© Libro N° 9974. El Carruaje Fantasma. Edwards, Amelia. Emancipación. Mayo 28 de 2022.
Título
original: ©
The Phantom Coach, Amelia Edwards
(1831-1892)
Versión Original: © El Carruaje Fantasma. Amelia Edwards
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Amelia Edwards
El Carruaje
Fantasma
Amelia
Edwards
Los incidentes que voy a relatar creo que valen la pena porque son
verdaderos. Me ocurrieron a mí y mi recuerdo es tan vívido como si hubiesen
sucedido ayer. Sin embargo, han transcurrido veinte años desde aquella noche.
Durante estos veinte años sólo le he contado la historia a otra persona. La
cuento ahora con una repugnancia tal que se me hace difícil comenzar. Lo único
que me atrevo a pedirle, al menos por ahora, es que se abstenga usted de
imponerme sus conclusiones. No quiero explicaciones de ninguna clase. No deseo
discutir. Mi opinión sobre este asunto es clara y, disponiendo del testimonio
de mis propios sentimientos, prefiero guiarme por él.
Sucedió hace exactamente veinte años, a un día o dos antes del final de
la temporada del urogallo . Había pasado el día en el campo con la escopeta y
no había cazado una sola pieza. El viento soplaba del este y era el mes de
diciembre. El lugar: un gran yermo desolado en el extremo septentrional de
Inglaterra. Me había perdido. No era un sitio agradable para extraviarse, con
los primeros copos deshilachados de la inminente nevada revoloteando sobre los
brezos y la noche repentina cerrándose a mi alrededor.
Escruté ansiosamente la creciente oscuridad, donde el color morado del
descampado se confundía con el de los montes bajos, a unas diez o doce millas
de distancia. En ninguna dirección hallaron mis ojos el más leve rastro de
humo, ni la menor parcela de terreno cultivado, ni una cerca, ni un sendero de
ovejas. De modo que no quedaba más alternativa que seguir andando y confiar en
que el azar me deparase algún refugio. Así que volví a cargar la escopeta al
hombro y avancé cansadamente, pues llevaba caminando desde el alba y no había
comido nada desde el desayuno.
Comenzó a caer la nieve con inquietante regularidad y el viento se
calmó. El frío se intensificó y rápidamente se cerró la noche. En cuanto a mí,
mis perspectivas se oscurecieron al ennegrecerse el cielo y se me oprimía el
corazón al pensar en que mi esposa ya estaría tratando de verme llegar a través
de la ventana de nuestro saloncito del albergue, y al pensar en todo el
sufrimiento que le esperaba a lo largo de aquella penosa noche. Llevábamos
casados cuatro meses y, después de haber pasado el otoño en las Tierras Altas
de Escocia, nos habíamos instalado en una pequeña aldea situada al borde de los
grandes páramos ingleses. Estábamos muy enamorados y, desde luego, éramos
felices.
Aquella mañana, al separarnos, ella me había rogado que regresara antes
del ocaso y yo se lo había prometido. ¡Hubiese dado todo por haber cumplido mi
palabra! Incluso antes, agotado como estaba, tenía la sensación de que con una
buena cena, una hora de descanso y la disposición de un guía, podría estar de
regreso antes de la medianoche; siempre y cuando encontrara un guía y un
refugio. Durante todo este tiempo, la nieve caía incesantemente y la noche se
iba espesando. De vez en cuando me detenía y gritaba, pero mis llamados
parecían ahondar el silencio. Después se apoderó de mí una vaga sensación de
malestar y comencé a recordar historias de viajeros que había caminado y
caminado bajo la nieve hasta que, fatigados, se vieron obligados a dejarse caer
y morir mientras dormían.
¿Sería posible, me preguntaba, caminar durante toda la negra noche? ¿No
llegaría un momento en el que me traicionarían las piernas y me abandonaría la
determinación? Entonces yo también dormiría el sueño de la muerte. ¡La muerte!
Me estremecí. ¡Qué cruel era morir en aquel momento, cuando la vida se me
presentaba tan prometedora! ¡Qué cruel para mi esposa, cuyo corazón lleno de
amor! Pero esa idea me resultaba impensable. Para disiparla, volví a gritar,
aún más fuerte y durante más tiempo, y luego escuché lleno de ansiedad. ¿Algo
respondió a mis gritos o era yo quien fantaseaba con una voz remota?
Repetí los gritos y de nuevo me respondió un eco. Luego brotó de la
oscuridad un punto de luz vacilante, que desaparecía y aumentaba por momentos,
más próxima y brillante. Corriendo hacia ella tan rápido como pude, me encontré
con inmenso júbilo frente a un anciano con una linterna.
—¡Gracias a Dios! —fue la exclamación que salió involuntariamente de mis
labios.
Frunciendo el entrecejo el viejo levantó la linterna y me miró.
—¿Por qué? —dijo de mal humor.
—Bueno... por usted. Comenzaba a pensar que me había extraviado en la
nieve.
—La gente siempre se pierde en el páramo, pero ¿qué importa perderse si
Dios está vigilando?
—Si Dios quiere que usted y yo nos perdamos juntos, perfecto —repliqué—;
pero no me gustaría estar perdido sin usted. ¿A qué distancia estoy de
Dwolding?
—A sus buenas veinte millas a vuelo de pájaro.
—¿Y de la aldea más cercana?
—La aldea más cercana es Wyke y está a doce millas hacia el otro lado.
—Entonces, ¿dónde vive usted?
—Por allí —dijo él, señalando con la linterna.
—Supongo que va hacia casa.
—Puede ser.
—Entonces me voy con usted.
El viejo negó con la cabeza y se rascó la nariz pensativamente con la
mano que sostenía la linterna.
—Yo no le seré de utilidad —dijo—. Él no le dejará entrar; no le dejará.
—Ya lo veremos —respondí, animado—. ¿Quién es él?
—El amo. Usted no lo conoce —fue su lacónica respuesta.
—Bueno, usted me enseñará el camino y ya me ocuparé yo de que el amo me
brinde albergue y cena por esta noche.
—¡No logrará convencerlo! —insistió el viejo.
Y sin dejar de negar con la cabeza echó a andar rengueando, como un
duende, entre la nieve que caía. Enseguida apareció en medio de la oscuridad
una gran mole, de donde salió corriendo un inmenso perro, ladrando
salvajemente.
—¿Ésta es la casa? —pregunté.
—Ésta es la casa. ¡Calla, Bey! —Y el viejo buscó la llave en los
bolsillos.
Me quedé cerca de él, decidido a no perder la oportunidad de entrar. A
la luz de la linterna advertí que la puerta estaba remachada con clavos de
hierro, como la puerta de una prisión. Poco después hizo girar la llave y me
deslicé en la casa tras sus pasos. Una vez en el interior, miré a mi alrededor
con curiosidad y vi que estaba en una gran estancia con vigas que, por lo que
parecía, se utilizaba para distintas propósitos. En un extremo se apilaba el
grano hasta el techo, como si fuese un granero. El otro estaba ocupado por
sacos de harina, aperos de labranza, barriles y toda clase de artefactos de
madera. De las vigas colgaban hileras de jamones, lonjas de tocino y manojos de
hierbas secas, almacenado todo para el invierno. En el centro se alzaba un enorme
objeto, cubierto con una sucia tela raída, que alcanzaba hasta la mitad de la
altura del lugar.
Al levantar una esquina de la tela, para mi asombro, había un telescopio
de considerable tamaño montado sobre una tosca plataforma móvil con cuatro
ruedas pequeñas. El tubo, de madera pintada, estaba envuelto en flejes
pésimamente ajustados; la lente, en la medida en que pude calcular su tamaño a
la escasa luz, medía por lo menos quince pulgadas de diámetro. Mientras
examinaba el instrumento, preguntándome si no sería obra de algún óptico
autodidacta, se oyó el sonido agudo de una campanilla.
—Es para usted —dijo mi guía, con un tono malicioso—. Pasando este
cuarto.
Me señalaba una puerta negra y baja que había al otro lado de la
estancia. Fui hasta allí, di uno o dos golpes bastante fuertes y entré sin
esperar respuesta. Un anciano gigantesco y canoso se levantó de una mesa llena
de libros y papeles y me miró con expresión hosca.
—¿Quién es usted? ¿Cómo ha venido hasta aquí? ¿Qué quiere?
—Soy James Murray, abogado. He venido caminando por el páramo. Busco
comida, bebida y un lugar donde pasar la noche.
Sus cejas se levantaron prodigiosamente.
—Mi casa no es una posada —dijo secamente—. Jacob, ¿cómo has osado
admitir a este desconocido?
—Yo no lo admití —rezongó el viejo—. Me siguió por el páramo y entró por
las suyas. Yo no puedo contra seis pies de altura.
—Dígame, señor, ¿con qué derecho ha entrado usted en mi casa?
—Con el mismo con el que me hubiese aferrado a su barco de estar
ahogándome. Con el derecho de autoconservación.
—¿Autoconservación?
—Hay una pulgada de nieve sobre la tierra —expliqué concisamente—, y
antes de que salga el sol tendrá la suficiente profundidad para enterrarme de
pie.
Se dirigió hacia la ventana dando largas zancadas. Corrió una pesada
cortina negra y miró al exterior.
—Es cierto —dijo—. Puede quedarse, si gusta, hasta la mañana. Jacob,
sirve la cena.
Mientras hablaba hizo una seña para que tomase asiento, luego volvió a
su sitio e inmediatamente se retomó los estudios que yo había interrumpido.
Coloqué la escopeta en un rincón, acerqué una silla a la chimenea y examiné el
cuarto. Aunque más pequeña y menos incongruente en su disposición que el
vestíbulo, había en esta habitación muchas cosas que despertaron en mi
curiosidad. El suelo no estaba alfombrado. Algunas paredes tenían extraños
diagramas garabateados y otras estaban cubiertos de estantes atiborrados de
instrumentos científicos, muchos de los cuales yo desconocía sus aplicaciones.
A un lado del hogar había una biblioteca repleta de folios manchados; al otro,
un pequeño órgano con una fantástica decoración de grabados policromos de
santos y demonios medievales.
A través de la puerta entreabierta del armario más lejano distinguí una
colección de muestras geológicas, preparaciones quirúrgicas, crisoles, tubos y
frascos de productos químicos; en la repisa de la chimenea, entre cierto número
de objetos pequeños, había una maqueta del sistema solar, una pila galvánica y
un microscopio. Todas las sillas estaban llenas de cosas. En todos los rincones
se apilaban libros. Incluso por el suelo había mapas esparcidos, moldes,
papeles, dibujos y todos los artilugios científicos imaginables.
Yo lo repasaba todo con un asombro que crecía con cada nuevo objeto que
veía. De hecho, nunca había visto un sitio tan extraño; pero lo que resultaba
aún más extraño era hallarlo en una casa de campo perdida en medio de los
páramos desiertos. Una y otra vez observaba a mi anfitrión y luego a su
entorno, preguntándome quién y qué podría ser. Tenía la cabeza singularmente
hermosa, más parecida a la cabeza de un poeta que de un filósofo: amplia en la
frente, prominente sobre los ojos y adornada con una abundante melena
desordenada y totalmente blanca. Compartía muchos de los rasgos abruptos de la
cabeza de Beethoven. Las mismas arrugas profundas alrededor de la boca, los
mismos surcos firmes en el entrecejo, la misma concentración tallada en el
gesto.
Mientras todavía estaba observándolo se abrió la puerta y entró Jacob
con la cena. Entonces el amo cerró el libro, se incorporó y con mayor cortesía
de la manifestada hasta entonces me invitó a la mesa. Me hallé frente a un
plato con jamón y huevos, una rebanada de pan moreno y una botella de admirable
jerez.
—Sólo puedo ofrecerle un menú austero, señor —dijo mi anfitrión—. Espero
que su apetito compense las deficiencias de nuestra despensa.
Ya había atacado las viandas con entusiasmo del cazador hambriento,
afirmando que nunca había comido nada tan delicioso. Él hizo una fugaz
reverencia y se dedicó a su propia cena, que consistió, primordialmente, en una
jarra de leche y un cuenco de sopa. Comimos en silencio. Cuando terminamos
Jacob retiró la bandeja. Entonces, volví a colocar mi silla ante el fuego. Con
cierta sorpresa noté que mi anfitrión hizo lo mismo y, volviéndose
inesperadamente hacia mí, dijo:
—Señor, he vivido aquí en retiro durante veintitrés años. En todo este
tiempo no he visto ni una sola cara extraña ni he leído un solo periódico.
Usted es el primer desconocido que traspasa mi umbral en más de cuatro años.
¿Tendría la amabilidad de decirme unas palabras sobre el mundo exterior del que
tanto tiempo llevo aislado?
—Le ruego que me pregunte —dije—. Estoy a su entera disposición.
Inclinó la cabeza en señal de reconocimiento; se echó hacia adelante,
con los codos apoyados sobre las rodillas y el mentón sujeto entre las palmas
de las manos; miró fijamente al fuego y procedió a interrogarme.
Sus preguntas giraban sobre todo alrededor de cuestiones científicas,
cuyos recientes descubrimientos, salvo los que se aplicaban a los usos de la
vida cotidiana, me eran desconocidos casi por completo. No siendo una persona
dedicada a la ciencias le respondí tan bien como me lo permitía mi escaso
saber; pero el interrogatorio estaba lejos de resultarme fácil y sentí un gran
alivio cuando, pasando de las preguntas a la conversación, comenzó a explayarse
sobre sus propias conclusiones sobre los datos que yo me había esforzado
penosamente en comunicarle.
Él habló y yo escuché embelesado. Habló hasta hacerme pensar que se
había olvidado de mi presencia y se limitaba a reflexionar en voz alta. Hasta
entonces nunca había oído nada semejante. Desde entonces no he vuelto a oír
nada similar.
Estaba familiarizado con todos los sistemas de todas las filosofías,
sutil en sus análisis, audaz en las generalizaciones, fue dando rienda a sus
pensamientos en un discurso fluido, manteniendo siempre la cabeza adelantada en
la misma actitud taciturna y los ojos clavados en el fuego, saltando de un tema
a otro, de una especulación a otra, como un soñador inspirado. De las ciencias
prácticas a la filosofía del entendimiento; de la electricidad de los cables a
la electricidad de los nervios; de Watt a Mesmer, de Mesmer a Reichenbach, de
Reichenbach a Swedenborg, Spinoza, Condillac, Descartes, Berkeley, Aristóleles,
Platón, a los magos y místicos orientales, haciendo transiciones que, pese a
confundir por su diversidad y amplitud, parecían sencillas y armoniosas en su
labios, como cadencias musicales.
Con el tiempo he olvidado los nexos por los cuales saltó a esos
territorios inciertos más allá incluso de la filosofía especulativa, y entró en
aquello que ningún hombre conoce. Habló del alma y de sus aspiraciones; del
espíritu y de sus poderes; de la segunda visión; de las profecías; de esos
fenómenos que, bajo el nombre de fantasmas, espectros y apariciones, han sido
negados por los escépticos y atestiguados por los crédulos a lo largo de todas
las épocas.
—El mundo —dijo— se vuelve más escéptico respecto de todo lo que está
más allá de su estrecho rango de acción; y nuestros hombres de ciencia fomentan
esa fatal tendencia. Condenan como fábulas todo lo que se resiste a la
experimentación. Rechazan como falso todo lo que no se puede comprobar en el
laboratorio o en la mesa de disección. ¿Contra qué superstición se ha
emprendido una guerra tan larga y tan obstinada como contra la creencia en los
fantasmas?
»Sin embargo, ¿qué superstición ha persistido más tiempo y con mayor
arraigo la fe de los hombres? Indíqueme algún hecho de la física, de la
historia, de la arqueología, que cuente con tan extensos y diversos
testimonios. Atestiguado por todos los pueblos, en todas las épocas y en todos
los climas, por los más juiciosos sabios de la Antigüedad, por los más burdos
salvajes de la actualidad, por los cristianos, los paganos, los panteístas y
los materialistas, este fenómeno es considerado un cuento de hadas por los
filósofos de nuestro siglo.
»Las pruebas circunstanciales pesan para ellos tanto como una pluma en
la balanza. Las comparaciones entre causas y efectos, por valiosa que sea en
las ciencias duras, se deja de lado como inválida e indigna de confianza. Las
pruebas aportadas por testigos competentes, aun siendo concluyentes en un
juicio por asesinato, no cuentan para nada. A quien vacila ante lo que tiene
que decir se le condena por frívolo. Quien cree se lo juzga como un soñador o
un loco.
Hablaba con amargura. Al finalizar se sumió durante algunos minutos en
silencio. Luego separó la cabeza de las manos y, con la voz alterada, agregó:
—Yo, señor, he vacilado, he investigado, he creído y no he sentido
vergüenza de afirmar mis convicciones ante el mundo. Yo también fui calificado
de soñador, puesto en ridículo por mis contemporáneos y expulsado entre
abucheos de la especialidad científica en que había trabajado honradamente
durante los mejores años de mi vida. Desde entonces he vivido como un ermitaño
y el mundo se ha olvidado de mí como yo me he olvidado del mundo. Ya conoce mi
historia.
—Es una historia muy triste —murmuré sin saber muy bien qué decir.
—Es muy vulgar —dijo—. Sólo he padecido en nombre de la verdad, como
muchos mejores y más sabios padecieron antes que yo.
Se puso en pie, como si deseara terminar la conversación, y se acercó a
la ventana.
—Ya no nieva —observó, dejando que se cerrara la cortina y regresando
junto al fuego.
—¡Ya no nieva! —exclamé, incorporándome—. Ay, si hubiese la menor
posibilidad... pero no hay ninguna. Aunque me fuese posible orientarme en el
páramo, tampoco sería capaz de recorrer veinte millas esta noche.
—¡Recorrer veinte millas esta noche! —repitió mi anfitrión—. ¿En qué
está pensando?
—En mi esposa —respondí con impaciencia—. En mi joven esposa que no sabe
que me he extraviado y que en este momento tendrá el alma deshecha de ansiedad
y de terror.
—¿Dónde está ella?
—En Dwolding, a veinte millas de distancia.
—En Dwolding —repitió como un eco, pensativo—. Sí, es cierto, está a
veinte millas de aquí; pero ¿tanto le importa ganar las próximas seis u ocho
horas?
—Mucho, tanto que ahora mismo pagaría diez guineas por un guía y un
caballo.
—Su deseo puede satisfacerse a un precio más razonable —dijo sonriendo—.
El correo nocturno del norte, que cambia los caballos en Dwolding, pasa a unas
cinco millas de aquí y estará en una encrujicada dentro de una hora y cuarto.
Si Jacob pudiera acompañarle por el páramo hasta el antiguo camino de la
diligencia, supongo que usted solo se bastaría para encontrar el cruce de la
carretera nueva.
—Iría, con sumo gusto.
Volvió a sonreír, tiró de la campanilla, dio instrucciones al viejo
criado y, tomando una botella de whisky y un vaso de vino del armario donde
guardaba los productos químicos, añadió:
—Hay mucha nieve y será difícil andar por el páramo. ¿Qué le parece una
copa de nuestra cosecha antes de ponerse en marcha?
Hubiese rechazado el lico pero no me atrevía a esa descortesía. Me cayó
en la garganta como un fuego líquido que casi me cortó la respiración.
—Es fuerte —dijo—, pero excelente para combatir el frío. Ahora ya no
tiene un instante que perder. ¡Buenas noches!
Le agradecí su hospitalidad y le habría estrechado la mano pero me dio
la espalda antes de que termine de hablar. Un minuto después cruzamos el
vestíbulo. Jacob había cerrado con llave la puerta de entrada y, una vez fuera,
nos hallamos en el umbral del inmenso páramo blanco.
Aunque el invierno había menguado, el frío seguía siendo intenso. No
brillaba ni una estrella en la negrura del firmamento. Ni un ruido, salvo el
crujido de la nieve bajo nuestros pies, perturbaba el profundo silencio de la
noche. Jabob, que no estaba muy contento con la comisión, arrastraba los pies
delante de mí con aplomo taciturno, con la linterna en una mano y su sombra
cayendo sobre los pies. Yo lo seguía, con la escopeta al hombro, tan poco
propenso a conversar como él.
Mis pensamientos volvían sobre mi anfitrión. Aún me parecía escuchar
voz. Su elocuencia aún cautivaba mi imaginación. Recuerdo hasta el día de hoy,
con sorpresa, cómo mi cerebro retenía frases enteras, docenas de imágenes
brillantes y extractos de espléndidos razonamientos, con las mismas palabras
con las que él las había enunciado.
Meditando de este modo sobre lo que había oído y esforzándome por
recordar algún que otro párrafo perdido, andaba a zancadas pegado a los talones
de mi guía, absorto y sin prestar atención. Al cabo de pocos minutos, según me
pareció, se detuvo de improviso y dijo:
—Ya está usted sobre el camino. Mantenga la valla de piedra a su derecha
y no se perderá.
—¿Así que éste es el antiguo camino del carruaje?
-Sí.
—¿Y cuánto deberé caminar hasta encontrar el cruce?
—Unas tres millas.
—El camino es bastante bueno para los que van a pie —dijo—; pero resulta
demasiado inclinado y estrecho para el tráfico del norte. Fíjese en donde el
pretil se interrumpe, está muy cerca del poste indicador. Nunca lo han reparado
desde el accidente.
—¿Accidente?
—El correo nocturno se despeñó de cabeza al valle, por lo menos unos
cincuenta pies, justamente en el peor tramo de carretera.
—¡Qué horrible! ¿Cuántas vidas costó?
—Todas. Cuatro aparecieron muertos y otros dos murieron al día
siguiente.
—¿Hace cuándo tiempo que ocurrió?
—Nueve años, exactamente.
—¿Cerca del poste indicador, dice usted? Lo tendré presente. Buenas
noches.
—Buenas noches, señor, y gracias.
Jacob se echó al bolsillo la media corona, hizo un amago de tocarse el
sombrero y emprendió el regreso por donde habíamos venido.
Estuve observando la luz de la linterna hasta casi su absoluta
desaparición y luego di la vuelta para proseguir mi camino en soledad. No
parecía presentar grandes dificultades. Pese a la negrura, la línea de la valla
de piedra se destacaba con claridad contra el lívido brillo de la nieve. Pero
¡qué silencio! Únicamente se oían mis pasos. Me embargó la extraña y
desagradable sensación de estar completamente solo. Apuré el paso, mientras
silbaba un fragmento de tonada.
Mentalmente fui contando enormes cifras y calculando multiplicaciones.
En resumen, hice todo lo que estaba a mi alcance por olvidar las especulaciones
alarmantes que acababa de escuchar y, en cierta medida, logré mi propósito. El
aire de la noche parecía ir tornándose cada vez más frío. Aunque caminaba a
paso rápido no conseguía mantenerme caliente. Tenía los pies helados. Había
perdido la sensibilidad en las manos y para mantenerlas ocupadas empuñé la
escopeta. Incluso me costaba respirar, como si en lugar de ir recorriendo un
camino del norte estuviese escalando las más altas cumbres de los Alpes.
Este último síntoma se volvió tan inquietante que me vi obligado a
detenerme unos minutos y apoyarme contra la valla de piedra. Al hacerlo, volví
la vista por casualidad hacia el camino recorrido y allí, para mi infinito
alivio, vi un lejano punto luminoso, algo así como el resplandor de una
linterna que se acercaba. Al principio pensé que Jacob había vuelto sobre sus
pasos y me seguía; pero no había hecho sino vislumbrar este pensamiento cuando
se hizo visible una segunda luz, sin duda paralela a la primera, que se
acercaba a la misma velocidad. No tuve necesidad de pensarlo dos veces para
entender que debían de ser los faroles de algún vehículo particular, aunque era
extraño que circulara por una carretera reconocidamente peligrosa y en desuso.
No obstante, no cabía duda de este hecho, pues los faroles se volvían
más grandes y luminosos a cada segundo, e incluso imaginé que ya distinguía la
silueta oscura del coche entre ambos. Se acercaba más deprisa y casi sin hacer
ruido, pues rodaba sobre varios centímetros de nieve. Pronto el vehículo se
hizo visible detrás de los faroles. Resultaba llamativamente alto. Me pasó por
la mente una fugaz sospecha: ¿sería posible que hubiese pasado de largo el
cruce en medio de la oscuridad, sin haber reparado en el poste indicador, y que
se tratase de la diligencia que buscaba?
No tuve necesidad de formularme la pregunta dos veces. Torciendo ya en
la curva del camino, llegaron el guarda y el mayoral, con un pasajero en el
pescante y cuatro caballos tordos bufando humos y envueltos todos en una leve
neblina de luz, dentro de la cual resplandecían los faroles como un par de
meteoritos ardientes. Me adelanté dando un salto, hice señas con el sombrero y
grité. El correo siguió a toda velocidad y me sobrepasó. Por un instante, temí
no haber sido visto ni oído.
Un instante después el cochero se irguió; el guarda, abrigado hasta las
cejas con capas y bufandas, y al parecer profundamente dormido en medio del
estrépito, no respondió a mi saludo ni hizo el menor esfuerzo por apearse; el
pasajero que iba en el pescante ni siquiera volvió la cara. Yo mismo abrí la
puerta y miré dentro. Sólo había tres pasajeros en el interior, de modo que
subí, cerré la portezuela, ocupé el rincón vacío y me felicité por mi buena
fortuna.
La atmósfera de la diligencia me pareció, si cabía, más gélida que la de
la intemperie e impregnada de un hedor especialmente húmedo y desagradable.
Repasé a mis compañeros de viaje. Los tres eran hombres y los tres guardaban
absoluto silencio. No parecían estar dormidos, pero los tres se acurrucaban en
las esquinas del vehículo, como absortos en privadas reflexiones. Intenté
iniciar una conversación.
—Vaya frío que hace esta noche.
El hombre de enfrente alzó la cara y me miró sin responder.
—Parece ser que el invierno ha comenzado con fuerza —agregué.
Aunque su rincón estaba tan oscuro que no me permitía distinguir sus
facciones, noté que me miraba. No obstante, no dijo ni una palabra. En otra
ocasión cualquiera me habría sentido incómodo y tal vez lo hubiera manifestado,
pero en aquellos momentos me encontraba demasiado débil. El frío gélido del
aire nocturno se me había metido en los huesos y el extraño olor del interior
de la diligencia me estaba provocando terribles náuseas. Me estremecí de pies a
cabeza y, volviéndome hacia mi vecino de la izquierda, le pregunté si le
molestaría que abriese la ventanilla.
No dijo nada ni se movió.
Repetí la pregunta en un tono más alto, pero con idéntico resultado.
Entonces perdí la paciencia y solté el marco corredizo de la ventana. Al
hacerlo, el tirante de cuero se partió, quedándoseme en la mano, y observé que
el cristal estaba cubierto por una fina capa de moho, acumulado, se diría, en
el curso de años. Interesado por el estado de la diligencia, la examiné con
mayor atención y, a la luz incierta de los faroles, vi que estaba absolutamente
en ruinas.
No sólo necesitaba reparaciones sino que se estaba pudriendo. Las
ventanillas se rajaban al tocarlas. Los accesorios de cuero estaban podridos en
las juntas de las molduras. El suelo casi se quebraba bajo mis pies. En pocas
palabras, todo el vehículo estaba muy dañado por la humedad y pensé que sin
duda había sido rescatado de algún depósito, donde llevaría años
descomponiéndose, para hacerlo rodar un par de días más por las carreteras.
Me dirigí al tercer pasajero, al que aún no había hablado, y le hice un
nuevo comentario circunstancial.
—Este carruaje —dije— se encuentra en un estado deplorable. Supongo que
estarán reparando el vehículo en activo.
Movió lentamente la cabeza y me miró sin decir palabra. Mientras viva
nunca olvidaré aquella mirada. Me heló el corazón; y me lo sigue helando ahora
cuando la recuerdo. Le brillaban los ojos con un fulgor ardiente. Tenía el
rostro blanco como el de un muerto. Los labios sin sangre estaban contraídos
como en agonía y en medio le brillaban los dientes.
Las palabras que yo iba a pronunciar se deshilacharon en mis labios y un
extraño horror se apoderó de mí. Para entonces me había habituado a la
oscuridad de la diligencia y veía con aceptable claridad. Me volví hacia el
pasajero de enfrente. Éste también me miraba con la misma alarmante palidez en
el rostro y el mismo lustre pétreo en los ojos. Me pasé la mano por la frente.
Me volví hacia el tercer pasajero, el que se sentaba a mi lado, y vi... ¡Santo
cielo, cómo describir lo que vi!
No era un hombre vivo.
Ninguno de ellos estaba vivo como yo. Una luz lívida y fosforescente, la
luz de los fuegos fatuos y la putrefacción, salía de sus horrorosas caras; de
sus cabellos mojados por la humedad de las tumbas; de las ropas manchadas de
tierra y cayéndose a jirones; de las manos, que eran como las de los cadáveres
tiesos que llevan demasiado tiempo enterrados. Sólo los ojos, aquellos ojos
terribles, tenían vida; ¡y todos aquellos ojos apuntaban hacia mí!
Traté en vano de abrir la puerta. De mis labios brotó un alarido de
terror, un grito salvaje e incomprensible en demanda de ayuda y misericordia.
En aquel singular instante, breve como un paisaje visto a la luz de un
relámpago estival, distinguí el fantasmal poste indicador que alzaba su dedo de
advertencia al borde del camino, el parapeto, los caballos que se despeñaban,
el negro vacío. Entonces la diligencia cabeceó como un barco en las aguas del
mar. Después hubo un fuerte golpe, una aplastante sensación de dolor, y luego
la oscuridad.
Tuve la impresión de que habían pasado años cuando desperté y encontré a
mi esposa contemplándome junto a la cama. Paso por alto la escena que siguió y,
en media docena de palabras, le repetiré a usted la historia que ella me contó
entre lágrimas de agradecimiento a la Providencia.
Había caído por un precipicio, cerca del cruce del viejo y el nuevo
camino de la diligencia, y sólo me había salvado de una muerte segura gracias a
que caí sobre un túmulo de nieve que se había acumulado a los pies de las rocas
del fondo. Allí fui descubierto al amanecer por un par de pastores, que me
trasladaron al refugio más cercano y buscaron un médico para que me atendiese.
El médico me encontró en estado delirante con un brazo roto y una fractura
grave de cráneo. Mis documentos le informaron mi nombre y dirección. Se
requirió a mi esposa para que me sirviera de enfermera; y gracias a ser joven y
de constitución fuerte, salí sano y salvo del trance. El lugar donde ocurrió mi
caída, casi no es necesario que lo diga, fue exactamente el mismo en el que el
correo del norte había sufrido un terrible accidente nueve años antes.
Nunca conté a mi esposa los terroríficos hechos que acabo de relatar. Al
médico que me asistió sí se los conté; pero consideró que todo aquello
correspondía a una mera pesadilla a causa de la fiebre que me abrasaba el
cerebro. Lo hablamos una y otra vez, hasta convencernos de que éramos incapaces
de hablar del asunto con calma, y entonces lo dejamos.
Otros podrán sacar las conclusiones que quieran, pero yo sé que hace
veinte años fui el cuarto pasajero que iba en el interior de aquel carruaje
fantasma.


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