© Libro N° 14203. El País
Imaginado. Berti,
Eduardo. Emancipación. Agosto 30 de 2025
Título Original: © El País Imaginado. Eduardo Berti
Versión Original: © El País Imaginado. Eduardo Berti
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A
CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL PAÍS IMAGINADO
Eduardo
Berti
El País
Imaginado
Eduardo Berti
Animada por el
melancólico encanto de la niñez que se escapa, impulsada por la fina exquisitez
de su tono narrativo, El país imaginado traza una elegante
fábula acerca de la memoria y las oportunidades perdidas.
Imbuida de una
atmósfera mágica, de delicados elementos que prefiguran lo que ha de ser el
país imaginado, esta bella historia nos traslada a una China de principios del
siglo XX repleta de fantasmas, de bodas entre vivos y muertos, de
supersticiones y ritos ancestrales. En medio de todo ello se encuentra la
protagonista, una joven que vive atemorizada por el compromiso nupcial que para
ella desean pactar sus padres y que, mientras, solo tiene ojos para la hija de
un vendedor de pájaros ciego, la hermosísima Xiaomei, con quien inicia una
tímida relación de amistad y dependencia. En sus citas en el parque al que los
ancianos van a pasear a sus pájaros, las dos descubren la importancia de lo que
se cuenta y de lo que no, de la lealtad y de la belleza, con todo su poder para
huir de los abismos abiertos por los demás.
Eduardo Berti
El País Imaginado
ePub r1.0
Titivillus 02.02.15
Introducción:
Alberto Manguel
Diseño de cubierta:
Titivillus
Editor digital:
Titivillus
ePub base r1.2
CUENTO DE LA
ENAMORADA
por Alberto Manguel
Alguna vez leí que
en Mongolia, cuando alguien se dispone a narrar una historia, debe efectuar
como prólogo un rito mágico para evitar que los fantasmas conjurados por la
narración no se instalen entre los vivos. Después, el narrador puede contar
tranquilo, sabiendo que, al acabar, sus personajes volverán a la oscuridad de
la cual han surgido. No sé si tal precaución sería entendida en Occidente,
donde la vanidad del autor quiere no solo que sus criaturas imaginarias cobren
vida entre su
público, sino que
además sean inmortales y se queden aquí para siempre.
Tampoco sé si en
China la convención literaria de los precavidos mongoles existió alguna vez. Si
fuese así, El país imaginado de Eduardo Berti causaría
escándalo por dos razones: primero, porque sus personajes son implacablemente
memorables y, por más conjuros que se les quiera hacer, no desaparecerán al
cerrar el libro; segundo, porque los acontecimientos de esta novela no dependen
tanto de la voluntad de los personajes vivos sino del deseo de quienes ya han
muerto. La abuela que agoniza al inicio del libro no disminuye con ese último
aliento su presencia; al contrario, su sombra crece a medida que volvemos las
páginas hasta ocupar todo el espacio de la novela. Si Berti efectuó un rito
mágico al empezar a contar su historia, fue sin duda un rito opuesto al de los
narradores mongoles.
Después de la
destreza narrativa demostrada en sus primeras novelas —entre mis preferidas
están Agua, La mujer de Wakefield, Todos los
Funes—, no debería sorprendernos la maestría de El país imaginado.
Decir que El país imaginado es un cuento de fantasmas es
reducir esta obra prodigiosa a una cuestión de género, a menos de colocar en su
categoría Otra vuelta de tuerca y Pedro Páramo.
Como en estas obras primordiales, la novela de Berti no quiere ni separar la
narración psicológica de la fantástica ni al lector escéptico del crédulo. Como
la Inglaterra de James o el Méjico de Rulfo, la China de los años treinta cree
en los fantasmas y en las ceremonias que estos exigen para convivir más o menos
dignamente con los vivos. Como en el caso de James o de Rulfo, la maestría de
Berti consiste no en convertir a los lectores a estas creencias, sino en
obligarlos a respetarlas. En este sentido, es importante recordar que la China
de Berti es un país «imaginado» y no «imaginario»: la distinción es esencial.
Berti ha reconocido
(o intuido) que la tarea del novelista es poner en palabras no su
propia visión del mundo (su experiencia, sus opiniones, sus sentimientos) sino
la de los personajes de su historia. Sin duda, los elementos de la biografía
del autor cuentan, como cuenta nuestra experiencia cotidiana para brindar una
iconografía a nuestros sueños, pero es importante recordar que es el autor
quien está al servicio de su obra y no su obra al servicio del autor. Dante
dice no ser más que un escriba de lo que le fue dictado, y hacer lo más
fielmente posible la crónica de «errori non falsi» («ficciones
que no son mentira») que le fue dado ver: la clave está en la palabra «errori»,
«ficciones». El mundo que El país imaginado nos ofrece es, por
supuesto, soñado, pero no por eso menos cierto; una crónica
concebida de todas las piezas (algunas seriamente académicas) para que el
lector pueda a su vez descubrir y reconocer, traducidas a un cuento chino,
experiencias que no sabía eran suyas.
¿Por qué China?
Sabemos que, a pesar de meticulosos mapas y globos terráqueos, como también de
Google Earth y de su entrometida perspicacia, los lugares de nuestro mundo son
menos físicos que imaginados, y su existencia depende menos de sus aspectos
geográficos que de la manera en la que son contados. Sin duda, Tombuctú se
parece a muchas otras ciudades africanas, y Transilvania no tiene mayor mérito
que las demás provincias húngaras, pero gracias a las aventuras del Allan
Quatermain de Rider Haggard y del Conde Drácula de Bram Stoker, estos sitios
tienen un peso singular en nuestra idea del mundo. Y, a pesar de la Revolución
Cultural, de la masacre de la Plaza de Tiananmén y del nuevo imperialismo
comercial de la República Popular, China es, en la imaginación occidental, el
otro lado del espejo. (No solo occidental: recordemos que, en las Mil y
una noches, Aladino es un muchacho chino cuyas aventuras ocurren en ese
imperio donde todo es posible, y que en el muy riguroso Al-Muqaddima o Discurso
de historia universal de Ibn Jaldun, este sabio del
siglo XIV asegura que la China es un país fabuloso «de perfumes,
incenso, y aun de oro y esmeraldas, y sus habitantes son todos magos»).
Dijimos que El
país imaginado es un cuento de fantasmas. Hubiésemos podido decir que
es un cuento de amor o del descubrimiento del amor o de la valentía con la que
una adolescente persigue y defiende su amor por otra joven, hija de un ciego
vendedor de pájaros, a quien la adolescente compara a un ave mitológica por su
belleza inusitada.
El país imaginado es también
una historia de dobles, en la que la protagonista se refleja o divide o
multiplica en varios otros personajes: en el fantasma de su abuela, en su
hermano mayor, en su hermosa enamorada, y, por fin, en ella misma desdoblada,
que será una en el mundo y otra en su ensoñación. Una célebre historia china
cuenta cómo una joven, para poder huir con su amado y al mismo tiempo no
afligir a sus padres, se divide en dos: una permanece en casa y se comporta
como una hija fiel, la otra se va con su amado y vive feliz con él. Al cabo de
muchos años, la desposada siente que extraña a sus padres y quiere volver a
verlos. Regresa y, antes de entrar en la casa, las dos mujeres vuelven a ser
una sola. Este argumento, que es también el de la Helena de
Eurípides, es tratado de manera más original (me atrevo a decir
más profunda) por Berti. Sin duda, la protagonista se desdobla, pero, sin
embargo, sigue ocupando un solo cuerpo. Interlocutora de fantasmas, hija
respetuosa, hermana solidaria, rebelde estudiosa, amante de la bella Xiaomei,
son todas una. «El mundo está mal hecho», dice la joven al final, deplorando la
suerte que les ha tocado, a ella y a su exquisita amada. «El mundo no está
hecho», la corrige Xiaomei. «El mundo es así: algo que promete hacerse y jamás
se hace en forma definitiva».
El país imaginado también es
así: desde las primeras páginas, el lector sabe que le espera algo acabado,
exquisito, perfectamente lúcido, pero Berti tiene la elegante generosidad de no
cumplir definitivamente su promesa, y permitirle al lector la tarea de seguir
imaginando.
ALBERTO MANGUEL
El nuevo sol
alumbraba el primer día del nuevo año. Habíamos pasado la noche sin dormir como
teníamos por costumbre en esa fecha, en el danian-ye, y luego del
amanecer habíamos consagrado las primeras horas, las horas de las sombras
largas, a visitar a
los vecinos más queridos para desearles un buen año o, al menos, un año mejor
que el que estaba finalizando. En cordial retribución muchos nos regalaron dos
bolsas de tela —cada cual con una moneda, una para mi hermano y otra para mí
— y todos le
desearon lo mismo a mi padre: que la muerte de la abuela traiga paz al seno de
la familia y espante toda otra muerte.
Cuando el primer
sol del nuevo año alcanzó su punto más alto, no nos halló desprevenidos. Ya
habíamos dispuesto fuera de nuestra casa, en el patio semientoldado con una
vieja esterilla, los objetos para la luz del chu-yi: los colchones
y manteles que el sol debía acariciar y los libros más antiguos, aquellos con
sus páginas amarilleadas como las hojas de otoño, de modo que el primer viento,
el primer aire del nuevo año, no solo los purificase, sino que también
ahuyentara, previniendo deterioros, a los insectos que alojaba el papel. Según
contaba mi padre, los insectos preferían ciertas palabras y sabían dar con
ellas en los libros más antiguos, hasta devorarlas. Muchas familias alrededor
se burlaban de estas creencias y estos ritos milenarios. Los tenían por
obsoletos e ineficaces; pero mis padres eran muy supersticiosos, mi padre más
que mi madre, y su apego a las tradiciones parecía haber recrudecido tras la
muerte de la abuela.
Aquel día, mi
hermano y yo recibimos de nuestro padre el encargo de seleccionar y transportar
los libros, mientras mi madre se ocupaba de colgar las sábanas a lo largo de
una caña de bambú, no únicamente aquellas en uso el último día del año, sino
también las sábanas plegadas y guardadas en los armarios, y Li Juangqing (más
que una simple cocinera, menos que una gobernanta) hacía lo propio con los
cuatro o cinco manteles existentes en casa.
Por entonces me
parecía razonable que esas telas fueran únicamente de color blanco, pero hoy
que han pasado décadas me pregunto qué pruritos impedían cubrir los colchones y
las mesas de nuestro hogar con cualquier otro color. El color faltante lo
ponían los libros, quiero pensar; ese color mesurado de las ediciones clásicas,
con sus discretas y solemnes encuadernaciones en cuero: verde esmeralda o
ciruela, celeste, gris u ocre arcilla. A mí me gustaba el contraste entre el
collar de sábanas y manteles y esos libros apilados como ofrendas a sus pies,
pero mi hermano no se llevaba nada bien con los libros: carecía de esa mezcla
de tesón y curiosidad necesaria para ser un buen lector, o tal vez era la
ebullición de su edad lo que impedía que se sentara aplicadamente a leer. Mi
hermano tenía diecisiete, yo me acercaba a los catorce. La sangre de mi hermano
bullía en una forma que yo no alcanzaba a entender, pero que me apasionaba, de
igual modo que nos fascina el mar cuando está embravecido.
Tras la muerte de
mi abuela, mi padre nos había prohibido entrar en la habitación de ella. Hasta
que no se hubiesen cumplido cuarenta y nueve días de la defunción de
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la abuela, nadie
con la misma sangre tenía derecho a ingresar allí. Para que caducara el veto
faltaban dieciséis días y, como cada siete días mi padre nos obligaba a una
idéntica ceremonia con el propósito de dispersar el alma de la muerta, quedaban
aún dos ceremonias.
Mientras tanto, de
entrar para hacer la limpieza se encargaba Li Juangqing. Confieso que me
aliviaba esta prohibición: mi abuela había sufrido una lenta agonía y a mí me
había tocado asistir a sus últimos momentos, que no podía quitarme de la
cabeza. Aquello había ocurrido ahí mismo, en el lecho que todavía llamábamos
lecho mortal. Mi abuela había pasado enferma un tiempo demasiado largo; no
podría decir exactamente cuánto, pero recuerdo que ocurrieron muchas cosas
mientras ella se iba encogiendo debajo de las sábanas, más y más débil y
arrugada, más y más permeable al dolor. El día que mi padre trajo a casa un
conejo, mi abuela ya guardaba cama. El día que el conejo se extravió y hubo que
revolver la casa hasta encontrarlo dentro de la bota izquierda de mi padre, mi
abuela continuaba en cama. La noche que mi hermano tuvo quizá una pesadilla,
dio unos pasos dignos de un sonámbulo y se rompió con una puerta menos de la
mitad de un diente, mi abuela aún estaba viva aunque había empeorado bastante.
Podría enumerar diez o veinte episodios a los que asocio con la imagen de mi
abuela moribunda, boca arriba en ese lecho.
¿Por qué había
debido ser yo, con mis escasos trece años, la encargada de cuidarla? Por una
serie de razones: porque mi abuela y Li Juangqing jamás se habían llevado bien;
porque mi hermano atravesaba, como he dicho, un momento de agitación y a ojos
de mi padre y mi madre no era un enfermero confiable; porque mi padre trabajaba
sin cesar y estaba muy poco en casa; porque soy una mujer y es preferible que
una mujer, no un varón, se ocupe de una anciana enferma a la que no es tan raro
ver medio desnuda; porque mi madre originariamente había sido la encargada de
cuidarla, y por cierto con eficacia, hasta que cometió un error y, creyendo que
ella dormía, le dijo a una amiga de visita en la casa que su suegra en realidad
no estaba enferma, sino simplemente vieja. Ofendida, mi abuela le prohibió
entrar en la habitación o, mejor dicho, le prohibió entrar allí a solas. Sin
embargo, como mi madre debía darle de comer, asearla, ayudarla con sus
necesidades o incluso masajearle la espalda y las piernas, tareas que cumplía
muy bien, mi presencia pasó a ser como una llave con la cual mi madre
franqueaba ese umbral.
Creo que mi abuela
nunca perdonó a mi madre por no considerarla enferma y falleció con ese rencor
en el pecho. Una vez hablamos de ello, sin que nadie nos oyera. Mi abuela no
negaba su vejez, claro que no. Reivindicaba, eso sí, el derecho a sentirse mal.
Tengo los mismos
derechos que una mujer joven, ¿no es cierto?, preguntaba y asentía ante sus
palabras, sin importarle en nada mi parecer.
A medida que la
muerte de mi abuela se avecinaba (todos veíamos su arribo, por más que no
supiéramos ni quisiéramos comentarlo), mi madre se fue alejando de su lado y mi
padre se fue acercando. En una fase intermedia, en un período de transición
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que duró un par de
semanas, me vi a solas, como nunca, con quien era aún la madre de mi padre y
últimamente exhibía, por una pérdida dramática de peso, una quijada idéntica a
la de su hijo.
En las tres últimas
semanas de mi abuela todo se limitó a una especie de ejercicio que yo había
puesto en marcha poco tiempo atrás, una gimnasia para que no se anquilosara su
memoria. ¿Cómo se llama tu hijo, abuela?, preguntaba yo. ¿Cómo se llama tu hermano?
Ella siempre respondía acertadamente, aunque a veces tras un esfuerzo y otras
con una mirada que daba la impresión de inquirir: pero mi hermano ¿no está
muerto?, pero mi hijo ¿está vivo? Acaso no era inteligente de mi parte mezclar
a vivos con muertos, pero mi abuela ¿no era la misma mujer que escasos años
atrás me había contado por lo menos treinta historias memorables de fantasmas?
Llegó el día en el
que mi abuela respondió en forma incorrecta a la pregunta sobre el nombre de su
hermano. Esto se repitió al día siguiente y al otro. Llegó poco después el día
en que no supo contestar a ninguna de las preguntas. Ese día, además, tuvo un
gesto impensado: me pidió que abriera un cajón y le alcanzara un objeto
diminuto, envuelto en un rectángulo de seda roja. Así lo hice, obedeciendo a lo
que —imposible no concluir algo así— tenía todo el aspecto de última voluntad,
y sus manos temblorosas desenvolvieron la seda.
Esto es tuyo y
siempre ha sido tuyo, declaró mirándome a los ojos.
Era un collar, rojo
también. De inmediato comprendí: era el collar del conejo. El conejo que cierto
día se había escondido en la bota de mi padre y que, semanas después, se había
evaporado de casa sin dejar el menor rastro. Mi hermano había dicho entonces
que mi padre había matado a ese conejo para regalarle la carne a su amigo Gu
Xiaogang. Fui a ver a mi padre, recuerdo, le pregunté si eso era verdad (sin
decirle que la información provenía de mi hermano) y él lo desmintió en el
acto. Pero un día después Li Juangqing deslizó otro comentario que sugería la
misma cosa. Y ahora mi abuela, desempolvando el collar, parecía inclinar la
balanza en perjuicio de mi padre.
Muy inquieta por la
suma de señales —el olvido de los nombres más el súbito recuerdo del collar—,
decidí hablar con mi madre. Ella, para mi asombro, apenas se inmutó. Un médico
había venido pasada la medianoche, mientras mi hermano y yo dormíamos, y había
opinado que a la abuela le quedaban horas de vida.
Ese día,
excepcionalmente, mi padre permaneció en casa. Se encerró por la mañana a
trabajar. Por la tarde, casi al mismo tiempo que empezaba a llover, mi madre y
yo desvestimos a la abuela, le pusimos ropas limpias para morir y, una vez
cumplido esto, fuimos a buscar a mi padre. La abuela deliraba o algo parecido.
Mi padre apareció con mi hermano y pasamos largo rato sin que nadie abriera la
boca, mientras afuera los rezongos de la lluvia le hablaban a la moribunda en
algún idioma secreto, un idioma tan secreto como el que ella me había enseñado
a escondidas de mis padres y mi hermano.
Estando la abuela a
minutos de expirar, mi padre le quitó la almohada y dejó
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Mi madre no lo
siguió. Buscó con la mirada a mi hermano, me sonrió después a mí (no habíamos
osado movernos) y nos explicó que la abuela tenía que marcharse en paz, para lo
que era imperioso que estuviese en posición recta. Por otra parte, un moribundo
nunca debe verse los pies. Eso decía siempre mi abuela en sus historias de
fantasmas.
En cuanto a esa
almohada en la que ella había apoyado la cabeza durante su larga agonía, pero
que no había podido acoger su suspiro final, esa almohada permanecía, meses
después, sobre nuestro techo inclinado, sujeta con unos clavos para que no la
arrebatara ningún viento, para que en cambio la mordisquearan los pájaros, tal
como era lo habitual; sí, esa almohada se descomponía sin tregua y era presa
—lo mismo que los manteles, las sábanas y los libros— de la tibieza flamante
del primer sol.
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Me pregunta la
razón por la que he venido. Le respondo que estoy algo preocupada.
¿Por mí?, dice.
No, le explico. Tu
futuro me tiene lo más tranquila. El que me inquieta es tu hermano.
Me dice entonces
que no entiende por qué la visito a ella, ¿y si concurro, mejor, al sueño de
él?
Le digo que no soy
tan libre de elegir, que voy allá donde me llaman.
Y tu hermano está
ocupado en soñar otras cosas, me río.
Pero yo no te
llamé.
¡Claro que sí!,
alzo la voz. En esto no hay error posible y además, confieso, deseaba verte.
¿Verme?, dice.
Pero, en cambio, ¡yo no te veo y me parece inaceptable!
El que sueña es el
que ve, ¿no debería ser así?
Me siento obligada
a aclarar que hay un error acerca de esto. El soñado es el que ve. El que sueña
cree que ha visto alguna cosa, pero tan solo lo cree a partir de imágenes que
construye su mente al despertar.
Se hace un
silencio, y como, excepto mi voz, ella no tiene más pruebas de mi presencia, me
ruega que diga algo.
Sin titubear, le
digo que la extraño. Luego le pido, a cambio, que diga lo mismo.
Te extraño, dice,
¿vas a venir a menudo?
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No lo sé porque no
depende de mí. Voy a venir mientras me llames, aseguro, y mientras quede esto
pendiente.
¿Esto?, pregunta.
¿Tu pájaro? ¿Mi hermano?
No respondo.
Abuela, ¿estás
aquí? ¿Abuela?
El silencio no es
total, aunque me esfuerzo. Sé que ella puede sentir mi resuello al respirar.
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El primer día del
nuevo año mi padre amaneció de tan excelente humor que costaba reconocerlo,
siendo él por lo común parco y poco expansivo. Vio que había sol, vio que el
aire estaba fresco, sin amenaza de nubes en el «rabillo del cielo», como mi
abuela apodaba el horizonte, y todo esto le pareció un buen presagio, ya que
nada deseaba más para el chu-yi que un diáfano amanecer. Poco
después, al mediodía, nos recordó con entusiasmo que esa noche cenaríamos con
la familia de su amigo Gu Xiaogang, quien vivía a unas dos horas de viaje en
coche a nuestra ciudad, una distancia peligrosamente ambigua: ni demasiado
lejana para justificar los meses transcurridos desde su última aparición, ni
tan cercana para que él nos visitara todo el tiempo como anhelaba mi padre, que
por su lado hallaba siempre pretextos para no
desplazarse a casa
de su amigo.
Gu Xiaogang era
funcionario, aunque tenía en simultáneo reputación de poeta, una reputación
fundada en unos versos de amor que había compuesto al conocer a su mujer. Esta
era, al menos, la explicación oficial. El libro, el único libro del amigo de mi
padre, había sido publicado después de su casamiento, y mi madre solía declamar
un par de versos de allí, unos versos que comparaban los ojos de la mujer con
el fondo de un pozo de agua donde se refleja la luna. Otros poemas aludían a
labios, cabellos o cejas, a piernas, manos o pies. Las descripciones raras
veces concordaban con la fisonomía de la señora Gu; por lo tanto, las malas
lenguas sostenían que el poema había sido escrito, en verdad, para un amor
anterior.
La mujer de Gu
Xiaogang era considerada fea, al menos por mi madre y por Li Juangqing, no
tanto porque lo fuera a ciencia cierta, sino porque no alcanzaba la belleza del
poema de su esposo ni la imagen de belleza que el poema proyectaba. A esto se
añadía que las hijas de Gu Xiaogang, que no tenía hijos varones y se había
resignado a ello, las tres hijas eran muy poco agraciadas, ni hermosas ni
simpáticas: lo contrario de la hija del comerciante Liu Feihong, que a mis ojos
encarnaba un ideal de feminidad.
Cada hija de Gu
Xiaogang había nacido un poco, solo un poco, más bonita que la anterior; así y
todo, la más pequeña, que tenía cuatro o cinco años menos que yo, distaba de
ser una beldad. Las mujeres, como se afirma o como fantasean los hombres, se
embellecen rodeadas de amigas, hermanas o aun hijas atractivas. Yo pienso que
lo mismo vale en realidad para los hombres, pero a la esposa del amigo de mi
padre le ocurría más bien lo opuesto: se afeaba por efecto de la progenie, y su
empeño por vestir con alguna gracia a sus hijas, ante todo a la mayor, llamada
Mulan en el seno de su clan, era también un recurso desesperado de amor propio.
Con la mayor de
estas tres hijas deseaba mi padre casar pronto a mi hermano. Aseguraba él que
Gu Xiaogang aceptaría por lealtad, pese a que la jerarquía de las familias no
se hallaba en verdadera consonancia. Tras algunas insinuaciones de mi padre,
solo faltaba una conversación formal, y él suponía que una cena sería la excusa
perfecta para sellar este acuerdo. La opinión de mi hermano no tenía
incidencia, mucho menos la de Mulan. Tampoco importaba que ellos dos fueran aún
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adolescentes. Las
normas de esos años eran tan distintas que a veces me cuesta creer que mi
infancia haya transcurrido en lo que hoy parece otro país, otro mundo, más que
simplemente otra época. Con respecto a lo que pensaba yo en aquel momento, no
sé qué me angustiaba más: si la tozudez de mi padre, la mansedumbre de mi
madre, la bovina resignación de mi hermano o la certeza de que lo mismo, tarde
o temprano, ocurriría conmigo. Me pondrían delante de un hombre o, mejor dicho,
de un joven desconocido; me lo impondrían como marido.
Entonces no era
infrecuente que las bodas se concretaran por medio de una persona ajena a las
dos familias. Los intermediarios cobraban tarifas proporcionales a lo
intrincado de su misión, sobre todo cuando existía cierta incompatibilidad
entre la jerarquía social o la situación económica de uno y otro clan familiar.
Todo esto tenía, sin embargo, muy indiferente a mi padre. El señor Gu era un
buen amigo y no hacía falta la más mínima mediación. En cuanto al hecho
—conflictivo, según pensaba mi madre— de que últimamente Gu Xiaogang había
escalado mucho en su prestigio social, por lo que mi hermano podría significar
un retroceso para Mulan, mi padre no toleraba que nadie mencionara esto porque
equivalía a decir que su amigo había hecho mejor carrera (tenía un rango
superior al suyo como funcionario), dato que su envidia profesional le impedía
sopesar o, menos aún, reconocer a viva voz.
Resultaba sencillo
inferir que mi madre era pesimista con la boda que mi padre deseaba para mi
hermano, pero que no osaba oponerse porque Gu era apreciado por la familia y,
más que nada, porque en casa era mi padre quien tomaba esa clase de decisiones.
Tan nervioso estaba
mi padre con la visita inminente de Gu Xiaogang, prevista para la tarde de ese
primer día del año, que llegado el turno de disponer manteles, sábanas y libros
viejos al sol, se aproximó a mi hermano, escrutó por encima de su hombro la
alta montaña de ofrendas, luego hizo lo propio conmigo, con mi montaña de
libros que era bastante menos alta, pero mucho más maciza, y en un arrebato de
ira nos preguntó por los libros de mi abuela. Mi hermano y yo, no sabiendo qué
responder, lo miramos boquiabiertos.
¿Los libros de la
abuela? Imposible buscarlos estando vedado el ingreso a su dormitorio, ¿no es
así?
Fue inútil que mi
hermano osara murmurar esta objeción. Mi padre seguía rezongando por lo bajo,
buscando con la mirada el apoyo de mi madre.
Mis hijos son
definitivamente tontos, me has dado unos hijos tontos, parecía expresar sin
palabras.
Era verdad que
faltaban los libros más antiguos de mi abuela, en especial dos volúmenes que
ella había venerado en vida: los relatos de fantasmas de Ji Yun, donde se narra
la historia de una habitación vacía que se prende fuego de modo espontáneo, y
los maravillosos cuentos de Gan Bao, llenos de cabezas humanas que echan a
volar de noche mientras el resto del cuerpo duerme y hasta sueña en paz.
Mi padre, que
descreía en cabezas voladoras tanto o más que en combustiones
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espontáneas, y que
a menudo le había pedido a mi abuela que no nos calentara la imaginación, mi
padre temía sin embargo que el imperdonable olvido de esos libros tuviese un
efecto fatal y que el nuevo año fuera aún peor que el anterior.
¿No fui claro
cuando dije que trajeran todos los libros antiguos, todos los que hay en esta
casa?, exclamó arqueando las cejas.
Lo que
correspondía, según él, era decirle a Li Juangqing que entrara en la habitación
a fin de escoger unos libros de la abuela. Desde luego, esta orden fue dada por
mi padre de inmediato y Li Juangqing no tardó en volver con los libros más
antiguos o por lo menos con los más envejecidos, entre ellos uno de mis
predilectos: El bosque de las risas, de Xu Zichang. Aún puedo citar
de memoria varios tramos de ese libro, como la historia del letrado
que se jacta de ser rico y de este modo atrae a un ladrón. Tras deslizarse una
noche en la casa del letrado, el ladrón descubre la farsa y se retira
enfurecido; el letrado corre tras él, le da alcance y pide clemencia con su
única moneda: por favor, señor, acepte este dinero y tenga la amabilidad de no
contar a nadie lo que ha visto en casa.
¿Y este libro?,
dijo mi padre y frunció el entrecejo. ¿De dónde ha salido este libro? No
recordaba que estuviera en casa.
Sin duda, El
bosque de las risas resultaba irreverente a criterio de mi padre,
quien creía en el ritual del sol con el mismo abstruso miedo que le infundía el
dios del hogar en cuyo altar despositaba cada tanto nueces, castañas y
numerosas ofrendas destinadas a sus ancestros, una extensa lista de muertos
enriquecida con el flamante deceso de la abuela.
Aunque los libros
aplacaron la cólera de mi padre, no lograron devolverle el buen humor. Tanto
que, a la hora de comer, dejó caer los palillos y protestó vivamente porque Li
Juangqing se empeñaba en cocinar cierto plato de determinada manera, pese a sus
indicaciones para que lo preparase tal como lo hacía la abuela. Siguió huraño
toda la tarde, máxime porque la familia Gu se demoraba en llegar, y ya estaba
regañándonos de nuevo por algo insignificante cuando se oyó, primero lejos,
después cada vez más cerca, el sonido del coche de Gu Xiaogang.
Recibir la visita
de un automóvil era tan excepcional en esos días que incluso despertaba
orgullo. Yo pensaba que los vecinos también oían ese motor cuyo creciente
rugido era inequívoco signo de que el coche se acercaba, y que todos con
certeza se preguntaban lo mismo: hacia el hogar de quién se dirigía. Saber de
manera infalible que éramos los favorecidos —porque mi padre había dicho la
víspera, en la cena de fin de año: mi amigo Gu compró un coche y ha prometido
llevarnos a pasear —, saberlo de antemano, a diferencia de nuestros vecinos,
era comparable a saber cómo van a caer los dados que aún agitamos en el puño.
Cuando el coche por
fin llegó y, en efecto, se detuvo delante de nuestra casa ante la mirada
curiosa de los niños del vecindario y también de varios adultos, observamos
perplejos que descendía un solo pasajero, el señor Gu, no así su esposa ni
ninguna de sus hijas. A mi padre no le costó más que unos pocos segundos
comprender cuánto
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peligraba el
arreglo matrimonial. Mediante un gesto ordenó a todos, sin excepción de mi
madre, que nos quedáramos a un lado mientras él recibía a su amigo. Como en una
de esas películas mudas que me apasionaban tanto (yo creía saberlo todo sobre
el cine de Shanghái y sobre actrices como Shan Hu, Jingxia Zhao o Ruan Lingyu),
mi padre y el señor Gu se estrecharon las manos algo aparatosamente, movieron
los labios, sonrieron y hasta apuntaron en simultáneo al lugar donde estábamos
nosotros, sus fieles espectadores. Lo siguiente en ocurrir fue que mi padre y
su amigo se encerraron en un despacho que mi padre usaba muy de vez en cuando.
Sin dilación, mi madre le ordenó a Li Juangqing que preparara té rojo y nos
pidió a mi hermano y a mí que la escoltáramos al patio, que la ayudáramos a
descolgar los manteles y las sábanas y a acarrear los libros antiguos de vuelta
a sus anaqueles o, mejor dicho, a las puertas de la habitación prohibida, para
que luego Li Juangqing los reordenara. Hoy comprendo que inventaba ocupaciones
para aliviar la expectativa de la espera.
No habíamos podido
completar las tareas, no habíamos desarmado las pilas de libros cuando
reapareció mi padre, solo, sin el señor Gu, y como telón de fondo se oyó el
ruido del motor, aunque al revés, en lenta disminución. Ese rugido decreciente
se llevaba mucho más que a Gu Xiaogang, se robaba nuestro deseo de dar un paseo
en el coche. Mi padre estaba ahora tan demudado y espectral que era como si en
nuestro patio hubiese crecido de pronto un triste espantapájaros. O la
entrevista había resultado muy corta o nos habíamos demorado anormalmente
doblando las sábanas.
Mientras tanto,
allí de pie, con una mueca que me era desconocida, mi padre contemplaba los
libros en que había proyectado sus anhelos y temores; solo que ahora los
contemplaba como por primera vez, incapaz de atribuirles una función, reuniendo
el coraje para sobrellevar una derrota.
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Transcurrieron
varios días hasta que supimos por fin los detalles de la charla de mi padre con
su amigo Gu. Desde luego, mi padre se había apresurado y había construido en el
aire, antes de consultar a fondo a Gu Xiaogang, un gran palacio
imaginario con la
supuesta boda entre mi hermano y Mulan.
Al señor Gu le
costó rechazar la oferta, pero lo hizo con insolente elegancia. Primero colmó
de halagos a mi hermano, luego hizo lo propio con toda la familia de mi padre;
tras esto frunció los labios, hizo la mímica de dar un puñetazo en la mesa de
madera que hacía las veces de escritorio y explicó que él y su esposa acababan
de aceptar un conveniente ofrecimiento para casar no solo a Mulan, sino también
a sus dos hijas menores: Baoyan y Baojuan. Los futuros esposos eran los tres
hijos de un próspero comerciante que parecía fascinado con las hijas de Gu
Xiaogang, tan fascinado que de haber tenido un cuarto hijo varón le habría
pedido acaso a Gu que engendrara una hija más. La triple boda se había pactado
la semana anterior, le dijo el señor Gu a mi padre readoptando sus mohines de
contrariedad, aun cuando —a juicio de mi padre— la palabra «conveniente» que
afloró en labios de su amigo y el brillo que asomó en sus ojos desmentían todas
las muecas de pesar.
Por entonces era
una hazaña arreglar un matrimonio en apenas siete días, ya que debían cumplirse
una serie de etapas, en su mayoría obligatorias. En el caso del señor Gu, él y
su esposa habían sido visitados el primer día por el meipo o
mediador, en representación de los padres del novio o, mejor dicho, de los
novios. Aceptada la propuesta tras un día de reflexión (el señor y la señora Gu
no habían querido pronunciar un sí en el acto), el comerciante se había
apersonado el segundo día y el mediador, siempre presente, había escrito en un
papel los datos de los seis novios: año, mes, día y hasta hora de nacimiento,
con objeto de acudir al adivino consejero, el suangming xiansheng,
quien, tras estudiarlos, entregó los argumentos a favor y en contra
de cada unión. Hecho esto, dejaron pasar tres días. Si en ese lapso sobrevenía
una desgracia o un hecho de mal augurio, desde la muerte de un perro u otro
animal doméstico hasta la enfermedad de un pariente aun lejano, cualquiera de
las familias podría renunciar a la boda; pero nada de eso ocurrió y al quinto
día de la visita inicial del meipo se ratificaron las fechas
de las bodas. Por sugerencia del consejero, según contó Gu Xiaogang, las bodas
se celebrarían bajo la luna creciente, pero en fechas separadas: primero la de
los mayores, la que involucraba a Mulan, un mes después la de Baoyan y al otro
mes la de Baojuan. ¿Imposible arreglar una boda en solo siete días? En este
caso habían bastado seis días para arreglar tres; y el séptimo día, en lugar de
descansar, el señor Gu había acudido al domicilio del comerciante y había
conocido a sus yernos, lo que equivalía a bendecir los compromisos.
Mi padre llegó a
relatar su entrevista con Gu Xiaogang, calculo yo, casi mil veces a lo largo de
su vida, y nunca, ni una sola vez, vi que al hacerlo se apartara de la verdad o
de esa primera versión que mi familia había acogido como verdad. Desempolvaba
esta historia no solo cuando alguien hablaba de acuerdos matrimoniales, sino
también cuando se conversaba de amistades rotas, de traiciones y
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engaños a manos de
gente conocida o de lo mucho que el dinero encandila incluso a los hombres más
honestos. Por momentos he pensado que mi padre llevaba una vida social con el
único propósito de aguardar, como un felino, la ocasión propicia para rugir la
historia de esa última entrevista con su amigo Gu Xiaogang.
La situación
incomodaba porque el único airado y triste era mi padre. El resto de mi familia
se debatía entre otras emociones. A mi madre le había lastimado el orgullo la
negativa de Gu y no perdonaba la ausencia de la esposa, quien a su modo de ver
había carecido de «agallas» para venir con su marido; pero, en simultáneo,
conocía por lo menos a diez o doce jóvenes más idóneas, más bonitas y más
dóciles que la hija de Gu Xiaogang. A mi hermano todo le daba lo mismo. Para mi
profundo escándalo, todo lo que ocurría en el seno de mi familia era aburrido
para él, que parecía estar descubriendo, más allá de nuestro hogar, un mundo
más fascinante. Sin embargo, era innegable que no tener que casarse con Mulan
suponía un alivio porque, si alzábamos los ojos y mirábamos a todas las
posibles candidatas (y con posibles me refiero a aquellas hijas jóvenes y
solteras de los muchos conocidos de mi padre o, a lo sumo, de los conocidos de
estos conocidos), Mulan era la menos bella e interesante del lote. No digo con
esto que un lote tan nutrido garantizara una de las dos cosas que entonces yo
estimaba ideales (que a mi hermano le eligiesen una mujer de la que fuera
factible enamorarse, que hubiera entre las candidatas al menos una comparable a
la hija del ciego Liu Feihong), pero a juicio de mi madre no era nada insensato
ilusionarse.
En lo que atañe a
mi persona, aun cuando compartía el alivio de mi hermano y buena parte de la fe
materna, me preocupaba la decepción que había sufrido mi padre. Sobre todo
porque la siempre cuidadosa Li Juangqing empezó a solicitar que me comportase
mejor, ya que mi padre atravesaba, dijo, un momento especial. Cada momento de
la vida es, en una u otra forma, especial, pero hay hechos decisivos, hechos
que alteran nuestra percepción del mundo y la manera en que el mundo nos
percibe. La negativa de Gu había dañado algo más que un posible acuerdo
nupcial: el buen amigo de infancia le había dicho que no a mi padre también en
otros terrenos, por más que no hubiese sido esta su intención.
Lo mismo que el
señor Gu, mi padre ejercía como funcionario, solo que el suyo era un cargo
irrelevante en un pueblo de poca monta y a diferencia de su amigo, que se había
comprado un coche y se permitía rechazar a un candidato para su hija, todo a lo
que él aspiraba era a conservar su empleo y a sentirse privilegiado por ello.
Mi padre no solo estaba ofuscado con su amigo Gu, que no había hecho —por
respeto a los recuerdos de la infancia— el menor esfuerzo por ocultar o
siquiera atenuar las desigualdades entre las familias, sino que también estaba
ofuscado consigo mismo. No había tenido la audacia de preguntarle a su amigo
por qué no le había anunciado antes el triple compromiso, por qué no le había
solicitado un período mayor de reflexión al comerciante si tanta pena le daba
perder como yerno a mi hermano y, en fin, por qué venía él solo para dar esta
noticia y por qué tras ello huía como un
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Yo era muy pequeña
entonces para medir el alcance de lo ocurrido, pero no tan pequeña para
soslayar que el señor Gu se había marchado el primer día del nuevo año sin
despedirse del resto de mi familia y sin honrar su promesa de probar nuestra
comida y pasearnos en su coche. La severidad de mi padre, sumada a la especial
tristeza que él mostraba por entonces, me empujaron a callar pese a que me
moría de intriga por saber si volvería a visitarnos Gu Xiaogang, con coche o
sin él, con esposa e hijas o sin ellas. Pronto confirmé que algo grave había
pasado en el despacho. ¿Cómo explicar que jamás recibimos invitaciones para
ninguna de las tres bodas?
A la pena que
sentía se añadió el miedo. Tenía la culposa certeza de que, de un momento a
otro, mi padre nos acusaría, a mi hermano y a mí, tal vez aun a mi madre, de
haber causado esa desgracia por no haber puesto al sol los libros de mi abuela,
no al menos los adecuados. Más tarde supe, no obstante, que mi padre adjudicaba
lo ocurrido a otra razón: para que una familia sellara una boda debían pasar
tres años de la muerte de un padre o un abuelo (en este caso, de la muerte de
mi abuela), solo que mi padre había osado violar esta tradición para contentar
a mi madre. Ella estaba decidida a que mi hermano se casara antes de cumplir
los dieciocho o, como máximo, los diecinueve años. Él había cedido y ahora lo
lamentaba.
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Casar a mi hermano
pasó, en suma, a ser la obsesión principal de mis padres; por orgullo y
necesidad, pero también —como ya dije— porque mi madre sostenía que la edad de
él empezaba a ser avanzada. Mi padre no estaba de acuerdo con lo
último (él se había
casado con mi madre a poco de cumplir veinte años), pero no objetó este punto
porque todo lo que deseaba era encontrar cuanto antes a una nuera tan hermosa y
rica que no solo hiciera retorcer de envidia a Gu Xiaogang, sino aún más a la
esposa de Gu Xiaogang, a quien él veía como la verdadera autora de la traición,
razonamiento perfecto para disculpar a su amigo (no es que el pobre Gu sea
malo, es la influencia nociva de su mujer) y para sentirse también superior a
él (a Gu Xiaogang su esposa le dicta lo que tiene que hacer, pero en mi casa
mando yo), un consuelo algo pálido para su vanidad herida.
Si mi padre hubiese
buscado una esposa para mi hermano, y no la «mejor» esposa, la habría
encontrado en un abrir y cerrar de ojos. El país estaba militarizándose; muchos
jóvenes empezaban a morir en escaramuzas contra el ejército japonés. Aunque la
guerra todavía quedaba lejos, lejos en el tiempo y lejos de nuestra ciudad,
algunos hijos de las familias vecinas habían resuelto alistarse (no pocos huían
con esta excusa de una familia severa o con ideas muy anticuadas) y, como
consecuencia de ello, había dos o tres mujeres disponibles por cada hombre
soltero. Tamaña desproporción corría el riesgo de aumentar a raíz de algo que
muchos llamaban «marea femenina» y que consistía en una creciente natalidad de
mujeres. Era inútil que los padres recurriesen a métodos legendarios como, por
ejemplo, atribuirles nombres masculinos a las mujeres. La naturaleza o los
dioses — que algunos, lo sé, tienen por la misma cosa— enviaban futuras madres
acaso para remediar las prontas muertes de soldados.
El tiempo pasaba
deprisa para angustia de mi madre, que proponía cada tanto el nombre de alguna
otra joven y veía cómo mi padre enseguida la descalificaba. Mi padre estaba por
volverse un experto en decir que no y, como todos los expertos, apelaba a argumentos
variados y contundentes, todos de una sencillez demoledora. Lo peligroso, según
mi madre no tardó en comprender, era que a él le resultaba cada vez más
placentero ese rol de impugnador, como si parodiara a gran escala a su amigo Gu
Xiaogang. Con cada candidata que desestimaba —y no niego que muchas de ellas
merecían un firme rechazo—, mi padre curaba las heridas causadas por la
negativa de Gu. Las candidatas ignoraban que mi padre las había desaprobado (y
mucho más lo ignoraban los padres de las candidatas), ya que todo se ceñía a un
juego de hipótesis que iniciaba mi madre sugiriendo un nombre puntual y que
cada vez mi padre concluía con un fallo adverso.
Sin dejar de
proponer más candidatas, mi madre se desesperaba y se descargaba a menudo
conversando con Li Juangqing. Yo trataba de no perderme estas charlas, que
constituían mi mayor fuente informativa, aunque tampoco era raro que Li
Juangqing me hiciera a mí —nunca a mi hermano— un resumen de lo que tenía
atribulada a mi madre.
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A mí me costaba un
esfuerzo colosal no decirle a Li Juangqing o no decirle a mi madre que había
hallado ya a la chica de los sueños para mi hermano. Se trataba desde luego de
la hija de Liu Feihong, el ciego que en el mercado más próximo a nuestra casa vendía
toda clase de pájaros, y me refiero aquí a pájaros vivos, no a gallinas, patos,
perdices u otras aves de corral que se vendían en varios puestos aledaños.
La hija de Liu
Feihong era la criatura más deliciosa que yo hubiese visto en mi vida, pero así
y todo no era ideal —y jamás lo sería— para mi padre porque era pobre, muy
pobre, como la perfecta heroína de una novela lagrimosa. Su boca, su nariz, sus
ojos, su cuello, sus manos, sus brazos tal vez no eran extraordinarios si se
los evaluaba separadamente —como en el poema de Gu Xiaogang, casi una
vivisección de la belleza—, pero la suma era una especie de milagro. A esto
contribuían, pienso hoy, la sugerente forma de sus cejas y el tinte extraño de
su piel, que no era ni amarillenta ni tampoco típicamente occidental, sino del
color de la luna.
Cuando hoy quiero
rememorar ese semblante y esa tez brillantemente blanquecina, a mi mente acuden
imágenes de la actriz Ruan Lingyu, todas sin excepción en blanco y negro,
porque la hija de Liu Feihong parecía haberse fugado de una de esas viejas
películas colmadas de criaturas de piel lunar. No obstante, había una
diferencia. Por entonces circulaban fotografías coloreadas de Ruan Lingyu y de
otras actrices famosas. Las fotos, originariamente en blanco y negro, estaban
pintadas encima con esmero, sobre todo en los labios y en las mejillas; no
niego que los retoques hacían más justicia al aspecto verdadero de cada actriz,
pero esto también echaba a perder la magia y la Ruan Lingyu «de verdad» (si
bien en colores falsos) a mi juicio resultaba mucho menos impactante que la
«falsa» en blanco y negro.
Con la hija de Liu
Feihong no podía suceder algo así. Poseía una palidez tan fabulosamente
auténtica que, entre una fotografía de ella en blanco y negro y su imagen
verdadera, la discrepancia estribaba en los atuendos, no en el color de su
piel. ¿Significaba esto que la hija del ciego era más bella que Ruan Lingyu?
Hoy por hoy, con alegre arbitrariedad, podría postular que sí porque en ella se
daba de modo genuino lo que en Ruan Lingyu o en las otras actrices era fruto de
artificios (hablo del cine en blanco y negro, hablo incluso del polvo de arroz)
y porque Ruan Lingyu se hallaba en la cumbre de su belleza —por cierto, ¿quién
iba a predecir que en un par de años se suicidaría?—, mientras que la hija de
Liu Feihong exhibía sin maquillajes las primeras luces de su esplendor y todo
permitía inferir que con el tiempo se volvería aún más hermosa.
Podría aducírseme
que, si tanto me gustaba la hija de Liu Feihong y si tan pobre era ella, nada
perdía mencionándola en presencia de mis padres. Perdido por perdido, ¿qué
riesgo había en agregar su nombre a esa lista de postulantes que mi padre
despedazaba sin piedad? La respuesta es que, justamente, yo no quería que ella
fuera una más en ninguna lista, mucho menos que mi padre la expediera con la
alegre displicencia con que ya había desestimado a decenas de muchachas.
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Las decisiones y
opiniones de mi padre habían sido siempre sagradas para mí, aun cuando lo que
él disponía frustrase a veces mis deseos. En esos casos me enojaba, protestaba
vivamente o me recluía en silenciosa hostilidad, pero jamás ponía en tela de
juicio el poder de mi padre. Si algo se resquebrajaba era mi anhelo (mi
«capricho», decía mi madre cuando casi invariablemente salía en defensa de mi
padre), en ningún caso su sagrada autoridad. Sin embargo, en aquel entonces,
meses después de la última visita de Gu, ver a mi padre tan deleitado en
demoler jovencitas empezaba a tener en mí un efecto inédito: por vez primera
advertía, a expensas de lo sagrado, todo lo humano de él; por vez primera
comprendía lo frágil y lo falible que había tras muchos de sus actos. En
semejante contexto, la simple idea de postular a la hija del ciego Liu era poco
menos que un sacrificio. Que mi padre le dijera que no a ella sería igual, si
no peor, a que me rechazara a mí.
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¿Cuál es el objeto
más valioso del mundo?, quiere saber.
Un mirlo muerto, le
respondo.
¿Un mirlo muerto?,
repite. ¿Y cuántos taels de oro vale eso?
Precisamente, le
digo. Nadie puede decir su precio y esto lo hace invalorable.
Ella recuerda una
historia que yo le conté una vez. Debo de haberle contado más de doscientas
historias y, sin embargo, me he olvidado de todas ellas.
Me enternece que
sea al revés y que ahora ella me cuente algo en medio de la penumbra, haciendo
propias mis palabras:
Un mirlo llega por
accidente a un palacio y el noble que habita allí lo agasaja con la mejor
música y el mejor vino. El mirlo, a pesar de todo, está triste y aturdido.
Obligado por el noble, bebe unas gotas de vino y no osa soltar una nota ante la
música estridente. Días después aparece muerto en el jardín. «¿Qué ha
ocurrido?», no entiende el noble. Un sabio le da una sencilla explicación:
agasajó al mirlo como le hubiese gustado que lo agasajaran a él, no como habría
querido el mirlo.
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Conocí a Liu
Feihong y a su hija dos o tres semanas después de la muerte de mi abuela. Esto
fue antes del día veinticuatro de la última luna, ocasión en que se quemaba el
retrato del dios del hogar y se lo reemplazaba por otro que también duraba un
año. Por lo común era mi abuela la que quemaba el retrato con la misma
convicción con que asiduamente escribía algún mensaje para mi abuelo (o sea, su
difunto marido) y le prendía fuego para enviarlo al más allá. Al país
imaginado, como
ella le decía a la
muerte.
Mi abuela tenía un
mirlo blanco que guardaba en una jaula de gruesos barrotes de hierro provista
de una especie de red de alambre. Lo mismo que otros ancianos de la ciudad
—muchos de ellos, amigos de tiempos remotos—, ciertas mañanas mi abuela se
dirigía a orillas de un lago donde había siempre unos pájaros de intenso color
amarillo, excepción hecha de la cabeza y la cola que eran negras. Iba allí con
su mirlo y lo mismo hacían cientos de ancianos procedentes de la ciudad o
incluso de pueblos vecinos que aprovechaban, en lo posible, para templarse al
sol.
Verla caminar
lentamente, verla alejarse de casa llevando consigo la jaula me inspiraba una
mezcla de ternura y admiración. Mi abuela ya no estaba en buena forma física y
a mí me admiraba que emprendiera esas peregrinaciones cuando sus pies (a
diferencia de los míos) habían sido deformados por los vendajes de la niñez,
tanto que en la única ocasión en que osó mostrármelos me evocaron una mano
mutilada; pero mi abuela había aprendido a vivir sobre esos pies y, haciendo
razonables pausas, nunca dejaba pasar más de quince días sin llevar la jaula al
lago.
Por suerte, el
mirlo era delgado y la jaula era portátil y liviana; lo contrario de quienes
paseaban pájaros obesos y los cargaban en jaulas poco menos que aparatosas. Las
jaulas decían más del anciano que el pájaro: las había de hierro o de alambre,
de bambú o de diversas clases de madera; las había despojadas u ornamentadas,
de forma redonda o cuadrada; las había con ganchos más o menos retorcidos y
largos, más o menos prácticas para cargar…
Para los más
entendidos, las jaulas de madera eran las preferibles y no era lo mismo una de
ébano que una de palisandro, porque la elección dependía de detalles
importantes: el tamaño y el dibujo de las alas, por ejemplo, o incluso el
timbre del pájaro al cantar.
La variedad de las
jaulas se advertía bien cuando estas colgaban de la rama de un árbol junto al
lago, todas con los pájaros dentro, todas o casi todas cubiertas por una tela
azul.
Las excursiones al
lago tenían un claro propósito: que el pájaro (el mirlo blanco, en el caso de
mi abuela) cantase cada día mejor o que, por lo menos, no dejase de hacerlo.
Para alcanzar este objetivo había dos métodos idóneos en el parque. El primero
consistía en navegar por el lago en un bote de alquiler, con la jaula sobre la
falda. Estos paseos tenían la fama de estimular mucho el canto. Como mi abuela
ya no estaba en condiciones de remar (había ancianos que sí lo hacían, con la
jaula en equilibrio encima de sus rodillas), en muy raras ocasiones mi padre la
acompañaba y
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de paso fortalecía
los músculos de sus brazos con ayuda de los remos. En cuanto al otro método, mi
abuela no necesitaba de mi padre ni de nadie pues consistía en colgar la jaula
con las otras, junto al lago, para que las aves cantaran en conjunto o para que,
en los intervalos de silencio, los pájaros enjaulados oyeran las magníficas
melodías de las criaturas del lugar, es decir, de esas aves muy amarillas y un
poco negras que eran no solo un regalo para la vista, sino también para el
oído, y entre las que se contaban varios «pájaros maestros» cuya primera virtud
era adiestrar en forma espontánea a otras aves con el afinado ejemplo de su
trino.
Cuando mi abuela
cayó enferma y tuvo que guardar cama, su mirlo blanco se sumió en un silencio
inquebrantable. Ella dedujo que era a causa de la interrupción de los paseos al
lago. Su médico se oponía a que abandonara la cama y mi abuela tampoco tenía deseos
ni fuerzas para hacerlo; ya había perdido por completo la visión del ojo
izquierdo y solía usar un parche porque le molestaba la luz. Trataba de
convencerse de que era algo pasajero y seguía fumando su único cigarrillo de
las cinco de la tarde como si todo continuara normalmente, pero al verla era
imposible creer que solo unos días antes ella había sido capaz de caminar con
esa jaula, ida y vuelta, hasta el lago de los pájaros cantores.
Mi madre, que no
estaba todavía peleada con mi abuela, se ofreció entonces a llevar la jaula al
lago. La propuesta tenía su precio: pasear con una jaula era en nuestra ciudad
sinónimo de vejez. Mi madre, que tenía eso que se llama «edad intermedia», ignoraba
qué le infundía más temor: ser rechazada por el círculo de ancianos (y no
ayudar a mi abuela) o ser aceptada como una anciana más. He llegado a sospechar
que me pedía que yo la acompañara al lago como un modo de demostrar que ella
todavía era joven: una madre, no una abuela. En cualquier caso, lo que a la
postre ocurrió fue una mezcla entre las opciones temidas: los ancianos nos
recibieron con asombro, pero sin hostilidad; mi madre explicó que venía en
nombre de la dueña del mirlo y a todos les apenó que la abuela hubiese
enfermado, aunque al mismo tiempo dijeron que era un hecho previsible.
Somos viejos,
afirmó un hombre sin dientes que conservaba así y todo su cabellera. Algunos de
nosotros que no tienen hijos ni familia ya han nombrado, por las dudas, a un
tutor para que se encargue del pájaro.
Nuestra presencia
en el lago no trajo buenos resultados. El mirlo seguía sin cantar. Fuimos dos
veces más, en vano. Mi abuela empezaba a inquietarse. Mi padre empezaba a
inquietarse. Fue la informada Li Juangqing quien nos habló entonces del ciego:
nos contó que en el mercado había un vendedor de aves, conocido como Liu
Feihong, a quien la gente le atribuía no solo un don que no era raro entre los
ciegos (palpar los huesos de los brazos y adivinar el futuro), sino también una
insólita erudición en materia de pájaros. Mi madre al principio no quiso saber
nada, pero la abuela pronto murió y mi padre, impresionado por la infausta
mudez del mirlo, pareció razonar que aun cuando había sido imposible salvar a
la abuela, no había por ello que abandonar a su pájaro. La misión de ir al
mercado recayó entonces en mi
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madre; y si fue
allí conmigo, no con Li Juangqing, fue porque a esa altura, supongo, tras las
excursiones al lago éramos como cómplices en este asunto.
Yo iba raramente al
mercado y mi madre no iba nunca: era el mundo de Li Juangqing, un mundo de
madera, arroz, aceite y sal, como llamaba mi abuela a las tareas domésticas.
Pero ese día, como mi madre no deseaba más compañía que la mía, Li Juangqing se
limitó a trazar un plano con la ubicación del puesto de Liu Feihong. El plano
salió tan bien que no había forma de perderse.
Vendían de todo en
el mercado: objetos de porcelana, botellas de vino dulce, licores de arroz,
alfombras nuevas o usadas, limones apilados en altas montañas amarillas, flores
violetas y rojas, carbón y leña, huevos de cualquier tamaño, pescado fresco, anguilas
vivas, comida ya preparada…
El puesto de Liu
Feihong no estaba en el sector más visible de todos, sino en una zona alejada,
la zona del vendedor de dofu apestoso, lo que reducía bastante la clientela.
Así y todo, lo encontramos y vimos que era verdad lo que había dicho Li
Juangqing: el ciego vendía ciertos piensos especiales (con arroz molido, con
harina y rábano rallado) y en las jaulas había toda clase de aves, desde
un huamei hasta un loro, desde una alondra hasta un par de
ruiseñores; si faltaba algún pájaro se debía con seguridad a que era
mitológico, como el ying-wei que sueña con llenar de rocas el
océano, como el dong-zhen que distingue la mentira de la
verdad o como el jian que tiene un ojo y un ala y vuela en
busca de su mitad.
Mientras mi madre
dialogaba con el ciego, advertí la presencia de la hija.
Nunca en mi vida
había visto a una muchacha tan hermosa. Allí no había lugar para aves
mitológicas, pensé. Ella era la única criatura extraordinaria.
Pensaba esto
cuando, de modo algo brusco, Liu Feihong descolgó una jaula con un mirlo blanco
igual al de mi abuela, aunque un poco más pequeño.
Esta es mi
recomendación, dijo casi en un susurro.
A mi madre no le
agradó lo que proponía Liu Feihong. Era como si un curandero recetase una
onerosa medicina que solo él sabe preparar. ¿Hacía falta comprar otro mirlo y,
más aún, uno blanco? ¿O Liu Feihong deseaba vender simplemente una de sus aves
más caras? El ciego pareció leer el pensamiento de mi madre porque dijo, sin
perder la parsimonia, que adquirir un mirlo blanco no era algo de todos los
días, o que lo era, agrego yo, para los nuevos ricos como el señor Gu, no para
mi familia, que antes de hacer semejante gasto lo sopesaba como si fuéramos a comprar
un coche.
Le aconsejó que se
llevara el mirlo por unas semanas. Una especie de alquiler, indicó el ciego y
solo entonces advertí que su acento era del norte. Si no funciona, señora, me
lo devuelve. Si funciona, me paga usted estas semanas y luego vemos si quiere comprarlo
o no. ¿Qué le parece? ¿Trato hecho?
Liu Feihong era
menudo, muy delgado y prematuramente anciano, pero estudiándolo con atención
era fácil deducir que de joven había tenido facciones atractivas. La mujer de
Liu Feihong, que no era ciega y parecía unos diez años menor
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que él, era dueña
de una belleza innegable, aunque de ninguna manera excepcional. ¿La hija había
heredado quizá, como ocurre con frecuencia, la belleza de alguno de sus
abuelos? No podría decir con certeza cómo acabó la negociación. Yo me había
vuelto de súbito completamente sorda, como si delante de un ciego fuese regla
de cortesía privarse de algún sentido; y no solo estaba sorda, sino que solo
tenía ojos para la hija de Liu Feihong. De haberme obnubilado menos, habría
oído que el padre la llamaba por su nombre: Xiaomei. Pero este dato solo lo
supe unas semanas después; esa mañana no hice más que contemplarla y colmarme
de preguntas cuyas respuestas no me disgustaba en absoluto ignorar, ya que el
misterio y la lenta develación de cada una, sentía yo, prometían ser
apasionantes. ¿Qué edad tenía la hija del ciego? ¿Cómo era el sonido de su voz?
¿Cómo se movía al caminar? ¿Cómo sería con el pelo recogido y las orejas al
descubierto? Mientras mi madre negociaba con el ciego un precio para el pájaro
(mientras negociaba una esposa para el mirlo de mi abuela), yo me dije que allí
estaba en carne y hueso la chica ideal para mi hermano o, sin ninguna
exageración, la ideal para cualquier joven. Es verdad que el amplio vestido de
Xiaomei sugería apenas las formas de su cuerpo, pero las muñecas, el cuello, lo
poco que se veía, todo eso daba a entender que el cuerpo era tan exquisito como
el rostro. Es verdad que estaba calzada y no se le veían los pies, lo
insuficiente para deducir si antaño estos habían sido vendados; pero las manos
de Xiaomei, las manos eran tan ligeras e imposiblemente pálidas que el señor Gu
se habría visto en serios aprietos para dedicarles un verso con su infaltable
analogía.
El pájaro de mi
abuela recobró en escasos días, como por arte de magia, su vocación de cantor.
Eso hizo crecer la aureola de Liu Feihong. Mi madre empezó a hablar de él en
presencia de mi padre y este pronunciaba su nombre con un curioso respeto, como
si se tratara de un médico o sabio que hubiera sanado a la abuela. Que algunas
veces se hablase de Liu Feihong (y que, a la postre, mi familia se quedara con
aquel mirlo que en principio había alquilado) suscitó que se comentara también
la existencia de su hija. Para mi desconcierto, empero, ni mi madre ni Li
Juangqing deslizaron en ninguna oportunidad que Xiaomei era atractiva y toda
alusión a ella jamás pasaba de un comentario fugaz o marginal: se la mencionaba
porque era hija del ciego; se hablaba de ella como se habla de un anexo, sin
consagrarle un papel protagónico. Esto último yo lo veía como una injusta
paradoja pues ya he dicho que Xiaomei se parecía a la actriz Ruan Lingyu y esta
solía atenerse a interpretar papeles protagónicos. Al mismo tiempo, me aliviaba
que fuera así porque acababa de hacer uno de esos descubrimientos que no por
inesperados nos resultan desagradables: si mi madre o mi padre hablaban del
ciego, yo me ponía nerviosa de inmediato; y si la charla, aún peor, conducía a
Xiaomei (o, rigurosamente, a cuatro palabras: «la hija del ciego»), me era
imposible refrenar una especie de rubor en las mejillas.
Si alguien me
hubiese dicho entonces que yo estaba enamorada de Xiaomei, me habría partido de
risa. La veía como un modelo a imitar: la joven que yo deseaba ser y que
deseaba al lado de mi hermano.
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Me gustaba tanto su
forma de sonreír que me puse a practicar ante el espejo hasta que me saliera
igual. No sé si eso equivale al amor, pero a partir de la mañana en que
volvimos a casa con un pájaro alquilado dentro de una jaula vendida (el ciego
explicó, muy cortés, que el acuerdo excluía la jaula), a partir de esa mañana
empecé a ir lo más asiduamente que podía al mercado, con tal de ver a Xiaomei.
Me ofrecía a acompañar a Li Juangqing con múltiples excusas. Y si ella no tenía
que ir o, como sucedía a veces, si rechazaba mi compañía (porque, comprendí
después, a menudo el mercado era su coartada para asuntos personales), entonces
iba yo a solas, con precaución y jamás por ciertas calles reputadas, creo que
merecidamente, como algo peligrosas para una niña.
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No siempre que iba
al mercado veía a Xiaomei. A veces ella estaba ahí junto a su padre, otras
veces al ciego lo asistía su mujer; eran menos frecuentes las ocasiones, salvo
los fines de semana, en que coincidían en el puesto los tres miembros de la
familia, pero jamás había ocurrido —no ante mis ojos, al menos—
que faltara Liu
Feihong.
Cuando no veía a
Xiaomei, volvía a casa de mal humor. Era indudable que la esposa y la hija del
ciego alternaban la presencia en el mercado con las tareas hogareñas y con sus
momentos de ocio. Yo estaba dispuesta a pagar mil, diez mil taels de oro por saber
dónde vivía la familia de Liu Feihong, visitar así la casa y poder hablar a
solas con Xiaomei mientras su madre y su padre trabajaban. Pero ¿qué decirle a
solas? ¿Cómo justificar mi imprevista visita? No tenía la menor idea. Tampoco
estaba segura de lo siguiente: si Xiaomei sería capaz de reconocerme en el caso
de cruzarnos en un sitio ajeno al mercado. Algo me decía que no, que su memoria
almacenaba solo la imagen general de mi cara más la cara de Li Juangqing, como
una extraña criatura de dos cabezas que frecuentaba el mercado, por lo que
sería incapaz de reconocernos de manera separada.
Una mañana en el
mercado, una mañana en la que no se hallaba Xiaomei, capté un diálogo banal
entre el ciego y una mujer que yo había visto antes allí: una anciana que se
ocupaba de hablar con las aves enjauladas y a casi todas les ponía algún nombre
de su invención. En un momento, la anciana quiso saber dónde estaba la hija del
ciego. Este repuso que la joven pasaba las mañanas libres en el parque, el
mismo parque del lago de los pájaros cantores, y la madre acotó que así como el
padre era un fanático de las aves, la hija sentía pasión por lo que fueran
árboles y flores.
Hasta ese entonces
yo no había sabido nada de los gustos y los hábitos de Xiaomei. A lo sumo había
inferido —con lo arbitrario del caso— que prefería vestir de gris o azul
oscuro, en detrimento de colores como el verde, el blanco y el rosa, o que le
gustaba decorar los botones de su ropa con tela roja o amarilla. De detalles
así de nimios se nutría mi devoción, pero había comprobado ya lo frágil de mis
conclusiones: bastaba pensar que Xiaomei prefería en sus botones tal o cual
color para que pronto ella cambiara; bastaba pensar que Xiaomei siempre llevaba
el pelo suelto, quizá porque deseaba ocultar un defecto o alguna mancha en el
cuello, para que días después la viese con el cabello recogido (o incluso con
unas trenzas como las que aún usaba yo) y concluyera que no, que su cuello era
exquisito y que hallar un defecto en ella era más difícil que pescar una aguja
en el océano.
A diferencia de mis
pobres conjeturas, la información que había soltado la mujer de Liu Feihong era
un dato cierto y concreto en el que yo podía confiar y era, también, un llamado
a mi osadía.
Ya no me importaba
ignorar dónde vivía la familia de Liu Feihong. Ya no me importaba no tener ni
un mísero tael de oro (yo no sabía a ciencia cierta qué era un tael, la palabra
me subyugaba) y mucho menos me importaba que Xiaomei me reconociera. Tan solo
tenía que pasearme por el parque y, más que nada, idear un
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ardid que
despertase el interés de Xiaomei y justificara con creces mi abordaje.
En la nutrida
biblioteca heredada de nuestra abuela había toda clase de libros, entre ellos
un tratado sobre árboles y una especie de catálogo de flores. Los libros
llevaban décadas acumulando polvo, pero al cumplirse por fin cuarenta y nueve
días de la muerte de la abuela y al caducar la prohibición de visitar su
dormitorio no solo tenía la suerte de acceder de nuevo a ellos, sino también de
acceder con una libertad que mi abuela no había permitido nunca. En vida, ella
había actuado como una mezcla de docente y bibliotecaria: dosificando los
libros, dándomelos de a uno por vez, en determinado orden que a sus ojos
equivalía a mi progresiva comprensión del mundo. La noticia era que ahora, con
este acceso irrestricto, descubría libros cuya existencia ignoraba.
Que la abuela se
hubiera arrogado el control de la biblioteca tenía lógica, porque ella no solo
me contaba un cuento cada noche, sino que también había sido la responsable de
instruirnos a mi hermano y a mí, de enseñarnos a escribir, a leer y a hacer las
cuentas. Durante su enfermedad, ella había logrado proseguir los relatos, pero
no así las lecciones, ya que se cansaba en el acto. Esto causó, por supuesto,
que nuestra educación se interrumpiera. Mi madre propuso entonces que fuéramos
a una escuela, pero mi padre argumentó que la idea no tenía sentido: pronto la
abuela sanaría y podríamos retomar el aprendizaje. Dudo de que él
verdaderamente pensara eso. Hoy me digo que mi padre, en su apego a las
tradiciones, veía con malos ojos la educación pública y colectiva, y usó su fe
en la improbable sanación de la abuela como barrera contra toda sugerencia de
mi madre.
Ella no se atrevía,
claro está, a desahuciar a la abuela si mi padre no lo hacía en primer lugar.
Tras la muerte de
la abuela, mi madre no volvió a insistir con llevarnos a una escuela y
empezamos a recibir a un maestro particular. Nos visitaba un par de días a la
semana, siempre promediando la tarde. Era un hombre casi anciano, excesivamente
delgado, de pómulos hundidos y muy mal aliento. Cuando exigía que me acercase y
lo mirara a los ojos, persuadido de que así me haría comprender mejor las ideas
que se me escapaban, de nada servía que yo apretara mis labios. No había cómo
neutralizar ese aliento pavoroso.
Con ayuda de la
incansable Li Juangqing, mi madre reacondicionó la que había sido la habitación
de mi abuela, que en adelante pasó a ser el salón donde ella bordaba y donde el
anciano maestro impartía clases. Ver que se llevaban la cama de la abuela, ver
cómo redistribuían en aquel espacio sus muebles —sus libros, más que nada— me
causó una tristeza inmensa, como si la abuela muriera por segunda vez. Solo más
tarde comprendí que si la abuela era capaz de morir por segunda vez — cuanto
menos para mí—, eso significaba quizá que no estaba del todo muerta, que ella y
yo nos negábamos a eso.
Una tarde, nuestro
maestro tuvo el desliz de criticar los libros en la habitación. No fue un
comentario concreto, tan solo echó una mirada a los duros lomos de cuero y
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frunció la boca al
advertir la presencia de los cuentos de Pu Songling y la sección consagrada a
los relatos de fantasmas. La noche en que nos había hablado por primera vez del
maestro, mi padre nos había advertido (a mi hermano, pero más a mí) que no dijéramos
que en esa habitación había muerto meses atrás nuestra abuela. Indudablemente
temía que el maestro se impresionara o que juzgara inadecuado darnos allí las
lecciones. Pero al ver la actitud desdeñosa del maestro ante esos libros estuve
a punto de incumplir la promesa hecha a mi padre; tal vez el maestro que
desairaba los cuentos de fantasmas temblaría al saber que esa habitación aún
estaba habitada por la muerte. Imaginaba esto con placer y también con la
ilusión de que el miedo lo impulsara a huir definitivamente.
Como si intuyera
algo de esto y le temiera a la habitación, nuestro tutor nos brindó la vez
siguiente una clase atípica: nos hizo salir de la casa, nos condujo hasta una
calle de muy poco tránsito y nos obligó a correr, dos o tres veces, ida y
vuelta, desde un ciruelo enclenque en una esquina hasta otro árbol distante. Al
ver que estábamos cansados, ordenó que nos detuviéramos para envolvernos la
muñeca izquierda con la mano derecha y así sentir el latido del corazón, el
galope de la sangre.
Mi madre se indignó
al saber que esa había sido la única lección del día y cometió la imprudencia
de quejarse ante mi padre, quien propuso que buscásemos a un mejor profesor.
Desde luego, ocurrió lo mismo que con las candidatas para mi hermano: nunca aprobó
a ningún otro, siempre con una razón más o menos valedera, y mi madre pasó a
ser nuestra exclusiva educadora.
Yo me alegré en un
principio porque no deseaba visitas de instructores (ni siquiera de otros con
mejor aliento), pero, como anhelaba salir de casa, me enfureció que mi hermano
no reclamase ir a la escuela pública. De haberse puesto él más firme, es probable
que mi padre hubiera cedido y, en tal caso, yo también habría podido ir allí.
Pero a mi hermano no le interesaba estudiar y tenía amigos suficientes —
contados, pero suficientes para él— sin necesidad de escuelas.
No sé qué me
resulta hoy más inconcebible: que ninguno de mis padres se escandalizara mucho
ante la actitud poco y nada estudiosa de mi hermano o que mi madre fuese quien
nos educara con métodos poco y nada académicos. Por más esfuerzos que hago, no
recuerdo ni un momento en que mi hermano o mis padres se tomaran la molestia de
leer un libro de la abuela. Era un hecho tácito, puedo decir, que esos libros
los había heredado yo; así y todo, en un gesto contradictorio, mi madre me
impedía sacarlos de la habitación en la que se encontraban, por más que yo le
explicase que no iba a llevarlos lejos (a mi cama, como mucho) y, sobre todo,
que nunca saldrían de casa.
Mi madre parecía
olvidar que esos libros habían estado apilados en el patio, bajo la luz
del chu-yi. ¿O acaso aquello había ocurrido de manera excepcional,
por razones de pura necesidad?
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Alo largo de quince
días consagré mis tardes a dos actividades: paseaba por el parque con algunas
hojas de papel que le había robado a mi padre y copiaba en ellas (siempre he
dibujado muy mal) las siluetas de algunos árboles y flores que concitaban mi interés;
luego, de regreso en casa, consultaba aquellos libros de mi abuela en busca de
información. De forma algo acelerada aprendí a diferenciar un jazmín de una
azalea, una begonia de un narciso, por no decir que pronto supe sus nombres y
dejaron de ser simplemente flores. Con los árboles y sus nombres me
costaba mayor
esfuerzo, vaya uno a saber por qué.
Mi madre me
sorprendió un día compenetrada en estas averiguaciones, sacudió la cabeza y
murmuró algo que, aunque no entendí del todo, era una expresión de asombro. Las
labores me absorbían más de lo que yo había supuesto. Descubrí que me gustaban
esos libros (no únicamente los libros con poemas o relatos) y que el estudio de
la flora me sentaba bien. Al mismo tiempo iba notando lo impreciso de mi
método. Al reencontrarme con los libros de mi abuela, esos nervudos dibujos que
en el parque me habían parecido exactos mostraban sus limitaciones. El árbol o
la planta que yo había dibujado durante media hora podía ser el ejemplar dos de
la página veintiséis tanto como el ejemplar tres de la página cincuenta o como,
incluso, diversas opciones más. Yo entrecerraba los ojos olvidando mi dibujo,
hasta reconstruir en mi mente la imagen original, y concluía que estaba en
presencia de determinado árbol, pero al día siguiente (en el parque, de
regreso) el reencuentro era frustrante porque la ilustración del libro, tal como
la recordaba, solo parecía condecirse de una manera parcial y había ligeros
detalles que ponían en duda mi conclusión.
Mi derrota (o mi
victoria) era incompleta. Comenzaba a reconocer familias de árboles o plantas,
pero no especies puntuales. No todavía. El terreno de estas investigaciones,
como he dicho, era el mismo donde estaba el lago al que mi abuela antes llevaba
a su mirlo. Esto me convino a la hora de argumentarle a mi madre por qué me
ausentaba a menudo. No únicamente el mirlo blanco había sobrevivido a mi
abuela, sino también la «novia» que nos había vendido el ciego. Mi madre acabó
aceptando —y agradeciendo— que dos veces por semana yo fuera al lago de los
pájaros; dos veces, una por pájaro, porque le argüía que las jaulas eran
sumamente pesadas y no podía ir con los dos mirlos a la vez. Claro que nadie
llevaba las cuentas en forma fehaciente y no era raro que fuera tres veces por
semana al parque, no alternando necesariamente las jaulas o los pájaros.
Resultaba bastante
extraño en esos tiempos ver a una niña sola en un parque público, a tal punto
que al principio se me acercó más de un adulto (y más de un anciano paseador de
pájaros) para cerciorarse de que no me encontrase perdida. En cualquier caso,
no bien me veían con la jaula o, más aún, concentrada en copiar árboles y
plantas, la alarma inicial daba paso a una especie de admiración. Mis dibujos,
lamentables garabatos, les parecían encomiables. Mi decisión de continuar
paseando el mirlo de mi abuela llegó a arrancar las lágrimas de unas ancianas
que la
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habían frecuentado
hasta hacía pocos meses.
Comprobar cuán
fácilmente me aceptaban en el parque encendió mi valentía, y en la jaula, como
una contrabandista, metí al fin tras la muy útil tela azul (corriendo el
riesgo, eso sí, de que el mirlo lo dañase) uno de los dos gruesos libros de mi
abuela, deseosa de hacer por fin una comparación directa.
Era una tarde muy
fría y había poca gente en el parque. Puedo imaginar la estampa que ofrecía yo:
una niña de catorce años (que parecía incluso menor) en un banco de piedra, al
lado de una vieja jaula de bambú, con un inmenso libro sobre la falda, un libro
que leía arrobada y del que alzaba los ojos solamente para observar algún árbol
o alguna planta cercana. La imagen, de por sí curiosa, tuvo que atraer a
Xiaomei, dada la mezcla entre la pasión de su padre por las aves y la suya por
la botánica. De esta manera, cuando menos me lo esperaba, aparté la vista del
libro y me encontré con la joven cuya belleza me había arrastrado hasta el
parque.
Tan convencida
estaba yo de que Xiaomei solo iba al parque algunos días a ciertas horas
matutinas, que verla allí, por la tarde, me pareció una anomalía. En mi
imaginación, había planeado nuestro encuentro de otro modo: era yo quien la
abordaba, tras verla de pie ante un árbol, y entonces le indicaba el nombre
exacto de aquel ejemplar. Una vez más, sin embargo, los hechos se daban
libremente y de manera más interesante. Que mi presencia hubiese despertado su
curiosidad me causó un indudable orgullo, pero también una mezcla de
desconcierto y timidez. Antes de que yo pudiera reaccionar, Xiaomei se había
sentado a mi lado y contemplaba el grueso libro.
¿Es tuyo?, me
preguntó.
Iba a responderle,
pero el mirlo en la jaula soltó un repentino gorjeo. Recordé entonces que el
mirlo que ese día había sacado a pasear era el que nos había vendido su padre;
Xiaomei no parecía reconocerlo, como tampoco parecía reconocerme a mí. En ese instante
yo no era para ella una cliente del mercado; era una chica con un libro
magnífico. Mejor así, razoné.
Nunca había
observado tan de cerca a Xiaomei y puedo decir, sin temor a exagerar, que por
un par de minutos lo nuestro pareció una absurda competencia por ver quién de
las dos estaba más absorta: si Xiaomei contemplando el libro, si yo
contemplando a Xiaomei.
Gracias al libro,
imagino, ella no se percató de todo mi encandilamiento. De cerca, aun cuando
vestía como estilaba en el mercado, Xiaomei resultaba ignota y familiar al
mismo tiempo. Era ella, sin lugar a dudas, aunque escindida de la Xiaomei
alojada en mi memoria; casi lo mismo que ocurría con mis bocetos de los
árboles, pensé. Y aparte estaba la fragancia que emanaba de su pelo. Cerré los
ojos para sentir sin distracciones su olor, pero entendí que de ese modo me
perdía el espectáculo de su rostro. Entonces, al reabrir los ojos, me topé con
su mirada.
Me llamo Xiaomei,
me dijo.
Tuve que contenerme
para no decir que lo sabía y, al cabo de aquel esfuerzo, solté
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mi nombre
débilmente, como aturdida de vergüenza. ¿Ling?, me preguntó Xiaomei. ¿Tu nombre
es Ling?
A punto de decir
que no y de aclararle mi nombre verdadero, me contenté con sonreír. Me gustaba
el nombre que ella me había puesto; me gustaba que me llamara de manera
diferente. Ella era especial para mí. Yo le otorgaba el privilegio de
rebautizarme.
Aquella tarde
hablamos poco —aunque pasamos dos horas sin abandonar el banco— y cuanto
dijimos giró en torno a aquel libro de mi abuela. No le mostré los papeles con
mis anotaciones y mis dibujos. No le hice pregunta alguna. Ella me preguntó si
visitaba con frecuencia el parque y, a punto de despedirnos (fui yo quien dijo,
en un momento, se hace tarde y mi madre va a alarmarse), quiso saber si
podríamos reencontrarnos al día siguiente, allí en ese mismo banco al pie de
dos amplios sauces, y si yo podía traer de nuevo el libro.
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Abuela, dice, ¿ves
los ojos de Xiaomei? ¿Ves su belleza?
Solo veo a mi nieta
en estos sueños, pero presto mucha atención a sus relatos y creo en ellos.
¿Me ves únicamente
a mí? ¿Soy todo lo que ves del mundo?
Le es imposible
ocultar una nota de vanidad en la voz.
Se ve por
necesidad, digo. Vemos, primero y principal, lo que necesitamos ver. Por
momentos, lo sé, tus ojos solo ven a Xiaomei. ¿No es lo mismo que, en cierto
aspecto, me ocurre a mí?
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Podrá parecer
extraño, pero en ningún momento evalué que Xiaomei pudiera decepcionarme, tanto
porque su inteligencia o su bondad no estuvieran a la altura de su belleza como
porque yo pudiera ser demasiado pequeña o inmadura y mi
compañía le
aburriese. Tampoco se me ocurría pensar qué haríamos en los días más crudos del
invierno, cuando el parque se cubriera de escarcha o de nieve. Solo existían
para mí dos formas de medir el tiempo: cuando estaba al fin con Xiaomei o
cuando contaba las horas hasta nuestra próxima cita. Jamás debí esperar, por
suerte, más de tres días para volver a estar con ella.
No me atrevo a
decir cómo nuestros encuentros influyeron —si influyeron— en Xiaomei. Por el
contrario, sé muy bien que yo le empecé a copiar cosas sin tomarme la molestia
de disimular el hecho. Empecé por dejarme un flequillo similar al de ella, aun
cuando no combinaba del todo con mis largas trenzas y aun cuando el corte de mi
cara —menos ancha, vista de frente— distaba tanto del suyo que el efecto estaba
lejos de beneficiarme. Continué con otros detalles tal vez menos evidentes,
como la forma de agarrar el pincel para escribir o la manera de cruzar las
piernas al tomar asiento.
Lo peculiar de
Xiaomei era que, pese a su pobreza, vestía con un arrojo digno de muchas niñas
pudientes y que, así y todo, su estilo era incomparable puesto que, lejos de
una copia, dicho arrojo era original.
A diferencia de las
muchachas de entonces, que optaban cada vez más por ropas ceñidas, Xiaomei
vestía un qipao bastante holgado que ocultaba los contornos de
su menuda silueta; ella había osado, sin embargo, hacer un tajo en la falda, un
gran tajo lateral, y había acortado por cuenta propia las mangas, de modo que
sus muñecas quedaban siempre visibles para gran beneficio de esas manos que
admiraba yo.
A tal punto deseaba
Xiaomei desafiar las convenciones que, un buen día, se cortó el pelo por debajo
apenas de los lóbulos de las orejas y dispuso su flequillo de una manera no
recta, en una especie de diagonal que dejaba el descubierto más la ceja izquierda
que la derecha. Tan insólito era eso que muchos adultos la miraban perplejos y
creo que su padre, de no haber sido ciego y de no tener una esposa de espíritu
tolerante, habría tomado cartas en el asunto.
Influida por
Xiaomei, yo también hice un par de ajustes en mi qipao (acorté
un poco las mangas, perpetré un tajo en la falda) y, más drásticamente aún, le
pedí que me ayudase a poner fin a mis trenzas y a reemplazarlas con un corte
similar al suyo. Lo asombroso no fue que estuviera de acuerdo, sino que
apareciera en el parque una semana más tarde con unas tijeras que, explicó, le
había prestado su madre. Me hizo sentar en un banco y se encargó de podar mi
cabellera, aunque sin llegar al extremo de dejar mi flequillo en diagonal, como
si reservara para ella la audacia.
Eso fue poco menos
que sellar un pacto.
Desde luego, llegó
el día en que mi madre notó esta serie de cambios, porque me hizo un comentario
menos gentil que el que Li Juangqing deslizó poco después cuando dijo que me
había vuelto —recuerdo muy bien la palabra— «estilizada». Por
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entonces, cada
tanto, mi madre recibía una revista de moda que se editaba en Shanghái. Era una
publicación que hoy se podría tildar de conservadora; los atuendos y peinados
exhibidos habían dejado de usarse en Occidente cinco o seis años atrás. Mi
madre no se explicaba de dónde sacaba yo las ideas para mi pelo y para esa moda
que no se parecía a la de sus revistas ni a la que habitualmente veía por la
calle. Yo, por mi parte, no entendía el origen de la forma de vestir de
Xiaomei. ¿Era invención personal? ¿O copiaba ella, a su vez, a alguna mujer que
frecuentaba el mercado? Atravesábamos un momento de cambios y, cada tanto, en
el mercado de té o en la zona aledaña al templo aparecía algún hombre ataviado
con corbata y sombrero (algo impensado años atrás) o una mujer de la que
emanaban perfumes occidentales.
En una de las
revistas de mi madre hallé, para mi sorpresa, una gran fotografía de Ruan
Lingyu. La recorté o más bien arranqué sin permiso (lo que me valió una
estruendosa reprimenda) y la coloqué en la pared del dormitorio contra la cual
se apoyaba la cabecera de mi cama. Mi madre le explicó a mi padre que yo había
puesto allí esa foto porque Ruan Lingyu tenía el mismo corte de pelo que yo. El
comentario lo hizo cuando estábamos los cuatro sentados a la mesa. Creo que era
un viernes por la noche. Mi hermano soltó una risa antes de añadir que en
verdad Ruan Lingyu me copiaba a mí. Sin opciones, permití que se rieran,
incluso que se burlaran, con tal de que mi padre no me obligara a quitar la
foto de la pared. Por fortuna, mi padre examinó al día siguiente la foto como
evaluando a otra presunta candidata para su hijo y no pasó de fruncir los
labios en un gesto difícil de interpretar, pero que en todo caso no implicaba
nada irreparable.
Lo importante, en
definitiva, era que nadie comprendiera que había colgado ese retrato en
homenaje a Xiaomei, de quien no tenía foto alguna (de haberla tenido, tampoco
habría osado exponerla así); nadie debía saber que cuando yo contemplaba a Ruan
Lingyu estaba viendo a otra mujer.
Con los años supe
de muchas personas que, tras atesorar el retrato de una actriz o de un actor
como símbolo de belleza, un buen día se enamoran de alguien que se parece al
modelo: una versión aproximada, algo «inferior», quizá, pero accesible. En mi
caso, sin embargo, la actriz famosa era la «versión sustituta» de mi verdadero
ideal. Y a tal punto era Xiaomei la «original», la «matriz», que no me causó
sorpresa cuando, algunos meses más tarde, me dijo con desparpajo que nunca
había oído hablar de la actriz Ruan Lingyu.
Llevábamos unos
tres meses citándonos en el parque. A menudo ella me ayudaba a cargar la jaula
del mirlo hasta el lago, donde los muchos ancianos allí reunidos, dándoles pan
duro a los patos, nos miraban condescendientes y, las pocas veces que hablaban,
nos trataban como a hermanas.
Así como yo no
había corregido a Xiaomei cuando me había puesto Ling, nosotras no corregíamos
a los ancianos en su presunción. Era un honor para mí: significaba que, en
cierto aspecto, me veían parecida a ella. Pero las veces que íbamos al lago
eran excepcionales. Nuestra pasión compartida era la botánica (yo
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siempre llevaba uno
u otro de los libros de mi abuela) y en las pausas hablábamos acerca de
nuestras familias, aunque en rigor era yo quien formulaba más preguntas, en
parte porque no lograba controlar mi curiosidad, en parte porque Xiaomei era
muy locuaz, siempre dispuesta a referirme episodios de su vida.
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Para llegar al
sitio exacto en el que nos dábamos cita (el banco de piedra bajo los grandes
sauces ancianos) había que atravesar un puente de bambú construido sobre un
brazo del vasto lago, un brazo angosto que comunicaba el lago con una especie
de estanque siempre cubierto de lotos. Comúnmente Xiaomei llegaba primero, de
modo que me esperaba al otro lado del puente. A veces la veía escrutar mi jaula
con cierta ansiedad, como intentando adivinar qué sorpresa llevaba yo oculta
bajo la tela azul, si naranjas —era su fruta favorita— de regalo, si un libro
de mi abuela con poemas de Li Bai o Xue Tao, si una revista que le había robado
a mi
madre.
La mayoría de las
veces, sin embargo, Xiaomei me recibía a los gritos, por más que yo no hubiese
alcanzado aún el puente.
¡Hola, Ling! Tengo
un juego nuevo que me enseñó mi padre.
Semiavergonzada, no
le respondía sino por señas, aunque feliz porque los juegos que conocía Liu
Feihong eran bastante entretenidos.
No recuerdo la
primera vez que Xiaomei propuso «tocar el otoño». Así se llamaba, nunca entendí
bien por qué, un juego antiguo, famoso entre los campesinos, que su padre había
sabido modernizar: consistía, en la versión del ciego, en meter dentro de un jarrón
o de una cesta de mimbre una serie de papeles con dibujos de toda clase de
hortalizas y frutas. Los papeles se doblaban con tal esmero que el dibujo
quedaba oculto. A tientas, había que recoger un papel, desdoblarlo en la palma
de una mano y ver si, en vez de un pepino, una manzana o un limón, el azar
había querido premiarnos con un melón, signo de fertilidad.
Dame la mano, dijo
Xiaomei y acaté.
Entrelazando los
dedos, ella metió en la canasta la mano doble, suya y mía, y atrapamos no sin
torpeza lo primero a nuestro alcance.
¡Tendremos muchos
hijos, Ling!, se rio Xiaomei después de desplegar el papel y encontrarse con un
melón.
Más risas hubo, no
obstante, cuando antes de despedirnos ella abrió todos los papeles con dibujos:
melones, melones, nada más que melones…
La próxima vez será
en serio, me anunció.
Pronto, «tocar el
otoño» se volvió un gran pasatiempo. En ocasiones dibujábamos las frutas y
hortalizas; otras veces escribíamos sus nombres con pluma y tinta, plegábamos
los papeles y entrelazábamos las manos como si no hubiera más que una. Todo
inútil: nunca más nos tocó el melón.
Vimos llegar la
primavera jugando a tocar el otoño. De tanto en tanto nos cautivaba otro juego,
pero era algo pasajero. Pasamos unas semanas jugando a visitar la «tumba de las
trenzas», puesto que el pelo que Xiaomei me había cortado y que envolvimos luego
en un viejo pañuelo había tenido una muy digna sepultura al pie de un árbol
vecino, fácil de reconocer. Pasamos otras semanas compitiendo a ver quién
copiaba mejor las flores que había en el parque (ella demostró dibujar con más
talento), pero irremediablemente retornábamos a ese juego en que nada nos
divertía
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más que entrelazar
los dedos y coordinar los movimientos.
Yo no tardé en
advertir que estábamos limitadas a juegos de escasa o nula movilidad debido a
los pies de Xiaomei. Su padre se los había vendado de niña, no durante un lapso
tan prolongado como a mi abuela, tan solo durante un año, incluso menos, y
luego se había arrepentido. Eso había bastado, no obstante, para que la hermosa
Xiaomei tuviera frágiles pies, como un árbol de raíces escuálidas. Por fin
había dado yo con su único defecto y no me asombraba advertir que, en vez de un
rasgo natural, se trataba de algo adquirido. No era un accidente menor (como el
diente que mi hermano se había roto a causa del sonambulismo), sino algo mucho
peor y acaso escrito en el destino: algo comparable a un crimen.
Creo haber dicho
que mi abuela, a escondidas de mis padres y de mi hermano, se había tomado el
tiempo de enseñarme un idioma secreto. Se le decía nu-shu y
había sido, siglos y aun décadas atrás, el idioma secreto de las mujeres en la
zona de Jiangyong, de donde provenía, por cierto, parte de nuestra familia. Sin
derecho a escribirse entre ellas (ni tampoco a aprender a hacerlo, por decisión
de los hombres), las mujeres de la región habían inventado unos signos de
apariencia bastante inocua que bordaban, por ejemplo, en sus pañuelos, con
falso aire decorativo, pero que conformaban un sutil sistema de escritura. Este
saber mi abuela lo había aprendido siendo muy joven de su abuela y, antes de
morir, había resuelto transmitírmelo.
El nu-shu era,
en cierto aspecto, un código tan menguante como la salud de mi abuela. Por
ignorancia y también por economía de tiempo, la madre de su madre le había
transmitido a ella la mitad de los signos existentes. Lo mismo había ocurrido
décadas después en nuestro caso, pero eso no impidió que yo le enseñara más
tarde a Xiaomei un vocabulario básico, unos ochenta o cien signos que nos eran
suficientes para armar frases que escribíamos en un papel o dibujábamos en el
suelo arenoso con la punta de la rama de algún árbol o, más simple aún, con los
dedos de las manos o de los pies. Si faltaba una palabra, la inventábamos las
dos tras discutir cuál sería el signo oportuno. Recuerdo que nos faltó un día
el signo de la noción de «encuentro» y Xiaomei propuso algo semejante a un
trazo horizontal, equivalente al banco de piedra del parque, más dos trazos
verticales similares a los sauces.
Al poco tiempo,
reparé en cierto detalle que yo había pasado por alto y que también podía
tildarse de defecto: a diferencia de mi abuela o de mí, Xiaomei escribía
pobremente. Quiero decir que no sabía más que unos pocos caracteres oficiales,
solo los nombres de las frutas para «tocar el otoño», solo algunas aves y
flores.
Si el nu-shu era
para mí una escritura alternativa, una especie de pasatiempo, en el caso de
Xiaomei ¿existía la posibilidad de que se convirtiese en su idioma oficial?
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Por supuesto que
intentaba encubrir los cambios que Xiaomei había producido en mí, pero ciertos
indicios no escapaban a la perspicacia de mi madre. Cuando una tarde me
preguntó «por pura amabilidad», aunque por mucho más que eso, si últimamente me
embellecía y arreglaba pensando en «un chico en especial», pude responderle que
no, con la voz firme y sin faltar a la verdad, pero quedé en medio de
un sentimiento de
alivio y un estado de alerta.
¿Mi madre me estaba
espiando o había enviado a la siempre predispuesta Li Juangqing para que me
siguiera cuando yo salía a pasear las jaulas? Me reí de mí. Claro que no. De
haber sabido mi madre que me encontraba con Xiaomei en aquel parque no se
habría inquietado tanto. Lo que había motivado en ella esa pregunta era mi
aspecto, mi ánimo y, antes que nada, mi comportamiento en el hogar. Me había
vuelto más callada en presencia de mis padres. Las frases que se decían ellos a
la mesa, a la hora de la cena, parecían sonar muy lejos y aludir a asuntos poco
amenos. Mi madre juzgó mal estos silencios y pensó, por algún tiempo, que yo
estaba enamorada del nieto de la señora Wu, vieja amiga de mi abuela que iba
día por medio al parque a pasear a su pájaro o a sentarse, cuando el frío no
era inclemente, en una de las mesas de piedra donde se jugaba al go. Mi madre
había oído decir que el nieto de esta señora Wu, un año más grande que yo,
siempre acompañaba a la abuela y era objeto de adoración de los ancianos del parque.
Claro que nunca me interrogó abiertamente acerca de esto; solo soltaba
insinuaciones tras las cuales se me quedaba mirando.
Confieso que jamás
me ha interesado el go. Pero confieso, también, que la simple mención de mi
madre de ese niño que, para ella, era o debía ser el motivo excluyente de mis
silencios hizo que a partir de esos días el go me causara un imperceptible
interés y que yo empezase a esquivar ciertos sectores del parque con una
infundada sensación de delito.
Aunque mi madre no
sacó provecho de sus preguntas y comentarios, yo me planteé, por amor propio y
por temor, si mis padres no estarían considerando una boda con el nieto de esa
anciana. Pero eso, comprendí más tarde, no pasaba de mi pura imaginación.
Yo era una chica
inexperta que no había tenido ninguna relación (ninguna, salvo fraternal) con
un chico de mi edad. Como no iba a la escuela, como no había primos varones en
el estrecho horizonte familiar (tan estrecho que tampoco había muchas primas
mujeres), como escaseaban los varones de mi edad en las familias vecinas que
solíamos frecuentar o que mis padres se sentían con el derecho de tratar de
igual a igual, por todo esto me contentaba con soñar e imaginar cosas que
sentía vagamente en el corazón y con espiar a los escasos amigos de mi hermano
que eran, en fin, los únicos chicos reales que acostumbraba a tratar y que, en
lugar de inspirarme alguna atracción, despertaban en mí un raro rechazo, a tal
punto que con ellos fui haciendo una lista mental de todo lo que no me agradaba
del sexo masculino. A menudo repasaba aquella lista, que por más de un prurito
no volqué jamás en un papel, y una
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infinita tristeza
se colaba bajo mi piel. Yo presentía que era posible y hasta urgente hacer la
lista contraria, pero no hallaba ejemplos de carne y hueso para inspirarme y
caía en un desamparo que ni siquiera osaba compartir con Xiaomei.
Empecé a suponer
que con ella era posible hablar de todos los temas, de todos excepto uno: la
atracción por el sexo opuesto. A menudo atribuía eso a un exagerado decoro que
parecía instalarse a nuestro alrededor, una falta de libertad para expresarse
sobre asuntos amorosos. Yo sospechaba que eso no tenía remedio, que allí
quedaríamos atascadas las dos; pero me equivocaba y, como sucedía a menudo
entre nosotras, bastaba que concluyera algo para que ella me sorprendiera con
una de sus reflexiones:
Estuve meditando,
dijo, que las cosas están bastante mal pensadas. No son los padres quienes
tendrían que elegir a los maridos de sus hijas. Quienes tendrían que encargarse
son las mejores amigas. Pongamos el caso nuestro. Nadie te conoce como yo, ¿no
es verdad? Y viceversa.
Su actitud, al
decir esto, fue austera y sin ansiedad. La actitud de quien juega con alguna
idea que se le acaba de ocurrir. Sentí orgullo porque Xiaomei afirmaba que
éramos «mejores amigas». Sin embargo, dentro de mis limitados conocimientos,
acogí su discurso con prevención.
No tenía derecho a
asombrarme de que Xiaomei planteara ideas semejantes. A estas alturas sabía
bien que su forma de pensar no encajaba con las normas y que sus juicios, si no
estimulantes o provocadores, resultaban cuanto menos insólitos.
Ese día tuve, no
obstante, la impresión de que ella intentaba sugerir algo más. Así que, tras
una sonrisa, le pregunté algo abruptamente:
¿Y eso? ¿A qué
vienen, de pronto, estas ideas?
Xiaomei repuso
señalando alrededor que nacía la primavera, que el sol brillaba en el cielo
como una idea innovadora, como si estuviera allí por primera vez en reemplazo
de un viejo sol que hubiese pasado a retiro.
Tal vez por esto,
insinuó, se me ha ocurrido una idea primaveral. No contesté nada. Solo fruncí
la boca y las cejas en un gesto que solía hacer ante el espejo, cuando nadie
estaba presente, y que jamás había hecho delante de ella.
Mi reacción hizo
que se apresurara a añadir: Te aseguro, Ling, que no te oculto nada. Pero se
había sonrojado. Yo preferí no insistir y la conversación, ese día, quedó allí.
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Me veo obligada a
explicarle que solo puedo aparecer en los sueños de quienes leen mis viejos
libros.
Le propongo que
probemos el siguiente experimento: recomendarle a Li Juangqing algún libro de
los míos, a ver si de este modo consigue invocarme.
De acuerdo, abuela.
Hagámoslo.
Pero se lo digo en
sueños y al despertar lo ha olvidado.
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De todas las
películas de Ruan Lingyu, más de veinte y menos de treinta de acuerdo con mis
cálculos, Xiao Wanyi no solo era mi predilecta, sino acaso la
que vi más veces en aquellos años, lo que equivale a decir en mi vida porque, a
partir
de un momento, no
toleré más la visión del rostro de la célebre actriz.
Aunque he olvidado
los detalles de la historia, me acuerdo a la perfección de una escena
aleccionadora en la que Ye, o sea Ruan Lingyu, pronuncia un largo discurso, así
como de otros momentos fragmentados: la muerte de su marido, la mudanza de Ye a
los arrabales de Shanghái y el secuestro de su hijo en medio de la distracción
de la multitud.
Con el tiempo, la
película perdura en mi memoria como un vívido compendio de los años bélicos con
el Japón. La belleza de Ruan Lingyu y el innegable talento del director, cuyo
nombre no recuerdo ni me interesa rescatar de algún libro, perfumaban —sin ocultarlo—
el olor a propaganda.
Una mañana de ese
año, bien temprano, emperrados en anticiparse al canto de los gallos, dos
hombres en bicicleta recorrieron las calles de nuestro pueblo y, como si
pertenecieran a un partido o a algún grupo agitador, vociferaron que por la
noche, apenas el sol se hundiera para alumbrar otro día en otro lugar del mundo
(donde acaso otros hombres en bicicleta vociferasen lo mismo o algo no muy
diferente), por la noche en nuestro pueblo habría una proyección gratuita
de Xiao Wanyi.
No sé cuál de las
noticias me sonó más increíble: que la actriz principal era Ruan Lingyu o que
la proyección sería nada menos que en el parque donde renovaba mis citas con
Xiaomei.
Era la primera vez
que darían cine en un espacio público y el frenesí de la gente obligó a
programar dos funciones seguidas para impedir desmanes o aglomeraciones.
Mis padres se
negaron a ir y, ante todo, se negaron a que acudiese mi hermano. De manera que
fuimos Li Juangqing y yo a la primera función —yo no debía acostarme tarde— y
ella pareció disgustarse cuando, a un costado de la pantalla gigante que habían
colgado con precariedad de la rama de un árbol, vio una especie de tienda
militar y un ramillete de banderas. Hoy comprendo con sencillez que la sesión,
aunque gratuita, no era desinteresada. En nombre de un ejército al que acaso
pertenecían o al que habían pertenecido alguna vez, pero al que con certeza no
tenían el derecho a invocar, unos soldados, me inclino a pensar que falsos,
vestidos con uniformes algo gastados y no del todo homogéneos, recaudaban
fondos con la excusa o el estímulo de la proyección.
Yo no alcanzaba a
entender lo que se tejía por detrás y contemplaba la pantalla sin quitar de
ella mis ojos, diciéndome que la actriz tan parecida a Xiaomei se disponía a
aparecer en un terreno donde reinaba su doble.
En determinado
momento, cuando la espera empezaba a hacerse larga, un murmullo fue
levantándose primero a mis espaldas y luego a mi alrededor. Seguí la dirección
unánime de las miradas. El ciego Liu Feihong acababa de hacer su aparición de
la mano de su mujer y seguido, demasiados pasos atrás, no sé si
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recatadamente, por
Xiaomei. Hubo cuchicheos y hasta risas.
¿El ciego viene a
ver cine?, le preguntó a Li Juangqing la mujer sentada a su izquierda y coronó
sus palabras con una sonrisa espantosa, hecha de unos dientes podridos que por
suerte Liu Feihong no podía ver.
Creo recordar que
la mujer intentó añadir otra crítica, pero que Li Juangqing la frenó con un
gesto. Lo seguro es que me sudaban las manos y que una especie de ira se había
agolpado en algún sitio entre mi pecho y mi cuello, como a punto de subir hasta
mi boca y estallar. Pese a su aparente incoherencia, no solo el ciego tenía
perfecto derecho a estar allí sino que, más aún, su presencia era loable, pensé
en decir a los gritos y poniéndome de pie, a semejanza de la escena final
de Xiao Wanyi, que no había visto todavía. Pero me ahorré esa
lección de humildad: no solo se hubieran burlado, sino que con mi discurso
habría renovado las miradas y los sarcasmos de la multitud.
Aunque Xiaomei y
sus padres se habían sentado algo lejos, en un asiento que acababa de
asignarles uno de los uniformados, girándome parcialmente lograba verlos. Los
soldados —porque, falsos o verdaderos, no parecían de rango superior— habían
dispuesto varias hileras de sillas, poco más de veinte hileras. Por mucho
cuidado que pusiéramos todos los presentes, las sillas estampaban entre
nuestros pies las huellas de sus cuatro patas. La película no tenía horario
fijo. La noche ya había caído o una leve luz persistía en un rincón lejano del
cielo.
Nunca, desde el
nacimiento de nuestra amistad, habíamos compartido así Xiaomei y yo un espacio
público. ¿Debía ponerme de pie? ¿Debía enviarle un saludo con la cabeza? ¿Con
la mano?
La película fue
anunciada por el ruido de la cinta girando en el proyector, un proyector
audible y también visible, plantado en medio de las sillas, lo que echaba a
perder una de las dimensiones más mágicas del cine: ese rayo divino,
sobrehumano, que sobrevuela las cabezas.
A poco de iniciada
la sesión, alguien —un niño, como se afirmó después— empujó sin querer la mesa
donde reposaba el proyector y Xiao Wanyi se inclinó como un
barco en el mar. Hubo protestas, hubo cabezas torciéndose en forma
proporcional, pero nadie acudió a enderezar las imágenes porque los
organizadores estaban todos ocupados en recolectar dinero en su especie de
tienda de campaña. Poco a poco, entre resoplos, fuimos resignándonos a esa
muestra de expresionismo accidental, hasta que un espectador se abrió paso
entre las sillas y por su cuenta remedió el asunto.
Mi excitación era
mucha porque, torcida o no, estaba admirando al fin en movimiento a aquella
actriz que había visto tan solo en fotos, en las revistas de mi madre. El
movimiento, tuve que reconocer, favorecía a Ruan Lingyu principalmente en las
escenas donde su expresión viajaba, tan solo en pocos segundos y con magnífica
fluidez, del dolor a la ilusión, de la dicha al desengaño.
Así y todo, me
costaba concentrarme en la pantalla sabiendo que Xiaomei estaba unas pocas
sillas por detrás y que nadie en la multitud (nadie en esa multitud que
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había acogido
impiadosamente a su padre) sabía que este mismo parque era un refugio público
para nosotras dos. La película se haría humo, descolgarían la pantalla,
retirarían las sillas y las banderas, desarmarían la tienda militar y no
quedaría nada, nada salvo quizá las huellas de las patas de las sillas que la
primera lluvia sabría borrar, nada salvo, en fin, los sauces, el lago y el
puente de bambú: el simple paisaje-escenario de nuestra película.
Pero había un
secreto mayor. Tenía que ver con el parecido entre Xiaomei y Ruan Lingyu. Como
nunca hasta ese entonces —y como nunca después— podía atisbar a las dos y una
rauda mirada mía, en la dirección acertada, bastaba para compararlas en el
acto.
Por supuesto que
era más fácil para mí ver el rostro colosal y lleno de luz de la actriz que dar
con la pequeña Xiaomei, oculta por la molesta cordillera de espectadores. Yo
hacía de cuenta que seguía la historia con atención y que si apartaba la vista
era para regocijarme con la luna, la luna llena que flotaba en el cielo
despejado, pero a la larga Li Juangqing advirtió todos mis vaivenes y me
preguntó al oído si me aburría.
Dije con vehemencia
que no, no fuese ella a sugerir que nos marchásemos.
Me costó hacer
aquello que tanto deseaba. En un momento, Ruan Lingyu inundó la pantalla e
iluminó todo el parque, pero Xiaomei había quedado eclipsada por tres cabezas.
En otro momento, si bien pude divisar a Xiaomei, la película me privó de su
actriz protagónica y me consoló con una escena trivial. Dejé pasar unos
minutos, que se hicieron insoportables, y por fin, cerca ya del desenlace,
cuando Ye, o sea Ruan Lingyu, promediaba su discurso («Nuestros juguetes están
hechos a mano… Los juguetes extranjeros son artefactos producidos en inmensas
fábricas»), la luz algo inconsecuente que parecía emanar del rostro de la
actriz alumbró, como la luna que había sido mi pretexto para no mirar la
pantalla, el semblante de Xiaomei. La misma luz bañaba, es cierto, a todos los
espectadores. Yo quise pensar, no obstante, que Xiaomei era su única
destinataria. Y que, en un juego de espejos, gradualmente se invertía la
situación hasta que era Xiaomei la propensa a irradiar luz y Ruan Lingyu quien,
absorbiéndola, refulgía.
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No era infrecuente,
en nuestras constantes citas, que Xiaomei propusiera actividades y que, al
contrario, yo planteara temas de conversación. Una vez le conté, recuerdo, que
tenía un hermano mayor, pero el dato no pareció interesarle. Otro día le conté
una historia no del todo verídica sobre mi abuelo materno, convencida de que
así la subyugaría; pero no tardé en inferir que Xiaomei prefería contar a
preguntar, hablar a escuchar, y que —por suerte para nuestro vínculo— a mí
me sucedía lo
opuesto.
De los muchos temas
que le fui preguntando a Xiaomei (temas que se ramificaban, a imagen de esos
árboles que habían servido de excusa y habían donado su sombra al inicio de
nuestras citas), uno de los más fértiles y recurrentes era la ceguera de Liu
Feihong.
En cierta
oportunidad ella me contó que su padre no era ciego de nacimiento. Había nacido
ciego del ojo derecho, defecto tan desusado que en su pueblo natal no habían
logrado razonar si esta semiceguera era halagüeña o mal presagio. Hijo menor de
una familia muy nutrida, Liu Feihong había sido el centro de múltiples
atenciones porque la familia había hecho del ojo sano un objeto de temerosa
adoración; tantos cuidados, como suele ser el caso, habían atraído un
infortunio. Jugando una tarde en el bosque, a una edad en la que muchos no
jugaban más, Liu había perdido el otro ojo, el ojo izquierdo. Se culpó a la
rama de un árbol (Xiaomei no supo decir cuál, de lo contrario habríamos buscado
su silueta en el libro de la abuela como quien busca en un archivo a un
malhechor o a un criminal), pero en verdad fue un descuido.
Años después, Liu
Feihong decía que su vida estaba hecha de dos épocas, dos ciudades, dos
familias disociadas: la etapa de su infancia, en el norte; la etapa actual, de
la que no poseía ni una mísera imagen. Pese al tiempo transcurrido, Liu Feihong
conservaba intactas las imágenes de su infancia. Había visto pinos y cipreses
cubiertos de nieve; había visto lámparas rojas en forma de dragón o de pez
encenderse tarde en la noche mientras sonaban los tambores y los gongs; había
visto helarse un brazo del interminable río Yi en el que, así le contaron,
vivía un ondulante monstruo que comía zongzi de arroz; había
escalado hasta una altura algo discreta la montaña de Xiang Shan y había
explorado incluso las grutas sofocantes de Fengxian y Guyang, llenas de
imágenes budistas; había visto un eclipse de sol parcial, había visto la Osa
Mayor entre otras galaxias anónimas y había visto casi a diario, por el sendero
en pendiente que de su casa llevaba a las montañas, un puente angosto de bambú,
fuente de muchas leyendas y paso obligado cuando a raíz de las lluvias se
desbordaba cierto arroyo.
A Xiaomei le
gustaba mucho imaginar que aquel puente de bambú era igual al de nuestro
parque, pero también contaba que en su infancia Liu sentía terror los días
oscuros, tormentosos, en los que estaba persuadido de vislumbrar sobre el
puente lo que parecía una silueta femenina (veía mal con su único ojo, más aún
si no había sol), porque tomaba a esta mujer por la anciana responsable de
conducir a los muertos a través del puente hacia la vida próxima.
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Liu Feihong,
irónicamente, no había tenido que morir ni que cruzar puente alguno para
alcanzar algo así como otra vida. Y, a diferencia de quienes al reencarnar
olvidan su existencia anterior, conservaba inalteradas (o eso decía) las
imágenes de los miembros de su primera familia. Aquella rama le había
arrebatado un ojo, no así los antiguos recuerdos.
Liu Feihong nunca
había visto el rostro de su única hija ni de sus actuales amigos ni de los
responsables de los otros puestos del mercado. En su defecto, había ideado un
sistema original, amparado en que esta segunda vida era bastante o totalmente
autónoma de la primera: el gran repertorio de rostros de su infancia, que
custodiaba casi intacto, lo había aplicado al gran repertorio de voces y de
nombres del presente. A un reciente amigo, por caso, le había endilgado el
rostro de un querido hermano de su madre. Al comerciante que vendía los
juguetes de madera le había adjudicado el rostro de un estrecho amigo de su
padre. Tal vez los verbos que utilizo no sean justos, porque Liu Feihong no
hacía una elección sesuda, no escogía de un repertorio de semblantes que
desplegaba a imagen de un abanico, sino que era más bien al revés, como me
explicó Xiaomei: la voz o el nombre le evocaban de inmediato tal o cual rostro
del pasado.
Cuando Xiaomei me
contó esto quise saber qué rostro había elegido Liu Feihong para ella.
La respuesta no me
pareció insensata: Xiaomei era la única persona a la que el ciego había acabado
inventándole una apariencia porque nada, ninguna imagen, había surgido de modo
espontáneo en su caverna oscura.
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En ocasiones —a mi
regreso del parque, con mis ojos colmados de Xiaomei— me preguntaba si debía o
no hacer partícipe a mi hermano de esta secreta adoración por una joven que no
me costaba imaginar de su brazo o, más aún, entre sus brazos.
¿Sabía ya mi
hermano que en medio del mercado había una perla, un tesoro semioculto como
Xiaomei? Si no lo sabía, ¿cuánto tiempo tardaría alguien (un amigo o incluso él
mismo) en enterarse, en divulgar la información?
Un orgullo algo
inmaduro me incitaba a anticiparme, a ser quien comunicara tamaño
descubrimiento, pero una voluntad contraria cerraba a tiempo mis labios.
Mi hermano no se
merece que yo le allane al camino hacia Xiaomei, no mientras prolongue la
apatía y haga posible que mi padre decida así su futuro, era mi razonamiento.
Si yo anhelaba la rebeldía de mi hermano era, primero y principal, porque la
necesitaba; pero él consentía en perpetuar las tradiciones y esto hacía las
cosas más arduas para mí. Por ser menor y mujer, precisaba que él me zanjara el
camino, caso contrario mi más mínimo desacato equivaldría al peor de los
revuelos.
A ratos yo
interpretaba la desidia de mi hermano como una especie de sabia resignación o,
por qué no, como una protesta pasiva; entonces, mi desagrado se apaciguaba.
Finalmente llegaba a la conclusión de que no había escapatoria. No la había
para mi hermano ni mucho menos para mí. O, en todo caso, no había alternativa a
la sujeción filial más allá de los típicos consuelos: los romances ilícitos que
empezaban a ser menos inhabituales o casi tan habituales como siempre, solo que
algo más públicos.
Poco antes de que
llegara el verano, un amigo de mi hermano protagonizó un escándalo que fue del
conocimiento de mis padres, de Li Juangqing y aun de mí. Sus padres habían
arreglado un casamiento con la hija de una familia vecina cuando se supo que el
futuro esposo se veía en secreto, desde hacía más de dos años, con la hermana
mayor de esta prometida. Yo creía que solo en el cine un romance ilícito se
descubría o denunciaba por medio de un llamado anónimo, pero así fue en este
caso: sonó el teléfono y una voz impostada, alguien enmascarando su voz
verdadera, pidió por el padre del novio y descerrajó el secreto. Según Li
Juangqing, el método era lo de menos; nada habría cambiado si esa misma noticia
se hubiese sabido por carta. El impacto no solo hizo que la boda se anulara;
los padres de la novia optaron por abandonar la ciudad al cabo de pocos meses.
En cuanto al amigo de mi hermano, terminó casándose con una joven famosa por su
fealdad. Mi padre dijo que esta esposa era el castigo perfecto para el muchacho
y también para la familia de la novia, que se había atrevido a violar una regla
tradicional al comprometer a una hija menor antes de haber casado a la
primogénita. Poco sirvió que mi madre le respondiera que estas tradiciones eran
ya parte del pasado, lo mismo que cubrir el día del casamiento el rostro de la
novia con un velo rojo, un velo no tan distinto de ese otro azul que había en
la jaula del mirlo.
Este episodio abrió
los ojos de mi padre, que pasó a vigilar más de cerca a mi hermano, y también
abrió los míos: esa poca presencia de mi hermano en casa, eso
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que yo tildaba de
desidia, ¿no se explicaría tal vez con un amorío secreto? A mí me costaba ver
en mi hermano a un hombre y era incapaz de advertir que él podía ser atractivo
para el sexo femenino, pero a partir de ese instante presté mayor atención y en
un par de ocasiones capté la mirada de una joven de mi edad y comprendí que iba
dirigida a él sin disimulo alguno.
Aunque nunca logré
confirmar que mi hermano había tenido un amorío semejante al de su amigo, un
amorío que había resuelto interrumpir a causa del escándalo, por momentos me
tentaba explicar de este modo su reaparición en el seno de mi familia.
Celebrada ya la boda del amigo de mi hermano (a la que mucha gente acudió con
el único objetivo de confirmar que la novia era, en efecto, la mujer más fea de
la ciudad), mi padre me mandó llamar a su despacho, el mismo donde se había
reunido casi medio año atrás con Gu Xiaogang. Era tan excepcional que mi padre
me convocara para hablar con él a solas que, mientras iba a su encuentro (muy
lentamente, como postergando una noticia fatal), traté de imaginar las razones
de su convocatoria. No había dado ni veinte pasos cuando sentí que el suelo se
abría bajo mis pies. Mi casamiento, me dije. Mi padre quiere anunciarme que ha
conseguido un esposo. Era sensato que lo hiciera en el recinto donde ya había
tratado un asunto de esta índole. Era sensato que los padres de algún joven
hubieran preguntado por mí después de verme en la boda del amigo de mi hermano.
Una boda trae otras bodas, sentenciaba Li Juangqing como si hablara de alguna
grata epidemia.
No me fue fácil
reunir fuerzas y reanudar el camino. Mientras mi padre abría la puerta y con
señas me invitaba a una de las cuatro altas sillas de ébano, mientras
pronunciaba sus primeras palabras (esto que voy a decirte lo he hablado con tu
madre y ella está de acuerdo), ya no tuve duda alguna: después de tanto
rechazar a hipotéticas esposas para mi hermano, mi padre aceptaba encantado al
primer candidato no hipotético para mí. ¿No había, antes, que casar al
primogénito?, me dije. No, eso se aplicaba en el caso de las hermanas mujeres.
¿Aceptaba él para complacer a mi madre? Podía imaginármelo. No soy tan exigente
como te parece, ya ves que apruebo a este joven que desea casarse con tu hija.
¿Esta era la profunda razón? ¿O acaso poseía mi hermano algo especial, algo
«superior» a mí, que suscitaba esas exigencias paternas? Mi padre pidió que lo
mirara a los ojos. Después dijo, con un asomo de vergüenza que hasta entonces
yo nunca había visto en él: A partir de hoy cumplirás una misión nueva y
trascendente.
Mi padre debió de
advertir mi desconcierto, pero siguió adelante como si nada. La misión que me
encomendaba —con total consentimiento de mi madre— no era la de casarme, no.
Era la de acompañar y vigilar a mi hermano.
No podemos evitar
que él concurra a ciertas fiestas, que frecuente ciertos lugares, que se vea
con cierta gente, así es la vida, ¿no es verdad? Solo que, de ahora en
adelante, estarás al lado de él sin perderle nunca pisada, y si vieras algo
extraño… Aquí mi padre hizo una pausa. ¿Algo extraño?, me disponía a preguntar
cuando mi padre precisó que se trataba de impedir que él siguiera los caminos
de aquel amigo.
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De lo contrario, yo
tendría que denunciarlo.
Mi alivio fue tan
intenso al comprender que no debería casarme —no todavía, por lo menos— que no
tuve el aplomo necesario para decirle a mi padre que la así llamada «misión»
era una tarea ignominiosa. Dudo también que, bajo otras circunstancias, hubiera
osado decir esto. Sobre todo porque, lo admito, su confianza me enorgullecía.
Que él me animase a acompañar a mi hermano cuando apenas meses atrás me
prohibía salir de casa salvo para pasear al mirlo, que él confiara así en mi
óptica de las cosas, se parecía a ser nombrada repentinamente mayor de edad.
Desde luego, mi
padre dijo que le había expuesto a mi hermano la situación desde un ángulo
distinto: yo era una debutante en la vida social y él debía guiarme y
protegerme. Esto era tan innegable que no me asombra que mi hermano jamás
sospechara nada, ni siquiera en nuestras primeras salidas, cuando mi agitada
conciencia me hizo actuar con suma torpeza y él sencillamente infirió que a mí
me faltaba «roce». Solo más tarde sospeché lo que era bastante obvio: que mi
padre, a lo mejor, le había encomendado a mi hermano la misma «misión» que a mí
(la de vigilarme de cerca), alertado por esas ausencias mías: esas ausencias
vespertinas que habían llamado ya la atención de mi madre (¿tanto tiempo demora
en pasear a un pájaro?, dijo Li Juangqing que ella le había deslizado en cierta
ocasión) y que — como ambos, como todos ignoraban— me conducían a Xiaomei.
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Abuela, dice.
¿Estás ahí?
Por supuesto, le
respondo.
No te veo.
Si enciendo la luz,
eso te va a despertar y ya no estaré más acá.
¿No hay manera de
que te tenga más cerca? ¿No hay modo de poder tocarte?
No respondo. No
logro decirle nada…
Abuela, vuelve a
decir. ¿Abuela?
Sí. Perdón, me
estaba durmiendo.
¿Cómo es posible?
¿No soy la única aquí con derecho a dormir?
No sé, alcanzo a
contestar.
Te estabas
durmiendo…
Sí.
¿Y qué iba a pasar,
entonces?
No tengo la menor
idea. Acaso terminara conversando conmigo misma.
Hay otra historia,
me dice. Me acabo de acordar de ella. Me la contabas a menudo, cuando tenía
unos nueve años.
No me acuerdo de
ninguna. ¿Cómo era?
Todas las tardes un
anciano acostumbra a dormir la siesta. Sus nietos, que son decenas, le
preguntan por qué lo hace. Él les responde: «Voy al país de los sueños
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para encontrarme
con nuestros antepasados». Al dormir, el viejo sueña que conversa con sus más
sabios ancestros. «Un día, transmitiré estas enseñanzas a mis descendientes».
Sin embargo, el tiempo pasa y el anciano no transmite ninguna enseñanza. De
modo que los nietos, todos, resuelven dormir la siesta una tarde muy calurosa.
Apenas despiertan, le dicen a su abuelo: «Fuimos al país de los sueños para
encontrarnos con nuestros antepasados». Lleno de curiosidad, el viejo quiere el
mensaje de los venerables ancestros. Uno de los nietos le dice: «Llegamos al
país de los sueños, nos encontramos con nuestros antepasados y preguntamos si
era verdad que nuestro abuelo venía aquí todas las tardes. Ellos nos
respondieron que jamás te han visto. Dicen que no conocen a ningún abuelo».
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Hacía algún tiempo
que mi hermano recibía invitaciones de los hijos del señor Zhao, quienes vivían
nada lejos de nuestro hogar, en la casa más lujosa y más grande de nuestra
calle, la cual contaba con un inmenso jardín que era el orgullo del padre. Los
Zhao eran tan numerosos que mi hermano afirmaba que eran doce hijos y yo
disentía, convencida de que eran trece o catorce. En la casa vivían también
tres hermanos del señor Zhao, con sus respectivas mujeres y sus respectivos
hijos, y era normal confundir a estos hermanos con los primos. En total, había
una treintena de niños y jóvenes y, aunque el jardín era unas tres veces más
vasto que la amplia mayoría de los jardines de alrededor, la población de la
casa también triplicaba o más el promedio de las familias vecinas. Si a esto
sumamos que los Zhao tenían por hábito invitar a los amigos de sus hijos, no
sorprenderá si digo que yo aborrecía el jardín porque en él hallaba lo opuesto,
ni más ni menos, al parque donde me reunía
con Xiaomei.
La casa de los Zhao
tenía techos de teja y era una construcción de aristas parcialmente
occidentales. Los muebles mostraban también una veleidosa mezcla de lo europeo
con lo oriental. En un amplio salón, fácilmente accesible, había un piano negro
de pared donde cada tanto la mujer del señor Zhao, una elegante dama que me
daba miedo no sé por qué, se sentaba a interpretar una sonata de Beethoven. La
música me hacía pensar inmediatamente en el puente de bambú, cuando no en
Xiaomei y en mí entrelazando las manos para tocar el otoño.
Entre los Zhao
había dos jóvenes que andaban todo el tiempo juntos (dos primos que debían de
rondar los dieciséis o diecisiete años) y que no hacían más que observarme
desde lejos, sin dirigirme la palabra, en una extraña alternancia: mientras uno
me devoraba con los ojos, el otro miraba al suelo, y viceversa. Algunas jóvenes
tenían cierto atractivo (superior al de los varones, al menos eso creía yo) y
mi hermano solía intercambiar palabras y hasta sonrisas y bromas con dos primas
que, a diferencia de los primos, eran algo más proclives a separarse.
La multitud en
aquel jardín —incluyendo a los invitados, nunca había menos de cuarenta o de
cincuenta jóvenes— no únicamente me abrumaba, sino que también constituía a mis
ojos un peligro. ¿Quién había tenido la idea de que mi hermano y yo
frecuentáramos el hogar de los Zhao? Y, ante todo, ¿con qué objetivo? Detrás de
aquello creía advertir la mano de mi madre, quien no se llevaba mal con la
esposa del señor Zhao y con las mujeres de los hermanos de este. Sin lugar a
dudas mi madre había buscado que los Zhao nos invitaran, persuadida de que en
su vasto jardín, entre flores y frutos de varios tamaños, mi hermano y yo
recogeríamos la admiración o el interés necesarios para resolver —ya era hora—
nuestras bodas.
Esta certeza
bastaba para que, como dije antes, viera yo amenazas en cada rincón. Si por el
contrario mi hermano parecía inmune a estos temores, se debía por un lado a que
le gustaban las dos primas con las que cruzaba bromas (yo, en cambio, creía que
los primos que tanto me miraban eran dos idiotas carentes del menor humor),
pero ante todo se debía, concluyo hoy, a que esas tardes en el jardín no
implicaban para él
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ninguna
claudicación, mientras que cada momento con los Zhao equivalía para mí a un
momento menos con Xiaomei. Llegué a odiar ese jardín con el que otros soñaban
para su hogar.
Llegué a odiar a
esas dos primas que con paciencia de araña tejían sus redes alrededor de mi
hermano. Por culpa de ellas, por culpa de todos los Zhao, ya no me veía con
Xiaomei más que una vez por semana; y esto, en lugar de una ruptura, gracias a
la comprensión de ella. Cualquier otra persona se hubiese ofendido, pero
Xiaomei no objetó nada cuando le dije, sin ahondar en explicaciones, que en
adelante nuestros encuentros serían más espaciados.
Yo siempre vengo
aquí, respondió. Cuando vengas, seremos dos.
Tanta simpleza me
reconfortó. Se lo agradecí, le dije que cada tarde en la que yo no iba al
parque era una tarde fallida y le di un beso amistoso en la mejilla, un beso
que, francamente, no tenía pensado darle y que a las dos nos encontró
desprevenidas.
Pronto ocurrió que
mis ausencias fueron aún más prolongadas: dos semanas o hasta tres sin ir al
parque.
Era Li Juangqing
quien aireaba ahora a los mirlos; por lo que, al comprender que no vería por un
buen tiempo a Xiaomei, decidí bordar un pañuelo con la frase «te extraño» en
escritura nu-shu y dirigirme al parque, muy temprano, al alba,
para dejarlo al pie del banco como si fuera una carta. Así lo hice, pese al
pasmo de mi madre (¿Bordando? Me parece increíble), y abandoné al fin el
pañuelo bajo un sauce, sujeto con una piedra, no muy a merced del viento.
Por entonces los
dos primos que solían observarme en el jardín de los Zhao hacían toda clase de
esfuerzos para captar mi atención. Un buen día recibí una carta que, aunque
anónima, había sido redactada en singular por uno de ellos. Yo sospeché, sin
embargo, que la carta había sido escrita, codo a codo, por los dos. No era, si
somos estrictos, lo que se entiende por una carta de amor. Se trataba de una
tibia aproximación, tan timorata que lindaba con lo insulso y ni siquiera podía
uno ponderar su sutileza. Para colmo estaba escrita en chino antiguo, con un
estilo excesivamente formal.
¿Qué podía esperar
de los hombres, o por lo menos de los hombres del clan Zhao, cuando dos jóvenes
mayores y más «preparados» que yo (se decía eso de los Zhao y de otros tantos:
que estaban muy «preparados») no eran capaces de redactar una carta de amor decente?
En una mezcla de ejercicio y desafío, me propuse escribir una carta ejemplar
con las mismas palabras que habían empleado mal los primos. Dispuse una extensa
columna con las palabras para mí más destacadas y, al lado de cada una, puse su
equivalente en chino moderno. El resultado fue un diccionario fortuito en cuya
columna izquierda no había sino vocablos de un carácter y, a la derecha,
vocablos equivalentes pero de dos caracteres. Seguidamente imaginé que era un
joven enamorado de Xiaomei y, antes de que pudiera darme cuenta, había escrito
un par de carillas rebosantes de ardor y romanticismo. De las palabras
empleadas por los primos, usé muy poco más de la mitad; las que dejé sin usar
revelaron, en el acto, una
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alarmante chatura.
¿Cómo podía alguien proponerse escribir una carta de amor con palabras como
«adeudo», «comodidad» o «provecho»?
Esa carta para
Xiaomei ¿era mi forma de responder a los primos? Como respuesta era, lo sé,
inapropiada: ellos dos ignoraban la existencia de la misma (y, en efecto,
estaba bien que la ignoraran) y aún esperaban de mí cierta reacción. Yo siempre
podía escudarme en mi timidez que no era tal, sino una máscara oportuna para no
hablar en el jardín. Amparada en ello me mantenía al margen de los primos y de
todos; me entregaba a imaginarias conversaciones con Xiaomei; me extraviaba y
este era mi alucinado desahogo.
En un rincón del
jardín había un banco y dos árboles frondosos; un conjunto muy parecido al del
banco y los dos sauces del parque donde me citaba con Xiaomei. Abstraída de lo
que ocurría alrededor, una tarde me puse a pensar con tal empeño en Xiaomei que
de pronto me pareció que ella se corporizaba bajo esos dos árboles, como un
espectro al que yo hubiera invocado. La insólita aparición duró muy pocos
segundos, hasta que un firme pestañeo barrió con ella, no con el banco ni los
árboles. En ese instante resolví que mi hermano debía conocer a Xiaomei.
Concertaría una cita que a ellos les pareciese casual; mi hermano caería
enamorado (era imposible no enamorarse de ella) y, en consecuencia, Xiaomei y
yo no tendríamos que separarnos jamás. El interés de mi hermano sería el mío:
estar al lado de la joven más hermosa del lugar.
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No me explico cómo
logré por fin que mi hermano me acompañase el parque. Recuerdo, sí, que por un
tiempo prolongado parte de la familia Zhao cayó enferma y el señor Zhao cerró
las puertas de su jardín por temor a los contagios. También recuerdo a mi hermano,
desolado: no solo tendría que pasar unos días lejos de allí, sino que —como se
enteró— las dos primas se contaban entre las afectadas por la enfermedad. Todo
esto, desde luego, ayudó a que mi plan de ir al parque
encontrara un eco
en él, pero no significa que fuera sencillo persuadirlo.
Mi hermano dijo al
principio que no se sentía muy bien. Alarmada, mi madre llamó a un médico.
Desde la muerte de mi abuela no venía un médico a casa. Esta vez, sin embargo,
fue diferente.
Su hijo no tiene
nada, está sano, oyó mi madre y suspiró. Yo suspiré después de ella y lo mismo
hizo mi padre por la noche, tan pronto como mi madre le resumió las noticias.
No obstante, mi hermano insistía en que se encontraba débil y en que sufría la
enfermedad de las primas. A mí me daba mucha pena verlo así de acongojado, y en
su rostro, como si fuera un espejo, contemplaba la tristeza que me causaba
estar lejos de Xiaomei.
Luego de dos o tres
días que pasó casi encerrado, sin dirigirnos la palabra, mi hermano amaneció
por fin de mejor ánimo y fue a recabar informaciones en casa de los Zhao. La
enfermedad había alcanzado a otros miembros de la familia. Incluso la esposa
del señor tenía fiebre. Las puertas seguirían cerradas por un lapso razonable.
¿Y las primas? Mi hermano estaba muy preocupado por ellas; su inquietud era lo
contrario a mi total indiferencia por la salud de los dos primos.
Para distraer a mi
hermano, la imaginativa Li Juangqing no acababa de proponer actividades.
Pasamos una tarde entera jugando los tres al jian-zi (la
habilidad de mi hermano con los pies era inconcebible), pasamos otra tarde
viendo distintas clases de teatro callejero —desde el teatro de sombras hasta
una obra representada por monos
— y, en otra
oportunidad, si no fue la misma tarde del teatro, vimos en acción al chui-tang-ren,
maravillados porque le bastaban un par de soplidos para que del otro extremo
de su palo brotaran las más perfectas figuras de caramelo.
Como si los mirlos
no fueran suficientes para mí, el chui-tang-ren me obsequió un
largo pájaro de alas pequeñas. La figura me fue de cierta inspiración: al día
siguiente, volviendo a esgrimir el pretexto de los pájaros, fui al parque y
pasé más de tres horas conversando con Xiaomei.
Puede que a causa
de la tregua impuesta por la enfermedad, puede que a causa de los muchos días
transcurridos sin verla, el caso es que terminé contándole a Xiaomei todo
acerca de los Zhao. Le describí el vasto jardín, exagerando los aspectos
placenteros y los que no me agradaban. Le conté que dos muchachas se
interesaban por mi hermano, pero dije que a mi hermano le parecían feas y
vulgares. Y terminé, sin darme cuenta, hablándole de los dos primos y de su
carta de amor. No era la primera vez que me ocurría esto con ella: mis deseos
de llamar la atención de Xiaomei me hacían hablar más de la cuenta.
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Jamás he recibido
una carta de amor, tiene que ser maravilloso, dijo con voz aniñada y con un
brillo en los ojos que hasta entonces yo nunca había visto en ella.
Me resistí un poco,
por el gusto de verla suplicar, pero a sabiendas de que acabaría recitando esa
carta puesto que, mal que me pesara, tras aquel raro ejercicio de reescritura
me sabía de memoria ante todo las partes más grotescas. En realidad, dudé un instante
y faltó poco para que le recitara no la carta de los primos, sino la otra: la
que en un rapto había escrito para ella, pensando solamente en ella, y que me
sabía de cabo a rabo. No lo hice por miedo y pudor. No lo hice, en primer
lugar, porque me entusiasmaba más compartir con Xiaomei la idiotez de esos dos
primos, tomarles el pelo juntas. De modo que me puse a declamar como la heroína
de alguna película, una especie de Ruan Lingyu burlándose del obligado
parlamento. Para completar el efecto me acerqué a Xiaomei y envolví sus manos
con las mías. El gesto me salió muy bien. Creo que Ruan Lingyu habría estado
bastante orgullosa de mí. Entonces ocurrió algo fuera de mis planes: a Xiaomei
se le humedecieron los ojos. Puedo entender hoy, con calma, que su reacción se
debió menos a las frases declamadas que a mis gestos. Para el final de la carta
yo había decidido adoptar un tono más farsesco aún, convencida de que Xiaomei
se desmayaría de risa. No obstante, al aferrar sus manos, mi ironía desapareció
y la emoción hizo que se esfumara el tono de comedia.
Hoy me parece hasta
obvio señalar que, tras aquello, Xiaomei y yo nos asustamos; pero en aquel
momento, con catorce años, no supe o no quise entender el detonante de la
emoción de Xiaomei. Al contrario, me ofendí y me decepcioné con ella. ¿Era
posible conmoverse con esa espantosa carta? Me frustraba ver en Xiaomei tanto
sentimentalismo; por vez primera, algo en ella no me satisfacía ni me atraía.
Por supuesto, yo estaba razonando de manera errónea y mi miedo era responsable
de todo el malentendido. Hoy me sorprende que no la interrogara. ¿Qué te
ocurre? ¿Estás llorando? ¿Estás bien? ¿Te emocionó en serio la carta?
Cualquiera de estas preguntas me habría ahorrado mi primera decepción, de la
que tardé en recuperarme del todo. Aunque es verdad, asimismo, que una sola de
las preguntas que callé habría abierto ciertas puertas que no estaba dispuesta
a abrir, y mucho menos Xiaomei, como analizo hoy las cosas.
Una mezcla de
enfado y de decepción marcó el resto de esos días en que el jardín seguía
cerrado. Mientras mi hermano, mordiéndose las uñas, esperaba noticias sobre la
salud de los Zhao, yo era asaltada por curiosos pensamientos, entre ellos que
lo mejor que podría ocurrirle a mi hermano era que la enfermedad se llevara con
sus garras a esas dos primas. Sí, eso pensaba, convencida de que así él podría
atesorar una imagen ideal, una imagen perfecta de ellas dos, sin las imperiosas
desilusiones que nos trae el tiempo.
Aquellos fueron
días curiosos, no lo niego. Justo cuando los Zhao nos daban un respiro y era
posible ir al parque, yo me enfadaba con Xiaomei, pero me enfadaba de manera
cobarde: sin que ella se enterase. A todo esto, mi hermano volvió a decir que
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no se sentía muy
bien. Deduje que de nuevo era presa del miedo, aun cuando, luego del episodio
en el parque con Xiaomei, si alguien tenía derecho a sentir miedo era yo.
El médico
reapareció porque esa noche —o la siguiente, no me acuerdo en forma exacta— mi
hermano sufrió un ataque de tos que por poco lo ahoga. El médico nos repitió
que no era nada. Nada físico, más bien espiritual, anunció sin gravedad. Mi
padre no se quedó tranquilo. Cuando la muerte de mi abuela ya parecía
inevitable, mi padre había organizado una ceremonia con la ayuda de un viejo
monje y sin mucho beneplácito de mi madre. La ceremonia, aunque algo usual, no
había dejado de ser impresionante: se trataba de cederle años de vida a la
abuela. Cada persona ha nacido con sus años ya contados, pero hay quienes creen
en cesiones que pueden torcer el destino y prolongar la vida de los moribundos.
Mi padre consiguió reunir a una decena de personas: mi madre, mi hermano y yo,
más la sacrificada Li Juangqing, más cinco individuos traídos por el mismísimo
monje, quienes cobraban un dinero por cada año que cedían. En plena ceremonia
pensé que la sola presencia de estos hombres, de estos cinco mercenarios,
probaba lo ilógico de la superstición: si aquellos hombres eran —sin duda lo
eran— profesionales del rito, tendrían que haber vendido ya más de cien años de
sus vidas. Que no hubiesen muerto aún era prueba de la estafa en que estábamos
inmersos. Claro que no era el momento para que yo manifestara semejante
incredulidad.
Mi abuela murió al
poco tiempo y mi padre debió admitir, un poco a regañadientes, lo inútil de la
ceremonia. Yo me preguntaba en voz baja dónde habían ido a parar esos diez años
obsequiados en conjunto por todos los participantes. No me molestaba del todo
la idea de darle un año de vida a la abuela, pero otra cosa era sentir que
había sacrificado un año entero en vano y que dicho año se había dilapidado o
evaporado en manos de timadores. Aún peor era algo que mi madre había deslizado
en su afán de impedir esa ceremonia tan deseada por mi padre: que a menudo el
moribundo, en su desesperación, no tomaba un año de cada uno de los presentes,
sino que arrebataba todos a una única persona, y esto era doblemente trágico
porque el enfermo moría de todas maneras a la hora prefijada mientras que el
otro no recuperaba nunca esa década perdida. ¿Y si esto mismo había ocurrido
aquella tarde? ¿Y si mi hermano había echado a perder gran parte de su vida?
Estas cosas fantaseaba (estas cosas me decía que estaba pensando mi padre) con
tal de no pensar en Xiaomei, con tal de no pensar sobre todo en que yo no había
podido ser discreta al ver sus ojos con lágrimas y era factible, por lo tanto,
que Xiaomei hubiera notado mi disgusto y mi decepción.
Desde entonces
pienso que una de las grandes diferencias entre un niño y un adulto es que el
segundo, cada vez que le hace falta, sabe esconder o simular sus sentimientos.
Yo no podía. O quizá no me hago justicia y no podía únicamente en presencia de
Xiaomei.
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Para animar a mi
hermano, mi padre le regaló una bicicleta. Hacía tres años, si no cuatro, que
mi hermano había pedido una bicicleta por primera vez. Mi impresión fue que el
regalo llegaba tarde y, peor aún, en mal momento: mi hermano sufría de amor (o
de algo parecido) y mi padre retrocedía a fin de complacerle un
deseo infantil.
La mayor prueba del
divorcio entre el regalo y esta nueva realidad se resumía en un detalle: la
bicicleta era pequeña. Mi hermano le sonrió a mi padre (una sonrisa sincera),
pero no montó en el acto y explicó que se sentía débil aún. De haberlo hecho,
mi padre habría advertido cuán largas eran sus piernas. Solo era posible
pedalear encogiéndolas y, en suma, la bicicleta parecía más adecuada para mí
que para él.
Ver que mi hermano
se alegraba como un niño me dejó un leve gusto amargo. Muy convencida, me dije
que yo no era como él y que, de estar Xiaomei enferma, ningún regalo —por
fabuloso que fuera— me habría hecho sonreír.
Pasamos unos
cuantos días sin novedades de los Zhao. Una tarde, Li Juangqing sugirió que mi
hermano fuera a estrenar en el parque la bicicleta y que lo acompañara yo. Me
dije que era el momento para que Xiaomei y él se conocieran, así que aparté una
jaula, aparecí en su habitación, aprobé la idea de Li Juangqing, insistí y
volví a insistir y, una hora más tarde, él y yo nos dirigíamos al parque.
La bicicleta, de
tan pequeña, incomodaba a mi hermano, pero a él no se le ocurrió informar de
esto a mi padre para así canjearla por otra de mayor envergadura. En cierto
aspecto aquella tarde, rumbo al parque, se selló el destino de la bicicleta: mi
hermano, luego de subirse lleno de felicidad, pedaleó con mucho esfuerzo y con
magros resultados menos de cinco minutos, rezongó porque debía ir todo encogido
y volvió a rezongar al ver que, a pie e incluso con la jaula, yo avanzaba más
deprisa.
Pronto ocurrió lo
inevitable: mi hermano pidió la jaula y yo monté en la bicicleta, que parecía
fabricada para mis piernas y que, al dejar de estar intacta, no se podría
permutar por ninguna otra, mayor o menor.
Tanto imitar a
Xiaomei reportaba aquí una ventaja: yo era capaz de pedalear porque, copiando
su qipao, había abierto en mi falda un tajo lateral. Agiganté el
tajo tironeando con fuerza y no me costó guiar a mi hermano hacia el banco
donde se apostaba Xiaomei. Poco antes de que llegáramos, descendí de la
bicicleta y caminé a la par que él. Aunque nos separaba una distancia aún
considerable, pude notar — antes de atravesar el puente— el desconcierto en el
rostro de Xiaomei. Nuestros encuentros habían sido siempre a solas. Ni ella ni
yo habíamos osado invitar al parque a un tercero; yo estaba violando aquel
pacto tácito y lo hacía sin haberla antes prevenido ni consultado.
Decidí quitarle
importancia a aquel encuentro que, no obstante, yo sabía o más bien presentía y
deseaba capital. El azar, mi hermano que me ha seguido y mis pies que me han
llevado casi de memoria al banco. Ella es mi amiga, él es mi hermano. Actuar
con naturalidad y minimizar los hechos.
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Ya habíamos cruzado
el puente cuando un fulgor pareció atravesar los ojos de Xiaomei.
No hay dudas de que
es tu hermano, dijo elevando la voz y esbozando la primera sonrisa de aquella
tarde. Sin ser idénticos, son parecidos. Y lo más asombroso es que caminan
igual.
Mi hermano y yo
intercambiamos unas miradas. Con torpeza. Con una especie de recelo. Con el
desconcierto de quien descubre una semejanza entre dos hechos o cosas que
suponía independientes.
A Xiaomei le causó
gracia no solo que camináramos igual, sino también de manera sincronizada,
moviendo una y otra pierna, moviendo uno y otro brazo como si un mismo resorte
nos animara.
Parecerme tanto a
mi hermano no era algo que me pusiera especialmente orgullosa. Si a alguien
deseaba parecerme era a Xiaomei y a estas alturas creo que hasta ella lo sabía.
El caso era que, desde nuestra última cita, Xiaomei se había cortado el pelo y
eliminado su flequillo diagonal. No era la primera ni la última de sus
transformaciones; yo estaba habituada a que parecerse a Xiaomei exigiera mi
perpetua actualización, pero este nuevo cambio repercutía especialmente: de
súbito yo dejaba de parecerme a Xiaomei para parecerme a mi hermano. No éramos
ella y yo, por un lado, y mi hermano por el otro, como lo había querido mi
imaginación. Éramos mi hermano y yo aquí, y Xiaomei allí.
Perdida en estas
reflexiones olvidé cierta información que tenía sobre Xiaomei y le propuse que,
si quería, montara en la bicicleta.
No, gracias, dijo
cordialmente, pero no me costó advertir una mirada de reproche. Meses atrás,
hablando acerca de su padre, que a las personas de hoy les atribuía los rostros
de ayer, yo le había preguntado a ella si nunca había sentido deseos de viajar al
norte, de ir al pueblo de Liu Feihong a conocer a parte de su familia, a
conocer ese otro
mundo que su padre superponía con el presente.
Claro que sí, me
había contestado Xiaomei. Sueño con hacer ese viaje. Mucha gente que mi padre
conserva intacta en su memoria habrá muerto tiempo atrás, pero sospecho que
muchos sobrevivientes me dejarán ver retratos o incluso fotografías.
Entonces, ¿por qué
no vas?
Ya lo haré, dijo,
no quiero viajar sola. Ya lo haremos, se corrigió como si una idea acabara de
dibujarse en su mente. ¿Me acompañarías, Ling?
Ya mismo, Xiaomei,
pensé. Hasta el fin del mundo. Pero callé.
¿Aunque terminemos
las dos con ampollas en los pies?, insistió, y soltó una risa.
Ni que fuéramos a
caminar tan lejos, comenté.
No hay otro modo,
dijo. No hay otro modo.
Como respuesta, me
enfrasqué en una obvia perorata sobre los medios de transporte. La información
era imposible de ignorar, por Xiaomei o por quien fuera, pero ella dejó que
finalizara mi enumeración (coches a motor o a caballo, carros tirados por
bueyes, barcos, veleros o botes, bicicletas, palanquines y hasta rickshaws)
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y me dijo que era
incapaz de moverse salvo a pie.
Es más fuerte que
yo, no puedo. Me paraliza un miedo absurdo…
Eso explicaba su
mirada de rencor al rechazar la bicicleta, esa bicicleta que en el curso del
paseo había pasado a ser mía, a tal punto que era yo quien se la ofrecía.
Perdón, Xiaomei. Me
olvidé por un instante, balbucí.
¿De qué cosa te
olvidaste?, intervino entonces mi hermano.
De nada, dijo ella
de manera cortante.
Mi hermano no
volvió a insistir, pero tuve el convencimiento de que así como en nuestra cita
anterior yo me había decepcionado por primera vez de ella, era Xiaomei quien
ahora se decepcionaba de mí, de mí que olvidaba su «fobia» —por adjudicarle un
nombre a su manía de moverse tan solo a pie—, de mí que sin consultarla traía a
este hermano ante quien no se podía hablar sin que nos atosigara con preguntas.
Pese a mi miedo a
que él la interrogase, ocurrió más bien al revés. La curiosidad de ella
—inferior, en general, a su deseo de contar— pareció despertar de pronto. Yo me
dije en primera instancia, con vanidad desvergonzada, que la razón de las
preguntas era que Xiaomei podía al fin confirmar diferentes cosas que yo le
había dicho acerca de mi familia. Cómo nos llevábamos mi hermano y yo. Cómo
eran mi madre y mi padre. Cómo era Li Juangqing, cómo era nuestro hogar y si en
verdad teníamos una chimenea que en invierno se veía humeante. De lo contrario,
¿por qué Xiaomei formulaba estas preguntas cuyas respuestas en gran medida
sabía? Con el paso de los minutos creí entender que ella tenía otro objetivo:
que su aluvión de preguntas era una defensa ofensiva, o sea, una manera de
impedir las eventuales preguntas de mi hermano. Más allá del propósito de
Xiaomei, el resultado no solo fue que mi hermano dejó de hacerle preguntas
sino, más alarmante aún, que pronto se vio abrumado y dando respuestas vagas,
hasta que de nuevo se hundió en aquel estado de tristeza del que nuestro paseo
(o, en verdad, el inicio de este) lo había arrancado solo momentáneamente.
Yo no podía
creerlo: mi hermano tenía ante sus ojos a la joven más atractiva del mundo y,
sin embargo, se aburría.
Fue en vano que, en
el camino de retorno, le preguntara por Xiaomei.
¿Qué te pareció mi
amiga?
Agradable,
respondió.
¿No es hermosa?
¿Quién?, fue toda
su respuesta.
¡Mi amiga Xiaomei!,
estallé.
Hubo un silencio. A
mí me parece hermosa, añadí al cabo de un rato. Dudo mucho de que te parezca
solamente «agradable».
Es agradable,
insistió.
Claro, convine,
pero sobre todo es hermosa, mucho más hermosa que…, había empezado a decir pero
callé. Mi estupidez no pudo ser mayor.
Mi hermano apretó
los dientes y no volvimos a hablar hasta que llegamos a casa,
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salvo el momento en
que le pedí que me devolviera la jaula y puse en sus manos la bicicleta. No
deseaba que mi padre me viese con un regalo que era de él.
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¿Cómo sé que estoy
soñando con mi abuela y no con una impostora?
¿Cómo sé yo que me
sueña mi nieta y no alguien que se hace pasar por ella?
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Aquella noche me
fue imposible dormir. Vaya error, me repetía. Ahora mi hermano sabe que tengo
una amiga. Ahora sabe que en el parque no me limito a los mirlos. ¿Qué obtenía
yo a cambio de eso? Nada, absolutamente nada. Ni siquiera
su admisión de la
belleza de Xiaomei. Y ya no podría cortarme el flequillo, ni nada de eso, con
cierta naturalidad. En adelante, él vería la sombra de Xiaomei tras cada uno de
mis cambios.
Por la mañana,
antes de tomar decisiones o de sacar conclusiones, esperé a ver qué hacía mi
hermano. Tan pronto como él me preguntó en un susurro, sin que lo oyeran
nuestros padres, si planeaba ir esa misma tarde al parque, repasé lo sucedido
desde un ángulo distinto. A mi hermano, medité, le gusta Xiaomei. Tanto le
gusta que proclama lo contrario. La idea me consoló un poco. Prefería que la
viera hermosa, desde luego, pero cuánto habría dado por borrar la víspera, por
regresar a ese mundo en que Xiaomei era inexistente para él.
Aunque entre mis
planes no estaba el de ir esa tarde al parque, me dije que debía aprovechar la
ocasión. Mi hermano, que me había apartado últimamente de Xiaomei, ahora me
conducía a ella. ¿Lo hacía por interés personal, atraído por mi amiga? ¿O
actuaba en forma benévola después de comprender que esas tardes con los Zhao
habían sido un sacrificio para mí?
Ignoro qué
desconcertó más a Xiaomei: si mis visitas consecutivas o el retorno de mi
hermano, cuya presencia a mi lado ella había entendido la víspera, descuento,
como un hecho excepcional. Sumémosle a esto que Xiaomei se había acostumbrado
—o sea, malacostumbrado— a que la mínima de sus transformaciones hallara eco
inmediato en mí. Que yo no hubiese eliminado mi flequillo tenía, por fuerza,
que llamarle la atención, aunque otra vez —lo mismo que la víspera— ella se
condujera de modo admirable conmigo y aun con mi hermano.
No habían pasado
dos minutos cuando, en el primer hueco de nuestra charla, mi hermano me miró y
dijo:
No entiendo por qué
ella te llama Ling.
La repentina
pregunta me dejó helada, máxime porque en esos contados minutos Xiaomei no me
había llamado con ningún apelativo. ¿Acaso mi hermano había pasado la noche con
esta duda a flor de labios? Supuestamente era yo quien debía aclarar el dilema,
pero en verdad la pregunta iba dirigida a las dos. De lo contrario, él no
habría buscado reencontrar a Xiaomei y me habría interrogado antes, en nuestro
hogar.
¿Eso qué tiene de
malo?, dijo Xiaomei al ver que yo no abría la boca. ¿Acaso Ling no es tu
nombre?, me preguntó.
Mi hermano soltó
una risa.
Claro que no se
llama Ling, repuso mirando intensamente a Xiaomei.
¿Para esto había
querido venir? ¿Para ufanarse de sus conocimientos y, no sin crueldad,
desautorizarme? ¿Para llamar así la atención de Xiaomei? ¿O para obtener tan
solo una respuesta? Lo último parecía interesarle menos que lo anterior.
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Mientras la
respuesta continuaba pendiente, Xiaomei se puso de pie con lentitud, pero con
determinación.
Si la duda es por
qué llamo Ling a tu querida hermana, deberías preguntárselo a ella, dijo casi
triturando las palabras.
El final, «a ella»,
restalló como un látigo. Después nos dio la espalda y se alejó con pasos más
veloces de lo usual.
Soy incapaz de
recordar si, antes de salir tras Xiaomei, alcancé a decirle algo a él. Algo
como «qué ocurrente» o, peor, «te odio». Por lo que ya he contado acerca de sus
pies, darle alcance a Xiaomei era asunto fácil. Así que opté por caminar lo más
despacio posible con el propósito de interceptar su huida en una zona lejos de
mi hermano, quien seguía al lado del banco de piedra. De este modo él no
escucharía nuestro diálogo.
¡Xiaomei!, dije y
ella, al redoblar la marcha, dio un traspié. ¡Xiaomei!, insistí. ¡Por favor!
Sin dejar de
caminar, refunfuñó que no tenía derecho a pronunciar su nombre hasta que no
dijera el mío. El verdadero.
Pero el verdadero
no importa, traté de hacerle entender. Entre nosotras soy Ling. Estás loca,
contestó, y no entiendo para qué viene tu hermano. Es idea tuya, ¿no
es cierto? Es tu
idea haberlo invitado, estoy segura.
Intenté, en vano,
explicarme. No sé qué era más complicado de explicar: lo de Ling o la presencia
de mi hermano.
Aunque me esforcé
por calmarla, no pude decirle la verdad. No le dije que, en mi anhelo de estar
con ella, había involucrado a mi hermano. No le dije que estaba ahora
arrepentida de la idea. Sí le dije, al fin, mi nombre verdadero. Pero le
supliqué que no dejara de llamarme Ling.
Xiaomei se mordió
los labios y pasamos algún rato sin mirarnos.
Adiós, Ling, dijo
por fin y mi nombre salió de sus labios sin naturalidad, vuelto una palabra
extranjera.
¿Nos vemos mañana?,
pregunté.
¿Mañana? Sí, cuando
quieras.
Un enfado pasajero,
razoné.
Ella agregó:
Nos vemos bajo una
condición.
¿Una condición?,
repetí.
Que venga tu
hermano, dijo y huyó antes de que pudiera decirle nada.
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Más tarde, al
regresar a casa, Li Juangqing nos comunicó que nuestro padre iba a hablarnos.
Yo me temí lo peor. O, mejor dicho, lo que a mi juicio equivalía a lo peor: que
nos prohibiera ir al parque o, más grave, que hubiese arreglado una boda
conjunta para los
dos, a la manera de su amigo Gu Xiaogang; pero no, deseaba informarnos de dos
muertes en la familia Zhao: la de un hijo pequeño del hermano menor del señor
Zhao y la de una de las dos primas que tanto querían a mi hermano.
La noticia nos
fulminó. Mi madre, que se sumó después del anuncio de mi padre, tenía los ojos
llorosos y no dejaba de repetir: dos niños, dos pobres niños, ¡qué injusticia!
Mi hermano, muy afectado por la noticia, ni siquiera preguntó cuál de las
primas había muerto. Aunque tampoco hizo falta: mis padres no lo sabían.
Puesto que la
familia continuaba enferma, puesto que aún existía peligro de contagio, el
entierro de los dos muertos se haría sin testigos, en la intimidad. Esto no
solo me pareció razonable, sino también un alivio. No toleraba la idea de ver
llorar a un par de docenas de adultos.
¿Y dónde será el
entierro?, reaccionó por fin mi hermano. Mi padre habló de una montaña, o mejor
dicho una colina, donde reposaban los Zhao. Y nos contó también que allí, entre
las muchas sepulturas, bajo dos grandes árboles, tras un montículo de piedras,
había dos muertos famosos.
A mi mente vinieron
los dos árboles que, en el jardín de los Zhao, flanqueaban el banco de piedra.
¿Dos árboles?,
reaccioné.
Mi padre contó que
conocía la colina, a la que había ido un par de veces en su infancia, tras
otras muertes de los Zhao.
Son los árboles de
una boda fantasma, nos explicó.
Yo había oído
hablar, vagamente, de los casamientos fantasmas o casamientos póstumos, una
práctica no tan excepcional: alianzas entre un finado y un ser vivo o incluso
entre dos finados. Si una familia perdía a un hijo soltero que no estaba
comprometido, no era infrecuente que los padres buscaran a otra familia que
hubiera sufrido la muerte de una hija también joven, soltera y no comprometida.
Los padres se ponían de acuerdo y celebraban una boda póstuma cuya virtud
principal era unir a las familias. En este caso en particular se contaba que,
varios siglos atrás, luego de celebrarse unas nupcias entre dos novios muertos,
dos árboles habían crecido con impensado vigor, para luego unir sus copas en un
abrazo de hojas.
Por un tiempo no
supimos cuál de las primas había muerto. A mí eso me daba lo mismo porque era
casi incapaz de diferenciarlas; pero mi hermano, conociéndolas tan bien, pasó
unos días imaginando una y otra alternativa, haciendo el duelo por una,
celebrando la supervivencia de la otra, y al revés. En cierto aspecto era como
si al fin tuviese que optar entre las dos. La epidemia, desde luego, ya había
optado en su lugar; pero la incógnita pasaba por saber si, en el caso de llegar
mi hermano a una conclusión (en el caso de preferir —aunque suene espantoso— la
muerte de alguna), la noticia pendiente ratificaría su anhelo.
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Yo le había
prometido a Xiaomei que mi hermano acudiría a nuestro próximo encuentro, pero
ahora no podría cumplir con mi palabra porque, hasta conocer el nombre de la
muerta, mi hermano no salía de casa.
Mientras tanto, el
interés que Xiaomei mostraba por él me irritaba de tal modo que pensé incluso
en no ir al parque por un tiempo. Claro que no podía hacer eso; no tenía tanta
fuerza de voluntad, por lo que me resigné a la impensada situación: seríamos tres,
aun cuando mi hermano no estuviera presente. Tres, de igual modo que mi hermano
y la prima viva seguirían siendo tres al cabo de esa muerte aún sin identidad.
¿Por qué, si siempre había bastado que fuéramos ella y yo, esto parecía de
pronto insuficiente para Xiaomei?
Los cambios me
hicieron pensar. Yo había dado por seguro que mi hermano se enamoraría de
Xiaomei, pero eso no había ocurrido y menos aún ocurriría mientras restara
saber cuál de las primas vivía y cuál había muerto. Lo que yo no había previsto
era lo opuesto: que Xiaomei se enamorase o se interesase en él. Pensándolo con
serenidad, no era tan descabellado: de haber sabido yo entonces que Xiaomei
tenía un hermano un par de años mayor que ella, ¿no habría querido conocerlo?
¿No habría deseado hallar en él una versión masculina de mi adorada Xiaomei?
Ahora bien, si ella
suspiraba por mi hermano, tal como lo suponía yo, ¿se debía tan solo a que él
era muy parecido a mí? Semejante razonamiento no hacía más que revelar mi
fatuidad y, sin embargo, lejos de hallar un consuelo, me sentía desengañada. Un
parecido físico era una frívola razón para interesarse por alguien. Aunque, ¿no
había caído yo rendida a los pies de Xiaomei solo a causa de su aspecto, antes,
mucho antes de que hubiéramos intercambiado unas simples palabras?
En un principio
Xiaomei aceptó mis pobres disculpas (mi hermano tuvo un problema, mi hermano se
encuentra enfermo), pero con los días su impaciencia fue en aumento. ¿Sigue
enfermo? ¿Es algo grave?, me preguntó cuando la ausencia empezaba a extenderse
mucho. Hubo un momento, al cumplirse dos semanas, en el que Xiaomei empezó a
desconfiar de mí. ¿Tu hermano está realmente enfermo? ¿Será que no viene por
decisión tuya?
Al mismo tiempo, mi
padre tuvo que ponerse muy firme para evitar que mi hermano fuera en busca de
noticias a la casa de los Zhao.
No hay que
interrumpir el duelo de esa familia, arguyó.
Temía ante todo,
está claro, que su hijo se contagiara.
Retrospectivamente
me asombra la gran docilidad con que mi hermano acató, salvo que visitara a los
Zhao sin que nadie se enterase.
Las noticias al fin
llegaron de modo accidental, pero fiable. Una tarde, en el mercado, Li
Juangqing y yo nos topamos con una de las empleadas domésticas de los Zhao, una
mujer a quien la familia llamaba Lei Lei, y pocos minutos de charla
esclarecieron lo ocurrido en el espacio de meses. No habían muerto dos, sino
cuatro integrantes del clan Zhao: un anciano y un adulto, una joven y un niño
recién nacido. Todo estaba nuevamente bajo control, según Lei Lei, pero el
médico pregonaba unos
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¿Cómo se llaman los
muertos? ¿Quiénes son?, le pregunté, aunque solo me interesaba la identidad de
la joven.
Lei Lei no tuvo
empacho en dar los cuatro nombres.
Apenas oí el nombre
de la prima muerta, propuse partir (qué inmoral contar con esta información y
no dársela a mi hermano), pero Li Juangqing repuso que nos quedaban aún cosas
que comprar.
Si tu hermano
esperó tanto, ¿qué diferencia hacen quince minutos más?
Me disponía a
protestar cuando empecé a sentir que, por nada del mundo, tendría el coraje de
ser la portavoz de esa noticia.
Llegué muy pronto a
un acuerdo con Li Juangqing: haríamos las compras, sí, pero sería ella quien le
daría por la tarde la horrible noticia a mi hermano.
El pacto fijaba
también que yo estaría presente cuando Li Juangqing hablara con él. Deseaba ver
su conducta ante el nombre de la muerta. Desde luego que la noticia era
infausta y que la reacción inmediata sería de pena y dolor; pero yo quería ver
la siguiente emoción, el reflujo de la ola. De las dos muertes posibles, ¿había
ocurrido o no la más temida?
Como esa tarde
nuestros padres no nos dejaban en paz (parecía que hubiesen olfateado algo),
inventamos con Li Juangqing una disparatada apuesta: ver si yo era capaz de
andar en bicicleta con ojos vendados. Mi hermano mordió el anzuelo y quiso
venir con nosotras. A Li Juangqing se le ocurrían cosas por el estilo con
facilidad. Me pregunto cuántas excusas similares inventaba para librarse, al
menos momentáneamente, de las órdenes de mi madre. Como si hubiéramos hablado
en forma previa entre nosotras, Li Juangqing tomó la bicicleta de sus manubrios
de cuero y nos guio lejos de casa, por un camino serpenteante, hasta una zona
descampada donde yo nunca había osado poner los pies y ella parecía moverse con
absoluta confianza. El sol se estaba poniendo tras una irregular cortina de
cipreses y el calor empezaba a menguar. Yo esperaba con impaciencia que Li
Juangqing le diera la noticia a mi hermano en el camino de ida, entonces él
reaccionaría desconsolado (no imaginaba otra opción) y la apuesta pasaría al
inmediato olvido. Sin embargo, Li Juangqing no abría la boca y mi temor
aumentaba. ¿Tendría que taparme los ojos y andar a ciegas, sobre ruedas, en un
terreno pedregoso? Ajeno a estas elucubraciones, mi hermano quiso saber qué
establecía nuestra apuesta. Aquí, por primera vez, Li Juangqing pareció
titubear. Finalmente explicó que si yo superaba la prueba ella debería pasearme
en bote por ese lago donde mi abuela antaño llevaba a su mirlo. De lo
contrario, yo tendría que pasearla a ella. No pude más que mirarla con una
mezcla de simpatía y comprensión. También para Li Juangqing era tarea ingrata
ser portadora de malas noticias; un paseo en bote no estaba mal, cavilé, a modo
de resarcimiento. Porque sin duda ella saldría victoriosa.
Por más veloz y
eficaz que fuera inventando historias, Li Juangqing no había llevado un trapo
ni un trozo de tela para taparme los ojos. Eso se remedió con un
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pañuelo rojo que
por azar llevaba yo en algún bolsillo y, de repente, creí entender lo que
sentía el padre de Xiaomei. Oscuridad total o casi total. La voz de Li
Juangqing que, no sé bien por qué, evocaba el rostro de mi madre; la voz de mi
hermano que me evocaba el rostro de mi padre. Mi madre dijo entonces: Si estás
insegura, si te parece peligroso, podemos suspender la prueba. Mi padre
respondió que esperaba no haber caminado tanto para asistir únicamente a mi
cobardía. Mi madre dijo, aunque ahora en un tono burlón muy impropio de mi
madre, que entre darme un golpe brutal y tener que remar el bote o, como
segunda opción, solo tener que remar, ella me recomendaba lo segundo. Fue la
risa de mi hermano (no de mi padre porque, por cierto, mi padre nunca reía) la
que me impulsó a pedalear a ciegas sin otro plan más allá de no caer o, a lo
sumo, caer con la menor brusquedad.
Mi caída no tardó
en llegar, pero fue lenta, hasta elegante en cierto aspecto… O eso creí yo, que
no la vi. El caso es que, tras quitarme el pañuelo, vi que mi hermano y Li
Juangqing me miraban con admiración y, lo que es peor, sin saber qué concluir:
yo había andado, sí, unos metros, varios metros, hasta el desmoronamiento; no
había andado nada mal y había caído bastante bien…
Me parece que es Li
Juangqing quien tendrá que remar el bote, dijo mi hermano sin intención de
burlarse, reflexionando en voz alta.
¿Una duda semejante
sentiría él en cuanto Li Juangqing anunciase el nombre de la difunta? Como en
la prueba que acabábamos de hacer, sería muy arduo separar el éxito de la
derrota.
Mirándome de
soslayo, Li Juangqing dijo que aceptaba mi victoria y que ella remaría en el
lago. Entonces, sin que lo hubiese planeado, de mi boca salió el nombre de la
muerta. Tal vez consideraba injusto que Li Juangqing debiera remar y dar
también el anuncio. Tal vez me envalentonaba mi proeza en la bicicleta.
¿Por qué ese
nombre?, preguntó mi hermano abriendo los ojos de par en par. Hace un rato nos
cruzamos con Lei Lei. Ella nos ha dicho los nombres de los
muertos en el clan
Zhao.
¿Qué me desconcertó
más? ¿Lo sencillo que había sido pedalear con los ojos vendados o lo sencillo
que era ahora decir esto?
La prueba de la
bicicleta había llevado su tiempo y ya era casi de noche. La poca luz no me
ayudaba a evaluar la reacción de mi hermano. Sin embargo, concluí que la prima
sobreviviente era la que él amaba más. ¿Por qué abracé esta conclusión? ¿Por
qué me empeñaba en pensar que mi hermano debía preferir a una sobre la otra?
Supongo que
necesitaba que él siguiera enamorado para que el interés de Xiaomei no fuera
correspondido.
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Ya sé qué haremos,
exclama. Te volveré a contar los cuentos que me contaste y que olvidaste. Por
ejemplo, el de Xi Shi.
¿Xi Shi?, repito.
Xi Shi, la famosa
belleza, estaba triste y fruncía el entrecejo a la vista de todos.
Como nota que no
reacciono ni recuerdo nada, sigue:
En aquel mismo
pueblo vivía una niña que la admiraba y que no oía más que elogios sobre Xi
Shi. Creyendo que era astuto imitarla para volverse hermosa, la niña se puso a
hacer ese mismo gesto. Fue en vano que su madre le dijese que no lo hiciera
más. La niña fruncía el entrecejo porque no entendía que Xi Shi era hermosa a
pesar de ello.
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Los hechos
continuaron así: hubo dos meses más de cuarentena hasta que los Zhao pensaron
que la epidemia había llegado a su fin; entonces, en forma oficial, se supo el
nombre de los muertos, que en efecto eran los cuatro mencionados
por Lei Lei, y acto
seguido se reabrieron las puertas del vasto jardín.
Era ya la
primavera. Habían florecido los lotos, pero el jardín no respiraba la felicidad
de antaño para mi hermano ni tampoco para mí, que lo escoltaba a pedido de mi
padre y había debido separarme nuevamente de Xiaomei.
No tardé en ver que
la prima sobreviviente era aquella que lo enamoraba menos. Yo había supuesto
hasta entonces, muy convencida, que las dos jóvenes eran intercambiables más
allá de que mi hermano prefiriese a una o a otra; pero la ausencia de una de
ellas demostraba lo contrario. Desprovista del encanto que la prima fallecida
vertía como un manto de luz, la prima sobreviviente parecía desmejorada, como
si le hubieran quitado de improviso un fabuloso maquillaje. No es raro ver a
ciertas mujeres insulsas que, atraídas por los extremos, se apegan a otras
mucho más hermosas o feas. Los efectos de estas alianzas parecen depender de
hechos imponderables. Están las insulsas a las cuales la compañía de una fea
les concede una belleza inusitada; están las que, inversamente, no se ven
desfavorecidas sin belleza o elegancia alrededor. En el caso de la prima
sobreviviente era innegable que la soledad no le sentaba bien. Y se sumaba algo
peor: no podía o no quería disimular los beneficios de esta muerte que, sin
duda, le había allanado el camino hacia mi hermano.
En tal sentido,
ellos no habían dejado de formar un trío. Él le hablaba a la viva de la muerta;
la viva bajaba los ojos y se deshacía en elogios entre un suspiro y el próximo,
aún más largo. No obstante, en un nivel más concreto, ahora tan solo eran dos.
La viva se había quedado sin su amiga-adversaria real; mi hermano se había
quedado sin excusas para postergar su elección.
La inescrupulosidad
de la prima sobreviviente (no podía mostrarse exultante antes de que pasase un
año, cuanto menos, de la muerte de la otra) no era lo que más incomodaba a mi
hermano. La joven quiso impedir que él visitara la tumba, visita lógica que él
había postergado por dolor o cobardía, pero no por desamor. Al advertir que le
era imposible frenar esa visita, la prima sobreviviente decidió al menos
frustrar que él fuera solo a la tumba.
Todo se agravó
cuando ella propuso que, tras esa «desgraciada muerte», era sensato que ellos
se casaran. No lo dijo de manera explícita, claro que no; pero mi hermano no
había sido educado para que una mujer le hablara de estas cosas, ni siquiera
oblicuamente. Mucho menos para que el tema, como en efecto ocurrió, fuera
planteado ante la tumba de la favorita.
A diferencia de mi
hermano, a merced de una sola prima, en mi regreso al jardín de los Zhao
constaté que mis dos admiradores seguían vivos y que nada de lo ocurrido (la
epidemia, la cuarentena, las muertes), nada había hecho que maduraran.
Poco a poco
advertí, no obstante, en ellos algo inédito: mientras uno de los
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primos me sonreía o
saludaba a la distancia con tan torpes aspavientos que parecían morisquetas, el
otro se esforzaba en no dirigirme la mirada o en que al menos yo no viera
cuando él me contemplaba absorto. Una paradoja surgía de sus conductas: el
primo que quería pasar inadvertido era el que más llamaba mi atención, en tanto
el otro suscitaba mi rechazo. Esta nueva forma de actuar, que fijaba roles
fijos y no más intercambiables, ¿obedecía a algún arreglo entre ellos dos?
¿Habían lanzado una moneda? ¿Había sido yo el objeto de cierta clase de
contienda o de convenio? Esto pensaba indignada, persuadida de su inmadurez,
hasta que mi hermano y yo fuimos convocados nuevamente al despacho de mi padre
y ocurrió lo impostergable: mi padre y mi madre, a coro, nos anunciaron muy
dichosos que habían cerrado con los Zhao dos acuerdos matrimoniales. Mi hermano
tendría que casarse, claro está, con la prima sobreviviente. A mí me tocaba un
primo, uno cuyo nombre mi madre pronunció sin concitar mi atención, tal vez porque
yo ignoraba cómo se llamaban ellos.
Tiene que ser,
deduje, el que me mira tanto. Seguro que ya está al corriente, al igual que el
que se empeña en no mirar.
Mi padre estaba
convencido de haber sellado el mejor de los acuerdos. La familia Zhao se
contaba entre las más prósperas de la ciudad. Mi hermano podría casarse con esa
joven por la cual había pasado meses y meses en vilo, poco menos que suspirando
(así lo entendían mis padres, ajenos a los detalles); en cuanto a mí, el joven
que sería mi esposo era sumamente educado, eso dijeron. ¿Qué más pedir? Por
supuesto, yo analizaba las cosas de otra manera y sentía bastante más pena por
mi hermano que por mí: él estaba enamorado de la prima que había muerto,
mientras que la sobreviviente le inspiraba cada día mayor rechazo. Qué
injusticia, me decía yo con una especie de nudo en el corazón. Él había estado
tan cerca de obtener algo poco menos que imposible: una boda concertada que no
excluyera el amor. Mi caso era diferente. Yo no amaba a ningún otro hombre
(vivo o muerto) y sentía un mismo desdén por los dos primos.
Tan abatido vi a mi
hermano tras el anuncio de su boda que por un tiempo olvidé que yo también
debía casarme. Es más, en mi siguiente cita con Xiaomei le referí lo que le
sucedía a mi hermano y, sin ninguna clase de premeditación, obvié todo
comentario acerca de mi casamiento.
No hay manera de
impedir la decisión de tu padre, dijo Xiaomei. Pero en el acto se corrigió.
Bueno, sí, existe una manera y es lo que hizo mi padre: huir.
Yo sabía que Liu
Feihong había escapado de su pueblo, pero ignoraba los motivos y detalles de la
fuga.
Xiaomei me contó
esa tarde que su padre había escapado apenas saber que su clan le había fijado
una boda con una joven cuyo rostro él ignoraba (ya estaba ciego y a esta joven
no la conocía de antes), pero cuya voz llegó a oír y juzgó calamitosa.
Hasta ese entonces
yo había prestado atención insuficiente al timbre de voz de Xiaomei y debo
reconocer que mi devoción por ella se ceñía casi por completo a lo
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visual. Pero esa
tarde, lógicamente influida por el relato, cerré los ojos y me dije que su voz
merecía el calificativo de armoniosa. Además del timbre, que era grato por
naturaleza, Xiaomei modulaba con maestría cada una de sus palabras.
No fue la voz, le
oí contar, el único factor que propició la fuga de mi padre. Mi madre no tiene,
lo admito, la voz más hermosa del mundo, pero para entonces mi padre ya estaba
enamorado de ella y decidido a casarse por más que debiera enfrentar a su familia.
Pero tu padre,
quise saber, ¿conoce el rostro de tu madre?
Lo vio antes de
quedar ciego. A veces exagera, incluso, que fue lo último que vio antes de
perder el segundo ojo. En todo caso, lo que mi padre recuerda de mi madre es
una muchacha de quince o dieciséis años de edad, tal como ahora soy yo.
La idea de que
Xiaomei fuera pronto más vieja que la imagen de su madre me resultaba
inquietante, pero no dije nada porque ella había empezado a narrar las
peripecias de la fuga. Supe entonces que el temor a despegar los pies del suelo
lo había heredado Xiaomei de Liu Feihong. Supe que la fuga de su padre y su
madre había tenido, por eso, que ser a pie.
Tardaron tres meses
y medio en llegar aquí, me contó. Se inclinaron por esta ciudad, no por otra,
porque el ciego había oído hablar de un curandero que devolvía la visión.
Caminaron de ser posible de noche para no cruzarse con nadie. Tomaron senderos
estrechos, escondidos, que les hacían perder tiempo, pero que habrían
desorientado a cualquier perseguidor. Se detenían a descansar y a comer en
granjas pobres; a los granjeros les decían que eran hermanos y que ella lo
acompañaba en este viaje a la ciudad donde curaría su ceguera.
Tanto repitieron
esto que, al llegar a su destino, a Liu Feihong le frustró no recuperar la
visión. El curandero había muerto un año atrás. Su fama, que lo sobrevivía con
justicia, había viajado hasta las ciudades del norte; su fama había arribado a
lugares donde él no.
Antes de eso, en
una granja, casi al final del periplo, Liu Feihong y su compañera habían
encontrado a un anciano de aspecto desprotegido. El viejo iba de aquí para allá
con una especie de escopeta que, era evidente, nunca se atrevería a usar. Mi
familia tuvo que ir a la ciudad, les explicó. Volverán en una semana. El
anciano no era ciego como Liu Feihong, pero veía mal, oía mal, caminaba mal y
olía mal. Lo habían dejado allí solo y, además de tener miedo, no sabía
arreglárselas. La vivienda era modesta y como venida a menos. Paredes
agrietadas y suelos de arcilla. Ingeniosa, la madre de Xiaomei pactó: ella
cocinaría, cuidaría del anciano, pondría orden en la casa y todo lo que hiciera
falta hasta el retorno de los familiares. Como contraprestación, él les daría
techo y comida e incluso podrían llevarse unos animales. Pasaron casi dos
semanas y la familia del viejo no volvía. Pasaron veinte, veinticinco días y
nada. Al partir, le dejaron al viejo comida para un par de semanas. El hombre
les ofreció, a cambio, dos jaulas con pájaros. La madre de Xiaomei los quiso
rechazar. Ella esperaba cobrar con animales comestibles: aves de corral, no
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aves decorativas.
Por fin Liu Feihong intervino y aceptaron.
En esa granja, dijo
Xiaomei, nació la idea de dedicarse a la venta de pájaros y yo fui engendrada.
Mi padre todavía sostiene que ese anciano, en realidad, no esperaba a ningún
familiar. Quién sabe a cuántos que pasaron por allí les había hecho el mismo cuento.
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Al día siguiente de
mi charla con Xiaomei, dos sujetos visitaron nuestro hogar: un hermano del
señor Zhao y el señor Zhao en persona, a quien yo nunca había visto pese a las
horas pasadas en su jardín o en el salón donde su esposa se eternizaba
ante el piano.
Del señor Zhao
circulaban toda clase de habladurías y esto no hacía más que agigantar el
misterio y el prestigio de su figura. Según Li Juangqing, que vino a mi
habitación y ordenó que me embelleciera por si uno de los hombres llegaba a
requerir mi presencia, la visita del señor Zhao estaba fuera de cualquier plan.
Por entonces ya
entendía un poco mejor los resortes de ese pacto matrimonial gracias a que Li
Juangqing se había tomado la molestia de interrogar a Lei Lei, la empleada que
nos había dado el nombre de los muertos. La situación era más compleja de lo
que se veía en la superficie. La prima sobreviviente, que era hija de un
hermano del señor Zhao, ejercía en su padre una fuerte influencia y había
convencido a este de que arreglara su boda con mi hermano.
Está obsesionada
con él y no lo dejará escapar, me aseguró Li Juangqing citando a Lei Lei.
Para satisfacer a
su hija, el hermano del señor Zhao se había reunido con mi padre y ambos habían
conversado sobre mi hermano. Entonces, siempre de acuerdo con Li Juangqing, tan
pronto como mi padre había notado la premura de este hombre, le había puesto
—veloz de reflejos— un precio a su pedido.
Mi único hijo se
casará con su hija, argumentó, si al mismo tiempo mi única hija puede casarse
con algunos de los hijos del señor Zhao.
Ya he escrito que
los dos primos a mí me daban lo mismo, pero esto no equivale a decir que
objetivamente valiesen lo mismo. Por medio de Li Juangqing supe que uno de
ellos era un sobrino más del señor Zhao, un vástago de la rama menos acaudalada
del clan, mientras que el otro era hijo del hombre más poderoso de la familia,
por no decir del hombre más poderoso de la ciudad. Deduje que el primo pobre
era el que rehuía mis miradas, mientras que el rico no podía ser sino el de los
aspavientos.
El pedido de mi
padre no tuvo inmediata respuesta.
Tengo que hablar
con mi hermano, dijo el padre de la prima sobreviviente, pero dio a entender
que Zhao, dado que tenía muchos hijos, tal vez llegara a aceptar que uno de
ellos se casase con la hija de una familia no muy pudiente.
Si el señor Zhao
dio al final su consentimiento, fue por estima hacia un hermano que pocas veces
solicitaba favores, a diferencia de los otros familiares. Pero su impensada
visita a nuestro hogar ¿significaba que había cambiado de idea? ¿Significaba
que deseaba conocer no tanto a su nuera como a los padres de esta? ¿O
significaba, tan solo, que tanto afecto por su hermano incluía este gesto al
borde de lo paternal?
Si algo tenía claro
yo era que mi padre, en verdad, debía visitar a los Zhao, agradecer la
aceptación y hacerles una propuesta. Mi padre y no al revés, como estaba
ocurriendo.
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Cuando Li Juangqing
vino a anunciar que el señor Zhao, mi padre y el otro hombre reclamaban mi
presencia, sentí que no estaba todo lo presentable que hacía falta. Me había
peinado y vestido siguiendo el consejo de ella, pero sin mucha convicción,
repitiéndome que nadie querría verme.
Apenas entré en el
despacho noté que mi padre transpiraba tras un par de montañas de papeles. Se
trataba, no había dudas, de una charla de dinero. Al verme allí, mi padre
reaccionó enseguida como si lo hubiese pescado en medio de un acto abyecto. Muy
distinta, muy natural, fue la conducta del señor Zhao, sin duda habituado a
conversar de asuntos de negocios en toda clase de lugares y en presencia de
testigos más insólitos que yo.
En cuanto al tercer
hombre, el padre de la prima, de inmediato creí entender que estaba al margen
de la escena.
He venido a conocer
cómo es la joven de la que mi hijo habla solo maravillas, dejó caer el señor
Zhao con lo más próximo a una sonrisa en el marco de esos labios circunspectos.
¿Maravillas?, fue
cuanto pude responder.
El señor Zhao
agregó: Mi hijo se ha puesto tan feliz con la noticia de la boda que mi esposa
y yo decimos en broma que es la primera vez que le vemos los dientes.
El señor Zhao hizo
una pausa como a la espera de las risas generales, seguramente acostumbrado por
su rango a que le aclamaran las bromas, incluso las más fallidas.
Maravillosa,
resonaba en mi cabeza. Esa palabra no me describía de ninguna manera. Solamente
aquellos primos podían ser tan irresponsables y emplearla, ¡pero mi padre
estaba tan regocijado! No deseaban ver a mi hermano, sino a mí. Yo era tan
maravillosa que, si todo salía bien y el consejero aprobaba sin atenuantes las
dos bodas, pronto nuestra familia estaría aliada con el clan de los Zhao, sería
un brazo de ese clan como el estanque de los lotos era parte del gran lago de
los pájaros.
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Igual que en la
boda masiva de las hijas de Gu Xiaogang, el suangming xiansheng analizó
las fechas de nacimiento de los cuatro prometidos y vivamente aconsejó que
hubiera dos casamientos por separado: primero el mío y más de dos meses después
el de mi hermano. Este intervalo dispuesto puso en alerta al hombre de negocios
que era el señor Zhao. ¿Entregar a su preciado hijo dos meses antes de que mi
padre le entregara a mi hermano? Por entonces nadie incumplía una promesa. Las
únicas excepciones de las que yo había oído hablar eran ciertas bodas fijadas
cuando la madre aún tenía al futuro consorte en el vientre y anuladas si el
hijo traía algún defecto notorio; pero siempre podía ocurrir algo fuera de los
planes: un accidente,
una muerte.
Si el señor Zhao
obedeció sin protestar fue porque era tanto o más supersticioso que mi padre.
Lo que instituía el consejero era sagrado para él.
En cuanto a mí, no
más supe que la boda era inminente resolví darle al fin la noticia a Xiaomei.
No sé qué me afligía más: si el mensaje que tenía que transmitir o mi temor a
que ella no estuviese a la altura de los hechos. Su tolerancia cuando yo le
había anunciado el casamiento de mi hermano me había parecido, en suma, indigna
de ella. ¿Cómo reaccionaría esta vez? ¿Alegaría de nuevo que no existía más
remedio que huir?
Yo había perdido de
vista a Xiaomei por un lapso tan largo (el más dilatado desde el inicio de
nuestro vínculo) que me costó abordarla nuevamente con espontaneidad.
Una mañana fui a al
parque, la vi pasear cerca del lago y, en vez de saludarla enseguida como era
lo habitual, me alejé un poco más, me oculté tras un árbol y observé sus
movimientos como un cazador al acecho.
Pronto debí
rendirme a la evidencia: reencontraba a Xiaomei más hermosa que nunca. De los
perpetuos cambios con que acostumbraba a desafiarme, a ver si yo osaba o
lograba imitarla a cada paso, ninguno me había impactado como el que ahora
presenciaba y ninguno había sido tan drástico.
Por muy
imprevisible que resultara a primera vista, Xiaomei seguía una especie de plan
consistente en acortar más y más la falda o las mangas y en ajustar más y más
sus qipaos menos y menos holgados. A estas alturas yo sabía
que ella tenía dos vestidos en total y que había uno de los dos que no solo me
gustaba un poco más, sino que también le llevaba cierta delantera al otro,
puesto que Xiaomei casi siempre tendía a practicar en él los primeros cortes,
los primeros ajustes.
En este caso, puede
que debido al calor, Xiaomei había alterado el ritmo de los cambios y, como si
en un arrebato se saltease un par de etapas, había cortado las mangas de
mi qipao favorito de manera categórica, dejando a la vista
unos codos que yo nunca le había visto: delgados y puntiagudos, de una
conmovedora fragilidad.
Sentí deseos de
aplaudir en cuanto vi su nuevo aspecto; sin embargo, me contuve, permanecí tras
el árbol y volví a casa con un triste gusto a cobardía en la boca.
¿Cuánto tardé en
anunciarle mi boda a Xiaomei? Creo que dos o tres semanas. Lo más extraño de
todo fue que, durante ese lapso que equivalió a dos o tres años
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para mí, ella
pareció detener su serie de transformaciones. Al menos eso veía yo espiándola a
la distancia, incapaz de acercarme a ella y de hablarle como antes.
Era la primera vez,
desde que la conocía, que ella pasaba tanto tiempo sin introducir variantes. En
un principio deduje que esto se debía a que jamás había estado tan hermosa o a
que quizá, con este golpe maestro, con la exposición de sus codos, había alcanzado
una especie de meta o cumbre. ¿Acaso es posible recortar una tela de manera
interminable?
No tardé en razonar
algo que hoy me hace sentir vergüenza: Xiaomei sabía que este último cambio le
sentaba muy bien y, antes de pasar a otra etapa, deseaba que yo la viera y para
ello me esperaba, extrañamente inamovible como una estatua perfecta de sí misma.
Convencida de todo
esto, tomé al fin la iniciativa, fui en su busca y le espeté de modo muy
atropellado, sin saber lo que decía:
Mañana huiremos al
norte, al pueblo natal de tu padre. Diremos que somos hermanas y yo evitaré la
boda.
¿Qué boda?,
preguntó Xiaomei.
Me empeñé en ser
más precisa, pero fue todavía peor porque Xiaomei me preguntó con una nota de
esperanza:
Entonces, ¿se ha
cancelado el casamiento de tu hermano?
Me sentí, más que
traicionada, abandonada.
¿No vas a huir
conmigo?, dije a manera de súplica.
Esquivando mis
miradas, con los ojos clavados en la punta de sus zapatos, Xiaomei hizo tan
solo lo indispensable para calmarme.
Ling… Ling, empezó
a decir, supongamos que un día yo cometiera un grave error, supongamos que
estuviera equivocada acerca de algo, ¿me harías entrar en razones?
Claro que sí,
contesté.
Ling, volvió a
decir Xiaomei, soy tu amiga pero no puedo escapar, no puedo dejar a mi padre,
que en el fondo es un pobre ciego, ni a mi madre que lo cuida como a un niño de
tres años. ¿Te conté que ella se ocupa de cortarle las uñas y de asearlo cada
dos días, cuando no me pide que lo haga? Si yo pudiera casarme con el hijo del
señor Zhao, o con cualquier otro heredero como él, no andaría quejándome ni
buscando cómplices para una fuga. No te quejes tanto, Ling. Vivirás pronto en
las nubes azules de la riqueza.
No me quejé. Guardé
silencio.
Si de algo quería
huir ahora era de Xiaomei.
Te odio, le dije.
Te odio por no entender nada. Y, sin despedirme de ella, volví corriendo a
casa, enfurecida, me metí en la cama y lloré en la oscuridad.
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Aquella noche tuve
un sueño tras mis ojos inundados de lágrimas. Fue un sueño denso, colmado de
apariciones. En primer lugar mi abuela, de pie bajo uno de los sauces donde
solíamos citarnos Xiaomei y yo, repetía cinco, seis veces: ¡Hay que
llamar al fantasma!
¡Hay que llamar al fantasma!
Algo antes de
morir, una tarde que pasábamos a solas, mi abuela había predicho que nuestra
familia acogería pronto a un fantasma.
Al despertar, me
dije que el sueño tenía que originarse en esta charla que yo había casi
olvidado. Pero esto lo pensé con calma, ya despierta. En pleno sueño fue
distinto: sin el parche en el ojo, con aire aún saludable, mi abuela dijo esta
frase y de inmediato apareció la prima muerta.
Mi tumba, dijo la
prima, es invisible y yo no existo.
Estas palabras no
me las pude explicar al día siguiente, aunque me impactaron menos que la frase
de mi abuela. Lo que sí me impactó, ante todo, fue el aspecto de la prima: su
carne había empezado a descomponerse, se le veían algunos huesos, tenía gusanos
en el pelo y, sin embargo, estaba vestida de novia. Con un vestido que no le
sentaba mal. Eso bastaba para que mi sueño fuera memorable. Así y todo,
sobrevino una escena más: me soñé buscando a mi hermano por cada rincón de la
casa. Mi padre no estaba allí. Tampoco estaba mi madre. Tan solo Li Juangqing y
yo. Se ha fugado con Xiaomei, dijo Li Juangqing como alcanzada por una
revelación. Tan plausible me pareció su dictamen que subí a la bicicleta y salí
tras ella y él. ¿Tras los dos? ¿Tras mi hermano? ¿O solamente tras Xiaomei? No
lo sé y menos lo sabía en mi sueño. Sí sabía, sí recordaba (como en sueños
recordamos detalles que se nos escapan en la cotidianidad) que Xiaomei era
enemiga de toda clase de medio de transporte, por lo tanto no tuve dudas: se están
fugando a pie, al norte, por el camino que no lleva directamente al pueblo de
Liu Feihong pero que se acerca a él, pensé mientras pedaleaba. La última escena
que recuerdo, justo antes de despertar: dos siluetas a los lejos, yo que
intento pedalear pero he crecido, he crecido, ahora debo encoger las piernas;
cuando lo hago y logro avanzar, las siluetas se agigantan; creo que mi hermano
no camina con Xiaomei, sino con la prima muerta, pero no puedo asegurarlo y el
cansancio me derrota y el horizonte se aleja y suena una vez más el grito: ¡Hay
que llamar al fantasma! Tan intenso sueño trajo consecuencias: desperté
exhausta como si en efecto hubiera pedaleado de manera enloquecida. Sin
fuerzas, permanecí en cama. En un momento mi madre previno que debía salir y
que la casa quedaría al mando de Li Juangqing por cuatro o cinco horas. Solo
minutos después Li Juangqing se presentó en mi habitación y, al notar que se
disponía a anunciarme algo, pensé espantada: Ahora me dirá que no encuentra a
mi hermano, tal como ocurrió en el sueño; ahora sugerirá que mi hermano se fugó
con Xiaomei.
Por supuesto, no
fue así.
Hay alguien que
quiere verte.
¿Alguien?, atiné a
repetir deseando que fuera Xiaomei arrepentida, dispuesta a fugarse conmigo.
Eso demostraría que ella y yo aún estábamos unidas, que ella era
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capaz de saber
cuándo yo me sentía mal.
Li Juangqing dijo
que un joven quería hablarme y para ello me aguardaba secretamente en aquel
mismo lugar donde yo había andado a ciegas en bicicleta. ¿Tan lejos?, casi
protesté. Ella me alzó y me llevó en andas a paso lento y pesado. Le debo un
paseo en bote, recordé de pronto. Luego vi que el joven que me aguardaba era el
primo tímido. El que, de un tiempo a esta parte, rehuía mi mirada.
Volvamos, quise
decir. Volvamos ya mismo a casa. Era muy tarde. Ahora tendría que oír los
lamentos del primo desfavorecido, eso me adelanté a pensar. Salvo que este
primo viniera en representación del otro. Los consortes tenían prohibido verse
a solas hasta el día del casamiento y era normal que enviasen intermediarios.
Li Juangqing tuvo
el cuidado de posarme, literalmente, a los pies del primo. Después se alejó de
allí para que habláramos tranquilos. Se alejó mucho, el doble de lo necesario;
aun así el primo rompió a hablar en una especie de murmullo. No sé si me costaba
más tenerme en pie o entender lo que él murmuraba. ¿Puedo sentarme?, dije al
fin y, con injusta brusquedad, le pedí que hablara más fuerte. Lejos de
ofenderse, se deshizo en disculpas y con notables reflejos alcanzó a quitarse
una especie de chaleco y a extenderlo para que me sentase encima.
De camino, mientras
me llevaba en andas, Li Juangqing me había explicado que ella nos dejaría a
solas pero que estaría vigilando. De serme útil o necesaria su ayuda, yo debía
hacer una señal convenida. Cuando el primo me miró y anunció: Vengo a hablar del
matrimonio, hay que impedirlo; cuando el primo dijo esto estuve a punto de
hacer la señal y pedirle a Li Juangqing que viniera en mi rescate.
Habría hecho la
señal, es más, si la frase siguiente no hubiera llamado mi atención:
Esa muchacha es
peligrosa para tu hermano, lo sé; anoche tuve un sueño extraño.
Llena de
curiosidad, permití que siguiera hablando.
El joven me dijo su
nombre, que era Fangzhi, y después quiso saber si mi hermano sentía un poco de
amor por la prima sobreviviente o si, según él sospechaba, amaba como siempre,
o más, a la difunta.
Temí que fuera una
trampa. Temí que Fangzhi fuese un enviado de la sobreviviente y que estuviese
tironeando de mi lengua. Sin embargo, al mismo tiempo, necesitaba creer lo
opuesto. Necesitaba creer que los primos (o por lo menos Fangzhi) no eran tan
tontos ni inmaduros como yo me figuraba y que a lo mejor, por qué no, existía
alguna solución para evitar el casamiento de mi hermano.
El mal concepto que
Fangzhi tenía de la prima viva me dejó muda, pero más la claridad y el aplomo
con que expuso sus razones. Me costaba ver en él a la misma persona que había
escrito, apenas meses atrás, aquella torpe carta de amor. Salvo que el otro, el
primo osado y desenvuelto, fuera el único responsable de ese engendro.
Hice la señal
convenida con Li Juangqing no por haberme aburrido de la charla, sino por otros
motivos: mi madre regresaría pronto, yo empezaba a fatigarme y, sobre todo, ya
le había arrancado a Fangzhi la promesa de volver a vernos en una semana a
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No debería decir
que sí, repuso él, pero vendré.
Aunque no creía que
pudiéramos impedir esa boda, quise ilusionarme un rato y fantaseé con que
Fangzhi podría desbaratar también mi casamiento. Con intentarlo no se perdía
nada.
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Cuando vivías, me
recuerda, en los sueños encontrabas soluciones.
Eso decía yo, me
río. En efecto, solía acostarme en medio de una encrucijada y despertar horas
después con las cosas, si no en claro, al borde de una solución.
¿Y ahora?, me dice.
Ahora ya ves que
los problemas no me dejan reposar. Tal vez por eso vengo aquí a menudo. Tal vez
confío en que mi nieta sueñe con la solución a mis problemas y no me lo quiero
perder.
¿Estás hablando en
serio?
Quién sabe, le
digo.
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Antes de
despedirse, Fangzhi me había pedido una cosa: que le exigiera a mi hermano que
me describiese la tumba de la prima fallecida. Que te describa la
lápida, insistió.
Aunque el pedido
era insólito, lo cumplí no bien me sentí mejor. La respuesta de mi hermano no
pasó de una mueca amarga, tal vez porque con mi pregunta yo estaba reabriendo
una herida. Horas después, sin embargo, reapareció con un dibujo de la tumba,
un croquis hecho por él mismo, así supongo, en el lapso transcurrido. El dibujo
mostraba una suerte de panteón familiar: uno de esos bosques de muertos donde
el pasado se reduce, se aplasta igual que las cosas en la distancia, y mil o
cien o diez años equivalen poco menos que a lo mismo.
Yo siempre opiné
que mi hermano poseía dos grandes virtudes, dos virtudes que usualmente se
presentan en simultáneo: gran poder de observación y memoria casi absoluta. Aun
así, me costaba creer que él pudiera dibujar aquella tumba habiéndola visitado
una sola vez y en compañía de la otra prima. Era evidente que había hecho, al
menos, otra visita en solitario. Era evidente y se lo dije.
Más de una,
confirmó sin ruborizarse, ¿no habrías hecho lo mismo que yo?
Si bien me costaba
imaginarme en su lugar, pensé enseguida que, de fallecer Xiaomei, cada semana,
por lo menos, yo pondría una flor en su tumba. Luego pensé en mi última
discusión con ella. Y también pensé en mi abuela, a quien llevábamos casi un
mes sin honrar, acaso porque mis padres estaban muy absorbidos con los trámites
de nuestras bodas.
Cuando le pregunté
a mi hermano si llevaba flores en cada visita, dijo que no era aconsejable
porque eso podría delatarlo.
Pero, insistí,
podrías dejar al menos una flor silvestre, muy pequeña, sobre la lápida de
ella, como llevada al descuido por el viento.
Mi hermano hizo que
no con la cabeza. La idea está bien, deslizó, pero ella no tiene lápida, por
supuesto.
Ese «por supuesto»,
que mi hermano soltó con amargura, ahondó mi ya incipiente perplejidad. Por
entonces yo ignoraba todo acerca de las prácticas funerarias. Cuando la muerte
de mi abuela, mis padres me habían apartado de los arreglos para su inhumación:
rellenar con hojas de té una almohada para la muerta, obtener los billetes que
se quemaban con los inciensos, contratar monjes para la ceremonia. Cuidadosa
como era, la abuela había dejado escrita una cadena de instrucciones y hasta
había comprado años atrás un ataúd de madera que cada verano mi padre sacaba de
su escondite para aplicarle otra mano de pintura.
Ignorante de estas
prácticas, deduje que la ausencia de lápida era algo provisorio y que la prima
tendría una al cumplirse cierto lapso de su deceso o al alcanzar, aun muerta,
la mayoría de edad.
Mi hermano se negó
a que yo me quedara con el dibujo y, por mi parte, no le exigí más detalles.
Supongo que yo no deseaba poner de mayor relieve mi ignorancia (una ignorancia
de las peores: acerca de algo cuyo peso o implicancia desconocía),
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pero ante todo
supongo que prefería que Fangzhi me informara de eso, el mismo Fangzhi que
había impulsado esta charla con mi hermano.
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El mirlo que Liu
Feihong le había vendido a mi madre apareció muerto unos cuatro días después y
yo quise ver en ello algún designio, así que recogí la jaula con el mirlo
sobreviviente y le supliqué a Li Juangqing que me acompañara al
sepulcro de mi
abuela.
Cerca de las tumbas
de mi abuela y mis restantes ancestros había un conjunto de tumbas de otra
familia, entre ellas una estela nueva ante la cual Li Juangqing se detuvo con
clara curiosidad. Me acerqué a ver qué había atraído a tal extremo su atención.
Moviendo apenas los labios, ella daba la impresión de no saber leer, pero esta
impresión era equívoca y la actitud en verdad era de asombro. En la lápida
hallé un nombre de mujer y un par de fechas: de nacimiento y de muerte. La
última fecha era reciente.
¿La conocías?,
pregunté.
Fue mi gran amiga
de infancia, respondió. Yo la amaba, la admiraba; ella era un par de años mayor
y me parecía inteligente y hermosa.
Los ojos de Li
Juangqing se nublaron, pero al cabo de un esfuerzo ella pudo controlarse:
Nos peleamos hace
veinte años. Nunca más la volví a ver. Y ahora descubro así, del modo más
fortuito, que se ha casado y que ha muerto.
De que murió no hay
duda alguna, pero no dice en ningún lado que se casó.
Li Juangqing meneó
la cabeza, como si mi ignorancia fuera lamentable.
Si no se hubiese
casado, dijo partiendo en sílabas cada palabra, no tendría una lápida.
¿Me estás diciendo
que los hombres y mujeres que no se casan no tienen derecho a una lápida?
Las mujeres que no
se casan, me aclaró.
¿Las mujeres?,
reaccioné. ¿Las mujeres no, pero los hombres sí? ¿Por qué? Porque son hombres,
repuso como si eso lo explicara todo. ¿Y entonces?
Entonces, ¡no lo
sé!, exclamó. ¿Por qué no ha muerto este pájaro y sí el otro? No todo puede
explicarse. Hay cosas que son así.
No me quedé
satisfecha con la respuesta, pero empezaba a descifrar esa suerte de acertijo
que me había planteado Fangzhi. Mi hermano no podía describir la lápida de la
prima, porque no había lápida alguna, porque la prima había fallecido soltera,
porque…
Después de ayudarme
a quemar dinero en honor a mi abuela, Li Juangqing sugirió que fuéramos al lago
con el mirlo sobreviviente. Su propuesta, sigo pensando, no tenía dobles
intenciones, pero lo cierto es que terminamos los tres (Li Juangqing, el mirlo
«viudo» y yo) a bordo de uno de los botes de alquiler y fui yo quien debió
remar.
No necesito decir
que a pocos pasos del lago estaban el banco de piedra y los dos sauces debajo
de cuya sombra solía refugiarse Xiaomei. Tampoco necesito decir que
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yo quería que Li
Juangqing desconociera ese lugar, tanto como mis encuentros con Xiaomei.
Durante estos
últimos años he pensado que mi devoción por Xiaomei empezó a languidecer (o,
mejor dicho, a volverse algo menos incondicional) aquella tarde en el lago,
mientras yo remaba y remaba, como si me alejara tanto de la orilla como de
ella. Más allá de mi propensión, lo sé, a dramatizar las cosas, tal vez estaba
en lo cierto al inferir una señal en la muerte del pájaro, pero esta señal ¿era
relativa a mi abuela o a Xiaomei?
Al cabo de unos
minutos, al percatarse de mis primeras señales de cansancio, Li Juangqing hizo
un gesto gráfico para que asomara los remos y los extendiera a los costados del
bote, paralelos a la superficie del agua.
Es el premio,
proclamó.
¿El premio?, le
pregunté.
El golpeteo seco
del agua contra el casco, el silencio en el corazón del lago, el bote que sigue
moviéndose ebrio de ligera inercia. A esto se refería Li Juangqing, a esta
clase de recompensa: un premio para el tesón del barquero.
Hoy veo lo
consustancial entre esta idea y la moral de vida de ella, que equivalía a
trabajar y trabajar en aras de aquellos oasis en que es posible alzar los remos
y concluir: Lo he conseguido con mi sudor, tengo merecido un premio.
Para completar la
escena, el viejo mirlo de mi abuela empezó a soltar un canto; parecía feliz, si
es que las aves conocen semejantes emociones. También Li Juangqing parecía
feliz o, en todo caso, dichosa de abandonar por un momento sus funciones y de
verse cuidada, paseada, en fin, casi homenajeada por la inexperta barquera que
era yo.
¿De estas fugaces
alegrías estaba hecha la vida de Li Juangqing? ¿Envidiaba a esa antigua amiga
que, tras ascender socialmente, había logrado casarse? ¿Le horrorizaba saber
que en un futuro, ya muerta, no dejaría en este mundo ni una piedra funeraria
con su nombre?
Nunca antes me
había detenido a pensar a fondo en ella.
Luego pensé en
Xiaomei y me puse a observar la soleada orilla del lago con el puente de bambú
posado encima de ella como una edificación en miniatura. Luego pensé en Fangzhi
y en su ambición de cancelar la boda de mi hermano. Luego pensé en la prima
muerta y en la otra prima que, al morir, obtendría una lápida con su nombre en
letras de molde. Por fin hablé:
¿Tengo que estar
agradecida porque voy a casarme? ¿Debo sentirme afortunada o desgraciada?
Li Juangqing soltó
una risa extemporánea.
Esta pregunta te la
harás miles de veces en tu vida y es seguro que cada día la respuesta será
distinta.
Sí, ¿pero hoy?,
quise saber impaciente para mis disquisiciones sobre el futuro. En tu lugar, me
dijo, yo estaría feliz. El casamiento es muy útil, ya se sabe. El
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señor Zhao es
poderoso e influyente, pero su familia no es odiada como otras en similar
posición. Y, ante todo, creo que Fangzhi es educado, que te quiere y que nunca
te haría daño.
¿Fangzhi?, llegué a
balbucear.
Li Juangqing
comprendió en el acto lo que ocurría.
¿Cómo? ¿Pensabas
que el otro sería tu esposo? ¿De veras? ¿Eso pensabas?
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Faltaba un día para
la visita prometida por Fangzhi. Deseaba volver a verlo, tanto o quizá más que
antes, pero a la vez me sentía atemorizada: nuestro encuentro
había pasado a
significar otras cosas.
Llegué a formular
el deseo de que no compareciera. Antes que verme con él, prefería acudir a
Xiaomei para contarle la noticia, para decirle: Es verdad, no tengo derecho a
quejarme.
A la postre, no
hice nada.
No quiero ir, aduje
en cuanto Li Juangqing vino a recordarme la cita. Tan terca me mantuve en esta
posición que Li Juangqing fue a ver a Fangzhi y me disculpó diciendo que seguía
enferma, que mi salud había incluso empeorado. Nada grave, se precipitó a explicar
porque él reaccionó, al parecer, con una ligera alarma; y, por último, ella le
dio de mi parte un grillo vivo dentro de un pequeño tubo de madera, tal como mi
abuela me contó que mi abuelo le había obsequiado cuando ella y él eran
jóvenes.
Según Li Juangqing,
Fangzhi le respondió que acaso era mejor así. Nuestros encuentros, como creo
haber señalado, solo podían celebrarse a escondidas de mis padres y los suyos.
En tal sentido, añadió él, lo acertado era no fijar otra cita. Acusé cierta decepción
al saber esto. Esperaba, no lo niego, que mi futuro marido anhelara tanto verme
que no le importara violar las convenciones. Lo que más me frustró no fue esto,
debo decir (ya que no me creía capaz de volver a verlo tan pronto, presa de un
repentino pudor), sino que, siempre de acuerdo con Li Juangqing, Fangzhi no
hizo el menor comentario acerca de su proyecto de desbaratar la boda de mi
hermano.
El atenuante fue
que Li Juangqing, a cambio de mi grillo, trajo un regalo de Fangzhi: el dibujo
en tinta negra de un pájaro que —según él le dijo a ella— era su versión
del dong-zhen, el ave capaz de distinguir la mentira de la verdad.
A mí me inspiró ternura que Fangzhi hubiese tenido, igual que yo, la idea de
hacer un regalo. Pronto entendí, sin embargo, que no habíamos sentido él y yo
un impulso simultáneo. Él había decidido retribuir mi gesto apenas Li Juangqing
le había dado mi grillo y, tras sacar un cuaderno que llevaba en un bolsillo y
abrirlo sobre sus piernas, con pocos trazos firmes había hecho aparecer la
silueta algo monstruosa del dong-zhen.
Dibuja muy
velozmente y apenas se fija en lo que hace, quiso explicarme Li Juangqing.
Que mi futuro
marido tuviese talento artístico me pareció un dato agradable. Pero, de todos
los objetos existentes, ¿por qué había elegido dibujar nada menos que un
pájaro? Pensé en mi abuela y su mirlo, pero ante todo en el ciego y en Xiaomei,
a quien yo había osado comparar con un ave mitológica.
Una semana después
recibí por intermedio de Li Juangqing otro dibujo de Fangzhi: de nuevo un
pájaro dong-zhen. Con el correr de las semanas, hasta el día de
nuestra boda, Fangzhi me envió diez dibujos, todos ellos consagrados a ese
mismo pájaro. Yo no había visto jamás ninguna imagen del dong-zhen,
ni tampoco sabía mucho acerca de él, a tal punto que lo confundía con el
dragón lu duan de idénticos
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poderes, y acepté
encantada la versión que proponía Fangzhi, cuyo rasgo sobresaliente era la
asimetría en las alas: un ala larga, angosta y de plumaje ralo, como un filoso
cuchillo; la otra, de plumas tupidas y contorno redondeado, voluminoso. No
tardé en decirme que, con toda probabilidad, un ala encarnaba la mentira y la
otra la verdad, pero no supe concluir cuál era cuál. ¿Era la mentira un
cuchillo capaz de herir o era la verdad un cuchillo con el que salir
victorioso? ¿Era la mentira algo inflado y por explotar como un globo o era la
verdad redonda como el sol?
Con los años le
planteé esto y Fangzhi dijo que ignoraba la respuesta y que solamente el dong-zhen,
de existir, podría responder. Entonces quise pensar que él había escogido
el dong-zhen como tema de sus dibujos, en forma consciente o
no, porque deseaba mostrarme que su afecto era verdadero y que convenía
distinguirlo del afecto insincero del otro primo. Más tarde advertí que a
Fangzhi nada le gustaba más que dibujar objetos imaginados, cosas con nombres
conocidos, desde un pájaro hasta un árbol, pero que según su óptica no se
parecían a ningún árbol ni a ningún pájaro que alguien hubiese visto antes.
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Recuerdo que, pocos
días antes de la muerte de mi abuela, tuve con ella la última charla profunda,
la última charla antes de que la doblegaran los dolores, los
cansancios y los
desvaríos de la enfermedad.
Mi abuela susurró
esa tarde, estando a solas ella y yo, que al fin se sentía predispuesta a
emprender el viaje al país imaginado.
Ese país era, desde
luego, la muerte. El último de una serie de países imaginados; el país que
nunca dejamos de imaginar porque no tenemos de él ninguna imagen real.
Casi a las puertas
de mi boda con Fangzhi empecé a entender mejor esta noción. Pero entonces, en
mi niñez, cuando mi abuela habitaba aún el país de todos los días, era la vida
y no la muerte el gran país imaginado para mí. Una vida donde todo olía a futuro,
a diferencia de mi abuela. Una vida en la que aún no existía Xiaomei, ni
siquiera imaginada. Una vida en la que el placer y el dolor eran las grandes
comarcas por descubrir.
Fue después de
conocer a Xiaomei cuando empecé a soñar en forma permanente con mi abuela o
cuando ella empezó a acosarme desde su país remoto.
Al principio,
recuerdo bien, me frustraba despertar sin ningún recuerdo del sueño, sin otro
tesoro que la vaga impresión de haber sido visitada únicamente por su voz, una
voz de la que no conservaba ni media palabra al despertar.
Aquella noche en
que mi abuela dio su grito al pie del sauce (¡hay que llamar al fantasma!) me
resultaba ahora casi premonitoria. ¿Era ella misma el fantasma que me asaltaba?
¿Se había llamado a sí misma? ¿Se había convertido en su propio fantasma? Esto explicaba,
tal vez, por qué no la soñaba tanto desde esa noche excepcional, de la que
conservaba, sí, un claro recuerdo.
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No voy a extenderme
en detalles acerca de la organización de mi boda. Por supuesto que, en su
momento, aquello causó un alboroto en nuestro círculo social. Por supuesto que
mi madre se apasionó más que yo con la elección de mi vestido y de mi ajuar en
el que, por su consejo, pusimos palillos, frutas, unas tijeras, un paraguas y
hasta un diminuto florero. Pero la euforia fue fugaz porque, casi de inmediato,
sobrevino aquello de lo que se hablaría durante años no solo en nuestra
familia, sino en
toda aquella parte de la ciudad.
Hasta el día de hoy
me pregunto si lo ocurrido fue real (aunque la palabra «real» suena impropia en
este contexto) o si todo fue consecuencia de un plan urdido por Fangzhi hasta
el detalle. Cabe asimismo, lo sé, una explicación intermedia, aunque esto último
me parece y me ha parecido siempre inverosímil.
El primer llamado
de atención no provino de Fangzhi, sino de su adusto padre, el señor Zhao.
Cuando este le contó a su familia y seguidamente a la mía que desde hacía una
semana la prima muerta aparecía con insistencia en sus sueños para rogarle, por
no decir exigirle, que se anulara la boda de mi hermano, caso contrario una
maldición recaería sobre nosotros, la respuesta de los demás lejos estuvo de
ser unánime, pero más lejos aún estuvo de ser indiferente.
Que Fangzhi dijera,
en el acto: A mí también me visita ella en sueños desde hace unas cinco noches,
me pareció que formaba quizá parte del plan: tras convencer a su padre, ahora
él actuaba según lo convenido. Que yo me sumara al coro, sin saber ni importarme
saber mucho hasta qué punto ellos dos decían la verdad, también fue más que
sensato: con tal de salvar a mi hermano todo me parecía aceptable.
Hace tres noches,
mentí, que ella me visita en sueños. Es espantosa, exageré y la pinté
telarañosa, horriblemente ensangrentada y con ojos desorbitados. Me disculpaba
saber que, al menos, había soñado en una ocasión con ella: la misma noche que
mi abuela había aparecido visible, siendo algo más que una voz.
Lo que de ningún
modo esperaba era que Li Juangqing dijese lo mismo, mucho menos que la mujer
del señor Zhao tomara la iniciativa y que, convocando al padre de la prima
viva, sostuviera que la boda concertada constituía una amenaza para la paz de
las dos familias.
El fantasma que mi
abuela tanto había profetizado estaba aquí, entre nosotros, genuino o quizá
inventado, pero en cualquiera de los casos —como suele suceder— fruto de
nuestros temores, fruto incluso (y por qué no en primer lugar) del temor a que
mi hermano acabase condenado a una boda tan indigna como aciaga.
Mi abuela solía
decir que lo asombroso de los fantasmas no es tanto su existencia como que
alguna gente sea capaz de verlos y otra no. Esto a mí jamás me intrigó. Si todo
el mundo viera con facilidad a los espectros, ¿nos darían siquiera la mitad de
ese miedo descomunal que nos dan? Lo que a mí siempre me cautivó fue esa
división tajante entre quienes creen en fantasmas y quienes no. Un término
medio es o parece imposible, así como no existe alternativa entre estar vivo o
muerto… Salvo ser un fantasma, precisamente.
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La presencia del
consejero fue obligada. No había modo, según creo, de zanjar este problema
salvo por medio de una persona prestigiosa, neutral y ajena a las dos familias.
Así y todo, me pregunto si el consejero fue honesto al decir que la prima
muerta también irrumpía en sus sueños o si vino con este cuento porque el señor
Zhao o su hijo se encargaron de pagarle algún dinero.
El consejero, en
cualquier caso, tuvo el buen tino de no entrometerse mucho hasta cumplida mi
boda. Y en detalles como estos yo creía advertir, con más claridad que nunca,
la sabia mano de Fangzhi, decidido a asegurar su casamiento antes de continuar
con el plan.
Conservo de mi boda
dos imágenes en especial: los granos blancos, rojos y verdes golpeando contra
la tela de la amplia sombrilla encima de mi cabeza y el sinfín de reverencias
(al suelo, al cielo, a nuestros padres, a Fangzhi) que me obligaron a hacer tras
cubrirme por algún rato la cara con un gai-tou rojo. Mi
memoria es más precisa respecto de lo ocurrido después de que contrajera
matrimonio. Recuerdo que, tarde en la noche, mientras Fangzhi dormía, intenté
en vano arrullarme con un poema de Xue Tao aprendido algo erróneamente a partir
de un viejo libro de mi abuela:
El arroyo, tan
claro como el cristal,
fluye igual que una
cinta de humo;
su rara música
penetra hasta mi almohada,
me hace pensar en
amores viejos,
no me deja dormir
de melancolía.
No era una rara
música la que me escamoteaba aquella noche el sueño, sino esa tortuosa almohada
dispuesta en el lecho nupcial. Al señor Zhao le había tocado estar a cargo
del an-chuang y había escogido las almohadas y el colchón,
buscando para la cama su orientación favorable, de manera que la esquina de
ningún mueble apuntara en forma directa al lecho. En cuanto a la señora Zhao,
que a estas alturas no me daba tanto miedo, había tendido las sábanas y puesto
un rato sobre ellas, el día previo a la ceremonia, a una niña recién nacida,
una sobrina lejana, para que jugando allí asegurase la descendencia.
Esa noche, un
viento fuerte hacía crujir las hojas secas.
Solo el viento toca
realmente el otoño, recuerdo que razoné; pero me acuerdo ante todo de la mañana
siguiente, cuando recién levantada busqué mi cara en un espejo convencida de
que allí vería algo inédito, en el mejor de los casos una minúscula marca de madurez,
y lo único novedoso fue el paisaje que me rodeaba: el mobiliario, las cortinas,
las ventanas y la luz de la familia Zhao. Todo cuanto sería mi mundo.
La habitación
nupcial que nos dio el señor Zhao, y en la que vivimos los dos primeros años,
daba al extenso jardín por intermedio de un balcón.
Aunque el balcón
era estrecho, logré que cupiera una silla y desde allá arriba aprendí a
reconciliarme con ese jardín plagado de olores y de colores, ese jardín que en
no tan lejano momento había llegado a abominar.
Por las tardes
seguía esos juegos que, apenas meses atrás, yo también había
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jugado aunque solo
a regañadientes. Luego veía la puesta del sol, sin abandonar mi silla.
Extrañaba a mis padres y a Li Juangqing, pero una vez por semana los visitaba.
Cada vez que me encontraba con Li Juangqing le preguntaba por el mirlo de mi
abuela; ella era la nueva encargada de alimentarlo y pasearlo porque la señora
Zhao no había querido aceptar que yo me mudara a su casa con el pájaro de una
muerta. En cuanto a mi hermano, lo veía más a menudo; se había hecho amigo de
Fangzhi y no era raro que ellos dos, más el otro primo (el autor de la horrible
carta de amor), se reunieran en la casa del señor Zhao a practicar caligrafía,
a leer en voz alta, a charlar, a dibujar (en esto, ninguno igualaba a Fangzhi)
o incluso a jugar a los dardos, juego que un querido amigo del señor Zhao había
traído de Inglaterra u otro lugar del extranjero. Yo estaba invitada a unirme,
pero evitaba al otro primo, quien a pesar de mi casamiento con Fangzhi no había
perdido la costumbre de observarme fijamente con un desenfado que parecía
rencor, con un rencor que parecía aflicción.
Querrás saber cómo
sigue esto, me dijo Fangzhi una noche mientras se ocultaba el sol.
No hice más que
mirarlo de soslayo sin fijar del todo mi atención en él.
Ahora viene lo
mejor, siguió diciendo.
¿Se refería a
nuestro flamante matrimonio o a lo que yo, íntimamente, llamaba «su plan»?
Lamento no haberlo preguntado en el debido momento.
Dos o tres semanas
después, el suangming xiansheng se pronunció en forma oficial.
Dispuso que la boda de mi hermano no se realizase. Dispuso que, en reemplazo de
esta, mi hermano celebrara un casamiento póstumo, lo que él llamaba ming-hun,
con la muerta que seguía apareciendo en más de un sueño.
El señor Zhao y mi
padre acataron las instrucciones. El padre de la prima muerta dijo que estaba
de acuerdo. El padre de la prima viva no tuvo más remedio que aceptar también,
lo que le valió de inmediato el odio de su hija.
El casamiento
fantasma, como todos lo llamaban, fue el máximo acontecimiento en muchos años.
Obviamente, las dos familias anhelaban que fuese un acto privado, pero la
noticia corrió por la ciudad y Fangzhi llegó a pensar (esto me lo dijo después)
que la prima viva divulgó la noticia por despecho.
Cada tanto había
una boda póstuma en nuestra ciudad, pero solía circunscribirse a las fórmulas
habituales: dos jóvenes comprometidos y uno de ellos que muere antes de la
alianza, o dos finados solteros que los padres deciden unir para que no estén
solos en su otra vida.
El casamiento de mi
hermano formaba parte de los casos infrecuentes, como ese que tiempo atrás
había ocurrido en la aldea vecina de Yu Hang. Tras la muerte de la novia, para
evitar que lo casaran con los despojos de ella, el novio se había alistado en
el ejército. Al cabo de cinco o seis días, había sido interceptado y conducido
por la fuerza de regreso; pero el cadáver de la novia mostraba tal deterioro
que habían debido solicitar los servicios de un artista para que lo maquillara.
De manera clandestina circulaban unas fotos de la boda: la muerta, toda pálida,
apoyada contra
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un soporte; el
novio que le sostenía una mano con expresión de pavor.
Lo más irónico del
caso era que la única foto que yo había visto de la boda de Yu Hang —una imagen
muy borrosa y seguramente falsa— me la había mostrado en su momento mi hermano,
un poco para jactarse de su acceso al material adulto, otro poco por el gusto
de asustarme.
Claro que me había
asustado. Yo no había podido dormir aquella noche, pensando en la novia muerta.
Pero mi miedo de ese entonces no era nada al lado del miedo que mi hermano
sentía ahora. ¿Desenterrarían a la prima favorita? ¿Tendría él que tomar su
mano?, nos preguntábamos más pálidos que la muerta de Yu Hang.
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¿Lo estás
haciendo?, me pregunta.
¿Qué cosa?
Hacer que todos
sueñen con la prima muerta.
Yo creía que
soñabas conmigo, le respondo.
Yo estoy mintiendo
porque solo soñé con ella una vez. Pero los otros dicen que sí. ¿Y es la
verdad?
Por favor, abuela.
¿Estás haciéndolo?
¿Cuál es tu
impresión?, pregunto.
No lo sé. Pienso
que serías capaz. Después pienso que todo es un ardid de Fangzhi.
Puede que sí, puede
que no. La decisión no está en mis manos: al fin y al cabo, es tu sueño.
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Mi abuela siempre
repetía: quien habla mucho hace poco.
Algo parecido pensé
cuando la prima viva anunció que pensaba suicidarse si la boda póstuma se
concretaba. Sin embargo, la noche previa al casamiento de mi hermano, Fangzhi
me despertó a altas horas y me dijo, todo agitado, que había ruidos en el
jardín y que, hasta donde podía ver, unas sombras se movían junto al gran
árbol.
Es ella, dije de
inmediato.
Lívido, con la voz
entrecortada, Fangzhi pronunció el nombre de la prima muerta. Debí explicarle
que no, que a mi entender era la otra, la prima viva, quien se hallaba en el
jardín.
Me temo que ella
pretende que, al despertar, la veamos pendiendo del árbol.
No hubo modo de que
convenciera a Fangzhi. Al contrario, tan seguro estaba él de que esas sombras
anunciaban el regreso de la muerta que yo no tardé en contagiarme de sus
miedos.
Era curioso el
desacuerdo entre él y yo: Fangzhi creía que alguien intentaba volver de la
orilla de los muertos, yo creía que alguien intentaba huir de la orilla de los
vivos. Ambas hipótesis consistían en un tránsito de una margen a otra, pero más
allá de esto diferían mucho. Si lo que estaba ocurriendo en el fondo del jardín
era ni más ni menos que una tentativa de suicidio, ¿qué hacíamos él y yo
filosofando acerca de fantasmas en lugar de intervenir?
Por increíble que
parezca, el miedo prevaleció y Fangzhi y yo permanecimos abrazados en la cama
que, dicho sea de paso, nunca habíamos abandonado, sin encender ni una luz, sin
atrevernos a hablar de ningún modo que no fuese murmurando.
Lo que no habían
conseguido semanas de matrimonio lo logró el miedo. Nuestro abrazo fue ganando
en intensidad y, antes de que me diera cuenta, Fangzhi jadeaba en mi oído y
cumplía al fin con su deber conyugal, un deber aplazado de común acuerdo en
nuestra primera noche como marido y mujer. Nuestras familias, desde luego, no
sabían nada de aquello.
Te amo, me había
dicho él. No daré un paso sin tu consentimiento.
Yo no respondí esa
noche, la primera, diciendo que también lo amaba. Habría sido una mentira. Pero
sabía que lo apreciaba, que cada vez me caía mejor.
Si soy estricta,
Fangzhi no cumplió del todo su promesa. Lo que él denominaba «consentimiento»
nunca salió de mi boca. Claro que existió, en verdad, un consentimiento más
hondo y hasta más indiscutible: el de los cuerpos. Que Fangzhi fuera capaz de
entender no solo el lenguaje explícito de mis palabras, sino el lenguaje de mi
carne, no lo niego, me llenaba de ilusiones. Nunca había creído posible
semejante entendimiento con un hombre.
Quien haya leído
estas líneas presupondrá que esa noche entre él y yo fue perfecta, si es que la
perfección existe. No fue así, claro que no. Una voz dentro de mí, mucho más
adentro que cuanto lograba internarse Fangzhi, una voz que era y no era mi voz
reaparecía cada tanto para decirme que él estaba equivocado, que pronto
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habría dos primas
muertas y que, en lo que a mí respecta, nunca podría perdonarme no haber
acudido a impedir ese suicidio.
Por otra parte,
Fangzhi era bastante torpe y eso a ratos me causaba más martirio que placer. La
torpeza era resultado de su falta de experiencia, solo comparable a la mía. Tan
pronto como él vio mis muecas de dolor, que yo no sabía ocultar, salió de mí bruscamente
como si despertara de una pesadilla, se tumbó a un lado y resopló hacia el
techo. Yo deseaba, con urgencia, que volviera a penetrarme. Por favor, Fangzhi,
por favor. Eso fue todo lo que dije. Su mirada me conmovió. En ella se
mezclaban el miedo, el cansancio, el ansia, la inseguridad.
Tengo una idea,
susurré al fin. Dame la mano.
Fangzhi acató. Yo
entrelacé mis cinco dedos con los suyos, tal como hacíamos Xiaomei y yo para
tocar el otoño, y entre mis piernas coloqué esa mano que era suya y mía.
Así me gusta, le
dije.
¿Te parece?,
murmuró.
Sí, me gusta.
Y pensé en mi pobre
hermano. En su boda fantasma. En su boda sin carne, sin cuerpo de mujer.
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Mi hermano pudo
casarse sin mayores problemas al día siguiente; y aunque la prima viva no
acudió a la boda, su ausencia no se debió a que ella hubiera
partido al país
imaginado y, por lo tanto, ahora hubiese dos primas muertas.
Fangzhi pasó aquel
día entero persuadido de que la sombra nocturna había sido la de la novia
fantasma.
La boda fue tan
sorprendente para mí como para los más ancianos. A fin de evitar la afluencia
de curiosos, el señor Zhao había propuesto que se celebrara en el jardín de su
casa, a puertas cerradas. Mi padre estuvo de acuerdo y también el padre de la
prima muerta. Lo que ninguno previó fue que unas doscientas personas se
agolparían ante las puertas exigiendo entrar, espiando por las hendijas de la
imponente cerca de madera roja.
Yo estaba en mi
habitación cuando, temprano, faltando horas para la boda, estalló el primer
griterío. Desde el balcón se veía parte de la calle y quise espiar lo que
pasaba. Al verme aparecer, los curiosos redoblaron sus gritos.
No salgas, que es
mucho peor, me dijo Fangzhi.
Me disponía a
obedecer retirándome del balcón, pero de pronto creí distinguir a Xiaomei entre
la multitud. ¿Era ella u otra, parecida? Tuve la pésima idea (no, más que idea
fue un acto intempestivo) de dar dos pasos al frente para sacarme las dudas. La
consecuencia fue que la muchedumbre se abalanzó, a la espera —es lógico— de que
yo hablara, que anunciara la apertura de las puertas o algo así.
El tumulto no solo
causó que perdiera de vista a la que tomaba por Xiaomei, sino que disgustó a
Fangzhi y enardeció al señor Zhao, quien se hallaba desde el alba en el jardín,
siguiendo los preparativos, y desde allí fue testigo de mi torpeza.
La intervención de
Fangzhi fue precipitada. Salió al balcón, me agarró de la cintura y me metió a
los empujones dentro de la habitación.
Un par de horas más
tarde, había el doble de personas en la calle y el señor Zhao se preguntaba con
razón cómo harían el novio y la familia del novio para entrar por la única
puerta sin que también se introdujeran los curiosos o, al menos, parte de ellos.
Los padres de la
prima muerta habían recortado una figura hecha de tela y cartón. Les habían
dicho que la silueta debía ser de tamaño natural, para representar a la novia.
La madre recordaba la medida exacta de su hija al fallecer, pero quiso que la
silueta fuese levemente más alta porque de no haber muerto, razonó, ella habría
seguido creciendo.
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Nadie había sido
informado de esta silueta, que la madre había cortado y cosido a espaldas de
todos, excepción hecha del señor y la señora Zhao. De esta manera se había
logrado evitar que alguien, por curiosidad, cometiera la afrenta de ver a la
novia antes de lo
permitido.
Cuando por fin mi
familia llegó a la casa del señor Zhao, media docena de niños agolpados en la
calle, cada uno con su suona, tocaron una misma melodía nupcial y
la multitud puso a prueba la robusta puerta de acceso. Con mi familia me
refiero no únicamente a mi hermano, a mis padres y a la buena de Li Juangqing,
sino también a ese puñado de parientes que veíamos cada año, en ocasión de una
boda o un funeral, pero que ahora, a causa de estos casamientos, veíamos por
segunda vez en poco tiempo.
Confieso que sentí
miedo al oír los gritos y los golpes contra la puerta, pero recordé al instante
que las urracas habían cantado con la salida del sol y que eso era, según mi
padre y también según mi abuela, una señal de buen augurio.
Con gesto grave, el
señor Zhao ordenó que abrieran sin dilación las puertas y dio a entender que el
asunto escapaba a nuestro control. Nada anunciaba que la gente fuera a entrar
de modo pacífico. Y, sin embargo, en el momento en que la gran puerta se abrió,
los ánimos se calmaron como por arte de magia. Nadie quiso, es lógico, quedarse
afuera, pero no hubo, que yo sepa, el menor desmán mientras la multitud se
instalaba en el jardín, en el espacio previsto para la boda.
Aunque mi atención
se centraba en mi familia —principalmente en mi hermano —, tardé bastante en
lograr acercarme a ellos para darles la bienvenida. El señor Zhao nos había
dado a Fangzhi y a mí la orden de que, apenas viésemos al «clan del novio»,
nuestro deber sería el de actuar como anfitriones. Pero la agitación alteraba
los planes. Yo perdí de vista a Fangzhi, las caras extrañas se intercalaron con
las caras de mis dos familias, la sanguínea y la adoptiva, y aunque de momento
reinaba una calma poco menos que prodigiosa, podía advertirse cierta tensión en
el aire.
Ya reunida con mi
familia (pero no con Fangzhi, aún), volví a ver, lejos, a Xiaomei. Sí, era
ella. No cabía duda. Algo renovada de aspecto, como solía ser su caso, pero
siempre espléndida. Nos saludamos en secreto: un intercambio de sonrisas
difícil de detectar por una tercera persona. La de Xiaomei fue, recuerdo, una
sonrisa con un dejo de amargura.
Por supuesto que
deseaba ir a su encuentro. Pero no podía hacerlo de manera abierta, ante los
ojos de todos.
En el instante en
que me estaba resignando a la distancia, el enjambre de curiosos se sacudió de
improviso, como si se hubiera evaporado el impacto de estar en aquel jardín que
la mayoría, es seguro, visitaba por primera vez.
Durante algunos
minutos el caos instaló su impensada coreografía en el jardín. Tácitamente, sin
que mediara una orden, los familiares de los novios se encaminaron a las
primeras filas, lo más cerca del altar, y el gentío pareció aceptar un segundo
plano que no significaba una exclusión, pero que reafirmaba ciertas jerarquías.
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En medio de esta
actividad, me aventuré adonde se encontraba Xiaomei. Lo hice de un modo casual,
como si me arrastrara la marea de gente. Ella me imitó, supongo. O realmente
fue empujada en mi dirección porque, en efecto, la multitud se desplazaba hacia
mí, de manera que quedamos cara a cara, sin saber muy bien qué decir, pero
sensatamente ansiosas y felices por el reencuentro.
No hubo ningún
reproche en su voz, en sus gestos o en las primeras palabras que me dijo. No
obstante, quise inferir que lamentaba mi ausencia, que extrañaba mis visitas.
Luego me dijo que
hacía un mes o un mes y medio que necesitaba hablarme. Me había esperado en el
parque, bajo el sauce, y en el puesto de aves de su padre. Por fin se había
enterado, como todo el mundo, de los cambios en la boda de mi hermano.
La desazón que yo
había creído ver en la sonrisa de ella se confirmaba ahora que la tenía tan
cerca. Naturalmente, sentí pena. Pero en simultáneo se me cruzó la idea de que
Xiaomei estaba triste porque mi hermano se casaba, que Xiaomei se hallaba
presente en el jardín (ese jardín que tantas veces, para mí, había equivalido a
su ausencia) no para verme, no para ver a «su» Ling, sino para ver a mi
hermano.
Sentí celos, ¿por
qué negarlo? Y estos celos me hicieron bien, curiosamente, como si revivieran
algo muerto en mí.
Tanta era nuestra
complicidad, y tan intacta se hallaba, que con escasas frases logramos
contarnos muchas cosas.
Mientras hablaba
con Xiaomei, vi surgir a Fangzhi entre la muchedumbre. Nuestras miradas se
toparon, él arqueó un poco las cejas y por señas me avisó que se aprestaba a
rescatarme de esa nube de extraños que me envolvía. Algo puso freno a su
arrojo, sin embargo: el señor Zhao se interpuso y le susurró algo al oído.
Entonces mi joven esposo, olvidándome, corrió a cumplir lo indicado por el amo
del lugar: seguramente que les dijera a los padres de la novia que todo estaba
dispuesto.
Aunque era lo
último que yo deseaba hacer, comprendí que debía despedirme de Xiaomei.
Ella debió de
advertirlo, porque sus ojos se inundaron de lágrimas.
Hubo un silencio
insoportable. Y, por fin, salieron un par de palabras de sus labios:
Me caso, dijo de
pronto y sacudió la cabeza como si me diera la peor de las noticias.
Alcancé a entender,
abrumada, que su padre la había «vendido» (esa palabra usó ella) a un mercader
de otra ciudad, una ciudad cuyo nombre Xiaomei calló, y que el futuro marido
era un hombre que rondaba los cuarenta y tenía tres hijas de la edad de Xiaomei,
si no mayores.
Me estaba obligando
a pronunciar un consuelo, algo como un pésame, cuando apareció Li Juangqing y
haciendo caso omiso de Xiaomei (a quien realmente no vio o a quien quizá fingió
no ver) me tomó de un brazo y me llevó donde se hallaban mis padres y donde se
aguardaba a Fangzhi para que diese inicio la ceremonia.
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Mi hermano se
disponía a casarse con una mujer que no envejecería. Lo monstruoso de su boda
era, acaso, este factor. El esposo envejecería, la esposa no. ¿Algo análogo
iría a ocurrir con la imagen que yo conservaría de Xiaomei? Tuve, más que el
pálpito, el convencimiento de que no la vería más. Que nuestra despedida era
definitiva. Por algo se negaba a decirme el nombre de la ciudad donde se
instalaría una vez casada.
Qué importa el
nombre. Es otro mundo, es otra vida. Es el final, querida Ling… Pensé en
nuestra charla anterior. No era justo, en absoluto, que yo me hubiese
quejado ante
Xiaomei. Mi boda era un paraíso en comparación con lo que le esperaba a ella.
¡Pensar que un bruto, un ignorante, obtendría en pocas semanas el tesoro de su
belleza!
El mundo está mal
hecho, dije.
El mundo no está
hecho, me corrigió Xiaomei. El mundo es así: algo que promete hacerse y jamás
se hace en forma definitiva.
Ya se iniciaba la
boda. Un murmullo general se alzó no bien los padres de la prima muerta
aparecieron con la importante silueta de la novia. Pensé en la foto de Ruan
Lingyu. Yo también había adorado a una especie de ídolo de cartón, pero en
verdad había adorado a Xiaomei y seguía adorándola; ambas cosas no tenían
ningún otro punto en común.
Delante de todo el
mundo, de extraños y conocidos, mi hermano miraba al suelo mordisqueándose los
labios. Pensaba indudablemente: Esta no es la mujer que amé, sino una silueta
vacía.
Busqué entonces a
Xiaomei entre la gente. Ya no estaba. Y, en ese preciso instante, sentí deseos
de salir corriendo a buscarla. De arrebatar esa silueta de cartón y de ponerla
en mi lugar, junto a Fangzhi.
¿Estás bien?,
susurró Fangzhi como si hubiese percibido mi ansiedad. Yo hice una mueca
imprecisa y él apretó mi mano con firmeza.
Claro que no estaba
bien. No sin espanto cavilaba que, con la partida de Xiaomei, moría Ling. Ya
nadie me llamaría así. La otra, la que no era Ling (y que no por ello era yo),
retribuyó el gesto y apretó con igual fuerza la mano de su esposo.
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Transcurrieron días
y semanas, cumplí meses y hasta un par de años de casada con Fangzhi y no tuve
la menor noticia de Xiaomei. Sus padres, al parecer, habían partido tras ella.
En el mercado, donde su puesto de aves había sido reemplazado por el de una
anciana fabricante de flores y otros objetos de papel, nadie fue capaz de
decirme tan siquiera a qué región se habían mudado. Todos suponían, como yo,
que el nuevo pueblo en el que residían los padres era el mismo donde ahora
vivía Xiaomei. Alguien me comentó que la «venta» de Xiaomei (recuerdo cuánto me
repelió que se empleara esa palabra) se había sellado bajo ciertas condiciones
como, primero y principal, una suma de dinero y una casa para los padres de la
esposa. Mis
averiguaciones no
pasaron de eso.
Como, a diferencia
de mí, Xiaomei tenía manera de localizarme, por un buen tiempo esperé recibir
una carta de ella. Ciertas noches tardaba más en dormir y me imaginaba la
carta. Estaba escrita, huelga decir, en nuestro idioma secreto. Era extensa y
tan personal que parecía, en todo momento, el tramo de un diario íntimo,
arrancado o copiado para mí. A veces, según mi ánimo, fantaseaba con que,
además del papel, el sobre incluía un mechón de pelo o algo así.
Si dejaba volar mi
imaginación en lo referido a la forma de la carta, era, supongo, porque no
osaba ni podía fantasear con su contenido.
Llegué a decirme,
en un momento, que el silencio de Xiaomei se debía a que no deseaba enviarme
una carta hecha de soledad y lamentaciones. Pero también era cierto que, al
ahorrarme malas noticias, me empujaba a fabular otras peores. Por ejemplo,
¿estaba viva?
Al mismo tiempo que
iba perdiendo las esperanzas de recibir esa carta (aunque, tengo que admitir,
nunca las perdí del todo), fue creciendo en mí el impulso de escribirle. Tal
vez podría quemar mi carta y confiar en que las palabras, remontando con el humo,
llegasen de algún modo a ella, a semejanza de los mensajes de viudez que mi
abuela le destinaba a mi abuelo.
Tan pronto como
resolví escribir la carta supe que no tendría el coraje de quemarla y supe dos
cosas más: que sería una carta muy larga, más de lo que yo contemplaba en un
principio, y que no la redactaría de una sola vez. Me faltaban la energía y la
templanza para esto último.
Te extraño, escribí
el primer día entre muchas cosas más.
Me inquieta no
saber si estás bien, escribí el segundo día entre muchas cosas más. No me
perdono a mí misma por no haber hablado con Fangzhi, escribí al cabo de unos
días.
No me perdonaba, en
verdad, no haber recurrido a la ayuda de mi esposo, no haber pedido sus
consejos, no haber agotado las opciones para salvar a Xiaomei de esa boda
decidida por sus padres.
Hoy desperté
comprendiendo lo que no hice, lo que tendría que haber hecho, escribí algunos
días después, cuando la carta iba tomando el cariz de una confesión, de una
extensa charla con ella —con ella y su ausencia, en verdad— como sola
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Tendría que haberle
pedido a Fangzhi que te acogiera. Como mi sirviente o la sirviente de alguien,
de cualquiera en el clan Zhao. O incluso como concubina. Sé que Fangzhi no
comulga con esto último porque lo he charlado con él. No cree en concubinas, lo
mismo que sus padres. Una sola mujer le parece correcto y suficiente. Una sola
mujer por vez, en todo caso. En esto piensa igual que nosotras dos. Pero algo
me dice, no sé, que tal vez habría cedido si yo le hubiese explicado tu
situación. Una falsa concubina: una táctica social y tu salvación. O una
concubina real, nunca se sabe. Yo, por tu bien, creo estar dispuesta a casi
todo. No, ¡qué digo! Me releo y siento vergüenza. Yo, por tu bien, estoy
dispuesta a todo, Xiaomei, incluso a cederte mi lugar en el clan Zhao o mi
lugar en la cama, junto a Fangzhi, hasta ser yo la relegada, la acogida por
piedad. ¿Te imaginarías algo así? Pero no tuve el reflejo ni la nobleza de
decirle esto a mi esposo.
Escribí aquello y
me detuve. Mi mano temblaba como si algún sendero, hecho de palabras o no, me
hubiera llevado hasta un sitio horripilante. Mis ojos estaban llorosos. ¿No
había tenido el reflejo de proponerle eso a Fangzhi? ¿O, en realidad, no había
estado a la altura de las circunstancias y no lo había hecho por egoísmo, por
cobardía, por mezquindad?
Yo había creído
hasta entonces que mi abuela no se aparecía en mis sueños desde el día de mi
casamiento porque estaba satisfecha y no tenía necesidad, algo un poco análogo
al hecho de que tras el ming-hun se hubieran acabado las
visitas nocturnas de la prima muerta. Pero ahora suponía, con miedo, que mi
abuela acaso no se aparecía más porque estaba avergonzada, decepcionada
conmigo.
Mi memoria saltó a
una tarde en el parque. Por entonces sentía tal cariño por Xiaomei que las
palabras de admiración me brotaban naturalmente.
Cuando tus ojos me
miran de esta manera, cuando concito tu atención, me siento el hombre más
importante del mundo, me dijo Fangzhi una noche, al año y medio de casados.
Repuse entonces lo
mismo que me había contestado Xiaomei aquella tarde en el parque, tras escuchar
de mí unas loas no tan bonitas.
Palabras más,
palabras menos: La otra cara de tu devoción, lo que me infunde más miedo, es
que un día, tarde o temprano, descubrirás una de mis imperfecciones, que son
muchas, graves o no, y que son obvias para mí. Primero sentirás un desprecio
hacia ti por no haber percibido antes lo que ahora es tan notorio. Pero más
tarde, como suele suceder, tal vez caigas en acusarme, a los gritos o en
silencio, por ocultarte mis defectos cuando no estabas, en verdad, ni siquiera
dispuesta a considerarlos.
Apenas Xiaomei
desestimó de ese modo mi admiración, le eché una mirada furiosa, le di
bruscamente la espalda y me alejé con una decisión tomada: dar cuanto antes con
una de sus «muchas imperfecciones» y edificar sobre ella, como si fuesen
cimientos, un altar bien resistente. Haría eso y, más aún, haría algo semejante
en
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sentido inverso:
ponerla al corriente de todos mis defectos, instarla a escoger uno de ellos y a
pararse allí a conciencia.
Al recordar esto mi
mano dejó, al punto, de temblar. Sonreí a solas, con ironía y amargura. Por
supuesto, no había acometido aquello. No había encontrado en Xiaomei
imperfecciones destacadas ni había tenido, calculo, la voluntad de rastrearlas.
Pero, ante todo, no habría tenido la audacia de revelar mis defectos.
Retomando la
escritura de esa carta, que daba indicios de volverse interminable, rememoré
para Xiaomei lo que acabo de narrar y le dije que ahora ella era testigo de mi
lado más innoble. Lo que no había hecho para salvarla el día del casamiento era
más triste y flagrante que cualquier vanidosa lista de supuestas
imperfecciones.
Tal vez siguiera
Xiaomei con una vida tan normal —o tan anormal— como antes. Tal vez fuera hasta
feliz. Eso no cambiaba la esencia de la pena o, mejor dicho, del espanto que
sentía ante mi propio comportamiento.
Justifiqué mi
cobardía y mi pasividad diciéndome que Fangzhi jamás habría aceptado
interceder, sino que —más bien lo opuesto— cualquier pedido de mi parte habría
suscitado recelos o desprecios.
Era injusta con mi
esposo, depositando en él mis faltas y mi responsabilidad.
No había terminado
de escribirle a Xiaomei cuando una noche, después de muchos rodeos, Fangzhi
dejó caer una frase, un comentario, que no podía ser casual y que probaba que
había leído la carta.
Mi primera reacción
fue enfurecer. Pasé un día y parte del otro sin dirigirle la palabra. Pasé una
semana tratándolo con frialdad. Pero, al mismo tiempo, sentí que se había
secado de pronto mi deseo de seguir escribiéndole a Xiaomei.
Volvimos a hablar
del tema diez o doce días después y no por mi iniciativa.
No lo digo para
obtener tu perdón, pero pienso, me dijo Fangzhi, que hiciste todo lo posible
para que leyera la carta. Llegué a considerar, incluso, que estabas
sometiéndome a una especie de prueba.
Mi expresión debió
de ser severa y hasta un poco condenatoria porque Fangzhi se arrodilló como el
actor de un melodrama, puso su cara en mi regazo de tal modo que la nariz
encajó a la perfección entre mis muslos y así, en esa extraña postura, con la
voz medio amordazada dijo que yo tenía razón, que de haberle pedido que salvara
a Xiaomei no habría osado mover un dedo, no habría sabido qué hacer ni cómo
interpretar mi deseo.
Lo siento mucho. Lo
siento. Es preferible que te diga la verdad.
La verdad era que
él y yo nos veíamos unidos por esto. La verdad era que Fangzhi no estaba tan
equivocado: yo no había dejado la carta expuesta adrede, pero no me había
esmerado en esconderla. ¿Y qué decir de mi escritura? Tras unas páginas en
idioma secreto había pasado a los caracteres normales porque, como había
descubierto, mi fluidez en esa escritura no frenaba el hilo de mis ideas y
sentimientos. Ahora bien, ¿al cambiar de idioma no había cambiado también de
destinatario?
Así como alguna vez
había escrito una carta para Xiaomei destinada en la
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superficie a
Fangzhi y al otro primo, ¿había procedido al revés en esta oportunidad o, al
menos, en ciertos fragmentos?
No volveremos a
hablar de esto, anunció Fangzhi antes de retirar su cara de mis muslos. Su
expresión era inusitadamente seria. Cuando intenté decir algo, se llevó un dedo
a los labios. Me limité a sentir, entonces, cómo de a poco iban enfriándose mis
muslos.
No volveremos a
hablar. Pero algún día, si así lo quieres, me contarás acerca de ella. La
amaste mucho, ¿verdad?
Hice que no con la
cabeza, disgustada por la pregunta en pasado.
La amo, no dije.
En cambio dije que
sí, que acaso un día podría contárselo todo, que lo pondría por escrito.
No veo la hora de
leerlo, dijo Fangzhi. Y nunca más mencionamos a Xiaomei.
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No sé qué esperas
para casarte, le digo.
¿Qué me estás
diciendo, abuela? No puedo casarme otra vez.
Claro que sí, digo.
¿Qué esperas? Claro que sí.
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La práctica
del ming-hun era tan poco habitual que no estaban todos de
acuerdo acerca de sus leyes y sus detalles. ¿Podía mi hermano, por ejemplo,
volver a casarse? Los Zhao pensaban que no, que debía pasar la vida a la sombra
de la muerta, y yo suponía lo mismo. Pero mis padres creían que, a cinco años
de la boda fantasma,
mi hermano, si así
lo deseaba, podía volverse a casar.
Cuando cumplimos
cuatro años de casados, Fangzhi me regaló un gramófono para que pudiera
escuchar a las cantantes de moda como Gong Qiuxia. No tardé en recibir quejas
por el volumen al que poníamos la música, algo tarde por la noche. Algunos
llegaron incluso a rumorear que Fangzhi y yo no engendrábamos descendencia —no
se esperaba, por cierto, nada más trascendente de mí— porque pasábamos las
noches arrobados delante de ese «aparato».
Hacía un año, más o
menos, que mi hermano había dejado de pasar a ver a los Zhao una o dos veces
por mes, como había acostumbrado en cierto momento. Al principio no me expliqué
a qué se debía esta súbita interrupción de sus visitas. Pronto Li Juangqing me
contó que mis padres habían resuelto que mi hermano debía volverse a casar y
que eso había indignado a los padres de la esposa de cartón. Indignado y
aterrado, a decir verdad. ¿Volvería ella a rondar sus sueños?
Confirmé lo dicho
por Li Juangqing cuando la señora Zhao intentó que yo mediara entre mis padres
y los padres de la esposa de mi hermano. No llegó a planteármelo, pero el rumor
me alcanzó y fue muy pronto ratificado por Fangzhi. Él le había dicho a su madre
que no tenían que ponerme en tan incómoda posición y que, por lo tanto, sería
él quien charlara con mis padres.
Nunca supe lo que
ocurrió en aquella charla que siempre me he imaginado solo entre hombres, en el
despacho de mi padre, como una especie de involuntario remedo de esa otra que,
años atrás, mi padre había mantenido allí con su amigo Gu Xiaogang. Lo concreto,
en definitiva, fue que Fangzhi terminó convencido de que mi hermano necesitaba
casarse. Esa no era vida para él. Y no tardó en comunicárselo al clan Zhao.
Nadie esperaba que
la familia Zhao se hiciera presente en la segunda boda de mi hermano, que fue
anunciada con gran puntualidad cuando transcurrieron cinco años de la otra. La
elegida resultó ser la nieta menor de la misma señora Wu que había sido gran amiga
de mi abuela. Créase o no, la anciana seguía viva (era casi centenaria), seguía
jugando al go y ganando y se decía que en ocasiones aún la acompañaba al parque
aquel nieto del que mi madre pensó que yo me había enamorado.
Si me ciño a los
relatos de Li Juangqing —y por fuerza debo hacerlo en lo que atañe a este
período de mi vida—, mi familia no sabía qué destino darle a la figura de
cartón, la que representaba a la novia muerta, ahora que se ultimaban los
preparativos para acoger en el clan a una novia viva. Aunque tras la boda mi
madre la había plegado haciendo gala de toda su precaución y aunque mi hermano
la había guardado en un armario personal, la figura se había dañado con el
tiempo y con los roces. Según parece, mi padre le había suplicado a Fangzhi, en
ocasión de su entrevista en el despacho, que se llevara la figura de cartón,
pero él había objetado, como no podía
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ser de otro modo,
que era una pésima idea pues la devolución ofendería a los Zhao. Más valía
enterrarla acaso en nuestro pabellón familiar, no lejos de la tumba de mi
abuela.
Ignoro qué se hizo
al fin y algo me dice que ni Fangzhi ni los otros Zhao osaron preguntarlo; el
caso es que, una semana antes del segundo casamiento de mi hermano, Li
Juangqing husmeó en el armario y no encontró ningún rastro de la novia de
cartón, salvo unos pétalos de la flor de papel que llevaba en un ojal.
En cuanto a mí,
decidí con sumo pesar no ir a la boda de mi hermano para satisfacer a los Zhao,
sobre todo a los más ancianos. De concurrir, podría causarle un serio problema
a Fangzhi, que bastante se había enfrentado con su clan al aceptar ese segundo casamiento.
A mi familia le
dije que no me sentía nada bien en el séptimo mes de mi embarazo.
Por supuesto, dijo
mi madre. Ya verás cómo te sientes el mismo día de la boda.
Pero ella y yo
sabíamos que era otro el motivo verdadero.
En esa fecha, de
modo muy imprevisto, Fangzhi me anunció y le anunció a todo el clan Zhao que
estaba obligado a hacer un viaje de cinco días a Pekín. La noticia me cayó mal.
¿No podía aplazarse hasta después del parto?
Lo siento, me dijo
Fangzhi. Sé que estás un poco enfadada, pero a mi regreso entenderás algo
mejor.
El día de la boda
de mi hermano desperté antes del alba por culpa de unos calambres en las
piernas y no pude conciliar de nuevo el sueño. No exagero si digo que, de toda
la gestación, aquel fue el día en el que me sentí peor, tanto que la señora
Zhao —que sujetaba las riendas del hogar, mucho más que su marido— mandó llamar
a un médico.
No es improbable
que el parto se adelante, dijo un anciano amigo de la familia que había tenido
activa participación en el nacimiento de Fangzhi.
¿Que se adelante?,
me alarmé.
Antes de
responderme, el médico se mesó su delgada barba y echó una mirada de soslayo a
la señora Zhao.
Fangzhi nació un
mes antes de lo previsto, ¿no es así?
La señora Zhao
asintió, se acercó a la cama de la que yo no podía levantarme y puso una mano
en mi vientre.
Un mes, respondió.
Lo mismo el padre de Fangzhi.
El médico se marchó
y nos quedamos en silencio las dos por un par de horas, ella enfrascada en
labores de costura y yo con los ojos más cerrados que abiertos, imaginando de a
ratos, cuando el dolor daba tregua, la ceremonia nupcial en el patio semientoldado
de la casa de mis padres. Era un día de sol, por suerte. Soplaba un viento
agradable y no hacía mucho calor, según me había informado el médico tras mis
requerimientos.
Dos días después,
cuando ya me sentía mejor, me visitó Li Juangqing y me contó
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ciertos detalles
acerca del casamiento. Su intención era describirme a grandes rasgos lo
ocurrido, pero en un momento, al inicio de la charla, deslizó de paso que creía
haber visto a Fangzhi entre la gente y el dato me sumió en tamaña perplejidad
que ya no pude escucharla con atención.
Fangzhi está de
viaje, le dije. Está en Pekín. ¿Te parece haberlo visto o hay dudas de que
fuera él? Visiblemente incómoda, Li Juangqing dijo que no estaba tan segura.
Aunque creía haberlo visto, acaso se había confundido. Fangzhi regresó al día
siguiente y lo primero que hice en cuanto nos encontramos a solas fue
mencionarle el comentario de Li Juangqing.
Es verdad, admitió
con la serenidad que yo hubiese esperado de él solo en el caso de la respuesta
contraria. Planeaba contártelo todo y estaría haciéndolo ahora mismo si ella no
me hubiese visto a pesar de mi sombrero y de mi barba postiza.
Sin darme tiempo a
reaccionar, Fangzhi me mostró un sombrero de ala ancha, una ridícula barba y,
sobre todo, un cuaderno en el que había, era evidente, varios bocetos de la
boda.
Inventé lo de este
viaje para distraer a mi familia y, según veo, no sospecharon de nada, fue
explicándome a media voz. No te dije la verdad para darte una sorpresa y, ante
todo, para no hacerte mi cómplice. Mira, mira los dibujos. Este es el patio
poco antes del arribo de los novios.
Creo que aquella
fue, en cierta manera, otra boda fantasma. Yo, que no había estado allí, vivía
ahora cada detalle por obra y gracia de Fangzhi. Era como leer una historia
acaecida en un país lejano, un país imaginado, y quedarse con la impresión de
haber estado allí, en efecto.
¿Mi hermano estaba
feliz?
Más feliz que en la
primera boda, me respondió Fangzhi. Eso no es muy difícil, no pude callar y él
soltó una carcajada. ¿Y la novia?, pregunté. ¿Por qué no me hablas de ella?
Es bonita, dijo con
un sonrisa y presentí que era más que solo bonita y que incluso en los dibujos
Fangzhi había hecho un esfuerzo por reducir el impacto que ella le había
provocado.
Yo quería que ese
cuaderno con los dibujos de Fangzhi, que por momentos él dejaba apoyado sobre
mi vientre, no se terminase nunca. Pero veía pasar las páginas sabiendo que se
avecinaba el final. Un croquis mostraba a mis padres con su rústica elegancia. Otro
dibujo mostraba a los padres de la novia. Era admirable que Fangzhi pudiera
evocar eso con tal precisión porque, como yo sospechaba y como él me contó, no
había hecho aquellos bocetos en presencia de la gente para no llamar la
atención. Los dibujos habían sido la etapa final de la inexistente travesía a
Pekín. En ellos había invertido casi tres días alojado en casa de un buen
amigo, su único cómplice.
De pronto, en la
última página del cuaderno, cuando Fangzhi parecía no tener mucho que agregar,
apareció un dibujo de mi abuela.
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Mi sobresalto fue
tan obvio que Fangzhi lo notó en el acto.
¿Y ella?
Tu abuela,
respondió. Yo creía que estaba muerta, ¿no me habías contado eso?
Hice que sí con la
cabeza y Fangzhi siguió diciendo:
Bueno, a mí me
pareció que está bien viva, aunque me llamó la atención que se mantuviera
siempre al margen del bullicio… Lo mismo que yo, por cierto, aunque ella sabe
hacer de fantasma mucho mejor que yo porque apareció y desapareció en un abrir
y cerrar de ojos. Si hubieses visto. Así no hay Li Juangqing que pueda
descubrirte.
¿Le hablaste?,
pregunté. ¿Te habló? ¿Qué hacía allí entre toda la gente?
Ella fue quien se
acercó a mí, explicó Fangzhi. Yo no la hubiese reconocido jamás. Pero ella dijo
que sabía quién era yo y me rogó que te diera esto de su parte.
Era un pañuelo
viejo, poco atractivo. No recordaba habérselo visto puesto.
Por un buen rato no
supe a qué venía ese regalo, hasta que lo estudié con más detenimiento y vi que
estaba bordado y que las figuras bordadas eran un mensaje en nu-shu.
Es una niña, leí.
Estoy segura. Tienes que ponerle Xiaomei.
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Pasaron unos
cuantos años, pasó la ocupación japonesa, que fue breve y tardía en nuestra
ciudad y que yo seguí desde el balcón, como antaño seguía los juegos de los
niños, y un buen día, aprovechando que a mi hija le gustaba pasar las tardes
jugando con su
incansable abuela paterna o también con su nodriza (la hija menor de Lei Lei),
Fangzhi me llevó al primer y único cine de la ciudad, que acababa de abrir sus
puertas hacía muy escasos meses. La inauguración había sido el mayor
acontecimiento en años, acaso desde la boda fantasma. Yo le había deslizado a
Fangzhi mi deseo de conocer aquella sala que era, según se afirmaba, una
pequeña y torpe copia del cine Cathay de Shanghái con su fachada art-déco en
ladrillos rojos y blancos.
La película que
daban esa tarde, la melodramática Shen-nu, tenía poco más de una
década de antigüedad (me parecía normal que el tiempo pareciera por momentos
detenido tras un paréntesis bélico) y en ella actuaba Ruan Lingyu, que se había
suicidado entre medio, en 1935. Era muy curioso el efecto de su muerte trágica:
con cada primer plano de ella se alzaba, desde las butacas, una ola de suspiros
desencantados. El deseo y la admiración habían dado paso a la pena, al enfado o
al temor. Si una mujer tan bonita, tan célebre y tan talentosa se suicida, ¿qué
nos queda a los demás? Debo admitir que no escapé a la actitud de la mayoría y,
durante un buen tramo de la proyección, la imagen viva de la muerta me evocó no
tanto a mi querida Xiaomei como a la novia de cartón. Poco a poco, sin embargo,
el poder de la imágenes, la emoción de las acciones (la prostituta que trata de
educar, contra viento y marea, a su pequeño hijo Shuiping) y el impactante
carisma de Ruan Lingyu consiguieron que me olvidase de todo.
Un par de veces
Fangzhi quiso hacerme un comentario al oído, pero le di a entender por señas
que prefería no hablar hasta que terminara la película, cosa que por suerte
aceptó.
Cuando se
encendieron las luces, solo me interesó una cosa: saber si a Fangzhi le había
parecido hermosa Ruan Lingyu.
Mi pregunta tuvo
que resultarle algo improcedente porque, en vez de contestarme de inmediato,
examinó por unos segundos mis ojos tratando de discernir qué respuesta anhelaba
yo.
La espera se me
hizo larga y me vi transportada de pronto a la mesa de mis padres, a esas
noches ya lejanas en que inútilmente aguardaba que mi madre o Li Juangqing
soltaran el más mínimo elogio respecto de la hija del ciego.
Si te digo que me
parece muy bella, ¿no vas a ponerte celosa?, dijo tímidamente Fangzhi. Hice que
no con la cabeza. Fangzhi frunció las cejas y forzó una sonrisa sarcástica.
Por favor, casi
supliqué. No voy a ponerme celosa, lo aseguro. Solo quiero la verdad.
Entonces, mientras mi esposo apenas ruborizado se aprestaba a pronunciar su veredicto, decidí que le propondría, en el caso de que diera una respuesta afirmativa, que en adelante me llamara Ling en nuestra intimidad.
EDUARDO BERTI nació
en Buenos Aires en noviembre de 1964. Su primer libro de ficción, la colección
de cuentos Los pájaros (1994), obtuvo el Premio-Beca de
la Revista Cultura y fue considerado uno de los mejores libros
del año por el diario Página/12. A este libro le siguieron dos
novelas de importante repercusión: Agua y La mujer de
Wakefield, ambas publicadas en Argentina y España, y traducidas a varios
idiomas: japonés, inglés, portugués y francés. La versión francesa de esta
última fue finalista del prestigioso premio Fémina, que se entrega en Francia
al mejor libro extranjero del año.
En 1998, Berti se
afincó en París, donde trabajó como periodista cultural y corresponsal para
diversos medios argentinos. En el año 2002 se publicaron de forma simultánea en
España y Argentina los cuentos muy breves de La vida imposible,
cuya traducción al francés, La vie impossible, recibió el premio
Libralire-Fernando Aguirre, que en ediciones anteriores ganaran Enrique
Vila-Matas o Francisco Ayala. En 2004, su novela Todos los Funes quedó
finalista del prestigioso Premio Herralde y fue considerada por el Times
Literary Supplement uno de los mejores libros de ese año. En 2008
publicó su novela La sombra del púgil, y en 2010 apareció su último
libro de cuentos, Lo inolvidable. A finales de 2011 obtuvo en
Argentina el Premio Emecé, en fallo unánime, por su novela El país
imaginado. Es también autor de diversas antologías: desde Galaxia
Borges (2007), en coautoría con Edgardo Cozarinsky, hasta Nouvelles,
antología del nuevo cuento francés (2006), pasando por Fantasmas, Historias
encontradas o Los cuentos más breves del mundo.
En los últimos años, Berti se ha dedicado a la traducción de diversas obras, entre las que destacan los cuadernos de apuntes del escritor norteamericano Nathaniel Hawthorne; la novela Gabrielle de Bergerac, de Henry James; las Memorias de Joseph Grimaldi, de Charles Dickens; los cuentos de Jacques Sternberg o La muerte del corazón, de Elizabeth Bowen.
FIN

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