© Libro N° 14202. Café Y
Cigarrillos. Von Schirach,
Ferdinand. Emancipación. Agosto 30 de 2025
Título Original: © Café Y Cigarrillos. Ferdinand Von
Schirach
Versión Original: © Café Y Cigarrillos. Ferdinand Von Schirach
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
CAFÉ Y CIGARRILLOS
Ferdinand
Von Schirach
Café Y
Cigarrillos
Ferdinand Von Schirach
Dotado de un
talento increíble para contar historias, Ferdinand von Schirach se ha
convertido en uno de los escritores más queridos de la literatura europea
actual. Desde la aparición de Crímenes y Culpa, dos colecciones de relatos que
provocaron una fuerte sacudida en el panorama editorial, todas sus novedades
son saludadas con elogios fervientes por parte de lectores y críticos. En Café
y cigarrillos, su obra más personal y emotiva, un Von Schirach pletórico se
mueve como pez en el agua entre los sinuosos pliegues que anudan la realidad
con la ficción.
Ingeniosa
combinación de revelaciones autobiográficas y perspicaces detalles sobre la
realidad circundante, las cuarenta y ocho piezas breves de Café y cigarrillos,
con una rica variedad de temas y enfoques narrativos, forman un auténtico
mosaico literario en el que lo privado y lo público se entrelazan y reflejan
mutuamente. Entre bocanadas de humo reales o imaginadas, Ferdinand von Schirach
aborda, con altas dosis de ironía y humor, experiencias y encuentros
formativos, fugaces momentos de dicha, soledad y melancolía, desarraigo y
añoranza del hogar, así como agudas apostillas sobre el arte, la cultura, la
sociedad… y, por supuesto, el tabaco. Y todo eso sin dejar de lado su máxima
peculiaridad: su condición de hombre jurídico, construida a partir de reflexiones
teóricas —lo mismo sobre la idea del derecho y la dignidad del hombre que sobre
los logros y el legado de la Ilustración— y abundantes vivencias, un universo
que forma el meollo de su creación y que ha hecho de él un escritor inimitable
en el panorama literario mundial.
Ferdinand von
Schirach
Café y cigarrillos
ePub r1.0
Titivillus 06.07.2025
Página 3
Título
original: Kaffee und Zigaretten
Ferdinand von
Schirach, 2019
Traducción: Susana
Andrés Font
Diseño de cubierta:
Jordi Ferrándiz
Editor digital:
Titivillus
ePub base r3.0
(ePub 3)
Página 4
The woods are
lovely, dark and deep,
But I have promises
to keep,
And miles to go
before I sleep,
And miles to go
before I sleep.
ROBERT FROST
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1
En verano baja
todos los días al estanque y se detiene en el puente chino que conduce a la
pequeña isla. Abajo hay nenúfares y lirios amarillos; a veces ve carpas, bremas
y tencas. Libélulas de enormes ojos facetados se sostienen frente a él en el
aire. Los perros de caza intentan atraparlas, pero siempre fallan. Su padre
dice que las libélulas practican la magia, pero sus encantamientos son tan
minúsculos que resultan invisibles a la mirada de los seres humanos. Es tras
los viejos castaños y los muros de madera del jardín donde empieza el otro
mundo. Allí no hay una infancia feliz, las cosas son demasiado complicadas,
pero más tarde recordará el ritmo pausado de aquella época.
Nunca van de
vacaciones en familia. Los puntos culminantes del año son los días de Navidad,
con el largo período de Adviento, y las cacerías: en verano, cuando los hombres
cazan el zorro con caballos y perros, y en otoño, cuando los batidores comen
cocido en el patio interior del pabellón de caza y beben cerveza y aguardiente
de hierbas.
A veces reciben la
visita de unos parientes. Una de las tías huele a lirios del valle; otra, a
sudor y lavanda. Le acarician el cabello con sus viejas manos y él tiene que
agachar la cabeza y besárselas. No le gusta que lo toquen y no quiere estar
presente cuando conversan.
Poco antes de
cumplir los diez años, ingresa en un internado jesuita situado en un oscuro y
angosto valle de la Selva Negra. Allí el invierno dura seis meses, y la ciudad
más próxima está muy retirada. El chófer lo aleja de su hogar, de las chinoiseries,
los papeles de seda pintados y los cortinajes con papagayos de colores.
Atraviesan pueblos y paisajes vacíos, pasan junto a lagos y luego,
paulatinamente, penetran cada vez más en la Selva Negra. Cuando llegan al
complejo, lo impresiona la gigantesca cúpula de la catedral, los edificios
barrocos y las sotanas negras de los religiosos. Su cama se encuentra en un
dormitorio donde hay treinta más; en el aseo, los lavabos están fijados en la
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pared uno al lado del otro. Solo hay agua fría. La primera noche cree
que enseguida volverán a encender la luz y alguien dirá: «Has sido valiente. Ya
ha pasado todo, puedes volver a casa».
Se acostumbra al
internado. Los niños se acostumbran a casi todo. Pero no se siente a gusto: le
falta algo que no sabe definir. El verde y el verde oscuro de su mundo anterior
van desapareciendo gradualmente, los colores se transforman en su mente. Todavía
no sabe que su cerebro «vincula» las percepciones de forma «incorrecta». «Ve»
como colores las letras, los olores y a los seres humanos. Piensa que los demás
niños perciben lo mismo que él; solo mucho más tarde aprenderá la palabra
«sinestesia». En una ocasión le muestra al anciano sacerdote que enseña alemán
los poemas que escribe sobre esos colores y este llama a su madre y le dice que
«está en peligro». No hay mayores consecuencias. Simplemente le devuelven los
poemas con las faltas de ortografía marcadas en rojo.
Su padre muere
cuando él tiene quince años. Ya llevaba años sin verlo: el matrimonio se separó
pronto. Su padre le enviaba postales al internado; vistas de calles de Lugano,
París y Lisboa. En una ocasión le llegó una postal de Manila: un hombre con un
traje claro de lino delante del palacio blanco de Malacañán. Imagina que su
padre se parecería a aquel hombre.
El director del
internado le da dinero para que vuelva a casa en tren. No se lleva ninguna
maleta porque no se le ocurre qué empaquetar. Solo coge un libro con la postal
de Manila como marcapáginas. Durante el viaje trata de grabar en su memoria
cada estación, cada árbol que pasa delante de la ventana, a cada persona que
entra en su compartimento. Está seguro de que todo se disolverá cuando deje de
recordarlo.
Asiste solo al
funeral. Un chófer de la familia lo deja frente al tanatorio, en Múnich. Oye
discursos sobre un desconocido bastante peculiar, sobre sus excesos con el
alcohol, su encanto y su fracaso. No conoce a la nueva esposa, que está en la
primera fila y que lleva unos guantes largos de encaje negro. Bajo el velo,
solo entrevé unos labios pintados de rojo. Junto al ataúd hay una gran foto,
pero el hombre que se muestra en ella no se parece a su padre. Un tío al que
solo ha visto dos veces lo abraza, lo besa en la frente y le dice que es «un
bendito». Se siente incómodo, pero sonríe y responde educadamente. Más tarde,
camino del cementerio, el sol se refleja sobre la madera pulida del
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ataúd. La tierra que arroja en la tumba está húmeda a causa de la lluvia
de la noche anterior; se le pega en la mano y no tiene pañuelo para limpiarse.
Un par de semanas
después empiezan las vacaciones de otoño. Está sentado en el vestíbulo de la
casa, junto a la chimenea. Delante de él están echados dos perros, Shakespeare y Whisky.
De repente empieza a oír todos los ruidos al mismo volumen: las voces distantes
de su abuela y del ama de llaves, los neumáticos del coche al que el chófer
está dando vuelta delante de la casa, el graznido de un arrendajo, el tictac
del reloj de pie. En ese momento ve con extrema claridad cada detalle: el
brillo oleoso de su taza de té, la textura del sofá verde claro, el polvo que
flota bajo los rayos de sol. Siente miedo, durante unos minutos no puede
moverse.
Cuando consigue
calmarse, sube a la biblioteca y busca un texto que leyó en una ocasión. El 20
de noviembre de 1811, Heinrich von Kleist viajó con una amiga enferma de cáncer
al Pequeño Wannsee. Ambos querían morir. Se instalaron en una modesta pensión y
estuvieron escribiendo cartas de despedida hasta el amanecer. Una carta de
Kleist a su medio hermana señala el lugar y la fecha: «Hostería Stimmings,
cerca de Potsdam, la mañana de mi muerte». Al día siguiente por la tarde, piden
café y que les saquen unas sillas al jardín. Kleist le da un tiro en el pecho a
su amiga y después se dispara en la boca. Sabía que en la sien era fácil
fallar. Poco antes había escrito que estaba «satisfecho y sereno».
Espera a que todos
se hayan acostado y entonces va al bar, se sienta en un sillón y se bebe de un
modo sistemático, a pequeño sorbos, botella y media de whisky.
Cuando intenta levantarse, tropieza, vuelca una mesita y las botellas de
vidrio caen al suelo. Él se queda mirando fijamente cómo se extiende la mancha
oscura. En el sótano, va al armario donde guardan las escopetas, coge una y
sale de la casa dejando la puerta abierta. Va hasta el olmo que su padre plantó
el día de su nacimiento, se sienta en el suelo y apoya la espalda en el tronco
liso. A la temprana luz del día distingue desde ahí la vieja casa con la
escalinata y las columnas blancas. El césped de la rotonda está recién cortado.
Huele a hierba y a lluvia. Su padre le dijo que debajo del olmo había enterrado
una moneda de oro africana que le daría suerte. Coge el cañón negro de la
escopeta y se lo mete en la boca. Nota en la lengua un frío peculiar, luego
aprieta el gatillo.
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Por la mañana, los jardineros lo encuentran manchado de vómito y con la
escopeta sobre el brazo. Estaba tan borracho que no la había cargado. No habla
con nadie de lo sucedido esa noche.
A los dieciocho
años se va por primera vez de vacaciones con su novia. Ha trabajado cuatro
semanas en la cadena de montaje de una fábrica, tiene dinero suficiente. Viajan
a Creta en avión y luego en un viejo autobús, durante tres horas, por
carreteras serpenteantes, cada vez más estrechas, atravesando las montañas
hasta llegar al extremo más meridional de la isla. Se instalan en una fonda. La
habitación tiene el suelo de madera encalado y sábanas blancas. Debajo de la
ventana se extiende el mar de Libia. En el pueblo solo hay un par de casas y un
diminuto supermercado con fruta, queso, verdura y pan. La propietaria prepara
en días alternos galletas dulces y empanadillas saladas. Viven de eso. Pasan el
día en la playa, donde reina el silencio.
En un momento dado,
ella quiere saber por qué él es como es. «Cómo va a entender la oscuridad un
ser lúcido», piensa él. Recurre a las palabras del médico, ella lo escucha y
asiente. «Las depresiones no tienen que ver con tristeza», le explica, «son
algo totalmente distinto». Sabe que ella no lo entenderá.
En la habitación,
ella cuelga su vestido en el respaldo de la silla. Está en el baño y su cuerpo
delgado se refleja en el espejo empañado. Él está acostado en la cama,
mirándola. El aire es húmedo y cálido. El mundo que lo rodea se desvanece sin
resistencia; los bordes se desdibujan, los colores palidecen, el ruido
desaparece. La puerta del baño se cierra. Está solo. El petróleo gotea del
techo sobre su frente, luego escurre por las paredes formando arroyos hasta
cubrir el suelo de madera, la cama, las sábanas. Todo se vuelve liso y pierde
su estructura. La habitación se va llenando, el petróleo le salpica en la cara,
las orejas y la boca, le pega los párpados. Él lo inhala, ensordece y luego se
transforma, él mismo, en ese petróleo negro azulado.
Más tarde, él y su
novia yacen sudados y agotados en la cama. Cuando ella se duerme, él se dedica
a mirarla. Le besa los pechos, la tapa con las sábanas y se sienta en el
balcón. El mar es negro y ajeno. No recuerda si realmente se lo ha contado
todo, y entonces comprende que todavía le esperan sesenta años así.
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Hace cincuenta y
cuatro años, el día en que nací, la Liga Árabe impuso un boicot a un fabricante
inglés de impermeables: la compañía Burberry. El motivo era que esa compañía
hacía negocios con Israel. Por aquel entonces, la Liga boicoteaba varias
compañías entre cuyos directivos se hallaba Lord Mancroft, que era de religión
judía.
En Londres no
perdieron la calma. Un portavoz de la compañía comunicó que, de todos modos, en
los países árabes llovía en raras ocasiones y que, por el momento, la cantidad
de impermeables que se exportaba allí era «ridícula».
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3
En 1981 pasé las
vacaciones de verano en Yorkshire, Inglaterra. Tenía diecisiete años y debía
mejorar mis conocimientos de inglés. El hombre en cuya casa me hospedé era un
aristócrata rural empobrecido que opinaba que la reina era very middle
class. Conducía un Rolls-Royce con tres décadas a cuestas y vivía en una
casa ruinosa del siglo XIV. Un ala no tenía techo, la cocina era la única
habitación que se caldeaba y su posesión más preciada eran dos finas escopetas
Holland & Holland. El edredón de mi cama olía como si el mismo Oliver
Cromwell hubiese dormido allí, lo que no era del todo improbable. Sin embargo,
me gustaban aquel edificio de piedra y el jardín, los cuadros casi negros de
los antepasados y el musgo sobre los pretiles de las ventanas. La bañera era de
cobre, y tan grande que tardaba media hora en llenarse de agua suficiente.
Tenía un borde oscuro de madera de caoba y recuerdo lo agradable que era
tenderse en ella y leer.
El señor de la casa
tenía sus propias ideas sobre pedagogía. Su programa de enseñanza consistía en
proyectar viejas películas de David Niven, recitar poemas de Kipling y, por lo
demás, dejarme ir a mi aire. Puesto que hacía tiempo que había despedido a su
cocinera, cada día me daba de comer el mismo plato: cordero con salsa de menta
y patatas fritas de bolsa que cocía en agua hasta convertirlas en puré.
Los fines de semana
me marchaba en tren a Londres, adonde mi profesor nunca me acompañaba porque le
repugnaba la ciudad. Hacía dos años que Margaret Thatcher gobernaba con mano de
hierro, Fast Eddie Davenport todavía no había aparecido para
organizar las salvajes y algo pringosas fiestas en Kensington y Chelsea, y el
enorme crecimiento de la urbe acababa de empezar. En Brixton, el barrio más
triste de Londres, la detención de un adolescente negro había desatado una
pelea callejera entre la policía y los manifestantes y Mick Jagger
cantaba Emotional Rescue. Todo estaba lleno de esplendor y de
miseria, todo era profano y santo, y creo que por aquel entonces yo era feliz.
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Una noche fui con una amiga al cine. Queríamos ver En busca del
arca perdida, la película de más acción de la época, una historia de
aventuras con un formidable Harrison Ford en el papel del profesor
Indiana Jones. Aún se podía fumar en el cine. Ciertamente, todavía no se había
inventado la alta definición, pero, de todas formas, a la mitad de la película
apenas se veía nada a causa del humo. Era la última función de esa noche y,
después de los créditos, simplemente nos quedamos allí sentados. Había otra pareja
delante, en primera fila, justo frente a la pantalla, en unos asientos desde
donde solo verían colores. De repente, el hombre se levantó, se sacó un montón
de billetes del bolsillo y los agitó en el aire al tiempo que gritaba en la
sala vacía: «¡Otra vez! ¡Otra vez!». Era Mick Jagger. El operador se acercó,
cogió el dinero, negó con la cabeza y proyectó de nuevo la película. Nosotros
también pudimos quedarnos, fue fantástico.
Un par de años más
tarde vi por primera vez La piscina, de Jacques Deray, filmada en
1968. Romy Schneider y Alain Delon pasan las vacaciones en una apartada casa de
campo cerca de Saint-Tropez. Durante los primeros minutos no sucede nada.
Lentitud, parsimonia, el paisaje vasto y seco delante de la casa, el sol del
Mediterráneo. Se besan junto a la piscina. El agua verde azulado, la semisombra
sobre las cálidas baldosas de piedra. Entonces suena el teléfono. Él le dice
que no responda y la arroja desnuda al agua. Ella le grita risueña que es un
idiota, va a contestar y poco después aparece otra pareja en un Maserati Ghibli
de un marrón rojizo. Las cosas se complican y acaban con un asesinato.
Los remakes casi
siempre fracasan. Lo que amamos suele ser irrepetible. Pero hay excepciones. En
2016 se estrenó en la gran pantalla Cegados por el sol, de Luca
Guadagnino, con Tilda Swinton en el papel de Romy Schneider. En esta versión,
Swinton es una estrella del rock —y «la mujer del siglo»,
según se dice en la película— que está con su novio en una isla junto a
Sicilia, recuperándose de una operación en las cuerdas vocales. El novio es un
poco pelma, pero entonces aparece Ralph Fiennes, el examante de Swinton, que
llega para recuperarla. Él está lleno de vida, es fascinante, arrebatador,
increíblemente cómico y, en medio de la película, se pone a bailar la
canción Emotional Rescue, de Mick Jagger. Fiennes habría merecido
un Óscar solo
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por esa escena. Sospecho que no todo estaba en el guion: mira directo a
la cámara con su camisa abierta y sus shorts y emana
felicidad. Emotional Rescue… a veces la música nos rescata.
Romy Schneider y
Alain Delon, Tilda Swinton y Ralph Fiennes, Mick Jagger canta y Harrison Ford
lleva su sombrero; siempre es un largo y caluroso verano junto a la piscina.
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En el cine se está
proyectando un documental sobre la vida de tres abogados: Otto Schily,
Hans-Christian Ströbele y Horst Mahler, cuyas biografías son totalmente
distintas. Schily llegó a ser ministro del Interior y Ströbele, diputado de los
Verdes, mientras que Mahler se unió a la derecha radical y terminó en la
cárcel. Sin embargo, en la década de los setenta los tres habían defendido ante
la corte a los miembros de la Fracción del Ejército Rojo (RAF) que participaron
en actos terroristas durante el llamado Otoño Alemán.
Todo empezó en
1967. Durante una manifestación delante de la Ópera de Berlín, un policía
dispara a bocajarro y por la espalda a un joven estudiante. El proyectil le
destroza el cráneo. Cae al suelo. La sangre corre por la acera. Una joven se
arrodilla junto a él, le coloca el bolso debajo de la cabeza y grita pidiendo
ayuda. Dos camilleros lo llevan hasta una ambulancia. Lo que sigue es
totalmente incomprensible: el vehículo de emergencia no se dirige al cercano
hospital Albrecht-Achilles ni al área de neurocirugía de la clínica Virchow,
sino a urgencias del hospital Moabit, mucho más alejado. Tarda más de lo
habitual en llegar a su destino y, cuando el estudiante ingresa por fin en el
quirófano, el anestesista solo puede determinar su muerte.
Las imágenes que se
transmitieron por televisión en aquel entonces siguen pareciéndonos igual de
horrorosas hoy en día. Asistimos a ellas con la misma incredulidad. En el
documental, Ströbele dice que ese fue el día en que se «politizó». No fue el
único: ese día marcó prácticamente a toda una generación. Tras la muerte del
estudiante aumentaron las manifestaciones, el jefe de la policía tuvo que
dimitir, lo mismo que el titular de Interior de Berlín y el mismísimo alcalde.
Pero eso no fue el fin, fue el comienzo.
El procedimiento
penal contra el policía autor del disparo fue el primer «proceso político» de
Schily. Representaba al padre del estudiante como
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acusación particular. Mahler le había confiado el asunto. El policía fue
declarado inocente. En el documental, Schily habla de que el proceso resultó
bastante turbio, de que desaparecieron pruebas. Mahler dice que, para él, fue
«la confirmación de la teoría marxista sobre el papel del Estado como
instrumento de la clase dominante para oprimir a la mayoría explotada», ni más
ni menos.
Luego se muestran
imágenes del denominado «proceso de Stammheim»: Ströbele describe el edificio
que se construyó para la ocasión dentro del complejo penitenciario de Stammheim
como «una condena anticipada hecha de hormigón»; en una grabación magnetofónica,
oímos a Schily gritar en la sala: «Frente al poder, blandimos el argumento del
derecho»… No conozco a ningún otro abogado que pueda pronunciar espontáneamente
una frase como esa. Durante el juicio, los agentes de policía de Stammheim
cacheaban a Schily, lo cual era incompatible con su posición de abogado, un
«órgano independiente de la administración de justicia». De hecho, aquella
frase lo dice todo sobre él: blandir el argumento de la ley es, precisamente,
el leitmotiv de su vida.
Todos los
acontecimientos de importancia para la sociedad se reflejan en los procesos
penales. La disputa por el camino correcto también se libra ante los
tribunales, y no solo en las elecciones. Y lo que estaba en juego en el
procedimiento contra los miembros de la RAF era el propio Estado de derecho. La
democracia era joven y se enfrentaba casi indefensa al terror; los políticos se
sentían inseguros, obraban de forma contradictoria, cometían errores. No había
una postura jurídico-estatal clara ante los atentados terroristas.
Durante su
formación, a los estudiantes de Derecho se les enseña que no se debe tratar a
un acusado como si fuese tan solo el objeto de un proceso penal, lo que
constituye una verdad de Perogrullo en un Estado de derecho consolidado. Sin
embargo, en la época del proceso de Stammheim todavía era necesario
reivindicarla ante los tribunales alemanes. Pocos parecían entender que los
terroristas también son seres humanos, que también tienen dignidad. Schily,
consciente de la injusticia de los nazis, lo había comprendido. Creía en la ley
y quería hacerla valer incluso ante el tribunal, ante la fiscalía, ante un
policía que le había disparado a un manifestante por la espalda. La justicia
misma sí se convirtió, así, en el elemento central de su pensamiento. Por eso
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era el más convincente de los abogados, sin contar con que estaba dotado
de un gran talento y era capaz de pronunciar cada frase en el tono preciso. Más
tarde, muchos no comprendieron que precisamente ese «defensor de los
terroristas» llegara a ser ministro del Interior, pero era un paso consecuente.
Como ministro, Schily no hizo nada distinto, al menos hasta donde él mismo era
capaz de ver: defendió la ley y el Estado de derecho, esa gran idea de la
humanidad.
El caso de Ströbele
es totalmente distinto. En el documental asegura que se siente particularmente
afectado cuando algo es injusto. Sus frases tienen a menudo algo conmovedor.
Poco antes del final habla de sí mismo: cuenta que pasea con frecuencia por el
bosque y que le gusta preparar mermeladas. Opina que las guerras son siempre
injustas. Al escucharlo, de repente se tiene la impresión de que es muy fácil
distinguir entre el bien y el mal. Lo vemos en la sala del tribunal con los
cabellos blancos y las cejas pobladas, amable y atento. Los jesuitas de mi
internado lo habrían definido como «una persona decente»: es alguien que te cae
más simpático a cada momento. No dudaría en confiarle mi cartera y la llave de
mi casa, pero elegiría a Schily como abogado defensor.
¿Y Mahler? El suyo
es el caso más complicado de los tres. Fue miembro fundador de la Fracción del
Ejército Rojo. En 1973 lo condenaron a doce años de prisión; en 1974, la pena
ascendió a catorce años. Sin embargo, cuando los terroristas de la RAF secuestraron
al presidente de la Unión Demócrata Cristiana de Alemania (CDU) en Berlín para
pedir la libertad de los «camaradas presos», él fue el único que permaneció
voluntariamente en la cárcel. Salió en libertad en 1980. Más tarde lo juzgaron
varias veces por incitación al odio. Para él, cada tribunal era un escenario. A
veces amenazaba a los jueces con la pena de muerte. Negaba el Holocausto y
saludó con un «Heil Hitler!» a un presentador de televisión. En el
documental se lo ve en mítines nazis; dice disparates; es como si todo le diera
igual.
En 1970, cuando
Mahler cayó en prisión, Ströbele se ocupó de su familia, mientras que Schily le
llevó a la celda las obras completas de Hegel. Eso también resulta muy
característico de los dos abogados. En los círculos
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judiciales se cuenta que Mahler pasó diez años leyendo exclusivamente a
Hegel.
El sistema
filosófico de Hegel es el más coherente de todos. Sus teorías pretenden
explicar la realidad entera y, como sucede con toda ideología significativa,
leerlo puede resultar tremendamente absorbente. Creo que si un hombre con una
gran inteligencia se dedica a estudiar a Hegel durante diez años en la celda de
una prisión, se convierte en lo que Mahler se convirtió. Mahler es el
intelectual frío, inconmovible, que queda atrapado en las redes de una teoría y
acaba pereciendo. En la historia alemana siempre ha habido hombres así, y a
menudo han sido juristas. Que sean radicales de derechas o de izquierdas da
igual. Mahler se convirtió en un prisionero de sí mismo.
El documental
muestra lo complicada que es Alemania. Tres hombres jóvenes, tres
personalidades fundamentalmente distintas, tres caminos políticos distintos.
Schily defendió la ley contra el Estado, Ströbele creía en el bien, Mahler se
enredó en los extremos. Los tres son ancianos hoy en día, han vivido sus vidas.
Al final de la
película, cada uno habla sobre los otros dos. Mahler dice que Schily lo
considera una «inmundicia política», pero que «para él es un honor». Luego
sonríe a la cámara. La escena en que le preguntan a Schily por Mahler es una de
las más memorables. El primero levanta las manos y responde: «Una tragedia.»
Nada más.
Escribo este texto
en un café delante del juzgado donde se procesó a Mahler en 1973. Es otoño y
las hojas caídas se amontonan. Ha estado lloviendo sin parar durante una
semana. Por supuesto, todavía hay grandes juicios, y seguirá habiéndolos, pero
todo el mundo en el ámbito judicial ha aprendido mucho del proceso de
Stammheim. Allí, por primera vez, se llevó al límite el código de procedimiento
penal y se definió el Estado de derecho. Hoy se sigue luchando por la dignidad
del acusado. Hay que hacerlo, día tras día, pero en muchos aspectos es más
fácil, y tal vez ese sea el mayor mérito de los abogados del proceso de
Stammheim.
No recuerdo todos
los detalles del documental, pero hay una secuencia que me resulta inolvidable.
Es la respuesta correcta a las salidas de tono de Mahler. El 13 de marzo de
1977, Schily se encuentra en la tribuna del
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Bundestag, el Parlamento federal alemán, hablando con motivo de una
exposición titulada Guerra de exterminio. Crímenes de la Wehrmacht,
1941-1944. Apenas puede expresarse; se detiene, se disculpa; está a punto
de echarse a llorar. Entonces se refiere a sus hermanos, a las
víctimas de la guerra y a los nazis. No sé cuándo fue la última vez que un
discurso me ha conmovido tanto.
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En el tribunal
penal de Moabit, en Berlín, hace años que está prohibido fumar. Unos carteles
amarillos fijados en las paredes de azulejo anuncian: ÁREA DE FUMADORES
PARA VISITANTES EN EL PATIO DEL PATÍBULO. Pese a ello, el cliente
sigue fumando. Está
en la escalera que lleva a las celdas, cerca de la entrada a la sala de
audiencias. Un guardia enfadado le llama la atención, pero él sigue fumando sin
inmutarse. Lleva seis meses en prisión preventiva esperando su juicio por
homicidio. Mira al guardia, se encoge de hombros y le pregunta: «¿Qué piensa
hacer? ¿Arrestarme?».
El 22 de abril de
1947, Wehmeyer y un conocido suyo salen de Berlín en dirección al norte. En la
ciudad destruida hay poco que comer y ambos pasan hambre. Quieren intercambiar
prendas de vestir por patatas. Wehmeyer lleva consigo un par de botas y un pantalón.
En aquel entonces a esas operaciones se las llamaba «negocios de hámster», y
con frecuencia constituían la única forma de sobrevivir.
Wehmeyer tiene
veintitrés años. Vive con su madre y sus hermanas en un vagón de tren
abandonado; su padre murió poco después de regresar del cautiverio en Rusia. Él
comenzó una formación de cerrajero, pero robó un cincel y lo echaron. Después
fue tirando con trabajos temporales mal pagados y llevando una existencia
incierta, sin futuro.
Por el camino, los
dos hombres conocen a una mujer. Tiene sesenta y un años y también ha ido al
campo para hacer trueques. Por la noche, vuelven a encontrarse con ella por
azar. Wehmeyer no ha tenido suerte: no ha conseguido intercambiar sus cosas. La
mujer ha salido mejor parada y lleva un saco de patatas de veinte kilos: una
pequeña fortuna en esos tiempos. Los tres transportan el saco en una carretilla
y regresan a Berlín. Oscurece. De repente, sin previo aviso, Wehmeyer le
propina a la mujer un puñetazo en el cuello y le fractura la laringe. Cae al
suelo. El joven le ata las manos a la espalda, le mete un pañuelo en la boca,
le baja las bragas y la viola. Su
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conocido se queda mirando sin intervenir. Más tarde dirá que tuvo miedo
de Wehmeyer. La mordaza no deja respirar a la mujer, que se asfixia mientras el
joven abusa de ella. Una vez este ha terminado, se queda con las patatas de la
muerta.
Cinco días más
tarde, encuentran el cadáver en un campo. No tardan en localizar a Wehmeyer y a
su conocido. Los llevan a la comisaría, donde se echan la culpa mutuamente. Un
perito judicial interroga a Wehmeyer y luego apunta que el joven se ha
mantenido siempre «impasible y despiadado».
El juicio no dura
más de un día. El fiscal hace referencia a un antecedente penal por robo: a los
dieciséis años, Wehmeyer le había arrebatado el bolso a una mujer.
Los jueces se ponen
de acuerdo enseguida. La sentencia reza: «Con su espantoso acto, el acusado se
ha apartado de la humanidad civilizada y ha perdido el derecho a vivir».
Así se hablaba por
entonces, dos años después de que terminara la guerra.
El abogado defensor
de Wehmeyer intenta salvarlo: presenta peticiones, intenta ganar tiempo, hace
todo lo que está en sus manos, pero es en vano: los jueces no quieren oír nada
más, no atienden ni una sola petición. Saben que no podrán aplicar la pena de
muerte por mucho más tiempo.
El 11 de mayo de
1949, la guillotina separa del tronco la cabeza de Wehmeyer. Es la última
ejecución de Moabit. Doce días más tarde entra en vigor la Ley Fundamental, que
supone la abolición de la pena de muerte.
Dicen que Wehmeyer
fumó mucho en su celda la noche previa a la ejecución.
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6
En 1973, dos
miembros de una sección regional del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD)
limpian una bañera de bebé a la que Joseph Beuys había aplicado vendas y
esparadrapos para poder lavar vasos en ella durante un evento. La indemnización
por la destrucción de la obra de arte asciende a 40 000 marcos.
En 1974, un
fabricante de productos de limpieza doméstica encarga un spot publicitario
en el que se ve a dos mujeres de la limpieza fregar una bañera de
bebé en un museo de arte moderno.
En 1986, una
limpiadora de la Academia de Arte de Düsseldorf le pasa la fregona a una
instalación de Joseph Beuys titulada Fettecke: «Rincón grasiento».
La indemnización vuelve a ascender a los 40 000 marcos.
En 2014, tres
artistas elaboran un licor con los restos de Fettecke. Tras
probarlo, aseguran que sabe a queso parmesano. Exhiben el destilado restante en
una botella de vidrio.
En 2011, una mujer
de la limpieza de un museo de Dortmund friega a fondo una palangana de Martin
Kippenberger. Se desconoce a cuánto ascendió la indemnización por daños y
perjuicios.
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7
Un antiguo
compañero de escuela acude a una presentación de mi libro en el sur de
Alemania. No lo reconozco: iba dos cursos por delante de mí y por entonces
teníamos doce y catorce años. Yo vivía en el internado y él no: era «externo»,
como se decía por entonces. Los externos eran niños de los pueblos de los
alrededores que simplemente asistían a clase por las mañanas.
Su padre era guarda
forestal, un hombre menudo y de tez oscura con una barba negra y una voz
extrañamente aguda. Una vez fui a la casa familiar. Cenaban en silencio. En un
rincón de una pequeña sala de estar, en una vitrina colocada sobre un banco de
roble, había un crucifijo. Hasta ese día, yo nunca había oído la palabra Herrgottswinkel,
«rincón de oración».
Después de la cena
le di las gracias a la madre y le dije que la comida estaba muy buena. Su boca
era una línea blanca en un rostro amarillo. «No se dice que la comida “está muy
buena”. La comida siempre es buena».
Mi compañero era un
chico amable, de ojos oscuros. Destacaba en todo y les gustaba a las chicas.
Una vez llegó a la escuela con un ojo morado. Dijo que había tropezado. Y otra
vez notamos, en los vestuarios de la clase de gimnasia, que tenía la espalda llena
de cardenales. En un momento dado lo perdí de vista.
Después de la
presentación, me invita a cenar. Vamos a su casa en coche, a través del bosque.
Apenas habla, aunque antes no era callado en absoluto. Su coche huele a perro
húmedo y a resina. Cuando bajamos, coge sin decir palabra un fusil del maletero
y se lo cuelga al hombro. Solo entonces reconozco el lugar: vive en la casa de
su padre y es guarda forestal como él.
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8
Hoy ha muerto Imre
Kertész. Tenía un apartamento encima de mi bufete. A veces nos encontrábamos en
el lento ascensor y hablábamos de literatura, de ópera, de los restaurantes de
nuestra calle…
En una ocasión me
pidió que lo ayudara en un asunto legal. Una vez resuelto, quise evitarle la
molestia de que fuera al despacho y le subí los documentos. Debían de ser las
ocho de la tarde. Abrió la puerta tan elegantemente vestido como siempre, con
sus zapatos impecables, su chaqueta de cachemir, su perfume antiguo y denso. Me
invitó a entrar. Por entonces vivía solo, su esposa lo visitaba raras veces. Yo
ignoraba lo enfermo que se encontraba. En el comedor, la mesa estaba puesta:
mantel blanco, cubiertos de plata, copas de cristal, dos velas. Le pregunté si
estaba esperando a alguien; no quería importunar. «No, no», me respondió. Ponía
así la mesa cada noche. No quería «abandonarse».
Kertész lo sabía
todo sobre la muerte. Había estado en los campos de concentración de Auschwitz,
Buchenwald y Tröglitz-Rehmsdorf, y había sobrevivido. Lo liberaron en 1945,
cuando tenía dieciséis años. Poco antes de aquella noche en que visité su
apartamento había declarado: «Creo que ya he vivido todo lo que tenía que
vivir. La vida se ha terminado, pero yo todavía sigo aquí».
Quererse a uno
mismo es demasiado pedir, pero hay que guardar las formas: son nuestro último
asidero.
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9
En Zúrich me
encuentro con un juez del Tribunal Supremo suizo. Hablamos sobre la pena de
muerte y el gradual debilitamiento de nuestros últimos límites. Dice que en
Suiza es fácil modificar la Constitución. Ya ha habido votaciones sobre el
derecho penal, por ejemplo; sobre la cadena perpetua. Los profesores de
Derecho, la justicia y los entendidos estaban de acuerdo entre sí, pero el
pueblo votó algo distinto.
Es un hombre
tranquilo y sensato. Se pregunta qué significa realmente la «vigencia de la
ley». ¿Qué debería hacer si una mayoría en su país vota a favor de una ley que
vuelve a introducir la pena de muerte? ¿En qué casos sería bueno considerar una
decisión basada en los hechos antes que una basada en la mayoría? ¿Cuándo sería
indispensable atenerse a los hechos, y no a las opiniones? ¿O acaso la ética no
cuenta nada ante la voluntad ciudadana? Y si es el caso, ¿quién determina en
qué consiste esa ética?
En 1893, en Estados
Unidos, Will Purvis es condenado a muerte por el asesinato de un hombre. El
trasfondo del caso es bastante complejo, e involucra a una organización similar
al Ku Klux Klan, una serie de rumores y el disparo mortal de un francotirador.
Durante el proceso,
Purvis afirma que es inocente, pero los miembros del jurado no creen a los
testigos que dan fe de que la coartada es cierta. Cuando lo conducen fuera de
la sala del tribunal, les grita a los jueces: «¡Vais a moriros todos antes que
yo! ¡Os sobreviviré a todos!».
El 7 de febrero de
1894, el verdugo le pone la cuerda alrededor del cuello. Han llegado cientos de
curiosos. El verdugo acciona la puerta de la trampilla, pero el nudo se deshace
y Purvis sale indemne. Poco después, el Tribunal Supremo de Misisipi determina
que hay que ahorcarlo a toda costa.
La noche de su
ejecución, consigue huir de la cárcel. Tres años más tarde (a esas alturas ya
hay otro gobernador en el cargo) lo indultan. Se casa y tiene siete hijos.
Veinticuatro años después del asesinato, otro hombre
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confiesa haber cometido el crimen por el que se juzgó a Purvis, que
obtiene 5000 dólares de indemnización: una suma enorme para la época.
En 1938, Purvis
muere en paz, ya anciano y rodeado de su familia. Tenía razón: tres días antes
había muerto el último de los doce miembros del jurado que lo había condenado a
muerte cuarenta y cinco años antes.
El juez de Zúrich
reflexiona largo y tendido. Al final dice que dimitiría, llegado el caso: no
puede ejercer si hay una ley que permite la pena de muerte.
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10
La redactora jefa
de una de esas revistas que llaman de life-style me pregunta
si me gustaría acompañarla a un desfile de moda en París. Tal vez podría
escribir algo al respecto. Es el punto culminante de los días dedicados a la
moda, «un event extraordinario», dice, porque en su mundo
todos hablan así. Es todo un honor asistir, y es casi imposible conseguir una
entrada: se necesitan connections. Me enseña la invitación, impresa
en un cartón grueso, que lleva desde hace días en el bolso. Dice HAUTE
COUTURE con una letra infantil.
«Si eres lo
bastante afortunado para haber vivido en París de joven, vayas a donde vayas la
llevarás contigo el resto de tu vida, pues París es una fiesta portátil». En
1964, Ernest Hemingway escribió esto sobre París en el más feliz de sus libros.
Había vivido en esa ciudad en los años veinte, cuando conoció a Gertrude Stein,
James Joyce, Ezra Pound, Ford Madox Ford, John Dos Passos y Francis Scott
Fitzgerald. Fue allí donde se hizo escritor. Se cuenta que, al marcharse,
olvidó una maleta con diarios y apuntes en el hotel Ritz, y que, en 1956,
cuando al fin regresó, un camarero lo sorprendió entregándole la maleta, que
estaba en el sótano. Entonces pudo escribir ese libro: tenía la experiencia de
toda una vida de escritor y los recuerdos frescos de su juventud. No sé si es
verdad, pero quizá eso no es necesario para que sea una estupenda anécdota.
Cuando yo era joven
todavía se podía fumar en los cafés. Vivía en una habitación minúscula, cara y
en un estado lamentable. Una corpulenta prostituta senegalesa alquilaba la
habitación de al lado. Nos entendíamos bien, pero sus horas de trabajo se
prolongaban hasta las cinco o las seis de la mañana y hacía tanto ruido con sus
clientes que yo apenas conseguía dormir. A menudo me invitaba a su casa a
primera hora de la mañana y bebíamos un café instantáneo horroroso, pero
barato. Me hablaba de sus clientes y sus extraños deseos y me mostraba fotos de
su gran familia, a la que le enviaba
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casi todo su dinero. Yo apenas hablaba francés, pero daba igual porque
ella hablaba por los dos y así nos sentíamos menos solos. En mi habitación
había un pequeño calefactor incapaz de paliar el frío del invierno. Las
ventanas se congelaban y sobre los delgados vidrios se formaban flores de
escarcha.
Por las noches, la
lluvia te obligaba a mantener cerradas las ventanas, y el viento frío agitaba
el follaje de los árboles de la place de la Contrescarpe. Las hojas caían y se
empapaban en el suelo mientras el viento empujaba la lluvia contra el gran autobús
verde en la terminal. El Café des Amateurs estaba abarrotado, las ventanas se
empañaban debido al calor y el humo.
Entonces no tenía
dinero y pasaba largas horas en esos cafés baratos. No sé si se debe a que viví
en París a una edad en la que los lugares marcan y a que todo era nuevo para
mí, pero todavía sigo soñando con esa ciudad, con sus olores y colores, con los
amigos, con esa edad en que creemos que todo saldrá bien tan solo porque
sabemos poco y la realidad todavía no ejerce ningún poder sobre nosotros.
Pienso en eso mientras la redactora jefa me pregunta, y acepto la invitación.
El viaje resulta
horrible. Una retención de varios kilómetros hace que tarde hora y media en
llegar a la ciudad desde el aeropuerto. Me reúno con la redactora jefa en el
Café de Flore, donde toda la clientela parece pertenecer al gremio de la moda.
Ella no deja de mirar alrededor por si reconoce a alguien o alguien la
reconoce. La gente fotografía con el móvil la comida, las servilletas, incluso
los pequeños sobres de azúcar que descansan en los platillos de las tazas de
café, para publicar las fotos en Instagram y Facebook.
Era un café
agradable, cálido, limpio y acogedor. Colgué mi viejo impermeable en el
perchero para que se secara, dejé mi sombrero de fieltro, raído y gastado, en
el estante sobre el banco y pedí un café au lait.
El camarero me lo trajo y yo saqué del bolsillo del abrigo un cuaderno y un
lápiz y me puse a escribir.
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El Café Hemingway se encuentra en la place Saint-Michel, no lejos
del boulevard Saint-Germain y el Café de Flore, donde estamos
sentados. Preferiría estar allí. Es la mejor época del año en
París: hace más fresco bajo los plátanos; por las noches, la luz de los cafés y
de las tiendas iluminadas se refleja sobre las aceras y ya huele a otoño. Esta
ciudad parece resistirlo todo: las películas de amor de Hollywood, la
cursilería de la torre Eiffel e incluso los apartamentos de cincuenta millones
de euros, propiedad de árabes y rusos, que siempre están vacíos.
Pedí otro ron St.
James. De tanto en tanto levantaba la vista y miraba a la chica. «Te he visto,
preciosa», pensaba mientras afilaba el lápiz y las virutas caían enrolladas en
el platillo debajo de mi copa, «y ahora me perteneces. No importa a quién esperes,
ni siquiera si nunca más vuelvo a verte: me perteneces, y París entera me
pertenece, y yo pertenezco a este cuaderno y este lápiz».
Mientras escribes
hablas con personas que inventas, vives sus vidas junto con ellas y llega un
momento en que el tiempo pierde toda importancia: escribir se convierte en lo
principal. Esto sucede también en el café Les Deux Magots, e incluso en el Café
de Flore, pese a la gente que lo abarrota ahora mismo, a la semana de la moda y
a las fotos con el móvil: ocurre cuando uno está solo y puede estar consigo
mismo.
Al día siguiente
vamos en taxi al Grand Palais, a cuyas puertas hay cientos de personas que
esperan conseguir una entrada. La cubierta del edificio se eleva a más de
cuarenta metros de altura, el techo es de vidrio ribeteado por puntales de
hierro remachados y pintados de verde claro. En el siglo pasado, mujeres con
vestidos veraniegos y hombres con trajes claros acudían aquí para ver las
primeras exposiciones de automóviles. Entonces se creía en el progreso. «En el
futuro, la vida será más fácil y más interesante», se pensaba muy poco antes de
que estallaran las grandes guerras.
La puesta en escena
del desfile de haute-couture es perfecta: hay citas de obras
literarias en las paredes y sobre el suelo; todo está pintando de un blanco
cegador, la sala entera parece una foto sobreexpuesta. Los camareros ofrecen
dulces en bandejas de plata, pero por supuesto ahí no come nadie. Las personas
más ricas, guapas y famosas del mundo están sentadas sobre unas
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cajas de madera lacadas de blanco y sin respaldo y, cuando un fotógrafo
apunta a una embarazada, ella enseguida se pone de perfil para que se vea que
está esperando un hijo y no es que simplemente haya engordado.
El desfile empieza
con un ruido ensordecedor, un ritmo sordo y martilleante que golpea el
estómago. Aparecen las modelos, con los rostros cubiertos de un maquillaje
oscuro. Recuerdan a las Erinias, las diosas griegas de la venganza. Ninguna
sonríe. Su forma de caminar es grotesca: empujan las caderas hacia delante,
tengo miedo de que se caigan. Parecen terriblemente tensas, figuras de palo sin
pechos ni trasero. Todo termina al cabo de doce minutos. Luego me cuentan que
las modelos solo comen cubitos de hielo y chupan algodones mojados en zumo de
naranja.
Todo esto es un
malentendido: la moda es una ilusión, una promesa de felicidad que,
naturalmente, nunca se cumplirá, pero que debería ser luminosa, risueña y
ligera. Yo esperaba admirar a mujeres y ver vestidos refinados; esperaba ver
belleza, elegancia y perfección, y esto no ha sido más que un ballet estéril
de doce minutos organizado por una empresa que vale miles de millones de euros.
Después del desfile, los invitados reciben una bolsa con gel de ducha y sales
de baño en un estuche negro. Le regalo la mía a una mujer que está delante del
Palais y que no ha conseguido entrar.
En el vuelo de
regreso, pienso en el poema de Joachim Ringelnatz:
Por catorce días
regálame tu corazón,
tú, niña jirafa de
largos pasos,
para que, como
quien al viento habla, te sea franco y te diga cosas buenas y llenas de amor.
Cuando te vi, larga Gabriela,
un agujero en tu
media me conmovió
y mi alma, sin que
tú lo supieras,
por ese agujero se
metió.
No la eches y di:
¡Sí!
Fue tan bello
cuando te vi.
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Ha dormido en un
pueblo de la costa atlántica tras viajar sola durante casi dieciséis horas en
un coche pequeño. En los últimos días ha llorado con frecuencia.
El hotel también es
pequeño, la habitación está mal ventilada y no puede dormir. Vuelve a vestirse
y se va al pueblo. Los cafés y restaurantes llevan horas cerrados. Algunas
casas tienen placas en la fachada: hace cincuenta años vivía allí un pintor o
un escritor. «Por la luz», ponía en el folleto del hotel que había en la
mesilla de noche. Lee nombres de muertos en las fachadas de las casas.
Sigue preguntándose
si irse ha sido lo correcto. Simplemente lo ha hecho, aunque todos esos años él
ha sido amable y cariñoso, se ha preocupado por ella, ha puesto orden en su
vida y la ha cuidado. No había nada de falso en él; él era su casa, una buena persona,
mucho mejor persona que ella. No hay explicación, ninguna máxima, nada a lo que
ella pueda aferrarse.
Permanece sentada
un rato sobre un banco de piedra en el puerto (el olor a podredumbre, el agua
salobre que chapotea contra los muros del muelle, la sal húmeda en la piel).
Recuerda cuando, hace años, fueron a la playa no lejos de ahí. Al amanecer
vieron nadar un ciervo, la cabeza erguida del animal confuso y desorientado
entre las olas doradas. Entonces, ella le dijo que él no tenía idea de quién
era, y que lo que creía saber sobre ella era solo una imagen que no tenía nada
que ver con quien ella era de verdad.
Al final se cansa y
da media vuelta. En el balcón del segundo piso del hotel hay una mujer. Está
desnuda y fuma un cigarrillo. Cuando descubre que está mirándola, le hace un
gesto con la cabeza: los insomnes se reconocen. De pronto, un hombre se acerca
por detrás y la coge por los pechos. Ella ríe y pone sus manos sobre las de él.
Luego tira el cigarrillo, se vuelve hacia el hombre y desaparece en la
oscuridad de la habitación.
Ella entra en su
propio cuarto, se acuesta vestida y se duerme al instante. Después de un par de
horas se despierta sudando, con la ropa pegada al cuerpo. Abre la puerta del
pequeño balcón. Por fin ha llovido, el aire está
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limpio y fresco. «Incluso si no podemos ser felices, tenemos obligación
de vivir», piensa.
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Lars Gustafsson era
un escritor sueco. Ganó importantes premios literarios, sus libros se
tradujeron a todas las lenguas del mundo y muchos años fue candidato al premio
Nobel.
En la década de los
setenta escribió un libro: Los tenistas. En él, un profesor sueco
acepta un puesto en la Universidad de Texas en Austin para enseñar Filosofía y
Literatura. Es pálido, delgado, débil y poco deportista. Le gusta la curiosidad
y la falta de complicaciones de los estudiantes estadounidenses. «Son
totalmente distintos de sus pares europeos», piensa. Su inglés todavía no es
bueno: traduce el «superhombre» de Nietzsche por Superman, lo que
lleva a confusión, pero en el Nuevo Mundo, lejos de la oscura
Suecia, bajo el calor de Austin, poco a poco empieza a cambiar. A medida que la
historia avanza, se convierte en un jugador de tenis de primera categoría. Y se
libera.
En efecto, Lars
Gustafsson enseñó Literatura y Filosofía en Austin, y en 1983 hizo una gira por
Europa presentando su libro. Yo acudí a uno de esos actos, en Constanza, y
luego le pregunté si tendría ganas de jugar un partido de tenis conmigo.
Aceptó.
Lo recogí a la
mañana siguiente. Era un día de verano y el cielo lucía un azul intenso. La
pista que nos había tocado estaba a la entrada del parque. Era de tierra
batida, lo que intensificaba el calor. En los descansos corríamos a ponernos a
la sombra de los viejos castaños y olmos, de un verde oscuro, situados al borde
de la pista. Gustafsson se movía con cierta rigidez, pero jugaba muy
concentrado y sus golpes eran fuertes y certeros.
Después nos fuimos
a nadar. Le pregunté si no le cansaban las presentaciones. Se echó a reír y me
habló de una que habían organizado en un pueblo diminuto y apartado de Suecia.
Al parecer, en cuanto salió para allí estalló una tormenta de nieve y al cabo
de un par de minutos la carretera quedó casi
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impracticable. Pensó en dar media vuelta, pero ya estaba muy lejos. Al
final, llegó al pueblo.
Suecia es un país
rico e invierte mucho dinero en cultura; por eso, incluso en esa apartada
población, había un inmenso auditorio municipal con escenario y mil doscientas
butacas. Tras resbalar un par de veces en el aparcamiento, llegó a la puerta de
entrada. La sala estaba iluminada y caldeada, pero casi completamente vacía.
Había una sola persona: un señor sentado en la primera fila. Él no tenía ganas
de volver a su coche. Al final, se dijo que, a pesar de ese tiempo horrible,
aquel hombre también había acudido, de modo que se recompuso, subió al
escenario, fue hasta el podio y empezó a leer.
En cierto modo se
sentía orgulloso de sí mismo. Era un salvador de la literatura. «Lo correcto es
dar la conferencia, aunque sea tan solo para este señor. Podría ser el último
hombre que de veras ama los libros», pensó, y se puso manos a la obra aunque, al
mismo tiempo, le parecía absurdo: dictó la misma conferencia que había dictado
delante de miles de personas en Nueva York, París, Roma y Berlín.
Durante el acto le
pasó por la cabeza que ya había visto antes al hombre que se sentaba en primera
fila, pero no acababa de ubicarlo.
Concluyó después de
hora y media y el señor de la primera fila aplaudió cortésmente. Él inclinó la
cabeza, abandonó el escenario y cruzó la sala dirigiéndose a la puerta. En el
último momento, vio que el hombre subía al escenario, se acercaba al micrófono,
sacaba un par de folios de su cartera y empezaba a hablar. Entonces, por fin lo
reconoció: era el otro escritor famoso al que habían invitado esa noche.
Nos sentamos junto
a la piscina bajo un descolorido techo de madera, de un blanco azulado, y
bebimos té con hielo. Gustafsson habló del invierno en Suecia y del calor que
hacía en Austin, y luego conversamos sobre el saque en el tenis. Él lo
consideraba un milagro: incluso los mejores jugadores del mundo podían fallar
seis veces seguidas y nadie sabía por qué: era impredecible. «Es como
preguntarse de qué modo acabará nuestra vida», dijo.
Años más tarde leí
un poema sobre el modo en que deseaba morir:
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Tendría que ser a primeros de agosto.
Las golondrinas ya
se habrían ido, pero quedaría algún abejorro probando a volar a la sombra de un
frambueso.
Tendría que soplar
una brisa ligera, pero no persistente,
Sobre los prados en
pleno verano.
Tú tendrías que
estar ahí,
pero sin hablar
gran cosa,
más bien
acariciándome el cabello.
Y mirándome a los
ojos
con una mirada
risueña.
Y entonces quiero
ver desaparecer
este mundo
no sin sentir
alivio.
El 2 de abril de
2016 a primera hora de la tarde empezó a caer una ligera llovizna en Västerås.
Estuvo nublado durante toda la noche, pero al día siguiente, un domingo, no
llovió. La temperatura máxima era de once grados y el viento soplaba a seis
kilómetros por hora (según la oficina meteorológica se registró «una leve
brisa»). Aún no había «prados en pleno verano», pero en abril la primavera hace
florear los vastos campos de Västerås y despierta a los abejorros reina de su
largo sueño invernal.
Es hora de irse a
casa,
Pero ya estamos en
casa.
Lars Gustafsson
murió el 3 de abril de 2016.
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13
El propietario de
una papelería me enseña unos libros para colorear destinados a adultos. Son el
último grito. Se venden tan bien que un fabricante de lápices de colores lleva
semanas haciendo turnos de noche para responder a la demanda, que no deja de crecer.
Según el
propietario de la papelería, la gente compra esos libros porque colorear «los
ayuda a relajarse». Un cliente incluso le explicó que gracias a ellos «baja el
ritmo de su día a día». Puede sonar raro, pero hay un libro para colorear
destinado a adultos en el cuarto lugar de la lista de los libros más vendidos
en Amazon, y también son un buen negocio para el propietario de la papelería,
porque la gente que los compra suele tener dinero, de modo que piden los
ejemplares más caros y los mejores lápices de colores.
Me muestra el
estuche de madera Albrecht Dürer. Contiene ciento veinte lápices acuarelables
«con una incomparable resistencia a la luz y unos colores brillantes». Pero el
producto estrella es el póster de Berlín para colorear, con un papel de óptima
calidad y un tamaño de dos por dos metros. Siempre se agota, le falta tiempo
para renovar los pedidos. Amigos y conocidos se reúnen por las tardes a
colorear juntos el póster.
Fuera ha llovido
brevemente y ahora, delante de la puerta de la papelería, huele a flores de
tilo, a gasolina y a asfalto secándose al sol. Un par de casas más allá hay una
librería. En el escaparate está la edición en tapa dura de La broma
infinita de David Foster Wallace. Vale veinte euros. El libro para colorear
destinado a adultos titulado Los Alpes es siete euros más
caro.
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Hace unos años tuve
que viajar a Brasil: habían arrestado a uno de mis clientes tras intentar pasar
de contrabando unos cuantos cientos de kilogramos de cocaína a Europa.
Transportar droga en tales cantidades es complicado. La primera regla de los
delincuentes profesionales —cometer el delito solo y no hablar con nadie al
respecto— difícilmente puede cumplirse en tales negocios. Mi cliente no le
había pagado lo suficiente a un miembro de su organización, o no lo había
amenazado lo suficiente, así que este lo traicionó y ya llevaba seis meses en
una cárcel de Río de Janeiro.
Aquella prisión era
un lugar francamente desagradable. Olía a cloaca, el agua sucia cubría los
suelos de piedra y los presos tenían que sentarse con las piernas recogidas en
sus literas de madera. Las celdas estaban pensadas para ocho presos, pero las
ocupaban veinte o treinta; el váter era un agujero en el suelo. Muchos estaban
enfermos. Se les caían los dientes, les aparecían eccemas en la piel. En las
paredes húmedas podía verse a grandes insectos corriendo de aquí para allá.
Continuamente se producían motines en los que morían cientos de personas. Los
sindicatos del crimen locales torturaban y mataban a los presos y luego
despedazaban los cadáveres y los tiraban a las alcantarillas.
Me alojé en el
Copacabana Palace, un bonito hotel de los años veinte en primera línea de
playa. Por allí habían pasado Marlene Dietrich, Orson Welles, Ígor Stravinski y
Stefan Zweig. Había piscina, y el mar asomaba enfrente de la terraza. Yo pasaba
horas allí sentado, con un intérprete y distintos abogados locales, esbozando
estrategias de defensa y discutiendo de qué modo se podía extraditar a mi
cliente a Europa. Era raro: teníamos delante la playa más famosa del mundo;
había pequeños bares sobre la arena blanca, y sombrillas, y hombres con los
cuerpos untados de aceite practicando la capoeira y jugando al fútbol playa, y
chicas con el exiguo traje de baño que los autóctonos llaman fio dental («hilo
dental»), pero nosotros hablábamos sobre la muerte en las cárceles y el
enmarañado sistema judicial brasileño.
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El último día, yo estaba solo en la terraza, intentando comprender las
resoluciones del tribunal con ayuda de un diccionario portugués-inglés que
había tomado prestado de la biblioteca del hotel. Había pedido té con hielo y
unas tostadas con pepinillos cuando un hombre gordo con un traje de lino
arrugado se detuvo delante de mi mesa. Me saludó afectuosamente, llamándome por
mi nombre, pero no lo reconocí.
—¿Ya no sabes quién
soy? —preguntó riendo. Hablaba alemán a la perfección, aunque con un ligero
acento inglés.
—Lo siento, pero…
—No, no, no pasa
nada —me interrumpió—. Es cierto que he ganado kilos —dijo colocándose las
manos sobre el vientre, y entonces me dio su nombre—: soy Harold.
En ese momento caí
en la cuenta. Lo había conocido más de treinta años atrás en una boda: una
amiga mía se había casado con un primo segundo suyo. El matrimonio duró solo
dos años (Harold lo describía como «un matrimonio fallido»). Por entonces, él
estudiaba en Múnich Administración de Cervecerías, Germanísticas y Filosofía,
una combinación que él consideraba de «lo más normal».
Un par de veces, en
vacaciones, fui a verlo al norte de Inglaterra. Su familia vivía en un castillo
del siglo XVIII al que simplemente llamaban «la Casa». Harold decía
que la Casa tenía «más o menos ciento veinte habitaciones», pero por supuesto
él nunca las había contado.
Era hijo único y
estaba decidido que él heredaría el título de su padre, la Casa, los inmensos
jardines, las tierras agrícolas, la explotación forestal, el criadero de peces
y las fábricas de cerveza. Su familia estaba emparentada con Bertrand Russell y
las hermanas Mitford, y él solía bromear sobre su posición en la línea de
sucesión al trono británico. Un profesor de Filosofía de Múnich me contó años
después que Harold había sido su alumno con más talento. Sin duda tenía una
inteligencia brillante, pero al mismo tiempo carecía de ambición. Decía que
esforzarse era una ridiculez. Durante las vacaciones pasábamos los días
tumbados en la azotea de la Casa, comiendo fresas mientras él me contaba
anécdotas de sus parientes.
Harold se sentó a
mi mesa. Tenía la piel enrojecida por el sol y su cabello, antes rubio, se
había vuelto blanco. Llamó por señas a un camarero y yo le pregunté si estaba
allí de vacaciones.
—Hace unos dos años
que vivo aquí —contestó—. En cierto modo me quedé aquí varado. La comida y el
clima son buenos, el mar me gusta, lo
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único que no me acaba de atraer es la playa.
Le pregunté por su
familia. Me respondió que su padre había muerto hacía un par de años.
—Después de
veinticinco años de matrimonio, mi madre se fugó con otro hombre. Creo que es
banquero de inversión o instructor de equitación, algo así.
El padre de Harold
siempre llevaba trajes de tres piezas, pero nunca lo vi con otros zapatos que
no fueran unas botas de goma negras.
—¿Y por qué no
vives en Inglaterra?
—Bueno —empezó a
decir, y pidió una cerveza Brahma fría—. La separación arruinó a mi padre. No
económicamente, para eso había capitulaciones matrimoniales, pero sí en todos
los demás aspectos. Cuando vivía con mi madre no era un hombre especialmente
amable, pero después de la separación empezó a beber. Y entonces… —El camarero
llegó con la cerveza y una jarra cubierta de agua condensada—… y entonces
—prosiguió
— transfirió la
Casa y las tierras al National Trust. Tengo derecho de por vida a ocupar cuatro
habitaciones, pero ahora todo está siempre muy ordenado y ya no es muy
agradable. Cada día llegan autobuses con visitantes, pagan una entrada de
cuatro libras con veinte peniques y compran postales y llaveros con fotos de la
Casa.
—¿En qué estaba
pensando tu padre?
—En fin, soy el
último de la fila: después de mí ya no queda nadie. Es de suponer que yo mismo
habría acabado haciendo lo mismo. A lo mejor solo quiso ahorrarme el trabajo.
Le hablé de una
mañana que pasé en su casa. Me levanté temprano; el césped todavía estaba
húmedo y la luz se veía de un verde grisáceo por culpa de las nubes. En el
cobertizo de la barca había varias cosas olvidadas: un hacha con el mango roto,
latas de pintura seca, un salvavidas con la cuerda desgarrada. La pintura color
azul claro del bote se había desconchado. Salí a remar al lago. Reinaba el
silencio y hacía frío. Entonces, en lo alto, se oyó el graznar de los ánsares.
Levanté la cara: debían de ser cientos. Yo nunca había visto algo así.
—Claro, los ánsares
—comentó Harold—, pienso en ellos con frecuencia. Vuelan hacia África, los guía
el campo magnético terrestre. Mi padre los llamaba los «viajeros nocturnos».
—¿Y no echas todo
eso de menos?
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Harold reflexionó y en ese momento volví a ver al joven que había sido
un día.
—No lo creo,
querido —dijo al cabo de un rato—. No: el hogar no es un lugar, sino un
recuerdo.
Más tarde, Harold
me llevó a una cena con sus amigos, pero me sentí incómodo y poco después pedí
un taxi para regresar al hotel. Bajé a la playa y caminé por el paseo
iluminado, con su patrón ondulado de mármol blanco y negro. Había vuelto a
refrescar, el mar estaba en calma. De repente me vino a la memoria mi padre: lo
vi en el río, pescando con caña, descalzo y con sombrero de paja, con un
cigarrillo en la comisura de los labios. Lo vi delgado y alto, tostado por el
sol, con la camisa blanca arremangada y el reloj destellando al sol.
El aire huele a
hierba recién cortada. Yo tengo seis o siete años y me ha regalado una navaja
suiza con la que estoy afilando ramas sentado en una piedra. Una vez ha pescado
un par de truchas, las frotamos con sal, las ensartamos cada una en una rama y
las sostenemos sobre el fuego. Tengo las manos negras y pegajosas a causa de la
resina, que no consigo quitarme ni siquiera metiéndolas en el río. Mi padre me
explica que de la resina se puede obtener brea y me habla de un físico
australiano que quería saber a qué velocidad fluía la brea.
—El físico llenó un
tarro con brea caliente, dejó pasar tres años para que se endureciera y luego
le dio la vuelta. La primera gota cayó ocho años más tarde; la segunda, después
de nueve años; luego, el físico murió, pero el tarro con resina aún existe y el
experimento prosigue.
Los ojos de las
truchas se ponen blancos al calor del fuego. Cuando nos las comemos, huelen
fatal y están llenas de espinas, pero fingimos que son una exquisitez.
Decidimos que viajaremos a Australia para ver caer la siguiente gota.
—Iremos a ver a los
aborígenes —dice mi padre—. Solo conocen el presente, y no el pasado ni el
futuro porque su idioma carece de palabras para referirse a ellos. Tenemos que
preguntarles qué piensan de la velocidad con que fluye la brea: nos explicarán
el secreto.
Miramos el fuego y
pensamos en el experimento más lento del mundo. Entonces no existía el tiempo,
al igual que no existe en el recuerdo. No
había nada más que
ese verano en que estábamos junto al río pescando truchas, y yo pensaba que
nada cambiaría jamás.
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Hoy soy mayor de lo que era mi padre en aquel momento. Murió pronto y
nunca fuimos a Australia.
Desde entonces ha
pasado medio siglo y todo ha cambiado. Las grandes mansiones desaparecieron y
con ellas se desvanecieron las sirvientas y las cocineras, los jardineros, los
chóferes y los guardabosques con sus perros, a los que yo les tenía tanto cariño.
El jardín verde oscuro en el que crecí se vendió hace mucho tiempo. Ya no
existe el estanque con los nenúfares ni el puente arqueado de madera, ni la
pista de tenis donde nos llenábamos los pantalones y los zapatos blancos de
tierra batida, ni la piscina azul claro sobre la que flotaban la hojas, ni el
invernadero, ni las viejas y deterioradas jardineras, ni las cuadras… nada de
eso. Harold tenía razón: los lentos días de mi niñez, el humo de los
cigarrillos de mi padre, la luz ambarina de las suaves tardes de verano… ese
mundo solo sigue existiendo en mi interior.
A la mañana
siguiente, el conserje del hotel me entregó un sobre grueso: Harold me
comunicaba que no podría bajar a desayunar porque había bebido demasiado. Me
deseaba un buen viaje de vuelta. En el sobre había un libro; ignoro de dónde lo
había sacado. Era una vieja edición de los poemas de Eichendorff. Tiempo
después, en el vuelo de noche de vuelta a Europa, pensé en los «viajeros
nocturnos» y hojeé el libro. Harold me había dejado una espantosa postal de la
Casa entre las páginas y había subrayado dos versos de un poema que desde
entonces recuerdo siempre cuando alguien me habla del hogar.
Ansiamos volver a
casa
y no sabemos a
dónde.
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Las nuevas tarifas
de teléfonos de Telekom se llaman Magenta.
—Son más baratas
que nunca —me dice la mujer por teléfono—. Tienen un precio «auténticamente
competitivo».
Magenta es una
ciudad pequeña de Lombardía, a un par de kilómetros de Milán. Allí, el ejército
del Reino de Cerdeña-Piamonte y Napoleón III se enfrentaron al emperador
austríaco por el dominio del norte de Italia. Fue el 4 de junio de 1859, y
murieron tantos soldados que el suelo se tiñó de rojo. De allí proviene el
nombre del color magenta.
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Mark Twain
supuestamente dijo que renunciaría al cielo si allí no dejaban fumar. Tenía
razón. Las cosas solo se pusieron interesantes cuando Adán y Eva comieron el
fruto del árbol del conocimiento y fueron expulsados del paraíso: por fin
terminó ese aburrimiento infinito, ese vacío mental y ese regocijo constante.
Los dos se convirtieron en seres humanos y a partir de entonces pudieron
conocer el mundo y a sí mismos. Cierto que lo pagaron con la mortalidad, pero
así eran las negociaciones con el Dios del Antiguo Testamento: o todo o nada.
Eso encajaba perfectamente con el antiguo canciller alemán Helmut Schmidt, a
quien por eso mismo considero el fumador ideal. Cada cigarrillo —y en su caso
debieron de ser más de un millón— es en esencia un memento mori, un
recordatorio de nuestra muerte que, al mismo tiempo, siempre es un recordatorio
de que estamos vivos. Schmidt llevaba cuatro baipases y un marcapasos, pero,
como sucede con los auténticos jugadores, que necesitan perder para no hartarse
de jugar, es posible que no hubiese disfrutado fumando si no fuera algo tan
insano. Por eso me parece absurda la búsqueda de un cigarrillo saludable y el
empleo de parches y chicles de nicotina (salvo tal vez en vuelos largos). ¿Y
dejar de fumar? ¿En serio? Durante mucho tiempo temí que los médicos
convencieran a Schmidt de que lo dejara. Otro gran fumador, Zeno Cosini, el
protagonista d e La conciencia de Zeno de Italo Svevo, lo
intenta a lo largo de más de cuatrocientas cincuenta páginas y, cuando por fin
lo consigue, no puede más que exclamar: «Así pues, estaba totalmente curado,
pero ¡irremediablemente ridiculizado!».
Helmut Schmidt
nunca cayó en el ridículo, y eso a pesar de que fumaba Reyno White, unos
cigarrillos de cien milímetros de largo y casi completamente blancos, apenas
con una fina cinta de color verde antes del filtro. En realidad son un poco
femeninos y, para ser sincero, saben bastante mal: el mentol estropea el
tabaco. Pero él fumaba con gran elegancia, disfrutando verdaderamente del
proceso. Podía interrumpir cualquier conversación un par de segundos
encendiendo concentrado el pitillo y
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espirando con arrogancia el humo sobre las cabezas de los otros. Era una
representación en la que todo armonizaba: su serenidad, su presunción, sus
análisis y predicciones, que a decir verdad no siempre eran acertadas, y su
cabeza de César.
Schmidt fumaba sin
parar, y cuando no lo hacía, consumía rapé. Suele decirse que el mejor
cigarrillo es el de después del sexo. Por supuesto, no es verdad: ese
cigarrillo es tan importante como todos los demás. Los cigarrillos son los
aliados del fumador, lo acompañan en las victorias, permanecen junto a él en
las derrotas y nunca lo decepcionan. Me imagino cómo fumó Schmidt el primer
cigarrillo después de ser elegido canciller, o cuando tuvo que decidir la
muerte del empresario Hanns-Martin Schleyer, a quien habían secuestrado cuando
era presidente de la Confederación de Empleadores Alemanes (BDA). Seguro que
también fumó en ese momento y que eso lo ayudó ante la terrible soledad de su
resolución.
Schmidt utilizaba
encendedores desechables y cogía los cigarrillos directo del paquete. Eso
siempre me ha sorprendido. Yo tengo un estuche de plata que pertenecía a mi
padre y un encendedor de carey. Estos accesorios son importantes: el sonido
nítido del encendedor, el peso de la plata, ese abrirse de golpe de la
pitillera; todo eso es una protección contra la fealdad y la brutalidad del
mundo. Pero a lo mejor un político debe hacer concesiones, como la gorra de
visera Príncipe Enrique, que no casaba en absoluto con los trajes perfectos de
Schmidt.
Ahora Helmut
Schmidt ha muerto y en todas partes está prohibido fumar. Uno no puede
imaginarse a Angela Merkel fumando o inhalando rapé en una entrevista. La gente
dice que fumar ya no es de esta época, que provoca cáncer y enfermedades
cardíacas, que envejece la piel y perjudica el medio ambiente. «Todo eso es
cierto», admito mientras enciendo un cigarrillo. Y entonces, mientras fumo,
pienso en Al final de la escapada, la película de Jean-Luc Godard.
Todavía recuerdo la primera vez que la vi. Fue en Roma, por su vigésimo quinto
aniversario, en un cine minúsculo alojado en un sótano. Jean-Paul Belmondo fuma
ya la primera vez que se lo enfoca, y sigue haciéndolo durante toda la
película. En la última escena, cuando le han disparado y se desploma en la
calle, sigue fumando, da la última calada cuando cae al suelo, entonces el
cigarrillo escapa de sus labios y rueda por el adoquinado. En silencio, le dice
a su fascinante enamorada Jean Seberg que es asquerosa, le sonríe y muere.
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Sí, claro que tenemos que dejar de fumar y vivir de un modo sensato, y
tampoco tendríamos que tomar azúcar ni comer carne. Eso era lo fantástico de
Helmut Schmidt, que nada de eso le interesaba, así de simple.
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El presidente de
Estados Unidos, Donald Trump, no ha podido imponerse al juego de smartphone Pokémon
Go: durante 2016, «Pokémon Go» fue el término más buscado en Google a escala
mundial, seguido de «iPhone 7», en referencia al teléfono de Apple. Trump tuvo
que contentarse con el tercer puesto, al contrario de lo que es habitual para
él. Cuando fue a Londres a visitar a la anciana reina Isabel II y pasó revista
con ella a la guardia de honor, iba un paso por delante.
Según el protocolo
de la corte, su esposo Felipe, el octogenario príncipe consorte, debe
permanecer siempre detrás de ella en los actos oficiales.
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Nos encontramos en
la Potsdamer Platz, en el centro de Berlín. La cubierta del Sony Center se
inspira en el Fujiyama, el monte sagrado de Japón, donde viven los dioses que
nos protegen. Tomamos un café. Hay cientos de personas en la plaza, donde se
pueden comprar móviles, joyas, diarios y souvenirs o hacer que
te operen los ojos con rayo láser.
De aquí a Kiev no
hay más que 1400 kilómetros; el vuelo solo dura dos horas, pero aquel es otro
mundo, un mundo totalmente distinto. La abogada está en la treintena. Es una
mujer delgada, lleva un vestido ligero y parece frágil. Sin embargo, se ha
enfrentado a las llamadas repúblicas populares de Donetsk y Luhansk, a unidades
paramilitares, a la Federación de Rusia y al mismísimo Putin. Habla de la
tortura en su país: en las distintas provincias hay más de setenta y cinco
sótanos en los que se torturaba y mataba a hombres y mujeres, o se los
encerraba como animales después de secuestrarlos. Las violaciones, las
torturas, los asesinatos sistemáticos formaban parte de la estrategia para
vencer la resistencia: Ucrania oriental tenía que convertirse en una provincia
rusa.
—En mi país no
existen los derechos fundamentales —cuenta—. Ni siquiera la ley como tal.
Dice que su
organización no puede hacer más que documentar los crímenes. Ella misma ha
visto cómo se limpiaba la sangre de las paredes de los sótanos, cómo destruían
las listas con los nombres de los asesinados y quemaban las sentencias de
muerte. Sin duda, los torturadores estaban al tanto de que los crímenes contra
la humanidad no prescriben. Algún día se necesitarán pruebas para comprender el
pasado.
Un niño en patinete
choca contra la mesa vecina y a un hombre se le cae en el regazo un helado de
tres pisos. Suelta una maldición. Se nos escapa la risa y por un instante es
como si la abogada llevara una vida totalmente normal.
—¿Por qué no puede
ser siempre así? —pregunta.
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Hablamos del pasado de nuestras familias. Sus abuelos judíos fueron
deportados de Viena por los nazis y luego asesinados. Su madre logró huir y se
alojó en casa de unos parientes lejanos, campesinos en Ucrania. Ella creció en
Kiev. Dice que el destino que sufrió su familia es su motivación para resistir.
Mi abuelo, Baldur
von Schirach, era por entonces jefe regional del Reich en Viena. «Cualquier
judío que opere en Europa es un peligro para la cultura europea», dijo en un
discurso en 1942. Fue el responsable de la deportación de los judíos de Viena
y, por tanto, también del destino de la familia de la abogada. Pensaba que
había sido una «contribución activa a la cultura europea». Tal vez yo me he
convertido en quien soy por rabia y vergüenza ante sus frases y actos.
Le pregunto de
dónde proceden esos crímenes, por qué existen, y ella mira al vacío por encima
de la mesa y se queda callada.
—El odio es el
punto de partida —responde al cabo de un rato—. Incluso si el Holocausto y los
asesinatos en mi país no pueden compararse, al principio siempre está el odio
que procede de la ignorancia.
Suena su móvil y se
levanta. Dice que tiene que marcharse. Tiene los ojos cansados. Nos despedimos.
Vuelvo a sentarme y
pido otro café. Es una de esas tardes templadas y largas, típicas en Berlín a
finales de verano. Unos técnicos se han puesto a colgar unas enormes pantallas
de vídeo en el Sony Center: mañana se estrena allí un taquillazo internacional
y se espera la presencia de varias estrellas de Hollywood.
A pocos metros
estaba el Tribunal Popular, que Roland Freisler presidió a partir de 1942 y que
fue responsable de más de 2500 sentencias de muerte. Sus procesos fueron
asesinatos legitimados por el Estado. Muchos de los juicios se filmaron, y una
de esas películas muestra al mariscal de campo Von Witzleben. Había adelgazado
en la cárcel y, como le habían quitado los tirantes y el cinturón, tenía que
aguantarse los pantalones para que no se le cayesen. Freisler le gritaba: «¿Qué
hace agarrándose todo el rato los pantalones, viejo guarro?».
El 3 de febrero de
1945 nevaba en Berlín, pero era un día claro y luminoso. Ese día, los aliados
llevaron a cabo un ataque aéreo. Freisler corrió a un búnker, pero la metralla
lo alcanzó en el patio del juzgado. Murió al instante. En su cartera se hallaron
los documentos sobre el proceso contra Fabian von Schlabrendorff, un joven
oficial que había atentado contra Hitler.
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No cabe duda de que Freisler lo habría sentenciado a muerte, como a
tantos otros antes que él.
Después de la
guerra, Von Schlabrendorff llegó a ser juez en el Tribunal Constitucional
Federal y participó en muchas decisiones fundamentales. Por aquel entonces, el
tribunal estableció la jurisprudencia sobre el concepto de dignidad humana.
No es por azar que
la dignidad se encuentre al comienzo de nuestra Constitución: que se la declare
inviolable tiene una importancia capital. Ese primer artículo, además, posee
una «garantía de perpetuidad»: no puede modificarse mientras la Constitución siga
en vigor. La dignidad humana es la idea más brillante de la Ilustración. Puede
disolver el odio y la ignorancia; defiende la vida porque reconoce nuestra
finitud y nos convierte en seres humanos en un sentido profundo y auténtico.
Sin embargo, la dignidad humana no forma parte del hombre como un brazo o una
pierna. Es solo una idea, y como tal es frágil y tenemos que protegerla.
La abogada de Kiev
tenía razón. Según datos del Centro de Investigación e Información sobre el
Antisemitismo en Berlín, en 2017 se registraron 947 incidentes antisemitas en
la capital de Alemania, un sesenta por ciento más que en el año anterior. El
odio es la postura más terrible, simplista y peligrosa que puede tenerse ante
el mundo. La situación empeora y hace tiempo que esa clase de delitos han
dejado de ser casos aislados, pero ¿qué podemos hacer?
Erich Kästner
escribió: «El pasado debe hablar y nosotros escucharlo. De otra forma, ni él ni
nosotros encontraremos sosiego». Es cierto: tenemos que comprender cómo
llegamos a ser lo que somos y lo que podríamos volver a perder. Cuando la
evolución nos dotó de conciencia, nada hacía suponer que un día actuaríamos
según principios distintos a los de nuestros antepasados homínidos. De haber
seguido las leyes de la naturaleza, habríamos empleado esa nueva facultad para
matar a los más débiles, pero hicimos algo diferente: nos dimos leyes y creamos
una ética que no favorece a los más fuertes, sino que protege a los más
débiles. Esto, el respeto hacia el prójimo, es lo que nos hace humanos en el
sentido más elevado. Hace tres mil años, Ciro, rey de Persia, liberó a los
esclavos y declaró por primera vez que las personas tienen derecho a elegir
libremente su religión y a recibir el mismo trato con independencia de su
origen. Esas leyes se reflejan en los primeros cuatro artículos de la
Declaración Universal de los Derechos Humanos. Si hoy no protegemos a las
minorías, ya se trate de judíos, migrantes, solicitantes de asilo, homosexuales
u otros, volveremos a la oscuridad y la desolación. La
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Magna Carta inglesa, la Bill of Rights estadounidense, la Déclaration
des Droits de l’Homme et du Citoyen francesa y las actuales constituciones del
mundo libre son nuestra victoria sobre la naturaleza y nuestra victoria sobre
nosotros mismos. Aunque sintamos la máxima aversión por lidiar con las crudas
realidades de hoy en día, no nos queda otro remedio: solo nosotros mismos
podemos oponernos a la barbarie, los espumarajos y la rabia.
Cuando le pregunté
a la abogada por qué se empeñaba en enfrentarse a todo eso, me contestó:
—¿Quién va a
hacerlo si no?
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En 1962, una mujer
casada de cuarenta años se sometió a una esterilización y el médico que efectuó
el procedimiento recibió una condena por lesiones. Según dictaminó el Tribunal
Superior de Justicia de Celle, aquella esterilización constituía un delito porque
la mujer tan solo quería poner fin a sus «desenfrenadas ansias de placer».
En 2017, una mujer
demandó a una clínica por daños y perjuicios. Su esposo había sido operado
varias veces de la columna y, como resultado, había quedado impotente, lo que
«afectaba su hasta entonces plena vida sexual». El Tribunal Superior de
Justicia de Hamm desestimó la acusación.
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Llega un momento en
que ya no se tienen ídolos. Uno sabe demasiado. Demasiado sobre sí mismo y
demasiado sobre los demás. La única excepción es, para mí, Michael Haneke. El
arte no es ni un proceso democrático ni un proceso social, sino lo contrario.
Debe ser implacable, y no conozco a ningún otro artista que haga menos
concesiones. La precisión de su obra, su falta de sentimentalismo, la ausencia
de clichés… todo eso me ha dado fuerzas muchas veces, cuando estaba a punto de
arrojar la toalla.
Ayumi llegó de
Kioto para estudiar Música en la Universidad de las Artes de Berlín. Durante
tres años hizo ejercicios al piano casi cada día en una diminuta sala de
prácticas. En verano dejaba abierta la ventana porque hacía demasiado calor. Mi
despacho estaba cerca de la universidad, y a veces, cuando pasaba debajo de la
ventana, me detenía para escucharla mientras me fumaba un cigarrillo.
De vez en cuando
nos encontrábamos en un café. Le gustaba el pastel de pera. Hablábamos sobre
sus ejercicios, su profesor, y sobre haikús, esos brevísimos poemas japoneses.
Decía que eran tan directos como la música: cualquier persona los entendía al
instante. Le gustaba especialmente uno que el monje Ryokan le había dictado a
una monja poco antes de morir. Lo escribió en japonés y alemán sobre una
servilleta de papel y me lo leyó en ambas lenguas:
Un instante muestra
el frente
y otro instante el
revés,
una hoja de arce al
caer.
La tercera o cuarta
vez que me reuní con ella sucedió algo extraño: en medio de una frase dejó de
hablar de repente y se quedó mirando por la ventana sin moverse. Solo pasados
un par de segundos siguió conversando
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como si no hubiese sucedido nada. Al cabo de varias semanas, las pausas
se fueron alargando y al final le pregunté qué sucedía.
—¿Sabes?
—respondió—, pierdo la noción del tiempo. —Primero se desvanecía la
conversación, luego el café, los árboles, la acera y al final ella misma. En
ese momento reinaba la calma y se diluían las heridas diarias, lo oscuro y lo
difícil—. Es un comienzo, ¿no? —agregó sonriendo.
Creí que la
entendía. Me equivocaba.
Durante el
concierto de fin de curso perdió el conocimiento, resbaló hacia el suelo y se
golpeó la cabeza con el piano. Una ambulancia la llevó al hospital, le hicieron
radiografías y los médicos descubrieron que tenía un tumor cerebral del tamaño
de una pelota de pimpón.
Su padre y su madre
habían viajado desde Japón. Él era un hombre menudo con unas pesadas gafas de
concha, ella llevaba un traje negro. Les hicieron una reverencia a los médicos
y se quedaron muy callados. La última vez que vi a Ayumi no podía hablar y sus
labios estaban tan blancos como su tez: parecía no tener boca. Un par de días
más tarde, murió.
Sus padres
quisieron enterrarla en su país. Los ayudé con el papeleo: era todo lo que
podía hacer. Contemplamos cómo empujaban la caja en el espacio de carga del
avión. Era una caja normal, como las que se utilizan para transportar tablas de
surf, lámparas de pie o perfiles de aluminio. Sin embargo, en esa caja había un
ataúd de madera, y en ese ataúd, una tina de zinc cerrada con soldadura, y en
esta, virutas de madera, turba y Ayumi con un vestido blanco.
Ese día, el avión
despegó como cualquier otro avión, y yo me quedé sentado en la sala esperando
que ocurriera algo. La gente miraba su móvil, pedía comida y bebidas y discutía
sobre los resultados del fútbol. Eso fue todo. Me marché a casa en un taxi.
Esa noche vi por
primera vez la película Caché (Escondido) de Haneke. Por
entonces ya hacía más de diez años que era abogado defensor, pero fue allí, en
el cine, donde comprendí por primera vez lo que es la culpa. Los psicólogos y
psiquiatras dicen que la culpa no existe. Creen que decir esa clase de cosas
ayuda, pero no es así. La culpa es una realidad cotidiana. En Happy End,
otra de sus películas, los personajes matan, hieren, engañan y callan. No
pueden evitarlo. Están uno al lado del otro, pero no se tocan, no se reconocen
o bien se hallan molestos y avergonzados. Todos se sienten solos y, sin
embargo,
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siguen siendo desconocidos entre sí. Cuando creen que se aman, escriben
sobre sexo y destrucción bajo la luz azul de una pantalla de ordenador. En un
momento dado, Eve, de trece años, le dice a su padre: «Sé que no quieres a
nadie. No quisiste a mamá, no quieres a Anaïs ni a esa tal Claire ni a mí. No
importa». Y en otro momento, Georges afirma, refiriéndose a la muerte de su
esposa: «Y entonces, después de tres años absurdos de asqueroso sufrimiento, la
asfixié». Esas palabras me hacen pensar en Sócrates, quien, en sus últimos
momentos, les pidió a los amigos que sacrificaran a un gallo al dios de la
medicina. La muerte es la curación de la vida.
Todas las películas
de Haneke me han desconcertado. Para poder ver Funny Games hasta
el final necesité cuatro intentos. Jamás he visto una película más
verosímil respecto a la violencia; en ella, los asesinatos no son un
espectáculo pop y divertido como en los filmes de Tarantino. En cuanto a La
cinta blanca, es la única película que he visto en un cine completamente lleno
sin que se oyera el menor rumor: nadie comía palomitas, nadie tosía, nadie
decía una palabra. Amor me recordó a La última posada de
Imre Kertész.
Para mí, las
películas de Haneke son como haikús: dicen exactamente lo que quieren decir y
nada más. Hay secretos y alusiones, las historias no se resuelven del todo,
pero no hay metáforas, tal como no las hay en la vida. Los haikús hacen
aparecer instantáneamente una imagen sencilla y redonda ante nuestros ojos, en
la escuela aprendemos lo contrario. Literatura, teatro y artes plásticas son
importantes porque solo unos pocos los entienden. Martin Heidegger escribió:
«Hacerse inteligible es el suicidio de la filosofía». Se nos dice que lo
complicado es lo que vale, pero es absurdo. En realidad, lo sencillo es lo más
difícil. Las películas de Haneke son valiosas porque nos cuestionan a nosotros
mismos, nos muestran que no hay respuestas. Me ha costado mucho tiempo
entenderlo, pero tal vez esa sea nuestra única verdad.
Cuando era joven me
parecía que una de las preguntas más importantes era: ¿qué es la maldad? Poco
después de recibir mi acreditación como abogado, tuve mi primer cliente
importante: una mujer joven que había matado a su bebé. La fui a ver a la
cárcel. Mi cabeza rebosaba de doctrinas de grandes filósofos; había leído a
Platón, a Aristóteles, a Kant, a Nietzsche, a Rawls y a Popper, pero en ese
momento, de pronto, todo era distinto. Las paredes de la celda de la prisión
estaban pintadas con pintura al óleo de color verde: se suponía que
tranquilizaba. La joven estaba sentada junto a una mesa diminuta y lloraba;
lloraba porque su hijo estaba muerto; ella, encarcelada, y
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su novio había desaparecido. En ese momento comprendí que siempre había
planteado las preguntas incorrectas. Nunca se trata de teorías y sistemas. La
vida solo dura un instante: dentro de pocos años todos estaremos muertos. Somos
finitos, frágiles y vulnerables, nunca estamos en condiciones de comprender del
todo nuestra vida, aunque a veces creamos que sí. Hace más de doscientos años,
Goethe escribió: «El hombre ha nacido para una situación limitada: puede
comprender los propósitos sencillos, próximos y determinados, y se habitúa a
utilizar los medios que tiene a mano; pero en cuanto accede a la amplitud, no
sabe lo que quiere ni lo que debe hacer». El valor de esta frase reside en su
humildad. En todo caso, conceptos como «lo malo», «lo bueno», «la moral», «la
verdad» me resultan demasiado rotundos y amplios. Durante veinte años he
defendido a asesinos y homicidas, he visto habitaciones manchadas de sangre,
cabezas cercenadas, órganos sexuales arrancados y cuerpos descuartizados. He
hablado con hombres que estaban al borde del abismo, desnudos, destrozados,
confusos y horrorizados de sí mismos, y después de todos estos años he
comprendido que la pregunta de si el ser humano es bueno o malo es una pregunta
absurda. El ser humano puede serlo todo: componer Las bodas de Fígaro,
construir la Capilla Sixtina, descubrir la penicilina, o bien librar batallas,
violar y asesinar. Y siempre se trata del ser humano, ese ser resplandeciente,
desesperado, vejado.
«La impotencia, el
abandono total a un ente extraño y amenazador, llámese la vida o la naturaleza;
a un ser hostil al hombre y a la existencia; a la oscuridad, el silencio, la
locura». Esto escribió Michael Haneke siendo un joven crítico acerca de Extinción,
de Thomas Bernhard. Hoy en día me parece que esa frase escondía el programa de
sus propias películas. Naturalmente, queremos una explicación de todo lo que
sucede: forma parte de nosotros mismos, no podemos reaccionar de otro modo.
Apenas empezamos a comprender cómo surgió la vida desde el punto de vista
biológico, estamos a punto de comprender el origen del universo, pero nunca
podremos responder a la verdadera pregunta: por qué. No podemos ir más allá de
nuestro propio lenguaje ni entender la vida superando nuestro propio
entendimiento: solo podemos describirla con nuestros conceptos, no tenemos nada
más. Sin embargo, esos conceptos no significan nada para la naturaleza, la
vida, el todo. Las ondas gravitatorias no son ni buenas ni malas, la fotosíntesis
carece de conciencia y no podemos estar ni a favor ni en contra de la fuerza de
la
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gravedad. Todo eso está simplemente allí. Al final, es como en la famosa
frase de los Pensamientos de Blaise Pascal que Thomas Bernhard
cita en Extinción: «Me aterra el silencio eterno de esos espacios
infinitos».
Pero ¿qué significa
esto? ¿De verdad no existe un juez por encima de la vida misma? ¿Y si existe?
¿No es posible que estemos equivocados? No lo sabemos. Tenemos que asumir que
es igual de necio decir que la vida tiene sentido como decir lo contrario. Haneke
nos plantea precisamente estas cuestiones, pero no se trata de un nihilismo
frío, de una imagen cínica del mundo, de un abandono, una renuncia, sino todo
lo contrario. Salimos del cine desconcertados y entendemos que tenemos que
reflexionar sobre nosotros mismos. «Esto es todo lo que quería contarte», le
dice Georges a Eve en Happy End.
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Estoy en Jena, me
han invitado a presentar un libro. Por la tarde, poco antes de que empiece el
acto, mi agencia me envía un mensaje: la editorial que publica mis libros en
Turquía ha sido cerrada después de que el presidente decretara el «estado de
emergencia».
Mi obra de teatro
continúa representándose todavía en Estambul y Ankara.
A raíz del decreto
de Erdoğan, se ha despedido a más de 130 000 empleados del servicio público,
entre ellos 4000 jueces y fiscales. Más de 77 000 personas han sido
encarceladas.
El Estado ha
cerrado 193 medios de comunicación y editoriales, se ha arrestado a 160
periodistas. La organización Reporteros sin Fronteras se refiere a todo este
asunto como una «represión en una magnitud nunca antes vista».
İsmail Kahraman, el
presidente del Parlamento turco ha declarado: «A aquellos que ataquen nuestros
valores, les romperemos las manos, les cortaremos la lengua y destruiremos sus
vidas».
Aún me queda un
rato, así que voy a pasear por el casco antiguo. Delante del edificio principal
de la universidad se halla, sobre un pedestal, un busto de bronce de Schiller
obra de Johann Heinrich von Dannecker. Cuando se develó, en 1789, el propio
Schiller pronunció un discurso donde dijo: «Nuestros son los tesoros que la
dedicación y el genio, la razón y la experiencia han dado a conocer al mundo a
lo largo del tiempo».
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Ammán, Jordania.
Cuatro días negociando en un edificio refrigerado de acero y vidrio. Por las
tardes, desde la azotea del hotel, contemplo la antiquísima ciudad bajo un
cielo de un rosa brillante. Hace 3000 años, los griegos la llamaron Filadelfia,
«amor fraternal». A unos pocos kilómetros de aquí hay gente matándose. El
gerente del hotel dice que cuatro millones de sirios han huido de su país.
Una vez cerrado el
trato, aún me queda un día libre antes de coger el avión. Quiero ver el lugar
donde se filmó Lawrence de Arabia. Alquilo un Land Rover y me
dirijo a Uadi Rum. Bajo del vehículo entre dos peñascos de granito, me quito la
chaqueta y me siento a la sombra. Hace casi treinta grados. Aquí todo es
extenso, lento y silencioso. Dejo la cámara en el coche: el desierto no se
puede fotografiar, como tampoco se puede fotografiar el mar, el cielo o la
noche. Aquí no hay metas, no hay pasado, no hay narración. El desierto no está
hecho para los hombres y los hombres no están hechos para él.
El 4 de enero de
1960, Albert Camus se dispone a viajar en tren a París. Michel Gallimard, que
lo ha ido a ver con su esposa a Lourmarin, se ofrece a llevarlo en su coche.
Conduce un Facel Vega nuevo, un cupé verde oscuro de cuatro asientos. Aunque
Camus ya ha comprado el billete de tren, acepta la invitación; sus hijos viajan
en tren.
La carretera es
estrecha y casi enteramente de curvas. El motor estadounidense es demasiado
potente para el elegante chasis francés, la dirección es imprecisa y tiene
demasiado juego. En Villeblevin, a eso de las 14.00 h, estalla un neumático. El
vehículo se estrella contra un plátano y se rompe en dos, Camus muere al
instante, Gallimard fallece cinco días más tarde en el hospital. Su esposa, su
hija y el perro de la familia sobreviven.
En la cartera de
Camus, que la policía encuentra junto al coche, se hallan su pasaporte, el
diario de ese día, un drama de Shakespeare, La gaya ciencia, de
Nietzsche y, sobre todo, el manuscrito de su nueva novela, que lleva por
título El primer hombre.
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Esta describe el comienzo de su vida, su infancia en la calurosa
Argelia, los taciturnos habitantes de su mundo, la pobreza… En una nota, Camus
indica que escribió ese libro a modo de carta a su madre. Solo al llegar a la
última línea los lectores nos enteramos de que la madre es analfabeta.
Quizá Camus no haya
escrito nada mejor. Sus imágenes son duras y lacónicas, sombras claramente
definidas. Son como la arena de este valle desértico, que corta la piel.
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A las seis de la
mañana se sienta en la cama y fuma un cigarrillo, aunque está prohibido. La
habitación del hotel es como muchas otras en las que ha dormido: hay dos
chocolatinas en el minibar marrón, una bolsita de cacahuetes, un abrebotellas
de plástico amarillo con publicidad impresa y una silla de cuero artificial
marrón claro. Su empresa escogió ese lugar. En el folleto dice: «mejor precio
garantizado». En vez de llave, hay una tarjeta con un chip que la mayoría de
las veces no funciona. Hay internet gratuito, un amplio rincón donde sentarse
y, junto a la recepción, «un moderno sportsbar con
retransmisiones en directo». La habitación huele a desinfectante y a jabón de
hotel. La moqueta, con estampado floral, debería absorber el ruido.
Hace quince años
que se casó y ya no soporta a su esposa. Cómo come, su aliento, sus movimientos
mientras duerme, el color de su esmalte de uñas. Nunca le ha dicho nada: no es
la clase de persona que se queja, pero desde hace dos años ya no puede más. Le
explicará cómo están las cosas, tiene que hacerlo ya. «Es mi vida», piensa. «No
es un ensayo general: no se repetirá». Y entonces se enreda en sus pensamientos
porque no quiere hacerle daño, porque está solo y se siente ridículo y egoísta.
Su padre (en esos días piensa a menudo en él) fue peluquero toda su vida.
Cuando envejeció y ya no podía cortar el cabello, todavía lavaba las toallas y
barría los pelos del suelo. Ese hombre, que estuvo más de cincuenta años con la
misma mujer, nunca dudó: «Un matrimonio así se hace largo», decía. «Pero ¿qué
le vamos a hacer?».
Sobre la mesa hay
una revista de papel cuché. En la cubierta se ve a una mujer de rostro
irresistible. «Todo lo que era distinto de esto ha dejado de existir», piensa.
«Las carteras manchadas de humedad, los relojes de esferas descoloridas,
incluso las plumas estilográficas y el papel han desaparecido». Su móvil «sin
marco» es como el arte decorativo en las paredes de la habitación, la música de
ascensor y el televisor que lo saluda por su nombre. Se ha sacado brillo a la
fruta que hay encima de la mesa. Al lado hay un folleto publicitario de una
compañía de cigarrillos que ha inventado un dispositivo que calienta el tabaco
sin quemarlo.
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De repente se acuerda de la desconocida que iba sentada a su lado en el
avión un par de meses atrás. Cuando se preparaban para aterrizar le preguntó si
podía cogerle la mano y luego se quedaron un buen rato sentados en sus
asientos, tomados de la mano. No ha vuelto a verla.
Piensa en los
incontables hombres que han dormido antes que él en esa habitación. Se imagina
su vida: boda en un hotel como ese, con vestíbulo de mármol de imitación,
vidrio y latón. Luego hijos, un coche nuevo, una hipoteca para comprar la casa
o el piso, la esperanza puesta en el próximo pedido y el bono anual. Ellos
también soñaban con la recepcionista rubia y llevaban trajes azules cuyos
pantalones planchaban en la tabla plegable de la habitación, y luego, un día,
se sentaban en la cama, como él, a pensar lo mismo que él. Allí conduce la
vida, inevitablemente. Y el mundo no tiene por qué tenernos compasión ni
ofrecernos consuelo.
Cuatro meses más
tarde sigue sin separarse. El fin de semana van al cine, ella quiere ver una
película romántica. Él se desploma en el pasillo central. Queda tendido sobre
la alfombra roja, entre las palomitas que ha comprado para ella. A él no le
gustan, pero se le han pegado en los pantalones, la camisa y el cabello. Ya en
el hospital, sufre un segundo infarto de miocardio y muere.
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Un programa de
entrevistas en horario de máxima audiencia. Es intrascendente: los políticos se
interrumpen un par de veces, la moderadora los tranquiliza.
Al mismo tiempo se
hacen comentarios en las llamadas «redes sociales». Los entrevistados son
«sociópatas» y «primitivos»; uno es «un gilipollas», otra «una lesbiana evasora
de impuestos», los demás son «borrachos», «delatores», «mentirosos» y
«traidores». Habría que «partirles la cara», «cortarles los huevos», es gente
que «no merece vivir».
El telediario de la
noche muestra al presidente de un partido que cuenta con representantes en el
Bundestag, el Parlamento alemán, declarando en un mitin que «Hitler y los nazis
son solo una cagada de pájaro en cien años de exitosa historia alemana». No es
un despiste, ni un lapsus ni un error tipográfico en el manuscrito: quería
decir lo que ha dicho. Sesenta y cinco millones de soldados y civiles muertos,
seis millones de judíos asesinados no cuentan. Conoce a su público, sabe lo que
este quiere escuchar y sobre qué informarán los periodistas. El lenguaje
transforma nuestra conciencia.
Unas semanas más
tarde, unos agentes de la policía federal despegan en Düsseldorf. Llevan a un
tunecino a su país. Se supone que pronunciaba sermones que incitaban al odio en
las mezquitas salafistas y que había pertenecido a la guardia personal de Bin Laden.
Se asegura que es «una amenaza», pero no hay ninguna ley que explique qué
significa eso en realidad. De hecho, nunca ha llegado a ser juzgado: hace once
años, la Fiscalía General del Estado renunció a acusarlo formalmente porque los
indicios no eran suficientes. El «sospechoso» no era tal y, aun así, es «una
amenaza».
El Tribunal de lo
Contencioso-Administrativo estaba estudiando tres demandas de ese hombre. Las
autoridades querían desembarazarse de él, pero el tribunal declaró que eso no
era posible mientras no hubiesen concluido los procedimientos. Se envió un fax
con la resolución a la policía federal, pero este llegó demasiado tarde: ya
hacía una hora y media que el avión había
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despegado. El tribunal ordenó que se llevara al hombre de vuelta a
Alemania. Su expulsión había sido «notoriamente ilegal» e «infringía los
principios básicos de un Estado de derecho». La ciudad presentó una queja, pero
perdió: ninguna autoridad puede ignorar procedimientos o resoluciones en
marcha, y los tribunales cuentan con que no lo hagan. El Tribunal Superior se
refiere a una «evidente ilegalidad»: da igual de quién se trate, la justicia
protege incluso a quienes la desprecian.
El redactor jefe de
un diario destinado a la clase media escribe un texto breve para la
edición online. Afirma que la decisión del tribunal demuestra que
el Estado de derecho funciona, pero los lectores se enfurecen. En un momento se
publican cien comentarios en la página web del diario. Amenazan al redactor
jefe con «castigarlo». Un lector escribe que la decisión del tribunal es «puro
lloriqueo tecnócrata» y otro pregunta: «¿Qué tipo de justicia se supone que es
esta que no ayuda al pueblo alemán, sino que lo perjudica?».
Hans Frank fue uno
de los primeros seguidores de Hitler. Ya en 1923 participó en la marcha hacia
la Feldherrnhalle de Múnich. Entre los nazis se lo consideraba un «viejo
luchador», lo que constituía todo un honor. Fue ministro de Justicia de
Baviera, luego «comisario del Reich para la Unificación de la Justicia en los
Estados Federados y la Renovación del Ordenamiento Jurídico», más tarde
gobernador general de Polonia, donde lo llamaban el Carnicero de Cracovia. En
el Congreso Alemán de Juristas de 1933 declaró: «Todo lo que beneficia al
pueblo es justo, todo lo que lo perjudica es injusto».
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Se necesitan casi
cuatro horas. El notario lee despacio, como si reflexionara sobre cada palabra.
Los abogados, que han pasado semanas negociando el texto, llevan trajes caros y
relojes grandes. Se habla de fábricas, acciones, parcelas de terreno, casas, de
portacontenedores y de un yate en el Mediterráneo. Todos los detalles están
previstos: la ejecución del testamento, el impuesto de sucesiones… Yo solo soy
un invitado, no entiendo de derecho sucesorio ni de derecho tributario.
Probablemente mi clienta me ha pedido que esté presente tan solo porque la
ayudé en una ocasión hace años. Al pie de la ventana se extiende el casco
antiguo; las buhardillas medievales, los postigos de las ventanas pintados de
un blanco azulado o de verde. Setecientos años de burguesía.
El notario termina
por fin y pregunta si todo el mundo está de acuerdo. La clienta mira a los
abogados, todos asienten. Firma los documentos con letra temblorosa. Nunca la
he visto con un móvil, es inimaginable que se haya sentado delante de la
pantalla de un ordenador. Tiene ochenta y cuatro años, debe de pesar unos
cincuenta kilos y está muy enferma. Su fortuna se destinará a una fundación
benéfica: así lo ha establecido hoy.
Después de la
firma, todos se levantan y se estrechan la mano. La clienta tiene aspecto de
estar cansada. Una empleada del despacho nos trae los abrigos.
Fuera hace mucho
frío. El chófer de la señora espera delante de la puerta.
En el coche, ella
me dice que ya está, que se siente muy aliviada.
Nos dirigimos a un
local medio vacío del casco viejo. Las paredes están tapizadas de fotos
antiguas de boxeadores y carteles anunciando grandes combates. Es un lugar
extraño para una señora mayor: no parece encajar en ese sitio. La patrona la
saluda cariñosamente y nos conduce a una mesa.
—Hace un par de
años —me cuenta—, los dueños de este bar estaban en bancarrota. Iban a tener
que cerrar, pero compré el local y les cobro un alquiler muy reducido. Este
lugar es el último vínculo con mi pasado, ¿sabe?
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—explica mientras se acerca a la pared con las fotos. Se refiere a los
boxeadores por su nombre de pila, sabe anécdotas de cada uno.
La veo sonreír por
primera vez, de modo que le pido que siga contándome.
—No me lo va a
creer, pero el único hombre al que he amado era boxeador: un peso pesado. Mis
padres estaban en contra de esa relación, decían que no era un hombre para mí.
Después me casé dos veces, pero nunca fue como con él. De joven, yo conducía un
cochazo, de modo que solía aparcar un par de calles más allá para que él no lo
viera. No quería que averiguase que yo provenía de una familia adinerada, pero
cuando se enteró le resultó totalmente indiferente: eso hizo que me enamorara
aún más. Siempre nos encontrábamos aquí. Las cosas no eran como hoy en día: los
boxeadores eran personas marginadas por la sociedad; se los miraba con
desprecio, por eso tenían que mantenerse unidos. Me enseñó todo sobre el boxeo…
en realidad todo lo que sé acerca del mundo.
Una camarera nos
trae el menú en una funda de plástico lavable. Pedimos cualquier tontería.
—¿Sabe usted algo
de boxeo? —me pregunta.
Respondo
negativamente con un gesto de la cabeza.
—El boxeo —explica—
es violencia, valor y control. Se trata de ganar, de vencer al adversario. Sin
embargo, en contra de lo que piensa la mayoría de la gente, no tiene nada de
arcaico. Arcaica es la pelea callejera, aniquilar al rival con cuchillos y porras,
con patadas, estrangulándolo y esas cosas. Pero el boxeo sin civilización es
impensable. Hay muchas reglas. El boxeador no debe golpear por debajo de la
línea del cinturón; no debe utilizar los codos, los hombros, los antebrazos ni
los cantos de las manos; no se permiten cabezazos ni golpes en la nuca, los
riñones. No se puede golpear con los muslos, las rodillas o los pies, solo con
el puño cerrado. No es violencia propiamente, sino escenificación de la
violencia.
Cuando sonríe
parece una jovencita. Nunca la había visto así. Tal vez se deba a que por fin
ha puesto en orden su patrimonio. Todo el día se ha estado discutiendo sobre su
muerte y el período inmediatamente posterior.
Sigue hablando de
su novio boxeador, un hombre disciplinado que se había abierto camino
literalmente hasta la cima partiendo de la pobreza más absoluta. Un hombre
capaz de protegerla, para nada tan refinado como los banqueros, ejecutivos y
abogados que ella había conocido en la casa de sus padres. En aquella época
habría sido incapaz de formularlo, pero ahora sabía
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que la habían atraído el peligro, la violencia, la cercanía de la
muerte, lo definitivo, lo intransigente.
—En ese tiempo
éramos inmortales —dice.
A su lado se había
sentido segura.
—¿Y qué fue de él?
—le pregunto.
Mira al vacío sin
responder. Sus labios se vuelven finos y pálidos de nuevo. Me señala, por
encima de la barra, la foto de él en la pared: un hombre alto con la mandíbula
cuadrada y el cabello peinado hacia atrás con gomina. Intento imaginarme cómo
era mi clienta hace sesenta años; debía de parecer una niña al lado de aquel
hombretón.
Más tarde, el
chófer nos lleva a mi hotel. Cuando voy a bajar del vehículo me pone la mano en
el brazo y se inclina hacia delante.
—Murió en un pícnic
—me dice—. Lo picó una avispa y murió de un shock anafiláctico.
Nunca he logrado perdonárselo.
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Presentación de un
libro en Múnich. Luego, en coche a la Alta Baviera, a pasar un par de días en
ese paisaje ideal. Hace cien años, Vasili Kandinski, Franz Marc, Paul Klee y
Lovis Corinth pintaron esta tierra azul de luz tenue. En los años veinte, Ödön
von Horváth construyó una casa de verano en Murnau; en 1932, Bertolt Brecht se
compró una casa de campo junto al lago Ammer. Doctor Faustus de
Thomas Mann se desarrolla en un pueblo de los alrededores.
Invitación a la
abadía de Benediktbeuern. La gigantesca haya roja en el patio. La iglesia de la
abadía, el juguetón barroco italiano, la alegría infantil de la exageración. En
el coro, encima del altar, cuelga un enorme reloj dorado.
«Al hombre alcanza
la muerte, y no hay plazo que le valga». Cuando Schiller escribió este verso
de Guillermo Tell tenía cuarenta y seis años. Murió un año más
tarde. En la tienda de la abadía, al lado de la iglesia, el sacerdote me enseña
libros esotéricos y de autoayuda, luces de té y frases inspiradoras bordadas.
«El hombre moderno no soporta más», dice.
Camino de la
presentación del libro en Friburgo, recorro los pueblos que bordean el lago de
Constanza. Recuerdos por todas partes. Paso la noche en Lindau, en un hotel
frente a la torre Mangturm y el león de piedra de seis metros de alto con las
fauces abiertas. La casa más bonita del paseo junto a la orilla es la
Delegación de Hacienda. Muy lejos, más allá del lago, resplandece el
Schneealpe.
Al día siguiente,
el viaje transcurre entre huertos y viñedos, un paisaje encantador. Pero los
pueblos y las ciudades están ahora muy concurridos, al contrario que en mi
infancia. Escala en Nussdorf, comida con amigos. Luego voy solo a la piscina
pública. La entrada cuesta tres euros, pero no hay nadie tendido sobre el
césped: todavía hace frío para los bañistas. Me siento en un banco bajo un
viejo sauce cuyas ramas se sumergen en el agua. El cielo es perfectamente azul.
Un verano, hace cuarenta años, leí aquí por primera vez
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La montaña mágica de Thomas Mann, aunque no
entendí una palabra porque aún no sabía lo que es el tiempo.
Más tarde, campos
de colza y prados, suaves colinas de un verde claro. Después, descenso hacia la
Selva Negra, que los celtas llamaron así debido a su lobreguez. Allí vivían
carboneros y sopladores de vidrio; todo era suciedad, pobreza y miseria. Hoy,
por todas partes pasean turistas vestidos con colorida ropa deportiva y
relucientes bastones. Lo auténtico, lo oscuro, solo lo ve quien conoce las
noches de invierno.
Luego, Friburgo. La
iglesia que lo domina todo en el centro de la ciudad, en el centro del
pensamiento. La torre de la catedral: elegancia a través de la sencillez y la
austeridad. Después de la presentación, voy paseando de vuelta al hotel. Las
casas del siglo XV con sus gruesos muros y sus ventanucos: una
estrechez protectora. Erasmo vivió un par de años aquí. Si él, callado y
prudente, se hubiese impuesto al vocinglero Lutero, si lo moderado hubiera
triunfado sobre lo revolucionario, ¿en qué se habría convertido el mundo? Los
viejos edificios que rodean la catedral alojan hoy en día bonitos restaurantes
y tiendas. Entro en un café en cuya puerta hay una placa que
reza AUTOSERVICIO. Los clientes llevan pequeñas mochilas. Sobre las mesas
hay iPads y ordenadores portátiles. Muchos chicos, pese a sus rostros suaves e
infantiles, usan barba.
De niño solía venir
aquí al teatro. El internado estaba apenas a sesenta kilómetros. La mayoría de
las veces, un viejo sacerdote viajaba con nosotros en el autobús. Fue él quien
me dijo que Nathan el sabio de Gotthold Ephraim Lessing había
sido la primera obra de teatro en representarse en este lugar tras la guerra.
Le encantaba esa obra, y nos la contaba una y otra vez. Enseñaba latín y
griego, y nunca nadie lo había visto enfadado ni lo había oído gritar. Él y su
hermano, un abogado de Múnich, habían sido soldados y formaron parte de la
resistencia contra Hitler. Se había hecho jesuita unos años después de la
contienda.
El internado poseía
un refugio de montaña con su chimenea y a veces nos dejaban ir a dormir allí
los fines de semana. Éramos ocho chicos, todos entre los diez y los once años
de edad.
Una vez, tras nevar
toda la noche, amaneció un día frío y claro y, al salir, nos topamos con un
corzo echado detrás del montón de leña. Se había pillado la pata delantera
izquierda en una trampa de hierro. La habíamos encontrado en el cobertizo, la
habíamos abierto y habíamos metido dentro pipas de girasol y copos de avena
pensando en que atraparíamos a algún lobo o incluso
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un oso, aunque por allí no hay ni lobos ni osos. El que había caído
había sido el pobre corzo. Se había astillado el hueso de la pata y había
perdido mucha sangre, pero seguía con vida.
El sacerdote se
arrodilló junto a él, le colocó la mano sobre los ojos y lo mató. Fue rápido.
Luego sacó de la cabaña picos y palas y pasamos toda la mañana cavando en el
suelo congelado. Cuando colocamos el corzo en la fosa, el sacerdote se manchó
la sotana de sangre. Luego no llamó al animal «criatura de Dios», ni puso una
cruz ni rezó una oración. La nieve se había ensuciado y nosotros estábamos
cansados y muertos de vergüenza.
El padre decía que
un hombre solo necesita tres cualidades: tiene que ser valiente, fuerte y
amable. Tiene que emprender las cosas con valentía, resistir los fracasos con
fortaleza y ser amable con las personas. Murió cuando yo tenía doce años, el
velatorio se celebró en la capilla del internado. Cuando lo vi, tenía el rostro
de un blanco azulado y, por primera vez desde que yo lo conocía, llevaba una
sotana que no estaba llena de ceniza y restos de comida. Yo le tenía afecto.
En Grecia, sobre la
entrada del templo de Delfos podía leerse: «Conócete a ti mismo». El dios Apolo
les había dado ese consejo a los griegos, y el viejo sacerdote solía escribirlo
en la pizarra en la primera hora de clase. Hoy, esa frase se imprime en camisetas
y en pegatinas para los coches. Pero no es posible: nadie puede conocerse a sí
mismo. Sabemos de la muerte y eso es todo: esa es toda nuestra historia.
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La comida de la
cantina del hospital es más barata para el personal y los médicos. Un hombre
pide en la caja que le apliquen esa rebaja. La cajera nunca lo ha visto. Él le
asegura que es médico, pero explica que no lleva el carnet. El descuento
equivale a un euro con noventa y cinco. El hombre va aseado, lleva traje y
corbata. Insiste en que va a pronunciar una conferencia para los urólogos del
hospital. Como ella se queda mirándolo sin decir palabra, añade que viene de
Múnich.
En el hospital hay
un departamento de psiquiatría. La cajera sabe cómo se reconoce a un loco: en
su mirada (no soportan el contacto visual) y en su olor (rancio, mohoso, a
champiñones podridos). Se inclina hacia delante y ve que el hombre va en
zapatillas. Se niega rotundamente a hacerle el descuento.
Cuando termina su
turno, ve el rostro del hombre en una pantalla de la recepción del hospital. Al
llegar a casa, lo busca en internet. En su entrada de la Wikipedia se dice que
siempre lleva zapatillas porque supone que hay una relación entre las enfermedades
renales y los zapatos estrechos.
Le queda claro que
no se ha equivocado.
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Conocí a Kramer
después de que vendiera su compañía. Los compradores lo denunciaron porque
había falsificado los balances. Fue un proceso agotador. Los expedientes eran
interminables y estaban llenos de columnas con números, de tablas y dictámenes
periciales. Hubo que leer un sinnúmero de páginas. Negociamos día sí día no
durante ocho semanas. Nos pusimos de acuerdo por puro agotamiento y dimos por
concluido el asunto.
La última jornada
del juicio terminó por la noche. Ya no había trenes a Berlín. Yo estaba cansado
y me habría gustado quedarme en la habitación del hotel, pero Kramer me invitó
a cenar. A veces no hay nada peor que la hospitalidad de un desconocido. Le dije
que lo alcanzaría más tarde.
Según los
expedientes que el tribunal había consultado, Kramer había sido condenado en su
juventud por robo, asalto, extorsión y lesiones. A los diecinueve años, el
tribunal de menores le impuso una pena elevada. Se había peleado con dos
porteros de discoteca que no lo dejaban entrar. Ambos medían casi dos metros y
estaban entrenados en deportes de combate, así que no tuvo la menor
oportunidad. Se arrastró hasta su coche con una costilla rota, la mandíbula
destrozada y varios cortes en el rostro. Esperó cuatro horas allí; el dolor
debía de ser insoportable. Entonces, uno de los porteros se dirigió al
aparcamiento y él puso en marcha el coche y lo atropelló. Luego dio marcha
atrás y volvió a atropellarlo. El portero murió camino del hospital.
Más tarde, en el
centro penitenciario de menores, un trabajador social calificó a Kramer de
«inteligente, agresivo e incapaz de sentir compasión».
A eso de las diez
fui al Ratskeller. Se suponía que era el mejor restaurante de esa pequeña
ciudad, un espacio oscuro con pavimento de roble, mesas de madera y cocina
contundente. Kramer había invitado a su novia, al contable de la compañía y a
la esposa de este.
La esposa del
contable era una belleza. Llevaba un vestido de tubo negro, zapatos de tacón y
un bolso de mano francés evidentemente caro. No encajaba con el contable ni
tampoco en el restaurante. Toda la situación parecía incomodarla.
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Cuando llegué, Kramer ya había bebido demasiado; balbuceaba más que
hablaba. Al verme, llamó al camarero a voces:
—Tráenos un champán
—gritó, y luego se volvió hacia mí—: Por fin.
Tenemos que
celebrar el resultado del juicio.
El camarero nos
llevó una botella y copas. Kramer arrugó un billete, se lo metió en el bolsillo
de la camisa al camarero y le golpeó el pecho con la palma de la mano.
—Buen chico —le
dijo. Cogió la botella, la agitó y dejó que el corcho impactara contra el
techo. Otros clientes se volvieron a mirarnos. La espuma salpicó la blusa de la
novia de Kramer—. Límpiate —le ordenó arrojándole una servilleta por encima de
la mesa. Sirvió el líquido derramando la mitad. Luego se sentó. Estaba colorado
y le costaba respirar—. Antes de que usted llegara —me dijo—, acababa de contar
lo que sale hoy en el diario: la mitad de los hombres casados son infieles.
—Hizo una pausa; tenía un derrame en un ojo—. Pero si esto es así, entonces la
mitad de las mujeres son infieles también. De otro modo, esto no funcionaría,
¿no? —Se echó a reír.
El contable de
Kramer había sido el testigo principal en el proceso. Tenía una memoria
impresionante: se sabía todos los números, pero era un hombre insignificante,
no especialmente bien pagado y algo tartamudo. Nadie en el tribunal dudaba de
su sinceridad. A él en particular había que agradecerle que no se hubiese
condenado a Kramer.
Kramer se levantó,
se inclinó sobre la mesa y golpeó al contable en los hombros con sus manos
pequeñas y gruesas. Siempre acercaba mucho la cara cuando hablaba contigo.
Tenía mal aliento y los dientes muy descuidados. El contable intentó sonreír.
—¿Te lo imaginas?
La mitad de todas las mujeres casadas follan con otros. —Kramer tuteaba a todos
sus empleados por principio—. ¡Una de cada dos! —vociferó—. Hasta tu hermosa
mujer puede ser una de ellas. De todos modos, es demasiado guapa para ti. —El contable
no respondió—. No pongas esa cara de tonto —añadió Kramer y volvió a sentarse.
Llamó de nuevo al camarero a gritos y pidió otra botella.
La novia de Kramer,
una joven mofletuda, le puso la mano sobre el brazo.
—Déjala en paz —le
pidió con suavidad.
Kramer le apartó la
mano y volvió a levantarse. Se quitó la chaqueta y la corbata; tenía la camisa
mojada de sudor alrededor del cuello y en la espalda, debajo de los tirantes.
Sacó del bolsillo un rollo de billetes atado con una gruesa cinta elástica de
color rojo.
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—A ver, hagámoslo así —dijo lanzando el rollo al centro de la mesa—.
Aquí hay 5000 euros. Los apuesto a que las dos mujeres que están a esta mesa
son infieles.
Yo dije que estaba
muy cansado y propuse que nos fuésemos a casa: había sido un día duro. La novia
de Kramer asintió y trató de levantarse, pero Kramer, que seguía en pie, la
tomó por el hombro y la empujó hacia abajo.
—Tú te quedas
sentada.
—Pero es que
incluso si eso fuera cierto, señor Kramer —intervino el contable sin perder la
calma—. ¿Cómo iba a probarlo?
—Es la mar de
fácil: solo hay que ver sus últimos mensajes en el móvil.
Lo decía el
periódico.
Había puesto el
bolso de su novia sobre la mesa. Se puso a rebuscar en su interior.
—¿Dónde está tu
móvil? —preguntó.
Como no lo encontró
al instante, volcó el contenido del bolso sobre la mesa. Allí estaba, entre un
lápiz de labios, la funda de unas gafas, caramelos, pastillas y pañuelos. Marcó
el pin, que obviamente conocía, y un par de segundos después dijo:
—Comprobadlo, aquí
no hay nada. Solo mensajes para mí y para su madre.
Se volvió hacia la
esposa del contable.
—¿Su teléfono?
—No lo llevo encima
—respondió ella.
—Chorradas
—balbuceó él—, todo el mundo lleva el móvil encima.
—De verdad que no
lo llevo.
Kramer se la quedó
mirando sin moverse. Unos hilillos de saliva se extendían entre su labio
superior y el inferior. Al final, la mujer se colocó el bolso sobre el regazo y
abrió el cierre. Kramer vio el móvil, metió la mano y lo cogió. Luego sostuvo
el aparato en lo alto.
—Conque esas
tenemos. Aquí estaba —dijo—. ¿Y la clave?
—Yo… —respondió la
esposa.
—Ah, sí, claro,
también nos hemos olvidado de la contraseña, por supuesto. —Hizo una breve
pausa—. Venga, espabila, la contraseña. —De nuevo su voz era firme, clara y
cortante. Entendí a qué se referían sus empleados cuando calificaban a Kramer
de «amenazador». La mayoría de ellos lo temía. Uno había testificado ante el
juez que lo llamaban el Negrero.
La esposa del
contable pronunció el número en voz baja. Estaba pálida.
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—Déjelo estar —intervine levantándome.
Kramer no hizo
caso. Estuvo largo tiempo mirando la pantalla del teléfono, luego lo apagó y se
lo devolvió a la esposa del contable. El restaurante estaba bastante oscuro,
pero creo que Kramer se inclinó un poco hacia ella y luego se dejó caer de
nuevo en su silla.
—Has ganado —le
dijo al contable. Su voz sonaba de otro modo: tenía un tono de cansancio. Él
mismo parecía extenuado.
—No he aceptado la
apuesta —contestó el contable.
Eso fue un error.
—Coge el dinero,
imbécil —le dijo Kramer empujando el rollo de billetes
—. Vamos, maldita
sea.
El contable dudó un
instante, pero finalmente cogió el dinero y lo guardó. Yo ya tenía suficiente,
así que me despedí.
—¿Lo llevo a su
hotel? —me preguntó Kramer—. Ella conduce —agregó señalando a su novia.
—No, gracias, no
está lejos, iré a pie —contesté.
Al día siguiente,
cuando pagué la factura del hotel, Kramer estaba en el vestíbulo recién
afeitado y de buen humor.
—Quería despedirme
—dijo—. Bueno, y disculparme por lo de anoche. Simplemente bebí demasiado.
¿Tiene un momento?
Pedí un taxi y nos
sentamos a esperar en el lobby.
—Sabe, cuando salí
de prisión, a los veinticuatro años, tenía una novia — contó—. Nos casamos, se
quedó embarazada y tuvimos un hijo. Solo necesitaba decirme «ven» para que yo
corriera hacia allí. Aún hoy la recuerdo. Yo le había prometido que no delinquiría
más, de otro modo no me habría aceptado. Por entonces trabajaba de pintor;
había hecho la formación en la cárcel y me iba bien, al menos durante un
tiempo. —Bajó la vista y continuó—: Al cabo de cuatro años, en unas obras,
apalicé con una barra de hierro a un hombre que había sido insolente conmigo.
Mi novia me dejó, ya me lo había advertido. Dijo que era muy difícil quererme y
que no aguantaba más, así de simple. Se marchó al norte llevándose a nuestro
hijo. He necesitado quince años para superarlo. Durante ese tiempo, construí la
compañía que ahora he vendido.
Me explicó que
durante todo ese tiempo se había dedicado a comer de más a causa de la
decepción, pero también de los viajes, los hoteles, etcétera,
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y que había terminado poniéndose gordo. En un momento empezó a creer que
ya no le importaba; solo se acostaba con prostitutas. Pero, en realidad,
despreciaba a la gente que tenía su aspecto: le parecía que habían tirado la
toalla. Ahora se proponía comer mejor y volver a ocuparse de su cuerpo. De eso
y de todo los demás.
—¿A qué se refiere?
—pregunté.
—Mire, he ganado
más dinero del que puedo gastar. Tal vez visite a mi ex y vea por fin a mi
hijo. Creo que ahora soy capaz de hacerlo.
El conserje anunció
que había llegado el taxi. En aquel preciso momento Kramer y yo nos levantamos.
Me acompañó hasta la puerta.
—¿No quiere saber
qué mensajes tenía la mujer?
—La verdad, no
—contesté, y subí al taxi.
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La película de los
hermanos Coen El hombre que nunca estuvo allí muestra la
aburrida vida de un peluquero en una ciudad de provincias. Su esposa comienza
una relación con el propietario de unos almacenes, la cosa se complica, se
descarrila y al final el peluquero mata al tipo. Su esposa y él son acusados de
asesinato.
Fichan a un abogado
de la capital, pero este es muy codicioso. Se instala en el hotel más caro y
cada día come langosta con espaguetis. En una escena lo vemos en la cárcel
junto con los acusados (sentados en unas sillas de madera) y un detective
privado que hojea molesto sus apuntes. La película está filmada en blanco y
negro, así que las escenas son duras. Planteando la estrategia de defensa, el
abogado dice:
—Hay un chico en
Alemania, Fritz no sé qué… ¿o se llama Werner? Bueno, da igual. Ha desarrollado
una teoría: cuando uno quiere investigar algo… quiero decir, científicamente:
cómo giran los planetas alrededor del Sol, de qué están hechas las manchas solares,
cómo es que sale agua de la ducha… bueno, pues tiene que observarlo. Pero a
veces la observación cambia el objeto. Uno nunca puede saber objetivamente lo
que ha pasado o lo que habría pasado si no hubiera metido la puta nariz. Por
eso nunca puede haber certeza: en cuanto uno observa algo, lo perturba. Lo
llaman el Principio de Indeterminación. Parece una chaladura, claro, pero hasta
Einstein decía que algo hay de eso. Ciencia, percepción, realidad… duda. Duda
justificada. Quiero decir que, cuanto más se examina algo, menos se sabe. Fijo.
Es un hecho comprobado. Y es posible que sea el único hecho que cuenta. Ese
alemán hasta ha hecho una fórmula para eso.
En 1801, Heinrich
von Kleist le escribe a su prometida: «No podemos determinar si lo que llamamos
verdad lo es realmente o solo nos lo parece». En ese momento, las cosas no le
iban nada bien: sus obras eran un fracaso; o bien las censuraban o directamente
las prohibían. Su familia (casi todos militares) no entendía su genio (nunca lo
entendieron). En muchas de sus cartas, él explica cómo se siente: tiene un
sentimiento de alienación absoluta.
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A menudo se dice que había leído la Crítica del juicio de
Kant y eso lo había hecho caer en la depresión. Yo no lo creo: nadie se
desespera a causa de un libro. Es al revés. En el caso de Kleist, fue Kant
quien le hizo ver que ya no tenía los pies en la tierra y por qué había perdido
el contacto con la realidad.
Ciento veinticinco
años después, Werner Heisenberg afirmaba: «La realidad de la que podemos hablar
nunca es la realidad en sí». Afirmaba que es imposible medir con precisión dos
propiedades de una partícula al mismo tiempo; que, al determinar exactamente su
posición, inevitablemente alteramos su momento o velocidad.
Solo vivimos un
instante. Luego nos sumergimos de nuevo en la nada, y en ese breve lapso de
tiempo ni siquiera podemos entender lo que aparentemente es lo más simple: la
realidad.
Hasta ahora, la
teoría de Heisenberg no ha sido rebatida.
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El coche
restaurante del tren está abarrotado, solo queda un sitio libre frente a una
mujer. Le pregunto si puedo ocuparlo y asiente. Lleva unas gafas de sol
demasiado grandes para su cara, pero un momento después la reconozco: es la
hija de un famoso profesor universitario. La conocí hace treinta años, cuando
era una joven ambiciosa. Ya de estudiante pegaba carteles en las elecciones,
luego estudió Ciencias Políticas y se afilió a un partido conservador. Desde
entonces ha hecho carrera en la política local, incluso la vi un par de veces
en uno de esos programas de entrevistas de la televisión. Ahora se la ve
avejentada, algo tiesa, lenta… Hablamos sobre el tiempo, el retraso del tren,
lo mala que es la comida.
De repente me
pregunta si no me enteré de «lo que pasó en aquel entonces» y se sorprende
cuando le respondo que no sé a qué se refiere. Al parecer, había dicho cierta
frase en el Parlamento Regional. Llevaba veinticinco años en política y nunca
había ofendido a nadie, más bien había sido amable, evitaba atacar de forma
personal a sus contrincantes incluso en las campañas electorales. Sus temas
habían sido la economía y la cultura, y sabía de esos asuntos. Pero entonces
había pronunciado esa frase en el Parlamento.
Lo que había vivido
después resultaba casi indescriptible. Los periódicos habían dicho cosas
«inconcebibles» sobre ella, y luego había tocado el turno de los foros de
internet y las redes sociales. «Cerda asquerosa» era el menor de los insultos;
de hecho, la habían amenazado con violarla, torturarla, asesinarla. Era «un
desecho humano». Había recibido correos electrónicos con frases que incluso
años después no se atrevía a repetir.
Durante semanas no
había logrado dormir más de una o dos horas. No paraban: era un golpe tras
otro, cada día. Perdió quince kilos. No era una persona religiosa, procedía de
una familia ilustrada, pero había llegado a pensar que había cometido un pecado
abominable y un ser superior estaba castigándola.
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Al cabo de medio año se vino definitivamente abajo. Su marido tuvo que
ingresarla en una clínica. Le prescribieron psicofármacos y estuvo dos años en
terapia. Solo aguantó porque sus hijos la necesitaban. Rompió con todo y
abandonó la política aunque era su vida, su vocación desde joven. Trabaja en la
administración de la Biblioteca Nacional y no tiene contacto con la vida
pública: eso le sería imposible incluso a estas alturas porque sigue temiendo
la cólera de los otros.
Le pregunto qué fue
lo que dijo y me responde en un susurro:
—Dije que también
los pederastas deben tener la posibilidad de rehabilitarse.
Remueve con la
cuchara el té frío y mira al exterior a través de la ventana.
Fuera se extiende
el paisaje de Fontane, llano, gris y pelado.
En 1955, la madre
de Emmett Till, un joven de Chicago, lo envió al sur para que pasase allí las
vacaciones. Iba a casa de sus parientes en Leflore County. Estaba en plena
adolescencia y les contó a otros chicos del pueblo sus aventuras con mujeres en
la gran ciudad. Les pareció que eran chulerías y lo retaron a hablar con una
mujer guapa (una antigua miss) en la tienda del pueblo.
Él se armó de
valor, entró en el colmado e intercambió un par de frases con la mujer.
Ignoraba las normas: era negro y ella, blanca.
Esa misma noche, el
marido de la mujer y el hermano de este fueron a la casa de los parientes de
Emmett y se lo llevaron. Su cadáver se encontró tres días más tarde. Después de
golpearlo hasta dejarlo medio muerto, le habían pegado un tiro y finalmente lo
habían arrojado al río con un peso al cuello. Solo tenía catorce años.
Ese mismo año se
celebró el juicio contra los dos hombres. El jurado solo deliberó una hora;
luego, el juez dictó la sentencia: absolución.
Tres meses más
tarde, una revista ilustrada entrevistó a los perpetradores. Contaron que
habían descubierto en la cartera del chico la foto de una muchacha blanca y que
eso los había hecho «enloquecer de cólera». Esa foto decidió la suerte del
chico.
Pese a haber
confesado, nunca se los castigó: la ley prohibía que se los juzgara de nuevo.
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Me despido en el andén de Hamburgo. Ha venido a recogerla su marido, un
hombre mayor. Suben por las escaleras automáticas y él le pasa el brazo
alrededor de los hombros. Sus impermeables son del mismo color, se difuminan el
uno en el otro.
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En Bruselas,
durante un ataque terrorista explotan dos bombas en el aeropuerto y otra más en
una estación de metro. Mueren treinta y cinco personas y más de trescientas
resultan heridas.
Por la noche, el
ministro del Interior declara ante las cámaras: «La protección de datos es muy
importante, pero en períodos de crisis como este la seguridad es prioritaria».
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La anestesista rusa
le asegura que sabe lo que hace. Tiene prisa («una operación de urgencia»), eso
acelera cada movimiento. Parece muy joven. Dice que hace cinco años que es
especialista y que tiene experiencia. Que cuando va vestida así la gente se piensa
que es más joven de lo que en realidad es. Se quita el gorro quirúrgico verde
para que compruebe que no es ninguna jovencita. No sabe que sin el gorro parece
aún más joven. Sonríe, o al menos eso le parece a él.
Sigue hablando con
su marcado acento de Europa del Este, pero él ya no la escucha. Solo le queda
en la memoria la palabra «Propofol». Se imagina el largo camino que recorrió
desde la periferia de Minsk hasta ese hospital de Berlín, lo orgullosos que
estarán sus padres; cuántas privaciones, qué alegría.
Los quirófanos
están en el sótano. «Allí hay más sitio», le dijo en una ocasión el director
del hospital. Hay contenedores con ruedas llenos de ropa blanca, luces de neón,
camas vacías con fundas de plástico; es un lugar tan irreal que parece salido
de una película de clase B. Intenta decir algo, pero ya no puede. La sangre
corre por su espalda, la sábana está empapada, desde la mesa de operaciones
caen gotas al suelo. Los médicos están nerviosos, rasgan los envoltorios de
esterilización, les dan órdenes a las enfermeras del quirófano. «Una mujer de
la limpieza ya fregará después la sangre», piensa.
Al principio es
desconcertante, pero en los últimos momentos ya no siente miedo en absoluto.
Las cosas se vuelven luminosas, después transparentes, después ligeras y
finalmente se quedan en silencio. La vida va abandonando el cuerpo, disminuye
con cada latido y esto ocurre naturalmente, sin esfuerzo, sin dolor. Ahora sabe
que cualquier preparación para la muerte es absurda cuando se está vivo. Vuelve
a pensar en su esposa, a la que ama. Siempre le ha parecido que ella
resplandecía, que era radiante y cálida como las viejas lámparas de la planta
superior de la casa de su infancia. «Ella me cuida», se repetía cada noche
antes de dormir. Pero este pensamiento también desaparece enseguida: ya nada le
importa. El final es un deslizarse
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suavemente, sin dolor y sin ruido. Todo está bien: la muerte es el mejor
invento de la vida.
Cuatro días después
puede salir por vez primera al pequeño parque de delante del hospital. Una
pareja joven duerme sobre el césped, él la rodea con un brazo, tiene la cabeza
vendada. Un taxista está limpiando los cristales de su coche. Hay personas en
bicicleta, madres con hijos, mujeres abrigadas, un hombre con una gran barriga.
Se pueden comprar helados en una barca amarrada al muelle. Cuenta los cisnes en
el agua, a los que pacientes del hospital alimentan con pan seco. Entonces
suena su teléfono y todo continúa.
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Cada mañana suelo
pasar delante del viejo borrachín. Lo veo sentado en el banco que ha instalado
el supermercado. En el suelo hay un vaso de cartón con un par de monedas, y él
bebe sosteniendo con las dos manos la botella de aguardiente. Es su banco, nunca
he visto a nadie más sentado allí.
Ayer por la noche
seguía allí, pero no se movía. Tenía la cabeza echada hacia atrás, la boca muy
abierta, y respiraba con dificultad. Su piel se veía amarilla, como si se
hubiese intoxicado con algo. Primero pasé de largo, pero luego di media vuelta
y le pregunté si podía ayudarlo. Él volvió lentamente en sí; un hilillo de
saliva cayó sobre su camisa. Me miró y negó con la cabeza.
—No tengo piel
—dijo.
Esta mañana, su
banco está vacío.
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El telediario de la
noche muestra imágenes de una erupción volcánica en Guatemala. Hay sesenta y
dos muertos y miles de personas desplazadas. El volcán ha estado causando
estragos ininterrumpidamente durante dos días. Se ven cadáveres con piedras
humeantes encima, casas cubiertas de barro hasta el techo.
Un geocientífico
explica cómo se ha producido la catástrofe. Luego se muestran imágenes de una
misa al aire libre. La gente reza en un prado. El sacerdote habla del «mal» y
luego del «malo»: el demonio.
El mal existe, pero
¿cómo llega al mundo? Todos los grandes teólogos y filósofos se han planteado
esta pregunta. Dios es infinitamente bueno y todopoderoso pero, si ha creado el
mal, no puede ser un dios bueno. Y si no ha creado el mal, pero no pudo evitar
que existiese, entonces resulta que no es todopoderoso.
A pesar de todo,
los creyentes no dudan. Dicen que el mal no procede de Dios, sino de los
hombres. O que es simplemente una carencia, como un agujero en el suelo; no
algo que se haya creado. O que el mal es una muestra de la bondad de Dios, o
que simplemente no estamos en situación de comprender por qué existe. En
cualquier caso, siguen creyendo en el bien y en la redención, en su Dios, que
ya no exige más sacrificios de sangre.
Una joven está
sentada en un catre en una tienda; tiene el rostro hinchado, llora. Un pedrusco
ha golpeado a su hija de tres años, dice ante la cámara.
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Tengo una cita con
un historiador del arte. Un diario ha publicado que, en 1938, los nazis habían
expoliado a una familia vienesa y que mi bisabuelo, más tarde, «compró» un
cuadro de su propiedad.
Después de la
guerra, los aliados confiscaron los bienes de mi bisabuelo y mi abuelo. Sin
embargo, pocos años después, mi abuela pudo recomprarles el cuadro a las
autoridades en Múnich. Pagó muy poco por él y, según el periódico, pasados unos
días lo vendió obteniendo un gran beneficio.
Los descendientes
de aquella familia vienesa viven actualmente en Nueva York. El cuadro nunca
volvió a sus manos.
El historiador del
arte tiene que asesorarme sobre lo que debo hacer. Después de actuar como
abogado defensor en incontables juicios, he comprendido que el esclarecimiento
de los hechos muchas veces ayuda a las víctimas: solo si conocemos el mal
podemos seguir viviendo con él.
En el taxi vuelvo a
abrir el diario y contemplo la reproducción del cuadro robado. Es bonito: un
lugar tranquilo en Holanda, una casa con tejado rojo y un letrero; al fondo,
una iglesia con dos torres; hombres, mujeres, niños, árboles, un cielo gris
azulado… En el artículo señalan que no es más que una copia, que prácticamente
carece de valor, pero no es cierto.
Georg era un amigo
de la infancia. Recién ingresados al internado, no se permitían visitas de los
padres, solamente podíamos llamarlos una vez a la semana e ir a casa en época
de vacaciones, pero el tercer año los sacerdotes relajaron las normas. No sé si
se debía a que éramos algo mayores (teníamos trece años) o a que habían
comprendido que aquello ya no cuadraba con la época. El caso es que a partir de
ese año nos permitieron volver a nuestras casas cada tres fines de semana.
Georg vivía a solo
ochenta kilómetros del internado y yo pasaba con él muchos de esos fines de
semana de permiso. Su casa era un palacete del siglo XVIII situado
frente al lago de Constanza. Sus padres eran gordos y
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tenían un rostro rubicundo; se parecían a las manzanas que maduraban en
su jardín en verano.
Los domingos, sus
padres insistían en que fuéramos a ver a la abuela, que vivía en dos
habitaciones diminutas de la buhardilla. Era tan anciana que ya no se levantaba
de la cama.
Georg y yo solíamos
aplazar la visita hasta poco antes de nuestro viaje de regreso. En la
habitación de la abuela, la calefacción estaba muy alta incluso en verano.
Hacía un calor horrible, y la voz, los ojos y el olor de la anciana eran muy
desagradables.
Cuando subíamos a
verla, teníamos que quedarnos de pie uno al lado del otro delante de su cama
para que ella nos preguntara por la escuela, las notas y los profesores. Luego,
cuando habíamos contestado debidamente (casi siempre mentíamos), nos daba una moneda
que sacaba con sus delgados dedos de un monedero negro.
En las paredes de
la casa de Georg había una multitud de cuadros: lúgubres naturalezas muertas
con faisanes y perdices, antepasados con armadura o con traje de terciopelo y
grabados en cobre de escenas ecuestres y de caza; en el dormitorio de la
abuela, en cambio, había un cuadro que no encajaba ni con la casa ni con sus
inquilinos. Estaba colgado frente a la cama y mostraba una escena en los Mares
del Sur: dos mujeres desnudas estaban tendidas en la arena mientras un perro
amarillo jugaba entre ellas. Grandes superficies de colores brillantes, figuras
sin sombra. Yo siempre tenía ganas de mirarlo con mayor atención, pero no me
atrevía delante de la señora.
Muchos años después
visité a Georg en su casa de Hamburgo. Los dos éramos adultos, sus hijos ya
iban a la universidad. Se había casado con una mujer de buena familia y había
ganado una fortuna con bienes raíces. Vivía en una casa construida en los años
veinte y amueblada tal como suelen amueblarse ese tipo de casas, con lámparas
Bauhaus, muebles de Eames y Jacobsen, hileras decorativas de libros y sofás de
color verde. En la terraza había unas cómodas butacas, desde donde se veía el
Elba y más allá.
El cuadro de la
habitación de la abuela (que para entonces hacía años que había fallecido)
colgaba sobre la chimenea. Georg me explicó que era una falsificación, una mala
copia de un Gauguin. Había leído los diarios de su abuela, que había encontrado
en la mesilla de noche después de que ella muriera, y había descubierto que,
tras la guerra, había vivido unos años en Madrid, algo que nadie de la familia
sabía. Por lo visto, había viajado allí para escapar del control de sus padres.
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En Madrid había tenido un amante: un pintor, y ese hombre le había
regalado el cuadro. La abuela, que siempre nos había parecido una anciana
aburrida y severa, había escrito en su diario: «Es el único hombre al que me he
entregado por entero. Morir no es malo, pero sí dejar de amar. Ahora seré solo
la mitad de mí por el resto de mi vida». Luego citaba un soneto de Miguel
Ángel: «Nel vostro fiato son le mie parole», «En vuestro aliento están
mis palabras». Tenía entonces veintitrés años. Tres años después se casó con el
abuelo de Georg y se instaló con él en el palacete del lago de Constanza.
Pasamos un rato
observando el cuadro y, entonces, Georg dijo que ese cuadro sin ningún valor
era lo más importante que poseía.
En Berlín, el
historiador del arte me explica durante la comida el estado de la
investigación: la situación legal del arte expoliado es muy compleja. Me habla
de las conferencias internacionales, de las autoridades y fundaciones y de las
dificultades de la búsqueda. «En ese campo de estudio, ni siquiera hay normas
fijadas de antemano todavía», me asegura.
Pienso en el pintor
de los Mares del Sur y en la abuela de Georg, y en que somos solamente lo que
recordamos. «El pasado nunca muere», escribió William Faulkner. «Ni siquiera
queda atrás».
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Él conduce
maquinaria de construcción, ella es ama de casa. Llevan casi cuarenta años
juntos. Ya hace mucho que los cuatro hijos se han ido de casa. Tras jubilarse,
el marido se va convirtiendo poco a poco en una carga. Bebe por las noches, se
afeita solo de vez en cuando y su esposa tiene que suplicarle que se duche al
menos una vez a la semana. Se alarga demasiado cuando habla, ella ya no lo
soporta. «¿Qué nos queda por vivir?», dice él con frecuencia.
En el caso de la
esposa sucede lo contrario: desde que ya no tiene que ocuparse de la casa y los
hijos va al teatro, a conferencias y a conciertos, lee los diarios online,
se reúne con viejas amigas y sale mucho de paseo. Ha sembrado flores en el
jardín trasero de la casa adosada.
Una mañana en pleno
verano, se despierta temprano. El marido está tendido junto a ella, roncando;
huele a alcohol y a ajo, tiene la peluda espalda húmeda de sudor. Ella apoya la
cabeza en el puño, lo mira y, de repente, sabe lo que tiene que hacer. La idea
le parece tan clara y tan obvia que en ese momento incluso se siente
físicamente renovada. Se levanta, se prepara un té y se sienta fuera, en las
escaleras de la casa, con un libro. Por primera vez en mucho tiempo, ese día
vuelve a sentirse feliz.
En las semanas
siguientes experimenta con una pasta dental a base de caucho. Ha sacado la
receta de internet, pero al principio no le sale bien, pese a que en el pasado
solía preparar infusiones, ungüentos y aceites de plantas. Cuando, después de
muchos intentos, la mezcla por fin tiene el aspecto de un dentífrico y ya no
sabe tan mal gracias a la menta, le añade coniina (ha plantado cicuta en su
pequeño jardín).
Llena un tarro con
la pasta dentífrica, la pone en la nevera y espera. Pasan casi seis meses. Por
fin, él siente dolor de muelas, algo que ya le ha pasado antes (tiene los
dientes podridos y siempre ha tenido miedo de ir al dentista). Ella le explica
que no tienen analgésicos, que se ha olvidado de comprarlos, aunque en realidad
ha tirado todas las pastillas a la basura.
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Se muestra cariñosa, se preocupa por él, le acaricia la espalda. A lo
mejor puede ayudarlo, dice: ha hecho un preparado de plantas muy efectivo que
no tardará en aliviarle el dolor. Saca la pasta de la nevera y lo convence para
que no solo se lave los dientes, sino que conserve la mezcla cinco minutos en
la boca y después se la trague. Sí, ya sabe que no es fácil, que escuece que es
un horror, pero él es un hombre grande y fuerte. Sabe que querrá parecer
valiente delante de ella. Le sonríe. Pronto se sentirá mejor, le asegura desde
el umbral de la puerta del cuarto de baño. Hacía mucho que no le sonreía.
La neurotoxina
provoca una parálisis que asciende desde los pies hasta llegar a la médula
espinal. Luego, el envenenado se asfixia sin perder jamás la conciencia. Ella
lo ha leído. Cuando empieza a agonizar, el hombre da golpes a su alrededor;
está fuera de sí a causa del pánico y el dolor. Ella cierra por fuera la puerta
del baño, y hace girar la llave que ha colocado cuidadosamente ahí un poco
antes. Cuando oye que él se ha caído al suelo, se pone el delantal, se va al
jardín delantero y se pone a rastrillar cuidadosamente los parterres. Dos horas
más tarde, vuelve a abrir la puerta del baño y llama a urgencias. Más tarde, la
policía encuentra dos dientes en el plato de ducha: el hombre se los ha roto
con el borde del lavabo.
Ella lo admite todo
desde el primer interrogatorio. En el juicio, aparece con un sencillo vestido
negro. Es una mujer delicada con una voz dulce y el cabello bien peinado. Se
sienta en el banquillo de los acusados con la cabeza baja, retorciéndose las manos.
Cuando se dirigen a ella, sin embargo, levanta la cabeza, responde con claridad
y mira directamente a los jueces. Describe su matrimonio y la decadencia de su
marido; no tiene sentido mentir. Solo una agente de la policía judicial que se
presenta como testigo dice que es una mujer fría, calculadora y egoísta. El
jurado la condena a siete años. Es una sentencia leve que los jueces se
esfuerzan por justificar: no ha sido un asesinato, sino un caso excepcional.
Su comportamiento
en prisión es bueno. Les cae bien a los asistentes sociales, su celda siempre
está ordenada y limpia, participa de buen grado en las reuniones de grupo con
el psicólogo. Pasados cuatro años la dejan en libertad. Incluso el último día,
hace la cama por la mañana: no puede remediarlo. Mientras cumplía la pena, ha
vendido la casa en la que vivía con su marido. Solo echará de menos el jardín,
le dice al cura de la prisión.
Después de salir en
libertad se instala en un luminoso apartamento de dos habitaciones en el centro
de la ciudad. Diez meses más tarde, su oficial de libertad condicional le envía
un informe al fiscal: se ha integrado
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«estupendamente». Se reúne con amigas, asiste a cursos de formación, sus
hijos la visitan de forma periódica.
En la última
comparecencia ante el órgano judicial encargado de la ejecución de las penas
asegura que está satisfecha con su vida y que jamás se le ocurriría volver a
cometer un delito. Tiene una nueva pareja. Los jueces le conmutan la pena
restante. Tiene cincuenta y seis años. Y está libre.
A veces intenta
recordar. Sabe que amaba a su marido, al menos al principio.
—Todo tiene su
momento —dice a media voz mirando a su nueva pareja. Es cuatro años más joven
que ella, y muy aseado. «Muy pulcro», piensa ella. Están planeando casarse y
mudarse a una casa en las afueras. Tiene un
jardincito.
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En la
Gemäldegalerie de Berlín se expone la mitad izquierda del Díptico de
Melun de Jean Fouquet: dos personajes que miran al vacío. La otra
mitad, que muestra a la Virgen, está desde el
siglo XIX en el museo de Amberes.
Es la primera vez
que veo esta otra mitad en persona. La figura de la Virgen es curiosamente
plástica, errónea en su anatomía; los brillantes serafines rojos y azules a su
alrededor están pensados para hacerla lucir «sobrenatural». Tiene el vestido
desabotonado y muestra el pecho izquierdo aunque no le esté dando de mamar al
Niño Jesús.
La modelo del
pintor fue Agnès Sorel, una joven de la baja nobleza a la que se consideraba la
mujer más bella de su tiempo. Se dice que introdujo en la corte la moda del
«busto descubierto»: vestidos muy escotados para que todos pudieran ver los
pechos de las mujeres. Fue amante del rey de Francia y más tarde su consejera.
Él la hizo rica, le regaló varios castillos y les dio cargos importantes a sus
familiares.
Un par de metros
más allá está El amor victorioso de Caravaggio: un chico
desnudo con una sonrisa desvergonzada que pisotea con sus piececitos sucios los
símbolos de las artes, las ciencias y el gobierno. El título del cuadro procede
de la égloga de Virgilio: «El amor todo lo vence; rindámonos, pues, al amor».
Caravaggio no hace diferencias entre lo sacro y lo profano, para él solo existe
la vida misma.
Se dice que, cuando
Agnès Sorel, la bella modelo de la Virgen, murió, sus últimas palabras fueron:
«¡Qué repugnantes, hediondos y frágiles somos!».
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Es la mesa de una
sola pieza más grande que he visto en mi vida. No entiendo cómo pudieron
subirla al piso veintidós del edificio. Y la superficie es completamente lisa:
parece una obra de Jeff Koons. A cada lado se sientan unos treinta banqueros y
banqueras, abogados y abogadas, todos vestidos de oscuro. Delante de cada uno
de ellos hay un portátil.
Cuando el
presidente entra en la habitación, todos se disponen a levantarse, pero él les
indica con un gesto de la mano que permanezcan sentados y toma asiento en el
extremo de la mesa. Es un hombre muy delgado y muy alto. Delante de él no hay
un ordenador, sino solo un cuaderno de notas. Tiene las manos llenas de manchas
de la edad, el cuello arrugado y el rostro quemado por el sol. Lleva el reloj
por encima del puño de la camisa; algo que se vería francamente raro en
cualquier otra persona, pero que en su caso resulta una encantadora
excentricidad. Hace tiempo que cumplió los ochenta años. Recibió el banco como
herencia. Se dice que su familia financió el Canal de Suez y el saqueo del
Congo por parte del rey Leopoldo II de Bélgica. Algunos afirman, incluso, que
el banco «nombró» en secreto a tres presidentes estadounidenses. Es uno de los
hombres más ricos del mundo; posee minas, fuentes de agua potable, empresas de
tecnología y de automóviles e incluso los derechos de las canciones de una
banda de rock.
Pese a que el aire
acondicionado no se oye, en la sala hace un frío polar.
Me han invitado a
hablar sobre la responsabilidad penal corporativa en
Alemania, pero
nadie me pregunta nada.
Un joven se acerca
a la enorme pantalla que está instalada en la pared y muestra barras azules,
amarillas y verdes, diagramas y tablas en rápida sucesión. Habla deprisa, tiene
las pupilas dilatadas, suda. Un error informático ha retrasado por unos milisegundos
miles de transacciones y algunos clientes del banco han perdido mucho dinero.
Cuando ha concluido, abandona la sala inmediatamente; es posible que haya ido a
tomar otra dosis de cocaína.
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Una abogada hace un resumen de la demanda que los inversores han
presentado contra el banco. Explica posibles estrategias de defensa y
finalmente opina que el tribunal desestimará la acusación. En ese momento,
todos se vuelven a mirar al presidente, que pregunta el nombre del juez. Se lo
dicen y él asiente. Todos parecen aliviados. El presidente da las gracias, se
levanta y abandona la sala.
Converso en el
pasillo con dos abogados. En la pared a nuestro lado hay una videoinstalación.
Las imágenes resultan desconcertantes: muestra unos rostros con los ojos muy
abiertos sobre los cuales van y vienen hormigas rojas. Luego, una asistente con
traje y zapatos de tacón me acompaña al ascensor.
Me reúno a comer en
un club londinense con el hijo del presidente. Lo conocí hace unos quince años,
en una cena en Marrakech, donde vivía con un nombre falso. Su intención era
convertirse en pintor a toda costa. Sus cuadros eran algo aburridos, menos interesantes
que bonitos y decorativos, pero tenía talento. Más tarde invirtió en una start-up que
producía relojes para hacer ejercicio y luego le vendió la compañía a un
fabricante de artículos de deporte. Ganó mucho dinero, y desde entonces cree
que ya ha trabajado lo suficiente para el resto de su vida.
Mientras comemos le
digo que su padre es un anciano muy agradable y él suelta tal carcajada que los
otros comensales se vuelven hacia nosotros.
—No, no —responde—.
Es justo lo contrario.
Ocho años atrás fue
a ver a su padre en su casa de campo. Como muchas otras veces, se olvidó de
avisar que iría y se presentó sin más. No entró por la puerta principal, sino
por el jardín, subiendo una escalinata. Las cortinas estaban abiertas, de modo
que pudo ver, a través de los grandes ventanales, a su padre y a la esposa de
este sin que ellos lo advirtieran. Según me dijo, era la sexta esposa de su
padre, y antes de que se casaran había sido modelo de lencería. En el momento
del matrimonio tenía veintidós años, y el padre, setenta y uno.
—No cabe duda de
que se casaron por amor —bromea el hijo.
La joven estaba a
cuatro patas sobre el parquet, desnuda y con los labios pintados de
rojo. Tenía las manos atadas a la espalda con unas bridas. El padre estaba
sentado en el sofá con un pijama de seda azul claro y le iba lanzando cerezas
que sacaba de una bolsa de papel. Se suponía que ella debía recogerlas con la
boca y escupir los huesos en un cuenco de plata. A cada lanzamiento, el padre,
ese hombre elegante y respetado con unos ojos de un
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azul acuoso presidente y propietario de un banco con cuatrocientos años
de historia, filántropo y mecenas valorado en el mundo entero, le decía: «Muy
bien, querida Margaret Thatcher; muy bien».
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Un amigo ha muerto
demasiado pronto: solo tenía cincuenta y ocho años. Su esposa y sus dos hijos
están junto a la fosa abierta.
Al morir mi padre,
cuando yo tenía dieciséis, mi tío me regaló un breve libro: el Manual
de vida de Epicteto. Epicteto era un esclavo tullido propiedad de un
consejero del emperador Nerón. Por aquel entonces era común que los ricos
poseyeran esclavos con formación, así que su amo le permitió a Epicteto
estudiar y, tras la muerte del emperador, le concedió la libertad.
Cuando todos los
filósofos fueron desterrados de Roma, él también tuvo que irse. Se instaló en
una pequeña isla griega y durante el resto de su vida no poseyó nada más que
una lámpara, un catre con un colchón de paja, un banco y una manta hecha de
juncos. Murió a los ochenta años, unos ciento treinta años después del
nacimiento de Cristo. Nunca escribió nada, fueron sus alumnos quienes
redactaron los libros que se le atribuyen.
Mi tío estuvo en la
Marina durante la guerra. Una granada le arrancó el brazo izquierdo y tres
dedos de la mano derecha. Después de la contienda estudió Derecho. Llegó a ser
juez y, al final de su carrera, magistrado presidente de un Tribunal del
Jurado.
El libro que me
regaló estuvo durante la guerra en el bolsillo de su abrigo, luego sobre su
mesilla de noche en el hospital de campaña y más tarde en el estrado del
tribunal.
Comienza así:
De las cosas, unas
están en nuestro arbitrio y otras no. Están en nuestro arbitrio la opinión, el
apetito, el deseo, la aversión: en resumen, todas nuestras acciones. No están
en nuestro arbitrio el cuerpo, la riqueza, la gloria, el poder de dirigir: en resumen,
todo cuanto no son nuestras acciones.
Son frases que
parecen sencillas, pero al principio no las comprendí. Epicteto no inventó
ningún brillante sistema filosófico; en realidad, su manual no contiene más que
ejercicios diarios, y el consuelo que ofrece es sencillo,
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claro y humano. Muestra lo que podemos cambiar y lo que tenemos que
aceptar, y cómo diferenciar lo uno de lo otro, eso es todo.
Si pretendes que
tus hijos, tu mujer y tus amigos vivan siempre, eres un necio, pues quieres que
esté en tu poder lo que no lo está, y que lo que es ajeno sea tuyo.
Uno de los hijos de
mi amigo fallecido tiene cuatro años. Es un niño guapo con rizos rubios. Su
madre me cuenta que ha puesto su jirafa de peluche en el ataúd de su padre para
que este no esté tan solo.
Las máximas de
Epicteto te ayudan a vivir en momentos en los que no ocurre nada.
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Por casualidad,
tropiezo con Baumann en el juzgado más de dos décadas después de nuestro examen
final. Casi no lo reconozco, debe de haber adelgazado unos quince kilos. Antes
lo llamábamos Schubert porque se parecía al músico (labios carnosos, rizos, gafas
redondas). Ahora es un hombre flaco, pálido y con poco pelo. Quedamos para
cenar.
Su despacho, en
Kreuzberg, consta de tres habitaciones que parecen de un bufete de los años
veinte: paredes altas, estuco, paneles de madera, lámparas de metal y una mesa
de madera con linóleo verde en la sala de reuniones. No hay un solo cuadro en
las paredes. Los expedientes se apilan ordenadamente en unos armarios de madera
sin puertas. La secretaria es una mujer mayor con acento berlinés.
Baumann me cuenta
que sus clientes son gente del barrio. Se ocupa de litigios de comerciantes del
mercado central, de testamentos y de contratos matrimoniales.
—Casi siempre son
asuntos cotidianos; hay pocas sorpresas. De vez en cuando acepto alguna
defensa, pero se trata siempre de pequeñeces: accidentes de coche, peleas en
algún bar, insultos y cosas parecidas —me dice.
Nada de eso encaja
con él. Después de obtener las máximas calificaciones, estudió un año en la
Universidad de Columbia, en Nueva York. Su tesis doctoral, un laborioso trabajo
sobre el derecho romano, obtuvo un summa cum laude. Poco después
ingresó en un gran bufete estadounidense que se estableció en
Berlín después de la caída del Muro.
Cuando estábamos en
el período de prácticas yo lo encontraba un poco raro. Se tomaba muy en serio
conceptos como la culpa, la expiación y el perdón. Afirmaba que la justicia
podía hacer mejores a los hombres y parecía creerlo de verdad. Entonces era muy
tímido; si se le acercaba una mujer, enmudecía, se ponía colorado y bajaba la
vista.
A través de las
cuatro grandes ventanas del bufete se ven la Chamissoplatz, edificios de
apartamentos de finales del período imperial,
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fachadas de estuco restauradas, adoquines, farolas.
—En este edificio
vivían oficiales del ejército, luego obreros y ahora artistas —me cuenta.
Vamos a un
restaurante italiano situado muy cerca de allí donde acostumbra a cenar todas
las noches a la misma hora. La camarera coquetea con él (lo llama dottore),
pero él no le sigue el juego. Intercambiamos anécdotas de cuando hacíamos las
prácticas.
Luego me invita a
su casa, situada encima del bufete y tan sobria y austera como este. En la sala
de estar tan solo hay un sofá, un televisor y una librería. No está casado, no
tiene novia, ni hijos, ni hermanos; sus padres han muerto. Le pregunto en qué
ocupa su tiempo. Me responde que, durante el día, está abajo, en el bufete y
por la noche en su piso, solo. No tiene hobbies.
—Miro las noticias,
leo un poco y me acuesto.
Me prepara un café
y se sirve un whisky, luego abre la puerta del balcón y nos sentamos fuera.
Fuma un cigarrillo. Dice que es su vicio.
Le pregunto si es
feliz.
—No me quejo —dice
encogiéndose de hombros.
Esa noche de verano
la gente se sienta fuera, en los bancos alrededor de la plaza. Hay madres con
cochecitos, un grupo de hombres mayores con una caja de cervezas. Un chico
practica juegos malabares con pelotas. Todavía no le salen muy bien. Nos lo
quedamos mirando.
—Tu vida ha tomado
un derrotero diferente del que yo me imaginaba —le digo.
—Sí, tal vez.
Nuestros actos tienen consecuencias —señala—. De jóvenes no lo sabemos, pero la
vida se encarga de enseñárnoslo.
Da una calada. El
humo se disuelve por encima de nuestras cabezas en el aire templado. Entonces
me cuenta su historia.
A los treinta y
tres años, Baumann se dedicaba al derecho concursal y ya había tenido algunos
éxitos. Dos meses antes se había convertido en socio junior del bufete.
Trabajaba mucho, todo el mundo pensaba que tenía ante sí una carrera brillante.
Algunos de sus colegas lo consideraban arrogante, pero en realidad solo era
distante.
Estaba concentrado
en un acuerdo complicado cuando la recepcionista lo llamó y le anunció que una
persona se había presentado a verlo sin cita previa. A él le molestó un poco la
interrupción, pero salió del despacho y cogió el
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ascensor para ir a la planta baja. Cuando entró en la sala de reuniones,
vio a una mujer de espaldas mirando una librería. Apenas él le dio la mano,
ella le contó que la habían denunciado y que unos conocidos le habían
recomendado que acudiera a él. Tenía que ayudarla.
Hasta entonces,
Baumann solo había tenido un par de relaciones superficiales con mujeres.
Intentó sonreír, pero enseguida notó que se ruborizaba y que le sudaban las
manos. La mujer parecía una modelo de los años sesenta; tenía un cuerpo
andrógino, ojos oscuros, pelo negro y un cuello fino y blanco. Él se sintió
sucio de pronto: se acordó de cuando, de niño, miraba a las chicas mientras se
desnudaban en la piscina. No tenía mayor experiencia en asuntos penales, más
allá de la que había podido adquirir en su período de prácticas (sus clientes
solían acudir por embargos, quiebras, deudas y disoluciones de sociedades),
pero se quedó mirando la boca de la mujer y perdió toda profesionalidad. Apenas
la escuchaba. La hizo firmar dos poderes para pleitos y apuntó su dirección.
Cuando se levantó para despedirse de ella, volcó una botella de agua que estaba
sobre la mesa. Se disculpó y sonrió torpemente.
Por la tarde
solicitó el expediente y dos días más tarde mandó a un mensajero a recogerlo.
El asunto parecía fácil, como suelen parecerlo la mayoría de las causas
penales: un hombre rico había tenido una relación sentimental durante un par de
meses pese a estar casado; entonces, su esposa se enteró y él tuvo que
separarse de su amante para salvar el matrimonio. El día de la separación, se
traspasaron cien mil marcos de la cuenta del hombre a la de la amante, cosa que
la esposa también descubrió.
Hasta ahí los
hechos estaban claros, pero luego las declaraciones divergían. El hombre
afirmaba que su amante (la nueva clienta de Baumann) le había robado el dinero:
que se lo había transferido a sí misma sin que él se diera cuenta aprovechando
que él había dejado abierto su ordenador. La clienta decía que era mentira, que
él le había regalado el dinero como despedida porque tenía mala conciencia.
No tenía pruebas,
más allá de su declaración, así que era su palabra contra la de su antigua
amante. La transferencia se había efectuado sin duda desde su ordenador, pero
no podía saberse quién había introducido la orden. Cien mil marcos no era una
suma desdeñable, incluso para un hombre adinerado, pero la clienta nunca había
tenido problemas con la ley. Carecía de antecedentes penales y llevaba una vida
«propia de la clase media acomodada», como había señalado un policía en el
atestado.
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El fiscal había ordenado registrar su casa, donde se encontraron
documentos bancarios, requerimientos, cartas y fotos: nada fuera de lo normal.
Examinaron su móvil e imprimieron casi trescientas páginas de mensajes de texto
que confirmaban la relación sentimental, pero no los hechos de los que se la
acusaba.
Baumann, por su
parte, revisó el expediente y los archivos con las pruebas. Trabajó tan
minuciosamente como en los procedimientos por insolvencia: preparó listas,
transcribió partes de las declaraciones e hizo notas hasta que encontró lo que
estaba buscando. En el número veintisiete del acta de incautación, la policía
había registrado «un cuaderno de notas». Lo encontró en uno de los
archivadores, dentro de una bolsa de celofán: estaba encuadernado en piel de un
verde claro. Al parecer, los investigadores de la policía no habían considerado
relevante nada de lo que contenía, así que no lo habían incorporado al
expediente. Y era verdad que en las treinta primeras páginas la clienta solo
había anotado listas de compras y recados sin relación con el supuesto delito,
pero Baumann era concienzudo y leyó el cuaderno de principio a fin. A partir de
esa página, empezaba inesperadamente un diario de los últimos meses y, por
tanto, una memoria de la relación entera. Buscó la entrada del día de la
separación. No dejaba dudas: llena de ira y dolor, y con ansias de venganza, la
clienta se había transferido el dinero en la habitación del hotel mientras el
hombre se duchaba. «Él me lo debía», había escrito en su diario.
Baumann se marchó a
casa, se preparó un café fuerte y se puso a leer los mensajes de texto de la
pareja. Al principio eran cautelosos, vacilantes, corteses. Él se mostraba
encantador y ella se sentía halagada; se interesaban el uno por el otro. Pero
gradualmente se iban volviendo más abiertos, y luego íntimos. Baumann se
sumergió en ese diálogo. No había palabra que no le sonara sincera. Cuatro
horas después, tenía la impresión de que conocía a fondo a su clienta: sabía
todo lo que había respondido a las preguntas de su amante, lo que le gustaba y
lo que no. Conocía sus heridas, su fragilidad, su tristeza. Era como si
estuviera ante él desnuda y viva. «Yo también tengo en mi interior todo eso»,
pensó.
A eso de las cinco
se fue a la cama, pero un par de minutos más tarde se levantó de nuevo y volvió
a mirar las fotografías del expediente. En una de ellas, la clienta estaba en
un descapotable, sentada en el asiento del acompañante; llevaba un vestido claro,
unas grandes gafas de sol negras y un
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sombrero de paja. Cogió la foto, se la llevó al dormitorio y durmió con
ella en la mano.
Dos días más tarde
la llamó: quería conversar con ella, le dijo. Durante una hora le explicó (con
demasiado detalle para unos hechos tan sencillos) cuáles eran las pruebas que
había. Le leyó las declaraciones del hombre, le mostró los documentos bancarios
y el archivador con los mensajes de texto impresos. Le puso el diario delante,
sobre la mesa de reuniones. Lo que ella había escrito ahí acabaría saliendo a
la luz en el juicio, de modo que no había defensa posible que pudiera concluir
con una absolución.
Sabía perfectamente
lo que hacía: había reflexionado sobre cada palabra, cada gesto. Miró a su
clienta y esperó hasta estar seguro de que ella lo había comprendido.
Abandonó la sala de
reuniones durante diez minutos: tenía que lavarse las manos. En el baño notó
palpitaciones en el cuello; le temblaban las manos. Cuando regresó, el diario
ya no estaba sobre la mesa. Volvieron a intercambiar un par de frases, naderías
de las que más tarde ni siquiera se acordaba, luego se levantaron y se
despidieron. Ella se inclinó sobre la mesa y lo besó en la mejilla.
—Muchas gracias —le
dijo en voz baja. Su perfume olía a iris, jazmín y vainilla: era una promesa.
Podía ver el nacimiento de sus pequeños pechos debajo de la blusa.
Cuatro semanas más
tarde, la fiscalía desestimó el caso. Según la resolución, no había pruebas
suficientes ni más indicios de que la clienta fuera culpable salvo por la
declaración del hombre.
Baumann le pidió a
la clienta que acudiera de nuevo al bufete. Se encontraron en la sala de
reuniones y él le leyó el documento lleno de emoción. «A lo mejor le parece que
estoy demasiado alegre», pensó. Al terminar, ella asintió. Llevaba un vestido
apretado, azul oscuro, con un ancho dobladillo blanco y zapatos azul oscuro. Él
pensó en las fotos: la había visto desnuda.
Se le ocurrió que
aquel podía ser el principio de una nueva vida. A lo mejor ella lo sorprendía
proponiéndole un viaje. En las semanas anteriores había pasado muchas noches
imaginándose cómo sería viajar juntos a las ciudades que ella mencionaba en su
diario y en los mensajes de texto: Roma, Florencia, Niza, Londres. Había
ahorrado dinero suficiente, podía cuidar de ella, protegerla.
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Se levantaron. Baumann dio rápidamente un paso hacia ella, la atrajo
contra sí y la besó en la boca. Era la primera vez en su vida que mostraba
tanto valor.
—¡¿Está usted
loco?! —le espetó ella, y lo empujó por el pecho con las dos manos. Él perdió
el equilibrio y se cayó de nuevo en la butaca. Ella lo miró desde lo alto. Por
unos minutos no ocurrió nada, no se movieron, no respiraron; luego se rio de
él.
—Es usted un cerdo,
igual que el otro —dijo.
Esa fue la última
vez que la vio. Nadie investigó la desaparición del cuaderno verde. No se
aclaró si lo había extraviado la policía o se había perdido en el depósito de
pruebas: esas cosas pasaban a veces. Puesto que ninguno de los investigadores
lo había leído, simplemente se supuso que carecía de importancia.
Baumann hace una
larga pausa.
—Ella tenía razón
—me asegura, y tras una pausa agrega—: Por eso he preferido limitarme a ser un
espectador.
Nos quedamos
sentados en silencio. Tengo que disculparlo, me dice finalmente: no acostumbra
a tener visitas y suele irse a dormir a las diez. Dejo la taza vacía en la
cocina y nos despedimos.
Ya en la calle, me
doy media vuelta y levanto la vista hacia su apartamento. La puerta del balcón
está cerrada; la luz, apagada.
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En la cafetería,
dos ancianos conversan en la mesa vecina. Como ya no oyen bien, hablan muy
alto.
—Hace calor.
—Es la época del
año.
—¿Te has enterado?
Le han pegado un tiro a un médico.
—¿Dónde?
—Aquí mismo.
—Ah.
—Estaba más para
allá que para acá.
—¿Quién?
—El asesino.
—¿A qué te
refieres?
—A que le faltaba
un tornillo. No sé cómo han podido dejarlo salir.
Pausa.
—¿Has estado en
América?
—No, mejor que no.
—Mi madre vive en
Canadá.
Pausa.
—Ya se ha muerto.
—¿Quién?
—Mi madre. Nunca
fui a Canadá. Soy un torpe.
—Yo ya no viajo
tampoco.
—Esos últimamente
matan a tiros a los negros.
—Ya no es como
antes.
—Cierto.
Pausa larga.
—Aquí tampoco.
—¿Tampoco qué?
—Que aquí tampoco
es mejor.
—Pero estamos en
Berlín.
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—¿El asesino del
médico era negro?
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«El espléndido
setenta y cinco cumpleaños del más célebre hijo de la ciudad», pondrá más tarde
en el diario local. Se trata de un empresario, el mayor contribuyente del
distrito fiscal.
Hace treinta años
fundó una cadena de restaurantes de comida rápida y hoy en día su negocio se
encuentra prácticamente en todas las ciudades de Alemania.
El empresario le da
las gracias al alcalde y representante del gobierno especialmente llegado de la
capital. Estrecha manos, besa mejillas, sonríe ante los fotógrafos, bromea. Su
asistente le susurra los nombres de los invitados al oído, pero él vuelve a
olvidar la mayoría.
Hace más de diez
años pasó una breve temporada en prisión preventiva por un delito fiscal. Tras
una semana empezó a leer un volumen de poemas de Goethe envuelto en papel de
embalar y, en un momento dado, decidió que quería dejarlo todo atrás y empezar
una nueva vida. Le comentó a su abogado que al fin se había dado cuenta de que
la palabra inglesa listen, «escuchar», tenía las mismas letras
que silent, «callado».
Contó que, en la
cárcel, solía llevar siempre en el bolsillo de la chaqueta una descolorida foto
Polaroid en la que aparecían sus padres, un tío y él mismo de niño. Se la
habían tomado el día en que cumplía doce años, en un hotel del centro de la
ciudad donde se hospedaba su tío. Sus padres y él habían ido en metro hasta
allí. Su madre llevaba un vestido claro y un collar con piedras de colores, su
padre iba de corbata. Él se había sentido orgulloso: todos tenían muy buen
aspecto ese día.
Les había costado
encontrar el comedor del hotel; luego, un camarero de frac negro les había
hecho una reverencia y los había conducido a una mesa. Él jamás había visto a
un camarero así, ni tampoco salones de techos tan altos. La mesa tenía un
mantel blanco y las jarras, cuencos y bandejas eran de plata, al igual que los
pesados cubiertos. Había fuentes con mousses de
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chocolate blanco y negro, pastelillos, naranjas y kiwis pelados, miel
oscura, yogur, rodajas de pepinillo, salmón y rábanos picantes. El tío, que (a
diferencia de sus padres) era muy rico, hizo una señal y les llevaron una tarta
de chocolate con doce velas. Los demás comensales que estaban en el salón
aplaudieron y lo felicitaron. Un camarero colocó un carrito con una cubitera y
una botella de champán al lado de la mesa y ese mismo camarero, que vestía una
camisa de un blanco inmaculado con pajarita y gemelos negros, envolvió el
cuello dorado de la botella con una servilleta, retiró el alambre que cubría el
tapón de corcho y destapó la botella sin hacer ruido. Aunque él era un niño
aún, lo dejaron beber un sorbito. La copa tenía el reborde dorado y era de cristal
finísimo. Su padre le pidió al camarero que les hiciera una foto con la cámara
Polaroid. Él se quedó sentado y los adultos se colocaron detrás de su silla.
—Naturalmente, hoy
apenas se distinguen los colores de la fotografía — comentó—, pero la luz de la
sala era dorada.
Entonces, su madre
le puso la mano en la frente y dijo que tenía mucha fiebre. Durante el camino
de vuelta, él no dejó de repetir que quería ser dueño de un hotel y que nada ni
nadie lo haría renunciar a ese deseo.
Seguramente por eso
en la cárcel había empezado a sentir una profunda aversión por sus restaurantes
de comida rápida, siguió contando el empresario. El olor de las freidoras, los
suelos laminados, las mesas atornilladas de madera de imitación… todo eso le
producía una enorme repugnancia. Solo anhelaba ver salones suavemente
iluminados y mesas con manteles blancos, cubiertos de plata, champán y frutas
exóticas, como aquella vez, de niño. Sus clientes serían personas a las que
daría gusto atender. Contó que se le había ocurrido que compraría un antiguo
gran hotel en cuanto saliera de la cárcel y que no le importaba si su familia
se oponía porque él ya había decidido que cambiaría de vida. Allí, en la celda
de la prisión, por fin había visto las cosas con claridad: por fin iba a hacer
lo correcto.
La recepción se
celebra en la sala de fiestas del ayuntamiento. El nieto del empresario está a
su lado y se sostiene firmemente de las perneras de su abuelo. Un camarero le
ofrece un trozo de tarta de nata y él lo coge, aunque el azúcar le hace daño.
Tiene una amante desde hace quince años. Es treinta años más joven y, cuando
duerme con ella, tiene miedo de oler como un viejo. Ella no ha asistido a la
recepción porque la esposa no lo toleraría.
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De repente deja caer el plato y la nata impacta contra sus brillantes
zapatos negros. Se quita la chaqueta, que resbala por su cuerpo hacia el suelo.
El silencio inunda la sala. El nieto se asusta y se echa a llorar.
El empresario se
precipita hacia una habitación vecina. Deja la puerta abierta, así que todos lo
siguen con la mirada. Dentro, se desprende de la camisa y gime en voz alta. Los
pelos de su pecho y espalda son blancos; se ha adelgazado: ha perdido quince kilos
por culpa de la quimioterapia.
Su hija recoge la
chaqueta del suelo, corre tras él a la habitación y cierra la puerta. Poco a
poco, los invitados retoman sus conversaciones. Alguien pone música: una
grabación del quinteto La trucha de Schubert.
Después de una
media hora salgo al aparcamiento para fumar un cigarrillo, y entonces veo venir
al empresario con la camisa en la mano. Detrás viene la hija con la chaqueta de
su padre en el brazo y el niño cogiéndose de su vestido. Se dirigen al coche; el
chófer ya les ha abierto la puerta, pero el empresario se detiene un momento a
mi lado y me dice:
—Esta condenada
vida me ha hecho trampa: todo ha ido demasiado deprisa.
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Para las fiestas
hay que tener talento, y yo no lo tengo. Siempre me sucede como a Nick Carraway
en El gran Gatsby:
Nada más llegar
hice un intento de localizar a mi anfitrión, pero las dos o tres personas a
quienes pregunté por él me miraron con tanto asombro y negaron con tanta
vehemencia saber su paradero que me escabullí en dirección a la mesa donde
servían los cócteles: el único sitio del jardín donde se podía estar bastante
tiempo sin dar sensación de desconcierto y abandono.
Lo malo es que uno
siempre tropieza con algún conocido, o bien alguien lo confunde con otro. Y,
desde hace unos años, se estila que incluso los hombres se abracen al
saludarse, a lo que hay que agregar unas palmaditas en la espalda. La música
suele estar muy fuerte, de modo que hay que hablar a gritos, pero aun así nadie
entiende nada. Una señora dice: «Me alegro de verlo», y su interlocutor cree
que la ha oído decir: «Tengo algo de vello» y se queda con el ojo cuadrado. Y
mientras reflexiona, aparece un fotógrafo con varias cámaras colgando del
cuello y le lanza una ráfaga de fotos con flash. Al recobrar la
visión, la señora con vello ha desaparecido; ya nunca sabrá si le decía: «Voy a
arreglarme el pelo» o «Me caigo de sueño». Todo eso es desconcertante, pero da
igual. El volumen siempre aumenta y siempre hay más y más gente. Un cantante famoso
se echa a cantar el jingle de un detergente, dos chicas se
quejan de que llevan vestidos idénticos y un hombre asegura que ha estado con
Putin, cabalgando sin camisa por Mongolia.
Y más tarde siempre
vuelvo a pensar en la amante de Gatsby, y en que su mundo estaba lleno de
orquídeas y de orquestas que marcaban el ritmo del año y capturaban en sus
melodías toda la tristeza y la diversidad de la vida.
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Una cena tras el
estreno de una obra de teatro en Londres. Estoy sentado al lado de una joven
cantante de ópera que debutó hace apenas dos semanas en la Royal Opera House,
en Covent Garden, el teatro de la ópera más importante de Inglaterra.
Interpretaba a Donna Anna en el Don Giovanni de Mozart, un
papel sumamente exigente, y el público y la crítica quedaron encantados.
Quince años de
formación, dice. Toda una paliza. Actuaciones en provincias y en pequeños
festivales y, por fin, tras cientos de diminutos pasos, Covent Garden: el
lanzamiento de su carrera internacional.
Procede de la
periferia de Londres. Su padre es conductor de autobús y su madre trabaja en un
kiosco. Que el director del coro de la escuela pública la descubriera fue mera
casualidad, cuenta.
Dos semanas antes
de su actuación, llamó a su padre y lo invitó a su debut. Él le preguntó cuándo
era el concierto y ella le contestó que el viernes. Entonces, el padre comentó:
«El sábado habría sido mejor: es más fácil encontrar aparcamiento».
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Me llama la esposa
de un cliente: su marido se está muriendo. Me pide que vaya a verlo porque le
urge decirme algo.
No me gusta viajar
en avión; hay demasiada gente, demasiados olores, pero apenas tres horas
después de abordar, la ciudad donde vive mi cliente se extiende bajo las alas
del aparato, con el mar a la derecha. Los argonautas perdieron un barco aquí
durante una tormenta: el noveno, de diez en total. Heracles lo encontró
destrozado en la costa y en ese lugar fundó una ciudad: Barca Nona, «el noveno
barco»; Barcelona.
La casa del cliente
se halla en la zona alta de la ciudad. Un vigilante con uniforme grita mi
nombre en el aparato de radio; luego, el taxi recorre un largo paseo flanqueado
de cipreses hasta la escalinata de la casa. La esposa del cliente viene por mí
al recibidor. Tiene las manos frías. Me conduce a la habitación donde agoniza
su marido, que está tendido en la cama en penumbras, con el rostro demacrado y
la barba blanca. La esposa me cuenta que se han llevado las máquinas, que ya no
podían seguir manteniéndolo con vida.
Hace muchos años
defendí a este hombre, que entonces estaba lleno de energía. Fundó una empresa
constructora y luego invirtió en una compañía cuyo propósito era digitalizar el
cerebro humano y subirlo a un ordenador. «Así podremos vivir eternamente», me dijo
por aquel entonces. Su mujer me comunica que ha rechazado someterse a más
procedimientos porque ya no podían curarlo, sino solo prolongar el sufrimiento.
Está inconsciente desde primera hora de la mañana, los médicos han adelantado
que morirá en pocas horas. A ella le sabe mal que yo haya venido. Lamenta no
saber qué quería decirme su esposo.
Abajo, en el gran
salón, hay muchas personas. Toman café y comen mazapán tostado. Reconozco a la
asesora jurídica de la compañía, una mujer dura y elegante. Le pregunto acerca
de la empresa de software en la que el cliente invirtió y ella
ríe.
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—¿Lo de la vida eterna? No funcionó. Los informáticos creen en la
técnica como antes se creía en Dios. Están esperando la llegada de la
inteligencia artificial: ella se compadecerá de nosotros y nos liberará de las
imperfecciones humanas. No por nada en Silicon Valley llaman «evangelistas» a
los defensores de las nuevas tecnologías. ¿Sabía usted que ha pedido que
congelen su ADN?
Cuando nacemos,
alguien dispara contra nosotros una flecha que nos alcanza en el momento de la
muerte. En el vuelo de regreso a Berlín, poco antes de dormirme, pienso en
las Meditaciones de Marco Aurelio, quien escribió que
«Alejandro de Macedonia y su mozo de cuadra, cuando murieron, fueron a parar al
mismo lugar».
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Estoy en la terraza
del café, al aire libre, y la peluquera de mi calle viene a sentarse a mi mesa.
Quiere contarme algo raro que le ha estado pasando las últimas semanas. Cada
día, un hombre se detiene delante de su escaparate. Debe de estar en mitad de
la setentena y va bien vestido: abrigo y chaqueta, bastón negro con puño de
plata. Llega siempre a eso de la una y se queda allí parado media hora.
En un momento dado,
ella había salido y le había preguntado si podía ayudarlo en algo, pero él le
había respondido amablemente que no, que simplemente le gustaba ver cómo les
lavaba el pelo a sus clientas. Sus palabras exactas fueron: «Es un deleite ver cómo
les tocas el pelo», y a ella eso del «deleite» le pareció excesivo. No sabe si
ese hombre es peligroso. No lo parece en absoluto; es un hombre mayor,
perfectamente aseado, pero a pesar de eso ella se pregunta si no debería llamar
a la policía. Esta misma tarde se ha presentado de nuevo, la ha mirado a través
del escaparate y la ha saludado con una inclinación de cabeza.
—Esto no es normal
—opina. Luego cambia de tema y me habla durante cuarenta minutos de los nuevos
tintes de cabello, la política de asilo, una película, la carrera de su hija,
la cuestión de si los griegos deben salir de la Comunidad Europea. Yo dejo el diario
a un lado y pago mi café.
En 1886, el
psiquiatra Richard von Krafft-Ebing describió un extraño caso: el marido de una
pareja de recién casados se conformó la primera y segunda noche con besar a su
esposa y «revolverle» el cabello. Luego se dormía. La tercera noche le pidió
que se pusiera una peluca con la melena larga. «Ella accedió y entonces él
cumplió con creces sus descuidados deberes maritales», escribe el psiquiatra. A
partir de entonces, el hombre siempre tenía a mano una peluca que primero
acariciaba y luego le ponía en la cabeza a su esposa. En cuanto ella se la
quitaba «perdía todo atractivo para su marido». Las
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pelucas perdían su «eficacia» al cabo de diez o doce días, entonces
había que sustituirlas por otras, «siempre de cabello abundante».
En los primeros
cinco años de matrimonio tuvieron dos hijos y el marido reunió una colección de
setenta y dos pelucas.
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Un «artista
extremo» (así se los llama) incuba en París una docena de huevos de gallina.
Permanecerá sentado en una caja de plexiglás hasta que nazcan los polluelos; es
decir, entre veintiuno y veintiséis días. Cualquiera puede ir a verlo. El
propio presidente de la república lo ha hecho ya. El artista extremo dice que
es su primer trabajo con seres vivos, pero le comunica a la prensa que seguirán
otros más.
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El contrato de
compra señala:
El objeto del
contrato es un coche antiguo. Cuando se fabricó, su vida útil prevista era de
diez a quince años. Teniendo en cuenta que, en el momento de la firma de este
contrato, cuenta con cuarenta y seis años de uso, se entiende que ya ha
superado ampliamente la durabilidad prevista por su fabricante.
Todo el mundo le
aconseja que no compre ese coche viejo. Es cierto: hoy en día a la gente le
interesan los teléfonos móviles, la inteligencia artificial y las energías
renovables. En poco tiempo habrá vehículos sin conductor impulsados por
electricidad o por hidrógeno, ya no necesitarán volante y encima serán más
seguros. Para entonces, este coche antiguo producirá el mismo efecto que un
carruaje tirado por caballos en medio del tráfico los años 1920: una antigüedad
sin el más mínimo sentido.
Se trata de un
Mercedes Benz «barra 8», así denominado por el año 1968, cuando salió a la
venta por primera vez. Parece que lo hubiera dibujado un niño. Lo diseñó Paul
Bracq, un joven diseñador francés; posiblemente el diseñador de coches con más
talento de su época. Era a mediados de los sesenta, y supuso una ruptura con
todas las formas anteriores: no tenía nada de acogedor, nada de barroco, nada
que hiciese pensar en una casa sobre ruedas. Era un coche de clase media;
cómodo, pero sobrio y austero, con un equipamiento básico más bien escaso. Los
motores de mayor cilindrada y demás extras eran caros pero, si así lo deseaba,
el cliente podía encargar reposacabezas, cinturones de seguridad, elevalunas
eléctricos, «cristales tintados con aislamiento térmico» y aire acondicionado.
Tuvo un éxito
enorme: se construyeron casi dos millones de unidades. Al final lo conducían
los estudiantes universitarios porque la tecnología y el motor eran
indestructibles. Los últimos terminaron usándose como taxis en África porque
eran fáciles de reparar y resistían el polvo y el calor del desierto.
Este en particular
le pertenecía a una señora mayor de Los Ángeles, California. En los documentos
constaba que lo había llevado a una agencia de
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Mercedes en 1972 (debía de ser una joven entonces) para que le hiciesen
una puesta a punto antes de empezar a utilizarlo. Luego se lo había llevado a
recorrer Europa y finalmente lo había fletado en un barco con destino a su país
natal.
En el taller le
aseguran que nadie restaura un coche así de normal y aburrido, que no tiene el
más mínimo valor de reventa y que perderá hasta el último centavo que invierta
en él. Si de verdad quiere un coche antiguo, debería buscar un modelo más
elegante. La mejor elección sería un Mercedes Alas de Gaviota o al menos un
Pagoda. Pero él no quiere nada de eso. Le dice al propietario del taller que
solo le interesan las cosas que hayan superado con creces su durabilidad
prevista y que, de hecho, le parece fantástico que nadie aprecie ya ese coche.
No tiene intención de revenderlo: es su último coche y quiere conducirlo
mientras funcione. El dueño del taller considera que está loco, pero se hace
cargo de la restauración.
Seis meses más
tarde, tiene que ir a recogerlo al sur de Alemania. El aeropuerto de Berlín
está abarrotado, no hay dónde sentarse. Ve a un hombre limpiarse los dientes
con un trozo de papel y a una mujer con una mochila roja que
dice GROENLANDIA. No importa dónde se quede de pie, alguien termina
empujándolo.
Ha planeado hacer
un viaje muy largo: quiere recorrer la vieja y fatigada Europa en la que tanto
tiempo ha creído y que ahora se rompe. Todavía en el aeropuerto, lee acerca del
primer producto de Louis Vuitton que tuvo éxito. Hoy en día, el logo de esa compañía
puede verse lo mismo en zapatos que en gafas de sol o perfumes, pero entonces,
a principios del siglo pasado, solo fabricaba maletas. El caso es que, en 1904,
sacaron al mercado un producto llamado L’Ideal: un baúl armario con pequeños
cajones y distintos compartimentos que podía alojar el vestuario de toda una
semana: un abrigo, dos trajes, camisas, zapatos, ropa interior, calcetines. «Un
viajero no necesita más», aseguraba la publicidad.
Después de
aterrizar, coge un taxi para que lo lleve hasta la nave industrial del
restaurador. La conductora es eslovena, de Liubliana. Enseguida le cuenta que
echa de menos las cafeterías de allí, los huertos en medio de la ciudad, el río
y los bonitos puentes. Liubliana (cuyo nombre pronuncia como Jubel,
«joya») es totalmente distinta de como uno se la podría imaginar: es una ciudad
moderna y avanzada. Por el momento tiene que estar en Alemania, pero pronto
volverá a su ciudad, con su familia. Habla sin parar y él la escucha y se
limita a asentir. Piensa en el baúl L’Ideal. Él no lleva gran cosa,
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aunque espera que sea el viaje más largo de su vida. Por supuesto,
piensa, todo aquello es absurdo: el coche antiguo, el equipaje escaso, el largo
viaje, sus ansias de recorrer Europa.
No entres
dócilmente en esa buena noche; rabia, rabia contra la muerte de la luz.
La taxista de
Liubliana lo despierta cuando llegan. El propietario del taller lo recibe
afablemente y le entrega el coche restaurado. Él permite que le dé toda clase
de explicaciones sobre los detalles del trabajo y luego pone el motor en marcha
y se aleja de allí. Coge carreteras nacionales, evita las autopistas. No tarda
en ver campos brillantes, maíz, tréboles, colza y, una y otra vez, el amarillo
de las aulagas. En dos ocasiones, un grupo de perdices castaño grisáceas alzan
el vuelo a su paso y él piensa por un instante que es una señal dirigida a él.
El coche tiene una
conducción agradable. Él va intentando recordar cuándo ha sido feliz en su
vida. A lo mejor de niño, por la mañana en la cama, en la casa vieja, con la
puerta entreabierta. Medio dormido, oía los sonidos familiares de la mañana,
las voces que conocía. Alguien estaba recogiendo cosas que luego llevaba por la
casa; se abrían y cerraban puertas y ventanas, la vajilla tintineaba; abajo, en
el vestíbulo, su padre regañaba a los perros. Y él siempre esperaba, a saber
qué. Está seguro de haber malgastado su vida, pero no ha sabido vivir de otro
modo.
El 23 de febrero de
1942, las trabajadoras domésticas encuentran los cadáveres de Stefan Zweig y su
esposa Lotte en su dormitorio. Él está boca arriba, con las manos cruzadas
sobre el pecho; Lotte se estrecha contra él; con la mano izquierda, coge la diestra
de su marido. Zweig ha sido el primero en tomar la sobredosis de somníferos,
Lotte ha esperado hasta que él muriera para hacer lo propio. La carta de
despedida de Zweig dice: «Saludo a todos mis amigos. Ojalá vivan para ver la
aurora tras esta larga noche. Yo, que soy muy impaciente, me adelanto a ellos».
Por entonces Stefan
Zweig vendía millones de libros; era rico, tenía un pasaporte inglés y no
corría ningún peligro. Muchos otros exiliados alemanes no entendieron su
suicidio como tampoco habían entendido su moderación
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política. Una semana después, Thomas Mann escribió en su diario que ese
suicidio le parecía «absurdo, patético y deplorable».
Él piensa que
Thomas Mann se equivocaba. Siempre cuesta reconocer que los demás tienen
derecho a temer cosas que uno ya ha superado. En una ocasión vio en Palermo un
reloj con una inscripción que decía: Vulnerant omnes, ultima necat,
«todas hieren, la última mata». No importa cuándo llegue esa hora.
Vivir no es una obligación, cada uno fracasa a su manera.
Está cansado de
conducir, así que aparca enfrente de un café en una ciudad pequeña. Ese día ha
hecho un calor horrible; por suerte, el coche tiene aire acondicionado. De
todas formas, la temperatura ha descendido: es más suave. El sol de la tarde
sumerge la ciudad en una líquida luz ambarina. Ese lugar en la acera, a la
sombra, es muy agradable. Hay arbustos de laurel en grandes macetas verdes y,
más allá, una farmacia con un letrero muy antiguo; los cristales de los
escaparates están limpios. En medio de la calle, delante de una fuente, dormita
un perro; le llama la atención su lengua roja, su vientre blanco sobre los
adoquines.
Delante de un
escaparate hay una pareja. Cuando están a punto de irse, la joven detiene a su
novio cogiéndolo por el brazo, se arrodilla y le anuda el cordón del zapato.
La felicidad es un
color y, siempre, tan solo un momento.
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Procedencia de los
textos
Algunos de los
textos de este libro aparecieron previamente en periódicos, revistas y libros:
1, en Rolling Stone del 29 de marzo de 2018. 4, en el Frankfurter
Allgemeine Zeitung del 17 de noviembre de 2009. 14, en BILD, edición
especial del 7 de junio de 2018. 16, en SPIEGEL, edición especial
en homenaje a Helmut Schmidt, 2015. 18, en el Literarische Welt del
19 de mayo de 2018. 20, como prólogo de Happy End: das Drehbuch, de
Michael Haneke, editorial Paul Zsolnay, 2017. El autor los ha revisado para la
presente edición.
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Obras citadas
BERNHARD,
THOMAS, Extinción, traducción de Miguel Sáenz, Madrid, Alfaguara,
2019.
EPICTETO, Manual
de vida, traducción de José Ortiz y Sanz, Madrid, Taurus, 2023.
FAULKNER,
WILLIAM, Réquiem por una mujer, traducción de Jorge Zalamea Borda,
Barcelona, Debolsillo, 2023.
HEMINGWAY,
ERNEST, París era una fiesta, traducción de Miguel Temprano García,
Barcelona, Lumen, 2021.
MARCO AURELIO, Meditaciones,
traducción de Óscar Martínez García, Madrid, Taurus, 2019.
SCHILLER,
FRIEDRICH, Guillermo Tell, traducción de José Lleonart, Barcelona,
Editorial Apolo, 1941.
SVEVO, ITALO, La
conciencia de Zeno, traducción de Carlos Manzano de Frutos, Barcelona,
Debolsillo, 2009.
Ferdinand von
Schirach (Múnich, 1964) es un escritor de renombre
internacional cuyas obras, publicadas en más de treinta países, han ocupado los
primeros lugares en las listas de ventas en Alemania y han sido llevadas a la
gran pantalla. Abogado criminalista de profesión, es autor, entre otros, de las
colecciones de relatos Crímenes, que obtuvo el premio Kleist, Culpa
y Castigo, así como de las novelas El caso Collini y Tabú,
y la obra de teatro Terror, todas publicadas en español por
Salamandra.
FIN

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