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Libro N° 14204. El Valle De Los Perdidos. Rodda, Emily.

© Libro N° 14204. El Valle De Los Perdidos. Rodda, Emily.  Emancipación. Agosto 30 de 2025

  

Título Original: © The Valley of the Lost

                                    

Versión Original: © El Valle De Los Perdidos. Emily Rodda

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.com/download.php?t=2&d=d283Z052Y2Iv&ti=El+valle+de+los+perdidos

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

       

EL VALLE DE LOS PERDIDOS

Emily Rodda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Valle De Los Perdidos

Emily Rodda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El tiempo se agota: Lief, Barda y Jasmine deben recuperar las siete gemas del Cinturón de Deltora para dar fin a la tiranía del malvado Señor de la Sombra.

 

Solo les queda el diamante, símbolo de pureza y fortaleza, el más grande y poderoso de cuantos se hayan visto jamás. Saben que se encuentra en el Valle de los Perdidos, un lugar envuelto en niebla y custodiado por el temible Guardián. Nada ni nadie ha salido vivo de allí…



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Emily Rodda

 

El Valle De Los Perdidos

 

La saga de Deltora 7

 

 

ePub r1.0

 

Titivillus 20.08.2025



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Título original: The Valley of the Lost

 

Emily Rodda, 2000

 

Traducción: Albert Solé

 

Editor digital: Titivillus

 

ePub base r2.1



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



La historia hasta el momento…

 

Lief, Barda y Jasmine han emprendido una gran búsqueda para dar con las siete gemas del Cinturón Mágico de Deltora. Escondidas en temibles lugares esparcidos por toda Deltora, las gemas deben ser devueltas al Cinturón antes de que se encuentre al legítimo heredero del trono y dar fin asta la tiranía del malvado Señor de la Sombra.

 

Hasta el momento se han encontrado seis gemas. El topacio, símbolo de la fe, tiene el poder de establecer contacto con el mundo de los espíritus. El rubí, para la felicidad, palidece cuando el peligro amenaza, repele a los espíritus maléficos y es un antídoto contra el veneno. El ópalo, gema de la esperanza, proporciona atisbos del futuro. El lapislázuli, la piedra celestial, es un poderoso talismán. La esmeralda, símbolo del honor, pierde su brillo ante la presencia del mal. La amatista, expresión de la verdad, calma y tranquiliza.

 

Los compañeros han descubierto que existe un movimiento secreto de resistencia encabezado por el misterioso Doom. Otro miembro de la Resistencia, Dain, un joven que tiene aproximadamente la misma edad que Lief, acaba de ser secuestrado por unos piratas, y los padres de Lief han sido hechos prisioneros.

 

Viviendo en un continuo temor de los guardias grises del Señor de la Sombra y los horrendos ols capaces de cambiar de forma, ahora los compañeros deben cruzar el río Tor y viajar hasta su última meta, el Valle de los Perdidos, donde se halla escondida la última piedra, el gran diamante…

 

Y ahora seguid leyendo…



 

 

— 1 —

 

Terrores nocturnos

 

 

 

 

 

E staba muy oscuro y reinaba el silencio. Lief, Barda y Jasmine se deslizaban como sombras a través de la noche. Las aguas del río Tor fluían junto a ellos, guardando sus secretos.

 

Los tres compañeros habían decidido que por seguridad no viajarían durante el día. Pero la noche encerraba sus propios peligros, porque ahora no se atrevían a utilizar una antorcha para que les alumbrara el camino, y las nubes ocultaban la luna. De la misma manera en que la oscuridad los cubría como si fuera una capa, también cubriría a un enemigo al acecho.

 

Y la oscuridad ocultaba algo más que eso. Ocultaba agujeros, rocas y zanjas. Ocultaba árboles, arbustos y accidentes del terreno. Cada paso era un paso hacia lo desconocido.

 

Los compañeros sabían que más adelante había un puente en algún lugar, que les permitiría cruzar el río que tantas dificultades les había causado. Entonces podrían avanzar hacia el Valle de los Perdidos, donde estaba escondido el gran diamante, la séptima gema del Cinturón de Deltora.

Pero ¡qué fácil sería pasar junto al puente en medio de aquella negrura sin verlo! Por eso, aunque los tres compañeros no querían ni pensar en el río Tor, se mantenían lo más cerca posible de él, sabiendo que sus oscuras aguas terminarían conduciéndolos hasta su meta.

 

Lief sujetaba con una mano el Cinturón de Deltora, oculto bajo sus ropas. Pero a pesar de todo su poder, el Cinturón no podía serle de ninguna ayuda, mientras los ojos de Lief se esforzaban por atravesar la oscuridad que había ante él.

 

—Va no falta mucho para llegar al puente —murmuró Jasmine de repente.

Lief entrevió un pálido destello de blancura cuando el rostro de la joven se volvió hacia él. Filli, hecho un ovillo dentro de la chaqueta de Jasmine, emitió



 

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un ruidito adormilado. Kree permanecía silencioso e invisible sobre el hombro de Jasmine, sus negras plumas engullidas por la oscuridad.

 

—¿Lo ves? —preguntó Barda.

 

—No —musitó Jasmine—. Pero huelo a personas y animales, y el puente se encontraba justo después de una aldea, ¿recuerdas?

Siguieron avanzando en silencio, y finalmente se encontraron en terreno descubierto. Lief creyó distinguir la negrura más intensa de un muro que se alzaba a su izquierda.

 

De noche quizá hubiera aldeanos armados que montaban guardia detrás del muro, alertas ante cualquier posible peligro. Quizá aquella fuese la razón por la que la aldea aún seguía en pie, a pesar de los piratas que navegaban por las aguas del Tor y de los bandidos que merodeaban por sus orillas.

Si oían algún ruido, los guardias enseguida irían a investigar cuál había sido la causa. Atacarían al instante, sin piedad. Las tristes experiencias que habían tenido a lo largo del río les habían enseñado que el titubear significaba arriesgarse a perderlo todo.

 

Los compañeros siguieron adelante, mirando dónde ponían los pies y casi sin respirar. Apenas habían tenido tiempo de llegar a la protección que les ofrecía un bosquecillo situado más allá del muro, cuando las nubes que habían ocultado la luna hasta aquel momento se entreabrieron y el suelo quedó de pronto inundado de luz.

 

Jasmine contuvo la respiración.

 

—Hemos tenido mucha suerte —murmuró—. Si esto hubiera ocurrido un instante antes…

Barda le tocó el brazo con el codo a Lief y señaló hacia delante, y entonces este divisó el puente entre los árboles. Se hallaba muy cerca de allí, silencioso y apacible bajo la luz de la luna. Un pequeño rebaño de cabras de largo pelaje permanecía inmóvil a su alrededor, algunas de pie y otras descansando sobre la hierba.

 

El puente era sólido, y lo bastante ancho para que pasara una carreta. Un gran letrero se alzaba junto a él. La escritura se había borrado con el paso del tiempo, pero aun así Lief pudo distinguir las palabras.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Lief sintió que le daba un vuelco el corazón. ¡Tora! La gran ciudad del oeste, tan leal a los reyes y reinas de Deltora. El escondite ideal para el heredero del trono.

 

Tora tenía que estar muy cerca de allí. Pero los compañeros no habían visto ninguna señal de la presencia de una ciudad mientras seguían el cauce del río para bajar en dirección a la costa, hacía tan solo unos días. En aquellos instantes, Lief apenas si había pensado en ello. Tenía demasiadas cosas por las que preocuparse. Ahora, sin embargo, aquello parecía realmente muy extraño. Porque no cabía duda de que Tora estaba junto al río Tor. Su mismo nombre ya establecía una relación.

 

—Tora tiene que quedar bastante alejada de la orilla del río —musitó Barda, cuyos pensamientos era evidente que habían estado siguiendo la misma dirección que los de Lief—. Pero es extraño que no la hayamos al menos divisado en la lejanía.

 

Lief asintió, todavía perplejo por aquel misterio.

 

—Quizá hemos pasado junto a ella durante la noche, y no la hemos visto porque no había ninguna luz encendida. En cualquier caso, puede que todavía podamos visitarla mientras vamos de camino hacia el Valle de los Perdidos.

 

—A juzgar por lo que sabemos, más vale que no hagamos tal cosa, al menos hasta que el Cinturón esté completo —murmuró Jasmine—. Dain fue advertido de que…

 

Se calló, mordiéndose el labio, y Barda y Lief también guardaron silencio. Recuerdos del muchacho, al que habían visto por última vez atado e indefenso en la caverna costera de los piratas, atravesaron la mente de todos.

 

Dain anhelaba ir a Tora. Ahora nunca la vería. En aquel mismo instante los piratas estarían navegando río arriba con él, y dentro de unos días el



 

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muchacho sería entregado a los guardias grises. Aunque Lief, Barda y Jasmine sabían que era imposible salvarlo, ninguno de los tres podía dejar de pensar en sus ojos asustados y tristes.

 

El muchacho haría todo lo posible para escapar. Pero ¿qué esperanza tenía contra una banda de rufianes armados que codiciaban el oro del Señor de la Sombra?

 

Jasmine sacudió la cabeza para expulsar de su mente unos pensamientos que no tenían nada de agradables, y concentrar de nuevo toda su atención en las cabras que había junto al puente.

 

—Tendremos que movernos muy despacio para no asustar a los animales —dijo—. Si hacen un solo ruido, entonces estamos perdidos.

 

—Tienen que estar acostumbradas a la gente. —Lief contempló las cabras, los pequeños cuernos que relucían y el largo y suave pelaje—. Pero deberíamos mostrarnos ahora, mientras brilla la luna. Si vamos hacia ellas en la oscuridad, seguro que las asustaremos.

 

Dio un paso adelante y de pronto se quedó inmóvil, mientras sus ojos se abrían como platos. A una de las cabras… ¡a una de las cabras le sucedía algo muy extraño! Su cuerpo parecía ondular, extendiéndose hacia fuera como una vela que es tensada por el viento.

 

Lief parpadeó rápidamente. ¿Qué jugarreta gastada por la luz de la luna era aquella? Cuando volvió a mirar, vio que la cabra estaba exactamente igual que antes. Y sin embargo… sintió que Barda lo cogía del brazo y entonces vio temblar y alterarse a otra de las cabras, con la cabeza estirándose hacia arriba y el cuerpo estremeciéndose, antes de volver a su forma normal. Entonces lo supo. Acababa de ver lo que Dain llamaba el Temblor.

 

—¡Ols! —murmuró—. ¡No son cabras, sino ols!

 

Se le revolvió el estómago al darse cuenta de que habían estado a punto de pasar entre aquel rebaño, sin que ninguno de ellos sospechara nada. Los tres habían estado muy cerca de encontrarse con la muerte.

 

—Están custodiando el puente. —Barda apretó los dientes en una mueca de frustración—. ¿Qué vamos a hacer?

—Uno de nosotros tiene que alejarlos de allí, para que los otros dos puedan pasar por el puente —dijo Jasmine—. Yo me encargaré de…

 

Barda sacudió la cabeza con firmeza.

 

—Hay demasiados para que ese truco dé resultado, Jasmine. Algunos de los ols te perseguirían y otros se quedarían donde están. Y ahora que pienso en ello, cuando pasé por allí de camino a la costa, vi que había muchas aves del río anidando al otro lado del puente. Más ols, sin duda, aunque en ese



 

 

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momento no me di cuenta de lo que eran en realidad. Y seguramente todavía seguirán allí.

 

—Entonces debemos seguir adelante —musitó Lief—. Daremos un rodeo alrededor del puente, de modo que los ols no nos vean. Encontraremos otra manera de cruzar el río un poco más allá corriente arriba.

—¡Pero no hay ninguna otra manera! —masculló Jasmine—. Yo no sé nadar, eso ya lo sabéis. Y aunque supiera, los gusanos asesinos…

 

—No podemos nadar, pero existen unas cosas llamadas botes —la interrumpió Barda, sin perder la calma—. Tenemos dinero para pagar una travesía del río. O si no, haremos una balsa. Cualquier cosa será mejor que luchar con veinte ols.

 

Moviéndose tan silenciosamente como cuando llegaron, los tres compañeros se alejaron del río y siguieron camino corriente arriba, describiendo un gran arco alrededor del puente. De vez en cuando distinguían, a través de los huecos que había entre los árboles, a las cabras que todavía permanecían inmóviles bajo la luz de la luna, esperando.

 

*

 

Cuando despuntó el día, con el sol esforzándose por brillar a través de una capa de nubes, la aldea y el puente habían quedado muy atrás. Los compañeros hicieron un alto para comer y descansar, poniéndose a cubierto bajo un pequeño macizo de arbustos. Kree alzó el vuelo para cazar insectos y estirar sus alas doloridas por la inmovilidad.

 

Lief hizo la primera guardia. Se envolvió en su capa y trató de encontrar una postura lo más cómoda posible. Le escocían los ojos, pero no temía quedarse dormido. Todo él era un puro manojo de nervios.

 

El tiempo transcurrió muy despacio. Kree regresó y se posó en uno de los arbustos. Un tenue amanecer dio paso a una mañana bastante apagada. Las nubes bajas se cernían sobre la cabeza de Lief, espesándose un poco más con cada momento que pasaba. «Vamos a tener lluvia», pensó con abatimiento. Los animales que correteaban de un lado a otro habían abierto estrechos senderos entre la vegetación, pero ahora no se veía ninguno, y Lief lo agradeció. Cada criatura viviente era sospechosa en un lugar por el que merodeaban los ols.

 

Y Doom aseguraba que había ols que podían adoptar la forma de cosas que no estaban vivas: los ols del Grado 3, la perfección del arte maléfico del Señor de la Sombra. Si aquella historia era cierta y realmente existían seres así, entonces el mismo arbusto encima del cual se había posado Kree, o el



 

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guijarro que había junto a los pies de Lief, podían ser un enemigo secreto. En cualquier momento podía iniciarse una horrible transformación. Un blanco espectro de forma cambiante, con la marca del Señor de la Sombra en su núcleo, podía alzarse en cualquier instante y acabar con los compañeros.

 

Ningún lugar era seguro. No se podía confiar en nada.

 

Lief se pasó la lengua por los labios y trató de no dejarse dominar por el temor que empezaba a oprimirle el corazón. Pero aun así, su cuerpo siguió temblando. Metió las manos bajo la camisa y tocó la pesada forma del Cinturón de Deltora, extendido alrededor de su cintura. Sus dedos fueron a la sexta piedra, la amatista. Cuando se detuvieron encima de ella, y a medida que la magia de la piedra iba fluyendo a través de todo su ser, los temblores fueron disipándose lentamente.

 

«Ya se nos ocurrirá algún modo de encontrar un bote —se dijo—. Cruzaremos el río. Nuestra búsqueda continuará. Sobreviviremos.»

Pero seguía sin poder quitarse de encima la sensación de que se encontraban atrapados dentro de una red. Una red que el Señor de la Sombra iba recogiendo muy, muy lentamente.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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— 2 —

 

Compañía

 

 

 

 

 

 

B                       arda despertó cuando la mañana estaba bastante avanzada, y Lief se fue a dormir. Abrió los ojos a media tarde, para encontrarse con un cielo de un color plomizo y a la tierra conteniendo la respiración.

 

Cuando se incorporó, la cabeza le palpitó con un sordo dolor. Había dormido mal, y sus sueños habían sido confusos e inquietantes.

Barda y Jasmine estaban cerrando sus mochilas.

 

—Creo que deberíamos seguir adelante, Lief, tan pronto como estés listo —dijo Barda—. Empieza a oscurecer, y si esperamos a que llegue la noche, entonces cubriremos muy poca distancia antes de que empiece a llover.

—La otra aldea que vimos mientras bajábamos hacia la costa no puede estar muy lejos —añadió Jasmine, volviéndose para escrutar el terreno por entre los matorrales—. Si llegamos allí antes de que anochezca, quizá podamos persuadir a alguien para que nos lleve al otro lado del río en una embarcación de remos.

 

Lief sintió una breve punzada de ira. Sus compañeros habían estado hablando mientras dormía, haciendo planes sin él. Sin duda habían esperado impacientes a que se despertara, pensando que era un dormilón. ¿Acaso no sabían lo cansado que estaba? Había dormido durante horas, pero aun así seguía sintiéndose agotado; tanto que le parecía que ni una semana entera de sueño bastaría para que desapareciera el cansancio.

 

Pero enseguida se dio cuenta de que su irritación era fruto de aquel mismo cansancio. Miró los ojos ensombrecidos por el agotamiento de Jasmine y las profundas señales grises que había en el rostro de Barda. Sus amigos se hallaban tan exhaustos como él. Lief se obligó a sonreír, asintió, y empezó a recoger sus propias pertenencias.

 

*



 

 

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Cuando llegaron a la siguiente aldea, había oscurecido un poco más, pero no había caído todavía la noche. Los compañeros entraron con cautela por la puerta abierta en el muro.

 

Todo estaba en ruinas. Aquello que no estaba hecho de piedra había ardido hasta quedar convertido en cenizas. Los familiares nombres de Finn, Nak y Milne habían sido garabateados sobre las paredes que todavía se mantenían en pie.

 

—Escribieron aquí sus nombres sintiéndose triunfantes, pensando que eran unos reyes en vez de unos sucios piratas asesinos —murmuró Jasmine salvajemente—. Me alegro de que murieran gritando.

 

—Y yo —dijo Barda, hablando con un repentino apasionamiento.

 

Lief habría querido mostrarse de acuerdo con ellos. Hubo un tiempo en el que no le hubiese costado nada hacerlo. Pero cuando pensaba en cómo Milne, en especial, se había encontrado con su terrible destino, balbuceando de terror allá en el Laberinto de la Bestia, algo le impedía hacerlo. La venganza ya no le parecía dulce. Había habido demasiado sufrimiento.

Dio media vuelta y empezó a registrar las ruinas. Pero no había nada que encontrar. En aquel lugar muerto ya no quedaban personas ni animales. No había ningún sitio que pudiera ofrecerles cobijo.

 

Y no había ningún bote.

 

Con los corazones llenos de abatimiento, Lief, Barda y Jasmine reanudaron lentamente su camino.

 

*

 

La lluvia empezó a caer a medianoche. Al principio era como agujas que se desprendían del cielo, pinchándoles las caras y las manos. Luego arreció rápidamente hasta convertirse en un intenso aguacero que enseguida los dejó empapados, y que después no tardó en helarlos hasta la médula de los huesos. Kree se encogía, afligido, sobre el hombro de Jasmine. Filli, hecho una bolita de pelo mojado, escondía la cabeza dentro de la chaqueta de la joven.

 

Los tres amigos siguieron avanzando por el barro entre la oscuridad, tratando de permanecer alerta y manteniendo los ojos bien abiertos, en busca de cualquier cosa que pudiera ayudarlos a cruzar el río. Pero no había ningún árbol, solo matorrales. Tampoco había troncos o tablas que la corriente hubiera llevado hasta la orilla. Nada de lo que veían podía ser utilizado para hacer una balsa.

 

Al amanecer se permitieron disfrutar de un precario descanso, buscando el escaso refugio que encontraron bajo las hojas que no paraban de gotear. Pero



 

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pasadas unas horas, el suelo se llenó de agua. Los tres compañeros se levantaron, y reanudaron su camino con paso tambaleante.

 

Y así transcurrió el tiempo. Al principio de la tercera noche de lluvia, dejaron de buscar una manera de cruzar el río, ahora tan crecido que se desbordaba por sus orillas. La lluvia les ocultaba el otro lado, incluso cuando era de día, pero a esas alturas Lief y Barda sabían que debían de estar enfrente de los grandes cañaverales que habían detenido su avance cuando iban río abajo. Cruzar allí no serviría de nada, incluso suponiendo que encontraran algo que los llevara. Los tres sabían, por amarga experiencia, lo que era flotar a la deriva en aquel barro viscoso.

 

—¿Es que este río diabólico siempre va a cortarnos el paso? —gimió Jasmine, cuando se detuvieron para descansar una vez más—. ¿Y esta lluvia nunca dejará de caer?

 

—Si podemos seguir adelante un poco más, nos encontraremos enfrente del lugar donde el Río Ancho se une con el Tor —dijo Barda—. Sé que allí hay árboles, al menos. Podemos hacernos un refugio y descansar hasta que cese la lluvia. A lo mejor incluso podríamos encender un fuego.

Siguieron caminando, envueltos en una pesadilla de oscuridad fría y mojada. Entonces, después de lo que les pareció un rato muy largo, Jasmine se detuvo de pronto.

 

—¿Qué ocurre? —susurró Lief.

 

La mano empapada de Jasmine le apretó la manga.

 

—¡Chis! ¡Escucha!

 

Los compañeros siguieron avanzando lentamente. Entonces, no muy lejos de allí, delante de ellos, vieron una luz que parpadeaba. No la habían visto antes porque quedaba oculta por los árboles.

 

¡Árboles! Lief comprendió que por fin habían conseguido llegar a ese lugar que habían estado buscando y donde podrían ponerse a cubierto. Pero otros habían llegado antes que ellos. La luz era un fanal colgado de una rama. Su tenue claridad temblaba y parpadeaba mientras figuras oscuras se movían alrededor de ella, ocultándola con sus cuerpos de vez en cuando.

Las voces empezaron a sonar más fuerte.

 

—¡Os digo que debemos regresar! —rugió un hombre—. Cuanto más pienso en ello, más seguro estoy. No deberíamos haber aceptado que Nak y Finn se quedaran solos con el botín. ¿Cómo sabemos que esos dos todavía estarán allí cuando volvamos?

 

Lief sacudió la cabeza. ¿Se estaría imaginando cosas? ¿Había oído decir «Nak» y «Finn» a aquel hombre? ¿Podían aquellas figuras del bosquecillo ser



 

 

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los piratas que habían izado sus velas para llevarse río arriba a Dain, y entregárselo a los guardias grises del Señor de la Sombra? Pero ¿qué estaban haciendo allí? Lief se había imaginado que ya estarían muy lejos, río arriba.

 

—Por supuesto que Nak y Finn nos estarán esperando, Gren —gruñó otro de los piratas—. Digan lo que digan, los dos querrán su parte del oro que consigamos por ese pobre desgraciado de la Resistencia que llevamos a bordo del barco.

 

¡Aquellos hombres estaban hablando de Dain! Lief trató de divisar el río más allá de los árboles, y creyó entrever las pálidas velas arriadas de la embarcación pirata. Tenía que estar anclada muy cerca de la orilla. ¡Y Dain se encontraba a bordo!

 

—¡Eres un idiota que siempre confía demasiado en los demás, Rabin! — gritó el hombre llamado Gren—. ¡Si estoy en lo cierto, entonces Nak y Finn tendrán algo más que un puñado de oro en lo que pensar! ¿Por qué otra razón habrían permitido si no que nosotros subiéramos por el río solos? ¿De verdad crees que Nak y Finn tienen miedo de ese hombre al que llaman Doom? ¿Qué es él, sino un desgraciado de la Resistencia, como el otro?

—Deben de haberse detenido cuando empezó a llover —susurró Barda—. El río quizá habrá empezado a fluir demasiado deprisa para que pudieran seguir en contra de la corriente. Vinieron a la orilla para ponerse a cubierto.

 

—Entonces tiene que haber un bote de remos aquí, en la orilla del río — dijo Jasmine.

—¡Nak y Finn nunca nos traicionarían! —chilló una mujer con voz enfurecida—. Tú mismo eres un traidor al decirlo, Gren. ¡Ten cuidado! Acuérdate de lo que le ocurrió a Milne.

 

Otras voces irritadas empezaron a murmurar.

 

—¡No me amenaces, arpía! —gruñó el hombre—. ¿Qué ha sido de tu memoria? ¿Es que no te acuerdas de que en la caverna, uno de los prisioneros nos contó que Finn había encontrado una gran gema y que se la había guardado en secreto? ¿Y si es verdad que la encontró?

 

—¿Una gema encontrada en el Laberinto de la Bestia? —se burló Rabin

 

—. ¡Oh, sí, estoy seguro de que es verdad! ¿Se puede saber qué le ha pasado a tu cabeza, Gren, para que creas en semejantes cuentos de hadas?

—¡Cierra tu fea boca, Rabin! —dijo Gren, con su voz enronquecida por la rabia.

—¡Cierra tú la tuya, gorda estúpida!

 

Hubo un rugido, un repentino y violento movimiento y un gemido de agonía.



 

 

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—¡Oh, maldito demonio! —gritó la mujer.

 

Algo chocó con el fanal. La luz se balanceó con violencia y se apagó. —¡No te acerques! —rugió Gren—. Eres una…

—¡Quítale las manos de encima! —gritaron, furiosas, varias voces más. Entonces el bosquecillo pareció estallar en una repentina algarabía de

ruidos, cuando el resto de la tripulación se unió a la pelea. Gritos y gruñidos, el estrépito del acero y el chasquido de las ramas partiéndose, chillidos y golpes sordos se elevaron por encima del sonido de la lluvia que caía.

—¡Al río! —musitó Barda—. ¡Deprisa!



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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— 3 —

 

A la deriva

 

 

 

 

 

E l bote, que el agua de lluvia había llenado hasta la altura de los tobillos, se mecía lentamente junto a la orilla del río. Sin duda había sido arrastrado hasta tierra firme cuando el último de los piratas bajó

 

de él. Pero el río había subido mucho desde entonces, y lo había puesto de nuevo a flote. Si no hubiera estado atado a un árbol, el bote se habría alejado corriente abajo.

 

Para Barda fue una cuestión de segundos desatar la cuerda mientras sus compañeros subían al bote, con Kree aleteando tras ellos. Cuando el hombretón se instaló entre los remos, ya empezaban a entrar en aguas más profundas.

 

Gritos y alaridos procedentes de entre los árboles seguían atravesando el tamborileo de la lluvia. No muy lejos de allí, la embarcación pirata tiraba de la amarra de su ancla. Dos portillas destellaban como ojos en su costado. Lief no había reparado en aquello antes. Mientras sacaba frenéticamente agua del fondo del bote, recorrió la cubierta de la embarcación con la mirada en busca de alguna señal de movimiento.

 

Mientras tanto, Barda se debatía con los remos. Pero el hombretón no era ningún experto en la tarea, y las crecidas aguas del río se agitaban alrededor del bote, resistiéndose a cada uno de los movimientos que hacía Barda y arrastrando a los compañeros cauce abajo.

 

—¡La corriente es demasiado fuerte para mí! No sé si podré llegar hasta la embarcación —rugió Barda, apartándose de la frente los cabellos mojados.

—¡Tienes que hacerlo! —gritó Jasmine. Y solo entonces se dio cuenta Lief de lo mucho que deseaba la joven que Dain fuera salvado. Jasmine no había dicho nada antes; pareció aceptar la pérdida del muchacho con la calma que siempre mostraba ante el desastre. Pero ahora que Dain se encontraba tan cerca de ellos, Jasmine no podía soportar la idea de dejarlo abandonado allí.



 

 

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Apretando los dientes, Lief dejó caer el balde y se arrastró hasta el banco del remero.

 

—¡Hazme sitio! —gritó y, cogiendo un remo, se acomodó junto a Barda. Nunca antes había remado, pero se lo había visto hacer a los piratas hacía tan solo unos días. Lief pensaba que podría imitar sus movimientos. Moviéndose al mismo tiempo, él y Barda se inclinaron hacia delante para luego tirar de los remos, volvieron a inclinarse y tiraron nuevamente de los remos.

 

El peso añadido que había ahora sobre los remos empezó a surtir efecto. Lentamente y con mucha dificultad, el bote fue aproximándose poco a poco a la embarcación de los piratas. Entonces se oyó un grito. Pero el grito no procedía de la orilla, sino de la misma embarcación.

 

Lief miró a su alrededor. Una figura estaba de pie en la cubierta, agitando la mano frenéticamente. Era Dain. Una figura más pequeña daba saltitos junto a él, con una linterna oscilando en su mano. Lief comprendió que era aquella extraña criaturita ladrona, a la que Dain llamaba polípano. Los piratas la habrían dejado a bordo con Dain, y de alguna manera el muchacho la había persuadido de que lo dejara en libertad.

 

Dain levantó un rollo de cuerda atado por un extremo a la cubierta de la embarcación. Empezó a balancearlo, como si se dispusiera a lanzarlo.

 

—¡Aquí! —exclamó Jasmine. Se levantó y extendió las manos, y el bote se bamboleó peligrosamente.

—¡Siéntate! —rugió Barda—. ¡Vas a hacer que volquemos! ¡Rema, Lief! Entonces Jasmine gritó, Kree soltó un graznido y el bote se bamboleó por segunda vez. Lief miró hacia atrás. La oscura silueta de la embarcación pirata, con sus portillas reluciendo como ojos que los mirasen fijamente, se

 

encontraba muy cerca de ellos.

 

Dain había lanzado la cuerda, y Jasmine la había agarrado al vuelo. El delgado cable quedó tensado entre las dos embarcaciones que se sacudían sobre las aguas del río. Parecía que iba a romperse en cualquier momento, pero aunque crujió y se deshilachó, no llegó a partirse.

 

—¡No puedo sostenerlo! —gritó Jasmine. Se inclinaba peligrosamente por encima de la borda, con la espuma del agua hirviendo justo debajo de su cabeza. Filli parloteaba temerosamente en su hombro, sin poder ayudarla y aterrorizado ante la posibilidad de caerse. Kree revoloteaba alrededor de los dos, graznando de pánico.

 

Barda soltó su remo y fue hacia ellos. Tomó el peso de la cuerda en sus robustas manos y tiró. El bote se bamboleó y bailó sobre la corriente. Lief agarró ambos remos e hizo cuanto pudo para resistir el tirón de la corriente.



 

 

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—¡Vuelve a la cubierta, Dain! —le oyó gritar a Barda—. ¡Subiremos a bordo!

 

Una vez más, Lief se arriesgó y se volvió para mirar. Dain, con el polípano siguiéndolo de cerca, bajaba frenéticamente por una escalerilla de cuerda que colgaba del costado de la embarcación, entre los ojos relucientes de las portillas. El polípano aún sostenía la linterna. Esta parecía un tercer ojo, temblaba y oscilaba de un lado a otro.

 

Lief entornó los ojos tratando de ver algo a través de la lluvia, pero lo cierto era que los otros dos ojos también estaban temblando. Y ya no cabía duda de que ahora se habían tornado muy brillantes, con un resplandor mucho más intenso que antes.

 

—¡Dain! —rugió Barda furiosamente—. ¡Dain! Este bote es demasiado pequeño. No podemos…

Dain tuvo que oírle, pero no le hizo ningún caso. Dio media vuelta y se preparó para saltar, agarrándose a la escalerilla con una mano. Sus cabellos estaban empapados y se le pegaban a la cara. Su rostro, reluciendo bajo la luz de la lámpara, reflejaba desesperación. El polípano parloteaba y se balanceaba por encima de él, moviendo la escalerilla con su pánico.

Entonces Lief olió humo, y comprendió.

 

—¡Fuego! —gritó.

 

En el mismo instante en que pronunciaba esa palabra, hubo un rugir en algún lugar de las entrañas de la embarcación. Las portillas saltaron hacia fuera hechas añicos y chorros de llamas salieron despedidos por ellas. Se abrieron grandes grietas en el costado de la embarcación, y el fuego enseguida llenó las brechas. La lluvia siseó y empezó a soltar vapor al chocar con la madera en llamas.

 

Dain y el polípano saltaron a la vez, cayendo sobre la cubierta del bote de remos. Este se inclinó hacia un lado y una gran ola de agua pasó por encima de la borda, haciendo que Lief se desplomara hacia atrás y arrancándole los remos de las manos.

 

El bote volvió a enderezarse. Se meció sobre las aguas y enseguida inició una rápida deriva lateral, sobrecargado por el peso de dos pasajeros extra y de toda el agua que se acumulaba dentro. Todavía aturdido por su caída, Dain yacía apoyado en un asiento mientras Jasmine sacaba agua sin cesar con el balde, y Lief y Barda se apresuraban a coger los remos. El polípano gritaba, aferrado a la punta de la proa. Aquella criatura conocía los botes y sabía demasiado bien lo que podía ocurrir.



 

 

 

 

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Gritos de rabia se elevaron desde la orilla del río. Los piratas habían oído el estrépito, descubierto la desaparición del bote y visto su embarcación en llamas. Mientras se esforzaba desesperadamente por mantener el curso del bote, Lief vio saltar las sombras de los piratas a la luz de la linterna, que estos habían vuelto a encender. Pero aquel diminuto resplandor no era nada comparado con el infierno en que se había convertido la embarcación.

Parecía increíble que el fuego pudiera seguir ardiendo mientras la lluvia caía y las aguas enfurecidas se agitaban. Pero el incendio había empezado debajo de la cubierta y ahora emergía a través de las escotillas, rugiendo, fuera de todo control.

 

—¡Ha sido el polípano! —gritó Dain, incorporándose—. Tiró una linterna dentro de la sentina que hay debajo de la cubierta. Allí es donde los piratas guardan el aceite, la grasa y la pintura. ¡La lluvia y las palizas que no paraban de darle lo han hecho enloquecer!

 

«Y quizá también el deseo de conseguir aquella goma marrón que tanto le gusta masticar —pensó Lief mientras contemplaba la figura de largos brazos que chillaba aferrada a la proa—. Ah, cómo tiene que lamentar haberse ido del Reina del Río

 

—¡Tenemos que alejarnos de la embarcación! —rugió Barda por encima de la lluvia—. Si se hunde, nos hundiremos con ella.

Lief y él volvieron a empuñar los remos. Pero sus torpes esfuerzos no sirvieron de gran cosa. Nada parecía poder detener aquella peligrosa inclinación del bote. Entraba más y más agua, pasando por encima de la borda tan deprisa como Jasmine la retiraba con el balde.

 

El polípano chilló, los ojos vidriosos por el terror. Entonces, sin previo aviso, saltó de pronto del lugar que ocupaba en la proa y corrió hacia Lief y Barda, haciéndolos a un lado para agarrar los remos. Maldiciendo, Barda se dispuso a apartarlo de allí.

 

—¡No! —gritó Lief—. ¡Déjalo! Él puede remar mucho mejor que nosotros. ¡Puede salvarnos a todos!

Con dos diestros movimientos de los remos, el polípano hizo virar el bote. Luego, echándose hacia atrás con sus robustos brazos hinchados por el esfuerzo, empezó a remar. Y como si el bote supiera que ahora estaba en manos de un experto, empezó a abrirse paso a través de las revueltas aguas con tanta facilidad como un cuchillo que atraviesa la mantequilla caliente. En cuestión de minutos, se había alejado de la embarcación en llamas y describía un curso bien recto a través del río.



 

 

 

 

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Jasmine siguió sacando agua, cada vez más rápido a medida que esta desaparecía lentamente del fondo del bote. La embarcación envuelta en llamas no tardó en quedarse muy atrás. Los compañeros sabían que tenían ante ellos el gran cauce de tranquilas aguas del Río Ancho, y el puente que pasaba por encima de él. Más adelante, también, estaba la aldea de Donde Se Encuentran Las Aguas, y el pequeño embarcadero que lucía el letrero del Reina del Río.

 

Filli parloteó excitado mientras husmeaba el aire.

 

—¡Estamos muy cerca! —exclamó Jasmine—. ¡Casi hemos llegado a la orilla!

El polípano se volvió, enseñando sus dientes marrones que no paraban de castañetear. Sus brazos no interrumpieron su labor en ningún momento, pero sus ojos parecían arder mientras escrutaban la oscuridad.

 

Las aguas se arremolinaron alrededor de ellos cuando las corrientes de los dos ríos acrecentadas por la lluvia se mezclaron. El bote salió de pronto disparado hacia delante. «Es como abrirse paso a través de un torbellino — pensó Lief, agarrándose a su asiento—. Si el polípano no estuviera remando, nunca sobreviviríamos a esto.»

 

Pero al instante siguiente, el polípano había dejado de remar. Había saltado de su sitio, abandonando los remos. La criatura corrió hacia la proa y pasó de un salto junto a Jasmine y Dain, y se alejó de ellos para perderse en la oscuridad.

 

Se oyó un golpe sordo, y un ruido de pies que corrían.

 

—¡El embarcadero! —gritó Jasmine.

 

Se inclinó desesperadamente sobre la borda, tratando de agarrarse a los pilotes del viejo embarcadero y al poste que sostenía el cartel del Reina del Río. Pero las aguas embravecidas apartaron el bote de allí, antes de que Jasmine pudiera aferrarse a los maderos. Un instante después el bote era arrastrado río abajo, mientras giraba vertiginosamente sobre las aguas. Uno de los remos que nadie sujetaba se hundió en la corriente, se desprendió del bote y se perdió en la agitación de los ríos.

 

Barda se lanzó sobre el otro remo, pero llegó demasiado tarde. Antes de que pudiera agarrarlo, desapareció al igual que su compañero.

 

Entonces ninguno de ellos pudo hacer nada, salvo agarrarse a los lados de su bamboleante embarcación mientras las traicioneras aguas se los llevaban de allí.



 

 

 

 

 

 

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— 4 —

 

Silencio

 

I nmovilidad. Silencio. Claridad rosada a través de párpados cerrados.

Lief despertó sumido en la confusión. Se quedó inmóvil y atemorizado.

Lo último que recordaba era cómo el bote chocaba con algo, giraba unas cuantas veces, y luego continuaba con su enloquecido recorrido dentro de la oscuridad.

 

«¿Me he quedado dormido? —pensó—. ¿Cómo es posible?»

 

Pero se había quedado dormido, o bien había perdido el conocimiento. Eso al menos estaba claro. Porque se encontraba allí ahora, mientras se despertaba. La lluvia había cesado. La terrible noche había pasado.

 

O… ¿sería aquello la muerte? Esa luz, ese apacible flotar a la deriva… ¿era así como terminaba todo ese forcejeo y esa lucha?

Abrió los ojos. El cielo era de un color rosado por encima de él.

 

Amanecía.

 

Lief se incorporó poco a poco. Delante de él había un lago, un lago enorme y de aguas tan lisas como un cristal. Jasmine dormía junto a él, con su mejilla apoyada en las duras tablas de un banco mientras Kree montaba guardia junto a ella. Barda estaba tendido no muy lejos de allí, respirando con una apacible lentitud. Y Dain… Dain estaba sentado en la proa, con sus oscuros ojos llenos de asombro.

 

Lief se humedeció los labios.

 

—¿Dónde estamos? —preguntó con voz enronquecida—. ¿Qué ha pasado?

—Chocamos con algo… un banco de arena, creo, formado por la crecida de las aguas —dijo Dain, hablando muy despacio—. Seguramente nos ha desviado hacia un canal que se encuentra separado del cauce principal. Por eso ahora estamos flotando aquí, en el gran lago, en vez de ser arrastrados hacia abajo por la corriente.



 

 

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—¡Pero no hay ningún lago junto al río Tor! —protestó Lief.

 

Sacudió la cabeza, sin poder dar crédito a lo que estaban viendo sus ojos. Pero podía divisar en la lejanía la ancha banda del río que seguía su curso hacia el mar.

 

—Pues al parecer antes existía un lago —dijo Dain sin inmutarse—. Y ahora, debido a la crecida de las aguas, vuelve a haber uno. ¿No lo ves? Eso de ahí son los lechos de los cañaverales, Lief. Ahora son un lago, como lo fueron siempre en el pasado. Y ahora no hay ninguna niebla para ocultar lo que se encuentra junto a su orilla.

 

Señaló con un dedo. Lief se volvió. Y allí, directamente detrás de él, había tierra firme y un vasto rielar de luz.

—Eso es Tora —murmuró Dain—. Tora.

 

Lief entornó los ojos para protegérselos de aquel resplandor deslumbrante y finalmente pudo distinguir las formas relucientes de torres, almenas y muros. En su asombro inicial, pensó que eran los mismos edificios los que relucían, resplandeciendo desde dentro como por obra de alguna magia. Pero entonces vio que toda aquella claridad era causada por los rayos del sol de primera hora de la mañana, que se reflejaban en miles de duras superficies blancas e impecablemente pulidas.

 

Apartó la vista y se frotó los ojos que habían empezado a llorarle. Era imposible distinguir claramente la ciudad. Y sin embargo, Lief había visto lo suficiente para sentirse atónito. Le invadió un extraño sentimiento de respeto y temor ante su silenciosa e intacta belleza.

 

—Tora fue esculpida por la magia a partir de una montaña de mármol — dijo Dain—. Es perfecta: toda ella está hecha de una sola pieza, sin grieta o rendija alguna.

 

Su voz se había vuelto más potente, más grave. Lief lo miró, asombrado, y vio que se mantenía muy erguido en su asiento. Tal como había sucedido en una ocasión anterior desde que Lief lo conocía, de pronto Dain parecía mayor, menos frágil y más seguro de sí mismo. Su boca era firme y le brillaban los ojos. Era como si una máscara hubiera caído de su rostro, dejándolo de pronto al descubierto.

 

Dain se dio cuenta de que Lief lo miraba y se apresuró a volverse. —Ahora sería un buen momento para entrar en la ciudad —dijo, ya en su

 

tono habitual—. Es muy temprano. La mayoría de la gente todavía no se habrá levantado.

Sin aguardar una respuesta, fue cautelosamente hasta la popa del bote y bajó a la orilla. El bote se meció suavemente. Jasmine y Barda abrieron los



 

 

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ojos y se incorporaron, visiblemente sobresaltados.

 

—Todo… todo va bien —balbuceó Lief—. Ya no corremos ningún peligro. La crecida de las aguas ha vuelto a llenar un antiguo lago. Y parece… parece ser que hemos llegado a Tora.

 

Tal como había hecho antes Dain, señaló con un dedo. Y tal como Lief había hecho tan solo unos instantes antes, Barda y Jasmine se volvieron hacia aquella intensa claridad y quedaron deslumbrados por ella.

 

—¡Así que Tora estaba en el río después de todo! —exclamó Jasmine—.

 

O, al menos, junto a un lago que está al lado del río.

 

—¿Y Dain piensa que podemos entrar tranquilamente en ese sitio sin que nos detengan? —musitó Barda—. Tora está controlada por el enemigo.

Lief frunció el ceño.

 

—Eso fue lo que dijo Doom —murmuró después—. Pero… me pregunto si Doom nos decía la verdad. No puedo ver claramente la ciudad, pero no parece haber ningún guardia gris en la puerta. No hay ninguna marca del Señor de la Sombra en los muros, y tampoco se ven daños o destrozos o montones de basura esparcidos por ahí. Y todo está tan tranquilo y lleno de paz, Barda… ¿Conoces algún lugar que haya sido tomado por los guardias grises y se encuentre en un estado así?

 

Barda titubeó, y luego se pasó la mano por los labios resecos.

 

—Parece imposible, pero… —susurró—. ¿Y si realmente la magia de los toranos ha sido lo bastante poderosa para mantener alejado de aquí incluso al mal del Señor de la Sombra? De ser así, Lief… de ser así…

 

El corazón de Lief latía frenéticamente debido a la excitación que sentía.

 

—De ser así, el heredero de Deltora podría estar allí. Esperándonos.

 

La ciudad se extendía ante ellos, silenciosa, a la espera y envuelta en luz. La orilla del lago se desplegaba ante ellos, vacía e invitadora. Pero nada más poner los pies en ella, Lief sintió cómo su excitación se desvanecía y el miedo hacía presa en él.

 

Con la cabeza baja, siguió lentamente a Dain mientras se debatía con el miedo y trataba de entenderlo. ¿Se trataba de una cautela natural, era remiso a entrar corriendo y medio cegado por la luz en un sitio donde, a pesar de las apariencias, podían acechar enemigos? ¿Era miedo a la poderosa magia de la misma Tora?

 

¿O era porque, ahora que estaba casi seguro de que por fin había llegado el momento, temía conocer al heredero de Deltora?

Alzó la cabeza y vio conmocionado cómo Dain casi había llegado al límite de la orilla. La figura solitaria titubeó durante una fracción de segundo,



 

 

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y luego dio un paso adelante y desapareció dentro de aquella deslumbrante claridad. Lief entornó los párpados y se frotó los ojos que empezaban a llorar de nuevo, nublándole la visión.

 

Siguió adelante, tropezando y dando traspiés, mientras se envolvía con la capa para ocultar su espada. «No debemos parecer enemigos —pensó confusamente—. No debemos…»

 

—¡Lief! —oyó que lo llamaba Barda en un tono seco, y entonces se dio cuenta de que sus compañeros lo habían perdido de vista. Cada hebra de su capa relucía, envolviéndolo con una aureola de luz. Lief respondió a la llamada y esperó. Barda y Jasmine llegaron enseguida hasta él, con los brazos extendidos sobre sus ojos deslumbrados.

 

Los tres compañeros dieron juntos los últimos pasos que los separaban de los muros de la ciudad. De esa manera entraron a formar parte gradualmente de la luz, y esta dejó de cegarlos. Entonces llegaron al final de la orilla, y vieron cómo Tora se alzaba ante ellos en todo su vasto esplendor.

«Tora fue esculpida por la magia a partir de una montaña de mármol. Es perfecta: toda ella está hecha de una sola pieza, sin grieta o rendija alguna.»

Se detuvieron un momento, muy impresionados. Luego, con las manos extendidas para demostrar que no venían con malas intenciones, los tres pasaron por el vasto arco blanco que era la entrada de la ciudad.

 

Una fría sensación hormigueante los envolvió enseguida. Era como ser sumergido de pronto en una profunda bañera llena de frescas y límpidas aguas. El tiempo pareció detenerse por un instante, y Lief perdió toda conciencia de dónde se encontraba o de lo que estaba haciendo. Cuando volvió a ser dueño de sí mismo, comprendió que sus ojos deslumbrados lo habían engañado. Creyó que el arco no era más que una entrada, pero en realidad era mucho más grueso de lo que pensaba. En vez de pasar directamente al interior de la ciudad, ahora sus compañeros y él se encontraban inmóviles entre las sombras de un túnel lleno de ecos. Una lisa blancura se curvaba alrededor de ellos.

 

Kree emitió un suave canturreo, bamboleándose ligeramente sobre el brazo de Jasmine.

—¿Qué ha sido eso? —murmuró Jasmine—. ¿Esa… sensación?

 

Lief sacudió la cabeza sin saber qué responderle. Pero no tenía miedo. De hecho, se sentía más en paz de lo que lo había estado nunca en toda su vida.

 

Fueron hacia el final del túnel caminando muy despacio, y finalmente salieron a la luz de la ciudad.



 

 

 

 

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No había figuras vestidas con túnicas para recibirlos. Ningún guardia gris saltó riendo de su escondite para caer sobre ellos. El silencio era fantasmagórico. Las botas de los tres compañeros creaban ecos que resonaban en aquella gran calle reluciente.

 

Volviéndose hacia un lado, Lief se subió la camisa y contempló el Cinturón de Deltora. El rubí relucía tan intensamente como siempre, lo cual quería decir que todavía no corrían ningún peligro. Pero… ¡la esmeralda!

 

Lief la miró fijamente. La esmeralda había perdido todo su color. Se había vuelto tan opaca y sin vida como lo estaba cuando fue poseída por el monstruo Gellick en el Monte Terrible. ¿Qué significaba aquello? ¿Habría algún mal oculto allí? O… a Lief le pareció recordar que había algo más que podía oscurecer la esmeralda. ¿Qué era?

 

Sus compañeros y él siguieron calle abajo. Salas, casas, torres y palacios se alzaban, relucientes, a ambos lados de la calle. A través de los espaciosos ventanales y de las puertas abiertas, podían entreverse magníficas colgaduras, sedosas alfombras y hermosos muebles. Las flores resplandecían por todas partes en los maceteros de las ventanas, llenas de colores y envueltas en el zumbar de las abejas. Frondosos árboles frutales crecían dentro de enormes recipientes de barro, cuidadosamente agrupados alrededor de patios, en los que había preparadas mesas repletas de comida y bebida, y se veía manar el agua de las fuentes.

 

Pero nadie se sentaba junto a aquellas fuentes, cuidaba de aquellos árboles o comía aquellos alimentos. Nadie caminaba por las calles, o miraba desde las ventanas de las casas. Nadie estaba de pie sobre las sedosas alfombras, o reposaba en los magníficos asientos. La ciudad estaba completamente desierta.

 

—Es como Donde Se Encuentran Las Aguas —murmuró Jasmine.

 

—No —dijo Barda en tono sombrío—. Aquello estaba en ruinas. Pero aquí… parece como si la gente se hubiera ido hace tan solo cinco minutos.

 

Miró por encima del hombro.

 

—¿Tan poderosa es la magia de los toranos? —musitó—. ¿Podría ser que se hubieran hecho invisibles? ¿Y dónde está Dain?

Llenos de preguntas y con el vello erizado en las nucas, los compañeros fueron por las desiertas calles de mármol.

Al final llegaron a una enorme plaza en el corazón de la ciudad y allí una de las preguntas de Barda obtuvo respuesta, porque encontraron a Dain.

Grandes estancias decoradas con columnas muy altas circundaban la plaza. La más espaciosa de ellas se encontraba al final de un largo tramo de



 

 

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escalones muy anchos. Una arqueta tallada reposaba encima del último escalón. Parecía estar fuera de lugar, como si la hubieran llevado hasta allí para algún propósito y luego la hubieran olvidado.

 

Pero Dain no había subido los escalones. Permanecía hecho un ovillo a los pies de un enorme trozo de mármol que se alzaba en el centro de la plaza. Lief supo inmediatamente que aquella era la piedra descrita por su padre, cuando le contó cómo la había visto en el palacio de Del. Pero ninguna llama verde surgía de lo alto de la piedra. Y se había resquebrajado.

Dain no se movió de donde estaba mientras Lief, Barda y Jasmine iban hacia él. El joven no pareció darse cuenta de que los compañeros se encontraban allí, ni siquiera cuando los tres se detuvieron junto a él y lo llamaron por su nombre. Sus ojos, tristes y desesperados, permanecieron clavados en la piedra.

 

Había unas palabras esculpidas en el mármol. La grieta las atravesaba como una herida.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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— 5 —

 

El secreto de Tora

 

 

 

 

 

 

L                       ief contempló aquella roca resquebrajada y muerta, sintiendo que se le caía el alma a los pies, mientras al fin recordaba las palabras de El Cinturón de Deltora que describían los poderes de la esmeralda.

 

La esmeralda, símbolo del honor, se oscurece ante la presencia del mal, y cuando es roto un juramento.

 

No necesitaba ninguna prueba más de lo que había ocurrido.

 

—Tora faltó a su juramento —murmuró—. Pero ¿por qué? ¿Por qué? Con un gemido de frustración y decepción, Barda se fue de allí. Pero Lief

y Jasmine no podían seguirlo. Todavía no.

 

Lief puso la mano en el hombro de Dain.

 

—Levántate, Dain —le dijo suavemente—. Aquí no hay nada para ti. No hay nada para ninguno de nosotros. Tora está vacía, intacta gracias al encantamiento, pero desprovista de vida. Creo que ya hace mucho tiempo que está así. Esa es la razón por la que el lago se secó, y la ciudad quedó aislada del río.

 

Pero Dain sacudió la cabeza con abatimiento.

 

—No puede ser —murmuró—. He esperado durante tanto tiempo… La tristeza había oscurecido su rostro. Todo su cuerpo temblaba. Jasmine se arrodilló junto a él.

 

—Dain, ¿por qué tenías que venir a Tora? ¡Dinos la verdad!

 

—Pensaba que mis padres estaban aquí —respondió Dain con un hilo de voz—. Mi madre siempre me decía que si alguna vez llegábamos a separarnos, volverían a reunirse conmigo en Tora. Decía que ella tenía familia aquí, y que ellos nos darían cobijo.

 

Apretó los puños.



 

 

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—Se lo dije a Doom, hace un año, cuando me encontró después de que los bandidos que atacaron nuestra granja me hubieran dejado allí, dándome por muerto. Él me dijo que no se lo contara a nadie, porque cuando mis padres llegaran a Tora correrían un grave peligro si se sabía que su hijo estaba con la Resistencia.

 

—¿Cómo habría podido saberse? —le preguntó Lief.

 

—Doom sospecha que hay un espía en nuestro campamento. Al menos… eso fue lo que me dijo. —Dain alzó la mirada hacia la piedra rota y la contempló con ojos repletos de amargura—. Pero también me dijo que Tora estaba llena de espías, y que había sido tomada por los guardias grises y los ols. Doom me mintió. Consiguió retenerme durante todo ese tiempo, haciéndome falsas promesas, a pesar de que él sabía que la ciudad había sido abandonada y que todas las esperanzas que yo tenía depositadas en ella eran falsas.

 

Tragó aire con una temblorosa inspiración.

 

—Nunca volveré a la fortaleza. Nunca.

 

Bajó la cabeza y no volvió a levantarla. Lief lo miró. Era vagamente consciente de que en el pasado se habría enfadado con Dain por culpar a Doom de todos sus problemas. Porque, después de todo, Dain no había sido el prisionero de Doom.

 

Habría podido dejar la Resistencia en cualquier momento y viajar hasta Tora solo.

Pero ahora Lief no sentía ninguna rabia. Lo único que experimentaba era pena, y por un momento se preguntó a qué se debería aquello.

 

—¡Mirad esto!

 

La voz de Barda había sonado muy extraña. Lief alzó la mirada y vio que su amigo acababa de subir hasta el final del tramo de escalones de la gran estancia. Detrás de él, elegantes columnas blancas se prolongaban hacia el cielo, pero Barda tenía la mirada dirigida hacia abajo, porque estaba contemplando el interior de la arqueta tallada que tenía en sus manos.

—Ve —dijo Jasmine—. Yo me quedaré aquí.

 

Lief se levantó, cruzó la plaza y subió los escalones. Barda extendió la arqueta hacia él para que viera lo que contenía. Dentro había incontables rollos de pergamino. Lief cogió uno, y lo extendió.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Lief hurgó en la caja, cogió otros pergaminos y los examinó. Todos eran idénticos, excepto por las firmas. Algunos estaban firmados por la reina Lilia, otros por el rey Alton, el padre de Endon. En otros aparecía el nombre del mismo Endon.

 

—Son como los mensajes que me mostró mi padre —dijo Lief con un hilo de voz—. Sí, esos son los mensajes que recibían las gentes de Del cuando enviaban peticiones y quejas al rey.

 

Barda asintió.

 

Al parecer los toranos también enviaron peticiones y quejas, y recibieron las mismas respuestas. Me imagino que al igual que las gentes de Del, los toranos acabaron teniendo la sensación de que habían sido abandonados. Por eso cuando llegó el último mensaje…

 

Le entregó a Lief dos arrugados trozos de papel.

 

—También estaban dentro de la arqueta —dijo con voz cansada—. Los dejaron encima de todos los demás.

Eran las dos mitades de una nota. Lief las juntó y leyó el mensaje que había sido garabateado a toda prisa.

Lief contempló la nota.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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—¿Un mensajero? ¿Qué mensajero? —balbuceó.

 

—Un pájaro, sin duda —dijo Barda—. Y seguramente sería un pájaro negro, como Kree. Antes había muchos pájaros así en Del, y en la antigüedad siempre se los consideró pájaros del rey, debido a lo listos que eran. Probablemente esa es la razón por la que la hechicera Thaegan los odiaba tanto, y le encantaba comérselos.

 

—Los toranos rompieron la nota —señaló Lief—. Se negaron a prestar la ayuda que se les pedía, y faltaron al juramento. ¿Cómo pudieron arriesgarse hasta tal punto?

 

Barda se encogió de hombros. Su rostro cansado estaba ensombrecido por la decepción.

—La piedra de la plaza data de los tiempos de Adin. Los toranos quizá ya no creían en las palabras, pero la antigua magia todavía era muy poderosa. En cuanto rompieron la nota, los toranos estuvieron condenados.

Bajó la mirada hacia la arqueta tallada que sostenía en las manos.

 

—Esto era algo con lo que tu padre no contaba, Lief. El rey y la reina tuvieron que apresurarse a huir de Del, mucho antes de que pudiera llegar alguna respuesta de Tora. Sin duda pensaban que recibirían el mensaje mientras viajaban, y que la magia de los toranos los ayudaría a lo largo de su camino. Pero el plan fracasó.



 

 

 

 

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—Y durante todo este tiempo mi padre ha creído que el heredero se encontraba a salvo en Tora, esperándonos —murmuró Lief—. Ese era su secreto. Él pensaba que nos reuniríamos aquí, y al principio de nuestros viajes, además. ¿Te acuerdas? Su plan era que el Valle de los Perdidos fuese nuestra primera meta, no la última. Si lo hubiera sido, entonces estoy seguro de que habríamos pasado por Tora cuando íbamos de camino al Laberinto de la Bestia.

 

Puso las manos encima del Cinturón y este le dio valor.

 

—El plan para esconderse en Tora puede haber fracasado, pero Endon y Sharn se las ingeniaron de algún modo para encontrar otro lugar donde estar a salvo —dijo—. El Cinturón está entero. Mi padre nos dijo que eso significa que el heredero vive, dondequiera que esté. Cuando el Cinturón esté completo, nos mostrará el camino. Mi padre nos dijo que lo haría. Debemos creer en él.

 

Guardó las dos mitades de la nota dentro de la arqueta tallada, bajó la tapa dejándola firmemente cerrada, y volvió a dejar la arqueta encima del escalón.

 

Cuando levantó la vista, Barda tenía el ceño fruncido mientras recorría con la mirada la gran plaza y los edificios que la rodeaban, las grandes columnas, las estatuas de pájaros y bestias, las urnas talladas rebosantes de flores. Lief se preguntó qué estaría haciendo. Salvo por la piedra resquebrajada junto a la que seguía acurrucado Dain, atrapado en su pena, y Jasmine que estaba inclinada sobre él, no había nada que ver.

 

—Si la ciudad se encuentra desierta, ¿por qué todo sigue estando tan perfecto y tan entero, Lief? —preguntó Barda de pronto—. ¿Por qué los ladrones y las alimañas no la han destruido? Los piratas, los bandidos… ¿Qué les ha impedido saquear a placer los tesoros de Tora?

 

Señaló la arqueta.

 

—Por sí solo esto ya es toda una obra de arte. Sería de un gran valor para un mercader. Sin duda la ciudad está llena de tesoros parecidos, y sin embargo nadie los ha robado. ¿Por qué?

 

Había hablado en un tono muy bajo, pero aun así la plaza entera pareció resonar con los ecos de su voz.

Lief sintió que un escalofrío le subía por la espalda.

 

—¿Crees que Tora está… protegida? —murmuró.

 

—¡Lief! ¡Barda! —llamó Jasmine.

 

Dieron un respingo y los dos miraron hacia abajo. Jasmine seguía inclinada sobre Dain. La joven les hizo señas de que vinieran, y los dos



 

 

 

 

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compañeros bajaron corriendo los escalones y cruzaron la plaza para reunirse con ella.

 

Dain no levantó la cabeza, aunque tenía que haberlos oído llegar. Jasmine lo había envuelto en una manta, pero todavía temblaba.

—No hay manera de que se mueva —susurró Jasmine con voz asustada

 

—. No puede dejar de temblar, y no quiere beber agua. Tengo miedo de que le pase algo.

Los pálidos labios de Dain se abrieron.

 

—Sacadme de aquí, os lo suplico —balbuceó—. No puedo soportarlo. Por favor… sacadme de aquí.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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— 6 —

 

Los recién llegados

 

 

 

 

 

 

L                       os compañeros se dispusieron a salir de la ciudad; Lief y Jasmine sostenían a Dain entre los dos. Los ojos de este estaban oscurecidos y se hallaban vacíos de toda expresión. Tropezaba y arrastraba los pies

 

por el suelo, y un sudor helado perlaba su frente. Los terribles estremecimientos seguían desgarrando su delgado cuerpo.

Lief sentía mucho verlo sufrir de aquella manera, pero en lo más profundo de su mente se preguntaba cómo era posible que Dain se hubiera derrumbado de ese modo. ¿No se había estado entrenando con Doom y con la Resistencia durante todo un año? ¿No había hecho frente a los ols, y a otros terribles peligros, como parte de su vida cotidiana?

 

Dain esperaba hallar a sus padres en Tora, y no los había encontrado allí. Pero ¿cómo era posible que aquella decepción le hubiera afectado de una manera tan profunda? Era como si su corazón se hubiera roto al igual que la piedra de Tora, y la luz de su espíritu se hubiera extinguido como le había ocurrido al fuego verde.

 

Los tres siguieron su camino, volviendo la mirada, salvo Dain, hacia las casas junto a las que pasaban. Claramente visibles a través de las relucientes ventanas, se apreciaban todas las tristes señales de la vida desaparecida: comida tan fresca como el día en que había sido preparada, bandejas y platos maravillosamente pintados, colgaduras y cojines bordados. En casi cada una de las casas había también un telar, del cual colgaba una tela maravillosamente delicada, esperando a que la tejedora, desaparecida hacía ya mucho tiempo, regresara para terminarla.

 

Los telares le recordaron a Lief a su madre. ¿Con qué frecuencia la había visto sentada tejiendo telas para sus prendas y las necesidades del hogar? Lief sabía que la habilidad de su madre era grande, porque otras personas así se lo



 

 

 

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habían dicho. Pero las hebras que tenía que usar eran toscas y de feos colores y no podían compararse con las de Tora, que brillaban como joyas.

 

La prenda más delicada que su madre había hecho jamás era la capa que Lief llevaba puesta en esos momentos, y en la que había invertido sus mayores habilidades. Y además también amor y recuerdos, le había dicho ella.

 

¿Dónde estaba su madre ahora?

 

«Yo, más que nadie, debería entender la pena de Dain —pensó Lief—. Sé lo que es echar de menos a unos padres muy amados y temer por ellos.»

«Pero no has renunciado a la esperanza —susurró una voz dentro de su mente—. No te has entregado a la desesperación y enfermado en cuerpo y mente. ¿Y acaso Jasmine se dio por vencida y murió cuando se llevaron a sus padres? ¿Se hundió Barda en la desesperación cuando mataron a su madre y dieron muerte a sus amigos?»

 

Lief sacudió la cabeza; quería alejar de sus pensamientos aquella voz. «Cada persona tiene sus puntos fuertes y sus flaquezas —se dijo—. Yo no debería culpar…»

 

Entonces de pronto sus pensamientos siguieron un curso muy distinto cuando le vino otra idea a la cabeza. Quizá hubiese algo oculto que justificara el derrumbamiento de Dain, y que Lief desconocía. Todo parecía indicar que el muchacho no se había sentido simplemente apenado y decepcionado, sino también terrible y profundamente afectado. Mucho más afectado de lo que era razonable, suponiendo que Dain les hubiera contado toda la verdad.

La entrada del túnel se encontraba ante ellos. Entraron en su fresca sombra y Lief volvió a sentir cómo aquel misterioso hormigueo recorría todo su cuerpo. Fue por el túnel como si caminara en sueños, y lamentó dejarlo atrás para salir a la luz del sol.

 

Barda y él dejaron en el suelo a Dain. El muchacho temblaba como si tuviera muchísimo frío, y sus grandes ojos contemplaban sin verlo el cielo libre de nubes.

 

—Tienes que tratar de ser fuerte, Dain —lo apremió Barda suavemente—.

 

Si no acabarás cayendo enfermo.

 

Repitió las palabras varias veces, y finalmente Dain respondió. Los ojos vacíos de toda expresión volvieron a enfocarse lentamente. El muchacho tragó saliva, y se humedeció sus labios resecos.

 

—Lo siento —murmuró—. Encontrar vacía la ciudad… ha sido un golpe terrible para mí. Pero eso no es ninguna excusa.



 

 

 

 

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Kree graznó, mientras batía frenéticamente las alas en una súbita advertencia.

 

—¡Alguien viene! —exclamó Jasmine, desenvainando su daga.

 

Lief miró a través del lago, pero sus aguas seguían estando tan inmóviles como antes. Aquello quería decir que el peligro llegaba por tierra, desde las colinas que se alzaban junto a la ciudad y más allá de ella.

 

Kree remontó el vuelo para investigar.

 

—¡No, Kree! —le gritó Jasmine—. Pueden tener arcos y flechas. Quédate con nosotros.

El pájaro permaneció suspendido en el cielo durante unos momentos, y luego volvió al suelo de mala gana.

—¿Son muchos, Jasmine? —preguntó Barda en un tono seco.

 

Tal como había hecho en tantas ocasiones anteriores, Jasmine se arrodilló y pegó la oreja al suelo.

—Solo dos, creo —dijo pasados unos instantes—, y altos. Uno más corpulento que el otro.

Dain la observaba con una gran atención, visiblemente impresionado. Lief vio que el temblor en las extremidades del muchacho ya no era tan violento. «Tener algo más en lo que pensar parece ser justo lo que necesita Dain», se dijo. Pero descubrió que se sentía ligeramente irritado.

 

«Pero ¿por qué no iba Dain a admirar a Jasmine? —pensó de pronto, dirigiendo su irritación contra sí mismo—. ¡Cualquier persona admiraría sus habilidades!» Entonces pensó que si estuviera todavía dentro de Tora no estaría furioso, sino tranquilo.

 

«El hechizo de la ciudad se está disipando —pensó—. Casi he vuelto a la normalidad.»

Y en ese momento comprendió qué significaba aquella sensación de hormigueo experimentada dentro del túnel. Comprendió cuál era la razón por la que Tora había permanecido perfecta e intacta durante más de dieciséis años después de haber sido abandonada.

 

—¡Lief! —gruñó Barda—. ¡Deprisa!

 

Lief desenvainó su espada y se apresuró a reunirse con sus amigos. Pegados el uno al otro, Jasmine y Barda habían formado una barrera entre Dain y dos figuras muy altas que se aproximaban desde las colinas. Las figuras parecían ondular bajo la cegadora luz del sol.

 

¿Serían bandidos? ¿Ols?

 

—Tora está protegida por la magia —dijo Lief rápidamente—. La suya es una magia que obra sobre las mentes y los corazones. El túnel absorbe todo el



 

 

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mal y lo mantiene alejado de allí. Si volvemos al túnel, nada puede hacernos daño.

 

Barda lo miró, y luego contempló de nuevo los muros resplandecientes de la ciudad. Lief pudo ver que medía mentalmente la distancia, tratando de decidir si debían correr el riesgo de dar media vuelta e intentar ponerse a salvo en Tora. Pero ya era demasiado tarde. Los desconocidos los habían visto, y apretaban el paso.

 

Dain empezó a incorporarse torpemente.

 

—Vuelve a Tora, Dain —le ordenó Barda. Pero Dain sacudió tercamente la cabeza mientras buscaba a tientas la daga con su mano.

 

—¡Dain! —exclamó Jasmine—. ¡Vete!

 

—Si son ols, yo puedo ayudar —dijo Dain, apretando los dientes—. Me quedaré con vosotros, o moriré. Ya estoy harto de tanta debilidad.

 

Ocupó su lugar junto a la joven y contempló con el ceño fruncido a los desconocidos que se aproximaban. Entonces, de pronto, sus ojos se entornaron. Su boca se convirtió en una tensa línea.

 

—¡Doom! —murmuró, y dio media vuelta.

 

Muy sorprendidos, Lief, Barda y Jasmine se dieron cuenta de que tenía razón. Ahora podían ver que el más alto de los desconocidos que se dirigía hacia ellos era el hombre que se hacía llamar Doom de las Colinas; Doom, al que habían visto por última vez en la fortaleza de la Resistencia; donde los había mantenido prisioneros durante tres largos días.

 

Para su inmenso asombro, los tres compañeros vieron que Neridah la Rápida iba con él. ¿Por qué la habría escogido Doom como acompañante? Cuando los dos estuvieron un poco más cerca, Lief pudo ver que los labios de Neridah se hallaban curvados en una sonrisa; en cambio Doom estaba muy serio.

 

—¡No bajéis la guardia! —musitó Barda—. Podrían ser ols, tratando de engañarnos.

Era evidente que Dain no pensaba que lo fueran, y Lief tampoco. Pero aun así, su mano apretó la empuñadura de la espada. Doom había demostrado ser tan peligroso como cualquier ol, a su manera. No había que confiar en él.

 

Cuando llegó hasta ellos, Doom no malgastó ni una sola palabra en saludos.

—Bien, Dain —gruñó—. Has llegado allí donde querías estar. ¿Estás satisfecho?

—¡Lo sabías! —estalló Dain—. Siempre has sabido lo que pasaba en Tora, Doom. ¡Me mentiste!



 

 

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—Por supuesto que sí —dijo Doom sin inmutarse—. ¿Qué otra cosa te mantenía con fuerzas aparte de la esperanza? ¿Comprobar que tu esperanza era vana ha hecho que te sintieras mejor, o peor?

 

El rostro de Dain mostró claramente la respuesta. Doom asintió con amargura.

—He estado buscando a tus padres desde que llegaste a la fortaleza, Dain —dijo después—. Abrigaba la esperanza de que conseguiría dar con ellos antes de que descubrieras que tus padres no se encontraban en Tora. Pero tú no podías esperar.

 

—¡No, no podía! —gritó Dain con voz desafiante—. Pero yo no tengo la culpa de eso. No sabía cómo estaban las cosas en realidad. ¡No soy un niño, para que se me proteja y se me alimente con cuentos de hadas! ¡Tú me empujaste a hacer lo que he hecho, engañándome!

 

Doom lo contempló en silencio durante un instante que se hizo muy largo. Luego, sorprendentemente, su rostro sombrío se dulcificó con algo parecido a una sonrisa.

 

—Antes no le habrías hablado de esta manera a tus mayores —dijo—. Cuando te conocí, eras un niño tan educado y obediente…

—¡Yo no soy un niño! —gritó Dain furioso.

 

—No, está claro que no lo eres. Quizá… —Doom pareció reflexionar—. Puede que yo estuviera equivocado. —Sus labios se fruncieron en una mueca

 

—. No es algo que ocurra a menudo, pero puede suceder. Si te ruego que me perdones, ¿volverás a la fortaleza con nosotros? Te echamos mucho de menos.

Dain titubeó, balanceándose de un lado a otro como si no supiera qué hacer.

Barda, Lief y Jasmine se miraron. Los tres estaban pensando que muchos problemas quedarían resueltos si Dain accedía a ir con Doom. Pero tenían que estar seguros de que se encontraría a salvo.

Lief dio un paso adelante.

 

—Desde que te vimos por última vez, hemos aprendido que no es prudente confiar en las apariencias, Doom —dijo, hablándole con suave firmeza—. Antes de que Dain decida qué es lo que desea hacer, nos gustaría que tú, y Neridah también, entrarais en Tora.

Los oscuros ojos de Doom se volvieron hacia él. Y ahora no había afabilidad o humor en ellos.

—Bastará con que os quedéis allí durante unos momentos —siguió diciendo Lief, sin dejarse intimidar por aquella mirada—. El túnel de Tora



 

 

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descubre el mal mucho más deprisa que tu Sala de las Pruebas.

 

—¡Vaya, así que has descubierto el secreto de Tora! —se burló Doom—. ¡Felicidades! Pero ¿y si me niego a acceder a tu petición? Entonces, ¿qué?



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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— 7 —

 

Un combate de voluntades

 

 

 

 

 

 

N                         eridah se puso junto a Doom. Barda y Jasmine se colocaron junto a Lief. Los dos bandos se miraron fijamente el uno al otro, y finalmente Barda habló.

 

—Si os negáis a entrar en Tora —dijo—, entonces debemos presuponer que sois un par de ols y actuar en consecuencia.

Un instante bastó para que la espada de Doom apareciese en su mano. —¡No! —gritó Dain, apresurándose a colocarse delante de Barda—. ¡No

debéis luchar! ¡No sois enemigos, estáis en el mismo lado!

 

La expresión del rostro de Doom no se alteró.

 

—Todavía no estoy demasiado seguro de eso —dijo en tono sombrío.

 

—¡Y nosotros aún estamos menos seguros que tú! —exclamó Jasmine—. Porque si realmente eres el hombre llamado Doom, entonces nos has tratado muy mal y no confiamos en ti. Y si eres un ol que ha adoptado la forma de Doom, entonces representas un peligro para todos nosotros.

Los ojos de Doom fueron rápidamente de un rostro a otro. Su expresión dejó muy claro que reconocía la sensatez que encerraban las palabras de Jasmine, pero a pesar de ello no bajó la espada.

 

—¿Cómo puede hacerte ningún daño demostrarnos que eres lo que aparentas? —murmuró Lief, asegurándose deliberadamente de que su voz sonara suave y tranquila.

 

—¡No tenemos que demostraros nada! —dijo Neridah con rabia—. Doom y yo hemos estado juntos desde que salimos de la fortaleza. Podemos jurar…

Doom extendió una mano hacia ella para hacerla callar.

 

—Lo que juramos no demuestra nada, Neridah. Los ols casi siempre viajan en parejas, ¿verdad?

Entonces, como si la interrupción de Neridah lo hubiera ayudado de alguna manera a decidirse, Doom se encogió de hombros, envainó su espada



 

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y echó a andar hacia la luz rielante de la ciudad. Neridah, visiblemente sorprendida y furiosa, titubeó un instante y luego dio media vuelta y fue tras él.

 

Los compañeros los siguieron. Cuando llegaron al inicio del túnel se detuvieron, mientras que Doom y Neridah seguían adelante solos. Lief se sintió tentado de entrar también en el túnel, pero supo de algún modo que aquello no sería prudente. No podía permitir que todas sus pasiones fueran disipadas de golpe en aquel momento. Un poco de ira lo mantenía alerta a uno. Y nunca se estaba demasiado alerta cuando se trataba con alguien como Doom.

 

Por eso lo que hizo fue quedarse inmóvil y observar, y vio lo que de otra manera quizá no hubiese visto. Cuando las dos figuras iban por el túnel, el aire empezó a llenarse de chispas de colores que giraban y se arremolinaban como motas de polvo iluminadas por el sol.

 

—Yo no vi nada de eso cuando pasamos por allí —murmuró Jasmine—.

 

Solo… sentí.

 

—Tiene que ser invisible para aquellos que se encuentran dentro —dijo Barda, pasándose la mano por los ojos deslumbrados y dando media vuelta.

En cuestión de segundos Doom y Neridah habían desaparecido entre una nube de luz que danzaba. Pero unos cuantos instantes más bastaron para que volvieran a hacerse visibles, mientras regresaban lentamente por donde habían venido.

 

Cuando volvieron a salir a la luz del sol, ambos parecían estar bastante aturdidos. Sus rostros se hallaban extrañamente inmóviles y vacíos de toda expresión.

 

—Bien… espero que ahora estaréis satisfechos —dijo Doom.

 

Pero las palabras no tuvieron nada de cortantes, y sus ojos parecían perdidos. Dejando escapar un suave gemido, Doom se sentó y apoyó la espalda en el muro de la ciudad.

 

Neridah, Dain y los demás, confusos todos, lo miraron. Doom, cansado, levantó la cabeza hacia ellos.

—Cuando la ira, el odio y la amargura han abandonado a un hombre y esos sentimientos eran su única razón por la que vivir, ¿qué le queda a ese hombre salvo el vacío? —preguntó con una leve sonrisa—. Esa es la razón por la que no me gusta visitar Tora. Solo lo he hecho en una ocasión anterior… y fue suficiente.

 

—¿Quién eres, Doom? —preguntó Lief de repente.



 

 

 

 

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Por un instante pensó que el hombre no le respondería. Entonces los hombros de Doom se encorvaron y sus ojos se cerraron, como si no tuviera fuerzas para negarse a contestar.

 

—No sé quién soy —dijo—. No sé qué es lo que he perdido, junto con mi nombre. Mis recuerdos empiezan en las Tierras de las Sombras. Yo estaba luchando con un vraal en la Arena de la Sombra, y me encontraba herido. Todo lo que hay antes de eso es oscuridad.

 

Su mano fue lentamente a la cicatriz que le atravesaba la cara.

 

—Pero ¿conseguiste escapar? —insistió Lief. Quizá fuese un poco cruel utilizar la momentánea debilidad de Doom para averiguar más cosas acerca de él, pero se trataba de una ocasión que no volvería a presentarse.

—Escapé de la Arena de la Sombra —siguió diciendo Doom—. Ellos no se lo esperaban. Pensaban que yo estaba acabado. Huí a través de las montañas, perseguido y sin tener ninguna idea clara de nada, salvo el hecho de que Deltora era mi hogar. En el Monte Terrible, me volví hacia mis perseguidores y les hice frente. Allí escapé una vez más, pero tuve que pagar un precio muy alto.

 

Suspiró profundamente.

 

—Seguí mi camino, más muerto que vivo. Finalmente fui encontrado, cobijado y curado por un buen hombre.

—Un hombre que vivía en un lugar llamado Descanso de la Estirpe — murmuró Jasmine.

Doom la miró fijamente y luego volvió a sonreír, aunque sus ojos seguían estando tristes.

—Así que habéis visto su tumba, y sabéis que tomé su nombre —dijo—. Ese hombre me salvó, pero yo le traje la muerte. Los guardias grises que no habían muerto en el Monte Terrible me persiguieron hasta su cueva. Doom era un hombre de paz. No tenía ninguna posibilidad contra ellos. Pero gracias a él yo había vuelto a recuperar las fuerzas. Los maté a todos, y esparcí sus huesos.

 

Una sombra del viejo salvajismo volvió a aparecer en su voz mientras pronunciaba aquellas últimas palabras, y Lief comprendió que el efecto tranquilizador del túnel de Tora se estaba disipando poco a poco. Doom guardó silencio por un instante, y cuando volvió a sonreír, la sonrisa no fue más que un amargo fruncimiento de sus labios.

 

—Me temo que os habéis aprovechado de mí —dijo, poniéndose en pie—.

 

Espero que vuestra curiosidad haya quedado satisfecha.



 

 

 

 

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Su boca se estaba poniendo rígida y sus ojos se oscurecían. La sombría máscara familiar volvía a su rostro.

 

—Ya sé que has pasado por muchas experiencias terribles, Doom —dijo Neridah con un hilo de voz—. Pero yo no tenía ni idea de que…

 

Luego se calló cuando Doom le lanzó una mirada helada. Estaba claro que no deseaba su simpatía o su admiración. Neridah se sonrojó, y después sacudió la cabeza furiosamente y se alejó de ellos.

 

—No he estado husmeando en tus asuntos por simple curiosidad, Doom —dijo Lief sin levantar la voz.

—¿No? —Doom lo miró a los ojos durante un instante que pareció interminable, y luego se volvió hacia Dain—. Dentro de unos días tengo que encontrarme con Steven el buhonero —dijo secamente—. Tiene nuevos suministros para nosotros. ¿Vendrás conmigo? ¿O eliges quedarte con tus nuevos amigos?

 

—No hay elección, Doom. Dain tiene que ir contigo —se apresuró a decir Barda—. Nosotros tenemos por delante un viaje muy largo y duro.

 

La sensible piel de Dain enrojeció.

 

—No quiero ser una carga para nadie —dijo. Sus labios se volvieron rígidos—. Iré contigo, Doom, para encontrarme con Steven.

Doom asintió. Luego, como si lamentase el que hubiera resultado tan fácil convencer a Dain, enarcó una ceja.

—¿Y adónde vais, para que vuestro viaje vaya a ser tan duro? —quiso saber.

Incluso mucho tiempo después de aquello, Lief seguiría sin saber por qué había dicho lo que dijo entonces. Fue un impulso nacido del momento. Quizá sintió un repentino deseo de proporcionarle un poco de información a Doom, en señal de confianza. O quizá fue simplemente que se había hartado de las mentiras.

 

—Vamos al Valle de los Perdidos —dijo.

 

Barda y Jasmine se volvieron hacia él, asombrados de que hubiera hablado con semejante libertad. Dain lo miró con expresión de curiosidad. Pero Doom asintió mientras su rostro se ensombrecía todavía más.

 

—Me imaginaba que podía tratarse de eso —dijo—. Y ahora os advierto, hablando de todo corazón, de que deberíais renunciar a vuestro plan. El Valle de los Perdidos no ha sido hecho para gentes como vosotros.

—¿Qué sabes de él? —gruñó Barda.

 

Doom volvió la mirada hacia el lugar en el que Neridah estaba sentada contemplando las aguas del lago, y bajó la voz.



 

 

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—El Valle de los Perdidos es un lugar maléfico, un lugar de miseria y almas perdidas. Sé de muchos que han entrado en él, buscando la gran joya, que es el tesoro de su Guardián.

 

Lief lanzó una rápida mirada a Barda y Jasmine, que parecían estar muy sorprendidos y pendientes de ellos. Lief se humedeció los labios.

 

—¿Una gran joya? —preguntó cautelosamente.

 

Doom lo miró con algo parecido al desprecio.

 

—No me insultes tratando de fingir. Sé que esa gema es vuestro objetivo. Un diamante, se dice, más grande y dotado de mayores poderes que ninguno de cuantos se hayan visto jamás. Hermoso, puro, de incalculable valor…

Sacudió la cabeza.

 

—Su existencia no es ningún secreto por estas tierras. Su fama ha atraído a muchos antes que a vosotros, y terminaron cayendo en las garras del Guardián. Todos entraron en el Valle de los Perdidos sintiéndose llenos de esperanza, y al final todos desearon amargamente no haberlo visto jamás.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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— 8 —

 

Los caminos se separan

 

 

 

 

 

L ief sintió un escalofrío de temor, pero irguió los hombros. Barda permanecía inmóvil como una roca, la mano encima de la espada. Pero Jasmine se echó los cabellos hacia atrás y alzó la barbilla.

 

—Aun así, tenemos que ir —dijo.

 

Doom extendió las manos hacia ella y le apretó los hombros.

 

—¡No debéis hacerlo! —masculló entre dientes—. ¡Escuchadme! Vuestra búsqueda está perdida. Si insistís en ella, entonces vosotros también os perderéis. ¿Y por qué? ¡Por un sueño! ¡Por nada!

 

Jasmine se quitó de encima las manos de Doom y dio un paso atrás de tal manera que ella, Lief y Barda quedaron hombro con hombro. Doom los contempló en silencio durante unos instantes, y luego alzó las manos y volvió a dejarlas caer, en un gesto de rendición.

 

—He hecho todo lo que he podido —murmuró—. No puedo hacer más. Pero es una pérdida de tiempo, porque ya tenéis seguidores. Juntos podríamos haber enardecido a las gentes. Podríamos haber permanecido unidos contra el Señor de la Sombra. Podríamos haber salvado a Deltora.

 

—Por ahora, es cierto que debemos seguir caminos distintos —dijo Barda

 

—. Pero cuando llegue el momento, tomaremos parte en la lucha juntos. —Cuando llegue el momento… —Doom dio media vuelta—. Me temo

 

que ese momento nunca llegará para vosotros, amigos míos. No ahora.

 

Se echó la mochila al hombro con expresión sombría y le hizo una seña con la cabeza a Dain.

—Dile a Neridah que nos vamos —ordenó—. Ya he desperdiciado demasiado tiempo aquí, y Steven no esperará.

Con una última mirada hacia atrás dirigida a Lief, Barda y Jasmine, Doom fue con paso inseguro hacia el inicio del lago.



 

 

 

 

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—¡Tú sabes más de lo que nos estás diciendo, Doom! —exclamó Jasmine

 

—. ¡Si puedes ayudarnos, entonces deberías hacerlo! Doom sacudió la cabeza.

—Habéis rechazado la única ayuda que puedo prestaros —musitó—. No

 

tenéis ningún derecho a pedirme que haga más.

 

La contempló con el ceño fruncido desde su gran altura. Jasmine alzó la mirada hacia él mientras sus ojos verdes destellaban de ira. Entonces, inesperadamente, Doom dejó escapar una breve carcajada.

 

—Hay una cosa que sí puedo hacer por ti —dijo después. Sacó de su bolsillo un gorro de lana oscura y se lo arrojó—. El pájaro y tú sois lo que hace reconocible a vuestro grupo. Cúbrete el pelo con esto. Ya vas vestida como un muchacho, y además como un muchacho bastante harapiento. Tus cabellos son lo único que te delatan.

 

Jasmine lo miró fijamente, dudando si aceptar o no aquel regalo, pero finalmente su sentido común se impuso a su orgullo. Se recogió el pelo en un gran moño y se puso el gorro, tirando de él para calárselo encima de las orejas. Así quedó transformada al instante, porque ahora era como si tuvieran delante a un muchachito de expresión malhumorada.

 

Kree soltó un graznido. Estaba claro que el cambio no le gustaba nada.

 

Pero Doom asintió.

 

—Así está mejor —dijo.

 

Se volvió mientras Dain iba hacia ellos, y frunció nuevamente el ceño al ver que el muchacho venía solo.

—¿Por qué no está Neridah contigo? —preguntó secamente.

 

—Ella… ella no vendrá —balbuceó Dain—. Dice que ha decidido seguir camino hacia su hogar.

Doom soltó un bufido de ira.

 

—¡Conque esa es la razón por la que insistió tanto en venir conmigo! Estoy seguro de que nunca tuvo ninguna intención de regresar. La vida en la fortaleza no ha sido hecha para ella. Es demasiado dura, demasiado peligrosa y allí no hay dinero que poder gastar en todos esos lujos a los que se ha acostumbrado una atleta malcriada como Neridah.

 

—Pero… ¿no teme que los guardias grises vayan a seguirle el rastro? — preguntó Lief.

—Sin duda piensa que podrá persuadiros de que la escoltéis al menos durante una parte del camino. Y está convencida de que una vez que llegue a casa, estará a salvo. —Doom sacudió la cabeza—. ¡Es una estúpida! Otra estúpida, que no hará caso de las advertencias.



 

 

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Sin decir una sola palabra más, Doom dio media vuelta y echó a andar hacia las colinas. Dain titubeó durante unos instantes, y, tras murmurar una apresurada despedida, fue tras él.

 

*

 

Tal como había predicho Doom, Neridah hizo todo lo que pudo para convencer a los compañeros de que permitieran que los acompañase. Finalmente se desmoronó y se echó a llorar en los brazos de Barda, gimoteando que si había dejado la Resistencia era únicamente porque Doom le había partido el corazón.

 

—Yo lo amo —sollozó—. Pero él es cruel, y no le importo nada. No puedo quedarme allí, lo veo cada día. ¡No puedo, no puedo!

Barda le dio unas torpes palmaditas en el hombro. Pero Jasmine la contempló con escepticismo y Lief, por su parte, estaba lo bastante familiarizado con los engaños de Neridah como para preguntarse hasta qué punto eran reales sus lágrimas.

 

Finalmente, y a petición de Barda, acordaron que permitirían que fuera con ellos durante uno o dos días.

—Pero después de eso, debemos separarnos, Neridah —le advirtió Barda amablemente—. Nuestra meta es un lugar terrible y peligroso.

 

—Vais al Valle de los Perdidos —murmuró Neridah—. Lo sé. Oí el nombre de ese lugar cuando estabais hablando con Doom. Sois tan valientes… Oh, sí, sois mucho más valientes de lo que se imagina Doom.

 

Una vez más, Lief volvió a preguntarse quién era realmente Neridah. No había mostrado ninguna señal de que hubiera oído lo que hablaban con Doom. Había permanecido completamente inmóvil, contemplando el lago como si se hallara absorta en sus pensamientos. Y durante todo ese tiempo había estado escuchando. Había oído el nombre del Valle de los Perdidos. ¿Qué más había oído?

 

«Es astuta —pensó—. Debemos tener mucho cuidado con ella.»

 

*

 

Al final, Neridah viajó con ellos durante casi una semana. Protestaba enérgicamente en lo tocante a viajar de noche, y era una compañera que se enfadaba con mucha facilidad y siempre se quejaba por todo. Pero aunque pasaron junto a muchos caminos que iban en la dirección de su hogar, Neridah se negó a tomarlos. Cada vez que Lief, Barda y Jasmine intentaban



 

 

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separarse de ella, Neridah se echaba a llorar y corría tras ellos. Se pegaba a los compañeros como la miel, y finalmente incluso perdió la simpatía de Barda.

 

—Pienso que no nos está diciendo la verdad —susurró un día mientras Neridah yacía con expresión malhumorada bajo su manta de dormir—. Dijo que deseaba ir a casa. ¿Por qué no lo hace?

 

—No lo sé —susurró Lief a su vez—. Pero tenemos que hacer algo con ella, y enseguida. No confío en Neridah, y no quiero tenerla con nosotros cuando lleguemos al Valle de los Perdidos. Según el mapa, y basándonos en nuestros cálculos, el valle no se encuentra muy lejos de aquí.

 

—Neridah nunca aceptará que sigamos nuestro camino sin ella, de eso podemos estar seguros —dijo Jasmine con expresión sombría—. Eso significa que tenemos dos opciones. Una, darle un buen golpe en la cabeza y salir corriendo. O, dos, esperar hasta que estemos seguros de que se ha quedado dormida, y entonces irnos sin hacer ningún ruido.

 

La joven pareció sentirse un poco decepcionada cuando Lief y Barda escogieron la segunda opción.

Unas horas después llevaron a cabo su plan, huyendo del lugar donde habían acampado tan sigilosamente como lo habrían hecho unos ladrones. Pasaron el día avanzando a marchas forzadas mientras trataban de mantenerse a cubierto. Cuando se estaba poniendo el sol, llegaron a una cordillera de escarpadas colinas cubiertas de vegetación.

 

—Estoy seguro de que el valle se encuentra dentro de esta cordillera — dijo Barda.

Lief alzó la mirada hacia las colinas.

 

—Será una ascensión larga y difícil —suspiró—. Y peligrosa, porque los bosques son muy tupidos, y todo estará muy oscuro. Esta noche casi no hay luna. Y mañana por la noche ya habrá desaparecido del todo.

 

Jasmine se quitó el gorro con impaciencia.

 

—¡No puedo oír nada con toda esta lana tan gruesa encima de mis oídos! —se quejó, sacudiendo la cabeza con un inmenso alivio para soltarse el pelo

—. Bueno… ¿qué estabas diciendo? ¿Que esta noche será muy oscura? ¿Y que los bosques son muy tupidos? Desde luego que sí. Sugiero que pasemos la noche durmiendo, por una vez, ya que sabemos que podemos subir por la mañana y que estamos resguardados por los árboles.

 

El plan parecía excelente. Hicieron exactamente tal como había sugerido Jasmine. Por eso no fue hasta el final del día siguiente cuando llegaron a lo



 

 

 

 

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alto de aquella escarpada colina y bajaron la mirada hacia la larga hendidura abierta en la tierra que era el Valle de los Perdidos.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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— 9 —

 

El Valle de los Perdidos

 

 

 

 

 

U na espesa niebla gris se deslizaba lúgubremente por el suelo del valle. Llegaba hasta las mismas copas de los árboles, agitada por los lentos movimientos de las figuras entrevistas que llenaban las

 

profundidades del valle. Un tenue calor húmedo que olía a vegetación corrompida, madera en proceso de putrefacción y vida asfixiada, se deslizó sobre los rostros de los amigos como un eco de la niebla.

 

Jasmine se removió nerviosa. Filli parloteaba en su oído. Después de haber lanzado un solo y agudo trino, Kree permanecía inmóvil sobre el brazo de la joven.

 

—El valle no les gusta nada —murmuró ella.

 

—Bueno, tampoco yo lo encuentro muy atractivo —dijo Barda secamente.

Jasmine bajó los hombros y se estremeció. Luego, sin decir una sola palabra más, dio media vuelta y fue hacia el más grande de los árboles que formaban un anillo alrededor del borde del risco. Asombrados, Lief y Barda vieron cómo retiraba de su hombro a Filli y lo ponía encima de la rama más alta que podía alcanzar. Kree revoloteaba junto a él.

 

—Sé que cuidaréis el uno del otro —dijo Jasmine—. Manteneos a salvo. Dio media vuelta sin mirar atrás, y volvió a donde la estaban esperando

Lief y Barda. Los ojos de Jasmine sostuvieron sin pestañear las miradas interrogativas de sus amigos.

—Ya os he dicho que a Kree y a Filli no les gusta nada ese valle —les dijo—. Ellos no pueden ir ahí.

—¿Por qué? —preguntó Lief sin poder contenerse. Bajó la mirada hacia donde Kree y Filli seguían posados encima de su rama, mirando a Jasmine con ojos melancólicos.

 

Jasmine se encogió de hombros.



 

 

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—Si van allí morirán —se limitó a decir—. El valle no es para ellos, ni para ninguna criatura. La niebla los mataría.

 

Un escalofrío bajó por la espalda de Lief.

 

—¿Y qué pasa con nosotros? —preguntó abruptamente.

 

—Ahí abajo hay personas. Puedo ver sus sombras entre la niebla —dijo Jasmine—. Y si ellas pueden sobrevivir, entonces nosotros también podemos hacerlo. Bajaremos hasta donde empieza la niebla. Entonces decidiremos lo que vamos a hacer.

 

Dio media vuelta y se despidió de Filli y Kree alzando la mano. Luego se volvió una vez más hacia sus dos compañeros, se caló más firmemente el gorro por encima de las orejas, y echó a andar hacia el borde del risco.

 

Lief y Barda la siguieron. El suelo era empinado y traicionero bajo sus pies, también resbaladizo debido a las piedras sueltas. Medio caminando y medio resbalando, y con el peligro constante de caer, fueron bajando poco a poco. Después de unos cuantos minutos, a Lief le pareció que ya no controlaba sus pasos. Las piedras resbaladizas y lo empinado de la ladera se encargaban de hacer todo el trabajo por él. Desde lo alto del risco, el suelo del valle parecía estar muy lejos. Ahora se aproximaba un poco más con cada momento que pasaba.

 

Miró hacia atrás, una sola vez. La cima del risco se elevaba muy por encima de ellos. Increíblemente arriba, increíblemente lejana. Costaba creer que él y sus amigos hubieran estado nunca allí. Costaba creer que hubieran tenido la posibilidad de elegir entre descender, quedarse allí donde estaban, o incluso volver la espalda al valle y alejarse de él.

 

Porque ahora parecía que no había elección. Cuanto más se acercaban a la niebla que reptaba sobre el suelo, más parecía tirar esta de ellos, y más inclinada se volvía la ladera. Quedarse inmóvil requería más energía que seguir adelante. Los compañeros se agarraron el uno al otro en busca de un punto de apoyo, pero era muy poco lo que podían hacer para prestarse ayuda entre ellos.

 

Y antes de que se dieran cuenta de su presencia, la niebla ya les rodeaba. Fue como si se hubiera elevado del suelo para venir a su encuentro, rozando sus caras con húmedos y cálidos dedos, al mismo tiempo que proyectaba un tenue velo sobre sus ojos. La niebla se infiltró lentamente dentro de sus bocas y sus narices, y los llenó con su olor excesivamente dulzón y con su sabor a podredumbre.

 

«El plan no era este», pensó Lief, sintiéndose lleno de confusión. Trató de detenerse a mitad de una zancada, y entonces resbaló y cayó, rodando



 

 

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ciegamente sobre las piedras mientras jadeaba e intentaba agarrarse a ellas. Oyó cómo Jasmine y Barda lo llamaban con voces alarmadas, pero no podía hacer nada por salvarse.

 

Cuando finalmente se detuvo, Lief se dio cuenta de que se encontraba en el suelo del valle. La niebla se había espesado alrededor de él. Árboles como sombras, recubiertos de musgo y con gruesas lianas que colgaban de ellos, extendían las ramas por encima de su cabeza. Grandes masas de un reluciente hongo color rojo oscuro, de raíces retorcidas, brotaban junto a su cara. Frondosos helechos se arqueaban en torno a él y le rozaron la cara y las manos cuando Lief, jadeando, logró incorporarse.

 

Y por todas partes se oían suaves suspiros, como el rumor del viento resonando entre los árboles. Pero no hacía viento. El sonido parecía provenir de todas partes al mismo tiempo, viniendo de todo aquello que rodeaba a Lief y surgiendo de aquella grisura en continuo movimiento, donde sombras más oscuras se deslizaban y se retorcían, aproximándose cada vez un poco más.

—¡Barda! ¡Jasmine! —gritó Lief, presa de un terror repentino. Pero la niebla ahogó su voz de manera que esta sonó como un tenue chillido. Y cuando sus amigos respondieron, sus voces se oyeron muy lejanas.

 

Lief volvió a llamarlos. Le pareció oír un grito de dolor, y sintió que le daba un vuelco el corazón. Pero entonces vio que sus amigos se acercaban con paso tambaleante, saliendo de la penumbra. Fue hacia ellos para apretarles los brazos con una inmensa gratitud.

 

—Bueno, en cualquier caso aún estamos vivos —gruñó Barda—. La niebla todavía no nos ha matado.

Pero Jasmine no dijo nada. Había desenvainado su daga y se mantenía totalmente inmóvil, con cada músculo del cuerpo en tensión.

 

Aquel sonido a medio camino entre el suspiro y el susurro era cada vez más fuerte. La niebla se removió y onduló a su alrededor y las sombras se volvieron más claras, a medida que se acercaban.

 

Entonces las sombras parecieron desfallecer, pero solo por un instante. Luego siguieron avanzando. Y ahora Lief pudo ver que eran personas, una multitud de hombres, mujeres y niños que venían hacia ellos a través de la niebla, de todas partes.

 

No parecían hostiles. A decir verdad, sus pálidos rostros expresaban una tímida afabilidad mientras se deslizaban hacia delante, con sus largas y delgadas manos extendidas hacia los compañeros como para darles la bienvenida. Sus dedos eran de un gris muy pálido, casi transparente, al igual que los largos ropajes que se agitaban a su alrededor y los cabellos que



 

 

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colgaban lacios sobre sus espaldas. No era de extrañar que parecieran formar parte de la niebla.

 

Las figuras susurraban mientras se movían, con el sonido de sus voces semejante al crujir de las hojas secas en el viento, pero Lief no podía entender nada de lo que decían. Sin embargo, no se sintió amenazado. Incluso cuando estuvieron muy cerca de él, y el primero de ellos empezó a tocarle la cara, las ropas y el pelo con dedos tan secos y ligeros como las alas de una mariposa, Lief no sintió temor, sino únicamente una repugnancia que lo hizo encogerse.

 

Y cada vez se acercaban más y más personas. Los harapos desprovistos de color que vestían colgaban alrededor de extremidades que parecían no ser más que piel y hueso. Sus formas parecían mezclarse y confundirse entre ellas, superponiéndose a medida que se acercaban un poco más, cada mano moviéndose sobre una docena de otras manos, tocando, acariciando…

Barda y Lief permanecieron rígidos e inmóviles. Pero Jasmine se estremecía, con la boca fruncida y los ojos firmemente cerrados.

—No puedo soportar esto —susurró—. ¿Quiénes son? ¿Qué les ocurre? Su daga colgaba flácida de entre sus dedos. Pero Jasmine no hizo amago

de usarla. No podía hacer tal cosa. Aquellas gentes eran tan claramente inofensivas, resultaba tan evidente que eran prisioneras de alguna clase de terrible necesidad…

 

Entonces hubo una súbita agitación entre la multitud, que tembló y se meció suavemente de un lado a otro como un campo de larga hierba cuando es barrida por el viento. Un instante después las manos aleteantes se desprendían de los cuerpos de los compañeros, y las personas retrocedían, murmurando, hacia el interior de la niebla, sus grises ojos llenos de un desesperado anhelo.

 

Había miedo flotando en el aire. Lief podía sentirlo, y casi olerlo. Entonces vio cuál era su origen: una sombra alta y oscura, atravesada por dos puntos de luz rojiza que relucían como ascuas encendidas, venía hacia ellos a través de la niebla.

 

Trató de poner la mano encima de su espada, pero su mano se negó a moverse. Intentó retroceder, pero sus pies se negaron a obedecerlo. Le bastó con mirarlos una vez para comprobar que Barda y Jasmine se encontraban bajo el mismo hechizo.

 

La sombra cobró forma y contornos. Un instante después Lief pudo ver que las ascuas rojizas eran dos ojos, dos ojos que ardían en el rostro consumido por el paso de los años de un hombre alto y barbudo que vestía una larga túnica oscura. El hombre sostenía dos gruesos cordones grises en



 

 

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cada una de sus manos. Los cordones se extendían tras él hasta perderse entre la niebla, como si estuvieran unidos a algo, pero él no les prestaba ninguna atención. Sus ojos abrasadores no se apartaban de Lief, Barda y Jasmine.

 

Los compañeros se debatieron tratando de liberarse, y los delgados labios del hombre se curvaron en una sonrisa maliciosa.

—No malgastéis vuestras fuerzas —murmuró—. No podéis hacer nada a menos que yo lo desee, como ya descubriréis, a su debido tiempo… Bienvenidos a mi valle. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que tuve el placer de recibir visitantes. Y ahora he sido bendecido con cuatro.

 

Contempló con un intenso placer cómo Lief, Barda y Jasmine se miraban sorprendidos los unos a los otros. ¿Cuatro visitantes? ¿Qué había querido decir con eso?

 

—Quizá pensasteis que me engañaríais dividiendo vuestro grupo en dos, ¿verdad? —dijo el hombre—. Ah, eso es lo que me agrada a mí: visitantes a los que les gustan los juegos. Sí, eso hará que las cosas resulten mucho más agradables para todos nosotros.

 

Dobló uno de sus huesudos dedos. Y para el inmenso asombro de los compañeros, Neridah salió tambaleándose de entre la niebla, con su rostro perplejo sangrando y lleno de moratones.

 

¡Los había seguido obstinadamente, a pesar de todo cuanto habían hecho! Ahora también tendrían que preocuparse por ella, además de por sí mismos. Lief apretó los dientes en una mueca de ira, y se acordó del grito que había oído. Sin duda Neridah había tropezado cuando bajaba por la empinada ladera.

 

Contempló a la mujer con una mezcla de rabia e impotencia, mientras esta se detenía junto a él, después de haber dado un último paso tambaleante. Pero Neridah no lo miró. Mantenía la mirada fija hacia delante, con los ojos enturbiados por el miedo y la confusión.

 

Su atormentador estaba frotándose las manos.

 

—¿Quién eres? —quiso saber Lief.

 

El hombre sonrió burlonamente.

 

—¿Yo? —ronroneó—. ¿Cómo, es que no lo has adivinado? Soy el Guardián.

Con un ondular de su túnica, el hombre dio media vuelta y se alejó entre la niebla. Poco antes de que los compañeros lo perdieran de vista, levantó distraídamente una mano y dobló el dedo índice.

 

Y, sin que pudieran hacer nada para evitarlo, arrastrando los pies mientras luchaban inútilmente por resistirse a su orden, Neridah, Lief, Barda y Jasmine



 

 

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lo siguieron tambaleándose.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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—10—

 

El palacio

 

 

 

 

 

 

L                             a niebla flotaba a su alrededor mientras caminaban. Helechos y lianas les rozaban las piernas y las caras. Sombras temblorosas danzaban enellímitedesuvisión.Lasgentesdelvallemiraban,peronose

 

 

atrevían a acercarse.

 

El Guardián los precedía, alto y con la espalda muy recta.

 

—Si este Guardián nos está llevando a su caverna, o a su choza, o a dondequiera que viva, pues entonces mucho mejor —murmuró Jasmine—. Porque será allí donde guarda…

 

Se interrumpió y miró a Neridah, quien sacudió la cabeza con una mueca de furia.

—¡Ya sé lo del gran diamante! —dijo, hablando en voz muy alta—. ¿Por qué piensas que os he seguido hasta este lugar? ¿Para disfrutar del placer de vuestra deliciosa compañía?

 

Contempló temerosa la espalda del Guardián.

 

—Pensaba que vosotros ibais a triunfar, sin importar que otros hubieran fracasado —siguió diciendo con voz temblorosa—. ¡Nunca imaginé que haríais que nos capturaran, y que por vuestra culpa nos veríamos indefensos poco después de haber puesto los pies en el valle!

 

—Ya nos han capturado antes, y conseguimos salvarnos —susurró Jasmine—. Volveremos a hacerlo. Todavía tenemos nuestras armas.

 

—Él habló de juegos —dijo Lief lentamente—. Le gustan los juegos. ¿Qué creéis que quería decir con eso?

Barda torció el gesto.

 

—Nada agradable, en cualquier caso. Pero seguramente eso demuestra que al menos el Guardián es un hombre, no un ol o alguna otra bestia con forma humana. Es a los humanos a quienes les gustan los juegos.



 

 

 

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—Y si no es más que un hombre, entonces podemos vencerlo a pesar de toda su magia —dijo Jasmine—. Vencerlo, y coger la gema. Solo tenemos que esperar y descubrir cuáles son sus puntos débiles.

 

Lief titubeó. Él también creía que el Guardián era humano debajo de todos los aderezos de su poder mágico. Pero no estaba tan seguro como Jasmine de que aquello fuera a facilitarles demasiado la tarea. Y además había algo que seguía rondándole por la memoria, algo que hacía que un cosquilleo de advertencia le recorriese la piel cada vez que pensaba en el diamante.

 

Siguieron caminando durante lo que les pareció un rato muy largo, atravesando un profundo arroyo y entrando finalmente en un claro. Entonces el Guardián se detuvo bruscamente y alzó una mano. Un gran número de luces empezó a brillar entre la niebla. Cuando los compañeros estuvieron un poco más cerca, vieron que las luces resplandecían dentro de un palacio de cristal cubierto por una cúpula.

 

La niebla se acumulaba fuera de los muros de cristal, reluciendo fantasmagóricamente bajo la luz reflejada. Cientos de sombrías figuras grises iban y venían entre sus vapores. Pero dentro del palacio, resplandecían ricos colores. Sus muchas estancias se hallaban repletas de magníficos muebles, hermosas alfombras y cuadros, preciosas estatuas de oro y plata, colgaduras, tapices y cojines de seda. El conjunto destellaba al igual que una joya.

El Guardián se había hecho a un lado para que sus prisioneros pudieran ver mejor todos los prodigios del palacio, y ahora sonreía orgulloso ante las caras de asombro que ponían los cuatro.

 

—Supongo que estaréis de acuerdo conmigo en que es una morada digna de un rey —dijo el Guardián.

Como ninguno de ellos le respondió, su sonrisa desapareció y frunció el ceño.

—Ahora iremos dentro —dijo secamente—. Quizá eso os soltará las lenguas y hará que os mostréis un poco más complacientes conmigo. —Tiró de los cordones que sostenía en las manos y cuatro formas aparecieron de pronto detrás de él, saliendo de entre la niebla.

 

Lief oyó la exclamación ahogada que se le escapó a Neridah. Y lo cierto fue que él mismo se quedó sin respiración cuando vio a las criaturas que acababan de surgir de entre los remolinos de niebla.

 

Enormes, deformes y sin pelo, cubiertos de llagas y pústulas y con sus brazos contrahechos que llegaban casi hasta el suelo, los monstruos sonrieron y babearon mientras contemplaban a los prisioneros. Los cordones que los mantenían sujetos a su señor brotaban de hinchados centros rojos en la parte



 

 

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de atrás de sus cuellos. Horrorizado y asqueado, Lief se dio cuenta de que aquellas ligaduras formaban parte de ellos. Eran carne de su carne.

 

—He aquí a mis mascotas, mis compañeros —dijo el Guardián—. Los he mantenido escondidos hasta ahora, porque no deseaba alarmaros. Pero aprenderéis a quererlos, tal como he hecho yo. Incluso puede que ya los queráis ahora, aunque vosotros todavía no lo sepáis. Son unos monstruos magníficos, y muy robustos, ¿verdad? Ellos me protegen y me hacen compañía. Sus nombres son Orgullo, Envidia, Odio y Codicia.

 

Mientras hablaba, el Guardián tocó en la cabeza a un monstruo tras otro.

 

Nada más sentir su contacto, cada criatura se bamboleó y gimió de placer.

 

El Guardián sonrió.

 

—Sus nombres son una pequeña broma mía —dijo—. Porque si bien es cierto que cada uno de ellos tiene uno de los defectos que os acabo de mencionar, ninguno tiene aquel defecto por el cual se le ha puesto su nombre. Codicia no es codicioso, Orgullo no es orgulloso, Envidia no es envidioso. Odio tampoco es nada envidioso, de hecho. Pero lo realmente importante es que no ha odiado en toda su vida. ¿Lo veis? ¿Verdad que es divertido?

 

Como seguía sin recibir ninguna respuesta, el Guardián dio media vuelta y fue hacia una puerta incrustada en uno de los muros del palacio. La puerta se abrió y el Guardián se quedó inmóvil junto a ella.

 

Lief, Barda, Jasmine y Neridah se encontraron yendo inmediatamente hacia la puerta. Un instante después ya estaban dentro del palacio, y el Guardián los seguía. Los monstruos se apresuraron a ir tras él, gruñendo y con los cordones de carne que los sujetaban pendiendo horriblemente de sus cuellos. En la súbita confusión que acompañó a la entrada, tres de ellos empezaron a rugirse y darse zarpazos.

 

Su dueño ladró una furiosa orden mientras les propinaba feroces patadas. Cuando los cuatro monstruos por fin se calmaron un poco, el Guardián se volvió hacia los compañeros.

 

—Al igual que les ocurre a los niños, a veces mis mascotas no consiguen ponerse de acuerdo entre ellas y entonces necesitan que se las trate con mano firme —dijo sin inmutarse—. Tanto el envidioso como el orgulloso le tienen muchísimo miedo a Codicia. Pero lucharán si tienen que hacerlo. Porque, después de todo, están unidos por sus ataduras y no pueden escapar.

 

La puerta se cerró con un suave chasquido.

 

Lief miró a su alrededor, parpadeando bajo la intensa claridad. La estancia en la que acababan de entrar era muy vasta, y estaba amueblada con todos los lujos imaginables. Una fuente destellaba en su centro con un suave chapoteo.



 

 

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Cojines de terciopelo formaban grandes montones esparcidos sobre el suelo reluciente. Sonaba una música suave, aunque Lief no pudo ver de dónde provenía el sonido.

 

En un extremo de la estancia, había una larga mesa cubierta con un mantel blanco, delicadamente iluminado por los resplandores de la plata y el cristal. Largas velas blancas ardían dentro de exquisitas palmatorias entre platos llenos de comida, de la que emanaban fragantes vapores.

 

Se habían preparado cinco sitios, dos a cada lado de la mesa y uno en la cabecera de esta.

El Guardián se frotó las manos produciendo un seco crujido.

 

—Bien, ya estamos solos —dijo—. Ahora podremos disfrutar de nuestra mutua compañía. Excelente comida y bebida. Música. Conversación. Y más tarde, quizá, el juego.

 

*

 

La comida tenía un aspecto y un olor deliciosos, pero a los compañeros les supo a polvo y cenizas, y apenas comieron. También hablaron muy poco, porque desde el primer momento estuvo claro que lo que quería su anfitrión no era una conversación, sino una audiencia.

 

Su voz fluía incesantemente desde la cabecera de la mesa a la que se había sentado, con sus horrendas mascotas recostadas detrás de su asiento. Lief vio que las ataduras se hallaban sujetas a las muñecas del Guardián, sin duda mediante bandas que quedaban escondidas bajo sus mangas. De ese modo, sus manos permanecían libres en todo momento mientras que las bestias seguían estando bajo su control.

 

—Nací destinado a tener grandes riquezas, pero la maldad y la envidia de otros fueron la causa de que al final terminara perdiéndolo todo —dijo el Guardián, sirviéndose vino dorado en una copa de cristal—. Me vi expulsado de mi hogar. No hubo nadie que levantara una mano para ayudarme. Solo, desconsolado, despreciado y desesperado, busqué refugio dentro de este valle. Al principio mis únicos compañeros fueron los pájaros y otras pequeñas criaturas. Pero luego…

 

—En este valle no hay pájaros o pequeñas criaturas —lo interrumpió Jasmine—. O al menos ninguna que yo haya visto.

El Guardián la miró fijamente desde debajo de sus cejas, visiblemente irritado por la interrupción.

—Se han ido —dijo secamente—. Una vez que fui transformado, ya no hubo lugar para ellos aquí, y el valle se convirtió en el Valle de los Perdidos.



 

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Se inclinó hacia delante, con sus ojos rojizos reluciendo intensamente a la luz de las velas.

 

—¿No queréis saber cómo ocurrió este milagro? —preguntó—. ¿No queréis saber cómo yo, un exiliado, conseguí una nueva riqueza, un nuevo reino, y unos poderes mil veces más grandes que aquellos que había perdido?

 

No esperó a que ellos respondieran, sino que siguió hablando como si no hubiera habido ninguna interrupción.

—Una voz me habló mientras yo me hallaba sumido en mi pena —les dijo

 

—. Empezó a susurrarme día y noche. La voz me recordaba lo injustamente que se me había tratado. Cómo había sido traicionado. Lo que había perdido. Al principio pensé que aquella voz terminaría volviéndome loco. Pero entonces… entonces…

Los ojos relucientes se volvieron vidriosos. Y cuando el Guardián volvió a hablar, fue como si se hubiera olvidado de que los visitantes estaban con él. Ahora era como si se contara a sí mismo la historia, una historia que ya había contado anteriormente en muchas ocasiones.

 

—Entonces vi la respuesta —musitó—. Vi que la luz me había traicionado, pero que la oscuridad me otorgaría una gran fuerza. Vi que había pasado toda mi vida siguiendo el camino equivocado. Vi que el mal triunfaría allí donde el bien había fracasado. Y entonces fue cuando acepté el mal. Le di la bienvenida en el interior de mi corazón. Y de esa manera renací… como el Guardián.

 

De pronto sus ojos perdieron aquella mirada vidriosa y volvieron a enfocarse en los desconocidos que estaban sentados alrededor de su mesa. Reparó en los rostros rígidos que no sonreían, en aquellos platos que apenas se habían tocado.

—¿Por qué no coméis? —preguntó en un tono brusco—. ¿Acaso pretendéis insultarme?

Lief miró a través del muro más próximo a la mesa. Medio oculta por la niebla, una masa de rostros anhelantes se apretaba contra el cristal.

 

—No les prestéis atención —sonrió el Guardián, señalando vagamente a la multitud con la mano—. Mis súbditos no comen o beben. Ellos se encuentran más allá de tan ordinarias preocupaciones de la carne. Es vuestra cálida vida lo que anhelan.

Jasmine, Barda y Neridah se pusieron todavía más rígidos. Lief se humedeció los labios, estremeciéndose por dentro mientras recordaba la caricia reseca de aquellos dedos grisáceos.



 

 

 

 

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—¿Quieres decir que son… los espíritus de los muertos? —preguntó con voz estrangulada.

 

El Guardián pareció indignarse, y los monstruos se agitaron y gruñeron detrás de él.

—¿Los espíritus de los muertos? —resopló despectivamente—. ¿Gobernaría yo acaso un reino de los muertos? Mis súbditos están muy vivos, oh, sí, y seguirán estándolo hasta el fin de los tiempos. Se consumen y van desvaneciéndose poco a poco, pero no envejecen o mueren. Vivirán aquí, en mi dominio, por siempre jamás. Esa es su recompensa.

—¿Su recompensa? —exclamó Neridah, apartando su plato con manos temblorosas.

El Guardián asintió, alisándose la barba con expresión pensativa.

 

—Y no cabe duda de que es una recompensa realmente magnífica, ¿verdad? —murmuró—. Aunque me temo que mis súbditos son unos desagradecidos. No saben apreciar su buena fortuna.

 

Lief se obligó a hablar.

 

—¿Cómo se ganaron su recompensa? —preguntó.

 

—Ah… —El Guardián se estiró con satisfacción. Evidentemente, esa era la pregunta que había estado esperando desde el principio.

»La gran mayoría de mis primeros súbditos —murmuró después— llegó a mí impulsada por un gran vendaval, con el orgullo que había causado su caída todavía reciente en su interior… Otros dominados por la envidia y la codicia, como os ocurre a vosotros cuatro, han ido llegando desde entonces. Vienen aquí para tratar de arrebatarme mi más preciado tesoro. El símbolo de mi poder. El gran diamante del Cinturón de Deltora.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El juego

 

 

 

 

 

 

L                       ief no se atrevía a mirar a sus amigos, o a Neridah. Sus manos se tensaron sobre los brazos de su asiento hasta que los nudillos se le pusieron blancos, esforzándose por no mostrar lo que sentía.

 

Pero enseguida resultó evidente que el Guardián no se había dejado engañar. Su sonrisa recorrió la mesa mientras sus ojos rojizos bebían ávidamente las expresiones que habían aparecido en los rostros de sus invitados. Luego cogió las últimas migajas de comida que quedaban en su plato y las tiró al suelo, sin mirar dónde caían. Los cuatro monstruos enseguida se lanzaron sobre los restos, cada uno de ellos peleándose ferozmente con los demás para poder apropiarse de una porción. El Guardián los contempló con una sonrisa.

 

—En una ocasión, Envidia estuvo a punto de matar al codicioso durante una cena como esta —comentó distraídamente, mientras el tumulto cesaba poco a poco—. Ah, bueno.

 

Moviéndose muy despacio, el Guardián echó su silla hacia atrás y se levantó, con las deformes criaturas removiéndose y babeando detrás de él.

 

—Y ahora ha llegado el momento del juego —dijo—. Esa es la parte que más me gusta de todas. Venid conmigo.

No necesitaba pedírselo. Los pies de los cuatro lo siguieron, lo desearan o no, mientras el Guardián iba por un reluciente espacio tras otro, con los monstruos pegados a sus talones.

 

Finalmente llegaron a una estancia que resultaba evidente era el lugar donde el Guardián pasaba la mayor parte de su tiempo. Cortinajes de un rojo muy oscuro cubrían las paredes, ocultando la niebla y las otras habitaciones. Magníficos dibujos y pinturas, y un enorme espejo con un marco tallado, colgaban de las telas.



 

 

 

 

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El suelo estaba cubierto por una alfombra suntuosamente adornada con un sinfín de flores, frutos y pájaros, a los que se añadía una imagen de un humilde ermitaño repetida en cada extremo. «Una de las pequeñas bromas del Guardián —pensó Lief—. En ningún otro lugar de aquel valle sería posible encontrar cosas vivas que fueran sencillas y hermosas.» Encima de la alfombra, delante de un sofá repleto de cojines, había una mesita cubierta de libros. Centenares de libros más llenaban un gran número de estanterías que se elevaban hacia el techo alrededor de las paredes.

 

El Guardián no se detuvo, sino que cruzó la estancia y apartó la cortina para mostrar una puerta de cristal incrustada en una pared. No abrió la puerta, sino que se hizo a un lado y, con un movimiento de su brazo, invitó a los compañeros a que miraran por ella para ver el espacio que había al otro lado.

 

Era una pequeña habitación que solo contenía una mesa de cristal colocada exactamente en su centro. Encima de la mesa había una arqueta dorada.

 

—La gema que buscáis está dentro de esa arqueta —dijo el Guardián. Le temblaba la voz, y saltaba a la vista que apenas podía contener su jubilosa excitación—. Aquel que consiga igualarme en ingenio, y vencerme, puede entrar en la habitación y llevarse el premio.

 

Lief pegó el cuerpo al cristal de la puerta. El Cinturón de Deltora se calentó levemente junto a su piel, prueba de que el Guardián estaba diciendo la verdad. El gran diamante se encontraba dentro de aquella habitación. El Cinturón podía sentir su presencia.

 

Barda empujó la puerta con el hombro, pero esta no se movió.

 

El Guardián volvió a reír.

 

—Ninguna fuerza puede abrir esta puerta —dijo—. Está sellada por la magia, y así permanecerá, hasta que os hayáis ganado el derecho a abrirla. Bien… ¿jugaréis?

 

—¿Acaso tenemos elección? —musitó Jasmine.

 

El Guardián levantó sus cejas.

 

—¡Por supuesto que sí! —exclamó—. Si así lo deseáis, podéis marcharos de aquí ahora mismo con las manos vacías. Olvidaos de la gema que habéis venido a buscar. ¡Regresad al lugar del cual procedéis! No os detendré.

Lief, Barda y Jasmine se miraron.

 

—Si ganamos el juego y entramos en la habitación, ¿el diamante será nuestro y podremos quedarnos con él? —Lief quería estar absolutamente seguro—. ¿Permitirás que salgamos del valle, llevándonos nuestro premio con nosotros? ¿Lo juras?



 

 

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—¡Ciertamente! —dijo el Guardián—. Esa es la regla. El premio será vuestro para que hagáis lo que os plazca con él.

 

—¿Y si fracasamos? —preguntó Barda en un tono brusco—. Entonces, ¿qué?

El Guardián extendió las manos. Las correas carnosas se apartaron de sus muñecas y los monstruos se agitaron detrás de él.

—Entonces… Bueno, entonces seréis míos. Entonces os quedaréis aquí, como todos los demás que han elegido competir conmigo en un juego de ingenio. Pasaréis a ser parte del Valle de los Perdidos. Para siempre.

Los compañeros permanecieron inmóviles junto a la puerta. Fuera de la pequeña habitación, dentro de la que reposaba la arqueta, manos grisáceas rozaban con desesperación el cristal a través de las volutas de niebla.

—¿Aceptaréis el desafío? —murmuró el Guardián. Sus ojos ardían como carbones encendidos mientras aguardaba su respuesta.

—Necesitamos saber más antes de tomar una decisión —dijo Barda sin perder la calma.

Pero Neridah sacudía la cabeza.

 

—¡Yo no necesito saber más! —exclamó—. Ya he tomado mi decisión. ¡Estos tres pueden hacer lo que quieran, pero yo no jugaré a ningún juego!

 

El Guardián se inclinó, aunque uno de los lados de su boca tembló suavemente en una mueca de desprecio.

—Entonces podéis iros, señora —dijo, agitando el brazo.

 

Neridah se tambaleó cuando el hechizo bajo el que estaba quedó roto. Retrocedió lentamente, y luego dio media vuelta y salió corriendo de la habitación sin mirar atrás.

 

El Guardián suspiró.

 

—Qué lástima —murmuró—. Yo pensaba que a ella, de entre todos vosotros, le resultaría imposible resistirse al atractivo del diamante. Quizá, incluso ahora, cambie de parecer y regrese. El olor de la codicia y la envidia es muy intenso en ella.

 

Se volvió hacia las criaturas pegadas a sus talones y las acarició, una por una.

—Y vosotras habéis percibido ese olor, ¿verdad que sí, ricuras mías? — canturreó. Los monstruos gruñeron y expresaron su acuerdo con suaves resoplidos, restregando con adoración sus caras hinchadas en las manos del Guardián.

 

Sin tomarse la molestia de volverse, este agitó un dedo señalando a los compañeros. Con gran alivio, los tres sintieron cómo se aflojaban sus ataduras



 

 

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invisibles. De pronto podían moverse otra vez libremente.

 

El Guardián se dirigió hacia el espejo y se contempló en él con gran satisfacción, alisándose la barba y sonriendo. Lief sintió que los dedos le ardían en un deseo de empuñar su espada y atacar al Guardián. Pero sabía, al igual que Barda y Jasmine, que el hacerlo no serviría de nada. Odio, Codicia, Orgullo y Envidia permanecían inmóviles frente a ellos, enseñándoles sus dientes torcidos. Un solo sonido de advertencia haría que el Guardián se volviera hacia los compañeros y lanzase otro hechizo; un hechizo todavía más poderoso, quizá, que el anterior.

 

—Ya es hora de que me vaya a dormir —dijo finalmente el Guardián, apartándose del espejo con un bostezo—. A diferencia de mis súbditos, yo todavía tengo esas necesidades de la carne. ¿Qué más deseáis saber?

 

«Está seguro de que todos deseamos hacernos con el diamante —pensó Lief—. Sintió nuestra necesidad mientras contemplábamos la arqueta. Y con todo… la necesidad del Guardián también es grande. Él finge que le da igual, pero lo que desea por encima de todo es que juguemos a su juego. Su orgullo lo empuja a demostrar que es más poderoso y más listo que nosotros, a aplastarnos y derrotarnos. Esa es su debilidad.»

—No podemos decidir si vamos a jugar o no a menos que sepamos más acerca del juego —dijo Jasmine, hablando con voz alta y clara—. ¿Qué es? ¿Cómo se juega?

 

El Guardián frunció el ceño, titubeando.

 

—Quieres que juguemos, ¿verdad? —lo apremió Lief—. Y nosotros… nosotros queremos el diamante, lo confieso. Pero seríamos unos idiotas si pusiéramos en peligro nuestra libertad obrando a ciegas. Necesitamos saber que es posible ganar.

 

Los ojos del Guardián se entornaron.

 

—¡Por supuesto que es posible! —dijo secamente—. ¿Me acusas de hacer trampas?

—No —dijo Lief—. Pero algunos juegos son una cuestión de azar, y de suerte. El tuyo podría ser uno de esos juegos. Y si lo es…

—¡El mío no es un juego de azar! —gritó el Guardián—. ¡Es una batalla de ingenios!

—Pues entonces demuéstralo —dijo Barda suavemente—. Dinos qué es lo que debemos hacer.

El Guardián reflexionó en silencio durante unos instantes. Luego sonrió. —Creo que vais a ser unos jugadores dignos de mí —dijo—. Muy bien,

os lo diré. Lo único que tenéis que hacer es encontrar una sola palabra. La



 

 

 

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palabra que abrirá la puerta. Y esa palabra es… mi verdadero nombre.

 

Los compañeros lo miraron en silencio. De todas las cosas que esperaban oír, aquella era la última que se les habría pasado por la cabeza.

El Guardián asintió con satisfacción, complacido por su sorpresa.

 

—Las pistas del acertijo se encuentran en este palacio —añadió maliciosamente—. ¡Y la primera está escondida en esta misma habitación!

 

Barda irguió los hombros.

 

—Os agradeceríamos mucho que nos permitierais disponer de algún tiempo a solas para que podamos discutir nuestra decisión, señor —dijo, utilizando el tono más educado y formal de que era capaz.

 

—¡Ciertamente! —El Guardián se inclinó—. Soy un hombre muy razonable, y os concederé esa cortesía. Pero os ruego que no pongáis a prueba mi paciencia. Volveré dentro de poco, y entonces quiero una respuesta.

 

Cogió las correas de sus criaturas, dio media vuelta y los dejó.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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—12—

 

La búsqueda

 

 

 

 

 

T an pronto como se quedaron solos, Jasmine corrió a la puerta de cristal y volvió a mirar a través de ella.

 

—¡Ahí dentro hay otra puerta! —susurró—. Una puerta que conduce afuera. ¿La veis? En el rincón.

 

—¿Y? ¿Cuál es tu plan? —preguntó Barda, que desconocía adonde quería ir a parar la joven.

Los ojos de Jasmine brillaban intensamente.

 

—Es muy sencillo. Le diremos al Guardián que vamos a jugar a su estúpido juego. Luego, una vez que él esté dormido, encontraremos una manera de entrar en esa habitación. Podemos robar la gema, y luego saldremos por la otra puerta y estaremos fuera de este valle antes de que el Guardián despierte.

 

—¡No! —exclamó Lief impulsivamente.

 

Jasmine lo miró con disgusto.

 

—¿Tienes miedo? —quiso saber—. ¿Temes la magia del Guardián?

 

Lief titubeó. No se trataba exactamente de eso. Era otra cosa, aquel recuerdo que seguía rondándole por la memoria. Una advertencia. Algo acerca del diamante…

 

—Seríamos unos idiotas si no tuviéramos miedo, Jasmine —dijo Barda—. Los poderes de ese hombre son muy grandes, y basta con verlo para darse cuenta de que está completamente loco. Quienquiera que fuese el Guardián en el pasado, el Señor de la Sombra lo ha poseído en cuerpo y alma.

El hombretón estaba inclinado encima de la mesita, examinando rápidamente los libros que había en ella. Lief comprendió que Barda, tan práctico como siempre, estaba comprobando los libros para ver si el nombre del Guardián, o una parte de él, había sido escrito en la primera hoja de uno de los volúmenes. Se dirigió hacia la mesa para ayudarlo.



 

 

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—¡Nunca descubriréis su nombre de esa manera! —farfulló Jasmine furiosa—. Si se tratara de algo tan sencillo, entonces todos esos pobres desgraciados que hay al otro lado de las ventanas ya habrían…

 

El grito de sorpresa de Lief la interrumpió. En el fondo de una de las pilas de libros había visto algo familiar, un pequeño volumen de un azul descolorido. Lief lo cogió y lo abrió.

 

Tal como esperaba y temía, aquel pequeño volumen era El Cinturón de Deltora. El libro que Lief había estudiado tan a menudo, allá en su casa de Del. El libro que había visto por última vez en la mazmorra donde su padre yacía encadenado e indefenso.

 

Y ahora se encontraba aquí. ¡Aquí, en el Valle de los Perdidos! Con el corazón latiéndole desenfrenadamente, Lief alzó el libro para que Barda y Jasmine pudieran verlo. Barda frunció el ceño.

 

—El hecho de que el Guardián tenga una copia de ese libro no significa nada —dijo—. Sin duda se hicieron muchas copias de él, no solo una. Ahora esas copias tienen que estar escondidas en muchos lugares olvidados, desperdigadas por todo el reino.

 

—El Guardián es un sirviente del Señor de la Sombra. De eso podemos estar seguros, basándonos en todo lo que nos ha contado —argumentó Lief—. Y si él ha estudiado este libro, es porque el Señor de la Sombra le dijo que así lo hiciera. El Guardián finge creer que somos unos desconocidos corrientes que van tras el diamante, impulsados por la codicia. Pero quizá siempre ha sabido quiénes somos.

 

—¿Y entonces por qué se ha molestado en hablarnos tanto del juego? — musitó Jasmine—. ¡Podría habernos matado cuando él quisiera!

 

Lief se estremeció.

 

—Quizá solo busca alguna manera de entretenerse. Quizá solo está jugando con nosotros, de la misma manera en que un gato juega con un ratón…

 

—Quizá —dijo Barda—. Pero quizá no. El Guardián no sabía cuándo vendríamos. Y si ha sido advertido acerca de un muchacho, un hombre y una joven con un pájaro negro, puede que no se haya dado cuenta de que se referían a nosotros tres. Kree no está, Jasmine va vestida como un muchacho, y vinimos aquí con Neridah.

 

—Bueno, al menos esa mujer ha servido de algo —resopló Jasmine.

 

Lief estaba hojeando frenéticamente el librito. En cada página había palabras y frases que recordaba muy bien, pero ahora estaba buscando una sola cosa: el pasaje acerca de los poderes del diamante.



 

 

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Finalmente, lo encontró.

 

El diamante es el símbolo de la Inocencia, la pureza y la fuerza. Los diamantes que han sido adquiridos noblemente, y con un corazón puro, son una poderosa fuerza para el bien. Dan valor y fortaleza, protegen de la pestilencia y ayudan a la causa del verdadero amor. Pero haced caso de esta advertencia: los diamantes que han sido adquiridos mediante la traición o la violencia, o deseados a causa de la envidia o la codicia, son malos presagios, y traen mala fortuna. Un gran mal cae sobre aquellos que los obtienen sin honor.

 

—Esto… esto es lo que yo trataba de recordar —se apresuró a decir Lief, mostrando el pasaje a sus compañeros—. ¡Esta es la razón por la que no podemos robar el diamante!

 

Sus amigos leyeron el pasaje, y luego se miraron los tres.

 

—¡Esta advertencia no va dirigida a nosotros! —protestó Jasmine—. Nosotros no queremos la gema por codicia o envidia. La robaríamos por una buena razón. ¡La rescataríamos de las manos del mal para devolverla al sitio que le corresponde!

 

Lief sacudió la cabeza.

 

—El pasaje no puede ser más claro —insistió—. El diamante debe obtenerse sin recurrir a la fuerza o a los engaños. De otra manera solo nos traería desgracias e infortunios… ¡como se los ha traído al Guardián!

 

—¿Y entonces…? —murmuró Barda.

 

Lief suspiró, cerró el libro y volvió a dejarlo en su sitio encima de la mesa.

—El Guardián tiene que dárnoslo libremente —dijo—. Y solo existe una manera de conseguir que haga tal cosa. El orgullo del Guardián es su punto débil, y este juego es muy importante para ese orgullo. Creo que si podemos salir vencedores del juego, entonces el Guardián se verá obligado a…

En ese momento oyeron un ruido de pasos. El Guardián regresaba. Entró en la sala como una exhalación, con sus mascotas trotando detrás de él.

—¿Y bien? —quiso saber—. ¿Ya habéis tomado vuestra decisión?

 

Lief y Barda miraron rápidamente a Jasmine. La joven guardó silencio, y luego torció el gesto y asintió con una leve inclinación de cabeza. Barda dio un paso adelante.

 

—Sí —dijo firmemente—. Jugaremos.

 

Los monstruos gimotearon y tiraron de sus correas con una súbita excitación. Los ojos del Guardián ardían.

 

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—¡Excelente! —murmuró.

 

Señaló una gran vela apagada que había en la mesa debajo del espejo. Una temblorosa llama amarilla apareció en ella.

—La vida de esta vela será el tiempo de que dispondréis para abrir la puerta de la habitación donde se encuentra la arqueta —dijo—. Si la puerta sigue cerrada cuando muera la llama, entonces admitiréis vuestra derrota y seréis míos. ¿Estáis de acuerdo?

 

—Estamos de acuerdo —dijeron los compañeros, hablando al unísono y sin vacilar.

El Guardián volvió a frotarse las manos.

 

—Entonces os deseo que paséis una buena noche —sonrió—. Explorad cuanto queráis. La primera pista se encuentra en esta habitación, como ya os he dicho. En cierto modo está escondida, pero también es tan visible como vuestra nariz.

 

Se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir se volvió una vez más hacia ellos.

—Un pequeño consejo. Solo tenéis una oportunidad para abrir la puerta, y solo una. No la malgastéis dejándoos llevar por las suposiciones.

 

Sonrió levemente.

 

—Os veré por la mañana. Para reclamar mi victoria.

 

Después de decir aquellas últimas palabras, el Guardián salió de la habitación, con sus criaturas siguiéndolo. Pero tan pronto como los compañeros lo perdieron de vista, se oyeron sus risotadas triunfales. El sonido creó ecos que se esparcieron por los muros de cristal de su palacio como un centenar de voces, desvaneciéndose lentamente en la lejanía cuando el Guardián se fue a descansar.

 

*

 

Los compañeros pasaron una hora registrando la habitación, buscando cualquier cosa, lo que fuese, que pudiera darles una pista acerca del nombre del Guardián.

 

Los libros que había en las estanterías no les sirvieron de nada, porque todos quedaban convertidos en polvo tan pronto Barda los sacaba de ellas. Los papeles guardados dentro de los cajones del gabinete se habían puesto amarillos con el paso del tiempo, y también se resquebrajaban y se hacían pedazos en cuanto los tocaban. Los dibujos y los cuadros no revelaron ninguna pista. Detrás de las cortinas solo había cristal y niebla.



 

 

 

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—El Guardián piensa que lo tiene todo… ¡pero no tiene nada! —exclamó Jasmine—. Su maravillosa comida es un montón de cenizas. Sus hermosos libros son polvo. Sus compañeros son unas bestias asquerosas que no paran de babear. Su reino es un lugar lleno de miseria. ¿Cómo puede estar tan ciego?

 

—Somos nosotros los que estamos ciegos —dijo Barda, apretando los dientes mientras contemplaba la vela que goteaba lentamente—. El Guardián dijo que había una pista en esta habitación, y estoy seguro de que decía la verdad. Pero ¿qué pista? ¿Dónde?

 

—¡El Guardián dijo que había una pista escondida en esta habitación! — Lief se llevó las manos a la cara, tratando de concentrarse—. Hemos mirado por todas partes, por debajo, por detrás, por dentro. Eso quiere decir que está escondida de alguna otra manera.

 

—¡Mediante la magia! —Jasmine recorrió la habitación con una mirada desesperada—. Y eso explicaría la otra cosa que dijo el Guardián: que en cierta manera la pista estaba escondida, pero que también era tan visible como tu propia nariz.

 

—¡Tu propia nariz! ¡Pues claro! —exclamó Barda con voz de trueno, poniéndose en pie. Mientras sus compañeros lo contemplaban con ojos asombrados, el hombretón cruzó la estancia y se miró en el espejo. Por un instante Lief y Jasmine vieron su cara, con los rasgos extrañamente suavizados y juveniles, reflejada en el cristal. Entonces la imagen se desvaneció y aparecieron unas palabras, reluciendo con blancos destellos a la temblorosa luz de la vela.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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—¡Pero eso no tiene ningún sentido! —exclamó Jasmine, consternada—. ¡No tiene absolutamente ningún sentido!

 

—Sí que lo tiene —dijo Barda—. Ya he visto cosas parecidas antes. Es un acertijo.

—El poema nos dice cuántas letras hay en el nombre del Guardián —dijo Lief con voz pensativa—. También nos está diciendo cómo se puede llegar a descubrir cuáles son esas letras. Pero es mucho más difícil que ninguno de los acertijos que yo he resuelto.

 

Se llevó las manos al Cinturón de Deltora, deseando con todo su corazón que el topacio se encontrara en el apogeo de su poder. Aquella gema le había ayudado en muchas ocasiones aclarándole la mente y permitiéndole pensar con más astucia. Pero el poder del topacio se incrementaba a medida que crecía la luna, y disminuía cuando menguaba. Aquella noche no había luna.

 

Si sus compañeros y él iban a resolver aquel acertijo, tendrían que hacerlo sin ayuda.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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—13—

 

Chispas brillantes

 

 

 

 

 

 

D                         espués de haber copiado las palabras del espejo en un trozo de papel que Jasmine encontró entre sus tesoros, los compañeros se sentaron y hablaron.

 

—La primera línea significa simplemente que el nombre debe ser encontrado a partir de pistas que hay dentro del palacio —dijo Lief—. ¿Estamos todos de acuerdo en eso?

 

—¡Hasta yo puedo verlo! —exclamó Jasmine, mientras Barda asentía—. Pero ¿qué pasa con el resto?

—La línea siguiente quiere decir que la primera letra del nombre que buscamos es la misma que la primera letra del gran pecado de Orgullo.

 

—Bueno, eso también parece muy simple —dijo Barda—. La primera letra de Orgullo es la O.

—¡Pero eso tiene muy poco de acertijo! —objetó Jasmine—. Estoy segura de que no puede ser tan fácil.

—No lo es —dijo Lief con expresión sombría—. ¿Es que no lo ves, Barda? «Orgullo» tiene una letra mayúscula. Es un nombre, el de una de las mascotas del Guardián.

 

—Y el Guardián nos ha dicho que ninguna de sus criaturas tiene el defecto por el cual se le ha puesto nombre —gimió Jasmine—. El pecado de Orgullo tiene que ser la envidia, la codicia o el odio. Ah… ahora empiezo a entender cómo funciona este rompecabezas. La primera letra del nombre del Guardián tiene que ser la E, la C o la O.

 

—Pero ¿cómo vamos a adivinar cuál es? —estalló Barda—. ¡Ni siquiera me acuerdo de qué criatura era cada una! ¡El Guardián no está jugando limpio, a pesar de todo lo que dijo!

 

—Estoy seguro de que el Guardián juega limpio —dijo Lief, golpeando suavemente el trozo de papel con el lápiz—. Porque de otra manera, el triunfo



 

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del que espera poder disfrutar carecería de significado. Tiene que haber otra pista en algún lugar de este palacio.

 

—¡Pues entonces será mejor que demos con ella! ¡Y pronto! —exclamó Jasmine, levantándose de un salto para lanzar una nerviosa mirada a la vela. Se consumía con una alarmante rapidez.

 

El miedo de la joven era contagioso. Lief sintió que su corazón empezaba a palpitar frenéticamente. Se obligó a conservar la calma, y puso la mano encima del Cinturón de Deltora. Sus dedos encontraron la amatista y en cuanto la apretaron, Lief sintió cómo su corazón empezaba a latir más despacio y una gran calma se adueñaba de él. Inspiró profundamente.

—No debemos dejarnos llevar por el pánico y empezar a correr de un lado a otro sin tener ningún plan —dijo—. El pánico nos impedirá pensar con claridad. Sí, el pánico es nuestro enemigo.

 

—El tiempo también es nuestro enemigo, Lief —le recordó Barda secamente—. Llevamos horas con esto, y no hemos avanzado nada.

—Pero sí hemos avanzado un poco —dijo Lief—. Sabemos que el nombre del Guardián tiene cinco letras, porque el poema habla de «mi primera», «mi segunda», «mi tercera», «mi cuarta» y «última». Sabemos que la primera letra es la E, la O o la C. Y sabemos que la segunda y la última letra son la misma.

 

—¿Cómo sabemos todo eso? —preguntó Jasmine, removiéndose nerviosa en su deseo de estar lo más lejos posible de allí.

—Porque el poema así nos lo dice —dijo Lief, y leyó las palabras en voz alta.

 

Mi segunda y última dan inicio

 

a la suma de los errores que hay en los gemelos.

 

Mientras Jasmine asentía nerviosa, Lief recorrió con la mirada el resto del poema, y de pronto vio algo más.

 

—Y creo… ¡creo que sé cuál es la cuarta letra! —exclamó. Volvió a leer en voz alta.

 

Mi cuarta, la suma de la felicidad

 

para aquellos que mi nombre intentan adivinar.

 

—¿Cuánta felicidad han conocido aquellos que han intentado adivinar el nombre del Guardián? —preguntó.

 

—Ninguna, a juzgar por lo que hemos oído —dijo Barda en tono sombrío.



 

 

 

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—Exacto. Y como se utiliza la palabra «suma», yo diría que aquí el Guardián recurre a un pequeño truco. Porque en realidad la cuarta letra es un número, el cero; que cuando se escribe es idéntico a la letra O.

 

Mientras los demás miraban, Lief empezó a escribir debajo del poema. Cuando terminó, dio la vuelta al papel para que sus amigos pudieran ver lo que había hecho:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

—Ahí lo tenéis —dijo Lief—. Ahora podemos empezar a llenar los huecos.

 

Se levantó, deseaba sentirse tan seguro de sí mismo como sus palabras. —Registraremos el palacio habitación por habitación —dijo—. Y allá

donde vayamos, buscaremos cosas que se correspondan con el poema. Salieron juntos del estudio y dieron comienzo a la búsqueda. Una

 

habitación, luego otra, y otra más, no proporcionaron ninguna pista, a pesar de que los compañeros examinaron con mucha atención cada mueble, cada alfombra, cada adorno.

 

El palacio era inmenso. Los compañeros lo recorrieron, seguidos por aquella suave música mientras trataban de mantenerse tranquilos y alerta. Durante un rato se oyeron pequeños sonidos de movimientos distintos a los suyos: ruidos lejanos y parecidos a ecos de suaves pasos, de puertas abriéndose y cerrándose. Pero finalmente la música cesó, y los otros sonidos cesaron también.

 

Ahora trabajaban en el más completo silencio. Costaba mucho no apresurarse, no hacerlo todo deprisa y corriendo, saltándose algunos pasos de la búsqueda. En las mentes de los tres estaba la imagen de una vela que goteaba, goteaba, y que se consumiría implacablemente.

 

Finalmente llegaron a una habitación que, al igual que el estudio del Guardián, estaba protegida con cortinas y sellada mediante una puerta de madera. Una suave luz brillaba detrás de la ventanita de cristales de colores que había en la puerta.



 

 

 

 

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Lief hizo girar el picaporte sin hacer ningún ruido y miró adentro. A pesar de la llama de una vela que ardía sobre una mesita junto a la cama, la habitación se encontraba sumida en la penumbra. Lief necesitó unos instantes para distinguir el enorme montón de cojines que ocupaba un rincón de la estancia.

 

El Guardián yacía encima de ellos, dormido. Pero no estaba solo. Sus cuatro mascotas compartían su cama, con sus correas carnosas extendiéndose a su alrededor como pálidas serpientes. Y estaban despiertas. Las cuatro volvieron sus terribles cabezas hacia la puerta. Sus dientes relucieron cuando dejaron escapar un prolongado gruñido.

 

Lief saltó hacia atrás y volvió a cerrar la puerta.

 

—No podemos entrar ahí —susurró el muchacho—. Esa habitación es el dormitorio del Guardián. Y las criaturas están dentro con él.

 

—Bueno, seguro que al final tendremos que enfrentarnos a ellas —susurró Barda a su vez—. ¿De qué otra manera podemos tener alguna esperanza de averiguar cuál es el defecto de Orgullo?

 

Se quedaron inmóviles, contemplando la puerta cerrada sin saber qué hacer. Entonces una expresión de perplejidad apareció en el rostro de Jasmine. Señaló la pequeña ventana de cristales de colores.

 

—Hay algo extraño en esto —murmuró—. Acabo de darme cuenta. ¡Mirad!

—Sí, es realmente raro. Hay un diamante o una estrella en cada cuadrado excepto el último —dijo Barda, examinando la ventanita.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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—¡Claro! —Jasmine cogió el papel de las manos de Lief y leyó en voz alta dos de las líneas del poema.

 

Mi tercera crea una brillante chispa… ¿La que es puro tesoro? ¿El punto de luz?

 

Miró a sus compañeros, impaciente por comprobar si lo habían entendido.

 

—Tanto los diamantes como las estrellas son brillantes chispas —dijo—. El poema nos está preguntando qué es lo que debería ir en el último cuadrado. ¿Un diamante, que es un tesoro? ¿O una estrella, que es un punto de luz?

 

—Así que la tercera letra del nombre del Guardián es la letra con la que empieza una de esas dos cosas, una D o una E —dijo Lief, tomando el papel de las manos de Jasmine y haciendo una nota en su diagrama mientras se mordía el labio, tratando de contener su excitación.

 

Luego los tres miraron fijamente los pequeños cuadrados de cristal de colores hasta que el dibujo que formaban se volvió borroso ante sus ojos, pero sin obtener ningún resultado.

 

—¡Esto no tiene ningún sentido! —gruñó Barda finalmente—. Hay un total de dieciséis cuadrados. Pero parecen haber sido dispuestos al azar, siguiendo el capricho de alguien.

 

Lief estuvo de acuerdo con él. Y Jasmine, ahora que su excitación inicial se había disipado, empezaba a ponerse cada vez más nerviosa.

 

—Puede que el misterio esté relacionado con el número dieciséis — musitó Barda, negándose a darse por vencido—. El dieciséis es un número muy útil, ya que puede dividirse fácilmente en partes más pequeñas e iguales. Los pelotones del palacio estaban formados por dieciséis hombres. Cuando desfilábamos en formación por la explanada, solíamos empezar juntos, y luego nos dividíamos en grupos de ocho, luego de cuatro, luego…

De pronto se calló. Se había quedado boquiabierto y tenía los ojos clavados en la ventana.

—¡Mirad! —dijo con voz enronquecida.

 

Su grueso dedo trazó una cruz a través del centro de la ventana, dividiéndola en cuatro partes iguales.

—El total no tiene ningún sentido —dijo—. Pero si en vez de verlo como un gran cuadrado formado por dieciséis cuadrados más pequeños, vemos cuatro cuadrados, cada uno de los cuales contiene cuatro cuadrados todavía más pequeños, ¿qué ocurre entonces?

 

Lief miró, y fue como si viera la ventana con nuevos ojos. Ahora estaba compuesta por cuatro bloques, dos situados arriba y dos abajo.



 

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En el primer bloque, había tres estrellas y un diamante. En el siguiente, había dos estrellas y dos diamantes. En el tercero, el que quedaba directamente debajo del primero, había una estrella y tres diamantes. Y en el cuarto, el que contenía el cuadrado en blanco…

 

—Cada vez se añade un diamante —murmuró Barda, mirándolos con los ojos iluminados por el alivio—, y se quita una estrella. Eso significa que el último cuadrado no debe contener ninguna estrella, y… ¡cuatro diamantes!

—¡Sí!

 

Lief apenas podía creer lo simple que era todo aquello. Pero no lo había considerado así hasta que Barda lo descifró. Y todo porque el hombretón se acordaba de sus días como guardia del palacio de Del, pensó Lief, escribiendo una D encima del tercer guión en su trozo de papel.

Barda lo contempló con satisfacción.

 

—¡Ya hemos puesto dos letras! —dijo—. Y ahora… ¿nos enfrentamos a las criaturas?



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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—14—

 

El nombre

 

 

 

 

 

 

L                       os compañeros abrieron de nuevo la puerta del dormitorio sin hacer ruido. El Guardián no se había movido, pero ahora los monstruos estaban acurrucados encima de él. Oyeron a los intrusos y los cuatro

 

alzaron la cabeza, gruñendo amenazadoramente.

 

—¡Esto es imposible! —murmuró Barda—. Nunca permitirán que nos acerquemos a él. ¿Cómo vamos a averiguar algo acerca de ellos desde aquí?

—Quizá podríamos llamarlos por el nombre —sugirió Jasmine—. De uno en uno.

—Bueno, pues lo único que os pido es que no llaméis primero a Codicia —murmuró Lief.

—¿Por qué? —preguntó Jasmine.

 

Lief se quedó completamente inmóvil. Había hablado sin pensar. Había balbuceado aquella petición, mitad en broma mitad en serio, sin ser consciente de lo que acababa de decir.

 

—Porque —dijo, sintiendo cómo el corazón empezaba a latirle frenéticamente—, en cuanto llegamos al palacio, el Guardián nos dijo que tanto el monstruo envidioso como el orgulloso le tienen muchísimo miedo a Codicia. Eso significa que Codicia no puede ser el envidioso, o el orgulloso. Y además sabemos que Codicia no es codicioso, ya que ninguno de los monstruos tiene el defecto por el cual se le ha puesto nombre. Así pues… eso quiere decir que Codicia debe ser el monstruo más peligroso de todos, el que está lleno de odio.

 

Lief vio cómo sus amigos pensaban en otras cosas que había dicho el Guardián. Todas ellas eran informaciones que en aquel momento no les habían parecido importantes. Pero ahora, de pronto, parecían realmente esenciales.



 

 

 

 

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Sin decir palabra, los tres salieron del dormitorio por segunda vez y cerraron la puerta tras ellos.

 

—¡El Guardián nos dio las pistas, y nosotros no nos dimos cuenta! — susurró Jasmine—. ¿Qué más dijo?

—Dijo que en una ocasión Envidia casi mata al codicioso, cuando los dos se pelearon por las sobras de la mesa —dijo Barda con voz firme.

 

—Si Envidia trató de matar al codicioso, entonces él no es codicioso — dijo Lief—. Y tampoco es envidioso, eso ya lo sabemos…

 

—¡Y no está lleno de odio! —exclamó Jasmine—. Porque ya hemos decidido que eso le corresponde a Codicia. Por lo tanto Envidia… ¡tiene que ser el monstruo que es orgulloso!

 

Los tres habían empezado a alejarse de la puerta para ir a otra habitación.

 

Ahora ya estaban seguros de que no necesitaban enfrentarse a los monstruos.

 

Sabían lo suficiente para poder resolver el acertijo por sí mismos.

 

—¿Qué más nos dijo el Guardián? —murmuró Lief, estrujándose el cerebro—. Dijo…

—¡Dijo que Odio no es envidioso! —exclamó Jasmine con voz triunfal—.

 

El Guardián dijo eso la primera vez que vimos a las bestias.

 

—¡Sí! —recordó Lief—. Y Odio no está lleno de odio. Y no es orgulloso, porque el orgulloso es Envidia. Así pues… ¡Odio tiene que ser codicioso!

 

—Y entonces solo resta un defecto para Orgullo —dijo Barda, hablando muy despacio—. Orgullo es envidioso.

Sin decir palabra, Lief escribió E encima del primer guión en su trozo de papel.

Y ahora solo quedaba una letra por encontrar, porque el poema decía que la segunda y la última letra del nombre eran la misma. Barda repitió la pista.

 

Mí segunda y mi última dan inicio

 

a la suma de los errores que hay en los gemelos.

 

—No tengo ni idea de lo que significa eso —confesó Jasmine—. Me siento como una imbécil, pero…

 

—Si tú eres imbécil, entonces yo también lo soy —gruñó Barda—. Para mí eso ha sido un misterio desde el primer momento.

Y a Lief tampoco se le ocurría qué podían significar aquellas extrañas líneas. Lo único que sabía era que la última pista estaba en algún lugar de aquel laberinto de paredes de cristal, y que tenían que encontrarla.

 

Impulsados por una desesperada energía, los compañeros corrieron de una habitación resplandeciente a otra, buscando en todas partes alguna señal que



 

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pudiera ayudarlos a resolver el acertijo. Pero no encontraron nada; nada, salvo un espléndido vacío.

 

Finalmente doblaron una esquina y Jasmine gimió.

 

—¡Pero si ya hemos estado aquí antes! —exclamó—. Ya hemos registrado esta habitación.

Lief y Barda miraron a su alrededor y vieron que Jasmine tenía razón. —¡Ya no queda ningún sitio donde buscar! —dijo Barda, el rostro

 

ensombrecido por el cansancio y la desesperación.

 

Al otro lado de las ventanas, la espesa niebla flotaba en la oscuridad y figuras sombrías iban de un lado a otro, pasando los dedos por el cristal mientras miraban fijamente a los tres compañeros con ojos desesperados. ¿Cuánto tiempo había transcurrido? Lief se dio cuenta de que no lo sabía. Puso las manos encima del Cinturón por debajo de su camisa, sintiendo cómo el pánico volvía a crecer dentro de él.

 

—La pista se encuentra en algún lugar de este palacio. Eso lo sabemos — dijo, consiguiendo evitar que le temblara la voz mientras sentía el frescor de la amatista bajo sus dedos—. Volveremos a iniciar la búsqueda.

Regresaron por donde habían venido y comprobaron de nuevo cada espacio, hasta que llegaron al estudio con las cortinas, en el que habían empezado.

 

—Hemos registrado esta habitación de arriba abajo —musitó Barda—. No veo qué sentido puede tener…

Pero tenían que entrar en el estudio. Ninguno de ellos podía resistir el impulso de mirar la vela, para saber cuánto tiempo les quedaba todavía.

 

Lief se había preparado para lo que pudiera ver, pero ni siquiera él pudo evitar que se le escapara un gemido de horror cuando vio lo baja que estaba la llama. La vela casi había desaparecido, prácticamente engullida por una gruesa masa de gotas endurecidas. No podía durar mucho tiempo más.

—No podemos seguir así, Lief —dijo Jasmine con voz apremiante—. Digas lo que digas, tenemos que romper la puerta de cristal, coger el diamante y huir. ¡Y tenemos que hacerlo ahora mismo!

 

—Me temo que ella tiene razón, Lief —dijo Barda, sin apartar los ojos de la llama.

Lief sacudió la cabeza con desesperación. Sabía, sabía, que aquello sería un terrible error. Pero ¿qué otra elección tenían? Debían darse prisa. No había tiempo para volver a registrar el palacio, para pensar…

 

Jasmine había empezado a ir de un lado a otro de la habitación, buscando algo pesado que pudiera utilizar para romper el cristal. Como no encontró



 

 

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nada mejor, tiró al suelo los libros de la mesita barriéndolos con la mano y empezó a arrastrarla resueltamente hacia la puerta.

 

—¡No! —gritó Lief—. ¡No debes hacerlo!

 

Jasmine se encaró con él.

 

—¡Tengo que hacerlo! ¿Es que no lo entiendes, Lief? ¿Se puede saber qué te ocurre? ¡Ahora ya es demasiado tarde para preocuparse por una advertencia escrita en algún viejo libro! No podemos ganar el diamante. El poema del Guardián, con unos gemelos que no existen, nos ha derrotado. ¡Esta es la única manera!

 

Se volvió nuevamente hacia la mesa y empezó a tirar de ella. Después de una breve vacilación, Barda fue a ayudarla. Haciendo a un lado a Jasmine, levantó la mesa de la alfombra y la llevó hasta la puerta de cristal.

Lief corrió hacia él y le tiró apremiantemente del brazo. Pero no tenía ninguna posibilidad contra la fuerza de Barda. El hombretón se lo quitó de encima con un implacable empujón que lo mandó al suelo.

 

—No os acerquéis —dijo Barda con voz sombría—. El cristal quedará hecho añicos. Cubrios los ojos.

Lief logró ponerse de rodillas, sintiendo que la cabeza le daba vueltas. Barda estaba impulsando la mesa hacia atrás, preparándose para golpear con ella. Lief bajó la cabeza. La alfombra, con sus flores, frutos y pájaros, era muy suave bajo sus manos. Los dos ermitaños alzaban solemnes la mirada hacia él. Dos pares de ojos. Dos barbas. Dos largas y sencillas túnicas, atadas a la cintura…



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Lief los miró. La sangre se le agolpó en la cara.



 

 

 

 

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—¡Gemelos! —gritó, poniéndose en pie—. ¡Barda, alto! ¡Los gemelos!

 

¡Los he encontrado!

 

Señaló desesperadamente la alfombra mientras Barda bajaba poco a poco la mesa y Jasmine pateaba el suelo en un arranque de rabia y frustración.

 

—¡Han estado aquí todo el tiempo! —farfulló Lief—. No nos hemos fijado en ellos porque se encontraban bajo la mesa, y debajo de nuestros pies. Pero ahora ya podéis verlos claramente. Los dos ermitaños son exactamente iguales. ¡Parecen gemelos! ¡Pero en realidad no son exactamente iguales!

Jasmine y Barda se habían reunido con él y estaban mirando la alfombra.

 

Lief sacó el papel que se había guardado en el bolsillo.

 

—«La suma de los errores que hay en los gemelos» —leyó—. Eso tiene que significar el número de diferencias que hay entre uno y otro ermitaño.

—¿Hay diferencias? —quiso saber Jasmine, mirando con preocupación por encima del hombro la débil llama de la vela—. ¿Dónde?

 

—Mira el cordón que rodea la cintura —la apremió Lief—. En una imagen está anudado en el lado izquierdo, y en la otra en el derecho.

—¡Y el pájaro! —exclamó Barda—. En una imagen tiene una cresta, y en la otra no.

—Hay más abejas saliendo de la colmena en una imagen que en la otra — añadió Jasmine, que no pudo evitar tomar parte en la búsqueda—. Y mirad… un árbol tiene bayas, el otro tiene flores.

 

—Las setas de un lado tienen manchas, y las otras no —observó Barda. —Eso hace un total de cinco diferencias —dijo Lief—. Y hay otra. Un

árbol tiene una rama con hojas en la esquina superior izquierda, y el otro no.

 

Seis diferencias.

 

—¡En una imagen el ermitaño sostiene tres tallos, y en la otra solo sostiene dos! ¡Siete! —susurró Jasmine.

Examinaron las imágenes detenidamente, pero no pudieron ver nada más. —El número de diferencias es siete —murmuró Barda, hablando con voz

 

enronquecida por el alivio—. La letra que estamos buscando es la S.

 

—¡No! —dijo Jasmine que volvía a señalar la alfombra—. ¡Esperad, veo algo más! El saco, junto a él. Un saco está atado y el otro no.

 

—¡Tienes razón! —exclamó Lief—. ¡Ocho! Así que la letra que estamos buscando, la segunda letra del nombre del Guardián, y también la última, no es la S, sino la O.

 

—Ya teníamos una O —murmuró Jasmine.

 

—Ah, el Guardián es muy astuto —gruñó Barda—. Pensó que eso nos engañaría. ¡Y ha estado a punto de conseguirlo!



 

 

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—Eodoo. Su nombre es Eodoo. —Jasmine se dejó caer sobre el sofá que había detrás de ella—. ¡Oh, lo hemos conseguido!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En el silencio lleno de alivio que siguió a esas palabras, de pronto Lief se dio cuenta de que la suave música que había llenado el aire durante la noche anterior volvía a sonar. Eso significaba que el Guardián había despertado, sin duda.

 

Miró la vela. El pábilo titilaba tenuemente, flotando a la deriva en un pequeño charco de cera derretida. La llama estaba a punto de apagarse. Pero ahora ya no importaba.

 

Los ermitaños de la alfombra lo contemplaban con ojos tristes. «Ahora ya no hay razón para estar tristes, amigos míos —pensó—. Casi hemos…»

Y entonces lo vio.

 

Un brazo del ermitaño, el brazo en el cual estaba posado el pájaro, era mantenido por encima del cordón que ceñía su túnica. El otro no.

 

Lief contempló estúpidamente el papel que tenía en la mano. Entonces sintió una súbita opresión en el pecho y descubrió que cada vez le costaba más respirar.

 

—¿Qué ocurre, Lief? —susurró Jasmine.

 

Pero Lief no podía responder. Moviéndose con pasos torpes y envarados, fue hacia la puerta de cristal.

—¡Dilo! —lo apremió Barda—. ¡Di «Eodoo»!

 

Lief se humedeció los labios.

 

—El nombre no es Eodoo —dijo con un hilo de voz—. Hay nueve diferencias, no ocho. La letra que faltaba era la N. El nombre… el nombre secreto del Guardián… es… Endon.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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—15—

 

La arqueta

 

 

 

 

 

L a puerta se abrió sin hacer ningún ruido. La mesa de cristal y la arqueta dorada esperaban dentro de la habitación, pero Lief, Barda y Jasmine no se movieron de donde estaban, paralizados por el horror.

 

—¡No puede ser! —susurró Jasmine—. ¡El Guardián es demasiado viejo para ser el rey Endon! ¡Parece tan viejo como el mismísimo tiempo!

 

—El Guardián lleva dieciséis años viviendo como un sirviente del mal — dijo Lief abatido—. El mal ha ido consumiéndolo por dentro. Ni siquiera mi padre lo reconocería ahora. —El corazón se le llenó de pena mientras pensaba en lo que sentiría su padre, si alguna vez llegaba a saber en qué se había convertido su amigo.

 

—Jarred siempre decía que Endon era débil —gruñó Barda—. Sí, decía que era estúpido y débil… Endon siempre estuvo protegido del mundo, y se acostumbró a los halagos y el poder. Pero aun así Jarred lo quería, y trató de protegerlo. Salvó a Endon del palacio, y de una muerte segura. ¿Y para qué? ¡Para esto!

 

—¿Cómo podía saber mi padre que Tora se negaría a ayudar? —exclamó Lief—. ¿Cómo podía saber él que Endon se volvería hacia el lado oscuro, para recuperar todo aquello que había perdido?

 

—No lo llames Endon —musitó Barda—. Ahora ya no es Endon, sino el Guardián. ¡Y no ha recuperado nada! Nos ha engañado y utilizado. Está solo, sin nadie que lo quiera…

 

Jasmine dio un respingo mientras ponía ojos como platos, súbitamente alerta.

—Está solo —repitió—. ¡Solo! ¿Dónde está la reina? ¿Dónde está el heredero?

Sus dos compañeros guardaron silencio. La terrible conmoción que acababan de sufrir había borrado de sus mentes por unos instantes cualquier



 

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otro pensamiento. Pero ahora se daban cuenta de que Jasmine había reparado en la cuestión que realmente importaba.

 

—Mi padre decía que la reina Sharn era una mujer muy fuerte —dijo Lief

 

—. Fuerte… y valiente. Sharn nunca fue esa muñeca de palacio, malcriada y acostumbrada a ser objeto de todas las atenciones, que aparentaba ser. Quizá se negó a seguir junto a Endon cuando este empezó a prestar oídos al Señor de la Sombra y se convirtió en el Guardián, y huyó de su lado.

 

En ese momento, oyó pasos y gruñidos guturales en algún lugar del palacio que se aproximaban. El miedo hizo que un hormigueo le corriera por la piel.

—¡Deprisa! —murmuró.

 

Entró corriendo en la pequeña habitación, con Barda y Jasmine pisándole los talones. Juntos fueron hacia la mesa y se detuvieron junto a ella.

Pero antes de que Lief pudiera alzar una mano, se oyó un sonido en la puerta. El Guardián acababa de aparecer y se había quedado inmóvil, con el rostro marchito y lleno de arrugas, hirviendo de asombro, furia y orgullo contrariado. Detrás de él, los monstruos gruñían.

 

—Vaya, así que habéis descubierto mi nombre —escupió el Guardián—. ¿Os ha sorprendido?

—Un poco —dijo Barda sin perder la calma.

 

El Guardián sonrió despectivamente. Pero Lief creyó ver, en las profundidades de aquellos ojos rojos, un destello de respeto otorgado a regañadientes.

—Solo ha habido otro que ha conseguido resolver el acertijo —dijo—. Y a él… a él la verdad le resultó tan insoportable que se negó a entrar en esta habitación y reclamar su premio. Se fue del valle, maldiciéndome. Afirmando que él y su causa, cualquiera que pudiese ser esta, no querían nada que estuviera corrompido por mí.

 

Con un súbito estremecimiento, Lief comprendió quién había sido aquel hombre. El hombre que había viajado a lo largo y ancho de toda Deltora, buscando aliados para su causa y dinero para armas y suministros. El hombre que les había advertido con tanta insistencia de que no debían ir al Valle de los Perdidos. Que siempre les había dicho, hablando con mucha amargura, que la batalla por Deltora tenía que ser librada sin el rey, sin magia. Que había afirmado con tanta convicción que su búsqueda carecía de sentido.

 

—Doom —murmuró, y sintió cómo Jasmine y Barda se ponían rígidos junto a él.

El Guardián rió burlonamente.



 

 

 

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—Nunca llegué a saber cuál era su nombre, aunque él, al menos, sí supo cuál era el mío —dijo después—. Es una lástima que no se quedara aquí. Había dentro de él una amargura y un odio que reconfortaban mi corazón, y llenaban de alegría a mis criaturas.

 

Se acarició la barba mientras miraba taimadamente a los compañeros. —¿Seguiréis su ejemplo, y saldréis corriendo?

—No, no lo haremos —dijo Barda intrépidamente—. Cogeremos nuestro premio.

Lief puso las manos encima de la arqueta dorada. Sintió que le ardía el cuello mientras los ojos rojizos del Guardián lo miraban fijamente desde la puerta. El Guardián. Endon, el amigo de su padre, terriblemente cambiado.

 

«Y Doom lo ha sabido durante todo este tiempo —pensó furioso—. Pero no nos lo dijo. No, se lo guardó para él. De la misma manera en que se lo guarda todo. Sin confiar en nadie. Nadie que no sea él mismo. Cualquiera que sea el precio que haya que pagar por eso.»

 

Las bestias gimoteaban y gruñían en la puerta. Lief sabía que podían sentir su ira. Era como carne y bebida para ellos. Aquel no era momento para pensar en cosas sin importancia. Apretó el cierre. La tapa de la arqueta se abrió rápidamente.

 

Y dentro de ella, colocado encima de un lecho de terciopelo negro, relucía un gran diamante.

Lief cogió la gema y giró sobre sus talones, estrechándola entre sus dedos. —¡Fuera de aquí! —dijo el Guardián—. ¡Coged vuestro premio y

marchaos!

 

La puerta que conducía al valle se abrió. La niebla entró en la habitación, mezclada con un tenue rumor de voces que suspiraban.

—¡Lief! —lo apremió Barda, tirando del muchacho para arrastrarlo hacia la abertura.

Pero Lief no se movió del sitio mientras sentía cómo la sangre le afluía al rostro.

—¿Por qué te quedas ahí? —gruñó el Guardián—. ¿Acaso no te basta con haber ganado? ¿Es que también tienes que burlarte de mí?

—¡Nos has engañado! —gritó Lief, con la voz temblándole de ira. Mostró la joya que destellaba en la palma de su mano—. Esta gema quizá sea un diamante. ¡Pero no es el del Cinturón de Deltora!

 

—¡Nunca os prometí más de lo que había dentro de la arqueta! — fanfarroneó el Guardián—. Os dije con toda claridad que podíais coger vuestro premio e iros. Eso es todo.



 

 

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—Nos dijiste que el tesoro era el diamante del Cinturón de Deltora — insistió Lief—. Y la verdadera gema estaba aquí, cuando nos llevaste por primera vez a esta habitación. Pero ahora ha desaparecido.

 

Dio un paso adelante, sin importarle los gruñidos de los monstruos. —¡La cambiaste de sitio, Guardián, en cuanto nosotros estuvimos lo

 

bastante lejos de aquí, ocupados registrando otras partes de tu palacio! —gritó

 

—. La sustituiste por otra gema. De manera que aunque ganáramos en tu juego, tu verdadero tesoro no se perdería.

El Guardián entornó los ojos. —¿Cómo puedes saberlo? —bufó.

—Cómo lo sé no importa —exclamó Lief—. Lo esencial es que has mentido y engañado. Tú, que tanto alardeas de seguir las reglas.

—¿Y acaso vosotros seguisteis las reglas? —preguntó el Guardián con voz despectiva—. ¡Sí! Cogí mi joya de la arqueta y la escondí allí fuera, entre la niebla. La gema que puse luego en su lugar debería bastar para que vuestra codicia quede satisfecha.

Jadeando de rabia, fue hacia ellos, con sus criaturas gruñendo alrededor de sus pies.

—Pero ¿quién me estaba observando? —escupió—. ¿Quién vino enseguida a robar el diamante de su escondite, tan pronto como yo le volví la espalda? El cuarto miembro de vuestro grupo. El que se negó a jugar al juego. ¡Que luego fingió haberse ido del valle!

—¿Neridah? —balbuceó Lief—. Pero… nosotros no sabemos nada de esto.

—Eso es lo que tú dices —se burló el Guardián.

 

—¡Por supuesto que no lo sabíamos! —Jasmine ya estaba en el umbral, casi invisible entre los remolinos de niebla—. Si lo hubiéramos sabido, ¿acaso crees que habríamos malgastado nuestro tiempo jugando a tu estúpido juego? ¿Dónde está Neridah? ¿En qué dirección se fue?

 

El Guardián se encogió de hombros.

 

—Eso es algo que no os importa —dijo—. Ya tenéis vuestro premio. Lief dio un paso adelante, apretando los puños. Las criaturas gruñeron. —¡Lief, no! —exclamó Barda—. Olvídate de eso. Tenemos que encontrar

las huellas de Neridah. A estas alturas ya estará a varias horas de aquí.

 

Pero Lief no le prestó ninguna atención. Sus ojos no se apartaban del Guardián.

—¿Dónde está Neridah? —preguntó suavemente—. Ella no ha salido del valle, ¿verdad? Tú sabes dónde se encuentra, y también sabes dónde está el



 

 

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diamante.

 

—Y si lo sé —dijo el Guardián, hablando en un tono de voz igual de suave—, no te lo voy a decir. ¿De verdad pensabas que os iba a dar lo más importante que hay en mi vida? ¿Lo que simboliza el favor que me dispensa mi señor? ¿Lo que me ha traído poder y riquezas?

 

—Lo único que te ha traído es polvo y cenizas, Guardián —bufó Lief—. Ha hecho que estés rodeado de miseria. La conseguiste a través de los ardides, los trucos, el robo y la violencia. Ahora su maldición pesa sobre ti. Y en el fondo de tu corazón, lo sabes muy bien.

 

Algo destelló en esos ojos rojos.

 

—¿Quién eres? —murmuró el Guardián—. ¿Quién eres tú, que tanto sabes?

—He leído El Cinturón de Deltora al igual que lo has hecho tú.

 

—Pues a mí me parece que se trata de algo más que eso —dijo el Guardián—. ¡Sí, creo que sois vosotros! Sois aquellos de los que me han hablado.

 

Un asentimiento dirigido a Jasmine bastó para que la mano de la joven se alzara, sin que su voluntad tuviera nada que ver, y quitara el gorro de su cabeza. Sus negros cabellos se desparramaron, enredados, sobre sus hombros.

 

El Guardián sonrió con expresión sombría.

 

—Y así es como fui engañado —dijo—. El pájaro negro, claro está, se quedó fuera de la niebla. Y el cuarto miembro del grupo, la ladrona, no hacía más que seguiros para ver si podía beneficiarse de vuestra astucia. Ah… qué poco ha faltado para que os escurrierais de entre mis manos.

 

Volvió nuevamente sus ojos rojizos hacia Lief. —Dámelo —ordenó—. ¡Dame el Cinturón de Deltora!

 

Lief sintió cómo sus manos iban hacia su cintura. Sus dedos encontraron la hebilla del Cinturón. Con el sudor que le cubría la frente, Lief los obligó a que se apartaran de ella y los empujó mediante toda la fuerza de su voluntad hacia las gemas incrustadas en los medallones. Su mano se deslizó sobre el topacio, el rubí, el ópalo… y se detuvo en el lapislázuli, la piedra celestial, el talismán. Lief tensó los dedos sobre ella y la apretó con todas sus fuerzas.

—Eso no te protegerá —gruñó el Guardián. Se dirigió hacia él, con Envidia, Codicia, Odio y Orgullo gruñendo y babeando alrededor de sus pies. Extendió los brazos, y sus manos se cerraron como garras sobre el Cinturón.

Sus ojos relucieron de triunfo, y de pronto se abrieron enormemente y empezaron a arder como los pozos del infierno. Mientras miraba dentro de



 

 

 

 

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ellos, paralizado por el terror, a Lief le pareció ver un millar de imágenes que saltaban dentro de las llamas.

 

Pero el Cinturón estaba tan frío como el hielo.

 

La boca del Guardián se abrió en un alarido de agonía. Y los monstruos… los monstruos empezaron a saltar y corretear alrededor de él, aullando y alzando las cabezas mientras tiraban de sus correas en un desesperado esfuerzo por alejarse de él.

 

Lief se tambaleó y se encontró de pronto liberado. El hechizo se había roto. El Guardián cayó de rodillas, echando la cabeza hacia atrás sin dejar de agarrarse al Cinturón, como si fuera incapaz de soltarlo. Entonces Envidia, Codicia, Odio y Orgullo saltaron sobre él, impulsados por un repentino ímpetu asesino, con las fauces echando espuma mientras sus terribles dientes desgarraban al Guardián y lo hacían pedazos, rasgándole la túnica y hundiéndose en la marchita carne grisácea que había debajo de ella.

Y en ese instante, con un escalofrío de horror, Lief vio qué era lo que escondía la túnica. Vio los cuatro grandes bultos rezumantes que había en el pecho del Guardián. Vio los palpitantes cordones carnosos que brotaban de ellos, retorciéndose y serpenteando a lo largo de las mangas de su túnica hasta llegar a los cuellos hinchados de las cuatro bestias, que seguían absortas en su salvaje ataque. El Guardián había llamado Odio, Codicia, Envidia y Orgullo a sus mascotas, pero en realidad estas formaban parte de él. Las criaturas eran cuatro asquerosos brotes que habían surgido de su propio cuerpo.

 

—¡Libérame! —gritó el Guardián—. ¡Me están comiendo vivo! ¡Corta los cordones! ¡Oh, te lo suplico!

La mano de Lief ya estaba empuñando su espada. Estremeciéndose de repugnancia mientras los alaridos del hombre y los rugidos de las bestias resonaban en sus oídos, acompañados por los gritos de horror de sus dos compañeros, partió las cuerdas con una rápida serie de golpes.

 

Un líquido amarillo verdoso empezó a manar abundantemente de las heridas. Los cordones se convulsionaron, y sus extremos cortados cayeron de pronto al suelo para debatirse sobre él entre horripilantes sacudidas. Los monstruos se tambalearon, y luego cayeron. Por un instante permanecieron temblando en el suelo. Luego se quedaron inmóviles.

 

Los dedos del Guardián se aflojaron. Su rostro marchito se volvió hacia Lief. Las llamas se extinguían dentro de aquellos ojos rojos.

—El diamante —balbuceó—. ¡Lleváoslo! Está con ella. Allí donde yace ahora. En el arroyo…



 

 

 

 

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Encogiéndose sobre sí mismo, se desplomó hacia atrás. Lief, Barda y Jasmine dieron media vuelta y echaron a correr.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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—16—

 

Respuestas

 

 

 

 

 

 

N                         eridah yacía boca arriba dentro del arroyo, con las aguas fluyendo lentamente sobre sus ojos que ya no veían nada y sus cabellos ondulando encima de la roca contra la que había chocado su cabeza.

 

En la palma abierta de su fría mano había un gran diamante.

 

—Bueno, parece ser que el Guardián no la mató —murmuró Jasmine—. Neridah simplemente tuvo la mala suerte de tropezar cuando cruzaba el arroyo. Y luego tuvo la mala suerte de darse un golpe en la cabeza, y se ahogó.

 

Se dio cuenta de lo que había dicho, miró a Lief y se mordió el labio. —Lo siento —musitó—. Si yo me hubiera salido con la mía, ahora

 

seríamos nosotros los que estaríamos dentro de ese arroyo, o en algún lugar parecido. La maldición… es poderosa.

—Lo bastante para que el Guardián supiera que no debía temer que le robaran su tesoro —dijo Barda con expresión sombría—. Tenía la certeza de que el diamante actuaría antes de que el ladrón llegara a escapar del valle.

—¡Ten cuidado! —gritó Jasmine, mientras Lief metía las manos en el agua.

Pero Lief sacudió la cabeza.

 

—No tenemos nada que temer —dijo. El Cinturón se calentó alrededor de su cintura mientras sacaba la gran gema, goteando agua, del arroyo.

 

La niebla se espesó a su alrededor, llena de sombras y susurros, mientras Lief se quitaba el Cinturón y lo ponía sobre el suelo. Las seis gemas relucían dentro de sus medallones de acero. El último medallón esperaba ser llenado.

Lief ejerció una suave presión sobre el gran diamante. Con un tenue chasquido, este entró en su sitio y quedó fijo en el lugar al que pertenecía. El Cinturón estaba completo.



 

 

 

 

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Hubo un momento de tenso silencio. Luego el murmullo volvió a empezar. Ahora sonaba más fuerte, y fue creciendo cada vez más. La niebla tembló, agrupándose en columnas y espirales, elevándose del suelo y retorciéndose hacia arriba para ir subiendo rápidamente entre los árboles, como si estuviera viva. Y a medida que ascendía, fue dejando tras ella figuras que parecían parpadear en el aire de pronto despejado. Hombres, mujeres y niños contemplaron con perpleja alegría cómo sus manos adquirían calor, cómo sus ropas se coloreaban lentamente, y se miraron los unos a los otros.

 

Entonces hubo un gran crujido, un ruido de algo que se hace añicos, muy parecido al de un cristal al romperse. En cuestión de segundos, el valle quedó inundado por un estallido de color y cegadora claridad.

 

Y cuando Lief, Barda y Jasmine volvieron a mirar, había centenares, millares de personas, que se regocijaban entre los árboles, bajo el cielo azul. Ya no eran siluetas grisáceas de rostros vacíos que vagaban de un lado a otro, sino que estaban llenas de color, emoción y vida.

 

La mayoría de ellas eran altas y esbeltas, con largos rostros de delicadas facciones, cuyos ojos oscuros relucían bajo las finas cejas. Cabellos negros y sedosos cubrían sus espaldas y las anchas mangas de sus túnicas rozaban el suelo. Lief los miró asombrado y sin dar crédito a lo que le mostraban sus ojos, y se acordó de las palabras del Guardián.

 

«La gran mayoría de mis primeros súbditos llegó a mí impulsada por un gran vendaval, con el orgullo que había causado su caída todavía reciente en su interior…»

 

Y entonces lo supo. Aquellos eran los habitantes perdidos de la ciudad de Tora.

 

*

 

Los compañeros caminaron entre la multitud, y allá por donde iban había manos que se extendían hacia ellos. Pero ahora las manos estaban abiertas, llenas de vida y de agradecimiento.

 

Las gentes de Tora habían vagado por el Valle de los Perdidos durante dieciséis años, los mismos que tenía Lief, y sin embargo no habían envejecido o cambiado. Viejos, de mediana edad y jóvenes, todos seguían siendo exactamente tal como eran el día en que faltaron a su juramento. Lief, Barda y Jasmine se mezclaron entre ellos, oyendo una y otra vez la historia de su caída.

 

La magia del túnel había protegido del mal a Tora durante tanto tiempo que los toranos llegaron a pensar que se habían vuelto perfectos, de la misma



 

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manera en que su ciudad era perfecta, y que cualquier decisión que tomaran siempre sería la justa. Cuando llegó el mensaje de Endon, los toranos reflexionaron, de la misma manera que lo hacían con todo: sin pasión, sin odio, sin ira. Pero también sin emoción, sin amor, sin compasión.

 

—La decisión a la que llegamos no nos pareció una traición a la confianza que había sido depositada en nosotros —murmuró un joven que llevaba cogido de la mano a un niño—. Parecía sensata, y justa. Porque para nosotros, el rey era un desconocido. Incluso los toranos que fueron a Del con Adin, y aquellos que vinieron después, hacía mucho que formaban parte de la vida palaciega en Del. Dejaron de ser un puente entre nuestras ciudades.

—Pero en nuestro orgullo, nos olvidamos de la magia en la que se basaba nuestro poder —suspiró una anciana, alta y muy erguida en su túnica escarlata

 

—. El antiguo juramento, con la maldición que llevaba dentro de sí, seguía siendo tan poderoso como siempre. No contamos con eso, porque en aquellos tiempos los toranos mirábamos hacia delante, pero nunca hacia atrás. Ahora hemos aprendido que eso no es bueno.

 

Los compañeros volvieron por entre los árboles y se dirigieron hacia el claro del palacio, con la multitud siguiéndolos en silencio. Cuando se aproximaban al claro, Lief tuvo la extraña sensación de estar soñando. En cualquier momento podía despertar. En cualquier momento podía ver el palacio, reluciendo al igual que una joya, y al Guardián, mirándolo fijamente con sus ojos rojizos, mientras lo llamaba con un gesto de la mano entre los torbellinos de niebla.

 

Pero el palacio había desaparecido, se había esfumado como si nunca hubiese existido. En su lugar había una pequeña cabaña de madera. Las flores y la hierba crecían alrededor, y en su puerta había un hombre barbudo que vestía una tosca túnica, atada alrededor de la cintura con un cordoncillo trenzado. Los ojos llenos de tristeza que se encontraron con los de Lief le resultaron muy familiares.

 

Posado en el brazo del hombre había un pájaro negro; sentado encima de su mano se veía un pequeño bulto de pelaje gris.

Antes de que Lief pudiera decir nada, Jasmine había echado a correr con un grito de alegría. Unos instantes después Kree volaba hacia ella, y Filli corría a su encuentro parloteando alegremente. Los dos habían bajado de lo alto del risco en cuanto se disipó la niebla, y habían esperado pacientemente junto a su nuevo amigo. Pero ahora que habían visto a Jasmine, no estaban dispuestos a esperar ni un momento más.



 

 

 

 

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*

 

De nuevo reunidos, los compañeros se dirigieron hacia el desconocido.

 

—Tú eres el ermitaño… el ermitaño de aquellas imágenes que había en la alfombra —dijo Lief.

El hombre asintió.

 

—Y eres el Guardián.

 

El hombre se llevó la mano al pecho, muy cerca de su corazón, como si se tocara una parte dolorida.

—Ya no. Gracias a ti —dijo suavemente.

 

—Pero… tú no eres Endon, ¿verdad?

 

Lief ya conocía la respuesta a aquella pregunta, pero quería oírla en voz alta.

El hombre sonrió.

 

—No, no lo soy —le dijo—. Mi nombre es Fardeep. Hubo un tiempo en el que fui rico, es cierto. Era un hombre muy respetado, y me sentía muy satisfecho con la clase de vida que llevaba. Pero no era ningún rey. Solo era el propietario de una posada en un lugar llamado Rithmere, lejos de aquí. Entonces un día unos bandidos invadieron el pueblo. Mataron a mi familia, y me vi despojado de mi posada. El Señor de la Sombra, al parecer, pretendía darle otro uso.

 

Los compañeros se miraron.

 

—¿Te refieres a la Posada del Campeón? —preguntó Barda.

 

—¿La conoces? —dijo Fardeep—. Sí. Antes la Posada del Campeón me pertenecía. Siempre me han gustado los juegos.

Su boca se frunció en una mueca de abatimiento, mientras los compañeros se estremecían.

—He oído decir que los juegos que se celebran ahora en Rithmere son de una naturaleza muy distinta —dijo—. Y la posada es mucho más grande, y es administrada de una manera muy diferente a como se hacía en mis tiempos, y por una razón igualmente distinta.

 

Exhaló un profundo suspiro.

 

—Pero en aquellos días yo no sabía cuáles eran los planes del Señor de la Sombra. Todo eso ocurrió mucho antes de que él tomara posesión de Deltora, cuando Endon ni siquiera era rey. Yo no sabía nada acerca de lo que me tenía reservado el futuro, y me daba igual lo que pudiera ocurrir. Escapé de Rithmere y huí a este valle en busca de refugio, y de paz.

 

Bajó la cabeza.



 

 

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—Pero la paz me fue negada. Mi miseria y mi ira fueron percibidas, y utilizadas, por aquel que sabe cómo aprovecharlas mejor. Al principio no supe que era él quien había causado todos mis problemas. Luego, a medida que me cubría de regalos, aquello dejó de tener importancia. Ya os he contado cómo ocurrió. La envidia, el odio, la ira y la codicia fueron creciendo dentro de mí. Y conforme transcurría el tiempo, me convertí… en lo que visteis.

Su mano volvió a ir hacia su corazón.

 

—Pero ¿por qué en tu juego, que en realidad era el juego del Guardián, tu nombre tenía que ser Endon? —preguntó Jasmine—. ¿Por qué ese nombre abrió la puerta?

 

—Porque el Señor de la Sombra así lo deseaba —se limitó a responder Fardeep—. Él siempre quiso desde el primer momento que todos los que vinieran aquí en busca del diamante fueran engañados. Quería que pensaran que el rey Endon se había vuelto hacia el lado oscuro, y convertido en su sirviente. En mi calidad de Guardián, yo encontraba la idea… divertida. Y como ya os he dicho antes, siempre me han gustado los juegos. Esa parte de mí no había cambiado.

 

Los miró y los contempló con expresión sombría.

 

—Hasta que llegasteis, solo el hombre de la cicatriz, Doom, había conseguido resolver el acertijo. Y el efecto que eso tuvo sobre él satisfizo todas las esperanzas de mi señor.

 

Volvió la mirada hacia donde se habían congregado los toranos, que hablaban en susurros. Luego irguió los hombros y fue a hablar con ellos.

 

—Hemos aprendido una cosa muy importante de lo que ha sucedido aquí —dijo Jasmine en cuanto se quedaron solos—. Esto significa que el Señor de la Sombra no sabe que es el heredero de Endon, y no el mismo Endon, el que es importante.

 

—O si el Señor de la Sombra lo sabe, entonces desconoce que nosotros también lo sabemos —observó Lief con voz pensativa.

Fardeep y las gentes de Tora se dirigían hacia ellos.

 

—Esperamos que os quedéis con nosotros, para descansar mientras os sea posible —dijo Fardeep en un tono bastante ceremonioso, dando un paso adelante—. No podemos ofreceros muchos lujos. Pero ahora aquí en el valle hay comida suficiente para todos. Y amistad en abundancia.

 

—Eso ya es más que suficiente, es todo un lujo —sonrió Barda—. Y nos encantará quedarnos aquí… durante un tiempo. Debemos enterrar a nuestra compañera, Neridah. Y tenemos muchas cosas de las que hablar.



 

 

 

 

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El cuerpo entero de Fardeep se relajó de pronto en un tembloroso suspiro de alivio.

 

—No os habría culpado si la sola idea os hubiese parecido aborrecible — dijo. Volvió la cabeza hacia la multitud y la contempló por encima del hombro—. Ellos también me han perdonado —dijo en voz baja—. Es más de lo que me esperaba. Y mucho más de lo que me merezco.

 

—Te perdonamos de todo corazón —proclamó una robusta mujer vestida de azul, que estaba en la primera fila—. Tu falta fue únicamente la ceguera, al igual que nos ocurrió a nosotros. Y ahora nos quedaremos aquí, durante todo el tiempo que tú nos permitas, y te estaremos muy agradecidos. Porque no tenemos ningún otro lugar al que ir.

 

—Tora es perfecta, como siempre lo ha sido —anunció Barda—. ¡Os está esperando!

Pero las gentes de Tora sacudieron la cabeza con abatimiento.

 

—Nunca podremos volver allí —murmuró la mujer vestida de azul—. La piedra, que es el corazón de la ciudad, está partida, y su fuego se ha extinguido. Hemos roto el juramento, y ese mal nunca podrá ser borrado.

 

«Puede serlo —pensó Lief—. Puede ser borrado.»

 

Él creía saber cómo. Pero aún no era el momento. Había que encontrar todavía al heredero de Deltora.

Pero ¿dónde? ¿En qué parte del ancho reino se encontraba el escondite que había mantenido a salvo durante tanto tiempo a Endon, Sharn y su hijo? ¿Cómo podían encontrarlo sus compañeros y él, sin saber dónde buscar, o por dónde empezar?

 

Por un instante Lief se sintió presa del temor. Luego volvió a tocar el Cinturón, una pesada presencia alrededor de su cintura.

«Daremos con el escondite —se dijo—. Dondequiera que se encuentre, sin importar lo lejos que esté. Porque ahora tenemos un guía. El Cinturón está completo. Y nos mostrará el camino.»


 

 

 

 



FIN

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