turia en 1957 había provocado un gran número de
muertes y cuantiosas pérdidas materiales. Esto hizo que se plantearan varias
posibilidades para proteger a la ciudad. Finalmente se recurrió a la ingeniería
hidráulica para hacer frente a las frecuentes inundaciones que tantos daños
producían. Se decidió excavar un nuevo trazado fluvial, que desviaría su cauce
fuera de la urbe. Las obras terminaron quince años después y Valencia, que
siempre ha enarbolado con orgullo su condición de la perla del Turia, se quedó
sin río.
Este tipo de inundaciones se producen cuando el caudal del río supera la
capacidad de canalización habitual del cauce y provoca un desbordamiento que
cubre terrenos habitualmente secos. Por lo general las avenidas o riadas más
catastróficas se producen por precipitaciones excepcionalmente intensas; como
aquellas de Valencia en 1957, cuando cayeron 210 l/m 2 en
solo una hora y media. Lo que implica que un cubo de fregar que estuviera a la
intemperie se habría desbordado con el agua caída directamente sobre él.
Estas grandes cantidades de agua aportadas por lluvias torrenciales,
repentinas y muy abundantes en áreas localizadas y períodos de tiempo muy
cortos, producen lo que se conoce como inundaciones relámpago. Estos eventos
tienen una duración muy corta, pero sus efectos pueden ser devastadores.
Por lo general, en los países más desarrollados los actuales sistemas de
vigilancia y las buenas comunicaciones permiten avisar con rapidez a los
ciudadanos, mientras que los adecuados sistemas de transporte posibilitan la
rápida evacuación con el fin de prevenir la pérdida masiva de vidas. Sin
embargo, en otras partes del mundo con escasos recursos, todavía representan un
importante problema que con cierta frecuencia ocasiona grandes pérdidas y la
muerte de muchas personas, sobre todo en regiones densamente pobladas.
La capacidad del agua para el transporte de sustancias tóxicas
desencadena otros efectos derivados de la inundación, que actúan en las horas
siguientes pero que prevalecen durante largos períodos de tiempo. El
desbordamiento y la escorrentía ponen en contacto alcantarillado, vertederos,
granjas o industrias con los pozos y depósitos de abastecimiento, lo que
provoca la contaminación de las aguas potables. A la incidencia masiva de
enfermedades pueden sumarse otros daños colaterales como la muerte masiva de peces,
la falta de alimentos o la pérdida de empleos y hogares.
En las últimas décadas el antiguo cauce del Turia ha sido invadido por
jardines, espacios deportivos, museos… Son ocho kilómetros para el goce de
todos los ciudadanos que han contribuido a hacer de Valencia una de las
ciudades más bellas del Mediterráneo.
Tradicionalmente el hombre ha desarrollado una serie de estructuras
diseñadas para el control de las inundaciones, tales como embalses, diques o el
desvío de cauces que hemos comentado. Sin embargo, muchas de las medidas más
efectivas consisten en evitar nuestra intervención en el ciclo natural del
agua. En este sentido, actividades como el sobrepastoreo y la deforestación
influyen de manera nefasta en la capacidad de los suelos para absorber el
exceso de escorrentía superficial, una infiltración que se ve prácticamente
anulada en las ciudades por el exceso de pavimento.
Para la prevención tanto de inundaciones fluviales como de otro tipo
(derivadas del deshielo o costeras producidas por temporales), resulta
imprescindible conocer los eventos acaecidos en el pasado de la región. Los
mapas de peligrosidad permiten realizar una correcta ordenación del territorio
ubicando, por ejemplo, colegios y hospitales en cotas más altas y destinando
mucha superficie de las zonas inundables a parques y jardines.
No debemos olvidar que, de forma natural, estos fenómenos se repiten con
cierta frecuencia en todos los ríos del planeta. Hasta tal punto que los
hidrogeólogos consideran esos terrenos adyacentes como parte del río y los
denominan llanuras de inundación. No obstante, los márgenes fluviales han sido
los lugares más propicios para el asentamiento de grandes poblaciones a lo
largo de la historia. Y no solo por las ventajas de estar cerca de un cauce con
aguas permanentes, sino también por estos eventos cíclicos que renuevan con su
fango la fertilidad de los suelos agrícolas.
En la actualidad los ríos están recuperando el verdadero valor ambiental
y social que tienen. Las ciudades se esfuerzan por revalorizar y recuperar sus
cauces para evitar suprimirlos o expulsarlos. Si el debate sobre la mejor
solución para evitar nuevas riadas catastróficas en Valencia se hubiera dado
hoy en día, probablemente se habrían encontrado otras alternativas eficaces y
se habría desarrollado un conjunto de medidas en diversos ámbitos.
Aunque las nuevas generaciones de valencianos han crecido sin él,
todavía algunos no se resignan a su pérdida y abogan por su retorno. Los
partidarios del regreso piensan que los años en los que la ciudad del Turia fue
privada de su río deberían ser solo un paréntesis en la larga historia de esta
ciudad.
§ 51. ¿Qué significa
La influencia de las artes niponas en las occidentales, o en otras palabras, la
fascinación por lo japonés, es cada vez más popular en nuestra sociedad.
Podemos apreciar este japonismo (como se le llama formalmente) en multitud de
situaciones cotidianas; desde las impresionantes películas de anime hasta en
los complicados sudokus, sin olvidarnos del riquísimo sushi.
Sin darnos cuenta nuestro día a día se ha enriquecido con infinidad de
estos símbolos que aparecen hasta en WhatsApp. Uno de ellos, que consiste en
una enorme ola rompiendo, es una adaptación de la considerada por muchos como
la pintura más emblemática del arte japonés de todos los tiempos: La gran ola
de Kanagawa.
Esta obra casi bicentenaria fue pintada por Katsushika Hokusai y
representa una ola monstruosa o fantasmagórica, como un esqueleto blanco que
amenaza a los pescadores con sus garras de espuma. Muchos expertos consideran
que se trata de un tsunami, una de las pocas palabras japonesas que se usa con
frecuencia en otros idiomas. Tsunami está formado por
Estas enormes olas remueven una cantidad de agua muy superior a las olas
convencionales. Son capaces de alcanzar velocidades cercanas a los mil
kilómetros por hora, más de diez veces superiores a las de las olas normales.
En alta mar, sin embargo, son prácticamente imperceptibles y es mientras se
aproximan a la tierra cuando comienzan a crecer en altura y capacidad
destructora, lo que causa enormes daños en las zonas costeras.
A la destrucción de barcos, puertos, viviendas, carreteras y todo tipo
de infraestructuras que se encuentre a su paso se suma la mayor de las
pérdidas: las cuantiosas vidas humanas. Miles de personas mueren cada año como
consecuencia de su impacto en las costas, y en algunos tsunamis excepcionales
como el de Indonesia en 2004, las muertes se cuentan en cientos de miles y los
desplazados en millones.
La actividad comercial, el turismo y el transporte marítimo, que suelen
ser tan importantes en estas regiones costeras, se ven muy afectados y las
consecuencias sobre el medioambiente pueden llegar a ser catastróficos. Un
ejemplo podemos encontrarlo en el tsunami que en 2011 impactó contra las costas
japonesas y generó una serie de desperfectos en la central nuclear de Fukushima
que llegó a liberar radiación a su entorno.
Afortunadamente, el origen de los tsunamis se encuentra en fenómenos más
inusuales que el viento que da lugar al oleaje convencional. A lo largo de la
historia de la Tierra, se han formado tsunamis por fenómenos extraordinarios
como el impacto de grandes meteoritos, pero lo más frecuente es que sean
generados por terremotos de gran magnitud que sacuden los fondos marinos.
La gran ola de Kanagawa, Katsushika Hokusai. El japonismo ha despertado un
gran interés en la sociedad occidental desde hace siglos. Hoy en día la silueta
del monte Fuji nos resulta casi cotidiana y La gran ola se ha convertido en un
icono de nuestra cultura globalizada.
Es por esto por lo que con frecuencia también se les ha llamado
maremotos; sin embargo, es muy importante tener en cuenta que solo algunos de
estos terremotos submarinos son capaces de desencadenar un tsunami, ya que no
consisten en una transformación de ondas sísmicas en olas. Para que se
produzcan es necesario que el seísmo dé lugar a un desplazamiento importante
del fondo marino, ya sea a través de un gran movimiento en una falla o por
desencadenar un importante deslizamiento submarino. Será este movimiento
abrupto del fondo marino el que impulse al agua oceánica fuera de su equilibrio
normal y genere estas grandes olas.
Esta es la razón por la que en ocasiones se da la alerta de tsunami tras
un fuerte terremoto sentido por los sismógrafos. Las ondas sísmicas pueden
llegar con horas de antelación respecto al tsunami, pero si no se dan las
situaciones descritas anteriormente, se tratará de una falsa alarma enormemente
dañina frente a la prevención de este riesgo. Para evitar este tipo de
situaciones que generan desconfianza en la población, los oceanógrafos trabajan
cartografiando detalladamente los fondos marinos, a fin de conocer el verdadero
peligro de cada región.
Actualmente también se están instalando sensores marinos que puedan
detectar el tsunami, y se divulgan las normas de prevención básicas entre la
población y los turistas. Una de las más conocidas consiste en alejarse de la
costa cuando se observe una retirada brusca de las aguas en la línea de costa,
algo que precede a la llegada de algunos tsunamis.
La gran cantidad de tsunamis que se ha producido en Japón a lo largo de
su historia (más de uno cada siete años) ha hecho que el uso de esta palabra se
haya difundido a todas las lenguas. La pintura de Hokusai podría estar
inspirada en el recuerdo de alguno de ellos. El océano Pacífico es el más
activo en este tipo de fenómenos, pero el registro histórico y geológico
demuestra que todo el litoral del planeta es susceptible de verse afectado por
alguna de estas catástrofes.
§ 52. ¿Cuál es el temor en el litoral atlántico?
A principios de este siglo, uno de los grandes novelistas ingleses sobre
temática naval publicó Scimitar SL-2, cuyo título hace referencia al submarino
militar que ocupa un papel central en el libro. Esta obra de ficción cuenta
como el navío, cargado con los más potentes misiles nucleares, es secuestrado
en plena efervescencia del terrorismo yihadista por un grupo que proyecta
atentar contra los Estado Unidos.
El método elegido podría definirse como peculiar. Los asesinos no
pretenden matar directamente con las bombas, sino torpedear las laderas
submarinas de una isla atlántica para causar un desmoronamiento de dimensiones
apocalípticas.
Estos fenómenos, denominados movimientos de ladera, son objeto de
estudio de la geología y se producen, a menor escala, en los relieves de todas
las regiones del planeta. Aunque por lo general no tengan tanta repercusión
mediática como las erupciones o los terremotos, constituyen uno de los riesgos
naturales que más daños ocasionan.
Dado que estos procesos están controlados por la gravedad, para que se
produzcan resulta indispensable la existencia de pendientes en el terreno.
Existen diversas circunstancias por las que una pendiente puede verse
modificada, desde el socavamiento producido por un río o por las olas en la
base de un relieve hasta las excavaciones humanas que acompañan al trazado de
muchas carreteras. Durante este período la ladera se aproxima de forma
progresiva a la inestabilidad, que se ve acelerada por el gradual debilitamiento
de los materiales generado por la meteorización.
No obstante, este incremento en la pendiente y la degradación suele
terminar cuando un factor desencadenante hace que se cruce el umbral de
estabilidad. Algunas actividades humanas, como las explosiones o las
excavaciones, producen vibraciones capaces de iniciar estos procesos, de forma
similar a como lo hacen los terremotos. Sin embargo, frente a estos
espectaculares fenómenos, la mayoría de deslizamientos se producen por un
agente mucho más cotidiano: el agua. Cuando las fuertes lluvias o la fusión de
la nieve empapan las laderas y ocupan los poros y las fracturas del subsuelo,
se multiplican las probabilidades de su ocurrencia.
Por un lado el agua añade considerable peso a la masa de material, lo
que puede ser suficiente para que este se deslice o fluya pendiente abajo. Por
otro, actúa como lubricante: reduce la cohesión entre las partículas y permite
que se deslicen unas sobre otras con mayor facilidad.
Precisamente la proporción de agua en la masa desplazada condiciona la
forma en que esta se mueve, y constituye el principal criterio que rige la
clasificación de estos fenómenos. Así, se considera como desprendimiento al
movimiento que implica caída libre de fragmentos sueltos, donde hay una escasa
o nula proporción de agua. En la situación diametralmente opuesta encontramos
los flujos, en los que el material se desplaza pendiente abajo en forma de un
fluido viscoso. La mayoría están saturados de agua y se mueven normalmente
siguiendo una forma de lengua o lóbulo.
No obstante, la mayoría de procesos gravitacionales se describen como
deslizamientos, que presentan un comportamiento sólido con una presencia
determinante de agua. Los materiales movilizados pueden permanecer coherentes
durante el desplazamiento, y se caracterizan por moverse sobre una superficie
de ruptura bien definida y con diferentes grados de concavidad.
La identificación de estos y otros rasgos geomorfológicos en el paisaje
van a permitir la predicción y mitigación de los efectos de los deslizamientos.
A partir de una cartografía detallada de las zonas con mayor peligrosidad, es
posible la aplicación de medidas ingenieriles como la corrección de taludes o
la instalación de drenajes, y en muchísimos casos, la corrección de factores
adversos generados por la acción humana como la deforestación. En este sentido,
los suelos donde se ha eliminado la cobertera vegetal por incendios o las talas
abusivas son mucho más susceptibles de verse afectados, dado que se ven
desprovistos del anclaje y la protección concedida por las raíces y el follaje.
Desde hace miles de años, en los orígenes de la revolución agrícola, los
humanos hemos tenido un interés, más o menos legítimo, por colonizar nuevos
territorios a costa de la vegetación. Pero solo un desequilibrado podría
alegrarse por la ejecución de un bombardeo como el de la novela que hemos
comentado al inicio.
Lo más sorprendente de aquel argumento es que el deslizamiento no iba
producirse en suelo americano, sino en la isla canaria de La Palma, situada a
miles de kilómetros frente a las costas africanas. El objetivo: generar un
tsunami devastador que alcanzaría el este de los Estados Unidos.
Podríamos sentirnos aterrados al saber que estos grandes eventos
catastróficos ocurren varias veces de forma natural en casi todas las islas
volcánicas del planeta. Estas islas existen como consecuencia de la acumulación
de materiales eruptivos en los fondos oceánicos durante millones de años. Su
construcción da lugar a laderas inestables, que se ven afectadas por enormes
derrumbamientos hacia los fondos marinos, conocidos como megadeslizamientos,
una parte natural de este proceso de edificación insular.
Hoy se aprecian las huellas de estos extraordinarios sucesos en forma de
gigantescas depresiones del relieve, así como depósitos sedimentarios de
tsunamis en las islas vecinas. Sin embargo, estos deslizamientos de magnitud
descomunal tienen un larguísimo período de recurrencia y la fuerza de los
tsunamis generados disminuye enormemente con la distancia.
A pesar de que muchas aseguradoras norteamericanas puedan estar
interesadas en la difusión de un temor frente a estos procesos, lo cierto es
que existe una gran diferencia entre los arcos temporales que manejamos en
nuestra civilización y los de estos eventos geológicos extraordinarios.
Sin duda debemos interesarnos por aprender sobre estos fascinantes
fenómenos que ocurren en el planeta que habitamos, pero sabiendo que la
probabilidad de que la humanidad sufra uno de ellos en los próximos siglos es
similar a la de encontrarnos en la calle un billete de cien euros en los
próximos minutos.
§ 53. ¿Cuánto planeta necesito?
Aquella mañana Coralia amaneció cansada. Había pasado la noche prácticamente
sin pegar ojo pues había tocado apagón en su vecindario. Sin el giro del
ventilador que apuntaba hacia su cama, el sofocante calor y los mosquitos
habían recorrido su cuerpo a sus anchas.
Aunque ese día no era lectivo en su universidad, tuvo que salir muy
temprano para conseguir un poco de arroz y comprar la prensa. Necesitaba varios
ejemplares de aquel periódico escuálido, de apenas ocho páginas, y que nunca
contaba nada nuevo. Las noticias no le interesaban, pero la escasez y el precio
del papel higiénico obligaban a buscar otras fuentes de celulosa para el baño.
Al cabo de un rato, y con los objetivos cumplidos, volvió a sentir un
intenso dolor en las manos. Su antigua lavadora soviética llevaba varios años
sin arreglo, y aquel jabón casero para lavar a mano estaba muy lejos de ser
etiquetado como «recomendado por la Asociación Nacional de Dermatología».
Sin embargo, Coralia estaba muy contenta. Faltaban pocas horas para
celebrar el cumpleaños de su hija y ya disponía de un pedazo de carne que la
vecina le regaló. El difunto cerdo había sido criado durante meses en la bañera
de la casa de al lado y no fue fácil soportar los olores que llegaban por la
ventana. Finalmente, el sacrificio tuvo su recompensa.
Ya lo tenía casi todo para la fiesta. La música y la alegría estaban
garantizadas. Solo faltaba que llegaran los niños del colegio y esperar a
Roberto, su marido. «Ojalá que no termine muy tarde de operar en el hospital»,
pensaba mientras terminaba de adornar las paredes del salón. Por suerte, los
preservativos eran un producto que se encontraba fácilmente en las farmacias y
servían para sustituir a los coloridos globos que llevaban años desaparecidos.
¡A los niños les iba a encantar!
Si tras leer este relato intentáramos evaluar el nivel de vida de
nuestra amiga Coralia, es posible que nos vinieran a la mente ideas
contradictorias. El análisis del bienestar social puede representar todo un
reto, puesto que constituye una variable muy compleja, afectada por múltiples y
diversos factores. Con este objetivo la Organización de las Naciones Unidas ha
elaborado el Índice de Desarrollo Humano (IDH), que además del Producto Interno
Bruto (PIB), referente a aspectos puramente económicos, tiene en cuenta otros
factores como la esperanza de vida y la tasa de alfabetización. Estos
coeficientes se expresan en valores que van desde el 0 (desarrollo nulo) hasta
el 1 (desarrollo máximo), y se ha establecido el 0,8 como el mínimo para
considerar que existe un desarrollo adecuado.
Como podemos ver, la historia de Coralia no es el fragmento de una
novela posapocalíptica, sino un pequeño relato sobre el día a día de cualquier
cubano en los inicios de la década de los noventa. Las carencias producidas por
la caída del campo socialista europeo dieron lugar a una profunda crisis en el
país caribeño.
El principal desencadenante de esta crisis, conocida como período
especial, fueron las severas restricciones en el suministro de combustible que
hasta aquel momento Cuba obtenía de sus relaciones económicas con la URSS. La
importación de petróleo se redujo súbitamente a la décima parte, lo que
conllevó una paralización casi total de las ya deterioradas fábricas, centrales
eléctricas y vehículos de motor.
El petróleo es uno de los recursos naturales que junto a otros como el
agua, la madera o los cultivos consumimos diariamente en nuestra actividad
cotidiana.
Es posible que los avances tecnológicos nos permitan satisfacer una mayor
demanda de bienes. Pero si no fuera así, ¿estaríamos dispuestos a cambiar
nuestros supermercados por tiendas más modestas o debemos dejar que la
naturaleza nos imponga sus limitaciones?
Actualmente nuestro sistema de desarrollo descansa en el uso de este
líquido viscoso que, a diferencia de los recursos anteriormente nombrados, se
regenera tan lentamente que es un claro ejemplo de recurso no renovable.
Nuestro actual ritmo de consumo es tan elevado que muchos expertos
calculan que las últimas reservas del denominado oro negro se agotarán en las
próximas décadas. Se prevé que los últimos barriles de crudo que se extraigan
alcanzarán un precio elevadísimo, lo cual dará lugar a una situación alarmante
que ya ha sido denominada peak oil.
En contraposición a estos recursos finitos del planeta, tenemos otros
cuya cantidad no se ve afectada por el uso que nosotros hagamos de ellos. Estos
recursos, como la energía solar o eólica, se denominan renovables. Sin embargo,
algunos de estos recursos renovables pueden dejar de serlo si se utilizan a
mayor ritmo del que se regeneran. Ejemplos de estos recursos potencialmente
renovables son el agua potable, el papel, los cultivos o los peces.
El rápido crecimiento de la población mundial y las aspiraciones de
todos los humanos a mejorar su nivel de vida implican un incremento cada vez
mayor en la demanda de recursos. Para medir nuestro impacto sobre el
medioambiente se utiliza la huella ecológica, que se expresa formalmente como
la superficie necesaria para producir los recursos consumidos por un ciudadano
medio de una determinada comunidad humana, así como la necesaria para absorber
los residuos que genera, independientemente de la localización de estas áreas.
Para poder comprenderlo mejor, podríamos imaginar que los recursos se
encontraran de forma homogénea por todo el planeta; por ejemplo, que todo el
petróleo o toda el agua potable estuvieran distribuidos de manera uniforme en
el subsuelo de todo el globo.
Este indicador permite hacer comparaciones entre diferentes estilos de
vida; por ejemplo, la huella ecológica de un estadounidense medio es similar a
la superficie de unos diez campos de fútbol; la de un español, la mitad;
mientras que la de un haitiano es de medio campo aproximadamente.
Pero, sobre todo, sus valores nos indican si el modelo socioeconómico es
sostenible en el tiempo desde el punto de vista ecológico o si, por el
contrario, se están consumiendo los recursos de las futuras generaciones y
tarde o temprano acabará colapsando. El resultado mundial es perturbador; se ha
calculado que el consumo global actual es de 1,8 planetas, y parece evidente
que, por el momento, un consumo sostenible no puede sobrepasar la cantidad de
un planeta, el único que tenemos.
Frente a estos datos, muchos líderes y expertos del mundo abogan por un
modelo de desarrollo que permita satisfacer las necesidades de la población
actual sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras. Este modelo,
conocido como desarrollo sostenible, puede analizarse desde el punto de vista
cuantitativo al enfrentar los datos de IDH y de la huella ecológica de una
determinada sociedad.
Al analizar ambos indicadores combinados encontramos resultados no menos
desastrosos. Los países desarrollados (con IDH ≥ 0,8) tienen una huella
ecológica insostenible para este planeta y, visto de otra manera, los países
cuyo nivel de consumo respeta las capacidades del planeta (huella ecológica
extrapolada a toda la humanidad ≤ 1 planeta) exhiben bajos niveles de
desarrollo social, lo cual deja ver un panorama en el que es imposible lograr
un mínimo bienestar social sin comprometer el futuro del planeta.
Aunque el cálculo de estos parámetros es complejo y tiene fuertes
detractores, resulta curioso que el único país que, aunque sea de forma
ajustada, ha podido mostrar estadísticas de un desarrollo social aceptable sin
excesos en el consumo de recursos es aquella sociedad en la que vivía nuestra
protagonista Coralia.
La máxima reducción del consumo fue la respuesta inmediata ante la
repentina crisis energética de los noventa en Cuba, a la vez que se mantuvieron
a flote los principales indicadores sociales. Aunque las dificultades en aquel
momento fueron realmente extremas y motivaron la migración de muchos cubanos,
los patrones internacionales de nutrición, salud y nivel educativo de la isla
se mantuvieron por encima de los observados en el tercer mundo.
A pesar de la peculiar situación política de aquella sociedad y de que
en los momentos actuales sus niveles de consumo comienzan a salirse de los
estrechos márgenes de la sostenibilidad, aquella situación frente al particular
peak oil cubano puede servir como antecedente para lo que se avecina en todo el
mundo con el agotamiento del petróleo.
A pesar de que a nivel global habrá mucho más tiempo, dinero y
tecnología para afrontar una transición energética más ordenada y paulatina,
los riesgos de una fuerte crisis socioeconómica no deben menospreciarse.
Probablemente no sea necesario ponerse pesimistas pero… ¿seremos capaces de
mantener un nivel de desarrollo humano aceptable para la mayoría bajo esas
circunstancias?
§ 54. ¿En qué consistía el ruina montium?
Un paraje de tierras rojizas, de formas accidentadas y laberínticas, rico en
bosques de robles y castaños. Así podríamos describir la maravillosa escena que
nos ofrece la zona de Las Médulas, en la provincia española de León. Un paisaje
que ha evolucionado a lo largo de la historia humana.
Desde épocas remotas prácticamente todos los productos manufacturados
contienen materiales derivados de los minerales. La corteza de la Tierra
contiene una amplia variedad de sustancias que son esenciales para las
civilizaciones. A ese conjunto de materiales geológicos que resultan útiles
para el hombre se le denomina recursos minerales, y precisamente Las Médulas
son los restos de una importante extracción de oro (aurum, Au) que estuvo
activa en tiempos del Imperio romano.
Si tenemos en cuenta que más del 98 % de la corteza terrestre está
constituida solamente por ocho elementos químicos, podemos imaginar lo
extraordinariamente pequeñas que resultan las concentraciones medias del resto
de elementos en la naturaleza. Sin embargo, excepcionalmente en el interior de
la Tierra aparecen concentraciones locales de estos elementos menos abundantes
que forman yacimientos minerales de interés económico.
El papel que desempeñaron estos yacimientos en suelo hispano durante la
dominación romana fue de vital importancia para la economía del Imperio. Los
romanos obtuvieron codiciados metales, como el mercurio (Hg, que ellos llamaron
hidragirus), que debía ser extraído del mineral cinabrio (HgS).
La actividad minera suele estar asociada a un impacto negativo sobre el
paisaje, pero en el caso de esta montaña destrozada por el Imperio romano hace
ya algunos siglos, ha sido declarado monumento natural, Patrimonio de la
Humanidad y es considerado como uno de los rincones naturales más
impresionantes de España.
Este tipo de minerales que contienen elementos metálicos en su
estructura se conocen como menas, pero muchos otros metales podían obtenerlos
directamente de la excavación; tal es el caso de los que denominaron argentum
(Ag, ‘plata’), cuprum (Cu, ‘cobre’), ferrum (Fe, ‘hierro’), stannum (Sn,
‘estaño’) o plumbum (Pb, ‘plomo’).
El oro encontrado en Las Médulas es otro caso de este tipo de minerales
llamados elementos nativos, y se encuentra allí en forma de pepitas
intercaladas en grandes depósitos de conglomerados y arenas débilmente
compactadas.
El propio Plinio el Viejo visitó personalmente las minas y dejó
constancia del proceso utilizado para remover las enormes cantidades de tierra,
el ruina montium. Este sabio de la antigua Roma narró cómo para
extraer el preciado metal se construía una red de canales subterráneos en los
que se inyectaba agua para derrumbar la montaña y que la hacían caer en las
proximidades de un lago adyacente donde era lavada. Este impresionante sistema
hidráulico, que permitía obtener dos gramos de oro por cada tonelada de
montaña, tuvo como resultado el espectacular paisaje, plagado de peculiares
formas, que podemos contemplar hoy.
Sin embargo, llegó un momento en que la explotación de aquel yacimiento
dejó de ser rentable; el coste de extraer aquel oro era mayor que el valor del
metal obtenido. No están claras las razones económicas por las que se superó
este índice denominado ley de corte, pero pudo deberse al encarecimiento de la
mano de obra o al agotamiento de las capas más ricas en oro. La actividad
minera en Las Médulas fue abandonada y la extracción de oro se desplazó hacia
otras zonas.
Lógicamente, también puede darse la situación contraria, es decir, un
recurso disponible en un determinado lugar que previamente no resultaba
lucrativo puede cambiar, lo que motiva su explotación. El desarrollo de avances
tecnológicos para la extracción o la identificación fehaciente de la cantidad
presente pueden llevar a que ese lugar sea calificado como reserva mineral.
Aunque parece bastante poco probable que en los próximos siglos el valor
del oro aún presente en Las Médulas supere el actual interés ambiental,
histórico y turístico de este entorno natural, no podemos descartar que algún
día volvamos los humanos a modificar con un moderno ruina montium aquel
paraje leonés.
§ 55. ¿La revolución industrial comenzó en una selva?
En la segunda mitad del siglo XVIII comenzó a cambiar el mundo de forma
vertiginosa. Nació en el Reino Unido la Revolución Industrial, el mayor proceso
de transformación económica, social y tecnológica de la historia de la
humanidad desde el Neolítico. Se pasó de una economía basada en la agricultura
y el comercio a otra industrializada y mecanizada de carácter urbano.
En pocas décadas este fenómeno se extendió a gran parte de Europa
occidental y Norteamérica e influenció todos los aspectos de la vida cotidiana
de sus habitantes. Las riquezas se multiplicaron como nunca antes y el nivel de
vida de la gente común experimentó un crecimiento sostenido.
El aumento espectacular de la capacidad de producción, que fue
definitivo en el éxito de este proceso de transición, se debió fundamentalmente
a la introducción de un gran invento: la máquina de vapor. Este artilugio
acabaría con siglos de mano de obra manual y uso de la tracción animal, que
fueron sustituidas por maquinarias para la fabricación industrial y el
transporte de mercancías y pasajeros. El combustible barato y abundante que
impulsó estos profundos cambios fue el carbón.
Al observar con una lupa un fragmento de carbón es posible encontrar
estructuras vegetales como hojas, cortezas y madera. Estos fósiles, aún
reconocibles, ponen en evidencia que esta roca se originó por la acumulación de
restos vegetales durante millones de años.
El proceso de formación comienza con el enterramiento de grandes
cantidades de biomasa bajo ciertas condiciones especiales. Las plantas muertas
suelen descomponerse fácilmente al quedar expuestas en un ambiente rico en
oxígeno, como el suelo de un bosque o las aguas de un río. Sin embargo, en
ambientes anóxicos como muchos pantanos, no es posible la descomposición
completa por oxidación de los restos.
En estos ambientes actúan otro tipo de organismos descomponedores, las
bacterias denominadas anaerobias, que liberan parte de los elementos que
acompañan al carbono en las moléculas orgánicas. Este aumento gradual en la
concentración de carbono se combina con otros procesos de litificación para dar
lugar a las diferentes clases de carbón.
La descomposición inicial forma un carbón de coloración marrón y tacto
blando denominado turba, que con los primeros aportes que se superponen y lo
comprimen se transforma en lignito. En las cuencas donde tiene lugar una
subsidencia continuada de gran envergadura se produce un depósito creciente de
sedimentos que llevan al carbón hacia zonas profundas, con un incremento
considerable de la temperatura. Esto propicia un conjunto de reacciones que
aumentan la concentración de carbono, lo que origina a una roca negra y
compacta denominada hulla, que posee un mayor poder calorífico.
Los carbones citados pertenecen al grupo de las rocas sedimentarias
debido a la naturaleza de los procesos de su formación. Sin embargo, cuando
estos son sometidos a plegamientos y deformaciones asociadas con la formación
de montañas, el calor y la presión inducen una pérdida casi total de volátiles
y agua que incrementa aún más la concentración de carbono. Son estos procesos
metamórficos los que convierten a la hulla en antracita, una roca muy dura con
un brillo característico. Aunque este tipo de carbón es el que más energía
puede liberar y el que menos contamina, su uso ha sido menor que el de la
hulla, que es más abundante y está presente en capas relativamente planas de
más fácil extracción.
El carbón es por tanto un material fosilizado y, cada vez que lo
quemamos, realmente estamos utilizando la energía solar que fue almacenada por
seres vivos hace muchos millones de años, razón por la que se le considera un
combustible fósil.
Grabado de Joseph Meyer. La vegetación del carbonífero ha sido la más
exuberante que ha existido en el planeta. La cantidad de oxígeno debió de ser
tan grande en la atmósfera que los incendios se producían con enorme facilidad.
Los ejemplares mayores que aparecen en este grabado de 1890 son de la especie
Lepidodendron.
Hasta mediados del siglo XX el carbón desempeñó un papel muy importante
en la industria, los transportes y los usos urbanos, momento en que comenzó a
sustituirse por otro combustible fósil que podía ser distribuido con mayor
facilidad y con un modo de empleo más limpio como es el petróleo.
Aunque ambos recursos comparten un origen biológico, no provienen de los
mismos organismos. Mientras que el carbón se formó a partir de vegetales
muertos, el petróleo lo hizo a partir de restos de plancton marino
principalmente. Además, el petróleo, a diferencia del carbón que es sólido, se
compone de un conjunto de numerosas sustancias líquidas distintas, los
hidrocarburos, que al ser menos densos que el agua, tienden a flotar en ella.
Esto produce el empuje del petróleo hacia la superficie, que migra a través de
los poros de rocas permeables.
Este ascenso puede llegar a alcanzar la superficie y formar lagos de
brea, pero los yacimientos que perduran actualmente son aquellos que han
quedado atrapados en el subsuelo bajo estructuras geológicas impermeables
denominadas trampas petrolíferas. Es por esta razón por lo que su explotación
se realiza mediante pozos que perforan hasta la roca almacén que lo contiene.
A pesar del impacto sobre la atmósfera generado por el uso del petróleo,
este se ha convertido en el principal recurso energético mundial por las
enormes ventajas industriales y económicas que representa. Su hermano
energético, el carbón, ha quedado relegado a un segundo plano, aunque es
probable que el progresivo agotamiento del petróleo vuelva a darle un papel más
relevante en las centrales térmicas productoras de electricidad.
La energía que dio impulso a la Revolución Industrial aún se encuentra
disponible en forma de enormes reservas, la mayoría de las cuales se formaron
en un período concreto del pasado geológico denominado carbonífero. Durante
esos treinta millones de años, se dieron unas condiciones extremadamente
favorables para la formación de estos depósitos en gran parte de Europa y
Norteamérica.
La geografía de aquel entonces era muy diferente a la actual y estas
regiones se encontraban próximas al ecuador y presentaban enormes extensiones
de tierra bajas cubiertas por aguas pantanosas. Recientemente la evolución
había permitido a las plantas colonizar la tierra firme, gracias al uso masivo
de una sustancia en sus troncos: la lignina, una fibra que los organismos
descomponedores tardarían millones de años en ser capaces de degradar, hasta
que su aparición contribuyó de forma decisiva a dar fin al período carbonífero.
§ 56. Un zahorí en busca de agua, ¿cómo la consigue?
El agua es indispensable para la vida, y un motor para el desarrollo de la
humanidad. Desde los inicios de la civilización ha constituido un recurso
determinante de nuestro progreso. Aunque hemos tendido a utilizar aquella que
nos queda más a mano como la de ríos, lagos y embalses superficiales, desde
tiempos ancestrales hemos valorado de forma especial el agua que emanaba de las
montañas. Esta costumbre se ha sustentado en muchísimas ocasiones en razones de
peso, ya que con frecuencia las aguas superficiales han sido el lugar natural
de acumulación de desechos, hasta llegar incluso a perder la salubridad
requerida para el abastecimiento humano.
Además de servir para dar solución a algunos de estos problemas de
contaminación, el uso de las aguas subterráneas también se ha vuelto
indispensable para el suministro de regiones con escasez de agua o con una alta
densidad de población. Hoy en día, las aguas subterráneas abastecen por lo
menos al 50 % de la población mundial y dan sustento a buena parte de la
actividad económica como la agricultura, la ganadería y la industria.
No es difícil imaginar el gran valor que se le ha dado a lo largo de la
historia a la búsqueda de estas aguas. Incluso grandes ingenieros de la
antigüedad, como el romano Vitrubio, han detallado diferentes técnicas
desarrolladas con este objetivo. En uno de sus libros explica algunos de los
procedimientos para identificar el punto más conveniente para construir un
pozo, como la detección de vapores que supuestamente emanaban del suelo en el
lugar correcto.
Estos intentos fallidos por diseñar sistemas de localización del
preciado recurso han derivado en prácticas engañosas realizadas por personas
que afirman poseer ese don. Se trata de los denominados zahoríes, quienes
pertrechados con un péndulo o unas varillas en sus manos, afirman ser capaces
de percibir una radiación del terreno, que supuestamente es liberada por el
flujo del agua subterránea bajos sus pies.
Sin embargo, nuestras percepciones con respecto al ambiente
subsuperficial pueden ser a menudo poco claras e incorrectas y suele pensarse
que las aguas subterráneas fluyen de manera similar a las superficiales, en
forma de canalizaciones con límites bien definidos. Esta idea puede verse
reforzada cuando nos adentramos en una mina o una cueva y vemos el agua
brotando por determinados puntos o formando sorprendentes lagunas. Otras veces
no resulta necesario penetrar en este mundo escondido para imaginar ríos fluyendo
bajo nuestros pies, puede bastar con acercarse a un bonito manantial para
confirmar estas erróneas ideas.
La hidrogeología nos ha permitido conocer la estructura y funcionamiento
de este tipo de emanaciones, que no son más que la intersección de la
superficie que pisamos con una formación geológica denominada acuífero. Y
decimos formación geológica porque un acuífero está formado principalmente por
rocas y sedimentos que, como la mayoría, están plagados de innumerables poros
entre los granos o estrechas fracturas. El requisito para que estos materiales
subterráneos sean considerados como acuífero es que toda esa porosidad esté
rellena con agua capaz de fluir entre los diminutos espacios.
Dado que el agua que se infiltra tiende a desplazarse hacia mayores
profundidades, su flujo solo se detendrá cuando alcance un nivel impermeable,
sobre el cual se almacenará ese enorme volumen de agua intersticial. Al límite
superior de esta zona de saturación se le conoce como nivel freático, que
define una superficie con profundidades variables bajo el relieve. En los
lugares en que esta coincide con la superficie topográfica, el agua fluye hacia
el exterior en forma de manantial, pero generalmente es necesaria la
construcción de un pozo para poder extraerla. Estos agujeros perforados en el
acuífero funcionan como pequeños depósitos a los que migra el agua subterránea
y desde los cuales se bombea a la superficie.
Las enormes ventajas de este tipo de extracciones, que permiten obtener
agua barata y sin necesidad de grandes obras hidráulicas, han dado lugar a una
lógica proliferación de pozos, cuyos caudales de extracción deben ser
controlados para evitar la sobreexplotación de los acuíferos.
Por otro lado, y aunque resulta importantísimo valorar el conocimiento
del terreno y la naturaleza que poseen muchas personas observadoras y expertas
en los medios rurales, no podemos ignorar los peligros que conllevan para
nuestra sociedad la pervivencia y expansión de gran cantidad de timadores como
los zahoríes, tarotistas y videntes. Todos comparten la habilidad de satisfacer
a sus ilusos clientes mediante actuaciones cargadas de pseudociencia y
misticismo, pero ponen de manifiesto la nefasta cultura científica de nuestras
modernas sociedades.
Parte VII
Estructura de la tierra
Contenido:
§ 57. ¿Es posible viajar al centro de la Tierra?
§ 58. ¿Cómo se ausculta al planeta?
§ 59. ¿De qué está hecho el interior de la Tierra?
§ 60. ¿Chirriaba el cielo de la antigua Grecia?
§ 61. ¿Cómo es la «piel» del planeta?
§ 62. ¿Qué fue de la astenosfera?
§ 63. La manzana de Newton, ¿cae igual en todos lados?
§ 57. ¿Es posible viajar al centro de la tierra?
En los siglos XVIII y XIX, algunos escritores europeos imaginaron un planeta
perforado por enormes cavernas que podían estar rellenas de múltiples
sustancias como lava, agua o aire. En torno a esta idea surge el argumento de
la famosa novela Viaje al centro de la Tierra, publicada en 1864, en la que sus
protagonistas recorren diversas oquedades pobladas por seres increíbles,
animales extintos y hombres gigantes; un mundo maravilloso al que pueden
acceder a través de un volcán islandés.
Sin embargo, la idea de un inframundo habitado es casi tan antigua como
la humanidad. Además del reino tenebroso del Hades descrito por los griegos,
otras mitologías como la china imaginaron un interior repleto de enormes
laberintos.
En tiempos más recientes, no solo ha servido de inspiración para la
exitosa novela del francés Julio Verne, sino para muchas otras obras
artísticas: desde el infierno subterráneo de la Divina Comedia de Dante hasta
la última versión cinematográfica de King Kong, en la que el gigantesco
monstruo escapa del interior terrestre a través de uno de los puntos de acceso
a la superficie.
Aunque estas representaciones de una Tierra hueca puedan resultar a
todas luces descabelladas para las personas con un mínimo de cultura
científica, es sorprendente que grandes científicos como Edmund Halley llegaran
a apoyarlas y que algunos exploradores del siglo XIX intentaran buscar la
supuesta entrada a las profundidades a través de las regiones polares.
Y es que, a pesar de que el interior de la Tierra está justo debajo de
nosotros, el acceso directo a él continúa siendo muy limitado. Las mayores
perforaciones actuales en la corteza en busca de petróleo y otros recursos
naturales apenas alcanzan los 7 kilómetros de profundidad, una pequeñísima
fracción del radio del planeta (6370 kilómetros). Incluso los pozos destinados
a la investigación no han podido penetrar más de los 12,3 kilómetros
conseguidos en el sondeo de Kola, en Rusia, que es el más profundo hasta el
momento.
Una manera bastante efectiva de alcanzar materiales más profundos es la
actividad volcánica, una especie de ventana que permite asomarnos al interior
terrestre. Así, en la superficie son comunes los grandes flujos de magma
basálticos, cuya formación se ha comprobado experimentalmente que procede del
ascenso de magmas primarios, originados por la fusión parcial de rocas
tremendamente escasas en la superficie, las peridotitas. Este tipo de magmas
son también los portadores de diamantes hacia las chimeneas volcánicas, los que
solo pueden formarse en condiciones de altísimas presiones, muy por debajo de
la corteza terrestre a unos 200 kilómetros de profundidad.
A pesar de eso, curiosamente, el mejor acceso a los componentes del
interior de la Tierra lo tenemos en los materiales que nos llegan desde el
espacio. La mayor parte de los meteoritos, que tienen un origen común con el
resto de nuestro sistema solar y por tanto con nuestro planeta, poseen una
composición similar a las peridotitas, lo que pone de manifiesto que este es el
material mayoritario de la Tierra. Sin embargo, con cierta frecuencia caen
otros meteoritos de aspecto metálico compuestos fundamentalmente por hierro y
níquel, que proporcionan una pista fundamental para conocer la constitución de
las zonas más profundas y aisladas de la actividad volcánica.
Aunque estos métodos permiten un contacto directo con los materiales, lo
cierto es que los mayores conocimientos sobre la estructura y composición del
planeta los hemos logrado mediante el estudio de las ondas que se producen en
él y lo atraviesan. Es como si dijéramos que una pulga sobre la piel de un
perro pudiera conocer toda la anatomía interior del mamífero a través de los
ruidos producidos por su estómago.
Este método, denominado sismología, se basa en el estudio de las ondas
registradas por los sismógrafos tras un terremoto. Aunque los humanos y
nuestras edificaciones sufrimos estas sacudidas mediante un tipo de ondas
denominadas superficiales, estos aparatos son capaces de percibir otras, algo
más sutiles, que recorren el interior del planeta desde el hipocentro del
seísmo. Estas ondas que viajan en las tres dimensiones se denominan internas.
Existen dos tipos de ondas internas, que se propagan de diferentes
maneras a través de los materiales. Para comprender sus diferencias podemos
realizar dos experimentos sencillos. Por un lado imaginemos una cuerda amarrada
a la pared por un extremo con cierta tensión. Sujetemos el extremo libre con
una mano y démosle una fuerte sacudida, como quien arrea a un caballo.
Seguramente todos lo hemos experimentado alguna vez; la cuerda se deforma y
adopta una forma sinuosa como consecuencia del sucesivo desplazamiento
transversal de cada tramo de la cuerda.
Visualicemos ahora un muelle, ni muy pequeño ni muy duro, como esos
juguetes plásticos de vivos colores. Hagamos lo mismo que con la cuerda,
sujetemos un extremo a la pared mientras el otro lo agarramos con nuestra mano
y lo estiramos un poco. Seguidamente daremos un pequeño impulso con la mano y
podremos observar cómo la parte más cercana a nosotros sufrirá un acortamiento
breve y volverá a su situación inicial, y este cambio se irá propagando a lo
largo de toda la longitud del muelle.
Las analogías anteriores nos permiten comprender el funcionamiento de
estos dos tipos de ondas. Las primeras, denominadas S (del inglés shake), se
producen como consecuencia de una sacudida; mientras que las segundas,
denominadas P (de push), se generaron por el empuje de nuestra mano. El azar ha
querido que en nuestro idioma estos nombres nos sirvan como sencilla regla
mnemotécnica, ya que ambas tienen diferentes velocidades de propagación; son
más rápidas las ondas P (primeras en llegar) que las ondas S (segundas en ser
registradas).
A diferencia de las ondas P, que cambian transitoriamente el volumen del
material por el que viajan comprimiéndolo y expandiéndolo alternativamente, las
ondas S cambian transitoriamente su forma. Dado que los fluidos (gases y
líquidos) no responden elásticamente a cambios de forma, estos materiales no
transmitirán las ondas S.
Precisamente, identificar dónde se produjo un determinado seísmo es la
primera observación que aporta información relevante sobre el interior de la
Tierra. Del mismo modo que el tiempo transcurrido desde que vemos un rayo hasta
que escuchamos el trueno nos permite conocer la distancia a la que se encuentra
una tormenta, la diferencia entre el tiempo de llegada de la primera onda P y
la primera onda S nos indica la distancia a la que estas se han generado. Por
lo que conociendo las distancias respecto a varios sismógrafos (mínimo tres
estaciones de medida) podemos localizar el punto en que el planeta ha crujido.
Cuando dichas ondas atraviesan la Tierra, llevan información a la
superficie sobre los materiales que han traspasado, por lo que su estudio
permite conocer las condiciones físicas reinantes en el interior. De esta
manera, al analizar con detenimiento las ondas producidas por terremotos o
explosiones, los registros sísmicos obtenidos nos proporcionan una imagen,
similar a las de rayos X, de las entrañas terrestres.
Hoy en día las herramientas desarrolladas brindan la evidencia
científica definitiva que echa por tierra cualquier suposición de un planeta
hueco y habitable en sus profundidades. Y aunque jamás seremos capaces de
perforar los miles de kilómetros que nos separan de su centro, el estudio de
las trayectorias trazadas por las ondas sísmicas permite acercarnos, desde el
conocimiento, a cualquier punto del inhóspito interior de la Tierra.
§ 58. ¿Cómo se ausculta al planeta?
Transcurre la tarde del 8 de octubre de 1909 en el Instituto Geofísico de
Zagreb y Andrija observa los sismogramas de las ochenta y nueve estaciones
distribuidas por todo el país. «No puede ser… ¡de nuevo ondas P!», piensa
mientras verifica que sus aparatos funcionan y están perfectamente regulados.
Como tantas otras veces había hecho, pudo localizar el seísmo y afirmar
que había ocurrido bajo la pequeña villa de Pokupsko. Los sismógrafos cercanos
evidenciaban que solo había tenido lugar un terremoto, pero entonces… ¿por qué?
¿Por qué existía esa anomalía en las estaciones más alejadas?
Andrija encontró una única llegada de ondas P (Pdirecta) en las
distancias cercanas al epicentro. Pero más allá de unos doscientos kilómetros,
estas llegaban en dos tandas (Pdirecta y Peco). Lo que estaba observando era
algo parecido al eco que percibimos cuando las ondas sonoras rebotan contra un
acantilado y llegan a nosotros un tiempo después del sonido que viaja
directamente a nuestros oídos. Pero en este caso (y esto es lo que resultaba
aún más desconcertante), ¡el eco llegaba antes que el sonido directo!
Algo era evidente: aquellas ondas habían sido adelantadas por su eco, y
esto solo sería posible si las Peco hubieran viajado a mayor velocidad que las
Pdirecta.
Él sabía, como todos los sismólogos de su tiempo, que a mayores
presiones, la velocidad de las ondas sísmicas era mayor, pero este hecho no
permitía explicar una diferencia tan marcada con las ondas que viajan a mayores
profundidades. Mediante unos cálculos básicos de sismología, estudió la
velocidad de propagación de ambas tandas de ondas. Las que habían llegado de
forma directa (Pdirecta) habían viajado con la rapidez que ya otras veces se
había calculado (5,6 km/s), pero las ondas Peco lo habían hecho a una velocidad
media jamás observada anteriormente: 7,9 km/s.
Dado que ambas tandas de ondas habían salido a la vez desde el mismo
hipocentro, esos datos solo podían llevarle a una conclusión: como en el caso
del eco de un sonido, los trenes de ondas Pdirecta y Peco habían recorrido
caminos diferentes. Debían de haber traspasado distintos materiales, lo que
determinaría sus desiguales velocidades de propagación.
Cuando una sandía se nos muestra cortada en rodajas es muy fácil saber si ya
está lista para comer. Pero ¿cómo podemos hacernos una idea de su estado de
madurez antes de cortarla? Los más sabios del mercado le dan unos golpecitos
con la mano para no equivocarse en su elección. Cada impacto equivale a un
terremoto; nuestro tacto y nuestro oído, a los sismógrafos.
El mecanismo tuvo que ser análogo al de tomar una autopista para
desplazarnos de un pueblo a otro. Si las poblaciones están muy cerca, es
posible que lleguemos antes por una carretera convencional. Pero para
recorridos largos está claro que por la autopista regional viajaremos a mayor
velocidad y llegaremos antes, a pesar de que perdamos algo de tiempo en tomar y
abandonar la vía más rápida. En las estaciones cercanas que observaba Andrija,
ambas tandas de ondas se solapaban, pero en las más distantes, las Peco habían
tenido suficiente margen como para distanciarse de las Pdirecta.
Andrija, de apellido Mohorovičić, pudo también calcular el lugar en el
que se encontraban esos materiales que permitían tales velocidades, lo que
representó una auténtica revolución en el estudio del interior de la Tierra.
Aquel cambio tan brusco de velocidad de propagación de las ondas internas, o
discontinuidad sísmica, lo registró a cincuenta y cuatro kilómetros de
profundidad.
En los años siguientes, geofísicos de todo el mundo analizaron los datos
sismológicos de otras regiones del planeta y zanjaron una cuestión muy debatida
hasta entonces: el interior de la Tierra no era homogéneo, sino que estaba
estructurado en capas con diferentes tipos de rocas.
Hoy sabemos que aquel cambio de velocidades está causado por la
presencia de rocas ultramáficas, ricas en olivino y piroxeno: las peridotitas.
Esta discontinuidad marca el inicio de la mayor capa que forma el interior del
planeta, el manto, y recibe el nombre de su principal descubridor, la
discontinuidad de Mohorovičić o, cariñosamente, la moho.
El manto representa aproximadamente el 82 % del volumen terrestre. Su
composición se conoce a partir de datos experimentales y del análisis de los
materiales traídos a la superficie por la actividad volcánica. Además, por la
forma en la que propaga las ondas sabemos que se comporta como un sólido
elástico.
Posteriormente se ha encontrado también un incremento abrupto en la
velocidad sísmica a cierta profundidad dentro del propio manto. Mediante
estudios de laboratorio se ha podido determinar que esta variación no se debe a
un cambio composicional, como es el caso de límite corteza-manto, sino a un
cambio de fase. Es decir, una modificación de la estructura cristalina de los
minerales producida por el aumento de la presión y la temperatura. Los
experimentos realizados muestran que el abundante olivino se transforma en un
mineral polimorfo más compacto y denso, llamado espinela, bajo las condiciones
reinantes a dicha profundidad.
Los estudios sismológicos, que continuaron avanzando durante las décadas
siguientes, recibirían un impulso extraordinario en los primeros años de la
Guerra Fría por el interés de las potencias enfrentadas en los ensayos
nucleares. Los datos aportados por los sismogramas de dichas explosiones
revelaron información muy precisa, ya que para su análisis se conocía la
localización y el momento exacto de la detonación.
Al igual que los médicos diagnostican el estado de nuestros pulmones por
los sonidos percibidos mediante sus estetoscopios, la geología ha desvelado,
mediante ingeniosos razonamientos, un mayor entendimiento de lo que se esconde
bajo nuestros pies. A partir de toda la información reunida y con la ayuda de
potentes ordenadores, actualmente se ha podido desarrollar una imagen bastante
detallada de las profundidades de la Tierra, modelo que está siendo ajustado
continuamente a medida que se dispone de más datos y se desarrollan nuevas
tecnologías.
§ 59. ¿De qué está hecho el interior de la tierra?
En 1914 un nuevo fenómeno va a traer de cabeza a los geofísicos de todo el
planeta. Muchos de los sismógrafos repartidos por la superficie terrestre no
registran las vibraciones provocadas tras un terremoto. ¡Las ondas internas han
desaparecido!
Para intentar comprender este misterio, imaginemos que tiembla la tierra
justo en el polo sur. No nos alarmemos, no hay relación con la rotación del
planeta (a la geosfera le importa bastante poco que por ahí pase el imaginario
eje de rotación). El nuestro será un terremoto normal, igual que los que
ocurren en cualquier otro punto de la Tierra. Sin embargo, localizarlo
precisamente allí nos servirá para visualizarlo mejor en nuestro planisferio
mental.
Por su lejanía, resulta comprensible que este temblor no sea percibido
por los habitantes de Estados Unidos, México y el Caribe. Pero que tampoco se
registre en esa región la llegada de ningún tipo de onda interna sí que resulta
curioso. Parece como si algo se interpusiera, de manera similar a como se
interpone un objeto opaco al avance de la luz. En este caso, la sombra sísmica
debía estar generada por una esfera enorme en el interior de la Tierra.
Los trabajos sobre esa enigmática observación estaban encabezados por el
sismólogo alemán Beno Gutenberg y sus nuevos hallazgos iban a permitir
desempolvar algunas publicaciones anteriores. Unos pocos años antes, mediante
la todavía incipiente red de sismógrafos, se había descubierto que a mayores
distancias del epicentro, en las antípodas de un seísmo, las ondas P emitidas
llegaban con un mayor retraso respecto al tiempo esperado.
Interpretar los sismogramas no es un trabajo especialmente sencillo. Los
avances en geofísica, la mejora de la instrumentación y la ampliación de la red
sísmica internacional han permitido descifrar las trayectorias y velocidades
que llevan las ondas en su viaje por el interior terrestre.
La conclusión era clara: aquella gran esfera central del planeta
provocaba una enorme ralentización en la velocidad de propagación de estas
ondas.
Retomando nuestro ejemplo del terremoto en el polo sur, esto significa
que, en zonas aún más alejadas del epicentro como Canadá o Alaska, las ondas P
sí van a ser registradas, aunque lleguen mucho tiempo después de lo esperado.
Y, aunque hasta ahora solo hemos hablado del registro sísmico en el alargado
continente americano, al extender el análisis al conjunto del globo terrestre,
observamos una inmensa zona de sombra anular en la superficie terrestre que se
extiende sobre otras regiones como el Sáhara, los países mediterráneos, Arabia,
India o China.
Con el paso del tiempo y el desarrollo de instrumentos más sensibles, se
confirmaron los datos y se obtuvo una imagen más clara de lo que estaba
sucediendo al encontrar ondas P en el interior de aquel anillo. El
comportamiento de la esfera interna frente al paso de las ondas sísmicas era
más parecido al de una lente que al de un cuerpo opaco. Y es que, al igual que
sucede con los rayos de luz que traspasan una lupa, las ondas sísmicas que
atraviesan esta esfera sufren una importante desviación.
Cuando utilizamos una lupa para iniciar un fuego, encontramos un anillo
de sombra alrededor de la intensa luz, a pesar de que la lupa no es opaca. En
este caso, los rayos de luz que debían atravesar el margen de la lente están
siendo concentrados en ese círculo central de menor tamaño. Del mismo modo, la
esfera interior del planeta actúa desviando las ondas P y concentrándolas en el
lado opuesto del mundo.
Sin embargo, una vez comprobado que aquel objeto estaba formado por
materiales con baja velocidad de propagación para las ondas sísmicas, surgió un
nuevo dato al que dar respuesta. Mientras que esas regiones más alejadas del
terremoto de nuestro ejemplo como Groenlandia, Inglaterra, Escandinavia, Rusia,
Alaska o Canadá reciben ondas P, resulta imposible encontrar en ellas registros
de las ondas S, a pesar de la elevada precisión de las mediciones realizadas.
En este caso la esfera del interior terrestre sí que se comporta de
forma completamente opaca e impide el paso de este tipo de ondas, es decir, con
una velocidad de propagación nula. Este comportamiento, aparentemente anómalo,
encuentra respuesta en la ecuación que determina la velocidad de propagación de
las ondas S (VS):
VS =√(μ/d)
Su valor será cero cuando el módulo de rigidez (μ) sea igual a cero, de
lo que se deduce que los materiales que forman esa esfera interna son fluidos,
algo muy coherente también con la ralentización observada de las ondas P al
pasar por esa región.
De esta manera quedaba en evidencia la existencia de una capa líquida, o
parcialmente líquida, por debajo del manto rocoso. Gutenberg calculó el tamaño
de esa esfera, que sería algo más grande que el planeta Marte, y esta
discontinuidad, situada a dos mil novecientos kilómetros de profundidad,
tomaría el nombre del eminente geofísico.
A esta esfera central, caracterizada por una densidad mucho mayor que el
resto del planeta e imposible de alcanzar por los silicatos, se la llamó
núcleo. En coherencia con los datos geofísicos y el estudio de la composición
del sistema solar a través de los meteoritos, hoy sabemos que está formado por
una aleación de hierro con cantidades menores de níquel, por lo que aunque solo
representa un sexto del volumen de la geosfera, comprende en cambio un tercio
de la masa de la misma; y tal y como corresponde a las sustancias más densas,
ocupa las zonas más profundas del planeta.
Sobre él, y limitado por la discontinuidad de Gutenberg, se sitúa el
manto, una enorme esfera de rocas silicatadas de composición ultrabásica que
conforman, casi, el volumen restante de la esfera terrestre. Solo una finísima
corteza muy heterogénea y formada principalmente por los silicatos menos densos
lo separa de la hidrosfera y la atmósfera en la que se desarrolla la vida.
§ 60. ¿Chirriaba el cielo de la antigua Grecia?
Sumidos bajo la fascinación y belleza del cosmos, diversos sabios de la
antigüedad clásica argumentaron sobre la estructura y el movimiento de los
astros. Imaginaron que el universo estaría formado por nueve esferas
concéntricas, y que el globo terráqueo sería el centro común de las mismas.
Las esferas, hechas de una materia transparente y diferente a la
encontrada en la Tierra, contendrían los objetos luminosos que surcaban
lentamente la bóveda celeste, como la Luna y los planetas conocidos en aquel
entonces.
El planeta está formado por esferas concéntricas capaces de desplazarse una
respecto a otra. El núcleo interno gira con libertad rodeado de una gran masa
fluida. La litosfera también lo hace, aunque cada placa va por su lado,
respecto al manto sobre el que se asienta.
El desplazamiento de dichas esferas podía ser intuido por el movimiento
de los astros atrapados en ellas. Esta perfecta armonía tendría un efecto
perceptible en el silencio de la noche para los oídos más agudos, que podrían
escuchar el chirrido de las esferas al desplazarse unas sobre otras.
Varios milenios después, en los años treinta del siglo XX, una mente
especialmente atenta observó algo que hasta entonces había pasado
desapercibido. La señal no procedía del cielo, sino de las mayores
profundidades de la Tierra. Un escrutinio riguroso del registro sísmico llevado
a cabo por Inge Lehmann le iba a permitir detectar una especie de brillo en el
centro de aquella sombra sísmica generada por el núcleo, que hemos explicado en
la pregunta anterior. Pudo determinar la llegada de ondas P muy débiles, a las
que denominó ondas P’, que debían de haber sido desviadas de forma inesperada
por otra esfera, ubicada en el interior del núcleo.
Lehmann había encontrado un límite que dividía al núcleo terrestre en
una parte interna y otra externa; pero la complejidad que entrañaba el estudio
de esta zona tan profunda del planeta era tal que pasarían treinta años hasta
que se conociera con precisión su tamaño. Nuevamente el análisis preciso de las
explosiones nucleares subterráneas llevadas a cabo en Norteamérica permitieron
conocer las dimensiones exactas del núcleo interno, que resultó ser una esfera
con un tamaño similar al de nuestra Luna.
La reciente esfera descubierta tenía además otra característica
asombrosa. Aquellas ondas P’ sufrían una leve aceleración al atravesarla, lo
que solo podía ser atribuible a un aumento de la elasticidad de los materiales
o, dicho en otras palabras, a su estado sólido.
Esta situación, en la que tenemos un núcleo externo líquido y un núcleo
interno sólido, debió de resultar inverosímil para muchos, ya que a mayores
profundidades las temperaturas se incrementan y favorecen los procesos de
fusión. Sin embargo, todo cobra sentido cuando comprendemos que este
calentamiento se ve contrarrestado por las enormes presiones soportadas en ese
ambiente, que mantienen a los átomos unidos en estado sólido.
Se había descubierto un núcleo dentro del núcleo y a la luz de estos
nuevos aportes podía completarse el esquema geodinámico del interior terrestre.
Actualmente sabemos que el núcleo interno sólido y aislado por el externo
líquido rota dentro de nuestro planeta hacia el este a una velocidad mayor
respecto a la rotación que observamos en la superficie terrestre, lo que se
denomina superrotación.
Por su parte, el núcleo externo líquido fluye de forma continua a una
velocidad promedio de un milímetro por segundo. Su dinámica está condicionada
por la convección térmica y la rotación del planeta. Este desplazamiento
continuo de átomos de hierro es el responsable de que las brújulas funcionen en
nuestro planeta, ya que generan su característico campo magnético.
Sobre esta denominada endosfera (núcleo interno y externo), encontramos
la mesosfera que, aunque se comporta como un sólido frente a esfuerzos intensos
como el paso de una onda sísmica, es capaz de fluir ante fuerzas lentas y
prolongadas como las corrientes de convección. Esta capacidad de fluir es la
que pone en movimiento la más externa de las esferas rocosas del planeta, la
litosfera, con una temperatura tan baja que se comporta de manera muy
particular. Es una capa rígida que está fragmentada en una serie de placas
tectónicas o litosféricas, en cuyos bordes se concentran los fenómenos
geológicos como el magmatismo y la sismicidad.
Aunque aquel bello modelo propuesto en la antigüedad para explicar el
cosmos no soportó el examen de la ciencia, no deja de resultar curioso su
paralelismo con la dinámica descubierta para el interior de nuestro planeta,
pues hoy sabemos que la Tierra está formada por esferas concéntricas diferentes
que pueden moverse, de las cuales la más profunda e inalcanzable está
delimitada por la denominada discontinuidad de Lehmann.
Además de este reconocimiento, la extraordinaria sismóloga danesa
recibió muchos otros honores por sus aportaciones a la ciencia. Es y será
recordada como una científica pionera, cuyos trabajos destacaron en un campo
que permanecía reservado para los hombres en aquella época.
§ 61. ¿Cómo es la «piel» del planeta?
En el año 1753 los topógrafos franceses, enfrascados en un debate internacional
sobre la forma de la Tierra, organizaron una expedición que los llevó hasta
Ecuador. Su objetivo era determinar si el planeta era achatado por los polos o
por el ecuador. Para estos trabajos se usó la plomada, un instrumento
científico formado por un peso que cuelga libremente apuntando hacia el centro
de la Tierra y, tomando como referencia la posición de las estrellas, permite
conocer la curvatura del planeta en ese punto.
Los científicos sabían que la cercanía de la enorme cordillera de Los
Andes debía de producir una pequeñísima desviación de la plomada hacia la masa
de las montañas, lo que tendría que tenerse en cuenta para no introducir
errores en las mediciones. Aun así, la inclinación generada por las montañas
fue tan insignificante que pudieron obviarla y no aplicar las correcciones
oportunas a las mediciones. La ausencia de esta desviación intrigó enormemente
a los miembros de la expedición. Parecía, después de todo, como si se pudiese
ignorar el efecto de las montañas.
El mismo problema fue registrado un siglo después por los topógrafos
británicos en el Himalaya. Una incongruencia tan sorprendente que se llegó a
pensar que las montañas no tenían masa en su interior. ¿¡Cómo podían las
montañas estar huecas!?
Unos años después, el inglés John Pratt propuso una solución al
problema. En su opinión el material de la corteza no era uniforme, sino que
debía de tener un comportamiento similar al de la masa de pan. Mientras que las
zonas deprimidas estarían formadas por una materia densa como la masa de harina
que acaba de ser amasada, las zonas altas estarían formadas por la misma masa
pero que, de forma análoga al efecto de la levadura, habría sido inflada en el
proceso de elevación. Su modelo concebía las montañas como materiales menos
densos que las rocas de las tierras bajas, de manera que las variaciones de la
topografía estaban asociadas a cambios laterales en la densidad de la corteza.
Al mismo tiempo, otro inglés, sir Georges Airy, proponía otro modelo
completamente diferente. A su parecer, la carencia observada en la atracción
gravitatoria que teóricamente debían generar las montañas no se debía a un
déficit de masa en las mismas, sino bajo ellas.
En aquella época ya se conocía que la corteza terrestre era menos densa
que el manto subyacente, por lo que propuso la idea de que la corteza debía de
ser más gruesa por debajo de las montañas y ese grosor adicional al que
denominó raíz sería la causa que estaba neutralizando la atracción que las
montañas, realmente, sí generaban.
Dicho esquema, según el cual el límite inferior de la corteza debía de
ser un grosero reflejo de la superficie topográfica, permitía comprender que
estas raíces desalojaban manto de mayor densidad en las zonas de montaña, lo
que generaba un déficit de masa que explicaba los valores de atracción
detectados con la plomada.
Este modelo, en el que la corteza se comporta como icebergs flotantes,
sería finalmente el aceptado por la comunidad científica y pondría fin al
debate que protagonizaron Pratt y Airy durante el siglo XIX, lo que daría pie
al desarrollo de un nuevo concepto: la isostasia, que podremos comprender
siguiendo con esta analogía. Si observamos lo que ocurre cuando un fragmento
del hielo emergido se desprende, encontraremos que el iceberg ascenderá al
tener menos masa, y quedará también disminuida su raíz. Por el contrario, si se
acumula más hielo, la masa del iceberg aumenta y este se hundirá más en el mar
y, por tanto, la parte sumergida también crecerá.
Este proceso de ajuste isostático tiene lugar también en la corteza
terrestre. Por ejemplo, la acumulación de sedimentos da lugar a que sus raíces
profundicen en el manto, mientras que el desmantelamiento de una montaña por la
erosión disminuye la masa en esa zona y, por tanto, su raíz se retraerá
progresivamente.
Hoy en día los geofísicos han validado con multitud de datos este modelo
de la corteza. Sabemos que las masas continentales tienen un espesor medio de
treinta y cinco kilómetros, que se incrementa notablemente por debajo de
grandes formaciones montañosas y puede llegar a doblar este valor.
Los continentes y sus plataformas tienen una composición química global
similar a la del granito, y de manera muy general, podemos decir que hacia la
parte más superficial predominan los sedimentos y rocas sedimentarias, mientras
que el resto está formado fundamentalmente por rocas metamórficas e ígneas. La
heterogeneidad de la corteza continental también se ve reflejada en las edades
de las rocas que la forman, que llegan a alcanzar los miles de millones de
años.
Los resultados de estas expediciones topográficas a las grandes
cordilleras del planeta motivaron la curiosidad y el debate científico, que
desembocaron en un mayor conocimiento de la corteza continental sobre la que se
desarrolla nuestra actividad cotidiana. Sin embargo, bajo los océanos quedaban
enormes fragmentos de piel oceánica (ver siguiente pregunta) que aún
permanecerían ocultos al conocimiento de la humanidad durante varias décadas.
§ 62. ¿Qué fue de la astenosfera?
En 1993, el National Research Council, la máxima institución científica
norteamericana, publicó un compendio sobre ciencias de la Tierra en el que se
incluía la siguiente definición de astenosfera: «Una región de unos cuantos
cientos de kilómetros en el manto superior caracterizada por la baja velocidad
de las ondas S, donde los materiales se acercan a su punto de fusión y donde
puede estar concentrado el flujo del manto». Paradójicamente, en el mismo
artículo se ilustra una sección de la Tierra en la que no aparece ni por asomo
la astenosfera.
La idea de un nivel profundo que pudiera deformarse plásticamente se
remonta a principios del siglo XX de la mano de la isostasia, cuando la
sismología aún estaba en pañales. El geólogo norteamericano Joseph Barrell
definió dos zonas hipotéticas en el interior del planeta: una rígida a la que
llamó litosfera (esfera de roca), sobre otra plástica y de profundidad
indefinida a la que le dio el nombre de astenosfera (esfera débil).
Diversos sismólogos aportaron nuevos datos acerca de esta posible
distribución. Sus mediciones indicaban que la velocidad de las ondas sísmicas
decrecía ligeramente entre los cien y doscientos kilómetros de profundidad. Ese
canal de baja velocidad fue asociado a una disminución en la rigidez del
material, debida a la fusión de algunos minerales bajo esas condiciones.
A pesar de las pruebas sismológicas aportadas, la mayoría de los
especialistas las consideraron insuficientes como para atribuirle a la
astenosfera un carácter global, por lo que llegó a ser olvidada durante algunos
años. Sin embargo, en la década de los sesenta se retomó la idea, puesto que en
aquel entonces ya no solo era necesaria para justificar los movimientos
verticales de la litosfera, consecuencia del ajuste isostático, sino, aún más
importante, se requería para explicar sus recientemente descubiertos
movimientos en la horizontal.
La litosfera, con un grosor medio de cien kilómetros de profundidad,
abarca la corteza y parte del manto superior pero, a pesar de esta composición
tan heterogénea, se comporta como un único caparazón relativamente frío y
rígido.
El paradigma movilista, asociado a la recientemente descubierta
tectónica de placas, que irrumpía con fuerza en las ciencias de la Tierra por
aquellos años, aparentemente dependía de la existencia de esta capa
parcialmente fundida, que había sido identificada como el necesario nivel de
despegue de la litosfera respecto al resto del manto.
La vieja astenosfera de Barrell y el nuevo nivel de baja velocidad
sísmica surgieron como dos ideas bien diferenciadas, que se fundieron en una
sola al calor de aquella revolución científica. Uno de los padres del nuevo
paradigma, el canadiense Tuzo Wilson, asoció ambos conceptos, lo que dio origen
a la confusión; en su intento por establecer los límites de la astenosfera
trató de combinar dos conjuntos de datos distintos: las velocidades sísmicas
registradas y la desaparición de hipocentros a partir de seiscientos setenta
kilómetros de profundidad.
Influenciados por la necesidad de que existiera este nivel bajo toda la
litosfera, muchos especialistas continuaron centrando sus esfuerzos en
encontrarlo. Pero, a pesar de todo, la astenosfera, tal y como pretendía el
movilismo, no fue encontrada.
Al igual que en otros casos, los avances en la instrumentación geofísica
aportarían luz a esta cuestión. Durante la década de los noventa se desarrolló
la tomografía axial por ordenador que permitió radiografiar el interior de la
Tierra. Se descubrió que aquel nivel de baja velocidad encontrado bajo la
litosfera en realidad eran muchos, aunque todos ellos de limitada extensión y
pequeño grosor. Esta técnica reveló además que el manto sublitosférico en su
totalidad, hasta su límite con el núcleo, es capaz de fluir, y la astenosfera
podía comenzar a ser descartada, tanto por innecesaria como por inexistente.
Aunque en la actualidad ninguno de los modelos se ajusta a todos los
datos disponibles, se conoce que las velocidades de la litosfera pueden ser
justificadas con un manto de viscosidad uniforme. El esfuerzo requerido para
que la litosfera se desplace no precisa de un nivel de baja viscosidad bajo
ella. A pesar de la resistencia del manto sublitosférico, este está formado por
rocas que todavía están muy calientes y pueden fluir de una manera muy gradual
ante esfuerzos prolongados.
Los continentes se comportan como un tronco flotando sobre el agua. El
fluido sobre el que flota la litosfera se encuentra en unas condiciones muy
particulares de presión y temperatura, y sus límites han sido objeto de largas
discusiones.
Aunque aún no se conoce la naturaleza precisa de dichas corrientes,
estos movimientos lentos son el mecanismo que transmite el calor desde el
núcleo hacia la superficie terrestre.
La dinámica de la propia litosfera oceánica parece desempeñar un papel
fundamental en esta convección, hasta el punto de que probablemente forme parte
de la misma. Y es que, incluso los kilómetros más superficiales de esta
litosfera, denominados corteza oceánica, se originan como resultado de procesos
de enfriamiento y ascenso de los materiales del manto, y el proceso de
reciclaje al que se ven sometidos impide que alcancen los doscientos millones
de años en la superficie.
La litosfera oceánica, que desciende a través del manto como una
alfombra que se arruga, es la responsable de los terremotos a grandes
profundidades, pero el motivo de los mismos es muy diferente al de los
terremotos convencionales asociados a fallas. Estos se producen por la
transformación de enormes cantidades del mineral olivino en un polimorfo más
denso, lo que da lugar a cambios de volumen a gran escala. Pero a seiscientos
setenta kilómetros de profundidad se alcanzan presiones a las que todo el olivino
ya se ha transformado, por lo que a partir de este punto no existe ningún
mecanismo que pueda causar seísmos.
Tal como ha expresado el profesor Francisco Anguita en su artículo Adiós
astenosfera, adiós, de quien hemos tomado muchas de las ideas plasmadas en esta
pregunta: «Ya no hay menciones a la astenosfera, sino radiografías del manto en
las que aparecen superplumas y superzonas de subducción». Y este genial
divulgador de la geología añade: «La esfera débil seguirá persistiendo unas
décadas, por inercia, hasta su total desaparición, como un perfecto ejemplo
histórico de las prisas que nunca deberían llevar los científicos, ni siquiera
durante las revoluciones».
§ 63. La manzana de Newton, ¿cae igual en todos lados?
En los albores de las ciencias naturales, el filósofo griego Aristóteles
planteaba que el movimiento de caída era propio de todos los objetos pesados y
que mientras mayor fuera su peso más rápida sería la caída.
Siglos más tarde, Galileo Galilei se cuestionó dicha afirmación y
realizó algunas mediciones con el objetivo de investigarla. Para poder realizar
sus estudios con los peculiares cronómetros de la época, debía ralentizar el
proceso de caída, y para ello utilizó un tablero de madera inclinado con un
surco, por el que echó a rodar en línea recta bolas de diferentes pesos.
De esa forma comprobó que, exceptuando objetos muy ligeros que eran
intensamente frenados por el aire, el peso no influía para nada: todas las
bolas cubrían la longitud del surco en el mismo tiempo.
Otra importante aportación de Galileo en este campo fue el principio de
oscilación del péndulo que, a fin de cuentas, permite también observar la caída
de un cuerpo, cuyo particular movimiento está condicionado por la cuerda que lo
sujeta. Cuando la masa se deja caer, comienza a oscilar de un lado a otro y
Galileo descubrió que el tiempo transcurrido en cada una de estas oscilaciones
en el vacío solo depende de la longitud del péndulo y de la aceleración de la
gravedad.
El método clásico para medir la gravedad se basa en este principio y en
honor al célebre científico se denominó gal a la unidad de medida de dicha
aceleración. Un gal equivale a 0,01 m/s2, de manera que el conocido
valor de 9,8 m/s2 de la gravedad terrestre serían 980 gal.
No obstante, este es un valor promedio, pues los objetos no son atraídos
de igual forma en toda la superficie de la Tierra; dicho de otra manera, la
manzana de Newton no cae con la misma aceleración en todos los lugares. Estas
diferencias, sin embargo, son tan ligeras que los instrumentos diseñados para
detectarlas deben ser capaces de tomar medidas con una enorme precisión.
Los gravímetros más modernos han dejado atrás el principio del péndulo y
se basan en la observación de cuerpos en caída libre, cuyos tiempos de caída se
calculan mediante avanzadas tecnologías basadas en el uso del láser y los
relojes atómicos.
Usualmente, lo que se realiza en las campañas de gravimetría son
mediciones relativas, que registran las diferencias de la atracción
gravitatoria en puntos de una misma región.
Los geofísicos deben tener en cuenta diversas distorsiones que afectan a
las mediciones. Por ejemplo, la rotación y el achatamiento de la Tierra
producen un incremento en la gravedad de alrededor del 0,5 %. También son
importantes los efectos de la atracción de la Luna y el Sol y, como hemos visto
en este capítulo, la masa de los relieves cercanos y la distancia del punto de
medida respecto al centro de la Tierra.
Para sustraer estos efectos de los resultados se emplean,
respectivamente, una serie de correcciones: latitudinales, mareales,
topográficas, de elevación, etc.
Una vez aplicados estos ajustes, se obtienen ligeras diferencias entre
los valores medidos y los pronosticados por los modelos a las que se las
denomina anomalías gravimétricas, lo que podría indicarnos, en última
instancia, las variaciones laterales en la densidad del material cercano a la
estación de observación.
Como consecuencia de las rivalidades entre naciones, los franceses crearon
la imagen de un Newton descubriendo la gravedad mientras observaba la caída de
una manzana. Esa misma manzana caería muy lentamente en la Luna, como
consecuencia de su escasa gravedad, y lo haría a toda velocidad en las
cercanías de un planeta gigante. Pero aquí, en la Tierra, ¿la aceleración es
idéntica en todos los puntos?
La detección de estas variaciones es el objetivo principal de las
prospecciones gravimétricas, que constituyen una importante fuente de
información sobre la naturaleza de los materiales presentes en el subsuelo.
Estas anomalías de 0,01 miligales están dadas por cambios en la densidad de los
materiales, y un estudio adecuado de las mismas permite conocer la morfología
de dichos cuerpos.
De esta manera las anomalías positivas, correspondientes a un exceso
relativo de masa, pueden deberse a diversas estructuras como intrusiones ígneas
o yacimientos metálicos. Mientras que las negativas, que indican un defecto
relativo de masa, pueden atribuirse a sedimentos poco consolidados, diapiros
salinos o la presencia de cuevas. Estos trabajos, complementados con otros
estudios de la geología de la región, aportan importantes datos de mucha
aplicación, como por ejemplo el tamaño y la forma de un determinado yacimiento.
Capítulo VIII
Tectónica de placas
Contenido:
§ 64. ¿En qué se parece la Tierra a una manzana?
§ 65. ¿La geografía cambia?
§ 66. ¿Qué verdad escondían los océanos?
§ 67. Y sin embargo… ¿se mueven?
§ 68. ¿También la litosfera tiene un ciclo?
§ 69. ¿Cómo nos hizo hombres la tectónica de placas?
§ 70. Moisés y el Éxodo, ¿hubo otra apertura del mar Rojo?
§ 71. ¿Existe el abismo?
§ 72. La conquista del cielo, ¿puede lograrse desde el inframundo?
§ 64. ¿En qué se parece la tierra a una manzana?
Señores, seamos serios. La realidad es muy sencilla […]. No hay necesidad
alguna de teorías confusas para comprender la geografía de la Tierra. Todos
sabemos que nuestro planeta se enfría lentamente desde hace millones de años. A
causa de este enfriamiento la Tierra se encoge, se contrae y se arruga como una
manzana vieja. Ese es el origen de nuestros continentes, de nuestros océanos y
de nuestras montañas. La Tierra se ha achicado lentamente al perder su calor.
Esa es la única verdad científica... ¡Todo lo demás no son más que pamplinas!
Con este original discurso, el divulgador francés Didier Guille nos
traslada al momento más álgido de una de las grandes controversias científicas
de principios del siglo XX: el fijismo frente al movilismo.
Una vez superado el debate sobre la edad de la Tierra, la polémica se
centró en otra de las grandes inquietudes de la geología: el origen de las
grandes irregularidades topográficas del planeta, a saber, las depresiones
oceánicas, las elevaciones continentales y sus cordilleras. Un concepto que se
engloba bajo el término procedente del griego orogénesis, ‘el origen de las
montañas’.
Uno de esos modelos integradores era el contraccionismo, que se
argumentaba en torno a la pérdida continua del calor residual que la Tierra
había experimentado desde sus orígenes. El motor inicial de la orogénesis sería
una supuesta contracción del interior del planeta debida al continuo
enfriamiento, que hacía que la capa externa sólida se deformara. De esta forma
podía compararse a la Tierra con una manzana vieja, que se arruga al cabo de
unos días en el frutero cuando su interior pierde volumen por deshidratación.
Bajo la influencia de este paradigma se desarrolló un nuevo concepto, el
de cuenca geosinclinal, depresiones donde se depositarían grandes espesores de
sedimentos que serían intensamente comprimidos y elevados, que formarían las
grandes cadenas montañosas.
Los geosinclinales debían desarrollarse en las regiones adyacentes a los
continentes, donde el aporte de sedimento es cuantioso y variado, tal y como
reflejan las cadenas montañosas a las que darían lugar. De manera que, aunque
este concepto tenía complicaciones para explicar orógenos intercontinentales
como los Alpes o el Himalaya, brindaba solución a una amplia gama de fenómenos
geológicos en América, donde se encuentran cordilleras cercanas a los océanos
como los Apalaches, las Rocosas y los Andes.
Los seguidores de esta teoría también encontraron en América una
respuesta firme para un gran problema paleontológico: la presencia de restos
fósiles de organismos idénticos en continentes separados por enormes océanos.
La existencia del estrecho istmo centroamericano y el rosario de islas
Aleutianas entre Asia y Norteamérica, así como la evidencia de mayores
extensiones de los casquetes polares en el pasado, permitían imaginar otros
puentes intercontinentales que también hubieran servido, hace millones de años,
para el paso de las especies terrestres fosilizadas.
Estas concepciones, que posteriormente se denominarían fijistas,
suponían que dichas zonas emergidas habrían sufrido procesos de hundimiento y
habrían desaparecido de forma similar a como lo debió hacer la Atlántida.
A pesar de las dificultades que presentaba esta hipótesis, la misma se
mantuvo consolidada dentro del cuerpo doctrinal de la geología por largo
tiempo. Aunque la concepción contraccionista fue dejada de lado y nadie pudo
encontrar otra causa creíble para explicar estos levantamientos, la teoría del
geosinclinal prevaleció hasta la década de 1970.
Efectivamente existe cierta similitud entre la piel de una manzana
envejecida y la superficie de la Tierra, ambas poseen irregularidades. Sin
embargo, las causas de ambos relieves son muy diferentes. Las arrugas del
planeta son consecuencias de mecanismos complejos que no habían podido ser
explicados. Todavía faltaría un largo camino por transitar antes de que los
modelos fijistas fueran desalojados de su posición predominante en las ciencias
de la Tierra para dejar paso a nuevas ideas.
§ 65. ¿La geografía cambia?
Al observar un mapamundi hay algo que salta a la vista: la íntima
correspondencia entre los contornos de África y Sudamérica a ambos lados del
Atlántico. Estas formas del perímetro continental, que encajan como si de
piezas de un puzle se trataran, llamaron la atención de algunas personas cultas
desde que surgieron las primeras cartas náuticas fidedignas.
En el siglo XVII, un moralista francés interpretó esta relación como
prueba del diluvio universal, al considerar que ambos continentes habrían
quedado separados como consecuencia del mismo. En el siglo XIX otro francés,
Snider-Pellegrini, confeccionó un mapa en el que representó a América pegada a
África y Europa, y argumentaba que la similitud entre los fósiles vegetales
encontrados en carbones del viejo y el nuevo mundo era la evidencia que avalaba
su reconstrucción. Como mecanismo de separación propuso que habían ocurrido
catastróficas y súbitas fracturas, y sus ideas fueron por ello completamente
ignoradas.
El avance de los estudios estratigráficos permitió conocer la
paleoclimatología de múltiples regiones del planeta hasta llegar a la
conclusión de que la distribución climática había sido diferente a la actual.
Además de encontrar enormes acumulaciones de selva ecuatorial en los
yacimientos de carbón de las actuales zonas templadas, se hallaron huellas de
glaciares de la misma época en regiones cálidas del presente, así como otras
evidencias de un desfase entre el bandeado climático actual y el del pasado. Para
explicar estas observaciones, varios geólogos alemanes propusieron un
desplazamiento de la corteza en su conjunto, como una esfera móvil, pero sin
desplazamientos diferenciales entre los continentes.
A principios del siglo XX dos estadounidenses, Frank B. Taylor y Howard
B. Baker, publicaron artículos con pruebas a favor de importantes movimientos
horizontales de los continentes. En un estudio sobre las cordilleras alpinas
que se extienden desde el Mediterráneo hasta el este de Asia (cordilleras
béticas, Pirineos, Alpes, Cárpatos, Himalaya, etc.), Taylor propuso un poderoso
desplazamiento horizontal del continente euroasiático hacia el sur hasta que
fue frenado por la India, para explicar los grandes pliegues y cabalgamientos
de esta región.
En años posteriores sugirió que una muy intensa acción de atracción
gravitatoria de la Luna, en el momento en el que supuestamente esta había sido
capturada por la Tierra en su actual órbita, sería la causa del desplazamiento
de las masas continentales. Desgraciadamente no respaldó sus interesantísimas
ideas con pruebas suficientes y su mecanismo, que implicaba la captura de la
Luna, debió de parecer una fantasía a los geólogos de su época.
Mientras tanto, al otro lado del Atlántico, el berlinés Alfred Wegener,
doctor en astronomía, profesor de meteorología y explorador, llegaba de forma
independiente a razonamientos parecidos que defendería de manera entusiasta.
Estas ideas fueron publicadas en 1915 en su libro El origen de los continentes
y océanos.
Según él, hacía unos doscientos millones de años todos los continentes
habían estado unidos en uno solo, al que denominó Pangea (del griego pan,
‘todo/a’ y gea, ‘tierra’). Este supercontinente se habría comenzado a fracturar
y los trozos que lo componían se habrían ido desplazando hasta dar lugar a los
continentes actuales, los que aún continúan moviéndose. Debido a esto su
hipótesis es conocida como deriva continental (una rápida traducción del alemán
Kontinentalverschiebung, ‘desplazamiento continental’).
Su hipótesis no hablaba exclusivamente de la separación de continentes,
sino también de la unión de alguno de ellos. Es el caso de la India, que en su
colisión con Asia habría amontonado una enorme cantidad de sedimentos marinos
en lo que hoy conocemos como Himalaya.
Pese a lo descabellado de sus radicales ideas, el meteorólogo alemán fue
invitado a una importante reunión de la Asociación Americana de Geólogos del
Petróleo. Las grandes campañas de prospección petrolífera en ese continente
estaban llegando a su fin, y los especialistas comenzaban a barajar la idea de
buscar el preciado recurso en los fondos marinos. Si Wegener estaba en lo
cierto, los fondos oceánicos estarían fuertemente afectados, y las campañas
previstas deberían planificarse de manera muy diferente.
A pesar de los sólidos argumentos con los que defendió sus ideas, estas
fueron ridiculizadas y tachadas de completo disparate por la comunidad
geológica. Las críticas fueron especialmente duras por parte de los científicos
norteamericanos, entre los que incluso Taylor dijo que iba demasiado lejos con
sus especulaciones.
Wegener, que también recurrió a la atracción gravitatoria de la Luna
para explicar estos gigantescos desplazamientos, no fue capaz de convencer a
nadie dentro de la élite geológica de la época. Y su idea de los enormes
continentes desplazándose lentamente sobre los fondos marinos quedaría
marginada… por el momento.
§ 66. ¿Qué verdad escondían los océanos?
Los océanos cubren la mayor parte de la superficie terrestre. Aún hoy, sus
profundos fondos permanecen bastante ajenos a nuestros ojos, pero la mayoría de
nosotros somos capaces de acercarnos a ellos mediante las imágenes de
documentales o las muestras tomadas por dragas en algún punto concreto de su
inmensidad.
Lejos de lo que a veces podamos llegar a pensar, los avances científicos no
se han logrado a base de afortunados golpes de intuición que iluminan bombillas
al grito de «¡eureka!». Aun así, el esfuerzo de los científicos ha dado lugar a
bellísimos episodios como el que protagonizó Marie Tharp.
Sin embargo, hasta hace unas décadas nadie conocía nada del fondo
marino, ni los científicos podían sospechar que allí se encontraría solución a
algunos de los grandes enigmas de la geología.
Ante estas carencias, los geólogos extrapolaron lo aprendido en los
continentes, e imaginaron que la corteza terrestre que se escondía bajo las
aguas oceánicas debía de ser similar en estructura y naturaleza a la corteza
continental. Sin embargo, empujados por los acontecimientos políticos del siglo
XX, esta exploración cobraría un extraordinario impulso.
Las principales razones del creciente interés eran estrictamente
militares. A la lucha contra submarinos enemigos y la necesidad de conocer la
batimetría de las costas para desembarcar durante la Segunda Guerra Mundial, se
añadió la exigencia posterior de patrullar todos los océanos con submarinos
nucleares durante la Guerra Fría. Con el fin de conocer las profundidades para
evitar accidentes, la marina de los Estados Unidos encargó a los científicos
que trazaran un mapa muy detallado del fondo de los océanos. Este atropellado
nacimiento de la oceanografía iba a deparar sorpresas fascinantes a la
humanidad.
Durante largo tiempo, muchos geólogos pensaron que los fondos marinos,
como los continentes, podrían sufrir grandes movimientos verticales debidos al
ajuste isostático o al levantamiento y hundimiento de geosinclinales. Otros
creían que los fondos habían sido estáticos desde el origen del planeta, de
manera que esperaban encontrarlos completamente cubiertos por una enorme capa
de sedimentos de varios kilómetros. Pero las primeras medidas fueron
reveladoras. Los mayores espesores sedimentarios eran de solo unos cientos de
metros, y estos disminuían progresivamente hasta encontrar zonas prácticamente
desprovistas de los mismos.
El instrumento científico que permitió realizar la cartografía del fondo
tenía un mecanismo de funcionamiento similar al sonar de los murciélagos y los
delfines, que permitía identificar las irregularidades de la superficie
terrestre bajo los océanos.
Una de las grandes protagonistas de los acontecimientos que se vivieron
en aquella década de los cincuenta fue Marie Tharp, quien lo narraba de la
siguiente manera para un documental de la BBC:
Este perfil de un lado al otro del océano Atlántico es el resultado de
nuestra sonda acústica. Lo más sorprendente […] fue este valle en la cumbre de
la cordillera de mitad del océano […]. Le mostré esto a mi jefe Bruce Heezen.
[…] Gruñó una y otra vez y dijo: «¡Esto no puede ser, parece la deriva
continental!» Podía observar […] un valle bastante grande dentro de una enorme
cordillera. […] Esto podía significar que los continentes se estaban separando.
En los años siguientes a la elaboración de aquel mapa del Atlántico,
Tharp y su equipo descubrieron que esa hendidura se extendía por el fondo de
todos los océanos. Los científicos desvelarían pronto que esa estructura está
construida por rocas de composición basáltica y una nueva visión del fondo
marino comenzaría a tomar forma.
Sus diferencias con la corteza conocida en los continentes eran tan
grandes que fue bautizada con el nombre de corteza oceánica. Las rocas
basálticas formadas en los volcanes de esta dorsal oceánica son cubiertas de
manera progresiva por la sedimentación, de manera que, mientras las lavas más
jóvenes aún no han sido enterradas, es sobre las más antiguas donde se
encuentra un mayor espesor de sedimentos.
En aquellos años, los oceanógrafos descubrieron un fondo marino que
jamás nadie había imaginado. La formación de corteza oceánica, a diferencia de
la continental, era un proceso continuo que aún hoy tenía lugar en estas
enormes cadenas de volcanes submarinos. Parecía que la nueva corteza que allí
se formaba se alejaba posteriormente de la dorsal y sufría un proceso de
reciclaje que le impedía envejecer en la superficie.
La deriva continental, que había permanecido ignorada durante varias
décadas, iba a ser rescatada por una amiga inesperada: la oceanografía. Algunos
de los protagonistas de este hito científico lo han comparado con una famosa
frase de Isaac Newton: «No sé lo que puedo parecer al mundo; pero yo me veo
solo como un niño jugando en la playa y divirtiéndome al hallar un guijarro o
una concha más hermosa que de costumbre, mientras que el gran océano de la
verdad permanece sin descubrir ante mí».
Hasta este momento, la geología había tratado de conocer la dinámica del
planeta a través del estudio de las tierras emergidas, mientras las claves para
encontrar la respuesta habían permanecido ocultas bajo la enorme mancha azul de
la Tierra.
§ 67. Y sin embargo… ¿se mueven?
Se acerca el invierno de 1930 y un grupo de exploradores parten de una base
científica en Groenlandia hacia el aislado campamento de Eismitta, situado en
medio de los interminables hielos. Con el impulso de sus esquís y la ayuda de
los trineos tirados por perros, deben recorrer los cuatrocientos kilómetros que
los separan de su objetivo. Allí, una pareja de científicos encargada de
registrar datos meteorológicos esperan que les traigan suficientes suministros
para resistir el duro invierno polar.
Tras un mes y medio de travesía alcanzan la base el 30 de octubre. A
pesar del agotamiento, ese es un día para celebrar, y la alegría del grupo por
la buena marcha de la misión se entrelaza con las felicitaciones al líder de la
misma, Alfred Lothar Wegener, por su quincuagésimo cumpleaños.
Habían transcurrido ya quince años de la publicación de sus polémicas
ideas sobre la deriva de los continentes, pero el recuerdo del amargo rechazo
recibido por los científicos no le había llevado a abandonar sus
investigaciones.
Poco tiempo después de aquella hazaña en Groenlandia, sus ideas sobre la
deriva continental comenzarían a recibir los primeros apoyos relevantes.
Diversos autores iban a corregir algunos de sus errores y a aportar nuevos
argumentos. Estos avances permitirían que la comunidad científica confirmara la
semejanza y continuidad de algunas cordilleras y otras estructuras geológicas a
ambos lados del Atlántico. Se aceptaría la idea de que América por un lado, y
Europa y África por el otro, eran como los fragmentos de una página rasgada,
cuyos dibujos y párrafos podían ser reconstruidos al unirlos por la línea
quebrada de rotura.
Esta similitud entre ambos márgenes continentales, que ya había sido
descrita por Wegener y otros, iba a ser demostrada décadas más tarde con el
avance de la informática, que revelaría un encaje casi perfecto. Sin embargo,
el gran impulso para la deriva continental llegaría en los años sesenta de la
mano de Harry Hess, un norteamericano que recopilaría todos los datos
disponibles, especialmente aquellos aportados por las campañas oceanográficas.
Galileo fue obligado a retractarse por afirmar que la Tierra se movía. Unos
siglos más tarde Wegener sufrió el castigo de la comunidad científica que no
estaba preparada para asumir sus revolucionarias ideas. Ambos sabían que todo
era cuestión de tiempo. Ambos tenían razón.
Tras los primeros estudios batimétricos del fondo marino y el
descubrimiento de las dorsales, los mapas reflejaron la existencia de enormes y
profundas fosas, que suelen aparecer separadas de las anteriores por enormes
llanuras abisales.
Las dataciones realizadas en las rocas volcánicas de estas llanuras
submarinas reflejan una variación continua, y muy reveladora, en las edades de
formación de las mismas. Mientras que las rocas más próximas a la dorsal son
muy jóvenes, con apenas un millón de años, conforme nos alejamos de estas las
edades aumentan de forma progresiva, hasta llegar a alcanzar los ciento ochenta
millones de años, una edad, sin embargo, que apenas alcanza la décima parte de
antigüedad de algunas de las rocas encontradas en los continentes.
En coherencia con estas edades del sustrato rocoso, el espesor de
sedimentos también aumenta progresivamente con la distancia a la dorsal, donde
las rocas volcánicas aún permanecen desnudas.
Los hechos que se vislumbran dejan poco lugar para las dudas. Mientras
que las dorsales son la expresión topográfica de los procesos de generación de
corteza oceánica, las fosas oceánicas son la evidencia de su reciclaje, donde
los procesos de subducción no permiten que esta permanezca más tiempo formando
parte de los fondos marinos.
El modelo de Hess toma el nombre de expansión del fondo oceánico, y
recurre a las corrientes de convección sublitosféricas como mecanismo coherente
para explicar el origen de esta dinámica. La claridad y fortaleza de esta
teoría iba a verse reforzada por un bellísimo argumento: el bandeado magnético
del fondo marino.
La polaridad del campo magnético de nuestro planeta ha cambiado con
cierta frecuencia a lo largo de su historia. Es decir, si pudiéramos viajar a
diversos puntos del pasado con una brújula, descubriríamos que en algunos
períodos esta señala al norte geográfico (como ahora) y en otros momentos, al
sur.
Afortunadamente para la ciencia, algunos de los minerales presentes en
las rocas volcánicas tienen la capacidad de registrar la polaridad magnética
existente al ocurrir la erupción, de manera que las lavas que han solidificado
en el período magnético actual (PM1), que abarca los últimos setecientos
treinta mil años, han registrado una polaridad que denominamos normal (N1). Sin
embargo, las lavas solidificadas en el período magnético anterior (PM2) han
registrado una polaridad inversa (I2) y así sucesivamente. Esta alternancia de
períodos magnéticos (de más reciente a más antiguo: PM1, PM2, PM3, PM4,…) queda
reflejada en la corteza oceánica, que forma un bandeado simétrico a ambos lados
de la dorsal y se desarrolla de la siguiente manera:
La estructura resultante evidencia de forma clara que cada nueva banda se
forma en torno a la dorsal y aleja a la anterior de la misma.
En los años que siguieron a la publicación de Hess, la pasión de los
científicos por las recientes evidencias fue tal que las nuevas ideas bullían
en forma de multitud de artículos científicos. La teoría de la expansión del
fondo oceánico había resucitado a la denostada deriva continental, y juntas
iban a proporcionar una visión tan global y unificadora de la litosfera que
Alfred Wegener se convertiría en un icono de la ciencia moderna y ocuparía el
papel protagonista de la última revolución geológica hasta la fecha.
Pero Wegener no era un científico al uso y buena prueba de ello fue
aquella expedición, su tercera a Groenlandia. Al día siguiente de alcanzar el
campamento de Eismitta, retomaron el camino de vuelta. Habían pasado cuatro
años desde el enfrentamiento en solitario contra la élite geológica del momento
en Nueva York. Pero ante la dureza extrema de aquel viaje de regreso no podía
permitirse el recuerdo de esas agrias experiencias.
Las inclemencias del tiempo y la fatiga física iban a impedir que la
expedición se mantuviera unida. Los cuerpos de sus compañeros jamás
aparecieron. El suyo fue encontrado cinco meses más tarde junto a unos esquís
clavados en la nieve. Aunque su muerte prematura le impidió a Wegener conocer
el éxito de sus audaces ideas, estas han trascendido y su nombre hoy ocupa un
importante lugar dentro de la cultura científica.
§ 68. ¿También la litosfera tiene un ciclo?
Durante mucho tiempo los geólogos imaginaron una Tierra que se contraía para
explicar el origen de las cordilleras. Llegaron a esta idea equivocada a partir
de las observaciones realizadas en la superficie de los viejos continentes. Las
enormes arrugas de todo el planeta mostraban pruebas de una fuerte contracción.
El posterior desarrollo de la oceanografía permitió descubrir que el
fondo marino era joven y su continuo proceso de formación estaba aún en
funcionamiento. Tras muchas e intensas polémicas suscitadas por las
revolucionarias ideas de Wegener, los científicos finalmente se habían puesto
de acuerdo en algo: la creación de los fondos marinos estaba relacionada con la
ruptura de Pangea y con la posterior deriva continental.
Pero estas teorías llevaron a algunos geólogos a pensar que era la
Tierra al completo la que estaba en expansión, de manera similar al crecimiento
de un globo que se infla. Podemos reproducir dicho modelo de forma sencilla.
Tomamos un globo, lo inflamos levemente y pegamos trozos de papel cubriendo
toda la superficie. Esa sería la situación inicial; los papeles representan la
corteza continental que estaría formando un único supercontinente. Luego
seguimos inflando; el papel no podrá aumentar de tamaño, de manera que los
fragmentos se separarán progresivamente, de forma parecida a como el globo
asoma entre los papeles pegados, la litosfera oceánica lo haría entre los
continentes.
Se trataba entonces de buscar explicación al origen de la evidente
expansión de los fondos oceánicos. Contra ese modelo de una Tierra que se
dilata, el canadiense J. Tuzo Wilson publicó en 1965 el paso definitivo hacia
la nueva tectónica global, teoría que al poco tiempo triunfaría y sería
rebautizada como tectónica de placas.
La tectónica, una rama de la geología que tradicionalmente se había
encargado de los procesos de deformación de las rocas, iba a convertirse en
protagonista de una de las mayores revoluciones científicas de la historia. Sus
postulados, herederos de la deriva continental, eran fruto de la síntesis de
varias teorías importantes de la época, como las corrientes de convección de
Holmes y la expansión del fondo oceánico de Hess.
Una de las conclusiones más apasionantes de los trabajos de Wilson fue
su nueva visión sobre la ciclicidad de los procesos que dan lugar a la
construcción y destrucción continua de sucesivos continentes. Y, lo que quizás
sea aún más interesante, es que hoy podemos observar las diferentes etapas de
ese ciclo supercontinental en varias regiones de nuestro planeta.
Para comprenderlo hagamos un gran viaje alrededor del mundo. Podríamos
comenzar por muchos lugares, pero nos parece oportuno empezar en el continente
africano, en su parte oriental, donde se encuentra con orientación norte-sur el
valle del Rift. Un enorme valle cuyo origen, curiosamente, no está relacionado
con la acción erosiva de ríos o glaciares. Se trata de una depresión de origen
tectónico, delimitada por fallas, que se ha formado como consecuencia del
incipiente estiramiento continental al que se ve sometida la litosfera en esa
región. Este proceso parece estar ayudado por el impetuoso ascenso del manto
caliente y produce un adelgazamiento cortical que culmina con la ruptura de la
litosfera.
Se genera de esta manera un nuevo límite de placa y para seguir su
evolución nos desplazaremos unos kilómetros hacia el norte, al mar Rojo, donde
podemos observar el nacimiento de una nueva cuenca oceánica. Allí el progresivo
adelgazamiento y divergencia del continente ha dado pie a la formación de
nuevos fondos oceánicos y a la inundación del valle por parte de las aguas
marinas.
La expansión del nuevo fondo oceánico a ambos lados de una larga dorsal
volcánica durante amplios intervalos de tiempo conduce al distanciamiento de
los fragmentos de litosfera continental y al crecimiento del océano que separa
sus costas. Podremos ver un ejemplo de este proceso si nos trasladamos hacia el
oeste y navegamos durante días sobre el enorme océano Atlántico.
Continuando con ese rumbo y atravesando el continente sudamericano hasta
la costa del Pacífico alcanzaremos nuestro siguiente objetivo. En él podremos
apreciar lo que depara el futuro a las costas atlánticas que acabamos de
abandonar.
Los fondos marinos más alejados de la dorsal, y, por tanto, más
antiguos, terminan por romperse y hundirse hacia el manto. Se inicia así un
proceso conocido como subducción, cuyos complejos fenómenos se expresan en la
superficie en forma de profundas fosas oceánicas y enormes cordilleras como los
Andes.
Del mismo modo que una cinta trasportadora desplaza los objetos hacia
adelante, la litosfera oceánica que subduce es capaz de arrastrar los enormes
continentes. Lógicamente, ese mecanismo genera una desaparición progresiva del
océano y los fragmentos continentales que fueron separados al inicio vuelven a
juntarse.
La poca densidad de los continentes impide que estos se hundan hacia el
manto, lo cual pone fin al proceso de subducción. Esta nueva etapa, que
conlleva el apilamiento de materiales empujados por el choque, se conoce como
colisión continental. Podremos ver un magnífico ejemplo si continuamos nuestro
recorrido hasta alcanzar la gigantesca cordillera del Himalaya.
El proceso de soldadura entre los fragmentos de litosfera continental
genera un enorme engrosamiento de esta capa y propicia el desarrollo de una
profunda raíz que favorece el levantamiento isostático del relieve. Sin
embargo, dicha elevación de la topografía tiende a ser compensada por un
incremento de la acción erosiva.
Para observar este regreso a la situación inicial del ciclo, podremos
hacer la última parada en una vieja cordillera que atraviesa Eurasia: los
montes Urales. Con una altura que no alcanza los dos mil metros sobre el nivel
del mar, es una zona poco activa desde el punto de vista geológico que está
siendo progresivamente desmantelada por la erosión. Una región de litosfera
continental en la que, como en cualquier otra, podrían darse las condiciones
para la formación de un nuevo rift, similar al del inicio de nuestra vuelta al
mundo.
Cada uno de estos ciclos permite que la litosfera continental aumente su
tamaño a través de las nuevas suturas generadas por los orógenos. Sin embargo,
la evolución de la litosfera oceánica es mucho más rápida, y a lo largo de cada
ciclo los fragmentos nacen, crecen y vuelven a menguar hasta desaparecer.
Cada uno de esos trozos en los que se divide la litosfera se conoce como
placa tectónica, y en función del tipo de corteza que la forme, esta puede ser
continental, oceánica o mixta. Por su parte, los límites entre las placas se
clasifican en diferentes tipos según los procesos que les dan origen. Los
límites convergentes surgen durante la ruptura de litosfera oceánica para dar
comienzo a la subducción, mientras que los divergentes aparecen durante la
fracturación y luego permanecen en la etapa de expansión oceánica.
El acomodo geométrico de dicha expansión a la esfericidad del planeta se
realiza mediante abundantes fallas, denominadas transformantes. Estas
atraviesan perpendicularmente a la dorsal y la desplazan lateralmente, lo que
hace posible el movimiento relativo entre ambas placas.
Como todos los ciclos naturales, este es una idealización y puede verse
interrumpido o tomar una variante. En cualquier caso, se trata de un modelo
que, al igual que el ciclo del agua o el de las rocas, resulta tremendamente
útil para comprender de forma íntegra la dinámica litosférica de nuestro
planeta. En la actualidad se conoce como ciclo de Wilson, y es valorado como
uno de los principales avances del nuevo paradigma que hizo justicia, de manera
definitiva, a la integradora visión de Wegener.
§ 69. ¿Cómo nos hizo hombres la tectónica de placas?
Uno de los yacimientos fósiles más famosos e importantes de nuestro planeta es
el de Laetoli, en Tanzania. A pesar de no contener restos de organismos,
resulta muy interesante por la enorme cantidad de huellas que quedaron
registradas en una extensa capa de cenizas volcánicas. Huellas de gotas de
lluvia, de fragmentos de granizo, de gacelas, liebres, aves… y de personas.
La coincidencia de todas ellas no tiene mucho de particular; lo
verdaderamente sorprendente es la edad de la erupción que generó las cenizas,
tan antigua (o tan moderna) como los seres humanos. Los antropólogos coinciden
en que el importante paso del mono al hombre se debió en gran parte a la
adquisición de la capacidad de andar erguido, lo que se conoce como bipedismo,
y aquellas huellas dejadas por los pies de tres humanos al caminar son las más
antiguas descubiertas hasta ahora. Estas evidencias han dado lugar a que dichos
parajes de África Oriental sean conocidos como la cuna de la humanidad.
Esta región forma parte una enorme depresión alargada que corta al
continente africano desde el mar Rojo hasta Mozambique y es conocida como el
rift africano. Curiosamente este ancho valle, que alberga los mayores lagos de
África como el Victoria y el Tanganica, no ha sido excavado por el agua. En él
encontramos también las montañas más altas del continente como el Kilimanjaro y
el monte Kenia, todas ellas de naturaleza volcánica.
Situar la cabeza sobre nuestros pies implica enormes dificultades en el
diseño de la columna de los primates. Pero la evolución no está planificada y
los inesperados cambios tectónicos terminaron por favorecer a aquellos
individuos que podían pasar más tiempo en posición erguida.
Aunque este es el ejemplo más paradigmático del planeta, ese tipo de
estructuras puede encontrarse en otras regiones del mundo. De hecho, a las
fosas tectónicas flanqueadas por sistemas de fallas paralelas que hacen
descender la parte central se las conoce también como graben, que en alemán
significa ‘zanja’, debido a que la cuenca del Rhin, que atraviesa gran parte de
Europa, tiene una geometría y origen similares.
La formación de un graben y la existencia de volcanes en las zonas de
rift ponen de manifiesto su desarrollo en un contexto de distensión litosférica
que facilita la apertura de fracturas y permite la llegada del magma a la
superficie. No obstante, este es un proceso que se retroalimenta, ya que del
mismo modo que la distensión propicia los fenómenos volcánicos, también es esta
actividad magmática uno de los principales responsables del nacimiento de un
rift.
Los fragmentos de litosfera continental extensos pueden actuar como
mantas térmicas que acumulan el calor en el manto infrayacente. El manto
sobrecalentado tiene mayor capacidad de ascenso, lo que da lugar a la formación
masiva de magma que socava la base de la litosfera y genera un empuje
divergente capaz de estirarla.
A medida que estos procesos se prolongan en el tiempo, las fallas
crecen, el terreno se hunde de forma progresiva y culmina con la fracturación o
rifting del continente, que quedará separado mediante un nuevo límite de
placas.
Aunque algunas de esas fosas tectónicas pueden desarrollarse de
diferente manera y no culminar con su proceso de fracturación, como es el caso
del Rhin, todas tienen una etapa inicial común. Antes de que comience el
hundimiento del valle, el adelgazamiento litosférico tiene como consecuencia un
aumento del empuje isostático que da lugar a un abombamiento del continente
durante millones de años.
En el caso del rift africano, el domo topográfico originado en la
superficie debió de producir un cambio paulatino en el clima de la región. El
nuevo relieve impidió el ingreso de aire húmedo proveniente del océano Índico y
causó una fuerte disminución en las precipitaciones y las temperaturas al oeste
del rift, lo que afectó directamente a la vegetación.
Estos cambios ambientales son considerados por algunos especialistas
como los desencadenantes del proceso de hominización. Los frondosos bosques
tropicales donde vivían los antiguos primates desaparecieron y fueron
reemplazados por la sabana. El nuevo entorno favorecía a quienes tuvieran mayor
posibilidad de desplazamiento, una mejor visión por encima de las abundantes
hierbas y una menor exposición a la insolación.
Los individuos cuya estructura corporal les permitía permanecer más
tiempo erguidos sobre las extremidades posteriores poseían esa ventaja
adaptativa. Y la mano, que dejaba de tener una función trepadora, quedaba libre
para el uso de herramientas más elaboradas y creativas.
Aunque las teorías sobre el origen de nuestra especie históricamente han
sido fuente de mucha controversia y todavía es un campo en el que nos falta
mucho por conocer, sin duda resulta muy interesante esta posible relación entre
los colosales procesos tectónicos del planeta y el transcurso de la evolución
humana, un ejemplo claro de las complejas interrelaciones del mundo natural.
§ 70. Moisés y el éxodo, ¿hubo otra apertura del mar Rojo?
Extendió Moisés su mano sobre el mar; y el Señor, por medio de un fuerte viento
solano que sopló toda la noche, hizo que el mar retrocediera; y cambió el mar
en tierra seca, y fueron divididas las aguas.
Éxodo 14:21
Este momento cumbre, narrado en el libro Éxodo de la Biblia, describe la
huida del pueblo hebreo de la dominación egipcia. En el texto, Moisés dirige a
una multitud esclavizada hacia la tierra prometida a través de un paso
atribuido a un acto milagroso.
Según la creencia, ese camino que permitió el paso hacia la otra orilla
de las aguas se habría formado por la apertura del mar Rojo, lugar que continúa
arraigado en el conocimiento popular como el escenario de aquella epopeya. Este
delgado y alargado mar es la frontera natural entre África y la península
arábiga y, entre muchas otras riquezas, sus aguas poco profundas están llenas
de vida en los exuberantes arrecifes coralinos.
Esta cuenca, parcialmente aislada del océano Indico, ha sido tomada en
los modelos del ciclo del Wilson como ejemplo de la fase juvenil denominada
etapa de océano estrecho, en la que la separación progresiva de los bordes
continentales tras la etapa de rifting va acompañada de un hundimiento de los
mismos y la consiguiente entrada de las aguas marinas.
La persistencia de los procesos de divergencia abre un espacio en la
litosfera que será simultáneamente ocupado por materiales magmáticos
procedentes del manto. Por esta razón, a ese tipo de bordes de placa se los
conoce como límites constructivos. Si dicho proceso de oceanización no se ve
truncado, los nuevos bordes continentales continuarán alejándose los unos de
los otros y el estrecho mar se convertirá en un gran océano de características
similares al Atlántico actual.
Para descubrir el aspecto de esta fase madura del ciclo de Wilson,
imaginemos un viaje submarino por la cuenca atlántica que nos permita sondear
el fondo oceánico. Iniciando nuestro recorrido en la línea de costa, pronto nos
adentraremos en la denominada plataforma continental, donde se acumula la mayor
parte de sedimentos procedentes del continente y la vida es más abundante. Ahí
encontraremos los mayores depósitos sedimentarios, generalmente formados por
detritos y carbonatos. Bajo ellos, el antiguo rift, que conserva la
fracturación y los depósitos vulcano sedimentarios desarrollados durante la
etapa de rifting.
El cese de la actividad magmática y sísmica en estas áreas da lugar a
que se los conozca como márgenes continentales pasivos y al límite de esta
particular corteza, que coincide con un abrupto desnivel, se le denomina talud
continental.
Nuestro viaje prosigue por su tramo más largo: las extensas llanuras
abisales que ocupan la mayor parte de los fondos marinos. Su regular relieve
solo se ve interrumpido ocasionalmente por alguna isla o monte submarino, y la
estructura del basamento ígneo que se esconde bajo la capa de finos sedimentos
refleja una monotonía similar.
En lo más profundo, grandes masas de magma han cristalizado y han dado
lugar a rocas denominadas gabros. Sobre ellas, se encuentran apretadas redes de
diques que al alcanzar la superficie forman la capa superior, constituida por
coladas basálticas solidificadas en el fondo marino. Estas rocas del basamento
oceánico presentan evidencias de haber estado sometidas a la circulación de
aguas calientes a través de grietas. Dicho metamorfismo es el más extenso del
planeta, pero actúa, sin embargo, en una región muy localizada de los fondos
marinos, y el particular crecimiento de su aureola de contacto es fruto de la
propia expansión de estos.
Tras muchas leguas de viaje submarino sobre vastas llanuras nos topamos
con la larguísima cordillera del fondo oceánico. La dorsal centroceánica
muestra evidencias de su incesante actividad geológica. Desde las emanaciones
de agua caliente, que ponen en evidencia la actividad hidrotermal desarrollada
en su interior, hasta las lavas emitidas continuamente en algún punto de la
misma. Sin olvidar la presencia de innumerables focos sísmicos que, ausentes
hasta ahora en todo el recorrido, dibujan perfectamente el trazado de la
dorsal.
Nos encontramos en el límite de la placa. Un borde en el que se ha
construido toda la corteza oceánica que separa ambos continentes, y cuya
expansión es la responsable de que estos diverjan. A partir de ese punto del
viaje comienza otro fragmento de la litosfera, con un aspecto y una estructura
que se repite de forma simétrica hasta alcanzar la otra orilla del océano.
Es muy probable que hace unos minutos la mayoría de nosotros, al
escuchar hablar de la apertura del mar Rojo, visualizáramos las aguas
separándose para dejar al descubierto un fragmento de tierra firme frente a
Moisés. Quizás ahora, recién leídas estas páginas, estemos imaginando todo lo
contrario: la tierra firme abriéndose para dejar paso al mar. Un proceso
geológico de gran relevancia que sucede lentamente y que, aún hoy, aleja
continentes mientras los océanos se expanden.
§ 71. ¿Existe el abismo?
En 1960, apenas un año antes de que Yuri Gagarin lograra la hazaña de viajar al
espacio exterior, se produjo el descenso de la primera nave tripulada a la
parte más profunda de los océanos de nuestro planeta. La invención del
batiscafo Trieste, un pequeño submarino que puede sumergirse a gran
profundidad, hizo posible tal proeza.
Cuando ya habían descendido casi diez kilómetros de profundidad los
tripulantes oyeron un fuerte ruido que sacudió la cabina: una ventanilla se
había agrietado. Sin percatarse del daño, continuaron la expedición durante
horas hasta alcanzar el fondo.
La zona a donde viajaron los intrépidos exploradores recibe el nombre de
abismo Challenger y se encuentra próxima a las islas Marianas.
Las comodidades en el batiscafo Trieste no fueron la prioridad a la hora de
que Augusto Piccard lo diseñara. El descenso a las Marianas fue realizado por
su hijo Jacques, acompañado de Don Walsh. Sin duda, un paseíto no apto para
cualquiera.
Este enorme y profundo socavón no tiene el aspecto de un pozo o una
sima, sino que se extiende en paralelo a este archipiélago del Pacífico
occidental, y forma parte de lo que se conoce como fosa oceánica, unas
gigantescas zanjas alargadas y relativamente estrechas que constituyen las
regiones más profundas del océano. La fosa de las Marianas es la más célebre,
pero existen muchos otros ejemplos, la mayoría ubicados en el mismo océano,
como la de Perú-Chile o la de Japón.
Aunque estas fosas representan una pequeña porción del área del fondo
marino, son estructuras geológicas muy significativas en la tectónica de
placas. Recordemos que la litosfera oceánica, creada en las calientes dorsales
oceánicas, flota sobre el resto del manto gracias a esta elevada temperatura y,
por tanto, baja densidad. Sin embargo, a medida que se aleja de la dorsal se
hace más vieja y fría, acumula una mayor cantidad de sedimentos sobre ella y
agrega manto litosférico que se cristaliza en su base.
Este aumento de masa y densidad da lugar a que, transcurridos apenas
quince millones de años, la litosfera se haga más densa que el manto que la
sustenta y, por tanto, se encuentre en condiciones de hundirse en él.
Sin embargo, este proceso denominado subducción no se desencadenará
hasta que la subsidencia no sea lo suficientemente grande como para partir y
doblar la rígida litosfera, razón por la que podemos encontrar fondos oceánicos
con una antigüedad de casi doscientos millones de años. Las fosas son la
expresión superficial de ese importante mecanismo de destrucción litosférica,
que da lugar a la formación de un nuevo límite entre placas donde ambas
convergen.
No obstante, de la misma manera que colillas y papeles se amontonan en
el borde de una sucia escalera mecánica, la mayor parte de los sedimentos
depositados sobre el fondo marino que subduce se acumula en la fosa y da lugar
a lo que se conoce como prisma de acreción. Estas enormes cantidades de
sedimentos se deforman conforme el sustrato oceánico desaparece, y pueden
llegar a sobresalir por encima del nivel del mar.
El lento hundimiento de la litosfera impide que esta lo haga en picado,
de manera que se produce un intenso rozamiento con la placa suprayacente o
cabalgante. El análisis de los hipocentros generados permite conocer la
inclinación de la placa que subduce. La proyección de los focos sísmicos, que
serán más y más profundos conforme nos alejemos de la fosa, da lugar a un plano
que se conoce como Wadatti-Benioff, en honor a sus descubridores.
Este viaje hacia zonas de alta presión tiene como consecuencia el
desarrollo de un metamorfismo regional que afecta a la placa que subduce.
Además, y aunque una gran parte de los sedimentos quedan atrapados en el prisma
de acreción, otros descienden con la corteza hacia las profundidades y liberan
moléculas de agua que propician la formación de magma a unos cien kilómetros de
profundidad. La intensa actividad magmática asociada a dichas regiones se pone
de manifiesto por el ascenso de estos magmas primarios, que se acumulan en la
base de la litosfera. La mayor parte de esas cámaras magmáticas quedarán
solidificadas en forma de plutones que se agregan a la placa cabalgante, la
engrosarán y favorecerán su flotabilidad y ascenso isostático.
Solo un pequeño residuo líquido de esta cristalización dará lugar a los
denominados magmas andesíticos, más ligeros y capaces de migrar lentamente
hacia la superficie para originar violentas erupciones. Se construyen así los
espectaculares arcos volcánicos, enormes hileras de volcanes activos que se
disponen en paralelo al contorno sinuoso de las fosas.
Si como en el caso de los Andes la subducción se produce en el borde de
un continente, este arco volcánico formará los picos más elevados de lo que se
conoce como margen continental activo. Pero si en cambio la placa cabalgante es
de naturaleza oceánica, esta estructura dará lugar a un arco de islas como
Japón o el archipiélago de las Marianas.
Retomando la fosa que da fama a este grupo de islas, en el año 2012 tuvo
lugar la segunda inmersión tripulada a la misma. Esta nueva expedición a la
zona más profunda del océano fue realizada por James Cameron, reconocido
director de películas como Terminator, Titanic o Avatar. Desde sus inicios el
cineasta había mostrado fascinación por el alejado mundo submarino, de donde
obtuvo inspiración para largometrajes de ciencia ficción como Abyssy y
documentales como Aliens on the deep.
Aunque a grandes profundidades se habían observado criaturas monstruosas
que bien podrían ser protagonistas de su próxima película, Cameron declaró tras
emerger de su visita al oscuro y gélido abismo de las Marianas: «No he
encontrado grandes organismos como medusas o peces del tipo que he visto en
otras inmersiones profundas. Pero es que el punto al que he llegado es
extremadamente lejano y aislado». Una descripción de primera mano que nos
muestra lo recóndito y desolado del abismo donde se destruye la piel de nuestro
planeta en su incesante proceso de reciclaje.
§ 72. La conquista del cielo, ¿puede lograrse desde el inframundo?
La palabra Himalaya significa ‘morada de nieve’ en sánscrito, una lengua
indoeuropea muy antigua que se conserva en la liturgia y los textos sagrados de
varias religiones. De ahí proviene el nombre de dicha cordillera cuyos enormes
picos permanecen cubiertos de nieve todo el año. El más imponente de todos, el
Everest, con sus 8848 metros sobre el nivel del mar, es la montaña más alta del
mundo.
A lo impresionante de sus cimas debemos sumar la belleza de sus
paisajes, repletos de valles y glaciares y habitados por una rica
biodiversidad, todo lo que motiva a muchas personas a acercarse a dichos
parajes y disfrutar de tan maravilloso viaje. Para otros, el desafío de
ascender el Himalaya constituye una meta en la vida, una dura empresa que puede
comprometer la seguridad de los arriesgados escaladores. No son pocos los que
han muerto antes de llegar a la cumbre. Aun así, este es un lugar enigmático que
invita a la espiritualidad y la meditación.
Aunque semejante majestuosidad pueda parecernos eterna e inmutable, lo
cierto es que hubo un tiempo en que este relieve que sirve de frontera natural
entre la India y el resto de Asia no estaba presente. Hace millones de años
ambos territorios se encontraban separados por un gran océano. La India se
ubicaba en el hemisferio sur hasta que la fragmentación continental la dejó a
la deriva. Comenzó así su desplazamiento hacia el norte durante miles de
kilómetros hacia una nueva fosa generada en el borde meridional de Asia. Allí
se desarrollaron las estructuras propias de un margen continental activo, tales
como un prisma de acreción y un arco volcánico.
Conforme el océano que los separaba se iba consumiendo, enormes islas
comenzaron a colisionar con Asia y quedaron atrapadas en la proximidad de la
fosa. Del mismo modo que un corcho permanece a flote, la ligera litosfera
continental no puede subducir hacia el manto, por lo que el largo viaje indio
terminó con el choque de ambos continentes, lo cual puso fin a la subducción y
dio comienzo a una nueva etapa denominada colisión continental.
Algunas carreteras del Himalaya adentran sus enrevesadas curvas hasta las
entrañas de la cordillera. Esta enorme mole de rocas separa el continente indio
del resto de Asia y forma una frontera natural que es difícil de superar hasta
para las aves más audaces.
Las fuerzas compresivas que se generan durante ese proceso dan lugar a
la deformación del largo prisma de acreción y de las plataformas continentales.
Las gruesas secuencias de rocas sedimentarias acumuladas en dichos ambientes
son empujadas tierra adentro, causan una intensa actividad sísmica y llegan a
alcanzar las superficies estables de ambos continentes. Esta removilización se
alcanza a través de un apretado sistema de pliegues y fallas, así como el
desplazamiento a lo largo de kilométricos cabalgamientos.
El apilamiento de materiales, junto al acortamiento de la litosfera
producido por dichas fuerzas, da lugar a un engrosamiento de la misma, que
podría llegar a ser hasta el doble de ancha y hacer que las capas inferiores
profundicen y desarrollen un intenso metamorfismo a escala regional.
La raíz del continente puede alcanzar las condiciones de fusión parcial
y formar así intrusiones de magmas graníticos. Estos, incapaces generalmente de
alcanzar la superficie, generan plutones que, junto a las rocas metamórficas,
forman un conjunto conocido como zonas internas del orógeno. Esa misma raíz
litosférica mantiene un prolongado empuje isostático que permite a las
cordilleras continuar elevándose durante millones años.
La mayor cordillera del planeta, considerada diosa del universo por los
nepalíes, todavía está creciendo. Un paraje grandioso donde el continente
asciende hasta las nubes y la erosión abre una ventana hacia las infernales
condiciones de las profundidades. Un lugar desde el que conquistar el cielo sin
que nuestros pies se separen de las rocas que habitaron el inframundo.
Parte IX
Historia de la tierra
Contenido:
§ 73. La biografía de un planeta ¿puede ser entretenida?
§ 74. ¡Ay, Facundo…! ¿Dejaremos huella en este mundo?
§ 75. ¿Cuáles son las pruebas del crimen del K/T?
§ 76. ¿Cómo bailaron los antiguos continentes?
§ 77. ¿Cuál es el clima normal del planeta?
§ 78. ¿Cómo es el apocalipsis?
§ 79. ¿Con qué plantas vivieron los dinosaurios?
§ 80. Ballenas o salamandras gigantes, ¿cuáles asustaban a Darwin?
§ 81. ¿Cuándo sucedió la metamorfosis del reino animal?
§ 82. ¿Cómo fue la infancia del planeta?
§ 83. ¿Qué nos depara el futuro?
§ 84. ¿Y si se condensara la historia de la Tierra en un año?
§ 73. La biografía de un planeta ¿puede ser entretenida?
«Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río, pues la segunda vez que nos
bañamos el agua ya no es la misma». Esta imagen ilustra con claridad la visión
acerca del cambio defendida por el filósofo griego Heráclito. Con este gran
pensador surgió la idea de que todo es dinámico, nada es permanente en la
realidad. El fundamento de todo está en el cambio incesante, un proceso de
continuo nacimiento y destrucción al que nada escapa. Estos cambios hacen posible
que existan las historias; desde las historias de las civilizaciones hasta las
que suceden en la vida de una persona y, por supuesto, la historia de nuestro
planeta.
En nuestras propias biografías existen momentos puntuales que de alguna
forma han determinado algunos de los cambios que nos han ocurrido. Desde elegir
iniciar una conversación con un desconocido con el que en el futuro formaremos
una familia hasta rechazar un trabajo y quedar disponibles para después acceder
a otro mejor.
Lo mismo le sucede al planeta, que se ha visto afectado por la
ocurrencia de situaciones únicas que tuvieron lugar en un determinado momento
de la historia y que han sido importantes en su transformación. Es el caso, por
ejemplo, del impacto de meteoritos como el que acabó con los dinosaurios y
permitió el desarrollo de los mamíferos o el surgimiento de nuevos procesos a
escala masiva como la fotosíntesis, que cambió radicalmente la composición de
la atmósfera.
A lo largo de nuestras vidas también experimentamos otro tipo de cambios
que progresan de forma constante en el tiempo. El pelo se encanece, el de
muchos hombres se cae, las arrugas se profundizan y nuestro aspecto va
cambiando poco a poco a medida que vamos cumpliendo años. Aunque nos gustaría
encontrar el elixir de la eterna juventud y los tratamientos estéticos intenten
disimularlo, estos procesos lineales se caracterizan por ser irreversibles.
A la Tierra le sucede algo similar, conforme envejece se está enfriando
lentamente desde su formación. La actividad geológica asociada a esta pérdida
de calor, que aún se manifiesta en diversas formas como las erupciones
volcánicas, sucedieron con mayor intensidad durante las primeras etapas de la
historia terrestre. El elevado calor remanente en aquella época inicial
permitió la diferenciación del planeta en capas en función de la densidad de
los materiales. Mientras que el núcleo se formó por la caída de los más
pesados, los volátiles emitidos de forma masiva hacia el exterior fueron dando
origen a las capas fluidas que lo envuelven: la atmósfera y la hidrosfera.
Frente a estos acontecimientos lineales, existen otros que tienen
carácter cíclico; quizás el ejemplo más representativo de la vida humana sea el
ciclo menstrual de una mujer, que se repite aproximadamente cada veintiocho
días, pero también podríamos pensar en las reuniones navideñas en familia que
celebramos cada año. Es fácil encontrar ciclos que se repiten de forma
periódica en nuestro planeta: desde la alternancia de la noche y el día o las
estaciones del año hasta la sucesión de las mareas.
Estos cambios cotidianos son causados por el movimiento periódico de los
astros, como la rotación y traslación de la Tierra y el giro de la Luna, por lo
que podemos predecir el momento exacto en que se van a producir. Sin embargo,
no todos los cambios que se repiten de forma cíclica lo hacen con tiempos de
recurrencia constantes. Estaremos de acuerdo en que los momentos de felicidad
producidos por la victoria de nuestro equipo de fútbol en la liga nacional no
es algo que se repita cada cierto tiempo fijo. Podremos vivir etapas de gran
satisfacción en las que se ganen varias ligas seguidas, pero también pueden
transcurrir varios duros años antes de que vuelvan a ser campeones.
Visto de esta manera, la inmensidad del Fanerozoico apenas ocuparía la
última falange de nuestro dedo (imagen elaborada por Luis Collantes).
Precisamente, el descubrimiento de uno de estos ciclos está en el origen
de esta ciencia. El padre de la geología, James Hutton, describió cómo las
cuencas marinas en las que se depositan sedimentos son posteriormente elevadas
sobre el nivel del mar y permiten actuar a la erosión, y a la postre vuelven a
hundirse cerrando un ciclo movido por el calor interno terrestre.
La curiosa etimología de los períodos geológicos del Fanerozoico (imagen
elaborada por Luis Collantes).
Gran parte de estas transgresiones y regresiones de la línea de costa a
escala regional están condicionadas por procesos geológicos de origen interno
como las orogenias y la isostasia. Sin embargo, en ocasiones las fluctuaciones
en el nivel del mar ocurren a escala global, en un fenómeno conocido como
eustatismo. Esto puede estar inducido por fenómenos climáticos como las
glaciaciones, que retiran enormes volúmenes de agua de los océanos hacia los
continentes y no la devuelven hasta la fusión de los casquetes. Pero los
cambios eustáticos también pueden producirse sin que haya un cambio en la
cantidad de aguas de los océanos. Imaginemos una botella de plástico con agua,
si reducimos la capacidad de la misma (apretándola, por ejemplo) observaremos
como el nivel asciende, a pesar de que el volumen de agua en su interior no
haya variado. De manera similar, los procesos geológicos internos pueden
influir en el nivel del mar absoluto.
Una situación análoga se produce durante la formación de un
supercontinente, período en el que las colisiones entre los márgenes
continentales hacen que estos se encojan, de manera que las cuencas oceánicas
se ensanchan, aumentan su capacidad y hacen que descienda el nivel de los
océanos.
Como sabemos, la tectónica global condiciona muchos otros factores, como
son la distribución geográfica de los continentes y la actividad volcánica en
los límites de placa, ambos determinantes en las características climáticas de
cada período geológico.
Por ejemplo, situaciones como la actual, en la que los polos están
ocupados por continentes y mares aislados, han sido determinantes en el origen
del clima glacial cuaternario; mientras que la emisión masiva de gases
volcánicos en tiempos más remotos ha contribuido enormemente al incremento del
efecto invernadero de nuestra atmósfera.
La ciencia ha permitido concebir a la Tierra como un sistema en continua
transformación desde sus orígenes, con una biografía propia. Una biografía que
se vuelve aún más fascinante cuando añadimos la historia de la vida y
comprendemos las interrelaciones que existen entre los elementos que conforman
este planeta, en el que nosotros, unos recién llegados, tenemos menos
protagonismo de lo que solemos pensar.
§ 74. ¡Ay, Facundo…! ¿dejaremos huella en este mundo?
Después de disfrutar de un delicioso pollo asado, unos nuggets o unas alitas
rebozadas, parece imposible imaginar que hasta hace muy poco, el pollo no se
solía comer. Esta especie nos ha acompañado durante siglos, pero su carne se
consumía muy poco ya que solo estaba al alcance de los ricos y se reservaba
para las más especiales ocasiones. La mayoría de las razas no habían sido
seleccionadas con ese fin, sino para optimizar la puesta de las hembras o la ferocidad
de los machos que se criaban fundamentalmente para las peleas de gallos.
Después de la Segunda Guerra Mundial varias cadenas de supermercados
estadounidenses decidieron diseñar un animal de crianza industrial que
ofreciera competencia a la carne de vaca y de cerdo. Dicho proyecto proponía
obtener un pollo con grandes muslos y una pechuga enorme que ofreciera
condiciones económicas excepcionales. Participaron miles de criadores, quienes
enviaron huevos fertilizados con sus cruces para ser analizados.
En las siguientes décadas la cría de pollos se convirtió en una
industria extendida a escala mundial, asociada a la expansión de las ciudades
actuales. Hoy en día se crían y sacrifican cada año alrededor de cincuenta mil
millones de pollos en todo el mundo. La expansión del pollo industrial en tales
magnitudes forma parte de las tantas transformaciones ambientales producidas
por el desarrollo de la civilización moderna, muchas de las cuales tuvieron sus
orígenes hace cientos de años con la Revolución Industrial.
Durante este tiempo hemos cambiado la composición de la atmósfera,
especialmente por la quema de combustibles fósiles, hemos sintetizado miles de
nuevos compuestos químicos sin conocer el posible peligro de cada uno de ellos
y hemos esparcido fertilizantes de forma masiva en los suelos y las aguas. Esta
situación ha producido una contaminación a todos los niveles que conduce a
consecuencias regionales como la lluvia ácida o la eutrofización y a otras
globales como el agujero en la capa de ozono o el incremento del efecto
invernadero.
Las evidencias del impacto de la humanidad sobre el planeta son tan
numerosas y relevantes que los científicos se están planteando la posibilidad
de diferenciar una nueva época en la escala del tiempo geológico: el
Antropoceno.
Las pruebas nucleares fueron relativamente frecuentes a mediados del siglo
XX. El tratado de prohibición firmado por varios países ha puesto fin a estas
prácticas, pero es muy probable que sus huellas perduren en el tiempo.
Recordemos que los dos últimos millones de años de la historia del
planeta han estado caracterizados por una sucesión de fases glaciares e
interglaciares en un período de tiempo conocido como Cuaternario. Este se
subdivide en Pleistoceno, la época más antigua, y el Holoceno, que abarca la
última de dichas fases interglaciares, iniciada hace apenas diez mil años.
Contrariamente a lo que cabría suponer, el comienzo del Antropoceno no
se identifica con los grandes cambios de la Revolución Industrial, sino con un
momento más reciente de la historia humana. La mitad del siglo XX, marcada por
el vertiginoso crecimiento en la magnitud y velocidad del impacto humano sobre
la Tierra, sería ese punto inicial de esta nueva subdivisión de la escala
temporal del planeta. Los avances tecnológicos, el desarrollo económico y el
boom de la población a partir de ese momento hicieron que las últimas décadas
sean conocidas como la gran aceleración.
Una vez establecida la franja temporal del Antropoceno, la metodología
científica exige ahora la evidencia en el registro geológico. Las normativas
estratigráficas obligan a establecer materiales geológicos reales de referencia
denominados estratotipos.
En la actualidad la Comisión Internacional de Estratigrafía se encuentra
en pleno proceso de identificación y evaluación de las candidaturas a
estratotipo del Antropoceno. Múltiples son las evidencias geológicas de los
cambios en la atmósfera, las aguas y el clima ocurridos en nuestro planeta
durante los últimos millones de años. Estos quedan registrados con gran
precisión en materiales de diversa naturaleza. El estratotipo del Holoceno, por
ejemplo, quedó oficialmente registrado en el testigo de un sondeo de hielo
groenlandés.
El estratotipo elegido para el Antropoceno debe de mostrar evidencias de
nuestro impacto en el planeta, y los científicos se inclinan a buscarlo en
materiales que se hayan formado en íntimo contacto con la atmósfera y la
hidrosfera. Además de las precipitaciones y burbujas atrapadas en las espesas
capas de hielo polar, también pueden ser válidas las estalagmitas de una cueva
y los anillos de crecimiento de los corales marinos.
No obstante, una de las huellas más imperecederas que podremos dejar en
el planeta serán las anomalías radiactivas de los sedimentos recientes de
cualquier parte del mundo. Siguiendo este criterio el momento que daría inicio
al Antropoceno sería el año 1945, fecha en la que tuvo lugar la detonación de
la primera bomba atómica en Nuevo México. Los isótopos radiactivos liberados en
aquella explosión se dispersaron por todo el planeta para luego ser fijados en
los sedimentos y en los hielos de las regiones polares.
Aunque la idea del Antropoceno cuenta con muchos detractores debido a la
dificultad para encontrar sedimentos que permitan su identificación en el
registro geológico, este concepto ha ido ganando adeptos entre la comunidad
científica en los últimos años y se ha colado en el mundo político y social. Y
aun cuando es posible que no tengamos la suficiente perspectiva temporal para
responder de manera definitiva a esta cuestión, resulta imposible obviar que el
ser humano se ha convertido en un agente modificador del planeta tan importante
como muchos procesos geológicos.
§ 75. ¿Cuáles son las pruebas del crimen del K/T?
El espacio no está completamente vacío y nuestro planeta en su incesante
desplazamiento a través de él captura pequeñas cantidades de partículas que
entran en nuestra atmósfera continuamente. Estas se van depositando como trazas
en las cuencas sedimentarias de forma constante de manera que pueden servir
como indicadores de la velocidad de sedimentación. A menor cantidad de
sedimentos aportados en un intervalo de tiempo, mayor será la cantidad de
partículas extraterrestres respecto al volumen total de roca y viceversa.
En 1977 Walter Álvarez, un geólogo norteamericano que estaba estudiando
los afloramientos de los montes Apeninos, en Italia, se dispuso a aplicar dicho
método midiendo la concentración de iridio, un elemento que proviene del polvo
meteorítico y que resulta relativamente fácil de analizar.
Los resultados fueron sorprendentes. La concentración de iridio se
multiplicaba por cien en una estrecha capa de arcilla de apenas un centímetro
de grosor. Esto podría explicarse si el aporte de sedimentos hubiera cesado
casi por completo durante un largo intervalo de tiempo (de manera que el
antiguo mar solo hubiera recibido polvo extraterrestre). Pero esta era una
suposición imposible de asumir. La hipótesis alternativa, aunque factible,
parecía demasiado escandalosa como para ser publicada… Walter y su equipo de
investigación se vieron obligados a abrir un período de debate interno que
duraría todo un año.
Además de la concentración anómala de iridio, la ubicación de aquel fino
nivel de arcillas en la columna estratigráfica era muy particular. Marcaba
exactamente el límite entre el período Cretácico (último de la era Mesozoica) y
el Paleógeno (primero del Terciario en la era Cenozoica), por lo que se le
denominó límite K/T o K/Pg.
Los paleontólogos llevaban siglo y medio cavilando sobre las causas para
explicar la enorme pérdida de biodiversidad observada en este punto de la
historia de la Tierra. El geólogo holandés Jan Smit describe esta extinción en
el documental Flysch, el susurro de las rocas, sobre la rasa mareal situada
entre Deba y Zumaia, al norte de España, de la siguiente manera:
[…] cuando empecé a trabajar vi que todos los foraminíferos, y también
los dinosaurios, se extinguían repentinamente. En la Tierra no estaba pasando
nada antes del límite cretácico terciario, y de repente…. desaparecen. […] todo
estaba estable: el nivel del mar, las temperaturas…, así que debió ocurrir algo
inesperado […].
Álvarez y Smit encabezaron un grupo interdisciplinar y muy pronto
confirmaron que aquel nivel rico en iridio aparecía en todos los afloramientos
de la transición Cretácico-Terciario del planeta, razón por la cual se le llamó
arcilla del límite.
La enorme cantidad de material extraterrestre que debió haber caído en
un instante para la formación de esta franja fue la pista que guio a los
científicos hacia la búsqueda del impacto de un meteorito. Extrapolando a toda
la superficie terrestre la cantidad de iridio analizada en dicho nivel y
conociendo las características de estos cuerpos venidos del espacio, se pudo
estimar que este debía de tener unos diez kilómetros de diámetro.
Smit nos describe la secuencia de acontecimientos de la siguiente
manera:
Primero cae el meteorito emanando gran cantidad de polvo que permanece
durante un par de meses. La luz del sol desaparece, todo se oscurece y la
fotosíntesis se corta inmediatamente. La luz vuelve, pero entonces se produce
un gran enfriamiento, e incluso los dinosaurios que pudieron sobrevivir a los
meses de oscuridad y que no serían muchos, también sucumben. […] De modo que
hubo varios efectos que se acumularon sucesivamente.
Una vez conocido el tamaño de meteorito y la magnitud de la catástrofe,
estos investigadores dedicaron su esfuerzo a localizar al cráter dejado por el
impacto. En sesenta y cinco millones de años que habían transcurrido desde el
choque, el cráter podría haber subducido, o haber sido cubierto de sedimentos.
Pero aunque hoy en día no lo pudiésemos ver, existir había existido. Aquella
colosal masa de materia cósmica chocando contra la Tierra a unos veinte
kilómetros por segundo debió de producir un cráter enorme.
Debían buscar pistas en la arcilla del límite que pudieran servir como
indicadores de la distancia respecto al lugar del impacto. Mezclado con la
arcilla se encontró también hollín, procedente de los incendios que debieron de
acompañar a la catástrofe pero este, al igual que el iridio, debió de dar
varias vueltas al mundo antes de depositarse, de manera que lo hizo más o menos
homogéneamente en todo el planeta.
Pero también se observaron otras estructuras asociadas a las altas
presiones que se generaron, como los denominados cuarzos de choque. Aunque
estos materiales son dispersados a grandes distancias, las partículas de mayor
tamaño suelen depositarse en las regiones más cercanas al cráter, por lo que
iban a servir como indicadores del lugar del impacto. Se encontró que eran cada
vez más grandes cuanto más cerca estaban de Norteamérica.
El equipo científico decidió viajar a México, donde encontraron
afloramientos en toda la zona del golfo. Así cuentan la experiencia:
Durante una semana estuvimos analizando diferentes lugares sin encontrar
nada. Buscábamos en lugares equivocados. Y finalmente, el último día, la última
noche encontramos el afloramiento del Mimbral. Uno de los afloramientos más
importantes que hay allí […], de repente, ahí estaba, una gran capa de arenisca
[…]
Fue algo espectacular. Encontraron todas las estructuras asociadas al
nivel, pero esta vez no se trataba de una fina capa de arcilla como en el resto
del mundo, sino de un estrato de areniscas de varios metros de espesor. Estos
depósitos, con unas facies tan características, distribuidos en un gran arco
que va desde Veracruz hasta Cuba, tenían que haber sido producidos por enormes
tsunamis en lo que fue la línea de costa en el momento del impacto.
Pero el cráter continuaba sin ser encontrado. Habían sido rechazados
varios candidatos y la cosa no pintaba muy bien. Hasta que en 1990 se publicó
el descubrimiento en la costa de la península de Yucatán de una gran estructura
circular de unos ciento ochenta kilómetros de diámetro que tiene la edad exacta
del límite K/T.
Aquel cráter ahora enterrado por los estratos depositados en los
períodos geológicos posteriores fue bautizado con el nombre de un pequeño
pueblo de pescadores de la costa mexicana, Chicxulub. Había aparecido la prueba
de que aquella gran catástrofe había puesto fin al reinado de los dinosaurios.
§ 76. ¿Cómo bailaron los antiguos continentes?
La configuración de Pangea durante su ruptura y el camino que siguieron cada
uno de sus «hijos» hasta nuestros días se ha podido reconstruir con precisión.
Recordemos que ya Wegener fue capaz de describir los movimientos realizados por
los continentes sin conocer nada acerca de los fondos marinos. Hoy en día, se
conoce con exactitud la edad en que se formó cada porción de la corteza
oceánica y esto ha permitido seguir el rastro de los continentes hasta la configuración
actual. Por ejemplo, si recortamos en un mapa la parte central del Atlántico
que se ha originado en los últimos diez millones de años y unimos las piezas
resultantes, obtendremos las posiciones de África, Europa y América en el
período Neógeno.
Sin embargo, la destrucción progresiva de dicha corteza en los procesos
de subducción hace mucho más complicado conocer la distribución de los
continentes en tiempos más remotos. Por ello, para reproducir los movimientos
de estas masas continentales, se recurre al estudio de las estructuras
geológicas de las regiones emergidas, como por ejemplo el encaje de las suturas
de un orógeno en diversos continentes. Aunque posteriores orogenias deforman y
modifican las raíces de estas antiguas cordilleras, lo cual complica la
interpretación de las mismas, estas representan una de las mejores pistas para
los estudiosos del Precámbrico, que han conseguido desvelar algunos pasos del
antiguo baile de los continentes.
Los primeros «bailarines» detectados en el registro geológico tienen más
de dos mil millones de años de antigüedad. Se conocen como cratones y
actualmente se encuentran dispersos por todo el planeta. Uno de los más
veteranos es el denominado cratón amazónico, pero también hay otros presentes
en diferentes lugares de América, África, Escandinavia o Rusia.
La deriva y colisión de estos cratones generó nueva corteza continental,
especialmente gracias a la inyección de grandes volúmenes de magma. Algunas de
las orogenias proterozoicas que han podido identificarse son la orogenia
transamazónica (hace unos dos mil millones de años) y la de Grenville (hace
unos mil millones de años). Es probable que, al menos esta última, diera lugar
a la construcción de un supercontinente, el cual volvería a romperse en
diversos fragmentos.
No se sabe muy bien el camino que siguió cada uno de ellos, pero se
conoce con seguridad que algunos volvieron a reunirse hace unos seiscientos
millones de años. Durante este ciclo orogénico (conocido con diversos nombres
como brasileño o panafricano) se construye Gondwana, un enorme continente que
ya imaginaron los geólogos del siglo XIX. Algunos autores más recientes indican
que durante esta orogenia todos los continentes estaban unidos a Gondwana, y
formaban lo que han denominado Supergondwana o Pannotia. En cualquier caso, lo
que es evidente es que desde que comienza el Paleozoico, la encontramos
separada de otros continentes como Laurentia, Báltica y Siberia.
A lo largo del Paleozoico, Gondwana se fue desplazando hacia el norte
hasta que estos fragmentos se anexionaron de forma sucesiva mediante orogenias
como la caledoniana y la hercínica. Estos acontecimientos dieron lugar a
Pangea, que quedó rodeado por una única masa de agua llamada Panthalassa. Este
océano global penetraba en un gigantesco golfo ubicado en la parte oriental del
supercontinente, conocido como el mar Tetis. Al norte del mismo, la unión de
diversos continentes construyó Laurasia, la mitad septentrional del último
supercontinente que se ha formado.
A partir de ahí, aun cuando puedan existir pequeñas variaciones, la
mayoría de las secuencias de mapas que relatan el vaivén continental durante el
Fanerozoico son muy parecidas. Pero, como hemos comentado, cuanto más
retrocedamos en el tiempo más difícil se hace conocer los pasos que dieron los
continentes en esta coreografía que resulta, para muchos, fascinante.
§ 77. ¿Cuál es el clima normal del planeta?
Los grandes bloques erráticos distribuidos por el continente europeo que tanto
llamaron la atención de los primeros geólogos habían sido transportados por los
glaciares, que los abandonaron allí tras haberse fundido. El descubrimiento de
ese suceso causó un fuerte impacto en la sociedad, y aún hoy es frecuente
hablar de la Edad del Hielo en referencia al mismo. Este período de frío
extremo se conoce actualmente como Würm y sabemos que ocurrió hace apenas
dieciocho mil años, cuando nuestros antecesores vivían en cavernas para
protegerse del frío.
El Würm es el último episodio de avance glaciar que se ha dado en la
glaciación en la que estamos actualmente inmersos. Las glaciaciones son los
intervalos de tiempo de la historia de la Tierra en los que hay una cantidad
importante de hielo sobre los continentes al nivel del mar (no solo sobre las
montañas), en uno o en ambos de los polos. Dentro de ellas se distinguen
períodos más fríos en los que el frente glaciar avanza y otros más cálidos en
los que retrocede. Estos últimos son conocidos como períodos interglaciares, y
el momento que estamos viviendo se corresponde con uno de ellos que comenzó
hace más de diez mil años.
Los glaciares del Würm comenzaron a fundirse muy rápidamente y pronto
desaparecieron por completo de las latitudes medias de Norteamérica y Eurasia.
Aunque el progresivo aumento de las temperaturas puso fin a esta etapa, todavía
nos encontramos en una glaciación que comenzó hace varios millones de años y
que aún se manifiesta en los actuales casquetes polares de Groenlandia, la
Antártida y de las montañas más altas de todo el planeta.
Para complicar más la situación, en el actual período interglaciar se
han dado breves episodios con acusados descensos de las temperaturas. Tal es el
caso de la denominada Pequeña Edad del Hielo, comprendida entre el siglo XV y
el XIX, cuando la escasez de precipitaciones y el bajón térmico repercutieron
en diversas regiones del planeta. Grandes áreas de selvas ecuatoriales
desaparecieron, las cosechas disminuyeron dramáticamente en las latitudes
medias y en Groenlandia los colonos islandeses se vieron obligados a marchar.
Aunque la formación de los actuales casquetes glaciares del hemisferio
norte comenzó en el Cuaternario, lo cierto es que las primeras masas de hielo
aparecieron muchísimo antes en el hemisferio sur. Esto sitúa el inicio de la
glaciación en el Neógeno, cuando tuvo lugar la separación entre Sudamérica y la
Antártida y se formó una corriente circumpolar que mantendría al continente
meridional aislado de las cálidas aguas ecuatoriales que pudieran llegar. El
frío inicial permitiría la formación de los primeros glaciares en las montañas
antárticas y posteriormente alcanzarían la línea de costa hasta llegar a cubrir
el continente en su totalidad.
La experiencia de vivir en un período de glaciación como el actual
representa una gran oportunidad para los paleoclimatólogos, puesto que les
brinda una idea bastante directa de cómo pudieron acontecer otros episodios
glaciales muy remotos en el tiempo.
Tal es el caso de la glaciación finiordovícica, que con una duración de
apenas veinte millones de años ha sido la más breve que se ha identificado en
nuestro planeta. En esa época el Sáhara, que formaba parte de Gondwana, ocupaba
el polo sur geográfico y fue el centro de aquella glaciación. No existen
pruebas de que se desarrollara también en el hemisferio norte, ya que estaba
desprovisto de tierras continentales que pudieran dejar constancia y, muy
probablemente, las aguas del polo norte no llegaron a congelarse.
Otra glaciación paleozoica, la carbonífera-pérmica, se prolongó durante
casi cien millones de años, coincidiendo con la formación de Pangea. En este
caso se produjo un contraste muy grande en el bandeado climático global:
mientras se desarrollaban densos bosques en el ecuador, el continente de
Gondwana sufrió una glaciación que cubrió hasta las latitudes medias.
Además de estas glaciaciones ocurridas en el Fanerozoico, también se
conocen otras más antiguas. El primer vestigio de un episodio glacial en el
registro geológico conocido data de hace aproximadamente dos mil millones de
años. La glaciación huroniana, como se ha llamado a ese período climático,
comprendió más de cien millones de años y resulta sorprendente que pasaran más
de mil millones de años hasta la siguiente ocurrida a finales del Proterozoico.
En esta glaciación finiproterozoica, con temperaturas medias del planeta
que rondaron los cincuenta grados bajo cero, pudo desarrollarse una situación
de «tierra blanca» en la que todas las tierras y gran parte de los océanos
estuvieron cubiertos de hielo, la etapa más gélida que ha atravesado el
planeta.
En el otro extremo de este escenario tan extraño, tenemos períodos
especialmente cálidos dentro del Fanerozoico. Tal es el caso del Cámbrico, en
el que la fusión de los casquetes dio lugar a una notable elevación del nivel
del mar; y de la era mesozoica, en la que los peces tropicales llegaron a
habitar en las por aquel entonces cálidas aguas circumpolares.
Parece evidente que tanto el calor de una «tierra de invernadero» como
las bajas temperaturas en la «tierra blanca» se alejan bastante de lo que
podríamos definir como clima normal de nuestro planeta. No obstante, tampoco
deberíamos calificar al clima actual como normal, ya que, en función de lo que
se sabe sobre el pasado del planeta, la situación más común en la historia de
la Tierra es aquella en la que no hay glaciares o estos no alcanzan el nivel
del mar, lo que parece haber sido más común durante el 90 % de la existencia
del planeta.
§ 78. ¿Cómo es el apocalipsis?
Aunque Lyell se mostró durante mucho tiempo reacio a aceptar las ideas de su
amigo Darwin (debido a su obsesión con explicarlo todo de manera cíclica). Al
final de su carrera científica, el abogado escocés tuvo que rendirse a la
evidencia de los cambios lineales en la historia de la vida. Incluso encontró
una aplicación a esta idea y creó un método estadístico para datar los estratos
basado en un criterio sencillo y eficaz: cuanto más antiguo era un terreno, más
diferentes eran los fósiles que contenía comparados con la fauna actual. El
método arrojaba resultados coherentes en los materiales cenozoicos que había
estudiado.
Solemos asociar el apocalipsis con escenas catastróficas que ponen fin a una
era. En el caso de las eras geológicas estas coinciden con extinciones masivas
que, aunque rápidas en comparación con la historia de la Tierra, pueden durar
varios millones de años.
Sin embargo, al estudiar unos importantes afloramientos próximos a la
ciudad de Maastricht, descubrió con sorpresa que el contenido fósil que allí
pudo analizar no tenía ni un solo elemento común con los terrenos más
recientes. La única solución que encontró fue imaginar una fuerte erosión que
habría eliminado los estratos intermedios que contenían los fósiles de
tránsito. Pero algo no cuadraba, todos aquellos materiales parecían haber
tenido una historia geológica común.
Más de un siglo después, un paleontólogo norteamericano llamado Jack
Sepkoski comenzó a contar el número de especies que aparecían a lo largo del
Fanerozoico (único eón con un registro fósil abundante). Ya se sabía que por
cada una de las especies que existen hoy en día otras miles podrían haber
desaparecido, la mayoría de ellas al perder la competición diaria con otras
formas de vida. Pero Sepkoski encontró algo muy interesante: grandes caídas en
la curva de la biodiversidad que fueron denominadas extinciones masivas. Él y
sus colegas reconocieron cinco y las llamaron las cinco grandes. La más famosa
de ellas, por haber acabado con la existencia de nuestros queridos dinosaurios,
era la razón de las diferencias entre las faunas fósiles descubiertas por Lyell
en aquel afloramiento.
Sin embargo, la extinción masiva más grande y catastrófica de la
historia del planeta tuvo lugar al final del Paleozoico. Los seres vivos de
aquel tiempo no son tan conocidos como los grandes reptiles del Mesozoico, pero
el registro fósil indica que los ecosistemas de aquel período conocido como
Pérmico eran enormemente ricos.
Hace unos doscientos cincuenta millones de años algo acabó con casi el
90 % de aquella biodiversidad. La hipótesis de un impacto, similar al del
límite K/T, está hoy totalmente descartada, ya que no se han encontrado
indicios geoquímicos, como el iridio, que la apoyen. Por esta razón, los
científicos han tratado de buscar las causas de esta extinción en otros
eventos.
Por un lado la formación de Pangea, que dio lugar a la desaparición de
enormes extensiones de plataforma continental, y son precisamente los fondos
someros de estas regiones los hábitats con mayor riqueza biológica de nuestro
planeta. Al descenso eustático causado por la situación de supercontinente se
sumó el efecto de una glaciación que retiró grandes volúmenes de agua oceánica.
Esta regresión de las aguas marinas, que dejó millones de toneladas de biomasa
expuestas a la putrefacción, debió de consumir enormes cantidades de oxígeno de
las costas. En otra situación, estas aguas costeras se hubieran mezclado con
otras, pero la inmensidad de Pangea interrumpía la circulación de las
principales corrientes oceánicas. Se favorecía así que la situación de anoxia
persistiera en las regiones costeras, lo que contribuyó a la crisis de los
organismos marinos.
No obstante, uno de los sospechosos de esta catástrofe ha dejado pistas
más evidentes que permiten incriminarlo. Los indicios señalan a una serie de
erupciones volcánicas de dimensiones excepcionales ocurridas en Siberia y que
coinciden en el tiempo con la gran extinción. Como consecuencia de ellas
pudieron ser liberadas grandes cantidades de metano y otros gases ricos en
azufre, una mezcla cargada de partículas tóxicas y radiactivas que contaminó la
atmósfera y desestabilizó por completo el clima de la Tierra. Años de brutal
frío alternados con milenios de sofocante calor condujeron a la degradación de
la vegetación, las cadenas alimentarias y los ecosistemas.
Los detectives que investigan el final del Pérmico se enfrentan a muchos
sospechosos, y carecen de pruebas concluyentes. Pese a las dificultades que
pueden tener para imaginar los acontecimientos ocurridos en aquel entonces,
muchos autores señalan que ahora mismo podríamos estar asistiendo a una nueva
extinción masiva causada por la actividad humana. Una cosa está clara, este
tipo de sucesos ofrece a los grupos biológicos supervivientes la oportunidad de
diversificarse y evolucionar. Parece evidente que lo que representa el
apocalipsis para muchas especies no termina con la vida en la Tierra, sino que
la hace más fuerte. La biosfera tiene poco que temer; nosotros, probablemente,
mucho.
§ 79. ¿Con qué plantas vivieron los dinosaurios?
Al caótico clima que marcó el final del Paleozoico, le siguió una era de
temperaturas cálidas, el Mesozoico. Los más beneficiados de este nuevo contexto
fueron los enormes reptiles que todos conocemos, pero también los vegetales.
En respuesta a la aridez del clima Pérmico, un grupo de plantas
transformó sus esporas en semillas, las cuales podían soportar la ausencia de
humedad durante largos períodos de tiempo. Esta nueva estructura reproductora
de las denominadas fanerógamas les otorgaba una evidente ventaja evolutiva que
les iba a permitir diversificarse en varios grupos como los ginkgos, las cicas
y las coníferas.
La coevolución entre vegetales y animales ha llegado a ser tan específica
que algunas plantas solo pueden ser polinizadas por un determinado tipo de
insectos. Este descubrimiento llevó a Darwin a imaginar el aspecto de un
insecto sin haberlo observado, tan solo a partir de la curiosa forma de una
rara flor.
Durante la mayor parte del Mesozoico, las fanerógamas tuvieron sus
semillas al desnudo (gimnospermas). Sin embargo, en el Cretácico algunas de
ellas comenzaron a desarrollar flores capaces de convertirse en frutos; un
nuevo órgano que permitía resguardar la simiente en su interior. Con esta
incipiente ventaja evolutiva, las denominadas angiospermas comenzaron a
competir con el resto de plantas, lo que enriqueció la biodiversidad de
aquellos campos en los que merodearon los últimos dinosaurios.
Los grandes avances del mundo floral sobrevivieron al drástico cambio de
era, pero aquellas primeras flores no tenían la vistosidad que lucen las más
actuales. El desarrollo de los coloridos pétalos y los atrayentes olores se
adquirió posteriormente, cuando muchas plantas comenzaron a aprovecharse de los
insectos para reproducirse con mayor eficiencia. Estos animales, a cambio de
repartir el polen de una flor a otra, obtenían un sabroso y nutritivo néctar
que empezaron a buscar con ansiedad. Este proceso de trasformación que deriva
hacia una mutua dependencia se conoce como coevolución, y gracias a él podemos
deleitarnos hoy con tanta belleza floral de la naturaleza.
Otra reflexión que podemos hacer cuando paseamos por el campo y
contemplamos con deleite las plantas y árboles que nos dan sombra y tapizan de
verde el paisaje es que todas ellas provienen de antecesores que vivieron bajo
el agua antes de adaptarse a un medio tan hostil como el nuestro. La semilla,
gran protagonista de la flora mesozoica, representa la cúspide de este salto
hacia la terrestrialización, un proceso que comenzó mucho tiempo atrás cuando
los únicos organismos pluricelulares fotosintéticos eras las algas. El primer
paso de esta complicada transición evolutiva lo dieron las briofitas
(representadas actualmente por los musgos) que, aunque son capaces de
permanecer fuera del agua, necesitan constantemente un alto grado de humedad
para evitar la desecación.
Una dificultad añadida para mudarse desde el agua hacia la atmósfera
consiste en sostenerse erguida sin la ayuda de la flotabilidad. Este problema,
que restringía el crecimiento de las plantas primitivas a unos pocos
centímetros sobre el suelo, iba a encontrar solución en una biomolécula que,
curiosamente, llevaba presente millones de años en algunas estructuras de las
algas: la lignina. El empleo masivo de esta proteína dio lugar al desarrollo
del tejido leñoso, capaz de aguantar mucho peso y aun así doblarse ante el
envite del viento sin llegar a romperse.
El nuevo tallo erecto permitió diferenciar y distanciar los órganos con
diferente función como las raíces y las hojas, a la vez que obligó a
desarrollar un sistema vascular que permitiera transportar la savia de unos a
otros. Esta moderna disposición vegetal es propia de las cormofitas, a las que
pertenecen las fanerógamas y otras que carecen de semillas como los helechos y
los equisetos.
Este salto definitivo hacia la conquista de la tierra por parte de los
vegetales iba a lograrse poco antes del Carbonífero y sería esta, precisamente,
la causa de los particulares depósitos que dan nombre a este período. Fue
entonces cuando la vida creció hacia arriba y transformó al planeta en un mundo
repleto de árboles. Entre ellos destacaron los bosques de Lepidodendron, un
enorme helecho que alcanzó la altura de un décimo piso. Esta vegetación
contribuyó a disparar los niveles de oxígeno en la atmósfera carbonífera, lo
que permitió que los insectos, a pesar de sus limitaciones, alcanzaran tamaños
gigantescos en unos ecosistemas terrestres rebosantes de vida.
§ 80. Ballenas o salamandras gigantes, ¿cuáles asustaban a Darwin?
Al Devónico se le conoce como el período de los peces, debido a la gran
abundancia de estos en su registro fósil. Por el contrario, la fauna terrestre
era muy pobre y los únicos animales con cierto tamaño que se paseaban por
tierra firme eran unas criaturas parecidas a las arañas. Pero este panorama iba
a cambiar durante el Carbonífero de forma gradual. A la vez que el planeta se
llenó de zonas pantanosas repletas de vegetación, muchos peces comenzarían a
merodear con mayor frecuencia las aguas de sus orillas. La colonización previa
de las plantas preparó el camino para la posterior terrestrialización de los
vertebrados.
Los animales, en su incesante lucha por la supervivencia, tienden a
ocupar todos los hábitats, incluso aquellos para los que no están preparados.
Ese es el caso de muchos peces de aquella época, que se vieron tentados a
introducirse en estos ambientes, donde los manglares con abundante vegetación
les permitían, entre otras cosas, refugiarse de sus depredadores.
Frente a las dificultades que suponía nadar de forma convencional en
aquellas aguas llenas de troncos y raíces, un grupo de peces robustos comenzó a
aprovechar la presencia de estos obstáculos para desplazarse de una forma más
eficiente. El instinto inicial de apartar la vegetación con las fuertes aletas
fue transformándose progresivamente en la habilidad para impulsarse con fuerza
sobre esta. Este cambio en el uso de las aletas favoreció la transformación de
las mismas en patas que posteriormente les iban a permitir agarrarse para
evitar el incómodo arrastre de las corrientes.
El nuevo diseño morfológico de los vertebrados con extremidades les
ofrecía numerosas ventajas, hasta tal punto que se convirtieron en una plaga
dentro de este ecosistema pantanoso.
Esta reconstrucción corresponde a un fósil hallado en Pakistán en sedimentos
de hace unos cincuenta millones de años. Pese a su capacidad para desplazarse
por tierra firme, el Pakicetus debió de ser un gran nadador que pasaría buena
parte de su vida en el agua.
La escasa oxigenación, propia de esas aguas en las que la putrefacción
de las plantas consume el oxígeno disuelto, los llevó a asomarse a la
superficie, donde la selección natural favoreció a aquellos que respiraban
mediante unos primitivos pulmones.
Los rastros más antiguos de estos primeros cuadrúpedos quedaron impresos
en el depósito arcilloso de una ciénaga tropical. Debido a que las huellas de
sus cuatro patas no quedaron acompañadas de las que dejaría la cola, los
especialistas han deducido que estos seres no estaban caminando sobre tierra
firme, sino atravesando aguas someras que la mantenían a flote.
Al principio de esta transición las patas eran aún muy débiles y sus
costillas demasiado delgadas para soportar músculos que aguantasen el peso del
cuerpo fuera del agua. Luego, a medida que se fueron adentrando en la tierra
para evitar a los depredadores, excavar en el fango para anidar y encontrar
comida, las extremidades se fortalecieron y adaptaron para caminar.
Mientras que algunos de estos animales regresaron al agua, otros
continuaron su evolución en el nuevo hábitat. Surgieron así criaturas con forma
de salamandra y tamaño de cocodrilo que asechaban a sus presas en los bosques
del Carbonífero y, posteriormente, darían lugar a los antepasados de los
dinosaurios y de los mamíferos. Estos últimos iban a protagonizar un giro
evolutivo sorprendente que tendría lugar millones de años más tarde durante el
Cenozoico.
En el Eoceno, unos pobladores de los pantanos que tenían un estilo de
vida similar a los hipopótamos actuales, aunque eran algo más delgados que
estos, se fueron adentrando en aguas cada vez más profundas en busca,
nuevamente, de una vida más próspera y segura.
Algunos de ellos, con los pies más palmeados que los de sus compañeros,
tenían la capacidad de desplazarse con más eficacia por el agua. Con el paso
del tiempo, la selección natural favoreció otras características anatómicas que
también servían de adaptación al medio acuático. Los cuellos se hicieron más
cortos y fuertes; las patas menguaron progresivamente; las colas más gruesas y
musculosas para facilitar el impulso; los hocicos más alargados y los dientes
más afilados para atrapar a los sabrosos pero escurridizos peces.
Los primeros cetáceos se independizaron así del medio terrestre por
completo. Dejaron de depender de las orillas para beber agua dulce o parir y, a
medida que se sumergían a profundidades mayores, comenzaron a parecerse a las
ballenas y delfines actuales. Sus patas delanteras, cortas y rígidas, se
convirtieron en aletas; las patas traseras quedaron como órganos relictos,
quizás útiles para el momento de la cópula; las columnas vertebrales se
hicieron más largas y flexibles, lo que propició el característico
ensanchamiento lateral de sus aletas traseras.
El último impulso hacia los cetáceos modernos comenzó durante un
repentino enfriamiento climático del planeta. El descenso de la temperatura del
agua en los polos, los cambios en las corrientes oceánicas y el afloramiento de
agua marina rica en nutrientes en determinadas regiones geográficas abrieron
nuevos nichos ambientales e impulsaron el resto de las adaptaciones. Las fosas
nasales se desplazaron hasta la parte superior de la cabeza, donde se
convirtieron en una fosa única conocida como espiráculo. Además, se desarrolló
una mayor sensibilidad al sonido subacuático gracias a estructuras que recogen
las vibraciones y las dirigen hacia el oído medio. Por último, los grandes
cerebros, la ecolocalización, la acumulación de grasa aislante y, en algunas
especies, la sustitución de los dientes por barbas para filtrar el kril,
culminaron las adaptaciones presentes en los cetáceos actuales.
Esta vuelta evolutiva de ciento ochenta grados protagonizada por un
grupo de mamíferos terrestres hasta permitirles moverse, comer, sentir y
aparearse bajo el agua fue intuida por Charles Darwin de la siguiente manera:
«No veo ningún obstáculo para que una raza de osos se haya vuelto por selección
natural cada vez más acuática en su estructura y en sus hábitos, con una boca
cada vez más grande hasta producir una bestia tan monstruosa como una ballena».
De esta manera lo expresó en su primera edición de On the origin of
species, pero no en las posteriores, ya que sus críticos se burlaron tanto de
esa hipótesis que prefirió retirarla. Los antievolucionistas de su tiempo,
basándose en la ausencia de fósiles que probaran la existencia de esa
transición gradual, utilizaron este ejemplo para defender sus ideas
creacionistas. Alegaban que si la ciencia era incapaz de explicar la
modificación de las ballenas era porque quizás esta nunca había ocurrido. Hoy,
sin embargo, esta historia evolutiva de los cetáceos está razonablemente
clarificada y es una de las pruebas más bellas que aporta el registro fósil a
favor de la evolución biológica.
§ 81. ¿Cuándo sucedió la metamorfosis del reino animal?
Imaginemos un buen montón de larvas o gusanos. Se trata de individuos de
aspecto simple y, generalmente, indefensos como pueden ser los gusanos de seda
que muchas personas cuidan en una caja de zapatos. Llega un momento en la vida
de estas adorables mascotas en que, de forma súbita, cambian radicalmente su
diseño corporal para transformarse en adultos. Dispondrán de una mayor
complejidad morfológica, con un sorprendente equipamiento como un exoesqueleto
protector, extremidades articuladas o, incluso, alas. Como sabemos, estos
cambios que sufren todos los insectos, y algunos otros animales, son
consecuencia de un proceso conocido como metamorfosis.
Algo parecido, pero a una escala muy diferente, le ocurrió a la fauna
del planeta a principios del Cámbrico. Del mismo modo que un capullo de seda
nos dificulta ver las fases transitorias que se han producido entre el gusano y
la mariposa, las limitaciones propias del registro fósil nos impiden ver todos
los detalles de la revolución evolutiva que tuvo lugar en ese período. Esta
limitación de la paleontología ha contribuido a que aquel episodio de
creatividad morfológica sea considerado como una verdadera explosión.
Estos artrópodos se conocen como trilobites y vivieron durante toda la era
paleozoica. Todas las especies se caracterizan por presentar tres lóbulos,
vivieron nadando o rastreando el fondo de los mares y sus fósiles rara vez han
conservado las múltiples patas que poseían en vida.
Pese a todo, este hito en la historia de la vida ha quedado inscrito
perfectamente en todos los afloramientos de aquel tiempo. Los datos han
confirmado la sorprendente rapidez de este proceso que transcurrió en apenas
cinco millones de años y dio lugar al surgimiento de todos los esquemas
anatómicos presentes en la fauna actual.
Los motivos que pudieron causar un suceso biológico tan especial parecen
estar relacionados con los cambios geológicos y climáticos que tuvieron lugar.
Por un lado, la ruptura de grandes continentes amplió drásticamente la cantidad
de plataforma continental inundada por aguas poco profundas, precisamente los
hábitats con mayor riqueza biológica. Por otra parte las corrientes oceánicas
asociadas a los últimos coletazos de las glaciaciones precámbricas aportaron
grandes cantidades de nutrientes en esas aguas someras donde surgió la biosfera
moderna.
Aunque no era la primera vez, ni sería la última, que se daban unas
condiciones tan favorables, fue en esa ocasión cuando el mundo pluricelular
estaba lo suficientemente desarrollado, pero a la vez inmaduro, para
aventurarse en tales innovaciones. En los ecosistemas marinos proliferaron
nuevos animales filtradores, carroñeros y depredadores que aumentaron
enormemente el grado de complejidad de las redes tróficas y dieron lugar a
ecosistemas comparables a los actuales.
La aparición de los grandes depredadores equipados por primera vez con
poderosas mandíbulas y afiladas garras hizo surgir nuevas hostilidades que han
quedado grabadas en el registro fósil. Tal es el caso de algunos trilobites que
han conservado las mutilaciones producidas en sus violentos encuentros con
artrópodos carnívoros como el anomalocaris. Precisamente esta presión selectiva
hacia las presas fue la razón del surgimiento de caparazones como estrategia de
supervivencia frente a estas amenazas.
De esta manera, la aparición de las partes duras hizo posible que los
fósiles comenzaran a ser un componente muy abundante en los estratos
depositados desde entonces y, por esta razón, ha dado lugar a que este eón sea
conocido como Fanerozoico, del griego, ‘vida visible’. A partir del Cámbrico la
vida animal contó con materia prima de sobra para sus experimentos evolutivos.
Hasta tal punto que todas las novedades surgidas en estos más de quinientos
millones de años que han transcurrido desde entonces no han hecho más que
retocar lo inventado en aquellos mares.
§ 82. ¿Cómo fue la infancia del planeta?
Cámbrico, Ordovícico, Silúrico, Devónico… y así hasta el Cuaternario. Es muy
probable que a estas alturas ya nos hayamos familiarizado con los períodos
geológicos. Las personas con un cierto conocimiento de la materia suelen
asociar automáticamente cada uno de estos nombres con algunos datos
significativos. Una extinción masiva, una glaciación, una litología, un fósil
característico o, incluso, el color con el que normalmente se representa en un
mapa geológico.
Sin embargo, el único eón sobre el cual disponemos de suficientes datos
como para subdividirlo en períodos es el Fanerozoico, y este representa poco
más del 10 % de la historia de nuestro planeta. Los tiempos anteriores se han
denominado tradicionalmente precámbricos y, a pesar de la lógica dificultad
para estudiarlo, los geólogos han logrado reconstruir algunos de los
acontecimientos que tuvieron lugar durante su transcurso.
Sin duda, el origen de la vida en la Tierra es uno de los temas
científicos más fascinantes y polémicos del Precámbrico. Su lejanía en el
tiempo y su categoría de hecho único lo convierte en uno de los más arduos
problemas de la ciencia moderna. Una charca en la llanura intermareal ha sido
el escenario preferido por la biología clásica para situarlo, pero en los
últimos años ha sido superado por otras posibilidades.
En la actualidad la mayoría de los especialistas prefiere pensar en
microambientes que permanecieran aislados de una atmósfera que, probablemente,
no fue tan favorable para la vida como se pensaba. Pequeñas cavidades en la
roca o en el hielo o incluso en el interior de la estructura mineral de la
arcilla, en donde la complicada síntesis de biomoléculas pudiese llevarse a
cabo.
Estudios microbiológicos recientes apuntan que las comunidades de seres
vivos termófilos podrían ser los ancestros comunes a todas las formas de vida
del planeta. Estos organismos pueden observarse actualmente en las chimeneas
hidrotermales de las dorsales oceánicas en las que, debido a la profundidad a
la que se emplazan estas formaciones, pudieron haber encontrado otra ventaja
crucial en un tiempo en el que los impactos de grandes meteoritos se producían
con frecuencia. Estos ecosistemas aislados quedarían protegidos del
catastrófico impacto de los meteoritos y la independencia de estos organismos
de la energía solar les permitiría continuar desarrollándose durante la
oscuridad posterior a los choques.
La razón por la que los especialistas estiman que nuestro planeta debió
de estar sometido a estas inclemencias extraterrestres la encontraremos si
levantamos nuestra mirada hacia la Luna. Los grandes cráteres que podemos
observar en detalle con la ayuda de unos simples prismáticos se produjeron hace
unos tres mil novecientos millones de años, precisamente el momento en que la
vida apareció en la Tierra. Esto obliga a pensar que también la Tierra estuvo
en ese tiempo sumida en una crisis ambiental casi permanente.
Esta violenta situación no impidió —sin embargo— que la vida apareciera,
y la rapidez con que se produjo ese proceso tan complicado, a pesar de las
traumáticas condiciones, aún continúa sorprendiendo a los bioquímicos. Muchos
científicos plantean que aquel chaparrón de rocas podría haber sido
biológicamente beneficioso. Parece claro que el bombardeo cósmico contaminó
nuestro planeta con nuevos componentes químicos y trajo consigo sustancias como
el agua. Asimismo, algunos científicos proponen que incluso la propia vida pudo
venir a bordo de estos asteroides; una procedencia extraterrestre que, lejos de
solucionar el dilema científico, no hace más que trasladar el problema más allá
de nuestras fronteras.
No obstante, este período de múltiples impactos conocido como gran
bombardeo terminal debió de ser ridículo en comparación con el que aconteció
mucho antes, durante la formación del planeta. En los inicios del sistema solar
y tras un período de acreción inicial en el que los planetas quedaron formados
y ocupando sus órbitas, se produjo un hecho insólito: un quinto planeta algo
menor que la Tierra, al que los científicos han llamado Theia, se desplazaba
muy próximo a esta, hasta que ambos chocaron.
Sidereus Nuncius, Galileo Galilei. Uno de los rasgos más llamativos de
nuestra Luna al ser observada desde un telescopio es la abundancia de cráteres
de impacto en su superficie. No hay razones para pensar que nuestro satélite
haya sido objeto de un mayor bombardeo que la Tierra; la razón de que allí se
conserven es la ausencia de una dinámica externa e interna como la que existe
en nuestro planeta.
Una parte de Theia pasó a formar parte de nuestro planeta, mientras una
nube de partículas procedentes del excepcional impacto quedó orbitando en torno
a la Tierra. La unión progresiva de estos fragmentos daría forma a la Luna, un
origen muy particular para un satélite excepcionalmente grande en comparación
con los satélites típicos de los planetas interiores.
Mucho de lo que conocemos sobre aquellas primeras etapas del planeta ha
sido descubierto por el estudio de nuestra Luna, de nuestros planetas vecinos e
incluso de lejanísimos sistemas planetarios en formación. En la Tierra, los
estudiosos de este eón arcaico se enfrentan al reciclado de la litosfera que
elimina las evidencias de lo que pudo ocurrir en el pasado.
El paraíso para estos especialistas se encuentra en Groenlandia. Allí
afloran unas rocas volcánicas muy particulares, las komatitas, que solo
pudieron ser emitidas a una temperatura mucho mayor a la de las lavas actuales.
Este dato, junto a otras observaciones de la litosfera arcaica,
concuerda con una Tierra mucho más caliente en aquel tiempo, hasta tal punto
que, durante su formación, la superficie del planeta debió de estar cubierta
por un océano de magma. En esta situación de fusión generalizada, las
sustancias más pesadas como el hierro pudieron hundirse hacia el centro de la
Tierra hasta dar lugar al núcleo del planeta, mientras que un manto más agitado
que el actual impediría la formación de una corteza y el desarrollo de una
tectónica de placas como las de los eones posteriores.
§ 83. ¿Qué nos depara el futuro?
El destino de este planeta es, irremediablemente, su destrucción. Llegará un
tiempo en que la elevación de las temperaturas alcanzará tales valores que los
océanos se evaporarán. No será momento de preocuparse por los gases de efecto
invernadero, la enorme masa de vapor de agua que se generará alrededor de la
Tierra hará que la presión atmosférica alcance valores drásticos.
Posteriormente la superficie terrestre se volverá incandescente y en último
término, se fundirá. Curiosamente, el final del planeta tendrá ciertas
similitudes con su nacimiento.
Pero no hay por qué alarmarse. La buena noticia es que esto ocurrirá
dentro de tres mil millones de años. La razón de este colapso global provendrá
del Sol. Con el paso del tiempo el hidrógeno existente en su núcleo se agotará
y este comenzará a consumir el de sus capas exteriores, que se calentarán y
expandirán. Parece evidente que ningún humano sufrirá ese final y, en cuanto a
la biosfera… bueno, antes tendrá que enfrentarse a otras adversidades.
La primera de ellas es el actual cambio climático que nos afecta a
escala global. La Tierra se está calentando desde hace dieciocho mil años, ya
que el actual período interglaciar en que nos encontramos inmersos comenzó,
evidentemente, sin la intervención humana. Discriminar el calentamiento
producido por los gases de efecto invernadero resultantes de nuestra actividad
de esa tendencia natural de fondo no resulta sencillo. No obstante, hoy en día
es indiscutible para la comunidad científica que el clima se ha calentado aún
más a partir del siglo XX como consecuencia del desarrollo industrial.
Si dejamos de lado la compleja influencia que podemos tener en el clima
del planeta, los climatólogos esperan que dentro de unos cuatro mil años este
período interglaciar habrá llegado a su fin. Comenzará así un nuevo período
glacial que sumirá a la Tierra nuevamente en un largo invierno. Sin embargo, si
nos situamos en un horizonte más distante, de varios millones de años,
asistiremos al final de esta alternancia climática que ha caracterizado al
Cuaternario y se pondrá fin a la actual glaciación.
En comparación con la enorme dificultad que entraña la predicción del
clima futuro, el aspecto físico que tendrá nuestro planeta puede conocerse con
mucha menos incertidumbre. Teniendo en cuenta los procesos básicos de la
tectónica global y estimando las trayectorias y velocidades de las placas
parece relativamente fácil prever la posición que tendrán los continentes en el
futuro.
Dentro de ciento cincuenta millones de años por ejemplo, el Atlántico
Norte habrá comenzado ya a cerrarse mientras que Sudamérica continuará
desplazándose hacia el oeste hasta provocar la separación de las dos Américas.
Por otra parte, Australia en su deriva hacia el norte habrá colisionado con
Asia, mientras que África podría encontrarse en un proceso de fragmentación.
Según algunos especialistas, dentro de unos dos mil millones de años el
planeta habrá perdido tanto calor interno que los movimientos convectivos del
manto cesarán. Ese será el fin de la tectónica de placas y la configuración de
los continentes y océanos quedará en una posición definitiva. Esto también
traería como consecuencia el cese de las erupciones volcánicas, los seísmos y
la formación de nuevas cadenas montañosas. Los procesos sedimentarios quedarán
reducidos a la mínima expresión, el relieve de los continentes quedará dominado
por extensas llanuras y, de esta manera, la Tierra se convertirá en un planeta
geológicamente muerto, en el que solo los meteoritos aportarán algo de
actividad de forma ocasional.
Estos impactos han desempeñado un papel determinante en el pasado de la
Tierra y lo continuarán haciendo en su futuro. De ahí la preocupación de los
científicos que actualmente consideran el control del espacio próximo al
planeta como un serio desafío para garantizar la seguridad de la civilización.
Aun cuando la humanidad sobreviva a su propia autodestrucción y al
recrudecimiento climático, seguirá estando expuesta al riesgo que supone el
choque de un asteroide con la superficie terrestre. Recordemos que hace sesenta
y cinco millones de años los dinosaurios, junto a otras especies,
desaparecieron por esta causa, lo que condicionó la evolución hasta tal punto
que permitió la diversificación de los mamíferos y, como consecuencia, la
aparición de los seres humanos.
Atendiendo a este tipo de giros en la historia de la vida que han
existido en el pasado, algunos especialistas se han atrevido a imaginar los
posibles seres que los procesos macroevolutivos podrían crear en su interacción
con los ambientes del futuro. Un fascinante ejercicio de combinar ciencia y
creatividad que los ha llevado a predecir una fauna espectacular, desde
tortugas del tamaño de elefantes e insectos que cazan aves, hasta medusas que
trepan por los árboles y usan herramientas. Unos seres tan inimaginables como
los que hoy existen; una historias tan asombrosas como las que han ocurrido en
el pasado.
§ 84. ¿Y si se condensara la historia de la tierra en un año?
El tiempo vuela cuando lo estamos pasando bien y parece detenerse cuando nos
aburrimos demasiado. Pero generalmente, nuestro cerebro es capaz de percibir
algo tan abstracto e invisible con la suficiente precisión como para
organizarnos en nuestras actividades cotidianas. Estamos muy familiarizados con
diversas unidades temporales como las horas, los días o las semanas que nos
permiten comprender el paso del tiempo; sin embargo, la representación mental
de la escala de tiempo por la que se rige la historia de la Tierra puede
resultarnos extremadamente compleja. Ubicar y relacionar acontecimientos que
ocurrieron hace millones de años es una tarea complicada, por lo que con
frecuencia se recurre a comparaciones, usando como referencia estos períodos
temporales más asequibles.
Solemos organizar nuestra vida por años, gestionamos la economía y la
política anualmente, estudiamos por años y celebramos, con una rica tarta llena
de velas, cada uno de nuestros aniversarios. Por esta razón, varios autores han
hecho una interesante comparación al hacer equivaler la edad de la Tierra (unos
cuatro mil quinientos cincuenta millones de años) a un año y establecer las
fechas más significativas dentro de él. De esta manera, cada segundo de este
año imaginario equivaldría a casi un siglo y medio de historia, un día a más de
doce millones de años de tiempo geológico y un mes equivaldría a trescientos
ochenta millones de años.
En estas comparaciones, Jesucristo habría nacido catorce segundos antes
del fin de año. El descubrimiento de América por parte de Cristóbal Colón
ocurriría solo tres segundos antes de la medianoche. Durante el medio segundo
final, justo cuando estamos esperando la última campanada del reloj, la
humanidad desarrolló el armamento nuclear. Lo que, como hemos visto, marcaría
el comienzo del último episodio geológico definido: el Antropoceno.
El final de cada año suele ser un buen momento para mirar hacia atrás y
hacer un repaso de los acontecimientos que se han producido. Así, si hacemos
coincidir la formación del planeta con el día 1 de enero, tendríamos una Tierra
sacudida por varios fenómenos catastróficos durante los primeros meses: el
impacto de meteoritos gigantes y la formación de la Luna, el hundimiento de los
materiales metálicos hacia el interior y la consecuente creación del núcleo, y
una intensa actividad volcánica que originó la atmósfera primitiva fueron
algunos de los acontecimientos más destacados.
No obstante, para principios del mes de marzo ya habría una corteza
sólida y relativamente fría, lo que se corresponde con la edad de las rocas más
antiguas conocidas. También se habrían formado océanos y una atmósfera densa y
rica en CO2. En ese hostil contexto marino aparecieron los primeros seres
vivos. Los organismos pioneros fueron las bacterias, las cuales desarrollaron
los procesos metabólicos mediante los que funciona toda la biosfera. Algunas de
estas reacciones bioquímicas, como la fotosíntesis, tuvieron repercusión en la
atmósfera, que se llenó de oxígeno.
Así a mediados de julio surgirían los primeros eucariotas a partir de la
unión simbiótica de varias bacterias que pasarían a ser los orgánulos celulares
de otra mayor. Poco después la dinámica litosférica comenzaría a ser similar a
la que observamos hoy. El desplazamiento horizontal de las placas formadas las
habría llevado a chocar unas contra otras hasta dar lugar a orogenias como la
transamazónica. Mientras esto sucedería a principios de agosto, el clima
viviría uno de sus mayores enfriamientos durante la glaciación huroniana.
En las primeras semanas de noviembre, el planeta volvería a cubrirse de
hielos y se convierte en una gran bola blanca. Los continentes volverían a
chocar y dan lugar a la formación de la gigantesca Gondwana. A mediados de mes
se produciría la mayor explosión de biodiversidad y da comienzo el eón
Fanerozoico.
La incesante actividad tectónica y el proceso evolutivo de la vida
continuaría su curso y a principios de diciembre la superficie del planeta
estaría cubierta de extensos bosques de grandes árboles del Carbonífero. Solo
unos días más tarde quedaría formada Pangea, un nuevo supercontinente en el que
se agrupaban las tierras emergidas. El 11 de diciembre sería un día de luto
para el planeta. La gran extinción del Pérmico acabaría ese día con casi toda
la fauna a la vez que Pangea se fragmentaba y el clima se iba tornando propicio
para el desarrollo de gigantescos reptiles.
El día de Navidad coincidiría con un mundo cálido, lleno de los
espectaculares dinosaurios del Cretácico y de bosques poblados por las
recientemente aparecidas angiospermas. Pero un día después, un enorme meteorito
daría un nuevo giro a la historia evolutiva del planeta, el cual acabaría con
el reinado de estos animales. El 28 de diciembre, algunos vertebrados que más
tarde darían lugar a los cetáceos comienzan a vivir en el agua. Y el día 30
comenzaría la actual glaciación en el hemisferio sur. Durante el almuerzo del
31 de diciembre el Mediterráneo se secaría, en la merienda aparecen los
primeros homínidos y a la hora de la cena los primeros humanos.
Nos encontramos en plenos preparativos para el fin de este año
imaginario. Entre comidas familiares y fiestas de amigos llegamos a las 23:58,
momento en que tendría lugar el Wurm, la última edad de hielo. Nos acercamos al
gran momento de euforia, alegría, besos y abrazos, pero aún hay tiempo para
unas últimas reflexiones. El Homo sapiens llevaría apenas veinte minutos
paseando por el planeta, y cuando solo quedase medio minuto, la escritura
surgiría en Mesopotamia. En esos treinta segundos sucedería toda la historia de
las civilizaciones. Siglos de conquistas, reyes, guerras, hallazgos, muertes y
celebraciones que dan forma a la humanidad del presente. Apenas un suspiro en
la larguísima existencia de la Tierra.
Capítulo X
Geología regional
Contenido:
§ 85. Y después de Pangea, ¿qué?
§ 86. ¿Qué hacen las Canarias en medio del Atlántico?
§ 87. El Amazonas y el Titicaca, ¿cómo se formaron?
§ 88. De Maracaibo a Tierra del Fuego, ¿cómo se formaron los Andes?
§ 89. ¿Cómo se unieron las dos Américas?
§ 90. ¿Cuál es la historia del Caribe?
§ 91. Hienas y cocodrilos, ¿dónde está la sabana española?
§ 92. La bisagra de Pangea, ¿cómo quedó tras tanto movimiento?
§ 93. ¿De qué es testigo el Corcovado?
§ 94. Iberia sumergida, ¿cómo salió del agua?
§ 85. Y después de Pangea, ¿qué?
A finales del Paleozoico, la reunión de todas las tierras dio lugar a la
formación de Pangea, que dejó a su alrededor un enorme océano global conocido
como Panthalassa. Uno de los rasgos más llamativos de aquella geografía fue un
enorme golfo, ocupado por el mar Tetis, que separaba parcialmente el
supercontinente en dos mitades: Laurasia al norte y Gondwana al sur.
Pero apenas formada, Pangea comenzó a dar señales de inestabilidad. El
inmenso mosaico de continentes solo permaneció unido durante algunos millones
de años; en el Pérmico Superior empezó a resquebrajarse y dispersarse hasta
nuestros días. Este desmembramiento dejó desgarradoras fracturas que permanecen
grabadas en los actuales márgenes continentales.
No cabe duda de que realizar una reconstrucción política de Pangea es un
trabajo arriesgado. Algunos de los territorios que hoy forman los continentes
ni siquiera habían emergido. Pero esta genial idea nos permite acercarnos a la
asombrosa geografía descubierta por Wegener.
A finales del Triásico, Laurasia y Gondwana comenzaron a separarse. La
fractura permitió que las aguas del Tetis se propagaran hacia el interior del
continente y comenzó así la formación del Atlántico. Primero nació el Atlántico
Central, que ya durante el Jurásico había comenzado a tener corteza oceánica en
sus fondos. Después, la fractura se extendió hacia el sur y hacia el norte, lo
que hizo que el nuevo océano recorriera el planeta de polo a polo.
Esta fisura tuvo un papel protagonista en la historia de los vaivenes
continentales, ya que África y Sudamérica habían permanecido juntas formando el
núcleo de la gran Gondwana desde los tiempos precámbricos. A medida que las dos
Américas migraban hacia el oeste, Panthalassa reducía su extensión hasta
convertirse en el océano Pacífico y, mientras su fondo subducía bajo los
continentes, grandes cordilleras como las Rocosas y los Andes se levantaban de
forma progresiva.
En el Cretácico, Gondwana Oriental también se había hecho añicos para
dar forma al océano Índico. La Antártida, en su migración hacia el sur, se
independizó de Australia. La India, por su parte, derivó hacia el norte a toda
velocidad hasta incrustarse con Asia.
En el Terciario África también comenzó un movimiento hacia el norte
haciendo desaparecer al Tetis hasta convertirlo en pequeños mares aislados e
intrincados como el Mediterráneo. Durante esta deriva africana, diversas placas
fueron empujadas hasta que, como la India, acabaron incrustadas sucesivamente
contra Eurasia. El choque de estos microcontinentes como Arabia, Iberia o la
actual península italiana arrastraron y apilaron las enormes masas
sedimentarias del antiguo Tetis formando así multitud de orógenos como el
Himalaya, los montes Zagros, los Alpes o los Pirineos.
Estas interacciones entre los fragmentos en los que se disgregó Pangea
nos conducen a la geografía y al clima que nos ha tocado vivir. Se configuran
así dos grandes zonas de generación de montañas: una de colisión con
orientación este-oeste, desde la península ibérica hasta Indochina, y la otra
subductiva rodeando al Pacífico, desde Nueva Zelanda hasta Tierra del Fuego. La
influencia de los geólogos europeos en el nacimiento de esta ciencia condujo a
que tradicionalmente se haya englobado a estos relieves como orogenia alpina,
un concepto que permite simplificar la realidad pero que está lleno de matices
cuando profundizamos en el estudio de cada región.
§ 86. ¿Qué hacen las canarias en medio del atlántico?
El 1 de septiembre de 1730, entre las nueve y las diez de la noche, se abrió de
pronto la tierra a dos leguas de Yaiza, cerca de Timanfaya. Desde la primera
noche se formó una montaña de considerable altura de la que salieron llamas que
estuvieron ardiendo durante diecinueve días seguidos. […].
Así inicia el párroco de Yaiza su detallada descripción sobre la más
reciente erupción acaecida en la isla de Lanzarote. Esta isla pertenece al
archipiélago de Canarias, que a su vez forma parte, junto a otros como Azores y
Cabo Verde, de la región de la Macaronesia en el Atántico Oriental. Las
Canarias se asientan fundamentalmente sobre corteza oceánica, pero también
sobre corteza de transición por su proximidad al continente africano. Este
contexto hizo pensar a algunos científicos, entre los que se encontraba el
propio Wegener, que la formación de estas islas estuvo vinculada al
desprendimiento de trozos continentales durante la apertura del océano. Sin
embargo, estas ideas quedaron muy pronto obsoletas, ya que se comprobó que el
origen de estas islas estaba ligado a la acumulación de materiales volcánicos
sobre el fondo oceánico.
Como sabemos, la mayor parte del magma que se forma en el planeta y
asciende a través de la litosfera se produce en los límites de placas. Sin
embargo, la actividad magmática asociada a las regiones de intraplaca, como
Canarias, ha continuado siendo objeto de grandes controversias geológicas tras
la aceptación de la tectónica global. En este sentido, varias investigaciones
de las últimas décadas han tratado de relacionar el origen de Canarias con la
cordillera del Atlas, en Marruecos. Los autores han considerado la existencia
de una gran fractura litosférica que se prolongaría en el océano desde el norte
de África y permitiría el ascenso del magma.
Aunque este modelo asociado a grandes zonas de debilidad litosférica
como desencadenante del magmatismo se acepta para las vecinas Azores, otros
científicos apuntan a la existencia de una anomalía térmica en el manto como
precursora de la actividad volcánica.
Es bien conocido que los procesos de disipación del calor terrestre dan
lugar al ascenso de los materiales situados en las regiones más calientes de la
base del manto. Este flujo denominado pluma térmica es capaz de socavar y
atravesar la litosfera por sí mismo hasta alcanzar la superficie en forma de
punto caliente.
En cierto sentido, cada una de las islas Canarias es una copia de la
anterior. Las siete islas se encuentran en diferentes fases de evolución
geológica. Al fondo de la imagen el Teide en plena actividad; en primer
término, el Roque Nublo, testigo de los acontecimientos ocurridos hace millones
de años.
Aunque el foco de estas anomalías suele ocupar una posición constante
bajo la litosfera, la actividad volcánica se traslada de forma continua a lo
largo de la corteza, como consecuencia del desplazamiento gradual de la placa
en cuestión.
De esta manera se origina un rosario de islas cuyo alineamiento refleja
el desplazamiento de la placa. Esta teoría, que ha demostrado su validez para
otros archipiélagos de intraplaca como Hawái o Cabo Verde, ha tenido desde su
origen algunas dificultades para ser aplicada en Canarias, una de las
incongruencias fue la ocurrencia de aquella erupción de Timanfaya.
Dado que la placa africana se desplaza hacia el este, el supuesto punto
caliente canario debería de estar situado bajo las islas occidentales, y por
tanto solo en ellas podría haber actividad volcánica; pero aquella reciente
erupción descrita por el párroco de Yaiza había tenido lugar en el otro extremo
del archipiélago. Esta dispersión del vulcanismo activo en ambos extremos del
archipiélago se asemejaba mucho a la distribución de las Azores, en las que el
magma puede salir por cualquier punto de la fractura litosférica. Pero una
reciente erupción en la isla de El Hierro iba a aportar nuevas pistas acerca
del enigma.
Algunas de las rocas volcánicas arrojadas en 2001 por el nuevo volcán
incluían unos materiales subterráneos muy particulares. Se trataba de
sedimentos marinos que solo podían haberse depositado millones de años atrás.
En su ascenso a través de la corteza oceánica el magma tuvo que atravesar el
antiguo fondo oceánico sobre el que se asienta la isla arrastrando algunos de
los materiales que encontraba a su paso.
Aquellos sedimentos habían quedado sepultados bajo la isla en el momento
en que esta comenzó a construirse, de manera que la datación de los
microfósiles que contenían permitiría conocer el momento exacto en que el punto
caliente atravesaría la corteza oceánica sobre la que se asentaría El Hierro.
Un grupo de científicos comenzó a buscar y datar rocas similares por todo el
archipiélago y logró determinar así la edad precisa en que comenzó a nacer cada
una de las islas. De esa manera comprobaron que las islas son más jóvenes
conforme nos alejamos de la costa africana.
Esta sucesión de edades parecen evidenciar la existencia de un punto
caliente como el de Hawái bajo el archipiélago. Pero Canarias no es Hawái. A
diferencia de la corteza sobre la que se encuentra este último archipiélago, la
de Canarias es mucho más gruesa y lenta y hace que sea mucho más persistente el
vulcanismo. A pesar del maquillaje que le proporcionan las nuevas erupciones,
Lanzarote seguirá siendo la más anciana de las Canarias; unas islas que
consiguen aparentar menos edad con la ayuda de su particular punto caliente.
§ 87. El Amazonas y el Titicaca, ¿cómo se formaron?
Los puntos calientes son capaces de atravesar la delgada litosfera oceánica
para formar nuevas tierras en el océano, pero, cuando se desarrollan bajo un
continente, el efecto puede ser el contrario. Uno de los acontecimientos que
pudieron favorecer el inicio de la ruptura de Gondwana fue el surgimiento de
uno de ellos en el interior de Pangea.
El adelgazamiento de la litosfera continental dio lugar, lógicamente, a
la formación de nuevas cuencas en las zonas interiores del supercontinente que
con el tiempo terminaron siendo el enorme océano que hoy conocemos. Pero las
huellas de aquella etapa inicial permanecen hoy en ambos márgenes del
Atlántico. En el caso del margen sudamericano los depósitos se extienden por
más de diez mil kilómetros a lo largo de la costa. Entre muchos otros ejemplos
podemos mencionar las cuencas de Guayana-Surinam, Foz do Amazonas, Pernambuco y
Pelota.
Los materiales que se han depositado en la etapa de océano abierto se
superponen a otros de carácter continental. Los perfiles sísmicos de estas
zonas, una especie de radiografía a gran escala, nos indican la ubicación de
sedimentos marinos post-rift sobre depósitos evaporíticos correspondientes a un
estado transicional de circulación marina restringida. Las sales acumuladas
allí dan testimonio de que en aquella época el centro de Pangea se estaba
convirtiendo en una especie de mar Rojo.
En algunas de estas cuencas, como las de Brasil y Argentina, esos
ambientes anóxicos han quedado registrados en depósitos de arcilla con
abundante materia orgánica que constituyen una importante fuente de
hidrocarburos. Finalmente, por debajo aparecen los depósitos syn-rift, es
decir, los acumulados durante esa primera etapa de fracturación.
Sin embargo, las nuevas fracturas continentales no siempre se trazaron
de manera nítida y en ocasiones se propagaron por caminos que luego fueron
abandonados. Estos tramos de rift abortados, denominados aulacógenos, no
llegaron a generar un borde continental, pero podemos observarlos actualmente
en forma de grandes depresiones en el interior de los continentes.
Estas cuencas intracratónicas siguen activas en la actualidad, ya que
reciben sedimentos de los relieves colindantes. Tal es el caso de las enormes
cuencas hidrográficas de ríos como el Río de la Plata y el Amazonas, que
discurren por la denominada plataforma sudamericana antes de verter sus aguas
en el océano Atlántico.
La deriva de Sudamérica hacia el oeste como resultado de la apertura del
Atlántico generó nuevos márgenes continentales al norte y sur del continente,
como consecuencia de la interacción con la placa del Caribe y de Scotia
respectivamente. El desarrollo de nuevos límites transformantes en estas
regiones da lugar a la formación de cuencas de tipo pull-apart, que aún hoy
permanecen activas.
Mientras esto sucedía, en el margen occidental del continente los
procesos de subducción dieron lugar al desarrollo del arco volcánico andino.
Asociadas a esta enorme cordillera encontramos las llamadas cuencas de antearco
o cuencas frontales, ubicadas entre la fosa y el arco volcánico, cuyos
sedimentos provienen principalmente de dichos relieves. Algunos ejemplos son la
cuenca de Talara-Progreso, la de Lima y la de Mollendo.
Además, como consecuencia del peso de los Andes, se produjo una
subsidencia flexural de la litosfera que dará lugar al desarrollo de grandes
cuencas en paralelo a la cordillera desde Venezuela hasta Tierra del Fuego,
tales como la de Los Llanos-Barinas-Apure, Marañón-Ucayali-Acre, Madre de
Dios-Beni, Neuquén o Magallanes.
Dentro del conjunto de la codillera también se localizan áreas
subsidentes, morfológicamente deprimidas con respecto a las enormes montañas
que las rodean. Estas son conocidas como cuencas intramontañosas, y se
alimentan de los sedimentos procedentes de la erosión de los relieves
colindantes. El Altiplano, donde la actividad endorreica da lugar a la
formación de grandes lagos como el Titicaca y al salar de Uyumi, es uno de los
casos más significativos.
Hoy en día el punto caliente de Tristán da Cunha sigue muy activo en la
dorsal Mesoatlántica, bajo la isla del mismo nombre. Entre esta y las regiones
basálticas de ambos continentes, se extiende un rosario de montes submarinos
inactivos que evidencian la trayectoria divergente que tuvieron durante el
Mesozoico. Desde aquel momento en que Gondwana comenzó a fracturarse, se han
desarrollado en el continente sudamericano los diferentes dominios
tectónico-sedimentarios que hemos descrito.
§ 88. De Maracaibo a Tierra del Fuego, ¿cómo se formaron Los Andes?
La cordillera de los Andes es la alineación montañosa más larga del planeta.
Con elevaciones que rozan los siete mil metros de altitud, su pico más alto es
el Aconcagua. Desde su extremo norte, en la costa del Caribe venezolano hasta
su extremo sur en Tierra del Fuego, la cordillera se subdivide en tres
segmentos de sur a norte: los Andes meridionales (sur de Patagonia), los Andes
centrales (Perú, Bolivia, Chile y Argentina) y los denominados Andes
septentrionales (Venezuela, Colombia y Ecuador).
La cordillera aparece delimitada por dos bandas, una franja costera
ubicada al oeste y una franja subandina hacia el este. Sin embargo, en toda su
extensión no siempre está distribuida como una única alineación, sino que se
bifurca en diversos puntos o nudos. Generalmente estas ramas, que se separan y
vuelven a unir, son conocidas como Cordillera Occidental y Cordillera Oriental
y entre ellas puede aparecer una zona deprimida. Un claro ejemplo de estos
nudos podemos encontrarlo en los Andes septentrionales, donde observamos la
máxima ramificación en la región colombiana. Sin embargo, hacia el sur la
cordillera aparece unida en un solo brazo. En los Andes centrales, ambos
ramales tienen un desarrollo mayor que da lugar a un engrosamiento de la
cordillera, tanto en la horizontal como en la vertical. Además, entre ellos se
encierra el altiplano, con una topografía más o menos llana a una altitud de
casi cuatro mil metros.
Este tramo central, al tratarse del más activo en la actualidad, muestra
algunas de las características andinas en su máxima expresión. Una de estas
peculiaridades es la formación de la corteza continental más gruesa del mundo,
que alcanza setenta y cinco kilómetros de espesor bajo la meseta.
Generalmente, la rama occidental es más activa desde el punto de vista
sísmico y magmático que la oriental, ya que esta última se encuentra más
alejada de la subdución. Tampoco la actividad magmática está presente en toda
su longitud, sino que se distribuye en determinadas zonas volcánicas: una zona
norte, en la que destacan conocidos volcanes como el Nevado del Ruiz y el
Chimborazo; una central, donde podemos citar al Nevado Coropuna y Ojos del
Salado; así como una región discontinua ubicada al sur, cuyo vulcanismo se debe
a la subducción de la placa antártica.
Por el contrario, la actividad sísmica sí afecta a toda la cordillera.
Aunque por lo general la intensidad y frecuencia de los terremotos sufridos es
mayor en la franja costera, donde se encuentran importantes ciudades como
Guayaquil, Lima o Valparaíso, dado que los seísmos tienen un hipocentro menos
profundo en esta zona. En esas ciudades andinas próximas a la costa, la
población suele sentir varios terremotos al año, mientras que en ciudades
interiores como La Paz, que están ubicadas en la región subandina, suelen
percibir uno cada varios años.
Existen segmentos a lo largo de la cordillera que se caracterizan por
sufrir terremotos especialmente violentos y, en cambio, carecen de vulcanismo
activo.
Los Andes presentan una estructura lineal con orientación norte-sur. Su gran
longitud les permite cruzar todos los cinturones climáticos, desde las
proximidades de la Antártida hasta el Caribe. La abundancia de nieves que
muestran en la imagen los Andes del Sur se desvanece hacia el ecuador.
Es el caso de la región de Bucaramanga, en Colombia; el área que se
extiende desde Perú hasta Ecuador, entre al lago Titicaca y el golfo de
Guayaquil; y la región pampeana, que abarca la zona central de Chile y
Argentina.
Estas son conocidas como zonas de subducción horizontal, en las que el
escaso ángulo con el que desciende la placa da lugar a una gran zona de
contacto con la placa superior que, además de crear una fuerte fricción, impide
que se desencadenen los procesos de fusión asociados a mayores profundidades.
Estas peculiares características del margen activo se deben a la proximidad de
la dorsal y hacen que la litosfera que subduce sea relativamente caliente y,
por lo tanto, ligera.
Sin embargo, la subducción y la fosa oceánica asociada no se
desarrollaron inicialmente en el propio borde del continente, sino a una cierta
distancia de este. Como consecuencia, el arco volcánico originado durante ese
período dio lugar a un archipiélago separado de la costa por un conjunto de
cuencas internas, que formaban parte de una estructura en la que se combinaron
de forma compleja los procesos magmáticos y esfuerzos tectónicos, generalmente
de carácter compresivo. El dominante avance del continente hacia el oeste dio
lugar a un acercamiento progresivo del arco volcánico y al cierre de estas
cuencas, que hoy forman las mayores elevaciones del continente en forma de
sedimentos deformados, batolitos y volcanes.
Aunque esta cordillera comenzó a formarse mucho antes, los antiguos
Andes solo comenzaron a parecerse a los actuales a partir del período Terciario
y el levantamiento de este orógeno es considerado el proceso geológico más
importante de la era cenozoica.
§ 89. ¿Cómo se unieron las dos Américas?
La dorsal del Pacífico representa el límite occidental para las placas que
subducen bajo el continente americano. Esta se encontraba en el pasado mucho
más lejos del continente y hasta ella se extendía un enorme fragmento de
litosfera oceánica conocida como placa del Farallón. Actualmente, el avance del
fondo del Pacífico hacia la fosa la ha hecho desaparecer; solo perduran algunos
pequeños fragmentos aislados que conocemos como Nazca, Cocos y Juan de Fuca.
En el variado paisaje mexicano no faltan los enormes estratovolcanes.
Algunos como el Iztaccíhuatl y el Popocatépetl se levantan de forma majestuosa
en el centro del país, donde han alimentado mitos y leyendas y aún hoy siguen
activos.
Esto ha supuesto que la dorsal pacífica haya sido arrastrada también
hacia la subducción. Esta curiosa ubicación de la dorsal bajo el continente
parece ser la responsable del peculiar levantamiento de la provincia de Basin
and Range, que se extiende por el oeste norteamericano alcanzando las sierras y
llanuras del norte mexicano.
Además, el acople entre ambos tipos de límite ha dado lugar a
características muy particulares como la falla de San Andrés y el golfo de
California, una joven cuenca de expansión que ha independizado a la península
de Baja California del resto de México.
Otro de los inconfundibles rasgos de la silueta mexicana es la península
de Yucatán. La posición que esta ocupa actualmente también se debe a un proceso
de migración continental, ya que fue movilizada desde el norte, cerca del
estado de Texas, como consecuencia de la apertura del golfo de México.
En el interior del país llama la atención una gran franja que lo
atraviesa de este a oeste a la altura de Ciudad de México. Se trata de una
enorme región de vulcanismo activo conocida como la faja volcánica
transmexicana. En ella se incluyen algunos conos legendarios en la vulcanología
como el Colima, el Paricutín o el Popocatépetl. Esta provincia geológica está
constituida principalmente por diferentes tipos de rocas volcánicas acumuladas
durante las etapas sucesivas de vulcanismo desde inicios del Oligoceno hasta el
presente.
La subducción de la placa de Cocos en la fosa de Acapulco es la
responsable de esta actividad volcánica. Si continuamos el trazado de dicha
fosa hacia el sur, veremos cómo esta cambia de orientación y pasa a denominarse
fosa de Centroamérica. En esta región, la subducción se produce bajo la placa
del Caribe y da lugar al arco volcánico centroamericano, que ese extiende desde
México hasta Panamá. Este proceso comenzó a construir durante el Mioceno el
istmo centroamericano. Tiempo después, dicho puente entre las dos Américas
quedó completado; interrumpió totalmente la circulación entre el Atlántico y el
Pacífico, pero permitió el intercambio de la fauna terrestre de ambas regiones,
que habían permanecido aisladas desde la ruptura de Pangea.
En la actualidad la zona muestra un vulcanismo diverso que refleja las
variaciones regionales en los sedimentos que subducen y las heterogeneidades
del manto. Entre los numerosos volcanes centroamericanos que conforman dicha
cordillera podemos citar el Santa María, el San Salvador, el Cosigüina, el
Turrialba y el Barú.
Por último, existen en México dos cordilleras paralelas al Pacífico: la
Sierra Madre Occidental y la Sierra Madre Oriental. La primera está formada por
la superposición de diversos arcos volcánicos actualmente inactivos y la
segunda está compuesta fundamentalmente por rocas sedimentarias de origen
marino, que han sido deformadas y plegadas. Se trata de unos relieves
equiparables a los de los Andes pero que, a diferencia de estos, dejaron de ser
activos desde mediados del Cenozoico.
Cuando la placa del Farallón sea consumida definitivamente por los
procesos de subducción, la región de México y Centroamérica permanecerán como
testigos de su protagonismo en la construcción geológica del continente, y
seguirán sirviendo de enlace entre la historia geológica de América del Norte y
del Sur.
§ 90. ¿Cuál es la historia del Caribe?
Hace ciento sesenta y cinco millones de años, en las aguas jurásicas del
primitivo Caribe, una sinuosa bestia con mandíbulas enormes y dientes afilados
murió y se hundió en el fondo del mar…
En esa época el Caribe era una amplia extensión de aguas que comunicaba
al Atlántico con el Pacífico, poblada por plancton, invertebrados nadadores,
peces y una enorme diversidad de reptiles carnívoros que habían llegado desde
muy lejos siguiendo las corrientes marinas que fluían hacia allí. Unos millones
de años antes ese mar no existía, y fue entonces cuando Pangea comenzó a
fracturarse y a formar varios canales estrechos que de cierta manera pueden ser
considerados los precursores del Caribe.
Hacia la segunda mitad del Jurásico algunos de aquellos canales que
colindaban con las costas de Laurasia Occidental (América del Norte) y Gondwana
Occidental (América del Sur) se ensancharon hasta formar el Atlántico, el golfo
de México y el Caribe primitivo, por el que nadó nuestra bestia. Al principio
este era un paso oceánico relativamente estrecho, de pocos kilómetros y con
fondos arenosos poco profundos, algunos de los cuales luego se convirtieron en
extensas plataformas donde se acumulaban limos y arenas calcáreas.
Inicialmente las llanuras costeras también eran arenosas, a consecuencia
de la acumulación de materiales acarreados por los ríos continentales, pero con
el paso del tiempo estas se fueron transformando en pantanos ricos en humus. En
aquellos litorales dominados por ambientes deltaicos y humedales comenzó a
proliferar una rica vegetación costera.
Gran parte de los territorios emergidos de Cuba están formados por calizas.
Estos sedimentos han aflorado como consecuencia de la interacción entre la
placa del Caribe y la norteamericana.
El adelgazamiento de la corteza continental debido al proceso de
fragmentación produjo una tendencia al hundimiento cortical, que facilitó la
acumulación de amplios espesores de sedimento. Debido al carácter relativamente
cerrado de la cuenca, estos retuvieron una gran cantidad de materia orgánica,
que hoy constituye importantes yacimientos de petróleo y gas en la zona.
Al inicio del Cretácico comenzó a producirse un cambio en la geografía
del Caribe. El mar alcanzó su máxima anchura y surgieron islas volcánicas y
montes submarinos que complicaron el relieve. La extensión de dichas
estructuras comenzó a interrumpir la hasta entonces libre circulación de las
aguas oceánicas. El clima relativamente cálido de aquellos tiempos favoreció el
desarrollo de plataformas calcáreas donde abundaba la vida marina, al mismo
tiempo que en los fondos más profundos se acumulaban sedimentos arcillosos
ricos en plancton.
En el entono de los edificios volcánicos se dieron las condiciones
idóneas para el desarrollo de ricas comunidades de moluscos, corales,
equinodermos o foraminíferos, las cuales se vieron afectadas por eventuales
erupciones volcánicas que contaminaron las aguas con sus productos. La
actividad intermitente de estos primeros volcanes antillanos permitía una
rápida recuperación de los ecosistemas afectados. Pero no parece que sucediera
lo mismo durante la catástrofe que puso fin al Cretácico.
El impacto de aquel un enorme meteorito en Chicxulub, en la actual
Yucatán, produjo deslizamientos y derrumbes costeros de enormes proporciones y
la acción de varios tsunamis en breve tiempo, que diezmaron las comunidades
marinas y costeras que habitaban el Caribe y su entorno.
A principios del Paleógeno la vida comenzó a parecerse bastante a la
actual, pero la distribución de tierras y mares aún era bien distinta. La placa
del Caribe terminó por insertarse entre las dos Américas, lo que condujo al
choque frontal de esta placa contra la corteza de las Bahamas, perteneciente a
la placa de Norteamérica. Esta colisión produjo intensas deformaciones en las
cuencas marinas, y se constituyó así el basamento de las mayores islas como es
el caso de Cuba.
La configuración geográfica del Caribe continuó transformándose con el
transcurso del tiempo y la actividad volcánica daría lugar a las Antillas
Menores y a América Central, limitando cada vez más la circulación con los
océanos. Durante el Mioceno los arrecifes de corales alcanzaron su mayor grado
de desarrollo, y la comunicación con el Pacífico quedó completamente cerrada.
Fue a partir de entonces cuando la geografía del Caribe empezó a asemejarse
mucho a la actual y las comunidades marinas se hicieron más cercanas a las
atlánticas.
Pero la evolución del Caribe no se detiene. Los cambios ambientales y la
deriva de los continentes continuarán modificando su aspecto. Mientras tanto,
los geólogos que trabajan en la región continúan desentrañando los secretos de
su historia y desenterrando las bestias fósiles que aún perduran en sus
estratos.
§ 91. Hienas y cocodrilos, ¿dónde está la sabana española?
Las sabanas son aquellos áridos parajes con arbustos o árboles aislados que se
dan en diversos continentes. En África, es el hogar de carismáticos animales:
desde fieros carnívoros como las hienas y el mal llamado rey de la selva, hasta
numerosos herbívoros como las cebras, los elefantes y las jirafas. Todos ellos
en una lucha continua por la supervivencia.
Pero para intentar encontrar este particular ecosistema en territorios
ibéricos, debemos comenzar nuestra búsqueda en las cuencas de los grandes ríos
peninsulares. Mientras el Ebro y el Guadalquivir fluyen en paralelo a las
enormes cordilleras pirenaica y bética, el Duero y el Tajo lo hacen a través de
la gran meseta central. Las cuencas de drenaje de estos dos últimos quedan
limitadas por un relieve conocido como Sistema Central. Este sirve de línea
divisoria entre ambas, puesto que las aguas de la vertiente norte alimentan al
Duero y las del sur al Tajo.
A su vez, estas cuencas castellanas tienen su divisoria oriental en la
denominada cordillera ibérica (no confundir con macizo ibérico), que las separa
de la cuenca del Ebro y sirve de límite meridional de esta última. En conjunto,
estas tres cuencas tienen una historia muy similar.
Por lo general el curso medio de todos estos ríos presenta los rasgos
característicos de ese ambiente sedimentario y da lugar a un paisaje aterrazado
y sembrado de cerros testigo típicos de un cuaternario aluvial. No obstante, la
red hidrográfica ha producido una intensa erosión que ha dejado al descubierto
materiales más antiguos, cuyo estudio facilita la comprensión de la historia
sedimentaria de la cuenca y permite reconstruir la evolución de dichos
ambientes durante el Terciario. Los hallazgos de enormes espesores de depósitos
detríticos, abanicos aluviales abandonados, una gran abundancia de yeso, sales
y travertinos en los sedimentos han sido importantes fuentes de información
sobre el pasado de estas cuencas.
Desde el punto de vista geométrico, se ha encontrado que los materiales
más recientes se disponen en posición casi horizontal, mientras que los que se
ubican por debajo se muestran plegados y erosionados previamente. Por otra
parte, en todas estas cuencas se ha observado que uno o más de sus flancos
están limitados por fallas inversas o por mantos de corrimiento característicos
de la acción de esfuerzos compresivos.
Las cuatro cuencas además se asemejan en su clara asimetría en el
espesor de sedimentos. En todos los casos los depósitos suelen ser más potentes
en la zona cercana a los relieves debido a la subsidencia provocada por el peso
de estos y, si continuamos profundizando en el perfil estratigráfico, nos
encontramos con sedimentos marinos, correspondientes al Paleoceno y
concordantes con los materiales cretácicos que subyacen.
Los cinturones climáticos y sus biomas pueden ampliarse y encogerse. También
los continentes pueden atravesarlos en su desplazamiento por el planeta. Ahora
sabemos que los yacimientos fósiles pueden depararnos enormes sorpresas.
Estos rasgos que caracterizan al depósito sedimentario están
determinados por los distintos procesos que han tenido lugar durante el
transcurso del tiempo. Al finalizar el Paleozoico, a consecuencia de los
movimientos tectónicos que originaron a Pangea, se formó el macizo ibérico que
se ha mantenido emergido hasta el presente. Alrededor de este relieve
paleozoico se formaron las cuencas mesozoicas que posteriormente se elevaron en
forma de cordilleras durante la orogenia alpina y precisamente fue entre estos
relieves donde se formaron las cuencas que estamos describiendo.
A principios del Cenozoico, al mismo tiempo que la tectónica compresiva
iba plegando los depósitos anteriores y los iba convirtiendo en relieves, en
Iberia se fueron formando nuevas cuencas sedimentarias que quedaron rodeadas
por montañas cada vez más altas. Así, en el Terciario quedaron delimitadas las
cuatro cuencas principales que están hoy ocupadas por los grandes ríos. El
comienzo del relleno de estas cuencas coincidió con la formación de las
elevaciones, por lo que los depósitos más antiguos, principalmente los cercanos
a las montañas, se encuentran deformados y a menudo han sido cabalgados por el
propio orógeno.
A excepción de la del Guadalquivir, estas cuencas quedaron convertidas
en zonas endorreicas, donde los ríos se perdían en áreas pantanosas y lacustres
sin encontrar salida hacia el mar. Como consecuencia de las oscilaciones
climáticas, muchos de estos lagos se evaporaban durante las estaciones más
áridas, mientras que se llenaban de vegetación cuando la humedad era mayor.
Cuando disminuyó la compresión, la subsidencia en dichas cuencas se
atenuó y los sedimentos provenientes de los relieves circundantes continuaron
rellenándolas. A su vez, la glaciación iniciada en el Neógeno hizo descender el
nivel del mar, lo que reactivó la capacidad erosiva de los ríos periféricos que
drenaban a la costa. La erosión remontante fue rebajando los relieves que
aislaban a estas cuencas interiores hasta que, finalmente, fueron capturadas y
pasaron a drenar al mar. De esta manera, a finales del Mioceno, quedó
prácticamente constituida una red de drenaje similar a la actual.
Aunque nunca hayamos estado en la sabana africana, la mayoría de
nosotros podemos hacernos una idea del aspecto de estos ecosistemas gracias a
los grandes documentales televisivos que ambientan las siestas de muchos
españoles. Probablemente incluso hayamos estado cerca de su majestuosa fauna en
alguno de los numerosos zoológicos del país. Pero también es posible acercarnos
más a él de una forma real, en el mismo territorio ibérico.
Y es que en estas cuencas terciarias que hemos descrito, se han
encontrado yacimientos paleontológicos con restos de los antecesores de la
actual fauna de las sabanas. En el centro de la península, los especialistas
han podido comparar los restos fósiles de aquellas comunidades que vivieron muy
cerca de la actual Madrid hace catorce millones de años. Una época en la que en
esta zona del mundo predominaba un clima tropical muy árido, con una elevada
estacionalidad en las precipitaciones, y con el desarrollo de una sabana muy
similar a las actuales.
§ 92. La bisagra de Pangea, ¿cómo quedó tras tanto movimiento?
El territorio de la península ibérica no siempre fue, como ahora, una tierra
rodeada por mares en casi todo su contorno. Al contrario, en tiempos de Pangea
se encontraba rodeada de tierras continentales y en gran parte sumergida bajo
las aguas del mesozoico. Colindando con Iberia se encontraban las tierras de
África (Gondwana), Norteamérica (Laurentia) y Francia, mientras hacia el este
se extendía el Tetis en toda su inmensidad.
Aunque hoy España sigue unida a Francia, la situación en aquel entonces
era muy diferente. El mar Cantábrico no existía, de manera que la actual costa
norte peninsular estaba unida a la costa oeste de Francia, con Galicia situada
frente a Bretaña. Cuando el Atlántico comenzó a formarse, una rama de esta
fractura se abrió como un abanico entre ambas regiones, lo que dio lugar al
nacimiento del golfo de Vizcaya. Mientras tanto, por el sur la nueva falla de
Gibraltar separó Iberia del resto de Gondwana.
Empezó a individualizarse así la placa ibérica, situada entre placas
mayores y a merced de sus movimientos en un contexto de gran actividad
tectónica. Recordemos también que por aquel entonces el desplazamiento de
África hacia el norte acaba por cerrar el mar de Tetis empujando a placas
menores que dan lugar al levantamiento de los relieves alpinos.
Como consecuencia de esta compresión alpina algunas zonas de intraplaca
como la cordillera ibérica, el Sistema Central y la cordillera costero-catalana
sufrieron un engrosamiento de la litosfera y fueron levantadas por el empuje
isostático. Pero los mayores efectos tuvieron lugar, como suele ser habitual,
en los bordes de la placa.
Ese es el caso del extremo occidental del Tetis, que se cierra iniciando
el levantamiento de la cordillera pirenaica. Por aquel entonces un estrecho y
alargado surco oceánico separaba el norte de Iberia de Europa, y a medida que
continuaba el empuje, el fondo marino subducía de forma lenta y progresiva, lo
que hacía que la placa ibérica se aproximara de forma oblicua contra el sur de
Francia.
La orogenia alpina dio lugar al levantamiento de cordilleras como Sierra
Nevada. Durante millones de años algunas cuencas menores permanecieron entre
las islas que se levantaban. Sobre uno de los deltas que crecían con el aporte
de sedimentos procedentes de las nuevas montañas encontramos hoy el monumento
de la Alhambra.
El plegamiento de la cadena pirenaica, que afecta en gran medida a las
plataformas continentales, comenzó en el Cenozoico por el este y luego se
propagó hacia el oeste hasta alcanzar la cornisa cantábrica. El acortamiento
sufrido por la litosfera durante dicho proceso fue de más de ciento sesenta
kilómetros, y llegó a producir una subducción incipiente en el golfo de
Vizcaya, que terminó siendo abortada. Como resultado tenemos una enorme cadena
montañosa que recorre todo el norte peninsular, desde Cataluña hasta Galicia,
aunque con diferente evolución: mientras las profundas raíces litosféricas
desarrolladas bajo el Pirineo lo elevaron con rapidez a grandes cotas, la
cornisa cantábrica tuvo un levantamiento mucho más lento y menos intenso.
El último fragmento que se anexionó a Iberia es el conocido como Dominio
de Alborán. Este terreno estaba formado por una pequeña placa que durante todo
el Mesozoico había derivado sin rumbo fijo por el Tetis. Pero su situación
cambiaría al inicio del Cenozoico, cuando el empuje de África la llevó a
colisionar contra el sur de la placa ibérica. Emergieron de esa manera los
territorios que van desde Andalucía hasta las Baleares, mediante el
levantamiento de lo que se conoce como cordilleras béticas, formadas por el
apilamiento de materiales procedentes de las plataformas continentales y de la
propia placa de Alborán. Se construyeron así algunos de los mayores relieves de
la orogenia alpina como Sierra Nevada, la cordillera más alta de la península
ibérica.
Las cordilleras béticas y los Pirineos comparten unos rasgos y una
historia comunes con el resto de orógenos alpinos, ya que están compuestos por
un zócalo paleozoico, metamorfizado y deformado en orogenias anteriores, sobre
el que descansan los materiales depositados posteriormente. La compresión a la
que se han visto sometidos durante el Cenozoico ha dado lugar a diferentes
comportamientos. Por lo general aparece una cobertera mesozoica que se deforma
plásticamente sobre un zócalo que se fractura. Esta combinación de pliegues,
fallas inversas y cabalgamientos ha contribuido al levantamiento de estos
orógenos.
Durante la colisión de Alborán también estuvo implicado el norte de
Marruecos. Allí se formaron los relieves del rift, una cadena de montañas
equivalente a las béticas que recorre el norte de África. Ambos relieves
conforman el denominado Arco de Gibraltar, una estructura semicircular ubicada
en el límite occidental del Mediterráneo, que actualmente permite la conexión
con el océano mediante el estrecho del mismo nombre.
Esto sin embargo no siempre ha sido así. El Arco llegó a cerrarse por
completo en el pasado, y así sucedió durante la época del Messiniense. En aquel
momento el cierre del estrecho dejó completamente aislado al Mediterráneo, que
debido a la evaporación vio cómo descendían sus aguas de manera catastrófica
mientras se depositaban enormes cantidades de sal en el fondo de la actual
cuenca. A finales de esta edad, Gibraltar se abrió, lo que permitió que el
Atlántico lo inundara nuevamente mediante unas espectaculares cataratas, mil
veces más caudalosas que las que hoy podemos visitar en el Niágara.
El conocimiento del fondo del Mediterráneo ha permitido también desvelar
otro de los grandes episodios que han dado forma al levante español. Poco
tiempo después del plegamiento alpino, Europa empezó a resquebrajarse a lo
largo de una fractura que discurría desde la plataforma continental de Valencia
hacia el norte. Esta estructura distensiva alejó a Córcega, Cerdeña y Baleares
de la península ibérica y recibe el nombre de surco de Valencia. Su formación
originó episodios volcánicos en regiones como Olot y Cabo de Gata y sus
manifestaciones aún son evidentes en diversas emanaciones de aguas termales del
este peninsular.
Esta es, muy brevemente, la complicada historia de Iberia durante la
orogenia alpina. Una complejidad que se debe a su posición como intermediario
entre los dos grandes procesos que protagonizaron la era cenozoica. Podemos
afirmar que Iberia se comportó como una bisagra que articuló el cierre del
antiguo mar del Tetis a la vez que se abría el nuevo océano Atlántico.
§ 93. ¿De qué es testigo el Corcovado?
El Corcovado se alza majestuoso al tener a la hermosa ciudad de Río de Janeiro
a sus pies. Ha visto crecer frente a él la alegre y movida urbe, sin perder de
vista la inmensidad del océano Atlántico, mientras al otro lado se extiende la
gran plataforma sudamericana que llega hasta los Andes. Pero este relieve no
solo ha acompañado a los habitantes de esa maravillosa ciudad desde su
fundación, sino que ha sido testigo de una historia muchísimo más larga.
Recordemos que a finales del Paleozoico había quedado constituido el
supercontinente Pangea por la unión de Laurasia y Gondwana. Pero para
remontarnos a la consolidación del continente sudamericano, debemos retroceder
aún más atrás en el tiempo y trasladarnos hasta los finales del Proterozoico e
inicios del Paleozoico.
Uno de aquellos episodios de colisión, conocido como orogenia
transamazónica, dio como resultado uno de los mayores cratones del planeta, el
cratón amazónico. Este, aunque aflora en diversos países como Bolivia,
Colombia, Venezuela y las Guayanas, se extiende principalmente por el norte de
Brasil. Actualmente está ocupado por la cuenca del río Amazonas, de manera que
su exuberante vegetación dificulta el conocimiento de este viejo fragmento de
litosfera precámbrica.
«Corcovado parted the sky/and through the darkness/on us he shined/crucified
in stone/still his blood is my own/glory behold all my eyes have seen». Letra
de la canción Blessed to be a witness (Dichoso de ser testigo) de Ben Harper.
Aunque algunos de esos fragmentos se unieron a la plataforma
sudamericana durante el Paleozoico, como es el caso del macizo de Santa Marta
en Colombia, el terreno de Arequipa y la región pampeana, la mayor parte de
ella quedó constituida por los choques ocurridos durante la formación de
Gondwana en el Neoproterozoico.
Esta acreción produjo suturas que han permanecido como cinturones
plegados, metamorfizados y con abundante presencia de granitos, que rodean a
los cratones y constituyen las huellas de ese período de orogenia, conocido
como ciclo brasileño o panafricano, que dio lugar a la formación de Gondwana.
Como resultado de la posterior fractura de este supercontinente en lo
que hoy conocemos como América del Sur y África, actualmente podemos observar
cierta continuidad en la disposición de los cratones a ambos lados del océano.
Algunos como el de São Luís y el de São Francisco, ubicados en la costa
atlántica americana, son fragmentos separados de los grandes cratones
localizados al norte y centro de la costa atlántica de África. De igual manera,
uno de los grandes cratones africanos, ubicado al sur, estuvo en el pasado
situado frente al cratón del Río de la Plata, que se extiende por Argentina,
Uruguay y el sur de Brasil.
Una de las localidades tipo del ciclo orogénico brasileño es la de
Tocantis, en el estado de Mato Grosso, resultante de la colisión entre el
cratón amazónico y el de Alto Paraguay. Esta región brasileña está formada por
un grupo de cinturones orogénicos que han quedado como soldadura entre los
viejos cratones que se reunieron a finales del Proterozoico.
El propio Corcovado fue testigo de aquella inmensa unión. Este cerro que
se resiste a ser erosionado está constituido por gneises que se formaron en
aquel enlace entre cratones. Su origen, al igual que el vecino Pan de Azúcar,
está relacionado con la inyección de magmas en el sureste de Brasil,
concretamente en la provincia geológica de Mantiqueira; otro ejemplo de las
viejísimas suturas que se formaron a finales del Proterozoico, hace seiscientos
millones de años. Un tiempo más que suficiente para soñar con la construcción
geológica de Sudamérica.
§ 94. Iberia sumergida, ¿cómo salió del agua?
La unión de Laurasia con Gondwana a finales del Paleozoico dio lugar a la
formación de Pangea. En esta compleja colisión se vieron también implicados
otros fragmentos menores como el pequeño continente de Armórica. Esta
microplaca alargada y estrecha quedaría atrapada en el interior del continente.
Como resultado de este proceso, conocido como orogenia hercínica o
varisca, se elevó una gran cadena de montañas de más de tres mil kilómetros de
longitud. Posteriormente fue desmembrada durante la ruptura de Pangea, por lo
que actualmente podemos observar fragmentos menores desde el sur de la actual
Alemania hasta los montes Ouachita en la costa este de Norteamérica.
En la península ibérica afloró en el denominado macizo ibérico, que
ocupa la mitad occidental de la misma, desde Sierra Morena hasta el Cantábrico.
Los escaladores de la Pedriza logran ascender por las paredes graníticas
gracias a pequeños cristales de feldespato y cuarzo que sobresalen y les
permiten mantenerse en adherencia. Las siluetas redondeadas de estos paisajes
son típicas de las grandes intrusiones graníticas, que se fracturan con esa
geometría al ser exhumados por la erosión.
En él podemos identificar un eje principal con una orientación general
noroeste-sureste, que podríamos trazar entre Oporto y Toledo. Sin embargo,
llama la atención el brusco cambio de orientación observado en la región
cantábrica, lo que forma parte de un arco del orógeno conocido como rodilla
astúrica. La forma de esta estructura se debe a la extrema deformación
producida por el choque, lo que condujo a un aspecto zigzagueante en la
cordillera.
El macizo ibérico presenta las características propias de un orógeno de
colisión, con doble vergencia hacia el exterior del mismo. De esta manera,
conforme nos alejamos de su eje hacia el norte o hacia el sur, se observa una
disminución progresiva en la intensidad de diversas características como el
desarrollo de la foliación, el grado de metamorfismo y el volumen de magmas
emplazados. En cambio, la cobertera sedimentaria de estas zonas se ve afectada
por pliegues y cabalgamientos resultantes de esfuerzos compresivos.
En la parte norte del macizo se delimitan tres zonas. La zona cantábrica
es la más externa y en ella abundan más los cabalgamientos que los pliegues.
Después encontramos la zona asturoccidental leonesa, donde aumenta el grado de
metamorfismo y de intrusiones a medida que avanzamos hacia el interior. En ella
aparecen tanto cabalgamientos como pliegues, algunos de grandes dimensiones
(incluso mayores de cincuenta kilómetros) y en los que a veces aflora el zócalo
precámbrico (por ejemplo el de Narcea y Ollo de Sapo). Por último se dispone la
zona centroibérica, que ocupa la mayor extensión ya que abarca la mitad norte
Portugal, Galicia y la meseta Central. Además, esta se corresponde con la zona
axial de la cadena, por lo que presenta un metamorfismo generalizado, y llega a
alcanzar fusión por anatexia (migmatitas), y abundantes intrusiones graníticas
(extensos batolitos en sierra de Gredos y Guadarrama).
Más hacia el sur encontramos fragmentos de corteza oceánica que no llegó
a subducir y que han quedado atrapados en la superficie. Estas formaciones,
conocidas como ofiolitas, representan el límite con los terrenos alóctonos que
se incorporaron por el sur. Es el caso de la zona Ossa-Morena, que alberga
enormes antiformes y algunas intrusiones enormes como el batolito de Los
Pedroches. Pero también de la zona Sudportuguesa y la de Galicia
Tras-os-Montes.
El registro estratigráfico de este orógeno comenzó en el Cámbrico con
potentes secuencias de rocas detríticas. Del Ordovícico destaca una arenisca de
tonos claros, conocida como cuarcita armoricana. En el Devónico, el orógeno se
impregnó de granitos y esta actividad magmática dio lugar a yacimientos
minerales como los de la faja pirítica, explotada desde la antigüedad en minas
como las de Río Tinto. En el Carbonífero se desarrollaron extensas zonas
deltaicas, que propiciaron el desarrollo de yacimientos de carbón, mientras en
la plataforma se formaron las llamadas calizas de montaña que afloran de forma
majestuosa en los Picos de Europa.
En ese mismo período se produciría la colisión definitiva de Gondwana
contra Laurasia. El fin de la orogenia iba a levantar, de forma progresiva, los
materiales que se habían depositado durante gran parte del Paleozoico. Iberia,
que había permanecido sumergida durante millones de años, iba a emerger, y
perduraría hasta nuestros días como el mejor y más continuo afloramiento
varisco del planeta.
Capítulo XI
Planetología
Contenido:
§ 95. ¿Quiénes nos pusieron en movimiento?
§ 96. ¿Qué aprendimos de los gigantes?
§ 97. ¿Cuáles son los planetas del sistema solar?
§ 98. ¿Dónde están los marcianos?
§ 99. ¿También hay personas en otros planetas?
§ 10.0 ¿Dónde vamos a vivir?
§ 95. ¿Quiénes nos pusieron en movimiento?
Durante milenios se consideró imposible que la Tierra fuera redonda. Parecía
lógico pensar que, si así fuera, las aguas marinas se escurrirían hacia los
lados y caería hacia el abismo. Hoy en día existen algunos conspiranoicos que
siguen imaginando un mundo plano y rodeado por una enorme barrera de hielos
antárticos, pero, afortunadamente, muchos humanos han ido construyendo durante
siglos un razonamiento coherente con las observaciones que nos ha permitido
conocer el universo en que vivimos.
En cuanto nuestros antepasados dirigieron la mirada hacia el cielo
nocturno comenzaron a asociar grupos de estrellas con elementos de su cultura.
Los objetos, animales y personajes que imaginaban en la bóveda celeste
dependían de sus mitos, leyendas y del entorno en que vivían; así fue como
inventamos las diversas constelaciones.
Posteriormente, cuando los antiguos navegantes griegos empezaron a
realizar grandes travesías hacia los mares del sur, se percataron de que
algunas de estas constelaciones quedaban ocultas a sus espaldas, mientras
nuevas estrellas aparecían por el lado opuesto del horizonte. A esta evidencia
de la curvatura terrestre se sumaron otras que terminaron por dar crédito a la
idea de una Tierra esférica.
El largo tiempo de exposición de esta fotografía nos permite observar el
trazado que realiza la bóveda celeste como consecuencia de la rotación de
nuestro planeta. Como si se tratara de un inmenso paraguas, los puntos más
alejados del centro describen un mayor desplazamiento, mientras que este,
ocupado por la Estrella Polar, permanece fijo.
Se observó que a medida que un navío se alejaba del puerto, su figura
iba desapareciendo de forma gradual (primero el casco y, por último, las velas
más altas), y los eclipses lunares, que permitían ver la sombra de nuestro
planeta proyectada sobre la Luna, no dejaron mayor margen para la duda.
No debió de ser fácil asumir que los términos arriba y abajo eran
relativos, pero una vez zanjada la cuestión sobre la forma de la Tierra, un
sabio de Alejandría llamando Eratóstenes se decidió a calcular su tamaño. De
entre los miles de manuscritos que había en la grandiosa biblioteca de su
ciudad encontró un dato que le pareció sorprendente. El autor de aquel
documento anotó que en el solsticio de verano, en la sureña ciudad de Siena, el
sol del mediodía podía verse reflejado en las profundas aguas de los pozos.
Este dato, que para muchos de nosotros habría pasado desapercibido, le
sirvió a Eratóstenes para saber que en ese día del año, los rayos del sol caían
perpendicularmente sobre ese punto del planeta. Él sabía que eso jamás podría
ocurrir en su ciudad, pero durante meses esperó la llegada del verano con
ansiedad para, una vez llegado el momento y con ayuda de un palo clavado en
posición vertical, medir el tamaño de su sombra al mediodía. Lógicamente, si
hubiera realizado aquel experimento en Siena el palo no habría proyectado
sombra sobre el suelo, pero en Alejandría le permitió medir la inclinación con
la que llegaban los rayos del lejano sol a su ciudad.
Sabiendo que aquella diferencia entre la inclinación de los rayos
solares solo podía deberse a la esfericidad del planeta y habiendo calculado la
distancia entre ambas ciudades obtuvo el gigantesco radio del planeta Tierra,
un valor muy cercano al aceptado hoy en día.
Otra de las cuestiones a la que muy pronto tuvo que enfrentarse la
astronomía fue la de situar al planeta en el cosmos. A priori, parecía evidente
que la Tierra estaría en el centro y en torno a ella debían de girar todos los
astros. Este modelo geocéntrico resultaba muy cómodo para la mente humana y
permitía explicar muchas de las observaciones realizadas. Sin embargo, a lo
largo de los siglos fueron apareciendo nuevos datos que iban a desbaratar su
sencillez inicial.
Entre todos los puntos luminosos del cielo estrellado, observaron que
algunos aparecían cada noche en un lugar diferente. Estos astros errantes, que
se desplazaban a través de las constelaciones, recibieron el nombre de algunos
dioses como Saturno, Júpiter, Mercurio, Venus y Marte. La Luna y el Sol también
iban variando su lugar en relación con la bóveda celeste por lo que, en
principio, esto no implicaba mayores problemas. Sin embargo, en determinadas
épocas, las denominadas errantes (a las que ahora llamamos planetas) frenaban
su desplazamiento y retrocedían durante unos días antes de retomar la
trayectoria que llevaban. Estos curiosísimos vaivenes en el cielo conocidos
como retrogradaciones obligaron a realizar nuevos ajustes y llenar de
enrevesados bucles los modelos que trataban de explicar la dinámica celeste.
Frente a estas complicaciones del modelo geocéntrico, algunos sabios,
como Aristarco y Copérnico, propusieron una estructura diametralmente opuesta.
Estos científicos imaginaron un modelo heliocéntrico en el que la Tierra sería
una errante más girando, como las otras, alrededor del Sol. De esta manera, las
aparentemente caprichosas retrogradaciones no serían más que el efecto óptico
producido por los adelantamientos de nuestro planeta en esta carrera espacial a
través del sistema solar.
Pero asumir que la Tierra cedía sus privilegios al Sol y, sobre todo,
que nos estábamos desplazando a enormes velocidades a través del cosmos sin que
lo percibiéramos se antojaba demasiado inverosímil en aquellos tiempos. De esta
manera el geocentrismo perduró durante siglos como el modelo dominante. Parecía
evidente que los acontecimientos que ocurrían en la Tierra eran muy diferentes
a los que se observaban en los cielos. Los astros, que se desplazan día tras
día a lo largo de los años, jamás caen sobre nosotros mientras que aquí en la
Tierra los objetos se precipitan de forma irremediable. El brillo de los astros
parecía ser una evidencia de su naturaleza perfecta, pura y eterna; las leyes
naturales que dominaban los cielos debían ser diferentes a las de este mundo en
que vivimos, terrenal y perecedero, que denominaron sublunar.
Pero esta percepción empezó a cambiar a principios del siglo XVII cuando
Galileo Galilei comenzó a desentrañar algunos detalles del cielo con su
telescopio. Al dirigir el reciente invento hacia la Luna observó que su
superficie no era lisa, sino que, contrariamente a lo que se pensaba, estaba
llena de imperfecciones como montañas y cráteres. Cuando estas observaciones
fueron divulgadas, Galileo recibió una enorme tempestad de críticas y
acusaciones, que se multiplicaron enormemente cuando después aseguró haber
visto nubes paseándose por la superficie del Sol.
Además de las imperfecciones lunares y las hoy conocidas como manchas
solares, Galileo demostró y documentó muchas otras observaciones que comenzaron
a socavar la dualidad entre un mundo celeste y un mundo terrenal. Si los
materiales que formaban nuestro planeta y los procesos que se desarrollaban en
él podían ser comparables a los que sucedían en los astros, ya no habría
razones para impedir que la Tierra fuera un planeta más, sin una posición
privilegiada ni leyes particulares. Sin embargo, muchos se negaron a aceptarlo
y quisieron creer que no se trataba más que de distorsiones ópticas propias de
aquellos primeros telescopios. Los descubrimientos de Galileo abrieron
definitivamente el camino a los grandes avances de la astronomía y a la moderna
visión que actualmente tenemos del cosmos.
§ 96. ¿Qué aprendimos de los gigantes?
Cuando los primeros telescopios se dirigieron hacia la bóveda celeste, un mundo
nuevo se abrió ante nuestros ojos. Mientras los puntos luminosos más alejados,
las verdaderas estrellas, permanecían como puntos sin aumentar su tamaño, los
planetas del sistema solar comenzaron a mostrar algunas siluetas y otros
detalles sorprendentes.
Saturno y Júpiter son dos de esos planetas que pueden identificarse con
facilidad en el cielo nocturno. Júpiter se muestra más brillante que cualquier
estrella y Saturno, aunque menos brillante, se desplaza muy lentamente por la
bóveda celeste de manera que, una vez identificado, es muy fácil seguirle la
pista día tras día.
A diferencia de otros planetas, que solo es posible ver durante el
crepúsculo, estos pueden aparecer en medio de la noche. Solo dejan de ser
visibles durante algunos días cuando pasan tras el Sol y jamás pasan entre él y
nosotros. Esto se debe a que describen órbitas más grandes que la del planeta
Tierra y por ello son conocidos como planetas exteriores.
Júpiter y Saturno son los mayores planetas del sistema solar, ocupan el
quinto y sexto lugar en cuanto a distancia respecto al Sol, tardan
respectivamente en torno a doce y treinta años de los nuestros en dar una
vuelta al astro rey y están cubiertos por una densa atmósfera con temperaturas
inferiores a los cien grados bajo cero.
Júpiter es el mayor de estos hermanos tan parecidos: dentro de él
cabrían más de mil planetas como la Tierra y su masa duplica la de todos los
planetas restantes juntos. Saturno, por su parte, está situado a casi el doble
de distancia del Sol y es el único planeta con una densidad total menor a la
del agua.
Como consecuencia de una rápida rotación, que les permite completar una
vuelta en apenas diez horas, ambos muestran un marcado achatamiento polar y un
sistema de corrientes paralelo al ecuador. Se trata de corrientes de chorro
girando alrededor del planeta que ponen de manifiesto una violenta dinámica
atmosférica. En este sentido destaca una gran mancha roja sobre Júpiter, en la
que cabrían más de tres planetas como la Tierra, que ha permanecido atrapada
desde que fue descubierta (¡hace más de tres siglos!) entre dos de estas
franjas. Por supuesto, y a diferencia de lo que sucede en la Tierra, esos
fortísimos vientos no son impulsados por la débil radiación que recibe del Sol,
sino por su calor interno que casi duplica al recibido desde nuestra estrella.
Por otro lado, y aunque solo es visible en el caso de Saturno, ambos
planetas poseen un sistema de anillos a su alrededor. Hoy sabemos que debieron
formarse como consecuencia de la desintegración de alguno de sus satélites
naturales ya que están constituidos por partículas de tamaño variable pero, por
supuesto, no siempre dispusimos de tan buenos datos como para interpretarlo
correctamente.
Cuando Galileo dirigió su viejo telescopio hacia Saturno, este no tenía
la resolución suficiente para observar sus anillos, de manera que imaginó que
se trataba de una gran protuberancia del planeta. Hoy en día, cualquier
telescopio nos permite deleitarnos con esta bellísima estructura y sentir las
mismas emociones que pudieron vivir aquellos pioneros de la ciencia moderna.
En estas observaciones, que cualquier aficionado puede realizar con su
telescopio, destacan algunos pequeños puntos luminosos que oscilan en torno a
los planetas. Júpiter presenta cuatro denominados Calisto, Ganimedes, Europa e
Io, y fueron descubiertos (¡cómo no!) por el señor Galileo, quien interpretó
correctamente que se trataba de satélites, como nuestra Luna, girando a su
alrededor.
El sistema de satélites de Júpiter, que consta de veintiocho lunas
descubiertas hasta ahora, se parece a un sistema solar en miniatura. Los dos
satélites galileanos mayores, Calisto y Ganimedes, sobrepasan el tamaño de
Mercurio, mientras que los dos más pequeños, Europa e Io, tienen
aproximadamente el tamaño de la Luna terrestre.
En las últimas décadas las sondas Voyager revelaron que cada uno de los
cuatro satélites galileanos es un mundo geológico único. Pero el
descubrimiento, hace casi tres siglos, de aquellos puntos luminosos oscilando
en torno a Júpiter permitió abrir definitivamente en camino hacia el
heliocentrismo.
§ 97. ¿Cuáles son los planetas del sistema solar?
Entre los muchos atractivos que podríamos disfrutar durante los bellos
amaneceres o atardeceres se encuentra el avistamiento de un brillante astro que
destaca en la luz crepuscular. Este enigmático punto tan luminoso, seguramente
testigo de numerosas escenas románticas, es el planeta Venus.
Al que por su aspecto llamativo ha recibido ese nombre, que proviene de
la diosa romana de la belleza y el amor, también se le conoce desde la
antigüedad como estrella de la mañana, lucero del alba o vespertino, en función
del momento del día en el que fuera visto. Su intenso brillo, solo comparable
al de la Luna, se debe al efecto de sus abundantes nubes que reflejan casi un
80 % de la luz solar.
Pero seguramente no tendía un nombre tan bonito si los que lo eligieron
hubieran sabido que estas nubes son de ácido sulfúrico (H2SO4)
y que la alta concentración de CO2 (96 %) bajo ellas crea un
efecto invernadero tal que eleva la temperatura hasta los 500 °C, en una
atmósfera que es casi cien veces más densa que la nuestra.
En este planeta aún opera la convección mantélica que produce masivas
erupciones volcánicas, y aunque no tienen lugar mecanismos de tectónica de
placas, la superficie está dominada por dos mesetas principales a modo de
continentes, que se elevan sobre una vasta llanura volcánica comparable con
nuestra corteza oceánica. Llama la atención también la escasez de cráteres de
impacto, lo que puede deberse a la acción conjunta de la densa atmósfera que
hace que muchos cuerpos se desintegren antes de llegar a la superficie y a esos
procesos volcánicos que la regeneran.
Salvo por su infernal atmósfera, es el planeta más parecido a la Tierra
en tamaño, densidad, masa, gravedad y localización, por lo que se le conoce
como el planeta hermano, aunque su forma de moverse es muy particular: rota en
el sentido contrario al resto de planetas. ¡El Sol sale por el oeste!, y tan
lentamente que… ¡su día es más largo que su año!
Venus también gira en torno al Sol y como consecuencia de nuestra posición
en el sistema solar, podemos observar en él diferentes fases de iluminación
como en el caso de la Luna. Galileo también descubrió esto y fue la prueba
directa de que los planetas giran en torno al Sol.
Aunque asociemos a Venus con la salida y la puesta del Sol, este no es
el planeta más cercano a la estrella. Esta posición la ocupa Mercurio, que
aunque brilla menos, tiene un tono amarillento muy peculiar. Para hacernos una
idea de su ubicación, debemos saber que la luz del Sol tarda ocho minutos en
viajar hasta nosotros mientras que a Mercurio llega en tan solo tres minutos.
La razón por la que este planeta no ha caído sobre la estrella, atrapado
por su enorme gravedad, es que se desplaza a una gran velocidad, lo cual,
combinado con la pequeña longitud de su órbita, le permite dar más de cuatro
vueltas al Sol en lo que nosotros hemos dado una. Debido a esto los astrónomos
romanos decidieron bautizarlo con el nombre de veloz mensajero de los dioses.
En los años setenta, fue visitado por la sonda Mariner, gracias a la
cual hemos conocido algunas de sus características. Además de su tamaño, se ha
visto que comparte otras características con nuestra Luna, como la ausencia de
atmósfera y de tectónica de placas, lo que trae como consecuencia que su
superficie esté llena de cráteres de impacto que no pueden ser borrados y que
el cielo sea siempre negro aunque el enorme Sol ilumine desde tan cerca.
Un rasgo que destaca entre las huellas de impacto observadas es la
cuenca Caloris, que debió de ser formada por un choque de tal magnitud que
produjo un terreno con fracturación extrema en las antípodas. También se conoce
que recibe seis veces más calor que la Tierra, lo cual condiciona, junto a la
casi ausencia de atmósfera, un gran intervalo entre las temperaturas diurnas y
nocturnas.
Tanto Venus como Mercurio giran en torno al Sol en orbitas más cercanas
que la de la Tierra, lo que explica que siempre los veamos cerca del astro rey,
a la salida o la puesta de este y nunca a medianoche. Además, aunque pueda
sorprendernos, estos planetas son considerados como parecidos al nuestro, por
lo que son conocidos, junto a Marte, como planetas terrestres.
En realidad, las características principales que debe tener un planeta
para pertenecer a dicho grupo son las de estar formado mayoritariamente por
rocas y metales, tener un tamaño parecido al de la Tierra o al de nuestra Luna,
pocos o ningún satélite, y no andar demasiado lejos del Sol.
En contraposición tenemos a los planetas jovianos, con unas
características similares, como su nombre indica, a las de Júpiter; a saber:
están formados mayoritariamente por gases, tienen un tamaño gigante, muchos
satélites, y se mueven por las afueras del sistema solar. Los restantes
planetas jovianos son Saturno, Urano y Neptuno.
Hasta aquí hemos mencionado a los ocho planetas que se enseñan en los
colegios hoy en día. Pero probablemente, si tenemos cierta edad, estaremos
echando de menos a un noveno planeta, el denominado Plutón. Para encontrar la
razón por la que tuvimos que aprender un nombre más en ese listado tendremos
que trasladarnos al año 2006, cuando un grupo de expertos de la Unión
Astronómica Internacional se reunió en Praga para dar respuesta a esta
pregunta: ¿qué es un planeta?
Según cuentan las malas lenguas, de allí nadie salió contento. Algunos
fueron con la intención de incluir en el grupo a algunos astros que parecían
planetas y se desplazaban como tal alrededor del Sol. Sin embargo, después de
largas discusiones, quedó establecido que un planeta es un cuerpo celeste que
cumpla lo siguiente: orbita alrededor del Sol, su masa es suficiente para que
su propia gravedad impida formas demasiado irregulares y, por tanto, tenga una
configuración prácticamente redonda, así como que haya limpiado la vecindad de
su órbita de fragmentos menores.
Estas restrictivas condiciones no solo impidieron que el club se
ampliara, sino que, dado que Plutón no cumple la última de las condiciones,
este pasó a clasificarse como planeta enano. Así el selecto grupo de planetas
del sistema solar quedó desde entonces compuesto, tan solo, por los siguientes
planetas: Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno y Urano.
§ 98. ¿Dónde están los marcianos?
El estudio detallado de Marte comenzó en 1877 cuando el italiano Giovanni
Schiaparelli dibujó un mapa de su superficie y registró en sus dibujos algunos
detalles y unas líneas rectas que lo atravesaban. A la gente le costó poco
imaginar mares, canales artificiales y otras construcciones, de manera que muy
pronto comenzaron las especulaciones sobre una civilización extraterrestre,
capaz de levantar una red de canales para irrigar el planeta.
Marte es el único planeta cuya superficie podemos observar con un
telescopio, el resto están demasiado cerca de la intensa luz solar o cubiertos
por densas atmósferas. La suya está compuesta principalmente por CO2 y,
pese a su levedad (cien veces más tenue que la nuestra), en ella se producen
tormentas de arena a escala planetaria que persisten durante semanas.
Estas grandes tormentas se muestran, a través del telescopio, como
grandes manchas en su superficie. Destacan también sus blancos y brillantes
casquetes polares, que aumentan de tamaño durante el invierno. Gracias a los
datos procedentes de las sondas enviadas, se ha confirmado que están formados
por agua congelada y que en estas zonas se alcanzan temperaturas inferiores a
los cien grados bajo cero.
El planeta rojo fue el primero en recibir la visita de un satélite
artificial; en los años sesenta, los seres humanos pusimos la Mariner 9
orbitando en torno a él. Esta sonda descubrió la existencia de dos pequeños
satélites de forma irregular, repletos de cráteres de impacto, girando en torno
al planeta. Se trata de asteroides diminutos de apenas veinticinco kilómetros
de diámetro que fueron atrapados por la gravedad.
Cuando Mariner se posó sobre Marte, el fuerte viento reinante en esos
días puso en suspensión grandes cantidades de regolito, el detritus rojizo
formado por óxidos de hierro y arcillas meteorizadas que cubre la superficie
del planeta. En cuanto la tormenta amainó, las imágenes revelaron la presencia
de volcanes rodeados de llanuras en las que se distinguen largas coladas
procedentes de estos inmensos edificios.
El más alto de ellos es conocido como monte Olimpo, y con veinticinco
kilómetros desde su base parece ser el resultado de la actividad de un punto
caliente en ausencia de deriva litosférica. Pero, a pesar de la abundancia de
regiones volcánicas, Marte ha dejado de ser un planeta geológicamente activo.
Las erupciones más recientes sucedieron hace más de mil millones de años, su
campo magnético es casi inexistente y en los sismogramas no se refleja ni el
más mínimo temblor.
Los marcianos nunca nos han visitado, ni lo harán. Pero en el supuesto caso
de que existieran marcianitos verdes habitando el planeta rojo, ellos sí que
hubieran avistado la llegada de varios «platillos volantes» enviados desde la
Tierra. En la imagen, uno de los humanos que más ha hecho por la ciencia en
este planeta que vivimos, Carl Sagan, con una réplica de la sonda Viking.
Los sismógrafos ubicados en el planeta rojo fueron depositados en los
años ochenta por otra sonda posterior. Estas visitas a Marte han permitido
descubrir el verdadero paisaje del planeta. Las imágenes, tomadas por estas y
otras misiones, han revelado un paisaje desértico con abundantes piedras, dunas
de arena, cráteres de impacto semienterrados y grandes canales de origen
natural, pero, para desconsuelo de muchos, ninguna evidencia de civilizaciones
extraterrestres. La mayoría de ellas son grandes fosas tectónicas, comparables
al rift africano, formadas por el hundimiento de la corteza marciana a lo largo
de inmensas fallas, pero otras presentan morfologías similares a las redes de
drenaje y huellas de flujo.
La atmósfera marciana actual solo contiene trazas de agua, pero, para
algunos geólogos planetarios, esta es la evidencia de una antigua atmósfera
cargada de humedad. Muchos no creen que en Marte haya operado un ciclo del agua
como el que conocemos en la Tierra, pero hoy podemos asegurar que la existencia
de hielo no se limita a los polos, ya que también se ha encontrado en el suelo
marciano.
La facilidad con la que se observa su superficie a través de un
telescopio ha hecho que este planeta sea especialmente atractivo tanto para
científicos como para aficionados. Desde aquellas primeras observaciones los
humanos no hemos dejado de crear historias protagonizadas por extraterrestres,
que han fascinado a niños y adultos. Sin embargo, hoy, al contrario que hace
unas décadas cuando una novela radiofónica provocó una explosión de pánico
colectivo en Estados Unidos, la sociedad parece estar convencida de que ningún
marcianito verde está planeando una guerra contra nuestro mundo. Quizás pronto
descubramos que estos existen, aunque sea con un aspecto muy diferente al que
hemos imaginado. Al fin y al cabo, si hemos descubierto bacterias en nuestros
glaciares… ¿por qué no en Marte?
§ 99. ¿También hay personas en otros planetas?
—La Dra. Arroway dedicará su precioso tiempo de observación a escuchar señales
de…
—Hombrecitos verdes.
A principios de los ochenta el cine de ciencia ficción con alienígenas
estaba pasando por su mejor momento con éxitos como Encuentros en la tercera
fase, E.T., el extraterrestre o Alien. En esos años, una productora solicitó al
astrónomo Carl Sagan que escribiera un guion verosímil sobre el tema y se puso
manos a la obra. Al científico le gustó tanto que pronto lo publicó en forma de
novela y alcanzó tanto éxito que, finalmente, se llevó a la gran pantalla.
El título de este trabajo fue Contact y su personaje protagonista, la
científica que escucha señales de hombrecitos verdes, fue interpretado por la
actriz Jodie Foster. La Doctora Arroway trabaja para S.E.T.I. (acrónimo de
Search for ExtraTerrestrial Intelligence), un conjunto de proyectos que existen
realmente y cuyo objetivo es la búsqueda de señales electromagnéticas
procedentes de civilizaciones que habiten en otros sistemas planetarios.
«Solo hay dos posibilidades: uno, que haya vida inteligente, pero tan
lejos que jamás entrarás en contacto con ella; y dos, que no haya nada más que
gases nobles y compuestos del carbono». Pese a la frecuente banalización (con
opiniones escépticas como estas del jefe de la Doctora Arroway, pero
especialmente por parte de conspiranoicos y supuestos avistadores de ovnis), la
búsqueda de extraterrestres se ha consolidado, en los últimos años, como una
nueva rama de la ciencia denominada astrobiología. Sin embargo, y a diferencia
del criterio de este personaje que pretende interrumpir las investigaciones de
nuestra protagonista, hay una tercera posibilidad, la que más interesa a la
esta ciencia: la existencia de vida microbiana.
De hecho, los avances en el conocimiento de la biosfera terrestre hacen
pensar a los astrobiólogos que esto sea lo más probable. En las últimas décadas
se han encontrado bacterias en los rincones más inhóspitos de la Tierra: desde
hirvientes aguas de chimeneas hidrotermales hasta helados glaciares, pasando
por afluentes con una extrema acidez. El descubrimiento de estos organismos,
conocidos como extremófilos, ha ensanchado enormemente el marco teórico de
condiciones en las que la vida puede existir.
El gran problema al que debe enfrentarse esta joven ciencia es definir
qué es la vida. Si recordamos que incluso aquí, en la Tierra, tenemos
dificultades para establecer el estatus de los archiconocidos virus, podemos
hacernos una idea de lo extremadamente complicado que puede llegar a ser
instaurar un límite universal entre lo vivo y lo no-vivo.
Otras dificultades podrían hacer que, aunque tuviésemos delante una
determinada forma de vida, esta nos pasara desapercibida. Sabemos, por ejemplo,
que un organismo vivo debe de ser capaz de reproducirse pero ¿y si su ciclo
reproductivo es tan lento que tarda millones de años en hacerlo? ¿Seríamos
capaces de detectarlo?
Los científicos esperan que si existen civilizaciones extraterrestres en
nuestro entorno cósmico, estas emitan señales electromagnéticas que puedan ser
detectadas desde la Tierra. Nosotros las emitimos y, aunque es difícil, no es
imposible que algún día las descubran y se pongan en contacto con nosotros.
En cualquier caso, la única manera de comenzar el trabajo es buscar
seres basados en los mismos principios, u otros muy similares, que los de
nuestra biosfera. De esta manera se han fijado una serie de condiciones que se
consideran indispensables para la vida tal y como la conocemos. Suponiendo que
en cualquier lugar la vida tendrá los mismos requerimientos, se ha establecido
que podrá encontrarse en lugares donde exista:
1. Un líquido en el que puedan tener lugar las reacciones bioquímicas y
que soporte un amplio rango de temperaturas sin evaporarse ni solidificarse.
Preferentemente agua, pero también podrían valer otros como el amoniaco y el
alcohol metílico.
2. Un elemento químico con facilidad para formar una variada gama de
compuestos orgánicos. Principalmente el carbono, pero el silicio también es un
candidato para determinadas condiciones.
3. Una fuente de energía que permita poner en marcha toda la maquinaria
metabólica. En la Tierra tenemos varios ejemplos, el más conocido es la
radiación solar, pero también podría valer la energía interna del planeta y la
energía química de determinadas reacciones.
Entre los más de cien planetas y lunas del sistema solar, Marte es el
que ha resultado más interesante para los astrobiólogos.
Parece evidente que en el pasado debió de parecerse mucho a la Tierra y,
si la vida pudo abrirse paso allí, la evolución podría haberle permitido
adaptarse a estos cambios progresivos para vivir en las condiciones actuales.
Sin embargo, las mejores perspectivas de encontrar agua líquida las
tenemos bajo la cubierta helada de Encédalo (en Saturno) y Europa (en Júpiter).
Cuando la sonda Cassini pasó por el entorno de Encédalo, detectó unas enormes
fisuras que expulsaban hielo con compuestos orgánicos, a modo de gigantescos
géiseres alzándose en el espacio. En Europa se observa una dinámica de la
cubierta helada que obliga a pensar en un océano líquido bajo ella. Son tales
las certezas de que esto es así, que algunos proyectos plantean enviar un
submarino con la esperanza de descubrir vida en estas aguas.
El último candidato del planeta solar es Titán, la mayor luna de
Saturno. Es el único con evidencias claras de presentar mares en su superficie,
solo que, a diferencia de la Tierra, están compuestos por metano a una
temperatura extremadamente baja.
Hay cuatrocientos millones de estrellas en nuestra galaxia. Si solo una
de cada millón tuviera planetas, y de esas, en una de cada millón hubiera vida,
y solo una por millón de esas tuviera vida inteligente, habría literalmente
millones de civilizaciones.
Seguramente nunca seremos capaces de contactar con ellas pero, tal y
como expresa Arroway, las probabilidades de que haya vida, aunque sea en sus
formas más simples, fuera del planeta, son enormes. Hasta los años noventa no
se tuvo la certeza de que existieran planetas girando en torno a otras
estrellas. Los primeros exoplanetas descubiertos eran gigantes, similares a
Júpiter, y se encontraban a miles de años luz de distancia. Aunque parecía
imposible que hubiera vida, ya que giraban en torno a una estrella muerta, el
anuncio conmocionó a la comunidad científica que, más tarde, comenzaría a
encontrar exoplanetas junto a estrellas similares a nuestro Sol.
Dada la imposibilidad de examinar directamente a los exoplanetas, la
estrategia de búsqueda consiste en observar las alteraciones que producen en
las estrellas a su alrededor. De esta manera, el gran reto era encontrar
planetas de menor tamaño, similar a la Tierra, que causaban una distorsión casi
imperceptible en las estrellas. En 2013, en torno a la estrella Kepler-62 se
descubrieron dos planetas de este tipo que se encontraban, además, en la zona
de habitabilidad, es decir, a una distancia adecuada respecto a la estrella
como para permitir la presencia de agua en estado líquido.
Estar en esta zona no implica que tengan agua ni mucho menos que tengan
vida, pero permite seguir avanzando en la búsqueda de vida extraterrestre. En
los siguientes meses y años se fueron descubriendo nuevos exoplanetas
potencialmente habitables, pero a distancias que seguían midiéndose en miles de
años luz. Hasta que en 2016 saltó a la prensa una nueva sorpresa: la existencia
de un sistema planetario llamado Trappist-1 que se encontraba a tan solo
cuarenta años luz. Sus tres planetas similares a la Tierra, girando dentro de
la zona habitable, causaron un gran impacto en la opinión pública.
La Doctora Arroway es un personaje ficticio que muestra unas inquietudes
y habilidades enormes para la investigación desde que era una niña, lo que se
refleja al inicio del largometraje cuando comienza a plantearse cuestiones
profundas acerca del universo:
—Oye, papá, ¿también hay personas en otros planetas?
—No lo sé, chispita. Pero sé que si solo estamos nosotros, ¡cuánto espacio
desaprovechado!
Una respuesta debatible pero, sin duda, bella e ingeniosa.
§ 100. ¿Dónde vamos a vivir?
Tenemos que salir de la Tierra:
El mundo se está volviendo demasiado pequeño para nosotros; los recursos
físicos se están explotando a un ritmo alarmante. Cuando hemos tenido crisis
similares en el pasado hemos colonizado nuevos territorios. Pero ya no hay
ningún Nuevo Mundo al que extendernos. Nos estamos quedando sin espacio. Ha
llegado la hora de explorar otros sistemas solares. Nos encontramos en el
umbral de una nueva era. La colonización humana de otros planetas ha dejado de
ser ciencia ficción. Ahora puede ser ciencia de hecho.
Estas palabras fueron pronunciadas por el eminente cosmólogo británico
Sthephen Hawking a principios del siglo XXI. No sabemos si se cumplirán sus
pronósticos. Quizás sea demasiado pesimista y el poder destructor de la
humanidad no nos lleve a una situación del estilo de la película Mad Max, o
quizás demasiado optimista y nuestro avance tecnológico jamás nos permita
escapar de este sistema planetario, como sí sucede en la saga de Star Wars.
Las grandes potencias económicas se han puesto de acuerdo para construir una
estación espacial internacional. Se encuentra orbitando el planeta a unos
cuatrocientos kilómetros de altura y desde su ventana pueden observarse de esta
manera las montañas nevadas.
En cualquier caso, nos encontramos al final de este libro y, para
celebrar que hemos llegado hasta aquí, vamos a añadir un poco de ficción a
estas últimas páginas. Por un momento, imaginemos que nos encontramos en el
futuro y que las predicciones de Hawking se han cumplido. Nuestra civilización
ha ido colonizando diversos planetas y cada vez que llegamos a uno nuevo, nos
instalamos, nos beneficiamos de sus recursos naturales, lo contaminamos y
comenzamos a buscar uno nuevo.
Imaginemos que nos encontramos en el año tropecientos, en el planeta
No-sé-qué-5 que gira en torno a la estrella No-sé-cuál-Ñ. Nuestra civilización
desconoce cuántos planetas hemos colonizado ya. Algunas leyendas hablan de
siete, otras de trece y, la palabra Tierra forma parte de las nuevas
mitologías.
El planeta No-sé-qué-5 se nos ha quedado pequeño y está demasiado sucio.
Las autoridades han consultado a los astrónomos y estos ya han elegido cuál
será nuestro próximo destino. Ahora se abre un proceso para elegir a los nuevos
colonos, pero antes se procederá al envío de una sonda de investigación a fin
de comprobar que es habitable.
Una vez ha salido del sistema planetario No-sé-cuál-Ñ, comienza su viaje
a través del espacio interestelar mientras envía los datos al centro de
control; de momento solo hay señales de un profundo vacío que contiene menos de
un átomo por litro. La sonda recorrerá años luz de distancia a través de este
medio, en el que solo detectará la débil radiación procedente de explosiones
estelares ocurridas en el pasado.
En la última etapa del largo viaje, la sonda comienza a experimentar una
leve aceleración gravitatoria. Nos estamos aproximando a la estrella, y el
centro de control se prepara para un tramo previsiblemente lleno de nuevas
observaciones.
Se comienzan a detectar copos y bolas de hielo (materiales volátiles
congelados como agua, dióxido de carbono, amonio y metano) que podrían ser
restos de la nebulosa de la que se formó todo el sistema. En algunos tramos la
concentración y el tamaño de estos cuerpos se hacen mayores, y alcanzan
diámetros de hasta cien kilómetros, por lo que son considerados planetas
enanos. Algunos de ellos pueden llegar a colisionar y salir despedidos en
órbitas curvas alrededor de la estrella. Desde hace tiempo nuestra sonda viene
detectando partículas (electrones y protones) expulsadas al espacio desde la
estrella, un viento estelar que se ha ido haciendo cada vez más intenso a
medida que nos acercamos a ella.
Una vez atravesada la región de asteroides, la sonda deja de registrar
la presencia de esos fragmentos y tras verificar que no se trata de un fallo
técnico, se confirma que la nave se ha adentrado en el entorno limpio de las
órbitas planetarias. Aunque este sea todavía un profundo vacío, es mucho más
denso que el espacio interestelar, y la concentración de átomos se incrementa
apreciablemente.
El viaje se está desarrollando tal y como se había previsto tiempo
atrás. Los estudios astronómicos habían permitido conocer la existencia de
planetas gigantes, de naturaleza gaseosa, en las órbitas más externas del
sistema. Ahora, el siguiente cometido es estudiar los planetas, previsiblemente
rocosos, que se sitúan en la denominada zona habitable. La sonda detecta tres
planetas que cumplen estas condiciones, y decide continuar su trayecto hacia el
que, a priori, parece tener más posibilidades de ser habitable. Desde la
distancia se observa que el planeta elegido está acompañado de un enorme
satélite que llega a ejercer una atracción gravitatoria evidente sobre él.
En su aproximación a tan curioso planeta, los instrumentos comienzan a
detectar un campo magnético que sirve de escudo frente a las partículas
emitidas por la cercana estrella. La sonda, con una instrumentación científica
preparada para soportar la intensidad de ese débil magnetismo, no se detiene y
a una distancia de seiscientos kilómetros de la superficie comienza a orbitar
en torno al planeta, mientras detecta la presencia de gases que permanecen
atrapados por la gravedad.
Para afrontar la última parte de la misión la sonda principal comienza a
lanzar otras de menor tamaño, una especie de drones que están provistos de
instrumentación específica para continuar con la investigación. A unos diez
kilómetros de altura la atmósfera es ya mucho más densa, se detecta la
presencia de vientos y la humedad se condensa en determinadas regiones en forma
de nubes. Por razones desconocidas algunos instrumentos están enviando sus
datos con dificultad. Por el momento no se sabe con detalle la composición
química del aire, pero se ha confirmado la presencia de gases de efecto
invernadero, una buena noticia que se ratifica definitivamente durante el
aterrizaje.
Tras varios días en la superficie, los datos de temperatura registrados
arrojan valores medios de en torno a quince grados. Además, el cálculo de la
inclinación del eje de rotación del planeta permite asegurar que las
oscilaciones entre una y otra estación no serán extremadamente elevadas.
La mayor parte de las rocas analizadas están formadas por silicatos,
minerales que contienen silicio (SiO2) ya sea solo o unido a otros
elementos como Fe, Ca, K, Na, etc. Por su parte, los estudios sismológicos
realizados han revelado que el interior del planeta no es homogéneo y que
algunas capas son capaces de fluir. Estos datos, además de explicar el origen
del particular campo magnético observado, hacen probable que se desarrolle una
dinámica de placas en la superficie.
En el transcurso de estas investigaciones, otros drones se han encargado
de recorrer la superficie para realizar un estudio cartográfico. Así se puede
corroborar la presencia de una enorme superficie oceánica que cubre el 70 % de
la superficie. Bajo esas aguas, a unos cinco kilómetros de profundidad, se
esconde el relieve más pronunciado del planeta, una enorme llanura limitada por
diversas estructuras lineales que se presentan en algunas zonas como profundas
fosas y en otras como largas cadenas de volcanes. Se confirma así la existencia
de una tectónica de placas, que permite explicar las elevadas cordilleras
observadas sobre tierra firme como suturas de antiguas colisiones entre
continentes.
Por fin comienzan a llegar los datos que se creían perdidos. Los
análisis de la composición atmosférica indican que dicha capa está formada
principalmente por nitrógeno, pero que también está presente el oxígeno. Esto
la convierte en respirable para los humanos, al mismo tiempo que sugiere el
desarrollo de actividad fotosintética. De repente la sonda deja de emitir. Al
revisar las últimas imágenes provenientes del lejano planeta, se observa como
una sombra se aproximó hacia al artefacto y, de pronto, un brusco golpe puso
fin a la emisión.
A pesar de este inesperado final, el centro de control celebra con
euforia los resultados. La información recibida ha permitido confirmar las
hipótesis más optimistas: el planeta tiene unas condiciones óptimas para ser
colonizado. Cuando la noticia se hace pública, muchos continúan pensando que
aquellas viejas ideas que ubicaban allí los orígenes de la civilización
interestelar no eran más que leyendas. No obstante, hay unanimidad en un
aspecto: este planeta tan especial sería conocido como la Nueva Tierra.
Bibliografía
A continuación le recomendamos una serie de lecturas que se han
utilizado como referencia y que le permitirán profundizar y complementar los
temas expuestos.
ANGUITA, Francisco .
Biografía de la Tierra. Historia de un planeta singular. Madrid: Santillana
Ediciones Generales, 2002.
Genial relato de geología escrito por uno de los más prolíficos y
mejores divulgadores de esta ciencia en nuestra lengua. Este libro está
estructurado como un viaje a través de la historia del planeta y tal como reza
su contracubierta se trata de «una crónica de las búsquedas, peleas, éxitos y
fracasos de quienes investigan la tierra entretejida con la descripción a veces
maravillosos, a veces prosaicos, que han descubierto».
Una obra muy recomendable para continuar profundizando en esta ciencia y
toda una fuente de inspiración y datos para quienes hemos escrito el presente
libro. Pueden encontrarlo en la web (legalmente y con algunos comentarios y
correcciones del autor) y en las bibliotecas.
CARRACEDO, Juan Carlos .
Geología de Canarias I. Origen, evolución, edad y volcanismo. Madrid: Editorial
Rueda, 2011.
Síntesis de la geología canaria realizada por uno de los investigadores
que mejor conocen esta región del planeta. Este firme defensor de la existencia
de un punto caliente bajo el archipiélago recopila datos de sus múltiples
trabajos y los ordena en cuatro partes sobre: la influencia de estas islas en
la historia de la geología, la particular geología de la región, la datación y
el vulcanismo activo.
Un libro imprescindible para conocer la geología del archipiélago tanto
para principiantes como para especialistas con abundante material gráfico que
permiten comprender mejor las ideas expuestas.
ENGLER, Almut .
«The Geology of South America». En: Geology. Encyclopedia of Life Support
Systems, vol. 4. Reino Unido: EOLSS Publishers/UNESCO, 2009.
Un artículo muy completo que recopila los principales rasgos de la
geología del continente sudamericano. La autora ordena los contenidos
atendiendo a la historia de la geología de los diferentes contextos geológicos,
desde las regiones cratónicas hasta las cuencas sedimentarias activas, pasando
por los orógenos neoproterozoicos, los materiales paleozoicos y, por supuesto,
los Andes. Incluye un completo glosario y una buena bibliografía para
profundizar en el tema.
Un texto de apenas treinta páginas, pero muy completo y con algunas
ilustraciones que nos permite adentrarnos en la geología del inmenso
continente. Está escrito en inglés y puede adquirirse en versión digital a
través de la web.
FERNÁNDEZ, Federico y GONZÁLEZ, Oswaldo . Iniciación a la Astronomía. Santa Cruz de Tenerife: Editorial
Afortunadas, 1999.
Un libro de texto con un enfoque muy práctico que nos permitirá
descubrir el maravilloso mundo que hay más allá de la atmósfera. Se trata de un
manual muy bien estructurado, que comienza con observaciones muy básicas de
nuestro cielo diurno y nocturno y termina con conceptos más complejos como los
tipos de estrellas y la teoría del Big Bang. Incluye actividades y apuntes
históricos muy interesantes, así como un glosario y otros anexos muy útiles.
Aunque está dirigido al alumnado de secundaria (y quizás precisamente
por eso), resulta muy válido para cualquier persona que desee iniciarse en la
maravillosa ciencia de la astronomía.
HALLAM, Anthony .
Grandes controversias geológicas. Barcelona: Editorial Labor, 1985.
Todo un clásico sobre divulgación de la historia de esta ciencia. El
autor hace un repaso muy bien documentado sobre cinco de los debates más
fascinantes que han acontecido en la geología: neptunistas frente a
plutonistas, uniformismo contra catastrofismo, las glaciaciones, el tiempo
geológico y la deriva continental.
Un libro bastante complejo, pero muy útil para consultar por aquellos
que se sientan fascinados por la epistemología y la historia de la ciencia.
Puede encontrarse en librerías y bibliotecas.
ITURRALDE-VINENT, Manuel .
Geología de Cuba para todos. La Habana: Instituto Cubano del Libro. Editorial
Científico Técnica y Sociedad Cubana de Geología, 2010.
Todo un ejemplo de divulgación científica. El reconocido autor de la
isla caribeña coordina esta obra que, además de introducirnos magistralmente en
la geología de Cuba y el Caribe, nos hace un repaso general del conocimiento
geológico.
Un texto relativamente sencillo de comprender y con muy buenas
ilustraciones.
KLEIN, Cornelis y HURLBUT, Cornelius S. JR. Manual de Mineralogía. Tomo I. Barcelona: Editorial Reverté, 1996.
Basado en la obra de J. Dana, ya lleva más de veinte ediciones en
inglés. Este manual se ha convertido en una referencia imprescindible para
descubrir el mundo de la cristalografía y la mineralogía. Comenzando por la
historia de la mineralogía y la definición de mineral y concluyendo con la
interpretación de diagramas de estabilidad, nos introduce de una manera
comprensible en las principales técnicas y conceptos de una ciencia que a
menudo se percibe como dura y hermética.
Un libro que debe ser leído por futuros geólogos, químicos y cualquiera
que precise conocimientos sobre la materia cristalina. Puede encontrarse en
librerías y bibliotecas.
—, Manual de Mineralogía. Tomo II. Basado en la obra de J. Dana.
Barcelona: Editorial Reverté, 1997.
Un catálogo muy ordenado y sistematizado sobre el complejo mundo de los
minerales. Además de incluir las principales características, usos y
curiosidades de los diversos grupos (desde los elementos nativos hasta los
silicatos), dedica algunas páginas a la petrología y la gemología. Sus
ilustraciones de enorme calidad permiten comprender conceptos de bastante
complejidad.
Un documento imprescindible para quienes estudian geología, y muy
interesante para ser consultado por otros especialistas. Puede encontrarse en
librerías y bibliotecas.
LOWRIE, William. Fundamentals
of Geophysics. Reino Unido: Cambridge University Press, 1997.
Un manual dirigido a estudiantes de Ciencias de la Tierra que trata los
fundamentos teóricos y las aplicaciones prácticas de las principales técnicas
de prospección geofísicas. Explica con exhaustividad el estudio de las
anomalías magnéticas, la geocronología, la geoelectricidad, el geomagnetismo y,
por supuesto, la sismología.
Aunque está escrito en inglés y profundiza bastante en los contenidos,
la introducción de cada apartado está al alcance de muchos lectores. Un libro
muy interesante para estudiantes de Geología, pero también para físicos que
deseen aplicar su conocimiento al fascinante estudio de nuestro planeta.
MARSHAK, Stephen .
Earth. Portrait of a Planet. Estados Unidos: Norton & Company, 2015.
Una visión muy completa sobre las Ciencias de la Tierra. Sin duda el
libro con mejores y más modernas ilustraciones. Con una redacción muy amena,
llena de curiosidades y originales enfoques. El único inconveniente es el tipo
de hojas y la débil cubierta de esta International Student Edition.
Si quiere profundizar un poco más en esta ciencia y domina el inglés, le
recomendamos que compre este libro. Puede adquirirlo por internet.
MELÉNDEZ, Ignacio .
Geología de España. Una historia de seiscientos millones de años. Madrid:
Editorial Rueda, 2004.
El mejor libro para comenzar a conocer la geología de la península
ibérica. Su autor, profesor de secundaria, nos acerca de forma sencilla y
amena, pero detallada, a la constitución geológica de Iberia desde dos puntos
de vista: la evolución cronológica y las diferentes regiones geológicas.
Incluye además un primer capítulo sobre conceptos básicos de geología y un mapa
geológico de todo el territorio.
Aunque algunas ideas pueden aparecer repetidas, se trata de un libro
genial. Imprescindible para quien vive o viaja por España y Portugal con
interés por descubrir el maravilloso entorno que le rodea de una forma muy
original.
National Geographic. Edición especial. El origen de la vida sobre la
Tierra. España: 2002.
Esta conocida y prestigiosa revista de divulgación ha incluido en muchos
de sus números diversos artículos relacionados con nuestra ciencia. En esta
edición especial se recopilan los mejores artículos sobre paleontología que
publicaron entre 1998 y 2001. A través de varios investigadores nos muestran
algunos de los hitos en el conocimiento de la evolución de la vida en la
Tierra, tales como el origen de la vida, la terrestrialización de los
vertebrados, la extinción del Pérmico, etcétera.
Estos artículos, como los restantes de contenido paleontológico que se
han publicado en esta revista, suelen ser de gran interés para adentrarnos en
el siempre fascinante mundo de la historia de la vida.
Enseñanza de las Ciencias de la Tierra. Revista de la Asociación
española para la enseñanza de las ciencias de la tierra. Madrid.
Esta revista, editada por la AEPECT desde 1992, incluye artículos sobre
la divulgación de la geología en las aulas, desde un punto de vista teórico y
práctico. Algunos artículos pueden resultar de especial interés, y con
frecuencia se agrupan en monográficos con títulos como: «Las montañas»,
«Minerales», «El karst», «Magnetismo terrestre», «Didáctica de las Ciencias del
Tierra», etcétera.
Si usted se dedica a la docencia o a la divulgación le recomendamos
suscribirse para recibir un nuevo ejemplar cada cuatro meses. También puede
acceder a ella de forma gratuita a través del repositorio RACO en la web.
SIMPSON, George G. Fósiles
e historia de la vida. Barcelona: Prensa Científica, 1985.
Se trata de un libro bastante ameno acerca de los principales aspectos
de la paleontología. Desde un análisis pormenorizado de la paleontología como
ciencia, el proceso de fosilización y la utilidad de los fósiles; hasta los
rasgos fundamentales de la evolución biológica.
Resulta muy útil para adentrarse en esta rama de la ciencia. Aunque
echamos de menos una mayor subdivisión de los capítulos que facilite la
consulta del mismo, lo compensa con un completísimo listado de lecturas
recomendadas y un cuidado glosario.
SISSON, Virginia B .
«The Geology of North America». En: Geology. Encyclopedia of Life Support
Systems, vol. 4. Reino Unido: EOLSS Publishers/UNESCO, 2009.
La autora hace un recorrido por la historia geológica del continente
norteamericano y dedica un capítulo a la geología de México, Centroamérica y
Cuba. Incluye un completo glosario y una buena bibliografía para profundizar en
el tema.
Un texto de poco más de cuarenta páginas, pero muy completo y con
algunas ilustraciones que nos permite adentrarnos en la geología de la región.
Está escrito en inglés y puede adquirirse en versión digital a través de la
web.
TARBUCK, Edward J., LUTGENS, Frederick K . y TASA, Dennis. Ciencias de la Tierra. Una introducción a la
Geología Física. Madrid: Pearson Educación, 2005.
Un libro perfecto para iniciarse en esta ciencia. Podemos encontrarlo
traducido a nuestra lengua y tiene una redacción muy sencilla y una
organización muy clara.
Muy recomendable. Puede encontrarse en bibliotecas y librerías, así como
en la web de forma legal. Por si fuera poco, este libro viene con un CD cargado
de múltiples actividades interactivas de una calidad excepcional. Estos
materiales están en inglés, pero las imágenes permiten comprenderlo con
facilidad. También están disponibles en la web.
VERA, Juan Antonio .
Estratigrafía. Principios y Métodos. Madrid: Editorial Rueda, 1994.
Este libro recoge los conocimientos y técnicas de la estratigrafía. El
prestigio y la experiencia de su autor, así como la precisión y claridad con
que nos presenta las ideas expuestas, hacen que este documento sea un
formidable recurso de consulta.
Muy útil para estudiantes de Geología y científicos interesados en
profundizar en esta rama del saber, vertebradora de la geología desde sus
orígenes.
Le invitamos además a que visite nuestra web http://geologiaparainstit.wixsite.com/canarias , para acceder a más recursos y materiales complementarios de La
geología en 100 preguntas.


Publicar un comentario