© © Libro N° 14201. No Soy Así, No Soy Así. Askildsen, Kjell. Emancipación. Agosto 30 de 2025
Título Original: © No Soy Así, No Soy Así. Kjell
Askildsen
Versión Original: © No Soy Así, No Soy Así. Kjell Askildsen
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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NO SOY ASÍ, NO SOY ASÍ
Kjell
Askildsen
Kjell Askildsen
Askildsen es un
escritor preciso y sobrio que busca con obsesión la palabra exacta, y por eso
su obra es tan breve. Solo escribe cuando tiene algo que contar. Este libro
reúne todos los cuentos escritos por el genial escritor noruego entre 1953 y
1996. La angustia y el anhelo de felicidad del ser humano están presentes en
estos relatos. Askildsen afirma que desea crear desasosiego, «no me gusta un
relato que no crea desasosiego», y lo consigue a través de sus personajes,
seres normales y a menudo solitarios. Las relaciones familiares y las parejas,
el tedio y la rutina, son algunos de los elementos recurrentes en estos
impactantes textos, auténticas obras maestras del género.
Kjell Askildsen
No soy así
ePub r1.0
Titivillus 18-08-2022
Kjell Askildsen,
1953
Traducción: Kirsti
Baggethun & Asunción Lorenzo Corrección ortotipográfica: Victoria Parra y
Ana Patrón Títulos originales:
Heretter følger jeg
deg helt hjem (1953)
Thomas F’s siste
nedtegnelser til almenheten (1983)
Et stort øde
landskap (1991)
Hundene i
Tessaloniki (1996)
Editor digital:
Titivillus
ePub base r2.1
PRESENTACIÓN
El escritor Kjell
Askildsen (1929) es considerado uno de los más grandes escritores de la
literatura contemporánea noruega, y el gran maestro y renovador del relato
breve de su país. Está traducido a una serie de idiomas.
Debutó en 1953 y ha
escrito varias novelas, pero sobre todo relatos breves. Dejó de escribir hace
unos años debido a una ceguera creciente.
Ha recibido una
larga serie de prestigiosos premios literarios. En 2006 el periódico de
Oslo, Dagbladet, eligió la colección de relatos breves Últimas
anotaciones de Thomas F. para la humanidad como el mejor libro de
ficción de los últimos veinticinco años.
Askildsen estuvo al
principio inspirado por la escuela de Hemingway, con su característica
parquedad de palabras, luego pasó por la tradición de la nueva novela francesa
y ya a partir de 1980 desarrolló ese estilo tan característico de él,
minimalista, parco, realista e inquietante, que desde entonces ha ejercido una
gran influencia en la literatura contemporánea noruega. Es considerado el gran
renovador del arte del relato breve.
Una característica
de sus textos es lo que no se dice en ellos, pero que está allí, algo como
inquietante, vibrante.
En el libro Kjell
Askildsen. Et liv (Una vida) de Alf van der Hagen, editado por Oktober
en 2014, Askildsen habla sobre lo que él piensa que debe ser la literatura:
«Tiene que haber algo dinámico en la literatura. No sirve de nada simplemente
escribir sobre un paseo por el bosque. Tiene que haber contradicciones en un
tema. Si vas a crear un cuento que tenga emoción a algún nivel, no sirve contar
una historia de color rosa. Todo arte debe ser algo que hurgue en la gente.
Tiene que haber algo que les aguijonee, algo que tal vez les dé un poco de
miedo. Ese es en mi opinión el cometido del arte. No cantarles nanas para que
se duerman. No contar historias bonitas. Al fin y al cabo las historias feas
pueden resultar muy bonitas, porque pueden hacer que la gente se dé cuenta de
que lo que ven en ellos mismos —y que se resisten a mostrar a los demás—
también lo pueden encontrar en gente normal y maja en mis cuentos.
»Escribo sobre los
aspectos sombríos de la vida. Pongo al desnudo debilidades en mis personajes,
simplemente para que sean creíbles. Tengo como propósito escribir un relato que
pueda resultar intrigante al lector —y a mí mismo—. Por esa razón necesito investigar
mientras escribo».
Askildsen dice que
construye un relato como un edificio. «Pongo piedra sobre piedra, y a veces no
sé cómo concluir. Cuando me encuentro a la mitad no sé más que el lector. Mi
problema es que tengo que continuar el relato, poner nuevas piedras, encontrar un
final. Esto exige concentración. Con el tiempo soy más consciente de que lo que
estoy haciendo es crear arte».
«Si la literatura
es buena, nos proporciona alegría mientras la leemos. Surge como una especie de
pausa en las trivialidades», dice Askildsen, que opina que de esa forma la
literatura es algo que nos ayuda a seguir adelante.
Cuando se le
pregunta por lo que exige del lector dice que no tiene ningún deseo de
complicar las cosas. No usa ninguna palabra difícil, y no usa, al menos no
conscientemente, símbolos. Pero escribe en primer lugar para gente que ha leído
algo antes, y sí pretende que el lector reciba lo que él llama «impulsos
contradictorios». «Puede que me equivoque, pero tengo la sensación de que he
llegado mejor a las personas que han leído literatura en la que no todo le ha
sido masticado y preparado por el autor». Lo que quiere con su literatura, lo
que quería con su literatura (antes de la ceguera), era crear
algo que fuera arte. Algo que él considerara arte. Porque él se considera un
artista, un exartista, en línea con un pintor, en línea con un compositor.
Kirsti Baggethun,
agosto de 2018
NO SOY ASÍ
A partir de ahora
te acompañaré hasta tu casa
Últimas notas de
Thomas F. para la humanidad
Un vasto y desierto
paisaje
Los perros de
Tesalónica
A PARTIR DE AHORA
TE ACOMPAÑARÉ HASTA TU CASA
(1953)
A PARTIR DE AHORA
TE ACOMPAÑARÉ HASTA TU CASA
—Tampoco te esmeras
mucho con los deberes, sales corriendo en cuanto acabas de comer. Por cierto,
¿qué haces en el bosque?
—Pasear, ya te lo
he dicho.
—¿Mirando los
árboles y escuchando los pájaros?
—¿Y qué tiene eso
de malo?
—¿Estás seguro de
que eso es lo único que haces?
—¿Qué iba a hacer
si no?
—Eso lo sabrás tú
mejor que nadie. Y además, no deberías estar siempre solo. Vas a volverte loco.
—¡Entonces deja que
me vuelva loco!
—¡No emplees ese
tono con tu madre!
—¡Entonces deja que
me vuelva loco!
—¡Ten mucho
cuidado! —Ella se acercó. Él permaneció quieto. La madre le dio una bofetada en
la cara. Él ni se movió.
—Si vuelves a
pegarme, blasfemaré —dijo él.
—¡No lo harás!
—dijo ella y le dio otra bofetada.
—Hostia —dijo él—.
Me cago en la hostia. —Lo dijo del modo más tranquilo posible. Luego notó que
le salía el llanto, un llanto de rabia, se dio la vuelta y salió disparado.
Siguió corriendo cuando se encontraba ya en la calle. No porque tuviera prisa,
sino porque la rabia también tenía algo que ver con sus piernas. Me cago en la
hostia, pensó mientras corría.
Cuando por fin
había dejado atrás las casas y tenía el bosque y el páramo delante, aflojó el
paso. Miró el reloj de pulsera que le habían regalado por su decimosexto
cumpleaños, iba bien de tiempo. Se merece que me vuelva loco, pensó. Algún día
se lo diré. Le diré: Te mereces que me vuelva loco, porque no entiendes nada.
No haces más que agobiarme todo el tiempo sin entender nada.
Siguió el sendero
bosque adentro. La luz solar caía oblicua entre los troncos. Al ver eso se dijo
a sí mismo que pensándolo bien el bosque es casi más bonito cuando el sol no
brilla. Cuando llueve es cuando es más bonito. Notó por dentro un cosquilleo de
felicidad, porque nunca había pensado en eso. El sol tiene la capacidad de
engañar, pensó, y sacó un cuaderno del
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bolsillo. Entre las
páginas había un trozo de lápiz, se detuvo y escribió: El sol tiene la
capacidad de engañar. Así me acordaré, pensó, luego volvió a guardarse el
cuaderno en el bolsillo y se sintió feliz. Realmente feliz.
Llegó a su destino,
se sentó en una piedra y pensó: Si ella no viene hoy, no es porque haya mentido
a mi madre. Ni porque haya decidido hacer lo que nunca hasta ahora me he
atrevido. Si no viene, es porque le han mandado hacer algo y no puede venir.
Volvió a sacar el
cuaderno. Lo abrió y leyó en voz alta las cosas que había estado pensando en el
transcurso del día. «Como chasquidos voluptuosos sus oraciones subieron hacia
un Dios imaginario». «Un cenador en el jardín solo para el placer». «La chica tiene
piernas que suben más allá del borde de la falda». Cerró el cuaderno, y sonrió
para sus adentros. Algún día, pensó, algún día…
Entonces llegó ella
corriendo. Unas veces era rubia y otras morena, según las sombras y la luz
solar que caían sobre ella. Llevaba una blusa amarilla y unos pantalones
marrones.
—Me alegro de que
hayas venido —dijo él, y ella se sentó a su lado. —Claro que he venido
—contestó ella—. Siempre vengo. ¿Me has echado
de menos hoy?
—Sí.
—He venido
corriendo casi todo el camino.
Él le puso una mano
en el hombro. Ella volvió la cara hacia él, y sus ojos grises le sonrieron
antes de cerrarse. Me lo pone muy fácil, pensó él, mientras la besaba.
—Vayamos al sitio
donde estuvimos ayer —dijo.
—¿Qué vamos a hacer
allí? —preguntó ella sonriendo.
—Ya veremos.
—Dímelo, ¿qué vamos
a hacer?
—Lo mismo que ayer.
—Vale.
Siguieron el camino
que se adentraba en el bosque. Iban cogidos de la mano, y cuando dejaron el
sendero y empezaron a andar por el brezo, ella dijo que en clase de alemán
había estado pensando que no solo son los años los que deciden la edad que
tienes. Es verdad, dijo él. Y luego pensé que te diría que sería una tontería
por tu parte pensar que eres más joven que yo, porque en realidad eres mucho
mayor. No me he dado cuenta de eso, dijo él. Solo quería decírtelo, dijo ella.
Vale, dijo él, pensando que si ella tenía alguna razón para decirlo, era la de
facilitarme las cosas. Eso significa que no va a
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ser nada difícil,
que entonces los dos queremos lo mismo. Le apretó ligeramente la mano, y ella
lo miró, sonriéndole con la boca y con los ojos.
Llegaron al lugar
donde habían estado tumbados uno al lado del otro el día anterior. Ahora se
sentaron uno enfrente del otro, y él dijo, sin mirarla, que ayer al llegar a
casa compuse otro poema. Léemelo, le pidió ella. No sé si es bueno, contestó
él. Léemelo de todos modos. Está bien, dijo, si me acuerdo. Era incapaz de
mirarla.
Es verano, susurró
ella,
verano…
Y se tumbó en el
brezo
dejando que el
verano viviera.
Besé sus ojos hasta
que se volvieron negros y ella pronunciaba extrañas palabras sobre momentos de
corta duración sobre lirios que se marchitan
sobre el caballo
que se quema las alas
al acercarse
demasiado al sol.
Luego ella borró
las palabras
con besos caldeados
por el sol
—el verano vive.
Ella se tumbó boca
arriba, y él se dio cuenta de que lo estaba mirando. Qué poema tan raro, dijo
ella, y la manera en la que lo dijo le hizo sentirse feliz. ¿Te ha gustado?,
preguntó él. Ven aquí y te contestaré, respondió ella. Él se tumbó de lado con
la mano en el hombro de ella y el antebrazo sobre su pecho. Te admiro, dijo
ella. Lo miraba mientras lo decía, y él no entendía cómo ella podía decir algo
tan grande mirándolo a los ojos. Él llevó la mano hasta el pecho de ella, y
ella dijo: pero no por eso te dejo arrugarme la blusa. No, dijo él, y empezó a
desabrochársela.
—¿Nunca te hartas
de mirar? —preguntó ella.
—Nunca hasta ahora
he desabrochado esta blusa.
—Es nueva.
—Tiene más botones
que ninguna.
Le abrió la blusa.
La cogió por los hombros y la levantó para poder pasarle la mano por detrás. Le
desabrochó el sujetador y le dijo: Quiero quitarte la blusa del todo. Ella se
limitó a sonreír. Él le quitó la blusa y el sujetador, y los pechos se desparramaron
un poco, pero no mucho. Tenía la sensación de que ya había vencido todas las
dificultades. Ahora podía mirarla
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de nuevo a los
ojos. ¿Ya estás feliz?, preguntó ella. Sí, respondió él, estoy pensando que
ninguna otra cosa puede hacerme tan feliz. Pero hay algo más, y tengo que
probarlo.
—Quiero desnudarte
por completo —dijo, mirándola a los ojos.
—No debes hacerlo
—dijo ella.
—¿Por qué no?
—Porque no y ya
está.
—No te haré nada.
—Eso no puedes
asegurarlo de antemano.
—Tengo que
desnudarte —dijo él—. Si no lo hago ahora, lo haré más tarde, y no será más
fácil entonces. Si no me lo permites, me harás mucho daño, porque he cedido
todos los días durante una semana entera, y me hace cada vez más daño.
—Bésame —dijo ella,
y él empezó a bajarle la cremallera del pantalón marrón mientras la besaba.
Tengo que hacerlo, pensaba, es lo único correcto. Seguía besándola mientras le
bajaba los pantalones. Ella se retorcía debajo de él, y él dejó de besarla y la
miró a los ojos.
—No te haré daño
—dijo—. Si quieres, te prometo que solo miraré.
Le bajó los
pantalones hasta las caderas, ella no hizo nada por impedírselo.
—Dime que me
quieres —dijo ella.
—Te quiero.
Ella sonrió.
—¿Te parece bonito?
—Sí. Es más bonito
que todo lo que he visto en pinturas y estatuas.
—Lo que pasa es que
me daba vergüenza —dijo ella—. Era por eso.
—Sí —asintió él.
—Ya no me da
vergüenza.
—A mí tampoco.
—Puedes tocarme si
quieres.
Él dejó que su mano
se deslizara por su vientre y bajara luego por entre sus piernas.
—Bésame —dijo ella,
y mientras él la besaba, ella le desabrochó y le mostró el camino. Era extraño,
cálido y agradable. Ten cuidado, dijo ella, y él permaneció completamente
quieto. Pensó: estoy haciendo el amor con ella. Este es el mejor día de mi
vida, y a partir de ahora todos los días serán los mejores, porque ahora sé qué
es lo mejor.
—Ten cuidado —dijo
ella.
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—Sí —dijo él—.
Tendré cuidado. No te haré nada.
—¿Te gusta?
—preguntó ella.
—Sí.
—¿Incluso cuando
permaneces quieto?
—Sí —contestó él,
un poco asombrado—. Esto es lo que deseaba.
—Yo también.
—Creo que ya nunca
voy a desear nada que no conozca.
—¿Vas a echarme de
menos?
—Sí —contestó él—.
A ti y esto.
—¿Te parezco muy
brusca si te digo que tengo frío? —preguntó ella sonriéndole.
—No —contestó él, y
salió con mucho cuidado de ella. Se tumbó boca arriba en el brezo y miró las
copas de los árboles. Ya no estaban del todo verdes, y pensó: Pronto será otoño
y luego invierno.
—¿Qué vamos a hacer
cuando llegue el invierno?
—No lo pienses. Aún
falta mucho.
—Sí —asintió él,
pero no podía dejar de pensar en ello. La miró, ella ya se había puesto toda la
ropa menos la blusa.
—¿Quieres que te la
abroche? —preguntó él. Ella asintió con la cabeza. Él contó los botones. Once.
Se levantaron y fueron hacia el sendero. Ella dijo que ya no tendremos que
tener vergüenza nunca más. Así es, dijo él. Tomaron el sendero cogidos de la
mano. ¿En qué estás pensando?, preguntó ella. En nada en especial, contestó él.
Sí, estás pensando en algo, insistió ella. Dímelo. Estoy pensando que debo
haberte parecido muy raro por estarme completamente quieto, dijo él.
Seguramente es así para todo el mundo la primera vez, dijo ella. Él la miró,
ella no parecía avergonzada. Además te lo pedí yo, dijo ella, por eso lo
hiciste. No, pensó él. No fue por eso. No sé por qué lo hice, pero no fue por
eso.
—No creo que sea
así para todo el mundo —dijo él.
—No pienses en eso
—dijo ella.
—Tengo que pensar
en eso —dijo él.
—También es culpa
mía; te lo pedí porque tenía miedo.
—No es tan sencillo
—dijo él—, porque yo prefería que fuera así.
—Fue solo porque tú
también tenías miedo.
—No tenía miedo.
—Tal vez tenías
miedo sin saberlo. A veces pasa.
—Sí —contestó él.
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Habían salido ya
del bosque, y a ninguno de los dos se le había ocurrido que debían irse a casa
cada uno por su lado, como solían hacer.
—Te acompaño hasta
tu casa —dijo él.
—¿Crees que debes?
—Sí —contestó él—.
A partir de ahora te acompañaré hasta tu casa.
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CRÍAS DE GAVIOTA
Remaron unos
instantes antes de izar las velas. Soplaba un fuerte viento, y Paul dijo que
sería peligroso fijar la vela mayor. Estaba sentado con la escota en la mano,
mientras procuraba mantener la barca lo más firme posible contra el viento, con
el fin de no tener que virar para atravesar el estrecho. La cuerda le cortaba
la mano. Llegaban ráfagas bastante fuertes, pero no hizo falta aflojar la
escota. La ató a la borda y vigiló el mar para que las ráfagas no le pillaran
por sorpresa.
—Hace justo el
viento que nos conviene —gritó a la chica. Ella estaba tumbada boca arriba en
la proa mirando las velas.
—Hará más viento
cuando salgamos al estrecho —dijo ella.
—Seguro que sí.
Así habría que
estar siempre, pensó él. Sacó el paquete de tabaco del bolsillo y sostuvo la
caña del timón entre el brazo y el cuerpo mientras intentaba liarse un
cigarrillo. Tenía los dedos mojados y el papelillo se le rompió. Sacó otro
papelillo, que también se le rompió. La chica le preguntó si quería que lo
hiciera ella. Él le lanzó el paquete de tabaco.
—Esta es una buena
vida —dijo.
—Así habría que
estar siempre.
—Sí. Deberíamos
hacer siempre lo que nos apetece.
—Para eso hay que
tener dinero. No puedes hacer lo que te apetece sin dinero.
—Ya. Eso es lo
fastidioso. Y para conseguir dinero tienes que hacer algo que no te apetece, y
entonces ya no tiene mucho sentido.
Habían entrado ya
en el estrecho. El agua estaba en calma. A ambos lados se erguían altos
peñascos pelados. Fuera del estrecho el mar estaba agitado. Tenían el viento en
contra, y la chica sacó un remo. Cuando el viento llenó las velas, Paul soltó
la escota. El viento empezaba a ser muy fuerte, pero apenas entraba agua en la
barca.
—¡Esto es
emocionante! —gritó la chica.
—¿Te gusta?
—Ya lo creo.
—¿No tienes miedo?
—Sí, por eso
resulta tan emocionante.
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—Sí, tal vez. He
oído decir que esos indios que se lanzan a una poza de veinte metros de
profundidad, cuando ya han empezado con esa actividad no pueden dejarla. Si
todos los días no hacen algo que pueda costarles la vida, les parece que no han
vivido de verdad.
—Hay algo de eso,
sí.
—¿Tú crees?
—No lo sé. Parece
probable. Tiene que ser divertido estar constantemente salvándote a ti mismo la
vida.
Paul mantuvo la
barca firme contra el viento. La cuerda le cortaba la mano. Pensó que así es
siempre. Te lo estás pasando muy bien, pero siempre hay algo. Pisó la escota
para que no le resultara tan pesado sostenerla. Volvió la cabeza y vio que el
estrecho quedaba ya muy lejos.
—No tenemos muchas
posibilidades si la barca vuelca —dijo ella.
—Una de cien.
—Cuando tenía
dieciséis años soñaba con morirme dentro de un gran bosque.
—Yo nunca he soñado
con morir.
—Yo sí. Eran sueños
bonitos. Nadie me había hecho daño, ni estaba enferma.
—Eres muy rara.
—Sí. Todo el mundo
lo dice. ¿Te parece mal que sea así?
—No.
—Tú también eres
raro.
—¿En qué sentido?
—Algunas veces te
ríes sin que haya motivo para ello. Cuando mi padre contó lo de ese accidente
de tren en Italia, tú te reíste. A mí no me pareció nada divertido. Y cuando
luego te preguntó si habías leído algo de Hamsun, también te echaste a reír.
Llegó una ráfaga de
viento. La barca se inclinó hacia un lado y le entró bastante agua. Paul giró
el timón. La barca se enderezó, las velas aleteaban. Mantuvo la dirección
contra el viento y tensó la vela mayor. Luego giró lentamente el timón hacia el
lado contrario y la barca cogió velocidad.
—¿Tienes miedo?
—gritó él.
—No he chillado,
¿no?
—Uno puede tener
tanto miedo que no le salga ni un sonido.
—Pues tanto miedo
no he tenido.
—Si quieres podemos
dar la vuelta. Tú decides.
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—Entonces quiero
desembarcar en una isla. —La chica miró a su alrededor, y señaló algo justo
delante de ellos—. Quiero desembarcar allí — dijo.
Era una isla
bastante pequeña. En algunas partes crecían pinos contrahechos. Por lo demás,
todo era roca y brezo. Cuando se encontraban ya muy cerca, se abrió ante ellos
una cala. Paul llevó la barca en esa dirección y las velas aletearon porque el
viento llegó de repente de otra dirección. La chica se puso de pie en la proa.
Tenía el cabo de amarre en la mano, lista para saltar. Paul ató la vela
alrededor del mástil. La chica saltó, y él tuvo que agarrarse al mástil para no
perder el equilibrio en el momento en que la barca chocó con la tierra. Saltó
tras ella. Tuvo que detenerse antes de acercarse del todo, porque ella lo
estaba mirando con sus ojos azules, los brazos levantados por encima de la
cabeza y la punta de la cuerda en una mano, y él dudaba de haber visto jamás
algo tan hermoso.
—Me apetece
abrazarte —dijo.
—Y a mí me apetece
que me abraces.
La abrazó. Pensó
que ella valía más que ninguna. La chica soltó la cuerda y le rodeó el cuello
con los brazos, y él puso la mejilla junto a la de ella, su piel era agradable
y fresca. Pensó que ella valía más que ninguna, y que ella quería aquello.
Nunca le haría daño, pensó y retiró lentamente los brazos.
Ató la barca a una
piedra puntiaguda y alargada, y corrieron juntos hasta el punto más alto de la
isla. Por encima de ellos volaban gaviotas que brillaban al sol, chillaban, se
sumergían y lanzaban sus gritos hacia sus cabezas. Ellos corrían sin hacerles
caso. De repente la chica se detuvo y dejó escapar un pequeño grito. Él la
miró, y vio miedo en sus ojos. Ella alargó un brazo hacia él, y él lo agarró.
La chica miraba fijamente una pequeña grieta en una roca justo delante de
ellos.
—¡Mira!
—¡Una cría de
gaviota!
—Tengo miedo.
—No es más que una
cría de gaviota.
—Podría haberla
pisado. Escucha lo feos que son sus chillidos.
—Temen por sus
crías.
—Quiero irme de
aquí. Tengo miedo. Pueden hacernos daño.
Él quería decir que
no, que no pueden hacernos nada, pero en ese momento levantó la vista y vio que
las gaviotas bajaban hacia ellos, una tras otra. La chica gritó y se protegió
la cabeza con los brazos, porque cuando las gaviotas salían de la luz del sol
no estaban a más de dos o tres metros de
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distancia. Echaron
a correr, y notaron cómo el miedo aumentaba al empezar la huida. Pero los
chillidos se fueron distanciando, y él le sonrió y dijo: Creo que se han
enfadado con nosotros. Imagínate que la hubiera pisado, dijo ella.
—No pensemos más en
ello —dijo él.
—De acuerdo —dijo
ella.
—Sentémonos aquí,
que no llega el viento.
—Ahora tienes que
abrazarme otra vez.
Era lo que él más
quería. La abrazó y puso la mejilla junto a la de ella. Ella le cogió la cabeza
y apretó su boca contra la de él, metiéndole la lengua entre los labios. Él se
olvidó de que podía respirar por la nariz y tuvo que soltarse por falta de aire.
—¿Me quieres?
—preguntó ella, sus ojos azules estaban muy serios.
—Sí.
—Dime algo bonito.
—Vales más que
ninguna.
—Estás muy gracioso
cuando arrugas la frente.
—Estábamos hablando
de ti.
—Ahora me apetece
encender una hoguera —dijo ella, levantándose—.
Será la hoguera más
grande que jamás haya ardido en esta isla.
Paul se levantó y
bajó corriendo hasta el agua. Entre las piedras encontró madera ligera y seca
devuelta por el mar. Lilly es rara, pensó. Cuando dice algo es como si nunca
hasta entonces hubiera pensado en lo que está diciendo. Como si en ese momento
pensara muchísimo en lo que está diciendo y nunca hasta entonces hubiera
pensado en ello. Paul cogió una brazada de madera y subió corriendo hasta un
pequeño llano que se encontraba a unos veinte o treinta metros isla adentro.
Hizo un círculo con piedras. La chica llevó un montón de brezo y le preguntó
que para qué eran las piedras. Para que el fuego no se extienda, contestó él.
Qué buena idea, dijo ella y colocó el brezo dentro del círculo. Él puso la
madera encima.
—Oye —dijo ella.
—¿Sí?
—Creo que yo te
quiero más a ti que tú a mí, dijo. Él no pudo decir nada. Solo podía pensar que
ella dice sin rodeos que me quiere. Él lo pensó muchas veces, y ella dijo que
cuando me abrazaste me puse a temblar. Tú no temblabas. Eso no tiene nada que
ver, dijo él, porque lo único que hay es que te quiero. Lo mismo me ocurre a
mí, dijo ella. No estoy ni preocupada, ni cansada, ni feliz, ni ninguna otra
cosa, lo único es que te quiero. Se acercó a él y él la besó mientras le duró
el aire, y notó que ella temblaba. Luego ella le
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pidió que le dejara
encender la hoguera. Él le dio las cerillas, no resultó nada difícil hacer
arder el brezo seco. Se sentaron de espaldas al viento. ¿Puedo?, preguntó Paul
y apoyó la cabeza en su regazo. Ella sonrió y enredó un dedo en el pelo de él,
mientras él miraba las nubes. No se parecían a nada que hubiese visto antes.
—Estoy pensando en
algo muy raro —dijo ella.
—¿Ah, sí?
—Sí. Estoy pensando
en que si no hubiera sido de día cuando dijiste que me querías, habría tenido
que echarme a llorar. ¿No es raro?
—Sí.
—Como si
significara más en la oscuridad que con luz. Pero no es así, porque cuando más
difícil resulta hablar de esas cosas es a la luz del sol, ¿no te parece?
—Sí. —Él seguía
mirando las nubes—. Es como si los ojos se quedaran desnudos con el sol.
—¿Yo tengo los ojos
desnudos?
—No, tú no.
Ella bajó la cabeza
hacia él. Su boca se abrió un poco y sus ojos se cerraron incluso antes de
llegar hasta él. Él notó el pelo de ella hacerle cosquillas en la cara y tuvo
la sensación de que todo lo que sentía por dentro se desplazaba hasta sus
dedos, y los apretó contra los hombros de ella. Soy yo quien hace esto, pensó.
Ella levantó un poco la cabeza, pero no tanto como para que él dejara de notar
la intensa respiración de ella en la cara. Ella le miró el pelo y dijo: Nos
queremos. Lo dijo muy deprisa, y él pensó que ella nunca ha dicho nada de esa
manera. Cerró los ojos y pensó: Es mía. De repente ella lo llamó por su nombre,
y al incorporarse se libró de los brazos que tenía alrededor de los hombros.
¡Está ardiendo!, gritó, y él se puso de pie. Llamas y humo subían del brezo
fuera del círculo de piedras. Él se acercó corriendo al pino más cercano y
arrancó una rama. Se puso a golpear las llamas con ella. No sirvió de nada.
Sabía que no servía de nada, pero seguía golpeando. Los ojos le escocían por el
humo, y a veces el fuego le subía por los lados y tenía que retroceder varios
pasos. Pero aún no se dio por vencido. Cuando la rama de pino empezó a quemarle
las manos, la tiró y echó a correr. No veía a Lilly. Se detuvo y la llamó, pero
no obtuvo respuesta. Rodeó las llamas y bajó corriendo hacia la barca. Lilly
tampoco estaba allí. La llamó varias veces y empezó a subir hacia el punto más
alto de la isla. No estará allí porque tiene miedo a las gaviotas, pensó. Se
estaba acercando al punto más alto y los chillidos de las gaviotas eran cada
vez más penetrantes. No puede
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estar aquí, pensó,
porque tiene miedo de que las gaviotas vuelen directas hacia ella. Llegó hasta
donde habían encontrado la cría de gaviota, y la vio arrodillada, con un
polluelo en las manos. Las gaviotas volaban hacia ella. A un par de metros de
su cabeza lanzaban un grito y cambiaban de rumbo. Ella estaba arrodillada con
el polluelo muy cerca de la cara. Parecía estar hablando con él. Paul la llamó
y ella volvió la cara hacia él y sonrió. Él corrió hasta ella y le dijo que
tenían que irse. ¿A que es bonito?, preguntó ella, acercándole el pajarillo. Si
no nos damos prisa, el fuego se extenderá y no lograremos volver a la barca,
dijo él. Ya vamos, contestó ella, levantándose del suelo. Verás cómo nos da
tiempo. El polluelo estaba quieto en sus manos. Paul dijo que en pocos segundos
la isla entera estará ardiendo. Sí, contestó ella, y bajaron a toda prisa hacia
la barca, corriendo directamente hacia las llamas y luego a lo largo de ellas
para encontrar un hueco por donde escapar. No encontraron ninguno.
—Corre hasta la
punta del cabo —gritó él, señalando hacia la entrada de la bahía. Esperó hasta
que ella hubiese desaparecido y luego corrió en la misma dirección. Al llegar a
la playa se desnudó y se lanzó al mar. El agua se cerró densa y fría a su alrededor,
y nadó con brazadas cortas. Pensó que cuando llegue a tierra ella verá que
estoy desnudo. Estaría bien que me viera, pensó, porque no tengo la culpa de
que ella me vea. Ella elige mirar sin que yo pueda hacer nada. Llegó a la otra
orilla de la bahía y salió del agua. Mientras soltaba el cabo de amarre se dio
cuenta de que ella lo estaba mirando. Él colocó la cabeza de tal manera que
ella no podía saber que él la estaba viendo. Ella se encontraba a solo setenta
u ochenta metros de él. Él empujó la barca y se metió dentro de un salto. Pensó
que si ella no ve que la estoy viendo, tal vez venga hacia la barca en el
instante en que yo llegue a tierra para vestirme. Si lo hace, yo no tengo la
culpa, porque le pedí que me esperara en la punta del cabo. Se sentó en el
banquillo de la barca y sacó los remos. Una columna de humo denso subía de un
espacio cuyo tamaño ignoraba, y el brezo quemado desprendía un olor agradable y
ligeramente acidulado. Cuando se encontraba a seis o siete metros de tierra,
metió los remos en la barca y se apresuró hasta la proa. Saltó a tierra. Dejó
el cabo de amarre sobre la roca sin amarrar la barca. Empezó a vestirse
mientras la vigilaba. Entonces la llamó. ¡Ven aquí, Lilly!, gritó. Ella tardó
algo en aparecer.
—¿Crees que está
asustado? —preguntó, apretando contra su pecho el pajarillo.
—¿Qué vas a hacer
con él?
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—Llevármelo e
intentar que viva.
—Se morirá —dijo
él.
—Lo cuidaré mucho.
—Se morirá de todos
modos.
Se metieron en la
barca, y él arrió las velas y fijó el foque. Ella se sentó en la proa. Cuando
salieron de la bahía, la barca se escoró. La escota le cortaba la mano. Notó el
fuerte olor a brezo quemado, y cuando se volvió, vio el humo que rodaba sobre la
isla y desaparecía en el mar.
—¿Crees que se
morirá? —preguntó Lilly.
—No lo sé.
—Antes dijiste que
sí.
—No es seguro. No
entiendo de esas cosas. Estaría bien que viviera.
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CANÍCULA
… Y
aunque no ocurrió ayer, recuerdo claramente que estábamos tumbados boca abajo
cortando cabezas de espigas y que era pleno verano, sin una nube en el cielo,
pero con un fuerte viento procedente del oeste, del mar del Norte, y lo único
que se avistaba en el cielo, aparte del sol, era alguna que otra gaviota. Hans
dijo que tenía sed, pero nosotros seguimos cortando cabezas de espigas, cada
uno por nuestro lado. Era por la tarde, entre las cuatro y las seis, y Karl, al
que también llamábamos Kalle, se levantó en una ocasión, pero enseguida volvió
a tumbarse buscando la protección del viento, esa protección que le
proporcionaba la propia tierra, porque en la llanura no crecía otra cosa que
pajas, espigas, pensamientos y una pequeña flor sin nombre. Yo no sabía
entonces lo que significa una llanura de ese tipo, que puedes llevártela dentro
y tumbarte sobre ella en un piso de una gran ciudad o en una oficina un día de
invierno; yo no estaba allí tumbado disfrutando del momento, solo estaba
tumbado, a medio camino entre el mar y la ciudad, con un montón de cabezas de
espigas a treinta centímetros de la cara, con pantalón corto y camisa de
cuadros remangada, y en compañía de Hans y Kalle, a quien a veces llamábamos
Lasarus, nunca he sabido por qué. Entonces oímos la sirena. Levantamos la
cabeza, pero no vimos nada raro, miramos en vano en todas las direcciones,
conservando la esperanza hasta el último momento, nos incorporamos dando la
espalda al viento y miramos fijamente hacia la ciudad, gritando al unísono cuando
descubrimos el humo. Y echamos a correr. Hans delante, sobre sus largas y
delgadas piernas y Kalle el último, y cuando nos gritó que lo esperáramos,
hicimos como si no lo oyéramos, estaba demasiado gordo y tenía los pies planos,
y pronto había veinte metros entre Hans y yo, y quince entre yo y Kalle,
mientras el humo se hacía cada vez más denso, pero las sirenas ya no sonaban.
Crucé corriendo el
campo de fútbol y atravesé el patio del colegio donde Hans estaba bebiendo agua
de la fuente verde, pasé por las ventanas de las aulas, y Hans me alcanzó,
tenía la barbilla mojada y no capté lo que dijo al pasarme a toda velocidad,
sentía pinchazos y el cordón del zapato se me había desatado, y mientras me
agaché a atármelo en la calle delante de la valla pintada de blanco del
director del banco, el señor Rosenstand, oí acercarse a Kalle. Lo esperé porque
sentía pinchazos, de modo que estaba a su lado cuando llegamos a la esquina de
la pastelería de Back y vimos las llamas
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atravesar el tejado
de la estrecha casa de dos plantas que era su hogar, y desde cuyo tragaluz se
podía ver el mar, el horizonte y los destellos del Gran Faro.
¿Kalle estaba
sonriendo o luchando contra el llanto? ¿Y por qué empezó a andar inclinado, con
el hombro derecho hacia delante y el izquierdo hacia atrás, como torcido, y por
qué se detuvo junto a la escalera de Schmidt, donde permaneció inmóvil hasta
que se derrumbó el tejado y toda esperanza se había perdido? No pregunto hoy,
pregunté entonces, aunque hubiera sido igual de natural preguntar por qué no,
porque no es de extrañar que te comportes de un modo algo extraño cuando se
está quemando tu casa con todo lo que hay en ella: huevos de pájaro, mariposas
y colección de sellos.
No voy a demorarme
mucho en el incendio, pues todos tenemos algún incendio en nuestro pasado, y
aquel fue un incendio de sol, un incendio de tarde desprovisto de cualquier
efecto mágico de medianoche, y como además se trataba de un incendio del viento
del oeste, no se corría ningún riesgo digno de mencionar de que se propagara a
las casas vecinas.
Tuvo que ser dos o
tres días después, porque cuando pasamos por la casa destruida por el incendio,
las brasas estaban apagadas y las cenizas frías; un día caluroso, casi sin
viento, hacia las cinco, Hans no había visto a Kalle desde que se alejó
corriendo de él en la llanura, y yo no lo había visto desde que estaba perplejo
o afligido junto a la escalera de Schmidt, pero sabíamos que él y sus padres se
alojaban en casa de un tío suyo al lado este del río. Las cenizas se habían
enfriado, como ya he dicho, y proseguimos a lo largo de la valla pintada de
blanco del director del banco, el señor Rosenstand, para entrar en el patio del
colegio, donde Hans se acercó a la fuente verde, y cuando acabó de beber
subimos a gatas al tejado de chapa ondulada donde podíamos estar boca arriba a
la sombra mirando el parque, que en ese momento estaba desierto bajo los
grandes olmos. Era un día medio muerto, y creo que nos aburríamos, no
tendríamos gran cosa que contarnos, no creo que fuéramos ya tan niños, aunque
no tendríamos más de quince años, ahora me parece que apenas dije una palabra
aquel verano, y tampoco oí lo que decían los demás, que todos los sonidos eran
sonidos lejanos, pero que todos los días hizo calor y sol, que sea como sea lo
que sí significa algo, si es que algo significa algo, es cómo yo creo que fue y
así fue. Y cuando llevábamos media hora o tal vez más tumbados en el tejado de
chapa ondulada, yo lo vi primero, venía andando del otro lado del parque, donde
estaba el dique, un dique sin desagüe, con forma de una gran herradura
alrededor de dos árboles gigantes torcidos y a punto de caerse, pero declarados
monumento natural protegido, y sustentados por dos grandes pilares. No había ni
gota de agua en el dique
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aquel verano, y si
te metías dentro podías estar de pie sin que te vieran desde el sendero, y de
allí venía Karl. Se miró al hombro, pero eso no significaba necesariamente que
tuviera algo que ocultar, y si no se hubiese caído, pero se cayó, supongo que lo
habríamos llamado o al menos no nos habríamos escondido, pero cuando se cayó se
quedó tumbado, aunque era imposible que se hubiese hecho daño, y por eso no
dijimos nada, sino que nos limitamos a observar. Al principio Karl estaba muy
silencioso, luego le oímos llorar, y nos hicimos tan pequeños como pudimos,
arriba en el tejado de chapa ondulada. No era un llanto vehemente, y si no
hubiera sido porque su casa se había quemado hacía bien poco, tal vez habríamos
pensado que estaba canturreando, pero no lo hacía, porque cuando un poco
después se levantó, lo vimos secarse los ojos. Venía derecho hacia nosotros, ya
era demasiado tarde para darnos a conocer, nos hicimos invisibles, ya no lo
veíamos, solo lo oíamos, lo seguimos con los oídos paso a paso hasta la entrada
techada del patio de recreo del colegio. Allí se detuvieron los pasos, que
fueron sustituidos por otros sonidos: las suelas de sus zapatos contra la pared
cuando trepó la ancha viga y entró en la cochera justo debajo de nosotros. Solo
nos separaba de él una fina chapa ondulada y como máximo dos o tres metros de
aire. Lo oíamos respirar y al cabo de un rato llorar. Luego se hizo el silencio
durante varios minutos y pensé que la única manera de escapar sería correr por
el tejado y saltar al jardín del conserje. Le hice señas a Hans para explicarle
mi plan, y al principio dijo que no con la cabeza, porque supongo que tenía más
miedo al conserje que a Karl, pero luego cambió de idea y corrimos todo lo que
pudimos por el tejado, saltamos al césped delante de la ventana de la cocina y
salimos por la puerta sin cerrarla tras nosotros, corriendo a todo correr, Hans
primero y yo detrás, hasta que llegamos al muelle. Allí intentamos reírnos de
lo que Karl podía haber pensado, porque tuvimos que hacer un ruido infernal al
correr por el tejado de chapa, pero no lo conseguimos del todo (algo que otra
vez indica que ya no éramos tan niños) porque nos sentíamos culpables, al menos
yo, aunque me pregunto hoy, no demasiado tiempo después, qué podríamos haber
hecho sino correr.
También el día
siguiente fue caluroso y soleado. Di un paseo por el parque, crucé la plaza de
los festejos y me adentré en el bosque. No creo que me dirigiera a ningún sitio
en particular, aunque es verdad que el sendero conducía a la playa de
Fladenstrand, donde solía bañarme solo, porque no sabía nadar, y si no llegué
hasta allí tal vez fuera porque a la izquierda del sendero avisté cascos vacíos
de cerveza, primero uno y luego cada vez más, demasiados para poder llevármelos
a casa. Los escondí en una rendija
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cubierta de
vegetación y tomé el camino más rápido a casa para coger algo en donde
llevármelos, con el fin de venderlos luego. Como digo, tomé el camino más
corto, salí del bosque y atravesé la llanura, y allí estaba él, tumbado de
lado, con las rodillas encogidas, como si estuviera dormido, pero no dormía, se
volvió hacia mí con una paja entre los labios. Me sentí tan culpable ante su
mirada que enseguida compartí con él los cascos vacíos, eran el clavo ardiendo
al que me agarraba con un torrente de palabras, me esforcé al máximo, diez
cascos no eran suficientes, conté mal y convertí diez en quince, pero él apenas
me escuchaba, dijo que tenía que irse a casa. Nos fuimos juntos, supongo que
hablaríamos de algo, pero no del incendio, no hasta que él dijo: Vamos a
construir una casa nueva, con jardín y seto alrededor. Reaccioné como si me
hubiera expuesto un milagro, quise oír detalles — entonces se quedó algo
extrañado y dijo: No se lo contarás a nadie, ¿no? Claro que no se lo contaré a
nadie. Se calló y me hizo callar a mí. Ni siquiera conseguí preguntarle por qué
tenía que ser un secreto, él era superior a mí en virtud del incendio, o tal
vez del llanto, yo era culpable de haber huido por un tejado de hojalata, él
decidía, y ninguno de los dos dijimos nada hasta llegar a la plantación de
árboles donde los pinos más altos apenas nos llegaban al pecho, entonces me
preguntó si yo sabía lo que era el día del juicio. Le conté lo que sabía, que
de repente un día el mundo sucumbiría de una u otra manera, un día cuando nadie
se lo espere tal vez llegue una tormenta cuyo igual nadie ha visto, o un
terremoto que haga que todo el fuego que se encuentra dentro de la tierra suba
por las grietas, y nadie escapa, ni una sola persona. ¿Cuando nadie se lo
espere?, preguntó Karl, y yo no entendí que me estaba pidiendo consuelo, una
afirmación, yo era muy ecuánime y contesté que quizá alguno que otro sí se lo
esperara, siempre hay alguien que se lo espera, pero la mayoría no. Creo que no
dijimos nada más, al menos no me hizo más preguntas. Habíamos pasado ya por la
plantación de árboles y nos encontrábamos en el camino entre la fábrica de
cerveza y el jardín del diácono, desde allí tomaríamos distintas direcciones;
él vaciló un poco o, mejor dicho, escarbó con el pie la hierba que crecía por
debajo de la alambrada, y se marchó.
Llegaron días en
los que aparentemente no ocurría nada, un día caluroso y despejado seguía a
otro igual. Yo me pasaba las horas en mi rincón del jardín, debajo del ciruelo
más grande, boca abajo en la hierba, felizmente infeliz, a mis quince años.
Una tarde Kalle
llegó por el jardín. Se sentó en la hierba con su cara grande, brillante de
sudor. Calló durante un buen rato, luego me preguntó sin
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Claro que sí.
Yo no, dijo.
Lo miré. Había
visto muchas personas que vivían como si no creyeran en Dios, pero a nadie que
lo hubiera dicho. Sabía, había oído, que existía un pecado para el cual no
había perdón, un pecado mortal; nunca me habría atrevido a preguntar a mis
padres en qué consistía ese pecado, preguntarles algo así era tan impensable
como pedirles que me contaran cómo había sido concebido yo, pero tenía una idea
de que precisamente eso, es decir, negar la existencia de Dios era un pecado
irreparable, el que ataba la piedra de molino al cuello del condenado.
Me entró miedo. El
Infierno se me había acercado. No sabes lo que dices, dije.
Sí.
Imagínate que vas
al Infierno.
No existe.
Simplemente morimos.
¿Entonces por qué
crees que nacimos, si solo vamos a vivir un tiempo y luego no hay nada más?
No lo sé. ¿Acaso
crees que también las hormigas y las moscas van al Cielo?
No han sido creadas
a semejanza de Dios.
No contestó. Creí
que lo había dejado mudo.
He leído en algún
sitio, dijo, que las personas no quieren a Dios, sino que tienen miedo al
Infierno.
No es verdad.
¿Acaso tú no tienes
miedo al Infierno?
Sí, pero… si te
asustas por algo vas a tus padres, y eso no significa que no los quieras.
Eso es diferente.
Lo harías aunque no los quisieras, si sabes que ellos te quieren a ti.
Se volvió
lentamente hacia mí, la cara ya no le brillaba, tenía manchas rojas. Parecía
asustado.
¿Te vienes a
Kalotten?, preguntó. Tengo que enseñarte algo.
Cruzamos el jardín
y salimos a la calle. No quiso decirme qué era lo que tenía que enseñarme, y no
le insistí. Atravesamos en silencio las calles desiertas de la tarde por el
lado derecho, a la sombra de los árboles y los setos. Serían cerca de las seis,
al menos la forja de Klipper estaba cerrada, y él nunca se marchaba hasta más o
menos esa hora. Lo recuerdo porque cogimos
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el atajo por su
solar y subimos la empinada pendiente hasta la estrecha cornisa de la montaña,
por donde teníamos que andar uno detrás del otro. Salimos a la llanura, que
mediría unos dos o tres metros de ancha, y desde donde se podía ver el mar y el
Gran Faro. Unos ocho o nueve metros más abajo se encontraba el patio cimentado
del Templo.
Karl se detuvo y se
echó el flequillo hacia atrás. Estaba sudando otra vez. Permaneció unos
instantes mirando hacia su casa, destruida por el incendio. Yo empezaba a
impacientarme. Lo había acompañado hasta allí porque quería hacer una buena
acción, y me parecía que ya era hora de que me pidiera ayuda.
¿Crees que Dios
podría haber evitado el incendio?, preguntó.
Sí.
Estaba en medio de
la pequeña llanura, a algo más de un metro del precipicio.
¿Es verdad que Dios
no deja que se burlen de él?
Sí.
Me miró asustado.
Estaba de espaldas al mar y a los tejados de las casas. Retrocedió un paso. Yo
me quedé como clavado en el sitio, me mareo, siempre me he mareado, no soporto
ver a nadie balancearse al borde de un precipicio, no lo aguanto, pero me fascina,
y no le di la espalda a Karl. Retrocedió un paso más y se detuvo a solo unos
centímetros del precipicio, todavía de espaldas. Yo sabía que estaba tan
mareado como yo. Nos miramos fijamente, creo que yo signifiqué mucho para él en
ese momento. ¡Estaba tan asustado… y se mostraba tan valiente!
Me burlo de Dios,
dijo, susurró, sus palabras apenas me llegaron. Seguía moviendo los labios,
pero yo no oí nada más. Entonces se dio la vuelta, miró hacia abajo, y entregó
a Dios la mejor carta que tenía en la mano, su vértigo. No sé cuánto tiempo
permaneció así, pero lo suficiente y más de lo que yo habría podido permanecer
allí para probar lo contrario, es decir, que Dios existía y que me atrevía a
poner mi vida en Sus manos.
Ya se había
terminado todo. No se mostraba triunfante. No me miraba. Sin mediar palabra
volvimos sobre nuestros pasos por la estrecha cornisa, bajando luego por detrás
de la forja de Klipper. Karl andaba cabizbajo, como si se sintiera avergonzado.
No dijo ni una palabra, ni siquiera adiós, simplemente se marchó, y yo, que iba
en dirección contraria, me quedé mirándolo. Karl llevaba un pantalón corto que
le llegaba hasta la mitad de la rodilla. Lo vi
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desaparecer por la
esquina, luego me di la vuelta y fui hacia casa, despacio, por el lado
izquierdo del camino, a la sombra de los árboles y los setos.
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FINAL DEL VERANO
La verdad es,
aunque tal vez no sea esa la palabra más adecuada para empezar, no pretendo…,
mi intención no es sino aportar una versión, mi versión, porque yo lo seguí
todo muy de cerca, a distancia, bien es verdad, normalmente no habría podido
pronunciarme de no haber sido por los prismáticos de mi padre, con los que
tenía prohibido enfocar a las personas, era un telescopio, de manera que todo
lo veía boca abajo, pero uno se acostumbra a eso. Así pues, veía todo sin oír
nada, tenía dieciséis años, mi padre estaba de congreso en Irlanda, era otoño o
final del verano, a principios de septiembre, mi madre había ido a casa de una
amiga y yo había cogido los prismáticos del despacho y estaba incumpliendo la
prohibición de mi padre — la mujer estaba sentada leyendo un libro fino, con un
cigarrillo en la mano y yo nunca había estado tan cerca de ella—, entonces
comprendí perfectamente el sentido de aquellas palabras que mi padre había
escrito, creo que con tinta, en el estuche de los prismáticos: Para el que es
limpio, todo es limpio, excepto unos prismáticos. Es cierto que ya la había
visto una vez a través de los prismáticos, claro está, pero en aquella ocasión
todo fue muy rápido, ella cogió tres rosas en un abrir y cerrar de ojos, el
grado de cercanía tiene que ver con el tiempo, y aunque esperé con infinita
paciencia, ella no volvió a salir.
Estaba sentada de
espaldas a la casa, y cuando levantaba la vista del libro tenía delante el
campo de centeno y el estrecho camino de carruajes que dividía el campo en dos
y conducía al Bosque de las Cornejas, que no era un bosque de verdad, sino un
grupo de árboles nada más, de un tiro de piedra de largo y la mitad de ancho,
donde había igual de cornejas que en todas partes; más allá, demasiado lejos ya
para verlo a simple vista, estaba el Peñasco Gris, que tampoco se correspondía
con su nombre, pues no era un peñasco, sino una montaña que resguardaba de los
vientos del mar.
Debí de perderme en
ensoñaciones, porque sin que me diera cuenta ella había desaparecido, la silla
estaba vacía, no, vacía no, pues el libro seguía allí, lo que significaba que
volvería. Pero antes llegó otra persona, un desconocido, que cogió el libro, se
sentó y se puso a leer. Aunque yo lo estaba viendo boca abajo, estaba seguro de
no haberlo visto nunca. Ella volvió a salir enseguida y él se levantó, puso un
dedo bajo la barbilla de la mujer y acto seguido le plantó un rápido y ligero
beso en la boca. Luego hablaron, ella vehemente, él sonriente, yo estaba muy
excitado, no por celos, eso no puede
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decirse, no en
aquel momento, estaban los dos muy juntos, cuando él no la miraba a los ojos,
le miraba los pechos, sacaba a la mujer casi una cabeza, debían de estar muy
seguros de que nadie los veía, solo podían ser vistos desde mi habitación, y la
distancia era tan grande que si yo no hubiera tenido los prismáticos… No
pensarían en eso, claro está, tendrían la casa para ellos solos, suponía yo, el
marido estaría fuera. El marido era un hombre muy simpático, siempre cortés y
casi siempre amable; una vez que me lo encontré en el camino de carruajes entre
el Bosque de las Cornejas y el Peñasco Gris se detuvo y dijo: Si no fuera por
nosotros dos, este camino acabaría cubierto por la vegetación. Pues sí, te he
visto, chico, esa es una buena manera de llegar a ser tú mismo. No puedo
asegurar que esas fueran sus palabras exactas, las repito tal y como
aparecieron ante mí cuando las extraje de mi memoria y las pesé o me pesé a mí
en ellas, él no sabe, no puede saber lo que esas palabras significaron para mí,
coronaron mi soledad; bueno, basta ya de eso, como estaba diciendo, seguramente
tenían la casa para ellos solos y no creo que se sintieran vigilados, y cuando
él la besó por segunda vez, ella lo abrazó y vi cómo la mano de él estaba muy…,
yo solo tenía dieciséis años y era completamente pudoroso en el sentido de que
nunca había puesto en práctica mis deseos, no me había atrevido a realizar mis
sueños por temor a Dios y al sexo, además, mis padres no habían abierto ni una
rendija de la cortina a su vida erótica en común, estaban tan desprovistos de
sexo como solo pueden estarlo los padres, incluso hoy, cuando ya llevan un
montón de años bajo tierra, soy incapaz de pensar en el instante en que fui
concebido sin asquearme, admito que esto tiene poco que ver con el asunto que
nos ocupa, pero bueno, allí estaba yo, viendo la mano de él, sin que ella
protestara o se alejara, y no es de extrañar que aquella noche no consiguiera
dormir, que tuviera miedo de morirme con tanto pecado sobre la retina, ni
tampoco es de extrañar que la tarde del día siguiente y el resto de las tardes
me quedara en mi cuarto con los prismáticos preparados en la mesa junto a la
ventana. Y esa persistente atención mía sería la razón de que presenciara parte
del drama, y si no drama, esa no es en cierto modo la palabra adecuada, tal vez
porque lo vi todo boca abajo o porque no oí ni un sonido, aunque pude ver cómo
se gritaban o porque los decorados eran tan idílicos que constituían un
contraste demasiado grande: los árboles con sus copas tupidas e inmóviles, los
dos arriates paralelos de dalias que acababan en una pila para pájaros en la
que un amorcillo apuntaba al sol, la hiedra que subía por la pared y los
rosales trepadores que cubrían la madera del porche, las losas bajo la ventana
del salón, la pequeña mesa con mantel azul junto a la que tal vez había estado
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sentada ella por la
mañana mientras yo estaba en el colegio, no había nada que augurara lo que iba
a ocurrir, nada.
Lo primero que
sucedió fue que Ferdinand Storm bajó por la escalera del porche. Yo no lo
habría reconocido de no haber sido por los prismáticos, él había herido mis
sentimientos al menos en dos ocasiones, no diré de qué manera, como si yo no
tuviera ya suficientes complejos, siempre parecía ser el dueño del suelo que
pisaba, ahora también —yo era demasiado inexperto como para entender lo que
haría él en el jardín de ella, ni siquiera se me ocurrió— él tenía las manos en
los bolsillos del pantalón y hacía chasquear la lengua; entonces apareció ella,
vestida con falda y jersey, con un cigarrillo en la mano, no pude ver a los dos
a la vez hasta que se sentaron junto a la mesa, él de espaldas —si a ella no se
le ocurrió que yo podía verla sería por el gran árbol que había delante de mi
ventana, así suele ser, lo lejano cubre lo que está detrás, yo estaba sentado a
horcajadas en una silla, con los prismáticos apoyados en el alto respaldo,
disfrutando así de una buena vista sobre ese jardín antaño del Edén. Ella se
esforzaba por agradarle, él estaba en el último curso de bachillerato y ella
casi podía ser su madre, yo no sospeché nada hasta que vi la manera en la que
ella jugueteaba con los dedos de él, y una vez él le apretó con fuerza el
antebrazo desnudo; daba la impresión de haberle hecho daño y me pareció que
ella dijo ¡oh!, pero con una sonrisa. Estaba tan absorto en ellos dos que no
reparé en el marido que de repente estaba allí, al pie de la escalera del
porche, como si hubiera estado allí siempre, inmóvil, callado, tenía que
saberlo, nada indicaba que estuviera sorprendido. Entonces avanzó cuatro o
cinco pasos, se detuvo y dijo algo. Ferdinand Storm se levantó y contestó. Ya
no parecía el dueño del suelo que pisaba, pero estaba desafiando el derecho a
la propiedad. Sus respuestas eran escuetas, acompañadas de un movimiento de
cabeza, tenía que estar empleando palabras descaradas, porque de repente Beck
avanzó tres pasos y le golpeó con la palma de la mano. Ferdinand Storm le
devolvió el golpe, rápido y preciso y probablemente con todo el peso de su
sentimiento de culpa. Beck se tambaleó. Su mujer se levantó e intentó…, ella,
la manzana de la discordia, intentó impedir más actos violentos colocándose
entre ellos, de lo que no podía salir nada bueno, claro está; Beck le dio un
empujón para que se apartara, con tanta fuerza que ella cayó de espaldas sobre
el seto bajo, no resultó cómico, aunque no se hizo daño, y no mereció más
miradas que la mía, Beck solo tenía ojos para Ferdinand Storm, quien, según
dijo Beck luego en el juicio, representaba la suma de intrusos en el territorio
de su matrimonio, no es pues de extrañar que empleara todas sus fuerzas. La
lucha
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no fue larga, creo
que duró menos de un minuto, y eso que Ferdinand Storm no era un alfeñique, ni
un cobarde; tal vez perdió por sentirse moralmente inferior. Por un instante
llevó ventaja, pero vaciló, y enseguida Beck se abalanzó sobre él, golpeándole,
según pude ver, la cabeza contra una de las losas de pizarra, y la lucha acabó.
Aunque no hubiese oído ni un solo sonido, pude ver el silencio que se instaló.
Beck estaba al lado del joven, no podía verle la cara, pero sí la estrecha
espalda y los brazos colgando, así permaneció un rato, luego se acercó a la
escalera del porche y entró en la casa sin echar siquiera un vistazo en
dirección a su mujer. Ella se levantó lentamente y se inclinó sobre Ferdinand
Storm, que yacía inmóvil con la cara vuelta hacia el otro lado. No lo tocó, se
limitó a mirar, yo no sabía si estaba muerto o solo inconsciente; luego ella se
enderezó y echó a andar muy pensativa por el sendero del jardín entre las
dalias, pasó por delante de la pila para los pájaros y el amorcillo, salió por
la verja, se internó en el camino de carruajes donde yo nunca la había visto, y
desapareció entre los árboles del Bosque de las Cornejas. Entonces dejé los
prismáticos, entiendo lo que quería decir Beck al asegurar que no sabía lo que
hacía, pero no podía haber hecho otra cosa…, yo también sabía lo que hacía
cuando me puse a seguirla, presa de un impulso que borraba en mí cualquier
reserva, me metí por los campos de centeno y crucé el Bosque de las Cornejas,
ella no estaba en ninguna parte, tendría que haber llegado hasta el Peñasco
Gris, pero no, no era así, porque de repente estaba sentada a solo veinte
metros de mí, donde el camino se desviaba, ella me vio a mí antes de que yo la
viera a ella, me vio vacilar…, yo seguí andando, con las piernas rígidas y la
espalda demasiado recta, lo sabía, pero no podía remediarlo, tampoco podía
remediar mi sonrojo, agaché la cabeza y me acerqué, ella estaba sentada con la
barbilla apoyada en una rodilla, miré la hora, estaba ya muy cerca de ella,
levanté la vista y la saludé sin mediar palabra, pero ella no me vio, ni
siquiera…, me ignoró…, me…
… Y
cuando regresé, no sé al cabo de cuánto tiempo, pues me había tumbado boca
arriba entre los árboles, despojando el futuro de todas sus plumas, en lo que
tardé lo mío, el sol estaba a punto de ponerse, pues era septiembre, entonces
ella ya no estaba allí, pero pude ver dónde había estado sentada. Volví a casa,
subí a mi cuarto y dirigí los prismáticos hacia un jardín vacío.
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ENCUENTRO
Los árboles, la
arena suelta por donde más pisado estaba el sendero, aunque muy poca gente
andaba por allí, el dique con el puente, aunque llamarlo puente: tres tablones
carcomidos.
—¿Y luego?
—Me pegaba. No veía
más que sus zapatos lustrosos, siempre ha llevado los zapatos lustrosos, y un
trozo de sus pantalones. No quería gritar, pero al final siempre tenía que
gritar, no se daba por vencido hasta que no me echaba a llorar.
Unos metros más de
sendero, las agujas de los pinos resbaladizas bajo las suelas de los zapatos,
luego la playa, arena y mar, todo inalterado, como cuando él, como cuando yo…,
¿yo?
—¿Creías que lo
habías olvidado?
—Tal vez no
olvidado, pero la distancia, el tiempo y el hecho de que él mandara a por mí…
Ya no soy el que era, al menos eso pensé.
—¿Y él?
—Aquí todo está
como antes, me refiero a los decorados, no se puede romper su exigencia de una
sucesión adecuada de los acontecimientos.
Había marea baja,
la arena estaba dura. Siguieron las sinuosidades de la playa. Una raíz de árbol
devuelta a la tierra por el mar, medio enterrada, un casco vacío, una medusa
muerta perforada por un palito, olor a algas y fondo de bosque, el cielo bajo, pronto
empezará a llover, ni un soplo de viento.
—¿Entonces te
vuelves a marchar?
—Sí.
Él no oyó su
pregunta, de repente vio la cortina marrón que colgaba entre los dos salones,
no fue allí, sino en el balcón del dormitorio, la persiana casi del todo baja,
la franja de luz en la parte inferior, sus piernas y las voces, la lluvia en la
espalda —«te estoy diciendo que nunca he…», «¡eso es lo que tú dices!»—, el
movimiento brusco, las puntiagudas rodillas de él, la cara de ella a unos
centímetros del suelo, ni un grito, yo podría haberlo impedido, podría haber
llamado a la ventana, quería hacerlo, no es verdad que no quisiera, y por
cierto, cómo podía saber yo que todo aquello no era normal, con las paredes y
los estantes llenos de Dios, con la expiación de la culpa detrás de la puerta
cerrada del cuarto oscuro, los chanclos y los paraguas…
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El pabellón, los
escaramujos, la explanada, las primeras gotas de lluvia (te vas a mojar, no
importa, tu vestido, no importa, toma, la chaqueta, qué caliente está, ¿tú no
tienes frío?), gotas de lluvia en la camisa. ¿A qué había salido yo al balcón
con esa lluvia?
—No solo me pegaba
a mí —dijo él—. También pegaba a mi madre.
—¿Por qué?
—No lo sé.
¿Por qué? «Te estoy
diciendo que nunca he»…, ¿fue eso todo lo que oí? ¿Eché a correr? ¿Salté del
balcón antes de que aquello hubiese acabado? No pude ver lo que ella sentía,
pues su cabeza colgaba boca abajo, resultaba imposible interpretar su
expresión, pero no lloraba, no mientras yo la miraba, no pude haberlo visto
todo.
—¿Cómo era ella en
realidad?
—¿Mi madre? Buena,
creo. Lloraba a menudo. Nunca se chivaba, al menos que yo sepa, y cuando mi
padre venía a sacarme del cuarto oscuro, ella nunca estaba, no sé dónde estaba,
pero nunca en el salón ni en la cocina. ¿Tú la conocías?
—Solo de vista.
Recuerdo que se ruborizaba con mucha facilidad.
—Es verdad. Se me
había olvidado.
Resultaba
llamativo, imposible de ignorar.
—Recuerdo una vez
—dijo él— que ella estaba cosiendo. Creo que estaba enfermo, a veces me dejaba
estar tumbado en el diván del comedor. No decíamos nada, los dos llevábamos
mucho rato sin decir nada. Entonces de repente se sonrojó. Yo la estaba
mirando, era incapaz de quitarle ojo, y fue entonces o en otra ocasión cuando
le pregunté por qué mi padre jamás se sonrojaba, pero ella no me contestó.
Las casas, la calle
que rodeaba el parque de los viejos tilos, la lluvia silenciosa, fría en la
espalda, la casa con el gran porche, los perales junto a la pared (por qué no
entras, en realidad iba a…, querrías venir luego a tomar un café, con mucho
gusto, gracias por dejarme la chaqueta, tendrás frío, tienes la espalda
empapada, digamos sobre las cinco, gracias por la compañía), la puerta que se
cierra tras ella con un chasquido, el camino a casa…, ¿casa?
Abrió la puerta con
la llave. Oyó a su padre hacer ruido con las cacerolas.
—¿Eres tú, Gabriel?
—Sí.
Olía a pescado.
Subió y se cambió de camisa. La ventana estaba abierta hacia la calle
silenciosa y las casas bajas. Su mirada se detuvo un instante en el DIOS ES
AMOR en un marco negro sobre la cama. Lo bajó de la pared.
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¡Qué infantil
eres!, pensó. No, no lo soy. Lo colocó en el mueble bajo que había junto a la
cama.
—¿Vienes, Gabriel?
Se tomó su tiempo.
Su padre se había sentado. Estaba esperando.
Entrelazó las manos
y bajó la cabeza. Gabriel miró por la ventana.
—Que aproveche.
Estaban sentados
uno enfrente del otro.
—Está bueno.
—Hay que aprender
de todo cuando uno se queda solo.
No estaba bueno, al
pescado le faltaba sal. No había ningún salero en la mesa, y no se atrevió, no
me atrevo, así es él, así soy yo, no tengo nada que hacer aquí.
—Me alegra tenerte
aquí de nuevo, chico. La casa se quedó muy vacía al morir tu madre.
Él no contestó. El
reloj de la cocina hacía tictac y el grifo goteaba. Ahora me toca a mí hablar,
¿qué voy a decir?
—¿Tuvo muchos
dolores?
—No. Pero habría
querido despedirse de ti. Quería haberte pedido perdón. —¿Por qué?
—Todo el mundo
tiene algo por lo que pedir perdón.
—¿Ah, sí?
—Dios…
—Me gustaría que
mantuvieras a Dios al margen de esto.
—No quiero. No
puedo.
—Entonces no
hablemos de ello.
Silencio.
—¿Has ido a ver su
tumba?
—Aún no.
—Tal vez quieras
llevarle algunas flores del jardín. ¿Vas a ir esta tarde?
—He quedado con
Bodil.
—¿Qué Bodil?
—Bodil Karm.
—Ah.
—Gracias por la
comida.
El padre bajó la
cabeza, entrelazó las manos y movió los labios, pero en silencio.
—De nada.
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La escalera del
piso de arriba, le he contradicho, la mancha oscura donde antes colgaba DIOS ES
AMOR, tal vez suba y repare en ello, ya no llueve, un rayo de sol se reflejaba
en el espejo, podemos sentarnos en el porche, pasos en la escalera, no me da tiempo
a colgarlo de nuevo, no abriré.
El padre no entró,
se fue a su dormitorio. Gabriel se sentó en la cama y notó cómo le latía el
corazón. He vuelto a ser el mismo, pensó. Puedo dar saltos, puedo bajar un
cuadro de la pared, pero estoy de nuevo capturado en la red. De nuevo soy un
pequeño pecador, como entonces.
Entonces. La
ventana estaba abierta, la cortina se movía ligeramente hacia el pálido cielo
de la tarde, no podían dejar de acariciarse, el edredón se había caído al
suelo, la piel desnuda, el canto de las cigarras a través de la ventana, el
suave crujido de las hojas, las respiraciones tranquilas —tienes frío, no, y
tú, no—, la tenue oscuridad, las manos de él moviéndose tranquilamente ahora
que nada corría prisa, pero había que guardar muchas cosas, todas las palabras
pronunciadas en voz baja, el contenido subordinado al buen sonido —escucha los
árboles, escucha las cigarras, qué silencio—, pensamientos largos en nuevos e
inusuales caminos, palabras grandes, felices, que no buscaban respuesta, solo
eco, la cabeza rubia sobre la almohada, los olores, la noche de julio y ella
—podría llorar, me siento tan feliz—.
Y luego: el
chasquido de la puerta, los pasos, las voces, la culpabilidad sin transición,
los segundos de pánico, ella: Cierra la puerta con llave, los pasos por la
escalera, el picaporte, el padre: ¿Por qué has cerrado la puerta, Gabriel?
Tengo visita. Hay que irse ya a dormir. La vergüenza porque el padre no hubiese
llamado a la puerta, el miedo y el sentimiento de culpa, suficientemente fuerte
ya en ese momento, pero aún más cuando volvió después de haberla acompañado a
su casa, se había hecho tarde, el padre estaba sentado en la oscuridad del
salón: Quiero hablar contigo, Gabriel. Silencio. Vi que se trataba de una
chica. ¿Quién era? No hay respuesta. La luz estaba apagada y habías cerrado la
puerta con llave, ¿quién era? No voy a decírtelo. Sé quien era, solo te lo he
preguntado para darte la oportunidad de no ocultarme nada, pero como no quieres
hablar, tendré que pensar lo peor y es mi obligación contárselo a su padre. Si
lo haces… Lo haré. Es miserable. Cuida tus palabras, Gabriel. Es miserable, miserable.
Había sol en el
espejo. Bajó la escalera y salió de la casa, el camino estaba duro y mojado
tras la lluvia. Llamó a la puerta.
—Mi madre ha salido
—dijo ella—. Ponte cómodo. ¿Quieres café o té?
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—Me da igual.
¿Puedo sentarme en el porche?
—Claro que sí.
Salió al porche y
se sentó en un sillón de mimbre. Ella iba y venía. Canturreaba. Una gran paz se
posó sobre él, una sensación de bienestar físico y psíquico que ciertamente
había sentido antes, pero muy de tarde en tarde.
—Qué bien tienes
que estar aquí.
—¿Tú crees?
—Con este porche y
este jardín.
—Hay que cuidarlo,
y además, el verano es corto. Parece que has olvidado cómo es este lugar en
invierno.
Té con limón,
galletas con queso, el lejano sonido de una motosierra. —Si supieras las veces
que he pasado por delante de vuestra valla
soñando con este
maravilloso jardín…
—Pero vosotros
también teníais un bonito jardín.
—No había en él un
solo rincón que no pudiera verse desde la casa. No podía esconderme ni fuera,
ni dentro, excepto en el sótano.
—¿Pero no tenías tu
propia habitación?
—Sí, pero no me
atrevía a cerrar la puerta. No podía tener ningún secreto para ellos, y
entraban en mi cuarto cuando querían, sin llamar. Tenía un pequeño escritorio
con cajones que podían cerrarse, pero no me atrevía a esconder la llave. La
verdad es que no recuerdo que me lo prohibieran nunca, pero, como ves, no hizo
falta. Mis secretos los escondía en otras partes. Recuerdo que en una ocasión
me olvidé del diario, un pequeño cuaderno amarillo, fácil de esconder. Me lo
había dejado encima de la mesilla. Tendría entonces unos quince o dieciséis
años, y en la portada había escrito que era mío y que nadie más que yo podía
abrirlo. Mi madre no solo lo había abierto, sino que arriba, en una de las
páginas, había escrito: Dios lo ve todo.
—¿Qué fue realmente
lo que te hizo marcharte de casa?
—No lo sé. No me
acuerdo. Sé que tiene que parecerte raro, pues no hace tanto tiempo, pero la
verdad es que no me acuerdo. Algunas veces creo que fue cuando vi a mi padre
pegar a mi madre, pero no puede ser, tiene que haber sido mucho más tarde.
—Qué extraño.
—Sí, son muchas las
cosas que no recuerdo, que no sé si son reales o solo las he soñado, y se trata
de episodios que no datan de muy atrás en el tiempo. Otras cosas las recuerdo
con mucha claridad, pero no siempre soy capaz de saber cuándo sucedieron, si
cuando tenía ocho, diez o quince años. Pero lo más curioso de todo tal vez sea
que en ciertos períodos de mi vida he soñado
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lo mismo noche tras
noche, hasta que empecé a dudar de si realmente se trataba de un sueño, si no
era algo que había vivido de verdad. Durante algún tiempo creí, por ejemplo,
que no había aprobado el bachillerato, que había dejado en blanco la prueba de inglés
escrito, no porque no supiera, no era una pesadilla, todo lo contrario, era un
sueño bonito, me presenté al examen, pero me quedé sentado mirando a los demás,
pues sabía que no hacía falta hacerlo, que se trataba de un examen superfluo, y
que sería mejor ir al bosque. Me levanté y me marché. Sé que puede sonar raro,
pero durante algún tiempo, varios meses, medio creí que realmente había
abandonado el aula del examen, aunque sabía que no era así, me gustaría poder
explicarlo…
—Entiendo —dijo
ella, levantándose—. Vuelvo enseguida. La sensación de bienestar se había
esfumado. Tengo que preguntárselo a mi padre, él es el único que puede
decírmelo si puede, si quiere.
—Tengo que irme
—dijo.
—¿Ya?
—Tengo que hablar
con mi padre. ¿Puedo llamarte?
—Claro que sí.
Andaba deprisa,
como si quisiera mantener en caliente su decisión. He de hacerlo ahora, ahora o
nunca, tengo miedo sin motivo, de niño tenía motivos para tenerle miedo porque
me pegaba, ahora le tengo miedo por costumbre, ya no puede hacerme nada, soy yo
quien puede hacerle algo a él, tal vez él pueda decírmelo, no me asusta la
verdad.
—¿Eres tú, Gabriel?
—Sí.
—¿Ya has vuelto?
¿Quieres café?
—No, gracias.
Se sentó junto a la
mesa del salón más pequeño. El sol estaba a punto de ponerse, y enviaba hilos
de luz a través de la ventana que daba al norte, hasta la cortina marrón entre
los dos salones.
—Quiero preguntarte
algo.
—Pregunta lo que
quieras.
—No es que quiera
hurgar en el pasado, pero ¿por qué…?, pregunto porque no lo sé, puede sonar
extraño, pero ¿por qué me marché de casa? Quiero decir, ¿qué fue lo que me hizo
marcharme?
—No removamos todo
aquello. Dejemos olvidado lo que olvidado está.
—No. Tengo que
saberlo.
—He intentado
comprender cómo pudo ocurrir. De qué manera fallé.
Porque no debes
creer que te echo toda la culpa a ti.
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—No hablemos de
culpa. ¿Qué quieres decir?
—Tal vez te quería
demasiado.
—¿Es así como lo
ves?
—Tal vez intenté
retenerte.
—Querías que fuera
como tú.
—¿Me estás
acusando?
—Yo no quería ser
como tú. Tal vez cuando era pequeño, no me acuerdo, pero después no. Te llamaba
Abraham.
—¿Abraham?
—Y yo era Isaac.
Hasta donde soy capaz de recordar te tenía miedo, no solo porque me castigaras…
—Nunca te castigaba
sin razón.
—Eso creía yo
entonces. Siempre me sentía culpable porque no era lo suficientemente mayor
como para distinguir entre culpa y sentimiento de culpa.
—No hay ninguna
diferencia.
—Claro que la hay.
¿Por qué se sonrojaba siempre mi madre?
—Deja a tu madre
descansar en paz.
—Descansa en paz.
¿Por qué la castigabas?
—¿La castigaba?
—Le pegabas.
—¿Cuándo?
—No lo sé. Lo veía.
¿Era porque me trataba demasiado bien?
—¡Gabriel! ¿Para
eso has venido? —¡No! No. No debería haber venido. —Deberías haber venido con
otro ánimo. —Te pido que me digas por qué me fui. —Debería poder decírtelo tu
conciencia. —¿Qué quieres decir?
—No te fuiste con
las manos vacías.
—Lo sé.
—Tu madre nunca lo
superó.
Gabriel se levantó.
—Ya veo que no
llegamos a ninguna parte. Sigues donde lo dejaste, jugando con mi sentimiento
de culpa, escudándote en Dios. Dices que nunca me castigabas sin razón. ¿Qué
razón? ¿Qué razones? ¿Las mismas que hicieron a los inquisidores liquidar a
todos los que se oponían a la autoridad
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de la iglesia?
¿Crees que me querías demasiado? ¡Mide tu amor con las horas que me pasaba
encerrado en el cuarto oscuro!
—¿Crees de verdad
que lo hacía por gusto?
—No lo sé, pero al
menos lo hacías con la conciencia tranquila. —Sí. ¿Puedes decir tú lo mismo de
tus propios actos?
—No. Pero los
verdugos de los campos de concentración pueden decir lo mismo de los suyos.
¿Eso les exime de culpa?
—Ya basta, Gabriel.
Has dicho más de lo que hubiera tolerado a nadie más que a ti. Algún día
comprenderás que has sido injusto conmigo. Ya soy viejo, y tal vez no viva para
verlo, pero algún día comprenderás que…
—¡Cállate!
—¡Estoy en mi casa!
—¡Espera entonces a
que me haya ido!
La entrada, la
escalera de arriba, tiemblo, el cuarto, al menos logré decírselo, no hay que
sentir lástima por él, ya no tendrá que verme más, la maleta, al menos no ganó,
qué significa ganó, al fin y al cabo todo el mundo pierde, las victorias
provisionales no son más que derrotas aplazadas, pero no he venido para vencer,
sino para no ser vencido por una vez, no lo vuelvo a colgar en su sitio, será
mi último saludo, DIOS ES AMOR en el cuarto oscuro, así es, ha sido una visita
corta, ojalá él no…, bajo la escalera, pero no puedo marcharme sin despedirme,
sí puedo, ¿es porque tengo miedo? No va a ser una huida, sino una despedida,
¿debo llamar a la puerta o entrar sin más? Llamo, ya no estoy en mi casa, no
contesta, entonces me voy, tiene que haberme oído, si no ha salido al jardín.
Abrió la puerta. Su
padre estaba sentado en el sillón de respaldo alto, mirándolo.
—Vengo a
despedirme.
—¿Te marchas?
—Sí.
—No es como me lo
había imaginado.
—Lo mismo digo.
—Ojalá te
comprendiera.
No contestó.
—Me puse muy
contento cuando escribiste diciendo que ibas a venir.
—Siento que haya
acabado así.
—¿De verdad lo
sientes?
—¿Qué quieres
decir?
—¿Lo sientes
realmente?
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—Ya te lo he dicho.
No quería luchar contra ti, ni siquiera quería tener razón sobre ti. Dime una
cosa, padre, imagínate que no fuera tu hijo, imagínate que fuera un conocido y
que hubieras sabido de mí lo mismo que sabes ahora, ¿te habría hecho ilusión volver
a verme? ¿Alojarme en tu casa?
—Evidentemente no
habría sido lo mismo.
—Así es. Y si tú
solo hubieras sido mi semejante en lugar de mi padre, no habría venido a verte.
¿No significa esto que lo que nos une no es más que una convención? Somos padre
e hijo, y por tanto estamos obligados a mostrarnos afecto mutuamente, si no lo
hacemos, nos invade el sentimiento de culpa. ¿Pero por qué? ¿Existe alguna
razón para creer que el afecto es algo genético? No nos exigimos a nosotros
mismos sentir afecto por un vecino o un compañero de trabajo. No sé si
entiendes lo que quiero decir.
—Sí. Conque es así
como lo ves. Una convención. Que Dios te perdone esas palabras, Gabriel. Algún
día te darás cuenta de lo equivocado que estás.
—Siempre has dicho
eso, desde que tengo uso de razón te recuerdo diciendo algún día… Qué diferente
habría sido si no hubieras creído en Dios.
—O si tú hubieras
creído en él.
—Sí. Estamos
condenados a atormentarnos mutuamente.
—No culpes a Dios
de ello.
—A Dios no, a la
idea de un Dios, ese mito tan persistente de un poder que justifica unos actos
y puntos de vista que en el futuro serán calificados de inhumanos. Tú crees que
Dios es la meta de una fe, pero no es verdad, Dios es la fe en Dios, y por eso
Dios morirá, muere día a día.
—Estás obsesionado.
—No, no soy más que
un representante de un futuro que se niega a recibir una herencia, que se niega
a llevar a Dios sobre la espalda.
—Será mejor que te
vayas.
—Sí.
Fue hacia la
puerta. Puso la mano en el picaporte y se volvió a mirar por última vez a su
padre, que estaba sentado inmóvil en el sillón de respaldo alto, con los ojos
cerrados y las manos agarradas a los desgastados reposabrazos.
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UN CÁNTARO DE
TIEMPO
Fue en octubre o en
noviembre; debería poder recordar si las hojas se habían caído ya de los
árboles, una indicación precisa de tiempo inspira confianza, pues cómo voy a
fiarme de la parte de mi memoria que me dicta el propio suceso, si he olvidado
importantes detalles del decorado, una cosa depende de la otra, y el tiempo es
un decorado.
Lo vi justo al
salir del bosque, cuando estaba a punto de cruzar la carretera. Volví sobre mis
pasos. Él venía de la ciudad e iba camino de su casa. Llevaba el cántaro en la
mano —un cántaro de tiempo, se podría decir— y me quedé inmóvil detrás de una
piedra, escuchando el tictac del despertador. Era un hombre grande y de
movimientos pesados; llevaba un viejo abrigo que le llegaba hasta los tobillos;
me imaginé su olor, pero supongo que fue una alucinación inducida por mi
conocimiento, a través de terceros, de sus miserables condiciones de vida.
Lo seguí a una
distancia prudente…, ya sabía adónde se dirigía. Obro según mi naturaleza, mi
naturaleza de mirón: me han sucedido pocas cosas en la vida, pero he visto
mucho, mis experiencias son, en otras palabras, de segunda mano en su gran
mayoría. De modo que lo seguí, fingiendo — también ante mí mismo— que era una
casualidad el que fuera en la misma dirección que él. No hay que fijarse
objetivos demasiado claros, así uno se asegura contra las derrotas. Vi que se
desviaba de la carretera y cruzaba el campo a lo largo del arroyo; yo, por mi
parte, iba siguiendo la orilla del bosque, oculto por los matorrales, no podía
verme. Creo que un hombre que vuelve andando en solitario de la ciudad a casa
va pensando en el pasado y se siente triste, pero aliviado por haber dejado
atrás a la gente, tal vez sobre todo a los niños, porque uno no anda por ahí
impune con un despertador dentro de un cántaro de leche, el que lo hace tiene
que estar lleno de indulgencia o de desdén. Creo que iba pensando en el pasado,
tal vez —porque era un día de otoño— en que había vivido mucho para estar tan
solo. Ahora recuerdo que tenía que ser noviembre, porque si no, yo no habría
pensado en qué clase de Nochebuena puede pasar un hombre como él; yo era
todavía lo suficientemente niño como para medir la soledad de un hombre por
cómo pasa la Nochebuena —en eso se ve el papel que desempeña el tiempo—.
El hombre vivía en
un rincón de un granero medio derruido, rodeado por el bosque. Entró, pero
volvió a salir enseguida y se sentó en una banqueta. No
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había mucho que
mirar, el hombre se limitaba a estar sentado con los codos sobre las rodillas,
pensé que era tan viejo que sería capaz de seguir sentado hasta que bajara el
sol, y me pareció que tenía que ser el hombre más solitario de la tierra. Como
ya he dicho, no había mucho que mirar —un viejo sentado en una banqueta— y
estaba a punto de alejarme de allí cuando el hombre se movió. Sacó algo de un
bolsillo interior: una flauta. Se la colocó entre los labios y sopló la
melodía Ahora se miran los dos —sonaba muy bien: una canción
matutina en un bosque vespertino, tocada por un anciano sentado en una banqueta
delante de un granero medio derruido—.
Tocó la melodía dos
veces, luego se metió la flauta en el bolsillo y se levantó. Miró por entre los
troncos, una larga mirada escudriñadora, como queriendo asegurarse de que
estaba solo. Luego se puso a disertar de un modo lento y claro, como si los
árboles fueran duros de oído. Era ese tipo de discurso que se pronuncia cuando
se está a solas, palabras lanzadas al aire, digresiones aparentemente sin
sentido, alejándose de cualquier hilo conductor pensable; si yo mismo no me
hubiera servido de la naturaleza como auditorio para discursos parecidos,
supongo que lo habría privado de sentido común, pero aquello me sonaba. Se
estaba desintoxicando tras la excursión a la ciudad; hablaba de miradas tan
largas como chapiteles y convertía a sus importunadores en ratas y crías de
serpiente; era poco claro, pero elocuente — un espectáculo magnífico, mientras
el sol se ponía detrás del bosque callado, y cuando el hombre dejó de hablar,
todo quedó tan en silencio como después de una triste canción—.
De repente una
salva de aplausos rompió el silencio, y dos jóvenes salieron del bosque, los
hijos del hojalatero Ellermann. Aplaudían mientras se acercaban al viejo, que
estaba inmóvil junto a la banqueta. Se colocaron frente a él.
—Así que todavía te
queda algún chirrido dentro.
El viejo no
contestó.
—Siéntate.
Se quedó de pie. Lo
empujaron hasta la banqueta.
—¿Qué podemos hacer
con un loco como este? Tiene algún chirrido dentro, ¿no?
Uno de ellos metió
la mano en el abrigo del viejo y sacó la flauta. La sostenía entre dos dedos
mientras gritaba algo que no pude captar. El viejo dio un grito e intentó
quitársela. No fue muy astuto por su parte, su resistencia les incitó. Vi volar
la flauta por los aires dibujando una curva, para aterrizar a solo unos metros
de donde yo estaba; sonó como si hubiera chocado contra
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una piedra. Me
sentí indignado, pero no me dejé engañar, mantuve mi indignación bajo control.
Siempre lo he tenido; muchas veces la cobardía te impide actuar
precipitadamente; no en vano a menudo se considera inteligentes a las personas
cobardes. De manera que no hice nada, sino que dejé que las cosas evolucionaran
por sí solas, con independencia de mi repulsa. No oí todo lo que se dijo, pero
en cambio pude verlo todo. Uno de los hermanos entró en el granero y salió con
el cántaro de leche. Iba tapándose la nariz.
—¡Qué asco, casi
vomito!
Su hermano se rio.
Quitaron la tapa del cántaro y se inclinaron sobre él. El viejo se levantó y
gritó, pero no le hicieron caso. Era un antiguo despertador, casi tan grande
como la tapa. Hablaban y señalaban al aire.
—¡No! —gritó el
viejo—. ¡No sabéis lo que hacéis!
Lo miraron, y creo
que se lo pensaron dos veces, me inclino a concederles una cierta vacilación,
un instante de indecisión antes de claudicar ante las exigencias de su
prestigio.
—¿Crees que es su
corazón?
—Eso parece. ¿Qué
pinta crees que tendrá?
—Vamos a verlo.
Se pusieron a
desmontar el despertador mientras hablaban y se reían. Iban dejando caer las
piezas dentro del cántaro. El viejo estaba a dos pasos de ellos, inmóvil y
callado. El sol había desaparecido; había tanto silencio que podía oír los
tornillos dar contra el fondo del cántaro. Por fin acabaron.
—Pues no era gran
cosa ese corazón.
El viejo no se
movió, parecía una estatua —como si el tiempo realmente hubiese acabado, como
si su corazón se encontrara hecho pedazos en el fondo del cántaro—.
Los hermanos
parecían extrañamente inofensivos después de aquello. Intentaron prolongar su
victoria fácil con exclamaciones burlonas, pero de nada les sirvió, la victoria
se les fue de las manos, allí solo quedábamos perdedores: el viejo, los
hermanos, yo y un bosque lleno de derrotas. Se retiraron sin salvas de
aplausos, con una risa que sonaba falsa entre los troncos de los árboles.
Las voces se
perdieron, cayó el crepúsculo. Salí de mi escondite y me puse a buscar la
flauta. Creo que me vio, pero no se movió. No resultó difícil encontrarla. La
cogí y fui hacia él, yo, lo contrapuesto a los hermanos, una mano tendida.
—Está entera.
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La cogió sin decir
palabra y sin mirarla. Nunca había estado tan cerca de él; el tiempo había
arado profundos surcos en su cara. No se me ocurría nada que decirle. Sus
grandes ojos se posaron en mí. Era incómodo, me había dejado llevar por mis
sentimientos, infringiendo el primer mandamiento del mirón: Nunca te dejes ver.
Él me vio, y tal vez le serví de pobre consuelo, porque no cabe duda de que el
hombre me desdeñaba. Pero no dijo nada, y al cabo de un instante se inclinó,
cogió el cántaro y fue hacia la puerta.
Me adentré
lentamente en el bosque, por donde los árboles eran más tupidos, para que él no
viera que estaba avergonzado. Pero no creo que estuviera pensando en mí, porque
apenas había dado un par de pasos cuando se oyó un alboroto tremendo dentro del
viejo granero, un estruendo como si todo lo que había dentro de las cuatro
paredes se estuviera haciendo pedazos. Tal vez también la flauta.
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LA NOCHE DE MARDON
Todas las calles
tenían nombre de oficios, la calle del Panadero, la calle del Hojalatero, la
calle del Zapatero. Dejó la maleta en la acera mojada y sacó del bolsillo del
pecho el papel doblado. Calle del Peletero, 28. Siguió andando. Tenía una
pierna más larga que otra. Sentía frío en los pies y en la espalda. Preguntaré
al primero que vea, pero era una mujer, y tampoco preguntó a la siguiente.
Seguro que lo encontraré. Las tiendas estaban cerradas, pero aún no habían
encendido las farolas. Llegó a un puente y pensó que se había pasado, pero
siguió andando. Debajo de él sonó el pitido de un tren. Y yo que creía que era
un río, si no hubiera venido un tren, habría pensado que acababa de cruzar un
río, y nadie sabría de dónde venía yo. ¿Viene usted del otro lado del río?
Míralo, viene del otro lado del río. ¿Estaba borracho hoy el barquero? ¿Había
subido a su hija al mástil?
Llegó a un café,
una tasca, entró, se sentó en un rincón, pidió una taza de té, dejó el sombrero
encima de la maleta y se puso a esperar. No había muchos clientes; si los
colocara uno encima de otro, tripa contra tripa y espalda contra espalda, no
llegarían más que a mitad de camino hasta el techo. Cuando el dueño le llevó el
té, le preguntó por la calle del Peletero, y el hombre contestó: Siga por el
puente, pasará por delante de una casa con pinta de haberse tomado una copa de
más, luego coja la primera calle a la izquierda y después la segunda a la
derecha. No puede equivocarse.
Volvió sobre sus
pasos, cruzó el puente, vio la casa que se había tomado una copa de más, cogió
la primera calle a la izquierda, y luego la segunda a la derecha, pero no
encontró ninguna placa con el nombre de la calle, ni ningún número en la hilera
de casas idénticas de tres plantas. Entró en una de ellas, recorrió un oscuro
pasillo con tres puertas, y una anciana de pelo blanco con un delantal azul
oscuro le dijo que él vivía un piso más arriba, tiene el nombre puesto en la
puerta, pero ahora no está en casa. Subió los desgastados escalones lenta y
fatigosamente, llevo encima la carga de mis años. El chico no se encontraba en
casa, pero la puerta no estaba cerrada con llave, y entró en una fría
habitación, donde había una cama sin hacer, una mesa y dos sillas. Se sentó,
apoyó la cabeza en las manos y pensó en el largo viaje —el vagón de tren donde
el hijo de la viuda conjugaba el verbo follar sobre la maleta
polvorienta, sesenta horas sin dormir, o casi sin dormir, el minero que daba la
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lata sobre las
perversidades de Cristo y que tras cincuenta horas de viaje gritó:
Señor, en tus
manos…—… y tiró del freno de emergencia.
Oyó ruidos detrás
de él procedentes de la puerta, que se había quedado entreabierta. Ah, perdone,
dijo ella, pensaba que no…, usted tiene que ser Lender, él me dijo que usted
vendría, pero no hoy. Soy Vera Dadalavi, vivo justo enfrente, puede esperar en mi
habitación, es más caliente que esta, pero tráigase la maleta, hombre de Dios.
La siguió; la mujer
tenía en las paredes dibujos de máscaras, de pies y de manos, y poemas
recortados de periódicos fijados en el papel pintado gris con chinchetas verdes
y amarillas. Él se quitó el abrigo y se sentó de cara a la puerta. Esa es la
mano de Mardon, dijo la mujer, señalando uno de los dibujos. Le faltaba el dedo
índice. ¿Tiene hambre? No tenía hambre, solo sueño. Y cansancio. Se hundió un
poco más en la silla y cerró los ojos. ¿Cuándo volverá? No se sabe: esta noche,
mañana, cuando se haya cansado de andar y no encuentre ningún sitio donde
dormir. Las noches son cada vez más frías. Seguro que volverá.
Él miró la larga
melena rubia, la estrecha espalda, los recortes de periódico —yo también tenía
carteles, pero hace diez mil días, hombres con banderas rojas dando grandes
zancadas de continente en continente, con una hoz en la mano—. ¿Qué significaba
ese invento de las máscaras? ¿Es usted pintora? Pintora, lo que se dice
pintora…, contestó. No soy muy buena. ¿Quiere una copa de vino? Es dulce. Al
sonreír me recuerda usted a Mardon, cuénteme algo de él, de cuando era pequeño.
Supongo que era como todos los niños, contestó él, pero no era verdad, cazaba
pájaros que encerraba en su habitación con el gato, y a los once años robaba
libros de las estanterías de casa para pagarse la huida a Australia. No lo
conocía bien, prosiguió, no hablaba mucho, y yo estaba siempre muy ocupado.
¿Cómo está? ¿Qué hace? Ya está aquí. Ella se acercó a la puerta y la abrió. El
viejo (bueno, no soy tan viejo) se levantó y se frotó las palmas de las manos
en la chaqueta. Dio dos pasos hacia delante, uno corto y otro un poco más largo.
Se miraron en silencio. ¡Mardon, Mardon, qué te has hecho! Luego se dieron la
mano en silencio. Tengo la mano húmeda, pensó, qué puedo decir, yo no tengo
voz, él no tiene dedo índice, estoy llorando, Dios mío, estoy llorando. Has
llegado antes de lo previsto, dijo Mardon, pensaba que no… Se volvieron los dos
a la vez y la miraron. Los ojos de la mujer estaban llenos de lágrimas. No
puedo remediarlo, dijo ella, era tan…, después de todos estos años, ustedes se
han vuelto muy grandes. Apartaron la vista de ella y la posaron sobre la
desgastada alfombra. Digan ustedes algo, alguno de los dos, cualquier cosa.
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¿Encontraste la
casa? Sí, pero no tiene número. Los roban apenas los ponen nuevos. Seguramente
algún tipo que quiere que la gente se equivoque de casa. ¿Que roban los
letreros de los números para que la gente se equivoque? No lo sé, pero no me
extrañaría. ¿Habéis estado bebiendo vino? Sí, tu amiga ha sido muy amable…, en
tu habitación hacía mucho frío.
Se sentaron. Tengo
que salir, pensó Mardon, tengo que salir a prepararme a que haya llegado. Pobre
hombre, pobre diablo, la verruga junto a la nariz le ha crecido mucho, seguro
que tiene cáncer, morirá antes de llegar a ser feliz, me da pena, si no hubiera
sido mi padre, mi padre sentado solo en el banco del parque bajo la lluvia, mi
padre en cuclillas detrás del sillón del salón en penumbra, creías que no te
veía, mi padre encima del arcón de madera en el rincón más escondido del
desván…, las manchas casi invisibles en el suelo. Tengo que salir un momento,
no tardaré mucho, una media hora, me he olvidado de una cosa. Su padre estaba
junto a la ventana y lo vio andar a toda prisa por la calle. Si supieras lo
solo que estoy, Mardon, eres lo único que me queda. Las farolas estaban
encendidas. Pobre Mardon, le dijo Vera Dadalavi. Yo también me llamo Mardon.
¿Es verdad que lo llamó así por usted? No fue culpa mía, yo no estaba en casa.
¿Cree que volverá? Naturalmente, contestó ella, poniéndole una mano en el brazo.
Mi padre también se llamaba Mardon, dijo él. Comprendo, contestó ella con
dulzura. Siéntese. Tómese una copa de vino. Salud. Salud. Si está deprimido es
porque ha hecho un largo viaje, uno se deprime fácilmente después de un viaje
tan largo, pero se le pasará. ¿Está seguro de que no tiene hambre?
Cuando volvió, las
copas y la botella estaban vacías. Aquí estoy, dijo, antes de descubrir que su
padre no estaba. ¿Dónde está? En el servicio. Has estado bebiendo, Mardon.
Ahora viene, pórtate bien con él, Mardon, es de los que se pueden aplastar
entre dos uñas. Qué baño tan raro, dijo el padre, parecía haber estado
riéndose. ¿Verdad que sí?, dijo Mardon. Ven, vamos a celebrarlo, dijo, sacando
una botella del bolsillo del abrigo. Nunca hemos bebido juntos, dijo el padre.
Haz memoria, dijo Mardon, aquel restaurante detrás de la Plaza, ¿cómo se
llamaba? Después del entierro, yo tenía frío por dentro, un restaurante pequeño
con gamos en las paredes. Nos bebimos dos copas cada uno. ¿Te acuerdas? No, no
me acuerdo. Supongo que tenía bastante en que pensar. He olvidado muchas cosas.
¿Gamos en las paredes, dices? Sí, estuve allí después, cuando me hice lo
suficientemente mayor como para ir solo, entonces habían cambiado los animales
por un papel pintado que imitaba al ladrillo, y detrás de la barra había una chica
joven con los ojos más claros que he visto en mi vida —como si hubiese emergido
directamente del
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mar—. Era
inusualmente hermosa, es decir, de la barra hacia arriba, el resto del cuerpo
lo tenía muerto. Estaba sentada en una banqueta alta con ruedas, y se decía que
la había atropellado un vehículo oruga. ¿Qué pasa? Nada, contestó el padre,
nada. ¿Tiene algo en contra de que lo dibuje?, preguntó Vera. En absoluto,
adelante, pero he de encontrar un sitio para…, ¿hay un hotel por aquí cerca? Ni
hablar, te quedarás en mi habitación, faltaría más. No es ninguna maravilla,
nunca me he ocupado de acondicionarla, pero tengo sábanas limpias. Voy a hacer
la cama, así estará hecha. No tardo nada. No quiero que te molestes…, pero
Mardon ya había salido por la puerta. Desaparece con cualquier pretexto, como
si yo fuera un leproso, no debería haber venido. ¿Se ha fijado usted en que
casi todos los seres humanos nos parecemos a un coche?, preguntó Vera. No.
Usted se parece a un Ford. Yo me parezco a un Volkswagen. Voy a ayudar a Mardon
a hacer la cama, dijo él, levantándose de repente. La puerta estaba entornada y
la abrió del todo. Mardon estaba tumbado en la cama mirando al techo. Me he
mareado de repente, dijo. Se me pasará enseguida. Se levantó. No está mareado,
se ha tumbado para matar el tiempo, no sabe cómo hacer pasar los minutos. Solo
me quedaré esta noche, dijo, y Mardon preguntó: ¿Por qué? No contestó, y Mardon
pensó: Sí que me da pena, ¿por qué me da pena? ¿Y por qué, si me da pena, no
puedo tratarlo bien? No debería ocupar tu cama…, ¿dónde vas a dormir tú? En la
habitación de Vera. Así que era eso. Abrió una puerta en la pared y sacó ropa
de cama limpia. Soy su hijo, y por eso cree que tiene que quererme. Pobre
maldito cojo, no se tiene un hijo impunemente. Me gustaría saber qué haría si
empezara a llamarle Mardon. ¿Me ayudas con la funda del edredón, Mardon el
Grande? Deja que te ayude, dijo el padre, mirando fijamente la mano de Mardon.
¿Qué te pasó en el dedo? Tuve una infección…, nada importante. Bueno, ya está.
Se las puede arreglar uno perfectamente sin un dedo, y más sin el dedo índice.
¿Volvemos?
Vera se había atado
la larga melena rubia con una cinta marrón. Ajá, de modo que se acuestan
juntos, pensó el padre. Ella le lleva al menos diez años. Yo me he acostado con
demasiadas pocas mujeres en mi vida, con casi ninguna, no me atrevía, me
asustaban, yo lo llamaba tener ética, algún nombre hay que poner a las
debilidades de uno, así que por qué no ética, ahora entiendo lo que quiere
decir ética. ¿Cómo están los vecinos?, preguntó Mardon. ¿Martens, por ejemplo?
Ha muerto, ¿no lo sabías? Gracias a Dios, dijo Mardon, y su padre dijo pero qué
dices. He de confesar, dijo Mardon, que hay algunas personas a las que he
deseado ver a diez pies bajo tierra…, una de esas personas es Martens, y ahora
está allí. Salud. ¿Pero qué dices? ¿Qué te
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hizo? Se chivaba y
mentía sobre mí, tú deberías saberlo… y una vez…, bueno, lo mismo da. Martens y
la señora Bauske eran de la misma ralea, pero ella no ha muerto, ¿verdad que
no? Murió hace medio año de cáncer. Tienes que perdonarme, pero no puedo decir
que lo lamente. ¿Qué quieres decir, preguntó el padre, con que yo debería saber
que Martens mentía sobre ti? No he querido decir exactamente eso, no digo que
tú supieras que él mentía, pero cuando él se chivaba de mí, tú me castigabas,
sin saber si era verdad lo que decía. Si eso es verdad…, dijo el padre, mirando
la alfombra debajo de la silla… Mardon se levantó, le dio la espalda y pensó:
No debería haberlo dicho, tengo la mala costumbre de hurgar en el pasado, no he
pretendido…, si al menos hubiera sido mi intención herirle… Me desprecia, pensó
el padre, si no, no me habría dicho eso. Lo ha llevado dentro todos estos años,
y ahora me manda de nuevo a casa, cargando con ello. Tengo que decir algo,
pensó Mardon, ¿qué puedo decir? ¿Que no le guardo rencor? Esas cosas no se
dicen, yo no las digo. No creas que te guardo rencor, si hubiera sido así, no
te lo habría dicho. Sé, contestó el padre, que no he sido un buen padre para
ti. Por qué no dejamos, dijo Mardon, de ser padre e hijo. Por qué no podemos
ser simplemente personas, así no tenemos que pensar que deberíamos ser
infalibles. Si no te llamaras Mardon, te pediría permiso para llamarte por tu
nombre. ¿Por qué no Mardon?, preguntó el padre. Porque eso, contestó Mardon,
sería como hablarme a mí mismo. Vera se echó a reír. No es motivo de risa,
Vera. Imagínate que todos fuéramos solo seres humanos, no parientes, con los
que uno considera tener determinados derechos y deberes, quiero decir. Debe de
ser la idea que Jesucristo tenía en mente al llamar a su madre mujer. Salud,
hombre. El padre levantó la copa. Por lo menos tengo que impedir que se beba la
botella entera él solo. Salud, Mardon. Qué graciosos sois, dijo Vera. No le
hagas caso, dijo Mardon, solo con ver a un niño bizco se le saltan las
lágrimas. El padre bajó la vista. No destaca exactamente por su tacto. Así que
no le gusta llamarse como yo. Mardon Lender segundo, y Mardon Lender tercero.
¿Te has sentido alguna vez incómodo por llamarte igual que tu abuelo y que yo?
Mardon lo miró. Claro que sí. Ya que lo preguntas, he de confesar que a menudo
me he preguntado qué es lo que hace a los padres poner a sus hijos el nombre de
su progenitor. Las dos razones más a mano son, claro está, bueno, no te lo
tomes a mal, que el padre, con o sin razón, se tiene a sí mismo en muy alta
estima. O que la madre tal vez no esté del todo segura de que el niño es hijo
de su marido. No hables así de tu madre, dijo el padre, enderezándose en la
silla. ¿Por qué no? Porque… Se levantó. Dejemos ya ese tema. No estoy… No estoy
acostumbrado a beber. Si
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no te importa, me
gustaría acostarme…, ha sido un día muy largo. Cogió la maleta y el abrigo.
Claro que sí. Espero que duermas bien. Seguro. Buenas noches.
Mardon oyó los
irregulares pasos de su padre por el pasillo y se miró el trozo de dedo. El
padre encendió la luz y cerró la puerta tras él. Dejó el abrigo encima de la
cama, soltó la maleta y se quedó mirando el cuarto desnudo y frío. ¿No te da
pena?, preguntó Vera. Sí, contestó Mardon, sin dejar de mirarse el trozo de
dedo índice. El padre se acercó a la ventana y bajó una persiana agujereada con
el dibujo de una niña sentada en la hierba bajo un gran árbol. ¿No quieres ir a
verlo?, le preguntó Vera. No contestó. El padre miró a la niña en la hierba y
pensó que si su hijo supiera lo que significa tener ya casi toda la vida a las
espaldas… No tengo tiempo de esperar en vano. Mardon se llenó la copa y bebió.
Sabía que sería así, lo sabía. ¿Qué puedo hacer, Vera? Ve a su habitación y
dile algo, algo que le haga sentirse bien, no sé qué, cualquier cosa, lo que le
dirías si supieras que iba a morir esta noche, la mentira más grande que te
puedas imaginar por ejemplo, así sabrás que no volverá a su casa más pobre de
lo que ha venido. Mardon se volvió y la miró. El padre se acercó a la maleta,
la puso encima de la mesa y la abrió. Deslizó los dedos por los dos primeros
álbumes. Solo digo lo que siento, y sin embargo, tengo remordimientos. ¿Por
qué, Vera? ¿Puedes explicármelo? Tú mismo has dicho, Mardon, que los
remordimientos son la puerta al subconsciente, a lo olvidado. El padre sacó los
álbumes de la maleta y abrió uno de ellos. Mardon, cinco años. Mardon en el
jardín de la abuela. Mardon en la playa. Mardon en su primer día de colegio.
Debería haber omitido el nombre. Verano de 1948. Dios mío, ahí está Martens,
justo detrás de él, con una mano en mi hombro, no éramos tan buenos amigos.
Mardon se levantó. Voy a ir a preguntarle si necesita algo. El padre arrancó la
foto y se la metió en el bolsillo. Llamaron a la puerta. Adelante. Solo quería
preguntarte si necesitas algo. Cerró la puerta tras él. ¿Qué tienes ahí? Ah,
una cosa que he traído, pensé que tal vez te… Los hice al principio para mí, lo
verás por lo que escribí, pero si quieres…, son tu infancia. Cerró el álbum y
retrocedió un paso. Cuando pienso, pensó Vera, que Dios no existe… Claro que
sí, dijo Mardon, claro que los quiero, muchísimas gracias, padre, gracias. Vera
se quitó el collar de guisantes secos pintados y lo dejó en el platillo de
cristal que tenía junto al gran despertador verde. No recuerdo haber visto
nunca estas fotos, dijo Mardon. Si hay algunas que no te interesan, puedes
quitarlas. Vera levantó la cabeza y se miró en el espejo. Oh, Dios mío. Muchas
gracias, padre. Lo había llamado padre. Lo he llamado padre, no puede pedirme
más.
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Había dicho padre.
Mi chico, mi hijo. Ella se quitó la cinta marrón y sacudió la melena, separó un
poco los pies, cogió el cepillo del pelo, se miró a los ojos, pasó la lengua
por la parte de atrás de los dientes de arriba, levantó el cepillo, se fijó en
una espinilla que tenía debajo de la comisura izquierda de los labios, dejó el
cepillo, adelantó la barbilla, colocó los dedos índice a ambos lados del punto
negro y apretó de tal manera que la espinilla salió serpenteándose por el poro,
la cogió con una uña, oyó pasos por el pasillo, se limpió la grasa blanca en la
falda, cogió la borla de los polvos, vio que la puerta se abría y que Mardon
entraba con dos álbumes de fotos bajo el brazo. El padre se puso a desnudarse
bajo la bombilla desnuda. Le han hecho ilusión los álbumes. Era evidente, lo
que pasa es que le cuesta mucho mostrar sus sentimientos, eso lo ha heredado de
mí. Así que bebimos juntos después del entierro, se me había olvidado, debió de
significar mucho para él. Mardon tiró los álbumes sobre el sofá. Mi pasado, una
cariñosa advertencia sin segundas intenciones, claro. Míralo. Ella lo miró. El
padre se puso el pijama encima de la ropa interior, apagó la luz y se acostó.
Se quedó mirando la cruz de los cristales tras la persiana un buen rato. Dentro
de tres días habrá luna llena. Ahora están mirando los álbumes. No voy a poder
dormir. Cada vez que abría los ojos miraba fijamente la cruz. Al menos te has
ahorrado los años cortos, María, los años cortos y las noches largas. No te dio
tiempo a tener miedo a la muerte, miedo no, no quiero decir miedo. Mardon… El
corazón le latía más deprisa, aunque sabía que no eran más que imaginaciones
suyas: nadie había susurrado su nombre. Puedo abrir los ojos cuando quiera…,
también puedo encender la luz. No es necesario, basta con pensar en otra cosa.
Estoy en mis cabales. Están hojeando los álbumes. O tal vez estén haciendo el
amor. Yo la habría preferido un poco más llenita, no tan esbelta, cada cual
tiene su gusto, no es que la hubiera rechazado, pero si hubiera sido uno de
esos oficiales alemanes que tenían a las mujeres alineadas ante ellos, libres
de señalar —con la fusta— a la que querían, yo habría escogido a una bajita,
algo llenita y con cara de estar asustada. Habría…, no, no es verdad, uno
piensa lo que uno no hace, lo que no es capaz de hacer. Si yo soy un cerdo,
todos son unos cerdos. No he hecho nada de lo que me arrepienta, lo único de lo
que me arrepiento es de lo que no he hecho. Podría haber tenido tanto a la
señora Karm como a Charlotte, al menos a la señora Karm, ella lo quería por
encima de todo, y Charlotte también. Seis o siete putas y María, eso es todo, y
las putas solo cuando había bebido lo bastante como para armarme de valor. Ni
siquiera recuerdo el aspecto que tenían. Solo María. Mardon… Abrió los ojos y
dejó vagar la mirada desde la cruz detrás de la persiana hasta el pequeño punto
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luminoso de la
puerta. No, claro que no. La habitación tiene que ser más grande de lo que
parece, al menos cuatro metros por tres, pero ahora, en la oscuridad, parece
mucho más… Podríamos haber jugado una partida de ajedrez, aunque supongo que él
no juega… Podría encender la luz solo para ver cómo es en realidad el cuarto.
No recuerdo que hubiera ninguna estufa, pero no puede ser, no puede uno
apañárselas sin una estufa, pronto llegará el invierno. Debería tener algún
cuadro en las paredes. Qué invento tan raro clavar dibujos de manos y máscaras,
por lo menos tiene cien. Ah, sí, con que me parezco a un Ford. Intentó recordar
qué aspecto tenía un Ford. Vera puso una manta sobre el colchón hinchable.
Digas lo que digas, no puedo dejar de sentir lástima por él. Yo tampoco, a la
vez que deseo que estuviera muerto. Me hace sentir alguna estúpida —cómo lo
llamaría— obligación. Como si estuviera en deuda con él. Además, hay algo
repulsivo en ese hombre, físicamente, quiero decir, y soy incapaz de pensar en
la noche en la que fui concebido —y apuesto lo que sea a que era noche cerrada—
sin que se me revuelvan las entrañas. Vera lo miró sorprendida. El padre oyó
una puerta que se abría y se cerraba, y un poco más tarde descubrió que el
punto luminoso ya no estaba. Escuchó, pero solo oyó su propio corazón. Late más
deprisa de lo que debe. Qué extraño, dijo Vera. ¿Quiere decir eso, dijo Mardon,
que eres capaz de pensar en la vida sexual de tus padres sin sentir, cómo lo
expresaría, malestar? Ya lo creo. El padre se incorporó en la cama y escuchó.
Es el silencio lo que lo provoca. Fueron los japoneses, ¿no?, los que
construyeron cuartos insonorizados —celdas— de un formato muy especial, para
volver loca a la gente. No es probable —al menos los techos tendrían que ser
muy altos—. El corazón no me late muy deprisa porque tenga miedo, sino al revés
—he hecho un viaje demasiado largo, no he aguantado el esfuerzo, y el miedo no
es sino un resultado natural de que el corazón…—. Volvió a acostarse, mirando
hacia la pared. Alargó la mano y palpó el papel pintado. Pues sí, tenía que ser
una habitación de techo muy alto, por ejemplo, de dos por dos y diez metros de
alto…, y sin un solo sonido. Podría escribir una nota y marcharme, explicarle
que no consigo dormir, que solo quería saludarlo, que echo de menos mi casa,
que sufro de insomnio, que soy mayor de lo que pensaba, él lo entenderá, en el
fondo se sentirá aliviado, no me necesita, y yo no necesito a nadie que no me
necesite. Podré morirme sin que nadie me llore. Podría escribir que estoy
agradecido porque me recibió amablemente y que en realidad no era mi intención
quedarme a dormir, pero no quise rechazar tu oferta, mas no logro dormirme y el
tren sale temprano mañana por la mañana. Quería verte, y te he visto. Tengo que
volver al lugar donde
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pertenezco, donde
están mis cosas, así es hacerse viejo, así es saber que pronto estarás acabado.
Cuando era joven, pensaba que la muerte parecería cada vez menos aterradora
conforme te ibas haciendo mayor, simplemente porque ya estabas cansado y porque
tenía que ser así para poderlo soportar, pero no es verdad, es mentira. Tal vez
no lo sea para todo el mundo, para los que se han aprovechado de todo, los que
nunca han dejado escapar ninguna oportunidad, de modo que si tuviera que darte
un consejo, Mardon, te diría: nunca dejes escapar ninguna oportunidad,
aprovecha lo que se te ofrece, incluso si se te acusara de ser desconsiderado;
si eres lo que se llama un hombre considerado acabarás como un hombre de
mediana edad y luego un hombre viejo en un desván. Me viste, oh, dios mío, se
me había olvidado, cómo he podido olvidar algo así. Tal vez eras demasiado
pequeño para entender, pero me viste aquella tarde en el desván. Retiró la mano
y se incorporó otra vez, vio la cruz detrás de la persiana, notó las palpitaciones
de su corazón y el rubor quemarle las mejillas y la frente, se levantó, palpó
la pared en busca del interruptor de la luz, no lo encontró, pero estaba allí,
o tal vez al otro lado de la puerta, no, tranquilízate, tiene que estar en
alguna parte, pero no lo encontró. Se acercó a la ventana y tiró de la
persiana. Primero se movió desganada, luego se le escapó de la mano
enrollándose con un traqueteo que le disparó una columna de temor ardiente
dentro. Por un instante se quedó como congelado y pegado al suelo, luego apoyó
las manos en el alféizar de la ventana y la cabeza en el travesaño del centro.
Apenas la recuerdo, dijo Mardon, aunque vivió hasta que yo cumplí quince años.
No ha dejado huellas —o acaso solo huellas ocultas—. No tenía ningún poder sobre
mí, si entiendes lo que quiero decir. Vaciló un poco, y dijo: Creo que aquellos
que recuerdan tienen más control sobre su vida. Estas fotos no me dicen
prácticamente nada. Podría hablarte de un seto con bayas blancas que estallaban
cuando las apretaba, o de los polvorientos hierbajos al lado izquierdo del
camino del colegio; esos son mis recuerdos. Y de mi padre, pero eso sería más
adelante. Una vez lo vi masturbarse en el desván. Tuvo que ser antes de morir
mi madre. Me gustaría saber cómo reaccioné entonces. Más tarde eso lo ha hecho
en cierto modo más humano, dándole una nueva dimensión, si entiendes lo que
quiero decir. Él no me vio, si me hubiera visto todo habría sido mucho más
difícil. Y un día —lo recuerdo especialmente bien— lo vi sentado en un banco
bajo la lluvia, solo. Hice como si no lo hubiera visto. ¿Por qué un hombre está
sentado en un banco bajo la lluvia, a menos de trescientos metros de su casa?
Ella no contestó. El padre se enderezó y se volvió hacia la habitación. Se
acercó a la puerta, encontró el
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interruptor y lo
giró. Luego volvió a la ventana y bajó la persiana, sin mirar a la niña en la
hierba. Se quitó el pijama y se vistió deprisa, como si no tuviera tiempo que
perder. A continuación metió el pijama en la maleta y la cerró. Luego se quedó
de pie, con la mirada perdida, como si de todos modos tuviera tiempo de sobra.
Mardon encendió un cigarrillo y dijo: En realidad no podemos evitar ser quienes
somos, ¿verdad? Estamos completamente a merced de nuestro pasado, ¿no es así?,
nunca hemos creado nuestro propio pasado. Somos flechas disparadas del vientre
de nuestra madre, y aterrizamos en un cementerio. ¿Qué importancia tiene
entonces —en el momento de aterrizar— si hemos volado bajo o alto? ¿O hasta
dónde hemos volado o a cuántos hemos herido en el camino? Eso, dijo Vera, no
puede ser toda la verdad. Entonces muéstrame el resto de ella. El padre abrió
la cartera y sacó el recibo azul claro de la agencia de viajes, se sentó y se
puso a escribir en el reverso, que estaba en blanco. Querido Mardon: Vuelvo a
casa en el tren que sale dentro de unas horas. Tenía muchas ganas de volver a
verte, y me alegro de haber venido. Pero soy más viejo de lo que pensaba, y el
largo viaje me ha dejado muy cansado. Si al menos hubiera logrado dormir…, pero
había olvidado el efecto que tienen en mí las habitaciones extrañas, y mi
corazón no es tan fuerte como antes. Estoy seguro de que me entenderás. Que te
vaya todo muy bien, chico. Con cariño, tu padre. Dejó la carta encima de la
mesa, luego se acercó a la puerta, apagó la luz y abrió con cuidado. El pasillo
estaba oscuro. Volvió a cerrar la puerta y encendió la luz. Tal vez no se hayan
dormido. Empujó la puerta hasta abrirla del todo, de manera que la luz de la
habitación iluminara la escalera. Oía un murmullo lejano y difuso. Sí, sí, da
pena, lo sé. Pero entonces finge un poco de amor, aunque solo sea por un día,
no solo por él, también por ti. Empezó a deslizarse por el pasillo hacia la
escalera. ¿Fingir amor? Parece muy sencillo. Se agarró al pasamanos con la mano
derecha. El pasillo de la planta baja estaba a oscuras. Cuando me dio los
álbumes lo llamé padre. Pude ver lo feliz que se sintió, y entonces lo odié.
¿Qué me ha hecho él para que ni siquiera pueda soportar que se sienta feliz por
algo que yo le diga? Andaba despacio…, cada vez estaba más oscuro. A cada paso
que daba era como si dejara atrás un yugo. Iba tanteando todo el rato para
encontrar el interruptor, abrió la puerta del portal, voy camino de casa. ¿O
qué le has hecho tú a él?, preguntó Vera. Ella había apagado la luz y estaba
tumbada en el colchón hinchable, con las manos debajo de la mejilla. ¿Qué
quieres decir? Solo que suele ser el deudor el que odia a su acreedor, no al
revés. Andaba sonriente por en medio de la tranquila calle, entre los portales
sin número, robados, eso dicen, dentro de dos días estaré en casa, voy
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camino de casa.
Recuerdo, dijo ella, que en una ocasión una persona me hizo un gran favor.
Debería haberle dado las gracias, se las debía, eso me parecía, pero no lo
hice, lo aplacé hasta que me pareció demasiado tarde, y un día me enteré de que
había muerto. ¿Adivinas lo que sentí? Alivio. Pero no vine por aquí, veamos,
vine por el este, más vale salir de estas callejuelas, nunca se sabe lo que
puede ocurrir, un gato negro significa suerte. No soy supersticioso. Dios sabe
adónde llegaré. Este lugar tiene muy mala pinta…, más vale andar por en medio
de la calle. Nunca he estado aquí. ¿Por qué creo que vine por el este… y en ese
caso, dónde está el este, en mitad de la noche? Bueno, tengo mucho tiempo,
puedo ir hacia el oeste, pues antes o después me toparé con algo que no sean
gatos negros. Dime qué puedo hacer, dijo Mardon. Ella no contestó. Estaba
llorando. ¿Por qué lloras, Vera? Oyó pasos detrás de él. Echó a andar más
deprisa, quería volverse, no lo hizo, subió a la acera izquierda. ¿Qué piensa
este que estoy haciendo aquí tan tarde, con una maleta por en medio de la
calle? Mardon se arrodilló junto al colchón hinchable. Dime por qué lloras,
Vera. Le pareció que los pasos se estaban acercando. Miró hacia atrás, pero no
había nadie, y cuando se detuvo, los pasos se acallaron. Dio la vuelta y volvió
por el mismo camino por el que había llegado, y enseguida oyó de nuevo los
pasos. Estoy acompañado por mí mismo. Mardon le acarició la mejilla húmeda.
Cuéntamelo, Vera. Ella levantó la cabeza y lo miró. Soy tonta, eso es todo,
dijo. Él apenas podía distinguir sus facciones. Procura que pase unos días
agradables, Mardon. Sí. Puso su mejilla junto a la de ella y cerró los ojos. El
padre entró en la ancha calle comercial y giró hacia la izquierda, hacia la
estación de ferrocarril.
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NADA POR NADA
Ingrid tenía
aquella distancia en la mirada que a él no le gustaba, porque lo excluía. Se
había sentido a gusto, pero ya no era así.
Miró hacia la mesa
en la que estaba sentado el matrimonio alemán. Él es mucho mayor que ella,
pensó. Ella no es mucho mayor que yo. Está estupenda.
Se volvió hacia
Ingrid, pero ella solo tenía ojos para el baile en corro delante de la barra.
La mayor parte de los bailarines eran griegos, los pocos turistas que se habían
atrevido a salir estaban medio borrachos o más, y casi todos eran mujeres.
—Fingen que es algo
improvisado —dijo él, porque había oído decir en el hotel que no lo era.
—Relájate —dijo
Ingrid.
—Lo intento.
—No seas tan
negativo —dijo ella—. ¿No ves que la gente se está divirtiendo?
—Exactamente.
—No hay nada malo
en pasárselo bien, ¿no?
—No se dan cuenta
de que todo está preparado de antemano.
Ingrid se encogió
de hombros y no contestó.
La mujer alemana lo
miró de repente con una sonrisa. Era una sonrisa normal, amable, y él se la
devolvió.
—¿La conoces?
—preguntó Ingrid.
—¿A quién?
—A la mujer a la
que has sonreído.
—No, no la conozco.
Se hospedan en el hotel.
—¿Por qué has
preguntado «a quién»?
—Porque no sabía a
quien te estabas refiriendo.
—Vaya por Dios.
Él no contestó.
—Me apetece
un ouzo —dijo Ingrid.
—No, esta noche no.
¿No recuerdas lo mal que lo pasaste antes de ayer? —Fue porque había comido
marisco. Ella llamó al camarero y se lo pidió.
El ambiente del
local se iba caldeando.
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La mujer alemana
volvió a mirarlo. No sonrió. Él vio que Ingrid estaba absorta en el baile.
Levantó la copa, la mujer alemana hizo lo mismo. Seguía sin sonreír. Él desvió
la mirada.
Se quedó
reflexionando. Al cabo de un rato se dijo: No hay nadie que sepa lo que estoy
pensando. Imagina que Ingrid supiera lo que estoy pensando en este momento.
Ingrid dijo: Quiero
bailar.
Él se limitó a
asentir con la cabeza, estaba lejos de ella.
Ella se colocó
entre dos griegos. Claro, pensó él, claro que sí.
Miró a la mujer
alemana. Luego miró a su marido y volvió a pensar: Él es mayor que ella. Y yo
soy más joven que ella. Y ella me está mirando. Yo la miro a ella, y si Ingrid
se da cuenta mejor, no le viene mal tener algo en que pensar. Miró de nuevo a
la mujer, esperando que ella lo mirara a él, y cuando lo hizo, él levantó la
copa y pensó: Que lo vea. La mujer alemana también levantó la copa: no sonrió.
A lo mejor tiene cinco años más que yo, pensó él. Luego miró a Ingrid, vio que
sonreía al griego de su izquierda; era joven y guapo. Ya, ya, pensó él. La
mujer alemana lo miró sin sonreír, pero durante mucho rato. Él clavó la mirada
en la suya, sin sonreír. Si Ingrid puede, pensó, también puedo yo. Él la miró y
ella miró al griego y le sonrió. Luego él miró al alemán. Tiene al menos diez
años más que ella, pensó, no creo que sea algo que a ella le agrade, a él
tampoco, aunque estará muy orgulloso de tener una mujer guapa y diez años más
joven que él, pero supongo que eso crea problemas.
Ingrid bailaba y
sonreía al joven y guapo griego. Tiene al menos cinco años menos que ella,
pensó, y ella siempre ha dicho que solo le gustan los hombres que como mínimo
tienen su misma edad. Luego pensó: Pero yo siempre he dicho que nunca me
interesaría por una mujer mayor que yo.
Bebió y fue al
servicio, tuvo que atravesar dos puertas antes de dar con él. Al salir, se
encontró con la mujer alemana. Él se detuvo, ella también. Se besaron sin
mediar palabra. Luego ella se soltó y prosiguió su camino. Él se metió la mano
en el bolsillo y volvió a la mesa. Ingrid miró al joven griego, le dijo algo y
se echó a reír. Está ligando, pensó.
Al poco rato fue a
sentarse, sonriente, contenta y acalorada.
—Ya veo que te
estás divirtiendo —dijo él.
—Sí, ha estado muy
bien.
—Pues sí, no se
acaba el mundo por eso —dijo él.
Ella lo miró.
—Desde luego eso
sería demasiado estúpido —respondió ella.
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Ella lo miró y
dijo:
—Pero nunca se
sabe.
La mujer alemana
volvió del servicio y lo miró.
Ella sí que ha
mordido el anzuelo, pensó él.
Ingrid llamó al
camarero y le pidió un ouzo.
—Espero que sepas
lo que haces —dijo él.
Ella no contestó.
Él miró a la mujer
alemana y sus miradas se cruzaron.
Se echó vino blanco
en la copa.
El camarero llegó
con el ouzo.
Ahora le toca ir
primero a ella al servicio, pensó él.
—¿No quieres
bailar? —le preguntó Ingrid. —¿Y estropearte la diversión? —dijo él. —Vaya por
Dios, ¿quieres que nos vayamos? —No, ¿por qué? Yo estoy muy bien. —No te oigo.
—Estoy muy bien.
—Me alegro. Salud.
Me ha besado, pensó
él. La miró, ella estaba hablando con su marido; él le sonreía mientras le
hablaba. Ella lo engaña, pensó.
—Entonces tendré
que bailar sola —dijo Ingrid.
—¿Sola?
Ella se levantó y
se colocó entre dos griegos, no los de antes, sino uno de su misma edad y otro
mayor. La siguió con la mirada durante un rato, sin ver nada que pudiera
justificar sus pensamientos, luego miró a la mujer alemana, hasta que sus
miradas se cruzaron. Ella le hizo un movimiento con la cabeza que él no supo
interpretar. Luego se levantó y se acercó a él.
—Gehen wir mal
spazieren? —dijo.
Él no entendió.
—You speak
English?
—Yes?
—You take me
with you for a walk?
—Yes…, no…, my
wife…
—You are not
free?
—No, my wife…
—I see. Why did
you kiss me then?
—I… —Notó
que se estaba ruborizando, no sabía qué decir.
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Él dio un trago. No
sabía dónde mirar. Dio otro trago. Miró el mantel blanco lleno de manchas.
Encendió un cigarrillo, y se puso a mirar a los que bailaban, sin ver. Si no
viene me iré, pensó. Vació la copa y la llenó de nuevo. Si no ha llegado cuando
me haya acabado esta copa, me iré.
Entonces llegó
ella.
—¿Qué quería?
—preguntó.
—No la entendí.
Ella lo miraba y él
se dio cuenta aunque no la estaba mirando. Ella no dijo nada más.
—Quisiera irme ya
—dijo él.
—¿Sí?
—Es decir, si te es
posible abandonar a todos tus admiradores.
—Oh, Dios.
—Aunque no pasa
nada si me voy solo.
—Por supuesto que
no.
—No creo que te
cueste nada encontrar a alguien que te acompañe al hotel.
—Claro que no, y,
por cierto, soy perfectamente capaz de encontrar el camino sola.
—Bien, entonces me
voy.
—¿Has pagado?
Él sacó la cartera
y llamó al camarero.
—¿Estás enfadado
conmigo? —preguntó ella.
Él no contestó.
—¿Estás enfadado
conmigo? —repitió ella. —¿Contigo? No. No haces más que bailar y divertirte.
—Bailar no tiene nada de malo, ¿no?
—Bailas y te
diviertes. Claro que no tiene nada de malo.
Llegó el camarero.
Él pagó. El camarero se fue.
—¿Entonces no te
importa que me quede un rato más? —preguntó ella.
—¿Importa algo lo
que yo sienta?
—No lo sé muy bien.
—Entiendo.
Ella no dijo nada
más. Él se levantó.
—Tú tienes el
dinero —dijo ella.
—¿Cuánto necesitas?
—Quiero otro ouzo.
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Él sacó la cartera
y dejó un billete de cien en la mesa. Se marchó. Salió a la oscuridad cálida y
un poco bochornosa y pensó: No se ha venido conmigo.
El hotel no estaba
lejos. Cuando hubo subido la mitad de las escaleras, se detuvo. Vuelvo solo,
antes que Ingrid, pensó. El recepcionista va a creer que ella ha encontrado a
otro, pero voy a ahorrarle ese placer.
Miró a su
alrededor. Las escaleras continuaban hacia arriba más allá de la entrada del
hotel y se perdían en la oscuridad. Siguió subiendo. Desde donde estaba podía
ver perfectamente la entrada. Alternaba sus pensamientos entre Ingrid y la
mujer alemana. Debería haberme ido con ella, pensó, así Ingrid sabría qué se
siente.
Se sentó, encendió
un cigarrillo y esperó, luego encendió otro. Veía cada vez con mayor claridad a
la mujer alemana en su interior. Joder, tanta fidelidad, pensó, así te lo
agradecen. Fidelidad a cambio de nada.
Entonces llegó
Ingrid, acompañada por el matrimonio alemán. Charlaban y se reían. De repente
pensó que podían verlo y se encogió. El alemán dejó pasar primero a las
señoras, luego desaparecieron los tres dentro del hotel.
Se quedó sentado,
tal vez hablaran un rato antes de despedirse. Y por cierto, ella recibiría su
merecido si es que empezaba a preocuparse por él.
Encendió un
cigarrillo y pensó: No diré nada. Ella puede decir lo que quiera, no voy a
contestarle.
Se levantó, bajó
las escaleras y entró en el hotel. Saludó con la cabeza al recepcionista, ahora
se lo podía permitir, ahora que llegaba el último.
Ella se estaba
haciendo la dormida, pero había dejado encendida la lámpara de la mesilla del
lado de él. Ella no sabe que yo sé a qué hora ha llegado, pensó. Ella no sabe
que yo sé que no está dormida, y yo no le diré que lo sé. Se hace la dormida
porque no quiere mostrar que acaba de llegar, quiere parecer mejor de lo que
es.
Se desnudó, apagó
la luz y se tapó con la sábana. Estuvo un rato pensando en que Ingrid se hacía
la dormida, y en la mujer alemana. La veía con toda claridad en su mente.
A la mañana
siguiente se levantó antes que Ingrid, como de costumbre.
No la despertó. Se
vistió y salió.
Hacía mucho calor,
pero desde el mar llegaba algo de aire; era tan temprano que la calina aún no
había borrado la isla llana delante de la entrada al puerto.
Dio un paseo por el
borde del muelle. Las barcas de pesca, pintadas de rojo, verde y blanco, habían
llegado ya hacía tiempo, estaban al abrigo del
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malecón con las
redes de nailon amarillo enrolladas detrás de la caja del motor.
Cruzó el estrecho
canal que unía el puerto con el Lago. En la parte oeste del Lago había tres
terrazas en fila. Se sentó en una mesa y pidió un capuchino y una tostada con
jamón. Se preguntó si Ingrid acudiría, sabía dónde encontrarlo.
Cuando acabó de
desayunar, fue al quiosco y compró una postal con el Lago. Volvió a la mesa.
Pidió una cerveza y se puso a escribir a su madre: Querida madre: En este
momento estoy sentado donde he pintado una cruz. Se dice que el Lago que ves en
la postal es muy profundo. Antiguamente se pensaba que no tenía fondo. Estoy
muy bien. Todo es muy barato, pero creo que los griegos no me gustan demasiado.
Parecen bastante primitivos. Te escribiré más adelante. Ingrid te manda
saludos. Tu Björn.
Dio la vuelta a la
postal y pintó una cruz. Luego leyó lo que había escrito, y se sintió
satisfecho. Lo que importa es decir algo con pocas palabras, pensó.
Estaba a punto de
acabarse la cerveza cuando llegó Ingrid.
—Hola. ¿Has dormido
bien?
—Estupendamente.
Ella pidió una
tortilla francesa y un té. Se puso a mirar a los adolescentes que se estaban
lanzando al mar desde el borde del muelle y dijo:
—No sé cómo se
atreven.
—¿Cómo?
—Yo no me habría
atrevido nunca a bañarme en un lugar tan profundo.
—Qué más da si
sabes nadar.
—No es lo mismo.
—Es igual de fácil
ahogarse en una profundidad de dos metros que de cien.
—No entiendes lo
que quiero decir.
Él se tragó una
respuesta irritada, y pensó: Típico de mujeres. Y eso es lo que tanto me gusta
de ella, que sea tan femenina, tan desvalida.
Puso su mano sobre
la de ella y dijo con una sonrisa, esa sonrisa que ella solía decir que le
gustaba tanto:
—Entiendo más de lo
que crees.
Ella lo miró,
escéptica, interrogante.
Él dijo:
—No debe de ser por
nada que te quiera tanto.
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PAMELA
Estaban los dos
leyendo, llevaban mucho tiempo sin decirse nada y ella de repente dijo:
—Cuando lleguemos a
Yugoslavia me compraré una de esas pamelas que no me compré el año pasado.
—¿Por qué página
vas? —preguntó él.
—Por la treinta y
tres. ¿Por qué?
—No, por nada.
Ella no dijo nada
más y siguió leyendo. Por razones que desconocía, él se acordó de repente de un
diálogo que había escuchado la noche anterior a través de la ventana abierta.
Primero una voz de hombre desde la calle: No me da la gana seguir intentando ligar
contigo. Luego una voz de mujer desde una ventana (pensó él): «¿Por qué no?
Porque nunca consigo nada. Solo eso, ni una palabra más».
Ella leía. Él tenía
el libro abierto, pero no leía; la estaba mirando. ¿Qué es lo que le ha hecho
acordarse de una pamela?, pensó.
Al cabo de un rato,
ella dejó el libro.
—Voy a hacerme un
huevo frito —dijo—. ¿Quieres uno?
—No, gracias. —A él
no le gustaban los huevos fritos.
Ella fue a la
cocina, y él aprovechó para coger el libro y abrirlo por la página treinta y
tres. No encontró nada que razonablemente pudiera dar lugar a asociaciones con
una pamela. Ni con Yugoslavia. No soy capaz de entenderla, pensó, creía que la
conocía, pero cada vez me cuesta más entenderla. Decidió leer las páginas
anteriores a la treinta y tres, tal vez la clave estuviera ahí, pero en ese
momento ella volvió a por un cigarrillo, y él dejó rápidamente el libro. Se
sentía como un mirón y pensó que ella lo había visto hojear el libro, por eso
dijo:
—¿Es emocionante?
—¿Emocionante?
Interesante.
—¿De qué trata?
—De alguien que
quiere algo diferente…, no sé cómo explicarlo…, de una mujer que cree que está
bien y a gusto, pero que sin embargo añora otra cosa. Y no sabe muy bien por
qué, pero lo cierto es que lo sabe. Bueno, los problemas que suele tener la
gente.
—¿La gente?
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—Yo no.
—Tú no.
—¿Yo no soy la
gente?
—¿Qué quieres decir
con eso? ¡Ay, el huevo frito!
Iba camino de la
cocina, de repente se volvió y cogió el libro.
Él no siguió
leyendo. ¿Qué ha querido decir con tú no?, pensó. Intentó interpretar la manera
en la que lo dijo, pero no lo consiguió. Voy a leer ese libro, pensó.
Ella volvió, se
había comido el huevo frito en la cocina; a él se le antojó como algo raro,
solía llevarse la cena al salón.
Se lo preguntó:
—¿Por qué has
cenado en la cocina?
—¿Cómo?
—Has cenado en la
cocina —dijo él.
—Sí ¿y qué?
—Sueles cenar aquí.
—¿Ah, sí? Pues no,
ceno a menudo en la cocina. ¿Qué te pasa? Sabes que ceno muchas veces en la
cocina.
Él no contestó. Se
quedó pensando, pero no entendía que ella pudiera tener razón. Sabes
que ceno muchas veces en la cocina. Eso no era verdad.
—Creo que voy a
acostarme —dijo ella.
Él la miró, sin
responder. Ella lo miró, y dijo, muy tranquila, casi sin mostrar ninguna
emoción:
—Creo que voy a
volverme loca.
—¿Qué?
—Digo que creo que
voy a volverme loca.
—Tal vez.
Ella lo miró, su
mirada se endureció, pero solo por un instante.
—Tal vez —dijo
ella.
Él la miró, su
mirada era fría y lo sabía, aunque notaba por dentro una especie de
acaloramiento e intranquilidad.
—Tal vez —repitió
él—. ¿Y en qué consiste esa locura?
Vio cómo se
levantaban sus hombros. Luego volvieron a bajar. —Buenas noches —dijo ella. Se
quedó inmóvil un instante, y se marchó. Él tenía la sensación de que ella le
estaba haciendo trampas, de que se
retiraba con una
especie de victoria. Se sentía como un perdedor y se
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enfureció. ¡Maldita
mujer! pensó ¡Qué se habrá creído! ¡Querer hacerse la interesante inventándose
de repente una locura!
Se fue
tranquilizando poco a poco, pero no del todo. Fue a la cocina y cogió una
cerveza de la nevera. Eran las diez menos cuarto. Volvió al salón, se sentó, se
levantó, se puso a pasear por la alfombra verde, parándose de vez en cuando a
beber un trago de cerveza, mientras se le ocurrían pensamientos
contradictorios. ¡Como si tuviera algo de que quejarse!, pensó. Ella quiere
algo diferente. De una mujer que cree que está bien y a gusto, pero que
sin embargo añora otra cosa. Bueno, los problemas que suele tener la gente.
Una cuestión del
mundo de sus asociaciones se había convertido de repente en algo diferente.
Algo inocente y sin importancia se había convertido en algo complicado, algo
serio. Creo que voy a volverme loca. De una manera u otra lo habrá
dicho en serio, pero ¿de qué manera?
Fue a por otra
botella de cerveza, descartó la posibilidad de que tal vez ella se hubiera
enterado de algo sobre Anne, por ejemplo, o sobre Lucy. Sería demasiado
improbable, ella no conocía a nadie de esos círculos, y él había tomado toda
clase de precauciones.
No lo entendía, se
acabó la botella y apagó las luces.
Ella estaba en la
cama leyendo. Apenas levantó la mirada antes de volver a concentrarse en el
libro. Él hizo como si nada. Pensó: Hace como si nada, bueno, me da igual, por
mí puede hacer lo que quiera.
Se acostó, apagó la
lámpara de la mesilla de noche, le dio la espalda y le dijo buenas noches.
—Buenas noches
—contestó ella.
Él no conseguía
conciliar el sueño. Al cabo de un rato se dio cuenta de que ella no pasaba las
páginas del libro. Se quedó escuchando para estar completamente seguro. En
efecto, no pasaba las páginas. Pensó que se había dormido y se estiró para
apagar la lámpara del otro lado, pero ella tenía los ojos abiertos y se
encontró con su mirada por encima del libro. Lo miró muy tranquila, sin embargo
había algo en su mirada que lo hizo sentirse inquieto, algo a la vez distante y
escrutador.
—¿Te molesta que
lea? —preguntó ella—. ¿Quieres que apague la luz? —No, no —contestó él—. Solo
pensaba que… No estás leyendo. —Claro que estoy leyendo. ¿No lo ves?
Él le arrancó el
libro de la mano y miró el número de la página. Treinta y ocho. Le devolvió el
libro, sin decir nada.
—¿Por qué has hecho
eso? —preguntó ella.
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—Has leído cinco
páginas desde que te levantaste a freír un huevo —dijo
él.
—Entremedias
pienso.
—¡Ya lo veo, ya!
—Me recuerdas a mi
padre —dijo ella. Él tardó bastante en responder, luego dijo: —Creía que él te
gustaba. —¿Eso creías? Pero lo quería.
¡Qué cosa tan rara!
¡Qué coño quería decir con eso!
—¡Ja, ja! —se rio
él y le dio la espalda.
—Mi padre jugaba
siempre a ser Dios —dijo ella—. No sé si entiendes lo que quiero decir.
—¡No! —dijo él—.
¡Ni tampoco me interesa! ¡Y ahora me gustaría dormir!
—Sí, claro. Que
duermas bien.
Una terrible ira se
apoderó de él, de repente se levantó, arrancó el edredón, la almohada y la
sábana, cerró la puerta tras sí con un gran estallido y se fue al salón. Tiró
las cosas al sofá, encendió la luz del techo y fue a pasos de gigante a la
cocina a por otra botella de cerveza. Me recuerdas a mi padre. Siempre
jugaba a ser Dios.
Un rato después fue
a por otra botella y pensó: Mañana no iré a la oficina, para que vea la que ha
liado.
Por fin se acostó y
se durmió.
Se despertó con sol
en la cara. Durante uno o dos segundos estuvo desorientado, luego se acordó de
todo.
Se levantó y entró
sin hacer ruido en el dormitorio a por su ropa, ella no se despertó. Se preparó
un sencillo desayuno, luego se metió en el coche y condujo hacia el centro. La
empresa de electricidad en la que trabajaba disponía de plazas de aparcamiento
para los niveles superiores del personal administrativo en un solar de derribo
a solo un par de minutos de la oficina, lo que había contribuido a convertirla
en un atractivo lugar de trabajo.
Tuvo una mañana muy
ajetreada y no pensó mucho en lo que había pasado, pero ya de camino a casa
todo le volvió con tanta fuerza que por un instante barajó la posibilidad de
castigarla con cenar fuera. Pero aunque opinaba que ella se lo merecía, pensó
que eso no sería más que un aplazamiento que a ella le daba ventaja. Y no
quería concederle ese placer.
Abrió la puerta de
casa, y lo que se encontró se parecía sorprendentemente a lo que solía
encontrarse. Ella se mostró amable, y la comida estaba
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preparada, chuletas
de cerdo con col estofada. Primero se sintió aliviado, luego indignado. Primero
participó en la pequeña conversación sobre temas cotidianos, luego se calló.
—¿Pasa algo?
—preguntó ella, pero no preocupada, simplemente como si hubiera dicho: ¿Quieres
más patatas?
Él decidió no
contestar. Luego dijo:
—¿Qué iba a pasar?
—Solo lo pregunto.
Y no dijeron nada
más. Después de comer fue a echarse la siesta, como hacía siempre. ¿Qué pasa?,
pensó. La sigo queriendo, ¿no?
No se durmió, pero
permaneció acostado más tiempo de lo normal. No sabía para qué se iba a
levantar.
Ella solía entrar a
despertarlo a la media hora, para que la siesta no le estropeara el sueño
nocturno. Ese día no entró.
Cuando hubo
transcurrido una hora se levantó. Ella no estaba en el salón.
Había una nota
sobre la mesa baja: Voy a dar un paseo, Eva.
Conque esas
tenemos, pensó, se ha ido a dar un paseo así sin más.
Estaba acostumbrado
a que le sirvieran café después de la siesta. Fue a la cocina y puso la
cafetera.
De repente se
acordó del libro. Quería leer lo que ella había leído. Se puso a buscarlo.
Primero en el salón, luego en el dormitorio, y al final en la cocina. No lo
encontró. Miró en los cajones, detrás de los libros de la estantería, en los
armarios de la cocina, pero sin resultado.
Se tomó dos tazas
de café. Ella no llegaba.
Dio la vuelta a la
nota de la mesa del salón y escribió: Voy a dar un paseo, Harry.
Fue a dar un paseo.
Se encaminó hacia el parque, pero cambió de idea, porque no era improbable que
Eva estuviera allí: podría pensar que la estaba buscando.
Se metió por un
callejón y fue en dirección norte. Luego anduvo al tuntún pensando en él mismo,
hasta que cayó en la cuenta de que debería haberse quedado en casa; habría
estado mucho mejor sentado impertérrito en el sofá cuando ella volviera.
Se apresuró hasta
casa.
Ella estaba
sentada en el sofá, impertérrita. Levantó la vista del libro y sonrió. Luego
siguió leyendo. Pero era otro libro, él vio enseguida que era mucho más gordo
que el que estaba leyendo la noche anterior.
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Sopesó la victoria
contra la derrota y pensó que lograría dominar la situación. Abrió el grifo del
agua fría y la dejó correr mientras se estudiaba la cara y pensaba: No tiene
motivos para quejarse…, ¡de qué coño puede quejarse! Cerró el grifo y fue a toda
prisa al salón. Dijo:
—¡Si tienes tantos
motivos de queja, puedes marcharte!
Ella lo miró,
primero interrogante, luego con esa mirada dura que había visto en ella la
noche anterior.
—¿Marcharme?
—preguntó—. ¿Qué quieres decir con eso?
—Si no estás bien
aquí, puedes marcharte, ¿no te parece?
—¿Ah, sí? ¿Puedo?
¿Adónde?
—Adonde sea.
Ella dejó el libro
abierto boca abajo, como él había aprendido que no se deben dejar los libros.
Luego dijo:
—¿Por qué no te
sientas?
—Gracias. Estoy
bien de pie.
—Por favor,
siéntate, Harry.
Él se sentó, se
miró las manos y empezó a rascarse la uña del pulgar izquierdo.
—Tenemos que hablar
—dijo ella.
Él no contestó.
—¿No podemos
hablar? —dijo ella.
—Habla.
—Hablar los
dos, Harry.
Él seguía
rascándose la uña del pulgar.
—Me siento muy
aislada, Harry. Sé lo que acordamos, pero entonces…, entonces no sabía lo que
era estar en casa todo el día. No me malinterpretes, no tengo nada en contra de
lo que hago, pero no es suficiente…, estoy en casa todo el día, y me siento…,
así que esta mañana he solicitado un trabajo y me han aceptado, he dicho que
sí, aunque puedo no cogerlo, pero he dicho que puedo empezar el día uno.
Se hizo una larga
pausa, luego él dijo:
—¿Ah, sí?
—Creo que tengo que
aceptar ese trabajo, Harry.
—¿Ah, sí? En ese
caso no tengo nada que decir al respecto, ¿no? —No entiendes nada. Tú también
te alegrarás.
—Ahora resulta que
no sé lo que me conviene, ¿es eso lo que quieres decir?
—No sabes cómo me
siento.
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—Crees que vas a
volverte loca.
Ella dijo, con una
voz que ya no era insistente, sino que tenía un timbre duro y frío que le hizo
sentirse perplejo:
—¡Ni se te ocurra
no tomarme en serio! ¡Ni se te ocurra!
Él comprendió que
se había pasado de la raya, aunque era incapaz de reconocerlo abiertamente. De
modo que no dijo nada. Pero de repente se sintió muy inseguro e intranquilo.
Se hizo un largo
silencio. Él la miró de pasada; lo último que ella había dicho aún estaba
grabado en su rostro —era una expresión agresiva y cerrada a la vez.
—¿Qué tipo de
trabajo es? —preguntó por fin.
—En los Grandes
Almacenes. —Su voz era fría e irreconciliable—. En la sección de utensilios de
cocina.
Al fin y al cabo
allí los clientes son casi todo mujeres, pensó él.
—Esto me pilla por
sorpresa —dijo él—. Habíamos llegado a un acuerdo. —Ya lo sé. Pero eso fue
entonces. Además, dijiste que mis ingresos se los
comerían los
impuestos.
—Y a ti te parecía
maravilloso ser ama de casa.
—Sí, lo creía. Los
dos nos equivocamos.
—Eso no nos hará
más ricos, si es lo que crees.
—Al menos no
seremos más pobres.
Ella hablaba como
si ya se hubiera informado, y él no insistió. Ella hablaba de otro modo, ese
tono medio interrogante detrás de sus palabras al que él estaba acostumbrado y
que tanto le gustaba había desaparecido.
De pronto supo que
había perdido. No podría impedirle que hiciera lo que quisiera. Él podía elegir
entre ser contravenido o ser complaciente de tal modo que no tuviera sensación
de derrota.
Reflexionó, luego
se levantó y dijo:
—¿Quieres una
cerveza?
—¿Ahora? No,
gracias.
Él volvió de la
cocina, dejó la botella y el vaso sobre la mesa del salón, y se quedó de pie.
—Sé que esto es
importante para ti, y sabes que siempre he querido tu bien, aunque a lo mejor
no siempre he sabido lo que realmente te convenía. Ella lo interrumpió: ¿Y yo
qué?
Él no sabía a qué
se refería, pero esa manera tan impaciente en la que lo dijo lo ofendió.
¡Estaba a punto de cumplir lo que ella tanto deseaba, y lo interrumpía de esa
manera!
Página 69
Se encogió de
hombros, luego echó cerveza en el vaso, todavía seguía de
pie.
—Perdona —dijo
ella—. Te he interrumpido.
Él bebió.
—Da lo mismo —dijo
por fin—. Lo que quería decir era que opino que debes coger ese trabajo, aunque
vas a hacerlo diga yo lo que diga.
Su mirada se
encontró con la de ella, era una mirada extraña, se sentía incapaz de
interpretarla. Miró hacia otro lado y bebió. Luego esperó, pero ella no dijo
nada. Siguió esperando, bebió otro trago, vació el vaso y volvió a llenarlo.
Por fin ella dijo,
mirándose el regazo, con una voz que tampoco supo interpretar, sonaba
extrañamente hueca, como si las palabras llegaran desde muy lejos, o casi desde
ninguna parte:
—Sabes que no lo
habría hecho si no te hubiera parecido bien.
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EL SIGNIFICADO
Ella llegó
sigilosamente a casa, no encendió la luz. Él se despertó justo cuando ella se
estaba acostando. Preguntó qué hora era. Las dos, contestó ella. Él preguntó
qué tal había estado. Bueno, contestó ella, no ha estado mal. Él necesitaba ir
al baño, se había bebido tres cervezas antes de acostarse, sobre las doce. Miró
su reloj. Eran las tres. Son las tres, dijo al volver al dormitorio. Ah, bueno,
contestó ella, dispuesta a acurrucarse junto a él. Él se apartó y dijo: Cierran
a las dos. Me acompañaron hasta casa, dijo ella, el tipo se parecía a Stalin,
bueno, no exactamente hasta casa. No quiero seguir, dijo él. No me acosté con
él, dijo ella. No quiero seguir, repitió él. No es fácil venirse directamente a
casa, dijo ella. Claro que no, contestó él. Había un tipo que quería acostarse
conmigo, pero le dije que estaba casada y entonces se marchó. ¿De verdad se lo
dijiste? Qué valiente por tu parte. No me quieres nada, dijo ella. Ahora quiero
dormir, dijo él. Todo lo que hago está mal, dijo ella. Él no contestó. No he
hecho nada malo. No, qué va, dijo él. El tipo solo intentaba mostrarse amable,
dijo ella. Claro que sí, contestó él, durante una hora. Lo que pasa es que
estás celoso, dijo ella. ¿Solo eso?, preguntó él. Ni siquiera te atreves a
preguntar si me besó, dijo ella. Así es, dijo él, o si tú le
besaste a él. No significó nada, dijo ella. Claro que no, dijo él, esas cosas
nunca significan nada, ¿qué pueden significar? Claro que no significan nada, lo
único que significa algo es… ¿Qué?, preguntó ella. Nada, nada, contestó él.
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TODO COMO ANTES
El camarero gordo
estaba en la parte de más adentro, bajo el viejo y desgastado tejado de chapa
ondulada, fumando. Eran algo más de las tres, y el termómetro detrás de su
hombro izquierdo marcaba treinta y nueve grados. Tiró la colilla y entró en el
oscuro bar donde estaba el pequeño escocés haciendo un solitario.
Carl se volvió y
vio una pequeña barca de pesca dar la vuelta por el largo y estrecho malecón.
Un poco más allá, el mar desaparecía en la neblina de calor.
Bebía la cerveza a
pequeños sorbos, ya estaba tibia. La barca desapareció y todo quedó inmóvil.
Pero solo por un
instante. Por la esquina de la estación de autobuses llegaba el pequeño Hilux
verde de Zakarias. Se detuvo y aparcó en la manchada sombra de una palmera
desgarbada. Zakarias salió y se puso a descargar cajas de vino y coca cola de
la furgoneta. El camarero gordo salió del bar y gritó algo que Carl no
entendió, Zakarias le contestó. El camarero se acercó a la furgoneta
friccionando sus gruesos muslos al andar. Entre los dos empezaron a llevar las
cajas al bar.
Cuando iban a por
más, Zakarias miró a Carl y gritó:
—Hello. Your
wife not here?
—No, she is sick.
—Se tocó la tripa para ilustrar la mentira.
—Sorry. Good
wife… OK?
—OK.
Metieron el resto
de las cajas. Volvió a hacerse el silencio.
Carl se acabó la
cerveza, dejó unas monedas en la mesa y se levantó. Se metió en el callejón
donde el tonelero tenía su taller. La sombra que daba la hilera de casas era
demasiado estrecha para cobijarlo: el sol calentaba sin piedad.
Subió por la oscura
escalera de la pensión hasta la segunda planta. La puerta de la habitación
estaba cerrada con llave. Llamó, pero Nina no contestó. Gritó su nombre,
ninguna reacción. Estaba tan seguro de encontrarla dentro que ni siquiera había
mirado si la llave colgaba en la recepción. Bajó a por ella. No estaba.
Que se vaya a la
mierda, pensó, y bajó de nuevo a la despiadada luz del sol. Volvió sobre sus
pasos. Nadie había recogido la mesa, las monedas
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seguían allí. Se
sentó fuera con la cara vuelta hacia la oscura abertura de la puerta. Se metió
las monedas en el bolsillo. El camarero gordo no apareció, y al cabo de un rato
Carl se levantó y entró en el bar, donde el gran ventilador del techo producía
un atisbo de frescor. El camarero y el escocés estaban jugando al ajedrez. Carl
pidió una cerveza y se sentó en otra mesa más adentro, debajo del tejado de
chapa ondulada donde la luz era menos penetrante. Le sorprendió que Nina fuera
capaz de hacer como si no estuviera en la habitación, no era propio de ella; y
con un repentino destello de autocrítica pensó: No la conozco.
Dio un trago de
cerveza. Me quedaré aquí, ella sabe dónde encontrarme, pensó. Voy a
emborracharme, pero poco a poco.
Bebiendo entró en
la amargura y bebiendo salió a la indiferencia, pero sin emborracharse
notablemente. El bar se fue llenando de gente, y a las cuatro y media el
camarero puso el tocadiscos, la siesta había acabado. El pequeño escocés salió
y se sentó en la mesa más cercana a la puerta.
Carl bebía
despacio, pero con premeditación.
Hoy le tocaba a él.
El día anterior le
había tocado a Nina.
Todo había empezado
muy bien. Estuvieron en Barbarossa tomando un plato de pescado y una botella de
vino blanco. Empezó y acabó el breve crepúsculo, y cayó la suave oscuridad.
Hablaron de cómo la luz salía de repente de los callejones, confluyendo sobre el
mar antes de desaparecer detrás del horizonte. Bebieron vino y se tocaron las
manos, estaban a gusto. La oscuridad se espesó en torno a ellos, pagaron y se
fueron andando hacia la vieja plaza, cogidos de la mano.
Encontraron una
mesa en una terraza y pidieron cerveza. Luego Nina quiso un raki, y después
otro. Todo iba bien; Carl tenía la intensa sensación de que estaban muy unidos.
Entonces Nina sugirió que dieran un paseo. Caminaron al tuntún por calles
estrechas y sombrías.
De repente oyeron
música de bouzouki. El sonido los condujo a una pequeña tasca. El hombre que
tocaba tendría cerca de sesenta años. Se sentaron en la única mesa que quedaba
libre y pidieron raki. En la pared de detrás de la barra había fotografías e
imágenes recortadas de periódicos del hombre que tocaba. Debe de ser conocido,
comentó Nina entusiasmada. Vació el vaso de raki e hizo señas a la flaca mujer
de detrás de la barra para que le sirviera otro. Carl se abstuvo. Y de repente
Nina ya no estaba con él. Estaba mirando a su alrededor; con esa mirada
especial, directa y a la vez lujuriosa e inocente. Se fijó en tres hombres que
estaban sentados en una
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mesa cercana a la
puerta, en los tres o en uno de ellos, él no podía saberlo. Lo que sí sabía era
que tendría que cambiar; o, si hiciera falta, acabar con ese estado de
excitación de Nina, de lo contrario, todo terminaría muy mal. Pero no podía
hacer nada, no inmediatamente. Cuando ella anunció que quería otro raki, él le
preguntó con una sonrisa —aunque bastante angustiada, bien es verdad— si
pensaba emborracharse. Estoy muy bien, contestó ella, mirando radiante al
músico y a los tres hombres junto a la puerta. Al poco rato la mujer de la
barra se acercó a rellenarles las copas, seguramente por invitación de uno de
los tres hombres. Carl dijo que no era necesario bebérsela, pero ella se la
bebió. Él hizo lo mismo; había perdido la batalla. Que acabe como quiera,
pensó, ella lo quiere así, como si se tratara de una especie de impulso. Y sin
embargo al cabo de un rato dijo que quería marcharse. ¿Estás de mal humor?,
preguntó ella, y él lo negó, porque esa palabra no describía su estado de
ánimo, se sentía triste, desconcertado, y tal vez un poco indignado. Pues eso,
bastante indignado. Era un marido abandonado delante de las narices de su
mujer, claro que estaba indignado, maldita sea. Hizo señas a la dueña, le
sonrió y pagó, también sonrió a Nina y a los músicos, no le notarían nada, todo
estaba normal, todo estaba bien. Se levantó y le preguntó si se iba con él.
¿Ahora que estamos tan a gusto?, preguntó ella. ¿Lo estamos?, preguntó él
sonriendo.
Se fue con él.
Ninguno de los dos
dijo nada. Ella iba un paso por detrás de él.
Llegaron al puerto
y Nina dijo: No pensarás irte ya al hotel, ¿no? Él contestó con una evasiva. Yo
no pienso ir al hotel, dijo ella. Solo si no bebes más raki, dijo él. Dios mío,
qué espléndido eres, dijo ella. Sí, contestó él. Entonces una cerveza, dijo
ella.
Nina eligió lugar y
mesa donde más gente había. Carl buscaba algo que decir, algo que la hiciera
volver, pero no se le ocurría nada. Con el fin de escapar a ese doloroso
silencio, fue al servicio y se tomó mucho tiempo. Cuando volvió, Nina ya había
entablado conversación con dos griegos de la mesa vecina; hablaban inglés,
hablaban de Nina —de dónde era, dónde se alojaba, hasta cuándo se quedaba—.
Eran amables, corteses. A Carl le gustaron, sobre todo el que estaba sentado
más cerca de Nina, y que era el que mejor hablaba inglés, se llamaba Nikos, era
de Atenas y estaba de vacaciones. Al cabo de un rato Nina acercó más su silla a
la de Nikos, y Carl dijo entre dientes, pero sonriendo: A lo mejor no hace
falta que te lo comas. Ella lo miró. Tienes que hablar inglés, dijo.
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Él ya no tenía nada
más que decir. Todo se desarrollaba con normalidad. Nina pidió como sin darse
cuenta más cerveza. El amigo de Nikos se marchó, y Nikos acercó su silla a la
mesa de ellos, Nina puso la mano sobre su brazo desnudo, de nuevo como sin darse
cuenta. Carl hizo como si no lo viera o, mejor dicho, como si no significara
nada, y prosiguió una conversación sobre los juicios tras la caída de la junta
de los coroneles, unos juicios que, en opinión de Nikos, habían sido una farsa
y una catástrofe. Nina lo interrumpió para preguntarle si era abogado. Nikos se
rio, puso su mano libre sobre la de ella —pero solo un instante— y dijo que
trabajaba en una compañía de seguros. Nina dijo que no lo parecía. Carl miró el
reloj y dijo que se estaba haciendo tarde. También Nikos miró el reloj y estuvo
de acuerdo. Dijo que iba en la misma dirección que ellos. Pagaron. Nina sugirió
que fueran por la playa. Carl y Nikos andaban uno a cada lado de ella. Carl vio
que Nina cogió la mano de Nikos y eso le dolió. Se alejó un poco de ellos, no
mucho, pero lo suficiente para que las pequeñas olas que golpeaban la playa le
imposibilitaran oír lo que hablaban. De repente Nina se detuvo, se volvió hacia
Nikos y lo besó en la boca. No fue un beso largo, y Nikos se limitó a recibirlo,
aunque sin soltarle la mano. Carl no dijo nada, pero se detuvo y los miró. La
tenue luz le iluminó la cara, las suyas quedaban en la oscuridad. Vio sus
siluetas a la luz de las farolas del paseo marítimo, y vio a Nikos retirar la
mano. Luego siguieron andando, nadie decía nada, Carl iba un par de metros por
delante de ellos, no quería volverse, pues tenía su orgullo. Cogió la cuesta en
dirección a las luces y oyó que lo seguían. Llegaron a la carretera, Carl
siguió hacia la pensión, Nina y Nikos iban charlando detrás de él. Nina se
reía. Entonces se volvió a pesar de todo y vio que iban cogidos de la mano. Ya
casi habían llegado a la pensión. Ya está bien, pensó Carl, no hace falta
arrastrarse. Ya está bien. Apretó el paso. Nina gritó algo, pero él hizo como
si no la oyera. Entró en la pensión, saludó con un movimiento de la cabeza a
Manos, sentado medio dormido frente al televisor, y cogió la llave de detrás
del mostrador. Subió apresuradamente a la habitación. La puerta del balcón
estaba abierta, dejando que algo de luz de la calle entrara en la habitación.
No encendió ninguna lámpara y salió al balcón, que se encontraba casi justo
encima de la recepción. No oyó nada. Se inclinó por encima de la barandilla y
miró hacia abajo. No estaban allí. Se sentó y encendió un cigarrillo. Al cabo
de un rato oyó que se abría la puerta y se quedó sentado, inmóvil, por un breve
instante de desesperación pensó que Nina no estaba sola. Lo estaba. Estaba a su
lado. ¿Qué te pasa?, le preguntó. Él no contestó. Siempre tienes que ser así,
dijo ella. Él se mordió la lengua, porque eso era lo que ella
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buscaba. Maldita
sea, dijo Nina y entró en la habitación. Él tiró a la calle el cigarrillo a
medio consumir y encendió otro. Ella encendió la luz. ¿Acaso he hecho algo mal?
Él no contestó. Ella volvió a salir al balcón. ¿No te vas a acostar? Aún no,
contestó él. Pretendes castigarme, ¿verdad? ¿Castigarte por qué?, preguntó él,
le pareció una buena respuesta. Por no ser capaz de satisfacerme con esa polla
tan rápida que tienes. Volvió a entrar y apagó la luz. Él permaneció sentado,
su corazón se negaba a tranquilizarse, le hervía la sangre. Esto se acabó,
pensó, tiene que acabarse de una vez por todas.
Se fumó otros tres
cigarrillos y supuso que ella se había dormido. Entró sin hacer ruido, se
desnudó, echó la cortina, tanteó para encontrar la cama y se tapó con la
sábana. Nina se movió. ¿Acaso he hecho algo malo?, preguntó. Él no contestó.
Qué sádico eres, coño. Él se quedó un rato pensando en lo peor que pudiera
decir, y dijo: Una vez me contaste que una amiga tuya solía ir por ahí
exhibiendo el coño. Observándote esta noche he entendido de repente lo que
querías decir. Deberías…
En ese instante
ella se lanzó encima de él, totalmente por sorpresa, Carl notó cómo los dedos
de ella se cerraban alrededor de su cuello y la oyó resoplar: Te voy a matar.
Sus manos no apretaban fuerte, pero a él le entró pánico y se defendió a base
de golpes. Ella aflojó los dedos, pero siguió forcejeando. Él le dio un empujón
y salió de entre la sábana y de la cama. Ella seguía tumbada intentando
recobrar el aliento. Él descorrió la cortina y salió al balcón, luego volvió a
entrar a por la ropa y el tabaco. Era la una y media.
A las dos y cuarto
entró a acostarse. Nina estaba dormida. A las nueve y media se despertó y se
levantó sin hacer ruido. Nina dormía. Se había quitado la sábana con los pies.
En la parte delantera del hombro izquierdo tenía una moradura tan grande como un
puño. Por un instante le sobrevino un repentino ataque de ternura, pero
enseguida recordó todo. Salió de la habitación sin hacer ruido.
El camarero gordo
lo miró. Carl señaló el vaso. El camarero asintió y entró en el bar. Carl
echaba de menos a Nina… con la esperanza de que no llegara.
En ese instante
llegó. Llevaba una blusa azul que le cubría el hombro. —Estás aquí —dijo y se
sentó. Sonrió levemente. Él no sonrió, evitó
encontrarse con su
mirada. Como si yo tuviera mala conciencia, pensó. —Creo que me emborraché
—dijo ella—. ¿Te ataqué?
Él asintió con la
cabeza.
—¿Por qué?
—Te dije lo que
pensaba de ti.
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El camarero llegó
con una botella de cerveza. Nina también pidió una.
—Comprendes —dijo
Carl.
—¿Y qué pensaste de
mí?
—Que de repente
entendí lo que habías querido expresar al decir que una chica iba por ahí
exhibiendo el coño.
—¿Ah, sí? ¿Por qué?
—Solo te acuerdas
de lo que quieres, ¿no?
—Recuerdo que me
enfadé y me lancé sobre ti.
—¿Y Nikos?
—¿Nikos?
Carl repitió los
detalles que más le habían humillado, excepto lo que había dicho ella de que él
no era capaz de satisfacerla. Repitió con todo detalle, y esperó que ella se
sintiera destrozada.
Llegó el camarero
con la otra cerveza justo cuando Carl había terminado de decir todo lo que
quería. Ella llenó el vaso despacio, luego dio un largo sorbo y dijo:
—¡Por Dios, Carl,
no tenías motivos para enfadarte así! Estaba borracha y no hice nada malo.
—Bueno, bueno. De
acuerdo.
—Carl.
—No nos entendemos.
¿Qué habrías dicho si yo hubiera hecho lo mismo?
—Pero tú no eres
así.
—Vaya por Dios.
—Eso es importante.
Tú eres tú y yo soy yo. No me conoces.
—No.
—No me tortures.
Dejó vagar la
mirada y dijo:
—Un momento antes
de que llegaras estaba echándote de menos, a la vez que esperaba que no
vinieras. Sentía una especie de temor a que aparecieras de repente. Como si me
remordiera la conciencia y encima con razón. Ya me ha pasado otras veces. Eso
de echarte de menos y no querer que vengas: pura esquizofrenia. Esta noche he
decidido que lo nuestro tiene que acabar. Uno se siente muy mal cuando se deja
pisotear.
—Pero estaba
borracha.
—Querías
emborracharte, como tantas otras veces. Y cuando te emborrachas, casi siempre
me pisoteas. No soy tan imbécil como para no darme cuenta de que se debe a algo
en nuestra relación, algo que tú deberías
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intentar remediar,
pero no lo haces. Callas, te emborrachas y me pisoteas. No soy un gilipollas, y
estoy harto de que me traten como si lo fuera.
—Pero no dijiste
nada, ¿por qué no dijiste algo?
—No puedo meterme
en tus cosas de esa manera, no puedo. No tengo ningún derecho sobre ti; pero sí
tengo derecho a dar la espalda a quien juega conmigo y me humilla. Si hubiera
dicho más de lo que dije, me habrías humillado aún más. Debí de haberme marchado,
pero me sentía demasiado miserable para hacerlo.
Ella no dijo nada.
Él se sintió de repente vacío. Echó cerveza en el vaso, aunque estaba casi
lleno. Quería marcharse. Esperaba que ella le dijera algo ofensivo o hiriente
que pudiera darle un motivo para hacerlo. Pero ella no dijo nada. Estaban
sentados uno enfrente del otro en la pequeña mesa, y Carl hacía como si
contemplara lo que pasaba a su alrededor. Nina tenía la cabeza ligeramente
ladeada y los ojos clavados en la mesa verde. Transcurrieron unos minutos. Carl
se levantó y fue al servicio. Meó y estaba triste, y cuando volvió al bar en
penumbra una pieza de jazz procedente de un tocadiscos en el
rincón detrás de la barra lo hizo detenerse. Un saxofón penetró el aire con
tonos vulnerables y heridos, justo lo que necesitaba. Pidió un raki para no
estar delante de la barra sin tomar nada. Podía ver a Nina, escuchaba la música
y la miraba a ella. Pensó: ¿Por qué me remuerde la conciencia?
Vació el vaso,
salió, se sentó y dijo:
—Me remuerde la
conciencia, es ridículo, pero también un poco triste. No estoy seguro de que
sea por tu culpa, puede deberse a mi falta de respeto por mí mismo. No sabía
muy bien por qué lo había dicho y qué quería que ella contestara, pero ella no
contestó nada; se limitó a seguir mirando al infinito. Y de repente esa
acusación no mencionada de la noche anterior se colocó entre ellos como una
valla y como una libertad. Al levantarse, él dijo:
—Me vuelvo a casa.
Dejó un billete
encima de la mesa y se marchó. Ella dijo algo tras él, pero él no pudo
captarlo. No sabía adónde ir. Fue hacia el centro, adentrándose en la espesura
de las estrechas calles y callejones. El sol ya estaba bajo en el cielo, solo
en algunos puntos penetraba por entre las casas.
La había
abandonado, pero ella seguía pegada a su cerebro.
Cuando ya no sabía
dónde estaba, se sentó en una mesa, bebió raki, comió caracoles y se dijo
severamente a sí mismo: ¡Esclavo, maldita alma de esclavo, cada vez que
intentas obrar con justicia para contigo mismo te derrumbas de compasión por la
que te atormenta!
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Bebió, se hizo de
noche, e hizo las paces consigo mismo. Fue de bar en bar y se emborrachó.
Sonrió burlonamente al darse cuenta de que cuando se hablaba a sí mismo ya no
decía tú, sino nosotros. Esta noche no nos vamos a casa, ¿verdad que no? Nos
emborrachamos y nos tumbamos en la playa, para que ella se haga preguntas. La
mandamos a la mierda y nos tumbamos en el lugar exacto donde ella besó a aquel
maldito hombre de seguros. Pero primero nos emborrachamos.
Y así fue.
El resto de la
noche quedaba muy lejano en su memoria. Recordaba remotamente que apareció Nina
—no sabía dónde— y que se negó a irse con ella, quería ir a la playa. Allí
vomitó, fue denigrante, y lo recordaba.
Se despertó
avanzada la mañana en la pensión. Nina le acarició el pecho y el pelo y dijo
que entendía todo.
Él sabía que ella
no entendía todo.
Pero tal vez
entendiera algo.
Los dedos de Nina
lo acariciaban y lo tocaban mientras iban quitando cada vez más trozo de sábana
del cuerpo de Carl. Él se acordaba de todo y quería resistirse, si no, todo
sería como si nada hubiera pasado. Pero el deseo pudo con él, ella se dio
cuenta y lo aprovechó, y no hubo nada que hacer.
Justo antes de que
él se corriera, un grito desarticulado salió de ella, y un largo temblor le
recorrió el cuerpo. Él no sabía qué creer, pero sabía lo que ella quería que
creyese.
Se sentía vacío y
triste.
Ella jugueteaba con
su pelo.
—Ahora todo es como
antes, ¿verdad?
Él se quedó
pensando.
—Sí —contestó.
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ÚLTIMAS NOTAS DE
THOMAS F. PARA LA HUMANIDAD
(1983)
Página 80
AJEDREZ
El mundo ya no es
lo que era. Ahora, por ejemplo, se vive más tiempo. Yo tengo ochenta y muchos,
y es poco. Estoy demasiado sano, aunque no tenga razones para estar tan sano.
Pero la vida no quiere desprenderse de mí. El que no tiene nada por qué vivir, tampoco
tiene nada por qué morir. Tal vez sea ese el motivo.
Un día hace mucho,
antes de que mis piernas empezaran a flaquear seriamente, fui a visitar a mi
hermano. No lo había visto desde hacía más de tres años, pero seguía viviendo
donde fui a visitarlo la última vez. Sigues vivo, dijo, aunque él era mayor que
yo. Me había llevado un bocadillo y él me ofreció un vaso de agua. La vida es
dura —dijo—, no hay quien la aguante. Yo estaba comiendo y no contesté. No
había ido allí a discutir. Acabé el bocadillo y me bebí el agua. Mi hermano
miraba fijamente hacia algún punto situado por encima de mi cabeza. Si me
hubiera levantado y él no hubiese desviado la mirada antes, se habría quedado
mirándome directamente, pero sin duda la habría desviado. Mi hermano no se
encontraba a gusto conmigo. O, dicho de otro modo, no se encontraba a gusto
consigo mismo cuando estaba conmigo. Creo que tenía mala conciencia o, al
menos, no buena. Escribió una veintena de novelas muy largas, y yo solo unas
cuantas, y además breves. Está considerado como un escritor bastante bueno,
aunque un poco guarro. Escribe mucho sobre el amor, sobre todo el amor físico,
me pregunto dónde lo habrá aprendido.
Mi hermano seguía
con la mirada clavada en algún punto situado por encima de mi cabeza, supongo
que se sentía en su derecho por las veinte novelas que tenía en su fofo
trasero. Me estaban entrando ganas de largarme sin decirle el motivo de mi
visita, pero pensé que después de la caminata que me había dado sería de
tontos, así que le pregunté si le apetecía jugar una partida de ajedrez. Eso
lleva mucho tiempo —dijo—, y yo ya no tengo mucho tiempo que perder. Podrías
haber venido antes. Debí levantarme y largarme en ese momento, se lo hubiera
merecido, pero soy demasiado cortés y considerado, esa es mi gran debilidad, o
una de ellas. No lleva más de una hora, dije. La partida sí —contestó—, pero a
eso habría que añadir la excitación posterior o el cabreo si la perdiera. Mi
corazón, sabes, ya no es lo que era. Y el tuyo tampoco, supongo. No contesté,
no tenía ganas de discutir con él sobre mi corazón, así que dije: De modo que
tienes miedo a morir.
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Vaya, vaya.
Tonterías. Lo que pasa es que mi obra aún no está concluida. Así de pretencioso
estuvo, me entraron ganas de vomitar. Yo había dejado el bastón en el suelo, y
me agaché a recogerlo, quería que dejara de presumir. «Cuando morimos, al menos
dejamos de contradecirnos», dije, aunque no esperaba que entendiera el sentido
de mis palabras. Pero él era demasiado soberbio para preguntar. No ha sido mi
intención herirte, dijo. ¿Herirme?, contesté levantando la voz. Era razonable
que me irritara. Me importa un bledo lo poco que he escrito y lo poco que no he
escrito. Me puse de pie y le solté un discurso: Cada hora que pasa, el mundo se
libra de miles de tontos. Piénsalo. ¿Te has parado alguna vez a pensar en la
cantidad de estupidez almacenada que desaparece en el transcurso de un día?
Imagínate todos los cerebros que dejan de funcionar, pues es ahí donde se
almacena la estupidez. Y sin embargo, todavía queda mucha estupidez, porque
algunos la han perpetuado en libros, y así se mantiene viva. Mientras la gente
siga leyendo novelas, ciertas novelas de las que tanto abundan, la estupidez
seguirá existiendo. Y añadí, un poco vagamente, lo confieso: Por eso he venido
a jugar una partida de ajedrez. Permaneció callado un buen rato, hasta que hice
ademán de marcharme, entonces dijo: Demasiadas palabras para tan poca cosa.
Pero les sacaré partido, las pondré en boca de algún ignorante.
Exactamente así era
mi hermano. Por cierto, se murió ese mismo día, y no es improbable que me
llevara sus últimas palabras, pues me marché sin contestarle, y eso no debió de
gustarle nada. Quería tener la última palabra y la tuvo, aunque supongo que
hubiera querido decir algo más. Cuando recuerdo lo que se irritó, me viene a la
memoria que los chinos tienen un símbolo en su grafía que representa la muerte
por agotamiento en el acto sexual.
Al fin y al cabo
éramos hermanos.
Página 82
VAYA
Un día de verano
que no llovió me entraron ganas de moverme o, al menos, de dar una vuelta por
la manzana. La idea me animó, de repente me di cuenta de que hacía mucho tiempo
que no me sentía de tan buen humor. Hacía tanto calor que creí poder ponerme los
calzoncillos cortos, pero al ir a por ellos, me acordé de que los había tirado
el año anterior en un ataque de melancolía. No obstante, la idea de los
calzoncillos cortos se hizo tan imperiosa que corté las perneras de los
calzoncillos largos que llevaba puestos. Nunca se es tan viejo como para perder
la esperanza.
Era extraño salir
después de tanto tiempo, aunque todo me resultaba familiar, claro está.
Escribiré sobre esto, pensé, y de repente en medio de la acera noté una
erección, pero no importaba, porque los bolsillos de los pantalones eran
amplios y profundos.
Al llegar a la
primera esquina —tardé mucho, porque aunque el espíritu iba muy dispuesto, las
piernas no acompañaban— descubrí que al fin y al cabo no me apetecía dar una
vuelta por la manzana. Ya que era verano quería ver algo verde, aunque solo
fuera un árbol, así que seguí recto. Hacía calor, tanto calor como cuando era
niño, y me alegré de llevar los calzoncillos cortos. Y con la erección bajo un
hábil control, me sentía bien. Puede que suene exagerado, pero así era.
Cuando ya casi
había dejado atrás tres casas, oí a alguien gritar mi nombre. Aunque sonaba a
voz de viejo, no me volví, pues hay muchos que se llaman Thomas. Pero al tercer
grito miré hacia donde sonaba la voz, era un día tan poco corriente… Todo podía
suceder. Y allí estaba, en la acera de enfrente, el viejo profesor Storm, del
instituto. Félix, grité, pero estaba tan poco acostumbrado a usar la voz que no
me salió gran cosa. Nos separaba un denso tráfico, y ni él ni yo nos atrevíamos
a cruzar la calle, habría sido estúpido perder la vida de pura alegría, cuando
me había aguantado sin ella durante tanto tiempo. Así que lo único que pude
hacer fue gritar su nombre una vez más y saludarle con el bastón. Sentí una
gran decepción, pero al menos era un consuelo saber que me había visto y
llamado por mi nombre. Adiós, Félix, grité, y me dispuse a seguir mi camino.
Pero cuando llegué
al siguiente cruce allí estaba él, justo delante de mí, de modo que me había
puesto triste sin motivo alguno. Thomas, viejo amigo — dijo—, ¿dónde diablos
has estado? No quería decírselo, así que no le contesté,
Página 83
pero dije: El mundo
es grande, Félix. Y todos están muertos o casi muertos. Sí, sí, la vida exige
lo suyo. Bien dicho, Thomas, bien dicho. A mí no me pareció bien dicho en
absoluto, y casi para hacerme merecedor de sus elogios dije: Mientras tengamos
sombra, hay vida. Pues sí, sí, la maldad no tiene fin. En ese momento empecé a
preguntarme si no estaba chocheando, y decidí ponerlo a prueba. El problema no
es la maldad —dije—, sino la insensatez, por ejemplo, la de esos jóvenes
montados en motos enormes. Me miró un buen rato y dijo: Creo que ahora no
entiendo muy bien lo que quieres decir. Como yo no quería conseguir una
victoria a costa suya, me limité a decir, como por casualidad: Pues eso, ¿qué
es en realidad la maldad? Huelga decir que no supo contestar, no era teólogo, y
yo me apresuré a añadir: Pero no hablemos de eso. ¿Cómo estás? Era evidente que
lo había puesto de mal humor, porque primero miró detenidamente el reloj y
luego dijo: Cada vez que me encuentro con alguien, me siento más solo que antes.
No era precisamente una frase agradable, pero hice como si nada. Pues sí
—dije—, así es. Me di cuenta de que si no me daba prisa en despedirme, él lo
haría primero, pero no me di la suficiente prisa, de modo que se me adelantó.
Tengo que irme, Thomas, he dejado las patatas en el fuego. Ah, sí, las patatas,
contesté. Entonces le di la mano y dije: Bueno, por si no volvemos a
encontrarnos. Dejé las palabras suspendidas en el aire, porque era una de esas
frases que quedan mejor inacabadas. Sí, dijo, y me estrechó la mano. Adiós,
Félix. Adiós, Thomas.
Di media vuelta y
regresé a casa. No había visto nada verde, pero ¡vaya!, ¡cuántos
acontecimientos para un solo día!
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EL PUNTO DE APOYO
Hace unos meses
vino a verme mi casero. Llamó tres veces a la puerta antes de que me diera
tiempo a abrir, y eso que fui lo más rápidamente que pude. No podía saber que
era él. Por aquí viene muy poca gente, casi todos miembros de sectas religiosas
que me preguntan si estoy en paz con Dios. Me produce cierto placer, pero nunca
les dejo pasar de la puerta, pues la gente que cree en la vida eterna no es
racional, no se sabe lo que puede llegar a hacer. Pero esta vez era, como ya he
dicho, el casero. Le había escrito hacía casi un año para informarle de que la
barandilla de la escalera estaba rota, y pensé que venía por eso, así que le
dejé entrar. Miró a su alrededor. Vive usted bien aquí, dijo. Era una
afirmación bastante tendenciosa, que me hizo ponerme a la defensiva. La
barandilla de la escalera está rota, dije. Sí, ya lo he visto. ¿La rompió
usted? No, ¿por qué yo? Supongo que es el único que la usa, porque, aparte de
usted, solo vive gente joven en este portal, y no creo que se haya roto sola,
¿no? Era obviamente una persona intratable y no quise entrar en ninguna
discusión con él sobre cómo y por qué se estropean las cosas, de modo que dije
escuetamente: Como usted diga, pero yo necesito esa barandilla, estoy en mi
derecho. No contestó nada a eso; a cambio, dijo que subiría el alquiler un
veinte por ciento a partir del mes siguiente. ¿Otra vez? —dije—, y un veinte
por ciento nada menos. Debería ser más —contestó—, esta finca no produce más
que pérdidas, pierdo dinero con ella. Hace mucho que dejé de discutir de
economía con personas que dicen perder dinero con algo de lo que podrían
haberse desprendido hace treinta años, de modo que no dije nada. Pero no le
hizo falta argumento alguno para seguir con el tema, es de ese tipo de personas
que funcionan solas. Se puso a disertar sobre todas las demás fincas que
también daban pérdidas, resultaba lamentable escucharle, debía de ser un
capitalista muy pobre. Pero no dije nada, y por fin cesaron las lamentaciones,
ya iba siendo hora. En cambio me preguntó, sin ninguna razón aparente, si creía
en Dios. Estuve a punto de preguntarle a qué dios se refería, pero me limité a
negarlo con la cabeza. Pues tiene que hacerlo, dijo, así que después de todo
había dejado colarse a uno de ellos en mi casa. En realidad no me sorprendió,
pues es bastante corriente que la gente con muchas propiedades crea en Dios.
Ahora bien, no quise darle pie para que pasara a otro tema, pues había tomado
la firme determinación de no dejar pasar a los evangelistas de la puerta, de
modo que no le dejé seguir. Así que sube el
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alquiler un veinte
por ciento —dije—, presumo que ese es el motivo de su visita. Al parecer, mi
resistencia le pilló de sorpresa, pues abrió y cerró la boca un par de veces
sin que saliera de ella sonido alguno, algo, me imagino, poco corriente en él.
Y espero que se ocupe de arreglar la barandilla, proseguí. Se puso rojo. La
barandilla, la barandilla —dijo impaciente—, vaya lata que está dando con la
barandilla. Me pareció muy mal que dijera eso y me irrité. Pero ¿no entiende
usted —dije—, que en algunas ocasiones esa barandilla es mi punto de apoyo en
la vida? Me arrepentí nada más haberlo dicho, pues las formulaciones precisas
deben reservarse para personas reflexivas, si no, pueden surgir complicaciones.
Y surgieron complicaciones.
No tengo fuerzas
para repetir lo que me dijo, pero en su mayor parte trataba del más allá. Al
final añadió algo sobre estar con un pie en la tumba, se estaba refiriendo a
mí, y entonces me enfadé. Deje ya de molestarme con su economía, le dije,
porque en realidad era de lo que se trataba. Como no se disponía a marcharse,
me permití dar un golpe en el suelo con el bastón. Entonces se marchó. Fue un
alivio, me sentí contento y libre durante unos cuantos minutos, y recuerdo que
me dije a mí mismo, para mis adentros, claro: No te rindas, Thomas, no te
rindas.
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EN LA PELUQUERÍA
Hace muchos años
que dejé de ir al peluquero; el más cercano se encuentra a cinco manzanas de
aquí, lo que me resultaba bastante lejos incluso antes de romperse la
barandilla de la escalera. El poco pelo que me crece puedo cortármelo yo mismo,
y eso hago, quiero poder mirarme en el espejo sin deprimirme demasiado, también
me corto siempre los pelos largos de la nariz.
Pero en una
ocasión, hace menos de un año, y por razones en las que no quiero entrar aquí,
me sentía aún más solo que de costumbre, y se me ocurrió la idea de ir a
cortarme el pelo, aunque no lo tenía nada largo. La verdad es que intenté
convencerme de no ir, está demasiado lejos, me dije, tus piernas ya no valen
para eso, te va a costar al menos tres cuartos de hora ir, y otro tanto volver.
Pero de nada sirvió. ¿Y qué?, me contesté, tengo tiempo de sobra, es lo único
que me sobra.
De modo que me
vestí y salí a la calle. No había exagerado, tardé mucho; jamás he oído hablar
de nadie que ande tan despacio como yo, es una lata, hubiera preferido ser
sordomudo. Porque ¿qué hay que merezca ser escuchado?, y ¿por qué hablar?,
¿quién escucha?, y ¿hay algo más que decir? Sí, hay más que decir, pero ¿quién
escucha?
Por fin llegué.
Abrí la puerta y entré. Ay, el mundo cambia. En la peluquería todo estaba
cambiado. Solo el peluquero era el mismo. Lo saludé, pero no me reconoció. Me
llevé una decepción, aunque, por supuesto, hice como si nada. No había ningún
sitio libre. A tres personas les estaban afeitando o cortando el pelo, otras
cuatro esperaban, y no quedaba ningún asiento libre. Estaba muy cansado, pero
nadie se levantó, los que estaban esperando eran demasiado jóvenes, no sabían
lo que es la vejez. De manera que me volví hacia la ventana y me puse a mirar
la calle, haciendo como si fuera eso lo que quería, porque nadie debía sentir
lástima por mí. Acepto la cortesía, pero la compasión pueden guardársela para
los animales. A menudo, demasiado a menudo, bien es verdad que ya hace tiempo,
aunque el mundo no se ha vuelto más humano, ¿no?, solía fijarme en que algunos
jóvenes pasaban indiferentes por encima de personas desplomadas en la acera,
mientras que cuando veían a un gato o un perro herido, sus corazones desbordaban
compasión. Pobre perrito, decían, o: Gatito, pobrecito, ¿estás herido? ¡Ay, sí,
hay muchos amantes de los animales!
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Por suerte, no tuve
que estar de pie más de cinco minutos, y fue un alivio poder sentarme. Pero
nadie hablaba. Antes, en otros tiempos, el mundo, tanto el lejano como el
cercano, se llevaba hasta el interior de la peluquería. Ahora reinaba el
silencio, me había dado el paseo en vano, no había ya ningún mundo del que se
deseara hablar. Así que al cabo de un rato me levanté y me marché. No tenía
ningún sentido seguir allí. Mi pelo estaba lo suficientemente corto. Y así me
ahorré unas coronas, seguro que me hubiera costado bastante. Y eché a andar los
muchos miles de pasitos hasta casa. Ay, el mundo cambia, pensé. Y se extiende
el silencio. Es hora ya de morirse.
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CARL
Cuando mi mujer
todavía vivía, creía que cuando ella muriera yo tendría más espacio para mí.
Solo su ropa interior ocupa tres cajones de la cómoda, pensaba. Cuando muriera,
podría ocuparlos yo, uno con mis monedas de cobre, otro con las cajas de
cerillas, y el tercero con los corchos. Tal y como está ahora, pensaba, es un
caos total.
Mi mujer murió hace
ya mucho. Era una mujer exigente, que descanse en paz, por fin me la concedió a
mí. Vacié los cajones, las estanterías y los armarios. Retiré todo lo que había
sido suyo y gané mucho espacio libre, más de lo que necesitaba. Pero lo vacío,
vacío está. Me deshice de un par de armarios, pero solo conseguí una habitación
más vacía, en lugar de dos armarios vacíos. Fue una imprudencia por mi parte,
pero ocurrió, como ya he dicho, hace mucho tiempo, y yo era mucho más joven
entonces.
Pues bien, semanas
o tal vez meses después de haber cometido esa imprudente ampliación del vacío
de mi cuarto, recibí la sorprendente visita de mi segundo hijo, Carl. Venía a
por un chal de su madre, un chal que por lo visto tenía pensado regalarle a su mujer
como recuerdo de su infancia. Cuando supo que me había deshecho de él, montó en
cólera. ¿Para ti no hay nada sagrado?, me gritó. Y eso lo decía él, que es un
hombre de negocios y vive de la compraventa. Me entraron ganas de
interrumpirle, pero me contuve, al fin y al cabo soy en parte responsable de su
existencia. ¿Qué tenía de especial ese chal?, pregunté en tono conciliador.
Mamá lo hizo a ganchillo mientras me estaba esperando. Le tenía un cariño
especial. Comprendo, el chal nació contigo. ¿Eras acaso su hijo preferido? Da
la casualidad de que sí. Ah, no, de casualidad nada, contesté, estaba empezando
a perder la paciencia. Es su vivo retrato, y, como ella, incapaz de descubrir
las leyes naturales de la existencia. Bueno, el chal se ha perdido y no se
puede recuperar —dije—, tendrás que consolarte pensando que solo lo perdido se
posee eternamente, como dice el poeta. Desde luego, es una afirmación bastante
tonta, pero pensé que le gustaría. Me equivoqué, me había olvidado por un
instante de que él es un hombre de negocios. Dio un paso amenazador hacia mí,
soltó una furiosa pero aburrida retahíla sobre mi insensibilidad, y concluyó
diciendo que algunas veces no entendía que yo fuera su padre. Tu madre era una
mujer honrada, contesté, pero él no captó el sentido de mis palabras. ¿Cómo he
podido tener unos hijos tan duros de mollera? No necesitas recordármelo, me
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dijo. Se había ido
poniendo cada vez más rojo, de pronto se me ocurrió que tal vez padeciera del
corazón, al fin y al cabo había cumplido ya sesenta años, y con el fin de
evitar una desgracia, le dije que sentía lo del chal y que si hubiera venido
antes, habría podido llevarse todo lo que había pertenecido a su madre. Sigo
pensando que lo dije en un tono muy conciliador, pero él se puso aún más rojo.
¿No querrás decir que lo has tirado todo?, gritó. Todo, respondí. Pero ¿por
qué? No quise contestarle, así que dije: Tú nunca lo entenderías. Pero qué
falta de humanidad. Al contrario. Lo hice como resultado de una decisión bien
meditada, y esa manera de actuar, por así decirlo, es lo único que nos hace
específicamente humanos. Fue por mi parte un puro sofisma, claro, pero él no
pareció escuchar mis palabras. Entonces no tengo nada que hacer en esta casa,
gritó. Había adquirido la costumbre de gritar, lo que tal vez indicara que su
mujer se estaba quedando sorda. Yo, por mi parte, oigo muy bien, lo cual a veces
resulta molesto. Algunos sonidos son mucho más fuertes de lo que eran; además,
han aparecido otros nuevos, tales como el martillo neumático y cosas
semejantes. Así que no me importaría estar un poco sordo. Oigo lo que dices
—dije—, pero no veo que tenga solución. Entonces se marchó por fin, ya era
hora, porque si no yo podría haber perdido la paciencia. Lo cierto es que tengo
más paciencia ahora que antes, supongo que se debe a la edad, pues los viejos
tenemos que soportar mucho.
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EN EL CAFÉ
Una de las últimas
veces que estuve en un café fue un domingo de verano, lo recuerdo bien, porque
casi todo el mundo iba en mangas de camisa y sin corbata, y pensé: Tal vez no
sea domingo, como yo creía, y el hecho de que pensara exactamente eso hace que
me acuerde. Me senté en una mesa en medio del local, a mi alrededor había mucha
gente tomando canapés y bollos, pero casi todas las mesas estaban ocupadas por
una sola persona. Daba una gran impresión de soledad, y como llevaba mucho
tiempo sin hablar con nadie, no me hubiera importado intercambiar unas cuantas
palabras con alguien. Estuve meditando un buen rato sobre cómo hacerlo, pero
cuanto más estudiaba las caras a mi alrededor, más difícil me parecía, era como
si nadie tuviera mirada, desde luego el mundo se ha vuelto muy deprimente. Pero
ya había tenido la idea de que sería agradable que alguien me dirigiera un par
de palabras, de modo que seguí pensando, pues es lo único que sirve. Al cabo de
un rato supe lo que haría. Dejé caer mi cartera al suelo fingiendo que no me
daba cuenta. Quedó tirada junto a mi silla, completamente visible a la gente
que estaba sentada cerca, y vi que muchos la miraban de reojo. Yo había pensado
que tal vez una o dos personas se levantarían a recogerla y me la darían, pues
soy un anciano, o al menos me gritarían, por ejemplo: Se le ha caído la
cartera. Si uno dejara de albergar esperanzas, se ahorraría un montón de
decepciones. Estuve unos cuantos minutos mirando de reojo y esperando, y al
final hice como si de repente me hubiera dado cuenta de que se me había caído.
No me atreví a esperar más, pues me entró miedo de que alguno de aquellos
mirones se abalanzara de pronto sobre la cartera y desapareciera con ella.
Nadie podía estar completamente seguro de que no contuviera un montón de
dinero, pues a veces los viejos no son pobres, incluso puede que sean ricos,
así es el mundo, el que roba en la juventud o en los mejores años de su vida
tendrá su recompensa en su vejez.
Así se ha vuelto la
gente en los cafés, eso sí que lo aprendí, se aprende mientras se vive, aunque
no sé de qué sirve, así, justo antes de morir.
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LA AGLOMERACIÓN
Cuando leo o estoy
ocupado resolviendo un problema de ajedrez, suelo sentarme junto a la ventana
mirando a la calle. Nunca se sabe si va a suceder algo que merezca la pena
presenciar, aunque es muy poco probable, la última vez fue hace tres o cuatro
años. Pero también puede haber algo de distracción en lo cotidiano, y fuera de
la ventana al menos hay algo que se mueve, aquí dentro solo me muevo yo y la
aguja del reloj.
Pero hace tres o
cuatro años vi algo extraño, y fue lo último asombroso que he visto, aunque,
como ya he dicho, no soy indiferente a las actividades más cotidianas, por
ejemplo, personas que se pelean, se pegan y golpean, o personas que se
desploman sobre la acera y permanecen allí porque están demasiado borrachas o
enfermas para llegar a su casa, si es que la tienen; muchos de ellos no la
tienen, supongo, no hay casas suficientes en este mundo.
Pero lo que vi
aquella vez fue diferente. Tuvo que ser en Semana Santa o en Pentecostés,
porque no era invierno, y recuerdo haber pensado que, lógicamente, esa clase de
actividad estaría relacionada con una de las fiestas religiosas.
Mi ventana da a una
bocacalle tan corta que puedo divisarla entera sin problemas, tengo buena
vista.
Estaba mirando dos
moscas apareándose en el alféizar de la ventana, lo más probable es que fuera
en Pentecostés, me servía de distracción observarlas, aunque prácticamente no
se movían. No me excité mirándolas, pero recuerdo bien que sí me pasaba de joven.
Como ya he dicho,
estaba mirando las dos moscas, y acababa de tocar con mucho cuidado el ala de
la hembra y luego el ala del macho sin que se dieran cuenta, lo cual me pareció
extraño, pues el macho llevaba ya al menos diez minutos sentado sobre la hembra,
no exagero, debería haber empleado más tiempo de mi vida en estudiar los
insectos, aunque en realidad ¿por qué? Bueno, en ese momento avisté a un hombre
en la parte más lejana de la calle, un hombre que se comportaba de un modo muy
chocante. Era como si estuviera batiendo los brazos, y luego gritó algo, algo
que al principio no capté. De alguna manera, era un hombre sistemático, con un
especial sentido geográfico del orden, porque correteaba desde la primera
ventana del lado derecho de la calle hasta la primera ventana del lado
izquierdo y luego
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continuaba hasta la
segunda ventana del lado derecho y desde allí a la segunda ventana del lado
izquierdo, etcétera, y llamaba a todas las ventanas gritando algo. Era inusual
y extraño, y abrí la ventana, fue antes de que se estropearan las bisagras, y le
oí gritar: Jesús ha llegado. Pero también gritaba otra cosa, algo parecido a
«yo he llegado». Y cuando se acercó más, pude oír que efectivamente era eso lo
que gritaba: Jesús ha llegado, yo he llegado. Y no paraba de corretear de un
lado a otro de la calle, llamando a las ventanas que alcanzaba con la mano. Era
un espectáculo indignante, la locura religiosa es indignante.
La primera reacción
fue tan sorprendente como adecuada: de un quinto piso, salió zumbando un
taburete más o menos hacia la mitad de la calle. No alcanzó al hombre, lo cual,
espero, no era la intención, pero se rompió, claro. Fue un esfuerzo inútil,
pues el hombre aún se hizo notar más, tal vez le hiciera falta esa confirmación
de que estaba llevando a cabo una importante misión.
La siguiente
reacción estaba emparentada con la primera, pero fue menos tajante, y no del
todo carente de comicidad. Se abrió de golpe una ventana, y una voz enfurecida
gritó: ¡Está usted loco, hombre! Fue en ese momento cuando me di cuenta de que
el hombre de la calle era de hecho peligroso y despertaba instintos latentes en
el prójimo. Pensé: ¿No hay por aquí una persona sensata a la que no le fallen
las piernas y pueda bajar a poner fin a todo esto? Poco a poco se habían ido
asomando bastantes cabezas por las ventanas que daban a la calle, pero abajo,
el loco, completamente solo, seguía dominando la situación.
Yo me sentía
fascinado, he de admitirlo, pero, conforme pasaba el tiempo, más por el
espectáculo en la calle que por el protagonista. La gente había empezado a
manifestarse, se reían y se gritaban por encima de la cabeza del pobre hombre;
yo nunca había visto nada parecido en cuanto a repentino contacto social,
incluso se asomó un hombre en la casa vecina que me gritó algo. Solo capté la
última palabra, «blasfemia», y, por supuesto, no contesté. Si al menos hubiera
dicho algo sensato, por ejemplo, «urgencias», quién sabe, tal vez hubiéramos
podido establecer una especie de relación de saludo de ventana a ventana. Pero
no tenía ninguna gana de establecer una relación de saludo con un hombre adulto
—tenía años suficientes como para ser el hijo de mi mujer, fallecida ya hace
mucho— a quien no se le ocurre nada más sensato que decir «blasfemia», aún no
me siento tan solo.
Pero basta con eso.
Estaba, como ya he dicho, fascinado por esa bulliciosa vida en las ventanas, me
recordaba a mi infancia, entonces era mejor ser viejo, pienso, menos solitario,
y, sobre todo, uno moría más o menos a la edad
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adecuada. En ese
instante salió un hombre de un portal. Tenía prisa, y se dirigía directamente
al chiflado. Lo agarró por detrás, le dio la vuelta y le pegó en la cara con
tanta fuerza que el loco se tambaleó y cayó al suelo. Por un instante se hizo
el silencio en la calle, como si todo el mundo estuviera conteniendo la
respiración. Luego volvió el ruido, y esta vez el malestar se dirigía sin duda
al asaltante. La gente no tardó en salir a la calle, y mientras el causante
inmediato de todo el barullo estaba sentado, callado y desconcertado, a unos
metros de distancia, se inició una acalorada discusión de la cual resultaba
imposible captar los detalles, pero era obvio que también el asaltante tenía
sus partidarios, porque de repente dos jóvenes empezaron a tirarse de los
pelos. Ay, fue un día muy negro para la sensatez.
Entretanto, el loco
se había levantado, y mientras los jóvenes se peleaban probablemente por él,
pero posiblemente por causas muy diferentes, y algunos intentaban mediar entre
ellos, él retrocedía, alejándose cada vez más, hasta que llegó a la siguiente esquina.
Allí se dio la vuelta y echó a correr, fue un alivio, y he de decir que sabía
correr.
Cuando el grupo se
dio cuenta de que el hombre había desaparecido, se fue calmando lentamente, y
se fue cerrando una ventana tras otra. También yo cerré la mía, no era un día
caluroso. El mundo está lleno de insensatez y confusión, la falta de libertad tiene
profundas raíces, la esperanza de igualdad está disminuyendo, la fuerza
superior es demasiado grande, eso parece. Tenemos que estar contentos con lo
bien que vivimos, dice la gente, la mayoría vive peor. Y luego toman pastillas
contra el insomnio. O contra la depresión. O contra la vida. ¿Cuándo llegará
una nueva estirpe que entienda el significado de la palabra igualdad,
una estirpe de jardineros e ingenieros forestales que talen los grandes árboles
que dan sombra a todos los pequeños, y que quiten los brotes del árbol de la
ciencia?
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MARÍA
Un otoño me
encontré por sorpresa con mi hija María en la acera delante de la relojería;
estaba más delgada, pero no me costó nada reconocerla. No recuerdo ya por qué
estaba yo en la calle, pero tenía que tratarse de algo importante, porque fue
después de que la barandilla de la escalera se hubiera roto, así que en
realidad ya había dejado de salir a la calle. Pero fuera como fuera, me
encontré con ella, y se me ocurrió pensar: Qué casualidad tan extraña que yo
haya salido justamente hoy. Pareció alegrarse de verme, porque dijo «padre» y
me dio la mano. Ella era la que más me gustaba de mis hijos; cuando era pequeña
decía a menudo que yo era el mejor padre del mundo. Y solía cantar para mí, por
cierto bastante mal, pero no era culpa suya, lo había heredado de su madre.
María —dije—, eres realmente tú, tienes buen aspecto. Sí, bebo orina y soy
vegetariana, contestó. Me eché a reír, hacía mucho que no me reía, imagínate,
tenía una hija con sentido del humor, incluso con un humor un poco atrevido,
quién lo diría. Fue mi momento hermoso. Pero me equivoqué, qué fastidio que uno
nunca consiga quitarse las ilusiones de encima. Mi hija se quedó como embobada
y con la mirada perdida. Te estás burlando de mí —dijo—, pero si yo te contara…
Me pareció haberte oído decir «orina», contesté. Orina, sí, y me he convertido
en otra persona. No lo dudé ni un momento, era lógico, debe de resultar
imposible seguir siendo la misma persona antes y después de haber empezado a
beber orina. Bueno, bueno, dije en tono conciliador, y con ganas de hablar de
otra cosa, tal vez de algo agradable, nunca se sabe. Entonces me fijé en que
llevaba una alianza y le comenté: Veo que te has casado. Ella miró el anillo.
Ah, lo llevo solo para mantener a raya a los pesados. Eso sí que tendría que
ser una broma, calculé rápidamente que por lo menos tendría unos cincuenta y
cinco años, y tampoco era tan guapa. Así que volví a reírme por segunda vez en
mucho tiempo, y en medio de la acera. ¿De qué te ríes?, preguntó. Creo que me
estoy haciendo mayor, contesté, cuando me di cuenta de que me había equivocado
una vez más, «conque es así como se hace hoy en día». Ella no contestó, así que
no sé, supongo y espero que mi hija no sea muy representativa de los nuevos
tiempos. Pero ¿por qué he tenido hijos como ella, por qué?
Nos quedamos un
instante callados, pensé que ya era hora de despedirse, un encuentro inesperado
no debe durar demasiado, pero justo en ese momento
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mi hija me preguntó
si me encontraba bien. No sé lo que quiso preguntar, pero contesté la verdad,
que lo único que me molestaba eran las piernas. Ya no me obedecen, mis pasos
son cada vez más cortos, y pronto no podré moverme. No sé por qué le hablé tanto
de mis piernas, y ciertamente resultó que no debería haberlo hecho. Será la
edad, dijo ella. Desde luego que es la edad —contesté—, ¿qué otra cosa iba a
ser? Pero supongo que ya no necesitas usarlas tanto, ¿no? Si tú lo dices
—contesté—, si tú lo dices. Al menos captó la ironía, diré eso en su favor, y
se irritó, pero no consigo misma, porque dijo: Todo lo que digo está mal. No
supe qué contestar a eso, ¿qué podría haber contestado? Me limité a sacudir la
cabeza inexpresivamente, ya hay demasiadas palabras en circulación por el
mundo, y el que habla mucho no puede mantener lo dicho.
Bueno, tengo que
seguir mi camino —dijo mi hija tras una pausa breve pero lo suficientemente
larga—, tengo que ir al herbolario antes de que cierren. Ya nos veremos. Y me
dio la mano. Adiós, María, dije. Y se marchó. Esa era mi hija. Sé que todo
tiene su lógica inherente, pero no siempre resulta fácil descubrirla.
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LA SEÑORA M.
Una de las pocas
personas que saben que aún existo es la señora M., de la tienda de la esquina.
Dos veces por semana me trae lo que necesito para vivir, pero no es que se mate
por el peso. La veo muy de tarde en tarde, porque tiene una llave del piso y deja
la compra en la entrada, es mejor así, de ese modo nos protegemos mutuamente, y
mantenemos una relación pacífica, casi diría amistosa.
Pero una vez que la
oí abrir la puerta con su llave, me vi obligado a llamarla. Me había caído y me
había dado un golpe en la rodilla, y era incapaz de llegar hasta el diván. Por
suerte, era uno de los días en que le tocaba subirme la compra, así que solo
tuve que esperar cuatro horas. La llamé cuando llegó. Quiso ir a buscar un
médico inmediatamente, su intención era buena, solo es la familia más allegada
la que llama al médico de mala fe, cuando quiere librarse de la gente mayor. Le
expliqué lo necesario sobre hospitales y residencias de ancianos sin retorno, y
la buena mujer me puso una venda. Luego hizo tres sándwiches que me dejó en una
mesa junto a la cama, además de una botella de agua. Al final, llegó con una
vieja jarra que encontró en la cocina. Por si la necesita, dijo.
Y se marchó. Por la
noche me comí un sándwich, y mientras me lo estaba comiendo vino a verme. Su
visita fue tan inesperada que he de admitir que me vencieron los sentimientos,
y dije: Qué buena persona es usted. Bueno, bueno, dijo escuetamente, y se puso
a cambiarme la venda. Esto le irá bien, dijo, y añadió: Así que no quiere saber
nada de las residencias de ancianos; por cierto, supongo que sabe que ahora no
se llaman residencias de ancianos, sino residencias de la tercera edad. Nos
reímos los dos de buena gana, el ambiente era casi alegre. Es un placer
encontrarse con personas que tienen sentido del humor.
La pierna me estuvo
doliendo durante casi una semana, y ella vino a verme todos los días. El último
día dije: Ahora estoy bien, gracias a usted. Bueno, no se ponga solemne —me
interrumpió—, todo ha ido perfectamente. En eso tuve que darle la razón, pero insistí
en que, sin ella, mi vida podría haber tomado un desgraciado rumbo. «Bah, se
las hubiera arreglado de una u otra manera —contestó—, es usted muy terco. Mi
padre se parecía a usted, así que sé muy bien de lo que hablo». Me pareció que
estaba sacando conclusiones sobre una base demasiado endeble, pues no me
conocía, pero no
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quise que pareciera
una reprimenda, de modo que me limité a decir: Me temo que piensa demasiado
bien de mí. Oh, no —contestó—, debería usted haberlo conocido, era un hombre
muy difícil y muy testarudo. Lo decía completamente en serio, admito que me
impresionó, me entraron ganas de reírme de alegría, pero me mantuve serio y
dije: Comprendo. ¿También su padre llegó a muy mayor? Ah, sí, muy mayor.
Hablaba siempre mal de la vida, pero nunca he conocido a nadie que se esforzara
tanto por conservarla. A eso podía sonreír sin problemas, resultó liberador,
incluso me reí un poco, y ella también. Supongo que usted también es así, dijo,
y me preguntó impulsiva si le dejaba leerme la mano. Le tendí una, no recuerdo
cuál de las dos, pero quiso la otra. La miró muy atenta durante unos instantes,
luego sonrió y dijo: Justo lo que me figuraba, debería usted haber muerto hace
mucho tiempo.
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THOMAS
Soy terriblemente
viejo. Ya me resulta casi tan difícil escribir como andar. Voy despacio. No
logro más que unas cuantas frases al día. Y hace poco me desmayé. Se estará
acercando el final. Fue mientras estaba resolviendo un problema de ajedrez. De
repente, me sentí extenuado. Tuve la sensación de que la vida misma se estaba
extinguiendo. No dolía. Solo era un poco incómodo. Y luego debí de perder el
conocimiento, porque cuando lo recobré, tenía la cabeza sobre el tablero de
ajedrez. Reyes y peones tirados. Es exactamente como desearía morirme. Será
pedir demasiado, supongo, poder morirse sin dolores. Si cayera enfermo con
muchos dolores y supiera que la enfermedad y los dolores iban a ser para
siempre, me gustaría tener un amigo que pudiera facilitarme la entrada en la
nada. Es cierto que las leyes lo prohíben. Desgraciadamente, las leyes son
conservadoras, de modo que los médicos alargan los dolores de un ser humano,
incluso cuando saben que no hay esperanza. Eso se llama ética médica. Pero
nadie se ríe. Las personas que tienen dolores no suelen reírse. El mundo no es
misericordioso. Se dice que, durante las grandes depuraciones en la Unión
Soviética, a los condenados a muerte se les mataba de un tiro en la nuca,
camino del tiempo de espera en sus celdas. De repente, sin previo aviso. A mí
eso me parece un atisbo de humanidad en medio de tanta miseria.
Pero el mundo
protestó: al menos habrían de tener derecho a morir cara al pelotón de
ejecución. El humanismo religioso no es poco cínico, ay, o el humanismo en
general.
Pero, como dije, me
desperté con la cara entre las fichas de ajedrez. Por lo demás, era casi como
despertarse después de un sueño normal y corriente. Me sentía un poco aturdido.
Solo se me ocurrió volver a colocar las fichas, pero era incapaz de concentrarme.
Estaba a punto de sentarme junto a la ventana cuando llamaron a la puerta. No
abro, pensé. Será un evangelista para hacerme creer en la vida eterna.
Últimamente han proliferado mucho. Parece que la superstición esté viviendo un
auge. Pero volvieron a llamar y empecé a dudar. Los evangelistas suelen llamar
solo una vez. De manera que grité «un momento» y fui a abrir. Tardé. Era un
chico. Vendía lotería de la banda de música del colegio local. Los premios
constituían una burla no intencionada hacia los viejos: bicicleta, mochila,
botas de fútbol y cosas así. Pero no quise mostrarme negativo y le compré un
boleto. Y eso que no me gusta la música
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de banda. Pero el
monedero estaba encima de la cómoda, y tuve que decirle al chico que entrara
conmigo. De otro modo, hubiera tenido que esperar muchísimo. Iba justo detrás
de mí. Seguro que jamás había andado tan despacio. De camino hacia la
habitación, acorté el tiempo preguntándole qué instrumento tocaba. Bueno, no
sé, contestó. Me pareció una respuesta extraña, pero supuse que era tímido. Yo
podría ser su bisabuelo. Tal vez incluso lo fuera. Sé que tengo muchos
bisnietos, pero no conozco a ninguno de ellos. ¿Te duelen mucho las piernas?,
preguntó el chico. No, lo que pasa es que son muy viejas, contesté. Ah, bueno,
dijo, probablemente más tranquilo. Ya habíamos llegado a la cómoda, y le di el
dinero. Entonces me invadió un ataque de sentimentalismo. Me pareció que el
chico había empleado mucho tiempo para vender un solo boleto. De modo que le
compré otro más. No hace falta, dijo él. En ese instante sentí un mareo. La
habitación empezó a dar vueltas. Tuve que agarrarme a la cómoda, y el monedero
abierto se me cayó al suelo. Una silla, dije. Cuando me la hubo dado, el chico
se puso a recoger el dinero, que estaba disperso por el suelo. Gracias, chico,
dije. De nada, contestó. Dejó el monedero encima de la cómoda, me miró muy
serio y dijo: ¿Nunca sales? En ese momento me di cuenta de que seguramente
había salido por última vez. No quiero correr el riesgo de desmayarme en la
acera. Eso significaría hospital o residencia de ancianos. Ya no, contesté. Ah,
dijo él, de un modo que me hizo ponerme sentimental de nuevo. No soy ya más que
un viejo bufón. ¿Cómo te llamas?, pregunté, y la respuesta no hizo más que
empeorar el asunto. Thomas. Por supuesto, no quise decirle que yo me llamaba
igual, pero me dejó con una sensación muy rara, casi solemne. Bueno, no era de
extrañar, pues las campanas acababan de doblar por mí, por así decirlo. De
manera que de repente se me ocurrió darle al chico algo para que se acordara de
mí. Ya lo sé, ya lo sé, pero yo no era yo. Le dije que cogiera de la librería
el búho tallado. Es para ti —dije—, es aún más viejo que yo. Ah, no —dijo él—,
¿por qué? Por nada, chico, por nada. Gracias por tu ayuda. Cierra la puerta
cuando salgas, por favor. Muchas gracias. Luego se marchó. Parecía muy
contento. Pero tal vez estaba disimulando.
Desde entonces he
tenido más mareos. Pero he colocado las sillas en lugares estratégicos. La
habitación parece muy desordenada así. Da la impresión de que no vive nadie.
Pero yo aún vivo aquí. Vivo y espero.
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UN REPENTINO
PENSAMIENTO LIBERADOR
Vivo en un sótano;
lo cual es, se vea como se vea, resultado de que todo me ha ido cuesta abajo.
El cuarto no tiene
más que una ventana, y solo la parte superior de esta se encuentra por encima
de la acera; eso hace que vea el mundo exterior desde abajo. No es un mundo
grande, pero a menudo tengo la sensación de que es lo suficientemente grande.
Solo veo las
piernas y la parte inferior del cuerpo de los que pasan por delante de mi
ventana, pero después de llevar cuatro años viviendo aquí, sé en la mayoría de
los casos a quién pertenecen esos cuerpos y esas piernas. Eso se debe a que por
este lugar hay poco tránsito; vivo casi al final de un callejón sin salida.
Soy un hombre parco
en palabras, pero, no obstante, de vez en cuando hablo conmigo mismo. Lo que
digo en esas ocasiones son cosas que me parece necesario decir.
Un día que estaba
junto a la ventana y acababa de ver pasar la parte inferior del cuerpo del
propietario del inmueble, me sentí de repente tan solo que decidí salir a la
calle.
Me puse los zapatos
y el abrigo, y me metí las gafas para leer en el bolsillo, por si acaso. Luego
salí. La ventaja de vivir en un sótano es que subes cuando estás descansado y
bajas cuando llegas cansado a casa. Creo que es la única ventaja.
Era un caluroso día
de verano. Fui hasta el jardín próximo al ya desaparecido parque de bomberos,
donde suelo poder sentarme en paz. Pero apenas me hube sentado, apareció un
vejestorio de mi edad. Se sentó a mi lado, aunque había muchos bancos libres.
Bien es cierto que había salido a la calle porque me sentía solo, pero no con
la intención de hablar, sino solo para cambiar de ambiente. Estaba cada vez más
nervioso por si me decía algo, incluso pensé en levantarme y marcharme, pero
adónde iba a ir, si era ese el lugar al que me había dirigido. Sin embargo, el
hombre no dijo nada, lo cual me pareció tan amable de su parte que sentí una
predisposición positiva hacia él. Intenté incluso mirarlo, sin que se diera
cuenta, claro. Pero se dio cuenta, porque dijo:
—Tiene que
perdonarme por decírselo, pero me senté aquí porque creí que me iba a dejar en
paz. Si usted lo desea, puedo cambiarme de sitio.
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—Quédese —contesté,
bastante perplejo. Obviamente no hice más intentos de mirarlo, me asaltó un
profundísimo respeto por él. Y aún más respeto por mí mismo. No le hablé.
Sentía algo raro por dentro, como una no soledad, una especie de bienestar.
Se quedó en el
banco una media hora, luego se levantó con algo de esfuerzo, se volvió hacia mí
y dijo:
—Adiós y gracias.
—Adiós.
Y se marchó, con
pasos extraordinariamente largos y los brazos ligeramente separados del cuerpo,
como si fuera un sonámbulo.
Al día siguiente a
la misma hora…, no, un poco antes, volví al parque. Después de todas las
reflexiones y especulaciones que me había hecho sobre él, me resultaba en
cierto modo natural; apenas fue una elección libre, signifique lo que
signifique ese concepto.
Lo vi llegar, y lo
reconocí a mucha distancia por su manera de andar. También ese día había más
bancos libres, y me pregunté con cierto interés si se sentaría en el mío.
Huelga decir que me puse a mirar hacia otro lado, fingiendo no haberlo visto, y
cuando se sentó, aparentemente ni me fijé en él. Al parecer, él tampoco se fijó
en mí; era una situación poco usual, una especie de no encuentro no
planificado. He de admitir que no sabía muy bien si quería que él dijera algo o
no, y al cabo de media hora seguía sin saber si debía marcharme en primer lugar
o esperar a que lo hiciera él. No es que fuera una duda incómoda, pues yo
podía, en cualquier caso, quedarme sentado. Pero por alguna razón se me ocurrió
que él me tenía cogido, y por eso la decisión me resultó fácil. Me levanté, lo
miré por primera vez y dije:
—Adiós.
—Adiós —contestó
mirándome a los ojos. No había nada criticable en su mirada.
Me marché, y
mientras me alejaba, no podía dejar de preguntarme cómo calificaría él mi
manera de andar, y en ese mismo momento tuve la sensación de que mi cuerpo se
entumecía y mis pasos se volvían rígidos y entrecortados. Eso me irritó, he de
admitirlo.
Aquella noche,
mirando por la ventana —no había gran cosa que mirar— pensé que si él llegaba
al día siguiente, yo diría algo. Incluso pensé en lo que diría, cómo iniciaría
aquello que posiblemente se convertiría en un diálogo. Esperaría como un cuarto
de hora, y luego diría, sin mirarlo: Ya es hora de que hablemos. Nada más que
eso. Así él podría responder o no, y si no
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respondía, me
levantaría y diría: En el futuro, preferiría que se sentara usted en otro
banco.
Pensé muchas otras
cosas también aquella noche, cosas que diría si llegábamos a entablar
conversación, pero deseché casi todo por poco interesante o demasiado anodino.
A la mañana
siguiente, me sentía alterado e inseguro, incluso se me pasó por la cabeza la
idea de quedarme en casa. Rechacé tajantemente la decisión de la noche
anterior, si iba al parque no diría nada.
Fui, y él acudió.
No lo miré. De repente se me ocurrió que era extraño que siempre llegara menos
de cinco minutos después que yo. Era como si me estuviera vigilando. Sí, sí,
pensé, claro que sí. Vive al lado del parque de bomberos, me ve desde una
ventana.
No me dio tiempo a
especular más al respecto, porque de repente el otro empezó a hablar. Lo que
dijo me hizo sentirme bastante mal, lo confieso.
—Perdone —dijo—,
pero si no tiene nada en contra, tal vez sea ya hora de que hablemos.
No contesté
inmediatamente, luego dije: —Tal vez. Si es que hay algo que decir. —¿No sabe
si hay algo que decir? —Probablemente soy mayor que usted.
—No lo descarto.
No dije nada más.
Sentí por dentro una desagradable inquietud relacionada con ese extraño cambio
de papeles que había tenido lugar. Era él quien había iniciado la conversación
y prácticamente con mis propias palabras, y fui yo quien contestó del modo en que
me había imaginado que lo haría él. Fue como si yo pudiera haber sido él y él
igualmente pudiera haber sido yo. Resultaba incómodo. Tenía ganas de marcharme.
Pero como casi me había visto forzado, por así decirlo, a identificarme con él,
me resultó difícil herirlo, o incluso ofenderlo.
Transcurrió tal vez
un minuto, entonces dijo:
—Tengo ochenta y
tres.
—Entonces tenía yo
razón.
Transcurrió otro
minuto.
—¿Juega usted al
ajedrez? —preguntó.
—Hace mucho que no.
—Ya casi nadie
juega al ajedrez. Todos aquellos con los que jugaba al ajedrez han muerto.
—Hace al menos
quince años —dije.
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—El último murió
este invierno. Aunque en realidad, él en concreto no supuso una gran pérdida,
se había vuelto bastante memo. Le ganaba siempre tras menos de veinte
movimientos. Pero le proporcionaba cierto placer, creo que fue el último placer
que tuvo. Tal vez usted lo conociera.
—No —me apresuré a
contestar—, no lo conocía.
—¿Cómo puede
saberlo, si…? Bueno, el cómo puede saberlo es asunto suyo.
En eso estaba
totalmente de acuerdo, y me entraron ganas de decírselo, pero ganó puntos por
no haber terminado la pregunta.
Noté que se volvía
y me miraba. Siguió así un buen rato, me resultaba incómodo, de modo que saqué
las gafas del bolsillo del abrigo y me las puse. Todo desapareció ante mis
ojos: los árboles, las casas, los bancos, todo se esfumó en una neblina.
—¿Es usted miope?
—preguntó al cabo de un rato.
—No —contesté—, al
contrario.
—Quiero decir…,
¿necesita usted gafas para ver de lejos? —No, al contrario. El problema lo
tengo con lo que está cerca. —Ajá.
No dije nada más.
Entonces me di cuenta de que había apartado la mirada, así que me quité las
gafas y volví a metérmelas en el bolsillo del abrigo. Él tampoco dijo nada más,
de modo que cuando me pareció que había transcurrido un tiempo prudente, me
levanté y dije cortésmente:
—Gracias por la
conversación. Hasta la vista.
—Hasta la vista.
Ese día me alejé
con pasos más firmes, pero cuando llegué a casa y me hube tranquilizado, me
precipité de nuevo a planificar mi siguiente encuentro con él. Daba vueltas por
la habitación ideando una serie de absurdos, y también alguna que otra
sutileza; es cierto que me sentía un poco superior a él, aunque, al fin y al
cabo, lo consideraba mi igual.
Aquella noche no
dormí bien. Cuando todavía era lo suficientemente joven como para creer que el
futuro podía depararme sorpresas, de vez en cuando dormía mal, pero de eso hace
mucho tiempo, fue antes de tener claro, completamente claro, que el día de la muerte
nada importa haber tenido una vida buena o mala. De modo que el hecho de no
haber dormido bien aquella noche me inquietaba y me sorprendía. No había comido
nada que hubiera podido causarme insomnio, solo un par de patatas cocidas y una
lata de sardinas; con eso había dormido perfectamente muchas veces antes.
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Al día siguiente,
él no llegó hasta que hubo transcurrido casi un cuarto de hora. Yo había
empezado a perder la esperanza, era un sentimiento poco usual el de tener
esperanza que perder. Pero entonces llegó.
—Buenos días —dijo.
—Buenos días.
Y no dijimos nada
más en un buen rato. Yo sabía muy bien qué decir si la pausa se hacía demasiado
larga, pero preferí que él hablara primero, y así fue:
—¿Su mujer…, vive
todavía?
—No, hace mucho que
ya no vive, más bien la he olvidado. ¿Y la suya? —Hace dos años. Hoy.
—Ah. Entonces hoy
es una especie de día de luto.
—Bueno. Con la pena
ya no se puede hacer nada. Pero no lo conmemoro yendo a visitar su tumba, si es
a lo que se refiere. Las tumbas son una mierda. Perdone. No han sido palabras
muy decorosas.
No contesté.
—Perdone —repitió—,
tal vez le haya ofendido, no ha sido mi intención.
—No me ha ofendido.
—Bien. Podría usted
haber sido religioso. Yo tenía una hermana que creía en la vida eterna. ¿No le
parece el colmo de la vanidad?
De nuevo se me
ocurrió pensar que aquel hombre estaba recitando mis propias frases, y por un
instante fui lo suficientemente necio como para pensar que todo era una
invención mía, que él no existía, que en realidad estaba hablando conmigo
mismo. Y supongo que fue esa necedad la que me llevó a hacerle una pregunta
completamente irreflexiva:
—¿Quién es usted
realmente?
Por fortuna, no
respondió enseguida, de modo que tuve tiempo para repararlo un poco:
—No, lo ha
entendido mal. En realidad no le estaba hablando a usted.
Solo fue algo que
se me ocurrió.
Noté que me miraba,
pero esta vez no saqué las gafas. Dije:
—Por otra parte, no
quiero que crea usted que tengo por costumbre hacer preguntas que no tienen
respuesta.
Continuamos
callados. No era un silencio sereno; tenía ganas de marcharme. Dentro de dos
minutos, pensé; si no ha dicho nada en dos minutos, me iré. Y me puse a contar
los segundos para mis adentros. Él no dijo nada, y yo me levanté justo a los
dos minutos. También él se levantó en ese momento.
—Gracias por la
conversación —dije.
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—Lo mismo digo.
Solo falta que quiera usted jugar al ajedrez.
—No creo que le
proporcionara mucho placer. Además, sus adversarios tienen por costumbre morir.
—Ya, ya —contestó,
de pronto parecía ausente.
—Hasta la vista
—dije.
—Hasta la vista.
Aquel día me
encontraba más cansado que de costumbre al llegar a casa. Tuve que tumbarme en
la cama. Al cabo de un rato dije en voz alta: Yo soy viejo. Y la vida es larga.
Cuando me desperté
a la mañana siguiente estaba lloviendo. Sería demasiado suave decir que me
sentí decepcionado. Pero como el día avanzaba y la lluvia no cesaba, vi claro
que tendría que ir al parque, pasara lo que pasara. No podía hacer otra cosa.
No es que me importara que él acudiera o no; no era eso. Solo que si él
llegaba, yo quería estar, tenía que estar. Y cuando me senté en el banco mojado
bajo la lluvia, incluso tenía la esperanza de que no acudiera; había algo
revelador, algo descarado en estar sentado en un parque completamente solo bajo
la lluvia.
Pero él acudió. ¡Ya
lo sabía yo! A diferencia de mí, llevaba un impermeable negro que le llegaba
casi hasta los pies. Se sentó.
—Desafía usted al
mal tiempo —dijo.
Obviamente lo dijo
como un simple comentario, pero debido a lo que yo estaba pensando justo antes
de llegar él, me pareció un comentario un poco impertinente, de modo que no
contesté. Noté que me había puesto de mal humor y que me arrepentía de haber
ido. Además, empecé a mojarme, el abrigo me pesaba, había algo ridículo en
estar allí sentado, por eso dije:
—Solo salí a tomar
un poco el aire, pero me he cansado. Soy un hombre viejo. —Y añadí, para que no
se imaginara nada—: Uno tiene sus costumbres fijas.
Él no dijo nada, y
eso, por irracional que pueda parecer, me resultó provocador. Y lo que dijo por
fin, tras una larga pausa, no contribuyó precisamente a suavizarme.
—A usted no le
gustan mucho las personas, ¿o me equivoco? —¿Gustarme las personas? —contesté—.
¿Qué quiere decir con eso? —Bueno, son cosas que se dicen. No ha sido mi
intención importunarle. —Claro que no me gustan las personas. Y claro que me
gustan las
personas. Todavía
si me hubiera preguntado si me gustan los gatos o las cabras, o las mariposas,
si quiere…, pero las personas. Da lo mismo, porque conozco a muy pocas.
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Me arrepentí
inmediatamente de la última frase, pero por suerte él no reparó en ella.
—Vaya, vaya —dijo—.
¡Cabras y mariposas!
Lo oí reír. Tuve
que admitir que me había mostrado innecesariamente negativo, de modo que dije:
—Si quiere usted
una respuesta general a una pregunta general, entonces le diré que me gustan
las cabras y las mariposas mucho más de lo que me gustan las personas.
—Gracias, he
captado hace mucho lo que quería decir. Procuraré ser más preciso la próxima
vez que me atreva a preguntarle algo.
Lo dijo
amablemente, y no exagero si digo que me arrepentí, aunque era el mal humor lo
que me había vuelto tan contumaz. Y porque me arrepentí, dije algo de lo que
también me arrepentí enseguida.
—Perdone, pero ya
casi solo me quedan las palabras. Perdone.
—En absoluto. La
culpa es mía. Debería haber pensado en quién es usted. Me sobresalté. ¿Sabía él
quién era yo? ¿Iba todos los días allí porque sabía quién era yo? No lo pude
remediar, me puse tan nervioso e inseguro que automáticamente metí la mano en
el bolsillo del abrigo en busca de las gafas.
—¿Qué quiere decir?
—pregunté—. ¿Me conoce?
—Sí. Aunque
conocer…, lo que se dice conocer, no. Nos hemos visto antes. No me di cuenta la
primera vez que me senté en este banco. Pero poco a poco he ido descubriendo
que lo había visto antes, aunque no logré situarle hasta ayer. Dijo usted algo
y, de repente, lo reconocí. Pero ¿no se acuerda de mí?
Me levanté.
—No.
Lo miré fijamente.
No sabía si lo había visto alguna vez.
—Soy…, fui su juez.
—Usted, usted…
No pude decir nada
más.
—Siéntese, por
favor.
—Estoy mojado. Ah,
sí. Fue usted… Fue usted el… Bueno, adiós, tengo que irme.
Me marché. No fue
una salida muy digna, pero me sentía estremecido, anduve más deprisa de lo que
lo había hecho en muchos años, y cuando llegué a casa, apenas tuve fuerzas para
quitarme el abrigo empapado antes de tirarme en la cama. Tenía fuertes palpitaciones
y decidí no volver al parque nunca más.
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Pero cuando mi
pulso volvió a palpitar de un modo normal, también empezaron a hacerlo mis
pensamientos. Acepté mi reacción, algo oculto había vuelto a emerger a la luz,
me habían pillado por sorpresa, eso era todo. Era comprensible.
Me levanté de la
cama, y puedo, con cierta satisfacción, afirmar que había recobrado del todo mi
propio yo. Me puse bajo la ventana y dije en voz alta: Él volverá a verme.
Al día siguiente
hacía buen tiempo, lo cual fue un alivio, y el abrigo estaba prácticamente
seco. Fui al parque a la misma hora que de costumbre, él no debía notar ninguna
irregularidad en mí que le hiciera pensar que me llevaba ventaja.
Pero cuando me
acerqué al banco, ya estaba allí. Así que era él quien mostraba una conducta
irregular.
—Buenos días —dijo.
—Buenos días
—contesté mientras me sentaba, y como para coger el toro por los cuernos, añadí
enseguida—: Pensé que tal vez no vendría usted hoy.
—Bravo —dijo—. Uno
cero para usted.
Esa respuesta me
satisfizo; él era mi igual.
—¿Se sentía usted a
menudo culpable? —pregunté.
—No entiendo.
—¿Se sentía a
menudo culpable como juez? Pues era su profesión el adjudicar a otros la suma
necesaria de culpa, ¿no?
—Mi profesión era
dictaminar la culpabilidad basándome en la evaluación de otras personas.
—¿Intenta usted
disculparse? No es necesario.
—No me sentía
culpable. Pero, en cambio, me sentía a menudo a merced de la inflexibilidad de
la ley, como en su caso.
—Sí, porque usted
no es supersticioso.
Me miró.
—¿Qué quiere decir
ahora? —preguntó.
—Solo los
supersticiosos opinan que la misión de un médico es prolongar el sufrimiento de
seres marcados por la muerte.
—Ya, ahora
entiendo. ¿Pero no le da miedo que se pueda abusar de la legalización de la
eutanasia?
—Por supuesto que
no se puede abusar de una legalización. Porque entonces la eutanasia ya no
sería eutanasia, sino asesinato.
No contestó. Lo
miré de reojo. Tenía una expresión hosca, impenetrable. No me importaba. Bien
es verdad que no sabía si su hosquedad se debía a
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algo que yo había
dicho o si simplemente era así; no podía saberlo, pues no lo había mirado
prácticamente nunca. En ese momento me entraron ganas de recuperar lo perdido y
escudriñarlo, y lo hice sin disimulo, volví la cabeza y miré fijamente su
perfil; eso era lo menos que me podía permitir ante aquel hombre que me había
condenado a varios años de cárcel. Incluso saqué las gafas del bolsillo del
abrigo y me las puse; no hacía falta, lo veía bien sin ellas, pero sentí un
repentino deseo de provocarle. Era algo tan impropio de mí mirar con tanto
descaro a una persona que por un instante me sentí ajeno a mí mismo; era una
sensación rara pero en absoluto desagradable. Y el romper con mi habitual
conducta tuvo un sorprendente efecto de contagio. Me reí por primera vez en
muchos años; seguramente suena horrible. Y él dijo, sin mirarme, pero en un
tono brusco:
—No me importa de
qué se está riendo, pero no parece que se esté divirtiendo, y es una pena,
pues, por lo demás, es usted una persona sensata.
Me sentí
inmediatamente más indulgente y, además, un poco avergonzado. Aparté mi mirada
de su perfil enfadado y dije:
—Tiene usted razón.
No ha sido una risa buena.
No quise darle más.
Permanecimos
callados; pensé en mi vida miserable y me puse melancólico. Me imaginé el hogar
del juez, con cómodos sillones y grandes librerías.
—Tendrá usted ama
de llaves, ¿no?
—Sí. ¿Por qué me lo
pregunta?
—Simplemente
intento imaginarme la vida de un juez retirado.
—Ah, bueno, no es
gran cosa. Inactividad, ¿sabe usted?, días largos y pasivos.
—Sí, el tiempo no
quiere moverse.
—Y es lo único que
queda.
—Ese tiempo que se
hace demasiado largo, tal vez lleno de enfermedad, que lo hace aún más largo, y
luego se acaba. Y cuando por fin llegamos a ese punto pensamos: Qué vida más
absurda.
—Bueno, absurda…
—Absurda.
No contestó.
Ninguno de los dos dijimos nada más. Al cabo de un rato me levanté. A pesar de
la soledad que sentía, no quería compartir con él mi tristeza.
—Adiós —dije.
—Adiós, doctor.
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La tristeza produce
sentimentalismo, y la palabra doctor, sin atisbo de ironía, me alcanzó como una
ola de calor. Me di rápidamente la vuelta y me alejé muy deprisa. Allí y en ese
momento supe que iba a morir. No estaba sorprendido. Como máximo, estaba sorprendido
de no estar sorprendido. Y de repente me habían abandonado la tristeza y el
sentimentalismo. Aminoré el paso. Necesitaba por dentro una serenidad que
exigía lentitud.
Al llegar a casa,
aún con una lúcida serenidad por dentro, saqué papel de escribir y un sobre. En
el sobre escribí: «Al juez que me condenó». Luego me senté junto a la pequeña
mesa en la que suelo comer, y empecé a escribir esta historia.
Hoy he ido al
parque por última vez. Estaba de un humor extraño, casi arrogante. Tal vez se
debía a ese inusual placer que había sentido al poner palabras a mis anteriores
encuentros con el juez, o tal vez a que no había dudado ni un instante de mi
decisión.
También hoy él
estaba allí sentado cuando llegué. Parecía atormentado. Lo saludé con más
amabilidad que de costumbre, me resultó completamente natural. Me miró, como
para averiguar si lo decía en serio.
—Bueno —dijo—,
¿tiene usted mejor día hoy?
—Pues sí, hoy tengo
un buen día. ¿Y usted?
—Gracias,
razonablemente bueno. Entonces, ¿ya no opina que la vida es absurda?
—Ah, sí,
completamente absurda.
—Hum. Yo no habría
podido vivir con un conocimiento de ese tipo. —Bueno, se olvida usted del
instinto de conservación, es un instinto duro
de roer que ha
destrozado muchas decisiones sensatas.
No contestó. Yo no
pensaba quedarme mucho tiempo, de modo que tras una breve pausa dije:
—Ya no volveremos a
vernos. He venido a despedirme.
—¿Ah, sí? Qué pena.
¿Se va de viaje?
—Sí.
—¿Y no va a volver?
—No.
—Hum. Bueno. Espero
que no le parezca inoportuno que le diga que echaré de menos nuestros
encuentros aquí.
—Es muy amable de
su parte.
—El tiempo será más
largo.
—Hay hombres
solitarios sentados en muchos otros bancos.
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—Bueno, usted
entiende muy bien a lo que me refiero. ¿Puedo preguntarle adónde va?
Alguien dijo que la
persona que sabe que va a morir en un plazo de veinticuatro horas se siente
libre para hacer lo que sea, pero eso no es verdad, incluso en esa situación,
uno es incapaz de actuar en contra de su naturaleza, de su ego. No es que el
haberle dado una respuesta abierta y sincera hubiera ido en contra de mi
naturaleza, pero de antemano había decidido mantenerle oculto el destino de mi
viaje, así que para qué alterarlo, al fin y al cabo era mi único allegado, por
así decirlo. Pero ¿qué podía contestarle?
—Ya lo sabrá
—contesté por fin.
Lo noté algo
desconcertado, pero no dijo nada. Se metió la mano en el bolsillo y sacó la
cartera. Rebuscó un instante y luego me dio una tarjeta de visita.
—Gracias —dije, y
me la metí en el bolsillo del abrigo. Sentí que debía marcharme. Me puse de
pie. Él hizo lo mismo. Me tendió la mano.
—Que le vaya bien
—dijo.
—Gracias, lo mismo
le digo. Adiós.
—Adiós.
Me marché. Me
pareció que él no volvía a sentarse, pero no me di la vuelta para comprobarlo.
Me fui tranquilamente a casa, no pensaba en nada en especial. Algo me sonreía
por dentro. Cuando bajé al sótano, me quedé un rato debajo de la ventana
mirando la calle vacía, luego me senté a concluir esta historia. Pondré la
tarjeta de visita del juez encima del sobre.
Ya he acabado,
dentro de un momento doblaré las hojas y las meteré en el sobre. Y ahora, justo
antes de que suceda, ahora que voy a realizar el único acto definitivo que el
ser humano es capaz de efectuar, hay un pensamiento que hace sombra a todos los
demás: ¿por qué no he hecho esto hace mucho tiempo?
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UN VASTO Y DESIERTO
PAISAJE
(1991)
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NO SOY ASÍ, NO SOY
ASÍ
Estaba bajando por
la escalera de un bloque de cinco plantas al este de la ciudad; acababa de
hacer una visita a mi hermana y no había sido una visita agradable, pues ella
tenía muchos problemas, la mayor parte imaginarios, lo que no mejoraba en modo
alguno la situación. Nunca la he querido mucho, ella nunca me ha tenido en
tanta estima como debiera. Fui a hacerle una visita porque uno de sus problemas
era más que real; se había caído y se había roto el fémur izquierdo.
Abandoné su casa
con una mezcla de sentimientos: por un lado, me sentía aliviado de escapar, por
otro, irritado porque mi hermana había conseguido hacerme prometer que volvería
al día siguiente.
Como digo, estaba
bajando por la escalera y, justo entre la tercera y la segunda planta, me topé
con un hombre mayor sentado en medio de uno de los escalones, impidiéndome el
paso. Había colocado una gran bolsa de la compra entre él y la barandilla, y como
no me gusta bajar por las escaleras sin tener donde agarrarme, me detuve tras
él. No parecía haberme oído, así que al cabo de unos segundos dije:
—¿Puedo ayudarle en
algo?
Como no respondió
ni se volvió, pensé que quizá fuera sordo o tuviera problemas de oído, así que
repetí la pregunta, esta vez más alto.
—No, gracias, no
creo.
Me quedé perplejo,
no por lo que me contestó, sino por su voz, que me resultaba familiar; era muy
especial, grave y aguda a la vez, y muy expresiva. Además, contrastaba
notablemente con su ropa desgastada, por no decir raída.
Como su voz me hizo
creer que lo conocía, y en consecuencia, que él me conocía a mí, cedí a un
capricho de vanidad. No quise pedirle que moviera la bolsa y mostrarle así lo
debilucho que me había vuelto, de modo que solté la barandilla y sorteé al
hombre por el otro lado. Me salió bien, pero cuando volví a agarrarme a la
barandilla y me di la vuelta para mirarlo, descubrí que me había equivocado.
Nunca había visto a ese hombre.
Es posible que
pusiera cara de sorpresa, y como él no podía saber por qué y, además, tenía un
aspecto aún más desastroso de frente que de espaldas y seguramente lo sabía y
estaba acostumbrado a causar una impresión poco afortunada en los demás, tal
vez por eso dijo, en parte con terquedad y en parte como disculpándose:
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—Ah, sí.
—Lo que ocurre es
que de repente me he sentido muy cansado.
En calidad de
exfotógrafo, tengo cierta experiencia con las caras y, contemplándolo, se me
ocurrió pensar que su cara tampoco encajaba con su ropa raída, pero sí con su
voz, que tenía una expresividad similar.
—¿Entonces no puedo
ayudarlo en nada? —pregunté. Me sentí obligado a decirlo porque tenía la
sensación de haberlo mirado demasiado.
—No, no, gracias de
todos modos.
—Adiós.
Me marché sin
preocuparme por ocultarle que me agarraba firmemente a la barandilla.
Al día siguiente
volví a casa de mi hermana, pues se lo había prometido, y en lo que se refiere
a cumplir promesas soy un poco anticuado, pero hacía un tiempo asqueroso y
nevaba, de manera que me sentí tentado a llamar y decirle que no podía ir. Pero
fui, y ella abrió la puerta y se quedó descansando sobre las muletas mientras
me exigía que me limpiara la nieve de los zapatos antes de entrar. No quise.
Dije que no tenía inconveniente en irme. Entonces ella se apartó de la puerta.
Entré, colgué el abrigo y dejé el sombrero sobre el perchero. Mi hermana se
adelantó cojeando y se sentó en un sillón. Yo me acomodé en el sofá. Dije que
hacía mucho calor en su casa. No contestó. Luego dijo que se había fundido la
bombilla de la cocina. No podía ayudarla, me mareo mucho con esas cosas. Cuando
intenté explicarle lo mucho que me mareo, contestó que nadie se marea tanto,
que no eran más que imaginaciones. Yo tenía muchas respuestas posibles a ese
comentario, pero no contesté, de nada habría servido. Ella insistió, dijo que
el mareo se producía por causas psíquicas y que en mi caso era debido a que
nunca me había atrevido a responsabilizarme de nada. Me enojé y me levanté.
Quería marcharme. Había cumplido mi promesa. Quería marcharme. Tal vez ella lo
entendiera, lo más probable es que no, pero en cualquier caso, me pidió que
fuera a la cocina a buscar la bandeja con el bizcocho, las tazas de café y el
termo. No pude negarme. Llevé todo al salón y lo coloqué sobre la mesa que
había entre los dos. Los trozos de bizcocho estaban untados con mantequilla de
verdad, no con margarina. Vaya, dije en tono conciliador, y entonces mi hermana
puso cara de satisfacción, lo cual me asombró. Dijo que lo había hecho ella, y
yo dije sin mucha convicción que se notaba por el sabor. Pero las cosas como
son: el bizcocho sabía bastante bien. No dijimos nada más en un buen rato. Me
quedé mirando la nieve que azotaba el cristal de la ventana,
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y me pregunté qué
placeres podría tener mi hermana en la vida, y cuando al cabo de un rato llegué
a la conclusión de que ninguno, sentí la necesidad de decir algo amable; lo
cierto es que me puse un poco sentimental, tal vez debido a la nieve que
azotaba la ventana y al calor de la habitación, pero nunca llegué a hacerlo,
porque justo cuando iba a abrir la boca me preguntó si quería jugar a los
dados. Su pregunta sonó como la de un niño que está casi seguro de recibir un
no por respuesta, y aunque a mí los juegos de dados no me aportan ningún
placer, pues dejan demasiado al azar, su forma de preguntar hizo que me
resultara imposible negarme, y además, no me apetecía salir al temporal de
nieve. Dijo que la libreta de apuntar y los dados estaban en el escritorio; y
encima del escritorio, en la pared, colgaba la familia, que fue una familia
grande, y todos estaban colgados allí, vivos y muertos mezclados, bastante
deprimente. Encontré la libreta y los dados y volví a la mesa. Empezamos a
jugar. Por dos veces seguidas mi hermana lanzó los dados con tanta fuerza sobre
la mesa que uno se cayó al suelo, y la segunda vez dio vueltas y vueltas hasta
desaparecer debajo del sofá, de modo que tuve que ponerme de rodillas para
cogerlo, y estando así, de rodillas, mi hermana me dijo que el trasero de mis
pantalones estaba muy brillante del uso. Yo lo sabía, pero me irritó que
hiciera ese comentario, porque nunca he tolerado que un parentesco del que no
tengo ninguna culpa justifique la falta de tacto, y así se lo hice saber. Ay,
perdona, dijo, en un tono sorprendentemente manso, tendría miedo de que yo
dejara de jugar. No dije nada más, porque en ese momento me acordé del hombre
andrajoso de la escalera. De camino a casa el día anterior había decidido
preguntar a mi hermana sobre él, y ahora estaba a punto de hacerlo, pero
recapacité, pues no quería darle a entender que asociaba a ese hombre con mi
trasero raído. Así que le di el dado y seguimos jugando. Cuando me pareció que
había transcurrido un tiempo prudencial, dije que me había encontrado en la
escalera con un amable anciano que de alguna forma me había resultado familiar,
¿sabía quién era? Mi hermana ignoraba de quién podía tratarse, tendría que ser
alguien que iba de visita. En la escalera solo vivía un anciano y no era nada
amable, era terrible, seguramente un indigente que había conseguido el piso a
través de la Oficina de Servicios Sociales. Sí, sí, es él, dije. Ella me miró
escandalizada, pero hice como si no me diera cuenta y pregunté si sabía cómo se
llamaba. Larsen, contestó ofendida, o Jensen, algo muy corriente. Me burlé un
poco de ella y dije que de acuerdo, que no era un gran apellido, pobre hombre.
Qué malo eres, dijo. Solo un poco, contesté, te toca a ti. Tiró, los dados
estuvieron a punto de volver a caer al suelo. Me aseguró que ella no se creía
superior a
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nadie, pero que yo
estaba intentando jugar al buen samaritano con un vagabundo, y que eso no iba
conmigo, pues si para mí era demasiado cambiar una bombilla, podía imaginarse
lo que habría pasado si los pisos de mi portal se hubieran
llenado de inquilinos necesitados de asistencia municipal. Me enfadé bastante,
lo admito, sobre todo por lo de la bombilla, y estuve a punto de herirla
profunda y expresamente, cuando de repente echó la cabeza hacia atrás y rompió
a llorar. Lloraba con la boca y los ojos abiertos, un tremendo llanto que, así
lo entendí, le salía de las mismísimas entrañas. Tal vez debería haberme
acercado a ella y haberla consolado, haberle puesto la mano en el hombro o
acariciado el pelo, pero el comentario sobre el buen samaritano me paralizó.
Así que me quedé sentado, bastante desvalido, no sabía si la había visto llorar
alguna vez, al menos no desde que éramos niños, no había llorado ni en el
entierro de nuestra madre ni en el de nuestro padre, jamás la había asociado
con el llorar, de manera que no entendía ese llanto que duró eternamente, tal
vez no tanto tiempo, pero me pareció mucho, me sentía cada vez más perplejo, y
al final tuve que preguntarle por qué lloraba, no para obtener una respuesta,
no, no para obtener una respuesta, sino para que dejase de llorar y no sentirme
tan perplejo. Y por fin, cuando había repetido la pregunta, no una, sino dos
veces, contestó sollozando, en ese tono tan agudo que se suele quedar después
de haber llorado: No soy así, no soy así. Luego dejó caer la cabeza hacia
delante y se hizo el silencio. Pensé: Qué manera tan extraña de dormirse. Pero
no dormía, estaba muerta.
En los días
siguientes fui varias veces a su casa. Yo era el pariente más allegado y me
tocó organizar el entierro y todo lo relativo a sus bienes y enseres. En una de
mis primeras visitas, alcancé al hombre de la ropa raída subiendo por la
escalera. Iba muy despacio y yo moderé mis pasos para no acercarme demasiado a
su espalda, pero seguramente me había oído, porque se detuvo, tal vez para
dejarme pasar. Puso las dos manos sobre la barandilla y me miró.
—Ah, es usted
—dijo, y sonó como si se sintiera aliviado.
—¿Se acuerda de mí?
—pregunté.
—Por supuesto.
¿Vive usted aquí?
Me detuve tres
escalones por debajo de él y le expliqué la situación. Me miró con una mirada
tan alerta que pensé: Está disfrazado.
Tras concluir mi
escueta explicación, el hombre expresó con pocas palabras su pésame, y luego
dijo:
—Y yo sin saber que
había muerto. Claro que la conocía. Era muy amable.
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—Bueno, no
exactamente amable —contesté—, eso tal vez sea una exageración.
—No, no, nada de
eso, en una ocasión incluso me subió a casa una bolsa de la compra que pesaba
mucho.
—No me diga
—comenté sorprendido.
—Esas cosas se
aprecian, ¿sabe usted?
—Algo que en
realidad debería ser una cosa natural.
—Bah, eso era hace
mucho. Los tiempos cambian. Hay que poner el reloj en hora. Así uno no se lleva
decepciones, quiero decir.
Me dirigió una
breve sonrisa, luego se volvió y continuó subiendo. Yo lo seguía. Vivía justo
debajo de mi hermana. En la puerta no había ninguna placa con su nombre. Nos
despedimos, y no lo oí cerrar la puerta hasta que casi hube llegado arriba.
Alrededor de una
semana más tarde, me lo encontré en la calle. Yo iba otra vez al piso de mi
hermana. Lo divisé a cierta distancia, venía derecho hacia mí, tenía una
expresión hermética, no se percató de mi presencia hasta que me detuve delante
de él y lo saludé. Por un instante pareció que lo hubiera pillado in fraganti,
pero solo por un instante, luego sonrió. Intercambiamos unas frases triviales,
luego le pregunté, incitado por el hecho de que nos encontráramos delante de
una cafetería, si quería tomar un café conmigo. Vaciló un momento, luego
aceptó. El local era luminoso y grande, con muchas mesas blancas y redondas. No
se quitó el abrigo, por eso yo tampoco me quité el mío. Removía lentamente el
café con la cucharilla, aunque no se había puesto ni azúcar ni leche. Yo tenía
dentro un montón de preguntas, pero no sabía qué decir. Entonces él preguntó de
qué había muerto mi hermana. Era un buen tema. Los dos éramos, por así decirlo,
firmes partidarios del paro cardiaco como causa de muerte. El único inconveniente
de una muerte tan repentina, dijo bromeando, es que uno ha de tener sus bienes
bajo control en todo momento para estar seguro de no dejar ninguno de sus
secretos, por no decir inclinaciones, a la posteridad.
Contesté, en el
mismo tono de broma, que ese era un pensamiento muy vanidoso. Él me miró
entonces con una leve sonrisa que tal vez fuera irónica, y dijo:
—¿Acaso no se
siente usted inclinado a atribuirme algo de vanidad? —Oh, sí —contesté, un poco
sorprendido.
—¿De modo que usted
no juzga por las apariencias? —preguntó, todavía con esa media sonrisa que me
resultaba difícil de interpretar. Le aseguré que en absoluto, no en su caso. Me
miró interrogante, y comprendí que le había
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dicho demasiado y
demasiado poco, y por eso añadí que había algo en él que me hacía pensar que
iba disfrazado.
—¿Quiere decir
—preguntó— que no soy quien parezco ser?
—No exactamente
—contesté—, más bien que usted ha roto con su punto de partida, que, por así
decirlo, se ha salido de su marco.
Fui torpe y también
más indiscreto de lo que había pretendido, me sentí bastante mal, y el silencio
que se hizo fue más que penoso. Por fin empecé a disculparme, pero él me hizo
un gesto que me desarmó, parecía asustado, y dijo que no tenía que pedir disculpas
por nada, al contrario, él era el que me había provocado, y, además, no me
faltaba razón, pues años atrás su vida había dado un giro drástico, no es que
se lamentara de ello, que no pensara eso, si alguien le preguntaba si su vida
había cambiado para bien o para mal, tendría que contestar llanamente que no lo
sabía, lo único que sabía es que había cambiado.
Después de
pronunciar todas esas palabras que en el fondo no expresaban nada, calló.
Esperaba que continuara, pero no dijo nada más, y como lo consideraba demasiado
inteligente para decir tanto sin haber tenido algún propósito, llegué a la
conclusión de que había sido su manera de cerrar el tema. Con razón o sin ella,
tuve la sensación de que me había puesto en mi sitio, y no me esforcé mucho por
iniciar una nueva conversación. Intercambiamos unas palabras bastante anodinas,
él me agradeció la compañía y lamentó tener que irse. Fuera nos dimos la mano y
nos fuimos cada uno por nuestro lado.
La siguiente vez
que fui al piso de mi hermana había quedado allí con mi hermano menor. Lo veo
muy de tarde en tarde, y no lo lamento. Es asesor jurídico de algún ministerio
y una persona muy autosuficiente. Llegó media hora más tarde que yo y veinte
minutos después de la hora acordada; bien es verdad que se disculpó, pero con
tanta indiferencia que más bien parecía una ofensa. Me tragué la ofensa, y
cuando hubo colgado el abrigo, le di una exhaustiva lista de todos los muebles
y enseres. Le interesaba más bien lo último, sobre todo lo referente a joyas y
cubertería de plata. Yo había colocado todo de un modo bastante práctico, sobre
una mesa entre las ventanas del dormitorio, y cuando se lo mostré, se vio
obligado a señalar que había sido un descuido por mi parte no haberlo colocado
en un lugar más seguro. Debería haber caído en que un piso deshabitado
constituye una gran tentación para los ladrones. No contesté, porque quería
evitar en la medida de lo posible discutir con él. Fue al dormitorio, y yo a la
cocina a poner agua para el café. A través de las paredes podía oírle abrir
cajones y armarios,
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supuse que miraría
debajo del colchón, yo también lo había hecho. Al rato, entró en la cocina y
preguntó si nuestra hermana no había dejado más objetos personales, cartas y
cosas así. Contesté que estaban en el escritorio. Volvió a salir de la cocina,
y cuando entré en la habitación con el café, estaba sentado en medio de un
montón bastante grande de cartas, leyendo. Yo también había leído gran parte de
las cartas, las que habían sido escritas por mi madre. De hecho, había
escondido una que contenía tres frases sobre mí. Le sugerí que se llevara las
cartas para leerlas en casa. Le pareció bien y fui a la cocina a buscar una
bolsa de plástico para meterlas. Estando allí, llamaron a la puerta. Oí que mi
hermano iba a abrir. No me acordaba de dónde había dejado las bolsas y tardé en
encontrarlas. Me topé con mi hermano en la puerta del salón, parecía, como
poco, desconcertado, y dijo:
—Es para ti. —No
supe inmediatamente de qué podía tratarse, no hasta que me susurró—: ¿Lo
conoces? —Entonces comprendí a quién se refería, pero al mismo tiempo no
entendía esa pregunta asombrada, casi aturdida, de mi hermano. Era él, estaba
delante de la puerta, también parecía perplejo. Se disculpó, había oído pasos
en el piso, pues vivía justo debajo, había pensado que era yo, yo solo, no
tenía intención de molestar, solo quería preguntar si me apetecía tomar un café
con él cuando hubiera acabado, pero tal vez no fuera muy oportuno, puesto que
no estaba solo. Le contesté que con mucho gusto, y pareció alegrarse. Volví a
ocuparme de mi hermano, que estaba de pie en medio de la habitación, mirándome
interrogante.
—¿Lo conoces?
—preguntó.
—Claro que lo
conozco —contesté.
—Vaya.
—Por favor,
ahórrame tus prejuicios —le dije, un poco abatido, pero él prosiguió sin
inmutarse:
—¿Vive en este
bloque?
—Sí, vive en este
bloque.
—Gabriel Grude
Jensen.
—¿Tú también lo
conoces? —le pregunté, perplejo.
—No, Dios me libre.
Pero seguí el juicio.
—¿El juicio?
—Sí, el juicio. ¿No
has dicho que lo conocías?
—No ha hablado
mucho de su pasado.
—Es comprensible.
Mató a su mujer Dios sabe hace cuántos años. Una historia muy fea.
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Dijo bastantes más
cosas, estaba claro que disfrutaba con su papel de informante, pero cuando se
rebajó a ironizar sobre mi llamada amistad con ese hombre, le dije que no tenía
por costumbre preguntar a la gente si había matado a alguien, y que tampoco dejaría
que la respuesta a esa pregunta decidiera si me gustaba o no.
Después de eso,
hicimos lo que habíamos ido a hacer, y al cabo de una hora se marchó. Yo fregué
las tazas, apagué las luces y cerré la puerta. Luego bajé al piso de abajo y
llamé al timbre. El hombre me cogió el abrigo y me condujo al salón. De forma y
tamaño era idéntico al de mi hermana, pero escasamente amueblado. En medio de
la habitación había una mesa baja y ovalada, y a cada lado de la mesa, un
sillón. Detrás de uno de ellos había una lámpara de pie con una pantalla
oscura, la luz que emanaba apenas llegaba a iluminar las paredes desnudas. Toda
la habitación parecía un escenario. Me invitó a sentarme, luego me ofreció una
copa de coñac con el café; la acepté. Decidí ocultar lo que sabía sobre él.
Llenó las copas y me preguntó qué me parecía su hogar. En parte por el tono de
su voz, me sentí obligado a interpretar la pregunta como algo provocativa, de
modo que contesté que, a mi entender, la impresión espartana que transmitía
correspondería a su naturaleza o a su bolsillo. Dijo que eso era lo que él llamaría
una respuesta diplomática, y luego añadió —con bastante incoherencia, en mi
opinión— que en general no tenía nada en contra de la soledad. ¿De estar solo,
quiere decir?, le pregunté. Sí, sí, eso era lo que quería decir. Pero después
de la muerte de mi hermana todo se había vuelto muy silencioso, antes oía sus
pasos, y de vez en cuando voces o ruidos en la cocina, en ese bloque se oía
todo a través de las paredes, pero ahora no oía nada, a veces tenía la
sensación de no existir, y eso le causaba una gran angustia. ¿También yo vivía
solo? Le contesté que sí. ¿Angustia?, le pregunté. Sí, ¿sabe usted?, cuando
todo se vuelve imperiosamente vacío y uno necesita levantarse y andar, y,
preferentemente, decir algo al aire, rodearse de sí mismo, por así decirlo, es
lo único que sirve. Bebió un sorbo de la copa. Yo no sabía qué decir, lo mío no
es hacer confidencias, y cuando otras personas me las hacen, me siento
angustiado y avergonzado. ¿Le estoy molestando?, preguntó. De ninguna manera,
contesté, y probablemente sonó convincente, porque continuó hablando de su
angustia. Me sentía cada vez más incómodo. Aunque no se le notaba, supuse que
antes de que yo llegara había bebido bastante, esa era la explicación más
razonable de que ahora se mostrara tan diferente a la impresión que me había
causado en nuestros anteriores encuentros. Y cuando, para colmo, empezó a
hablar del amor, decidí dar por concluida la visita. En
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el mundo hay
demasiado poco amor, dijo, deberíamos sentir más amor los unos por los otros.
Fue muy penoso. ¿Quiénes son los unos y los otros?, pregunté, y ¿qué es el
amor? Solo contestó a la primera parte de la pregunta. Todos, dijo. Me encogí
de hombros, podría no haberlo hecho, pero sentí cierta necesidad de hacerme
notar, y al fin y al cabo fue una reacción bastante suave. ¿No está usted de
acuerdo?, preguntó. Contesté que no lo estaba. Eso le pareció interesante, y
quiso echarme más coñac. Lo rechacé cortésmente diciendo que lamentaba tener
que irme. Tenía una cita. Pero no me levanté inmediatamente, no quise que me
descubriera, además tenía un poco de mala conciencia, pues al fin y al cabo él
no me había hecho nada, solo hablar como un cura tonto. De modo que, con el fin
de mostrarme amable y de que el silencio no se le hiciera tan angustioso, le
dije que esperaba no tardar demasiado en encontrar un comprador para el piso de
mi hermana. Ah, no será lo mismo, exclamó, y al mirarle interrogante, añadió:
¿Sabe usted?, su hermana mostraba conmigo una especie de bondad. No me diga,
dije perplejo. Sí, contestó, y por eso… saber que eran sus pasos… Seguro que me
entiende. Asentí y me levanté. Me quedé de pie, con la cara a la sombra de la
pantalla oscura, asintiendo una y otra vez con la cabeza, como si entendiera
todo, era una mímica que no desentonaba con ese cuarto que recordaba a un
escenario; no me quedaba ni un pensamiento sensato en la cabeza. Le oí decir
que había sido un placer hablar con alguien que lo entendía, un gran placer, no
se encontraba a menudo a una persona así. Me sostuvo el abrigo, luego nos dimos
la mano. Me marché, firmemente decidido a no volver a poner los pies en el piso
de mi hermana.
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LA COLISIÓN
Llevaba un rato
junto a la ventana abierta mirando la acera. Estaba vacía, era a primera hora
de la tarde, y también él se sentía vacío por dentro, como si lo desierto de la
acera hubiese penetrado en él, y cuando su mujer, desde el sillón al fondo de
la habitación, le preguntó algo que solo requería un sí o un no por respuesta,
él no contestó. No contestó, él mismo era una acera completamente vacía. Salió
de la habitación sin mirarla, y al cerrar la puerta le oyó decir: Anton, Anton,
¿qué te pasa? Él salió a la entrada, bajó los cuarenta y ocho desgastados
escalones de la escalera y se adentró en el terrible domingo. Me he marchado,
pensó, así de fácil. Entonces se percató del calor y de la intensa luz solar.
Cruzó la calle en busca de la sombra de la acera de enfrente. Allí se detuvo.
Levantó la vista y miró hacia las ventanas, no la vio. Echó a andar, a la
sombra de los edificios de cuatro plantas. Tras unos cien metros, se detuvo en
un cruce para dejar pasar un coche blanco. En dirección contraria se acercaba
un coche gris; por lo demás, apenas había tráfico. Los dos coches iban muy
despacio. Será porque es domingo, pensó. Y porque hace mucho calor. Al llegar
los dos coches al cruce, chocaron. El coche gris giró hacia la derecha, y el
blanco, al girar hacia la izquierda, golpeó la puerta trasera izquierda del
coche gris. Resultó cómico. El conductor del coche gris empezó a soltar
improperios por la ventanilla bajada.
—¡Me cago en Dios,
hombre! ¿No sabes mirar o qué, joder?
—No te he visto.
—¿Que no me has
visto? ¿Pero cómo coño has hecho para no verme?
—No lo sé. No me he
fijado. ¿No puedes abrir la puerta?
—No, joder, se ha
bloqueado.
—Inténtalo con la
otra.
—Pero, por Dios,
¿crees que soy tan idiota como tú o qué?
—Te he dicho que no
te he visto. Ni siquiera he frenado. Sal y compruébalo. No hay rastro de
huellas de frenos. Reconozco que soy culpable, pero no he podido remediarlo.
—¡No he podido
remediarlo! ¿No has podido remediarlo? Pues no estarás bien de la cabeza,
joder.
Se desplazó al otro
asiento y logró salir del coche. Fue a contemplar los desperfectos. Se golpeó
la cabeza con el puño. El otro conductor se le acercó. Anton Hellmann ya no
podía oír lo que decían. Se puso a desandar el camino
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por el que había
venido. Sudaba. Le parecía que tenía polvo en la cara. Tendré que darme una
ducha, pensó. Vio a su mujer asomada a la ventana mirando. Hizo como si no la
viera. No me ha hecho nada, pensó. Pero que no grite. Miró la acera bajo sus
pies. La pobre no puede remediarlo. Pero que no diga nada hasta que me haya
duchado. Cruzó la calle y se metió en el portal, luego subió por la escalera.
Ella estaba en la entrada.
—¿Qué pasa, Anton?
—Nada.
—Sí, Anton, algo
tiene que pasar. No me contestaste cuando te hablé antes, te marchaste sin más.
Dime lo que pasa, por favor.
—No es nada. Voy a
darme una ducha.
—Por favor, Anton.
Me preocupas, no sé qué pensar.
—Pues no pienses
nada. Voy a ducharme.
Se metió en el
baño. Se desnudó. No hay nada que decir, pensó, ella no lo entendería, no tiene
ningún abismo dentro. Abrió los grifos y los reguló hasta que el agua salió
casi fría. Se quedó de pie bajo el chorro hasta que tuvo tanto frío que fue
incapaz de pensar en otra cosa que en aguantar un poco más. Luego ya no pudo
aguantar más. Cerró los grifos y se sentó sobre la tapa del váter. Puedo poner
como pretexto que es domingo, pensó. Permaneció sentado inmóvil durante unos
minutos, luego se secó el pelo y se vistió. Su mujer había hecho café y se
había puesto pinzas en el pelo. Lo miró y le sonrió infeliz. Él recapacitó.
—Me ha venido bien
—dijo, y se sentó.
Ella echaba el café
en las tazas mientras decía:
—¿Te has cansado de
mí?
—Pero, Vera, qué
susceptible eres. No tiene nada que ver contigo. —¿Hay otra?
—No, en ese caso sí
tendría que ver contigo.
—Tiene que ver
conmigo. Fue a mí a quien no contestaste dos veces, y de mí te marchaste sin
una palabra.
—Solo tiene que ver
conmigo, conmigo y con estos jodidos domingos.
—No digas
palabrotas, por favor.
—Sabes muy bien
cómo me siento algunos domingos.
—Son los únicos
días en que estamos solos.
Él no contestó. Sí,
pensó. La miró. Ella lo miró a él.
—No contestas —dijo
ella.
—No sirve de nada.
Gracias por el café.
Y se levantó.
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—Sí, lo he hecho
—dijo él.
—Pero, Anton, no
seas infantil. No te lo has tomado.
—Sí que me lo he
tomado.
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EL ESTIMULANTE
ENTIERRO DE JOHANNES
El día comenzó
estupendamente, había dormido bien. Este va a ser un día mejor, Paulus, me dije
a mí mismo. Y al llegar al parquecillo donde suelo sentarme a leer el periódico
cuando hace bueno, incluso el banco más cercano a la señal de stop estaba libre.
Me gusta sentarme allí; se ve tanta impaciencia junto a un stop…, hasta se
puede presenciar algún que otro accidente. No es que me encanten los
accidentes, pero, por ejemplo, si por alguna razón un avión hiciera explosión
en el aire, no tendría nada en contra de ser uno de los que lo observaran o
mejor, el único. Pues sí, Paulus, me dije a mí mismo, no descartes que hoy
pueda ser un día mejor.
Sé que algunos
insisten en que soy un viejo cascarrabias, pero eso es solo verdad a medias.
Cuando aparece algo positivo en mi vida, me aferro a ello, y en esos momentos
puede ocurrir que grite por dentro: ¡Por fin, por fin! Aunque no sucede a
menudo, claro, el mundo no es así. Pero, por ejemplo, no hace más de un mes…,
ah, sí, tal vez algo más…, bueno, da igual, no era un buen ejemplo.
Pues bien, allí
estaba yo sentado, sin nada pendiente conmigo mismo, cuando de pronto divisé a
mi hermano gemelo, Johannes, que se acercaba renqueando por la acera. Tuve la
ardiente esperanza de que no me hubiera visto, pero en ese momento oí su voz.
—Ajá, Paul, finges
no haberme visto.
Así ha sido
siempre, brusco e indiscreto.
Le sonreí
cortésmente, como si no hubiera oído su comentario.
—Anda, eres tú
—dije—, hacía mucho que no te veía.
Se sentó a mi lado
y se puso a contar cuánto tiempo hacía exactamente. —Casi justo dos años antes
de que nuestra madre muriera, y de eso hace
nueve años.
—¡Ay! —exclamé—,
¿de veras hace tanto tiempo? —Por lo menos esperaba verte en su entierro. —Sí,
sí —dije—, muy amable por tu parte.
Como se puede ver,
lo intenté por las buenas, pero él continuó, con muchas palabras, reprochándome
mi ausencia hace nueve años, al menos podría haber enviado flores o un
telegrama. Etcétera. Era demasiado estúpido. Y para irritarlo, lo admito, le
pregunté de qué había muerto su madre. Y se irritó tremendamente.
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—¿Y eso me lo
preguntas nueve…? ¿¿Mi madre?? ¿Qué quieres decir con mi madre?
¿Tampoco eres ya su hijo?
Aunque siento
cierta predilección por las catástrofes, no me gusta nada convertirme en el
centro de la atención ajena. Sé que por mi aspecto —tengo la cara como un
cerdo, debido en parte a una enfermedad, no quiero decir cuál
— alguien ajeno me
echaría automáticamente a mí toda la culpa si me encontrara en una situación
controvertida. Y ahora estaba a punto de caer en una situación de ese tipo,
debido a la ruidosa ira de mi hermano. Un chiquillo inaguantable se había
colocado a un par de metros de mí, y en la acera, los peatones ralentizaban el
paso o se paraban del todo. Aquello no me gustaba. Me levanté, decidido a
marcharme. Pero Johannes no iba a tolerarlo; me agarró del brazo y me obligó a
volver a sentarme en el banco. Ay, si hubiera tenido fuerza. Estaba indefenso.
Realmente indefenso. En manos de un loco a quien la gente sin duda tomaría por
el más normal de los dos. Y que encima era mi hermano gemelo. No puedes llamar
a la policía solo porque tu hermano gemelo te tenga agarrado del brazo. Nadie
lo entendería.
Bueno, al menos
ocurrió algo positivo. Probablemente porque tenía que esforzarse para
mantenerme agarrado, dejó de amonestarme. Yo no dije ni una palabra por temor a
que volviera a empezar.
Mientras estaba
allí sentado, pensando en cómo librarme de él —pensé incluso en prenderle
fuego, siempre llevo conmigo un encendedor de llama alta—, ocurrió una de esas
casualidades que favorecen a uno: tuvo lugar un accidente. Escuché un agudo
chirrido de frenos y luego un golpe seco, y cuando miré por encima del hombro,
vi una motocicleta volcada y el cuerpo aparentemente sin vida de un hombre
mayor delante de las ruedas de un taxi. Mi hermano, que probablemente había
presenciado menos accidentes que yo, me soltó de inmediato el brazo, y
aproveché la ocasión para alejarme de él lo más rápidamente que pude. Puedo
decir con toda seguridad que no había andado tan rápido en los últimos quince
años. Andaba tan deprisa que gritaba y rechinaba por dentro, y cuando llevaba
andando así unos minutos, no pude más. Que viniera a cogerme.
Pero mi hermano no
llegó, me encontraba a salvo. A punto de morir por el sobreesfuerzo, pero a
salvo. Me senté en unas escaleras, y allí permanecí como una ramera cualquiera
hasta que pensé que las piernas tal vez me soportarían de nuevo, al menos un
trecho más.
Me encontraba cerca
de una filial de la biblioteca municipal y decidí entrar, pues allí podría
descansar como es debido.
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Me dejé caer en una
silla junto al estante de las revistas. Ay, qué silla tan buena para mi cuerpo
agotado. Y debí de quedarme dormido, porque de repente alguien me sacudió y una
voz enojada me susurró al oído:
—Está prohibido
dormir aquí.
Era una prohibición
comprensible, pues ¿qué ocurriría si todos los usuarios de la biblioteca se
quedasen dormidos? Pero no me gustó el tono. El que me había hablado era un
joven con unos bigotes de lo más triste, de esos que caen a ambos lados de la
boca.
—No he oído lo que
me ha dicho —dije en esa voz tan baja que se acostumbra usar en las
bibliotecas.
Ay, el joven no era
un bibliotecario sabio, habría leído muy pocas novelas buenas. Se quedó un
instante escudriñando mi fea cara, luego señaló la salida.
Entonces me enfadé
enormemente, pero me controlé, cogí una revista del estante y lo ignoré por
completo. Me costó un gran esfuerzo, y cuando me agarró del brazo, el mismo
brazo que mi hermano gemelo había maltratado poco antes, mi ira se volvió tan
justiciera que resultó imposible reprimirla. Me levanté y dije con la máxima
potencia de voz:
—¡No se atreva a
tocarme…, bribón!
Se oyó, y por muy
justa que fuera mi causa, ya sabía que no iba a ganarla. Me marché, y he de
confesar que lloré. Seguí llorando durante mucho tiempo después de haber salido
de la biblioteca, y me pareció que el mundo estaba en contra mía. Pero luego
hice un esfuerzo por recapacitar. Bueno, bueno, Paulus, me dije a mí mismo,
todo esto te ha pasado antes, no tiene importancia. En cualquier caso, la vida
pronto llegará a su fin, y entonces no importará que hayas sido solitario, feo
e infeliz.
Un día, poco tiempo
después, cumplí ochenta años. Fuera por la razón que fuera, el caso es que me
invadió un fuerte ataque de melancolía. Me atrevo a decir que fue un ataque
excepcionalmente fuerte. Como no era capaz de tranquilizarme hablando, bajé a
la tienda de la esquina y compré dos botellas de cerveza que bebí lo más
rápidamente que pude. Luego me acosté, pero era de día y no logré dormir. En
cambio, tuve la casi inexplicable ocurrencia de dar un paseo en autobús. Bueno,
Paulus, me dije a mí mismo, ¿por qué no?
Cogí dinero y fui a
la parada. Me senté en un autobús cuyo destino ignoraba. No quise preguntar,
porque nunca recibo respuestas decentes. Cuando llegó el revisor, le tendí un
billete de los grandes y dije que iba hasta el final. No me miró, de modo que todo
fue bien.
Me devolvió mucho
dinero, lo que me dio a entender que el autobús no iría muy lejos. Se detuvo
mucho antes de lo que me había imaginado. No era
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un sitio bonito.
Una gran fábrica y una larga fila de bloques uniformes de viviendas. La cerveza
me pidió salir del cuerpo, y miré a mi alrededor en busca de un lugar donde
orinar. No existía tal sitio y eché a andar. Seguramente fui en dirección
contraria. Era una calle muy larga, pero no había ningún lugar donde poder
aliviarme, ni siquiera un portal. Por fin divisé una tienda y anduve todo lo
rápido que pude para llegar a tiempo. Había una mujer detrás del mostrador, su
rostro era casi tan feo como el mío, lo que me dio esperanzas. Pero después de
haberme escudriñado un buen rato, negó con la cabeza.
—¿Y qué puedo
hacer? —pregunté.
—Esto es una tienda
—contestó.
—Me hago cargo
—señalé.
—No sea
impertinente —dijo.
Salí a toda prisa,
anduve unos cuantos metros en la misma dirección en la que había llegado, y
oriné contra la pared de una casa en el último momento. Ay, cuánta orina salió
de mí, parecía no tener fin. Y claro, fui observado. A uno no se le ahorra
ningún disgusto. Oí gritos enojados, y una mujer abrió una ventana muy cerca de
mí y exclamó:
—¡Debería darle
vergüenza, viejo!
—Ay, si usted
supiera —contesté sin mirarla. Luego me alejé. Intenté andar despacio, pero no
resultaba fácil. Y por cierto, ¿por qué?, si no hay nadie que sueñe siquiera
con que yo pueda tener dignidad.
Volví a donde había
parado el autobús, pero no había ninguno, de modo que continué andando. Pronto
llegué a una plazuela con una fuente y muchas palomas. Me senté en un banco y
me puse a observar a la gente que pasaba. Cuánta gente bien hecha hay por el mundo.
Sobre todo mujeres jóvenes; qué bonitas pueden llegar a ser antes de que la
maternidad les deje huellas.
No llevaba mucho
tiempo sentado cuando ocurrió algo inusual. Llegó una mujer mayor y se sentó a
mi lado en el mismo banco. Bueno, pensé, tendrá mal la vista.
Primero pensé en
levantarme antes de que surgiera algún problema, pero me produjo una sensación
tan rara, casi exótica, eso de estar sentado en el mismo banco que una mujer,
que me quedé sentado. Tal vez alguien que no conozca a ninguno de los dos,
incluso creerá que nos pertenecemos, pensé. O al menos que nos conocemos. Hasta
ese punto se puede llegar a fantasear.
Mientras tanto, me
acordé de que era mi cumpleaños, y entonces sentí algo agresivo por dentro. Me
levanté rápidamente y volví a la parada del
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autobús. Estaba
enfadado y no tenía miedo, de modo que pregunté cuándo salía el próximo.
Solo faltaban unos
minutos. Estuve enojado durante todo el trayecto, y al bajarme del autobús
entré derecho en el primer café que vi y pedí una jarra de cerveza. Nadie me
impediría celebrar mi ochenta cumpleaños, que se atrevieran a intentarlo. Era
un buen enfado, y no cesó; cuando acabé la cerveza, seguía enojado. Le solté un
montón de improperios al mundo, por dentro, claro. Y cuando se acercó a mi mesa
un anciano, estaba dispuesto a no dejarme vencer.
—Tú tienes que ser
Hornemann —dijo, y pensé con amargura: Una vez visto, siempre visto. Pero
asentí con la cabeza, aunque no sabía quién era él.
—Llevo un rato
mirándote —explicó— y he pensado: Ese hombre no puede ser otro que Paul
Hornemann.
—Pues sí, uno suele
parecerse a sí mismo —dije.
—¿Pero tú a mí no
me conoces? —preguntó con entusiasmo, seguramente había bebido más que yo.
—No.
—Holt —indicó—,
Frank Holt. Fuimos colegas en el Instituto de Bachillerato de A.
Si mi malograda
vida hubiera tenido un principio distinto del de la concepción, todo habría
empezado en A. No tengo intención de relatar aquello, ni ahora ni más adelante,
bastará con decir que nunca debería haber tenido alumnos. Descubrí demasiado
tarde que mis conocimientos no podían compensar mi aspecto. Los alumnos se lo
pasaron muy bien a mi costa, y al final la cosa acabó mal. Muy mal.
Basta ya de hablar
de eso. Pero ese inesperado encuentro con el profesor Holt —de quien yo, por
cierto, aún no me acordaba— fue todo menos agradable.
—Ay, hace mucho
—dije.
—Sí, ha llovido
mucho desde entonces —dijo él, y en ese instante supe que no me iba a aportar
nada placentero. Si por lo menos él hubiera sido tímido, uno podría haber dicho
disparates, pero no lo era.
—Sí, llueve sin
parar —contesté—, y, sin embargo, nunca llueve a gusto de todos.
Parecía un poco
desorientado, aunque preguntó si le permitía sentarse. Vacilé en contestar,
pero ¿de qué sirvió si la respuesta final fue que sí? Nunca aprenderé.
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Quiso invitarme a
una cerveza, pero en ese punto puse el límite y pedimos una cerveza cada uno.
Él comenzó enseguida a rememorar viejos tiempos, y entendí, con gran alivio,
que se había marchado de A al año siguiente de llegar yo. Todo lo que podía
recordar. Y solo cosas buenas y agradables. Tiene que sentirse bien consigo
mismo, pensé, y cuando el flujo de recuerdos comenzó a disminuir, dije:
—Cuántos buenos
recuerdos.
—Sí, de los que uno
puede vivir durante mucho tiempo.
—Entonces te harás
muy viejo, Holt.
Sonrió confiado.
—Quién sabe. Nadie
conoce el día hasta que se ha puesto el sol.
—Y tanto. Te
expresas muy bien, ya lo creo.
—Cada nuevo día es
un regalo —dijo con entusiasmo. Me quedé atónito.
Era como oír a mi
madre, y no fue precisamente una mujer digna de imitar.
—Es como estar
oyendo a mi madre —dije—. Y cumplió más de noventa años.
Él estaba radiante.
—No me digas
—replicó—. Pues sí, me gustaría participar en la transición al nuevo milenio.
¿Te lo imaginas, Hornemann?
—Sí —contesté—,
habrá unos estupendos fuegos artificiales.
—Y no solo eso
—añadió—, imagínate ese soplo histórico que pasará por la Tierra. Casi puedo
oírlo.
Reprimí una
respuesta. Sé bueno, me dije a mí mismo, no te ha hecho nada, simplemente es
así; cuando está sobrio, seguro que también él se siente solo e insatisfecho,
le ocurre a todo el mundo, lo que pasa es que no lo saben o lo llaman de otra
manera.
Apuré el vaso y
dije que tenía que marcharme, que tenía una cita. —Vaya, vaya, siempre ocurre
lo mismo —dijo—, cuando uno se
encuentra por fin
con alguien conocido, resulta que está ocupado. De todos modos, me alegro de
haberte reconocido.
—Adiós —dije.
—Adiós, Hornemann,
me alegro de haber hablado contigo.
Al llegar a casa,
encontré una nota debajo de la puerta. Era de mi hermano gemelo. Ponía con mala
letra: «Supongo que estás en casa y no quieres abrir. He venido a felicitarte
por tu cumpleaños, ya que nadie más lo hará. Al menos ahora sé dónde vives. Volveré.
Johannes».
Me apresuré a
entrar en casa, cerré con llave y puse la cadena de seguridad. Ese día ya no
volví a salir, tenía miedo de que estuviera
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esperándome abajo,
en el portal.
Pero al final
resultó ser un buen día a pesar de todo. Tenía en casa una revista que solo
había leído a medias. Esa noche leí lo que me quedaba. Uno de los artículos
trataba de un cuásar recién descubierto. Se encuentra a 117 000 millones de
kilómetros de distancia y su luz fue emitida hace 12 400 millones de años, es
decir, casi 8000 millones de años antes de que naciera nuestro sistema solar, y
mucho antes de que se formara la Vía Láctea, hace 10 000 millones de años.
Ay, fue una buena
lección en perspectivas. Me sentía tan animado que abrí una ventana para
contemplar el espacio. Por supuesto, no vi nada, hace mucho que no se ve un
cielo estrellado sobre esta ciudad, pero no importaba, yo sabía que existía el
infinito y que todo lo irracional perecerá en él.
Aproximadamente una
vez por semana me acerco a un café que no está lejos de casa. Es mi café
habitual. Los camareros se han acostumbrado a verme, casi me atrevería a decir
que me aceptan. Me siento en una mesa pequeña y me tomo tres o cuatro jarras de
cerveza; así paso toda la velada. De vez en cuando, algunos de los clientes
habituales me saludan porque me ven a menudo, lo cual encuentro muy alentador.
Alguno que otro me habla, pero se trata siempre de alguien tan borracho que no
sabe muy bien lo que hace, o de uno de esos pesados que ha sido ya rechazado en
todas las demás mesas y ve en mí la última salida. Nunca los invito a sentarse,
y si se sientan de todos modos, les hago marcharse.
Es un buen sitio
para pasar el rato, y si pudiera permitírmelo, iría todas las noches. He soñado
con ello a menudo, con acudir allí todas las noches.
Pero el otro día,
la última vez que estuve, vi horrorizado que entraba mi hermano gemelo. Me
agaché lo más rápido que pude e hice como si estuviera recogiendo algo del
suelo, pero él ya me había visto. Vi sus piernas detenerse junto a mí.
—¿No encuentras
nada? —preguntó.
Me incorporé sin
contestarle. Él se sentó. Me invadió una gran desesperación: está robándome mi
café habitual.
—¿Conque aquí es
donde pasas el tiempo? —preguntó.
—Déjame en paz
—contesté, resignado.
—¿En paz? ¿Esas son
formas de hablar a tu hermano? ¡Vengo aquí a charlar, y tú me pides que te deje
en paz!
—Lo único que pasa
es que prefiero estar solo.
Se exaltó y montó
un escándalo. Cuánto lo odio. Y por la amargura ante el hecho de que estuviera
a punto de arrebatarme el último refugio fuera de mi
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—No eres mi
hermano.
Ya habíamos
empezado a llamar la atención entre las mesas más cercanas, y mi declaración
empeoró la situación, que ya era bastante mala. Johannes se puso fuera de sí de
ira, extendió un largo brazo por encima de la mesa, me agarró de la solapa y
gritó:
—¡Dime eso otra
vez!
No me pareció
necesario; además, vi que el camarero se estaba acercando.
—Aquí no queremos
líos —dijo.
—¿Podría pedirle a
este hombre que se marche? —pregunté—. Asegura que es mi hermano gemelo.
Por un instante,
Johannes me miró estupefacto, luego me dio un fuerte empujón, a la vez que me
soltó la solapa. La silla cayó hacia atrás y, camino del suelo, pensé: Soy
demasiado viejo para caerme, seguro que me rompo en pedazos.
Pero fue la silla
la que se rompió. Bien es verdad que me golpeé la nuca contra el suelo, pero no
dolió demasiado, mas noté espantado que había mojado los pantalones, y estaba
tan avergonzado que me quedé un rato con los ojos cerrados tumbado en el suelo,
hasta que noté una mano sobre la mejilla y vi varios rostros. Desde la puerta,
oí a Johannes gritar que era mi hermano gemelo.
—¿Está usted bien?
—preguntó uno de los hombres que se habían inclinado sobre mí.
—Sí, gracias,
gracias —contesté, aturdido. Y logré sonreír, seguro de presentar un aspecto
horrible. Pero me ayudaron a levantarme, fueron muy serviciales, bueno,
directamente amables, y me puse sentimental, dando las gracias a diestro y
siniestro.
Allí estaba sentado
como antes, solo que con los pantalones mojados. A Johannes lo habían echado,
pero estaba seguro de que estaría esperándome fuera. Me consolé pensando que
aún faltaba mucho para que el café cerrara; tal vez se cansara de esperar y aplazara
la venganza para otra ocasión.
Me miré los
pantalones. Ay, estaban muy mal. Una gran mancha oscura ante la cual sería
incapaz de tomar una actitud racional, por mucho que quisiera. ¡Mi dignidad!,
gemí por dentro, aunque no tuviera nada que ver con mi dignidad, sino con mi
vanidad.
Se me acercó un
hombre. Sería uno de los que se habían inclinado sobre mí, y seguramente
también me habría visto echar un miserable vistazo a mis pantalones. Puso un
frasco con sobres de sal y pimienta en mi mesa y me dijo
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que echara sal
encima, porque así absorbería la humedad. Imagínese, qué amable por su parte.
Me sentí cálido por dentro, y estuve a punto de levantarme y estrecharle la
mano, pero temí que no le gustara, de modo que me limité a darle las gracias.
—De todas formas,
todo el mundo pensará que es cerveza —dijo.
Yo no lo creía así,
pues mi experiencia me dice que la gente piensa siempre lo peor. Pero él lo
dijo con buena intención, así que le agradecí efusivamente el consuelo.
Me eché dos sobres
de sal encima y pensé que tal vez fuera buena idea empezar a llevar en el
bolsillo alguno de esos sobres tan prácticos, por si acaso. Por no decir sobres
de pimienta, se me ocurrió de repente, y me apresuré a meterme cuatro en el
bolsillo. ¡Ja!, pensé confiado, ahora que Johannes se atreva.
Al cabo de un rato
tuve que ir al lavabo, y me atrevo a decir que fui con la cabeza alta y el
ánimo elevado. Ojalá no lo hubiera hecho, pues debería haber recordado que los
lavabos de los cafés son lugares para muchas clases de evacuación. Apenas hube
entrado, se me acercó un joven borracho que me miró dos veces y luego preguntó
que de dónde me habían sacado. Nunca suelo contestar a ese tipo de preguntas,
pero en ese momento…, bueno, tampoco estaba del todo sobrio, así que le
pregunté si no tenía educación. De descarado pasó a malvado. Dijo un montón de
cosas que atentaban seriamente contra mi honor, y el episodio fue el doble de
penoso porque había un hombre junto al urinario que escuchó todo. Le dije algo
muy feo, no quiero decir qué, y se me encaró con sus ojillos. Quería pegarme,
estaba seguro, y de alguna manera me pareció natural, pues sabía que podía
conmigo. Pero se contentó con agitar el puño delante de mis narices. En ese
instante entró el portero, seguramente nos habría visto, porque el lavabo está
vigilado. Jamás hubiera imaginado que algún día eso me parecería algo bueno.
Pero fue un punto de vista que duró poco.
—Esta noche no hay
más que problemas contigo —dijo. Me lo estaba diciendo a mí.
—¿Conmigo?
—pregunté asustado—. Él me importunó.
—Vaya. Primero uno
y luego otro. Muchas importunaciones en una noche, ¿no? Creo que sería mejor
que lo dejaras por hoy.
Sabía que había
perdido, jamás he oído hablar de porteros que cambien de opinión. Si han
decidido algo, son insensibles incluso a los argumentos más obvios.
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Y sin embargo,
precisamente porque estaba en juego una parte muy importante de mi existencia,
estaba dispuesto a intentarlo, aunque no pude decir más de siete palabras antes
de que me aplastara:
—Y más vale que
dejes de robar sobres de sal y pimienta. No creo que seas tan pobre, ¿no?
No pude contestar.
Cualquier respuesta habría debilitado aún más mi credibilidad.
Ay, cómo entiendo a
los que denuncian la injusticia. Si él hubiera sido menos grande y yo más
joven, si hubiera tenido una mínima posibilidad de ganarlo, me habría
abalanzado sobre él. Ah, sí, lo hubiera abatido. Aún queda en mí algo de
verdad. ¿Qué digo, verdad? Quiero decir sentido de la justicia. No, tampoco
eso. Hay demasiadas palabras elegantes en el mundo. Agresividad es
la palabra, es una buena palabra.
No sé si pensé eso
estando allí, pero lo sentí. De modo que lo único que hice fue levantar el puño
y marcharme. Era lo único que podía hacer. Levanté el puño en alto por encima
de la cabeza, como hacen los jóvenes en las manifestaciones. Y luego salí del
lavabo y del café, convencido de que me marchaba para siempre. No exagero nada
si digo que sentía una gran amargura.
Pero pronto tuve
otras cosas en que pensar, no solo que mi mundo se había reducido drástica e
irremediablemente. Había salido del lavabo con mi urgencia sin solucionar;
ahora la necesidad de vaciarme se me vino encima con tanta fuerza que mi
problemática de la libertad se convirtió en algo completamente nimio. Ah, sí,
también de esa manera el espíritu se ahoga en la materia.
Pero ya de vuelta
en casa y con mis necesidades primarias satisfechas, me volvió la amargura. O
la aflicción, se podría muy bien llamar aflicción. Apenas tienes ya nada más
que perder, Paulus, me dije, estás casi acabado.
Cuando por fin me
dormí —tardé mucho—, tuve un sueño. No creo en los sueños, quiero decir que no
creo en la interpretación de los sueños. Pero sucede, no obstante, que un sueño
te hace despertarte animado, casi alegre. Y ese sueño fue de tal naturaleza que
me desperté con una especie de acceso de optimismo. Soñé que Johannes había
muerto. Estaba en su entierro, su hija también. Ella no paraba de reír, sobre
todo cuando estaban a punto de bajar el ataúd y resultaba que era más grande
que la tumba y no podían bajarlo. La hija se reía tanto que estaba doblada, y
yo tampoco podía dejar de reírme. Entonces ella se me acercaba y decía,
vámonos, no perdamos tiempo, te he amado siempre, vayamos a tu casa. Y nos
marchábamos, y ella se reía todo el
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tiempo y me tocaba,
era algo impúdico, pero bueno. Luego señalaba el sol, que estaba a punto de
ponerse, y, de repente, el astro daba un salto en el cielo y subía sin cesar, y
ella no paraba de tocarme, me tocaba tanto que me desperté, y ya era de día. Durante
el desayuno, comiendo el huevo, me dije a mí mismo: No debes resignarte,
Paulus, debes volver, no te han vetado la entrada para siempre, y además ese
portero no está allí tan a menudo, tal vez sea solo un suplente, nunca dejes
que alguien te quite algo, no hasta que lo hayan hecho de verdad. Vuelve allí.
No sé. Fue un buen
sueño, pero no tenía nada que ver con el café. A veces pienso en volver como si
nada hubiera ocurrido. Pero no es tan fácil. Así que no sé. No era más que un
sueño.
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ALLÍ ESTÁ ENTERRADO
EL PERRO
El invierno soltó
sus garras a principios de marzo. Llegó un viento templado, casi cálido, del
sudeste, y la nieve, que reposaba en una capa muy gruesa desde antes de
Navidad, se desplomó y derritió.
Un viernes por la
tarde, tres días después del cambio de tiempo, Jakob E. cogió una pala de nieve
del garaje y fue hacia la parte posterior de la casa. Se puso a quitar la nieve
de la trampilla del sótano. Las últimas dos o tres veces que había bajado allí,
había notado un vago aunque desagradable olor, cuyo origen no era capaz de
explicarse. Ahora tenía la intención de abrir la trampilla y la puerta del
sótano y ventilarlo todo bien tras el invierno.
Cuando al cabo de
un rato dejó la pala y abrió la trampilla, se topó a la vez con la visión y el
olor. Dio un grito, soltó el asa, y la trampilla volvió a caer en su sitio con
un gran estruendo. Gritó otra vez, se estremeció y dio unos rápidos pasos hacia
atrás, como si alguien lo estuviera persiguiendo.
Poco a poco fue
disminuyendo el pánico y pensó: Eso es imposible. Clavó la mirada en la
trampilla del sótano y siguió pensando: Eso es imposible. Un perro muerto, es
imposible.
Pero allí estaba el
pestilente y descompuesto cuerpo de un gran perro de pelo negro. Tendría que
hacer algo con él, pero no sabía qué.
Dejó la pala de
nieve, pasó por delante del garaje y entró en la casa. Erna estaba sentada
junto a la mesa de la cocina leyendo el periódico. No levantó la vista. Jakob
se sentó enfrente de ella y encendió un cigarrillo. Erna sonrió por algo que
había leído. Jakob dijo:
—Hay un perro
muerto debajo de la trampilla del sótano.
—Debajo de… ¿Un
perro?
—Lleva allí desde
antes de Navidad.
—No.
—No sé qué hacer.
El hedor… Y es muy grande.
—¿Desde antes de
Navidad? Dios mío.
—Desde antes de la
gran nevada.
—Dios mío, Jakob.
¿Qué vas a hacer?
—No lo sé.
Jakob se levantó y
se acercó a la ventana. Al cabo de un rato preguntó:
—¿Tenemos lejía?
—Debajo del
fregadero.
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La cogió y salió.
Entró en el garaje. Agarró de un gancho de la pared una cuerda de tender
enrollada y volvió a la parte posterior de la casa. Ató el cabo de la cuerda al
asa de la trampilla del sótano. No es más que un perro muerto, pensó.
Retrocedió dos o tres metros, tensó la cuerda y tiró de ella. La trampilla se
abrió. Jakob pasó por delante de la entrada, cogió la pala y comenzó a echar
nieve en la abertura. Cuando por fin estuvo seguro de haber enterrado el cuerpo
con la nieve, se acercó y miró hacia abajo. Luego fue a buscar la botella de
lejía, pero, en el momento de ponerse a desenroscar el tapón, divisó al vecino,
que lo estaba observando desde la ventana de su cocina. Por un instante se
quedó perplejo, como si le hubieran pillado in fraganti. Luego, con una
tranquilidad forzada y sin mirar en dirección a la casa del vecino, cogió la
pala de nieve y la botella y las dejó en el garaje antes de entrar en casa.
Erna no estaba en
la cocina. Jakob se sentó y encendió un cigarrillo. ¿Martin?, pensó. Antes de
la gran nevada. ¿Martin? Oyó a Erna que bajaba del piso de arriba.
—¿Has conseguido
sacarlo? —preguntó.
—No. Holt estaba en
la ventana. Esperaré a que se haga de noche. —¿No tendrías que informar a la
policía? Él no contestó.
—Alguien tiene que
haberlo echado en falta. —Déjame arreglar este asunto a mi manera, por favor.
—Sí, pero alguien nos lo ha hecho. A nosotros. —Eso no lo sabemos. ¿Quién puede
haber sido?
—Pues no sé quién
puede haber sido. Lo que está claro es que no ha bajado al sótano por su
cuenta. ¡Ah, Dios!
—¿Qué pasa?
—Imagínate si, oh,
Dios, imagínate si alguien lo ha encerrado allí.
—No te pongas
histérica.
—No estoy
histérica. Pero no entiendo por qué te niegas a informar a la policía.
—Lo hago a mi
manera, te he dicho, y no se hable más del asunto.
Se levantó. Salió
de la cocina, atravesó la entrada y bajó al sótano por la escalera interior.
Cogió un viejo hule de la repisa que había sobre el banco de carpintero y con
las tijeras hizo un agujero en cada esquina. Luego cortó una cuerda de unos
cinco o seis metros en cuatro partes iguales y las ató a los agujeros del hule.
Se acercó a la trampilla del sótano y miró hacia fuera.
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Estaba
oscureciendo. Al cabo de media hora estaría suficientemente oscuro.
Me vio, pensó, pero
desde ese ángulo no habría podido ver al perro.
Cogió el hule,
subió por la escalera exterior y entró en el garaje. Se metió en el coche y
encendió un cigarrillo. Cuando le pareció que ya estaba bastante oscuro, llevó
la botella de lejía hasta la bajada al sótano. No había nadie en la ventana de
la cocina del vecino. Echó lejía encima de la nieve que cubría el cuerpo del
perro y volvió al garaje a buscar la pala de nieve y el hule. Con la pala
empujó al perro hacia el borde de la escalera, luego extendió el hule. A
continuación metió la pala debajo del cuerpo del animal y lo echó sobre el
hule. El perro quedó al descubierto, el hedor le vino a la cara y Jakob empezó
a vomitar a chorros.
Más tarde, cuando
había vuelto a cubrir el perro de nieve, soltó la cuerda de tender del asa de
la trampilla del sótano e hizo un lazo con ella. Ató los cuatro cabos de cuerda
del hule al lazo. No había nadie en la ventana del vecino. Empezó a tirar de la
cuerda, y el hule formó una especie de red de pesca alrededor del perro. Pesaba
menos de lo que se había imaginado, y el hule aguantó. Lo arrastró por la nieve
hasta la valla de madera al fondo del jardín. Luego cogió la pala y cubrió el
cuerpo con medio metro de nieve. Lo conseguí, pensó.
Media hora más
tarde, cuando se había duchado y cepillado los dientes, entró en el cuarto de
estar. Erna estaba viendo la televisión.
—Ya está —dijo
Jakob.
Ella no contestó.
Él se sentó. Bueno, pensó. Encendió un cigarrillo.
Transcurrió un
minuto.
—¿Qué has hecho con
él? —preguntó Erna. —Está abajo, en la huerta. Lo he cubierto de nieve. —¿Y
cuando se derrita la nieve? —Entonces lo enterraré.
—¿En la huerta?
—Sí.
—No, Jakob, no lo
quiero debajo de las verduras. —¿Dónde si no? ¿No pretenderás que cave el
césped?
—Haz lo que
quieras, pero no lo quiero debajo de las verduras.
—En mi vida he oído
una cosa más tonta.
—Es posible. Y
además sigo diciendo que debes informar a la policía. —¡Deja ya de dar la lata
con la policía, coño! —¿Cómo te atreves a hablarme así, Jakob?
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—Te hablo como me
da la gana. He estado trajinando con ese jodido animal hasta vomitar a chorros,
y tú no haces más que darme la lata con la policía.
Se levantó
bruscamente y salió de la habitación.
—¡Jakob! —le gritó
ella. Él no contestó. Subió al dormitorio, pero volvió a salir inmediatamente,
pues allí no tenía nada que hacer. No sabía adónde ir. Se sentó en la parte
superior de la escalera. Intentó recordar con exactitud cuándo se había
marchado Martin, pero no lo logró.
Oyó sonar el
teléfono y, cuando Erna lo cogió, se levantó y bajó a la cocina. La puerta del
cuarto de estar estaba abierta, pero no podía oír lo que decía. Bebió un vaso
de agua. Luego dejó caer el vaso al suelo, pero no se rompió. Lo recogió y lo
dejó caer de nuevo, esta vez con algo de fuerza, no mucha. El vaso se rompió,
aunque no en tantos pedazos como se había imaginado. Cogió la escoba y el
recogedor y se puso a barrer. Erna no acudió. Luego fue al cuarto de estar a
buscar un periódico viejo. Erna estaba sentada en el sofá, había apagado el
televisor. Jakob cogió el periódico y volvió a la cocina. Envolvió los trozos
de cristal en el periódico y lo metió todo en el cubo de la basura. Desde allí
observó a Erna a través de la puerta entornada. Estaba sentada en el borde del
sofá mirando fijamente al frente y con los labios muy apretados. Jakob apagó la
luz y encendió un cigarrillo. Si ella se volvía, lo vería fumar en la
oscuridad. Ella volvió la cabeza. Él se fumó el cigarrillo y fue al cuarto de
estar.
—¿No hay nada en la
tele? —preguntó.
—Solo un concierto
—contestó ella.
Jakob cogió el
periódico que estaba sobre la mesa del sofá y se sentó. —Tengo que decirte
—dijo ella— que por muy desagradable que te
resultara lo del
perro, no deberías haberla tomado conmigo. Sabes muy bien cómo reacciono cuando
me gritas.
Él encendió un
cigarrillo.
—Tenía que
decírtelo —añadió ella—, y dicho está. Y ahora voy a hacer café.
Se levantó y fue a
la cocina. Él se quedó sentado con el periódico sobre las rodillas escuchando
los ruidos que ella hacía. Empujó el periódico hasta el suelo y aplastó el
cigarrillo. Luego agachó la cabeza y apretó con fuerza las palmas de las manos
contra los oídos. De ese modo solo podía escuchar el zumbido que provenía del
interior de su cabeza. No se dio cuenta de que ella volvía a entrar, pero de
repente se percató de que lo estaba mirando.
—¿Qué te pasa? —le
preguntó.
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—¿Crees que puede
haber sido Martin, verdad?
—¿Martin? ¿Qué?
¿Qué Martin?
—Tu Martin. Por eso
no querías denunciarlo a la policía, ¿verdad? Tenías miedo de que hubiera sido
Martin.
Él se levantó. Su
mirada se encontró con la de ella, y ella retrocedió un paso.
—¡Qué coño estás
diciendo!
—Pero…
—¡Qué coño estás
diciendo!
—No he querido…,
perdóname. Me estás asustando. Por favor, Jakob, no me asustes. ¡Jakob…, no!
Él retiró la mano.
Se dio la vuelta. Fue a la cocina. El agua para el café estaba hirviendo y
apagó la placa. Sobre la encimera, en una bandeja, estaban las tazas, la
jarrita de la leche y el azucarero. Se quedó contemplando todo durante un rato,
luego meneó la cabeza varias veces. Sacó el café instantáneo del armario, lo
echó en las tazas, las llenó de agua y llevó la bandeja al cuarto de estar.
Erna estaba sentada en el sofá mirándose las rodillas y abrazándose como si
tuviera frío. Jakob colocó la taza, la jarrita y el azucarero delante de ella.
Ella no levantó la vista. Jakob encendió el televisor. Emitían una película
policiaca. Se acomodó en el sillón y encendió un cigarrillo. Al cabo de un
rato, Erna se levantó y subió al dormitorio; él podía sentir sus pasos. No
volvió a bajar.
La noche siguiente,
Jakob colocó una lona grande sobre el montón de nieve junto a la valla de
madera, y cuando la tierra se desheló, enterró al perro en la huerta. Erna no
dijo una palabra, pero al llegar la primavera, la huerta quedó sin cultivar.
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EL CLAVO EN EL
CEREZO
Mi madre estaba en
el jardincito de detrás de la casa, de eso hace ya mucho tiempo, yo era mucho
más joven entonces. Estaba clavando un largo clavo en el tronco del cerezo, yo
la veía desde la ventana del segundo piso, era un día bochornoso y nublado del
mes de agosto, la vi colgar el martillo del clavo. Luego fue hasta la valla de
madera al final del jardín, donde permaneció mucho rato, completamente inmóvil,
contemplando el extenso descampado sin árboles. Bajé por la escalera y salí al
jardín, no quería que se quedara allí, pues quién sabía lo que podía estar
viendo. Me acerqué a ella. Me tocó el brazo, me miró y me sonrió. Había
llorado. Dijo sonriendo: No aguanto más, Nicolay. De acuerdo, dije. Fuimos
hasta la casa y entramos en la cocina. En ese momento llegó Sam quejándose del
calor, y mi madre puso agua para el té. Las ventanas estaban abiertas. Sam
hablaba a mi madre de una cama que causaba dolores de espalda a su mujer, y yo
subí directamente a la habitación que llamábamos la habitación de Sam, porque
él era el mayor y el primero que había tenido su propio cuarto. Me quedé de pie
en medio del cuarto de Sam dejando pasar el tiempo, luego volví a bajar. Sam
estaba hablando de un motor fuera borda. Mi madre echó azúcar al té y no paraba
de removerlo con la cucharilla. Sam se secó la nuca con un pañuelo azul, no
podía soportar mirarlo, dije a mi madre que iba a comprar tabaco, y estuve
fuera un buen rato, pero cuando volví, él seguía allí. Hablaba del entierro, de
que el reverendo había encontrado justo las palabras adecuadas. ¿Tú crees?,
preguntó mi madre. Le pregunté a Sam por la edad de su hijo. Me miró. Siete,
dijo, pero si ya lo sabes. No contesté, él seguía mirándome, mi madre se
levantó y llevó las tazas al fregadero. Entonces empieza ahora el colegio,
dije. Evidentemente, contestó, todos empiezan el colegio a los siete años. Sí,
ya lo sé. Me levanté y fui hasta la entrada y luego subí al cuarto de Sam,
sentía como si tuviera la cabeza en el fondo de un lago. Metí el paquete de
tabaco en la maleta, la cerré con llave y me metí la llave en el bolsillo. No,
me dije a mí mismo. Volví a abrir la maleta, saqué el paquete de tabaco, saqué
el otro paquete del bolsillo y volví a bajar a la cocina con los dos paquetes
de tabaco en la mano. Sam dejó de hablar. Mi madre estaba secando los cacharros
con un paño de cuadros rojos y blancos. Me senté, dejé los dos paquetes de
tabaco en la mesa y empecé a liarme un cigarrillo. Sam me miró. Se hizo el
silencio durante un buen rato, hasta que mi madre se puso a tararear. Y tú,
dijo Sam,
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sigues con lo tuyo.
Sí, contesté. Jamás lo comprenderé, gente adulta escribiendo poesía. Quiero
decir, sin hacer nada más. Bueno, bueno, Sam, dijo mi madre. Pues no lo
entiendo, insistió Sam. Lógico, contesté. Me levanté y salí al jardín. Me
resultaba demasiado pequeño, salté la valla y eché a andar por el descampado.
Quería ser visible, pero a distancia. Anduve unos ochenta o noventa, tal vez
cien metros, entonces me detuve y volví la cabeza. Podía ver la mitad del coche
de Sam a la derecha de la casa. El aire no se movía. Apenas sentía nada. Me
quedé mirando la casa y el coche durante mucho tiempo, tal vez un cuarto de
hora, tal vez incluso más, hasta que Sam se fue, a él no lo vi, solo el coche.
Unos instantes después, salió mi madre, y cuando vi que me había visto, volví
al jardín. Dijo que Sam había tenido que marcharse. Te manda recuerdos, dijo.
¿De veras?, pregunté. Es tu hermano, señaló ella. Pero, madre, dije. Entonces
ella meneó la cabeza sonriendo. Le dije que por qué no se iba a descansar un rato.
Asintió. Entramos. Se detuvo en medio de la habitación. Abrió la boca de par en
par como si fuera a gritar, o como si le faltara el aire, luego la volvió a
cerrar y dijo con un hilo de voz: Creo que no voy a superarlo, Nicolay.
Quisiera morirme. La cogí por los estrechos y picudos hombros. Madre, dije.
Quisiera morirme, repitió. Sí, madre, dije. La conduje hasta el sofá, estaba
llorando, le tapé las piernas con una manta, apretó los ojos y lloró
ruidosamente, yo estaba sentado en el borde del sofá mirando las lágrimas y
pensando en mi padre, pensando en que ella seguramente lo había amado. Puse una
mano sobre su pecho, de alguna manera era consciente de lo que hacía, y ella
dejó de apretar los ojos, pero no los abrió. Ay, Nicolay, dijo. Duerme, madre,
dije. No retiré la mano. Al cabo de un rato, ella respiraba tranquilamente, y
entonces me levanté, fui a la entrada y subí al cuarto de Sam. Faltaban casi
cinco horas para la salida del tren, pero estaba convencido de que ella lo
comprendería. Hice la maleta, coloqué el traje negro en la parte de arriba.
Tenía la sensación de que mi cabeza estaba en un gran espacio. Bajé por la
escalera y salí. Fui andando hasta la estación, estaba lejos, pero me sobraba
tiempo. Iba pensando en que ella tenía que haber amado a mi padre, y que Sam…,
que ella seguramente también lo quería a él. Y pensé: No importa.
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EL COMODÍN
Un sábado por la
noche, hacia finales de noviembre, me hallaba solo en casa con Lucy. Yo estaba
sentado en el sillón junto a la ventana, ella junto a la mesa del comedor
haciendo un solitario, últimamente no paraba de hacer solitarios, yo no sabía
por qué, pensaba que quizá tenía miedo de algo. Hace mucho calor, dijo Lucy,
podrías abrir un poco la ventana. Estaba de acuerdo en que hacía algo de calor,
y como afuera no hacía demasiado frío, abrí la ventana. Daba al jardín de atrás
y a un bosquecillo, y me quedé de pie un rato escuchando el suave rumor de la
lluvia. Tal vez fuera esa la razón, la suave lluvia y el silencio, lo cierto es
que ocurrió lo que ocurre de vez en cuando: se te viene encima un gran vacío,
es como si la misma falta de sentido de la existencia se te metiera adentro y
se extendiera como un inmenso y desnudo paisaje. Ya puedes volver a cerrar,
dijo Lucy, aunque yo seguía mirando por la ventana. Voy a dar una vuelta, dije.
¿Ahora?, preguntó ella. Cerré la ventana. Solo un paseíto, contesté. Ella
seguía con su solitario, sin levantar la cabeza. En la entrada, me puse el
impermeable y el gorro de lluvia que solo utilizo para trabajar en el jardín
cuando hace mal tiempo. Tal vez por eso fui al jardín en lugar de salir a la
carretera. Llegué hasta el final, donde cultivábamos la col y había un pequeño
banco sin respaldo que databa de antes de que Lucy heredara la casa. Me senté
bajo la lluvia en la oscuridad y miré hacia las ventanas iluminadas, pero como
el jardín formaba una suave pendiente hacia abajo, no podía ver a Lucy, solo el
techo y la parte superior de las paredes. Al cabo de un rato hacía demasiado
frío para permanecer sentado; me levanté con la intención de trepar por la
valla y cruzar el bosquecillo hasta la carretera, junto a la oficina de
correos. Pero al llegar a la valla, me volví y vi la sombra de Lucy en la pared
de dentro y un trozo de techo, y no entendía cómo podía ser, no entendía cuál
podía ser la fuente de luz que hacía que la sombra cayera justo ahí. Trepé por
la valla por el lugar donde podía agarrarme a la rama inferior de un gran
roble; desde allí podía ver a Lucy sentada junto a la mesa. Delante de ella
ardía una vela, y en una mano llevaba algo que también ardía, pero me resultaba
imposible ver de qué se trataba. Luego la llama desapareció, y Lucy se levantó;
en ese instante fue como si toda la habitación quedara en penumbra. Un momento
después, Lucy había desaparecido de mi campo visual. Esperé un rato, pero no
volvió. Bajé de un salto hacia la parte exterior de la valla y me adentré en el
bosquecillo.
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Me preguntaba qué
había quemado, y de alguna manera me sentía engañado, por no decir encandilado,
sé que fue justo eso lo que sentía, porque la idea me dejó algo perplejo,
incluso me pregunté de dónde procedía el verbo encandilar. Seguí
andando por el sendero hasta llegar al aparcamiento de gravilla que
había detrás de la oficina de correos, allí me paré a sopesar los pros y los
contras, luego volví por el mismo camino, no era muy largo, solo unos
doscientos metros, y enseguida me encontré otra vez junto a la valla.
Permanecí un buen
rato en la entrada, y cuando llegué al cuarto de estar, Lucy estaba haciendo un
solitario. Levantó la vista de las cartas y me dirigió una sonrisa. No había
ninguna vela en la mesa, ni restos de papel quemado en el cenicero. ¿Y bien?, preguntó.
Llueve, contesté. Ya lo sabías, ¿no?, preguntó ella. Sí, contesté. Me senté
junto a la ventana. Miré hacia el jardín, pero solo me encontré con el reflejo
de la habitación y el de Lucy. Al cabo de un rato, sin levantar la vista de las
cartas y con una voz completamente cotidiana, dijo: No tengo más que
pellizcarme el brazo para saber que existo. Incluso tratándose de Lucy era una
afirmación muy contundente, y si la interpreté como una acusación, lo atribuyo
a esa sensación de haber sido engañado, una sensación que no se había esfumado
al volver a casa y encontrar borradas todas las huellas de lo que había visto
desde la valla. Estuve a punto de darle una respuesta irónica, pero me
controlé. No dije nada, ni siquiera me volví hacia ella, sino que continué
observando su reflejo en el cristal de la ventana. Se puso a recoger las
cartas, todavía sin levantar la vista. Me sentí como si tuviera la cara rígida.
Lucy guardó la baraja en el estuche y se levantó lentamente. Me miró. Fui
incapaz de volverme, estaba completamente recluido en la sensación de haber
sido agraviado. Dijo: Pobre Joachim. Y se fue. La oí abrir el grifo de la
cocina, luego se oyó la puerta del dormitorio, y finalmente se hizo el
silencio. No sé cuánto tiempo permanecí sentado, desmenuzando con amargura sus
últimas palabras, tal vez varios minutos, pero por fin mis pensamientos tomaron
otro rumbo. Me levanté y me acerqué a la chimenea. Estaba tan limpia de cenizas
como antes. Quería ir a la cocina y mirar en el cubo de la basura, pero dudé
ante la posibilidad de que Lucy me sorprendiera. ¿Y qué?, me dije, no sabe que
la he visto. Abrí la puerta de abajo del fregadero, y sobre la basura podía
verse la esquina de una carta quemada. La cogí y empecé a darle vueltas,
perplejo y confuso. Las preguntas se enmarañaban en mi interior. ¿Había ido a
buscar una vela con el fin de quemar una carta? ¿Una de esas cartas con las que
hacía solitarios? ¿Por qué una vela? ¿Por qué quemar una carta? ¿Por qué había
vuelto a guardar la vela? ¿Qué carta? A la última pregunta tal vez pudiera
darle una
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respuesta; dejé
caer la carta quemada en el cubo de la basura y volví al cuarto de estar. La
baraja seguía sobre la mesa, saqué las cartas y las conté, cincuenta y tres.
Solo había un comodín. Lucy había quemado un comodín. Miré el que quedaba: un
bufón guiñando un ojo al sacarse un as de corazones de la manga. Me metí la
carta en el bolsillo con una confusa sensación de venganza, luego volví a meter
la baraja en el estuche.
Cuando una hora más
tarde fui a acostarme, Lucy ya estaba dormida. Permanecí mucho tiempo
despierto, y a la mañana siguiente me acordaba de todo. Llovía. Intenté
imaginarme que era una mañana de domingo cualquiera, pero no lo conseguí.
Desayunamos en silencio, es decir, Lucy mencionó un par de asuntos triviales,
pero yo no contesté. Luego añadió: No hace falta que estés tan callado por mí.
En ese instante todo se me volvió negro por dentro. Tenía el cuchillo en la
mano y golpeé el mango con tanta fuerza contra el plato, que estalló. Luego me
levanté y salí de la habitación gritando: ¡Pobre Joachim, pobre Joachim!
Unas horas más
tarde, volví a casa. Había pensado decirle que lamentaba no haber sido capaz de
controlarme. La casa estaba a oscuras. Encendí las luces. En la mesa de la
cocina había una nota en la que ponía: «Sí. Te llamaré mañana u otro día.
Lucy».
Así salió de mi
vida. Después de ocho años. Al principio me negué a creerlo, estaba seguro de
que al cabo de un tiempo se daría cuenta de que me necesitaba tanto como yo a
ella. Pero no se dio cuenta, ahora lo sé, he de aceptarlo, no era la que yo
creía que era.
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UN VASTO Y DESIERTO
PAISAJE
Me habían ayudado a
ir hasta la terraza cubierta. Mi hermana Sonia me había colocado cojines bajo
las piernas y apenas sentía dolor. Era un caluroso día de agosto, estaban
enterrando a mi mujer, yo estaba tumbado a la sombra mirando el cielo azul
mate. No estaba acostumbrado a tanta luz, y una de las veces que Sonia se
acercó a ver cómo me encontraba, tenía lágrimas en los ojos. Le pedí que me
fuera a buscar las gafas de sol, no quería que me malentendiera. Fue a
buscarlas. Solo estábamos en la casa ella y yo, los demás habían ido al
entierro. Volvió y me puso las gafas. Le tiré un beso. Ella sonrió. Pensé: si
tú supieras… Las gafas eran tan oscuras que podía observar su cuerpo sin que se
diera cuenta. Cuando se hubo alejado, volví a mirar el cielo. Oía golpes de
martillo que provenían de un lugar lejano, era un sonido tranquilizador, nunca
me ha gustado el silencio absoluto. Una vez se lo dije a Helen, mi mujer, y me
contestó que eso se debía a que tenía demasiados sentimientos de culpabilidad.
No se podía hablar con ella de esas cosas, pues enseguida empezaba a hurgar en
el interior de uno.
Un rato después,
cuando los golpes de martillo habían cesado ya hacía tiempo, todo se volvió más
oscuro a mi alrededor, y antes de comprender que se debía al doble efecto de
una nube y las oscuras gafas de sol, se apoderó de mí una inexplicable
angustia. Se disipó inmediatamente, pero dejó una secuela, una sensación de
vacío o abandono, y cuando Sonia volvió al poco rato, le pedí una pastilla.
Dijo que era demasiado pronto. Insistí y me quitó las gafas. No lo hagas, dije.
Cerré los ojos. Volvió a ponérmelas. ¿Tanto te duele?, preguntó. Sí, contesté.
Se fue. Al instante volvió con la pastilla y un vaso de agua. Me levantó
sosteniéndome por debajo del hombro sano, me metió la pastilla en la boca y me
acercó el vaso a los labios. Pude notar su olor.
Poco después
llegaron del entierro mi madre, mis dos hermanos y la mujer de uno de ellos. Un
poco más tarde llegaron el padre de Helen, sus dos hermanas y una tía suya a
quien yo apenas conocía. Todos se acercaron a decirme algo. La pastilla había
empezado a hacer efecto, y yo, oculto tras las gafas oscuras, me sentía como un
padrino. Me pareció que no tenía que decir gran cosa, pues todo el mundo me
adjudicaba, claro está, un profundo dolor, no podían saber que yo estaba allí
tumbado indiferente a todo. Y cuando el padre de Helen se acercó a decirme
algo, sentí una especie de satisfacción,
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porque ahora que
Helen había muerto, él ya no era mi suegro, ni las hermanas de Helen mis
cuñadas.
Al cabo de un rato,
la mujer de mi hermano y las hermanas de Helen empezaron a poner la mesa en el
jardín debajo de la terraza, y cada vez que pasaban por delante de mí, camino
del cuarto de estar, movían la cabeza y me sonreían, aunque yo fingía no verlas.
Luego debí de quedarme dormido, porque lo siguiente que recuerdo es un zumbido
de voces en el jardín, y que podía ver las cabezas, nueve cabezas que apenas se
movían. Era una imagen llena de paz, las nueve cabezas a la sombra del gran
abedul, y al final de la mesa del jardín, con la cabeza vuelta hacia mí, Sonia.
Al poco tiempo, levanté un brazo para llamar su atención, pero ella no lo vio.
Un instante después, mi hermano pequeño se levantó y se acercó a la terraza.
Cerré los ojos y fingí estar dormido. Le oí detenerse un momento al pasar por
delante de mí, y pensé: Estamos completamente desamparados.
Por fin se
levantaron de la mesa, y mientras todos, excepto Sonia y mi madre, se
preparaban para marcharse, permanecí tumbado con los ojos cerrados fingiendo
estar dormido. Luego mi madre salió del cuarto de estar y se me acercó. Le
sonreí, y me preguntó si tenía hambre. No tenía hambre. ¿Te duele?, preguntó.
No, contesté. Pero por dentro, añadió. No, contesté. Bueno, bueno, dijo
ajustando la sábana que me cubría, aunque estaba bien colocada. ¿Prefieres
volver a tu casa?, pregunté. ¿Por qué?, contestó, ¿no quieres que esté aquí?
Sí, dije, pero pensaba que a lo mejor echabas de menos a papá. No contestó. Fue
a sentarse en el sofá de mimbre. En ese momento llegó Sonia. Me quité las gafas
de sol. Tenía una copa de vino en la mano. Se la dio a mamá. Yo también quiero,
dije. No con las pastillas, replicó. No seas tonta, añadí. Pero solo una copa,
dijo. Se fue. Mi madre estaba sentada mirando el jardín, con la copa de vino en
la mano. ¿Todo esto es tuyo ya?, preguntó. Sí, teníamos comunidad de bienes.
Notarás un gran vacío, dijo. Yo no contesté, no estaba muy seguro de lo que
quería decir. Sonia salió con dos copas, dejó una en la mesita junto a mi
madre. Vino hacia mí con la otra, me sostuvo por los hombros y me la acercó a
los labios. Se inclinó más que antes y pude ver un poco sus pechos. Cuando
apartó la copa, mi mirada se cruzó con la suya, y no sé, tal vez ella viera
algo que no había notado antes, porque había algo en sus ojos que iba y venía,
algo parecido a la ira. Luego sonrió y se sentó al lado de mi madre. Salud,
mamá, dijo. Sí, contestó mi madre. Bebieron. Me puse las gafas de sol. Nadie
decía nada. No me parecía un buen silencio, quería decir algo, pero no sabía
qué. Aquí no hay pájaros, dijo Sonia. Tampoco en nuestro jardín, señaló mi
madre. Excepto las gaviotas. Antes había
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golondrinas, un
montón de golondrinas, pero han desaparecido. Qué pena, dijo Sonia. ¿A qué se
debe? Nadie lo sabe, contestó mi madre. Luego callaron durante un rato. Ya no
sabemos si va a llover o a hacer bueno, dijo mi madre. Podéis escuchar el parte
meteorológico, señaló Sonia. No son de fiar, sentenció mi madre. En el sur de
Europa, las golondrinas vuelan bajo incluso cuando no va a llover, indicó
Sonia. Será otra clase de golondrinas, contestó mi madre. No, dijo Sonia, son
de la misma clase. Me extraña, dijo mi madre. Sonia no dijo nada más. Bebió de
la copa. ¿Es verdad lo que dice Sonia?, preguntó mi madre. Sí, dije. ¿Es que
nunca puedes creerme, joder?, preguntó Sonia. Deberías abstenerte de decir
tacos en un día como este, dijo mi madre. Sonia apuró la copa de vino y se
levantó. De acuerdo, dijo, esperaré hasta mañana. Qué mala eres, exclamó mi
madre. Con lo buena que era de pequeña, dijo Sonia. Se acercó a mí y me dio más
vino. No me sostuvo la cabeza lo bastante en alto y unas gotas de vino se escaparon
por las comisuras de los labios y me bajaron por la barbilla. Me secó
bruscamente con una punta de la sábana, sus labios denotaban enfado. Luego se
fue al cuarto de estar. ¿Qué le pasa?, preguntó mi madre. Es una mujer adulta,
madre, dije, no quiere que la reprendan. Pero soy su madre, dijo. No contesté.
Yo solo quiero su bien, dijo. Yo no contesté. Se echó a llorar. ¿Qué te pasa,
madre?, pregunté. Nada es como era, dijo, todo se ha vuelto tan… extraño. Sonia
volvió a aparecer. Voy a dar una vuelta, dijo. Creo que se dio cuenta de que mi
madre estaba llorando, pero no estoy seguro. Se fue. Qué guapa es, dije. ¿Y eso
de qué sirve?, preguntó mi madre. Pero, madre, exclamé. Uf, sí, sí, dijo, ya no
sé lo que digo. Si echas de menos tu casa, que se quede Sonia, dije. Se echó a
llorar de nuevo, haciendo más ruido esta vez, y más descontroladamente. La dejé
llorar un rato, lo suficiente, a mi entender, luego pregunté: ¿Por qué lloras?
No contestó. Empezaba a irritarme, pensé, ¿por qué coño lloraba? Entonces dijo:
Tu padre tiene otra. ¿Otra?, dije. ¿Mi padre? No tenía intención de decírtelo,
añadió. Como si no tuvieras bastante con tu propio dolor. No tengo ningún
dolor, dije. ¿Cómo puedes hablar así?, preguntó. No contesté. Me quedé pensando
en ese delgaducho hombrecillo que era mi padre y que a los sesenta y tres
años…, un hombre a quien jamás había atribuido más instinto sexual que el
estrictamente necesario para engendrarnos a mí y a mis hermanos. Por un
instante, lo imaginé desnudo entre los muslos de una mujer, y sentí un intenso
malestar. Mi madre entró en la casa con los vasos vacíos, pero volvió a salir
inmediatamente y noté que quería hablar. Estaba de espaldas mirando al jardín.
¿Y qué vas a hacer?, pregunté. Qué puedo hacer, contestó, él me dice que haga
lo que quiera, y eso significa que no hay nada
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que pueda hacer. Te
puedes quedar aquí, dije. Adiviné que estaba empezando a llorar de nuevo, y tal
vez porque no quería que me diera cuenta, bajó por la escalera de la terraza.
Seguro que las lágrimas de los ojos la hicieron pisar mal, porque perdió el equilibrio
y cayó de bruces. No podía verla. La llamé, pero no contestó. Intenté
levantarme, pero no tenía donde agarrarme. Me tiré hacia un lado y empujé con
la mano la pierna escayolada sobre el borde de la tumbona. Me apoyé en el codo
y me incorporé. Entonces la vi. Estaba en el suelo con la cara contra la
gravilla. Bajé de la tumbona la otra pierna, que también estaba escayolada. Me
dolían el hombro y un brazo. No era capaz de andar sobre las piernas
escayoladas, así que me dejé deslizar hasta el suelo. Me arrastré hasta la
escalera. No podía hacer gran cosa, pero tampoco podía dejarla en el suelo. Me
arrastré escaleras abajo hasta donde ella estaba. Intenté tumbarla de lado,
pero no pude. Le puse la mano bajo la frente. Noté que estaba mojada. La gravilla
me pinchaba como un cuchillo el dorso de la mano. Ya no me quedaban fuerzas. Me
tumbé a su lado. Entonces empezó a moverse. Mamá, dije. No contestaba. Mamá,
repetí. Gimió y volvió la cara hacia mí, sangraba y parecía asustada. ¿Dónde te
duele?, le pregunté. ¡Ah, no!, dijo. Quédate quieta, pero se tumbó de espaldas
y se incorporó. Se miró las rodillas ensangrentadas y empezó a sacarse
piedrecitas de las heridas. Ay, ay, dijo, cómo he podido… Te has desmayado,
señalé. Sí, contestó, todo se quedó negro. Luego se volvió y me miró fijamente.
¡William!, dijo. ¡Qué has hecho! ¡Ay, hijo mío, qué has hecho! Bueno, bueno,
dije. Estaba muy incómodo, y con el brazo sano me arrastré hasta el césped.
Allí me quedé tumbado boca arriba y con los ojos cerrados. Me dolía el hombro,
era como si la fractura se hubiera vuelto a abrir. Mi madre hablaba, pero no
tenía fuerzas para contestar. Opiné que yo ya había hecho mi parte. La oí
levantarse. No quise abrir los ojos. Ella gemía. Ven a sentarte aquí en la
hierba, le dije. ¿Y tú?, preguntó. Yo estoy bien, contesté, ven a sentarte,
Sonia vendrá pronto. La miré. Apenas podía andar. Se sentó con cuidado a mi
lado. Creo que tengo que tumbarme un rato, dijo. Nos quedamos tumbados al sol,
hacía calor. No te duermas, dije. No, ya lo sé. Y no dijimos nada más en un
rato. No digas nada a Sonia de lo de tu padre, dijo. ¿Por qué no?, pregunté. Es
muy humillante, afirmó. ¿Para ti?, pregunté, aunque sabía que era eso lo que
quería decir. Sí, dijo. Que te engañe una persona en la que has creído durante
cuarenta años. Volverá, dije. Si vuelve, dijo, será otro hombre. Y volverá a
otra mujer. No, contesté, pero no pude continuar. Sonia apareció en la puerta
de la terraza. Gritó mi nombre. Cerré los ojos, no podía más, quería que se
ocuparan de mí. ¡Mamá!, gritó. Cuando la sentí muy cerca, abrí los ojos y le
sonreí, luego
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volví a cerrarlos.
Mi madre le explicó lo ocurrido. Yo no dije nada, quería estar desvalido,
abandonado a los cuidados de Sonia. Vino con cojines, me los colocó bajo los
hombros y la cabeza, y le pedí una pastilla. Se ausentó durante un buen rato,
sería entonces cuando llamó a la ambulancia, pero no dijo nada al volver con la
pastilla. Me la dio y me preguntó cómo me sentía. Bien, contesté, y aunque era
la verdad, no pretendía que se lo creyera. Era cierto que el hombro me dolía,
pero me sentía bien. Se me quedó mirando un buen rato, luego subió a la terraza
a por la tumbona. Pero no para mí. Para mi madre. Tras reflexionar, me pareció
lo correcto, pero podría haber preguntado para que hubiera tenido la
oportunidad de rechazarla. Mi madre protestó, quería que me tumbara yo. No,
dijo Sonia. La tumbona es para ti. Yo no dije nada. Pensé: Le he dicho a Sonia
que me encontraba bien, es por eso. Sonia acomodó a mi madre en la tumbona,
luego se metió en casa. El césped estaba duro, y me pregunté cuánto tiempo pretendía
Sonia dejarme allí tumbado, pues en ese momento no sabía que había llamado al
hospital. Todo estaba en silencio, y oí parar un coche delante de la casa, y
que alguien llamaba a la puerta. Al cabo de un rato llegó Sonia acompañada por
dos hombres vestidos de blanco. Bajaron por la escalera y fueron directamente
hacia mi madre. Uno de ellos le habló, el otro se volvió hacia mí y me miró
fijamente las piernas. ¿Cuánto tiempo lleva con eso?, preguntó señalando la
escayola. Una semana, dije. ¿Se cayó del tejado?, preguntó. Accidente de coche,
contesté. Volví la cara hacia el otro lado. ¿Es necesario?, preguntó mi madre.
Sí, mamá, contestó Sonia. El hombre que había hablado conmigo fue a por una
camilla, el otro se me acercó y me preguntó cómo estaba. Bien, contesté. Seguro
que Sonia le había dicho algo de mi hombro, porque él se inclinó sobre mí y lo
tocó. Su ayudante llegó con la camilla, me levantaron y me pusieron sobre ella.
Me subieron por la escalera hasta el dormitorio. Sonia iba delante señalando el
camino. Me tumbaron en la cama y se marcharon, Sonia también. Volvió al cabo de
un rato. Voy a acompañar a mamá al hospital, dijo. De acuerdo, contesté.
¿Necesitas algo?, preguntó. No, contesté. Se marchó. Mi intención no había sido
ser cortante, en realidad no, pues entendí que mi madre también la necesitaba.
Pronto cayó el
silencio sobre la casa. Se me cerraron los ojos y vi aquel vasto y desierto
paisaje, ese que tanto duele mirar, es demasiado vasto y demasiado desierto, de
alguna manera está dentro y fuera de mí. Abrí los ojos para que desapareciera,
pero tenía tanto sueño que volvieron a cerrarse solos. Supongo que se debía a
las pastillas. No tengo miedo, dije en voz alta, solo por decir algo. Lo repetí
varias veces. Y ya no recuerdo más.
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Desperté en la
penumbra. Las cortinas estaban echadas, el reloj marcaba las cinco. La puerta
del dormitorio estaba entreabierta, y por la rendija entraba una fina franja de
luz. En la mesilla había una botella de agua, y la cuña estaba colocada de modo
que podía alcanzarla con la mano sana. No tenía ningún pretexto para despertar
a Sonia. Encendí la lámpara y me puse a leer Maigret y la muchacha
asesinada, que Sonia me había traído. Al cabo de un rato sentí
hambre, pero era muy temprano para llamar a Sonia. Seguí leyendo. Cuando el
despertador marcaba las seis y media, empecé a impacientarme y a irritarme. Me
parecía muy desconsiderado por parte de Sonia no haberme hecho un par de
tostadas, debería haber supuesto que me despertaría en el transcurso de la noche.
Me quedé quieto para oír los ruidos de la casa, pero el silencio era total. Me
imaginé a Sonia y me entró hambre de otra clase. La vi con más nitidez de lo
que la había visto jamás en la realidad, y no hice nada por borrar la imagen.
Permanecí así durante un buen rato, hasta que oí sonar un despertador. Cogí el
libro, pero no me puse a leerlo. Esperé. Al final la llamé. Entonces acudió.
Llevaba una bata de color rosa. Estaba tumbado con el libro en la mano para que
se diera cuenta de que llevaba tiempo despierto. He oído el despertador, dije.
Estabas profundamente dormido, dijo ella, no quise despertarte. ¿Te duele algo?
El hombro, contesté. ¿Quieres que vaya a buscar una pastilla?, preguntó.
Gracias, contesté. Se fue. Iba descalza. Andaba de puntillas. Dejé el libro en
la mesilla. Ella volvió con la pastilla y un vaso de agua. Me sostuvo por los
hombros. Pude ver uno de sus pechos. Luego le pedí que me pusiera otro debajo
del hombro. Qué guapa eres, dije. ¿Estás más cómodo?, preguntó. Sí, gracias,
contesté. Enseguida te traeré el desayuno, dijo, en cuanto me vista. No es
necesario, dije. ¿No tienes hambre?, preguntó. Sí, contesté. Me miró. Fui
incapaz de interpretar su mirada. Luego se fue. Tardó mucho en volver.
Cuando llegó con el
desayuno, estaba completamente vestida. Llevaba un blusón abotonado hasta el
cuello. Me dijo que tenía que incorporarme, y fue a buscar más cojines para
ponérmelos en la espalda. Estaba cambiada. Miraba a todas partes menos a mí.
Puso la bandeja con las tostadas y el café sobre el edredón ante mí. Llámame si
quieres algo, dijo al marcharse.
Cuando hube
desayunado, decidí que no la llamaría, tendría que venir por propia iniciativa.
Puse el plato y la taza sobre la mesilla y dejé caer la bandeja al suelo,
convencido de que lo oiría. Conseguí quitarme los cojines de la espalda. Estuve
esperando durante mucho tiempo, pero no llegaba. Recordé que había olvidado
preguntarle por nuestra madre. Luego pensé que cuando me recuperara, me
quedaría completamente solo. Tendría toda la casa para mí
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solo, y nadie
sabría cuándo entraba o salía, ni lo que hacía. No tendría que esconderme.
Por fin llegó. La
pastilla ya había empezado a hacer efecto, y me sentía mucho más benévolo con
respecto a ella. Le pregunté por nuestra madre y dijo que estaba levantándose.
Creía que estaba en el hospital, dije. No, contestó, solo fueron heridas superficiales.
Le conté lo que me había dicho sobre nuestro padre. Al principio dio la
impresión de no creerme, luego fue como si todo el cuerpo se le quedara rígido,
también la mirada. Dijo: ¡Qué…, qué… asco! Me sorprendió un poco esa reacción
tan fuerte, pues ella era una joven moderna. Esas cosas pasan, dije. Me miró
fijamente, como si hubiera dicho algo incorrecto. ¿Conque sí, eh?, dijo; cogió
la bandeja del suelo y plantó el plato y la taza en ella con movimientos
airados y bruscos. No digas a mamá que te lo he dicho, dije. ¿Por qué no?,
preguntó. Me pidió que no te lo dijera, contesté. Entonces, ¿por qué me lo has
dicho? Me pareció conveniente que lo supieras, contesté. ¿Por qué?, preguntó.
No contesté, estaba empezando a irritarme, pues no me gusta que me reprendan.
¿Para que tú y yo compartiéramos un pequeño secreto?, preguntó en un tono que
no pretendía agradarme. Sí, por qué no, contesté. Se me quedó mirando un buen
rato, luego dijo: Creo que nos hemos equivocado el uno con el otro. Qué pena,
dije. Cerré los ojos. La oí marcharse y cerrar la puerta tras ella. No había
estado cerrada desde que volví del hospital, y ella sabía que yo quería que
permaneciera abierta. Estaba enfadado ya de antes, y la puerta cerrada no
contribuyó precisamente a disminuir mi ira. Tendría que marcharse, no quería
verla más. No estaba tan desvalido como para tener que soportar cualquier cosa
de ella. No le había hecho nada.
Pasó bastante
tiempo hasta que volví a tranquilizarme. Entonces pensé que su conducta
seguramente tendría más que ver con mi padre que conmigo y que, cuando hubiera
reflexionado un poco, ella misma comprendería lo irrazonable que se había
mostrado.
Pero fui incapaz de
tranquilizarme del todo, y tuve que reconocer ante mí mismo que temía su
vuelta. Constantemente me parecía oír pasos fuera, cada vez cerraba los ojos
fingiendo que dormía, y cada vez me sentía igual de aliviado al comprobar que
no llegaba. Al final me quedé con los ojos cerrados, escuchando y esperando, y
luego no recuerdo nada más hasta que mi madre estaba junto a la cama, y me
miraba. Tenía una gasa en la frente y una especie de gorro en la cabeza. ¿Has
tenido una pesadilla?, preguntó. ¿He hablado en sueños?, pregunté. No,
contestó, pero hacías muecas. ¿Te duele? Sí, contesté. Iré a por una pastilla,
dijo. Apenas podía andar. Pensé que Sonia
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seguramente se
sentiría avergonzada por haberse comportado tan mal, y que por eso acudía mi
madre en lugar de ella, pero cuando mi madre regresó con la pastilla, dijo:
Bueno, ya solo quedamos tú y yo. Lo dijo como si yo lo supiera. No contesté. Me
dio la pastilla y quiso sostenerme por el hombro, pero dije que no hacía falta.
Me metí la pastilla en la boca y bebí de la botella de agua. Ella se sentó en
la silla junto a la ventana. Dijo: Sonia estaba muy preocupada por mí, pero
echaba mucho de menos sus cosas. Asentí con la cabeza. Sí, y dijo que tú
entenderías por qué tenía que irse. Sí, dije. Me sonrió, luego añadió: No sabes
cuánto te lo agradezco. ¿El qué?, pregunté, aunque sabía a lo que se refería.
Cuando me desperté y te vi en el suelo a mi lado, dijo, pensé que al menos
William sí me quería. Claro que sí, dije. Cerré los ojos. Al cabo de un rato se
levantó y se fue. Volví a abrir los ojos y pensé: Si ella supiera…
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LOS PERROS DE
TESALÓNICA
(1996)
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LOS PERROS DE
TESALÓNICA
Tomamos el café de
la mañana en el jardín. Apenas hablamos. Beate se levantó y colocó las tazas en
la bandeja. Será mejor subir los sillones a la terraza, dijo. ¿Por qué?,
pregunté. Seguro que va a llover, contestó. ¿Llover?, pregunté, no hay ni una
nube en el cielo. Hace bochorno, ¿no te parece? No, contesté. Tal vez me
equivoque, repuso ella. Subió a la terraza y entró en el salón. Yo seguí
sentado un cuarto de hora más, luego me subí un sillón a la terraza. Permanecí
unos instantes contemplando el bosque al otro lado de la valla, pero no había
nada que ver. A través de la puerta abierta de la terraza oí canturrear a
Beate. Seguro que habrá oído el parte meteorológico, pensé. Volví a bajar al
jardín y me acerqué a la parte delantera de la casa, al buzón junto a la puerta
negra de hierro forjado. Estaba vacío. Cerré la puerta, que por alguna razón
estaba abierta; entonces vi que alguien había vomitado justo al lado. Me sentí
indignado. Coloqué la manguera en el grifo de la pared, lo abrí a tope y luego
arrastré la manguera hasta la puerta. El chorro no dio del todo en el blanco, y
parte del vómito salió disparada hacia el jardín, el resto se dispersó por el
asfalto. No había cerca ningún sumidero, de modo que solo conseguí alejar la
sustancia amarillenta unos cuatro o cinco metros de la puerta. Pero fue un
alivio conseguir distanciar un poco aquella porquería.
Después de cerrar
el grifo y enrollar la manguera, ya no supe qué hacer. Subí a la terraza a
sentarme. Al cabo de unos minutos oí a Beate canturrear de nuevo; sonaba como
si estuviera pensando en algo en lo que le gustaba pensar, supongo que creía
que no la oía. Tosí, y se hizo el silencio. Ella salió y dijo: ¿Estás aquí? Se
había maquillado. ¿Vas a salir?, pregunté. No, contestó. Me volví hacia el
jardín y dije: Algún idiota ha vomitado justo delante de la puerta. ¿Ah sí?,
dijo ella. Qué asco, exclamé yo. Ella no contestó. Me levanté. ¿Tienes un
cigarrillo?, preguntó. Le di uno, y también fuego. Gracias, dijo. Bajé de la
terraza y me senté junto a la mesa del jardín. Beate se quedó en la terraza
fumando. Tiró el cigarrillo a medio fumar a la gravilla delante de la escalera.
¿Por qué haces eso?, pregunté. Se acabará consumiendo, contestó. Se metió en el
salón. Me quedé mirando fijamente el fino hilo de humo que subía del
cigarrillo, tenía ganas de que se consumiera del todo. Un momento después me
levanté, presa de una sensación de desamparo. Bajé hasta la valla, crucé el
estrecho trozo de césped y me adentré en el bosque. Enseguida me senté en un
tocón, casi oculto tras unos
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matorrales. Beate
salió a la terraza. Miró hacia donde estaba sentado y me llamó. No puede verme,
pensé. Ella volvió a bajar al jardín y dio la vuelta a la casa. Subió de nuevo
a la terraza. Volvió a mirar hacia donde yo estaba. Es imposible que me vea, pensé.
Ella se dio la vuelta y se metió en el salón. Yo me levanté y continué
adentrándome en el bosque.
Cuando estábamos
sentados a la mesa, Beate dijo: Ahí está de nuevo. ¿Quién?, pregunté. El
hombre, contestó, ahí, en la orilla del bosque, junto al gran…, no, ha vuelto a
desaparecer. Me levanté y me acerqué a la ventana. ¿Dónde?, pregunté. Junto al
gran pino, contestó. ¿Estás segura de que era el mismo hombre?, pregunté. Creo
que sí, respondió. Allí ya no hay nadie, dije. Desapareció, repuso ella. Volví
a la mesa y dije: A esa distancia no puedes haber visto si se trataba del mismo
hombre. Beate no contestó enseguida, luego señaló: A ti sí te habría
reconocido. Eso es diferente, dije. A mí me conoces. Comimos en silencio. Luego
ella preguntó: Por cierto, ¿por qué no contestaste cuando te llamé? ¿Me
llamaste?, pregunté yo. Te vi, contestó ella. ¿Por qué diste la vuelta a la
casa?, pregunté. Para que no creyeras que te había visto, respondió. Creía que
no me habías visto, repuse. ¿Por qué no me contestaste?, volvió a preguntar.
¿Para qué iba a contestarte si pensaba que no me habías visto?, pregunté yo.
Podría haber estado en otro lugar. Si no me hubieras visto, y si no hubieras
hecho como si no me hubieras visto, esto no habría supuesto ningún problema.
Cariño, dijo ella, no hay ningún problema.
No dijimos nada más
en un rato. Beate no paraba de volver la cabeza hacia la ventana. Dije: Al
final no ha llovido. No, repuso ella, la lluvia se hace de rogar. Dejé los
cubiertos en la mesa, me recliné en la silla y dije: ¿Sabes? A veces me
irritas. ¿Ah, sí?, contestó ella. Nunca puedes admitir que te has equivocado,
señalé. Sí que lo hago, respondió ella. Me equivoco a menudo. Todo el mundo se
equivoca. Absolutamente todo. Me limité a mirarla, y noté que ella se dio
cuenta de que se había pasado. Se levantó, cogió la salsera y la fuente vacía
de verduras y se metió en la cocina. No volvió a salir. Yo también me levanté,
me puse la chaqueta y me quedé un momento escuchando, pero reinaba un silencio
total. Bajé al jardín, di la vuelta a la casa y salí a la calle. Me dirigí
hacia el este, alejándome de la ciudad. Notaba que estaba alterado. Los
jardines de los chalets de ambos lados de la calle estaban vacíos, y no se oían
más ruidos que el regular murmullo de la autovía. Dejé atrás las casas y me
adentré en la gran explanada que va hasta el fiordo.
Llegué al fiordo, a
un pequeño café al aire libre, y me senté en una mesa a la orilla del agua.
Pedí una cerveza y encendí un cigarrillo. Tenía calor, pero no me quité la
chaqueta, pues suponía que la camisa tendría manchas de sudor
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en las axilas.
Todos los demás clientes estaban a mis espaldas; delante de mí se extendía el
fiordo y las lejanas colinas cubiertas de bosque. El murmullo de voces bajas y
el suave gorgoteo del agua entre las piedras de la playa me sumieron en un
estado de ausencia adormecida. Mis pensamientos seguían sus caminos
aparentemente carentes de lógica, y no eran desagradables, al contrario, sentía
un inusual bienestar, y por eso resultó aún más incomprensible que de repente y
sin ninguna transición perceptible me invadiera una sensación de angustioso
abandono. Había algo absoluto, tanto en la angustia como en el abandono, algo
que de una manera dejaba en suspenso el tiempo. En realidad, no creo que
pasaran más de unos cuantos segundos hasta que los sentidos se me corrigieran y
me devolvieran al allí y entonces.
Volví a casa por el
mismo camino por el que había llegado, atravesando la gran explanada. El sol se
estaba acercando a las montañas del oeste; sobre la ciudad se había posado una
capa de neblina, y el aire ni se movía. Noté dentro de mí una especie de desgana
por volver a casa, y de repente pensé, y fue un pensamiento nítido y claro:
Ojalá ella estuviera muerta.
Pero seguí mi
camino. Atravesé la puerta y me dirigí a la parte posterior de la casa. Beate
estaba sentada junto a la mesa del jardín; justo enfrente de ella se encontraba
su hermano mayor. Me acerqué a ellos, me sentía muy tranquilo. Intercambiamos
algunas palabras rutinarias. Beate no me preguntó dónde había estado, y ninguno
de los dos me invitó a acompañarlos en la charla, algo que, de todos modos,
habría rechazado con un pretexto creíble.
Subí al dormitorio,
colgué la chaqueta y me quité la camisa. El lado de Beate de la cama estaba sin
hacer. En la mesilla había un cenicero con dos colillas, y junto al cenicero,
un libro abierto. Cerré el libro; me llevé el cenicero al baño, eché las colillas
al váter y tiré de la cadena. Luego me desnudé y abrí el grifo de la ducha,
pero el agua no estaba más que templada y la estancia bajo la ducha fue
diferente y mucho más corta de lo que me había imaginado.
Mientras me vestía
delante de la ventana abierta del dormitorio, oí reírse a Beate. Acabé
rápidamente y bajé al sótano; a través del ventanuco podía observarla sin que
nadie me viera. Estaba reclinada en el sillón, con el vestido muy levantado
sobre los muslos separados, y las manos detrás de la nuca, lo que hacía
tensarse la fina tela sobre sus pechos. Había en su postura una indecencia que
me excitaba, y esa excitación se veía reforzada por el hecho de que se mostrara
así ante los ojos de un hombre, aunque fuera su hermano.
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Permanecí un rato
contemplándola; no nos separaban más que siete u ocho metros, pero con las
plantas de los macizos delante del ventanuco del sótano estaba seguro de que
ella no podía verme. Intenté adivinar lo que estaban diciendo, pero hablaban
demasiado bajo, sorprendentemente bajo en mi opinión. Entonces ella se levantó,
y yo subí rápidamente la escalera del sótano y me metí en la cocina. Abrí el
grifo del agua fría y cogí un vaso, pero ella no llegaba, así que volví a
cerrar el grifo y dejé el vaso en su sitio.
Cuando me hube
calmado, fui al salón y me senté a hojear una revista de tecnología. El sol se
había puesto, pero aún no hacía falta encender la luz. Hojeaba hacia delante y
hacia atrás. La puerta de la terraza estaba abierta. Encendí un cigarrillo y oí
un avión en la lejanía, por lo demás, todo estaba en silencio. Volví a ponerme
nervioso y salí al jardín. No había nadie. La puerta de la valla estaba
abierta. Me acerqué a cerrarla. Pensé: Seguro que está entre los arbustos
observándome. Volví a la mesa del jardín, coloqué el sillón de espaldas al
bosque, y me senté. Me convencí a mí mismo de que si alguien me hubiera estado
mirando desde el sótano, yo no lo habría descubierto. Me fumé dos cigarrillos.
Empezaba a anochecer, pero el aire inmóvil era templado, casi cálido. Sobre la
colina al este se posaba un pálido gajo de luna, eran algo más de las diez. Me
fumé otro cigarrillo. De repente, oí un débil crujido procedente de la puerta
de la valla, pero no me volví. Ella se sentó y dejó un ramillete de flores silvestres
en la mesa del jardín. Qué noche tan deliciosa, dijo. Asentí. ¿Tienes un
cigarrillo?, preguntó. Le di uno y también fuego. Luego dijo con esa voz de
impaciencia infantil a la que tanto me ha costado siempre resistirme: Voy a por
una botella de vino, ¿te parece? Y antes de que me diera tiempo a decidir lo
que iba a responder, ella se levantó, cogió las flores y se apresuró por el
césped hacia la escalera. Pensé: Ahora hará como si nada hubiera pasado. Luego
pensé: En realidad, no ha pasado nada. Nada que ella sepa. Y cuando volvió con
el vino, dos copas y además un mantel de cuadros azules y blancos, me había
serenado casi del todo. Ella había encendido la luz de la terraza y yo me
coloqué el sillón de espaldas al bosque. Beate llenó las copas y bebimos. Hum,
dijo ella, delicioso. El bosque se levantaba como una silueta negra
contrastando con el cielo azul pálido. Qué silencioso está esto, señaló ella.
Sí, contesté. Le ofrecí el paquete de tabaco, pero ella lo rechazó. Yo cogí un
cigarrillo. Mira la luna creciente, dijo. Sí, asentí. Qué fina está, añadió.
Sí, volví a asentir. Di unos pequeños sorbos al vino. En el sur, la luna está
tumbada, dijo. No contesté. ¿Te acuerdas de aquellos perros de Tesalónica que
no podían separarse tras haber copulado?, preguntó. En Kávala, respondí. Los
viejos sentados en la terraza del café
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gritaban,
prosiguió, y los perros aullaban intentando librarse de su pareja. Y cuando
salimos de la ciudad vimos una luna creciente y fina tumbada de espaldas, y tú
y yo nos deseamos, ¿lo recuerdas? Sí, contesté. Beate volvió a llenar las
copas. Permanecimos callados un rato, un buen rato. Sus palabras me habían
inquietado, y el silencio que las siguió no hizo sino incrementar mi inquietud.
Intenté pensar en algo que decir, algo rutinario que pudiera desviar la
conversación. Beate se levantó. Dio la vuelta a la mesa y se detuvo detrás de
mí. Me asusté y pensé: Ahora va a hacerme algo. Y al sentir sus manos en el
cuello me estremecí, y eché la cabeza y el torso hacia delante. Al instante
entendí lo que había hecho y dije, sin volverme: Me has asustado. Ella no
contestó. Me recliné en el sillón. La oí respirar. Se marchó.
Al final me levanté
y entré en la casa. Ya era completamente de noche. Me había acabado el vino y
pensado en lo que iba a decir; me había tomado mi tiempo. Me llevé las copas y
la botella vacía, pero, tras pensarlo, dejé el mantel de cuadros en la mesa. El
salón estaba vacío. Fui a la cocina y dejé la botella y las copas en el
fregadero. Eran algo más de las once. Cerré con llave la puerta de la terraza y
apagué las luces. Luego subí al dormitorio. La lámpara de mi mesilla estaba
encendida. Beate estaba acostada con la cara vuelta hacia el otro lado; dormía,
o fingía que dormía. Mi edredón estaba echado hacia atrás y sobre la sábana
estaba el bastón que usé después del accidente el año en que nos casamos. Lo
cogí con la intención de meterlo debajo de la cama, pero cambié de idea.
Permanecí con él en la mano mientras miraba fijamente el arco de la cadera
debajo del fino edredón de verano; me sobrecogió un repentino deseo. Salí
rápidamente de la habitación y bajé al salón. Me había llevado el bastón, y,
sin saber muy bien por qué, lo partí en dos contra mi muslo. El golpe me dolió
y me serené. Entré en el despacho y encendí la lámpara que había sobre el
tablero de dibujo. Volví a apagarla y me tumbé en el diván, me tapé con la
manta y cerré los ojos. Veía claramente a Beate. Volví a abrir los ojos, y, sin
embargo, seguía viéndola.
Me desperté varias
veces en el transcurso de la noche, y me levanté temprano. Entré en el salón
con el fin de quitar de allí el bastón; no quería que Beate viera que lo había
roto. Ella estaba sentada en el sofá. Me miró. Buenos días, saludó. Le devolví el
saludo con un movimiento de la cabeza. Ella seguía mirándome. ¿Estamos
enfadados?, preguntó. No, contesté. Su mirada seguía clavada en mí, era incapaz
de interpretarla. Me senté con el fin de alejarme de esa mirada. Me entendiste
mal, dije. No te había visto levantarte, estaba ensimismado en mis
pensamientos, y de repente sentí unas manos en el cuello, entiendo que te… pero
no sabía que estuvieras ahí. Ella no dijo nada.
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La miré,
encontrándome con la misma mirada inescrutable. Tienes que creerme, dije. Ella
apartó la mirada. Sí, supongo que debo creerte.
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ELISABETH
Era por la mañana
temprano el domingo. Yo había cogido una tumbona de la terraza y me la había
bajado hasta un rincón del jardín, al fondo, junto al asta. Allí me puse a
leer Esch o la anarquía. Mi hermano y mi cuñada no se habían
levantado aún. De vez en cuando echaba una mirada hacia la casa, hacia la
ventana de su dormitorio, pero la persiana seguía bajada. Llegué a la parte en
la que Esch seduce a la madre Hentjen, empujándola hasta su cama de matrimonio
dentro de la oscura alcoba, y noté cómo esa escena, parecida a una violación,
me excitaba. Y cuando Elisabeth, mi cuñada, apareció justo en ese instante en
la ventana abierta del dormitorio, fingí no verla.
Al poco rato me
llamó para que fuera a desayunar. Estábamos los dos solos. Dijo que a Daniel le
dolía la cabeza. Estaba sentada frente a mí, y yo encontré aún más placer en
mirarla ahora que la noche anterior, lo que en parte podía deberse a que la
excitación aún no me había abandonado del todo. La mayor parte del tiempo,
Elisabeth miraba el plato, y las pocas veces que su mirada se cruzaba con la
mía, se apresuraba a desviarla. Más bien con el fin de alejar un silencio ya
muy embarazoso le hice alguna que otra pregunta de las que resulta natural
hacer a una cuñada a la que solo hace veinticuatro horas que conoces. Y ella
contestaba con una solicitud inusual, como si cada nueva pregunta fuera una
tabla de salvación. Pero seguía evitando que nuestras miradas se cruzaran, y
ese retraimiento en ella permitía gran libertad de movimiento a mis ojos. Y lo
que vi me hizo fantasear con imágenes que tenían claras referencias a la
reticente sumisión de la madre Hentjen en la oscura alcoba.
Después del
desayuno atravesé andando la ciudad y fui a ver a mi madre. Hijo mío, dijo,
acariciándome la mejilla. Había envejecido mucho, apenas quedaba nada de lo que
había sido. Fui delante de ella hasta la cocina y me senté junto a la mesa.
Pero Frank, dijo, vamos a sentarnos al salón. ¿Por qué no nos quedamos aquí?,
pregunté. Puso agua para el café y me dio las gracias por las postales, sobre
todo por la de Jerusalén. Imagínate, has estado en Jerusalén, dijo. ¿Estuviste
en el Gólgota? No, contesté, allí no. ¿Ah, no?, qué pena, exclamó ella. Tu
padre y yo hablábamos a menudo de ello, el lugar que más nos hubiera gustado
visitar era Jerusalén, y en especial el Gólgota y Getsemaní. No contesté, pero
le sonreí. Puso dos tazas en la mesa y me preguntó si quería bizcocho. Contesté
que acababa de desayunar. Miró el reloj
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del estante de la
cocina junto a la ventana y me preguntó qué opinaba de Elisabeth. Dije que me
parecía muy agradable. ¿Te lo parece?, preguntó. Bueno, espero que tengas
razón. ¿Qué quieres decir con eso?, pregunté. Pues no sé, contestó, pero no
creo que sea muy buena para Daniel. Nadie es lo suficientemente buena para
Daniel, señalé. Bueno, dijo ella, dejemos el tema. Estuvimos un rato sin hablar
de eso ni de ninguna otra cosa. Llevaba dos años sin verla; el tiempo y la
distancia me habían hecho reprimir mi aversión contra ella, pero ahora volvió a
aparecer. No has cambiado, dijo ella. No, contesté, lo hecho, hecho está.
Permanecí sentado
en su cocina casi una hora; evité cuanto pude los temas que acentuaban la
distancia entre los dos, y la visita podría haber acabado en una nota
conciliadora de no haber sido porque se sintió obligada a contarme cuántas
oraciones había dirigido a Jesucristo para que yo volviera a encontrarlo. La
escuché un rato, y al final dije: Deja eso, madre. No puedo, contestó, y los
ojos se le llenaron de lágrimas. Me levanté. Entonces es mejor que me vaya,
dije. Qué duro eres, exclamó. ¿Yo?, pregunté. Me acompañó hasta fuera. Gracias
por haber venido, dijo. Que te vaya bien, madre, contesté. Dale recuerdos a
Daniel, dijo ella. ¿Y a Elisabeth no?, pregunté. Sí, sí, a ella también. Dios
te bendiga, hijo mío.
Me fui derecho al
restaurante de la estación y me bebí dos jarras grandes de cerveza. Me
tranquilicé un poco. Llegó un tren procedente del sur. Estuvo un par de minutos
parado, y justo antes de volver a ponerse en marcha, Daniel salió de uno de los
vagones. Con una sensación intuitiva de haber visto algo que no hubiera debido,
giré rápidamente la cabeza en otra dirección. Cuando ya no podía ver el tren,
volví a mirar el andén. Estaba desierto. Seguí un rato sentado, apuré el vaso y
me fui.
Cuando volví a casa
de mi hermano, él aún no había llegado. Dije a Elisabeth que mi madre me había
dado recuerdos para ella. ¿No te encontraste con Daniel?, preguntó. No,
contesté. Fue a buscarte, dijo ella. ¿A casa de mi madre?, pregunté. Sí,
respondió.
Fui al salón a
por Esch y la anarquía, luego bajé a la tumbona del jardín. Estaba
al sol, y me la llevé a la sombra del manzano. Elisabeth salió a la terraza, me
preguntó si quería un café y al poco rato me lo trajo. Era menuda y delgada, y
viéndola cruzar el césped pensé que sería fácil cogerla en brazos. Muchas
gracias, Elisabeth, dije. Sonrió y volvió a entrar enseguida. Yo me quedé
sentado, pensando en la distancia entre un pensamiento atrevido y un acto
concreto.
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Media hora más
tarde llegó Daniel. Se había puesto un pantalón corto y una camisa de colores
chillones que no se había abrochado, dejando al descubierto ese velludo pecho
que hacía mucho tiempo le había envidiado. Se tumbó en la hierba y cerró los
ojos al sol. Charlamos un poco sobre casi nada. Una mujer abrió una ventana en
la casa vecina, y al instante salió al jardín y se sentó de tal manera que yo
podía verla. Daniel habló de un colega al que yo, según él, conocía, y que
había muerto de cáncer de colon hacía poco. La mujer del jardín vecino volvió a
entrar en la casa. Me aburría. Dije que necesitaba ir al servicio, y me llevé
la taza vacía. Elisabeth no estaba ni en el salón ni en la cocina. Subí a mi
habitación. Por la ventana vi que Daniel se había levantado y estaba
hojeando Esch o la anarquía. No creo que ese libro esté indicado
para ti, pensé. La mujer salió de la casa vecina; la vi abrir la boca y a
Daniel acercarse a la valla. Me tumbé en la cama y pensé que no debería haber
ido allí, que debería haberme acordado de lo poco que Daniel y yo teníamos en
común. Solo me quedé tumbado unos minutos, luego volví a bajar y salí al
jardín. Daniel ya no estaba allí. Me senté en la tumbona, cogí el libro y me
puse a leer. Al cabo de un rato hojeé hacia atrás para leer una vez más aquella
escena entre Esch y la madre Hentjen, pero en ese instante Daniel salió por la
puerta de la terraza de la casa vecina. Parecía muy contento. He tenido que
ayudar a la vecina a mover un armario, dijo. Acto seguido fue hasta el grifo de
la bajada al sótano y se lavó las manos. ¿Quieres una cerveza?, gritó. Sí,
gracias, contesté. Dejé el libro en la hierba. Volvió con dos botellas de medio
litro de cerveza. ¿Elisabeth nos ha abandonado?, pregunté. Enseguida vuelve,
contestó. Se tumbó en la hierba y me dijo que no debería estar a la sombra. No
contesté. Ay, qué bien se está, dijo. Yo seguía sin contestar. ¿No te parece?
Pues sí, dije. Elisabeth llegó. Me levanté. Siéntate aquí, dije, iré a por otra
silla. Dijo que ella misma podía ir a por una. Subí a la terraza y volví con
una silla plegable. Ella aún no se había sentado. Gracias, dijo. Mi hermano es
un caballero, intervino Daniel. Sí, asintió Elisabeth. Se sentó de forma que
podía vernos tanto a Daniel como a mí. Quiero causarle una buena impresión,
dije. ¿Lo oyes, Elisabeth?, preguntó Daniel. Sí, contestó ella. Cuando eras un
chiquillo, dijo Daniel, siempre traías ramos de flores silvestres a nuestra
madre, ¿te acuerdas? Me acordaba. No, contesté, no me acuerdo. ¿No te acuerdas?
Ella decía siempre que tú eras su niño, y a veces te daba una rebanada de pan
blanco con un montón de azúcar encima. ¿No recuerdas que una vez te la quité de
la mano y la pisoteé en la gravilla delante de la escalera? No, contesté, no lo
recuerdo. No recuerdo nada de cuando era pequeño. Tendrías al menos siete u
ocho años, señaló él. Yo tampoco
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recuerdo apenas
nada de cuando era pequeña, apuntó Elisabeth. Daniel se rio. ¿De qué te ríes?,
preguntó Elisabeth. De nada, contestó. Elisabeth agachó la cabeza y la mirada,
no pude ver sus ojos. Luego hizo un brusco movimiento con la cabeza y se
levantó. Tengo que ir a…, dijo. Y se fue. Cerré los ojos. Daniel calló. Me
quedé pensando en que mi hermano había cambiado algo en la historia de la
rebanada de pan: él se había comido la mitad de la rebanada, y yo fui el que se
la quitó de la mano de tal forma que acabó en la gravilla. Abrí los ojos, lo
miré, y sentí un ligero malestar al contemplar su pecho cubierto de vello.
Estaba haciendo chasquear sus finos labios, luego dijo: ¿Qué te parece ella? Me
gusta, contesté. Se incorporó y dio un trago de la botella, luego se echó hacia
atrás y miró al cielo, pero no dijo nada. Yo me levanté y me fui por el césped
hacia la pequeña huerta donde se cultivaban lechuga, cebollino y una fila de
guisantes. Pensé: ¿Cómo voy a aguantar aquí una semana entera? Cogí una vaina
de guisantes, y Daniel gritó: Elisabeth juega al autoabastecimiento. Me comí la
vaina, volví a donde estaba Daniel y dije: Siempre he deseado tener una huerta
con guisantes, rábanos y nabos. En ese caso, dijo Daniel, Elisabeth sería la
mujer ideal para ti. ¿Ya no la quieres?, pregunté. Me miró. ¿Qué quieres decir?
Era una broma, contesté. Siguió mirándome un rato, luego se tumbó y cerró los
ojos. Dije que tenía que escribir una carta, cogí el libro y me fui. En la
escalera hacia el primer piso me crucé con Elisabeth. Qué huerta tan bonita
tienes, dije. Ah, sí, contestó. He probado los guisantes, añadí. Ella estaba un
escalón por encima de mí y nos hallábamos justo frente a frente. De nuevo
pensé: Sería muy fácil cogerla en brazos. Come todos los que quieras, dijo
ella. Gracias, contesté. Aparté la mirada y ella acabó de bajar. Podría haberle
mantenido la mirada un poco más, pensé. Entré en mi habitación y me tumbé en la
cama.
Me despertó un
trueno. El cielo estaba oscuro y noté frío. Me levanté y cerré la ventana. Un
rayó reventó la capa de nubes, y al cabo de unos instantes empezó a caer un
tremendo aguacero. Era bonito de contemplar.
Bajé al salón.
Daniel estaba en la puerta de la terraza. La tormenta me había vuelto
conciliador; me acerqué a él y dije: ¿A que es fantástico? ¿Fantástico?, se
extrañó. Se caerán todos los frutos verdes de los manzanos, y mira los
guisantes. Los miré; algunos tallos estaban aplastados. Pues sí, es una pena,
dije, pero se pueden atar. No creo, objetó él. Pues sí, dije, yo lo haré.
Al cabo de un rato
la tormenta se alejó, y las hojas y la hierba brillaban al sol. Pedí una cuerda
a mi hermano. Pídesela a Elisabeth, dijo. Ella estaba en la cocina. Parecía
haber llorado. Me dio un rollo de cuerda y unas tijeras. Salí al jardín. No había
más que cuatro o cinco frutos verdes debajo de los tres
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manzanos. No tardé
ni un minuto en atar los tallos de los guisantes, así que subí a la terraza y
me senté. No me apetecía entrar en la casa.
Durante el
almuerzo, se respiraba tanta tensión entre Daniel y Elisabeth que todos mis
intentos por iniciar una conversación se vieron frustrados. Acabamos por
callarnos del todo. Algo irresistible me iba creciendo por dentro, y antes de
terminar de comer dejé los cubiertos en el plato, me levanté y dije: Gracias.
Me di cuenta de que Daniel me estaba mirando, pero no quise que nuestras
miradas se cruzaran. Subí a mi habitación, cogí la chaqueta y salí de la casa.
Atravesé la ciudad y llegué al restaurante de la estación. Me senté con una
cerveza y noté un desasosiego martillearme por dentro. Se acercó a mi mesa un
hombre con un vaso de cerveza en la mano, y me preguntó si me importaba que se
sentara. Lo rechacé con bastante brusquedad, pero el hombre se sentó. Me
levanté en busca de otra mesa. Él se sentó tres mesas más allá y se me quedó
mirando. Hice como si no lo viera. Me acabé la cerveza y fui a por otra. Me
senté al otro lado de la mesa, de espaldas a él. Pensé en Daniel, en que había
salido del tren, en que se había lavado las manos después de haber estado en
casa de la vecina, y en que se había reído de Elisabeth. También pensé en
Elisabeth. En ese momento llegó otra vez ese pelmazo y se me sentó enfrente. No
es tan fácil librarse de mí, dijo. Fuera de aquí, dije. Bah, dijo él. ¡Fuera de
aquí!, exclamé. Bah, bah, bah, bah, dijo él. Me levanté, cogí el vaso, le tiré
el contenido a la cara y me marché. Andaba deprisa, y no me volví hasta llegar
a la puerta. No me siguió, se quedó secándose la cara con el mantel.
Volví a casa cuando
se estaba poniendo el sol. Abrí con la llave. Todo estaba en silencio. Entré en
el salón. Daniel estaba allí sentado. Así que has vuelto, dijo. No contesté.
¿Dónde has estado?, preguntó. Dando una vuelta, respondí, y me senté. Te fuiste
sin decir nada, señaló. No contesté. Él no dijo nada más; estaba mirando por la
ventana. ¿Elisabeth ha salido?, pregunté. Se ha acostado, contestó. Daniel
seguía mirando por la ventana, luego dijo: Tal vez sea mejor que te marches. Ya
lo había pensado, dije. No por mí, dijo. ¿Ah, no?, pregunté. Me miró un
instante, pero no contestó. Me levanté. Me acerqué a la mesa que había junto a
la puerta de la terraza y cogí Esch o la anarquía. Se trata de
Elisabeth, dijo, últimamente no está del todo bien. ¿Ah, no?,
pregunté. No me apetece hablar de ello, contestó. Me encaminé hacia la puerta.
Me marcho mañana, dije. Pronunció mi nombre en el instante en que cerré la
puerta al salir, pero hice como si no lo hubiera oído. Subí la escalera y entré
en mi habitación. Había empezado a oscurecer, pero no encendí la luz. Me senté
junto a la ventana. Se oían los saltamontes; por lo demás, todo
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estaba tranquilo y
en silencio. No estaba cansado, tenía demasiado frío por dentro para ello. Al
cabo de un buen rato oí pasos en la escalera, luego una puerta. Volvió a
hacerse el silencio.
Me desnudé en la
oscuridad porque tenía dentro una imagen inventada de Elisabeth que me temía
que no aguantaría la luz. Y tal vez llevara conmigo esa imagen hasta que me
dormí, porque durante la noche me desperté de un sueño sobre una mujer que
estaba atada al vientre de un gran animal.
A la mañana
siguiente estaba lloviendo, una lluvia silenciosa y densa. Oí ruidos en el piso
de abajo. No quise levantarme, prefería esperar hasta que Daniel y Elisabeth se
hubiesen ido a trabajar. Mientras esperaba me quedé dormido.
Volví a despertarme
sobre las nueve, y veinte minutos más tarde bajé la escalera y entré en el
salón. Ya no llovía e intenté salir al jardín, pero la llave de la puerta de la
terraza no estaba. Entré en la cocina. La mesa estaba puesta para mi desayuno, y
junto al plato había una nota: Qué pena que tengas que marcharte. También
Elisabeth lo siente. Espero que no sea nada grave. Por favor, deja la llave
debajo de uno de los asientos de la terraza. Daniel.
Leí la nota dos
veces. Por fin entendí.
Dejé la nota
exactamente donde la había encontrado, subí al piso de arriba y entré en el
dormitorio de Elisabeth y Daniel. Nunca había estado allí. La cama estaba
hecha. No buscaba nada en especial. De los respaldos de las sillas no colgaba
prenda alguna, y no había nada en las mesillas que indicara quién dormía dónde.
Abrí la puerta de un armario empotrado donde colgaban vestidos y trajes. No
buscaba nada en especial. Salí del dormitorio y fui a mi habitación. Me puse a
hacer la maleta. No tardé nada. La bajé hasta la entrada. Faltaban aún casi dos
horas para la salida del tren. Me senté en el salón. Tenía en la cabeza un
obstinado pensamiento que no había cesado desde que leí su nota: Siento lo de
Elisabeth. Espero que no sea nada grave. Dale recuerdos. Dejo las llaves en el
buzón. Frank.
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LA EXCURSIÓN DE
MARTIN HANSEN
Estaba a punto de
entrar en casa. Era un viernes a principios de agosto, por la tarde; de pronto
me sentía cansado, como si llevara un peso muy grande, aunque no había hecho
más que atar unos frambuesos. Cuando alcancé la escalera, me senté en el primer
peldaño y pensé: De todos modos, no hay nadie en casa. Un instante después oí
voces procedentes del salón, y antes de que me diera tiempo a levantarme, dijo
Mona, mi hija: ¿Estás aquí? Me levanté y contesté: Creí que no había nadie en
casa. Acabamos de llegar, dijo. ¿Quiénes?, pregunté. Yo y Vera, contestó. Vera
y yo, corregí. Vera y yo, repitió. Empecé a subir la escalera. ¿Dónde está
mamá?, preguntó. Ha ido a ver al abuelo, contesté. Pasé por delante de ella y
entré en el salón, pensé: O donde quiera que esté. Mona dijo: ¿Podemos
sentarnos en el jardín Vera y yo? Claro que sí, contesté. Preguntó si podían
tomarse una Coca-Cola. ¿Dónde está ella?, pregunté. En el servicio. Le dije que
se tomaran una Coca-Cola cada una. Subí al piso de arriba y entré en el dormitorio.
La cama de matrimonio estaba hecha. Ya no me sentía cansado. Vera, pensé, ¿no
es esa que siempre me mira tanto? Me acerqué a la ventana abierta y allí seguía
cuando ellas cruzaron el césped hacia la mesa del jardín. Pensé: Esa chica
seguro que es por lo menos un par de años mayor que Mona. Al cabo de un rato
fui al despacho a por los prismáticos. La estuve mirando con toda claridad un
buen rato. No miraba a Mona. Pensé: Estás de muy buen ver. Acto seguido me
tumbé en la cama. Cerré los ojos y me imaginé que la tomaba. No resultó
difícil.
Una media hora más
tarde, sentado en el salón con una taza de café y una copa de coñac, oí a Eli
abrir la puerta de la calle con su llave. Me levanté para que no me viera
sentado sin hacer nada. Cogí una enciclopedia de la estantería y la abrí al
azar. Ella entró en el salón. ¿Ya estás de vuelta?, pregunté. Ay, sí, contestó,
resulta difícil marcharme cuando estoy con él, solo me tiene a mí. No creo que
le quede ya mucho tiempo. Me senté. ¿No está Mona?, preguntó. Sí, está en el
jardín con una amiga. ¿Ha empeorado? Eli se acercó a la ventana. No sé si me
gusta que Mona se junte tanto con esa Vera, señaló. ¿No?, pregunté. Es mucho
mayor que ella, tiene casi dieciséis, debería ir con chicas de su edad. No
contesté; por un instante dudé si había recogido los prismáticos del dormitorio
o no, y me sobrevino un cierto malestar. Le pregunté si quería un café, pero
contestó que había tomado al menos tres en la
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residencia, pero
que le iría bien una copa de coñac. Mientras iba a buscársela le dije que mi
hermano había llamado, porque necesitaba hablar conmigo. ¿Por eso estás
bebiendo coñac?, preguntó ella. No contesté. Se sentó en el sofá. Le alcancé la
copa. ¿Va a venir aquí?, preguntó. No, claro que no, contesté, he quedado con
él en el centro. Me acerqué a la ventana. Mirando a Vera y a Mona dije: Las
frambuesas ya están casi maduras. Sí, contestó. Las he atado con una cuerda,
dije. ¿Las has regado?, preguntó ella. Pero si llovió hace tres días, objeté.
La oí dejar la copa y levantarse. Me volví, miré el reloj y dije: Tengo que
irme ya. ¿Vendrás tarde?, preguntó. No lo sé, contesté.
Al llegar al centro
me sentía algo perdido. No suelo salir solo, ni frecuentar ningún café. Estuve
un rato dando vueltas por las calles, luego me compré un periódico y entré en
el bar del Hotel Norge. Estaba vacío. Pedí una cerveza y desplegué el periódico
sobre la mesa. Intenté pensar en lo que mi hermano hubiera podido querer hablar
conmigo, pero no se me ocurría nada. Hojeé el periódico pensando: Lo único que
se puede hacer es dejar que las cosas sigan su curso, sin intentar evitar nada,
así de simple.
Abandoné el bar una
hora más tarde; estaba ligeramente borracho y por ello despreocupado. En la
prolongación de un encadenamiento de pensamientos recordé algo que solía decir
mi padre cuando de chico se me negaba algo y yo decía: ¡Lo quiero! Él contestaba:
Tu voluntad está en el bolsillo de mi pantalón, y por primera vez me pregunté
qué tenía que ver con aquello el bolsillo de su pantalón.
Mientras jugueteaba
con ese problema periférico —es decir, qué tenía que ver el bolsillo del
pantalón de mi padre con mi voluntad; ¿también la suya estaba en el mismo
sitio?— llegué a un barrio que no suelo frecuentar, y al avistar un bar llamado
Johnnie, sentí el impulso que se pretendería se sintiera con semejante nombre,
y entré. El local constaba de una barra y tres o cuatro mesas pequeñas, y todas
estaban ocupadas. Me dirigí a la barra y pedí un whisky; quería
salir pronto de allí. ¿Hielo?, preguntó el camarero. Sin nada, contesté.
Un hombre se me acercó y me dijo: Hacía tiempo que no nos veíamos. Lo miré.
Pensé que tal vez lo había visto antes. Es verdad, corroboré. ¿Así que me
reconoces?, preguntó. Sí, contesté. Fue una noche memorable, señaló. Sí,
asentí. ¿Vives aquí?, preguntó. ¿Aquí? Sí, en esta ciudad. Ya lo sabías, dije.
No, no lo sabía, objetó él. No, tal vez no lo dijera, señalé yo. Apuré el vaso.
Estoy en aquella mesa, dijo. Vente y charlamos un rato. Le dije que tenía que
irme, que iba a ver a mi hermano y ya era tarde. Qué pena, dijo. En otra
ocasión, contesté. Sí, dijo. Dale recuerdos a María, es así como se llama, ¿no?
Pues sí, contesté. Y me marché. Me sentía
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completamente
sobrio. Me pregunté si ese hombre llegaría alguna vez a encontrarse con el
hombre con quien creía haberse encontrado.
Me puse a deambular
por las calles, solo eran las nueve y media, y no tenía ganas de volver a casa.
Aunque la verdad es que tampoco tenía ganas de ninguna otra cosa. Crucé el
puente y fui hasta la estación de ferrocarril. Había bastante gente en el andén
esperando el tren que iba hacia el sur. Por un altavoz anunciaron que el tren
llegaba con ocho minutos de retraso. Me metí en el restaurante de la estación,
pedí una cerveza en la barra y me senté en una mesa junto a la ventana. Me dio
tiempo a vaciar la jarra antes de que el tren llegara. Cuando se puso en marcha
de nuevo, fui al servicio. Seguramente había alguien esperando a su presa en
una de las cabinas. Noté un golpe en la cabeza y luego nada, hasta que volví a
despertarme, solo, en el suelo. Vomité y justo en ese momento se abrió la
puerta. Intenté levantarme. Una voz gritó algo. Pensé que él creía que yo
estaba borracho, y quise decir algo, pero no lo logré. No lo recuerdo todo con
claridad. No hice más intentos de ponerme en pie. Al cabo de unos instantes,
alguien me levantó y me ayudó a salir de los servicios y a entrar en un
despacho. Me sentaron en una silla. Tenía la chaqueta manchada de vómitos.
Estaba avergonzado. Me llevaron al hospital en una ambulancia. Un médico me
miró los ojos y los oídos con una linterna, y me hizo una serie de preguntas a
las que respondí. Se marchó. Me quedé tumbado mirando al techo, luego volvió y
me preguntó que cómo me encontraba. Dije que me dolía la cabeza. No me extraña,
dijo él, tiene usted una leve conmoción cerebral. Le pregunté si me dejaba
llamar a casa para pedir a mi mujer que viniera a buscarme. Un momento, dijo, y
volvió a desaparecer. Me incorporé. Llegó una enfermera con mi gabardina y mi
camisa, en la que también había vomitado. Hemos limpiado lo más gordo, dijo
ella. Gracias, dije. Hay una cabina telefónica en el pasillo, indicó. No tengo
dinero, expliqué. Ah, claro, dijo ella. Se marchó. Me puse la camisa. Ella
volvió con un teléfono inalámbrico, luego me dejó solo. Tecleé el número. Eli
tardo mucho tiempo en contestar. Soy yo, dije, quería saber si podías venir a
buscarme, estoy en el hospital, en urgencias, no es nada grave, pero me han
robado la cartera y… ¿En urgencias?, preguntó. Sí, contesté. Ay, Martin,
exclamó. No es nada grave, expliqué. Voy para allá, dijo.
Llegó a la media
hora. Estaba muy tranquila, y con esa expresión dulce que a veces tiene cuando
duerme. Me acarició la mejilla y dijo que había hablado con el médico. Me puse
la chaqueta. Ella la miró. He vomitado, dije. Ya lo sé, contestó. Atravesamos el
pasillo y la sala de espera, y llegamos hasta el coche. ¿No estabas con
William?, preguntó. No, contesté, estaba solo.
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Ella se calló. La
cabeza me estallaba. He estado solo toda la tarde, expliqué. Ella no contestó.
Cruzamos el puente y pasamos por delante del Hotel Norge. ¿Él no acudió?,
preguntó. Nunca llamó, dije. Al cabo de un rato me volví y la miré; ella hizo
como si no se diera cuenta. Cuando ya casi habíamos llegado a casa, dijo:
¿Estás aprovechando esta situación para contarme algo que de otra forma no
habrías conseguido decirme? Solo digo lo que hay, dije. Ya, contestó, pero ¿por
qué? ¿A qué viene esta repentina sinceridad? No contesté. Ella entró por la
puerta del jardín y detuvo el coche delante del garaje. Salí del vehículo y me
acerqué a la puerta de la casa. Abrí con mi llave. Llené una copa de coñac y me
la bebí. ¿Qué haces?, preguntó a mis espaldas. Me duele la cabeza, contesté. El
médico ha dicho que no bebas alcohol, protestó ella. Será mejor que te vengas a
la cama. No sabía qué hacer. Luego me di cuenta de que daba igual lo que
hiciera. Sí, dije.
Llevaba un rato
acostado cuando ella entró. Apagó la luz antes de desnudarse, a pesar de ver
que estaba despierto, o precisamente porque vio que estaba despierto. No dijo
nada hasta después de haberse acostado: Le dije a Mona que habías quedado con
William. ¿No te importa decirle que William no acudió? No contesté. ¿Te
importa?, insistió. No, respondí. Buenas noches, dijo. Buenas noches, dije.
Tardé en dormirme.
Me venían a la mente sus palabras: ¿A qué viene esta repentina sinceridad? Y
pensé: ¿Qué sabe ella de mí que yo no sé que ella sabe?
Cuando me desperté,
ella ya se había levantado. Intenté volver a dormirme. Me dolía la cabeza. Eran
más de las nueve. Necesitaba ir al servicio, y lo hice con cuidado para que
ella no se diera cuenta. No tiré de la cadena. Me volví a acostar, pero no logré
dormirme. Me levanté y miré por una rendija de la cortina. Eli y Mona estaban
desayunando en el jardín. Me vestí deprisa y bajé con ellas. Mona quería
saberlo todo. Eli fue a prepararme una taza de té. Mona no entendía qué hacía
yo en el restaurante de la estación. Se lo expliqué. Entonces fue por culpa del
tío William, dijo. Bueno, yo no habría tenido que ir precisamente a ese
restaurante aunque él no acudiera, dije. De todos modos, dijo. No contesté.
Ella seguía preguntando. Eli llegó con el té y se sentó. ¿La ambulancia llevaba
la sirena puesta?, preguntó Mona. No creo, contesté. ¿Y luces azules?,
preguntó. Deja desayunar a papá, intervino Eli. No lo sé, contesté. Se hizo el
silencio un rato. Luego Mona habló de algo que tenía que hacer antes de ir a la
playa, y Eli le preguntó con quién se iba. Con Vera, contestó Mona, y supuse
que Eli diría algo al respecto, pero no lo hizo. ¿Quién es Vera?, pregunté. Ya
lo sabes, contestó
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Mona, la que estuvo
ayer aquí. Ah, sí, dije. Eli no dijo nada. Mona se levantó y se marchó. Ahora
nos toca a nosotros, pensé, pero Eli se limitó a preguntarme cómo me
encontraba. Contesté que bien, excepto un poco de dolor de cabeza. Qué bien,
dijo. Se levantó y se puso a recoger la mesa; solo le cupo la mitad en la
bandeja. La observé alejarse por el césped y pensé: Ni siquiera me ha
preguntado cuánto dinero llevaba en la cartera. Luego me acordé de cómo me
había acariciado la mejilla, y cuando volvió quise decirle algo, pero se me
anticipó. Me preguntó si le había dicho a Mona que William no había acudido.
Sí, contesté, y ella ha dicho que entonces él tuvo la culpa de lo que ocurrió.
¿Y qué?, preguntó ella. No, nada, contesté. Ah, bueno, dijo ella, no creo que
eso te preocupe mucho, porque una mentira suele llevar a otra. No es lo que
crees, dije. ¿Qué sabes tú de lo que yo creo?, dijo. Dime lo que piensas que yo
creo. No contesté. Recogió el resto de las cosas de la mesa con movimientos
bruscos, luego dijo: Dime, ¿fue en un momento duro o débil cuando desmentiste
lo de William? No contesté. Ella se fue. Pensé: Que se joda.
Al cabo de un rato
me levanté, pasé por delante de los frambuesos y fui al único lugar del jardín
en el que no te pueden ver desde la casa. No había encontrado respuesta a su
última pregunta. Me senté en el tocón del gran abedul enfermo que habíamos talado
hacía cuatro años y permanecí allí sentado, mirando hacia el seto de cipreses
que daba al atajo; a través de un hueco pude ver el travesaño roto de la valla
que Eli aún no había descubierto, y que yo aún no me había decidido a reparar,
y de repente se me ocurrió que mis disimulos y mentiras constituían una
condición para mi libertad, y que mi confesión en el coche había expresado una
indiferencia condicionada por la situación que nada tenía que ver con la
sinceridad.
Me levanté,
ligeramente eufórico por esta precisión, y volví a la mesa del jardín. La
puerta de la terraza estaba abierta. Pensaba decirle que lamentaba haber dicho
que no era verdad que tuviera una cita con William. En ese momento Eli salió a
la terraza. Voy a ver a mi padre, gritó, y volvió a meterse.
Me quedé sentado
hasta estar seguro de que ella se había marchado. Entonces entré en la casa,
cerré la puerta de la terraza con llave y subí al dormitorio. Me quité las
sandalias y me acosté. Pensé en que ella había dicho: Ay, Martin, y me había
acariciado la mejilla. Al cabo de un rato me invadió una ligera somnolencia
llena de imágenes: paisajes cambiantes que no había visto nunca y en los que no
había nada alarmante, pero que sin embargo me llenaron de tal inquietud que
tuve que levantarme y ponerme a dar vueltas por
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la habitación. Eso
me ayudó. Siempre me ha ayudado. Pero no volví a acostarme.
Al poco de volver
Eli —no nos habíamos dicho nada, ella estaba junto al banco de la cocina
mirando por la ventana— me acerqué a ella, la toqué levemente y dije que sentía
haberle dicho que había quedado con William. Bueno, bueno, dijo ella. Retiré la
mano. No tenía que ver contigo, dije. Bueno, Martin, contestó Eli. No sabía qué
más podía decir, pero no me marché. Se volvió y me miró. Nuestras miradas se
cruzaron. Fui incapaz de ver lo que había en su mirada. Supongo que esto no
cambia nada, dijo ella. No, pensé. ¿A que no?, dijo. No, contesté.
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EL ROSTRO DE MI
HERMANA
Una tarde de
noviembre, subiendo las escaleras hasta mi apartamento, en el segundo piso, me
percaté de que sobre mi puerta se dibujaba una sombra. Comprendí de inmediato
que procedía de alguien que se encontraba entre la puerta y la bombilla de la
entrada del desván, y me detuve. Se habían cometido muchos robos en las casas
del barrio en los últimos tiempos, también algún que otro atraco, seguramente
debido al aumento del desempleo, y tenía razones fundadas para suponer que la
persona que estaba inmóvil en la escalera del desván no deseaba ser vista. Por
eso me di la vuelta, disponiéndome a bajar de nuevo; sé por experiencia que se
debe evitar descubrir a alguien que desea permanecer oculto. Después de haber
bajado unos cuantos peldaños, oí pasos detrás de mí y me asusté, hasta que
escuché a alguien pronunciar mi nombre. Era Oskar, el marido de mi hermana, y
aunque no lo tenía en gran estima, respiré aliviado.
Volví a subir, y
como inmediatamente comprendí que no podría evitar invitarlo a entrar, le
estreché la mano. Colgamos los abrigos en el perchero de la reducida entrada,
luego lo precedí hasta el salón y encendí las dos lámparas de pie. Se quedó
plantado en medio de la habitación mirando a su alrededor. Dijo que nunca había
estado aquí. No, supongo que no, dije. Me preguntó que cuánto tiempo llevaba
viviendo aquí. Seis años, contesté. Pues sí, eso será, dijo él. Sí, asentí yo.
Se quitó las gafas y se restregó un ojo. Lo invité a sentarse, pero se quedó de
pie, limpiándose las gafas con un gran pañuelo mientras miraba al infinito,
medio a ciegas, con los ojos entornados. Por fin volvió a ponerse las gafas.
Pero si tienes teléfono, dijo. Sí, asentí. Pues no apareces en la guía, señaló
él. No, contesté. Me senté. Él me miró. Le pregunté si le apetecía un café. No,
gracias, contestó, además, iba a irse enseguida. Se sentó frente a mí. Dijo que
lo enviaba mi hermana, ella quería que fuera a verla, se había torcido un
tobillo y quería hablarme de algo, él no sabía de qué, no se lo había querido
decir, aunque sí, por lo visto tenía algo que ver con la infancia, y cuando él
le había dicho que por qué no me escribía, ella se había puesto histérica,
había destapado un tubo de cola y lo había vaciado sobre la alfombra. ¿Un tubo
de cola de pegar?, pregunté. Sí, contestó, cola para pegar fotos, ella estaba
pegando unas fotos que se habían despegado de las páginas de un viejo álbum.
Oskar volvió a quitarse las gafas para restregarse un ojo, luego volvió a sacar
el pañuelo y se puso a limpiar los
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cristales. Voy a
llamarla, dije. Sí, asintió él, así al menos sabrá que he estado aquí. Por
cierto, prosiguió, si me das tu número de teléfono, ella podrá llamarte si
quiere algo, así no tendré que atravesar media ciudad para venir a verte. No
quería darle mi número, pero con el fin de no ofenderle, dije que no lo
recordaba. Me escrutó a través de sus gruesas lentes, resultaba algo incómodo,
suelo mentir solo como autodefensa, y en esos casos es probable que se me note,
al menos tuve la sensación de que ese era exactamente el caso, y añadí que era
un número que nunca usaba, pues uno no suele llamarse a sí mismo. No, claro que
no, dijo, y lo dijo de un modo que me irritó, pues me sentía como si me hubiera
regañado, y salí a coger el tabaco del bolsillo de la gabardina. Por desgracia
no tengo otra cosa que ofrecerte que café, dije. Él no contestó. Me senté y
encendí un pitillo. Tú sí que tienes suerte, dijo él. ¿Ah, sí? Vives aquí
completamente solo, señaló. Bueno, objeté, aunque estaba de acuerdo con él. Yo
a veces no sé dónde meterme, dijo. No contesté. Me voy, dijo levantándose. Me
dio un poco de pena, de modo que dije: ¿No estáis bien? No, contestó. Fue hacia
la puerta. Lo seguí. Lo ayudé a ponerse la gabardina. Dijo: Se pondrá muy
contenta si la llamas. Dice que eres la única persona que la quiere.
Seguramente tendría
el teléfono al alcance de la mano, porque lo cogió de inmediato. Dije quién
era. Ay, Otto, cuánto me alegro. Daba la sensación de ser sincera y no parecía
histérica, y la conversación que siguió transcurrió en un tono calmado y amistoso.
Al cabo de un rato me invitó a ir a verla, y yo acepté. Luego dijo: Porque no
te habrás olvidado de nosotros, ¿no? ¿Olvidado de vosotros?, pregunté. No, dijo
ella, de nosotros, de ti y de mí. No, dije. ¿Vienes mañana?, preguntó. Vacilé.
Sí, contesté. ¿Sobre la una? Sí, asentí.
Al colgar el
teléfono me sentía contento, casi eufórico, una sensación que me invade a
menudo cuando he superado alguna dificultad, y me di un homenaje, sirviéndome
un cuarto de vaso de whisky, algo que no suelo hacer a esa hora del
día. Mi euforia duraba, tal vez gracias al whisky, y me permití
otro cuarto de vaso. Cerca de las siete y media salí de mi casa y me dirigí al
Koryfee, un café que no corresponde a su nombre, pero donde a veces me tomo una
o dos cervezas.
Allí me encontré
con Karl Homann, un hombre de mi edad que vive en el barrio y con quien tengo
una relación algo forzada, porque en una ocasión me salvó la vida. Por suerte
no estaba solo, así que cuando me invitó a sentarme con él, me pareció que
podía permitirme buscar una mesa para mí solo. Fui hacia el fondo del local. El
hecho de haber tenido el coraje de rechazar su invitación me había alterado de
tal manera que no descubrí a Marion hasta
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después de haberme
sentado; una mujer con quien había tenido una relación no del todo carente de
dolor. Estaba sentada tres mesas más allá. Hojeaba un periódico y posiblemente
aún no me había visto. Tampoco yo habría tenido necesariamente que verla a ella,
y pedí una cerveza mientras esperaba la evolución de los hechos. No obstante,
había algo insoportable en esa situación, y forcé que nuestras miradas se
cruzaran. Y cuando al rato ella levantó la vista del periódico y me miró,
comprendí que me había descubierto hacía tiempo. Le sonreí y levanté mi vaso.
Ella levantó el suyo, dobló el periódico y se acercó a mi mesa. Me levanté.
Otto, dijo, y me dio un abrazo. Luego añadió: ¿Puedo sentarme? Claro, contesté,
pero me iré pronto, voy a casa de mi hermana. Cogió su vaso. Parecía algo
alterada. Dijo que estaba encantada de verme, y yo dije que estaba encantado de
verla a ella. Dijo que pensaba a menudo en mí. No contesté, aunque yo también
pensaba en ella, pero, eso sí, con sentimientos algo contradictorios, en parte
debido a su vehemencia sexual, a la que yo no había logrado corresponder, lo
que en una ocasión, la última, le había hecho exclamar que un coito no es una
misa. Le pregunté, para desviar la conversación, cómo se encontraba, y
charlamos tranquilamente hasta que apuré mi vaso y dije que tenía que
marcharme. Entonces ella también se iría, dijo. Después, al levantarnos,
añadió: Si no hubieras tenido que ir a ver a tu hermana, ¿habrías querido venir
a mi casa? Me habría sentido tentado, le contesté. Llámame alguna vez, dijo.
Sí, contesté.
Me acompañó hasta
la parada del autobús, allí se apretó contra mí, susurrando algunas atrevidas y
frívolas palabras que causaron un dilema a mi cuerpo, sobre todo si el autobús
no hubiera llegado, pero llegó, y ella volvió a decir: Llámame. Sí, contesté.
Me bajé en la
siguiente parada, y llevado por la autoestima que la invitación de Marion me
había proporcionado —es una mujer hermosa— me dirigí al bar más próximo. Pero
solo llegué hasta la puerta; cuando la abrí y vi la cantidad de gente que había
y oí la estruendosa música, me faltó el valor. Es una situación a la que estoy
muy acostumbrado, esa aterradora sensación de alienación en un lugar
desconocido, así que cerré la puerta y me fui a casa.
Aquella noche me
desperté de un sueño que tal vez estuviera influido por la ya citada autoestima
que me había proporcionado Marion. Era un sueño de gran contenido erótico, y al
contrario de lo que solía ocurrir en esa clase de sueños, en los que el rostro
de la mujer —o de las mujeres— es desconocido o incluso se ha borrado, las
facciones de aquella mujer aparecieron de repente
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muy nítidas, sin
que eso hiciera disminuir mi deseo. Era el rostro de mi hermana.
Ella abrió la
puerta antes de que me hubiera dado tiempo a llamar al timbre. Se apoyaba en
dos muletas. Te vi llegar, dijo. Entiendo, dije. Me abrazó y se le cayó una
muleta. Me agaché a recogerla. Deja que me apoye, dijo, rodeándome el hombro
con el brazo. Lo hice, es decir, ella se apoyó en mí. Fue a pata coja junto a
mí hasta el salón y se colocó junto a una mesa baja ya preparada. Cuando volví
a entrar tras haber colgado mi gabardina, comimos sándwiches y hablamos de su
pie. Miré a escondidas la alfombra, pero no vi ni rastro de pegamento de fotos.
Cuando habíamos
hablado un rato de todo y de nada, ella dijo: Te pareces cada vez más a nuestro
padre. Como pensaba que ella sabía qué clase de relación había mantenido con
él, lo tomé un poco a mal, pero no dije nada. Me levanté a buscar un cenicero.
¿Adónde vas?, preguntó. A buscar un cenicero, contesté. Me indicó dónde podía
encontrar uno, y fui a la cocina. Cuando volví a entrar me dijo que había
pensado mucho en mí últimamente, en nosotros, que era una pena que no nos
viéramos más a menudo ella y yo, que tan unidos habíamos estado el uno al otro.
Bueno, dije, cada uno va forjando su propia vida. ¿Nunca me echas de menos?,
preguntó. Claro que sí, contesté. Deberías saber lo sola que me siento muchas
veces, dijo. Sí, asentí. Tú también estás solo, señaló ella, lo sé, te conozco.
Ha pasado mucho tiempo desde que me conocías, dije. No has cambiado, dijo. Sí,
contesté. ¿En qué sentido?, preguntó. No contesté. Luego dije: Acabas de decir
que me parezco cada vez más a nuestro padre. Por cierto, ¿qué has querido decir
con eso? Es por tu forma de sonreír, dijo ella, y además, mueves la parte
superior de tu cuerpo exactamente como hacía él. ¿Ah, sí? ¿Lo hacía? No lo
recordaba. Qué extraño. Supongo que no lo miraba tanto como tú, dije. ¿Qué
quieres decir?, preguntó. Lo que he dicho, contesté. A mí no me gustaba
mirarlo. Había algo repugnante en él. Oh, Dios mío, dijo ella. Permanecimos
callados un rato; entonces me di cuenta de que estaba moviendo la parte
superior de mi cuerpo, así que me enderecé y me recliné en el sillón. Por fin,
ella dijo: Hay una botella de jerez en la parte de abajo de la rinconera. Hazme
el favor de ir a por ella. Y trae dos vasos, si te apetece a ti también. Camino
de la rinconera decidí coger solo uno, pero enseguida cambié de idea. Le serví
mucho a ella y poco a mí. Eso no me lo habías contado nunca, dijo ella. No,
dije, hablemos de otra cosa. Salud. Salud, contestó. Vacié el vaso. Te has
servido muy poco,
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comentó. No bebo a
mediodía, dije. Yo tampoco, señaló ella. Me serví más jerez. No sabía de qué
hablar. Miré el reloj. No mires el reloj, dijo. ¿Dónde está Oskar?, pregunté.
En casa de su madre. Va todos los sábados a casa de su madre. Nunca vuelve
antes de las cinco, así que puedes relajarte. Estoy relajado, contesté. Ya lo
creo. Qué bien, dijo ella, ¿me sirves un poco más de jerez? Se lo serví, pero
no tanto como la vez anterior. Más, dijo. Le llené el vaso. Salud, dijo. Vacié
mi vaso. Sírvete, dijo. Recordé lo que ella había dicho a Oskar, que yo era el
único que la quería, y con una repentina y casi triunfante sensación de
libertad, me llené el vaso. Me miró, sus ojos resplandecían. Me miras mucho,
dijo. Sí, asentí. ¿Te acuerdas de que solía llamarte hermano mayor? Asentí. Y
tú me llamabas hermana, añadió. Cogí el vaso y bebí. Ella hizo lo mismo. Yo lo
recordaba. ¿Tienes novia ahora?, preguntó. No, contesté. ¿No hay nadie que sea
suficientemente buena para ti? No te burles de mí, dije. No me burlo de ti, objetó.
Prefiero vivir solo, dije. Eso no te impide tener novia, señaló. No contesté.
Eres hombre, dijo. No contesté. Me levanté y fui al servicio. Puse el tapón en
el lavabo y abrí el grifo del agua fría. Metí las manos y las mantuve allí
hasta que empezaron a dolerme; luego me las sequé y volví al salón. Me senté y
dije lo que había ensayado: Prefiero a las mujeres que no exigen nada, pero que
dan, reciben y se van. Ella no dijo nada. Me encendí un cigarrillo. Y tú dices
que no estás solo, señaló ella, y luego añadió: Hermano mayor. La miré; tenía
el rostro medio vuelto y los labios ligeramente abiertos; no había ni un sonido
en la habitación, ni ninguno que entrara de fuera; el silencio duró mucho.
Imagínate que… dijo. ¿El qué?, pregunté. Nada, dijo ella. Sí, dije yo. Pero
Otto, no sabes lo que… ¿Qué crees que estoy pensando? Estuve a punto de
decirlo, en ese instante tenía dentro un coraje casi lo suficientemente grande.
En lugar de eso, dije: ¿Cómo iba a saberlo? Ella cogió el vaso y me lo acercó.
Está vacío, indicó. Dime cuándo quieres que pare, dije. No, dijo. Llené el
vaso. Estamos bebiendo mucho para ser personas que no beben, comenté. Hay
excepciones, dijo ella. Sí, contesté, hay excepciones a casi todo. ¿Es verdad?,
preguntó sin mirarme. Sí, contesté. Se oyó la puerta de la calle. Oh, no, dijo
ella. Me levanté. Fue un movimiento reflejo. No te vayas, dijo ella. Me senté.
Oskar apareció en la puerta, apoyado en la muleta de mi hermana. Se detuvo.
Noté por su gesto que no sabía que yo estaba allí. Hola, Oskar, saludé. Hola,
contestó él. Miró a mi hermana y dijo: Tu muleta estaba en el suelo, cerca de
la puerta. Ya lo sabía, señaló ella. Entonces perdona, dijo él, dejando caer la
muleta. ¿Por qué has hecho eso?, preguntó ella. Él no contestó, y empujó la
muleta hacia la pared con la punta del zapato, luego se fue a la cocina,
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cerrando la puerta
tras él. No te vayas, por favor, rogó ella. Sí, me voy, dije. Hazlo por mí,
dijo ella. No lo soporto, objeté. Oskar volvió al salón y me miró de pasada. No
sabía que estuvieras aquí, dijo. Me iré enseguida, indiqué. Por mí no lo hagas,
dijo. No, dije yo. Él atravesó la habitación y salió por la otra puerta. Miré a
mi hermana; ella me miró directamente a la cara y dijo: Eres un cobarde, había
olvidado que eras tan cobarde. Me levanté. Sí, vete, dijo, vete. Me acerqué a
ella. ¿Qué has dicho?, pregunté. Que eres un cobarde, contestó. Le di una
bofetada. No fuerte. No, no creo que la abofeteara con mucha fuerza. Y, sin
embargo, gritó. Al instante oí a Oskar abrir la puerta; seguro que estaba
escuchando detrás. Yo no me volví. No oí ningún paso. Miré a la pared. Solo oía
mi propia respiración. Entonces mi hermana dijo: Otto se va enseguida. Oskar no
contestó. Oí cerrarse la puerta. Miré a mi hermana, nuestras miradas se
cruzaron; había en ella algo que no entendía, algo suave. Vi que quería decirme
algo. Bajé la mirada. Perdóname, hermano mayor, dijo ella. No contesté. Vete
ya, añadió, pero llámame, ¿de acuerdo? Sí, contesté. Luego me di la vuelta y me
marché.
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EL SALTAMONTES
María hizo un
comentario sobre él en presencia de los demás que a él le pareció fuera de
lugar y que le alteró en exceso. Se esforzó todo lo que pudo por aparentar
indiferencia, pero cuando los invitados se hubieron marchado y María dijo que
estaba cansada, él abrió otra botella de vino y echó un leño a la chimenea. ¿No
vas a acostarte?, preguntó ella. Él contestó que no estaba cansado y que le
apetecía otra copa. Ella lo miró. Mañana será otro día, dijo. Ya lo sé, señaló
él, y ese fue el único amago de agresividad que logró expresar.
Permaneció
levantado una hora más. Se bebió dos copas de vino. Luego llevó la botella a la
cocina y tiró casi todo su contenido al fregadero. Volvió al salón con la
botella y la colocó junto a la copa vacía.
Al día siguiente se
despertó tarde y solo. Se levantó enseguida. La casa estaba vacía, pero
encontró la mesa del desayuno puesta para él. El café del termo estaba
templado. Se bebió dos tazas. El periódico dominical se encontraba al lado del
plato. Lo cogió y salió a la terraza. María estaba de rodillas en la huerta,
casi oculta tras las dalias; él hizo como si no la hubiera visto y se sentó de
espaldas. Abrió el periódico, levantó la vista y se puso a mirar las copas de
los árboles que se dibujaban sobre un cielo de color azul mate. Permaneció en
esa postura hasta que escuchó pasos en la gravilla y la voz de ella a sus
espaldas: Buenos días. Bajó el periódico y la miró. Buenos días, contestó. Ella
se quitó los guantes de jardinería y subió la escalera. Estabas durmiendo tan
plácidamente, dijo, que no quise despertarte. ¿Te quedaste levantado mucho
rato? Un par de horas, contestó él. ¿Tanto?, dijo ella. Él dobló el periódico
sin contestar, luego dijo: He pensado ir a ver a mi padre. Vera viene a comer,
señaló ella. Estaré de vuelta antes, contestó él. No te dará tiempo, objetó
ella. Entonces podemos comer una hora más tarde, propuso él. ¿Solo porque de
repente se te ha ocurrido ir a ver a tu padre? Él no contestó. Ella entró en la
casa y él se levantó y fue tras ella, en busca de su chaqueta. Pero si no has
desayunado, objetó ella. No tengo hambre, contestó él. Se encontró con la
mirada de María; ella le escrutó. ¿Qué te pasa? Nada, contestó él.
Cuando un poco más
tarde estaba saliendo de la ciudad en dirección a R, se sintió casi orgulloso
durante un rato y pensó: Hago lo que quiero.
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A mitad de camino
de R, se salió de la carretera principal y se dirigió hacia el fiordo Bu. Había
allí un pequeño café al aire libre. Se tomó dos sándwiches y un café. Estaba
sentado debajo de un árbol mirando el fiordo. Se fumó un cigarrillo. De tarde en
tarde miraba el reloj. Se fumó otros dos cigarrillos, luego se levantó y fue
hacia el coche.
Regresó por el
mismo camino por el que había llegado, y estaba de vuelta en casa antes de que
se hubiesen sentado a la mesa. María le preguntó por su padre y él contestó: No
me reconoció. Vera comentó que tenía que ser muy doloroso ver a su propio padre
tan desvalido. Él asintió. Se sentaron a la mesa. Él sirvió el vino. Comieron
asado de ternera y charlaron de temas cotidianos. Él participaba con algún que
otro sí o no; sus pensamientos se desviaban a menudo, pero se ocupaba todo el
tiempo de que las copas de ellas no estuvieran vacías. Y cuando María al final
de la comida quiso saber más sobre el estado de su padre, la pregunta chocó con
una reflexión agresiva que él acababa de hacerse y contestó, de un modo
inesperadamente negativo: ¿Y a qué se debe ese repentino interés tuyo por mi
padre? Se hizo el silencio. Entonces Vera dijo discretamente: Eso no ha sido
muy amable por tu parte, Jakob. No, no lo ha sido, contestó él, casi igual de
discreto, pero no es de tu incumbencia. Y cogió la copa con la mano temblorosa.
Creo que deberías explicarte, dijo María. Él no contestó. No sé qué creer,
añadió ella. Él se reclinó en la silla y la miró: Mi padre está bien. Ya no
sabe lo que ocurre, y si los enfermeros lo tratan con cariño, nadie puede
hacerle daño. Así que está bien. Volvió a hacerse el silencio, luego María
dijo: Eso podrías haberlo dicho antes. Hay muchas cosas que uno podría haber
dicho antes, contestó él. ¿A qué te estás refiriendo ahora?, preguntó ella. ¿Me
estoy refiriendo a algo?, preguntó él. Vaya, ahora sí que te has puesto
imposible, dijo ella. Y se levantó y empezó a recoger la mesa. Al levantarse
también Vera, dijo: No, no, tú quédate sentada. Jakob vio cómo tras un momento
de vacilación, Vera cogió la fuente de verduras y la salsera, y siguió a María
hasta la cocina. Jakob se sirvió vino, se levantó y salió a la terraza. Se fumó
un cigarrillo y luego otro. Vació la copa. Vera salió y se sentó. Vaya verano,
dijo ella. Sí, contestó él. Aunque en realidad, añadió Vera, agosto es un mes
bastante…, tiene algo de nostálgico, ¿no te parece? De alguna manera es el fin
de algo. Él la miró, sin contestar. Cuando era niña, prosiguió ella, siempre
asociaba el mes de agosto, sobre todo las noches, con el canto de los
saltamontes, que tanto me gustaba. Ya no hay saltamontes. ¿Ah, no?, preguntó
él. No, contestó ella. La miró; estaba sentada con la cabeza agachada,
tocándose una uña de la mano. Le preguntó: ¿Te sirvo vino? Gracias, contestó
ella. Él entró a por una botella y
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una copa. María no
estaba. Vera seguía en la misma postura, como si estuviera absorta en algo, y
cuando él hubo llenado la copa de ella y la suya, y se quedó un instante
mirándola, sintió de repente una oleada de calor, como un calambre, y exclamó:
Qué bonita eres. ¿Yo?, preguntó ella. Él no contestó y se sentó. Se hizo el
silencio, también dentro de él. Luego ella añadió: Hace mucho que nadie me dice
eso. ¿Me das un cigarrillo? Él le ofreció el paquete. No sabía que fumaras,
dijo. Lo he dejado, contestó ella. Él le dio fuego. María dijo desde la puerta:
Pero, Vera… ¿A que sí?, preguntó Vera. ¿Te ha seducido Jakob? Vera miró a
Jakob, y contestó: Sí, en cierto modo. Pero yo misma decidí caer. María salió a
la terraza, acercó una silla a la mesa y se sentó. Jakob le preguntó si quería
que fuera a buscarle una copa, se sentía muy ligero y libre. Fue a por la copa
y le sirvió vino. Vera hacía aros de humo. Mirad, dijo, aún sé hacerlos. Estás
jugando con fuego, señaló María. Sí, contestó Vera, casi se me había olvidado
lo bueno que es. Ya ves, dijo María. Vera sopló nuevos aros al aire casi
inmóvil. Estás poniendo a prueba tu voluntad, prosiguió María. Por favor, dijo
Vera, y añadió, mirando a Jakob: María nunca ha dejado del todo de ser la
hermana mayor. Ya lo veo, dijo Jakob. Tonterías, contestó María. María no juega
con fuego, apuntó Jakob. Seguro que sí, dijo Vera. ¿A que sí, María? Todo el
mundo lo hace. María dio un sorbo de vino. Puede que sí, contestó, pero evito
quemarme. Jakob se rio. María lo miró. Vera apagó el cigarrillo. Hace bochorno,
comentó María. Sí, contestó Vera. Ojalá se desencadenara una verdadera
tormenta. Y un rayo alcanzara esa casa tan fea. ¿Pero Vera?, dijo María. Jakob
se rio. ¿Te parece gracioso?, preguntó María. Sí, contestó Jakob, por eso me he
reído. Se hizo un largo silencio, y por fin María se levantó. Permaneció un
instante de pie, luego bajó la escalera y se adentró en el jardín. Di algo,
dijo Vera. Él no contestó. Le sirvió vino. Voy a emborracharme, dijo ella. ¿Y
por qué no?, dijo él, para eso está el vino. Creo que voy a irme, repuso ella.
A mí me gustaría que te quedaras. Me vuelvo malvada, dijo ella. Que así sea,
dijo él. Una niña mala, dijo ella, mirándolo. Él apartó la mirada, pero tenía
la sensación de que ella seguía mirándolo. ¿Te has asustado?, preguntó ella.
Asustado no, contestó él. ¿Entonces, qué?, preguntó ella. María llegaba andando
por la hierba. Las zanahorias se están corneando, dijo. ¿Corneando?, se extrañó
Jakob. Hay que escardar las plantas, señaló ella. Subió la escalera y dejó tres
pequeños tomates en la mesa. Mira qué ricos, dijo. Vera cogió uno. Creo que yo
también me voy a buscar un marido con huerta, dijo. Sí, ¿por qué no?, preguntó
María. Y con una terraza como esta, añadió Vera, donde puedes estar sentada
incluso cuando llueve. Nunca nos sentamos aquí cuando llueve,
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dijo María. Ya lo
creo que sí, la contradijo Jakob. Yo me siento a menudo aquí cuando llueve. No
es verdad, objetó María. Claro que es verdad, dijo Jakob. Yo sí que me
sentaría, dijo Vera, y se metió el tomate en la boca. Junto a mi marido,
añadió. ¿Qué marido?, preguntó María. El de la huerta y la terraza, contestó
Vera. Estás borracha, dijo María. Por supuesto que sí, asintió Vera. Voy a
preparar café, dijo María, y entró en la casa. Vera dio un gran sorbo de vino.
¡Café!, exclamó. Jakob le llenó la copa. Gracias, dijo ella. Y también un
cigarrillo, si tienes. Él le dio uno y luego fuego. ¿Es verdad que te sientas
aquí cuando llueve?, preguntó. Alguna vez lo he hecho, contestó él, pero de eso
hace ya mucho tiempo. Entonces no era verdad, dijo ella. Así es, dijo él, pero
eso María no puede saberlo. La hiciste pasar por mentirosa, dijo Vera. No más
que ella a mí, al decir que nunca me siento aquí. Pero es verdad, dijo Vera.
Sí, pero ella no lo sabe. Tal vez lo sabe porque te conoce, dijo Vera. Ella no
me conoce, objetó Jakob. María salió y dejó tres tazas sobre la mesa. Miró a
Vera sin decir nada. Volvió a entrar. Pobre María, dijo Vera. Jakob no
contestó. Me tomaré el café y luego me iré, dijo ella. Él no contestó. Ella
apagó el cigarrillo. María llegó con el café, llenó las tazas y se sentó. Jakob
se levantó, entró en el salón, cruzó la entrada y salió a la calle: allí
permaneció unos instantes, antes de echar a andar en dirección al centro.
Volvió a casa dos
horas más tarde. Vera y María estaban sentadas en el salón, aún no habían
encendido la luz. Estás aquí, dijo María. Sí, asintió él. Justamente estábamos
comentando que qué habría sido de ti, dijo María. He ido a por tabaco, contestó
él. Se hizo el silencio durante un rato, luego añadió: Se está nublando. Sí,
asintió María, ya lo hemos visto. Oímos un saltamontes, dijo Vera. ¿Ah, sí?,
preguntó Jakob, mirándola. Ella bajó la vista. Él sacó el paquete de tabaco del
bolsillo. ¿Quieres?, le ofreció. No, gracias, contestó Vera. He vuelto a
dejarlo. Él se encendió un cigarrillo y preguntó: ¿Alguna quiere cerveza?
Ninguna quería. Él fue a la cocina a por una botella y un vaso, luego volvió al
salón y se sentó. Nadie decía nada. Bueno, creo que debo irme ya a mi casa,
dijo Vera. Puedes quedarte aquí esta noche, señaló María. Gracias, pero…,
contestó Vera. Nadie te espera, comentó María. No, por ese lado no hay
problema. No tengo a nadie que me espere. Lo dices como si hubiera que tenerme
compasión. Tonterías, dijo María. No hay razón para tenerte compasión. ¿Por qué
íbamos a tenerte compasión? Exactamente, eso es lo que yo digo, contestó Vera,
de modo que no me pidas que me quede solo porque nadie me espera. También
podría haberme quedado aunque alguien me esperara. Sí, claro, asintió María.
Vera se levantó. ¿Te vas?, preguntó María. Voy al servicio, contestó Vera.
Jakob la siguió con la mirada.
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Qué complicada es,
opinó María. Jakob no contestó. María se levantó y encendió la lámpara de pie.
Y tú simplemente desapareciste, prosiguió. Él no contestó. Ella permaneció
junto a la lámpara encendida; él no la miró. La oía respirar con dificultad.
Ella dijo: No voy a soportar esto mucho más. De acuerdo, contestó él. ¿Eso es
todo lo que tienes que decir?, preguntó ella. Él no contestó. Ah, Dios mío,
dijo ella. Jakob oyó los pasos de Vera en la escalera. María apagó la lámpara y
se sentó. El salón quedó en penumbra. Vera entró, se acercó a la puerta abierta
de la terraza, y se quedó mirando hacia fuera. Jakob se levantó. Más vale que
me marche antes de que se ponga a llover, dijo Vera. Jakob atravesó la entrada
y se dirigió al cuarto de los huéspedes. Cerró la puerta. La cama estaba hecha.
Permaneció unos segundos mirándola, y notó un temblor en el cuerpo. El frente
de nubes estaba ya muy cerca; partía el cielo en dos. Acercó una silla a la
ventana y se sentó a contemplar el crepúsculo con los codos apoyados en el
alféizar. Al cabo de un rato escuchó voces bajas en la entrada, luego la puerta
de la calle abrirse y cerrarse, al final se hizo el silencio. Él no se movió.
De repente un soplo de viento rozó las hojas del árbol delante de la ventana, y
al cabo de unos segundos llegó la lluvia. No le ha dado tiempo, pensó. Intentó
captar sonidos del interior de la casa, pero no oía más que la lluvia. Ya era
casi noche cerrada. De repente todo se iluminó un instante, y unos segundos más
tarde sonaron truenos en la lejanía. Ahora María tendrá miedo, pensó. Llegaron
más rayos y más truenos; contó los segundos, los intervalos eran cada vez más
cortos. Ahora estará asustada, pensó. Se levantó y se acercó a la puerta, la
abrió a medias y escuchó. Permaneció así un rato, luego atravesó la entrada y
se metió en el salón. María no estaba allí. Volvió a salir, subió la escalera y
entró en el dormitorio. Ella estaba tumbada en la cama con el edredón sobre la
cabeza. María, dijo él. Ella apartó el edredón. Estaba completamente vestida.
Tenía mucho miedo, dijo. No hay razón para tener miedo, dijo él. Creía que te
habías marchado, dijo ella. Él se acercó a la ventana. No te quedes ahí, por
favor, le pidió ella. Él miró el reflejo de ella en el cristal de la ventana.
No pasa nada, dijo, tenemos pararrayos. Ya lo sé, contestó ella, pero aun así
tengo miedo, y aún más me entra al verte junto a la ventana. Él retrocedió un
par de pasos; todavía podía verla. Ella se levantó de la cama. Creo que ya ha
pasado, dijo él. Pensé que te habías marchado, señaló ella. ¿Adónde iba a haber
ido?, preguntó él.
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LOS INVISIBLES
Cuando Bernhard L.
volvió al hogar de su infancia con el fin de asistir al sepelio de su padre,
Marion le dio un abrazo bastante torpe. Era una tarde calurosa, y ella tenía
grandes manchas húmedas en las axilas. Así que has venido, dijo. Él comentó que
venía cansado del viaje y que le gustaría cambiarse. Ella le había preparado el
cuarto de la buhardilla. La ventana estaba abierta y el sol entraba a raudales.
Se desnudó del todo y se tumbó en la cama. Empezó a tocarse, intentando
reproducir aquella fantasía que tanto le había excitado en el estrecho
compartimiento del tren, pero no lo logró. Entonces oyó a Marion subir la
escalera, y se vistió. Por la ventana entraban los ruidos de la calle. Marion
volvió a bajar la escalera. Él abrió el armario y colgó el traje negro.
Cuando algo más
tarde bajó, se encontró a Marion llorando en el salón. Suponía que no le había
oído entrar, pero no estaba seguro, porque la mujer se comportó como si la
hubiera sorprendido haciendo algo malo. No sabía qué decir. Se acercó a la
ventana y se puso a contemplar el pequeño jardín trasero. Tú lo querías, dijo
él por fin. Un gato negro se subió de un salto a la valla de madera. Debería
haberme portado mejor con él, señaló ella. Pero tú eras la que lo cuidaba, dijo
él. El gato saltó de la valla hasta el tejado del viejo cobertizo para
bicicletas. Ella dijo: A veces era tan…, pero, claro, tenía dolores…, había
momentos en que casi deseaba que…, me arrepiento tanto… Él encendió un
cigarrillo. No pensaba que fuera a morir, añadió ella. Él preguntó cómo había
sido. Ella tardó en contestar. Él tiró la ceniza del cigarro en una maceta.
Estaba sentado en ese sillón, dijo ella. Yo estaba en la cocina. Me dijo que
viniera a leerle el periódico. Le contesté que estaba haciendo la comida. Dijo
que no tenía hambre. Pues yo sí que tengo, dije. Luego nos quedamos callados y
al final volvió a decir: ¿Vienes ya? No contesté. Estaba enfadada con él. Un
poco más tarde gritó mi nombre aunque no demasiado alto, pero no entré hasta
pasados dos o tres minutos, y para entonces, ya estaba muerto.
Bernhard se imaginó
a su padre, pero no sentía nada. Marion se echó a llorar de nuevo. Él buscó un
cenicero para apagar el cigarrillo. Fue a la cocina y lo tiró al fregadero.
Luego bebió un vaso de agua. Sonó el timbre. Marion le pidió que fuera a abrir.
Era una mujer. Lo miró y dijo: Tú tienes que ser el hermano de Marion. Así es,
asintió él. Él la siguió hasta el salón. Marion no
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estaba allí, él
pensó que habría ido a la cocina a secarse las lágrimas. La mujer le tendió la
mano, estaba húmeda, pero a él no le importó. Soy Camilla, se presentó. Y yo
Bernhard, dijo él, iré a buscar a Marion. Llegó justo en ese momento. Las
contempló unos instantes; eran en todos los aspectos tan distintas que no
entendía qué podían tener que ver la una con la otra. Camilla estaba de pie, de
espaldas, con la ropa muy pegada al cuerpo. Él pensó: ¿No se dará cuenta Marion
de que se está aprovechando de ella? Al instante, desechó esa idea. Camilla se
volvió hacia él, y preguntó algo. Él contestó. Ella sonrió y bajó la mirada. Es
dependienta, pensó él. Marion dijo media frase y se fue a la cocina. Él abrió
una ventana. Siéntate, dijo. Ella se sentó. Marion se habrá alegrado de que
hayas venido, dijo ella. Él se rio y se sentó frente a ella. Le preguntó si
ella había conocido a su padre. Camilla le dio una larga respuesta mientras
miraba alternativamente a sus manos y a él: Lo había conocido y no lo había conocido.
Estaba sentada en el filo de la silla con las rodillas juntas y las manos
cruzadas sobre los muslos. Él le ofreció un cigarrillo y le dio fuego. Se
preguntó quién de los dos sería el primero en descubrir que no había un
cenicero cerca. Al final dijo: Iré a buscar un cenicero. Fue a la cocina.
Marion estaba preparando una fuente de sándwiches. Le dio un cenicero
minúsculo. ¿No tienes uno un poco más grande?, preguntó él. Vaya, dijo ella, y
le dio uno grande. Él volvió al salón. Preguntó a Camilla cómo se habían
conocido Marion y ella. Ella se lo dijo. Marion entró y puso un mantel blanco
en la mesa. Deja que te ayude, dijo Camilla, sin levantarse. No, no, contestó
Marion. Acabó de poner la mesa y empezaron a comer. Camilla y Marion hablaron
de una amiga común que había tenido un hijo que nació con la espalda abierta.
Eran las siete. Bernhard se dio cuenta de que Camilla no paraba de mirarlo. Él
estaba fantaseando con ella. De repente, entró una avispa y se posó sobre uno
de los sándwiches. Camilla se levantó y se plantó en medio de la habitación.
Dijo que era alérgica a las avispas. Marion cogió un sándwich de queso y lo
estampó encima del que tenía la avispa. Bernhard se rio. Marion se acercó a la
ventana y tiró los dos sándwiches al jardín trasero. Ya está, dijo. Bernhard se
rio de nuevo. Marion y Camilla volvieron a sentarse. Comed, dijo Marion, a
Bernhard le dio la impresión de que estaba contenta. Camilla contó que la
última vez que le picó una avispa había tenido que ir a Urgencias. Come, Bernhard,
insistió Marion. Contestó que estaba lleno y se levantó. Fue hasta la entrada y
subió la escalera. La puerta de la habitación de Marion estaba cerrada, la
abrió y se quedó en el umbral mirando hacia el interior. La cama estaba sin
hacer, y de los respaldos de las sillas colgaban prendas. Encima de
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la cómoda había una
foto grande enmarcada; los padres de pie, sonrientes, sobre la alta escalera de
la calle. Cerró la puerta y volvió a bajar.
Al cabo de un rato
Camilla dijo que se marchaba. Bernhard volvió a subir al cuarto de la
buhardilla. Si se asomaba por la ventana podía ver la escalera de la calle
justo debajo de él. Camilla estaba mirando a la puerta; apenas podía ver su
pelo y un poco de su cuerpo. Marion era la que hablaba, pero era incapaz de
captar lo que estaba diciendo. No, no, en absoluto, dijo Camilla. Empezó a
bajar los escalones. Él retiró la cabeza. La vio cruzar la calle y desaparecer
por el callejón entre la óptica y la panadería. Perra, dijo para sus adentros.
Se encontró con su propia mirada en el espejo de la cómoda, la mantuvo unos
instantes, bastante rato, los ojos empezaron a sonreír y dijo: Así es. Perra.
Se quitó de mala
manera los zapatos y se tumbó en la cama, pero volvió a levantarse enseguida,
se acercó a la puerta, se agachó e intentó mirar por el ojo de la cerradura. Lo
que podía ver era la parte superior de la escalera y la puerta del que había sido
el dormitorio de los padres. Volvió a tumbarse. Apenas entraba ruido por la
ventana, solo se oía de vez en cuando algún que otro coche pasar. Eran las ocho
menos diez. Pensó: Tendré que pedir otra almohada. Encendió un cigarrillo. No
había cenicero en la habitación. Puso uno de sus zapatos sobre la mesilla, con
la suela hacia arriba. Supongo que debería bajar y estar con Marion, pensó. He
venido por ella. Y de todos modos tengo que pedirle una almohada y un cenicero.
Tal vez esté sentada abajo esperándome. Tal vez piense que no puede salir
porque estoy aquí. Echó la ceniza del cigarrillo en la suela del zapato.
Intentó pensar en algo de lo que poder hablar. Entonces oyó un ruido y a
continuación pasos en la escalera. Se apresuró hasta la puerta y miró por el
agujero de la cerradura. La vio con toda claridad cuando pasó por delante de su
campo de visión, la vio volver la cabeza y mirarle directamente.
Bajó al poco rato.
Andaba silenciosamente, pero sin deslizarse.
Salió al jardín
trasero y se sentó en una vieja silla plegable pintada de verde, junto a una
mesa redonda de hierro forjado. Al cabo de un rato se fijó en el silencio; nada
se movía ni nada se oía. De repente se sintió abandonado, casi encerrado, y se
levantó. Se metió entre el estrecho macizo de flores y la fila aún más estrecha
de verduras y se acercó a la valla de madera. Se quedó de espaldas contra ella
mirando la casa y pensando: No tengo nada que hacer aquí. Justo en ese instante
descubrió a Marion; estaba de pie en el salón mirándolo, algo retirada de la
ventana. No puede estar segura de que la haya visto, pensó, dejando vagar la
mirada. Se puso en cuclillas y se dedicó a
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arrancar la mala
hierba que crecía entre los rábanos, mientras miraba la puerta a hurtadillas.
Ella no salía. Entonces cree que no la he visto, pensó. Siguió arrancando mala
hierba, y poco a poco fue sintiendo una especie de satisfacción, casi una
especie de alegría al contemplar ese paisaje limpio y ordenado en miniatura.
Dejó de mirar de reojo la puerta, ella podía salir si quería, él estaba
ocupado, tenía delante una pequeña huerta.
Había llegado a las
lechugas cuando Marion salió en compañía de un hombre que llevaba una botella
en la mano. Marion llevaba tres copas. Bernhard enderezó la espalda. Marion le
dijo que saludara a Oskar y dejó las copas sobre la mesa redonda. Bernhard saludó
con la cabeza a Oskar y fue a lavarse las manos bajo el grifo del jardín. Se
sentía atrapado. Marion echó vino en las copas. Bernhard se sacudió el agua de
los dedos y se acercó a la mesa. Oskar le tendió la mano. Estoy mojado, dijo
Bernhard. No importa, contestó Oskar. Este es conductor, pensó Bernhard. Salud,
dijo Marion. Bebieron. Oskar se quitó la chaqueta, un vello negro y rizado
cubría sus antebrazos. Oskar y yo nos vamos a casar, dijo Marion. Enhorabuena,
dijo Bernhard. Intentó imaginárselos, pero no lo consiguió. Oskar es policía,
señaló Marion. Ay, contestó Bernhard. Oskar sonrió. Qué oportuna la muerte de
nuestro padre, pensó Bernhard. Dijo mirando a Oskar: Es la primera vez que
brindo con un policía. ¿A que es una noche muy hermosa?, preguntó Marion. Tus
verduras necesitan agua, dijo Bernhard. Ay, sí, asintió Marion. Dicen que
seguirá el buen tiempo, comentó Oskar. Yo las regaré, dijo Bernhard. Bebieron.
Bernhard fumaba. Oskar habló de un colega al que le habían robado una canoa.
Bernhard apuró la copa, y Marion volvió a llenársela. Él se levantó, entró en
la casa, subió al piso de arriba y entró en el cuarto de la buhardilla.
Permaneció allí de pie dejando transcurrir el tiempo, luego volvió a bajar. Se
sentó y dio un gran trago de vino. Encendió un cigarrillo. Marion y Oskar
charlaban. Tengo que acordarme de pedir otra almohada, pensó Bernhard. Luego
pensó: No iré al entierro. Lo pensó una y otra vez, varias veces. Marion se
levantó. Solo voy a…, dijo. ¿Crees que puedes darme otra almohada?, preguntó
Bernhard. Claro que sí. Ella entró en la casa. Oskar se rascó el brazo.
¿Lleváis mucho tiempo juntos?, preguntó Bernhard. Ocho meses, contestó Oskar.
¿Entonces conociste a mi padre? Sí. ¿Bien? No, bien no. Como sabes, estaba
enfermo. Solo quería ver a Marion. Y a ti, claro. Bernhard se rio. ¿A mí?, se
extrañó. Marion volvió a salir, se había puesto una chaqueta sobre los hombros.
Bernhard se levantó y se acercó al viejo cobertizo para bicicletas, donde
antaño había una regadera. Todavía seguía allí. La llenó bajo el grifo y se fue
hasta la hilera de verduras. No podía
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oír de qué hablaban
Marion y Oskar. La tierra que rodeaba los rábanos se puso negra. Pensó: Seguro
que es un bruto. Y de repente le volvió con toda nitidez la fantasía del tren,
y dentro de esa imagen se metió Camilla para ocupar el lugar de la mujer anónima.
Quiso llevarse esa imagen hasta el cuarto de la buhardilla, y fue a dejar la
regadera en el cobertizo. Marion dijo: Supongo que deberíamos hablar de lo de
mañana, Bernhard. ¿De lo de mañana? Sí, he invitado a algunas personas a casa
para después del entierro. Espero que te parezca bien. Sí, contestó Bernhard,
supongo que es lo que suele hacerse. Siguió hasta el cobertizo, dejó la
regadera, encendió un cigarrillo, volvió a la mesa y se sentó. Marion y Oskar
estaban charlando. La copa de vino de Bernhard estaba llena; bebió. Había
oscurecido, los rostros ya no eran del todo nítidos, él se sentía casi
invisible. Casi libre.
Al poco rato
entraron Marion y Oskar. Bernhard se quedó sentado fumando y bebiendo el vino a
pequeños sorbos. Pensó: Qué oscuridad más agradable. De repente sintió una leve
presión contra la pierna derecha, se estremeció y emitió un pequeño grito. La
copa que tenía en la mano cayó al suelo, y aunque se dio cuenta casi
inmediatamente de que era un gato lo que le había rozado la pierna, se sintió
humillado por ese repentino susto. Dio una patada y notó y oyó que acertó.
Empujó el sillón hacia atrás y se levantó, permaneció un instante sin moverse,
luego arrancó y se puso a dar vueltas por el camino enlosado que había delante
de la casa. Se repitió por dentro una y otra vez su nombre como un conjuro, y
poco a poco se fue tranquilizando. Se detuvo delante de la ventana abierta del
salón y escuchó por si oía voces, pero había silencio. Se fue hacia la puerta
de la valla que daba a la calle, levantó el gancho y salió. Cruzó la calle y se
metió en el callejón entre la óptica y la panadería, allí se detuvo y dejó su mirada
deslizarse por las viejas casas que se apoyaban unas contra otras. Luego se dio
la vuelta y regresó por el mismo camino. Perra, dijo para sus adentros. Perra,
perra, perra. Atravesó la puerta. Se encendió un cigarrillo. Por una ventana
abierta de la casa vecina salía música. Tiró el cigarrillo a medio fumar, lo
pisó y pensó: Tengo que acordarme del cenicero. Atravesó el salón y fue a la
cocina. Marion estaba planchando una blusa blanca. Temió que ella quisiera que
hablaran, de modo que dijo que tenía sueño y que quería irse a dormir. Ella lo
miró y sonrió. No te encuentras muy bien, ¿verdad que no?, preguntó. Sí,
contestó él, lo que pasa es que estoy cansado. Pidió un cenicero. Ella fue a
buscar uno, y dijo que había dejado una almohada de más en su cama. Él puso su
dedo pulgar en el antebrazo de ella, y ella lo miró casi suplicante, pensó él.
Luego le dio las buenas noches y se fue.
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Al día siguiente,
durante el sepelio, se sentó entre Marion y el sobrino de su padre, Gustav.
Marion llevaba un pañuelo en la mano, pero no lo utilizaba. El pastor hablaba
de un padre responsable y de la pena y la pérdida de los familiares, que serían
atenuadas con el tiempo, pero no del todo alejadas, pues así eran los vínculos
de la sangre y la ley del amor. Al sonar las últimas notas del último himno,
Bernhard abandonó a toda prisa la capilla y salió a la calle. Se encendió un
cigarrillo, solo le quedaban tres en el paquete y pensó: Tendré que acordarme
de comprar más. Al cabo de un rato salió Marion acompañada de Oskar y Camilla.
Bernhard miró hacia otra parte. Pensó en cómo había tomado a Camilla en el
cuarto de la buhardilla la noche anterior; ella se había resistido, pero luego
claudicó. Echó a andar por la acera. Marion le llamó. Él se detuvo y se volvió.
Puedes ir en el coche de Camilla, dijo ella. Tengo que comprar tabaco, contestó
él. Cogeré un taxi. Ella lo miró. Como quieras, dijo. Él se rio. ¿Qué pasa?,
preguntó ella. Nada, contestó él. Y siguió andando. Como quieras, como quieras,
se dijo por dentro. Como quieras, como quieras. Se detuvo en un quiosco y
compró dos paquetes de cigarrillos, luego paró un taxi. El taxista lo miró por
el espejo, y al cabo de unos instantes dijo: ¿De fiesta en mitad de la semana?
Sí, contestó Bernhard. ¿Boda? Sí, se casa mi hermana. Entonces habrá una buena
juerga, ¿no? Pues sí, una buena juerga. Bernhard se acercó todo lo que pudo a
la puerta de su lado del asiento trasero para que los ojos del taxista
desaparecieran del espejo. Se quitó la pajarita negra y se la metió en el
bolsillo, luego se desabrochó los dos últimos botones de la camisa. Por cierto,
puede parar aquí, señaló. Tengo que comprar tabaco. Iré andando el último
trecho. Pagó. El taxista le dijo que se divirtiera. Bernhard se rio. Gracias,
contestó.
Los invitados
habían llegado. Algunos de ellos se acercaron a Bernhard, se presentaron y le
dieron el pésame. Hablaban en voz baja y parecían preocupados. Bernhard se
encendió un cigarrillo. Marion le sonrió y luego invitó a todos a que se
sentaran. Bernhard se sentó en la mesa más pequeña. Charlotte, la hermana de su
madre, se sentó junto a él. Quiero estar a tu lado, dijo ella. ¿Ah, sí?,
preguntó él. Marion y Camilla sirvieron el café. Había un cenicero en la mesa.
Él apagó el cigarrillo. Bueno, bueno, dijo Charlotte. Él sostenía la fuente de
canapés delante de ella. Ah, salmón ahumado, es mi comida favorita. Entonces
coge dos, dijo Bernhard. Camilla se acercó y se sentó justo enfrente de él.
¿Puedo?, preguntó Charlotte. Claro, contestó Bernhard. Entonces lo haré, dijo
ella, riéndose disimuladamente. Se debe coger lo que le apetece a uno, afirmó
Bernhard, colocando la fuente delante de Camilla. La miró y sus miradas se
cruzaron. Ella sonrió. Él pensó: Si
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supieras… Comieron.
¿Sabías, Bernhard, preguntó Charlotte, que ahora soy yo la más vieja de la
familia? ¿De veras?, dijo Bernhard. De modo que la próxima vez me tocará a mí.
Eso no se sabe, replicó él. Claro que sí, repuso ella. Él no contestó.
Charlotte puso una mano en su brazo. No creas que me importa, dijo. Bueno, si
tú lo dices, señaló él. Miró a su alrededor. Nadie parecía ya preocupado.
Volvió a sostener la fuente delante de Charlotte. Es el cuarto entierro al que
acudo en lo que va de año, dijo ella. Incluido el de mis periquitos. Bernhard
se rio. ¿Los periquitos? Sí, murieron hace dos meses. Eran un macho y una
hembra, esta puso huevos, se comieron a sus hijos y se murieron. ¿Por comerse
los huevos?, preguntó él. Supongo que sí, contestó ella. Va contra natura
comerse a sus propios hijos. Bernhard se rio. Tal vez estuvieran emparentados,
señaló. ¿Quiénes?, preguntó Charlotte. Los dos periquitos, contestó él. ¿Por
qué?, preguntó ella. No, por nada, respondió él. Le pareció que Camilla lo
estaba mirando, de modo que desvió la mirada tan rápidamente hacia ella que la
mujer no tuvo tiempo de retirar la suya. Él sonrió, y ella le devolvió la
sonrisa. La próxima vez le miraré los pechos, pensó. Marion se levantó y dio un
golpe con la cucharilla en la taza. Dijo que no pretendía pronunciar un
discurso, pero que quería agradecerles a todos que hubieran acudido en honor al
recuerdo de su padre. No quería decir nada sobre sus sentimientos en un día
como ese, porque se echaría a llorar. Pero quería darles las gracias a todos
una vez más, y esperaba que disfrutaran de ese sencillo convite. Se sentó, y
por unos instantes los invitados permanecieron callados, la mayoría con la
cabeza gacha. Y siguieron comiendo. Qué discursito más bonito, dijo Charlotte.
¿No vas a decir algo tú también? ¡No!, contestó él, en una voz tan alta y
cortante que tanto Charlotte como Camilla lo miraron. Notó cómo la cara se le
estaba poniendo rígida. Aplastó el cigarrillo a medio fumar en el cenicero.
Charlotte le puso una mano en el brazo y él se apresuró a retirarlo. Encendió
otro cigarrillo. Dijo su propio nombre para sus adentros varias veces. Camilla
estaba sentada muy erguida, mirando fijamente el plato. Bueno, bueno, dijo
Charlotte. Bernhard buscó en vano algo que decir. Cogió la fuente y se la
acercó a Charlotte. No, gracias, Bernhard, dijo, es suficiente. Lo dijo de un
modo tan dulce y tan amable que Bernhard notó que una oleada lo recorría. Y de
repente recordó una frase que se la había oído decir cuando era pequeño; se
volvió hacia ella y dijo: ¿Te acuerdas…, había una frase, una especie de
retahíla que solías recitar cuando yo era pequeño y tú querías consolarme,
empezaba con: Respira, corazón…? ¿Te acuerdas? Charlotte sonrió. Sí, sí, me
acuerdo. Respira corazón, pero no estalles, tienes un amigo, pero no lo
sientes. ¿Sabes
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una cosa? Bastaba…,
yo era tan joven en aquella época…, era tanto para consolarme a mí misma como a
ti. Era cuando yo vivía con vosotros, tú tenías, veamos, estabas en tercero del
colegio. ¿Viviste aquí con nosotros?, preguntó Bernhard. Sí, aproximadamente
medio año. Pues no me acuerdo de eso, dijo Bernhard. Qué extraño, señaló
Charlotte, tendrías unos nueve años. No recuerdo apenas nada, objetó Bernhard.
Encendió un cigarrillo. ¿Sabes?, dijo Charlotte, me apetece muchísimo un
cigarrillo. No fumo, solo en raras ocasiones. Le ofreció el paquete y luego le
dio fuego. ¿Quieres tú uno?, preguntó a Camilla. Gracias, contestó ella. Lo
miraba mientras él le daba fuego. Él dejó de mirarla. Perra, pensó, espera y
verás. Camilla dijo: ¿Cuánto tiempo vas a quedarte? Hasta mañana, contestó él,
luego añadió: No lo sé. Y pensó: ¡Ahora!, y le miró los pechos. Acto seguido
echó la silla hacia atrás y se levantó. Sin mirar a nadie colocó la silla en su
sitio y se marchó. Lo he hecho, pensó, lo he hecho. Subió al cuarto de la buhardilla,
se quitó el traje negro y se tumbó en la cama. Allí la tomó por la fuerza.
Bernhard se
despertó de un sueño. El sol entraba oblicuamente por la ventana. Se vistió y
abrió la puerta. Todo estaba en silencio. Bajó la escalera. La puerta que daba
al jardín trasero estaba cerrada; la abrió con la llave y salió. El aire no se
movía, pero sobre la montaña al este había una gran nube. Se sentó junto a la
mesa de hierro forjado para vigilarla. La nube no se acercaba. Pensó: Es como
si todo estuviera como antes, como si nada hubiera pasado.
Un poco más tarde
—seguía sentado contemplando la nube que no se acercaba— oyó pasos detrás de
él. Era Marion. Ah, estás aquí, dijo. Esa nube lleva casi media hora en el
mismo sitio, dijo él. Estaría bien si lloviera un poco más, dijo ella. No se
mueve, dijo él. Marion se metió un dedo en la boca y luego lo levantó al aire.
No hace nada de viento, indicó. Permanecieron un rato callados. ¿Te apetece
tomar algo?, preguntó Marion. ¿Como qué?, preguntó él. ¿Una copa de vino?,
propuso ella. Con mucho gusto, gracias, dijo él. Ella se levantó y entró en la
casa. Él se metió un dedo en la boca, y luego lo levantó al aire. Seguro que
quiere hablar, pensó. Ella salió con una botella de vino y dos copas altas. Qué
copas tan bonitas, comentó él. Me las ha regalado Oskar, señaló ella. No quiero
hablar de Oskar, pensó él. Bebieron. Bernhard encendió un cigarrillo.
Desapareciste de repente de la mesa, dijo Marion. ¿Pasó algo? No, contestó,
nada, solo que me empezó a doler muchísimo la cabeza. Muchos recuerdos para ti
de la tía Charlotte, dijo Marion. Él se rio y dijo: Ella es ahora la mayor de
la familia, y la siguiente que va a morir, va a un entierro tras otro, y sus
periquitos se murieron por
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comerse a sus
hijos. Marion sonrió. Es encantadora, dijo, se parece a mamá. Bernhard: Dijo
que vivió aquí en casa durante medio año cuando nuestra madre estaba enferma.
Sí, claro, contestó Marion, fue el año en que empecé a ir al colegio. Mamá
estuvo hospitalizada. ¿Qué le pasaba? No lo sé exactamente, algo de los
nervios. Qué raro que no me acuerde, dijo Bernhard. Tal vez no la echabas de
menos, dijo Marion. Él no contestó. Bebió. Marion le sirvió más vino. ¿Te duele
la cabeza a menudo?, preguntó. No, contestó él. Aunque sí, de vez en cuando.
Tiró el cigarrillo y encendió otro. Mira, dijo, la nube sigue sin moverse.
Camilla dijo que te vas mañana, señaló Marion. Sí, contestó. Qué pena, dijo
ella. Tengo que volver a mi trabajo. Bebió. Es un buen vino, dijo él. Al cabo
de un rato la miró de reojo; estaba sentada mirándose las manos en el regazo,
moviendo imperceptiblemente la cabeza. Por fin dijo ella, sin levantar la
vista: No quieres hablar, ¿verdad que no? Pero si estoy hablando, contestó él.
Sabes muy bien a lo que me refiero, dijo ella. Él no contestó. Me sentí tan
feliz al verte, dijo ella, pero a lo mejor tú ni te diste cuenta. Él no
contestó. No sabía qué decir. Luego dijo: Vine solo por ti. Pensé… Se levantó.
No te vayas, dijo Marion. No me voy, contestó él. ¿Qué pensabas?, preguntó
ella. Él no contestó. Al cabo de un rato dijo: No puedo remediar ser como soy.
Si por ejemplo mato a alguien, no es por mi culpa, pero no mato a nadie porque
no soy así. Todo lo que hago lo hago porque soy como soy, y no es culpa mía ser
así. Y los demás podrán decir lo que les dé la gana. ¿Lo entiendes? Cogió la
copa y bebió. Luego encendió un cigarrillo. Se acercó al macizo de flores y se
quedó mirando la tierra seca. Luego miró la nube sobre la montaña, le pareció
que había menguado. Se volvió hacia Marion; estaba sentada, inclinada hacia
delante, haciendo girar la copa sobre la mesa. Él se sentó. Yo también puedo
sentirme desesperada, dijo Marion. Sí, contestó él. Pero ahora estarás más a
gusto, ¿no? Ella lo miró. Ahora que ha muerto nuestro padre, quiero decir.
¡Pero Bernhard! Él se rio. De acuerdo, dijo, entonces no hablemos más de ello.
Voy a regar las flores.
Más tarde, mientras
comían, llegó un viento que hizo moverse las cortinas, y cuando se levantaron
de la mesa se oían truenos. Bernhard salió al jardín. Brillaba el sol, pero al
norte el cielo estaba oscuro, y percibió truenos en la lejanía. Se sentó junto
a la mesa de hierro forjado; tenía la cara vuelta hacia el norte y esperaba a
la lluvia. Llegó un nuevo rayo y él pensó en la vieja expresión: como un rayo
en un cielo raso. Luego pensó: Pero eso es imposible, un rayo en un cielo raso
es imposible. En ese instante Marion lo llamó por su nombre. Estaba en la
puerta abierta. Voy un momento a casa de Camilla, dijo, ¿te quedas aquí? Él
asintió con la cabeza. Ella le dijo adiós con
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la mano y se fue.
Un par de minutos después él se levantó y entró. La llamó por su nombre. Luego
subió la escalera y entró en la habitación de Marion. La cama estaba hecha, y
de los respaldos de las sillas no colgaba ninguna prenda. Se acercó a la cómoda
y se quedó contemplando la foto de los padres. Pensó: Me parezco más a él que a
mi madre. Permaneció unos instantes más delante de la foto, sintiendo algo por
dentro que pensaba que iría creciendo, pero no fue así. Luego abrió el primer
cajón de la cómoda, echó un vistazo y volvió a cerrarlo. Lo hizo sin más. Y
luego hizo lo mismo con el segundo cajón empezando por arriba y con el segundo
desde abajo. El cajón de abajo del todo estaba cerrado. No tenía llave. Sacó el
segundo cajón empezando por abajo y lo dejó en el suelo. Miró por el hueco y
vio una cartera, un montón de cartas atadas con una goma, dos cajitas, una
agenda y una funda de gafas. Y un poco apartado de todo lo demás, un diario.
Metió la mano y sacó el montón de cartas; todas iban dirigidas a su padre,
volvió a colocarlas donde estaban. Miró hacia la puerta abierta y se quedó
escuchando, luego cogió la cartera y la abrió. Había siete billetes de mil
coronas. Volvió a dejar la cartera exactamente donde la había cogido. Levantó
el diario; debajo había una revista porno. Abrió el diario. Era de Marion.
Volvió a dejarlo donde estaba y cogió el cajón del suelo. Permaneció un rato
con él en las manos, estaba lleno de ropa interior, luego volvió a dejarlo en
el suelo. Cogió el diario, lo hojeó hacia atrás, hasta lo último que ella había
escrito. Miércoles, 17 de agosto. Ha llegado Bernhard, no lo esperaba. Me da
mucha pena, aunque no sé muy bien si hay motivos para ello. Preguntó tanto a
Oskar como a Camilla si conocían bien a papá. Camilla dice que hay algo
siniestro en él, por ejemplo, en la manera de reírse, pero Oskar dice que le
parece una persona completamente normal. Supongo que quiere consolarme.
Bernhard cerró el
diario y lo colocó de manera que tapara la revista porno. Luego empujó el cajón
hasta encajarlo bien y salió rápidamente de la habitación. Se detuvo en la
entrada y encendió un cigarrillo. Abrió la puerta de la calle y salió a la
escalera exterior. Como una persona completamente normal, pensó. Luego pensó:
No me ven, nadie me ve. Al cabo de un rato unos jóvenes llegaron andando por la
calle; él tiró el cigarrillo, atravesó la casa y salió al jardín, donde se
sentó junto a la mesa de hierro forjado. Seguro que se trae a Camilla, pensó,
así no tendrá que estar conmigo a solas.
Ella no llegó hasta
que el sol se había puesto y él había arrancado casi toda la mala hierba de la
huerta. El trabajo de jardinería lo había calmado, los pensamientos lo habían
desviado hacia caminos pacíficos más allá del aquí y el ahora, y cuando la oyó
llegar, levantó la cabeza y sonrió. Qué bonito lo
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estás dejando, dijo
ella en una voz baja y cálida. Él sintió una oleada por dentro. Sí, contestó.
Ella permaneció en el mismo lugar, sin decir nada más. La oleada rodaba dentro
de él. Era incapaz de levantar la vista. Acabo enseguida, dijo. Vale, contestó
ella. Y se fue.
Ella volvió a salir
mientras él estaba lavándose las manos bajo el grifo. Llevaba una botella de
vino y dos copas altas. Estuvieron sentados en el crepúsculo bebiendo vino a
pequeños sorbos y diciendo pequeñas palabras sobre pequeñas cosas. La oscuridad
llegaba. Por fin no ha llovido, dijo Bernhard. No importa, repuso Marion. Tú
has regado. Sí, dijo él. La miró, las facciones de su cara estaban casi
borradas. Ella dijo: Empieza a refrescar. Creo que me voy a meter. ¿Tú te
quedas? Él asintió con la cabeza. Un rato más, contestó.
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UN LUGAR
MARAVILLOSO
—¿No vas demasiado
deprisa? —preguntó ella.
—No —contestó él.
Al poco rato se
salió de la carretera principal y tomó la estrecha bajada hacia el fiordo,
llena de curvas.
—Todo está mucho
más verde que la última vez —dijo ella.
—Sí, asintió él.
—Es como si la
carretera se hubiera estrechado —comentó ella.
—No voy demasiado
deprisa —dijo él.
Justo antes de
llegar a la gran encina donde solían aparcar el coche, ella dijo que tenía la
sensación de que algo iba mal. Lo decía siempre que se acercaban a la casa de
verano, y él no contestó. Tal vez algún día tenga razón, pensó.
Aparcó el coche y
la ayudó a ponerse la mochila que menos pesaba.
—Ve andando —dijo.
—Te espero
—contestó ella.
—Ya te alcanzaré
—dijo él.
La alcanzó cuando
había bajado la mitad del empinado camino casi cubierto por la vegetación. Lo
estaba esperando.
—¿Pesa mucho?
—preguntó él.
—No —contestó ella.
Siguieron andando.
Al cabo de unos minutos la casa apareció a sus pies. Él se quedó atrás; ella
siempre solía ir delante los últimos metros. Ella abrió la verja de un empujón,
y dijo:
—Alguien ha estado
aquí.
—¿Ah, sí?
—Puse una piedra
sobre la columna de la puerta —explicó— y ahora no está.
—Bueno, bueno —dijo
él—. La habrá cogido alguien. ¿Tenía algo en especial?
—No —contestó
ella—, era una piedra normal y corriente.
Él cerró la puerta
tras ellos de otro empujón.
—No me gusta que
alguien haya estado aquí —dijo ella.
Él no contestó. Vio
que el manzano estaba floreciendo y dijo:
—Mira el manzano.
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—Sí —contestó
ella—, qué precioso está, ¿verdad?
Ella estaba ya
junto a la puerta. Se quitó la mochila. Él se acercó a ella, dejó las bolsas de
la compra al lado de la mochila y sacó la llave del bolsillo.
—¿Vas a abrir tú?
—preguntó.
—Hazlo tú —contestó
ella.
Él abrió con la
llave y entró. Dejó la mochila en la cocina y fue al salón.
Abrió una ventana y
se quedó mirando el fiordo. Ella lo llamó. Él acudió.
—Por favor, iza la
bandera —dijo ella.
—¿Ahora? —preguntó
él.
—Quiero que la
gente sepa que estamos aquí.
La miró, luego fue
a por las bolsas y volvió a entrar. Sacó la bandera del cajón de la cómoda de
la entrada.
—Era siempre lo
primero que hacía mi padre cuando llegábamos aquí — dijo ella—. Izar la
bandera.
—Sí —asintió él—,
ya lo sé.
—No te importa
hacerlo, ¿no?
—¿No ves que la he
cogido? —dijo él, acercándose al asta.
Estaban sentados a
la mesa de la cocina. Acababan de comer. Ella miraba por la ventana hacia el
tupido bosque.
—¿A que es un lugar
maravilloso? —preguntó.
—Sí —contestó él.
—No creo que nadie
tenga un lugar mejor —opinó ella.
Él no contestó.
—Pero me hubiera
gustado haber quitado todos esos matorrales de la orilla del bosque.
—¿Por qué?
—preguntó él.
—Porque… no se
puede ver lo que hay detrás.
—No están en
nuestra finca —dijo él.
—Es cierto, repuso
ella, pero aun así… Mi padre los quitaba siempre.
Permanecieron un
rato callados.
—¿Qué vamos a hacer
mañana? —preguntó ella.
—¿Vamos a hacer
algo? —preguntó él.
—No lo sé, contestó
ella. Remar un poco. Hasta la isla Orm, por ejemplo.
—Aquí se está bien
—repuso él.
—Claro que sí.
Entonces nos quedamos aquí. ¿Verdad? Además, hay mucho que hacer.
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—Mañana descansamos
—apuntó él.
—Pero hay que
vaciar la letrina —objetó ella.
—No corre prisa
—dijo él.
—No, siempre que se
haga en algún momento.
Se encontraban en
el muelle de cemento, el sol estaba a punto de ponerse.
—Me encanta este
lugar —dijo ella.
Él no dijo nada.
—Ahí, justo ahí es
donde me caí al agua.
—Sí —asintió él—,
ya me lo has dicho.
—Tendría unos
cuatro años —prosiguió ella.
—Cinco —corrigió
él.
—Sí, tal vez. Me di
con la cabeza en una de esas piedras que ves ahí y me hice un profundo corte
encima de la oreja, y si mi padre no hubiera…, ¿qué ha sido eso?
—Algún animal
—contestó él.
—Alguien ha llamado
—dijo ella.
—No, parecía más
bien un animal.
—Entremos en casa
—dijo ella.
Subieron hasta la
casa.
—Tenemos que
acordarnos de arriar la bandera —dijo ella.
—No creo que sea
necesario —objetó él.
—Siempre lo hemos
hecho —dijo ella.
—Sí, asintió él —ya
lo sé.
—Hay una regla que
dice que debe hacerse —señaló ella.
—Lo sé —dijo él.
—Quiero que lo
hagas, Martin. Si no, lo haré yo.
—De acuerdo, de
acuerdo, lo haré.
Dijo él al entrar:
—Voy a abrir una
botella de vino.
—Sí, hazlo.
Ella se sentó en el
sofá. Él le echó vino en la copa.
—Gracias, es
suficiente —dijo ella.
Él se sirvió el
doble y se sentó junto a la ventana.
—Ahí solía sentarse
mi padre —señaló ella.
—Sí, ya me lo has
dicho —contestó él—. ¿Y dónde solía sentarse tu madre?
—¿Mi madre? Ella…
¿Por qué lo preguntas?
—Simplemente por
curiosidad. Salud.
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—Creo que solía
sentarse aquí, en el sofá.
Bebió unos sorbos
de la copa. Permanecieron callados. Él se echó la silla un poco hacia atrás
para poder contemplar el mar sin tener que volver la cabeza. Dio un sorbo.
—Qué silencio —dijo
ella.
Él no contestó.
Luego dijo:
—Hay un hombre ahí,
en el cabo.
Ella se levantó y
se acercó a la ventana.
—Está mirando hacia
aquí —señaló ella.
Abrió la ventana.
—¿Para qué abres la
ventana? —preguntó él.
—Para que vea que
hay alguien.
—¿Para qué?
—preguntó él.
—Para que se vaya.
Ves, ya se ha ido.
Ella cerró la
ventana y volvió a sentarse.
Él la miró.
—¿Por qué me miras
así? —preguntó ella.
—Simplemente te
miro —contestó él—. Salud.
Vació la copa, se
levantó, se acercó a la mesa y se sirvió más vino.
—¿Has cerrado la
puerta con llave? —preguntó ella.
—No.
—¿Por qué no?
—preguntó ella.
—Vamos a dormir
—contestó él. Nunca hemos cerrado con llave al acostarnos.
—Solo esta noche
—dijo ella.
—¿Por qué?
Ella no contestó.
Él salió a la entrada, abrió la puerta y miró hacia la valla y el bosque. Luego
volvió a cerrar con llave. Permaneció unos segundos en la entrada en penumbra,
oyendo solo su propia respiración.
—¿Martin? —lo llamó
ella.
Él acudió.
—Creí que habías
salido —dijo ella.
Él no contestó. Dio
un gran sorbo de la copa. Ella miró el reloj.
—Voy a acostarme
enseguida —dijo.
—Sí, hazlo —dijo
él.
—¿Tú te vas a
acostar ya? —preguntó ella.
—Esperaré un poco.
Me gusta estar aquí sentado mirando el mar.
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—¿Verdad que sí?
—dijo ella—. ¿Verdad que este es un lugar maravilloso?
—Ya lo creo
—contestó él—, mirándola.
—Me parece que me
estás mirando de un modo muy extraño, dijo ella.
—¿De veras?
—preguntó él.
Ella vació la copa.
—Lo siento, pero
tengo mucho sueño —dijo—. Será por tanto aire fresco.
—Sí —contestó él—.
Vete a dormir.
Estaba dormida. Él
se desnudó y se metió bajo el edredón. Ella dormía de espaldas a él. Al cabo de
un rato él le puso una mano en la cadera. Ella se quejó suavemente. Él dejó la
mano donde estaba y notó crecer su miembro. Movió la mano hacia abajo. El cuerpo
de ella dio un respingo, como si le hubiera dado un calambre. Él retiró la mano
y se volvió hacia el otro lado.
Había ido al coche
a buscar un trozo de cuerda. Al bajar, se detuvo junto a la verja y se quedó
contemplando la casa y la finca. Luego cogió una piedra del suelo y la colocó
sobre la columna de la puerta. Bajó hasta la parte delantera de la casa y
siguió hasta el cobertizo del muelle, donde ella estaba tumbada leyendo. Él
colgó la cuerda de un gancho bajo el tejado, luego se sentó de espaldas a la
pared mirando al mar. Al cabo de unos minutos se acercó a ella. Ella levantó la
vista y le sonrió.
—¿A que es
maravilloso?
—¿El qué? —preguntó
él.
—Este lugar
—contestó ella.
—Ya lo creo
—asintió él.
—¿Por qué no vas a
por el otro colchón y te tumbas aquí al sol? —le sugirió ella.
Él no contestó.
Miró hacia la casa y dijo:
—Las golondrinas
aún no han llegado.
—Llegarán en
cualquier momento —dijo ella—. Suelen llegar en esta época.
—Si llegan —dijo
él.
—Seguro que sí.
Siempre lo han hecho. Una vez mi padre las vio llegar.
Se metieron volando
debajo de la misma teja que el año anterior.
—Sí, ya me lo has
contado.
—Antiguamente se
creía que cuando una golondrina construía su nido en una casa significaba
felicidad para los que vivían en ella.
—Sí —dijo él—. Y se
dispuso a subir a la casa.
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Había colocado una
tumbona junto al manzano y estaba tumbado mirando al bosque. De repente la oyó
gritar su nombre y pensó que había sucedido algo. Se levantó y bajó hacia el
muelle. Ella estaba sentada, de espaldas al mar.
—¿Qué pasa?
—preguntó él.
Le indicó con la
mano que se acercara.
—Acabo de ver otra
vez a ese hombre en el cabo.
—¿Y qué? —preguntó
él.
—Te he llamado para
que sepa que no estoy sola.
Él la miró.
—¿Tienes miedo de
que venga a raptarte?
—Martin, no bromees
—dijo ella.
Se quedó un rato
mirándola, luego se dio la vuelta y subió hacia la parte trasera de la casa.
Habían acabado de
comer. Al oeste se veía un frente de nubes y el sol bajo había desaparecido
tras ellas. Ella estaba sentada en el sofá leyendo, él estaba de pie junto a la
ventana, contemplando el mar.
—Voy a abrir una
botella de vino —dijo.
—Sí, hazlo
—contestó ella.
Él descorchó la
botella y la colocó, junto con dos copas, en la mesa delante de ella. Le llenó
la copa hasta el borde.
—¡Cuánto me has
echado! —dijo ella.
—Sí —asintió él.
Cogió su copa y fue
a sentarse en el sillón junto a la ventana.
—Al parecer te
gusta sentarte ahí —comentó ella.
—Sí —contestó él.
Ella continuó
leyendo. Al cabo de un rato levantó la vista y dijo:
—¿Has arriado la
bandera?
—Sí —contestó él.
—¿De verdad?
—preguntó ella.
—No —contestó él.
—¿Por qué has dicho
entonces que sí? —preguntó ella.
Él no contestó.
Luego dijo:
—Mañana iré a la
ciudad a comprar un banderín.
—Ah, no —dijo
ella—, un banderín no, son tan… Nunca hemos puesto un banderín.
Él no contestó.
Página 200
Ella dejó el libro,
se levantó y fue a la cocina. Él la oyó abrir y cerrar la puerta de fuera,
luego se hizo el silencio. Dio un gran sorbo de vino, luego otro. Se acercó a
la mesa a rellenar la copa. Se sentó de nuevo y contempló el fiordo. Al cabo de
un rato sonó la puerta. La oyó abrir y cerrar el cajón de la cómoda. Ella entró
en el salón y se sentó en el sofá.
—Salud —dijo.
—Salud —contestó
él.
Bebieron.
—He arriado la
bandera —dijo ella—. Lo siento si crees que opino que eso debería ser cosa
tuya.
Él no contestó.
—Como siempre lo
habías hecho tú… —prosiguió ella—. No sabía que tuvieras algo en contra.
Él no contestó.
—¿Sabes? —dijo
ella—, yo nunca lo había hecho. Siempre lo hacía mi padre. Y luego tú. Nunca he
estado aquí sola.
—Ya lo sé —dijo él.
Llevaban bastante
rato callados. Ella leía. Él había apurado la copa y luego la había llenado de
nuevo. Por fin ella dejó el libro y dijo:
—Creo que me está
entrando sueño. ¿Qué hora es?
—Las diez y diez
—contestó él.
—Entonces no me
extraña —dijo ella. Hoy me he levantado muy temprano.
—Yo también me voy
a acostar —dijo él.
—Por mí quédate un
poco más —dijo ella—, levantándose.
—Bueno —contestó
él—. Entonces igual me quedo un rato más.
—Quiero decir —dijo
ella—, todavía tienes la copa casi llena.
—Sí, ya lo veo
—asintió él.
Cuando la casa
estaba en silencio, él se puso el anorak y salió. Estuvo un rato en el muelle,
luego echó a andar hacia el cabo. Un pálido gajo de luna se dibujaba sobre la
colina al este. El aire no se movía y el gorgoteo del agua entre las piedras de
la playa era casi imperceptible.
Permaneció unos
minutos en la punta del cabo, luego volvió a buen paso a la casa. Al llegar,
abrió otra botella de vino y se sentó en el sofá. Eran más de las once. Una
hora más tarde la botella estaba vacía. Colocó las dos botellas vacías una al
lado de la otra en la mesa y se levantó. Se quitó el anorak y lo
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dejó tirado en el
sofá. Atravesó la cocina y subió la escalera, abrió la puerta del dormitorio y
encendió la lámpara del techo. Ella estaba tumbada de espaldas sin moverse. Él
se acercó al armario y sacó una manta. Un montón de bolas antipolilla salió rodando
por el suelo. Volvió a cerrar la puerta del armario ruidosamente. Ella no se
movía. Él le arrancó el edredón.
—¡Martin! —dijo
ella.
—¡Tú quédate ahí!
—dijo él.
—¿Qué pasa?
—preguntó ella.
—¡Tú quédate ahí!
—repitió él.
Y con esas se fue.
Ella estaba tumbada
en el muelle. La vio desde la ventana del salón. Había recogido las botellas y
las copas. El anorak seguía en el sofá.
Él salió de la casa
y se acercó a la valla. Cogió la piedra que estaba encima de la columna de la
puerta y la tiró, luego siguió andando por el camino.
Se metió en el
coche y arrancó el motor. Dio marcha atrás hasta la carretera, luego volvió al
mismo sitio de antes marcha atrás, y apagó el motor. Permaneció un buen rato
allí sentado, inmóvil, mirando al infinito.
Al volver a bajar
se encontró con ella.
—¿Dónde has estado?
—le preguntó.
—He ido a dar una
vuelta, eso es todo —contestó.
—Podías haber
avisado —dijo ella—. No te encontraba.
—Simplemente he ido
a dar una vuelta —dijo él.
—Me he asustado
—dijo ella.
—¿Por qué?
—preguntó él.
—Deberías
entenderlo —contestó ella—. Primero lo de anoche, y luego esto.
—Olvídate de lo de
anoche —dijo él.
Ella lo miró.
—Olvídalo —repitió
él—. Había bebido demasiado, no fue nada, no sé qué me pasó.
—Me asusté mucho
—dijo ella.
—¿De veras? —dijo
él.
Empezó a bajar la
cuesta, camino de la casa. Ella lo siguió.
Estaba sentado en
la punta del muelle contemplando el fiordo. Ella estaba tumbada detrás de él
tomando el sol. Dijo:
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—Ya lo creo
—contestó él.
Kjell Adkilsen
(Mandal, Noruega, 1929) es uno de los grandes maestros actuales del relato
breve. Su primer libro Heretter følger jeg deg helt hjem (Desde
ahora te acompañaré a casa), publicado en 1953, fue aclamado por la crítica, y
al tiempo prohibido por «inmoral» en la biblioteca pública de su ciudad natal,
debido a su alto contenido sexual. Askildsen es un escritor reconocido
mundialmente y traducido a cerca de veinte lenguas.
FIN

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