Libro N° 8866. Cómo Hacer Frente Al Finanzcapitalismo. Gallino, Luciano.
© Libro N° 8866. Cómo Hacer Frente Al Finanzcapitalismo. Gallino, Luciano. Emancipación. Julio 24 de 2021.
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Cómo Hacer Frente Al Finanzcapitalismo. Luciano
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Hacer Frente Al Finanzcapitalismo. Luciano Gallino
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CÓMO HACER FRENTE AL FINANZCAPITALISMO
Luciano Gallino
Cómo Hacer Frente Al Finanzcapitalismo
Luciano Gallino
Sociología de la crisis
Cómo Hacer Frente Al Finanzcapitalismo
Luciano Gallino
Luciano Gallino es sociólogo, investigador y docente. Ha
desarrollado su trabajo en universidades italianas (Turín) y estadounidenses
(Stanford) y junto a sus actividades de investigación y enseñanza ha
desempeñado importantes cargos institucionales, entre otros presidente del
Consiglio Italiano delle Scienze Sociali, presidente de la Associazione
Italiana di Sociologia , socio de la Accademia delle Scienze de Turín , de la
Accademia Europea y de la Accademia Nazionale dei Lincei. Desde 1968 dirige la
revista científica Intervento, en la que ha publicado el presente texto,
leído en la sede sindical de la FIOM (Federazione Impiegati Operai Metallurgici
) el 4 de noviembre 2011, con ocasión de la presentación de su ultimo
libro Finanzcapitalismo. La civiltà del denaro in crisi.
A la luz de estas consideraciones opuestas voy a tratar cuatro o cinco
puntos sacados de mi último libro, Finanzcapitalismo 2 . En primer lugar, la crisis tiene
uno de sus puntos de origen en la creación excesiva de dinero por
parte de los bancos privados. Lo hicieron también los bancos centrales y
nacionales, pero fueron sobre todo los bancos privados los que crearon una
enorme cantidad de dinero de la nada. La crisis –segundo punto– ha surgido del
llamado “sistema financiero en la sombra,” es decir del capital financiero que
circula al margen incluso de una modesta intervención de los reguladores, es
decir, de la autoridad de control. Tercer punto clave: en la preparación y
explosión de la crisis, no gestionándola y dejando que empeorase hasta hoy, han
desempeñado un papel clave la política, la legislación y las normas promulgadas
para liberalizar tanto los movimientos de capital como la creación de
dinero en nuevas formas . En este marco, en el que se ha visto cómo la
política abría las puertas de par en par a las finanzas, han tenido un papel
central Europa, sus políticos y sus bancos. El punto final lo resumiría de esta
manera: sería indispensable llevar a cabo una reforma radical del sistema
financiero, de la que muchos hablan hoy en día, pero para ello en realidad
falta la voluntad política y la capacidad de los políticos para entender los
grandes problema que enfrentamos, para los cuales las reformas que se discuten
también en la Unión Europea son completamente inadecuadas. De ahora en
adelante, sin una reforma radical del sistema financiero, que debería ser el
foco principal de la Unión Europea teniendo en cuenta que sus problemas vienen
de ahí, las cosas van a empeorar en el frente laboral, de la economía, el
desarrollo y el estado de bienestar.
Partamos del primer punto: la increíble creación de dinero que ha tenido
lugar principalmente en la década de 2000, aunque su inicio sea muy anterior.
Los bancos privados crean dinero de la nada cada vez que conceden préstamos.
Muchos piensan y parecen dar por sentado –entre ellos, a veces, incluso
comentaristas de economía que deberían saber algo más– que los bancos captan
depósitos (pequeños, medianos y grandes) y sobre la base de éstos prestan a las
empresas, las familias y los trabajadores. En realidad, no es así: una
grandísima parte del dinero la crean de la nada los bancos a través
del crédito. Antes se hablaba de “dinero escritural”, porque estaba escrito en
un libro de cuentas, en doble entrada, la suma pagada a tal o cual persona;
hoy, el dinero se crea con unos pocos toques del teclado. Una cierta cantidad
de dinero sigue siendo creada por los bancos centrales en forma de préstamos y
dinero en efectivo –monedas o billetes de banco, únicos objetos para los que
aún se aplica el término “imprimir dinero”–, aunque esta parte representa menos
del tres por ciento del dinero en circulación hoy en día. Se trata de un cambio
de gran importancia. Baste decir que incluso en los años cincuenta y sesenta,
las monedas y los billetes representaban el cuarenta por ciento o más,
dependiendo del país, del dinero circulante, mientras que ahora en todos los
países desarrollados estamos en torno al tres por ciento o menos. Tal vez un
diez por ciento del dinero en circulación sea creado por los bancos centrales,
incluido el Banco Central Europeo. En este sentido tenemos que recordar que hay
diferentes tipos de dinero: hay dinero cash , dinero en
efectivo, depósitos en efectivo, todo lo cual es más o menos lo mismo; a
continuación, hay los préstamos o el ahorro vinculado a tres meses, el ahorro
vinculado a dos años, las obligaciones y una serie de otros títulos inventados
por las finanzas.
¿Cómo han conseguido los bancos desde principios de los noventa y luego
con una fuerte aceleración en la presente década, crear dinero sin límite? Han
utilizado un instrumento letal llamado titulización (en
francés titrisation , en inglés securitisation ),
que consiste en la transformación de activos que figuran en el balance de un
banco en valores que se pueden comercializar, revender, comprar, etc. El dinero
se crea mediante la concesión de un préstamo: alguien, por ejemplo, pide un
préstamo; el préstamo se convierte en activo (registrado en el lado izquierdo
del balance relativo a los activos) y se transforma en una deuda para con el
banco por parte del que recibe el préstamo. Los bancos inventaron hace ya
siglos esta particular forma de creación de dinero, pero de los años 90 en
adelante han hecho un uso excesivo. ¿Qué pasó? Cuando se
concede un préstamo éste forma parte de los activos de un banco (y éste recibe
los intereses), pero el capital se inmoviliza. Además, el banco está sujeto a
limitaciones, fruto de las regulaciones de los bancos centrales y de normas
adoptadas con arreglo a los Acuerdos de Basilea I y II, operativos desde hace
ya tiempo, y el nuevo Acuerdo de Basilea III, que aún no ha entrado plenamente
en vigor. En base a estas limitaciones, los bancos deben mantener unas reservas
de capital equivalentes a un determinado porcentaje en relación con lo que
prestan. Las normas de Basilea II establecen que un banco debe mantener en
reserva y depósito en el banco central, el BCE en el caso de la eurozona, el
ocho por ciento de lo que presta, es decir que por cada 100 dólares que presta
depositará ocho en reserva. Si los préstamos aumentan, los fondos de reserva
depositados crecen también, y en algún momento el banco ya no es capaz de hacer
más préstamos. El hecho es que la concesión de préstamos rinde mucho, en forma
de intereses, comisiones, gastos administrativos, de consultoría, ganancias de
capital y otros.
Y aquí es dónde se produce el golpe de genio, el desarrollo de un
invento de hace varios años, que consiste en transformar el préstamo en
títulos comercializables , en valores que pueden salir al mercado. Así
que, lo que sucedió cada vez con mayor asiduidad a principios de 2000 fue que
el préstamo era concedido y, a continuación, el título de deuda, a menudo una
hipoteca, se vendía casi inmediatamente a una empresa especializada, en muchos
casos establecida por el mismo banco. La sigla más conocida para designar a
dichas empresas es SIV (Structured Investment Vehicle), es decir,
vehículo de inversión estructurada. A su vez, el SIV rápidamente transformaba
los paquetes de valores negociables en un “supertítulo” comercializable que
colocaba en el mercado de capitales. Cediendo el crédito a un “vehículo”, tal
vez creado por el mismo banco y con frecuencia ubicado en las Islas Caimán u
otro paraíso fiscal, el banco obtenía, en primer lugar, la recuperación del
capital inmovilizado pendiente de vencimiento, pero sobre todo conseguía que el
préstamo desapareciese del balance, ya que había sido vendido legalmente
(aunque la efectividad de la venta fuera dudosa) al vehículo creado por el
mismo banco, es decir, a la sociedad especializada. Este espacio creado por el préstamo,
que se convertía en un título al margen del balance, permitía al banco crear
dinero nuevo mediante el otorgamiento de otros préstamos. Esta operación se
puede hacer para un primer préstamo, para un segundo, tercero, décimo y así
sucesivamente. Exactamente de esta manera se han creado miles de millones de
dólares y euros a principios de 2000, pero con el estallido de la crisis en
agosto de 2007 el proceso de titulización se ralentiza.
Este tipo de proceso está también en la raíz de la cuestión de los créditos
fáciles . De hecho, en pleno furor de crear cada vez más dinero nuevo,
es decir, de conceder nuevos préstamos para después eliminarlos del balance,
los bancos y muchas de las instituciones involucradas en el proceso –en el que
participan no sólo bancos sino también compañías de seguros, organismos
especializados en el otorgamiento de préstamos, empresas de reaseguro de los
mismos, fondos especulativos, etc.– cada vez prestaron menos atención a la
calidad del acreedor, prefiriendo no sólo ignorar lo que ganaba el tomador del
préstamos o a cuánto ascendía su patrimonio, incluso evitando cuidadosamente
que el acreedor se hiciese la pregunta de si podía permitirse el lujo el
préstamo. En la práctica, se vendieron casi por la fuerza millones de
préstamos, en su mayoría hipotecas, aunque también préstamos estudiantiles,
préstamos para la compra de automóviles o el alquiler de un almacén, todos
ellos hipotecarios, y el préstamo, o más bien, la hipoteca sobre el mismo o
vinculada a éste, se transformaba en un título tenía un rendimiento inmediato,
en primer lugar porque se vendía, después porque seguía rindiendo al permitir
conceder muchos créditos más.
De esta manera, los bancos –que en Estados Unidos, recuerdo, tenían que
tener en reserva en la Reserva Federal diez dólares por cada cien prestados–
operaban con un apalancamiento aparente de en torno a uno a diez que en
realidad superaba el uno a treinta .
Desde hace siglos, esta relación de uno a diez es más o menos la tasa
con que operaban los bancos, en el sentido de que desde la época de los bancos
de los orfebres –que tenían un caveau o bóveda de roca o
hierro en el que depositaban el oro de sus clientes– con la difusión de títulos
de deuda y otros valores escriturados, la actividad bancaria siempre se ha
basado en la suposición de que es casi imposible que todos los clientes se
presenten al mismo tiempo en las ventanillas del banco a retirar sus depósitos.
Así, los bancos comenzaron a prestar y siguen prestando un dinero que no
tienen. Y la hipótesis ha sido siempre que un apalancamiento de en torno a uno
a diez, o menos, es un apalancamiento razonable. Moviendo los préstamos, las
hipotecas, los títulos a otro lugar y haciéndolos desaparecer del balance, el
apalancamiento se ha convertido en uno a quince, uno a veinte, uno a treinta y
dos, que se considera el promedio entre los bancos cuando explota la crisis en
el verano de 2007. Pero entonces había instituciones financieras, como recuerdo
en mi libro, que tenían un apalancamiento de uno a ochenta, incluso de uno a
cien, lo que significa que cada dólar de dinero propio estaba grabado por 99
dólares de deuda. Así que lo que estamos presenciando hoy es, en algunos
aspectos, un inmenso proceso de desapalancamiento , es decir,
de eliminación del apalancamiento en bancos que acostumbraban a trabajar con
relaciones de uno a treinta o más entre capital propio y deuda, y ahora tratan
de dar marcha atrás hasta uno a veinte o uno a diez.
Pero esto es sólo parte del proceso de creación de dinero, porque los
bancos han hecho más cosas y peores. Ahora, los grandes grupos financieros son
sociedades que controlan centenares de otras empresas, incluyendo bancos de
diversos tipos (de los bancos de inversión a los bancos comerciales),
instituciones especializadas en préstamos hipotecarios, cajas de ahorros,
compañías de seguros, empresas especializadas en rehipotecas, etcétera. Los
grandes grupos financieros, además de crear miles de millones de dólares o
euros mediante préstamos sobre la vivienda, el auto o el establecimiento,
concediendo préstamos a hogares y empresas y agigantando esta cantidad de
dinero a través de la titulización, han creado también otras tantas montañas de
dinero multiplicando los llamados derivados . Los derivados
nacieron hace al menos un siglo y medio, tal vez más, en el siglo XIX. Eran
honestos y prácticos, vamos a llamarlos así, títulos aseguradores. El
agricultor, por ejemplo, que en enero no sabría cómo iba a ir la cosecha de
trigo en junio, tenía interés el fijar por anticipado un determinado precio de
venta de su grano. El comerciante que a su vez no sabía cómo evolucionaría el
precio –a causa de las carestías producto de la hambruna, la climatología o las
plagas– tenía interés en establecer que en julio iba a comprar a un precio
determinado una cierta cantidad de grano. Entonces, en enero, los dos firmaban
un contrato que garantizaba al agricultor y al comerciante un precio
determinado. Es evidente, que luego, en junio, era poco probable que se
encontrasen a la par: uno de los dos, en relación con el mercado, perdía o
ganaba. Pero ese contrato era un instrumento eficaz para garantizar una cierta
serenidad sobre el precio de compra para el comerciante y de venta para el
agricultor.
Sin embargo, durante el siglo XX, pero especialmente desde la década de
los 90, la producción de derivados simplemente enloquece . Las
razones son varias. En primer lugar los subyacentes se multiplicaron por mil.
Podían ser los resultados deportivos o los índices bursátiles, los precios de
los alimentos básicos o los fenómenos meteorológicos. El problema principal
reside en la desaparición de la obligación de poseer o adquirir el bien primero
–llamado subyacente– en el que se basa en el valor del derivado. Los derivados
se convirtieron así en puras apuestas . Uno puede apostar
sobre la evolución de los precios del petróleo, es decir, puede comprar un
derivado que tenga el petróleo como subyacente, sin tener ningún interés en la
negociación de dicho material. El derivado puede hacer referencia a, digamos,
diez mil barriles de petróleo, pero las dos partes no se comprometen a comprar
o vender el subyacente, sino en soportar la diferencia positiva o negativa del
precio que madurará en un plazo de seis meses o un año, dado que los derivados
pueden tener plazos de vencimiento más bien largos. La parte llamada vendedora
no tiene nada que vender y la compradora ni sueña con comprar ya no digamos
diez mil barriles de petróleo sino uno solo. Es sólo una apuesta. Multiplicando
el número de apuestas, si uno asume el riesgo, se puede ganar o perder mucho.
Lo que sucedió fue que en 2007-2008 el valor nominal de los derivados
que circulaban por el mundo –es decir, el valor escrito en los contratos–era de
algo menos de 750 billones de dólares. El PIB mundial en 2007 fue de 57
billones de dólares, por lo que los derivados en circulación ascendía a más de
doce veces el PIB del mundo. Aquí tengo que detenerme en algunos detalles
técnicos para aclarar que el valor nominal de los derivados es generalmente más
alto que su valor real. En 2009, por ejemplo, el mercado nominal de 700
billones de derivados tenía un valor aproximado de 35 a 38 billones de dólares.
Sin embargo, hay que hacer algunas distinciones ya que una cosa son los
derivados del barril de petróleo que nadie compra y nadie vende, y otra cosa
muy diferente son los derivados de crédito que son una especie de seguro para
protegerse del riesgo de impago de un acreedor. El banco A paga una comisión a
B (que en muchos casos es otro banco) quien le asegura que si C no paga una
deuda contraída ante A él se la pagará. En este caso el valor real del título
está muy cerca del valor nominal, porque si el banco deudor (u otro deudor) no
paga, el banco B que ha suscrito el derivado debe pagar de su propio bolsillo
el valor total escrito en el contrato.
En esencia, además de haber creado un montón de dinero facilitando
riadas de crédito y de haber creado también la titulización hipotecaria para
poder seguir prestando, los bancos estadounidenses y europeos han puesto en
circulación en la economía en forma de derivados un volumen de dinero
correspondiente a doce veces el PIB del mundo . Alguien dirá: “Pero en
realidad no es dinero”. Sin embargo, debemos destacar en que en la era de las
computadoras y de las transacciones de alta frecuencia, de la máxima e instantánea
convertibilidad de un capital en cualquier otra forma, los derivados funcionan
como dinero real. Un economista, a menudo citado por razones equivocadas, Marvin
Minsky , se dio ya cuenta a mediados de los años 80 de esta evolución.
Cuando un título cualquiera es inmediatamente convertible en efectivo, es pues
como dinero. El problema con los derivados es que más del 80 por ciento de
ellos se intercambian directamente entre partes privadas – intra bancos,
diríamos– sin que los reguladores puedan ejercer ningún control. Se trata de
una enorme cantidad de dinero que escapa completamente no sólo a la captura
sino también a la visión de los reguladores.
En un momento dado, esta montaña de dinero comenzó a caer sobre las
cabezas de los bancos en forma de deuda pendiente . Si un
banco descubre un defecto en la cadena de la deuda que él mismo ayudó a crear,
por ejemplo cuando un vehículo suyo debería haber vendido a los inversores los
títulos derivados de una titulización pero no lo consigue porque los inversores
los rechazan; en este punto, aunque el banco haya vendido sus títulos a ese
vehículo, de alguna manera tiene que hacer frente a las pérdidas. El banco
puede tener necesidad urgente de algunos cientos de millones o quizás de mil
millones de dólares o euros, pero si el banco de enfrente (la entidad hermana,
el banco con el que tenía relaciones habituales) tiene los mismos problemas,
todo se encalla. Esto es lo que ocurrió en 2008, pero que se refleja hasta el
día de hoy a través de incontables canales de contagio.
En la generación este increíble proceso –al escribir mi libro pasé meses
verificando los datos, hasta tal punto me parecían extravagantes– un carácter
muy relevante tuvo el peso de los bancos y los políticos europeos ,
aproximadamente desde 1980 hasta hoy. Algunas leyes fundamentales para la
desregulación de los movimientos de capital fueron firmadas por el presidente
socialista francés François Mitterrand ; y más tarde fueron
propuestas, solicitadas y aplicadas por el primer presidente de la Comisión
Europea, el también socialista francés Jacques Delors . Todos
ellos tenían, por supuesto, buenas razones: los capitales huían y había que
hacer algo. El hecho es que tanto masivas medidas de desregulación como la
cancelación de la vigilancia de las transacciones financieras –incluido el
comercio intrabancario de millones de euros de derivados– se adoptaron
rápidamente en Europa y se extendieron por otros países al seguir éstos el
ejemplo de Francia. Por lo tanto, en los 90 la desregulación en Europa fue muy
similar a la que se estaba produciendo en Estados Unidos. Después de ésta, no
se ha realizado ninguna reforma seria del sistema financiero.
Los bancos han tenido un papel protagonista en la creación del llamado
sistema financiero en la sombra, al que pertenecen esos billones de dólares de
derivados que circulan sin ser regulados por nadie. Del mismo modo que los
vehículos de inversión estructurada (SIV), que forman parte del sistema
financiero en la sombra dado que al no aparecer en los balances no están
comprendidos en el perímetro de la entidad bancaria que los patrocina. Hay
muchos otros sujetos del sistema financiero en la sombra que operan como
bancos, pero que no son bancos: entre otros, los fondos mutuos del mercado
monetario, las empresas especializadas en la concesión de préstamos, las
divisiones financieras de las grandes corporaciones. Todas ellas, entidades que
no están a la vista, y no pueden estarlo, del controlador, por lo que se
conocen como el sistema financiero en la sombra.
Los bancos europeos han tenido un papel importante desde diferentes
puntos de vista en la alimentación tanto del sistema financiero visible como
del sistema financiero en la sombra. En primer lugar, investigaciones recientes
han demostrado que los bancos europeos compraron en EE.UU., a partir de 2000,
cientos de miles de millones de dólares, euros, libras esterlinas y francos
suizos de activos titulizados, incluyendo las letales obligaciones que tenían
como garantía una deuda y que una vez desencadenado el desastre se conocen
como activos tóxicos . Son títulos muy complicados, que se
caracterizan por un valor más allá del alcance de cualquiera de nosotros, en
torno a mil o dos mil millones de dólares. A estos valores, definidos a
posteriori como tóxicos y vendidos por partes en función de los diferentes
grados de riesgo, las agencias de calificación, pagadas por los mismos bancos
emisores, ofrecían la más alta credibilidad, es decir el mínimo riesgo de
incumplimiento por parte del acreedor, razón por la cual se consideraban
valores seguros. Los bancos europeos se lanzaron sobre estos títulos
considerados seguros, por lo que, según las investigaciones citadas antes,
cientos de miles de millones de derivados de este tipo fueron creados en EE.UU.
sólo para satisfacer la constante demanda de los bancos europeos. Por otra
parte, algunos bancos europeos crearon sus propios valores de este tipo por
valor de centenares de miles de millones de dólares. El más activo fue el Deutsche
Bank , que creó una serie de valores –llamados Gemstone (Piedra
preciosa)– con un valor medio de 1.100 millones de euros. Se estima que algunos
bancos franceses hicieron lo mismo, y quizás otros también, pero “en la
sombra”, por definición, es un lugar en el que es difícil ver con claridad.
Cuando las fichas de dominó comenzaron a caer –porque si uno crea mucha deuda
distribuida en una cadena de muchos actores, en caso de quiebra el último de
ellos remonta el problema hasta que las deudas llegan al consejo de
administración del banco matriz– hubo bancos como UBS (Unión
de Bancos Suizos), que entre 2007 y 2009 tuvieron que cancelar de sus cuentas
algo así como cincuenta mil millones de dólares. No obstante, sin demasiado
sufrimiento: UBS tiene un presupuesto que supera en cerca de doce veces el
presupuesto federal de Suiza.
La cuestión que nos afecta también hoy y que según los gobiernos de la
UE requiere para su resolución el despido fácil, la austeridad, los recortes de
las pensiones, la jubilación a 105 años y otras cosas por el estilo, sigue
teniendo sus raíces en el hecho de que los bancos europeos son más bien
opacos , pero al mismo tiempo revelan considerables problemas
presupuestarios. Los bancos alemanes están en un lugar bastante bajo en el
índice de transparencia o en el índice de visibilidad del tráfico bancario. Sin
embargo, bajo la capa del sistema financiero en la sombra lo que aparece cada
vez con más claridad es que los bancos se han comprometido al máximo
para reducir su apalancamiento , la relación antes mencionada entre
los fondos propios y el capital prestado, empujados en esta dirección por
las nuevas normas de Basilea y la Autoridad Bancaria
Europea (EBA). Si no lo están, más probablemente, por el temor a que
vuelva a ocurrir algún accidente grave, ya que si el último eslabón de la
cadena salta el problema de la deuda remonta por fuerza hasta los presupuestos
centrales.
Y termino con una referencia al tema de la reforma del sistema
financiero, de la que se ha hablado mucho en Estados Unidos, donde se puso en
marcha en julio de 2010 una ley llamada Dodd-Frank Act , también
conocida como Wall Street Reform . Se estima que, en
este sentido, el lobby bancario ha gastado 325 millones de dólares para
debilitar y, posiblemente, bloquear el proyecto de reforma, que finalmente
quedó en agua de borrajas además de ser inmensamente complicado: un texto de
1.652 páginas que requerirá otros 550 decretos de aplicación. Desde julio de
2010 hasta el otoño de 2011, que yo sepa, sólo se han aplicado dos o tres.
También en Europa se está discutiendo la reforma financiera, una
discusión extensiva a reuniones de alto nivel –cumbres– de países no miembros
de la UE, como la del G-20 de otoño de 2011 en Cannes . La
Comisión Europea está estudiando un esquema detallado de reforma y el
Parlamento Europeo hará su primera propuesta en febrero o marzo de 2012. Pero
lo que pasa es que todas las propuestas presentadas hasta el momento están muy
lejos de ir a las raíces reales del problema. Se requiere una fuerte presión
política, millones de personas en la calle pidiendo la reforma financiera, un
escenario no muy probable en este momento. Muchas y evidentes son las razones
por las que se necesita una reforma financiera radical. En realidad, nada de
revolucionario; son cosas que han dicho los liberals estadounidenses
o el gobernador del Banco de Inglaterra, Mervyn King , quien
hace unos meses declaró: “Hay muchas maneras de organizar la actividad
bancaria. La que tenemos hoy es la peor que podemos imaginar.” Debemos tomarlo
en serio, porque hasta ahora las reformas de que se habla en la Unión Europea
están lejos de ser suficientes.
Se debería actuar en tres frentes. Es obvio que no se puede aprobar una
reforma financiera sólo en Italia, pero una reforma en el ámbito de la
Unión Europea se debe hacer de todos modos debido al enorme peso que
el sistema financiero tiene actualmente en su conjunto: el empleo, la sanidad,
las pensiones, la tierra, los alimentos. Está en juego el vaciado total de la
democracia. Debemos reconducir el sistema financiero a sus funciones, que son
importantes. No se puede decir simplemente “Cerremos los bancos.” Los bancos
son indispensables, del mismo modo que el sistema financiero en general, pero
éstos deben ser una ayuda, un medio controlado por la economía real y en
particular por los gobiernos, los ciudadanos y los mecanismos de la democracia.
El sistema financiero internacional tiene dimensiones excesivas y dentro de él
el sistema financiero europeo, se sabe, es mucho mayor que el de EE.UU., tanto
en número de bancos como en términos de activos controlados. Hay una relación
en mi libro de una veintena de grupos financieros presentes en 2009 que tenían
activos superiores a un billón de dólares; entre estos 20, los bancos europeos
(más dos ajenos a la UE: UBS y Crédit Suisse) suman 14. Si no se reduce el
tamaño de cada uno de los grupos financieros seguirán siendo
inmanejables y dictarán las medidas de austeridad, incluyendo las condiciones
del mundo del trabajo, a los gobiernos. Cómo lo están haciendo.
En segundo lugar, una gran parte de este sistema está en la sombra, por
eso se llama shadow banking . Hay quien habla también
de regular este sistema, pero las sombras no se regulan. Sería preciso
recortar, reducir o, mejor aún, desmantelar el sistema financiero en la sombra.
En tercer lugar, las grandes empresas financieras, las bank
holding companies , son demasiado complejas. Aunque se
constituyese una autoridad reguladora europea dotada de amplios poderes y
medios abundantes, sería impotente debido a la enormidad del tamaño y la
estructura de los mismos. Recuerdo, por citar un solo dato, que cuando se
declaró en quiebra, en septiembre de 2008, Lehman Brothers se componía de más
de 1.800 entidades jurídicas distintas. Incluso para una autoridad reguladora
muy fuerte, si alguna vez llega a existir, los castillos organizativos como
éste le hacen imposible establecer “quién hace qué”. Sin duda, se puede
establecer por ley, por ejemplo, una norma que separe el negocio de depósitos y
préstamos de los bancos de las actividades de inversión. Sin embargo, si un
banco continúa teniendo una gran cantidad de divisiones o departamentos
internos especializados, es decir, si sigue estando constituido bajo la
supervisión de la casa matriz por miles de entidades jurídicas independientes,
¿cómo hacer para comprobar cuál es en realidad la actividad que lleva a cabo
cada una de ellas? Controlar significa ir a las oficinas, sacar los libros, los
documentos; quiere decir emplear a decenas de personas durante semanas para
averiguar lo que realmente hace una sola división de un gran banco. Es
simplemente imposible controlar quién hace qué, si no se reduce la complejidad
del sistema.
Aparte del proyecto de reforma en discusión en el Parlamento Europeo y
en la Comisión, circulan algunas propuestas provenientes de centros de
estudios. Algunas, muy interesantes, se han traído a Cannes desde un centro
alemán especializado en estudios sobre el desarrollo y la ecología de una
economía sostenible. Pero es evidente que estas propuestas, por sí solas, no
servirán de nada. El verdadero problema es que son los ciudadanos
quienes deben discutirlas y sería bueno que la gente comenzase a
ampliar el debate para que el mayor número posible entienda la verdadera
magnitud del problema y comience a exigir una reforma radical del sistema
financiero. Es complicado y es políticamente difícil, por supuesto. Pero para
el futuro de la democracia, no sólo del sistema económico, es absolutamente
esencial reducir a un tamaño razonable los grupos financieros y con ellos todo
el sistema financiero internacional. Un economista estadounidense muy conocido
dijo que sería indispensable reducir el sistema financiero a una tercera parte
de lo que es hoy. Quizás sea una medida excesiva, pero es la dirección en la
que parece necesario avanzar. En presencia de demasiados signos que muestran
que la economía mundial, y con ella la democracia de nuestros países, se
precipita al desastre. Si no conseguimos transformar todo lo que aquí se ha
mencionado en una instancia, en una cuestión política, en un número de
diputados suficiente para introducir una reforma de este tipo, deberemos
esperar una crisis, política y económica a la vez, todavía peor que la que
estamos viviendo en estos momentos.
Hasta ahora no me han señalado muchos errores en el libro del que he
extraído las consideraciones aquí expuestas. Para concluir, permítanme que yo
mismo destaque uno de esos errores. El libro fue publicado en marzo de 2011. En
él preveía una nueva crisis financiera, o más bien una nueva fase de la misma,
para el año 2015. Estaba equivocado: llegó pocos meses más tarde.
Luciano Gallino es
sociólogo, investigador y docente. Ha desarrollado su trabajo en universidades
italianas (Turín) y estadounidenses (Stanford) y junto a sus actividades de
investigación y enseñanza ha desempeñado importantes cargos institucionales,
entre otros presidente del Consiglio Italiano delle Scienze Sociali, presidente
de la Associazione Italiana di Sociologia , socio de la Accademia delle Scienze
de Turín , de la Accademia Europea y de la Accademia Nazionale dei Lincei.
Desde 1968 dirige la revista científica Intervento, en la que ha
publicado el presente texto, leído en la sede sindical de la FIOM (Federazione
Impiegati Operai Metallurgici ) el 4 de noviembre 2011, con ocasión de la
presentación de su ultimo libro Finanzcapitalismo. La civiltà del
denaro in crisi.
Notas:
1 “El finanzcapitalismo es
un megamecanismo creado con el objetivo de maximizar el valor extraíble tanto
de los seres humanos como de los ecosistemas. La grave crisis económica (y
también cultural y política) que estamos viviendo es la crisis de esta
civilidad-mundo dominada por el sistema financiero.” Luciano Gallino.
2Luciano Gallino: Finanzcapitalismo –
La civiltà del denaro in crisi , Einaudi 2011
6 febrero 2012


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