© Libro N° 9975. El Caso De La Señorita Amelia. Darío, Rubén. Emancipación. Mayo 28 de 2022.
Título
original: ©
El Caso De La Señorita Amelia. Rubén
Darío (1867-1916)
Versión Original: © El Caso De La Señorita Amelia. Rubén
Darío
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Rubén Darío
El Caso
De La Señorita Amelia
Rubén
Darío
Que el doctor Z es ilustre, elocuente, conquistador; que su voz es
profunda y vibrante al mismo tiempo, y su gesto avasallador y misterioso, sobre
todo después de la publicación de su obra sobre La plástica de ensueño, quizás
podríais negármelo o aceptármelo con restricción; pero que su calva es única,
insigne, hermosa, solemne, lírica si gustáis, ¡oh, eso nunca, estoy seguro!
¿Cómo negaríais la luz del sol, el aroma de las rosas y las propiedades
narcóticas de ciertos versos?
Pues bien; esta noche pasada poco después de que saludamos el toque de
las doce con una salva de doce taponazos del más legítimo Roederer, en el
precioso comedor rococó de ese sibarita de judío que se llama Lowensteinger, la
calva del doctor alzaba aureolada de orgullo, su bruñido orbe de marfil, sobre
el cual, por un capricho de la luz, se veían sobre el cristal de un espejo las
llamas de dos bujías que formaban, no sé cómo, algo así como los cuernos
luminosos de Moisés.
El doctor enderezaba hacia mí sus grandes gestos y sus sabias palabras.
Yo había soltado de mis labios, casi siempre silenciosos, una frase banal
cualquiera. Por ejemplo, ésta:
—¡Oh, si el tiempo pudiera detenerse!
La mirada que el doctor me dirigió y la clase de sonrisa que decoró su
boca después de oír mi exclamación, confieso que hubiera turbado a cualquiera.
—Caballero— me dijo saboreando el champaña—; si yo no estuviese
completamente desilusionado de la juventud; si no supiese que todos los que hoy
empezáis a vivir estáis ya muertos, es decir, muertos del alma, sin fe, sino
entusiasmo, sin ideales, canosos por dentro; que no sois si no máscaras de
vida, nada más... sí, si no supiese eso, si viese en vos algo más que un hombre
de fin de siglo, os diría que esa frase que acabáis de pronunciar: «¡Oh, si el
tiempo pudiera detenerse!», tiene en mi la respuesta más satisfactoria.
—¡Doctor!
—Sí, os repito que vuestro escepticismo me impide hablar, como hubiera
hecho en otra ocasión.
—Creo— contesté con voz firme y serena—en Dios y su Iglesia. Creo en los
milagros. Creo en lo sobrenatural.
—En ese caso, voy a contaros algo que os hará sonreír. Mi narración
espero que os hará pensar.
En el comedor habíamos quedado cuatro convidados, a más de Minna, la
hija del dueño de casa; el periodista Riquet, el abate Pureau, recién enviado
por Hirch, el doctor y yo. A lo lejos oíamos en la alegría de los salones de
palabrería usual de la hora primera del año nuevo: Happy new year! Happy new
year! ¡Feliz año nuevo!
El doctor continuó:
—¿Quién es el sabio que se atreve a decir esto es así? Nada se sabe.
Ignoramus et ignorabimus. ¿Quién conoce a punto fijo la noción del tiempo?
¿Quién sabe con seguridad lo que es el espacio? Va la ciencia a tanteo,
caminando como una ciega, y juzga a veces que ha vencido cuando logra advertir
un vago reflejo de la luz verdadera. Nadie ha podido desprender de su círculo
uniforme la culebra simbólica. Desde el tres veces más grande, el Hermes, hasta
nuestros días, la mano humana ha podido apenas alzar una línea del manto que
cubre a la eterna Isis. Nada ha logrado saberse con absoluta seguridad en las
tres grandes expresiones de la Naturaleza: hechos, leyes, principios. Yo que he
intentado profundizar en el inmenso campo del misterio, he perdido casi todas mis
ilusiones.
Yo que he sido llamado sabio en Academias ilustres y libros voluminosos;
yo que he consagrado toda mi vida al estudio de la humanidad, sus orígenes y
sus fines; yo que he penetrado en la cábala, en el ocultismo y en la teosofía,
que he pasado del plano material del sabio al plano astral del mágico y al
plano espiritual del mago, que sé cómo obraba Apolonio el Thianense y
Paracelso, y que he ayudado en su laboratorio en nuestros días, al inglés
Crookes; yo que ahondé en el Karma búdhico y en el misticismo cristiano, y sé
al mismo tiempo la ciencia desconocida de los fakires y la teología de los
sacerdotes romanos, yo os digo que no hemos visto los sabios ni un solo rayo de
la luz suprema, y que la inmensidad y la eternidad del misterio forman la única
y pavorosa verdad.
Y dirigiéndose a mi:
—¿Sabéis cuáles son los principios del hombre? Grupa, jiba, linga,
shakira, kama, rupa, manas, buddhi, atma, es decir: el cuerpo, la fuerza vital,
el cuerpo astral, el alma animal, el alma humana, la fuerza espiritual y la
esencia espiritual...
Viendo a Minna poner una cara un tanto desolada, me atreví a interrumpir
al doctor:
—Me parece ibais a demostrarnos que el tiempo...
—Y bien —dijo—, puesto que no os complacen las disertaciones por
prólogo, vamos al cuento que debo contaros, y es el siguiente:
Hace veintitrés años, conocí en Buenos Aires a la familia Revall, cuyo
fundador, un excelente caballero francés, ejerció un cargo consular en tiempo
de Rosas. Nuestras casas eran vecinas, era yo joven y entusiasta, y las tres
señoritas Revall hubieran podido hacer competencia a las tres Gracias. De más
está decir que muy pocas chispas fueron necesarias para encender una hoguera de
amor...
Amooor, pronunciaba el sabio obeso, con el pulgar de la diestra metido
en la bolsa del chaleco, y tamborileando sobre su potente abdomen con los dedos
ágiles y regordetes, y continuó:
—Puedo confesar francamente que no tenia predilección por ninguna, y que
Luz, Josefina y Amelia ocupaban en mi corazón el mismo lugar. El mismo, tal vez
no; pues los dulces al par que ardientes ojos de Amelia, su alegre y roja risa,
su picardía infantil... diré que era ella mi preferida.
»Era la menor; tenia doce años apenas, y yo ya había pasado de los
treinta. Por tal motivo, y por ser la chicuela de carácter travieso y jovial,
tratábala yo como niña que era, y entre las otras dos repartía mis miradas
incendiarias, mis suspiros, mis apretones de manos y hasta mis serias promesas
de matrimonio, en una, os lo confieso, atroz y culpable bigamia de pasión.
¡Pero la chiquilla Amelia! Sucedía que, cuando yo llegaba a la casa, era ella
quien primero corría a recibirme, llena de sonrisas y zalamerías:
»—¿Y mis bombones?
»He aquí la pregunta sacramental. Yo me sentaba regocijado, después de
mis correctos saludos, y colmaba las manos de la niña de ricos caramelos de
rosas y de deliciosas grajeas de chocolate, las cuales, ella, a plena boca,
saboreaba con una sonora música palatinal, lingual y dental.
»El porqué de mi apego a aquella muchachita de vestido a media pierna y
de ojos lindos, no os lo podré explicar; pero es el caso que, cuando por causa
de mis estudios tuve que dejar Buenos Aires, fingí alguna emoción al despedirme
de Luz que me miraba con anchos ojos doloridos y sentimentales; di un falso
apretón de manos a Josefina, que tenía entre los dientes, por no llorar, un
pañuelo de batista, y en la frente de Amelia incrusté un beso, el más puro y el
más encendido, el más casto y el más puro y el más encendido, el más casto y el
más ardiente ¡qué sé yo! de todos los que he dado en mi vida.
»Y salí en barco para Calcuta, ni más ni menos que como vuestro querido
y admirado general Mansilla cuando fue a Oriente, lleno de juventud y de
sonoras y flamantes esterlinas de oro. Iba yo, sediento ya de las ciencias
ocultas, a estudiar entre los mahatmas de la India lo que la pobre ciencia
occidental no puede enseñarnos todavía. La amistad epistolar que mantenía con
madame Blavatsky, habíame abierto ancho campo en el país de los fakires, y más
de un gurú, que conocía mi sed de saber, se encontraba dispuesto a conducirme
por buen camino a la fuente sagrada de la verdad, y si es cierto que mis labios
creyeron saciarse en sus frescas aguas diamantinas, mi sed no se pudo aplacar.
»Busqué, busqué con tesón lo que mis ojos ansiaban contemplar, el
Keherpas de Zoroastro, el Kalep persa, el Kovei-Khan de la filosofía india, el
archoeno de Paracelso, el limbuz de Swedenborg; oí la palabra de los monjes
budhistas en medio de las florestas del Thibet; estudié los diez sephiroth de
la Kabala, desde el que simboliza el espacio sin límites hasta el que, llamado
Malkuth, encierra el principio de la vida.
»Estudié el espíritu, el aire, el agua, el fuego, la altura, la
profundidad, el Oriente, el Occidente, el Norte y el Mediodía; y llegué casi a
comprender y aun a conocer íntimamente a Satán, Lucifer, Astharot, Beelzebutt,
Asmodeo, Belphegor, Mabema, Lilith, Adrameleh y Baal.
»En mis ansias de comprensión; en mi insaciable deseo de sabiduría;
cuando juzgaba haber llegado al logro de mis ambiciones, encontraba los signos
de mi debilidad y las manifestaciones de mi pobreza, y estas ideas, Dios, el
espacio, el tiempo formaban la más impenetrable bruma delante de mis pupilas.
Viajé por Asia, África, Europa y América. Ayudé al coronel Olcott a fundar la
rama teosófica de Nueva York.
Y a todo esto recalcó de súbito al doctor, mirando fijamente a la rubia
Minna:
—¿Sabéis lo que es la ciencia y la inmortalidad de todo? ¡Un par de ojos
azules... o negros!
—¿Y el fin del cuento? — gimió dulcemente la señorita.
—Juro, señores, que lo que estoy refiriendo es de un absoluta verdad.
¿El fin del cuento?
»Hace apenas una semana he vuelto a la Argentina, después de veintitrés
años de ausencia. He vuelto gordo bastante gordo, y calvo como una rodilla;
pero en mi corazón he mantenido ardiente el fuego del amor, la vestal de los
solterones. Y, por tanto, lo primero que hice fue indagar el paradero de la
familia Revall.
»—¡Las Revall —dijeron—, las del caso de Amelia Revall —y estas palabras
acompañadas con una especial sonrisa.
»Llegué a sospechar que la pobre Amelia, la pobre chiquilla...
»Y buscando, buscando, di con la casa. Al entrar, fui recibido por un
criado negro y viejo, que llevó mi tarjeta, y me hizo pasar a una sala donde
todo tenia un vago tinte de tristeza. En las paredes, los espejos estaban
cubiertos con velos de luto, y dos grandes retratos, en los cuales reconocía a
las dos hermanas mayores, se miraban melancólicos y oscuros sobre el piano. A
pocos Luz y Josefina:
»—¡Oh amigo mío; oh amigo mío!
»Nada más.
»Luego, una conversación llena de reticencias y de timideces, de
palabras entrecortadas y de sonrisas de inteligencia tristes, muy tristes.
»Por todo lo que logré entender, vine a quedar en que ambas no se habían
casado. En cuanto a Amelia, no me atreví a preguntar nada. Quizá mi pregunta
llegaría a aquellos pobres seres, como una amarga ironía, a recordar tal vez
una irremediable desgracia y una deshonra... en esto vi llegar saltando a una
niña, cuyo cuerpo y rostro eran iguales en todo a los de mi pobre Amelia. Se
dirigió a mi, y con su misma voz exclamó:
»—¿Y mis bombones?
»Yo no hallé qué decir.
»Las dos hermanas se miraban pálidas, pálidas y movían la cabeza
desoladamente.
»Mascullando una despedida y haciendo una zurda genuflexión, salí a la
calle, como perseguido por algún soplo extraño. Luego lo he sabido todo. La
niña que yo creía fruto de un amor culpable es Amelia, la misma que yo dejé
hace veintitrés años, la cual se ha quedado en la infancia, ha contenido su
carrera vital. Se ha detenido para ella el reloj del Tiempo, en una hora
señalada ¡quién sabe con qué designio del desconocido Dios!
El doctor Z era en este momento todo calvo.
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Rubén Darío (1867-1916)


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