© Libro N° 14200. Y Naceréis
Mañana. Arribas De La
Vieja, Javier. Emancipación. Agosto 23 de
2025
Título Original: © Y Naceréis Mañana. Javier Arribas
De La Vieja
Versión Original: © Y Naceréis Mañana. Javier Arribas De La Vieja
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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Y NACERéIS MAñANA
Javier Arribas de la Vieja
Y NACERéIS
MAñANA
Javier Arribas de la Vieja
Y NACERéIS MAñANA
Javier Arribas de la Vieja
—Tú, ¿cuántas veces
has muerto ya?
El hombre que
vendía la "savia de la inmortalidad" miró con fastidio a aquel crío
de pantalones cortos. Era el único público que le había quedado de una
audiencia cuya curiosidad había sucumbido antes de comprar uno sólo de sus
frascos. El calor le marcaba gruesas gotas de sudor en la frente, y el polvo le
tapizaba el paladar, le hacía sentir hinchada la lengua, y hasta le dificultaba
el tragar. Tenía la sensación de que allí, en medio de aquella plaza
polvorienta, con sus cajas y entre sus carteles, el sol le había tomado como
blanco de sus iras, despechado por no poder capturar a los habitantes del
pueblo, que, sin duda, se agazapaban a la sombra de sus casas.
—Mira, chaval,
precisamente de lo que se trata es de no morirse.
Sin perder de vista
la mirada del niño, se separó con un dedo el cuello de la camisa, que parecía
incrustársele a medida que su piel se resecaba.
—¿Sabes cuántos
años tengo?
—No.
—Pues tengo 110
años.
Ante aquel
chiquillo se permitió la licencia de exagerar su versión. La edad oficial,
aquélla que hacía conocer a los potenciales clientes de los pueblos que
visitaba, no solía sobrepasar los 80 años.
—Pero, ¿son todos
de la misma vida?
El hombre
"centenario" miró al chico con extrañeza. Sus palabras, aunque ahora
con el asomo de la desilusión, mostraban una determinación muy clara. Sus
preguntas tenían un objetivo trazado, que no podía descifrar. El niño, con las
manos en los bolsillos y el gesto bajo, sin esperar ninguna respuesta, comenzó
a dar la vuelta sobre sus talones. El vendedor ambulante, durante un instante
incierto y taciturno, le observó alejarse, con paso lento y defraudado. Miró
alrededor y la desolación más absoluta le hizo comprender con toda su crudeza
que en aquel maldito pueblo, nadie, salvo aquel mocoso, estaba interesado en
absoluto por la inmortalidad. "Tal vez —pensó— sus vidas sean lo
suficientemente mierdas como para que no quieran prolongarlas". Siguió
observando la pequeña figura que se alejaba, con sus manos en los bolsillos, y
consideró que quizás, cobijado en una de esas manos, se encontraría el billete
que no le haría volver de vacío de aquel infierno de polvo y sudor.
—¡Oye, chaval!
Cuando el charlatán
tuvo de nuevo a su lado al niño, creyó observar en sus ojos oscuros y
lánguidos, una chispa de interés. El hombre se le acercó misteriosamente,
mirando de reojo a ambos lados, con aire teatralmente confidencial.
—Mira, chico. Te
voy a contar una cosa.
La chispa de sus
ojos pareció avivarse aun más, y ahora éstos parecían casi más claros, mientras
el sol arrancaba reflejos de su pelo negro y lacio.
—Verás —continuó el
vendedor— lo cierto es que con eso de las muertes tú no andabas muy
descaminado... Pero quiero que sepas que esto que te voy a contar es un
secreto.
Le clavó la mirada,
fija, ensayada mil veces en otros tantos secretos revelados en sus viajes. El
niño, sin perderle el rastro de los ojos, movió débilmente la cabeza en sentido
afirmativo, dando a entender que podía confiar en él.
—Bien. La verdad es
que mis 115 años...
—110...
—interrumpió vagamente el niño.
—¡Eso! Tienes
razón, 110 años. Es tan larga esta vida que a veces no sabe uno ni cuántos años
tiene...
El vendedor
contestó a la interrupción con una sonrisa de complicidad, cargada de simpatía,
y, por primera vez, aunque de manera casi imperceptible, la cara del niño de
ojos tristes se dibujó con un esbozo de sonrisa.
—Bueno, pues
—prosiguió el charlatán—, esos años a los que me refiero, sí que pertenecen a
una misma vida. A mi última vida.
Volvió a mirar, con
una precaución que de antemano sabía inútil, a ambos lados de una plaza
completamente desierta, y aun se acercó más al rostro infantil.
—Pero, es que,
antes de esa vida, he tenido otras siete. He visto cosas fascinantes. Formé
parte de la tripulación de Cristóbal Colón, fui pirata en los mares del Sur...
Antes aun, luché al lado de Napoleón.
El niño, que le
observaba asombrado y progresivamente boquiabierto, había oído hablar de
aquellos personajes en el colegio, aunque estaba tan obnubilado con las
palabras del comerciante de inmortalidad, que ni siquiera se acordaba de cuáles
habían vivido antes que los otros.
El hombre calló un
momento para sonreír y contemplar con orgullo el éxito de su obra, que podía
observar con toda claridad en el rostro del chico. Enganchado el interés, como
había ocurrido tantas veces, convenía adornar las virtudes de su producto con algunas
cláusulas que le cubrieran las espaldas. El agua de la inmortalidad, por
supuesto, no podía actuar contra los accidentes y muertes violentas, como
"ni siquiera puede hacerlo Dios, nuestro Padre", según solía repetir
a sus clientes. Para aquéllos que, aun tomando el método infalible, fallecieran
en el transcurso de la semana que él solía permanecer en cada pueblo, estaba
claro que la enfermedad que les minaba el organismo, tan adelantada ya por
desgracia a su llegada, no había dejado asimilar las virtudes del líquido
milagroso. Y, por descontado que, aquéllos que llegaran a tener una larga vida,
esos, jamás le estarían lo suficientemente agradecidos, si bien es cierto que
tampoco tendrían la oportunidad, porque era su costumbre no volver a visitar un
pueblo ya "inmortalizado". Para este niño, y sus necesidades
especiales, las cláusulas también habrían de serlo de la misma manera.
—Pero, ¿sabes por
qué no he contado nunca antes estas propiedades de mi brebaje?
—No —respondió otra
vez lacónico el chico, y algo preocupado porque no sabía lo que era un
"brebaje".
—Porque no funciona
cuando las personas están ya muertas. Para que dé resultado hay que beberlo
justo antes de morir. En mi caso, yo tengo el don de saber cuándo voy a morir,
pero, claro, otras personas no pueden saberlo...
El vendedor echó un
poco la cabeza hacia atrás. Sacó un pañuelo de su bolsillo, y se secó el sudor,
que tenía una tonalidad ocre, y manchaba de tierra la tela blanca.
—Por eso yo
recomiendo a mis clientes que lo tomen de continuo. Unas pocas gotas cada día.
Vivirán para siempre, pero, claro, la misma vida. Yo, sin embargo, lo que hago
es tomarlo sólo cuando noto que voy a morir, y de esta manera vivo distintas
vidas cada vez.
Volvió a acercarse
al chico, que le miraba con la boca ya notablemente abierta.
—Esto es algo que
sólo sé yo —guiñando un ojo, y con la misma sonrisa cómplice con que había
cautivado a su interlocutor—. Y ahora tú...
El gesto del chico
se convirtió, ahora sí, en una sonrisa satisfecha y plácida. Sin saber muy bien
cómo, el mercader de eternidad se había convertido en vendedor de ilusión.
Había dado en el clavo, y volvía a sentir esa corriente enigmática que emanaba
del niño. No tuvo mucho tiempo para pensar en esto, porque el billete que había
imaginado en un bolsillo de aquellos pantalones cortos se presentó frente a él,
sobre la palma abierta de la mano del chiquillo.
Más tarde, cuando
ya se posaba el polvo que éste había dejado en su carrera, él, acariciando el
cristal de sus botellas, bromeaba consigo mismo, orgulloso por haber convencido
a un niño, sin duda el público más difícil que uno se podía encontrar en su camino.
Recordaba el rostro ilusionado, transformado de felicidad instantánea. Tan
instantánea como la carrera que había emprendido; como un rayo. Casi de la
misma forma en que, de repente, le vino ante los ojos la imagen de algún
pariente del chico, hundido en un lecho polvoriento, condenado a una muerte
inminente. Entonces, el vendedor de la "savia de la inmortalidad",
que ya no se sentía tan orgulloso de sí mismo, comenzó a recoger sus frascos y
decidió marcharse de aquel lugar, antes de que su garganta se convirtiera en
barro. Y sobre todo, antes de tener que volver a enfrentarse a esos ojos
tristes y oscuros.
La casa era pequeña
y sombría; sólo dos cuartos. Uno de ellos, separado del otro por una cortina,
constituía el dormitorio conyugal, en el que apenas cabía una cama y un
armario, relleno de ropas descoloridas y sudadas. El otro hacía las veces de
cocina, comedor y dormitorio. En un extremo de éste, un pequeño fogón, una pila
y un armario colgado, desvencijado y repleto de cacharros y cubiertos de latón,
anidaban en estrecha compañía. En el otro extremo, plantado sobre sus patas de
metal roñoso, el camastro en el que dormía el niño, y, junto a él, olvidada por
el tiempo, y ya casi por los sentimientos, la cuna de una hermana que hacía ya
más de un año que había muerto. En el centro, equidistante a todos los puntos
de este círculo de miseria, una mesa de madera, astillada y coja, y tres sillas
a juego con ella en su estado de ruina, componían el resto del mobiliario.
El niño, clavando
con fuerzas los dedos en el frasco que guardaba en el bolsillo, observaba a su
padre: derrotado sobre una de las sillas, con la cabeza hundida en la mesa y la
mano derecha en contacto permanente con una botella de aguardiente. A su izquierda,
la madre trajinaba en el fogón, ahumando con sartenes los sucios baldosines de
la pared. Ella, a veces, volvía la cabeza y le sonreía. Era una sonrisa cálida,
la misma que siempre le había hecho sentirse seguro. Le pareció además que le
había intentado guiñar un ojo, aunque era difícil estar seguro de ello, porque
éste se mostraba hinchado, algo entornado, y enmarcado en un tono violáceo que
le recordaba a los antifaces de ciertos personajes de los tebeos que a veces
había leído. Hacía apenas dos días no presentaba este aspecto. Su padre se lo
había hecho, de un certero puñetazo, allí mismo, en aquella habitación, en una
noche de pelea. No era la primera vez que peleaban, ni tampoco la primera vez
que su madre tenía marcas como resultado de estas disputas. No podía recordar
con exactitud, perdido en las brumas equívocas de la infancia, pero creía que
años atrás vivían en otra casa, más grande y más limpia. Entonces, su padre no
pasaba en casa tanto tiempo, y su madre se pintaba los ojos y la boca. Por la
noche, tampoco salían del dormitorio de sus padres gritos y llantos como ahora.
Después, un día lluvioso en el que se entretenía en observar como su hermana se
deshacía en lágrimas desde el fondo de la cuna, su padre llegó a casa muy
alterado. Y oyó como le contaba a su madre que sus actividades políticas —que
ella maldecía con voz alta y quebrada— habían provocado su despido. Le habían
amenazado además con que harían lo posible para que jamás encontrara un nuevo
trabajo en los alrededores. Y, a juzgar por la nueva realidad que les rodeaba,
sin duda lo habían conseguido. Él, que no sabía nada de estas cuestiones, ni
entendía por qué aquello había podido tallar la angustia en el rostro de su
madre, sí fue siendo consciente de cómo su padre empezaba a mostrársele
indiferente. Para él, el niño parecía, simplemente, no existir, y su cariño y
compañía se vieron sustituidos por una botella que casi nunca abandonaba.
La mujer se dio la
vuelta y depositó los platos sobre la mesa. De frente, el ojo inflamado y el
labio abultado en el lado contrario, le daban a su cara un aire ausente y una
marcada inclinación oblicua. Pero su ojo sano reservaba para sí, con ambición,
toda la expresividad de un rostro distinguido por la dulzura de una infinita
tristeza.
Cuando retornó al
fogón, el niño, escrupuloso, casi cumpliendo con un ritual, regó los platos de
sopa de sus padres con el agua de la inmortalidad. El líquido se arremolinó
entre las verduras, sucias y lacias, y desapareció, sin dejar rastro de su
presencia, "como si tuviera prisa por actuar", según pensó él. De su
otro bolsillo, ante el padre cabizbajo y huido, y la madre aún vuelta de
espaldas, extrajo una bolsita blanca de plástico. La apretó entre sus dedos y
su tacto terroso le trajo a la cabeza los esfuerzos invertidos en machacar su
contenido hasta casi conseguir reducirlo a polvo.
En este instante
fugaz recordaba a su madre, gritando, suplicándole a su padre la esperanza de
una nueva vida. Éste, enrojecido, crispado, la perseguía medio desnuda,
escupiéndola que para eso sería necesario volver a nacer. El niño se escabullía
entre las sábanas de la cama, y se tapaba los oídos, tratando de no ver ni oír
escenas que había vivido y soñado tantas veces que se le repetían con cruel
minuciosidad por mucho que quisiera adormecer sus sentidos. Volver a nacer. Esa
era la solución, y la oportunidad única, la llegada al pueblo de ese hombre
sudoroso que ofrecía la eternidad embotellada.
Sonrió saboreando
su secreto: saber cuándo morir para volver a nacer. Y, con justicia matemática,
repartió en cada uno de los platos de sus padres la mitad del contenido de la
bolsita blanca. El matarratas, blanco y arenoso, tardó algo más en deshacerse,
dejando un reborde lechoso alrededor de las verduras. Él no necesitaba una
nueva vida. Hasta hacía poco había estado realmente contento con la que tenía.
Si ellos dos la conseguían, quizás para él volvería a ser como antes. Por eso,
mientras les veía comer, casi le pareció sentir cómo se cruzaban entre ellos
una mirada de afecto. Y hasta creyó escuchar, allí al fondo, entre las
carcomidas tablas de la cuna, un llanto vagamente familiar. Algo después se
acostó sabiendo que esa noche no habría gritos, ni carreras, ni reproches.
Pensando que mañana amanecería el sol de una nueva vida. E, inconscientemente,
sacó una mano de la cama y comenzó a mecer la cuna vecina —que respondió con
crujidos quejumbrosos— mientras que el sopor le alzaba los pies y le llevaba en
volandas sobre un mundo que condena a los vivos a arrastrar eternamente la
pesada carga de sus existencias.
FIN

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