© Libro N° 14198. La Cadena Del
Ancla. Arlt, Roberto.
Emancipación. Agosto 23 de 2025
Título Original: © La Cadena Del Ancla. Roberto Arlt
Versión Original: © La Cadena Del Ancla. Roberto Arlt
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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CUENTO LA CADENA DEL ANCLA
Roberto Arlt
Cuento La
Cadena Del Ancla
Roberto Arlt
CUENTO LA CADENA DEL ANCLA
Roberto Arlt
Cuando a fines del
año 1935 visité Marruecos el tema general de las conversaciones giraba en torno
a las actividades de los espías de las potencias extranjeras. Tánger se había
convertido en una especie de cuartel general de los diversos Servicios Secretos.
En Algeciras comenzaba ya esa atmósfera de turbia vigilancia y contravigilancia
que se extiende por toda África costera al Mediterráneo.
Entre las verídicas
historias y aventuras de espías que me fueron narradas, ésta que se titula
"La cadena del ancla" es la que conceptúo la más terrible.
Estaba una noche
sentado en la mesa de un café de ese patio de calle que se llama el Zoco Chico
de Tánger, en compañía de un hombre uniformado con el modestísimo traje azul de
agente de hotel. Este hombrecillo, de ojos repletos de malicia, miraba pasar los
burros de los indígenas entre las mesas, al tiempo que me decía
caritativamente:
-En África no hable
nunca de política. Desconfíe siempre y de todo el mundo.
Por seguir su
consejo, empecé a desconfiar de él.
Hacía el servicio
de corredor de hotel entre dos importantes establecimientos de Algeciras y
Tánger. Es decir un pie en España y otro en África. Su verdadero oficio era de
policía. Lo que ignoro es a qué policía servía, si a la inglesa, a la francesa,
a la española o a la italiana. Él era muy amigo de otro hombre que atendía el
surtidor de nafta, estratégicamente ubicado a la salida del camino que conduce
de Tánger a Tetuán.
El hombre del
surtidor de nafta era un ciudadano de cara sonrosada, ojos celestes y sonrisa
estúpida, que hablaba en francés, inglés y... árabe.
De este ciudadano
modesto, que con el conocimiento de tres idiomas se consagraba al cuidado de un
surtidor de nafta, me dijo un día Sergia Leucovich:
-Fíjese usted. Ese
hombre en el sitio que trabaja controla la filiación de todo el pasaje que va
de Tánger a Melilla a Ceuta o Tetuán.
El hombre del
surtidor de nafta pertenecía al Intelligence Service.
Estaba, como
comencé narrando, una noche bajo los focos voltaicos del Zoco Chico con el
corredor de hoteles, que no se quitaba jamás su uniforme azul y gorra de
inmensa visera de hule, cuando acertó a pasar, guiado por un lazarillo, un
europeo gigantesco, andrajoso ciego tan melenudo como un indígena del Borch, la
barba en collar y los pies calzados con unas pantuflas de piel de cabra.
Extendió la mano y todos dejaron caer en su platillo algunas monedas. Cuando el
mendigo se hubo alejado, el corredor de hoteles me dijo:
-Ha visto bien a
ese hombre, ¿no?
-Demasiado.
-¿Y qué cree usted
que es él ?
-¡Hombre, no lo sé!
-Pues ese ciego es
un oficial de marina.
-¡Oficial de
marina... y mendigando!
-¿Le interesaría
conocer esa historia?
-Sí.
El corredor de
hoteles se respaldó en la silla, le pidió un té verde al camarero y comenzó su
relato:
-Para Leonesa,
acusada del asesinato de un oficial de marina británico, hubiera sido
preferible que jamás una coincidencia la librara de la horca, que la esperaba
en Inglaterra. Ella había matado para salvarse; posiblemente lo que le
interesaba a la policía británica no era castigar a la asesina de un súbdito de
Su Majestad, pero el lntelligence Service también necesitaba interrogarla.
"En cierto
modo, el responsable de todo lo que ocurrió fue el fotógrafo judío Ismael
Abraham, agente confidencial del caudillo musulmán nacionalista Yama Mohamed,
nieto del gran Raisuli.
"La cosa
ocurrió así. "Ismael Abraham entró a la oficina de la policía marítima del
puerto de Ceuta. Tenía que visar su pasaporte, pues esa noche se embarcaba para
Málaga, donde diligenciaría diversos asuntos. Ismael entró al despacho de
policía e hizo estos gestos:
"Echó la mano
al bolsillo interior de su saco y extrajo una libreta negra. Dentro de la
libreta negra estaba su pasaporte. Dejó la libreta negra sobre la mesa y le
entregó el pasaporte al oficial.
Éste conocía al
fotógrafo y conversaron de algunas bagatelas. El oficial selló el pasaporte de
Abraham y el fotógrafo se echó al bolsillo el pasaporte y la libreta. Luego
salió, echando a caminar por los muelles en dirección hacia la compañía de
navegación.
"Sin embargo,
a mitad del tránsito tuvo una sensación extraña. Su bolsillo estaba
excesivamente abultado. Posiblemente había puesto la libreta entre los forros y
no en el bolsillo, y estaba por caerse. Llevó la mano al bolsillo y experimentó
una sorpresa extraordinaria. En su bolsillo había dos libretas en vez de una:
la suya y otra, otra de canto rojizo.
"Inadvertidamente
se había llevado una libreta que estaba sobre la mesa de la oficina marítima.
Abrió la libreta y encontró varios telegramas. Uno decía: "Vigílese
escrupulosamente al ciudadano Italo Lonbesti. Usa armas". Otro:
"Deténgase a Leonesa Solesvi, acusada de asesinato de un oficial de la
marina británica. Lleva en su poder una máquina para cifrar telegramas en
clave".
"Lo de la
máquina para cifrar telegramas en clave fue una sorpresa para el agente de Yama
Mahomed, pues ignoraba la existencia de tales aparatos.
"Luego otro
telegrama: "Leonesa Bolesvi se encuentra en Tánger o Tetuán, pero se sabe
que tiene que pasar a Ceuta. Vigílese la casa de Antón López y la de Efraín el
Negro en la Cuestecilla del Monte".
"Cuando el
fotógrafo Abraham terminó de leer estos telegramas, se había olvidado en
absoluto de lo que conversara con el oficial del puesto. Bendijo a Jehová.
"La
casualidad, la más extraordinaria de las casualidades le había puesto en
coyuntura de servirlo a Yama Mahomed. El informe le valdría una buena bolsa de
duros assanis, porque Leonesa estaba refugiada en la casa del nieto de Raisuli.
Lo que posiblemente ignoraba la embajada inglesa era que Leonesa pensaba
dirigirse a El Cairo.
"Era necesario
ponerse en comunicación con Yama Mahomed, pero él no podía utilizar el
telégrafo. El teléfono de su casa también debía estar bajo el control de la
policía; el único recurso era escribir, pero recientemente, por un empleado
indígena, había sabido que en el correo central había un puesto de policía
donde se abrían las cartas de todos aquellos individuos conceptuados como
sospechosos de espionaje, o actividades políticas. Las cartas eran
fotografiadas y luego se remitían al destinatario.
"Cuando el
fotógrafo llegó al puesto de donde salían los autobuses de Ceuta para Tánger,
hacía cinco minutos que había partido el último coche. Caviló un instante, pero
luego se resolvió y contrató un automóvil para volver a Tánger.
"A la una de
la mañana, Abraham entraba al jardín de palmeras de Yama Mahomed. El nieto del
Raisuli escuchó el relato del fotógrafo, y su mano izquierda,
involuntariamente, comenzó a sobar su barba renegrida. El detalle de la máquina
para cifrar telegramas en clave indicaba sobradamente que alguien que conocía
muy de cerca a Leonesa la había delatado. Yama examinó el rostro del fotógrafo,
y le dijo:
"-Espérame.
"Luego cruzó
el jardín de palmeras con paso tardo. Estaba caviloso.
"Yama abandonó
las pantuflas a la entrada de su dormitorio y entró descalzo. Tendida en unos
cojines, fumando y leyendo el "Morning Post", estaba Leonesa. Yama se
sentó a su lado, sobre una estera, y le dijo:
"-Te han
delatado, Lee. -Y le alcanzó los telegramas.
"Leonesa se
cruzó de piernas al modo oriental; vista al soslayo de la lámpara ofrecía el
perfil de un ave de rapiña con la cabeza recubierta de un ondulado casco de
cabello rojo. Luego murmuró:
"-Es curioso.
El único que sabía que yo llevaba una máquina de cifrar telegramas era el
subsecretario de Relaciones Exteriores. Él y el ministro.
"-Pues, uno de
los dos te ha delatado.
"-Debe ser el
subsecretario.
"-Podría ser
el ministro.
"-Es el
subsecretario; pero escúchame, Yama. Tengo que pasar a El Cairo.
"-¡Irás a
meterte en la misma boca del lobo!
"-¿Conoces
alguien que pueda llevarme?
"-Por tierra
es imposible. Te será fácil escapar a la policía inglesa, pero mejor irás por
mar.
"-Si los
ingleses me pillan, me ahorcan.
"Yama se
restregó la barba y dijo:
"-Nunca debe
matarse sino en caso de extrema necesidad. (Se refería al oficial asesinado por
Leonesa.)
"-Precisamente,
ése fue un caso de extrema necesidad.
"Yama encendió
un cigarrillo, y con expresión soñolienta contempló las volutas. El único que
podía servirle era René Vasonier. René Vasonier era primer oficial de "La
Nuit", un paquete de diez mil toneladas que hacía el servicio de cabotaje
entre Tánger y El Cairo. René no lo conocía al nieto del Raisuli, pero el
caudillo árabe conocía las actividades del primer oficial. Éste contrabandeaba
haschich y se dedicaba a la trata de blancas como agente de Giácomo Nigro en
toda la costa mediterránea.
"El capitán
del buque no sospechaba estas actividades extrañas de su primer oficial. El
contrabando de haschich o mujeres se efectuaba de esta manera:
"A medianoche,
por el agujero de la cadena del ancla izquierda, se desprendía una escalerilla
de cuerda y un hombre trepaba por la escalerilla, y en el escobén por donde
salía la cadena del ancla arrojaba los paquetes de haschich. Las mujeres entraban
por la borda y, semejantes a un torpedo, eran introducidas en el tubo por donde
pasaba la cadena del ancla. El refugio era seguro; el capitán de "La
Nuit", en el período de diez años que comandaba la nave, no había
utilizado ni una sola vez el ancla izquierda de la nave. Ésta se había
convertido en una superflua decoración del buque.
"Precisamente,
"La Nuit" hacía dos días que había anclado en Tánger. Yama examinó a
la espía y le dijo"
"-¿Te
atreverías a viajar embutida en un tubo de acero?
"-¿Un tubo de
acero?
"El nieto de
Raisuli le explicó de lo que se trataba. Leonesa, atentísima, escuchaba.
"-¿Es seguro?
"-Todos los
viajes el oficial lleva y trae. Unas veces es haschich y otras mujeres.
"-Perfectamente;
háblalo a ese hombre.
"Y ésta es la
razón por la cual al día siguiente René Vasonier acudió a la tienda del
fotógrafo judío, se hizo fotografiar ostentosamente y luego escuchó una
historia sobre Leonesa, de la cual no creyó una palabra. Pero el fotógrafo le
entregó un paquete con cinco mil francos y dijo:
"-Yama
Mahomed, el nieto de Raisuli, te recomienda esa mujer.
"René Vasonier
comprendió que el destino de todos sus futuros negocios estaba entre las manos
de aquel hombre, y entonces gravemente respondió:
"-Dile a tu
señor Mahomed que toda la policía de Inglaterra no sería capaz de impedir que
esa mujer entrara a El Cairo.
"El fotógrafo
continuó:
"-Vendrás esta
tarde a buscar las fotografías, y entonces te diré lo que hay que hacer.
"La noche de
ese mismo día, faltaba poco para amanecer, un bote se deslizó junto a "La
Nuit"; una escalerilla de cuerda se desprendió de un costado oscuro de la
popa, y Leonesa, envuelta en un impermeable con capuchón, subió al buque. El primer
oficial en persona la esperaba. Bajaron unas escalerillas, se deslizaron a lo
largo de recalentados corredores de chapas de hierro, y después de atravesar
una galería de la sentina llegaron al tubo de la cadena del ancla.
"-Será
sumamente molesto -dijo el oficial-, pero es el único lugar del buque que jamás
revisará la policía.
"Leonesa le
escuchaba grave.
"-A medianoche
le traeré siempre los alimentos. Entre al tubo, no de cabeza, sino por los
pies. ¿Quiere que le deje haschich para olvidarse del tiempo?
"-No.
"-Entre.
Mañana zarparemos a primera hora.
"La Nuit"
debía salir de Tánger a las siete de la mañana, pero a las cinco,
inopinadamente, se presentó la policía francesa. Les acompañaban dos oficiales
de policía inglesa y un empleado de la embajada. El buque fue revisado
escrupulosamente, pero a nadie se le ocurrió mirar en el tubo del ancla.
"Cuando Yama
Mahomed escuchó el informe de la revisión del buque, sonrió satisfecho. Leonesa
se había salvado. Sería extraordinariamente útil a la causa del nacionalismo
árabe. En El Cairo podría reorganizar el servicio de espionaje del movimiento, que
había sido quebrado por numerosas detenciones.
"Leonesa
entraba y salía de su redondo escondite negro como un topo de las galerías
subterráneas. Durante el día le estaba absolutamente prohibido salir del tubo
de acero; por la noche se deslizaba fuera de él, el cuerpo marcado por los
eslabones de la cadena del ancla, los huesos adoloridos.
"Más de una
vez había estado tentada a pedirle haschich al oficial, pero pensaba que una
noche René Vasonier se presentaría diciéndole: -Hemos llegado. Salga. -Y
entonces ella respiraría el aire puro de la noche, abandonaría para siempre esa
sepultura de acero en cuyas tinieblas redondeadas reposaba como un cadáver.
"Cuando estaba
tendida en el interior del tubo de la cadena del ancla no podía revolverse
casi. Estaba separada de los eslabones por una pequeña franja de lona. Dormía o
meditaba extendiendo sus planes en el futuro, dentro de todas las probabilidades
que le ofrecía su existencia de espía.
"René Vasonier
se había insinuado una vez para hacerle más agradable el viaje durante la
noche, pero Leonesa escuchó sus palabras amables con indiferencia. El hombre le
resultaba desagradable. René Vasonier no se atrevió a insistir. Tras ella
estaba, tiesa y amenazadora, la figura de Yama Mahomed, el nieto de Raisuli.
Leonesa le pidió cirrillos, whisky, y él se los trajo. A partir del cuarto día
de viaje, Leonesa comenzó a embriagarse sistemáticamente. Solo así era posible
vivir dentro del tubo de acero, cuya glacial vibración se comunicaba a todo su
cuerpo como el resuello de un monstruo que estuviera digiriéndola en su
estómago de tinieblas.
"A veces se
detenían en puertos, donde el buque permanecía inmóvil un día o dos, luego
partían; cuando anclaron en Malta, un cuerpo de policía revisó nuevamente la
nave. Esta vez eran ingleses; ella les oía hablar desde lejos; entre los bultos
de la estiba; después se fueron, sobrevino el silencio, y por la noche
partieron.
"René Vasonier
estaba satisfecho. La nueva relación con Yama Mahomed abría amplias
perspectivas para su tráfico ilegal. El capitán de "La Nuit" era un
imbécil; no se enteraría jamás de sus actividades. Yama Mahomed podía
suministrarle un trabajo abundante; los intereses secretos que corría de El
Cairo a Tánger, bajo la forma de informes, paquetes extraños, armas
contrabandeadas y personas en constante fuga, aparición y desaparición, le
aseguraban con su intervención cómplice un destino magnífico y sorprendente.
"Transcurrían
los días; únicamente cuando entraron a Port Said, el capitán de "La
Nuit", Piontevil, reparó que la mar estaba excesivamente picada. Vasonier
también observó que los buques junto al murallón de la ciudad se meneaban
constantemente.
"Piontevil,
desde el puente de mando, miró a su oficial y exclamó:
"-íQue bajen
las dos anclas!
"René dejó de
vigilar la maniobra para volverse espantado:
"-¿Las dos
anclas? Siempre trabajamos con una, capitán.
"-Esto está
muy picado.
"René sintió
que un sudor frío le bañaba el cuerpo con su viscosidad repugnante. ¿Las dos
anclas? No era posible. ¿Y la mujer que iba metida en el tubo de acero? La
aventura se transformaba en una tragedia. Balbuceó:
"-Hace como
diez años que no funciona esa ancla, capitán.
"Piontevil no
le escuchaba, mirando el mediodía de Port Said y sus confines de espuma
agitada.
"En tanto el
primer oficial se decía que descubrir a la fugitiva era perder su carrera,
someterse a un proceso por soborno. Callarse era condenar a la muerte a la
mujer. Pero su carrera...
"-¡Y esas
anclas! -gritó Piontevil.
"Ya no había
tiempo de avisar a la mujer. El capitán de "La Nuit", sin esperar a
que su oficial diera la orden, gritó por el portavoz:
"-¡Las dos
anclas! -Y entonces René le hizo una señal a los hombres de los cabrestantes de
vapor. Rechinaron las palancas, una columnita de humo se escapó de los
cilindros oxidados, comenzó a girar un tambor, y de pronto un grito agudísimo
cruzó los aires sobre la superficie del mar; todos se miraron al rostro sin
poder especificar de dónde partía aquel grito; luego estalló otro más agudo y
cargado de horror, las cadenas rechinaban en los escobenes y ya no volvió a
escucharse nada.
"Las anclas
entraron en el agua agitada; de pronto, un pescador que rondaba la nave con su
botecillo exclamó:
"-¡Una pierna
sale por el escobén!...
"Todos los
desocupados del puerto se precipitaron a mirar.
"Del ojo de
acero, por donde se había deslizado la cadena, colgaba una pierna de mujer.
Hilos de sangre se coagulaban en el acero del casco.
"Después de
dos años de este suceso, René Vasonier no podía aún encontrar trabajo en
ninguna compañía marítima.
"Un día en
París se encontró con el fotógrafo Abraham, el mismo fotógrafo de Tánger. El
fotógrafo no le preguntó ni una palabra por el destino de aquella desconocida
que embarcara una noche en el puerto de Tánger. René pensó:
"-Se han
olvidado.
"La muerte de
Leonesa se borraba de su mente. Otro día volvió a encontrarse con un arquitecto
italiano de Tánger. Le ofrecieron trabajo en las construcciones de cemento
armado de la colonia italiana. Aceptó. Pasaban los meses; el drama había tenido
menos repercusión de la que él supusiera. Una vez preguntó por Yama Mahomed y
le dijeron que estaba lejos. La tragedia de Port Said era un mal negocio. Pero
él se levantaría nuevamente. Una noche, dirigiéndose a Ceuta a poco de salir
del Borch, su automóvil tropezó con un hombre tendido en la carretera. Se
detuvo, abrió la portezuela; cuando puso el segundo pie en el suelo, un palo
cayó sobre su cabeza; cuando despertó estaba amarrado de pies y manos; dos
hombres cubiertos por el capuchón de la chilaba, con gruesas barbas hasta los
pómulos, le miraban en silencio. Un tercero avivaba el fuego en un hornillo
donde enrojecía lentamente una barra de hierro.
"Cuando la
varilla alcanzó el rojo blanco, los dos hombres se precipitaron sobre él; con
sus robustos dedos le abrieron los párpados, mientras el tercero aproximaba la
punta de la barra de hierro al rojo blanco, primero a un ojo, después a otro.
"Se desmayó.
Algunas horas después le encontraron unos turistas. Le desataron pero René
Vasonier no pudo verles. Estaba ciego.
FIN

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