© Libro N° 14199. OVEJóN! Urbaneja
Achelpohl, Luis M. Emancipación. Agosto 23 de 2025
Título Original: © OVEJóN! Luis
M. Urbaneja Achelpohl
Versión Original: © OVEJóN! Luis M. Urbaneja Achelpohl
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OVEJóN!
Luis M. Urbaneja Achelpohl
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Luis M. Urbaneja Achelpohl
OVEJóN!
Luis M. Urbaneja
Achelpohl
Y en las
bocacalles, sobre el camino real, se aglomeraban grupos de curiosos, que,
alarmados, repetían:
-¡Ovejón! ¡Ovejón!
...
Sin embargo, en la
carretera no se distinguía nada, sino el sol aragüeño dorando la polvareda.
Nadie habíalo
visto, pero la gente armada que en su seguimiento venía desde Zuata,
atropellando el sendero, así lo aseguraba. Ellos dieron la voz de alarma. Tal
huésped no era para dormir con las puertas de par en par, según la vieja
costumbre de los vecinos, quién sabe si obligados por el cultivo que constituía
una de las fuentes de su prosperidad: el ajo, el ajo, que por cuentas de
ristra, como blancas y nudosas crinejas colgaban en todas las ahumadas vigas de
las cocinas, en las madrinas de los corredores, en las salas y aun en la misma
sacristía de la vieja iglesia, por los grandes días de la cosecha, en aquel
risueño poblado, el más alto orgullo de la feraz comarca.
Ovejón, como de
costumbre, había desaparecido a la vista de sus perseguidores, en el momento
trágico, cuando bien apuntado lo tenían y con solo tirar del gatillo de las
carabinas, hubiese rodado hecho un manare el ancho pecho. Pero el bandido
extendió ante ellos como una niebla cegadora y escapó. Ovejón sabía muchas
oraciones.
Los grupos de
curiosos desperdigábanse, volvían a sus casas comentando lo ocurrido: aquello
era lo de siempre, carreras y sustos, y Ovejón haciendo de las suyas. Aquellas
horas, cuán lejos estaría de los alrededores...
Con una suave
tonalidad de violetas, en el vasto cielo iniciábase el crepúsculo, un
crepúsculo de seda. En las colinas desnudas de altos montes tendíase un verde
como nuevo y lozano, un verde de primavera, y en las crestas montañosas, un J
oscuro verde intenso, como el perenne de los matapalos laureles. Casi blanca,
cual una flor de urape, la estrella de los luengos atardeceres, en el Poniente,
en apariencia fija y silenciosa, prestaba al ambiente una dulcedumbre pastoril.
Todo en la campiña era grave y apacible: sobre la alta flecha de la iglesia se
espolvoreaba una rubia mancha de luz. En el paso del río, en medio de los
cañamargales, el agua se deslizaba, clara, limpia, con un grato rumoreo, y en
medio de las cañas y malezas brillaban destellos azulosos y anaranjados.
Un mendigo, sucio y
roto, abofallado el rostro, los labios gruesos y la piel cetrina, llena de
nudos y pústulas, penosamente arrastraba un pie descomunal, hinchado, deforme,
donde los dedos erectos semejaban cueros bajo una piel agrietada y escamosa. Un
destello de sol violáceo y fulgente envolvía al mendigo, quien hacía por
esguazar el río saltando sobre las chatas piedras verdosas y lucientes por la
babosidad del limo. A lo lejos un manchón de boras, cual una diminuta isla
anclada en medio de la corriente, se mecía, y el nenúfar de los ríos criollos
comenzaba a entreabrir sus anchos cálices sobre las aguas tibias. De cuando en
cuando, desde una caña cimbreante, el martín pescador se dejaba caer como una
flor de oro al
agua y alzaba de
nuevo revoloteando, entre sus gritos secos.
El mendigo se
apoyaba en una vara alta y su burda alforja limosnera le colgaba a un lado,
escuálida, sin que en ella siquiera se dibujara el disco abultado y duro de una
arena argüeña, dorada al rescoldo.
Avanzaba el mendigo
y la luz fuerte y violácea hería sus ojos opados, en tanto que tanteaba con la
vara la firmeza de los pedruscos y alargaba con precaución su pie deforme. La
babasa era traidora y la luz cegaba, y el mendigo cayó de bruces contra las piedras
y la estacada, que cual una triple hilera de dientes enjuncados, resguardaba de
los embates de las crecientes a aquellas pródigas tierras de labrantío, famosas
ya, antes que el sabio germano las apellidara jardín.
A los ayes
lastimeros del mendigo surgió un hombre apartando la maleza Era de mediana
estatura y sus ojos fulguraban. Su mirar era inquieto, pero en las líneas duras
de su boca vagaba en veces una sonrisa bonachona y mansa.
El hombre se lanzó
al río, como si el mendigo fuese un niño, lo tomó por debajo de los brazos y lo
sacó con gran suavidad al talud. El mendigo era todo ayes y lamentos. Su carne
podrida, magullada, no había cómo tocarla. El tobillo deforme sangraba. Un ñaragato
con sus curvas y recias espinas rasgara profundamente aquellas carnes fofas.
Gruesas lágrimas abotonábanse al borde de sus párpados hinchados.
El hombre levantó
los ojos y miró alrededor. Su mirada fue larga y honda, como una requisitoria
que llegara al fondo de los boscajes y las malezas. Y todo era calma y penumbra
en la solemnidad del atardecer. Solo el martín-pescador, desde la caña cimbreante
se dejaba caer como una flor de oro al agua y alzaba revoloteando, entre sus
secos gritos.
El hombre se
aproximó al mendigo, examinó la herida y con el agua del río comenzó a lavarla,
como lo hiciera una madre a su tierno infante. La sangre no se detenía, no era
violenta, pero sí continua. El hombre se alejó. Inclinado sobre la tierra
buscaba entre los yerbajos. Se incorporó. Entre sus dedos fuertes tenía hecha
una masa con unos tallos verdes. La aplicó a la herida y como el mendigo no
tuviese un trapo propio para su ven- 1 daje desabrochó la amplia camisa de
arriero que le cubría del cuello a la pantorrilla, y sacó un pañuelo de seda,
uno de esos vistosos pañuelos de pura seda, con que la gente que venía de Las
Canarias gustaba regalarnos en su comercio de contrabando.
El mendigo veía
hacer al hombre sin decir palabra y éste solo atendía a la herida.
Cuando la sangre se
menguó, el hombre aplicó el vendaje. Ni la más ligera sombra purpurada teñía la
albura de la seda. Una sonrisa de satisfacción apuntó a los labios del hombre.
El mendigo
murmuraba:
-¡Gracias! ...
Estoy curado. El hombre:
-No tengas miedo.
El cosepellejos cerrará tu herida.
El mendigo hacía
por levantarse. El hombre le tendió la mano cordialmente y le puso en pie. Sus
ropas estaban empapadas, adheridas al cuerpo. El hombre se deshizo de su
camisola de hierro y se la obsequió.
El mendigo le
miraba admirado; bajo la burda camisa, el hombre llevaba encima un terno fino
de j blanco hilo. Y mientras éste le ayudaba a cubrir con la camisola, le
examinaba atento. Un detalle se fijó en su mente: los ojos eran brillantes, y
el pelo, crespo y melcochado.
El hombre, al
ponerle en sus manos la vara en que se apoyaba, recogió del suelo la alforja
limosnera y viendo que ésta se hallaba vacía, desabrochó la ancha faja, de la
que pendían un puñal y un revólver de grueso calibre y de ella extrajo, una
tras otra, muchas bambas y, como en ellas viniera un venezolano de oro, lo miró
un instante y echó todo en la alforja y dijo:
-Para ti debe ser,
porque por su boca salió.
El mendigo quiso
besarle las manos. Era aquello un tesoro con que no había soñado nunca. Dábale
las gracias y le bendecía. Caminaba tras él con la boca rebosando gratitud. El
hombre se volvió y dijo:
-Hoy por ti, mañana
por mí.
El sol ya no
ofuscaba los ojos del mendigo. El poblado no estaba distante. Aún brillaba una
dulce claridad en aquel largo atardecer de otoño y echó a andar alegremente,
sin cuidarse de su pie deforme. Venus ya no era una nítida flor de urape, sino
un venezolano de oro en la gloria del crepúsculo.
Aún el farolero no
se había entregado a su habitual tarea. Su escalera hallábase arrimada a la
pared bajo el farol por el cual comenzaba siempre. Adentro, en la pulpería, en
un vaciar de tragos, comentaba junto con otros la última hazaña de Ovejón. En
Zuata robara a un hacendado y matara un hombre a puñaladas.
A la puerta de la
pulpería -asomó la faz abofallada, llena de nudos y pústulas, el mendigo. Ante
su pie deforme, todos callaron, esperando oír su voz plañidera implorando la
caridad, en tanto que su escuálida mano alargara el sombrero, sucio y
deshilachado, para recoger la dádiva. Pero el mendigo se llegó hasta el
mostrador y pidió un trago. Bajo la luenga camisola sentía la humedad de sus
ropas y tenía hambre y frío. Bebió la caña vieja y paciente se dio a masticar
el pan duro de la mendicidad.
Los otros, sin
verle, prosiguieron su charla. Dijo el farolero:
-De que tiene
oraciones, las tiene.
Un negro embarrador
de caña en una hacienda vecina, pringoso y oliente a melaza, afirmó:
-Lo que tiene es un
escapulario ensalmado. Mientras lo lleve encima, nunca le pegará una bala.
El pulpero,
descreído:
-Lo que tiene son
alcahuetes; ¡a que si le espanto un tiro con mi morocha se le acaba la gracia!
Un mocetón aindiado:
-Yo quisiera
conocer a Ovejón por ganarme los quinientos pesos. Quinientos pesos dan a quien
lo coja vivo o muerto.
El negro pringoso:
-Es muy fácil. Es
un catire, de buen tamaño, con los ojos como dos monedas y el pelo como una
melcocha bien batida. Anda, ve a buscarlo al monte. Cuando lo traigas me
brindarás el trago.
El farolero:
-Este trago ya me
lo estoy bebiendo. No hay mejor aguardiente como el de los velorios.
El mendigo hacía
por ablandar entre su boca el ribete de una torta de cazabe e interiormente
pensaba: "El hombre del río, el hombre del río es Ovejón. Quinientos pesos
a quien le entregue vivo o muerto. El brujo Ovejón, quien tiene el alma
vendida. Si le entregara no perdería más. No me arrastraría por los caminos.
'Me curaría mi pierna. ¡Quinientos pesos! ... Con dinero los médicos me
sanarían". El mendigo metió la mano en su alforja en busca de otro pedazo
de cazabe y sus dedos tropezaron con las monedas. Allí estaba el venezolano de
oro. Tornó a pensar: "Ovejón debe tener muchos como éste. No tiene grima
en dar. Es un buen corazón, y ¿por qué robará? Es caritativo. Éstos, los que
aquí están, me tienen asco, no me hubieran lavado el pie. ¿Por qué inspiré
lástima a ése, quien mata y roba en los caminos?" Y recordó sus ojos y sus
cabellos melcochados. Su boca dura y su mansa sonrisa.
En la calle sintió
el paso largo y acompasado de una cabalgadura. El mendigo se volvió para ver.
En un caballo moro
iba un hombre de altas botas jacobinas, con una cobija de pellón en el pico de
la silla. Al pasar frente a la pulpería marchaba a todo andar. El hombre del
caballo volvió la faz y los ojos del mendigo se encontraron con los del jinete.
La boca de aquél se abrió, alargada, pero se cerró enseguida.
El pulpero sacó la
cabeza para ver. El del caballo iba lejos; el pulpero observó:
-Buena bestia.
El mendigo
interiormente: "Es él, Ovejón: le vi los ojos, lucían como dos monedas,
como dos puñales".
El farolero:
-Voy a encender el
farol.
Un negro pringoso,
mechificando al indio:
-¿Por qué no te has
ido en busca de Ovejón?
Cuidado si esta
noche lo tropiezas metido en tu chinchorro. Anda por el pueblo. Esta noche es
de patrulla. Cuidado con Ovejón.
El mendigo, para sí
"Era él, era él. Va huyendo.
Mató a uno. Robó a
otro. ¿A quién mataría? ¿A quién robaría?".
Por el camino se
acercaban cuatro hombres corriendo. Venían armados. Entraron en la pulpería de
sopetón.
-¿No le han visto
pasar? El pulpero:
-¿A quién? ¿A
quién? -¡A Ovejón! ¡A Ovejón! ... Todos se vuelven asombrados: -¡A Ovejón! ¡A
Ovejón! Los hombres:
-Se ha robado la
yegua mora. ¡La montura y las botas del general! ...
Los hombres:
-¿No le han visto
pasar? El pulpero:
-Uno pasó. Los
hombres:
-¿En la yegua mora?
El pulpero,
volviéndose al mendigo:
-Mira tú, que te
pusiste a mirar. ¿Era una yegua mora?
El mendigo: -No la
vi. El pulpero:
-Suelten la
potranca. Ella buscará el rumbo de la madre.
El indio:
-Suelten la
potranca y los quinientos pesos serán nuestros.
El mendigo se
escurrió como una sombra. A lo largo de la calle se alejaba renqueando. El
farolero encendía los mecheros. La gente, armada, soltaba la potranca y corría
tras ella. El mendigo había dejado atrás la última casa del poblado y se perdía
en la carretera. Se detuvo en un recodo. Era aquél un paso estrecho y
peligroso. Se agazapó contra el talud.
Pronto sintió el
correr menudo de la potranca. Era una potranca nuevecita. A lo lejos se oía el
voceo de los hombres, quienes venían reclutando voluntarios. El trote se hizo
más cercano. La potranca estaba allí, en el recodo. El mendigo alzó su palo con
ambas manos y lo descargó con fuerza sobre la cabeza del animal. La potranca se
detuvo, aturdida. Otro golpe la hizo precipitar al barranco.
El mendigo ganó los
sombríos cafetales e interiormente murmuraba: "Hoy por ti, mañana por
mí."
Y Venus en el
ocaso, resplandecía como un venezolano de oro.
FIN

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