© Libro N° 9973. El Cardenal Napellus. Meyrink, Gustav. Emancipación. Mayo 28 de 2022.
Título
original: ©
Der Kardinal Napellus, Gustav Meyrink
(1868-1932)
Versión Original: © El Cardenal Napellus. Gustav Meyrink
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Gustav Meyrink
El
Cardenal Napellus
Gustav
Meyrink
Aparte de su nombre: Hieronymus Radspieller, sólo sabíamos de él que
vivía año tras año en el castillo semiderruido cuyo propietario, un vasco
canoso y siempre malhumorado —ex sirviente y luego heredero de un antiguo y
noble linaje que se fue perdiendo en la soledad y la tristeza— le había alquilado
todo un piso para él solamente, quien lo había hecho habitable con muebles y
otros enseres muy anticuados, pero también muy lujosos.
Era un contraste fantástico el que aguardaba a quien entrara en esas
habitaciones después de atravesar la tierra inculta y despoblada que rodeaba el
castillo, donde nunca se oía cantar un pájaro y donde todo parecía dejado de la
mano de Dios y de la vida, si no fuera que de tanto en tanto los tejos hiciesen
oír sus quejidos bajo los embates del viento cálido que venía del Sud, o que el
lago —como un ojo enorme siempre abierto al cielo— reflejara en su pupila
verdinegra las blancas nubes que flotaban en lo alto. Casi todo el día se lo
pasaba Hieronymus Radspieller en su bote, dejando caer en las aguas un huevo de
metal suspendido de un fino cordel de seda: una sonda para indagar las
profundidades del lago.
—Seguramente se hallará al servicio de alguna compañía de estudios
geográficos —arriesgó uno de nosotros, cuando cierta noche, después de nuestras
cotidianas excursiones de pesca, nos hallábamos reunidos en la biblioteca de
Radspieller, que él, gentilmente, había puesto a nuestra disposición.
—Casualmente hoy me enteré por medio de la vieja mandadera que lleva la
correspondencia al otro lado del desfiladero, que corre el rumor de que en su
juventud fue monje en un convento donde se flagelaba día y noche; algunos
parecen afirmar, incluso, haber visto que su espalda está totalmente cubierta
de cicatrices —intervino Mr. Finch, trayendo un novedoso aporte a una de las
tantas conversaciones en las que se barajaban conjeturas en cuanto a la
personalidad de. Hieronymus Radspieller—; y, a propósito: ¿no les parece
extraño que tarde tanto? Ya deben ser más de las once.
—Hoy hay luna llena —dijo Giovanni Braccesco señalando con su mano
mustia hacia la ventana, a través de la cual se divisaba la plateada franja de
luz que se extendía sobre el lago—; nos será muy fácil ver su bote si nos
asomamos.
Al corto rato oímos pasos que subían la escalera; pero era Eshcuid, el
botánico, que venía a reunirse con nosotros después de una de sus largas
caminatas. Traía consigo una planta casi tan alta como él con flores de un azul
acerado.
—Este es sin duda el ejemplar más grande de esta especie que se haya
encontrado jamás; nunca hubiese creído que un "matalobos azul"
creciera en estas alturas —dijo lacónicamente y depositó la planta con un sin
fin de precauciones sobre el alféizar de la ventana.
—Le va igual que a todos nosotros —pensé mientras lo observaba, y tuve
la sensación de que Mr. Finch y Giovanni Braccesco estaban pensando en aquel
momento lo mismo que yo, viejo como es, anda de un lado a otro sobre esta
tierra como alguien que debe buscar su propia tumba sin poderla nunca hallar;
colecciona plantas que mañana estarán secas; ¿por qué?, ¿para qué?
Parece no importarle. Sabe que su quehacer es estéril, como lo sabemos
nosotros del nuestro, pero también a él lo debe haber desmoralizado la triste
certeza de que todo lo que se comienza termina siendo inútil, tanto las
empresas grandes como las pequeñas. Ya desde muy jóvenes comenzamos a ser como
moribundos cuyos dedos tantean inquietos las ropas de la cama y que no saben de
donde asirse; como moribundos que saben: la muerte está en esta habitación, qué
importa entonces si en el momento mismo de morir las manos están plegadas o si
están apretadas como puños.
—¿Adonde piensa ir cuando acá haya terminado la temporada de pesca?
—preguntó el botánico después de echarle una última mirada a su planta y
sentándose lentamente junto a la mesa.
Mr. Finch pasó los dedos de una mano por sus blancos cabellos, mientras
con la otra seguía jugando distraídamente con un anzuelo; finalmente sé encogió
de hombros sin levantar la vista.
—No sé —contestó al rato Giovanni Braccesco, como si la pregunta hubiese
estado dirigida a él.
Debe haber pasado fácilmente una hora sin que habláramos una sola
palabra; el silencio era tan total, que podía oír el latido de mis sienes. Por
fin se abrió la puerta y en el vano de la misma quedaron enmarcados el cuerpo y
la cara pálida y afeitada de Hieronymus Radspieiler. Su expresión era reposada
y senil, como siempre, y su mano permaneció firme y tranquila mientras se
servía una copa de vino y la alzaba como brindando a la salud de los presentes;
pero en la habitación reinaba un clima de excitación contenida que había
entrado, a mí no me cabía la menor duda, junto con él, transmitiéndose muy
pronto a todos nosotros.
Sus ojos —que siempre parecían cansados y que tenían la peculiaridad de
que sus pupilas nunca se contraían ni se dilataban, como si no reaccionaran a
la luz, igualitos a botones de chaleco con un punto negro en el centro, según
Mr. Finch— hoy parecían afiebrados e inquietos y recorrían indecisos las
paredes y los estantes de libros, sin quedar fijos en ninguna parte. Giovanni
Braccesco promovió un tema de conversación y comenzó a hablar acerca de
nuestros extraños métodos para pescar esos bagres viejísimos y gigantescos,
totalmente cubiertos de musgo, que viven allá abajo, en las profundidades
inescrutables del lago, rodeados de una noche sin principio ni fin, que
desdeñan todo manjar que pueda brindarles la naturaleza y que sólo se interesan
por las formas caprichosas y extravagantes que nacen de la imaginación de los
pescadores: manos de lata plateada y brillosa que realizan movimientos extraños
en el agua, o murciélagos de vidrio rojo que esconden entre sus alas los
ganchos traicioneros.
Hieronytnus Radspieller no prestaba atención. Para mí resultaba evidente
qué sus ideas estaban en otra parte. Súbitamente estalló, era como cuando
alguien se desprende violentamente de un secreto que ha estado guardando
celosamente por demasiado tiempo y cuya fuerza sus labios ya no pueden
contener:
—Hoy, por fin mi sonda tocó fondo.
Nosotros nos miramos consternados sin entender nada. Pero yo había
quedado tan impresionado por la extraña emoción que había Vibrado en sus
palabras, que no me pude concentrar enseguida en las explicaciones que nos dio
a continuación acerca de los diversos procesos de medición y arqueo de aguas
profundas: habría allí abajo —a muchas brazas de profundidad— torbellinos tan
vertiginosos que rechazan cualquier sonda, la mantienen flotando en el agua e
impiden que toque fondo, salvo que intervenga una coincidencia favorable. Y de
pronto de su discurso se desprendió una frase como un disparo:
—Esta es la parte más profunda de la tierra a la que pudo llegar un
instrumento hecho por la mano del hombre.
Estas palabras se grabaron a fuego en mi conciencia, sin que yo pudiera
hallar una razón por la cual me resultaran tan inquietantes. En ellas se
ocultaba sin duda un doble sentido fantasmal y, por un instante, me pareció que
por su boca alguien invisible se estaba dirigiendo a mí por medio de símbolos
obscuros e indescifrables.
Me era imposible quitar la vista de la cara de Radspieller; ¡qué
espectral e irreal me pareció en ese momento! Si cerraba mis ojos podía verlo
como aureolado por temblorosas llamitas azules; los fuegos de San Telmo, pensé,
los fuegos de la muerte, y me vi obligado a apretar fuertemente los labios para
que estas palabras, que me quemaban la lengua, no salieran de mi boca como un
grito.
Por mi mente comenzaron a pasar, como en un sueño, algunos párrafos
pertenecientes a libros escritos por Radspieller que yo había leído en mis
ratos de ocio, asombrado siempre por la cantidad de conocimiento que allí se
evidenciaba, en algunas Partes daba rienda suelta a su odio contra la religión,
la fe, la esperanza y todo lo que en la Biblia hay de promisión.
Es el contragolpe —comprendí— que arroja su alma a las miserias de la
tierra luego de un ascetismo ardiente y de una juventud atormentada por el
éxtasis religioso: es el movimiento de péndulo propio del destino y que lanza a
los hombres de la luz a la sombra. Me arranqué con violencia de ese
adormecimiento paralizante que había hecho presa de mis sentidos, obligándome a
prestar atención al relato de Radspieller, cuyo comienzo todavía despertaba en
mí extraños ecos. En esos momentos sostenía en la mano la sonda de cobre
haciéndola girar de tal manera que sus destellos brillaran a la luz de la
lámpara, y mientras tanto iba diciendo:
—Ustedes, apasionados de la pesca, afirman que es sumamente excitante
sentir que al otro extremo del cordel, que después de todo nunca sobrepasa las
200 yardas, se ha enganchado un pez muy grande, y con gran expectación aguardan
a que el monstruo aparezca en la superficie y les eche agua a la cara. Pero
ahora imagínense esa misma sensación multiplicada por mil, y tal vez comprendan
qué sentí yo cuando este trozo de metal me avisó por fin: he tocado fondo. Para
mí fue lo mismo que si mi mano acabara de llamar a una puerta. Este es el fin
de un trabajo que duró decenios —agregó en voz baja, como para sí, y de su voz
parecía desprenderse una pregunta temerosa—: ¿qué haré mañana?
—Y no es poco lo que para la ciencia significa el haber sondeado el
punto de mayor profundidad sobre la tierra —intervino el botánico Eshcuid.
—¡Ciencia, para la ciencia! —repetía Radspieller como ausente, mientras
nos contemplaba, uno a uno—: ¡Qué me importa a mí la ciencia! —le espetó.
Acto seguido se puso de pie apresuradamente. Y comenzó a pasearse por la
habitación.
—A usted la ciencia le importa tan poco como a mí, profesor —le dijo a
Eshcuid, y sonó como una interpelación—. ¿Por qué no llama a las cosas por su
nombre? Para nosotros la ciencia no es más que un pretexto para hacer algo,
cualquier cosa, no importa qué; la vida, la terrible, despiadada vida, ha
marchitado nuestras almas, nos ha robado nuestro propio yo, y entonces, para no
estar gritando siempre de dolor, andamos detrás de caprichos pueriles para
olvidar lo que perdimos. Para olvidar, nada más que para eso. ¡No nos engañemos
más a nosotros mismos!
Todos permanecíamos callados.
—Pero a ello hay que agregarle otro sentido más —de pronto pareció
invadirlo una inquietud casi salvaje—; me refiero a nuestros caprichos. Lo he
ido viendo muy poco a poco: una suerte de instinto mental me dice que cada acto
que realizamos posee un doble sentido mágico. Lo cierto es que no podemos hacer
nada que no sea mágico. Yo sé muy bien cuál es la causa ñor la que he estado
sondeando ascuas durante casi la mitad de mi vida. Y también sé qué significado
tiene que por fin haya logrado llegar al fondo, comunicándome así mediante un
cordel muy largo y muy fino y a través de todos los torbellinos, con un reino
al cual no Podrán llegar los rayos de este sol maldito cuyo mayor placer es
dejar morir de sed a sus criaturas.
»Lo que realicé hoy no deja de constituir un acontecimiento externo e
intrascendente, pero a cualquiera que sepa ver e interpretar lo que hay detrás
de las cosas más simples, le basta con la sombra informe que se dibuja contra
la pared para saber quién se ha puesto delante de la lámpara —ahora me sonreía
con mal disimulada sorna—, y a usted le voy a explicar en muy pocas palabras
qué importancia adquiere en mi interior este acontecimiento exterior:
finalmente he podido hallar lo que estaba buscando, de aquí en más estaré
inmunizado para siempre contra las serpientes venenosas de la fe y la esperanza
que sólo pueden vivir en la claridad; lo he sentido así con el brinco que dio
mi corazón cuando hoy pude ver cumplida mi voluntad al tocar el fondo del lago
con mi sonda de cobre. Un acontecimiento exterior e intrascendente me acaba de
mostrar su cara interior.
—¿Tan trágicas fueron las cosas que le ocurrieron en la vida, es decir,
durante él tiempo en que fue eclesiástico? —preguntó Mr. Finch, agregando muy
despacio, casi murmurando—: ¿Cómo se explicaría si no que su alma haya quedado
tan malherida?
Radspieller no respondió y parecía estar viendo un cuadro recién surgido
ante su vista; luego se sentó nuevamente junto a la mesa, posó su mirada en los
rayos de luna que atravesaban la ventana y comenzó su relato como un sonámbulo,
casi sin tomar aliento:
—Nunca fui eclesiástico, pero ya desde muy joven había algo en mí, una
ansiedad obscura y potente que me alejaba de las cosas terrenales. He vivido
horas en que el rostro de la naturaleza se transformaba ante mis ojos en la
máscara siniestra del diablo, en tanto que las montañas, el agua, el cielo,
todo el paisaje e incluso mi propio cuerpo me parecieron ser los muros
insalvables de una cárcel. A ningún niño lo va a impresionar demasiado que una
nube pasajera arroje fugazmente su sombra sobre una pradera iluminada por el
sol, pero a mí ya me acometía en aquel entonces un terror paralizante y me
parecía que una mano invisible y violenta me estaba arrancando una venda de los
ojos, permitiéndome ver hasta lo más profundo de ese mundo secreto y tormentoso
habitado por millones de minúsculos seres vivientes, que ocultos tras las
briznas y raíces de las yerbas, se destrozaban mutuamente movidos por el odio.
»Tal vez sólo se tratase de una insania hereditaria —mi padre murió
sumido en el delirio religioso— que me impedía ver a la tierra de otro modo que
no fuese como a una cueva de bandidos inundada de sangre. Poco a poco toda mi
vida se fue convirtiendo en el tormento constante de sentir que mi alma se
moría de sed. No podía dormir ni pensar, y tanto de día como de noche mis
labios formaban temblando y sin parar, mecánicamente, siempre la misma frase:
¡Sálvanos de todo mal! Hasta, que un día la debilidad me venció y pendí el
conocimiento.
»En el valle en que he nacido existe una secta religiosa llamada por
todos los Hermanos Azules, cuyos miembros, cuando sienten que su fin está
cercano, se hacen enterrar vivos. Todavía puede verse el convento que mandaron
construir y el escudo de piedra esculpido sobre la entrada principal: un
acónito formado por cinco pétalos azules, de los cuales el superior se asemeja
a una capucha de monje: el aconitum napellus, más conocido por «matalobos
azul». Yo era un hombre muy joven cuando busqué refugio en esa orden, y casi un
anciano cuando la abandoné.
»Detrás de los muros del convento hay un jardín en el que durante el
verano florece un cantero repleto de esas flores azules de la muerte, y los
monjes lo riegan con la sangre derramada por las Léridas que ellos mismos se
producen. Cada uno tiene la obligación, al quedar incorporado a la comunidad,
de plantar una de esas plantas, que al igual que en la ceremonia bautismal,
recibe el nombre cristiano de quien la plantó. La mía se llamó Hieronymus y
bebió de mi sangre mientras yo mismo me consumía durante años rogando en vano
que se cumpliera el milagro de que el «jardinero invisible» regara las raíces
de mi vida con una sola gota de agua.
»El contenido simbólico de este bautismo de sangre consiste en que el
hombre plante mágicamente su alma en el jardín del Paraíso y que la fertilice
con la sangre de sus deseos. Dice la leyenda, que sobre el sepulcro del
fundador de aquella secta de ascetas, el también legendario cardenal Napellus,
creció en una sola noche de luna llena uno de esos matalobos azules de una
altura similar a la de un hombre: y que estaba totalmente cubierto de flores: y
que cuando abrieron nuevamente la tumba, el cadáver había desaparecido. Se
supuso por lo tanto que aquel santo varón se había convertido en esa planta y
que de ella, la primera en el mundo, proceden todas las demás.
»Cuando en el otoño las flores se marchitaban, nosotros recolectábamos
sus semillas venenosas muy similares a pequeños corazones humanos y que, según
la doctrina secreta de los Hermanos Azules, son el grano de mostaza de la fe;
quien la posee puede mover montañas, motivo por el cual nosotros las comíamos.
Y del mismo modo en que un veneno muy fuerte puede alterar el corazón de un
hombre colocándolo entre la vida y la muerte, así se esperaba qué la esencia de
la fe transformara nuestra sangre y se convirtiera en fuerza milagrosa en horas
de miedo mortal y maravilloso éxtasis.
»Pero yo logré llegar con la sonda de mi conocimiento a profundidades
mucho mayores que esas milagrosas metáforas, di un paso más allá y pude
enfrentarme con la cuestión cara a cara: ¿Qué sucederá con mi sangre cuando
haya quedado preñada por el veneno de la flor azul? Y entonces las cosas a mi
alrededor cobraron vida, hasta las piedras al borde del camino me gritaron con
mil voces diferentes: Una y otra vez, con el retorno de cada primavera, será
vertida para que crezca una nueva planta venenosa que llevará tu propio nombre.
»Y a partir de ese mismo instante pude despojar de su máscara al vampiro
que había estado alimentando dentro mío y me sentí presa de un odio
inextinguible. Salí al jardín y con mis pies hundí en el suelo la planta que me
había robado mi nombre Hieronymus y que se había cebado con mi propia vida. De
ahí en adelante mi vida pareció estar sembrada de acontecimientos milagrosos.
Aquella misma noche tuve una visión: se me apareció el cardenal Napellus,
llevando en la mano —con los dedos en la misma posición de quien transporta una
vela— el acónito azul con su flor de cinco pétalos. Sus rasgos eran los de un
cadáver, sólo en su mirada brillaba indestructible la vida.
»Se parecía tanto a mí mismo que creí verme ante mi propio rostro, al
punto de tocarme espantado la cara como quien insiste en querer comprobar la
existencia del brazo que le acaba de ser arrancado por una explosión... Luego
me llegué hasta el refectorio y encendido por mi odio violé el armario —que
según había oído decir, contenía las reliquias del cardenal Napellus— con el
firme propósito de destruirlas. Pero sólo encontré ese globo terráqueo que ven
allí en la repisa.
Radspieller se levantó, fue a buscar el globo y lo colocó sobre la mesa,
prosiguiendo luego su relato:
—Lo llevé conmigo al huir del convento para hacerlo añicos y para que
así no quedara nada de lo que alguna vez perteneciera al fundador de aquella
secta.Más tarde cambié de idea y pensé que le haría sentir mucho más mi
desprecio por él y su reliquia si la vendía y regalaba el dinero a una
prostituta. Y así lo hice en cuanto se me presentó la ocasión. Desde entonces
han pasado muchos años, pero yo no he dejado de pensar ni un solo minuto
rastreando siempre las raíces invisibles de aquél otro acónito que envenena la
sangre y los corazones de toda la humanidad, para poder arrancarlas de cuajo de
mi propio corazón.
»Y como ya les dije al comenzar este relato, desde el momento mismo en
que desperté a la claridad, fui tropezando con un milagro tras otro; pero yo me
mantuve firme: ya no hubo fuego fatuo que me pudiera hacer volver al lodazal.
»Cuando comencé a coleccionar antigüedades (todo lo que ustedes pueden
ver en esta habitación proviene de aquella época de mi vida) me topé con
diversos objetos que me hicieron recordar los obscuros ritos de origen gnóstico
y del siglo de los camisardos; incluso el anillo de zafiros que llevo en este
dedo —que tiene grabado el mismo acónito que sirve de emblema a los Hermanos
Azules— llegó a mis manos casualmente mientras revisaba la tienda de un
vendedor de alhajas antiguas, y les aseguro que no despertó en mí ni los más
remotos ecos de una emoción. Y el día en que un amigo me trajo de regalo este
globo —el mismo que robé de un convento para luego venderlo y regalar el dinero
obtenido, la reliquia del cardenal Napellus—, bueno, ese día no pude menos que
reírme de esta amenaza pueril que parecía provenir de un azar absurdo y necio.
»No, hasta aquí, donde el aire es claro y transparente, ya no ha de
llegarme nunca más el veneno de la fe y la esperanza; en estas alturas, donde
sólo reinan los ventisqueros, el acónito azul no podrá crecer jamás. En mí tomó
cuerpo la verdad con un sentido nuevo a través del viejo adagio: Quien quiera
sondear las profundidades debe vivir en las alturas. Es por eso que no quiero
bajar nunca más a ningún valle. Ahora he sanado; y aunque todos los milagros de
los mundos angélicos me fuesen regalados, yo los arrojaría de mí como
inservibles baratijas.
»Que el acónito azul siga siendo un medicamento ponzoñoso para los
enfermos del corazón y los débiles habitantes de los valles; yo quiero vivir
aquí arriba y morir a la vista de la rígida ley diamantina de las necesidades
vitales inalterables, luz que no puede ser quebrada por ningún fantasma
demoníaco. Yo seguiré sondeando y sondeando, sin meta y sin añoranza, alegre
como un niño al que le basta con el juego y que aún no está apestado por la
mentira según la cual la vida tiene objetivos más profundos; seguiré sondeando
y sondeando... pero cada vez que logre tocar fondo se alzará en mí un grito de
júbilo: siempre, siempre es tierra lo que toco, y nada más que tierra... esa
orgullosa tierra que rechaza fríamente la traicionera luz del sol para
devolverla al éter; la tierra que se mantiene fiel a sí misma por dentro y por
fuera; del mismo modo que este globo terráqueo, la última triste herencia del
gran cardenal Napellus, seguirá siendo siempre un tonto pedazo de madera, por
fuera y por dentro.
»Y las negras fauces del lago me lo dirán siempre de nuevo: sobre la
costra de la tierra siguen creciendo —nutridos por el sol— venenos espantosos,
pero en su interior los abismos y los grandes precipicios permanecen inmunes,
las profundidades se mantienen puras.
El rostro de Radspieller estaba desencajado a causa de la emoción que lo
embargaba y su enfático discurso se quebró; ahora daba rienda suelta a su
rencor.
—Si yo pudiera expresar un único deseo y esperar que éste se cumpliera
—gritó casi, apretando los puños—, desearía poder llegar con mi sonda hasta el
centro mismo de la tierra, para poder gritarlo luego y que el mundo entero me
escuchara: ¡Miren, miren: tierra y nada más que tierra!
Nosotros levantamos la vista, asombrados por el repentino silencio que
siguió al estallido.
Ahora estaba en pie delante de la ventana.
El botánico Eshcuid había sacado su lupa y se agachaba sobre el globo
terráqueo; enseguida dijo en voz bien alta, como para disipar el malestar que
entre todos nosotros habían despertado las últimas palabras de Radspieller:
—Esta reliquia debe ser una falsificación y provenir, si no me equivoco
demasiado, de este mismo siglo; aquí están señalados —y puso el dedo sobre
América— los cinco continentes.
Por más que esta frase haya sido dicha en un tono totalmente neutro y
desapasionado, no logró quebrar la atmósfera deprimente en la que todos
habíamos quedado aprisionados, y que se volvía más densa y amenazante según
pasaban los segundos hasta convertirse en indisimulable angustia. Súbitamente,
un olor dulce y perturbador, como de arraclán o adelfilla, invadió la
habitación.
—Lo trae el viento desde el parque —quise decir, pero Eshcuid ya se
había adelantado a mi desesperado intento por despejar ese aire de pesadilla
que nos envolvía: había introducido la punta de una aguja en el globo y
murmuraba algo como:
—Es extraño que este lago, un punto tan minúsculo, figure en el mapa.
En ese mismo momento la voz de Radspieller volvió a despertar y lo
interrumpió con tono agudo:
—¿Alguien puede explicarme por qué ya no me persigue más de día y de
noche, como antes, la imagen de su eminencia el gran cardenal Napellus? En el
Código Nazareno, el libro de los azules monjes gnósticos, escrito 200 años
antes de Cristo, está la profecía para el neófito: Quien riegue la planta
mística con su propia sangre hasta el fin, será fielmente acompañado por ella
hasta las mismas puertas de la vida eterna; pero al impío que ose arrancarla lo
enfrentará cara a cara como la misma muerte, y su espíritu vagará sin derrotero
para perderse en las tinieblas hasta que llegue la nueva primavera.
»¿Dónde está el valor de estas palabras? ¿Se ha muerto acaso? Yo sólo
les diré una cosa: contra mí se estrelló una profecía de dos milenios. ¿Por qué
no viene a enfrentarme cara a cara para que yo pueda escupirle en la suya, a
él, el cardenal Nap...
Un tartajeante estertor le arrancó a Radspieller la última sílaba de la
boca; había visto la planta que el botánico colocara horas antes sobre el
alféizar de la ventana y la miraba con ojos desorbitados.
Mi primera intención fue la de levantarme y correr en su ayuda. Pero un
grito de Giovanni Braccesco me retuvo:
La corteza apergaminada del globo se había desprendido bajo la
insistente presión de la aguja de Eshcuid del mismo modo en que se desprende la
cascara de una fruta madura, y ante nosotros quedó al descubierto una gran
esfera de cristal. En su interior podía verse el resultado de una obra de
artesanía excepcional: la figura de un cardenal con capa y sombrero, que en la
mano traía como quien porta una vela encendida una planta con flores de cinco
pétalos de un azul acerado. Paralizado de espanto como estaba, apenas si atiné
a girar la cabeza hacia donde se encontraba Radspieller.
Estaba nuevamente parado junto a la ventana, rígido y cadavérico, y tan
inmóvil como la estatuilla de la esfera de cristal; y como ella sostenía en su
mano el acónito azul, en tanto que no podía quitar la vista del rostro del
cardenal. Sólo el brillo de sus ojos revelaba que aún estaba vivo; pero
nosotros comprendimos claramente que su espíritu se había hundido para ya nunca
más volver en la noche de la demencia.
Eshcuid, Mr. Finch, Giovanni Braccesco y yo nos despedimos a la mañana
siguiente, casi sin palabras: las últimas horas de la noche anterior aún
repercutían en nuestras mentes pesarosas y el desconcierto sellaba nuestros
labios. He seguido viajando por el mundo, solo y sin plan previo, pero nunca me
he vuelto a encontrar con ninguno de ellos.
Una sola vez, después de muchos años, mi camino me llevó hasta aquella
región: del castillo ya no quedaban más que los muros, pero entre las ruinas se
extendía, quemado por el sol de las alturas, en un gran cantero azul: el
Aconitum napellus.
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Gustav Meyrink (1868-1932)


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