© Libro N° 9972. Parásitos. Zimmer, Carl. Emancipación. Mayo 28 de 2022.
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Parásitos. Carl Zimmer
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Carl Zimmer
Parásitos
Carl
Zimmer
CONTENIDO
Prólogo
1. Criminales de la naturaleza
2. Terra Incognita
3. La guerra de los treinta años
4. Un terror concreto
5. El gran paso hacia el interior
6. Evolución desde dentro
7. El hospedador bípedo
8. Cómo vivir en un mundo lleno de parásitos
Epílogo
Glosario
Agradecimientos
Prólogo
Una vena es un río
El niño que estaba en la cama frente a mí se llamaba Justin, y no quería
despertarse. Su cama, una colchoneta esponjosa montada sobre una estructura
metálica, estaba situada en una sala de hospital que no era más que un pequeño
edificio de hormigón en el que los marcos de las ventanas estaban vacíos. El
hospital consistía en unos pocos edificios parecidos a este, algunos con techo
de paja, en un amplio patio polvoriento. Me parecía más una aldea que un
hospital. Asocio los hospitales con el linóleo frío, no con cabritos paseándose
por el patio, intentando mamar y meneando sus colas, ni con madres y hermanas
de los pacientes poniendo cacerolas de hierro a calentar en fogatas que han
hecho bajo árboles de mango. El hospital estaba en las afueras de una ciudad
desolada llamada Tambura, situada en el sur de Sudán, cerca de la frontera con
la República Centroafricana. Si quisieras viajar en cualquier dirección desde
el hospital, te encontrarías con pequeñas granjas de mijo y mandioca, con
caminos sinuosos que atraviesan bosques quebrados y pantanos, te toparías con
cúpulas funerarias hechas de cemento y ladrillo rematadas con cruces, con
montículos creados por termitas con una forma parecida a setas gigantes, y
atravesarías montañas habitadas por serpientes venenosas, elefantes y
leopardos. Pero como no eres del sur de Sudán, seguramente no viajarías en
ninguna dirección, al menos en la época en la que estuve allí. Durante veinte
años tuvo lugar una guerra civil en Sudán entre las tribus del sur y las del
norte. Cuando estuve de visita, los rebeldes llevaban ya cuatro años al mando
de Tambura, y decretaron que cualquier forastero que llegara en el vuelo
semanal que aterrizaba en su pista embarrada solo podía viajar con escoltas
rebeldes, y solo de día.
Justin, el chico que estaba en la cama, tenía doce años, hombros
delgados y un vientre que se curvaba hacia dentro como un tazón. Llevaba
puestos unos pantalones cortos de color caqui y un collar de cuentas azules; en
el alféizar que estaba sobre su cama había un saco tejido con cañas y un par de
sandalias, cada una de ellas con una flor metálica en su lengüeta. Su cuello
estaba tan inflamado que era difícil discernir dónde empezaba la parte trasera
de su cabeza. Sus ojos sobresalían como los de una rana, y sus fosas nasales
estaban obstruidas.
« ¡Hola, Justin! Justin, ¿hola?», le decía una mujer. Éramos siete
personas alrededor de su cama. Estaban esa mujer, una doctora estadounidense
llamada Mickey Richer, un enfermero estadounidense alto y de mediana edad
llamado John Carcello, y cuatro trabajadores sanitarios de Sudán. Justin
intentaba ignorarnos a todos, para conseguir así que nos fuéramos y le
dejáramos dormir de nuevo. « ¿Sabes dónde te encuentras?», le preguntó Richer.
Una de las enfermeras sudanesas se lo tradujo a lengua zande. Asintió y dijo:
«Tambura».
Con delicadeza, Richer lo apoyó contra su costado. Su cuello y su
espalda estaban tan rígidos que, cuando lo cogió, fue como agarrar un tablón.
No pudo hacerle girar el cuello y, mientras lo intentaba, Justin, con sus ojos
apenas abiertos, le imploraba que parara. «Si esto pasa —les dijo enfáticamente
a los sudaneses—, llamen a un médico». Intentaba disimular su enfado porque no
la habían avisado con tiempo. El cuello rígido del niño significaba que estaba
al borde de la muerte. Hacía semanas que su cuerpo había sido invadido por un
parásito unicelular, y la medicación que le estaba proporcionando Richer no
funcionaba. Y había otro centenar de pacientes en su hospital, todos ellos con
la misma enfermedad letal, llamada enfermedad del sueño.
Vine aquí a Tambura por sus parásitos, de la misma forma que la gente va
a Tanzania por sus leones o a Komodo por sus dragones. En Nueva York, donde
vivo, la palabra parásito no tiene mucho significado, o, al
menos, no mucho en particular. Cuando le hubiera dicho a la gente de allí que
estudiaba parásitos, alguno habría dicho: « ¿te refieres a la tenia?» y otro
habría preguntado: «¿te refieres a las ex mujeres?». La palabra es confusa.
Incluso en los círculos científicos, su definición es ambigua. Puede hacer
referencia a cualquier cosa que vive sobre o en el interior de otro organismo a
expensas de él. Esa definición puede incluir un virus que ocasiona un resfriado
o la bacteria que causa la meningitis. Pero, si a un amigo que tiene tos le
dices que en realidad ha sido infectado por parásitos, puede que piense que
tiene un alien alojado en su pecho, esperando a estallar y
devorar todo lo que se le ponga delante. Los parásitos pertenecen más al mundo
de las pesadillas que al de las consultas de los médicos. Y hasta los mismos
científicos, por razones peculiares de la historia, tienden a usar la palabra
para referirse a cualquier cosa que vive de forma parásita, exceptuando las
bacterias y los virus.
Incluso con esa definición tan limitada, los parásitos constituyen una
colección enorme. Justin, por ejemplo, yacía en la cama de ese hospital al
borde de la muerte porque su cuerpo se había convertido en el hogar de un
parásito llamado tripanosoma. Los tripanosomas son criaturas unicelulares, pero
están estrechamente relacionados con los humanos, mucho más que con las
bacterias. Entraron en el cuerpo de Justin cuando le picó una mosca tsé-tsé.
Mientras la mosca tsé-tsé bebía de su sangre, los tripanosomas pasaron a su
interior. Empezaron robando oxígeno y glucosa de la sangre de Justin, se
multiplicaron y eludieron su sistema inmunológico, invadieron sus órganos e
incluso se colaron en su cerebro. La enfermedad del sueño toma su nombre por el
modo en el que los tripanosomas afectan al cerebro de las personas, destrozando
sus relojes biológicos y haciéndoles creer que es de noche cuando es de día. Si
la madre de Justin no lo hubiera traído al hospital de Tambura, seguramente
habría fallecido en cuestión de meses. La enfermedad del sueño es una
enfermedad que no perdona.
Cuando Mickey Richer vino a Tambura hace cuatro años, apenas había casos
de enfermedad del sueño, y la gente pensaba que se trataba de una enfermedad
perdida ya en el tiempo. Pero no había sido siempre así. Durante milenios, la
enfermedad del sueño había sido una amenaza para la gente que vivía en las
zonas donde habitaba la mosca tsé-tsé: una amplia extensión de África al sur
del Sáhara. Una versión de la enfermedad también atacó al ganado y fue la causa
de que zonas muy amplias del continente carecieran de animales domésticos.
Incluso ahora, en casi doce millones de kilómetros cuadrados del continente,
está prohibido tener ganado debido a la enfermedad del sueño, e incluso en los
lugares donde sí se permite, mueren tres millones cada año a causa de esa enfermedad.
Cuando los europeos colonizaron África contribuyeron a desencadenar grandes
epidemias forzando a la gente a que se quedara y trabajara en zonas infectadas
con la mosca tsé-tsé. En 1906, Winston Churchill, que en esa época era el
subsecretario de la colonia, contó a la Cámara de los Comunes que una epidemia
de la enfermedad del sueño había reducido la población de Uganda de seis
millones y medio a tan solo dos millones y medio.
En la época de la Segunda Guerra Mundial, los científicos habían
descubierto que los fármacos que eran efectivos contra la sífilis también
podían erradicar los tripanosomas de los cuerpos infectados. Eran auténticos
venenos, pero funcionaron lo suficientemente bien como para reducir los niveles
de parásitos presentes si los médicos localizaban lugares con alta presencia de
la mosca tsé-tsé y trataban la enfermedad. Siempre habría casos de pacientes
afectados por la enfermedad del sueño, pero serían una excepción, no la regla.
Las campañas contra la enfermedad del sueño durante las décadas de 1950 y 1960
fueron tan efectivas que los científicos hablaban de eliminar la enfermedad en
cuestión de años.
Pero la guerra, las economías que se estaban derrumbando y los gobiernos
corruptos, permitieron que la enfermedad del sueño reapareciera. En Sudán, la
guerra civil ahuyentó a los médicos belgas y británicos del condado de Tambura;
médicos que habían estado controlando exhaustivamente que no reapareciera
ningún brote. No muy lejos de Tambura, visité un hospital abandonado que había
tenido su propio edificio dedicado a la enfermedad del sueño; ahora avispas y
lagartijas campan a sus anchas por esas salas. A medida que pasaron los años,
Richer observó cómo crecían los casos de enfermedad del sueño, primero fueron
19, luego, 87, hasta llegar a ser cientos. Realizó un estudio en 1997, y estimó
que alrededor del 20 por ciento de la gente del condado de Tambura —12.000
sudaneses— padecía la enfermedad del sueño.
Ese año, Richer lanzó una contraofensiva, esperando reducir la presencia
del parásito al menos en el condado de Tambura. En el caso de los pacientes que
todavía estaban en las fases iniciales de la enfermedad, diez días de
inyecciones del fármaco pentamidina en las nalgas eran suficientes. Para
aquellos que, como Justin, ya tenían el parásito alojado en su cerebro, era
necesaria una terapia mucho más agresiva. Necesitaban algún fármaco mucho más
potente que pudiera matar por completo el parásito alojado en el cerebro: un
brebaje brutal conocido como melarsoprol. El melarsoprol tiene un 20 por ciento
de arsénico. Puede fundir las típicas vías intravenosas de plástico, por lo que
Richer tuvo que conseguir unas que fueran tan duras como el teflón. Si, por lo que
fuera, el melarsoprol saliera de la vena, podría provocar que el tejido
adyacente se convirtiera en una masa hinchada y dolorosa; en ese caso, el
fármaco debe dejar de administrarse durante unos días, y, en el peor de los
casos, el brazo tendría que ser amputado.
Cuando Justin llegó al hospital, ya tenía parásitos en su cerebro. Las
enfermeras le administraron inyecciones de melarsoprol durante tres días, y la
medicina consiguió eliminar un buen número de tripanosomas de su cerebro y de
su columna vertebral. Pero, como resultado de ello, tanto su cerebro como su
columna vertebral estaban llenos de pedazos de tejidos de los parásitos
muertos, provocando así que las células de su sistema inmunológico pasaran de
estar aletargadas a sufrir una actividad frenética. El resultado de ese ataque
brutal fue que abrasaron el cerebro de Justin. La inflamación que provocaron
estaba estrujando su cerebro como si fuera un torniquete.
A continuación, Richer le prescribió esteroides para intentar bajar la
hinchazón. Justin gimoteó vagamente a medida que la inyección de esteroides
entraba por su brazo, sus ojos se cerraron como si estuviera cayendo en una
pesadilla muy profunda. Si tenía suerte, los esteroides rebajarían la presión
que sufría su cerebro. Al día siguiente tendríamos la respuesta: o estaría
mejor o habría fallecido.
Antes de visitar a Justin en su lecho, yo había estado viajando con
Richer durante unos cuantos días, observando cómo trabajaba. Habíamos ido a
aldeas donde su personal estaba centrifugando sangre, buscando alguna señal del
parásito. Estuvimos conduciendo durante horas para llegar a otra de sus
clínicas, donde la gente estaba efectuando punciones lumbares para ver si los
tripanosomas ya estaban de camino hacia el cerebro. Ya habíamos hecho la ronda
habitual por el hospital de Tambura, viendo a otros pacientes: niños pequeños a
los que había que sostener para poderles poner las inyecciones mientras no
dejaban de gritar, señoras mayores que aguantaban en silencio mientras el
fármaco ardía en sus venas, un hombre enloqueció de tal manera a causa del
fármaco que le dio por atacar a la gente y tuvo que ser atado a un poste. Y de
vez en cuando —y ahora, mientras observaba a Justin— intentaba ver los
parásitos en su interior. Me trajo a la memoria la película antigua
titulada Viaje alucinante, en la que Raquel Welch y el resto de
tripulantes subían a un submarino que a continuación era reducido a un tamaño
microscópico. Luego eran inyectados en una vena del cuerpo de un diplomático
para que, de esta manera, pudieran desplazarse a lo largo de su sistema
circulatorio hasta llegar a su cerebro, y salvarle así de una herida
potencialmente mortal. Sentía que tenía que entrar en ese mundo, formado por
ríos subterráneos, donde las corrientes sanguíneas siguen ramificaciones de las
arterias cada vez más pequeñas hasta que son devueltas a las venas, reuniéndose
de nuevo en venas mayores hasta que alcanzan el palpitante corazón. Los
glóbulos rojos rebotaban y rodaban, apretujándose para introducirse en los
capilares y luego retornaban a su forma original de disco. Los glóbulos blancos
usaban sus lóbulos para introducirse en los vasos sanguíneos a través de los
conductos linfáticos, como esas puertas ocultas en forma de librería que hay en
alguna casa. Y entre todos ellos, viajaban los tripanosomas. Había visto
tripanosomas bajo el microscopio en un laboratorio de Nairobi, y son bastante
hermosos. Su nombre proviene de la palabra griega trypanon, que
significa «augurio». Son aproximadamente el doble de grandes que un glóbulo
rojo, de un tono de color plateado bajo el microscopio. Sus cuerpos son planos,
como una cinta, pero cuando nadan rotan como brocas.
Los parasitólogos que pasan bastante tiempo observando tripanosomas en
el laboratorio tienden a enamorarse de ellos. En un artículo científico, por lo
demás, bastante serio, me encontré con esta frase: «Trypanosoma brucei tiene
muchas características fascinantes que han hecho de este parásito el favorito
de los biólogos experimentales». Los parasitólogos observan los tripanosomas
con el mismo cuidado con el que los ornitólogos observan águilas pescadoras,
mientras los parásitos tragan glucosa, o eluden a las células del sistema
inmunológico, desprendiéndose de su revestimiento y produciendo uno nuevo, o
mientras se convierten en nuevas formas que puedan sobrevivir en el intestino
de una mosca para luego volver a transformarse en una forma que se adapta a la
perfección a los hospedadores humanos.
Los tripanosomas son solo uno de los muchos parásitos que habitan en el
interior de la gente del sur de Sudán. Si pudiéramos desplazarnos al estilo
de Viaje alucinante a través de su piel, probablemente nos
toparíamos con nódulos del tamaño de una canica donde veríamos pasar nadando
gusanos enrollados tan largos como serpientes y tan delgados como hilos de
pescar. Estos animales, llamados Onchocerca volvulus, pasan sus
diez años de vida en estos nódulos, tanto los machos como las hembras,
produciendo miles de crías. Las crías los abandonan y se desplazan por la piel
del hospedador, con la esperanza de ser succionados mediante la picadura de una
mosca negra. En los intestinos de la mosca negra pueden madurar y pasar a su
siguiente etapa, durante la cual el insecto podrá inyectarlos en la piel de un
nuevo hospedador, donde formarán de nuevo un nódulo. A medida que las crías
nadan a través de la piel de su víctima pueden desencadenar un ataque violento
del sistema inmunológico. Pero en lugar de matar el parásito, el sistema
inmunológico produce un sarpullido en la piel del hospedador que se asemeja a
las manchas del leopardo. Este sarpullido puede llegar a producir un picor tan
intenso que hay pacientes que se rascan hasta morir. Cuando los gusanos llegan
a la capa externa de los ojos, las cicatrices provocadas por el intenso ataque
del sistema inmunológico pueden llegar a dejar ciega a una persona. Dado que
sus larvas son acuáticas, las moscas negras suelen estar cerca del agua, y por
eso esta enfermedad ha recibido el nombre de ceguera de los ríos.
Hay algunos lugares en África donde la ceguera de los ríos ha dejado sin vista
a casi todas las personas que pasan de los cuarenta años.
En Tambura también encontramos el gusano de Guinea: criaturas de sesenta
centímetros de largo que logran escapar de sus hospedadores perforando una
ampolla producida en la pierna y salen reptando, algo que hacen durante unos
pocos días. Están también las filarias, que causan elefantiasis, que pueden
hacer que un escroto se hinche tanto que ocupe toda una carretilla. Encontramos
también a las tenias o solitarias: criaturas ciegas, sin boca, que viven en los
intestinos, y que se pueden extender hasta alcanzar los dieciocho metros,
formadas por miles de segmentos, cada uno de los cuales, posee órganos sexuales
masculino y femenino. También hay trematodos con aspecto foliáceo en el hígado
y en la sangre. Hay parásitos unicelulares que causan la malaria, invadiendo
células sanguíneas y haciéndolas explotar, liberando una nueva generación
hambrienta de conquistar nuevas células. Si estás el tiempo suficiente en
Tambura, creerás que la gente de tu alrededor se ha vuelto transparente y se ha
convertido en brillantes constelaciones de parásitos.
Tambura no es tan peculiar como puede parecer. Solo es un sitio en el
que puedes encontrar parásitos que prosperan de una manera particularmente
cómoda en humanos. La mayor parte de la población de la Tierra es portadora de
parásitos, incluso si excluimos a las bacterias y a los virus. Más de 1.400
millones de personas tienen en su interior la ascáride parecida a una
serpiente, llamada Ascaris lumbricoides, en sus intestinos;
casi 1.300 millones tienen anquilostomas que les chupan la sangre; mil millones
tienen tricocéfalos. Dos o tres millones mueren a causa de la malaria en un
año. Y muchos de estos parásitos están aumentando. Puede que Richer haya
conseguido ralentizar la dispersión de la enfermedad del sueño en su pequeña
porción de Sudán, pero a su alrededor parece que se está propagando. Puede
matar a trescientas mil personas en un año; puede que mate a más personas en la
República Democrática del Congo que el sida. Parasitariamente hablando, Nueva
York es, en la actualidad, más extravagante que Tambura. Y, si pudiéramos ir
hacia atrás en la evolución hasta llegar a un antepasado simiesco de hace cinco
millones de años, e ir observando la presencia de parásitos en nuestra línea
evolutiva, el último siglo libre de parásitos del que algunos humanos han gozado
es solo un fugaz periodo de gracia.
Comprobé el estado de Justin al día siguiente. Estaba recostado de lado,
tomando caldo de un tazón. Su espalda estaba ligeramente curvada sobre la cama
mientras comía; sus ojos ya no estaban hinchados; su cuello volvía a ser
flexible; y su nariz volvía a estar despejada. Aún se sentía exhausto y estaba
mucho más interesado en comer que en hablar con extraños como yo. Pero está
bien que esa fugaz moratoria le incluyera también a él.
* * * *
Visitando lugares como Tambura, empecé a pensar en el cuerpo humano como
en una isla de vida apenas explorada, el hogar de criaturas distintas a
cualquier cosa del mundo exterior. Pero cuando recordé que somos solo una
especie entre millones de las que pueblan este planeta, la isla creció hasta
ser un continente, un planeta.
Algunos meses después de mi viaje a Sudán, en una noche que titubeaba
entre húmeda y lluviosa, paseaba por una selva de Costa Rica. Sostenía una red
para cazar mariposas en mi mano, y los bolsillos de mi chubasquero rebosaban de
bolsas de plástico. La luz frontal que llevaba en la cabeza proyectaba un óvalo
de luz sobre el camino que se hallaba frente a mí, que una araña estaba
cruzando a tan solo seis metros de distancia. Sus ocho ojos brillaban al
unísono como un conjunto de pequeños diamantes. Una solitaria avispa gigante se
metía lentamente en su nido situado en el lateral del camino para esconderse de
mi luz deslumbrante. La única luz que había, más allá de la proveniente de mi
lámpara, provenía de relámpagos lejanos y de las luciérnagas que brillaban
durante largos y lentos destellos por encima de las copas de los árboles. La
hierba despedía el olor nauseabundo de la orina de jaguar.
Caminaba junto a siete biólogos, dirigidos por un científico llamado
Daniel Brooks. Estaba lo más alejado posible de la imagen que yo tenía de un
intrépido biólogo de la jungla: cuerpo pesado, un bigote caído, y unas grandes
gafas de aviador, vestido con un chándal rojo y negro y unas deportivas. Pero,
al igual que el resto de nosotros, estuvo todo el paseo hablando de cómo
fotografiar pájaros o de cómo explicar la diferencia entre una serpiente coral
venenosa y una imitadora inofensiva. Brooks iba algo adelantado, escuchando las
piadas y graznidos de nuestro alrededor. De repente se paró en un lateral del
camino agitando su mano derecha, ordenando que nos calláramos. Se dirigió a una
amplia zanja que se había llenado con la lluvia de la noche y levantó su red
lentamente. Pisó con una de sus deportivas dentro del agua y de pronto hundió
la red en la orilla más alejada. El extremo puntiagudo de la red empezó a
bailar y a agitarse, y agarró la red por la mitad antes de alzarla. Con la otra
mano cogió una bolsa de plástico que le di y soplando la llenó de aire. Pasó
una gran rana leopardo con rayas de color beis de la red a la bolsa, donde
saltó frenéticamente. Anudó el extremo abierto de la bolsa, que todavía estaba
llena de aire, y pasó el nudo bajo el cordón de su pantalón de chándal. Siguió
caminando con esa abultada bolsa que contenía una rana, como si fuera un saco
transparente repleto de oro.
Esa noche había ranas y sapos por todas partes. Brooks cogió una segunda
rana leopardo en un lugar no muy alejado del primero. Las ranas de Tungara
flotaban en el agua, formando coros poderosos. Los sapos marinos, alguno tan
grande como un gato, esperaban a que estuviéramos cerca para, a continuación,
dar un único gran salto perezoso con el que mantenían así la distancia. Pasamos
por zonas acuosas con una espuma tan sólida como un baño de burbujas, fuera de
la cual cientos de renacuajos se retorcían en el agua circundante. Atrapamos
ranas de cara embotada de la familia Microhylidae (conocidas en la zona como
ranas oveja), con unos pequeños ojos apretados justo sobre sus fosas nasales y
cuerpos regordetes que recuerdan a gotas de crema de chocolate.
Para algunos zoólogos, el proceso de captura de sus especímenes habría
acabado en este punto. Pero Brooks no estaba del todo seguro de qué era lo que
había capturado. Llevó las ranas a las oficinas del Área de Conservación de
Guanacaste. Dejó las ranas en sus bolsas toda la noche, con algo de agua para
mantenerlas húmedas y vivas. A la mañana siguiente, después de un desayuno de
arroz con judías y zumo de piña, fuimos a su laboratorio. El laboratorio
consistía en un cobertizo con paredes con alambres para gallinero en los dos
lados.
«Los ayudantes locales lo llaman la jaula», decía Brooks.
Había una mesa en el centro del cobertizo en la que se podían ver microscopios
de disección, y orugas lanudas y escarabajos se arrastraban por el suelo de
hormigón. Un nido de avispas colgaba del cable de la luz. En el exterior, más
allá de las enredaderas que rodeaban el cobertizo, un mono aullador rugía en
los árboles. Los locales lo llamaban jaula porque, según decían, «nos tenemos
que quedar aquí dentro o mataríamos a todos sus animales».
Brooks sacó una rana leopardo de su bolsa y la despachó con un golpe
seco en el borde del fregadero. Murió inmediatamente. La colocó en la mesa y
empezó a abrirle el vientre. Con la ayuda de unas pinzas y mucha delicadeza,
extrajo los intestinos del cuerpo de la rana. Colocó los órganos en una placa
de Petri ancha y puso la carcasa de la rana bajo el microscopio. Durante los
tres veranos anteriores, Brooks había estado observando el interior de ochenta
especies de reptiles, pájaros y peces de Guanacaste. Había empezado a elaborar
una lista de todas las especies de parásitos que vivían en la reserva. Hay
tantas clases diferentes de parásitos en el interior de los animales y plantas
del mundo que nadie se había atrevido a hacer algo así en un lugar con el tamaño
de Guanacaste. Ajustó las luces que había sobre dos largos soportes negros, dos
extrañas serpientes que observaban la rana muerta. «¡Ah! — Dijo —, allá vamos».
Me hizo mirar: una filaria —un pariente del gusano de Guinea presente en
los humanos— se movía desorientada una vez fuera de su hogar en una de las
venas de la espalda de la rana. Brooks explicó que «probablemente se transmitía
por los mosquitos que se alimentaban de las ranas». La extrajo cuidadosamente y
colocó el espécimen intacto en un plato con agua. Para cuando pudo hacerse con
un plato de ácido acético (vinagre de fabricación industrial) para fijarlo, el
parásito había estallado, formando una especie de espuma blanca. Pero Brooks
fue capaz de extraer otro intacto e introducirlo sin que estallara antes en el
ácido, donde se desenrolló, listo para ser conservado durante décadas.
Ese fue el primero de los muchos parásitos que pudimos observar. De otra
vena salió una hilera de trematodos, algo parecido a un collar retorcido. Los
riñones contenían otra especie que solo madura cuando la rana es devorada por
un depredador como una garza o un coatí. Los pulmones de esta rana estaban
limpios, aunque es habitual que las ranas de aquí tengan parásitos también en
esos órganos. Tienen diversas malarias en la sangre, e incluso trematodos en
sus esófagos y oídos. «Las ranas son los hoteles de los parásitos», decía
Brooks. Luego trabajó los intestinos independientemente, cortándolos con sumo
cuidado para preservar los parásitos que pudieran contener. Encontró otra
especie de trematodo, una mota diminuta que nadaba bajo la lupa del
microscopio. «Si no sabes lo que estás buscando, podrías pensar que es basura.
Este pasa desde un caracol a una mosca, que luego es ingerida por una rana». El
trematodo tiene que compartir este conjunto particular de intestinos con un
gusano tricostrongílido que ha llegado hasta allí por una ruta más directa,
perforando directamente el intestino de la rana.
Brooks apartó la placa de debajo del microscopio y dijo: «Eso ha sido
realmente decepcionante, chicos». Pienso que se debía de dirigir a los
parásitos. Yo, en cambio, estaba bastante desbordado por la gran cantidad de
criaturas que habíamos podido ver en un único animal, pero Brooks sabía que una
sola especie de rana puede contener una docena de especies en su interior, y
deseaba que yo pudiera ver la mayor cantidad posible. Le habló a la rana:
«Esperemos que tu compadre tenga más».
Alcanzó la bolsa que contenía la segunda rana leopardo. A esta le
faltaban dos dedos de su pie delantero izquierdo. «Eso significa que escapó de
un depredador que no tuvo tanta suerte como yo», dijo Brooks, y la despachó de
nuevo con un golpe seco y rápido. Cuando tuvo su vientre abierto bajo el
microscopio, exclamó con una viveza repentina: «¡Oh! Esto es bueno. Lo siento.
Es bueno en términos relativos». Me hizo mirar por el visor. Otro trematodo, en
este caso uno del género Gorgoderina, por su parecido con las
serpientes retorcidas de la cabeza de Medusa, se contorsionaba mientras salía
de la vejiga de la rana. «Viven en almejas de agua dulce. Eso me dice que esta
rana ha estado en algún lugar en el que hay almejas, las cuales, a su vez,
necesitan un suministro garantizado de agua, un fondo arenoso y un suelo rico
en calcio. Y su segundo hospedador es un cangrejo de río, por lo que el hábitat
debe albergar almejas, cangrejos de río y ranas, y lo hace durante todo el año.
De donde lo cogimos ayer no es de donde proviene. —Se desplazó a sus
intestinos—. Aquí tenemos una bonita escena»: nematodos junto a trematodos que
forman quistes en la piel de la rana. Cuando la rana se despoja de su piel, se
la come, con lo que se infecta a sí misma. Los trematodos eran bolsas
saltarinas de huevos.
Brooks se había animado bastante, y pasó a una rana de la familia
Microhylidae. «Oh, Dios mío, tú me has traído suerte —dijo mientras miraba en
su interior—. Este individuo debe de contener más de mil lombrices
intestinales. ¡Santo cielo, esta rana está plagada de parásitos!». En la sopa
de lombrices había protozoos iridiscentes retorciéndose, gigantes unicelulares
que eran casi tan grandes como los gusanos pluricelulares.
Algunos de los parásitos que vimos ya tenían nombre, pero la mayoría
eran nuevos para la ciencia. De momento, Brooks fue a su ordenador a teclear
algunas palabras clave indefinidas para cada individuo —nematodo, tenia…— que
luego serían mejoradas por él mismo o por otro parasitólogo que propondría
algún nombre en latín. El ordenador contenía los registros de otros parásitos
que Brooks había ido recogiendo durante los años pasados, incluyendo algunos de
los que yo había podido contemplar diseccionados los días previos. Allí estaban
las iguanas con sus tenias, la tortuga con un océano de lombrices intestinales.
Justo antes de mi llegada, Brooks y sus ayudantes habían abierto un ciervo en
el que encontraron una docena de especies que vivían en o sobre él, incluyendo
nematodos que viven únicamente en el talón de Aquiles del ciervo y moscas que
ponen los huevos en su nariz. (Brooks llamó a estas últimas larvas moco).
Incluso dentro de esta única reserva, es posible que Brooks no fuera
capaz de catalogar todas las especies de parásitos. Brooks es un experto en
parásitos de vertebrados, considerando la definición tradicional de parásito,
es decir, excluyendo a las bacterias, virus y hongos. Cuando le visité, había
identificado unos trescientos parásitos, pero calculaba que habría unos once
mil en total. Brooks no estudiaba los miles de especies de avispas y moscas
parásitas que viven en el bosque, devorando insectos desde dentro y
manteniéndolos vivos hasta el último instante en el que se dan el banquete. No
estudia las plantas que parasitan otras plantas, robando el agua que sus
hospedadores obtienen del suelo y el alimento que fabrican a partir del aire y
el sol. No estudia hongos, los cuales pueden invadir animales, plantas o
incluso otros hongos. Su única esperanza es que otros parasitólogos se le unan
y estudien todas esas especies. Hay pocos que se dediquen a ello y están
repartidos por muchos lugares. Todo ser vivo tiene al menos un parásito que
vive en su interior o sobre él. Muchos, como es el caso de las ranas leopardo y
los humanos, tienen muchos más. Hay un loro en México que únicamente en sus
plumas tiene treinta especies diferentes de ácaros. Y los mismos parásitos
tienen parásitos, y algunos de esos otros parásitos también tienen sus propios
parásitos. Científicos como Brooks no tienen ni idea de cuántas especies de
parásitos existen, pero sí saben una cosa que resulta impresionante: los
parásitos constituyen el mayor grupo de especies del planeta. De acuerdo con
una estimación, los parásitos puede que ganen al resto de las especies de vida
libre en una proporción de cuatro a uno. En otras palabras, el estudio de la
vida es, en su mayor parte, parasitología.
El libro que tiene en sus manos trata de este nuevo estudio de la vida.
Los parásitos han sido desatendidos durante décadas, pero recientemente han
atraído la atención de muchos investigadores. A los científicos les ha costado
mucho tiempo apreciar las adaptaciones sofisticadas que han hecho los parásitos
en su mundo interno, porque es muy difícil echar un vistazo a ese mundo. Los
parásitos pueden castrar a sus hospedadores y luego tomar el control de su
mente. Un trematodo de unos centímetros de largo puede engañar a nuestro
complejo sistema inmunológico haciéndole creer que es tan inofensivo como
nuestra propia sangre. Una avispa puede insertar sus propios genes en las
células de una oruga para neutralizar el sistema inmunológico de esta. Es ahora
cuando los científicos están empezando a pensar seriamente que los parásitos
pueden ser tan importantes para los ecosistemas como los leones o los
leopardos. Y solo ahora se están dando cuenta de que los parásitos han sido una
fuerza dominante, puede que la fuerza dominante, en la evolución de la vida.
O tal vez debería decir en la minoría de la vida que no es parasitaria.
Lleva un tiempo hacerse a la idea de algo así.
Capítulo 1
Criminales de la naturaleza
La naturaleza manifiesta un paralelismo muy sugerente con nuestras
perversiones sociales de justicia, y la comparación no está exenta de
lecciones. La avispa Ichneumon parasita los cuerpos vivos de orugas y larvas de
otros insectos. Con una astucia despiadada y una ingenuidad superada solo por
el hombre, este insecto depravado y carente de todo principio perfora la oruga
para depositar sus huevos en el cuerpo vivo y retorcido de su víctima.
John Brown, en Riqueza parásita o reforma monetaria:
Un manifiesto para el pueblo de los Estados Unidos y para los trabajadores de
todo el mundo (1898).
Al principio había fiebre. Había orina sanguinolenta. Había largas tiras
temblorosas de carne que se iban desenrollando de la piel. La muerte estaba
aletargada esperando el despertar de moscas sedientas de picar.
Los parásitos se hicieron conocidos, o al menos sus efectos, hace miles
de años, mucho antes de que los griegos crearan el nombre parásito —parasitos—.
La palabra significa literalmente «junto a la comida», y los griegos tenían
algo muy diferente en mente cuando usaban esa palabra, refiriéndose a los
oficiales que servían en los banquetes del templo. En algún momento, la palabra
se deshizo de su significado estricto y se usó para referirse a una especie de
«adulador», alguien que podía conseguir una comida ocasional de un noble
proporcionándole una buena conversación, entregándole mensajes, o realizando
alguna tarea para él. Finalmente, el parásito pasó a ser un personaje habitual
en la comedia griega, con su propia máscara. Esto ocurría muchos siglos antes
de que la palabra pasase al campo de la biología, para definir la vida que
vacía otras vidas desde dentro. Pero los griegos ya conocían los parásitos
biológicos. Aristóteles, por ejemplo, reconoció criaturas que vivían en las
lenguas de los cerdos, recubiertas por quistes tan resistentes como perdigones.
La gente de todas partes del mundo conocía los parásitos. Los antiguos
egipcios y los chinos prescribían diferentes clases de plantas para destruir
los gusanos que vivían en el intestino. El Corán les aconseja a sus lectores
que se mantengan alejados de los cerdos y del agua estancada, ambos, fuentes de
parásitos. Aunque, por lo general, este antiguo conocimiento solo ha dejado una
sombra en la historia. Las tiras temblorosas de carne —conocidas ahora como
gusanos de Guinea— puede que hayan sido las serpientes ardientes que la Biblia
describe como la plaga que azotó a los israelitas en el desierto. Sin duda
alguna, fueron una plaga en Asia y África. No podían ser arrancados de una sola
vez, ya que se partirían en dos, y la parte que quedaba en el interior moriría
y causaría una infección mortal. La cura universal para el gusano de Guinea era
descansar una semana, enrollando lentamente el gusano paso a paso en un palito
para mantenerlo vivo hasta que hubiera salido por completo. Alguien ideó este
procedimiento de cura, alguien ahora olvidado, tal vez desde hace miles de
años. Aunque puede que el invento de esa persona fuese recordado en el símbolo
de la medicina, conocido como el caduceo: dos serpientes enrolladas alrededor
de una vara.
Aún en el Renacimiento, los médicos europeos pensaban, por lo general,
que parásitos como los gusanos de Guinea no enfermaban realmente a la gente.
Las enfermedades eran la consecuencia de que el cuerpo se desequilibrara como
resultado del calor o del frío o de cualquier otra fuerza. Por ejemplo,
respirar un aire nocivo podía producir una fiebre llamada malaria. Una
enfermedad venía acompañada de síntomas: hacía que la gente tosiera, provocaba
manchas en su barriga, o les producía parásitos. Los gusanos de Guinea eran el
producto de que la sangre fuera demasiado ácida, y no eran realmente gusanos
—eran algo producido por un cuerpo enfermo: puede que nervios corruptos, bilis
negra o venas estiradas—. Después de todo, era difícil de creer que algo tan
extraño como un gusano de Guinea pudiera ser una criatura viva. Incluso en el
año 1824, algunos escépticos aún mantenían que: «La sustancia en cuestión no
puede ser un gusano —declaraba el cirujano superintendente de Bombay—, porque
su situación, sus funciones y propiedades son las típicas de un vaso linfático
por lo que la idea de que se trate de un animal es un disparate».
Otros parásitos eran indudablemente criaturas vivas. Por ejemplo, en los
intestinos de los humanos y de los animales, había unos gusanos finos con forma
de serpiente que más tarde recibieron el nombre de Ascaris, y
tenias —cordones estrechos y planos que podían estirarse hasta tener una
longitud de dieciocho metros—. En los hígados de ovejas enfermas había alojados
parásitos con aspecto foliáceo, llamados trematodos[1] o
duelas. Aun así, incluso si un parásito era realmente una criatura viva, la
mayoría de los científicos razonaban que también debía ser un producto del
propio cuerpo. Las personas que portaban tenias en su interior descubrían con
horror cómo salían trozos de ellas con los movimientos de sus intestinos, pero
nadie había visto jamás una tenia arrastrándose, centímetro a centímetro,
entrando en la boca de su víctima. Los quistes que Aristóteles había visto en
las lenguas de los cerdos tenían en su interior diminutas criaturas enroscadas
parecidas a gusanos, pero se trataba de animales indefensos que ni siquiera
tenían órganos sexuales. Los científicos asumían que los parásitos debían de
generarse espontáneamente en los cuerpos, al igual que las larvas aparecían
espontáneamente en un cadáver, los hongos en el heno, o los insectos en el
interior de los árboles.
En 1673, a los parásitos visibles se les unió todo un zoo de compañeros
invisibles. Un tendero de la ciudad holandesa de Delft colocó unas gotas de
agua de lluvia estancada bajo un microscopio que él mismo había fabricado, y
observó unos glóbulos serpenteantes, algunos de ellos con colas gruesas, otros
con patas. Su nombre era Anton van Leeuwenhoek, y aunque en su tiempo no fue
considerado nada más que un aficionado, fue la primera persona que vio
bacterias y células. Colocó bajo su microscopio todo lo que pudo. Descubrió,
raspando sus dientes, unas criaturas en forma de vara que vivían sobre ellos, a
los que podía matar con un sorbo de café caliente. Después de una desagradable
comida de carne o jamón ahumado, colocó bajo sus lentes sus propias heces blandas.
En ellas pudo ver más criaturas —una masa informe con algo parecido a patas que
utilizaba para reptar como una cochinilla, criaturas con forma de anguila que
nadarían como peces en el agua—. Se dio cuenta de que su cuerpo era el hogar de
parásitos microscópicos.
Más adelante, otros biólogos encontraron cientos de clases diferentes de
criaturas microscópicas que vivían en el interior de otras criaturas, y durante
un par de siglos no hubo ninguna división entre ellos y los parásitos más
grandes. Los nuevos y diminutos gusanos tenían diferentes formas —de ranas,
escorpiones, o lagartos—. «De algunos surgen cuatro cuernos —escribió un
biólogo en 1699—, otros desarrollan cola ahorquillada, otros, una especie de
picos como las aves de corral, otros están cubiertos de pelo, o se vuelven
ásperos por completo; y hay otros que se cubren de escamas y parecen
serpientes». Mientras tanto, otros biólogos identificaron cientos de diferentes
parásitos visibles, trematodos, gusanos, crustáceos y otras criaturas que
vivían en los peces, en las aves y en cualquier animal que abrieran. La mayoría
de los científicos aún se aferraban a la idea de que tanto los parásitos
grandes como los pequeños eran generados espontáneamente por sus hospedadores,
y que solo eran expresiones pasivas de una enfermedad. Y siguieron pensando lo
mismo durante el siglo XVIII, incluso a pesar de que algunos científicos
evaluaron la idea de la generación espontánea y encontraron que era fallida.
Estos escépticos demostraron cómo las larvas de gusano que aparecían en el
cadáver de una serpiente no eran más que los huevos que habían depositado
previamente unas moscas, y que crecían dando lugar posteriormente a nuevas
moscas.
Incluso si las larvas de gusano no fueran generadas espontáneamente, los
parásitos serían un asunto diferente. Simplemente, no tenían forma de
introducirse en un cuerpo, por lo que tenían que ser creados en su interior.
Nunca habían sido vistos fuera de un cuerpo, ya fuera animal o humano. Se
podían encontrar en animales jóvenes, incluso en fetos abortados. Algunas
especies se podían encontrar en el intestino, viviendo felizmente junto a otros
organismos que eran destruidos por los jugos gástricos. Otros se podían
encontrar obstruyendo el corazón y el hígado, sin ninguna forma posible de
introducirse en esos órganos. Disponían de ganchos y ventosas y otros
equipamientos para conseguir entrar en un cuerpo, pero todo ello resultaría
inútil en el mundo exterior. En otras palabras, los parásitos estaban diseñados
claramente para vivir toda su vida en el interior de otros animales, incluso en
órganos concretos.
La generación espontánea era la mejor explicación posible para los
parásitos, dadas las pruebas disponibles. Pero también era una profunda
herejía. La Biblia enseñaba que la vida fue creada por Dios en la primera
semana de la creación, y todas y cada una de las criaturas eran un reflejo de
Su diseño y de Su benevolencia. Todo aquello que vive hoy debe descender de
esas criaturas originales, en una cadena inquebrantable que conecta padres con
hijos —nada podría haber aparecido más tarde repentinamente debido a alguna
fuerza vital indómita—. Si nuestra propia sangre pudiera generar vida
espontáneamente, ¿para qué habría necesitado la vida la ayuda de Dios para
aparecer en los días del Génesis?
La misteriosa naturaleza de los parásitos creó un extraño e inquietante
catecismo propio. ¿Por qué creó Dios parásitos? Para alejarnos de la tentación
de sentirnos muy orgullosos, recordándonos que éramos únicamente polvo. ¿Cómo
se introducen los parásitos en nosotros? Deben de haber sido puestos allí por
Dios, dado que no tienen ninguna forma evidente de lograrlo por sí solos. Puede
que hayan ido pasando de generación en generación desde el interior de nuestros
cuerpos al de nuestros hijos. ¿Significa eso que Adán, que fue creado puramente
inocente, ya apareció cargado de parásitos? Puede que los parásitos fueran
creados en su interior después de su caída. Pero ¿no sería esto una segunda
creación, un octavo día añadido a la primera semana —«y el lunes siguiente,
Dios creó a los parásitos»—? Bueno, entonces puede que, después de todo, Adán
fuera creado con parásitos, pero en el Edén los parásitos eran sus compañeros.
Comían la comida que él no podía digerir totalmente y mantenían sus heridas
limpias lamiéndolas desde dentro. ¿Pero por qué necesitaría Adán, creado
inocente pero, a su vez, perfecto, cualquier clase de ayuda? Aquí es donde
parece que finalmente el catecismo se derrumbó por completo.
Los parásitos causaron tanta confusión porque tenían ciclos vitales
diferentes a los que los humanos estaban acostumbrados a ver. Tenemos las
mismas clases de cuerpos que nuestros padres tenían a nuestra edad, lo mismo
que les pasa a los salmones o las ratas almizcleras o a las arañas. Los
parásitos pueden romper esa regla. El primer científico que se dio cuenta de
ello fue un zoólogo danés, Johann Steenstrup. En la década de 1830 reflexionó
sobre el misterio de los trematodos, cuyos cuerpos con aspecto foliáceo podían
encontrarse en casi cualquier animal que un parasitólogo observara con cuidado
—en los hígados de las ovejas, en los cerebros de peces, en los intestinos de
aves—. Los trematodos ponían huevos, y en la época de Steenstrup todavía nadie
había encontrado un «bebé» trematodo en su hospedador.
Sin embargo, sí que habían encontrado criaturas que eran ligeramente
diferentes. En los lugares donde vivían determinadas especies de caracoles, en
acequias, estanques o arroyos, los parasitólogos encontraron unos animales que
nadaban libremente y que parecían pequeñas versiones de trematodos, excepto por
el hecho de que tenían unas grandes colas unidas a su parte posterior. Estos
animales, llamados cercarias, meneaban sus colas frenéticamente en el agua.
Steenstrup recogió una muestra de agua estancada, llena de caracoles y
cercarias, y la mantuvo en una habitación con una temperatura cálida. Se dio
cuenta de que las cercarias atravesaban el revestimiento mucoso que cubría el
caparazón y el cuerpo del caracol, se desprendían de sus colas, y formaban un
quiste duro, el cual, dijo: «se arquea sobre ellos como un vidrio de reloj
completamente cerrado». Cuando Steenstrup extrajo las cercarias de esos
refugios, encontró que se habían convertido en trematodos.
Los biólogos sabían que los caracoles eran también el hogar de otras
clases de parásitos. Había una criatura que parecía una bolsa informe. También
había una pequeña bestia a la que llamaban gusano amarillo del rey: un animal
pulposo que vivía en la glándula digestiva del caracol y que portaba en su
interior lo que parecían ser cercarias, todas ellas revolviéndose como gatos en
un saco de arpillera. Steenstrup incluso encontró otra criatura parecida a un
trematodo que nadaba libremente, que no usaba una cola en forma de misil, sino
cientos de finos pelos que cubrían su cuerpo.
Observando a todos estos organismos nadando en el agua y dentro de los
caracoles —organismos a los que en muchos casos se les ha otorgado su propio
nombre de especie en latín—, Steenstrup hizo una sugerencia escandalosa. Todos
estos animales eran diferentes etapas y generaciones de un único animal. Los
adultos depositaban huevos, que escapaban de sus hospedadores y aterrizaban en
el agua, donde eclosionaban con una forma cubierta de finos pelos. La forma
cubierta de pelos nadaba a través del agua buscando un caracol, y una vez que
había penetrado en él, el parásito se transformaba en esa especie de bolsa
informe. La bolsa informe empezaba a hincharse con los embriones de una nueva
generación de trematodos. Pero estos nuevos trematodos no se parecían en nada a
los individuos con aspecto foliáceo que aparecían en el hígado de una oveja, o
incluso a los que estaban cubiertos de finos pelos que penetraron en el
caracol. Estos eran los gusanos amarillos del rey. Se movían a través del
caracol, alimentándose y criando en su interior una nueva generación de
trematodos —las cercarias con colas con forma de misil—. Las cercarias salían
del caracol, formando rápidamente quistes sobre él. Desde ahí se las arreglaban
para introducirse en una oveja o en otro hospedador final, y una vez allí
salían de sus quistes como trematodos maduros.
Este era un método sin precedentes gracias al cual los parásitos podrían
aparecer en el interior de nuestro cuerpo. «Un animal da a luz una progenie que
es, y sigue siendo, diferente a sus padres, pero que produce a continuación una
nueva generación, cuyos miembros, o sus descendientes, retornan a la forma
original del primer animal». Tal como decía Steenstrup, los científicos ya
conocían los precedentes, pero no podían creer que todas esas formas
pertenecían a la misma especie.
Se demostró finalmente que Steenstrup tenía razón. Muchos parásitos
pasan de un hospedador a otro durante sus ciclos vitales, y en muchos casos
alternan entre diferentes formas de una generación a otra. Y gracias a su
perspicacia, se desmoronó uno de los mejores argumentos a favor de la
generación espontánea en parásitos. Steenstrup pasó a continuación a prestarles
atención a los gusanos que Aristóteles había visto que vivían en quistes
incrustados en las lenguas de los cerdos. Estos parásitos, llamados gusanos
vejiga en esa época, pueden vivir en cualquier músculo de los mamíferos.
Steenstrup sugirió que los gusanos vejiga eran realmente una etapa temprana del
desarrollo de algún otro gusano que todavía no se había encontrado.
Otros científicos habían observado que los gusanos vejiga se parecían un
poco a las tenias. Todo lo que había que hacer era cortar la mayor parte del
largo cuerpo en forma de cinta del gusano, y plegar su cabeza y algunos de los
primeros segmentos dentro de un caparazón, y ya está, era un gusano vejiga. Es
posible que el gusano vejiga y la tenia fueran el mismo gusano. Puede que
realmente fueran el producto de huevos de tenia que se habían desarrollado en
el hospedador incorrecto. Cuando los huevos eclosionaron en este ambiente
hostil, las tenias no pudieron seguir su ruta normal de desarrollo y, en lugar
de eso, crecieron dando lugar a monstruos atrofiados y deformes que murieron
antes de poder alcanzar la madurez.
En la década de 1840, estas ideas llegaron a los oídos de un devoto
doctor alemán y quedó escandalizado. Friedrich Küchenmeister dedicaba una parte
de su tiempo a ejercer la medicina en Dresde, y en su tiempo libre escribía
libros sobre zoología bíblica y regentaba un negocio de incineración, llamado
Die Urne. Küchenmeister admitió que la idea de que los gusanos vejiga fueran
realmente tenias eludía la herejía de la generación espontánea. Pero si era
cierto, se caía en otra trampa pecaminosa —la idea de que Dios pudiera permitir
que una de sus criaturas acabara con un final monstruoso—. «Sería contrario a
la sabia disposición de la naturaleza, que no empieza nada sin un fin concreto
—declaró Küchenmeister—. Tal teoría del error contradice la sabiduría del Creador
y las leyes de la armonía y sencillez que caracterizan a la naturaleza»; leyes
que incluso se aplican a las tenias.
Küchenmeister tenía otra explicación mucho más piadosa: los gusanos
vejiga eran una etapa temprana del ciclo vital natural de la tenia. Después de
todo, los gusanos vejiga se solían encontrar en presas —animales como ratones,
cerdos y vacas— y las tenias se encontraban en depredadores: gatos, perros y
humanos. Puede que cuando un depredador devoraba una presa, el gusano vejiga
emergiera de su quiste y creciera, dando lugar a la tenia completa. En 1851,
Küchenmeister empezó una serie de experimentos para rescatar al gusano vejiga
de su callejón sin salida. Extrajo cuarenta individuos de carne de conejo y se
los dio de comer a zorros. Después de unas cuantas semanas, encontró treinta y
cinco tenias en los zorros. Realizó el mismo procedimiento con otras especies
de tenias y de gusanos vejiga en ratones y gatos. En 1853, le suministró
gusanos vejiga provenientes de una oveja enferma a un perro, que no tardó en
expulsar en sus excrementos segmentos de una tenia adulta. Posteriormente, dio
de comer estos restos a una oveja sana, que empezó a tambalearse dieciséis días
después. Cuando se sacrificó a la oveja y Küchenmeister pudo analizar su
cráneo, encontró gusanos vejiga sobre la parte superior de su cerebro.
Cuando Küchenmeister dio a conocer sus hallazgos, dejó atónitos a los
profesores universitarios que habían hecho de los parásitos el trabajo de su
vida. Allí estaba, un aficionado que se había hecho a sí mismo, resolviendo un
misterio en el que habían fracasado los expertos durante décadas. Intentaron
desacreditar el trabajo de Küchenmeister siempre que les fue posible,
intentando mantener vivas sus propias ideas sobre el destino de los gusanos
vejiga. Uno de los problemas que presentaba el trabajo de Küchenmeister era que
en algunas ocasiones había alimentado con gusanos vejiga a una especie de
hospedador incorrecta, en cuyo caso morían todos los parásitos. Sabía, por
ejemplo, que los cerdos eran portadores de una especie de gusano vejiga, y
sabía que los carniceros de Dresde y sus familias a veces eran víctimas de una
tenia llamada Taenia solium. Sospechó que esos dos parásitos eran
el mismo. Alimentó a cerdos con huevos de Taenia y obtuvo los
gusanos vejiga, pero cuando añadía esos gusanos vejiga a la alimentación de los
perros no obtenía individuos adultos de Taenia. El único modo
de comprobar el ciclo era mirar en el interior de su único verdadero
hospedador: los humanos.
Küchenmeister estaba tan decidido a demostrar la armonía benevolente de
Dios que preparó un experimento macabro. Obtuvo permiso para alimentar con
gusanos vejiga a un prisionero que iba a ser ejecutado, y en 1854 se le
notificó que un asesino iba a ser decapitado en unos pocos días. En una cena,
la esposa de Küchenmeister se dio cuenta de que el suculento asado de cerdo que
iban a comer tenía unos cuantos gusanos vejiga. Küchenmeister fue corriendo al
restaurante donde habían comprado el cerdo. Suplicó que le dieran una libra de
la carne cruda, a pesar de que el cerdo había sido sacrificado dos días antes y
estaba empezando a ponerse malo. Los dueños del restaurante le dieron un poco,
y al día siguiente Küchenmeister extrajo los gusanos vejiga y los añadió a una
sopa de fideos calentada hasta una temperatura similar a la corporal.
El prisionero no sabía lo que estaba comiendo y disfrutó tanto del plato
que pidió repetir. Küchenmeister le dio más sopa, y también morcilla en la que
había introducido gusanos vejiga. Tres días después, el prisionero fue
ejecutado, y Küchenmeister fue a buscar sus intestinos. Y en ellos encontró
tenias jóvenes. Apenas tenían medio centímetro de longitud, pero ya habían
desarrollado su distintiva doble corona de veintidós ganchos.
Cinco años después, Küchenmeister repitió el experimento, en esa ocasión
alimentando a un convicto durante los cuatro meses anteriores a su ejecución.
Después de ello, encontró tenias con una longitud de un metro y medio en los
intestinos de ese hombre. Se sintió triunfante, pero a los científicos de su
época les repugnó. Los experimentos eran «degradantes para nuestra naturaleza
común», escribió un crítico. Otro le comparó con algunos médicos de la época en
que se extraía el corazón aún latiente de un hombre recién ejecutado,
simplemente para satisfacer su curiosidad. Uno citó a Wordsworth: «¿Alguien que
curiosearía y buscaría plantas / sobre la tumba de su madre?».[2] Pero
no quedó ninguna duda de que los parásitos estaban entre las criaturas vivas
más extrañas de todas. Los parásitos no se generaban espontáneamente; provenían
de otros hospedadores. Küchenmeister ayudó también a descubrir otro asunto
importante de los parásitos que Steenstrup no había observado: no siempre
necesitan vagar por el mundo exterior para pasar de un hospedador a otro.
Pueden crecer en el interior de un animal y esperar a que este sea ingerido por
otro.
La última posibilidad que aún le quedaba a la generación espontánea era
la representada por los microbios. Pero pronto fue echada por tierra gracias al
científico francés Louis Pasteur. Para llevar a cabo su conocida demostración,
puso caldo en un matraz. Esperó el tiempo suficiente a que el caldo se
estropeara, llenándose de microbios. Algunos científicos afirmaban que los
microbios se generaban espontáneamente en el propio caldo, pero Pasteur
demostró que los microbios eran realmente traídos por el aire hasta el matraz y
allí se asentaban. Luego demostró que los microbios no eran solo un síntoma de
las enfermedades, sino que a menudo eran su causa —lo que vino a conocerse como
la teoría germinal de las enfermedades infecciosas—. Y gracias a ese logro vinieron
los grandes triunfos de la medicinal occidental. Pasteur y otros científicos
empezaron a aislar las bacterias concretas que causaban enfermedades como el
ántrax, la tuberculosis y el cólera, y fabricaron vacunas para algunas de
ellas. Demostraron que los médicos propagaban las enfermedades con sus manos y
escalpelos sucios y que eso se podía evitar con algo de jabón y agua caliente.
Con el trabajo de Pasteur llegó una transformación peculiar del concepto
de parásito. En 1900, ya casi nadie consideraba parásitos a las bacterias a
pesar de que, como las tenias, vivían en y a expensas de otro organismo. Era
menos importante para los médicos que las bacterias se considerasen organismos
o parásitos que el hecho de que tuvieran el poder de causar enfermedades y que
ahora podían ser erradicadas con vacunas, fármacos y una buena higiene. Las
facultades de medicina centraban la atención de sus estudiantes en las
enfermedades infecciosas, y, generalmente, en aquellas que estaban causadas por
bacterias (o, más adelante, por los virus, mucho más pequeños que estas). Una
parte de su trabajo tenía que ver con cómo reconocían los científicos las causas
de las enfermedades. Por regla general, seguían un conjunto de reglas
propuestas por el científico alemán Robert Koch. Para empezar, se tenía que
demostrar que un patógeno estaba asociado con una enfermedad en particular.
También tenía que aislarse y hacerlo crecer en un cultivo puro, el organismo
cultivado tenía que ser inoculado en un hospedador y producir de nuevo la
enfermedad, y el organismo presente en el segundo hospedador tenía que ser
igual al que se había inoculado. Las bacterias cumplen fácilmente con estas
reglas. Pero había muchos otros parásitos que no.
Viviendo junto a las bacterias —en el agua, el suelo o en los cuerpos—
había organismos unicelulares mucho más grandes (pero también microscópicos),
conocidos como protozoos. Cuando Van Leeuwenhoek echó un vistazo a sus
deposiciones, vio un protozoo que ahora recibe el nombre de Giardia
lamblia, que le había hecho enfermar. Los protozoos se parecen mucho más a
las células que forman parte de nuestros cuerpos, de las plantas o de los
hongos, que a las bacterias. Las bacterias son básicamente sacos de ADN suelto
y proteínas dispersas. Pero los protozoos guardan su ADN cuidadosamente
enrollado en bobinas moleculares dentro de una cubierta llamada núcleo, de la
misma forma que hacemos nosotros. También disponen de otros compartimentos
dedicados a generar energía, y todo su contenido está rodeado por una especie
de andamiaje a modo de esqueleto, igual que nuestras células. Estas eran solo
unas cuantas pistas de las muchas que descubrieron los biólogos que demostraban
que los protozoos están más emparentados con la vida pluricelular que con las
bacterias. Llegaron incluso a dividir la vida en dos grupos. Por un lado
estaban los procariotas —las bacterias— y por el otro, los eucariotas:
protozoos, animales, plantas y hongos.
Muchos protozoos, como, por ejemplo, las amebas que pastan por el suelo
de los bosques, o el fitoplancton que colorea el océano de verde, son
inofensivos. Pero hay miles de especies de protozoos parásitos, y entre ellos
están incluidos algunos de los parásitos más despiadados de todos. Para el
cambio de siglo, los científicos habían descubierto que las fiebres brutales de
la malaria no estaban causadas por el aire corrupto, sino por diversas especies
de un protozoo llamado Plasmodium, un parásito que vivía en el
interior de unos mosquitos y que se introducía en los humanos cuando los
insectos perforaban la piel para chupar sangre. Las moscas tsé-tsé portaban
tripanosomas que producían la enfermedad del sueño. Y, sin embargo, a pesar de
su capacidad para causar enfermedades, la mayoría de los protozoos no estaban a
la altura de las exigencias de Koch. Eran criaturas que encajaban con la idea
de Steenstrup, alternando una generación tras otra.
El Plasmodium, por ejemplo, entra en el cuerpo humano
gracias a la picadura de un mosquito, con una forma parecida a un calabacín
conocida como esporozoíto. Se desplaza hasta el hígado, donde invade una célula
y se multiplica, dando una descendencia de unos cuarenta mil individuos,
llamados merozoítos —estos tienen forma de uva—. Los merozoítos salen del
hígado en busca de glóbulos rojos, en cuyo interior producirán más merozoítos.
Las nuevas generaciones harán estallar las células e irán en busca de más células
sanguíneas. Después de un rato, algunos merozoítos producen una forma diferente
—una sexual, llamada macrogamonte—. Si un mosquito tomara un trago de la sangre
del hospedador y se tragara una célula sanguínea que contuviera macrogamontes,
se aparearían en el interior del insecto. El macrogamonte masculino fecunda al
femenino, y producen una descendencia con aspecto fusiforme llamada ooquineto.
El ooquineto se divide en el intestino del mosquito, dando lugar a miles de
esporozoítos que se desplazan hasta las glándulas salivares del mosquito, desde
donde serán inyectados en algunos nuevos hospedadores humanos.
Con tantas generaciones y tantas formas diferentes, no se puede cultivar
ejemplares de Plasmodium únicamente depositándolos en una
cápsula de Petri y esperando que se multipliquen. Tenemos que tener
macrogamontes masculinos y femeninos para hacerles creer que están viviendo en
el intestino de un mosquito, y una vez que han procreado, se ha de hacer creer
a su descendencia que ha sido liberada a través de la boca del mosquito en la
sangre de un humano. No es imposible lograrlo, pero no fue hasta la década de
1970, un siglo después de que Koch estableciera sus reglas, que un científico
averiguara cómo cultivar ejemplares de Plasmodium en un
laboratorio.
Los eucariotas parásitos y las bacterias parásitas fueron separados por
la geografía. En Europa, las bacterias y los virus fueron los causantes de las
peores enfermedades, como la tuberculosis o la polio. En los trópicos, los
protozoos y los animales parásitos eran igual de dañinos. Los científicos que
los estudiaban eran generalmente médicos de las colonias, y su especialidad
pasó a llamarse medicina tropical. Los europeos se desplazaron hasta allí para
ver cómo los parásitos les robaban la mano de obra, ralentizaban la
construcción de canales y presas, y evitaban que la raza blanca pudiese vivir
feliz en el ecuador. Cuando Napoleón condujo su ejército hasta Egipto, los
soldados empezaron a quejarse, diciendo que estaban menstruando como mujeres.
Lo que realmente pasaba era que estaban infectados con trematodos. Al igual que
los trematodos que Steenstrup había estudiado, estos salían de los caracoles y
nadaban a través del agua en busca de piel humana. Acababan en las venas del
abdomen de los soldados y soltaban sus huevos en sus vejigas. Los trematodos de
la sangre atacaron a gente desde las costas occidentales de África hasta los
ríos de Japón; incluso el comercio de esclavos los trajo hasta el Nuevo Mundo,
y prosperaron en Brasil y en el Caribe. Las enfermedades que causaban,
conocidas como bilharziasis o esquistosomiasis, absorbían la energía de cientos
de millones de personas que debían ser las encargadas de construir los imperios
europeos.
Dado que las bacterias y los virus ocuparon el centro de atención de la
medicina, los parásitos (en otras palabras, todo lo demás) fueron empujados a
la periferia. Los especialistas en medicina tropical continuaron luchando
contra sus propios parásitos, a menudo con una asombrosa falta de éxito. Las
vacunas contra los parásitos fracasaban rotundamente. Había algunas curas
antiguas —quinina contra la malaria, antimonio contra los trematodos
sanguíneos—, pero hacían muy poco bien. A veces resultaban tan tóxicas que
causaban tanto daño como la enfermedad misma. Mientras tanto, los veterinarios
estudiaban los seres que vivían en el interior de vacas, perros y otros
animales domésticos. Los entomólogos observaban los insectos que extraían del
interior de los árboles, nematodos que absorbían por sus raíces. Todas estas
diferentes disciplinas fueron conocidas como parasitología —más una
confederación poco rígida de disciplinas distintas que una verdadera ciencia—.
Si había algo que mantenía unidas sus facciones, era el hecho de que los
parasitólogos eran muy conscientes de que los objetos de sus estudios eran
seres vivos más que, simplemente, agentes causantes de enfermedades, cada uno
de los cuales con una historia natural propia —en palabras de un científico de
la época, «zoología médica»—.
Algunos auténticos zoólogos estudiaron esta zoología médica. Pero cuando
la teoría germinal de las enfermedades estaba cambiando el mundo de la
medicina, ellos contaban con una revolución propia. En 1859, Charles Darwin
ofreció una nueva explicación sobre la vida. La vida, explicaba, no ha existido
sin sufrir cambios desde la creación de la Tierra, sino que ha ido evolucionado
de una forma a otra. Esa evolución ha sido dirigida por lo que llamó selección
natural. Cada generación de una especie está compuesta por variantes, y algunas
de esas variantes se desarrollan mejor que otras —pueden obtener más alimento o
evitar con más éxito ser ingeridas por otras—. Sus descendientes heredaban sus
características, y con el paso de miles de generaciones, esta reproducción no
planificada daba como resultado la diversidad de la vida que hay hoy en día
sobre la Tierra. Para Darwin, la vida no era una escalera que conducía
directamente hasta los ángeles o un armario lleno de conchas y animales
disecados. Era un árbol, que se diversificaba mientras ascendía, conteniendo
toda la diversidad de especies de la Tierra, tanto las vivas como las que hubo
en un pasado remoto, todas ellas arraigadas en una ascendencia común.
A los parásitos les fue tan mal en la revolución evolutiva como
anteriormente en la revolución de la medicina. Darwin los observó solo de
pasada, normalmente cuando estaba tratando de argumentar que la naturaleza era
un mal lugar en el que intentar demostrar el diseño benevolente de Dios. Una
vez escribió que: «Resulta ofensivo que el Creador de incontables sistemas de
mundos haya creado cada una de las miríadas de parásitos reptantes». Encontró
que las avispas parásitas son un antídoto particularmente bueno contra las
ideas sensibleras acerca de Dios. La forma en que las larvas devoraban a sus
hospedadores desde el interior era tan espantosa que Darwin escribió una vez
acerca de ellas: «No me puedo convencer a mí mismo de que un Dios caritativo y
todopoderoso haya creado intencionadamente los Ichneumonidae [un
grupo de avispas parásitas] con la expresa intención de que se alimenten dentro
de los cuerpos vivos de las orugas».
Pero Darwin era bastante benevolente con los parásitos en comparación
con las posteriores generaciones de biólogos que continuaron su trabajo. No era
un descuido sin mala intención, ni siquiera una ligera repugnancia. Lo que
sentían era un profundo desprecio por los parásitos. Estos científicos
victorianos se sintieron atraídos hacia una forma peculiar de evolución,
totalmente desacreditada en la actualidad. Aceptaban el concepto de la
evolución de la vida, pero el filtro impuesto por Darwin mediante una selección
natural que actuaba generación tras generación les parecía demasiado aleatorio
para explicar los rasgos que encontraban en los registros fósiles de los
últimos millones de años. Veían que la vida tenía una fuerza interna que la
conducía hacia una complejidad cada vez mayor. Creían que esta fuerza dotaba de
un propósito a la evolución: el producir organismos superiores —vertebrados
como nosotros— a partir de las formas inferiores.
Una voz que influyó mucho en la propagación de estas ideas fue la del
zoólogo británico Ray Lankester. Lankester creció familiarizado con la
evolución. Cuando era un niño, Darwin visitó la casa de sus padres y le contó
historias sobre tortugas de una isla del Pacífico sobre las que se podía ir
montado. Cuando Lankester se hizo adulto, era de complexión grande y con la
cara algo hinchada, a lo Charles Laughton. Como profesor de Oxford y director
del Museo Británico, continuó con la teoría de Darwin de una manera a veces
excesivamente vigorosa. Hacía sentir a la gente de su alrededor muy pequeña,
tanto física como mentalmente; a un hombre con el que quedó, le recordaba a los
leones alados de la mitología asiria. Una vez, el rey Eduardo VII le
ofreció unas gotas de conocimiento científico mientras le obsequiaba con una
visita real, y Lankester replicó sin rodeos: «Señor, los hechos no son como los
contáis; estáis mal informado».
Para Lankester, la teoría de Darwin había dotado a la biología de una
unión tan impresionante como la de cualquier otra ciencia. No tenía paciencia
con los catedráticos renqueantes que consideraban su ciencia como un hobby pintoresco.
Declaró que: «Ya no nos satisface ver la biología como una ciencia de la que
burlarse por su inexactitud o verla rebajada a la categoría de historia natural
o que se la elogie por su relación con la medicina. Todo lo contrario, la biología
es la ciencia cuyo crecimiento pertenece al presente». Y su comprensión
ayudaría a las futuras generaciones a librarse de todo tipo de ortodoxias
estúpidas: «el burócrata, el funcionario pretencioso, el jefe malhumorado, el
pedagogo ignorante». Ayudaría a crecer a la civilización humana, de la misma
forma en que la vida se ha esforzado durante millones de años. Estableció este
punto de vista sobre el orden biológico y político de las cosas en un ensayo
que escribió en 1879, titulado «Degeneración: Un capítulo del darwinismo».
La descripción del árbol de la vida que se puede encontrar en ese ensayo
no es como la del árbol silvestre de Darwin. Tiene forma de árbol de Navidad
sintético, con ramas saliendo del tronco principal, el cual va creciendo en
complejidad hasta alcanzar a la especie humana en la cima. En cada etapa del
ascenso de la vida, algunas especies abandonan la lucha, sintiéndose cómodos en
el nivel de complejidad que han alcanzado —una simple ameba, una esponja o un
gusano— mientras que otros siguen esforzándose por ascender.
Pero había algunas ramas lánguidas en el árbol de Lankester. Algunas
especies no solo dejaron de ascender, sino que, en realidad, renunciaron a
algunos de sus logros. Se degeneraron, simplificaron sus cuerpos
mientras se acomodaban a una vida más fácil. Para los biólogos de la época de
Lankester, los parásitos eran la personificación de los degenerados, tanto si
eran animales como si eran protozoos unicelulares que habían renunciado a una
vida libre. Para Lankester, el parásito prototípico era un miserable percebe
llamado Sacculina carcini. Cuando sale del huevo eclosionado, tiene
una cabeza, una boca, una cola, un cuerpo dividido en segmentos, y patas, que
es exactamente lo que esperarías de un percebe o de cualquier otro crustáceo.
Pero, en lugar de crecer dando lugar a un animal que busque y luche por su
alimento, el Sacculina encuentra un cangrejo y se cuela en el
interior de su caparazón. Una vez dentro, el Sacculina degenera
rápidamente, perdiendo sus segmentos, sus patas, su cola, incluso su boca. En lugar
de todo eso, desarrolla una serie de zarcillos en forma de raíz que extiende
por todo el cuerpo del cangrejo. Luego usa estas raíces para absorber el
alimento del cuerpo del cangrejo, degenerando así al estado de simple planta.
«Una vez que la vida parasitaria está asegurada —advertía Lankester—, el
parásito se desprende de patas, mandíbulas, ojos y oídos; el activo y altamente
dotado cangrejo se convierte en un simple saco del que absorber nutrientes y en
el que poner huevos».
Dado que ya no había división entre el ascenso de la vida y la historia
de la civilización, Lankester vio en los parásitos una grave advertencia para
los humanos. Los parásitos degeneran «igual que un hombre activo y sano a veces
degenera cuando de repente se ve poseedor de una fortuna; o del mismo modo que
Roma degeneró cuando poseyó las riquezas del mundo antiguo. El hábito del
parasitismo actúa claramente de esta forma sobre la organización animal». Para
Lankester, los mayas, viviendo en las sombras de los templos abandonados de sus
ancestros, estaban degenerados, igual que los europeos victorianos eran
imitaciones mediocres de los gloriosos griegos de la Antigüedad. Le inquietaba
la idea de que «es posible que todos nosotros estemos a la deriva, encaminándonos
hacia la condición de percebes intelectuales».
La existencia de un flujo ininterrumpido entre la naturaleza y la
civilización significaba que la biología y la moralidad eran intercambiables.
La gente de los tiempos de Lankester tendía a condenar a la naturaleza y a la
vez esgrimirla como autoridad a la hora de condenar a otras personas. Su ensayo
inspiró a un escritor llamado Henry Drummond a publicar una extensa diatriba
que fue un éxito en ventas, La ley natural en el mundo espiritual,[3] en
1883. Drummond declaró que el parasitismo «es uno de los crímenes más graves
presentes en la naturaleza. Es una brecha en la ley de la evolución.
Evolucionarás, desarrollarás al máximo todas tus facultades, alcanzarás la
mayor perfección concebible de la raza —y qué perfecta es la raza—, este es el
primer y más grande mandamiento de la naturaleza. Pero al parásito no le
importa en absoluto la raza, ni la perfección en cualquiera de sus formas.
Quiere dos cosas: alimento y refugio. Es irrelevante cómo lo consigue. Cada
miembro vive exclusivamente por su cuenta una vida aislada, indolente, egoísta
y reincidente». La gente no era diferente: «Todos esos individuos que han
conseguido una rápida riqueza mediante la especulación; todos los hijos de la
fortuna; todas las víctimas de una herencia; todos los parásitos sociales;
todos los acólitos de la corte; todos los mendigos de los mercados…; todos
estos son testigos de las retribuciones inalterables de la ley del
parasitismo».
La gente ya recibía el calificativo de parásitos antes del final de la
década de 1800, pero Lankester y otros científicos dotaron a dicha metáfora de
una precisión y una claridad como jamás había tenido. Y hay una distancia muy
corta entre el discurso de Drummond y el genocidio. Fíjese lo cerca que están
sus palabras de ese paso en estas otras acerca de la mayor perfección
concebible de la raza: «En la lucha por el pan de cada día sucumben todos
aquellos que son débiles y enclenques o menos resueltos, mientras que la lucha
de los machos por conseguir hembras otorga el derecho o la oportunidad de
propagarse solo a los más saludables. Y la lucha siempre es un medio para
mejorar la salud y la fortaleza de una especie y, por lo tanto, una causa de su
mayor desarrollo». El autor de estas palabras no era un biólogo evolutivo, sino
un político austríaco mezquino que posteriormente exterminaría a seis millones
de judíos.
Adolf Hitler se basaba en una versión confusa y de baja calidad de la
evolución. Imaginaba que los judíos y otras razas «degeneradas» eran parásitos,
y llevó la metáfora mucho más lejos, considerándolos una amenaza para la salud
de sus hospedadores, la raza aria. La obligación de una nación era preservar la
salud evolutiva de su raza, y, para ello, había que deshacerse de los
parásitos. Hitler investigó todos los recovecos de la metáfora de los
parásitos. Definió el camino que seguía la «infestación» judía, que se
propagaba a los sindicatos de los trabajadores, al mercado bursátil, a la
economía y a la vida cultural. El judío, afirmaba, era y sería «siempre
únicamente un parásito en el cuerpo de otros pueblos. El que a veces abandone
su anterior espacio vital no tiene nada que ver con su propio propósito, pero
es el resultado del hecho de que de vez en cuando es expulsado por las naciones
anfitrionas de las que ha abusado. Su propagación es un fenómeno típico de
todos los parásitos; siempre busca una nueva fuente de alimentación para su
raza».
Los nazis no eran los únicos que marcaban a sus enemigos con el
calificativo de parásito. Para Marx y Lenin, la burguesía y los burócratas eran
parásitos de los que se tenía que librar la sociedad. En 1898 apareció en el
socialismo un toque exquisitamente biológico, cuando un panfletista llamado
John Brown escribió un libro llamado Riqueza parásita o reforma
monetaria: Un manifiesto para el pueblo de los Estados Unidos y para los
trabajadores de todo el mundo. Se quejaba de que tres cuartas partes del
dinero del país estaban concentradas en manos de un 3 por ciento de la
población, que los ricos chupaban la salud de la nación, y que sus industrias
protegidas prosperaban a expensas de la gente. Y, al igual que Drummond o
Hitler, veía a sus enemigos reflejados con precisión en la naturaleza, en la
forma en que las avispas parásitas vivían a costa de las orugas. «Con el
refinamiento de una crueldad innata —escribió—, estos parásitos se abren camino
en la sustancia viva de sus reacios pero indefensos hospedadores, evitando
todas las partes vitales para prolongar la agonía de una muerte lenta».
Los propios parasitólogos ayudaron a veces a consagrar la metáfora del
parásito humano. Incluso en 1955, un parasitólogo estadounidense, Horace
Stunkard, seguía adelante con la idea de Lankester en un ensayo publicado en la
revista Science, titulado «Libertad, esclavitud y el estado de
bienestar». Escribió que: «Dado que la zoología trata de los hechos y los
principios de la vida animal, la información obtenida a partir del estudio de
otros animales es aplicable a la especie humana». Todos los animales estaban
impulsados por la necesidad de alimento, refugio y la posibilidad de
reproducirse. En muchos casos, el miedo los impulsaba a renunciar a su libertad
a cambio de un cierto grado de seguridad, solo para estar atrapados en una
dependencia permanente. Entre los animales que buscaban esa seguridad
destacaban criaturas como las almejas, los corales y las ascidias, que se
fijaban en el suelo oceánico para poder filtrar el agua de mar que pasaba a
través de ellos en busca de alimento. Pero ninguno de ellos se podía comparar
con los parásitos. Una y otra vez en la historia de la vida, aparecen
organismos libres que han renunciado a su libertad para transformarse en
parásitos a cambio de escapar de los peligros de la vida. La evolución los
llevó por un camino degenerado. «Cuando otras fuentes de alimento eran
insuficientes, ¿qué era más fácil que alimentarse de los tejidos del
hospedador? El animal dependiente se inclina por buscar el camino más fácil».
Stunkard era algo tímido a la hora de decidir cómo se podría aplicar
esta regla de los parásitos a los humanos. «Se debería aplicar a cualquier
grupo de instituciones, y la intención no es referirse simplemente a entidades
políticas, aunque algunas consecuencias serían inevitables». Con la renuncia
completa a su libertad, el parásito ha entrado en el «estado de bienestar», tal
como lo expresó Stunkard —con apenas una fina metáfora separando a una tenia
del New Deal—. Una vez que los parásitos han renunciado a su libertad,
raramente intentan recuperarla; en lugar de eso, canalizan sus energías en
producir nuevas generaciones de parásitos. Sus únicas innovaciones son formas
extrañas de reproducción. Los trematodos alternan sus formas entre
generaciones, reproduciéndose sexualmente en humanos y asexualmente en
caracoles. Las tenias pueden producir un millón de huevos en un día. ¿Cómo
podía Stunkard tener en mente otra cosa que no fueran familias con una
reproducción rápida que vivían de la asistencia social? En sus propias
palabras: «Tal estado de bienestar existe únicamente para aquellos individuos
afortunados, los pocos favorecidos, que son capaces de camelar u obligar a
otros para que les proporcionen bienestar. El tan usado intento de obtener
bienestar sin esfuerzo, de obtener algo a cambio de nada, persiste como una de
las ilusiones que en todas las épocas han fascinado y engañado a los incautos».
Los escritos de Stunkard de 1955 representan una bocanada agonizante de
las antiguas opiniones sobre evolución. Mientras atacaba a los parásitos que
vivían a costa de los cupones de alimentos, sus colegas biólogos estaban
derruyendo sin miramientos los cimientos de su concepción científica.
Descubrieron que todo ser vivo de la Tierra porta información genética en sus
células en forma de ADN, una molécula con forma de doble hélice. Los genes
(segmentos particulares del ADN) portan las instrucciones para fabricar
proteínas, y estas proteínas pueden construir ojos, digerir alimentos, regular
la creación de otras proteínas y hacer miles de cosas más. Cada generación pasa
su ADN a la siguiente, y, a lo largo del camino, los genes se mezclan, dando
lugar a nuevas combinaciones. Algunas veces aparecen mutaciones en los genes,
creando códigos completamente nuevos. Estos biólogos se dieron cuenta de que la
evolución estaba construida sobre la base de estos genes y la forma en la que
estos prosperan y decaen a lo largo del tiempo —no sobre la base de una
misteriosa fuerza interior—. Los genes ofrecían una rica variedad, y la
selección natural preservaba determinadas formas. Gracias a estos altibajos
genéticos, se podían crear nuevas especies, nuevos planes corporales. Y dado
que la evolución se basaba en los efectos a corto plazo de la selección
natural, los biólogos ya no tenían necesidad alguna de creer en un impulso
propio en la evolución, ya nunca más vieron la vida como un árbol de Navidad
sintético.
Los parásitos se habrían beneficiado de este cambio de perspectiva
científica. Ya no serían nunca más los parias de la biología. Aunque, ya bien
entrados en el siglo XX, los parásitos aún no se habían deshecho por completo
del estigma de Lankester. Ese desprecio sobrevivió tanto en la ciencia como más
allá de ella. Los mitos raciales de Hitler se derrumbaron, y las únicas
personas que aún creían que los parásitos sociales debían ser erradicados,
están en las periferias de la sociedad, entre los cabezas rapadas arios y los
pequeños dictadores. Sin embargo, la palabra parásito todavía
tiene ese significado peyorativo. Asimismo, durante gran parte del siglo XX,
los biólogos veían a los parásitos como seres degenerados menores, ligeramente
entretenidos pero insignificantes en el espectáculo de la vida. Cuando los
ecólogos se fijaron en cómo la energía del sol fluía a través de las plantas
hasta los animales, los parásitos no eran más que grotescas notas a pie de
página. La poca evolución que sufrieron los parásitos era el resultado de ser
arrastrados por la evolución de sus hospedadores.
Incluso en 1989, Konrad Lorenz, el gran pionero en estudios sobre
conducta animal, estaba escribiendo sobre la «evolución retrógrada» de los
parásitos. No lo quería llamar degeneración —esa palabra puede
que estuviera demasiado manida en la retórica nazi—, así que la sustituyó por
«saculinización» por el Sacculina, el percebe reincidente de
Lankester. «Cuando usamos los términos “superior e inferior” en referencia
tanto a criaturas vivas como a grupos culturales —escribió—, nuestra evaluación
se refiere directamente a la cantidad de información, de conocimiento,
consciente o inconsciente, intrínseca a estos sistemas vivos». Y, de acuerdo
con esta escala, Lorenz despreció a los parásitos: «Si uno juzga las formas
adaptadas de los parásitos según la cantidad de información retrocedida, uno se
encuentra con una pérdida que coincide con y confirma completamente la baja
estima que les tenemos y cómo nos sentimos respecto a ellos. El Sacculina
carcini no tiene ninguna información sobre ninguna de las
particularidades o singularidades de su hábitat; la única cosa de la que lo
conoce todo es de su hospedador». De forma similar a Lankester ciento diez años
antes, Lorenz vio que la única virtud de los parásitos era que constituían una
advertencia para los humanos. «Un retroceso de las características y
capacidades específicas humanas evoca el fantasma terrible de aquello que es
menos que humano, incluso menos que inhumano».
Desde Lankester hasta Lorenz, los científicos se han equivocado. Los
parásitos son criaturas complejas, altamente adaptadas, que están en el corazón
de la historia de la vida. Si no hubieran existido esos muros altos dividiendo
a los científicos que estudiaban la vida —los zoólogos, los inmunólogos, los
biólogos matemáticos, los ecólogos— es posible que se hubiera reconocido que
los parásitos no son repugnantes, o al menos no son únicamente repugnantes. Si
los parásitos fueran tan endebles, tan perezosos, ¿cómo se las podrían arreglar
para vivir en el interior de todas las especies vivas e infectar a miles de
millones de personas? ¿Cómo pueden cambiar a lo largo del tiempo para que los
fármacos que una vez supusieron una amenaza para su existencia sean ahora
inútiles? ¿Cómo pueden los parásitos desafiar a las vacunas, que pueden
acorralar a asesinos tan brutales como la viruela o la poliomielitis?
El problema se reduce al hecho de que los científicos del principio del
siglo XX pensaban que lo habían resuelto todo. Sabían cuáles eran las causas de
las enfermedades y cómo tratar algunas de ellas; sabían cómo evolucionaba la
vida. No eran conscientes de la profundidad de su ignorancia. Deberían haber
tenido presentes las palabras de Steenstrup, el biólogo que mostró por primera
vez que los parásitos eran diferentes a cualquier otra cosa vista en la Tierra.
Steenstrup lo tenía claro cuando escribió, en 1845: «Creo que solo he trazado
un esquema general de una provincia que es terra incognita y
que permanece inexplorada ante nosotros y la exploración de la cual promete una
gran recompensa que en la actualidad apenas podemos apreciar».
Capítulo 2
Terra Incognita
Puede que nunca te pierda, oh, mi generoso hospedador, oh, mi universo.
Lo que el aire que respiras, y la luz de la que disfrutas significan para ti,
eso eres tú para mí.
Primo Levi, El amigo del hombre
A Raquel Welch le habría ido bastante mal sin su submarino. Supongamos
que hubiera sido encogida hasta tener el tamaño de una cabeza de alfiler y que
luego hubiera tenido que introducirse en el torrente sanguíneo del diplomático
moribundo por sus propios medios. Incluso si hubiera podido abrirse camino a
través de duras capas de piel y colarse en un vaso sanguíneo, habría ido dando
tumbos a lo largo del sistema circulatorio al ritmo de los impulsos palpitantes
del corazón. Digamos, por el bien del argumento, que pudiera llevar puesta una
máscara como las que llevan los buzos, que extrajera el oxígeno de la sangre,
lo que le permitiría respirar. Aún podría asfixiarse si acabara en alguna parte
del cuerpo en la que apenas hay oxígeno, como, por ejemplo, el hígado. Y, a
medida que fuera a tientas atravesando la oscuridad, iría perdiéndose por
completo, sin tener la menor idea de si se hallaba en la vena cava o en la
arteria carótida.
El interior del cuerpo es un lugar difícil en el que vivir. Con nuestros
pulmones respirando aire, nuestros oídos sintonizados finamente con las
vibraciones del aire, estamos adaptados a la vida sobre la tierra. Un tiburón
está hecho para vivir en el mar, haciendo pasar agua a través de sus branquias
y oliendo la presencia de presas a millas de distancia. Los parásitos viven en
un hábitat totalmente diferente, uno para el que están adaptados con precisión
de modos que los científicos apenas comprenden. Los parásitos pueden navegar a
través de su intrincado laberinto; pueden deslizarse a través de la piel y del
cartílago; y pueden salir ilesos de su paso por el hervidero del estómago.
Pueden hacer prácticamente de todos los órganos del cuerpo —la trompa de Eustaquio,
las branquias, la vejiga, el tendón de Aquiles— su hogar. Pueden reconstruir
partes del cuerpo del hospedador para que se adapten mejor a su propia
comodidad. Se pueden alimentar prácticamente de cualquier cosa: sangre,
revestimiento intestinal, hígado, mucosidad. Pueden hacer que el cuerpo de su
hospedador les brinde alimento.
Los parasitólogos necesitan años, puede que décadas, para descifrar
estas adaptaciones. No pueden pasarse un verano entero siguiendo a un grupo de
monos o poner collares transmisores a una manada de lobos. Los parásitos viven
en la invisibilidad, y los parasitólogos a menudo solo ven lo que están
haciendo matando a sus hospedadores y diseccionándolos. Estas instantáneas
macabras van formando muy lentamente una historia natural.
Steenstrup sabía que los trematodos eran unos animales extraordinarios,
pero poco más que eso. Después de ciento cincuenta años de experimentos, los
parasitólogos pueden demostrar cuán extraordinarios son. Consideremos el
trematodo sanguíneo Schistosoma mansoni, un diminuto proyectil que
acaba de emerger de su caracol y está nadando en un estanque en busca de un
tobillo humano. Si nota los rayos ultravioletas del sol, deja de nadar y se
hunde en la oscuridad de las profundidades para protegerse de la radiación
dañina. Pero si siente que hay moléculas procedentes de la piel humana, empieza
a nadar alocadamente, dando vueltas de manera descontrolada en diferentes
direcciones. Cuando alcanza la piel, la perfora y se introduce en ella. La piel
humana es mucho más resistente que la carne suave de un caracol, por lo que el
trematodo se deshace de su cola, y la herida se cura rápidamente mientras
penetra en la piel. Unas sustancias químicas que libera desde su revestimiento
ablandan la piel, permitiéndole introducirse en su hospedador igual que un
gusano en el barro.
Después de unas horas alcanza un capilar. Ha cambiado las corrientes del
mundo exterior por las corrientes internas. Estos capilares son poco más anchos
que el propio trematodo, por lo que este necesita usar un par de ventosas para
avanzar lentamente. Consigue llegar a una vena más grande, y luego a otra aún
mayor, llegando finalmente a una corriente sanguínea tan potente que lo
arrastra. El parásito inmerso en la corriente alcanza finalmente los pulmones.
Pasa de las venas a las arterias como una serpiente arrastrándose por el suelo
forestal. Encuentra su camino hacia un capilar pulmonar, y de ahí a una arteria
mayor, gracias a lo cual volverá a circular de nuevo por todo el cuerpo. Puede
que recorra el cuerpo entero de su hospedador tres veces hasta que finalmente
se pare en el hígado.
El trematodo se aloja finalmente en un vaso sanguíneo y toma alimento
por primera vez desde que salió del caracol: una gota de sangre. Entonces
empieza a madurar. Si es una hembra, empieza a tomar forma un útero. Si es un
macho, se forman ocho testículos, de forma similar a una especie de racimo de
uvas. En cualquier caso, el trematodo crece hasta alcanzar un tamaño docenas de
veces mayor en unas pocas semanas. Ahora es el momento de buscar un compañero
de por vida. Si tiene suerte, otros trematodos habrán olfateado este mismo
hospedador humano y estarán alojados igualmente en el hígado. Las hembras son
frágiles y finas; los machos tienen la forma de algo parecido a una canoa.
Empiezan a elaborar olores que se transmiten por la sangre y atraen a los
miembros del sexo opuesto, y una vez que una hembra encuentra un macho, se
desliza en el interior de una depresión espinosa del macho. Allí se fija y el
macho la transporta al exterior del hígado. Durante un par de semanas, la
pareja hace el largo viaje que va desde el hígado hasta las venas que se
despliegan a lo largo de toda la longitud de los intestinos. Durante ese viaje,
el macho pasa moléculas al cuerpo de la hembra que le dicen a sus genes que la
hagan madurar sexualmente. Siguen moviéndose hasta que encuentran un lugar en
el que descansar exclusivo para su especie. El Schistosoma mansoni se
detiene cerca del intestino grueso. Si estuviéramos siguiendo el viaje
del Schistosoma haemotobium, le veríamos tomar una ruta distinta
que le conduciría hasta la vejiga. Y si siguiéramos a un Schistosoma
nasale, un trematodo sanguíneo de las vacas, veríamos que toma otra ruta
diferente hasta el hocico.
Una vez que encuentra su lugar destinado, la pareja de trematodos se
queda allí durante el resto de sus vidas. El macho bebe sangre con su poderosa
garganta y masajea a la hembra para ayudar a que fluyan miles de células
sanguíneas hacia su boca y a través de sus intestinos; consume su propio peso
en glucosa cada cinco horas y le pasa a ella la mayoría. Deben ser las parejas
más monógamas de todo el reino animal —el macho agarra a su hembra incluso
después de que ella haya muerto—. (Algunos trematodos homosexuales también
permanecen juntos. Aunque su unión no es tan fuerte, seguirían reuniéndose por
mucho que los separara un científico censor).
Los trematodos heterosexuales se aparean diariamente durante toda su
larga vida, y siempre que la hembra esté preparada para depositar sus huevos,
el macho avanza a lo largo de las paredes de los intestinos hasta que encuentra
un buen lugar. La hembra se asoma parcialmente fuera de la depresión, lo
suficientemente lejos para depositar sus huevos en los capilares más pequeños.
Algunos de esos huevos son arrastrados por la corriente sanguínea y acaban de
nuevo en el hígado, donde se alojan e inflaman el tejido, causando gran parte
del fuerte dolor propio de la esquistosomiasis. Pero el resto de los huevos
siguen su camino hasta los intestinos y escapan de sus hospedadores, preparados
para abrir sus caparazones y encontrar un nuevo caracol.
Colocar correctamente cada pieza del puzle que forman los parásitos
cuesta años de investigación. La cuestión de cómo navegan los parásitos ha
ocupado casi toda la carrera de un científico, Michael Sukhdeo. Sukhdeo enseña
en la actualidad en la Universidad de Rutgers en Nueva Jersey. Puede que Nueva
Jersey esté muy lejos de Tambura, pero allí no hay escasez de parásitos para
estudiar, ya sea en caballos, vacas u ovejas. Visité a Sukhdeo en su despacho.
Se trata de un hombre robusto, con una perilla traviesa y aire de pillo. Una
bicicleta cuelga de la pared de su despacho, un pez nada en una pecera sobre su
mesa, y suena rock clásico en su radio. Las conversaciones con
Sukhdeo, al igual que con muchos parasitólogos que he conocido, adquieren un
tinte macabro sin previo aviso por su parte. Supongo que cuando pasas la mayor
parte de tu vida estudiando criaturas que muerden los revestimientos de hígados
e intestinos, no tiene sentido dar un rodeo para evitar los aspectos más
desagradables de la vida. Empezó hablando de lo grotescas que parecen las
personas que sufren elefantiasis, que era algo común en la Guayana Británica,
donde pasó una gran parte de su niñez. Contaba que: «Fueras a donde fueras,
veías a personas con grandes protuberancias en su entrepierna y pies
elefantinos muy hinchados».
Luego Sukhdeo me contó cómo se infectó él mismo cuando tenía once años.
Desarrolló una inflamación, y sus padres lo llevaron a un centro de salud.
«Cuando te hacen las pruebas para saber si padeces elefantiasis, las
microfilarias solo aparecen en la corriente sanguínea al anochecer. Nadie sabe
a dónde van. Por eso, teníamos que ir de noche a esa clínica para hacer las
pruebas sanguíneas. Y allí había una niña, aproximadamente de mi edad; tenía
once años, y solo tenía un pecho. Ese es un lugar donde viven los gusanos. Era
una niña preciosa; me enamoré. Nos hicimos las pruebas al mismo tiempo. El
tratamiento costaba doce dólares guayaneses —seis dólares estadounidenses—. Los
padres de la niña no podían pagar esa cantidad para el tratamiento de su hija.
Nosotros nos ofrecimos a pagarlo, pero eran muy orgullosos y ni siquiera
aceptaron un préstamo. Por lo que esa niña siguió estando infectada —por seis
dólares estadounidenses—».
Sukhdeo fue a la Universidad McGill en Montreal, y allí descubrió que,
aunque los parásitos puedan parecer grotescos, también eran las criaturas más
interesantes que había visto. «Hice un curso de parasitología humana y,
—¡zas!,— era repugnante y realmente excitante. Había pasado por cuatro años de
universidad y nada me había excitado de esa forma. Eran muy extraños y se sabía
muy poco de ellos».
Decidió continuar con sus estudios sobre parásitos haciendo un posgrado,
y fue allí donde se dio cuenta de lo poco que la gente sabe sobre el
comportamiento de los parásitos como organismos vivos y reales. Muchos
parasitólogos se han resignado a estudiarlos en un plano abstracto —catalogando
especies nuevas, por ejemplo, según sus ventosas o púas, sin ni siquiera saber
para qué sirven—.
Sukhdeo escogió, para su posgrado, el parásito Trichinella
spiralis. Este nematodo diminuto llega hasta nosotros en el interior de los
músculos de cerdo que no se han cocinado lo suficiente, donde viven en quistes
formados a partir de células musculares individuales. Cuando una persona come
esa carne, el parásito se escapa del quiste e inicia su camino hacia los
intestinos, enrollándose en las células del revestimiento. Allí se aparea y
produce una nueva generación de Trichinella, que abandona los
intestinos y se desplaza por el torrente sanguíneo hasta que se aloja en el
músculo de la persona infectada formando sus propios quistes. Los humanos son
solo hospedadores accidentales de Trichinella; son incapaces de
llevar al parásito hasta la siguiente fase de su ciclo de vida. Los cerdos son
unos hospedadores mucho más provechosos; una rata puede hurgar en un cerdo
muerto en busca de comida, y cuando esta muere, otra rata puede hacer lo mismo
con ella, la cual, a su vez, podría ser ingerida por un cerdo. Los cerdos
pueden pasar la Trichinella de unos a otros siendo alimentados
con carne infectada o mordiéndose los rabos unos a otros. En la naturaleza, los
mamíferos depredadores y los carroñeros mantienen el ciclo en funcionamiento
—desde los osos polares y las morsas en el Ártico hasta las hienas y leones en
África—.
Los parásitos que viajan en cada uno de estos ciclos habían sido
considerados como especies individuales, pero, realmente, nadie sabía con
absoluta certeza si efectivamente se trataba de una sola especie diseminada por
diferentes regiones y hospedadores. Sukhdeo obtuvo Trichinella de
Rusia, de Canadá y de África, trituró cada una de esas muestras e infectó con
ellas a ratones. Extrajo los anticuerpos que produjeron los sistemas
inmunológicos de los ratones contra los parásitos machacados y los comparó para
analizar lo similares que eran entre ellos.
Finalmente se detuvo para cuestionarse por qué estaba haciendo lo que
estaba haciendo. Sus experimentos se basaban en la suposición de que los
individuos de una especie se parecen unos a otros. Habitualmente, esta es una
presunción bastante fiable, pero los biólogos han reconocido que no siempre es
este el caso. Por ejemplo, los caniches y los dóberman pertenecen a la misma
especie. Por otro lado, dos escarabajos que parecen prácticamente idénticos
pueden pertenecer a especies distintas. En lugar de centrarse en las
apariencias, los biólogos de hoy en día definen una especie como un grupo de
organismos que se reproducen entre ellos y no con otros grupos. Es gracias a
ese aislamiento que la evolución puede producir una especie distinta a las
demás.
Sukhdeo decidió que el mejor modo de estudiar la especie de sus
parásitos era investigando su vida sexual. Diseccionó quistes de Trichinella provenientes
de fibras musculares y extrajo los gusanos, de solo 250 micras de longitud.
Comprobaría su sexo y a continuación los introduciría en una jeringa que
inyectaría en el estómago de un ratón. Luego volvería a analizar los quistes en
busca de un parásito del sexo opuesto, para inyectarlo también en el estómago
del roedor. Un mes más tarde observaría el tejido muscular del ratón para ver
si los parásitos se habían apareado y si habían producido crías.
Sukhdeo concluyó que la forma africana era probablemente una subespecie
y no una especie propia, distinta de la anterior. Pero, de hecho, el
experimento planteó una pregunta mucho más interesante. ¿Cómo se encontraban
entre sí los parásitos?
Apliquemos de nuevo el método de Viaje alucinante: sería
como si nos introdujeran en un túnel cavernoso y oscuro de diecinueve
kilómetros de longitud, revestido en todos sus lados por unas setas
resbaladizas del tamaño de un hombre, muy apretadas entre sí. Si nos soltaran
ahí adentro y nos moviéramos aleatoriamente en cualquier dirección, no habría
posibilidades de encontrar a alguien más en un lugar como ese. Y, sin embargo,
el Trichinella —sin ni siquiera un mapa y mucho menos, un
cerebro— siempre lo consigue.
Sukhdeo quería saber cómo lo conseguía, pero su supervisor le aconsejó
que ni lo intentara. «No puedes averiguar cómo consiguen estos animales ir a
donde van porque durante cien años los parasitólogos han intentado encontrar la
respuesta y no han sido capaces de ello. Gente mejor que tú ya lo ha
intentado».
Sukhdeo ignoró la advertencia y se puso a trabajar para intentar
averiguar el secreto de la navegación de los parásitos. Desafortunadamente, iba
en la dirección contraria. Dio por sentado que de igual manera que los animales
del exterior, los parásitos debían seguir un gradiente. Un tiburón huele la
sangre de una foca herida a millas de distancia y se dirige hacia allí, gracias
no solo a su fino olfato, sino, también, gracias a una simple ley que explica
cómo se propaga la sangre en el agua. Cuanto más lejos viaje la sangre de la
foca, más disuelta está. Si el tiburón se mueve en una dirección en la que haya
un gradiente creciente, acabará finalmente encontrando la fuente de donde sale.
Tan pronto como se desvíe en una dirección errónea, el rastro de la sangre se
desvanece, y puede corregir su rumbo. Los gradientes funcionan en el aire tan
bien como en el agua. Ayudan a las abejas a dirigirse hacia las flores y a las
hienas, hacia los cadáveres. Rastrear los gradientes funciona tan bien en el
agua y en la tierra que tendría sentido que los parásitos también los usaran
para su navegación. Los parasitólogos buscaron el aroma de una vesícula biliar,
el olorcillo de un ojo. No encontraron nada.
Durante años, Sukhdeo intentó encontrar el secreto por sí mismo.
Construyó unas cámaras a base de plexiglás en las que podría colocar un
parásito, y posteriormente añadiría diferentes sustancias químicas para ver si
nadaba hacia ellas. Al principio mantenía todo su laboratorio a temperatura
corporal. Luego inventó un sistema de tubos por los que circularía agua
caliente alrededor de su intestino artificial. «Intenté imitar cualquier cosa o
situación con las que se encontrarían en el hospedador. Primero probé con las
secreciones salivares y luego fui bajando hacia el intestino». Nada de lo que
hizo tuvo sentido. No podía conseguir que los parásitos nadaran hacia o se
alejaran de ninguna sustancia que ponía en la cámara.
A veces reaccionaban, pero de una forma que carecía completamente de
sentido. Tal como dijo Sukhdeo: «Siempre que estos pequeños parásitos
encontraban bilis empezaban a moverse a lo loco». Y continuaba: «Eso no era lo
que yo quería: quería algo que los atrajera. Al principio se movían hacia
delante y hacia atrás unas cincuenta veces por minuto, y si añadíamos bilis, se
producía un cambio instantáneo y empezaban a moverse sinusoidalmente».
Sukhdeo continuó buscando la clave de la navegación de los parásitos
después de trasladarse a la Universidad de Toronto. Mientras seguía
investigando, fue derivando hacia un limbo académico. En Toronto conoció a la
que sería su esposa, Suzanne, que también se estaba sacando el doctorado en
parasitología bajo la tutela del director de su departamento. Cuando el
director desarrolló la enfermedad de Alzheimer, Sukhdeo pasó al mando del
laboratorio y se convirtió en el director de su tesis. Si hubiera querido desarrollar
una auténtica carrera en parasitología, debió haber estado buscando trabajos en
cualquier sitio, pero en lugar de eso, se quedó en Toronto, solicitando más
fondos para poder continuar con sus experimentos. Durante seis años se mantuvo
a flote en esta especie de punto muerto, pero se dio cuenta de que le permitía
la libertad de buscar las respuestas que otros científicos consideraban
inalcanzables. «No tenía nada que perder —decía Sukhdeo—. «Podía hacer
cualquier cosa que quisiese, y no tenía futuro».
Decidió extender su búsqueda a otras especies, como el trematodo del
hígado, Fasciola hepatica. Se trataba de un pariente del trematodo
de la sangre, con un ciclo vital parecido. Vive en el interior de vacas y otros
mamíferos de pasto, y sus huevos salen al exterior del cuerpo de su hospedador
mediante las heces. Una vez que el huevo eclosiona, el parásito va en busca de
un caracol, en el que crecerán un par de generaciones. La cercaria emerge del
caracol y se aleja de él hasta que encuentra cualquier objeto —habitualmente
una roca o una planta— y se construye un quiste transparente y resistente.
Cuando otro animal de pasto se los come, su cubierta resistente al ácido les
permite pasar a través del estómago y llegar a los intestinos. Una vez allí, se
liberan y excavan hasta la cavidad abdominal, dirigiéndose finalmente hacia el
hígado. Es en este órgano donde crecen hasta su forma adulta: animales de poco
más de dos centímetros de longitud con forma de hoja que pueden apiñarse a
centenares en el hígado y vivir hasta once años. Los trematodos del hígado
pueden a veces infectar a humanos, pero el auténtico peligro que suponen es
para el ganado. En los países tropicales, entre el 30 y el 90 por ciento del
ganado está infectado por ese trematodo, y las pérdidas que origina rondan los
2.000 millones de dólares cada año. Sin embargo, a pesar del daño masivo que
causan y a pesar de décadas de investigación, los científicos no tenían ni idea
de cómo se las arreglaban para encontrar el hígado.
Sukhdeo se construyó nuevas cámaras hechas de latón y aluminio y colocó
trematodos hepáticos en ellas. Pasó tres años probando diferentes compuestos
segregados por el hígado —sustancias químicas que deberían dirigir a los
trematodos hacia su hogar definitivo—. Por pura desesperación, localizó a un
prominente fisiólogo especialista en hígado para ver si había alguna sustancia
atrayente que se le hubiera pasado por alto.
«Estuvo pensando un buen rato y dijo: “¿Sabías, hijo, que alrededor del
hígado hay una cápsula llamada cápsula de Glisson?”.
»Contesté: “Sí”.
»Y dijo: “Bueno, ese es el límite de mi universo”».
Sukhdeo se dio cuenta de que, aunque no conseguía que los trematodos
hepáticos nadaran contra corriente ante ningún tipo de señal, ciertas
sustancias químicas como la bilis les hacían reaccionar violentamente. Había
observado la misma reacción extraña en el Trichinella cuando
lo expuso a la sustancia pepsina. Y entonces, mientras estaba reflexionando
sobre sus datos, se dio cuenta de que había estado afrontando el problema desde
el ángulo equivocado todo el tiempo. Estaba estudiando el trematodo o el gusano
como criatura libre, no como parásito. Un cuerpo no es un océano apacible. Se
trata de un espacio cerrado en el que los fluidos se revuelven y se agitan
constantemente. Un aroma liberado en un órgano no puede dispersarse suave y
apaciblemente a través de otros órganos. Un olor aéreo se dispersa
uniformemente, básicamente hasta el infinito, pero un marcador químico en el
interior del cuerpo se encuentra con toda una serie de barreras, rebotando y
saturando el espacio, destruyendo cualquier pista que hubiera podido ofrecer.
Sukhdeo me explicaba su logro en su despacho, agitando los brazos sobre
la pared. «Para que se forme un gradiente, necesitas un sistema abierto, y no
puede sufrir turbulencias. Si coloco una tostada aquí, la olerás y sabrás dónde
se encuentra. Si cierro la habitación, enseguida se saturará. El hecho de que
esté en un sistema cerrado imposibilita la existencia de un gradiente. Si
colocas vísceras en esta habitación, pasará exactamente lo mismo».
El mundo de un parásito es muy diferente al nuestro: tiene sus propias
dificultades y oportunidades. Debido a las extrañas condiciones que se
encuentran en el interior del cuerpo, Sukhdeo se preguntaba si los parásitos
serían capaces de navegar, no en gradientes, sino, simplemente, reaccionando
ante diferentes clases de estímulos. Konrad Lorenz había demostrado que los
animales libres del mundo exterior se basan en conductas reflejas cuando se
encuentran en situaciones previsibles. Si eres un ganso y uno de tus huevos
empieza a moverse y está saliéndose del nido, puedes llevar a cabo una serie de
acciones automáticas para meterlo de nuevo en el nido: estira el cuello, gira
el cuello hacia atrás, agacha la cabeza. Eso debería situar el
huevo debajo de tu pico para traerlo así de nuevo al nido sin requerir que
prestases mucha atención al huevo en sí mismo. Si un biólogo retirase el huevo
de un ganso de debajo de su pico en la mitad de esta secuencia, el ganso seguiría
girando el cuello hacia atrás.
Sukhdeo se preguntaba si los parásitos confiaban en estos tipos de
conductas programadas más que las criaturas libres. En ciertos aspectos, un
cuerpo es más predecible que el mundo exterior. Un puma nacido en las Montañas
Rocosas tiene que aprenderse la forma de su territorio y volver a aprendérselo
de nuevo cuando, por ejemplo, se produce un incendio o un deslizamiento de
tierras, o la construcción de un aparcamiento de repente cambia la topografía
del lugar. Un parásito puede viajar por el interior de una rata, a sabiendas de
que se arrastra a lo largo de una pequeña biosfera que es prácticamente
idéntica al interior de cualquier otra rata. El corazón siempre está entre los
pulmones, y los ojos delante del cerebro. Reaccionando de determinada forma
ante ciertos referentes presentes en su viaje, los parásitos pueden ser
transportados allá donde necesiten ir. «Todo lo demás es irrelevante —dice
Sukhdeo—. No tienen que perder tiempo generando neuronas con las que poder
reconocer todo lo que está ocurriendo».
Desde ese momento, todo el comportamiento extraño del Trichinella y
de los trematodos hepáticos se asentó sobre unas sencillas fórmulas exitosas.
El Trichinella se fija fuertemente en su cápsula mientras cae
dentro del estómago. Allí encuentra y reconoce una de las sustancias químicas,
conocida como pepsina, que disgrega la comida que llega al estómago; y como
respuesta a ello, el Trichinella empieza a agitarse. «El
primer movimiento hace que se rompa el quiste y salgan de él. Se puede ver cómo
se retuercen hasta que la cola da un último empujón y ya están completamente
fuera, en el interior del estómago». El pedazo de carne en el que estaban
alojadas sale del estómago y entra en los intestinos, donde hay un conducto
procedente del hígado del que fluye bilis para ayudar en la digestión. Y la
bilis es el segundo activador, provocando que cambie su movimiento de agitación
por uno más parecido al deslizamiento de una serpiente. Eso les permite salir
del trozo de comida y pasar al intestino.
A Sukhdeo se le ocurrió una forma de poner a prueba esta idea. «¿Qué
pasaría si pudiera cambiar el lugar de donde procede la bilis? —se preguntaba—.
He aprendido un montón sobre cirugía, y podría colocar una cánula con bilis en
cualquier lugar que quisiera». En cualquier punto a lo largo de los intestinos
donde colocase la fuente de bilis, allí era donde se fijaría el Trichinella.
«La única razón de que fueran a donde iban era la bilis».
A continuación, Sukhdeo procedió de igual forma con sus trematodos
hepáticos, y encontró que también seguían reglas en lugar de gradientes. Debido
a que su viaje es mucho más largo que el del Trichinella, necesitan
tres reglas en lugar de dos. Cuando un quiste hepático llega a los intestinos,
es igualmente sensible a la bilis. Cuando nota su presencia, empieza a
contraerse —tal como dice Sukhdeo: «se vuelve espástico»—. A medida que se va
retorciendo, se libera de su quiste, y los mismos movimientos le conducen a
través de la pared blanda de los intestinos hacia la cavidad abdominal. Un
trematodo hepático tiene dos ventosas, una bucal y otra ventral. Puede reptar
extendiendo su ventosa frontal, fijándola a una superficie, y luego empujando
el resto de su cuerpo usando la ventosa ventral a modo de ancla. Los trematodos
también pueden enrollarse —de repente todo su cuerpo se contrae en un violento
espasmo, y se deshacen de sus dos ventosas—.
Esta clase de movimientos son todo lo que necesitan los trematodos para
llegar al hígado. No necesitan una copia de la Anatomía de Gray mostrándoles
el camino. Cuando salen del intestino delgado, se abren paso hasta la cavidad
abdominal, alcanzando finalmente la pared lisa de los músculos abdominales. Al
día siguiente, el trematodo empieza a arrastrarse. A salvo de las corrientes de
los intestinos, se desliza a lo largo de la pared abdominal sin tener que
preocuparse del peligro de ser arrastrado por las corrientes.
Llegados a este punto, un trematodo hepático alcanzará el hígado
reptando prácticamente siempre, no importa qué camino haya tomado. Esperaríamos
que el trematodo supiera al menos un par de cosas: qué camino es hacia arriba y
cuál es hacia abajo, por ejemplo, o el hecho de que el hígado está junto al
páncreas, pero no junto a la vesícula. Ni mucho menos. El trematodo saca
ventaja del hecho de que la cavidad abdominal es como el interior de una pelota
de playa. Aunque se esté arrastrando hacia el fondo, alcanzará el hígado si
simplemente continúa deslizándose en línea recta, regresando a la parte
superior, donde se aloja el hígado. Esa es la razón por la que Sukhdeo encontró
que el 95 por ciento de los trematodos entraban en el hígado por su parte
superior, donde se encuentra el diafragma —la cúspide de la cavidad abdominal—.
A pesar del hecho de que la parte inferior del hígado es grande y cercana a los
intestinos, solo el 5 por ciento penetraba desde ese lado.
A Sukhdeo le costó una década averiguar cómo navegan estos dos
parásitos. En la actualidad se ha ganado algo de respeto. Para su sorpresa, se
le ofreció un puesto de parasitólogo en Rutgers, a pesar de los años que se
había pasado en el limbo. Ahora tiene un laboratorio lleno de estudiantes
hambrientos de descifrar la navegación de otros parásitos. Está cavilando cómo
utilizar sus descubrimientos para crear un método con el que matar parásitos,
mandándoles señales de navegación en el momento erróneo. Y tiene muchos más
rompecabezas que resolver. La última vez que hablé con Sukhdeo, estaba
trabajando con otro trematodo. También empieza en un caracol, pero cuando
emerge de su hospedador, busca un pez en lugar de una oveja. Cuando pasa un pez
nadando, el trematodo se engancha a la cola del pez y escarba en su carne. A
continuación, va directo a través del músculo hacia la cabeza del pez, y se
aposenta dentro del cristalino de su ojo. Como dice Sukhdeo: «Parece ser que
todas las ideas que tenía la gente anteriormente eran erróneas, por lo que
estamos empezando desde cero».
Sukhdeo se ha ganado el respeto de otros parasitólogos por haber
demostrado que los parásitos manifiestan una conducta, que se abren camino a
través de la ecología única de los cuerpos de sus hospedadores, y que se pueden
desentrañar las reglas que obedecen. No hace mucho, incluso recibió un premio
por su trabajo, una placa que le enseña a sus visitas con una mirada perpleja.
«Cuando me la dieron, dije: “¿Por qué me dan esto?”. He estado en la lista
negra muchos años». Hay una pizca de nostalgia cuando habla de cuando se le
ignoraba y ridiculizaba. Una vez envió un artículo a una revista que versaba
sobre conducta animal y fue rechazado. Cuando preguntó al editor el porqué, el
editor volvió a leerlo y lo aceptó, diciendo: «No tenía ni idea de que los
parásitos manifestaran conductas. Por favor, disculpe mi chovinismo
vertebrado». Y su antiguo supervisor no fue el único parasitólogo que le dijo
que estaba cometiendo un error. «En una reunión a la que asistí, estaba
diciendo que teníamos que usar conceptos de ecología cuando estuviéramos
observando parásitos, y me encontré con un parasitólogo veterano que se puso de
pie gritando: “¡Herejía!”, babeando de rabia. ¡Un hereje!».
Esa palabra hizo sonreír a Sukhdeo, y en ese momento su perilla pareció
especialmente demoníaca. «Fue el punto álgido de mi carrera».
* * * *
Una vez que un parásito se las ha arreglado para encontrar el lugar del
interior de su hospedador donde vivirá, no se limita a sentarse y disfrutar de
la vida. En primer lugar, necesita una manera de quedarse en su nuevo hogar.
Como adulto, un trematodo hepático está adaptado solo para la vida en el
hígado; si lo ponemos en el corazón o en el pulmón, morirá. Para cada uno de
los lugares en los que un parásito ha de vivir, la evolución ha producido el
modo en que le sea posible quedarse allí. Por ejemplo, hay copépodos parásitos
(una clase de crustáceos) que viven por todo el cuerpo de distintos peces. Hay
copépodos que viven en los ojos del tiburón de Groenlandia. Los hay que viven
en las escamas de los tiburones mako, y otros que viven en sus arcos branquiales.
Hay copépodos que viven en el interior de los hocicos de los tiburones azules.
Otros que se adhieren al costado de un pez espada y posteriormente se aferran a
su corazón.
Cada uno de estos copépodos tiene un aspecto tan diferente respecto a
las demás especies que es muy difícil para cualquiera, excepto para un experto,
darse cuenta de que todos ellos evolucionaron a partir de un antepasado común.
Lejos de degenerar, estos copépodos han evolucionado, dando lugar a formas
extrañas, gracias a las cuales se pueden sujetar fuertemente en los nichos
elegidos. Si perdieran su adherencia, flotarían a la deriva hacia una muerte
segura. Cada tiburón tiene las escamas dispuestas en una geometría especial, y
los copépodos que viven en las escamas se cierran con sus patas alrededor de
ellas a la perfección, como una llave y una cerradura. El copépodo que vive en
el tiburón de Groenlandia ha modificado una de sus patas en una especie de ancla
en forma de seta que introduce en la córnea del ojo.
Incluso para las tenias, viviendo apretujadas en el intestino, el
mantenerse en un lugar supone un gran esfuerzo. A medida que se alimentan, la
tenia crece a un ritmo espectacular, incrementando su tamaño en un factor que
puede llegar a ser de 1,8 millones en dos semanas. No pueden comer de la misma
forma en que lo hacen la mayoría de animales, porque no tienen ni boca ni
intestino. Su digestión no ocurre en el interior de sus cuerpos, sino en el
exterior, en su piel, que consiste en millones de delicadas proyecciones en
forma de dedo llenas de sangre, que pueden absorber alimentos. Los intestinos
de sus hospedadores están también forrados con proyecciones prácticamente
idénticas. Se podría decir que a la tenia no le falta realmente un tracto
digestivo: es un intestino vuelto del revés.
Las tenias viven en un ambiente expuesto a mareas cambiantes de comida a
medio digerir, sangre y bilis dirigidas por la peristalsis infinita del
intestino. Si no hacen nada, la peristalsis expulsará a las tenias de su
ambiente y de su hospedador. Algunas especies de tenias se agarran a los
intestinos con ganchos y ventosas que poseen en sus cabezas, mientras que otras
están constantemente deslizándose hacia donde haya comida. Cuando comemos, la
perístasis se transmite inmediatamente a lo largo de nuestros intestinos, y
estas tenias sueltas responden nadando a contracorriente. Alcanzan la comida
entrante y siguen nadando hasta que llegan a la zona de máxima concentración.
En ese lugar, absorben el alimento a través de su piel, pero cuando están
alimentándose, la comida va en dirección descendente, y durante un rato las
tenias se dejan llevar por la corriente junto a su festín móvil. En todo
momento, la tenia tiene controlado cuánto se ha alejado detectando cómo cambia
la perístasis de su hospedador. Si han ido muy lejos en el sentido en el que
avanza la corriente, dejan de comer y nadan en dirección contraria. A medida
que la tenia crece hasta alcanzar una longitud espectacular, este método
consistente en nadar a contracorriente puede llegar a ser bastante complicado.
El problema es que la peristalsis puede hacer que el intestino sufra una rápida
ondulación en una zona y ninguna en absoluto en zonas más arriba. De alguna
manera, las tenias pueden detectar estas diferencias. Responden haciendo que
algunas partes de su cuerpo naden más rápidamente y otras más lentamente.
Los intestinos también son el hogar de los anquilostomas, parásitos que
han optado por un juego mucho más peligroso a la hora de comer. Los
anquilostomas empiezan sus vidas en suelos húmedos, donde eclosionan de sus
huevos y crecen como diminutas larvas. Pueden introducirse en un cuerpo humano
a través de dos rutas: una sencilla y otra tortuosa. Si una persona se traga
una larva, esta bajará directamente hasta los intestinos. Pero los
anquilostomas, al igual que los trematodos sanguíneos, pueden atravesar la piel
y, excavando, introducirse en un capilar. Nadan en el interior de las venas
hasta llegar al corazón y los pulmones. Cuando su hospedador tose, las larvas
son transportadas hacia su garganta y pueden descender al esófago.
Una vez que se han introducido en los intestinos, los anquilostomas
crecen hasta su forma adulta, con un tamaño de alrededor de un centímetro y
medio. A diferencia de las tenias, los anquilostomas sí que tienen boca —una
muy poderosa, rodeada de dientes con forma de puñal y unida a un potente
esófago forrado de músculo—. Y, a diferencia de las tenias, no están
interesados en la comida medio digerida que fluye a través de los intestinos,
sino que lo que les interesa son los propios intestinos. Dirigen su boca hacia
el revestimiento intestinal, arrancando la carne. Los parasitólogos aún están
debatiendo si los anquilostomas beben la sangre de su hospedador o absorben el
tejido intestinal que han hecho pedazos. En cualquier caso, después de un rato
se sueltan y nadan hacia otro pedazo de tejido del que alimentarse.
Pero, cuando un anquilostoma hace pedazos un poco de intestino y lo
introduce en su boca, la sangre empieza a coagularse. Siempre que un vaso
sanguíneo se desgarra, recoge moléculas de las células de los tejidos
adyacentes. Algunas de estas moléculas se combinan con compuestos que están
flotando en la propia sangre. Estas sustancias químicas activan una cascada de
reacciones con otros factores presentes en la sangre, que en última instancia
activan unas células especiales llamadas plaquetas. Las plaquetas acuden en
bloque al lugar de la herida y se agrupan, mientras que la cascada de
reacciones también crea una masa de fibras alrededor de ellas, formando un
coágulo rígido que detiene la hemorragia. Para un anquilostoma, la coagulación
puede significar morir de hambre, dado que los vasos sanguíneos de su boca se
vuelven rígidos.
El parásito responde con una sofisticación tal que los biotecnólogos
solo la pueden imitar. Libera moléculas propias que tienen la forma exacta para
combinarse con diferentes factores de la cascada de coagulación.
Neutralizándolas, el anquilostoma impide que las plaquetas se agreguen y
permite que la sangre siga fluyendo hacia el interior de su boca. Una vez que
el anquilostoma se ha alimentado en un determinado lugar, los vasos pueden
recuperarse y coagularse mientras el parásito se mueve en dirección a otro
pedazo nuevo de intestino. Si el anquilostoma usara algún anticoagulante
rudimentario que hiciera que los intestinos se inundaran, haría que su
hospedador sufriera hemofilia, lo que le haría desangrarse rápidamente hasta
morir, y el anquilostoma se quedaría sin su comida. Una compañía biotecnológica
ha aislado estas moléculas y en la actualidad está intentando convertirlas en
fármacos anticoagulantes.
Para algunos parásitos, no es suficiente con alcanzar su hogar
definitivo en el cuerpo del hospedador. Antes de que puedan comer y
multiplicarse, se fabrican nuevos hogares para sí mismos, usando los tejidos de
su hospedador como madera.
El Plasmodium, el parásito causante de la malaria, entra en
el torrente sanguíneo a través de la picadura de un mosquito y vive más o menos
una semana en una célula hepática. Luego sale y regresa al torrente sanguíneo.
Avanza dando tumbos en busca de su siguiente morada, un glóbulo rojo. Es aquí,
en el glóbulo rojo, donde el Plasmodium se alimenta de
hemoglobina, la molécula que transporta el oxígeno que los glóbulos rojos traen
de los pulmones. Devorando la mayoría de la hemoglobina de la célula, el Plasmodium puede
obtener la suficiente energía para poder dividirse en dieciséis nuevas
versiones de sí mismo, una multitud de nuevos parásitos que salen de la célula
después de dos días, todos ellos buscando en la sangre nuevas células que
invadir.
Los glóbulos rojos son, en muchos aspectos, un lugar horrible en el que
vivir. Estrictamente hablando, ni siquiera son realmente células; son
corpúsculos. Todas las células auténticas transportan genes en el interior de
un núcleo y duplican su ADN para poder convertirse en dos nuevas células. Los
glóbulos rojos se originan en células situadas en el interior de nuestros
huesos. Estas células madre, que es como se conocen, se dividen y adoptan la
forma de varios componentes de la sangre, como glóbulos blancos, plaquetas y
glóbulos rojos. Pero, mientras otras células reciben sus propias raciones de
ADN y proteínas, los glóbulos rojos no reciben nada de nada. Su trabajo es
sencillo. Dado que el oxígeno es un átomo potente que puede reaccionar
fácilmente —y dañar así a otras moléculas— la hemoglobina lo rodea con sus
cuatro cadenas. El glóbulo rojo abandona los pulmones y viaja por el cuerpo, y
finalmente libera el oxígeno para ayudar al cuerpo a quemar su combustible para
producir energía. Las células son simples contenedores impulsados a lo largo
del sistema circulatorio por un corazón palpitante. Si colocamos glóbulos
blancos bajo el microscopio, extienden sus lóbulos para arrastrarse a lo largo
del portaobjetos. Los glóbulos rojos simplemente se sitúan bajo la lupa.
Dado que su trabajo es tan sencillo, los glóbulos rojos no necesitan
mucho metabolismo. Eso significa que solo llevan algunas de las proteínas
necesarias para generar energía. No necesitan ni quemar combustible ni bombear
agua. Una verdadera célula bombea su combustible y escupe sus desechos al
exterior mediante elaborados canales y burbujas que pueden transportar
moléculas atravesando su membrana externa. Un glóbulo rojo apenas tiene algunos
componentes de todo este equipamiento —un par de canales para el agua y otros
productos esenciales—, ya que tanto el oxígeno como el dióxido de carbono
pueden difundirse a través de la membrana sin necesidad de ninguna ayuda. Y
mientras otras células tienen un intrincado andamiaje en el espacio interior,
delimitado por la membrana, para mantener a la célula rígida y resistente, un
glóbulo rojo es el contorsionista del circo celular del cuerpo. A lo largo de
su vida viaja casi quinientos kilómetros, siendo continuamente sacudido y
golpeado por el flujo de la sangre, chocando contra las paredes de los vasos
sanguíneos y estrujándose para pasar por delgadísimos capilares, por donde
tiene que pasar junto a otros glóbulos rojos en una única fila, comprimido
hasta una quinta parte más o menos de su diámetro normal, recuperando su tamaño
habitual una vez que sale.
Para poder sobrevivir a este maltrato, el glóbulo rojo tiene una red de
proteínas que aseguran su membrana y que están entrelazadas como las fibras de
una bolsa de malla. Cada cadena de proteínas que forma la malla está también
plegada como un acordeón, permitiéndole estirarse y encogerse para recuperar su
forma, como respuesta a la tensión proveniente de cualquier dirección. Pero,
por muy flexible que un glóbulo rojo pueda llegar a ser, no puede soportar este
maltrato eternamente. A lo largo del tiempo su membrana se va volviendo rígida,
y tarda mucho más en estrujarse para pasar por los capilares. Es trabajo del
bazo mantener el aporte sanguíneo del cuerpo joven y sano. Cuando los glóbulos
rojos pasan a través del bazo, este los inspecciona cuidadosamente. Es capaz de
reconocer los signos de decrepitud en la superficie de los glóbulos rojos, como
las arrugas de una cara. Solo los glóbulos rojos jóvenes logran salir del bazo;
el resto es destruido.
A pesar de todas las desventajas que ofrece un glóbulo rojo, el Plasmodium busca
esta extraña y vacía morada. Estos parásitos no saben nadar, pero pueden
deslizarse por las paredes de los vasos sanguíneos. Para conseguirlo, colocan
sus ganchos sobre las paredes del vaso, los recogen hasta el extremo posterior
de su cola, y vuelven a colocar ganchos nuevos en su lugar, algo parecido al
movimiento de las cadenas de un vehículo oruga. En el extremo del parásito hay
sensores que responden solo ante la presencia de glóbulos rojos jóvenes,
enganchándose a proteínas de la superficie de la célula. Una vez que el Plasmodium se
fija a una célula, se acopla a ella y va reorientándose hasta que la parte
donde está la cabeza entra en contacto con la membrana del glóbulo rojo,
preparándose así para invadirlo.
La cabeza del parásito está rodeada por un conjunto de cámaras parecidas
al tambor de un revólver. En cuestión de segundos se produce un ataque a cargo
de unas moléculas provenientes de esas cámaras. Algunas de esas moléculas
ayudan al parásito a apartar el entramado de la membrana y facilitan así su
paso al interior. Los mismos ganchos que actuaron como las cadenas del vehículo
oruga mientras deambulaba por las paredes del vaso sanguíneo, ahora se agarran
a los bordes de la depresión membranosa e impulsan al parásito a través de
ella. El parásito secreta una serie de moléculas, que se unen y forman un manto
alrededor del parásito a medida que va entrando. Quince segundos después de la
liberación de las proteínas, la parte posterior del Plasmodium desaparece
en el interior de la depresión, y la malla elástica del glóbulo rojo se
recupera fácilmente, cerrándose de nuevo.
Una vez dentro, el parásito ya está en la despensa. El interior de cada
glóbulo rojo es un 95 por ciento hemoglobina. El Plasmodium tiene
una especie de boca en un lado —una entrada que puede abrirse—, y cuando se
abre, la membrana exterior de la burbuja donde se encuentra el parásito también
lo hace, poniéndolo brevemente en contacto con los contenidos del glóbulo rojo.
Una pequeña porción de hemoglobina rezuma en sus fauces, que reaccionan
cerrándose. Ahora, la hemoglobina flota en una burbuja en el interior del
parásito, que contiene una especie de escalpelos moleculares que van separando
las moléculas. El Plasmodium realiza una sucesión de cortes
con los que logra abrir las subunidades dobladas de la hemoglobina, haciendo
que se separen en trozos más pequeños y capturando la energía que estaba
retenida en esos enlaces. El corazón de las moléculas de hemoglobina es un
compuesto rico en hierro, fuertemente cargado, que resulta venenoso para el
parásito. Tiende a alojarse en la membrana del Plasmodium, donde su
carga interrumpe el flujo normal de otras moléculas entre el exterior y el
interior. Pero el Plasmodium es capaz de neutralizar el
corazón tóxico de su alimento. Coloca una porción en una molécula larga e
inerte llamada hemozoína. El resto del compuesto es procesado por las enzimas
del parásito, reduciendo así su carga y haciendo que sea incapaz de atravesar
la membrana.
Sin embargo, el Plasmodium no vive solo de hemoglobina.
Necesita aminoácidos para construir sus escalpelos moleculares, y también los
necesita para multiplicarse, produciendo dieciséis copias de sí mismo. En esos
dos días, la tasa metabólica en el interior de una célula infectada crece unas
trescientas cincuenta veces, y el parásito necesita fabricar nuevas proteínas y
deshacerse de los desechos que produce mientras crece. Si el Plasmodium hubiera
infectado una auténtica célula, lo que tendría que hacer sería simplemente
secuestrar la bioquímica de su hospedador para realizar esos trabajos, pero en
un glóbulo rojo tiene que construir toda la maquinaria desde cero. En otras
palabras, el Plasmodium tiene que transformar estos simples
corpúsculos en auténticas células. Una vez fuera de su burbuja, extiende un
conjunto enmarañado de tubos que alcanzan la membrana del propio glóbulo rojo.
No está claro si los tubos del Plasmodium perforan la membrana
del glóbulo rojo o se conectan a los canales que ya están allí. En cualquier
caso, el glóbulo rojo parasitado puede empezar a arrastrar hacia su interior
los bloques constituyentes que el parásito necesita para crecer.
Atestado de repente con canales y tubos, la superficie del glóbulo rojo
empieza a perder su elasticidad, lo cual podría resultar fatal para el
parásito, porque, si el bazo descubre que la célula ya no muestra su agilidad
juvenil necesaria, la destruirá —junto a cualquier parásito que pueda
albergar—. Tan pronto como entra en el glóbulo rojo, el Plasmodium libera
proteínas que se trasladan a través de los tubos hasta la parte inferior de la
membrana celular. Estas moléculas pertenecen a una clase común de proteínas que
se encuentran en toda clase de organismos de la Tierra. Conocidas como
chaperonas, ayudan a otras proteínas a plegarse y desplegarse correctamente
incluso cuando están alteradas por culpa del calor o de un ácido. Sin embargo,
en el caso de las proteínas del Plasmodium, las chaperonas parece
que protegen al glóbulo rojo del propio parásito. Ayudan al esqueleto de la
célula a que se estire y se pliegue muy apretado de nuevo, a pesar de la
construcción que el parásito está realizando por su cuenta.
En unas cuantas horas, el parásito ha transformado y ha hecho perder al
glóbulo rojo su elasticidad, de tal forma que no existe esperanza alguna de que
pueda pasar como corpúsculo sano. A continuación, el parásito libera un nuevo
conjunto de proteínas en la superficie de la célula. Algunas de ellas se unen
en una especie de ovillo bajo la superficie celular, dándole a la membrana un
aspecto de piel de gallina.
El parásito perfora entonces esa especie de ovillo con moléculas
pegajosas, que podrán sujetarse a los receptores que hay sobre las células de
las paredes de los vasos sanguíneos. Cuando estos glóbulos rojos se adhieren a
las paredes del vaso se han apartado de la circulación sanguínea. En lugar de
escabullirse pasando por el matadero del bazo, el Plasmodium lo
evita completamente. Sus glóbulos rojos se adhieren a los capilares del
cerebro, del hígado y de otros órganos. El Plasmodium pasa
otro día dividiéndose, hasta que el glóbulo rojo no es más que una piel tensa
rodeando un saco abultado de parásitos. Finalmente, la nueva generación
del Plasmodium sale de la célula y busca nuevos glóbulos rojos
que invadir. Atrás ha quedado en la célula muerta una masa de hemoglobina
gastada. Durante un tiempo, la célula ha sido el hogar del parásito, una célula
que es como ninguna otra del cuerpo humano, pero al final se ha convertido en
su basurero.
El Trichinella también es un renovador biológico, y en
cierto modo es más impresionante que el Plasmodium: es un animal
pluricelular que puede vivir en el interior de una sola célula. Cuando este
gusano emerge de un huevo que eclosiona en el intestino de su hospedador,
perfora la pared intestinal y viaja a lo largo del cuerpo por su sistema
circulatorio. Sigue el flujo de la corriente y se introduce en los capilares
finos, donde abandona la corriente sanguínea y llega hasta los músculos. Se
arrastra a lo largo de las prolongadas fibras musculares y penetra en una de
las extensas células en forma de huso que las componen. En la década de 1840,
cuando los científicos reconocieron por primera vez los quistes del Trichinella alojados
en los músculos, pensaban que el tejido había degenerado y que el parásito
dormía en su interior, esperando simplemente a llegar a su hospedador final. Al
principio, la célula muscular invadida parece estar atrofiada. Las proteínas
que constituyen el andamiaje de la célula y le confieren su rigidez
desaparecen. El ADN propio del músculo pierde su potencial para fabricar nuevas
proteínas y, en un par de días después de que el gusano haya penetrado, el
músculo pasa de ser fibroso a ser terso y desorganizado.
Pero el parásito solo está demoliendo la célula para después
reconstruirla. El Trichinella no desactiva los genes de su
hospedador —de hecho, empiezan a copiarse ellos mismos hasta que se
cuadriplican—. Pero esta gran cantidad de genes sigue las órdenes del Trichinella,
fabricando proteínas que harán de la célula un hogar apropiado para el
parásito. Los científicos pensaron en un tiempo que esta clase de control
genético está limitado a los virus, que usan el ADN de sus hospedadores para
fabricar copias de sí mismos. Ahora se daban cuenta de que el Trichinella es
un animal viral.
El Trichinella convierte la célula muscular en una
placenta para el parásito. Haciendo que la célula muscular sea más floja y
flexible, el parásito hace sitio en su superficie para nuevos receptores con
los que atrapar alimento. El parásito también fuerza al ADN de la célula a
producir bastante colágeno, que forma una cápsula resistente alrededor de la
célula. Hace que la célula produzca una molécula señalizadora conocida como
factor de crecimiento endotelial vascular. Normalmente, esta molécula manda una
señal a los vasos sanguíneos para que desarrollen nuevas ramas, ayudando así a
curar heridas o a nutrir tejidos de crecimiento. Trichinella utiliza
la señal para sus propios intereses: para tejer una red de capilares a su
alrededor, usando la cápsula de colágeno como molde. Gracias a los vasos, llega
un nutritivo flujo de sangre, permitiendo al parásito crecer e hincharse en el
interior de la célula muscular, la cual se deforma y cruje mientras el gusano
se mece adelante y atrás y explora su diminuto hogar.
Los parásitos también pueden reconstruir el interior de plantas tan
drásticamente como lo hacen con el de los animales. Puede resultar sorprendente
que las plantas tengan realmente algún tipo de parásito, pero suelen estar
llenas. Las bacterias y los virus viven felizmente en las plantas,
compartiéndolas con los animales, los hongos y los protozoos. (Los
tripanosomátidos, unos parientes cercanos de los parásitos que nos producen la
enfermedad del sueño, pueden vivir en el interior de las palmeras). Las plantas
son incluso hospedadores de otras plantas parásitas que dirigen sus raíces
hacia el interior de sus hospedadores. Las plantas parásitas nacen sin, al
menos, algunas de las habilidades que una planta necesita poseer para vivir por
sí misma. El Cordylanthus maritimum, que vive en marismas salinas,
es un parásito a tiempo parcial que tiene que robar agua dulce de determinadas
plantas, entre ellas la Salicornia virginica, que es capaz de
deshacerse de la sal; pueden llevar a cabo su propia fotosíntesis y obtener sus
propios nutrientes del suelo. El muérdago puede realizar la fotosíntesis, pero
no puede obtener por sí mismo ni agua ni minerales desde el suelo. La orobanca
no puede hacer nada por sí misma.
Hay también millones de especies de insectos y de otros animales que
viven en plantas, pero antes de 1980, pocos ecólogos los veían como parásitos.
Se consideraban herbívoros, básicamente como si fueran unas diminutas cabras
invertebradas. Pero Peter Price, un ecólogo de la Universidad del Norte de
Arizona, señaló que había una diferencia fundamental entre estos animales y los
herbívoros. Los herbívoros son a las plantas lo mismo que los depredadores a
las presas: un animal que puede alimentarse de muchas especies. Un coyote sería
feliz comiéndose un murciélago, un conejo o un gato, mientras que una oveja
está igualmente satisfecha con las plantas que come, entrando en un campo y
devorando trébol, heno de Fleo o alguna que otra umbelífera. Algunos insectos,
como las orugas lanudas, pastan como las ovejas, tomando pequeñas cantidades de
plantas individuales de diferentes especies. Pero hay muchos insectos que se
limitan a una única planta, al menos en una etapa de su vida. Una oruga que
pasa de la fase de huevo a la de crisálida en una única planta de algodoncillo
no es muy diferente a una tenia, que puede vivir como adulto solo en los
intestinos de un humano. Y muchos insectos que se alimentan de plantas pasan
toda su vida sobre una única planta, estructurando sus vidas de acuerdo con las
de sus hospedadores.
Una de las demostraciones más clarificadoras de los argumentos de Price
son los nematodos que viven en las raíces de las plantas. Estos parásitos son
una auténtica plaga, destruyendo el 12 por ciento de todos los cultivos
comerciales del mundo. Una clase en particular —los nematodos noduladores de la
raíz del género Meloidogyne— es también un asombroso reflejo
botánico del Trichinella. Cada nematodo sale del huevo eclosionado
en el suelo y se arrastra hasta la punta de una raíz. Tiene un pico hueco en su
boca, que clava en la raíz. Su saliva hace que las células externas se rompan,
dejando libre un espacio a través del cual se puede colar el nematodo. Se abre
camino a empujones entre las células del interior de la raíz hasta que alcanza
el corazón de esta.
Entonces, el nematodo agujerea unas cuantas células de su alrededor,
inyectando en ellas un peculiar veneno. Las células empiezan a hacer copias de
sus ADN, y los genes de más empiezan a fabricar proteínas frenéticamente. Los
genes activados en estas células de la raíz normalmente no estarían activos. El
trabajo de una célula radicular es absorber agua y nutrientes del suelo y
bombearlos dentro del sistema circulatorio de la planta, constituido por una
red de tubos y cavidades que transportan el alimento al resto de la planta.
Pero, bajo el hechizo del nematodo, la célula de la raíz empieza a trabajar a
la inversa. Empieza a absorber alimento de la planta. Sus paredes celulares se
vuelven lo suficientemente permeables para permitir que el flujo de alimento
sea cómodo, y en ella brotan unas estructuras a modo de dedos que crecen hacia
el interior, donde puede almacenar el alimento. El nematodo escupe moléculas en
el interior de la célula alterada, y estas constituyen una especie de pajita
intracelular que usa para chupar el alimento que ha sido bombeado, proveniente
del resto de la planta. A medida que la célula se va hinchando de comida,
amenaza con reventar y dejar toda la raíz agrietada. Para protegerla, el
nematodo provoca que las células adyacentes se multipliquen y formen un nódulo
radicular robusto para resistir la presión. Al igual que el Trichinella habla
el lenguaje genético de los animales, los nematodos radiculares han aprendido
el lenguaje de las plantas.
* * * *
Los parásitos viven en una versión distorsionada del mundo exterior, un
lugar con sus propias normas de navegación, de localización del alimento y de
construcción de un hogar. Mientras un tejón excava para construirse una
madriguera, o un pájaro se entreteje un nido, los parásitos actúan a menudo
como arquitectos, lanzando un hechizo bioquímico para hacer que los seres vivos
parasitados cambien hacia la forma que ellos desean, una pila de tablones que
se arremolinan juntos para formar una casa. Y en el interior de sus
hospedadores, los parásitos también tienen su propia y extraña ecología
interna.
Los ecólogos estudian cómo millones de especies de la Tierra comparten
el mundo, pero en lugar de tener en cuenta todo el planeta de golpe,
generalmente se centran en un único ecosistema, ya sea este una pradera, una
cuenca ribereña o unas dunas arenosas. Incluso dentro de esos límites, se
sienten frustrados porque las fronteras son imprecisas, por ejemplo, por el
modo en que las semillas vienen flotando en el aire desde kilómetros o por las
irrupciones repentinas de lobos provenientes del otro lado de la montaña. Como
resultado de todo esto, los ecólogos han llevado a cabo la mayoría de sus
trabajos más importantes en islas, que solo han podido ser colonizadas un par
de veces en el curso de millones de años. Las islas son los laboratorios
aislados de la naturaleza. En ellos, los ecólogos han resuelto cómo el tamaño
de un hábitat dado determina la cantidad de especies que pueden sobrevivir en
él. Y han trasladado ese conocimiento al continente, demostrando cómo un
ecosistema fragmentado es una especie de archipiélago, un lugar que puede ser
golpeado por las extinciones.
Para un parásito, un hospedador es una isla viva. Los hospedadores de
más tamaño suelen tener más especies de parásitos viviendo en ellos que los de
menor tamaño, al igual que Madagascar tiene más especies que las Seychelles.
Pero, al igual que las islas, los hospedadores tienen algunas peculiaridades.
Los parásitos pueden encontrar en ellos un gran número de nichos ecológicos,
porque un cuerpo tiene muchos lugares diferentes a los que se pueden adaptar.
En las agallas de un único pez, por ejemplo, pueden encontrar su propio nicho
individual un centenar de especies diferentes de parásitos. Un intestino puede
parecer a primera vista un simple cilindro, pero, para un parásito, cada trecho
es una combinación única de acidez, de niveles de oxígeno y de alimento. Un
parásito puede estar diseñado para vivir sobre la superficie de los intestinos,
dentro de la capa que los recubre o en las profundidades de sus proyecciones
dactilares. En las entrañas de un pato, pueden vivir catorce especies de
gusanos parásitos (su población combinada suele rondar los 22.000 de media), y
cada especie establece su hogar en un tramo particular del intestino, a veces,
superpuesto con el de sus vecinos, y a veces, no. Los parásitos pueden incluso
encontrar un modo de repartirse el ojo humano: una especie de gusano en la
retina, otro en la cámara (anterior o posterior), otro en el blanco del ojo y
otro en el globo ocular.
En los hospedadores en los que los parásitos pueden encontrar
suficientes nichos, no compiten por su isla de carne. Pero cuando todos ellos
quieren el mismo nicho, las cosas se ponen feas. Por ejemplo, hay una docena de
especies de trematodos que son capaces de infectar un único caracol, pero todos
ellos necesitan vivir en su glándula digestiva para sobrevivir. Cuando los
parasitólogos abren los caparazones de los caracoles, no suelen encontrar
docenas de especies de trematodos en su interior, sino varios individuos de una
única especie. Los trematodos deben devorar a su competencia o liberar
sustancias químicas que les ponen muy difícil la invasión a los recién
llegados. Otros parásitos que viven en el interior de otros animales también
pueden competir entre ellos. Cuando los acantocéfalos (gusanos con una
probóscide invaginable con espinas) llegan a los intestinos de una rata, echan
a las tenias de las regiones más fértiles, exiliándolas a un tramo de los
intestinos en los que es mucho más difícil encontrar alimento.
Aunque la conducta más despiadada y menos amigable de todas es la que se
puede encontrar entre algunas avispas parásitas que tanto impresionaron a
Darwin. No debería resultarnos muy sorprendente, dada la forma tan horrible
como tratan las avispas a sus hospedadores. La avispa madre deambula por la
campiña, olfateando el aire en busca del aroma de las plantas de las que sus
hospedadores —a menudo, orugas, pero a veces, otros insectos como un áfido o
una hormiga— se alimentan. Cuando ya está lo suficientemente cerca, huele el
aroma de la propia oruga o de sus excrementos. Las avispas parásitas se posan
sobre su hospedador e introducen su aguijón en la zona blanda que hay entre las
placas del exoesqueleto de la oruga. Sin embargo, su aguijón no es realmente un
aguijón, recibe el nombre de ovipositor, y deposita huevos —en algunos casos,
solo un puñado, en otros, cientos—. Algunas avispas también inyectan un veneno
que paraliza a sus hospedadores, mientras otras permiten que se vayan para
alimentarse de hojas y tallos. En cualquier caso, los huevos de avispas
eclosionan, y las larvas emergen en el interior de la cavidad corporal de la
oruga. Algunas especies se limitan a beber la sangre de la oruga; otras también
se agasajan con su carne. Las avispas mantienen a su hospedador vivo todo el
tiempo que necesitan para desarrollarse, respetando sus órganos vitales.
Después de unos cuantos días o semanas, las larvas de avispa emergen de la
oruga, tapando los agujeros por los que han salido y tejiéndose ellas mismas unos
capullos que tachonan la superficie del moribundo hospedador. Estos capullos
madurarán, dando lugar a avispas adultas que se marcharán volando, y, solo
entonces, la oruga perderá el espíritu entomológico que la invade.
Cuando diferentes especies de avispas compiten por la misma oruga, puede
estallar una lucha brutal. Las larvas de una nidada pueden acabar atrofiadas y
hambrientas si se enfrentan a una competición muy fuerte, y el peligro es peor
para las avispas, que necesitan un periodo de tiempo más largo para madurar en
las orugas. La avispa Copidosoma floridanum necesita un mes
entero para madurar en el interior de la palomilla nocturna. Por consiguiente,
es un parásito extraordinariamente hostil.
Normalmente, la Copidosoma deposita solo dos huevos en
su hospedador, uno macho y otro hembra. Y como con cualquier huevo, cada uno de
ellos empieza siendo una única célula que se divide, pero entonces se aparta
del camino normal que sigue el desarrollo de la mayoría de animales. El grupo
de células de la avispa se divide en cientos de grupos más pequeños, cada uno
de los cuales se desarrolla, dando lugar a avispas independientes. De repente,
un único huevo da lugar a mil doscientos clones. Algunos de los grupos se
desarrollan mucho más rápido que los demás, convirtiéndose en larvas
perfectamente formadas, solo cuatro días después de que su huevo original fuera
depositado. Estas mil doscientas larvas, conocidas como soldados, son hembras
alargadas y finas, con colas en forma de huso y mandíbulas afiladas. Vagan a lo
largo de la oruga, buscando uno de los tubos que esta utiliza para respirar.
Envuelven con sus colas uno de esos tubos de respiración, y, del mismo modo que
los caballitos de mar anclados a un arrecife de coral, ellas se balancean en el
flujo de la sangre de la oruga.
La labor de estos soldados es sencilla: viven únicamente para matar a
otras avispas. Cualquier larva de avispa que pase cerca, tanto si es otra Copidosoma
floridanum como si es de cualquier otra especie, provoca que un
soldado salga de su tubo para arremeter contra la larva, atrapándola entre sus
mandíbulas, absorbiendo sus intestinos, y dejando el cuerpo vacío flotando a la
deriva. Mientras esta matanza tiene lugar, el resto de los embriones de Copidosoma se
desarrollan lentamente, y crecen finalmente, dando lugar a mil larvas de
avispas más. Estas larvas, llamadas reproductoras, tienen un aspecto muy
diferente al de los soldados. Solo tienen un órgano succionador o sifón por
boca, y son tan rechonchas y lentas que solo pueden moverse si son
transportadas por el flujo de la sangre de la oruga. Las reproductoras serían
inútiles ante cualquier ataque, pero, gracias a los soldados, pueden limitarse
únicamente a beber los jugos de la oruga mientras los cadáveres marchitos de
sus rivales pasan flotando.
Después de un rato, los soldados se vuelven contra sus hermanos —más
específicamente contra sus hermanos machos—. Una avispa Copidosoma madre
pone un huevo macho y otro hembra; después de que se hayan multiplicado,
producen una proporción equitativa de ambos sexos. Pero los soldados matan
selectivamente a los machos, por lo que la inmensa mayoría de supervivientes
son hembras. Los entomólogos documentaron en una ocasión la existencia de dos
mil hermanas y un único hermano Copidosoma emergiendo de una
oruga.
Los soldados se vuelven contra sus propios hermanos por razones
evolutivas prácticas. Los machos no hacen nada de nada por el futuro de su
descendencia más allá de proporcionar su esperma. Los hospedadores de Copidosoma son
difíciles de encontrar: están dispersos como islas en el océano separadas por
kilómetros, por lo que los machos que surgen de una oruga se aparearán
probablemente con éxito, cerca de sus hogares y con sus hermanas. En una
situación así, solo son necesarios unos cuantos machos, y más de la cuenta
implicaría menos hembras con las que poder aparearse y, por lo tanto, menos
descendencia. Matando a los machos reproductivos, las soldados hembra se
aseguran de que el hospedador podrá soportar a la mayor cantidad posible de
hembras y ayudan a perpetuar los genes que comparten con sus hermanas.
Además de implacables, los soldados son igualmente desinteresados. Nacen
sin el equipamiento necesario para escapar de las orugas por sí mismos.
Mientras sus hermanos y hermanas reproductivos perforan a su hospedador para
salir y construir los capullos, los soldados están atrapados en el interior.
Cuando sus hospedadores mueren, ellos siguen la misma suerte.
Realizar ese último viaje —abandonar el hospedador— es el paso más
importante en la existencia del parásito. Tiene especial cuidado en estar
preparado para cuando llegue el momento correcto, porque, de otra forma, estará
condenado a morir con su hospedador. Esa es la razón por la que la gente que
necesita hacerse una prueba para saber si padece elefantiasis, como fue el caso
de Michael Sukhdeo cuando era un niño, tienen que realizarla de noche. Las
filarias adultas viven en los vasos linfáticos, y las crías de gusanos que
producen se mueven a lo largo del torrente sanguíneo, pasando la mayor parte de
su tiempo en los capilares de los tejidos del interior del cuerpo. Pero la
única forma para una cría de gusano de poder crecer hasta su forma adulta es
ser absorbidos por la picadura de un mosquito que acude por la noche. De alguna
manera, en lo más profundo de nuestro cuerpo, los gusanos pueden adivinar qué
hora del día es —puede que detectando el aumento y descenso de la temperatura
corporal de su hospedador— y se desplazan a los vasos sanguíneos que están
justo debajo de la piel, donde habrá muchas posibilidades de ser succionados
por un mosquito. A las dos de la mañana, los gusanos que no han sido
succionados por una picadura empiezan a moverse de vuelta al interior de su
hospedador para esperar al próximo anochecer.
Los parásitos también pueden usar hormonas como señal para saber cuál es
la hora de partir. Las pulgas que habitan la piel de una coneja pueden detectar
hormonas en la sangre que beben de su hospedador. Estas hormonas les informan
de cuándo está a punto de parir, y responden a esa información precipitándose
hacia la parte frontal de su cara. Una vez que ha dado a luz a las crías y las
está lamiendo y acariciando con el hocico, las pulgas saltan sobre los recién
nacidos. Los conejitos aún no pueden acicalarse solos, y sus madres los limpian
una vez al día cuando visitan su madriguera para alimentarlos. Eso convierte a
los conejitos en unos hogares maravillosamente tranquilos para las pulgas. Las
pulgas se alimentan inmediatamente de las crías, apareándose y depositando
huevos. La nueva generación de pulgas crece sobre las crías, pero, cuando
detectan que la madre está preñada de nuevo, regresan a ella. Allí esperan para
infectar a su nueva camada.
Pasar a un nuevo hospedador puede convertirse en un gran desafío cuando
la especie elegida por el parásito es una criatura solitaria. Si, por ejemplo,
cavamos en verano unos centímetros en el duro suelo del desierto de Arizona,
puede que encontremos un sapo. Se trata de un ejemplar de la especie Scaphiopus
couchi, y se pasa durmiendo los once meses que dura la sequía cada año.
Permanece bajo tierra, sin comer, sin beber. Su corazón apenas late, sus
células siguen un ritmo metabólico básico, y almacena sus desechos en su hígado
y en su vejiga. En julio o agosto llegan las primeras lluvias, llegan rugiendo
los monzones que cuartean el suelo. Durante la primera noche húmeda los sapos
vuelven a la vida y salen al exterior.
Los sapos se reúnen en estanques, donde los machos ganan a las hembras
en una proporción de diez a uno. Atraen a las hembras cantando en coros
vaporosos, croando tan apasionadamente que sus gargantas llegan a sangrar. Las
hembras se deslizan entre los machos hasta que encuentran una voz que les gusta
y se acercan a quien la produce. Él se sitúa sobre ella y permanecen unidos, la
hembra soltando un montón de huevos que el macho fertiliza con su esperma. A
las cuatro de la mañana el cortejo se ha acabado. Antes de que salga el sol
abrasador, los sapos se han vuelto a enterrar unos centímetros en el suelo.
Solo cuando el sol se vuelva a poner (y solo si hay suficiente agua) los sapos
volverán a la superficie. Cuando se están apareando, los sapos comen lo suficiente
para todo lo que les queda de año. Un sapo puede comer la mitad de su peso en
termitas en una sola noche. Mientras tanto, su descendencia crece
frenéticamente, pasando de estar en el huevo a ser unos diminutos sapitos en
solo diez días, ya que la temporada de lluvias solo dura unas semanas. Cuando
la lluvia disminuye, los sapos desaparecen bajo tierra, habiendo pasado unos
días en el exterior y retornando a sus vidas dedicadas a dormir.
Con tan pocas oportunidades para pasar de un hospedador a otro, un sapo
de esta especie podría considerarse una mala elección para un parásito. De
hecho, apenas hay parásitos que hayan puesto un pie en estos sapos, y la
mayoría de ellos solo causan ligeras infecciones. Pero hay un parásito que
disfruta verdaderamente de la vida de este sapo, un gusano llamado Pseudodiplorchis
americanus. El Pseudodiplorchis pertenece a un grupo de
parásitos llamados monogéneos, delicados gusanos amorfos que viven casi siempre
sobre la piel de peces, y pasan de hospedador a hospedador en la comodidad de
la omnipresente agua. Sin embargo, la mitad de esos sapos llevan consigo el
monogéneo Pseudodiplorchis, y cada sapo porta una media de cinco de
ellos.
De todos los lugares posibles, el Pseudodiplorchis escoge
la vejiga del sapo para pasar su etapa de largo sueño. Mientras el sapo bombea
más sales y otros desperdicios en el interior de la vejiga, el parásito sigue
con su vida, chupando sangre y apareándose. En el interior de cada hembra
de Pseudodiplorchis, cientos de huevos maduran hasta convertirse en
larvas. Permanecen en su interior durante meses, esperando a que el sapo
despierte. Estos parásitos esperarán todo el tiempo que espere el sapo, incluso
si las lluvias no aparecen hasta el año siguiente. Cuando las lluvias hacen
acto de presencia, el parásito se ve atrapado en su propio diluvio. Después de
que el sapo escarbe su camino bajo el suelo, su piel absorbe el agua, la cual
fluye a lo largo de su corriente sanguínea, removiendo todos los desechos
venenosos que se han acumulado en su cuerpo durante el año, a través de sus
riñones y hacia el interior de su vejiga. Este torrente de orina hace que el
hábitat del parásito pase de ser un océano salado a una piscina de agua dulce.
El Pseudodiplorchis se agarra fuertemente mientras dura el
torrente y sigue esperando. Espera durante los coros de los machos y las
inspecciones de las hembras. Solo cuando su hospedador está sexualmente activo
mientras intenta aparearse con otro sapo, una madre Pseudodiplorchis hace
salir apresuradamente sus cientos de jóvenes crías de la vejiga hacia la
charca. Cuando alcanzan el agua, se desprenden de sus finas cápsulas y nadan
libres.
Ahora, después de su espera de once meses, los parásitos tienen que
darse prisa. Solo disponen de unas pocas horas para encontrar otro hospedador
en la charca donde se producen los apareamientos, antes de que los sapos
vuelvan a reptar bajo la superficie y el sol salga, friendo a cualquier
parásito encallado. Mientras van nadando por la charca, tienen que asegurarse
de que no saltarán sobre un ejemplar de una de las otras especies de sapos del
desierto que también pueblan la charca. Posiblemente sean algunas secreciones
características de la piel de los sapos de la especie Scaphiopus
couchii las que les guían hacia sus hospedadores. El Pseudodiplorchis tiene
una habilidad extraordinaria para orientarse en las charcas o estanques. Para
muchos parásitos, no es inusual que solo unos pocos de los miles de larvas
encuentren al hospedador en el que podrán madurar. El Pseudodiplorchis tiene
una tasa de éxito del 30 por ciento. Tan pronto como alcanza a su hospedador,
una larva de Pseudodiplorchis empieza a arrastrarse por el
costado del sapo. Salen del agua juntos, subida en el punto más alto que pueda
alcanzar. Acaba en la cabeza del sapo y, una vez allí, puede encontrar los
orificios nasales y deslizarse hacia su interior.
La carrera continúa: el Pseudodiplorchis todavía tiene
que introducirse en la vejiga del sapo antes de que la temporada de lluvias
finalice. Y una vez dentro del sapo, el Pseudodiplorchis se
enfrenta a condiciones tan mortíferas como el sol del desierto. Baja por la
tráquea del sapo, bebiendo sangre mientras se desplaza, hasta que llega a los
pulmones. Allí se quedará durante dos semanas, luchando contra los esfuerzos
del sapo por expulsarlo tosiendo, madurando hasta convertirse en un adulto de
aproximadamente un cuarto de centímetro de longitud. Abandona los pulmones y se
arrastra hasta la boca del sapo, solo para poder pasar al esófago y desde ahí
dirigirse hacia los intestinos.
Los ácidos y enzimas que usa el sapo para digerir su alimento deberían
disolver un parásito tan delicado. Si extraemos un Pseudodiplorchis que
acaba de llegar a los pulmones y lo introducimos directamente en los
intestinos, el parásito morirá en cuestión de minutos. Pero en las dos semanas
que pasa en los pulmones, se puede preparar para el viaje que le espera,
almacenando toda una colección de burbujas rellenas de líquido en su piel.
Cuando se sumerge en el tracto digestivo del sapo, hace estallar esas burbujas,
liberando sustancias químicas que neutralizan los compuestos que intentan
digerirlo. Sin embargo, incluso contando con esta protección, el Pseudodiplorchis no
pierde el tiempo: recorre el tracto digestivo entero en media hora y sigue el
camino que le conduce hasta la vejiga. El viaje completo, desde la nariz hasta
los pulmones y de ahí hasta la vejiga, le ha supuesto poco más de tres semanas,
y, por entonces, su hospedador sapo ha finalizado su apareamiento y su festín
anuales, y vuelve bajo tierra.
Esta especie de sapo es uno de los pocos hospedadores que vive una vida
tan aislada como la de sus parásitos: pasan juntos un año bajo tierra esperando
la oportunidad de ver a sus semejantes de nuevo.
Los parásitos han colonizado los hábitats más hostiles que la naturaleza
puede ofrecer, desarrollando adaptaciones hermosamente complejas en el proceso.
A este respecto, no son diferentes a sus homólogos que viven libres, algo que
horrorizaría a Lankester. Y todavía no he encontrado sitio en este capítulo
para hablar sobre la adaptación más extraordinaria que los parásitos han
desarrollado: combatir el ataque del sistema inmunológico. Esa lucha exige su
propio capítulo.
Capítulo 3
La guerra de los treinta años
Oh, rosa, que estás enferma.
El gusano invisible
que vuela en la noche,
en la tormenta atronadora,
ha encontrado tu lecho
de gozo carmesí,
y su oscuro amor secreto
tu vida destruye.
William Blake, «La rosa enferma».
Un día, llegó un hombre al Hospital Real de Perth, en Australia,
diciendo que se encontraba cansado. Llevaba sintiéndose así los dos últimos
años, y ahora, en el verano de 1980, había decidido que era hora de averiguar
qué era lo que le estaba pasando. Su salud no era perfecta, pero tampoco era
terrible. Había sido un fumador empedernido en su adolescencia y primera
juventud, pero, a los cuarenta y cuatro años, su único vicio era un vaso de
vino blanco cada noche.
Su médico pudo notar a través de su piel que su hígado estaba hinchado.
En una imagen de ultrasonidos, se pudo comprobar que dos de sus tres lóbulos
parecían demasiado grandes. Sin embargo, no había signos que implicaran la
clase de problemas que el médico hubiera esperado encontrar, como un tumor o
una cirrosis. Pero fue solo cuando el médico recibió las heces del hombre que
se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo: las deposiciones estaban atestadas
de huevos espinosos de Schistosoma mansoni —trematodos sanguíneos
que se encuentran solo en África y en América Latina—.
El médico le pidió que le hiciera un resumen de su vida. Sus primeros
años fueron muy duros. Había nacido en Polonia en 1936. El ejército soviético
había apresado a su familia durante la Segunda Guerra Mundial y los había
encarcelado en un campamento para prisioneros de Siberia. Hacia el final de la
guerra lograron escapar, viajando a través de Afganistán y Persia, y acabando
en un campamento para refugiados del este de África. Durante seis años, la
sabana fue su patio de juegos, hasta 1950, fecha en la que su familia emigró a
Australia. Y allí había permanecido desde entonces.
La conclusión es bastante sencilla, aunque sea difícil de creer: la
única época de la vida de este hombre en la que estuvo cerca del Schistosoma
mansoni fue al final de la década de 1940. Cuando nadaba y se bañaba
en los lagos de Tanzania, al menos un par de trematodos invadieron su piel y se
introdujeron en sus venas; habían viajado con él a Australia y allí empezaron
una nueva vida juntos, y los trematodos macho y hembra habían seguido viviendo,
tranquilamente entrelazados y bombeando huevos, durante treinta años.
Lo que hace que la longevidad de los trematodos sanguíneos nos parezca
más impresionante todavía es que lo consiguieron mientras sufrían todo ese
tiempo una amenaza y un ataque constantes. Lankester tenía la impresión de que,
una vez que ya estaba en el interior del hospedador, el parásito estaba fuera
de peligro. No tenía que hacer nada más que beberse el alimento en el que
estaba inmerso, y, de hecho, podía no hacer nada más. Pero escribió su ensayo
«Degeneración» en 1879, cuando la inmunología, la ciencia que estudia las
defensas del cuerpo, era todavía solo un poco mejor que la alquimia. Los
médicos sabían que podían proteger a la gente de la viruela inyectándoles una
pequeña porción de una de las erupciones provocadas por la misma enfermedad,
pero no tenían ni idea de cómo estaban salvando vidas. Unos pocos años después
del ensayo de Lankester, los científicos descubrirían las células depredadoras
que deambulan por nuestros cuerpos devorando bacterias. La inmunología había
nacido.
Resumir lo que los científicos han aprendido desde entonces acerca del
sistema inmunológico sería como intentar reproducir la Capilla Sixtina con una
tiza. Es orquestal en su complejidad, con una enorme diversidad de células,
todas ellas comunicándose entre sí gracias a un conjunto de señales que podrían
componer un diccionario, junto a docenas de clases de moléculas diseñadas para
ayudar a las células a decidir qué es lo que debe ser destruido y qué debe ser
conservado. Actúa como un cerebro de transmisión sanguínea. Pero aquí, al
menos, examinaremos brevemente los métodos más importantes que utilizan
nuestros cuerpos para matar parásitos.
El sistema inmunológico ataca a un intruso —por ejemplo, una bacteria
que se mete en un corte— mediante una sucesión de oleadas. Una de las primeras
oleadas es una colección de moléculas que pertenecen al llamado sistema del
complemento. Cuando las moléculas del complemento impactan con la superficie de
la bacteria, se acoplan a ella y cambian su forma para poder captar otras
moléculas del complemento que pasen por ahí. Las moléculas van creciendo
gradualmente en la superficie. Se ensamblan, convirtiéndose en herramientas
para la destrucción, como taladros que pueden abrir un agujero en las membranas
bacterianas. También actúan como faros, haciendo que las bacterias sean más
visibles para las células inmunitarias. Las moléculas del complemento también
aterrizan sobre nuestras células, pero no las dañan. Nuestras células están
cubiertas por moléculas que pueden abrazar una molécula del complemento y
separarla.
También llegan rápidamente al lugar donde se ha producido el corte una
serie de moléculas errantes del sistema inmunológico, las más importantes de
las cuales son los macrófagos. Tienen algunas formas rudimentarias de reconocer
bacterias si se tropiezan con ellas, y pueden absorber a los invasores en su
interior e irlos digiriendo lentamente. Al mismo tiempo, los macrófagos también
liberan señales que atraen la atención del resto del sistema inmunológico.
Algunas de estas señales provocan que la zona infectada se inflame, relajando
las paredes de los vasos sanguíneos de las proximidades. Eso permite que otras
células y moléculas del sistema inmunológico fluyan hacia este tejido. Las
moléculas señalizadoras liberadas por los macrófagos también se enganchan a
células inmunitarias que suelen estar flotando en vasos sanguíneos próximos.
Conducen a las células a través de la pared del vaso hacia el interior de la
infección, como un niño que estira de la mano de su madre arrastrándola por el
pasillo de una tienda de juguetes.
Con el tiempo suficiente, el sistema inmunológico puede organizar una
nueva oleada de ataques, usando unas células mucho más sofisticadas: las
células B y T. La mayoría de nuestras células disponen de una cantidad estándar
de receptores en su superficie. Los glóbulos rojos se parecen mucho unos a
otros. Pero, cuando se forman las células B y T, mezclan los genes que fabrican
los receptores de sus superficies celulares. Las células usan los genes
alterados para construir nuevos receptores con formas diferentes a la de
cualquier otra célula inmunitaria. Esta mezcla puede producir cientos de miles
de millones de formas diferentes, por lo que cada célula B o T es tan distinta
como una cara humana.
Dado que son tan diversas, las células B y T pueden acoplarse a una gran
cantidad de moléculas distintas, incluyendo las presentes en la superficie de
los invasores. (Las moléculas extrañas que desencadenan una respuesta
inmunológica se llaman antígenos). No obstante, las células tienen que conocer
primero a los antígenos. Se los han de «presentar». Esta tarea es llevada a
cabo por los macrófagos y otras células inmunitarias. Mientras engullen una
bacteria o sus fragmentos desechados, las células inmunitarias las cortan en
pequeños trozos. Posteriormente, trasladan estos antígenos a su superficie,
exponiéndolos en una hendidura especial (el complejo mayor de
histocompatibilidad, o, abreviado, el CMH). Blandiendo estas conquistas, las
células inmunitarias se trasladan a los nódulos linfáticos. Allí se topan con
las células T. Si una célula T tiene el tipo correcto de receptor, se puede
unir a los antígenos expuestos en el macrófago. Tan pronto como reconoce el
antígeno, las células T empiezan a multiplicarse a toda velocidad, dando lugar
a un batallón de células idénticas, todas ellas equipadas con el mismo
receptor.
Estas células T pueden tomar una de estas tres formas, cada una de las
cuales mata a los invasores de un modo diferente. A veces se transforman en
células T asesinas, que recorren el cuerpo en busca de células que hayan sido
invadidas por patógenos. Reconocen las células infectadas, gracias, de nuevo,
al CMH. Al igual que los macrófagos, la mayoría de las células del cuerpo
humano pueden mostrar antígenos sobre sus propios receptores del CMH. Si la
célula T asesina reconoce estos signos que implican problemas, ordena a la
célula infectada que se suicide. El parásito que hay en su interior muere con
ella.
En otros casos, las células T activadas coordinan la actividad de otras
células inmunológicas para que mejoren su tarea de eliminación. Algunas veces
ayudan convirtiéndose en células T inflamatorias. Estas células llegan hasta
los macrófagos que están luchando contra la invasión creciente de bacterias. Se
unen al antígeno que hay sobre el CMH del macrófago. Esa unión actúa como un
desencadenante, haciendo que el macrófago se convierta en un asesino mucho más
violento, liberando más venenos. Al mismo tiempo, las células T inflamatorias
hacen que el corte se inflame más de lo que los macrófagos pueden manejar por
sí mismos. Las células T inflamatorias también acaban con los macrófagos viejos
y estimulan la producción de nuevos para que devoren a sus primos de mayor
edad. Son como generales hambrientos de batallas: es bueno tenerlos cerca en
una guerra, pero no se les puede permitir que pierdan el control. Si los
macrófagos producen demasiada inflamación, o liberan demasiados venenos, el
sistema inmunológico empezará a destruir el propio cuerpo.
La tercera forma que puede adoptar una célula T es aquella gracias a la
cual ayuda a las células B a fabricar anticuerpos. Las células B también poseen
la misma diversidad de moléculas de superficie de la que disponen las células
T, por lo que también tienen el potencial de engancharse a miles de millones de
formas diferentes de antígenos. Después de que una célula B se haya aferrado a
un fragmento, una célula T cooperadora puede aparecer y engancharse a él al
mismo tiempo. En estas uniones, la célula T puede transmitir señales a la
célula B para que empiece a fabricar anticuerpos. Los anticuerpos son una
especie de versión libre de un receptor de la célula B, y también están
capacitados para engancharse a un antígeno de un invasor.
Una vez que están activadas, las células B diseminan anticuerpos por el
organismo, y, dependiendo de qué anticuerpo sea en particular, pueden luchar
contra la infección de distintas formas. Pueden agruparse alrededor de una
toxina fabricada por bacterias y neutralizarla. Pueden ayudar a las moléculas
del complemento a perforar las bacterias para disponer de agujeros más grandes.
Pueden aferrarse a las bacterias e interferir en la química que utilizan para
invadir las células del cuerpo. Pueden etiquetarlas para hacer que sean
objetivos más claros para los macrófagos.
Mientras la mayoría de las células B y T tratan de eliminar todas las
bacterias que han entrado por el corte, unas pocas se quedan al margen. Estas
son conocidas como las células de memoria; su trabajo consiste en preservar un
registro del invasor durante muchos años después de la infección. Si la misma
clase de bacteria se introdujera de nuevo en el cuerpo, las células de memoria
podrían volver a cambiar y orquestar un rápido y aplastante ataque. Estas
células son el secreto de las vacunas. Aunque las células inmunitarias están
expuestas solo a un antígeno, son capaces de producir células de memoria. Dado
que una vacuna contiene solo una molécula, y no un organismo vivo, no hace
enfermar a la persona que la recibe, pero puede preparar al sistema inmunológico
para que elimine al patógeno si es que alguna vez se vuelve a encontrar con él.
Las células T, las células B, los macrófagos, las moléculas del
complemento, los anticuerpos y todos los demás componentes del sistema
inmunológico forman una tupida red que limpia constantemente nuestro cuerpo.
Aunque, de vez en cuando, un parásito se cuela y se establece en el interior.
Su éxito no se debe únicamente a un descuido, sino a la habilidad del parásito
para escapar del sistema inmunológico. Las bacterias y los virus tienen sus
propios trucos, pero algunas de las estrategias más fascinantes se encuentran
entre los parásitos «clásicos»: los protozoos, trematodos, tenias y otros
eucariotas. Pueden eludir al sistema inmunológico, distraerlo, desgastarlo e,
incluso, tomar su control, confundiendo sus señales en un estado debilitado o,
si es necesario, en uno muy activo. Un signo de la sofisticación de estos
parásitos es el hecho de que todavía no existe una vacuna contra ellos,
mientras sí que existen muchas contra virus y bacterias. Si Lankester hubiera
sabido algo de todo esto, puede que no hubiera otorgado a los parásitos la mala
reputación que todavía no se han podido sacar de encima.
* * * *
En septiembre de 1909, un fornido joven de Northumberland contrajo la
enfermedad del sueño en el nordeste de Rodesia, cerca del río Luangwa. No hubo
diagnóstico durante los dos primeros meses, pero poco después viajó de regreso
a Inglaterra, y fue tratado por los médicos de la Facultad de Medicina Tropical
de Liverpool. Fue admitido en el Hospital Real del Sur el 4 de diciembre, y su
médico era el comandante Ronald Ross. Ross era uno de los gigantes de la
medicina tropical, que una década antes había desentrañado el ciclo de la
malaria: la forma en que el Plasmodium pasa de un mosquito a
un humano. La sangre del paciente de la enfermedad del sueño hervía de
parásitos tripanosomas, miles de criaturas con forma de taladro en cada gota.
Sus glándulas estaban hinchadas, y sus piernas llenas de sarpullidos. Se debilitaba
por semanas. Ross intentó destruir los parásitos con un compuesto de arsénico,
pero tuvo que parar cuando dañó los ojos del paciente. En abril, el paciente
estuvo vomitando durante cuatro días y perdió cuatro kilos y medio de peso.
Desde entonces se volvió cada vez más somnoliento, aunque reaccionaba
esporádicamente. Su hígado aumentó de tamaño, y los vasos sanguíneos de su
cerebro se congestionaron.
Ross empezó a probar otros tratamientos. Inoculó a una rata la sangre de
su paciente, permitiendo que el parásito se multiplicara y, entonces, extrajo
un poco de la sangre del roedor. La calentó para matar a los tripanosomas y,
posteriormente, inyectó esta vacuna rudimentaria de nuevo al paciente. No hubo
mejoría. En mayo, el esfínter anal de su paciente se paralizó y Ross estaba
seguro de que iba a morir, pero una semana más tarde mejoró notable y
repentinamente. Pasaron solo unos días antes de que volviera a empeorar, cayera
enfermo de neumonía y falleciera. En la autopsia, Ross no pudo encontrar ni un
solo tripanosoma.
Unos años antes, Ross había ideado un método rápido para detectar
parásitos sanguíneos, y lo había usado los tres últimos meses del paciente.
Durante ese proceso obtuvo el primer retrato día a día de la enfermedad del
sueño. En un informe sobre su paciente lo presentó como un «gráfico
extraordinario». El gráfico mostraba la existencia clara de un ritmo: durante
unos pocos días los tripanosomas se disparaban, multiplicándose hasta quince
veces. Entonces, de repente, la cifra se desplomaba hasta llegar a una cantidad
apenas detectable. El ciclo duró alrededor de una semana, y vino acompañado de
fiebre y de recuentos cambiantes de glóbulos blancos. El paciente no había sido
atacado por una única acometida de parásitos: en su interior habían estallado y
muerto una serie de brotes.
Ross observó en su paciente «una lucha entre las facultades defensivas
del cuerpo infectado y las facultades agresivas de los tripanosomas». Lo que no
pudo determinar fue la naturaleza exacta de esa lucha. Tras otros noventa años
de estudio, los científicos no son capaces todavía de fabricar una vacuna
contra la enfermedad del sueño, pero, al menos, sí que comprenden cómo cabalgan
sobre la onda erizada que muestra el gráfico del seguimiento de su actividad
hasta que el hospedador muere. Sus tácticas engañosas, ofreciendo falsos
reclamos, resultan agotadoras.
Si pudiéramos volar al estilo de Viaje alucinante sobre
un tripanosoma, lo que veríamos resultaría aburrido. Sería como volar sobre los
monótonos maizales de Iowa: millones de tallos tan pegados unos juntos a otros
que apenas queda espacio entre ellos. Volar sobre el siguiente tripanosoma no
supone ningún alivio, ya que los tallos son idénticos al primero. De hecho, si
sobrevoláramos cualquiera de los millones y millones de tripanosomas presentes
en un hospedador humano en cualquier momento dado, veríamos seguramente el
mismo aspecto.
Para un sistema inmunológico humano, matar a estos parásitos debería ser
pan comido. Si el sistema inmunológico aprende a reconocer una sola de las
moléculas que forman estos «tallos de maíz», puede atacar a prácticamente
cualquier parásito presente en el cuerpo. Y, de hecho, cuando las células B del
hospedador empiezan a producir anticuerpos a medida de los tallos de maíz, los
tripanosomas empiezan a morir. Pero no del todo. Justo cuando parece que los
tripanosomas están a punto de desaparecer en la oscuridad, sus números tocan
fondo y empiezan a aumentar. El panorama ha cambiado. Si ahora voláramos sobre
los tripanosomas, no veríamos un campo de maíz, sino de trigo —ahora se ve
completamente descolorido, pero se trata de una clase de extensión completamente
diferente—.
Este rápido cambio ocurre gracias al modo único en que los genes de los
tripanosomas están dispuestos. Las instrucciones para fabricar la molécula que
forma el revestimiento del tripanosoma están en un único gen. Habitualmente,
cuando un tripanosoma se divide, el nuevo parásito usa el mismo gen para
fabricar el mismo revestimiento. Pero en una de cada diez mil divisiones más o
menos, un tripanosoma retira repentinamente el gen, extrayéndolo de su posición
en el ADN del parásito. Entonces, echa mano de una reserva de miles de genes
fabricantes de revestimientos, selecciona uno y lo pega en la posición que
ocupaba el gen original. El gen nuevo empieza a fabricar la superficie
molecular: una molécula que es parecida a la anterior, pero no idéntica.
El sistema inmunológico, concentrado como estaba en el primer
revestimiento, necesita un tiempo para reconocer el segundo y fabricar
anticuerpos para él. Durante ese tiempo, los tripanosomas que portan ese nuevo
revestimiento están a salvo, y se pueden multiplicar frenéticamente. Una vez
que el sistema inmunológico se ha puesto al día y está atacando a los
tripanosomas con un nuevo anticuerpo, otro tripanosoma ha instalado un tercer
gen y está fabricando un tercer revestimiento. La persecución puede durar meses,
o incluso años, los tripanosomas quitándose sus revestimientos y poniéndose
otros nuevos cientos de veces. Con tantas clases diferentes de fragmentos de
tripanosomas acumulándose en el torrente sanguíneo, el sistema inmunológico del
hospedador sufre una sobre estimulación crónica, atacando a su propio cuerpo
hasta que la víctima muere.
Esta estrategia engañosa de distracción funciona solo porque el parásito
puede sumergirse en este depósito de genes productores de revestimientos. Pero
estos genes no pueden ser llamados a acudir desde su banquillo en cualquier
orden aleatorio. Digamos que la primera generación de tripanosomas que se
introduce en el cuerpo de una persona fuera a ponerse todos sus genes
constructores de revestimientos. El sistema inmunológico fabricaría anticuerpos
para todos ellos y pararía la infección de golpe. Y si una nueva generación de
parásitos optara por un gen para un revestimiento antiguo, el sistema
inmunológico todavía tendría algún anticuerpo sobrante con el que poder luchar.
En lugar de eso, los tripanosomas usan cuidadosamente sus posibles genes en un
orden predeterminado. Si cogemos dos clones del mismo tripanosoma e infectamos
a dos ratones con ellos, sus descendientes cambiarán los mismos genes en el
mismo orden. De esa manera, el parásito puede alargar su infección durante
meses.
Ronald Ross es recordado en la actualidad por su trabajo sobre la
malaria más que sobre la enfermedad del sueño. A pesar de que nunca pudo
descubrir mucho sobre la forma en que el Plasmodium lucha
contra el sistema inmunológico humano. Los tripanosomas logran evitarlo con sus
ciclos de auge y caída, pero el Plasmodium es más sutil. La
mayor parte del tiempo que pasa en el cuerpo, el parásito va pasando de una
guarida a la siguiente. Cuando entra por primera vez en un humano, gracias a la
picadura de un mosquito, puede llegar al hígado en media hora, lo que a menudo
es lo suficientemente rápido para evitar que se entere el sistema inmunológico.
El parásito se cuela en el interior de una célula hepática para madurar, y es
aquí donde llama la atención del cuerpo. Las células hepáticas captan proteínas
que se han separado del Plasmodium y están flotando en el
interior de la célula, las cortan y las trasladan a sus superficies, donde las
exponen en sus moléculas del CMH. El sistema inmunológico del hospedador
reconoce estos antígenos y empieza a organizar un ataque contra las células
hepáticas enfermas. Pero el ataque necesita su tiempo —el tiempo suficiente
para que el parásito se divida, produciendo cuarenta mil copias en una semana,
salga del hígado y busque células sanguíneas—. Cuando el sistema inmunológico
está preparado para destruir las células hepáticas infectadas, esas células se
han convertido en cáscaras vacías.
Mientras tanto, los parásitos están invadiendo glóbulos rojos y han
llevado a cabo las reformas necesarias en su nuevo hogar. El Plasmodium tiene
que hacer muchos esfuerzos debido a la falta de genes y proteínas en la célula,
pero la falta de estos elementos en estas células también tiene sus ventajas:
este es un buen lugar para esconderse. Debido a su falta de genes, no pueden
fabricar moléculas del CMH, por lo que no tienen forma alguna de mostrar al
sistema inmunológico qué es lo que hay en su interior. Durante un tiempo,
el Plasmodium puede disfrutar de un camuflaje perfecto en el
interior de la célula.
A medida que el parásito se divide y llena la célula, tiene que empezar
a soportar la membrana con sus propias proteínas. Para evitar ser destruido en
el bazo, fabrica nodos en la superficie de la célula, cada uno con diminutos
anclajes con los que se podrá adherir a las paredes de los vasos sanguíneos.
Estos anclajes plantean también un peligro propio: conllevan el riesgo de
atraer la atención del sistema inmunológico. Se pueden fabricar anticuerpos
contra ellos, y se puede crear todo un ejército de células T asesinas que
reconozcan los signos de estas células infectadas.
Ya que estos anclajes pueden ser reconocidos por el sistema
inmunológico, los científicos han pasado mucho tiempo estudiándolos con la
esperanza de fabricar una vacuna contra la malaria. En la década de 1990 fueron
capaces por primera vez de secuenciar los genes que portan las instrucciones
para los anclajes. Descubrieron que solo hace falta un gen para fabricarlos,
pero que hay más de cien genes diferentes en el ADN del Plasmodium que
pueden hacerlo. Y mientras cualquier tipo de anclaje puede enganchar el glóbulo
rojo con la pared del vaso sanguíneo, cada uno de ellos tiene una forma única.
Cuando el Plasmodium invade un glóbulo rojo, activa
muchos de estos genes constructores de anclajes a la vez, pero el parásito
selecciona solo una clase para colocarlo en su superficie. De este modo, el
glóbulo rojo quedará cubierto solo con ese estilo de anclaje en particular.
Cuando la célula se rompe, emergen de su interior dieciséis nuevos parásitos
que casi siempre utilizarán el mismo gen para fabricar el mismo anclaje. Pero,
de vez en cuando, un parásito cambiará de gen y fabricará nuevos anclajes, que
resultan irreconocibles para el sistema inmunológico. Y ese es el modo en que
el Plasmodium se las arregla para esconderse a plena vista:
cuando el sistema inmunológico ha reconocido sus anclajes, el parásito ya está
fabricando unos nuevos. En otras palabras, la malaria usa una estrategia
engañosa, distrayendo al organismo con un falso reclamo, muy parecida a la
usada en la enfermedad del sueño. Aunque Ronald Ross lo desconocía, sus
pacientes que luchaban contra la enfermedad del sueño y los que lo hacían
contra la malaria estaban perdiendo al mismo juego agotador.
El Plasmodium es solo uno de los muchos parásitos que
viven en el interior de nuestras células. Algunos pueden vivir en cualquier
clase de célula, mientras que otros escogen solo un tipo. Algunos incluso se
especializan en las células más peligrosas de todas, los macrófagos, cuyo
trabajo es matar y devorar parásitos. En esta última categoría está el
protozoo Leishmania. Hay una docena de especies de este parásito, y
todas ellas pasan de una persona a otra gracias a las picaduras de unos
insectos llamados flebotomos. Cada especie causa una enfermedad concreta.
El Leishmania major causa la úlcera oriental —ampollas
molestas que se curan por sí mismas, igual que una úlcera—. El Leishmania
brasiliensis, que causa espundia, en la que el parásito roe el tejido
blando de la cabeza de la víctima hasta que esta se queda sin rostro.
El Leishmania no tiene que introducirse por la fuerza
en su hospedador macrófago de la forma en que el Plasmodium se
introduce en los glóbulos rojos. Es más como un espía enemigo que llama a la
puerta de la comisaría de policía y pide ser arrestado. Cuando el parásito es
inyectado durante la picada de un flebotomo, atrae a moléculas del complemento,
que intentan perforar en su membrana y atraer a los macrófagos para que las
devoren. El Leishmania puede hacer que el complemento deje de
perforar en él, pero no destruye la molécula. Permite que el complemento lleve
a cabo su otra labor: actuar como un faro. Un macrófago se arrastra sobre el
parásito, detecta el complemento y abre un agujero en su membrana para engullir
el Leishmania.
El macrófago engulle al parásito en una burbuja que se hunde en su
interior. Habitualmente, esto se convertiría en una cámara mortífera para el
parásito. El macrófago fusionaría esa burbuja con otra llena de una especie de
escalpelos moleculares, que usaría para desmontar el Leishmania.
Pero, de alguna manera —los científicos todavía no saben cómo—, el Leishmania impide
que las burbujas se fusionen. Su propia burbuja, ya a salvo de ser atacada, se
convierte en un hogar confortable donde el parásito puede prosperar.
El Leishmania no solo altera el macrófago concreto en
cuyo interior se ha aposentado, sino que cambia todo el sistema inmunológico
del cuerpo. Cuando las células T jóvenes se encuentran con antígenos por
primera vez y se adhieren a ellos, se pueden convertir en células T
cooperadoras. La clase de cooperador en la que se vayan a convertir —de la
clase inflamatoria o de la clase que ayuda a las células B a fabricar
anticuerpos— depende del equilibrio de ciertas señales que flotan por el
cuerpo. Al principio, ambas clases de células T empiezan a multiplicarse, pero,
a medida que lo van haciendo, interfieren unas con otras. En muchas
infecciones, esta lucha inclina la balanza en favor de una u otra clase de
células T. El ganador inicia su guerra contra el parásito.
El Leishmania ha averiguado cómo arreglar esta pelea.
Evidentemente, la mejor forma de destruir al parásito sería fabricar montones
de células T inflamatorias. Estas células ayudarían al macrófago a matar los
parásitos que ha engullido. Y, de hecho, eso es lo que parece que ocurre en el
interior de las personas que logran repeler la invasión de Leishmania.
Los parasitólogos han llevado a cabo experimentos en los que infectaron ratones
con Leishmania y drenaron las células inflamatorias T
fabricadas por el ratón que sobrevivió a la enfermedad. A continuación, los
parasitólogos inyectaron esas células T en ratones a los que se les había
despojado genéticamente de gran parte de su sistema inmunológico. La inyección
permitió a los ratones indefensos combatir al parásito.
Pero, a menudo, nuestros cuerpos no pueden levantar la defensa adecuada,
y ese fallo parece ser que es obra del Leishmania. Instalado en el
interior de su hospedador macrófago, fuerza a la célula a liberar las señales
que inclinan al sistema inmunológico en favor de las células T que ayudan en la
fabricación de anticuerpos. Dado que el Leishmania está a
salvo escondido en el interior de los macrófagos, los anticuerpos no pueden
alcanzarlos. Y de esta manera la enfermedad sigue sin ser controlada.
El Plasmodium y el Leishmania son muy
selectivos en lo que respecta al lugar donde vivir, son capaces de vivir solo
en ciertos tipos de células. Muchos protozoos parásitos son igualmente
exigentes, pero hay unos pocos que pueden invadir prácticamente lo que sea. Una
de esas especies es el Toxoplasma gondii, una criatura que vive en
una inmerecida oscuridad. Poca gente ha oído hablar del Toxoplasma,
aun cuando existen bastantes posibilidades de que tengan miles de ellos en sus
cerebros. Un tercio de la población del mundo está infectada por este parásito;
en algunas partes de Europa casi todo el mundo es hospedador suyo.
Aunque miles de millones de humanos sean portadores del Toxoplasma,
en realidad no somos el hospedador natural de este parásito. Habitualmente, su
ciclo implica a los gatos, tanto domésticos como salvajes, y los animales de
los que se alimentan. El gato libera ooquistes parecidos a huevos en sus heces,
y estos ooquistes pueden esperar en el suelo durante años, hasta que sean
recogidos, por ejemplo, por un pájaro, una rata o una gacela. En su nuevo
hospedador, los ooquistes eclosionan y el protozoo se mueve por el interior del
cuerpo en busca de una célula en la que establecerse.
El Toxoplasma es un pariente cercano del Plasmodium,
el protozoo que causa la malaria, y también está equipado con la misma
maquinaria especial alrededor de su extremo, con la que se abre paso hacia el
interior de la célula. Pero, mientras el Plasmodium puede
vivir únicamente en células hepáticas y luego, en glóbulos rojos, el Toxoplasma no
se preocupa demasiado a la hora de elegir destino. Le sirve prácticamente
cualquier tipo de célula.
Una vez que el Toxoplasma ha invadido la célula,
empieza a alimentarse y reproducirse. Después de que se haya dividido, dando
128 copias nuevas, rasga la célula, y los nuevos parásitos salen
apresuradamente, preparados para invadir nuevas células. Después de unos días,
el parásito cambia de estrategia. En lugar de invadir células, forma quistes,
cada uno de los cuales esconde un par de cientos de individuos de Toxoplasma.
De vez en cuando, uno de los quistes se abrirá y los parásitos que contiene
invadirán células y producirán nuevos Toxoplasma. Pero sus
descendientes se ponen inmediatamente a fabricar quistes y se esconden en su
interior. Allí permanecerán durante años, hasta que su hospedador sea ingerido
por un gato. Una vez que ya estén en el interior de su hospedador final,
volverán a despertarse. Empiezan dividiéndose. Nacen formas sexuales masculinas
y femeninas. Se aparean y forman ooquistes, y el ciclo vuelve a empezar.
Si una persona ingiere huevos de Toxoplasma, ya sea en unos
granos de tierra o con la carne de un animal infectado, el parásito seguirá el
mismo curso de acontecimientos, primero rápido y luego lento. Los humanos
apenas se dan cuenta de lo que está pasando durante una invasión de Toxoplasma;
como máximo notarán una especie de gripe ligera. Una vez que el parásito se ha
retirado a su quiste, una persona sana no se da cuenta en absoluto de su
presencia. Podría parecer que el Toxoplasma, con su comportamiento pausado
y silencioso, no justificase el ser incluido en el mismo grupo de parásitos que
incluye a los tripanosomas y al Plasmodium. Pero la verdad es que
el Toxoplasma manipula el sistema inmunológico de su
hospedador tan elegantemente como lo hacen esas otras especies. Si el parásito
se multiplicara alocadamente, triturando todas las células del cuerpo de su
hospedador, se encontraría pronto en el interior de un cadáver y no en un
hospedador vivo. Y esa no sería la clase de presa que le gustaría capturar a un
gato. El Toxoplasma quiere mantener a su hospedador intermedio
vivo, por lo que usa el sistema inmunológico de su hospedador para mantenerlo
bajo control.
El Toxoplasma lleva a cabo esta labor con una
estrategia completamente opuesta a la del Leishmania. El Leishmania presiona
al sistema inmunológico para que fabrique células T que ayuden en la
fabricación de anticuerpos. Pero el Toxoplasma libera una
molécula que inclina la balanza en favor de las células T inflamatorias. Las
células T inflamatorias incrementan enormemente su número, convirtiendo a los
macrófagos en asesinos que cazan a los protozoos y los hacen estallar. Solo los Toxoplasma que
se han escondido en el interior de los quistes resistentes pueden sobrevivir al
ataque. De vez en cuando, algunos parásitos rompen el quiste y salen al
exterior, soltando un nuevo aporte de sus moléculas estimulantes, que
reavivarán el sistema inmunológico como si fueran una vacuna de refuerzo.
Despiertos de nuevo, los macrófagos del hospedador conducen de nuevo a los
parásitos al interior de sus quistes. Y de esta manera, gracias a la
manipulación efectuada por el Toxoplasma, sus hospedadores se
mantienen sanos y capaces de luchar contra la enfermedad mientras los parásitos
están alojados confortablemente en sus quistes, esperando llegar a la tierra
prometida situada en el interior de un gato.
El Toxoplasma se convierte en una amenaza para los
humanos solo cuando los cómodos arreglos que ha elaborado fallan. Un feto, por
ejemplo, no tiene un sistema inmunológico propio. Está protegido únicamente por
los anticuerpos que ha fabricado su madre y que han atravesado la placenta. Las
células T de la madre tienen prohibido cruzar e introducirse en el feto, porque
en ese caso actuarían como si el feto fuera un parásito gigante y lo matarían.
Los anticuerpos maternales realizan un buen trabajo contra el virus de la gripe
o la bacteria Escherichia coli, pero no pueden protegerlo contra
el Toxoplasma. Para ello, el feto necesitaría células T
inflamatorias para que lo condujeran hacia el interior de sus quistes. El
resultado es que es muy peligroso para una mujer infectarse con Toxoplasma durante
el embarazo. Si el parásito se las arregla para pasar de la madre al feto, se
reproducirá alocadamente. Intentará hacer que el sistema inmunológico se
retenga, pero en el interior del feto nadie oye sus llamadas. Simplemente
prolifera hasta que causa un daño cerebral masivo y, a menudo, letal.
En la década de 1980, el Toxoplasma se convirtió en un
asesino accidental de otro grupo de hospedadores humanos: la gente que padecía
sida. El virus que causa la inmunodeficiencia humana, o VIH, la causa del sida,
invade las células T inflamatorias, usándolas para la reproducción y matándolas
durante el proceso. Cuando el Toxoplasma sale de su quiste y
se divide, en una persona que padece sida, espera una fuerte respuesta
inmunológica que le conduzca de regreso a su escondite. Pero con apenas alguna
célula T inflamatoria que aún le quede, su hospedador está tan indefenso como
un feto. El parásito se multiplica alocadamente, causando la mayor parte del
daño en el cerebro. El hospedador sufre delirios y, en ocasiones, muere.
Durante más de una década, los médicos no podían hacer prácticamente
nada para parar la masacre que provocaba el Toxoplasma en las
víctimas del sida. Pero en la década de 1990, los científicos desarrollaron
fármacos que podían, por primera vez, ralentizar la replicación del VIH y traer
de vuelta las células T inflamatorias. En los relativamente pocos que podían
permitirse estos fármacos, el Toxoplasma había vuelto
gustosamente a su guarida, conducido por un equipo sano de células T. Pero los
millones de pacientes que no pueden permitirse estos fármacos continúan
enfrentándose a la locura causada por este reticente parásito.
* * * *
Sobrevivir al sistema inmunológico es realmente difícil para un parásito
unicelular, pero, al menos, cuenta con la ventaja del tamaño. Se puede esconder
en el interior de las células o en los recodos de los conductos linfáticos. No
se puede decir lo mismo de los animales parásitos. Estas criaturas
pluricelulares atraviesan el radar del sistema inmunológico como enormes
dirigibles. Son tan obvios como un pulmón trasplantado. Y, sin un continuo
aporte de fármacos inmunosupresores que frenen el sistema inmunológico, un
pulmón trasplantado morirá por su ataque. Y, sin embargo, los animales
parásitos, algunos con una longitud de dieciocho metros, pueden vivir durante
años en el interior de nuestros cuerpos, dándose un festín y criando a cientos
de miles de descendientes.
Prosperan porque tienen muchas maneras de engañar a nuestro sistema
inmunológico. Un ejemplo extraordinario es la tenia o solitaria Taenia
solium. Antes de que los huevos de la tenia se conviertan en las largas
cintas que son cuando están en nuestro cuerpo, necesitan pasar primero un
tiempo en un hospedador intermedio, generalmente, un cerdo. El cerdo se traga
los huevos con su comida, y los parásitos eclosionan una vez que ya están en
los intestinos. Usan enzimas para excavar un agujero en los intestinos, buscando
la manera de poder salir. Una vez que han llegado a un capilar, se desplazan
por la corriente sanguínea a lo largo del cuerpo, hasta un músculo o un órgano.
Allí desembarcan y se establecen, creciendo en forma de canicas. Pueden esperar
en estos quistes a su hospedador definitivo durante años.
Si los cerdos fueran el único lugar donde la tenia pasa sus años como
quiste, probablemente no sabríamos nada sobre cómo sobrevive al sistema
inmunológico. Pero a veces los huevos de Taenia solium acaban
en humanos. (Una persona con una tenia plenamente desarrollada en su interior
puede llevar huevos adheridos a sus manos y, por ejemplo, cocinar para otras
personas). Los huevos actúan como si estuvieran en el interior de un cerdo:
eclosionan, y las larvas siguen los mismos pasos, saliendo de los intestinos y
buscando un hogar en algún lugar del cuerpo (a menudo, los ojos o el cerebro).
A continuación, forman un quiste, y, dependiendo del lugar en el que se han
establecido, pueden ser inofensivos o mortales. Si una tenia presiona sobre los
vasos sanguíneos, puede matar el tejido; si produce inflamación en el cerebro,
puede desencadenar convulsiones epilépticas. Si encuentra un lugar más seguro,
puede pasar inadvertida durante años. Pero, a diferencia del Toxoplasma,
que básicamente se queda dormido en su quiste, la Taenia sigue
activa en el interior de su caparazón. Succiona carbohidratos y aminoácidos a
través de pequeños poros que atraviesan la pared del quiste, y así crece.
El sistema inmunológico de un hospedador se percata de la llegada de un
huevo de tenia y produce anticuerpos contra él, pero mientras se organiza para
llevar a cabo un ataque, el huevo ha desaparecido: la larva se ha escapado y ha
formado un quiste propio. Las células inmunológicas se agrupan alrededor del
quiste y fabrican una pared externa de colágeno, y poco más pueden hacer.
Mientras el quiste consume alimento, también libera más de doce clases de
moléculas, cada una de las cuales aturde al sistema inmunológico. El
complemento se sitúa sobre los quistes, pero la tenia libera una sustancia
química que se une a la molécula e impide que se combine y forme los elementos
que perforan la membrana. Las células inmunológicas hacen estallar el quiste
con moléculas muy reactivas que pueden matar el tejido, pero la tenia libera
otras sustancias químicas que las desarman. Y al igual que el Leishmania,
las tenias pueden, de alguna manera, bloquear las señales que pondrían
normalmente en marcha un ejército de células T inflamatorias. En lugar de eso,
estimulan al sistema inmunológico a que fabrique anticuerpos. Hay pruebas que
sugieren las razones por las que las tenias se esfuerzan en hacer esto. Cuando
los anticuerpos se adhieren a los quistes, la tenia los arrastra hacia el
interior del caparazón y se los come. La tenia crece, en otras palabras,
alimentándose de los esfuerzos inútiles del sistema inmunológico.
Aunque, al igual que el Toxoplasma, la tenia no quiere matar
a su hospedador intermedio. Solo cuando el quiste empieza a quebrarse, cuando
ya pierde la esperanza de llegar a su hospedador definitivo, es cuando se
vuelve peligrosa. La tenia ya no puede fabricar las sustancias químicas que usa
para desviar el sistema inmunológico hacia la producción de anticuerpos. Ahora,
el sistema inmunológico empieza a fabricar células T inflamatorias adaptadas a
la tenia, que permiten que los macrófagos y otras células inmunológicas entren
en acción. Con un objetivo tan grande, las células inmunológicas tienen una
actividad frenética. Lanzan un ataque violento que hace que los tejidos
circundantes del quiste se hinchen, causando a veces tanta presión que pueden
matar a una persona. No es el parásito el que mata al hospedador, sino que es
el hospedador mismo el que lo hace.
En el trematodo sanguíneo, ese pasajero que viajó desde África a
Australia, ese Matusalén de treinta años, se puede encontrar un conocimiento
incluso más profundo del sistema inmunológico humano. Cuando los trematodos
jóvenes penetran por primera vez en la piel, llaman la atención del sistema
inmunológico. Las células inmunológicas se las arreglan para matar algunos
trematodos pronto. Puede que mientras el parásito lucha a través de la piel o
mientras se abre paso a través de los pulmones. Pero una vez que se han
deshecho de su revestimiento de agua dulce, los trematodos rápidamente se
fabrican otro que el sistema inmunológico nunca llega a descifrar del todo.
La razón por la que su revestimiento es tan confuso es porque está
fabricado parcialmente a partir del propio hospedador del trematodo. Se puede
observar su engaño en funcionamiento con un experimento sencillo. Cuando los
parasitólogos extraen un par de trematodos de un ratón y los introducen en un
mono, los parásitos están ilesos y pronto empiezan a producir huevos de nuevo.
No tienen tanta suerte si los científicos inyectan previamente en el mono
antígenos provenientes de la sangre del ratón. La inyección actúa como una
vacuna, entrenando al sistema inmunológico del mono a reconocer y destruir los
antígenos de la sangre del ratón. Si los trematodos son trasplantados del ratón
al mono vacunado, el sistema inmunológico del mono los aniquila. En otras palabras,
los trematodos son tan parecidos a su hospedador ratón que el sistema
inmunológico del mono los trata como si fueran un órgano trasplantado de un
ratón.
A pesar de que los parásitos de este experimento murieron, se demuestra
cuán brillante es su disfraz. Los científicos no están seguros sobre cómo se
encubren los parásitos, pero parece ser que su recubrimiento está compuesto
parcialmente de moléculas que tachonan nuestras propias células sanguíneas.
Puede ser que cuando los trematodos pasan cerca de los glóbulos rojos o son
atacados por los glóbulos blancos, arranquen algunas moléculas de su hospedador
y las adosen a su propia superficie. De esta manera, a los ojos del sistema
inmunitario no son más que sombras rojas en un río rojo.
Estas proteínas no son lo único que roban de nuestros cuerpos los
trematodos sanguíneos. Las moléculas del complemento se establecen en la
superficie de nuestras propias células de la misma manera en que lo hacen sobre
las de los parásitos. Si se les permitiera llevar a cabo su labor de situar
faros para los macrófagos, nuestro sistema inmunológico destruiría nuestros
propios cuerpos. Para evitarlo, nuestras células producen compuestos como el
factor acelerador del decaimiento (abreviado DAF, del inglés decay
accelerating factor), que disgrega las moléculas del complemento. Los
trematodos sanguíneos pueden destruir las moléculas del complemento que
aterrizan en sus superficies, y los parasitólogos han aislado la enzima que
usan. Resulta que es el DAF.
No está claro si es que el parásito lo roba de las células del
hospedador o contiene un gen para fabricar la enzima. Es posible que en algún
punto del distante pasado, un virus que infectó a los humanos capturara el gen
que fabrica el DAF y que luego pasara a un trematodo sanguíneo, añadiendo el
ADN que tomó prestado a su nuevo hospedador. En cualquier caso, la molécula
hace sentir a los trematodos perfectamente cómodos en nuestras venas.
En 1995, los parasitólogos que estudiaban trematodos sanguíneos
descubrieron una paradoja en las costas del lago Victoria. Estudiaban a
keniatas que trabajaban de lavacoches a cambio de poder vivir junto al lago.
Trabajando en aguas poco profundas, a veces se contagiaban de esquistosomiasis,
una enfermedad causada por trematodos sanguíneos. En esa zona también es muy
alta la frecuencia de casos de sida, por lo que un buen número de los
lavacoches padecían ambas enfermedades. El VIH destruye las células T inflamatorias,
los generales hambrientos de batallas que dirigen a los macrófagos contra los
parásitos. Cuando estas células T mueren, parásitos como el Toxoplasma causan
estragos entre la gente que padece sida. Sin embargo, los parásitos sanguíneos
tienen malos resultados junto al VIH. En los lavacoches del lago Victoria que
padecían tanto sida como esquistosomiasis, los parásitos sanguíneos ponían
muchos menos huevos que los que parasitaban a personas que solo padecían
esquistosomiasis.
La paradoja de los lavacoches surge del hecho de que los trematodos
sanguíneos necesitan usar el sistema inmunológico humano para poder sacar sus
huevos del hospedador. Sin un sistema inmunológico, no se pueden reproducir.
Una vez que una hembra de trematodo sanguíneo pone sus huevos en las paredes de
una vena, empiezan a secretar un cóctel de sustancias químicas que manipulan a
los macrófagos cercanos. Bajo el hechizo de los huevos, los macrófagos producen
moléculas señalizadoras, la más importante de las cuales se llama factor de
necrosis tumoral alfa (O TNF-α, del inglés tumor necrosis factor alpha).
El TNF-α es particularmente bueno provocando inflamación, haciendo que las
paredes de la vena se relajen y atrayendo más células inmunológicas. Las
células inmunológicas intentan matar el huevo rociándolo con venenos, pero el
huevo está protegido por su caparazón resistente. Todo lo que las células
inmunológicas pueden hacer es envolverlo entre todas, tejiendo un escudo denso
de colágeno a su alrededor.
Las células inmunológicas crean esta cápsula (llamada granuloma) con la
esperanza de deshacerse del objeto extraño que hay en su interior. Si, por
ejemplo, una astilla se introduce en mi pulgar, las células formarán un
granuloma a su alrededor, que luego será transportado hacia la superficie de la
piel y será así eliminado del cuerpo. Lo mismo ocurre con un granuloma que se
forma alrededor de un huevo de trematodo alojado en la pared de una vena. El
granuloma se mueve a lo largo de la pared de la vena y, luego, a través de la
pared de los intestinos. Esto es exactamente lo que el parásito necesita que
ocurra, porque tiene que salir del cuerpo de su hospedador y eclosionar en el
agua. El parásito, en otras palabras, usa los glóbulos blancos como porteadores
que lo llevan a través de una barrera infranqueable. Una vez que está en el
otro lado, las células inmunológicas del granuloma se disuelven en los jugos
digestivos de los intestinos, pero, gracias a su caparazón, resisten, el huevo
sobrevive y finalmente es expulsado del cuerpo. Esta es, pues, la paradoja de
los lavacoches del lago Victoria: el sida les ha privado de las células
inmunológicas que necesitan los trematodos sanguíneos para sacar al exterior a
sus hijos.
Es una forma elegante de multiplicarse, pero una que no resulta muy
eficiente. El flujo de la sangre en las venas donde vive el trematodo sanguíneo
va desde los intestinos hacia el hígado. Como consecuencia de ello, arrastra a
la mitad de los huevos antes de que puedan salir. Acaban en el hígado, donde
forman granulomas. Pero en el hígado, los granulomas no le hacen ningún bien al
parásito, y pueden acabar matando al hospedador. Los parasitólogos sospechan
que los trematodos sanguíneos deben de mantener los daños que causan a sus
hospedadores bajo control limitando sus propios números. Al igual que con sus
huevos, los trematodos sanguíneos adultos también provocan que el cuerpo
produzca TNF-α. La molécula no les causa mucho daño a los adultos, pero es letal
para las larvas jóvenes que acaban de invadir el cuerpo de una persona y no han
tenido la oportunidad de construir sus defensas. Como consecuencia de ello, una
persona que ya albergue parásitos sanguíneos tiene muchas menos posibilidades
de ser infectada por otro grupo. Según parece, los trematodos sanguíneos ayudan
al sistema inmunológico a atacar a los rezagados de su propia especie para
evitar así que el hospedador esté superpoblado.
Lo que resulta más impresionante de un trematodo sanguíneo no es a
cuánta gente deja lisiada o mata, sino cómo se las arregla para prosperar en la
inmensa mayoría de sus hospedadores, causándoles solo una ligera molestia. Son,
de hecho, guardianes egoístas.
* * * *
Solo los vertebrados tienen la clase de sistema inmunológico que hemos
descrito hasta este momento, con sus células B y T que se adaptan
constantemente. Los animales invertebrados —cualquier criatura desde una
estrella de mar a una langosta, una lombriz, una libélula o una medusa— se
separaron de nuestros antepasados hace más de setecientos millones de años y
desarrollaron poderosas defensas por su cuenta. Los insectos, por ejemplo,
entierran a los intrusos en una capa de células que rezuma venenos. Finalmente,
las células forman un cierre hermético sofocante alrededor del parásito. Los
parásitos que se especializan en invertebrados se han adaptado a sus peculiares
sistemas inmunitarios, con subterfugios tan ingeniosos como cualquiera de los
que usan en humanos.
Uno de los casos mejor estudiados es el de la avispa parásita Cotesia
congregata. Esta avispa del tamaño de un mosquito usa al gusano del tabaco
como hospedador, una oruga verde de aspecto tubular con ganchos negros en sus
pies y una punta naranja sobresaliendo de la parte final de atrás de su cuerpo
como si fuera un cuerno. Los científicos han estudiado al hospedador y al
parásito minuciosamente porque el gusano del tabaco se convierte en una plaga,
devorando no solo tabaco, sino tomates y otras verduras. También es tan grande
que los científicos simplemente la machacan sobre un portaobjetos para ver qué
es lo que hay en su interior.
El ataque de una avispa Cotesia es tan rápido que es
muy poco probable que la podamos atrapar. Aterriza sobre un gusano cornudo,
trepa un poco por su costado, y pincha con su jeringa que introduce los huevos
en el hospedador. El gusano cornudo puede retorcerse un poco para intentar
desprenderse de la avispa, pero es en vano. Los huevos de la avispa eclosionan
en el interior del gusano cornudo como larvas con forma de cigarro. Sorben la
sangre de su hospedador mientras respiran a través de unos globos de tejido de
aspecto plateado en sus extremos traseros. El gusano del tabaco (también gusano
cornudo del tabaco) posee un sistema inmunitario muy activo, y, a pesar de
ello, la joven avispa sigue con lo suyo sin ser molestada. Pero no son las
propias larvas las que detienen el sistema inmunitario. Para ello, necesitan un
regalo de su madre.
La avispa madre inyecta los huevos como parte de una mezcla espesa. Los
huevos dependen de esa sopa para su supervivencia: si extraemos los huevos,
eliminamos la mezcla y, a continuación, los introducimos directamente en la
oruga, el sistema inmunitario ataca a toda velocidad y los momifica. El
parásito sobrevive gracias a millones de virus que están nadando en esa sopa.
Estos virus no se parecen mucho a los que nos son familiares —la clase de
virus, por ejemplo, que causa un resfriado—. El virus que causa un resfriado
pasa de hospedador a hospedador, invadiendo las células del revestimiento de la
nariz y la garganta, apropiándose a continuación de las proteínas propias de
las células, haciendo que fabriquen nuevas copias del virus. Otros virus, como
el VIH, llegan a incrustar sus genes en el ADN de la célula del hospedador y
realizan copias de sí mismos desde allí. Hay algunos que llegan incluso más
lejos: sus hospedadores nacen con el ADN del virus ya incluido en sus propios
genes y lo transmiten a sus hijos.
Los virus de las avispas parásitas son bastante extraños. Las avispas
nacen con el código genético del virus disperso por varios de sus cromosomas.
En los machos, las instrucciones permanecen en esta forma dispersa. Pero tan
pronto como una hembra empieza a mostrar su forma adulta en su crisálida, el
virus se despierta. En determinadas células de su ovario, las piezas del genoma
del virus son recortadas del ADN de la avispa y ensambladas, como capítulos
sueltos que se van juntando en un libro completo que es el virus. Estos genes
dirigen la formación de los virus reales —en otras palabras, cadenas de ADN
encapsuladas en una cubierta proteica— y estos virus empiezan a cargarse en el
interior del núcleo de las células del ovario. Cuando el núcleo está lleno al
completo, toda la célula estalla, y millones de virus flotan libres por el
ovario de la avispa.
Pero no hacen enfermar a la avispa hembra. En realidad, la avispa los
usa como arma contra el gusano del tabaco. Cuando inyecta los virus en la oruga
junto a sus huevos, los virus empiezan a invadir las células del hospedador en
cuestión de minutos. Se apropian del ADN del hospedador, forzando a las células
a fabricar nuevas y extrañas proteínas que normalmente nunca se ven en el
interior de un gusano cornudo, y que fluyen por la cavidad corporal de la
oruga. Estas proteínas destruyen el sistema inmunológico del gusano cornudo.
Las células empiezan a adherirse unas a otras en lugar de alrededor de los
parásitos, y luego estallan. El hospedador se queda inmunológicamente
indefenso, como una persona que padece sida en su estado más avanzado (el cual
también está causado por un virus que hace estallar las células inmunológicas).
Gracias al virus, los huevos de la avispa pueden eclosionar y empezar a crecer
sin ningún tipo de oposición por parte de su hospedador.
Pero, a diferencia de una persona infectada con sida, el gusano cornudo
se recupera del virus de la avispa después de unos pocos días. Por entonces,
las larvas de la avispa parece que ya pueden manejar el sistema inmunológico
por su cuenta, sin la ayuda de su madre. Engañan a su hospedador de forma
parecida a como nos engañan los trematodos sanguíneos, tomando prestadas las
proteínas propias del insecto o imitándolas.
Puede parecer perverso que el virus realice el trabajo sucio para otro
organismo, incluso llegando a destruir el sistema inmunológico solo para
exterminarse a sí mismo. Pero en el interior de cada uno de los huevos que los
virus protegen, hay instrucciones para fabricar nuevos virus que sobrevivirán
si algunos virus atacan al hospedador. Aunque, al mismo tiempo, sería erróneo
pensar en un virus como en un organismo aislado con sus propios propósitos
evolutivos. La verdad puede ser incluso más perversa, dado que el ADN del virus
se parece a algunos de los genes propios de la avispa. El parecido puede ser
hereditario: puede ser que el virus descienda de un fragmento del ADN de la
avispa que mutó en una forma que escapó de los métodos habituales por los que los
genes se copian y almacenan. Puede que no sea estrictamente correcto llamar
virus a los virus —puede que representen una nueva forma que tienen las avispas
de empaquetar su propio ADN—. (Un científico sugirió llamar a los virus
secreciones genéticas). Si ese es el caso, las avispas parásitas se las
arreglan para insertar sus propios genes en las células de otro animal con la
intención de transformarlo en un lugar donde las avispas puedan vivir mejor.
Podría parecer que estas avispas pertenecen a otro planeta, pero
demuestran realmente una cualidad universal de los parásitos aquí en la Tierra:
los parásitos encuentran la forma de luchar contra los sistemas inmunológicos,
adaptándose con precisión a las peculiaridades de sus hospedadores. El que
acaben matando a su hospedador o dejándolo vivo depende de lo que les vaya
mejor para multiplicarse.
Capítulo 4
Un terror concreto
Aún no sabes a lo que te estás enfrentando, ¿o sí? Al organismo
perfecto. Su perfección estructural solo es igualada por su hostilidad… Admiro
su pureza; no le afecta ni la consciencia, ni los remordimientos, ni las
fantasías de moralidad.
Ash a Ripley en Alien, el octavo pasajero (1979).
Ray Lankester no sentía nada más que desprecio por el Sacculina,
el percebe que degenera hasta ser prácticamente una planta. Estaba horrorizado
por la forma en que había descendido por la escalera de la evolución, un
símbolo de todas las cosas retrógradas y perezosas. Resulta extraño, pues, que
ahora el Sacculina se haya convertido en un emblema de lo
sofisticado que puede llegar a ser un parásito.
El error de Lankester no proviene únicamente de una aversión hacia todos
los parásitos; los biólogos de su tiempo no tenían muchos conocimientos sobre
el Sacculina. Es cierto que estos parásitos empiezan su vida como
larvas que nadan libremente. Bajo un microscopio parecen lágrimas equipadas con
unas patas con las que aletean y un par de ocelos oscuros. Los biólogos de la
época de Lankester pensaban que el Sacculina era hermafrodita,
pero, de hecho, aparece en sus dos formas sexuales. La larva hembra es la primera
que coloniza el cangrejo. Tiene órganos sensoriales en sus patas que pueden
captar el olor de un hospedador, e irá bailando por el agua hasta que aterrice
en su caparazón. Repta por una pata mientras el cangrejo se contrae por la
incomodidad que ello le supone o puede que por el equivalente al pánico en los
crustáceos. Llega hasta una articulación de la pata, donde el duro exoesqueleto
deja un resquicio de tejido más blando. Una vez allí, busca los pequeños pelos
que surgen de la pata del cangrejo, cada uno de ellos anclado en su propio
agujero. Pincha con una especie de daga larga y hueca a través de uno de esos
agujeros, y lanza a través de él una gota compuesta por unas pocas células. La
inyección, que dura solo unos pocos segundos, es una variación de la muda que
los crustáceos e insectos atraviesan para poder crecer. Una cigarra posada
sobre un árbol separa una fina cáscara exterior del resto de su cuerpo, y luego
empuja para salir de ese caparazón. Emerge con un nuevo exoesqueleto, que es blando
el tiempo suficiente para poder extenderse mientras el insecto pega un estirón.
Sin embargo, en el caso de la hembra de Sacculina, la mayoría de su
cuerpo se convierte en la cáscara que deja atrás. La parte que sigue viva se
parece más a una babosa microscópica que a un percebe.
La babosa (cuya existencia no fue descubierta hasta el año 1995) se
sumerge en las profundidades de su hospedador. Con el tiempo se establece en la
parte inferior del cangrejo y crece, formando una protuberancia en su caparazón
y extendiendo las raíces que tanto horrorizaron a Lankester. Los biólogos
todavía llaman raíces a estas cosas, pero poco tienen que ver con lo que
podemos encontrar bajo un árbol. Están cubiertas por una especie de delgados
dedos carnosos, algo parecido al recubrimiento de nuestros intestinos o a la
piel de una tenia. A diferencia del exoesqueleto de un crustáceo típico, este
nunca muda. En lugar de eso, las raíces absorben nutrientes disueltos en la
sangre del cangrejo. El cangrejo sigue vivo durante todo este tiempo; no se
puede diferenciar de otros cangrejos sanos mientras deambula entre las olas;
comiendo almejas y mejillones. Su sistema inmunológico no puede luchar contra
el Sacculina, y, a pesar de ello, puede seguir con su vida con el
parásito ocupando todo su cuerpo, y las raíces envolviendo incluso sus
pedúnculos oculares.
La protuberancia del Sacculina hembra crece formando un
bulto. Su capa externa se va deteriorando, revelando lentamente una entrada en
la parte superior. Permanecerá en esta fase durante el resto de su vida a no
ser que una larva macho la encuentre. El macho aterrizará sobre el cangrejo y
se desplazará a lo largo de su cuerpo hasta que alcance el bulto. Cuando llega
a la parte más alta, descubre la diminuta abertura. Es demasiado pequeña para
que pueda introducirse en ella, por lo tanto, al igual que anteriormente hizo
la hembra, se deshace de la mayor parte de su cuerpo, inyectando lo que puede
considerarse un vestigio de lo que era en el agujero. Lo que queda de este
macho —una masa pardo rojizo espinosa con forma de torpedo y con una longitud
de una cienmilésima de pulgada— se desliza en un canal palpitante, que lo
conduce hacia el interior del cuerpo de la hembra. Se deshace de su
revestimiento espinoso mientras se desplaza, y en diez horas llega al fondo del
canal. Allí se fusiona con la hembra y empieza a fabricar esperma. Hay dos
pozos como estos en cada Sacculina hembra, por lo que lleva
consigo dos machos durante toda su vida. Estos fecundan continuamente los
huevos, y cada pocas semanas, produce miles de nuevas larvas de Sacculina.
El cangrejo empieza a transformarse en una nueva clase de criatura, una
que existe solo para servir al parásito. Ya no puede hacer ninguna cosa que
pudiera estorbar el crecimiento de Sacculina. Deja de mudar y de
crecer, ya que ambas actividades desviarían energía necesaria para el parásito.
Los cangrejos pueden escapar de sus depredadores amputándose una pinza que
posteriormente volverá a crecer. Los cangrejos parasitados por Sacculina pueden
perder una pinza, pero no pueden hacer crecer una nueva en su lugar. Y mientras
otros cangrejos se aparean y producen una nueva generación, los cangrejos que
son parasitados lo único que hacen es comer y comer. Han sido castrados. El
parásito es el responsable de todos estos cambios.
A pesar de haber sido castrado, el cangrejo no pierde su impulso
maternal. Simplemente dirige su afecto hacia el parásito. Una hembra sana porta
sus huevos fecundados en una bolsa situada en su parte inferior, y a medida que
estos maduran, la madre limpia cuidadosamente la bolsa, raspando las algas y
hongos que se puedan haber adherido. Cuando las larvas del cangrejo eclosionan
y necesitan escapar, su madre busca una roca alta en la que posarse, y allí se
mece para soltar los huevos de la bolsa en la corriente del océano, agitando
sus pinzas en el agua para incrementar la corriente. El bulto que forma
el Sacculina sobre el cangrejo está situado justamente donde
estaría la bolsa de huevos del cangrejo, y la hembra trata el bulto creado por
el parásito como si fuera su propia bolsa de huevos. Lo acaricia para
mantenerlo limpio mientras las larvas crecen, y cuando están preparadas para
emerger, las ayuda a liberarse en pulsos, disparando nubes densas de parásitos.
A medida que expulsa estas nubes, agita sus pinzas para ayudarlas a
dispersarse. Los cangrejos macho tampoco están a salvo del poder del Sacculina.
Los machos suelen desarrollar un abdomen estrecho, pero los abdómenes de los
machos infectados crecen tanto como los de las hembras, siendo lo
suficientemente amplios para acomodar una bolsa de huevos o una protuberancia
de Sacculina. Un cangrejo macho incluso llega a actuar como si
transportara la bolsa de huevos de una hembra, limpiándola mientras las larvas
de parásito crecen, balanceándose luego en el agua para soltarlas.
Solo el hecho de vivir en el interior de otro organismo —localizándolo,
desplazándose por su interior, encontrando alimento y apareándose en su
interior, alterando las células de su alrededor, burlando sus defensas— es un
extraordinario logro evolutivo. Pero parásitos como el Sacculina hacen
más; controlan a sus hospedadores, transformándose, de hecho, en su nuevo
cerebro, y convirtiéndolos en criaturas nuevas. Es como si el hospedador solo
fuera un títere, y el parásito fuera la mano que lo maneja.
Este arte de manejar títeres toma diferentes formas, dependiendo del
parásito del que estemos hablando y de lo que necesita de su hospedador en esa
etapa particular de su vida. Cuando un parásito se ha establecido en un lugar
confortable de su hospedador, conseguir alimento es la primera orden del día.
Una vez que el gusano del tabaco se ha quedado indefenso a causa de los virus
de la avispa parásita Cotesia congregata, los huevos de la avispa
están preparados para eclosionar y crecer. En lugar de simplemente absorber
pasivamente el alimento de su alrededor, la avispa cambia el modo en que su
hospedador come y digiere su comida. Cuantas más avispas haya en el interior de
un hospedador dado, más crecerá este —hasta el doble de su tamaño habitual—. Y
cuando la oruga come una hoja, la avispa altera la forma en la que la
descompone. Normalmente, un gusano cornudo convertiría una parte de la hoja en
grasa, una forma estable de energía que puede almacenar para la época en que
ayune en el interior de su capullo. Pero cuando está infectado por las avispas,
el gusano cornudo convierte su alimento en azúcar, una fuente inmediata de
energía que el parásito usa para su rápido crecimiento.
Un parásito vive en una competición delicada con su hospedador por la
propia carne y sangre de este. Cualquier energía que el hospedador use para sí
mismo podría ir destinada al crecimiento del parásito. Sin embargo, sería una
estupidez que un parásito cortara el acceso de energía a un órgano vital como
el cerebro, dado que el hospedador ya no estaría capacitado para volver a
encontrar comida nunca más. Por lo tanto, el parásito elimina las cosas menos
importantes. Del mismo modo que la Cotesia congregata priva a
la oruga de su almacenamiento de grasa, también neutraliza sus órganos
sexuales. Las orugas macho nacen con grandes testículos, y canalizan un montón
de energía procedente de los alimentos que comen para fortalecerlos aún más.
Sin embargo, cuando una avispa parásita vive en el interior de un macho, los
testículos se van marchitando cada vez más. La castración es una estrategia que
han desarrollado un buen número de parásitos de forma independiente —el Sacculina se
lo hace a los cangrejos, y los trematodos sanguíneos se lo hacen a los
caracoles que invaden—. Incapaces de usar energía para fabricar huevos o
testículos, para encontrar una pareja, o para criar a sus hijos, un hospedador
se convierte, genéticamente hablando, en un zombi: un muerto viviente sirviendo
a un amo.
Incluso las flores se pueden convertir en zombis por culpa de sus
parásitos. Un hongo llamado Puccina monoica vive en el
interior de algunas plantas de mostaza que crecen en las laderas de las
montañas de Colorado. El hongo extiende sus zarcillos por todo el tallo de la
planta de mostaza, alimentándose de los nutrientes que la flor extrae del cielo
y del suelo. Para poder reproducirse, necesita tener un contacto sexual con
un Puccina del interior de otra planta de mostaza. Para
conseguirlo, el hongo detiene el crecimiento de las diminutas y delicadas
flores de la planta y la fuerza a formar una especie de racimos con sus hojas
creando unas brillantes imitaciones amarillas de sus flores. Estas
falsificaciones son prácticamente exactas a cualquier otra flor que se pueda
encontrar en las montañas, no solo bajo la luz visible, sino, también, bajo luz
ultravioleta. Atraen a las abejas, que se podrán alimentar de una sustancia
dulce y pegajosa que el hongo obliga a producir a la planta en las imitaciones
de flores. El esperma y los órganos sexuales femeninos del hongo están en
ellas, por lo que las abejas pueden fecundar los hongos mientras vuelan de una
planta de mostaza a otra. Pero la planta propiamente dicha sigue siendo
estéril.
No importa lo cómodo que esté el parásito alterando a su hospedador, más
tarde o más temprano tendrá que abandonarlo. Algunos parásitos pasan al
siguiente hospedador necesario para la siguiente etapa de su ciclo de vida,
otros viven como adultos libres, y en muchos casos, el parásito orquesta una
salida cuidadosa. Permitir que el hospedador siga con su vida normal puede
significar la muerte para muchos parásitos. El gusano del tabaco suele mudar
cinco veces para luego descender desde su planta hasta el suelo. Cava un par de
centímetros en el suelo y forma su capullo, donde permanece hasta que emerge
como polilla. Sin embargo, cuando estos gusanos son parasitados por la
avispa Cotesia congregata, toman un camino diferente. Mudan solo
dos veces, y nunca sienten la llamada para abandonar su planta. En lugar de
eso, siguen masticando hojas, criando a sus parásitos hasta que las avispas
están preparadas para salir. Entonces, el gusano se ralentiza, pierde su
apetito y deja de comer. Parece ser que las avispas son las responsables de la
anorexia, porque un gusano sano devoraría felizmente docenas de capullos de
avispas.
Otra especie de avispa llega incluso más lejos, convirtiendo a su
hospedador —la oruga del gusano de la col— en un guardaespaldas. Cuando las
larvas de la avispa han madurado, paralizan al gusano de la col y se abren
camino fuera de su abdomen. Luego tejen sus capullos debajo de la hoja. Sin
embargo, incluso después de que las avispas hayan devorado los intestinos de la
oruga y la hayan llenado de agujeros para escapar, el gusano de la col se
recupera. No se arrastra; en lugar de eso, teje una red alrededor de las
avispas para protegerlas de otros parásitos y se enrolla sobre sí mismo en la
parte superior. Si algo perturbara a la oruga mientras monta guardia, esta
arremetería contra la amenaza, mordiendo y escupiendo líquidos nocivos —en
otras palabras, protegiendo los capullos—. Solo cuando las avispas emergen de
sus capullos finaliza su deber con ellas, entonces se deja caer y muere.
Mientras que las avispas pueden vivir en tierra firme una vez que han
abandonado a sus hospedadores, muchos otros parásitos necesitan llegar al agua.
Hay, por ejemplo, nematodos parásitos, que viven como adultos libres en
arroyos, donde se aparean y depositan sus huevos. Cuando eclosiona su
descendencia, atacan a la larva de una efímera que vive cerca de ellos. Los
nematodos atraviesan el exoesqueleto de la efímera y se hacen un ovillo en el
interior de la cavidad corporal. Allí crecen mientras crece la efímera,
absorbiendo su alimento. Las efímeras pasan una prolongada adolescencia de
insecto en el agua, antes de que se transformen en unas criaturas delicadas, de
alas largas. Los machos surgen del agua y forman grandes nubes que atraen a las
hembras. Los nematodos surgen de manera invisible también en esas nubes en el
interior de sus hospedadores.
Las efímeras macho y hembra se encuentran en ese enjambre. Abrazados,
caen sobre la hierba y los juncos que hay a lo largo del arroyo, y se aparean.
Se pueden diferenciar los sexos no solo por sus genitales (los machos tienen
unos pequeños cercos que les sirven de ayuda en la copulación), sino también
por otras partes del cuerpo, como por ejemplo los ojos: la hembra tiene ojos
pequeños que apuntan hacia ambos lados, mientras que los del macho abultan
tanto que llegan hasta la parte superior de su cabeza. Una vez que se han
apareado, los machos ya han cumplido con lo que tenían que hacer en esta vida.
Se alejan del arroyo volando perezosamente para encontrar un lugar en el que
morir. Las hembras, mientras tanto, se abren camino corriente arriba para
encontrar una roca prominente. Se arrastran debajo de ella y suben y bajan el
abdomen para facilitar la puesta de sus huevos. Si la hembra transporta un
nematodo en su interior, el parásito rompe el abdomen para escaparse y excava
en la grava para encontrar un compañero de su especie, matando a su hospedador
y abandonándolo.
La estrategia del nematodo tiene un fallo grande bastante obvio: si da
la casualidad de que se ha colado dentro de una efímera macho, acabará en un
pedazo de hierba. En lugar de volver al agua, morirá con su hospedador. El
nematodo tiene una solución, una que recuerda al Sacculina:
convierte al macho en una cuasi-hembra. Cuando un macho de efímera que esté
infectado madura, nunca forma sus genitales con cercos, o ni siquiera sus
grandes ojos. El nematodo consigue no solo que tenga un aspecto parecido al de una
hembra, sino que además actúe como tal. En lugar de alejarse volando, se deja
caer sobre el arroyo, llegando incluso tan lejos que intenta depositar unos
huevos imaginarios mientras el parásito rompe su cuerpo y sale al exterior.
El nematodo necesita regresar al arroyo por dos razones: para pasar a la
siguiente fase de su vida, y para estar en un lugar donde su descendencia sea
capaz de encontrar por ella misma una efímera que invadir. Llegar al siguiente
hospedador es una ferviente pasión común entre los parásitos, porque no existe
otra alternativa: «Vive libre y morirás» es su lema. Un ejemplo espectacular de
esto es el que nos proporciona un hongo que vive dentro de la mosca doméstica.
Cuando las esporas del hongo contactan con una mosca, se pegan a su cuerpo y
excavan una especie de zarcillos en el interior del cuerpo de la mosca. El
hongo se dispersa así a lo largo del cuerpo de la mosca con unas raíces
parecidas a las de Sacculina, con las que chupa los nutrientes de
la sangre del hospedador, haciendo que el abdomen de la mosca se hinche a
medida que el parásito crece. Durante unos pocos días la mosca sigue llevando
una vida normal, volando desde el líquido derramado de un refresco a una
deposición de vaca, usando su probóscide para absorber alimento. Pero más tarde
o más temprano sentirá un impulso incontrolable de encontrar un lugar elevado,
ya sea una brizna de hierba o la parte superior de una puerta de cristal.
Extiende su probóscide, pero en este caso la usa como anclaje, pegándose a su
nueva percha.
La mosca encoge sus patas delanteras, alejando así su abdomen de la
superficie. Agita sus alas durante unos pocos minutos antes de detenerlas en
posición vertical. Mientras tanto, el hongo saca sus zarcillos por las patas y
el vientre de la mosca. En las puntas de los zarcillos hay unos pequeños bultos
con esporas que cuentan con unos sistemas que actúan de resortes. En esta
extraña posición, la mosca muere, y el hongo sale catapultado fuera del
cadáver. Cada detalle de esta postura mortal —la altura, los ángulos de las
alas y el abdomen— coloca al hongo en una posición ideal para dispersar sus
esporas al viento, derramándolas sobre moscas que pasen por debajo de esa
posición.
Y si esto fuera poco, a los logros de estos hongos hay que añadir que
las moscas infectadas mueren siempre de este modo tan dramático justo antes del
anochecer. Si el hongo madura hasta el punto de que ya puede fabricar esporas
en mitad de la noche, no lo hace: detiene el proceso, esperando a que llegue el
amanecer. Es el hongo, y no la mosca, el que decide no solo cómo morirá, sino
cuándo —justo antes del anochecer—. Solo en ese momento el aire es lo
suficientemente fresco y húmedo para que las esporas se desarrollen sobre otra
mosca, y solo entonces hay moscas sanas dejando ya de volar ante la cercanía de
la noche y desplazándose hacia el suelo, donde se convierten en objetivos
fáciles.
Los parásitos como este hongo usan a sus hospedadores para poder llegar
a otros hospedadores de la misma especie. Pero para muchos otros parásitos, el
juego es más complicado: tienen que pasar por toda una serie de animales
diferentes. En ocasiones obligan a su hospedador actual a que se desplace a las
cercanías de su próximo hospedador. A lo largo de la costa de Delaware vive un
trematodo que tiene como primer hospedador un caracol que vive en el fango y
como segundo al cangrejo violinista.. El único problema es que los caracoles
viven en el agua y los cangrejos, en la orilla. Pero cuando los caracoles son
infectados por el trematodo, cambian su conducta. Crecen inquietos; deambulan
por la tierra o por bancos de arena durante la bajamar y permanecen allí cuando
los caracoles sanos continúan en el agua. Derraman los trematodos sobre la
arena, situando así a los parásitos tan cerca de los cangrejos violinistas que
pueden introducirse en ellos con suma facilidad. Es tan sencillo como coger un
taxi en una estación de autobuses.
Hay otra especie de trematodo que se puede encontrar en las praderas de
Europa y Asia, y en algunos casos, también en América del Norte y Australia.
Conocido como Dicrocoelium dendriticum, este trematodo con forma de
lanceta tiene a las vacas y a otros animales de pasto como hospedadores cuando
son adultos, y sus huevos son expulsados por las vacas junto a sus excrementos.
Los caracoles hambrientos ingieren los huevos, que posteriormente eclosionarán
en sus intestinos. Perforan la pared del intestino del caracol y se establecen
en la glándula digestiva. Allí, los trematodos producen una generación de
cercarias, que se abren camino hasta la superficie del crustáceo. El caracol
intenta defenderse de los parásitos bloqueándolos con paredes de babas. La baba
se enrolla alrededor de las cercarias, y el caracol las suelta y las deja atrás
sobre la hierba.
Y entonces aparece una hormiga. Para una hormiga, una bola de baba es
realmente deliciosa. Junto a la baba, la hormiga se traga igualmente cientos de
esos trematodos con forma de lanceta. Los parásitos se deslizan hasta su
intestino, y luego deambulan un rato por su cuerpo, llegando finalmente al
grupo de nervios que controlan las mandíbulas de la hormiga. Los parásitos
viajan todos juntos, pero después de visitar los nervios, se dispersan. La
mayoría de los trematodos se dirigen de nuevo al abdomen, donde forman quistes,
pero uno o dos se quedan en la cabeza de la hormiga.
Allí realizan algo de vudú parasítico a sus hospedadores. A medida que
se acerca el anochecer y el aire refresca, las hormigas se encuentran alejadas
de sus compañeras, sobre el extremo de una brizna de hierba. Al igual que las
moscas infectadas con un hongo, las hormigas se agarran al extremo de la
hierba. Pero este trematodo tiene un objetivo bien diferente al que tenía el
hongo. El hongo utiliza a su hospedador como catapulta para diseminar sus
esporas sobre otros insectos. El trematodo del que estamos hablando puede
seguir viviendo solamente si puede introducirse en el interior de su hospedador
final, un mamífero. Agarrada al extremo de una brizna de hierba, la hormiga
infectada tiene muchas probabilidades de ser comida por una vaca o por
cualquier otro animal que esté pastando en la zona. Cuando la hormiga cae en el
estómago de la vaca, los trematodos estallan y se abren camino hasta el hígado
de la vaca, donde vivirán como adultos.
Pero el trematodo Dicrocoelium dendriticum, al igual que el
hongo, es muy consciente del paso del tiempo. Si la hormiga pasa toda la noche
sin ser comida y el sol sale, el trematodo afloja la presión que ejerce sobre
la hormiga. Esta deja el extremo de la brizna de hierba, regresa al suelo y pasa
el día actuando de nuevo como un insecto normal. Si el hospedador se cociera
por estar expuesto al calor del sol directo, el parásito moriría con él. Cuando
regresa el atardecer, manda de nuevo a la hormiga al extremo de una brizna de
hierba para ver si esta vez hay suerte.
La mayoría de parásitos no intentan este tipo de estrategias con
humanos, pero unos pocos la llevan a cabo con éxito. El gusano de Guinea pasa
su primera etapa doblado en el interior de un copépodo que nada en el agua. Una
persona que beba de esa agua se traga el copépodo, y cuando se disuelve por el
ácido del estómago, el gusano de Guinea escapa. Se escurre en el interior de
los intestinos y excava saliendo a la cavidad abdominal. Desde allí deambula
por el tejido conectivo hasta que encuentra un compañero. El macho de cinco
centímetros y la hembra de sesenta se aparean y, a continuación, el macho busca
un lugar en el que morir. La hembra repta por la piel hasta que alcanza una
pierna. Cuando se está trasladando, sus huevos fecundados empiezan a desarrollarse,
y cuando ya ha alcanzado su destino, los huevos han eclosionado y han
abarrotado su útero con una multitud de crías bulliciosas.
Estas crías necesitan introducirse en un copépodo si quieren convertirse
en adultos, por lo que conducen a su hospedador humano hacia el agua. Presionan
contra el útero de su madre con tanta intensidad que asoma parcialmente fuera
de su cuerpo, derramándose así algunas larvas al exterior. Los gusanos de
Guinea adultos domestican el sistema inmunológico humano para poder desplazarse
a lo largo de nuestros cuerpos sin sufrir daño alguno, pero las crías hacen
justamente lo contrario. Provocan una rápida reacción que hace que las células
inmunológicas acudan inmediatamente al lugar donde están, haciendo que la piel
de alrededor se inflame y se formen ampollas. Para una víctima, la forma más
fácil de aliviar un poco esa terrible quemazón en la zona herida es echarse
agua fría sobre ella o, más fácil aún, introducir la pierna en un estanque. Las
crías que ya habían escapado de su madre dentro de la ampolla responden al
contacto con el agua nadando libremente. La madre responde igualmente al
contacto con el agua dejando salir más crías. No se hernia como lo hizo antes:
esta vez deja que sus crías escapen por una ruta más extraña: su boca. Por cada
chapoteo, medio millón de crías de gusanos de Guinea son vomitadas a través del
esófago. Las contracciones la sacan de la herida poco a poco hasta que tanto
ella como su prole han abandonado al hospedador —la madre, para morir, y las
crías para buscar en el agua un nuevo copépodo en el que introducirse y hacerse
una especie de ovillo en su interior—.
Esta manipulación funciona mucho mejor cuando los humanos y los
copépodos están condicionados por la escasez de suministros de agua, porque eso
provoca que aumenten las probabilidades de que una persona vierta las larvas de
los gusanos de Guinea en un lugar cercano a su próximo hospedador. No es de
extrañar que la dracunculosis, la enfermedad causada por el gusano de Guinea,
sea especialmente dañina en los desiertos, donde la gente se agolpa alrededor
de los oasis.
El gusano de Guinea pertenece a la clase de parásitos que se contentan
con esperar en su primer hospedador hasta que es tragado accidentalmente por el
siguiente. Otros parásitos no confían tanto en la suerte. Sus hospedadores
suelen estar relacionados, generalmente porque uno se come al otro. Los
insectos que pican buscan humanos y otros vertebrados para beber su sangre, y
no es casualidad que estén llenos de parásitos que esperan introducirse en
nuestro interior. La malaria y la filariasis son propagadas por los mosquitos;
la enfermedad del sueño, por las moscas tsé-tsé; el kala azar (o leishmaniasis
visceral) por los flebotomos; y la ceguera de los ríos, por las moscas negras.
(Las bacterias y los virus también se pueden meter en el mismo saco, propagando
la peste bubónica, el dengue y otras enfermedades). Estos parásitos nadan en la
herida causada por el insecto y luego viven en nuestra piel o en nuestro
torrente sanguíneo, donde tendrán muchas probabilidades de ser succionados por
la picada del siguiente insecto que pase por allí. Pero estar en el lugar
correcto no es suficiente para la mayoría de ellos: cambian la conducta de los
insectos para hacer que dispersen los parásitos más rápidamente.
Beber sangre no es una tarea sencilla. Cuando un mosquito aterriza sobre
nuestro brazo, tiene que atravesar las capas externas de nuestra piel con su
probóscide y luego ir moviéndola en el interior para localizar un vaso
sanguíneo. Cuanto más tarde, más posibilidades tiene de ser aplastado y acabar
siendo solo una mancha de sangre en nuestro brazo. Y una vez que el mosquito
entra en contacto con la sangre, nuestro cuerpo responde coagulando la herida.
Las plaquetas rodean la probóscide del mosquito, liberando sustancias químicas
que forman unas masas pegajosas que captan más plaquetas. A medida que el
mosquito intenta beber, su cóctel fluido de sangre se convierte en un batido
espeso. Para conseguir más tiempo, los mosquitos añaden sustancias químicas a
su saliva que luchan contra la coagulación. Una de ellas, la apirasa, degrada
el pegamento fabricado por las plaquetas; otras sustancias ensanchan los vasos
sanguíneos para que pueda llegar más sangre.
Los riesgos que acarrea el beber sangre para los mosquitos, hacen que
estos eviten obstinarse. Si encuentran que la succión de la sangre de un
hospedador está siendo complicada, vuelan rápidamente hacia otro pedazo de
piel. Pero si ese hospedador tiene malaria, los parásitos de su interior harán
que este resulte más atractivo. La malaria interfiere con las plaquetas de su
hospedador, provocando que realicen mal su tarea de coagulación. Cuando un
mosquito alcanza la sangre de una persona con malaria, encontrará que le es más
fácil de beber y le resultará más cómodo absorberla, y junto a ella irán los
parásitos.
Una vez que ha entrado en un mosquito, el Plasmodium necesita
tiempo antes de que pueda viajar hasta otro humano. Necesita desplazarse hasta
el intestino del mosquito, aparearse con otros parásitos Plasmodium y
reproducirse. De este modo se forman más de diez mil ooquinetos en diez días.
Se desarrollan, dando lugar a esporozoítos, que migran hacia la glándula
salivar y, una vez allí, ya están preparados para entrar en un humano. Pero
hasta este punto, al mosquito no le ha comportado ningún bien comerse al parásito.
El riesgo de ser chafado mientras pica al hospedador no se ha visto compensado
con ningún beneficio. Así que el Plasmodium hace todo lo que
puede para desalentar a su hospedador de que se alimente. Un mosquito con
ooquinetos en su interior desistirá más fácilmente de intentar alimentarse de
sangre que uno que esté libre de parásitos.
Sin embargo, una vez que el parásito ha alcanzado la boca del mosquito,
necesita que este empiece a picar tan pronto como sea posible. El Plasmodium se
desplaza a las glándulas salivares, situándose en un lóbulo que es responsable
de la fabricación de la molécula anticoagulante apirasa. Allí se encarga de
cortar el aporte de apirasa que recibe el mosquito, para que cuando introduzca
su probóscide en un nuevo hospedador tenga más dificultades para mantener el
flujo de sangre. Tendrá que visitar más hospedadores para beber la misma
cantidad de sangre. Al mismo tiempo, el Plasmodium hace que el
mosquito tenga más apetito, obligándole así a beber más sangre y a visitar más
hospedadores para saciarse. El resultado de todo esto es que un mosquito
enfermo tiene el doble de probabilidades de beber sangre de dos personas
diferentes en una misma noche que un mosquito sano. El mosquito enfermo,
llevando más sangre a más hospedadores, se convierte en un modo más efectivo de
propagar la malaria.
El Plasmodium hace que un depredador —un mosquito—
entre en contacto con su presa —nosotros—. Los parásitos también pueden usar la
estrategia contraria, viviendo primero en la presa y esperando hasta que el
depredador se la coma. Algunos parásitos están dispuestos a esperar a que su
hospedador intermedio sea devorado. Pero hay muchos que no son tan pacientes.
Un trematodo llamado Leucochloridium paradoxum tiene como
primer hospedador a un caracol, pero utiliza como hospedador final a unos
pájaros que se alimentan de insectos, aunque los caracoles no están en su
dieta. Los trematodos captan la atención de los pájaros situándose en los
tentáculos oculares del caracol. Gracias a sus bandas marrones o verdes, los
parásitos son visibles a través de los tentáculos transparentes, y a los
pájaros les parecen orugas. El pájaro ataca al caracol y acaba con nada menos
que un atracón de parásitos.
Otros parásitos pueden cambiar el aspecto de la piel de su hospedador
para que este sea un objetivo más visible. Algunas especies de tenias viven en
los intestinos del pez espinoso durante un par de semanas, y cuando quieren
introducirse en un ave, hacen que el color del pez sea naranja o blanco.
También pueden alterar la conducta del pez para captar la atención de las aves.
Habitualmente, los espinosos se mantienen alejados de las aves acuáticas a las
que les gusta comérselos. Intentan permanecer a cierta profundidad lejos de la
superficie del agua, y si una garza introduce su cabeza en el agua, salen
disparados como una flecha, dejando pasar la oportunidad de comer cerca de la
superficie. Pero cuando están infectados por tenias, son más ligeros, por lo que
no pueden evitar nadar cerca de la superficie, y también son más valientes
persiguiendo su alimento, aunque haya un ave peligrosamente cerca.
A veces no es suficiente para el parásito hacer que su hospedador sea
vulnerable a los ataques; a veces manda a su hospedador directo hacia el
peligro. Ese es el caso de los gusanos de cabeza espinosa. Muchas especies de
estos parásitos empiezan dentro de los invertebrados que viven en lagos y ríos.
Luego pasan a su fase adulta en el interior de algunos pájaros, donde dirigen
esas cabezas espinosas hacia el revestimiento de los intestinos. Un pequeño
crustáceo llamado Gammarus lacustris se alimenta cerca de la
superficie de estanques y ríos, pero tan pronto como aparece su depredador —un
pato—, escapa huyendo de la luz para no ser visto, sumergiéndose a mayor
profundidad. Sin embargo, cuando un gusano de cabeza espinosa parasita un Gammarus,
este hace exactamente lo opuesto. Si aparece un pato, el Gammarus siente
una firme atracción hacia la luz; por lo que se mueve hacia la superficie del
agua. Cuando la alcanza, deambula por ella hasta que encuentra una roca o una
planta. Una vez que la encuentra y se sube a ella, cierra la boca sobre esta,
en una pose con la que prácticamente se está ofreciendo al pato.
El Toxoplasma, el protozoo que albergan miles de millones de
cerebros humanos, parece una criatura de carácter dulce que nunca intentaría
controlar la mente de su hospedador. Después de todo, se esconde a salvo en sus
quistes y declina matar a sus hospedadores. Pero su docilidad solo es una parte
de su cálculo inconsciente de cómo aumentar sus posibilidades de introducirse
en su hospedador definitivo. El Toxoplasma necesita moverse
entre los gatos y sus presas y retornar a los gatos para completar su ciclo vital,
y una rata muerta no atraería a muchos gatos. Pero resulta que el Toxoplasma hace
todo lo que puede para ayudar a los gatos a cazar a sus presas.
Durante varios años, los científicos de la Universidad de Oxford han
estado estudiando los efectos del Toxoplasma en la conducta de
las ratas. Construyeron un recinto al aire libre de casi dos por dos metros y
usaron ladrillos para convertirlo en un laberinto de caminos y celdas. En cada
esquina del recinto pusieron una caja donde poder anidar, junto a un recipiente
con comida y agua. En cada caja añadieron un par de gotas de un olor concreto.
En una añadieron el aroma de un lecho de paja fresca, en otra, el de un nido de
ratas, en una tercera, el aroma de orina de conejo, y en otra, el de orina de
gato. Cuando colocaron ratas sanas sueltas en el recinto, los animales dieron
vueltas alrededor, curioseando e investigando los nidos. Pero cuando llegaron
al que tenía el olor de gato, salieron a toda velocidad y no volvieron a pasar
por esa esquina. No fue una sorpresa: el olor de un gato desencadena un cambio
repentino en la química de los cerebros de las ratas que produce una ansiedad
intensa. (Cuando los investigadores probaron fármacos contra la ansiedad en las
ratas, usaron un ligero olor de orina de gato para asustarlas). El ataque de
ansiedad hace que las ratas sanas rehúyan ese olor y su desconfianza las suele
incapacitar como objetos de otras investigaciones posteriores. Es mejor
quedarse quieto y seguir vivo.
A continuación, los investigadores colocaron ratas portadoras de Toxoplasma en
el recinto. Las ratas que portan el parásito son prácticamente indistinguibles
de las sanas. Pueden competir por una pareja al igual que las otras y no tienen
problemas a la hora de alimentarse. La única diferencia que encontraron los
investigadores es que tienen más probabilidades de que las maten. El olor a
gato en el recinto no les producía ansiedad, y siguieron con lo suyo como si
nada les perturbase. Exploraban alrededor de la zona con ese olor al menos con
la misma frecuencia con que lo hacían en cualquier otro lugar del recinto. En
algunos casos, incluso tenían un especial interés en ese lugar y volvían a él
una y otra vez.
Convirtiendo a las ratas en roedores kamikazes, el Toxoplasma probablemente
incrementa sus posibilidades de llegar hasta un gato. Si por error se
introdujera en un humano en lugar de en una rata, tendría pocas posibilidades
de realizar el viaje deseado, pero hay algunas pruebas que sugieren que, aun
así, todavía intenta manipular a su hospedador. Los psicólogos han encontrado
que el Toxoplasma cambia la personalidad de sus hospedadores
humanos, produciendo cambios diferentes en hombres y mujeres. Los hombres se
vuelven menos dispuestos a someterse a los estándares morales de una comunidad,
se preocupan menos por los posibles castigos que recibirán si rompen las reglas
de la sociedad, y desconfían más del resto de la gente. Las mujeres se vuelven
más extrovertidas y cariñosas. Ambos cambios parece que derriban el miedo que
podría mantener a un hospedador fuera de peligro. No son suficientes como para
hacer que la gente que los alberga se tire a los leones, pero sí que son un
recordatorio muy personal de las formas en que los parásitos intentan tomar el
control de su destino.
Los científicos han tenido conocimiento de esta clase de
transformaciones durante más de setenta años, pero no creían que fueran
auténticas manipulaciones. Los parásitos no podrían planear cambios concretos
en sus hospedadores claramente superiores. Solo podrían causar daños aleatorios
y puede que, por casualidad, el daño causado modifique a sus hospedadores. Solo
en la década de 1960 los científicos empezaron a pensar seriamente en que era
posible que un parásito pudiera manejar la fisiología de su hospedador, o
incluso su conducta. Y acto seguido surgió toda una serie de casos que parecían
corroborar justamente eso.
La mayoría de los casos procedían de parásitos eucariotas, aunque
determinadas bacterias y virus pueden actuar algunas veces también como
titiriteros. Un estornudo transporta a los virus causantes del resfriado hacia
nuevos hospedadores; el virus del Ébola parece aprovecharse de nuestro respeto
hacia los moribundos y hacia los muertos haciendo que sus víctimas sangren a
chorros, consiguiendo que las personas que manejan sus cuerpos también se
infecten. Pero si nos fijamos en los casos documentados de manipuladores, las
bacterias y los virus suponen un porcentaje mínimo. La razón podría ser que sus
necesidades son bastante básicas: raramente necesitan usar más de una especie
como hospedador, y pueden pasar de un hospedador a otro gracias a sus contactos
habituales —el sexo, un apretón de manos o la picadura de una garrapata—. Puede
que entre las bacterias y los virus haya un montón de manipuladores esperando
ser descubiertos. Puede que aún estén escondidos gracias al hecho de que la
mayoría de las personas que estudian virus y bacterias piensan principalmente
en términos de enfermedades, síntomas y curas. No suelen pensar como
parasitólogos, que tratan a sus objetos de estudio más como seres vivos que
tienen que sobrevivir en sus hospedadores y trasladarse a otros nuevos.
El gran peligro a la hora de estudiar las manipulaciones de los
parásitos es ver estrategias ingeniosas donde no las hay. Algunos cambios que
causan en determinados hospedadores puede que no sean más que un simple daño. Y
si una persona puede decir que un parásito ha cambiado el color de un pez, eso
no significa realmente nada. Lo que importa es si el cambio hace que a un ave
acuática le sea más fácil comérselo. La única forma de demostrar que una
manipulación es auténtica es llevando a cabo experimentos, y los primeros que
demostraron la existencia de manipulaciones reales con efectos significativos
fueron realizados en la década de 1980 por Janice Moore, una parasitóloga de la
Universidad del Estado de Colorado. Los parásitos que eligió fueron de una especie
de gusanos de cabeza espinosa que viven en su fase larvaria dentro de bichos
bola (o cochinillas de la humedad) que viven sobre el suelo forestal, y como
adultos, en estorninos, y expulsan sus huevos al exterior con las deposiciones
de los pájaros, para pasar de ahí a más bichos bola.
Moore construyó cámaras a partir de moldes de pírex para tartas para
analizar la conducta de los bichos bola infectados. En un experimento quería
comprobar cómo responden los bichos bola a la humedad. Colocó un molde sobre
otro para crear un espacio cerrado. Luego dividió el espacio en dos cámaras
gracias a una barrera de cristal, dejando una abertura estrecha entre ellas,
que cubrió con un pedazo de malla de nailon. Hizo que una de las cámaras fuera
húmeda, vertiendo en ella dicromato de potasio —una sustancia química que
reacciona con el aire formando agua—. En el otro lado vertió agua salina, que
hace que el aire se seque extrayendo agua de él. Luego colocó un par de docenas
de bichos bola dentro de la casa que había construido con moldes para tartas, y
esperó a ver qué cámara, la húmeda o la seca, era la que elegían. Más tarde los
diseccionó y miró en su interior para comprobar si portaban larvas de gusanos
de cabeza espinosa.
En otro experimento construyó un pequeño refugio para los bichos bola
con una baldosa apoyada sobre cuatro guijarros en medio de un molde para
tartas. Quería ver si se escondían debajo de él o se paseaban por el exterior.
Y en un tercer experimento, vertió gravilla coloreada en un molde para tartas
—una mitad blanca, la otra, negra— para ver si los bichos bola se sentían
atraídos por un fondo claro o por uno oscuro.
Los bichos bola viven en suelos forestales húmedos, donde pueden
esconderse de los pájaros que se los comerían. Si los sacas de allí, vuelven a
toda prisa. Son atraídos por suelos que sean húmedos, con poca luz y colores
oscuros. Los bichos bola sanos que Moore estudió, se comportaban siguiendo este
patrón en sus moldes para tartas. Se quedaban en la cámara húmeda y evitaban la
seca; se escondían debajo del refugio que construyó para ellos; y escogieron la
gravilla oscura en lugar de la clara. Pero los bichos bola que llevaban consigo
gusanos de cabeza espinosa se podían encontrar vagando por la zona seca de la
cámara con mucha más frecuencia que los sanos. Un parásito haría que su
hospedador se arrastrara por la gravilla blanca más frecuentemente, y sería
mucho menos probable que se escondiera debajo del refugio. Los bichos bola
parasitados ya no podían reconocer estas pistas vitales, y se convirtieron en
presas más fáciles para los pájaros.
Pero en lugar de imaginar qué era lo que podría hacer que la vida de los
pájaros fuera más fácil, Moore dejó que se lo contaran ellos mismos. Permitió
que los bichos bola deambularan por una jaula en la que guardaba estorninos.
Los pájaros se comieron los bichos bola, y descubrió que preferían los que
estaban infectados en lugar de los sanos. En otro experimento, colocó cajas
nido para los estorninos, y estos acudieron y criaron polluelos en ellas.
Podían cazar en los campos de los alrededores en busca de alimento —incluyendo
bichos bola— y traerlo de vuelta a la caja nido. Moore ató limpiapipas con
nudos flojos alrededor de los cuellos de los estorninos, cerrando las gargantas
lo justo para que no pudieran tragarse el alimento. Moore pudo recoger los bichos
bola que habían traído los pájaros adultos, cogiendo los que tenían en sus
bocas y los que había en el nido. Los diseccionó en busca de parásitos y
encontró que aparecían en el nido muchos más bichos bola con parásitos de los
que debería haber. En un lugar cualquiera, menos de un 1 por ciento de los
bichos bola contenía gusanos de cabeza espinosa, pero el 30 por ciento de los
que Moore recogió del nido estaba infectado.
A los experimentos de Moore les siguieron otros ensayos cuidadosos, y en
muchos casos los parásitos en cuestión mejoraron su éxito alterando a sus
hospedadores. Una vez que los parasitólogos demostraron que estas
manipulaciones eran reales, empezaron a preguntarse cómo las llevaban a cabo.
Probablemente, cada parásito utiliza su mecanismo especial, algunos de los
cuales pueden ser bastante sencillos. Cuando las tenias crecen en el interior
de los peces espinosos, llenando toda su cavidad corporal y absorbiendo la
mayoría del alimento que sus hospedadores comen, probablemente hacen que el pez
esté hambriento. El hambre empuja a los espinosos a tomar más riesgos a la hora
de obtener alimentos, por ejemplo, no huyendo cuando hay un ave acuática cerca.
Para la tenia, peligro significa liberación.
Sin embargo, a menudo los mecanismos son bastante más sofisticados. Los
parásitos han dominado el vocabulario de los neurotransmisores y hormonas de
sus hospedadores. Los parasitólogos están bastante seguros de que esto es así,
incluso sin haber encontrado una molécula especial que pueda alterar a un
hospedador de un modo concreto. Los cuerpos y los cerebros de los animales son
tan ruidosos en lo que respecta a señales que los científicos no han podido
interceptar una breve transmisión proveniente de los parásitos. Aun así, los
parasitólogos pueden decirnos, indirectamente, mucho sobre las moléculas de los
parásitos, de la misma forma que podemos saber cosas de un hombre por su
sombra.
Recordemos por un momento al pobre Gammarus, enviado a toda
velocidad hacia la superficie de un estanque por el gusano de cabeza espinosa,
donde se aferrará a una roca hasta que un pato se lo coma. Está claro que algo
no funciona en su sistema nervioso, porque la misma sensación que mandaría a un Gammarus sano
hacia el fondo de un río produce la reacción opuesta en uno enfermo. Los
biólogos han extraído las neuronas de un Gammarus infectado
con gusanos de cabeza espinosa. Las han teñido con compuestos que hacen que las
neuronas se iluminen si contienen determinados neurotransmisores. Cuando han
buscado la presencia de un neurotransmisor llamado serotonina, las neuronas se
han encendido como árboles de Navidad.
Podemos encontrar serotonina en prácticamente cualquier animal que
observemos. En los humanos y en otros mamíferos, parece que se encarga de
estabilizar el cerebro. Cuando los niveles de serotonina caen, la gente se
vuelve más obsesiva, deprimida y violenta. (El Prozac está diseñado para hacer
frente a la depresión aumentando la serotonina). La serotonina también juega un
papel en los cerebros de los invertebrados, aunque los científicos no están
seguros de cuál es concretamente esa función. Sí saben que pasa algo
interesante cuando inyectan serotonina en el Gammarus. Si un Gammarus sano
recibe una inyección de serotonina, a menudo intenta agarrarse a algo y lo hace
con fuerza.
¿Por qué la serotonina haría que el Gammarus se aferre
así? Puede que tenga algo que ver con el sexo. Cuando el Gammarus se
aparea, el macho se agarra a la hembra con sus patas y empuja su abdomen hacia
abajo sobre ella. La montará así durante días, esperando a que ella mude.
Cuando lo hace, pone los huevos en una bolsa bajo su vientre. El macho fecunda
los huevos y continúa agarrándola, protegiéndola de otros machos que quieran
aparearse con ella.
La postura del macho en el apareamiento es exactamente igual a la que
los gusanos de cabeza espinosa fuerzan al Gammarus a adoptar.
Y si los parasitólogos inyectan un fármaco a los Gammarus infectados
que bloquee los efectos de la serotonina, dejan de agarrarse durante unas
horas. Puede que el gusano de cabeza espinosa secrete una molécula activadora
de la serotonina. Podría ser que el parásito desencadenara una secuencia de
señales que hicieran que el Gammarus creyese que se está
apareando, haciendo incluso que la hembra adoptara el papel del macho en el
apareamiento.
Cuando los parasitólogos descifren toda la historia de los manipuladores
parásitos, resultará ser mucho más complicada que todo esto. Es poco probable
que los parásitos usen una única molécula para controlar a sus hospedadores;
vienen equipados con un almacén lleno de fármacos preparados para ser
dispensados en distintos momentos de la vida del parásito cuando este necesite
cosas diferentes. Ese es el panorama que surge cuando los científicos han
aunado esfuerzos para estudiar el ciclo completo de un parásito en particular,
como es el caso de la tenia Hymenolepis diminuta. Los adultos
de Hymenolepis viven y se aparean dentro de los intestinos de
las ratas, donde crecen hasta tener una longitud de cuarenta y cinco
centímetros. Sus huevos acaban junto a los excrementos de la rata, que son
devorados con regularidad por escarabajos. Una vez dentro de estos, la membrana
de los huevos de la tenia se disuelve, revelando una criatura esférica con tres
pares de ganchos. Utiliza esos ganchos para salir del intestino del escarabajo
e introducirse en su sistema circulatorio, donde crece en poco más de una
semana hasta tener forma de cola corta. Allí espera a que el escarabajo sea
comido por una rata, donde alcanzará su forma adulta final. El ciclo entero
suele tener lugar en silos para cereales o en almacenes de harina, donde los
escarabajos devoran la comida, las ratas se comen a los escarabajos, y luego
las ratas dejan sus excrementos en el grano.
Las tenias empiezan a manipular a los escarabajos antes incluso de estar
en su interior. Los escarabajos son atraídos hacia los excrementos que
contienen huevos por un aroma que al parecer es irresistible para los insectos.
Si un escarabajo se encontrara con excrementos de una rata sana y con
excrementos de una rata parasitada, sería más probable que eligiera el montón
que contiene los huevos de tenia. Si capturamos la fragancia del estiércol
infectado y lo conservamos en un líquido, una gota de ese perfume hará que los
escarabajos vengan corriendo. Nadie sabe si los mismos huevos producen el
aroma, o si es una de las sustancias químicas producidas por las tenias adultas
en el interior de las ratas, o si el parásito cambia de alguna manera la
digestión de la rata para que el propio hospedador sea el que la fabrique. Sea
cual fuere el caso, es suficiente para seducir a los escarabajos para que se
coman una tenia, puede que incluso para que sean comidos por una rata.
Una vez que se halla en el interior del escarabajo, la tenia usa más
sustancias químicas para esterilizarlo. Al igual que muchos otros insectos, un
escarabajo almacena reservas de energía en una estructura llamada cuerpo graso,
que está dispuesta a lo largo de su espalda. Las hembras de escarabajo usan
parte de este material para construir las yemas de sus huevos. Para llevar las
reservas a los huevos, tienen que mandar una señal hormonal al cuerpo graso.
Este responde fabricando un ingrediente de la yema llamado vitelogenina. La
vitelogenina abandona el cuerpo graso y fluye a través del escarabajo hasta que
llega al ovario, donde están los huevos. Un huevo de escarabajo está rodeado
por un séquito de células colaboradoras que dejan solo algunas grietas entre
ellas. De hecho, las grietas son tan pocas y tan pequeñas que es muy difícil
que cualquier cosa pase a través de ellas y llegue al huevo. Pero cuando las
hormonas correctas se adhieren a estas células colaboradoras, hacen que se
encojan, abriendo espacios entre ellas. Con las hormonas suficientes, la
vitelogenina puede llegar hasta el huevo y transformarse en yema.
La tenia puede destruir esta cadena de acontecimientos en distintos
eslabones. Fabrica una molécula que se introduce en el cuerpo graso y ralentiza
las células que están fabricando vitelogenina. Algo de vitelogenina sale del
cuerpo graso, pero muy poca llega a alcanzar el huevo. Parece ser que la tenia
fabrica otra molécula que se puede acoplar a los receptores de las células
colaboradoras en los ovarios. Tapa los receptores para evitar que la hormona se
acople y hacer que las células colaboradoras se encojan. Las células
colaboradoras siguen hinchadas, por lo que la vitelogenina no puede
introducirse en el huevo. El efecto de estas moléculas es evitar que el
escarabajo desvíe lo que podría considerarse una excelente comida para las
tenias hacia sus propios huevos.
Una vez que ha madurado en el interior del escarabajo, la tenia está
preparada para encontrar una rata. Sin duda, el escarabajo no estaría de
acuerdo, por lo que el parásito tiene que abrir otro cajón de fármacos. Algunos
de ellos —probablemente opiáceos que mitigan los sentimientos de dolor y miedo—
hacen que el escarabajo sea menos meticuloso a la hora de esconderse. Si lo
colocamos sobre un montón de harina, el escarabajo se pondrá a vagar por la
superficie en lugar de excavar y esconderse. La tenia lo ha hecho perezoso,
lento a la hora de escapar de un ataque. Aun así, un escarabajo infectado hace
lo que puede para defenderse si una rata lo atrapa entre sus mandíbulas. Un
escarabajo de la harina viene equipado con un par de glándulas en su abdomen
que usa para liberar una sustancia fétida, así es probable que la rata que
sujeta al escarabajo en su boca lo escupa. Pero una vez que la tenia alcanza la
madurez, bloquea la glándula, impidiendo que fabrique su veneno. Cuando un
escarabajo infectado intenta defenderse, ya no le sabe tan mal a la rata; por
lo que es mucho más probable que se lo coma en lugar de comerse a un colega
sano. De principio a fin, el escarabajo es guiado y dirigido por su parásito.
* * * *
Cuando iba de camino a ver a Lafferty, me paré una noche en un hotel en
Riverside, California. Originalmente había sido una misión española. Después de
deshacer mi equipaje, di un paseo por las ermitas antiguas, exploré los
pasadizos escondidos rodeados de viñas y palmeras, y atravesé un silencioso
patio de piedra. Volví a mi habitación sintiéndome completamente solo. Puse la
televisión para que me hiciera compañía. Daban un episodio de Expediente X.
Hasta donde pude entender, un hombre del FBI se había vuelto repentinamente
sombrío y triste, y no devolvía ninguna llamada telefónica. Cuando, por fin,
otro agente lo localizó y se enfrentó a él, el hombre, apesadumbrado, lo lanzó
al suelo y atrajo su cara cerca de la suya, abriendo la boca. Acompañada de sonidos
chirriantes, una criatura con aspecto de escorpión salía reptando de su boca y
se introducía en la boca del otro agente.
Después de eso ya no me sentí tan solo. Algunos guionistas de televisión
deben de tener también parásitos en sus mentes. Caí en la cuenta de que los
parásitos eran la base de un montón de novelas de ciencia ficción, de películas
y de series de televisión. Y me llamó la atención el hecho de que estos
parásitos eran peligrosos porque podían manipular a sus hospedadores, justo
como hacen en la vida real. Cuando regresé a casa empecé a alquilar películas
de video. Les pedí a mis amigos que me dijeran otros títulos de películas que
debía ver, y de libros para leer. Resultó ser un maratón espantoso. El título
más antiguo que pude encontrar fue el de una novela de Robert Heinlein de
1951, Amos de títeres. Una nave espacial llena de alienígenas viaja
desde Titán, la luna de Saturno, y aterriza cerca de Kansas City. Pero los
alienígenas que transporta no son los bípedos sin pelo habituales de la década
de 1950; son criaturas pulsátiles parecidas a medusas que se pegan a las
columnas vertebrales de las personas. Escondidas debajo de la ropa de sus
hospedadores, acceden a sus cerebros y los fuerzan a que les ayuden a propagar
los parásitos por todo el planeta. La lucha contra ellos es un poco ridícula,
con el Gobierno obligando a todo el mundo a que camine prácticamente desnudo
para asegurarse de que nadie porta un alienígena. La humanidad se salva cuando
el Ejército encuentra finalmente un virus que es capaz de matar a los
parásitos, y el libro acaba con una flota de naves espaciales que abandonan la
Tierra en dirección a Titán para exterminar a los parásitos para siempre. Es un
libro, digamos, peculiar —el único que he leído que acaba con el grito de
batalla «¡muerte y destrucción!»—.
Amos de títeres fue
adaptado al cine en 1994 con una película bastante mediocre, pero su esencia
—el argumento basado en humanos que albergan parásitos gigantes— se ha
convertido en todo un clásico de Hollywood. Los parásitos son una parte de
nuestro lenguaje dramático, como ya lo eran en las comedias griegas. Cualquier
éxito de cine puede basar su argumento en unos parásitos sin que nadie se
preocupe de que pueda parecer demasiado esotérico. Una de las películas más
importantes de 1998, The Faculty, tiene lugar en un instituto en el
que parásitos de otro planeta han ocupado los cuerpos y las mentes de
profesores y estudiantes. De estas cosas parecidas a trematodos brotan
tentáculos y zarcillos, y los introducen en sus nuevos hospedadores a través de
sus bocas u oídos. Sus hospedadores pasan de ser profesores extenuados y chicos
enfurruñados y violentos a ser ciudadanos honrados de ojos vidriosos que
intentan propagar el parásito infectando a nuevos hospedadores. Serán varias
clases de perdedores del instituto —traficantes de drogas, frikis y marginados—
los que tengan que salvar al mundo de esta invasión.
Los parásitos lograron su primer gran éxito en la gran pantalla casi
veinte años antes, con la película de 1979, Alien, el octavo pasajero.
Una nave espacial que transporta minerales se detiene en un planeta sin vida
para investigar un accidente. La tripulación descubre una nave alienígena que
ha sido destruida en un ataque despiadado, y cerca de ella encuentran un
conjunto de huevos. Un miembro de la tripulación, un hombre llamado Kane, se
acerca a observar detalladamente uno de los huevos, y una especie de cangrejo
gigante sale repentinamente del huevo, adhiriéndose a su cara y envolviendo su
cuello con una cola. Sus compañeros lo llevan de regreso a la nave, vivo pero
comatoso. Cuando el médico de la nave intenta retirar aquella cosa de su cara,
esta aprieta aún más su cola alrededor del cuello de Kane. Al día siguiente la
cosa ha desaparecido, y da la impresión de que Kane está bien. Se levanta y
come vorazmente, normal en todos los aspectos. Por supuesto, ningún monstruo de
película desaparece sin más. Este ha estado devorando los intestinos de Kane,
quien poco después se pone las manos sobre el estómago, retorciéndose y
gritando, y, de repente, un pequeño alienígena de cabeza protuberante perfora
su piel y salta al exterior. Lo mismo que era la avispa parásita para la oruga,
es este alienígena para los humanos.
Es posible que Alien, el octavo pasajero haya hecho que
Hollywood sea un éxito seguro para los parásitos, pero una gran parte del
trabajo preliminar ya había sido realizado cuatro años antes en una película de
bajo presupuesto y vista por muy pocos, dirigida por David Cronenberg, llamada Vinieron
de dentro de… Esta tiene lugar en la torre Starlight, un impecable
edificio de gran altura situado en una isla en las afueras de Montreal.
«Navegue por la vida, tranquila y cómodamente», dice una relajante voz en off en
un anuncio del edificio. Pero la tranquilidad y comodidad de este lugar aislado
es destruida por un parásito de diseño. Es el trabajo de un tal doctor Hobbs.
En un principio el doctor Hobbs se proponía crear parásitos que pudieran hacer
el papel de órganos trasplantados. Un parásito podría estar conectado al
sistema circulatorio de una persona y, por ejemplo, filtrar sangre como hace un
riñón, mientras se queda solo un poco de sangre para mantenerse vivo. Pero el
doctor Hobbs también tenía un plan secreto: había decidido que el hombre es un
animal que piensa demasiado, y quería convertir el mundo en una orgía gigante.
Con ese fin, diseña una criatura que sería una combinación de un afrodisiaco y
una enfermedad venérea: un parásito que haría que sus hospedadores fueran
sexualmente insaciables y que se propagaría con el acto sexual.
Lo implanta en una mujer joven con la que había tenido una aventura, una
mujer que vive en la torre Starlight. Ella duerme con otros hombres del
edificio y propaga el parásito. Un gusano rechoncho del tamaño de un pie de
niño, que vive en los intestinos de las personas y pasa de boca en boca con un
beso. Transforma a las personas en monstruos sexuales, atacándose unos a otros
en los apartamentos, las lavanderías, los ascensores. Violación, incesto y toda
clase de depravaciones se dan por doquier.
El médico de la torre Starlight se pasa una gran parte de la película
intentando evitar la propagación del parásito. En una ocasión tiene que
disparar a un hombre que estaba atacando a su enfermera (y novia), y escapan al
sótano. Mientras se ocultan allí, la enfermera le cuenta que la noche anterior
tuvo un sueño en el que ella estaba haciendo el amor con un anciano. El anciano
le explicaba que todo en la vida es erótico, todo es sexual, «esa enfermedad es
fruto del amor que se tienen dos criaturas extraterrestres». Después de lo cual
intenta besar al médico, con un parásito agazapado en su boca preparado para
saltar. Él la deja inconsciente de un golpe. Intenta escapar del edificio, pero
hordas de hospedadores infectados lo rodean y lo conducen a la piscina del
edificio. Su enfermera está allí, y finalmente le da un beso mortal. Más
avanzada la noche, todos los residentes salen conduciendo de sus garajes y
abandonan la isla, para propagar el parásito y el caos que conlleva a lo largo
y ancho de la ciudad.
Mientras veía estas películas, me di cuenta de lo fácil que es trasladar
la realidad biológica a una película de terror. La criatura de Alien no
es ninguna sorpresa para un entomólogo que estudie las avispas parásitas. Puede
que Heinlein no supiera que los parásitos pueden tomar el control de la
conducta de sus hospedadores, pero sí que captó la esencia de ese control.
Puede parecer absurdo que los parásitos de Vinieron de dentro de… puedan
propagarse haciendo que las personas tengan relaciones sexuales, pero no es más
absurdo que lo que hacen realmente los parásitos. El hongo del que hemos
hablado anteriormente, que infecta a moscas y les hace subir a una brizna de
hierba al atardecer, también usa un segundo truco para propagarse. Hace que el
cadáver de su hospedador sea un imán sexual. Hay algo en la mosca —algo que ha
traído el hongo— que la hace irresistible para las moscas macho no infectadas.
Intentan aparearse con ella, prefiriéndola a las moscas vivas. Mientras tantean
el cadáver, se cubren de esporas. Cuando mueren, ellos mismos pasan a ser
irresistibles. ¿Cuándo hará alguien su película?
Desde luego, estos parásitos son algo más que simples parásitos.
En Vinieron de dentro de…, Cronenberg los usa para poner de
manifiesto la tensión sexual enterrada bajo la insulsa vida moderna. En The
Faculty, los parásitos representan la pasmosa conformidad de la vida
estudiantil, a la que solo se oponen los marginados. Y en Amos de
títeres, escrito durante el macartismo de la década de 1950, los parásitos
son el comunismo: se esconden entre la gente común, se propagan silenciosamente
a lo largo de los Estados Unidos, y tienen que ser destruidos de la forma que
sea necesaria. En un momento dado, el narrador dice: «Me pregunto por qué los
titanes [el nombre que da el narrador a los alienígenas] no atacaron en primer
lugar a Rusia; el estalinismo parecía hecho a su medida. Pensándolo bien, quizá
ya lo habían hecho. Mi duda es cuál sería la diferencia de haber sido así; la
gente que vive detrás del telón de acero tiene su mente esclavizada y dirigida
por parásitos desde hace tres generaciones».
Pero todas estas obras tienen algo en común: se basan en un profundo
miedo universal a los parásitos. Este terror es nuevo, y por esa razón es
interesante. Hubo un tiempo en el que los parásitos eran tratados con
desprecio, cuando representaban a los elementos débiles, indeseables de la
sociedad, que se interponían en el camino de su progreso. Ahora los parásitos
han pasado de ser débiles a fuertes, y el miedo ha sustituido al desprecio. Los
psiquiatras han reconocido una condición a la que llaman parasitosis ilusoria
—terror a ser atacado por parásitos—. Las metáforas antiguas sobre parásitos,
las usadas por gente como Hitler y Drummond, eran extraordinariamente precisas
en su biología. Y, a juzgar por películas como Alien y The
Faculty, lo mismo pasa con las metáforas nuevas. No se trata solo del miedo
a ser asesinado; es el miedo a ser controlado desde dentro por algo que no sea
nuestra propia mente, ser usado para cumplir el propósito de otros. Es el miedo
a convertirse en un escarabajo de la harina controlado por una tenia.
Este terror concreto a los parásitos tiene sus raíces en cómo vemos
actualmente nuestra relación con el mundo natural. Antes del siglo XIX, el
pensamiento occidental veía a los humanos diferentes al resto de formas
vivientes, creados por Dios con un alma divina en la primera semana del
Génesis. Pasó a ser difícil mantener esa línea divisoria a medida que los
científicos comparaban nuestros cuerpos con los de los simios y encontraban que
las diferencias eran bastante menores. Y luego Darwin explicó el porqué: los
humanos y los simios están relacionados por un antepasado común, y lo mismo
pasa con todos los seres vivos. El siglo XX ha llevado esa comprensión hasta el
detalle más fino, desde los huesos y órganos hasta las células y proteínas.
Nuestro ADN se diferencia del de un chimpancé en pequeños matices. Y al igual
que un chimpancé, o una tortuga o una lamprea, tenemos cerebros que consisten
en neuronas conectadas unas con otras y neurotransmisores fluyendo. Estos
descubrimientos pueden dar cierto consuelo si se miran de una manera
determinada: pertenecemos a este planeta tanto como un roble o un arrecife de
coral; y deberíamos aprender a llevarnos mejor con el resto de la familia de la
vida.
Pero si lo miramos desde otro punto de vista, puede dar miedo. Copérnico
sacó a la Tierra del centro del universo, y ahora tenemos que aceptar el hecho
de que vivimos sobre un grano acuoso en un vacío abrumador. Biólogos como
Darwin hicieron algo parecido, sacando a la humanidad de su lugar privilegiado
en el mundo viviente —un copernicanismo biológico—. Seguimos viviendo como si
estuviéramos por encima de los demás animales, pero sabemos que nosotros
también somos colecciones de células que trabajan conjuntamente, que están
armonizadas, no gracias a un ángel, sino gracias a señales químicas. Si un
organismo puede controlar esas señales —un organismo como un parásito—,
entonces puede controlarnos a nosotros. Los parásitos nos ven fríamente —como
comida, o puede que como vehículos—. Cuando un alienígena sale rompiendo el
pecho de un actor de cine, rasga violentamente nuestras pretensiones de ser
algo más que criaturas brillantes. Es la propia naturaleza la que irrumpe
repentinamente, y eso nos aterroriza.
Capítulos 5
El gran paso hacia el interior
¿De dónde, pensáis, surgieron reyes y parásitos?
Percy Bysshe Shelley, La reina Mab: un poema filosófico (1813).
Hay secretos de mil millones de años de antigüedad en la Universidad de
Pensilvania, pero están a buen recaudo en el laboratorio de un biólogo llamado
David Roos. La luz del sol del suave cielo de Filadelfia entra por las grandes
ventanas del laboratorio, donde los estudiantes de Roos están colocando
matraces que contienen líquidos de color cereza bajo microscopios, tecleando
datos en ordenadores, usando pipetas y tubos de ensayo, y trabajando en salas
de incubadoras, o en cámaras refrigeradas o termostatizadas. Por encima de
ellos, la luz solar riega las enredaderas y las plantas de aloe de las
estanterías. Las plantas absorben la luz del sol estival, con cada fotón
cayendo sobre una estructura microscópica con forma de gota llamada
cloroplasto. Básicamente, un cloroplasto es una fábrica de energía solar. Usa
la energía de la luz para fabricar nuevas moléculas a partir de materias
primas, como dióxido de carbono y agua. Las nuevas moléculas se extraen de los
cloroplastos y son usadas por las plantas para echar nuevas raíces, o para
crecer a lo largo de la estantería. Por debajo de ellas, los estudiantes de
Roos trabajan frenéticamente, descubriendo la bioquímica de un parásito y
publicando artículos científicos, como si en su interior el sol también estuviera
dirigiendo una especie de fotosíntesis intelectual. En un momento como este, en
un lugar como este, ¿quién tiene tiempo de pensar en historia antigua?
David Roos dirige el laboratorio desde una oficina situada en su centro.
Se trata de un hombre joven de pelo negro rizado y con un incisivo astillado.
Habla tranquilamente, sus respuestas se apoyan en párrafos y páginas que hacen
referencias continuas al tema que está tratando, sin apenas una pausa para
organizar sus pensamientos. El día soleado en que fui a visitarle, me estaba
explicando qué fue lo que le llevó a estudiar el parásito que él tenía a
millares en su propio cerebro: el Toxoplasma gondii. En las paredes
había retratos a carbón de figuras humanas, un recuerdo de los días de Roos
como estudiante de arte. Eso vino después de un periodo en el que se dedicó a
la programación de ordenadores —«Pensé que no iba a ir a la universidad, dado
que me estaba divirtiendo tanto y ganando mucho dinero como programador, pero
eso pasó bastante rápidamente»— y antes de que se pasara a la biología. Cuando
empezó a estudiar biología, sopesó la idea de trabajar con parásitos. «No hay
pregunta más interesante biológicamente hablando que la que se cuestiona cómo
puede un organismo vivir a costa de otro, especialmente dentro de otra célula.
Pero como estudiante de posgrado eché un vistazo por varios sitios y hablé con
un par de laboratorios, y los sistemas me parecían muy arcaicos».
Con esto, Roos quiso decir que los parasitólogos tenían más dificultades
con la cría de los individuos de estudio que otros biólogos. Por ejemplo, un
montón de científicos que estudian cómo se desarrollan los animales a partir de
huevos fecundados pueden estudiar la mosca de la fruta. Si encuentran una
mutación interesante en una mosca, saben cómo crear una línea de ellas en la
que todos los individuos porten la misma mutación; tienen las herramientas para
aislar el gen mutado, para desconectarlo o reemplazarlo con una versión
diferente. Con estas herramientas, los biólogos pueden elaborar toda una red de
interacciones que convierten una simple célula en un insecto. Pero los
parasitólogos tienen que luchar incluso para poder mantener vivos a los
parásitos en el laboratorio, y criar cadenas interesantes de individuos es a
menudo imposible. Los biólogos de la mosca de la fruta tienen una enorme caja
de herramientas a su disposición. Los parasitólogos se han quedado con un
martillo roto y un serrucho sin dientes.
Esa frustración no atrajo a Roos, así que se fue a hacer su doctorado
sobre virus, y más adelante sobre células de mamíferos. Su trabajo dio sus
frutos, brindándole un trabajo en Pensilvania, pero su aspiración era estudiar
algo nuevo. Aprendió que durante los años en los que había estado alejado de
los parásitos, otros investigadores habían tenido un primer éxito utilizándolos
como se hace con las moscas de la fruta. Había un parásito que parecía
particularmente prometedor: el Toxoplasma. Puede que no tuviera el
caché de su pariente cercano Plasmodium —el parásito que causa
la malaria, una criatura sofisticada que puede convertir una inhóspita célula
sanguínea en un hogar en cuestión de horas—, pero parecía que se adaptaba bien
a la vida en el laboratorio. Tal vez pudiera funcionar como modelo para la
malaria, dado que muchas de sus proteínas funcionaban de formas parecidas.
«Pensé, puede que ingenuamente, que una de las razones por las que la gente no
trabajaba con Toxoplasma en el pasado era que se trataba de
una criatura muy aburrida. Como a cualquier otro, a los biólogos nos gusta
trabajar en temas atractivos. Pero puede que si este organismo es tan aburrido
—lo que significa más o menos que es como cualquier cosa con la que estamos
familiarizados— no requeriría reinventar la rueda para poder desarrollar las
herramientas genéticas necesarias».
Roos empezó a construir esas herramientas, y encontró que el éxito era
desconcertantemente sencillo. «Algunas personas creen que somos muy hábiles en
nuestro laboratorio, pero la verdad es que trabajamos con un organismo fácil».
Su laboratorio aprendió cómo llenar el parásito de mutaciones, cómo cambiar un
gen por otro nuevo, cómo observar al parásito más claramente que antes. En unos
pocos años ya podían usar sus herramientas para responder a preguntas como, por
ejemplo, ¿cómo invade el Toxoplasma las células?, o ¿por qué
algunos fármacos matan al Toxoplasma y al Plasmodium,
mientras los parásitos se las arreglan para resistir el ataque de otros?
En 1993, Roos empezó a estudiar un fármaco que mata ambos parásitos,
llamado clindamicina. Sin embargo, no se usa para curar la malaria, porque
necesita mucho tiempo para matar al Plasmodium; en lugar de eso, se
usa principalmente contra el Toxoplasma en víctimas del sida
que necesitan un fármaco que puedan tomar durante años sin efectos secundarios.
«Lo divertido de la clindamicina —dice Roos—, es que no debería funcionar».
En realidad, la clindamicina se usa sobre todo como antibiótico para
matar bacterias, y lo consigue obstruyendo las estructuras constructoras de
proteínas de la bacteria, conocidas como ribosomas. «Las células eucariotas
tienen ribosomas bastante diferentes, y la clindamicina no interfiere con
ellos, lo cual es positivo, porque, de otra manera, te podría matar. Es eso lo
que hace de ella un buen fármaco. Pero el Toxoplasma no es una
bacteria. Tiene un núcleo, y tiene mitocondrias». (Las mitocondrias son compartimentos
en los que las células eucariotas generan su energía). «Está claramente más
emparentado contigo o conmigo que con las bacterias».
Y, sin embargo, la clindamicina mata al Toxoplasma y
también al Plasmodium. Nadie sabe cómo lo hace. Los científicos
saben que no afecta a los ribosomas habituales de los parásitos. Pero las
eucariotas también tienen un par de ribosomas extra en sus mitocondrias que son
diferentes al resto. Las mitocondrias tienen su propio ADN, el cual usan para
construir sus propios ribosomas, entre otras cosas. Sin embargo, los
investigadores encontraron que la clindamicina también deja ilesos a los
ribosomas de la mitocondria.
Roos recordó que, en realidad, el Toxoplasma tiene un
tercer juego de ADN. En la década de 1970, los científicos habían descubierto
una circunferencia de genes que no pertenecían ni a su núcleo ni a sus
mitocondrias. Este ADN contenía la receta para un tercer ribosoma. Puede,
pensaba Roos, que la clindamicina atacara al tercer ribosoma y matara a los
parásitos por esa razón. Junto a sus estudiantes destruyó la circunferencia de
ADN y descubrió que el Toxoplasma no podía sobrevivir sin él.
Pero ¿qué es lo que hace exactamente este anillo de genes? Roos y sus
estudiantes descubrieron que está localizado en el interior de una estructura
flotante cerca del núcleo del parásito. En el pasado, los científicos habían
dado a esta estructura muchos nombres —cuerpo esférico, aparato de Golgi,
cuerpo multi membranoso—, todos los cuales te hacían pensar en la función que
desempeñaba. Pero no era así.
Ahora Roos ya sabía que la causa de que el Toxoplasma fuera
vulnerable a la clindamicina eran esos genes que albergaba. Pero aún no sabía
para qué servía el ribosoma que construían esos genes. Para obtener más
información, comparó los genes con otros genes de Toxoplasma y
de otros microbios. El mayor parecido que encontró no fue con los genes del
interior del núcleo del Toxoplasma o de sus mitocondrias. Era
con los cloroplastos de las plantas, esas fábricas de energía solar que hacen
que las plantas que hay en las estanterías del laboratorio crezcan. Como decía
Roos: «Se parecen a una planta verde».
Roos tenía la esperanza de averiguar por qué el Toxoplasma y
el Plasmodium morían como una bacteria, aunque vivieran como
nosotros. Ahora, simplemente había cambiado un rompecabezas por otro: ¿cómo
puede ser la malaria una prima de la hiedra?
* * * *
Para los biólogos del siglo XIX como Lankester, los parásitos habían
llegado a ser lo que eran en la actualidad por degeneración. Sus evoluciones
eran historias de pérdidas, del abandono de todas las adaptaciones que hacían
posible una existencia libre, enérgica, para acabar viviendo una vida en la que
te lo dan todo hecho. En el siglo XX, el concepto de degeneración se mantuvo;
durante décadas, los biólogos evolutivos simplemente creían que no valía la
pena pensar en la historia evolutiva de los parásitos comparada con epopeyas
como el origen del vuelo o todas las implicaciones derivadas de la evolución
del cerebro. Sin embargo, la habilidad del Trichinella para
hacer que su hospedador construya para él una guardería en sus músculos, o la
del Sacculina para hacer que un cangrejo macho se convierta en
su madre, o la de los trematodos sanguíneos para convertirse en invisibles en
el torrente sanguíneo…, todas estas son adaptaciones producidas por la
evolución. Para muchos parasitólogos, la evolución no es uno de los temas
principales de estudio; estudian el modo de vida actual de los parásitos. Y,
sin embargo, la evolución se abre paso a codazos en sus trabajos.
Ese es el caso de David Roos: el único modo de poder comprender qué es
el Toxoplasma hoy en día, y cómo es que la malaria es una
enfermedad verde, es retrocediendo cientos de millones de años atrás. Este tipo
de historias son tan fascinantes como las de los animales que viven libremente.
Si retrocedemos 4.000 millones de años atrás, están enredadas con la evolución
del resto de los seres vivos. De hecho, la historia de los parásitos es, en
gran parte, la historia de la vida misma.
Reconstruir la historia no es nada fácil. Los parásitos suelen ser
blandos o quebradizos, lo que no es un buen augurio para esperar encontrar
fósiles. Cada pocos millones de años, una avispa parásita puede quedar atrapada
en una gota de ámbar, o un cangrejo macho feminizado por un percebe parásito
puede dejarnos su fósil, pero la mayoría de los parásitos desaparecen entre los
tejidos podridos de sus hospedadores. Aunque las rocas no tienen el monopolio
de las pruebas de la historia de la vida. La evolución ha formado un inmenso
árbol, y hoy en día los biólogos pueden inspeccionar sus ramas frondosas.
Comparando las características biológicas que encuentran, pueden trazar el
camino que han seguido retrocediendo a la ramificación previa hasta llegar a la
base del árbol.
Los biólogos dibujan las ramas de este árbol averiguando qué especies
están más emparentadas entre sí. Su herencia próxima demuestra que deben de
haberse separado a partir de un antepasado común más recientemente que respecto
a otras especies. Para ver este parentesco, los biólogos se fijan en las
similitudes y diferencias existentes entre los organismos, juzgando cuáles son
el resultado de la existencia de un antepasado común o si solo son espejismos
que nos hacen creer que son fruto de la evolución.
Un pato, un águila y un murciélago tienen en común que todos ellos
poseen alas, pero el parentesco entre el pato y el águila es mucho más cercano.
La prueba está en sus alas: en las aves son plumas que cuelgan de una mano
fusionada; el murciélago en cambio tiene membranas que se extienden entre sus
largos dedos. El hecho de que los murciélagos tengan pelo, den a luz a crías
vivas (sin la protección de un huevo) y las alimenten con leche ayuda a
demostrar que, a pesar de sus alas, están realmente más emparentados con
nosotros y con otros mamíferos que con un ave.
Aunque este tipo de características físicas no nos pueden decir mucho
más. No nos dicen definitivamente si, por ejemplo, los murciélagos son primos
cercanos de los primates o de las musarañas de los árboles. Y para los
organismos que no tienen ni carne ni huesos, no nos dice nada en absoluto. Ese
silencio ha empujado a los biólogos en los últimos veinticinco años a comparar
las proteínas y el ADN de los organismos en lugar de comparar alas o
cornamentas. Han aprendido cómo secuenciar los genes y a compararlos con la
ayuda de ordenadores. Esta aproximación presenta sus propias dificultades —los
genes pueden crear a veces árboles tan confusos como los creados a partir de
las características anatómicas—, pero, aunque pueden considerarse
provisionales, han permitido a los biólogos ver por primera vez toda la vida de
una sola ojeada.
La base del árbol representa el origen de la vida. Una gran parte de los
organismos que ocupan las ramas más cercanas a la base viven en agua hirviendo,
a menudo, alrededor de fuentes hidrotermales. Eso sugiere que la vida pudo
empezar en un lugar parecido, hace 4.000 millones de años. Moléculas parecidas
a genes se habrían ensamblado en el interior de pequeñas cápsulas lipídicas o
puede que en películas aceitosas que cubrieran los laterales de las fuentes.
Después de un número indeterminado de millones de años, se formó el primer
organismo auténtico, seres parecidos a bacterias que portaban genes flotando
libres en el interior de sus paredes. A partir de estos comienzos bacterianos,
la vida empezó a divergir en linajes separados. Las arqueas mantuvieron un modo
de vida básicamente parecido al de las bacterias, mientras una tercera rama
—los eucariotas, con su ADN muy enrollado en un núcleo, obteniendo la energía a
partir de las mitocondrias— adoptaron formas completamente diferentes.
Los parásitos, según la definición tradicional de la palabra (criaturas
que causan la malaria y la enfermedad del sueño, que se meten dentro de
intestinos e hígados, que salen de orugas haciéndolas estallar, como si sus
hospedadores fueran pasteles de cumpleaños gigantes), están todos situados en
ramas de la parte eucariota del árbol. Han renunciado a vivir en el mar o en la
tierra para vivir en el interior de otros eucariotas. Incluyen a organismos
separados de nosotros mismos por extensos golfos evolutivos —los tripanosomas
y Giardia se ramifican separando sus destinos en los albores
de la era de los eucariotas, hace más de 2.000 millones de años—. Entre los
parásitos también hay parientes cercanos, como los hongos y plantas. Los
animales parásitos, como los trematodos sanguíneos y las avispas, son
prácticamente nuestros primos cercanos. El parasitismo se dispersa a lo largo
del dominio eucariota, una forma de vida que han adoptado diversos linajes de
forma independiente y que han encontrado que era inmensamente provechosa
durante muchos cientos de millones de años.
Sin embargo, este árbol también deja claro cuán superficial es la
definición convencional de parásito. ¿Por qué debería limitarse el
nombre a organismos que se encuentran en una de las tres grandes ramas de la
vida? Los biólogos del siglo XIX los llamaban parásitos bacterianos
infecciosos. Al igual que algunos eucariotas abandonaron la vida libre, lo mismo
hicieron algunas bacterias como la Salmonella y la Escherichia
coli, mientras otras bacterias mantenían su independencia en océanos,
pantanos y desiertos —incluso bajo el hielo antártico—.
E incluso esta definición es de miras demasiado estrechas. Por ejemplo,
en ningún lugar de este árbol se puede encontrar al virus de la gripe. Eso es
porque los virus no son, estrictamente hablando, seres vivos. No tienen ninguna
clase de metabolismo interior y no se pueden reproducir por sí mismos. No son
más que una cubierta proteica, que contiene en su interior el equipamiento
necesario para introducirse en células y usar la maquinaria de esas células
para fabricar copias de sí mismo. Sin embargo, los virus tienen las mismas
clases de peculiaridades parásitas que se pueden encontrar en criaturas como
los trematodos sanguíneos: prosperan a costa de su hospedador, usan algunos de
los mismos trucos para escapar del sistema inmunológico, y a veces pueden incluso
cambiar la conducta de su hospedador para incrementar su propagación.
En la década de 1970, el biólogo inglés Richard Dawkins hizo parecer a
los virus menos contradictorios. Puede que los virus no estén vivos según el
concepto tradicional, pero consiguen hacer el trabajo más básico de la vida:
replican sus genes. Dawkins argumentaba que los animales y los microbios
existen para hacer exactamente lo mismo. Podemos pensar en sus cuerpos, en sus
metabolismos, sus conductas como vehículos construidos por genes para poder
auto replicarse. En ese sentido, un cerebro humano no es diferente a la
cubierta proteica que permite que un virus se cuele en el interior de una
célula. Este punto de vista sobre la vida es controvertido, y muchos biólogos
creen que minimiza la importancia de la complejidad de la vida. Pero funciona
muy bien cuando se trata de parasitismo. Para Dawkins, el parasitismo no es lo
que hace una pulga o un gusano de cabeza espinosa. El parasitismo es cualquier
mecanismo en el que un juego de ADN se replica con la ayuda de —y a costa de—
otro juego de ADN.
Ese ADN puede incluso formar parte de nuestros propios genes. Grandes
franjas del material genético humano no hacen nada de provecho para el cuerpo
en el que se hallan alojados. No fabrican pelo, no fabrican hemoglobina, ni
siquiera ayudan a otros genes a hacer su trabajo. Consisten en poco más que un
conjunto de instrucciones para conseguir replicarse más rápidamente que el
resto del genoma. Algunos de ellos producen enzimas que los cortan para
extraerlos de su posición y luego insertarlos en otro lugar de nuestros genes.
El vacío que han dejado atrás pronto es visitado por proteínas que buscan ADN
dañado. Dado que los genes humanos vienen en pares, estas proteínas pueden usar
la copia que no ha sido dañada como guía, y reconstruir el trozo que desapareció.
Al final, hay dos copias del ADN saltarín.
Estas porciones de material genético errante reciben en ocasiones el
nombre de ADN egoísta o parásitos genéticos. Usan a su hospedador —los demás
genes— para replicarse ellos mismos. Al igual que muchos parásitos
convencionales, los parásitos genéticos pueden dañar a su hospedador. Cuando se
insertan en otros lugares del genoma al azar, pueden causar enfermedades.
Debido a que los parásitos genéticos se pueden replicar más rápidamente que el
resto de los genes, han inundado el genoma de muchos de sus hospedadores,
incluyendo a los humanos.
Los padres pasan sus parásitos genéticos a sus hijos, y, por lo tanto,
es posible clasificar el ADN egoísta en familias, descendientes de antepasados
comunes que vivieron en el interior de los antepasados comunes de sus
hospedadores. Los parásitos genéticos tienen sus propias dinastías, con sus
apogeos y decadencias. Cuando aparece un fundador por primera vez en un ADN de
un nuevo hospedador, empieza a copiarse a un ritmo trepidante, llenando los
genes de su hospedador con parásitos. (Cuando hablo de ritmo trepidante es en
una escala de tiempo evolutivo, puede que de miles de años). Aunque los
parásitos genéticos son duplicadores descuidados, y a menudo realizan copias
defectuosas de sí mismos. Estos inadaptados no pueden replicarse ellos mismos,
y simplemente saturan el ADN de su hospedador. Los parásitos genéticos sufren
por eso el riesgo continuo de la extinción auto infligida.
Pueden escapar de este callejón sin salida con pequeños estallidos de
renovación evolutiva. Algunos de ellos roban genes de su hospedador, que les
permiten construir recubrimientos proteicos. Se convierten en virus que pueden
escapar de su propia célula e infectar otras. Algunos de estos disidentes
pueden incluso infectar a nuevas especies. Probablemente son transportados por
parásitos (como los ácaros) que los llevan hasta sus nuevos hospedadores,
aunque algunos de esos saltos son tan largos que es difícil saber cómo es
posible que hayan ocurrido. ¿Cómo es posible, por ejemplo, que un platelminto
de agua dulce contenga los mismos parásitos genéticos que una hidra que vive en
el océano, o que un escarabajo que vive en la tierra?
Puede que, hoy en día, los virus y los parásitos genéticos sean
abundantes, pero hace 4.000 millones de años el parasitismo podría haber sido
una práctica más extendida. Un organismo vivo de la actualidad, ya sea una
bacteria o una secuoya, porta genes que están organizados en coaliciones
poderosas. Pueden copiarse con exactitud, dando lugar a una nueva generación, y
pueden oponer resistencia a los genes tramposos. Pero cuando la Tierra era
joven, algunos biólogos creen que los genes apenas estaban organizados y que no
podían cooperar igual de bien. Los genes se movían fluidamente de un microbio
al siguiente, entrando y saliendo de los genomas a través de una especie de red
microbiana global. Cualquier gen que pudiera engañar a los demás a la hora de
replicarse sería recompensado por la selección natural y se propagaría.
Finalmente, las coaliciones de genes se organizarían en organismos separados,
pero seguirían intercambiando ADN con su entorno, tan promiscuamente que a un
biólogo le costaría mucho trabajo clasificarlos como especies separadas.
A pesar de los ataques, los auténticos organismos se las han arreglado
para evolucionar. Probablemente, sus genes evolucionaron hasta un punto en el
que todos ellos trabajaban conjuntamente y podían silenciar a los genes
tramposos, y así podían replicarse fielmente. Es probable que en esa época la
vida empezara a divergir en tres grandes ramas: bacterias, arqueas y
eucariotas. Algunos de esos primeros microbios obtenían su energía a partir de
compuestos químicos que se producían en las fuentes hidrotermales. Con el paso
de cientos de millones de años, algunos linajes de bacterias fueron capaces de
capturar la energía de la luz. Otras bacterias hurgaban en sus excrementos
microbianos. Otras evolucionaron para convertirse en asesinos, tragándose las
bacterias autosuficientes. Los parásitos genéticos todavía vivían a costa de
estas clases diferentes de microbios, aunque sus hospedadores habían empezado a
obtener ventaja.
Pero, con cada nivel de complejidad que alcanzaba la vida, aparecía una
nueva clase de parásito. Cuando evolucionaron los auténticos organismos,
algunos de ellos se convirtieron en parásitos. Hay un par de historias
plausibles de cómo se produjo esa evolución, y todas ellas pueden resultar
ciertas en algún que otro caso. Una de esas historias empieza con los
depredadores microbianos tragándose lo que debería haber sido su siguiente
comida. Abrieron una cavidad en su membrana y engulleron a su presa; se prepararon
para descuartizarla, pero, por alguna razón, el proceso se detuvo ahí. La presa
se quedó en el vientre microbiano del depredador, sin digerir.
La situación dio un giro de ciento ochenta grados —la presa acabó siendo
capaz de obtener un poco de alimento de su fallido depredador antes de ser
expulsada—. Esa comida extra, ese breve refugio en un depredador mucho más
exitoso, ayudó a la presa a reproducirse más rápidamente de lo que habría sido
posible si no hubiera ocurrido así. La selección natural hizo que los genes que
le ayudaron a sobrevivir en el interior del depredador fueran más comunes. A
estos se les unirían otros genes que ayudaban a la presa a buscar a su
depredador, y a abrir ellos mismos esas cavidades en la membrana de este
último. La presa pasaba cada vez más tiempo en el interior del depredador y fue
abandonando gradualmente su vida en libertad. Ahora era el depredador el que
tenía que luchar contra la presa, esforzándose cada vez más para expelerla. Si
el coste que implicaba luchar contra la invasión de parásitos llegaba a ser
demasiado grande, habría beneficiado a algunos hospedadores hacer que sus
parásitos se quedaran para siempre. Cuando el hospedador se dividía, el
parásito copiaba su propio ADN y lo pasaba a la siguiente generación.
Una vez que ya estaban juntos de esta forma, el parásito y el hospedador
podían llevar su relación en diferentes direcciones. El parásito podía hacer
que la vida de su hospedador fuera miserable, o, en vez de eso, podía hacer que
su presencia fuera beneficiosa para el hospedador, puede que secretando alguna
proteína que este último pudiera utilizar. Después de muchas generaciones
juntos, la línea que separaba al hospedador del parásito empezaría a ser
borrosa. Una parte del ADN del parásito sería transportada accidentalmente
junto a los genes del propio hospedador. El parásito empezaría a paralizar
algunas funciones, para quedarse con solo unas pocas que fueran esenciales. Los
dos organismos pasaban a ser esencialmente uno.
Darwin nunca imaginó que la vida podía ofrecer esta clase de fusión.
Para él la vida era un árbol que se ramificaba continuamente, algo así como el
árbol de la página 159. Pero los biólogos reconocen actualmente que necesitan
entrelazar algunas ramas entre sí.
Hoy en día, los científicos están secuenciando la batería completa de
genes de muchos microbios, y en ellos pueden ver signos de las elecciones que
los parásitos han tomado. Entre las especies que se han secuenciado
completamente está la Rickettsia prowazekii, una bacteria que causa
el tifus. Invade células, absorbe sus nutrientes y consume su oxígeno, se
multiplica alocadamente, y sale reventando la célula hospedadora. Su ADN se
parece extraordinariamente al ADN de las mitocondrias, los orgánulos que abastecen
de energía a cada célula de nuestro cuerpo. El antepasado tanto de la Rickettsia como
de las mitocondrias, puede que hace 3.000 millones de años, debió de ser una
bacteria libre primordial. Algunos de sus descendientes acabaron convirtiéndose
en los primeros eucariotas. La rama que condujo a la Rickettsia evolucionó
por un camino malicioso, mientras que los antepasados de la mitocondria
acabaron finalmente asentados tranquilamente en el interior de sus
hospedadores. Las mitocondrias fueron unos parásitos de los que nuestros
antepasados se pudieron beneficiar. Las bacterias fotosintetizadoras fueron
llenando gradualmente la atmósfera de oxígeno, y las mitocondrias permitían a
los eucariotas respirarlo.
Los eucariotas actuales son el producto de una lenta orgía de banquetes
e infección. Después de la invasión de las mitocondrias, diversas ramas de los
eucariotas adquirieron sus propias bacterias. Estas bacterias eran
fotosintéticas, y sus hospedadores las desnudaron hasta quedarse con su parte
esencial, que aprovechaba la luz solar: el cloroplasto. Estos eucariotas dieron
lugar a las algas y a las plantas terrestres, las cuales añadieron más oxígeno
al aire. Podemos respirar oxígeno, y las plantas pueden producirlo en grandes
cantidades, gracias a los parásitos del interior de nuestras células.
Este drama de mil millones de años explica por qué la malaria ha llegado
a ser considerada una enfermedad verde. Algunos antiguos eucariotas se tragaron
una bacteria fotosintetizadora y pasaron a ser algas que aprovechaban la luz
solar. Millones de años más tarde, una de estas algas fue devorada por un
segundo eucariota. Este nuevo hospedador despedazó el alga, separando su núcleo
y su mitocondria, y quedándose solo con el cloroplasto. Ese ladrón que robó a
un ladrón fue el antepasado del Plasmodium y el Toxoplasma.
Y esta secuencia de acontecimientos, a modo de muñecas rusas, explica por qué
se puede curar la malaria con un antibiótico que mata bacterias: porque
el Plasmodium tiene una antigua bacteria en su interior
realizando algunas funciones vitales.
Es difícil saber qué es lo que hizo exactamente ese antiguo parásito con
sus recién adquiridos cloroplastos. Puede que los usara para vivir como una
planta mediante la fotosíntesis. Pero esa no es la única posibilidad, porque
los cloroplastos hacen en las plantas mucho más que simplemente aprovechar la
luz solar. Fabrican muchos compuestos, incluidos ácidos grasos (la clase de
moléculas que, por ejemplo, forman parte del aceite de oliva). David Roos y sus
colegas han especulado que, en el Plasmodium y el Toxoplasma,
el remanente de un cloroplasto todavía fabrica estos ácidos grasos y que los
parásitos los usan para envolverse dentro de las células de su hospedador. Para
el parásito, la clindamicina puede ser letal porque destruye la burbuja
del Plasmodium.
Aunque una cosa está bastante clara: el antepasado del Plasmodium y
el Toxoplasma no vivía en el interior de ningún animal. Hace
mil millones de años, todavía no había animales que parasitar. En esa época,
las criaturas unicelulares estaban empezando a combinarse en colonias y grupos.
Una gran parte de las primeras criaturas pluricelulares no se parecían en nada
a ningún ser vivo de la actualidad. Algunas de ellas eran como colchones
inflables o como las monedas ornamentadas de algún reino antiguo. No fue hasta
hace unos setecientos millones de años que aparecieron los primeros animales
tal y como los conocemos actualmente: corales, medusas y artrópodos. Mientras
tanto, las algas empezaron a organizarse en formas más complicadas, dando lugar
a las plantas, y hará unos quinientos millones de años se desplazaron hasta la
costa, formando una alfombra musgosa que posteriormente evolucionó, dando lugar
a las plantas de tallo corto, y, finalmente, a los árboles. Poco después, los
animales también se desplazaron a la costa —ciempiés, insectos y otros
invertebrados hará unos 450 millones de años, y los primeros grandes
vertebrados, hará unos 360 millones de años—.
Los organismos pluricelulares crearon un nuevo mundo que resultaba muy
atractivo para los parásitos. Concentraban el alimento en cuerpos grandes y
densos, que a su vez eran hogares estables durante semanas o años. Los animales
de los océanos cámbricos atrajeron a protozoos como el Plasmodium,
al igual que a bacterias, virus y hongos. Y una vez más, apareció una nueva
clase de parásito: animales que habían evolucionado para vivir en el interior
de otros animales. Los platelmintos se introdujeron en crustáceos, donde se
diversificaron en trematodos, tenias y otros parásitos. Cangrejos, insectos,
arácnidos y muchos otros linajes animales siguieron el ejemplo.
Los parásitos evolucionaron rápidamente en el interior de sus
hospedadores, dando lugar a formas bastante diferentes a las de sus
antepasados. Parientes de la medusa empezaron a parasitar peces, y acabaron
teniendo formas parecidas a esporas, que, en la actualidad, son todavía una
plaga para las truchas de los ríos norteamericanos, produciendo la llamada
enfermedad del torneo. A medida que sus hospedadores se volvían cada vez más
grandes y su presencia era más generalizada —imponentes árboles, colonias de hormigas
con millones de individuos, reptiles marinos de veinticinco metros de longitud—
los parásitos disfrutaban de un hábitat que estaba en continua expansión.
Después del éxito inicial en el amanecer de la vida, después de la brutal
reducción cuando los hospedadores se convirtieron en organismos mejor
organizados, vino una nueva época dorada para los parásitos.
Nuestro propio linaje, los vertebrados, no ha hecho un gran trabajo a la
hora de convertirse en parásitos. Entre los pocos que sí lo han hecho hay
algunas especies de siluros en los ríos de Latinoamérica. Uno de los más
famosos es el candirú, un pez muy delgado. Se ha ganado su fama por atacar a
personas que orinaban en ríos. Sigue el olor de su orina y se mete en su
uretra. Una vez que ha clavado sus dientes en un pene o en una vagina, es
prácticamente imposible deshacerse de él. El candirú no se gana el pan atacando
a la gente, habitualmente se alimenta de otros peces, abriéndose camino por
debajo de sus branquias y sorbiendo la sangre de los delicados vasos sanguíneos
que hay por debajo. Después de unos minutos se suelta y busca otro pez para
convertirlo en su nuevo hospedador. Si en Latinoamérica pescas estos peces, a
veces se pueden encontrar candirús de poco más de dos centímetros de longitud
alojados en sus branquias. Esos diminutos peces pueden pasar la mayor parte de
sus vidas allí mismo, alimentándose de sangre o de mucosidad proveniente de sus
hospedadores.
Nadie sabe por qué no hay más candirús en el mundo, pero debe de haber
algo en el modo de vida de un vertebrado que hace que le sea muy difícil
convertirse en parásito. Los vertebrados tienen metabolismos más rápidos
comparados con los de los invertebrados, por lo que es posible que no pudieran
obtener el suficiente alimento estando en el interior de otro animal. Para ser
parásito, un animal necesita producir un montón de progenie, porque
introducirse en el siguiente hospedador es una tarea muy difícil y de vital
importancia. Los vertebrados necesitan invertir un montón de energía en cada
camada, por lo que tal vez no pudieran conseguirlo viviendo como parásitos.
Pero el parasitismo, tal como señaló Richard Dawkins, no tiene por qué adoptar
una forma convencional como la de la tenia. Imagine un animal que pudiera de
alguna manera engañar a otro animal para que este criara a su progenie. El
tramposo tendría muchas más probabilidades de pasar sus genes, mientras que el
estafado tendría menos tiempo para cuidar de su propia progenie y para su
propio legado genético. De hecho, hay muchas especies —tanto invertebradas como
vertebradas— que practican esta especie de parasitismo social.
Entre los invertebrados, uno de los casos más extremos se puede
encontrar en los Alpes suizos. Allí se pueden encontrar nidos de la
hormiga Tetramorium. Si vemos a la reina, tenemos probabilidades de
encontrar algunas hormigas pálidas, de formas extrañas, situadas sobre su
espalda. No se trata de una casta especial de hormigas Tetramorium,
sino de una especie completamente diferente: la Teleutomyrmex
schneideri. La Teleutomyrmex pasa la mayor parte de su
vida sobre la espalda de una reina Tetromorium, enganchándose a
ella con unas patas especialmente diseñadas para el agarre. En lugar de atacar
a estos extraños, las obreras Tetramorium les permiten comer
el alimento que regurgitan para su reina. Los parásitos Teleutomyrmex se
aparean en el interior del nido de su hospedador, y las nuevas reinas parten en
busca de una nueva colonia en la que puedan engancharse a un nuevo hospedador.
El secreto para parasitar hormigas de esta forma es crear ilusiones
olorosas. Las hormigas dependen principalmente de los olores para percibir el
mundo, y han desarrollado un complicado vocabulario de sustancias químicas que
son transportadas por el aire para comunicarse entre ellas —para dejar rastros
de localizaciones de alimentos, para activar una alarma por toda la colonia,
para reconocer a los demás como compañeros de nido—. La Teleutomyrmex puede
engañar a sus hospedadores haciendo que cuiden de ellas en lugar de comérselas,
porque pueden producir señales que hacen que sus hospedadores crean que son
reinas. La razón por la que la Teleutomyrmex puede lanzar
estos hechizos probablemente sea porque han evolucionado a partir de su propio
hospedador, volviendo su lenguaje común contra sus parientes.
Pero muchos animales que no son hormigas también son parásitos sociales
de hormigas. Por ejemplo, algunas mariposas pueden engañar a hormigas para que
críen a sus orugas. Las mariposas depositan los huevos en flores, y cuando
eclosionan las orugas, caen al suelo, y allí las encuentran las hormigas.
Normalmente, las hormigas ven a las orugas como una comida gigante. Pero si se
encuentran con un parásito social, actúan como si la oruga fuera una larva
perdida de su propia colonia. Engañadas por los olores de la oruga, las
hormigas la transportan de regreso a su nido, donde la alimentan y limpian, de
la misma forma en que lo harían con cualquiera de sus crías. La oruga pasa el
invierno creciendo entre todo este lujo, después de lo cual forma un capullo.
Las hormigas siguen cuidándola a medida que se metamorfosea en una mariposa
alada. Únicamente cuando emerge de su capullo se dan cuenta de que hay un
enorme intruso entre ellas e intentan atacarlo. Pero la mariposa escapa a toda
velocidad del nido y se aleja volando.
Todos estos parásitos sociales hacen básicamente lo mismo que cualquier
parásito convencional: encuentran la debilidad de las defensas de sus
hospedadores y la ponen a su servicio. Hay vertebrados que hacen exactamente lo
mismo. El cuco, por ejemplo, pone sus huevos en los nidos de otras aves, como
es el caso de los carriceros. Cuando eclosiona un joven cuco, arroja los huevos
y los polluelos de su hospedador al suelo. Aun así, el carricero alimenta al
cuco, incluso a pesar de que crezca tanto que haga parecer enana a su
madrastra. Una vez que ha crecido por completo, el cuco se aleja volando en
busca de una pareja, dejando atrás al carricero sin hijos en el nido.
Las hormigas perciben el mundo básicamente a través de los olores, pero
las aves dependen mucho más de la vista y el oído. Por lo que los cucos y otras
aves parásitas no crean olores falsos, sino que elaboran señales y sonidos
falsos. El huevo del cuco es una imitación de los huevos de las especies de sus
hospedadores, por lo que el hospedador no se puede arriesgar a lanzarlo fuera
del nido. Después de que el cuco haya nacido, engaña al carricero para que le
alimente, utilizando las mismas señales que usa para alimentar a su prole. Para
hacerse una idea de la cantidad de comida que tiene que conseguir, el carricero
observa su nido, en el que están sus crías manteniendo abiertas sus bocas. Si
ve mucho color rosa —el interior de las bocas de los pajaritos— inmediatamente
se va a cazar más comida. Al mismo tiempo, y como segunda señal, confía en el
sonido que emiten las crías. Si estas todavía están hambrientas y siguen
piando, el carricero irá en busca de más comida.
Un cuco empieza su vida siendo ya mucho más grande que un carricero, y a
medida que crece la diferencia es aún mayor. Cuando el carricero observa su
nido, ve una enorme boca de cuco, lo que en su cerebro significa exactamente lo
mismo que un montón de diminutas boquitas de carriceros. Al mismo tiempo, el
joven cuco imita las llamadas de las crías de carriceros. Pero, en lugar de
imitar el sonido de un único carricero, el cuco puede cantar como un nido
entero. Por lo que el cuco engaña a su hospedador no solo para que le alimente,
sino para que le traiga la cantidad de gusanos equivalente para ocho
carriceros. Puede que no haya mucho espacio dentro de los animales para
contener un parásito vertebrado, pero el nido de un animal es otra cuestión.
Y lo mismo pasa con el útero de una madre. Cuando un óvulo fecundado cae
en el útero e intenta implantarse, se encuentra con un ejército de macrófagos y
de otras células inmunológicas. El nuevo embrión no tiene las mismas proteínas
en sus células que su madre, lo que debería desencadenar el ataque de las
células inmunológicas para destruirlo. El feto se enfrenta a los mismos
problemas que una tenia o un trematodo sanguíneo, y evita al sistema
inmunológico de la madre en gran parte de la misma forma. Las primeras células
que se diferencian en un embrión humano, conocidas como trofoblastos, forman un
escudo protector alrededor de todo el cuerpo. Repelen el ataque de las células
inmunológicas y moléculas del complemento, y pueden enviar señales que hagan
que el sistema inmunológico de los alrededores deje de funcionar. Aunque
resulte extraño, hay algunas pruebas de que estas señales supresoras son
fabricadas en los trofoblastos por algunos virus que están alojados
permanentemente en nuestro ADN —al igual que los virus en los genes de las
avispas parásitas les permitían controlar el sistema inmunológico de sus
hospedadores—.
Si pensamos en el parasitismo de acuerdo con la definición de Dawkins de
los intereses genéticos, entonces un feto es una especie de medio parásito.
Comparte la mitad de sus genes con su madre, y el resto pertenece a su padre.
Tanto la madre como el padre tienen un interés, evolutivamente hablando, en ver
que el feto nace y tiene una vida sana. Pero algunos biólogos han defendido que
los padres también sufren fuertes conflictos respecto al modo en que el feto
crece. Mientras se va desarrollando, construye su placenta y una red de vasos
sanguíneos para extraer alimento de su madre. Neutraliza el control de su madre
sobre sus vasos sanguíneos cercanos al útero, por lo que esta no puede
restringir el flujo de sangre hacia el feto. Incluso libera sustancias químicas
que incrementan la concentración de azúcar en su sangre. Pero si la madre
permite que su hijo tome demasiado, puede pagar un precio muy alto en lo
referente a su salud. No podría ocuparse y cuidar de sus otros hijos, e incluso
sería una amenaza para la posibilidad de tener más en el futuro. En otras
palabras, el feto amenaza su legado genético. Hay investigadores que sugieren
que la madre lucha contra su feto, liberando sustancias químicas para
contrarrestar esos efectos.
Mientras un feto puede suponer un peaje muy caro para su madre, lo
rápido que crezca no tiene efecto alguno sobre la salud de su padre. El hecho
de que el feto crezca lo más rápido posible favorece sus intereses genéticos.
Este conflicto tiene lugar también en el feto mismo. Investigaciones llevadas a
cabo en animales han mostrado que los genes del feto que son heredados del
padre y de la madre llevan a cabo funciones diferentes, sobre todo en los
trofoblastos. Los genes maternales intentan ralentizar el crecimiento del feto,
para controlar el parásito que lleva dentro. Mientras tanto, los genes
parentales ponen freno a estos genes maternales y los silencian, permitiendo
que el feto crezca más rápidamente y extraiga más energía de su hospedador.
Siempre que dos vidas establezcan un contacto cercano y haya conflictos
genéticos —incluso entre una madre y un hijo— aparecerá el parasitismo.
* * * *
La sensación de estar rodeado por unos cuantos millones de parásitos es
difícil de describir con palabras. Si acercas la cara a un frasco lleno de unas
elegantes cintas, unas tenias extraídas de un puercoespín, no puedes dejar de
admirar sus cientos de segmentos, cada uno con sus propios órganos sexuales
masculino y femenino, todos ellos rebosantes de vida y atrapados en estos
líquidos conservantes como en una fotografía. Entonces, solo por un segundo,
empiezas a temer que esa criatura se empiece a mover, que de repente empiece a
contonearse, rompa el vidrio y se escape.
La Colección Nacional de Parásitos, gestionada por el Servicio de
Investigación del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos, es una de
las tres colecciones de parásitos más grandes del mundo. (Nadie está seguro de
si la colección norteamericana es más grande que las colecciones nacionales de
Rusia. Cuando llegas a unos cuantos millones de especímenes, sueles perder la
cuenta). Está situada en un antiguo establo de cobayas, en una granja que el
Departamento de Agricultura lleva gestionando en Maryland desde 1936. Cuando
fui a ver la colección, mi guía fue Eric Hoberg, un parasitólogo con aspecto de
oso. Estudia parásitos de zonas situadas muy al norte, nematodos que viven
únicamente en los pulmones del buey almizclado, o los trematodos de las morsas.
Me condujo por un tramo de escaleras con rayas de color gris, pasamos por un
par de laboratorios pequeños, por un montón altísimo de fichas que una mujer
estaba tecleando en un ordenador —todo un siglo de parásitos—. Luego
atravesamos una puerta gruesa, y allí estaba la colección.
Al principio me sentí un poco decepcionado. Había seguido a
paleontólogos por salas de museos en las que había que atravesar puertas
escondidas para contemplar sus colecciones, y había deambulado con ellos por
pasillos en los que se agolpaban enormes armarios en los laterales llenos de
cráneos de ballenas y vértebras de dinosaurios que nadie había tocado desde que
fueron desenterrados del suelo. En la sala de la Colección Nacional de
Parásitos cabría perfectamente una pequeña cafetería, o incluso el diminuto
local de un zapatero remendón. Hoberg me presentó a un profesor de ciencia
jubilado, llamado Donald Poling. Poling llevaba botas de senderismo y una bata
blanca de laboratorio, y estaba en una mesa rescatando unos portaobjetos que
contenían nematodos del fluido conservante que había cristalizado en los
últimos cien años, adquiriendo la consistencia del azúcar moreno. «Me mantiene
alejado de los bares», dijo, despegando una cubierta plástica de una muestra.
El resto de la estancia estaba ocupado principalmente por estantes de
metal montados sobre ruedas, que se exponían a la vista haciendo girar una
rueda de tres dientes. Cuando Hoberg y yo empezamos a pasearnos entre los
estantes, moviéndonos entre frascos y viales, la decepción desapareció. La
colección que me rodeaba por todas partes se convirtió en mi mundo. Girábamos
frascos cerrados para poder leer las etiquetas que habían sido escritas a
lápiz. «Hospedador: tordo cabecidorado». Tenias de reno de Alaska. Trematodos
hepáticos de alces. Monogéneos con volantes que se agarran a las branquias de
peces de Corea.
En un momento dado, cuando Hoberg me estaba mostrando un nematodo —más
grueso que un dedo, largo como una fusta, del color de la sangre— que todavía
estaba acurrucado en el interior del riñón de un zorro, no pude evitarlo. Dije:
«Repugnante». En realidad, había venido a ver a Hoberg para aprender algo, no
para asistir a un maratón del terror, ya que estas cosas tienen la habilidad de
encontrar una salida. Ahora la decepción la sentía Hoberg. «Me ha molestado eso
de repugnante —dijo—. Lo que se nos olvida es lo increíblemente interesante que
es todo esto. Y esa actitud tiende a perjudicar a la parasitología como
disciplina. Una parte de ese perjuicio es que hay gente que se aparta por eso.
—Parecía que se lo decía al riñón—. Los parasitólogos se van jubilando y no son
reemplazados por otros nuevos».
Seguimos paseando. Vimos un frasco lleno de Hymenolepis, la
tenia que usa a los escarabajos para introducirse en las ratas, parecía un gran
remolino de fideos de arroz. Y un pedazo de carne de cerdo con Trichinella,
atravesándolo como una noche de estrellas fugaces. Pasamos junto a bandejas con
portaobjetos almacenados verticalmente como libros en una librería, había
cientos, cada una con docenas de rebanadas de parásitos montadas sobre un
vidrio. Pasamos junto a las doce mil muestras de especímenes que Hoberg había
recogido en las islas Aleutianas mientras estaba trabajando en su tesis —doce
mil muestras de las que dudaba tener el tiempo suficiente para escribir sobre
ellas antes de retirarse—. Hoberg se trajo las muestras consigo desde la
Universidad de Washington cuando obtuvo el trabajo en la colección, en 1989.
Una década después, aún se encontraba con sorpresas. «¿Una foca que come
cangrejos?», murmuraba ante un frasco de tenias, cogiéndolo y girándolo para
ver la etiqueta. Se colocó las gafas en la frente para leer el papel que había
flotando en el fluido y dijo: «Este debe de ser de la última expedición de Byrd
al Antártico». Luego nos topamos con un frasco de larvas de éstridos. Mientras
los caballos caminan por los campos, los éstridos adultos depositan sus huevos
en su pelo y, cuando el caballo se lo lame para limpiárselo, se los traga. El
calor de su boca es una señal para eclosionar, y se abren camino, agarrándose
primero a la lengua del caballo. Desde ahí llegan hasta su estómago, donde se
anclan y beben su sangre. Una vez que han madurado, dejan de agarrarse y acaban
siendo expelidos del tracto digestivo del caballo. Llegan al suelo y se
transforman en moscas adultas. En el frasco que había delante de nosotros se
veía, en el fondo, una muestra de un estómago de caballo, salpicado de larvas
de éstridos, como un racimo de pequeñas colmenas. Estaba fascinado, pero Hoberg
se encogió de hombros. «Eso es algo de lo que puedo
prescindir». Me alegró saber que incluso un parasitólogo tiene sus límites.
La parte favorita de toda la colección para Hoberg eran las
preparaciones microscópicas. Cogió un par de ellas y se las trajo con nosotros
a su oficina, donde destacaba un microscopio compuesto. Enfocó las muestras
para que yo pudiera observarlas, mostrando secciones de tenias de frailecillos,
focas barbudas y orcas. Resulta difícil diferenciar las especies de tenias. A
veces, la única diferencia visual es la forma de la cámara que alberga sus
órganos sexuales.
A veces solo los genes nos dirán si dos tenias pertenecen a especies
separadas. Sin embargo, estudiando sus parentescos, Hoberg recrea cuatrocientos
millones de historia de los parásitos sin un solo fósil que le guíe. Y lo hace
encontrando extraños patrones en los parásitos y en sus hospedadores. ¿Por qué,
se pregunta Hoberg, estas clases de tenias —pertenecientes al orden
Tetrabothriidea— viven solo en aves marinas y mamíferos marinos? ¿Por qué
ninguna de ellas vive en humanos o tiburones? ¿Por qué hay otra clase de tenia
que solo aparece en dos lugares del planeta: en Australia y en los bosques
espinosos de Bolivia? Las respuestas a estas preguntas están en la historia de
las tenias, un relato épico que también contiene secretos sobre la historia de
sus hospedadores vertebrados, sobre la deriva de los continentes y sobre los
glaciares.
Hace un siglo, los biólogos creían que esta historia era simple y
monótona. Una vez que los parásitos se rindieron a su vida interior, se
encontraron en un callejón sin salida evolutivo, dado que no podían vivir en
ningún otro lugar. La poca evolución que sufrieron se dio solo cuando sus
hospedadores los arrastraron en su despertar. Sus hospedadores podían
dividirse, dando lugar a nuevas especies, cuando una población se aislaba en
una isla o en una cordillera montañosa, y el parásito, separado igualmente del
resto de sus especies, daba lugar a una nueva por sí mismo.
Si eso fuera cierto, esperaríamos ver un cierto patrón al comparar el
árbol evolutivo de los hospedadores estrechamente emparentados con los
parásitos que portan: formarían imágenes especulares unos de los otros. Digamos
que diseccionamos cuatro especies de aves estrechamente emparentadas y las
tenias que encontramos en su interior. El linaje de las aves que se han
ramificado antes en el árbol evolutivo, portaría las tenias que se hubieran
ramificado primero entre los parásitos. Cada rama subsiguiente de hospedadores
llevaría consigo su propia rama de parásitos.
No fue hasta el final de la década de 1970 que biólogos como Daniel
Brooks, de la Universidad de Toronto, empezaron a alinear los árboles de
hospedadores y parásitos de esta forma. En poco tiempo se dieron cuenta de que
estas historias gemelas eran realmente mucho más complejas de lo que habían
pensado. A veces los árboles parecían espejos perfectos, como el árbol mostrado
en páginas anteriores. Pero en otras ocasiones se parecían al Árbol de la Vida
(Pace, 1998)
Los parásitos a veces seguían a sus hospedadores dando nuevas especies,
pero también podían saltar a hospedadores completamente nuevos (como hicieron
las tenias B, C, y E en el segundo ejemplo). A veces se dividían dando lugar a
dos nuevas especies en un único hospedador sin que este se dividiera dando
lugar a dos hospedadores. Y a veces desaparecían completamente de su
hospedador. Los parásitos, en otras palabras, tienen historias evolutivas tan
complejas y tormentosas como sus primos con vidas libres.
Las pistas más importantes de la historia temprana de las tenias están
en las raíces más profundas de su árbol. Todas estas tenias primitivas vivían
en peces. Hoy en día, viven dos grupos principales de peces: los
cartilaginosos, como los tiburones y rayas, y los óseos. Se bifurcaron en el
árbol evolutivo hará unos 420 millones de años. Hace 400 millones de años, el
linaje de los peces óseos se separó a su vez en dos ramas. Un linaje condujo a
los peces óseos de aletas radiadas: salmón, trucha, lucios y miles de especies
más. El otro condujo hasta los peces óseos de aletas lobuladas, como el pez
pulmonado y el celacanto. Fue esta rama con aletas lobuladas la que finalmente
produjo vertebrados con patas, capaces de salir del agua —en otras palabras,
los que se convirtieron en nuestros antepasados—.
Probablemente, las tenias se desarrollaron primero en el pez de aletas
radiadas más antiguo. Esa historia se ve reflejada en el hecho de que las
tenias más primitivas que siguen vivas en la actualidad, viven en los peces de
aletas radiadas más primitivos, como el esturión y el amia calva. Fue en estos
hospedadores donde las tenias evolucionaron desde una forma de hoja a
caracterizarse por sus cuerpos largos y segmentados. Desde este origen, las
tenias colonizaron posteriormente tiburones y otros peces cartilaginosos. Pero,
aparentemente, no se acercaron a los peces de aletas lobuladas. Se cree que ni
los peces pulmonados ni los celacantos portaban parásitos.
Sin embargo, las tenias viven en el interior de sus parientes más
cercanos: los vertebrados terrestres. De hecho, viven en prácticamente todas
las clases de anfibios, aves, mamíferos y reptiles. La vida en la tierra no
heredó las tenias de sus antepasados acuáticos. Los parásitos deben de haberlos
invadido, saliendo del agua con algún pez de aletas radiadas. Puede que
cincuenta millones de años después de que los vertebrados aparecieran en la
tierra, alguna criatura reptiliana se comiera un pez que contuviera una tenia,
y así naciera un nuevo linaje. Desde entonces, las tenias que vivían en la
tierra han evolucionado con sus hospedadores a medida que estos divergían,
dando nuevas formas, y han seguido saltando de rama en rama, pasando, por
ejemplo, de los mamíferos a los anfibios, y de los mamíferos a las aves.
Los vertebrados terrestres se separaron, dando lugar a los reptiles y a
los precursores de los mamíferos, hará unos trescientos millones de años. Hace
doscientos millones de años, la rama de los reptiles produjo los dinosaurios,
que rápidamente se convirtieron en los animales terrestres dominantes.
¿Vivieron las tenias en el interior de los dinosaurios? Nadie puede asegurarlo,
pero es difícil suponer que no lo hicieran, dado que sus parientes más
cercanos, aves y cocodrilos, las contienen. Y es igualmente difícil suponer que
no se aprovecharan del espacio que había dentro de estos gigantes, creciendo
hasta longitudes de treinta o más metros. Esa es una idea que provoca la
sonrisa en cualquier parasitólogo. El parasitólogo de Santa Bárbara, Armand
Kuris, ha reflexionado sobre qué tipo de ecología tendría un monstruo como ese.
Los dinosaurios más grandes eran herbívoros de cuello largo llamados
saurópodos, que podían crecer hasta pesar más de cien toneladas. Es difícil
comprender cómo cualquier depredador, incluso alguno tan grande como el Tyrannosaurus
rex, podría haber abatido a un saurópodo de ese tamaño. Puede que solo
hurgara entre los restos de los grandes dinosaurios, o puede que tuviera alguna
ayuda. Puede que, tal como ha sugerido Kuris, la tenia convirtiera a los
saurópodos y al Tyrannosaurus rex en un adelanto de lo que
pasaría luego con el alce y el lobo. Los saurópodos se tragarían huevos de
tenia con las plantas que comían, y los parásitos se desarrollarían en enormes
quistes dentro de ellos. Mientras destrozaban los pulmones o el cerebro de sus
hospedadores, podrían haber ralentizado lo suficiente a los saurópodos como
para hacer posible que el Tyrannosaurus rex los cazara, y
permitiera así que las tenias entraran en su hospedador final. Una tenia de
dinosaurio debería incluso haber dejado su marca en el registro fósil. Los
quistes de algunas tenias de la actualidad se hacen tan grandes, y crecen con
tanta fuerza, que pueden romper un cráneo humano. Si los dinosaurios
contuvieran quistes tan grandes que hubiéramos necesitado una carretilla para
transportarlos, los paleontólogos deberían ser capaces de reconocer sus
huellas.
Durante los cuatrocientos millones de años que las tenias llevan vivas,
la Tierra ha sufrido cuatro grandes extinciones en masa. La más reciente tuvo
lugar hace 65 millones de años y es muy posible que el desencadenante fuera el
impacto de un meteorito de dieciséis kilómetros de ancho sobre el golfo de
México. Fue lo suficientemente potente como para matar a los dinosaurios, al
igual que al 50 por ciento de las especies de la Tierra. Pero las tenias
sobrevivieron. Es incluso posible encontrar en algunas partes del mundo tenias
que aún viven del mismo modo en que lo hacían cuando los dinosaurios caminaban
sobre la Tierra. Los bosques espinosos de Bolivia son el hogar de marsupiales
como la zarigüeya. Son los hospedadores de un grupo raro de tenias de la familia
Linstowiidae, que necesitan a un artrópodo como hospedador intermedio. Solo hay
otro lugar en la Tierra en el que viven los miembros de la familia Linstowiidae
y es Australia, donde viven en marsupiales parecidos. En la actualidad estos
parásitos están separados por miles de kilómetros de agua del Pacífico, pero
hace 70 millones de años, Australia, Sudamérica y la Antártida estaban unidas
formando una única masa continental. El antepasado de las tenias australianas y
bolivianas se originó en un marsupial de ese continente desaparecido, y, tanto
el hospedador como el parásito, se fueron separando gradualmente, mientras las
masas continentales estaban siendo separadas por la deriva continental. Pero
durante esos 70 millones de años que han pasado, el ecosistema que soportaba el
ciclo de la tenia a través de los mamíferos ha permanecido intacto.
Otras tenias debieron sobrevivir al impacto del asteroide abandonando a
sus antiguos hospedadores. Las tenias del orden Tetrabothriidea viven solo en
aves marinas, como los frailecillos y los somormujos, y en mamíferos marinos
como ballenas y focas. A primera vista, esta clase de combinación de
hospedadores no tiene mucho sentido. Estos animales están demasiado
distanciados en su parentesco como para compartir las tenias como si fueran una
reliquia de familia heredada de un antepasado común. Las aves han evolucionado
a partir de los reptiles —probablemente, de dinosaurios corredores de hace 150
millones de años—. Los mamíferos marinos invadieron los océanos mucho más
tarde. Las ballenas aparecieron a partir de mamíferos parecidos al coyote, hará
unos 50 millones de años, y las focas, a partir de mamíferos parecidos a los
osos hará unos 25 millones de años. Hay que retroceder hasta hará unos 300
millones de años para encontrar un antepasado común para aves y mamíferos, y
ese mismo antepasado dio lugar a muchos otros linajes de vertebrados, desde los
cocodrilos a las tortugas, cobras, ualabís o humanos —ninguno de los cuales es
un hospedador de las tenias del orden Tetrabothriidea—.
Las aves y las ballenas tuvieron que obtener las tenias de alguna parte.
Probablemente no las recibieron de los peces, porque los parientes más cercanos
del orden Tetrabothriidea viven en los reptiles terrestres, los cuales no son
parientes cercanos de aves y ballenas. Por lo tanto, los Tetrabothriidea deben
descender de una tenia que vivió en algún grupo de hospedadores reptilianos
antiguos. Si pasó eso antes de que las ballenas y las aves marinas existiesen,
habría reptiles en los océanos que jugarían el mismo papel ecológico. Si
hubiéramos navegado a través del océano hace 200 millones de años, no habríamos
visto aves volando sobre nuestras cabezas, sino pterosaurios: reptiles de
cabeza estrecha que planeaban gracias a sus alas peludas, pescando peces que se
llevaban de vuelta a sus colonias en tierra firme. Y si viéramos aparecer
repentinamente en la superficie marina a alguna criatura, no sería una ballena,
sino reptiles monstruosos de diversos orígenes, como los plesiosaurios de
cuellos largos o los ictiosaurios, parecidos a peces.
Entre 200 millones y 65 millones de años atrás, la cadena alimenticia
marina fue dominada por estos reptiles. Los pterosaurios empezaron a compartir
el cielo con las aves, y Hoberg cree que, a modo de regalo de bienvenida, les
pasaron sus tenias cuando las aves comían los peces que servían como
hospedadores intermedios del parásito. La extinción de hace 65 millones de años
que se llevó por delante a los dinosaurios también aniquiló a los reptiles
marinos y a los pterosaurios. Nadie sabe cómo fue que las aves sobrevivieron al
impacto, pero parecer ser que conservaron el ciclo de los Tetrabothriidea.
Posteriormente, las ballenas y las focas ocuparon los papeles que habían dejado
vacantes los reptiles marinos, y las tenias también los colonizaron. Mientras
un ecosistema permanezca intacto —incluso aunque cambien los animales que lo
conforman— los parásitos sobrevivirán.
En los últimos 65 millones de años, las tenias han continuado
prosperando, y sus viajes siguen marcando la historia de sus hospedadores. Las
tenias que viven en las rayas del Amazonas, por ejemplo, muestran cómo hubo un
tiempo en el que el río fluía en dirección contraria. Si las rayas hubieran
colonizado el Amazonas desde el Atlántico, que es hacia donde fluye
actualmente, sus tenias estarían más emparentadas con las tenias de las
actuales rayas del Atlántico. Pero las tenias están más emparentadas con las
del Pacífico. Y para hacer que la cosa sea todavía más desconcertante, hay
otras tenias presentes en las rayas del Atlántico y del Pacífico que están más
emparentadas entre ellas que con las tenias del Amazonas.
El escenario que podría explicar mejor estos hechos sería aquel en el
que las rayas fueran río arriba hará diez millones de años. En esa época, los
Andes aún no se habían formado, y el Amazonas desembocaba en la zona noroeste
de Sudamérica. Otra gran diferencia de la geografía de esa época con la actual
es que el istmo de Panamá todavía no se había formado, por lo que el Atlántico
y el Pacífico estaban unidos mediante un canal amplio. Grupos de rayas
provenientes del Pacífico se internaron en el Amazonas cuando este fluía en la
dirección opuesta. Mientras que las rayas del Amazonas se adaptaron al agua
dulce y se aislaron de sus primos que vivían en el océano, las rayas marinas
aún se repartían entre los dos océanos. En el momento en el que Panamá surgió del
océano, habían compartido algunas nuevas especies de tenias que las rayas de
agua dulce no habían podido recoger.
En los últimos millones de años, las tenias han descubierto otro
hospedador, uno que camina sobre dos extremidades. Hoberg ha estado estudiando
tenias que viven en los humanos. Con el paso de los años, los parasitólogos han
ido presentando muchas y diversas ideas de cómo lograron las tenias vivir en el
interior de los humanos. Una explica que hace 10.000 años, cuando los humanos
domesticaron ganado, recogieron las tenias que circulaban entre los parientes
salvajes del ganado y sus depredadores. Pero observando los árboles evolutivos,
Hoberg no cree que ese sea el caso. Tanto él como sus colegas han comparado los
genes de las tenias de los humanos con sus parientes más cercanos y han
encontrado que se ramificaron por su cuenta hará un millón de años, no hace
unos miles. En esa época, nuestros antepasados eran homínidos a los que les
quedaba mucho por delante antes de llegar a la agricultura. De lo que comían,
lo más parecido a una vaca o a un cerdo hubieran sido los cadáveres de la caza
silvestre que mataban los leones. Lo que nos explicaría algo más que Hoberg
descubrió: los parientes más cercanos de las tenias de los humanos tenían como
hospedadores finales a los leones y a las hienas. Hoberg se imaginaba a los
humanos siguiendo a los leones, hurgando entre los restos de las presas que
habían cazado y recogiendo así sus tenias.
Hay más de una forma de visualizar el amanecer de la humanidad. Se puede
viajar a Etiopía y tamizar el suelo polvoriento en busca de herramientas de
piedra y de huesos desgastados, o puedes ir a visitar la Colección Nacional de
Parásitos, encontrar el frasco correcto y ver a un compañero de viaje.
Al mismo tiempo que las tenias se metían en nuevos hospedadores, tenían
que desarrollar nuevos modos de vida que les permitieran vivir en su interior.
Tenían que adaptarse a geografías intestinales nuevas; las tenias que empezaron
viviendo en el interior de ratas tuvieron que adaptarse para convertir a los
escarabajos de la harina en sus hospedadores finales. La reconstrucción de la
aparición de estas adaptaciones es un trabajo traicionero, porque las historias
sobre evolución que suenan sensatas son fáciles de inventar. Vemos las largas
colas de una golondrina y deducimos que deben de haber evolucionado así para
permitir que el pájaro maniobre con más precisión, pero otra persona que vea lo
mismo deduce que han evolucionado porque las hembras de golondrina las
encuentran atractivas en los machos. O puede que no intervenga ninguna
adaptación —quizá la mayoría de las golondrinas que dieron lugar a esta especie
casualmente tenían colas largas, y así ha sido desde entonces—.
Echemos un vistazo a los viajes del nematodo Strongylus. Por
ejemplo, en una especie, el Strongylus vulgaris, la larva repta
hacia la parte superior de una brizna de hierba y espera a que un caballo se la
coma. Una vez que se la ha tragado, el gusano inicia un viaje largo
aparentemente innecesario. Desciende por la garganta hasta el estómago y luego
pasa a los intestinos. Allí empieza a morder hasta que sale a la cavidad
abdominal del caballo y deambula por sus arterias durante semanas hasta que ha
madurado. A continuación, regresa a los intestinos, cava hasta que se introduce
de nuevo en ellos, y pasa el resto de su vida en ese lugar.
¿Por qué abandonaría un parásito el intestino solo para regresar y pasar
allí el resto de su vida? Suzanne Sukhdeo ha analizado los parientes cercanos
del Strongylus y ha elaborado una hipótesis de trabajo que
explicaría cómo empezó este peregrinaje. El antepasado de estos nematodos vivió
en el suelo hace más de 400 millones de años, pasando sus días escarbando y
alimentándose de bacterias, amebas y otros seres microscópicos (igual que hacen
muchos miles de especies de nematodos en la actualidad). Hará unos 350 millones
de años, se empezó a topar con algo nuevo: anfibios de piel suave merodeando
por el estiércol. Los nematodos usaron sus habilidades excavadoras para
internarse dentro de estos hospedadores y se abrieron camino hasta su
intestino, donde vivieron felizmente a costa del alimento que comían los
anfibios.
Durante el curso de decenas de millones de años, nuevas clases de
vertebrados terrestres evolucionaron: mamíferos erguidos y reptiles. Estos
animales ya no constituían un objetivo tan fácil como esos vientres viscosos
que se arrastraban por el suelo —se mantenían de pie sobre largas patas—.
Algunos nematodos parásitos se adaptaron a estos nuevos hospedadores
desarrollando un nuevo método de entrada: ser comidos, en lugar de excavar a
través de la piel del hospedador. Pero, tal como argumenta Sukhdeo, el excavar
estaba demasiado arraigado en su naturaleza para desaparecer así como así. Una
vez que eran tragados, iniciaban su peregrinaje excavando en la carne de sus
hospedadores, de la misma forma que habían hecho sus antepasados durante
millones de años, dando una vuelta por el cuerpo de su hospedador para volver a
entrar de nuevo en los intestinos.
Sukhdeo sugiere que este extraño viaje del Strongylus es
simplemente una reliquia evolutiva. Puede que algún día pierdan esta herencia,
pero, de momento, retienen este vestigio de su primera incursión en el
parasitismo, cuando los vientres y el barro estaban en permanente contacto. Por
otro lado, algunos investigadores piensan que los parásitos continúan haciendo
este viaje porque les beneficia. Estos parasitólogos han comparado especies de
nematodos tales como el Strongylus, que deambula por los tejidos, con
especies que se quedan en los intestinos, y han encontrado una diferencia
bastante consistente: los que deambulan crecen más rápidamente y acaban siendo
más grandes y más fértiles. Viajar a través de músculos implica un respiro, al
no tener que sufrir durante ese tiempo el ácido gástrico de los intestinos, la
mezcla de la comida digerida, los bajos niveles de oxígeno y los despiadados
ataques del potente sistema inmunológico. Puede que el viaje sea un vestigio
del pasado, pero es uno muy útil.
El rompecabezas de la evolución de los parásitos se vuelve todavía más
confuso cuando consideramos lo que les ocurre a los hospedadores al ser
invadidos por los parásitos. Los gusanos llamados filarias, que causan la
elefantiasis, entran en el sistema linfático y empiezan a producir miles de
crías. A veces, el sistema inmunológico de la persona infectada reacciona
violentamente a la presencia de esos gusanos, cicatrizando los canales
linfáticos y bloqueándolos. El líquido linfático se acumula en los canales,
produciendo la elefantiasis —piernas, pechos o escrotos monstruosamente
hinchados—. No tendría ningún sentido decir que una pierna hinchada es una
adaptación del parásito, dado que no produce ningún bien para el gusano.
Simplemente es un fallo del sistema inmunológico. No es nada más que lo que
Richard Dawkins llamó un «subproducto indeseable».
La mejor forma de decidir si un cambio concreto que sufre el hospedador
es un subproducto indeseable o una auténtica adaptación es estudiando su
evolución. Se ha realizado una prueba simple y precisa de esto con insectos que
producen agallas en las plantas. El lector habrá observado alguna vez una
especie de excrecencias redondas con forma de cerezas que cuelgan de las hojas
de los robles, o el pedúnculo de una flor tan abultado como si se hubiera
tragado una canica. Son las llamadas agallas: trozos de tejidos de la planta
que han formado una especie de refugio para los insectos parásitos. Cientos de
especies diferentes de insectos viven en las agallas, y se pueden formar en las
flores, ramas pequeñas, tallos u hojas. Algunas especies de avispas, por ejemplo,
ponen sus huevos en hojas de roble, y las células de la hoja responden a la
presencia del huevo creciendo a su alrededor y rodeándolo. La larva nace y está
enterrada profundamente en la hoja. Las células se multiplican produciendo una
enorme forma esférica, con una capa interna de tejido peludo. El alimento
—almidón y azúcares, grasas y proteínas— es bombeado hacia el interior de la
agalla desde cualquier parte de la planta y llena las enormes células de los
pelos interiores. La larva de la avispa las rompe y se alimenta de ese cóctel
líquido. A medida que va destruyendo las células interiores, las exteriores se
dividen y se preparan para ser ingeridas.
Las agallas las forman las propias plantas, no los insectos. ¿Son, como
han sugerido algunos investigadores, únicamente cicatrices que por casualidad
ofrecen un refugio a los parásitos? Warren Abrahamson, de la Universidad
Bucknell, y Arthur Weis, de la Universidad de California en Irvine, han
realizado algunos de los mejores estudios sobre las agallas, centrándose en la
mosca de la especie Eurosta solidaginis, que produce agallas
en las plantas llamadas varas de oro, del género Solidago. Las moscas depositan
sus huevos en una yema de la planta vara de oro al final de la primavera. Se
forma una agalla esférica, creciendo hasta tener de uno a tres centímetros de
diámetro, en cuyo interior crece la larva de la mosca. Las avispas parásitas
atacan a la larva de la mosca, igual que hacen los escarabajos. Los pájaros
carpinteros y los carboneros de capucha negra pican y abren las agallas durante
el invierno para comérselas, como si fueran alguna clase de deliciosa nuez de
cáscara dura.
Las agallas en las que viven estas moscas varían en tamaño y forma.
Digamos, de momento, que las agallas son simplemente el subproducto indeseable
de una mosca que vive en el interior de una planta vara de oro. En ese caso,
esperaríamos que cualquier cambio en su variabilidad de una generación a la
siguiente estaría unido a cambios en los genes que la planta usa para
defenderse contra los invasores. Abrahamson y Weis han realizado experimentos
en los que criaban moscas Eurosta solidaginis sobre plantas
vara de oro que eran clones. Dado que sus genes son idénticos, la defensa de la
planta contra las moscas debería ser idéntica. Sin embargo, Abrahamson y Weis
encontraron que las plantas producían agallas muy diferentes. Sugirieron que
los genes de las moscas eran los responsables de la forma de las agallas, al
tomar el control de los propios genes de la planta. Hay, seguramente, alguna
feroz selección natural funcionando en estas moscas que favorece a estos genes,
dado que entre el 60 y el 100 por cien de las agallas son atacadas por
parásitos. Dando por buena esta hipótesis, cuando los biólogos observaron las
moscas de Eurosta solidaginis de generación en generación, un
linaje dado de moscas producía agallas similares. La agalla está producida por
la planta y, sin embargo, es fruto del trabajo del parásito, moldeada por su
evolución, no por la del hospedador.
Es realmente sorprendente cuántas cosas les hacen los parásitos a sus
hospedadores que no son subproductos indeseables, sino
adaptaciones producidas por la evolución. Incluso el daño producido es en sí
mismo una adaptación. Parásitos estrechamente emparentados pueden ser apacibles
o crueles con sus hospedadores, o tener un efecto intermedio. El Leishmania puede
producir solo algunas llagas o destrozarnos la cara, dependiendo de la especie.
Hasta hace poco, a los científicos no les preocupaba la razón por la que los
parásitos podían causar efectos tan diferentes en sus hospedadores. Los médicos
estaban muy ocupados buscando curas, y los biólogos evolutivos estaban más
interesados en los hospedadores que en los parásitos. Resolvían el tema de las
diferencias aduciendo que cuando los parásitos se introducían por primera vez
en una especie hospedadora nueva, causaban mucho daño. Pero una vez que tenían
la ocasión de ajustarse a sus nuevas circunstancias, los parásitos suavizaban
sus efectos.
Eso era, sin duda alguna, lo que ocurría cuando muchos parásitos se
encontraban accidentalmente dentro de un nuevo hospedador. Por ejemplo, una
enfermedad llamada esparganosis está causada por una especie de tenia que usa
un copépodo como hospedador intermedio y madura en el interior de una rana. Si
una persona se traga accidentalmente el copépodo tomándose un vaso de agua, la
tenia escapará de los intestinos y vagará confusa por el cuerpo, sin encontrar
ninguna de las pistas y marcas que utiliza para su orientación en las ranas.
Mientras zigzaguea aleatoriamente bajo la piel, la tenia crece unos
centímetros, destruyendo tejido a su paso e inundando de sufrimiento a su
hospedador. Si hubieran entrado suficientes tenias de rana en el interior de
los humanos, podrían haber evolucionado dando una nueva especie mejor adaptada
a su hospedador. Si lo hicieran, la selección natural recompensaría ampliamente
cualquier mutación que causara menos daño a su nuevo hospedador. Después de
todo, si su hospedador muriese, el parásito moriría con él. La sabiduría de la
madurez trae consigo consideración.
No fue hasta la década de 1990 cuando los biólogos llevaron a cabo los
primeros experimentos que pondrían a prueba esta opinión. Un biólogo evolutivo
alemán llamado Dieter Ebert realizó uno de ellos, usando pulgas de agua. Las
pulgas de agua padecen a veces al protozoo parásito Leistophora
intestinalis, que vive en su intestino y le produce diarrea: la diarrea
transporta con ella las esporas del parásito, propagándolas a otras pulgas de
agua del mismo estanque. Ebert recogió pulgas de Inglaterra, Alemania y Rusia,
y crio colonias libres de parásitos de cada una de esas poblaciones. Luego
infectó las colonias con Leistophora, pero utilizó únicamente las
provenientes de estanques de Inglaterra.
Según las ideas convencionales sobre parásitos, a quienes les debería ir
mejor sería a las pulgas de agua inglesas. Después de todo, los ejemplares
ingleses de Leistophora han pasado incontables generaciones en
el interior de las pulgas de agua inglesas y teóricamente han llegado a una
coexistencia apacible. Pero Ebert encontró, de hecho, que lo que ocurría era lo
contrario. Las pulgas inglesas se cargaron con muchos más parásitos que las
pulgas alemanas y rusas: crecían más lentamente, ponían menos huevos y morían
en mayor número. Aunque los parásitos ingleses habían tenido más tiempo para
adaptarse a las pulgas inglesas, estas habían seguido siendo hostiles.
Los descubrimientos de Ebert no resultaron ser sorprendentes para
algunos biólogos. Habían construido modelos matemáticos de la relación entre
los hospedadores y los parásitos, y habían descubierto razones teóricas por las
cuales la familiaridad podría generar un envilecimiento. La selección natural
favorece a los genes que se pueden replicar con más frecuencia que otros.
Obviamente, un gen que haga que un parásito sea inmediatamente letal para su
hospedador no llegará muy lejos en este mundo. Sin embargo, un parásito que sea
demasiado apacible no tendría más éxito. No cogería prácticamente nada de su
hospedador, y por esa razón no tendría suficiente energía para reproducirse y
acabaría en el mismo callejón sin salida evolutivo. La dureza con la que un parásito
trata a su hospedador —lo que los biólogos llaman virulencia— contiene una
compensación. Por un lado, el parásito quiere utilizar todo lo que pueda de su
hospedador, pero, por otro lado, quiere que su hospedador siga vivo. El punto
de equilibrio entre estos conflictos es la virulencia óptima de un parásito. Y
bastante a menudo, esa virulencia óptima es bastante perniciosa.
Un hermoso ejemplo que ilustra cómo funciona la virulencia es el de los
ácaros que viven en los oídos de las polillas. Las polillas viven en un estado
de vigilancia constante debido a los murciélagos, que las buscan con la ayuda
de sus chillidos eco localizadores. Cuando las polillas oyen que los
murciélagos están emitiendo sus señales ultrasónicas, empiezan inmediatamente a
zigzaguear por el aire para evitar el ataque. Si los ácaros colonizan toda la
superficie del oído de la polilla —tanto en su parte exterior como en la
interior— tendrán el suficiente espacio para poder producir un montón de
descendencia. Pero, mientras van hurgando, dañando los delicados pelos que
utiliza la polilla para oír, la dejan sorda de ese oído. Con un oído fuera de
combate, a la polilla le será mucho más difícil escapar de los murciélagos. Si
dejaran de funcionar los dos oídos, la polilla estaría condenada.
La naturaleza ha encontrado dos soluciones para este dilema. Algunas
especies de ácaros se alojan en todo el oído, tanto en la parte exterior como
en la interior. Pero lo hacen solo en uno de los oídos de la polilla, dejando
así a su hospedador con la suficiente capacidad auditiva para poder evitar ser
comido. Otras especies de ácaros viven solo en la parte exterior de los dos
oídos. Pero, al renunciar a los beneficios de la parte interna del oído, se
reproducen menos que los ácaros que anulan la audición de un oído, y son
transmitidos más lentamente entre polilla y polilla.
Para poner a prueba las teorías sobre la virulencia, los biólogos pueden
realizar predicciones sobre el comportamiento de los parásitos del mundo real.
En los bosques de Centroamérica, varias especies de nematodos parásitos viven
en el interior de avispas. Estas avispas son criaturas excepcionales: la hembra
deposita sus huevos dentro de la flor de una higuera y muere. La flor se
transforma en fruto, los huevos de las avispas eclosionan, y las larvas se
alimentan del higo. Maduran, produciendo adultos macho y hembra que se aparean
en el interior del fruto. Luego, las hembras abandonan el higo para encontrar
uno nuevo en el que depositar sus huevos. Cuando abandonan el fruto llevan
consigo polen en sus cuerpos y, cuando encuentran una nueva flor de higuera, la
fecundan, activando la producción de una nueva semilla.
Es una simbiosis provechosa tanto para la planta como para el animal: el
higo depende de la avispa para fertilizarse, y la avispa depende del higo para
poder disponer de un lugar en el que criar a su descendencia. Pero en esta
escena feliz se cuela el nematodo. Algunos higos están llenos de estos
parásitos, y cuando una hembra se prepara para abandonar el higo, un nematodo
se adhiere a ella como si hiciera autoestop. Cuando la avispa llega a un nuevo
higo, el nematodo ya ha penetrado en su cuerpo y está devorando sus vísceras.
La avispa entra en el higo y deposita sus huevos, pero el parásito ha
depositado sus propios huevos dentro del cuerpo de la avispa. Cuando esta ha
acabado de poner sus huevos, el parásito la mata, y emergen de su cuerpo media
docena o más de nuevos nematodos.
Las avispas y los nematodos han vivido juntos como hospedador y parásito
durante más de cuarenta millones de años —una larga y venerable asociación—. El
método usado para poner los huevos varía según la especie de avispa de que se
trate: alguna los pone únicamente en un higo que no hayan tocado las otras
avispas para que así su descendencia disponga del higo para ellos solos. A
otras especies no les molesta poner huevos junto a otros de otras avispas. La
teoría de la virulencia hace una predicción sobre los nematodos que viven en
las avispas del higo. Los nematodos que infectan una avispa que deposita sus
huevos sola deben tratar a su hospedador con delicadeza. Si destrozan a la
avispa demasiado pronto, puede que esta solo haya sido capaz de poner un par de
huevos o, quizás, ninguno. La descendencia del nematodo tendría entonces menos
hospedadores potenciales en su higo, lo que implicaría que tendrían menos
oportunidades de sobrevivir.
No podemos decir lo mismo de los parásitos de las avispas que han puesto
sus huevos junto a otros de otras avispas. Cuando la descendencia de un
nematodo eclosiona en un higo, tiene más posibilidades de encontrar otras
avispas que posteriormente podrán parasitar. Lo que le haga el nematodo a su
propio hospedador no supone ningún riesgo para su propia descendencia, por lo
que podríamos esperar que estos parásitos fueran más molestos. El biólogo
Edward Herre estudió las avispas del higo y sus parásitos en Panamá, durante
más de una década, y cuando revisó sus datos de once especies, encontró que
habían cumplido con el modelo predicho —una poderosa vindicación para la teoría
de la virulencia—.
Para estudiar las leyes de la virulencia, los parasitólogos pueden
trabajar con prácticamente cualquier parásito, ya sean ácaros, nematodos,
hongos, virus, o incluso ADN defectuoso. El hospedador puede ser un humano, un
murciélago, una avispa o un roble. Se aplican las mismas ecuaciones. Cuando los
científicos contemplan a los parásitos desde este punto de vista evolutivo, de
repente, las paredes que tradicionalmente los separan se derrumban. Sin
embargo, todos ellos ocupan diferentes ramas del árbol de la vida; sí, todos
descienden de antepasados que vivían libremente y eran radicalmente diferentes.
Pero esos abismos que los separan hacen que sus similitudes sean aún más
extraordinarias. El propio Darwin se dio cuenta de que linajes diferentes
pueden evolucionar hacia una misma forma. Un atún rojo y un delfín mular están
separados por más de cuatrocientos millones de años de evolución divergente. Y,
aun así, el delfín, cuyos antepasados se parecían a coyotes hace tan solo
cincuenta millones de años, ha desarrollado un cuerpo en forma de lágrima, un
tronco rígido, y una cola de cuello estrecho con forma de media luna
—características que igualmente posee el atún—. Los biólogos llaman a este
fenómeno convergencia, y los parásitos son los organismos más espectacularmente
convergentes de todos. Los nematodos de vida libre se han desplazado desde el
suelo a las raíces de los árboles, donde han desarrollado la habilidad de
activar o desactivar genes individuales y de convertir células vegetales
individuales en refugios confortables. Otro linaje de nematodos produjo Trichinella —un
parásito que hace lo mismo con las células de los músculos de los mamíferos—.
La duela pequeña del hígado, un trematodo con forma de lanceta, ha desarrollado
sustancias químicas que pueden obligar a una hormiga a subir al extremo
superior de una brizna de hierba y agarrarse. La misma hazaña la han logrado
los hongos. Para buscar el último antepasado común entre esos trematodos y los
hongos, habría que explorar los océanos en busca de alguna criatura unicelular
que viviera hará mil millones de años o más. Sin embargo, después de todo ese
tiempo, ambos se las han arreglado para llegar a la misma táctica para
controlar a sus hospedadores.
Las leyes de la virulencia también se basan en la convergencia, y
prometen cambiar la forma en que luchamos contra las enfermedades. Un virus
como el VIH necesita pasar de hospedador a hospedador para poder propagarse, lo
mismo que hace un trematodo. Si para una cepa de VIH fuera más fácil viajar
entre hospedadores, se reproduciría más rápidamente en un hospedador dado (y le
causaría a él o a ella más daño). Así es como la epidemia de sida ha
funcionado: en poblaciones en las que la gente tiene muchos compañeros
sexuales, el virus destruye el sistema inmunológico del hospedador mucho más
rápidamente. El cólera está causado por una bacteria llamada Vibrio
cholerae, que viaja por el agua y escapa de su hospedador provocándole
diarrea. En lugares donde se purifica el agua y las probabilidades de que
la Vibrio infecte a un nuevo hospedador son bajas, la
enfermedad es más leve. En lugares sin higiene, la bacteria puede permitirse
ser más dañina.
La historia de los parásitos, que ocupa miles de millones de años, solo
está empezando a emerger, pero ya ha dejado bien claro que la degeneración no
es su fuerza motriz. Es cierto que los parásitos han perdido algunos rasgos a
lo largo de su evolución, pero en nuestra propia historia hay pérdidas, como la
cola o los huevos de cáscara dura. Lankester estaba horrorizado por el hecho de
que el Sacculina perdiera sus segmentos y sus apéndices cuando
maduraba. Podría haber estado igual de disgustado con la forma en que él mismo
había desarrollado los vestigios de branquias en el útero de su madre para
perderlos más tarde cuando le crecieron los pulmones. A medida que los
parásitos colonizaban el tercer gran hábitat de la Tierra, perdieron alguna
parte de su antigua anatomía, pero desarrollaron toda una serie de adaptaciones
que los científicos todavía están tratando de comprender.
Cuando el día de mi visita a la Colección Nacional de Parásitos llegaba
a su fin, después de que Eric Hoberg y yo pasáramos la tarde en su despacho
hablando y escrutando muestras en el microscopio, le pregunté si podía volver a
la colección. «Por supuesto. Solo déjame que te abra la puerta de entrada», me
contestó. Volvimos a bajar por las escaleras, y me abrió la puerta. Ahora
estaba vacía; Donald Poling ya había acabado de limpiar las muestras del día y
se había ido a casa. Mientras entraba, Hoberg se quedó en la puerta y me
preguntó si necesitaba algo, y luego cerró con llave. La pesada puerta se cerró
finalmente. Estaba atrapado entre parásitos. Pero, cuando ya me acostumbré a
estar encerrado con ellos, el lugar inducía a la contemplación. Que yo supiera,
esto era lo más parecido a un museo propiamente dicho, dedicado íntegramente a
parásitos, a pesar de que faltaban una enorme cantidad de ellos —las avispas
parásitas y los insectos que causaban agallas estaban diseminados por las
colecciones entomológicas; los protozoos, escondidos en las facultades de
medicina tropical; el Sacculina, en las manos de algún experto
danés en percebes—. Pensé que todos deberían estar reunidos, y puede que en
algo con más clase que un antiguo establo de cobayas.
Capítulo 6
Evolución desde dentro
El sabio aprende muchas cosas de sus enemigos.
Aristófanes, Las aves
El origen de las especies es
un libro entristecedor. Como decía Darwin, Dios no puso a las especies aquí en
la Tierra en un equilibrio perfectamente armonioso. Son fruto de una inmensa y
continuada muerte. «Contemplamos el rostro de la naturaleza como si brillara de
alegría, vemos a menudo superabundancia de alimentos —escribió—. No vemos, u
olvidamos, que los pájaros que cantan ociosos a nuestro alrededor viven en su
mayor parte de insectos o semillas, y están así constantemente destruyendo
vida; u olvidamos con qué abundancia son destruidos estos cantores, o sus
huevos, o sus polluelos, por aves y bestias rapaces». La mayoría de las plantas
y animales nunca tienen la oportunidad de reproducirse, argumentaba, porque
mueren a manos de algún depredador o de algún animal que esté pastando, o son
superados por miembros de su propia especie a la hora de buscar la luz solar o
el agua, o simplemente se mueren de hambre. Los pocos que sobreviven a todas
estas amenazas y logran reproducirse, pasan su secreto del éxito a la siguiente
generación. Y de toda esta muerte nace la selección natural, que puede
transformar esa muerte en hermosos cantos de pájaros, en los saltos de un pez
volador —en un mundo que parece, al menos superficialmente, que brilla de
alegría—.
Sin embargo, Darwin habló poco de una amenaza evolutiva particularmente
poderosa, una que le produjo una gran tristeza personal. Sus diez hijos
lucharon contra enfermedades como la gripe, la fiebre tifoidea, la escarlatina,
y cuando El origen de las especies se publicó en 1859, tres de
ellos habían fallecido. El propio Darwin sufrió, durante una gran parte de su
vida adulta, de fatiga, ataques de vértigo, vómitos y problemas cardíacos. Una
vez describió su salud de esta manera: «Buena, de joven, mala los últimos 33
años». Aunque nadie está del todo seguro de qué era lo que le hacía sufrir,
algunos han sugerido que padecía la enfermedad de Chagas. La enfermedad de
Chagas está causada por el Trypanosoma cruzi, una especie de
tripanosoma emparentada con el Trypanosoma brucei, el causante de
la enfermedad del sueño. El T. cruzi va destrozando lentamente
partes del sistema nervioso, y los que mueren de Chagas lo hacen de formas
distintas y horribles: por ejemplo, tu corazón va fallando hasta que deja de
latir, o puede que tus intestinos dejen de recibir las órdenes correctas para
realizar la peristalsis, acumulándose así el alimento en el colon hasta que
mueres de septicemia. El T. cruzi se propaga con las picadas
de un insecto de Sudamérica, la vinchuca, una de las cuales picó a Darwin
cuando estaba viajando a bordo del H. M. S. Beagle; aunque
muchos de sus síntomas aparecieron cuando regresó a Inglaterra. Los Darwin no
tenían que preocuparse de ser devorados por lobos o de morir de hambre, pero sí
de las enfermedades infecciosas —en otras palabras, de los parásitos— que
podían hacer estragos en la familia.
Las pérdidas que causan los parásitos en el resto de los seres vivos son
bastante grandes —unas pérdidas, en términos evolutivos, que van a la par con
las de los depredadores y las causadas por el hambre—. Los virus y las
bacterias suelen llevar a cabo su trabajo bastante rápidamente, multiplicándose
alocadamente y causando enfermedades que o matan o son derrotadas por el
sistema inmunológico. Los parásitos eucariotas también pueden resultar igual de
veloces a la hora de matar —prueba de ello es la brutalidad de la enfermedad
del sueño y la malaria—, pero también pueden producir otra clase de perjuicios.
Las garrapatas y los piojos solo viven sobre la piel, pero cuando abandonan a
sus hospedadores los pueden dejar debilitados y demacrados. Los gusanos intestinales
pueden permitir que sus hospedadores vivan durante años, pero entorpecen su
crecimiento y reducen sus deposiciones. Los trematodos que Kevin Lafferty
estudió en la marisma salobre de Carpintería no destruyen a sus peces
hospedadores, pero los convierten en presas fáciles para las aves marinas. Un
cangrejo infectado con Sacculina puede vivir una vida larga,
pero, al haber sido castrado por su parásito, no puede pasar sus genes a la
próxima generación. Evolutivamente hablando, es un cadáver andante.
Evitando que sus hospedadores pasen los genes a la siguiente generación,
los parásitos crean una intensa selección natural. Puede que los parásitos le
produjeran demasiada miseria a Darwin como para que este reconociera que podían
ser una fuerza evolutiva creativa para sus hospedadores. Una gran parte de la
evolución resultante tiene lugar en sitios que no esperabas: por ejemplo, en el
sistema inmunológico, que defiende a los animales de sus invasores. Pero
también saca a la luz aspectos que al principio no parecía que tuvieran nada
que ver con las enfermedades. Hay cada vez más pruebas de que los parásitos son
los responsables del hecho de que nosotros, y muchos otros animales, tengamos
sexo. La cola de un pavo real, y otros recursos que utilizan los machos para
atraer a las hembras, puede que hayan aparecido gracias a los parásitos. Es
posible que los parásitos hayan moldeado las sociedades de animales, desde las
hormigas hasta los monos.
Es probable también que los parásitos hayan dirigido la evolución de sus
hospedadores desde el amanecer de la vida. Hace 4.000 millones de años, cuando
los genes formaron confederaciones laxas, los genes parásitos podían obtener
ventaja de ellas y conseguir replicarse más rápidamente que el resto. Como
respuesta, es posible que estos primeros organismos desarrollaran formas de
vigilar sus genes. Esta clase de vigilancia todavía funciona en nuestras
propias células, que contienen genes que no hacen nada, pero que buscan
parásitos genéticos e intentan suprimirlos.
Cuando aparecieron los organismos pluricelulares, se convirtieron en un
objetivo atractivo para los parásitos, dado que cada uno de ellos ofrecía un
hábitat estable, grande y rico en alimento. Y los organismos pluricelulares
tuvieron que luchar contra una nueva clase de parasitismo, en el que algunas de
sus propias células intentaban replicarse a expensas del resto del organismo
(un problema al que todavía nos enfrentamos con el cáncer). Toda esta presión
condujo a la evolución de los primeros sistemas inmunológicos. Pero, por cada
paso que dan los hospedadores en su lucha contra los parásitos, estos tienen la
libertad de desarrollar un nuevo paso como respuesta. Digamos que un sistema
inmunológico desarrolla una etiqueta que pueda colocar en los parásitos para
que estos puedan ser más reconocibles y fáciles de matar. El parásito puede,
entonces, desarrollar las herramientas que necesite para desprenderse de esa
etiqueta. Como respuesta, los sistemas inmunológicos se van volviendo cada vez
más sofisticados; por ejemplo, hace quinientos millones de años, los
vertebrados desarrollaron la habilidad de reconocer clases específicas de
parásitos con las células T y B, y fabricar así anticuerpos para ellos.
Estas idas y venidas evolutivas no solo ocurrieron en tiempos
ancestrales. Siguen ocurriendo hoy en día, y los biólogos las pueden ver en
acción si realizan el experimento correcto. A. R. Kraaijeveld del Imperial
College en Inglaterra llevó a cabo uno de esos experimentos con moscas de la
fruta y con las avispas que las parasitan. Para su experimento, eligió una
avispa y dos de sus especies hospedadoras: las moscas de la fruta Drosophila
subobscura y Drosophila melanogaster. Crio a las avispas
con moscas D. subobscura, y luego colocó unas docenas de los
parásitos en una cámara con D. melanogaster. Las avispas
parasitaron a sus nuevos hospedadores, y mataron diecinueve de cada
veinte D. melanogaster. Pero una de cada veinte D.
melanogaster se las arregló para controlar su sistema inmunológico y
matar a las larvas de la avispa. Kraaijeveld cogió estas moscas de la fruta
resistentes y las usó para producir la nueva generación de D.
melanogaster.
Mientras tanto, Kraaijeveld continuó criando sus avispas con las otras
moscas, D. subobscura. Cuando la siguiente generación de D.
melanogaster maduró, cogió algunas avispas y las transfirió a la
cámara. Las avispas atacarían a la nueva generación de D. melanogaster,
y una vez más, Kraaijeveld criaría a las supervivientes para producir una nueva
generación.
Criando a las avispas y a las moscas de esta manera, era como si
Kraaijeveld estuviera vendándoles los ojos a uno de los contendientes en la
pelea hospedador-parásito. Con cada generación, las moscas D.
melanogaster eran capaces de adaptarse cada vez más a las avispas.
Pero las avispas, a las que Kraaijeveld criaba con otra especie de mosca, no
tenían ninguna oportunidad de igualar la evolución de su hospedador D.
melanogaster. Ese desajuste permitió que la D. melanogaster mejorara
continuamente en su lucha contra sus parásitos. En solo cinco generaciones, la
proporción de moscas que eran capaces de matar a las larvas de avispa creció,
pasando de ser una de cada veinte a doce de cada veinte.
Los hospedadores y los parásitos pueden evolucionar juntos en una
escalada continua (lo que los biólogos llaman carrera de armamento), pero en
muchos casos su evolucionan se puede parecer más a un tiovivo. Los parásitos
evolución a lo largo del tiempo para realizar cada vez mejor su labor de
reconocimiento de hospedadores, encontrando debilidades en sus defensas, y
prosperando en su interior. Pero una especie hospedadora nunca es genéticamente
uniforme: se presenta en cepas, cada una de ellas con su propio conjunto de
genes. Los parásitos tienen sus propias variaciones, y algunas de ellas les
pueden ayudar con cepas concretas de hospedadores. Con el paso del tiempo
aparecen cepas de parásitos, cada una de ellas adaptada a cepas de
hospedadores.
Los biólogos han construido modelos matemáticos que reflejan estas
relaciones íntimas. Si una cepa de un hospedador es más común que el resto
(llamémosla Hospedador A), cualquier parásito que esté adaptado a ella tendrá
un futuro más prometedor. Después de todo, pueden saltar entre un montón de
individuos hospedadores, replicándose durante el proceso. El problema es que,
como parásitos, matarán o incapacitarán a muchos de ellos. De generación en
generación, el Hospedador A va desvaneciéndose a medida que sus parásitos van
debilitando su éxito.
La atención que prestan los parásitos al hospedador más numeroso de
todos otorga a las cepas de hospedadores menos comunes una ventaja. Dado que
los parásitos más numerosos no están adaptados para atacarlos, tienen la
oportunidad de multiplicarse. A medida que el Hospedador A disminuye, otro
hospedador, llamémoslo Hospedador B, aumenta. Pero entonces los parásitos que
se pueden adaptar al Hospedador B son recompensados por la selección natural y
también se multiplican. Finalmente, los números del Hospedador B caen,
permitiendo al Hospedador C aumentar, luego, el D, el E, etc. Incluso podría
volver al Hospedador A. De vez en cuando una mutación crea una nueva cepa rara
del hospedador. Sencillamente, se convertirá en el Hospedador F y entrará en la
rotación.
Este interminable ciclo de auges y caídas seguramente habría horrorizado
a los biólogos de la época de Lankester. Veían la historia de la vida como un
progreso constante, siempre amenazado por la degeneración. En esta nueva clase
de evolución no hay progreso ni hacia delante ni hacia atrás. Los parásitos
obligan a sus hospedadores a pasar por una serie de cambios sin ir en una
dirección concreta. Una variante aumenta, luego cae, y otra variante ocupa su
lugar y crece, solo para caer más adelante. Esta clase de evolución no es un
relato de poesía épica, sino más bien una historia surrealista para niños. Los
biólogos la han denominado la hipótesis de la Reina Roja, en referencia al
personaje de Lewis Carroll en A través del espejo, que hizo correr
a Alicia por un largo camino que realmente no llevaba a ninguna parte. «Ahora,
aquí, hace falta correr todo cuanto una pueda para permanecer en el mismo
sitio», dijo la Reina Roja.
Sin embargo, hay una paradoja en la hipótesis de la Reina Roja. Aunque
de lo que se trata es de correr para permanecer en el mismo sitio, eso mismo
puede haber permitido que la evolución tome un paso hacia delante fundamental:
puede que haya traído la invención del sexo.
* * * *
Al principio de la década de 1980, Curtis Lively se encontraba en Nueva
Zelanda reflexionando sobre el sexo. Había acabado su doctorado en biología
evolutiva estudiando los percebes del golfo de California. Una de las preguntas
que tuvo que responder en su examen final fue: ¿por qué la teoría evolutiva
tiene tantas dificultades con el sexo? No tenía ni idea.
No es una pregunta que la mayoría de la gente esté acostumbrada a
responder. Como Lively dice: «Si vas a una clase de segundo curso y preguntas:
“¿Por qué hay machos?”, te miran como si estuvieras loco. Te dicen que se
necesitan machos para reproducirse y que cada generación produce más machos.
Bien, puede que eso sea cierto para los mamíferos, pero no para muchas otras
especies. Les resulta asombroso pensar que alguien pueda reproducirse sin
machos y sin sexo. El sexo y la reproducción están fusionados en la mayoría de
los cerebros de la gente».
Las bacterias simplemente se dividen en dos cuando es el momento
oportuno, al igual que muchos eucariotas unicelulares. Muchas plantas y
animales tienen la habilidad de reproducirse por su cuenta bastante
cómodamente. Incluso entre las especies que se reproducen sexualmente, muchas
pueden, en un momento dado, optar por la clonación. Si paseas por una zona con
cientos de álamos temblorosos en la ladera de Colorado, podrías estar caminando
por un bosque de clones, producidos, no por semillas, sino por las raíces de un
único árbol que han surgido del suelo para formar retoños. Los hermafroditas,
por ejemplo, las babosas de mar o las lombrices de tierra, están equipados con
órganos sexuales masculinos y femeninos y se pueden auto fecundar o aparearse
con otros. En algunas especies de lagartos todos los individuos son madres:
gracias a un proceso llamado partenogénesis, de alguna manera estimulan el
inicio del desarrollo de sus óvulos no fecundados. Comparado con estas otras
formas de reproducirse, el sexo es lento y costoso. Cien hembras de lagarto
partenogenéticas pueden producir mucha más descendencia que cincuenta machos y
cincuenta hembras. En tan solo cincuenta generaciones, un único lagarto clonado
produciría más descendientes que un millón de ejemplares sexuales.
Cuando Lively estaba estudiando los misterios del sexo, solo existían un
puñado de buenas hipótesis que explicaran su existencia. Dos de ellas
recibieron los apodos de «hipótesis de la lotería» e «hipótesis del banco
enmarañado». Según la hipótesis de la lotería, el sexo ayudó a la supervivencia
en ambientes inestables. Un conjunto de clones podría funcionar lo
suficientemente bien en un bosque, pero ¿qué pasaría si el bosque cambiara en
unos pocos siglos, transformándose en una pradera? El sexo proporcionó las
variaciones que podían permitir a los organismos sobrevivir al cambio.
Por otro lado, según la hipótesis del banco enmarañado, el sexo produce
una descendencia que está preparada para vivir en un mundo complicado. En
cualquier ambiente —una marisma, una cubierta forestal o un respiradero
hidrotermal— el espacio está dividido en diferentes nichos que implican
diferentes habilidades para sobrevivir. Un clon especializado para un nicho
puede dar a luz solo descendencia que únicamente puede desenvolverse en ese
mismo nicho. Pero el sexo mezcla la baraja genética y ofrece a la descendencia
la posibilidad de jugar distintas manos. «Básicamente, es extender la progenie
para que pueda aprovechar recursos diferentes», dice Lively. Así, los
descendientes no tendrán que luchar entre ellos por la comida, y, de esta
forma, una madre tendrá más posibilidades de convertirse en abuela. Aunque, en
teoría, la hipótesis del banco enmarañado puede funcionar, en realidad no es
muy probable que así sea. Las diferentes clases de cuerpos construidos por los
diferentes conjuntos de genes tienen que ser bastante diferentes unos de otros
para que pueda funcionar. Sin embargo, en esa época era la idea dominante.
Lively se encontraba en Nueva Zelanda en 1985 porque su mujer, Lynda
Delph, quería estudiar biología evolutiva en la Universidad de Canterbury.
Lively obtuvo un trabajo allí como investigador posdoctoral, y se preguntaba si
Nueva Zelanda le podría brindar la ocasión de poner a prueba las distintas
explicaciones que había sobre el sexo. En biología evolutiva, las ideas tienden
a surgir rápida y fácilmente, y, de repente, resulta que son tristemente
indemostrables. Para poder probar las distintas explicaciones sobre el sexo,
Lively tenía que encontrar las especies correctas que estudiar. Debía ser una
mezcla de sexuales y asexuales. Entre algunas especies de animales, por
ejemplo, hay poblaciones de machos y hembras que viven junto a clones. Otras
especies son hermafroditas, y pueden elegir entre tener sexo entre ellos o con
otros animales. Únicamente en esta clase de animales se pueden apreciar los
efectos de generación en generación, porque un biólogo podría comparar cómo les
ha ido a los individuos sexuales y a los asexuales. Como dice Lively: «Si
tratas con algo que es completamente asexual, es difícil saber si la selección
favorecería a los asexuales o iría en contra de ellos. Pero si estás en un
sistema en que tienes ambos, tienes la base para poder comparar». No podía, por
ejemplo, poner a prueba la idea de la persistencia del sexo en humanos, porque
es una característica común a todos nosotros. No existe ninguna tribu perdida
en la que tengan hijos mediante clonación natural. En nuestro propio linaje evolutivo,
la carrera entre los sexuales y los asexuales acabó hace cientos de millones de
años.
Por suerte, hay un caracol en Nueva Zelanda que encaja a la perfección
en lo que buscaba Lively. De nombre Potamopyrgus antipodarum, este
caracol de poco más de medio centímetro de longitud vive en la mayoría de
lagos, ríos y arroyos del país. Aunque muchas poblaciones del caracol estaban
constituidas únicamente por clones idénticos, el producto de la partenogénesis,
algunos se dividían en machos y hembras que usaban el sexo para reproducirse.
Lively fue a ver si los hábitats de los caracoles tenían alguna
influencia en la forma en que se reproducían. Los caracoles que vivían en los
arroyos sufrían inundaciones repentinas, mientras que los que vivían en lagos
disfrutaban de una existencia estable y tranquila. Según la hipótesis de la
lotería, en los caracoles de los arroyos se debería favorecer la existencia del
sexo porque tienen que vivir en un lugar inestable. Según la hipótesis del
banco enmarañado, habría más competición en los lagos por los diferentes
nichos, y los machos estarían muy solicitados.
Lively subió hasta los lagos de montaña donde vivían los caracoles y
echó la red en sus aguas. Consiguió los ejemplares de caracol y, para
determinar su sexo, rompió sus caparazones y los abrió, buscando un pene detrás
del tentáculo derecho. Pero cuando observó el interior de los caracoles se
quedó muy desconcertado: estaban llenos de lo que le pareció un espermatozoide
gigante. «Se los enseñé —para mi desgracia— a uno de los parasitólogos de la
universidad, y me dijo: “No se trata de un espermatozoide, idiota, son
gusanos”». El parasitólogo le explicó a Lively que los parásitos eran
trematodos que habían castrado a sus caracoles hospedadores, se habían
multiplicado, y, por último, se introdujeron en su hospedador final, un pato.
En algunos lugares, le decía el parasitólogo, los caracoles se habían llenado
de trematodos, y en otros lugares no tenían ni uno.
Sin embargo, la humillación no fue difícil de sobrellevar, porque Lively
se dio cuenta de que esos parásitos le permitían probar una tercera explicación
para la persistencia del sexo: los parásitos eran los responsables. La idea
había sido sugerida de distintas formas por varios científicos, pero
principalmente en 1980 por un biólogo de la Universidad de Oxford llamado
William Hamilton. Hamilton creía que cuando los hospedadores se enfrentan a la
Reina Roja, el sexo puede ser una estrategia mejor que la clonación para luchar
contra los parásitos.
Consideremos un grupo de amebas que se reproducen por clonación y que se
dividen en diez cepas genéticamente distintas. Digamos que las bacterias las
infectan y que la carrera de la Reina Roja empieza. La bacteria se presenta en
cepas, cada una de las cuales está adaptada a una cepa diferente de hospedador.
La cepa más común de amebas es atacada por su propia cepa de bacterias, y
cuando la cepa de amebas pierde un número suficiente de individuos, el foco de
atención del parásito pasa a estar en otra cepa diferente. Dado que las amebas
se reproducen por clonación, cada nueva generación es genéticamente idéntica a
sus antepasados. La bacteria va pasando por cada una de las diez cepas una y
otra vez, y después de un rato, puede haber empujado a la extinción a alguna de
ellas.
Imaginemos ahora que alguna de esas amebas desarrolla los medios
necesarios para tener sexo. Los machos y las hembras realizan copias de sus
genes y los comparten para formar el ADN de su descendencia, y como los genes
se combinan, acaban mezclándose. Como resultado, la descendencia no es una
copia exacta de uno de sus padres, sino un nuevo revoltijo de genes. Ahora, los
parásitos tienen mucho más difícil cazar a sus hospedadores. Debido a que los
genes de las amebas sexuales se mezclan, ya no aparecen en cepas distintas, lo
que hace que sea todavía más difícil para los parásitos localizarlas. La Reina
Roja sigue impulsando a los organismos a una carrera sin fin, pero sus
descendientes puede que tengan menos probabilidades de ser infectados. Y la
protección que brinda esta diversidad a la ameba sexual podría conferirles una
ventaja decisiva en su competencia con las asexuales.
Era una idea elegante, pero la primera vez que Lively leyó sobre ella no
le pareció muy posible. «Mi sensación —y creo que era algo bastante
generalizado— era que se trataba de una idea inteligente, pero me parecía poco
probable que fuera cierta. La razón era que no había observado mucho
parasitismo en el mundo. Si vas a tener una presión selectiva que sea lo
suficientemente intensa, tendría que ser algo que tuviera grandes y obvios
efectos inmediatos. Al menos en lo referente a los humanos de este país, no
vemos esos grandes efectos. Y la gente que hace biología de campo estaba
interesada principalmente en la competición o en la depredación. No existía una
tradición de estudio de los parásitos».
Pero el hecho es que la mayoría de los animales —incluidos los caracoles
de Lively— están plagados de parásitos. Por si Hamilton tuviera razón, Lively
decidió empezar a fijarse en si sus caracoles estaban o no infectados con
trematodos. «Hamilton sentó las bases de la teoría de los parásitos en 1980,
1981, 1982, pero nadie ha descubierto sistemas con los que se pueda poner a
prueba. No sabía que yo estaba manejando uno de ellos hasta que empecé a abrir
las conchas de estos caracoles. Me di cuenta de que podía abordar la idea de
Hamilton, pero si hubieran sido virus, no habría sabido. Aquí estamos tratando
con grandes gusanos nadadores, y cualquiera puede verlos en un microscopio de
disección».
A Lively no le costó mucho tiempo observar un patrón claro. Los
caracoles de los lagos estaban más infectados con trematodos que los de los
arroyos, y era precisamente en los lagos donde había una mayor presencia de
machos. Cuanto más infectado estaba un lago, más machos contenía. La única
hipótesis que podía explicar los tres patrones era la de la Reina Roja: en
lugares donde hay más parásitos, hay una fuerte presión evolutiva en favor del
sexo. «Estaba completamente sorprendido. Cuando disponía ya de la mitad de los
datos lo hice público, pensé: “Vaya, parece que hay establecida una tendencia”.
Así que salí a buscar muchos más datos para ver si esa tendencia desaparecía.
No fue así. El añadir más lagos no cambiaba nada —no eran solo unos pocos lagos
en los que predominaba la sexualidad y a la vez estaban altamente infectados—».
Lively publicó esos primeros resultados de los caracoles de Nueva
Zelanda en 1987. Desde entonces, el estudio del sexo ha sido su mayor
preocupación. Había probado la hipótesis de la Reina Roja de modos diferentes y
encontró más casos que la apoyaban. Por ejemplo, en 1994 viajó al lago
Alexandrina, en la isla sur de Nueva Zelanda, con su estudiante posdoctoral
Jukka Jokela. Recogieron caracoles de las aguas más superficiales y de las
profundas. Los caracoles viven en aguas poco profundas junto a patos, que son
los hospedadores finales de los trematodos y que sueltan allí los huevos de
estos parásitos. Con tantos huevos presentes en el agua, hay más caracoles
enfermos en las zonas poco profundas que en las aguas alejadas de la costa.
Lively y Jokela encontraron que hay muchos más machos entre los caracoles de
las aguas poco profundas, seguramente como resultado de la presión de los
parásitos. En un único lago, podían ver cómo los parásitos impulsaban la
predominancia del sexo en sus hospedadores.
Al mismo tiempo, Lively vio cómo otros biólogos habían encontrado que la
Reina Roja funcionaba en otras especies. En Nigeria vive otro caracol
llamado Bulinus truncatus, una de las especies que portan los
trematodos sanguíneos que causan la esquistosomiasis. Su vida sexual es más
exótica que la de los caracoles de Nueva Zelanda de Lively. Son hermafroditas,
con gónadas masculinas y femeninas, que pueden usar para fecundar sus propios
huevos y producir clones. Pero algunos de ellos también están equipados con un
pene, que pueden usar para aparearse con otros caracoles.
Al igual que con los caracoles de Nueva Zelanda, para las especies
nigerianas parece un derroche enorme el esfuerzo de hacer crecer un pene y
tener sexo cuando simplemente pueden auto fecundarse. Y, como en Nueva Zelanda,
los parásitos parece que hacen que el esfuerzo valga la pena. Según la
parasitóloga Stephanie Schrag, cada año los caracoles tienen una estación para
el pene. En diciembre y enero, las aguas son más frías en el norte de Nigeria.
Los caracoles usan la temperatura fresca como pista para producir más
descendencia equipada con penes —caracoles, en otras palabras, que pueden
aparearse con otros caracoles—. Con más penes, hay más sexo entre los
caracoles, y más mezcla del ADN, y más variación en la siguiente generación.
Los caracoles necesitan unos tres meses para madurar, por lo que esta nueva
generación producida sexualmente madura entre marzo y junio. Y resulta que
entre marzo y junio es la época del año en la que los trematodos del norte de
Nigeria están en su peor momento. En otras palabras, parece ser que los
caracoles usan el sexo para prepararse con meses de adelanto para el ataque
anual de los parásitos.
El apoyo más inesperado que recibió el efecto de la Reina Roja provino
de los mismos parásitos. Al igual que sus hospedadores, muchos parásitos tienen
sexo, y en 1997, científicos escoceses se preguntaban por qué los parásitos se
molestaban en ello. Tal como hizo Lively, buscaron una especie que no estuviera
atada a una reproducción únicamente sexual o asexual. Eligieron al Strongyloides
ratti, un nematodo que, como sugiere su nombre, vive dentro de las ratas.
La hembra, que vive en el intestino de sus hospedadores, pone huevos sin la
ayuda de ningún macho. Una vez que estos huevos abandonan el cuerpo de la rata,
eclosionan, y sus larvas emergen, en una de dos posibles formas.
En una de ellas, todas se convertirán en formas femeninas, que se
dedicarán a buscar una rata en la que entrar. Se introducen en su piel y luego
se desplazan a través de ella hasta que llegan a su hocico. Allí encuentran las
terminaciones nerviosas que la rata usa para oler, y las siguen hasta llegar a
su cerebro. Desde allí el parásito toma una ruta —nadie conoce los detalles—
que le conduce hasta los intestinos de la rata, y empieza de nuevo a fabricar
clones femeninos.
La otra posibilidad es aquella en la que los huevos eclosionan en el
suelo, y las larvas permanecen allí. Cuando las larvas maduran, se convierten
tanto en machos como en hembras, en lugar de solo en hembras como era el caso
anterior, y en lugar de clonarse para reproducirse, optan por el sexo. Las
hembras depositan los huevos fecundados, dando lugar a una nueva generación de
gusanos que pueden penetrar a través de la piel de las ratas y regresar a sus
intestinos. En otras palabras, el Strongyloides puede completar
su ciclo vital con o sin sexo.
Los científicos escoceses decidieron averiguar si un cambio en el
sistema inmunológico de una rata influiría en el tipo de reproducción que
eligiera el parásito. Introdujeron Strongyloides en ratas, y
estas manifestaron una respuesta inmunológica contra los parásitos. A
continuación, les administraron inyecciones de un medicamento antiparasitario
para expulsarlos de sus cuerpos. Ahora las ratas estaban preparadas para luchar
contra una segunda invasión. Cuando los científicos volvieron a infectarlas y
la nueva ola de nematodos empezó a producir huevos, los parásitos que
emergieron de ellos tenían más probabilidades de ser formas sexuales. En otro
experimento, los científicos deprimieron con radiación el sistema inmunológico
de una rata para infectarla posteriormente con Strongyloides.
Encontraron que los parásitos tenían más probabilidades de clonarse que de
tener sexo.
Estos experimentos demostraron que el Strongyloides preferiría
reproducirse asexualmente, pero un sistema inmunológico sano le fuerza a tener
sexo. Según Lively: «Tu sistema inmunológico es una especie de parásito del
parásito». Al igual que los parásitos, las células T y las células B se
multiplican, dando lugar a diferentes linajes, y los asesinos más exitosos son
los que más se reproducen de todos. Como sus hospedadores, los parásitos se
pueden defender teniendo sexo y diversificando sus genes.
Todo el trabajo que hicieron tanto Lively como los otros científicos
sobre el origen del sexo descansa sobre los hombros de la Reina Roja, aunque ha
sido muy difícil vislumbrar a la Reina. Algunos investigadores que realizan
simulaciones por ordenador de la lucha entre hospedador y parásito han visto su
sombra pasar velozmente por sus monitores. En el propio trabajo de Lively, pudo
ver los efectos de la Reina Roja solo cuando localizó y situó dónde vivían los
caracoles sexuales y los asexuales —haciéndose una idea de sus efectos en un
momento concreto—. Pero, al final, había estudiado suficientes caracoles para
ver su trabajo desplegado a lo largo del tiempo más que en un espacio.
Durante cinco años, Lively y otro de sus estudiantes posdoctorales, Mark
Dybdahl, recogieron caracoles en el lago Poerua. Todos eran clones, y la
mayoría pertenecían a cuatro linajes principales. Lively y Dybdahl hicieron un
censo de los cuatro clanes de caracoles cada año y observaron cómo sus
poblaciones crecían y menguaban. Cogieron los clones menos frecuentes y los más
comunes y los llevaron a su laboratorio, en la Universidad de Indiana, donde
trabaja actualmente Lively. Una vez allí, expusieron ambas clases a sus
trematodos. Observaron una gran diferencia: a los parásitos les costaba mucho
más infectar a los caracoles menos frecuentes que a los más comunes. Una
predicción central de la Reina Roja es que el hecho de ser raro confería al
organismo una ventaja debido a que los parásitos están más adaptados a los
hospedadores más comunes.
Luego se fijaron en su censo de los caracoles del lago Poerua de los
últimos cinco años. Encontraron que, en un año dado, no había mucha conexión
entre el número de parásitos que infectan a un linaje de caracoles y lo grande
que era ese linaje. Los que tenían grandes cantidades de parásitos no eran los
más comunes. Pero gracias a disponer de un registro de los últimos cinco años,
Lively y Dybdahl podían consultar los datos de los diferentes linajes en los
años previos. Cuando lo hicieron, apareció un patrón distinto. Los linajes de
caracoles que portaban más cantidad de parásitos en un año dado habían sido los
caracoles más frecuentes un par de años antes, y ahora estaban en declive. Los
caracoles habían empezado siendo escasos para luego ser más comunes, pero con
el tiempo los parásitos los igualaron y sus números empezaron a bajar. Debido a
que llevó un tiempo que la evolución de los trematodos hiciera que estos
igualaran a sus hospedadores, los trematodos alcanzaron su mayor éxito solo
después de que los caracoles empezaron a disminuir.
Por primera vez, los científicos habían podido ver a la Reina Roja en
acción, moviéndose a través del tiempo. Es un método que habría aprobado la
misma Alicia. Durante su aventura hubo un momento en el que perdió de vista a
la Reina Roja. Le preguntó a la Rosa cómo podría atraparla, y la Rosa le
contestó: «Te recomendaría ir en la otra dirección».
«A Alicia le pareció un disparate, pero después de echar un vistazo y
ver a la Reina bastante lejos de allí, pensó que haría la prueba, esta vez, de
caminar en la dirección contraria. Funcionó maravillosamente. No había caminado
ni un minuto cuando se encontró cara a cara con ella».
* * * *
Poco después de que Hamilton propusiera que los parásitos dirigen la
evolución del sexo, se dio cuenta de que esta idea, a su vez, originaba otra.
El sexo puede ayudar a los organismos a esquivar a los parásitos, pero trae
consigo otros problemas propios. Digamos que eres una gallina, y tus genes
están particularmente bien adaptados para luchar contra los parásitos que la
Reina Roja ha hecho que sean más comunes en ese momento. Quieres tener algunos
pollitos, pero para ello debes encontrar un gallo, y la mitad de los genes de
los pollitos provendrán de él. Si escoges un gallo que tenga genes deficientes
en la lucha contra los parásitos, tus pollitos sufrirán las consecuencias. Te
resultará útil ser exigente con las posibles parejas e intentar adivinar qué gallos
tienen buenos genes. El gallo no tiene por qué ser tan exigente, porque puede
fabricar espermatozoides a millones. Pero, por otro lado, tú solo podrás
producir unas docenas de óvulos durante toda tu vida.
Trabajando con una estudiante de posgrado, Marlene Zuk, en la
Universidad de Michigan, Hamilton sugirió que las hembras juzgan los alardes de
los machos para decidir lo bien o mal que luchan contra los parásitos. Un
pretendiente débil tendrá que invertir la mayor parte de sus esfuerzos
defendiéndose de los parásitos y le quedarán muy pocos recursos libres. Pero un
macho que pueda resistir el ataque de los parásitos todavía tendrá suficiente
energía para demostrarles a las hembras lo sanos que son sus genes. Hamilton y
Zuk argumentaron que estos alardes debían ser ostentosos, extravagantes y
caros. La cresta de un gallo podría considerarse como una especie de currículum
biológico. No tiene ninguna función específica que sirva para la supervivencia
del gallo. De hecho, es una carga para él, porque, para poder mantenerla roja e
hinchada, el gallo tiene que estar bombeando testosterona en esa zona. La
testosterona suele deprimir el sistema inmunológico, suponiendo una desventaja
para los gallos a la hora de repeler a los parásitos.
De la misma forma que los parásitos pueden ser los causantes de que el
gallo tenga esa cresta, también pueden hacer que las aves del paraíso extiendan
las largas plumas de su cola, que el tordo sargento sea más rojo, que el pez
espinoso tenga manchas brillantes o que los espermatóforos de los grillos sean
más grandes. Cualquier aspecto que pudieran utilizar las hembras para juzgar a
los machos podría estar influenciado por los parásitos.
Hamilton y Zuk presentaron su idea al principio de la década de 1980 con
una simple prueba. Podríamos esperar que, en general, los miembros de una
especie que estuviera cargada de parásitos fueran mucho más vistosos que una
especie que tuviera menos parásitos. De acuerdo con su hipótesis, las bacterias
y los virus no tendrían un gran impacto sobre los alardes de los machos. Suelen
matar a sus hospedadores o son víctimas de ellos. En el primer caso, no queda
macho alguno para alardear; en el segundo, un macho enfermo se puede recuperar
lo suficientemente bien como para resultar indistinguibles de los machos más
fuertes.
Hamilton y Zuk recopilaron información de los pájaros cantores de
Norteamérica y de los parásitos que causaban enfermedades crónicas y agotadoras
—por ejemplo, el causante de la malaria aviar, y también el Toxoplasma,
tripanosomas y varios gusanos y trematodos—. Luego, clasificaron la vistosidad
de los machos de cada especie según la viveza de sus colores y según su canto,
y encontraron que las especies que tenían más parásitos eran las que llevaban a
cabo las exhibiciones más vistosas.
Ese trabajo inicial inspiró una gran cantidad de investigaciones (que
abarcaban más que la teoría de Hamilton sobre el origen del sexo). Los zoólogos
comprobaron estas ideas en los cantos de los grillos, en las manchas de los
peces espinosos, en los sacos de las gargantas de los lagartos espinosos. En
muchos de estos test —especialmente en los experimentos de laboratorio— le fue
bastante bien a la teoría de Hamilton y Zuk. Por ejemplo, Zuk estudió el gallo
Bankiva del sudeste de Asia, que es el pariente silvestre de las gallinas
domésticas. Hizo un seguimiento de las elecciones de las hembras en su
laboratorio y midió las crestas de los gallos elegidos. Encontró que las
hembras elegían mayoritariamente machos con crestas más largas.
En un estudio más elaborado, científicos suecos estudiaron el faisán
común. Los faisanes macho tienen espolones en sus patas, y los investigadores
encontraron que las hembras usaban la longitud del espolón para decidir con qué
macho se apareaban. Los investigadores se fijaron luego en los genes del
sistema inmunológico de los faisanes y encontraron que los individuos que
tenían los espolones más largos compartían una combinación particular de genes.
No saben lo que realmente hacen esos genes para ayudar a los machos a repeler a
los parásitos. Pero, al fijarse en la descendencia de los faisanes, encontraron
que los que tenían padres con espolones más largos tenían más posibilidades de
sobrevivir que aquellos cuyos padres los tenían más cortos.
No hay razón por la cual estas exhibiciones antiparásitos no se puedan
ampliar más allá del cuerpo del macho y se extiendan hasta la forma en la que
este corteja a las hembras. Eso es lo que parece que ocurre con el pez Copadichromis
eucinostomus, que vive en el lago Malawi, en África Central. Para atraer a
las hembras, el macho construye con arena una especie de torres en el fondo del
lago. Algunos no son más que un puñado de granos de arena colocados sobre
piedras, mientras que otras son conos de varios centímetros de alto. Los machos
las construyen conjuntamente, creando vecindarios densos en los que cada uno
defiende su construcción frente a machos que están recorriendo la zona
intentando usurpar alguno. La hembra pasa la mayor parte de su tiempo alimentándose
por su cuenta, pero, cuando llega la época de aparearse, se dirige a la zona
donde están todas esas construcciones e inspecciona el trabajo de los machos.
Si una hembra escoge un macho con el que aparearse, libera un huevo y se lo
coloca en la boca. El macho vierte allí mismo su esperma y ella se lleva el
huevo fecundado.
La hembra usa aparentemente las construcciones para encontrar al macho
que realice el mejor trabajo a la hora de luchar contra parásitos como las
tenias. Los experimentos han demostrado que las hembras prefieren machos cuyas
construcciones son grandes y con formas suaves, y también resulta que estos
machos son los que llevan consigo menos tenias. Un macho que tenga tenias tiene
que pasar mucho tiempo alimentándose y apenas le quedará tiempo para ocuparse
de su construcción. Esta se convierte en un expediente médico, y puede que,
incluso, en un perfil genético.
Pero la hipótesis Hamilton-Zuk también ha fracasado en algunos test. Por
ejemplo, los machos de los sapos del desierto atraen a las hembras con sus
llamadas, pero una llamada fuerte no es reflejo de un sistema inmunológico más
capacitado para luchar contra el Pseudodiplorchis, el parásito que
vive en su vejiga y bebe su sangre. En algunas especies de lagartijas
espinosas, los machos tienen unas bolsas en la garganta con colores brillantes
que les encantan a las hembras, pero no existe una conexión entre su brillo y
el contenido de parásitos como el Plasmodium que ataca a las
lagartijas.
Estos fallos han hecho que los científicos se pregunten si habían estado
probando la hipótesis de Hamilton-Zuk de la forma correcta. Un parásito
concreto puede ser dañino o inofensivo, y, por lo tanto, puede tener mucha
influencia sobre la exhibición del macho o, por el contrario, absolutamente
ninguna. Si dispones de un montón de estudios sobre las cantidades presentes de
parásitos diferentes, es muy difícil poder usarlos para sacar cualquier tipo de
conclusión general. En lugar de contar el número de parásitos sería más fiable
evaluar el sistema inmunológico. Los sistemas inmunológicos han evolucionado
para hacer frente a diferentes clases de parásitos, por lo que nos podrán
ofrecer una idea general mucho más fidedigna. Es mucho más pesado contar
glóbulos blancos microscópicos que tenias gigantes, pero resulta ser un método
mucho mejor. Los estudios inmunológicos le confieren a la hipótesis
Hamilton-Zuk un apoyo fuerte y consistente. La hembra de pavo real, por
ejemplo, escoge a los pavos que tengan la cola más extravagante, y los
investigadores han encontrado que los pavos que tienen esas colas tienen
sistemas inmunológicos que pueden organizar una respuesta mucho más fuerte
contra los parásitos.
Otra razón por la que la hipótesis Hamilton-Zuk se queda corta puede que
sea porque los científicos están mirando las señales erróneas. Se han fijado en
pistas visibles como las crestas de los gallos o los sacos de los lagartos
porque son fáciles de medir. Pero entre todos los canales de comunicación
existentes entre los sexos, puede que la visión no sea tan importante. Los
ratones, por ejemplo, pueden oler la orina de una pareja potencial y notar si
tiene o no parásitos; si un ratón macho está enfermo, la hembra se mantendrá
alejada. Es incluso posible que los machos utilicen sus olores para anunciar su
fortaleza frente a los parásitos con alguna clase de perfume extravagante e
irresistible. «El olor de un ratón macho —escribe un biólogo—, es el equivalente
químico de las plumas de un pavo real».
Y, aunque la idea de Hamilton y Zuk resulta que falla con otros
animales, puede que, de todas formas, los parásitos hayan dado forma a sus
vidas sexuales por razones muy diferentes. Una vez más, todo se reduce a cómo
pasa un animal en concreto sus genes a la futura generación. Entre las abejas,
las reinas jóvenes dejan la colmena en la que nacieron al final del verano con
un séquito de machos. Después de que se aparee con ellos, los machos mueren,
pero la reina sobrevive al invierno y emerge en la primavera, para empezar una
nueva colonia con los huevos que fueron fecundados el otoño anterior. En otras
palabras, cada especie de abejas fluye a través del cuello de botella que
suponen sus pocas reinas.
Estudiando el ADN de las abejas, los biólogos han encontrado que las
reinas pueden aparearse con diez o veinte machos durante su vuelo nupcial. Todo
ese sexo, placeres aparte, es muy costoso: una reina que se esté apareando es
más vulnerable al ataque de un depredador, y debería reservar la energía que
invierte en todo ese sexo para sobrevivir al invierno.
Puede que las abejas tengan todo ese sexo como defensa contra los
parásitos, como demostró Paul Schmid-Hempel, un biólogo suizo. Inyectó esperma
en las reinas y luego crio las colonias que las reinas dieron a luz. Algunas
reinas recibían el esperma de solo un par de machos muy emparentados con ella,
mientras otras recibían un cóctel con cuatro veces más diversidad genética.
Cuando las colonias de las reinas empezaron a eclosionar, Schmid-Hempel la
colocó en el exterior en una pradera floreciente cerca de Basilea y la dejó
allí hasta el final de la estación, cuando regresó para recuperarla.
Prácticamente en todos los parámetros que midió, las descendencias de
las reinas con más diversidad genética eran mucho más resistentes contra los
parásitos que las que tenían poca diversidad. Las colonias tenían menos
infecciones, menos clases de parásitos invasores y menos parásitos por
individuo. Las descendencias de las reinas con alta diversidad tenían muchas
más probabilidades de sobrevivir hasta el final del verano, lo que le confería
más probabilidades para producir futuras colonias. En lugar de elegir
cuidadosamente un macho con el que aparearse, una abeja reina puede buscar
muchos pretendientes para crear un arco iris genético en su futura colmena.
Por muy fundamental que sea un sistema inmunológico para poder
sobrevivir al ataque de los parásitos —sobre todo, un sistema inmunológico que
pueda evolucionar rápidamente— es realmente un último recurso defensivo. Lucha
contra invasores que ya han cruzado el foso y están dentro del castillo. Sería
mucho mejor impedir que los parásitos entraran. La evolución lo ha forzado. Los
hospedadores se han adaptado para repeler a los parásitos con las formas de sus
cuerpos, su conducta, la forma en que se aparean, incluso con la forma de sus
sociedades —todo ello diseñado para mantener alejados a los parásitos—.
Muchos insectos tienen una forma concreta para poder repeler a los
parásitos. Durante su época larvaria, algunas especies están recubiertas de
pinchos y revestimientos resistentes que hacen que las avispas desistan de
poner sus huevos en su interior. Otros tienen unos penachos de púas
desprendibles en sus cuerpos que provocan que la avispa se enrede cuando
intenta aterrizar sobre ellos. Cuando las mariposas forman capullos, a veces
los dejan colgando de un largo hilo de seda que hace imposible para las avispas
tener el impulso suficiente para atravesar su cubierta.
Para algunos insectos, la armadura no es suficiente. Por ejemplo, miles
de especies de hormigas son martirizadas por miles de especies correspondientes
de moscas parásitas. La mosca revolotea sobre el camino hecho por las hormigas
desde su nido hasta su fuente de alimento. Cuando una hormiga apropiada pasa
por debajo, la mosca baja hacia ella, se posa sobre su espalda e introduce el
tubo por el que depositan sus huevos en la abertura que hay entre la cabeza de
la hormiga y el resto de su cuerpo. Los huevos eclosionan rápidamente, y las
larvas se abren camino a mordiscos hacia el interior de la hormiga para luego
viajar hasta la cabeza de esta. Estas larvas se alimentan de tejido muscular.
En un mamífero lo suyo sería que se desplazara hacia un bíceps o un muslo,
pero, en las hormigas, el lugar con más carne es la cabeza. A diferencia de
nuestros cráneos, que están ocupados por completo por el cerebro, los de las
hormigas sostienen una maraña poco consistente de neuronas, el resto del
espacio se dedica a músculos con los que manejan sus mandíbulas cortantes.
Cuando la larva se halla en el interior de la cabeza de una hormiga, se dedica
a masticar sus músculos, evitando cuidadosamente los nervios, y crece hasta que
ocupa todo el espacio. Finalmente, un día, la hormiga llega a su terrible
final: el parásito disuelve la conexión entre la cabeza y el resto del cuerpo.
Como una naranja madura, esta cae al suelo. Mientras el hospedador descabezado
deambula alrededor, la mosca empieza su siguiente etapa, formando una larva.
Otros insectos tienen que exponer sus capullos a los elementos y a los
depredadores hambrientos, pero la mosca se desarrolla cómodamente en la cuna
resistente que es para ella la cabeza de una hormiga.
Estas moscas son tan destructivas que las hormigas han desarrollado
maniobras defensivas contra ellas. Algunas corren para escapar de las moscas;
otras se detienen en su camino y empiezan a agitarse incontroladamente,
rechinando sus mandíbulas tan pronto como notan que una mosca las está
sobrevolando. Una única mosca parásita puede detener cien hormigas en su
camino, ocupando una longitud de casi dos metros. Si la mosca aterriza sobre la
espalda de una de ellas y se da prisa en depositar sus huevos detrás de la
cabeza, la hormiga mueve la cabeza hacia atrás para así atrapar y destruir a la
mosca entre la cabeza y la espalda, a modo de mordaza.
Estas moscas han transformado toda la estructura social de esas hormigas
cortadoras de hojas. Estas viajan desde sus nidos hasta los árboles, cortan las
hojas y se las llevan de regreso a su casa, formando un desfile de confeti
verde sobre el suelo forestal. Las cortadoras de hojas son los herbívoros
dominantes en muchos bosques de Latinoamérica —ñus en miniatura, aunque en
realidad no se comen las hojas—. En lugar de eso, se las llevan a sus colonias,
donde las usan para hacer crecer jardines de hongos, que luego se convertirán
en su alimento. Para ser estrictos técnicamente, las cortadoras de hojas no
serían herbívoros, sino agricultores de hongos.
Las colonias de cortadoras de hojas se dividen en hormigas grandes, que
transportan las hojas al nido, y hormigas pequeñas. Estas últimas reciben el
nombre de mínimas, y se encargan de atender los jardines. También pueden
encontrarse sentadas sobre las hojas que transportan las hormigas grandes hacia
su hogar. Los entomólogos han estado cavilando durante mucho tiempo sobre cuál
era la razón por la que las mínimas gastaban parte de su tiempo cabalgando en
paseos como este. Algunos sugirieron que a lo mejor recogían otra clase de
alimento de los árboles, puede que savia, y que luego regresaban al nido sobre
las hojas para ahorrar energía. De hecho, las mínimas son guardaespaldas
parásitas. Las moscas parásitas que atacan a las cortadoras de hojas tienen una
estrategia especial a la hora de acercarse a sus hospedadores: aterrizan sobre
fragmentos de hojas y descienden hacia donde la hormiga la sujeta con sus
mandíbulas. Entonces, la mosca deposita sus huevos en la abertura existente
entre la mandíbula y la cabeza de la hormiga. Las mínimas autoestopistas
vigilan en las hojas o se sitúan sobre ellas, con sus mandíbulas abiertas. Si
encuentran una mosca, la espantan o incluso la llegan a matar.
En los animales más grandes, la lucha contra los parásitos es igual de
intensa, aunque no es tan obvia como en el caso de la hormiga luchando con una
mosca. Los mamíferos son continuamente asaltados por parásitos —por piojos,
pulgas, garrapatas, éstridos, gusanos barrenadores y reznos— que chupan su
sangre o depositan sus huevos en la piel. Como respuesta a ello, los mamíferos
han evolucionado hasta convertirse en acicaladores obsesivos. El modo en que
una gacela mueve su cola perezosamente y mordisquea su costado puede parecer la
viva imagen de la tranquilidad, pero realmente se trata de una lucha en cámara
lenta contra un ejército de invasores. Los dientes de la gacela tienen forma de
rastrillos, no para que les sirvan de ayuda a la hora de comer, sino para poder
deshacerse de piojos, garrapatas y pulgas. Si, por lo que fuera, sus dientes
fueran bloqueados, su cargamento de garrapatas se multiplicaría por ocho. Las
gacelas no se acicalan como respuesta a un arañazo o picadura en particular; se
limpian según un horario que funciona casi como un reloj, porque los parásitos
son implacables. La limpieza reduce el tiempo que el animal necesita para comer
y resguardarse de los ataques de los depredadores. El mejor impala de una
manada acaba infestado de garrapatas —seis veces más que las hembras— porque
está muy ocupado controlando a los machos competidores.
La forma de una sociedad animal también puede ayudar a eliminar
parásitos. Los animales se protegen de los depredadores de esta forma. Los
peces que permanecen agrupados en un banco pueden compartir la vigilancia; tan
pronto como uno de ellos nota la presencia de un depredador, todos responden
alejándose. E incluso si el depredador atacara, cada miembro del banco tiene
menos probabilidades de morir que si viviera solo. Es hora de colocar al
parásito junto al león. Incrementar el tamaño de la manada no solo disminuye
las probabilidades de que cada gacela sea comida por un león, sino que
disminuye igualmente las probabilidades de que cada individuo sea atacado por
una garrapata o algún otro parásito hematófago. Por otro lado, los parásitos
pueden, a la vez, impedir que las manadas se hagan demasiado numerosas. Cuando
los animales permanecen juntos en grupos cada vez más grandes, hacen que les
sea más fácil a los parásitos pasar de un hospedador a otro, ya sean virus
transportados por un estornudo, pulgas que se pasan al rozarse los cuerpos,
o Plasmodium transportados por un mosquito hambriento.
Según Katherine Milton, una primatóloga de la Universidad de California
en Berkeley, los parásitos pueden incluso enseñar modales a los animales.
Milton estudia los monos aulladores de Centroamérica, y se ha sorprendido por
la agresividad de uno de sus parásitos: el gusano barrenador. En su fase de
mosca busca heridas abiertas en los mamíferos; puede incluso encontrar el
agujero hecho por el mordisco de una garrapata. Deposita sus huevos dentro de
la herida, y cuando eclosionan las larvas, empiezan a devorar la carne de su
hospedador. Durante ese proceso ocasionan tanto daño que incluso pueden llegar
a matar al mono aullador.
El gusano barrenador puede hacer que los monos aulladores desconfíen de
luchar unos contra otros por aparearse o por el territorio. La lucha solo sería
un altercado menor, pero si uno de ellos se hace una herida, un gusano
barrenador podría hacer que esta fuera su última pelea. De hecho, los gusanos
barrenadores son tan eficientes a la hora de encontrar heridas que la evolución
penaliza a los monos aulladores violentos. En lugar de eso, ha hecho que sean
criaturas afables, y los ha alentado a desarrollar conductas de confrontación
en las que ninguno de los oponentes se haga daño, como, por ejemplo, aullar y
abofetear en lugar de morder y arañar. Hay muchos mamíferos más que también
tienen modos de evitar peleas, y es posible que también estén tratando de evitar
parásitos.
La mejor estrategia para un hospedador es simplemente intentar no
cruzarse con un parásito. Algunas de las adaptaciones que los hospedadores han
desarrollado para evitar la presencia de los parásitos son tan grotescas, tan
extravagantes, que es muy difícil decir a primera vista que están realmente
diseñadas para los parásitos. Fijémonos en las orugas enrolladoras de hojas.
Son larvas de insectos bastante corrientes, salvo por una excepción: disparan
sus deposiciones como si se tratara de obuses. Cuando empieza a emerger una
porción del excremento de la oruga, esta empuja un resorte contra un anillo de
vasos sanguíneos que rodea su ano. La presión sanguínea se acumula tras el
resorte, y a continuación la oruga la libera. La presión de la sangre choca
contra los excrementos tan bruscamente que estos salen lanzados a una velocidad
de casi un metro por segundo, trazando un amplio arco que los aleja hasta
sesenta centímetros de distancia.
¿Qué diablos puede haber impulsado la evolución de un cañón anal?
Podrían haber sido los parásitos. Cuando las avispas parásitas buscan
establecerse en una larva como las de las orugas enrolladoras de hojas, una de
las principales pistas es el olor de los excrementos de su hospedador. Dado que
las orugas son sedentarias, no van de rama en rama, normalmente sus
deposiciones se acumularían a su alrededor. La intensa presión que han ejercido
las avispas sobre las orugas enrolladoras de hojas ha impulsado la evolución
del disparo fecal de alta presión. Lanzando sus excrementos lejos de ellas, las
orugas tienen más posibilidades de que las avispas no las encuentren.
Hay vertebrados que, al igual que los insectos, también se han tomado
las molestias necesarias para evitar a los parásitos. El estiércol de vaca
fertiliza la hierba de su alrededor, haciendo que crezca exuberante y alta,
pero, por lo general, las vacas se mantienen alejadas. Mantienen esa distancia
porque el estiércol suele contener huevos de parásitos como los gusanos
pulmonares, y los parásitos que eclosionan de ellos trepan a las briznas de las
hojas de su alrededor con la esperanza de que se los coma alguna vaca. Algunos
investigadores han sugerido que los mamíferos que realizan grandes migraciones,
como el caribú y el ñu, planifican su recorrido, en parte, para evitar los
lugares plagados de parásitos. Las golondrinas volverán a sus antiguos nidos y
los reutilizarán, a menos que descubran que estos están infestados de gusanos,
pulgas y otros parásitos, en cuyo caso construirán uno nuevo. Si los babuinos
descubren que el lugar donde duermen ha sido invadido por nematodos, se
alejarán y no regresarán hasta que hayan muerto todos los parásitos. La
golondrina purpúrea llega tan lejos que incluso forra sus nidos con plantas
como la de la zanahoria silvestre o con un tipo de margaritas que contienen un
antiparasitario natural. Los búhos, a veces, capturan serpientes ciegas, pero,
en lugar de trocearlas para alimentar a sus polluelos, las sueltan en sus
nidos. Las serpientes actúan como señoras de la limpieza, arrastrándose por los
rincones del nido y comiéndose los parásitos que van encontrando.
* * * *
Aunque nuestra madre fuera una excelente jueza a la hora de valorar las
construcciones de los peces, aunque perfeccionásemos nuestro movimiento de
cabeza para matar moscas, aunque pudiéramos lanzar nuestros excrementos hasta
la pradera del vecino, acabaríamos teniendo un parásito en nuestro interior.
Nuestro sistema inmunológico lo hará lo mejor posible para evitar la invasión;
es un sistema exquisitamente preciso de defensa que se ha conseguido gracias a
la presión evolutiva que han ejercido los parásitos. Pero los hospedadores han
desarrollado otra clase de lucha. Pueden reclutar a otras especies para que les
ayuden; se pueden auto medicar; pueden incluso reprogramar a su descendencia
nonata para prepararla para un mundo atestado de parásitos.
Cuando una planta es atacada por un parásito, se defiende con su propia
versión de un sistema inmunológico, fabricando sustancias químicas venenosas
que se come el parásito mientras mastica partes de la planta. Pero también
lucha enviando señales de socorro. Cuando una oruga muerde una hoja, la planta
puede notarlo —una sensación que no es transportada por nervios pero que, aun
así, la planta la nota—. Y como respuesta, la planta fabrica una clase
específica de molécula que suelta en el aire. El olor es como un perfume para
las avispas parásitas; mientras revolotean alrededor, en busca de un
hospedador, son atraídas poderosamente por el aroma de la planta. Lo siguen
hasta la hoja herida y allí encuentran a la oruga, y, a continuación, le
inyectan los huevos. Estas conversaciones entre plantas y avispas no son solo
oportunas, sino también precisas. De alguna manera, la planta puede sentir
exactamente qué especie de oruga se está alimentando de ella y rocía el aire
con la molécula apropiada. Una avispa parásita responde solo si la planta le
hace saber que quien está sobre sus hojas es su propia especie de hospedador.
Los animales a veces se defienden de los parásitos con un cambio de
dieta. Algunos simplemente dejan de comer —si, por ejemplo, una oveja está
infectada con parásitos intestinales, solo come una tercera parte de su ingesta
normal—. Está claro que un cambio como ese no puede beneficiar al parásito, que
desea que la oveja coma un montón para que él pueda a su vez alimentarse en
abundancia y fabricar una gran cantidad de huevos. Los investigadores sospechan
que comer menos puede, de alguna manera, estimular el sistema inmunológico,
haciendo que esté en mejores condiciones para luchar contra el parásito. Por
otro lado, puede que los animales no se limiten a ayunar, sino que, en lugar de
eso, sean más exigentes a la hora de escoger lo que comen, decantándose por
alimentos que contengan los nutrientes correctos para ayudarles a luchar contra
la infección.
A veces, algunos animales que están siendo atacados por parásitos
empiezan a comer alimentos que, por regla general, no suelen comer nunca. Por
ejemplo, algunas especies de orugas suelen comer lupino (una papilionácea). En
ocasiones son atacadas por moscas parásitas que depositan los huevos en sus
cuerpos. Sin embargo, a diferencia de las moscas que atacan a las hormigas o a
otros insectos, estos parásitos no siempre matan a sus hospedadores cuando
emergen de sus cuerpos. Y estas orugas mejoran sus perspectivas de
supervivencia cambiando de una dieta de lupino a una a base de cicuta venenosa.
Las moscas parásitas siguen saliendo de sus cuerpos, pero alguna sustancia
química de la cicuta ayuda a las orugas a seguir vivas y llegar a su fase
adulta. En otras palabras, las orugas han desarrollado un tipo sencillo de
medicamento. Hay un uso bastante generalizado de este tipo de medicamentos
entre los animales —hay multitud de registros de animales que ocasionalmente
comen plantas que pueden matar parásitos o expulsarlos de sus intestinos—. Pero
los investigadores todavía están tratando de probar que realmente comen estos
alimentos cuando están enfermos.
Cuando las cosas se ponen realmente feas —cuando existen pocas
esperanzas de que un hospedador pueda matar al parásito que habita en su
interior— reduce las pérdidas. Tiene que aceptar que está condenado. La
evolución ha conferido a los hospedadores la capacidad de hacer lo mejor en el
tiempo que les queda de vida. Cuando algunas especies de caracoles están
infectadas con trematodos, solo les queda más o menos un mes antes de que los
parásitos los castren y los conviertan en poco más que esclavos recolectores de
alimentos. Eso les da a los caracoles un mes más o menos para producir su
última descendencia. Lo aprovechan plenamente, produciendo una gran cantidad de
huevos. Si un trematodo se introduce en un caracol que todavía es sexualmente
inmaduro, este responde desarrollando sus gónadas mucho más rápidamente que si
estuviera sano. Si tienen suerte, los caracoles pueden liberar algunos huevos
antes de que los parásitos los castren.
Cuando las moscas de la fruta del desierto de Sonora son atacadas por
parásitos, su respuesta es un elevado incremento de la actividad sexual. Se
alimentan de la carne podrida del cactus saguaro, y, a veces, se encuentran
allí con algún ácaro. Los ácaros saltan sobre las moscas y clavan sus bocas
parecidas a agujas en sus cuerpos, chupando sus fluidos internos. Las
consecuencias pueden ser graves —una infestación severa de ácaros puede matar a
una mosca en un par de días—. Los biólogos han encontrado en las moscas de la
fruta una gran diferencia entre las actividades sexuales de los machos sanos y
la de los que están infectados por ácaros. Los parásitos son el detonante para
que los machos pasen más tiempo cortejando a las hembras, y cuantos más
parásitos contiene un macho, más tiempo gasta en esa actividad, en algunos
casos llegando, incluso, a triplicar sus esfuerzos.
Al principio puede parecer otra estrategia más de manipulación, ya que
los parásitos aceleran su propia transmisión al poner en contacto moscas
infectadas con otras sanas. De hecho, los ácaros parece que se suben a las
moscas solo cuando estas se alimentan del cactus. Nunca saltan de una a otra.
Da la impresión de que los parásitos, fundamentalmente, han hecho que las
moscas desarrollen un hábito de apareamiento cuando la muerte —y, por lo tanto,
el fin de posibles apareamientos futuros— parece inminente.
¿Por qué las moscas no utilizan este estilo sexual desenfrenado
permanentemente? La respuesta, seguramente, es que los ácaros no asaltan
siempre a las moscas. Algunos cactus están atestados de ácaros; en otros no hay
ni uno. Al igual que con las abejas, el sexo exige mucho a las moscas de la
fruta, convirtiéndolas en un objetivo fácil para los depredadores. Es mejor ser
flexibles, apareándose a una velocidad normalmente más lenta y acelerando
frente a los parásitos.
Los lagartos también son martirizados por sus propios ácaros; pueden
morir por una infestación, y es muy probable que los supervivientes que queden
dejen de crecer. Pero cuando son atacados, sufren otro tipo de cambio:
modifican su descendencia nonata. Un lagarto infectado con ácaros produce
descendientes que son mayores y con crecimientos más rápidos que los que nacen
de padres sanos. Un bebé lagarto sano tendrá un crecimiento acelerado en su
primer año para después crecer con más lentitud el resto de su vida. Pero un
lagarto que nace de padres infestados de ácaros crecerá rápido los primeros dos
años o incluso más. Al parecer, las madres lagarto pueden programar el
crecimiento de su descendencia para adaptarse a la presencia de los parásitos.
Si no hay ácaros en los alrededores, su descendencia puede crecer lentamente y
vivir una larga vida. Pero si aparecen los ácaros, conviene crecer más rápido
para poder alcanzar un peso saludable como adulto, incluso aunque eso implique
morir más pronto.
Y si un hospedador está condenado a morir, puede hacer todo lo posible
para ayudar a sus parientes. Los abejorros obreros pasan sus días volando de
flor en flor, recogiendo néctar y transportándolo a su colmena. Por la noche,
permanecen en la colmena, se mantienen calientes por el calor que producen
miles de músculos agitando alas. En su viaje en busca de néctar, un abejorro
puede ser atacado por una mosca parásita que deposita un huevo en su cuerpo. El
parásito madura dentro del abejorro, y en el calor de la colmena, su
metabolismo se acelera tanto que puede finalizar su crecimiento en solo diez
días. La mosca emerge de su hospedador y puede infectar al resto de la colmena.
Sin embargo, muchas moscas parásitas no tienen esa suerte porque su hospedador
hace algo realmente extraño: empieza a pasar sus noches en el exterior de la
colmena. Estando expuestos al frío exterior, el obrero ralentiza el desarrollo
del parásito. De este modo también prolonga su vida. El efecto combinado hace
poco probable que el parásito pueda llegar a su madurez antes de que el
abejorro muera. De este modo, el abejorro evita que estalle una epidemia en su
colmena.
A pesar de lo astuto que es este tipo de contraataque, el parásito puede
desarrollar un contra-contraataque. Si una vaca evita el estiércol para
mantenerse alejada de los gusanos pulmonares que contiene, los parásitos
abandonarán el estiércol. Cuando un gusano pulmonar cae sobre el suelo del
estiércol, espera el momento en que le dé la luz. Esa es la señal para escalar
hasta que alcance la superficie del estiércol. Empieza a buscar una especie de
hongo que es también un parásito de las vacas —una especie que también responde
a la luz produciendo unos diminutos paquetes de esporas con una especie de
resorte—. Tan pronto como el gusano pulmonar toca el paquete de esporas, se
agarra a él y trepa hasta su parte superior. El hongo se catapulta a sí mismo
por el aire hasta una altura de casi dos metros y vuela lejos del estiércol. El
gusano pulmonar lo monta como si fuera una avioneta, y una vez que está fuera
de la zona del estiércol tiene más posibilidades de ser ingerido por una vaca.
Si estudiamos las carreras armamentísticas el tiempo suficiente,
empezamos a imaginarnos que los hospedadores y los parásitos pueden llegar
hasta las nubes, cada uno impulsando la evolución del otro hasta que se
convierten en poderosos semidioses lanzándose relámpagos el uno al otro. Pero,
por supuesto, la carrera tiene sus límites. Cuando Kraaijeveld enfrentó a sus
avispas con sus moscas de la fruta, estas alcanzaron una resistencia a las
avispas del 60 por ciento solo después de cinco generaciones, pero en
posteriores generaciones la resistencia se estancó en ese 60 por ciento. ¿Por
qué no siguió aumentando hasta llegar al cien por cien, creando una raza de
moscas totalmente inmunes? Luchar contra parásitos supone un coste elevado.
Requiere energía para fabricar las proteínas necesarias —energía que no se
puede canalizar hacia ninguna otra tarea—. Kraaijeveld confrontó sus moscas
seleccionadas para luchar contra las avispas con moscas comunes en competición
por alimento y encontró que se les daba bastante mal. Crecían más lentamente
que las moscas que todavía eran vulnerables a las avispas, a menudo morían
jóvenes, y cuando crecían hasta su fase adulta eran más pequeñas. La evolución
no posee un arsenal infinito para ofrecérselo a los hospedadores, y en algún
momento tienen que ceder, aceptar que los parásitos son una realidad de la
vida.
* * * *
Cuando Darwin se propuso escribir El origen de las especies,
su objetivo final no era descifrar cómo funciona la selección natural.
Realmente solo era un medio para un fin —explicar el título de su libro—.
Después de bifurcarse y crecer durante 4.000 millones de años, hoy en día el
árbol de la vida lleva una pesada corona. Los científicos han encontrado 1,6
millones de especies, y deben de ser solo una pequeña porción de toda la
diversidad de la Tierra, que seguramente es mucho más grande. Darwin quería
saber cómo apareció toda esa diversidad, pero no sabía lo suficiente sobre
biología para encontrar la respuesta. Ahora que los científicos tienen un mejor
conocimiento de la herencia y de cómo los genes predominan y decaen a lo largo
de las generaciones, se están acercando al conocimiento de las auténticas
razones que explicarían la aparición de las especies. Y están encontrando que
la carrera entre los hospedadores y los parásitos es decisiva una vez más.
Puede ser la causa de una gran parte del denso follaje evolutivo del árbol de
la vida.
Una nueva especie nace del aislamiento. Un glaciar puede separar a un
grupo de ratones del resto de su especie, y, en el curso de miles de años,
pueden desarrollar mutaciones que les hagan diferentes al resto de ratones e
incapaces de aparearse con ellos. Una única especie de pez puede llegar a un
lago y algunos de sus miembros pueden empezar a especializarse en alimentarse
del fondo lodoso, y otros, en las aguas poco profundas y claras. A medida que
van desarrollando el equipamiento necesario para cada una de esas clases de
vida, el cruce entre ambos resultará bastante inadecuado para los dos. La
selección natural los irá separando, y cada vez estarán más tiempo con los que
son como ellos, hasta que lleguen a formar especies separadas.
La vida de un parásito fomenta la formación de especies nuevas. Los
parásitos se pueden adaptar a un único recoveco de un hospedador —una zona de
los intestinos, el corazón, el cerebro—. Una docena de parásitos se pueden
especializar en las branquias de un pez y subdividirlas con tanta precisión que
ni siquiera compitan entre ellas. Especializarse en una especie concreta de
hospedador hace que los parásitos sean todavía más diversos. Un coyote comerá
prácticamente cualquier cosa que vaya a cuatro patas, y, en parte debido a eso,
existe solo una especie de coyote en toda Norteamérica. A diferencia de los
coyotes y de otros depredadores, muchos parásitos están bajo el control de la
Reina Roja. Un parásito que prefiera muchos y diferentes hospedadores tiene que
intentar interpretar el juego de la Reina Roja con todos ellos, como un jugador
de ajedrez que esté jugando doce partidas simultáneas tiene que pasar de una
partida a otra frenéticamente. Si otro parásito sufriera una mutación que
hiciera que este prefiriese solo un hospedador, todo su esfuerzo evolutivo se
concentraría en ese único hospedador. El hospedador ni siquiera tiene que ser
una especie en su conjunto —si una población de este se aísla lo suficiente, al
parásito le valdrá la pena especializarse únicamente en ella—. Al concentrarse
tanto en una especie o en una fracción de esta, dejan espacio suficiente para
que evolucionen otros parásitos.
Al mismo tiempo que nacen nuevas especies, las viejas se van
extinguiendo. Las especies desaparecen cuando son superadas, cuando sus
miembros disminuyen hasta situarse por debajo de un umbral crítico, o cuando el
mundo cambia demasiado rápido sin que tengan tiempo de adaptarse. Los linajes
de parásitos pueden resistirse a la extinción mejor que los de criaturas que
viven libres. Mientras los parásitos tienden a especializarse, de vez en cuando
también pueden improvisar algo nuevo. A veces un nuevo hospedador puede llegar
a ser un buen hogar, y en ese caso el parásito puede haber encontrado una nueva
especie. Las tenias del orden tetrabothriidea todavía siguen con nosotros,
viviendo, por ejemplo, en frailecillos o en ballenas grises, pero los
pterosaurios e ictiosaurios en los que vivían hace setenta millones de años ya
no están. La diversidad de los parásitos es como un gran lago, en el que
desembocan enormes corrientes de nuevas especies y con solo un chorrito que
abandona el lago hacia la extinción.
Si juntamos todas estas razones, no resulta sorprendente que haya tantas
especies de parásitos. Hay unas cuatro mil especies de mamíferos, y aparte de
unos pocos conejos y ciervos que esperan en un oscuro bosque a ser
descubiertos, ese número es definitivo. Pero hasta la fecha hay cinco mil
especies conocidas de tenias, y cada año se descubren nuevas. Hay doscientas
mil especies de avispas parásitas. La cantidad de insectos que son parásitos de
plantas se cuenta igualmente en cientos de miles. Si los juntamos todos,
resulta que la mayoría de animales son parásitos. Miles de hongos, plantas,
protozoos y bacterias también ostentan orgullosamente el título de parásitos.
Queda claro ahora que los parásitos pueden haber sido la causa por la
que los hospedadores también se han vuelto tan diversos. Los parásitos no
atacan a toda una especie de la misma forma. Los de una región concreta se
pueden especializar en la población de hospedadores de esa zona, adaptándose a
ese conjunto local de genes del hospedador. Como consecuencia de ellos, los
hospedadores evolucionan; pero solo los de esa región, no la especie en su
conjunto. Esta lucha local ha producido algunos de los casos más rápidos de
evolución que se hayan documentado —ya sean las polillas de la yuca y las
flores en las que depositan sus huevos, los caracoles y sus trematodos, o el
lino y sus hongos—. Y a medida que las poblaciones de los hospedadores luchan
para desprenderse de sus entregados parásitos, se van diferenciando
genéticamente del resto de su especie.
Pero esta es, realmente, solo una de las muchas formas en que los
parásitos pueden ayudar a convertir a sus hospedadores en especies nuevas. Por
ejemplo, los parásitos genéticos pueden acelerar la evolución de sus
hospedadores. Para que la evolución tenga lugar, los genes tienen que adoptar
nuevas secuencias. Eso puede ocurrir gracias a mutaciones comunes —ocasionales
rayos cósmicos del espacio exterior que impactan sobre el ADN o algún
cruzamiento defectuoso de los genes cuando la célula se divide—. A medida que
saltan de un cromosoma a otro dentro de las células, o mientras saltan de una
especie a otra, pueden incrustarse en medio de un nuevo gen. Este método tan
tosco habitualmente causa problemas, de la misma forma en que lo haría el hecho
de insertar una cadena de comandos al azar en mitad de un programa informático.
Pero de vez en cuando, esta alteración resulta ser positiva, evolutivamente
hablando. Un gen interrumpido puede, de repente, ser capaz de fabricar un nuevo
tipo de proteína que realice una función nueva. El salto ciego de un parásito
genético parece que nos ha capacitado para luchar contra los parásitos con más
efectividad. Los genes que fabrican los receptores de las células T y B
muestran signos de haber sido creados de la nada por parásitos genéticos.
Y una vez que los parásitos genéticos se han establecido en un nuevo
hospedador, puede afectar a la unidad de toda la especie. El destino típico de
un parásito genético es expandirse a lo largo del genoma de su hospedador
durante las sucesivas generaciones, insertándose en miles de lugares. Con el
paso del tiempo, los hospedadores que lo transportan divergirán en poblaciones
separadas —no en especies distintas, sino en grupos que tienden a reproducirse
solo entre ellos—. Cuando lo hacen, el parásito genético continúa saltando de
un lugar a otro en su ADN. Esos saltos serán diferentes en cada población, lo
que hará que sus genes sean cada vez más diferentes entre ellas. Finalmente,
cuando un Romeo y una Julieta de las dos poblaciones se encuentran e intentan
aparearse, sus diferentes colecciones de parásitos genéticos los harán
incompatibles. Al hacerles más difícil el mezclar sus genes a las diferentes
poblaciones de sus hospedadores, los parásitos genéticos los estimulan a
dividirse, dando nuevas especies.
Los parásitos tienen otro método mediante el cual podrían ser capaces de
crear una especie nueva, y es manipulando la vida sexual de sus hospedadores.
Una bacteria llamada Wolbachia vive en el 15 por ciento de
todos los insectos de la Tierra y en muchos otros invertebrados. Vive en el
interior de las células de su hospedador, y la única forma de que pueda
infectar a un nuevo hospedador es colonizando los huevos de una hembra. Cuando
el huevo en el que vive la Wolbachia es fecundado y crece
hasta su fase adulta, lo hace infectado de Wolbachia.
Hay un inconveniente en este modo de vida: si la Wolbachia creciera
en el interior de un macho, se enfrentaría a un callejón sin salida, porque no
hay huevos que infectar. El resultado es que la Wolbachia toma
el control de las vidas sexuales de sus hospedadores. En muchas de sus especies
hospedadoras, manipula el esperma de machos infectados para que solo puedan
aparearse con éxito con hembras portadoras de Wolbachia. Si uno de
estos machos infectados intentara aparearse con una hembra sana, toda su descendencia
moriría. La Wolbachia utiliza una estrategia diferente con
algunas especies de avispas: normalmente, estos insectos nacen como machos y
hembras que luego se reproducirán sexualmente, pero cuando los infecta la Wolbachia,
las avispas se convierten todas ellas en hembras, capaces de dar a luz
únicamente hembras. Convirtiendo a todos sus hospedadores en hembras, la
bacteria se asegura muchos más hospedadores.
En ambos casos, la Wolbachia aísla genéticamente a los
hospedadores infectados de los no infectados. Un hospedador recién nacido será
o descendiente de padres portadores de Wolbachia, o descendiente de
padres sanos. No será un híbrido de un progenitor sano y otro infectado.
Levantando este muro reproductivo, el parásito establece los cimientos para que
se forme una nueva especie. La Wolbachia solo es el parásito
mejor conocido entre muchos otros que igualmente manipulan las vidas sexuales
de sus hospedadores, por lo que esta debe de ser una manera bastante común de
formarse nuevas especies.
Darwin siempre tuvo un agudo sentido de la ironía, pero esto quizá le
hubiera resultado difícil de soportar. Para entender cómo la vida cambia de
forma, cómo la evolución es impulsada hacia delante, y cómo aparecen nuevas
especies, podría haberse inspirado en sus hijos moribundos. En el tapiz de la
vida, los parásitos son la mano que lo teje.
Capítulo 7
El hospedador bípedo
La humanidad tiene tres, y solo tres, grandes enemigos: la fiebre, el
hambre y la guerra; de los cuales el más terrible, con diferencia, es la
fiebre.
William Osler
La belleza de los parásitos es inhumana. Y lo es, no porque los
parásitos hayan venido de otro planeta para esclavizarnos, sino porque llevan
en este planeta mucho más tiempo que nosotros. A veces pienso en Justin
Kalesto, el niño sudanés que estaba tan atormentado por la enfermedad del sueño
que lo único que podía hacer era gemir tumbado en su cama. Tenía doce años, y
por sí solo no tenían ninguna oportunidad contra una dinastía de parásitos que
habían vivido en casi toda clase de mamíferos —en reptiles, aves, dinosaurios,
anfibios—, en cualquier ser vivo con columna vertebral desde que los peces
salieron a tierra firme, que habían vivido en el interior de los peces antes de
que cualquier ser vivo caminara sobre la tierra, que habían evolucionado para
poder internarse en los intestinos de los insectos y de los vertebrados, que
incluso habían prosperado dentro de los árboles. Toda la humanidad es un niño
como Justin: una especie joven, tal vez de solo unos pocos cientos de miles de
años, un hospedador nuevo y tierno para que los tripanosomas y otros parásitos
lo hagan suyo.
Por supuesto, los parásitos nunca se han encontrado con un hospedador
como nosotros. Podemos luchar contra ellos como no ha hecho anteriormente
ningún animal, gracias a inventos como los medicamentos y el alcantarillado. Y
también hemos cambiado el planeta. Después de miles de millones de años de
éxitos gloriosos, los parásitos tienen que vivir ahora en el mundo que hemos
hecho: un mundo en el que los bosques van disminuyendo y van apareciendo
barrios de chabolas por doquier, un mundo en el que van desapareciendo los
leopardos de las nieves y se multiplican las gallinas. Pero, gracias a su
adaptabilidad, en su conjunto lo llevan bastante bien. Deberíamos preocuparnos
por la desaparición de los cóndores y los lémures; su extinción nos demuestra
lo mal que estamos gestionando el planeta. Pero no nos debería preocupar la
desaparición de los parásitos. Es muy probable que las especies de garrapatas
que viven en los rinocerontes negros desaparezcan junto a sus hospedadores a lo
largo de este siglo. Pero no hay ningún peligro de que los parásitos en general
desaparezcan del planeta durante el tiempo que nuestra especie lo vaya a
habitar; incluso muchos de ellos seguirán aquí cuando nosotros nos hayamos ido.
Mientras los parásitos vivan en el mundo que hemos modelado, lo opuesto
es igualmente cierto. Han estructurado los ecosistemas de los que dependemos, y
han esculpido los genes de sus hospedadores, incluidos los nuestros, durante
miles de millones de años.
Es sorprendente la precisión con que nos han dado forma. Cuando los
inmunólogos empezaron a estudiar los anticuerpos, encontraron que los podían
agrupar en categorías. Algunos tenían una especie de ramas articuladas; otros
eran como estrellas de cinco puntas. Cada grupo de anticuerpos había
evolucionado para luchar contra clases concretas de parásitos. La
inmunoglobulina A lucha contra el virus de la gripe y poco más. La
inmunoglobulina M, con forma de estrella, ataca a bacterias como el Streptococcus y
el Staphylococcus.
Y luego había un pequeño y extraño anticuerpo llamado inmunoglobulina E
(IgE). Cuando los científicos lo encontraron por primera vez, no pudieron
averiguar para qué servía. En la mayoría de las personas permanecía en unos
niveles apenas detectables, excepto durante un brote de fiebre del heno o de
asma o de alguna otra reacción alérgica, en cuyo caso se disparaba
repentinamente. Los inmunólogos han resuelto cómo ayuda el IgE a desencadenar
estas reacciones. Cuando ciertas sustancias dañinas entran en el cuerpo —por
ejemplo, polen de ambrosía, caspa de gato o fibras de algodón— las células B
fabrican anticuerpos IgE adaptados a sus respectivas formas. Estos anticuerpos
se anclan a células inmunológicas especiales llamadas mastocitos, que se
encuentran en la piel, los pulmones y los intestinos. Más adelante, la
sustancia dañina para la cual fue fabricado el IgE entra de nuevo en el cuerpo.
Si se pega a un único anticuerpo IgE de un mastocito, no pasará nada. Pero si
se pega a dos de ellos, situados uno junto al otro sobre el mastocito, la
sustancia dañina se activa. De repente, el mastocito libera un flujo de
sustancias químicas que hacen que los músculos se contraigan, los fluidos
entren, y otras células inmunológicas inunden el lugar. De ahí los estornudos de
la fiebre del heno, las sibilancias del asma o la urticaria de una picadura de
abeja.
Dado que las alergias no sirven para ningún buen propósito, los
inmunólogos consideraban al IgE como uno de los raros defectos del sistema
inmunológico. Pero entonces descubrieron que el IgE era bueno para algo: luchar
contra los animales parásitos. Puede que el IgE sea considerado raro en los
Estados Unidos y en algunas otras partes del mundo que en la actualidad estén
libres de gusanos intestinales, trematodos sanguíneos y similares, pero el
resto de la humanidad (sin mencionar al resto de los mamíferos) porta una gran
carga de trematodos, gusanos e IgE. Experimentos con ratas y ratones han
demostrado que el IgE es fundamental para luchar contra estos parásitos; si los
animales son privados de sus IgE, son invadidos por los parásitos.
El sistema inmunológico ha reconocido, en cierto modo, que los animales
parásitos son diferentes de las otras criaturas que viven en nuestros cuerpos:
son más grandes y sus recubrimientos son mucho más complejos que los de los
organismos unicelulares. Como resultado, ha elaborado una nueva estrategia
contra ellos que depende del anticuerpo IgE. No está del todo claro cómo
funciona exactamente esa estrategia, y puede que sea algo diferente para cada
parásito. De todos ellos, uno de los que mejor se conoce es el del Trichinella,
el gusano parásito que se desarrolla en las células musculares y entra en un
nuevo hospedador en el interior de un trozo de carne que llega hasta el
estómago.
Una vez que el Trichinella tiene el camino libre, se
mueve a través del intestino de su hospedador agarrándose a las proyecciones
que recubren los intestinos. Las células inmunológicas de los recubrimientos
intestinales recogen algunas proteínas de la cubierta del parásito y viajan
hasta los ganglios linfáticos que hay detrás de los intestinos. Presentan las
proteínas del Trichinella a las células T y B en el ganglio,
poniendo en marcha la creación de millones de células que se dirigirán hacia el
parásito. A continuación, estas células B y T salen del nódulo linfático y
recorren el revestimiento de los intestinos.
Las células B fabrican anticuerpos, incluyendo IgE, que se propagan por
la superficie de los intestinos y forman un escudo que el Trichinella no
puede traspasar y, por lo tanto, no podrá anclarse. Al mismo tiempo, los
mastocitos se activan, produciendo espasmos repentinos y flujos a lo largo de
los intestinos. Incapaz de poder agarrarse, el parásito es arrastrado por el
flujo.
Esta precisa estrategia contra un parásito en particular —y contra otros
muchos— se estableció mucho antes de que nuestro primer antepasado primate se
columpiase en las ramas de los árboles, hace sesenta millones de años. Y si
monos y simios nos sirven de referencia, necesitaron cualquier ayuda que
pudieron tener: actualmente los primates están plagados de parásitos —malaria
en su sangre, tenias y otras criaturas en sus intestinos, pulgas y garrapatas
en su pelaje, éstridos bajo su piel y trematodos en sus venas—.
En algún momento hace más de cinco millones de años, nuestros propios
antepasados, que vivían en algún lugar de África, se separaron de los de los
chimpancés actuales. Los homínidos empezaron a sostenerse sobre dos patas, y
gradualmente se fueron desplazando de las selvas exuberantes a bosques y
sabanas más escasos, donde hurgaban en presas muertas y recolectaban plantas.
Algunos de los parásitos de nuestros antepasados continuaron con ellos,
ramificándose cuando sus hospedadores se ramificaban, produciendo especies
nuevas. Pero los homínidos también recogieron nuevos parásitos a medida que se
fueron desplazando a su nuevo hábitat, con una nueva ecología para ellos. Según
Eric Hoberg se tropezaron con el ciclo vital de las tenias, que con antelación
habían viajado entre los grandes felinos y sus presas. Al mismo tiempo, los
homínidos empezaron a pasar mucho tiempo en los escasos manantiales de la
sabana. Allí bebían la misma agua que muchos otros animales, incluyendo ratas.
Un trematodo sanguíneo que pasaba nadando de caracoles a ratas se encontró de
repente con la piel de un homínido y la probó. Le gustó lo que encontró, y fue
evolucionando gradualmente hacia la creación de una nueva especie de trematodo
que se especializó únicamente en homínidos. Desde entonces, el trematodo Schistosoma
mansoni ha vivido en nuestras venas.
Los homínidos empezaron a expandirse desde África, hará un millón de
años, en una serie de oleadas, atravesando el Viejo Mundo desde España hasta
Java. Según un modelo evolutivo bastante popular, no ha quedado ningún
descendiente de ellos en la Tierra actual. En lugar de ello, todos los humanos
vivos descienden de una oleada final que vino del este de África, hace
aproximadamente cien mil años, y que reemplazó a todos y cada uno de los
homínidos con los que se encontró. En estos viajes lejos del continente madre,
nuestros antepasados escaparon de algunos parásitos. La enfermedad del sueño
depende de las moscas tsé-tsé que transportan los tripanosomas, y estas moscas
no viven fuera de África, por lo que la enfermedad del sueño permaneció como
una enfermedad únicamente africana. Pero los humanos, gracias a sus viajes,
también se convirtieron en el hogar de nuevos parásitos. En China, otro
trematodo sanguíneo que había vivido en las ratas, el Schistosoma
japonicum, saltó a los humanos.
Hace como mínimo quince mil años, algunos pueblos se dirigieron hacia el
norte y el este, internándose en el Nuevo Mundo a través de Alaska, donde
encontraron nuevos parásitos. Los tripanosomas humanos que dejaron atrás en
África habían existido en ese continente durante cientos de millones de años.
Hace más de cien millones de años, Sudamérica estaba fusionada con el flanco
occidental de África, y los parásitos pululaban a lo largo de toda la masa
continental. Pero entonces, las placas tectónicas separaron los dos continentes
y crearon un océano entre ellos. Los tripanosomas que se habían quedado
aislados en Sudamérica evolucionaron por su cuenta, dando lugar al Trypanosoma
cruzi y otras especies. Fue mucho después de la separación de estas
dos ramas de parásitos que los primeros primates evolucionaron en África, y,
por decenas de millones de años, nuestros antepasados lucharon únicamente
contra la enfermedad del sueño. Los humanos que emigraron de África escaparon
de ese azote, pero cuando, finalmente, llegaron a Sudamérica, los primeros de
sus antiguos parásitos ya estaban allí, esperando a recibirlos con la
enfermedad de Chagas.
Hace diez mil años, los humanos ya habían colonizado todos los
continentes excepto la Antártida, pero seguían viviendo en grupos pequeños,
comiendo los animales que cazaban o las plantas silvestres que recogían. Sus
parásitos tenían que vivir de acuerdo con estas reglas. En esos primeros años,
a los parásitos les iba mejor si disponían de rutas fiables entre los humanos
—por ejemplo, las tenias mediante la caza mayor, o Plasmodium transportados
por un mosquito sediento de sangre, o trematodos sanguíneos esperando en el
agua—. Los parásitos que necesitaban un contacto íntimo habrían tenido una
gloria fugaz —el virus del Ébola esparciéndose por un rebaño aquí o allá en
África central—, pero la dispersión de los humanos no les permitía propagarse
más allá de ese rebaño aislado, por lo que seguía siendo muy poco común.
Eso cambió cuando los humanos empezaron a domesticar animales salvajes y
plantas silvestres y se los comían. La revolución de la agricultura surgió de
manera independiente, primero, en Oriente Próximo hace diez mil años, poco
después, en China, y un par de miles de años más tarde, en África y en el Nuevo
Mundo. Prácticamente todos los parásitos prosperaron con la aparición de la
agricultura y con el nacimiento de las primeras aldeas y su futura conversión
en ciudades. Las tenias no tenían que esperar a que los humanos hurgaran en un
cadáver o cazaran una gran pieza; podían limitarse a vivir en el ganado.
Después de que los humanos comieran carne de cerdo contaminada y expulsaran
huevos de tenia, no pasó mucho tiempo hasta que un cerdo husmeara el lugar, se
los tragara y permitiera así que empezara una nueva generación de parásitos. Al
ir extendiéndose gatos y ratas por casi todo el mundo, los humanos hicieron que
el Toxoplasma fuera posiblemente el parásito más común de la
Tierra. A lo largo de los Andes, las casas que construyeron los incas eran
lugares ideales para los bichos asesinos, y sus caravanas de llamas
transportaban tanto al insecto como al parásito, a lo largo de una gran parte
del continente. Para los trematodos sanguíneos, la agricultura puede que haya
sido lo mejor que ha ocurrido jamás. Al instalar sistemas de irrigación y
arrozales en el sur de Asia, aparecieron una gran cantidad de nuevos hábitats
para los caracoles hospedadores de trematodos, y los granjeros que trabajaban
en los campos siempre estaban al alcance. Los virus y las bacterias podían
pasar de persona a persona en esas condiciones de hacinamiento nada higiénicas
de las aldeas. Y a quien le iba mejor de todos era al Plasmodium.
Los mosquitos que portaban la malaria preferían depositar sus huevos en aguas
estancadas abiertas, y, a medida que los granjeros deforestaban los bosques,
construían exactamente esa clase de estanques. Las crecientes plagas de
mosquitos descubrieron nuevos objetivos, que eran mucho más asequibles que los
que habían tenido sus antepasados: gente que trabajaba duro en los campos
durante el día y que se agrupaba de noche en las aldeas.
Durante cientos de millones de años, los parásitos han estado dando
forma a la evolución de nuestros antepasados, y en los últimos diez mil años no
se han detenido. La malaria por sí sola ha tenido profundas y extrañas
consecuencias en nuestros cuerpos. La hemoglobina que el Plasmodium devora
está formada por dos pares de cadenas, llamadas alfa y beta, y cada clase de
cadena está construida de acuerdo con las instrucciones codificadas en nuestros
genes. Portamos dos genes para las cadenas alfa —uno, heredado de nuestro
padre, y otro, de nuestra madre— y lo mismo se puede decir de las cadenas beta.
Si aparece una mutación en cualquiera de esos genes de la hemoglobina, puede
dañar la sangre de una persona. Una clase de mutación causa una enfermedad
hereditaria llamada anemia de células falciformes. La hemoglobina de las
personas que sufren esta enfermedad no puede mantener su forma si no está unida
al oxígeno. Sin él, la hemoglobina defectuosa se colapsa, formando grupos en
forma de aguja, que dotan a la célula de la característica forma de hoz de esta
enfermedad. Las células falciformes tienen problemas en los capilares pequeños,
y puede que la sangre no pueda transportar oxígeno a todo el cuerpo. La gente
que hereda solo una copia de este gen de la cadena beta defectuoso puede salir
adelante con la hemoglobina fabricada por la copia normal que le queda. Pero la
gente que recibe dos copias del gen defectuoso no fabrica otra hemoglobina que
no sea la defectuosa, y suelen morir con aproximadamente treinta años.
Una persona que muere por culpa de la anemia de células falciformes
tiene menos probabilidades de pasar el gen defectuoso, y eso significa que la
enfermedad debería ser extremadamente rara. Pero no lo es —uno de cada
cuatrocientos negros norteamericanos tiene anemia de células falciformes, y uno
de cada diez es portador de una sola copia del gen defectuoso—. La única razón
por la que el gen se mantiene en una proporción tan alta en circulación es que
resulta que también es una defensa contra la malaria. Los grupos en forma de
aguja que forma la hemoglobina no solo son una amenaza para la célula
sanguínea; también pueden atravesar al parásito que esté en su interior. Cuando
una célula falciforme se colapsa, pierde su capacidad para bombear potasio, un
elemento del que depende el Plasmodium. Solo necesitamos una copia
del gen para contar con esta protección. Las vidas salvadas de la malaria por
las copias únicas del gen equilibran las que se han perdido cuando la gente
hereda dos copias del gen y mueren. Como resultado, la gente cuyos antepasados
vivieron en muchos lugares donde la malaria ha sido intensa —a lo largo de gran
parte de Asia, África y el Mediterráneo— portan los genes en una proporción
bastante alta.
Realmente, la anemia de células falciformes es solo uno de los varios
desórdenes sanguíneos creados como consecuencia de la lucha entre los humanos y
la malaria. En el sudeste de Asia, por ejemplo, podemos encontrar a personas
cuyas células sanguíneas tienen paredes que son tan rígidas que no pueden pasar
por los capilares. Llamado ovalocitosis, este desorden sigue las mismas reglas
genéticas que la anemia de células falciformes: es leve si una persona hereda
solo el gen defectuoso de un progenitor, pero es severo si son ambos
progenitores quienes se lo pasan —tan severo, de hecho, que un bebé que tenga
los dos genes seguramente morirá antes de nacer—. Pero la ovalocitosis también
provoca que los glóbulos rojos resulten menos acogedores para el Plasmodium.
Sus membranas se vuelven tan rígidas que al parásito le supone un enorme
esfuerzo penetrar, y su rigidez parece que daña su capacidad de bombear
sustancias químicas como fosfatos y sulfatos que el parásito necesita para
sobrevivir.
Es probable que los humanos hayan luchado miles de años contra la
malaria gracias a este tipo de cambios en la sangre, pero es muy difícil dar
con pruebas de ello. Uno de los pocos signos evidentes de antigüedad es una
enfermedad llamada talasemia, otro defecto de la hemoglobina. Las personas con
talasemia fabrican los ingredientes de su hemoglobina en proporciones
incorrectas. Sus genes producen, o demasiadas, o muy pocas de una de las
cadenas, y una vez que toda la molécula de hemoglobina se ha ensamblado, las
cadenas extras sobran. Estas acaban uniéndose en grupos que pueden sembrar el
caos en el interior de la célula sanguínea. Pueden unirse a una molécula de
oxígeno de la misma forma en la que lo hace la hemoglobina normal, pero no la
pueden rodear del todo. El oxígeno es un elemento peligrosamente atractivo:
puede transportar una poderosa carga que atrae a otras moléculas de la célula.
Estas extraen el oxígeno de los grupos de hemoglobina defectuosa y se lo
llevan. Mientras el oxígeno deambula por la célula, puede reaccionar con otras
moléculas, destrozándolas en el proceso.
Las personas con formas severas de talasemia suelen morir antes de
nacer, pero las que tienen las formas más leves pueden sobrevivir, aunque
sufren a menudo de anemia. El cuerpo de una persona con talasemia intenta
compensar sus células sanguíneas defectuosas fabricando más sangre en la médula
ósea. Como consecuencia de ello, la médula se hincha y puede extenderse al
hueso circundante, interfiriendo en su crecimiento. La gente con talasemia
puede acabar con esqueletos deformes —huesos curvados y raquíticos de brazos y
piernas—. Y arqueólogos han encontrado en Israel huesos con estas deformidades
que datan de hace ocho mil años.
La talasemia lleva tanto tiempo entre nosotros —y se ha convertido en la
enfermedad sanguínea más común de la Tierra— porque ayuda a luchar contra la
malaria. Si nos fijamos en el mapa de un país proclive a la malaria como Nueva
Guinea, los índices de talasemia coinciden bastante con los que muestran la
incidencia del parásito. Mientras una forma severa de talasemia puede matar,
los casos leves se salvan. Los investigadores sospechan que la forma defectuosa
de la hemoglobina en un glóbulo rojo dificulta más la vida del parásito que hay
en su interior que la del hospedador. Las hebras sueltas de hemoglobina atrapan
oxígeno y se deslizan libremente, pudiendo así dañar al Plasmodium.
Parece ser que los parásitos no tienen ninguna forma de repararse a sí mismos,
por lo que no pueden crecer correctamente. Cuando, finalmente, el Plasmodium emerge
del glóbulo rojo, está deformado y es muy lento, siendo así incapaz de invadir
nuevas células. Como consecuencia, la gente con talasemia que se contagia de
malaria tiende a sufrir casos leves, en lugar de severos o letales.
Estos desórdenes sanguíneos causan más daño a la malaria que las medidas
que se toman contra el parásito mismo. Pueden proporcionar un programa de
vacunación natural para los niños. Los niños que son picados por primera vez
por un mosquito que esté lleno de Plasmodium llegan a un punto
de inflexión en sus vidas: ¿serán capaces sus inexpertos sistemas inmunológicos
de reconocer el parásito y combatirlo antes de que les mate? El retraso en el
crecimiento de los parásitos —ya sea por causa de la talasemia, ovalocitosis o
anemia de células falciformes— da al sistema inmunológico más tiempo para
superar las evasivas del Plasmodium, reconocerlo y organizar una
respuesta. Estos casos leves de malaria inmunizan a los niños frente a la
enfermedad y les permiten llegar a su edad adulta.
* * * *
Teniendo en cuenta lo mucho que han contribuido los parásitos a
conformar el cuerpo humano, resulta tentador preguntarse si también han dado
forma a la naturaleza humana. ¿Eligen las mujeres a los hombres por sus
sistemas inmunológicos que han demostrado ser resistentes a los parásitos del
mismo modo en que una gallina elige a un gallo? En 1990, una bióloga, llamada
Bobbi Low, en la Universidad de Michigan, revisó los sistemas matrimoniales en
las culturas que estaban plagadas de parásitos como trematodos sanguíneos, Leishmania y
tripanosomas. Encontró que cuanta más carga de parásitos había en una cultura
determinada, más probable era que los hombres tuvieran múltiples esposas o
concubinas. Se podría esperar un resultado parecido a partir de la teoría de
Hamilton y Zuk, dado que la salud de los hombres sería muy valorada en los
lugares con mucha presencia de parásitos y eso haría que muchas mujeres se
casaran con cada uno de ellos. ¿Cómo juzgan las mujeres a los hombres para
averiguar que poseen sistemas inmunológicos resistentes a los parásitos? Los
hombres no tienen las crestas de los gallos, pero sí que tienen barbas
abundantes y espaldas anchas, cosas que dependen de la testosterona. También es
posible que los signos no sean visibles —una gran parte de la comunicación
entre las personas es partiendo de olores que los científicos todavía no han
empezado a decodificar—.
Si existe alguna conexión entre los parásitos y el amor, es probable que
esté enredada con muchas otras fuerzas evolutivas, y recubierta de una gruesa
corteza de variaciones culturales. Hablé una tarde con Marlene Zuk sobre su
trabajo, que reparte entre explorar la hipótesis Hamilton-Zuk y estudiar los
cantos de los grillos. Cuando le pregunté qué pensaba sobre la posibilidad de
aplicar sus ideas a las personas, fue prudente. «Es fácil construir estos
escenarios adaptativos y casi imposible ponerlos a prueba —dijo—. No estoy
diciendo que no debamos estudiar la conducta humana, que haya algo de inmoral
en ello. Pero creo que ha habido algún trabajo bastante deficiente que ha
atraído la atención del público porque la gente piensa: “¿No es genial que esto
se aplique a los humanos?”. Cuando la gente realiza estudios con humanos,
quedan cautivados con sus teorías personales. Pero yo ni siquiera comprendo qué
es lo que ocurre en la estructura de los cantos de los grillos».
Aun así, no se comete ningún crimen si especulamos. ¿Podrían los
parásitos haber ayudado a dirigir la evolución de la mente humana? Los primates
pasan una gran parte del día —entre el 10 y el 20 por ciento— espulgándose unos
a otros. Al igual que otros animales que se asean de la misma forma, tienen que
defenderse de interminables ataques de piojos y otros parásitos de la piel. El
simple hecho de quitarse estos parásitos es relajante, porque el tacto libera
narcóticos leves en el cerebro del primate. Según Robin Dunbar, de la
Universidad de Liverpool, ese hábito placentero dirigido por los parásitos
cobró una nueva importancia cuando el antepasado común de monos, simios y
humanos se trasladó a hábitats en los que había multitud de depredadores, hará
unos veinte millones de años. Estos primates tuvieron que apiñarse para no ser
asesinados, pero entonces tenían que competir unos con otros por el alimento. A
medida que fue apareciendo el estrés social, los primates empezaron a depender
de la sensación relajante que suponía el aseo común, no por su función previa
—deshacerse de los parásitos—, sino como una especie de moneda con la que
comprar la alianza de otros monos. El espulgarse los unos a los otros pasó a
ser, en otras palabras, una actividad política, y para controlar grupos cada
vez mayores, los simios desarrollaron cerebros grandes y tuvieron que dedicar
más tiempo a espulgarse unos a otros. Los homínidos llegaron, finalmente, a ser
grupos de ciento cincuenta miembros en los que no había tiempo suficiente durante
el día para espulgarse los unos a los otros y mantener el grupo intacto. Y
según Dunbar, fue entonces cuando apareció el lenguaje y ocupó el lugar que
hasta entonces correspondía al acto del aseo común.
El defenderse de los parásitos podría haber contribuido a la evolución
de la inteligencia humana de otra forma —una que es todavía más especulativa,
pero una que podría ser más significativa—. Puede que la medicina jugase un
papel. Cuando una oruga es atacada por una mosca parásita y cambia su dieta de
lupino a cicuta, lo hace meramente por instinto. No se para en una hoja y se
dice a sí misma: «Me temo que hay una larva creciendo en mi interior, y me
convertirá en una muda si no hago algo». Simplemente, sus gustos cambian y en
lugar de preferir una planta, prefiere otra. Para muchos animales que utilizan
igualmente esta protomedicina, el proceso probablemente sea muy parecido. Pero
lo que ocurre en los primates parece ser diferente, especialmente en los chimpancés,
nuestros parientes más cercanos. Cuando los chimpancés están enfermos, a veces
buscan alimentos extraños. Se tragarán ciertos tipos de hojas enteras;
descortezarán algunas plantas y se comerán la parte interna amarga. En esas
partes las plantas no son nada nutritivas, pero tienen otro valor. Parece ser
que las hojas ayudan a limpiar los intestinos de gusanos, y esa médula amarga
es usada como un remedio contra los parásitos por mucha gente que comparte los
bosques con los chimpancés. Cuando los científicos han analizado las plantas en
los laboratorios, han descubierto que pueden matar a muchos parásitos.
En otras palabras, los chimpancés se están auto medicando. Con el paso
de los años, se van acumulando más pruebas que corroboran la teoría del
chimpancé doctor, pero su aceptación es lenta. Exige muchas más pruebas que
cualquier otra idea en biología, ya que los científicos necesitan demostrar que
los chimpancés están contagiados por determinados parásitos cuando escogen esas
plantas, y necesitan demostrar igualmente cómo afectan las plantas a los
parásitos. Demostrar esto mientras corres para seguir a los chimpancés por los
bosques tropicales contribuye a que el progreso científico sea lento. Pero
Michael Huffman, el primatólogo que más ha corrido tras ellos, ha demostrado
que después de que los chimpancés coman ciertas plantas, su carga de parásitos
disminuye y su salud mejora. Argumenta que los chimpancés son mucho más
sofisticados con su medicina que las orugas dirigidas por su instinto. Cuando
seleccionan solo la médula de la planta Vernonia migdalina,
despreciando la corteza y las hojas, están evitando la parte venenosa de la
planta y cogiendo únicamente la parte que tiene glucósidos esteroideos letales
para los nematodos y otros parásitos. Una cabra hambrienta comerá demasiado y a
veces morirá.
Si Huffman tiene razón, los chimpancés van acumulando sabiduría popular
médica y la perpetúan en el tiempo enseñando y observándose entre ellos.
Huffman pudo ver una vez a un chimpancé macho comer algo de Vernonia y
tirarla al suelo; un bebé chimpancé intentó recogerla, pero su madre se lo
impidió, puso el pie sobre la planta y se lo llevó de allí. Si Huffman está en
lo cierto, los chimpancés deben tener una sofisticación cognitiva
extraordinaria. Pueden reconocer los síntomas de parásitos concretos y asociar
la ingesta de determinadas plantas con su curación. Pueden incluso comer
algunas plantas de forma preventiva, lo que elevaría la asociación a un plano
mucho más abstracto.
Normalmente oímos esta clase de términos —abstracción, una conciencia de
los usos potenciales de las cosas en la naturaleza— cuando la gente está
discutiendo sobre uno de los pasos más importantes de la evolución humana: la
habilidad para fabricar herramientas. Los chimpancés pueden pelar palitos para
usarlos a la hora de sacar termitas de sus nidos; pueden machacar conchas con
rocas; pueden incluso fabricarse una especie de sandalias para cruzar
extensiones pobladas de arbustos espinosos bajos. Como nuestros parientes
primates más cercanos, poseen algunas aptitudes que tenían igualmente los
primeros homínidos hace cinco millones de años. Más tarde, cuando nuestros
antepasados salieron de los densos bosques, desarrollaron la capacidad de
elaborar herramientas más sofisticadas afilando piedras para desmenuzar la
carne. La capacidad de conectar la forma de una herramienta con la función que
podía realizar reportaba la recompensa de conseguir más alimento. Este
pensamiento abstracto hizo posible que se fabricaran mejores herramientas, y la
supervivencia fue más fácil. En otras palabras, las herramientas hicieron que
nuestros cerebros creciesen.
Es muy posible que ese mismo argumento se pueda aplicar igualmente a la
medicina. ¿Podría la habilidad de reconocer cómo las plantas ayudan a luchar
contra los parásitos haber posibilitado que los homínidos vivieran más tiempo y
tuvieran más hijos? Y ¿podría ese éxito haber impulsado la evolución hacia
cerebros más potentes para poder encontrar mejores curas contra los parásitos?
Si eso es cierto, puede que Homo medicus fuera un nombre más
apropiado para nosotros.
* * * *
En 1955, Paul Russell, un científico de la Universidad Rockefeller,
escribió un libro que tituló El control de la malaria por el hombre —un
título que, pensó, era completamente razonable y realista—. El parásito que se
había cobrado tantas vidas (según algunos cálculos, la mitad de todas las
personas que han vivido jamás) estaba al borde de sucumbir al poder de la
medicina moderna. «Por primera vez es económicamente factible para las
naciones, aunque estén subdesarrolladas y sea cual sea su clima, desterrar
completamente la malaria fuera de sus fronteras». Estaba tan claro que el final
de la malaria era un hecho consumado, que Russell concluía su libro advirtiendo
que habría una explosión demográfica en el mundo cuando el parásito hubiera
sido destruido.
Cuando escribo estas palabras, cuarenta y cuatro años más tarde y cerca
de finalizar el siglo XX, una persona muere de malaria cada doce segundos. En
el espacio de tiempo que hay entre Russell y yo, los científicos han
desentrañado el misterio del ADN; han observado muy de cerca las células; han
ido descubriendo eslabón a eslabón cómo se codifica la información en los genes
y cómo se ejecuta. Y, sin embargo, la malaria sigue haciendo estragos en la
especie humana.
Es más, lo mismo pasa con otros parásitos. Más allá de las bacterias y
virus con los que están familiarizados los norteamericanos y europeos, los
protozoos y los animales sacan el máximo provecho de sus hospedadores humanos.
Hay más gusanos intestinales humanos que humanos. Las filarias, los parásitos
que causan la elefantiasis, infectan a 120 millones de personas; hay 200
millones de casos de esquistosomiasis, la enfermedad causada por trematodos
sanguíneos. Incluso un parásito limitado por la geografía, como el tripanosoma
que causa la enfermedad de Chagas, infecta a casi 20 millones de personas.
El daño que causan estos parásitos es ignorado por varias razones. Una
es que los afectados suelen ser las personas más pobres en los países más
pobres. Otra es que una gran parte de estos parásitos no son letales en todos
los casos. Casi 1.300 millones de personas portan anquilostomas, de los cuales
solo unos 65.000 mueren cada año. Pero, aun así, los efectos de las infecciones
crónicas con parásitos son devastadores, dejando a las personas apáticas y
desnutridas. Parásitos como los anquilostomas y los tricocéfalos dificultan
mucho el aprendizaje de los niños en la escuela; y todo lo que necesitan es una
dosis de algún fármaco anti tricocéfalos para volver a brillar de nuevo.
Los epidemiólogos han intentado cuantificar esta clase de pérdida con lo
que llaman años de vida potencialmente perdidos.[4] En
pocas palabras, esta unidad de medida estima la cantidad de años de vida sana
que se pierden debido a una enfermedad. Es un ejercicio engorroso de
estadística, lleno de cálculos desalmados propios del trabajo —como que
infectarse con trematodos sanguíneos a la edad de veinticinco cuenta mucho más
que si es a la edad de cincuenta y cinco—. Dependiendo de lo dañina que sea la
enfermedad, un año vivido cuenta solo como una fracción de un año vivido libre
de parásitos. Las lombrices intestinales pueden ralentizar el crecimiento de un
niño, pero si se coge a tiempo, la enfermedad puede dar marcha atrás y el niño
retoma su crecimiento. Aunque, si se tarda mucho tiempo, las lombrices
intestinales pueden hacer que el niño llegue a su edad adulta mal desarrollado.
Considerados de esta forma, los parásitos suponen una impresionante pérdida de
vida. La malaria arrebata a la población mundial 35,7 millones de años de vida
cada año. Los gusanos que parasitan el intestino —siendo los anquilostomas,
lombrices intestinales y tricocéfalos los más importantes— son menos letales
que la malaria, pero, en realidad, roban más vida: 39 millones de años de vida.
Considerados en su conjunto, los parásitos más importantes destruyen casi 80
millones de años de vida por año, casi el doble que los que se cobra la
tuberculosis.
En los Estados Unidos, la mayoría de la gente no es consciente del daño
que causan los parásitos (o ni siquiera saben qué son los parásitos) porque, en
la actualidad, suponen una amenaza muy pequeña para su salud. Pero no siempre
ha sido así. La mayoría de los norteamericanos desconocen que, en el siglo XIX,
la malaria azotó una gran zona que abarcaba desde las Grandes Llanuras hasta
Dakota del Norte, o que, en 1901, una quinta parte de la población de Staten
Island era portadora del parásito. La mayoría desconoce que la gente del sur de
los Estados Unidos tuvo en un tiempo la reputación de ser perezosa y estúpida
porque muchos de ellos acabaron consumidos por los anquilostomas. También
desconocen que, en la década de 1930, el 25 por ciento de la carne de cerdo que
se vendía en Estados Unidos contenía Trichinella.
Los Estados Unidos ya no tienen por qué preocuparse de estos parásitos,
pero no porque alguien haya inventado una poción mágica. Han sido superados por
el lento y tenaz trabajo del servicio de salud pública, por haber construido
letrinas, por inspeccionar la comida, por tratar las infecciones rompiendo los
ciclos por los que han circulado los parásitos durante miles de generaciones
previas. Todavía hay mucha vida por delante y solo nos estamos acercando.
Consideremos el desagradable caso de los gusanos de Guinea. Incluso a mediados
del siglo XX, los gusanos de Guinea eran unos parásitos increíblemente
exitosos. Una estimación de la década de 1940 calculaba que infectaban a 48
millones de personas cada año. En la actualidad sigue sin haber una vacuna
contra la enfermedad que causa el gusano de Guinea, ni siquiera hay un fármaco
que se sepa que sea efectivo. Pero al principio de la década de 1980, los
trabajadores de la sanidad pública empezaron una campaña que podía erradicarla
de la faz de la Tierra.
Su estrategia era sencilla. Advirtieron a la gente de la zona donde
habitaba este gusano del modo de actuación del parásito. Ayudaron a construir
pozos en algunos lugares, y en otros proporcionaron telas de gasa para filtrar
el agua de los estanques y así eliminar los copépodos que contenían parásitos.
Impidieron que los gusanos de Guinea completaran su ciclo vital en las personas
colocando apósitos en los abscesos que formaba el parásito. A medida que los
gusanos de Guinea eran extraídos de sus hospedadores enrollándolos sobre un
palito o trapo como un hilo en un carrete, se les impedía que se acercaran al
agua. En cuestión de años, la población del gusano de Guinea empezó a decaer.
En 1989, había 892.000 casos reconocidos (es muy posible que los casos reales
fueran bastantes más); en 1998, el número había bajado hasta 80.000. El gusano
de Guinea desapareció completamente de Pakistán en 1993. Es concebible que en
unos años los gusanos de Guinea hayan sido eliminados por completo. Después de
la viruela, los gusanos de Guinea pasarían a ser la segunda enfermedad que se
habrá podido erradicar en la historia de la medicina.[5]
Otros dos parásitos malignos también tienen ciclos vitales que los
convierten en buenos candidatos para ser erradicados. Uno es el Onchocerca
volvulus, el gusano que es transportado por las moscas negras y causa la
ceguera de los ríos. Diecisiete millones de personas portan el parásito, la
mayor parte de ellas en África. A menos que se aniquilen todas las moscas o se
proporcione un insecticida a todos los africanos que estuvieran en peligro de
contraer la enfermedad, no hay forma posible de evitar el contagio. Al igual
que con los gusanos de Guinea, no existe vacuna contra el O. volvulus,
pero sí que hay una cura parcial. Los ganaderos ovejeros dan a sus animales un
fármaco llamado ivermectina, que elimina los gusanos intestinales. Parece ser
que la ivermectina paraliza a los gusanos, impidiendo así que se alimenten o
naden, y haciendo que sean expulsados del cuerpo. Los parasitólogos han
descubierto que la ivermectina es, en realidad, efectiva contra muchos otros
parásitos, incluyendo el O. volvulus. Si una persona que padece
ceguera de los ríos toma el fármaco, las crías de los gusanos que deambulan por
la piel mueren. No es una cura completa, dado que los gusanos adultos siguen
felizmente acurrucados en sus nódulos, donde pueden producir miles de gusanos
más. Pero son las crías las que causan los peores síntomas de la enfermedad —el
picor desesperante y las cicatrices en los ojos, que conducen a la ceguera—.
Los investigadores encontraron que, si una persona infectada toma una pastilla
una vez al año, se podrá librar de las crías. Dado que un gusano adulto vive
unos diez años, debería tomarlo diez veces para estar completamente curado. El
coloso farmacéutico Merck ha donado toda la ivermectina que sería necesaria
para librar al mundo de la ceguera de los ríos, y ya se han distribuido hasta
cien millones de dosis.
Más recientemente, los parasitólogos han descubierto que la ivermectina
puede funcionar con la misma eficacia contra las filarias que causan
elefantiasis. Las filarias tienen, básicamente, el mismo ciclo de vida que
el O. volvulus, y la misma susceptibilidad a la ivermectina. El
proyecto es mucho más ambicioso —120 millones de personas a lo largo de una
gran parte de la zona de los trópicos están infectados—. Si estos
investigadores tuvieran éxito y estos parásitos fueran destruidos, el mundo
debería honrarlos por emprender estas campañas. Llegará un tiempo en el que a
la gente le costará creer que hubo algo en la Tierra que pudo causar
sufrimiento a los humanos mediante estrategias tan elaboradas. Serán los
dragones y los basiliscos del siglo XXII.
Sin embargo, en lo que respecta a su vulnerabilidad, estos tres
parásitos son una excepción a la regla. Muchos otros prosperan en la pobreza en
la que una gran parte del mundo vive, y hace falta mucho más que buenas
intenciones para detenerlos. La esquistosomiasis es fácilmente curable si se
tienen los 20 dólares que cuesta el fármaco praziquantel. Si uno es tan pobre
que no se lo puede permitir, pero alguien se lo da gratis, lo más seguro es que
se ponga enfermo de nuevo porque cogerá el agua de un estanque en lugar de
sacarla de un pozo limpio. Y, a menudo, las supuestas curas para los pobres
hacen que la vida de los parásitos sea más fácil. Cuando se construyen presas
gigantes que inundan extensas regiones de tierra seca, crean nuevos hogares
para los caracoles que portan trematodos sanguíneos, a lo que, casi con toda
seguridad, seguirán nuevas epidemias de esquistosomiasis.
La razón más importante por la que a los parásitos les va tan bien en la
actualidad es que evolucionan. Los parásitos no son los callejones sin salida
de la vida, como se creyó durante un tiempo, se están adaptando continuamente a
sus circunstancias. La malaria no solo nos ha obligado a evolucionar; ella
misma ha estado evolucionando para adaptarse a nosotros. Y después de adaptarse
a las defensas naturales humanas durante muchos miles de años, el Plasmodium ahora
tiene que enfrentarse a fármacos en lugar de a algún nuevo receptor en las
células T.
Antes de la década de 1950, la malaria que contraía cualquier persona
del mundo podía ser tratada con unas pocas dosis del fármaco cloroquina. La
cloroquina cura la malaria envenenando el alimento que toma el Plasmodium.
Cuando el Plasmodium se alimenta de la hemoglobina de los
glóbulos rojos, el parásito corta los brazos de la molécula, dejando al
descubierto el núcleo rico en hierro. Este núcleo es peligroso para el
parásito, porque puede alojarse en la membrana del Plasmodium e
interrumpir el flujo de moléculas en ambas direcciones. El parásito neutraliza
el veneno de dos maneras. Une algunas de esas moléculas en hemozoina
inofensiva; el resto lo procesa con enzimas hasta que ya no puede reaccionar
con la membrana.
La cloroquina se introduce en el Plasmodium y se enlaza
con el núcleo de hemoglobina antes de que el parásito pueda neutralizarla. En
su nueva forma, el compuesto no encaja con el extremo de la cadena de
hemozoína, y las enzimas del parásito ya no pueden reaccionar con él. En lugar
de eso, se acumula en la membrana del Plasmodium y la hace
permeable. El parásito ya no puede bombear hacia el interior átomos como el
potasio que necesita, o extraer los que necesita eliminar, y, finalmente,
muere.
Actualmente hay grandes zonas del globo en las que la malaria ya es a
prueba de cloroquina. Al final de la década de 1950, aparecieron dos parásitos
resistentes a este fármaco —uno, en Sudamérica, el otro, en el Sudeste
Asiático—. Los investigadores no están del todo seguros de qué es lo que hace
que sean tan difíciles de combatir, pero sospechan que tienen una proteína
mutante que se engancha a la cloroquina antes de que penetre demasiado en el
parásito. Es probable que estos mutantes hayan ido apareciendo regularmente
durante miles de años, pero las proteínas raras que producen no sirven para
nada bueno. Es incluso posible que ralenticen la alimentación del parásito, por
lo que fueron eliminadas por selección natural.
Pero en los primeros años de la década de 1950, cualquier parásito que
pudiera bloquear a la cloroquina tenía un montón de espacio —los cuerpos
humanos— para colonizar. Año a año, los hijos de esos dos Plasmodium mutantes
se propagaron a partir de sus zonas originales. El mutante sudamericano se
propagó hasta cubrir todas las regiones del continente que tuvieran malaria.
Mientras tanto, el mutante del Sudeste Asiático fue incluso más cosmopolita: en
la década de 1960 había invadido Indonesia y Nueva Guinea hacia el este, y, en
la década de 1970, hacia el oeste a través de India y Oriente Medio. En 1978,
la primera aparición de esta forma del Sudeste Asiático fue notificada en el
este de África, y ya en la década de 1980, había llegado a la mayoría de zonas
del África subsahariana. Hoy en día es mucho más difícil detener la propagación
de la malaria porque hay otros fármacos que son más caros, y también aparecen
cadenas resistentes de Plasmodium contra ellos.
El resurgimiento de parásitos como el Plasmodium ha
hecho que los parasitólogos anhelen una vacuna. Pero, aunque las vacunas
funcionan bien contra algunos virus y bacterias, no hay ninguna vacuna
comercialmente disponible contra un eucariota. Ninguna. El problema es que los
parásitos eucariotas son criaturas complejas y evasivas. Pasan por diferentes
etapas dentro de su hospedador, cada una de las cuales no se parece en nada a
la siguiente. Los protozoos y los animales han conseguido engañar a nuestros
sistemas inmunológicos —piense, por ejemplo, en cómo los tripanosomas pueden
desprenderse de su cubierta glicoproteica y hacer crecer otra con un patrón
químico completamente diferente, o la forma en que los trematodos sanguíneos
roban nuestras propias moléculas para disponer de una máscara mientras producen
otras sustancias químicas que harán que nos volvamos contra nosotros mismos—.
Los primeros intentos para fabricar vacunas contra los parásitos fueron
intentos bastante toscos. Los científicos destruían parásitos vivos con
radiación y luego inyectaban lo que quedaba de ellos en animales de
laboratorio. Solo les proporcionaba algo de protección. En los últimos veinte
años, los científicos han aprendido a adaptar sus vacunas con mucho más
cuidado. En lugar de fijarse en los parásitos enteros han pasado a centrarse en
moléculas individuales que el parásito contiene en sus revestimientos. Su
esperanza ha sido encontrar un conjunto de moléculas que pueda usar el sistema
inmunológico para prepararse en la lucha contra esos invasores. Pero, aun así,
han seguido fracasando. La Organización Mundial de la Salud organizó una
agresiva campaña para crear una vacuna contra la esquistosomiasis en la década
de 1980. Se centraron, no en una molécula, sino en seis, cada una de ellas
probada por un escuadrón de inmunólogos. Ninguno de ellos pudo ofrecer ningún
tipo de protección significativa, por lo que el programa de becas fue
desechado, mientras los que desarrollaban vacunas buscaban nuevas moléculas.
Sin embargo, los parásitos no desafían a las vacunas por definición.
Todavía es posible que haya una molécula sin la cual no puedan vivir, y que el
sistema inmunológico pueda identificar con suficiente regularidad como para
usarla como guía para sus ataques. En 1998, empezaron los ensayos humanos de
una vacuna contra la malaria, creada por científicos de la Armada de los
Estados Unidos. Querían que el sistema inmunológico humano atacara al Plasmodium cuando
estuviera aún en una etapa temprana en las células hepáticas. Las células
hepáticas exhiben trozos de proteínas de Plasmodium en los
receptores del complejo mayor de histocompatibilidad (CMH) de su superficie.
Normalmente, nuestros cuerpos no pueden luchar contra la malaria en esta etapa,
porque en el momento en el que las células T asesinas han reconocido los
fragmentos y se han multiplicado formando un ejército contra el parásito,
el Plasmodium ya ha escapado del hígado y se ha colado en el
torrente sanguíneo.
Pero si las células T asesinas ya estuvieran preparadas para reconocer
esos fragmentos, podrían ser capaces de empezar a destruir las células
hepáticas infectadas inmediatamente. Para crear un ejército compuesto por estas
células T, los científicos de la Armada inocularían a la gente un caso falso de
malaria. Han moldeado una secuencia de ADN que inyectan en los músculos de
voluntarios. El ADN se abre camino por el interior de las células musculares,
donde empieza a fabricar la misma proteína que produce el Plasmodium y
que es exhibida por las células hepáticas. En teoría, las células musculares
deberían transportar esta vacuna proteica a su propia superficie, y las células
T que se lo encontraran serían capaces de eliminar una infección real cuando
apareciese.
Hay un largo camino que va desde los ensayos humanos hasta una auténtica
campaña de vacunación —especialmente, contra enfermedades como la malaria o la
esquistosomiasis, que afectan a cientos de millones de personas en las zonas
más pobres del planeta—. « ¿Qué es lo mejor que podrías esperar de una vacuna?
—pregunta Armand Kuris, que ha pasado una gran parte de su carrera buscando
posibles formas de controlar la esquistosomiasis—. Un biólogo molecular dirá:
“Es cara, requiere volver a vacunarse cada cinco o siete años, y además
requiere que se mantenga fría”. Eso implica una refrigeración desde su
fabricación hasta el lugar donde extraes un vial e introduces una jeringa en
él. ¿Te has puesto alguna vez una vacuna contra la viruela? Yo me puse una en
la frontera de Costa Rica, donde la enfermera guardaba la vacuna en un vaso de
chupitos y me tatuó con una aguja de coser. Ahora eso es una
vacuna». Señala que el praziquantel, la cura para la esquistosomiasis, cuesta
20 dólares. «En Kenia, en las aldeas donde trabajo, las familias en mejor
situación pueden permitirse el fármaco para el niño preferido. Si eso es
económicamente imposible, y yo te doy una vacuna, ¿qué demonios puedes hacer
con ella? No digo que no haya que hacer ninguna investigación al respecto. Puede
que la Armada haya ido a algún lugar con malaria —trabajadores del Cuerpo de
Paz, diplomáticos…—, pero para los doscientos millones de personas que sufren
esquistosomiasis, la vacuna no tiene ninguna posibilidad de funcionar. Y, aun
así, mi cálculo es que tres cuartas partes del dinero que se ha gastado en la
esquistosomiasis en los pasados veinte años han sido gastadas en vacunas».
Incluso si los investigadores pudieran producir una vacuna que
satisficiera los estándares que Kuris había visto en aquella enfermería, los
parásitos podrían encontrar un modo de saltársela. La Organización Mundial de
la Salud decidió que, incluso si una vacuna ofreciera solo un 40 por ciento de
protección contra el esquistosoma, valdría la pena apoyarla. Eso no significa
que el 40 por ciento de doscientos millones de personas con esquistosomiasis se
librarían de sus parásitos. Eso significa que cada persona perdería el 40 por
ciento de los gusanos que circulan por sus venas. Parece un objetivo
respetable, pero ignora la sofisticación de los esquistosomas. Estos trematodos
pueden notar cuántos compañeros trematodos hay en su hospedador, y a medida que
ese número crece, cada hembra produce cada vez menos huevos. Es posible que los
trematodos sanguíneos hayan desarrollado un mecanismo con el que proteger a sus
hospedadores. Si cada hembra pusiera todos los huevos que fuera capaz de poner,
producirían tantas cicatrices en el hígado del hospedador que podría morir. Una
vacuna que matara el 40 por ciento de los gusanos presentes en una persona
podría producir un efecto contrario al deseado: los esquistosomas
supervivientes notarían que tienen menos competencia e incrementarían la
producción de huevos, haciendo que la enfermedad empeorase.
Las vacunas también corren el riesgo de echar por tierra nuestra
capacidad de auto inmunizarnos, que tanto nos ha costado conseguir. Digamos que
la vacuna de la Armada contra la fase hepática de la malaria funciona, y que se
decide inyectarla en millones de niños de todo el mundo. Digamos también que la
vacuna funciona brillantemente durante unos años. Y que, de repente, los países
interrumpen el programa por culpa de guerras civiles o porque los especuladores
venden las monedas nacionales. O, si así lo prefiere el lector, digamos que se
propaga una cadena mutante de malaria, siendo lo suficientemente diferente para
evitar que las células T entrenadas la reconozcan. La gente no tendría
protección alguna en sus hígados, y no habría tenido la oportunidad de establecer
su propia resistencia contra la fase sanguínea del parásito. La vacuna podría
entonces causar más daño que beneficio.
Para algunos parásitos, tendría ahora más sentido encontrar una mejor
coexistencia que intentar su erradicación. Por ejemplo, en la esquistosomiasis,
los trematodos sanguíneos adultos no causan mucho daño. Están tan bien
camuflados que el sistema inmunológico no los detecta y, por lo tanto, no
desencadena un ataque con consecuencias dañinas, y tampoco beben mucha sangre.
Son sus huevos los que suponen un problema, ya que el sistema inmunológico
forma bolas gigantes de tejido cicatrizado alrededor de ellos, en el hígado.
Entre las muchas señales que las células inmunológicas intercambian, una tiene
la habilidad de detener la fabricación de estos granulomas. Los científicos han
encontrado que, si suministran una dosis extra de esta señal a ratones con
esquistosomiasis, no destruyen sus hígados. Es posible que este tipo de
medicamento pudiera salvarnos —no de los parásitos, sino de nosotros mismos—.
Otra estrategia sería impedir que los trematodos sanguíneos se aparearan. Los
científicos han descubierto que los machos atraen a las hembras mediante una
señal química. Si las personas se vacunasen de tal manera que su sistema
inmunológico pudiera destruir esa señal, el amor entre los trematodos
sanguíneos sería en vano, y no se produciría ningún huevo.
La coexistencia con los parásitos podría ser también posible si fuéramos
capaces de domesticarlos. La severidad de una enfermedad causada por un
parásito tiene mucho que ver con sus opciones evolutivas. Si la mejor opción
para sobrevivir que tiene un virus requiere que mate rápidamente a su
hospedador, seguramente evolucionará formando una cepa letal. Pero lo contrario
también es cierto: si el virus tuviera que pagar un precio alto por ser
virulento, las cepas benignas saldrían victoriosas. Durante más de diez mil
años, hemos estado dirigiendo la evolución de muchos seres vivos, cultivando
plantas y animales en busca de la calidad que deseamos —por ejemplo, logrando
vacas dóciles y peras dulces—. Uno de los arquitectos de la teoría de la
virulencia, Paul Ewald, del Amherst College, ha propuesto hacer lo mismo con
los parásitos para poder luchar contra las enfermedades. En realidad, no es
difícil domesticar un parásito. En muchas partes de los trópicos, por ejemplo,
las campañas de salud pública suministran a la gente mosquiteras para evitar
que los mosquitos portadores de malaria les piquen cuando duermen. Las campañas
salvan vidas, no solo por prevenir que los mosquitos les piquen, sino, tal como
sospecha Ewald, por forzar al Plasmodium, que está en el interior
de los mosquitos, a evolucionar hacia una forma más moderada. A medida que va
siendo menos probable que un mosquito pueda pasar de un hospedador al
siguiente, pasa a ser una insensatez, evolutivamente hablando, matar al
hospedador.
Erradicar parásitos puede incluso crear nuevas enfermedades. La colitis
y la enfermedad de Crohn afectan actualmente a un millón de norteamericanos. En
ambos casos, el sistema inmunológico de una persona ataca violentamente los
revestimientos de los intestinos. La inflamación que desencadena arruina la
digestión de la persona, y, a veces, es necesario que un cirujano corte una
sección de los intestinos dañados. Ambas enfermedades pueden atormentar a una
persona durante toda su vida, y, hasta ahora, no existe cura para ninguna de
las dos. Sin embargo, a pesar de lo comunes que son en la actualidad, no se
encuentra registro alguno de colitis o de enfermedad de Crohn antes de la
década de 1930. Los primeros casos en los Estados Unidos aparecieron en
familias judías acomodadas de Nueva York, lo que hizo pensar a los médicos que
se trataba de enfermedades hereditarias. Pero, entonces, personas de raza
blanca que no eran judías empezaron a contraer esas enfermedades. Los médicos
seguían creyendo que eran enfermedades hereditarias porque nadie de raza negra
las padecía. Pero en la década de 1970, las personas de raza negra también
empezaron a contraer esas enfermedades. Si nos fijamos en los datos de fuera de
los Estados Unidos, podremos observar otro extraño patrón. En los países más
pobres del mundo, prácticamente desconocen por completo esas enfermedades. Sin
embargo, en Japón y Corea del Sur, dos países que han pasado rápidamente de la
pobreza al bienestar, hay, actualmente, un gran número de casos de colitis y de
enfermedad de Crohn.
Algunos científicos piensan que la propagación de estas enfermedades fue
causada por la erradicación de los gusanos intestinales. Es cierto que la idea
encaja con la historia. En los Estados Unidos, aparecieron primero en gente
rica de las ciudades —la gente que, en otras palabras, fueron los primeros en
desprenderse de las tenias y de otros gusanos que vivían en sus intestinos—.
Más tarde, cuando la gente de raza negra que empezó a prosperar y escapar de la
pobreza también se trasladó a las ciudades, empezó a enfermar. Los parásitos
intestinales todavía son comunes en muchas partes del mundo, pero en los países
en los que se han erradicado recientemente, la colitis y la enfermedad de Crohn
han aparecido a continuación. Incluso los animales de granja han empezado a
padecer enfermedades intestinales desde que se les empezó a tratar con
medicamentos antiparasitarios como la ivermectina.
Los humanos han estado protegidos de enfermedades como estas por la
interacción entre sus sistemas inmunológicos y los parásitos intestinales. Los
parasitólogos han encontrado que los gusanos intestinales pueden conseguir que
el sistema inmunológico pase de atacar de una forma frenética a hacerlo de una
forma más moderada. En este estado de actividad más moderado, el sistema
inmunológico todavía puede mantener a raya a las bacterias y virus, pero los
gusanos parásitos pueden vivir tranquilos. Esta situación también beneficia al
hospedador. Cuando abundan los gusanos parásitos, sería peligroso atacarles una
y otra vez. Pero entonces, en un abrir y cerrar de ojos evolutivo, cientos de
millones de personas perdieron sus parásitos. Sin su influencia tranquilizadora,
algunas personas han pasado a sufrir la situación completamente opuesta: sus
sistemas inmunológicos son incapaces de dejar de atacar a sus propios cuerpos.
En 1997, científicos de la universidad de Iowa pusieron esta
sorprendente idea en práctica. Eligieron a siete personas con colitis ulcerosa
y enfermedad de Crohn, que no habían obtenido alivio alguno con los
tratamientos convencionales. Les dieron a comer huevos de un gusano intestinal
que vive normalmente en un animal, uno que no causaría ninguna enfermedad en un
intestino humano. En un par de semanas los huevos eclosionaron, las larvas
crecieron, y seis de los siete pacientes lograron una remisión completa.
La vida libre de parásitos puede también ser la responsable del aumento
de otros desórdenes inmunológicos, como las alergias. El 20 por ciento de la
población del mundo industrializado sufre algún tipo de alergia, pero fuera de
esos lugares es difícil de encontrar. Dado que es peligroso generalizar de un
país a otro, el inmunólogo Neil Lynch ha llevado a cabo estudios pormenorizados
sobre este modelo en Venezuela. Se fijó en personas de hogares de clase alta
que tenían agua corriente y retretes, y los comparó con venezolanos pobres de
barrios marginales. Mientras que el 43 por ciento de las personas de clase alta
tenía alergias, solo el 10 por ciento tenía infecciones leves de gusanos
intestinales. Entre los pobres, había la mitad de alergias que en la clase
alta, pero el doble de gusanos. Y cuando Lynch estudió a los indios venezolanos
que vivían en las selvas tropicales, el patrón era incluso más marcado: el 88
por ciento estaba infectado con parásitos y no tenía ningún tipo de alergia.
Sin gusanos parásitos ejerciendo su influencia, nuestros sistemas inmunológicos
pueden ser propensos a tener una reacción desmesurada frente a pequeños trozos
de caspa de gato o moho.
Para luchar contra estas enfermedades, necesitaríamos admitir nuestro
largo matrimonio con los parásitos. Esto no quiere decir que la gente con
colitis deba comer huevos de Trichinella, a no ser que quieran
sufrir una larga y agonizante muerte cuando el parásito se abra camino hacia
sus músculos. Pero las sustancias químicas que usa el parásito para manipular
nuestros sistemas inmunológicos pueden ofrecernos protección frente a la vida
moderna. Puede que algún día, junto a las vacunas de la polio, los niños
reciban proteínas de parásitos, para que así sus sistemas inmunológicos se
entrenen para no perder el control. Sería un impresionante giro final para la
historia de los parásitos en humanos. Puede que no siempre sean la causa de la
enfermedad. En algunos casos pueden ser la cura.
Capítulo 8
Cómo vivir en un mundo lleno de parásitos
Siempre que la tierra cambió su forma de existencia, las creaciones
existentes fueron igualmente destruidas. Lo mismo ocurre con los gusanos;
cuando el animal hospedador muere, ellos también son destruidos.
Johannes Bremsner, parasitólogo alemán (1819).
En mi visita a Santa Bárbara, después de que Kevin Lafferty me mostrara
cómo los parásitos dominan una marisma salobre, pasé una mañana con uno de los
estudiantes de posgrado de Armand Kuris, un joven llamado Mark Torchin. Me
enseñó uno de los laboratorios de biología marina, en cuya puerta azul había
una señal plastificada que ponía «CUARENTENA». Cuando Torchin abrió la puerta y
entramos en la oscuridad, pude oír algo que sonaba como un arroyo fluyendo.
Torchin encontró el interruptor que encendía las frías luces fluorescentes que
iluminaban una mesa dispuesta a lo largo de toda la habitación. A la izquierda
había acuarios llenos de agua, con cangrejos escabulléndose en el interior de
trozos rotos de malla blanca. A la derecha había unas cubas con tazas pegadas
en ella, cada una de las cuales contenía un único cangrejo con algo de agua. El
sonido que me pareció un arroyo provenía de un sistema de tuberías que bombeaba
agua marina de un lago que había en el exterior, fluyendo hasta los acuarios y
goteando sobre la mesa, para después salir por un drenaje de vuelta al
Pacífico.
Los cangrejos eran Carcinus maenas, el cangrejo verde
europeo. Algunos tenían el tamaño de tazas de té, otros, solo el de un vasito
de chupito. Si caminas por la costa del norte de California y por el noroeste
del Pacífico, puede que encuentres cangrejos verdes, y eso es algo que aterra a
muchas personas. Antes de 1991, no había cangrejos verdes en la costa de
California. Su hábitat original eran las playas de Europa. Allí era una
criatura insaciable; en Gran Bretaña, los biólogos habían observado cómo un único
cangrejo se comía cuarenta berberechos, cada uno de casi centímetro y medio de
longitud, en un solo día. Durante miles —puede que millones— de años, el resto
del mundo estuvo a salvo del voraz apetito del cangrejo verde, pero eso cambió
cuando los humanos inventaron los barcos. El cangrejo verde arroja miles de
larvas prácticamente invisibles en el agua, que pueden ser fácilmente
absorbidas por las bodegas de los barcos cuando estos cogen agua de lastre.
Puede que hace unos doscientos años, algún barco que viajaba a las colonias
americanas transportara cangrejos verdes al Nuevo Mundo. Empezaron rápidamente
a propagarse a lo largo de la costa este de los Estados Unidos, devorando
moluscos en el norte de Nueva Inglaterra y en Canadá. La almeja de Nueva Inglaterra,
que en su momento era la base de toda la industria pesquera de Nueva
Inglaterra, desapareció por completo.
Los cangrejos también viajaron hasta Sudáfrica y Australia, pero,
durante siglos, la costa oeste de los Estados Unidos estuvo a salvo. A pesar de
todos los barcos que viajaban hasta allí desde Europa y desde el este de los
Estados Unidos, no fue hasta 1991 cuando un pescador, cerca de San Francisco,
atrapó por primera vez un cangrejo verde en sus redes. Tan pronto como corrió
la noticia entre los círculos de los biólogos marinos, los científicos se
apesadumbraron. Casi todas las especies de moluscos alrededor de San Francisco
eran presas potenciales, y, si el cangrejo verde se propagaba a lo largo de la
costa con los barcos que viajaban hacia Los Ángeles, al sur, o hacia el
noroeste, se propagaría a nuevos hábitats, devorando las ostras, cangrejos
Dungeness y otras criaturas valiosas. Los agujeros que cava pueden
desestabilizar diques y canales, causando más daño todavía. «Es un desastre
—dice Armand Kuris—. Es todo lo que te imaginarías para el peor escenario
posible».
Los cangrejos verdes que estaban en cuarentena en el laboratorio de
Santa Bárbara brincaban en sus acuarios. Algunos tenían pinzas blancas
fantasmales creciendo en el lugar donde habían perdido una. Y algunos, tal como
pude ver cuando Torchin los sacó del agua y les dio la vuelta, agitando patas y
pinzas al aire inútilmente, portaban un saco en su abdomen de un color similar
al del dulce de leche. Parecían cangrejos normales, pero se habían transformado
en otra cosa. Estaban llenos de Sacculina carcini, el que
degeneraba los percebes parasitados en las pesadillas de Ray Lankester.
Torchin, Lafferty y Kuris estaban intentando usar Sacculina para
salvar la costa del Pacífico del cangrejo verde.
Al final del siglo XIX, los científicos denominaban ocasionalmente a la
parasitología como zoología médica. Se referían al modo que tenían de
comprender a los parásitos como organismos reales, con historias naturales
propias, antes de que pudieran intentar luchar contra las enfermedades que
causaban. Ahora, más de un siglo después, el término ha resurgido. El paciente
ahora no es una persona, sino el mundo natural. Especies foráneas se están
propagando descontroladamente a lo largo de continentes y mares; plantas y
animales nativos sufren enfermedades nuevas; los hábitats están desapareciendo
a medida que los bosques son deforestados y las costas se convierten en
urbanizaciones. A medida que los ecosistemas van decayendo, los científicos han
reconocido que los parásitos son importantes para su salud. Un ecosistema sano
está lleno de parásitos, y, en algunos casos, un ecosistema puede incluso
depender de los parásitos para gozar de buena salud. A medida que los humanos
alteran el mundo, desequilibrando la biosfera, puede acabar siendo necesaria la
utilización de los parásitos para que nos ayuden a enmendar algunos de nuestros
errores y puede que para evitar que cometamos más. La primera vez que los
científicos pensaron en utilizar parásitos contra las plagas fue en la década
de 1880. La idea original era sencilla. Un parásito es un pesticida barato e
inagotable. Puede buscar a su hospedador e invadirlo, luchando contra el
sistema inmunológico de este y, en muchos casos, matándolo. Los granjeros que
usan pesticidas tienen que rociar sus plantas al menos una vez al año, pero los
parásitos se siguen regenerando y localizando nuevos hospedadores. Simplemente,
siembra el parásito, seguía el argumento, y tus problemas se habrán acabado. En
la primera parte del siglo XX, los granjeros tenían el éxito que pronosticaba
esa idea. Cochinillas, escarabajos y otras plagas fueron destruidas por
avispas, moscas y otras clases de parásitos. Los parásitos no podían erradicar
por completo las plagas, pero estas ya no eran una amenaza que pudiera arruinar
cosechas enteras.
En la década de 1930, nació la industria agroquímica. El DDT llegó al
mercado, un potente pesticida que llegó con el brillo de la ciencia moderna
—una creación sintética que los humanos podían usar para controlar la
naturaleza—. La consecuencia fue que el control biológico dejó de utilizarse.
Unos pocos biólogos en California y Australia siguieron estudiando parásitos
con la esperanza de hacer regresar el control biológico. Y durante los cuarenta
años siguientes, los pesticidas empezaron a fallar. Los insectos desarrollaron
resistencia al DDT. La sustancia química se introdujo en la cadena alimenticia,
haciendo que los pájaros pusieran huevos con cáscaras muy delgadas. Apareció un
movimiento medioambiental que se oponía al uso de pesticidas, y los viejos maestros
del control biológico vieron una oportunidad para regresar.
«En esa época era un estudiante de posgrado en Berkeley —dice Armand
Kuris—. Fue muy interesante. Eran tipos viejos, de veinte o treinta
años más que yo, que sabían de agricultura y llevaban corbatas de lazo y cosas
del estilo. Y allí estaban en los sesenta con todos los hippies, y
se encontraron en el mismo barco. Al principio fue algo raro, pero luego se
dieron cuenta de que estaban en el mismo lado. Fue una de las imágenes de la
historia de los sesenta».
En su segunda reencarnación, el control biológico mediante parásitos
tenía un fundamento científico mucho más sólido. Los insectos podían
desarrollar resistencia al DDT, pero los parásitos también podían evolucionar.
Pueden elaborar nuevas moléculas para atacar a sus hospedadores, neutralizar
cualquier resistencia que la plaga pueda desarrollar. Algunos científicos
argumentaban que un parásito podía controlar una plaga devolviendo al menos
algún equilibrio a la naturaleza. La mayoría de las plagas son especies
foráneas como el cangrejo verde, traídas a una nueva tierra. Una razón por la
que son tan dañinas es que han escapado de sus parásitos y pueden reproducirse
descontroladamente, mientras que las especies nativas tienen que luchar contra
sus propios parásitos. Introducir un parásito procedente de la tierra original
del invasor, siempre según el argumento del control biológico, es, realmente,
un modo de restablecer las limitaciones naturales.
* * * *
El nuevo control biológico ha producido algunos triunfos espectaculares
sobre hospedadores peligrosos. Puede, por ejemplo, haber evitado que una gran
parte de África muera de hambre. Lo que significa el arroz para China, lo que
fueron una vez las patatas para Irlanda, es la mandioca para África. La planta
crece hasta tener casi un metro de altura, con hojas anchas y verdes que son
tan nutritivas como las espinacas pero más sabrosas. Las raíces de la espinaca
no sirven para mucho, pero las de la mandioca son porciones gruesas de almidón.
La mandioca es lo suficientemente resistente como para crecer donde otras
raíces no podrían enraizar, por lo que, para algunas aldeas de las partes más
húmedas de África, es lo único que se interpone entre ellos y la hambruna.
Desde Senegal, en la Costa de Marfil, a Mozambique, en el océano Índico,
doscientos millones de personas dependen de ella. Y en 1973 la mandioca empezó
a morir.
En los pequeños campos alrededor de Kinsasa, la capital de la actual
República Democrática del Congo, las hojas empezaron a rizarse y marchitarse,
y, sin fotosíntesis, las raíces no se desarrollaban. En unos pocos años había
tan poca mandioca alrededor de la ciudad que el aporte de una familia durante
una semana costaba más que la nómina de todo el mes. Al mismo tiempo, la
mandioca empezó a morir en otras ciudades portuarias de la costa atlántica de
África: Brazzaville, Cabinda, Lagos, Dakar.
Cuando la gente estiraba las hojas marchitas, encontraba un moteado de
color blanco, que, una vez visualizado bajo una lupa, resultaban ser miles de
insectos planos y pálidos. Hasta la fecha, nadie había visto esos insectos en
África; de hecho, nadie había visto antes esta especie en particular en
cualquier parte del mundo. Conocido como cochinilla de la mandioca, es uno de
los muchos parásitos comedores de hojas, preparado para la frecuencia limitada
de su especie de planta hospedadora. El insecto agujerea la hoja de mandioca
con su probóscide, y la ancla para poder succionar la savia. Al mismo tiempo
inyecta un veneno que de alguna manera impide que las raíces crezcan, lo que
probablemente permite a la cochinilla tomar más alimento a través de las hojas de
la planta. Las cochinillas de la mandioca son todas hembras, y una única hembra
puede poner ochocientos huevos en su escaso tiempo de vida. Al final de la
época de crecimiento, un único brote puede encorvarse por contener veinte mil
insectos.
El enrollamiento de las hojas también está causado por el veneno de la
cochinilla. Puede ser que el marchitamiento ayude al insecto a propagarse de
planta a planta. Un campo de mandioca sano ofrece una alfombra de hojas al
viento, desviando las brisas a lo largo de las plantas. Pero cuando la mandioca
se convierte en hospedador de la cochinilla, la manta se hace jirones,
permitiendo que el viento siga su camino entre los brotes, llevando larvas
jóvenes dispuestas a colonizar nuevas plantas. Mientras que esto es solo una
teoría, no hay ninguna duda de que, una vez que una única planta de mandioca en
un campo es presa de la cochinilla, el resto está condenado. Para empeorar las
cosas, se puede coger un brote de mandioca y empezar con él un nuevo campo de
cultivo en cualquier otra parte. Si solo una simple cochinilla se escondiera
entre las hojas, el nuevo campo de cultivo, y los campos antiguos que lo
rodean, se infectarían.
El paso de la cochinilla de un puerto a otro debió de ocurrir
precisamente de esa forma. Alguien debió de transportar una cochinilla en un
avión, porque en 1985 apareció a varios miles de kilómetros de distancia en
Tanzania, donde empezó a propagarse de campo en campo. Fuera adonde fuera, no
solo echaba a perder la cosecha de un único año. Dado que necesitaban esquejes
para replantar sus campos, y ninguno de los que disponían estaba libre de
cochinillas, los granjeros perdieron los cultivos de los años siguientes.
En 1979, un científico suizo llegó a Ibadán, una ciudad universitaria
nigeriana situada en una zona con mandioca infectada por cochinillas. Era Hans
Herren, un entomólogo que había crecido trabajando en la granja de su familia,
en las afueras de Montreux. «Al tiempo que yo crecía, pasamos de una
agricultura casi completamente orgánica a una que usaba un montón de pesticidas
—me decía Herren, veinte años después, cuando le visité en Nairobi. Su pelo se
había vuelto gris, pero seguía siendo un torbellino, capaz de contarte una
historia a toda velocidad durante una hora seguida—. Puedo recordar pasar solo
en diez años de no usar prácticamente ningún producto químico a usar toda clase
de herbicidas y pesticidas. Era yo quien conducía el tractor en mis horas libres
después de la escuela, quien trataba nuestras patatas, nuestro tabaco, nuestro
trigo y cualquier otra cosa con todos esos productos químicos. Recuerdo a
aquellos tipos venir a la granja a vender esos productos a mi padre. Vi cómo lo
hacíamos antes y cómo, de repente, nos vimos inmersos en esta rueda que, con
cada giro, cada vez quería más y más y más».
Herren fue a la universidad con la esperanza de encontrar un modo de
saltar de esa rueda sin sufrir demasiados daños. Estudió control biológico,
primero, en Suiza, luego, en el hogar de su renacimiento, en la Universidad de
California en Berkeley. El Instituto Internacional de Agricultura Tropical le
ofreció trabajo o, para ser más precisos, un reto: ¿podría encontrar un
parásito para la cochinilla de la mandioca? No se lo pensó dos veces antes de
aceptarlo. «Ir a Nigeria era una oportunidad de practicar a gran escala lo que
había aprendido en Berkeley y Zúrich».
Cuando Herren llegó a Ibadán, descubrió que la mayoría de los
científicos de allí estaban seguros de que fallaría. Eran criadores, y su tarea
era lograr nuevos híbridos de mandioca diseñados para crecer más rápido y para
resistir a la enfermedad. Estaban seguros de que podían manejar el desastre
causado por la cochinilla. «Dijeron: “¿cochinilla? Ningún problema: la cría,
esa es la solución”». Y cuando conocieron a Herren, sus pensamientos fueron en
otra dirección: «“Este tipo de Berkeley… ¿qué es lo que sabe? No es más que un
friki ecologista”». Herren no tenía nada personal contra la crianza selectiva,
pero, para la crisis que tenían que atacar, no había suficiente tiempo. La
cochinilla saltaba de una ciudad a otra y luego, a partir de las granjas de los
alrededores, como «una nube de polvo» en palabras de Herren. Criar un híbrido
resistente puede llevar una década, y en diez años podría ser que ya no quedase
ninguna mandioca que salvar.
Para poder encontrar un parásito para la cochinilla de la mandioca,
Herren tenía que descubrir primero de dónde procedían las cochinillas. Habían
aparecido de la nada en los alrededores de Kinsasa. No estaban emparentadas con
ninguna otra cochinilla de África, pero sí con una especie que vivía en el
algodón, al otro lado del Atlántico, en Yucatán. «Empecé entonces a pensar:
“Bien, es de Centroamérica —resulta interesante, porque la mandioca también es
originaria de las Américas—. Los portugueses la trajeron a África de vuelta en
los viajes en los que comerciaban con esclavos. El viaje era muy largo, en las
bodegas de los barcos, donde el agua salada mataba cualquier cosa que
contuvieran, por lo que no trajeron en ellas ningún tipo de insecto. Así que
las plantas prosperaron durante varios cientos de años hasta que alguien trajo
las cochinillas». Nadie había visto las cochinillas de la mandioca en el Nuevo
Mundo, porque, tal como razonaba Herren, había algún parásito que la mantenía
bajo control. «Si no estuviera bajo control ya nos habríamos enterado».
Herren se leyó todas las revistas de entomología y agricultura en busca
de insectos que comieran mandioca cultivada. «Algo no tenía sentido. Los
científicos de las Américas habían estado trabajando con mandioca durante los
últimos quince años, criándola, y nadie había visto la cochinilla. La mandioca
silvestre se usa en su mayor parte como ornamento. Son las plantas más
hermosas. Por lo que pensé que alguien pudo haber traído algún hermoso ejemplar
porque le pareció bonito. Si nadie había encontrado esta cochinilla en las
plantas de mandioca durante todos esos años, ¿podría estar allí? Así que fui a
echar un vistazo, no solo a las plantas de mandioca, sino también a sus
parientes silvestres».
La tarea de buscar por toda Latinoamérica un insecto que nadie había
visto antes podía requerir mucho más tiempo que el que entraña intentar criar
una mandioca libre de todos sus males. Pero a lo largo del ámbito que abarcaba
la mandioca silvestre, Herren reconoció algunos lugares críticos donde la
mandioca presentaba diversidad genética. Debería ser también donde hubiera más
diversidad de insectos que se alimentaran de mandioca. Y uno de esos insectos
resultaría ser el que estaba consumiendo a África.
Herren partió hacia las Américas en marzo de 1980. Empezó visitando
museos que albergaban colecciones de plantas, fijándose en los especímenes
secos de mandioca. Era posible, pensó, que alguien ya hubiera encontrado lo que
él estaba buscando. «Pero no pude encontrar nada, por lo que me dije: busquemos
algo real. Me trasladé a California y me compré una furgoneta grande. Monté un
laboratorio en la parte trasera, una cama y todo lo necesario, y empecé a
conducir a través de Centroamérica hasta Panamá, en busca tanto de mandioca
silvestre como cultivada».
Mientras Herren viajaba atravesando Centroamérica, una red de
entomólogos también buscaba esos insectos. Aparecieron muchas cochinillas
nuevas, pero ninguna de ellas resultó ser la especie que prosperaba en África.
«Decidí entonces abandonar Centroamérica. Y me dirigí a Sudamérica. Aparqué mi
furgoneta en el aeropuerto de Panamá y volé hasta Colombia a visitar a un
amigo. Salimos hacia Venezuela y visitamos uno de los lugares con mayor
diversidad, la zona norte de Venezuela. Condujimos durante semanas. Encontramos
un montón de cochinillas de la mandioca, pero nunca la correcta. Por lo que le
enseñé dibujos y fotografías de lo que estaba buscando, del aspecto que tenían
las plantas cuando albergaban esas cochinillas, y regresé a África».
Su amigo Tony Bilotti fue a Paraguay no mucho después de que Herren
regresara a Ibadán. Iba a visitar a algunos colegas norteamericanos que servían
en el Cuerpo de Paz, y sabía que estaba en uno de los lugares de Latinoamérica
con una mayor concentración de mandioca, el único que Herren no pudo visitar
por falta de tiempo. Conduciendo el día anterior por un campo de mandioca, se
dio cuenta de que algunas plantas tenían un aspecto algo raro. Se paró y
arrancó las hojas. Dentro de ellas encontró las cochinillas de Herren.
Cuando Herren se enteró, hizo que Bilotti mandara los insectos al Museo
Británico, para que los entomólogos pudieran identificarlos con precisión.
Aunque los insectos estaban muertos, los entomólogos los reconocieron como la
especie de África. Y cuando los diseccionaron, descubrieron en el interior de
sus cuerpos lo que Herren había estado buscando: avispas parásitas. Herren ya
disponía del parásito que mantenía a la cochinilla de la mandioca como una
plaga menor en un extremo de Paraguay, y el parásito que necesitaba para
África. Hizo que entomólogos de Paraguay mandaran cochinillas vivas a
Inglaterra, donde podrían ser criadas en cuarentena y así se podrían capturar
los parásitos cuando emergieran de sus hospedadores. Mandó cochinillas y
plantas de mandioca desde África al laboratorio que mantenía la cuarentena,
donde los científicos podrían conseguir que las avispas depositaran sus huevos
en ellas. Y más importante aún, los experimentos demostraron que las avispas
podían depositar huevos solo en las cochinillas de la
mandioca. No se habían ajustado a los sistemas inmunológicos de las otras
cochinillas, que podían asfixiar los huevos de las avispas encapsulándolos.
Tres meses después, Herren recibió su primer cargamento de avispas.
Ya estaba preparado. Tanto él como sus estudiantes de Ibadán habían
construido invernaderos donde podrían cultivar mandioca infectada con
cochinillas, capturar las avispas que prosperaban en ellas y averiguar cómo
aparearlas. Después de recoger un par de cientos de hembras, las liberaron por
primera vez en los campos de los alrededores del campus de Ibadán en noviembre
de 1981. «En tres meses, la población de cochinillas se hundió. Fue entonces
cuando nos dimos cuenta de que teníamos algo muy bueno. En apenas un año y
medio habíamos pasado de no saber nada en absoluto a tener algo que funcionaba
en el campo de cultivo».
El control biológico, incluso en su renacimiento, siguió siendo una
empresa modesta. Los entomólogos criarían avispas en sus laboratorios y las
almacenarían en pequeños contenedores que llevarían con ellos cuando fueran a
campos de orquídeas o de maíz. Pero Herren era presa de un gran sueño: propagar
la avispa a lo largo de toda África. «Lo que no me gustaba del control
biológico era que se trabaja en operaciones muy limitadas, baratas, usando
vasos de precipitado de segunda mano, criando avispas en algunas pequeñas
cajas…, no se trabaja de la mejor manera posible. Es por eso que el control
biológico perdió la batalla frente a las sustancias químicas».
Sabía que el sueño sería muy caro: 30 millones de dólares. «Fue entonces
cuando me llamaron megalómano. Yo respondí: “Mirad, cuando vosotros, en los
Estados Unidos, tenéis un brote de moscas de la fruta en California, que es
solo del tamaño de un alfiler en comparación con toda esta tierra, gastáis 150
millones de dólares en un solo año. Estamos hablando de doscientos millones de
personas que están en riesgo, no de algunos negocios de naranjas. Estamos
hablando de una zona que es una vez y media toda el área de los Estados Unidos.
No vamos a hacer esto en cajas transportadas sobre lomos de burros o en
bicicleta. Vamos a hacer esto con tecnología, maquinaria, electrónica y
aviones”».
Puede que fuera la palabra avión la que hizo que mucha
gente desconfiase. Herren aseguró que podría propagar las avispas a lo largo de
África diseminándolas como hacen los fumigadores, desde un avión. Las avispas
fueron adormecidas con dióxido de carbono y luego se guardaron en cilindros de
gomaespuma, doscientas cincuenta en cada uno, que se cargaron en un tambor que
fue construido a medida para Herren en una fábrica austriaca. Cuando el piloto
sobrevolaba un campo de mandiocas, Herren le pedía que soltase las avispas con
precisión. «Era como en los aviones de guerra. Sabías cuándo debías tirar la
bomba observando por el punto de mira. La prueba la hicimos sobre una piscina
en Ibadán. Teníamos que sobrevolarla y soltar las avispas. A casi trescientos
kilómetros por hora, pudimos dar en el blanco».
Mientras tanto, las avispas que Herren había liberado en los campos
circundantes de Ibadán habían prosperado. Dos años después de soltarlas,
decidió comprobar hasta dónde había llegado su propagación. «Fuimos a pie.
Pensamos: “no será gran cosa, podemos ir dando un paseo”. Caminamos todo el
día, y seguíamos encontrándolas. Pensamos, algo ha fallado. Nadie ha visto
nunca que este tipo de avispas se propague más de unos pocos kilómetros. Y al
día siguiente volvimos con el coche y condujimos. Lo hicimos durante ciento
cincuenta kilómetros antes de que dejáramos de ver avispas».
En 1985, gracias a estos tempranos éxitos, Herren recolectó 3 millones
de dólares con los que comenzar. Sus pilotos ya podían bombardear los campos
con avispas. Los parásitos caían de los aviones y aterrizaban en campos de
Nigeria, Kenia, Mozambique, desde el océano Atlántico hasta el Índico. Su
equipo criaba 150.000 avispas cada mes, y, aunque muchas de ellas morían
durante los largos viajes desde Ibadán hasta los lugares donde las soltaban, en
realidad solo necesitaba que una única hembra viable sobreviviera al vuelo y al
aterrizaje para empezar a buscar hospedadores. Incluso entre las avispas
parásitas, la habilidad para buscar hospedadores de la especie paraguaya era
extraordinaria. «La avispa ha desarrollado una capacidad de búsqueda que es
fantástica —dice Herren, con un orgullo que es casi paternal—. Si tienes una
planta con cochinillas en un campo que mide cien por cien metros, la avispa la
encontrará. Lo hemos probado. Teníamos campos que estaban limpios. Colocamos
cochinillas en una única planta, y liberamos las avispas en una esquina del
campo. En un día ya estaban sobre la planta. Luego probamos otra cosa.
Colocamos las cochinillas sobre la planta y luego las retiramos. A
continuación, liberamos las avispas, que acabaron de nuevo sobre la misma planta.
Hay algo que libera la planta que atrae a las avispas, un grito de ayuda».
Herren entrenó a mil doscientas personas de los países donde habían
introducido las avispas para reconocerlas. Un par de meses después de
soltarlas, empezaron a peinar los campos para comprobar lo rápido que las
avispas se estaban dispersando y cómo estaban desapareciendo las cochinillas.
«En todas partes, el problema había desaparecido en doce meses después de la
suelta de avispas. Apenas nos podíamos creer que hubiera funcionado tan
rápido».
El último vuelo del fumigador de avispas fue en 1991, pero durante los
años siguientes los entomólogos hicieron un seguimiento de sus efectos.
Alrededor del 95 por ciento de los campos donde se habían soltado avispas, la
cochinilla prácticamente había desaparecido. Cuando se quedaron sin hospedador,
las avispas disminuyeron hasta quedar únicamente unas pocas supervivientes. En
el 5 por ciento de los campos restantes, las cochinillas todavía prosperaban,
pero Herren sabía por qué: los granjeros no eran muy cuidadosos con sus campos.
Sus plantas estaban escuálidas, y las cochinillas que se alimentaban de ellas
también solían estarlo. La especie de avispa que usó Herren es un juez
cuidadoso del tamaño de su hospedador, capaz de usar sus antenas a modo de regla
para hacerse una idea del tamaño de la cochinilla. Solo entonces decide el sexo
de su descendencia. (Cuando una avispa hembra se aparea, guarda el esperma del
macho en una glándula, que puede usar más adelante para fecundar sus huevos.
Gracias a la genética de la avispa, un huevo no fecundado crecerá hasta dar un
macho, mientras que uno fecundado crecerá hasta dar una hembra).
Las avispas escogen colocar solo machos en las cochinillas que son
pequeñas. Su lógica se basa en lo baratos que salen los machos. Las
posibilidades de que un huevo madure con éxito hasta la fase adulta son mucho
menores en una cochinilla pequeña, porque hay menos alimento disponible para
alimentar al parásito. Dado que las avispas ponen machos en los hospedadores
pequeños, solo una pequeña porción de ellos sobrevivirá hasta la fase adulta.
Pero eso no importa, porque solo hacen falta unos pocos machos para inseminar a
un montón de hembras.
Gracias a la estrategia que sigue la avispa, un campo de mandioca mal
gestionado se llenará de avispas macho. Y ya que los machos no ponen huevos, no
suponen ninguna amenaza para las cochinillas, que tienen la oportunidad de
reconstruir rápidamente su población. «Les hemos dicho a los granjeros: “Mirad,
el control biológico solo puede funcionar cuando todo lo demás está en buen
estado. Si no cuidáis vuestro campo, nada funcionará”».
Herren me contó la historia de la cochinilla de la mandioca un radiante
día en Nairobi. Se había mudado allí en 1991 para convertirse en el director
general del Centro Internacional de Fisiología y Ecología de los Insectos, un
complejo masivo en las afueras de la capital con esculturas de escarabajos
peloteros en la entrada. El trabajo es uno de los muchos premios que ha
recibido por haber salvado el cultivo básico de doscientos millones de
personas. El centro está lleno de entomólogos que intentan hallar modos de
utilizar a los insectos para hacer que la vida humana sea mejor, produciendo
miel y seda y destruyendo plagas. Un gusano perforador del tallo se había
establecido en el maíz del este de África, pero los científicos de Herren
habían encontrado una avispa de India que lo parasitaba. Cuando le visité, ya
la habían soltado en Kenia para ver si podía sobrevivir en ese hábitat. Lo
hizo, y no sabían hasta dónde sería capaz de propagarse. Y no les importaba
desconocer esos datos.
Lafferty y Kuris querían lograr con el cangrejo verde lo que Herren
había logrado con la cochinilla de la mandioca. Sabían que en Europa muchos
cangrejos verdes habían sufrido plagas de parásitos como el Sacculina,
pero los cangrejos de la Bahía de San Francisco que diseccionaron estaban
libres de parásitos. Esa podía ser una de las razones por las que podía vencer
a otros cangrejos en su nuevo hogar. Por lo que Lafferty y Kuris empezaron a
contemplar la idea de introducir Sacculina también en
California. Los cangrejos verdes infectados con Sacculina podrían
soltarse en las aguas del Pacífico. Actuarían como fumigadores de parásitos en
miniatura, esparciendo larvas de Sacculina en el agua. Las
larvas buscarían cangrejos no infectados, penetrarían en ellos y extenderían
sus tentáculos. Traer Sacculina a California no tendría el
mismo efecto que las avispas parásitas sobre las cochinillas de la mandioca,
porque la biología de los dos parásitos es muy diferente. La avispa mata a sus
hospedadores devorando sus entrañas y luego se abre paso mordisqueando, hasta
que logra salir de sus cuerpos. El Sacculina no mata a sus
hospedadores, los cangrejos verdes, pero sí que los castra y luego los hace
competir por el alimento con otros cangrejos no infectados. Lafferty elaboró
modelos matemáticos que sugerían que, si se traía Sacculina al
Pacífico, haría que los cangrejos decayesen, pero mucho más lentamente que las
cochinillas de la mandioca. Lo que haría que sus números disminuyesen no eran
los cangrejos muertos, sino la falta de huevos. Por lo que, cuando el Sacculina y
los cangrejos verdes alcanzaran un equilibrio mutuo, los cangrejos habrían
reducido su cantidad, pero no habrían desaparecido.
Pero para Lafferty y Kuris no parecía que hubiera otra elección posible.
Como decía Kuris: «Todas las demás alternativas son mucho peores
ecológicamente. La pintura antipercebes de los barcos contaminaba enormemente
nuestros estuarios. Allá arriba, en Oregón, hay alguien que fumiga marismas
contra el camarón fantasma, para proteger la introducción de la maldita
producción de ostras. Está matando a los cangrejos Dungeness».
Durante algunos años, Lafferty y Kuris no pudieron conseguir fondos para
estudiar el Sacculina, pero en 1998 el cangrejo verde había
alcanzado las costas del estado de Washington. Estaba listo para mudarse al
estrecho de Puget, donde hay una gran industria pesquera basada en el cangrejo
Dungeness. Al final, Kuris y Lafferty consiguieron el dinero que necesitaban.
Contactaron con un experto mundial en Sacculina y percebes
parásitos relacionados, un científico de Dinamarca llamado Jens Høeg. Høeg
mandó refrigeradores con cangrejos verdes infectados, conservados en hielo.
Mark Torchin, el estudiante de posgrado de Kuris, puso los cangrejos en
una habitación en cuarentena. Aunque no podía simplemente sellar la habitación
por completo, porque los cangrejos y los parásitos necesitaban que circulara
agua de mar para sobrevivir. Torchin construyó un sistema de tuberías que
bombeaban el agua desde el océano; el agua se vertía en un conjunto de tanques,
y el desbordamiento que debería transportar a las larvas parásitas invisibles,
pasaba por una serie de filtros y tubos de gravilla antes de salir por una
tubería que llegaba a un lago cercano.
Durante meses, Torchin se fue familiarizando con el Sacculina y
su extraño ciclo de vida. Averiguó cómo reconocer cuándo un cangrejo estaba
preparado para liberar un nuevo conjunto de larvas del parásito desde una bolsa
situada en su abdomen (la bolsa pasaba de tener un color parecido al del dulce
de leche a otro más oscuro y apagado). Colocaba los cangrejos en unas copas de
plástico para recoger las larvas, y luego recogía algo de agua cargada de Sacculina.
La vertía en otra copa en la que había un cangrejo verde sano y esperaba a que
la hembra de Sacculina se introdujera en su nuevo hospedador.
Cada día cogía un cangrejo por la pinza y lo apretaba con los dedos.
Para escapar, el cangrejo se amputaba su propia extremidad y retornaba al agua.
Torchin recogía la extremidad y la ponía bajo su microscopio en busca de larvas
agarradas a los pelos de la pinza del cangrejo y metidas en los agujeritos en
los que se ancla el pelo. Cuando una hembra de Sacculina tenía
éxito e infectaba a un cangrejo, Torchin permitía que desarrollara una
protuberancia en el abdomen del cangrejo, para luego intentar introducir
machos.
Después de un par de meses, Torchin era capaz de guiar el paso del Sacculina de
larva a adulto. Entonces, a principios de 1999, aplicó lo que había aprendido a
los cangrejos nativos de California. Escogió el cangrejo de litoral más común,
el Hemigrapsus oregonensis, y lo expuso al Sacculina.
Esta era, probablemente, la primera vez en la historia que estas dos especies
se encontraban —un cangrejo de California y un percebe parásito de Europa—.
Torchin esperó a ver qué era lo que sucedía.
Descubrió que una hembra de Sacculina no tenía el más
mínimo problema en introducirse en el cangrejo de litoral. Incluso desplegaba
sus tentáculos a través del cuerpo de su nuevo hospedador. Pero, entonces, algo
falló. En un cangrejo verde europeo, el parásito enrolla cuidadosamente sus
tentáculos alrededor de los nervios, no solo dañándolos, sino, también, pasando
señales que alteran el cerebro de su hospedador. Sin embargo, en el cangrejo de
litoral, los tentáculos de Sacculina parece que solo destruyen
los nervios de su hospedador. Cuando Torchin regresaba por las mañanas, se
encontraba cangrejos de litoral tumbados sobre sus dorsos, todavía respirando,
pero completamente paralizados. En un par de días los cangrejos de litoral
infectados murieron, y el Sacculina murió con ellos.
Los biólogos se toparon de frente con un problema de los parásitos: su
flexibilidad. Los parásitos se habían convertido en especialistas en un único
hospedador gracias a su carrera armamentística evolutiva. Pero eso no siempre
quiere decir que un parásito no pueda usar los mismos trucos para infectar a
otra especie. Si se encontrara con un nuevo hospedador con una fisiología
similar y un modo de vida parecido, podría sobrevivir viviendo en su interior.
Puede ser que el parásito nunca tuviera la oportunidad de probar a su nuevo
hospedador por culpa de su ecología: si una especie de tenia vive en una raya
del Amazonas, probablemente no tendrá posibilidad de probar vivir en rayas de
Nueva Guinea. Pero, en ocasiones, el parásito sí que tiene una oportunidad: cuando,
por ejemplo, los continentes colisionan y los animales de uno colonizan el
otro. Eso, de hecho, parece ser el modo en que los parásitos sobrevivieron a
las extinciones en masa que se llevaron por delante a muchos de sus
hospedadores. Simplemente, saltaron de un hospedador a otro.
Por lo tanto, introducir parásitos sin la debida precaución en nuevos
hábitats puede causar desastres, por todas las razones que los convierten en
criaturas tan impresionantes cuando funcionan correctamente. Tienen un
sofisticado conjunto de tácticas que pueden usar contra sus hospedadores, y las
pueden ajustar mediante la evolución para poder enfrentarse a nuevos
hospedadores y a nuevas defensas. Y una vez que se han introducido en nuevos
hábitats, no hay manera de sacarlos. Es un experimento de una única dirección.
Frenar a la cochinilla de la mandioca puede ser una historia de éxito,
pero también hay historias que han sido fallos espectaculares. Los bosques de
Hawái son uno de ellos. Están llenos de unos parásitos foráneos traídos allí
para destruir plagas de insectos. Por ejemplo, las avispas parásitas fueron
importadas para contener a una especie de chinches hediondas. Pero esa mosca
también puede vivir en el interior de la chinche koa, un llamativo insecto
nativo de gran tamaño, y, en la actualidad, la chinche koa prácticamente ha
desaparecido. Las avispas parásitas se trajeron para controlar a las polillas
que atacaban las cosechas, y también se propagaron a muchas especies nativas.
Antes de que llegara el parásito, las polillas de Hawái sufrían enormes
aumentos puntuales de población anuales; en su momento más alto, cuando caían
sus deposiciones desde los árboles, sonaba como una tormenta de granizo. Los
pájaros se daban un festín con sus orugas, con las que alimentaban a sus crías.
Pero, desde la introducción de los parásitos, muchas polillas nativas solo
sufren esos estallidos una vez cada una o dos décadas. Las aves forestales de
Hawái están en declive, y los biólogos sospechan que la muerte de muchas
polillas podría ser la causa, porque eran una importante fuente de alimentación
de las aves. Y sin aves que puedan polinizar los árboles y dispersar sus
semillas, los bosques sufren las consecuencias.
El drama de Hawái es uno de los fracasos mejor documentados del control
biológico, porque se trata de un conjunto de pequeñas islas distintas
biológicamente. Pero los críticos sospechan que hay muchas otras historias que
esperan ser contadas. En los Estados Unidos, por ejemplo, más de treinta
parásitos diferentes se introdujeron durante este siglo para eliminar a las
polillas gitanas. Ninguno de ellos funcionó, y alguno ha estado destruyendo la
exquisita y enorme polilla de la seda, amenazándola con la extinción.
Estos desastres han hecho que biólogos como Lafferty y Kuris sean mucho
más cautelosos con el uso de parásitos. Esa es la razón por la que elaboraron
primero un test tan largo y tedioso para el Sacculina. Después de
que los cangrejos de litoral empezaran a morir, repitieron sus test con los
cangrejos Dungeness. Obtuvieron los mismos resultados: parálisis seguida de
muerte. «Si yo llegara a ser el responsable de la destrucción del cangrejo
Dungeness —decía Kuris—, mi nombre quedaría manchado. Sería como el tipo que
introdujo las abejas asesinas. El pobre hombre ha tenido una vida de
autoflagelación pública durante cuarenta años. ¿Si me preocupan los cangrejos
de litoral nativos? Por supuesto que sí. No permito que nadie dude de ello».
Lafferty contó las malas noticias a sus colegas en el otoño de 1999. Por
entonces, el cangrejo verde había sido visto hasta en la Columbia Británica, en
el norte, a más de mil quinientos kilómetros del lugar donde desembarcó, en San
Francisco. Lafferty me mandó un correo electrónico, e inmediatamente le llamé.
Le pregunté si estaba decepcionado. «Bueno, como científico, se supone que
nunca has de sentirte decepcionado —me dijo—. La verdad existe, y no tienes
ningún control sobre ella».
Pero era frustrante ver cómo se propagaba el cangrejo verde. «Mi
instinto me dice que, si soltáramos los parásitos en la costa oeste, lo más
probable sería que no afectaran mucho a los cangrejos nativos. Lo que
encontramos es que tenían el potencial de hacerlo». Colocar larvas de Sacculina en
una copa con un cangrejo Dungeness no es lo mismo que colocarlas en el océano.
«Hay que plantearse estas cuestiones, como si es probable que encuentre a su
cangrejo hospedador».
Tanto el Sacculina como sus parientes usan pistas como
la luz solar y sustancias químicas que se desprenden de sus hospedadores para
posicionarse en el lugar donde tengan más probabilidades de toparse con un
cangrejo verde. Esas pistas no les permitirían encontrarse con ninguna otra
especie. Lafferty me habló de otro experimento que había llevado a cabo que
apoyaba esta idea. Se hizo con otra especie de percebe parásito que está
relacionado con el Sacculina y vive en el cangrejo oveja del
Pacífico. Luego, recogió cangrejos del litoral californiano que vivían en el
mismo ambiente, pero que nunca se ha visto que contengan un percebe parásito
propio. Cuando expuso el cangrejo de litoral al parásito, no tuvo ningún
problema para poder infectarlo. Algo debe impedir que el parásito infecte al
cangrejo que vive en libertad.
Pero si intentas utilizar parásitos en el océano como control biológico
por primera vez en la historia, quieres estar completamente seguro de lo que
haces. Le pregunté a Lafferty si tenía alguna otra idea para detener a los
cangrejos verdes. «No creo que debamos quedarnos sentados y contemplar la
masacre», me dijo. Empezó a hablarme de otro parásito de los cangrejos verdes
llamado Portunion conformis. Se trata de un isópodo, un pariente de
los bichos bola, que ha tenido una evolución independiente que le ha conducido
a gozar de una vida similar a la del Sacculina en los
cangrejos verdes. Invade un cangrejo como larva microscópica y, a continuación,
destruye las gónadas de su hospedador, ocupando su lugar. Finalmente, rellena
una buena parte del cuerpo del cangrejo, hasta suponer una quinta parte de su
peso. Destruyendo las gónadas del cangrejo, castra a su hospedador, y al igual
que el Sacculina, feminiza a los cangrejos macho. Nunca nadie ha
cultivado Portunion en el laboratorio, pero Lafferty quiere
intentarlo. Y luego quiere hacer las mismas pruebas con estos parásitos que
fallaron con el Sacculina.
«Son parásitos increíblemente hermosos —dice Lafferty. Me hizo imaginar
una bolsa grande y opaca con una abertura en un extremo, conteniendo un
conjunto de huevos dorados en su interior—. Es difícil describirlos. Parecen…
Dios, no se parecen a nada que hayas podido imaginar alguna vez». A veces es
muy frustrante trabajar con parásitos, pero un parasitólogo siempre se puede
consolar contemplando su belleza.
* * * *
Herren y Lafferty trabajan en el borde deshilachado de la naturaleza,
los campos de mandioca y los bancos de ostras donde los humanos han
transformado la naturaleza en una nueva clase de mosaico, donde las especies
foráneas se pueden desplazar miles de kilómetros en cuestión de semanas, donde
la especie mejor adaptada es, en ocasiones, la que puede prosperar en un caos
perpetuo. Los parásitos son capaces de amortiguar el golpe que infligimos en
lugares como estos, si respetamos su capacidad evolutiva. Pero también me
pregunto qué pasa con esas zonas del mundo que todavía permanecen relativamente
intactas, y si los parásitos podrían ayudar a mantenerlas así.
Así es como acabé en una selva de Costa Rica, cazando ranas con Daniel
Brooks. Estábamos deambulando dentro del Área de Conservación de Guanacaste,
una reserva de 890 kilómetros cuadrados de bosques secos, selvas tropicales y
bosques nubosos, que va desde las playas del Pacífico hasta la cima de los
volcanes. Hace veinte años, los bosques de Guanacaste estaban desapareciendo
debido a que los ganaderos talaban árboles para despejar claros para su ganado,
a pesar del hecho de que la ganadería estaba siendo cada vez menos provechosa.
Un biólogo que trabajaba en esa zona, un hombre canoso llamado Daniel Janzen,
decidió aprovecharse del momento. Creó una fundación que empezó a comprar
ranchos, y contrató a los vaqueros que ya no tenían trabajo como «parataxonomistas»,
cuya labor era documentar la diversidad de Guanacaste recolectando especies,
diseccionándolas y describiéndolas. Por lo que no solo salvó el bosque, sino
que este se expandió, y la gente que vivía en los alrededores tenía interés en
conservarlo. No hay vallas que rodeen Guanacaste.
Al final de la década de 1990, cuando visité Guanacaste, Janzen ya había
construido el edificio de la reserva. Pasaba más tiempo con su auténtico amor,
las mariposas de Costa Rica. Cuando entrabas en su pequeña casa, en el cuartel
general de la reserva, tres habitaciones bajo un techo de zinc, tenías que
agacharte para pasar por debajo de docenas de bolsas de plástico que colgaban
de las vigas, cada una con una oruga que se alimentaba de una hoja. «Mi
objetivo es encontrar todas las orugas antes de que me entierren aquí», me
contaba Janzen. Guanacaste no solo contiene una gran cantidad de bosques
vírgenes, sino que además, mucho más importante, en el futuro sus bosques
crecerán y se transformarán en un ecosistema autosostenible. Tal como decía
Janzen: «Dentro de mil años, vendrás y todavía estará aquí».
Una noche, Brooks y yo irrumpimos en casa de Janzen. Ese día habíamos
realizado un montón de disecciones y observado multitud de parásitos, así que
decidimos ir hasta un bar, a hora y media de distancia, a tomar algo. En un
punto del camino, las luces del todoterreno de Brooks iluminaron un cuerpo
peludo sobre la carretera. Nos paramos y bajamos. Era un zorro al que habían
matado recientemente, su cola todavía era una delicada nube plateada. Lo
colocamos en la parte trasera de la camioneta, y regresamos a Guanacaste.
Cuando llegamos a casa de Janzen, Brooks sacó el zorro de la parte trasera y lo
llevó hasta la puerta de la casa. Lo dejó sobre el suelo de la entrada del
salón de Janzen. El animal parecía intacto, pero había sido golpeado con tanta
fuerza que sus ojos sobresalían de su cabeza. Janzen dijo: «Bien, ¿qué es lo
que tenemos aquí?».
La esposa de Janzen, Winnie, vino desde la parte trasera de la casa para
ver qué era lo que estaba pasando. Llevaba sobre su hombro a su mascota, un
puercoespín llamado Espinita, el cual erizó sus púas con miedo. «Has aprendido
demasiado de tus gatos —le dijo Winnie a Brooks—, trayendo regalos a las
puertas de las casas de la gente».
Hace falta tener una amistad muy fuerte para dejar un zorro sangrando en
el suelo de la casa de alguien, y Janzen y Brooks tenían exactamente esa clase
de amistad desde 1994. (Janzen incluso dio nombre a una especie de avispa
parásita que había descubierto gracias a Brooks). Se conocieron cuando Janzen
buscaba ayuda para contabilizar todas las especies de la reserva. Nadie había
hecho algo así a esta escala tan grande —Janzen cree que hay unas 235.000
especies en Guanacaste—. Pero su sueño era disponer de un inventario de todas
las especies, que los científicos podrían usar a modo de páginas amarillas para
poder elegir qué especie estudiar y para ayudarles a descubrir cómo se crea y
se mantiene la biodiversidad de los bosques tropicales. Tan pronto como Brooks
oyó hablar del proyecto, quiso participar.
Brooks ha sido parasitólogo desde mediados de la década de 1970. Fue él
quien averiguó cómo usar las relaciones de los parásitos para reconstruir las
andanzas de sus hospedadores millones de años atrás. Empezó trabajando con
ranas en Kansas, pero pasó una gran parte de su carrera trabajando en
Latinoamérica, estudiando los parásitos de las rayas, caimanes y otros
animales. Es un trabajo lento, y, normalmente, un parasitólogo tiene la
esperanza de descubrir algo que sumar a la diversidad de los parásitos. Y eso
es por lo que a Brooks le entusiasmó la idea de Janzen. «Tan pronto como me
enteré de lo que se estaba creando aquí —dice Brooks—, dejé todo mi trabajo con
las rayas a cargo de mis doctorandos. Me di cuenta de que este era el lugar que
quería como centro de mi trabajo». Por una vez, y en un mismo lugar, los
parasitólogos podían conocer todos los parásitos. Guanacaste se convertiría,
como decía Brooks, en «un universo de parásitos conocidos».
Janzen estaba un poco desconcertado cuando conoció a Brooks por primera
vez, y pude ver algo de ese desconcierto en su cara cuando Brooks dejó el zorro
en su suelo. ¿Cómo es que alguien puede entusiasmarse tanto por un cadáver?
Pero Brooks ejerció de maestro con Janzen hasta que este empezó a ver la luz
del mundo de los parásitos. Como me dijo Janzen: «Apareció este tipo, y mi
visión de lo que es un ratón cambió para siempre. Ahora veo que es un saco de
tenias y nematodos. Tienes ante ti a un ratón feliz, lo abres y resulta que
está lleno de parásitos».
Después de mostrarle nuestro hallazgo, Brooks y yo llevamos el zorro a
su cobertizo. Brooks encendió la luz y las polillas se arremolinaron en la
malla de alambre. Dejó el zorro en el congelador, junto a un ocelote y un
tapir, otros hallazgos afortunados que abriría más adelante.
Nos tomamos nuestra bebida —un cubalibre en lata— y, cuando acabamos,
alrededor de las once, regresamos a la reserva. Brooks se detuvo frente al
cobertizo y encendió de nuevo la luz. La mejor forma de ver parásitos es abrir
un cuerpo fresco. Cuando un cadáver se descompone, los parásitos se desorientan
y abandonan sus hogares naturales. Pronto empiezan a morir, y sus cuerpos se
desintegran. Por lo que Brooks sacó el zorro del congelador y cogió unas
tijeras.
La ecología interna del zorro resultó ser bastante sencilla: estaba
lleno de anquilostomas, que se habían estado alimentando de sangre de sus
intestinos. «Este zorro tenía una alarmante infección de anquilostomas», dijo
Brooks, mientras colocaba los intestinos del zorro bajo el microscopio. Lo que
me impresionó de la disección fue el propio Brooks. Se disculpaba ante el zorro
mientras lo iba abriendo —«Perdona, perdona»—, siguió maldiciendo su estúpida
muerte, y siguió quejándose del choque que había aplastado sus pulmones. Los
demás científicos que trabajaban en Guanacaste miraban a Brooks como si este
fuera una especie de vampiro, un científico interesado en los hermosos animales
del bosque únicamente si podía abrirlos. Pero yo nunca había visto a alguien
lamentar la muerte de un animal tan profundamente.
El sueño de Janzen de un inventario completo se vino abajo en 1996,
durante las negociaciones con el Gobierno de Costa Rica. A Janzen no le gustó
cómo se iba a desviar el dinero del proyecto del objetivo fundamental de
inventariar todas las especies, por lo que decidió que debía abandonarlo. «Le
pegamos al caballo un tiro en la cabeza», fue como me lo dijo. Pero Brooks era
capaz de obtener suficiente dinero del Gobierno canadiense para seguir
trabajando con los parásitos. Estimaba que los novecientos cuarenta vertebrados
de la reserva albergaban once mil especies de parásitos (incluyendo solo los
animales parásitos y los protozoos), la mayoría de los cuales eran nuevos para
la ciencia. «Me va a llevar el resto de mi carrera hacer este inventario»,
decía Brooks. Yo me preguntaba por qué planeaba algo que le iba a causar tanto
dolor.
Durante todo el día siguiente le hice esa pregunta varias veces, y cada
una de ellas obtenía una respuesta diferente. La biodiversidad es asombrosa en
un bosque tropical como el de Guanacaste, pero te perderás la mayor parte de
ella si no usas un bisturí. «No hay ninguna duda de que hay más especies de
parásitos que de organismos de vida libre —dice Brooks—. Cuando preservas una
especie de ciervo, estás preservando veinte especies de parásitos de cuatro
reinos».
Si eso no es suficiente, puedes justificar el proyecto mediante un
egoísmo fundamentado. El origen de la mayoría de los medicamentos está en algún
compuesto natural de algún organismo, ya sea penicilina, a partir de un hongo,
o digitalina, que se extrae de la planta del mismo nombre. Solo en los últimos
años los científicos han empezado a trabajar con la farmacopea de los
parásitos. El Cordyceps, un hongo que invade insectos y de cuyo
cuerpo brotan unos tallos parecidos a flores, es la fuente de la ciclosporina,
un importante antibiótico. Los anquilostomas producen moléculas que se agarran
perfectamente a los factores de coagulación de la sangre humana, y las
compañías biotecnológicas los están sometiendo a prueba como anticoagulantes
para cirugía. Las garrapatas también pueden manipular nuestra sangre para poder
beberla más fácilmente, usando sustancias químicas que no solo disuelven
coágulos, sino que también reducen la inflamación y matan bacterias que
intentan entrar en la herida. Hay otros trucos parasitarios que están esperando
una explicación convincente. Los trematodos sanguíneos pueden extraer
sustancias de nuestra sangre para camuflarse del sistema inmunológico, pero
nadie ha averiguado todavía cómo lo hacen. Si los científicos lo hicieran,
podrían ser capaces de aplicar ese descubrimiento a los órganos trasplantados.
Un médico podría bombear la sangre del paciente a través del pulmón de un
donante y convertirlo básicamente en un trematodo gigante protegido. Eso
libraría a los pacientes de los peligros de los fármacos inmunosupresores. Y
estos son solo algunos ejemplos; ¿quién sabe qué clase de sustancias químicas
han desarrollado el resto de millones de parásitos?
Otra justificación para la realización del inventario de parásitos
surgió cuando Brooks y yo dejamos por un día las disecciones. Condujimos hasta
el volcán Cacao, dando brincos en un Land Cruiser sobre una carretera de
piedras. La mayor parte del bosque de las laderas de la montaña había sido
talada por los ganaderos, pero los conservacionistas recompraron la tierra y
estaban esperando a que los bosques crecieran de nuevo en las laderas. Nos
detuvimos en el borde del bosque y caminamos a través de él, viéndonos
sumergidos inmediatamente en un océano de árboles, en el que las mariposas
morpho azules atravesaban la sombra del bosque como peces que nadaran sobre
nuestras cabezas. Un delgado rayo atravesaba el grueso follaje mientras
caminábamos junto a un riachuelo. Brooks se paró para mirar corriente arriba.
«Este lugar debería estar lleno de ranas», dijo. Y, en cambio, no había nada.
Al principio del final de la década de 1980, las ranas empezaron a
desaparecer de las zonas altas de Centroamérica. En el Cacao, no se encontraba
ni una sola especie de rana. Al principio, los biólogos no tenían ni idea de
qué era lo que causaba esas muertes; todo lo que sabían era que los cadáveres
de las ranas se acumulaban sin señal alguna de que los pájaros las hubieran
tocado. Solo en 1999 un biólogo aisló la que probablemente era la causa: un
hongo que había llegado de los Estados Unidos. Sus esporas viajan a través del
agua hasta que se encuentran con la piel de una rana. A continuación, se
introducen en el animal, excavando y devorando la queratina de su piel,
liberando una toxina que la mata rápidamente. Lo único que impide que el hongo
mate a todas las ranas de Centroamérica es que está adaptado a climas frescos,
y para el hongo es muy difícil sobrevivir por debajo de los mil metros.
Cuando los científicos descubrieron el hongo, era demasiado tarde para
hacer algo. Solo podían mirar cómo el parásito pasaba de montaña en montaña en
dirección sur. «Deberíamos habernos percatado de la presencia de este hongo
—dice Brooks—. Si tuviéramos un inventario de los parásitos de las ranas,
todavía habría ejemplares en las cumbres de Centroamérica. No sabíamos que
estaba allí». Los humanos tampoco gozan de una protección especial contra los
parásitos, y estos podrían tener que salir obligados de los bosques alterados.
No serán los médicos los que descubran de dónde proviene el virus del Ébola,
sino los zoólogos los que podrán encontrar el animal en los bosques pluviosos
africanos que lo albergan normalmente.[6]
Pero Brooks no considera que su inventario sea simplemente un catálogo
de muerte y destrucción. Puede ayudar a los científicos a medir la salud
ecológica de Guanacaste y de otros bosques parecidos. Un ecosistema es un poco
como una persona. En una persona sana, todas las partes interactúan de la forma
que deberían: los pulmones absorben oxígeno y el estómago, alimento, la sangre
lo transporta todo hasta los tejidos, los riñones eliminan los residuos, y el
cerebro evalúa el mundo y toma decisiones como qué es lo que desea para cenar.
En una persona enferma, algunas de las partes dejan de funcionar, y el hecho de
que se apaguen afecta a todo el cuerpo de la persona, a veces, causando que el
resto de partes también se apaguen. Un ecosistema dura miles o millones de años
porque tiene partes constituyentes que trabajan bien conjuntamente: los gusanos
ventilan el suelo, los hongos entremezclados con las raíces de los árboles les
aportan nutrientes y extraen de ellas, a cambio, carbohidratos, y así todas y
cada una de las partes. Agua, minerales, carbono y energía circulan a lo largo
del ecosistema como si fueran sangre. Y resulta que un ecosistema también puede
enfermar. Si se introduce un parásito que mate a las chinches koa, el daño
causado puede extenderse a todos los árboles del bosque.
Los médicos no esperan a que sus pacientes hayan muerto para declarar
que algo malo les está ocurriendo. Buscan pruebas tempranas, fáciles de
detectar, de la existencia de posibles problemas, incluso aunque todavía no
sepan cuáles son. Si una colonia de bacterias potencialmente letales se ha
establecido en algún lugar del cuerpo de una persona, no es necesario localizar
dónde se encuentran tales microbios: simplemente se comprueba si hay fiebre.
Los ecólogos quieren disponer de algo que les informe de que un ecosistema está
enfermo antes de que el daño se haya extendido a todos los hilos de la trama.
Han estado examinando especies que forman ecosistemas, con la esperanza de
encontrar una que pudiera actuar como algo similar al índice de la temperatura
del cuerpo. Algunos se han fijado en las hormigas y otros insectos, otros, en
los pájaros cantores que anidan en bosques de flores. Muchos candidatos dejan
de serlo por uno u otro motivo. Es relativamente fácil decir si los super
depredadores como los lobos están disminuyendo, dado que son relativamente
pocos y grandes. Pero, en el momento en el que los efectos del estrés ambiental
han subido por toda la cadena alimenticia hasta llegar al lobo, es muy probable
que ya sea demasiado tarde para ayudar al ecosistema.
Algunos científicos como Brooks piensan que los parásitos son un
indicador de la salud ecológica, pero no como mucha gente creería. Hasta hace
muy poco, la mayoría de los ecólogos veían a los parásitos como nada más que un
síntoma del deterioro ambiental. Si algún contaminante desgasta el sistema
inmunológico de los miembros de un ecosistema, pasan a ser más susceptibles de
contraer enfermedades. De hecho, eso es lo que parece que ocurre a veces, pero
es fácil —y erróneo— generalizar. La idea parece el eco de Lankester: el
aumento de los parásitos como indicador de épocas degeneradas. Las ranas que
Brooks y yo recogimos en los bosques bajos estaban sanas y eran tan abundantes
que se cruzaban en nuestro camino, y estaban llenas de parásitos. Los parásitos
constituyen realmente una señal de que un ecosistema está intacto y sano, y lo
opuesto, por muy extraño que pueda sonar, es cierto: si los parásitos
desaparecen de un hábitat, probablemente es que este tiene problemas.
A medida que los parásitos viajan por su ciclo de vida, a menudo son
vulnerables de ser envenenados por algún contaminante. Un trematodo, por
ejemplo, eclosiona hacia una forma delicada cubierta con cilios parecidos a
diminutos pelos, gracias a los cuales nada en busca de un caracol; un par de
generaciones más tarde, una cercaria emerge del caracol en busca de su
hospedador mamífero. En ambas etapas, el parásito depende del agua limpia para
sobrevivir. En todo caso, esa es la teoría, y hay algunas evidencias concretas
que demuestran que es correcta. Los ríos de Nueva Escocia se han acidificado
como resultado de la polución del aire, por culpa de las emisiones de las
plantas de carbón. Ecólogos canadienses añadieron cal en la cabecera de un río
afectado, neutralizando el ácido, y luego regresaron los años siguientes para
recoger anguilas. Luego las compararon con anguilas de un río no tratado que al
final de su cauce se unía con el del vertido de cal. Las anguilas del río al
que se había añadido cal contenían una diversidad mucho más rica de tenias,
trematodos y otros parásitos. Los ecólogos expandieron entonces su estudio a la
mayoría de los ríos a lo largo de la costa de Nueva Escocia, y encontraron que
las aguas más afectadas tenían las anguilas con menos presencia de parásitos de
todas.
Los parásitos funcionan bien como centinelas ecológicos por otra razón:
están en la cima de muchas redes ecológicas. Si viertes níquel en un
río, los animales pequeños absorberán solo un poco y no sufrirán mucho
las consecuencias, pero, a medida que el níquel sube por la red alimenticia
—cuando los copépodos son comidos por los peces pequeños, los cuales a su vez
son comidos por los peces grandes, y estos por las aves marinas— la contaminación
se concentra cada vez más. Pero los parásitos, cuyas presas incluyen igualmente
a los super depredadores, concentran incluso más contaminante en sus cuerpos.
Las tenias pueden contener cientos de veces más plomo o cadmio que el pez
dentro del cual viajan, y miles de veces más que el agua por la que nada el
pez.
A diferencia de los organismos de vida libre, un parásito deambula por
todos los niveles de su ecosistema, y puede ser un indicador del daño con que
se va encontrando en su viaje. A lo largo de su ciclo de vida, un parásito
necesita moverse a través de muchos hospedadores, cada uno de los cuales ocupa
su propio nicho en el hábitat. Los trematodos de la marisma salobre de
Carpintería tienen que vivir en los caracoles, los cuales dependen de las algas
de las orillas lodosas; luego encuentran un pez, que come zooplancton para
sobrevivir; y, finalmente, el parásito tiene que encontrar el intestino de un
ave sana en el que madurará. Si alguno de estos hospedadores desapareciera, el
parásito sufriría. En 1997, Kevin Lafferty descubrió que, en la parte más
degradada de la marisma de Carpintería, solo había la mitad de especies de
parásitos de las que había en la zona sana, y solo la mitad de parásitos
individuales. Actualmente, esas zonas están siendo restauradas, y, en 1999, los
caracoles de allí ya habían alcanzado el mismo nivel de contenido de parásitos
que las zonas limpias de la marisma.
Esa es la razón por la que Brooks abre ranas en Costa Rica. «Ves a esta
rana caminando con nueve o diez parásitos, sana y feliz. Una vez que conoces
todos los parásitos de las ranas, y ves que de repente falta alguno, es que
algo malo está pasando con las ranas o con un hospedador intermedio. Si pierdes
un parásito, has perdido una parte de la fábrica del ecosistema». Y una vez que
Brooks haya acabado con su inventario, podría ser posible identificar parásitos
por sus huevos o larvas —y no sería necesario sacrificar ningún hospedador
más—.
Los parásitos no son solo una señal de una buena salud ecológica; en
realidad son vitales para ella. Cuando vacas y ovejas pastan en exceso praderas
frágiles, pueden modificar la ecología de la región y convertirla en un
desierto. Por lo que saben hasta ahora los ecólogos, este cambio es bastante
irreversible, porque los arbustos del desierto reorganizan el suelo de tal
forma que las hierbas no pueden penetrar de nuevo en él. Es un asunto difícil y
políticamente inestable decidir cuánto se puede permitir el pastoreo en una
porción determinada de tierra. Los ganaderos suelen administrar a su ganado
medicamentos que matan todos los gusanos intestinales que pueden, pero los
parásitos podrían mantener el ganado en un equilibrio cuidadoso con la hierba
de la que dependen. Las larvas de algunas especies de gusanos parásitos se
introducen en el ganado agarrándose a la hierba que comen. Cuando un gusano se
cuela en el intestino de una oveja, madura y empieza a absorber una parte del
alimento que toma la oveja. La lucha de la oveja contra los efectos del gusano
hará que esta suela vivir menos tiempo y producir menos corderos. Al final, el
parásito hace que el tamaño de la manada disminuya.
Estas subidas y bajadas en el número de individuos pueden alterar un
ecosistema entero. Si un ganadero hace que sus ovejas pasten en exceso una
pradera semiárida, las ovejas se multiplicarán y las plantas disminuirán. Al
mismo tiempo, el pastoreo cambia al parásito: con más ovejas disponibles, puede
crecer, alcanzando grandes números, y atestar las, cada vez menos, hojas de
hierba que quedan, haciendo que la probabilidad de que una oveja se infecte sea
mayor. En otras palabras, el pastoreo excesivo desencadena automáticamente un
brote y reduce la manada, permitiendo que la hierba se recupere. Tan pronto
como la población de ovejas también se recupera gracias a la gestión de los
parásitos, ya no alcanza nunca más el elevado número de individuos que convertiría
la pradera en un desierto. En lugar de llenar el ganado con fármacos
antiparasitarios, y, por lo tanto, arruinar las tierras de pastoreo, los
ganaderos se beneficiarían permitiendo que los parásitos controlaran la manada.
Aunque, por ahora, la teoría de la estabilidad controlada por parásitos
sigue siendo en gran parte una conjetura porque los científicos saben muy poco
sobre el funcionamiento de los parásitos en la naturaleza —lo que es otra razón
por la que Daniel Brooks está en Costa Rica—. «La gente podrá poner a prueba
sus ideas sobre la estabilidad controlada por parásitos porque este lugar no
será un aparcamiento dentro de treinta años. Los parásitos pueden hacer
disminuir las oscilaciones, y, si tienen esa influencia, no tienes por qué
erradicarlos».
En otras palabras, para gestionar Guanacaste, necesitamos comprender el
mundo de los parásitos. «Si queremos conservar un lugar como este», dice
Brooks, «necesitamos saber qué es lo que ocurre a nivel microscópico.
Necesitamos averiguar cómo trabajar con los parásitos. Necesitamos comprender
qué es lo que los organismos necesitan y quieren, para que podamos utilizarlos
de forma que no acabemos con su existencia».
La forma en que Brooks hablaba sobre nosotros, los humanos, me recordó
la forma en que los parásitos utilizan a sus hospedadores —desarrollando la
sensibilidad necesaria para saber qué es lo que sus hospedadores necesitan y
quieren, qué es aquello sin lo cual no podrían vivir y aquello que si se les
quita no impediría que sigan viviendo— para que así no se destruyan a sí
mismos. En los viajes que realicé para este libro, a menudo he pensado en el
mundo natural como en la suma de sus partes. Miraba desde el avión los lagos
lodosos de Sudán, las zonas residenciales de Los Ángeles, los ranchos en
retroceso de Costa Rica junto a restos de bosques, y pensaba en un concepto,
llamado Gaia, en el que creen algunos científicos. Para ellos, la biosfera —la
corteza formada por océanos, tierra y aire, que alberga la vida— es una especie
de superorganismo. Tiene un metabolismo propio, que transporta carbono,
nitrógeno y otros elementos alrededor del mundo. El fósforo que contribuye a
que se produzca el destello de una luciérnaga acaba en el suelo cuando la
luciérnaga muere, puede que para ser absorbido por un árbol y transportado
hasta una de sus hojas, o para ser vertido en un río y ser transportado hasta
el mar, donde el plancton fotosintetizador lo absorberá, y este será comido por
krill, que lo liberará en las profundidades oceánicas con sus excrementos,
para, a continuación, ser absorbido por algún parásito bacteriano, que lo
devolverá a la superficie oceánica, antes de que, finalmente, muchos años
después, termine enterrado en el lecho marino. Al igual que nuestros propios
cuerpos, Gaia se mantiene unida y estable gracias a su metabolismo.
Los humanos existimos dentro de Gaia, y dependemos de ella para nuestra
supervivencia. En la actualidad la estamos agotando. Retiramos la capa
superficial del suelo con nuestras granjas sin reemplazarlo; pescamos en
nuestros mares; y talamos los árboles de los bosques. Pensé en lo que Brooks
acababa de decir sobre aprender cómo usar la naturaleza sin acabar con ella.
«Hablas como si fuéramos un parásito», le dije. Brooks se encogió de
hombros. La idea no le parecía mal. «Un parásito que no tiene autorregulación
se dirige hacia su desaparición y puede que con ella se lleve también a su
hospedador —me respondió—. Y el hecho de que la mayoría de especies de la
Tierra sean parásitos nos dice que eso no ha ocurrido muchas veces».
Le estuve dando vueltas a esa reflexión durante un buen rato. Este era
un nuevo significado que los parásitos podían tener para nosotros —uno que
puede ocupar el lugar que en su momento ocuparon los degenerados de Lankester,
las tenias judías y todos los mitos antiguos sobre la evolución fallida—. Uno
que podría ser biológicamente fiel sin convertir la vida en una película de
terror, sin implicar que los parásitos puedan salir desde nuestro interior
abriendo un agujero en el pecho. Los parásitos somos nosotros, y la Tierra el
hospedador. Puede que la metáfora no sea perfecta, pero suena bien. Desviamos
la fisiología de la vida para nuestros propios propósitos, utilizamos
fertilizantes para cubrir con ellos los campos de cultivo, más o menos igual
que las avispas desvían la fisiología de su oruga para tener el alimento que
necesitan. Agotamos esos recursos y dejamos atrás nuestros desperdicios, como
el Plasmodium cuando convierte un glóbulo rojo en un
vertedero. Si Gaia tuviera un sistema inmunológico, podría ser la enfermedad y
la hambruna, el cual podría evitar que una especie explotadora conquistara el
mundo. Pero hemos esquivado estas salvaguardias con medicinas, baños limpios y
otros inventos, que nos han permitido llegar a ser miles de millones los que estamos
en este planeta.
No hay nada vergonzoso en ser un parásito. Nos unimos a un gremio
venerable que lleva en este planeta desde su infancia y que ha llegado a ser la
forma de vida más exitosa del planeta. Pero somos torpes en nuestra forma de
vida parásita. Los parásitos pueden alterar a sus hospedadores con gran
precisión y los cambian por propósitos concretos: para regresar a su hogar
ancestral en un estanque, o para pasar a su fase adulta dentro de una
golondrina de mar. Pero son expertos en causar solo el daño que es necesario,
porque la evolución les ha enseñado que un daño sin motivo a la larga les
dañará a ellos. Si queremos tener éxito como parásitos, tenemos que aprender de
los maestros.
Epílogo
Cuando estaba escribiendo Parásitos: Dentro del extraño mundo de
las criaturas más peligrosas de la naturaleza, fui a una serie de citas a
ciegas. Un amigo mío había decidido ser mi casamentero, ya que había oído que
tres emparejamientos exitosos le otorgaban la entrada directa al cielo según la
tradición judía. El hecho de que mi amigo fuera un musulmán chino no hizo
disminuir su entusiasmo. Desafortunadamente, cuando acabó conmigo, no estaba
más cerca del cielo. Las citas fracasaron por todas las razones por las que las
citas fracasan. Sin embargo, hay una que todavía permanece en mi memoria, casi
una década después. Una cálida noche, en Greenwich Village, estaba sentado con
una mujer en la terraza de un restaurante. Rodeados de farolillos de papel,
estábamos discutiendo sobre cómo nos ganábamos la vida. Ella me habló de
publicidad. Yo le dije que estaba escribiendo un libro dedicado a lo asombrosos
que son los parásitos. Intentó cambiar el tema de conversación. Era como si le
hubiera pinchado una rueda de su bicicleta de aquella tarde. Casi podía oír el
suave silbido mientras la rueda se desinflaba lenta y constantemente.
Mientras le describía el libro en esa noche nefasta, me di cuenta de lo
extraño y aislado que era el mundo en el que me había adentrado. Fui dibujando
los ciclos de vida de los parásitos, marcando servilletas de papel con flechas
que iban de los caracoles a las hormigas y de estas a los pájaros. Sabía qué
especies de trematodos sanguíneos infectan los vasos sanguíneos detrás de
nuestros intestinos y cuáles viven detrás de nuestra vejiga. Pensaba que Louis
Pasteur se apartaría un poco y haría sitio en la historia de la ciencia para
Friedrich Kuchenmeister, el pionero de las tenias, aunque sospechaba que era la
única persona de mi zona horaria que sabía quién era Kuchenmeister.
Afortunadamente, cuando Parásitos se publicó en el año
2000, estaba felizmente prometido a mi esposa, Grace, a la que no le ahuyentó
mi obsesión. Y una vez que la gente tuvo la oportunidad de leer el libro,
descubrí muchas almas gemelas. Una productora de radio me pidió que apareciera
en su programa, diciéndome que yo le había provocado pesadillas durante una
semana. Lo dijo como un cumplido. En una fiesta en la Biblioteca Pública de
Nueva York, se me presentó una bibliotecaria de la escuela secundaria. Me contó
que Parásitos había sido robado seis veces de su biblioteca,
lo que constituía un record. También me lo tomé como un cumplido. Lo mínimo que
podía hacer, me dijo la bibliotecaria, era dar una charla a sus estudiantes. Un
par de semanas más tarde llegué a su instituto, llevando una selección de las
diapositivas más sangrientas que pude encontrar.
A veces, cuando viajo para hablar sobre parásitos, conozco a personas
que me cuentan sus propias historias. En una visita que hice en 2006 a la
Universidad Johns Hopkins, un experto en malaria me habló de una extraña escena
que contempló un día en Zambia. Mientras caminaba por una carretera, vio frente
a él a una avispa y a una cucaracha. Cuando se acercó para verlo mejor, parecía
como si la avispa estuviera guiando a la cucaracha tirando de una antena, como
si llevara un perro amarrado con su correa.
Sospeché que, como experto en malaria, se hallaba fuera de la zona en
que era un experto, pero me aseguró que un científico en Israel estudió las
avispas y estaba intentando averiguar cómo convierten a las cucarachas en los
hospedadores de su descendencia. Así que contacté con el científico, un tal
Frederic Libersat, de la universidad Ben Gurion. Resultó que lo de las avispas
era cierto. Y era mucho más extraño de lo que yo podría haber imaginado.
Las avispas tienen un nombre hermoso tanto en latín como en
castellano: Ampulex compressa, o avispa esmeralda. Cuando una
hembra de Ampulex está preparada para depositar sus huevos,
busca una cucaracha. Al aterrizar en su futuro hospedador, da dos aguijonazos
precisos. El primero es en la sección media de la cucaracha, produciendo que
sus patas delanteras se paralicen. Esa breve parálisis producida por el primer
aguijonazo le proporciona a la avispa el tiempo suficiente para ejecutar otro
aguijonazo mucho más preciso en la cabeza.
La avispa desliza su aguijón a través del exoesqueleto de la cucaracha y
lo inserta directamente en su cerebro. Continúa moviendo su aguijón —un poco
como un cirujano que busca cómo llegar hasta un apéndice con un laparoscopio—
hasta que alcanza un grupo concreto de neuronas que producen las señales que
preparan a la cucaracha para empezar a caminar.
Visto desde afuera, el efecto es surrealista. La avispa no paraliza a la
cucaracha. Si esta se asusta, salta, pero no huye corriendo. Entonces, la
avispa sujeta una de las antenas de la cucaracha y la conduce, como si paseara
un perro con su correa, hacia su muerte: el nido de la avispa. La cucaracha se
arrastra sumisamente hacia dentro y se queda quieta tranquilamente mientras la
avispa deposita su huevo en su parte inferior. Luego, la avispa se va, sellando
su nido y sepultando a la, todavía viva, cucaracha.
El huevo eclosiona y la larva muerde hasta que agujerea el costado de la
cucaracha. Y se mete dentro. La larva crece en el interior de la cucaracha,
devorando los órganos de su hospedador, durante unos ocho días. Entonces ya
estará lista para tejer un capullo, lo cual realiza también en el interior de
la cucaracha. Después de cuatro semanas más, la avispa crece hasta llegar a su
fase adulta. Sale del capullo, y luego, de la cucaracha.
El aguijón es lo que más fascina de todo a científicos como Libersat.
El Ampulex no quiere matar a las cucarachas. Ni siquiera
quiere paralizarlas de la forma en que las arañas y las serpientes lo hacen, ya
que es demasiado pequeña para arrastrar a una gran cucaracha paralizada hasta
su nido. En lugar de eso, solo retoca delicadamente la red neuronal de la
cucaracha para que quede sin motivación alguna. Su veneno hace mucho más que
simplemente convertir en zombis a las cucarachas. También altera su metabolismo
de tal forma que reduce en un tercio su consumo de oxígeno. Los investigadores
israelitas descubrieron que también podían reducir el consumo de oxígeno de las
cucarachas inyectándoles fármacos paralizantes o extrayendo las neuronas que
las avispas desactivan con su aguijón. Pero solo pueden utilizar una burda
imitación del veneno de la avispa; las cucarachas manipuladas se deshidratan
rápidamente, y mueren a los seis días.
El veneno de la avispa de alguna manera deja a las cucarachas en una
especie de animación suspendida mientras las mantiene con buena salud, incluso
mientras una larva de avispa está devorándolas desde dentro. Los científicos
aún no comprenden cómo el Ampulex dirige cualquiera de estas
proezas. Una parte de la razón de su ignorancia es el hecho de que los
científicos todavía tienen mucho que aprender sobre sistemas nerviosos y
metabolismos. Pero millones de años de selección natural han permitido al Ampulex ejercer
ingeniería inversa con su hospedador. Haríamos bien en seguir su ejemplo y
adquirir la sabiduría de los parásitos.
Al principio no me podía creer que había escrito un libro entero sobre
parásitos y me había olvidado de una maravilla como la avispa esmeralda. Pero,
con el paso de los años, continúo aprendiendo cosas sobre nuevos parásitos,
cada una de las cuales resucita ese sentimiento familiar de respeto temeroso.
Sencillamente, hay demasiados parásitos como para que alguien pueda apreciarlos
en su totalidad. Y el catálogo de parásitos crece cada año a medida que los
científicos descubren nuevos ejemplares. En 2009, descubrí que a uno de esos
parásitos le habían puesto mi nombre.
La noticia me llegó gracias a una joven parasitóloga llamada Carrie
Fyler. En la universidad, Fyler no sabía qué hacer con su vida. Estaba
cautivada por los parásitos, pero no podía creer que uno se pudiera ganar la
vida con su pasión. Luego leyó Parásitos y cambió de idea. Fue
a estudiar a la Universidad de Connecticut con la parasitóloga Janine Caira. La
especialidad de Caira era el estudio de las tenias que viven en los tiburones y
en sus parientes. Fyler viajó con Caira a lugares como Senegal y Chile para
diseccionar peces y sacarles las tenias. Fyler escribió su tesis sobre un
género de tenias llamado Acanthobothrium, que incluye 165 especies
conocidas. Como parte de su investigación, examinó algunas misteriosas
tenias Acanthobothrium que Caira y sus colegas habían
descubierto en 1999 durante un viaje a bordo del Ocean Harvest, un
barco dedicado a la pesca comercial de arrastre que navegaba por el mar de
Arafura a la altura de la costa norte de Australia. El pescador sacó una raya
látigo gigante que pertenecía a una especie que no se había visto hasta
entonces. Caira estaba más interesada en sus tenias, que eran igualmente nuevas
para la ciencia.
Hay alrededor de 1,8 millones de especies de animales, plantas, hongos y
microbios que tienen nombre. Hay muchos millones más que esperan ser
bautizadas. Cada año, los científicos dan nombre a decenas de miles de especies
nuevas, lo que significa que han de pasar siglos para que su trabajo finalice.
Ponemos nombre a nuestros hijos tan pronto como nacen, pero darle nombre a una
especie nueva es un proceso que viene mucho después de su descubrimiento. Una
vez que los científicos encuentran un organismo que parece que no pertenece a
ninguna especie conocida, buscan en la literatura científica para comprobar si
es realmente una especie nueva. Si lo es, inspeccionan cada detalle
minuciosamente, y recopilan toda la información que se necesitaría para
identificar en el futuro otro organismo que pudiera pertenecer a la misma
especie. Esta no es la clase de trabajo que pudiera hacer un robot secuenciador
de genes en la hora del almuerzo. Esto es historia natural de la vieja escuela.
Hay unas 6.000 especies nombradas de tenias, pero los científicos
descubren nuevas con cierta regularidad. Cuando Fyler examinó las tenias de la
raya látigo que le dio Caira, descubrió que había cinco nuevas especies.
Mientras las iba describiendo, decidió nombrar a una de ellas como Acanthobothrium
zimmeri.
Me hace feliz poder decir que la A. zimmeri es un
parásito magnífico. Posee la extraña anatomía que esperarías observar en una
tenia —un animal que no tiene cerebro, ojos o boca y que ha convertido su piel
en intestinos vueltos del revés—. Su cabeza está engalanada con un conjunto
distintivo de ventosas, ganchos que usa para agarrarse en el intestino de su
hospedador. Al igual que otras tenias, el resto de su cuerpo está formado en su
mayor parte por segmentos, cada uno de los cuales tiene tanto testículos como
ovarios. (Observo, sin hacer comentarios, que en su artículo para Folia
Parasitológica, Fyler describe la vagina de cada segmento del cuerpo de
la A. zimmeri como «sinuosa y con paredes gruesas»).
Cuando me enteré de que iba a tener una especie con mi nombre, me sentí
abrumado, con delirios de grandeza. Pero, finalmente, volví a poner los pies en
la tierra. Mi caída se dio en Arlington, Texas, adonde viajé para participar en
un congreso de la Sociedad Americana de Parasitología. Tuve una charla informal
con Fyler y otro cestodólogo sobre la recién nombrada A. zimmeri.
«Sí, diría que tiene sentido —decía, mirándome de arriba a abajo—.
La Acanthobothrium es alta y delgada como tú».
Dar nombre a una especie no era, de hecho, el ritual sagrado que yo
había imaginado. Con tantas especies por nombrar, es algo realmente rutinario.
Fyler dio los siguientes nombres a las otras cuatro tenias que Caira encontró
en la raya:
1. El nombre del barco en el que estaban Caira y Jensen (A.
oceanharvestae)
2. Su abuelo, al que ella llamaba «Pop» (A. popi)
3. James Rodman de la Fundación Nacional para la Ciencia (A.
rodmani)
4. Jim Romanow, que se encargaba de los microscopios que usaba
Fyler (A. romanowi)
Sigo agradecido a Fyler por su gesto, y todavía no puedo evitar sentir
cierto placer paternal cuando veo cómo la A. zimmeri ayuda a
los científicos a aprender un poquito más acerca de la diversidad de la vida y
de cómo evolucionó esa diversidad. Fyler y sus colegas compararon el ADN de
la A. zimmeri con otras especies de Acanthobothrium y
descubrieron algo interesante: las cinco especies de Acanthobothrium que
encontraron en el interior de una única raya no estaban muy emparentadas entre
ellas. En lugar de eso, sus parientes más cercanos viven en otras especies de
rayas. De alguna manera, sus antepasados debieron saltar de un hospedador a
otro, y consiguieron hacerse un sitio en el ecosistema atestado que es el
interior del intestino de una raya.
Por ahora, ese salto sigue siendo un completo misterio. Los científicos
no tienen ni idea de qué clase de ciclo vital tienen la A. zimmeri y
sus parientes —qué es lo que les ocurre a los huevos de la tenia que liberan
las rayas, o qué otros hospedadores tienen que invadir primero, antes de acabar
finalmente en otra raya—. Al igual que su raya hospedadora, los hospedadores
intermedios de la A. zimmeri todavía están a la espera de
recibir sus propios nombres.
Espero que algún día los científicos averigüen cómo es el ciclo de vida
de mi tocaya, pero también me preocupa que no lleguen a tiempo. Este tipo de
rayas látigo, al igual que muchas otras rayas y tiburones, están en la
actualidad en serio peligro debido a la sobrepesca imprudente. Y siempre que
una especie se extingue, puede arrastrar con ella a otras especies. Cambiar de
especie hospedadora es un acontecimiento exquisitamente raro, y es por eso que
es muy probable que la A. zimmeri pueda vivir únicamente en
una especie de raya látigo. Si su hospedador se extingue, desaparecerá con
ella.
Ahora, más que nunca, siento que mi existencia está entrelazada con la
de los parásitos. Mucho después de que yo haya muerto, espero que todavía haya
rayas látigo nadando en el mar de Arafura, infestadas por tenias que lleven mi
nombre.
Glosario
Anquilostoma: Nematodo
parásito que vive en el suelo como larva y como adulto en los intestinos
humanos. Consume sangre y causa anemia.
Anticuerpo: Proteína creada por el sistema inmunológico que puede
unirse a antígenos y neutralizarlos.
Antígeno: Sustancia extraña que estimula una respuesta
inmunológica.
Ceguera de los ríos: Enfermedad causada por el Onchocerca
volvulus, un nematodo parásito. La ceguera se produce por una cicatrización
desencadenada cuando el parásito repta a través de los ojos.
Célula B: Uno de los tipos de célula inmunológica que produce
anticuerpos.
Célula T: Célula inmunológica que puede reconocer antígenos
específicos. Las células T asesinas destruyen células infectadas con virus y
otros patógenos.
Las células T inflamatorias organizan los ataques de los macrófagos. Las
células T colaboradoras trabajan junto a las células B para producir
anticuerpos.
Cloroplasto: Compartimento de las plantas y algas donde tiene lugar la
fotosíntesis. Su origen fue una bacteria de vida libre que fue engullida por un
eucariota.
Copépodo: Crustáceo acuático que sirve como hospedador intermedio
de muchos parásitos.
Cotesia congregata: Una especie de avispa parásita que tiene como
hospedador al gusano del tabaco.
Elefantiasis: Enfermedad causada por filarias. Los gusanos residen
en los vasos linfáticos, y la reacción del sistema inmunológico produce
obstrucciones que acumulan el líquido linfático en extremidades o genitales.
Enfermedad del sueño: Enfermedad causada por el protozoo Trypanosoma
brucei, y transmitida por la mosca tsé-tsé. Produce desorientación y coma.
Es letal si no se trata.
Esquistosomiasis: También conocida como bilharziasis. Enfermedad
causada por esquistosomas, trematodos sanguíneos que viven en caracoles y
humanos. Su síntoma más serio es el daño hepático producido por la reacción del
sistema inmunológico ante la presencia de los huevos de esquistosoma.
Gusano de Guinea: Nematodo parásito que vive en el abdomen de los
humanos. Después de aparearse, la hembra emerge de la pierna de su hospedador y
libera las larvas, que se establecerán en un copépodo.
Macrófago: Célula inmunológica que mata organismos extraños,
engulléndolos o liberando sustancias venenosas.
Malaria: Enfermedad caracterizada por fiebre alta, producida por el
protozoo Plasmodium.
Mastocito: Célula inmunológica presente en los revestimientos
intestinales y en la nariz; la célula puede desencadenar repentinamente
reacciones alérgicas.
Plasmodium: Protozoo que causa la malaria.
Sacculina: Parásito del orden de los cirrípedos que vive en los
cangrejos.
Sistema del complemento: Moléculas transportadas por la sangre que
atacan a los antígenos, solas o conjuntamente con los anticuerpos.
Toxoplasma gondii: Protozoo que normalmente tiene como hospedadores
a los gatos y sus presas. En los humanos suele ser inofensivo, excepto en las
mujeres embarazadas y en gente con sistemas inmunológicos comprometidos.
Trematodo sanguíneo: Una de las varias especies de trematodos que
viven en el torrente sanguíneo de los vertebrados. Los mejor estudiados son los
esquistosomas, como el Schistosoma mansoni, que causa la enfermedad
de la esquistosomiasis.
Trematodos: Una clase de gusanos platelmintos que incluye especies
parásitas. También conocidos como duelas.
Trichinella: Nematodo parásito que vive en las células musculares.
Tripanosomas: Protozoos parásitos pertenecientes al género Trypanosoma.
Causan la enfermedad del sueño (T. brucei), la enfermedad de Chagas (T.
cruzi) y otras enfermedades.
Agradecimientos
La investigación que llevé a cabo para este libro fue gracias a sonsacar
información de muchos científicos, ya fuera en persona o vía telefónica.
Quiero dar las gracias en particular a Larry Roberts, que leyó el
manuscrito entero. Quiero rendir homenaje a todos estos científicos como haría
cualquier parásito con su hospedador. Doy las gracias a:
Greta Smith Aeby, Jonathan Baskin, Nancy Beckage, George Benz, Manuel
Berdoy, Jeff Boettner, Daniel Brooks, Janine Caira, Dickson Despommiers, Andrew
Dobson, Thomas Eickbush, Gerald Esch, Donald Feener, Michael Foley, Carrie
Fyler, Scott Gardner, Matthew Gilligan, Bryan Grenfell, Iah Harrison, Hans
Herren, Eric Hoberg, Jens Høeg, Peter Hotez, Stephen Howard, Frank Howarth,
Michael Huffman, Hillary Hurd, Todd Huspeni, Mark Huxham, John Janovy, Daniel
Janzen, Aase Jesperson, Pieter Johnson, Martin Kavaliers, Christopher King,
Jacob Koella, Stuart Krasnoff, Armand Kuris, Kevin Lafferty, Frederic Libersat,
Curtis Lively, Philip LoVerde, David Marcogliese, Scott Miller, Katherine
Milton, Anders Møller, Janice Moore, Thomas Nutman, Jack O’Brien, Richard
O’Grady, Norman Pace, Edward Pearce, Barbara Peckarsky, Kirk Phares, Stuart
Pimm, Ramona Polvere, Mickey Richer, Larry Roberts, David Roos, Mark Siddall,
Joseph Schall, Phillip Scott, Andreas Schmidt-Rhaesa, Biola Senok, Michael
Strand, Michael Sukhdeo, Suzanne Sukhdeo, Richard Tinsley, John Thompson,
Nelson Thompson, Mark Torchin, Joel Weinstock, Clinton White, Marlene Zuk.
También quiero dar las gracias a David Berreby por sus conocimientos de
historia, a Jonathan Weiner por su ayuda con los gusanos, a Grace Farrell por
el maratón de películas sobre parásitos y por tolerar mi extraña obsesión, a
Eric Simonoff por detectar horrores fecundos cuando lo leyó, y a mi editor,
Stephen Morrow, quien, como siempre, hizo que todo esto fuera posible.
Notas:
[1] Los
trematodos reciben el nombre común en inglés de flukes por el
parecido físico con flounder (lenguado), palabra que a su vez
deriva del anglosajón floc. (N. del T.).
[2] Extraído
del poema de William Wordsworth A Poet’s Epitaph (1801). (N.
del T.).
[3] Hay
traducción en castellano: La ley natural en el mundo espiritual.
Traducción de J. Milton Greene, Barcelona: Editorial Clie, 1992. (N.
del T.).
[4] Es
conocido por su acrónimo en inglés, DALY: disability-adjusted life year,
y evalúa los años de vida que puede perder una persona en caso de sufrir una
enfermedad discapacitante. (N. del T.).
[5] Según
datos de la OMS, en 2015 solo se notificaron 22 casos. (N. del T.)
[6] Un
grupo de diecisiete investigadores europeos y africanos llegaron a la
conclusión, en diciembre de 2013, de que varias especies de murciélagos de la
fruta son el reservorio natural del virus. (N. del T.)


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