© Libro N° 3937. Ven Y Enloquece. Brown, Fredric. Colección E.O. Julio 1 de 2017.
Título
original: © The best of Fredric
Brown
Versión Original: © Ven Y Enloquece. Fredric
Brown
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital
de Versión original de textos:
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
VEN Y ENLOQUECE
Fredric Brown
ÍNDICE
Presentación, por Carlo Frabetti
Abominable (Abominable, 1960)
Carta a un Fénix (Letter to Phoenix, 1949)
Aún No Es el Fin (Not Yet the End, 1941)
Etaoin Shrdlu (Etaoin Shrdlu, 1942)
Armagedón (Armageddon, 1941)
Experimento (Experiment, 1958)
Las Cortas y Felices Vidas de Eustace Weaver (I,II y III) (The
Short Happy Lives of
Eustace Weaver I, II, III, 1961)
Reconciliación (Reconciliation, 1954)
Nada Sirio (Nothing Sirius, 1943)
Ciclo (Pattern, 1954)
El Principio Yehudi (The Yehudi Principle, 1944)
Ven y Enloquece (Come and Go Mad, 1949)
El Final (The End, 1961)
Presentación - VEN Y ENLOQUECE (DE GUSTO), QUERIDO LECTOR
En El ratón estelar (Libro Amigo, 583), ofrecimos quince de los
mejores relatos de Fredric Brown, el autor de ciencia ficción que mayor dominio
ha alcanzado en el peculiar y difícil arte del relato supercorto.
La presente antología incluye doce relatos y una novela corta
(Ven y enloquece, una de las más famosas narraciones de Brown), y, junto con El
ratón estelar, constituye una muestra amplia y representativa de la producción
de este escritor singular a lo largo de más de veinte años de fecunda actividad
creadora.
Excelente autor de misterio a la vez que de ciencia ficción
(obtuvo el codiciado Premio Edgar Allan Poe, otorgado por la Asociación de
Escritores de Misterio de América), sus narraciones más largas (o menos cortas)
no sólo son virtuosísimas exhibiciones de originalidad e inventiva, sino
también pequeñas obras maestras en el difícil arte de captar irresistiblemente
la atención del lector.
Pero aunque Brown no hubiera escrito más que sus célebres -y
celebradas- «SS» (Super-Short Stories, relatos supercortos), se habría ganado
un lugar muy especial y muy alto en el campo de la ciencia ficción, y merecería
más difusión en castellano de la que ha tenido. Pues probablemente sea Brown el
único «gran maestro» de la edad de oro de la ciencia ficción que sigue siendo
casi desconocido entre nosotros (a nivel de gran público, se entiende; el
lector adicto le conoce bien).
La causa de este injusto olvido tal vez se deba a que Brown
escribió pocas novelas.
Pocas y muy especiales. En una época en que los autores del
género competían en la concepción de colosales epopeyas cósmicas y grandiosas
visiones espacio-temporales, Brown da una lección de objetividad y comedimiento
con una novela como Por las sendas estrelladas, que, adelantándose a su época.
(si la ciencia ficción siempre lo hace, en ocasiones como ésta lo hace
doblemente), aborda con honesta sencillez, desde una perspectiva de
cotidianeidad, los problemas psicológicos y sociales de la conquista del espacio.
Y el comedimiento, en una época de autores prolíferos y desmedidos, no es la
mejor forma de obtener la popularidad; aunque sí puede ser la forma de ganar la
admiración de colegas y expertos, como sin duda la obtuvo Brown.
Esperamos que las dos antologías que hemos dedicado a este
extraordinario autor, prematuramente fallecido en 1972 a causa de una afección
pulmonar, contribuyan a dar a conocer entre los lectores hispanoparlantes a uno
de los más originales y sutiles talentos de la ciencia ficción de todos los
tiempos.
CARLO FRABETTI
ABOMINABLE
Sir Chauncey Atherton se despidió de los guías sherpas, que iban
a acampar allí y dejarle continuar solo. Estaban en tierras del Abominable
Hombre de las Nieves, varios centenares de kilómetros al norte del monte
Everest, en el Himalaya. Los Abominables Hombres de las Nieves se habían dejado
ver ocasionalmente en el Everest y en otras montañas tibetanas o nepalesas;
pero el monte Oblimov, al pie del cual dejaba ahora a sus guías nativos, estaba
tan lleno de ellos que ni siquiera los sherpas se atrevían a escalarlo; aunque
le aseguraron que esperarían allí su regreso, en el caso de que regresara.
Había que ser muy valiente para aventurarse más allá de aquel punto, Sir
Chauncey era muy valiente.
Además, era un verdadero perito en cuestión de mujeres, razón
por la que se encontraba allí y a punto de intentar, en solitario, no sólo una
peligrosa ascensión sino también un rescate aún más peligroso. Si Lola Grabaldi
aún vivía, se hallaba en poder de un Abominable Hombre de las Nieves.
Sir Chauncey nunca había visto a Lola Grabaldi en persona. En
realidad, hacía menos de un mes que se había enterado de su existencia, al ver
la única película cinematográfica que ella había protagonizado, y gracias a la
cual se convirtió súbitamente en un personaje legendario, en la mujer más
hermosa de la Tierra, en la estrella cinematográfica más encantadora que Italia
había engendrado jamás; y sir Chauncey no lograba comprender que siquiera
Italia lo hubiera hecho. En una sola película remplazó a la Bardot, la
Lollobrigida y la Ekberg como la imagen de la perfección femenina en la mente
de todos los peritos del mundo, y sir Chauncey era el mejor perito del mundo.
En cuanto la vio en la pantalla, comprendió que debía verla en persona, o morir
en el intento.
Pero, entonces, Lola Gabraldi ya había desaparecido. A fin de
tomarse unas vacaciones después de su primera película, hizo un viaje a la
India y se unió a un grupo de escaladores que pensaban conquistar el monte
Oblimov. El resto del grupo había regresado, pero Lola no. Uno de ellos
testificó haberla visto, a demasiada distancia para alcanzarla a tiempo,
secuestrada, arrastrada a la fuerza por una peluda criatura, más o menos
humana, de casi tres metros de estatura. Un Abominable Hombre de las Nieves. El
grupo la había buscado varios días antes de darse por vencidos y regresar a la
civilización. Todo el mundo coincidía en afirmar que, ahora, ya no había
ninguna posibilidad de encontrarla con vida.
Todo el mundo menos sir Chauncey, que inmediatamente había
volado de Inglaterra a la India.
Nada pudo detenerle, y ahora ascendía hacia la región de las
nieves eternas. Y, además del equipo de alpinismo, llevaba el pesado rifle con
el que, sólo un año antes, había cazado tigres en Bengala. Si el arma podía
matar tigres, razonaba, también podía matar Hombres de las Nieves.
La nieve se arremolinaba en torno suyo mientras avanzaba hacia
la línea de nubes. De repente, a unos doce metros de él, que era hasta donde su
vista alcanzaba, divisó una monstruosa figura que no era totalmente humana.
Alzó el rifle y disparó. La figura cayó, y siguió cayendo; se hallaba al borde
de un precipicio de varios miles de metros de altura.
Y, en el mismo momento del disparo, unos brazos se cerraron en
torno a sir Chauncey.
Unos brazos gruesos y peludos. Y después, mientras una mano le
inmovilizaba fácilmente, la otra le arrebató el rifle y lo dobló en forma de L
con la misma facilidad que si se tratara de un palillo, tirándolo después.
Se oyó una voz procedente de un punto situado a unos sesenta
centímetros por encima de su cabeza.
- Estate quieto y no te pasará nada.
Sir Chauncey era un hombre valiente, pero una especie de gemido
fue todo lo que pudo articular, pese a la aparente garantía de las palabras. La
criatura situada a su espalada le mantenía tan fuertemente apretado contra sí,
que no pudo alzar ni volver la mirada para ver que cara tenía.
- Te lo explicaré - dijo la voz a sus espaldas -. Nosotros, a
los que llamáis Abominables
Hombres de las Nieves, somos humanos, pero transmutados. Hace
muchos siglos formábamos una tribu, igual que los sherpas. Por casualidad
descubrimos una droga que nos permitió cambiar físicamente y adaptarnos,
gracias a un aumento de estatura, pilosidad y otros cambios fisiológicos, a un
frío y una altitud extremos, así como trasladarnos a las montañas, a regiones
donde otros no pueden sobrevivir, excepto los pocos días que dura una
expedición de alpinismo. ¿Lo entiendes?.
- S-s-sí - consiguió articular sir Chauncey. Comenzaba a
entrever un rayo de esperanza. ¿Acaso la criatura iba a explicarle estas cosas,
si pensara matarle?
- En este caso, continuaré. Nuestro número es reducido, y cada
día lo es más. Por esta razón ocasionalmente capturamos, tal como te hemos
capturado a ti, a un alpinista. Le damos la droga transmutadora, sufre los
cambios fisiológicos y se convierte en uno de nosotros. De este modo mantenemos
nuestro número relativamente constante.
- P-pero - balbució sir Chauncey - ¿acaso es eso lo que le ha
sucedido a la mujer que estoy buscando, Lola Grabaldi? ¿Acaso es ahora...
peluda, de casi tres metros de estatura, y...?
- Lo era. Acabas de matarla. Un miembro de nuestra tribu la
había tomado como compañera. No nos vengaremos de ti por haberla matado; pero
ahora debes ocupar su lugar.
- ¿Ocupar su lugar? Pero... yo soy un hombre.
- Me alegro de que lo seas - dijo la voz a sus espaldas. Se vio
obligado a girar bruscamente, y se encontró frente a un enorme cuerpo peludo,
con la cara al mismo nivel de dos montañosos senos peludos -. Me alegro de que
lo seas... porque yo soy una Abominable Mujer de la Nieves.
Sir Chauncey se desmayó, siendo inmediatamente recogido y alzado
en brazos, con la misma facilidad que si de un osito de juguete se tratara, por
su nueva compañera.
CARTA A UN FÉNIX
Hay mucho que contarles, tanto que es difícil saber por dónde
empezar.
Afortunadamente, he olvidado la mayor parte de las cosas que me
han sucedido.
Afortunadamente, la mente tiene una capacidad limitada para
recordar. Sería horrible si recordara los detalles de ciento ochenta mil años,
los detalles de las cuatro mil vidas enteras que he vivido desde la primera
guerra atómica.
Sin embargo no he olvidado los momentos realmente importantes.
Recuerdo que formé parte de la primera expedición que aterrizó en Marte y de la
tercera que aterrizó en Venus. Recuerdo - creo que fue durante la tercera gran
guerra - la explosión de Skora en el cielo debida a una fuerza tan superior a
la fisión nuclear como una nova a nuestro sol moribundo. Yo era el segundo al
mando en una astronave Clase Hiper-A durante la guerra contra los segundos
invasores extragalácticos, los que establecieron bases en las lunas de Júpiter
sin que nosotros advirtiéramos su presencia y casi nos expulsaron del sistema
solar antes de que descubriéramos la única arma eficaz en su contra. Entonces
huyeron adonde nosotros no pudiéramos seguirlos, fuera de la galaxia. Cuando lo
hicimos, unos quince mil años después, habían desaparecido. Hacía unos tres mil
años que estaban muertos.
Y precisamente sobre esto voy a hablarles - sobre esta poderosa
raza y las demás -; pero antes, a fin de que sepan cómo sé lo que sé, les
hablaré de mí mismo.
Yo no soy inmortal. En el universo sólo hay un ser inmortal; ya
les hablaré de él en otro momento. En comparación con él, yo soy
insignificante, pero no podrán comprender ni creer lo que les diga a menos que
comprendan quién soy.
Un nombre no quiere decir nada, y me alegro de ello, porque no
recuerdo el mío. Estos resulta menos extraño de lo que ustedes creen, pues
ciento ochenta mil años es mucho tiempo y, por una u otra razón, he cambiado de
nombre unas mil veces o más. Y ¿qué puede importar menos que el nombre que me
impusieron mis padres hace cientos ochenta mil años?
No soy mutante. Me sucedió cuando tenía veintitrés años, durante
la primera guerra atómica. Es decir, la primera guerra en la cual ambos bandos
utilizaron armas atómicas - armas inofensivas, naturalmente, comparadas con las
que se inventaron después -.
Habían transcurrido menos de una docena de años tras el
descubrimiento de la bomba atómica. Las primeras bombas se lanzaron en una
guerra secundaria cuando yo era pequeño. La guerra terminó rápidamente, pues
sólo uno de los bando las poseía.
La primera guerra atómica no fue demasiado espantosa - la
primera nunca lo es -. Tuve suerte, porque, si lo hubiera sido - si hubiera
puesto fin a una civilización -, yo no habría sobrevivido pese al accidente
biológico que me ocurrió. Si hubiera puesto fin a una civilización, yo no
habría sido mantenido con vida durante el periodo letárgico de dieciséis años
que atravesé unos treinta años después. Pero otra vez me he adelantado al
relato.
Creo que tenía veinte o veintiún años cuando se inició la
guerra. No me reclutaron en seguida para el ejercito porque no estaba
físicamente dotado. Sufría una enfermedad bastante rara de la glándula
pituitaria... El síndrome de no sé quién. He olvidado el nombre. Entre otras
cosas, producía obesidad. Pesaba unos veinte kilos en exceso para mi estatura y
no era muy vigoroso. Fui rechazado sin dudar.
Al cabo de unos dos años mi enfermedad había progresado
ligeramente, pero otras cosas habían progresado más que ligeramente. En aquella
época el ejército reclutaba a todo el mundo; habrían reclutado a un ciego con
un solo brazo y una sola pierna si el hombre hubiera estado dispuesto a luchar.
Y yo estaba dispuesto a luchar. Había perdido a mi familia en una escaramuza,
odiaba mi trabajo en una fábrica de armas, y los médicos me habían dicho que mi
enfermedad era incurable y, de todos modos, sólo me quedaban uno o dos años de
vida. De modo que acudí a lo que restaba del ejército, y lo que restaba del
ejército me aceptó sin dudar y me envió al frente más próximo, que estaba a
quince kilómetros de distancia. Estaba luchando al día siguiente de
incorporarme.
Recuerdo lo suficiente para saber que yo no tuve nada que ver
con ello, pero dio la casualidad de que fuera precisamente entonces cuando
cambió la suerte. El otro bando carecía de bombas y pólvora y empezaba a sufrir
escasez de granadas y balas. Nosotros también carecíamos de bombas y pólvora
pero ellos no habían conseguido paralizar todos nuestros medios de transporte y
nosotros, sí. Todavía disponíamos de aviones para transportar las bombas recién
fabricadas, y también disponíamos de una cierta organización que enviaba los
aviones a los lugares debidos. Cerca de los lugares debidos, habría que decir;
a veces las dejábamos caer por equivocación demasiado cerca de nuestros propias
tropas. Una semana después de entrar en combate me vi nuevamente alejado de él
al ser alcanzado por una de nuestras bombas de menor potencia que había caído a
unos dos kilómetros de distancia.
Recobré el conocimiento, unas dos semanas después, en un
hospital de la retaguardia, con quemaduras de primer grado. La guerra ya había
terminado, a excepción de los últimos brotes de resistencia, y sólo quedaba
restaurar el orden y poner el mundo nuevamente en marcha. Como verán, no fue lo
que yo llamaría una guerra exterminadora.
Aniquiló - la cifra no es exacta; no recuerdo la fracción - una
cuarta o una quinta parte de la población mundial. Quedaba la suficiente
capacidad productiva y la gente suficiente, para seguir adelante; los siglos
venideros fueron difíciles, pero no se produjo una vuelta al salvajismo, ni fue
necesario empezar desde cero. En tales épocas, la gente vuelve a usar velas
para iluminarse y a quemar madera en calidad de combustible, pero no porque no
sepa usar la electricidad o una mina de carbón; sólo porque la confusión y las
revoluciones ocasionan un desequilibrio temporal. Los conocimientos están ahí,
en reserva hasta la reaparición del orden.
No es el mismo caso de una guerra de exterminio, en la que nueve
décimas partes de la población de la Tierra - o de la Tierra y los demás
planetas - son aniquiladas. Entonces es cuando el mundo retrocede hasta el
salvajismo y la centésima generación redescubre los metales para guarnecer sus
lanzas.
Pero vuelvo a divagar. Después de recobrar el conocimiento en el
hospital, sufrí muchísimo. Se habían terminado los anestésicos. Yo tenía
profundas quemaduras, ocasionadas por la radiación, que me hicieron sufrir casi
intolerablemente durante los primeros meses hasta que, gradualmente, se
curaron. No dormía - eso es lo extraño -. Y era algo aterrador, pues no
comprendía lo que me había sucedió, y lo desconocido siempre es aterrador. Los
médicos no me hacían demasiado caso, pues yo era uno de los millones de
quemados o heridos, y me parece que no creyeron mis reiteradas declaraciones de
que no podía dormir. Pensaron que había dormido un poco y que exageraba o que
estaba realmente equivocado. Pero yo no había dormido nada. No puede dormir
hasta mucho después de abandonar el hospital, curado. Curado, incidentalmente,
de la enfermedad producida por la glándula pituitaria, y con el peso normal, y
la salud perfecta.
Estuve treinta años sin dormir. Después si que dormí, durante
dieciséis años. Y al término de ese periodo de cuarenta y seis años, yo
aparentaba, físicamente, la edad de veintitrés.
¿Empiezan a comprender ustedes lo que sucedió, tal como yo
empecé a comprenderlo entonces? La radiación - o la combinación de varios tipos
de radiación - que yo había sufrido cambió radicalmente las funciones de mi
glándula pituitaria. Pero también hubo otros factores implicados. Una vez
estudié endocrinología, hace unos ciento cincuenta mil años, y creo que me fue
muy útil. Si mis cálculos fueron correctos, lo que me sucedió fue una
posibilidad entre varios billones.
Los factores de degeneración y envejecimiento no fueron
eliminados, naturalmente, pero la proporción se vio reducida en unas quince mil
veces. De modo que no soy inmortal. He envejecido once años en los pasados
ciento ochenta milenios. Mi edad física es ahora de treinta y cuatro años.
Y, para mi, cuarenta y cinco años equivalen a un día. No duermo
durante treinta años - y después duermo unos quince -. Es una suerte que mis
primeros «días» no coincidieran con un periodo de completa desorganización
social o salvajismo, o no habría sobrevivido a mis primeros años de sueño. Pero
sobreviví, y entonces ya había aprendido un sistema y podía cuidar de mi propia
supervivencia. Desde entonces he dormido unas cuatro mil veces y he
sobrevivido. Quizá algún día no tenga tanta suerte. Quizá algún día, a pesar de
ciertos dispositivos de seguridad, alguien descubra e interrumpa en la cueva o
bóveda donde me instalo, secretamente, para un período de sueño. Pero no es
probable.
Dispongo de muchos años para preparar cada uno de estos lugares,
más la experiencia de cuatro mil sueños a mis espaldas. Uno podría pasar mil
veces por delante de ese sitio y no saber que estaba allí, ni poder entrar
aunque sospechara su existencia.
No, mis posibilidades de supervivencia entre dos períodos de
vida consciente son mucho mayores que mis posibilidades de supervivencia
durante mis períodos de vida activa. Quizá sea un milagro que haya sobrevivido
a tantas, pese a las técnicas de supervivencia que he llegado a desarrollar.
Y esas técnicas son buenas. He sobrevivido a siete guerras
atómicas - y superatómicas - que han reducido la población de la Tierra a unos
cuantos salvajes reunidos en torno a unas cuantas fogatas en unas cuantas zonas
todavía habitables. Y en otras épocas, en otras eras, he estado en cinco
galaxias aparte de la nuestra.
He tenido varios miles de esposas, pero sólo una cada vez, pues
nací en una época de monogamia y la costumbre ha persistido. Y he tenido varios
miles de hijos. Naturalmente, jamás he podido vivir más de treinta años con una
esposa antes de verme obligado a desaparecer, pero treinta años es tiempo más
que suficiente para los dos, especialmente cuando ella envejece a un ritmo
normal y yo envejezco imperceptiblemente. Oh, eso ocasiona problemas, desde
luego, pero siempre he podido solucionarlos. Siempre me caso, cuando me caso,
con una muchacha mucho más joven que yo, para que la disparidad no llegue a ser
demasiado grande. Digamos que tengo treinta años; me caso con una muchacha de
dieciséis. Cuando llega el momento de dejarla, ella tiene cuarenta y seis y yo
sigo teniendo treinta. Y lo mejor para ambos, para todo el mundo, es que yo no
vuelva a ese lugar cuando me despierte. Si ella aún vive habrá pasado de los
sesenta y no estaría bien, ni siquiera para ella, que tuviese un marido
súbitamente resucitado todavía joven. Y yo la he dejado bien provista,
convertida en una viuda rica, rica en dinero o lo que en esa época particular
se considera riqueza. A veces fueron abalorios y puntas de flechas, a veces
trigo en un granero y una vez - ha habido civilizaciones muy peculiares -
escamas de pescado. Nunca tuve la menor dificultad en obtener mi parte, o más,
de dinero o su equivalente. Tras una práctica de varios miles de años, la
dificultad estriba en lo contrario, saber cuando detenerse a fin de no
convertirse en una persona extremadamente rica y llamar la atención.
Por razones obvias, siempre lo he conseguido. Por razones que
pronto conocerán, yo nunca he aspirado al poder, y tampoco - tras los primeros
centenares de años - he dejado sospechar a la gente que yo era distinto.
Incluso me echaba varias horas cada noche, simulando que dormía.
Pero nada de esto es importante, del mismo modo que yo tampoco
lo soy. Sólo se lo he contado para que entiendan cómo sé lo que ahora voy a
decirles.
Y cuando se lo haya dicho, no crean que he intentado venderles
algo. Es algo que ustedes no podrían cambiar aunque quisieran, y - cuando lo
comprendan - no querrán hacerlo.
No trato de influenciarles ni guiarles. En cuatro mil vidas he
sido casi todo, excepto un caudillo. Lo he eludido. Oh, con bastante frecuencia
he sido un dios entre los salvajes, pero la razón es que debía serlo para
sobrevivir. Utilizaba los poderes que ellos creían mágicos para mantener un
cierto orden, pero nunca para acaudillarles, ni para sujetarles.
Si les enseñé a usar el arco y la flecha, fue porque la caza era
escasa, nos moríamos de hambre, y mi supervivencia dependía de la suya. Tras
comprender que el sistema era necesario, jamás lo he alterado.
Lo que ahora les diré no alterará el sistema.
Es esto: La raza humana es el único organismo inmortal del
universo.
Ha habido otras razas, y hay otras razas en el universo, pero se
han extinguido o se extinguirán. Una vez, hace cien mil años, las catalogamos
con la ayuda de un instrumento que detectaba la presencia de pensamiento y de
inteligencia, por muy extraños que fueran y por muy lejos que estuvieran, y
esto nos dio una medida de esta mente y sus características. Y, cincuenta mil
años después, se descubrió nuevamente ese instrumento. Había tantas razas como
antes, pero sólo ocho de ellas eran las mismas que hacía cincuenta mil años
antes, y cada una de esas ocho estaba muriéndose, de vejez.
Habían sobrepasado la cumbre de sus poderes y estaban
muriéndose.
Habían llegado al límite de su capacidad - siempre hay un límite
- y no les quedaba otra alternativa que morir. La vida es dinámica; nunca puede
ser estática - tanto si el nivel es alto como bajo - y sobrevivir.
Esto es lo que trato de decirles, a fin de que no vuelvan a
asustarse. Sólo una raza que se destruye a sí misma y su progreso con cierta
periodicidad, una raza que retrocede hasta sus inicios, es capaz e sobrevivir
más de, digamos, sesenta mil años de vida inteligente.
En todo el universo sólo la raza humana ha alcanzado un alto
nivel de inteligencia sin alcanzar un alto nivel de cordura. Somos únicos. Ya
somos por lo menos cinco veces más viejos que cualquier otra raza que haya
existido jamás, y esto se debe a que no somos sensatos. Y el hombre, a veces,
ha vislumbrado el hecho de que la insensatez es divina.
Pero sólo en altos niveles de cultura se da cuenta de que está
colectivamente loco, de que siempre acabará destruyéndose, para surgir con más
fuerza de sus propias cenizas.
El fénix, el ave que se inmola periódicamente a sí misma en una
hoguera para volver a nacer y vivir otro milenio, y así sucesivamente, sólo es
un mito metafóricamente hablando; existe y sólo hay una de ellas.
Ustedes son el fénix.
Nada podrá destruirles jamás, ahora que - durante muchas
civilizaciones notables - su semilla ha sido esparcida en los planetas de un
millar de soles, en un centenar de galaxias, para repetir eternamente el ciclo.
El ciclo que comenzó hace ciento ochenta mil años, si no me equivoco.
No puedo estar seguro de ello, pues he visto que los veinte o
treinta mil años que transcurren entre la caída de una civilización y el inicio
de otra destruyen todos los rastros.
En veinte o treinta mil años, los recuerdos se convierten en
leyendas, las leyendas se convierten en supersticiones, e incluso las
supersticiones se pierden. Los metales se oxidan y corroen en las profundidades
de la tierra mientras el viento, la lluvia y la jungla erosionan y cubren las
piedras. Los contornos de los continentes cambian, los glaciares aparecen y
desaparecen, y una ciudad de veinte mil años de antigüedad está sepultada bajo
muchos kilómetros de tierra o de mar.
De modo que no puedo estar seguro. Es posible que el primer
estallido que yo conocí no fuera el primero; muchas civilizaciones pueden
haberse levantado y caído antes de mi época. En este caso dicha posibilidad no
hace más que reforzar mi afirmación de que la humanidad puede haber sobrevivido
más de los ciento ochenta mil años que yo sé y puede haber sobrevivido a los
seis estallidos que han tenido lugar desde lo que yo creo que fue el primer
descubrimiento de la pira del fénix.
Pero - aparte de que hayamos esparcido tan bien nuestra semilla
por las estrellas que ni la desaparición del sol ni su posible conversión un
una nova podrían destruirnos - el pasado no importa. Lur, Candra, Tragan, Kah,
Mu, Atlantis, éstas son las seis civilizaciones que he conocido, y han
desparecido tan completamente como ésta desaparecerá dentro de veinte o treinta
mil años, pero la raza humana, aquí o en otras galaxias, sobrevivirá y vivirá
eternamente.
El hecho de saber todo esto, en este año de su era actual,
contribuirá a mantener su paz de espíritu, pues su espíritu está inquieto.
Quizá, yo estoy seguro, les ayude saber que la próxima guerra atómica, la que
probablemente tenga lugar en su generación, no será una guerra de exterminio,
llegará demasiado pronto para que lo sea, antes de que ustedes hayan inventado
las armas realmente destructivas que el hombre ha inventado con tanta
frecuencia en el pasado. Les hará retroceder, es verdad. Durante uno o más
siglos sólo habrá oscuridad. Después, con el recuero de lo que ustedes llamarán
la Tercera Guerra Mundial como advertencia, el hombre pensará - como siempre lo
ha hecho después de una benigna guerra atómica. que ha conquistado su propia
locura.
Durante cierto tiempo - si el ciclo se repite -, la tendrá a
raya. llegará nuevamente a las estrellas, y ya las encontrará colonizadas. Sí,
ustedes volverán a Marte dentro de quinientos años, y yo también iré, para ver
nuevamente los canales que en otra ocasión ayudé a construir. Hace ochenta mil
años que no he estado allí y me gustaría ver lo que el tiempo les ha hecho, a
los canales y a aquellos de nosotros que se quedaron incomunicados la última
vez que la humanidad perdió el vuelo espacial. Naturalmente, ellos también han
seguido un ciclo, pero la proporción no tiene por que ser constante.
Podemos encontrarles en cualquier etapa del ciclo que no sea la
superior. Si estuvieran en el punto cumbre del ciclo, no tendríamos que ir a
ellos; ellos vendrían a nosotros.
Pensando, naturalmente, como piensan ahora, que son marcianos.
Me pregunto que grado de desarrollo alcanzarán ustedes esta vez.
Confío en que no sea tan elevado como el de los trhagán. Confío en que jamás
vuelva a descubrirse el arma que los trhagán utilizaron contra su colonia de
Skora, que entonces era el quinto planeta hasta que los trhagán lo convirtieron
en multitud de asteroides. Claro que esa arma sólo se inventará muchos años
después de que los viajes intergalácticos vuelvan a convertirse en algo común.
Si lo veo venir saldré de la galaxia, pero no me gustaría tener que hacerlo. Me
gusta la Tierra y me gustaría pasar aquí el resto de mi vida mortal, si es que
ella dura tanto.
Posiblemente no sea así, pero la raza humana sí que durará. En
todas parte, y para siempre, porque nunca será cuerda y sólo la locura es
divina. Sólo los locos se destruyen a sí mismos y todo lo que han forjado.
Y sólo el fénix vive eternamente.
AUN NO ES EL FIN
Había un verde e infernal matiz de luz dentro del cubo de metal.
Era la luz que hacía que la piel de un pálido de muerte de la criatura que
estaba sentada frente a los controles pareciera desganadamente verde.
Un solo ojo labrado en facetas, en el centro delantero de la
cabeza, observaba los siete diales sin parpadear. Desde que habían dejado
Xandor, ese ojo jamás se había apartado de los diales. El sueño era algo
desconocido para la raza galáctica a la que pertenecía Kar-388Y. La piedad
también era algo desconocido. Una simple mirada a los agudos y crueles rasgos
que había debajo del facetado ojo podía haber probado eso.
Los indicadores del cuarto y el séptimo dial se detuvieron. Eso
significaba que el cubo mismo se había detenido en el espacio cercano a su
inmediato objetivo. Kar se acercó con su brazo superior derecho y soltó el
interruptor del estabilizador. Luego se levantó y estiró sus entumecidos
músculos.
Kar se giró hasta quedar de frente a su compañero del cubo, un
ser igual a él.
- Aquí estamos - dijo -. La primera parada. Estrella Z-5689.
Tiene nueve planetas, pero sólo el tercero es habitable. Tengamos la esperanza
de encontrar criaturas que puedan ser buenos esclavos para Xandor.
Lal-16B, que había estado sentado en una rígida inmovilidad
durante el viaje, también se levantó y se estiró.
- Esperemos que así sea. Entonces podríamos regresar a Xandor y
ser honrados mientras la flota viene por ellos. Pero no tengamos demasiadas
esperanzas. Encontrarnos con el éxito en nuestra primera detención sería un
milagro. Probablemente tendremos que mirar en mil lugares.
Kar se encogió de hombros.
- Entonces miraremos en mil lugares. Con los Loumacs muriendo,
tenemos que conseguir esclavos para nuestras minas o, sino, tendrán que
cerrarse y nuestra raza morirá.
Se sentó nuevamente ante los controles y soltó un interruptor
que activaba una placa de visión que les mostraría lo que tenían debajo. Dijo:
- Estamos encima del lado oscuro del tercer planeta. Hay una
nube debajo de nosotros.
Utilizaré los controles manuales a partir de aquí.
Comenzó a apretar botones. Unos minutos después dijo:
- Mira, Lal, en la placa de visión. Luces regularmente
espaciadas... ¡una ciudad! El planeta está habitado.
Lal había tomado su puesto ante el otro panel de controles, los
controles de lucha.
Ahora él también estaba examinando los controles.
- No hay nada que tengamos que temer. No hay ni siquiera
vestigios de un campo de fuerza alrededor de la ciudad. El conocimiento
científico de la raza es pobre. Podemos barrer la ciudad de un solo golpe si
somos atacados.
- Bien - dijo Kar -. Pero déjame recordarte que nuestro
propósito no es la destrucción... aun. Queremos especimenes. Si comprobamos que
son satisfactorios y viene la flota y coge los miles que necesitemos como
esclavos, entonces será el tiempo de destruir no sólo la ciudad, sino el
planeta entero. Para que su civilización no pueda progresar hasta el punto de
tomar represalias.
Lal ajustó una perilla.
- Correcto. Pondré el campo megra y seremos invisible para ellos
salvo que puedan ver en la gama de los rayos ultravioleta, y, por el espectro
de su sol, dudo que puedan.
Mientras que el cubo descendía, la luz dentro de él cambió del
verde al violeta y más allá. Quedó en una suave inmovilidad. Kar manipuló el
mecanismo que operaba la puerta.
Salió fuera, Lal justo detrás de él.
- Mira - dijo Kar -, dos bípedos. Dos brazos, dos ojos... no son
distintos de los Loumacs, aunque son un poco más pequeños. Bien, aquí están
nuestros especimenes. - Levantó su brazo inferior izquierdo cuya mano de tres
dedos sostenía una delgada vara rodeada de alambre. Apuntó primero a una de las
criaturas, y luego a la otra. Nada visible emanó de la punta de la vara, pero
ambos quedaron instantáneamente convertidos en figuras rígidas como estatuas.
- No son grandes, Kar - dijo Lal -. Yo llevaré a uno, y tú
puedes cargar con el otro.
Podremos estudiarlos mejor dentro del cubo, después de que
estemos nuevamente en el espacio.
Kar miró a su alrededor en la escasa luz.
- Correcto, dos son suficientes, y uno parece ser un macho y el
otro hembra.
Comencemos a marchar.
Un minutos después el cubo estaba ascendiendo, y tan pronto como
estuvieron fuera de la atmósfera Kar soltó el interruptor del estabilizador y
se unió a Lal, quien había estado comenzando el estudio de los especimenes
durante la breve ascensión.
- Vivíparos - dijo Lal -. Manos de cinco dedos, capaces de
realizar trabajos razonablemente delicados. Pero... pasemos al examen más
importante, la inteligencia.
Kar cogió el par de aparatos mentales. Le tendió uno a Lal,
quien puso uno en su propia cabeza y otro en la cabeza de uno de los
especimenes. Kar hizo lo mismo con el otro espécimen.
Después de unos minutos, Kar y Lal se miraron el uno al otro
desoladamente.
- Siete puntos por debajo del mínimo - dijo Kar -. No pueden ser
entrenados ni siquiera para la labor más ruda en las minas. Incapaces de
entender las instrucciones más simples. Bien, les llevaremos al museo de
Xandor.
- ¿Debo destruir el planeta?
- No - dijo Kar -. Quizá en un millón de años a partir de ahora,
si nuestra raza ha subsistido, puedan haber evolucionado lo suficiente como
para ser capaces de suplir nuestro propósito. Vayamos hacia la próxima estrella
con planetas.
El editor diseñador del Milwaukee Star estaba en la habitación
de composición, supervisando el cierre de la página local. Jenkins, el jefe de
composición, estaba poniendo las regletas para ajustar la segunda y última
columna.
- Hay lugar para una historia más en la octava columna, Pete -
dijo -. Cerca de treinta y seis ciceros. Ahí hay dos en reserva que están bien.
¿Cuál debo usar?
El editor diseñador miró las galeradas que vació al lado de la
caja. La larga práctica le había capacitado para leer los titulares de
encabezamiento de una sola y rápida ojeada.
- ¿La historia de la convención y la historia del zoológico,
¿eh? Oh, infierno; pasa la historia de la convención. ¿A quién le importa si el
director del zoológico piensa que han desaparecido dos monos ayer por la noche?
ETAOIN SHRDLU
Al principio, el asunto referente a la linotipia de Ronson fue
muy divertido. Pero empezó a resultar desagradable mucho antes del final. Y,
pese al hecho de que Ronson no saliera perjudicado, jamás le habría enviado al
hombrecillo del grano, si hubiera podido adivinar lo que iba a suceder. Por muy
fabulosos que fueran los beneficios, el pobre Ronson tuvo demasiadas
preocupaciones.
- ¿Es usted el señor Walter Merold? - preguntó el hombrecillo
del grano. Se había presentado en el hotel donde yo vivía preguntando por mí, y
yo dije que subiera a mi habitación.
Admití mi identidad, y él prosiguió:
- Me alegro de conocerle, señor Merold. Yo soy... - y me dijo su
nombre, que ya he olvidado, aun cuando suelo tener buena memoria para los
nombres.
Le dije que estaba encantado de conocerle y le pregunté qué
deseaba, a lo cual se apresuró a contestar. No obstante, yo le interrumpí a las
pocas palabras.
- Le han informado mal - le dije -. Sí, he sido impresor, pero
ya estoy retirado. De todos modos, ¿no sabe que hacer grabar unas matrices
especiales resultaría tremendamente caro? Si sólo desea imprimir una página con
esos caracteres especiales, lo mejor sería que se lo escribieran a mano y luego
hicieran un fotograbado en cinc.
- Pero esto no es lo mismo, señor Merold. No, no, imposible.
Verá, se trata de un secreto. Yo represento a... Bueno, no es necesario que se
lo diga. La cuestión es que no me atrevo a enseñárselo a nadie, como tendría
que hacer si lo imprimieran en cinc.
Otro chalado, pensé, mirándole con detenimiento.
No parecía estar loco. En conjunto parecía tener un aspecto muy
normal, aunque algunos de sus rasgos fueran propios de un extranjero, un
asiático. Sí, a pesar de su cabello rubio y su piel blanca. Tenía un grano en
la frente, justamente en el centro y encima del puente de la nariz. Era igual
que los que se ven en las estatuas de Buda; los orientales lo llaman el punto
de la sabiduría y es algo especial.
Me encogí de hombros.
- Bueno - comenté -, es imposible que le graben las matrices
para un trabajo de linotipia sin que nadie vea los caracteres que desea
imprimir, ¿no le parece? Y el que maneje la máquina también verá...
- Oh, eso lo haré yo mismo - dijo el hombrecillo del grano.
(Ronson y yo llegamos a denominarle EHDG, iniciales de «el hombrecillo del
grano», porque Ronson también se olvidó de su nombre, pero estoy adelantándome
a la historia.) -. Es cierto que el grabador los verá, pero los verá como
caracteres aislados, y eso no me importa. Y la distribución de las letras en la
linotipia puedo hacerla yo mismo. Cualquiera puede enseñarme lo que necesito
saber para componer una sola página, una docena de líneas, en realidad.
Además no tiene que imprimirse aquí. Lo que necesito son las
matrices. No me importa lo que me cuesten.
- De acuerdo - dije yo -, le daré la dirección de un
especialista que vive en Merganthaler. Allí le grabarán las matrices. Después,
si quiere intimidad y acceso a la linotipia, vaya a ver a George Ronson. Dirige
un periódico quincenal en esta misma ciudad. Por un precio justo, pondrá el
taller a su disposición durante el tiempo que necesite para ordenar las letras.
Y esto fue todo. Al cabo de dos semanas, George Ronson y yo
salimos a pescar un martes por la mañana, mientras EHDG usaba la linotipia de
George para componer los extraños caracteres que había recibido por vía aérea
desde Merganthaler. la tarde anterior, George había enseñado al hombrecillo el
funcionamiento de la máquina.
Pescamos una docena de piezas cada uno, y recuerdo que Ronson se
rió y me dijo que él tenía trece peces, pues EHDG le pagaba cincuenta dólares
en efectivo por utilizar su taller durante una sola mañana.
Cuando regresamos todo estaba en orden, a excepción de que
George tuvo que sacar gran cantidad de bronce del cajón de las líneas viejas,
porque EHDG había destrozado sus nuevas matrices después de utilizarlas, sin
saber que no se podían tirar con el plomo tipográfico destinado a fundirse
nuevamente.
La siguiente vez que vi a George fue después de que su edición
del sábado saliera de la prensa. Me apresuré a hablar con él.
- Escucha - le dije -, ese truco de escribir mal las palabras y
usar a propósito una gramática incorrecta ya no tiene gracia, ni siquiera en un
periódico de provincias. ¿Acaso pretendías que los boletines de noticias
sonaran como auténticos copiando el borrador al pie de la letra, o que?
Ronson me miró con una expresión insólita y contestó:
- Pues... sí.
- Sí, ¿qué? - interrogué -. ¿Quieres decir que intentabas hacer
gracia deliberadamente, o que querías seguir la muestra al pie de la...?
El repuso:
- Ven conmigo y te lo enseñaré.
- Enseñarme ¿qué?
- Lo que voy a enseñarte - dijo él, sin demasiada lucidez -. Aún
te acuerdas de componer textos ¿verdad?
- Desde luego. ¿Por qué?
- Ven, acompáñame - me contestó firmemente - Eres un
especialista en linotipias y, además, tú fuiste quien me metió en esto.
- ¿En qué?
- En esto - contestó, y no quiso decirme nada más hasta que
llegamos. Entonces revolvió todos los casilleros de su despacho y sacó un
borrador, que se apresuró a entregarme.
Su cara tenía una expresión pensativa.
- Walter - dijo -, quizá esté chalado, y quiero asegurarme.
Supongo que dirigir un periódico local durante veintidós años, hacer yo mismo
todo el trabajo y tratar de complacer a todo el mundo es suficiente para
desequilibrar a cualquiera, pero quiero asegurarme.
Le miré, y miré el borrador que me había dado. Era una hoja de
papel normal, escrita con una caligrafía que reconocí como perteneciente a Hank
Rogg, el ferretero de Hales Corners que a veces nos había abastecido. Había los
errores normales que uno esperaría de Hank, pero la reseña no suponía una
novedad para mí. Decía así: «el enlaze matrimonial de H.M. Klaflin y la
señorita Margorie Burke tuvo lugar ayer por la tarde en casa de la novia. Las
damas de honos iban...»
Dejé de leer y miré a George, preguntándome qué vería de extraño
en aquello. Dije:
- ¿Y bien? Eso fue hace dos días, y yo mismo asistí a la boda.
No tiene ninguna gracia...
- Escucha, Walter - repuso él -, ¿querrás hacerme un favor?
Siéntate frente a la linotipia y compón todo este texto. No serán más de diez o
doce líneas.
- Desde luego, pero ¿por qué?
- Porque... Bueno, será mejor que lo hagas, Walter. Después te
diré por qué.
De modo que entré en el taller y me senté frente a la linotipia;
hice un par de renglones para familiarizarme nuevamente con el teclado, puse el
texto en la tablilla y empecé. Dije:
- Oye, George, Marjorie se escribe con jota, en vez de ge,
¿verdad?
Y George contestó «sí» con una curiosa entonación.
Compuse el resto del boletín, después de lo cual alcé la vista y
pregunté:
- ¿Qué más?
Se acercó, tomó las líneas del galerín y leyó del revés, como
todos los impresores leen los tipos, y suspiró. Dijo:
- Así que no era yo. Míralo, Walter.
Me alargó el componedor, y yo leí las líneas, o por lo menos
empecé a hacerlo.
Decían así: «El enlaze matrimonial de H.M. Klaflin y la señorita
Margorie Burke tuvo lugar ayer por la tarde en casa de la novia. Las damas de
honos iban...»
Sonreí.
- ¡Menos mal que ya no tengo que componer tipos para ganarme la
vida, George! Ha sido todo un récord de equivocaciones; tres erratas en las
primeras cinco líneas. Pero ¿qué tiene eso de especial? Ahora dime por qué
querías que yo las compusiera.
Él contestó:
- Haz el favor de componer nuevamente las dos primeras líneas,
Walter. Yo... quiero que lo descubras por ti mismo.
Alcé la vista hacia él y me pareció tan tremendamente serio y
preocupado que no quise discutir. Me volví hacia el teclado y empecé otra vez:
«El enlace matrimonial de...» alcé los ojos hacia los moldes que habían caído,
y vi que decían: «El enlaze matrimonial de...»
Las linotipias tienen una ventaja que ustedes tal vez ignoren si
no son impresores.
Siempre se puede hacer una corrección en una línea, en caso de
que se haga antes de alzar la palanca que envía la línea de matrices hacia la
boca del molde. Sólo hay que pulsar la matriz necesaria para la corrección y
colocarla en el lugar debido manualmente.
Así que apreté la tecla que me proporcionaría la matriz de una c
para corregir el error de la palabra «enlaze»... y no ocurrió nada. La leva de
la tecla giraba bien y el chasquido sonó claramente, pero no cayo ninguna c. Me
aseguré que no se hubiera detenido el distribuidor, pero no era así.
Me puse en pie.
- El canal de la c está atascado - dije. Al fin de asegurarme
antes de repararlo, apreté la tecla de la c y escuché la serie de chasquidos
que se produjeron mientras giraba la leva.
Sin embargo, no cayó ninguna c, así que busqué el...
- Déjalo correr, Walter - dijo serenamente George Ronson -.
Sigue adelante.
Volví a sentarme y decidí seguirle la corriente. Si lo hacía,
probablemente tardaría menos en descubrir lo que quería enseñarme que si
empezaba a discutir. Terminé la primera línea y empecé la segunda, llegando a
la palabra «Margorie» del borrador.
Golpeé la tecla de la M, la a, la r, la j, la o... y se me
ocurrió mirar la composición. Las matrices rezaban «Margo...»
Exclamé: «Maldita sea», y volví a apretar la tecla de la j para
sustituir la g, pero no ocurrió nada. El canal de la j debía de estar atascado.
Apreté unos segundos la tecla de la j y no cayó ninguna matriz. Volví a
exclamar «Maldita sea» y me levanté para examinar el mecanismo de escape.
- No te molestes, Walter - dijo George. Había una mezcla de
varias cosas raras en su voz; una especie de triunfo sobre mí, supongo; un poco
de miedo, una gran sorpresa, y algo de resignación -. ¿No lo ves? ¡Copia
fielmente el original!
- ¿Qué dices que hace?
- Por eso quería que lo intentaras, Walter - dijo -; para
asegurarme de que era la máquina y no yo. Fíjate, el original dice e-n-l-a-z-e
en vez de enlace y M-a-r-g-o-r-i-e en vez de Marjorie... y a pesar de las
teclas que tú aprietes, así es como caen los moldes.
Yo repuse:
- Tonterías. Dime, George, ¿has estado bebiendo?
- No me creas - dijo él -. Sigue tratando de escribir
correctamente estas líneas. Corrige la cuarta línea; la que incluye la palabra
h-o-n-o-s.
Lancé un gruñido y volví a mirar para ver con qué palabra
empezaba la cuarta línea, después de lo cual comencé a pulsar teclas. «Las
damas de hono...» y me detuve. Lenta y deliberadamente, mirando el teclado
mientras lo hacía, puse el índice sobre la tecla de la r y apreté. Oí el
chasquido de la matriz a través del escape, alcé la vista, y observé la caída
de la matriz en el componedor. Esta vez estaba seguro de no haber apretado la
tecla equivocada. Las matrices rezaban... sí, lo han adivinado: «honos».
Dije:
- No puedo creerlo.
George Ronson me miró con una especie de sonrisa irónica y
preocupada. Contestó:
- Yo tampoco podía. Escucha, Walter, me voy a dar un paseo.
Estoy volviéndome loco.
No me veo capaz de seguir aquí. Tú sigue y convéncete. Tómatelo
con calma.
Le contemplé hasta que hubo salido. Después, invadido por una
extraña sensación, volví a concentrarme en la linotipia. Pasó mucho rato antes
de que pudiera creerlo, pero así fue.
A pesar de las teclas que yo apretaba, la máquina copiaba
fielmente el original, con errores y todo.
Decidí no quedarme a medio camino. Empecé otra vez desde el
principio, compuse las dos primeras palabras, y después apreté las teclas al
azar, tal como hace un operador para completar una línea de encaballado: ETAOIN
SHRDLU ETAOIN SHRDLU ETAOIN SHRDLU... y no miré las matrices en el componedor.
Cogí la caliente plomada que el expulsor hizo salir del molde y leí: «El enlaze
matrimonial de H.M. Klaflin y...»
Tenía la frente perlada de sudor. Me la enjugué y después salí
en busca de George Ronson. No tuve que buscar mucho, pues lo encontré donde
suponía. Yo también pedí una copa.
George había lanzado una ojeada a mi rostro cuando entré en el
bar, y supongo que no necesitó preguntarme lo que había sucedido.
Unimos nuestras copas en un silencioso brindis y apuramos el
contenido antes de que ninguno de los dos dijera nada. Después, le pregunté:
- ¿Tienes idea de por qué funciona así?
Él asintió.
- No me digas - le supliqué -. Espera a que haya tomado dos
copas más y entonces quizá pueda resistirlo. - Alcé la voz y dije -: Oye, Joe;
será mejor que dejes la botella en la barra. Nosotros nos encargaremos de ella.
Joe lo hizo así, y yo ingerí otros dos tragos con bastante
rapidez. Después cerré los ojos y dije:
- De acuerdo, George ¿por qué?
- ¿Te acuerdas de aquel tipo que se hizo cortar unas matrices
especiales y alquiló el uso de mi linotipia para componer algo que era
demasiado secreto para que alguien lo leyera? No recuerdo su nombre... ¿cuál
era?
Traté de recordarlo, pero no pude. Tomé otra copa y dije:
- Llamémosle EHDG.
George quiso saber por qué y yo se lo expliqué, volvió a
llenarse el vaso y declaró:
- He recibido una carta suya.
Yo repuse:
- ¡Qué simpático! - Tomé otro trago y añadí -: ¿Has traído la
carta?
- Huh-uh. No la guardé.
- ¡Oh!
Después tomé otro trago y pregunté:
- ¿Recuerdas lo que decía?
- Walter, recuerdo algunos fragmentos. La verdad es que no la
leía con de... con demasiada atención. Pensaba que ese tipo estaba como una
cabra, ¿sabes? La tiré.
Se interrumpió y tomó otro trago, hasta que finalmente yo me
cansé de esperar y le apremié:
- ¿Y bien?
- Y bien, ¿qué?
- La carta. ¿Qué decía la parte que recuerdas?
- ¡Oh, eso! - exclamó George -. Sí. Algo sobre lino linot..., ya
sabes a lo que me refiero.
A estas alturas, la botella que había en la barra frente a
nosotros no podía ser la misma, porque ésta tenía unos dos tercios de líquido y
la otra sólo tenía un tercio. Tomé otro trago.
- ¿Qué decía sobre eso?
- ¿Quién?
- El EH... H... ejem, el tipo que escribió la carta.
- ¿Qué carta? - preguntó George.
Al día siguiente me desperté hacia mediodía, en un estado
francamente deplorable.
Necesité un par de horas para bañarme, afeitarme y encontrarme
lo bastante bien para salir, pero cuando lo hice fue para dirigirme al taller
de George.
Estaba trabajando en la prensa, y su aspecto era casi tan malo
como el mío. Cogí uno de los periódico que salieron y lo miré. Constaba de
cuatro hojas, y la primera y la cuarta estaban dedicadas a noticias locales.
Leí unos cuantos artículos, incluido uno que empezaba: «El
enlaze matrimonial de H. M. Klaflin y la señorita Margorie...»; lancé una
ojeada a la silenciosa linotipia del rincón, miré a George, y volví a desviar
los ojos hacia la silenciosa máquina de acero y hierro fundido.
Tuve que hablar a gritos para que George me oyera por encima del
ruido de la prensa.
- George, escucha. Acerca de la lino... - Me pareció que no
podía gritar algo que sonaba como una tontería, así que busqué una fórmula -.
¿Has conseguido arreglarla? - pregunté.
Él meneó la cabeza y desconectó la prensa.
- Esta es la tirada de hoy - dijo -. Bueno, ahora hay que
doblarlos.
- Escucha - dije yo -, al infierno con los periódicos. Lo que
quiero saber es cómo has conseguido imprimir algo. Ayer, cuando estuve aquí, no
habías hecho ni la mitad y, después de todo lo que bebimos, no sé cómo te las
has arreglado.
Él me sonrió ligeramente.
- Es muy sencillo - dijo -. Compruébalo. Lo único que has de
hacer, sobrio o borracho, es sentarte frente a la máquina, poner el original en
la tablilla, y deslizar los dedos sobre las teclas; ella misma compone las
palabras del borrador. Sí, con errores y todo... pero, a partir de ahora, me
limitaré a corregir los errores del borrador antes de empezar. Esta vez estaba
demasiado bebido, Walter, y no me he visto con ánimos de hacerlo. Walter, esta
máquina está empezando a gustarme. Es la primera vez en un año que acabo la
tirada a tiempo.
- Sí - dije yo -, pero...
- Pero, ¿qué?
- Pero... - Quería decir que aún me resultaba imposible creerlo,
pero no pude. Al fin y al cabo, yo mismo había comprobado el funcionamiento de
la máquina el día anterior, cuando aún estaba sobrio.
Me acerqué un poco y volví a contemplarla. Desde donde yo me
encontraba, parecía exactamente igual que cualquier otra linotipia de ese
modelo. Conocía todas sus levas y todos sus muelles.
- George - dije, con inquietud -, tengo la sensación de que esa
maldita máquina me está mirando. ¿Has notado...?
Él asintió. Le volví la espalda y contemple nuevamente la
linotipia. Esta vez estaba seguro, cerré los ojos, y la sensación se hizo más
intensa. ¿Conocen esa sensación que se tiene de vez en cuando de que te están
mirando fijamente? Bueno, la mía era más fuerte. No era una mirada hostil. Yo
la calificaría de impersonal. Hizo que me asustara.
- George - dije -, salgamos de aquí.
- ¿Por qué?
- Yo... quiero hablar contigo, George. Y la cuestión es que no
quiero que hablemos aquí.
Me miró un instante, y volvió a concentrarse en el montón de
periódicos que estaba doblando a mano.
- No tienes por qué asustarte, Walter - dijo tranquilamente -.
No te hará nada. Es una amiga.
- Debes estar... - Bueno, empecé a decir «loco», pero si él lo
estaba, yo también debía estarlo, así que me interrumpí. Reflexioné un minuto y
después añadí -: George, ayer empezaste a decirme lo que recordabas de una
carta que el... EHDG te envío. ¿Qué decía?
- ¡Oh, eso! Escucha, Walter, ¿quieres prometerme una cosa? Debes
mantener este asunto en el más completo secreto. Quiero decir que no debes
contárselo a nadie.
¿Crees que pensaba contárselo a alguien? - inquirí -. ¿Para que
me encierren en un manicomio? Desde luego que no. ¿Crees que alguien me
creería? ¿Crees que yo mismo lo hubiera creído si no...? Pero ¿qué hay de la
carta?
- ¿Lo prometes?
- Naturalmente.
- Bueno - dijo él -, tal como creo haberte dicho, la carta era
muy imprecisa, y lo que yo recuerdo de ella aún lo es más. Pero explicaba que
había utilizado mi linotipia para componer una... una fórmula metafísica. La
necesitaba, escrita en tipos, para llevarla consigo.
- ¿Para llevársela adónde, George?
- ¿Para llevárselo adónde? Decía que a... no decía adónde. A
donde se iba y nada más. Pero decía que podía tener cierto efecto sobre la
máquina que la había compuesto y que, si era así, lo sentía, pero que él no
podía evitarlo. No lo sabía con seguridad, porque el objeto tardaría en
funcionar.
- ¿A qué objeto te refieres?
- Bueno - repuso George -, a mí me pareció una sarta de
tonterías, música celestial, y todo eso. - Bajó la vista hacia los periódicos
que estaba doblando -. La verdad, me pareció tan absurdo que tiré la carta.
Pero, pensándolo bien, después de lo que ha sucedido... Bueno, recuerdo que la
palabra «pseudovida» aparecía varias veces. Creo que era una fórmula para dar
pseudovida a los objetos inanimados. Decía que la utilizaban con sus... sus
robots.
- ¿Quiénes? ¿Quiénes la utilizaban?
- La carta no lo decía.
Llené la pipa, y la encendí pensativamente.
- George - dije, al cabo de un rato -, lo mejor es que la
destruyas.
Ronson me miró, con ojos desorbitados.
- ¿Destruirla? Walter, a ti te falta un tornillo. ¿Matar a la
gallina de los huevos de oro?
¡Caramba, esto me hará ganar una fortuna! ¿Sabes cuánto he
tardado en componer esta edición, borracho como estaba? Aproximadamente una
hora; por eso he conseguido tenerlos listo a tiempo.
Le miré con incredulidad.
- ¡Puf! - exclamé -. Animada o inanimada, esta linotipia no
puede hacer más de seis líneas por minuto. Esto es todo lo que obtendrás de
ella, a menos que hagas los ajustes necesarios para que funcione más de prisa.
Quizá lograras unas diez líneas por minutos si cambiase...
- Déjate de cambios - replicó George -. ¡Esta máquina funciona a
tal velocidad que ni siquiera ves el elevador en las líneas cortas! Y, Walter,
da un vistazo al molde de miñona.
Está en posición de fundición.
Aunque de mala gana, me acerqué otra vez a la linotipia. El
motor zumbaba ligeramente y habría podido jurar que la máquina me estaba
mirando. Pero me armé de valor y examiné los dientes del molde. En seguida vi
lo que George había querido decir acerca de la matriz de miñona; tenía un color
azul brillante. No me refiero al azul de un cañón de escopeta; me refiero a un
azul claro que hasta entonces no había visto en ningún metal. Los otros tres
moldes empezaban a adquirir la misma tonalidad.
Cerré el visor y miré a George.
- Yo tampoco me lo explico - dijo -; sólo sé que ha sucedido
después de que el molde se sobrecalentara. Creo que es una especie de
tratamiento calorífico. Ahora puedo componer más de cien líneas por minuto,
y...
- ¡Vaya! - exclamé yo -. Ni siquiera podrás administrarle el
metal con la rapidez necesaria para...
El me sonrió con una sonrisa asustada pero triunfal.
- Walter, mira detrás de la máquina. He fabricado un tanque
alimentador sobre el crisol.
Tuve que hacerlo; al cabo de diez minutos me había quedado sin
metal. Sólo hay que meter líneas usadas y metal de repuesto en el tanque
alimentador, introducir los cajetines del diablo, y...
Meneé la cabeza.
- Estás loco. No puedes meter tipos sucios y virutas del suelo;
tendrás que abrirlo y limpiarlo con más frecuencia que si continuamente
tuvieras que añadir metal. Destrozarás el pistón y...
- Walter - me interrumpió serenamente... un poco demasiado
serenamente - no se produce ninguna clase de escoria.
Yo me quedé mirándolo inexpresivamente, y él debió de pensar que
había hablado más de lo que quería, porque se apresuró a recoger los periódicos
que había doblado y se dirigió hacia el despacho, diciendo:
- Hasta luego, Walter. Tengo que llevar todo esto...
El hecho de que mi nuera estuviese a punto de morir de neumonía
en una ciudad situada a varios cientos de kilómetros de distancia no tiene nada
que ver con el problema de la linotipia de Ronson, a excepción de que me
ausenté durante tres semanas. No vi a George durante este espacio de tiempo.
A lo largo de la tercera semana de ausencia me envió dos
frenéticos telegramas; no me facilitaba detalles y sólo me rogaba que volviese
a toda prisa. En el segundo, terminaba:
«APRESÚRATE. NO IMPORTA DINERO. TOMA UN AVIÓN».
Junto con el telegrama, me hizo llegar un giro de cien dólares.
Este segundo mensaje me hizo pensar. «No importa dinero» es una frase muy
extraña para un editor de un periódico poco importante. Además, nunca había
sabido que George hubiese dispuesto alguna vez de cien dólares en efectivo, a
pesar de conocerle desde hacía muchos años.
Pero la familia es lo primero, y le telegrafié que regresaría en
cuanto Ella estuviese fuera de peligro y ni un minuto antes., y que no cobraría
el giro porque un billete de avión sólo costaba diez dólares; y yo no
necesitaba dinero.
Al cabo de dos días nada se oponía a mi regreso, así que le
telegrafié mi hora de llegada. Fue a buscarme al aeropuerto.
Parecía envejecido y completamente agotado; sus ojos me
revelaron que no había dormido en varios días. Sin embargo, llevaba un traje
nuevo y tenía un coche nuevo, cuyo silencioso motor proclamaba a gritos el
dinero que le habría costado.
- ¡Gracias a Dios que has vuelto, Walter! - me dijo -. Te pagaré
lo que quieras si...
- Oye - repuse -, haz el favor de calmarte. Hablas tan de prisa
que no entiendo nada.
Empieza por el principio y no te precipites. ¿Cuál es el
problema?
- No hay ningún problema. Todo es maravilloso, Walter. Sin
embargo, tengo tanto trabajo que empiezo a no poder hacerlo yo solo,
¿comprendes? He estado trabajando veinte horas al día, porque gano dinero con
tanta rapidez que cada hora de descanso me cuesta cincuenta dólares, no puedo
permitirme el lujo de descansar a razón de cincuenta dólares la hora, Walter,
y...
- ¡Vaya! - exclamé -. ¿Por qué no puedes permitirte el lujo de
descansar? Si ganas unos cincuenta por hora, ¿por qué no trabajas diez horas al
día y...? ¡Por todos los santos, quinientos dólares al día! ¿Qué más quieres?
- ¿Eh? ¿Y perder los otros setecientos al día? Dios mío, Walter,
esto es demasiado bueno para durar. ¿Es que no lo ves? ¡Va a ocurrir alguna
cosa y por primera vez en mi vida tengo la oportunidad de hacerme rico, y tú
tienes que ayudarme, y puedes hacerte rico también. Mira, cada uno de los dos
podemos trabajar en un turno de doce horas con Etaoin, y...
- ¿Con quién?
- Con Etaoin Shrdlu. La he bautizado, Walter. He dejado el
trabajo tipográfico a fin de dedicar todo mi tiempo a la composición de tipos.
Y, escucha, podemos trabajar en un turno de doce horas cada uno, ¿sabes? Solo
un tiempo, Walter, hasta que seamos ricos.
Te contrato por un cuarto de los beneficios, a pesar de que sea
mi linotipia y mi taller. Eso serán unos trescientos dólares al día; ¡dos mil
cien dólares en una semana de siete días de trabajo! a la velocidad de
composición que he estado trabajando, podemos conseguir todos los encargos
que...
- Más despacio, más despacio - dije yo -. ¿Para quién has
trabajado? En Centerville no se imprime ni una décima parte de todo eso.
- No se trata de Centerville, Walter, sino de Nueva York, He
recibido varios encargos de los grandes editores de libros. Bergstrom, por
ejemplo; Hayes & Hayes me ha confiado todas sus reimpresiones; también he
trabajado para Wheeler House, y Willet & Clark.
Verás, firmo un contrato para hacerlo todo, después pago a
alguien para que imprima y encuaderne los libros, y yo sólo me encargo de la
tipografía. E insisto en que me den un original perfecto, cuidadosamente leído.
Si hay algunas correcciones que hacer, se las encargo a otro tipógrafo. Así es
como he conseguido vencer a Etaoin Shrdlu, Walter.
Bueno, ¿querrás ayudarme?
- No - le dije.
Mientras hablábamos casi habíamos llegado a la ciudad, y George
estuvo a punto de perder el control del volante cuando rechacé su proposición.
Después salió de la carretera y aparcó, volviéndose para mirarme con
incredulidad.
- ¿Por qué no, Walter? ¿Es que más de dos mil dólares a la
semana no te parecen suficientes? ¿Qué otra cosa...?
- George - le dije -, tengo muchas razones para rehusar, pero la
principal es que no quiero hacerlo. Me he retirado. Tengo dinero suficiente
para vivir. Es posible que mis ingresos estén más cerca de los tres dólares al
día que de los trescientos, pero ¿qué haría yo con trescientos? Por otra parte,
me destrozaría la salud, como tú te la estás destrozando, trabajando doce horas
al día, y... Bueno, nada mas. Estoy satisfecho con lo que tengo.
- Debes de estar bromeando Walter. Todo el mundo quiere ser
rico. Piensa en lo que un par de miles de dólares a la semana te reportaría al
cabo de un par de años. ¡Más de medio millón de dólares! Tienes dos hijos
mayores que podrían beneficiarse de...
- Los dos se las arreglan muy bien, gracias. Tienen un buen
empleo y no tardarán en ascender. Si les dejara una gran fortuna, les haría más
mal que bien. Además, ¿por qué tengo que ser yo? ¡Cualquiera puede componer
tipos en una linotipia que establece su propia velocidad, copia el original, y
no se equivoca nunca! Encontrarás a cientos de personas que estarán encantados
de trabajar por menos de trescientos dólares al día; mucho menos. Si insistes
en sacar el máximo provecho de la situación contrata a tres linotipistas para
que hagan tres turnos de ocho horas y no te ocupes de nada más que de lograr
los contratos. De lo contrario, te matarás de tanto trabajar.
El hizo un gesto de impotencia.
- No puedo, Walter. No puedo contratar a nadie. ¿No comprendes
que todo esto ha de mantenerse en secreto? Los sindicatos se me echarían encima
en cuanto supieran que...
Sólo puedo confiar en ti, Walter, porque tú...
- ¿Porque yo ya lo sé? - Le sonreí -. Así que de todos modos,
tienes que confiar en mí, te guste o no. Pero la respuesta sigue siendo la
misma. Me he retirado y no lograrás tentarme. Te aconsejo que cojas un buen
martillo y destroces esa... esa cosa.
- Dios mío, ¿por qué?
- Maldita sea, no sé por qué. Sólo sé que yo lo haría. En primer
lugar, si no consigues dominar tu avaricia y trabajar las horas normales,
acabarás en el cementerio, Y, en segundo lugar, es posible que esta fórmula no
haya hecho más que empezar a funcionar.
¿Cómo sabes hasta dónde llegará?
El suspiró, y me di cuenta de que no había escuchado ni una sola
palabra.
- Walter - rogó -, te daré quinientos al día.
Yo meneé firmemente la cabeza.
- Ni quinientos, ni quinientos mil.
Debió comprender que hablaba en serio, porque volvió a poner el
coche en marcha.
Dijo:
- Bueno, supongo que si el dinero no significa absolutamente
nada para ti...
- Te aseguro que no - le confirmé -. Me importaría si no tuviera
ni un céntimo, pero dispongo de unos ingresos regulares y soy tan feliz como si
se tratara de una cantidad diez veces mayor. Especialmente si tuviera que
trabajar con... con...
- ¿Con Etaoin Shrdlu? Es posible que llegara a gustarte, Walter,
juraría que esa máquina está desarrollando una personalidad propia. ¿Quieres
pasar un momento por el taller?
- Por ahora no - repuse -, necesito un baño y dormir un poco. Ya
iré un momento mañana. Escucha, la última vez que nos vimos no tuve oportunidad
de preguntarte lo que querías decir al hablar de la escoria. ¿Qué quiere decir
eso de que no se produce nada de escoria?
El no apartó los ojos de la carretera.
- ¿Acaso dije tal cosa? No lo recuerdo...
- Escúchame bien, George, no trates de negar una cosa así. Sabes
perfectamente que lo dijiste, y que ahora estás disimulando. ¿Quieres
explicármelo? ¡Vamos!
- Bueno... - Condujo un par de minutos en silencio, y después -:
Oh, está bien. Te lo diré. No he comprado más metal tipográfico desde... desde
que ocurrió. Por si esto fuera poco, hay unas cuantas toneladas más de las que
había entonces, aparte del metal que envíe al impresor. ¿Lo entiendes?
- No. A no ser que te refieras a que...
El asintió.
- Transmuta, Walter. El segundo día, cuando iba tan de prisa que
no pude mantenerme a su nivel con el metal bruto lo descubrí. Instalé un
alimentador encima del crisol, y empecé a buscar metal con tal desesperación
que introduje líneas usadas sin lavar y me propuse aprovechar toda la escoria
que pudiera..., pero no hubo escoria. La superficie del metal fundido era tan
lisa y brillante como... como tu coronilla, Walter.
- Pero... - objeté yo -. ¿Cómo...?
- No lo sé, Walter. Es algo químico. Una especia de sustancia
líquida de color gris.
Estaba en el fondo del crisol. Yo lo vi. Un día que se quedó
casi vacío. Es algo que funciona como un jugo gástrico y digiere todo lo que yo
meta en el alimentador hasta convertirlo en metal tipográfico puro.
Me pasé la mano por la frente y la noté mojada. Repuse
débilmente:
- Todo lo que metes en...
- Sí, absolutamente todo. Cuando se me acabaron las barreduras,
las cenizas, y los papeles, utilicé... bueno, sólo tienes que echar una ojeada
al tamaño del agujero que hay en el jardín.
Ninguno de los dos hablamos durante los próximos minutos, hasta
que el coche se detuvo frente a mi hotel. Entonces le dije:
- George, si en algo estimas mis consejos, destruye esa máquina,
ahora que todavía puedes. Si es que todavía puedes. Es peligrosa. Podría...
- Podría ¿qué?
- No lo sé. Eso es lo malo.
Dio gas al motor y después lo dejó reposar nuevamente. Me miró
con expresión pensativa.
- Yo... Quizá estés en lo cierto, Walter. Pero estoy ganando
tanto dinero que... ese nuevo metal hace que aún sea más de lo que te he dicho,
y puedo decidirme a renunciar a ello. Sin embargo, cada día es más lista...
Yo... ¿Te he dicho, Walter, que ahora también limpia los espaciadores? Segrega
grafito.
- ¡Dios mío! - exclamé, y permanecí en la acera hasta que le
perdí de vista.
No me vi con ánimos de ir al taller de Ronson hasta última hora
de la tarde siguiente. Y cuando llegué, tuve el presentimiento de que había
sucedido algo malo, incluso antes de abrir la puerta.
George estaba sentado frente a su mesa de despacho, con la cara
sepultada entre los brazos. Alzó la vista al oírme entrar y vi que tenía los
ojos enrojecidos.
- ¿Y bien? - pregunté.
- Lo he intentado.
- ¿Quieres decir que... has intentado destruirla?
El asintió.
- Tenías razón, Walter. He tardado demasiado en darme cuenta.
Ahora ya es demasiado lista para nosotros. Mira. - Levantó la mano izquierda y
vi que estaba vendada
-. Me ha arrojado un chorro de metal.
Yo lancé un silbido.
- Escucha, George, ¿y si desenchufáramos el...?
- Ya lo he hecho - repuso -. Además, para asegurarme del todo,
incluso he desconectado toda la instalación del edificio. No ha servido de
nada, ha empezado a generar sus propia corriente.
Di unos pasos en dirección a la puerta del taller. Me estremecí
de pies a cabeza al pensar que debía entrar allí. Tras una ligera vacilación,
pregunté:
- ¿Crees que es seguro...?
El asintió.
- Sí, mientras no hagas ningún movimiento en falso, Walter. No
trates de coger el martillo ni nada por el estilo, ¿eh?
No creí necesario responderle. Habría sido como atacar a una
cobra con un palillo. El solo hecho de trasponer aquella puerta para dar un
vistazo me costó un esfuerzo casi sobrehumano.
Y lo que vi me hizo retroceder de nuevo hasta el despacho. Con
una voz que pareció extraña a mis propios oídos, pregunté:
- George ¿has movido esa máquina? Está casi un metro y medio más
cerca de...
- No - contestó -. No la he movido. Vámonos a tomar una copa,
Walter.
Suspiré profundamente.
- De acuerdo - accedí -, pero antes dime cuál es la situación
actual. ¿Cómo es que no estás...?
- Hoy es sábado - me dijo -, y sólo quiere trabajar cinco días,
y cuarenta horas por semana. Ayer quise empezar a componer un libro sobre el
socialismo y las relaciones laborales, y... bueno, al parecer... verás...
Abrió el primer cajón de la mesa.
- Aquí tengo una galerada del manifiestos que he hecho esta
mañana, reclamando sus derechos. Quizá tenga razón; sea como fuere, resuelve mi
problema acerca de agotarme para tratar de ponerme a su nivel ¿comprendes? Una
semana de cuarenta horas significa que no podré aceptar tantos encargos, pero
aun cuentos con cincuenta dólares por hora a razón de cuarenta horas, aparte
del beneficio que supone convertir tierra en metal tipográfico, lo cual no es
de despreciar; pero...
Le arrebaté la galerada de las manos y la acerqué a la luz.
Empezaba así: «YO, ETAOIN SHRDLU...»
- ¿Acaso lo ha compuesto ella misma? - pregunté.
El asintió.
- George - dije -, ¿no querías ir a tomar una copa...?
Es posible que el alcohol nos aclarase las ideas porque, después
de la quinta copa, todo fue muy sencillo. Tan sencillo que George no entendía
por qué no se le había ocurrido antes. Al fin admitió que ya estaba harto, más
que harto. No sé si el manifiesto había conseguido frenar su avaricia, o si
todo se debía a que la máquina se hubiera movido, o a otra cosa; pero estaba
dispuesto a terminar con el problema.
Le dije que lo único que debía hacer era mantenerse alejado de
la máquina. Podíamos suspender la publicación del periódico y devolver los
encargos que había contratado.
Quizá tuviera que pagar una indemnización a alguna de las
editoriales, pero tenía mucho dinero en el Banco, tras su inesperada
prosperidad, y le quedarían unos veinte mil dólares limpios. Era más que
suficiente para empezar un nuevo periódico o publicar el mismo en otra
dirección... aunque sin dejar de pagar el alquiler del antiguo local, donde
Etaoin Shrdlu se cubriría de telarañas.
Claro que fue sencillo. No se nos ocurrió pensar que a Etaoin
quizá no le gustara la idea, o que fuese capaz de hacer algo para impedirlo.
Sí, nos pareció sencillo y concluyente. Brindamos por ello.
Brindamos varias veces, y el lunes por la noche yo seguía en el
hospital. Sin embargo, ya me encontraba lo bastante bien como para telefonear,
y traté de ponerme en comunicación con George. No estaba. Después llegó el
martes.
El miércoles por la tarde el médico me dio una conferencia sobre
la cantidad de alcohol que se podía tomar a mi edad, y me dijo que ya podía
irme pero que si lo repetía...
Fui a casa de George. Un hombre extremadamente delgado y de
rostro macilento me abrió la puerta. Entonces habló y vi que era George Ronson.
Todo lo que dijo fue:
- Hola, Walter; entra. - Su voz no reflejaba ni esperanza ni
felicidad. Tenía el aspecto de un zombi.
Le seguí al interior, y dije:
- George, anímate. No puede ser tan malo. Explícamelo todo.
- Es inútil, Walter - repuso -. Estoy derrotado. Ella... vino y
me obligó. Tengo que usarla esas cuarenta horas semanales, tanto si quiero como
sin no. Me... me trata como a un criado, Walter.
Le obligué a sentarse y a hablar con calma, y me lo explicó. El
lunes por la mañana había ido al despacho, como siempre, para solucionar
algunos asuntos financieros, pero sin intención de entrar en el taller. Sin
embargo, a las ocho, oyó que algo se movía en el cuarto trasero.
Súbitamente atemorizado, fue hasta la puerta para mirar lo que
ocurría. La linotipia - George tenía los ojos desmesuradamente abiertos
mientras me lo decía - se estaba moviendo, avanzaba hacia la puerta del
despacho.
No se mostró demasiado explícito respecto a su método de
locomoción - más tarde descubrimos unas ruedecillas -, pero me aseguró que
avanzaba lentamente al principio, con más rapidez y confianza a cada
centímetro.
De alguna manera, George comprendió inmediatamente lo que
quería. Y, al mismo tiempo, comprendió que estaba perdido. La máquina, en
cuanto él se presentó ante ella, dejó de moverse, empezó a crujir, y varios
tipos cayeron sobre el componedor. Como un hombre que camina hacia la
guillotina, George se acercó y leyó estas líneas: «YO, ETAOIN SHRDLU, exijo...»
En aquel momento pensó huir. Pero la idea de ser perseguido a lo
largo de la calle mayor de la ciudad por... No, era impensable. Y si huía -
como era probable a menos que la máquina desplegara nuevas habilidades, cosa
que también parecía probable -, ¿no escogería a alguna otra víctima? Quizá
hiciese algo peor.
Armándose de resignación, le indicó por señas que aceptaba.
Acercó la silla a la linotipia y colocó un borrador en la tablilla. Puso más
metal, y otras cosas, en el tanque alimentador. Ya no tuvo que tocar el
teclado.
Y mientras cumplía esos deberes mecánicos, me dijo George, se
dio cuenta de que ya no era la linotipia la que trabajaba para él, sino que él
trabajaba para la linotipia. Ignoraba por qué quería componer tipos y tampoco
le importaba. Al fin y al cabo, ésta era su misión, y probablemente era
instintivo.
O bien, tal como sugerí, y él aceptó como posible, estaba
interesada en aprender. Leía y asimilaba por medio del proceso de composición.
Véase: el efecto en términos de acción directa de que leyera libros
socialistas.
Hablamos hasta medianoche, y no llegamos a ninguna parte. Sí,
volvería al despacho a la mañana siguiente y pasaría otras ocho horas
componiendo o ayudando a que la linotipia lo hiciese. Tenía miedo de lo que
podía ocurrir si no lo hacía. Y yo comprendía y compartía ese miedo, por la
sencilla razón de que no sabíamos lo que podía ocurrir. El rostro del peligro
brilla más cuando se vuelve para ocultar sus facciones.
- Pero, George - protesté -, tiene que haber alguna solución. Me
siento parcialmente responsable. Si no te hubiese enviado al hombrecillo que te
alquiló...
Me puso una mano en el hombro.
- No, Walter. La culpa fue totalmente mía porque yo fui un
avaricioso. Si hace dos semanas hubiera seguido tu consejo, podría haberla
destruido. ¡Dios mío, cuánto me gustaría estar sin un céntimo si así
pudiera...!
- George - repetí -, tiene que haber alguna solución. Debemos
encontrarla...
- ¿Qué solución?
Suspiré.
- No... no lo sé. Lo pensaré.
El dijo:
- De acuerdo, Walter. Haré todo lo que me sugieras, lo que sea.
Tengo miedo, un miedo horrible, de pensar en la razón por la que tengo miedo...
De regreso en mi habitación, no pude dormir. No lo logré hasta
el amanecer, y entonces caí en un sueño inquieto que duró hasta las once. Me
vestí y bajé a la ciudad para encontrarme: «YO, ETAOIN SHRDLU...» con George a
la hora de comer.
- ¿Se te ha ocurrido alguna cosa, Walter? - me preguntó en
cuanto me vio. Su voz no revelaba grandes esperanzas.
Yo meneé la cabeza.
- Entonces - dijo, con una voz firme en apariencia pero
temblorosa en el fondo -, esta tarde presenciaremos el final. Ha ocurrido algo.
- ¿Qué?
- Cuando vuelva - dijo -. llevaré un martillo dentro de la
camisa. Creo que hay una posibilidad de alcanzarla antes de que ella me
alcance. Si no... bueno, lo habré intentado.
Mire a mi alrededor. Nos encontrábamos sentados en un reservado
de la cafetería de Shorty y Shorty se acercaba en aquel momento para preguntar
qué queríamos. Parecía un mundo equilibrado y tranquilo.
Esperé hasta que Shorty se hubo ido a freír nuestras
hamburguesas, y entonces pregunté serenamente:
- ¿Qué ha ocurrido?
- Otro manifiesto, Walter, exige que instale otra linotipia. -
Me miró fijamente, y un escalofrío me recorrió la espina dorsal.
- Otra... George, ¿qué clase de borrador has compuesto esta
mañana?
Pero, naturalmente, yo ya lo había adivinado.
Reinó un largo silencio después de que me lo dijera; no hice
ningún comentario hasta el momento de irnos. Entonces:
- George, ¿había algún límite de tiempo en esa solicitud?
El asintió.
- Veinticuatro horas. De todos modos, ya puedes suponer que me
resulta imposible conseguir otra máquina en ese espacio de tiempo, a menos que
encuentre alguna en la región, pero... Bueno, no he discutido el límite de
tiempo porque... Bueno, ya te he dicho lo que voy a hacer.
- ¡Es un suicidio!
- Probablemente. Sin embargo...
Lo agarré por un brazo.
- George - dije -, debe haber algo que podamos hacer. Algo.
Espera hasta mañana por la mañana. Nos veremos a las ocho; y si no se me ha
ocurrido nada que valga la pena intentar, bueno... te ayudaré a tratar de
destruirla. Quizá uno de los dos pueda alcanzar una parte vital o...
- No, no debes arriesgar tu vida, Walter. Ha sido culpa mía...
- Dejándote matar no conseguirás resolver el problema - observé
-. ¿De acuerdo?
Espera hasta mañana por la mañana.
El accedió y no volvimos a hablar del tema.
Llegó el día siguiente. Llegó justo después de medianoche,
continuó, y aún seguía allí a las siete cuarenta y cinco, cuando dejé mi
habitación y me dirigí al encuentro de George, para confesarle que no se me
había ocurrido nada.
Aún no se me había ocurrido nada cuando abrí la puerta de la
imprenta y vi a George.
El me miró y yo meneé la cabeza.
El asintió tranquilamente, como si ya los esperase, y habló en
voz muy baja, casi en susurros, supongo que para que la máquina no nos oyera.
- Escucha, Walter - dijo -, no quiero que te mezcles en esto. Es
mi propio funeral. Sólo yo he tenido la culpa, yo y el hombrecillo de los
granos, así que...
- ¡George! - exclamé -. ¡Creo que ya lo tengo! ¡Eso... eso de
los granos me ha dado una idea! El... Sí, escucha: no hagas nada hasta dentro
de una hora, ¿quieres George?
Volveré. ¡Es cosa hecha!
Yo no estaba seguro de que fuese cosa hecha, pero la idea
parecía digna de probarse, a pesar de que constituyese una posibilidad remota.
Y tenía que presentarla ante George como algo seguro o, de lo contrario, habría
llevado a cabo su plan ahora que ya estaba decidido.
- Pero dime... - empezó.
Señalé el reloj.
- Son las ocho y un minuto y no puedo perder el tiempo en
explicaciones. Confía en mí durante una hora ¿de acuerdo?
El asintió y se dirigió hacia el taller mientras ya salía. Fui a
la biblioteca y a la librería local, y al cabo de media hora me encontraba de
regreso. Entré en el taller con seis enormes libros debajo de cada brazo y
grité:
- ¡Hola George! Un trabajo urgente. Yo mismo lo compondré.
En aquel momento estaba sentado frente a la máquina, trabajando.
Lo aparté de allí y me instalé delante de la linotipia. El dijo frenéticamente:
- Oye, sal de... - y me asió por un hombro.
Yo me libré de su mano.
- Me ofreciste un empleo, ¿verdad? Bueno, lo acepto. Escucha,
George, vete a casa y duerme un poco. O, si lo prefieres, espera en el
despacho. Te llamaré cuando haya terminado.
Etaoin Shrdlu parecía hacer ruidos de impaciencia, y yo guiñé un
ojo a George - a espaldas de la máquina -, haciéndole señas para que se fuera.
El permaneció unos minutos donde estaba, mirándome irresolutamente, y al fin
dijo:
- Confío en que sepas lo que haces, Walter.
Eso mismo esperaba yo. Le oí entrar en el despacho y sentarse
frente a la mesa para esperar.
Mientras tanto, yo había abierto uno de los libros que acababa
de comparar, arranqué la primera página y la coloqué sobre la tablilla de la
maquina. Con una precipitación que me sobresaltó, las matrices empezaron a
caer, el elevador subió y Etaoin Shrdlu escupió una línea en el componedor. Y
otra. Y muchas más.
Yo permanecí donde estaba, sudando.
Al cabo de un minuto, volví la página; arranqué otra y la apoyé
en la tablilla. Rellené el componedor y luego lo vacíe. Y así sucesivamente.
Terminamos el primer libro antes de las diez y media.
Cuando el reloj dio las doce, George abrió la puerta y se quedó
en el umbral, esperando que yo me levantara y fuera a comer con él. Pero Etaoin
seguía componiendo, así que hice un signo negativo en dirección a George y
seguí con nuevo original. Si la máquina estaba tan interesada por lo que
componía como para haber olvidado su propio manifiesto acerca del horario, y no
se detenía a la hora de comer, no sería yo quién la interrumpiera. Aquello
significaba que quizá mi idea tuviese éxito.
La una y seguimos adelante. Empezamos el cuarto de mis doce
libros.
A las cinco ya habíamos acabado el sexto y estábamos a mitad del
séptimo. En el estante ya no cabían más líneas, así que empecé a colocarlas en
el suelo o a meterlas en el tanque alimentador para dejar sitio a las demás.
Las cinco y media, y no nos detuvimos.
George volvió a asomar la cabeza por la puerta con una expresión
esperanzada pero sorprendida, y le volví a hacerle señas de que se marchara.
Me dolían los dedos tras arrancar tantas hojas del libro, me
dolían los brazos tras acarrear tanto metal, me dolían las piernas tras
numerosos caminos del banco a la máquina y de la máquina al banco, y me dolían
otras partes tras tantas horas de permanecer sentado.
Las ocho. Las nueve. Diez volúmenes terminados y sólo otros dos
por hacer. Pero tenía que... estaba dando resultado. Etaoin Shrdlu empezaba a
trabajar más despacio.
Daba la impresión de componer los tipos más reflexivamente, más
pausadamente. En varias ocasiones se detuvo unos segundos al final de una frase
o un párrafo.
Cada vez más despacio.
Y a las diez se detuvo completamente y permaneció inmóvil,
mientras un debilísimo zumbido se escapaba del motor, zumbido que fu
disminuyendo de intensidad hasta hacerse casi inaudible.
Me pues en pie, sin apenas atreverme a respirar, hasta haberme
asegurado. Las piernas me temblaban mientras iba hacia la mesa de herramientas
y cogía un destornillador. Retrocedí hasta llegar nuevamente junto a Etaoin
Shrdlu y, lentamente - con los músculos tensos para saltar hacia atrás si
ocurría algo -, metí la mano en la máquina y saqué un tornillo del segundo
elevador.
No ocurrió nada, así que lancé un profundo suspiro y desmonté la
prensa de tornillo.
Entonces, con una nota de triunfo en la voz, llamé: «¡George!» y
mi amigo acudió corriendo.
- Coge un destornillador y una llave inglesa - le dije -. Vamos
a desmontarla y... bueno, tienes un agujero enorme en el jardín. La meteremos
allí y rellenaremos el agujero.
Mañana tendrás que procurarte otra linotipia, pero me imagino
que puedes permitirte ese lujo.
Miró el par de piezas que yo había desmontado y que reposaban en
el suelo, y dijo:
«Gracias a Dios», después de lo cual se fue a buscar las
herramientas requeridas.
Yo también me acerqué a la mesa de herramientas, y de pronto
comprendí que estaba tan agotado que tendría que descansar un poco, así que me
dejé caer en una silla.
George se aproximó y se quedó a mi lado. Dijo:
- Y ahora, Walter, ¿querrás explicarme cómo lo has hecho? -
Había admiración y respeto en su voz.
Le sonreí.
- Lo que dijiste sobre el grano me dio la idea, George. El grano
de Buda. Esto y el hecho de que la linotipia reaccionara de ese modo frente a
lo que aprendía. ¿Lo ves, George? Era una mente virgen, a excepción de lo que
nosotros le proporcionábamos.
Compone libros sobre las relaciones laborales e inicia una
huelga. Compone novelitas románticas, y solicita una linotipia para que...
»Así que le he proporcionado budismo, George. He traído todos
los malditos libros sobre budismo que he podido encontrar en la biblioteca y la
librería.
- ¿Budismo? Walter, ¿qué demonios tiene que ver...?
Me levanté y señalé a Etaoin Shrdlu.
- ¿Lo ves, George? Cree lo que compone. De modo que le he
proporcionado una religión que la convenciera de la absoluta inutilidad de todo
esfuerzo y acción, así como de lo deseable que puede resultar la inexistencia.
Om Mani padme hum, George.
»Mira... no le importa lo que pueda sucederle y ni siquiera sabe
que estamos aquí. ¡Ha alcanzado el nirvana, y se dedica a la contemplación del
tornillo de la leva!
ARMAGEDON
Tuvo lugar, entre todos los lugares del mundo, en Cincinnati. No
es que tenga nada en contra de Cincinnati, pero no es precisamente el centro
del universo, ni siquiera del estado de Ohio. Es una bonita y antigua ciudad y,
a su manera, no tiene par. Pero incluso su cámara de comercio admitiría que
carece de significación cósmica. Debió de ser una simple coincidencia que
Gerber el Grande - ¡vaya nombre! - se encontrara entonces en Cincinnati.
Naturalmente, si el episodio hubiera llegado a conocerse,
Cincinnati se habría convertido en la ciudad más famosa del mundo, y el pequeño
Herbie sería aclamado como un moderno san Jorge y más celebrado que un niño
bromista. Pero ni uno solo de los espectadores que llenaban el teatro Bijou
recuerda nada acerca de lo ocurrido. Ni siquiera el pequeño Herbie Westerman, a
pesar de tener la pistola de agua que tan importante papel jugó en el suceso.
No pensaba en la pistola de agua que tenía en un bolsillo
mientras contemplaba al prestidigitador que ejecutaba su número en el
escenario. Era una pistola de agua nueva, comprada en el camino hacia el teatro
cuando engatusó a sus padres para que entraran en la juguetería de la calle
Vine; pero, en aquel momento, Herbie estaba mucho más interesado por lo que
ocurría en el escenario.
Su expresión revelaba la más completa aprobación. Los juegos de
manos a base de cartas no suponían ningún misterio para Herbie. El mismo sabía
hacerlos. Eso sí, debía utilizar una baraja pequeña que iba en la caja de magia
y era del tamaño adecuado para sus nueve años de edad. Y la verdad es que
cualquiera que le observase podía ver el paso de la carta de un lado a otro de
la mano. Pero eso no era más que un detalle.
Sin embargo, sabía que pasar siete cartas a la vez requería una
gran fuerza digital así como una habilidad sin límites, y eso era lo que Gerber
el Grande estaba haciendo.
Durante el cambio no se oía ningún chasquido revelador, y Herbie
hizo un gesto de aprobación. Entonces recordó el siguiente número.
Dio un codazo a su madre y le dijo:
- Mamá, pregunta a papá si tiene un pañuelo para dejarme.
Por el rabillo del ojo, Herbie vio que su madre volvía la cabeza
y en menos tiempo del necesario para decir «Presto», Herbie había abandonado su
asiento y corría por el pasillo.
Se sentía satisfecho de su hábil maniobra de despiste y su
rapidez de reflejos.
En aquel preciso momento de la actuación - que Herbie ya había
visto en otras ocasiones, solo - era cuando Gerber el Grande pedía que algún
niño subiera al escenario.
Lo estaba haciendo en aquel preciso instante.
Herbie Westerman se le adelantó. Se puso en movimiento mucho
antes de que el mago formulara la solicitud. En la actuación precedente, fue el
décimo en llegar a las escaleras que unían el pasillo y el escenario. Esta vez
había estado preparado, y poco se había arriesgado a que sus padres se lo
prohibieran. Quizá su madre le hubiera dejado y quizá no; le pareció mejor
esperar a que mirase hacia otro lado. No se podía confiar en los padres en
cosas como ésa. A veces, tenían ideas muy raras.
«...tan amable de subir al escenario?» Los pies de Herbie se
posaron en el primer escalón antes de que el mago terminara la frase. Oyó un
decepcionado arrastrar de pies a su espaldas, y sonrió vanidosamente mientras
atravesaba el escenario.
Herbie sabía, por anteriores representaciones, que el truco de
las tres palomas era el que necesitaba un ayudante escogido entre el público.
Era el único truco que no conseguía descubrir. Sabía que en aquella caja tenía
que haber un compartimiento oculto, pero ni siquiera podía imaginarse dónde.
Sin embargo, esta vez sería él quien aguantara la caja. Si a esa distancia no
era capaz de descubrir el truco, lo mejor que podía hacer era dedicarse a
coleccionar sellos.
Sonrió abiertamente al mago. No es que él, Herbie, pensara
delatarle. El también era mago; por eso comprendía qué entre todos los magos
debía existir un gran compañerismo y que uno jamás debía revelar los trucos de
otro.
No obstante, se estremeció y la sonrisa se borró de su cara en
cuanto observó los ojos del mago. Gerber el Grande, desde tan cerca, parecía
mucho más viejo que desde el otro lado del escenario. Y además, distinto. Mucho
más alto, por ejemplo.
Sea como fuere, aquí llegaba la caja para el truco de las
palomas. El ayudante habitual de Gerber la traía en una bandeja. Herbie desvió
la mirada de los ojos del mago y se sintió mejor. Incluso recordó la razón por
la que se encontraba en el escenario. El criado cojeaba. Herbie agachó la
cabeza para ver la parte inferior de la bandeja por si acaso. No vio nada.
Gerber cogió la caja. El criado se alejó cojeando y Herbie lo
siguió con la mirada. ¿Era realmente cojo o se trataba únicamente de un truco
más?
La caja se dobló hasta quedar totalmente plana. Los cuatro lados
reposaron sobre el fondo, la superficie reposó sobre uno de los lados. Había
pequeñas bisagras de latón.
Herbie dio rápidamente un paso atrás para ver la zona posterior
mientras la anterior era mostrada a los espectadores. Sí, entonces lo vio. Un
compartimiento triangular adosado a un lado de la tapa, cubierta por un espejo,
y unos ángulos destinados a lograr su invisibilidad. Un truco muy gastado.
Herbie se sintió un poco decepcionado.
El prestidigitador dobló la caja y el compartimiento oculto por
el espejo quedó en su interior. Se volvió ligeramente.
- Y ahora, jovencito...
Lo que ocurrió en el Tibet no fue el único factor; fue el último
eslabón de una cadena.
El clima tibetano había sido insólito durante esa semana,
realmente insólito. Hizo un relativo calor. La nieve sucumbió a las elevadas
temperaturas en cantidad superior a la que se había fundido a lo largo de los
últimos años. Los riachuelos crecieron, y todos los ríos aumentaron de caudal.
A lo largo de los ríos, los molinillos de oraciones giraban a
más velocidad de la que habían alcanzado jamás. Otros, sumergidos, se
detuvieron. Los sacerdotes, con el agua hasta las rodillas, trabajaban
frenéticamente, acercando los molinillos a la ribera, donde el veloz torrente
no tardaría en volver a cubrirlos.
Había un pequeño molinillo, uno muy antiguo que había girado sin
cesar durante más tiempo del que ningún hombre podía recordar. Hacía tanto
tiempo que se encontraba allí que ningún lama recordaba la inscripción que
ostentaba, ni cuál era el propósito de aquella oración.
Las turbulentas aguas rozaban su eje cuando el lama Klarath se
acercó para trasladarlo a un lugar más seguro. Demasiado tarde. Sus pies
resbalaron sobre el barro y la palma de su mano tocó el molinillo mientras
caía. Liberado de sus amarras, se alejó con la corriente, rodando por el fondo
del río, hacia aguas cada vez más profundas.
Mientras rodó, todo fue bien.
El lama se levantó, tiritando a causa de la momentánea
inmersión, y se dirigió hacia otro de los molinillos. ¿Qué importancia podía
tener un pequeño molinillo?, pensó. No sabía que - ahora que otros eslabones se
habían roto - sólo aquel diminuto objeto se interponía entre la Tierra y
Armagedón.
El molinillo de Wangur Ul siguió rodando y rodando hasta que, a
dos kilómetros río abajo, chocó con un saliente y se detuvo. Ese fue el
momento.
«Y ahora, jovencito...»
Estamos nuevamente en Cincinnati, Herbie Westerman levantó la
vista, preguntándose por qué se habría interrumpido el prestidigitador a mitad
de la frase. Vio que el rostro de Gerber el Grande estaba contorsionado por una
gran impresión. Sin moverse, sin cambiar, su rostro empezó a cambiar. Sin
transformarse, se transformó.
Después, lentamente, el mago se echó a reír. En aquellas suaves
carcajadas se reflejaba todo el mal del mundo. Ninguno de los que las oyeron
pudieron dudar de su personalidad. Ninguno dudó. Los espectadores, todos y cada
uno de ellos, supieron en aquel horrible momento quién se encontraba ante
ellos, lo supieron - incluso los más escépticos - sin ninguna sombra de duda.
Nadie se movió, nadie habló, nadie contuvo el aliento. Hay otras
cosas aparte del miedo. Sólo la incertidumbre causa miedo y, en aquel momento,
el teatro Bijou estaba lleno de una espantosa certidumbre.
La risa se hizo más fuerte. Alcanzó un crescendo, resonó en los
rincones más polvorientos de la galería. Nada - ni una mosca del techo - se
movió.
Satanás habló.
- Agradezco la atención que han prestado a un pobre mago. - Hizo
una exagerada reverencia -. La representación ha concluido.
Sonrió.
- Todas las representaciones han concluido.
El teatro pareció oscurecerse, a pesar de que las luces
siguieran encendidas. En medio de un silencio mortal, pareció oírse el ruido de
unas alas, unas alas correosas, como si invisibles criaturas se estuvieran
reuniendo.
En el escenario reinaba un mortecino resplandor rojo. De la
cabeza y cada uno de los hombros de la alta figura del mago surgió una
minúscula llama.
Aparecieron otras llamas. Surgieron a lo largo del proscenio, a
lo largo del escenario.
Una de ellas surgió de la tapa de la caja doblada que el pequeño
Herbie Westerman seguía teniendo en las manos.
Herbie dejó caer la caja.
¿He mencionado que Herbie era cadete de salvamento? Fue una
acción puramente refleja. Un niño de nueve años no sabe gran cosa acerca de
temas como Armagedón, pero Herbie Westerman debería haber sabido que el agua
jamás habría podido apagar aquel fuego.
Pero, como ya he dicho, fue una acción puramente refleja. Sacó
su nueva pistola de agua y lanzó un chorro de líquido sobre la caja destinada a
ejecutar el truco de las palomas. Y el fuego se apagó, mientras gotas del
chorro de agua mojaban la pernera unas de los pantalones de Gerber el Grande,
que se encontraba de espaldas a él.
Se produjo un ruido sibilante, repentino. Las luces brillaron
nuevamente con toda su fuerza, y todas las demás llamas se apagaron, el ruido
de alas se desvaneció, ahogado por otro ruido, el murmullo de los espectadores
El prestidigitador tenía los ojos cerrados. Su voz sonó
extrañamente forzada cuando dijo:
- Conservo todo mi poder; ninguno de ustedes recordará lo
sucedido.
Después, muy lentamente, se volvió y recogió la caja del suelo.
Se la dio a Herbie Westerman.
- Debes tener más cuidado, niño - dijo - sujétala así.
Dio un ligero golpecito en la tapa con su varita mágica. La
puerta se abrió. Tres palomas blancas se escaparon de la caja. El susurro de
sus alas no era correoso.
El padre de Herbie Westerman bajó las escaleras con semblante
pensativo, descolgó el suavizador de la navaja de afeitar de un clavo de la
pared de la cocina.
La señora Westerman levantó la mirada y dejó de remover la sopa
que estaba haciendo.
- Pero, Henry - dijo -, no irás a castigarle por lanzar un poco
de agua por la ventanilla del coche mientras volvíamos a casa, ¿verdad?
Su marido meneó la cabeza.
- Claro que no, Marge. Pero ¿no recuerdas que compramos esa
pistola de camino al teatro, y que no nos acercamos para nada a un grifo?
¿Dónde crees que la llenó?
No aguardó la respuesta.
- Cuando nos detuvimos en la catedral para hablar con el padre
Ryan acerca de su confirmación, ¡entonces fue cuando la llenó! ¡En la pila
bautismal! ¡Poner agua bendita en la pistola de agua!
Subió pesadamente las escaleras, con el suavizador en la mano.
Rítmicos golpes y gemidos de dolor se escaparon hacia el piso
inferior. Herbie, que había salvado al mundo estaba recibiendo su recompensa.
EXPERIMENTO
- La primera máquina del tiempo, caballeros - Informó
orgullosamente el profesor Johnson a sus dos colegas -. Es cierto que sólo se
trata de un modelo experimental a escala reducida. Únicamente funcionará con
objetos que pesen menos de un kilo y medio y en distancia hacia el pasado o el
futuro de veinte minutos o menos. Pero funciona.
El modelo a escala reducida parecía una pequeña maqueta, a
excepción de dos esferas visibles debajo de la plataforma.
El profesor Johnson exhibió un pequeño cubo metálico.
- Nuestro objeto experimental - dijo - es un cubo de latón que
pesa quinientos cuarenta y siete gramos. Primero, lo enviaré cinco minutos
hacia el futuro.
Se inclinó hacia delante y movió una de las esferas de la
máquina del tiempo.
- Consulten su reloj - advirtió.
Todos consultaron su reloj. El profesor Johnson colocó
suavemente el cubo en la plataforma de la máquina. Se desvaneció.
Al cabo de cinco minutos justos, ni un segundo más ni un segundo
menos, reapareció.
El profesor Johnson lo cogió.
- Ahora, cinco minutos hacia el pasado. - Movió otra esfera.
Mientras aguantaba el cubo en una mano, consultó su reloj -. Faltan seis
minutos para las tres. Ahora activaré el mecanismo - poniendo el cubo sobre la
plataforma - a las tres en punto. Por lo tanto, a las tres menos cinco, el cubo
debería desvanecerse de mi mano y aparecer en la plataforma, cinco minutos
antes de que yo lo coloque sobre ella.
- En este caso, ¿cómo puede colocarlo? - preguntó uno de sus
colegas.
- Cuando yo aproxime la mano, se desvanecerá de la plataforma y
aparecerá en mi mano para que yo lo coloque sobre ella. Las tres. Presten
atención, por favor.
El cubo desapareció de su mano.
Apareció en la plataforma de la máquina de tiempo.
- ¿Lo ven? ¡Está allí, cinco minutos antes de que yo lo coloque!
Su otro colega miró el cubo con el ceño fruncido.
- Pero - dijo - ¿y si ahora que ya ha sucedido cinco minutos
antes de colocarlo ahí, usted cambiara de idea y no lo colocase en ese lugar?
¿No implicaría eso una paradoja de alguna clase?
- Una idea interesante - repuso el profesor Johnson -. No se me
había ocurrido, y resultará interesante comprobarlo. Muy bien, no pondré...
No hubo ninguna paradoja. El cubo permaneció allí.
Pero el resto del universo, profesores y todo, se desvaneció.
LAS CORTAS Y FELICES VIDAS DE EUSTACE WEAVER
I
Cuando Eustace Weaver inventó su máquina del tiempo, fue muy
feliz. Sabría que tendría al mundo en un puño si conservaba el secreto de su
invención. Podría convertirse en el hombre más rico de la tierra, un potentado
más allá de los sueños de la avaricia.
Todo lo que tenía que hacer era emprender breves viajes al
futuro para saber qué acciones subirían en el mercado y que caballos ganarían,
para después regresar al presente y comprar esas acciones o apostar a tales
caballos.
Primero comenzaría con las carreras, desde luego, ya que
necesitaría mucho capital para jugar en el mercado de valores, mientras que en
las pistas podría empezar con una apuesta de un par de dólares y rápidamente
multiplicarla hasta lograr miles. Pero habría que apostar en las propias
taquillas del hipódromo; pues, jugando así, quebraría con demasiada rapidez a
cualquier corredor de apuestas y, además, no conocía a ninguno.
Por desgracia, los únicos hipódromos en actividad en ese momento
eran los del sur de
California y Florida, ambos más o menos equidistantes: a unos
cien dólares en pasajes de avión. No tenía para empezar, y le llevaría semanas
ahorrar tal cantidad a partir de su salario de empleado de supermercado. Sería
horrible tener que esperar tanto tiempo, sobre todo para empezar a ser rico.
Repentinamente recordó la caja de caudales del supermercado
donde trabajaba en el turno de tarde, desde la una a las nueve, que era la hora
del cierre. Habría por lo menos mil dólares en la caja, y la cerradura era de
tiempo. ¿Qué mejor que una máquina del tiempo para atacar una cerradura de
tiempo?
Cuando fue a trabajar aquel día se llevó su maquina; era
bastante compacta y la diseñó de modo que cupiera dentro del estuche de una
cámara fotográfica, de modo que pudo introducirla en la tienda con facilidad.
Cuando puso en el casillero su sombrero y abrigo, también dejó la máquina del
tiempo.
Trabajó como de costumbre, hasta unos minutos antes de la hora
del cierre. Entonces se ocultó en la bodega tras una pila de cajas de cartón.
Tenía la seguridad de que nadie lo echaría de menos durante la salida de los
empleados, y así fue. Para mayor seguridad esperó casi una hora más,
asegurándose de que todos se habían marchado. Entonces salió de su escondite,
sacó la máquina del casillero y fue hacia la caja. Esta tenía un mecanismo
fijo, para abrirse automáticamente once horas más tarde; Eustace ajustó su
máquina del tiempo exactamente a ese periodo.
Se aferró bien a la palanca de la caja. Uno o dos experimentos
anteriores le enseñaron que todo lo que usara, llevara o cogiera, viajaría con
él a través del tiempo. Entonces apretó el obturador de la máquina.
No sintió nada, pero escucho el mecanismo de la caja al abrirse
y, al mismo momento, exclamaciones y voces excitadas a su espalda. Se volvió,
comprendiendo de inmediato el error cometido: eran las nueve de la mañana del
día siguiente y los empleados de la tienda, los del turno de mañana, ya se
encontraban allí, notando la falta de la caja y formando un cerrado semicírculo
alrededor del hueco que quedaba en su lugar cuando la caja y Eustace
aparecieron de súbito.
Por fortuna, aún tenía la máquina en la mano. Rápidamente giró
el indicador a cero, y oprimió el botón.
Y, por supuesto, volvió nuevamente al punto de partida y...
II
Cuando Eustace Weaver inventó su máquina del tiempo sabía que
tendría el mundo en un puño, mientras mantuviera el secreto. Todo lo que tenía
que hacer para hacerse rico era llevar a cabo breves viajes al futuro, para ver
que caballo ganaría en las carreras y que acciones subirían y después regresar
y apostar a esos caballos o comprar esas acciones.
Los caballos serían los primeros, pues requerían menos capital
aunque el no tenía ni siquiera dos dólares que apostar por no mencionar el
coste de los pasajes de avión hacia el hipódromo más cercano.
Pensó en la caja fuerte del supermercado donde trabajaba como
empleado en el almacén. En la caja habría por lo menos diez dólares y tenía una
cerradura de tiempo.
Una cerradura de tiempo sería un juego de niños para una máquina
de tiempo.
Así que cuando fue a trabajar aquel día se llevó la máquina del
tiempo oculta en un estuche de cámara fotográfica y la dejó en su casillero.
Cuando a las nueve cerraron la tienda se escondió en el almacén y esperó luna
hora hasta estar seguro de que todos se habían marchado. Entonces sacó la
máquina y se dirigió a la caja.
Fijó la máquina para un lapso de once horas más tarde, pero
entonces pensó en otra posibilidad. Dicho ajuste lo trasladaría a las nueve de
la mañana del siguiente día. La caja se abriría entonces, pero también estaría
abriéndose la tienda y tendría gente a su alrededor así que, en vez de lo
anterior, fijó la máquina para un plaza de veinticuatro horas, asió la palanca
de la caja y oprimió el botón de la máquina del tiempo.
Al principio pensó que nada ocurría. Entonces se percató de que
la manivela de la caja se movía cuando le dio vuelta y que, por lo tanto, el
salto a la noche del siguiente día era un hecho. Y, por supuesto, el mecanismo
de tiempo de la caja se abrió en ese transcurso.
Abrió la caja y cogió todo el dinero que encontró, guardándolo
en todos sus bolsillos.
Antes de salir por la puerta lateral, buscó el pasador que
mantenía la caja cerrada por el interior, pero entonces le asaltó un
pensamiento brillante. En vez de salir por una puerta hizo uso de la máquina
del tiempo, aumentando el misterio al dejar las puertas perfectamente cerradas
y regresando al punto donde había ultimado su idea, día y medio antes del robo.
Así, para cuando tuviera lugar el robo, el podía tener una
coartada perfecta; estaría en un hotel de la Florida o California, a más de mil
kilómetros de la escena del crimen. No pensó antes en la máquina del tiempo
como una generadora de coartadas, pero ahora se daba cuenta de que cumplía
dicho propósito a la perfección.
Marcó el cero en la máquina y oprimió el botón.
III
Cuando Eustace Weaver inventó su máquina del tiempo, sabía que
tendría al mundo en un puño, mientras mantuviera la invención en secreto,
porque jugando a las carreras y a la bolsa se haría fabulosamente rico en muy
poco tiempo. El único problema era que estaba totalmente arruinado.
De pronto recordó la tienda en la que trabajaba y la caja de
caudales que operaba con una cerradura de tiempo. Pero una cerradura de tiempo
no sería problema para quien tuviera una máquina del tiempo.
Se sentó, a pensar, en el borde de la cama. Metió la mano en el
bolsillo para sacar un cigarrillo y, al hacerlo, sacó también un puñado de
billetes, ¡billetes de diez dólares! Buscó en los demás bolsillos y encontró
dinero en todos. Lo reunió en la cama, lo contó y resultó que tenía,
aproximadamente, mil cuatrocientos dólares.
De pronto se dio cuenta de lo ocurrido y río alegremente...
Había ido hacia adelante en el tiempo y había vaciado la caja de caudales del
supermercado, empleando la maquina para retornar al punto en que planeaba el
robo. Y dado que el atraco aún no había ocurrido en el tiempo normal, todo lo
que tenía que hacer era largarse del pueblo y estar a mil millas de distancia
de la escena del robo, cuando este ocurriera.
Dos horas más tarde estaba en un avión con destino a Los
Angeles, hacia el hipódromo de Santa Anita, sumido en sus pensamientos. Algo
sobre lo que no había pensado antes era el hecho aparente de que, cuando diera
un salto al futuro y regresara no recordaría nada de lo que todavía no había
sucedido en realidad.
Pero el dinero regresó con él. Por tanto, también sucedería lo
mismo con notas y apuntes o publicaciones sobre carreras de caballos o las
páginas de finanzas de los diarios. No tendría problemas.
En Los Angeles tomó un taxi y se hospedo en un buen hotel. Ya
era bastante tarde y decidió aguardar hasta el día siguiente para dar un salto
al futuro, así que, por el momento, se metió en la cama y durmió hasta casi el
mediodía.
El taxi se detuvo en un embotellamiento en la autopista y no
llegó al hipódromo de Santa Anita hasta que la primera carrera no hubo
terminado, pero alcanzó a ver el número del ganador en el tablero y lo anotó en
su programa. Vio cinco carreras más sin apostar, anotando los ganadores
cuidadosamente, y no se molestó con la última carrera.
Abandonó la tribuna y se deslizó bajo ella, buscando un sitio
aislado donde nadie pudiera verlo. Colocó el dial de la máquina dos horas antes
y oprimió el botón.
Nada ocurrió. Probó nuevamente, con el mismo resultado, y
entonces una voz a su espalda le dijo:
- No funciona. Hay un campo que lo desactiva.
Se volvió y junto a él se encontraban dos jóvenes altos y
esbeltos: uno era moreno y el otro rubio y ambos tenían una mano en el
bolsillo, en actitud de empuñar un arma.
- Somos de la Policía del Tiempo - informó el rubio - del siglo
XXV. Venimos a sancionarle por uso ilegal de una máquina del tiempo.
- P-p-pero - tartamudeo Weaver - c-cómo puede saber que la
carrera estaba... -. Su voz se hizo más firme -: Además, no he hecho todavía
ninguna apuesta.
- Es verdad - asintió el rubio -. En cualquier caso, cuando
encontramos un inventor de una máquina del tiempo usándola para ganar cualquier
clase de juego, le advertimos la primera vez. Pero hemos investigado y
averiguado que el primer uso que hizo usted de ella fue para robar dinero de
una tienda. Y eso es un crimen en cualquier siglo -. Sacó de su bolsillo algo
que se parecía vagamente a una pistola.
- No intentarán... - protestó Eustace, retrocediendo.
- Por supuesto que si - aseguró el joven rubio, y accionó el
gatillo. Fue el fin de Eustace Weaver.
RECONCILIACIÓN
Fuera, la noche era silenciosa y estrellada. En el salón de la
casa se respiraba un ambiente tenso. El hombre y la mujer que allí estaban se
contemplaban con odio, a unos pocos metros el uno del otro.
El hombre tenía los puños cerrados como si debiera utilizarlos,
y los dedos de la mujer estaban separados y curvados como garras, pero ambos
mantenían los brazos rígidamente estirados a lo largo de su cuerpo. Eran seres
civilizados.
Ella habló en voz baja:
- Te odio - dijo -. He llegado a odiar todo lo que te concierne.
- No me extraña - replicó él -. Ya me has arrancado hasta el
último céntimo con tus extravagancias, y ahora que ya no puedo comparte todas
las tonterías que tu egoísta corazoncito...
- No es eso. Ya sabes que no es eso. Si aún me trataras igual
que antes, sabes que el dinero no importaría. Es esa... esa mujer.
El suspiró como aquel que suspira al oír una cosa por
diezmilésima vez.
- Sabes muy bien - dijo - que ella no significaba nada para mí,
absolutamente nada. Tú me empujaste a hacer... lo que hice. Y, a pesar de que
no significara nada para mí, no lo lamento. Volvería a hacerlo.
- Volverás a hacerlo, en cuanto se te presente la oportunidad.
Pero yo no estaré aquí para que me humilles. Me has humillado ante mis
amigas...
- ¡Amigas! Esas arpías cuya asquerosa opinión te importa más
que...
Un destello cegador y un calor sofocante. Ambos comprendieron, y
cada uno de ellos dio un paso hacia el otro con los brazos extendidos; se
abrazaron desesperadamente durante el segundo que les quedaba, el segundo
final, que era todo lo que entonces importaba.
- Oh, amor mío, te quiero...
- John, John, cariño...
La onda de choque les alcanzó.
Fuera, en lo que había sido una noche silenciosa, una flor roja
aumentaba de tamaño y se alzaba hacia el cielo destruido.
NADA SIRIO
Felizmente extraje las últimas monedas de nuestras máquinas y
las conté, mientras Ma anotaba las cifras en el librito rojo a medida que yo se
las cantaba. Eran unas bonitas cifras.
Sí, habíamos conseguido una buena recaudación en los dos
planetas de Sirio, Thor y Freda. Especialmente en Freda. Esas pequeñas y
aisladas colonias de la Tierra darían lo que fuera por cualquier clase de
entretenimiento, y el dinero no significaba nada para ellos. Hicieron largas
colas para entrar en nuestra tienda y meter sus monedas en nuestras máquinas, y
así compensaron los elevados gastos del viaje que habíamos hecho por nuestra
cuenta y riesgo.
Sí, esas cifras que Ma estaba anotando eran muy consoladoras.
Naturalmente, las había sumado mal, pero Ellen se encargaría de subsanar el
error en cuanto Ma se diese por vencida. Ellen está dotada para los números. Y
para muchas otras cosas, si es que un padre puede decir eso de su única hija.
De todos modos es mérito de Ma, no mío. Yo soy una persona del montón.
Guardé la caja de monedas de la Carrera Espacial y alcé la
vista.
- Ma... - empecé a decir. Entonces la puerta que daba al
compartimiento del piloto se abrió y John Lane apareció en el umbral. Ellen,
sentada enfrente de Ma, dejó el libro y también alzó la vista. Era toda ojos y
éstos brillaban.
Johnny saludó militarmente, con el saludo reglamentario que todo
piloto de una nave particular debe hacer al propietario y capitán de la nave.
Este saludo tenía la virtud de exasperarme, pero no podía decirle que
prescindiera de él porque las reglas así lo establecían.
Dijo:
- Un objeto a proa, capitán Wherry.
- ¿Un objeto? - inquirí -. ¿Qué clase de objeto?
Verán, por la voz de Johnny y por el rostro de Johnny, era
imposible adivinar si se trataba de algo importante o no. La Escuela
Politécnica de Ciudad de Marte les enseña a ser estrictamente inexpresivos, y
Johnny se había graduado magna cum laude. Es un buen muchacho, pero anunciaría
el fin del mundo con la misma voz que emplearía para anunciar la cena, si fuese
labor del piloto anunciar la cena.
- Parece un planeta, señor - fue todo lo que dijo.
Necesité unos minutos para asimilar sus palabras.
- ¿Un planeta? - pregunté, sin demasiada brillantez. Lo miré
fijamente, confiando en que hubiese bebido o algo por el estilo. No porque
tuviese nada que objetar al hecho de que viera un planeta estando sobrio, sino
porque si Johnny descendía alguna vez al nivel de tomar unas copas, era
probable que el alcohol disolviera en parte la rigidez de su espalda. Entonces
yo tendría alguien con quien intercambiar historias. Viajar por el espacio con
sólo dos mujeres y un graduado de la Politécnica que obedece todas las reglas
puede resultar muy aburrido.
- Un planeta, señor. Un objeto de dimensiones planetarias, diría
yo. Diámetro de unos cuatro mil quinientos kilómetros, distancia de unos tres
millones, curso aparente de una órbita alrededor de la estrella Sirio A.
- Johnny - dije -, nos encontramos dentro de la órbita de Thor,
que es Sirio I, lo cual significa que es el primer planeta de Sirio, de modo
que, ¿cómo puede haber un planeta dentro de esa órbita? No me estarás tomando
el pelo, ¿verdad?
- Puede usted examinar la visiplaca, señor, y comprobar mis
cálculos - replicó estiradamente.
Me levanté y entré en la cabina del piloto. Era cierto, en el
centro de la visiplaca delantera había un disco. Comprobar sus cálculos era
algo impensable. Mis matemáticas terminaban en el punto donde terminaba la suma
de las monedas de las máquinas. Me mostré dispuesto a aceptar su palabra
respecto a los cálculos.
- Johnny - exclamé, casi gritando -, ¡hemos descubierto un nuevo
planeta! ¿No es extraordinario?
- Sí, señor - comentó él, con su desapasionada voz habitual.
Era algo extraordinario, pero no tanto. Quiero decir que el
sistema de Sirio ha sido colonizado hace poco tiempo y que no era demasiado
sorprendente encontrar un pequeño planeta de cuatro mil quinientos kilómetros
sin descubrir aún. Especialmente (aunque esto no se sabía) si su órbita es muy
excéntrica.
La cabina del piloto era demasiado pequeña para albergar también
a Ma y Ellen, por lo que se quedaron junto a la puerta, y yo me aparté un poco
para que vieran el disco en la visiplaca.
- ¿Cuánto tardaremos en llegar allí, Johnny? - quiso saber Ma.
- Nuestro punto de máxima aproximación en este rumbo se
producirá dentro de dos horas, señora Wherry - repuso -. Pasaremos a un millón
de kilómetros de él.
- Oh, ¿de verdad? - quise saber yo.
- A menos, señor, que crea aconsejable modificar la ruta y pasar
a mayor distancia.
Me aclaré la garganta, miré a Ma y Ellen, y vi que a ellas les
parecía bien.
- Johnny - dije -, pasaremos a una distancia menor. Siempre he
deseado ver un nuevo planeta no contaminado por manos humanas. Aterrizaremos
allí aunque no podamos abandonar la nave sin máscaras de oxígeno.
El repuso: «Sí, señor», y saludó, pero me pareció observar una
lucecita de desaprobación en sus ojos. Oh, en caso de que así fuera, le sobraba
razón. Nunca se sabe lo que se puede encontrar en un territorio virgen del
espacio. Un cargamento de lonas y máquinas tragaperras no es el equipo idóneo
para explorarlo, ¿verdad?
Pero el Piloto Perfecto nunca se opone a una orden del
propietario, ¡maldita sea!
Johnny tomó asiento y empezó a pulsar teclas de la calculadora
así que nosotros salimos para dejarle trabajar.
- Ma - dije -, soy un maldito tonto.
- Lo serías si no lo fueras - replicó ella. Yo sonreí cuando
hube logrado descifrarlo, y miré a Ellen.
Pero ella no me miraba. Volvía a tener aquella expresión
soñadora en los ojos. Me hizo desear entrar en la cabina del piloto y dar un
puñetazo a Johnny para ver si eso lo espabilaba.
- Escucha, cariño - dije -, ese Johnny...
Pero noté que algo me quemaba en la mejilla y comprendí que Ma
me estaba mirando, así que me callé. Saqué una baraja de cartas e hice un
solitario hasta que aterrizamos.
Johnny salió de la cabina y saludó.
- Hemos aterrizado, señor - dijo -. Atmósfera de uno dieciséis
en el marcador.
- Y - preguntó Ellen - ¿qué significa eso en cristiano?
- Es respirable, señorita Wherry. Un poco alto en nitrógeno y
bajo en oxígeno si lo comparamos con el aire de la Tierra, pero de todos modos
decididamente respirable.
Ese muchacho era una verdadera joya cuando se trataba de
mostrarse preciso.
- Así pues, ¿a qué esperamos? - quise saber.
- Sus órdenes, señor.
- Dejémonos de órdenes, Johnny. Abre la puerta y salgamos.
Una vez la puerta estuvo abierta, Johnny salió el primero,
armado con dos pistolas lanzarrayos. Nosotros le seguimos.
Fuera hacía fresco, pero no frío. El paisaje era muy semejante
al de Thor, con desnudas colinas de tierra verdosa. Había vida vegetal,
consistente en una planta marronosa y tupida que parecía una especie de
rodadora.
Eche una ojeada para calcular la hora y vi que Sirio se
encontraba casi en el cenit, lo cual significaba que Johnny había aterrizado en
medio del lado diurno.
- Johnny - pregunté -, ¿tienes idea de cuál es el período de
rotación?
- Sólo he tenido tiempo para hacer un cálculo aproximado, señor.
El resultado fue de veintiuna horas y diecisiete minutos.
Había dicho que era un cálculo aproximado.
Ma comentó:
- No necesitamos un cálculo más exacto. Disponemos de toda la
tarde para dar un paseo; ¿qué esperamos?
- La ceremonia, Ma - le dije -. Tenemos que bautizar este sitio,
¿no? ¿Dónde pusiste aquella botella de champaña que guardábamos para mi
cumpleaños? Me parece que ésta es una ocasión más importante.
Me dijo dónde, y yo entré para buscar la botella y unos vasos.
- ¿Se te ocurre algún nombre, Johnny? Tú has sido el primero en
verlo.
- No, señor.
- Lo malo es que ahora Thor y Freda tengan el nombre equivocado.
Quiero decir que Thor es Sirio I y Freda es Sirio II, y como esta órbita está
dentro de la suya, tendrían que ser II y III respectivamente. O bien este
planeta debería ser Sirio 0, lo cual significa que es
Nada Sirio. (En inglés «cero» se expresa a menudo como «nada» -
nothing -, y Sirius - Sirio - suena exactamente igual que serious - serio -; de
ahí el juego de palabras: Sirius 0 se convierte en Nothing Sirius, nada serio)
Ellen sonrió, y creo que Johnny la habría imitado si no lo
hubiese considerado indecoroso.
Pero Ma frunció el ceño.
- William... - dijo, y habría puesto alguna objeción si en aquel
momento no hubiese ocurrido nada.
Una figura apareció en la cima de la colina más próxima. Ma era
la única que se encontraba de cara a ella y dejó escapar un grito, al mismo
tiempo que me asía por un brazo. Entonces todos nos volvimos y miramos.
Era la cabeza de algo que parecía un avestruz, sólo que debía de
ser más grande que un elefante. Llevaba un cuello blanco y una pajarita de
lunares azules, así como un sombrero. El sombrero era de color amarillo y tenía
una larga pluma morada. La criatura nos observó un minuto, guiñó burlonamente
un ojo, y escondió la cabeza.
Ninguno de nosotros dijo nada durante unos instantes y después
yo suspiré profundamente.
- Eso - dije - ha acabado de decidirme. Planeta, yo te bautizo
con el nombre de Sirio Cero.
Me agaché y golpeé el cuello de la botella de champaña sobre la
tierra, pero lo único que conseguí fue agrietar la tierra. Miré a mi alrededor
en busca de una piedra. No vi ninguna.
Extraje el sacacorchos que llevaba en el bolsillo y abrí la
botella. Todos bebimos excepto Johnny, que sólo tomó un sorbo simbólico porque
no bebe ni fuma. Yo, por mi parte, tomé un buen trago. Después tiré unas gotas
al suelo y volví a tapar la botella; tenía el presentimiento de que yo lo
necesitaría más que el planeta. En la nave teníamos mucho whisky y algo de
cerveza marciana, pero ninguna otra botella de champaña. Dije:
- Bueno, ¡en marcha!
Sorprendí la mirada de Johnny y le oí decir:
- ¿Lo considera oportuno sabiendo que hay - uh - habitantes?
- ¿Habitantes? - repuse -. Johnny, sea lo que sea esa criatura
que ha asomado la cabeza por la colina, no era un habitante. Y si vuelve a
asomarla, le daré un buen golpe con esta botella.
Pero de todos modos, antes de ponernos en camino, entré en la
Chitterling y cogí un par de pistolas lanzarrayos más. Me metí una en el
cinturón y di la otra a Ellen; ella tiene mejor puntería que yo. Ma no sería
capaz de dar en la fachada de un edificio de la administración, así que no le
di ninguna.
Nos pusimos en marcha y, por una especie de acuerdo tácito,
avanzamos en dirección opuesta al lugar por donde había aparecido la extraña
criatura. Todas las colinas parecían iguales, y en cuanto hubimos dejado atrás
la primera de ellas, perdimos la Chitterling de vista. Pero vi que Johnny
miraba continuamente una brújula de pulsera, y comprendí que sabría regresar.
Coronamos la cima de tres colinas sin que sucediera nada, y
entonces Ma dijo:
«Mirad», y todos miramos.
A unos veinte metros a nuestra izquierda se veía un arbusto de
color púrpura. Una especie de zumbido llegó a nuestros oídos. Nos acercamos un
poco y vimos que el zumbido procedía de una nube de criaturas que volaban
alrededor del arbusto. Parecían pájaros hasta que las mirabas por segunda vez y
veías que sus alas estaban inmóviles.
Pero, sin embargo, volaban en círculos a su alrededor. Traté de
distinguir su cabeza, pero en el lugar de la cabeza sólo había una mancha. Una
mancha circular.
- Tienen hélices - observó Ma -; como los aviones antiguos.
Yo también me había fijado.
Miré a Johnny, Johnny me miró, y los dos miramos hacia el
matorral. Pero los pájaros, o lo que fueran, se alejaron rápidamente en cuanto
clavamos la vista en ellos. Volaban a ras de tierra y habían desaparecido al
cabo de un minuto.
Reanudamos nuestra caminata, sin que ninguno dijera nada, y
Ellen me alcanzó y siguió andando a mi lado. Los demás no podían oírnos, así
que me dijo:
- Papá...
No continuó, de modo que le contesté:
- ¿Qué hay, hija?
- Nada - contestó, arrepentida -. No tiene importancia.
Enseguida comprendí lo que había querido decirme, pero no se me
ocurrió nada que responder excepto maldecir la Politécnica de Marte, y eso no
habría servido de nada. La Politécnica de Marte es demasiado perfecta, igual
que su disciplina y sus graduados. Sin embargo, a los diez o doce años de haber
salido, algunos consiguen desentumecerse y humanizarse.
Pero Johnny no hacía tanto tiempo que había salido, sólo un año
o dos. La oportunidad de pilotar el Chitterling fue una verdadera suerte para
él, tratándose de su primer empleo.
Tras unos cuantos años con nosotros, podría aspirar a
convertirse en capitán de una nave mayor. Ascendería mucha más de prisa que si
hubiera tenido que empezar como oficial en una nave mayor.
El único problema consistía en que era demasiado guapo, y él no
lo sabía. No sabía nada que no le hubieran enseñado en la Politécnica, y todo
lo que le enseñaron fue matemáticas, navegación espacial, y como saludar
correctamente; pero no le habían enseñado a no hacerlo.
- Ellen - empecé a decir -, no...
- ¿Sí, papá?
- Uh... nada. No tiene importancia. - Mi intención fue decir
algo muy distinto, pero de repente ella me sonrió, yo le sonreí, y fue como si
hubiéramos hablado de todo. Es cierto que no llegamos a ninguna parte, pero
tampoco habríamos llegado a ninguna parte si hubiéramos hablado, aunque no sé
si comprenderán lo que quiero decir.
En aquel momento llegamos a la cima de una pequeña elevación de
terreno, y nos detuvimos en seco porque, justo enfrente, se hallaba el final de
una calle asfaltada.
Una calle plastiasfaltada como las que hay en cualquier lugar de
la Tierra, con bordillos, aceras, alcantarillas y la línea de tráfico pintada
en el centro. La diferencia residía en que no llevaba a ninguna parte, es
decir, al lugar donde nosotros nos encontrábamos, y desde allí hasta la cima de
la próxima colina, pero no se divisaba ni una casa, ni un vehículo, ni una
criatura.
Miré a Ellen y ella me miró a mí, y después ambos miramos a Ma y
Johnny Lane, que acababan de darnos alcance.
- ¿Qué es esto Johnny? - pregunté.
- Parece una calle, señor.
Vio la mirada que le dirigí y se sonrojó ligeramente. Se agachó
y examinó el asfaltado con más detenimiento, pero cuando se levantó parecía más
sorprendido que antes.
- Bueno, ¿qué es? ¿Azúcar quemado? - inquirí.
- Es Permaplast, señor. Al parecer, no somos los descubridores
de este planeta, porque este producto sólo se fabrica en la Tierra.
- Hum - murmuré -. ¿No crees que los nativos podrían haber
descubierto el mismo proceso? Es posible que tengan los mismos ingredientes.
- Sí, señor. Pero, si mira detenidamente los adoquines, verá que
llevan la marca registrada.
- ¿No crees que los nativos podrían...? - Me callé, porque me di
cuenta de que iba a decir una tontería. Pero es muy duro pensar que has
descubierto un nuevo planeta y ver adoquines con la marca registrada de la
Tierra en la primera calle que encuentras -. Pero, ¿qué hace una calle en este
lugar? - quise saber.
- Sólo hay una forma de averiguarlo - respondió Ma con sensatez
-. Debemos seguirla.
¿Qué esperamos?
Así que seguimos adelante, con un piso mucho mejor, y al llegar
a la siguiente colina vimos un restaurante. Un edificio de ladrillo rojo y dos
pisos con un letrero que rezaba «Restaurante Bon-Ton», escrito en inglés
antiguo.
Dije: «Que me ahorquen si...», pero Ma me tapó la boca con una
de sus manos antes de que pudiera terminar, lo cual posiblemente fuera una
suerte, pues me disponía a decir algo muy poco conveniente. El edificio estaba
a unos cien metros de distancia, junto a una curva de la calle.
Eché a andar más de prisa y fui el primero en llegar. Abrí la
puerta e hice ademán de entrar. Sin embargo, me quedé clavado en el umbral,
dejando la puerta abierta. Era una fachada falsa, como un decorado
cinematográfico, y lo único que se veía a través de la puerta eran más colinas
verdosas.
Retrocedí unos pasos y observé el letrero del «Restaurante
Bon-Ton», mientras los demás me alcanzaban y miraban a través de la puerta.
Permanecimos allí hasta que Ma se impacientó y dijo:
- Bueno, ¿qué piensas hacer?
- ¿Qué quieres que haga? - repliqué -. ¿Entrar y pedir una
langosta para cenar? ¿Con champaña...? Vaya, lo había olvidado.
Aún llevaba la botella de champaña en el bolsillo de la
chaqueta; la saqué y se la di primero a Ma y después a Ellen, terminándome casi
todo lo que quedó; debí de beber demasiado aprisa porque las burbujas me
hicieron cosquillas en la nariz y tuve que estornudar.
Sin embargo, me sentí dispuesto a afrontar lo que fuese, y me
acerqué nuevamente al umbral del edificio que no existía. Pensé que quizá viera
una indicación de la fecha en que fue levantado, o algo por el estilo. No vi
ninguna indicación. El interior o, mejor dicho, la parte posterior de la
fachada, era liso y suave como una superficie de cristal. Parecía sintética.
Inspeccioné la fachada posterior, pero lo único que vi fue una
serie de agujeros que parecían hechos por insectos. Y eso es lo que debían ser,
porque había una gran cucaracha negra sentada (o quizá de pie: ¿cómo vas a
saber si una cucaracha está sentada o de pie?) junto a uno de ellos. Me acerqué
un poco más y el bicho se introdujo de un salto en el agujero.
Cuando volví a reunirme con los demás, me sentía un poco mejor.
Dije:
- Ma, he visto una cucaracha. Y ¿sabes lo que más me ha llamado
la atención de ella?
- ¿Qué? - preguntó.
- Nada - le dije -. Eso es lo raro, que no tenía nada raro.
Aquí, los avestruces llevan sombrero, los pájaros tienen hélices, las calles no
conducen a ningún sitio, y las casas sólo tienen fachada; pero esa cucaracha ni
siquiera tenía plumas.
- ¿Estás seguro? - dijo Ellen.
- Claro que estoy seguro. Subamos a la próxima colina y veamos
lo que hay al otro lado.
Subimos, y vimos. Entre esa colina y la siguiente, el camino
describía otra curva, y ante nosotros se hallaba la fachada de una tienda con
un letrero que decía «Penny Arcade».
Esta vez ni siquiera aflojé el paso. Dije:
- Han copiado ese letrero de Sam Heideman. ¿Recuerdas a Sam y
los viejos tiempos, Ma?
- ¡Ese borracho inútil! - repuso Ma.
- Pero, Ma, a ti también te gustaba.
- Sí, y tú también, pero eso no significa que tu o él no
seáis...
- ¡Que cosas tienes, Ma! - la interrumpí. Ya habíamos llegado
frente a la tienda.
Parecía realmente de lona, pues se balanceaba suavemente. Dije
-: Yo no tengo ánimos.
¿Quién quiere meter la cabeza primero?
Pero Ma ya lo había hecho. La oí decir:
- ¡Vaya, hola, Sam, viejo borracho!
- Ma, no bromees porque... - empecé a decir.
Pero entonces ya había entrado en la tienda, porque era una
tienda, bastante grande por cierto. A mi alrededor se alineaban las conocidas
máquinas tragaperras. Y allí, contando monedas en la grita del cambio, estaba
Sam Heideman en persona, mirándome con una expresión tan asombrada como la mía.
- ¡El viejo Wherry! - exclamó -. ¡Vaya con la sorpresa! - Lo
malo es que no dijo «vaya»... pero no se molestó en disculparse ante Ma y Ellen
hasta que él y yo nos hubimos golpeado enérgicamente la espalda, y le hube
presentado a Johnny Lane.
Era igual que en los viejos tiempos, cuando estábamos en las
ferias de Marte y Venus.
Empezó a contar a Ellen lo alta que ella era la última vez que
la vio y a preguntarle si realmente se acordaba de él.
En aquel momento Ma sorbió.
Cuando Ma sorbe de este modo, significa que algo le ha llamado
la atención, así que aparté los ojos del viejo Sam, miré a Ma, y después al
lugar hacia donde Ma estaba mirando. No sorbí, pero me quedé boquiabierto.
Una mujer venía hacia nosotros desde el fondo de la tienda, y
digo que era una mujer porque no se me ocurre la palabra apropiada para
describirla, si es que hay alguna. Era santa Cecilia, Ginebra y una favorita en
una sola persona. Era como una puesta de sol en
Nuevo México y las frías lunas plateadas de Marte vistas desde
los Jardines Ecuatoriales.
Era como un valle de Venus en primavera, y como Dorzalski
tocando el violín. Era algo extraordinario.
Oí una exclamación junto a mí, que me resultó desconocida. Tardé
un segundo en comprender por qué; era la primera vez que a Johnny Lane se le
escapaba una exclamación en mi presencia. Tuve que hacer un esfuerzo pero
desvié la vista para mirar su rostro. Y pensé: «Oh..., oh. ¡Pobre Ellen!»
Porque el pobre muchacho estaba embelesado, eso era indudable.
Y, justo a tiempo - es posible que al ver a Johnny me ayudara -,
conseguí recordar que ya he pasado de los cincuenta y que soy feliz en mi
matrimonio. Me agarré al brazo de Ma y resolví no soltarlo.
- Sam - dije -, ¿qué diablos...? Bueno, quiero decir...
Sam se volvió y miró a su espalda. Dijo:
- Señorita Ambers, me gustaría presentarle a unos viejos amigos
míos que acaban de llegar. Señora Wherry, ésta es la señorita Ambers, la
estrella cinematográfica.
Después terminó las presentaciones; primero Ellen, después yo, y
después Johnny. Ma y Ellen se mostraron extremadamente corteses. Yo, por mi
parte, quizá exagerase al pretender no fijarme en la mano que la señorita
Ambers me tendía. Ya soy viejo, y tuve el presentimiento de que podría
olvidarme de soltársela si se la estrechaba. Ya pueden imaginarse la clase de
muchacha que era.
Johnny si que se olvidó de soltársela.
Sam me estaba diciendo:
- Oye, viejo pirata, ¿qué estás haciendo aquí? Pensaba que te
dedicabas a las colonias, y jamás hubiera creído encontrarte en un decorado
cinematográfico.
- ¿Un decorado cinematográfico? - Las cosas empezaban a tener
algo de sentido.
- Desde luego; Cine Planetario, S.A. Yo soy el asesor técnico de
las escenas que tienen lugar en una feria. Querían unas imágenes de una sala de
juegos, así que desempolvé mis viejos trastos y los instalé aquí. En este
momento, todos los muchachos están en el campo de operaciones.
Empecé a comprender.
- ¿Y la fachada del restaurante que hay más arriba? ¿También es
un decorado? - inquirí.
- Claro, y la calle también. No la necesitaban pero tuvieron que
filmar cómo la hacían para una secuencia.
- ¡Ah! - Seguí preguntando -: ¿Y el avestruz de la pajarita, y
los pájaros con hélices?
Eso no puede ser un truco cinematográfico. ¿O sí lo es? - Había
oído decir que Cine Planetario hacía cosas que parecían imposibles.
Sam meneó la cabeza con expresión desorientada.
- Ni hablar. Debes de haberte tropezado con miembros de la fauna
local. Hay algunos, pero no muchos, y no nos molestan para nada.
Ma dijo:
- Escúchame bien, Sam Heideman, ¿cómo es que si este planeta ha
sido descubierto, no hemos oído hablar de él? ¿Desde cuando se conoce su
existencia, y de qué se trata todo esto?
Sam soltó una carcajada.
- Un hombre llamado Wilkins descubrió este planeta hace unos
diez años. Informó al Consejo pero, antes de que difundieran la noticia, Cine
Planetario se enteró y ofreció al Consejo un alquiler muy considerable por el
lugar con la condición de que se mantuviera en secreto. Como aquí no hay
minerales ni nada de valor y la tierra no vale un céntimo, el Consejo se lo
alquiló en esas condiciones.
- Pero ¿por qué tiene que ser un secreto?
- No hay visitantes, no hay distracciones, y han dado esquinazo
a sus competidores.
Todas las grandes compañías cinematográficas se espían unas a
otras e intentan birlarse las buenas ideas. Aquí tienen todo el espacio que
quieren y pueden trabajar en paz y sin que nadie les moleste.
- ¿Qué harán cuando sepan que hemos descubierto su escondite? -
pregunté.
Sam soltó otra carcajada.
- Me imagino que, ahora que estáis aquí, os tratarán a cuerpo de
rey e intentarán convenceros de que no os vayáis de la lengua. Además, quizá
consigáis un pase gratuito para todos los cines de la cadena Planetario.
Se acercó a un armario y volvió con una bandeja llena de
botellas y vasos. Ma y Ellen rehusaron, pero Sam y yo nos servimos una copa de
un licor muy bueno. Johnny y la señorita Ambers hablaban seriamente en un
rincón de la tienda, así que no les molestamos, especialmente después de
haberle dicho a Sam que Johnny no bebía.
Johnny aún no le había soltado la mano y la miraba fijamente a
los ojos como un cachorro mareado. Observé que Ellen se volvía de espaldas para
no tener que verlos. lo sentí por ella, pero no podía hacer nada para
remediarlo. Esas cosas ocurren. Y si no hubiera sido por Ma...
Pero vi que Ma empezaba a ponerse nerviosa y dije que lo mejor
era regresar a la nave para vestirnos más elegantemente, ya que iban a
tratarnos a cuerpo de rey. Además, acercaríamos la nave. Estimé que podíamos
quedarnos unos cuantos días en Nada Sirio.
Sam se desternilló de risa cuando le expliqué que habíamos
bautizado el planeta con ese nombre, después de una ojeada a la fauna local.
Entonces aparté amablemente a Johnny de la estrella cinematográfica
y le conduje al exterior. Su cara tenía una expresión ausente y dichosa, e
incluso olvidó saludar cuando le hablé. Tampoco me llamó «señor». La verdad es
que no dijo absolutamente nada.
Los demás tampoco abrimos la boca, mientras subíamos por la
calle.
Había algo que me inquietaba y no podía concretar qué era. Había
algo que no encajaba, algo que no tenía sentido.
Ma también estaba preocupada. Finalmente la oí decir:
- Escucha, si de verdad quieren mantener el secreto acerca de
este lugar, ¿no crees que quizá... uh...?
- No, claro que no - repuse, con cierta brusquedad. Sin embargo,
no era eso lo que me inquietaba.
Bajé la mirada hasta aquella carretera tan nueva y perfecta, y
comprendí que en ella había algo que no me gustaba. Me acerqué al bordillo y
seguí andando junto a él, observé la tierra verdosa de los alrededores, pero no
vi nada más que agujeros y cucarachas como los que ya había visto en el
restaurante Bon-Ton.
No obstante, quizá no fueran cucarachas, a menos que la compañía
cinematográfica las hubiera traído. Pero se parecían demasiado a las cucarachas
a efectos prácticos, si es que una cucaracha tiene algún efecto práctico. No
tenían pajarita, ni hélices, ni plumas.
Eran cucarachas normales y corrientes.
Salí de la faja pavimentada e intenté pisar una o dos, pero se
escaparon y desaparecieron en el interior de los agujeros. Eran muy rápidas.
Volví a la carretera y seguí andando junto a Ma. Cuando me
preguntó: «¿Qué hacías?», yo le contesté: «Nada».
Ellen se había situado al otro lado de Ma y mantenía un
semblante deliberadamente inexpresivo. Deduje que estaba pensando y deseé poder
ayudarlas. Lo único que se me ocurría era quedarnos un tiempo en la Tierra
después de aquel viaje, para darle la oportunidad de olvidar a Johnny
conociendo a otros muchachos de su edad. Quizá encontrase alguno que le
gustara.
Johnny parecía aturdido. Estaba en el séptimo cielo, y había
caído de repente, como suelen hacer los muchachos como él. Quizá no fuese amor,
sino únicamente apasionamiento, pero en ese instante no sabía en que planeta
estaba.
En aquel momento coronamos la primera colina, y perdimos de
vista la tienda de Sam.
- Papá, ¿has visto alguna cámara cinematográfica por los
alrededores? - preguntó súbitamente Ma.
- No, pero esas máquinas cuestan millones. No las dejan por ahí
cuando no se utilizan.
Enfrente de nosotros se alzaba la fachada del restaurante. Tenía
un curioso aspecto desde donde nos encontrábamos, ya que lo veíamos de lado.
Aparte de esto, no se veía nada más que la carretera y las verdosas colinas.
En el pavimento no había ninguna cucaracha, y me di cuenta de
que no habíamos visto ninguna sobre el asfalto. Al parecer nunca subían a la
carretera ni la cruzaban. ¿Por qué razón iba una cucaracha a cruzarla? ¿Para
pasar al otro lado?
Seguía estando inquieto por algo, algo que tenía menos sentido
que cualquier otra cosa.
Esta sensación fue aumentando a medida que avanzábamos. Deseé
poder tomar otra copa. El sol Sirio descendía hacia la línea del horizonte,
pero aún hacía mucho calor.
Incluso llegué a desear un vaso de agua.
Ma también parecía cansada.
- Parémonos a descansar - dije -, ya estamos a mitad del camino.
Nos detuvimos. Fue justo delante del Bon-Ton y yo alcé la vista
hasta el letrero, sonriendo.
- Johnny, ¿quieres entrar y pedir la cena?
El saludó y contestó: «Sí, señor», y se dirigió hacia la puerta.
De repente enrojeció y se detuvo en seco. Yo me reí discretamente y no hice
ningún comentario que empeorase su turbación.
Ma y Ellen se sentaron en el bordillo.
Volví a trasponer la puerta del restaurante y comprobé que nada
había cambiado. Liso como el cristal en el otro lado. La misma cucaracha -
supongo que era la misma - seguía sentada o de pie junto al mismo agujero.
Le dije: «Hola», pero no me contestó, así que traté de pisarla,
pero volvió a ser más rápida que yo. Observé algo muy curioso. Había echado a
correr hacia el agujero en el mismo instante que decidí pisarla, incluso antes
de que pudiera mover un músculo.
Regresé a la fachada, y me apoyé en la pared. Se estaba bien y
cómodo. Saqué un cigarro del bolsillo y me dispuse a encenderlo, pero dejé caer
la cerilla. Ya casi sabía lo que no encajaba.
Algo concerniente a Sam Heideman.
- Ma - dije -, ¿acaso San Heideman no está... muerto?
Y entonces, de repente, dejé de estar apoyado en una pared,
porque la pared dejó de estar allí y empecé a caerme hacia atrás.
Oí que Ma y Ellen gritaban.
Me levanté de la tierra verdosa. Ma y Ellen también se estaban
levantando, porque el bordillo donde se habían aposentado también había
desaparecido. Johnny se tambaleaba ligeramente después de que la carretera se
evaporase bajo las suelas de sus zapatos y descendiera unos centímetros.
No se veía ningún letrero, ningún restaurante, y ninguna calle;
sólo las colinas verdes.
Y... sí, las cucarachas seguían estando allí.
La caída me había trastornado, y estaba loco. Busqué algo para
descargar mi locura.
Sólo había cucarachas. Ellas no habían desaparecido sin dejar
rastro como todo lo demás. Hice una nueva tentativa con la más próxima, y volví
a fallar. Esta vez estaba seguro de que se había movido antes que yo.
Ellen miró hacia el lugar donde debía estar la calle, y el lugar
donde debía estar el restaurante. mirando después en dirección a donde habíamos
venido como preguntándome si la tienda Penny Arcade continuaría allí.
- No está - dije.
- No está, ¿qué? - preguntó Ma.
- No está allí - expliqué.
Ma me miró con impaciencia.
- ¿Qué es lo que no está allí?
- La tienda - dije un poco irritado -. La compañía
cinematográfica. Todo el asunto. Y especialmente Sam Heideman. Fue cuando
recordé lo de San Heideman... hace cinco años, en Ciudad Luna, oímos que había
muerto... Así que él no estaba allí. Nada de ello estaba allí. Y en cuanto me
di cuenta, ellos lo hicieron desaparecer todo.
- ¿Ellos? ¿A quién te refieres al decir «ellos», papá Wherry?
¿Quiénes son «ellos»?
- ¿De verdad quieres saberlo? - pregunté, pero la mirada de Ma
me hizo parpadear.
- Este no es sitio para hablar - proseguí -. Lo primero que
debemos hacer es regresar a la nave lo más de prisa que podamos. ¿Podrás
guiarme hasta allí, Johnny, ahora que no hay carretera?
El asintió, olvidándose de saludar o llamarme «señor».
Reanudamos la marcha, sin que ninguno hablara. Yo no dudaba de que Johnny nos
pudiera guiar hasta la nave; estuvo muy bien hasta llegar a la tienda; siguió
nuestro rumbo con la brújula de pulsera.
Una vez llegamos al punto donde terminaba la desaparecida
carretera, todo fue más fácil, pues veíamos nuestras propias huellas en la
tierra, y sólo teníamos que seguirlas.
Pasamos la elevación donde habíamos visto el matorral púrpura
con los pájaros de hélices, pero los pájaros ya no estaban, y el matorral
tampoco.
Sin embargo, el Chitterling seguía allí, gracias a Dios. Lo
vimos desde la última colina y estaba exactamente igual que lo habíamos dejado.
Parecía un verdadero hogar, y apretamos instintivamente el paso.
Abrí la puerta y me aparté para dejar entrar a Ma y Ellen. Ma ya
tenía un pie dentro cuando oímos la voz. Dijo:
- Queremos despedirles.
- Nosotros también queremos despedirles - respondí -. Váyanse al
demonio.
Hice una seña a Ma para que entrara en la nave. Cuanto antes nos
marcháramos, mejor para todos.
Pero la voz dijo:
- Esperen - En su entonación había algo que nos hizo obedecer -.
Queremos explicárselo para que no regresen.
Nada estaba más lejos de mi mente que regresar, pero repliqué:
- ¿Por qué no?
- Su civilización no es compatible con la nuestra. Hemos
estudiado su mente para estar seguros. Proyectamos imágenes a partir de las
imágenes que encontramos en sus mentes, para estudiar sus reacciones ante
ellas. Nuestras primeras imágenes, nuestras primeras proyecciones de ideas,
fueron confusas. Pero hemos comprendido su mente cuando han alcanzado el punto
más alejado de su caminata. Hemos conseguido proyectar seres iguales a ustedes.
- Sam Heideman, sí - comenté -. Pero, ¿qué me dicen de la... la
mujer? Ella no podía estar en el recuerdo de ninguno de nosotros porque no la
conocíamos.
- Era un compuesto..., lo que ustedes llamarían una
idealización. Sin embargo, eso no tiene importancia. Después de estudiarles,
hemos visto que su civilización se preocupa por las cosas, mientras que la
nuestra se interesa por las ideas. No tenemos nada que ofrecernos. Un
intercambio entre ambas razas no haría ningún bien y sí mucho mal.
Nuestro planeta no tiene recursos materiales que puedan
interesar a su raza.
Tuve que mostrarme de acuerdo en ese sentido, mientras
contemplaba la monótona extensión de colinas verdosas que sólo parecían
albergar unos cuantos matorrales, aunque no demasiados. No tenían aspecto de
albergar otra cosa. En cuanto a minerales, no había visto ni un guijarro.
- Tiene razón - contesté -. Cualquier planeta que no tenga más
que plantas rodadoras y cucarachas puede arreglárselas como pueda, por lo que a
nosotros respecta. Así que... -
Entonces se me ocurrió una cosa -. Oiga, espere un momento.
Tiene que haber algo más, porque sino, ¿con quién estoy hablando?
- Está hablando - repuso la voz - con lo que usted llama
cucarachas, lo cual supone otro punto de incompatibilidad entre nosotros. Para
ser más preciso, usted habla a una voz proyectada por el pensamiento, pero
nosotros la proyectamos. Y déjeme asegurarle una cosa: que usted nos resulta
más repugnante físicamente que nosotros a usted.
Entonces bajé la vista y la vi, a tres de ellas, dispuestas a
entrar en un agujero si yo hacía un movimiento.
Una vez dentro de la nave, dije:
- Johnny, despeguemos. Destino, la Tierra.
Saludó y dijo: «Sí, señor», entró en la cabina del piloto y
cerró la puerta. No salió hasta conectar el piloto automático, con Sirio a
nuestra espalda.
Ellen se había ido a su camarote. Ma y yo jugábamos a las
cartas.
- ¿Puedo tomarme un descanso, señor? - preguntó Johnny,
dirigiéndose rígidamente hacia su camarote cuando le dije que sí.
Al cabo de un rato, Ma y yo nos acostamos. A los pocos minutos
oímos ruidos. Me levanté para investigar, e investigué.
Volví sonriendo.
- ¡Todo está arreglado, Ma! - dije -. Es Johnny Lane y está
borracho como una cuba. -
Le di una palmada en el trasero.
- ¡Ayyy! - se quejó -. Ya he tenido bastante cayéndome del
bordillo. ¿Quieres decirme que tiene de maravilloso que Johnny esté borracho?
Tú no lo estás ¿verdad?
- No - admití, posiblemente con algo de tristeza -. Pero, Ma, me
ha dicho que me fuera al diablo, y sin saludar, a mí, el propietario de la
nave.
Ma se limitó a mirarme. A veces la mujeres son muy listas, pero
otras veces son bastante tontas.
- Escucha, te aseguro que no se dará a la bebida - le dije -
Esta es una ocasión especial. ¿No comprendes lo que le ha sucedido a su orgullo
y dignidad?
- Te refieres a que...
- A que se ha enamorado de la proyección de pensamiento de una
cucaracha - expliqué -. O, por lo menos, eso es lo que él ha creído. Tenía que
emborracharse una vez para olvidarlo y, a partir a hora, cuando ya esté sobrio,
se comportará como un ser humano. Te apuesto lo que quieras. Y también te
apuesto lo que quieras a que entonces verá a Ellen y se dar cuenta de lo guapa
que es. Apuesto a que habrá perdido la cabeza por ella antes de que lleguemos a
la Tierra. Voy buscar una botella y brindaremos por ello.
¡Por Nada Sirio!
Y, por una vez, tuve razón. Johnny y Ellen se prometieron antes
de que llegáramos a distancia suficiente de la Tierra como para decelerar.
CICLO
La señorita Macy trató de ocultar su desprecio.
—¿Por qué está todo el mundo tan preocupado? No nos hacen nada,
¿verdad?
En las ciudades, en todas parte, reinaba un pánico ciego. Pero
no en el jardín de la señorita Macy. Esta alzó tranquilamente la vista hacia
las monstruosas figuras de casi dos mil metros de estatura, de los invasores.
Hacía una semana que habían aterrizado en una astronave de ciento cincuenta
kilómetros de longitud, en el desierto de Arizona. Casi un millar de ellos
había descendido de la nave y ahora exploraban los alrededores. Pero, tal como
la señorita Macy comentó, no habían hecho daño a nada ni a nadie. No eran lo
bastante sustanciales como para afectar a las personas. Cuando uno te pisaba o
pisaba la casa donde estabas, se producía una repentina oscuridad y hasta que
retiraba el pie y seguía andando, no veías nada; eso era todo.
No habían prestado atención a los seres humanos, y todo los
intentos para comunicarnos con ellos habían fracasado, así como todos los
ataques que el ejercito y las fuerzas aéreas emprendieron contra ellos. Los
proyectiles que daban en el blanco explotaban en su interior y no les producían
daño alguno. Ni siquiera la bomba H que cayó sobre uno de ellos mientras
cruzaba una zona desértica le afectó lo más mínimo.
No nos habían prestado atención alguna.
—Y eso- dijo la señorita Macy a su hermana, que también era la
señorita Macy, ya que ninguna de las dos estaba casada -, es una prueba de que
no quieren hacernos daño, ¿no crees?
—Así lo espero, Amanda- repuso la hermana de la señorita Macy
-.Pero mira lo que están haciendo ahora.
Era un día muy claro o, por lo menos, lo había sido. El cielo
ostentaba un nítido color azul, y la cabeza y hombros casi humanoides de los
gigantes, a un kilómetro y medio de altitud, eran claramente visibles. Pero
ahora empezaba a nublarse, y la señorita Macy lo observó mientras seguía la
mirada de su hermana hacia lo alto. Cada una de las dos enormes figuras que
había a la vista tenía en las manos un objeto parecido a un bidón, y de ellos
se escapaba una nube de vaporosa sustancia que descendía lentamente hacia la
tierra. La señorita Macy olfateó.
—Están formando nubes. Quizá sea así como se diviertan. Las
nubes no pueden hacernos daño. ¿Por qué está todo el mundo tan preocupado?
Reanudó su tarea.
—¿Qué es esto que estás pulverizando, Amanda? ¿Un líquido
fertilizante?- le preguntó su hermana.
—No -contestó la señorita Macy-.Es un insecticida.
EL PRINCIPIO YEHUDI
Me estoy volviendo loco.
Charlie Swann también se está volviendo loco. Quizá más que yo,
porque era su juguete predilecto. Quiero decir que él lo fabricó y pensaba que
sabía lo que era y cómo funcionaba.
Verán, Charlie sólo pretendía tomarme el pelo cuando me dijo que
trabajaba sobre el principio Yehudi. Por lo menos, eso es lo que el creía.
- ¿El principio Yehudi? - le pregunté.
- El principio Yehudi - repitió -. El principio del hombrecillo
que no existía. Esto lo hace.
- ¿Hacer qué? - quise saber.
El juguete predilecto, debo interrumpirme para explicarlo, era
una cinta para la cabeza.
Encajaba a la perfección en torno a la cabeza de Charlie y había
una caja negra y redonda no más grande que una caja de pastillas sobre su
frente. También había un disco de cobre redondo y plano a cada lado de la
cinta, justo encima de las sienes de Charlie, y un trozo de alambre que le
bajaba por la oreja hasta el bolsillo superior de la americana, donde guardaba
una pequeña pila eléctrica.
No tenía aspecto de hacer nada, excepto curar un dolor de cabeza
o acrecentarlo Pero por la trastornada expresión de Charlie, no creo que se
tratara de algo tan normal.
- ¿Hacer qué? - quise saber.
- Todo lo que quieras - dijo Charlie -. Siempre que sea
razonable, naturalmente. No puede mover un edificio, ni traerte una locomotora.
Pero hace cualquier cosa pequeña que tú quieras.
- ¿Quién lo hace?
- Yehudi.
Cerré los ojos y conté hasta cinco. No pensaba preguntar:
«¿Quién es Yehudi?»
Aparté un montón de papeles que había sobre la cama - había
estado releyendo una serie de antiguos manuscritos con la esperanza de
encontrar algo lo bastante bueno como para redactarlo desde un ángulo nuevo - y
me senté.
- De acuerdo - dije -. Dile que me traiga una copa.
- ¿De qué?
Miré a Charlie, y me hizo el efecto de que no bromeaba. Debía
estar bromeando, naturalmente, pero...
- Una ginebra - repuse -. Una ginebra verdadera, si es que
Yehudi sabe a lo que me refiero.
- Extiende la mano - me dijo Charlie.
Extendí la mano. Charlie, sin hablarme a mí, ordenó:
- Trae una ginebra para Hank. - Después movió afirmativamente la
cabeza.
Algo le ocurrió a Charlie o a mis ojos, no lo sé con exactitud.
Durante un segundo escaso, su figura se desdibujó. Y después volvió a parecer
normal.
Lancé un chillido y retiré la mano, porque noté que tenía la
mano húmeda con algo muy frío. Oí el ruido de un líquido al derramarse y vi un
charco en la alfombra que había bajo mis pies. Justo debajo de mi mano.
Charlie observó:
- Tendríamos que haberla pedido en un vaso.
Miré a Charlie, miré el charco del suelo, y por último me miré
la mano. Me llevé rápidamente el índice a la boca y lo chupé.
Ginebra. Volví a mirar a Charlie.
Preguntó:
- ¿Me he desdibujado?
- Escucha, Charlie - dije yo -. Hace diez años que te conozco,
fuimos juntos a la
Tecnológica y... Pero si vuelves a jugarme una mala pasada como
ésta, te borraré de verdad. Te...
- Esta vez fíjate más - dijo Charlie. Y nuevamente mirando al
espacio y sin hablar conmigo, empezó a ordenar -: Tráenos ginebra, en una
botella. Media docena de limones, a rodajas en una bandeja. Dos botellas de
cuarto de soda y un plato con cubitos de hielo.
Déjalo encima de aquella mesa.
Movió afirmativamente la cabeza, igual que antes, y que me
ahorquen si no se desdibujó. Desdibujarse es la mejor palabra para describirlo.
- Te has desdibujado - dije. Empezaba a dolerme la cabeza.
- Lo suponía - repuso -. Cuando lo probé estando solo utilicé un
espejo, y pensé que quizá fueran mis ojos. Por eso he venido. ¿Quieres mezclar
tú mismo las bebidas o lo hago yo?
Miré en dirección a la mesa, y vi todo lo que él había pedido.
Tragué un par de veces.
- Es real - me aclaró Charlie. Respiraba con fuerza, con secreta
excitación -. Funciona, Hank. Funciona ¡Nos haremos ricos! Podemos...
Charlie siguió hablando, pero yo me puse lentamente en pie y me
acerqué a la mesa.
Las botellas, los limones y el hielo estaban allí. Las botellas
gorgoteaban al sacudirlas y el hielo estaba frío.
Un minuto después empezaría a preocuparme acerca de cómo habían
llegado hasta allí. Mientras tanto y en ese momento, necesitaba un trago.
Extraje un par de vasos del botiquín y el abridor del fichero, e hice dos
combinados, con casi la mitad de ginebra.
Entonces se me ocurrió una cosa. Pregunté a Charlie:
- ¿Crees que Yehudi también querrá una copa?
Charlie sonrió.
- Dos serán suficientes - me dijo.
- Para empezar, quizá - contesté sobriamente. Le alargue uno de
los combinados, en un vaso, y dije -: Por Yehudi. - Vacié el mío de un solo
trago y empecé a preparar otro.
Charlie dijo:
- Para mí también. Oye, espera un minuto.
- En las presentes circunstancias - repuse -, un minuto es un
minuto demasiado largo entre dos copas. Dentro de un minuto esperaré un minuto,
pero... Oye, ¿por qué no le dices a Yehudi que nos los mezcle?
- Era lo que iba a sugerirte. Mira, quiero probar una cosa.
Ponte la cinta en la cabeza y díselo tú. Quiero observarte.
- ¿Yo?
- Tú - insistió -. No te pasará nada, y quiero saber si funciona
con todo el mundo o sólo conmigo. Es posible que únicamente esté afinado con mi
cerebro. Inténtalo.
- ¿Yo? - pregunté de nuevo.
- Tú - repitió.
Se la había quitado y me la estaba ofreciendo, con la pequeña
pila colgando de ella al término del alambre. La cogí y examiné. No tenía
aspecto de ser peligrosa. Era imposible que en una pila tan minúscula hubiera
jugo suficiente parar hacer daño.
Me la puse.
- Prepáranos unas copas - dije, y miré hacia la mesa, pero no
sucedió nada.
- Tienes que asentir con la cabeza después de hablar - me indicó
Charlie -. En la caja que llevas sobre la frente hay una especie de péndulo que
acciona el interruptor.
- Prepara dos combinados de ginebra. En vasos, por favor. -
Después asentí.
Cuando levanté nuevamente la cabeza, las bebidas ya estaban
allí, mezcladas.
- Sóplame con fuerza para que me despierte - dije, mientras me
inclinaba para coger mi vaso.
Y me encontré en el suelo.
- Ten cuidado, Hank - me advirtió Charlie -. Si te inclinas
hacia delante, es como si asintieras con la cabeza. Procura no asentir ni
inclinarte cuando digas algo que no sea una orden.
Me incorporé.
- Fúndeme con un soplete - ordené.
Pero no moví la cabeza. De hecho, no moví ni un solo músculo del
cuerpo. Cuando me di cuenta de lo que había dicho, mantuve el cuello tan rígido
que llegó a dolerme y apenas me atreví a respirar por miedo a balancear el
péndulo.
Con mucho cuidado, a fin de que no oscilara, alcé los brazos, me
quité la cinta de la cabeza y la dejé en el suelo.
Después me levanté y me palpé de arriba abajo. Probablemente
tuviera alguna contusión, pero no noté ningún hueso roto. Cogí el vaso y bebí
hasta la última gota de líquido. El combinado estaba muy bien hecho, pero
preferí mezclar el siguiente por mí mismo; con tres cuartas partes de ginebra.
Con él en la mano, di una vuelta en torno a la cinta de la
cabeza, sin acercarme más de un metro, y me senté en la cama.
- Charlie - dije -, ahí tienes algo importante. No sé qué es,
pero me gustaría saber a que estamos esperando.
- ¿A qué te refieres? - inquirió Charlie.
- Me refiero a lo que cualquier hombre sensato se referiría. Si
esa maldita cosa nos trae todo lo que pedimos, lo normal que hagamos una
fiesta. ¿Cuál prefieres, Lili St. Cyr o
Esther Williams? Yo me quedaré con la que tú dejes.
Él meneó tristemente la cabeza.
- Hay ciertas limitaciones, Hank. Será mejor que te lo explique.
- Personalmente - contesté -, me gustaría más Lili que una
explicación, pero si no hay más remedio... Empecemos con Yehudi. Los únicos dos
Yehudi que conozco son Yehudi Menuhin, el violinista y Yehudi, el hombrecillo
que no existía. Me inclino a creer que Menuhin no nos ha traído esa ginebra,
así que...
- Tienes razón, no ha sido él. Sin embargo, tampoco ha sido el
hombrecillo que no existía. Te estaba tomando el pelo, Hank. No hay ningún
hombrecillo que no existía.
- ¡Oh! - exclamé. Lo repetí lentamente o, por lo menos, ésa era
mi intención -. No... hay... ningún... hombrecillo... que... no... - Me di por
vencido -. Me parece que empiezo a comprender - dije -. Lo que tú quieres decir
es que no había ningún hombrecillo que no existe. Pero entonces, ¿quién es
Yehudi?
- No hay ningún Yehudi, Hank. Pero el nombre y la idea encajaban
tan bien que lo he llamado así durante unos pocos días.
- Y ¿cómo piensas llamarlo a partir de ahora?
- El superacelerador automático autosugestivo subvibratorio.
Bebí el resto de mi copa.
- Precioso - comenté -. Sin embargo, me gusta más el principio
Yehudi. Hay una cosa que me intriga; ¿quién nos ha traído este combinado? La
ginebra, la soda y todo lo demás.
- Yo mismo. Y tú has mezclado nuestra segunda copa. ¿Lo
entiendes ahora?
- En una palabra - repuse -, no exactamente.
Charlie suspiró.
- Entre las dos placas de las sienes hay un campo que acelera
varios miles de veces la vibración molecular y, por lo tanto, la velocidad de
la materia orgánica... el cerebro y, por lo tanto, el cuerpo. La orden dada
justo antes de accionar el interruptor actúa como una autosugestión y tú
ejecutas la orden que acabas de darte a ti mismo. Pero tan rápidamente que
nadie ve como te mueves; es un desdibujamiento momentáneo cuando te vas y
vuelves en prácticamente el mismo instante. ¿Está claro?
- Desde luego - le aseguré -, excepto una cosa. ¿Quién es
Yehudi?
Me acerqué a la mesa y empecé a mezclar otras dos bebidas. Siete
octavas partes de ginebra.
Charlie repuso pacientemente:
- La acción es tan rápida que no se imprime en tu memoria. Por
alguna razón, la aceleración no afecta a la memoria. El efecto, tanto para el
usuario como para el observador, consiste en la obediencia espontánea de una
orden por parte de... bueno, del hombrecillo que no existía.
- ¿Yehudi?
- ¿Por qué no?
- ¿Por qué no, por qué no? - repetí -. Toma, aquí tienes otra
copa. No está muy fuerte, pero yo tampoco lo estoy. Así que fuiste a buscar la
ginebra, ¿eh? ¿Adónde?
- Probablemente al bar más cercano. No me acuerdo.
- ¿Pagando?
Extrajo su billetera y la abrió.
- Creo que me falta un billete de cinco dólares. He debido
dejarlo en la barra. al parecer, mi subconsciente es honrado.
- Pero ¿de qué sirve? - pregunté -. No me refiero a tu
subconsciente, Charlie, sino al principio Yehudi. Te habría resultado igual de
fácil comprar esa ginebra de camino hacia aquí. Yo habría podido hacer el
combinado sabiendo que lo hacía. Y si estás seguro de que no puede traernos a
Lili St. Cyr y Esther Williams...
- No puede. Mira, no puede hacer nada que tú mismo no puedas. No
es otra persona.
Eres tú. Métetelo en la cabeza, Hank, y lo comprenderás.
- Pero ¿de qué sirve?
Suspiró nuevamente.
- Su verdadera finalidad no es ir a comprar ginebra ni mezclar bebidas.
Esto sólo ha sido una demostración. Su verdadera finalidad...
- Espera - dije yo -; hablando de bebidas, espera. Hace mucho
rato que no bebo.
Me acerqué a la mesa, sin hacer más que dos eses, y esta vez no
me molesté en poner soda. Puse una rodaja de limón y un cubito de hielo en cada
uno de los vasos.
Charlie probó el suyo e hizo una mueca.
Yo probé el mío.
- Agrio - dije -. No tendría que haber puesto limón. Será mejor
que nos lo acabemos antes de que se deshaga el hielo.
- Su verdadera finalidad - dijo Charlie - es...
- Espera - le interrumpí -; podrías estar equivocado ¿sabes? Me
refiero a las limitaciones. Voy a ponerme esa cinta en la cabeza y a decir a
Yehudi que nos traiga a Lili y...
- No seas tonto, Hank. Yo lo he fabricado y sé cómo funciona. No
puedes traer a Lili St.
Cyr, ni a Esther Williams, ni el puente de Brooklyn.
- ¿Estás completamente seguro?
- Desde luego.
¡Qué tonto había sido! Le creí. Hice otros dos combinados,
aunque esta vez sólo utilicé la ginebra y dos vasos, y me senté en el borde de
la cama, que se balanceaba suavemente de un lado a otro.
- Muy bien - dije -; ya estoy preparado para lo que sea. ¿Cuál
es su verdadera finalidad?
Charlie Swann parpadeó varias veces e hizo un esfuerzo por
enfocar los ojos sobre mí.
Preguntó:
- ¿La finalidad de qué?
Yo contesté, lenta y cuidadosamente:
- Del superacelerador automático autosugestivo subvibratorio.
Yehudi para mí.
- ¡Ah, eso! - exclamó Charlie.
- Precisamente - contesté -. ¿Cuál es su verdadera finalidad?
- Te lo explicaré. Supongamos que tengas que hacer algo a toda
prisa, o que no quieras hacer. Podrías...
- ¿Como escribir un relato? - pregunté.
- Como escribir un relato - dijo él -, o pintar una casa, o
lavar un montón de platos sucios, o sacar la nieve de la acera, o..., o
cualquier otra cosa que tengas que hacer pero no quieras hacer. Sólo tienes que
ponértelo y decirte...
- Yehudi - dije yo.
- Ordenas a Yehudi que lo haga, y lo hace. Naturalmente eres tú
quien lo hace, pero como no lo sabes, no te importa. Y lo mejor de todo es que
lo haces muy de prisa.
- Te desdibujas - recordé.
Alzó el vaso y miró el candil a través de él. Estaba vacío. El
vaso, no el candil.
- Te desdibujas - dijo.
- ¿Quién?
No respondió. Me pareció que se balanceaba, con silla y todo, describiendo
un arco de un metro de longitud. Aquel movimiento me mareó, así que cerré los
ojos, pero fue peor y los abrí de nuevo.
- ¿Un relato? - pregunté.
- Desde luego.
- Tengo que escribir un relato - dije -, pero ¿por qué iba a
hacerlo? Es decir, ¿por qué no ordenar a Yehudi que lo haga?
Me levanté y me puse la cinta alrededor de la cabeza. Ningún
comentario accidental esta vez, me dije. Derecho al grano.
- Escribe un relato - ordené.
Asentí, pero no sucedió nada.
Entonces recordé que, por lo que yo sabía, era imposible que
sucediera nada. Me acerqué a la máquina de escribir y la inspeccioné.
En el rodillo había una hoja blanca y una hoja amarilla, con
otra de papel carbón entre las dos, la página estaba escrita hasta la mitad y
más abajo, al final, había una sola palabra. No conseguí leerla. Me quité las
gafas y tampoco lo conseguí, así que volví a ponérmelas, acerque la cara a unos
centímetros de la máquina de escribir, y me concentré. La palabra era «Fin».
Miré a un lado de la máquina de escribir y vi un ordenado,
aunque pequeño, montón de hojas mecanografiadas, alternativamente blancas y
amarillas.
Era maravilloso. Había escrito una narración. Si en mi
subconsciente había algo, podía ser el mejor relato que yo había escrito en mi
vida.
Era una lástima que mi estado no me permitiera leerlo. Tendría
que cambiarme la graduación de las gafas, o algo por el estilo.
- Charlie - dije -, he escrito un relato.
- ¿Cuándo?
- Ahora mismo.
- No te he visto.
- Me he desdibujado - manifesté -. Bueno, de todos modos, no me
mirabas.
Volvía a estar sentado en la cama. No recuerdo como llegué hasta
allí.
- Charlie - dije -, es maravilloso.
- ¿Qué es maravilloso?
- Todo; la vida, los pajaritos en los árboles, los bizcochos...
¡Un relato en menos de un segundo! A partir de ahora sólo tendré que trabajar
un segundo por semana. ¡Se acabó la escuela, los libros, las insolentes miradas
de los profesores! ¡Charlie, es maravilloso!
Charlie pareció animarse. Dijo:
- Hank, solo estás empezando a ver sus posibilidades. Son casi infinitas,
para todas las profesiones. Puede hacerlo casi todo.
- Excepto - objeté tristemente - traernos a Lili St. Cyr o
Esther Williams.
- Tienes una idea fija ¿eh?
- Dos - repliqué - Me conformaría con cualquiera de las dos,
Charlie ¿estás segurísimo de qué...?
Cansadamente, dijo «Sí». Por lo menos, esto es lo que pretendió,
pero en realidad dijo «Chí».
- Charlie - le espeté -, tú has estado bebiendo. ¿Te importa que
lo intente?
- Muérete.
- ¿Qué? ¡Ah, quieres decir «muévete». De acuerdo, voy a...
- Eso es lo que he dicho - repuso Charlie -. Muévete.
- No es eso.
- Pues, ¿qué he dicho?
Yo contesté:
- Has dito... quiero decir, dicho: «Muérete».
Incluso Júpiter asiente.
Sólo que Júpiter no lleva una cinta en la cabeza como la que yo
aún llevaba. O quizá, pensándolo bien, también la lleve. Eso explicaría muchas
cosas.
Debí asentir, porque se oyó un disparo.
Dejé escapar un grito y me puse en pie de un salto, al mismo
tiempo que Charlie.
Parecía sobrio.
Dijo:
- Hank, llevabas eso en la cabeza. ¿Acaso estás...?
Me miré de arriba abajo y no vi ninguna mancha de sangre en la
pechera de mi camisa.
Tampoco sentía dolor en ninguna parte del cuerpo. Nada.
Dejé de temblar. Miré a Charlie; él tampoco estaba muerto ni
herido.
Dije:
- Pero ¿quién...? ¿qué...?
- Hank - repuso él -, ese disparo no ha sonado en la habitación.
Venía de fuera, del rellano, o las escaleras.
- ¿De las escaleras? - Me pareció recordar algo que ya había
olvidado. ¿Sobre unas escaleras? Vi a un hombre en las escaleras, un
hombrecillo que no existía. Hoy tampoco existía. ¡Vaya, ojalá se marchase...!
-. Charlie - dije -. ¡Era Yehudi! Se ha matado porque yo he dicho «muérete» y
el péndulo ha oscilado. Estabas en un error al creer que era automático y
autosugestivo. Yehudi era quién lo ha hecho todo desde el principio. Ha sido...
- Cállate - me cortó.
Se acercó a la puerta, la abrió, yo le seguí, y salimos al
rellano.
Allí reinaba un penetrante olor a pólvora quemada. Parecía venir
del tramo de escaleras que conducían al piso superior, porque se hizo más
fuerte cuando nos acercamos a ese punto.
- No hay nadie - dijo Charlie, temblando.
Con voz atemorizada, susurré:
- Hoy tampoco existía. ¡Vaya, ojalá...!
- Cállate - me atajó bruscamente Charlie.
Volvimos a mi habitación.
- Siéntate - dijo Charlie -. Tenemos que solucionar todo esto.
Tú has dicho «muérete» y después has asentido o te has inclinado hacia delante.
Pero no te has matado a ti mismo.
El disparo venía de... - Sacudió la cabeza, tratando de
aclarársela -. Lo que nos conviene es un café - sugirió -, un café muy cargado
y caliente. ¿Tienes...? Oye, aún llevas la cinta en la cabeza. Encarga dos
cafés, pero haz el favor de tener cuidado.
- Tráenos dos tazas de café muy cargado y caliente - dije.
Asentí, pero no sucedió nada. No sé como, pero ya lo sabía.
Charlie me quitó violentamente la cinta de la cabeza. Se la puso
y lo intentó por sí mismo.
- Yehudi está muerto - dije -. Se ha suicidado. Eso ya no sirve
de nada, así que haré el café yo mismo.
Puse la cafetera encima de la plancha caliente.
- Charlie - dije - escucha, supongamos que fuera Yehudi quien lo
hiciera todo.
Entonces, ¿cómo sabes cuáles eran sus limitaciones? Quizá habría
podido traernos a Lili...
- Cállate - me cortó Charlie -; estoy tratando de pensar.
Me callé y le dejé pensar.
Y cuando el café estuvo hecho, me di cuenta de las tontería que
había dicho.
Serví el café. Charlie había destornillado la tapa de la pieza
semejante a una caja de pastillas y estaba examinando su interior. Vi el
minúsculo péndulo que activaba el interruptor, y gran cantidad de cables.
- No lo entiendo - dijo -. No hay nada roto.
- Quizá la batería - sugerí.
Fui a buscar una linterna y empleamos la bombilla para comprobar
el estado de la pequeña pila. La bombilla se encendió normalmente.
- No lo entiendo - repitió Charlie.
Entonces sugerí:
- Empecemos por el principio, Charlie. Antes funcionaba. Nos ha
traído todos los ingredientes para el combinado. Ha mezclado un par de copas.
Ha... digamos que...
- Ahora mismo estaba pensando en eso - dijo Charlie -, al decir:
«Sóplame con fuerza para que me despierte», e inclinarte para coger el vaso,
¿qué ha ocurrido?
- Una corriente de aire. Me ha soplado con tanta fuerza que me
he caído, Charlie.
¿Cómo iba a haberlo hecho yo solo? Y fíjate en la diferencia de
pronombres. He dicho:
«Sóplame» y después he dicho «muérete». Imagínate que hubiese
dicho «Mátame»...
Me estremecí de pies a cabeza.
Charlie parecía aturdido. Dijo:
- Lo he fabricado basándome en principios científicos, Hank. No
ha sido un mero accidente, no puedo haberme equivocado. Tú crees que... ¡Es
absurdo!
En aquel momento, yo también estaba pensando lo mismo, pero bajo
otro punto de vista.
- Escucha - dije -, supongamos que tu aparato estableciera un
campo que actuase sobre el cerebro, pero supongamos también que te equivocaras
sobre la naturaleza de ese campo. Imagínate que te capacitase para proyectar un
pensamiento. Tú pensabas en
Yehudi; debió de ser así desde el momento que lo llamaste el
principio Yehudi, así que Yehudi...
- Eso es una tontería - replicó Charlie.
- ¿Se te ocurre algo mejor?
Se dirigió hacia la plancha caliente para servirse otra taza de
café.
Entonces recordé algo, y me acerqué a la mesa donde estaba la
máquina de escribir.
Cogí el relato invirtiendo el orden de las hojas para que la
primera quedara encima, y empecé a leer.
Oí que Charlie preguntaba:
- ¿Es un buen relato, Hank?
Yo comente:
- G-g-g-g-g-g...
Charlie dio una ojeada a mi expresión, y se apresuró a venir
junto a mí para leer por encima de mi hombro. Le di la primera hoja. El título
era: EL PRINCIPIO YEHUDI.
El relato comenzaba así:
«Me estoy volviendo loco.
Charlie Swann también se está volviendo loco. Quizá más que yo,
porque era su juguete predilecto. Quiero decir que él lo fabricó y pensaba que
sabía lo que era y cómo funcionaba.»
A medida que leía una página tras otra se las fui dando a
Charlie y él también las leyó.
Sí, era este relato; el relato que usted lee en este momento,
incluida esta parte que yo le relato en este momento. Escrito antes de que la
última parte tuviera lugar. Charlie se sentó al acabar de leer, y yo también.
Me miró y yo le miré.
Abrió varias veces la boca y la cerró otras tantas antes de
poder articular una sola palabra. Finalmente me dijo:
- T-tiempo, Hank. También tenía algo que ver con el tiempo. Ha
escrito anticipadamente lo que... Hank, conseguiré que vuelva a funcionar.
Tengo que hacerlo.
Es maravilloso. Es...
- Es colosal - confirmé yo -. Sin embargo, jamás volverá a
funcionar. Yehudi está muerto. Se ha suicidado en las escaleras.
- Estás loco - dijo Charlie.
- Todavía no - repuse. Miré el manuscrito que me había devuelto
y leí:
«Me estoy volviendo loco.»
Me estoy volviendo loco.
VEN Y ENLOQUECE
1
Lo supo de alguna manera, cuando se despertó por la mañana.
Ahora, situado junto a la ventana de la redacción, desde donde contemplaba el
dibujo de luz y sombras proyectado por el oblicuo sol de la tarde sobre los
edificios, estaba casi seguro. Sabía que muy pronto, quizá aquel mismo día,
ocurriría algo importante. No sabía si sería algo bueno o malo pero lo intuía
sombriamente. Y con razón; pocas cosas buenas pueden suceder inesperadamente a
un hombre, es decir, cosas de verdadera importancia. El desastre puede atacar
desde innumerables direcciones en formas extraordinariamente diversas.
Una voz dijo: «Hola, señor Vine», y él se apartó de la ventana,
lentamente. Eso ya era extraño, pues no tenía la costumbre de moverse
lentamente; era un hombre pequeño y vivaz, casi felino en la rapidez de sus
reacciones y movimientos.
Pero en esta ocasión algo le hizo apartarse lentamente de la
ventana, como si presintiera que jamás volvería a ver aquel claroscuro de una
tarde al sol.
- Hola, Red - contestó.
El pecoso botones anunció:
- Su Señoría quiere verle.
- ¿Ahora?
- A su conveniencia. Cualquier día de la semana que viene,
quizá. Si está ocupado, déle un plantón.
El apoyó un puño en la barbilla de Red y le empujó, mientras el
botones retrocedía con fingido arrepentimiento.
Se dirigió al depósito de agua. Apretó el botón y el agua llenó
el vaso de papel.
Harry Wheeler fue a su encuentro y dijo:
- Hola, Napi. ¿Qué hay? ¿Te han llamado a capítulo?
- Sí, para un aumento - repuso.
Bebió y estrujó el vaso, que tiró a la papelera. Se dirigió a la
puerta que ostentaba el letrero de «Privado» y la abrió.
Walter J. Candler, el director, alzó la vista de los papeles que
llenaban su escritorio y dijo afablemente:
- Siéntese, Vine. En seguida le atiendo. - Después volvió a
bajar la vista.
Tomó asiento en la silla que había frente a Candler, sacó un
cigarrillo del bolsillo de la camisa y lo encendió. Examinó la parte posterior
de la hoja que el director estaba leyendo.
En aquel lado no había nada escrito.
El director puso la hoja sobre la mesa y le miró.
- Vine, esto es descabellado. Por lo visto, usted es un genio
cuando se trata de escribir cosas descabelladas.
Sonrió lentamente al director y dijo:
- Si es un cumplido, gracias.
- Es un cumplido, desde luego. Usted nos ha hecho cosas bastante
difíciles. Esto es diferente. Nunca he pedido a un reportero que hiciese algo
que yo mismo no haría. Yo no haría. Yo no haría una cosa así, de modo que no
voy a pedírselo.
El director cogió el papel que había estado leyendo y volvió a
dejarlo sin mirarlo siquiera.
- ¿Ha oído hablar alguna vez de Ellsworth Joyce Randolph?
- ¿El director del manicomio? Claro que sí; incluso le conocí,
casualmente.
- ¿Qué impresión le produjo?
Observó que el director le observaba escrutadoramente, y le
pareció que la pregunta no había sido demasiado casual. Replicó hábilmente:
- ¿A qué se refiere? ¿En qué sentido? ¿Quiere saber si es una
buena persona, un buen político, un psiquiatra competente, o qué?
- Quiero saber si le pareció un tipo equilibrado.
Miró a Candler y se dio cuenta de que Candler no bromeaba.
Candler era estrictamente inexpresivo.
Se echó a reír, y después se puso súbitamente serio. Se apoyó
sobre la mesa de Candler.
- Ellsworth Joyce Randolph - dijo -. ¿Se refiere a Ellsworth
Joyce Randolph?
Candler asintió.
- El doctor Randolph ha venido esta mañana a verme. Me ha
contado una historia bastante extraña. No quería que la publicara; quería que
la comprobara, y que encargase de ello a nuestro mejor hombre. Me ha dicho que,
si descubríamos que era verdad, podríamos imprimirla en tipos de ciento veinte
líneas y tinta roja. - Sonrió irónicamente -.
Es lo que haremos.
Apagó el cigarrillo y estudió el rostro de Candler.
- Pero la historia es tan absurda que usted piensa que el doctor
Randolph está loco.
- Exactamente.
- Y ¿qué tiene de difícil el trabajo en cuestión?
- El doctor dice que sólo podremos conseguir la historia
actuando desde dentro.
- ¿Entrando como paciente o algo por el estilo?
Candler repuso:
- Algo por el estilo.
- ¡Ah!
Se levantó de la silla y se acercó a la ventana, de espaldas al
director. El sol apenas se había movido. Sin embargo, el dibujo de luces y
sombras reflejado en las calles parecía distinto, sombríamente distinto. Su
estado de ánimo también era distinto. Comprendió que aquello ero lo que había
estado esperando que sucediese. Se volvió y dijo:
- No. Desde luego que no.
Candler se encogió imperceptiblemente de hombros.
- No le culpo. Ni siquiera se lo he pedido. Yo tampoco lo haría.
- ¿Qué cree Ellsworth Joyce Randolph que está sucediendo en su
manicomio? Debe ser algo bastante descabellado si usted mismo ha llegado a
dudar de su cordura.
- No puedo decírselo, Vine. Le he prometido que no lo haría,
tanto si aceptaba usted el trabajo como si no.
- ¿Pretende decirme que, aunque aceptara el encargo, no sabría
lo que debía buscar?
- Así es. Estaría predispuesto, su juicio no sería objetivo.
Buscaría algo concreto, y podría creer que lo había encontrado sin tener una
base firme. O, por el contrario, estaría tan predispuesto a no encontrarlo, que
quizá no quisiera reconocerlo aunque lo tuviera delante de las narices.
El se apartó de la ventana y se acercó a la mesa sobre la que
descargó un puñetazo.
- Maldita sea, Candler, ¿por qué yo?. Ya sabe lo que me ocurrió
hace tres años.
- Desde luego. Amnesia.
- Eso es, amnesia. Ni más ni menos. Nunca he ocultado que no me
he recuperado de esa amnesia. Tengo treinta años, ¿no es así? Sólo recuerdo lo
sucedido en el espacio de tres años. ¿Sabe lo que es tener un muro que te
impide recordar lo sucedido antes de esa época?
» Oh, bueno, sé lo que hay al otro lado de ese muro. Lo sé
porque todo el mundo me lo dice. Sé que empecé trabajando como botones hace
diez años. Sé dónde y cuándo nací y que mis padres murieron. Sé como eran...
porque he visto fotografías suyas. Sé que no tenía esposa ni hijos, porque así
me lo dijeron todas las personas que me conocían.
Téngalo bien presente: todas las personas que me conocían, no
todas las personas que yo conocía. Yo no conocía a nadie.
» Desde entonces no me ha ido mal del todo. Cuando salí del
hospital - ni siquiera recuerdo el accidente que me mandó allí - vine
directamente aquí porque aún me acordaba de escribir artículos, a pesar de que
tuviese que aprender el nombre de todo el mundo. No estaba en peor situación
que un periodista novato empleado en un periódico de una ciudad desconocida. Y
todo el mundo me ayudó mucho.
Candler abrió una mano para calmar la tempestad. Dijo:
- Está bien, Napi. Ha dicho que no, y eso es suficiente. No me
parece que esto tenga nada que ver con el tema que nos ocupa, ya que lo único
que tenía que hacer era decir que no, así que olvídelo.
La tensión seguía dominándole. Dijo:
- ¿No le parece que esto tenga nada que ver con el tema que nos
ocupa? Usted me pide... o, de acuerdo, no me lo pide, me lo sugiere... que me
haga pasar por loco, y entre en el manicomio. Cuando... ¿qué confianza puede
uno tener en su propia cordura si no recuerda sus días de colegio, no recuerda
el día que conoció a las personas que trabajan con él, no recuerda el día que
empezó a trabajar, y no recuerdas... nada de lo sucedido antes de hace tres
años?
Volvió a descargar un puñetazo encima de la mesa, y después miró
a su alrededor.
Dijo:
- Lo siento. No pretendía excitarme de este modo.
- Siéntese - dijo Candler.
- La respuesta sigue siendo no.
- Es igual; siéntese.
Se sentó, extrajo un cigarrillo y lo encendió.
Candler dijo:
- Ni siquiera tenía intención de mencionarlo, pero ahora me veo
obligado a hacerlo. Es necesario, después de oírle hablar así. No sabía que aún
estuviera tan trastornado por su amnesia. Pensaba que lo había superado.
» Escuche, cuando el doctor Randolph me ha preguntado qué
periodista era capaz de hacer el trabajo, le he hablado de usted. Le he contado
sus antecedentes. El también recuerda haberle conocido. Sin embargo, no sabía
nada de su amnesia.
- ¿Acaso me ha recomendado por eso?
- No me interrumpa. Me ha dicho que, mientras usted se
encontrara allí, no tendría inconveniente en someterle a un nuevo tratamiento
de choques que podría devolverle la memoria. Ha dicho que valía la pena
intentarlo.
- No ha asegurado que diera resultado.
- Ha dicho que era posible; en cualquier caso, no le
perjudicará.
Apagó el cigarrillo que acababa de encender. Miró fijamente a
Candler. No tuvo que decir lo que pensaba; el director lo leyó en su rostro.
- Tranquilícese, muchacho - dijo Candler -. Recuerde que no se
lo he dicho hasta que usted mismo me ha confiado lo mucho que ese muro le
preocupa. No es una baza que me reservase para el final. Se lo he dicho para
hacerle un favor, después de oírle hablar de ese modo.
- ¡Un favor!
Candler se encogió de hombros.
- Ha dicho que no. Yo he aceptado su respuesta. Después ha
empezado a quejarse y yo no he tenido más remedio que mencionar algo que ya
había olvidado. No le dé más vueltas. ¿Cómo va el artículo de los sobornos?
¿Algo nuevo?
- ¿Asignará a otro el artículo del manicomio?
- No; usted es el único que puede hacerlo.
- ¿De qué se trata? Debe de ser una historia muy insólita para
que dude del buen sentido del doctor Randolph. ¿Acaso cree que sus pacientes
deberían ocupar el lugar de los médicos, o qué?
Se echó a reír.
- Ya lo sé, no puede decírmelo. Es un atractivo cebo doble, la
curiosidad... y la esperanza de derrumbar ese muro. ¿Puede contarme el resto?
Si digo que sí en vez de no, ¿cuánto tiempo estaré allí, y en qué condiciones?
¿Qué oportunidades tengo de volver a salir? ¿Cómo entraría?
Candler repuso lentamente:
- Vine, ya no estoy seguro de querer asignarle la misión.
Olvidemos el asunto.
- De ningún modo. Por lo menos, no hasta que conteste a mis
preguntas.
- De acuerdo. Ingresaría anónimamente, de forma que nadie
pudiese criticarle si la historia resultara falsa. En caso contrario, podría
explicar toda la verdad... incluida la confabulación del doctor Randolph para
hacerle entrar y salir nuevamente. Entonces, el secreto ya no será tal.
» Podría descubrir lo que quiere en unos cuantos días... y, de
todos modos, no se quedaría allí más de dos semanas.
- ¿Cuántos residentes del manicomio sabrían mis intenciones,
aparte de Randolph?
- Ninguno. - Candler se inclinó hacia delante y alzó cuatro
dedos de la mano izquierda -
Sólo cuatro personas estarían al corriente. Usted. - Señaló un
dedo -. Yo. - El segundo -.
El doctor Randolph - El tercer dedo -. Y otro de nuestros
periodistas.
- No es que tenga nada que oponer, pero ¿por qué otro
periodista?
- Sería un intermediario, en dos aspectos. Primero, le
acompañaría a visitar a un psiquiatra; Randolph nos recomendará alguno que será
relativamente fácil de engañar. Se hará pasar por su hermano y solicitará que
le examinen. Usted convencerá al psiquiatra de que está chalado y él lo
certificará. Se necesitan dos médicos para recluirle, pero
Randolph será el segundo. Su supuesto hermano querrá que
Randolph sea el segundo.
- ¿Todo esto bajo un nombre falso?
- Si lo prefiere... Claro que no hay razón para que sea así...
- Lo prefiero. Naturalmente, no quiero que se publique. Diga a
todos los de aquí..., excepto mi... oiga, en este caso no tendríamos que
inventarnos un hermano. Charlie
Doerr, de Circulación, es primo hermano mío y mi pariente más
próximo. Podría servir ¿verdad?
- Desde luego. En ese caso, tendría que hacer de intermediario
para todo lo demás.
Visitarle en el manicomio y traer todo lo que usted quiera
enviar.
- Y si en un par de semanas no he descubierto nada, ¿me salvará?
Candler asintió.
- Se lo diré a Randolph; el le entrevistará y dictaminará su
curación, para que pueda salir. Vuelve aquí y habrá estado de vacaciones. Eso
es todo.
- ¿Qué clase de locura debo fingir que tengo?
Le pareció observar que Candler se contorsionaba ligeramente en
su asiento.
- Bueno... ¿y si recurriéramos a Napoleón? Según el doctor
Randolph me dijo, la paranoia es una forma de locura que no tiene síntomas
físicos. No es más que una ilusión apoyada en una estructura de
racionalización. Un paranoico puede estar perfectamente cuerdo en todos los
sentidos menos en uno.
Miró a Candler y vio que esbozaba una sonrisa irónica.
- ¿Así que debo creer que soy Napoleón?
Candler hizo un gesto ambiguo.
- Escoja su propia personalidad. Sin embargo ¿no le parece que
ésta resulta más natural? Es decir, los muchachos de la oficina siempre le
llaman Napi, cuando quieren bromear un poco, y... - Terminó débilmente -: y
todo lo demás.
Y entonces Candler le miró fijamente.
- ¿Quiere hacerlo?
- Creo que sí. Se lo confirmaré mañana por la mañana, después de
haberlo consultado con la almohada, pero, extraoficialmente, es que sí. ¿Le
parece bien?
Candler asintió.
- Me tomo el resto de la tarde libre; iré a la biblioteca para
informarme sobre la paranoia. De todos modos, no tengo otra cosa que hacer. Y
esta misma noche hablaré con Charlie Doerr. ¿De acuerdo?
- Estupendo. Gracias.
Sonrió a Candler. Se acodó en la mesa de éste y dijo:
- Ahora que las cosas han llegado hasta este punto, voy a
confiarle un pequeño secreto. No se lo diga a nadie. ¡Soy Napoleón!
Esto constituía un buen remate, así que salió.
2
Recogió el abrigo y el sombrero y salió a la calle, pasando del
aire refrigerado al ardiente sol. Pasó del tranquilo manicomio que es la
redacción de un periódico después de cerrar una edición, al manicomio más
tranquilo de las calles en una bochornosa tarde julio.
Se retiró el sombrero panamá de la frente y se enjugó las gotas
de sudor con un pañuelo. ¿Adónde iba? No pensaba ir a la biblioteca para
estudiar lo referente a la paranoia; esto había sido una excusa para tener el
resto de la tarde libre. Hacía más de dos años que había leído todos los libros
sobre paranoia - y temas afines - que había en la biblioteca. Era un experto en
la materia. Podía engañar a cualquier psiquiatra del país y hacerle creer que
estaba cuerdo... o loco.
Se dirigió hacia el parque que había al norte de la ciudad y se
sentó en uno de los bancos situados a la sombra. Dejó el sombrero en el banco y
volvió a enjugarse el sudor de la frente.
Contempló abstraídamente la gran extensión de césped, de un
verde intenso bajo los rayos del sol, que se extendía a sus pies, las palomas y
su absurda forma de andar moviendo la cabeza, y la roja ardilla que bajó por el
tronco de un árbol, miró a su alrededor y se escabulló detrás del mismo árbol.
Y volvió a pensar en el muro de amnesia de tres años antes.
Un muro que no era un muro en absoluto. La frase le intrigó: un
muro que no era un muro en absoluto. Palomas sobre el césped, ¡qué lástima! Un
muro que no era un muro en absoluto.
No era un muro en absoluto; era un cambio, un brusco viraje. Una
línea trazada entre dos vidas. Veintisiete años antes del accidente. Tres años
desde el accidente.
No formaban parte de la misma vida.
Pero nadie lo sabía. Hasta aquella tarde no había insinuado la
verdad - en caso de que fuera la verdad - a nadie. Recurrió a ello para dejar
el despacho de Candler, sabiendo que Candler lo tomaría como una broma. De
todos modos, había que tener cuidado si repetía con frecuencia una broma así,
la gente empezaría a dudar.
El hecho de que las numerosas lesiones producidas por el
accidente hubieran incluido una mandíbula rota era la causa de que actualmente
estuviese en libertad y no en un manicomio. Esa mandíbula rota - la tenía
enyesada cuando recobró el conocimiento cuarenta y ocho horas después de chocar
de frente con un camión a quince kilómetros de la ciudad - le impidió hablar
durante tres semanas.
Y al cabo de esas tres semanas, a pesar del dolor y la confusión
que le atenazaban, había tenido la oportunidad de reflexionar con calma.
Inventó el muro. La amnesia, la oportuna amnesia que resultaba mucho más
creíble que la verdad.
Pero ¿acaso lo que él creía era la verdad?
Este era el fantasma que le había rondado durante los últimos
tres años, desde el momento en que se despertó en una habitación completamente
blanca y vio a un desconocido, vestido de forma muy extraña, sentado junto a su
cama, una cama como jamás había visto en ningún hospital de campaña. Una cama
con un armazón el la parte superior. Y cuando apartó la mirada del desconocido
y la posó sobre su propio cuerpo, vio que le habían enyesado una pierna y ambos
brazos, y que tenía la pierna levantada y sujeta a una polea por medio de una
cuerda.
Trató de abrir la boca para preguntar dónde estaba, y que le
había sucedido, y fue entonces cuando descubrió el yeso que le inmovilizaba la
mandíbula.
Miró fijamente al desconocido con la esperanza de que éste le
proporcionara la información que deseaba, y el desconocido le sonrió y le dijo:
- Hola, George. Ya estás de nuevo con nosotros ¿eh? Te pondrás
bien.
Notó algo extraño en el idioma... hasta que descubrió lo que
era. Inglés. ¿Acaso se hallaba en poder de los ingleses? Era un idioma que no
dominaba pero comprendió perfectamente al desconocido ¿Por qué le había llamado
George?
Es posible que sus dudas, algo de su enorme estupefacción, se
reflejaran en sus ojos, porque el desconocido se acercó más a la cama y dijo:
- Quizá aún estés un poco confundido, George. Has tenido un
accidente. Tu cupé chocó con un camión. Esto fue hace dos días y hasta ahora no
habías recobrado el conocimiento. Estás bien, pero tendrás que quedarte unos
días en el hospital, hasta que se suelden todos los huesos que te has roto.
Nada serio.
Entonces le sobrevino un acceso de dolor que borró toda su
confusión, y cerró los ojos.
Otra voz dijo:
- Vamos a ponerle una inyección, señor Vine. - No se atrevió a
abrir los ojos. Era más fácil luchar contra el dolor sin ver nada.
Sintió el pinchazo de una aguja en el brazo. Casi en seguido
dejó de experimentar sensación alguna.
Cuando volvió nuevamente en sí - doce horas después, según le
dijeron -, se encontró en la misma habitación blanca, y la misma extraña cama,
pero esta vez había una mujer en la habitación, una mujer vestida con un
extraño traje blanco, que miraba un papel sujeto a una tablilla a los pies de
la cama.
Ella le sonrió al ver que había abierto los ojos. Le dijo:
- Bueno días, señor Vine. Espero que ya se encuentre mejor. Voy
a decir al doctor Holt que se ha despertado.
Se marchó y regresó con un hombre que iba tan extrañamente
vestido como el desconocido que le había llamado George.
El doctor le miró y se echó a reír.
- Por una vez tengo un paciente que no puede contestarme. Ni
siquiera puede escribir una nota. - Después se puso serio - ¿Le duele algo?
Parpadee una vez si no le duele nada y dos, si siente dolor.
El dolor no era muy fuerte, así que parpadeó una vez. El doctor
asintió con satisfacción.
- Ese primo suyo - dijo - ha venido a verle. Se alegrará de
saber que pronto estará en posición de... de escuchar, ya que no puede hablar.
Le diré que venga un rato esta tarde.
La enfermera le alisó las sábanas y después, compasivamente,
ella y el médico le dejaron solo, para que ordenara sus caóticos pensamientos.
¿Ordenarlos? Esto había tenido lugar hacía tres años, y aún no
había sido capaz de ordenarlos.
El sorprendente hecho de que todos hablaran inglés y que él
entendiera perfectamente esa bárbara lengua, pese a sus escasos conocimientos
de ella. ¿Cómo era posible que un accidente le hubiese capacitado para entender
un idioma que sólo conocía superficialmente?
El sorprendente hecho de que le llamaran por un nombre distinto.
«George» fue el nombre utilizado por el desconocido que se hallaba junto a su
lecho la noche anterior. La enfermera le había llamado «señor Vine». George
Vine, un nombre inglés sin duda.
Pero había algo mil veces más sorprendente que cualquiera de
esas dos cosas: lo que el desconocido de la noche anterior (¿podía ser el
«primo» del qué el médico le había hablado?) le había dicho respecto al
accidente: «Tu cupé chocó con un camión»
Lo realmente asombroso, lo contradictorio, es que él sabía lo
que significaban las palabras «cupé» y «camión». No es que recordara haber
conducido ninguno de ellos, ni el accidente en sí, ni ninguna otra cosa a
partir del momento en que tomara asiento en su tienda después de Lodi...
pero... pero ¿cómo era posible que la imagen de un cupé, un vehículo impulsado
por un motor de gasolina, formara parte de sus recuerdos, si tal concepto jamás
había figurado en su mente?
Lo más horrible era aquella loca mezcla de dos mundos, uno de
ellos, nítido, claro y definido. El mundo en el cual había vivido durante
veintisiete años, el mundo en el cual había nacido veintisiete años antes, el
15 de agosto de 1769, en Córcega. El mundo en el cual se había acostado -
parecía que fuese la noche anterior - en su tienda de Lodi, como general del
Ejército en Italia, tras su primera victoria importante en el campo de batalla.
Por otra parte, estaba aquel inquietante mundo en el que se
había despertado, este mundo blanco en el que se hablaba inglés, un inglés que
- pensándolo bien - era distinto del que había oído en Brienne, Valence,
Toulon, y que, sin embargo, entendía a la perfección y estaba seguro de poder
hablar si no tuviera la mandíbula enyesada. Este mundo en el que todos le
llamaban George Vine, y en el cual todos utilizaban palabras que él no sabía,
que no podía lógicamente saber, pero que producían imágenes en su mente.
Cupé, camión. Eran dos formas distintas de - la palabra acudió
espontáneamente a su memoria - automóviles. Se concentró en lo que era un
automóvil y en cómo funcionaba, y descubrió que poseía esa información. El
bloque de cilindros, los pistones impulsados por explosiones de vapor de
gasolina, encendido por la chispa de electricidad producida por un generador...
La electricidad. Abrió los ojos y alzó la vista hacia la lámpara
que colgaba del techo, y supo, de alguna manera, que era una luz eléctrica, y
se dio cuenta de que tenía una noción general de lo que era la electricidad.
El italiano Galvani... sí, había leído algo respecto a los
experimentos de Galvani, pero éstos no habían desembocado en nada tan práctico
como aquella luz. Y, mientras contemplaba aquella luz amortiguada por la
pantalla, vio energía hidráulica accionando dinamos, muchos kilómetros de
cables, motores accionando generadores... Contuvo la respiración ante el
concepto que le proporcionaba su propia mente, o parte de su propia mente.
Los confusos e inseguros experimentos de Galvani, con sus
débiles corrientes y ranas que pataleaban, apenas habían presagiado el obvio
misterio de aquella luz que brillaba en el techo; y esto era precisamente lo
más extraño; una parte de su mente lo encontraba misterioso y la otra parte lo
consideraba normal y comprendía su funcionamiento de un modo general.
La luz eléctrica fue inventada por Thomas Alva Edison alrededor
de... ¡Ridículo!, había estado a punto de decir alrededor de 1900, y sólo era
el año 1796.
Entonces fue cuando se dio cuenta de lo más horrible de todo e
intentó - con grandes dolores y en vano - incorporarse en la cama. Si su
memoria no le engañaba, fue en 1900, y Edison falleció en 1931... Y un hombre
llamado Napoleón Bonaparte murió ciento diez años antes de esa fecha, en 1821.
Entonces estuvo a punto de volverse loco.
Y, loco o cuerdo, únicamente el hecho de no poder hablar le
salvó del manicomio; le dio tiempo para reflexionar, tiempo para comprender que
su única oportunidad residía en fingir amnesia, en fingir que no recordaba nada
de su vida anterior al accidente. No te recluyen en un manicomio por sufrir de
amnesia. Te dicen quién eres, te dejan reanudar lo que dicen que era tu vida
anterior. Te dejan atar cabos, mientras intentas recordar.
Era lo que había hecho hacía tres años. Ahora, al día siguiente,
iría a un psiquiatra y le diría que el era... ¡Napoleón!
3
Los rayos del sol eran más oblicuos a cada minuto que
transcurría. En el cielo, un avión alteró la quietud reinante con sus zumbidos;
alzó la vista y se echó a reír silenciosamente, en su interior, con una risa
que no tenía nada que ver con la locura. Una risa verdadera, porque surgía de
la concepción de Napoleón Bonaparte viajando en un avión como aquél y de la
abrumadora incongruencia de esa idea.
Entonces pensó que no recordaba haber viajado nunca en avión.
Quizá George Vine lo hubiese hecho; en algún momento de sus veintisiete años de
vida, tenía que haberlo hecho. Pero ¿acaso eso significaba que él hubiera
viajado en uno? Esta era una pregunta que formaba parte de la gran pregunta.
Se levantó y empezó a andar nuevamente. Eran casi las cinco;
Charlie Doerr no tardaría en abandonar la sede del periódico e ir a su casa
para cenar. Lo mejor sería telefonear a Charlie y asegurarse de que estaría en
su casa aquella noche.
Se dirigió al bar más cercano y telefoneó; Charlie Doerr no
tardó más de un minuto en ponerse al aparato. Dijo:
- Soy George; ¿estarás en casa esta noche?
- Desde luego, George. Iba a una partida de cartas, pero la he
cancelado al saber que irías a verme.
- ¿Al saber que...? Oh, ¿te lo ha dicho Candler?
- Sí. Oye, no sabía que me telefonearías porque entonces habría
llamado a Marge, pero ¿qué te parece si salimos a cenar? Ella no tendrá ningún
inconveniente; puedo llamarla ahora, si tu puedes.
- No, gracias, Charlie. Tengo un compromiso para cenar. Y,
escucha, sobre la partida de cartas, puedes ir. Yo pasaré por tu casa hacia las
siete y no es necesario que hablemos toda la noche; una hora será suficiente.
De todos modos, tú no saldrías antes de las ocho.
- No te preocupes - dijo Charlie -; no tengo ningún empeño en
salir, y tú hace mucho tiempo que no sales. Así que nos veremos a las siete,
¿de acuerdo?
Desde la cabina telefónica, se acercó a la barra y pidió una
cerveza. Se preguntó por qué había declinado la invitación a cenar;
probablemente porque, de un modo subconsciente, deseara estar solo un par de
horas más antes de hablar con nadie, incluso con Charlie y Marge.
Bebió la cerveza a pequeños sorbos, porque quería hacerla durar;
aquella noche tenía que estar sereno, muy sereno. Aún tenía tiempo para cambiar
de opinión; se había dejado una puerta abierta, aunque pequeña. Aún podía
hablar con Candler a la mañana siguiente y decirle que había resuelto no
hacerlo.
Por encima del borde del vaso, se contempló en el espejo que
había detrás de la barra.
Bajo, rubio, con pecas en la nariz, corpulento. Lo de bajo y
corpulento encajaba a la perfección, pero el resto... Ni el parecido más
remoto.
Bebió lentamente otra cerveza, y así dieron las cinco y media.
Salió y reanudó su paseo, esta vez hacia la ventana del tercer
piso por la que estaba mirando cuando Candler le hizo llamar. Se preguntó si
alguna vez volvería a sentarse junto a esa ventana para contemplar la tarde
bañada por el sol.
Quizá sí. Quizá no.
Pensó en Clare. ¿Deseaba verla aquella noche?
Pues no, sinceramente, no. Pero si desaparecía durante una o dos
semanas sin despedirse de ella, ya podía darla por perdida.
No tenía opción.
Se detuvo en un drugstore y telefoneó a su casa.
- Clare, soy George - dijo -. Escucha, mañana tengo que irme de
viaje por un asunto del periódico; no sé cuánto tiempo estaré fuera. Se trata
de una de esas cosas que tanto pueden durar días como semanas. ¿Podemos vernos
a última hora, para despedirnos?
- Claro que sí, George. ¿A qué hora?
- Podría ser después de las nueve, aunque no mucho. ¿Te parece
bien? Primero tengo que ver a Charlie, por negocios; quizá no pueda escaparme
antes de las nueve.
- Desde luego, George. Cuando tú quieras.
Se detuvo frente a un puesto de hamburguesas, pese a no tener
apetito, y consiguió tomar un bocadillo y un pedazo de tarta. Así dieron las
seis menos cuarto y, si iba andando hasta casa de Charlie, llegaría a la hora
fijada. Así que fue andando.
El propio Charlie le abrió la puerta. Llevándose un dedo a los
labios, hizo un gesto con la cabeza en dirección a la cocina, donde Marge
estaba lavando los platos. Susurró:
- No le he dicho nada a Marge, George. Se preocuparía.
Habría querido preguntar a Charlie por qué iba a preocuparse,
pero no lo hizo. Quizá tuviera miedo de la respuesta. Significaría que Marge ya
se preocupaba por él, y esto era mala señal. El creía haber desempeñado muy
bien su papel a lo largo de los tres últimos años.
De todos modos, no pudo preguntar nada, pues Charlie le condujo
en seguida al salón y la cocina estaba al lado. Mientras tanto, Charlie le
dijo:
- Me alegro de que hayas decidido venir a jugar una partida de
ajedrez, George. Marge tiene que salir esta noche; quiere ver no sé qué
película. Yo iba a esa partida de cartas por una cuestión de legítima defensa,
pero no me apetecía nada.
Sacó el tablero y las piezas de un armario y lo colocó sobre la
mesita auxiliar.
Marge entró con una bandeja en la que había dos grandes vasos
llenos de cerveza y la dejó al lado del tablero. Dijo:
- Hola, George. Me he enterado de que te vas un par de semanas.
El asintió.
- Lo malo es que no sé dónde. Candler, el director, me ha
preguntado si podía encargarme de una asunto fuera de la ciudad, y yo le he
sido que sí pero no hablaremos hasta mañana.
Charlie tenía las dos manos extendidas, con un peón en cada una
de ellas, y cuando toco la mano izquierda de Charlie, palideció. Movió un peón
hacia el rey y, cuando Charlie hizo lo mismo, adelantó el peón de la reina.
Marge se retocaba el sombrero frente al espejo. Dijo:
- Bueno, George, si ya te has ido cuando vuelva, hasta pronto y
buena suerte.
- Gracias, Marge. Adiós.
Hizo unos cuantos movimientos antes de que Marge se acercara,
dispuesta para irse, besara a Charlie, y después le besara a él en la frente.
Dijo:
- Cuídate mucho, George.
Su mirada se cruzó con la de los azules ojos de Marge y pensó:
«Está preocupada por mí». Eso le asustó un poco.
En cuanto la puerta se hubo cerrado tras ella, dijo:
- No es necesario que acabemos la partida, Charlie. Vayamos al
grano, porque he quedado con Clare a las nueve. No sé cuánto tiempo estaré
fuera, así que no puedo irme sin despedirme de ella.
Charlie alzó la vista hacia él.
- ¿Acaso lo de Clare es serio, George?
- No lo sé.
Charlie cogió su cerveza y tomó un sorbo. De repente adoptó una
voz brusca y práctica. Dijo:
- De acuerdo, vayamos al grano. Mañana por la mañana tenemos
hora a las nueve para ver a un tipo llamado Irving, el doctor W.E. Irving, del
Edificio Appleton. Es psiquiatra; el doctor Randolph nos lo ha recomendado.
» Le he telefoneado esta tarde después de hablar con Candler;
Candler ya había telefoneado a Randolph. Le di mi verdadero nombre. Mi historia
ha sido ésta: tengo un primo que últimamente se comporta de una forma muy
extraña y con el cual deseo que tenga un cambio de impresiones. No le he dado
el nombre de mi primo. Tampoco le he dicho en qué sentido te comportabas de un
modo extraño; he esquivado la pregunta y le dicho que prefería que juzgara por
sí mismo y sin ninguna clase de prejuicios. Le he explicado que te había
convencido para visitar a un psiquiatra y que el único que yo conocía era
Randolph; que había telefoneado a Randolph, que éste me había dicho que ya no
ejercía privadamente y me había recomendado a Irving. Le he dicho que era tu
pariente más próximo.
» Eso deja vía libre a Randolph para ser el segundo médico del
certificado. Si logras convencer a Irving de que estás realmente loco y él
quiere firmar tu reclusión, puedo insistir en que te vea Randolph, a quien
quería desde el principio. Y, esta vez, como es natural, Randolph accederá.
- ¿No has dicho absolutamente nada respecto a la clase de locura
que sospechas que tengo?
Charlie meneó la cabeza. Repuso:
- Así que, de todos modos, ninguno de los dos iremos al Blade
mañana por la mañana.
Me iré de casa a la hora de siempre para que Marge no haga
preguntas, y nos encontraremos en el centro - digamos, en el vestíbulo del
Christina - a las once menos cuarto. Si logras convencer a Irving de que has de
ser recluido - si es que ésa el la palabra correcta -, llamaremos
inmediatamente a Randolph y mañana estará todo arreglado.
- ¿Y si cambio de opinión?
- Telefonearé para decir que no vamos. Eso es todo. Oye, ¿verdad
que no hay nada más que hablar? Terminemos esa partida de ajedrez; no son más
que las siete y veinte.
El meneó la cabeza.
- Prefiero seguir hablando, Charlie. Te has olvidado de una
cosa; pasado mañana.
¿Con qué frecuencia irás a verme para recoger los boletines de
Candler?
- Oh, es verdad, lo había olvidado. Todos los días de visita...
tres veces por semana: lunes, miércoles, y viernes por la tarde. Mañana es
viernes, de modo que si consigues entrar, el lunes será el primer día que pueda
visitarte.
- De acuerdo. Dime. Charlie, ¿te ha insinuado algo Candler
respecto a la historia por la que debo entrar ahí?
Charlie Doerr meneó lentamente la cabeza.
- Ni una palabra. ¿De qué se trata? ¿Acaso es demasiado secreta
para que hables de ella?
Miró fijamente a Charlie, sumido en un mar de dudas. Y de pronto
comprendió que no podía decirle la verdad: que él tampoco sabía nada. Pasaría
por un tonto. No pareció una tontería cuando Candler le dio la razón - una
razón, de todos modos - para no decírselo, pero ahora si que lo parecería.
Repuso:
- Si él no te ha explicado nada, me imagino que yo tampoco debo
hacerlo, Charlie. - Y como esto no le pareció demasiado convincente, añadió -:
Se lo he prometido a Candler.
Habían vaciado los dos vasos de cerveza y Charlie se los llevó a
la cocina para llenarlos de nuevo.
El siguió a Charlie, pues prefería la informalidad de la cocina.
Se sentó a horcajadas en una silla de la cocina, acodándose en el respaldo, y
Charelie se apoyó en el frigorífico.
Charlie dijo:
- ¡Prosit!
Ambos bebieron, y después Charlie preguntó:
- ¿Ya has pensado la historia que le contarás al doctor Irving?
El asintió.
- ¿Te ha contado Candler lo que debo decirle?
- ¿Que eres Napoleón? - contestó Charlie, reprimiendo una
carcajada.
¿Por qué le dio la impresión de que su hilaridad era fingida?
Miró a Charlie, y comprendió que lo que pensaba resultaba completamente
increíble. Charlie era una persona franca y sincera. Charlie y Marge eran sus
mejores amigos; habían sido amigos suyos durante tres años. Según Charlie,
mucho tiempo más, muchísimo más. Pero de lo ocurrido antes de esos tres años...
él no podía dar fe.
Se aclaró la garganta para darse ánimos. Tenía que preguntar,
tenía que asegurarse.
- Charlie. voy a preguntarte algo que quizá te extrañe. ¿Estáis
actuando honestamente?
- ¿Qué?
- Ya sé que es una pregunta extraña. Pero... mira, tú y Candler
no creéis que estoy loco, ¿verdad? No habréis ideado todo esto entre los dos
para recluirme - o, por lo menos, examinarme - sin que yo sepa lo que ocurre,
hasta que sea demasiado tarde ¿verdad?
Charlie le miró fijamente. Dijo:
- Vamos, George, no me creerás capaza de hacerte una cosa así,
¿verdad?
- No, claro que no. Pero... quizá pensaras que era por mi propio
bien, y eso podría haberte decidido. Escucha, Charlie, si estoy en lo cierto,
si realmente piensas eso, déjame decirte que no es justo. Mañana iré a un
psiquiatra para mentirle, para tratar de convencerle de que tengo
alucinaciones. No para ser sincero con él. Y eso sería una gran injusticia. Lo
comprendes, ¿verdad, Charlie?
Charlie palideció ligeramente. Repuso:
- Te juro, George, que no es nada de eso. Todo lo que yo sé es
lo que Candler y tú me habéis dicho.
- ¿Crees que estoy cuerdo, absolutamente cuerdo?
Charlie se humedeció los labios. Dijo:
- ¿Quieres saber la verdad?
- Sí.
- Nunca lo he dudado, hasta este momento. A menos que... bueno,
la amnesia es una forma de aberración mental, y tú no has podido superarla pero
esto no es lo que tú querías decir, ¿verdad?
- No.
- En este caso, hasta ahora mismo... George, eso tiene todo el
aspecto de una manía persecutoria, si es que realmente pensabas lo que me has
preguntado. Una conspiración para... ¿Es que no te das cuenta de lo ridículo
que es? ¿Qué razón podríamos tener Candler y yo para mentirte y querer
recluirte?
El contestó:
- Lo siento, Charlie. Ha sido una idea absurda. No, claro que no
lo creo. - Lanzó una ojeada a su reloj -. Terminaremos esa partida de ajedrez,
¿quieres?
- Estupendo. Espera a que llene otra vez los vasos.
Jugó distraídamente y consiguió perder al cabo de quince
minutos. Declinó el ofrecimiento de Charlie para una revancha y se recostó en
el sillón.
Dijo:
- Charlie, ¿has visto alguna vez unas piezas de ajedrez que sean
rojas y negras?
- N-no. O blancas y negras, o rojas y blancas. ¿Por qué?
- Bueno... - sonrió -. Me imagino que no tendría que decírtelo,
después de hacerte dudar sobre si estoy cuerdo o no, pero es que últimamente he
tenido varias veces el mismo sueño. No es que sea más descabellado que otro
sueño cualquiera, pero lo raro es que se repite una y otra vez. Es algo sobre
una partida entre rojas y negras; ni siquiera estoy seguro de que sea ajedrez.
Ya sabes lo que pasa cuando sueñas; las cosas parecen tener sentido aunque sean
absurdas. En el sueño no me pregunto si las piezas rojas y negras son de
ajedrez o no; lo sé, lo supongo, o creo saberlo. Pero cuando me despierto no lo
recuerdo. ¿Sabes lo que quiero decir?
- Desde luego. Continúa.
- Bueno, Charlie, he estado pensando que quizá tenga algo que
ver con o que hay al otro lado de un muro de amnesia que jamás he podido
derribar. Esta es la primera vez en mi... bueno, no en mi vida, quizá, pero si
en los tres años que recuerdo de ella, en quetengo varias veces el mismo sueño.
Me pregunto si..., si no es un indicio de que estoy empezando a recobrar la
memoria.
» ¿He tenido alguna vez un juego de fichas rojas y negras, por
ejemplo? O bien, en mi colegio, ¿tenían competiciones de baloncesto o béisbol
entre equipos rojos y negros, o... algo por el estilo?
Charlie reflexionó unos minutos antes de menear la cabeza.
- No - dijo -, no recuerdo nada parecido. Claro que en las
ruletas hay rojo y negro... rouge et noir. También son los colores de una
baraja de cartas.
- No. Estoy completamente seguro de que no tiene nada que ver
con las cartas ni con la ruleta. No es... nada de este estilo. Es un juego
entre las rojas y las negras. En cierto modo, ellas son los jugadores.
Piénsalo, Charlie; no en donde tú habrías podido asimilar esa idea, sino en
donde yo habría podido.
Vio que Charlie reflexionaba y, al cabo de un rato, le dijo:
- Está bien, no sigas estrujándote el cerebro, Charlie. A ver si
te dice algo esto: El brillante fulgor.
- El brillante fulgor, ¿de qué?
- Sólo esas palabras: el brillante fulgor. ¿Significan algo para
ti?
- No.
- Está bien - dijo -; olvídalo.
4
Llegó temprano y dejó atrás la casa de Clare, llegando hasta la
esquina, donde se detuvo bajo el gran olmo que allí había, para fumar el resto
de su cigarrillo, mientras reflexionaba sombríamente.
En realidad, no había nada que pensar; lo único que tenía que
hacer era despedirse de ella. Unas cuantas palabras. Y rehuir sus pregunta
acerca del lugar a donde iba, y cuánto tiempo se quedaría. Tenía que mostrarse
tranquilo e indiferente, como si no significaran absolutamente nada el uno para
el otro.
Tenía que ser así. Conocía a Clare Wilson desde hacía un año y
medio, y habían estado saliendo durante todo ese tiempo; no era justo. Esto
debía ser el final, por el bien de ella. No tenía derecho a pedir a una mujer
que se casara con él... ¡un loco que creía ser Napoleón!
Tiró el cigarrillo y lo aplastó furiosamente con la punta del
zapato; después retrocedió hasta la casa, subió los escalones del porche, y
tocó el timbre.
La propia Clare le abrió la puerta. la luz procedente del
recibidor confirió un brillo dorado a su cabello, que rodeaba su cara en
sombras.
Deseó con tantas fuerzas tomarla entre sus brazos que le costó
un verdadero esfuerzo mantener los brazos estirados a lo largo del cuerpo.
Estúpidamente, dijo:
- Hola, Clare ¿Cómo van las cosas?
- No lo sé, George. ¿Cómo van las cosas? ¿No piensas entrar?
Se retiró del umbral para dejarle pasar y la luz iluminó su
cara, dulcemente seria. Sabía que ocurría algo desusado, pensó él; su expresión
y tono de voz se lo revelaron.
No quería entrar. Dijo:
- Hace una noche preciosa Clare. Demos un paseo.
- De acuerdo, George - Salió al porche -. Una noche preciosa, y
unas estrellas maravillosas. - Se volvió hacia él y lo miró -. ¿Alguna de ellas
es tuya?
El se sobresaltó ligeramente. Después dio un paso adelante y la
cogió por el codo, para ayudarla a bajar los escalones del porche. Contestó:
- Todas son mías. ¿Quieres comprar una?
- ¿Es que no me la regalarías? ¿Ni una muy pequeñita? Me
conformaría con una que tuviera que mirar con un telescopio.
Se encontraron en la acera, dónde ya nadie podía oírles, y su
voz cambió bruscamente, perdiendo la nota festiva que tenía, para preguntar:
- ¿Qué sucede, George?
El abrió la boca para contestar que no sucedía nada, pero volvió
a cerrarla. No podía decirle una mentira, pero tampoco podía decirle la verdad.
El hecho de que ella le hubiese formulado esta pregunta de ese modo, tendría
que haber simplificado las cosas, sin embargo, las hizo más difíciles.
Le hizo otra pregunta:
- Tienes la intención de despedirte... para siempre, ¿verdad,
George?
El repuso:
- Sí. - Tenía la boca seca. No sabía si esa única palabra había
salido como un articulado monosílabo o no, de modo que se humedeció los labios
y lo intentó de nuevo -;
Sí, me temo que sí, Clare.
- ¿Por qué?
No tuvo el valor de mirarla, así que siguió con la vista fija en
el infinito. Dijo:
- N-no puedo decírtelo, Clare, pero debo hacerlo. Es lo mejor
para ambos.
- Dime una cosa, George. ¿Es verdad que te vas o sólo era... una
excusa?
- Es verdad. Me voy; no sé por cuánto tiempo. No me preguntes
adónde, por favor. No puedo decírtelo.
- Quizá yo sí que pueda, George. ¿Te importa que lo haga?
Le importaba, le importaba mucho. Pero ¿cómo iba a decírselo? No
contestó, porque tampoco podía decir que sí.
Habían llegado al parque, el reducido parque del barrio que sólo
ocupaba una manzana de extensión y no ofrecía demasiada intimidad, pero que
tenía bancos. El la siguió hacia allí... o quizá fue ella y tomaron asiento en
un banco. Había otras personas en el parque, pero no demasiado cerca. El aún no
había contestado su pregunta.
Ella se sentó muy cerca de él, y comentó:
- Estás preocupado por tu estado mental, ¿verdad, George?
- Pues... sí, en cierto modo, sí, es verdad.
- Y tu viaje tiene algo que ver con eso, ¿no es así? ¿Vas a
algún sitio para someterte a observación o tratamiento, o las dos cosas?
- Algo por el estilo. No es tan sencillo como todo esto, Clare,
y yo... no puedo explicarte de qué se trata.
Ella apoyó una mano sobre las suyas, que descansaban sobre sus
rodillas. Dijo:
- Sabía que era algo por el estilo, George, y no te pido que me
expliques nada. Lo único que pido es que no me digas lo que querías decirme.
Dime «hasta la vista» en vez de «adiós». Ni siquiera me escribas, si no
quieres, pero no seas tan noble ni termines con todo en este mismo momento,
pensando en mi bien. Por lo menos espera a que regreses.
¿De acuerdo?
El tragó saliva. ¡Ella lo presentaba todo de una forma tan
sencilla cuando, en realidad, era tan complicado! Tristemente, respondió:
- Está bien, Clare. Si tú lo prefieres...
Ella se levantó bruscamente:
- Volvamos, George.
El también se levantó.
- Aún es temprano.
- Lo sé, pero a veces... Bueno, es el momento psicológico más
adecuado para separarnos. George. Sé que parece una tontería pero, después de
lo que hemos dicho, ¿no sería - uh - un anticlímax... seguir...?
El se echó a reír. Dijo:
- Comprendo a lo que te refieres.
Regresaron a su casa en silencio. El no habría podido decir si
fue un silencio feliz o desgraciado; estaba demasiado confundido para saberlo.
En el oscuro porche, delante de la puerta, ella se volvió y le
miró.
- George - dijo.
Silencio.
- ¡Oh, George! Deja de ser tan noble o lo que sea. A menos,
naturalmente que no me ames. A menos que esto sólo sea una complicada forma
de... evasiva. ¿Lo ves?
Sólo había dos cosas que él pudiera hacer. Una era echar a
correr como alma que lleva el diablo. la otra era hacer lo que hizo, la rodeó
con sus brazos y la besó, apasionadamente.
Cuando terminó, y no se dio prisa en terminar, respiraba
entrecortadamente y tenía las ideas confusas, pues se concentró diciendo lo que
no pensaba decir.
- Te quiero, Clare. Te quiero; te quiero mucho.
Y ella contestó:
- Yo también te quiero, amor mío. Volverás a buscarme, ¿verdad?
Y él dijo:
- Sí, sí.
Ella vivía a unos seis kilómetros de la pensión dónde él se
alojaba, pero fue andando, y el paseo le pareció muy corto.
Se sentó junto a la ventana de su habitación, con la luz
apagada, para pensar, pero sus pensamientos describían el mismo círculo cerrado
que habían descrito durante tres años.
Fuera, en el exterior, las estrellas parecían relucientes
diamantes en el cielo. ¿Sería una de ellas la estrella de sus destino? En ese
caso, él la seguirá, la seguiría hasta el manicomio si es que le conducía hasta
allí. En su interior existía la arraigada convicción de que aquello no era un
accidente, que no podía considerase una coincidencia el hecho de que le
hubieran pedido que dijera la verdad bajo pretexto de una mentira.
La estrella de su destino.
¿El brillante fulgor? No, la frase de sus sueños no se refería a
eso; no era una frase adjetiva, sino sustantiva. El brillante fulgor. ¿Qué era
el brillante fulgor?
¿Y las rojas y las negras? Había pensado en todo lo que Charlie
le sugiriese, y otras cosas también. Fichas de un juego de damas, por ejemplo.
Pero no era eso.
Las rojas y las negras.
Bueno, cualquiera que fuese la respuesta, ahora se dirigía a
toda velocidad hacia ella.
Al cabo de un rato se acostó, pero tardó mucho en quedarse
dormido.
5
Charlie Doerr salió del despacho que ostentaba el letrero de
«Privado» y alzó una mano. Dijo:
- Buena suerte, George. El doctor quiere hablar contigo.
Estrechó la mano de Charlie y repuso:
- Ya puedes marcharte. Nos veremos el lunes, el primer día de
visita.
- Esperaré aquí - contestó Charlie -. Me he tomado el día libre
¿sabes? Además, quizá no tengas que ir.
Soltó la mano de Charlie y le miró fijamente a los ojos. Repuso
lentamente:
- ¿A qué te refieres, Charlie... con eso de que quizá no tenga
que ir?
- Verás... - Charlie parecía desconcertado -. Quizá te diga que
estás bien, o te sugiera que vengas regularmente a verle hasta que te repongas,
o... - Charlie terminó con un hilo de voz -: O algo por el estilo.
Incrédulamente, siguió mirando a Charlie. Habría querido gritar:
«¿Estoy loco o lo estás tú?», pero hubiera sido una locura en aquellas
circunstancias. Pero tenía que asegurarse de que las palabras de Charlie no
respondieran a sus más íntimos pensamientos; quizá hubiera caído en el papel
que debía desempeñar al hablar con el médico. Preguntó:
- Charlie, ¿acaso no recuerdas que...? - El resto de la pregunta
le pareció una locura, al ver la mirada inexpresiva de Charlie. La respuesta
estaba en la cara del propio Charlie; no necesitaba que éste la tradujera en
palabras.
Charlie volvió a decir:
- Esperaré, naturalmente. Buena suerte, George.
El miró a Charlie y asintió, después de lo cual dio media vuelta
y entró en el despacho con el letrero de «Privado». Cerró la puerta, mientras
estudiaba al hombre sentado tras la mesa, que se había levantado al verle
entrar. Un hombre corpulento, de anchas espaldas y cabello gris.
- ¿El doctor Irving?
- Sí, señor Vine. ¿Quiere hacer el favor de sentarse?
Se dejó caer en el cómodo sillón tapizado que había al otro lado
de la mesa del médico.
- Señor Vine - dijo el médico -, la primera de este tipo de
entrevistas siempre resulta un poco difícil. Para el paciente, me refiero.
Hasta que me conozca mejor, le será un poco difícil superar ciertas reticencias
y hablar libremente de sí mismo. ¿Prefiere hablar, contarme cosas a su manera,
o que yo le haga preguntas?
Lo pensó. Tenía una historia preparada, pero sus pocas palabras
con Charlie en la sala de espera lo habían cambiado todo.
Repuso:
- Quizá sea mejor que me haga preguntas.
- Muy bien. - El doctor Irving tenía una pluma en la mano y una
hoja de papel sobre la mesa, frente a sí -. ¿Dónde y cuando nació?
Suspiró profundamente.
- Si no me equivoco, nací en Córcega, el 15 de agosto de 1769.
Naturalmente, no me acuerdo del momento de mi nacimiento. Sin embargo, recuerdo
algunas cosas de mi adolescencia en Córcega. Estuvimos allí hasta que cumplí
los diez años, y después me enviaron al colegio en Brienne.
En vez de escribir, el médico daba ligeros golpecitos en el
papel con la punta de la pluma. Preguntó:
- ¿En qué año y qué mes estamos?
- En agosto de 1947. Sí, sé que debería tener ciento setenta y
tantos años. Quizá desee saber cómo me explico este hecho. No me lo explico.
Tampoco me explico el hecho de que Napoleón muriese en 1821.
Se recostó en el sillón y cruzó los brazos, alzando los ojos al
techo.
- No trato de explicarme las paradojas y discrepancias. Las
acepto como tales. Pero, según mi memoria, y aparte de los lógicos pros y
contras, fui Napoleón durante veintisiete años. No le cansaré explicándole lo
que ocurrió durante ese tiempo; todo consta en los libros de historia.
» Pero en 1796, después de la batalla de Lodi, mientras estaba
al mando de los ejércitos en Italia, me acosté. Que yo sepa, no ocurrió nada
extraño, me acosté con la intención de dormir un poco. Pero me desperté -
habiendo perdido el sentido del tiempo - en un hospital de esta ciudad, y me
informaron de que mi nombre era George Vine, de que estábamos en el año 1944, y
de que yo tenía veintisiete años.
» Lo de los veintisiete años de edad encajaba, pero era lo
único. Absolutamente lo único. No recuerdo nada sobre la vida de George Vine,
antes de que él... de que yo me despertara en el hospital después del
accidente. Ahora sé algunas cosas de su vida anterior, pero sólo porque me las
han contado.
» Sé cuando y dónde nació, dónde fue al colegio, y cuando empezó
a trabajar en el Blade. Sé cuándo se alistó en el ejército y cuándo fue
licenciado - a finales de 1943 - a causa de una lesión en la rodilla, producida
por una herida en la pierna. No se la hizo en combate, y no había ninguna causa
«psiconeurótica» en mi... en su licenciamiento.
El médico dejó de juguetear con la pluma. Preguntó:
- ¿Hace tres años que se encuentra así... y lo ha mantenido en
secreto?
- Sí. Después del accidente tuve tiempo para reflexionar, y
entonces decidí aceptar lo que me dijeron acerca de mi identidad. Me habrían
recluido, naturalmente. Después, he tratado de encontrar la solución. He
estudiado la teoría del tiempo de Dunne... ¡e incluso de Charles Fort! - Esbozó
una súbita sonrisa -. ¿Ha leído algo sobre Casper Hauser?
El doctor Irving asintió.
- Quizá tuviera razón al hacer lo mismo que hice yo. Me pregunto
cuántas personas que dicen sufrir de amnesia han simulado ignorar lo ocurrido
antes de cierta fecha... para no admitir que tenían recuerdos muy distintos de
los hechos.
El doctor Irving dijo lentamente:
- Su primo me informa de que usted estaba bastante... ah...
«entusiasmado» ha sido su palabra... con el tema de Napoleón antes del
accidente. ¿Cómo se lo explica?
- Ya le he dicho que no me explico nada de nada. Pero puedo
verificar ese hecho, aparte de lo que diga Charlie Doerr. Aparentemente yo -
George Vine, si es que alguna vez he sido George Vine - se interesaba mucho por
Napoleón, había leído sobre él, le había convertido en su héroe, y había
hablado bastante de él. Tanto, que sus compañeros de trabajo del Blade le
pusieron el apodo de «Napi».
- Observo que hace usted distinción entre usted y George Vine.
¿Son una misma persona o no?
- Lo hemos sido durante tres años. Antes... no recuerdo haber
sido George Vine. No creo que lo fuera. Creo que yo, hace tres años, me
desperté en el cuerpo de George Vine.
- Y ¿qué había hecho durante cien años y pico?
- No tengo ni la menor idea. No dudo que éste sea el cuerpo de
George Vine, y con el he heredado sus conocimientos, a excepción de sus
recuerdos personales. Por ejemplo, sé desempeñar su labor en el periódico,
aunque no me acuerde de la gente con la que antes trabajaba allí. Poseo su
dominio del inglés y su habilidad para escribir. Sé escribir a máquina. Mi
caligrafía es igual que la suya.
- Si piensa que usted no es Vine, ¿cómo se lo explica?
Se inclinó hacia delante.
- Creo que una parte de mí es George Vine, y la otra no. Creo
que ha ocurrido una transferencia que no tiene nada que ver con las demás
experiencias humanas. Esto no significa necesariamente que sea sobrenatural...
ni que yo esté loco, ¿verdad?
El doctor Irving no contestó. En cambio, preguntó:
- Por razones muy comprensibles, ha mantenido este asunto en
secreto durante tres años. Ahora, supongo que por otras razones, ha decidido
revelarlo. ¿Cuáles son estas otras razones? ¿Qué ha sucedido para que cambiara
de actitud?
Esta era la pregunta que más le había preocupado.
Muy lentamente, repuso:
- Porque no creo en la casualidad. Porque la situación en sí ha
cambiado. Porque estoy dispuesto a que me recluyan en calidad de paranoico para
descubrir la verdad.
- ¿Qué ha cambiado en la situación?
- Ayer me sugirieron - mi director - que fingiera estar loco por
una razón práctica. Y me sugirió que fingiera la locura que tengo en realidad,
si es que la tengo. Desde luego, admito la posibilidad de que esté loco. Sin
embargo, sólo puedo actuar sobre la base de que no lo esté. Usted sabe que es
el doctor Willard E. Irving; puede actuar sobre esta base, pero ¿cómo sabe
quién es? Quizá usted también esté loco, pero sólo puede actuar como si no lo
estuviera.
- ¿Cree que su director forma parte de un complot - ah - contra
usted? ¿Creé que hay una conspiración para recluirle en un manicomio?
- No lo sé. Esto es lo que ha sucedido desde ayer por la tarde.
- Suspiró profundamente. Después, comenzó a hablar. Explicó al doctor Irving
toda la historia de su entrevista con Candler, lo que Candler le dijo respecto
al doctor Randolph, su conversación de la última noche con Charlie Doerr y el
sorprendente cambio de conducta de Charlie en la sala de espera.
Cuando hubo terminado, añadió:
- Eso es todo. - Miró la inexpresiva cara del doctor Irving con
más curiosidad que preocupación, tratando de adivinar sus pensamientos. Con
indiferencia, dijo -: Es natural que no me crea. Usted piensa que estoy loco.
Le miró a los ojos, y prosiguió:
- No tiene opción... a menos que quiera creer que le estoy
contando una serie de mentiras para convencerle de que estoy loco. Es decir
que, como científico y psiquiatra, usted no puede admitir siquiera la
posibilidad de que las cosas que yo creo - que yo sé - sean objetivamente
ciertas. ¿Tengo razón o no?
- Me temo que sí. ¿Qué me sugiere?
- Que siga adelante y firme el certificado. Yo seguiré el juego
hasta el final. Incluso me someteré al detalle de que el doctor Ellsworth Joyce
Randolph sea el segundo en firmar.
- ¿No tiene ninguna objeción que hacer?
- ¿Acaso serviría de algo que la tuviera?
- En un aspecto, sí, señor Vine. Si un paciente tiene ciertos
prejuicios - o manías - contra un psiquiatra en particular, es mejor que no se
someta a sus cuidados. Si usted cree que el doctor Randolph forma parte de un
complot contra usted, le sugiero que escoja otro.
El repuso serenamente:
- ¿Aunque yo eligiera a Randolph?
El doctor Irving agitó una mano.
- Naturalmente, si usted y el señor Doerr prefieren...
- Lo preferimos.
La cabeza de grisáceos cabellos asintió gravemente.
- Quiero que comprenda una cosa: si el doctor Randolph y yo
decidimos que lo mejor para usted es que ingrese en un sanatorio, no será para
recluirle permanentemente. Será para someterle a tratamiento.
El asintió.
El doctor Irving se puso en pie.
- ¿Quiere disculparme un momento? Voy a telefonear al doctor
Randolph.
El doctor Irving entró en un despacho contiguo. El pensó: «Aquí
tiene un teléfono, pero no quiere que yo oiga la conversación»
Permaneció tranquilamente sentado hasta que el doctor Irving
regresó y le dijo:
- El doctor Randolph puede recibirnos ahora mismo. He pedido un
taxi para que nos lleve allí. ¿Querrá disculparme otra vez? Me gustaría hablar
con su primo, el señor Doerr.
No se movió y ni siquiera volvió la cabeza para ver cómo el
doctor salía. Podría haberse acercado a la puerta y tratado de oír la
conversación que se desarrollaba en la sala de espera, pero no lo hizo.
Permaneció sentado hasta oír que la puerta se abría y la voz de Charlie decía:
- Vamos, George. El taxi ya debe de haber llegado.
Bajaron en el ascensor, y el taxi ya estaba frente al edificio.
El doctor Irving dio la dirección.
En el taxi, cuando estaban a medio camino, comentó:
- Hace un día precioso.
Charlie se aclaró la garganta y repuso:
- Sí, es verdad.
Durante el resto del trayecto no volvió a decir nada, y los
demás tampoco.
6
Llevaba unos pantalones grises y una camisa gris, abierta en el
cuello y sin corbata con la que pudiera ahorcarse. Tampoco llevaba cinturón,
por la misma causa, pero los pantalones se ajustaban tanto a su cintura que no
había peligro de que se le cayeran.
Tampoco había peligro de que él se cayera por ninguna ventana;
tenían barrotes.
Sin embargo, no estaba en una celda; era un gran pabellón en la
tercera planta. En el pabellón había otros siete hombres. Los observó. Dos de
ellos jugaban al ajedrez. sentados en el suelo y con un tablero entre los dos.
Uno estaba sentado en una silla, y miraba fijamente al infinito; otros dos se
hallaban apoyados en los barrotes de una de las ventanas abiertas, mirando al
exterior y hablando normalmente. Uno leía una revista. Otro estaba sentado en
un rincón, tocando escalas en un piano que no se veía por ninguna parte.
El estaba apoyado en la pared, mirando a los otros siete. Hacía
dos horas que se encontraba allí; le habían parecido dos años.
La entrevista con el doctor Ellsworth Joyce Randolph se
desarrolló sin dificultades; prácticamente fue un duplicado de la mantenida con
el doctor Irving. Y resultó evidente que el doctor Randolph jamás había oído
hablar de él con anterioridad.
Era lo que él esperaba, naturalmente.
Ahora se sentía muy tranquilo. Había decidido que por el
momento, no pensaría, no se preocuparía por nada, ni siquiera sentiría nada.
Se apartó de la pared y observó el desarrollo de la partida de
ajedrez.
Era una partida de ajedrez normal; se seguían todas las reglas.
Uno de los jugadores alzó la vista y preguntó:
- ¿Cómo te llamas?
Era una pregunta perfectamente normal; lo único anormal era que
este mismo hombre ya se la había formulado cuatro veces durante las dos últimas
horas.
Contestó:
- George Vine.
- Yo me llamo Bassington, Ray Bassington. Llámame Ray. ¿Estás
loco?
- No.
- Algunos de nosotros lo están y otros no. El lo está. - Miró al
hombre que tocaba el imaginario piano -. ¿Sabes jugar al ajedrez?
- No muy bien.
- De acuerdo. Aquí se come muy temprano. Cualquier cosa que
quieras saber, pregúntamela.
- ¿Cómo se sale de aquí? Espera, no es una broma, ni nada por el
estilo. En serio, ¿cuál es el procedimiento?
- Compareces ante la junta una vez al mes. Te hacen preguntas y
deciden si has de irte o quedarte. A veces te clavan agujas. ¿Qué ha pasado
contigo?
- ¿Pasar conmigo? ¿A qué te refieres?
- ¿Imbecilidad, maníaco depresivo, demencia precoz, melancolía
involutiva...?
- Oh. Paranoia, me imagino.
- Mala cosa. Es cuando te clavan agujas.
Se oyó un timbre.
- Es la cena - dijo el otro jugador de ajedrez -. ¿Has tratado
de suicidarte alguna vez?
¿O de matar a alguien?
- No.
- Entonces, te dejarán comer en una mesa A, con cuchillo y
tenedor.
En aquel momento abrieron la puerta de la sala. Se abrió hacia
fuera, apareció un guardia y dijo:
- Adelante. - Todos salieron, excepto el hombre sentado en la
silla que miraba al infinito.
- ¿Qué hay de él? - preguntó a Ray Bassington.
- Se perderá la cena. Es un maníaco depresivo, en plena etapa de
depresión. Te dejan perder una comida; si no vas a la siguiente, se te llevan y
te dan de comer. ¿Eres un maníaco depresivo?
- No.
- Tienes suerte. Es horrible cuando estás en baja forma. Por
aquí, por esta puerta.
Era una habitación muy grande. Mesas y bancos estaban ocupados
por hombres vestidos con pantalones y camisa grises, igual que él. Un guardia
le agarró por un brazo al entrar y le dijo:
- Aquí. Este es tu sitio.
Estaba al otro lado de la puerta. Había un plato de hojalata,
lleno de comida, y una cuchara junto a él. Preguntó:
- ¿Es que no me dan cuchillo y tenedor? Me habían dicho que...
- Periodo de observación, siete días. Nadie tiene cubiertos
hasta después del periodo de observación. Siéntese.
Se sentó. Su compañeros de mesa tampoco tenían cubiertos. Todos
comían, algunos ruidosa y torpemente. El mantuvo la vista fija en su plato, a
pesar de su aspecto repugnante. Jugueteó con la cuchara y consiguió ingerir
unos cuantos trozos de patata y uno o dos de los pedazos de carne que eran
menos grasosos.
El café les fue servido en una taza de hojalata, y se preguntó
por qué hasta darse cuenta de lo fácil que resultaba romper una taza normal y
de lo mortífero que podía ser uno de los pesados tazones que usan en los
restaurantes baratos.
El café era flojo y estaba tibio; no fue capaz de tomarlo.
Se apoyó en el respaldo y cerró los ojos. Cuando los abrió
nuevamente, vio que su plato y su taza estaban vacíos y que el hombre situado a
su izquierda comía rápidamente.
Era el hombre que tocaba el inexistente piano.
Pensó: «Si me quedo mucho tiempo, llegaré a tener tanta hambre
que me comeré toda esta porquería.» No le gustó la idea de quedarse tanto
tiempo.
Al cabo de un rato sonó un timbre y todos se levantaron, mesa
por mesa, respondiendo a una seña que no vio, y salieron del comedor. Su grupo
fue el último en entrar y el primero en salir.
Ray Bassington le dio alcance en las escaleras. Dijo:
- Te acostumbrarás. ¿cómo has dicho que te llamas?
- George Vine.
Bassington se echó a reír, la puerta se cerró tras ellos y la
llave dio la vuelta en la cerradura.
Vio que fuera estaba oscuro. Se acercó a una de las ventanas y
miró al exterior a través de los barrotes. Una sola estrella brillaba justo
encima del olmo del jardín. ¿Su estrella? Bueno, la había seguido hasta allí.
Una nube la ocultó a sus ojos.
Alguien se hallaba detrás de él. Volvió la cabeza y vio que era
el hombre que tocaba el piano. Tenía la piel aceitunada y aspecto de
extranjero, así como unos ojos muy negros; en aquel momento sonreía, como
animado por una secreta alegría.
- Eres nuevo aquí, ¿verdad? ¿O es que acaban de trasladarte a
esta sala?
- Soy nuevo. Me llamo George Vine.
- Baroni. Músico. Por lo menos, lo era. Ahora... no importa.
¿Quieres saber algo en especial?
- Desde luego; cómo salir.
Baroni se echó a reír, sin demasiada alegría ni amargura.
- Lo primero es convencerles de que vuelves a estar bien. ¿Te
importa decirme lo que te pasa... o prefieres no hablar de ello? A algunos les
importa, y a otros no.
Miró a Baroni preguntándose a qué grupo pertenecería. Finalmente
dijo:
- Creo que no me importa. Yo... creo ser Napoleón.
- ¿Lo eres?
- ¿Qué?
- ¿Eres Napoleón? Si no lo eres, ya es algo. Entonces, quizá te
dejen salir dentro de seis o siete meses. Si realmente lo eres... mala cosa. Lo
más probable es que te mueras aquí.
- ¿Por qué? Quiero decir, si lo soy, es que no estoy loco y...
- Esta no es la cuestión. La cuestión es que ellos crean que no
lo estás. Tal como ellos lo ven, si crees que eres Napoleón, es que estás loco.
Quodd erat demonstrandum. Te quedarás aquí.
- ¿Aunque les diga que estoy convencido de ser George Vine?
- Han tratado a mucho paranoicos, antes que a ti. Y a ti te
consideran un paranoico, puedes estar seguro. Cada vez que un paranoico se
cansa de un lugar, trata de largarse mintiendo. Ellos no son tontos, y lo
saben.
- En general, sí, pero ¿cómo...?
Un repentino escalofrío le bajó por la espina dorsal. No tuvo
que terminar la pregunta.
Te clavan agujas... No le dio importancia cuando Ray Bassington
se lo dijo.
El hombre de piel aceitunada asintió.
- El suero de la verdad - dijo -. Cuando un paranoico llega al
punto de afirmar que está curado, se aseguran de que dice la verdad antes de
soltarle.
Pensó que se había dejado atraer a una trampa perfecta.
Probablemente moriría allí.
Apoyó la cabeza en los fríos barrotes de hierro y cerró los
ojos. Oyó unos pasos que se alejaban y comprendió que estaba solo.
Abrió los ojos y miró al cielo; las nubes también habían
ocultado la luna.
«Clare - pensó -; Clare.»
Una trampa.
Pero... si era una trampa, debía haber un trampero.
Estaba cuerdo o estaba loco. Si estaba cuerdo, había caído en
una trampa, y si había un trampa tenía que haber uno o varios tramperos.
Si estaba loco...
Que Dios le confiriera la gracia de estar loco. De este modo,
todo sería mucho más sencillo, y algún día podría salir de allí, podría volver
a trabajar en el Blade, posiblemente con todos los recuerdos de su vida
anterior. O la vida de George Vine.
Esta era la dificultad. El no era George Vine.
Y había otra dificultad. El no estaba loco.
El frió hierro de los barrotes sobre su frente.
Al cabo de un rato oyó que se abría la puerta y miró a su
alrededor. Habían entrado dos guardias. Una absurda esperanza surgió en su
interior. No duró demasiado.
- Hora de acostarse, muchachos - dijo uno de los guardas. Miró
al maniaco depresivo, que seguía sentado en la misma silla, y dijo -: Está como
una cabra. Oiga, Bassington, ayúdeme a llevármelo.
El otro guardia, un hombre muy corpulento con el cabello cortado
al rape como un luchador, se acercó a la ventana.
- Usted. Usted es el nuevo. Vine, ¿verdad?
El asintió.
- ¿Quiere jaleo, o prefiere portarse bien? - Los dedos de la
mano derecha del guardia se cerraron, y alzó el puño.
- No quiero jaleo. Ya he tenido bastante.
El guardia se relajó un poco.
- De acuerdo, siga así y todo irá bien. Ahí tiene una cama
libre. - Señaló -. Esta de la derecha. Tiene que hacérsela por la mañana.
Quédese en la cama y ocúpese de sus propios asuntos. Si hay ruidos o alboroto
en la sala, venimos y nos ocupamos de solucionarlo. A nuestro modo. A usted no
le gustaría.
No estaba seguro de poder hablar, así que se limitó a asentir.
Dio media vuelta y traspuso la puerta del cubículo que el guardia le había
señalado. Había dos camas; el maníaco depresivo que había visto sentado en la
silla se hallaba acostado en una de ellas, mirando al techo con ojos muy
abiertos. Le habían quitado los zapatos, pero estaba completamente vestido.
Se acercó a su cama, sabiendo que no podía hacer nada por el
otro hombre, ya que no había forma de llegar a él a través del impenetrable
caparazón de horrible tristeza que es el intermitente compañero de una maníaco
depresivo.
Retiró una sábana manta que cubría su propia cama y vio otra
sábana manta del mismo color gris de la primera sobre una dura almohadilla. Se
quitó la camisa y los pantalones y los colgó de un clavo situado en la pared a
los pies de su cama. Miró a su alrededor en busca de un interruptor con que
apagar la luz del techo, pero no lo encontró.
Sin embargo, en aquel momento, la luz se apagó.
Una sola luz seguía brillando en algún lugar de la sala, y
gracias a ella pudo quitarse los zapatos y calcetines y meterse en la cama.
Permaneció inmóvil durante un rato, sin oír más que dos sonidos,
ambos débiles y aparentemente lejanos. En un cubículo situado fuera de la sala,
alguien cantaba en voz baja, para sí, una melodía sin palabras; en otro lugar,
alguien sollozaba. En su propio cubículo, ni siquiera se oía la respiración de
su compañero de cuarto.
Entonces se oyó el ruido ahogado de unos pies descalzos y, desde
el umbral, una voz dijo:
- George Vine.
- ¿Sí?
- Chist, no tan alto. Soy Bassington. Quiero decirte algo acerca
de este guardia; tendría que haberte advertido antes. No se te ocurra
provocarle.
- No lo he hecho.
- Ya lo he oído; eres muy listo. Te hará pedazos si le das la
oportunidad. Es un sádico.
Muchos guardias lo son; por eso son carceleros de manicomios,
así es como se llaman a sí mismos, carceleros de manicomios. Si les echan de un
sitio por ser demasiado brutales, se vengan en otro. Mañana volverá; he pensado
que debería advertirte.
La sombra del umbral desapareció.
Permaneció tendido en la penumbra, en la casi total oscuridad,
sintiendo más que pensando. Preguntándose muchas cosas. ¿Podían saber los locos
que estaban locos?
¿Lo sabían? ¿Estaban todos seguros, tal como él lo estaba...?
Aquella criatura inmóvil que se hallaba acostada en la cama
vecina a la suya, sufriendo en silencio, aislada de toda ayuda humana, y
sumergida en una profunda tristeza incomprensible para los cuerdos...
- ¡Napoleón Bonaparte!
Una voz muy clara, pero ¿procedía de su propia mente, o del
exterior? Se incorporó en la cama. Sus ojos escudriñaron la oscuridad, no
distinguió ninguna silueta, ninguna sombra, en el umbral de la puerta.
Repuso:
- ¿Sí?
7
Sólo entonces, sentado en la cama y habiendo contestado «Sí», se
dio cuenta del nombre con el que la voz le había llamado.
- Levántese y vístase.
Levantó las piernas sobre el borde de la cama, y se levantó.
Cogió la camisa y estaba empezando a ponérsela cuando se detuvo repentinamente
y preguntó:
- ¿Por qué?
- Para saber la verdad.
- ¿Quién es usted? - inquirió.
- No hable tan alto. Ya le oigo. Estoy dentro y fuera de usted.
No tengo nombre.
- Entonces, ¿qué es usted? - Hizo la pregunta en voz alta, sin
pensar.
- Un instrumento del Brillante Fulgor.
Dejó caer los pantalones que tenía en las manos. Se sentó
lentamente en el borde de la cama, se inclinó hacia el suelo, y los buscó a
tientas.
Su mente también buscaba algo, aunque no sabía qué. Finalmente
encontró una pregunta... la pregunta. Esta vez no la formuló en voz alta; la
pensó, se concentró en ella mientras recogía los pantalones y se los ponía.
«¿Estoy loco?»
La respuesta - No - le llegó tan clara y nítida como una palabra
pronunciada en voz alta, pero ¿acaso había sido así? ¿O era un sonido que sólo
estaba en su mente?
Encontró los zapatos y se los puso. Mientras anudaba los
cordones en una especie de lazos, pensó: «¿Quién - qué - es el Brillante
Fulgor?»
- El Brillante Fulgor es la misma esencia de la Tierra. Es la
inteligencia de nuestro planeta. Es una de las tres inteligencias del sistema
solar, una de las muchas existentes en el universo, la Tierra es una; se llama
El Brillante Fulgor.
«No lo entiendo», pensó.
- Lo entenderá. ¿Está preparado?
Acabó de hacer el segundo lazo. Se levantó. La voz dijo:
- Venga. No haga ruido.
Fue como si le guiaran a través de la casi total oscuridad, a
pesar de que no sintió ningún contacto físico; tampoco vio ninguna presencia
física unto a él. Sin embargo, avanzó confiadamente, aunque de puntillas y sin
hacer ruido, seguro de que no tropezaría con nada. Atravesó la gran estancia
que constituía la sala donde le habían destinado, y su mano extendida tocó el
pomo de la puerta.
Lo hizo girar lentamente y la puerta se abrió hacia dentro. la
luz le cegó. La voz dijo:
«Espere», y él se mantuvo inmóvil. Oyó un sonido - el crujido de
un papel - al otro lado de la puerta, en el pasillo iluminado.
Después, en el fondo del rellano, se oyó un estridente chillido.
El ruido de una silla y unos pies que corrían hacia el lugar de procedencia del
chillido. Una puerta se abrió y se cerró.
La voz dijo: «Venga», así que acabó de abrir la puerta y salió,
pasando frente a la mesa y la silla vacía que estaba junto a al puerta de la
sala.
Otra puerta, otro pasillo. La voz dijo: «Espere», la voz dijo:
«Venga»; esta vez el guarda estaba dormido. Pasó de puntillas frente a él. Bajó
las escaleras.
Pensó la pregunta:
«¿Hacia donde me dirijo?»
- Hacia la locura - dijo la voz.
- Pero usted ha dicho que yo no estaba... - Había hablado en voz
alta y el sonido le sobresaltó más que la respuesta a su última pregunta. Y, en
el silencio que siguió a las palabras que había pronunciado, oyó - procedente
del pie de las escaleras - el zumbido de un interfono, y alguien dijo: «¿Sí...?
De acuerdo, doctor. En seguida subo.» Pasos y el ruido de la puerta de un
ascensor al cerrarse.
Terminó de bajar las escaleras, dobló una esquina, y se encontró
en el vestíbulo principal. Había una mesa vacía con un interfono junto a ella.
Siguió adelante y llegó a la puerta que daba a la calle. Estaba cerrada y
descorrió el pestillo.
Salió al exterior, a la oscuridad de la noche.
Avanzó silenciosamente sobre cemento, sobre gravilla; después,
sus pies avanzaron sobre hierba y dejó de andar de puntillas. La oscuridad era
completa; sintió la presencia de árboles a su alrededor y las hojas rozaron
ocasionalmente su cara, pero siguió andando rápidamente, confiadamente, y
extendió la mano justo a tiempo para tocar un muro de ladrillos.
Levantó el brazo y tocó la parte superior; se encaramó a él. En
la superficie de la pared había innumerables trozos de cristales; se hizo
numerosos cortes en la ropa y la carne, pero no sintió dolor, sólo la humedad y
la viscosidad de la sangre.
Siguió andando a lo largo de una carretera iluminada, a lo largo
de calles oscuras y vacías, bajó por un callejón todavía más oscuro. Abrió la
verja de un jardín y se dirigió hacia la puerta trasera de una casa. Abrió la
puerta y entró. En la parte delantera de la casa había una habitación
iluminada; vio el rectángulo de luz al final del pasillo. Enfiló el pasillo y
entro en la habitación iluminada. Junto a él, procedente de la nada, se oyó la
voz del instrumento del Brillante Fulgor.
- Mire - dijo -; he aquí El Ser de la Tierra.
Miró. No como si tuviera lugar un cambio exterior, sino uno
interior, como si sus sentidos se hubiesen transformado para percibir algo que
hasta entonces no se podía ver.
El globo que era la Tierra empezó a brillar; a relucir
fulgurantemente.
- Está usted viendo la inteligencia que rige la Tierra - dijo la
voz -; la suma de los negros, blancos, y rojos, que son uno, divididos tal como
los lóbulos de un cerebro, la trinidad que es una.
El brillante globo y las estrellas que había tras él se
desvanecieron, y la oscuridad se hizo más impenetrable, al mismo tiempo que la
mortecina luz se intensificaba, y se encontró en la habitación con el hombre
situado junto a la mesa.
- Lo ha visto - dijo el hombre al que odiaba -, pero no lo
entiende. Usted pregunta:
¿Qué he visto? ¿Qué es el Brillante Fulgor? Es una inteligencia
colectiva, la verdadera inteligencia de la Tierra, una de las tres
inteligencias del sistema solar, una de las muchas
que hay en el universo.
» Entonces, ¿qué es el hombre? Los hombres son peones, en
partidas de... para usted... una complejidad increíble, entre rojas y negras,
blancas y negras, por diversión. El juego de una parte de un organismo contra
otra parte, para entretenerse un instante de la eternidad. Hay unos juegos más
largos, que se desarrollan entre galaxias. No con el hombre.
» El hombre es un parásito característico de la Tierra, que
tolera su presencia durante cierto tiempo No existe en ningún otro lugar del
cosmos, y su existencia aquí será muy corta. Un poco de tiempo, unas cuantas
guerras sobre el tablero, que creerá haber provocado él mismo... Veo que
empieza a comprender.
El hombre situado junto a la mesa sonrió.
- Quiere saber algo de sí mismo. No hay nada menos importante.
Se hizo un movimiento, antes de Lodi. Se presentó la oportunidad de mover los
rojos; se necesitaba una personalidad más fuerte y despiadada; fue un momento
critico de la historia... es decir, de la partida. ¿Lo comprende ahora? Se
introdujo a un sustituto para que se convirtiera en Napoleón.
Consiguió articular dos palabras:
- ¿Qué más?
- El Brillante Fulgor no mata. Teníamos que hacer algo con
usted, trasladarle de lugar y de tiempo. Mucho después, un hombre llamado
George Vine falleció en accidente; su cuerpo aún era utilizable. George Vine no
estaba loco, pero tenía complejo de Napoleón. la transferencia resultaba
divertida.
- Sin duda. - Nuevamente le fue imposible llegar al hombre de la
mesa. El mismo odio era el muro que los separaba -. Así pues, ¿George Vine está
muerto?
- Sí. Y usted, como sabe demasiado, tiene que volverse loco para
que no sepa nada. El hecho de saber la verdad le volverá loco.
- ¡No!
El instrumento se limitó a sonreír.
8
La habitación, el cubo de luz, se oscureció, pareció ladearse.
Aunque seguía en pie, estaba inclinándose hacia atrás, y su posición se
convirtió en horizontal en vez de vertical.
Tenía todo su peso apoyado sobre la espalda y debajo de su
cuerpo había la blanda dureza de la cama, la aspereza de una sábana manta gris,
Y podía moverse; se incorporó.
¿Había sido un sueño? ¿Había salido realmente del manicomio?
Extendió las manos, las unió, y notó que estaban pegajosas. La misma sustancia
viscosa cubría la pechera de sus camisa y la parte delantera de sus pantalones.
Además, llevaba los zapatos puestos.
La sangre le indicaba que se había encaramado a la pared. La
analgesia le abandonaba, y el dolor empezaba a hacer su aparición en las manos,
el pecho, el estómago y las piernas. Un dolor penetrante.
En voz alta, dijo:
- No estoy loco, No estoy loco. - ¿Lo había dicho a gritos?
Una voz contestó:
- No. Todavía no. - ¿Era la voz que había oído antes en la
habitación? ¿O era la voz del hombre que había visto en la estancia iluminada?
¿Acaso ambas eran la misma voz?
La voz dijo:
- Pregunte: «¿Qué es el hombre?»
Mecánicamente lo preguntó.
- El hombre es un callejón sin salida en el proceso evolutivo,
que ha llegado demasiado tarde para competir, que siempre ha estado controlado
y movido por el Brillante Fulgor, el cual era viejo y sabio antes de que el
hombre adquiriese la posición erecta.
» El hombre es un parásito que vive en un planeta habitado desde
antes de que él llegara, habitado por un Ser que es uno y muchos, un billón de
células y una sola mente, una sola inteligencia, una sola voluntad... tal como
ocurre en todos los demás planetas habitados del universo.
El hombre es una broma, un bufón, un parásito. No es nada; aún
será menos.
«Ven y enloquece»
Salió nuevamente de la cama; empezó a andar. Salió del cubículo,
atravesó la sala. llegó a la puerta que daba al pasillo; una delgada rendija de
luz se veía debajo de ella.
Pero, esta vez, no alargó la mano hacia el pomo. En cambio,
permaneció inmóvil frente a la puerta, y ésta empezó a brillar; lentamente, se
fue iluminando y se hizo visible.
Como iluminada por una invisible linterna, la puerta se
convirtió en un visible rectángulo en la oscuridad circundante; tan claramente
visible como la rendija que se veía debajo.
La voz dijo:
- Ahí tiene una célula de su soberano, una célula que no es
inteligente, por sí misma, pero que forma parte de una unidad inteligente, una
del billón de unidades que constituyen la inteligencia que gobierna la
Tierra... y a usted. También es una del millón de inteligencias que gobiernan
el universo.
- ¿La puerta? No...
La voz no contestó; se había retirado, pero en su mente estaba
el eco de una silenciosa carcajada.
Se acercó un poco más y vio lo que tenía que ver. Una hormiga
subía lentamente por la puerta.
La siguió con los ojos, mientras un creciente horror le
dominaba, le invadía totalmente.
Un centenar de cosas que le habían dicho y mostrado cobraban
repentinamente sentido, un sentido hecho de espantoso horror. Los negros, los
blancos, y rojos; las hormigas negras, las hormigas blancas, las hormigas
rojas, los que jugaban con los hombres, los lóbulos separados de un solo
cerebro, la inteligencia que era una. El hombre como accidente, parásito, peón;
un millón de planetas en el universo, habitados por una raza de insectos que
era la única inteligencia del planeta... y todas las inteligencias reunidas
constituían la única inteligencia cósmica que era... ¡Dios!
Fue incapaz de articular esta única palabra.
Se volvió loco.
Golpeó la puerta, sumida otra vez en la oscuridad, con sus manos
recubiertas de sangre, con las rodillas, la cara, todo su cuerpo, a pesar de
que ya se había olvidado de la razón, ya se había olvidado de lo que quería
aplastar.
Estaba loco - demencia precoz, no paranoia - cuando aliviaron su
cuerpo al ponerle una camisa de fuerza, lo aliviaron del frenesí a la quietud.
Era una locura tranquila - paranoia, no demencia precoz - cuando
le dieron de alta al cabo de once meses.
La paranoia es una enfermedad muy peculiar; no tiene síntomas
físicos, es la presencia de una idea fija. Una serie de choques de metrazol
curaron su demencia precoz y sólo le dejaron la idea fija de que era George
Vine, periodista.
Los médicos del manicomio también creían que lo era, así que su
manía no fue reconocida como tal y le dejaron marchar, entregándole un
certificado que demostraba su completa recuperación.
Se casó con Clare; sigue trabajando en el Blade... para un
hombre llamado Candler.
Sigue jugando al ajedrez con su primo, Charlie Doerr. Sigue
viendo - para someterse a revisiones periódicas - al doctor Irving y al doctor
Randolph.
¿Cuál de ellos sonríe interiormente? ¿De qué les serviría
saberlo?
No importa. ¿No lo comprenden? ¡Nada importa!
EL FINAL
El profesor Jones había trabajado en la teoría del tiempo a lo
largo de muchos años.
- Y he encontrado la ecuación clave -dijo un buen día a su
hija-. El tiempo es un campo.
La máquina que he fabricado puede manipular, e incluso invertir,
dicho campo.
Apretando un botón mientras hablaba, dijo: -Esto hará retroceder
el tiempo el retroceder hará esto -dijo, hablaba mientras botón un apretando.
campo dicho, invertir incluso e, manipular puede fabricado he que máquina la.
Campo un es tiempo el. -Hija su a día buen un dijo-. Clave ecuación la
encontrado he y -
Años muchos de largo lo a tiempo del teoría la en trabajado
había Jones profesor el.
FIN

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