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Libro N° 14202. Café Y Cigarrillos. Von Schirach, Ferdinand.

© Libro N° 14202. Café Y Cigarrillos. Von Schirach, Ferdinand.  Emancipación. Agosto 30 de 2025

  

Título Original: © Café Y Cigarrillos. Ferdinand Von Schirach

                                    

Versión Original: © Café Y Cigarrillos. Ferdinand Von Schirach

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.com/download.php?t=2&d=SGh0anNCMmsv&ti=Caf%C3%A9+y+cigarrillos

 

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Portada E.O. de Imagen:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

       

CAFÉ Y CIGARRILLOS

Ferdinand Von Schirach

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Café Y Cigarrillos

Ferdinand Von Schirach

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Dotado de un talento increíble para contar historias, Ferdinand von Schirach se ha convertido en uno de los escritores más queridos de la literatura europea actual. Desde la aparición de Crímenes y Culpa, dos colecciones de relatos que provocaron una fuerte sacudida en el panorama editorial, todas sus novedades son saludadas con elogios fervientes por parte de lectores y críticos. En Café y cigarrillos, su obra más personal y emotiva, un Von Schirach pletórico se mueve como pez en el agua entre los sinuosos pliegues que anudan la realidad con la ficción.

 

Ingeniosa combinación de revelaciones autobiográficas y perspicaces detalles sobre la realidad circundante, las cuarenta y ocho piezas breves de Café y cigarrillos, con una rica variedad de temas y enfoques narrativos, forman un auténtico mosaico literario en el que lo privado y lo público se entrelazan y reflejan mutuamente. Entre bocanadas de humo reales o imaginadas, Ferdinand von Schirach aborda, con altas dosis de ironía y humor, experiencias y encuentros formativos, fugaces momentos de dicha, soledad y melancolía, desarraigo y añoranza del hogar, así como agudas apostillas sobre el arte, la cultura, la sociedad… y, por supuesto, el tabaco. Y todo eso sin dejar de lado su máxima peculiaridad: su condición de hombre jurídico, construida a partir de reflexiones teóricas —lo mismo sobre la idea del derecho y la dignidad del hombre que sobre los logros y el legado de la Ilustración— y abundantes vivencias, un universo que forma el meollo de su creación y que ha hecho de él un escritor inimitable en el panorama literario mundial.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ferdinand von Schirach

 

Café y cigarrillos

 

 

 

ePub r1.0

 

Titivillus 06.07.2025



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Título original: Kaffee und Zigaretten

 

Ferdinand von Schirach, 2019

 

Traducción: Susana Andrés Font

 

Diseño de cubierta: Jordi Ferrándiz

 

Editor digital: Titivillus

 

ePub base r3.0 (ePub 3)



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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The woods are lovely, dark and deep,

 

But I have promises to keep,

 

And miles to go before I sleep,

 

And miles to go before I sleep.

 

ROBERT FROST



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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En verano baja todos los días al estanque y se detiene en el puente chino que conduce a la pequeña isla. Abajo hay nenúfares y lirios amarillos; a veces ve carpas, bremas y tencas. Libélulas de enormes ojos facetados se sostienen frente a él en el aire. Los perros de caza intentan atraparlas, pero siempre fallan. Su padre dice que las libélulas practican la magia, pero sus encantamientos son tan minúsculos que resultan invisibles a la mirada de los seres humanos. Es tras los viejos castaños y los muros de madera del jardín donde empieza el otro mundo. Allí no hay una infancia feliz, las cosas son demasiado complicadas, pero más tarde recordará el ritmo pausado de aquella época.

 

Nunca van de vacaciones en familia. Los puntos culminantes del año son los días de Navidad, con el largo período de Adviento, y las cacerías: en verano, cuando los hombres cazan el zorro con caballos y perros, y en otoño, cuando los batidores comen cocido en el patio interior del pabellón de caza y beben cerveza y aguardiente de hierbas.

 

A veces reciben la visita de unos parientes. Una de las tías huele a lirios del valle; otra, a sudor y lavanda. Le acarician el cabello con sus viejas manos y él tiene que agachar la cabeza y besárselas. No le gusta que lo toquen y no quiere estar presente cuando conversan.

 

 

 

Poco antes de cumplir los diez años, ingresa en un internado jesuita situado en un oscuro y angosto valle de la Selva Negra. Allí el invierno dura seis meses, y la ciudad más próxima está muy retirada. El chófer lo aleja de su hogar, de las chinoiseries, los papeles de seda pintados y los cortinajes con papagayos de colores. Atraviesan pueblos y paisajes vacíos, pasan junto a lagos y luego, paulatinamente, penetran cada vez más en la Selva Negra. Cuando llegan al complejo, lo impresiona la gigantesca cúpula de la catedral, los edificios barrocos y las sotanas negras de los religiosos. Su cama se encuentra en un dormitorio donde hay treinta más; en el aseo, los lavabos están fijados en la



 

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pared uno al lado del otro. Solo hay agua fría. La primera noche cree que enseguida volverán a encender la luz y alguien dirá: «Has sido valiente. Ya ha pasado todo, puedes volver a casa».

 

Se acostumbra al internado. Los niños se acostumbran a casi todo. Pero no se siente a gusto: le falta algo que no sabe definir. El verde y el verde oscuro de su mundo anterior van desapareciendo gradualmente, los colores se transforman en su mente. Todavía no sabe que su cerebro «vincula» las percepciones de forma «incorrecta». «Ve» como colores las letras, los olores y a los seres humanos. Piensa que los demás niños perciben lo mismo que él; solo mucho más tarde aprenderá la palabra «sinestesia». En una ocasión le muestra al anciano sacerdote que enseña alemán los poemas que escribe sobre esos colores y este llama a su madre y le dice que «está en peligro». No hay mayores consecuencias. Simplemente le devuelven los poemas con las faltas de ortografía marcadas en rojo.

 

 

 

Su padre muere cuando él tiene quince años. Ya llevaba años sin verlo: el matrimonio se separó pronto. Su padre le enviaba postales al internado; vistas de calles de Lugano, París y Lisboa. En una ocasión le llegó una postal de Manila: un hombre con un traje claro de lino delante del palacio blanco de Malacañán. Imagina que su padre se parecería a aquel hombre.

 

El director del internado le da dinero para que vuelva a casa en tren. No se lleva ninguna maleta porque no se le ocurre qué empaquetar. Solo coge un libro con la postal de Manila como marcapáginas. Durante el viaje trata de grabar en su memoria cada estación, cada árbol que pasa delante de la ventana, a cada persona que entra en su compartimento. Está seguro de que todo se disolverá cuando deje de recordarlo.

 

Asiste solo al funeral. Un chófer de la familia lo deja frente al tanatorio, en Múnich. Oye discursos sobre un desconocido bastante peculiar, sobre sus excesos con el alcohol, su encanto y su fracaso. No conoce a la nueva esposa, que está en la primera fila y que lleva unos guantes largos de encaje negro. Bajo el velo, solo entrevé unos labios pintados de rojo. Junto al ataúd hay una gran foto, pero el hombre que se muestra en ella no se parece a su padre. Un tío al que solo ha visto dos veces lo abraza, lo besa en la frente y le dice que es «un bendito». Se siente incómodo, pero sonríe y responde educadamente. Más tarde, camino del cementerio, el sol se refleja sobre la madera pulida del



 

 

 

 

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ataúd. La tierra que arroja en la tumba está húmeda a causa de la lluvia de la noche anterior; se le pega en la mano y no tiene pañuelo para limpiarse.

 

 

 

Un par de semanas después empiezan las vacaciones de otoño. Está sentado en el vestíbulo de la casa, junto a la chimenea. Delante de él están echados dos perros, Shakespeare y Whisky. De repente empieza a oír todos los ruidos al mismo volumen: las voces distantes de su abuela y del ama de llaves, los neumáticos del coche al que el chófer está dando vuelta delante de la casa, el graznido de un arrendajo, el tictac del reloj de pie. En ese momento ve con extrema claridad cada detalle: el brillo oleoso de su taza de té, la textura del sofá verde claro, el polvo que flota bajo los rayos de sol. Siente miedo, durante unos minutos no puede moverse.

 

Cuando consigue calmarse, sube a la biblioteca y busca un texto que leyó en una ocasión. El 20 de noviembre de 1811, Heinrich von Kleist viajó con una amiga enferma de cáncer al Pequeño Wannsee. Ambos querían morir. Se instalaron en una modesta pensión y estuvieron escribiendo cartas de despedida hasta el amanecer. Una carta de Kleist a su medio hermana señala el lugar y la fecha: «Hostería Stimmings, cerca de Potsdam, la mañana de mi muerte». Al día siguiente por la tarde, piden café y que les saquen unas sillas al jardín. Kleist le da un tiro en el pecho a su amiga y después se dispara en la boca. Sabía que en la sien era fácil fallar. Poco antes había escrito que estaba «satisfecho y sereno».

 

Espera a que todos se hayan acostado y entonces va al bar, se sienta en un sillón y se bebe de un modo sistemático, a pequeño sorbos, botella y media de whisky. Cuando intenta levantarse, tropieza, vuelca una mesita y las botellas de vidrio caen al suelo. Él se queda mirando fijamente cómo se extiende la mancha oscura. En el sótano, va al armario donde guardan las escopetas, coge una y sale de la casa dejando la puerta abierta. Va hasta el olmo que su padre plantó el día de su nacimiento, se sienta en el suelo y apoya la espalda en el tronco liso. A la temprana luz del día distingue desde ahí la vieja casa con la escalinata y las columnas blancas. El césped de la rotonda está recién cortado. Huele a hierba y a lluvia. Su padre le dijo que debajo del olmo había enterrado una moneda de oro africana que le daría suerte. Coge el cañón negro de la escopeta y se lo mete en la boca. Nota en la lengua un frío peculiar, luego aprieta el gatillo.



 

 

 

 

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Por la mañana, los jardineros lo encuentran manchado de vómito y con la escopeta sobre el brazo. Estaba tan borracho que no la había cargado. No habla con nadie de lo sucedido esa noche.

 

 

 

A los dieciocho años se va por primera vez de vacaciones con su novia. Ha trabajado cuatro semanas en la cadena de montaje de una fábrica, tiene dinero suficiente. Viajan a Creta en avión y luego en un viejo autobús, durante tres horas, por carreteras serpenteantes, cada vez más estrechas, atravesando las montañas hasta llegar al extremo más meridional de la isla. Se instalan en una fonda. La habitación tiene el suelo de madera encalado y sábanas blancas. Debajo de la ventana se extiende el mar de Libia. En el pueblo solo hay un par de casas y un diminuto supermercado con fruta, queso, verdura y pan. La propietaria prepara en días alternos galletas dulces y empanadillas saladas. Viven de eso. Pasan el día en la playa, donde reina el silencio.

 

En un momento dado, ella quiere saber por qué él es como es. «Cómo va a entender la oscuridad un ser lúcido», piensa él. Recurre a las palabras del médico, ella lo escucha y asiente. «Las depresiones no tienen que ver con tristeza», le explica, «son algo totalmente distinto». Sabe que ella no lo entenderá.

 

En la habitación, ella cuelga su vestido en el respaldo de la silla. Está en el baño y su cuerpo delgado se refleja en el espejo empañado. Él está acostado en la cama, mirándola. El aire es húmedo y cálido. El mundo que lo rodea se desvanece sin resistencia; los bordes se desdibujan, los colores palidecen, el ruido desaparece. La puerta del baño se cierra. Está solo. El petróleo gotea del techo sobre su frente, luego escurre por las paredes formando arroyos hasta cubrir el suelo de madera, la cama, las sábanas. Todo se vuelve liso y pierde su estructura. La habitación se va llenando, el petróleo le salpica en la cara, las orejas y la boca, le pega los párpados. Él lo inhala, ensordece y luego se transforma, él mismo, en ese petróleo negro azulado.

 

Más tarde, él y su novia yacen sudados y agotados en la cama. Cuando ella se duerme, él se dedica a mirarla. Le besa los pechos, la tapa con las sábanas y se sienta en el balcón. El mar es negro y ajeno. No recuerda si realmente se lo ha contado todo, y entonces comprende que todavía le esperan sesenta años así.



 

 

 

 

 

 

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Hace cincuenta y cuatro años, el día en que nací, la Liga Árabe impuso un boicot a un fabricante inglés de impermeables: la compañía Burberry. El motivo era que esa compañía hacía negocios con Israel. Por aquel entonces, la Liga boicoteaba varias compañías entre cuyos directivos se hallaba Lord Mancroft, que era de religión judía.

 

En Londres no perdieron la calma. Un portavoz de la compañía comunicó que, de todos modos, en los países árabes llovía en raras ocasiones y que, por el momento, la cantidad de impermeables que se exportaba allí era «ridícula».



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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En 1981 pasé las vacaciones de verano en Yorkshire, Inglaterra. Tenía diecisiete años y debía mejorar mis conocimientos de inglés. El hombre en cuya casa me hospedé era un aristócrata rural empobrecido que opinaba que la reina era very middle class. Conducía un Rolls-Royce con tres décadas a cuestas y vivía en una casa ruinosa del siglo XIV. Un ala no tenía techo, la cocina era la única habitación que se caldeaba y su posesión más preciada eran dos finas escopetas Holland & Holland. El edredón de mi cama olía como si el mismo Oliver Cromwell hubiese dormido allí, lo que no era del todo improbable. Sin embargo, me gustaban aquel edificio de piedra y el jardín, los cuadros casi negros de los antepasados y el musgo sobre los pretiles de las ventanas. La bañera era de cobre, y tan grande que tardaba media hora en llenarse de agua suficiente. Tenía un borde oscuro de madera de caoba y recuerdo lo agradable que era tenderse en ella y leer.

 

El señor de la casa tenía sus propias ideas sobre pedagogía. Su programa de enseñanza consistía en proyectar viejas películas de David Niven, recitar poemas de Kipling y, por lo demás, dejarme ir a mi aire. Puesto que hacía tiempo que había despedido a su cocinera, cada día me daba de comer el mismo plato: cordero con salsa de menta y patatas fritas de bolsa que cocía en agua hasta convertirlas en puré.

 

Los fines de semana me marchaba en tren a Londres, adonde mi profesor nunca me acompañaba porque le repugnaba la ciudad. Hacía dos años que Margaret Thatcher gobernaba con mano de hierro, Fast Eddie Davenport todavía no había aparecido para organizar las salvajes y algo pringosas fiestas en Kensington y Chelsea, y el enorme crecimiento de la urbe acababa de empezar. En Brixton, el barrio más triste de Londres, la detención de un adolescente negro había desatado una pelea callejera entre la policía y los manifestantes y Mick Jagger cantaba Emotional Rescue. Todo estaba lleno de esplendor y de miseria, todo era profano y santo, y creo que por aquel entonces yo era feliz.



 

 

 

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Una noche fui con una amiga al cine. Queríamos ver En busca del arca perdida, la película de más acción de la época, una historia de aventuras con un formidable Harrison Ford en el papel del profesor Indiana Jones. Aún se podía fumar en el cine. Ciertamente, todavía no se había inventado la alta definición, pero, de todas formas, a la mitad de la película apenas se veía nada a causa del humo. Era la última función de esa noche y, después de los créditos, simplemente nos quedamos allí sentados. Había otra pareja delante, en primera fila, justo frente a la pantalla, en unos asientos desde donde solo verían colores. De repente, el hombre se levantó, se sacó un montón de billetes del bolsillo y los agitó en el aire al tiempo que gritaba en la sala vacía: «¡Otra vez! ¡Otra vez!». Era Mick Jagger. El operador se acercó, cogió el dinero, negó con la cabeza y proyectó de nuevo la película. Nosotros también pudimos quedarnos, fue fantástico.

 

 

 

Un par de años más tarde vi por primera vez La piscina, de Jacques Deray, filmada en 1968. Romy Schneider y Alain Delon pasan las vacaciones en una apartada casa de campo cerca de Saint-Tropez. Durante los primeros minutos no sucede nada. Lentitud, parsimonia, el paisaje vasto y seco delante de la casa, el sol del Mediterráneo. Se besan junto a la piscina. El agua verde azulado, la semisombra sobre las cálidas baldosas de piedra. Entonces suena el teléfono. Él le dice que no responda y la arroja desnuda al agua. Ella le grita risueña que es un idiota, va a contestar y poco después aparece otra pareja en un Maserati Ghibli de un marrón rojizo. Las cosas se complican y acaban con un asesinato.

 

 

 

Los remakes casi siempre fracasan. Lo que amamos suele ser irrepetible. Pero hay excepciones. En 2016 se estrenó en la gran pantalla Cegados por el sol, de Luca Guadagnino, con Tilda Swinton en el papel de Romy Schneider. En esta versión, Swinton es una estrella del rock —y «la mujer del siglo», según se dice en la película— que está con su novio en una isla junto a Sicilia, recuperándose de una operación en las cuerdas vocales. El novio es un poco pelma, pero entonces aparece Ralph Fiennes, el examante de Swinton, que llega para recuperarla. Él está lleno de vida, es fascinante, arrebatador, increíblemente cómico y, en medio de la película, se pone a bailar la canción Emotional Rescue, de Mick Jagger. Fiennes habría merecido un Óscar solo



 

 

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por esa escena. Sospecho que no todo estaba en el guion: mira directo a la cámara con su camisa abierta y sus shorts y emana felicidad. Emotional Rescue… a veces la música nos rescata.

 

 

 

Romy Schneider y Alain Delon, Tilda Swinton y Ralph Fiennes, Mick Jagger canta y Harrison Ford lleva su sombrero; siempre es un largo y caluroso verano junto a la piscina.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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En el cine se está proyectando un documental sobre la vida de tres abogados: Otto Schily, Hans-Christian Ströbele y Horst Mahler, cuyas biografías son totalmente distintas. Schily llegó a ser ministro del Interior y Ströbele, diputado de los Verdes, mientras que Mahler se unió a la derecha radical y terminó en la cárcel. Sin embargo, en la década de los setenta los tres habían defendido ante la corte a los miembros de la Fracción del Ejército Rojo (RAF) que participaron en actos terroristas durante el llamado Otoño Alemán.

 

 

 

Todo empezó en 1967. Durante una manifestación delante de la Ópera de Berlín, un policía dispara a bocajarro y por la espalda a un joven estudiante. El proyectil le destroza el cráneo. Cae al suelo. La sangre corre por la acera. Una joven se arrodilla junto a él, le coloca el bolso debajo de la cabeza y grita pidiendo ayuda. Dos camilleros lo llevan hasta una ambulancia. Lo que sigue es totalmente incomprensible: el vehículo de emergencia no se dirige al cercano hospital Albrecht-Achilles ni al área de neurocirugía de la clínica Virchow, sino a urgencias del hospital Moabit, mucho más alejado. Tarda más de lo habitual en llegar a su destino y, cuando el estudiante ingresa por fin en el quirófano, el anestesista solo puede determinar su muerte.

 

 

 

Las imágenes que se transmitieron por televisión en aquel entonces siguen pareciéndonos igual de horrorosas hoy en día. Asistimos a ellas con la misma incredulidad. En el documental, Ströbele dice que ese fue el día en que se «politizó». No fue el único: ese día marcó prácticamente a toda una generación. Tras la muerte del estudiante aumentaron las manifestaciones, el jefe de la policía tuvo que dimitir, lo mismo que el titular de Interior de Berlín y el mismísimo alcalde. Pero eso no fue el fin, fue el comienzo.

 

El procedimiento penal contra el policía autor del disparo fue el primer «proceso político» de Schily. Representaba al padre del estudiante como



 

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acusación particular. Mahler le había confiado el asunto. El policía fue declarado inocente. En el documental, Schily habla de que el proceso resultó bastante turbio, de que desaparecieron pruebas. Mahler dice que, para él, fue «la confirmación de la teoría marxista sobre el papel del Estado como instrumento de la clase dominante para oprimir a la mayoría explotada», ni más ni menos.

 

Luego se muestran imágenes del denominado «proceso de Stammheim»: Ströbele describe el edificio que se construyó para la ocasión dentro del complejo penitenciario de Stammheim como «una condena anticipada hecha de hormigón»; en una grabación magnetofónica, oímos a Schily gritar en la sala: «Frente al poder, blandimos el argumento del derecho»… No conozco a ningún otro abogado que pueda pronunciar espontáneamente una frase como esa. Durante el juicio, los agentes de policía de Stammheim cacheaban a Schily, lo cual era incompatible con su posición de abogado, un «órgano independiente de la administración de justicia». De hecho, aquella frase lo dice todo sobre él: blandir el argumento de la ley es, precisamente, el leitmotiv de su vida.

 

 

 

Todos los acontecimientos de importancia para la sociedad se reflejan en los procesos penales. La disputa por el camino correcto también se libra ante los tribunales, y no solo en las elecciones. Y lo que estaba en juego en el procedimiento contra los miembros de la RAF era el propio Estado de derecho. La democracia era joven y se enfrentaba casi indefensa al terror; los políticos se sentían inseguros, obraban de forma contradictoria, cometían errores. No había una postura jurídico-estatal clara ante los atentados terroristas.

 

Durante su formación, a los estudiantes de Derecho se les enseña que no se debe tratar a un acusado como si fuese tan solo el objeto de un proceso penal, lo que constituye una verdad de Perogrullo en un Estado de derecho consolidado. Sin embargo, en la época del proceso de Stammheim todavía era necesario reivindicarla ante los tribunales alemanes. Pocos parecían entender que los terroristas también son seres humanos, que también tienen dignidad. Schily, consciente de la injusticia de los nazis, lo había comprendido. Creía en la ley y quería hacerla valer incluso ante el tribunal, ante la fiscalía, ante un policía que le había disparado a un manifestante por la espalda. La justicia misma sí se convirtió, así, en el elemento central de su pensamiento. Por eso



 

 

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era el más convincente de los abogados, sin contar con que estaba dotado de un gran talento y era capaz de pronunciar cada frase en el tono preciso. Más tarde, muchos no comprendieron que precisamente ese «defensor de los terroristas» llegara a ser ministro del Interior, pero era un paso consecuente. Como ministro, Schily no hizo nada distinto, al menos hasta donde él mismo era capaz de ver: defendió la ley y el Estado de derecho, esa gran idea de la humanidad.

 

 

 

El caso de Ströbele es totalmente distinto. En el documental asegura que se siente particularmente afectado cuando algo es injusto. Sus frases tienen a menudo algo conmovedor. Poco antes del final habla de sí mismo: cuenta que pasea con frecuencia por el bosque y que le gusta preparar mermeladas. Opina que las guerras son siempre injustas. Al escucharlo, de repente se tiene la impresión de que es muy fácil distinguir entre el bien y el mal. Lo vemos en la sala del tribunal con los cabellos blancos y las cejas pobladas, amable y atento. Los jesuitas de mi internado lo habrían definido como «una persona decente»: es alguien que te cae más simpático a cada momento. No dudaría en confiarle mi cartera y la llave de mi casa, pero elegiría a Schily como abogado defensor.

 

 

 

¿Y Mahler? El suyo es el caso más complicado de los tres. Fue miembro fundador de la Fracción del Ejército Rojo. En 1973 lo condenaron a doce años de prisión; en 1974, la pena ascendió a catorce años. Sin embargo, cuando los terroristas de la RAF secuestraron al presidente de la Unión Demócrata Cristiana de Alemania (CDU) en Berlín para pedir la libertad de los «camaradas presos», él fue el único que permaneció voluntariamente en la cárcel. Salió en libertad en 1980. Más tarde lo juzgaron varias veces por incitación al odio. Para él, cada tribunal era un escenario. A veces amenazaba a los jueces con la pena de muerte. Negaba el Holocausto y saludó con un «Heil Hitler!» a un presentador de televisión. En el documental se lo ve en mítines nazis; dice disparates; es como si todo le diera igual.

 

En 1970, cuando Mahler cayó en prisión, Ströbele se ocupó de su familia, mientras que Schily le llevó a la celda las obras completas de Hegel. Eso también resulta muy característico de los dos abogados. En los círculos



 

 

 

 

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judiciales se cuenta que Mahler pasó diez años leyendo exclusivamente a Hegel.

 

El sistema filosófico de Hegel es el más coherente de todos. Sus teorías pretenden explicar la realidad entera y, como sucede con toda ideología significativa, leerlo puede resultar tremendamente absorbente. Creo que si un hombre con una gran inteligencia se dedica a estudiar a Hegel durante diez años en la celda de una prisión, se convierte en lo que Mahler se convirtió. Mahler es el intelectual frío, inconmovible, que queda atrapado en las redes de una teoría y acaba pereciendo. En la historia alemana siempre ha habido hombres así, y a menudo han sido juristas. Que sean radicales de derechas o de izquierdas da igual. Mahler se convirtió en un prisionero de sí mismo.

 

 

 

El documental muestra lo complicada que es Alemania. Tres hombres jóvenes, tres personalidades fundamentalmente distintas, tres caminos políticos distintos. Schily defendió la ley contra el Estado, Ströbele creía en el bien, Mahler se enredó en los extremos. Los tres son ancianos hoy en día, han vivido sus vidas.

 

Al final de la película, cada uno habla sobre los otros dos. Mahler dice que Schily lo considera una «inmundicia política», pero que «para él es un honor». Luego sonríe a la cámara. La escena en que le preguntan a Schily por Mahler es una de las más memorables. El primero levanta las manos y responde: «Una tragedia.» Nada más.

 

 

 

Escribo este texto en un café delante del juzgado donde se procesó a Mahler en 1973. Es otoño y las hojas caídas se amontonan. Ha estado lloviendo sin parar durante una semana. Por supuesto, todavía hay grandes juicios, y seguirá habiéndolos, pero todo el mundo en el ámbito judicial ha aprendido mucho del proceso de Stammheim. Allí, por primera vez, se llevó al límite el código de procedimiento penal y se definió el Estado de derecho. Hoy se sigue luchando por la dignidad del acusado. Hay que hacerlo, día tras día, pero en muchos aspectos es más fácil, y tal vez ese sea el mayor mérito de los abogados del proceso de Stammheim.

 

No recuerdo todos los detalles del documental, pero hay una secuencia que me resulta inolvidable. Es la respuesta correcta a las salidas de tono de Mahler. El 13 de marzo de 1977, Schily se encuentra en la tribuna del



 

 

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Bundestag, el Parlamento federal alemán, hablando con motivo de una exposición titulada Guerra de exterminio. Crímenes de la Wehrmacht, 1941-1944. Apenas puede expresarse; se detiene, se disculpa; está a punto de echarse a llorar. Entonces se refiere a sus hermanos, a las víctimas de la guerra y a los nazis. No sé cuándo fue la última vez que un discurso me ha conmovido tanto.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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En el tribunal penal de Moabit, en Berlín, hace años que está prohibido fumar. Unos carteles amarillos fijados en las paredes de azulejo anuncian: ÁREA DE FUMADORES PARA VISITANTES EN EL PATIO DEL PATÍBULO. Pese a ello, el cliente

 

sigue fumando. Está en la escalera que lleva a las celdas, cerca de la entrada a la sala de audiencias. Un guardia enfadado le llama la atención, pero él sigue fumando sin inmutarse. Lleva seis meses en prisión preventiva esperando su juicio por homicidio. Mira al guardia, se encoge de hombros y le pregunta: «¿Qué piensa hacer? ¿Arrestarme?».

 

 

 

El 22 de abril de 1947, Wehmeyer y un conocido suyo salen de Berlín en dirección al norte. En la ciudad destruida hay poco que comer y ambos pasan hambre. Quieren intercambiar prendas de vestir por patatas. Wehmeyer lleva consigo un par de botas y un pantalón. En aquel entonces a esas operaciones se las llamaba «negocios de hámster», y con frecuencia constituían la única forma de sobrevivir.

 

Wehmeyer tiene veintitrés años. Vive con su madre y sus hermanas en un vagón de tren abandonado; su padre murió poco después de regresar del cautiverio en Rusia. Él comenzó una formación de cerrajero, pero robó un cincel y lo echaron. Después fue tirando con trabajos temporales mal pagados y llevando una existencia incierta, sin futuro.

 

Por el camino, los dos hombres conocen a una mujer. Tiene sesenta y un años y también ha ido al campo para hacer trueques. Por la noche, vuelven a encontrarse con ella por azar. Wehmeyer no ha tenido suerte: no ha conseguido intercambiar sus cosas. La mujer ha salido mejor parada y lleva un saco de patatas de veinte kilos: una pequeña fortuna en esos tiempos. Los tres transportan el saco en una carretilla y regresan a Berlín. Oscurece. De repente, sin previo aviso, Wehmeyer le propina a la mujer un puñetazo en el cuello y le fractura la laringe. Cae al suelo. El joven le ata las manos a la espalda, le mete un pañuelo en la boca, le baja las bragas y la viola. Su



 

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conocido se queda mirando sin intervenir. Más tarde dirá que tuvo miedo de Wehmeyer. La mordaza no deja respirar a la mujer, que se asfixia mientras el joven abusa de ella. Una vez este ha terminado, se queda con las patatas de la muerta.

 

Cinco días más tarde, encuentran el cadáver en un campo. No tardan en localizar a Wehmeyer y a su conocido. Los llevan a la comisaría, donde se echan la culpa mutuamente. Un perito judicial interroga a Wehmeyer y luego apunta que el joven se ha mantenido siempre «impasible y despiadado».

 

El juicio no dura más de un día. El fiscal hace referencia a un antecedente penal por robo: a los dieciséis años, Wehmeyer le había arrebatado el bolso a una mujer.

 

Los jueces se ponen de acuerdo enseguida. La sentencia reza: «Con su espantoso acto, el acusado se ha apartado de la humanidad civilizada y ha perdido el derecho a vivir».

 

Así se hablaba por entonces, dos años después de que terminara la guerra.

 

El abogado defensor de Wehmeyer intenta salvarlo: presenta peticiones, intenta ganar tiempo, hace todo lo que está en sus manos, pero es en vano: los jueces no quieren oír nada más, no atienden ni una sola petición. Saben que no podrán aplicar la pena de muerte por mucho más tiempo.

 

El 11 de mayo de 1949, la guillotina separa del tronco la cabeza de Wehmeyer. Es la última ejecución de Moabit. Doce días más tarde entra en vigor la Ley Fundamental, que supone la abolición de la pena de muerte.

 

Dicen que Wehmeyer fumó mucho en su celda la noche previa a la ejecución.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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En 1973, dos miembros de una sección regional del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) limpian una bañera de bebé a la que Joseph Beuys había aplicado vendas y esparadrapos para poder lavar vasos en ella durante un evento. La indemnización por la destrucción de la obra de arte asciende a 40 000 marcos.

 

En 1974, un fabricante de productos de limpieza doméstica encarga un spot publicitario en el que se ve a dos mujeres de la limpieza fregar una bañera de bebé en un museo de arte moderno.

 

En 1986, una limpiadora de la Academia de Arte de Düsseldorf le pasa la fregona a una instalación de Joseph Beuys titulada Fettecke: «Rincón grasiento». La indemnización vuelve a ascender a los 40 000 marcos.

 

En 2014, tres artistas elaboran un licor con los restos de Fettecke. Tras probarlo, aseguran que sabe a queso parmesano. Exhiben el destilado restante en una botella de vidrio.

 

En 2011, una mujer de la limpieza de un museo de Dortmund friega a fondo una palangana de Martin Kippenberger. Se desconoce a cuánto ascendió la indemnización por daños y perjuicios.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Un antiguo compañero de escuela acude a una presentación de mi libro en el sur de Alemania. No lo reconozco: iba dos cursos por delante de mí y por entonces teníamos doce y catorce años. Yo vivía en el internado y él no: era «externo», como se decía por entonces. Los externos eran niños de los pueblos de los alrededores que simplemente asistían a clase por las mañanas.

 

Su padre era guarda forestal, un hombre menudo y de tez oscura con una barba negra y una voz extrañamente aguda. Una vez fui a la casa familiar. Cenaban en silencio. En un rincón de una pequeña sala de estar, en una vitrina colocada sobre un banco de roble, había un crucifijo. Hasta ese día, yo nunca había oído la palabra Herrgottswinkel, «rincón de oración».

 

Después de la cena le di las gracias a la madre y le dije que la comida estaba muy buena. Su boca era una línea blanca en un rostro amarillo. «No se dice que la comida “está muy buena”. La comida siempre es buena».

 

Mi compañero era un chico amable, de ojos oscuros. Destacaba en todo y les gustaba a las chicas. Una vez llegó a la escuela con un ojo morado. Dijo que había tropezado. Y otra vez notamos, en los vestuarios de la clase de gimnasia, que tenía la espalda llena de cardenales. En un momento dado lo perdí de vista.

 

Después de la presentación, me invita a cenar. Vamos a su casa en coche, a través del bosque. Apenas habla, aunque antes no era callado en absoluto. Su coche huele a perro húmedo y a resina. Cuando bajamos, coge sin decir palabra un fusil del maletero y se lo cuelga al hombro. Solo entonces reconozco el lugar: vive en la casa de su padre y es guarda forestal como él.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Hoy ha muerto Imre Kertész. Tenía un apartamento encima de mi bufete. A veces nos encontrábamos en el lento ascensor y hablábamos de literatura, de ópera, de los restaurantes de nuestra calle…

 

En una ocasión me pidió que lo ayudara en un asunto legal. Una vez resuelto, quise evitarle la molestia de que fuera al despacho y le subí los documentos. Debían de ser las ocho de la tarde. Abrió la puerta tan elegantemente vestido como siempre, con sus zapatos impecables, su chaqueta de cachemir, su perfume antiguo y denso. Me invitó a entrar. Por entonces vivía solo, su esposa lo visitaba raras veces. Yo ignoraba lo enfermo que se encontraba. En el comedor, la mesa estaba puesta: mantel blanco, cubiertos de plata, copas de cristal, dos velas. Le pregunté si estaba esperando a alguien; no quería importunar. «No, no», me respondió. Ponía así la mesa cada noche. No quería «abandonarse».

 

Kertész lo sabía todo sobre la muerte. Había estado en los campos de concentración de Auschwitz, Buchenwald y Tröglitz-Rehmsdorf, y había sobrevivido. Lo liberaron en 1945, cuando tenía dieciséis años. Poco antes de aquella noche en que visité su apartamento había declarado: «Creo que ya he vivido todo lo que tenía que vivir. La vida se ha terminado, pero yo todavía sigo aquí».

 

Quererse a uno mismo es demasiado pedir, pero hay que guardar las formas: son nuestro último asidero.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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En Zúrich me encuentro con un juez del Tribunal Supremo suizo. Hablamos sobre la pena de muerte y el gradual debilitamiento de nuestros últimos límites. Dice que en Suiza es fácil modificar la Constitución. Ya ha habido votaciones sobre el derecho penal, por ejemplo; sobre la cadena perpetua. Los profesores de Derecho, la justicia y los entendidos estaban de acuerdo entre sí, pero el pueblo votó algo distinto.

 

Es un hombre tranquilo y sensato. Se pregunta qué significa realmente la «vigencia de la ley». ¿Qué debería hacer si una mayoría en su país vota a favor de una ley que vuelve a introducir la pena de muerte? ¿En qué casos sería bueno considerar una decisión basada en los hechos antes que una basada en la mayoría? ¿Cuándo sería indispensable atenerse a los hechos, y no a las opiniones? ¿O acaso la ética no cuenta nada ante la voluntad ciudadana? Y si es el caso, ¿quién determina en qué consiste esa ética?

 

 

 

En 1893, en Estados Unidos, Will Purvis es condenado a muerte por el asesinato de un hombre. El trasfondo del caso es bastante complejo, e involucra a una organización similar al Ku Klux Klan, una serie de rumores y el disparo mortal de un francotirador.

 

Durante el proceso, Purvis afirma que es inocente, pero los miembros del jurado no creen a los testigos que dan fe de que la coartada es cierta. Cuando lo conducen fuera de la sala del tribunal, les grita a los jueces: «¡Vais a moriros todos antes que yo! ¡Os sobreviviré a todos!».

 

El 7 de febrero de 1894, el verdugo le pone la cuerda alrededor del cuello. Han llegado cientos de curiosos. El verdugo acciona la puerta de la trampilla, pero el nudo se deshace y Purvis sale indemne. Poco después, el Tribunal Supremo de Misisipi determina que hay que ahorcarlo a toda costa.

 

La noche de su ejecución, consigue huir de la cárcel. Tres años más tarde (a esas alturas ya hay otro gobernador en el cargo) lo indultan. Se casa y tiene siete hijos. Veinticuatro años después del asesinato, otro hombre



 

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confiesa haber cometido el crimen por el que se juzgó a Purvis, que obtiene 5000 dólares de indemnización: una suma enorme para la época.

 

En 1938, Purvis muere en paz, ya anciano y rodeado de su familia. Tenía razón: tres días antes había muerto el último de los doce miembros del jurado que lo había condenado a muerte cuarenta y cinco años antes.

 

 

 

El juez de Zúrich reflexiona largo y tendido. Al final dice que dimitiría, llegado el caso: no puede ejercer si hay una ley que permite la pena de muerte.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La redactora jefa de una de esas revistas que llaman de life-style me pregunta si me gustaría acompañarla a un desfile de moda en París. Tal vez podría escribir algo al respecto. Es el punto culminante de los días dedicados a la moda, «un event extraordinario», dice, porque en su mundo todos hablan así. Es todo un honor asistir, y es casi imposible conseguir una entrada: se necesitan connections. Me enseña la invitación, impresa en un cartón grueso, que lleva desde hace días en el bolso. Dice HAUTE COUTURE con una letra infantil.

 

 

 

«Si eres lo bastante afortunado para haber vivido en París de joven, vayas a donde vayas la llevarás contigo el resto de tu vida, pues París es una fiesta portátil». En 1964, Ernest Hemingway escribió esto sobre París en el más feliz de sus libros. Había vivido en esa ciudad en los años veinte, cuando conoció a Gertrude Stein, James Joyce, Ezra Pound, Ford Madox Ford, John Dos Passos y Francis Scott Fitzgerald. Fue allí donde se hizo escritor. Se cuenta que, al marcharse, olvidó una maleta con diarios y apuntes en el hotel Ritz, y que, en 1956, cuando al fin regresó, un camarero lo sorprendió entregándole la maleta, que estaba en el sótano. Entonces pudo escribir ese libro: tenía la experiencia de toda una vida de escritor y los recuerdos frescos de su juventud. No sé si es verdad, pero quizá eso no es necesario para que sea una estupenda anécdota.

 

Cuando yo era joven todavía se podía fumar en los cafés. Vivía en una habitación minúscula, cara y en un estado lamentable. Una corpulenta prostituta senegalesa alquilaba la habitación de al lado. Nos entendíamos bien, pero sus horas de trabajo se prolongaban hasta las cinco o las seis de la mañana y hacía tanto ruido con sus clientes que yo apenas conseguía dormir. A menudo me invitaba a su casa a primera hora de la mañana y bebíamos un café instantáneo horroroso, pero barato. Me hablaba de sus clientes y sus extraños deseos y me mostraba fotos de su gran familia, a la que le enviaba



 

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casi todo su dinero. Yo apenas hablaba francés, pero daba igual porque ella hablaba por los dos y así nos sentíamos menos solos. En mi habitación había un pequeño calefactor incapaz de paliar el frío del invierno. Las ventanas se congelaban y sobre los delgados vidrios se formaban flores de escarcha.

 

 

 

Por las noches, la lluvia te obligaba a mantener cerradas las ventanas, y el viento frío agitaba el follaje de los árboles de la place de la Contrescarpe. Las hojas caían y se empapaban en el suelo mientras el viento empujaba la lluvia contra el gran autobús verde en la terminal. El Café des Amateurs estaba abarrotado, las ventanas se empañaban debido al calor y el humo.

 

 

 

Entonces no tenía dinero y pasaba largas horas en esos cafés baratos. No sé si se debe a que viví en París a una edad en la que los lugares marcan y a que todo era nuevo para mí, pero todavía sigo soñando con esa ciudad, con sus olores y colores, con los amigos, con esa edad en que creemos que todo saldrá bien tan solo porque sabemos poco y la realidad todavía no ejerce ningún poder sobre nosotros. Pienso en eso mientras la redactora jefa me pregunta, y acepto la invitación.

 

El viaje resulta horrible. Una retención de varios kilómetros hace que tarde hora y media en llegar a la ciudad desde el aeropuerto. Me reúno con la redactora jefa en el Café de Flore, donde toda la clientela parece pertenecer al gremio de la moda. Ella no deja de mirar alrededor por si reconoce a alguien o alguien la reconoce. La gente fotografía con el móvil la comida, las servilletas, incluso los pequeños sobres de azúcar que descansan en los platillos de las tazas de café, para publicar las fotos en Instagram y Facebook.

 

 

 

Era un café agradable, cálido, limpio y acogedor. Colgué mi viejo impermeable en el perchero para que se secara, dejé mi sombrero de fieltro, raído y gastado, en el estante sobre el banco y pedí un café au lait. El camarero me lo trajo y yo saqué del bolsillo del abrigo un cuaderno y un lápiz y me puse a escribir.



 

 

 

 

 

 

 

 

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El Café Hemingway se encuentra en la place Saint-Michel, no lejos del boulevard Saint-Germain y el Café de Flore, donde estamos sentados. Preferiría estar allí. Es la mejor época del año en París: hace más fresco bajo los plátanos; por las noches, la luz de los cafés y de las tiendas iluminadas se refleja sobre las aceras y ya huele a otoño. Esta ciudad parece resistirlo todo: las películas de amor de Hollywood, la cursilería de la torre Eiffel e incluso los apartamentos de cincuenta millones de euros, propiedad de árabes y rusos, que siempre están vacíos.

 

 

 

Pedí otro ron St. James. De tanto en tanto levantaba la vista y miraba a la chica. «Te he visto, preciosa», pensaba mientras afilaba el lápiz y las virutas caían enrolladas en el platillo debajo de mi copa, «y ahora me perteneces. No importa a quién esperes, ni siquiera si nunca más vuelvo a verte: me perteneces, y París entera me pertenece, y yo pertenezco a este cuaderno y este lápiz».

 

 

 

Mientras escribes hablas con personas que inventas, vives sus vidas junto con ellas y llega un momento en que el tiempo pierde toda importancia: escribir se convierte en lo principal. Esto sucede también en el café Les Deux Magots, e incluso en el Café de Flore, pese a la gente que lo abarrota ahora mismo, a la semana de la moda y a las fotos con el móvil: ocurre cuando uno está solo y puede estar consigo mismo.

 

Al día siguiente vamos en taxi al Grand Palais, a cuyas puertas hay cientos de personas que esperan conseguir una entrada. La cubierta del edificio se eleva a más de cuarenta metros de altura, el techo es de vidrio ribeteado por puntales de hierro remachados y pintados de verde claro. En el siglo pasado, mujeres con vestidos veraniegos y hombres con trajes claros acudían aquí para ver las primeras exposiciones de automóviles. Entonces se creía en el progreso. «En el futuro, la vida será más fácil y más interesante», se pensaba muy poco antes de que estallaran las grandes guerras.

 

La puesta en escena del desfile de haute-couture es perfecta: hay citas de obras literarias en las paredes y sobre el suelo; todo está pintando de un blanco cegador, la sala entera parece una foto sobreexpuesta. Los camareros ofrecen dulces en bandejas de plata, pero por supuesto ahí no come nadie. Las personas más ricas, guapas y famosas del mundo están sentadas sobre unas



 

 

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cajas de madera lacadas de blanco y sin respaldo y, cuando un fotógrafo apunta a una embarazada, ella enseguida se pone de perfil para que se vea que está esperando un hijo y no es que simplemente haya engordado.

 

El desfile empieza con un ruido ensordecedor, un ritmo sordo y martilleante que golpea el estómago. Aparecen las modelos, con los rostros cubiertos de un maquillaje oscuro. Recuerdan a las Erinias, las diosas griegas de la venganza. Ninguna sonríe. Su forma de caminar es grotesca: empujan las caderas hacia delante, tengo miedo de que se caigan. Parecen terriblemente tensas, figuras de palo sin pechos ni trasero. Todo termina al cabo de doce minutos. Luego me cuentan que las modelos solo comen cubitos de hielo y chupan algodones mojados en zumo de naranja.

 

Todo esto es un malentendido: la moda es una ilusión, una promesa de felicidad que, naturalmente, nunca se cumplirá, pero que debería ser luminosa, risueña y ligera. Yo esperaba admirar a mujeres y ver vestidos refinados; esperaba ver belleza, elegancia y perfección, y esto no ha sido más que un ballet estéril de doce minutos organizado por una empresa que vale miles de millones de euros. Después del desfile, los invitados reciben una bolsa con gel de ducha y sales de baño en un estuche negro. Le regalo la mía a una mujer que está delante del Palais y que no ha conseguido entrar.

 

En el vuelo de regreso, pienso en el poema de Joachim Ringelnatz:

 

Por catorce días regálame tu corazón,

 

tú, niña jirafa de largos pasos,

 

para que, como quien al viento habla, te sea franco y te diga cosas buenas y llenas de amor. Cuando te vi, larga Gabriela,

 

un agujero en tu media me conmovió

 

y mi alma, sin que tú lo supieras,

 

por ese agujero se metió.

 

No la eches y di: ¡Sí!

 

Fue tan bello cuando te vi.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Ha dormido en un pueblo de la costa atlántica tras viajar sola durante casi dieciséis horas en un coche pequeño. En los últimos días ha llorado con frecuencia.

 

El hotel también es pequeño, la habitación está mal ventilada y no puede dormir. Vuelve a vestirse y se va al pueblo. Los cafés y restaurantes llevan horas cerrados. Algunas casas tienen placas en la fachada: hace cincuenta años vivía allí un pintor o un escritor. «Por la luz», ponía en el folleto del hotel que había en la mesilla de noche. Lee nombres de muertos en las fachadas de las casas.

 

Sigue preguntándose si irse ha sido lo correcto. Simplemente lo ha hecho, aunque todos esos años él ha sido amable y cariñoso, se ha preocupado por ella, ha puesto orden en su vida y la ha cuidado. No había nada de falso en él; él era su casa, una buena persona, mucho mejor persona que ella. No hay explicación, ninguna máxima, nada a lo que ella pueda aferrarse.

 

Permanece sentada un rato sobre un banco de piedra en el puerto (el olor a podredumbre, el agua salobre que chapotea contra los muros del muelle, la sal húmeda en la piel). Recuerda cuando, hace años, fueron a la playa no lejos de ahí. Al amanecer vieron nadar un ciervo, la cabeza erguida del animal confuso y desorientado entre las olas doradas. Entonces, ella le dijo que él no tenía idea de quién era, y que lo que creía saber sobre ella era solo una imagen que no tenía nada que ver con quien ella era de verdad.

 

Al final se cansa y da media vuelta. En el balcón del segundo piso del hotel hay una mujer. Está desnuda y fuma un cigarrillo. Cuando descubre que está mirándola, le hace un gesto con la cabeza: los insomnes se reconocen. De pronto, un hombre se acerca por detrás y la coge por los pechos. Ella ríe y pone sus manos sobre las de él. Luego tira el cigarrillo, se vuelve hacia el hombre y desaparece en la oscuridad de la habitación.

 

Ella entra en su propio cuarto, se acuesta vestida y se duerme al instante. Después de un par de horas se despierta sudando, con la ropa pegada al cuerpo. Abre la puerta del pequeño balcón. Por fin ha llovido, el aire está



 

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limpio y fresco. «Incluso si no podemos ser felices, tenemos obligación de vivir», piensa.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Lars Gustafsson era un escritor sueco. Ganó importantes premios literarios, sus libros se tradujeron a todas las lenguas del mundo y muchos años fue candidato al premio Nobel.

 

En la década de los setenta escribió un libro: Los tenistas. En él, un profesor sueco acepta un puesto en la Universidad de Texas en Austin para enseñar Filosofía y Literatura. Es pálido, delgado, débil y poco deportista. Le gusta la curiosidad y la falta de complicaciones de los estudiantes estadounidenses. «Son totalmente distintos de sus pares europeos», piensa. Su inglés todavía no es bueno: traduce el «superhombre» de Nietzsche por Superman, lo que lleva a confusión, pero en el Nuevo Mundo, lejos de la oscura Suecia, bajo el calor de Austin, poco a poco empieza a cambiar. A medida que la historia avanza, se convierte en un jugador de tenis de primera categoría. Y se libera.

 

En efecto, Lars Gustafsson enseñó Literatura y Filosofía en Austin, y en 1983 hizo una gira por Europa presentando su libro. Yo acudí a uno de esos actos, en Constanza, y luego le pregunté si tendría ganas de jugar un partido de tenis conmigo. Aceptó.

 

Lo recogí a la mañana siguiente. Era un día de verano y el cielo lucía un azul intenso. La pista que nos había tocado estaba a la entrada del parque. Era de tierra batida, lo que intensificaba el calor. En los descansos corríamos a ponernos a la sombra de los viejos castaños y olmos, de un verde oscuro, situados al borde de la pista. Gustafsson se movía con cierta rigidez, pero jugaba muy concentrado y sus golpes eran fuertes y certeros.

 

 

 

Después nos fuimos a nadar. Le pregunté si no le cansaban las presentaciones. Se echó a reír y me habló de una que habían organizado en un pueblo diminuto y apartado de Suecia. Al parecer, en cuanto salió para allí estalló una tormenta de nieve y al cabo de un par de minutos la carretera quedó casi



 

 

 

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impracticable. Pensó en dar media vuelta, pero ya estaba muy lejos. Al final, llegó al pueblo.

 

Suecia es un país rico e invierte mucho dinero en cultura; por eso, incluso en esa apartada población, había un inmenso auditorio municipal con escenario y mil doscientas butacas. Tras resbalar un par de veces en el aparcamiento, llegó a la puerta de entrada. La sala estaba iluminada y caldeada, pero casi completamente vacía. Había una sola persona: un señor sentado en la primera fila. Él no tenía ganas de volver a su coche. Al final, se dijo que, a pesar de ese tiempo horrible, aquel hombre también había acudido, de modo que se recompuso, subió al escenario, fue hasta el podio y empezó a leer.

 

En cierto modo se sentía orgulloso de sí mismo. Era un salvador de la literatura. «Lo correcto es dar la conferencia, aunque sea tan solo para este señor. Podría ser el último hombre que de veras ama los libros», pensó, y se puso manos a la obra aunque, al mismo tiempo, le parecía absurdo: dictó la misma conferencia que había dictado delante de miles de personas en Nueva York, París, Roma y Berlín.

 

Durante el acto le pasó por la cabeza que ya había visto antes al hombre que se sentaba en primera fila, pero no acababa de ubicarlo.

 

Concluyó después de hora y media y el señor de la primera fila aplaudió cortésmente. Él inclinó la cabeza, abandonó el escenario y cruzó la sala dirigiéndose a la puerta. En el último momento, vio que el hombre subía al escenario, se acercaba al micrófono, sacaba un par de folios de su cartera y empezaba a hablar. Entonces, por fin lo reconoció: era el otro escritor famoso al que habían invitado esa noche.

 

 

 

Nos sentamos junto a la piscina bajo un descolorido techo de madera, de un blanco azulado, y bebimos té con hielo. Gustafsson habló del invierno en Suecia y del calor que hacía en Austin, y luego conversamos sobre el saque en el tenis. Él lo consideraba un milagro: incluso los mejores jugadores del mundo podían fallar seis veces seguidas y nadie sabía por qué: era impredecible. «Es como preguntarse de qué modo acabará nuestra vida», dijo.

 

 

 

Años más tarde leí un poema sobre el modo en que deseaba morir:



 

 

 

 

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Tendría que ser a primeros de agosto.

 

Las golondrinas ya se habrían ido, pero quedaría algún abejorro probando a volar a la sombra de un frambueso.

 

Tendría que soplar una brisa ligera, pero no persistente,

 

Sobre los prados en pleno verano.

 

Tú tendrías que estar ahí,

 

pero sin hablar gran cosa,

 

más bien acariciándome el cabello.

 

Y mirándome a los ojos

 

con una mirada

 

risueña.

 

Y entonces quiero

 

ver desaparecer este mundo

 

no sin sentir alivio.

 

 

 

 

 

El 2 de abril de 2016 a primera hora de la tarde empezó a caer una ligera llovizna en Västerås. Estuvo nublado durante toda la noche, pero al día siguiente, un domingo, no llovió. La temperatura máxima era de once grados y el viento soplaba a seis kilómetros por hora (según la oficina meteorológica se registró «una leve brisa»). Aún no había «prados en pleno verano», pero en abril la primavera hace florear los vastos campos de Västerås y despierta a los abejorros reina de su largo sueño invernal.

 

Es hora de irse a casa,

 

Pero ya estamos en casa.

 

Lars Gustafsson murió el 3 de abril de 2016.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El propietario de una papelería me enseña unos libros para colorear destinados a adultos. Son el último grito. Se venden tan bien que un fabricante de lápices de colores lleva semanas haciendo turnos de noche para responder a la demanda, que no deja de crecer.

 

Según el propietario de la papelería, la gente compra esos libros porque colorear «los ayuda a relajarse». Un cliente incluso le explicó que gracias a ellos «baja el ritmo de su día a día». Puede sonar raro, pero hay un libro para colorear destinado a adultos en el cuarto lugar de la lista de los libros más vendidos en Amazon, y también son un buen negocio para el propietario de la papelería, porque la gente que los compra suele tener dinero, de modo que piden los ejemplares más caros y los mejores lápices de colores.

 

Me muestra el estuche de madera Albrecht Dürer. Contiene ciento veinte lápices acuarelables «con una incomparable resistencia a la luz y unos colores brillantes». Pero el producto estrella es el póster de Berlín para colorear, con un papel de óptima calidad y un tamaño de dos por dos metros. Siempre se agota, le falta tiempo para renovar los pedidos. Amigos y conocidos se reúnen por las tardes a colorear juntos el póster.

 

Fuera ha llovido brevemente y ahora, delante de la puerta de la papelería, huele a flores de tilo, a gasolina y a asfalto secándose al sol. Un par de casas más allá hay una librería. En el escaparate está la edición en tapa dura de La broma infinita de David Foster Wallace. Vale veinte euros. El libro para colorear destinado a adultos titulado Los Alpes es siete euros más caro.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Hace unos años tuve que viajar a Brasil: habían arrestado a uno de mis clientes tras intentar pasar de contrabando unos cuantos cientos de kilogramos de cocaína a Europa. Transportar droga en tales cantidades es complicado. La primera regla de los delincuentes profesionales —cometer el delito solo y no hablar con nadie al respecto— difícilmente puede cumplirse en tales negocios. Mi cliente no le había pagado lo suficiente a un miembro de su organización, o no lo había amenazado lo suficiente, así que este lo traicionó y ya llevaba seis meses en una cárcel de Río de Janeiro.

 

Aquella prisión era un lugar francamente desagradable. Olía a cloaca, el agua sucia cubría los suelos de piedra y los presos tenían que sentarse con las piernas recogidas en sus literas de madera. Las celdas estaban pensadas para ocho presos, pero las ocupaban veinte o treinta; el váter era un agujero en el suelo. Muchos estaban enfermos. Se les caían los dientes, les aparecían eccemas en la piel. En las paredes húmedas podía verse a grandes insectos corriendo de aquí para allá. Continuamente se producían motines en los que morían cientos de personas. Los sindicatos del crimen locales torturaban y mataban a los presos y luego despedazaban los cadáveres y los tiraban a las alcantarillas.

 

Me alojé en el Copacabana Palace, un bonito hotel de los años veinte en primera línea de playa. Por allí habían pasado Marlene Dietrich, Orson Welles, Ígor Stravinski y Stefan Zweig. Había piscina, y el mar asomaba enfrente de la terraza. Yo pasaba horas allí sentado, con un intérprete y distintos abogados locales, esbozando estrategias de defensa y discutiendo de qué modo se podía extraditar a mi cliente a Europa. Era raro: teníamos delante la playa más famosa del mundo; había pequeños bares sobre la arena blanca, y sombrillas, y hombres con los cuerpos untados de aceite practicando la capoeira y jugando al fútbol playa, y chicas con el exiguo traje de baño que los autóctonos llaman fio dental («hilo dental»), pero nosotros hablábamos sobre la muerte en las cárceles y el enmarañado sistema judicial brasileño.



 

 

 

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El último día, yo estaba solo en la terraza, intentando comprender las resoluciones del tribunal con ayuda de un diccionario portugués-inglés que había tomado prestado de la biblioteca del hotel. Había pedido té con hielo y unas tostadas con pepinillos cuando un hombre gordo con un traje de lino arrugado se detuvo delante de mi mesa. Me saludó afectuosamente, llamándome por mi nombre, pero no lo reconocí.

 

—¿Ya no sabes quién soy? —preguntó riendo. Hablaba alemán a la perfección, aunque con un ligero acento inglés.

 

—Lo siento, pero…

 

—No, no, no pasa nada —me interrumpió—. Es cierto que he ganado kilos —dijo colocándose las manos sobre el vientre, y entonces me dio su nombre—: soy Harold.

 

En ese momento caí en la cuenta. Lo había conocido más de treinta años atrás en una boda: una amiga mía se había casado con un primo segundo suyo. El matrimonio duró solo dos años (Harold lo describía como «un matrimonio fallido»). Por entonces, él estudiaba en Múnich Administración de Cervecerías, Germanísticas y Filosofía, una combinación que él consideraba de «lo más normal».

 

Un par de veces, en vacaciones, fui a verlo al norte de Inglaterra. Su familia vivía en un castillo del siglo XVIII al que simplemente llamaban «la Casa». Harold decía que la Casa tenía «más o menos ciento veinte habitaciones», pero por supuesto él nunca las había contado.

 

Era hijo único y estaba decidido que él heredaría el título de su padre, la Casa, los inmensos jardines, las tierras agrícolas, la explotación forestal, el criadero de peces y las fábricas de cerveza. Su familia estaba emparentada con Bertrand Russell y las hermanas Mitford, y él solía bromear sobre su posición en la línea de sucesión al trono británico. Un profesor de Filosofía de Múnich me contó años después que Harold había sido su alumno con más talento. Sin duda tenía una inteligencia brillante, pero al mismo tiempo carecía de ambición. Decía que esforzarse era una ridiculez. Durante las vacaciones pasábamos los días tumbados en la azotea de la Casa, comiendo fresas mientras él me contaba anécdotas de sus parientes.

 

Harold se sentó a mi mesa. Tenía la piel enrojecida por el sol y su cabello, antes rubio, se había vuelto blanco. Llamó por señas a un camarero y yo le pregunté si estaba allí de vacaciones.

 

—Hace unos dos años que vivo aquí —contestó—. En cierto modo me quedé aquí varado. La comida y el clima son buenos, el mar me gusta, lo



 

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único que no me acaba de atraer es la playa.

 

Le pregunté por su familia. Me respondió que su padre había muerto hacía un par de años.

 

—Después de veinticinco años de matrimonio, mi madre se fugó con otro hombre. Creo que es banquero de inversión o instructor de equitación, algo así.

 

El padre de Harold siempre llevaba trajes de tres piezas, pero nunca lo vi con otros zapatos que no fueran unas botas de goma negras.

—¿Y por qué no vives en Inglaterra?

 

—Bueno —empezó a decir, y pidió una cerveza Brahma fría—. La separación arruinó a mi padre. No económicamente, para eso había capitulaciones matrimoniales, pero sí en todos los demás aspectos. Cuando vivía con mi madre no era un hombre especialmente amable, pero después de la separación empezó a beber. Y entonces… —El camarero llegó con la cerveza y una jarra cubierta de agua condensada—… y entonces —prosiguió

 

— transfirió la Casa y las tierras al National Trust. Tengo derecho de por vida a ocupar cuatro habitaciones, pero ahora todo está siempre muy ordenado y ya no es muy agradable. Cada día llegan autobuses con visitantes, pagan una entrada de cuatro libras con veinte peniques y compran postales y llaveros con fotos de la Casa.

 

—¿En qué estaba pensando tu padre?

 

—En fin, soy el último de la fila: después de mí ya no queda nadie. Es de suponer que yo mismo habría acabado haciendo lo mismo. A lo mejor solo quiso ahorrarme el trabajo.

 

Le hablé de una mañana que pasé en su casa. Me levanté temprano; el césped todavía estaba húmedo y la luz se veía de un verde grisáceo por culpa de las nubes. En el cobertizo de la barca había varias cosas olvidadas: un hacha con el mango roto, latas de pintura seca, un salvavidas con la cuerda desgarrada. La pintura color azul claro del bote se había desconchado. Salí a remar al lago. Reinaba el silencio y hacía frío. Entonces, en lo alto, se oyó el graznar de los ánsares. Levanté la cara: debían de ser cientos. Yo nunca había visto algo así.

 

—Claro, los ánsares —comentó Harold—, pienso en ellos con frecuencia. Vuelan hacia África, los guía el campo magnético terrestre. Mi padre los llamaba los «viajeros nocturnos».

 

—¿Y no echas todo eso de menos?



 

 

 

 

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Harold reflexionó y en ese momento volví a ver al joven que había sido un día.

 

—No lo creo, querido —dijo al cabo de un rato—. No: el hogar no es un lugar, sino un recuerdo.

 

Más tarde, Harold me llevó a una cena con sus amigos, pero me sentí incómodo y poco después pedí un taxi para regresar al hotel. Bajé a la playa y caminé por el paseo iluminado, con su patrón ondulado de mármol blanco y negro. Había vuelto a refrescar, el mar estaba en calma. De repente me vino a la memoria mi padre: lo vi en el río, pescando con caña, descalzo y con sombrero de paja, con un cigarrillo en la comisura de los labios. Lo vi delgado y alto, tostado por el sol, con la camisa blanca arremangada y el reloj destellando al sol.

 

El aire huele a hierba recién cortada. Yo tengo seis o siete años y me ha regalado una navaja suiza con la que estoy afilando ramas sentado en una piedra. Una vez ha pescado un par de truchas, las frotamos con sal, las ensartamos cada una en una rama y las sostenemos sobre el fuego. Tengo las manos negras y pegajosas a causa de la resina, que no consigo quitarme ni siquiera metiéndolas en el río. Mi padre me explica que de la resina se puede obtener brea y me habla de un físico australiano que quería saber a qué velocidad fluía la brea.

 

—El físico llenó un tarro con brea caliente, dejó pasar tres años para que se endureciera y luego le dio la vuelta. La primera gota cayó ocho años más tarde; la segunda, después de nueve años; luego, el físico murió, pero el tarro con resina aún existe y el experimento prosigue.

 

Los ojos de las truchas se ponen blancos al calor del fuego. Cuando nos las comemos, huelen fatal y están llenas de espinas, pero fingimos que son una exquisitez. Decidimos que viajaremos a Australia para ver caer la siguiente gota.

 

—Iremos a ver a los aborígenes —dice mi padre—. Solo conocen el presente, y no el pasado ni el futuro porque su idioma carece de palabras para referirse a ellos. Tenemos que preguntarles qué piensan de la velocidad con que fluye la brea: nos explicarán el secreto.

 

Miramos el fuego y pensamos en el experimento más lento del mundo. Entonces no existía el tiempo, al igual que no existe en el recuerdo. No

 

había nada más que ese verano en que estábamos junto al río pescando truchas, y yo pensaba que nada cambiaría jamás.



 

 

 

 

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Hoy soy mayor de lo que era mi padre en aquel momento. Murió pronto y nunca fuimos a Australia.

 

Desde entonces ha pasado medio siglo y todo ha cambiado. Las grandes mansiones desaparecieron y con ellas se desvanecieron las sirvientas y las cocineras, los jardineros, los chóferes y los guardabosques con sus perros, a los que yo les tenía tanto cariño. El jardín verde oscuro en el que crecí se vendió hace mucho tiempo. Ya no existe el estanque con los nenúfares ni el puente arqueado de madera, ni la pista de tenis donde nos llenábamos los pantalones y los zapatos blancos de tierra batida, ni la piscina azul claro sobre la que flotaban la hojas, ni el invernadero, ni las viejas y deterioradas jardineras, ni las cuadras… nada de eso. Harold tenía razón: los lentos días de mi niñez, el humo de los cigarrillos de mi padre, la luz ambarina de las suaves tardes de verano… ese mundo solo sigue existiendo en mi interior.

 

A la mañana siguiente, el conserje del hotel me entregó un sobre grueso: Harold me comunicaba que no podría bajar a desayunar porque había bebido demasiado. Me deseaba un buen viaje de vuelta. En el sobre había un libro; ignoro de dónde lo había sacado. Era una vieja edición de los poemas de Eichendorff. Tiempo después, en el vuelo de noche de vuelta a Europa, pensé en los «viajeros nocturnos» y hojeé el libro. Harold me había dejado una espantosa postal de la Casa entre las páginas y había subrayado dos versos de un poema que desde entonces recuerdo siempre cuando alguien me habla del hogar.

 

Ansiamos volver a casa

 

y no sabemos a dónde.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Las nuevas tarifas de teléfonos de Telekom se llaman Magenta.

 

—Son más baratas que nunca —me dice la mujer por teléfono—. Tienen un precio «auténticamente competitivo».

 

Magenta es una ciudad pequeña de Lombardía, a un par de kilómetros de Milán. Allí, el ejército del Reino de Cerdeña-Piamonte y Napoleón III se enfrentaron al emperador austríaco por el dominio del norte de Italia. Fue el 4 de junio de 1859, y murieron tantos soldados que el suelo se tiñó de rojo. De allí proviene el nombre del color magenta.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Mark Twain supuestamente dijo que renunciaría al cielo si allí no dejaban fumar. Tenía razón. Las cosas solo se pusieron interesantes cuando Adán y Eva comieron el fruto del árbol del conocimiento y fueron expulsados del paraíso: por fin terminó ese aburrimiento infinito, ese vacío mental y ese regocijo constante. Los dos se convirtieron en seres humanos y a partir de entonces pudieron conocer el mundo y a sí mismos. Cierto que lo pagaron con la mortalidad, pero así eran las negociaciones con el Dios del Antiguo Testamento: o todo o nada. Eso encajaba perfectamente con el antiguo canciller alemán Helmut Schmidt, a quien por eso mismo considero el fumador ideal. Cada cigarrillo —y en su caso debieron de ser más de un millón— es en esencia un memento mori, un recordatorio de nuestra muerte que, al mismo tiempo, siempre es un recordatorio de que estamos vivos. Schmidt llevaba cuatro baipases y un marcapasos, pero, como sucede con los auténticos jugadores, que necesitan perder para no hartarse de jugar, es posible que no hubiese disfrutado fumando si no fuera algo tan insano. Por eso me parece absurda la búsqueda de un cigarrillo saludable y el empleo de parches y chicles de nicotina (salvo tal vez en vuelos largos). ¿Y dejar de fumar? ¿En serio? Durante mucho tiempo temí que los médicos convencieran a Schmidt de que lo dejara. Otro gran fumador, Zeno Cosini, el protagonista d e La conciencia de Zeno de Italo Svevo, lo intenta a lo largo de más de cuatrocientas cincuenta páginas y, cuando por fin lo consigue, no puede más que exclamar: «Así pues, estaba totalmente curado, pero ¡irremediablemente ridiculizado!».

 

Helmut Schmidt nunca cayó en el ridículo, y eso a pesar de que fumaba Reyno White, unos cigarrillos de cien milímetros de largo y casi completamente blancos, apenas con una fina cinta de color verde antes del filtro. En realidad son un poco femeninos y, para ser sincero, saben bastante mal: el mentol estropea el tabaco. Pero él fumaba con gran elegancia, disfrutando verdaderamente del proceso. Podía interrumpir cualquier conversación un par de segundos encendiendo concentrado el pitillo y



 

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espirando con arrogancia el humo sobre las cabezas de los otros. Era una representación en la que todo armonizaba: su serenidad, su presunción, sus análisis y predicciones, que a decir verdad no siempre eran acertadas, y su cabeza de César.

 

Schmidt fumaba sin parar, y cuando no lo hacía, consumía rapé. Suele decirse que el mejor cigarrillo es el de después del sexo. Por supuesto, no es verdad: ese cigarrillo es tan importante como todos los demás. Los cigarrillos son los aliados del fumador, lo acompañan en las victorias, permanecen junto a él en las derrotas y nunca lo decepcionan. Me imagino cómo fumó Schmidt el primer cigarrillo después de ser elegido canciller, o cuando tuvo que decidir la muerte del empresario Hanns-Martin Schleyer, a quien habían secuestrado cuando era presidente de la Confederación de Empleadores Alemanes (BDA). Seguro que también fumó en ese momento y que eso lo ayudó ante la terrible soledad de su resolución.

 

Schmidt utilizaba encendedores desechables y cogía los cigarrillos directo del paquete. Eso siempre me ha sorprendido. Yo tengo un estuche de plata que pertenecía a mi padre y un encendedor de carey. Estos accesorios son importantes: el sonido nítido del encendedor, el peso de la plata, ese abrirse de golpe de la pitillera; todo eso es una protección contra la fealdad y la brutalidad del mundo. Pero a lo mejor un político debe hacer concesiones, como la gorra de visera Príncipe Enrique, que no casaba en absoluto con los trajes perfectos de Schmidt.

 

Ahora Helmut Schmidt ha muerto y en todas partes está prohibido fumar. Uno no puede imaginarse a Angela Merkel fumando o inhalando rapé en una entrevista. La gente dice que fumar ya no es de esta época, que provoca cáncer y enfermedades cardíacas, que envejece la piel y perjudica el medio ambiente. «Todo eso es cierto», admito mientras enciendo un cigarrillo. Y entonces, mientras fumo, pienso en Al final de la escapada, la película de Jean-Luc Godard. Todavía recuerdo la primera vez que la vi. Fue en Roma, por su vigésimo quinto aniversario, en un cine minúsculo alojado en un sótano. Jean-Paul Belmondo fuma ya la primera vez que se lo enfoca, y sigue haciéndolo durante toda la película. En la última escena, cuando le han disparado y se desploma en la calle, sigue fumando, da la última calada cuando cae al suelo, entonces el cigarrillo escapa de sus labios y rueda por el adoquinado. En silencio, le dice a su fascinante enamorada Jean Seberg que es asquerosa, le sonríe y muere.



 

 

 

 

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Sí, claro que tenemos que dejar de fumar y vivir de un modo sensato, y tampoco tendríamos que tomar azúcar ni comer carne. Eso era lo fantástico de Helmut Schmidt, que nada de eso le interesaba, así de simple.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, no ha podido imponerse al juego de smartphone Pokémon Go: durante 2016, «Pokémon Go» fue el término más buscado en Google a escala mundial, seguido de «iPhone 7», en referencia al teléfono de Apple. Trump tuvo que contentarse con el tercer puesto, al contrario de lo que es habitual para él. Cuando fue a Londres a visitar a la anciana reina Isabel II y pasó revista con ella a la guardia de honor, iba un paso por delante.

 

Según el protocolo de la corte, su esposo Felipe, el octogenario príncipe consorte, debe permanecer siempre detrás de ella en los actos oficiales.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Nos encontramos en la Potsdamer Platz, en el centro de Berlín. La cubierta del Sony Center se inspira en el Fujiyama, el monte sagrado de Japón, donde viven los dioses que nos protegen. Tomamos un café. Hay cientos de personas en la plaza, donde se pueden comprar móviles, joyas, diarios y souvenirs o hacer que te operen los ojos con rayo láser.

 

De aquí a Kiev no hay más que 1400 kilómetros; el vuelo solo dura dos horas, pero aquel es otro mundo, un mundo totalmente distinto. La abogada está en la treintena. Es una mujer delgada, lleva un vestido ligero y parece frágil. Sin embargo, se ha enfrentado a las llamadas repúblicas populares de Donetsk y Luhansk, a unidades paramilitares, a la Federación de Rusia y al mismísimo Putin. Habla de la tortura en su país: en las distintas provincias hay más de setenta y cinco sótanos en los que se torturaba y mataba a hombres y mujeres, o se los encerraba como animales después de secuestrarlos. Las violaciones, las torturas, los asesinatos sistemáticos formaban parte de la estrategia para vencer la resistencia: Ucrania oriental tenía que convertirse en una provincia rusa.

 

—En mi país no existen los derechos fundamentales —cuenta—. Ni siquiera la ley como tal.

 

Dice que su organización no puede hacer más que documentar los crímenes. Ella misma ha visto cómo se limpiaba la sangre de las paredes de los sótanos, cómo destruían las listas con los nombres de los asesinados y quemaban las sentencias de muerte. Sin duda, los torturadores estaban al tanto de que los crímenes contra la humanidad no prescriben. Algún día se necesitarán pruebas para comprender el pasado.

 

Un niño en patinete choca contra la mesa vecina y a un hombre se le cae en el regazo un helado de tres pisos. Suelta una maldición. Se nos escapa la risa y por un instante es como si la abogada llevara una vida totalmente normal.

 

—¿Por qué no puede ser siempre así? —pregunta.



 

 

 

 

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Hablamos del pasado de nuestras familias. Sus abuelos judíos fueron deportados de Viena por los nazis y luego asesinados. Su madre logró huir y se alojó en casa de unos parientes lejanos, campesinos en Ucrania. Ella creció en Kiev. Dice que el destino que sufrió su familia es su motivación para resistir.

 

Mi abuelo, Baldur von Schirach, era por entonces jefe regional del Reich en Viena. «Cualquier judío que opere en Europa es un peligro para la cultura europea», dijo en un discurso en 1942. Fue el responsable de la deportación de los judíos de Viena y, por tanto, también del destino de la familia de la abogada. Pensaba que había sido una «contribución activa a la cultura europea». Tal vez yo me he convertido en quien soy por rabia y vergüenza ante sus frases y actos.

 

Le pregunto de dónde proceden esos crímenes, por qué existen, y ella mira al vacío por encima de la mesa y se queda callada.

 

—El odio es el punto de partida —responde al cabo de un rato—. Incluso si el Holocausto y los asesinatos en mi país no pueden compararse, al principio siempre está el odio que procede de la ignorancia.

 

Suena su móvil y se levanta. Dice que tiene que marcharse. Tiene los ojos cansados. Nos despedimos.

 

Vuelvo a sentarme y pido otro café. Es una de esas tardes templadas y largas, típicas en Berlín a finales de verano. Unos técnicos se han puesto a colgar unas enormes pantallas de vídeo en el Sony Center: mañana se estrena allí un taquillazo internacional y se espera la presencia de varias estrellas de Hollywood.

 

A pocos metros estaba el Tribunal Popular, que Roland Freisler presidió a partir de 1942 y que fue responsable de más de 2500 sentencias de muerte. Sus procesos fueron asesinatos legitimados por el Estado. Muchos de los juicios se filmaron, y una de esas películas muestra al mariscal de campo Von Witzleben. Había adelgazado en la cárcel y, como le habían quitado los tirantes y el cinturón, tenía que aguantarse los pantalones para que no se le cayesen. Freisler le gritaba: «¿Qué hace agarrándose todo el rato los pantalones, viejo guarro?».

 

El 3 de febrero de 1945 nevaba en Berlín, pero era un día claro y luminoso. Ese día, los aliados llevaron a cabo un ataque aéreo. Freisler corrió a un búnker, pero la metralla lo alcanzó en el patio del juzgado. Murió al instante. En su cartera se hallaron los documentos sobre el proceso contra Fabian von Schlabrendorff, un joven oficial que había atentado contra Hitler.



 

 

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No cabe duda de que Freisler lo habría sentenciado a muerte, como a tantos otros antes que él.

 

Después de la guerra, Von Schlabrendorff llegó a ser juez en el Tribunal Constitucional Federal y participó en muchas decisiones fundamentales. Por aquel entonces, el tribunal estableció la jurisprudencia sobre el concepto de dignidad humana.

 

No es por azar que la dignidad se encuentre al comienzo de nuestra Constitución: que se la declare inviolable tiene una importancia capital. Ese primer artículo, además, posee una «garantía de perpetuidad»: no puede modificarse mientras la Constitución siga en vigor. La dignidad humana es la idea más brillante de la Ilustración. Puede disolver el odio y la ignorancia; defiende la vida porque reconoce nuestra finitud y nos convierte en seres humanos en un sentido profundo y auténtico. Sin embargo, la dignidad humana no forma parte del hombre como un brazo o una pierna. Es solo una idea, y como tal es frágil y tenemos que protegerla.

 

La abogada de Kiev tenía razón. Según datos del Centro de Investigación e Información sobre el Antisemitismo en Berlín, en 2017 se registraron 947 incidentes antisemitas en la capital de Alemania, un sesenta por ciento más que en el año anterior. El odio es la postura más terrible, simplista y peligrosa que puede tenerse ante el mundo. La situación empeora y hace tiempo que esa clase de delitos han dejado de ser casos aislados, pero ¿qué podemos hacer?

 

Erich Kästner escribió: «El pasado debe hablar y nosotros escucharlo. De otra forma, ni él ni nosotros encontraremos sosiego». Es cierto: tenemos que comprender cómo llegamos a ser lo que somos y lo que podríamos volver a perder. Cuando la evolución nos dotó de conciencia, nada hacía suponer que un día actuaríamos según principios distintos a los de nuestros antepasados homínidos. De haber seguido las leyes de la naturaleza, habríamos empleado esa nueva facultad para matar a los más débiles, pero hicimos algo diferente: nos dimos leyes y creamos una ética que no favorece a los más fuertes, sino que protege a los más débiles. Esto, el respeto hacia el prójimo, es lo que nos hace humanos en el sentido más elevado. Hace tres mil años, Ciro, rey de Persia, liberó a los esclavos y declaró por primera vez que las personas tienen derecho a elegir libremente su religión y a recibir el mismo trato con independencia de su origen. Esas leyes se reflejan en los primeros cuatro artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Si hoy no protegemos a las minorías, ya se trate de judíos, migrantes, solicitantes de asilo, homosexuales u otros, volveremos a la oscuridad y la desolación. La



 

 

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Magna Carta inglesa, la Bill of Rights estadounidense, la Déclaration des Droits de l’Homme et du Citoyen francesa y las actuales constituciones del mundo libre son nuestra victoria sobre la naturaleza y nuestra victoria sobre nosotros mismos. Aunque sintamos la máxima aversión por lidiar con las crudas realidades de hoy en día, no nos queda otro remedio: solo nosotros mismos podemos oponernos a la barbarie, los espumarajos y la rabia.

 

Cuando le pregunté a la abogada por qué se empeñaba en enfrentarse a todo eso, me contestó:

 

—¿Quién va a hacerlo si no?



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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En 1962, una mujer casada de cuarenta años se sometió a una esterilización y el médico que efectuó el procedimiento recibió una condena por lesiones. Según dictaminó el Tribunal Superior de Justicia de Celle, aquella esterilización constituía un delito porque la mujer tan solo quería poner fin a sus «desenfrenadas ansias de placer».

 

En 2017, una mujer demandó a una clínica por daños y perjuicios. Su esposo había sido operado varias veces de la columna y, como resultado, había quedado impotente, lo que «afectaba su hasta entonces plena vida sexual». El Tribunal Superior de Justicia de Hamm desestimó la acusación.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Llega un momento en que ya no se tienen ídolos. Uno sabe demasiado. Demasiado sobre sí mismo y demasiado sobre los demás. La única excepción es, para mí, Michael Haneke. El arte no es ni un proceso democrático ni un proceso social, sino lo contrario. Debe ser implacable, y no conozco a ningún otro artista que haga menos concesiones. La precisión de su obra, su falta de sentimentalismo, la ausencia de clichés… todo eso me ha dado fuerzas muchas veces, cuando estaba a punto de arrojar la toalla.

 

 

 

Ayumi llegó de Kioto para estudiar Música en la Universidad de las Artes de Berlín. Durante tres años hizo ejercicios al piano casi cada día en una diminuta sala de prácticas. En verano dejaba abierta la ventana porque hacía demasiado calor. Mi despacho estaba cerca de la universidad, y a veces, cuando pasaba debajo de la ventana, me detenía para escucharla mientras me fumaba un cigarrillo.

 

De vez en cuando nos encontrábamos en un café. Le gustaba el pastel de pera. Hablábamos sobre sus ejercicios, su profesor, y sobre haikús, esos brevísimos poemas japoneses. Decía que eran tan directos como la música: cualquier persona los entendía al instante. Le gustaba especialmente uno que el monje Ryokan le había dictado a una monja poco antes de morir. Lo escribió en japonés y alemán sobre una servilleta de papel y me lo leyó en ambas lenguas:

 

Un instante muestra el frente

 

y otro instante el revés,

 

una hoja de arce al caer.

 

La tercera o cuarta vez que me reuní con ella sucedió algo extraño: en medio de una frase dejó de hablar de repente y se quedó mirando por la ventana sin moverse. Solo pasados un par de segundos siguió conversando



 

 

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como si no hubiese sucedido nada. Al cabo de varias semanas, las pausas se fueron alargando y al final le pregunté qué sucedía.

 

—¿Sabes? —respondió—, pierdo la noción del tiempo. —Primero se desvanecía la conversación, luego el café, los árboles, la acera y al final ella misma. En ese momento reinaba la calma y se diluían las heridas diarias, lo oscuro y lo difícil—. Es un comienzo, ¿no? —agregó sonriendo.

 

Creí que la entendía. Me equivocaba.

 

Durante el concierto de fin de curso perdió el conocimiento, resbaló hacia el suelo y se golpeó la cabeza con el piano. Una ambulancia la llevó al hospital, le hicieron radiografías y los médicos descubrieron que tenía un tumor cerebral del tamaño de una pelota de pimpón.

 

Su padre y su madre habían viajado desde Japón. Él era un hombre menudo con unas pesadas gafas de concha, ella llevaba un traje negro. Les hicieron una reverencia a los médicos y se quedaron muy callados. La última vez que vi a Ayumi no podía hablar y sus labios estaban tan blancos como su tez: parecía no tener boca. Un par de días más tarde, murió.

 

Sus padres quisieron enterrarla en su país. Los ayudé con el papeleo: era todo lo que podía hacer. Contemplamos cómo empujaban la caja en el espacio de carga del avión. Era una caja normal, como las que se utilizan para transportar tablas de surf, lámparas de pie o perfiles de aluminio. Sin embargo, en esa caja había un ataúd de madera, y en ese ataúd, una tina de zinc cerrada con soldadura, y en esta, virutas de madera, turba y Ayumi con un vestido blanco.

 

Ese día, el avión despegó como cualquier otro avión, y yo me quedé sentado en la sala esperando que ocurriera algo. La gente miraba su móvil, pedía comida y bebidas y discutía sobre los resultados del fútbol. Eso fue todo. Me marché a casa en un taxi.

 

 

 

Esa noche vi por primera vez la película Caché (Escondido) de Haneke. Por entonces ya hacía más de diez años que era abogado defensor, pero fue allí, en el cine, donde comprendí por primera vez lo que es la culpa. Los psicólogos y psiquiatras dicen que la culpa no existe. Creen que decir esa clase de cosas ayuda, pero no es así. La culpa es una realidad cotidiana. En Happy End, otra de sus películas, los personajes matan, hieren, engañan y callan. No pueden evitarlo. Están uno al lado del otro, pero no se tocan, no se reconocen o bien se hallan molestos y avergonzados. Todos se sienten solos y, sin embargo,



 

 

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siguen siendo desconocidos entre sí. Cuando creen que se aman, escriben sobre sexo y destrucción bajo la luz azul de una pantalla de ordenador. En un momento dado, Eve, de trece años, le dice a su padre: «Sé que no quieres a nadie. No quisiste a mamá, no quieres a Anaïs ni a esa tal Claire ni a mí. No importa». Y en otro momento, Georges afirma, refiriéndose a la muerte de su esposa: «Y entonces, después de tres años absurdos de asqueroso sufrimiento, la asfixié». Esas palabras me hacen pensar en Sócrates, quien, en sus últimos momentos, les pidió a los amigos que sacrificaran a un gallo al dios de la medicina. La muerte es la curación de la vida.

 

Todas las películas de Haneke me han desconcertado. Para poder ver Funny Games hasta el final necesité cuatro intentos. Jamás he visto una película más verosímil respecto a la violencia; en ella, los asesinatos no son un espectáculo pop y divertido como en los filmes de Tarantino. En cuanto a La cinta blanca, es la única película que he visto en un cine completamente lleno sin que se oyera el menor rumor: nadie comía palomitas, nadie tosía, nadie decía una palabra. Amor me recordó a La última posada de Imre Kertész.

 

Para mí, las películas de Haneke son como haikús: dicen exactamente lo que quieren decir y nada más. Hay secretos y alusiones, las historias no se resuelven del todo, pero no hay metáforas, tal como no las hay en la vida. Los haikús hacen aparecer instantáneamente una imagen sencilla y redonda ante nuestros ojos, en la escuela aprendemos lo contrario. Literatura, teatro y artes plásticas son importantes porque solo unos pocos los entienden. Martin Heidegger escribió: «Hacerse inteligible es el suicidio de la filosofía». Se nos dice que lo complicado es lo que vale, pero es absurdo. En realidad, lo sencillo es lo más difícil. Las películas de Haneke son valiosas porque nos cuestionan a nosotros mismos, nos muestran que no hay respuestas. Me ha costado mucho tiempo entenderlo, pero tal vez esa sea nuestra única verdad.

 

Cuando era joven me parecía que una de las preguntas más importantes era: ¿qué es la maldad? Poco después de recibir mi acreditación como abogado, tuve mi primer cliente importante: una mujer joven que había matado a su bebé. La fui a ver a la cárcel. Mi cabeza rebosaba de doctrinas de grandes filósofos; había leído a Platón, a Aristóteles, a Kant, a Nietzsche, a Rawls y a Popper, pero en ese momento, de pronto, todo era distinto. Las paredes de la celda de la prisión estaban pintadas con pintura al óleo de color verde: se suponía que tranquilizaba. La joven estaba sentada junto a una mesa diminuta y lloraba; lloraba porque su hijo estaba muerto; ella, encarcelada, y



 

 

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su novio había desaparecido. En ese momento comprendí que siempre había planteado las preguntas incorrectas. Nunca se trata de teorías y sistemas. La vida solo dura un instante: dentro de pocos años todos estaremos muertos. Somos finitos, frágiles y vulnerables, nunca estamos en condiciones de comprender del todo nuestra vida, aunque a veces creamos que sí. Hace más de doscientos años, Goethe escribió: «El hombre ha nacido para una situación limitada: puede comprender los propósitos sencillos, próximos y determinados, y se habitúa a utilizar los medios que tiene a mano; pero en cuanto accede a la amplitud, no sabe lo que quiere ni lo que debe hacer». El valor de esta frase reside en su humildad. En todo caso, conceptos como «lo malo», «lo bueno», «la moral», «la verdad» me resultan demasiado rotundos y amplios. Durante veinte años he defendido a asesinos y homicidas, he visto habitaciones manchadas de sangre, cabezas cercenadas, órganos sexuales arrancados y cuerpos descuartizados. He hablado con hombres que estaban al borde del abismo, desnudos, destrozados, confusos y horrorizados de sí mismos, y después de todos estos años he comprendido que la pregunta de si el ser humano es bueno o malo es una pregunta absurda. El ser humano puede serlo todo: componer Las bodas de Fígaro, construir la Capilla Sixtina, descubrir la penicilina, o bien librar batallas, violar y asesinar. Y siempre se trata del ser humano, ese ser resplandeciente, desesperado, vejado.

 

 

 

«La impotencia, el abandono total a un ente extraño y amenazador, llámese la vida o la naturaleza; a un ser hostil al hombre y a la existencia; a la oscuridad, el silencio, la locura». Esto escribió Michael Haneke siendo un joven crítico acerca de Extinción, de Thomas Bernhard. Hoy en día me parece que esa frase escondía el programa de sus propias películas. Naturalmente, queremos una explicación de todo lo que sucede: forma parte de nosotros mismos, no podemos reaccionar de otro modo. Apenas empezamos a comprender cómo surgió la vida desde el punto de vista biológico, estamos a punto de comprender el origen del universo, pero nunca podremos responder a la verdadera pregunta: por qué. No podemos ir más allá de nuestro propio lenguaje ni entender la vida superando nuestro propio entendimiento: solo podemos describirla con nuestros conceptos, no tenemos nada más. Sin embargo, esos conceptos no significan nada para la naturaleza, la vida, el todo. Las ondas gravitatorias no son ni buenas ni malas, la fotosíntesis carece de conciencia y no podemos estar ni a favor ni en contra de la fuerza de la



 

 

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gravedad. Todo eso está simplemente allí. Al final, es como en la famosa frase de los Pensamientos de Blaise Pascal que Thomas Bernhard cita en Extinción: «Me aterra el silencio eterno de esos espacios infinitos».

 

Pero ¿qué significa esto? ¿De verdad no existe un juez por encima de la vida misma? ¿Y si existe? ¿No es posible que estemos equivocados? No lo sabemos. Tenemos que asumir que es igual de necio decir que la vida tiene sentido como decir lo contrario. Haneke nos plantea precisamente estas cuestiones, pero no se trata de un nihilismo frío, de una imagen cínica del mundo, de un abandono, una renuncia, sino todo lo contrario. Salimos del cine desconcertados y entendemos que tenemos que reflexionar sobre nosotros mismos. «Esto es todo lo que quería contarte», le dice Georges a Eve en Happy End.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Estoy en Jena, me han invitado a presentar un libro. Por la tarde, poco antes de que empiece el acto, mi agencia me envía un mensaje: la editorial que publica mis libros en Turquía ha sido cerrada después de que el presidente decretara el «estado de emergencia».

 

Mi obra de teatro continúa representándose todavía en Estambul y Ankara.

A raíz del decreto de Erdoğan, se ha despedido a más de 130  000 empleados del servicio público, entre ellos 4000 jueces y fiscales. Más de 77 000 personas han sido encarceladas.

 

El Estado ha cerrado 193 medios de comunicación y editoriales, se ha arrestado a 160 periodistas. La organización Reporteros sin Fronteras se refiere a todo este asunto como una «represión en una magnitud nunca antes vista».

 

İsmail Kahraman, el presidente del Parlamento turco ha declarado: «A aquellos que ataquen nuestros valores, les romperemos las manos, les cortaremos la lengua y destruiremos sus vidas».

 

Aún me queda un rato, así que voy a pasear por el casco antiguo. Delante del edificio principal de la universidad se halla, sobre un pedestal, un busto de bronce de Schiller obra de Johann Heinrich von Dannecker. Cuando se develó, en 1789, el propio Schiller pronunció un discurso donde dijo: «Nuestros son los tesoros que la dedicación y el genio, la razón y la experiencia han dado a conocer al mundo a lo largo del tiempo».



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Ammán, Jordania. Cuatro días negociando en un edificio refrigerado de acero y vidrio. Por las tardes, desde la azotea del hotel, contemplo la antiquísima ciudad bajo un cielo de un rosa brillante. Hace 3000 años, los griegos la llamaron Filadelfia, «amor fraternal». A unos pocos kilómetros de aquí hay gente matándose. El gerente del hotel dice que cuatro millones de sirios han huido de su país.

 

Una vez cerrado el trato, aún me queda un día libre antes de coger el avión. Quiero ver el lugar donde se filmó Lawrence de Arabia. Alquilo un Land Rover y me dirijo a Uadi Rum. Bajo del vehículo entre dos peñascos de granito, me quito la chaqueta y me siento a la sombra. Hace casi treinta grados. Aquí todo es extenso, lento y silencioso. Dejo la cámara en el coche: el desierto no se puede fotografiar, como tampoco se puede fotografiar el mar, el cielo o la noche. Aquí no hay metas, no hay pasado, no hay narración. El desierto no está hecho para los hombres y los hombres no están hechos para él.

 

El 4 de enero de 1960, Albert Camus se dispone a viajar en tren a París. Michel Gallimard, que lo ha ido a ver con su esposa a Lourmarin, se ofrece a llevarlo en su coche. Conduce un Facel Vega nuevo, un cupé verde oscuro de cuatro asientos. Aunque Camus ya ha comprado el billete de tren, acepta la invitación; sus hijos viajan en tren.

 

La carretera es estrecha y casi enteramente de curvas. El motor estadounidense es demasiado potente para el elegante chasis francés, la dirección es imprecisa y tiene demasiado juego. En Villeblevin, a eso de las 14.00 h, estalla un neumático. El vehículo se estrella contra un plátano y se rompe en dos, Camus muere al instante, Gallimard fallece cinco días más tarde en el hospital. Su esposa, su hija y el perro de la familia sobreviven.

 

En la cartera de Camus, que la policía encuentra junto al coche, se hallan su pasaporte, el diario de ese día, un drama de Shakespeare, La gaya ciencia, de Nietzsche y, sobre todo, el manuscrito de su nueva novela, que lleva por título El primer hombre.



 

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Esta describe el comienzo de su vida, su infancia en la calurosa Argelia, los taciturnos habitantes de su mundo, la pobreza… En una nota, Camus indica que escribió ese libro a modo de carta a su madre. Solo al llegar a la última línea los lectores nos enteramos de que la madre es analfabeta.

 

Quizá Camus no haya escrito nada mejor. Sus imágenes son duras y lacónicas, sombras claramente definidas. Son como la arena de este valle desértico, que corta la piel.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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A las seis de la mañana se sienta en la cama y fuma un cigarrillo, aunque está prohibido. La habitación del hotel es como muchas otras en las que ha dormido: hay dos chocolatinas en el minibar marrón, una bolsita de cacahuetes, un abrebotellas de plástico amarillo con publicidad impresa y una silla de cuero artificial marrón claro. Su empresa escogió ese lugar. En el folleto dice: «mejor precio garantizado». En vez de llave, hay una tarjeta con un chip que la mayoría de las veces no funciona. Hay internet gratuito, un amplio rincón donde sentarse y, junto a la recepción, «un moderno sportsbar con retransmisiones en directo». La habitación huele a desinfectante y a jabón de hotel. La moqueta, con estampado floral, debería absorber el ruido.

 

Hace quince años que se casó y ya no soporta a su esposa. Cómo come, su aliento, sus movimientos mientras duerme, el color de su esmalte de uñas. Nunca le ha dicho nada: no es la clase de persona que se queja, pero desde hace dos años ya no puede más. Le explicará cómo están las cosas, tiene que hacerlo ya. «Es mi vida», piensa. «No es un ensayo general: no se repetirá». Y entonces se enreda en sus pensamientos porque no quiere hacerle daño, porque está solo y se siente ridículo y egoísta. Su padre (en esos días piensa a menudo en él) fue peluquero toda su vida. Cuando envejeció y ya no podía cortar el cabello, todavía lavaba las toallas y barría los pelos del suelo. Ese hombre, que estuvo más de cincuenta años con la misma mujer, nunca dudó: «Un matrimonio así se hace largo», decía. «Pero ¿qué le vamos a hacer?».

 

Sobre la mesa hay una revista de papel cuché. En la cubierta se ve a una mujer de rostro irresistible. «Todo lo que era distinto de esto ha dejado de existir», piensa. «Las carteras manchadas de humedad, los relojes de esferas descoloridas, incluso las plumas estilográficas y el papel han desaparecido». Su móvil «sin marco» es como el arte decorativo en las paredes de la habitación, la música de ascensor y el televisor que lo saluda por su nombre. Se ha sacado brillo a la fruta que hay encima de la mesa. Al lado hay un folleto publicitario de una compañía de cigarrillos que ha inventado un dispositivo que calienta el tabaco sin quemarlo.



 

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De repente se acuerda de la desconocida que iba sentada a su lado en el avión un par de meses atrás. Cuando se preparaban para aterrizar le preguntó si podía cogerle la mano y luego se quedaron un buen rato sentados en sus asientos, tomados de la mano. No ha vuelto a verla.

 

Piensa en los incontables hombres que han dormido antes que él en esa habitación. Se imagina su vida: boda en un hotel como ese, con vestíbulo de mármol de imitación, vidrio y latón. Luego hijos, un coche nuevo, una hipoteca para comprar la casa o el piso, la esperanza puesta en el próximo pedido y el bono anual. Ellos también soñaban con la recepcionista rubia y llevaban trajes azules cuyos pantalones planchaban en la tabla plegable de la habitación, y luego, un día, se sentaban en la cama, como él, a pensar lo mismo que él. Allí conduce la vida, inevitablemente. Y el mundo no tiene por qué tenernos compasión ni ofrecernos consuelo.

 

Cuatro meses más tarde sigue sin separarse. El fin de semana van al cine, ella quiere ver una película romántica. Él se desploma en el pasillo central. Queda tendido sobre la alfombra roja, entre las palomitas que ha comprado para ella. A él no le gustan, pero se le han pegado en los pantalones, la camisa y el cabello. Ya en el hospital, sufre un segundo infarto de miocardio y muere.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Un programa de entrevistas en horario de máxima audiencia. Es intrascendente: los políticos se interrumpen un par de veces, la moderadora los tranquiliza.

 

Al mismo tiempo se hacen comentarios en las llamadas «redes sociales». Los entrevistados son «sociópatas» y «primitivos»; uno es «un gilipollas», otra «una lesbiana evasora de impuestos», los demás son «borrachos», «delatores», «mentirosos» y «traidores». Habría que «partirles la cara», «cortarles los huevos», es gente que «no merece vivir».

 

El telediario de la noche muestra al presidente de un partido que cuenta con representantes en el Bundestag, el Parlamento alemán, declarando en un mitin que «Hitler y los nazis son solo una cagada de pájaro en cien años de exitosa historia alemana». No es un despiste, ni un lapsus ni un error tipográfico en el manuscrito: quería decir lo que ha dicho. Sesenta y cinco millones de soldados y civiles muertos, seis millones de judíos asesinados no cuentan. Conoce a su público, sabe lo que este quiere escuchar y sobre qué informarán los periodistas. El lenguaje transforma nuestra conciencia.

 

Unas semanas más tarde, unos agentes de la policía federal despegan en Düsseldorf. Llevan a un tunecino a su país. Se supone que pronunciaba sermones que incitaban al odio en las mezquitas salafistas y que había pertenecido a la guardia personal de Bin Laden. Se asegura que es «una amenaza», pero no hay ninguna ley que explique qué significa eso en realidad. De hecho, nunca ha llegado a ser juzgado: hace once años, la Fiscalía General del Estado renunció a acusarlo formalmente porque los indicios no eran suficientes. El «sospechoso» no era tal y, aun así, es «una amenaza».

 

El Tribunal de lo Contencioso-Administrativo estaba estudiando tres demandas de ese hombre. Las autoridades querían desembarazarse de él, pero el tribunal declaró que eso no era posible mientras no hubiesen concluido los procedimientos. Se envió un fax con la resolución a la policía federal, pero este llegó demasiado tarde: ya hacía una hora y media que el avión había



 

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despegado. El tribunal ordenó que se llevara al hombre de vuelta a Alemania. Su expulsión había sido «notoriamente ilegal» e «infringía los principios básicos de un Estado de derecho». La ciudad presentó una queja, pero perdió: ninguna autoridad puede ignorar procedimientos o resoluciones en marcha, y los tribunales cuentan con que no lo hagan. El Tribunal Superior se refiere a una «evidente ilegalidad»: da igual de quién se trate, la justicia protege incluso a quienes la desprecian.

 

El redactor jefe de un diario destinado a la clase media escribe un texto breve para la edición online. Afirma que la decisión del tribunal demuestra que el Estado de derecho funciona, pero los lectores se enfurecen. En un momento se publican cien comentarios en la página web del diario. Amenazan al redactor jefe con «castigarlo». Un lector escribe que la decisión del tribunal es «puro lloriqueo tecnócrata» y otro pregunta: «¿Qué tipo de justicia se supone que es esta que no ayuda al pueblo alemán, sino que lo perjudica?».

 

 

 

Hans Frank fue uno de los primeros seguidores de Hitler. Ya en 1923 participó en la marcha hacia la Feldherrnhalle de Múnich. Entre los nazis se lo consideraba un «viejo luchador», lo que constituía todo un honor. Fue ministro de Justicia de Baviera, luego «comisario del Reich para la Unificación de la Justicia en los Estados Federados y la Renovación del Ordenamiento Jurídico», más tarde gobernador general de Polonia, donde lo llamaban el Carnicero de Cracovia. En el Congreso Alemán de Juristas de 1933 declaró: «Todo lo que beneficia al pueblo es justo, todo lo que lo perjudica es injusto».



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Se necesitan casi cuatro horas. El notario lee despacio, como si reflexionara sobre cada palabra. Los abogados, que han pasado semanas negociando el texto, llevan trajes caros y relojes grandes. Se habla de fábricas, acciones, parcelas de terreno, casas, de portacontenedores y de un yate en el Mediterráneo. Todos los detalles están previstos: la ejecución del testamento, el impuesto de sucesiones… Yo solo soy un invitado, no entiendo de derecho sucesorio ni de derecho tributario. Probablemente mi clienta me ha pedido que esté presente tan solo porque la ayudé en una ocasión hace años. Al pie de la ventana se extiende el casco antiguo; las buhardillas medievales, los postigos de las ventanas pintados de un blanco azulado o de verde. Setecientos años de burguesía.

 

El notario termina por fin y pregunta si todo el mundo está de acuerdo. La clienta mira a los abogados, todos asienten. Firma los documentos con letra temblorosa. Nunca la he visto con un móvil, es inimaginable que se haya sentado delante de la pantalla de un ordenador. Tiene ochenta y cuatro años, debe de pesar unos cincuenta kilos y está muy enferma. Su fortuna se destinará a una fundación benéfica: así lo ha establecido hoy.

 

Después de la firma, todos se levantan y se estrechan la mano. La clienta tiene aspecto de estar cansada. Una empleada del despacho nos trae los abrigos.

 

Fuera hace mucho frío. El chófer de la señora espera delante de la puerta.

 

En el coche, ella me dice que ya está, que se siente muy aliviada.

 

Nos dirigimos a un local medio vacío del casco viejo. Las paredes están tapizadas de fotos antiguas de boxeadores y carteles anunciando grandes combates. Es un lugar extraño para una señora mayor: no parece encajar en ese sitio. La patrona la saluda cariñosamente y nos conduce a una mesa.

 

—Hace un par de años —me cuenta—, los dueños de este bar estaban en bancarrota. Iban a tener que cerrar, pero compré el local y les cobro un alquiler muy reducido. Este lugar es el último vínculo con mi pasado, ¿sabe?



 

 

 

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—explica mientras se acerca a la pared con las fotos. Se refiere a los boxeadores por su nombre de pila, sabe anécdotas de cada uno.

 

La veo sonreír por primera vez, de modo que le pido que siga contándome.

 

—No me lo va a creer, pero el único hombre al que he amado era boxeador: un peso pesado. Mis padres estaban en contra de esa relación, decían que no era un hombre para mí. Después me casé dos veces, pero nunca fue como con él. De joven, yo conducía un cochazo, de modo que solía aparcar un par de calles más allá para que él no lo viera. No quería que averiguase que yo provenía de una familia adinerada, pero cuando se enteró le resultó totalmente indiferente: eso hizo que me enamorara aún más. Siempre nos encontrábamos aquí. Las cosas no eran como hoy en día: los boxeadores eran personas marginadas por la sociedad; se los miraba con desprecio, por eso tenían que mantenerse unidos. Me enseñó todo sobre el boxeo… en realidad todo lo que sé acerca del mundo.

 

Una camarera nos trae el menú en una funda de plástico lavable. Pedimos cualquier tontería.

 

—¿Sabe usted algo de boxeo? —me pregunta.

 

Respondo negativamente con un gesto de la cabeza.

 

—El boxeo —explica— es violencia, valor y control. Se trata de ganar, de vencer al adversario. Sin embargo, en contra de lo que piensa la mayoría de la gente, no tiene nada de arcaico. Arcaica es la pelea callejera, aniquilar al rival con cuchillos y porras, con patadas, estrangulándolo y esas cosas. Pero el boxeo sin civilización es impensable. Hay muchas reglas. El boxeador no debe golpear por debajo de la línea del cinturón; no debe utilizar los codos, los hombros, los antebrazos ni los cantos de las manos; no se permiten cabezazos ni golpes en la nuca, los riñones. No se puede golpear con los muslos, las rodillas o los pies, solo con el puño cerrado. No es violencia propiamente, sino escenificación de la violencia.

 

Cuando sonríe parece una jovencita. Nunca la había visto así. Tal vez se deba a que por fin ha puesto en orden su patrimonio. Todo el día se ha estado discutiendo sobre su muerte y el período inmediatamente posterior.

 

Sigue hablando de su novio boxeador, un hombre disciplinado que se había abierto camino literalmente hasta la cima partiendo de la pobreza más absoluta. Un hombre capaz de protegerla, para nada tan refinado como los banqueros, ejecutivos y abogados que ella había conocido en la casa de sus padres. En aquella época habría sido incapaz de formularlo, pero ahora sabía



 

 

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que la habían atraído el peligro, la violencia, la cercanía de la muerte, lo definitivo, lo intransigente.

 

—En ese tiempo éramos inmortales —dice.

 

A su lado se había sentido segura.

 

—¿Y qué fue de él? —le pregunto.

 

Mira al vacío sin responder. Sus labios se vuelven finos y pálidos de nuevo. Me señala, por encima de la barra, la foto de él en la pared: un hombre alto con la mandíbula cuadrada y el cabello peinado hacia atrás con gomina. Intento imaginarme cómo era mi clienta hace sesenta años; debía de parecer una niña al lado de aquel hombretón.

 

Más tarde, el chófer nos lleva a mi hotel. Cuando voy a bajar del vehículo me pone la mano en el brazo y se inclina hacia delante.

 

—Murió en un pícnic —me dice—. Lo picó una avispa y murió de un shock anafiláctico. Nunca he logrado perdonárselo.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Presentación de un libro en Múnich. Luego, en coche a la Alta Baviera, a pasar un par de días en ese paisaje ideal. Hace cien años, Vasili Kandinski, Franz Marc, Paul Klee y Lovis Corinth pintaron esta tierra azul de luz tenue. En los años veinte, Ödön von Horváth construyó una casa de verano en Murnau; en 1932, Bertolt Brecht se compró una casa de campo junto al lago Ammer. Doctor Faustus de Thomas Mann se desarrolla en un pueblo de los alrededores.

 

Invitación a la abadía de Benediktbeuern. La gigantesca haya roja en el patio. La iglesia de la abadía, el juguetón barroco italiano, la alegría infantil de la exageración. En el coro, encima del altar, cuelga un enorme reloj dorado.

 

«Al hombre alcanza la muerte, y no hay plazo que le valga». Cuando Schiller escribió este verso de Guillermo Tell tenía cuarenta y seis años. Murió un año más tarde. En la tienda de la abadía, al lado de la iglesia, el sacerdote me enseña libros esotéricos y de autoayuda, luces de té y frases inspiradoras bordadas. «El hombre moderno no soporta más», dice.

 

Camino de la presentación del libro en Friburgo, recorro los pueblos que bordean el lago de Constanza. Recuerdos por todas partes. Paso la noche en Lindau, en un hotel frente a la torre Mangturm y el león de piedra de seis metros de alto con las fauces abiertas. La casa más bonita del paseo junto a la orilla es la Delegación de Hacienda. Muy lejos, más allá del lago, resplandece el Schneealpe.

 

Al día siguiente, el viaje transcurre entre huertos y viñedos, un paisaje encantador. Pero los pueblos y las ciudades están ahora muy concurridos, al contrario que en mi infancia. Escala en Nussdorf, comida con amigos. Luego voy solo a la piscina pública. La entrada cuesta tres euros, pero no hay nadie tendido sobre el césped: todavía hace frío para los bañistas. Me siento en un banco bajo un viejo sauce cuyas ramas se sumergen en el agua. El cielo es perfectamente azul. Un verano, hace cuarenta años, leí aquí por primera vez



 

 

 

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La montaña mágica de Thomas Mann, aunque no entendí una palabra porque aún no sabía lo que es el tiempo.

 

Más tarde, campos de colza y prados, suaves colinas de un verde claro. Después, descenso hacia la Selva Negra, que los celtas llamaron así debido a su lobreguez. Allí vivían carboneros y sopladores de vidrio; todo era suciedad, pobreza y miseria. Hoy, por todas partes pasean turistas vestidos con colorida ropa deportiva y relucientes bastones. Lo auténtico, lo oscuro, solo lo ve quien conoce las noches de invierno.

 

Luego, Friburgo. La iglesia que lo domina todo en el centro de la ciudad, en el centro del pensamiento. La torre de la catedral: elegancia a través de la sencillez y la austeridad. Después de la presentación, voy paseando de vuelta al hotel. Las casas del siglo XV con sus gruesos muros y sus ventanucos: una estrechez protectora. Erasmo vivió un par de años aquí. Si él, callado y prudente, se hubiese impuesto al vocinglero Lutero, si lo moderado hubiera triunfado sobre lo revolucionario, ¿en qué se habría convertido el mundo? Los viejos edificios que rodean la catedral alojan hoy en día bonitos restaurantes y tiendas. Entro en un café en cuya puerta hay una placa que reza AUTOSERVICIO. Los clientes llevan pequeñas mochilas. Sobre las mesas hay iPads y ordenadores portátiles. Muchos chicos, pese a sus rostros suaves e infantiles, usan barba.

 

De niño solía venir aquí al teatro. El internado estaba apenas a sesenta kilómetros. La mayoría de las veces, un viejo sacerdote viajaba con nosotros en el autobús. Fue él quien me dijo que Nathan el sabio de Gotthold Ephraim Lessing había sido la primera obra de teatro en representarse en este lugar tras la guerra. Le encantaba esa obra, y nos la contaba una y otra vez. Enseñaba latín y griego, y nunca nadie lo había visto enfadado ni lo había oído gritar. Él y su hermano, un abogado de Múnich, habían sido soldados y formaron parte de la resistencia contra Hitler. Se había hecho jesuita unos años después de la contienda.

 

El internado poseía un refugio de montaña con su chimenea y a veces nos dejaban ir a dormir allí los fines de semana. Éramos ocho chicos, todos entre los diez y los once años de edad.

 

Una vez, tras nevar toda la noche, amaneció un día frío y claro y, al salir, nos topamos con un corzo echado detrás del montón de leña. Se había pillado la pata delantera izquierda en una trampa de hierro. La habíamos encontrado en el cobertizo, la habíamos abierto y habíamos metido dentro pipas de girasol y copos de avena pensando en que atraparíamos a algún lobo o incluso



 

 

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un oso, aunque por allí no hay ni lobos ni osos. El que había caído había sido el pobre corzo. Se había astillado el hueso de la pata y había perdido mucha sangre, pero seguía con vida.

 

El sacerdote se arrodilló junto a él, le colocó la mano sobre los ojos y lo mató. Fue rápido. Luego sacó de la cabaña picos y palas y pasamos toda la mañana cavando en el suelo congelado. Cuando colocamos el corzo en la fosa, el sacerdote se manchó la sotana de sangre. Luego no llamó al animal «criatura de Dios», ni puso una cruz ni rezó una oración. La nieve se había ensuciado y nosotros estábamos cansados y muertos de vergüenza.

 

El padre decía que un hombre solo necesita tres cualidades: tiene que ser valiente, fuerte y amable. Tiene que emprender las cosas con valentía, resistir los fracasos con fortaleza y ser amable con las personas. Murió cuando yo tenía doce años, el velatorio se celebró en la capilla del internado. Cuando lo vi, tenía el rostro de un blanco azulado y, por primera vez desde que yo lo conocía, llevaba una sotana que no estaba llena de ceniza y restos de comida. Yo le tenía afecto.

 

En Grecia, sobre la entrada del templo de Delfos podía leerse: «Conócete a ti mismo». El dios Apolo les había dado ese consejo a los griegos, y el viejo sacerdote solía escribirlo en la pizarra en la primera hora de clase. Hoy, esa frase se imprime en camisetas y en pegatinas para los coches. Pero no es posible: nadie puede conocerse a sí mismo. Sabemos de la muerte y eso es todo: esa es toda nuestra historia.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La comida de la cantina del hospital es más barata para el personal y los médicos. Un hombre pide en la caja que le apliquen esa rebaja. La cajera nunca lo ha visto. Él le asegura que es médico, pero explica que no lleva el carnet. El descuento equivale a un euro con noventa y cinco. El hombre va aseado, lleva traje y corbata. Insiste en que va a pronunciar una conferencia para los urólogos del hospital. Como ella se queda mirándolo sin decir palabra, añade que viene de Múnich.

 

En el hospital hay un departamento de psiquiatría. La cajera sabe cómo se reconoce a un loco: en su mirada (no soportan el contacto visual) y en su olor (rancio, mohoso, a champiñones podridos). Se inclina hacia delante y ve que el hombre va en zapatillas. Se niega rotundamente a hacerle el descuento.

 

Cuando termina su turno, ve el rostro del hombre en una pantalla de la recepción del hospital. Al llegar a casa, lo busca en internet. En su entrada de la Wikipedia se dice que siempre lleva zapatillas porque supone que hay una relación entre las enfermedades renales y los zapatos estrechos.

 

Le queda claro que no se ha equivocado.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Conocí a Kramer después de que vendiera su compañía. Los compradores lo denunciaron porque había falsificado los balances. Fue un proceso agotador. Los expedientes eran interminables y estaban llenos de columnas con números, de tablas y dictámenes periciales. Hubo que leer un sinnúmero de páginas. Negociamos día sí día no durante ocho semanas. Nos pusimos de acuerdo por puro agotamiento y dimos por concluido el asunto.

 

La última jornada del juicio terminó por la noche. Ya no había trenes a Berlín. Yo estaba cansado y me habría gustado quedarme en la habitación del hotel, pero Kramer me invitó a cenar. A veces no hay nada peor que la hospitalidad de un desconocido. Le dije que lo alcanzaría más tarde.

 

Según los expedientes que el tribunal había consultado, Kramer había sido condenado en su juventud por robo, asalto, extorsión y lesiones. A los diecinueve años, el tribunal de menores le impuso una pena elevada. Se había peleado con dos porteros de discoteca que no lo dejaban entrar. Ambos medían casi dos metros y estaban entrenados en deportes de combate, así que no tuvo la menor oportunidad. Se arrastró hasta su coche con una costilla rota, la mandíbula destrozada y varios cortes en el rostro. Esperó cuatro horas allí; el dolor debía de ser insoportable. Entonces, uno de los porteros se dirigió al aparcamiento y él puso en marcha el coche y lo atropelló. Luego dio marcha atrás y volvió a atropellarlo. El portero murió camino del hospital.

 

Más tarde, en el centro penitenciario de menores, un trabajador social calificó a Kramer de «inteligente, agresivo e incapaz de sentir compasión».

 

A eso de las diez fui al Ratskeller. Se suponía que era el mejor restaurante de esa pequeña ciudad, un espacio oscuro con pavimento de roble, mesas de madera y cocina contundente. Kramer había invitado a su novia, al contable de la compañía y a la esposa de este.

 

La esposa del contable era una belleza. Llevaba un vestido de tubo negro, zapatos de tacón y un bolso de mano francés evidentemente caro. No encajaba con el contable ni tampoco en el restaurante. Toda la situación parecía incomodarla.



 

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Cuando llegué, Kramer ya había bebido demasiado; balbuceaba más que hablaba. Al verme, llamó al camarero a voces:

 

—Tráenos un champán —gritó, y luego se volvió hacia mí—: Por fin.

 

Tenemos que celebrar el resultado del juicio.

 

El camarero nos llevó una botella y copas. Kramer arrugó un billete, se lo metió en el bolsillo de la camisa al camarero y le golpeó el pecho con la palma de la mano.

 

—Buen chico —le dijo. Cogió la botella, la agitó y dejó que el corcho impactara contra el techo. Otros clientes se volvieron a mirarnos. La espuma salpicó la blusa de la novia de Kramer—. Límpiate —le ordenó arrojándole una servilleta por encima de la mesa. Sirvió el líquido derramando la mitad. Luego se sentó. Estaba colorado y le costaba respirar—. Antes de que usted llegara —me dijo—, acababa de contar lo que sale hoy en el diario: la mitad de los hombres casados son infieles. —Hizo una pausa; tenía un derrame en un ojo—. Pero si esto es así, entonces la mitad de las mujeres son infieles también. De otro modo, esto no funcionaría, ¿no? —Se echó a reír.

 

El contable de Kramer había sido el testigo principal en el proceso. Tenía una memoria impresionante: se sabía todos los números, pero era un hombre insignificante, no especialmente bien pagado y algo tartamudo. Nadie en el tribunal dudaba de su sinceridad. A él en particular había que agradecerle que no se hubiese condenado a Kramer.

 

Kramer se levantó, se inclinó sobre la mesa y golpeó al contable en los hombros con sus manos pequeñas y gruesas. Siempre acercaba mucho la cara cuando hablaba contigo. Tenía mal aliento y los dientes muy descuidados. El contable intentó sonreír.

 

—¿Te lo imaginas? La mitad de todas las mujeres casadas follan con otros. —Kramer tuteaba a todos sus empleados por principio—. ¡Una de cada dos! —vociferó—. Hasta tu hermosa mujer puede ser una de ellas. De todos modos, es demasiado guapa para ti. —El contable no respondió—. No pongas esa cara de tonto —añadió Kramer y volvió a sentarse. Llamó de nuevo al camarero a gritos y pidió otra botella.

 

La novia de Kramer, una joven mofletuda, le puso la mano sobre el brazo.

 

—Déjala en paz —le pidió con suavidad.

 

Kramer le apartó la mano y volvió a levantarse. Se quitó la chaqueta y la corbata; tenía la camisa mojada de sudor alrededor del cuello y en la espalda, debajo de los tirantes. Sacó del bolsillo un rollo de billetes atado con una gruesa cinta elástica de color rojo.



 

 

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—A ver, hagámoslo así —dijo lanzando el rollo al centro de la mesa—. Aquí hay 5000 euros. Los apuesto a que las dos mujeres que están a esta mesa son infieles.

 

Yo dije que estaba muy cansado y propuse que nos fuésemos a casa: había sido un día duro. La novia de Kramer asintió y trató de levantarse, pero Kramer, que seguía en pie, la tomó por el hombro y la empujó hacia abajo.

 

—Tú te quedas sentada.

 

—Pero es que incluso si eso fuera cierto, señor Kramer —intervino el contable sin perder la calma—. ¿Cómo iba a probarlo?

 

—Es la mar de fácil: solo hay que ver sus últimos mensajes en el móvil.

 

Lo decía el periódico.

 

Había puesto el bolso de su novia sobre la mesa. Se puso a rebuscar en su interior.

 

—¿Dónde está tu móvil? —preguntó.

 

Como no lo encontró al instante, volcó el contenido del bolso sobre la mesa. Allí estaba, entre un lápiz de labios, la funda de unas gafas, caramelos, pastillas y pañuelos. Marcó el pin, que obviamente conocía, y un par de segundos después dijo:

 

—Comprobadlo, aquí no hay nada. Solo mensajes para mí y para su madre.

 

Se volvió hacia la esposa del contable.

 

—¿Su teléfono?

 

—No lo llevo encima —respondió ella.

 

—Chorradas —balbuceó él—, todo el mundo lleva el móvil encima.

 

—De verdad que no lo llevo.

 

Kramer se la quedó mirando sin moverse. Unos hilillos de saliva se extendían entre su labio superior y el inferior. Al final, la mujer se colocó el bolso sobre el regazo y abrió el cierre. Kramer vio el móvil, metió la mano y lo cogió. Luego sostuvo el aparato en lo alto.

 

—Conque esas tenemos. Aquí estaba —dijo—. ¿Y la clave?

 

—Yo… —respondió la esposa.

 

—Ah, sí, claro, también nos hemos olvidado de la contraseña, por supuesto. —Hizo una breve pausa—. Venga, espabila, la contraseña. —De nuevo su voz era firme, clara y cortante. Entendí a qué se referían sus empleados cuando calificaban a Kramer de «amenazador». La mayoría de ellos lo temía. Uno había testificado ante el juez que lo llamaban el Negrero.

 

La esposa del contable pronunció el número en voz baja. Estaba pálida.



 

 

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—Déjelo estar —intervine levantándome.

 

Kramer no hizo caso. Estuvo largo tiempo mirando la pantalla del teléfono, luego lo apagó y se lo devolvió a la esposa del contable. El restaurante estaba bastante oscuro, pero creo que Kramer se inclinó un poco hacia ella y luego se dejó caer de nuevo en su silla.

 

—Has ganado —le dijo al contable. Su voz sonaba de otro modo: tenía un tono de cansancio. Él mismo parecía extenuado.

 

—No he aceptado la apuesta —contestó el contable.

 

Eso fue un error.

 

—Coge el dinero, imbécil —le dijo Kramer empujando el rollo de billetes

 

—. Vamos, maldita sea.

 

El contable dudó un instante, pero finalmente cogió el dinero y lo guardó. Yo ya tenía suficiente, así que me despedí.

 

—¿Lo llevo a su hotel? —me preguntó Kramer—. Ella conduce —agregó señalando a su novia.

 

—No, gracias, no está lejos, iré a pie —contesté.

 

 

 

Al día siguiente, cuando pagué la factura del hotel, Kramer estaba en el vestíbulo recién afeitado y de buen humor.

 

—Quería despedirme —dijo—. Bueno, y disculparme por lo de anoche. Simplemente bebí demasiado. ¿Tiene un momento?

 

Pedí un taxi y nos sentamos a esperar en el lobby.

 

—Sabe, cuando salí de prisión, a los veinticuatro años, tenía una novia — contó—. Nos casamos, se quedó embarazada y tuvimos un hijo. Solo necesitaba decirme «ven» para que yo corriera hacia allí. Aún hoy la recuerdo. Yo le había prometido que no delinquiría más, de otro modo no me habría aceptado. Por entonces trabajaba de pintor; había hecho la formación en la cárcel y me iba bien, al menos durante un tiempo. —Bajó la vista y continuó—: Al cabo de cuatro años, en unas obras, apalicé con una barra de hierro a un hombre que había sido insolente conmigo. Mi novia me dejó, ya me lo había advertido. Dijo que era muy difícil quererme y que no aguantaba más, así de simple. Se marchó al norte llevándose a nuestro hijo. He necesitado quince años para superarlo. Durante ese tiempo, construí la compañía que ahora he vendido.

 

Me explicó que durante todo ese tiempo se había dedicado a comer de más a causa de la decepción, pero también de los viajes, los hoteles, etcétera,



 

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y que había terminado poniéndose gordo. En un momento empezó a creer que ya no le importaba; solo se acostaba con prostitutas. Pero, en realidad, despreciaba a la gente que tenía su aspecto: le parecía que habían tirado la toalla. Ahora se proponía comer mejor y volver a ocuparse de su cuerpo. De eso y de todo los demás.

 

—¿A qué se refiere? —pregunté.

 

—Mire, he ganado más dinero del que puedo gastar. Tal vez visite a mi ex y vea por fin a mi hijo. Creo que ahora soy capaz de hacerlo.

 

El conserje anunció que había llegado el taxi. En aquel preciso momento Kramer y yo nos levantamos. Me acompañó hasta la puerta.

—¿No quiere saber qué mensajes tenía la mujer?

 

—La verdad, no —contesté, y subí al taxi.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La película de los hermanos Coen El hombre que nunca estuvo allí muestra la aburrida vida de un peluquero en una ciudad de provincias. Su esposa comienza una relación con el propietario de unos almacenes, la cosa se complica, se descarrila y al final el peluquero mata al tipo. Su esposa y él son acusados de asesinato.

 

Fichan a un abogado de la capital, pero este es muy codicioso. Se instala en el hotel más caro y cada día come langosta con espaguetis. En una escena lo vemos en la cárcel junto con los acusados (sentados en unas sillas de madera) y un detective privado que hojea molesto sus apuntes. La película está filmada en blanco y negro, así que las escenas son duras. Planteando la estrategia de defensa, el abogado dice:

 

—Hay un chico en Alemania, Fritz no sé qué… ¿o se llama Werner? Bueno, da igual. Ha desarrollado una teoría: cuando uno quiere investigar algo… quiero decir, científicamente: cómo giran los planetas alrededor del Sol, de qué están hechas las manchas solares, cómo es que sale agua de la ducha… bueno, pues tiene que observarlo. Pero a veces la observación cambia el objeto. Uno nunca puede saber objetivamente lo que ha pasado o lo que habría pasado si no hubiera metido la puta nariz. Por eso nunca puede haber certeza: en cuanto uno observa algo, lo perturba. Lo llaman el Principio de Indeterminación. Parece una chaladura, claro, pero hasta Einstein decía que algo hay de eso. Ciencia, percepción, realidad… duda. Duda justificada. Quiero decir que, cuanto más se examina algo, menos se sabe. Fijo. Es un hecho comprobado. Y es posible que sea el único hecho que cuenta. Ese alemán hasta ha hecho una fórmula para eso.

 

En 1801, Heinrich von Kleist le escribe a su prometida: «No podemos determinar si lo que llamamos verdad lo es realmente o solo nos lo parece». En ese momento, las cosas no le iban nada bien: sus obras eran un fracaso; o bien las censuraban o directamente las prohibían. Su familia (casi todos militares) no entendía su genio (nunca lo entendieron). En muchas de sus cartas, él explica cómo se siente: tiene un sentimiento de alienación absoluta.



 

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A menudo se dice que había leído la Crítica del juicio de Kant y eso lo había hecho caer en la depresión. Yo no lo creo: nadie se desespera a causa de un libro. Es al revés. En el caso de Kleist, fue Kant quien le hizo ver que ya no tenía los pies en la tierra y por qué había perdido el contacto con la realidad.

 

Ciento veinticinco años después, Werner Heisenberg afirmaba: «La realidad de la que podemos hablar nunca es la realidad en sí». Afirmaba que es imposible medir con precisión dos propiedades de una partícula al mismo tiempo; que, al determinar exactamente su posición, inevitablemente alteramos su momento o velocidad.

 

Solo vivimos un instante. Luego nos sumergimos de nuevo en la nada, y en ese breve lapso de tiempo ni siquiera podemos entender lo que aparentemente es lo más simple: la realidad.

 

Hasta ahora, la teoría de Heisenberg no ha sido rebatida.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El coche restaurante del tren está abarrotado, solo queda un sitio libre frente a una mujer. Le pregunto si puedo ocuparlo y asiente. Lleva unas gafas de sol demasiado grandes para su cara, pero un momento después la reconozco: es la hija de un famoso profesor universitario. La conocí hace treinta años, cuando era una joven ambiciosa. Ya de estudiante pegaba carteles en las elecciones, luego estudió Ciencias Políticas y se afilió a un partido conservador. Desde entonces ha hecho carrera en la política local, incluso la vi un par de veces en uno de esos programas de entrevistas de la televisión. Ahora se la ve avejentada, algo tiesa, lenta… Hablamos sobre el tiempo, el retraso del tren, lo mala que es la comida.

 

De repente me pregunta si no me enteré de «lo que pasó en aquel entonces» y se sorprende cuando le respondo que no sé a qué se refiere. Al parecer, había dicho cierta frase en el Parlamento Regional. Llevaba veinticinco años en política y nunca había ofendido a nadie, más bien había sido amable, evitaba atacar de forma personal a sus contrincantes incluso en las campañas electorales. Sus temas habían sido la economía y la cultura, y sabía de esos asuntos. Pero entonces había pronunciado esa frase en el Parlamento.

 

Lo que había vivido después resultaba casi indescriptible. Los periódicos habían dicho cosas «inconcebibles» sobre ella, y luego había tocado el turno de los foros de internet y las redes sociales. «Cerda asquerosa» era el menor de los insultos; de hecho, la habían amenazado con violarla, torturarla, asesinarla. Era «un desecho humano». Había recibido correos electrónicos con frases que incluso años después no se atrevía a repetir.

 

Durante semanas no había logrado dormir más de una o dos horas. No paraban: era un golpe tras otro, cada día. Perdió quince kilos. No era una persona religiosa, procedía de una familia ilustrada, pero había llegado a pensar que había cometido un pecado abominable y un ser superior estaba castigándola.



 

 

 

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Al cabo de medio año se vino definitivamente abajo. Su marido tuvo que ingresarla en una clínica. Le prescribieron psicofármacos y estuvo dos años en terapia. Solo aguantó porque sus hijos la necesitaban. Rompió con todo y abandonó la política aunque era su vida, su vocación desde joven. Trabaja en la administración de la Biblioteca Nacional y no tiene contacto con la vida pública: eso le sería imposible incluso a estas alturas porque sigue temiendo la cólera de los otros.

 

Le pregunto qué fue lo que dijo y me responde en un susurro:

 

—Dije que también los pederastas deben tener la posibilidad de rehabilitarse.

 

Remueve con la cuchara el té frío y mira al exterior a través de la ventana.

 

Fuera se extiende el paisaje de Fontane, llano, gris y pelado.

 

 

 

En 1955, la madre de Emmett Till, un joven de Chicago, lo envió al sur para que pasase allí las vacaciones. Iba a casa de sus parientes en Leflore County. Estaba en plena adolescencia y les contó a otros chicos del pueblo sus aventuras con mujeres en la gran ciudad. Les pareció que eran chulerías y lo retaron a hablar con una mujer guapa (una antigua miss) en la tienda del pueblo.

 

Él se armó de valor, entró en el colmado e intercambió un par de frases con la mujer. Ignoraba las normas: era negro y ella, blanca.

 

Esa misma noche, el marido de la mujer y el hermano de este fueron a la casa de los parientes de Emmett y se lo llevaron. Su cadáver se encontró tres días más tarde. Después de golpearlo hasta dejarlo medio muerto, le habían pegado un tiro y finalmente lo habían arrojado al río con un peso al cuello. Solo tenía catorce años.

 

Ese mismo año se celebró el juicio contra los dos hombres. El jurado solo deliberó una hora; luego, el juez dictó la sentencia: absolución.

Tres meses más tarde, una revista ilustrada entrevistó a los perpetradores. Contaron que habían descubierto en la cartera del chico la foto de una muchacha blanca y que eso los había hecho «enloquecer de cólera». Esa foto decidió la suerte del chico.

 

Pese a haber confesado, nunca se los castigó: la ley prohibía que se los juzgara de nuevo.



 

 

 

 

 

 

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Me despido en el andén de Hamburgo. Ha venido a recogerla su marido, un hombre mayor. Suben por las escaleras automáticas y él le pasa el brazo alrededor de los hombros. Sus impermeables son del mismo color, se difuminan el uno en el otro.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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En Bruselas, durante un ataque terrorista explotan dos bombas en el aeropuerto y otra más en una estación de metro. Mueren treinta y cinco personas y más de trescientas resultan heridas.

 

Por la noche, el ministro del Interior declara ante las cámaras: «La protección de datos es muy importante, pero en períodos de crisis como este la seguridad es prioritaria».



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La anestesista rusa le asegura que sabe lo que hace. Tiene prisa («una operación de urgencia»), eso acelera cada movimiento. Parece muy joven. Dice que hace cinco años que es especialista y que tiene experiencia. Que cuando va vestida así la gente se piensa que es más joven de lo que en realidad es. Se quita el gorro quirúrgico verde para que compruebe que no es ninguna jovencita. No sabe que sin el gorro parece aún más joven. Sonríe, o al menos eso le parece a él.

 

Sigue hablando con su marcado acento de Europa del Este, pero él ya no la escucha. Solo le queda en la memoria la palabra «Propofol». Se imagina el largo camino que recorrió desde la periferia de Minsk hasta ese hospital de Berlín, lo orgullosos que estarán sus padres; cuántas privaciones, qué alegría.

 

Los quirófanos están en el sótano. «Allí hay más sitio», le dijo en una ocasión el director del hospital. Hay contenedores con ruedas llenos de ropa blanca, luces de neón, camas vacías con fundas de plástico; es un lugar tan irreal que parece salido de una película de clase B. Intenta decir algo, pero ya no puede. La sangre corre por su espalda, la sábana está empapada, desde la mesa de operaciones caen gotas al suelo. Los médicos están nerviosos, rasgan los envoltorios de esterilización, les dan órdenes a las enfermeras del quirófano. «Una mujer de la limpieza ya fregará después la sangre», piensa.

 

Al principio es desconcertante, pero en los últimos momentos ya no siente miedo en absoluto. Las cosas se vuelven luminosas, después transparentes, después ligeras y finalmente se quedan en silencio. La vida va abandonando el cuerpo, disminuye con cada latido y esto ocurre naturalmente, sin esfuerzo, sin dolor. Ahora sabe que cualquier preparación para la muerte es absurda cuando se está vivo. Vuelve a pensar en su esposa, a la que ama. Siempre le ha parecido que ella resplandecía, que era radiante y cálida como las viejas lámparas de la planta superior de la casa de su infancia. «Ella me cuida», se repetía cada noche antes de dormir. Pero este pensamiento también desaparece enseguida: ya nada le importa. El final es un deslizarse



 

 

 

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suavemente, sin dolor y sin ruido. Todo está bien: la muerte es el mejor invento de la vida.

 

Cuatro días después puede salir por vez primera al pequeño parque de delante del hospital. Una pareja joven duerme sobre el césped, él la rodea con un brazo, tiene la cabeza vendada. Un taxista está limpiando los cristales de su coche. Hay personas en bicicleta, madres con hijos, mujeres abrigadas, un hombre con una gran barriga. Se pueden comprar helados en una barca amarrada al muelle. Cuenta los cisnes en el agua, a los que pacientes del hospital alimentan con pan seco. Entonces suena su teléfono y todo continúa.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Cada mañana suelo pasar delante del viejo borrachín. Lo veo sentado en el banco que ha instalado el supermercado. En el suelo hay un vaso de cartón con un par de monedas, y él bebe sosteniendo con las dos manos la botella de aguardiente. Es su banco, nunca he visto a nadie más sentado allí.

 

Ayer por la noche seguía allí, pero no se movía. Tenía la cabeza echada hacia atrás, la boca muy abierta, y respiraba con dificultad. Su piel se veía amarilla, como si se hubiese intoxicado con algo. Primero pasé de largo, pero luego di media vuelta y le pregunté si podía ayudarlo. Él volvió lentamente en sí; un hilillo de saliva cayó sobre su camisa. Me miró y negó con la cabeza.

 

—No tengo piel —dijo.

 

Esta mañana, su banco está vacío.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El telediario de la noche muestra imágenes de una erupción volcánica en Guatemala. Hay sesenta y dos muertos y miles de personas desplazadas. El volcán ha estado causando estragos ininterrumpidamente durante dos días. Se ven cadáveres con piedras humeantes encima, casas cubiertas de barro hasta el techo.

 

Un geocientífico explica cómo se ha producido la catástrofe. Luego se muestran imágenes de una misa al aire libre. La gente reza en un prado. El sacerdote habla del «mal» y luego del «malo»: el demonio.

 

El mal existe, pero ¿cómo llega al mundo? Todos los grandes teólogos y filósofos se han planteado esta pregunta. Dios es infinitamente bueno y todopoderoso pero, si ha creado el mal, no puede ser un dios bueno. Y si no ha creado el mal, pero no pudo evitar que existiese, entonces resulta que no es todopoderoso.

 

A pesar de todo, los creyentes no dudan. Dicen que el mal no procede de Dios, sino de los hombres. O que es simplemente una carencia, como un agujero en el suelo; no algo que se haya creado. O que el mal es una muestra de la bondad de Dios, o que simplemente no estamos en situación de comprender por qué existe. En cualquier caso, siguen creyendo en el bien y en la redención, en su Dios, que ya no exige más sacrificios de sangre.

 

Una joven está sentada en un catre en una tienda; tiene el rostro hinchado, llora. Un pedrusco ha golpeado a su hija de tres años, dice ante la cámara.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Tengo una cita con un historiador del arte. Un diario ha publicado que, en 1938, los nazis habían expoliado a una familia vienesa y que mi bisabuelo, más tarde, «compró» un cuadro de su propiedad.

 

Después de la guerra, los aliados confiscaron los bienes de mi bisabuelo y mi abuelo. Sin embargo, pocos años después, mi abuela pudo recomprarles el cuadro a las autoridades en Múnich. Pagó muy poco por él y, según el periódico, pasados unos días lo vendió obteniendo un gran beneficio.

 

Los descendientes de aquella familia vienesa viven actualmente en Nueva York. El cuadro nunca volvió a sus manos.

 

El historiador del arte tiene que asesorarme sobre lo que debo hacer. Después de actuar como abogado defensor en incontables juicios, he comprendido que el esclarecimiento de los hechos muchas veces ayuda a las víctimas: solo si conocemos el mal podemos seguir viviendo con él.

 

En el taxi vuelvo a abrir el diario y contemplo la reproducción del cuadro robado. Es bonito: un lugar tranquilo en Holanda, una casa con tejado rojo y un letrero; al fondo, una iglesia con dos torres; hombres, mujeres, niños, árboles, un cielo gris azulado… En el artículo señalan que no es más que una copia, que prácticamente carece de valor, pero no es cierto.

 

 

 

Georg era un amigo de la infancia. Recién ingresados al internado, no se permitían visitas de los padres, solamente podíamos llamarlos una vez a la semana e ir a casa en época de vacaciones, pero el tercer año los sacerdotes relajaron las normas. No sé si se debía a que éramos algo mayores (teníamos trece años) o a que habían comprendido que aquello ya no cuadraba con la época. El caso es que a partir de ese año nos permitieron volver a nuestras casas cada tres fines de semana.

 

Georg vivía a solo ochenta kilómetros del internado y yo pasaba con él muchos de esos fines de semana de permiso. Su casa era un palacete del siglo XVIII situado frente al lago de Constanza. Sus padres eran gordos y



 

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tenían un rostro rubicundo; se parecían a las manzanas que maduraban en su jardín en verano.

 

Los domingos, sus padres insistían en que fuéramos a ver a la abuela, que vivía en dos habitaciones diminutas de la buhardilla. Era tan anciana que ya no se levantaba de la cama.

 

Georg y yo solíamos aplazar la visita hasta poco antes de nuestro viaje de regreso. En la habitación de la abuela, la calefacción estaba muy alta incluso en verano. Hacía un calor horrible, y la voz, los ojos y el olor de la anciana eran muy desagradables.

 

Cuando subíamos a verla, teníamos que quedarnos de pie uno al lado del otro delante de su cama para que ella nos preguntara por la escuela, las notas y los profesores. Luego, cuando habíamos contestado debidamente (casi siempre mentíamos), nos daba una moneda que sacaba con sus delgados dedos de un monedero negro.

 

En las paredes de la casa de Georg había una multitud de cuadros: lúgubres naturalezas muertas con faisanes y perdices, antepasados con armadura o con traje de terciopelo y grabados en cobre de escenas ecuestres y de caza; en el dormitorio de la abuela, en cambio, había un cuadro que no encajaba ni con la casa ni con sus inquilinos. Estaba colgado frente a la cama y mostraba una escena en los Mares del Sur: dos mujeres desnudas estaban tendidas en la arena mientras un perro amarillo jugaba entre ellas. Grandes superficies de colores brillantes, figuras sin sombra. Yo siempre tenía ganas de mirarlo con mayor atención, pero no me atrevía delante de la señora.

 

Muchos años después visité a Georg en su casa de Hamburgo. Los dos éramos adultos, sus hijos ya iban a la universidad. Se había casado con una mujer de buena familia y había ganado una fortuna con bienes raíces. Vivía en una casa construida en los años veinte y amueblada tal como suelen amueblarse ese tipo de casas, con lámparas Bauhaus, muebles de Eames y Jacobsen, hileras decorativas de libros y sofás de color verde. En la terraza había unas cómodas butacas, desde donde se veía el Elba y más allá.

 

El cuadro de la habitación de la abuela (que para entonces hacía años que había fallecido) colgaba sobre la chimenea. Georg me explicó que era una falsificación, una mala copia de un Gauguin. Había leído los diarios de su abuela, que había encontrado en la mesilla de noche después de que ella muriera, y había descubierto que, tras la guerra, había vivido unos años en Madrid, algo que nadie de la familia sabía. Por lo visto, había viajado allí para escapar del control de sus padres.



 

 

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En Madrid había tenido un amante: un pintor, y ese hombre le había regalado el cuadro. La abuela, que siempre nos había parecido una anciana aburrida y severa, había escrito en su diario: «Es el único hombre al que me he entregado por entero. Morir no es malo, pero sí dejar de amar. Ahora seré solo la mitad de mí por el resto de mi vida». Luego citaba un soneto de Miguel Ángel: «Nel vostro fiato son le mie parole», «En vuestro aliento están mis palabras». Tenía entonces veintitrés años. Tres años después se casó con el abuelo de Georg y se instaló con él en el palacete del lago de Constanza.

 

Pasamos un rato observando el cuadro y, entonces, Georg dijo que ese cuadro sin ningún valor era lo más importante que poseía.

 

 

 

En Berlín, el historiador del arte me explica durante la comida el estado de la investigación: la situación legal del arte expoliado es muy compleja. Me habla de las conferencias internacionales, de las autoridades y fundaciones y de las dificultades de la búsqueda. «En ese campo de estudio, ni siquiera hay normas fijadas de antemano todavía», me asegura.

 

Pienso en el pintor de los Mares del Sur y en la abuela de Georg, y en que somos solamente lo que recordamos. «El pasado nunca muere», escribió William Faulkner. «Ni siquiera queda atrás».



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Él conduce maquinaria de construcción, ella es ama de casa. Llevan casi cuarenta años juntos. Ya hace mucho que los cuatro hijos se han ido de casa. Tras jubilarse, el marido se va convirtiendo poco a poco en una carga. Bebe por las noches, se afeita solo de vez en cuando y su esposa tiene que suplicarle que se duche al menos una vez a la semana. Se alarga demasiado cuando habla, ella ya no lo soporta. «¿Qué nos queda por vivir?», dice él con frecuencia.

 

En el caso de la esposa sucede lo contrario: desde que ya no tiene que ocuparse de la casa y los hijos va al teatro, a conferencias y a conciertos, lee los diarios online, se reúne con viejas amigas y sale mucho de paseo. Ha sembrado flores en el jardín trasero de la casa adosada.

 

Una mañana en pleno verano, se despierta temprano. El marido está tendido junto a ella, roncando; huele a alcohol y a ajo, tiene la peluda espalda húmeda de sudor. Ella apoya la cabeza en el puño, lo mira y, de repente, sabe lo que tiene que hacer. La idea le parece tan clara y tan obvia que en ese momento incluso se siente físicamente renovada. Se levanta, se prepara un té y se sienta fuera, en las escaleras de la casa, con un libro. Por primera vez en mucho tiempo, ese día vuelve a sentirse feliz.

 

En las semanas siguientes experimenta con una pasta dental a base de caucho. Ha sacado la receta de internet, pero al principio no le sale bien, pese a que en el pasado solía preparar infusiones, ungüentos y aceites de plantas. Cuando, después de muchos intentos, la mezcla por fin tiene el aspecto de un dentífrico y ya no sabe tan mal gracias a la menta, le añade coniina (ha plantado cicuta en su pequeño jardín).

 

Llena un tarro con la pasta dentífrica, la pone en la nevera y espera. Pasan casi seis meses. Por fin, él siente dolor de muelas, algo que ya le ha pasado antes (tiene los dientes podridos y siempre ha tenido miedo de ir al dentista). Ella le explica que no tienen analgésicos, que se ha olvidado de comprarlos, aunque en realidad ha tirado todas las pastillas a la basura.



 

 

 

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Se muestra cariñosa, se preocupa por él, le acaricia la espalda. A lo mejor puede ayudarlo, dice: ha hecho un preparado de plantas muy efectivo que no tardará en aliviarle el dolor. Saca la pasta de la nevera y lo convence para que no solo se lave los dientes, sino que conserve la mezcla cinco minutos en la boca y después se la trague. Sí, ya sabe que no es fácil, que escuece que es un horror, pero él es un hombre grande y fuerte. Sabe que querrá parecer valiente delante de ella. Le sonríe. Pronto se sentirá mejor, le asegura desde el umbral de la puerta del cuarto de baño. Hacía mucho que no le sonreía.

 

La neurotoxina provoca una parálisis que asciende desde los pies hasta llegar a la médula espinal. Luego, el envenenado se asfixia sin perder jamás la conciencia. Ella lo ha leído. Cuando empieza a agonizar, el hombre da golpes a su alrededor; está fuera de sí a causa del pánico y el dolor. Ella cierra por fuera la puerta del baño, y hace girar la llave que ha colocado cuidadosamente ahí un poco antes. Cuando oye que él se ha caído al suelo, se pone el delantal, se va al jardín delantero y se pone a rastrillar cuidadosamente los parterres. Dos horas más tarde, vuelve a abrir la puerta del baño y llama a urgencias. Más tarde, la policía encuentra dos dientes en el plato de ducha: el hombre se los ha roto con el borde del lavabo.

 

Ella lo admite todo desde el primer interrogatorio. En el juicio, aparece con un sencillo vestido negro. Es una mujer delicada con una voz dulce y el cabello bien peinado. Se sienta en el banquillo de los acusados con la cabeza baja, retorciéndose las manos. Cuando se dirigen a ella, sin embargo, levanta la cabeza, responde con claridad y mira directamente a los jueces. Describe su matrimonio y la decadencia de su marido; no tiene sentido mentir. Solo una agente de la policía judicial que se presenta como testigo dice que es una mujer fría, calculadora y egoísta. El jurado la condena a siete años. Es una sentencia leve que los jueces se esfuerzan por justificar: no ha sido un asesinato, sino un caso excepcional.

 

Su comportamiento en prisión es bueno. Les cae bien a los asistentes sociales, su celda siempre está ordenada y limpia, participa de buen grado en las reuniones de grupo con el psicólogo. Pasados cuatro años la dejan en libertad. Incluso el último día, hace la cama por la mañana: no puede remediarlo. Mientras cumplía la pena, ha vendido la casa en la que vivía con su marido. Solo echará de menos el jardín, le dice al cura de la prisión.

 

Después de salir en libertad se instala en un luminoso apartamento de dos habitaciones en el centro de la ciudad. Diez meses más tarde, su oficial de libertad condicional le envía un informe al fiscal: se ha integrado



 

 

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«estupendamente». Se reúne con amigas, asiste a cursos de formación, sus hijos la visitan de forma periódica.

 

En la última comparecencia ante el órgano judicial encargado de la ejecución de las penas asegura que está satisfecha con su vida y que jamás se le ocurriría volver a cometer un delito. Tiene una nueva pareja. Los jueces le conmutan la pena restante. Tiene cincuenta y seis años. Y está libre.

 

A veces intenta recordar. Sabe que amaba a su marido, al menos al principio.

 

—Todo tiene su momento —dice a media voz mirando a su nueva pareja. Es cuatro años más joven que ella, y muy aseado. «Muy pulcro», piensa ella. Están planeando casarse y mudarse a una casa en las afueras. Tiene un

 

jardincito.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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En la Gemäldegalerie de Berlín se expone la mitad izquierda del Díptico de Melun de Jean Fouquet: dos personajes que miran al vacío. La otra mitad, que muestra a la Virgen, está desde el siglo XIX en el museo de Amberes.

 

Es la primera vez que veo esta otra mitad en persona. La figura de la Virgen es curiosamente plástica, errónea en su anatomía; los brillantes serafines rojos y azules a su alrededor están pensados para hacerla lucir «sobrenatural». Tiene el vestido desabotonado y muestra el pecho izquierdo aunque no le esté dando de mamar al Niño Jesús.

 

La modelo del pintor fue Agnès Sorel, una joven de la baja nobleza a la que se consideraba la mujer más bella de su tiempo. Se dice que introdujo en la corte la moda del «busto descubierto»: vestidos muy escotados para que todos pudieran ver los pechos de las mujeres. Fue amante del rey de Francia y más tarde su consejera. Él la hizo rica, le regaló varios castillos y les dio cargos importantes a sus familiares.

 

Un par de metros más allá está El amor victorioso de Caravaggio: un chico desnudo con una sonrisa desvergonzada que pisotea con sus piececitos sucios los símbolos de las artes, las ciencias y el gobierno. El título del cuadro procede de la égloga de Virgilio: «El amor todo lo vence; rindámonos, pues, al amor». Caravaggio no hace diferencias entre lo sacro y lo profano, para él solo existe la vida misma.

 

Se dice que, cuando Agnès Sorel, la bella modelo de la Virgen, murió, sus últimas palabras fueron: «¡Qué repugnantes, hediondos y frágiles somos!».



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Es la mesa de una sola pieza más grande que he visto en mi vida. No entiendo cómo pudieron subirla al piso veintidós del edificio. Y la superficie es completamente lisa: parece una obra de Jeff Koons. A cada lado se sientan unos treinta banqueros y banqueras, abogados y abogadas, todos vestidos de oscuro. Delante de cada uno de ellos hay un portátil.

 

Cuando el presidente entra en la habitación, todos se disponen a levantarse, pero él les indica con un gesto de la mano que permanezcan sentados y toma asiento en el extremo de la mesa. Es un hombre muy delgado y muy alto. Delante de él no hay un ordenador, sino solo un cuaderno de notas. Tiene las manos llenas de manchas de la edad, el cuello arrugado y el rostro quemado por el sol. Lleva el reloj por encima del puño de la camisa; algo que se vería francamente raro en cualquier otra persona, pero que en su caso resulta una encantadora excentricidad. Hace tiempo que cumplió los ochenta años. Recibió el banco como herencia. Se dice que su familia financió el Canal de Suez y el saqueo del Congo por parte del rey Leopoldo II de Bélgica. Algunos afirman, incluso, que el banco «nombró» en secreto a tres presidentes estadounidenses. Es uno de los hombres más ricos del mundo; posee minas, fuentes de agua potable, empresas de tecnología y de automóviles e incluso los derechos de las canciones de una banda de rock.

 

Pese a que el aire acondicionado no se oye, en la sala hace un frío polar.

 

Me han invitado a hablar sobre la responsabilidad penal corporativa en

 

Alemania, pero nadie me pregunta nada.

 

Un joven se acerca a la enorme pantalla que está instalada en la pared y muestra barras azules, amarillas y verdes, diagramas y tablas en rápida sucesión. Habla deprisa, tiene las pupilas dilatadas, suda. Un error informático ha retrasado por unos milisegundos miles de transacciones y algunos clientes del banco han perdido mucho dinero. Cuando ha concluido, abandona la sala inmediatamente; es posible que haya ido a tomar otra dosis de cocaína.



 

 

 

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Una abogada hace un resumen de la demanda que los inversores han presentado contra el banco. Explica posibles estrategias de defensa y finalmente opina que el tribunal desestimará la acusación. En ese momento, todos se vuelven a mirar al presidente, que pregunta el nombre del juez. Se lo dicen y él asiente. Todos parecen aliviados. El presidente da las gracias, se levanta y abandona la sala.

 

Converso en el pasillo con dos abogados. En la pared a nuestro lado hay una videoinstalación. Las imágenes resultan desconcertantes: muestra unos rostros con los ojos muy abiertos sobre los cuales van y vienen hormigas rojas. Luego, una asistente con traje y zapatos de tacón me acompaña al ascensor.

 

Me reúno a comer en un club londinense con el hijo del presidente. Lo conocí hace unos quince años, en una cena en Marrakech, donde vivía con un nombre falso. Su intención era convertirse en pintor a toda costa. Sus cuadros eran algo aburridos, menos interesantes que bonitos y decorativos, pero tenía talento. Más tarde invirtió en una start-up que producía relojes para hacer ejercicio y luego le vendió la compañía a un fabricante de artículos de deporte. Ganó mucho dinero, y desde entonces cree que ya ha trabajado lo suficiente para el resto de su vida.

 

Mientras comemos le digo que su padre es un anciano muy agradable y él suelta tal carcajada que los otros comensales se vuelven hacia nosotros.

 

—No, no —responde—. Es justo lo contrario.

 

Ocho años atrás fue a ver a su padre en su casa de campo. Como muchas otras veces, se olvidó de avisar que iría y se presentó sin más. No entró por la puerta principal, sino por el jardín, subiendo una escalinata. Las cortinas estaban abiertas, de modo que pudo ver, a través de los grandes ventanales, a su padre y a la esposa de este sin que ellos lo advirtieran. Según me dijo, era la sexta esposa de su padre, y antes de que se casaran había sido modelo de lencería. En el momento del matrimonio tenía veintidós años, y el padre, setenta y uno.

 

—No cabe duda de que se casaron por amor —bromea el hijo.

 

La joven estaba a cuatro patas sobre el parquet, desnuda y con los labios pintados de rojo. Tenía las manos atadas a la espalda con unas bridas. El padre estaba sentado en el sofá con un pijama de seda azul claro y le iba lanzando cerezas que sacaba de una bolsa de papel. Se suponía que ella debía recogerlas con la boca y escupir los huesos en un cuenco de plata. A cada lanzamiento, el padre, ese hombre elegante y respetado con unos ojos de un



 

 

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azul acuoso presidente y propietario de un banco con cuatrocientos años de historia, filántropo y mecenas valorado en el mundo entero, le decía: «Muy bien, querida Margaret Thatcher; muy bien».



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Un amigo ha muerto demasiado pronto: solo tenía cincuenta y ocho años. Su esposa y sus dos hijos están junto a la fosa abierta.

 

 

 

Al morir mi padre, cuando yo tenía dieciséis, mi tío me regaló un breve libro: el Manual de vida de Epicteto. Epicteto era un esclavo tullido propiedad de un consejero del emperador Nerón. Por aquel entonces era común que los ricos poseyeran esclavos con formación, así que su amo le permitió a Epicteto estudiar y, tras la muerte del emperador, le concedió la libertad.

 

Cuando todos los filósofos fueron desterrados de Roma, él también tuvo que irse. Se instaló en una pequeña isla griega y durante el resto de su vida no poseyó nada más que una lámpara, un catre con un colchón de paja, un banco y una manta hecha de juncos. Murió a los ochenta años, unos ciento treinta años después del nacimiento de Cristo. Nunca escribió nada, fueron sus alumnos quienes redactaron los libros que se le atribuyen.

 

Mi tío estuvo en la Marina durante la guerra. Una granada le arrancó el brazo izquierdo y tres dedos de la mano derecha. Después de la contienda estudió Derecho. Llegó a ser juez y, al final de su carrera, magistrado presidente de un Tribunal del Jurado.

 

El libro que me regaló estuvo durante la guerra en el bolsillo de su abrigo, luego sobre su mesilla de noche en el hospital de campaña y más tarde en el estrado del tribunal.

 

Comienza así:

 

De las cosas, unas están en nuestro arbitrio y otras no. Están en nuestro arbitrio la opinión, el apetito, el deseo, la aversión: en resumen, todas nuestras acciones. No están en nuestro arbitrio el cuerpo, la riqueza, la gloria, el poder de dirigir: en resumen, todo cuanto no son nuestras acciones.

 

Son frases que parecen sencillas, pero al principio no las comprendí. Epicteto no inventó ningún brillante sistema filosófico; en realidad, su manual no contiene más que ejercicios diarios, y el consuelo que ofrece es sencillo,



 

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claro y humano. Muestra lo que podemos cambiar y lo que tenemos que aceptar, y cómo diferenciar lo uno de lo otro, eso es todo.

 

Si pretendes que tus hijos, tu mujer y tus amigos vivan siempre, eres un necio, pues quieres que esté en tu poder lo que no lo está, y que lo que es ajeno sea tuyo.

 

Uno de los hijos de mi amigo fallecido tiene cuatro años. Es un niño guapo con rizos rubios. Su madre me cuenta que ha puesto su jirafa de peluche en el ataúd de su padre para que este no esté tan solo.

 

Las máximas de Epicteto te ayudan a vivir en momentos en los que no ocurre nada.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Por casualidad, tropiezo con Baumann en el juzgado más de dos décadas después de nuestro examen final. Casi no lo reconozco, debe de haber adelgazado unos quince kilos. Antes lo llamábamos Schubert porque se parecía al músico (labios carnosos, rizos, gafas redondas). Ahora es un hombre flaco, pálido y con poco pelo. Quedamos para cenar.

 

Su despacho, en Kreuzberg, consta de tres habitaciones que parecen de un bufete de los años veinte: paredes altas, estuco, paneles de madera, lámparas de metal y una mesa de madera con linóleo verde en la sala de reuniones. No hay un solo cuadro en las paredes. Los expedientes se apilan ordenadamente en unos armarios de madera sin puertas. La secretaria es una mujer mayor con acento berlinés.

 

Baumann me cuenta que sus clientes son gente del barrio. Se ocupa de litigios de comerciantes del mercado central, de testamentos y de contratos matrimoniales.

 

—Casi siempre son asuntos cotidianos; hay pocas sorpresas. De vez en cuando acepto alguna defensa, pero se trata siempre de pequeñeces: accidentes de coche, peleas en algún bar, insultos y cosas parecidas —me dice.

 

Nada de eso encaja con él. Después de obtener las máximas calificaciones, estudió un año en la Universidad de Columbia, en Nueva York. Su tesis doctoral, un laborioso trabajo sobre el derecho romano, obtuvo un summa cum laude. Poco después ingresó en un gran bufete estadounidense que se estableció en Berlín después de la caída del Muro.

 

Cuando estábamos en el período de prácticas yo lo encontraba un poco raro. Se tomaba muy en serio conceptos como la culpa, la expiación y el perdón. Afirmaba que la justicia podía hacer mejores a los hombres y parecía creerlo de verdad. Entonces era muy tímido; si se le acercaba una mujer, enmudecía, se ponía colorado y bajaba la vista.

 

A través de las cuatro grandes ventanas del bufete se ven la Chamissoplatz, edificios de apartamentos de finales del período imperial,



 

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fachadas de estuco restauradas, adoquines, farolas.

 

—En este edificio vivían oficiales del ejército, luego obreros y ahora artistas —me cuenta.

 

Vamos a un restaurante italiano situado muy cerca de allí donde acostumbra a cenar todas las noches a la misma hora. La camarera coquetea con él (lo llama dottore), pero él no le sigue el juego. Intercambiamos anécdotas de cuando hacíamos las prácticas.

 

Luego me invita a su casa, situada encima del bufete y tan sobria y austera como este. En la sala de estar tan solo hay un sofá, un televisor y una librería. No está casado, no tiene novia, ni hijos, ni hermanos; sus padres han muerto. Le pregunto en qué ocupa su tiempo. Me responde que, durante el día, está abajo, en el bufete y por la noche en su piso, solo. No tiene hobbies.

 

—Miro las noticias, leo un poco y me acuesto.

 

Me prepara un café y se sirve un whisky, luego abre la puerta del balcón y nos sentamos fuera. Fuma un cigarrillo. Dice que es su vicio.

 

Le pregunto si es feliz.

 

—No me quejo —dice encogiéndose de hombros.

 

Esa noche de verano la gente se sienta fuera, en los bancos alrededor de la plaza. Hay madres con cochecitos, un grupo de hombres mayores con una caja de cervezas. Un chico practica juegos malabares con pelotas. Todavía no le salen muy bien. Nos lo quedamos mirando.

 

—Tu vida ha tomado un derrotero diferente del que yo me imaginaba —le digo.

 

—Sí, tal vez. Nuestros actos tienen consecuencias —señala—. De jóvenes no lo sabemos, pero la vida se encarga de enseñárnoslo.

 

Da una calada. El humo se disuelve por encima de nuestras cabezas en el aire templado. Entonces me cuenta su historia.

 

 

 

A los treinta y tres años, Baumann se dedicaba al derecho concursal y ya había tenido algunos éxitos. Dos meses antes se había convertido en socio junior del bufete. Trabajaba mucho, todo el mundo pensaba que tenía ante sí una carrera brillante. Algunos de sus colegas lo consideraban arrogante, pero en realidad solo era distante.

 

Estaba concentrado en un acuerdo complicado cuando la recepcionista lo llamó y le anunció que una persona se había presentado a verlo sin cita previa. A él le molestó un poco la interrupción, pero salió del despacho y cogió el



 

 

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ascensor para ir a la planta baja. Cuando entró en la sala de reuniones, vio a una mujer de espaldas mirando una librería. Apenas él le dio la mano, ella le contó que la habían denunciado y que unos conocidos le habían recomendado que acudiera a él. Tenía que ayudarla.

 

Hasta entonces, Baumann solo había tenido un par de relaciones superficiales con mujeres. Intentó sonreír, pero enseguida notó que se ruborizaba y que le sudaban las manos. La mujer parecía una modelo de los años sesenta; tenía un cuerpo andrógino, ojos oscuros, pelo negro y un cuello fino y blanco. Él se sintió sucio de pronto: se acordó de cuando, de niño, miraba a las chicas mientras se desnudaban en la piscina. No tenía mayor experiencia en asuntos penales, más allá de la que había podido adquirir en su período de prácticas (sus clientes solían acudir por embargos, quiebras, deudas y disoluciones de sociedades), pero se quedó mirando la boca de la mujer y perdió toda profesionalidad. Apenas la escuchaba. La hizo firmar dos poderes para pleitos y apuntó su dirección. Cuando se levantó para despedirse de ella, volcó una botella de agua que estaba sobre la mesa. Se disculpó y sonrió torpemente.

 

Por la tarde solicitó el expediente y dos días más tarde mandó a un mensajero a recogerlo. El asunto parecía fácil, como suelen parecerlo la mayoría de las causas penales: un hombre rico había tenido una relación sentimental durante un par de meses pese a estar casado; entonces, su esposa se enteró y él tuvo que separarse de su amante para salvar el matrimonio. El día de la separación, se traspasaron cien mil marcos de la cuenta del hombre a la de la amante, cosa que la esposa también descubrió.

 

Hasta ahí los hechos estaban claros, pero luego las declaraciones divergían. El hombre afirmaba que su amante (la nueva clienta de Baumann) le había robado el dinero: que se lo había transferido a sí misma sin que él se diera cuenta aprovechando que él había dejado abierto su ordenador. La clienta decía que era mentira, que él le había regalado el dinero como despedida porque tenía mala conciencia.

 

No tenía pruebas, más allá de su declaración, así que era su palabra contra la de su antigua amante. La transferencia se había efectuado sin duda desde su ordenador, pero no podía saberse quién había introducido la orden. Cien mil marcos no era una suma desdeñable, incluso para un hombre adinerado, pero la clienta nunca había tenido problemas con la ley. Carecía de antecedentes penales y llevaba una vida «propia de la clase media acomodada», como había señalado un policía en el atestado.



 

 

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El fiscal había ordenado registrar su casa, donde se encontraron documentos bancarios, requerimientos, cartas y fotos: nada fuera de lo normal. Examinaron su móvil e imprimieron casi trescientas páginas de mensajes de texto que confirmaban la relación sentimental, pero no los hechos de los que se la acusaba.

 

Baumann, por su parte, revisó el expediente y los archivos con las pruebas. Trabajó tan minuciosamente como en los procedimientos por insolvencia: preparó listas, transcribió partes de las declaraciones e hizo notas hasta que encontró lo que estaba buscando. En el número veintisiete del acta de incautación, la policía había registrado «un cuaderno de notas». Lo encontró en uno de los archivadores, dentro de una bolsa de celofán: estaba encuadernado en piel de un verde claro. Al parecer, los investigadores de la policía no habían considerado relevante nada de lo que contenía, así que no lo habían incorporado al expediente. Y era verdad que en las treinta primeras páginas la clienta solo había anotado listas de compras y recados sin relación con el supuesto delito, pero Baumann era concienzudo y leyó el cuaderno de principio a fin. A partir de esa página, empezaba inesperadamente un diario de los últimos meses y, por tanto, una memoria de la relación entera. Buscó la entrada del día de la separación. No dejaba dudas: llena de ira y dolor, y con ansias de venganza, la clienta se había transferido el dinero en la habitación del hotel mientras el hombre se duchaba. «Él me lo debía», había escrito en su diario.

 

Baumann se marchó a casa, se preparó un café fuerte y se puso a leer los mensajes de texto de la pareja. Al principio eran cautelosos, vacilantes, corteses. Él se mostraba encantador y ella se sentía halagada; se interesaban el uno por el otro. Pero gradualmente se iban volviendo más abiertos, y luego íntimos. Baumann se sumergió en ese diálogo. No había palabra que no le sonara sincera. Cuatro horas después, tenía la impresión de que conocía a fondo a su clienta: sabía todo lo que había respondido a las preguntas de su amante, lo que le gustaba y lo que no. Conocía sus heridas, su fragilidad, su tristeza. Era como si estuviera ante él desnuda y viva. «Yo también tengo en mi interior todo eso», pensó.

 

A eso de las cinco se fue a la cama, pero un par de minutos más tarde se levantó de nuevo y volvió a mirar las fotografías del expediente. En una de ellas, la clienta estaba en un descapotable, sentada en el asiento del acompañante; llevaba un vestido claro, unas grandes gafas de sol negras y un



 

 

 

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sombrero de paja. Cogió la foto, se la llevó al dormitorio y durmió con ella en la mano.

 

Dos días más tarde la llamó: quería conversar con ella, le dijo. Durante una hora le explicó (con demasiado detalle para unos hechos tan sencillos) cuáles eran las pruebas que había. Le leyó las declaraciones del hombre, le mostró los documentos bancarios y el archivador con los mensajes de texto impresos. Le puso el diario delante, sobre la mesa de reuniones. Lo que ella había escrito ahí acabaría saliendo a la luz en el juicio, de modo que no había defensa posible que pudiera concluir con una absolución.

 

Sabía perfectamente lo que hacía: había reflexionado sobre cada palabra, cada gesto. Miró a su clienta y esperó hasta estar seguro de que ella lo había comprendido.

 

Abandonó la sala de reuniones durante diez minutos: tenía que lavarse las manos. En el baño notó palpitaciones en el cuello; le temblaban las manos. Cuando regresó, el diario ya no estaba sobre la mesa. Volvieron a intercambiar un par de frases, naderías de las que más tarde ni siquiera se acordaba, luego se levantaron y se despidieron. Ella se inclinó sobre la mesa y lo besó en la mejilla.

 

—Muchas gracias —le dijo en voz baja. Su perfume olía a iris, jazmín y vainilla: era una promesa. Podía ver el nacimiento de sus pequeños pechos debajo de la blusa.

 

Cuatro semanas más tarde, la fiscalía desestimó el caso. Según la resolución, no había pruebas suficientes ni más indicios de que la clienta fuera culpable salvo por la declaración del hombre.

 

Baumann le pidió a la clienta que acudiera de nuevo al bufete. Se encontraron en la sala de reuniones y él le leyó el documento lleno de emoción. «A lo mejor le parece que estoy demasiado alegre», pensó. Al terminar, ella asintió. Llevaba un vestido apretado, azul oscuro, con un ancho dobladillo blanco y zapatos azul oscuro. Él pensó en las fotos: la había visto desnuda.

 

Se le ocurrió que aquel podía ser el principio de una nueva vida. A lo mejor ella lo sorprendía proponiéndole un viaje. En las semanas anteriores había pasado muchas noches imaginándose cómo sería viajar juntos a las ciudades que ella mencionaba en su diario y en los mensajes de texto: Roma, Florencia, Niza, Londres. Había ahorrado dinero suficiente, podía cuidar de ella, protegerla.



 

 

 

 

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Se levantaron. Baumann dio rápidamente un paso hacia ella, la atrajo contra sí y la besó en la boca. Era la primera vez en su vida que mostraba tanto valor.

 

—¡¿Está usted loco?! —le espetó ella, y lo empujó por el pecho con las dos manos. Él perdió el equilibrio y se cayó de nuevo en la butaca. Ella lo miró desde lo alto. Por unos minutos no ocurrió nada, no se movieron, no respiraron; luego se rio de él.

 

—Es usted un cerdo, igual que el otro —dijo.

 

Esa fue la última vez que la vio. Nadie investigó la desaparición del cuaderno verde. No se aclaró si lo había extraviado la policía o se había perdido en el depósito de pruebas: esas cosas pasaban a veces. Puesto que ninguno de los investigadores lo había leído, simplemente se supuso que carecía de importancia.

 

 

 

Baumann hace una larga pausa.

 

—Ella tenía razón —me asegura, y tras una pausa agrega—: Por eso he preferido limitarme a ser un espectador.

 

Nos quedamos sentados en silencio. Tengo que disculparlo, me dice finalmente: no acostumbra a tener visitas y suele irse a dormir a las diez. Dejo la taza vacía en la cocina y nos despedimos.

 

Ya en la calle, me doy media vuelta y levanto la vista hacia su apartamento. La puerta del balcón está cerrada; la luz, apagada.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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En la cafetería, dos ancianos conversan en la mesa vecina. Como ya no oyen bien, hablan muy alto.

 

—Hace calor.

 

—Es la época del año.

 

—¿Te has enterado? Le han pegado un tiro a un médico.

 

—¿Dónde?

 

—Aquí mismo.

 

—Ah.

 

—Estaba más para allá que para acá.

 

—¿Quién?

 

—El asesino.

 

—¿A qué te refieres?

 

—A que le faltaba un tornillo. No sé cómo han podido dejarlo salir.

 

Pausa.

 

—¿Has estado en América?

 

—No, mejor que no.

 

—Mi madre vive en Canadá.

 

Pausa.

 

—Ya se ha muerto.

 

—¿Quién?

 

—Mi madre. Nunca fui a Canadá. Soy un torpe.

 

—Yo ya no viajo tampoco.

 

—Esos últimamente matan a tiros a los negros.

 

—Ya no es como antes.

 

—Cierto.

 

Pausa larga.

 

—Aquí tampoco.

 

—¿Tampoco qué?

 

—Que aquí tampoco es mejor.

 

—Pero estamos en Berlín.



 

 

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—Pero tampoco es mejor.

 

—¿El asesino del médico era negro?



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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«El espléndido setenta y cinco cumpleaños del más célebre hijo de la ciudad», pondrá más tarde en el diario local. Se trata de un empresario, el mayor contribuyente del distrito fiscal.

 

Hace treinta años fundó una cadena de restaurantes de comida rápida y hoy en día su negocio se encuentra prácticamente en todas las ciudades de Alemania.

 

El empresario le da las gracias al alcalde y representante del gobierno especialmente llegado de la capital. Estrecha manos, besa mejillas, sonríe ante los fotógrafos, bromea. Su asistente le susurra los nombres de los invitados al oído, pero él vuelve a olvidar la mayoría.

 

 

 

Hace más de diez años pasó una breve temporada en prisión preventiva por un delito fiscal. Tras una semana empezó a leer un volumen de poemas de Goethe envuelto en papel de embalar y, en un momento dado, decidió que quería dejarlo todo atrás y empezar una nueva vida. Le comentó a su abogado que al fin se había dado cuenta de que la palabra inglesa listen, «escuchar», tenía las mismas letras que silent, «callado».

 

Contó que, en la cárcel, solía llevar siempre en el bolsillo de la chaqueta una descolorida foto Polaroid en la que aparecían sus padres, un tío y él mismo de niño. Se la habían tomado el día en que cumplía doce años, en un hotel del centro de la ciudad donde se hospedaba su tío. Sus padres y él habían ido en metro hasta allí. Su madre llevaba un vestido claro y un collar con piedras de colores, su padre iba de corbata. Él se había sentido orgulloso: todos tenían muy buen aspecto ese día.

 

Les había costado encontrar el comedor del hotel; luego, un camarero de frac negro les había hecho una reverencia y los había conducido a una mesa. Él jamás había visto a un camarero así, ni tampoco salones de techos tan altos. La mesa tenía un mantel blanco y las jarras, cuencos y bandejas eran de plata, al igual que los pesados cubiertos. Había fuentes con mousses de



 

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chocolate blanco y negro, pastelillos, naranjas y kiwis pelados, miel oscura, yogur, rodajas de pepinillo, salmón y rábanos picantes. El tío, que (a diferencia de sus padres) era muy rico, hizo una señal y les llevaron una tarta de chocolate con doce velas. Los demás comensales que estaban en el salón aplaudieron y lo felicitaron. Un camarero colocó un carrito con una cubitera y una botella de champán al lado de la mesa y ese mismo camarero, que vestía una camisa de un blanco inmaculado con pajarita y gemelos negros, envolvió el cuello dorado de la botella con una servilleta, retiró el alambre que cubría el tapón de corcho y destapó la botella sin hacer ruido. Aunque él era un niño aún, lo dejaron beber un sorbito. La copa tenía el reborde dorado y era de cristal finísimo. Su padre le pidió al camarero que les hiciera una foto con la cámara Polaroid. Él se quedó sentado y los adultos se colocaron detrás de su silla.

 

—Naturalmente, hoy apenas se distinguen los colores de la fotografía — comentó—, pero la luz de la sala era dorada.

 

Entonces, su madre le puso la mano en la frente y dijo que tenía mucha fiebre. Durante el camino de vuelta, él no dejó de repetir que quería ser dueño de un hotel y que nada ni nadie lo haría renunciar a ese deseo.

 

Seguramente por eso en la cárcel había empezado a sentir una profunda aversión por sus restaurantes de comida rápida, siguió contando el empresario. El olor de las freidoras, los suelos laminados, las mesas atornilladas de madera de imitación… todo eso le producía una enorme repugnancia. Solo anhelaba ver salones suavemente iluminados y mesas con manteles blancos, cubiertos de plata, champán y frutas exóticas, como aquella vez, de niño. Sus clientes serían personas a las que daría gusto atender. Contó que se le había ocurrido que compraría un antiguo gran hotel en cuanto saliera de la cárcel y que no le importaba si su familia se oponía porque él ya había decidido que cambiaría de vida. Allí, en la celda de la prisión, por fin había visto las cosas con claridad: por fin iba a hacer lo correcto.

 

 

 

La recepción se celebra en la sala de fiestas del ayuntamiento. El nieto del empresario está a su lado y se sostiene firmemente de las perneras de su abuelo. Un camarero le ofrece un trozo de tarta de nata y él lo coge, aunque el azúcar le hace daño. Tiene una amante desde hace quince años. Es treinta años más joven y, cuando duerme con ella, tiene miedo de oler como un viejo. Ella no ha asistido a la recepción porque la esposa no lo toleraría.



 

 

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De repente deja caer el plato y la nata impacta contra sus brillantes zapatos negros. Se quita la chaqueta, que resbala por su cuerpo hacia el suelo. El silencio inunda la sala. El nieto se asusta y se echa a llorar.

 

El empresario se precipita hacia una habitación vecina. Deja la puerta abierta, así que todos lo siguen con la mirada. Dentro, se desprende de la camisa y gime en voz alta. Los pelos de su pecho y espalda son blancos; se ha adelgazado: ha perdido quince kilos por culpa de la quimioterapia.

 

Su hija recoge la chaqueta del suelo, corre tras él a la habitación y cierra la puerta. Poco a poco, los invitados retoman sus conversaciones. Alguien pone música: una grabación del quinteto La trucha de Schubert.

 

Después de una media hora salgo al aparcamiento para fumar un cigarrillo, y entonces veo venir al empresario con la camisa en la mano. Detrás viene la hija con la chaqueta de su padre en el brazo y el niño cogiéndose de su vestido. Se dirigen al coche; el chófer ya les ha abierto la puerta, pero el empresario se detiene un momento a mi lado y me dice:

 

—Esta condenada vida me ha hecho trampa: todo ha ido demasiado deprisa.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Para las fiestas hay que tener talento, y yo no lo tengo. Siempre me sucede como a Nick Carraway en El gran Gatsby:

 

Nada más llegar hice un intento de localizar a mi anfitrión, pero las dos o tres personas a quienes pregunté por él me miraron con tanto asombro y negaron con tanta vehemencia saber su paradero que me escabullí en dirección a la mesa donde servían los cócteles: el único sitio del jardín donde se podía estar bastante tiempo sin dar sensación de desconcierto y abandono.

 

Lo malo es que uno siempre tropieza con algún conocido, o bien alguien lo confunde con otro. Y, desde hace unos años, se estila que incluso los hombres se abracen al saludarse, a lo que hay que agregar unas palmaditas en la espalda. La música suele estar muy fuerte, de modo que hay que hablar a gritos, pero aun así nadie entiende nada. Una señora dice: «Me alegro de verlo», y su interlocutor cree que la ha oído decir: «Tengo algo de vello» y se queda con el ojo cuadrado. Y mientras reflexiona, aparece un fotógrafo con varias cámaras colgando del cuello y le lanza una ráfaga de fotos con flash. Al recobrar la visión, la señora con vello ha desaparecido; ya nunca sabrá si le decía: «Voy a arreglarme el pelo» o «Me caigo de sueño». Todo eso es desconcertante, pero da igual. El volumen siempre aumenta y siempre hay más y más gente. Un cantante famoso se echa a cantar el jingle de un detergente, dos chicas se quejan de que llevan vestidos idénticos y un hombre asegura que ha estado con Putin, cabalgando sin camisa por Mongolia.

 

Y más tarde siempre vuelvo a pensar en la amante de Gatsby, y en que su mundo estaba lleno de orquídeas y de orquestas que marcaban el ritmo del año y capturaban en sus melodías toda la tristeza y la diversidad de la vida.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Una cena tras el estreno de una obra de teatro en Londres. Estoy sentado al lado de una joven cantante de ópera que debutó hace apenas dos semanas en la Royal Opera House, en Covent Garden, el teatro de la ópera más importante de Inglaterra. Interpretaba a Donna Anna en el Don Giovanni de Mozart, un papel sumamente exigente, y el público y la crítica quedaron encantados.

 

Quince años de formación, dice. Toda una paliza. Actuaciones en provincias y en pequeños festivales y, por fin, tras cientos de diminutos pasos, Covent Garden: el lanzamiento de su carrera internacional.

 

Procede de la periferia de Londres. Su padre es conductor de autobús y su madre trabaja en un kiosco. Que el director del coro de la escuela pública la descubriera fue mera casualidad, cuenta.

 

Dos semanas antes de su actuación, llamó a su padre y lo invitó a su debut. Él le preguntó cuándo era el concierto y ella le contestó que el viernes. Entonces, el padre comentó: «El sábado habría sido mejor: es más fácil encontrar aparcamiento».



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Me llama la esposa de un cliente: su marido se está muriendo. Me pide que vaya a verlo porque le urge decirme algo.

 

No me gusta viajar en avión; hay demasiada gente, demasiados olores, pero apenas tres horas después de abordar, la ciudad donde vive mi cliente se extiende bajo las alas del aparato, con el mar a la derecha. Los argonautas perdieron un barco aquí durante una tormenta: el noveno, de diez en total. Heracles lo encontró destrozado en la costa y en ese lugar fundó una ciudad: Barca Nona, «el noveno barco»; Barcelona.

 

La casa del cliente se halla en la zona alta de la ciudad. Un vigilante con uniforme grita mi nombre en el aparato de radio; luego, el taxi recorre un largo paseo flanqueado de cipreses hasta la escalinata de la casa. La esposa del cliente viene por mí al recibidor. Tiene las manos frías. Me conduce a la habitación donde agoniza su marido, que está tendido en la cama en penumbras, con el rostro demacrado y la barba blanca. La esposa me cuenta que se han llevado las máquinas, que ya no podían seguir manteniéndolo con vida.

 

Hace muchos años defendí a este hombre, que entonces estaba lleno de energía. Fundó una empresa constructora y luego invirtió en una compañía cuyo propósito era digitalizar el cerebro humano y subirlo a un ordenador. «Así podremos vivir eternamente», me dijo por aquel entonces. Su mujer me comunica que ha rechazado someterse a más procedimientos porque ya no podían curarlo, sino solo prolongar el sufrimiento. Está inconsciente desde primera hora de la mañana, los médicos han adelantado que morirá en pocas horas. A ella le sabe mal que yo haya venido. Lamenta no saber qué quería decirme su esposo.

 

Abajo, en el gran salón, hay muchas personas. Toman café y comen mazapán tostado. Reconozco a la asesora jurídica de la compañía, una mujer dura y elegante. Le pregunto acerca de la empresa de software en la que el cliente invirtió y ella ríe.



 

 

 

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—¿Lo de la vida eterna? No funcionó. Los informáticos creen en la técnica como antes se creía en Dios. Están esperando la llegada de la inteligencia artificial: ella se compadecerá de nosotros y nos liberará de las imperfecciones humanas. No por nada en Silicon Valley llaman «evangelistas» a los defensores de las nuevas tecnologías. ¿Sabía usted que ha pedido que congelen su ADN?

 

 

 

Cuando nacemos, alguien dispara contra nosotros una flecha que nos alcanza en el momento de la muerte. En el vuelo de regreso a Berlín, poco antes de dormirme, pienso en las Meditaciones de Marco Aurelio, quien escribió que «Alejandro de Macedonia y su mozo de cuadra, cuando murieron, fueron a parar al mismo lugar».



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Estoy en la terraza del café, al aire libre, y la peluquera de mi calle viene a sentarse a mi mesa. Quiere contarme algo raro que le ha estado pasando las últimas semanas. Cada día, un hombre se detiene delante de su escaparate. Debe de estar en mitad de la setentena y va bien vestido: abrigo y chaqueta, bastón negro con puño de plata. Llega siempre a eso de la una y se queda allí parado media hora.

 

En un momento dado, ella había salido y le había preguntado si podía ayudarlo en algo, pero él le había respondido amablemente que no, que simplemente le gustaba ver cómo les lavaba el pelo a sus clientas. Sus palabras exactas fueron: «Es un deleite ver cómo les tocas el pelo», y a ella eso del «deleite» le pareció excesivo. No sabe si ese hombre es peligroso. No lo parece en absoluto; es un hombre mayor, perfectamente aseado, pero a pesar de eso ella se pregunta si no debería llamar a la policía. Esta misma tarde se ha presentado de nuevo, la ha mirado a través del escaparate y la ha saludado con una inclinación de cabeza.

 

—Esto no es normal —opina. Luego cambia de tema y me habla durante cuarenta minutos de los nuevos tintes de cabello, la política de asilo, una película, la carrera de su hija, la cuestión de si los griegos deben salir de la Comunidad Europea. Yo dejo el diario a un lado y pago mi café.

 

 

 

En 1886, el psiquiatra Richard von Krafft-Ebing describió un extraño caso: el marido de una pareja de recién casados se conformó la primera y segunda noche con besar a su esposa y «revolverle» el cabello. Luego se dormía. La tercera noche le pidió que se pusiera una peluca con la melena larga. «Ella accedió y entonces él cumplió con creces sus descuidados deberes maritales», escribe el psiquiatra. A partir de entonces, el hombre siempre tenía a mano una peluca que primero acariciaba y luego le ponía en la cabeza a su esposa. En cuanto ella se la quitaba «perdía todo atractivo para su marido». Las



 

 

 

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pelucas perdían su «eficacia» al cabo de diez o doce días, entonces había que sustituirlas por otras, «siempre de cabello abundante».

 

En los primeros cinco años de matrimonio tuvieron dos hijos y el marido reunió una colección de setenta y dos pelucas.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Un «artista extremo» (así se los llama) incuba en París una docena de huevos de gallina. Permanecerá sentado en una caja de plexiglás hasta que nazcan los polluelos; es decir, entre veintiuno y veintiséis días. Cualquiera puede ir a verlo. El propio presidente de la república lo ha hecho ya. El artista extremo dice que es su primer trabajo con seres vivos, pero le comunica a la prensa que seguirán otros más.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El contrato de compra señala:

 

El objeto del contrato es un coche antiguo. Cuando se fabricó, su vida útil prevista era de diez a quince años. Teniendo en cuenta que, en el momento de la firma de este contrato, cuenta con cuarenta y seis años de uso, se entiende que ya ha superado ampliamente la durabilidad prevista por su fabricante.

 

Todo el mundo le aconseja que no compre ese coche viejo. Es cierto: hoy en día a la gente le interesan los teléfonos móviles, la inteligencia artificial y las energías renovables. En poco tiempo habrá vehículos sin conductor impulsados por electricidad o por hidrógeno, ya no necesitarán volante y encima serán más seguros. Para entonces, este coche antiguo producirá el mismo efecto que un carruaje tirado por caballos en medio del tráfico los años 1920: una antigüedad sin el más mínimo sentido.

 

Se trata de un Mercedes Benz «barra 8», así denominado por el año 1968, cuando salió a la venta por primera vez. Parece que lo hubiera dibujado un niño. Lo diseñó Paul Bracq, un joven diseñador francés; posiblemente el diseñador de coches con más talento de su época. Era a mediados de los sesenta, y supuso una ruptura con todas las formas anteriores: no tenía nada de acogedor, nada de barroco, nada que hiciese pensar en una casa sobre ruedas. Era un coche de clase media; cómodo, pero sobrio y austero, con un equipamiento básico más bien escaso. Los motores de mayor cilindrada y demás extras eran caros pero, si así lo deseaba, el cliente podía encargar reposacabezas, cinturones de seguridad, elevalunas eléctricos, «cristales tintados con aislamiento térmico» y aire acondicionado.

 

Tuvo un éxito enorme: se construyeron casi dos millones de unidades. Al final lo conducían los estudiantes universitarios porque la tecnología y el motor eran indestructibles. Los últimos terminaron usándose como taxis en África porque eran fáciles de reparar y resistían el polvo y el calor del desierto.

 

Este en particular le pertenecía a una señora mayor de Los Ángeles, California. En los documentos constaba que lo había llevado a una agencia de



 

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Mercedes en 1972 (debía de ser una joven entonces) para que le hiciesen una puesta a punto antes de empezar a utilizarlo. Luego se lo había llevado a recorrer Europa y finalmente lo había fletado en un barco con destino a su país natal.

 

En el taller le aseguran que nadie restaura un coche así de normal y aburrido, que no tiene el más mínimo valor de reventa y que perderá hasta el último centavo que invierta en él. Si de verdad quiere un coche antiguo, debería buscar un modelo más elegante. La mejor elección sería un Mercedes Alas de Gaviota o al menos un Pagoda. Pero él no quiere nada de eso. Le dice al propietario del taller que solo le interesan las cosas que hayan superado con creces su durabilidad prevista y que, de hecho, le parece fantástico que nadie aprecie ya ese coche. No tiene intención de revenderlo: es su último coche y quiere conducirlo mientras funcione. El dueño del taller considera que está loco, pero se hace cargo de la restauración.

 

Seis meses más tarde, tiene que ir a recogerlo al sur de Alemania. El aeropuerto de Berlín está abarrotado, no hay dónde sentarse. Ve a un hombre limpiarse los dientes con un trozo de papel y a una mujer con una mochila roja que dice GROENLANDIA. No importa dónde se quede de pie, alguien termina empujándolo.

 

Ha planeado hacer un viaje muy largo: quiere recorrer la vieja y fatigada Europa en la que tanto tiempo ha creído y que ahora se rompe. Todavía en el aeropuerto, lee acerca del primer producto de Louis Vuitton que tuvo éxito. Hoy en día, el logo de esa compañía puede verse lo mismo en zapatos que en gafas de sol o perfumes, pero entonces, a principios del siglo pasado, solo fabricaba maletas. El caso es que, en 1904, sacaron al mercado un producto llamado L’Ideal: un baúl armario con pequeños cajones y distintos compartimentos que podía alojar el vestuario de toda una semana: un abrigo, dos trajes, camisas, zapatos, ropa interior, calcetines. «Un viajero no necesita más», aseguraba la publicidad.

 

Después de aterrizar, coge un taxi para que lo lleve hasta la nave industrial del restaurador. La conductora es eslovena, de Liubliana. Enseguida le cuenta que echa de menos las cafeterías de allí, los huertos en medio de la ciudad, el río y los bonitos puentes. Liubliana (cuyo nombre pronuncia como Jubel, «joya») es totalmente distinta de como uno se la podría imaginar: es una ciudad moderna y avanzada. Por el momento tiene que estar en Alemania, pero pronto volverá a su ciudad, con su familia. Habla sin parar y él la escucha y se limita a asentir. Piensa en el baúl L’Ideal. Él no lleva gran cosa,



 

 

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aunque espera que sea el viaje más largo de su vida. Por supuesto, piensa, todo aquello es absurdo: el coche antiguo, el equipaje escaso, el largo viaje, sus ansias de recorrer Europa.

 

No entres dócilmente en esa buena noche; rabia, rabia contra la muerte de la luz.

 

La taxista de Liubliana lo despierta cuando llegan. El propietario del taller lo recibe afablemente y le entrega el coche restaurado. Él permite que le dé toda clase de explicaciones sobre los detalles del trabajo y luego pone el motor en marcha y se aleja de allí. Coge carreteras nacionales, evita las autopistas. No tarda en ver campos brillantes, maíz, tréboles, colza y, una y otra vez, el amarillo de las aulagas. En dos ocasiones, un grupo de perdices castaño grisáceas alzan el vuelo a su paso y él piensa por un instante que es una señal dirigida a él.

 

El coche tiene una conducción agradable. Él va intentando recordar cuándo ha sido feliz en su vida. A lo mejor de niño, por la mañana en la cama, en la casa vieja, con la puerta entreabierta. Medio dormido, oía los sonidos familiares de la mañana, las voces que conocía. Alguien estaba recogiendo cosas que luego llevaba por la casa; se abrían y cerraban puertas y ventanas, la vajilla tintineaba; abajo, en el vestíbulo, su padre regañaba a los perros. Y él siempre esperaba, a saber qué. Está seguro de haber malgastado su vida, pero no ha sabido vivir de otro modo.

 

 

 

El 23 de febrero de 1942, las trabajadoras domésticas encuentran los cadáveres de Stefan Zweig y su esposa Lotte en su dormitorio. Él está boca arriba, con las manos cruzadas sobre el pecho; Lotte se estrecha contra él; con la mano izquierda, coge la diestra de su marido. Zweig ha sido el primero en tomar la sobredosis de somníferos, Lotte ha esperado hasta que él muriera para hacer lo propio. La carta de despedida de Zweig dice: «Saludo a todos mis amigos. Ojalá vivan para ver la aurora tras esta larga noche. Yo, que soy muy impaciente, me adelanto a ellos».

 

Por entonces Stefan Zweig vendía millones de libros; era rico, tenía un pasaporte inglés y no corría ningún peligro. Muchos otros exiliados alemanes no entendieron su suicidio como tampoco habían entendido su moderación



 

 

 

 

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política. Una semana después, Thomas Mann escribió en su diario que ese suicidio le parecía «absurdo, patético y deplorable».

 

 

 

Él piensa que Thomas Mann se equivocaba. Siempre cuesta reconocer que los demás tienen derecho a temer cosas que uno ya ha superado. En una ocasión vio en Palermo un reloj con una inscripción que decía: Vulnerant omnes, ultima necat, «todas hieren, la última mata». No importa cuándo llegue esa hora. Vivir no es una obligación, cada uno fracasa a su manera.

 

Está cansado de conducir, así que aparca enfrente de un café en una ciudad pequeña. Ese día ha hecho un calor horrible; por suerte, el coche tiene aire acondicionado. De todas formas, la temperatura ha descendido: es más suave. El sol de la tarde sumerge la ciudad en una líquida luz ambarina. Ese lugar en la acera, a la sombra, es muy agradable. Hay arbustos de laurel en grandes macetas verdes y, más allá, una farmacia con un letrero muy antiguo; los cristales de los escaparates están limpios. En medio de la calle, delante de una fuente, dormita un perro; le llama la atención su lengua roja, su vientre blanco sobre los adoquines.

 

Delante de un escaparate hay una pareja. Cuando están a punto de irse, la joven detiene a su novio cogiéndolo por el brazo, se arrodilla y le anuda el cordón del zapato.

 

La felicidad es un color y, siempre, tan solo un momento.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Procedencia de los textos

 

 

 

 

Algunos de los textos de este libro aparecieron previamente en periódicos, revistas y libros: 1, en Rolling Stone del 29 de marzo de 2018. 4, en el Frankfurter Allgemeine Zeitung del 17 de noviembre de 2009. 14, en BILD, edición especial del 7 de junio de 2018. 16, en SPIEGEL, edición especial en homenaje a Helmut Schmidt, 2015. 18, en el Literarische Welt del 19 de mayo de 2018. 20, como prólogo de Happy End: das Drehbuch, de Michael Haneke, editorial Paul Zsolnay, 2017. El autor los ha revisado para la presente edición.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Obras citadas

 

 

 

 

BERNHARD, THOMAS, Extinción, traducción de Miguel Sáenz, Madrid, Alfaguara, 2019.

 

EPICTETO, Manual de vida, traducción de José Ortiz y Sanz, Madrid, Taurus, 2023.

 

FAULKNER, WILLIAM, Réquiem por una mujer, traducción de Jorge Zalamea Borda, Barcelona, Debolsillo, 2023.

 

HEMINGWAY, ERNEST, París era una fiesta, traducción de Miguel Temprano García, Barcelona, Lumen, 2021.

 

MARCO AURELIO, Meditaciones, traducción de Óscar Martínez García, Madrid, Taurus, 2019.

 

SCHILLER, FRIEDRICH, Guillermo Tell, traducción de José Lleonart, Barcelona, Editorial Apolo, 1941.

 

SVEVO, ITALO, La conciencia de Zeno, traducción de Carlos Manzano de Frutos, Barcelona, Debolsillo, 2009.



 

 


 

 

 

Ferdinand von Schirach (Múnich, 1964) es un escritor de renombre internacional cuyas obras, publicadas en más de treinta países, han ocupado los primeros lugares en las listas de ventas en Alemania y han sido llevadas a la gran pantalla. Abogado criminalista de profesión, es autor, entre otros, de las colecciones de relatos Crímenes, que obtuvo el premio Kleist, Culpa y Castigo, así como de las novelas El caso Collini y Tabú, y la obra de teatro Terror, todas publicadas en español por Salamandra.





FIN

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