© Libro N° 9569. El Sastrecillo Y El Sombrerero. Simenon, George. Emancipación. Febrero
5 de 2022.
Título original: © El Sastrecillo Y El Sombrerero. George Simenon
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Original: © El Sastrecillo Y El Sombrerero. George Simenon
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL SASTRECILLO Y EL SOMBRERERO
George Simenon
El Sastrecillo Y El Sombrerero
George Simenon
George
Simenon
(Lieja,
Bélgica, 1903 - Lausana, Suiza, 1989)
El
Sastrecillo Y El Sombrerero (1948)
(“Le petit
tailleur et le chapelier”)
Hay otra
versión:
“Blessed are
the Meek” (en inglés), revista Ellery Queen’s Mystery Magazine (abril de 1949)
y “Bénis
soient les humbles”(en francé), revista Mystère Magazine, París, Editions Opta
(mayo de 1949).
Maigret les
petits cochons sans queue
(París:
Presses de la Cité, 1950, 221 págs.)
CAPÍTULO I
DONDE EL SASTRECILLO TIENE MIEDO Y SE APROXIMA A SU VECINO EL SOMBRERERO
Kachoudas, el sastrecillo de
la calle de los Prémontrés, tenía miedo, era indiscutible. Mil personas, diez
mil exactamente, puesto que la villa tenía diez mil habitantes, tenían también
miedo, salvo los niños de corta edad; pero la mayor parte no lo confesaban, ni
se atrevían incluso a reconocerlo ante el espejo.
Hacía ya varios minutos que
Kachoudas había encendido la lámpara eléctrica que un hilo de hierro le
permitía acercar y mantener justamente encima de su trabajo. No eran aún más
que las cuatro de la tarde, pero como estaban en noviembre, comenzaba a
oscurecer. Llovía. Llovía desde hacía quince días. A cien metros de la tienda,
en el cine luminoso de luz color malva cuyo timbre se oía repiquetear, podía
verse, en las «Actualidades de Francia y del extranjero», gente que circulaba
en barca por las calles, granjas aisladas en medio de verdaderos torrentes que
arrastraban árboles enteros.
Todo esto contaba. Todo
contaba. Si no hubieran estado en otoño, si no oscureciese a las tres y media,
si la lluvia no se descolgase del cielo de la mañana a la noche y de la noche a
la mañana, hasta el punto de que mucha gente no tenía nada seco que ponerse
encima. Si, por añadidura, no hubiera habido ráfagas de viento que se
introducían en las calles estrechas y daban vuelta a los paraguas como si
fuesen guantes, Kachoudas no hubiera tenido miedo, ni, probablemente, hubiera
sucedido nada.
Como sastre que era, estaba
sentado encima de una mesa enorme cuyas tablas había pulimentado con sus nalgas
durante los treinta años en que permaneciera sentado de aquella manera durante
toda la jornada. Se hallaba en el entresuelo, precisamente encima de su tienda.
El techo era muy bajo. Frente a él, al otro lado de la calle, suspendido encima
de la acera, había una chistera enorme de color rojo que servía de muestra al
sombrerero. Por encima del sombrero, la mirada del sastre Kachoudas caía, a
través de los vidrios, dentro del almacén de M. Labbé.
El almacén estaba mal
alumbrado. El polvo que cubría las bombillas eléctricas amortiguaba su luz. La
luna de la vitrina no la habían limpiado desde hacía mucho tiempo. Estos
detalles tenían menos importancia, pero, a su modo, desempeñaban también su
papel. La sombrerería era una vieja sombrerería. La calle era una vieja calle
que antaño había sido la arteria comercial; antaño, en el tiempo lejano en que
los almacenes modernos, los Prisunics y otros, con sus escaparates rutilantes,
no se habían instalado aún en los alrededores, a más de quinientos metros; de
modo que las tiendas que subsistían en aquel trozo mal alumbrado de calle eran
viejas tiendas ante las que podía uno preguntarse si entraba alguien alguna
vez.
Razón de más para tener
miedo. En fin, era ya la hora. Kachoudas, en aquel momento de la jornada,
empezaba a experimentar un vago malestar, que le recordaba la necesidad de
aquel vaso de vino blanco que su organismo, habituado a él desde hacía tiempo,
le reclamaba imperiosamente.
Y el organismo de M. Labbé,
el de enfrente, también lo necesitaba. También para él era la hora. La prueba
estaba en que se veía al sombrerero dirigir algunas palabras a Alfred, su
dependiente pelirrojo, y encasquetarse un pesado abrigo de cuello de
terciopelo.
El sastrecillo saltó de su
mesa, se puso la chaqueta, se anudó la corbata y bajó por la escalera de
caracol, gritando al paso:
—Vuelvo dentro de un cuarto
de hora…
No era cierto. Siempre
permanecía ausente media hora. Con frecuencia, una; pero desde hacía años
anunciaba de ese modo su vuelta para un cuarto de hora después.
En el momento en que se
ponía el impermeable olvidado y nunca reclamado por un cliente, oyó el timbre
de la puerta frontera. M. Labbé, con las manos en los bolsillos y el cuello
levantado, se dirigía hacia la plaza Gambetta pegado a las paredes.
El timbre del sastrecillo
sonó a su vez. Kachoudas se lanzó a la calle, bajo la lluvia que le golpeaba,
apenas a diez metros detrás de su imponente vecino. En rigor, no había nadie
más que ellos en la calle, cuyos faroles de gas estaban tan espaciados y donde
se pasaba de una zona oscura a otra más oscura aún.
Kachoudas hubiera podido
dar unos pasos apresurados para alcanzar al sombrerero. Se conocían. Se
saludaban cuando, por casualidad, abrían las tiendas al mismo tiempo. Se
hablaban en el Café de la Paix, donde iban a encontrarse juntos unos minutos
más tarde.
Sin embargo, existían entre
ellos diferencias jerárquicas. Monsieur Labbé era Monsieur Labbé, y Kachoudas
no era más que Kachoudas. Este último, pues, le seguía, lo que bastaba para
darle seguridad, porque si en aquel momento le atacasen, no tenía más que
gritar, y el sombrerero se daría cuenta.
¿Y si el sombrerero ponía
pies en polvorosa? Kachoudas lo pensó. El pensamiento le dio frío a la espalda,
y, por miedo a los rincones sombríos, a las callecitas tortuosas, propicias
para una emboscada, se puso a caminar tranquilamente por el medio de la calle.
Además, la cosa duraría
sólo unos minutos, porque al final de la calle de los Prémontrés estaba la
plaza con sus luces y con sus numerosos transeúntes a pesar del mal tiempo.
Además, por lo general, se veía allí a un municipal de guardia.
Los dos hombres, uno tras
otro, torcieron a la izquierda. El Café de la Paix estaba en el tercer
edificio, con sus dos ventanales brillantemente alumbrados, con su calor
tranquilizante, con los habituales cada uno en su sitio, y con el camarero,
Firmin, que les miraba jugar a las cartas.
M. Labbé se quitó el abrigo
y lo sacudió. Firmin lo cogió y lo colgó en el perchero. Kachoudas entró a su
vez, pero nadie le ayudó a quitarse el impermeable. Aquello no tenía
importancia. Era natural. No era más que Kachoudas.
Los jugadores y los
clientes que seguían la partida estrecharon la mano al sombrerero, que se sentó
precisamente detrás del doctor. Las mismas personas recibieron a Kachoudas con
un movimiento de cabeza, y algunos ni eso; el sastrecillo no encontró libre más
que una silla arrimada a la estufa y en la cual los bajos del pantalón se
pusieron a echar vaho.
Fue precisamente a causa de
sus pantalones, que desprendían vapor de agua, como el sastrecillo hizo su
descubrimiento. Los miró durante un buen rato diciéndose que el tejido, que no
era de primera calidad, iba a encoger. Miró después los pantalones de M. Labbé;
los miró con ojos de sastre, para ver si la tela era mejor. Porque,
naturalmente, M. Labbé no se vestía en casa de Kachoudas. Entre los
contertulios de las cuatro, todos ellos notables de la villa, nadie se vestía
en casa del sastrecillo. Todo lo más le confiaban los arreglos o los trajes
gastados, para que los volviese.
Había serrín por el suelo.
Los pies mojados habían dejado en él extraños dibujos, con manchitas de barro
aquí y allá. Monsieur Labbé llevaba zapatos finos. Sus pantalones eran de un
color gris casi negro.
Ahora bien, precisamente en
la parte trasera de la pierna izquierda había un puntito blanco. Si Kachoudas
no hubiera sido sastre, probablemente no se hubiera fijado en él. Debió de
pensar que se trataba de un hilo. Porque los sastres tienen la costumbre de
quitar los hilos. Y, si no hubiera sido tan humilde, no se le hubiera ocurrido
la idea de inclinarse.
El sombrerero le miró, un
poco sorprendido. Kachoudas agarró la cosita blanca pegada al pantalón. No era
un hilo, sino un trocito de papel.
—Perdóneme —murmuró
Kachoudas.
Pedía perdón siempre. Los
Kachoudas siempre habían pedido perdón. Hacía siglos que, llevados como
paquetes desde Armenia a Esmirna o a Siria, habían adquirido aquella prudente
costumbre.
Lo que ahora conviene
subrayar es que, mientras se levantaba con el trocito de papel entre el pulgar
y el índice, no pensaba en nada. O, más exactamente, pensaba: «No es un hilo…».
Veía las piernas y los
zapatos de los jugadores, los pies de fundición de las mesas de mármol, el
mandil blanco de Firmin. En vez de tirar al suelo el trozo de papel, se lo
ofreció al sombrerero, repitiendo:
—Perdóneme…
Porque el sombrerero
hubiera podido preguntarse lo que había ido a buscar en la pierna de su
pantalón.
Entonces, en el preciso
momento en que M. Labbé lo cogía a su vez —el papel apenas era mayor que un
confeti—, Kachoudas sintió que todo su ser se paralizaba y que una sacudida
demasiado desagradable atravesaba su nuca de parte a parte.
Lo más terrible era que el
sombrerero le miraba, y que él miraba al sombrerero. Permanecieron de este modo
un buen rato, mirándose. Nadie se fijaba en ellos. Los jugadores y los demás
seguían el juego. M. Labbé era un hombre que, habiendo sido grueso, había
adelgazado. Era aún bastante voluminoso, pero se le notaba fofo. Sus rasgos
muelles no se movían mucho, y, en aquella circunstancia capital, tampoco se
movieron.
Cogió el trozo de papel y,
después de triturarlo entre sus dedos, hizo con él una bolita apenas mayor que
la cabeza de un alfiler.
—Gracias, Kachoudas.
Acerca de esto podría
discutirse hasta el infinito, y el sastrecillo debería pensarlo días y noches;
¿era natural la voz del sombrerero? ¿Era irónica, sarcástica, amenazadora?
El sastre temblaba, y a
poco derribó su vaso, que había cogido para disimular.
No había que seguir mirando
a M. Labbé. Era demasiado peligroso. Cuestión de vida o muerte. ¡Y de qué modo
podía ser cuestión de vida para Kachoudas!
Permaneció en su silla,
aparentemente inmóvil, y, sin embargo, tenía la impresión de estar dando
bandazos; había momentos en que se veía obligado a contenerse con todas sus
fuerzas para no salir corriendo.
¿Qué hubiera sucedido si se
levantase gritando: «¡Es él!»?
Tenía calor y frío. El
calor de la estufa le quemaba la piel, y sin embargo, hubiera podido
castañetear los dientes. Se acordaba a cada paso de la calle de los Prémontrés,
y de él mismo, Kachoudas, que, como tenía miedo, seguía al sombrerero tan de
cerca como le era posible. Le había sucedido varias veces. Le había sucedido un
cuarto de hora antes. En la calle oscura no había nadie más que ellos.
¡Y sin embargo era ÉL! El
sastrecillo hubiera querido mirarle de reojo, pero no se atrevía. ¿No podía una
sola mirada ser su condenación?
Hacía falta, sobre todo, no
pasarse la mano por el cuello, que era lo que tenía ganas de hacer, hasta la
angustia, como cuando uno se resiste al deseo de rascarse.
—Otro blanco, Firmin…
Un error más. Los demás
días dejaba pasar alrededor de media hora antes de pedir el segundo vaso. ¿Qué
debía hacer? ¿Qué podía hacer?
El Café de la Paix estaba
rodeado de espejos en los que se veía ascender la humareda de las pipas y de
los cigarrillos. Sólo M. Labbé fumaba puros, y Kachoudas, a veces, aspiraba sus
bocanadas. Al fondo, a la derecha, cerca de los lavabos, había una cabina
telefónica. ¿No podía, como si fuera al lavabo, entrar en ella?
—¡Oiga!… ¿La policía?… Aquí
es…
¿Y si M. Labbé entraba
detrás de él? No se oiría nada. Aquello acontecía siempre sin ruido. Ni una
sola de las víctimas, ni una sola entre seis, había gritado. Eran mujeres
viejas, de acuerdo. El asesino sólo se había cebado en mujeres viejas. Por eso
los hombres se hacían los farrucos y se arriesgaban de buena gana por las
calles. Pero, ¿qué le impedía hacer una excepción?
—¡Él está aquí…! Vengan
corriendo a prenderle…
Con lo cual se ganaría
veinte mil francos, suma a que ascendía la prima que tantas personas intentaban
ganar, hasta el punto de que la policía no sabía ya a quién atender, abrumada
como estaba por las acusaciones más fantásticas.
Con veinte mil francos
Kachoudas podría…
Pero, ante todo, ¿quién le
creería? Afirmaría:
—¡Es el sombrerero! Le
replicarían:
—Pruébelo.
—He visto dos letras…
—¿Qué letras?
—Una n y una t. Incluso no
estaba seguro de la t.
—Explíquese, Kachoudas…
Le hablarían severamente;
siempre se habla severamente a todos los Kachoudas de la tierra…
—… en la costura del
pantalón… Hizo con ellas una bolita…
¿Dónde estaría ahora la
bolita del tamaño de una cabeza de alfiler? ¡Vaya a buscarla! ¿La habría dejado
caer y aplastado luego en el serrín con su tacón? ¿Se la habría tragado?
Además, ¿qué probaba la
bolita? ¿Que el sombrerero había cortado dos letras de la hoja de un periódico?
Ni siquiera esto. Aquel trozo de papel podía habérsele pegado en cualquier
parte, sin saberlo. ¿Y si le gustaba cortar letras del periódico?
Era bastante para preocupar
a un hombre de más importancia que el sastrecillo, a cualquiera de los que allí
estaban, personas bien, sin embargo, grandes comerciantes, un médico, un agente
de seguros, un negociante de vinos; gente toda lo bastante próspera como para
poder perder buena parte de la tarde jugando unas partidas, y ofrecerse varios
aperitivos cotidianos.
Nadie sabía nada. Nadie,
salvo Kachoudas.
Y el hombre sabía que
Kachoudas…
Sudaba; sudaba como si
hubiera bebido varios grogs y tragado demasiada aspirina. ¿Habría notado el
sombrerero su turbación? ¿Acaso el sastre había dado a entender con la
expresión de su rostro que conocía la naturaleza del papelito?
¡Trate usted de pensar en
cosas importantes sin que se note, mientras que el otro fuma su puro a menos de
dos metros de distancia, y mientras usted finge mirar a los jugadores de
belotte!
—Un blanco, Firmin…
Sin quererlo. Había hablado
sin querer, porque tenía la garganta seca. Tres blancos eran demasiados. Ante
todo, porque no solía tomarlos nunca, salvo al nacer sus hijos. Tenía ocho
hijos. Esperaba el noveno. Apenas nacía uno, cuando ya esperaba el siguiente.
No era por su culpa. La gente le miraba, cada vez, con aire de reproche.
¿Se puede acaso matar a un
hombre que tiene ocho hijos y que espera el noveno, y que inmediatamente
después esperará el décimo?
Alguien —el de los seguros—
que daba las cartas, decía en aquel momento:
—Es raro… Hace tres días
que no ha matado a ninguna mujer… Debe de empezar a tener miedo…
¡Oír aquello, saber lo que
Kachoudas sabía, y conseguir no mirar al sombrerero! ¡También tenía mala
suerte! Miró adrede hacia delante, a costa de un esfuerzo doloroso, y he aquí
que ante él, en el espejo, era el rostro de M. Labbé lo que sus ojos
encontraban.
M. Labbé le miraba
fijamente. Con tranquilidad, pero fijamente; a él, a Kachoudas, y al
sastrecillo le parecía que una tenue sonrisa flotaba en los labios del
sombrerero. Se preguntaba incluso si M. Labbé no iría a hacerle un guiño, un
guiño cómplice, entiéndase bien, como diciéndole: «Es divertido, ¿eh?».
Kachoudas oyó que su propia
voz articulaba:
—Camarero…
No debía hacerlo. Tres
vasos eran bastante, más que suficiente. Sobre todo porque él no aguantaba la
bebida.
—Dígame, señor…
—Nada… Gracias…
Después de todo, había una
explicación posible bailando en el espíritu del sastrecillo, un poco vaga aún,
pero consistente. Supongamos que en lugar de un hombre son dos: por una parte,
el asesino de viejas, del que no se sabía nada en absoluto, salvo que, en tres
semanas, había hecho ya su sexta víctima; de otra, alguien que quería
divertirse, confundir a sus conciudadanos, un maniático quizá, que escribía al
Courrier de la Loire las famosas cartas formadas de letras cortadas en los
periódicos.
¿Por qué no? Estaba claro.
Hay personas a quienes estas cosas hacen perder la cabeza.
Pero en ese caso,
existiendo dos hombres en lugar de uno, ¿por qué el segundo, el de las letras
cortadas, podía prever lo que haría el primero?
Porque por lo menos habían
sido anunciados tres asesinatos, siempre de la misma manera. Se enviaban las
cartas por correo al Courrier de la Loire y, la mayor parte de las veces, las
palabras impresas habían sido cortadas del mismo periódico y pegadas
cuidadosamente unas al lado de las otras.
«Se ha llamado inútilmente
a la brigada móvil. Mañana, la tercera vieja».
Algunas de aquellas cartas
eran más largas. Debía de hacer falta tiempo para encontrar en el periódico
todas las palabras necesarias y reunirlas como un puzzle.
«El comisario Micou, por
haber llegado de París, se cree muy listo, mientras no pasa de ser un
monaguillo. Hace mal bebiendo tanto borgoña, que le enrojece la nariz…».
Por cierto que, ¿no venía
de cuando en cuando el comisario Micou, enviado por la Sûreté Nationale para
dirigir la investigación, a tomarse un vaso al Café de la Paix? El sastrecillo
lo había visto allí. Se le podían hacer preguntas con toda familiaridad a aquel
policía que, en efecto, sentía demasiada inclinación por el borgoña.
—¿Alguna novedad, señor
comisario?
—Le echaremos el guante, no
pasen miedo. Estos maniáticos acaban siempre por cometer un error. Están
demasiado satisfechos de sí mismos. Necesitan hablar de sus hazañas.
Y al decir el policía estas
palabras, el sombrerero estaba presente. «Algunos imbéciles, que no saben nada
de nada, pretenden que es por cobardía por lo que no asesino más que a mujeres
viejas. ¿Y si las viejas me dan horror? ¿Estoy en mi derecho? Que insistan en
decir eso, y entonces, para darles gusto, mataré a un hombre. Incluso a un
hombre alto. Incluso a un hombre fuerte. Me da lo mismo. Verán entonces
perfectamente…». ¡Y Kachoudas, que era pequeñito, enclenque, no más fuerte que
un muchacho de quince años…!
—Vea usted, señor
comisario…
El sastre se sobresaltó. El
comisario Micou acababa de entrar en compañía de Pijolet, el dentista. Era
gordo y alegre. Daba la vuelta a la silla y se sentaba a horcajadas frente a
los jugadores, a los que decía, condescendiente:
—No se molesten…
—La cosa marcha, la cosa
marcha.
—¿Tiene usted una pista?
En el espejo, Kachoudas
veía a M. Labbé que seguía mirándole, y entonces fue otra cosa la que le dio
miedo. ¿Y si M. Labbé fuese inocente, inocente de todo, tanto de las viejas
como de las cartas? ¿Y si el pedazo de papel se le había pegado por casualidad
a la costura de su pantalón, Dios sabe dónde, de la misma manera que se coge
una pulga?
Era necesario ponerse en su
lugar. Kachoudas se inclinaba y recogía algo. M. Labbé no sabía en modo alguno
dónde se le había pegado el trozo de papel. ¿Quién podía demostrar que no
intentaba hacerlo desaparecer, el que, turbado, lo tendía a su interlocutor?
Sí, ¿quién impedía al
sombrerero sospechar de su vecino Kachoudas?
—¡Un blanco…!
¡Cada vez peor! Había
bebido demasiado, pero necesitaba más. Le parecía que en el café había más humo
que de costumbre, que las caras estaban más borrosas; a veces la mesa de los
jugadores se le aparecía extrañamente lejana.
Por ejemplo, esto… Si él
sospechaba de M. Labbé y M. Labbé sospechaba de él, ¿por qué no iba el
sombrerero a pensar también en la prima de veinte mil francos?
Se decía que era rico, y
que, precisamente porque no necesitaba dinero, dejaba que su comercio se
arruinase. Porque hubiera sido necesario limpiar los escaparates,
modernizarlos, aumentar la iluminación y renovar todas las existencias. No se
podía esperar que la gente fuese a comprar los sombreros a la moda de hacía
veinte años, que atestaban sus estantes y en los que el polvo se amontonaba.
Si era avaro, los veinte
mil francos probablemente le tentarían.
Que acuse a Kachoudas…
¡Bueno! Al principio todo el mundo le daría la razón. Porque Kachoudas era,
precisamente, una de esas personas de las que todo el mundo desconfía de buena
gana. Porque no era de la villa, ni, incluso, del país. Porque tenía una
extraña cabeza siempre torcida. Porque vivía en medio de una chiquillería
siempre creciente, y porque su mujer apenas hablaba el francés…
Pero, ¿y después? ¿Por qué
iba el sastrecillo a matar a las viejas en la calle, sin tomarse el trabajo de
robarles las alhajas o, por lo menos, el bolso?
Kachoudas se decía esto, e
inmediatamente después se objetaba: «¿Y por qué M. Labbé, a los sesenta y
tantos años, después de una vida de ciudadano modelo, iba a experimentar de
repente la necesidad de estrangular a las personas en las calles oscuras?».
Era horriblemente
complicado. Incluso el ambiente familiar del Café de la Paix ya no
tranquilizaba, ni tampoco la presencia del comisario Micou.
Si se dijese a Micou que
era Kachoudas, Micou lo creería.
Si se le dijese en cambio
que era M. Labbé…
Había que reflexionar con
seriedad. Era cuestión de vida o muerte. ¿No había anunciado el asesino por
medio del periódico que también podía matar a un hombre?
¡Queda luego aquella
endemoniada calle de los Prémontrés, apenas iluminada, que había que recorrer!
¡Y él vivía precisamente enfrente de la sombrerería, desde donde M. Labbé podía
espiar sus menores movimientos!
Por último, había que tener
en cuenta la cuestión de los veinte mil francos. ¡Veinte mil! Más de lo que él,
con su mesa, ganaba en seis meses…
—Diga, pues, Kachoudas…
Tuvo la impresión de
aterrizar, procedente de un mundo lejano, entre personas cuya presencia había
olvidado hacía minutos.
Como no había reconocido la
voz, volvió instintivamente la cabeza hacia el sombrerero, que le observaba
masticando su cigarro. Pero no era él quien le había llamado. Era el comisario.
—¿Es cierto que usted
trabaja rápido y barato?
En un abrir y cerrar de
ojos entrevió una ocasión inesperada, y estuvo a punto de volverse una vez más
hacia M. Labbé, para comprobar que éste no leía la alegría en su rostro.
Ir directamente a la
policía no se hubiera atrevido a hacerlo. Escribir, lo hubiera dudado, porque
las cartas quedan y pueden traer complicaciones. Pero de pronto, como por
milagro, el gran jefe, el representante del orden y de la ley, le ofrecía en
cierto modo la ocasión de ir a su casa.
—Para los lutos, entrego un
traje en veinticuatro horas —dijo Kachoudas, bajando modestamente los ojos.
—Entonces, pongamos que es
a causa del luto por esas seis viejas, y hágame uno en seguida. Casi no he
traído conmigo ropa de París, y esta endemoniada lluvia me ha puesto mis dos
trajes como trapos. ¿Tiene usted paño de lana pura?
—Tendrá usted el mejor paño
de Elbeuf.
¡Dios mío! ¡Cómo corría el
pensamiento del sastrecillo! ¿Era quizá efecto de los cuatro vasos de blanco?
Pues a pesar de todo, con la voz más segura que nunca, pediría el quinto. Iba a
sucederle algo maravilloso. En lugar de volver a su casa —¿no estaría muerto de
miedo pensando en M. Labbé al pasar ante los rincones oscuros de la calle de
los Prémontrés?— se haría acompañar por el comisario, para tomarle las medidas.
Una vez en casa, con la puerta cerrada…
¡Era magnífico, inesperado!
Ganaría la prima. ¡Veinte mil francos! ¡Y sin correr ningún riesgo!
—¿Tiene usted cinco minutos
para acompañarme a mi casa, que está aquí al lado…?
Su voz temblaba un poco.
Hay casos de suerte con los que se cuenta sin atreverse a contar demasiado,
cuando se es un Kachoudas, y se está secularmente acostumbrado a las patadas en
el trasero y a las jugarretas del destino.
—… Le tomaría medidas, y le
prometo que mañana por la tarde, a esta misma hora…
¡Qué bien, librarse de
aquella manera! Todas las dificultades se allanan, todo se resuelve como en un
cuento de hadas.
Personas que juegan a las
cartas… La benévola cabeza de Firmin —en aquellos momentos todas las cabezas se
hacían igualmente benévolas—, que sigue la partida… El sombrerero, a quien uno
se esfuerza en no mirar…
Va a venir el comisario… Se
sale en su compañía… Se empuja la puerta de la tienda… Nadie puede oír:
«Escuche, señor comisario, el asesino es…».
¡Cataplún! Bastó una
frasecita para echarlo todo por tierra.
—Hasta dentro de una hora
no podré ir…
También el comisario tiene
ganas de jugar a la belotte, y sabe que alguien va a dejarle el sitio en cuanto
la partida en curso termine.
—Iré a verle mañana por la
mañana… Supongo que estará en casa, ¿verdad…? Además, con este tiempo…
Nada más. Los hermosos
proyectos desbaratados. Sin embargo, ¡hubiera sido tan fácil…! Quizá Kachoudas,
a la mañana siguiente, estuviese muerto. Y ni su mujer ni sus hijos cobrarían
un céntimo de los veinte mil francos a que él tenía derecho.
Porque a cada momento que
pasa está más convencido de que tiene derecho a ellos. Tiene conciencia de
ello, y se rebela.
—Si viniese usted esta
tarde, yo podía aprovecharlo para…
Aquello no daba resultado.
El sombrerero debía de reírse de él. La partida termina en aquel preciso
momento, y el de Seguros deja al comisarlo Micou su sitio ante el tapete. Los
comisarios no deberían tener derecho a jugar a las cartas. Debían comprender a
medias palabras. ¿Acaso no podía rogarle Kachoudas que fuese a tomar medidas?
Y ahora, ¿cómo marchar?
Generalmente no permanecía más que una hora, a veces un poco más, pero no
demasiado, en el Café de la Paix. Es su única distracción, su locura. Después
regresa. La chiquillería está completa —los hijos han vuelto de la escuela— y
hacen un ruido infernal. La casa huele a cocina. Dolphine —lleva un nombre
ridículamente francés, aunque apenas habla esta lengua—, Dolphine chilla tras
los críos con voz aguda. Él, en el entresuelo, sentado a su mesa, acerca la
lámpara a su trabajo, cose horas y horas…
Huele mal. Lo sabe
perfectamente. Huele a la vez a ajo, del que en la casa se hace un gran
consumo, y a la grasa de las telas en que trabaja. En el Café de la Paix hay
personas que apartan su silla cuando él se sienta a la mesa de los
contertulios. ¿Será ésta una razón por la que el comisario no venga en seguida?
¡Si al menos marchase alguien en aquella dirección! Pero todos los que están
allí viven hacia la calle del Palais. Todos tuercen a la izquierda, mientras
que él debe torcer a la derecha.
Cuestión de vida o muerte…
—Lo mismo, Firmin…
Otro vaso de blanco. ¡Tiene
tal miedo de que el sombrero salga pisándole los talones! Una vez pedido el
vino, piensa que, si M. Labbé sale el primero, será quizá para tenderle una
emboscada en uno de los rincones sombríos de la calle de los Prémontrés.
Salir delante es peligroso.
Salir después, es más peligroso todavía. Y, sin embargo, no puede quedarse allí
toda la vida.
—Firmin…
Duda. Sabe que hace mal,
que va a emborracharse, pero no es capaz de hacer otra cosa.
—Lo mismo…
¿Será posible que sea él a
quien miren como a un sospechoso?
CAPÍTULO II
DONDE EL SASTRECILLO PRESENCIA EL FIN DE UNA DAMA
—¿Cómo está Mathilde?
Alguien ha pronunciado
aquella frasecita. Pero, ¿quién? En aquel momento Kachoudas tenía ya la cabeza
pesada, y quizá incluso había pedido su séptimo vaso de vino blanco. Hasta el
punto de que se le ha preguntado si festejaba un nuevo nacimiento.
Probablemente es Germain, el tendero, quien ha hablado. La cosa, por lo demás,
carece de importancia. Todos tienen aproximadamente la misma edad, entre
sesenta y sesenta y cinco años. La mayor parte de ellos han ido juntos, primero
a la escuela, al colegio después. Han jugado juntos a las bolas. Se tutean.
Cada uno de ellos ha asistido a la boda de los demás. Indudablemente,
cualquiera de ellos, entre los quince y los diecisiete años, ha sido novio de
la que después se casó con su amigo.
Hay, además, el grupo de
los que están entre cuarenta y cincuenta años, preparados para el relevo,
cuando los viejos ya no estén, y que ahora juegan a las cartas en el rincón
izquierdo del Café de la Paix. Son un poco más alborotadores, pero llegan más
tarde, hacia las cinco, porque no han recorrido aún todavía toda su vida
profesional.
—¿Cómo está Mathilde?
Es una frasecita que el
sastre ha oído casi todos los días. Una pregunta hecha de labios afuera, como
si se hubiera dicho: «¿Llueve todavía?».
Porque hace siglos que
Mathilde, la mujer del sombrerero, se ha convertido en una especie de mito. Ha
debido de ser una muchacha como las demás. Quizá alguno de los jugadores la
haya cortejado y abrazado por los rincones. Después, ella se ha casado, y sin
duda cada domingo ha ido a la misa de diez, vestida de punta en blanco.
Desde hace quince años vive
en un entresuelo semejante al de Kachoudas, precisamente enfrente de éste, y
del que raras veces se levantan las cortinas. El mismo Kachoudas no la ve, y
apenas adivina la mancha lechosa de su rostro los días de limpieza.
—Mathilde está bien…
Dicho de otra manera, no
está peor, pero sigue paralítica; cada mañana la colocan en su sillón, cada
noche en su cama, pero no ha muerto todavía.
Se ha hablado de Mathilde y
de otras cosas. Poco del asesino, puesto que, en el Café de la Paix, se afecta
no interesarse si no de pasada por esa clase de temas.
Kachoudas no se atreve a
salir, por miedo de que el sombrerero saliese tras él, y le siguiese. Entonces,
bebe. Ha hecho mal, pero es más fuerte que él. Dos o tres veces ha advertido
perfectamente que M. Labbé miraba la hora en el reloj descolorido colgado entre
dos espejos, y no se ha preguntado para qué. Sólo de aquel modo ha podido
enterarse de que eran exactamente las cinco y diecisiete cuando el sombrerero
se levantó y golpeó la mesa de mármol con una moneda para llamar la atención de
Firmin, según su costumbre.
—¿Cuánto?
Si a la llegada se
estrechan las manos, basta a la salida con un adiós a todos. Unos dicen «Adiós
a todos», otros «Hasta la noche», porque hay entre ellos quienes vuelven a
encontrarse después de la cena para jugar otra partida.
«Me va a esperar en un
rincón de la calle de los Prémontrés y saltarme encima cuando pase…».
Puesto que puede hacerlo,
pagará su consumición al mismo tiempo, saldrá pisando los talones del
sombrerero y no le perderá de vista. Es el más bajo y el más delgado de los
dos. Hay probabilidades de que corra más de prisa. Es preferible seguir al otro
a poca distancia, listo para escapar al menor movimiento…
* * *
Salieron con pocos segundos
de intervalo. Cosa rara, los jugadores no se volvieron hacia el sombrerero,
aunque sí hacia el sastrecillo, que no les parecía estar en sus cabales. ¿Quién
sabe si alguno de ellos murmuraría: «¿Será él?»?
Ventaba de lo lindo. En las
esquinas de las calles el viento pegaba como una bofetada, y había que doblarse
en dos o recibirlo de costado. Llovía. El sastrecillo tenía ya la cara
descompuesta y tiritaba bajo su fino impermeable.
No importaba. Pisaba los
pasos del otro. Había que seguirle de cerca. Era la única tabla de salvación.
Trescientos metros más, doscientos, cien, y estaría en su casa, podría
encerrarse, atrancarse, mientras esperaba la visita del comisario al día
siguiente por la mañana.
Contaba los segundos y, de
pronto, el sombrerero pasó frente a un almacén, donde se entreveía oscuramente
al dependiente pelirrojo detrás del mostrador. También Kachoudas dejó atrás la
sastrería, casi sin darse cuenta, porque una fuerza interior le obligaba a
continuar.
Del mismo modo que un
momento antes no había nadie más que ellos en la calle, tampoco había nadie más
que ellos en las callejuelas del barrio, cada vez más desierto donde se metían.
Cada uno oía claramente los pasos del otro y los ecos de sus propios pasos. El
sombrerero sabía, pues, que le seguían.
Kachoudas iba muerto de
miedo. ¿Hubiera podido pararse, dar media vuelta y entrar en su casa? Sin duda.
Quizá. Sólo que no lo pensaba. Por extraño que parezca, tenía demasiado miedo
para hacerlo.
Seguía. Caminaba veinte
metros detrás de su compañero. Y a veces hablaba solo, en medio de la lluvia y
el viento: «Si es él…».
¿Dudaba aún? ¿Se arriesgaba
a aquella persecución para tener el convencimiento? De cuando en cuando, con
pocos segundos de intervalo, pasaban ante una tienda iluminada. Después, uno
tras otro, se hundían de nuevo en la oscuridad, sin otra referencia que el
ruido de sus pasos. «Si se para, me paro…».
El sombrerero se paró, y él
se paró. El sombrerero volvió a andar, y el sastrecillo se puso en marcha con
un suspiro de alivio.
De creer al periódico, las
rondas recorrían la villa, rondas en cantidad. Para calmar a la población, la
policía había organizado un sistema de vigilancia cuya infalibilidad
aseguraban. En efecto, se cruzaron —siempre uno tras otro— con tres hombres de
uniforme que marcaban pesadamente el paso: Kachoudas oyó:
—Buenas tardes, señor
Labbé.
A él le lanzaron al rostro
la luz de una linterna, y no le dijeron nada.
Ni una vieja en las calles.
Había que preguntarse a dónde iba a buscarlas el asesino para matarlas. Debían
de encerrarse en sus casas, y no salir más que en pleno día, acompañadas cuando
fuera posible. Pasaron ante la iglesia de Saint-Jean, cuyo pórtico estaba
débilmente iluminado. Pero las viejas no debían de ir a la Bendición desde
hacía tres semanas.
Las calles se hacían cada
vez más estrechas. Se encontraban terrenos baldíos y empalizadas entre algunas
casas.
«Me atrae fuera de la villa
para matarme».
Kachoudas no era valiente.
Tenía cada vez más miedo. Estaba dispuesto a pedir socorro al menor movimiento
del sombrerero. Si continuaba, no lo hacía del todo voluntariamente.
Una calle tranquila con
casas nuevas; como siempre, los pasos; luego, bruscamente, nada. Nada, puesto
que Kachoudas se había detenido al mismo tiempo que el hombre a quien seguía y
a quien ya no veía.
¿Dónde se había metido el
sombrerero? Las aceras estaban oscuras. No había más que tres faroles en la
calle, alejados uno de otro. Había también algunas ventanas iluminadas, y, de
una de las casas, salían los acordes de un piano.
Siempre la misma frase,
probablemente un estudio —Kachoudas no entendía de música—, que el alumno
repetía sin cesar, con la falta al final.
¿Había dejado de llover? En
todo caso, no se daba cuenta de que llovía. No se atrevía a avanzar ni a
retroceder. Estaba alerta al menor ruido. Temía que el maldito piano le
impidiese oír los pasos.
La frase musical, cinco,
diez veces más; luego, de repente, el golpe seco de la tapa del piano. Estaba
claro. La lección había terminado. Hacían ruido; en la casa había gritos;
probablemente una niña, libre por fin, volvía junto a sus hermanos y hermanas.
Alguien se preparaba para
salir, y decía, a la madre, sin duda:
—Progresa… Pero la mano
izquierda… Es absolutamente necesario que ejercite la mano izquierda…
Y ese alguien —se abrió la
puerta, dibujó un rectángulo de luz amarilla—, ese alguien era una vieja
solterona.
—… Tranquilícese, señora
Bardon… Para cien metros que tengo que andar…
Kachoudas no se atrevía a
respirar. No se le ocurrió gritar:
—¡Quédese donde está…!
¡Sobre todo, no se mueva…!
Sin embargo, ya lo sabía.
Ahora comprendía cómo M. Labbé mataba a sus víctimas. La puerta volvía a
cerrarse. La solterona, que debía de estar un poco emocionada, bajaba los tres
peldaños del umbral, y, pegada a las paredes, marchaba con pasitos cortos.
Después de todo era su
calle, ¿no es así? Estaba casi en su casa. Había nacido allí. Había jugado en
todos los portales, en las aceras; conocería la más, pequeña de sus piedras.
Su paso rápido, ligero…
Luego, nada más.
Fue poco más o menos todo
lo que se oyó. Ausencia de pasos. Silencio. Algo impreciso, como un roce de
ropas. ¿Hubiera sido Kachoudas capaz de moverse? ¿Hubiera servido para algo? Y,
de haber gritado, ¿hubiera tenido alguien el heroísmo de salir de su casa?
Se apretaba contra el muro,
y la camisa se le pegaba al cuerpo, no a causa de la lluvia, que había calado
el impermeable, sino del sudor.
¡Uf!… Era él quien había
lanzado un suspiro. ¿También acaso la vieja solterona —el último, entonces—, o
el asesino?
De nuevo se oyeron pasos,
pasos de hombre en sentido inverso. Pasos que venían hacia Kachoudas.
¡Kachoudas, que estaba tan seguro de correr más rápidamente que el sombrerero,
ni siquiera conseguía despegar las suelas de la acera!
El otro iba a verle. Pero,
¿no sabía ya que estaba allí? ¿No le había oído seguirle desde el Café de la
Paix?
La cosa carecía de
importancia. De todos modos, el sastrecillo estaba a su merced. Tenía aquella
impresión, y no intentaba discutirla. El sombrerero cobraba de repente a sus
ojos proporciones sobrehumanas, y Kachoudas estaba dispuesto a jurarle de
rodillas, si había falta, que callaría toda la vida. ¡A pesar de los veinte mil
francos!
No se movía, y M. Labbé se
aproximaba. Iban a enfrentarse. ¿Tendría Kachoudas en el último minuto fuerzas
para echar a correr?
Y, si lo hacía, ¿no sería a
él a quien acusarían de la muerte? El sombrerero no tendría más que pedir
socorro. Se seguiría la pista del fugitivo. Lo cogerían.
«—¿Por qué no escapa usted?
»—Porque…
»Confiese que ha asesinado
a la vieja solterona…».
No eran más que dos en la
calle, y en realidad nada indicaba que fuese uno el culpable, y no el otro. M.
Labbé era más inteligente que el sastrecillo. Era un hombre importante, nacido
en la villa, que tuteaba a la gente bien situada y que tenía un primo diputado.
—Buenas noches, Kachoudas…
Por inverosímil que
parezca, eso fue lo que pasó. M. Labbé debió apenas de distinguir su silueta
agazapada en la sombra. Para decir toda la verdad, Kachoudas se había subido al
escalón de un portal, y mantenía agarrado el cordón de la campanilla, dispuesto
a tirar con todas sus fuerzas.
Pero he aquí que el asesino
le saludaba tranquilamente al pasar, con voz un poco sorda, pero no
especialmente amenazadora.
—¡Buenas noches,
Kachoudas!…
Intentó hablar a su vez.
Había que ser cortés. Sentía la necesidad imperiosa de ser cortés con un hombre
como aquél, y de devolverle el saludo. Abrió en vano la boca. Ningún sonido
salía de ella. Los pasos se alejaban ya.
—¡Buenas noches, señor
sombrerero…!
Se oyó a sí mismo decirlo,
pero lo dijo demasiado tarde, cuando el sombrerero estaba ya lejos. No había
pronunciado su nombre por delicadeza, por no comprometer a M. Labbé.
¡Perfectamente!
Permaneció en el portal. No
tenía ningunas ganas de ir a ver a la solterona que todavía media hora antes
daba una lección de piano, y que había pasado definitivamente al otro mundo.
M. Labbé estaba lejos.
Ahora, de golpe, el pánico.
No podía permanecer allí. Tenía miedo. Experimentaba la necesidad de alejarse
con toda la velocidad de sus piernas, pero temía, al mismo tiempo, tropezar con
el sombrerero.
Se arriesgaba a ser
arrestado de un momento a otro. Poco tiempo antes una patrulla le había lanzado
la luz de una linterna a la cara. Le habían visto y reconocido. ¿Cómo explicar
su presencia en aquel barrio donde nada tenía que hacer y donde acababan de
asesinar a alguien?
Valía más ir a decírselo
todo a la policía. Caminaba. Caminaba de prisa, moviendo los labios.
«No soy más que un pobre
sastrecillo, señor comisario, pero le juro encima de la cabeza de mis hijos…».
Se sobresaltaba al menor
ruido. ¿Por qué no lo esperaba el sombrerero en un rincón sombrío, como lo
había hecho para la solterona?
Daba rodeos, se perdía en
un dédalo de callejuelas donde jamás había puesto los pies.
«No ha podido adivinar que
yo tomaría este camino… Después de todo, no es tan imbécil como para pensarlo.
»Quiero decirle la verdad,
pero será menester que dé uno o dos de sus hombres para protegerme hasta que él
esté preso…».
En caso de necesidad,
esperaría en la comisaría. Los puestos de policía no son confortables, pero,
después de todo, ya había visto otros a lo largo de su vida de emigrante. No
oiría los gritos de sus hijos; eso, al menos, saldría ganando.
Realmente no estaba muy
lejos de su casa. Dos calles más allá de la de los Prémontrés. Veía ya el farol
rojo con la palabra «Policía» escrita. Allí debía de haber, como siempre, uno o
dos agentes a la puerta. No arriesgaba nada. Estaba salvado.
—Haría usted mal, monsieur
Kachoudas…
Se paró en seco: era una
voz verdadera la que había dicho aquello, la voz de un hombre en carne y hueso,
la voz del sombrerero. El sombrerero estaba allí, contra la pared, su rostro
plácido apenas visible en la oscuridad.
¿Acaso sabe uno lo que se
hace en tales momentos? Balbució:
—Le pido perdón…
Como si hubiera empujado a
alguien en la calle. Como si hubiera pisado el pie de una dama.
Luego, como el otro no le
dijese nada, como le dejase en paz, dio media vuelta. Tranquilamente. No era
necesario ofrecer aspecto de fuga. Por el contrario, había que caminar como un
hombre normal. No le seguiría inmediatamente. Le daría tiempo a tomar la
delantera. Por fin, los pasos, ni más ni menos rápidos que los suyos. En este
caso, el sombrerero no tendría tiempo de cogerlo.
Su calle. Su tienda, con
las telas oscuras en el escaparate y algunos figurines a la moda. Enfrente, la
otra tienda.
Abrió la puerta, la cerró,
buscó la llave, y le dio vuelta en la cerradura.
—¿Eres tú? —gritó su mujer
desde arriba.
¡Como si hubiera podido ser
otro a aquella hora y con aquel tiempo!
—¡Limpia bien los pies…!
Entonces, Kachoudas se
preguntó si estaba despierto. Era ella quien le había hablado así, a él, que
acababa de vivir lo que había vivido, mientras, en la acera de enfrente, la
pesada silueta del sombrerero se dibujaba ante la puerta de su almacén.
«—Limpia bien los pies».
Hubiera podido también
desvanecerse. ¿Qué palabras habría pronunciado ella en aquel caso?
CAPÍTULO III
DE LAS DECISIONES DE KACHOUDAS Y DE LA SOLICITUD DEL SOMBRERERO
Kachoudas estaba en tierra,
de rodillas, volviendo la espalda a la ventana, y, frente a él, a pocos
centímetros de su nariz, las gordas piernas y el enorme vientre de un hombre de
pie. El hombre en pie era el comisario Micou, a quien el nuevo drama de la
víspera por la noche no había hecho olvidar su traje.
El sastrecillo medía el
contorno de la cintura, el de las caderas, mojaba su lápiz en saliva, escribía
cifras en un cuadernito mugriento colocado cerca de él en el suelo y medía
después la altura del pantalón, la entrepierna. M. Labbé, durante aquel tiempo,
se mantenía detrás de las cortinas de tul de su ventana, precisamente enfrente
y a la misma altura. Les separaban apenas ocho metros.
A pesar de todo, Kachoudas
tenía una ligera sensación de frío en la nuca. El sombrerero no dispararía,
estaba persuadido de ello. Pero, ¿se puede estar alguna vez completamente
seguro? No dispararía, en primer lugar, porque no era de los que matan con
armas de fuego. Y los que matan tienen sus manías, lo mismo que los demás. No
cambian de método así como así y, además, si tirase, lo prenderían fatalmente.
Por último, y sobre todo,
el sombrerero tenía confianza en Kachoudas. Éste era el fondo de la cuestión.
¿Acaso el sastrecillo, en la posición en que se encontraba, no hubiera podido
murmurar a aquella especie de estatua un poco gorda cuyas medidas tomaba: «No
se mueva. Haga como si no se enterase. El asesino es el sombrerero de enfrente.
Nos espía detrás de su ventana…»?
Pero no dijo nada. Se portó
como un sastrecillo modesto e inocente. El entresuelo olía mal, pero a
Kachoudas no le incomodaba, porque estaba habituado al olor de la grasa que
desprenden los tejidos, y de tal modo impregnado de ese olor que lo llevaba a
todas partes consigo. En casa de M. Labbé, enfrente, debía de oler a fieltro y
a cola, lo que es aún más desagradable, puesto que es más desabrido. Cada
oficio tiene su olor.
Según eso, ¿a qué debía
oler un comisario de policía?
Esto era exactamente lo que
Kachoudas pensaba en aquel momento, de lo que se deduce que había recobrado
cierta tranquilidad de espíritu.
—Si puede usted volver a la
caída de la tarde, para probarle, espero entregárselo mañana por la mañana…
Y bajó detrás del
comisario; se le adelantó en la tienda para abrirle la puerta, cuyo timbre
resonó. No habían aludido siquiera al asesino, ni a la solterona de la víspera,
que se llamaba Mlle. Mollard (Irène Mollard), a la que el periódico consagraba
enteramente su primera página.
Sin embargo, había pasado
una noche agitada, tan agitada que su mujer le había despertado para decirle:
—Intenta tranquilizarte. No
paras de darme patadas.
No se había vuelto a
dormir. Había reflexionado durante horas, con la cabeza encerrada en un círculo
de hierro. A las seis de la mañana se había cansado de pensar en la cama, y se
había levantado. Después de haberse preparado una taza de café en el
infiernillo, había venido al taller y había encendido el fuego.
También había tenido que
encender la luz, porque el día no había llegado aún. Precisamente enfrente,
había también luz. Hacía varios años que el sombrerero se levantaba a las cinco
y media de la mañana. No se le veía, era una lástima, a causa de las cortinas;
pero se adivinaba lo que hacía.
Su mujer no quería ver a
nadie. Era raro que una amiga consiguiese franquear su puerta, y, en ese caso,
no permanecía mucho tiempo allí. Del mismo modo se negaba a dejarse cuidar por
la criada, que llegaba a las siete de la mañana y marchaba por la noche.
M. Labbé se veía obligado a
hacerlo todo, ordenar la habitación, limpiar el polvo, subir las comidas. Era
él mismo quien debía transportar a su mujer desde la cama al sillón, y quien,
veinte veces al día, se precipitaba a la escalera de caracol que comunicaba el
almacén con el primer piso. ¡La señal! Porque había una señal. Un bastón
colocado cerca del sillón, y la mano izquierda de la enferma conservaba aún la
fuerza suficiente para cogerlo y golpear el suelo.
El sastrecillo trabajaba,
sentado en su mesa. Trabajando pensaba mejor.
«Atención, Kachoudas —se
decía—. Veinte mil francos son muchos francos, y sería un crimen perderlos.
Pero la vida también tiene su importancia, aun cuando sea la de un sastrecillo
llegado de los confines de Armenia. El sombrerero, aunque esté loco, es más
inteligente que tú. Si lo detienen, es probable que lo pongan en libertad por
falta de pruebas. No es un hombre que se divierta dejando en su casa, por aquí
y por allá, recortitos de papel».
Tenía razón al pensar de
aquella manera, sin apresurarse, siempre tirando de la aguja, porque gracias a
eso tuvo una idea. Algunas de las cartas enviadas al Courrier de la Loire
llenaban una página entera de texto. El tiempo de hallar las palabras, a veces
las letras separadas, de recortarlas y de pegarlas, representaba horas de
paciencia.
Ahora bien, abajo, en la
tienda del sombrerero, permanecía toda la jornada el dependiente pelirrojo.
Detrás de la tienda existía un taller con las cabezas de madera que servían a
M. Labbé de hormas para los sombreros, pero había una ventanuca de cristal que
comunicaba tienda y taller.
En la cocina y en las otras
habitaciones reinaba la criada. No había, pues, más que un lugar en que el
asesino pudiera entregarse en paz a su paciente trabajo: la habitación de su
mujer, que era también la suya, y donde nadie tenía derecho a entrar.
Y Mme. Labbé era incapaz de
moverse, incapaz de hablar como no fuese por medio de ruidos. ¿Qué pensaría al
ver a su marido entreteniéndose en recortar pedacitos de papel?
«Además, mi pequeño
Kachoudas, si le denuncias ahora y acaban por descubrir una prueba, esta gente
(pensaba en los de la policía, incluido su nuevo cliente, el comisario),
pretenderán ser ellos los que lo han hecho todo, y te soplarán la mayor parte
de los veinte mil francos…».
El miedo de perder los
veinte mil francos, y el miedo a monsieur Labbé, serían, de aquí en adelante,
sus sentimientos esenciales.
Ahora bien, a partir de las
nueve, casi tuvo miedo al sombrerero. De golpe, en medio de la noche, había
cesado de oír el ruido del agua en las goteras, el tamborileo de la lluvia en
los tejados, el silbido del viento en las ventanas. Como milagrosamente,
después de quince días, la lluvia y el vendaval acababan de cesar. Todo lo más,
caía aún, hacia las seis, una fina lluvia, que era silenciosa y casi invisible.
Ahora, las losas cuadradas
de las aceras recobraban su color gris y la gente circulaba por las calles sin
paraguas. Era sábado, día de mercado. El mercado se celebraba en una placita
antigua al final de la calle.
Kachoudas bajó a las nueve,
desatrancó la puerta, salió a la acera y se puso a retirar los pesados paneles
de madera pintados de verde oscuro que servían de contraventanas.
Se hallaba ocupado con el
tercer panel —había que meterlos uno tras otro en la tienda— cuando oyó el
ruido de las contraventanas, del mismo tipo que las de enfrente, en el
escaparate del sombrerero, que retiraban también. Evitó volverse. No tenía
demasiado miedo, porque el salchichero, en su portal, charlaba con el zoquero.
Unos pasos atravesaron la
calle. Una voz dijo:
—¡Buenos días, Kachoudas!
Y él, con el panel en la
mano, consiguió articular con voz casi natural:
—Buenos días, señor Labbé.
—Dígame, Kachoudas…
—¿Qué, señor Labbé?
—¿Ha habido locos en su
familia?
Lo más gracioso fue que su
primera reacción consistió en hacer memoria, en pensar en los hermanos y
hermanas de su padre y de su madre.
—No lo creo… Entonces M.
Labbé, antes de dar media vuelta, con expresión satisfecha en el rostro, dijo:
—No importa… No importa…
Simplemente, habían tomado
contacto. Poco importaba lo que se hubiesen dicho. Habían cambiado algunas
palabras como buenos vecinos.
Kachoudas no había
temblado. ¿Acaso el salchichero, por ejemplo, que era mucho más alto y más
fuerte que él —cargaba a la espalda un cerdo entero— no habría palidecido si le
hubieran declarado?:
—Aquel hombre que le mira
con sus grandes ojos, graves y soñadores, es el asesino de las siete viejas.
Kachoudas, por su parte, no
pensaba más que en los veinte mil francos. También en su pellejo, desde luego,
pero ante todo en los veinte mil francos.
Los críos marchaban a la
escuela. La mayor había salido para los almacenes Prisunics, donde trabajaba de
dependienta. Su mujer salía para el mercado.
Subió a su cuchitril, en el
entresuelo, y saltó a la mesa, donde se instaló, y empezó a trabajar.
No era más que un
sastrecillo armenio, turco o sirio, no sabía nada de sí mismo: tantas veces,
allá, se les había hecho atravesar, por centenas, por millares de desgraciados,
como se trasvasan líquidos. En cierto modo, no había ido a la escuela, y nadie
le había considerado nunca como un hombre inteligente.
Enfrente, M. Labbé se
ocupaba en poner sombreros en la horma. Si no vendía muchos, los amigos del
Café de la Paix le entregaban los suyos para retocarlos. Se le veía, de vez en
cuando, aparecer en el almacén, en chaleco o en mangas de camisa. También de
vez en cuando corría al entresuelo por la escalera de caracol, llamado por un
bastonazo en el techo.
Cuando la señora Kachoudas
volvió del mercado y, según su costumbre, empezó a hablar sola en la cocina, el
sastrecillo tenía ya un comienzo de sonrisa.
¿Qué habían dicho los
periódicos la víspera, entre otras cosas más o menos oportunas? Porque el
periódico llevaba su investigación paralelamente a la de la policía. Había
también reporteros de París que trabajaban, por su parte, en el descubrimiento
del asesino.
«Si se considera los
crímenes uno a uno se comprueba…».
Primeramente, que se habían
cometido no en un determinado barrio de la villa, sino en los lugares más
opuestos. «Por lo tanto —concluía el periódico—, el asesino puede desplazarse
sin llamar la atención. Es pues, un hombre de aspecto vulgar o tranquilizador,
puesto que, a pesar de la oscuridad en la que opera, es forzoso que a veces
pase bajo los faroles de gas, o ante los escaparates».
Es un hombre que no
necesita dinero, puesto que no roba.
Es un hombre cuidadoso,
puesto que no deja nada a la casualidad. Es, sin duda, músico, porque para
estrangular a sus víctimas, a las que sorprende por la espalda, se vale de una
cuerda de violín o violoncello. «Si ahora se considera la lista de las mujeres
asesinadas…».
Y esto resultaba más
interesante a los ojos de Kachoudas.
«… Se advierte entre ellas
como un aire de familia. Es bastante difícil de precisar. Cierto que su estado
civil es muy diferente. La primera era viuda de un oficial retirado, madre de
dos hijos, ambos casados en París. La segunda poseía un pequeño almacén de
mercería, y su marido está todavía empleado en el Ayuntamiento. La tercera…».
Una comadrona, una librera,
una rentista bastante rica que habitaba sola un hotel particular, una medio
loca, también rica, que no se vestía más que de color malva y, por fin, Mlle.
Mollard, Irène Mollard, la profesora de piano.
«La mayor de estas mujeres
—subrayaba el periodista—, tenía de sesenta y tres a sesenta y cinco años, y
todas, sin excepción, era originarias de nuestra villa».
El nombre propio de Irène
sorprendió al sastrecillo. Habitualmente no se espera que una vieja, sea casada
o soltera, se llame Irène, menos aún Chuchú o Lilí… Puesto que se olvida que
antes de ser vieja ha sido joven y antes niña.
¡Velay! ¡Aquello no tenía
nada de extraordinario! Y sin embargo, durante horas, Kachoudas, que trabajaba
en el traje del comisario, daba vueltas alrededor de aquel embrión de ideas.
Por ejemplo, ¿qué pasaba en
el Café de la Paix? Allí, cada tarde, se reunían más o menos diez personas.
Pertenecían a diversas clases sociales. La mayor parte vivía holgadamente,
porque es natural vivir holgadamente pasados los sesenta.
Luego, casi todos se
tuteaban. No sólo se tuteaban, sino que tenían un vocabulario propio, medias
palabras sin sentido más que para ellos, bromas que no hacían reír más que a
los iniciados.
¡Porque habían ido juntos a
la escuela, al liceo o al servicio militar! Precisamente por esto, Kachoudas
era y sería siempre para ellos un extraño, al que no se invita a jugar a las
cartas más que si, por casualidad, falta un cuarto en la mesa. En resumen,
durante meses, Kachoudas esperaba pacientemente la ocasión de hacer el cuarto.
—¿Comprende usted, señor
comisario? Apostaría a que las siete víctimas del asesino se conocían, como se
conocen estos señores del Café de la Paix. Sólo que las viejas no van al café,
lo que hace que se pierdan de vista más fácilmente. Habría que saber si se
veían aún. Eran más o menos de la misma edad, señor comisario. Y, fíjese bien,
hay un detalle que se me ocurre, dado también por el periódico. Se han empleado
las mismas palabras para cada una de ellas. Se ha dicho de buena familia, y que
habían recibido una excelente educación…
No hablaba al comisario
Micou ni a ningún policía, ya se entiende, sino que hablaba solo; como su
mujer, como siempre que estaba contento de sí mismo.
—Supongo que al fin se sabe
cómo el asesino, quiero decir el sombrerero, escogía a sus víctimas…
Porque las escogía de
antemano, Kachoudas lo había comprendido perfectamente. No se paseaba de noche
por las calles a lo que saliese, para saltar sobre la primera vieja aparecida.
La prueba estaba en que fue directamente a la casa donde Mlle. Mollard (Irène)
daba su lección de piano.
Debía de haber sido lo
mismo para las precedentes. Desde el momento en que se sepa cómo establecía su
plan, cómo hacía sus listas…
¡Pero, sí! ¿Por qué no?
Obraba exactamente como si hubiera establecido una lista completa y definitiva.
Kachoudas lo imaginaba muy bien entrando en su casa por la noche, tachando un
nombre, leyendo el siguiente y preparando otro para el próximo crimen.
¿Cuántas viejas, casadas o
solteras, figuraban en su lista? ¿Cuántas mujeres entre sesenta y dos y sesenta
y cinco años, de buena familia, que hubieran recibido una excelente educación,
había en la villa?
En resumen, que se averigüe
quiénes son las otras, las que quedan, que se las vigile discretamente, y
fatalmente cogerán al sombrerero con las manos en la masa.
Esto era lo que el
sastrecillo había discurrido, él solo, en su mechinal, sentado en su mesa. No
porque fuese un hombre inteligente o sutil, sino porque estaba decidido a ganar
los veinte mil francos. Y también, un poco, porque tenía miedo.
Al mediodía, antes de
sentarse a la mesa, bajó un momento para tomar el aire en la acera y comprar
cigarrillos en el estanco de la esquina.
M. Labbé salía de su casa
con las manos metidas en los bolsillos del abrigo, y, a la vista del
sastrecillo, sacó una de ellas y le dirigió un saludo amistoso.
Perfectamente. Se
saludaban. Se sonreían.
El sombrerero llevaba
probablemente una carta en el bolsillo e iba a echarla a un buzón. Porque,
después de matar a cada vieja, escribía una carta, que enviaba al periódico.
Ésta, que Kachoudas pudo
leer aquella misma tarde en el Courrier de la Loire, decía:
«El señor comisario Micou
se equivoca al prepararse un guardarropa, como si debiera permanecer meses
entre nosotros. Dos más y asunto concluido.
»Desde aquí envío saludos a
mi amiguito de enfrente».
Kachoudas leyó el periódico
en el Café de la Paix. El comisario estaba allí, algo inquieto por su traje al
ver que el sastre no trabajaba en él. También estaba el sombrerero y, esta vez
jugaba la partida con el doctor, el agente de seguros y el tendero.
Halló, sin embargo, medio
de mirar a Kachoudas y sonreírle, con una sonrisa casi sin segundas
intenciones, quizá del todo sin segundas, como si verdaderamente se hubieran
hecho amigos.
Entonces el sastrecillo
comprendió que al sombrerero le gustaba tener por lo menos un testigo, alguien
que lo supiese, que lo hubiese visto con las manos en la masa.
En resumen, ¡alguien que lo
admirase!
También Kachoudas sonrió,
con una sonrisa un tanto forzada.
—Es menester que vaya a
trabajar en su traje, señor comisario. Podrá usted probárselo dentro de una
hora… ¡Justin!…
Dudó. ¿Sí o no? ¡Sí! ¡Un
vino blanco, de prisa! Un hombre que va a ganar veinte mil francos puede
pagarse perfectamente dos vasos de vino blanco.
CAPÍTULO IV
EN EL QUE UN SASTRECILLO NO CRISTIANO SALVA A LA MADRE SANTA ÚRSULA
Era impresionante. Primero,
la campana, que el sastrecillo había hecho sonar tirando de la cuerda y cuyas
ondas no dejaban de repercutir en el enorme edificio que parecía desierto.
Luego, aquella fachada de piedra gris, aquellas ventanas de postigos cerrados
por donde se filtraba una débil claridad. La puerta pesada y barnizada, con
clavos de cobre bruñido. Afortunadamente no llovía, y no tenía los pies
enlodados.
Pasos silenciosos. Una
mirilla que se abre, enrejada como en una prisión; un rostro grueso y pálido
que se adivina, un ligero ruido que no es ruido de cadenas, sino el roce de un
rosario.
Le observaban sin decir
nada, y él terminó por balbucir:
—Quiero hablar a la
superiora, hágame el favor…
En aquel momento tenía
miedo. Temblaba. La calle estaba desierta. Contaba con que M. Labbé estaría
jugando a las cartas; pero a lo mejor había cedido el sitio. Siendo así,
Kachoudas corría aquí el más grande de los riesgos.
Si el sombrerero le había
seguido, si se ocultaba en algún lugar de las sombras, esta vez, pese a su
sonrisa de hacía un momento, no dudaría en acabar con él como con una vieja.
—La madre Santa Úrsula está
en el refectorio.
—¿Quiere usted decirle que
es urgente, que es cuestión de vida o muerte?…
Ciertamente, su perfil no
era el perfil de un cristiano, y jamás en su vida lo había lamentado tanto.
Pataleaba, como un hombre aquejado de una necesidad urgente.
—¿A quién debo anunciar?
—¡Dios mío, que abra la
puerta de una vez!
—Mi nombre no le dirá nada.
Explíquele que es de la mayor importancia…
¡Para él! ¡Por los veinte
mil francos!
La monja se alejó con pasos
silenciosos, permaneció ausente durante un tiempo infinito y, por fin, se
decidió a volver y a descorrer tres o cuatro cerrojos bien engrasados…
—Si quiere usted seguirme
al locutorio…
El aire era tibio,
desagradable, como azucarado. Todo tenía color de marfil, con muebles negros, y
había un silencio tal que se podía oír el tic-tac de cuatro o cinco relojes,
alguno de los cuales debía de estar bastante lejos.
No se atrevió a sentarse.
No sabía cómo estar. Le hicieron esperar largo tiempo, y de repente se puso a
temblar al ver ante sí a una vieja religiosa, a quien no había oído venir.
«¿Qué edad tendrá?», se
preguntó, porque es difícil adivinar la edad de una monja con papalina.
—¿Ha pedido usted hablarme?
Primero, desde su casa,
había telefoneado a M. Cujas, el marido de la segunda vieja asesinada, el que
era empleado en el Ayuntamiento. M. Cujas estaba todavía en su despacho, en la
«Sección de objetos perdidos».
—¿Quién está al aparato?
—había vociferado con impaciencia.
Kachoudas había gastado un
buen rato en atreverse a declarar:
—Uno de los inspectores del
comisario Micou… Quería preguntarle, señor Cujas, si sabe usted dónde estudió
su mujer…
¡En el Convento de la
Inmaculada, caray! Era inevitable, puesto que se había hablado de excelente
educación.
—Excúseme, madre…
Se embrolló. Jamás en su
vida había estado más incómodo.
—Me gustaría tener la lista
de alumnas que han pasado por esta institución y que tengan hoy sesenta y tres
años… O sesenta y cuatro…
—Yo tengo sesenta y cinco…
Enseñó un rostro de cera
rosada, de ojos azul claro. Observando a Kachoudas, jugaba con las cuentas del
pequeño rosario que pendía de su cintura.
—Usted podría estar muerta,
madre…
Se encontraba mal. Se
ahogaba. Se ahogaba sobre todo porque comenzaba a tener la certeza de ganar los
veinte mil francos.
—La señorita Mollard hizo
aquí sus estudios, ¿verdad?
—Fue una de nuestras más
brillantes alumnas…
—¿Y Mme. Cujas…?
—Desjardins era su apellido
de soltera…
—Escúcheme, hermana… Si
estas señoras estaban en la misma clase…
—Estábamos todas en la
misma clase… Por eso, al llegar esta época del año… Pero él no tenía tiempo de
escucharla.
—Si pudiera tener la lista
de las señoritas que entonces…
—¿Es usted de la policía?
—No, señora… Quiero decir,
madre… Pero es como si… ¡Imagínese que estoy enterado!
—¿Enterado de qué?
—Es decir, que creo que voy
a enterarme… ¿Sale usted algunas veces, madre?
—Todos los lunes voy al
Obispado…
—¿A qué hora?
—A las cuatro…
—Si quisiera usted hacerme
la lista…
¿Quién sabe? ¿Le tomaría
quizá por el asesino? ¡Pero, no! Permanecía tranquila, incluso serena.
—No quedan muchas alumnas
de aquel año… Algunas han muerto, vaya por Dios… Unas, recientemente…
—Ya sé, madre…
—Aparte Armandine y yo…
—¿Quién es Armandine,
madre?
—Armandine d’Hautebois…
Debe de haber oído hablar de ella… Otras han abandonado la villa y hemos dejado
de saber de ellas… Pero, ¡ya verá!… Espéreme un momento…
Pudiera suceder que, a
pesar de todo, también a las monjas les gustase encontrar una distracción. La
madre no permaneció ausente más que unos momentos. Volvió con una fotografía
amarillenta; un grupo de muchachas en dos filas, con el mismo uniforme y la
misma cinta con una medalla al cuello.
Las había gordas y flacas,
feas y guapas; entre ellas, una, enorme, parecida a una muñeca parlante; la
madre Santa Úrsula dijo modestamente:
—Ésta soy yo…
Después, señalando con el
dedo a una muchachita enclenque:
—Y ésta Mme. Labbé, la
mujer del sombrerero… Aquella que bizquea un poco, es…
El sombrerero tenía razón.
De las que aún vivían, de las que habían continuado en la villa, no quedaban
más que dos, sin contar a su propia mujer: la madre Úrsula y Mme. d’Hautebois.
—Mme. Labbé está muy
enferma… Tendría que ir a verla el sábado, como siempre, porque el sábado
próximo es su cumpleaños, y todas nosotras, las amigas del pensionado, hemos
conservado la costumbre de…
—Gracias, madre…
¡Eureka!, ¡había ganado sus
veinte mil francos! En todo caso, iba a ganarlos. Todas las víctimas del
sombrerero figuraban en la fotografía. Y las que vivían aún, fuera de Mme.
Labbé, eran, evidentemente, aquellas cuyo fin próximo anunciaba el asesino.
—Le doy las gracias, madre…
Necesito marcharme en seguida… Me esperan…
Era verdad, además. El
comisario Micou no tardaría en ir a su casa para probarse el traje. El
sastrecillo quizá no se comportaba como hubiera debido hacerlo. No estaba
acostumbrado a los conventos. Si le tomaban por un loco o por un mal educado,
tanto peor.
Daba las gracias, hacía
reverencias. Llegaba a la puerta caminando hacia atrás. En el momento de
franquear el portal, había cogido miedo ante la idea de que el sombrerero le
aguardase en la sombra. Y ahora, saliendo de donde salía, su miedo era
explicable.
—Puedo decirle, comisario,
quién será la próxima víctima… En cualquier caso será una de las dos mujeres
que voy a citarle… Antes desearía que me diese garantías acerca de los veinte
mil francos…
Esto es lo que iba a
declarar. Resueltamente, como hombre que no está dispuesto a permitir que se
juegue con él. ¿Era él, sí o no, quien lo había descubierto todo?
Y no sólo por casualidad,
ya se cuidaría de subrayarlo ante los periodistas. ¡El trozo de papel en la
costura del pantalón, ciertamente! Pero, ¿y lo demás? ¿Y el convento? ¿Quién
había pensado en el convento? Kachoudas, y nadie más que Kachoudas. De tal modo
que la madre Santa Úrsula le debería la vida. Y también Mme. d’Hautebois, que
vivía en un castillo de los alrededores y que era muy rica…
Caminaba de prisa. Corría.
De vez en cuando se volvía para mirar detrás de sí. Veía ya su casa, su tienda.
Entró como una ráfaga de viento. Tenía ganas de gritar: «¡He ganado veinte mil
francos!».
Subió al entresuelo.
Encendió la luz. Se precipitó a la ventana para cerrar las cortinas.
Entonces, lo que vio le
dejó paralizado, las rodillas temblando. Las cortinas de enfrente estaban
totalmente abiertas, cosa que no había sucedido nunca. La habitación estaba
encendida. Se veía una enorme cama de nogal, una colcha blanca y un edredón
rojo. Se veía también un armario de luna, un tocador, dos sillones tapizados y
ampliaciones fotográficas en la pared.
Encima del edredón había
una cabeza de madera.
Y, de pie en medio de la
habitación, dos hombres que hablaban apaciblemente: el comisario Micou y
Alfred, el joven y pelirrojo dependiente de la sombrerería.
Debía de oler a cerrado,
porque no sólo habían abierto las cortinas, sino también las ventanas.
—Señor comisario —llamó
Kachoudas a través de la calle, abriendo la suya.
—Un instante, amigo mío…
—Venga… Lo sé todo…
—Yo también.
No era cierto. No era
posible. O más bien, sí. Mirando con atención una de las fotografías, un poco a
la derecha de la cama, Kachoudas reconoció el grupo de muchachas del convento.
Se inclinó por la ventana,
comprobó que había un agente ante la puerta.
Bajó la escalera y atravesó
la calle.
—¿Adónde vas? —le gritó su
mujer.
¡A defender sus veinte mil
francos!
—¿Qué desea?
—El comisario me espera…
Entró en la tienda del
sombrerero y trepó por la escalera de caracol. Oía voces. La del comisario
decía:
—En resumen, ¿desde cuándo
tuvo usted la impresión de que Mme. Labbé estaba muerta? Una afilada voz de
mujer respondió:
—Hace tiempo que dudaba… Lo
dudaba sin dudarlo… Sobre todo, a causa del pescado…
Era la asistenta, que
Kachoudas no había visto de frente porque la ocultaba la pared.
—¿De qué pescado?
—De todos: del arenque, de
la pescadilla, del bacalao…
—Explíquese…
—Mme. Labbé no podía comer
pescado…
—¿Por qué?
—Porque le hacía daño…
Porque hay gente así… A mí, son las fresas y los tomates lo que me da
urticaria… Los como porque me gustan, sobre todo las fresas, pero luego me
rasco toda la noche…
—¿Entonces?
—¿Me promete que tendré mis
veinte mil francos?
Kachoudas, de pie en el
descansillo, quedó desilusionado.
—Dado que fue usted quien
nos lo dijo la primera…
—Fíjese que dudaba, puesto
que una siempre tiene miedo de engañarse… Sin contar con que también yo soy una
vieja… ¿Me comprende?… Me hacía falta valor, véalo para continuar viniendo
aquí… Aunque yo me decía que a mí, que trabajaba en su casa desde hacía quince
años, no se atrevería a hacerme daño…
—¿Decía que el pescado…?
—¡Ah, sí, lo olvidaba…!
¡Pues bien! Una vez que había preparado pescado para él, que quería guisar
carne para Madame, M. Labbé me dijo que no valía la pena, que ella comería lo
mismo… Era él quien le subía las comidas…
—Ya lo sé… ¿Era avaro?
—No, pero escatimaba el
dinero…
—¿Qué quería usted,
Kachoudas?
—Nada, señor comisario… Lo
sabía todo…
—¿Qué Mme. Labbé había
muerto?
—No, pero que la madre
Santa Úrsula y que Mme, d’Hautebois…
—¿Qué es lo que me cuenta?
—Que iba a matarlas…
—¿Por qué?
¿Para qué explicar? ¿Para
qué enseñarle la foto de las muchachas alineadas, con su medalla sobre el
pecho, ahora que ya no podía esperar los veinte mil francos?
¿Y si los repartiesen?
Vaciló, y miró a la vieja sirvienta, pero comprendió que era tacaña y que no lo
permitiría.
—Luego, estaba también lo
del cordel…
—¿Qué cordel?
—El que descubrí el otro
día al limpiar su taller. Jamás quería que limpiase esa pieza. Lo hice en su
ausencia, porque estaba mugrienta. Y, detrás de los sombreros, descubrí un
cordel que descendía del techo. Tiré de él, y oí el mismo ruido que cuando
Madame golpeaba en el suelo desde arriba con su bastón… Entonces, le escribí a
usted…
—¿Y mi traje, Kachoudas?
—Estará en seguida, señor
comisario… Pero, ¿qué hizo usted del sombrerero?
—He dejado dos hombres en
la puerta del Café de la Paix para el caso de que interrumpa su partida… Hemos
recibido esta mañana la carta de esta valiente mujer… Queda ahora por descubrir
el cuerpo de Mme. Labbé, que probablemente estará enterrado en el jardín, o en
la bodega…
* * *
Se descubrió una hora más
tarde, no en el jardín, sino en la bodega, enterrado bajo una losa de hormigón.
Ahora había bastante gente en la casa del sombrerero: el comisario del barrio,
el juez, el sustituto, dos médicos —entre ellos el contertulio del Café de la
Paix—, sin contar las personas que no tenían nada que hacer y que se habían
colado sabe Dios cómo.
Iban y venían a través de
la casa, lo tocaban todo, los cajones estaban abiertos y vacíos de su
contenido, los colchones y los almohadones, destripados. En la calle, a las
siete, se contaban más de mil personas, y, a las ocho, la gendarmería se vio
obligada a contener una muchedumbre furiosa que pedía la muerte de M. Labbé.
Éste estaba también allí, tranquilo y digno, el aire un poco ausente, con
esposas en las muñecas.
—Usted empezó por matar a
su mujer…
M. Labbé se encogió de
hombros.
—Usted la estranguló como a
las otras…
Entonces Labbé puntualizó:
—No como a las otras… Con
las manos… Sufría demasiado…
—O, más exactamente, estaba
usted cansado de cuidarla…
—Si lo prefiere así… Es
usted demasiado torpe…
—A continuación, se puso
usted a matar a las amigas de su mujer… ¿Por qué? Encogimiento de hombros.
Silencio.
—Porque tenían la costumbre
de venir a verla de vez en cuando, y porque uno no podía decirles siempre que
ella no quería recibir a nadie… Su mirada se cruzó con la de Kachoudas, y el
sombrerero pareció que iba a tomar al sastrecillo como testigo. Pero Kachoudas
enrojeció. Se avergonzaba de aquella especie de intimidad que se había
establecido entre ellos.
—El cumpleaños… —hubiera
podido soplar Kachoudas al comisario.
El cumpleaños de Mme.
Labbé, que era el sábado siguiente. Entonces, cada año, en la misma fecha,
todas sus amigas, comprendida la madre Santa Úrsula venían a visitarla en
grupo.
¿No era pues necesario que
todas estuviesen liquidadas antes de ese día?
—¿Está loco? —preguntó el
comisario, con crudeza, ante M. Labbé, dirigiéndose a los médicos—. Diga pues,
Labbé, está usted loco, ¿no es así?
—Es muy probable, señor
comisario —respondió el otro con voz dulce. E hizo un guiño a Kachoudas. No
había ninguna duda: un guiño de complicidad.
—¡Los muy imbéciles!…
—parecía decir—. Nosotros dos, se comprende…
Pero el sastrecillo, que
acababa de perder veinte mil francos —porque a fin de cuentas acababa de perder
lindamente veinte mil francos que casi se le debían— no pudo hacer más que
sonreír, con una sonrisa un poco fingida pero amistosa, o, por lo menos,
benévola, porque, a pesar de todo, había cosas que acababan de vivir juntos.
Los otros, los del Café de
la Paix, habían ido, sin duda, a la escuela con el sombrerero; alguno de ellos
quizá había compartido su dormitorio en el cuartel.
Pero lo que había
compartido Kachoudas era, por así decirlo, un crimen.
¡Y ya se sabe que esto crea
una muy distinta intimidad!

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