© Libro N° 9574. Primera Aproximación A Una
Interpretación Materialista De La Historia Argentina… Gaido, Daniel Fernando; Bosch
Alessio, Constanza. Emancipación. Febrero 5 de 2022.
Título original: © Primera Aproximación A Una Interpretación
Materialista De La Historia Argentina… Daniel Fernando Gaido, Constanza Bosch
Alessio. Ensayo Introductorio a “Aportes para una historia de la cultura en
Argentina” de Germán Avé-Lallemant (1890)
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Original: © Primera Aproximación A Una Interpretación Materialista De La
Historia Argentina… Daniel Fernando Gaido, Constanza Bosch Alessio
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PRIMERA APROXIMACIÓN A UNA INTERPRETACIÓN
MATERIALISTA DE LA HISTORIA ARGENTINA…
Daniel Fernando Gaido
Constanza Bosch Alessio
Ensayo Introductorio De Daniel Gaido Y Constanza Bosch Alessio a “Aportes
para una historia de la cultura en Argentina” de
Germán Avé-Lallemant (1890)
(2013)
Daniel Fernando Gaido
Constanza Bosch Alessio
Ensayo Introductorio De Daniel Gaido Y Constanza Bosch Alessio a
“Aportes para una historia de la cultura en Argentina” de
Germán Avé-Lallemant (1890)
Daniel Fernando Gaido – Constanza Bosch Alessio,
Primera aproximación a una interpretación materialista de la historia
argentina…, revista www.izquierdas.cl, N°15, abril 2013, ISSN 0718-5049, pp.
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Primera aproximación a una interpretación
materialista de la historia argentina: “Aportes para una historia de la cultura
en Argentina” de Germán Avé-Lallemant (1890)
First approach to a materialist interpretation of
Argentinian history: "Contributions to cultural history in Argentina"
of Germán Avé-Lallemant (1890)
Daniel Fernando Gaido
Constanza Daniela Bosch Alessio**
Resumen
El “padre” del marxismo argentino fue un inmigrante
alemán: el agrimensor e ingeniero de minas Germán Avé-Lallemant (1835-1910). En
1890, Lallemant ofreció un análisis materialista pionero de la historia de su
país adoptivo, que analizaba las causas del atraso argentino. Las razones que
explican el estancamiento nacional se remontarían a la herencia retrógrada de
la colonización española y a su supervivencia en la clase dominante local. Esta
edición crítica de dicho estudio, inédito hasta hoy en castellano, se propone
contribuir a la superación de visiones estereotipadas sobre el marxismo de
Lallemant y de la Segunda Internacional.
Palabras clave: Germán Avé-Lallemant – historia del
marxismo – historia argentina - historiografía
Abstract
The "father" of Argentinian Marxism was a
German immigrant: the land surveyor and mining engineer Germán Ave-Lallemant
(1835-1910). Lallemant wrote in 1890 a pioneering materialist analysis of
Argentine history that sought to understand the causes of Argentinian
backwardness. The reasons for national stagnation would go back to the
retrograde inheritance of Spanish colonization and their perpetuation in the
local ruling class. This critical edition of that document, which so far
remained untranslated, is intended to contribute to the overcoming of
stereotyped visions of Lallemant’s and the Second International's Marxism.
Keywords: Germán Avé-Lallemant – marxism history –
argentinian history - historiography
Argentino,
Doctor en Historia. Investigador Adjunto del Consejo Nacional de
Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de Argentina.
danielgaid@gmail.com
** Argentina, Profesora en Historia por la
Universidad Nacional de Córdoba (Argentina). Integrante del Programa de
Historia Contemporánea del Centro de Investigaciones y Estudios sobre Cultura y
Sociedad dependiente de CONICET. cobosch@gmail.com
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argentina…, revista www.izquierdas.cl, N°15, abril 2013, ISSN 0718-5049, pp.
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La historiografía sobre Germán Avé-Lallemant
El “padre” del marxismo argentino fue un inmigrante
alemán: el agrimensor e ingeniero de minas Germán Avé-Lallemant (1835-1910).
Radicado en San Luis en 1870, Lallemant publicó numerosas contribuciones
científicas sobre el suelo, la flora y la fauna puntanos, y desde 1888 colaboró
asiduamente con el semanario Vörwarts, el primer órgano de difusión del
marxismo en el ámbito local, editado en Buenos Aires por el club homónimo de
inmigrantes alemanes socialistas. Bajo su influencia, los socialistas alemanes
en Argentina tomaron distancia de las doctrinas de Ferdinand Lassalle y
abrazaron una ideología marxista más en consonancia con la línea política del
Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD). En 1890 Lallemant fundó, con sus
propios ingresos, el primer órgano de prensa del movimiento obrero argentino:
El obrero, Defensor de los intereses de la clase proletaria, el cual impulsó la
fundación de la Federación Obrera en 1891. Lallemant se convirtió en la
principal personalidad del socialismo argentino antes de la aparición de La
Vanguardia de Juan B. Justo en 1894, y desde 1895 hasta su muerte se desempeñó
como corresponsal en Argentina de Die Neue Zeit, la revista teórica de la
socialdemocracia alemana editado por Karl Kautsky1.
La figura de Lallemant sigue concitando interés en
nuestros días, como lo demuestra la antología de sus textos editada por la
Biblioteca Nacional en el 2008 (Avé-Lallemant H). Ese mismo año el Centro de
Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas en la Argentina
(CeDInCI) publicó una antología bilingüe de artículos aparecidos en el semanario
entre 1886 y 1901 (Zeller, Carreras y Tarcus). Finalmente, Horacio Tarcus
dedicó 136 páginas de su doctorado, publicado en 2007, al análisis de las
contribuciones del y en particular de Lallemant a
la recepción de la obra de Marx en la Argentina (129-265). Estas contribuciones
se suman a trabajos anteriores sobre la obra de Lallemant publicados desde
fines de los 60. En 1969, el historiador maoísta José Ratzer, criticando lo que
consideraba como una línea reformista dentro del socialismo argentino que tenía
su origen en Juan B. Justo y que había sido adoptado por el Partido Comunista,
describió a Lallemant como el principal teórico de un marxismo "ortodoxo"
y revolucionario que cobró impulso durante los primeros años de la década de
1890 y luego cedió su lugar al reformismo de los dirigentes del Partido
Socialista (79-112). Cinco años más tarde, el historiador del Partido Comunista
Leonardo Paso respondió a los argumentos de Ratzer con una antología de
escritos de Lallemant, pobremente editada, pero que contiene versiones en
español de todos sus informes a Die Neue Zeit (Paso). Cabe agregar a esta lista
la antología de textos del periódico El Obrero editada por García Costa en
1985, ya que Lallemant fue el autor de los artículos programáticos aparecidos
anónimamente en los primero números de dicha revista, hasta su regreso a San
Luis en febrero de 1891 (García Costa). Finalmente, en 1993 Roberto Ferrari
publicó una Introducción a la obra científica y técnica de Germán Avé-Lallemant
que incluye fragmentos de sus obras, algunos de ellos relevantes para el tema
del presente trabajo (Ferrari).
1 Para una
biografía de Lallemant, ver la nota en Tarcus, Horacio. Diccionario biográfico
de la izquierda argentina. 2007. Buenos Aires: Emecé. 36-38.
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Lallemant y el materialismo histórico
Contamos por ende con cinco antologías de textos de
Lallemant, pero curiosamente ninguna de ellas incluye el trabajo cuya edición
crítica en castellano ofrecemos por primera vez al lector: los “Aportes para
una historia de la cultura en Argentina” que Lallemant
publicó en el en 1890, y que constituyen un intento
pionero de aplicar las categorías del materialismo histórico al análisis de la
historia argentina. Lallemant había enunciado por primera vez sus convicciones
marxistas dos años antes, a los 53 años de edad, en el prólogo a su obra
Memoria descriptiva de la provincia de San Luis, donde afirmaba:
La acumulación, en la forma de tierras, en mano de
grandes landlords, se ha consumado; al fisco, a la comunidad ya no queda nada;
nulle terre sans seigneur, y ahora hemos entrado de lleno a la segunda fase de
la evolución: al desarrollo rápido de la producción agrícola capitalista por
medio de la Bancocatria, la deuda pública sin límite, el sistema
proteccionista, con su consecuencia infalible de la división del lauboring
pauper, como capital variable sobre un polo del mundo social, y de la
acumulación gigantesca de los medios del trabajo, como capital constante, en el
otro polo, en manos del capitalista, mejor dicho, en manos del capital
personificado, pues, l'argent n'a pas de maître (Avé-Lallemant A, 1).
Lallemant explica claramente qué entiende por
historia de la cultura en un artículo publicado en el primer número de El
Obrero:
El trabajo humano es el factor que cría la riqueza.
Lo que la naturaleza nos brinda sin necesidad de aplicación de trabajo humano,
como el aire, el agua, etc., nada vale. La organización del trabajo forma la
base de la cultura. Se llama cultura un cierto estadio determinado en el
proceso general de desarrollo de la humanidad (El Obrero B)
Lallemant opera, por lo tanto, con una acepción del
término ‘cultura’ diferente de su uso corriente, y cercano a su acepción latina
original, de carácter materialista. La etimología de la palabra cultura indica
que proviene del vocablo latino ‘cultura’, participio pasado perfecto femenino
del verbo ‘colere’ –‘cultivar, labrar, cuidar’–. Es decir, que el vocablo
cultura en latín se refería originalmente al trabajo en el campo (de donde
proviene la palabra ‘agricultura’, siendo ‘ager’ ‘campo’) y estaba emparentado
con las palabras latinas ‘colonia’ (‘asentamiento’), e ‘incola’ (‘habitante de
un pueblo’), o ‘agricola’ (‘habitante de un campo’). Más recientemente, el
término pasó a significar ‘educación’ (figurativamente el ‘cultivo intelectual
de una persona’, como en ‘cultura animi’ –‘el cultivo del alma’–) y por
extensión los logros intelectuales de un pueblo o civilización.
Es en el sentido original de la palabra que
Lallemant emplea el término, ya que su trabajo se inspira en los presupuestos
metodológicos que Marx describió en el famoso prólogo a su obra Contribución a
la crítica de la económica política, que Lallemant parafrasea de la siguiente
manera:
La organización del trabajo productivo determina la
forma de todas las instituciones sociales, políticas, jurídicas y religiosas de
una sociedad. Según la mayor o menor
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perfección de la organización del trabajo
productivo –es decir, según el mayor o menor grado de productividad del
trabajo–, clasificamos históricamente el grado de mayor o menor cultura
alcanzado por la sociedad humana. Según la organización del trabajo productivo,
clasificamos la faz de la evolución histórica de una sociedad. Imposible es
comprender la historia de la humanidad sin conocer la marcha de la evolución
del trabajo productivo, es decir, de la evolución económica de la humanidad.
Nunca los hombres se han dejado llevar por otra causa que por la voluntad de
satisfacer las necesidades materiales de su vida. Y no hay otro medio de llegar
a esta satisfacción sino por el trabajo. Invertir el mínimo de fuerza de
trabajo humano en el trabajo productivo –es decir, aumentar en lo posible la
productividad del trabajo humano– fue siempre el móvil exclusivo y único que
determinó la marcha de la evolución social o de la historia. Este móvil fue, y
lo es todavía para la gran mayoría de los hombres, una idea inconsciente a
ellos mismos, y por eso ellos creen que los hechos históricos nacen de la
voluntad espontánea de ciertos grandes hombres o héroes y de su inteligencia
privilegiada… La historia que se enseña en las escuelas debe ser la historia de
la evolución del trabajo productivo humano. Solamente por medio de esta
enseñanza se educarán hombres conscientes de sus deberes y de sus derechos como
miembros de una sociedad humana capaz de dominar tanto las fuerzas naturales
como las sociales, en lugar de ser dominada por ellas como sucede actualmente
(Avé-Lallemant H, 163-164 166).
La pregunta que todo historiador de la Argentina
debe formularse tarde o temprano – ¿cuál es la causa del atraso argentino?– es
por lo tanto reformulada por Lallemant, de acuerdo con estos presupuestos
metodológicos expuestos más arriba, en los siguientes términos: ¿Cuáles fueron
las relaciones sociales que impidieron el desarrollo de la productividad del
trabajo en la Argentina?
Las raíces del atraso argentino en el trabajo
forzoso indígena
Lallemant responde a esta pregunta diciendo que en
la era colonial prevalecía en la Argentina el trabajo forzoso de los indios,
que él denomina esclavitud –de hecho la palabra Sklaverei en sus diferentes
variantes (Sklaven, Sklavenarbeit, Indianersklaven, etc.) aparece 50 veces a lo
largo del texto–.
Lallemant comienza afirmando que “la raza de los
hispano-americanos ha demostrado ser la más incompetente de todos los
conquistadores y colonizadores, esto es, la más incapaz de apoyar, fomentar y
difundir la cultura, es decir, el desarrollo humano en general”. Más allá del
empleo de la palabra Race, y de otras expresiones hoy ofensivas como Mischlinge
(mestizos)2, lo que nos interesa ahora resaltar es que Lallemant está
2Sus referencias a “la gran masa de mestizos
(Mischlinge)” que “constituyen el verdadero pueblo hispanoamericano”, son
cualquier cosa menos halagüeñas. Menciona, por ejemplo, como los largos siglos
de esclavitud dieron origen a un “servilismo hipócrita, cuya propagación a
través de la ley de la herencia progresiva ha conferido su carácter peculiar a
la raza de los mestizos.” Estas afirmaciones pueden ser atribuidas a ciertos
prejuicios muy arraigados en la alemana de la época, y por ende también entre los
integrantes del club Vorwärts (ver, por ejemplo, el artículo anónimo “¡Día de
pago!”. Vorwärts. 24 sep. 1898). Lallemant, sin embargo, atribuye estas
cualidades negativas a la herencia del trabajo forzado colonial, y rechaza
explícitamente las teorías racistas: “La opinión frecuentemente expresada según
la cual los indios murieron como una raza inferior en contacto con la raza
superior -a saber, la caucásica- es una fábula. Los indios fueron exterminados,
no a causa de tales leyes naturales inexistentes, sino de las mejores armas de
los
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simplemente constatando un hecho empírico, como lo
es el muy bajo nivel de desarrollo económico de las colonias de asentamiento
españolas, sobre todo en comparación con las anglosajonas.
Lallemant atribuye este atraso a los métodos de
colonización empleados por los españoles, particularmente al sistema de
reducciones de tribus indígenas y de encomiendas, que transformaba a los indios
cautivos en “mitayos, que eran esclavos por un cierto período de tiempo” o en
“yanaconas, que eran esclavos de por vida”. De este régimen de trabajos
forzados surge la clase dominante local “los encomenderos y sus sucesores, los
señores caballeros”, los cuales hacían “trabajar a sus esclavos hasta la muerte,
en la más cruel de las formas imaginables. Esto sucedió especialmente en las
minas, que sin embargo siempre fueron relativamente pocas en Argentina”.
Lallemant pasa entonces a describir los métodos de
producción en el distrito minero de Paramillo en Mendoza, un tema sobre el cual
publicó un libro el mismo año en que escribió los Beiträge para el Vorwärts
(Avé-Lallemant C). Quienes la operaban “desconocían absolutamente el uso aun de
dispositivos increíblemente sencillos” como el torno y la carretilla. “Todo
peso se cargaba y muchos cientos de esclavos trabajaron así bajo el látigo del
capataz hasta su muerte”. Y aquí Lallemant expone su tesis sobre las causas del
atraso económico a la América española: el efecto deletéreo de la utilización
de trabajadores forzados sobre el desarrollo tecnológico.
Lo más notable es el hecho de que el uso de la
maquinaria, incluso algo tan simple como el torno, sólo comienza aquí con el
modo capitalista de explotación. Los españoles conocían perfectamente tanto el
torno como el cabrestante tirado por caballos, porque los árabes españoles
empleaban ambos aparatos en la mayor medida posible para operar los pozos y las
obras de riego magistrales en sus distritos agrícolas y hortícolas en España.
Pero la razón [de su falta de empleo en América Latina] fue la gran baratura de
la fuerza de trabajo humana. El esclavo no costaba más que sus exiguos medios
de existencia, que consistían en maíz y carne (sobre todo carne de guanaco), y
en lo que a vestuario y vivienda se refiere, difícilmente se pueda hablar de
ellos. […] El grado de productividad de la máquina es la diferencia entre el
trabajo que cuesta y el trabajo que ahorra. Este último era tan increíblemente
barato [en Argentina] que el caballero encomendero consideraba aun al torno
como demasiado caro para ser empleado. Esto permite tener una idea de lo barato
que el trabajo esclavo debía haber sido bajo el sistema de la encomienda. El
esclavo era obligado a trabajar hasta la muerte, y los encomenderos iban
entonces a buscar nuevas fuerzas de trabajo a las tribus indígenas más cercanas
por medio de una nueva reducción3.
Dada “la extinción del material esclavo indio”
debido al régimen de trabajo brutal impuesto por los conquistadores, “se
decidió que los indios serían persuadidos a someterse a la esclavitud
pacíficamente por medio del amor y la bondad cristianos.” Con este fin fueron
enviados a las colonias los jesuitas, cuyas misiones eran descritas a menudo
como un modelo de “constitución comunal comunista” –una ilusión que Lallemant
procede a
europeos, así como del consumo inmoderado de
aguardiente y de las enfermedades, especialmente la sífilis y la viruela”.
3 Las citas no consignadas pertenecen en su
totalidad a Avé Lallemant, Germán. “Beiträge zu einer Kulturgeschichte
Argentiniens: Historische Studie von G.A.L.”. Vorwärts. 26 abr. 1 may. 10 may.
17 may. 1890.
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echar por tierra, afirmando que la “cooperación en
el proceso de trabajo de los jesuitas en las misiones” fue en realidad “la
aplicación de la cooperación a gran escala basada en la esclavitud”–.
Lallemant resume en las siguientes palabras su
visión de las consecuencias del trabajo forzoso indígena para el desarrollo
económico argentino:
Hemos visto que, en general, la única organización
posible del proceso de trabajo en la Argentina durante el período colonial se
basaba en la esclavitud, y que incluso ésta no pudo experimentar un desarrollo
mayor debido a la falta de material esclavo, excepto en las misiones. De este
modo, todos los males materiales y morales que conlleva la economía esclavista
redundaron en detrimento del país, sin que se hicieran sentir las ventajas que
aparejó la esclavitud para el desarrollo económico de otros países en un grado
tan abundante. Así, mientras que ningún incremento de la riqueza a través de la
cooperación simple basada en la esclavitud tuvo lugar en gran escala, la
esclavitud impidió el desarrollo de las fuerzas productivas a través del
perfeccionamiento tecnológico, ya que el principio económico del modo de
producción basado en la esclavitud sólo permite la aplicación de las
herramientas de trabajo más toscas y torpes, pero, precisamente a causa de su
tosquedad, más difíciles de romper.
Extrapolando las observaciones de Marx sobre las
trabas impuestas por la esclavitud de plantaciones al desarrollo tecnológico de
los estados sureños de los Estados Unidos antes de la guerra de secesión,
Lallemant afirma:
No hay más que observar hoy en día cómo el hijo del
país trata los animales domésticos, con qué arado primitivo labra la tierra,
cómo las trabajadoras fabrican telas de lana de tipo pesado, utilizando métodos
manufactureros, con un tosco telar de urdimbre horizontal que por medio de una
bobina produce hilo basto, para reconocer de inmediato el origen de esta
producción en el trabajo esclavo; y si reconocemos inmediatamente en el peón y
su estilo de trabajo al antiguo esclavo, la forma en que es tratado por su
patrón hace este origen aún más claro. En este último prorrumpe por todas
partes toda la brutal inhumanidad del propietario de esclavos, mientras que en
aquel lo hace el sentimiento de venganza, que lo impulsa a hacer sentir a los
animales de carga y a las herramientas que no son iguales a él, sino que él es
un ser humano.
Restricciones al intercambio mercantil y régimen de
propiedad territorial latifundista
A las consecuencias nefastas del trabajo forzado se
sumaron, según Lallemant, las de la “legislación demencial”, monopolística y
sumamente restrictiva, de España en materia comercial. “El Consejo de Indias
concedió a los comerciantes de Sevilla y Cádiz el monopolio del comercio con
estas colonias”, confinando la circulación mercantil a marcos sumamente
estrechos, que solo pudieron ser ampliados parcialmente mediante el
contrabando. “Sólo el Reglamento de Libre Comercio del 12 de octubre 1778
abolió el monopolio del comercio, en manos de la ciudad de Cádiz durante 250
años, haciéndolo extensivo a todos los barcos españoles”. Como lector atento de
Das Kapital, Lallemant sabía que el capitalismo es aquel estadio de desarrollo
de la producción mercantil en el cual la fuerza de trabajo misma se transforma
en una mercancía. El desarrollo del trabajo
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asalariado presupone por ende un avanzado grado de
desarrollo de la circulación mercantil
–es decir, de la división del trabajo y del
intercambio de sus productos a través del dinero–. Según Lallemant, si bien los
españoles introdujeron ovejas, cabras, caballos y vacas, que se multiplicaron
debido a las condiciones naturales excepcionalmente favorables, éstos se
transformaron muy pronto en ganado salvaje, ya que en las colonias no existía
“posibilidad alguna de practicar la ganadería en forma sistemática”. En lo que
respecta a la agricultura, ésta “sólo se llevó a cabo en la medida de lo requerido
por el consumo propio de cada familia, porque una circulación de mercancías
faltaba al principio por completo”.
Lallemant pasa luego a detallar las trabas
burocráticas impuestas por España al desarrollo económico de sus colonias,
tales como la Cámara de Indias, “una especie de ministerio colonial, que
deliberaba y disponía sobre todos los asuntos de las colonias españolas de una
manera totalmente arbitraria”, y era responsable de “la concesión de tierras
inmensas a los favoritos de la corte española”, las “mercedes reales o
haciendas”. Del mismo modo en que las colonias eran regidas por un gobernador o
adelantado, “los asentamientos individuales o provincias eran gobernados desde
el cabildo, cuyo jefe era el corregidor, cargo que era siempre detentado por el
caudillo capaz de pagar a la mayor cantidad de seguidores”. De esta forma, “los
caudillos eran en realidad señores sobre la vida y la propiedad” de sus
súbditos. De estas condiciones surgió el régimen del caudillaje, que
caracterizó no solo a la colonia sino a la Argentina durante la mayor parte del
siglo XIX.
No menos dañina que la legislación restringiendo el
intercambio mercantil y que el régimen de propiedad territorial latifundista
para el desarrollo del capitalismo resultaron los prejuicios venidos de España:
La expresión de las relaciones de dominación y
servidumbre fue especialmente exacerbada por los prejuicios feudales traídos de
España, los cuales conferían a los nobles prerrogativas muy importantes y
crearon categorías sociales extremadamente ridículas. Aun hoy encontramos muy a
menudo en la sociedad argentina rastros de estas condiciones económicas
absurdas, que se reflejan en las relaciones jurídicas, y son ellas las que
impiden a la forma contemporánea de la sociedad burguesa, cuya esencia descansa
en el capitalismo moderno, penetrar completamente en la organización social y
remodelarla conforme a la época.
En otras palabras, Lallemant atribuye el origen del
atraso argentino a la herencia retrógrada de España, a la cual denomina “la
patria de la Inquisición, de la cual los mejores ciudadanos, los judíos y los
moriscos, habían sido expulsados ‘a la mayor gloria de Dios y de la Santa
Iglesia’”. Esta postura diferencia claramente su análisis del ofrecido por el
también marxista Milcíades Peña, quien negó que el atraso latinoamericano fuera
producto de la herencia colonial española y lo atribuyó a las condiciones naturales
del subcontinente, en una suerte de determinismo geográfico.
Independencia política y desarrollo capitalista
exógeno
Según Lallemant "la causa subyacente de la
revolución [de 1810] radicó en la precaria situación económica, que se hizo
sentir de un modo agobiante". La crisis de las exportaciones, y por ende
también fiscal, generada por las guerras napoleónicas dio lugar a
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una disputa en torno al libre comercio que
"hizo posible la conexión de los comerciantes con los patriotas, quienes
ahora, aprovechando la derrota de la madre patria, proclamaron la Revolución el
25 de mayo de 1810". El elemento activo en esta revuelta fueron los
comerciantes, a quienes los terratenientes siguieron sólo a regañadientes.
Pero, un año después ya estallaron las guerras
civiles que J. B. Alberdi, clarividente economista argentino, ha denominado
guerra entre la ciudad y el campo y que en el fondo no fue otra cosa que la
lucha por la propiedad territorial, la lucha del capital mercantil contra los
terratenientes perezosos que no producían lo suficiente y que se oponían a la
explotación de que el comercio los hacía objeto, expropiándolos y
proletarizándolos (Die neue Zeit, 1896:695, citado por Paso, 149-153).
Vemos, incidentalmente, que Lallemant coincidía con
Milcíades Peña en su alta apreciación de Alberdi.
En otras palabras, la independencia argentina
estuvo lejos de tener consecuencias progresistas en lo inmediato –de hecho,
siempre según Lallemant, incluso los virreyes españoles “condujeron los asuntos
públicos mucho más de acuerdo con los principios de libertad e igualdad que los
caudillos que tomaron el poder después de ellos”–.
Durante este largo período de guerras civiles y de
caudillaje es casi imposible hablar de una historia de la cultura, y menos aún
de riqueza y producción. Los caudillos, que Wappäus llamó "carniceros en
guantes de seda", disponían como sus predecesores, los caciques, de la
vida y la propiedad de manera absoluta. Este estado de cosas infernal duró
hasta el gobierno del general Bartolomé Mitre, el último caudillo de la vieja
escuela. Durante el gobierno de Mitre [1862-68], el capital europeo, especialmente
el británico, comenzó a hacer los arreglos necesarios para convertir a la
Argentina en un mercado solvente para sus productos, y junto con los capitales
ingresaron los trabajadores asalariados superfluos en Europa.
Vemos aquí como Lallemant atribuye los orígenes del
desarrollo capitalista argentino a los capitales e inmigrantes que llegaron de
Europa en la segunda mitad del siglo XIX. Esto distingue, una vez más, su
análisis del de Milcíades Peña, quien afirmó rotundamente el carácter
capitalista de la colonización españolas en Latinoamérica.
Otro punto en el cual el juicio de Lallemant
difiere totalmente del de Peña es en su visión negativa de Sarmiento, cuya
presidencia tuvo la oportunidad de experimentar en carne propia:
Después de Mitre, Sarmiento fue elegido para el
cargo de presidente [1868-74]. Este mestizo ambicioso y sediento de sangre se
daba aires de ser un liberal entusiasta y progresista, pero no era más que un
caudillo, un carnicero en guantes de seda, y después de haberse provisto de un
ejército armado con fusiles de retrocarga Remington y cañones Krupp, creó el
nuevo caudillaje, el gobierno absoluto del presidentes en beneficio de sus
amigos y secuaces, que aseguraba para ellos la explotación más desenfrenada del
poder del estado para su beneficio personal, para obtener privilegios y
monopolios de la manera más inaudita. Todos los derechos populares han sido
pisoteados desde aquel caudillo, y toda oposición fue ahuyentada de las urnas
por la fuerza de las armas. Toda resistencia fue derribada. Sus tres sucesores
[Nicolás Avellaneda (1874-80), Julio Roca (1880-86) y
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Miguel Juárez Celman (1886-90)] mantuvieron y
ampliaron el sistema, que aquí se llama política electoral.
Lallemant postula, por lo tanto, una continuidad
entre el régimen de caudillaje de la era colonial y las condiciones imperantes
luego del surgimiento del estado nación, hasta tal punto que denomina al
Partido Autonomista Nacional (PAN) el “partido de los caudillos”. En el
artículo Nuestro programa, publicado en el primer número de El Obrero,
Lallemant resume sus argumentos de la siguiente manera:
Había dominado hasta aquí en la República Argentina
el régimen de caudillaje, despotismo nacido de la autoridad que ejercían los
jefes conquistadores españoles, apoyados por la clerigalla católica, cuya
constitución política nació de la organización de la producción en el sistema
de las Encomiendas y la Esclavitud, y aunque la revolución de 1810 abolió la
esclavitud de derecho, de hecho tanto ésta como el caudillaje se habían
conservado hasta muchos años después, tan arraigados estaban ambos en las costumbres
de la gente del país, y si la esclavitud abolida en las regiones más
civilizadas del país por el asalariado existe todavía en las regiones del
interior donde las costumbres no han sido alteradas todavía por el razonamiento
suficiente con el elemento extranjero, el Caudillaje rehabilitado por el
sistema de la Política electoral, no solamente que existe todavía, no obstante
de las Constituciones redactadas sobre el molde de las instituciones de la así
denominada libertad anglicana [sic: anglosajona], sino que llegó al máximo
grado de su desenvolvimiento en el régimen del incondicionalismo y del unicato,
forma especial sudamericana del absolutismo, que todos conocemos.
Ya en la primera entrega de los Beiträge Lallemant
había insistido sobre la necesidad de un desarrollo capitalista exógeno en
Argentina: “incluso hoy en día, en aquellos distritos donde los extranjeros no
han podido establecerse o lo han hecho sólo como individuos aislados,
difícilmente se puede hablar de cultura, de desarrollo”. El atraso de tales
regiones, carentes de las más elementales vías de comunicación y muy numerosas
en el interior del país, hacía apreciar al observador “hasta qué punto y cuán completamente
todos los elementos de cultura son el resultado de la acción de los extranjeros
y están a su cargo”. Como consecuencia de este análisis, Lallemant pone sus
esperanzas, para sacar a la sociedad argentina de esta impasse, en la entrada
de capitales e inmigrantes extranjeros, es decir en un desarrollo capitalista
exógeno:
Mientras tanto, la entrada de capitales proveyó de
trabajo productivo a los numerosos trabajadores asalariados inmigrantes,
transformando una gran parte del país en un sentido culturalmente progresista.
Los extranjeros trajeron la forma de la sociedad burguesa al país, y con ella
las condiciones económicas modernas de organización de la producción adaptadas
a la civilización moderna, cuyo principio fundamental, la libre competencia,
tenía que entrar en conflicto con el caudillaje. La infame gestión económica
del partido de los caudillos ha arruinado al país económicamente, llevándolo a
tal dependencia financiera del capital inglés que somos en realidad una colonia
comercial inglesa, y nos encontramos en la más absoluta dependencia. La crisis
actual ha asumido formas que vuelven la bancarrota del estado totalmente
inevitable, pero también hace inevitable el derrocamiento de la economía de los
caudillos (Caudillowirtschaft) y el desarrollo de la forma social capitalista
pura.
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La clase dominante como causa principal del atraso
argentino
Lallemant coincide con Milcíades Peña en
identificar a la clase dominante argentina, a la que denomina “la oligarquía
del caudillaje”, como el principal obstáculo para el desarrollo. Leemos por
ejemplo en la “Memoria al Congreso Socialista Obrero de Bruselas” (el segundo
congreso de la Segunda Internacional, celebrado en 1891): “La clase de los
grandes hacendados y propietarios de la tierra es la que nos gobierna por medio
del repugnante sistema despótico y arbitrario del caudillaje, un sistema
oligárquico injusto que permite la más ilimitada explotación absoluta del país,
en provecho de los miembros de aquella clase” (El Obrero 30, 1891:1, citado por
García Costa, 79).
Pero donde Lallemant desarrolla con más claridad
esta idea es en la serie de artículos “Los elementos de producción de la
República Argentina”, publicados en El Obrero en febrero de 1891. En el noveno
número de El Obrero, Lallemant dedica “una atención especial a la clase de los
estancieros los grandes propietarios de la tierra y a la participación que
ellos toman en el proceso del desarrollo de la riqueza nacional”. Afirma, por
ejemplo, que según la estadísticas comparativas “la mayor extensión de una propiedad
individual conocida en todo el mundo, es la del señor Diego Alvear en Buenos
Aires, que pasa de 27.000 kilómetros cuadrados! ¡Eso es el tamaño del reinado
de Bélgica, donde viven 6 millones de habitantes!”. Ahora bien, que hace la
clase dominante argentina con estas gigantescas propiedades? “El estanciero no
vive en su estancia por regla general, y no toma ninguna intervención en el
proceso mismo de la producción. Como patrón él se hace reemplazar por el
mayordomo, quien todo dirige y dispone, y al frente de los trabajos están los
capataces que vigilan sobre la ejecución detallada de las faenas que los
peones, los puesteros y los demás pastores y trabajadores efectúan”. La
agricultura estaba todavía en manos de los chacareros y colonos, porque “el estanciero,
el hacendado, nuestro gran capitalista es el opositor más encarnizado de la
agricultura”. La conclusión de Lallemant es que “para el desarrollo de las
potencias productoras del país esta clase social es una verdadera desgracia.”
(Lallemant traduce como ‘potencias productoras’ el término alemán
Produktivkräfte, usualmente traducido como ‘fuerzas productivas’). En
Argentina, “como en todos los países de grandes posesiones territoriales”
(Lallemant menciona explícitamente el caso de Irlanda) reina “el ausentismo o
sea la deserción de los campos por sus dueños, que viven lejos de sus
propiedades territoriales, gastando en las grandes ciudades o en el extranjero
la renta que de estas propiedades sacan”. Describiendo el acaparamiento por
esta clase social de las mejores tierras, mediante un “sistema de violencia
llevado a cabo por medio del poder del Estado”, Lallemant se lamenta: “¡Y en el
poder de esta clase se hallan los medios de producción! No nos sorprende pues
que el país se halla en el estado de decadencia general en que lo vemos
pereciéndose ahora”.
Lallemant extrae de este análisis la siguiente
conclusión:
Por todos estos motivos esta clase social lleva la
culpa de que la cantidad de riqueza que se capitaliza sea mucho menor de lo que
podría ser. En lugar de emplear la mayor parte del valor de los productos
líquidos como nuevo capital en la reproducción, nuestros estancieros lo
consumen en forma de renta personal. Estos hacendados grandes capitalistas ven
en la capitalización de la supervalía un obstáculo para sus necesidades
insaciables de lujo y
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goces, que aumentan cada día más y más, y es en la
clase social que ellos componen en que debemos buscar la fuente y única causa
de la ruina económica del país.
Y concluye afirmando:
El gran hacendado es completamente inútil para la
producción, inútil y aun dañino para mejorar las condiciones morales
intelectuales de la sociedad, y muy dañino como zángano consumidor que todo se
traga él en su consumo individual. Si una peste o una catástrofe grande nos
llevara algún día de un solo golpe a toda esta dase social el país no solamente
no se resentiría en su producción, sino ganaría muchísimo, aumentaría el
bienestar general, desaparecería un foco de corrupción y pudiera esperar
instalación de un culto serio rendido a la ciencia y a las artes, que es
imposible hoy día aquí (El Obrero C).
En otras palabras, Lallemant no encuentra dentro de
las clases dominantes argentinas ningún elemento progresista susceptible de
conducir a la Argentina por la vía del desarrollo burgués –de allí que centre
sus esperanzas en un desarrollo capitalista exógeno, que provea al país tanto
de los capitales necesarios para reorganizar la producción sobre una base
tecnológica superior como de la mano de obra necesaria para operar las nuevas
herramientas–.
Lallemant saluda a la Revolución del Parque del 26
de julio de 1890, a la que ve como “la revolución de la burguesía argentina por
excelencia”, llamándola “un gran progreso”, pero también constata que el
caudillaje había sido capaz de retomar las riendas del poder. Esta perpetuación
en el poder de la “oligarquía caudillera”, con la consecuente perpetuación del
atraso, lleva incluso a Lallemant (E) (que había denunciado en términos
inequívocos el imperialismo inglés), a saludar la llegada del panamericanismo,
es decir del imperialismo norteamericano, en estos términos: “El desarrollo
liberal burgués de Sudamérica, su liberación del sistema de violencia dominante
de las oligarquías que todo lo absorben, será posible únicamente cuando el
panamericanismo extienda sus alas en este continente” (Avé-Lallemant G).
Conclusión
En su doctorado Tarcus, siguiendo la línea trazada
localmente por José María Aricó, afirma que “Lallemant leyó El Capital en clave
cientificista, naturalista y evolucionista” (199). Esto fue no solamente un
producto de su formación científica, sino del “determinismo
económico-tecnológico dominante en el pensamiento de la Segunda Internacional”
(Tarcus, 204). Según Tarcus, el “razonamiento teleológico y eurocéntrico sirvió
de base para la llamada doctrina ‘marxista ortodoxa’ de la Segunda
Internacional, con su concepción determinista del socialismo como resultado
inevitable del desarrollo de las fuerzas productivas” (206-207).
Tarcus concluye su crítica afirmando que “el ‘padre
del marxismo argentino’ es, podría decirse, un ‘marxista sin sujeto’, no sólo
en el sentido de que el proletariado de la Federación Obrera es apenas una
clase incipiente, sino en tanto su concepción del marxismo tiende a acentuar el
momento objetivo, positivo de la dialéctica, en desmedro del subjetivo y
negativo (203). La “dimensión subjetiva”, estaría por ende “ausente en la
perspectiva de Lallemant” (Tarcus, 204).
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La afirmación de que Lallemant fue un ‘marxista sin
sujeto’ cae por su propio peso desde el momento en que recordamos que fue el
fundador, a los 55 años de edad, del primer periódico obrero marxista en
Argentina, y de que siguió militando en las filas del partido socialista y de
la Segunda Internacional hasta su muerte. Claramente el sujeto histórico de las
transformaciones esperadas por Lallemant era la naciente clase obrera, a la
cual contribuyó personalmente a organizar y educar.
No menos problemática es la primera afirmación de
Tarcus, según la cual el marxismo de Lallemant estaba marcado por una serie de
defectos de nacimiento producto de la “ortodoxia” marxista de la Segunda
Internacional y en particular de la influencia de su maestro Karl Kautsky,
quien era entonces el principal teórico del SPD y, por extensión, de la
Internacional. Tarcus afirma que la obra de Kautsky fue “una suerte de síntesis
entre darwinismo y marxismo” caracterizada por “un determinismo tecnológico” (197).
Tarcus se ve obligado a admitir que fue Marx mismo quien insistió en el
carácter científico de su obra, pero afirma que “fue Kautsky, finalmente, quien
instituyó el marxismo ortodoxo en términos de un monismo evolucionista y
naturalista” (199).
Este punto de vista (una generalización errónea
basada en las polémicas de Kautsky con el ala izquierda del SPD a partir de
1910 y en sus críticas a los bolcheviques después de 1917) fue desarrollado por
primera vez por Karl Korsch en su respuesta homónima a la obra de Kautsky Die
materialistische Geschichtsauffassung (1927) y se estableció en los círculos
académicos después de la publicación de libro de Erich Matthias, Kautsky und
der Kautskyanismus Die Funktion der Ideologie in der deutschen Sozialdemokratie
vor dem Ersten Weltkrieg (1957) –dos obras a las que Tarcus hace mención, en
edición castellana, en una nota al pie de página (262, nota 56). El principal
biógrafo de Kautsky, Marek Waldenberg, proporciona abundante material para
refutar esta tesis y para periodizar correctamente la obra de Kautsky en su
libro II Papa rosso, que Tarcus no menciona. En una reciente edición crítica de
fuentes, tomadas en gran parte de Die neue Zeit, hemos mostrado que estas
visiones estereotipadas no resisten un cotejo con los documentos (Gaido y Day).
Creemos que la presente edición crítica del trabajo de Lallemant puede
contribuir a la superación de estas caracterizaciones simplistas, y a sopesar
con más exactitud tanto los aspectos realmente problemáticos de los análisis
del pionero del marxismo en Argentina (a algunos de los cuales ya hemos hecho
referencia en el marco del presente artículo) como aquellos en los cuales
demuestra ser más objetivo que posteriores interpretaciones marxistas
canónicas, como la ofrecida por Milcíades Peña, cuya Historia del pueblo
argentino ha sido recientemente reeditada.
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la Provincia de San Luis. 1888. San Luis: Imprenta del Destino.
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——. (C) La minería en la provincia de Mendoza: El
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——. (E) “Europäischer Imperialismus in Südamerika”.
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____. (H) Antología (1835-1910), con estudios
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Permanent Revolution: The Documentary
Record. 2008. Leiden: Brill.
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República Argentina”. 21 feb. 1891:3.
Ferrari, Roberto A. Germán Avé-Lallemant:
Introducción a la obra científica y técnica de
Germán Avé-Lallemant en la República Argentina (ca.
1835–1910). 1993. Buenos Aires:
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García Costa, Víctor. El Obrero: Selección de
textos. 1985. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, Buenos Aires.
Paso, Leonardo. La clase obrera y el nacimiento del
marxismo en la Argentina. 1974.
Buenos Aires: Argumentos.
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1969. Córdoba: Pasado y Presente.
Tarcus, Horacio. Marx en la Argentina: Sus primeros
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científicos. 2007. Buenos Aires: Siglo XXI.
Waldenber, Marek. Il Papa rosso. 1980. 2 vols.
Roma: Editori Riuniti.
Zeller, Jessica, Sandra Carreras y Horacio Tarcus.
, 1886-1901 = Die Deutschen
Sozialisten und die Anfänge der Argentinischen Arbeiterbewegung: Anthologie des
Vorwärts (Buenos Aires 1886–1901). 2008. Buenos
Aires: CeDInCI.
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APÉNDICE DOCUMENTAL
Aportes para una historia de la cultura en la
Argentina: Estudio histórico por Germán Avé-Lallemant
Fuente: Germán Ave-Lallemant, “Beiträge zu einer
Kulturgeschichte Argentiniens: Historische Studie von GAL”, Vorwärts, N º 174
(26 de abril de 1890), N º 175 (1 de mayo de 1890), N º 176 (10 de mayo de
1890) y N º 177 (17 de mayo 1890).
N º 174, 26 abril 1890
La historia de la cultura es la historia del
desarrollo de las fuerzas productivas materiales o del desarrollo de la energía
humana que, transformada en los procesos de trabajo, crea productos que
satisfacen las necesidades humanas. El desarrollo de la fuerza productiva del
trabajo tiene por objeto reducir el tiempo de trabajo requerido para la
producción de un efecto útil en particular. Crea así, de acuerdo con las leyes
económicas de la determinación del valor por el tiempo de trabajo, durante los
mismos períodos de tiempo, valores mayores que la fuerza productiva más baja
previamente disponible. Por lo tanto, abarata el producto [individual].4 Pero
al mismo tiempo, al abaratar los costos de los medios de subsistencia, abarata
también el precio de la fuerza de trabajo, al acortar la parte de la jornada
laboral que los trabajadores tienen que dedicar a producir el valor de su
salario - el así llamado tiempo de trabajo necesario. En el proceso de
producción capitalista, sin embargo, la economía de trabajo a través del
desarrollo de la productividad del trabajo no está de ninguna manera destinada
a acortar la jornada laboral, sino sólo a acortar el tiempo de trabajo
necesario, de modo que la otra parte de la jornada laboral, durante la cual los
obreros trabajan gratis para el capitalista, pueda ser ampliada. Por lo tanto,
debe hacerse una clara distinción entre la mayor productividad debida al
desarrollo del proceso social de producción y la mayor productividad debida a
la explotación capitalista.5
El desarrollo del proceso de producción social, tal
como ha tenido lugar en las provincias de Argentina desde su conquista por los
españoles, ofrece la imagen de un movimiento lento, torpe, que sólo comenzó a
ganar algo de impulso recientemente.
La raza de los hispano-americanos ha demostrado ser
las más incompetente de todos los conquistadores y colonizadores, esto es, la
más incapaz de apoyar, fomentar y difundir la cultura, es decir, el desarrollo
humano en general. De hecho, incluso hoy en día, en aquellos distritos donde
los extranjeros no han podido establecerse o lo han hecho sólo como individuos
aislados, difícilmente se puede hablar de cultura, de desarrollo, y tales
distritos son todavía muy numerosas en las vastas extensiones del interior del
país. El viajero que se
4 Es
decir, con el crecimiento de la productividad del trabajo, el mismo tiempo de
trabajo se corporiza en una mayor cantidad de productos, y por ende el valor (y
con él, el precio) de cada mercancía individual disminuye. En otras palabras,
el trabajo más productivo crea la misma cantidad de valor, pero corporizado en
una cantidad mayor de valores de uso.
5 En
realidad la productividad del trabajo es una sola, y está determinada por el
grado de desarrollo tecnológico. Lo que Lallemant trata de explicar son las
razones sociales por la cuales esta mayor productividad no se traduce en un
mayor nivel de vida de las masas sino en un aumento de la tasa de explotación.
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aventura en esos distritos, accesibles sólo después
de largos viajes agotadores en mulas, se siente arrojado dos o tres siglos
atrás, y aprende a apreciar la enorme importancia del desarrollo económico, que
ha encontrado una expresión triunfal en el capitalismo moderno, pero también
aprende a darse cuenta de hasta qué punto y cuán completamente todos los
elementos de cultura son el resultado de la acción de los extranjeros y están a
su cargo. Aun en aquellos lugares en que los medios de producción, es decir,
los medios y los objetos de trabajo (materias primas), así como las fuerzas de
trabajo, son abundantes, el argentino no piensa en la posibilidad de abaratar
su producción por medios técnicos.
Al igual que sus antepasados antes que él, vegeta
en una frugalidad verdaderamente bestial, y el entierro u ocultamiento de
dinero, el atesoramiento, sigue siendo una práctica común entre la gente rica
en el interior, sin duda menos ahora que antes, cuando el único propósito de la
circulación de mercancías, ciertamente limitada, era satisfacer la pasión por
enterrar oro. Tan pronto como el viajero recorre una distancia determinada, a
menudo muy corta, alejándose de las esferas civilizadas del país, se entera de
los entierros de dinero que han existido desde tiempos inmemoriales, pero que
también se practican hoy en día.6 Esta forma de acaparamiento que a nosotros
nos parece tan ingenua, corresponde a los modos tradicionales de producción
destinados al autoconsumo, y a la frugalidad terrible.
La historia del país se inicia con la conquista por
los españoles, o mejor dicho, por los aventureros españoles, que lo invadieron
en hordas al mando de un caudillo o jefe del Río de la Plata o de Perú y Chile,
se casaron con mujeres indias, degollando o esclavizando a sus estimados
cuñados y suegros, y, lejos de preservar para sus descendientes las bendiciones
de la cultura y de no dejarlos caer en la barbarie, más bien los dejaron
volverse salvajes, apenas inoculándoles algunas formas externas de la grandeza
feudal española y las más groseras supersticiones de la religión católica.
Lo que se ha conservado en el país de la pura raza
española es insignificante al lado de la gran masa de mestizos (Mischlinge).
Estos últimos constituyen el verdadero pueblo hispanoamericano, sobre cuyo
carácter no tenemos la intención de ofrecer ningún bosquejo; todos conocemos lo
suficientemente bien a los señores del país, desde los presidentes hasta los
pobres gauchos.
La conquista del país hasta la verdadera época de
la colonización comprende el período desde el descubrimiento de Solís en 1515
hasta el final de dicho siglo. Durante ese período, los conquistadores se
establecieron en varios puntos del país y los indios fueron obligados a
retroceder hasta el punto de que ninguna amenaza permanente a la colonia fuera
de temer por su lado, o cayeron bajo el yugo opresor de la esclavitud. En 1556
el caudillo Irala, junto
6 "2º
Los depósitos ó entierros de dinero que se encontrasen pertenecientes á los
enemigos del país, sean ó no vecinos de Chile, entrarán en el fondo del
ejército ; y su extracción se hará, bajo la autoridad del presidente de la
junta, un vocal y un jefe nombrado á discreción del general, con la mayor
formalidad". Instrucciones reservadas para la Reconquista de Chile, dadas
por el Gobierno Argentino en 1816 y 1817 al General San Martín, en Calvo,
Carlos.
1808 hasta el reconocimiento de la independencia de
ese extenso continente.1864. Paris: A. Durand. 110. "Fue la manía de los
colonos atesorar peso sobre peso, y envanecerse de ello. Aun se habla en San
Juan de entierros de plata de antiguos, tradición popular que recuerda la
pasada riqueza (...) Qué se han hecho, oh, colonos! Aquéllas riquezas de
vuestros abuelos? (...) Las colonias españolas tenían su manera de ser, y lo
pasaban bien bajo la blanda tutela del rey". Sarmiento, Domingo Faustino.
Recuerdos de provincia. 1966. Buenos Aires: Kapelusz.102.
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con el primer obispo de la Torre, dictó las infames
ordenanzas de Asunción7, por las cuales a cada español se le permitió hacer una
incursión contra los indios, y la tribu así subyugada pertenecía
individualmente a su conquistador bajo el nombre de encomienda - ciertamente,
de acuerdo con el primer texto de las ordenanzas, sólo durante la posesión de
dos encomenderos diferentes, al cabo de la cual estos esclavos debían ser
liberados si podían pagar la llamada capitación, lo cual por supuesto nunca fue
el caso.8 Pero si la reducción de una tribu exigía un mayor despliegue de
poder, el gobierno mismo asumía la dirección de la expedición militar, y
repartía a los indios cautivos entre los soldados, ya fuera como mitayos, que
eran esclavos por un cierto período de tiempo, o como yanaconas, que eran
esclavos de por vida. El propietario, sin embargo, tenía la obligación de
mantener al esclavo e impartirle educación religiosa, y no se le permitía
venderlo. Pero ya desde el comienzo los encomenderos prestaron tan poca
atención a las cláusulas que limitaban su poder, como hoy en día los grandes
industriales prestan atención a las leyes de la fábrica, si una organización
laboral firme no mantiene una estrecha vigilancia en ellas.
Es de conocimiento general de qué manera inhumana
los encomenderos y sus sucesores, los señores caballeros - aquí todo hombre
libre se conoce como caballero - trataban a sus esclavos. Todo trabajo era
trabajo esclavo, y el caballero hacía trabajar a sus esclavos hasta la muerte,
en la más cruel de las formas imaginables. Esto sucedió especialmente en las
minas, que sin embargo siempre fueron relativamente pocas en Argentina. El
distrito minero de Paramillo en Mendoza, por ejemplo, ha estado en operación
desde 1638. Es absolutamente asombroso el tremendo trabajo que ha sido
realizado aquí por los esclavos. A 80 metros de profundidad, en planos
inclinados, en los que sólo peldaños muy pequeños son tallados, los esclavos
indios llevaban el mineral en sacos de cuero y también el agua en pieles de
cabra. Desconocían absolutamente el uso aun de dispositivos increíblemente
sencillos como el torno (Haspel), que es fácil de hacer con unos trozos de
hierro y madera, y mucho menos sabían de la carretilla. Todo peso se cargaba y
muchos cientos de esclavos trabajaron así bajo el látigo del capataz hasta su
muerte. Por otra parte, cargar en las espaldas de los esclavos fue durante
mucho tiempo el único medio de transporte para viajar, etc.
Sin embargo, existía una división del trabajo, así
como una cooperación. Los esclavos de la mina se dividieron en barreteros
(picadores), arpires (transportistas) y cancha mineros (trituradores del
metal), que siempre trabajaban en la medida de lo posible en cuadrillas
grandes, bajo la supervisión de un capataz.
Así pues, tenemos ante nosotros un grado ya
avanzado de productividad del trabajo mediante la cooperación y la división
manufacturera del trabajo.9
7 Ordenanzas
de D. Domingo Martínez de Irala hechas para las encomiendas de indios de las
provincias comarcanas a la ciudad de la Asunción, y memoria de la gente a la
sazón existente en estas provincias, 14 marzo 1556.
8 Lallemant
hace referencia al gobernador del Río de la Plata Domingo Martínez de Irala
(1509-1556) y al fraile franciscano Pedro Fernández de la Torre, primer obispo
del Río de la Plata. El primer repartimiento de indios en el Río de la Plata y
Paraguay lo hizo Irala en Asunción en 1556. Se estima que en estas primeras
encomiendas fueron entregados unos 26.000 indios.
9 Una
paráfrasis de El Capital: “Siendo la producción y circulación de mercancías el
supuesto general del modo capitalista de producción, la división manufacturera
del trabajo requiere que la división del trabajo dentro de la sociedad haya
alcanzado ya cierto grado de madurez y desarrollo.” (Marx, Karl. El Capital.
2008. Buenos Aires: Siglo XXI. 430.)
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También debo señalar que en la situación posterior
de la industria minera, que siguió el trabajo esclavo y que hoy en día es aquí
la forma más común de explotación minera, -en la medida en que esta explotación
no es, sino a modo de excepción, llevada a cabo aún de modo capitalista-, el
llamado pirquen, el trabajo propio del propietario mismo de la mina, a cargo de
los pirqueneros (propietarios trabajadores de las minas, como existían
anteriormente, por ejemplo, en las minas de hierro de las montañas de Harz),
este mayor grado de productividad del trabajo basado en la cooperación y la
división del trabajo se perdió de nuevo.10
Lo más notable es el hecho de que el uso de la
maquinaria, incluso algo tan simple como el torno, sólo comienza aquí con el
modo capitalista de explotación. Los españoles conocían perfectamente tanto el
torno como el cabrestante tirado por caballos, porque los árabes españoles
empleaban ambos aparatos en la mayor medida posible para operar los pozos y las
obras de riego magistrales en sus distritos agrícolas y hortícolas en España.
Pero la
10 “La
minería en el Paramillo es de la más antigua en el país… Evidente es que el
Abate Molina habla de la veta Vallejos, sobre la cual podemos hoy en día
todavía admirar los enormes trabajos hechos por los antiguos, y estudiar los
diferentes métodos de explotación, con que desde 1638 los mineros han cavado
sin interrupción para sacar el precioso metal… Cuántos miles de infelices
esclavos indios, probablemente araucanos, traídos de Chile, no habrán muerto en
este terrible trabajo. Es interesante buscar en este laboreo los vestigios del
método El laboreo se extiende allí á más de 80 metros de hondura, y no hay
ningún pique. No ha habido pues, torno. Tampoco hay ninguna galería cuyo piso
pudiera indicar el uso de la carretilla, ó del tenate ó la rastra (un capacho
sobre palos en forma de trineo) como se usaban en algunas minas mejicanas. Nada
de aparato ó medio auxiliar para facilitar el trabajo, aumentando pues, la
fuerza de producción y ahorrando el tiempo de trabajo. Absolutamente nada de
eso; de lo que deducimos, que el trabajo del esclavo debe haber sido barato
hasta donde nos es dable imaginar la baratura; tan barato que aún los mismos
aparatos tan baratos á construir como el torno ó la carretilla no ofrecían
ventajas sobre el trabajo directo del esclavo indio, pues el grado de
productibilidad útil de un aparato se mide por la diferencia del valor que el
aparato cuesta á construir y el valor del trabajo que el aparato puede ahorrar
en seguida. Este laboreo por esclavos indios pues, ha sido quizás el más barato
de cuanto trabajo haya habido en el mundo, y comparable únicamente al trabajo
de los esclavos en las minas del Egipto, de Etiopía y Arabia, de que nos cuenta
Diodorus Siculus. Estos indios trabajaban en cuadrillas bajo la dirección de
capataces, que los apuraban hasta caerse muertos los infelices, llenándose
inmediatamente las vacantes por otros indios, que por medio de la reducción de
alguna tribu india, cayeron en poder de algún encomendero ó caudillo. Se
dividían estos esclavos en barreteros, que quebraban el metal; en arpires que
lo sacaban afuera, y en cancha-mineros, que hacían el trabajo al sol. Ha habido
pues, en aquellos tiempos ya la intensificación del trabajo por medio de la
cooperación y la división del trabajo, organización elevada del método de
producción que se perdió en la época del trabajo al pirquen, que siguió á esta
primera época del trabajo por esclavos. Cuando ya el método de explotación por
chiflones se hizo demasiado pesado por la mayor hondura, ó que el agua que al
principio se extraía en botas de cuero de cabra sobre las espaldas de los
botilleros, que la subían por el chiflón, no permitía seguir el trabajo,
entonces se abrían socavones. En la Vallejos hay tres diferentes niveles de
socavones sobre la corrida de la veta. Pero pronto el agua ha impedido
continuar el laboreo hacia abajo, y los esclavos escaseaban por haberse casi
extinguido la indiada, ó haberse el indio armado de lanza y transformado en
bizarro ginete, que en lugar de dejarse prender y esclavizar, corría más bien de
su parte á los encomenderos de antes, que ya no pensaban en la reducción, sino
en defenderse dentro de bien fortificados fortines contra los ataques del
enemigo. Después de cesar el trabajo de esclavos, los mineros se pusieron al
trabajo del pirquen. El pirquen es el trabajo propio del propietario mismo de
la mina, que le fué otorgado previo el denuncio, por parte de la autoridad
correspondiente. El pirquenero trabaja él mismo ayudado, ya sea por su familia,
ya sea por uno ó dos peones, pero aún esto último raras veces. Él es su propio
barretero, su propio arpire, su propio cancha-minero. Esa clase de minería es
la que todavía rige en el país, pues la explotación capitalista es todavía
excepcional, y ha dado resultados negativos y desastrozos en su mayor parte
hasta hoy.” Avé Lallemant, Germán. La minería en la provincia de Mendoza: El
Paramillo de Uspallata. 1890. Buenos Aires: Imprenta de P.E. Coni e hijos. 4-6.
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razón [de su falta de empleo en América Latina] fue
la gran baratura de la fuerza de trabajo humana. El esclavo no costaba más que
sus exiguos medios de existencia, que consistían en maíz y carne (sobre todo
carne de guanaco), y en lo que a vestuario y vivienda se refiere, difícilmente
se pueda hablar de ellos. Pero la productividad de cualquier máquina se mide
por el grado en que reemplaza al trabajo humano. No crea ningún valor, sino que
transfiere su propio valor al producto para cuya producción sirve, y por lo
tanto lo encarece, por lo menos hasta que los hombres aprenden a dejar operar
al producto de su trabajo pasado, como la máquina en la gran industria, a gran
escala como una fuerza natural, gratuitamente. El grado de productividad de la
máquina es la diferencia entre el trabajo que cuesta y el trabajo que ahorra.
Este último era tan increíblemente barato [en Argentina] que el caballero
encomendero consideraba aun al torno como demasiado caro para ser empleado.
Esto permite tener una idea de lo barato que el trabajo esclavo debía haber
sido bajo el sistema de la encomienda. El esclavo era obligado a trabajar hasta
la muerte, y los encomenderos iban entonces a buscar nuevas fuerzas de trabajo
a las tribus indígenas más cercanas por medio de una nueva reducción.
N º 175, 01/05/1890
Como es sabido, los españoles introdujeron ovejas,
cabras, caballos y vacas, que antes no existían aquí. En 1550 fueron
introducidas las primeras ovejas y cabras, en 1590 el ganado vacuno, y ya en
1535 los caballos. La ganadería prosperó en sobremanera gracias a las
condiciones naturales muy favorables, y tan poco trabajo requería que
Garcilaso, en su libro Comentarios reales, nos dice que al final del siglo XVI,
las cabras no tenían ningún valor.11 El ganado se volvió salvaje, y había
manadas errantes en cantidades tales que el cabildo de Buenos Aires emitió
licencias de caza cuyos compradores podían cazar estos animales, si se
comprometían a entregar la tercera parte del botín a la municipalidad. El
derecho a la caza del ganado salvaje en San Luis, particularmente en los
bosques sobre el río Desaguadero, dio lugar a muchos conflictos entre los
habitantes de las provincias de San Luis y Mendoza. No podía haber, por lo
tanto, posibilidad alguna de practicar la ganadería en forma sistemática. La
agricultura se practicaba de acuerdo con los antiguos métodos introducidos por
los moriscos en España. Sin embargo, muchas tribus indígenas, especialmente las
que estaban bajo el Imperio de los Incas del Perú, conocían muy bien la cultura
del suelo y regaban sus campos. Así, el canal creado con fines de riego en
Mendoza, el llamado Zanjón, pertenece a la época pre-hispánica,12 y encontramos
en las laderas orientales de la
11 “Cuando
las vacas empezaron a venderse, valían a doscientos pesos; fueron bajando poco
a poco, como iban multiplicando, y después bajaron de golpe a lo que hoy valen…
y lo mismo acaeció en las cabras, ovejas y puercos, como luego diremos para que
se vea la fertilidad de aquella tierra… Las cabras, a los principios, cuando
las llevaron, no supe a cómo valieron; años después las vi vender a ciento y a
ciento y diez ducados; pocas se vendían, y era por mucha amistad y ruegos, una
o dos a cual y cual; y entre diez o doce juntaban una manadita, para traerlas
juntas. Esto que he dicho fue en el Cozco, año de mil y quinientos y cuarenta y
cuatro y cuarenta y cinco. Después acá han multiplicado tanto, que no hacen
caso de ellas, sino para la corambre”.
Garcilaso De La Vega, Garcilaso. Comentarios reales
de los incas, Edición, índice analítico y glosario de
Carlos Araníbar. 1991. Tomo II. México: ondo de Cultura Económica. 602-604.
12 "Pero
el más formidable testimonio de la presencia huarpe se encuentra hoy en la
ciudad de Mendoza: es el zanjón que lleva el nombre del cacique Guaymallén, una
de las cuatro acequias indígenas que convertían el desierto mendocino en oasis,
según pudieron comprobar los españoles cuando vinieron a esta región desde
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cordillera múltiples huellas del trabajo de las
tribus calchaquíes, en cuyo territorio el Sr. Adolfo Methfessel ha hecho
excavaciones sumamente interesantes, reuniendo colecciones arqueológicas que se
encuentran ahora en el Museo de La Plata.13
La agricultura sólo se llevó a cabo en la medida de
lo requerido por el consumo propio de cada familia, porque una circulación de
mercancías faltaba al principio por completo. Sólo gradualmente se
materializaron relaciones comerciales entre los asentamientos de Argentina y
los de Chile y Perú, y la conexión directa al extranjero, desde Buenos Aires a
Europa, se dio en un principio, debido a la estricta prohibición legal,
mediante el contrabando, y fue permitida al final del período colonial sólo
dentro de límites muy estrechos.
España, bajo los reyes Habsburgo que siguieron a
Carlos V, experimentó un rápido declive en poder y prestigio. Las colonias eran
gobernadas desde la madre patria. Ya en 1511 el rey Fernando estableció el Real
y Supremo Consejo de Indias, que en 1664 se convirtió en la Cámara de Indias.
Era una especie de ministerio colonial, que deliberaba y disponía sobre todos
los asuntos de las colonias españolas de una manera totalmente arbitraria.
Todos los nombramientos provenían de allí, especialmente la concesión de
tierras inmensas a los favoritos de la corte española. Aquellas colonias que,
como Argentina y Paraguay, no pudieron mostrar una producción masiva de metales
preciosos fueron muy maltratadas en esa cámara. Así, estas colonias fueron
subordinadas hasta 1776 a la autoridad del Virrey de Lima, y regidas por un
gobernador o adelantado. Del mismo modo, los asentamientos individuales o
provincias eran gobernados desde el cabildo, cuyo jefe era el corregidor, cargo
que era siempre detentado por el caudillo capaz de pagar a la mayor cantidad de
seguidores, o por el maestre de campo. Así, los caudillos eran en realidad
señores sobre la vida y la propiedad [de sus súbditos]. La propiedad consistía
en grandes tierras, que fueron concedidas a los funcionarios o a las personas
bien vinculadas con la Cámara de Indias, pero no tenían casi valor. Tales
mercedes reales o haciendas fueron concedidas sin el conocimiento topográfico
necesario, y la misma tierra cayó a menudo en manos de favoritos diferentes,
cuyos herederos llevaron a cabo litigios que duraron siglos.
El Consejo de Indias concedió a los comerciantes de
Sevilla y Cádiz el monopolio del comercio con estas colonias. Sólo estas
ciudades tenían permitido el comercio con ellas. Los barcos españoles traían
sus mercancías a través de Colón14 y Panamá a Lima, y allí iban los pobladores
locales, para hacer compras. Durante meses iban las tropas -primero transportes
indígenas, luego mulas cargadas, luego carretas (grandes carros tirados por
bueyes)- desde Buenos a Lima, para luego regresar al punto de partida. La entrada
de buques mercantes en el puerto de La Plata estaba estrictamente prohibida.
Así, naturalmente, el contrabando, llevado a cabo por barcos ingleses,
holandeses y portugueses, floreció de una forma sin precedentes. Sólo el
Reglamento de Libre Comercio del 12 de
Chile".
Sáenz Quesada, María.
La Argentina: Historia
del país y
de su gente.
2000. Buenos Aires:
Sudamericana.
13 Ver la
descripción de “los resultados generales de la misión confiada al señor
Methfessel, que han sido catalogados durante el año 1890” en Moreno, Francisco
Pascasio. Esploración arqueológica de la Provincia de Catamarca: Primeros datos
sobre su importancia y resultados. 1891. La Plata: Talleres del Museo. 16-21.
14 Probablemente
Lallemant hace referencia a la Ciudad de Colón (Panamá), utilizando
anacronísticamente el nombre de esta ciudad -fundada en 1852, después de
iniciada la construcción del canal por de Lesseps- para referirse al punto de
desembarque de los navíos españoles en la costa atlántica del istmo de Panamá.
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octubre 1778 abolió el monopolio del comercio, en
manos de la ciudad de Cádiz durante 250 años, haciéndolo extensivo a todos los
barcos españoles.15 Todavía en 1782 el Consejo de Indias prohibía el cultivo de
la uva y el olivo en las colonias, a fin de que la madre patria no sufriera
ninguna competencia.16 Esta legislación demencial estaba totalmente en
consonancia con el espíritu de la patria de la Inquisición, de la cual los
mejores ciudadanos, los judíos y los moriscos, habían sido expulsados «A la mayor
gloria de Dios y de la Santa Iglesia».
La lucha contra los indios constituyó un elemento
sobresaliente en la vida de las colonias. Se llevó a cabo con tanta brutalidad,
que todos los indios que cayeron en manos de los criollos (descendientes de
españoles nacidos en el país) o mestizos (los americanos nacidos de hombres
españoles y mujeres indias) murieron con el tiempo. Sólo las mujeres y los
niños fueron en ambos casos permanentemente encarcelados. Así, una escasez de
fuerza de trabajo, de esclavos, se hizo sentir muy pronto.
El caballero mismo consideraba cualquier trabajo
por debajo de su dignidad, y si los esclavos hacían todo el trabajo pesado en
el campo, las mujeres fueron cargadas con todo tipo de tareas domésticas, como
el hilado, el tejido, etc.
Pero un reemplazo tuvo que ser encontrado para el
número constantemente decreciente de esclavos. Después de intentar en vano
impedir, mediante las famosas Ordenanzas de Charcas, escritas por el jurista
Alfaro,17 la extinción del material esclavo indio, se decidió que los indios
serían persuadidos a someterse a la esclavitud pacíficamente por medio del amor
y la bondad cristianos.
Esta medida fue puesta en marcha por el rey Felipe
III y su infame ministro, el duque de Lerma, por decreto de 1608, y para este
propósito los jesuitas fueron enviados al país. Por esos medios se intentó, por
tanto, convertir de manera pacífica a los indios con la ayuda de la doctrina
cristiana, y someterles al yugo de la esclavitud. Esto fue hecho por el mismo
rey y los mismos ministros que en los años siguientes expulsaron de España, por
la fuerza de las armas, a los moriscos o árabes para mayor gloria de Dios,
confiscando todos sus bienes, por lo que el país perdió un millón de sus
ciudadanos más industriosos. La religión siempre ha servido para encubrir la
violencia y el fraude, y los sacerdotes asumieron solícitamente el rol de
agentes de los intereses de la clase dominante.
15 Reglamento
y aranceles reales para el comercio libre de España a Indias, de 12 de octubre
de 1778. 1778. Madrid: Imprenta de Pedro Marín.
16 “Los
mandatarios inteligentes suplían o reformaban con sus iniciativas o
incumplimientos las deficiencias o prohibiciones del poder central. Así, a
pesar de la prohibición de plantar viñas fuera del Perú, había vinos
californianos afamados en San Diego, San Juan de Capistrano, San Gabriel, San
Buenaventura, Santa Clara, San José y San Luis Obispo; uvas se produjeron en la
Plata y en Nueva Granada. En el año 1802 el Consejo de Indias ordenó se
arrancaran las cepas, pero el virrey no obedeció. El cultivo del olivo estaba
prohibido, y sin embargo, existían olivos en Tacubaya, Santa Bárbara, en las
cercanías de Méjico y en el Perú”. Córdova-Bello, Eleazar. Las reformas del
despotismo ilustrado en América (siglo XVIII hispano-americano). 1975. Caracas:
Universidad Católica Andrés Bello, Facultad de Humanidades y Educación,
Instituto de Investigaciones Históricas. 447. No pudimos corroborar la fecha
mencionada por Lallemant (1782).
17 Las
Ordenanzas promulgadas por el oidor de la Audiencia de Charcas, Francisco de
Alfaro, fueron publicadas en Asunción el 11 de octubre de 1611 (85 artículos) y
en Santiago del Estero para la Gobernación de Tucumán el 7 de enero de 1612
(120 artículos). Han sido reproducidas, junto con fuentes adicionales y un
aparato crítico, en Aldea Vaquero, Quintín. El Indio peruano y la defensa de
sus derechos (1596-1630). 1993. Madrid: Pontifica universidad católica del
Perú.
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Sin embargo, los jesuitas, que eligieron
especialmente Paraguay y la tierra actualmente llamada Misiones como escenario
de su actividad, ciertamente estaban completamente de acuerdo en convertir a
los indios guaraníes en esclavos, pero sólo para que trabajaran para su propio
beneficio y bajo su mando exclusivo, Omnia ad majorem Dei gloriam, Todo para la
mayor gloria de Dios.18 Así, crearon ese extraño estado sacerdotal llamado
Misiones, sobre los que tantas fábulas han sido hiladas. Las ruinas de los templos
que todavía vemos en medio de esta región salvaje, emergiendo en medio de los
matorrales de naranjos, despiertan nuestro asombro, al igual que todas aquellas
construcciones que surgen del poder de los reyes y teócratas, debido al
derroche de trabajo humano. Se hace evidente en ellas el efecto colosal de la
cooperación simple, bajo el mando de los sacerdotes. 19
Para erigir aquellas construcciones, los jesuitas
tenían que ser capaces de disponer en forma autocrática, no sólo de la fuerza
de trabajo de la totalidad [de la misión], sino también de un enorme excedente
de medios de subsistencia que pudieran ser consumidos durante las obras de
construcción. El número de trabajadores y el poder de dirección sobre esas
masas trabajadoras fue lo que permitió la erección de estas construcciones.
Pero esta cooperación en el proceso de trabajo de los jesuitas en las misiones se
basaba en la relación directa de dominación y servidumbre entre los sacerdotes
y los indios, es decir, en la esclavitud. No era la forma cooperativa, tal como
lo encontramos en los orígenes culturales de la humanidad o en la agricultura
de las comunidades indígenas, donde la cooperación se basaba en la propiedad
colectiva de las condiciones de producción, es decir, en una constitución
comunal comunista, como erróneamente se ha declarado tantas veces últimamente,
pero tampoco era igualmente la forma capitalista de cooperación, que presupone
al trabajador asalariado libre que vende su fuerza de trabajo al capital. Fue
la aplicación de la cooperación a gran escala basada en la esclavitud, tal como
la admiramos en las construcciones gigantescas de los egipcios y del mundo
asiático antiguo, y tal como ocurre a menudo precisamente en las naciones
gobernadas teocráticamente.
Aquellos que deseen conocer acerca de esto en más
detalle deben leer el libro del Padre Gay: História da república jesuítica do
Paraguai (Ed. Laemmert, Río de Janeiro)20, del
18 Lema de
la Compañía de Jesús, atribuido a su fundador Ignacio de Loyola.
19 Otra
paráfrasis de El Capital: “El efecto de la cooperación simple muestra sus
características colosales en las obras ciclópeas de los antiguos asiáticos,
egipcios, etruscos, etc. "En tiempos pasados ocurría que esos estados
asiáticos, luego de cubrir los gastos de sus instituciones civiles y militares,
se encontraran en posesión de un excedente de medios de subsistencia que podían
emplear en obras suntuarias o útiles. Su facultad de mando sobre las manos y
brazos de casi toda la población no agrícola y el derecho exclusivo de los
monarcas y el clero a disponer de dicho excedente les brindaron los medios para
erigir esos monumentos imponentes con los que inundaron el país... Para mover
las estatuas colosales y esas masas enormes cuyo trasporte suscita el asombro,
se utilizó casi exclusivamente, y con prodigalidad, trabajo humano. [...]
Bastaba con el número de los trabajadores y la concentración de sus esfuerzos.
Vemos así cómo desde las profundidades del océano se alzan poderosos arrecifes
de coral, formando islas y tierra firme, aunque cada depositante (depositary)
sea diminuto, débil y desdeñable. Los trabajadores no agrícolas de una
monarquía asiática disponen de poco más que de sus esfuerzos físicos
individuales para contribuir a la tarea, pero su fuerza está en su número, y es
la facultad de dirigir esas masas lo que dio origen a esas obras gigantescas.
Fue esa concentración, en una o pocas manos, de los réditos de los que vivían
los trabajadores lo que hizo posibles tales empresas.” (Marx, Karl. El Capital.
2008. Buenos Aires: Siglo XXI. 406, citando a Jones, Richard R. Textbook of
Lectures on the Political Economy of Nations. 1852. Hertford: Stephen
Austin.77-78).
20 Gay, João
Pedro. História da república jesuítica do Paraguai: desde o descobrimento do
Rio da Prata até nossos dias, anno de 1861. 1863. Río de Janeiro: Dos Santos.
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cual todo lo que ha sido escrito durante los
últimos treinta años sobre las Misiones ha sido copiado, y a menudo
distorsionado. Además, para su trabajo el padre Gay extrajo información de los
manuscritos póstumos de Bonpland, que murió en 1858 en Uruguayana, pero en la
orilla correntina del río, y que, como es bien conocido, desde 1820 llevó a
cabo estudios científicos en las misiones, lo cual solo puede servir de
recomendación para el excelente libro [de João Pedro Gay].21
Los jesuitas fueron expulsados en 1767, y si desde
el punto de vista de la filosofía de los enciclopedistas esta medida puede
parecer absolutamente justificada, los viajeros del sur de Paraguay, Misiones y
Río Grande occidental sólo pueden constatar con pesar que la famosa bula
Dominus ac Redemptor Noster, mediante la cual el Papa Clemente XIV suprimió la
Compañía de Jesús, ha causado una enorme destrucción en este país.22 Aquí en
América del Sur, ninguna cuña de cultura había penetrado tan profundamente en
la barbarie de las hordas salvajes como los jesuitas lo hicieron mediante sus
misiones –no en aras de la cultura, sino en aras de su propio enriquecimiento,
es decir, del de su orden–.
N º 176, 10/05/1890
Entretanto, el país estaba por lo general
terriblemente empobrecido, excepto en las misiones, a pesar de las condiciones
naturales muy favorables de las que estaba dotado. ¡De qué le podían servir, si
no había ninguna fuerza de trabajo capaz de utilizar esas condiciones naturales
de trabajo! El caballero libre consideraba degradante el trabajo, y los
esclavos indios trabajaban hasta la muerte. Sin duda, todavía había en las
zonas salvajes numerosas tribus indígenas en las cuales abundante material
esclavo podría haber sido capturado, pero un gran cambio se había operado en
los indios, que había vuelto la captura de esclavos considerablemente más
difícil. Los primeros conquistadores tuvieron que librar la guerra y luchar
contra indios totalmente desconocidos, cuyas armas consistían en la bola
perdida (un proyectil de piedra), las bolas arrojadizas (bolas de madera unidas
con tiras de piel para lanzarlas) y en parte en las flechas, provistas con
puntas de madera o de piedra. Aplastar a los indios por la fuerza fue trabajo
fácil para estos jinetes bien armados, equipados con chalecos de cuero, cascos,
espadas de hierro y armas, etc. A pesar de ello, los Querandíes de Buenos Aires
habían luchado con valentía. Muy pronto, sin embargo, los indígenas aprendieron
a montar y a sustituir las flechas por largas lanzas con puntas de hierro.
Los mestizos pronto empezaron a temer grandemente
estos diablos a caballo, sobre todo después de que los Querandíes retrocedieran
hacia el sur y el oeste, mezclándose con los araucanos (quienes a su vez habían
emigrado al país desde Chile) para formar las tribus de las Pampas, Ranquelinos
y Pehuelches, que se convirtieron en jinetes lanceros excepcionalmente
temerarios y hábiles. Desde entonces, no se habló prácticamente más de
reducciones o expediciones de caza de esclavos. Por el contrario, los colonos
mismos estaban solamente preocupados por defenderse de las permanentes
incursiones de saqueo
21 Aimé
Bonpland (1773-1858) fue un botánico francés que vivió con los guaraníes en la
antigua reducción de Santa María Fe. En 1821 Aimé Bonpland partió de Corrientes
hacia las antiguas reducciones jesuíticas, donde fue detenido por el Dr.
Francia y retenido hasta 1831.
22 Francisco
Antonio Lorenzana y Buitron, Carta pastoral, en que se publica la Bulla del
Papa Clemente XIV. dd. 21. de Jul. 1773, incip. Dominus ac Redemptor noster
Jesus Christus princeps pacis a Propheta praenuntiatus, Madrid, 1773.
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de los indios mediante fortines fortificados por
una muralla y un foso. La existencia de la colonia se veía a veces tan
amenazada que solicitaba la asistencia de la madre patria.
Ya Azara, el famoso viajero del siglo pasado,
propuso repeler a los indios detrás de Río Negro,23 proyecto que se puso en
práctica por primera vez en 1878 bajo el mando del General Roca,24 después de
que el armamento de las tropas argentinas con los terribles rifles Remington de
retrocarga les proporcionara un arma irresistible.
La opinión frecuentemente expresada según la cual
los indios murieron como una raza inferior en contacto con la raza superior -a
saber, la caucásica- es una fábula. Los indios fueron exterminados, no a causa
de tales leyes naturales inexistentes, sino de las mejores armas de los
europeos, así como del consumo inmoderado de aguardiente y de las enfermedades,
especialmente la sífilis y la viruela.25 Particularmente, de las mejores armas
-todo progreso humano se ha realizado en virtud de la superioridad de las armas
en manos del vencedor. Sin la recámara Remington, hoy los indios no habrían
sido aniquilados, no tendríamos la política electoral, creación de Sarmiento, y
Celman no hubiera sido presidente.26
Pero volvamos a la cuestión de la esclavitud.
23 Manuel Félix de Azara (1742-1821) fue un oficial
militar español, naturalista e ingeniero enviado a Sudamérica en 1781 para
resolver la cuestión de las fronteras entre los portugueses y las colonias
españolas. Fue autor de Voyages dans l'Amérique Méridionale, par Don Félix de
Azara, depuis 1781 jusqu'en 1801; contenant la description géographique,
politique et civile du Paraguay et de la rivière de la Plata; l'histoire de la
découverte et de la conquête de ces contrées; des détails nombreux sur leur histoire
naturelle, et sur les peuples sauvages qui les habitent, Paris, 1809.
24 Ver la opinión de Lallemant sobre Roca en el
siguiente artículo publicado en El Obrero: “Revista del Interior: General Roca:
Salió del Ministerio Nacional este funesto caudillo cuya ambición ha tenido las
consecuencias más trágicas para el país. Hace 16 años que este capitán criado
en la frontera india figura entre los prohombres de la nación, y grandes
personajes que se apoderaran del mando. Apropiándose la idea y los planos de
Adolfo Alsina echó a los indios, gracias al valor y a los sufrimientos del soldado
argentino éste el más explotado y más sufrido de todos los proletarios, al otro
lado del Río Negro. Esta hazaña le dio fama y Avellaneda lo hizo presidente.
Como tal acumuló una inmensa fortuna de muchos millones y trasformó la política
electoral sarmientista en el incondicionalismo. Impuso a su cuñado y amigo
Juárez como presidente, y lo traicionó él mismo después. Roca es el autor de la
ruina económica y financiera del país. La maldición de todo el pueblo cae sobre
él, que en goce de sus millones y millones de fortuna, se ríe de la ruina del
país, y de la desesperación de los pobres.” El Obrero. 12 de dic. 1890:3.
25 Es
interesante constatar cómo Lallemant abandona sus prejuicios colonialistas
luego de su conversión al marxismo. En 1873 escribía: “En el Río Quinto vive en
los fortines la guarnición. Salvo ella no se ve ninguna casa. Lo que antes
estaba vivo lo mataron los indios con sus malones o lo apresaron y lo llevaron
a sus tolderías del sur. Los indios juegan un molesto rol en la seguridad
diaria argentina. Atacan con sus tacuaras a los winca (cristianos), suben a las
mujeres a los caballos y huyen hacia el sur para entregar las muchachas y los
animales a los caciques. El indio es cobarde y artero, falso y pérfido...
¿Ofrecerle la mano al indio y cerrar contratos con ellos? La historia de las
colonias españolas tiene casi 400 años y dice claramente que no hay que hacerse
ilusiones y sueños, y también en el Río Quinto la colonia alemana se expandirá
y progresará, sólo producirá seguridad el plomo y la pólvora” (“Aus der Pampa”.
La Plata Monatsschift. 1873, transcripto y traducido en Ferrari, 110-111)”
26 “Vino
Sarmiento, que con la política electoral rehabilitó el caudillaje en una nueva
forma moderna”. Revista del Interior, El Obrero, 17 de ene.1891. Una referencia
irónica al fraude y la corrupción imperantes en las elecciones antes de la
reforma electoral de 1912. En 1886 Miguel Juárez Celman fue elegido
fraudulentamente Presidente como candidato del gobernante Partido Autonomista
Nacional (PAN). Tres meses después de la publicación del artículo de Lallemant,
el 6 de agosto de 1890, Juárez Celman se vio obligado a dimitir por la llamada
Revolución del Parque, y fue reemplazado por el vicepresidente Carlos
Pellegrini.
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Para procurarse trabajadores, los perezosos
caballeros recurrieron, ya que no había más esclavos indios que se pudieran
conseguir, a un medio que ya era común en las Antillas: se permitió la
importación de esclavos negros. España primero cerró un contrato con un tal
Andrada para la introducción de esclavos negros en sus colonias.27 Pero como
los ingleses se habían convertido cada vez más en los amos indiscutibles de los
mares, el Gobierno español concluyó con los armadores de Liverpool el famoso
Tratado del Asiento, por el cual estos últimos adquirieron el derecho de la
trata de esclavos con las colonias españolas.28 En Buenos Aires era la Casa del
Asiento (el mercado de esclavos) en la Plaza del Retiro, hoy San Martín, donde
los comerciantes de Liverpool compraban cueros y vendían negros previamente
intercambiados en África por mercancías inglesas, además de, por supuesto,
practicar el contrabando más inaudito, lo que condujo en 1739 a una gran guerra
entre Inglaterra y España.29
Liverpool debe su grandeza comercial y su auge a
este comercio de esclavos negros, practicado durante dos siglos. Este comercio
fue autorizado en 1791 para las naves de todas las naciones, pero de hecho
quedó en manos de los armadores de Liverpool, hasta que William Wilberforce, el
famoso filántropo, obligó al gobierno británico a prohibir el comercio de
esclavos.30 No obstante, continuó existiendo hasta hace unas décadas, cuando
los trabajadores asalariados importados de Europa comenzaron a suministrar trabajo
más barato o por lo menos más rentable que el del esclavo negro.
En Argentina, dicho sea de paso, los esclavos
negros fueron importados sólo en cantidades relativamente pequeñas. En los
países tropicales la importación de negros era mucho más rentable, ya que se
regía por el principio de la economía esclavista, que era extraer la mayor
producción posible del ganado negro en el menor tiempo posible, incluso si las
vidas de los negros eran de esta manera rápidamente destruidas, porque en los
asientos de los señores de Liverpool nuevas fuerzas de trabajo podían siempre ser
compradas. Así, la agricultura de las Indias Occidentales fue durante siglos
una fuente de riquezas fabulosas que devoró a millones de negros africanos, y
los devotos armadores de Liverpool supieron muy bien cómo llenar sus bolsillos
en el proceso. Estos señores luego invirtieron el capital acumulado
27 “En 1696
el asiento vuelve a manos portuguesas a la Compañía Real de Guinea, sita en
Lisboa, Corte del
Reino de Portugal. El asiento se negoció con el
tesorero y administrador general Don Gaspar Andrada, pero lo
firmó en Madrid uno de los socios de la compañía,
Don Manuel erreira de Carvallo”. ernández Durán, Reyes. La Corona española y el
tráfico de negros: del monopolio al libre comercio. 2011. Madrid: Ecobook. 32.
28 El
Tratado de Utrecht (1713), que puso fin a la Guerra de Sucesión española, dio a
Inglaterra el asiento durante treinta años, tiempo durante el cual se permitió
la importación de 48.000 esclavos al año en las posesiones españolas. Los
británicos ya transportaban 25.000 esclavos al año, pero el asiento transformó
la industria de la construcción naval británica y convirtió los puertos del
Atlántico del país, especialmente de
Bristol y Liverpool, en ciudades esclavistas en
auge. Ver “Tratado entre las coronas de España é Inglaterra, tomando esta á su
cargo el asiento de negros para surtir a la América española, concluido en
Madrid el 26 de marzo de 1713”, en Del Cantillo, Alejandro. Tratados, convenios
y declaraciones de paz y de comercio: que
han hecho con las pote 1700
hasta el día. 1843. Madrid: Alegria y Charlain.
58-69.
29 La Guerra del Asiento (1739–48) es conocida en
inglés como la Guerra de la Oreja de Jenkins, por el episodio que sirvió
pretexto para esta guerra: el apresamiento por un buque español de un navío
contrabandista inglés, capitaneado por el pirata inglés Robert Jenkins, en
1731. A partir de 1742 la contienda se transformó en un episodio de la Guerra
de Sucesión Austriaca.
30 Una referencia a la aprobación por el parlamento
ingles del Slave Trade Act de 1807.
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en el comercio de esclavos, en forma mucho más
rentable todavía, en las fábricas inglesas, donde millones y millones de
trabajadores explotados hasta la muerte fueron y son sacrificando aún en aras
de la producción de la inmensa riqueza nacional británica.
Ya hemos visto que, en general, la única
organización posible del proceso de trabajo en la Argentina durante el período
colonial se basaba en la esclavitud, y que incluso ésta no pudo experimentar un
desarrollo mayor debido a la falta de material esclavo, excepto en las
misiones. De este modo, todos los males materiales y morales que conlleva la
economía esclavista redundaron en detrimento del país, sin que se hicieran
sentir las ventajas que aparejó la esclavitud para el desarrollo económico de
otros países en un grado tan abundante. Así, mientras que ningún incremento de
la riqueza a través de la cooperación simple basada en la esclavitud tuvo lugar
en gran escala, la esclavitud impidió el desarrollo de las fuerzas productivas
a través del perfeccionamiento tecnológico, ya que el principio económico del
modo de producción basado en la esclavitud sólo permite la aplicación de las
herramientas de trabajo más toscas y torpes, pero, precisamente a causa de su
tosquedad, más difíciles de romper.
El esclavo, que es tratado por su amo como un mero
instrumento de trabajo, como una herramienta de trabajo o como una bestia de
carga, afirma su convicción de que es diferente de los implementos de trabajo
sin vida al destruirlos en la medida de lo posible, y diferente de los animales
de trabajo, por los malos tratos que les propina en cuanto puede. Así, resulta
del proceso de producción basado en el trabajo esclavo, un consumo inadecuado
de la materia prima y de los medios de trabajo, que representan cantidades de
trabajo gastadas inútilmente, trabajo que no se cuenta y que no entra en la
formación del valor del producto. No hay más que observar hoy en día cómo el
hijo del país trata los animales domésticos, con qué arado primitivo labra la
tierra, cómo las trabajadoras fabrican telas de lana de tipo pesado, utilizando
métodos manufactureros, con un tosco telar de urdimbre horizontal que por medio
de una bobina produce hilo basto, para reconocer de inmediato el origen de esta
producción en el trabajo esclavo; y si reconocemos inmediatamente en el peón y
su estilo de trabajo al antiguo esclavo, la forma en que es tratado por su
patrón hace este origen aún más claro. En este último prorrumpe por todas
partes toda la brutal inhumanidad del propietario de esclavos, mientras que en
aquel lo hace el sentimiento de venganza, que lo impulsa a hacer sentir a los
animales de carga y a las herramientas que no son iguales a él, sino que él es
un ser humano.31
31 Lallemant
extrapola aquí las observaciones de Marx sobre los efectos económicos de la
esclavitud en las plantaciones en el sur de EE.UU.: “Es ésta una de las
circunstancias que encarecen la producción fundada en la esclavitud. Al
trabajador se lo distingue aquí, según la certera expresión de los antiguos,
sólo como instrumentum vocale [instrumento hablante] del animal como
instrumentum semivocale [instrumento semimudo] y de la herramienta inanimada
como instrumentum mutum [instrumento mudo]. Pero él mismo hace sentir al animal
y la herramienta que no es su igual, sino hombre. Adquiere el sentimiento de la
propia dignidad, de la diferencia que lo separa de ellos, maltratándolos y
destrozándolos con amore. En este modo de producción, por tanto, rige como
principio económico el de emplear únicamente los instrumentos de trabajo más
toscos y pesados, que precisamente por su tosca rusticidad son los más
difíciles de estropear. Hasta el estallido de la guerra civil, por eso, era
posible hallar en los estados esclavistas ribereños del golfo de México arados
similares a los de la antigua China, que hozaban en el suelo como los cerdos o
los topos, pero no lo hendían ni daban vuelta. Cfr. J. E. Cairnes, The Slave
Power, Londres, 1862, p. 46ss”. Karl Marx, El capital. 2008. Tomo I. Buenos
Aires: Siglo XXI. 92-93, nota.
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Moralmente, la economía esclavista que vegeta en la
pobreza tenía que tener consecuencias extremadamente desfavorables. Produce,
por un lado, el sentimiento de dominación de los señores, nacido de la
conciencia de su derecho a disponer de la vida y la muerte, es decir, una
tiranía sin límites, y, por otro lado, el servilismo hipócrita, cuya
propagación a través de la ley de la herencia progresiva ha conferido su
carácter peculiar a la raza de los mestizos, que todavía se hace sentir hoy en
día.32
La expresión de las relaciones de dominación y
servidumbre fue especialmente exacerbada por los prejuicios feudales traídos de
España, los cuales conferían a los nobles prerrogativas muy importantes y
crearon categorías sociales extremadamente ridículas. Aun hoy encontramos muy a
menudo en la sociedad argentina rastros de estas condiciones económicas
absurdas, que se reflejan en las relaciones jurídicas, y son ellas las que
impiden a la forma contemporánea de la sociedad burguesa, cuya esencia descansa
en el capitalismo moderno, penetrar completamente en la organización social y
remodelarla conforme a la época.
N º 177, 17/05/1890
Las relaciones jurídicas en el momento de la
colonización fueron ajustadas de acuerdo a las condiciones económicas. Las
relaciones civiles se regían por las leyes españolas compiladas en 1567, la así
llamada Recopilación, que a su vez era un resumen de colecciones de leyes más
antiguas, como el famoso Fuero Juzgo, las Siete Partidas, el Fuero Real, las
Leyes del Estilo, el Ordenamiento de Alcalá y las 83 Leyes de Toro.33
Entretanto, el Consejo de Indias dictó nuevas leyes, sólo válidas en las
colonias, que constituyen la así llamada Recopilación de Indias, y que
representan el verdadero derecho (Landrecht) hispanoamericano, que se
desarrolló poco a poco en función de la relaciones económicas y de intercambio
existentes. Poco antes de la Revolución [de 1810] apareció un código legal
completamente nuevo, la Novísima Recopilación de las Leyes de España de 1806.34
El gobierno español esperaba, por medio de esta nueva legislación, estar a la
altura del espíritu de la época, que impregnaba a la sociedad civil en ese
momento, pero ya era demasiado tarde, y la Revolución de Mayo rompió el yugo
impuesto por la metrópoli española en la colonia, si bien este no era tan
pesado como a los historiadores argentinos les gusta decir.
32 Según la
“ley de la herencia progresiva”, postulada por Bénédict Augustin Morel
(1809–73), un médico francés nacido en Viena, todo organismo transmite
hereditariamente, no sólo las propiedades que él mismo ha heredado, sino
también las que ha adquirido durante su vida a través de la adaptación. Ver
B.-A. Morel, “De l'hérédité morbide progressive ou des types dissemblables et
disparates dans la famille”, Archives Générales de Médecine, 1867, 6e série,
IX, pp. 385-401, 564-596. En 1857 Morel publicó Traité des dégénérescences
physiques, intellectuelles et morales de l'espèce humaine et des causes qui
produisent ces variétés maladives, en el que analiza la naturaleza, causas e
indicaciones de la “degeneración” humana.
33 Lallemant
hace referencia a la obra Recopilacion de las Leyes destos Reynos, conocida
como la Nueva Recopilación. Promulgada el 14 de marzo de 1567, contenía la
legislación procedente de leyes de Ordenamientos de Cortes -entre otros, el
Ordenamiento de Alcalá de 1348 y las Leyes de Toro de 1505-, las Pragmáticas
Reales y los Autos Acordados hasta el momento de su redacción, y también parte
del Espéculo, del Fuero Juzgo, del Fuero Real y de las Leyes del Estilo, en un
intento de reunir toda la legislación aplicable.
34 Novísima
recopilación de las leyes de España. Dividida en XII libros. En que se reforma
la Recopilación publicada por el Señor Don Felipe II en el año de 1567,
reimpresa últimamente en el de 1775. Y se incorporan las pragmáticas, cédulas,
decretos, órdenes y resoluciones reales, y otras providencias no recopiladas, y
expedidas hasta el de 1804. Mandada formar por el señor don Carlos IV. Impresa
en Madrid. En la Imprenta de Sancha. Año MDCCCV.
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Es cierto que España envió sus funcionarios y que
los puestos más altos del gobierno fueron ocupados por españoles. Esta medida
indignó a los patriotas, como el partido nacional se llamó a sí mismo con el
fin de distinguirse de los españoles, que fueron llamados los mandones. Sin
embargo, los funcionarios españoles desde el tiempo de los virreyes, desde
1776, habían desempeñado su cargo de una manera muy humana, y, en cualquier
caso, condujeron los asuntos públicos mucho más de acuerdo con los principios
de libertad e igualdad que los caudillos que tomaron el poder después de ellos,
muchos de los cuales merecieron plenamente el apodo de "carniceros en
guantes de seda" que les dio Wappäus35.
La causa subyacente de la revolución [de 1810]
radicó en la precaria situación económica (ökonomischen Missständen), que se
hizo sentir de un modo agobiante. Esas razones se explican muy claramente en
las memorias del Dr. Moreno, publicadas por su hermano en 1812.36 El comercio
se había estancado totalmente como consecuencia de la guerra entre España e
Inglaterra, y luego entre España y Francia. La exportación de cueros, -que,
como hemos visto más arriba, eran transportados desde Buenos Aires en buques españoles
a partir de 1778 y había experimentado un fuerte impulso- estaba casi
totalmente paralizada, y con ella se paralizó toda la producción. Los productos
españoles importados, que eran todavía los únicos permitidos por la ley,
faltaban completamente, y aunque la colonia estaba provista abundantemente con
artículos de origen inglés por el contrabando a gran escala, el gobierno sufría
de problemas financieros agudos, porque los ingresos arancelarios de Buenos
Aires eran la única fuente de ingresos, y éstos, por supuesto, se agotaron
completamente. Así, una crisis comercial y financiera estalló en el país, que
afectó gravemente a todos los sectores de la sociedad.
El virrey Cisneros, un hombre noble y hábil, hizo,
ante esta situación desesperada, una propuesta absolutamente revolucionaria al
cabildo y a una reunión de los ciudadanos más ricos [el Consulado de Comercio]:
permitir a los comerciantes la importación de mercancías inglesas en las mismas
condiciones -es decir, pagando un derecho de importación- en que se les había
permitido hacerlo desde 1778 sólo con las mercancías españolas. Al suprimir de
esta manera el monopolio del comercio, que hasta ese momento había favorecido a
los barcos españoles, y al abolir junto con la política de privilegios el trato
preferencial otorgado a los productos españoles, se habría acabado el
contrabando, y la aduana habría obtenido abundantes ingresos, al mismo tiempo
que se sancionaba legalmente el intercambio de mercancías con todas las
naciones, que existía en los hechos hacía ya largo tiempo. Esa fue ya la
revolución que estableció la independencia de Argentina, y que data del 30 de
septiembre de 1809.37 Es interesante que las clases
35 Probablemente una referencia a Wappäus, Johann
Eduard. Die Republiken von Südamerika (1. Abt:. Venezuela, Göttingen 1843).
Handbuch der Geographie und Statistik des ehemaligen spanischen Mittel- und
Süd-Amerika nebst den europäischen Besitzungen.
36 Vida y
memorias del Dr. Dn. Mariano Moreno, secretario de la Junta de Buenos Ayres,
capital de las Provincias del Río de La Plata. Con una idea de su revolución, y
de la de México, Caracas, & c., Por su hermano Dn. Manuel Moreno. 1812.
Londres: J. McCreery.
37 Aquí parece
haber una confusión:
la fecha mencionada
por Lallemant corresponde
a la de la
‘Representación de los Hacendados’ de Mariano
Moreno. Lallemant probablemente se refiera al decreto de
Cisneros del 6 de noviembre de 1809, que permitió a
los ingleses comerciar con el virreinato a través del puerto, en respuesta a
una solicitud presentada el 16 de agosto de 1809 por dos comerciantes ingleses
pertenecientes a la firma “Dillon & Co.”.
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comerciales levantaran una fuerte oposición contra
la propuesta de Cisneros, clases que aparentaban representar los derechos de la
corona española defendiendo el monopolio, pero que en realidad se resistían a
abandonar las enormes ganancias que obtenían por el contrabando.
A pesar de que el principio del libre comercio fue
aceptado, hizo posible la conexión de los comerciantes con los patriotas,
quienes ahora, aprovechando la derrota de la madre patria, proclamaron la
Revolución el 25 de mayo de 1810. En 1813 los españoles fueron expulsados de
Argentina, y comenzaron entonces las largas y sangrientas guerras civiles en
los que los caudillos se disputaban el poder entre ellos.
Durante este largo período de guerras civiles y de
caudillaje es casi imposible hablar de una historia de la cultura, y menos aún
de riqueza y producción. Los caudillos, que Wappäus llamó "carniceros en
guantes de seda", disponían como sus predecesores, los caciques, de la
vida y la propiedad de manera absoluta. Este estado de cosas infernal duró
hasta el gobierno del general Bartolomé Mitre, el último caudillo de la vieja
escuela. Durante el gobierno de Mitre [1862-68], el capital europeo, especialmente
el británico, comenzó a hacer los arreglos necesarios para convertir a la
Argentina en un mercado solvente para sus productos, y junto con los capitales
ingresaron los trabajadores asalariados superfluos en Europa.
Después de Mitre, Sarmiento fue elegido para el
cargo de presidente [1868-74]. Este mestizo ambicioso y sediento de sangre se
daba aires de ser un liberal entusiasta y progresista, pero no era más que un
caudillo, un carnicero en guantes de seda, y después de haberse provisto de un
ejército armado con fusiles de retrocarga Remington y cañones Krupp, creó el
nuevo caudillaje, el gobierno absoluto del presidentes en beneficio de sus
amigos y secuaces, que aseguraba para ellos la explotación más desenfrenada del
poder del estado para su beneficio personal, para obtener privilegios y
monopolios de la manera más inaudita. Todos los derechos populares han sido
pisoteados desde aquel caudillo, y toda oposición fue ahuyentada de las urnas
por la fuerza de las armas. Toda resistencia fue derribada. Sus tres
sucesores38 mantuvieron y ampliaron el sistema, que aquí se llama política
electoral.
Mientras tanto, la entrada de capitales proveyó de
trabajo productivo a los numerosos trabajadores asalariados inmigrantes,
transformando una gran parte del país en un sentido culturalmente progresista.
Los extranjeros trajeron la forma de la sociedad burguesa al país, y con ella
las condiciones económicas modernas de organización de la producción adaptadas
a la civilización moderna, cuyo principio fundamental, la libre competencia,
tenía que entrar en conflicto con el caudillaje. La infame gestión económica
del partido de los caudillos39 ha arruinado al país económicamente, llevándolo
a tal dependencia financiera del capital inglés que somos en realidad una
colonia comercial inglesa, y nos encontramos en la más absoluta dependencia. La
crisis actual ha asumido formas que vuelven la bancarrota del estado totalmente
inevitable, pero también hace inevitable el derrocamiento de la economía de los
caudillos (Caudillowirtschaft) y el desarrollo de la forma social capitalista
pura, con su concentración de enormes riquezas en un polo, en las
38 Nicolás
Avellaneda (1874-80), Julio Roca (1880-86) y Miguel Juárez Celman (1886-90).
39 El
Partido Autonomista Nacional (PAN), un partido político liberal conservador que
tuvo preeminencia durante el período 1874-1916, creado el 15 de marzo de 1874
por la unión de los partidos Autonomista de Adolfo Alsina y Nacional de Nicolás
Avellaneda.
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manos de unos pocos capitalistas, y la acumulación
de pobreza y miseria del proletariado en el otro polo. Pero de esta forma
social capitalista debe entonces desarrollarse, con necesidad fatalista, la
forma cultural más elevada de la sociedad comunista, y concretamente en virtud
del poder político monopolizado por el proletariado, que sin embargo éste solo
puede alcanzar a través del despertar de su conciencia de clase. Despertar esta
conciencia de clase es nuestra tarea como socialdemócratas, y estamos decididos
a cumplirla.
Recibido: 21 enero 2013
Aceptado: 26 marzo 2013

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