© Libro N° 14204. El Valle De
Los Perdidos. Rodda, Emily.
Emancipación. Agosto 30 de 2025
Título Original: © The Valley of the Lost
Versión Original: © El Valle De Los Perdidos. Emily Rodda
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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EL VALLE DE LOS PERDIDOS
Emily
Rodda
El Valle De
Los Perdidos
Emily Rodda
El tiempo se agota:
Lief, Barda y Jasmine deben recuperar las siete gemas del Cinturón de Deltora
para dar fin a la tiranía del malvado Señor de la Sombra.
Solo les queda el
diamante, símbolo de pureza y fortaleza, el más grande y poderoso de cuantos se
hayan visto jamás. Saben que se encuentra en el Valle de los Perdidos, un lugar
envuelto en niebla y custodiado por el temible Guardián. Nada ni nadie ha salido
vivo de allí…
Emily Rodda
El Valle De Los
Perdidos
La saga de Deltora
7
ePub r1.0
Titivillus 20.08.2025
Título
original: The Valley of the Lost
Emily Rodda, 2000
Traducción: Albert
Solé
Editor digital:
Titivillus
ePub base r2.1
Lief, Barda y
Jasmine han emprendido una gran búsqueda para dar con las siete gemas del
Cinturón Mágico de Deltora. Escondidas en temibles lugares esparcidos por toda
Deltora, las gemas deben ser devueltas al Cinturón antes de que se encuentre al
legítimo heredero del trono y dar fin asta la tiranía del malvado Señor de la
Sombra.
Hasta el momento se
han encontrado seis gemas. El topacio, símbolo de la fe, tiene el poder de
establecer contacto con el mundo de los espíritus. El rubí, para la felicidad,
palidece cuando el peligro amenaza, repele a los espíritus maléficos y es un
antídoto contra el veneno. El ópalo, gema de la esperanza, proporciona atisbos
del futuro. El lapislázuli, la piedra celestial, es un poderoso talismán. La
esmeralda, símbolo del honor, pierde su brillo ante la presencia del mal. La
amatista, expresión de la verdad, calma y tranquiliza.
Los compañeros han
descubierto que existe un movimiento secreto de resistencia encabezado por el
misterioso Doom. Otro miembro de la Resistencia, Dain, un joven que tiene
aproximadamente la misma edad que Lief, acaba de ser secuestrado por unos
piratas, y los padres de Lief han sido hechos prisioneros.
Viviendo en un
continuo temor de los guardias grises del Señor de la Sombra y los horrendos
ols capaces de cambiar de forma, ahora los compañeros deben cruzar el río Tor y
viajar hasta su última meta, el Valle de los Perdidos, donde se halla escondida
la última piedra, el gran diamante…
Y ahora seguid
leyendo…
— 1 —
Terrores nocturnos
E staba muy
oscuro y reinaba el silencio. Lief, Barda y Jasmine se deslizaban como sombras
a través de la noche. Las aguas del río Tor fluían junto a ellos, guardando sus
secretos.
Los tres compañeros
habían decidido que por seguridad no viajarían durante el día. Pero la noche
encerraba sus propios peligros, porque ahora no se atrevían a utilizar una
antorcha para que les alumbrara el camino, y las nubes ocultaban la luna. De la
misma manera en que la oscuridad los cubría como si fuera una capa, también
cubriría a un enemigo al acecho.
Y la oscuridad
ocultaba algo más que eso. Ocultaba agujeros, rocas y zanjas. Ocultaba árboles,
arbustos y accidentes del terreno. Cada paso era un paso hacia lo desconocido.
Los compañeros
sabían que más adelante había un puente en algún lugar, que les permitiría
cruzar el río que tantas dificultades les había causado. Entonces podrían
avanzar hacia el Valle de los Perdidos, donde estaba escondido el gran
diamante, la séptima gema del Cinturón de Deltora.
Pero ¡qué fácil
sería pasar junto al puente en medio de aquella negrura sin verlo! Por eso,
aunque los tres compañeros no querían ni pensar en el río Tor, se mantenían lo
más cerca posible de él, sabiendo que sus oscuras aguas terminarían
conduciéndolos hasta su meta.
Lief sujetaba con
una mano el Cinturón de Deltora, oculto bajo sus ropas. Pero a pesar de todo su
poder, el Cinturón no podía serle de ninguna ayuda, mientras los ojos de Lief
se esforzaban por atravesar la oscuridad que había ante él.
—Va no falta mucho
para llegar al puente —murmuró Jasmine de repente.
Lief entrevió un
pálido destello de blancura cuando el rostro de la joven se volvió hacia él.
Filli, hecho un ovillo dentro de la chaqueta de Jasmine, emitió
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un ruidito
adormilado. Kree permanecía silencioso e invisible sobre el hombro de Jasmine,
sus negras plumas engullidas por la oscuridad.
—¿Lo ves? —preguntó
Barda.
—No —musitó
Jasmine—. Pero huelo a personas y animales, y el puente se encontraba justo
después de una aldea, ¿recuerdas?
Siguieron avanzando
en silencio, y finalmente se encontraron en terreno descubierto. Lief creyó
distinguir la negrura más intensa de un muro que se alzaba a su izquierda.
De noche quizá
hubiera aldeanos armados que montaban guardia detrás del muro, alertas ante
cualquier posible peligro. Quizá aquella fuese la razón por la que la aldea aún
seguía en pie, a pesar de los piratas que navegaban por las aguas del Tor y de
los bandidos que merodeaban por sus orillas.
Si oían algún
ruido, los guardias enseguida irían a investigar cuál había sido la causa.
Atacarían al instante, sin piedad. Las tristes experiencias que habían tenido a
lo largo del río les habían enseñado que el titubear significaba arriesgarse a
perderlo todo.
Los compañeros
siguieron adelante, mirando dónde ponían los pies y casi sin respirar. Apenas
habían tenido tiempo de llegar a la protección que les ofrecía un bosquecillo
situado más allá del muro, cuando las nubes que habían ocultado la luna hasta
aquel momento se entreabrieron y el suelo quedó de pronto inundado de luz.
Jasmine contuvo la
respiración.
—Hemos tenido mucha
suerte —murmuró—. Si esto hubiera ocurrido un instante antes…
Barda le tocó el
brazo con el codo a Lief y señaló hacia delante, y entonces este divisó el
puente entre los árboles. Se hallaba muy cerca de allí, silencioso y apacible
bajo la luz de la luna. Un pequeño rebaño de cabras de largo pelaje permanecía
inmóvil a su alrededor, algunas de pie y otras descansando sobre la hierba.
El puente era
sólido, y lo bastante ancho para que pasara una carreta. Un gran letrero se
alzaba junto a él. La escritura se había borrado con el paso del tiempo, pero
aun así Lief pudo distinguir las palabras.
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Lief sintió que le
daba un vuelco el corazón. ¡Tora! La gran ciudad del oeste, tan leal a los
reyes y reinas de Deltora. El escondite ideal para el heredero del trono.
Tora tenía que
estar muy cerca de allí. Pero los compañeros no habían visto ninguna señal de
la presencia de una ciudad mientras seguían el cauce del río para bajar en
dirección a la costa, hacía tan solo unos días. En aquellos instantes, Lief
apenas si había pensado en ello. Tenía demasiadas cosas por las que
preocuparse. Ahora, sin embargo, aquello parecía realmente muy extraño. Porque
no cabía duda de que Tora estaba junto al río Tor. Su mismo nombre ya
establecía una relación.
—Tora tiene que
quedar bastante alejada de la orilla del río —musitó Barda, cuyos pensamientos
era evidente que habían estado siguiendo la misma dirección que los de Lief—.
Pero es extraño que no la hayamos al menos divisado en la lejanía.
Lief asintió,
todavía perplejo por aquel misterio.
—Quizá hemos pasado
junto a ella durante la noche, y no la hemos visto porque no había ninguna luz
encendida. En cualquier caso, puede que todavía podamos visitarla mientras
vamos de camino hacia el Valle de los Perdidos.
—A juzgar por lo
que sabemos, más vale que no hagamos tal cosa, al menos hasta que el Cinturón
esté completo —murmuró Jasmine—. Dain fue advertido de que…
Se calló,
mordiéndose el labio, y Barda y Lief también guardaron silencio. Recuerdos del
muchacho, al que habían visto por última vez atado e indefenso en la caverna
costera de los piratas, atravesaron la mente de todos.
Dain anhelaba ir a
Tora. Ahora nunca la vería. En aquel mismo instante los piratas estarían
navegando río arriba con él, y dentro de unos días el
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muchacho sería
entregado a los guardias grises. Aunque Lief, Barda y Jasmine sabían que era
imposible salvarlo, ninguno de los tres podía dejar de pensar en sus ojos
asustados y tristes.
El muchacho haría
todo lo posible para escapar. Pero ¿qué esperanza tenía contra una banda de
rufianes armados que codiciaban el oro del Señor de la Sombra?
Jasmine sacudió la
cabeza para expulsar de su mente unos pensamientos que no tenían nada de
agradables, y concentrar de nuevo toda su atención en las cabras que había
junto al puente.
—Tendremos que
movernos muy despacio para no asustar a los animales —dijo—. Si hacen un solo
ruido, entonces estamos perdidos.
—Tienen que estar
acostumbradas a la gente. —Lief contempló las cabras, los pequeños cuernos que
relucían y el largo y suave pelaje—. Pero deberíamos mostrarnos ahora, mientras
brilla la luna. Si vamos hacia ellas en la oscuridad, seguro que las asustaremos.
Dio un paso
adelante y de pronto se quedó inmóvil, mientras sus ojos se abrían como platos.
A una de las cabras… ¡a una de las cabras le sucedía algo muy extraño! Su
cuerpo parecía ondular, extendiéndose hacia fuera como una vela que es tensada
por el viento.
Lief parpadeó
rápidamente. ¿Qué jugarreta gastada por la luz de la luna era aquella? Cuando
volvió a mirar, vio que la cabra estaba exactamente igual que antes. Y sin
embargo… sintió que Barda lo cogía del brazo y entonces vio temblar y alterarse
a otra de las cabras, con la cabeza estirándose hacia arriba y el cuerpo
estremeciéndose, antes de volver a su forma normal. Entonces lo supo. Acababa
de ver lo que Dain llamaba el Temblor.
—¡Ols! —murmuró—.
¡No son cabras, sino ols!
Se le revolvió el
estómago al darse cuenta de que habían estado a punto de pasar entre aquel
rebaño, sin que ninguno de ellos sospechara nada. Los tres habían estado muy
cerca de encontrarse con la muerte.
—Están custodiando
el puente. —Barda apretó los dientes en una mueca de frustración—. ¿Qué vamos a
hacer?
—Uno de nosotros
tiene que alejarlos de allí, para que los otros dos puedan pasar por el puente
—dijo Jasmine—. Yo me encargaré de…
Barda sacudió la
cabeza con firmeza.
—Hay demasiados
para que ese truco dé resultado, Jasmine. Algunos de los ols te perseguirían y
otros se quedarían donde están. Y ahora que pienso en ello, cuando pasé por
allí de camino a la costa, vi que había muchas aves del río anidando al otro
lado del puente. Más ols, sin duda, aunque en ese
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momento no me di
cuenta de lo que eran en realidad. Y seguramente todavía seguirán allí.
—Entonces debemos
seguir adelante —musitó Lief—. Daremos un rodeo alrededor del puente, de modo
que los ols no nos vean. Encontraremos otra manera de cruzar el río un poco más
allá corriente arriba.
—¡Pero no hay
ninguna otra manera! —masculló Jasmine—. Yo no sé nadar, eso ya lo sabéis. Y
aunque supiera, los gusanos asesinos…
—No podemos nadar,
pero existen unas cosas llamadas botes —la interrumpió Barda, sin perder la
calma—. Tenemos dinero para pagar una travesía del río. O si no, haremos una
balsa. Cualquier cosa será mejor que luchar con veinte ols.
Moviéndose tan
silenciosamente como cuando llegaron, los tres compañeros se alejaron del río y
siguieron camino corriente arriba, describiendo un gran arco alrededor del
puente. De vez en cuando distinguían, a través de los huecos que había entre
los árboles, a las cabras que todavía permanecían inmóviles bajo la luz de la
luna, esperando.
*
Cuando despuntó el
día, con el sol esforzándose por brillar a través de una capa de nubes, la
aldea y el puente habían quedado muy atrás. Los compañeros hicieron un alto
para comer y descansar, poniéndose a cubierto bajo un pequeño macizo de
arbustos. Kree alzó el vuelo para cazar insectos y estirar sus alas doloridas
por la inmovilidad.
Lief hizo la
primera guardia. Se envolvió en su capa y trató de encontrar una postura lo más
cómoda posible. Le escocían los ojos, pero no temía quedarse dormido. Todo él
era un puro manojo de nervios.
El tiempo
transcurrió muy despacio. Kree regresó y se posó en uno de los arbustos. Un
tenue amanecer dio paso a una mañana bastante apagada. Las nubes bajas se
cernían sobre la cabeza de Lief, espesándose un poco más con cada momento que
pasaba. «Vamos a tener lluvia», pensó con abatimiento. Los animales que
correteaban de un lado a otro habían abierto estrechos senderos entre la
vegetación, pero ahora no se veía ninguno, y Lief lo agradeció. Cada criatura
viviente era sospechosa en un lugar por el que merodeaban los ols.
Y Doom aseguraba
que había ols que podían adoptar la forma de cosas que no estaban vivas: los
ols del Grado 3, la perfección del arte maléfico del Señor de la Sombra. Si
aquella historia era cierta y realmente existían seres así, entonces el mismo
arbusto encima del cual se había posado Kree, o el
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guijarro que había
junto a los pies de Lief, podían ser un enemigo secreto. En cualquier momento
podía iniciarse una horrible transformación. Un blanco espectro de forma
cambiante, con la marca del Señor de la Sombra en su núcleo, podía alzarse en
cualquier instante y acabar con los compañeros.
Ningún lugar era
seguro. No se podía confiar en nada.
Lief se pasó la
lengua por los labios y trató de no dejarse dominar por el temor que empezaba a
oprimirle el corazón. Pero aun así, su cuerpo siguió temblando. Metió las manos
bajo la camisa y tocó la pesada forma del Cinturón de Deltora, extendido alrededor
de su cintura. Sus dedos fueron a la sexta piedra, la amatista. Cuando se
detuvieron encima de ella, y a medida que la magia de la piedra iba fluyendo a
través de todo su ser, los temblores fueron disipándose lentamente.
«Ya se nos ocurrirá
algún modo de encontrar un bote —se dijo—. Cruzaremos el río. Nuestra búsqueda
continuará. Sobreviviremos.»
Pero seguía sin
poder quitarse de encima la sensación de que se encontraban atrapados dentro de
una red. Una red que el Señor de la Sombra iba recogiendo muy, muy lentamente.
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— 2 —
Compañía
B arda despertó
cuando la mañana estaba bastante avanzada, y Lief se fue a dormir. Abrió los
ojos a media tarde, para encontrarse con un cielo de un color plomizo y a la
tierra conteniendo la respiración.
Cuando se
incorporó, la cabeza le palpitó con un sordo dolor. Había dormido mal, y sus
sueños habían sido confusos e inquietantes.
Barda y Jasmine
estaban cerrando sus mochilas.
—Creo que
deberíamos seguir adelante, Lief, tan pronto como estés listo —dijo Barda—.
Empieza a oscurecer, y si esperamos a que llegue la noche, entonces cubriremos
muy poca distancia antes de que empiece a llover.
—La otra aldea que
vimos mientras bajábamos hacia la costa no puede estar muy lejos —añadió
Jasmine, volviéndose para escrutar el terreno por entre los matorrales—. Si
llegamos allí antes de que anochezca, quizá podamos persuadir a alguien para
que nos lleve al otro lado del río en una embarcación de remos.
Lief sintió una
breve punzada de ira. Sus compañeros habían estado hablando mientras dormía,
haciendo planes sin él. Sin duda habían esperado impacientes a que se
despertara, pensando que era un dormilón. ¿Acaso no sabían lo cansado que
estaba? Había dormido durante horas, pero aun así seguía sintiéndose agotado;
tanto que le parecía que ni una semana entera de sueño bastaría para que
desapareciera el cansancio.
Pero enseguida se
dio cuenta de que su irritación era fruto de aquel mismo cansancio. Miró los
ojos ensombrecidos por el agotamiento de Jasmine y las profundas señales grises
que había en el rostro de Barda. Sus amigos se hallaban tan exhaustos como él. Lief
se obligó a sonreír, asintió, y empezó a recoger sus propias pertenencias.
*
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Cuando llegaron a
la siguiente aldea, había oscurecido un poco más, pero no había caído todavía
la noche. Los compañeros entraron con cautela por la puerta abierta en el muro.
Todo estaba en
ruinas. Aquello que no estaba hecho de piedra había ardido hasta quedar
convertido en cenizas. Los familiares nombres de Finn, Nak y Milne habían sido
garabateados sobre las paredes que todavía se mantenían en pie.
—Escribieron aquí
sus nombres sintiéndose triunfantes, pensando que eran unos reyes en vez de
unos sucios piratas asesinos —murmuró Jasmine salvajemente—. Me alegro de que
murieran gritando.
—Y yo —dijo Barda,
hablando con un repentino apasionamiento.
Lief habría querido
mostrarse de acuerdo con ellos. Hubo un tiempo en el que no le hubiese costado
nada hacerlo. Pero cuando pensaba en cómo Milne, en especial, se había
encontrado con su terrible destino, balbuceando de terror allá en el Laberinto
de la Bestia, algo le impedía hacerlo. La venganza ya no le parecía dulce.
Había habido demasiado sufrimiento.
Dio media vuelta y
empezó a registrar las ruinas. Pero no había nada que encontrar. En aquel lugar
muerto ya no quedaban personas ni animales. No había ningún sitio que pudiera
ofrecerles cobijo.
Y no había ningún
bote.
Con los corazones
llenos de abatimiento, Lief, Barda y Jasmine reanudaron lentamente su camino.
*
La lluvia empezó a
caer a medianoche. Al principio era como agujas que se desprendían del cielo,
pinchándoles las caras y las manos. Luego arreció rápidamente hasta convertirse
en un intenso aguacero que enseguida los dejó empapados, y que después no tardó
en helarlos hasta la médula de los huesos. Kree se encogía, afligido, sobre el
hombro de Jasmine. Filli, hecho una bolita de pelo mojado, escondía la cabeza
dentro de la chaqueta de la joven.
Los tres amigos
siguieron avanzando por el barro entre la oscuridad, tratando de permanecer
alerta y manteniendo los ojos bien abiertos, en busca de cualquier cosa que
pudiera ayudarlos a cruzar el río. Pero no había ningún árbol, solo matorrales.
Tampoco había troncos o tablas que la corriente hubiera llevado hasta la
orilla. Nada de lo que veían podía ser utilizado para hacer una balsa.
Al amanecer se
permitieron disfrutar de un precario descanso, buscando el escaso refugio que
encontraron bajo las hojas que no paraban de gotear. Pero
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pasadas unas horas,
el suelo se llenó de agua. Los tres compañeros se levantaron, y reanudaron su
camino con paso tambaleante.
Y así transcurrió
el tiempo. Al principio de la tercera noche de lluvia, dejaron de buscar una
manera de cruzar el río, ahora tan crecido que se desbordaba por sus orillas.
La lluvia les ocultaba el otro lado, incluso cuando era de día, pero a esas
alturas Lief y Barda sabían que debían de estar enfrente de los grandes
cañaverales que habían detenido su avance cuando iban río abajo. Cruzar allí no
serviría de nada, incluso suponiendo que encontraran algo que los llevara. Los
tres sabían, por amarga experiencia, lo que era flotar a la deriva en aquel
barro viscoso.
—¿Es que este río
diabólico siempre va a cortarnos el paso? —gimió Jasmine, cuando se detuvieron
para descansar una vez más—. ¿Y esta lluvia nunca dejará de caer?
—Si podemos seguir
adelante un poco más, nos encontraremos enfrente del lugar donde el Río Ancho
se une con el Tor —dijo Barda—. Sé que allí hay árboles, al menos. Podemos
hacernos un refugio y descansar hasta que cese la lluvia. A lo mejor incluso
podríamos encender un fuego.
Siguieron
caminando, envueltos en una pesadilla de oscuridad fría y mojada. Entonces,
después de lo que les pareció un rato muy largo, Jasmine se detuvo de pronto.
—¿Qué ocurre?
—susurró Lief.
La mano empapada de
Jasmine le apretó la manga.
—¡Chis! ¡Escucha!
Los compañeros
siguieron avanzando lentamente. Entonces, no muy lejos de allí, delante de
ellos, vieron una luz que parpadeaba. No la habían visto antes porque quedaba
oculta por los árboles.
¡Árboles! Lief
comprendió que por fin habían conseguido llegar a ese lugar que habían estado
buscando y donde podrían ponerse a cubierto. Pero otros habían llegado antes
que ellos. La luz era un fanal colgado de una rama. Su tenue claridad temblaba
y parpadeaba mientras figuras oscuras se movían alrededor de ella, ocultándola
con sus cuerpos de vez en cuando.
Las voces empezaron
a sonar más fuerte.
—¡Os digo que
debemos regresar! —rugió un hombre—. Cuanto más pienso en ello, más seguro
estoy. No deberíamos haber aceptado que Nak y Finn se quedaran solos con el
botín. ¿Cómo sabemos que esos dos todavía estarán allí cuando volvamos?
Lief sacudió la
cabeza. ¿Se estaría imaginando cosas? ¿Había oído decir «Nak» y «Finn» a aquel
hombre? ¿Podían aquellas figuras del bosquecillo ser
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los piratas que
habían izado sus velas para llevarse río arriba a Dain, y entregárselo a los
guardias grises del Señor de la Sombra? Pero ¿qué estaban haciendo allí? Lief
se había imaginado que ya estarían muy lejos, río arriba.
—Por supuesto que
Nak y Finn nos estarán esperando, Gren —gruñó otro de los piratas—. Digan lo
que digan, los dos querrán su parte del oro que consigamos por ese pobre
desgraciado de la Resistencia que llevamos a bordo del barco.
¡Aquellos hombres
estaban hablando de Dain! Lief trató de divisar el río más allá de los árboles,
y creyó entrever las pálidas velas arriadas de la embarcación pirata. Tenía que
estar anclada muy cerca de la orilla. ¡Y Dain se encontraba a bordo!
—¡Eres un idiota
que siempre confía demasiado en los demás, Rabin! — gritó el hombre llamado
Gren—. ¡Si estoy en lo cierto, entonces Nak y Finn tendrán algo más que un
puñado de oro en lo que pensar! ¿Por qué otra razón habrían permitido si no que
nosotros subiéramos por el río solos? ¿De verdad crees que Nak y Finn tienen
miedo de ese hombre al que llaman Doom? ¿Qué es él, sino un desgraciado de la
Resistencia, como el otro?
—Deben de haberse
detenido cuando empezó a llover —susurró Barda—. El río quizá habrá empezado a
fluir demasiado deprisa para que pudieran seguir en contra de la corriente.
Vinieron a la orilla para ponerse a cubierto.
—Entonces tiene que
haber un bote de remos aquí, en la orilla del río — dijo Jasmine.
—¡Nak y Finn nunca
nos traicionarían! —chilló una mujer con voz enfurecida—. Tú mismo eres un
traidor al decirlo, Gren. ¡Ten cuidado! Acuérdate de lo que le ocurrió a Milne.
Otras voces
irritadas empezaron a murmurar.
—¡No me amenaces,
arpía! —gruñó el hombre—. ¿Qué ha sido de tu memoria? ¿Es que no te acuerdas de
que en la caverna, uno de los prisioneros nos contó que Finn había encontrado
una gran gema y que se la había guardado en secreto? ¿Y si es verdad que la encontró?
—¿Una gema
encontrada en el Laberinto de la Bestia? —se burló Rabin
—. ¡Oh, sí, estoy
seguro de que es verdad! ¿Se puede saber qué le ha pasado a tu cabeza, Gren,
para que creas en semejantes cuentos de hadas?
—¡Cierra tu fea
boca, Rabin! —dijo Gren, con su voz enronquecida por la rabia.
—¡Cierra tú la
tuya, gorda estúpida!
Hubo un rugido, un
repentino y violento movimiento y un gemido de agonía.
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—¡Oh, maldito
demonio! —gritó la mujer.
Algo chocó con el
fanal. La luz se balanceó con violencia y se apagó. —¡No te acerques! —rugió
Gren—. Eres una…
—¡Quítale las manos
de encima! —gritaron, furiosas, varias voces más. Entonces el bosquecillo
pareció estallar en una repentina algarabía de
ruidos, cuando el
resto de la tripulación se unió a la pelea. Gritos y gruñidos, el estrépito del
acero y el chasquido de las ramas partiéndose, chillidos y golpes sordos se
elevaron por encima del sonido de la lluvia que caía.
—¡Al río! —musitó
Barda—. ¡Deprisa!
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— 3 —
A la deriva
E l bote, que
el agua de lluvia había llenado hasta la altura de los tobillos, se mecía
lentamente junto a la orilla del río. Sin duda había sido arrastrado hasta
tierra firme cuando el último de los piratas bajó
de él. Pero el río
había subido mucho desde entonces, y lo había puesto de nuevo a flote. Si no
hubiera estado atado a un árbol, el bote se habría alejado corriente abajo.
Para Barda fue una
cuestión de segundos desatar la cuerda mientras sus compañeros subían al bote,
con Kree aleteando tras ellos. Cuando el hombretón se instaló entre los remos,
ya empezaban a entrar en aguas más profundas.
Gritos y alaridos
procedentes de entre los árboles seguían atravesando el tamborileo de la
lluvia. No muy lejos de allí, la embarcación pirata tiraba de la amarra de su
ancla. Dos portillas destellaban como ojos en su costado. Lief no había
reparado en aquello antes. Mientras sacaba frenéticamente agua del fondo del
bote, recorrió la cubierta de la embarcación con la mirada en busca de alguna
señal de movimiento.
Mientras tanto,
Barda se debatía con los remos. Pero el hombretón no era ningún experto en la
tarea, y las crecidas aguas del río se agitaban alrededor del bote,
resistiéndose a cada uno de los movimientos que hacía Barda y arrastrando a los
compañeros cauce abajo.
—¡La corriente es
demasiado fuerte para mí! No sé si podré llegar hasta la embarcación —rugió
Barda, apartándose de la frente los cabellos mojados.
—¡Tienes que
hacerlo! —gritó Jasmine. Y solo entonces se dio cuenta Lief de lo mucho que
deseaba la joven que Dain fuera salvado. Jasmine no había dicho nada antes;
pareció aceptar la pérdida del muchacho con la calma que siempre mostraba ante
el desastre. Pero ahora que Dain se encontraba tan cerca de ellos, Jasmine no
podía soportar la idea de dejarlo abandonado allí.
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Apretando los
dientes, Lief dejó caer el balde y se arrastró hasta el banco del remero.
—¡Hazme sitio!
—gritó y, cogiendo un remo, se acomodó junto a Barda. Nunca antes había remado,
pero se lo había visto hacer a los piratas hacía tan solo unos días. Lief
pensaba que podría imitar sus movimientos. Moviéndose al mismo tiempo, él y
Barda se inclinaron hacia delante para luego tirar de los remos, volvieron a
inclinarse y tiraron nuevamente de los remos.
El peso añadido que
había ahora sobre los remos empezó a surtir efecto. Lentamente y con mucha
dificultad, el bote fue aproximándose poco a poco a la embarcación de los
piratas. Entonces se oyó un grito. Pero el grito no procedía de la orilla, sino
de la misma embarcación.
Lief miró a su
alrededor. Una figura estaba de pie en la cubierta, agitando la mano
frenéticamente. Era Dain. Una figura más pequeña daba saltitos junto a él, con
una linterna oscilando en su mano. Lief comprendió que era aquella extraña
criaturita ladrona, a la que Dain llamaba polípano. Los piratas la habrían
dejado a bordo con Dain, y de alguna manera el muchacho la había persuadido de
que lo dejara en libertad.
Dain levantó un
rollo de cuerda atado por un extremo a la cubierta de la embarcación. Empezó a
balancearlo, como si se dispusiera a lanzarlo.
—¡Aquí! —exclamó
Jasmine. Se levantó y extendió las manos, y el bote se bamboleó peligrosamente.
—¡Siéntate! —rugió
Barda—. ¡Vas a hacer que volquemos! ¡Rema, Lief! Entonces Jasmine gritó, Kree
soltó un graznido y el bote se bamboleó por segunda vez. Lief miró hacia atrás.
La oscura silueta de la embarcación pirata, con sus portillas reluciendo como
ojos que los mirasen fijamente, se
encontraba muy
cerca de ellos.
Dain había lanzado
la cuerda, y Jasmine la había agarrado al vuelo. El delgado cable quedó tensado
entre las dos embarcaciones que se sacudían sobre las aguas del río. Parecía
que iba a romperse en cualquier momento, pero aunque crujió y se deshilachó, no
llegó a partirse.
—¡No puedo
sostenerlo! —gritó Jasmine. Se inclinaba peligrosamente por encima de la borda,
con la espuma del agua hirviendo justo debajo de su cabeza. Filli parloteaba
temerosamente en su hombro, sin poder ayudarla y aterrorizado ante la
posibilidad de caerse. Kree revoloteaba alrededor de los dos, graznando de
pánico.
Barda soltó su remo
y fue hacia ellos. Tomó el peso de la cuerda en sus robustas manos y tiró. El
bote se bamboleó y bailó sobre la corriente. Lief agarró ambos remos e hizo
cuanto pudo para resistir el tirón de la corriente.
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—¡Vuelve a la
cubierta, Dain! —le oyó gritar a Barda—. ¡Subiremos a bordo!
Una vez más, Lief
se arriesgó y se volvió para mirar. Dain, con el polípano siguiéndolo de cerca,
bajaba frenéticamente por una escalerilla de cuerda que colgaba del costado de
la embarcación, entre los ojos relucientes de las portillas. El polípano aún sostenía
la linterna. Esta parecía un tercer ojo, temblaba y oscilaba de un lado a otro.
Lief entornó los
ojos tratando de ver algo a través de la lluvia, pero lo cierto era que los
otros dos ojos también estaban temblando. Y ya no cabía duda de que ahora se
habían tornado muy brillantes, con un resplandor mucho más intenso que antes.
—¡Dain! —rugió
Barda furiosamente—. ¡Dain! Este bote es demasiado pequeño. No podemos…
Dain tuvo que
oírle, pero no le hizo ningún caso. Dio media vuelta y se preparó para saltar,
agarrándose a la escalerilla con una mano. Sus cabellos estaban empapados y se
le pegaban a la cara. Su rostro, reluciendo bajo la luz de la lámpara,
reflejaba desesperación. El polípano parloteaba y se balanceaba por encima de
él, moviendo la escalerilla con su pánico.
Entonces Lief olió
humo, y comprendió.
—¡Fuego! —gritó.
En el mismo
instante en que pronunciaba esa palabra, hubo un rugir en algún lugar de las
entrañas de la embarcación. Las portillas saltaron hacia fuera hechas añicos y
chorros de llamas salieron despedidos por ellas. Se abrieron grandes grietas en
el costado de la embarcación, y el fuego enseguida llenó las brechas. La lluvia
siseó y empezó a soltar vapor al chocar con la madera en llamas.
Dain y el polípano
saltaron a la vez, cayendo sobre la cubierta del bote de remos. Este se inclinó
hacia un lado y una gran ola de agua pasó por encima de la borda, haciendo que
Lief se desplomara hacia atrás y arrancándole los remos de las manos.
El bote volvió a
enderezarse. Se meció sobre las aguas y enseguida inició una rápida deriva
lateral, sobrecargado por el peso de dos pasajeros extra y de toda el agua que
se acumulaba dentro. Todavía aturdido por su caída, Dain yacía apoyado en un
asiento mientras Jasmine sacaba agua sin cesar con el balde, y Lief y Barda se
apresuraban a coger los remos. El polípano gritaba, aferrado a la punta de la
proa. Aquella criatura conocía los botes y sabía demasiado bien lo que podía
ocurrir.
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Gritos de rabia se
elevaron desde la orilla del río. Los piratas habían oído el estrépito,
descubierto la desaparición del bote y visto su embarcación en llamas. Mientras
se esforzaba desesperadamente por mantener el curso del bote, Lief vio saltar
las sombras de los piratas a la luz de la linterna, que estos habían vuelto a
encender. Pero aquel diminuto resplandor no era nada comparado con el infierno
en que se había convertido la embarcación.
Parecía increíble
que el fuego pudiera seguir ardiendo mientras la lluvia caía y las aguas
enfurecidas se agitaban. Pero el incendio había empezado debajo de la cubierta
y ahora emergía a través de las escotillas, rugiendo, fuera de todo control.
—¡Ha sido el
polípano! —gritó Dain, incorporándose—. Tiró una linterna dentro de la sentina
que hay debajo de la cubierta. Allí es donde los piratas guardan el aceite, la
grasa y la pintura. ¡La lluvia y las palizas que no paraban de darle lo han
hecho enloquecer!
«Y quizá también el
deseo de conseguir aquella goma marrón que tanto le gusta masticar —pensó Lief
mientras contemplaba la figura de largos brazos que chillaba aferrada a la
proa—. Ah, cómo tiene que lamentar haberse ido del Reina del Río.»
—¡Tenemos que
alejarnos de la embarcación! —rugió Barda por encima de la lluvia—. Si se
hunde, nos hundiremos con ella.
Lief y él volvieron
a empuñar los remos. Pero sus torpes esfuerzos no sirvieron de gran cosa. Nada
parecía poder detener aquella peligrosa inclinación del bote. Entraba más y más
agua, pasando por encima de la borda tan deprisa como Jasmine la retiraba con
el balde.
El polípano chilló,
los ojos vidriosos por el terror. Entonces, sin previo aviso, saltó de pronto
del lugar que ocupaba en la proa y corrió hacia Lief y Barda, haciéndolos a un
lado para agarrar los remos. Maldiciendo, Barda se dispuso a apartarlo de allí.
—¡No! —gritó Lief—.
¡Déjalo! Él puede remar mucho mejor que nosotros. ¡Puede salvarnos a todos!
Con dos diestros
movimientos de los remos, el polípano hizo virar el bote. Luego, echándose
hacia atrás con sus robustos brazos hinchados por el esfuerzo, empezó a remar.
Y como si el bote supiera que ahora estaba en manos de un experto, empezó a
abrirse paso a través de las revueltas aguas con tanta facilidad como un
cuchillo que atraviesa la mantequilla caliente. En cuestión de minutos, se
había alejado de la embarcación en llamas y describía un curso bien recto a
través del río.
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Jasmine siguió
sacando agua, cada vez más rápido a medida que esta desaparecía lentamente del
fondo del bote. La embarcación envuelta en llamas no tardó en quedarse muy
atrás. Los compañeros sabían que tenían ante ellos el gran cauce de tranquilas
aguas del Río Ancho, y el puente que pasaba por encima de él. Más adelante,
también, estaba la aldea de Donde Se Encuentran Las Aguas, y el pequeño
embarcadero que lucía el letrero del Reina del Río.
Filli parloteó
excitado mientras husmeaba el aire.
—¡Estamos muy
cerca! —exclamó Jasmine—. ¡Casi hemos llegado a la orilla!
El polípano se
volvió, enseñando sus dientes marrones que no paraban de castañetear. Sus
brazos no interrumpieron su labor en ningún momento, pero sus ojos parecían
arder mientras escrutaban la oscuridad.
Las aguas se
arremolinaron alrededor de ellos cuando las corrientes de los dos ríos
acrecentadas por la lluvia se mezclaron. El bote salió de pronto disparado
hacia delante. «Es como abrirse paso a través de un torbellino — pensó Lief,
agarrándose a su asiento—. Si el polípano no estuviera remando, nunca
sobreviviríamos a esto.»
Pero al instante
siguiente, el polípano había dejado de remar. Había saltado de su sitio,
abandonando los remos. La criatura corrió hacia la proa y pasó de un salto
junto a Jasmine y Dain, y se alejó de ellos para perderse en la oscuridad.
Se oyó un golpe
sordo, y un ruido de pies que corrían.
—¡El embarcadero!
—gritó Jasmine.
Se inclinó
desesperadamente sobre la borda, tratando de agarrarse a los pilotes del viejo
embarcadero y al poste que sostenía el cartel del Reina del Río.
Pero las aguas embravecidas apartaron el bote de allí, antes de que Jasmine
pudiera aferrarse a los maderos. Un instante después el bote era arrastrado río
abajo, mientras giraba vertiginosamente sobre las aguas. Uno de los remos que
nadie sujetaba se hundió en la corriente, se desprendió del bote y se perdió en
la agitación de los ríos.
Barda se lanzó
sobre el otro remo, pero llegó demasiado tarde. Antes de que pudiera agarrarlo,
desapareció al igual que su compañero.
Entonces ninguno de
ellos pudo hacer nada, salvo agarrarse a los lados de su bamboleante
embarcación mientras las traicioneras aguas se los llevaban de allí.
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— 4 —
Silencio
I nmovilidad.
Silencio. Claridad rosada a través de párpados cerrados.
Lief despertó
sumido en la confusión. Se quedó inmóvil y atemorizado.
Lo último que
recordaba era cómo el bote chocaba con algo, giraba unas cuantas veces, y luego
continuaba con su enloquecido recorrido dentro de la oscuridad.
«¿Me he quedado
dormido? —pensó—. ¿Cómo es posible?»
Pero se había quedado
dormido, o bien había perdido el conocimiento. Eso al menos estaba claro.
Porque se encontraba allí ahora, mientras se despertaba. La lluvia había
cesado. La terrible noche había pasado.
O… ¿sería aquello
la muerte? Esa luz, ese apacible flotar a la deriva… ¿era así como terminaba
todo ese forcejeo y esa lucha?
Abrió los ojos. El
cielo era de un color rosado por encima de él.
Amanecía.
Lief se incorporó
poco a poco. Delante de él había un lago, un lago enorme y de aguas tan lisas
como un cristal. Jasmine dormía junto a él, con su mejilla apoyada en las duras
tablas de un banco mientras Kree montaba guardia junto a ella. Barda estaba tendido
no muy lejos de allí, respirando con una apacible lentitud. Y Dain… Dain estaba
sentado en la proa, con sus oscuros ojos llenos de asombro.
Lief se humedeció
los labios.
—¿Dónde estamos?
—preguntó con voz enronquecida—. ¿Qué ha pasado?
—Chocamos con algo…
un banco de arena, creo, formado por la crecida de las aguas —dijo Dain,
hablando muy despacio—. Seguramente nos ha desviado hacia un canal que se
encuentra separado del cauce principal. Por eso ahora estamos flotando aquí, en
el gran lago, en vez de ser arrastrados hacia abajo por la corriente.
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—¡Pero no hay
ningún lago junto al río Tor! —protestó Lief.
Sacudió la cabeza,
sin poder dar crédito a lo que estaban viendo sus ojos. Pero podía divisar en
la lejanía la ancha banda del río que seguía su curso hacia el mar.
—Pues al parecer
antes existía un lago —dijo Dain sin inmutarse—. Y ahora, debido a la crecida
de las aguas, vuelve a haber uno. ¿No lo ves? Eso de ahí son los lechos de los
cañaverales, Lief. Ahora son un lago, como lo fueron siempre en el pasado. Y
ahora no hay ninguna niebla para ocultar lo que se encuentra junto a su orilla.
Señaló con un dedo.
Lief se volvió. Y allí, directamente detrás de él, había tierra firme y un
vasto rielar de luz.
—Eso es Tora
—murmuró Dain—. Tora.
Lief entornó los
ojos para protegérselos de aquel resplandor deslumbrante y finalmente pudo
distinguir las formas relucientes de torres, almenas y muros. En su asombro
inicial, pensó que eran los mismos edificios los que relucían, resplandeciendo
desde dentro como por obra de alguna magia. Pero entonces vio que toda aquella
claridad era causada por los rayos del sol de primera hora de la mañana, que se
reflejaban en miles de duras superficies blancas e impecablemente pulidas.
Apartó la vista y
se frotó los ojos que habían empezado a llorarle. Era imposible distinguir
claramente la ciudad. Y sin embargo, Lief había visto lo suficiente para
sentirse atónito. Le invadió un extraño sentimiento de respeto y temor ante su
silenciosa e intacta belleza.
—Tora fue esculpida
por la magia a partir de una montaña de mármol — dijo Dain—. Es perfecta: toda
ella está hecha de una sola pieza, sin grieta o rendija alguna.
Su voz se había
vuelto más potente, más grave. Lief lo miró, asombrado, y vio que se mantenía
muy erguido en su asiento. Tal como había sucedido en una ocasión anterior
desde que Lief lo conocía, de pronto Dain parecía mayor, menos frágil y más
seguro de sí mismo. Su boca era firme y le brillaban los ojos. Era como si una
máscara hubiera caído de su rostro, dejándolo de pronto al descubierto.
Dain se dio cuenta
de que Lief lo miraba y se apresuró a volverse. —Ahora sería un buen momento
para entrar en la ciudad —dijo, ya en su
tono habitual—. Es
muy temprano. La mayoría de la gente todavía no se habrá levantado.
Sin aguardar una
respuesta, fue cautelosamente hasta la popa del bote y bajó a la orilla. El
bote se meció suavemente. Jasmine y Barda abrieron los
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ojos y se
incorporaron, visiblemente sobresaltados.
—Todo… todo va bien
—balbuceó Lief—. Ya no corremos ningún peligro. La crecida de las aguas ha
vuelto a llenar un antiguo lago. Y parece… parece ser que hemos llegado a Tora.
Tal como había
hecho antes Dain, señaló con un dedo. Y tal como Lief había hecho tan solo unos
instantes antes, Barda y Jasmine se volvieron hacia aquella intensa claridad y
quedaron deslumbrados por ella.
—¡Así que Tora
estaba en el río después de todo! —exclamó Jasmine—.
O, al menos, junto
a un lago que está al lado del río.
—¿Y Dain piensa que
podemos entrar tranquilamente en ese sitio sin que nos detengan? —musitó
Barda—. Tora está controlada por el enemigo.
Lief frunció el
ceño.
—Eso fue lo que
dijo Doom —murmuró después—. Pero… me pregunto si Doom nos decía la verdad. No
puedo ver claramente la ciudad, pero no parece haber ningún guardia gris en la
puerta. No hay ninguna marca del Señor de la Sombra en los muros, y tampoco se
ven daños o destrozos o montones de basura esparcidos por ahí. Y todo está tan
tranquilo y lleno de paz, Barda… ¿Conoces algún lugar que haya sido tomado por
los guardias grises y se encuentre en un estado así?
Barda titubeó, y
luego se pasó la mano por los labios resecos.
—Parece imposible,
pero… —susurró—. ¿Y si realmente la magia de los toranos ha sido lo bastante
poderosa para mantener alejado de aquí incluso al mal del Señor de la Sombra?
De ser así, Lief… de ser así…
El corazón de Lief
latía frenéticamente debido a la excitación que sentía.
—De ser así, el
heredero de Deltora podría estar allí. Esperándonos.
La ciudad se
extendía ante ellos, silenciosa, a la espera y envuelta en luz. La orilla del
lago se desplegaba ante ellos, vacía e invitadora. Pero nada más poner los pies
en ella, Lief sintió cómo su excitación se desvanecía y el miedo hacía presa en
él.
Con la cabeza baja,
siguió lentamente a Dain mientras se debatía con el miedo y trataba de
entenderlo. ¿Se trataba de una cautela natural, era remiso a entrar corriendo y
medio cegado por la luz en un sitio donde, a pesar de las apariencias, podían
acechar enemigos? ¿Era miedo a la poderosa magia de la misma Tora?
¿O era porque,
ahora que estaba casi seguro de que por fin había llegado el momento, temía
conocer al heredero de Deltora?
Alzó la cabeza y
vio conmocionado cómo Dain casi había llegado al límite de la orilla. La figura
solitaria titubeó durante una fracción de segundo,
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y luego dio un paso
adelante y desapareció dentro de aquella deslumbrante claridad. Lief entornó
los párpados y se frotó los ojos que empezaban a llorar de nuevo, nublándole la
visión.
Siguió adelante,
tropezando y dando traspiés, mientras se envolvía con la capa para ocultar su
espada. «No debemos parecer enemigos —pensó confusamente—. No debemos…»
—¡Lief! —oyó que lo
llamaba Barda en un tono seco, y entonces se dio cuenta de que sus compañeros
lo habían perdido de vista. Cada hebra de su capa relucía, envolviéndolo con
una aureola de luz. Lief respondió a la llamada y esperó. Barda y Jasmine llegaron
enseguida hasta él, con los brazos extendidos sobre sus ojos deslumbrados.
Los tres compañeros
dieron juntos los últimos pasos que los separaban de los muros de la ciudad. De
esa manera entraron a formar parte gradualmente de la luz, y esta dejó de
cegarlos. Entonces llegaron al final de la orilla, y vieron cómo Tora se alzaba
ante ellos en todo su vasto esplendor.
«Tora fue esculpida
por la magia a partir de una montaña de mármol. Es perfecta: toda ella está
hecha de una sola pieza, sin grieta o rendija alguna.»
Se detuvieron un
momento, muy impresionados. Luego, con las manos extendidas para demostrar que
no venían con malas intenciones, los tres pasaron por el vasto arco blanco que
era la entrada de la ciudad.
Una fría sensación
hormigueante los envolvió enseguida. Era como ser sumergido de pronto en una
profunda bañera llena de frescas y límpidas aguas. El tiempo pareció detenerse
por un instante, y Lief perdió toda conciencia de dónde se encontraba o de lo que
estaba haciendo. Cuando volvió a ser dueño de sí mismo, comprendió que sus ojos
deslumbrados lo habían engañado. Creyó que el arco no era más que una entrada,
pero en realidad era mucho más grueso de lo que pensaba. En vez de pasar
directamente al interior de la ciudad, ahora sus compañeros y él se encontraban
inmóviles entre las sombras de un túnel lleno de ecos. Una lisa blancura se
curvaba alrededor de ellos.
Kree emitió un
suave canturreo, bamboleándose ligeramente sobre el brazo de Jasmine.
—¿Qué ha sido eso?
—murmuró Jasmine—. ¿Esa… sensación?
Lief sacudió la
cabeza sin saber qué responderle. Pero no tenía miedo. De hecho, se sentía más
en paz de lo que lo había estado nunca en toda su vida.
Fueron hacia el
final del túnel caminando muy despacio, y finalmente salieron a la luz de la
ciudad.
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No había figuras
vestidas con túnicas para recibirlos. Ningún guardia gris saltó riendo de su
escondite para caer sobre ellos. El silencio era fantasmagórico. Las botas de
los tres compañeros creaban ecos que resonaban en aquella gran calle
reluciente.
Volviéndose hacia
un lado, Lief se subió la camisa y contempló el Cinturón de Deltora. El rubí
relucía tan intensamente como siempre, lo cual quería decir que todavía no
corrían ningún peligro. Pero… ¡la esmeralda!
Lief la miró
fijamente. La esmeralda había perdido todo su color. Se había vuelto tan opaca
y sin vida como lo estaba cuando fue poseída por el monstruo Gellick en el
Monte Terrible. ¿Qué significaba aquello? ¿Habría algún mal oculto allí? O… a
Lief le pareció recordar que había algo más que podía oscurecer la esmeralda.
¿Qué era?
Sus compañeros y él
siguieron calle abajo. Salas, casas, torres y palacios se alzaban, relucientes,
a ambos lados de la calle. A través de los espaciosos ventanales y de las
puertas abiertas, podían entreverse magníficas colgaduras, sedosas alfombras y
hermosos muebles. Las flores resplandecían por todas partes en los maceteros de
las ventanas, llenas de colores y envueltas en el zumbar de las abejas.
Frondosos árboles frutales crecían dentro de enormes recipientes de barro,
cuidadosamente agrupados alrededor de patios, en los que había preparadas mesas
repletas de comida y bebida, y se veía manar el agua de las fuentes.
Pero nadie se
sentaba junto a aquellas fuentes, cuidaba de aquellos árboles o comía aquellos
alimentos. Nadie caminaba por las calles, o miraba desde las ventanas de las
casas. Nadie estaba de pie sobre las sedosas alfombras, o reposaba en los
magníficos asientos. La ciudad estaba completamente desierta.
—Es como Donde Se
Encuentran Las Aguas —murmuró Jasmine.
—No —dijo Barda en
tono sombrío—. Aquello estaba en ruinas. Pero aquí… parece como si la gente se
hubiera ido hace tan solo cinco minutos.
Miró por encima del
hombro.
—¿Tan poderosa es
la magia de los toranos? —musitó—. ¿Podría ser que se hubieran hecho
invisibles? ¿Y dónde está Dain?
Llenos de preguntas
y con el vello erizado en las nucas, los compañeros fueron por las desiertas
calles de mármol.
Al final llegaron a
una enorme plaza en el corazón de la ciudad y allí una de las preguntas de
Barda obtuvo respuesta, porque encontraron a Dain.
Grandes estancias
decoradas con columnas muy altas circundaban la plaza. La más espaciosa de
ellas se encontraba al final de un largo tramo de
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escalones muy
anchos. Una arqueta tallada reposaba encima del último escalón. Parecía estar
fuera de lugar, como si la hubieran llevado hasta allí para algún propósito y
luego la hubieran olvidado.
Pero Dain no había
subido los escalones. Permanecía hecho un ovillo a los pies de un enorme trozo
de mármol que se alzaba en el centro de la plaza. Lief supo inmediatamente que
aquella era la piedra descrita por su padre, cuando le contó cómo la había visto
en el palacio de Del. Pero ninguna llama verde surgía de lo alto de la piedra.
Y se había resquebrajado.
Dain no se movió de
donde estaba mientras Lief, Barda y Jasmine iban hacia él. El joven no pareció
darse cuenta de que los compañeros se encontraban allí, ni siquiera cuando los
tres se detuvieron junto a él y lo llamaron por su nombre. Sus ojos, tristes y
desesperados, permanecieron clavados en la piedra.
Había unas palabras
esculpidas en el mármol. La grieta las atravesaba como una herida.
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— 5 —
El secreto de Tora
L ief contempló
aquella roca resquebrajada y muerta, sintiendo que se le caía el alma a los
pies, mientras al fin recordaba las palabras de El Cinturón de Deltora que
describían los poderes de la esmeralda.
No necesitaba
ninguna prueba más de lo que había ocurrido.
—Tora faltó a su
juramento —murmuró—. Pero ¿por qué? ¿Por qué? Con un gemido de frustración y
decepción, Barda se fue de allí. Pero Lief
y Jasmine no podían
seguirlo. Todavía no.
Lief puso la mano
en el hombro de Dain.
—Levántate, Dain
—le dijo suavemente—. Aquí no hay nada para ti. No hay nada para ninguno de
nosotros. Tora está vacía, intacta gracias al encantamiento, pero desprovista
de vida. Creo que ya hace mucho tiempo que está así. Esa es la razón por la que
el lago se secó, y la ciudad quedó aislada del río.
Pero Dain sacudió
la cabeza con abatimiento.
—No puede ser
—murmuró—. He esperado durante tanto tiempo… La tristeza había oscurecido su
rostro. Todo su cuerpo temblaba. Jasmine se arrodilló junto a él.
—Dain, ¿por qué
tenías que venir a Tora? ¡Dinos la verdad!
—Pensaba que mis
padres estaban aquí —respondió Dain con un hilo de voz—. Mi madre siempre me
decía que si alguna vez llegábamos a separarnos, volverían a reunirse conmigo
en Tora. Decía que ella tenía familia aquí, y que ellos nos darían cobijo.
Apretó los puños.
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—Se lo dije a Doom,
hace un año, cuando me encontró después de que los bandidos que atacaron
nuestra granja me hubieran dejado allí, dándome por muerto. Él me dijo que no
se lo contara a nadie, porque cuando mis padres llegaran a Tora correrían un
grave peligro si se sabía que su hijo estaba con la Resistencia.
—¿Cómo habría
podido saberse? —le preguntó Lief.
—Doom sospecha que
hay un espía en nuestro campamento. Al menos… eso fue lo que me dijo. —Dain
alzó la mirada hacia la piedra rota y la contempló con ojos repletos de
amargura—. Pero también me dijo que Tora estaba llena de espías, y que había
sido tomada por los guardias grises y los ols. Doom me mintió. Consiguió
retenerme durante todo ese tiempo, haciéndome falsas promesas, a pesar de que
él sabía que la ciudad había sido abandonada y que todas las esperanzas que yo
tenía depositadas en ella eran falsas.
Tragó aire con una
temblorosa inspiración.
—Nunca volveré a la
fortaleza. Nunca.
Bajó la cabeza y no
volvió a levantarla. Lief lo miró. Era vagamente consciente de que en el pasado
se habría enfadado con Dain por culpar a Doom de todos sus problemas. Porque,
después de todo, Dain no había sido el prisionero de Doom.
Habría podido dejar
la Resistencia en cualquier momento y viajar hasta Tora solo.
Pero ahora Lief no
sentía ninguna rabia. Lo único que experimentaba era pena, y por un momento se
preguntó a qué se debería aquello.
—¡Mirad esto!
La voz de Barda
había sonado muy extraña. Lief alzó la mirada y vio que su amigo acababa de
subir hasta el final del tramo de escalones de la gran estancia. Detrás de él,
elegantes columnas blancas se prolongaban hacia el cielo, pero Barda tenía la
mirada dirigida hacia abajo, porque estaba contemplando el interior de la
arqueta tallada que tenía en sus manos.
—Ve —dijo Jasmine—.
Yo me quedaré aquí.
Lief se levantó,
cruzó la plaza y subió los escalones. Barda extendió la arqueta hacia él para
que viera lo que contenía. Dentro había incontables rollos de pergamino. Lief
cogió uno, y lo extendió.
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Lief hurgó en la
caja, cogió otros pergaminos y los examinó. Todos eran idénticos, excepto por
las firmas. Algunos estaban firmados por la reina Lilia, otros por el rey
Alton, el padre de Endon. En otros aparecía el nombre del mismo Endon.
—Son como los
mensajes que me mostró mi padre —dijo Lief con un hilo de voz—. Sí, esos son
los mensajes que recibían las gentes de Del cuando enviaban peticiones y quejas
al rey.
Barda asintió.
Al parecer los
toranos también enviaron peticiones y quejas, y recibieron las mismas
respuestas. Me imagino que al igual que las gentes de Del, los toranos acabaron
teniendo la sensación de que habían sido abandonados. Por eso cuando llegó el
último mensaje…
Le entregó a Lief
dos arrugados trozos de papel.
—También estaban
dentro de la arqueta —dijo con voz cansada—. Los dejaron encima de todos los
demás.
Eran las dos
mitades de una nota. Lief las juntó y leyó el mensaje que había sido
garabateado a toda prisa.
Lief contempló la
nota.
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—¿Un mensajero?
¿Qué mensajero? —balbuceó.
—Un pájaro, sin
duda —dijo Barda—. Y seguramente sería un pájaro negro, como Kree. Antes había
muchos pájaros así en Del, y en la antigüedad siempre se los consideró pájaros
del rey, debido a lo listos que eran. Probablemente esa es la razón por la que
la hechicera Thaegan los odiaba tanto, y le encantaba comérselos.
—Los toranos
rompieron la nota —señaló Lief—. Se negaron a prestar la ayuda que se les
pedía, y faltaron al juramento. ¿Cómo pudieron arriesgarse hasta tal punto?
Barda se encogió de
hombros. Su rostro cansado estaba ensombrecido por la decepción.
—La piedra de la
plaza data de los tiempos de Adin. Los toranos quizá ya no creían en las
palabras, pero la antigua magia todavía era muy poderosa. En cuanto rompieron
la nota, los toranos estuvieron condenados.
Bajó la mirada
hacia la arqueta tallada que sostenía en las manos.
—Esto era algo con
lo que tu padre no contaba, Lief. El rey y la reina tuvieron que apresurarse a
huir de Del, mucho antes de que pudiera llegar alguna respuesta de Tora. Sin
duda pensaban que recibirían el mensaje mientras viajaban, y que la magia de los
toranos los ayudaría a lo largo de su camino. Pero el plan fracasó.
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—Y durante todo
este tiempo mi padre ha creído que el heredero se encontraba a salvo en Tora,
esperándonos —murmuró Lief—. Ese era su secreto. Él pensaba que nos reuniríamos
aquí, y al principio de nuestros viajes, además. ¿Te acuerdas? Su plan era que
el Valle de los Perdidos fuese nuestra primera meta, no la última. Si lo
hubiera sido, entonces estoy seguro de que habríamos pasado por Tora cuando
íbamos de camino al Laberinto de la Bestia.
Puso las manos
encima del Cinturón y este le dio valor.
—El plan para
esconderse en Tora puede haber fracasado, pero Endon y Sharn se las ingeniaron
de algún modo para encontrar otro lugar donde estar a salvo —dijo—. El Cinturón
está entero. Mi padre nos dijo que eso significa que el heredero vive,
dondequiera que esté. Cuando el Cinturón esté completo, nos mostrará el camino.
Mi padre nos dijo que lo haría. Debemos creer en él.
Guardó las dos
mitades de la nota dentro de la arqueta tallada, bajó la tapa dejándola
firmemente cerrada, y volvió a dejar la arqueta encima del escalón.
Cuando levantó la
vista, Barda tenía el ceño fruncido mientras recorría con la mirada la gran
plaza y los edificios que la rodeaban, las grandes columnas, las estatuas de
pájaros y bestias, las urnas talladas rebosantes de flores. Lief se preguntó
qué estaría haciendo. Salvo por la piedra resquebrajada junto a la que seguía
acurrucado Dain, atrapado en su pena, y Jasmine que estaba inclinada sobre él,
no había nada que ver.
—Si la ciudad se
encuentra desierta, ¿por qué todo sigue estando tan perfecto y tan entero,
Lief? —preguntó Barda de pronto—. ¿Por qué los ladrones y las alimañas no la
han destruido? Los piratas, los bandidos… ¿Qué les ha impedido saquear a placer
los tesoros de Tora?
Señaló la arqueta.
—Por sí solo esto
ya es toda una obra de arte. Sería de un gran valor para un mercader. Sin duda
la ciudad está llena de tesoros parecidos, y sin embargo nadie los ha robado.
¿Por qué?
Había hablado en un
tono muy bajo, pero aun así la plaza entera pareció resonar con los ecos de su
voz.
Lief sintió que un
escalofrío le subía por la espalda.
—¿Crees que Tora
está… protegida? —murmuró.
—¡Lief! ¡Barda!
—llamó Jasmine.
Dieron un respingo
y los dos miraron hacia abajo. Jasmine seguía inclinada sobre Dain. La joven
les hizo señas de que vinieran, y los dos
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compañeros bajaron
corriendo los escalones y cruzaron la plaza para reunirse con ella.
Dain no levantó la
cabeza, aunque tenía que haberlos oído llegar. Jasmine lo había envuelto en una
manta, pero todavía temblaba.
—No hay manera de
que se mueva —susurró Jasmine con voz asustada
—. No puede dejar
de temblar, y no quiere beber agua. Tengo miedo de que le pase algo.
Los pálidos labios
de Dain se abrieron.
—Sacadme de aquí,
os lo suplico —balbuceó—. No puedo soportarlo. Por favor… sacadme de aquí.
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— 6 —
Los recién llegados
L os compañeros se
dispusieron a salir de la ciudad; Lief y Jasmine sostenían a Dain entre los
dos. Los ojos de este estaban oscurecidos y se hallaban vacíos de toda
expresión. Tropezaba y arrastraba los pies
por el suelo, y un
sudor helado perlaba su frente. Los terribles estremecimientos seguían
desgarrando su delgado cuerpo.
Lief sentía mucho
verlo sufrir de aquella manera, pero en lo más profundo de su mente se
preguntaba cómo era posible que Dain se hubiera derrumbado de ese modo. ¿No se
había estado entrenando con Doom y con la Resistencia durante todo un año? ¿No
había hecho frente a los ols, y a otros terribles peligros, como parte de su
vida cotidiana?
Dain esperaba
hallar a sus padres en Tora, y no los había encontrado allí. Pero ¿cómo era
posible que aquella decepción le hubiera afectado de una manera tan profunda?
Era como si su corazón se hubiera roto al igual que la piedra de Tora, y la luz
de su espíritu se hubiera extinguido como le había ocurrido al fuego verde.
Los tres siguieron
su camino, volviendo la mirada, salvo Dain, hacia las casas junto a las que
pasaban. Claramente visibles a través de las relucientes ventanas, se
apreciaban todas las tristes señales de la vida desaparecida: comida tan fresca
como el día en que había sido preparada, bandejas y platos maravillosamente
pintados, colgaduras y cojines bordados. En casi cada una de las casas había
también un telar, del cual colgaba una tela maravillosamente delicada,
esperando a que la tejedora, desaparecida hacía ya mucho tiempo, regresara para
terminarla.
Los telares le
recordaron a Lief a su madre. ¿Con qué frecuencia la había visto sentada
tejiendo telas para sus prendas y las necesidades del hogar? Lief sabía que la
habilidad de su madre era grande, porque otras personas así se lo
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habían dicho. Pero
las hebras que tenía que usar eran toscas y de feos colores y no podían
compararse con las de Tora, que brillaban como joyas.
La prenda más
delicada que su madre había hecho jamás era la capa que Lief llevaba puesta en
esos momentos, y en la que había invertido sus mayores habilidades. Y además
también amor y recuerdos, le había dicho ella.
¿Dónde estaba su
madre ahora?
«Yo, más que nadie,
debería entender la pena de Dain —pensó Lief—. Sé lo que es echar de menos a
unos padres muy amados y temer por ellos.»
«Pero no has
renunciado a la esperanza —susurró una voz dentro de su mente—. No te has
entregado a la desesperación y enfermado en cuerpo y mente. ¿Y acaso Jasmine se
dio por vencida y murió cuando se llevaron a sus padres? ¿Se hundió Barda en la
desesperación cuando mataron a su madre y dieron muerte a sus amigos?»
Lief sacudió la
cabeza; quería alejar de sus pensamientos aquella voz. «Cada persona tiene sus
puntos fuertes y sus flaquezas —se dijo—. Yo no debería culpar…»
Entonces de pronto
sus pensamientos siguieron un curso muy distinto cuando le vino otra idea a la
cabeza. Quizá hubiese algo oculto que justificara el derrumbamiento de Dain, y
que Lief desconocía. Todo parecía indicar que el muchacho no se había sentido
simplemente apenado y decepcionado, sino también terrible y profundamente
afectado. Mucho más afectado de lo que era razonable, suponiendo que Dain les
hubiera contado toda la verdad.
La entrada del
túnel se encontraba ante ellos. Entraron en su fresca sombra y Lief volvió a
sentir cómo aquel misterioso hormigueo recorría todo su cuerpo. Fue por el
túnel como si caminara en sueños, y lamentó dejarlo atrás para salir a la luz
del sol.
Barda y él dejaron
en el suelo a Dain. El muchacho temblaba como si tuviera muchísimo frío, y sus
grandes ojos contemplaban sin verlo el cielo libre de nubes.
—Tienes que tratar
de ser fuerte, Dain —lo apremió Barda suavemente—.
Si no acabarás
cayendo enfermo.
Repitió las
palabras varias veces, y finalmente Dain respondió. Los ojos vacíos de toda
expresión volvieron a enfocarse lentamente. El muchacho tragó saliva, y se
humedeció sus labios resecos.
—Lo siento
—murmuró—. Encontrar vacía la ciudad… ha sido un golpe terrible para mí. Pero
eso no es ninguna excusa.
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Kree graznó,
mientras batía frenéticamente las alas en una súbita advertencia.
—¡Alguien viene!
—exclamó Jasmine, desenvainando su daga.
Lief miró a través
del lago, pero sus aguas seguían estando tan inmóviles como antes. Aquello
quería decir que el peligro llegaba por tierra, desde las colinas que se
alzaban junto a la ciudad y más allá de ella.
Kree remontó el
vuelo para investigar.
—¡No, Kree! —le
gritó Jasmine—. Pueden tener arcos y flechas. Quédate con nosotros.
El pájaro
permaneció suspendido en el cielo durante unos momentos, y luego volvió al
suelo de mala gana.
—¿Son muchos,
Jasmine? —preguntó Barda en un tono seco.
Tal como había
hecho en tantas ocasiones anteriores, Jasmine se arrodilló y pegó la oreja al
suelo.
—Solo dos, creo
—dijo pasados unos instantes—, y altos. Uno más corpulento que el otro.
Dain la observaba
con una gran atención, visiblemente impresionado. Lief vio que el temblor en
las extremidades del muchacho ya no era tan violento. «Tener algo más en lo que
pensar parece ser justo lo que necesita Dain», se dijo. Pero descubrió que se sentía
ligeramente irritado.
«Pero ¿por qué no
iba Dain a admirar a Jasmine? —pensó de pronto, dirigiendo su irritación contra
sí mismo—. ¡Cualquier persona admiraría sus habilidades!» Entonces pensó que si
estuviera todavía dentro de Tora no estaría furioso, sino tranquilo.
«El hechizo de la
ciudad se está disipando —pensó—. Casi he vuelto a la normalidad.»
Y en ese momento
comprendió qué significaba aquella sensación de hormigueo experimentada dentro
del túnel. Comprendió cuál era la razón por la que Tora había permanecido
perfecta e intacta durante más de dieciséis años después de haber sido
abandonada.
—¡Lief! —gruñó
Barda—. ¡Deprisa!
Lief desenvainó su
espada y se apresuró a reunirse con sus amigos. Pegados el uno al otro, Jasmine
y Barda habían formado una barrera entre Dain y dos figuras muy altas que se
aproximaban desde las colinas. Las figuras parecían ondular bajo la cegadora luz
del sol.
¿Serían bandidos?
¿Ols?
—Tora está
protegida por la magia —dijo Lief rápidamente—. La suya es una magia que obra
sobre las mentes y los corazones. El túnel absorbe todo el
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mal y lo mantiene
alejado de allí. Si volvemos al túnel, nada puede hacernos daño.
Barda lo miró, y
luego contempló de nuevo los muros resplandecientes de la ciudad. Lief pudo ver
que medía mentalmente la distancia, tratando de decidir si debían correr el
riesgo de dar media vuelta e intentar ponerse a salvo en Tora. Pero ya era
demasiado tarde. Los desconocidos los habían visto, y apretaban el paso.
Dain empezó a
incorporarse torpemente.
—Vuelve a Tora,
Dain —le ordenó Barda. Pero Dain sacudió tercamente la cabeza mientras buscaba
a tientas la daga con su mano.
—¡Dain! —exclamó
Jasmine—. ¡Vete!
—Si son ols, yo
puedo ayudar —dijo Dain, apretando los dientes—. Me quedaré con vosotros, o
moriré. Ya estoy harto de tanta debilidad.
Ocupó su lugar
junto a la joven y contempló con el ceño fruncido a los desconocidos que se
aproximaban. Entonces, de pronto, sus ojos se entornaron. Su boca se convirtió
en una tensa línea.
—¡Doom! —murmuró, y
dio media vuelta.
Muy sorprendidos,
Lief, Barda y Jasmine se dieron cuenta de que tenía razón. Ahora podían ver que
el más alto de los desconocidos que se dirigía hacia ellos era el hombre que se
hacía llamar Doom de las Colinas; Doom, al que habían visto por última vez en
la fortaleza de la Resistencia; donde los había mantenido prisioneros durante
tres largos días.
Para su inmenso
asombro, los tres compañeros vieron que Neridah la Rápida iba con él. ¿Por qué
la habría escogido Doom como acompañante? Cuando los dos estuvieron un poco más
cerca, Lief pudo ver que los labios de Neridah se hallaban curvados en una sonrisa;
en cambio Doom estaba muy serio.
—¡No bajéis la
guardia! —musitó Barda—. Podrían ser ols, tratando de engañarnos.
Era evidente que
Dain no pensaba que lo fueran, y Lief tampoco. Pero aun así, su mano apretó la
empuñadura de la espada. Doom había demostrado ser tan peligroso como cualquier
ol, a su manera. No había que confiar en él.
Cuando llegó hasta
ellos, Doom no malgastó ni una sola palabra en saludos.
—Bien, Dain
—gruñó—. Has llegado allí donde querías estar. ¿Estás satisfecho?
—¡Lo sabías!
—estalló Dain—. Siempre has sabido lo que pasaba en Tora, Doom. ¡Me mentiste!
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—Por supuesto que
sí —dijo Doom sin inmutarse—. ¿Qué otra cosa te mantenía con fuerzas aparte de
la esperanza? ¿Comprobar que tu esperanza era vana ha hecho que te sintieras
mejor, o peor?
El rostro de Dain
mostró claramente la respuesta. Doom asintió con amargura.
—He estado buscando
a tus padres desde que llegaste a la fortaleza, Dain —dijo después—. Abrigaba
la esperanza de que conseguiría dar con ellos antes de que descubrieras que tus
padres no se encontraban en Tora. Pero tú no podías esperar.
—¡No, no podía!
—gritó Dain con voz desafiante—. Pero yo no tengo la culpa de eso. No sabía
cómo estaban las cosas en realidad. ¡No soy un niño, para que se me proteja y
se me alimente con cuentos de hadas! ¡Tú me empujaste a hacer lo que he hecho,
engañándome!
Doom lo contempló
en silencio durante un instante que se hizo muy largo. Luego,
sorprendentemente, su rostro sombrío se dulcificó con algo parecido a una
sonrisa.
—Antes no le
habrías hablado de esta manera a tus mayores —dijo—. Cuando te conocí, eras un
niño tan educado y obediente…
—¡Yo no soy un
niño! —gritó Dain furioso.
—No, está claro que
no lo eres. Quizá… —Doom pareció reflexionar—. Puede que yo estuviera
equivocado. —Sus labios se fruncieron en una mueca
—. No es algo que
ocurra a menudo, pero puede suceder. Si te ruego que me perdones, ¿volverás a
la fortaleza con nosotros? Te echamos mucho de menos.
Dain titubeó,
balanceándose de un lado a otro como si no supiera qué hacer.
Barda, Lief y
Jasmine se miraron. Los tres estaban pensando que muchos problemas quedarían
resueltos si Dain accedía a ir con Doom. Pero tenían que estar seguros de que
se encontraría a salvo.
Lief dio un paso
adelante.
—Desde que te vimos
por última vez, hemos aprendido que no es prudente confiar en las apariencias,
Doom —dijo, hablándole con suave firmeza—. Antes de que Dain decida qué es lo
que desea hacer, nos gustaría que tú, y Neridah también, entrarais en Tora.
Los oscuros ojos de
Doom se volvieron hacia él. Y ahora no había afabilidad o humor en ellos.
—Bastará con que os
quedéis allí durante unos momentos —siguió diciendo Lief, sin dejarse intimidar
por aquella mirada—. El túnel de Tora
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descubre el mal
mucho más deprisa que tu Sala de las Pruebas.
—¡Vaya, así que has
descubierto el secreto de Tora! —se burló Doom—. ¡Felicidades! Pero ¿y si me
niego a acceder a tu petición? Entonces, ¿qué?
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— 7 —
Un combate de
voluntades
N eridah se puso
junto a Doom. Barda y Jasmine se colocaron junto a Lief. Los dos bandos se
miraron fijamente el uno al otro, y finalmente Barda habló.
—Si os negáis a
entrar en Tora —dijo—, entonces debemos presuponer que sois un par de ols y
actuar en consecuencia.
Un instante bastó
para que la espada de Doom apareciese en su mano. —¡No! —gritó Dain,
apresurándose a colocarse delante de Barda—. ¡No
debéis luchar! ¡No
sois enemigos, estáis en el mismo lado!
La expresión del
rostro de Doom no se alteró.
—Todavía no estoy
demasiado seguro de eso —dijo en tono sombrío.
—¡Y nosotros aún
estamos menos seguros que tú! —exclamó Jasmine—. Porque si realmente eres el
hombre llamado Doom, entonces nos has tratado muy mal y no confiamos en ti. Y
si eres un ol que ha adoptado la forma de Doom, entonces representas un peligro
para todos nosotros.
Los ojos de Doom
fueron rápidamente de un rostro a otro. Su expresión dejó muy claro que
reconocía la sensatez que encerraban las palabras de Jasmine, pero a pesar de
ello no bajó la espada.
—¿Cómo puede
hacerte ningún daño demostrarnos que eres lo que aparentas? —murmuró Lief,
asegurándose deliberadamente de que su voz sonara suave y tranquila.
—¡No tenemos que
demostraros nada! —dijo Neridah con rabia—. Doom y yo hemos estado juntos desde
que salimos de la fortaleza. Podemos jurar…
Doom extendió una
mano hacia ella para hacerla callar.
—Lo que juramos no
demuestra nada, Neridah. Los ols casi siempre viajan en parejas, ¿verdad?
Entonces, como si
la interrupción de Neridah lo hubiera ayudado de alguna manera a decidirse,
Doom se encogió de hombros, envainó su espada
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y echó a andar
hacia la luz rielante de la ciudad. Neridah, visiblemente sorprendida y
furiosa, titubeó un instante y luego dio media vuelta y fue tras él.
Los compañeros los
siguieron. Cuando llegaron al inicio del túnel se detuvieron, mientras que Doom
y Neridah seguían adelante solos. Lief se sintió tentado de entrar también en
el túnel, pero supo de algún modo que aquello no sería prudente. No podía permitir
que todas sus pasiones fueran disipadas de golpe en aquel momento. Un poco de
ira lo mantenía alerta a uno. Y nunca se estaba demasiado alerta cuando se
trataba con alguien como Doom.
Por eso lo que hizo
fue quedarse inmóvil y observar, y vio lo que de otra manera quizá no hubiese
visto. Cuando las dos figuras iban por el túnel, el aire empezó a llenarse de
chispas de colores que giraban y se arremolinaban como motas de polvo iluminadas
por el sol.
—Yo no vi nada de
eso cuando pasamos por allí —murmuró Jasmine—.
Solo… sentí.
—Tiene que ser
invisible para aquellos que se encuentran dentro —dijo Barda, pasándose la mano
por los ojos deslumbrados y dando media vuelta.
En cuestión de
segundos Doom y Neridah habían desaparecido entre una nube de luz que danzaba.
Pero unos cuantos instantes más bastaron para que volvieran a hacerse visibles,
mientras regresaban lentamente por donde habían venido.
Cuando volvieron a
salir a la luz del sol, ambos parecían estar bastante aturdidos. Sus rostros se
hallaban extrañamente inmóviles y vacíos de toda expresión.
—Bien… espero que
ahora estaréis satisfechos —dijo Doom.
Pero las palabras
no tuvieron nada de cortantes, y sus ojos parecían perdidos. Dejando escapar un
suave gemido, Doom se sentó y apoyó la espalda en el muro de la ciudad.
Neridah, Dain y los
demás, confusos todos, lo miraron. Doom, cansado, levantó la cabeza hacia
ellos.
—Cuando la ira, el
odio y la amargura han abandonado a un hombre y esos sentimientos eran su única
razón por la que vivir, ¿qué le queda a ese hombre salvo el vacío? —preguntó
con una leve sonrisa—. Esa es la razón por la que no me gusta visitar Tora. Solo
lo he hecho en una ocasión anterior… y fue suficiente.
—¿Quién eres, Doom?
—preguntó Lief de repente.
Página 42
Por un instante
pensó que el hombre no le respondería. Entonces los hombros de Doom se
encorvaron y sus ojos se cerraron, como si no tuviera fuerzas para negarse a
contestar.
—No sé quién soy
—dijo—. No sé qué es lo que he perdido, junto con mi nombre. Mis recuerdos
empiezan en las Tierras de las Sombras. Yo estaba luchando con un vraal en la
Arena de la Sombra, y me encontraba herido. Todo lo que hay antes de eso es
oscuridad.
Su mano fue
lentamente a la cicatriz que le atravesaba la cara.
—Pero ¿conseguiste
escapar? —insistió Lief. Quizá fuese un poco cruel utilizar la momentánea
debilidad de Doom para averiguar más cosas acerca de él, pero se trataba de una
ocasión que no volvería a presentarse.
—Escapé de la Arena
de la Sombra —siguió diciendo Doom—. Ellos no se lo esperaban. Pensaban que yo
estaba acabado. Huí a través de las montañas, perseguido y sin tener ninguna
idea clara de nada, salvo el hecho de que Deltora era mi hogar. En el Monte Terrible,
me volví hacia mis perseguidores y les hice frente. Allí escapé una vez más,
pero tuve que pagar un precio muy alto.
Suspiró
profundamente.
—Seguí mi camino,
más muerto que vivo. Finalmente fui encontrado, cobijado y curado por un buen
hombre.
—Un hombre que
vivía en un lugar llamado Descanso de la Estirpe — murmuró Jasmine.
Doom la miró
fijamente y luego volvió a sonreír, aunque sus ojos seguían estando tristes.
—Así que habéis
visto su tumba, y sabéis que tomé su nombre —dijo—. Ese hombre me salvó, pero
yo le traje la muerte. Los guardias grises que no habían muerto en el Monte
Terrible me persiguieron hasta su cueva. Doom era un hombre de paz. No tenía
ninguna posibilidad contra ellos. Pero gracias a él yo había vuelto a recuperar
las fuerzas. Los maté a todos, y esparcí sus huesos.
Una sombra del
viejo salvajismo volvió a aparecer en su voz mientras pronunciaba aquellas
últimas palabras, y Lief comprendió que el efecto tranquilizador del túnel de
Tora se estaba disipando poco a poco. Doom guardó silencio por un instante, y
cuando volvió a sonreír, la sonrisa no fue más que un amargo fruncimiento de
sus labios.
—Me temo que os
habéis aprovechado de mí —dijo, poniéndose en pie—.
Espero que vuestra
curiosidad haya quedado satisfecha.
Página 43
Su boca se estaba
poniendo rígida y sus ojos se oscurecían. La sombría máscara familiar volvía a
su rostro.
—Ya sé que has
pasado por muchas experiencias terribles, Doom —dijo Neridah con un hilo de
voz—. Pero yo no tenía ni idea de que…
Luego se calló
cuando Doom le lanzó una mirada helada. Estaba claro que no deseaba su simpatía
o su admiración. Neridah se sonrojó, y después sacudió la cabeza furiosamente y
se alejó de ellos.
—No he estado
husmeando en tus asuntos por simple curiosidad, Doom —dijo Lief sin levantar la
voz.
—¿No? —Doom lo miró
a los ojos durante un instante que pareció interminable, y luego se volvió
hacia Dain—. Dentro de unos días tengo que encontrarme con Steven el buhonero
—dijo secamente—. Tiene nuevos suministros para nosotros. ¿Vendrás conmigo? ¿O
eliges quedarte con tus nuevos amigos?
—No hay elección,
Doom. Dain tiene que ir contigo —se apresuró a decir Barda—. Nosotros tenemos
por delante un viaje muy largo y duro.
La sensible piel de
Dain enrojeció.
—No quiero ser una
carga para nadie —dijo. Sus labios se volvieron rígidos—. Iré contigo, Doom,
para encontrarme con Steven.
Doom asintió.
Luego, como si lamentase el que hubiera resultado tan fácil convencer a Dain,
enarcó una ceja.
—¿Y adónde vais,
para que vuestro viaje vaya a ser tan duro? —quiso saber.
Incluso mucho
tiempo después de aquello, Lief seguiría sin saber por qué había dicho lo que
dijo entonces. Fue un impulso nacido del momento. Quizá sintió un repentino
deseo de proporcionarle un poco de información a Doom, en señal de confianza. O
quizá fue simplemente que se había hartado de las mentiras.
—Vamos al Valle de
los Perdidos —dijo.
Barda y Jasmine se
volvieron hacia él, asombrados de que hubiera hablado con semejante libertad.
Dain lo miró con expresión de curiosidad. Pero Doom asintió mientras su rostro
se ensombrecía todavía más.
—Me imaginaba que
podía tratarse de eso —dijo—. Y ahora os advierto, hablando de todo corazón, de
que deberíais renunciar a vuestro plan. El Valle de los Perdidos no ha sido
hecho para gentes como vosotros.
—¿Qué sabes de él?
—gruñó Barda.
Doom volvió la
mirada hacia el lugar en el que Neridah estaba sentada contemplando las aguas
del lago, y bajó la voz.
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—El Valle de los
Perdidos es un lugar maléfico, un lugar de miseria y almas perdidas. Sé de
muchos que han entrado en él, buscando la gran joya, que es el tesoro de su
Guardián.
Lief lanzó una
rápida mirada a Barda y Jasmine, que parecían estar muy sorprendidos y
pendientes de ellos. Lief se humedeció los labios.
—¿Una gran joya?
—preguntó cautelosamente.
Doom lo miró con
algo parecido al desprecio.
—No me insultes
tratando de fingir. Sé que esa gema es vuestro objetivo. Un diamante, se dice,
más grande y dotado de mayores poderes que ninguno de cuantos se hayan visto
jamás. Hermoso, puro, de incalculable valor…
Sacudió la cabeza.
—Su existencia no
es ningún secreto por estas tierras. Su fama ha atraído a muchos antes que a
vosotros, y terminaron cayendo en las garras del Guardián. Todos entraron en el
Valle de los Perdidos sintiéndose llenos de esperanza, y al final todos desearon
amargamente no haberlo visto jamás.
Página 45
— 8 —
Los caminos se
separan
L ief sintió
un escalofrío de temor, pero irguió los hombros. Barda permanecía inmóvil como
una roca, la mano encima de la espada. Pero Jasmine se echó los cabellos hacia
atrás y alzó la barbilla.
—Aun así, tenemos
que ir —dijo.
Doom extendió las
manos hacia ella y le apretó los hombros.
—¡No debéis
hacerlo! —masculló entre dientes—. ¡Escuchadme! Vuestra búsqueda está perdida.
Si insistís en ella, entonces vosotros también os perderéis. ¿Y por qué? ¡Por
un sueño! ¡Por nada!
Jasmine se quitó de
encima las manos de Doom y dio un paso atrás de tal manera que ella, Lief y
Barda quedaron hombro con hombro. Doom los contempló en silencio durante unos
instantes, y luego alzó las manos y volvió a dejarlas caer, en un gesto de
rendición.
—He hecho todo lo
que he podido —murmuró—. No puedo hacer más. Pero es una pérdida de tiempo,
porque ya tenéis seguidores. Juntos podríamos haber enardecido a las gentes.
Podríamos haber permanecido unidos contra el Señor de la Sombra. Podríamos
haber salvado a Deltora.
—Por ahora, es
cierto que debemos seguir caminos distintos —dijo Barda
—. Pero cuando
llegue el momento, tomaremos parte en la lucha juntos. —Cuando llegue el
momento… —Doom dio media vuelta—. Me temo
que ese momento
nunca llegará para vosotros, amigos míos. No ahora.
Se echó la mochila
al hombro con expresión sombría y le hizo una seña con la cabeza a Dain.
—Dile a Neridah que
nos vamos —ordenó—. Ya he desperdiciado demasiado tiempo aquí, y Steven no
esperará.
Con una última
mirada hacia atrás dirigida a Lief, Barda y Jasmine, Doom fue con paso inseguro
hacia el inicio del lago.
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—¡Tú sabes más de
lo que nos estás diciendo, Doom! —exclamó Jasmine
—. ¡Si puedes
ayudarnos, entonces deberías hacerlo! Doom sacudió la cabeza.
—Habéis rechazado
la única ayuda que puedo prestaros —musitó—. No
tenéis ningún
derecho a pedirme que haga más.
La contempló con el
ceño fruncido desde su gran altura. Jasmine alzó la mirada hacia él mientras
sus ojos verdes destellaban de ira. Entonces, inesperadamente, Doom dejó
escapar una breve carcajada.
—Hay una cosa que
sí puedo hacer por ti —dijo después. Sacó de su bolsillo un gorro de lana
oscura y se lo arrojó—. El pájaro y tú sois lo que hace reconocible a vuestro
grupo. Cúbrete el pelo con esto. Ya vas vestida como un muchacho, y además como
un muchacho bastante harapiento. Tus cabellos son lo único que te delatan.
Jasmine lo miró
fijamente, dudando si aceptar o no aquel regalo, pero finalmente su sentido
común se impuso a su orgullo. Se recogió el pelo en un gran moño y se puso el
gorro, tirando de él para calárselo encima de las orejas. Así quedó
transformada al instante, porque ahora era como si tuvieran delante a un
muchachito de expresión malhumorada.
Kree soltó un
graznido. Estaba claro que el cambio no le gustaba nada.
Pero Doom asintió.
—Así está mejor
—dijo.
Se volvió mientras
Dain iba hacia ellos, y frunció nuevamente el ceño al ver que el muchacho venía
solo.
—¿Por qué no está
Neridah contigo? —preguntó secamente.
—Ella… ella no
vendrá —balbuceó Dain—. Dice que ha decidido seguir camino hacia su hogar.
Doom soltó un
bufido de ira.
—¡Conque esa es la
razón por la que insistió tanto en venir conmigo! Estoy seguro de que nunca
tuvo ninguna intención de regresar. La vida en la fortaleza no ha sido hecha
para ella. Es demasiado dura, demasiado peligrosa y allí no hay dinero que
poder gastar en todos esos lujos a los que se ha acostumbrado una atleta
malcriada como Neridah.
—Pero… ¿no teme que
los guardias grises vayan a seguirle el rastro? — preguntó Lief.
—Sin duda piensa
que podrá persuadiros de que la escoltéis al menos durante una parte del
camino. Y está convencida de que una vez que llegue a casa, estará a salvo.
—Doom sacudió la cabeza—. ¡Es una estúpida! Otra estúpida, que no hará caso de
las advertencias.
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Sin decir una sola
palabra más, Doom dio media vuelta y echó a andar hacia las colinas. Dain
titubeó durante unos instantes, y, tras murmurar una apresurada despedida, fue
tras él.
*
Tal como había
predicho Doom, Neridah hizo todo lo que pudo para convencer a los compañeros de
que permitieran que los acompañase. Finalmente se desmoronó y se echó a llorar
en los brazos de Barda, gimoteando que si había dejado la Resistencia era
únicamente porque Doom le había partido el corazón.
—Yo lo amo
—sollozó—. Pero él es cruel, y no le importo nada. No puedo quedarme allí, lo
veo cada día. ¡No puedo, no puedo!
Barda le dio unas
torpes palmaditas en el hombro. Pero Jasmine la contempló con escepticismo y
Lief, por su parte, estaba lo bastante familiarizado con los engaños de Neridah
como para preguntarse hasta qué punto eran reales sus lágrimas.
Finalmente, y a
petición de Barda, acordaron que permitirían que fuera con ellos durante uno o
dos días.
—Pero después de
eso, debemos separarnos, Neridah —le advirtió Barda amablemente—. Nuestra meta
es un lugar terrible y peligroso.
—Vais al Valle de
los Perdidos —murmuró Neridah—. Lo sé. Oí el nombre de ese lugar cuando
estabais hablando con Doom. Sois tan valientes… Oh, sí, sois mucho más
valientes de lo que se imagina Doom.
Una vez más, Lief
volvió a preguntarse quién era realmente Neridah. No había mostrado ninguna
señal de que hubiera oído lo que hablaban con Doom. Había permanecido
completamente inmóvil, contemplando el lago como si se hallara absorta en sus
pensamientos. Y durante todo ese tiempo había estado escuchando. Había oído el
nombre del Valle de los Perdidos. ¿Qué más había oído?
«Es astuta —pensó—.
Debemos tener mucho cuidado con ella.»
*
Al final, Neridah
viajó con ellos durante casi una semana. Protestaba enérgicamente en lo tocante
a viajar de noche, y era una compañera que se enfadaba con mucha facilidad y
siempre se quejaba por todo. Pero aunque pasaron junto a muchos caminos que iban
en la dirección de su hogar, Neridah se negó a tomarlos. Cada vez que Lief,
Barda y Jasmine intentaban
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separarse de ella,
Neridah se echaba a llorar y corría tras ellos. Se pegaba a los compañeros como
la miel, y finalmente incluso perdió la simpatía de Barda.
—Pienso que no nos
está diciendo la verdad —susurró un día mientras Neridah yacía con expresión
malhumorada bajo su manta de dormir—. Dijo que deseaba ir a casa. ¿Por qué no
lo hace?
—No lo sé —susurró
Lief a su vez—. Pero tenemos que hacer algo con ella, y enseguida. No confío en
Neridah, y no quiero tenerla con nosotros cuando lleguemos al Valle de los
Perdidos. Según el mapa, y basándonos en nuestros cálculos, el valle no se
encuentra muy lejos de aquí.
—Neridah nunca
aceptará que sigamos nuestro camino sin ella, de eso podemos estar seguros
—dijo Jasmine con expresión sombría—. Eso significa que tenemos dos opciones.
Una, darle un buen golpe en la cabeza y salir corriendo. O, dos, esperar hasta
que estemos seguros de que se ha quedado dormida, y entonces irnos sin hacer
ningún ruido.
La joven pareció
sentirse un poco decepcionada cuando Lief y Barda escogieron la segunda opción.
Unas horas después
llevaron a cabo su plan, huyendo del lugar donde habían acampado tan
sigilosamente como lo habrían hecho unos ladrones. Pasaron el día avanzando a
marchas forzadas mientras trataban de mantenerse a cubierto. Cuando se estaba
poniendo el sol, llegaron a una cordillera de escarpadas colinas cubiertas de
vegetación.
—Estoy seguro de
que el valle se encuentra dentro de esta cordillera — dijo Barda.
Lief alzó la mirada
hacia las colinas.
—Será una ascensión
larga y difícil —suspiró—. Y peligrosa, porque los bosques son muy tupidos, y
todo estará muy oscuro. Esta noche casi no hay luna. Y mañana por la noche ya
habrá desaparecido del todo.
Jasmine se quitó el
gorro con impaciencia.
—¡No puedo oír nada
con toda esta lana tan gruesa encima de mis oídos! —se quejó, sacudiendo la
cabeza con un inmenso alivio para soltarse el pelo
—. Bueno… ¿qué
estabas diciendo? ¿Que esta noche será muy oscura? ¿Y que los bosques son muy
tupidos? Desde luego que sí. Sugiero que pasemos la noche durmiendo, por una
vez, ya que sabemos que podemos subir por la mañana y que estamos resguardados
por los árboles.
El plan parecía
excelente. Hicieron exactamente tal como había sugerido Jasmine. Por eso no fue
hasta el final del día siguiente cuando llegaron a lo
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alto de aquella
escarpada colina y bajaron la mirada hacia la larga hendidura abierta en la
tierra que era el Valle de los Perdidos.
Página 50
— 9 —
El Valle de los
Perdidos
U na espesa
niebla gris se deslizaba lúgubremente por el suelo del valle. Llegaba hasta las
mismas copas de los árboles, agitada por los lentos movimientos de las figuras
entrevistas que llenaban las
profundidades del
valle. Un tenue calor húmedo que olía a vegetación corrompida, madera en
proceso de putrefacción y vida asfixiada, se deslizó sobre los rostros de los
amigos como un eco de la niebla.
Jasmine se removió
nerviosa. Filli parloteaba en su oído. Después de haber lanzado un solo y agudo
trino, Kree permanecía inmóvil sobre el brazo de la joven.
—El valle no les
gusta nada —murmuró ella.
—Bueno, tampoco yo
lo encuentro muy atractivo —dijo Barda secamente.
Jasmine bajó los
hombros y se estremeció. Luego, sin decir una sola palabra más, dio media
vuelta y fue hacia el más grande de los árboles que formaban un anillo
alrededor del borde del risco. Asombrados, Lief y Barda vieron cómo retiraba de
su hombro a Filli y lo ponía encima de la rama más alta que podía alcanzar.
Kree revoloteaba junto a él.
—Sé que cuidaréis
el uno del otro —dijo Jasmine—. Manteneos a salvo. Dio media vuelta sin mirar
atrás, y volvió a donde la estaban esperando
Lief y Barda. Los
ojos de Jasmine sostuvieron sin pestañear las miradas interrogativas de sus
amigos.
—Ya os he dicho que
a Kree y a Filli no les gusta nada ese valle —les dijo—. Ellos no pueden ir
ahí.
—¿Por qué?
—preguntó Lief sin poder contenerse. Bajó la mirada hacia donde Kree y Filli
seguían posados encima de su rama, mirando a Jasmine con ojos melancólicos.
Jasmine se encogió
de hombros.
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—Si van allí
morirán —se limitó a decir—. El valle no es para ellos, ni para ninguna
criatura. La niebla los mataría.
Un escalofrío bajó
por la espalda de Lief.
—¿Y qué pasa con
nosotros? —preguntó abruptamente.
—Ahí abajo hay
personas. Puedo ver sus sombras entre la niebla —dijo Jasmine—. Y si ellas
pueden sobrevivir, entonces nosotros también podemos hacerlo. Bajaremos hasta
donde empieza la niebla. Entonces decidiremos lo que vamos a hacer.
Dio media vuelta y
se despidió de Filli y Kree alzando la mano. Luego se volvió una vez más hacia
sus dos compañeros, se caló más firmemente el gorro por encima de las orejas, y
echó a andar hacia el borde del risco.
Lief y Barda la
siguieron. El suelo era empinado y traicionero bajo sus pies, también
resbaladizo debido a las piedras sueltas. Medio caminando y medio resbalando, y
con el peligro constante de caer, fueron bajando poco a poco. Después de unos
cuantos minutos, a Lief le pareció que ya no controlaba sus pasos. Las piedras
resbaladizas y lo empinado de la ladera se encargaban de hacer todo el trabajo
por él. Desde lo alto del risco, el suelo del valle parecía estar muy lejos.
Ahora se aproximaba un poco más con cada momento que pasaba.
Miró hacia atrás,
una sola vez. La cima del risco se elevaba muy por encima de ellos.
Increíblemente arriba, increíblemente lejana. Costaba creer que él y sus amigos
hubieran estado nunca allí. Costaba creer que hubieran tenido la posibilidad de
elegir entre descender, quedarse allí donde estaban, o incluso volver la
espalda al valle y alejarse de él.
Porque ahora
parecía que no había elección. Cuanto más se acercaban a la niebla que reptaba
sobre el suelo, más parecía tirar esta de ellos, y más inclinada se volvía la
ladera. Quedarse inmóvil requería más energía que seguir adelante. Los
compañeros se agarraron el uno al otro en busca de un punto de apoyo, pero era
muy poco lo que podían hacer para prestarse ayuda entre ellos.
Y antes de que se
dieran cuenta de su presencia, la niebla ya les rodeaba. Fue como si se hubiera
elevado del suelo para venir a su encuentro, rozando sus caras con húmedos y
cálidos dedos, al mismo tiempo que proyectaba un tenue velo sobre sus ojos. La niebla
se infiltró lentamente dentro de sus bocas y sus narices, y los llenó con su
olor excesivamente dulzón y con su sabor a podredumbre.
«El plan no era
este», pensó Lief, sintiéndose lleno de confusión. Trató de detenerse a mitad
de una zancada, y entonces resbaló y cayó, rodando
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ciegamente sobre
las piedras mientras jadeaba e intentaba agarrarse a ellas. Oyó cómo Jasmine y
Barda lo llamaban con voces alarmadas, pero no podía hacer nada por salvarse.
Cuando finalmente
se detuvo, Lief se dio cuenta de que se encontraba en el suelo del valle. La
niebla se había espesado alrededor de él. Árboles como sombras, recubiertos de
musgo y con gruesas lianas que colgaban de ellos, extendían las ramas por
encima de su cabeza. Grandes masas de un reluciente hongo color rojo oscuro, de
raíces retorcidas, brotaban junto a su cara. Frondosos helechos se arqueaban en
torno a él y le rozaron la cara y las manos cuando Lief, jadeando, logró
incorporarse.
Y por todas partes
se oían suaves suspiros, como el rumor del viento resonando entre los árboles.
Pero no hacía viento. El sonido parecía provenir de todas partes al mismo
tiempo, viniendo de todo aquello que rodeaba a Lief y surgiendo de aquella
grisura en continuo movimiento, donde sombras más oscuras se deslizaban y se
retorcían, aproximándose cada vez un poco más.
—¡Barda! ¡Jasmine!
—gritó Lief, presa de un terror repentino. Pero la niebla ahogó su voz de
manera que esta sonó como un tenue chillido. Y cuando sus amigos respondieron,
sus voces se oyeron muy lejanas.
Lief volvió a
llamarlos. Le pareció oír un grito de dolor, y sintió que le daba un vuelco el
corazón. Pero entonces vio que sus amigos se acercaban con paso tambaleante,
saliendo de la penumbra. Fue hacia ellos para apretarles los brazos con una
inmensa gratitud.
—Bueno, en
cualquier caso aún estamos vivos —gruñó Barda—. La niebla todavía no nos ha
matado.
Pero Jasmine no
dijo nada. Había desenvainado su daga y se mantenía totalmente inmóvil, con
cada músculo del cuerpo en tensión.
Aquel sonido a
medio camino entre el suspiro y el susurro era cada vez más fuerte. La niebla
se removió y onduló a su alrededor y las sombras se volvieron más claras, a
medida que se acercaban.
Entonces las
sombras parecieron desfallecer, pero solo por un instante. Luego siguieron
avanzando. Y ahora Lief pudo ver que eran personas, una multitud de hombres,
mujeres y niños que venían hacia ellos a través de la niebla, de todas partes.
No parecían
hostiles. A decir verdad, sus pálidos rostros expresaban una tímida afabilidad
mientras se deslizaban hacia delante, con sus largas y delgadas manos
extendidas hacia los compañeros como para darles la bienvenida. Sus dedos eran
de un gris muy pálido, casi transparente, al igual que los largos ropajes que
se agitaban a su alrededor y los cabellos que
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colgaban lacios
sobre sus espaldas. No era de extrañar que parecieran formar parte de la
niebla.
Las figuras
susurraban mientras se movían, con el sonido de sus voces semejante al crujir
de las hojas secas en el viento, pero Lief no podía entender nada de lo que
decían. Sin embargo, no se sintió amenazado. Incluso cuando estuvieron muy
cerca de él, y el primero de ellos empezó a tocarle la cara, las ropas y el
pelo con dedos tan secos y ligeros como las alas de una mariposa, Lief no
sintió temor, sino únicamente una repugnancia que lo hizo encogerse.
Y cada vez se
acercaban más y más personas. Los harapos desprovistos de color que vestían
colgaban alrededor de extremidades que parecían no ser más que piel y hueso.
Sus formas parecían mezclarse y confundirse entre ellas, superponiéndose a
medida que se acercaban un poco más, cada mano moviéndose sobre una docena de
otras manos, tocando, acariciando…
Barda y Lief
permanecieron rígidos e inmóviles. Pero Jasmine se estremecía, con la boca
fruncida y los ojos firmemente cerrados.
—No puedo soportar
esto —susurró—. ¿Quiénes son? ¿Qué les ocurre? Su daga colgaba flácida de entre
sus dedos. Pero Jasmine no hizo amago
de usarla. No podía
hacer tal cosa. Aquellas gentes eran tan claramente inofensivas, resultaba tan
evidente que eran prisioneras de alguna clase de terrible necesidad…
Entonces hubo una
súbita agitación entre la multitud, que tembló y se meció suavemente de un lado
a otro como un campo de larga hierba cuando es barrida por el viento. Un
instante después las manos aleteantes se desprendían de los cuerpos de los
compañeros, y las personas retrocedían, murmurando, hacia el interior de la
niebla, sus grises ojos llenos de un desesperado anhelo.
Había miedo
flotando en el aire. Lief podía sentirlo, y casi olerlo. Entonces vio cuál era
su origen: una sombra alta y oscura, atravesada por dos puntos de luz rojiza
que relucían como ascuas encendidas, venía hacia ellos a través de la niebla.
Trató de poner la
mano encima de su espada, pero su mano se negó a moverse. Intentó retroceder,
pero sus pies se negaron a obedecerlo. Le bastó con mirarlos una vez para
comprobar que Barda y Jasmine se encontraban bajo el mismo hechizo.
La sombra cobró
forma y contornos. Un instante después Lief pudo ver que las ascuas rojizas
eran dos ojos, dos ojos que ardían en el rostro consumido por el paso de los
años de un hombre alto y barbudo que vestía una larga túnica oscura. El hombre
sostenía dos gruesos cordones grises en
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cada una de sus
manos. Los cordones se extendían tras él hasta perderse entre la niebla, como
si estuvieran unidos a algo, pero él no les prestaba ninguna atención. Sus ojos
abrasadores no se apartaban de Lief, Barda y Jasmine.
Los compañeros se
debatieron tratando de liberarse, y los delgados labios del hombre se curvaron
en una sonrisa maliciosa.
—No malgastéis
vuestras fuerzas —murmuró—. No podéis hacer nada a menos que yo lo desee, como
ya descubriréis, a su debido tiempo… Bienvenidos a mi valle. Ha pasado mucho
tiempo desde la última vez que tuve el placer de recibir visitantes. Y ahora he
sido bendecido con cuatro.
Contempló con un
intenso placer cómo Lief, Barda y Jasmine se miraban sorprendidos los unos a
los otros. ¿Cuatro visitantes? ¿Qué había querido decir con eso?
—Quizá pensasteis
que me engañaríais dividiendo vuestro grupo en dos, ¿verdad? —dijo el hombre—.
Ah, eso es lo que me agrada a mí: visitantes a los que les gustan los juegos.
Sí, eso hará que las cosas resulten mucho más agradables para todos nosotros.
Dobló uno de sus
huesudos dedos. Y para el inmenso asombro de los compañeros, Neridah salió
tambaleándose de entre la niebla, con su rostro perplejo sangrando y lleno de
moratones.
¡Los había seguido
obstinadamente, a pesar de todo cuanto habían hecho! Ahora también tendrían que
preocuparse por ella, además de por sí mismos. Lief apretó los dientes en una
mueca de ira, y se acordó del grito que había oído. Sin duda Neridah había tropezado
cuando bajaba por la empinada ladera.
Contempló a la
mujer con una mezcla de rabia e impotencia, mientras esta se detenía junto a
él, después de haber dado un último paso tambaleante. Pero Neridah no lo miró.
Mantenía la mirada fija hacia delante, con los ojos enturbiados por el miedo y
la confusión.
Su atormentador
estaba frotándose las manos.
—¿Quién eres?
—quiso saber Lief.
El hombre sonrió
burlonamente.
—¿Yo? —ronroneó—.
¿Cómo, es que no lo has adivinado? Soy el Guardián.
Con un ondular de
su túnica, el hombre dio media vuelta y se alejó entre la niebla. Poco antes de
que los compañeros lo perdieran de vista, levantó distraídamente una mano y
dobló el dedo índice.
Y, sin que pudieran
hacer nada para evitarlo, arrastrando los pies mientras luchaban inútilmente
por resistirse a su orden, Neridah, Lief, Barda y Jasmine
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—10—
El palacio
L a niebla flotaba a
su alrededor mientras caminaban. Helechos y lianas les rozaban las piernas y
las caras. Sombras temblorosas danzaban enellímitedesuvisión.Lasgentesdelvallemiraban,peronose
atrevían a
acercarse.
El Guardián los
precedía, alto y con la espalda muy recta.
—Si este Guardián
nos está llevando a su caverna, o a su choza, o a dondequiera que viva, pues
entonces mucho mejor —murmuró Jasmine—. Porque será allí donde guarda…
Se interrumpió y
miró a Neridah, quien sacudió la cabeza con una mueca de furia.
—¡Ya sé lo del gran
diamante! —dijo, hablando en voz muy alta—. ¿Por qué piensas que os he seguido
hasta este lugar? ¿Para disfrutar del placer de vuestra deliciosa compañía?
Contempló temerosa
la espalda del Guardián.
—Pensaba que
vosotros ibais a triunfar, sin importar que otros hubieran fracasado —siguió
diciendo con voz temblorosa—. ¡Nunca imaginé que haríais que nos capturaran, y
que por vuestra culpa nos veríamos indefensos poco después de haber puesto los
pies en el valle!
—Ya nos han
capturado antes, y conseguimos salvarnos —susurró Jasmine—. Volveremos a
hacerlo. Todavía tenemos nuestras armas.
—Él habló de juegos
—dijo Lief lentamente—. Le gustan los juegos. ¿Qué creéis que quería decir con
eso?
Barda torció el
gesto.
—Nada agradable, en
cualquier caso. Pero seguramente eso demuestra que al menos el Guardián es un
hombre, no un ol o alguna otra bestia con forma humana. Es a los humanos a
quienes les gustan los juegos.
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—Y si no es más que
un hombre, entonces podemos vencerlo a pesar de toda su magia —dijo Jasmine—.
Vencerlo, y coger la gema. Solo tenemos que esperar y descubrir cuáles son sus
puntos débiles.
Lief titubeó. Él
también creía que el Guardián era humano debajo de todos los aderezos de su
poder mágico. Pero no estaba tan seguro como Jasmine de que aquello fuera a
facilitarles demasiado la tarea. Y además había algo que seguía rondándole por
la memoria, algo que hacía que un cosquilleo de advertencia le recorriese la
piel cada vez que pensaba en el diamante.
Siguieron caminando
durante lo que les pareció un rato muy largo, atravesando un profundo arroyo y
entrando finalmente en un claro. Entonces el Guardián se detuvo bruscamente y
alzó una mano. Un gran número de luces empezó a brillar entre la niebla. Cuando
los compañeros estuvieron un poco más cerca, vieron que las luces resplandecían
dentro de un palacio de cristal cubierto por una cúpula.
La niebla se
acumulaba fuera de los muros de cristal, reluciendo fantasmagóricamente bajo la
luz reflejada. Cientos de sombrías figuras grises iban y venían entre sus
vapores. Pero dentro del palacio, resplandecían ricos colores. Sus muchas
estancias se hallaban repletas de magníficos muebles, hermosas alfombras y
cuadros, preciosas estatuas de oro y plata, colgaduras, tapices y cojines de
seda. El conjunto destellaba al igual que una joya.
El Guardián se
había hecho a un lado para que sus prisioneros pudieran ver mejor todos los
prodigios del palacio, y ahora sonreía orgulloso ante las caras de asombro que
ponían los cuatro.
—Supongo que
estaréis de acuerdo conmigo en que es una morada digna de un rey —dijo el
Guardián.
Como ninguno de
ellos le respondió, su sonrisa desapareció y frunció el ceño.
—Ahora iremos
dentro —dijo secamente—. Quizá eso os soltará las lenguas y hará que os
mostréis un poco más complacientes conmigo. —Tiró de los cordones que sostenía
en las manos y cuatro formas aparecieron de pronto detrás de él, saliendo de
entre la niebla.
Lief oyó la
exclamación ahogada que se le escapó a Neridah. Y lo cierto fue que él mismo se
quedó sin respiración cuando vio a las criaturas que acababan de surgir de
entre los remolinos de niebla.
Enormes, deformes y
sin pelo, cubiertos de llagas y pústulas y con sus brazos contrahechos que
llegaban casi hasta el suelo, los monstruos sonrieron y babearon mientras
contemplaban a los prisioneros. Los cordones que los mantenían sujetos a su
señor brotaban de hinchados centros rojos en la parte
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de atrás de sus
cuellos. Horrorizado y asqueado, Lief se dio cuenta de que aquellas ligaduras
formaban parte de ellos. Eran carne de su carne.
—He aquí a mis
mascotas, mis compañeros —dijo el Guardián—. Los he mantenido escondidos hasta
ahora, porque no deseaba alarmaros. Pero aprenderéis a quererlos, tal como he
hecho yo. Incluso puede que ya los queráis ahora, aunque vosotros todavía no lo
sepáis. Son unos monstruos magníficos, y muy robustos, ¿verdad? Ellos me
protegen y me hacen compañía. Sus nombres son Orgullo, Envidia, Odio y Codicia.
Mientras hablaba,
el Guardián tocó en la cabeza a un monstruo tras otro.
Nada más sentir su
contacto, cada criatura se bamboleó y gimió de placer.
El Guardián sonrió.
—Sus nombres son
una pequeña broma mía —dijo—. Porque si bien es cierto que cada uno de ellos
tiene uno de los defectos que os acabo de mencionar, ninguno tiene aquel
defecto por el cual se le ha puesto su nombre. Codicia no es codicioso, Orgullo
no es orgulloso, Envidia no es envidioso. Odio tampoco es nada envidioso, de
hecho. Pero lo realmente importante es que no ha odiado en toda su vida. ¿Lo
veis? ¿Verdad que es divertido?
Como seguía sin
recibir ninguna respuesta, el Guardián dio media vuelta y fue hacia una puerta
incrustada en uno de los muros del palacio. La puerta se abrió y el Guardián se
quedó inmóvil junto a ella.
Lief, Barda,
Jasmine y Neridah se encontraron yendo inmediatamente hacia la puerta. Un
instante después ya estaban dentro del palacio, y el Guardián los seguía. Los
monstruos se apresuraron a ir tras él, gruñendo y con los cordones de carne que
los sujetaban pendiendo horriblemente de sus cuellos. En la súbita confusión
que acompañó a la entrada, tres de ellos empezaron a rugirse y darse zarpazos.
Su dueño ladró una
furiosa orden mientras les propinaba feroces patadas. Cuando los cuatro
monstruos por fin se calmaron un poco, el Guardián se volvió hacia los
compañeros.
—Al igual que les
ocurre a los niños, a veces mis mascotas no consiguen ponerse de acuerdo entre
ellas y entonces necesitan que se las trate con mano firme —dijo sin
inmutarse—. Tanto el envidioso como el orgulloso le tienen muchísimo miedo a
Codicia. Pero lucharán si tienen que hacerlo. Porque, después de todo, están
unidos por sus ataduras y no pueden escapar.
La puerta se cerró
con un suave chasquido.
Lief miró a su
alrededor, parpadeando bajo la intensa claridad. La estancia en la que acababan
de entrar era muy vasta, y estaba amueblada con todos los lujos imaginables.
Una fuente destellaba en su centro con un suave chapoteo.
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Cojines de
terciopelo formaban grandes montones esparcidos sobre el suelo reluciente.
Sonaba una música suave, aunque Lief no pudo ver de dónde provenía el sonido.
En un extremo de la
estancia, había una larga mesa cubierta con un mantel blanco, delicadamente
iluminado por los resplandores de la plata y el cristal. Largas velas blancas
ardían dentro de exquisitas palmatorias entre platos llenos de comida, de la
que emanaban fragantes vapores.
Se habían preparado
cinco sitios, dos a cada lado de la mesa y uno en la cabecera de esta.
El Guardián se
frotó las manos produciendo un seco crujido.
—Bien, ya estamos
solos —dijo—. Ahora podremos disfrutar de nuestra mutua compañía. Excelente
comida y bebida. Música. Conversación. Y más tarde, quizá, el juego.
*
La comida tenía un
aspecto y un olor deliciosos, pero a los compañeros les supo a polvo y cenizas,
y apenas comieron. También hablaron muy poco, porque desde el primer momento
estuvo claro que lo que quería su anfitrión no era una conversación, sino una audiencia.
Su voz fluía
incesantemente desde la cabecera de la mesa a la que se había sentado, con sus
horrendas mascotas recostadas detrás de su asiento. Lief vio que las ataduras
se hallaban sujetas a las muñecas del Guardián, sin duda mediante bandas que
quedaban escondidas bajo sus mangas. De ese modo, sus manos permanecían libres
en todo momento mientras que las bestias seguían estando bajo su control.
—Nací destinado a
tener grandes riquezas, pero la maldad y la envidia de otros fueron la causa de
que al final terminara perdiéndolo todo —dijo el Guardián, sirviéndose vino
dorado en una copa de cristal—. Me vi expulsado de mi hogar. No hubo nadie que
levantara una mano para ayudarme. Solo, desconsolado, despreciado y
desesperado, busqué refugio dentro de este valle. Al principio mis únicos
compañeros fueron los pájaros y otras pequeñas criaturas. Pero luego…
—En este valle no
hay pájaros o pequeñas criaturas —lo interrumpió Jasmine—. O al menos ninguna
que yo haya visto.
El Guardián la miró
fijamente desde debajo de sus cejas, visiblemente irritado por la interrupción.
—Se han ido —dijo
secamente—. Una vez que fui transformado, ya no hubo lugar para ellos aquí, y
el valle se convirtió en el Valle de los Perdidos.
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Se inclinó hacia
delante, con sus ojos rojizos reluciendo intensamente a la luz de las velas.
—¿No queréis saber
cómo ocurrió este milagro? —preguntó—. ¿No queréis saber cómo yo, un exiliado,
conseguí una nueva riqueza, un nuevo reino, y unos poderes mil veces más
grandes que aquellos que había perdido?
No esperó a que
ellos respondieran, sino que siguió hablando como si no hubiera habido ninguna
interrupción.
—Una voz me habló
mientras yo me hallaba sumido en mi pena —les dijo
—. Empezó a
susurrarme día y noche. La voz me recordaba lo injustamente que se me había
tratado. Cómo había sido traicionado. Lo que había perdido. Al principio pensé
que aquella voz terminaría volviéndome loco. Pero entonces… entonces…
Los ojos
relucientes se volvieron vidriosos. Y cuando el Guardián volvió a hablar, fue
como si se hubiera olvidado de que los visitantes estaban con él. Ahora era
como si se contara a sí mismo la historia, una historia que ya había contado
anteriormente en muchas ocasiones.
—Entonces vi la
respuesta —musitó—. Vi que la luz me había traicionado, pero que la oscuridad
me otorgaría una gran fuerza. Vi que había pasado toda mi vida siguiendo el
camino equivocado. Vi que el mal triunfaría allí donde el bien había fracasado.
Y entonces fue cuando acepté el mal. Le di la bienvenida en el interior de mi
corazón. Y de esa manera renací… como el Guardián.
De pronto sus ojos
perdieron aquella mirada vidriosa y volvieron a enfocarse en los desconocidos
que estaban sentados alrededor de su mesa. Reparó en los rostros rígidos que no
sonreían, en aquellos platos que apenas se habían tocado.
—¿Por qué no
coméis? —preguntó en un tono brusco—. ¿Acaso pretendéis insultarme?
Lief miró a través
del muro más próximo a la mesa. Medio oculta por la niebla, una masa de rostros
anhelantes se apretaba contra el cristal.
—No les prestéis
atención —sonrió el Guardián, señalando vagamente a la multitud con la mano—.
Mis súbditos no comen o beben. Ellos se encuentran más allá de tan ordinarias
preocupaciones de la carne. Es vuestra cálida vida lo que anhelan.
Jasmine, Barda y
Neridah se pusieron todavía más rígidos. Lief se humedeció los labios,
estremeciéndose por dentro mientras recordaba la caricia reseca de aquellos
dedos grisáceos.
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—¿Quieres decir que
son… los espíritus de los muertos? —preguntó con voz estrangulada.
El Guardián pareció
indignarse, y los monstruos se agitaron y gruñeron detrás de él.
—¿Los espíritus de
los muertos? —resopló despectivamente—. ¿Gobernaría yo acaso un reino de los
muertos? Mis súbditos están muy vivos, oh, sí, y seguirán estándolo hasta el
fin de los tiempos. Se consumen y van desvaneciéndose poco a poco, pero no
envejecen o mueren. Vivirán aquí, en mi dominio, por siempre jamás. Esa es su
recompensa.
—¿Su recompensa?
—exclamó Neridah, apartando su plato con manos temblorosas.
El Guardián
asintió, alisándose la barba con expresión pensativa.
—Y no cabe duda de
que es una recompensa realmente magnífica, ¿verdad? —murmuró—. Aunque me temo
que mis súbditos son unos desagradecidos. No saben apreciar su buena fortuna.
Lief se obligó a
hablar.
—¿Cómo se ganaron
su recompensa? —preguntó.
—Ah… —El Guardián
se estiró con satisfacción. Evidentemente, esa era la pregunta que había estado
esperando desde el principio.
»La gran mayoría de
mis primeros súbditos —murmuró después— llegó a mí impulsada por un gran
vendaval, con el orgullo que había causado su caída todavía reciente en su
interior… Otros dominados por la envidia y la codicia, como os ocurre a
vosotros cuatro, han ido llegando desde entonces. Vienen aquí para tratar de
arrebatarme mi más preciado tesoro. El símbolo de mi poder. El gran diamante
del Cinturón de Deltora.
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—11—
El juego
L ief no se atrevía a
mirar a sus amigos, o a Neridah. Sus manos se tensaron sobre los brazos de su
asiento hasta que los nudillos se le pusieron blancos, esforzándose por no
mostrar lo que sentía.
Pero enseguida
resultó evidente que el Guardián no se había dejado engañar. Su sonrisa
recorrió la mesa mientras sus ojos rojizos bebían ávidamente las expresiones
que habían aparecido en los rostros de sus invitados. Luego cogió las últimas
migajas de comida que quedaban en su plato y las tiró al suelo, sin mirar dónde
caían. Los cuatro monstruos enseguida se lanzaron sobre los restos, cada uno de
ellos peleándose ferozmente con los demás para poder apropiarse de una porción.
El Guardián los contempló con una sonrisa.
—En una ocasión,
Envidia estuvo a punto de matar al codicioso durante una cena como esta
—comentó distraídamente, mientras el tumulto cesaba poco a poco—. Ah, bueno.
Moviéndose muy
despacio, el Guardián echó su silla hacia atrás y se levantó, con las deformes
criaturas removiéndose y babeando detrás de él.
—Y ahora ha llegado
el momento del juego —dijo—. Esa es la parte que más me gusta de todas. Venid
conmigo.
No necesitaba
pedírselo. Los pies de los cuatro lo siguieron, lo desearan o no, mientras el
Guardián iba por un reluciente espacio tras otro, con los monstruos pegados a
sus talones.
Finalmente llegaron
a una estancia que resultaba evidente era el lugar donde el Guardián pasaba la
mayor parte de su tiempo. Cortinajes de un rojo muy oscuro cubrían las paredes,
ocultando la niebla y las otras habitaciones. Magníficos dibujos y pinturas, y
un enorme espejo con un marco tallado, colgaban de las telas.
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El suelo estaba
cubierto por una alfombra suntuosamente adornada con un sinfín de flores,
frutos y pájaros, a los que se añadía una imagen de un humilde ermitaño
repetida en cada extremo. «Una de las pequeñas bromas del Guardián —pensó
Lief—. En ningún otro lugar de aquel valle sería posible encontrar cosas vivas
que fueran sencillas y hermosas.» Encima de la alfombra, delante de un sofá
repleto de cojines, había una mesita cubierta de libros. Centenares de libros
más llenaban un gran número de estanterías que se elevaban hacia el techo
alrededor de las paredes.
El Guardián no se
detuvo, sino que cruzó la estancia y apartó la cortina para mostrar una puerta
de cristal incrustada en una pared. No abrió la puerta, sino que se hizo a un
lado y, con un movimiento de su brazo, invitó a los compañeros a que miraran por
ella para ver el espacio que había al otro lado.
Era una pequeña
habitación que solo contenía una mesa de cristal colocada exactamente en su
centro. Encima de la mesa había una arqueta dorada.
—La gema que
buscáis está dentro de esa arqueta —dijo el Guardián. Le temblaba la voz, y
saltaba a la vista que apenas podía contener su jubilosa excitación—. Aquel que
consiga igualarme en ingenio, y vencerme, puede entrar en la habitación y
llevarse el premio.
Lief pegó el cuerpo
al cristal de la puerta. El Cinturón de Deltora se calentó levemente junto a su
piel, prueba de que el Guardián estaba diciendo la verdad. El gran diamante se
encontraba dentro de aquella habitación. El Cinturón podía sentir su presencia.
Barda empujó la
puerta con el hombro, pero esta no se movió.
El Guardián volvió
a reír.
—Ninguna fuerza
puede abrir esta puerta —dijo—. Está sellada por la magia, y así permanecerá,
hasta que os hayáis ganado el derecho a abrirla. Bien… ¿jugaréis?
—¿Acaso tenemos
elección? —musitó Jasmine.
El Guardián levantó
sus cejas.
—¡Por supuesto que
sí! —exclamó—. Si así lo deseáis, podéis marcharos de aquí ahora mismo con las
manos vacías. Olvidaos de la gema que habéis venido a buscar. ¡Regresad al
lugar del cual procedéis! No os detendré.
Lief, Barda y
Jasmine se miraron.
—Si ganamos el
juego y entramos en la habitación, ¿el diamante será nuestro y podremos
quedarnos con él? —Lief quería estar absolutamente seguro—. ¿Permitirás que
salgamos del valle, llevándonos nuestro premio con nosotros? ¿Lo juras?
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—¡Ciertamente!
—dijo el Guardián—. Esa es la regla. El premio será vuestro para que hagáis lo
que os plazca con él.
—¿Y si fracasamos?
—preguntó Barda en un tono brusco—. Entonces, ¿qué?
El Guardián
extendió las manos. Las correas carnosas se apartaron de sus muñecas y los
monstruos se agitaron detrás de él.
—Entonces… Bueno,
entonces seréis míos. Entonces os quedaréis aquí, como todos los demás que han
elegido competir conmigo en un juego de ingenio. Pasaréis a ser parte del Valle
de los Perdidos. Para siempre.
Los compañeros
permanecieron inmóviles junto a la puerta. Fuera de la pequeña habitación,
dentro de la que reposaba la arqueta, manos grisáceas rozaban con desesperación
el cristal a través de las volutas de niebla.
—¿Aceptaréis el
desafío? —murmuró el Guardián. Sus ojos ardían como carbones encendidos
mientras aguardaba su respuesta.
—Necesitamos saber
más antes de tomar una decisión —dijo Barda sin perder la calma.
Pero Neridah
sacudía la cabeza.
—¡Yo no necesito
saber más! —exclamó—. Ya he tomado mi decisión. ¡Estos tres pueden hacer lo que
quieran, pero yo no jugaré a ningún juego!
El Guardián se
inclinó, aunque uno de los lados de su boca tembló suavemente en una mueca de
desprecio.
—Entonces podéis
iros, señora —dijo, agitando el brazo.
Neridah se tambaleó
cuando el hechizo bajo el que estaba quedó roto. Retrocedió lentamente, y luego
dio media vuelta y salió corriendo de la habitación sin mirar atrás.
El Guardián
suspiró.
—Qué lástima
—murmuró—. Yo pensaba que a ella, de entre todos vosotros, le resultaría
imposible resistirse al atractivo del diamante. Quizá, incluso ahora, cambie de
parecer y regrese. El olor de la codicia y la envidia es muy intenso en ella.
Se volvió hacia las
criaturas pegadas a sus talones y las acarició, una por una.
—Y vosotras habéis
percibido ese olor, ¿verdad que sí, ricuras mías? — canturreó. Los monstruos
gruñeron y expresaron su acuerdo con suaves resoplidos, restregando con
adoración sus caras hinchadas en las manos del Guardián.
Sin tomarse la
molestia de volverse, este agitó un dedo señalando a los compañeros. Con gran
alivio, los tres sintieron cómo se aflojaban sus ataduras
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invisibles. De
pronto podían moverse otra vez libremente.
El Guardián se
dirigió hacia el espejo y se contempló en él con gran satisfacción, alisándose
la barba y sonriendo. Lief sintió que los dedos le ardían en un deseo de
empuñar su espada y atacar al Guardián. Pero sabía, al igual que Barda y
Jasmine, que el hacerlo no serviría de nada. Odio, Codicia, Orgullo y Envidia
permanecían inmóviles frente a ellos, enseñándoles sus dientes torcidos. Un
solo sonido de advertencia haría que el Guardián se volviera hacia los
compañeros y lanzase otro hechizo; un hechizo todavía más poderoso, quizá, que
el anterior.
—Ya es hora de que
me vaya a dormir —dijo finalmente el Guardián, apartándose del espejo con un
bostezo—. A diferencia de mis súbditos, yo todavía tengo esas necesidades de la
carne. ¿Qué más deseáis saber?
«Está seguro de que
todos deseamos hacernos con el diamante —pensó Lief—. Sintió nuestra necesidad
mientras contemplábamos la arqueta. Y con todo… la necesidad del Guardián
también es grande. Él finge que le da igual, pero lo que desea por encima de
todo es que juguemos a su juego. Su orgullo lo empuja a demostrar que es más
poderoso y más listo que nosotros, a aplastarnos y derrotarnos. Esa es su
debilidad.»
—No podemos decidir
si vamos a jugar o no a menos que sepamos más acerca del juego —dijo Jasmine,
hablando con voz alta y clara—. ¿Qué es? ¿Cómo se juega?
El Guardián frunció
el ceño, titubeando.
—Quieres que
juguemos, ¿verdad? —lo apremió Lief—. Y nosotros… nosotros queremos el
diamante, lo confieso. Pero seríamos unos idiotas si pusiéramos en peligro
nuestra libertad obrando a ciegas. Necesitamos saber que es posible ganar.
Los ojos del
Guardián se entornaron.
—¡Por supuesto que
es posible! —dijo secamente—. ¿Me acusas de hacer trampas?
—No —dijo Lief—.
Pero algunos juegos son una cuestión de azar, y de suerte. El tuyo podría ser
uno de esos juegos. Y si lo es…
—¡El mío no es un
juego de azar! —gritó el Guardián—. ¡Es una batalla de ingenios!
—Pues entonces
demuéstralo —dijo Barda suavemente—. Dinos qué es lo que debemos hacer.
El Guardián
reflexionó en silencio durante unos instantes. Luego sonrió. —Creo que vais a
ser unos jugadores dignos de mí —dijo—. Muy bien,
os lo diré. Lo
único que tenéis que hacer es encontrar una sola palabra. La
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palabra que abrirá
la puerta. Y esa palabra es… mi verdadero nombre.
Los compañeros lo
miraron en silencio. De todas las cosas que esperaban oír, aquella era la
última que se les habría pasado por la cabeza.
El Guardián asintió
con satisfacción, complacido por su sorpresa.
—Las pistas del
acertijo se encuentran en este palacio —añadió maliciosamente—. ¡Y la primera
está escondida en esta misma habitación!
Barda irguió los
hombros.
—Os agradeceríamos
mucho que nos permitierais disponer de algún tiempo a solas para que podamos
discutir nuestra decisión, señor —dijo, utilizando el tono más educado y formal
de que era capaz.
—¡Ciertamente! —El
Guardián se inclinó—. Soy un hombre muy razonable, y os concederé esa cortesía.
Pero os ruego que no pongáis a prueba mi paciencia. Volveré dentro de poco, y
entonces quiero una respuesta.
Cogió las correas
de sus criaturas, dio media vuelta y los dejó.
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—12—
La búsqueda
T an pronto
como se quedaron solos, Jasmine corrió a la puerta de cristal y volvió a mirar
a través de ella.
—¡Ahí dentro hay
otra puerta! —susurró—. Una puerta que conduce afuera. ¿La veis? En el rincón.
—¿Y? ¿Cuál es tu
plan? —preguntó Barda, que desconocía adonde quería ir a parar la joven.
Los ojos de Jasmine
brillaban intensamente.
—Es muy sencillo.
Le diremos al Guardián que vamos a jugar a su estúpido juego. Luego, una vez
que él esté dormido, encontraremos una manera de entrar en esa habitación.
Podemos robar la gema, y luego saldremos por la otra puerta y estaremos fuera
de este valle antes de que el Guardián despierte.
—¡No! —exclamó Lief
impulsivamente.
Jasmine lo miró con
disgusto.
—¿Tienes miedo?
—quiso saber—. ¿Temes la magia del Guardián?
Lief titubeó. No se
trataba exactamente de eso. Era otra cosa, aquel recuerdo que seguía rondándole
por la memoria. Una advertencia. Algo acerca del diamante…
—Seríamos unos
idiotas si no tuviéramos miedo, Jasmine —dijo Barda—. Los poderes de ese hombre
son muy grandes, y basta con verlo para darse cuenta de que está completamente
loco. Quienquiera que fuese el Guardián en el pasado, el Señor de la Sombra lo
ha poseído en cuerpo y alma.
El hombretón estaba
inclinado encima de la mesita, examinando rápidamente los libros que había en
ella. Lief comprendió que Barda, tan práctico como siempre, estaba comprobando
los libros para ver si el nombre del Guardián, o una parte de él, había sido escrito
en la primera hoja de uno de los volúmenes. Se dirigió hacia la mesa para
ayudarlo.
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—¡Nunca
descubriréis su nombre de esa manera! —farfulló Jasmine furiosa—. Si se tratara
de algo tan sencillo, entonces todos esos pobres desgraciados que hay al otro
lado de las ventanas ya habrían…
El grito de
sorpresa de Lief la interrumpió. En el fondo de una de las pilas de libros
había visto algo familiar, un pequeño volumen de un azul descolorido. Lief lo
cogió y lo abrió.
Tal como esperaba y
temía, aquel pequeño volumen era El Cinturón de Deltora. El libro
que Lief había estudiado tan a menudo, allá en su casa de Del. El
libro que había visto por última vez en la mazmorra donde su padre yacía
encadenado e indefenso.
Y ahora se
encontraba aquí. ¡Aquí, en el Valle de los Perdidos! Con el corazón latiéndole
desenfrenadamente, Lief alzó el libro para que Barda y Jasmine pudieran verlo.
Barda frunció el ceño.
—El hecho de que el
Guardián tenga una copia de ese libro no significa nada —dijo—. Sin duda se
hicieron muchas copias de él, no solo una. Ahora esas copias tienen que estar
escondidas en muchos lugares olvidados, desperdigadas por todo el reino.
—El Guardián es un
sirviente del Señor de la Sombra. De eso podemos estar seguros, basándonos en
todo lo que nos ha contado —argumentó Lief—. Y si él ha estudiado este libro,
es porque el Señor de la Sombra le dijo que así lo hiciera. El Guardián finge creer
que somos unos desconocidos corrientes que van tras el diamante, impulsados por
la codicia. Pero quizá siempre ha sabido quiénes somos.
—¿Y entonces por
qué se ha molestado en hablarnos tanto del juego? — musitó Jasmine—. ¡Podría
habernos matado cuando él quisiera!
Lief se estremeció.
—Quizá solo busca
alguna manera de entretenerse. Quizá solo está jugando con nosotros, de la
misma manera en que un gato juega con un ratón…
—Quizá —dijo
Barda—. Pero quizá no. El Guardián no sabía cuándo vendríamos. Y si ha sido
advertido acerca de un muchacho, un hombre y una joven con un pájaro negro,
puede que no se haya dado cuenta de que se referían a nosotros tres. Kree no
está, Jasmine va vestida como un muchacho, y vinimos aquí con Neridah.
—Bueno, al menos
esa mujer ha servido de algo —resopló Jasmine.
Lief estaba
hojeando frenéticamente el librito. En cada página había palabras y frases que
recordaba muy bien, pero ahora estaba buscando una sola cosa: el pasaje acerca
de los poderes del diamante.
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—Esto… esto es lo
que yo trataba de recordar —se apresuró a decir Lief, mostrando el pasaje a sus
compañeros—. ¡Esta es la razón por la que no podemos robar el diamante!
Sus amigos leyeron
el pasaje, y luego se miraron los tres.
—¡Esta advertencia
no va dirigida a nosotros! —protestó Jasmine—. Nosotros no queremos la gema por
codicia o envidia. La robaríamos por una buena razón. ¡La rescataríamos de las
manos del mal para devolverla al sitio que le corresponde!
Lief sacudió la
cabeza.
—El pasaje no puede
ser más claro —insistió—. El diamante debe obtenerse sin recurrir a la fuerza o
a los engaños. De otra manera solo nos traería desgracias e infortunios… ¡como
se los ha traído al Guardián!
—¿Y entonces…?
—murmuró Barda.
Lief suspiró, cerró
el libro y volvió a dejarlo en su sitio encima de la mesa.
—El Guardián tiene
que dárnoslo libremente —dijo—. Y solo existe una manera de conseguir que haga
tal cosa. El orgullo del Guardián es su punto débil, y este juego es muy
importante para ese orgullo. Creo que si podemos salir vencedores del juego,
entonces el Guardián se verá obligado a…
En ese momento
oyeron un ruido de pasos. El Guardián regresaba. Entró en la sala como una
exhalación, con sus mascotas trotando detrás de él.
—¿Y bien? —quiso
saber—. ¿Ya habéis tomado vuestra decisión?
Lief y Barda
miraron rápidamente a Jasmine. La joven guardó silencio, y luego torció el
gesto y asintió con una leve inclinación de cabeza. Barda dio un paso adelante.
—Sí —dijo
firmemente—. Jugaremos.
Los monstruos
gimotearon y tiraron de sus correas con una súbita excitación. Los ojos del
Guardián ardían.
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Señaló una gran
vela apagada que había en la mesa debajo del espejo. Una temblorosa llama
amarilla apareció en ella.
—La vida de esta
vela será el tiempo de que dispondréis para abrir la puerta de la habitación
donde se encuentra la arqueta —dijo—. Si la puerta sigue cerrada cuando muera
la llama, entonces admitiréis vuestra derrota y seréis míos. ¿Estáis de
acuerdo?
—Estamos de acuerdo
—dijeron los compañeros, hablando al unísono y sin vacilar.
El Guardián volvió
a frotarse las manos.
—Entonces os deseo
que paséis una buena noche —sonrió—. Explorad cuanto queráis. La primera pista
se encuentra en esta habitación, como ya os he dicho. En cierto modo está
escondida, pero también es tan visible como vuestra nariz.
Se dirigió hacia la
puerta, pero antes de salir se volvió una vez más hacia ellos.
—Un pequeño
consejo. Solo tenéis una oportunidad para abrir la puerta, y solo una. No la
malgastéis dejándoos llevar por las suposiciones.
Sonrió levemente.
—Os veré por la
mañana. Para reclamar mi victoria.
Después de decir
aquellas últimas palabras, el Guardián salió de la habitación, con sus
criaturas siguiéndolo. Pero tan pronto como los compañeros lo perdieron de
vista, se oyeron sus risotadas triunfales. El sonido creó ecos que se
esparcieron por los muros de cristal de su palacio como un centenar de voces,
desvaneciéndose lentamente en la lejanía cuando el Guardián se fue a descansar.
*
Los compañeros
pasaron una hora registrando la habitación, buscando cualquier cosa, lo que
fuese, que pudiera darles una pista acerca del nombre del Guardián.
Los libros que
había en las estanterías no les sirvieron de nada, porque todos quedaban
convertidos en polvo tan pronto Barda los sacaba de ellas. Los papeles
guardados dentro de los cajones del gabinete se habían puesto amarillos con el
paso del tiempo, y también se resquebrajaban y se hacían pedazos en cuanto los
tocaban. Los dibujos y los cuadros no revelaron ninguna pista. Detrás de las
cortinas solo había cristal y niebla.
Página 71
—El Guardián piensa
que lo tiene todo… ¡pero no tiene nada! —exclamó Jasmine—. Su maravillosa
comida es un montón de cenizas. Sus hermosos libros son polvo. Sus compañeros
son unas bestias asquerosas que no paran de babear. Su reino es un lugar lleno
de miseria. ¿Cómo puede estar tan ciego?
—Somos nosotros los
que estamos ciegos —dijo Barda, apretando los dientes mientras contemplaba la
vela que goteaba lentamente—. El Guardián dijo que había una pista en esta
habitación, y estoy seguro de que decía la verdad. Pero ¿qué pista? ¿Dónde?
—¡El Guardián dijo
que había una pista escondida en esta habitación! — Lief se
llevó las manos a la cara, tratando de concentrarse—. Hemos mirado por todas
partes, por debajo, por detrás, por dentro. Eso quiere decir que está escondida
de alguna otra manera.
—¡Mediante la
magia! —Jasmine recorrió la habitación con una mirada desesperada—. Y eso
explicaría la otra cosa que dijo el Guardián: que en cierta manera la pista
estaba escondida, pero que también era tan visible como tu propia nariz.
—¡Tu propia nariz!
¡Pues claro! —exclamó Barda con voz de trueno, poniéndose en pie. Mientras sus
compañeros lo contemplaban con ojos asombrados, el hombretón cruzó la estancia
y se miró en el espejo. Por un instante Lief y Jasmine vieron su cara, con los
rasgos extrañamente suavizados y juveniles, reflejada en el cristal. Entonces
la imagen se desvaneció y aparecieron unas palabras, reluciendo con blancos
destellos a la temblorosa luz de la vela.
Página 72
—¡Pero eso no tiene
ningún sentido! —exclamó Jasmine, consternada—. ¡No tiene absolutamente ningún
sentido!
—Sí que lo tiene
—dijo Barda—. Ya he visto cosas parecidas antes. Es un acertijo.
—El poema nos dice
cuántas letras hay en el nombre del Guardián —dijo Lief con voz pensativa—.
También nos está diciendo cómo se puede llegar a descubrir cuáles son esas
letras. Pero es mucho más difícil que ninguno de los acertijos que yo he
resuelto.
Se llevó las manos
al Cinturón de Deltora, deseando con todo su corazón que el topacio se
encontrara en el apogeo de su poder. Aquella gema le había ayudado en muchas
ocasiones aclarándole la mente y permitiéndole pensar con más astucia. Pero el
poder del topacio se incrementaba a medida que crecía la luna, y disminuía
cuando menguaba. Aquella noche no había luna.
Si sus compañeros y
él iban a resolver aquel acertijo, tendrían que hacerlo sin ayuda.
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—13—
Chispas brillantes
D espués de haber
copiado las palabras del espejo en un trozo de papel que Jasmine encontró entre
sus tesoros, los compañeros se sentaron y hablaron.
—La primera línea
significa simplemente que el nombre debe ser encontrado a partir de pistas que
hay dentro del palacio —dijo Lief—. ¿Estamos todos de acuerdo en eso?
—¡Hasta yo puedo
verlo! —exclamó Jasmine, mientras Barda asentía—. Pero ¿qué pasa con el resto?
—La línea siguiente
quiere decir que la primera letra del nombre que buscamos es la misma que la
primera letra del gran pecado de Orgullo.
—Bueno, eso también
parece muy simple —dijo Barda—. La primera letra de Orgullo es la O.
—¡Pero eso tiene
muy poco de acertijo! —objetó Jasmine—. Estoy segura de que no puede ser tan
fácil.
—No lo es —dijo
Lief con expresión sombría—. ¿Es que no lo ves, Barda? «Orgullo» tiene una
letra mayúscula. Es un nombre, el de una de las mascotas del Guardián.
—Y el Guardián nos
ha dicho que ninguna de sus criaturas tiene el defecto por el cual se le ha
puesto nombre —gimió Jasmine—. El pecado de Orgullo tiene que ser la envidia,
la codicia o el odio. Ah… ahora empiezo a entender cómo funciona este
rompecabezas. La primera letra del nombre del Guardián tiene que ser la E, la C
o la O.
—Pero ¿cómo vamos a
adivinar cuál es? —estalló Barda—. ¡Ni siquiera me acuerdo de qué criatura era
cada una! ¡El Guardián no está jugando limpio, a pesar de todo lo que dijo!
—Estoy seguro de
que el Guardián juega limpio —dijo Lief, golpeando suavemente el trozo de papel
con el lápiz—. Porque de otra manera, el triunfo
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del que espera
poder disfrutar carecería de significado. Tiene que haber otra pista en algún
lugar de este palacio.
—¡Pues entonces
será mejor que demos con ella! ¡Y pronto! —exclamó Jasmine, levantándose de un
salto para lanzar una nerviosa mirada a la vela. Se consumía con una alarmante
rapidez.
El miedo de la
joven era contagioso. Lief sintió que su corazón empezaba a palpitar
frenéticamente. Se obligó a conservar la calma, y puso la mano encima del
Cinturón de Deltora. Sus dedos encontraron la amatista y en cuanto la
apretaron, Lief sintió cómo su corazón empezaba a latir más despacio y una gran
calma se adueñaba de él. Inspiró profundamente.
—No debemos
dejarnos llevar por el pánico y empezar a correr de un lado a otro sin tener
ningún plan —dijo—. El pánico nos impedirá pensar con claridad. Sí, el pánico
es nuestro enemigo.
—El tiempo también
es nuestro enemigo, Lief —le recordó Barda secamente—. Llevamos horas con esto,
y no hemos avanzado nada.
—Pero sí hemos
avanzado un poco —dijo Lief—. Sabemos que el nombre del Guardián tiene cinco
letras, porque el poema habla de «mi primera», «mi segunda», «mi tercera», «mi
cuarta» y «última». Sabemos que la primera letra es la E, la O o la C. Y
sabemos que la segunda y la última letra son la misma.
—¿Cómo sabemos todo
eso? —preguntó Jasmine, removiéndose nerviosa en su deseo de estar lo más lejos
posible de allí.
—Porque el poema
así nos lo dice —dijo Lief, y leyó las palabras en voz alta.
Mi segunda y última
dan inicio
a la suma de los
errores que hay en los gemelos.
Mientras Jasmine
asentía nerviosa, Lief recorrió con la mirada el resto del poema, y de pronto
vio algo más.
—Y creo… ¡creo que
sé cuál es la cuarta letra! —exclamó. Volvió a leer en voz alta.
Mi cuarta, la suma
de la felicidad
para aquellos que
mi nombre intentan adivinar.
—¿Cuánta felicidad
han conocido aquellos que han intentado adivinar el nombre del Guardián?
—preguntó.
—Ninguna, a juzgar
por lo que hemos oído —dijo Barda en tono sombrío.
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—Exacto. Y como se
utiliza la palabra «suma», yo diría que aquí el Guardián recurre a un pequeño
truco. Porque en realidad la cuarta letra es un número, el cero; que cuando se
escribe es idéntico a la letra O.
Mientras los demás
miraban, Lief empezó a escribir debajo del poema. Cuando terminó, dio la vuelta
al papel para que sus amigos pudieran ver lo que había hecho:
—Ahí lo tenéis
—dijo Lief—. Ahora podemos empezar a llenar los huecos.
Se levantó, deseaba
sentirse tan seguro de sí mismo como sus palabras. —Registraremos el palacio
habitación por habitación —dijo—. Y allá
donde vayamos,
buscaremos cosas que se correspondan con el poema. Salieron juntos del estudio
y dieron comienzo a la búsqueda. Una
habitación, luego
otra, y otra más, no proporcionaron ninguna pista, a pesar de que los
compañeros examinaron con mucha atención cada mueble, cada alfombra, cada
adorno.
El palacio era
inmenso. Los compañeros lo recorrieron, seguidos por aquella suave música
mientras trataban de mantenerse tranquilos y alerta. Durante un rato se oyeron
pequeños sonidos de movimientos distintos a los suyos: ruidos lejanos y
parecidos a ecos de suaves pasos, de puertas abriéndose y cerrándose. Pero
finalmente la música cesó, y los otros sonidos cesaron también.
Ahora trabajaban en
el más completo silencio. Costaba mucho no apresurarse, no hacerlo todo deprisa
y corriendo, saltándose algunos pasos de la búsqueda. En las mentes de los tres
estaba la imagen de una vela que goteaba, goteaba, y que se consumiría implacablemente.
Finalmente llegaron
a una habitación que, al igual que el estudio del Guardián, estaba protegida
con cortinas y sellada mediante una puerta de madera. Una suave luz brillaba
detrás de la ventanita de cristales de colores que había en la puerta.
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Lief hizo girar el
picaporte sin hacer ningún ruido y miró adentro. A pesar de la llama de una
vela que ardía sobre una mesita junto a la cama, la habitación se encontraba
sumida en la penumbra. Lief necesitó unos instantes para distinguir el enorme
montón de cojines que ocupaba un rincón de la estancia.
El Guardián yacía
encima de ellos, dormido. Pero no estaba solo. Sus cuatro mascotas compartían
su cama, con sus correas carnosas extendiéndose a su alrededor como pálidas
serpientes. Y estaban despiertas. Las cuatro volvieron sus terribles cabezas
hacia la puerta. Sus dientes relucieron cuando dejaron escapar un prolongado
gruñido.
Lief saltó hacia
atrás y volvió a cerrar la puerta.
—No podemos entrar
ahí —susurró el muchacho—. Esa habitación es el dormitorio del Guardián. Y las
criaturas están dentro con él.
—Bueno, seguro que
al final tendremos que enfrentarnos a ellas —susurró Barda a su vez—. ¿De qué
otra manera podemos tener alguna esperanza de averiguar cuál es el defecto de
Orgullo?
Se quedaron
inmóviles, contemplando la puerta cerrada sin saber qué hacer. Entonces una
expresión de perplejidad apareció en el rostro de Jasmine. Señaló la pequeña
ventana de cristales de colores.
—Hay algo extraño
en esto —murmuró—. Acabo de darme cuenta. ¡Mirad!
—Sí, es realmente
raro. Hay un diamante o una estrella en cada cuadrado excepto el último —dijo
Barda, examinando la ventanita.
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—¡Claro! —Jasmine
cogió el papel de las manos de Lief y leyó en voz alta dos de las líneas del
poema.
Mi tercera crea una
brillante chispa… ¿La que es puro tesoro? ¿El punto de luz?
Miró a sus
compañeros, impaciente por comprobar si lo habían entendido.
—Tanto los
diamantes como las estrellas son brillantes chispas —dijo—. El poema nos está
preguntando qué es lo que debería ir en el último cuadrado. ¿Un diamante, que
es un tesoro? ¿O una estrella, que es un punto de luz?
—Así que la tercera
letra del nombre del Guardián es la letra con la que empieza una de esas dos
cosas, una D o una E —dijo Lief, tomando el papel de las manos de Jasmine y
haciendo una nota en su diagrama mientras se mordía el labio, tratando de
contener su excitación.
Luego los tres
miraron fijamente los pequeños cuadrados de cristal de colores hasta que el
dibujo que formaban se volvió borroso ante sus ojos, pero sin obtener ningún
resultado.
—¡Esto no tiene
ningún sentido! —gruñó Barda finalmente—. Hay un total de dieciséis cuadrados.
Pero parecen haber sido dispuestos al azar, siguiendo el capricho de alguien.
Lief estuvo de
acuerdo con él. Y Jasmine, ahora que su excitación inicial se había disipado,
empezaba a ponerse cada vez más nerviosa.
—Puede que el
misterio esté relacionado con el número dieciséis — musitó Barda, negándose a
darse por vencido—. El dieciséis es un número muy útil, ya que puede dividirse
fácilmente en partes más pequeñas e iguales. Los pelotones del palacio estaban
formados por dieciséis hombres. Cuando desfilábamos en formación por la
explanada, solíamos empezar juntos, y luego nos dividíamos en grupos de ocho,
luego de cuatro, luego…
De pronto se calló.
Se había quedado boquiabierto y tenía los ojos clavados en la ventana.
—¡Mirad! —dijo con
voz enronquecida.
Su grueso dedo
trazó una cruz a través del centro de la ventana, dividiéndola en cuatro partes
iguales.
—El total no tiene
ningún sentido —dijo—. Pero si en vez de verlo como un gran cuadrado formado
por dieciséis cuadrados más pequeños, vemos cuatro cuadrados, cada uno de los
cuales contiene cuatro cuadrados todavía más pequeños, ¿qué ocurre entonces?
Lief miró, y fue
como si viera la ventana con nuevos ojos. Ahora estaba compuesta por cuatro
bloques, dos situados arriba y dos abajo.
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En el primer
bloque, había tres estrellas y un diamante. En el siguiente, había dos
estrellas y dos diamantes. En el tercero, el que quedaba directamente debajo
del primero, había una estrella y tres diamantes. Y en el cuarto, el que
contenía el cuadrado en blanco…
—Cada vez se añade
un diamante —murmuró Barda, mirándolos con los ojos iluminados por el alivio—,
y se quita una estrella. Eso significa que el último cuadrado no debe contener
ninguna estrella, y… ¡cuatro diamantes!
—¡Sí!
Lief apenas podía
creer lo simple que era todo aquello. Pero no lo había considerado así hasta
que Barda lo descifró. Y todo porque el hombretón se acordaba de sus días como
guardia del palacio de Del, pensó Lief, escribiendo una D encima del tercer
guión en su trozo de papel.
Barda lo contempló
con satisfacción.
—¡Ya hemos puesto
dos letras! —dijo—. Y ahora… ¿nos enfrentamos a las criaturas?
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—14—
El nombre
L os compañeros
abrieron de nuevo la puerta del dormitorio sin hacer ruido. El Guardián no se
había movido, pero ahora los monstruos estaban acurrucados encima de él. Oyeron
a los intrusos y los cuatro
alzaron la cabeza,
gruñendo amenazadoramente.
—¡Esto es
imposible! —murmuró Barda—. Nunca permitirán que nos acerquemos a él. ¿Cómo
vamos a averiguar algo acerca de ellos desde aquí?
—Quizá podríamos
llamarlos por el nombre —sugirió Jasmine—. De uno en uno.
—Bueno, pues lo
único que os pido es que no llaméis primero a Codicia —murmuró Lief.
—¿Por qué?
—preguntó Jasmine.
Lief se quedó
completamente inmóvil. Había hablado sin pensar. Había balbuceado aquella
petición, mitad en broma mitad en serio, sin ser consciente de lo que acababa
de decir.
—Porque —dijo,
sintiendo cómo el corazón empezaba a latirle frenéticamente—, en cuanto
llegamos al palacio, el Guardián nos dijo que tanto el monstruo envidioso como
el orgulloso le tienen muchísimo miedo a Codicia. Eso significa que Codicia no
puede ser el envidioso, o el orgulloso. Y además sabemos que Codicia no es
codicioso, ya que ninguno de los monstruos tiene el defecto por el cual se le
ha puesto nombre. Así pues… eso quiere decir que Codicia debe ser el monstruo
más peligroso de todos, el que está lleno de odio.
Lief vio cómo sus
amigos pensaban en otras cosas que había dicho el Guardián. Todas ellas eran
informaciones que en aquel momento no les habían parecido importantes. Pero
ahora, de pronto, parecían realmente esenciales.
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Sin decir palabra,
los tres salieron del dormitorio por segunda vez y cerraron la puerta tras
ellos.
—¡El Guardián nos
dio las pistas, y nosotros no nos dimos cuenta! — susurró Jasmine—. ¿Qué más
dijo?
—Dijo que en una
ocasión Envidia casi mata al codicioso, cuando los dos se pelearon por las
sobras de la mesa —dijo Barda con voz firme.
—Si Envidia trató
de matar al codicioso, entonces él no es codicioso — dijo Lief—. Y tampoco es
envidioso, eso ya lo sabemos…
—¡Y no está lleno
de odio! —exclamó Jasmine—. Porque ya hemos decidido que eso le corresponde a
Codicia. Por lo tanto Envidia… ¡tiene que ser el monstruo que es orgulloso!
Los tres habían
empezado a alejarse de la puerta para ir a otra habitación.
Ahora ya estaban
seguros de que no necesitaban enfrentarse a los monstruos.
Sabían lo
suficiente para poder resolver el acertijo por sí mismos.
—¿Qué más nos dijo
el Guardián? —murmuró Lief, estrujándose el cerebro—. Dijo…
—¡Dijo que Odio no
es envidioso! —exclamó Jasmine con voz triunfal—.
El Guardián dijo
eso la primera vez que vimos a las bestias.
—¡Sí! —recordó
Lief—. Y Odio no está lleno de odio. Y no es orgulloso, porque el orgulloso es
Envidia. Así pues… ¡Odio tiene que ser codicioso!
—Y entonces solo
resta un defecto para Orgullo —dijo Barda, hablando muy despacio—. Orgullo es
envidioso.
Sin decir palabra,
Lief escribió E encima del primer guión en su trozo de papel.
Y ahora solo
quedaba una letra por encontrar, porque el poema decía que la segunda y la
última letra del nombre eran la misma. Barda repitió la pista.
Mí segunda y mi
última dan inicio
a la suma de los
errores que hay en los gemelos.
—No tengo ni idea
de lo que significa eso —confesó Jasmine—. Me siento como una imbécil, pero…
—Si tú eres
imbécil, entonces yo también lo soy —gruñó Barda—. Para mí eso ha sido un
misterio desde el primer momento.
Y a Lief tampoco se
le ocurría qué podían significar aquellas extrañas líneas. Lo único que sabía
era que la última pista estaba en algún lugar de aquel laberinto de paredes de
cristal, y que tenían que encontrarla.
Impulsados por una
desesperada energía, los compañeros corrieron de una habitación resplandeciente
a otra, buscando en todas partes alguna señal que
Página 81
pudiera ayudarlos a
resolver el acertijo. Pero no encontraron nada; nada, salvo un espléndido
vacío.
Finalmente doblaron
una esquina y Jasmine gimió.
—¡Pero si ya hemos
estado aquí antes! —exclamó—. Ya hemos registrado esta habitación.
Lief y Barda
miraron a su alrededor y vieron que Jasmine tenía razón. —¡Ya no queda ningún
sitio donde buscar! —dijo Barda, el rostro
ensombrecido por el
cansancio y la desesperación.
Al otro lado de las
ventanas, la espesa niebla flotaba en la oscuridad y figuras sombrías iban de
un lado a otro, pasando los dedos por el cristal mientras miraban fijamente a
los tres compañeros con ojos desesperados. ¿Cuánto tiempo había transcurrido? Lief
se dio cuenta de que no lo sabía. Puso las manos encima del Cinturón por debajo
de su camisa, sintiendo cómo el pánico volvía a crecer dentro de él.
—La pista se
encuentra en algún lugar de este palacio. Eso lo sabemos — dijo, consiguiendo
evitar que le temblara la voz mientras sentía el frescor de la amatista bajo
sus dedos—. Volveremos a iniciar la búsqueda.
Regresaron por
donde habían venido y comprobaron de nuevo cada espacio, hasta que llegaron al
estudio con las cortinas, en el que habían empezado.
—Hemos registrado
esta habitación de arriba abajo —musitó Barda—. No veo qué sentido puede tener…
Pero tenían que
entrar en el estudio. Ninguno de ellos podía resistir el impulso de mirar la
vela, para saber cuánto tiempo les quedaba todavía.
Lief se había
preparado para lo que pudiera ver, pero ni siquiera él pudo evitar que se le
escapara un gemido de horror cuando vio lo baja que estaba la llama. La vela
casi había desaparecido, prácticamente engullida por una gruesa masa de gotas
endurecidas. No podía durar mucho tiempo más.
—No podemos seguir
así, Lief —dijo Jasmine con voz apremiante—. Digas lo que digas, tenemos que
romper la puerta de cristal, coger el diamante y huir. ¡Y tenemos que hacerlo
ahora mismo!
—Me temo que ella
tiene razón, Lief —dijo Barda, sin apartar los ojos de la llama.
Lief sacudió la
cabeza con desesperación. Sabía, sabía, que aquello sería un
terrible error. Pero ¿qué otra elección tenían? Debían darse prisa. No había
tiempo para volver a registrar el palacio, para pensar…
Jasmine había
empezado a ir de un lado a otro de la habitación, buscando algo pesado que
pudiera utilizar para romper el cristal. Como no encontró
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nada mejor, tiró al
suelo los libros de la mesita barriéndolos con la mano y empezó a arrastrarla
resueltamente hacia la puerta.
—¡No! —gritó Lief—.
¡No debes hacerlo!
Jasmine se encaró
con él.
—¡Tengo que
hacerlo! ¿Es que no lo entiendes, Lief? ¿Se puede saber qué te ocurre? ¡Ahora
ya es demasiado tarde para preocuparse por una advertencia escrita en algún
viejo libro! No podemos ganar el diamante. El poema del Guardián, con unos
gemelos que no existen, nos ha derrotado. ¡Esta es la única manera!
Se volvió
nuevamente hacia la mesa y empezó a tirar de ella. Después de una breve
vacilación, Barda fue a ayudarla. Haciendo a un lado a Jasmine, levantó la mesa
de la alfombra y la llevó hasta la puerta de cristal.
Lief corrió hacia
él y le tiró apremiantemente del brazo. Pero no tenía ninguna posibilidad
contra la fuerza de Barda. El hombretón se lo quitó de encima con un implacable
empujón que lo mandó al suelo.
—No os acerquéis
—dijo Barda con voz sombría—. El cristal quedará hecho añicos. Cubrios los
ojos.
Lief logró ponerse
de rodillas, sintiendo que la cabeza le daba vueltas. Barda estaba impulsando
la mesa hacia atrás, preparándose para golpear con ella. Lief bajó la cabeza.
La alfombra, con sus flores, frutos y pájaros, era muy suave bajo sus manos. Los
dos ermitaños alzaban solemnes la mirada hacia él. Dos pares de ojos. Dos
barbas. Dos largas y sencillas túnicas, atadas a la cintura…
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Lief los miró. La
sangre se le agolpó en la cara.
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—¡Gemelos! —gritó,
poniéndose en pie—. ¡Barda, alto! ¡Los gemelos!
¡Los he encontrado!
Señaló
desesperadamente la alfombra mientras Barda bajaba poco a poco la mesa y
Jasmine pateaba el suelo en un arranque de rabia y frustración.
—¡Han estado aquí
todo el tiempo! —farfulló Lief—. No nos hemos fijado en ellos porque se
encontraban bajo la mesa, y debajo de nuestros pies. Pero ahora ya podéis
verlos claramente. Los dos ermitaños son exactamente iguales. ¡Parecen gemelos!
¡Pero en realidad no son exactamente iguales!
Jasmine y Barda se
habían reunido con él y estaban mirando la alfombra.
Lief sacó el papel
que se había guardado en el bolsillo.
—«La suma de los
errores que hay en los gemelos» —leyó—. Eso tiene que significar el número de
diferencias que hay entre uno y otro ermitaño.
—¿Hay diferencias?
—quiso saber Jasmine, mirando con preocupación por encima del hombro la débil
llama de la vela—. ¿Dónde?
—Mira el cordón que
rodea la cintura —la apremió Lief—. En una imagen está anudado en el lado
izquierdo, y en la otra en el derecho.
—¡Y el pájaro!
—exclamó Barda—. En una imagen tiene una cresta, y en la otra no.
—Hay más abejas
saliendo de la colmena en una imagen que en la otra — añadió Jasmine, que no
pudo evitar tomar parte en la búsqueda—. Y mirad… un árbol tiene bayas, el otro
tiene flores.
—Las setas de un
lado tienen manchas, y las otras no —observó Barda. —Eso hace un total de cinco
diferencias —dijo Lief—. Y hay otra. Un
árbol tiene una
rama con hojas en la esquina superior izquierda, y el otro no.
Seis diferencias.
—¡En una imagen el
ermitaño sostiene tres tallos, y en la otra solo sostiene dos! ¡Siete! —susurró
Jasmine.
Examinaron las
imágenes detenidamente, pero no pudieron ver nada más. —El número de
diferencias es siete —murmuró Barda, hablando con voz
enronquecida por el
alivio—. La letra que estamos buscando es la S.
—¡No! —dijo Jasmine
que volvía a señalar la alfombra—. ¡Esperad, veo algo más! El saco, junto a él.
Un saco está atado y el otro no.
—¡Tienes razón!
—exclamó Lief—. ¡Ocho! Así que la letra que estamos buscando, la segunda letra
del nombre del Guardián, y también la última, no es la S, sino la O.
—Ya teníamos una O
—murmuró Jasmine.
—Ah, el Guardián es
muy astuto —gruñó Barda—. Pensó que eso nos engañaría. ¡Y ha estado a punto de
conseguirlo!
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—Eodoo. Su nombre
es Eodoo. —Jasmine se dejó caer sobre el sofá que había detrás de ella—. ¡Oh,
lo hemos conseguido!
En el silencio
lleno de alivio que siguió a esas palabras, de pronto Lief se dio cuenta de que
la suave música que había llenado el aire durante la noche anterior volvía a
sonar. Eso significaba que el Guardián había despertado, sin duda.
Miró la vela. El
pábilo titilaba tenuemente, flotando a la deriva en un pequeño charco de cera
derretida. La llama estaba a punto de apagarse. Pero ahora ya no importaba.
Los ermitaños de la
alfombra lo contemplaban con ojos tristes. «Ahora ya no hay razón para estar
tristes, amigos míos —pensó—. Casi hemos…»
Y entonces lo vio.
Un brazo del
ermitaño, el brazo en el cual estaba posado el pájaro, era mantenido por encima
del cordón que ceñía su túnica. El otro no.
Lief contempló
estúpidamente el papel que tenía en la mano. Entonces sintió una súbita
opresión en el pecho y descubrió que cada vez le costaba más respirar.
—¿Qué ocurre, Lief?
—susurró Jasmine.
Pero Lief no podía
responder. Moviéndose con pasos torpes y envarados, fue hacia la puerta de
cristal.
—¡Dilo! —lo apremió
Barda—. ¡Di «Eodoo»!
Lief se humedeció
los labios.
—El nombre no es
Eodoo —dijo con un hilo de voz—. Hay nueve diferencias, no ocho. La letra que
faltaba era la N. El nombre… el nombre secreto del Guardián… es… Endon.
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—15—
La arqueta
L a puerta se
abrió sin hacer ningún ruido. La mesa de cristal y la arqueta dorada esperaban
dentro de la habitación, pero Lief, Barda y Jasmine no se movieron de donde
estaban, paralizados por el horror.
—¡No puede ser!
—susurró Jasmine—. ¡El Guardián es demasiado viejo para ser el rey Endon!
¡Parece tan viejo como el mismísimo tiempo!
—El Guardián lleva
dieciséis años viviendo como un sirviente del mal — dijo Lief abatido—. El mal
ha ido consumiéndolo por dentro. Ni siquiera mi padre lo reconocería ahora. —El
corazón se le llenó de pena mientras pensaba en lo que sentiría su padre, si
alguna vez llegaba a saber en qué se había convertido su amigo.
—Jarred siempre
decía que Endon era débil —gruñó Barda—. Sí, decía que era estúpido y débil…
Endon siempre estuvo protegido del mundo, y se acostumbró a los halagos y el
poder. Pero aun así Jarred lo quería, y trató de protegerlo. Salvó a Endon del
palacio, y de una muerte segura. ¿Y para qué? ¡Para esto!
—¿Cómo podía saber
mi padre que Tora se negaría a ayudar? —exclamó Lief—. ¿Cómo podía saber él que
Endon se volvería hacia el lado oscuro, para recuperar todo aquello que había
perdido?
—No lo llames Endon
—musitó Barda—. Ahora ya no es Endon, sino el Guardián. ¡Y no ha recuperado
nada! Nos ha engañado y utilizado. Está solo, sin nadie que lo quiera…
Jasmine dio un
respingo mientras ponía ojos como platos, súbitamente alerta.
—Está solo
—repitió—. ¡Solo! ¿Dónde está la reina? ¿Dónde está el heredero?
Sus dos compañeros
guardaron silencio. La terrible conmoción que acababan de sufrir había borrado
de sus mentes por unos instantes cualquier
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otro pensamiento.
Pero ahora se daban cuenta de que Jasmine había reparado en la cuestión que
realmente importaba.
—Mi padre decía que
la reina Sharn era una mujer muy fuerte —dijo Lief
—. Fuerte… y
valiente. Sharn nunca fue esa muñeca de palacio, malcriada y acostumbrada a ser
objeto de todas las atenciones, que aparentaba ser. Quizá se negó a seguir
junto a Endon cuando este empezó a prestar oídos al Señor de la Sombra y se
convirtió en el Guardián, y huyó de su lado.
En ese momento, oyó
pasos y gruñidos guturales en algún lugar del palacio que se aproximaban. El
miedo hizo que un hormigueo le corriera por la piel.
—¡Deprisa!
—murmuró.
Entró corriendo en
la pequeña habitación, con Barda y Jasmine pisándole los talones. Juntos fueron
hacia la mesa y se detuvieron junto a ella.
Pero antes de que
Lief pudiera alzar una mano, se oyó un sonido en la puerta. El Guardián acababa
de aparecer y se había quedado inmóvil, con el rostro marchito y lleno de
arrugas, hirviendo de asombro, furia y orgullo contrariado. Detrás de él, los
monstruos gruñían.
—Vaya, así que
habéis descubierto mi nombre —escupió el Guardián—. ¿Os ha sorprendido?
—Un poco —dijo
Barda sin perder la calma.
El Guardián sonrió
despectivamente. Pero Lief creyó ver, en las profundidades de aquellos ojos
rojos, un destello de respeto otorgado a regañadientes.
—Solo ha habido
otro que ha conseguido resolver el acertijo —dijo—. Y a él… a él la verdad le
resultó tan insoportable que se negó a entrar en esta habitación y reclamar su
premio. Se fue del valle, maldiciéndome. Afirmando que él y su causa,
cualquiera que pudiese ser esta, no querían nada que estuviera corrompido por
mí.
Con un súbito
estremecimiento, Lief comprendió quién había sido aquel hombre. El hombre que
había viajado a lo largo y ancho de toda Deltora, buscando aliados para su
causa y dinero para armas y suministros. El hombre que les había advertido con
tanta insistencia de que no debían ir al Valle de los Perdidos. Que siempre les
había dicho, hablando con mucha amargura, que la batalla por Deltora tenía que
ser librada sin el rey, sin magia. Que había afirmado con tanta convicción que
su búsqueda carecía de sentido.
—Doom —murmuró, y
sintió cómo Jasmine y Barda se ponían rígidos junto a él.
El Guardián rió
burlonamente.
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—Nunca llegué a
saber cuál era su nombre, aunque él, al menos, sí supo cuál era el mío —dijo
después—. Es una lástima que no se quedara aquí. Había dentro de él una
amargura y un odio que reconfortaban mi corazón, y llenaban de alegría a mis
criaturas.
Se acarició la
barba mientras miraba taimadamente a los compañeros. —¿Seguiréis su ejemplo, y
saldréis corriendo?
—No, no lo haremos
—dijo Barda intrépidamente—. Cogeremos nuestro premio.
Lief puso las manos
encima de la arqueta dorada. Sintió que le ardía el cuello mientras los ojos
rojizos del Guardián lo miraban fijamente desde la puerta. El Guardián. Endon,
el amigo de su padre, terriblemente cambiado.
«Y Doom lo ha
sabido durante todo este tiempo —pensó furioso—. Pero no nos lo dijo. No, se lo
guardó para él. De la misma manera en que se lo guarda todo. Sin confiar en
nadie. Nadie que no sea él mismo. Cualquiera que sea el precio que haya que
pagar por eso.»
Las bestias
gimoteaban y gruñían en la puerta. Lief sabía que podían sentir su ira. Era
como carne y bebida para ellos. Aquel no era momento para pensar en cosas sin
importancia. Apretó el cierre. La tapa de la arqueta se abrió rápidamente.
Y dentro de ella,
colocado encima de un lecho de terciopelo negro, relucía un gran diamante.
Lief cogió la gema
y giró sobre sus talones, estrechándola entre sus dedos. —¡Fuera de aquí! —dijo
el Guardián—. ¡Coged vuestro premio y
marchaos!
La puerta que
conducía al valle se abrió. La niebla entró en la habitación, mezclada con un
tenue rumor de voces que suspiraban.
—¡Lief! —lo apremió
Barda, tirando del muchacho para arrastrarlo hacia la abertura.
Pero Lief no se
movió del sitio mientras sentía cómo la sangre le afluía al rostro.
—¿Por qué te quedas
ahí? —gruñó el Guardián—. ¿Acaso no te basta con haber ganado? ¿Es que también
tienes que burlarte de mí?
—¡Nos has engañado!
—gritó Lief, con la voz temblándole de ira. Mostró la joya que destellaba en la
palma de su mano—. Esta gema quizá sea un diamante. ¡Pero no es el del Cinturón
de Deltora!
—¡Nunca os prometí
más de lo que había dentro de la arqueta! — fanfarroneó el Guardián—. Os dije
con toda claridad que podíais coger vuestro premio e iros. Eso es todo.
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—Nos dijiste que el
tesoro era el diamante del Cinturón de Deltora — insistió Lief—. Y la verdadera
gema estaba aquí, cuando nos llevaste por primera vez a esta habitación. Pero
ahora ha desaparecido.
Dio un paso
adelante, sin importarle los gruñidos de los monstruos. —¡La cambiaste de
sitio, Guardián, en cuanto nosotros estuvimos lo
bastante lejos de
aquí, ocupados registrando otras partes de tu palacio! —gritó
—. La sustituiste
por otra gema. De manera que aunque ganáramos en tu juego, tu verdadero tesoro
no se perdería.
El Guardián entornó
los ojos. —¿Cómo puedes saberlo? —bufó.
—Cómo lo sé no
importa —exclamó Lief—. Lo esencial es que has mentido y engañado. Tú, que
tanto alardeas de seguir las reglas.
—¿Y acaso vosotros
seguisteis las reglas? —preguntó el Guardián con voz despectiva—. ¡Sí! Cogí mi
joya de la arqueta y la escondí allí fuera, entre la niebla. La gema que puse
luego en su lugar debería bastar para que vuestra codicia quede satisfecha.
Jadeando de rabia,
fue hacia ellos, con sus criaturas gruñendo alrededor de sus pies.
—Pero ¿quién me
estaba observando? —escupió—. ¿Quién vino enseguida a robar el diamante de su
escondite, tan pronto como yo le volví la espalda? El cuarto miembro de vuestro
grupo. El que se negó a jugar al juego. ¡Que luego fingió haberse ido del
valle!
—¿Neridah?
—balbuceó Lief—. Pero… nosotros no sabemos nada de esto.
—Eso es lo que tú
dices —se burló el Guardián.
—¡Por supuesto que
no lo sabíamos! —Jasmine ya estaba en el umbral, casi invisible entre los
remolinos de niebla—. Si lo hubiéramos sabido, ¿acaso crees que habríamos
malgastado nuestro tiempo jugando a tu estúpido juego? ¿Dónde está Neridah? ¿En
qué dirección se fue?
El Guardián se
encogió de hombros.
—Eso es algo que no
os importa —dijo—. Ya tenéis vuestro premio. Lief dio un paso adelante,
apretando los puños. Las criaturas gruñeron. —¡Lief, no! —exclamó Barda—.
Olvídate de eso. Tenemos que encontrar
las huellas de
Neridah. A estas alturas ya estará a varias horas de aquí.
Pero Lief no le
prestó ninguna atención. Sus ojos no se apartaban del Guardián.
—¿Dónde está
Neridah? —preguntó suavemente—. Ella no ha salido del valle, ¿verdad? Tú sabes
dónde se encuentra, y también sabes dónde está el
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—Y si lo sé —dijo
el Guardián, hablando en un tono de voz igual de suave—, no te lo voy a decir.
¿De verdad pensabas que os iba a dar lo más importante que hay en mi vida? ¿Lo
que simboliza el favor que me dispensa mi señor? ¿Lo que me ha traído poder y riquezas?
—Lo único que te ha
traído es polvo y cenizas, Guardián —bufó Lief—. Ha hecho que estés rodeado de
miseria. La conseguiste a través de los ardides, los trucos, el robo y la
violencia. Ahora su maldición pesa sobre ti. Y en el fondo de tu corazón, lo
sabes muy bien.
Algo destelló en
esos ojos rojos.
—¿Quién eres?
—murmuró el Guardián—. ¿Quién eres tú, que tanto sabes?
—He leído El
Cinturón de Deltora al igual que lo has hecho tú.
—Pues a mí me
parece que se trata de algo más que eso —dijo el Guardián—. ¡Sí, creo que sois
vosotros! Sois aquellos de los que me han hablado.
Un asentimiento
dirigido a Jasmine bastó para que la mano de la joven se alzara, sin que su
voluntad tuviera nada que ver, y quitara el gorro de su cabeza. Sus negros
cabellos se desparramaron, enredados, sobre sus hombros.
El Guardián sonrió
con expresión sombría.
—Y así es como fui
engañado —dijo—. El pájaro negro, claro está, se quedó fuera de la niebla. Y el
cuarto miembro del grupo, la ladrona, no hacía más que seguiros para ver si
podía beneficiarse de vuestra astucia. Ah… qué poco ha faltado para que os escurrierais
de entre mis manos.
Volvió nuevamente
sus ojos rojizos hacia Lief. —Dámelo —ordenó—. ¡Dame el Cinturón de Deltora!
Lief sintió cómo
sus manos iban hacia su cintura. Sus dedos encontraron la hebilla del Cinturón.
Con el sudor que le cubría la frente, Lief los obligó a que se apartaran de
ella y los empujó mediante toda la fuerza de su voluntad hacia las gemas
incrustadas en los medallones. Su mano se deslizó sobre el topacio, el rubí, el
ópalo… y se detuvo en el lapislázuli, la piedra celestial, el talismán. Lief
tensó los dedos sobre ella y la apretó con todas sus fuerzas.
—Eso no te
protegerá —gruñó el Guardián. Se dirigió hacia él, con Envidia, Codicia, Odio y
Orgullo gruñendo y babeando alrededor de sus pies. Extendió los brazos, y sus
manos se cerraron como garras sobre el Cinturón.
Sus ojos relucieron
de triunfo, y de pronto se abrieron enormemente y empezaron a arder como los
pozos del infierno. Mientras miraba dentro de
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ellos, paralizado
por el terror, a Lief le pareció ver un millar de imágenes que saltaban dentro
de las llamas.
Pero el Cinturón
estaba tan frío como el hielo.
La boca del
Guardián se abrió en un alarido de agonía. Y los monstruos… los monstruos
empezaron a saltar y corretear alrededor de él, aullando y alzando las cabezas
mientras tiraban de sus correas en un desesperado esfuerzo por alejarse de él.
Lief se tambaleó y
se encontró de pronto liberado. El hechizo se había roto. El Guardián cayó de
rodillas, echando la cabeza hacia atrás sin dejar de agarrarse al Cinturón,
como si fuera incapaz de soltarlo. Entonces Envidia, Codicia, Odio y Orgullo
saltaron sobre él, impulsados por un repentino ímpetu asesino, con las fauces
echando espuma mientras sus terribles dientes desgarraban al Guardián y lo
hacían pedazos, rasgándole la túnica y hundiéndose en la marchita carne
grisácea que había debajo de ella.
Y en ese instante,
con un escalofrío de horror, Lief vio qué era lo que escondía la túnica. Vio
los cuatro grandes bultos rezumantes que había en el pecho del Guardián. Vio
los palpitantes cordones carnosos que brotaban de ellos, retorciéndose y
serpenteando a lo largo de las mangas de su túnica hasta llegar a los cuellos
hinchados de las cuatro bestias, que seguían absortas en su salvaje ataque. El
Guardián había llamado Odio, Codicia, Envidia y Orgullo a sus mascotas, pero en
realidad estas formaban parte de él. Las criaturas eran cuatro asquerosos
brotes que habían surgido de su propio cuerpo.
—¡Libérame! —gritó
el Guardián—. ¡Me están comiendo vivo! ¡Corta los cordones! ¡Oh, te lo suplico!
La mano de Lief ya
estaba empuñando su espada. Estremeciéndose de repugnancia mientras los
alaridos del hombre y los rugidos de las bestias resonaban en sus oídos,
acompañados por los gritos de horror de sus dos compañeros, partió las cuerdas
con una rápida serie de golpes.
Un líquido amarillo
verdoso empezó a manar abundantemente de las heridas. Los cordones se
convulsionaron, y sus extremos cortados cayeron de pronto al suelo para
debatirse sobre él entre horripilantes sacudidas. Los monstruos se tambalearon,
y luego cayeron. Por un instante permanecieron temblando en el suelo. Luego se
quedaron inmóviles.
Los dedos del
Guardián se aflojaron. Su rostro marchito se volvió hacia Lief. Las llamas se
extinguían dentro de aquellos ojos rojos.
—El diamante
—balbuceó—. ¡Lleváoslo! Está con ella. Allí donde yace ahora. En el arroyo…
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Encogiéndose sobre
sí mismo, se desplomó hacia atrás. Lief, Barda y Jasmine dieron media vuelta y
echaron a correr.
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—16—
Respuestas
N eridah yacía boca
arriba dentro del arroyo, con las aguas fluyendo lentamente sobre sus ojos que
ya no veían nada y sus cabellos ondulando encima de la roca contra la que había
chocado su cabeza.
En la palma abierta
de su fría mano había un gran diamante.
—Bueno, parece ser
que el Guardián no la mató —murmuró Jasmine—. Neridah simplemente tuvo la mala
suerte de tropezar cuando cruzaba el arroyo. Y luego tuvo la mala suerte de
darse un golpe en la cabeza, y se ahogó.
Se dio cuenta de lo
que había dicho, miró a Lief y se mordió el labio. —Lo siento —musitó—. Si yo
me hubiera salido con la mía, ahora
seríamos nosotros
los que estaríamos dentro de ese arroyo, o en algún lugar parecido. La
maldición… es poderosa.
—Lo bastante para
que el Guardián supiera que no debía temer que le robaran su tesoro —dijo Barda
con expresión sombría—. Tenía la certeza de que el diamante actuaría antes de
que el ladrón llegara a escapar del valle.
—¡Ten cuidado!
—gritó Jasmine, mientras Lief metía las manos en el agua.
Pero Lief sacudió
la cabeza.
—No tenemos nada
que temer —dijo. El Cinturón se calentó alrededor de su cintura mientras sacaba
la gran gema, goteando agua, del arroyo.
La niebla se espesó
a su alrededor, llena de sombras y susurros, mientras Lief se quitaba el
Cinturón y lo ponía sobre el suelo. Las seis gemas relucían dentro de sus
medallones de acero. El último medallón esperaba ser llenado.
Lief ejerció una
suave presión sobre el gran diamante. Con un tenue chasquido, este entró en su
sitio y quedó fijo en el lugar al que pertenecía. El Cinturón estaba completo.
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Hubo un momento de
tenso silencio. Luego el murmullo volvió a empezar. Ahora sonaba más fuerte, y
fue creciendo cada vez más. La niebla tembló, agrupándose en columnas y
espirales, elevándose del suelo y retorciéndose hacia arriba para ir subiendo
rápidamente entre los árboles, como si estuviera viva. Y a medida que ascendía,
fue dejando tras ella figuras que parecían parpadear en el aire de pronto
despejado. Hombres, mujeres y niños contemplaron con perpleja alegría cómo sus
manos adquirían calor, cómo sus ropas se coloreaban lentamente, y se miraron
los unos a los otros.
Entonces hubo un
gran crujido, un ruido de algo que se hace añicos, muy parecido al de un
cristal al romperse. En cuestión de segundos, el valle quedó inundado por un
estallido de color y cegadora claridad.
Y cuando Lief,
Barda y Jasmine volvieron a mirar, había centenares, millares de personas, que
se regocijaban entre los árboles, bajo el cielo azul. Ya no eran siluetas
grisáceas de rostros vacíos que vagaban de un lado a otro, sino que estaban
llenas de color, emoción y vida.
La mayoría de ellas
eran altas y esbeltas, con largos rostros de delicadas facciones, cuyos ojos
oscuros relucían bajo las finas cejas. Cabellos negros y sedosos cubrían sus
espaldas y las anchas mangas de sus túnicas rozaban el suelo. Lief los miró
asombrado y sin dar crédito a lo que le mostraban sus ojos, y se acordó de las
palabras del Guardián.
«La gran mayoría de
mis primeros súbditos llegó a mí impulsada por un gran vendaval, con el orgullo
que había causado su caída todavía reciente en su interior…»
Y entonces lo supo.
Aquellos eran los habitantes perdidos de la ciudad de Tora.
*
Los compañeros
caminaron entre la multitud, y allá por donde iban había manos que se extendían
hacia ellos. Pero ahora las manos estaban abiertas, llenas de vida y de
agradecimiento.
Las gentes de Tora
habían vagado por el Valle de los Perdidos durante dieciséis años, los mismos
que tenía Lief, y sin embargo no habían envejecido o cambiado. Viejos, de
mediana edad y jóvenes, todos seguían siendo exactamente tal como eran el día
en que faltaron a su juramento. Lief, Barda y Jasmine se mezclaron entre ellos,
oyendo una y otra vez la historia de su caída.
La magia del túnel
había protegido del mal a Tora durante tanto tiempo que los toranos llegaron a
pensar que se habían vuelto perfectos, de la misma
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manera en que su
ciudad era perfecta, y que cualquier decisión que tomaran siempre sería la
justa. Cuando llegó el mensaje de Endon, los toranos reflexionaron, de la misma
manera que lo hacían con todo: sin pasión, sin odio, sin ira. Pero también sin
emoción, sin amor, sin compasión.
—La decisión a la
que llegamos no nos pareció una traición a la confianza que había sido
depositada en nosotros —murmuró un joven que llevaba cogido de la mano a un
niño—. Parecía sensata, y justa. Porque para nosotros, el rey era un
desconocido. Incluso los toranos que fueron a Del con Adin, y aquellos que
vinieron después, hacía mucho que formaban parte de la vida palaciega en Del.
Dejaron de ser un puente entre nuestras ciudades.
—Pero en nuestro
orgullo, nos olvidamos de la magia en la que se basaba nuestro poder —suspiró
una anciana, alta y muy erguida en su túnica escarlata
—. El antiguo
juramento, con la maldición que llevaba dentro de sí, seguía siendo tan
poderoso como siempre. No contamos con eso, porque en aquellos tiempos los
toranos mirábamos hacia delante, pero nunca hacia atrás. Ahora hemos aprendido
que eso no es bueno.
Los compañeros
volvieron por entre los árboles y se dirigieron hacia el claro del palacio, con
la multitud siguiéndolos en silencio. Cuando se aproximaban al claro, Lief tuvo
la extraña sensación de estar soñando. En cualquier momento podía despertar. En
cualquier momento podía ver el palacio, reluciendo al igual que una joya, y al
Guardián, mirándolo fijamente con sus ojos rojizos, mientras lo llamaba con un
gesto de la mano entre los torbellinos de niebla.
Pero el palacio
había desaparecido, se había esfumado como si nunca hubiese existido. En su
lugar había una pequeña cabaña de madera. Las flores y la hierba crecían
alrededor, y en su puerta había un hombre barbudo que vestía una tosca túnica,
atada alrededor de la cintura con un cordoncillo trenzado. Los ojos llenos de
tristeza que se encontraron con los de Lief le resultaron muy familiares.
Posado en el brazo
del hombre había un pájaro negro; sentado encima de su mano se veía un pequeño
bulto de pelaje gris.
Antes de que Lief
pudiera decir nada, Jasmine había echado a correr con un grito de alegría. Unos
instantes después Kree volaba hacia ella, y Filli corría a su encuentro
parloteando alegremente. Los dos habían bajado de lo alto del risco en cuanto
se disipó la niebla, y habían esperado pacientemente junto a su nuevo amigo.
Pero ahora que habían visto a Jasmine, no estaban dispuestos a esperar ni un
momento más.
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*
De nuevo reunidos,
los compañeros se dirigieron hacia el desconocido.
—Tú eres el
ermitaño… el ermitaño de aquellas imágenes que había en la alfombra —dijo Lief.
El hombre asintió.
—Y eres el
Guardián.
El hombre se llevó
la mano al pecho, muy cerca de su corazón, como si se tocara una parte
dolorida.
—Ya no. Gracias a
ti —dijo suavemente.
—Pero… tú no eres
Endon, ¿verdad?
Lief ya conocía la
respuesta a aquella pregunta, pero quería oírla en voz alta.
El hombre sonrió.
—No, no lo soy —le
dijo—. Mi nombre es Fardeep. Hubo un tiempo en el que fui rico, es cierto. Era
un hombre muy respetado, y me sentía muy satisfecho con la clase de vida que
llevaba. Pero no era ningún rey. Solo era el propietario de una posada en un lugar
llamado Rithmere, lejos de aquí. Entonces un día unos bandidos invadieron el
pueblo. Mataron a mi familia, y me vi despojado de mi posada. El Señor de la
Sombra, al parecer, pretendía darle otro uso.
Los compañeros se
miraron.
—¿Te refieres a la
Posada del Campeón? —preguntó Barda.
—¿La conoces? —dijo
Fardeep—. Sí. Antes la Posada del Campeón me pertenecía. Siempre me han gustado
los juegos.
Su boca se frunció
en una mueca de abatimiento, mientras los compañeros se estremecían.
—He oído decir que
los juegos que se celebran ahora en Rithmere son de una naturaleza muy distinta
—dijo—. Y la posada es mucho más grande, y es administrada de una manera muy
diferente a como se hacía en mis tiempos, y por una razón igualmente distinta.
Exhaló un profundo
suspiro.
—Pero en aquellos
días yo no sabía cuáles eran los planes del Señor de la Sombra. Todo eso
ocurrió mucho antes de que él tomara posesión de Deltora, cuando Endon ni
siquiera era rey. Yo no sabía nada acerca de lo que me tenía reservado el
futuro, y me daba igual lo que pudiera ocurrir. Escapé de Rithmere y huí a este
valle en busca de refugio, y de paz.
Bajó la cabeza.
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—Pero la paz me fue
negada. Mi miseria y mi ira fueron percibidas, y utilizadas, por aquel que sabe
cómo aprovecharlas mejor. Al principio no supe que era él quien había causado
todos mis problemas. Luego, a medida que me cubría de regalos, aquello dejó de
tener importancia. Ya os he contado cómo ocurrió. La envidia, el odio, la ira y
la codicia fueron creciendo dentro de mí. Y conforme transcurría el tiempo, me
convertí… en lo que visteis.
Su mano volvió a ir
hacia su corazón.
—Pero ¿por qué en
tu juego, que en realidad era el juego del Guardián, tu nombre tenía que ser
Endon? —preguntó Jasmine—. ¿Por qué ese nombre abrió la puerta?
—Porque el Señor de
la Sombra así lo deseaba —se limitó a responder Fardeep—. Él siempre quiso
desde el primer momento que todos los que vinieran aquí en busca del diamante
fueran engañados. Quería que pensaran que el rey Endon se había vuelto hacia el
lado oscuro, y convertido en su sirviente. En mi calidad de Guardián, yo
encontraba la idea… divertida. Y como ya os he dicho antes, siempre me han
gustado los juegos. Esa parte de mí no había cambiado.
Los miró y los
contempló con expresión sombría.
—Hasta que
llegasteis, solo el hombre de la cicatriz, Doom, había conseguido resolver el
acertijo. Y el efecto que eso tuvo sobre él satisfizo todas las esperanzas de
mi señor.
Volvió la mirada
hacia donde se habían congregado los toranos, que hablaban en susurros. Luego
irguió los hombros y fue a hablar con ellos.
—Hemos aprendido
una cosa muy importante de lo que ha sucedido aquí —dijo Jasmine en cuanto se
quedaron solos—. Esto significa que el Señor de la Sombra no sabe que es el
heredero de Endon, y no el mismo Endon, el que es importante.
—O si el Señor de
la Sombra lo sabe, entonces desconoce que nosotros también lo sabemos —observó
Lief con voz pensativa.
Fardeep y las
gentes de Tora se dirigían hacia ellos.
—Esperamos que os
quedéis con nosotros, para descansar mientras os sea posible —dijo Fardeep en
un tono bastante ceremonioso, dando un paso adelante—. No podemos ofreceros
muchos lujos. Pero ahora aquí en el valle hay comida suficiente para todos. Y
amistad en abundancia.
—Eso ya es más que
suficiente, es todo un lujo —sonrió Barda—. Y nos encantará quedarnos aquí…
durante un tiempo. Debemos enterrar a nuestra compañera, Neridah. Y tenemos
muchas cosas de las que hablar.
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El cuerpo entero de
Fardeep se relajó de pronto en un tembloroso suspiro de alivio.
—No os habría
culpado si la sola idea os hubiese parecido aborrecible — dijo. Volvió la
cabeza hacia la multitud y la contempló por encima del hombro—. Ellos también
me han perdonado —dijo en voz baja—. Es más de lo que me esperaba. Y mucho más
de lo que me merezco.
—Te perdonamos de
todo corazón —proclamó una robusta mujer vestida de azul, que estaba en la
primera fila—. Tu falta fue únicamente la ceguera, al igual que nos ocurrió a
nosotros. Y ahora nos quedaremos aquí, durante todo el tiempo que tú nos
permitas, y te estaremos muy agradecidos. Porque no tenemos ningún otro lugar
al que ir.
—Tora es perfecta,
como siempre lo ha sido —anunció Barda—. ¡Os está esperando!
Pero las gentes de
Tora sacudieron la cabeza con abatimiento.
—Nunca podremos
volver allí —murmuró la mujer vestida de azul—. La piedra, que es el corazón de
la ciudad, está partida, y su fuego se ha extinguido. Hemos roto el juramento,
y ese mal nunca podrá ser borrado.
«Puede serlo —pensó
Lief—. Puede ser borrado.»
Él creía saber
cómo. Pero aún no era el momento. Había que encontrar todavía al heredero de
Deltora.
Pero ¿dónde? ¿En
qué parte del ancho reino se encontraba el escondite que había mantenido a
salvo durante tanto tiempo a Endon, Sharn y su hijo? ¿Cómo podían encontrarlo
sus compañeros y él, sin saber dónde buscar, o por dónde empezar?
Por un instante
Lief se sintió presa del temor. Luego volvió a tocar el Cinturón, una pesada
presencia alrededor de su cintura.
«Daremos con el
escondite —se dijo—. Dondequiera que se encuentre, sin importar lo lejos que
esté. Porque ahora tenemos un guía. El Cinturón está completo. Y nos mostrará
el camino.»
FIN

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