© Libro N° 3936. Paradoja Perdida. Brown, Fredric. Colección E.O. Julio 1 de 2017.
Título
original: © Paradox Lost
Versión Original: © Paradoja Perdida. Fredric
Brown
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
PARADOJA PERDIDA
Fredric Brown
NOTA: La presente es una reconstrucción de la colección de
cuentos original realizada por Jota a partir de cuentos individuales bajados de
la página de Sadrac y completada en base al original en papel.
ÍNDICE
Introducción (Introduction, 1973)
Paradoja perdida (Paradox Lost, 1943)
Teatro de títeres (Puppet Show, 1962)
El último tren (The Last Train, 1950)
No sucedió (It Didn’t Happen, 1963)
Llamada (Knock, 1948)
Obediencia (Obedience, 1950)
El comisionista (Ten Percenter, 1963)
Elurofobia (Aelurophobe. 1962)
Eine kleine nachtmusik (Eine Kleine Nachtmusik, 1965)
Sirio nada (Nothing Sirius, 1944)
El nuevo (The New One, 1942)
La doble mortal (Double Standard, 1963)
Algo verde (Something Green, 1951)
INTRODUCCIÓN
Fred odiaba escribir. Pero adoraba haber escrito. Hacía todo lo
que se le ocurría para postergar el momento de sentarse ante la máquina de
escribir: le quitaba el polvo al escritorio, tocaba la flauta, leía un rato,
tocaba un poco más la flauta. Si vivíamos en un pueblo en el que la
correspondencia no se repartía, iba a buscarla al correo y después encontraba a
alguien con quien jugar una —o dos o tres— partidas de ajedrez o de naipes.
Cuando regresaba a casa, pensaba que era demasiado tarde para empezar.
Después de hacer lo mismo durante varios días, empezaba a
remorderle la conciencia y se sentaba realmente ante la máquina de escribir.
Podía escribir una o dos líneas, o algunas páginas. Pero los libros acababan
por escribirse.
No fue un escritor prolífico. Su promedio diario era de tres
páginas. A veces, si un libro parecía escribirse a sí mismo, escribía seis o
siete páginas diarias, pero eso era algo excepcional.
Fred caminaba de una habitación a otra cuando urdía el
argumento. Puesto que los dos estábamos en casa buena parte del tiempo, tuvimos
el problema de que yo le hablaba mientras caminaba, y así interrumpía el hilo
de sus pensamientos. No le gustaba.
Después de probar varias soluciones que no dieron resultado, le
aconsejé que se pusiera su gorra de algodón rojo cuando no quería ser
molestado. Poco después, le miraba automáticamente la cabeza antes de abrir la
boca.
Después de terminar un libro, generalmente hacíamos un viaje y
el tiempo de nuestra estancia dependía de nuestras circunstancias.
Llegaba un momento en que Fred se atascaba cuando imaginaba un
argumento. A pesar de sus caminatas, no llegaba a ningún sitio. Recuerdo que
cuando escribía uno de sus primeros libros le ocurrió algo semejante y pensó
que tal vez un, viaje, por la noche y en autobús, podría ayudarle. No era
persona que se acostara temprano y pensó que, después de que apagaran las luces
del autobús y todo estuviera en silencio, quizá podría concentrarse mejor. Se
llevó un lápiz linterna y un bloc. Estuvo afuera unos días y, cuando regresó,
había resuelto el argumento.
Hizo muchos más viajes de ese tipo. Y yo siempre adivinaba
cuando estaba a punto de declarar que se iba. No siempre había resuelto el
argumento cuando volvía a casa pero, en tal caso, había resuelto el argumento
para su libro siguiente.
La gran decisión de la carrera de Fred fue dejar su trabajo de
corrección de pruebas para dedicarse totalmente a escribir. Pero su momento más
feliz y estimulante fue cuando ganó el Premio Edgar Allan Poe para Escritores
de Obras de Misterio de Estados Unidos por el mejor libro de misterio, con su
The Fabulous Clipjoint; nunca volvió a sentir lo mismo por ninguna de las obras
que escribió desde entonces. Fue su nacimiento como novelista. Es natural que
algunos de sus libros le gustaran más que otros, pero The Fabulous Clipjoint
fue el primogénito y siempre tuvo debilidad por él.
Hasta que tuvo varias obras publicadas, siguió escribiendo
cuentos entre una y otra a fin de tener un soporte en el que apoyarse durante
el tiempo que llevaba escribir un libro.
Más tarde escribía un cuento o un corto bosquejo literario sólo
cuando tenía uno que sabía debía escribir.
Durante muchos años había deseado escribir The Office, pero
sería un nuevo campo para él pues se trataría de una novela pura. Sabía que sus
obras de misterio y ciencia ficción se vendían, pero ignoraba qué ocurriría con
una novela pura de alguien nuevo en ese campo. Todavía no podía permitirse el
lujo de escribir una obra que tal vez no se vendiera. Pero finalmente la
escribió. Y se vendió.
Durante un tiempo intentó escribir para la televisión, pero
llegó a la conclusión de que no era para él y volvió a escribir libros. Ha
publicado algunos cientos de cuentos y veintiocho novelas; ésta es su octava
colección.
Aunque todas las obras de Fred me han gustado, mi preferida de
siempre es The Screaming Mimi. Otras que me agradan especialmente son Here
Comes a Candle, The Lenient Beast, The far Cry, His Name Was Death y Night of
the Jabberwock.
No soy realmente admiradora de la ciencia ficción porque, en mi
opinión, la mayoría de las novelas de ciencia ficción son demasiado técnicas.
Pero las de Fred me resultaron muy amenas. En este grupo, mis preferidas son
The Lights in the Sky Are Stars y The Mind Thing. What Mad Universe es casi un
clásico y una de mis favoritas.
Para mí, sus colecciones son deliciosas. Siento especial afecto
por ésta porque se trata de su último trabajo concluido. Y como es su despedida
de los lectores, espero que también les guste.
De algún modo, un moscón habla atravesado la persiana y zumbaba
trazando monótonos círculos cerca del techo del aula. Incluso mientras el
profesor Dolohan trazaba monótonos círculos de lógica frente a la clase. El
Bajito McCabe, sentado en la fila del fondo, miraba a uno y a otro y finalmente
llegó a la conclusión de que el moscón era el más interesante de los dos.
—El absoluto negativo —explicaba el profesor— no es, por así
decirlo, absolutamente negativo. Esto sólo es aparentemente contradictorio. Si
se invierte el orden, las dos palabras adquieren nuevas connotaciones. Por lo
tanto...
El Bajito McCabe suspiró imperceptiblemente, miró al moscón y
deseó poder volar en círculos semejantes y emitir un zumbido tan gratificante
para el alma. En tamaños y decibeles comparados, un moscón hacía más ruido que
un avión.
Hacía más ruido, en relación con el tamaño, que una sierra
circular. ¿Una sierra circular aserraría metal? Di, una sierra. Entonces uno
podía decir que vio una sierra circular aserrar una sierra. O cargarse el
circular para que sonara mejor: vi una sierra aserrar una sierra. O, mejor aún:
Serra vio una sierra aserrar una sierra.
—Uno podría pensar en un absoluto como una forma de ser...
—seguía diciendo el profesor.
Sí, pensó el Bajito McCabe, uno puede pensar en una cosa como en
cualquier otra y no consigue nada, excepto un fuerte dolor de cabeza. De todos
modos, el moscardón se hacía más y más interesante. Ahora volaba hacia abajo,
hacia el frente del aula, y tal vez se posara en la cabeza del profesor
Dolohan. Y quizá zumbara.
No zumbó, pero se posó fuera de su vista, detrás del escritorio
del profesor. Sin el moscón para entretenerle, el Bajito miró a su alrededor en
busca de otra cosa para mirar o pensar. Sólo las nucas; estaba solo en la fila
del fondo y... bueno, podía concentrarse en cómo crecía el vello en la nuca de
las personas, pero le pareció un tema relativamente fascinante.
Se preguntó cuántos de los estudiantes que tenía delante estaban
dormidos y calculó que la mitad; deseó dormirse, pero no podría hacerlo. Había
cometido el estúpido error de acostarse temprano la noche anterior y, en
consecuencia, ahora estaba totalmente despierto y aburrido.
—Pero si hacemos caso omiso de la contravención de la
probabilidad que surge de la afirmación de que el absoluto positivo es menos
que absolutamente positivo —decía el profesor Dolohan—, nos vemos conducidos
a...
¡Hurra! El moscón estaba de regreso y salía de su escondite
transitorio en la parte de atrás del escritorio. Voló zumbando hasta el techo,
se detuvo allí un instante para acomodarse las alas y luego bajó, esta vez
hacia la parte trasera del aula.
Si mantenía ese camino en espiral, pasaría a dos centímetros de
la nariz del Bajito. Así fue. Él se puso bizco al observarlo y volvió la cabeza
para no perderlo de vista. Pasó volando a su lado y...
Simplemente ya no estaba allí. En un punto, aproximadamente a
treinta centímetros a la izquierda del Bajito McCabe, súbitamente había dejado
de volar y de zumbar y no estaba allí. No había muerto ni se había caído en el
pasillo. Simplemente había...
Desaparecido. En el aire, a un metro veinte del suelo del
pasillo; simplemente había dejado de estar allí. El sonido que había producido
pareció cesar en mitad del zumbido y en el repentino silencio la voz del
profesor sonó más alta, si no más extraña.
—Al crear, mediante un supuesto contrario a la realidad, creamos
un conjunto pseudoreal de axiomas que son, en cierta medida, la inversión de...
El Bajito McCabe, con la vista fija en el punto en el que el
moscón se había desvanecido, exclamó:
—¡Caray!
—¿Cómo dice?
—Lo siento, profesor. No he dicho nada —respondió el Bajito—.
Sólo... carraspeé.
—Mediante la inversión de... ¿Qué estaba diciendo? Ah, sí.
Creamos una base axiomática de pseudológica que proporcionaría soluciones
distintas a todos los problemas. Quiero decir...
Al ver que el profesor había dejado de mirarle, el Bajito volvió
otra vez la cabeza para observar el punto en el que el moscón habla dejado de
volar. ¿Quizás había dejado de ser un moscón? Tonterías; debió de ser una
ilusión óptica. Los moscones volaban bastante de prisa. Si súbitamente lo había
perdido de vista...
Miró por el rabillo del ojo al profesor Dolohan y se cercioró de
que éste estaba atento a otra cosa. Después el Bajito estiró a modo de prueba
una mano hacia el punto, o el punto aproximado, en el que había visto
desaparecer al moscón.
No sabía qué esperaba encontrar allí, pero no sintió nada.
Bueno, eso era bastante lógico. Si el moscón había volado hacia la nada y él se
estiró y no sintió nada, eso no demostraba nada. Pero, de algún modo, estaba
ligeramente decepcionado. Ignoraba qué esperaba encontrar; tocar el moscón que
no estaba allí, toparse con un obstáculo sólido pero invisible, o cualquier
otra cosa. Pero, ¿qué se había hecho del moscón?
El Bajito apoyó las manos en el pupitre y, durante un minuto,
intentó olvidar el moscón prestando atención al profesor. Pero eso era peor que
hacerse preguntas sobre el moscón.
Se preguntó por milésima vez cómo había sido tan tonto de
inscribirse en esa clase 2B de lógica. Jamás aprobaría el examen. Y, de todos
modos, se especializaría en paleontología. Le gustaba la paleontología; un
dinosaurio era algo en lo que podías hincar el diente, por así decirlo. Pero la
lógica, puaj; 2B o no 2B. Y prefería estudiar los fósiles que escuchar a uno de
ellos.
Miró casualmente sus manos apoyadas en el pupitre.
—¡Caray! —murmuró.
—¿Si, señor McCabe? —preguntó el profesor.
El Bajito no respondió; no podía. Miraba su mano izquierda. No
tenía dedos. Cerró los ojos.
El profesor sonrió profesoralmente.
—Creo que nuestro joven amigo del asiento del fondo se ha...
bueno... dormido.
¿Alguien tendría la amabilidad de...?
El Bajito dejó caer rápidamente las manos sobre el regazo y
dijo:
—Es... estoy bien, profesor. Lo siento. ¿Ha dicho algo?
—¿Usted no?
El Bajito tragó saliva.
—Yo... supongo que no.
—Estábamos analizando —agregó el profesor, afortunadamente para
toda la clase y no para el Bajito individualmente la posibilidad de lo que uno
podría considerar lo imposible.
No se trata de una contradicción, ya que uno debe distinguir
cuidadosamente entre imposible y no posible. Lo último...
El Bajito volvió a apoyar subrepticiamente las manos sobre el
pupitre y las miró. La mano derecha estaba perfecta. La izquierda... Cerró los
ojos y volvió a abrirlos, pero todavía faltaban todos los dedos de su mano
izquierda. No sentía que faltaran. A modo de prueba, ejercitó los músculos que
debían moverlos y sintió que respondían.
Pero no estaban allí, al menos hasta donde veían sus ojos. Se
estiró, los buscó con la mano derecha... y no los sintió. Su mano derecha
atravesó el espacio que los dedos de su mano izquierda debían ocupar y no
sintió nada. Pero podía mover los dedos de la mano izquierda. Y lo hizo.
Todo era muy confuso.
Entonces recordó que ésa era la mano que había utilizado para
estirarse hacia el sitio donde el moscón había desaparecido. En ese momento,
como si confirmara sus sospechas repentinas, sintió un ligero roce en uno de
los dedos que no estaban allí. Un ligero roce y algo liviano que reptaba por su
dedo. Algo del mismo peso aproximado que un moscón. Después el roce
desapareció, como si hubiese emprendido nuevamente el vuelo.
El Bajito se mordió los labios para no gritar de nuevo. Empezaba
a asustarse.
¿Se estaba volviendo loco? ¿O el profesor tenía razón y, al fin
y al cabo, se había dormido? ¿Cómo podía averiguarlo? ¿Y si se pellizcaba? Con
los únicos dedos disponibles, los de la mano derecha, bajó la mano y se
pellizcó con fuerza la piel del muslo. Le dolió. Pero sí soñaba que se
pellizcaba a si mismo, ¿acaso no podía soñar también que le dolía?
Volvió la cabeza y miró hacia la izquierda. No había nada que
ver en esa dirección: el pupitre vacío al otro lado del pasillo, el pupitre
vacío más allá, la pared, la ventana y el cielo azul a través de la hoja de cristal.
Pero...
Miró al profesor y vio que ahora estaba atento a la pizarra, en
la que trazaba símbolos.
—Digamos que N es igual a infinito conocido —explicaba el
profesor —y el símbolo a igual al factor de probabilidad.
A modo de prueba, el Bajito volvió a estirar su mano izquierda
hacia el pasillo y la observó atentamente. Pensó que podía asegurarse y se
estiró un poco más. La mano había desaparecido. Sacudió hacia atrás la muñeca y
permaneció sudoroso.
Estaba chalado. Tenía que estar chalado.
De nuevo trató de mover los dedos y sintió que se agitaban
satisfactoriamente, tal como debían hacerlo. Aún tenía sensación en ellos,
cinética y de otro tipo. Pero... acercó la muñeca al pupitre y no lo sintió. Le
colocó de modo tal que su mano, si hubiese estado en el extremo de la muñeca,
habría tenido que tocar o atravesar el pupitre, pero no sintió nada.
Estuviera donde estuviese su mano, no era en el extremo de la
muñeca. Seguía allí, en el pasillo, al margen de donde dirigiera el brazo. Si
se levantaba y salía del aula, ¿su mano aun estaría allí, en el pasillo,
invisible? ¿Y si se iba a una distancia de mil quinientos kilómetros? ¿Pero eso
era una estupidez?
—¿Pero acaso era más estúpido que el hecho de que su brazo
estuviera aquí, en el pupitre, y su mano a sesenta centímetros de distancia? La
diferencia en estupidez entre sesenta centímetros y mil quinientos kilómetros
sólo era de grado. ¿Su mano estaba allí?
Cogió del bolsillo la estilográfica y estiró la mano derecha
hasta aproximadamente el punto en el que suponía que ella estaba y, sin duda
alguna, sólo sostenía parte de una estilográfica, la mitad. Evitó
cuidadosamente estirarse más lejos, pero la levantó y la dejó caer bruscamente.
¡Sintió que tocaba los nudillos faltantes de su mano izquierda!
¡Ya estaba! Se sobresaltó tanto que soltó la estilográfica,. que desapareció.
No estaba en el suelo del pasillo. No estaba en ninguna parte. Simplemente
había desaparecido y se trataba de una buena estilográfica de cinco dólares.
¡Caray! Se preocupaba por una estilográfica cuando su mano
izquierda había desaparecido. ¿Qué haría con respecto a eso?
Cerró los ojos y se dijo: «Bajito McCabe, tienes que resolver
esto lógicamente y averiguar cómo recuperar tu mano de donde está. No te
atrevas a asustarte.
Probablemente estás dormido y sueñas esto, pero quizá no es así
y, si no es así, te encuentras en un aprieto. Ahora sé lógico. Allí hay un
lugar, un plano o algo, y puedes atravesarlo o poner cosas a través de él, pero
no recuperarlas. Al margen de lo que haya al otro lado, ahí está tu mano
izquierda. Y tu derecha no sabe lo que hace tu izquierda porque una está aquí y
la otra allí y nunca se... Eh, Bajito, corta el rollo. Esto no es divertido».
Pero había algo que podía hacer: averiguar aproximadamente el
tamaño y la forma de... lo que fuera. Sobre el pupitre tenía una caja de
sujetapapeles. Cogió algunos con la mano derecha y los arrojó al pasillo.
Avanzaron quince o veinte centímetros por el pasillo y desaparecieron. No los
oyó caer en ningún sido.
Por el momento, iba bien encaminado. Lanzó uno un poco más abajo
y obtuvo el mismo resultado. Se agachó teniendo cuidado de no asomar la cabeza
al pasillo, deslizó un sujetapapeles por el suelo y lo vio desaparecer ocho
centímetros pasillo afuera. Tiró uno hacia adelante y otro hacia atrás. El
plano se extendía, como mínimo, un metro hacia adelante y hacia atrás,
aproximadamente paralelo al pasillo.
¿Y hacia arriba? Lanzó un sujetapapeles que trazó un arco a un
metro ochenta de altura sobre el pasillo y desapareció.
Arrojó otro, más alto y hacia adelante. Este trazó un arco en el
aire y cayó en la cabeza de una muchacha sentada tres asientos más adelante, en
el pasillo de al lado. La joven se sobresaltó y se llevó una mano a la cabeza.
—Señor McCabe —dijo seriamente el profesor Dolohan—, ¿puedo
preguntarle si esta clase le aburre?
El Bajito dio un salto y respondió:
—S... No, profesor. Sólo estaba...
—Noté que hacía un experimento de balística y de la naturaleza
de la parábola. Señor McCabe, una parábola es la curva descrita por un
proyectil lanzado al espacio sin más fuerza continua que su impulso inicial y
la fuerza de gravedad. ¿Puedo continuar ahora con mi curso o prefiere estar
delante de la clase para demostrar la naturaleza de la mecánica paraboloide
para ilustrar a sus compañeros?
—Lo siento, profesor —respondió el Bajito—. Estaba... Bueno...
Quiero decir... que lo siento.
—Gracias, señor McCabe. Ahora el profesor volvió a ponerse
frente a la pizarra—, si permitimos que el símbolo b represente el grado de no
posibilidad, a diferencia de c...
El Bajito miró atentamente sus manos —mejor dicho, su mano—, que
apoyaba en el regazo. Dirigió la mirada hacia el reloj colgado de la pared,
encima de la puerta, y supo que la clase terminaría dentro de cinco minutos.
Tenía que hacer algo, y de prisa.
Volvió a mirar hacia el pasillo. No es que allí hubiese algo que
ver. Pero sí mucho en qué pensar: media docena de sujetapapeles, su mejor
estilográfica y su mano izquierda.
Allí había algo invisible. No podía sentirlo cuando lo tocaba, y
objetos como los sujetapapeles no hacían ruido cuando chocaban contra aquello.
Y podía atravesarlo en una dirección, pero no en la otra. Podía estirar la mano
derecha hacia allí y tocar la izquierda, sin duda alguna, pero después no
recuperaría la derecha. Y la clase terminaría muy pronto y...
—Una locura. Solo podía hacer una cosa que tuviese sentido. No
había nada al otro lado de ese plano que dañara su mano izquierda, ¿verdad?
Bien, entonces, ¿por qué no atravesarlo? Se encontrara donde se encontrase,
estaría entero.
Miró al profesor y esperó hasta que éste se volvió para escribir
algo en la pizarra.
Entonces, sin detenerse a meditar, sin atreverse a meditarlo, el
Bajito se puso de pie en el pasillo.
Las luces se apagaron. O había entrado en la oscuridad.
Ya no podía oír al profesor, pero junto a sus orejas había un
zumbido familiar que parecía el de un moscón que trazara círculos en algún
lugar cercano, en la oscuridad.
Reunió sus manos y ambas estaban allí; la derecha abrazó a la
izquierda. Bueno, se encontrara donde se encontrase, todo él estaba allí. Pero,
¿por qué no podía ver?
Alguien estornudó.
El Bajito se sobresaltó y luego preguntó:
—¿Hay... alguien aquí?
Su voz se estremeció ligeramente, y en ese momento deseó estar
realmente dormido y despertar poco después.
—Por supuesto —respondió una voz, bastante aguda y quejumbrosa.
—Eh... ¿Quién?
—¿Qué quiere decir quién? Yo. ¿No puedes ver? No, claro no. Lo
había olvidado. ¡Eh, escucha a ese muchacho! ¡Y ellos dicen que nosotros
estamos locos! —Se oyó una risa en la oscuridad.
—¿A qué muchacho? —preguntó el Bajito—. ¿Y quién dice que están
locos?
Escuchen, no compren...
—Este muchacho —dijo la voz—. El profesor. ¿No puedes? No,
olvido que no puedes.
De todos modos, no tienes nada que hacer aquí. Pero estoy
escuchando al profesor, que explica lo que ocurrió con los saurios.
—¿Los qué?
—Los saurios, estúpido. Los dinosaurios. El muchacho está loco.
¡Y ellos dicen que nosotros lo estamos!
Súbitamente el Bajito McCabe sintió la necesidad, la profunda
necesidad, de sentarse.
Tanteó en la oscuridad, sintió la tabla de un pupitre y el
asiento vacío y se deslizó en éste.
Luego dijo:
—Señor, esto es chino para mí. ¿Quiénes dicen que están locos
quiénes?
—Ellos dicen que nosotros. ¿No lo sabes? Claro, no lo sabes.
¿Quién dejó entrar esa mosca?
—Empecemos por el principio —suplicó el Bajito—. ¿Dónde estoy?
—Vosotros, los normales —musitó la voz petulantemente—. Si se os
enfrenta con algo fuera de lo común, empezáis a hacer preguntas... Bueno,
espera un momento y te lo diré.
Hazme el favor de aplastar esa mosca.
—No puedo verla. Yo...
—Cállate. Quiero escuchar esto. Para eso he venido. El...
caramba, les dice que los dinosaurios se extinguieron por falta de alimentos
porque se volvieron demasiado grandes. ¿No es una tontería? Cuanto más grande
es una cosa, mayores sus posibilidades de obtener alimento, ¿no? ¡Y la idea de
que los herbívoros se murieron de hambre en estos bosques! ¡O de que los
carnívoros lo hicieron mientras los herbívoros estaban por allí! Y... Pero,
¿por qué te digo todo esto? Tú eres normal.
—Yo... no entiendo. Si soy normal. ¿Y usted qué es?
La voz emitió una risita.
—Yo soy un loco.
El Bajito McCabe tragó saliva. Aparentemente no había nada que
decir. La voz estaba evidentemente en lo cierto al dar esa respuesta.
En primer lugar, si podía oír hacia fuera, el profesor Dolohan
estaba hablando sobre el absoluto positivo y esa voz —con lo que estuviera
adosado a ella, si es que había algo — había ido a oír hablar de la decadencia
de los saurios. Eso no tenía sentido porque el profesor Dolohan era incapaz de
distinguir un pterodáctilo borracho de un esferoide achatado por los polos.
Y...
—¡Uy! —exclamó el Bajito, pues algo le había dado un fuerte
golpe en el hombro.
—Lo siento —dijo la voz—. Sólo le di un tortazo a esa maldita
mosca. Se posó encima de ti. De todos modos, fallé. Espera un minuto hasta que
mueva la llave y deje salir al maldito bicho. ¿Tú también quieres salir?
Súbitamente el zumbido cesó. El Bajito dijo:
—Escuche... tengo demasiada curiosidad para querer salir de aquí
antes de tener alguna idea con respecto a de dónde estoy saliendo, quiero decir
de qué estoy saliendo.
Supongo que estoy loco, pero...
—No, eres normal. Nosotros somos los locos. De todos modos, eso
es lo que dicen ellos. Bueno, escuchar la charla de ese muchacho sobre los
dinosaurios me aburre. Me da lo mismo hablar contigo que prestarle atención.
Pero tú no tenias nada que hacer al entrar aquí. Ni tú ni esa mosca,
¿comprendes? Hubo un error en el aparato. Le diré a
Napoleón...
—¿A quién?
—A Napoleón. Es el mandamás de esta provincia. Los Napoleones
también son jefes de algunas otras. Verás, muchos de nosotros creen ser
Napoleón, pero yo no. Es un delirio común. De todos modos, el Napoleón al que
me refiero es el de Donnybrook.
—¿Donnybrook? ¿No es un manicomio?
—Claro, ¿en qué otra parte estaría alguien que creyera ser
Napoleón?
El Bajito McCabe cerró los ojos pero descubrió que de nada
servia porque, de todos modos, estaba oscuro y ni siquiera podía ver si los
tenía abiertos. Se dijo: «Tengo que seguir haciendo preguntas hasta obtener
algo con sentido o voy a enloquecer. Quizás esté loco; tal vez esto es estar
loco. Pero si lo estoy, ¿sigo sentado en la clase del profesor Dolohan o...
qué?» Abrió los ojos y preguntó:
—Escuche, tratemos de abordarlo desde otro ángulo. ¿Dónde está
usted?
—¿Yo? Ah, yo también estoy en Donnybrook. Quiero decir;
normalmente. Todos los de esta provincia lo estamos, con excepción de unos
pocos que todavía siguen fuera.
¿Comprendes? En este preciso momento —súbitamente su voz pareció
turbarse—, estoy en una habitación acolchada.
—Y, ¿eso... es todo? —preguntó el Bajito, temeroso—. Quiero
decir, ¿Yo también estoy en una habitación acolchada?
—Claro que no. Tú estás cuerdo. Escucha, no tengo por qué hablar
de estas cosas contigo. Ya sabes, han trazado una línea definida. Sólo se debe
a que algo del aparato funciona mal.
El Bajito deseaba preguntar a qué aparato se refería, pero tuvo
la corazonada de que, si lo hacía, la respuesta desencadenara siete u ocho
preguntas nuevas. Quizá si se ceñía a un punto hasta comprenderlo podría
empezar a entender algunos otros. Agregó:
—Volvamos a Napoleón. ¿Ha dicho que hay más de un Napoleón entre
ustedes?
¿Cómo es posible? No puede haber dos iguales.
La voz emitió una risita.
—Eso es todo lo que sabes. Eso demuestra que eres normal. Ése es
un razonamiento normal; desde luego, es correcto. Pero esos muchachos que creen
ser Napoleón están locos, de modo que no es pertinente. ¿Por qué cien hombres
no pueden ser Napoleón si están demasiado locos para saber que no pueden?
—Bueno —insistió el Bajito—, aunque Napoleón no estuviera
muerto, por lo menos noventa y nueve deberían estar equivocados, ¿no? Es
lógico.
—Ése es el problema aquí —aseguró la voz—. Te repito que
nosotros estamos locos.
—¿Nosotros? Quiere decir que yo...
—No, no, no, no, no. Al decir nosotros, me refiero a nosotros, a
mí y a los demás, no a ti. Por eso no tienes nada que hacer aquí, ¿comprendes?
—No —respondió el Bajito.
Extrañamente, ahora no sentía el más mínimo temor. Sabía que
tenía que estar dormido y soñando esa situación, pero creía que no era así. Sin
embargo, estaba tan seguro de que no estaba loco como de cualquier otra cosa.
La voz con la que hablaba había dicho que no lo estaba y, ciertamente, parecía
ser erudita en el tema. ¡Cien Napoleones!
—Es divertido —agregó—. Quiero averiguar todo lo que pueda antes
de despertar.
¿Quién es usted y cómo se llama? Yo soy el Bajito.
—Moderadamente encantado de conocerte, Bajito. En general,
vosotros, los normales, me aburrís, pero pareces mejor que la mayoría. Sin
embargo, preferiría no decirte el nombre que me dan en Donnybrook; no quisiera
que vinieras a visitarme ni nada por el estilo. Llámame simplemente Dormilón.
—¿Se refiere a... los siete enanitos? ¿Cree ser uno de los...?
—Oh, no, en absoluto. No soy paranoico; ninguno de mis delirios,
como tú los llamarías, se refieren a la identidad. Simplemente es el apodo por
el que me conocen aquí. Del mismo modo que a ti te llaman Bajito, ¿comprendes?
No te preocupes por mi otro nombre.
El Bajito preguntó:
—¿Cuáles son sus... bueno... delirios?
—Soy inventor, lo que ellos denominan un inventor chalado. Creo
inventar máquinas de tiempo. Ésa es una.
—Ésta es... ¿Quiere decir que estoy en una máquina de tiempo?
Bueno, si, eso explicaría... bueno... una o dos cosas. Pero escuche, si esto es
una máquina de tiempo y funciona, ¿por qué dice que cree inventarlas? Si ésta
lo es.. —quiero decir...
La voz rió.
—Pero una máquina de tiempo es imposible. Se trata de una
paradoja. Tus profesores te explicarán que no puede existir una máquina de
tiempo porque ello significaría que dos cosas podrían ocupar el mismo espacio
al mismo tiempo. Y un hombre podría regresar y matarse cuando era más joven
y... todo tipo de cosas por el estilo. Es totalmente imposible. Sólo un loco
podría...
—Pero usted dice que ésta lo es. Bueno, ¿dónde está? Quiero
decir, dónde en el tiempo.
—¿Ahora? En 1968, por supuesto.
—En... Eh, sólo es 1963. A menos que la moviera desde que subí,
¿lo hizo?
—No. Yo he estado en todo momento en 1968; ahí es donde asistía
a esa clase sobre los dinosaurios. Pero tú subiste más atrás, cinco años atrás.
Eso se debe al desvío. El que tomaré con Napo...
—¿Pero dónde estoy..., estamos, ahora?
—Bajito, estás en la misma aula en la que subiste. Pero cinco
años adelante. Si te estiras, lo verás... Inténtalo, a tu izquierda, de regreso
a donde estabas sentado.
—Ah... ¿Recuperaría mi mano o sería como cuando me estiré hacia
aquí?
—Todo está bien, la recuperarás.
—Bueno... —dijo el Bajito.
A modo de prueba, estiró la mano. Tocó algo suave que parecía
pelo. Lo cogió y tiró un poco.
Súbitamente se sacudió para liberarse e, involuntariamente, el
Bajito retiró la mano.
—¡Caramba! —exclamó la voz a su lado—. ¡Qué divertido!
—¿Qué... pasó? —inquirió el Bajito.
—Era una muchacha, una belleza pelirroja. Está sentada en el
mismo asiento que tú ocupabas hace cinco años. ¡Le tiraste del pelo y tendrías
que haberla visto saltar!
Escucha...
—¿Qué quiere que escuche?
—Entonces cállate para que yo pueda escuchar... —Se produjo una
pausa y la voz rió—. ¡El profe la invita a salir!
—¿Qué? —preguntó el Bajito—. ¿En la clase? ¿Cómo...?
—Ah, él la miró cuando ella lanzó un grito y le dijo que se
quedara después de la hora.
Pero, a juzgar por el modo en que la mira, imagino que tiene
otras intenciones. Y no le culpo, la muchacha es bellísima. Estirate y vuelve a
tirarle del pelo.
—Pero... Bueno, no seria muy...
—Está bien —dijo la voz, fastidiada—. Olvido que no estás loco
como yo. Ser normal debe de ser horrible. Bueno, salgamos de aquí. Estoy
aburrido. ¿Te gustaría ir de caza?
—¿De caza? No tengo buena puntería, sobre todo si no puedo ver
nada.
—Pero no estará oscuro si sales del aparato. Ya sabes, es tu
propio mundo, pero está loco. Quiero decir, es un... ¿Cómo diría tu profesor?
Un aspecto ilógico de logicidad. De todos modos, siempre cazamos con tiradores.
Es más deportivo.
—¿Qué cazan?
—Dinosaurios. Son los más divertidos.
—¡Dinosaurios! ¡Con un tirador! ¿Está lo...? Mejor dicho, ¿es
verdad?
La voz rió.
—Claro. Mira, eso era lo divertido que decía el profesor sobre
los saurios. Verás, los liquidamos. Desde que hice esta máquina de tiempo, el
jurásico ha sido nuestro campo de caza favorito. Pero quizá queden uno o dos
que podamos cazar. Conozco un buen lugar.
Es aquí.
—¿Aquí? Creía que estábamos en un aula de 1968.
—Entonces estábamos. Aquí, invertiré la polaridad y podrás
salir. Adelante.
—Pero... —tartamudeó el Bajito—. Bueno... —Y dio un paso hacia
la derecha.
La luz del sol le cegó.
Era una luz más brillante y deslumbrante que la que jamás
hubiese visto o conocido, un terrible contraste con la oscuridad en la que
habla estado. Se cubrió los ojos con las manos para protegerlos y sólo
lentamente pudo apartarías y abrir los ojos.
Entonces vio que estaba de pie sobre un terreno arenoso, próximo
a la orilla de un lago de superficie lisa.
—Vienen aquí a beber —explicó una voz conocida, y el Bajito dio
media vuelta.
El hombre que se encontraba allí de pie era un pequeño tunante
de aspecto extraño, diez centímetros más bajo que el Bajito, que media un metro
sesenta y cinco. Usaba gafas con montura de concha y una pequeña perilla; su
rostro parecía minúsculo y marchito bajo una chistera negra, verde de tan
vieja.
Se metió la mano en el bolsillo y extrajo un tirador pequeño
pero con una goma bastante gruesa entre las puntas.
—Puedes disparar primero si quieres —dijo, y ofreció el tirador.
—El Bajito meneó enérgicamente la cabeza.
—Usted.
El hombrecito se agachó y eligió cuidadosamente algunas piedras
que estaban en la arena. Las guardó todas menos una en el bolsillo, y esta
última la colocó en el cuero del tirador. Luego se sentó en un pedrusco y dijo:
—No es necesario que nos escondamos. Esos dinosaurios son
tontos. Vendrán hasta aquí.
El Bajito volvió a mirar a su alrededor. Había árboles hasta una
distancia de cien metros a contar desde el lago, árboles extraños y monstruosos
con hojas gigantescas, mucho más claros que los árboles que había visto en su
vida. Entre éstos y el lago sólo aparecían pequeños arbustos achaparrados y de
color marrón y una especie de césped amarillo y grueso.
Faltaba algo. Súbitamente el Bajito recordó de qué se trataba y
preguntó:
—¿Dónde está la máquina de tiempo?
—¿Eh? Ah, aquí mismo —el hombrecito estiró un brazo hacia la
izquierda, que desapareció hasta el codo.
—Ah —musitó el Bajito—. Me preguntaba qué aspecto tenía.
—¿Qué aspecto tenía? —repitió el hombrecito—. ¿Acaso pensabas
que podría parecerse a algo? Ya te he dicho que no existe nada semejante a una
máquina de tiempo.
No puede existir, sería una paradoja total. El tiempo es una
dimensión fija. Y cuando me lo demostré a mi mismo, enloquecí.
—¿Cuándo ocurrió?
—Aproximadamente hace cuatro millones de años a contar desde
ahora, alrededor de 1961. Estaba decidido a fabricar una y enloquecí cuando no
lo logré.
—Ah —respondió el Bajito—. Escuche, ¿cómo es que no podía verlo
en el futuro y aquí si puedo? ¿Y qué mundo de hace cuatro millones de años es
éste, el suyo o el mío?
—Lo mismo responde a las dos preguntas. Éste es terreno neutral;
es antes de que se produjera una bifurcación entre cordura y locura. Los
dinosaurios son espantosamente idiotas; carecen del cerebro suficiente para
estar locos, por no hablar de que sean normales. No saben distinguir. No saben
que no podía existir una máquina de tiempo. Por eso podemos venir aquí.
—Ah —repitió el Bajito.
Durante un rato permaneció callado. De algún modo, ya no le
parecía sumamente extraño el hecho de estar esperando para ver cazar un
dinosaurio con un tirador. La locura era que, de algún modo, esperara ver un
dinosaurio. Bajo este supuesto, tampoco habría parecido más estúpido esperar
allí uno con... Volvió a hablar:
—Dígame. Si usar un tirador para esos bichos es deportivo, ¿se
le ocurrió probar alguna vez con una palmeta matamoscas?
Los ojos del hombrecito se iluminaron.
—Ésa sí que es una idea —declaró—. Oye, quizá seas realmente
elegible para...
—No —intervino el Bajito velozmente—. Sólo bromeaba, de veras.
Pero escuche...
—No oigo nada.
—No me refería a eso, sino... Bien, escuche, muy pronto
despertaré o algo así, y quisiera hacerle un par de preguntas mientras...,
mientras sigue aquí.
—Querrás decir mientras todavía sigues tú aquí —puntualizó el
hombrecito—. Ya te dije que meterte en esto conmigo fue un puro accidente y,
además, algo que tengo que compartir con...
—Maldito Napoleón —dijo el Bajito—. Escuche, ¿puede responder a
esto para que yo logre comprenderlo? ¿Estamos o no estamos aquí? Quiero decir,
si a su lado hay una máquina de tiempo, ¿cómo puede estar allí si una máquina
de tiempo no puede existir?
¿Y yo estoy o no estoy todavía en el aula del profesor Dolohan
y, si lo estoy, qué hago aquí? Y... oh, maldición, ¿de qué se trata?
El hombrecito sonrió pensativamente.
—Veo que estás hecho un lío. Podría aclarártelo. ¿Sabes algo de
lógica?
—Bueno, un poco, señor... eh...
—Llámame Dormilón. Si sabes un poco de lógica, ese es tu
problema. Olvídate de ella y recuerda que yo estoy loco y que esto cambia las
cosas. Una persona loca no necesita ser lógica. Nuestros mundos son distintos,
¿comprendes? Ahora bien, tú eres lo que nosotros llamamos subnormal, es decir,
ves las cosas del mismo modo que todos los demás. Pero nosotros no. Y puesto
que la materia es, del modo más obvio, un simple concepto de la mente...
—¿Lo es?
—Por supuesto.
—Pero eso según la lógica. Descartes...
El hombrecito agitó vivamente el tirador.
—Ah, sí, pero no según otros filósofos: los dualistas. Allí es
donde los lógicos nos atraviesan. Nos dividen en dos campos, adoptan posiciones
diametralmente opuestas con respecto a una cuestión y ambos no pueden
equivocarse. Tonto, ¿no? Pero sigue en pie el hecho de que la materia es un
concepto de la conciencia, incluso aunque algunas personas que no están
realmente locas crean que lo es. Ahora bien, hay un concepto normal de la
materia, que tú compartes, y una multitud de conceptos anormales. Los anormales
suelen unirse.
—No lo entiendo claramente. ¿Quiere decir que ustedes tienen una
sociedad secreta de... bueno... de lunáticos que... bueno... viven en un mundo
distinto, como si fuese...?
—No como si fuese —le corrigió enfáticamente el hombrecito—,
sino como si no fuese.
Y no es una sociedad secreta ni nada organizado de ese modo.
Simplemente es. Nos proyectamos en dos universos, por así decirlo. Uno es
normal; nuestros cuerpos nacen allí y, desde luego, permanecen allí. Y si
estamos lo bastante locos para llamar la atención, nos meten en manicomios de
allí. Pero tenemos otra existencia en nuestras mentes. Ahí es donde estoy y ahí
es donde estás en este momento, en mi mente. Yo tampoco estoy realmente aquí.
—¡Caray! —exclamó el Bajito—. ¿Pero cómo podría estar yo en
su...?
—Ya te lo he dicho, la máquina se deslizó. Pero la lógica no
tiene mucho que hacer en mi mundo. Una paradoja más o menos no tiene
importancia. Y una máquina de tiempo es una bagatela. Muchos de nosotros las
tenemos. Muchos de nosotros hemos venido aquí en ellas, a cazar. Así es como
liquidamos a los dinosaurios y ése es el motivo por el cual...
—Espere —intervino el Bajito—. ¿Este mundo en el que estamos
sentados, el jurásico, forma parte de su... bueno... concepción o es real?
Parece real y auténtico.
—Éste es real, pero nunca existió realmente. Es evidente. Si la
materia es un concepto de la mente y los saurios no tenían cerebro, ¿cómo
pudieron tener un mundo en el que vivir, salvo que nosotros lo pensamos para
ellos después?
—Ah —murmuró el Bajito débilmente. Su mente describía círculos
zumbantes—. O sea que los dinosaurios realmente nunca...
—Ahí viene uno —dijo el hombrecito.
El Bajito saltó. Miró desenfrenadamente a su alrededor, pero no
vio nada parecido a un dinosaurio.
—Allá abajo —agregó el hombrecito—. Atraviesa los arbustos. Mira
este disparo.
El Bajito observó a su compañero mientras éste preparaba el
tirador. Un ser pequeño parecido a un saurio, pero que saltaba erguido como
ningún saurio lo haría, rodeaba uno de los arbustos achaparrados. Media
alrededor de cuarenta y cinco centímetros de altura.
Se oyó un agudo sonido sibilante cuando la goma se estiró y un
golpe seco cuando la piedra alcanzó al animal entre los ojos. Cayó, por lo que
el hombrecito se acercó y lo recogió.
—Podrás tirarle al próximo —afirmó.
El Bajito miró boquiabierto el saurio muerto.
—¡Un struthiomimus! —exclamó—. Caramba. ¿Y si aparece uno
grande? Por ejemplo, un brontosaurio o un tiranosaurio rex.
—Están todos muertos. Los liquidamos. Sólo quedan los pequeños,
pero es mejor que cazar conejos, ¿no te parece? Bueno, esta vez tengo
suficiente con uno. Empiezo a aburrirme pero, si quieres, esperaré a que tú
dispares contra uno.
El Bajito meneó la cabeza.
—Sospecho que con ese tirador no podría apuntar bien. Lo pasaré
por alto. ¿Dónde está la máquina de tiempo?
—Aquí mismo. Da dos pasos hacia delante.
El Bajito le hizo caso y las luces se apagaron nuevamente.
—Un momento —dijo la voz del hombrecito—, accionaré las
palancas. ¿Quieres bajarte donde subiste?
—Vaya... Quizá sea una buena idea; de lo contrario, podría
meterme en un lío. ¿Dónde estamos ahora?
—De regreso en 1968. Ese muchacho aún le explica a su clase lo
que él cree que ocurrió con los dinosaurios. Y esa pelirroja... Oye, es
realmente hermosa. ¿Quieres tirarle otra vez del pelo?
—No —respondió el Bajito—. Pero quiero bajarme en 1963. ¿Como me
llevará esto hasta allí?
—Subiste aquí desde 1963, ¿no? Es el desvío. Creo que esto te
hará bajar allí del mismo modo.
—Cree —El Bajito se sobresaltó—. Escuche, ¿y si me baja el día
antes y me sentara en mi propio regazo en ese aula? La voz rió.
No podrías, no estás loco. Pero yo lo hice una vez. Bueno, en
marcha Quiero volver a...
—Gracias por el paseo —dijo el Bajito—. Pero, espere... me queda
una pregunta por hacerle. Se refiere a los dinosaurios.
—Bien date prisa; quizás el desvío no resista.
—Los grandes, los realmente grandes, ¿cómo demonios los mataron
con tiradores?
¿Lo hicieron?
El hombrecito rió.
—Claro que lo hicimos. Simplemente usamos tiradores más grandes,
eso es todo.
Adiós.
El Bajito sintió un empujón y la luz volvió a deslumbrarle.
Estaba de pie en el pasillo del aula.
—Señor McCabe —dijo la voz sarcástica del profesor Dolohan—,
faltan cinco minutos para que termine la clase. ¿Tendría la amabilidad de
volver a ocupar su sitio? ¿Puedo preguntarle si se encontraba en estado de
sonambulismo?
El Bajito se sentó rápidamente y respondió:
—Yo... Lo siento, profesor.
Permaneció el resto de la clase envuelto en una bruma. Había
parecido demasiado vívido para ser un sueño y todavía le faltaba la
estilográfica. Pero, obviamente, podía haberla perdido en cualquier parte. Todo
había sido tan vívido que tardó un día entero en convencerse de que lo habla
soñado y una semana en olvidarlo definitivamente, o casi por completo.
En efecto, el recuerdo sólo se desvaneció gradualmente. Un año
después aún se acordaba vagamente de que había tenido ese sueño tan retorcido.
Pero no cinco años después; ningún sueño se recuerda tanto tiempo.
Ahora era profesor adjunto y dictaba su propia clase de
paleontología.
—Los saurios explicaba a sus alumnos—, desaparecieron a finales
del período jurásico. Se volvieron demasiado grandes y pesados para abastecerse
de alimentos...
Mientras hablaba, miraba a la bonita estudiante pelirroja de la
fila del fondo. Y se preguntaba cómo lograría reunir ánimos para invitarla a
salir.
En el aula había un moscón; se había elevado trazando una
espiral zumbona desde un punto de la parte de atrás de la sala. Al profesor
McCabe le recordó algo y, mientras hablaba, intentó recordar de qué se trataba.
En ese preciso instante la muchacha de la fila del fondo dio repentinamente un
salto y lanzó un grito.
—Señorita Willis —dijo el profesor McCabe—, ¿ocurre algo?
—Yo... creí que algo me tiraba del pelo, profesor —dijo, y se
ruborizó, y entonces pareció más bella que nunca—. Supongo... que me quedé
dormida.
Él la miró, seriamente porque los ojos de toda la clase lo
observaban. Pero ésa era la oportunidad que había esperado y deseado. Agregó:
—Señorita Willis, ¿tendrá la amabilidad de quedarse después de
la hora?
TEATRO DE TÍTERES
El horror se abatió sobre Cherrybell poco después del mediodía
de un día de agosto sumamente caluroso.
Quizá sea una redundancia; cualquier día de agosto en
Cherrybell, Arizona, es sumamente caluroso. Se encuentra junto a la carretera
89, a unos sesenta kilómetros al sur de Tucson y cuarenta y cinco kilómetros al
norte de la frontera mexicana. Se compone de dos gasolineras, una a cada lado
de la carretera para abastecer a los viajeros que van en ambas direcciones, una
tienda de artículos diversos, una taberna que sólo tiene licencia para vender
cerveza y vino, un atrayente establecimiento para los turistas que no pueden
esperar a haber cruzado la frontera para empezar a comprar sarapes y huaraches,
un desierto puesto de hamburguesas, y una cuantas casas de adobe habitadas por
americano-mexicanos que trabajan en Nogales, la ciudad fronteriza enclavada un
poco más al sur, y que, por Dios sabe qué razón, prefieren vivir en Cherrybell
y viajar, algunos de ellos, en «Fords», modelo T. El letrero de la carretera
dice, «Cherrybell, Pop. 42», pero el letrero exagera; Pop falleció el año
pasado —Pop Anders, que regentaba el ahora desierto puesto de hamburguesas— y
el número correcto es el 41.
El horror llegó a Cherrybell montado en un burro que guiaba un
anciano y sucio prospector de barba gris que después —al principio nadie se
molestó en preguntarle su nombre— afirmó llamarse Dade Grant. El nombre del
horror era Garth. Debía de medir unos dos metros setenta de estatura, pero era
un hombre tan delgado que no podía pesar más de cuarenta y cinco kilos. El
burro del viejo Dade le llevaba fácilmente, a pesar del hecho de que sus pies
arrastraron por el suelo a ambos lados. Le había arrastrado sobre la arena del
desierto, pues, como después se descubrió, más de ocho kilómetros no habían
causado el menor desperfecto en los zapatos, más parecidos a botas altas, que
constituían todo lo que llevaba a excepción de unos calzones muy anchos de
color azul verdoso. Pero no eran sus dimensiones lo que le confería un aspecto
tan repulsivo; era su piel. Parecía roja, y en carne viva. Parecía que le
hubieran despellejado vivo, quitando toda su piel y colocándola al revés. Su
cabeza, su cara, eran igualmente estrechas y alargadas; a no ser por eso habría
parecido humano... o, por lo menos, humanoide. A menos que se tomaran en cuenta
otros detalles, como el hecho de que tenía el pelo del mismo color azul verdoso
que los calzones, así como los ojos y las botas. Rojo sangre y azul claro.
Casey, propietario de la taberna, fue el primero en verlos
acercarse por la llanura, procedentes de la cordillera que se alzaba al este.
Había salido a la puerta trasera de la taberna para respirar un poco de aire
fresco, que en realidad era caliente. En aquel momento estaban a unos cien
metros de distancia y, no obstante, pudo ver el insólito aspecto de la figura
montada en el burro. Lo que era insólito aspecto a esa distancia, se convirtió
en horror cuando estuvieron más cerca. Casey abrió la boca y no la cerró hasta
que el extraño trío se encontró a unos cincuenta metros de él, momento en que
empezó a andar lentamente hacia ellos. Hay personas que echan a correr al
divisar lo desconocido y otras que salen a su encuentro. Casey salió a su
encuentro, aunque muy lentamente.
Todavía en campo abierto, a unos veinte metros de la fachada
posterior de la pequeña taberna, Casey llegó a su altura. Dade Grant se detuvo
y soltó la cuerda con la que arrastraba al burro. El burro se detuvo también y
bajó la cabeza. El hombre que parecía una estaca se levantó con sólo plantar
sólidamente los pies, a horcajadas del burro. Pasó una pierna por encima del
animal y se mantuvo un momento en pie, apoyando su peso sobre las manos que
tenía colocadas encima del burro, para sentarse en la arena casi en seguida.
—Es la gravedad de este planeta —dijo—. No puedo resistirla
mucho rato.
—¿Puede darme agua para el burro? —preguntó el prospector a
Casey—. A estas alturas, ya debe de estar sediento. He tenido que dejar las
cantimploras, y otras cosas, para que pudiera llevar a... —Señaló con un dedo
al horror azul y rojo.
Casey estaba empezando a darse cuenta de que era un horror. De
lejos la combinación de colores parecía algo extravagante, pero de cerca... la
piel era áspera y daba la impresión de tener venas en la parte exterior;
también parecía mojada, aunque no lo estaba, y que el diablo le llevara si no
hacía el efecto de que le hubieran despellejado, y nada más. Casey jamás había
visto nada similar y confiaba en no volver a ver algo así en el resto de su
vida.
Casey intuyó una presencia a su espalda, y miró por encima del
hombro. Otros lo habían visto y se acercaban, pero los que estaban más cerca,
un par de muchachos, se encontraban a diez metros de él.
—Muchachos —llamó—. Agua para el burro. Un cubo. Pronto.
Volvió la cabeza y dijo:
—¿Qué...? ¿Quién...?
—Me llamo Dade Grant —dijo el prospector, alargando una mano,
que Casey estrechó inconscientemente. Cuando la soltó, la rata del desierto
señaló con el pulgar la criatura sentada sobre la arena—. Su nombre es Garth,
según él mismo dice. Es un extra no sé qué, y también una especie de ministro.
Casey hizo una inclinación de cabeza al hombre-estaca y se
alegró de recibir otra inclinación como respuesta en vez de una mano extendida.
—Yo soy Manuel Casey —dijo—. ¿A qué se refiere con eso de un
extra no sé que?
La voz del hombre-estaca se reveló inesperadamente profunda y
vibrante.
—Soy un extraterrestre, y ministro plenipotenciario.
Por muy raro que parezca, Casey era un hombre de cierta cultura
y conocía el significado de ambas frases; probablemente era la única persona de
Cherrybell que conocía el de la segunda. Menos raro, considerando el aspecto de
su interlocutor, fue que creyera ambas cosas.
—¿En qué puedo servirle, señor? —inquirió—. Pero primero, ¿por
qué no entra para resguardarse del sol?
—No, gracias. Aquí hace más fresco de lo que me dijeron, pero no
estoy mal. Esto equivale a uno noche fresca de primavera en mi planeta. Y, en
cuanto a lo que usted puede servirme, haga el favor de notificar mi presencia a
sus autoridades. Creo que les interesará.
Bueno, pensó Casey, la suerte le había hecho tropezar con el
hombre más idóneo en un radio de treinta kilómetros como mínimo. Manuel Casey
era medio irlandés y medio mexicano. Tenía un hermanastro que era medio
irlandés y medio americano, y el hermanastro era coronel del ejército en la
base de las fuerzas aéreas Davis-Montan de
Tucson. Dijo:
—Espere un minuto, señor Garth; voy a telefonear. Usted, señor
Grant, ¿tampoco quiere entrar?
—No, el sol no me molesta. Me paso todo el santo día debajo de
él. Y este Garth me pidió que me quedara pegado a él hasta que hubiera hecho lo
que tenía que hacer aquí.
Dice que me va a dar una cosa muy valiosa si lo hago. Un... no
sé que electrónico.
—Un indicador de minerales electrónico y portátil, alimentado
por baterías —dijo Garth—. Un sencillo aparato que indica la presencia de una
concentración de mineral hasta a cinco kilómetros de distancia, así como la
clase, el grado, la cantidad y la profundidad.
Casey tragó saliva, se disculpó y se abrió paso entre la
creciente multitud hasta llegar a su taberna. Al cabo de un minuto tenía al
coronel Casey al otro extremo de la línea, pero necesitó otros cuatro minutos
para convencer al coronel de que no estaba borracho ni le estaba gastando una
broma.
Treinta y cinco minutos después se oyó un ruido en el cielo, un
ruido que aumentó y finalmente cesó cuando el helicóptero ocupado por cuatro
hombre se posó en el suelo y sus hélices se detuvieron a unos doce metros de un
extraterrestre, dos hombres y un burro. Sólo Casey se había atrevido a reunirse
con el trío procedente del desierto; había otros espectadores, pero éstos
continuaban ligeramente apartados.
El coronel Casey, un mayor, un capitán y un teniente, que era el
piloto del helicóptero, salieron del aparato y se dirigieron hacia ellos. El
hombre-estaca se levantó, alzando sus dos metros setenta de estatura; por el
esfuerzo que le costaba mantenerse en pie se veía que estaba acostumbrado a una
gravedad mucho más ligera que la de la Tierra. Se inclinó, y repitió su nombre
e identificación como extraterrestre y ministro plenipotenciario.
Después se disculpó por volver a sentarse, explicó por qué era
necesario, y se sentó.
El coronel se presentó a sí mismo y a los tres que le habían acompañado.
—Y ahora, señor, ¿en qué podemos servirle?
El hombre-estaca hizo una mueca que probablemente quería ser una
sonrisa. Tenía los dientes del mismo color azul claro que el pelo y los ojos.
—Ustedes tienen una frase hecha que dice «lléveme junto a su
superior». Yo no pido tanto. En realidad, debo quedarme aquí. Tampoco pido que
sus superiores vengan a verme. Eso sería muy descortés. Estoy dispuesto a que
ustedes les representen, a hablar con ustedes y a que ustedes me interroguen.
Pero quiero pedirles una cosa.
»Ustedes tienen cintas magnetofónica. Me gustaría que, antes de
empezar a hablar o responder preguntas, trajeran una. Quiero estar seguro de
que el mensaje que reciban sus superiores sea completo y exacto.
—Muy bien —dijo el coronel. Se volvió al piloto—. Teniente, pida
una cinta magnetofónica por la radio del helicóptero y diga que nos la envíen
lo más rápidamente posible. Pueden lanzarla en paracaídas... No, eso tardaría
más, pues tendrían que embalarla para la caída. Que la envíen con otro
helicóptero. —El teniente se dispuso a marcharse—. Escuche —añadió el coronel—.
Pida también cinco metros de cable.
Tendremos que enchufarlo en la taberna de Manny.
El teniente echó a correr hacia el helicóptero.
Los demás se sentaron y sudaron un momento, y después Manuel
Casey se levantó.
—Tendremos que esperar una media hora —dijo— y, si vamos a estar
sentados al sol, ¿a quién le apetece una botella de cerveza fría? ¿A usted
señor Garth?
—Es una bebida fría, ¿verdad? Yo no tengo nada de calor. Si
tuviera algo caliente...
—Un café, marchando. ¿Quiere que le traiga una manta?
—No, gracias. No será necesario.
Casey dio media vuelta y no tardó en regresar con una bandeja en
la que había media docena de botellas de cerveza fría y una taza de humeante
café. El teniente ya había vuelto. Casey dejó la bandeja en el suelo y sirvió
al hombre-estaca en primer lugar, el cual tomó un sorbo de café y dijo:
—Está delicioso.
El coronel Casey se aclaró la garganta.
—Ahora sirve a nuestro amigo prospector, Manny. En cuanto a
nosotros... Bueno, tenemos prohibido beber cuando estamos de servicio, pero la
temperatura era de cuarenta y dos grados a la sombra en Tucson, y aquí hace más
calor, aparte de que no estamos a la sombra. Caballeros, considérense de
permiso oficial hasta que terminen de beber la cerveza, o hasta que llegue la
grabadora, si es que la recibimos antes.
La cerveza se terminó primero, pero cuando la última de ellas
había desaparecido, el segundo helicóptero se dejó ver y oír encima del grupo.
Casey pregunto al hombre-estaca si quería más café. La oferta fue cortésmente
declinada. Casey miró a Dade Grant y éste le guiñó un ojo, así que Casey fue a
buscar otras dos botellas, una para cada uno de los terrícolas civiles. Al
volver encontró al teniente que iba hacia la taberna con el cable y retrocedió
hasta el umbral para mostrarle dónde tenía que enchufarlo.
Cuando se reunió con los demás, vio que el helicóptero había
llevado a una dotación completa de cuatro hombres, aparte de la grabadora.
Además del piloto, había un sargento que estaba familiarizado con el manejo de
la cinta magnetofónica y que en ese momento hacía los ajustes necesarios, un
teniente coronel y un suboficial que les habían acompañado por si acaso se le
requería durante el vuelo, o porque la solicitud de que enviaran rápidamente
una grabadora a Cherrybell, Arizona, por vía aérea, había suscitado la natural
curiosidad. Todos rodeaban boquiabiertos, al hombre-estaca y hablaban en voz
baja.
El coronel dijo:
—Atención. —Esta única palabra hizo que cesaran todas las
conversaciones y reinara un silencio absoluto—. Hagan el favor de sentarse,
caballeros. En círculo. Sargento, si colocamos el micrófono en el centro del
círculo, ¿grabará claramente lo que cualquiera de nosotros pueda decir?
—Sí, señor. Ya casi he terminado.
Diez hombres y un humanoide extraterrestre se sentaron en
círculo, con el micrófono colgado de un pequeño trípode en el centro
aproximado. Los humanos sudaban copiosamente, el humanoide se estremecía
ligeramente. Fuera del círculo, el burro permanecía inmóvil, con la cabeza
baja. Un poco más cerca, pero todavía a cinco metros de distancia, diseminada
ahora en un semicírculo, se encontraba toda la población de Cherrybell, que a
esta hora habría estado en su casa en un día normal; las tiendas y las gasolineras
se hallaban desiertas.
El sargento apretó un botón y la bobina de la grabadora empezó a
girar.
—Probando..., probando —dijo. Apretó un segundo el botón de
rebobinado y después volvió a apretar el botón de puesta en marcha—.
Probando...
El sargento apretó el botón de rebobinado, y el borrador para
limpiar la cinta. Después.
El botón de parada.
—Cuando apriete el próximo botón, señor —dijo al coronel—,
estaremos grabando.
El coronel miró al alto extraterrestre, que le hizo un signo de asentimiento
con la cabeza, y entonces el coronel miró al sargento. Este apretó el botón de
grabación.
—Me llamo Garth —dijo el hombre-estaca, lenta y claramente—.
Procedo de un planeta de una estrella que no consta en sus catálogos estelares,
aunque si conocen la concentración globular de la cual es una de las noventa
mil estrellas. Desde aquí, en dirección al centro de la galaxia, está a algo
más de cuatro mil años luz.
»Sin embargo, no he venido aquí como representante de mi planeta
o mi pueblo, sino como ministro plenipotenciario de la Unión Galáctica, una
federación de las civilizaciones ilustradas de la galaxia, por el bien de
todos. Mi misión consiste en visitarlos y decidir, aquí y ahora, si serán
autorizados a formar parte de nuestra federación.
»Ahora pueden hacerme todas las preguntas que deseen. Sin
embargo, me reservo el derecho de posponer la respuesta a algunas de ellas
hasta que haya tomado una decisión. Si la decisión es favorable, contestaré a
todas las preguntas, incluidas aquellas cuya respuesta he diferido. ¿Les parece
bien?
—Sí —dijo el coronel—. ¿Cómo ha llegado hasta aquí? ¿En una nave
espacial?
—Efectivamente. Ahora la tenemos justo encima de nosotros, en
órbita a treinta y cinco mil kilómetros, de modo que gira con la Tierra y
permanece sobre este mismo punto. Me tienen sometido a observación desde ella,
y ésta es una de las razones por las que prefiero quedarme al aire libre. Debo
hacerles una señal cuando quiera que bajen a recogerme.
—¿A qué se debe que hable tan correctamente nuestro idioma?
¿Acaso está dotado de telepatía?
—No, no lo estoy. En ningún lugar de la galaxia hay ninguna raza
telépata, excepto entre sus mismos miembros. Me enseñaron su idioma con este
propósito. Hace muchos siglos que nosotros tenemos observadores entre
ustedes... Al decir «nosotros» me refiero a la Unión Galáctica, naturalmente.
Es evidente que yo no podría hacerme pasar por un terrícola, pero hay otras
razas que pueden. Por cierto, ellos no son espías, ni agentes; no han tratado
de influirles en ningún aspecto; son observadores y nada más.
—¿Cómo nos beneficiaremos si entramos a formar parte de su
Unión, en el caso de que nos lo pidan y nos acepten? —preguntó el coronel.
—En primer lugar, recibirán un cursillo sobre las ciencias
sociales fundamentales que pondrá fin a su tendencia a luchar unos contra otros
y pondrá fin o, por lo menos, controlará sus agresiones. Cuando veamos que lo
hayan logrado y resulte seguro para ustedes, les enseñaremos a viajar por el
espacio y muchas otras cosas, tan rápidamente como ustedes vayan asimilándolas.
—¿Y si no nos lo piden o rehúsan?
—Nada. Les dejaremos en paz; incluso retiraremos a nuestros
observadores. Ustedes mismos labrarán su propio destino... o convertirán su
planeta en un lugar deshabitado e inhabitable en el plazo de un siglo, o
dominarán por sí mismos las ciencias sociales, siendo nuevamente candidatos a
formar parte de la Unión. Nosotros les vigilaremos de vez en cuando, y cuando
nos parezca que no van a destruirse entre sí, haremos un nuevo acercamiento.
—¿Por qué estas prisas, ahora que está usted aquí? ¿Por qué no
pueden quedarse el tiempo suficiente para que nuestros superiores, como usted
les llama, hablen con usted en persona?
—Pregunta diferida. La razón no es importante, pero sí
complicada, y no quiero perder el tiempo explicándola.
—Suponiendo que su decisión sea favorable ¿cómo nos
comunicaremos con usted para hacerle saber la nuestra? Es evidente que ya sabe
lo suficiente de nosotros como para comprender que yo no puedo tomarla.
—Nos enteraremos de su decisión por nuestros observadores. Una
condición, en el caso de que acepten, es que publiquen esta entrevista completa
en los periódicos, tal como quedará grabada en esta cinta. También deben
publicar todas las deliberaciones y decisiones de su gobierno.
—¿Qué hay de los demás gobiernos? Nosotros no podemos decidir
unilateralmente por todo el mundo.
—Hemos escogido a su gobierno para empezar. Si ustedes aceptan,
nosotros les proporcionaremos las técnicas que empujarán a los demás a seguir
rápidamente su ejemplo... y esas técnicas no implican la fuerza ni la amenaza
de la fuerza.
—Deben de ser unas técnicas extraordinarias —dijo irónicamente
el coronel —si empujan a seguir rápidamente nuestro ejemplo a un país que no
quiero nombrar, sin que medie ninguna amenaza.
—A veces, ofrecer una recompensa es más efectivo que recurrir a
la amenaza. ¿Cree que el país que no desea nombrar se alegraría de ver que
ustedes colonizan planetas de estrellas lejanas antes de que ellos pudieran
llegar a Marte? Pero éste es un punto relativamente secundario. Pueden ustedes
confiar en esas técnicas.
—Parece demasiado bonito para ser verdad. Pero usted ha dicho
que debe decidir, aquí y ahora, si nos invitan a formar parte de su
organización o no. ¿Puedo preguntarle en qué factores basará su decisión?
—Uno de ellos es que debo —debía, puesto que ya lo he hecho—
comprobar su grado de xenofobia. En el sentido que ustedes dan a la palabra,
significa temor a los extranjeros.
Nosotros tenemos una palabra que no posee un equivalente en su
vocabulario: significa temor y repugnancia a los extraños. Yo —o por lo menos,
un miembro de mi raza— fui escogido para realizar el primer contacto abierto
con ustedes. Como soy lo que aquí llaman humanoide —igual que ustedes son lo
que yo llamaría humanoide—, probablemente les parezco más horrible y más
repulsivo que un miembro de otra especie completamente distinta. Como para
ustedes soy una caricatura del ser humano, les parezco más horrible que un ser
sin semejanza alguna con ustedes.
»Quizá crean que realmente sienten horror por mí, así como
repugnancia, pero créanme si les digo que han superado la prueba. En la galaxia
hay razas que jamás podrán ser miembros de la federación, por mucho que avancen
ellos mismos, porque tienen una violenta e incurable xenofobia; no podrían
hablar cara a cara con un ser extraño de otra especie. Se escaparían de él a
todo correr o tratarían de matarle instantáneamente. Tras estudiarles a ustedes
y a esa gente —agitó un largo brazo en dirección a los habitantes civiles de
Cherrybell que se hallaban no lejos del círculo de la conferencia—, me doy
cuenta de que experimentan una cierta repugnancia ante mi aspecto, pero deben
creerme si les digo que es relativamente escasa y se puede curar.
Han pasado satisfactoriamente esta prueba.
—¿Acaso hay otras?
—Una más. Pero creo que ya es hora de que... —En vez de terminar
la frase, el hombre-estaca se tendió en la arena y cerró los ojos.
El coronel se puso en pie de un salto.
—¿Qué demonios sucede? —dijo. Rodeó apresuradamente el trípode
del micrófono y se inclinó sobre el extraterrestre, acercando una oreja a su
pecho de repugnante aspecto.
Mientras levantaba la cabeza, Dade Grant, el prospector de barba
grisácea, dejó escapar una risita ahogada.
—No hay latido cardíaco, coronel, porque no hay corazón. Pero se
lo dejaré como recuerdo y en su interior encontrarán cosas mucho más
interesentes que un corazón o intestinos. Sí, es una marioneta que yo he estado
manejando, tal como su Edgar Bergen maneja la suya... ¿cómo se llama?, ah, sí,
Charlie McCarthy. Ahora que ha cumplido su misión, está desactivada. Ya puede
regresar a la base, coronel.
El coronel Casey retrocedió lentamente.
—¿Por qué? —preguntó.
Dade Grant se estaba quitando la barba y la peluca. Se pasó un
trapo por la cara para borrar todo rastro de maquillaje y ofreció a los
presentes un rostro de hombre joven y atractivo. Dijo:
—Lo que él le ha dicho, o lo que le han dicho a través de él, es
verdad. No es más que un simulacro, desde luego, pero constituye un duplicado
exacto de un miembro de una de las razas inteligentes de la galaxia, la que,
según nuestros psicólogos es susceptible de causarles más horror, en el caso de
que fueran ustedes violentos e incurables xenófobos.
No hemos traído a un verdadero miembro de su especie para
realizar el primer contacto porque ellos también tienen una fobia: la
agorafobia, temor al espacio abierto. Son sumamente civilizados y miembros de
importancia de la federación, pero jamás abandonan su planeta.
»Nuestros observadores nos han asegurado que ustedes no tienen
esa fobia. Pero no han sido capaces de juzgar anticipadamente el grado de su
xenofobia y la única forma de averiguarlo era traer algo en lugar de alguien
para comprobarlo, así como para que hiciera el contacto inicial.
El coronel suspiró ruidosamente.
—No puedo decir que esto no me satisfaga en cierto modo.
Podríamos convivir con humanoides, sí, y lo haremos cuando llegue el momento.
Pero admito que me satisface mucho más saber que la raza dominante de la
galaxia es, después de todo, humana en vez de humanoide. ¿Cuál es la segunda
prueba?
—Ahora mismo la esta sufriendo. Llámeme... —Chasqueó los dedos—.
¿Cómo se llama la segunda marioneta de Bergen, la que va después de Charlie
McCarthy?
El coronel titubeó, pero el sargento le facilitó la respuesta.
—Mortimer Snerd.
—Exacto. Pueden llamarme Mortimer Snerd, y ahora creo que ya es
hora de que... —
Se tendió sobre la arena y cerró los ojos tal como el
hombre-estaca había hecho unos minutos antes.
El burro alzó la cabeza y la metió en el círculo, por encima del
hombro del sargento.
—Aquí termina la actuación de las marionetas, coronel —dijo—. Y
ahora, ¿querrá decirme por qué es tan importante que la raza dominante sea
humana o, por lo menos, humanoide? ¿Qué es una raza dominante?
EL ULTIMO TREN
Eliot Haig estaba sentado solo en un bar, del mismo modo que
antes se había sentado solo en muchos bares, mientras afuera caía el
crepúsculo, un extraño crepúsculo. El interior de la taberna estaba en penumbra
y sombrío, casi más que el exterior. El espejo azul de la barra aumentaba este
efecto en él. Haig creía verse como en la pálida luz de una melancólica luna.
Se vio a sí mismo pálida pero claramente; no doble, a pesar de los tragos que
había bebido, sino solo. Tremendamente solo.
Y, como siempre que bebía durante varias horas seguidas, pensó:
«Quizás esta vez lo haga».
El lo era impreciso y grandioso: quería decir todo. Significaba
dar un gran salto de una vida a otra, lo que durante tanto tiempo había
proyectado. Significaba, simplemente, dejar plantado a un picapleitos
moderadamente triunfador llamado Eliot Haig, dejar plantadas todas las
mezquinas complicaciones de su vida, los enredos personales, la trapacería
legal que se encontraba dentro del carácter de la ley o imperceptiblemente
fuera; significaba cortar el cable del hábito que le ataba a una existencia que
se había vuelto sin sentido, designio o incentivo.
La melancólica imagen le deprimió y sintió, con más fuerza que
de costumbre, la necesidad de moverse, de ir a otra parte aunque sólo fuese por
otra copa. Bebió el último sorbo de su whisky con soda y hielo, y bajó del
taburete hasta el suelo firme.
—Adiós, Joe —dijo, y caminó hacia la entrada.
El tabernero comentó:
—En alguna parte debe de haber un gran incendio. Mire el cielo.
Me pregunto sí será en los depósitos de madera del otro lado del pueblo.
El tabernero estaba asomado a la ventana de delante y miraba
hacia fuera y hacia arriba.
Después de atravesar la puerta, Haig miró hacia arriba. El cielo
tenía un tono gris rosado, como el del resplandor de un fuego lejano. Desde
donde estaba vio que cubría todo el firmamento y que no había indicios respecto
al origen del incendio.
Anduvo sin rumbo fijo hacia el sur. El silbido lejano de una
locomotora llegó hasta sus oídos y le trajo recuerdos.
«¿Por qué no? —pensó—. ¿Por qué no esta noche?»
El viejo impulso —espectro de miles de noches insatisfactorias—
era más poderoso esta noche. Incluso en ese momento andaba hacia la estación
del tren; pero lo había hecho antes a menudo. A menudo había llegado al extremo
de presenciar la salida de los trenes y pensar, mientras miraba: «Debería estar
en ese tren». Nunca había subido a ninguno.
A media calle de la estación oyó el sonido de la campana, el
resoplido del vapor y el arranque del tren. Lo habría perdido, si hubiese
tenido el valor de tomarlo.
Y súbitamente comprendió que esta noche era distinta, que esta
noche lo haría realmente. Sólo con la ropa que llevaba puesta, con el dinero
que tuviera en los bolsillos.
Exactamente como se lo había propuesto siempre: la salida
limpia. Que ellos informaran de su desaparición, que se hicieran preguntas, que
alguien enderezara la enredada maraña en que se convertirían súbitamente sus
actividades profesionales sin él.
Walter Yates estaba delante de la puerta abierta de su taberna,
a pocos pasos de la estación. Dijo:
—Hola, señor Haig. Esta noche hay una hermosa aurora boreal. La
mejor que he visto en mi vida.
—¿De eso se trata? —preguntó Haig—. Creí que era el reflejo de
un gran incendio.
Walter meneé la cabeza.
—No. Mire hacia el norte; allí donde el cielo parece trémulo. Es
la aurora.
Haig se volvió y miró hacia el norte. El resplandor rojizo en
esa dirección era. Sí, la palabra «trémulo» lo describía bien. También era
hermoso, pero algo atemorizante, aunque uno supiera de qué se trataba.
Se volvió nuevamente y pasó junto a Walter para entrar en la
taberna, al tiempo que preguntaba:
—¿Tiene un trago para un sediento?
Más tarde, mientras revolvía su whisky con una varilla de
cristal, inquirió:
—Walter, ¿a qué hora sale el próximo tren?
—¿Hacia dónde?
—Hacia cualquier parte.
Walter levantó la mirada hasta el reloj.
—Dentro de pocos minutos. Entrará en cualquier momento.
—Demasiado pronto; quiero terminar esta copa. ¿Y el siguiente?
—Hay uno a las diez y catorce. Quizá sea el último de esta
noche. Quiero decir, hasta medianoche; como cierro a esa hora, no lo sé.
—¿Adónde...? Espere, no me diga adónde va. No quiero saberlo.
Pero viajaré en él.
—¿Sin saber adónde va?
—Sin preocuparme adónde va —corrigió Haig—. Escuche, Walter,
hablo en serio.
Quiero que haga algo por mí: si se entera por los periódicos de
que he desaparecido, no diga a nadie que esta noche estuve aquí ni lo que
hablé. No quería contárselo a nadie.
Walter asintió sabiamente.
—Puedo mantener cerrado el pico, señor Haig. Ha sido un buen
cliente. No lo rastrearán a través de mí.
Haig se balanceó ligeramente en el taburete. Sus ojos se fijaron
en el rostro de Walter y vieron la ligera sonrisa. Había una obsesionante
sensación de familiaridad en esa conversación. Era como si se hubiesen
pronunciado las mismas palabras con anterioridad, como si hubiese obtenido la
misma respuesta. Bruscamente preguntó:
—Walter, ¿le he dicho esto antes? ¿Cuántas veces?
—Seis... Ocho... Quizá diez veces. No me acuerdo.
—Dios —musitó Haig suavemente. Fijó la mirada en Walter el
rostro de éste se desdibujó y se separó en dos caras y sólo un esfuerzo logró
reunirlas en una ligeramente sonriente, irónicamente tolerante. Ahora supo que
habían sido más de diez veces—.
Walter, ¿soy un borracho?
—Señor Haig, yo no diría eso. Bebe mucho, pero...
Ya no quería mirar a Walter.
Fijó la vista en su vaso y vio que estaba vacío. Pidió otro y,
mientras Walter le servía, se observó en el espejo situado detrás de la barra.
Gracias a Dios, aquí no había un espejo azul. Era bastante malo ver dos
imágenes de sí mismo en un espejo común; las imágenes gemelas, Haig y Haig,
sólo que ahora ésa era ya una broma gastada y uno de los motivos por que iba a
coger ese tren. Iba a... Por Dios, borracho o sobrio viajaría en ese tren.
Sólo que esa frase también tenía un tono de inquietante
familiaridad.
¿Cuántas veces?
Fijó la mirada en un vaso lleno hasta la cuarta parte y a la vez
siguiente estaba lleno hasta la mitad y Walter decía:
—Señor Haig, tal vez es un incendio, un gran incendio; se vuelve
demasiado brillante para ser una aurora. Saldré un segundo.
Pero Haig permaneció en el taburete y cuando volvió a mirar,
Walter estaba de nuevo detrás de la barra y manipulaba los botones de la radio.
—¿Es un incendio? —preguntó Haig.
—Tiene que serlo. Pondré el noticiero de las diez y cuarto y lo
averiguaré. —La radio emitía música de jazz, un clarinete agudo e inquieto
sobre los bronces enmudecidos y los agitados tambores—. Estará dentro de un
minuto; es en esta estación.
—Estará dentro de un minuto... —Estuvo a punto de caer mientras
bajaba del taburete—. ¿Entonces son las diez y catorce?
No esperó respuesta. El suelo pareció inclinarse ligeramente
mientras se dirigía hacia la puerta abierta. Sólo unos pocos pasos y estaría en
la estación. Podría alcanzarlo; realmente podría alcanzarlo. De repente era
como si no hubiese bebido una sola gota y su mente estuviese despejada como el
cristal, al margen de que sus pies trastabillaran. Y los trenes rara vez
partían al minuto exacto y Walter pudo decir «en un minuto» refiriéndose a
tres, dos o cuatro minutos. Existía una posibilidad.
Cayó en los escalones pero se levantó y continuó, perdiendo unos
pocos segundos.
Pasó junto a la taquilla —podría comprar el billete en el tren
—y atravesó las puertas de atrás hasta el andén, las vías y el farol trasero
rojo de un tren que se alejaba a pocos pero irremediables metros de distancia.
Diez, cien metros. Se perdía.
El jefe de estación estaba al borde del andén y miraba el tren
que se alejaba.
Debió de oír las pisadas de Haig; dijo por encima del hombro:
—Es una pena que lo haya perdido. Era el último.
Súbitamente Haig vio el lado gracioso del asunto y empezó a
reír. Simplemente era demasiado ridículo para tomarse en serio la estrechez del
margen por el cual había perdido ese tren. Además, habría uno temprano. Lo
único que tenía que hacer era volver a la estación y esperar hasta que...
preguntó:
—¿A qué hora sale el primero de mañana?
—Usted no lo entiende —respondió el jefe de estación.
Se volvió por primera vez y Haig vio su rostro contra el cielo
carmesí y flameante.
—No lo entiende —repitió—. Ese era el último tren.
NO SUCEDIÓ
Aunque él no podía saberlo, Lorenz Kane estaba perdido desde el
día que atropelló a la muchacha de la bicicleta. La perdición propiamente dicha
pudo haberle alcanzado en cualquier parte, en cualquier momento; dio la
casualidad de que sucediera en los camerinos de un teatro de variedades una
noche de finales de septiembre.
Por tercera vez en una semana había presenciado la actuación de
Queenie Quinn, la primera bailarina del espectáculo, una actuación digna de
presenciarse, en verdad.
Vestida sólo con tres minúsculos pedazos de cinta azul,
estratégicamente colocados, Queenie, una rubia de elevada estatura y cuerpo de
ninfa, había terminado su último número de la noche y acababa de desvanecerse
entre bastidores, cuándo Kane pensó que una actuación privada de Queenie, en su
apartamento de soltero, no sólo sería mucho más agradable que una actuación en
público, sino que indudablemente le produciría placeres mucho mayores. Y como
el número final, en el que Queenie, en su calidad, de estrella, no debía
aparecer, estaba empezando en aquel momento, decidió que era la ocasión ideal
para hablar con ella a fin de conseguir una actuación particular.
Salió del teatro y bajó rápidamente por el callejón hasta la
puerta de entrada de los artistas. Un billete de cinco dólares hizo que el
portero le dejara entrar sin dificultades y al cabo de un minuto llamaba con
los nudillos a la puerta de un camerino decorado con una estrella dorada. Una
voz preguntó: «¿Sí?» No tenía intención de hacer su oferta a través de una
puerta cerrada, y conocía lo bastante la jerga utilizada entre bastidores para
saber la única pregunta que haría suponer a la muchacha que él era alguien
relacionado con el mundo del espectáculo que tenía una razón de peso para
querer verla con. urgencia.
—¿Está visible? —inquirió.
—Un momento —respondió ella, y después, al cabo de un minuto
escaso —: Adelante.
El entró y la vio en pie frente a sí, envuelta en una bata de
color rojo vivo que ponía de relieve sus hermosos ojos azules y su cabello
rubio. Saludó y se presentó, después de lo cual empezó a explicar los detalles
de la proposición que quería hacerle.
Estaba preparado para una cierta resistencia inicial o incluso
una negativa y dispuesto a mostrarse persuasivo incluso, si era necesario,
hasta el punto de ofrecerle una suma de cuatro cifras, que desde luego
sobrepasaría los ingresos semanales de ella —hasta era posible que sus ingresos
mensuales —en un teatro de variedades tan pequeño cómo aquél. Pero en vez de
escucharle razonablemente, ella empezó a gritarle como una arpía, lo cual ya
era bastante ofensivo; pero después cometió la gravísima equivocación de dar un
paso adelante y cruzarle la cara de una bofetada. Fuerte. Le dolió.
El perdió la paciencia, retrocedió un paso, sacó su revólver y
le disparó al corazón.
Después salió del teatro, y cogió un taxi para volver a su
apartamento. Tomó unas cuantas copas para tranquilizar sus nervios
comprensiblemente agitados y se fue a la cama. Estaba durmiendo profundamente
cuando, un poco después de medianoche, llegó la policía y le arrestó por
asesinato. El no comprendió nada.
Mortimer Mearson, que probablemente, por no decir sin duda
alguna, era el mejor abogado criminalista de la ciudad, regresó al edificio del
club a la mañana siguiente después de una temprana partida de golf y encontró
un recado en el que se le pedía que telefoneara a la juez Amanda Hayes en
cuanto pudiera. La telefoneó inmediatamente.
—Buenos días, Señoría —dijo—. ¿Ocurre algo?
—Ocurre algo, Morty; Pero si tienes libre el resto de la mañana
y puedes dejarte caer por mi despacho, me ahorrarás el tener que explicártelo
por teléfono.
—Estaré ahí dentro de una hora —le aseguró él.
Y así fue.
—Buenos días otra vez, Señoría —dijo—. Ahora hágame el favor de
tomar aliento y explicarme detalladamente lo que sucede.
—Un caso para ti, si lo quieres. En pocas palabras, anoche se
arrestó a un hombre por homicidio, se niega a hacer declaraciones de ninguna
clase hasta haber consultado a un abogado, y él no tiene. Dice que, hasta
ahora, jamás había tenido problemas legales y que ni siquiera conoce a ningún
abogado. Pidió al jefe que le recomendara uno, y el jefe me ha pasado el muerto
a mí.
Mearson suspiró.
—Otro caso de oficio. Bueno, supongo que ya era hora de que
volviese a encargarme de uno. ¿Me ha designado a mí?
—No tan de prisa, muchacho —dijo la juez Hayes—. No se trata de
ningún caso de oficio. El caballero en cuestión no es rico, pero disfruta de
una posición razonablemente acomodada. Es un joven bastante conocido en la
ciudad, un bon vivant, o algo por el estilo, capaz de pagar la minuta que
quieras presentarle, siempre que no sea excesiva.
No estoy diciendo que tu minuta suela ser excesiva, pero esto es
algo que tenéis que discutir vosotros dos, si es que él acepta que le
representes.
—¿Puede decirme si ese dechado de virtud, evidentemente inocente
y difamado, tiene nombre?
—Lo tiene, y lo habrás oído más de una vez si lees los
periódicos. Lorenz Kane.
—El nombre lo confirma; evidentemente es inocente. Uh..., hoy no
he leído el periódico.. ¿A quién se supone que ha matado? ¿Sabe usted algún
detalle?
—Será un caso difícil, Morty, muchacho —dijo la juez—. No creo
que tenga ninguna posibilidad a menos que alegues locura momentánea. La víctima
era una tal Queenie Quinn —un nombre artístico, aunque sin duda se descubrirá
uno más válido —que era bailarina en el Majestic. La estrella del espectáculo.
Muchas personas vieron a Kane entre los espectadores durante su último número y
le vieron salir justo después durante el número final. El portero le ha
identificado y admite haber... ah... haberle dejado entrar. El portero le
conocía de vista y esto fue lo que condujo a la policía hasta él. Al cabo de
unos minutos volvió a pasar junto al portero, cuando salió. Mientras tanto
varias personas habían oído el disparo. Y pocos minutos después del final del
espectáculo, la señorita Quinn fue hallada muerta, de un disparo, en su
camerino.
—Hummm —dijo Mearson—. Es su palabra contra la del portero. No
será tan difícil.
Conseguiré demostrar que el portero no es más que un mentiroso
patológico con unos antecedentes interminables.
—Estoy segura de que lo conseguirías, Morty. Sin embargo, hay un
pero. En vista de su posición relativamente importante, la policía llevaba una
orden de registro junto con la orden de arresto bajo sospecha de asesinato
cuando fueron a prenderle. En el bolsillo del traje que había llevado,
encontraron un revólver de calibre treinta y dos con un cartucho disparado. La
señorita Quinn murió a causa de una bala disparada con un revólver del calibre
treinta y dos. Exactamente el mismo revólver, según los expertos en balística
de nuestro departamento de policía, que dispararon una bala de muestra y usaron
el microscopio para compararla con la bala que mató a la señorita Quinn.
—Húmmm, humm y hummm —dijo Mearson—. ¿Y dice que Kane no ha
hecho absolutamente ninguna declaración excepto en el sentido de que no hará
ninguna declaración hasta haber consultado al abogado que elija?
—Así es, aparte de un comentario bastante raro que hizo
inmediatamente después de que le despertaran y acusaran. Los dos oficiales que
le arrestaron lo oyeron y coinciden incluso en las palabras. Dijo:
«¡Dios mío, así que ella debía de ser real!» ¿Qué crees que
quería significar con esto?
—No tengo ni la menor idea, Señoría. Pero si me acepta como su
abogado, no dude de que se lo preguntaré. Mientras tanto, no sé si darle las
gracias por proporcionarme el caso o maldecirla por encomendarme un problema
tan difícil.
—A ti te gustan los problemas difíciles, Morty, y tú lo sabes.
Especialmente si percibes tus honorarios, ganes o pierdas. Sin embargo, quiero
ahorrarte el trabajo de que hagas gestiones inútiles. Sería inútil tratar de
conseguir una fianza o un mandato de habeas corpus. El fiscal del distrito
saltó de la silla al recibir el informe de balística. La acusación es formal:
homicidio en primer grado. Y la parte acusadora no necesita más de lo que
tiene; están dispuestos a ir a juicio en cuanto te hayan convencido de que no
hay ningún motivo para esperar. Bueno, ¿qué estás aguardando?
—Nada —dijo Mearson. Y se fue.
Un guardia acompañó a Lorenz Kane a la sala de consultas y le
dejó allí con Mortimer Mearson. Mearson se presentó y ambos se estrecharon la
mano. Kane, pensó Mearson, parecía muy tranquilo, y decididamente más asombrado
que inquieto. Era un hombre alto, moderadamente atractivo, de unos treinta y
cinco o cuarenta años, y estaba impecablemente aseado a pesar de una noche en
una celda. Daba la impresión de ser el tipo de hombre que conseguiría parecer
impecablemente aseado en cualquier lugar, en cualquier momento, incluso una
semana después de que sus porteadores le hubieran abandonado en pleno safari a
mil kilómetros al norte del Congo, llevándose todas sus pertenencias.
—Sí, señor Mearson. Estaré más que satisfecho si usted me
representa. He oído hablar de usted, y he leído algo respecto a los casos que
ha defendido. No sé por qué no se me ocurrió pensar en usted, en vez de
solicitar una recomendación. Ahora bien, ¿desea oír mi historia antes de
aceptarme como cliente.., o me ha aceptado ya, para bien o para mal?
—Para bien o para mal —dijo Mearson—, hasta que.. —Entonces se
interrumpió; «hasta que la muerte nos separe» es una frase muy poco diplomática
para un hombre que se halla, muy posiblemente, a la sombra de la silla
eléctrica.
Pero Kane sonrió y acabó él mismo la frase.
—Muy bien —dijo—. Sentémonos —y ambos se sentaron en las dos
sillas, una a cada lado de la mesa, de la sala de consultas—. Y como eso
significa que nos veremos continuamente durante un tiempo, será mejor que nos
llamemos por el nombre de pila.
Pero no Lorenz, en mi caso. Llámeme Larry.
—Y a mí llámeme Morty —dijo Mearson—. Ahora quiero que me cuente
su historia con todo detalle, pero primero le haré dos preguntas rápidas. ¿Es
usted...?
—Espere —le interrumpió Kane—. Una pregunta rápida antes de esas
dos. ¿Está usted absoluta y completamente seguro de que no hay ningún micrófono
oculto en esta sala, de que esta conversación es completamente privada?
—Lo estoy —repuso Mearson—. Ahora mi primera pregunta: ¿es usted
culpable?
—Sí.
—Los oficiales que le arrestaron declaran que, antes de
esposarle, usted dijo una cosa: «¡Dios mío, así que ella debía de ser real!»
¿Es eso cierto? Y en caso afirmativo, ¿a qué se refería con ello?
—En aquel momento yo estaba muy aturdido, Morty; y no me
acuerdo, pero probablemente dijera algo en este sentido, porque es exactamente
lo que pensaba. Pero, en cuanto a lo que me refería, eso es algo que no puedo
contestar rápidamente. El único modo de que usted me comprenda, si es que logro
que me comprenda, es empezar por el principio.
—De acuerdo. Empiece. Y tómese todo el tiempo que necesite. No
tenemos que resolverlo todo en una sesión. Puedo retrasar el juicio unos tres
meses como mínimo..., más si es necesario.
—Puedo contárselo en menos tiempo. Todo empezó —y no me pida que
sustituya el «todo» por otra palabra —hace cinco meses y medio, a principios de
abril. Cerca de las dos y media de la madrugada del martes tres de abril, para
ser lo más exacto posible.
Había estado en una fiesta en Armand Village, al norte de la
ciudad, y volvía a casa. Yo...
—Disculpe las interrupciones. Quiero asegurarme de que no se me
escapa ningún detalle. ¿Conducía usted? ¿Iba solo?.
—Conducía mi «Jaguar». Iba solo.
—¿Sobrio? ¿A demasiada velocidad?
—Sobrio, sí. Me fui de la fiesta relativamente temprano —era muy
aburrida —y en esa época bebía con mucha moderación. Pero de repente me sentí
hambriento —creo que me había olvidado de cenar —y me detuve en un parador.
Tomé un cóctel mientras esperaba, pero me comí hasta el último pedazo del
enorme filete que me trajeron, toda la guarnición, y bebí varias tazas de café.
Después no tomé ninguna copa, y yo diría que cuando salí estaba más sobrio que
de costumbre, si es que sabe a lo que me refiero. Y, por si esto fuera poco, di
un paseo de media hora en un coche descapotado y en una noche bastante fría. En
resumen, yo diría que estaba más sobrio que ahora, y no he bebido alcohol desde
poco antes de la medianoche de ayer. Yo...
—Espere un momento —dijo Mearson. Sacó un frasco plateado del
bolsillo de la americana y lo dejó encima de la mesa—. Es una reliquia de la
Prohibición; a veces lo uso para hacer de San Bernardo con clientes
encarcelados demasiado recientemente para que hayan podido procurarse la
importación de las necesidades de la vida. Kane dijo:
—Ahhh. Morty, puede usted duplicar sus honorarios por excederse
en el cumplimiento de su deber. —Bebió un buen trago—. ¿Dónde estábamos?
—preguntó—. ¡Ah, sí! Yo estaba decididamente sobrio. ¿A mucha velocidad? Sólo
técnicamente. Me dirigía hacia el sur por la calle Vine y sólo me separaban
unas cuantas manzanas de Rostov...
—Cerca de la comisaría del distrito cuarenta y cuatro.
—Exactamente. Figura en mi relato. Es una zona de velocidad
limitada a cuarenta y yo debía ir a sesenta, pero qué demonios, eran las dos y
media de la madrugada y no había tráfico. Sólo la proverbial damita de Pasadena
habría ido a menos de sesenta.
—Ella no estaría en la calle a esas horas. Pero Continúe.
—De repente, por la boca de un callejón situado en medio de una
manzana, sale una muchacha en bicicleta, pedaleando con toda la rapidez posible
en una bicicleta Y justo enfrente de mí. La vi claramente un instante, mientras
pisaba el freno con todas mis fuerzas. Era una adolescente, de unos dieciséis o
diecisiete años. Su cabello rojizo le salía por debajo de un gran pañuelo
marrón que llevaba en la cabeza. Iba vestida con un jersey de angora verde
pálido y pantalones de color canela hasta media pierna. La bicicleta era roja.
—¿Observó todo eso en una ojeada?
—Sí. Todavía lo veo con claridad. Y... esto no lo olvidaré
jamás: un momento antes del impacto, ella se volvió y me miró fijamente, con
ojos muy asustados Ocultos tras unas gafas de concha.
»Yo ya estaba apretando el pedal del freno con todas mis fuerzas
y el maldito «Jaguar» empezó a clavarse en el suelo y a decidir si patinaba o
no. Pero, demonios, por muy rápidas que sean tus reacciones —y las mías lo son
mucho.—, es imposible parar un coche en seco si vas a sesenta. Debía de ir a
cincuenta cuando la arrollé... Fue un impacto espantoso.
»Y después, un ruido sordo y varios crujidos al pasar primero
las ruedas delanteras del «Jaguar» y después las posteriores El ruido sordo fue
ella, naturalmente, y los crujidos fueron la bicicleta. El coche debió de
pararse a un metro escaso.
»Un poco más adelante, a través del parabrisas, vi las luces de
la comisaría á una manzana de distancia. Salí del coche y eché a correr hacia
allí. No miré atrás. No quise mirar atrás. No habría servido de nada, pues ella
debía de estar más que muerta, después de aquel impacto.
»Me precipité en el interior de la comisaría y, al cabo de unos
segundos, conseguí dejar de tartamudear y explicar lo que intentaba decirles.
Dos agentes salieron conmigo y los tres nos dirigimos hacia el lugar del
accidente. Yo empecé a correr, pero ellos se limitaron a andar de prisa y yo
moderé el paso porque no quería llegar el primero. Bueno, llegamos y...
—Déjeme adivinarlo —interrumpió el abogado—. Ni rastro de la
joven, ni rastro de la bicicleta.
Kane asintió lentamente.
—Estaba el «Jaguar», parado en medio de la calle; los faros
encendidos; la llave en el contacto, pero el motor calado. Detrás de él, unos
doce metros de marcas de neumáticos, que empezaban unos cuatro metros antes del
lugar donde estaba el callejón.
»Y eso es todo. Ni rastro de la muchacha, ni rastro de la
bicicleta. Ni una gota de sangre, ni un pedazo de metal. Ni una abolladura en
el parachoques del automóvil. Me tomaron por un loco y no les culpo. Ni
siquiera me dejaron sacar el coche de en medio de la calle; uno de ellos lo
aparcó junto a la acera —y se quedó la llave en vez de dármela — y volvieron a
conducirme a la comisaría para interrogarme.
»Pasé el resto de la noche allí. Supongo que habría podido
llamar a un amigo para que avisara a un abogado y me sacaran bajo fianza, pero
estaba demasiado trastornado para pensar en nada. Quizá demasiado trastornado
para querer salir, para tener una idea de adónde querría ir o qué querría hacer
si salía. Lo único que deseaba era estar solo para pensar y, después del
interrogatorio, uno de los sitios a donde podía ir era justo el que me
asignaron. No me metieron en la celda de los borrachos. Me imagino que iba
demasiado bien vestido y llevaba tarjetas de identificación demasiado
impresionantes, para convencerles de que, cuerdo o loco, era un ciudadano
sólido y solvente al que debían tratar con guantes de seda. Sea como fuere, me
hicieron entrar en una celda individual y yo me alegré de poder quedarme a
pensar en ella. Ni siquiera traté de dormir.
»A la mañana siguiente enviaron a un psiquiatra de la policía
para hablar conmigo. A estas alturas, yo había llegado a la conclusión de que,
cualquiera que fuese el problema, la policía no me ayudaría en nada y que
cuanto antes los perdiera de vista, mejor. Así que engañé al psiquiatra
restando importancia a mi historia en vez de contársela tal como sucedió. Omití
los efectos acústicos, como los crujidos de la bicicleta al pasar por encima y
las sensaciones cinéticas del impacto y el golpe, y se lo presenté como una
súbita y momentánea alucinación visual. El picó el anzuelo y me dejaron
marchar.
Kane dejó de hablar el tiempo suficiente para tomar un trago del
frasco plateado y después preguntó:
—¿Aún me cree? Y, me crea o no, ¿tiene alguna pregunta que
hacerme?
—Sólo una. —dijo el abogado—... ¿Está usted..., puede usted
estar seguro de que su experiencia con la policía del distrito cuarenta y
cuatro es objetiva y demostrable? En otras palabras, si llegamos a juicio y
decido basar mi defensa en un estado de enajenación mental, ¿puedo llamar como
testigos a los policías que hablaron con usted, y al psiquiatra de la policía?
Kane esbozó una sonrisa irónica.
—Para mí, mi experiencia con la policía es tan objetiva como el
atropello de la muchacha en bicicleta. Pero, por lo menos, usted puede
verificar lo primero. Compruébelo y averigüe si lo recuerdan. ¿De acuerdo?
—De acuerdo. Continúe.
—La policía dedujo que yo había sufrido una alucinación y se dio
por satisfecha, pero yo no. Hice varias cosas. Primero llevé el «Jaguar» a un
garaje para levantarlo del suelo y examiné detenidamente los bajos y la parte
delantera. Nada de nada. Está bien, no había sucedido, en lo que al coche
respecta.
»Después quise saber si una muchacha de esa descripción, viva o
muerta, había salido aquella noche en bicicleta. Gasté varios miles de dólares
en una agencia de detectives privada, para que escudriñaran minuciosamente
aquel barrio —y una amplia zona a su alrededor —y descubrieran si había
existido alguna vez una joven que concordase con esa descripción, con o sin
bicicleta roja. Se presentaron con unas cuantas adolescentes pelirrojas
posibles, pero yo me las arreglé para verlas, y no era ninguna de ellas.
»Y, después de informarme, yo mismo escogí a un psiquiatra y
empecé a visitarle. Se suponía que era el mejor de la ciudad, e indudablemente
el más caro. Fui a verle durante dos meses. Resultó un fracaso. No conseguí
averiguar lo que creía que había sucedido; no quiso decirme nada. Ya sabe cómo
trabajan los psicoanalistas, te hacen hablar a ti, te hacen analizarte a ti
mismo, y finalmente te hacen decirles cuál es tu problema; entonces cotorreas
un poco sobre ello y les dices que estás curado, ellos se muestran de acuerdo
contigo y te dicen que vayas con Dios. Eso está muy bien si tu subconsciente
sabe cuál es el problema y finalmente lo deja escapar. Pero mi subconsciente no
sabía qué pasaba y, como vi que estaba perdiendo el tiempo, me largué.
»Pero, mientras tanto, yo había hablado con unos amigos para
conocer sus ideas, y uno de ellos —profesor de filosofía en la Universidad
—empezó a hablar de ontología, y eso me impulsó a leer libros sobre el tema y
me proporcionó una pista. En realidad, yo creí que era más que una pista, creí
que era la solución. Hasta anoche. Desde anoche sé que, por lo menos
parcialmente, me equivoqué.
—Ontología... —dijo Mearson—... La palabra me resulta vagamente
familiar, pero ¿será tan amable de aclarármela?
—Voy a citarle la versión íntegra del Webster Unabridged:
«Ontología es la ciencia del ser o la realidad; la rama del saber que investiga
la naturaleza, las propiedades esenciales y las relaciones de ser como tal.»
Kane lanzó una mirada a su reloj de pulsera.
—Veo que estoy tardando en explicárselo más de lo que había
pensado. Empiezo a cansarme de hablar y sin duda usted aún estará más cansado
de escuchar. ¿Qué le parece si acabarnos esta conversación mañana?
—Una excelente idea, Larry. —Mearson se levantó.
Kane inclinó el frasco plateado para aprovechar hasta la última
gota y lo devolvió.
—¿Volverá a hacer de san Bernardo mañana?
—Fui al cuarenta y cuatro —dijo Mearson. El incidente que usted
me describió no ha sido olvidado. Hablé con uno de los dos agentes que salieron
con usted hasta la escena del... uh... hasta el coche. Usted informó realmente
del accidente, de eso no hay duda.
—Comenzaré por donde lo dejé —declaró Kane—. La ontología, el
estudio de la naturaleza de la realidad. Al leer mucho sobre el tema me tropecé
con el solipsismo, que se inició en tiempos de los griegos. Es la creencia de
que todo el universo es producto de la imaginación; en este caso, mi
imaginación. Es la creencia de que yo soy la única realidad concreta y de que
todas las cosas y todas las personas sólo existen en mi mente.
Mearson frunció el ceño.
—Así pues, la muchacha de la bicicleta, como para empezar sólo
tenía una existencia imaginaria, ¿cesó de existir..., uh, retroactivamente, en
el momento que usted la mató?
¿Sin dejar rastro tras sí, excepto un recuerdo en su mente, que
atestiguara su paso por la vida?
—A mí también se me ocurrió esta posibilidad, y decidí hacer
algo que seguramente lo confirmaría o refutaría. Específicamente, cometer un
asesinato, deliberadamente, para ver qué sucedía.
—Pero..., pero Larry, se cometen asesinatos todos los días, hay
personas que son asesinadas, y no se desvanecen retroactivamente sin dejar
rastro tras de sí.
—Pero no soy yo quien las ha asesinado —replicó gravemente
Kane—. Y si el universo es un producto de mi imaginación, eso supone una gran
diferencia. La muchacha de la bicicleta es la primera persona que yo he matado
en mi vida.
Mearson suspiró.
—De modo que decidió averiguarlo cometiendo un asesinato; y
disparó sobre Queenie Quinn. Pero, ¿por qué no...?
—No, no, no —interrumpió Kane—. Cometí otro antes de ése, hace
uno o dos meses.
Un hombre. Un hombre...; no vale la pena que le diga su nombre o
cualquier otra cosa acerca de él porque la verdad es que nunca existió, como la
muchacha de la bicicleta.
»Pero, naturalmente, yo no sabía que ocurriría así, de modo que
no me limité a matarle abiertamente, como hice con la bailarina. Tomé las
debidas precauciones para que, si hallaban su cuerpo, la policía no pudiera
detenerme como el asesino.
»Pero después de haberle matado, bueno..., él no había existido
jamás, y creí que mi teoría estaba confirmada A partir de entonces siempre he
llevado un arma, creyendo que podría matar impunemente todas las veces que
quisiera, y que eso no tendría importancia que no sería inmoral, porque
cualquiera que yo matase no habría existido realmente excepto en mi
imaginación.
—Hummm —dijo Mearson.
—Normalmente, Morty —dijo Kane—, soy una persona de carácter
apacible. La otra noche fue la primera vez que usé el revólver. Cuando esa
maldita bailarina me pegó lo hizo con fuerza, me dio un bofetón tremendo. Me
cegó momentáneamente y yo reaccioné de un modo automático al sacar la pistola y
disparar.
—Hummm —dijo el abogado—. Y Queenie Quinn resultó ser real y
usted está en prisión por homicidio, así que, ¿no reduce eso su teoría de
solipsismo a la nada?
Kane frunció el ceño.
—Evidentemente, la modifica. He reflexionado mucho desde que me
arrestaron, y he llegado a una conclusión. Si Queenie era real —y desde luego
lo era—, yo no era, y probablemente no soy, la única persona real. Hay personas
reales y personas irreales, que sólo existen en la imaginación de las reales.
»No sé cuántas hay. Quizá sólo unas pocas, quizá miles, o
incluso millones. Mi muestra —tres personas de las cuales una resultó ser real
—es demasiado pequeña para ser significativa.
—Pero ¿por qué? ¿Por qué tiene que haber una dualidad como ésta?
—No tengo ni la menor idea —repuso Kane—. He llegado a pensar
cosas muy raras, pero no son más que suposiciones Es como una conspiración,
pero una conspiración ¿contra quién? ¿O contra qué? Y no todas las personas
reales pueden estar envueltas en la conspiración, porque yo no lo estoy.
Se rió entre dientes con humorismo.
—Anoche tuve un sueño muy curioso acerca de eso, uno de esos
sueños confusos y revueltos que no puedes contar a nadie, porque no tienen
continuidad y no son más que una serie de impresiones. Era algo sobre una
conspiración y un archivo de la realidad que incluía los nombres de todas las
personas reales y las mantenía reales. Y —voy a tratar de explicárselo— la
realidad está manejada por una cadena de compañías inmobiliarias, una en cada
ciudad, aunque desde luego no se sabe que formen una cadena.
Naturalmente, también se ocupan de bienes raíces, como fachada.
Y... Oh, demonios, es demasiado complicado para tratar de explicarlo.
»Bueno, Morty, eso es todo. Supongo que me dirá que mi única
defensa es alegar locura... y tendrá razón porque, maldita sea, si estoy cuerdo
soy un asesino. En primer grado y sin circunstancias atenuantes; ¿no es así?
—Sí —dijo Mearson. Jugueteó un momento con una pluma de oro y
después alzó la vista—. El psiquiatra que le trató durante cierto tiempo..., su
nombre no era Galbraith, ¿verdad?
Kane negó con la cabeza.
—Bien. El doctor Galbraith es amigo mío y el mejor psiquiatra
forense de la ciudad, quizá del condado. Ha trabajado conmigo en una docena de
casos y los hemos ganado todos. Me gustaría conocer su opinión antes de planear
la defensa. ¿Querrá hablar con él, ser completamente sincero, si le digo que
venga a verle?
—Desde luego. Uh..., ¿le pedirá que me haga un favor?
—Probablemente; ¿de qué se trata?
—Préstele su frasco y dígale que lo traiga lleno. No tiene usted
ni idea de lo agradables que hace estas entrevistas.
El interfono que había sobre la mesa de Mortimer Mearson dejó
oír su zumbido característico y él apretó el botón que le traería la voz de su
secretaria. —«El doctor Galbraith quiere verle, señor.» Mearson le dijo que lo
hiciera entrar inmediatamente.
—Hola, doctor —dijo Mearson—. Quítese un peso de encima y
cuéntemelo todo.
Galbraith se dispuso a obedecer y encendió un cigarrillo antes
de hablar.
—Incomprensible al principio —dijo—. No di con la solución hasta
hacerle el historial médico. Sufrió una caída jugando al polo a los veintidós
años y el golpe que le dieron con un mazo en la cabeza le produjo una contusión
grave y la subsiguiente amnesia. Primero fue completa, pero después fue
recobrando gradualmente la memoria hasta la época de su primera adolescencia.
Sin embargo, casi no recuerda nada de lo que ocurrió entre esa época y el
momento del accidente.
—¡Dios mío, el período de adoctrinamiento!
—Exactamente. Oh, tiene destellos, como el sueño del que te
habló. Podríamos rehabilitarlo, pero temo que ya sea demasiado tarde. Si le
hubiéramos descubierto antes de que cometiera un crimen abierto... Pero ahora
no podemos arriesgarnos a que su historia conste en un expediente, ni siquiera
alegando locura como defensa. Ya lo sabes.
—Bien —dijo Mearson... Haré la llamada inmediatamente. Después
iré a verle otra vez.
No me gusta, pero hay que hacerlo.
Apretó un botón del interfono.
—Dorothy, comuníqueme con el Señor Hodge, de la Compañía
Inmobiliaria Midland.
Páseme la llamada a la línea privada.
Galbraith se fue mientras él esperaba y a los pocos momentos
sonó uno de los teléfonos y lo descolgó.
—¿Hodge? —dijo—. Soy Mearson. ¿No nos escucha nadie? Bien. Clave
ochenta y cuatro. Quita la tarjeta de Lorenz Kane —Lorenz Kane —del archivo de
realidad... Sí, es necesario y una emergencia. Mañana te presentaré el informe.
Sacó una pistola del cajón de la mesa y cogió un taxi hasta el
Palacio de Justicia.
Solicitó una entrevista con su cliente y en cuanto Kane traspuso
la puerta —no valía la pena esperar —le mató de un disparo. Aguardó el minuto
que tardaba el cuerpo en desvanecerse, y después subió al despacho de la juez
Amanda Hayes para realizar una última comprobación.
—¿Cómo está Su Señoría? —dijo—. Hace poco me hablaron de un
hombre llamado Lorenz Kane, y no recuerdo quién fue. ¿Usted, por casualidad?
—Jamás he oído ese nombre, Morty. No fui yo.
—En este caso, debió de ser otra persona. Gracias, Señoría.
Hasta la vista.
LLAMADA
Hay un delicioso cuento de horror que sólo consta de dos frases:
El último hombre sobre la Tierra estaba solo en una habitación.
Sonó una llamada a la puerta...
Dos frases y una elipsis de tres puntos suspensivos. El horror,
naturalmente, no está en la misma historia; está en la elipsis, en la
implicación: qué llamó a la puerta. Enfrentada con lo desconocido, la mente
humana proporciona algo vagamente horrible.
Pero no fue horrible, en realidad.
El último hombre sobre la Tierra —o en el universo, es igual—
estaba sentado solo en una habitación. Era una habitación bastante peculiar. Se
había dedicado a averiguar la razón de esta peculiaridad. Su conclusión no le
horrorizó, pero le molestó. Walter Phelan, que había sido profesor adjunto de
antropología en la Universidad Nathan hasta el momento en que, hacía dos días,
la Universidad Nathan dejó de existir, no era hombre que se horrorizara
fácilmente. Ni con un gran esfuerzo de imaginación se habría podido calificar a
Pelan de figura heroica. Era de escasa estatura y carácter apacible. No se
hacía mirar, y él lo sabía.
No es que ahora le preocupara su aspecto. Ahora mismo, en
realidad, era incapaz de sentir gran cosa. De una forma abstracta, sabía que
dos días antes, en el espacio de una hora, la raza humana había sido destruida,
a excepción de él y, en algún lugar... una mujer. Y éste era un hecho que no
preocupaba en modo alguno a Walter Phelan.
Probablemente jamás la había visto y no le preocupaba demasiado
que jamás llegara a verla. Las mujeres no habían constituido un factor
importante en la vida de Walter desde que Martha falleció un año y medio antes.
No es que Martha hubiera sido una buena esposa... Era excesivamente dominante.
Sí, había amado a Martha, de una forma profunda y tranquila. Ahora sólo tenía
cuarenta años, y treinta y ocho cuando Martha falleció, pero la verdad es que
desde entonces no había vuelto a pensar en las mujeres.
Su vida fueron sus libros, los que había leído y los que había
escrito. Ahora ya no tenía objeto seguir escribiendo libros, pero disponía del
resto de su vida para leerlos.
Realmente, tener compañía habría sido agradable, pero se las
arreglaría sin ella. Quizá al cabo de un tiempo llegara a disfrutar la compañía
de algún zan, aunque no le parecía probable. Sus pensamientos eran tan extraños
y distintos de los suyos, que la posibilidad de encontrar un tema de
conversación interesante para ambos resultaba muy improbable.
Eran inteligentes en cierto aspecto, pero también lo eran las
hormigas. Ningún hombre ha logrado comunicarse jamás con una hormiga. Sin saber
por qué, pensaba en los zan como si fueran hormigas, unas súper hormigas,
aunque no se parecieran a ellas, y tenía el presentimiento de que los zan
consideraban a la raza humana tal como la raza humana consideraba a las
hormigas vulgares. Lo que habían hecho con la Tierra era lo que los hombres
hacían con los hormigueros, aunque lo hubieran hecho de un modo más eficiente.
Pero le habían dado gran cantidad de libros. Fueron muy amables en eso, en
cuanto él les dijo lo que quería. Y se lo dijo en el mismo momento de
comprender que estaba destinado a pasar el resto de su vida en aquella
habitación. El resto de su vida, o lo que los zan habían expresado con las
palabras, para siempre.
Incluso una mente brillante, y los zan tenían una mente
brillante, tenía sus peculiaridades. Los zan habían aprendido a hablar el
idioma de la Tierra en cuestión de horas, pero se empeñaban en separar las
sílabas. Sin embargo, estamos divagando.
Sonó una llamada a la puerta.
Ahora ya está todo explicado, a excepción de los puntos
suspensivos, la elipsis, y yo me encargaré de completarlos y demostrarles que
no fue nada horrible. Walter Phelan exclamó: «Adelante», y la puerta se abrió.
Naturalmente, era un zan. Era exactamente igual que los demás zan; si había un
medio de distinguirlos, Walter no lo había descubierto. Medía un metro y medio
de altura y no se parecía a nada de lo que pudiera haber existido sobre la
Tierra, es decir, nada que hubiera existido en la Tierra antes de que los zan
aparecieran. Walter dijo: «Hola, George.» Cuando se enteró de que ninguno de
ellos poseía un nombre propio, decidió llamarlos a todos George, y a los zan no
pareció importarles.
Este contestó: «Ho la, Walter.» Esto era el ritual, la llamada a
la puerta y los saludos.
Walter aguardó.
—Punto uno —dijo el zan—. Harás el favor de sentarte con la
silla de cara al otro lado.
Walter repuso:
—Ya me lo imaginaba, George. Esa pared es transparente por el
otro lado, ¿verdad?
—Es trans pa ren te.
Walter suspiró.
—Lo sabía. Esa pared es lisa y está vacía, no hay ningún mueble
adosado a ella.
Además, parece distinta de las otras paredes. Si insisto en
sentarme de espaldas, ¿qué pasará? ¿Me mataréis? Casi lo desearía.
—Nos lle va ría mos tus li bros.
—Me has convencido, George. De acuerdo, me pondré de cara a la
pared cuando lea.
¿Cuántos animales, aparte de mí, tenéis en este zoológico
vuestro?
—Dos cien tos die ci séis.
Walter meneó la cabeza.
—No está completo, George. Incluso un zoológico de segunda fila
puede superar al vuestro..., podría superarlo, quiero decir, si hubiera quedado
algún zoológico de segunda fila. ¿Nos habéis escogido al azar?
—Mues tras al azar, sí todas las especies habrían sido
demasiadas. Un macho y una hembra de cien especies.
—¿Con qué los alimentáis? Me refiero a los carnívoros.
—Fabricamos comida sin tética.
—Muy ingenioso. ¿Y la flora? También habéis reunido una buena
colección, ¿verdad?
—La flora no ha sido dañada por las vibraciones. Sigue creciendo.
—Me alegro por la flora. Así pues, no habéis sido tan duros con
ella como con la fauna.
Bueno, George, has empezado hablando del «punto uno». Deduzco
que existe un punto dos. ¿Cuáles?
—Hay algo que no com prendemos. Dos de los otros a nimales
duermen y no se despiertan. Están fríos.
—Eso ocurre hasta en los zoológicos mejor organizados, George.
Probablemente no les ocurra nada a excepción de que estén
muertos.
—¿Muertos? Esto significa detenidos. Nada los ha detenido. Cada
uno de ellos estaba solo.
Walter miró fijamente al zan.
—Quieres decir, George, que no sabes lo que significa la muerte
natural?
—La muerte es cuando se mata a un ser, cuándo se detiene su
vida.
Walter Phelan parpadeó.
—¿Cuántos años tienes, George? —preguntó.
—Dieciséis..., no comprenderás el sentido de la palabra. Tu
planeta ha girado unas siete mil ve ces en torno a tu sol Aún soy jo ven.
Walter dejó escapar un silbido.
—Un niño de pecho —dijo. Reflexioné un momento—. Mira, George,
tienes que saber ciertas cosas respecto al planeta donde ahora estás. Aquí hay
un tipo que no existe en el lugar de donde tú vienes. Es un viejo con una
barba, una guadaña y un reloj de arena.
Tus vibraciones no le han matado.
—¿Qué es?
Llámale La Parca, George. El Viejo de la Muerte. Nuestra gente y
nuestros animales viven hasta que. alguien, el Viejo de la Muerte, les arrebata
la vida.
—¿Ha detenido a las dos criaturas? ¿De tendrá a más?
Walter abrió la boca para contestar, pero volvió a cerrarla.
Algún indicio en la voz de George le indicó que vería un ceño de preocupación
en su rostro, en el caso de que tuviera un rostro reconocible como tal.
—¿Qué te parece si me llevas a ver esos animales que no se
despiertan? —preguntó Walter—. ¿Está contra las reglas?
—Ven —dijo el zan.
Esto ocurrió por la tarde del segundo día. Fue a la mañana
siguiente cuando regresaron los zan, varios de ellos. Se llevaron los libros y
los muebles de Walter Phelan.
Después, se lo llevaron a él. Se encontró en una habitación
mucho más grande, a unos cien metros de distancia de la anterior. Se sentó y
esperé lo que vendría a continuación.
Cuando llamaron a la puerta, supo lo que ocurriría y se puso
cortésmente en pie mientras decía:
—Adelante.
Un zan abrió la puerta y se apartó ligeramente. Una mujer entró.
Walter se inclinó.
—Walter Phelan —dijo—, en caso de que George no le haya
informado de mi nombre.
George intenta mostrarse educado, pero no conoce todas nuestras
costumbres.
La mujer parecía tranquila; se alegró de constatarlo. Dijo:
—Yo me llamo Grace Evans, señor Phelan. ¿Qué significa todo
esto? ¿Por qué me han traído aquí?
Walter la examinó mientras hablaba. Era alta, tan alta como él,
y bien proporcionada.
Daba la impresión de tener unos treinta años escasos, casi la
misma edad que Martha.
Poseía la misma tranquila confianza en sí misma que siempre
había admirado en Martha, a pesar de que contrastara con su propia
informalidad. En realidad, pensó, se parecía bastante a Martha.
—Creo que ya puede imaginarse la razón por la que la han traído
aquí —repuso—, pero retrocedamos un poco. ¿Sabe qué ha sucedido?
—Se refiere a que han... matado a todo el mundo?
—Sí. Siéntese, por favor. ¿Sabe cómo lo hicieron?
Ella se dejó caer en un cómodo sillón cercano.
—No —dijo—. No sé exactamente cómo. Creo que no importa
demasiado, ¿verdad?
—No demasiado. Pero voy a explicarle toda la historia, todo lo
que sé después de hacer hablar a uno de ellos y unir los cabos sueltos. No son
muchos..., por lo menos, aquí no hay muchos. No sé si constituyen una raza muy
numerosa en su lugar de origen, que no sé dónde está, aunque me imagino que
debe de encontrarse fuera del sistema solar.
¿Ha visto la nave espacial en la que vinieron?
—Sí. Es casi tan grande como una montaña.
—Casi. Bueno, está equipada para emitir una especie de
vibración... Ellos la llaman así en nuestro idioma, pero yo supongo que más que
una vibración sonora es una onda radioeléctrica.., que destruye cualquier clase
de vida animal. La nave está protegida contra la vibración. No sé si su radio
de acción es tan amplio como para aniquilar de una vez a todo el planeta, o si
volaron en círculo en torno a la Tierra, emitiendo las ondas vibratorias. Pero
la cuestión es que aniquiló inmediatamente a todos los seres vivos, y confío en
que lo hicieran sin dolor. La única razón por la que nosotros, y los otros
doscientos animales y pico de este zoológico, no hemos muerto también, es que
nos hallábamos dentro de la nave. Nos han escogido como muestra. ¿Sabía que
esto era un zoológico?
—Bueno, lo sospechaba.
—Las paredes frontales son transparentes por la cara exterior.
Los zan han demostrado ser muy hábiles al reproducir en el interior de cada
cubículo el hábitat natural de la criatura que contiene. Los cubículos, como
éste donde nos encontramos, son de plástico, y ellos poseen una máquina capaz
de fabricar uno en menos de diez minutos. Si la Tierra hubiera tenido una
máquina y un proceso como éste, no habría habido ningún problema de vivienda.
Bueno, de todos modos, este problema ya no existe. Y me imagino que la raza
humana —específicamente usted y yo— puede dejar de preocuparse. por la bomba H
y la próxima guerra. Es indudable que los zan nos han resuelto un gran número
de problemas.
Grace Evans sonrió ligeramente.
—Otro caso en qué la operación tuvo éxito, pero el paciente
murió. Las cosas estaban realmente muy mal. ¿Se acuerda de cuándo le
capturaron? Yo, no. Una noche me fui a dormir y me desperté en una jaula de la
nave espacial.
—Yo tampoco me acuerdo —repuso Walter—. Tengo el presentimiento
de que primero usaron las ondas a muy baja intensidad, lo justo para que
perdiéramos el conocimiento.
Después descendieron y recogieron muestras para su zoológico más
o menos al azar.
Cuando tuvieron las que deseaban, o las que cabían en su nave,
abrieron la espita al máximo. Y eso fue todo. Hasta ayer no supe que cometieron
un error al sobreestimamos.
Pensaban que éramos inmortales, como ellos.
—Que éramos... ¿qué?
—Se les puede matar, pero no saben lo que es la muerte natural.
Por lo menos, hasta
ayer. Dos de los nuestros fallecieron ayer.
—Dos de... ¡Oh!
—Sí, dos de nuestros animales que estaban en su zoológico. Dos
especies que se han extinguido irrevocablemente. Y, por la forma en que los zan
miden el tiempo, los restantes miembros de cada especie no vivirán más que unos
minutos. Supusieron que tenían especies permanentes.
—¿Quiere decir que no sabían lo que eran criaturas de corta
vida?
—Así es —contestó Walter—. Uno de ellos es joven a los siete mil
años, según me confesó él mismo. A propósito, ellos son bisexuales, pero no
creo que se reproduzcan más que cada diez mil años. Cuando ayer se enteraron de
la vida ridículamente corta que tenemos los animales terrestres, debieron de
escandalizarse hasta la médula, si es que tienen médula. La cuestión es que han
decidido reorganizar su zoológico: dos y dos en vez de uno y uno. Se imaginan
que duraremos más si vivimos colectivamente en vez de individualmente.
—¡Oh! —Grace Evans se levantó y un ligero rubor cubrió su
rostro—. Si usted cree..., si ellos creen... —Se dirigió hacia la puerta.
—Estará cerrada —dijo tranquilamente Walter Phelan—, pero no se
preocupe. Quizá ellos lo crean, pero yo no lo creo. No necesita decirme que no
se fijaría en mí aunque yo fuera el último hombre sobre la Tierra; sería
absurdo en las actuales circunstancias.
—Pero ¿es que piensan tenernos encerrados, a los dos juntos, en
esta habitación tan pequeña?
—No es tan pequeña; nos las arreglaremos. Yo puedo dormir
bastante cómodamente en uno de esos mullidos sillones. Y no crea que no estoy
totalmente de acuerdo con usted. Dejando aparte todas las consideraciones
personales, el mínimo favor que podemos hacer a la raza humana es permitir que
se extinga con nosotros y no perpetuarla para que la exhiban en un zoológico.
Ella dijo «Gracias» de forma casi inaudible, y el rubor
desapareció de su cara. La ira se reflejaba en sus ojos, pero Walter sabía que
no era por su causa. Con los ojos lanzando chispas como en ese momento, se
parecía mucho a Martha, pensó.
Le sonrió y dijo:
—O si no...
Ella se levantó de un salto y por un momento él creyó que se
acercaría y le pegaría.
Después volvió a desplomarse en su asiento.
—Si usted fuera un hombre, pensaría en una forma de... ¿Ha dicho
que se les puede matar? —Su voz era dura.
—¿A los zan? Oh, desde luego. Los he estado estudiando. Su
aspecto difiere totalmente del nuestro, pero creo que tienen un metabolismo
parecido, el mismo tipo de sistema circulatorio, y probablemente el mismo tipo
de sistema digestivo. Creo que cualquier cosa capaz de matarnos a nosotros
podría matarlos a ellos.
—Pero usted ha dicho que...
—Oh, naturalmente, hay diferencias. Ellos no poseen el factor
que hace envejecer a los hombres. O bien ellos tienen una glándula de la que el
hombre carece, algo que renueve las células. Más frecuentemente que cada siete
años, quiero decir.
Ella había olvidado su ira. Se inclinó ansiosamente hacia
delante. Dijo:
—Creo que tiene razón. Sin embargo, no creo que sientan dolor,
de ninguna clase.
El había estado esperando eso. Dijo:
—¿Qué le hace pensar as!?
—Encontré un trozo de alambre en la mesa de mi cubículo y lo
estiré frente a la puerta para que el zan se cayera. Así fue, y el alambre le
hizo un corte en la pierna.
—¿Observó si le salía sangre roja?
—Sí. pero no pareció importarle. No se enfadó; ni siquiera hizo
un solo comentario, lo único que hizo fue desatar el alambre. Al volver pocas
horas después, el corte había desaparecido. Bueno, casi. Conseguí ver un
pequeño rastro de él y por esto estoy segura de que era el mismo zan.
Walter Phelan asintió lentamente.
—Es natural que no se enfadara. No experimentan ninguna clase de
emoción. Quizá, si matáramos a uno de ellos, ni siquiera nos castigaran. Se
limitarían a darnos la comida por un agujero y no se acercarían a nosotros, nos
tratarían como los hombres trataban a los animales de un zoológico que habían
matado a su guardián. Probablemente se limitarían a asegurarse de que no
atacáramos a otro de nuestros guardianes.
—¿Cuántos hay?
Walter repuso:
—Unos doscientos, según creo, en esta nave concreta. Pero,
indudablemente, hay muchos más en el lugar de donde proceden. Sin embargo,
tengo el presentimiento de que esto sólo constituye una avanzadilla, encargada
de limpiar el planeta y preparar la ocupación de los zan.
—Resulta indudable que han hecho un buen...
Llamaron con los nudillos a la puerta y Walter Phelan dijo:
«Adelante.» Un zan abrió la puerta y se quedó en el umbral.
—Hola, George —saludó Walter.
—Ho la, Wal ter. —El mismo ritual. ¿El mismo zan?
—¿Qué es lo que te preocupa?
—Otra criatura duerme y no se despierta. Una llama da comadreja.
Walter se encogió de hombros.
—Son cosas que ocurren, George. El Viejo de la Muerte. Ya te he
hablado de él.
—Al go peor. Un zan ha muerto. Esta ma ña na.
—¿Es eso peor? —Walter le miró imperturbablemente—. Bueno,
George, tendrás que acostumbrarte a ello, si pensáis quedaros aquí.
El zan no dijo nada. Se quedó donde estaba. Finalmente, Walter
dijo:
—¿Y bien?
—Respecto a la comadreja, ¿recomiendas lo mis mo?
Walter se encogió de hombros nuevamente.
—Lo más probable es que no sirva de nada. Pero ¿por qué no?
El zan salió.
Walter oyó sus pasos, alejándose. Sonrió entre dientes.
—Quizá dé resultado, Martha —dijo.
—Mar... Yo me llamo Grace, señor Phelan. ¿Qué es lo que quizá dé
resultado?
—Yo me llamo Walter, Grace. Dejémonos de formulismos. Verás,
Grace, tú me recuerdas mucho a Martha. Era mi esposa. Falleció hace un par de
años.
—Lo siento. Pero ¿qué es lo que quizá dé resultado? ¿De qué has
hablado con el zan?
—Mañana lo sabremos —dijo Walter.
Y no pudo sacarle una palabra más.
Aquél era el tercer día de estancia de los zan. El día siguiente
fue el último. Era cerca de mediodía cuando apareció uno de los zan. Después
del ceremonial, permaneció junto a la puerta, con un aspecto más extraño que
nunca. Resultaría interesante poder describirlo, pero no existen palabras para
hacerlo. Dijo:
—Nos mar cha mos. El con se jo se ha reu ni do y lo ha de ci di
do.
—¿Acaso ha muerto otro de los vuestros?
—Anoche. Este es un planeta de muerte.
Walter asintió.
—Vosotros habéis hecho vuestra parte. Dejáis a doscientos trece
con vida, aparte de nosotros, pero esto no es demasiado entre muchos millones.
No tengáis prisa en volver.
—¿Podemos hacer algo?
—Sí. Podéis daros prisa. Dejad nuestra puerta abierta y las
demás cerradas. Nos ocuparemos de los otros. El zan asintió y se fue.
Grace Evans se había levantado, y tenía los ojos brillantes;
Preguntó:
—¿Cómo...? ¿Qué...?
—Espera —le advirtió Walter—. Déjame oírles despegar. Es un
ruido que quiero oír y recordar.
El ruido se produjo a los pocos minutos, y Walter Phelan,
adquiriendo súbitamente conciencia de lo tenso que estaba, se dejó caer en una
silla y se relajó.
Repuso apaciblemente:
—En el Jardín del Edén también había una serpiente, Grace, y
ella nos causó muchos problemas. Pero ésta nos los ha solucionado y ha
compensado la acción de aquélla. Me refiero a la pareja de la serpiente que
murió anteayer.
Era una serpiente de cascabel.
—Quieres decir que por su causa murieron los dos zan? Pero...
Walter asintió.
—No sabían nada acerca de las serpientes. Cuando los zan me
llevaron a ver las primeras criaturas que «estaban dormidas y no se
despertaban», vi que una de ellas era un serpiente de cascabel. Tuve una idea,
Grace. Se me ocurrió pensar que las criaturas venenosas eran unas especies
características de la Tierra y que los zan no debían de conocerlas. Además,
cabía la posibilidad de que su organismo fuera tan parecido al nuestro que el
veneno les matara. De todos modos, no se perdía nada por intentarlo. Y ambas
suposiciones fueron acertadas.
—¿Cómo lograste que la serpiente de cascabel...?
Walter Phelan esbozó una sonrisa.
—Les expliqué lo que es el cariño. Ellos no lo sabían. Sin
embargo, descubrí que les interesaba conservar el mayor tiempo posible al
miembro restante de las especies, para estudiarlo antes de su muerte. Les dije
que moriría inmediatamente porque había perdido a su pareja, a menos que
tuviera un cariño y afecto constantes. Se lo demostré con el pato, que era la
otra criatura que había perdido a su pareja. Por fortuna, era un pato doméstico
y no me resultó difícil estrecharlo contra mi pecho y acariciarlo, para
enseñarles cómo debían hacerlo. Después dejé que ellos lo hicieran con el
pato... y con la serpiente de cascabel.
Se levantó y desperezó. Después volvió a sentarse más
cómodamente.
Dijo:
Bueno, ante nosotros se extiende un mundo que debemos organizar.
Tendremos que sacar a los animales del arca, y antes habrá que pensar y decidir
varias cosas. Podemos dejar en libertad a todos los animales salvajes que sean
herbívoros, para que se las arreglen como puedan. En cuanto a los domésticos,
es preferible que los conservemos y nos encarguemos de ellos; los
necesitaremos. Pero los carnívoros, los predadores...
Bueno, habrá que decidirse. Pero mucho me temo que todo sea
inútil, a menos que encontremos y sepamos manejar la máquina que usaban para
fabricar alimentos sintéticos.
La miró fijamente.
—También hemos de pensar en la raza humana; habrá que tornar una
decisión respecto a ella, una decisión muy importante. Ella volvió a sonrojarse
un poco, como el día anterior; se sentó rígidamente en la silla.
—No —dijo.
El simuló no haberlo oído.
—Ha sido una hermosa raza, incluso en el caso de que hubiera
llegado a extinguirse.
Ahora renacerá si nosotros hacemos que renazca, y puede que
tropiece con grandes dificultades durante cierto tiempo, pero nosotros podemos
reunir libros y conservar la mayoría de sus conocimientos intactos; los
importantes, por lo menos. Podemos...
Se interrumpió al ver que ella se ponía en pie y se dirigía
hacia la puerta. Así habría reaccionado Martha, pensó, en la época que él la
cortejaba, antes de casarse.
Dijo:
—Piénsalo, querida, y tómate todo el tiempo que quieras. Pero
vuelve.
Se oyó un portazo. El permaneció sentado, pensando en. todas las
cosas que debían hacerse en cuanto empezaran, pero sin prisas para empezarlas.
Y al cabo de un rato, oyó los vacilantes pasos de Grace que regresaba.
Sonrió ligeramente. ¿Ven? No fue horrible, en realidad.
El último hombre sobre la Tierra estaba sentado solo en una
habitación.
Sonó una llamada a la puerta...
OBEDIENCIA
En un minúsculo planeta de una estrella lejana y débil,
invisible desde la Tierra, y en el extremo más lejano de la galaxia, cinco
veces la distancia que el hombre ha penetrado en el espacio, se eleva la
estatua de un terráqueo. Fue construida con un metal precioso y es algo
impresionante, de veinticinco centímetros de altura y exquisita factura.
Los bichos se deslizan sobre ella...
Estaban en una patrulla de rutina en el Sector 1534, más allá de
Sirio y a muchos parsecs de Sol. La nave era la consabida biplaza de
reconocimiento utilizada para todas las patrullas fuera del sistema. El capitán
May y el teniente Ross jugaban al ajedrez cuando sonó la alarma.
El capitán May dijo:
—Don, ajústala, mientras pienso esta jugada.
No apartó la mirada del tablero; sabía que solo podía tratarse
de un meteoro pasajero.
En ese sector no había naves. El hombre había penetrado mil
parsecs en el espacio y aún no había encontrado una forma de vida extraña lo
bastante inteligente para comunicarse, menos aún para construir naves
espaciales.
Ross tampoco se levantó, sino que se volvió en la silla para
mirar el tablero de instrumentos y la telepantalla. Levantó distraídamente la
mirada y quedó boquiabierto: había una nave en la pantalla. Recuperó lo
suficiente el aliento para gritar «¡Capitán!» y después el tablero de ajedrez
cayó al suelo y May miró por encima de su hombro.
Pudo oír la respiración de May y luego su voz que dijo:
—¡Fuego, Don!
—¡Pero si es un crucero clase Rochester! Uno de los nuestros.
Ignoro qué hace aquí, pero no podemos...
—Vuelve a mirar.
Don Ross no podía volver a mirar porque no había dejado de
hacerlo pero repentinamente vio a qué se refería May. Era casi un Rochester,
pero no del todo. Tenía algo extraño. ¿Algo? Era extraño, se trataba de una
imitación alienígena de un Rochester.
Y sus manos corrieron hacia el botón de disparo casi antes de
que todo el impacto de la situación le alcanzara.
Con el dedo en el botón, observó los diales del telémetro Picar
y del Monold. Marcaban cero.
Lanzó una maldición.
—Capitán, nos interfieren. ¡No podemos calcular a qué distancia
está, su tamaño ni su masa!
El capitán May asintió lentamente, pálido.
En el interior de la cabeza de Don Ross, un pensamiento dijo:
—Serénense, hombres. No somos enemigos.
Ross se volvió y miró a May. Éste dijo:
—Sí, lo he recibido. Telepatía.
Ross volvió a maldecir. Si fueran telépatas...
—Fuego, Don. Visual.
Ross oprimió el botón. La pantalla quedó cubierta por una
llamarada de energía y cuando ésta cesó, no había restos de nave espacial...
El almirante Sutherland dio la espalda al gráfico estelar
colgado de la pared y los estudió agriamente desde debajo de sus pobladas
cejas. Dijo:
—May, no me interesa refundir su informe. Ambos han estado
sometidos al psicógrafo; hemos extraído de sus mentes hasta el último segundo
del encuentro. Nuestros lógicos lo han analizado. Están aquí por razones
disciplinarias. Capitán May, ¿conoce el castigo por desobediencia?
—Sí, señor —reconoció May tensamente.
—¿Cuál es?
—La muerte, señor.
—¿Y qué orden desobedeció?
—Orden General Trece-Noventa, Sección Doce. Prioridad
Cuadrado-A. Toda nave terrestre, sea militar o de otro tipo, tiene la orden de
destruir inmediatamente y al verla a cualquier nave extraña que encuentre. Si
no lo hace, debe volar hacia el espacio extraterrestre, en una dirección no
exactamente contraria a la de la Tierra, y continuar hasta que se le acabe el
combustible.
—¿Y por qué motivo, capitán? Lo pregunto simplemente para
averiguar si lo sabe.
Desde luego, no es importante y ni siquiera relevante si
comprende o no el motivo de cualquier disposición.
—Sí, señor. Para que no exista la posibilidad de que la nave
extraña siga a la nave avistada hasta Sol y se entere así de la situación de la
Tierra.
—Pero usted desobedeció esa disposición, capitán. No está seguro
de haber destruido al extraño. ¿Qué puede decir en defensa propia?
—No lo consideramos necesario, señor. La nave extraña no parecía
hostil. Además, señor, debían conocer nuestra base; al hablarnos nos llamaron
«hombres».
—¡Tonterías! El mensaje telepático fue enviado por una mente
extraña, pero recibido por las de ustedes. Sus mentes tradujeron
automáticamente el mensaje a nuestra terminología. Él no sabía necesariamente
el punto de origen de ustedes ni que eran humanos.
El teniente Ross no tenía por qué hablar, pero preguntó:
—Señor, por lo tanto, ¿no se cree que fueran amistosos?
El almirante resopló.
—Teniente, ¿dónde se entrenó? Parece haber pasado por alto la
premisa más elemental de nuestros planes de defensa, el motivo por el cual
desde hace cuatrocientos años patrullamos el espacio, en busca de cualquier
vida extraña. Todo extraño es un enemigo. Aunque hoy se mostrara amistoso,
¿cómo podemos saber que lo será el año que viene o dentro de un siglo? Y un
enemigo potencial es un enemigo. Cuanto más rápidamente sea destruido, más
segura estará la Tierra. ¡Analice la historia militar del mundo! Como mínimo,
demuestra eso. ¡Piense en Roma! Para estar a salvo, no podía permitirse el lujo
de vecinos poderosos. ¡Y en Alejandro el Grande! ¡Y en Napoleón!
—Señor —intervino el capitán May—, ¿estoy bajo pena de muerte?
—Sí.
—Entonces más vale que hable. ¿Dónde está Roma ahora? ¿Y el
imperio de Alejandro o el de Napoleón? ¿Y la Alemania nazi? ¿Y el tiranosaurio
Rex?
—¿Quién?
—El antepasado del hombre, el más resistente de los dinosaurios.
Su nombre significa «rey de los saurios tiranos». También pensaba que todos los
demás seres eran sus enemigos. ¿Y dónde está ahora?
—Capitán, ¿es todo lo que tiene que decir?
—Sí, señor.
—Entonces lo pasaré por alto. Un razonamiento falaz y
sentimental. No está bajo pena de muerte, capitán. Simplemente respondí que sí
para averiguar lo que decía, hasta dónde llegaba. No se muestra piedad con
usted a causa de una tontería humanitaria. Se ha encontrado una circunstancia
realmente atenuante.
—¿Puedo saber cuál, señor?
—El extraño fue destruido. Nuestros técnicos y lógicos lo han
averiguado. El Picar y el Monold funcionaban correctamente. El único motivo por
el cual no registraron ninguna señal se debió a que la nave extraña era
demasiado pequeña. Pueden detectar un meteoro que pesa nada más que dos kilos y
cuarto. La nave extraña era más pequeña.
—¿Más pequeña...?
—Indudablemente. Ustedes pensaron en la vida extraña en términos
de nuestro tamaño. No existen razones por las cuales deba de ser así. Incluso
podría ser submicroscópica, demasiado pequeña para ser visible. La nave extraña
debió contactar deliberadamente, a una distancia de pocos metros. Y los
disparos, a esa distancia, la destruyeron por completo. Por eso no vieron un
casco carbonizado como prueba de que había sido destruida. —Sonrió—. Le
felicito, teniente Ross, por su puntería. Desde luego, en el futuro las
descargas visuales serán innecesarias. Hemos modificado inmediatamente los
detectores y calculadores de las naves de todas clases a fin de que detecten y
señalen objetos incluso de tamaño diminuto.
Ross dijo:
—Gracias, señor. ¿Pero no opina que el hecho de que la nave que
vimos, al margen de su tamaño, fuera una imitación de una de nuestras naves de
clase Rochester prueba que los extraños ya saben sobre nosotros mucho más que
nosotros sobre ellos, incluido probablemente el emplazamiento de nuestro
planeta natal? ¿Y que, aunque sean hostiles, el reducido tamaño de su aparato
es lo que les impide expulsarnos del sistema?
—Es posible. O ambas cosas son ciertas o ninguna lo es. Es
evidente que, al margen de su habilidad telepática, técnicamente son muy
inferiores a nosotros.., o, de lo contrario, no imitarían nuestro diseño de
naves espaciales. Tuvieron que leer la mente de algunos de nuestros ingenieros
para copiar ese diseño. Sin embargo, aunque supongamos que eso es verdad, quizá
todavía no conocen el emplazamiento de Sol. Las coordenadas espaciales serían
sumamente difíciles de traducir y el nombre Sol no significaría nada para
ellos. Además, su descripción aproximada coincidiría con las de otros millares
de estrellas. De todos modos, está en nuestras manos encontrarlos y
exterminarlos antes de que ellos nos encuentren a nosotros. Hemos dado la
alerta a todas las naves que están en el espacio para que los busquen y las
hemos equipado con instrumentos especiales para detectar objetos pequeños.
Estado de guerra. Quizás sea redundante decirlo: siempre existe un estado de
guerra con los extraños.
—Sí, señor.
—Eso es todo, caballeros. Pueden retirarse.
En el pasillo, dos guardias armados esperaban. Cada uno de ellos
se colocó a un lado del capitán May.
May dijo rápidamente:
—Don, no digas nada. Lo esperaba. No olvides que desobedecí una
orden importante y que el almirante dijo que estaba condenado a muerte.
Mantente al margen de esto.
Con los puños cerrados y los dientes fuertemente apretados, Don
Ross vio cómo los guardias se llevaban a su amigo. Sabía que May tenía razón;
no podía hacer nada salvo meterse en líos mayores que aquel en el que May ya
estaba metido y empeorar la situación de su amigo.
Salió casi ciegamente del Edificio del Almirantazgo. Salió y se
emborrachó en seguida pero de nada le sirvió.
Tenía la acostumbrada licencia de dos semanas antes de volver a
presentarse para cumplir con sus deberes espaciales y sabía que le convendría
aclarar su mente en ese período. Fue a ver a un psiquiatra y habló hasta perder
la mayor parte de su amargura y su sentimiento de rebeldía.
Volvió a sus libros de texto y se sumergió en la necesidad de
una estricta e indiscutible obediencia a la autoridad militar, en la necesidad
de una vigilancia incesante a la espera de razas extrañas y en la necesidad de
exterminarlas siempre que las encontrara.
Ganó; se convenció a sí mismo de cuán impensable había sido
creer que el capitán May pudiera haber sido totalmente perdonado por haber
desobedecido una orden, por el motivo que fuese. Incluso se sintió horrorizado
por haber consentido en esa desobediencia. Desde luego, técnicamente era
intachable; May había estado al mando de la nave y la decisión de regresar a la
Tierra en lugar de volar hacia el espacio —y la muerte —provino de él. Como
subordinado, Ross no había compartido la responsabilidad.
Pero ahora, como persona, le remordía la conciencia por no haber
tratado de convencer a May de que no desobedeciera.
¿Qué sería del Cuerpo Espacial sin obediencia?
¿Cómo podía compensar lo que ahora consideraba su negligencia
culpable, su delito?
Durante ese período miró ávidamente los telenoticieros y supo
que, en algunos otros sectores del espacio, habían destruido otras cuatro naves
extrañas. Gracias a los instrumentos de detección mejorados, todas fueron
destruidas al ser avistadas; no hubo comunicación después del primer contacto.
Durante el décimo día de licencia, puso fin a las vacaciones por
decisión propia.
Regresó al Edificio del Almirantazgo y pidió audiencia con el
almirante Sutherland.
Obviamente, se rieron de él, pero lo esperaba. Logró que
llevaran hasta el almirante un conciso mensaje verbal. Simplemente decía:
«Tengo un plan que probablemente nos permitirá encontrar el planeta de los
extraños sin que nosotros corramos riesgos».
Sin duda alguna, esas palabras le abrieron paso.
Permaneció en posición de firmes ante el escritorio del
almirante y dijo:
—Señor, los extraños han intentado contactamos. No han podido
hacerlo debido a que los destruimos al contactarlos, antes de que enviaran un
pensamiento telepático completo. Si les permitimos que se comuniquen, existe la
posibilidad de que delaten, accidentalmente o de otro modo, el emplazamiento de
su planeta natal.
El almirante Sutherland respondió secamente:
—Y lo hagan o no, podrían descubrir el del nuestro siguiendo la
nave a su regreso.
—Señor, mi plan cubre esa contingencia. Sugiero que me envíen al
mismo sector donde se estableció el contacto inicial... esta vez en una nave
monoplaza y desarmado.
Solicitó que esta misión sea ampliamente difundida a fin de que
todos los hombres del espacio lo sepan y sepan que estoy en una nave desarmada
con el fin de establecer contacto con los extraños. Opino que ellos se
enterarán. Seguramente logran recibir pensamientos a larga distancia pero
enviarlos, por lo menos a mentes terráqueas, sólo a distancias muy cortas.
—Teniente, ¿cómo lo ha deducido? No se preocupe, coincide con lo
calculado por nuestros lógicos. Dicen que el hecho de que hayan robado nuestra
ciencia, por ejemplo para copiar nuestras naves a escala menor, antes de que
reparáramos en su existencia demuestra su capacidad de leer nuestros
pensamientos a... bueno, a distancia moderada.
—Sí, señor. Supongo que si la noticia de mi misión llega a toda
la flota, los extraños se enterarán. Y al saber que mi nave está desarmada,
establecerán contacto. Averiguaré que tienen que decirme, que decirnos, y es
posible que ese mensaje incluya una pista acerca del emplazamiento de su
planeta natal.
—Y en ese caso el planeta duraría un máximo de veinticuatro
horas —dijo el almirante Sutherland—. ¿Pero qué me dice de lo contrario,
teniente? ¿No existe la posibilidad de que le sigan a su regreso?
—Señor, aquí es donde no tenemos nada que perder. Regresaré a la
Tierra sólo si averiguo que ya conocen su emplazamiento. Creo que ya lo conocen
gracias a sus que no nos han atacado porque no son hostiles o porque son
demasiado débiles. Pero sea como fuere, si conocen el emplazamiento de la
Tierra no lo negarán al hablar conmigo. ¿Por qué habrían de hacerlo? Lo
considerarán un elemento favorable para ellos y creerán que estamos pactando.
Si afirman que lo conocen aunque no sea cierto.., me negaré a aceptar su
palabra a menos que me den pruebas.
El almirante Sutherland le miraba atentamente. Dijo:
—Hijo, usted tiene algo. Probablemente le costará la vida
pero... si no es así y regresa con la novedad sobre el lugar de donde proceden
los extraños, será el héroe de la raza.
Probablemente acabará con mi trabajo. A decir verdad, siento la
tentación de robarle la idea y hacer yo mismo el viaje.
—Señor, usted es demasiado valioso. Yo soy sacrificable. Además,
señor, tengo que hacerlo. No son honores lo que deseo. Algo me pesa en la
conciencia y quisiera compensarlo. Debí tratar de evitar que el capitán May
desobedeciera órdenes. Yo no debería estar aquí ahora, con vida. Debimos volar
hacia el espacio, dado que no estábamos seguros de haber destruido al extraño.
El almirante carraspeó.
—Hijo, usted no es responsable de ello. En un caso como éste,
sólo el capitán de la nave es responsable. Pero comprendo lo que quiere decir.
Siente que, en espíritu, desobedeció órdenes porque en su momento coincidió con
la decisión del capitán May.
De acuerdo, eso pasó y su sugerencia lo compensa, aunque usted
mismo no tripulara la nave de contacto.
—¿Pero puedo hacerlo, señor?
—Puede, teniente. Mejor dicho, puede hacerlo, capitán.
—Gracias, señor.
—Tendrá una nave preparada dentro de tres días. Podríamos
tenerla antes, pero necesitaremos esos días para que la flota conozca la
noticia de nuestras «negociaciones». Pero debe comprender que bajo ninguna
circunstancia se desviará, por iniciativa propia, de las limitaciones que usted
ha precisado.
—Sí, señor. A menos que los extraños ya conozcan el
emplazamiento de la Tierra y lo demuestren fehacientemente, no regresaré.
Volaré hacia el espacio. Le doy mi palabra, señor.
—Muy bien, capitán Ross.
La nave monoplaza volaba cerca del centro del Sector 1534, más
allá de Sirio. Ninguna otra nave patrullaba ese sector.
El capitán Don Ross estaba tranquilo y esperaba. Observaba la
visiplaca y esperaba a que una voz hablara en el interior de su mente.
Surgió cuando llevaba menos de tres horas de espera.
—Hola, Donross —dijo la voz, y simultáneamente aparecieron cinco
minúsculas naves espaciales en su visiplaca.
El Monold le indicó que cada una de ellas pesaba menos de
treinta gramos. Preguntó:
—¿He de hablar en voz alta o solamente debo pensar?
—No tiene importancia. Puede hablar si desea concentrarse en un
pensamiento determinado, pero primero guarde silencio un momento.
Medio minuto después, Ross creyó oír en su mente el eco de un
suspiro y luego:
—Lo siento. Supongo que esta charla no servirá de nada para
ninguno. Verá, Donross, no conocemos el emplazamiento de su planeta natal.
Quizá podríamos haberlo averiguado pero no nos interesaba. No éramos hostiles
y, a partir de las mentes de los terráqueos, sabíamos que no podíamos correr el
riesgo de ser amistosos. Por lo tanto, si usted obedece órdenes podrá regresar
para informar.
Don Ross cerró los ojos un instante. Entonces ése era el fin, no
tenía sentido seguir hablando. Habla dado su palabra al almirante Sutherland de
que obedecería las órdenes al pie de la letra.
—Así es —dijo la voz—. Ambos estamos condenados Donross, y lo
que le digamos carece de importancia No logramos atravesar el cordón de sus
naves y hemos perdido a la mitad de nuestra raza en el intento.
—¡La mitad! ¿Quiere decir...?
—Sí, Sólo éramos mil. Construimos diez naves, cada una de las
cuales transportaba un centenar. Los terráqueos destruyeron cinco naves; sólo
quedan cinco más, las que usted ve, toda nuestra raza. A pesar de que va a
morir, ¿le interesa saber algo sobre nosotros?
Don Ross asintió, olvidando que no podían verle, pero debieron
de leer en su mente su afirmación.
—Somos una raza antigua, mucho más antigua que la suya. Nuestro
hogar es, o era, un minúsculo planeta del compañero oscuro de Sirio; sólo tiene
ciento sesenta kilómetros de diámetro. Sus naves aún no lo han encontrado, pero
sólo es cuestión de tiempo. Hace muchos, muchísimos milenios que somos
inteligentes, pero jamás desarrollamos los viajes espaciales. Ni era necesario
ni deseábamos hacerlo. Hace veinte años de los suyos, una nave terráquea pasó
cerca de nuestro planeta y captamos los pensamientos de los hombres que iban en
ella. Entonces supimos que nuestra única seguridad, nuestra única posibilidad
de supervivencia, consistía en un vuelo inmediato hasta los límites más lejanos
de la galaxia. Gracias a esos pensamientos supimos que tarde o temprano nos encontrarían,
aunque nos quedáramos en nuestro propio planeta, y que seríamos implacablemente
exterminados.
—¿No pensaron en combatir?
—No. No podríamos haberlo hecho aunque lo hubiésemos deseado..,
y no lo deseamos Para nosotros es imposible matar. Si la muerte de un solo
terráqueo e incluso de un ser inferior asegurara nuestra supervivencia, no
podríamos causarla. Usted no puede comprenderlo. Un momento..., creo que puede
hacerlo. Donross, usted no es como los demás terráqueos. Pero volvamos a
nuestra historia. Extrajimos detalles del viaje espacial de las mentes de los
miembros de esa nave y los adaptamos a la diminuta escala de las naves que
construimos. Hicimos diez, las suficientes para transportar a toda nuestra
raza. Pero descubrimos que no podemos atravesar sus patrullas. Cinco de
nuestras naves lo intentaron y todas han sido destruidas.
—Yo hice una quinta parte: destruí una de sus naves —informó Don
Ross apesadumbrado.
—Se limitó a cumplir órdenes. No se culpe a sí mismo. En ustedes
la obediencia está tan profundamente arraigada como en nosotros el odio a
matar. Aquel primer contacto con la nave en que usted viajaba fue deliberado;
teníamos que cercioramos de que nos destruirían al vernos. Pero a partir de
entonces, y de una en una, otras cuatro naves nuestras han intentado pasar y
todas han sido destruidas. Reunimos todas las restantes aquí cuando supimos que
usted establecería contacto con nosotros desde una nave desarmada. Pero aunque
desobedeciera órdenes y regresara a la Tierra, esté donde esté, para informar
de lo que acabamos de decirle, no darían órdenes de dejarnos pasar.
Todavía hay muy pocos terráqueos como usted. Es posible que en
épocas futuras, cuando los terráqueos lleguen al extremo más lejano de la
galaxia, haya más seres como usted. Pero ahora, las posibilidades de que
logremos hacer pasar siquiera una de nuestras naves son remotas. Adiós,
Donross. ¿Qué significa esa extraña convulsión de su mente y la contracción de
sus músculos? No lo comprendo. Espere... es el reconocimiento de que usted
percibe algo incoherente. Aunque el pensamiento es demasiado complejo, demasiado
confuso. ¿De qué se trata?
Finalmente Don Ross logró dejar de reír.
—Escuche, amigo alienígena que no puede matar —dijo Don—, les
libraré de esto. Me ocuparé de que atraviesen nuestro cordón hacia la seguridad
que desean. Pero lo divertido es el modo en que lo haré. Será obedeciendo
órdenes y yendo hacia mi propia muerte. Saldré al espacio extraterrestre para
morir allí. Usted, todos ustedes, pueden acompañarme y vivir allí. Navestop.
Sus minúsculas naves no aparecerán en los detectores de la patrulla si tocan
esta nave. Y por si eso fuera poco, la fuerza de gravedad de esta nave les
empujará y no tendrán que utilizar combustible hasta que estén más allá del
cordón y fuera del alcance de sus detectores. Podré recorrer, como mínimo, cien
mil parsecs antes de que se agote el combustible.
Hubo una prolongada pausa hasta que la voz en la mente de Don
Ross dijo, débil y suavemente:
—Gracias.
Esperó hasta que las cinco naves desaparecieron de su visiplaca
y oyó cinco ligeros sonidos cuando hicieron contacto con el casco de su propia
nave. Después volvió a reír. Y obedeció órdenes: voló hacia el espacio y la
muerte.
Es un minúsculo planeta de una estrella lejana y débil,
invisible desde la Tierra, y en el extremo más lejano de la galaxia, cinco
veces la distancia que el hombre ha penetrado en el espacio, se eleva la
estatua de un terráqueo. Es algo impresionante, de veinticinco centímetros de
altura y exquisita factura.
Los bichos se deslizan sobre ella, pero tienen derecho a
hacerlo; la construyeron y la honran. La estatua es de un metal sumamente duro.
En un mundo sin atmósfera, durará eternamente... o hasta que los terráqueos la
encuentren y la destruyan. A menos que, desde luego, para entonces los
terráqueos hayan cambiado profundamente.
EL COMISIONISTA
Estoy muy asustado. No porque mañana sea el gran día, el día en
que he de atravesar una pequeña puerta de color verde para recibir una lección
de cómo huele el gas cianuro.
No se trata de eso en absoluto. Quiero morir. Pero...
Todo empezó cuando conocí a Roscoe, pero antes de llegar
permitidme hacer un rápido bosquejo de lo que yo era A. R. (antes de Roscoe).
Era joven, relativamente guapo de un modo tosco, relativamente
inteligente y bastante educado. Entonces me llamaba Bill Wheeler. Era aspirante
a actor de televisión o de cine; hacía cinco años que lo intentaba y no había
logrado tener siquiera la oportunidad de aparecer en un anuncio comercial
local, menos aún de hacer de figurante en una película de mala muerte. Comía
porque realizaba el turno nocturno, de seis de la tarde a dos de la madrugada,
como encargado de un puesto de hamburguesas en Santa Mónica.
En principio, acepté ese trabajo porque tenía tiempo suficiente
durante el día para coger el autobús hasta Hollywood y recorrer las oficinas de
los agentes y los estudios. La tarde en que todo empezó, cuando mi suerte
sufrió un viraje brusco, estaba a punto de renunciar. Hacía casi una semana que
no iba a Hollywood. Me había dedicado a descansar, a conseguir un buen
bronceado en la playa, a pensar en serio con respecto a mi futuro, a tratar de
averiguar para qué tipo de trabajo podía ser apto y si sería capaz de
conseguirlo y que pudiera conducirme a una vida que tuviera, por lo menos,
algunas satisfacciones. Hasta ese momento, había sido la profesión de actor o
nada; renunciar incluso a la esperanza de ser actor algún día exigió bastantes
readaptaciones de mi pensamiento.
Mi suerte cambió a las seis en punto de una tarde, a la hora a
la que habría tenido que ir a trabajar si no hubiese sido mi día libre y ello
tuvo lugar en Olympic Boulevard, cerca de la Fourth Street, en Santa Mónica.
Encontré una cartera. Sólo contenía treinta y cinco dólares en
efectivo pero, además de otras tarjetas de crédito, también incluía las del
Diner’s Club, Carte Blanche e International...
Me encaminé hacia el bar más cercano para tomar un trago.., y
pensar.
Nunca en mi vida había hecho algo seriamente fraudulento, pero
llegué a la conclusión de que ese encuentro, en el nadir de mi vida hasta la
fecha, era una señal de Alguien o
Algo en el sentido de que ésa sería la noche más grandiosa de mi
vida así como su hito decisivo.
Sabía que no sería seguro utilizar indefinidamente las tarjetas,
pero no correría riesgos haciéndolo sólo una tarde o una noche. Tendría una
buena cena, copas, un hotel lujoso, una prostituta de las que hacen citas por
teléfono, de todo. (Sí, ya sé que las prostitutas que se contratan por teléfono
no aceptan tarjetas de crédito, pero podría utilizar las tarjetas contra
talones al portador por todo lo que pudiera llevarme en todos los lugares donde
me detuviere, y me detendría en tantos como pudiese antes de llegar a la fase
de la puta por la noche.)
Con un poco de suerte, terminaría con un buen premio. Utilizaría
por última vez la tarjeta de crédito por la mañana, para adquirir un billete de
avión a fin de abandonar este desesperante lugar y empezaría en otro, como si
fuese otra persona. Probaría cualquier cosa menos los platós. Eso nunca más...
Por lo menos hasta algún día, una vez desaparecido el amargo resabio del
fracaso de los intentos profesionales, en teatros de aficionados como
pasatiempo.
Empecé a esbozar cuidadosos planes, ya que el tiempo era
esencial.
En principio, pedí al camarero que me pidiera un taxi por
teléfono. Me trasladé en él hasta mi cuarto. Practiqué durante media hora la
firma de las tarjetas hasta que pude copiarla perfectamente y sin mirarla. Pedí
otro taxi mientras preparaba las maletas y estaba listo cuando llegó. Le ordené
al taxista que me llevara a la agencia de alquiler de coches más cercana.
Quería un Cadillac y me sentí algo decepcionado al tener que
conformarme con un Chrysler, pero en realidad no tenía importancia ya que no
era probable que alguien lo viera salvo los encargados de los aparcamientos.
Le dije al hombre —tal como pensaba decir a muchas otras
personas antes de que terminara la noche —que me había quedado sin efectivo y
que si tenía un cheque en blanco disponible, le agradecería que me lo hiciera
efectivo por la cantidad que pudiera entregarme cómodamente. Desde luego, tenía
muchos otros elementos de identificación, entre los que se incluía, gracias a
Dios, un permiso de conducir, documentos que coincidían con las tarjetas de
crédito. El hombre revisó la caja registradora, me hizo efectivo un cheque por
cincuenta dólares y así inicié mi carrera delictiva.
Empezaba a tener hambre, por lo que conduje desde Wilshire hasta
Hollywood, entregué el coche a un encargado del aparcamiento del Derby y entré.
Todas las mesas estaban ocupadas y el maitre d’hótel me dijo que tendría que
esperar quince o veinte minutos. Le respondí que no había problema, que cuando
hubiera una mesa disponible me encontraría en el bar y me encaminé hacia allí.
Ocupé el único taburete que se hallaba desocupado junto a la
barra y me encontré sentado al lado de un hombre que también estaba
evidentemente solo, pues al otro lado había una pareja ocupada de sí misma y
que no le incluía en la conversación. Era un hombrecillo apuesto con una espesa
pero rizosa melena de cabello blanco casi puro y un prolijo bigotito blanco,
aunque el color de rosa y la tersura de su piel demostraban que era mucho más
joven de la edad que le hacían aparentar su cabello y su bigote blancos.
Evidentemente, sólo llevaba uno o dos minutos en la barra, dado
que no tenía una copa delante.
En cierto sentido, fue el camarero quien nos presentó. Supuso
que estábamos juntos, tomó y trajo juntos nuestros servicios y preguntó si
queríamos una o dos cuentas. El hombrecillo apuesto me ganó de mano, puesto que
yo me disponía a hacer lo mismo, al volverse hacía mí y preguntarme si le haría
el honor de tomar mi copa con él y a su cargo.
Le di las gracias té; chocamos nuestras copas y empezamos a
charlar.
Tal como lo recuerdo, evitamos usar el tiempo como gambito de
apertura, pero nos concentramos en el tema de conversación de mediados de
verano en Los Ángeles que ocupaba el segundo lugar: las posibilidades de los
Dodgers de ganar el campeonato.
En tanto actor —o, mejor dicho, en tanto ex pretendiente a
actor—, siempre me han interesado los acentos y el suyo me desconcertó
especialmente. Era inglés de Oxford con un toque de libanés ocasionalmente
salpicado por un hollywoodismo puro o un fragmento de jerga cinematográfica.
Cuando más tarde lo cite directamente, no intentaré reproducir su acento.
Me cayó bien y yo parecí caerle bien. Casi de inmediato, sin
presentarnos formalmente, nos llamamos por nuestros nombres le pila. Llámame
Roscoe, me dijo. Y yo le respondí que me llamara Jerry en lugar de Bill, dado
que J. era la primera inicial de J. R. Burger, el nombre que figuraba en las
tarjetas de crédito; ya había tomado la decisión de invitar a cenar a Roscoe si
aún no lo había hecho. En esas circunstancias, dos cenas no me costarían más
que una.
Después del béisbol, acerca del cual ninguno de los dos sabía
demasiado, el cine fue nuestro tema de conversación. Sí, me dijo que pertenecía
a la industria cinematográfica.
En ese momento no estaba en activo, aunque había invertido en
varias producciones independientes y en dos espectáculos de televisión. Hasta
hacía tres años, había producido o dirigido una docena de películas, las
primeras en Londres y el resto aquí. Era
yo actor? Pensaba que tenía el aspecto y hablaba como si lo
fuera.
No me preguntéis por qué; de repente le conté toda la amarga
verdad sobre mi fracaso pero, extrañamente, no lo conté con amargura, sino
alegremente, haciendo que pareciera divertido. Más extraño aún, de pronto yo
mismo lo vi divertido. Estaba en plena charla cuando se acercó un camarero y
preguntó si yo era el caballero que esperaba una mesa.
Respondí afirmativamente y pregunté a Roscoe si quería ser mi
invitado y él aceptó.
Pedimos la cena y descubrí que era yo quien más hablaba mientras
comíamos. Desde luego, tuve que cambiar el final de mi historia para explicar
mi relativa prosperidad en ese momento, pero no fue difícil; me limité a
inventar una pequeña herencia dejada por un tío.
Expliqué que había aprendido la lección y que no la derrocharía
en la misma ratonera en que lo había hecho los últimos cinco años de mi vida.
Pensaba volver a mi ciudad natal y conseguir un trabajo sensato.
El camarero vino y nos dejó la cuenta. La di vuelta para colocar
una generosa propina y encima dejé una tarjeta de crédito.
Me alegré de que Roscoe no intentara pagar ni compartir gastos.
Quería demostrar que tenía crédito para tratar de hacer efectivo un cheque. Más
que nada para plantear un tema de conversación, comenté con Roscoe que estaba
corto de efectivo y le pregunté si sabía de qué cantidad me cambiaría un cheque
el Derby.
—¿Para qué molestarles, muchacho? —preguntó—. Siempre llevo
encima bastante efectivo. ¿Quinientos te parece suficiente? Intenté no
mostrarme entusiasmado cuando le respondí que suficiente. Suponía que el
restaurante sólo me cambiaría una fracción de esa cantidad; probablemente
correrían algunos riesgos con un cliente que paga con tarjeta de crédito, pero
no demasiados. Cuando el camarero llegó a recoger la cuenta y la tarjeta le
pedí que me trajera un cheque en blanco y lo hizo en el acto. Mientras escribía
el nombre de un banco en la parte superior y rellenaba el cheque, Roscoe sacó
una pinza de oro para llevar dinero que sólo parecía sujetar billetes de cien,
al menos una docena, y conté cinco.
Me los entregó mientras yo le daba el cheque. Lo miró y arqueó
ligeramente las cejas.
—Jerry —dijo—, pensaba invitarte a mi casa a charlar, pero ahora
tengo un doble motivo. Al parecer, tenemos el mismo nombre. ¿O por casualidad
encontraste la cartera que perdí esta tarde en Santa Mónica?
Santo cielo, Santo cielo, Santo cielo. Sí, ahora sé que fue algo
más que una coincidencia... Tenía que ser en una ciudad del tamaño de Los
Ángeles, pero ¿qué otra cosa podía pensar entonces? Ni siquiera fue como si me
hubiese seguido hasta el Derby, pues estaba allí antes de que yo llegara.
Durante un momento de delirio, pensé escapar por sorpresa... al
fin y al cabo no conocía mi verdadero nombre y si lograba escapar limpiamente
estaría a salvo. Pero si empezaba a correr y él gritaba «¡Detengan al ladrón!»,
media docena de camareros tendrían la posibilidad de sujetarme o tenderme una
zancadilla.
Él seguía hablando con absoluta serenidad:
—J. R. significa Joshua Roscoe, de modo que puedes comprender
por qué elegí el menor de los males. Ahora no seas tonto. Tal vez pueda hacerte
una propuesta interesante. ¿Estás preparado?
Se puso de pie; yo asentí estúpidamente y también me levanté, al
tiempo que pensaba qué demonios de propuesta se le podía ocurrir. No parecía
marica, aunque si de eso se trataba podría arreglármelas.
Le seguí hasta el exterior y, obviamente, fue una coincidencia
que hubiera un coche patrulla con dos polis en el interior aparcado más allá de
la zona de carga. Le dio un pavo al portero —guardaba el cambio en un bolsillo
y sólo los billetes grandes en la pinza —y pidió un taxi. Casi abrí la boca
para decir que en el aparcamiento tenía un coche, pero decidí cerrar el pico y
ver lo que ocurría.
Subimos al taxi y él dio unas señas de La Ciénaga. No habló
durante el viaje y yo me dediqué a hacer cálculos mentales. Podía devolver el
dinero, tenía lo justo. Me refiero a mis veinticinco pavos. La cuenta del
restaurante había ascendido, propina incluida, a doce dólares. Y si devolvía
inmediatamente el Chrysler, sólo pagaría alrededor de treinta kilómetros y dos
o tres horas y podría utilizar los mismos cincuenta que había conseguido con el
cheque sableado para recuperarlo. Si él me lo permitía, reconocería con
franqueza la cuestión y la manejaría de ese modo.
El taxi se detuvo delante de un edificio de apartamentos de
aspecto próspero. ¿Fue una coincidencia que otro coche patrulla estuviese
aparcado al otro lado de la calle? De todos modos ya había decidido escucharle
y plantear luego mi posición y sólo intentaría largarme si todo fracasaba.
Fuimos en ascensor hasta el cuarto piso y él utilizó una llave
para abrir la puerta que daba al salón de un agradable apartamento de soltero.
De seis habitaciones, supe más tarde, pero no había servicio de limpieza pues a
él le gustaba la intimidad. Me señaló un sofá y fue hacia un pequeño bar
situado en un ángulo.
—¿Un coñac?
Asentí y luego comencé a hablar, a pronunciar mi discurso sobre
la devolución mientras él servía coñac en dos copitas. Se acercó y me entregó
una.
—Evítame los detalles sórdidos, Jer... Ah, ¿ése es tu verdadero
nombre de pila o lo elegiste para que coincidiera con la primera inicial de las
tarjetas?
—Soy Bill —repliqué—. William Trent.
No estaba dispuesto a darle mi verdadero apellido hasta que
supiera que no corría riesgos, pero no tenía nada que perder con el nombre de
pila.
Me alegré al ver que se sentaba en un sillón frente a mi, en vez
de hacerlo a mi lado en el sofá.
—No es característico —comentó—. Con tu cabellera pelirroja,
¿qué te parece Brick?
Brick Brannon. ¿Te gusta?
Asentí. Me gustó bastante y, además, podía darme el nombre que
quisiese mientras no llamase a la policía o hiciera insinuaciones.
—A tu salud, Brick —dijo y levantó la copa—. Ahora hablemos de
la historia que me contaste. ¿Hasta qué punto es verdad?
—Hasta la última palabra —respondí—, si cambias la herencia de
un tío por el hallazgo de una cartera.
Dejó su copa, atravesó la sala hasta un pequeño escritorio sacó
de un cajón un guión cinematográfico fotocopiado. Buscó una parte del guión
mientras volvía a cruzar la sala y me lo entregó abierto.
—Lee la parte de Filipo en esta página y media. Es un leñador
tosco y analfabeto, con acento canadiense. Profundamente enamorado de su esposa
pero furioso con ella en esta escena de la discusión. Primero léelo para ti y
luego en voz alta. Haz una pausa en las frases que correspondan.
Lo leí para mí y después en voz alta. Él me dijo que pasara una
docena de páginas hasta encontrar otra escena y que leyera el papel de otro de
los personajes, y más tarde el de un tercero. En cada ocasión me explicó quién
era el personaje, cómo hablaba y cuál era su relación con los demás personajes
que aparecían en escena o que se mencionaban.
Cuando concluí la tercera lectura, él asintió y me dijo que
dejara el manuscrito y cogiera mi coñac.
Roscoe bebió un largo trago de su copa.
—De acuerdo —afirmó—, eres un actor. No has tenido una
oportunidad. Puedo convertirte en una estrella en dos años si me permites ser
tu administrador.
—¿No hay truco? —inquirí y me pregunté si estaba loco.
—El diez por ciento —respondió—. Pero tendrá que salir del
total... y bajo cuerda.
Verás, Bill, no soy agente diplomado, y necesitarás uno al que
tendrás que pagarle otro diez por ciento para que se ocupe de los detalles, redacte
contratos y cosas por el estilo.
Lo que yo haga será entre bastidores.
—Yo estoy de acuerdo, pero aún no he logrado que un agente
respetable me contrate
—dije—. ¿Qué hago en este sentido?
—Me ocuparé de ello. También tendrás que pagarle el diez por
ciento del total porque no debe saber, nadie debe saber nada sobre tu acuerdo
conmigo. Su diez por ciento podrás deducirlo normalmente de los impuestos pero
el mío no porque será extraoficial.
¿Aceptado?
—Aceptado —respondí y hablaba en serio. Desesperado, a menudo
había pensado en tratar de sobornar a un agente para que me contratara
ofreciéndole el veinte o incluso el cincuenta por ciento si me promocionaba
realmente; a decir verdad, lo intenté con varios a los que logré ver y me
rechazaron de plano—. ¿Alguna otra condición?
—Sólo una. Puesto que entre nosotros no habrá nada escrito,
espero que por tu honor no permitirás que yo te cree y luego intentarás
excluirme. Por lo tanto, lo definiremos así.
Cualquiera de los dos puede cancelar este acuerdo durante el
primer año. Pero si durante ese primer año, en el que yo operaré entre
bastidores y en el que tú podrás o no reconocer mi fina mano italiana en lo que
sucede, tus ingresos brutos ascienden a veinticinco mil dólares o más, el
acuerdo entre nosotros se torna permanente e irrevocable. ¿Aceptado?
—Aceptado —respondí. Como actor, no había ganado cien dólares en
mi vida; veinticinco mil parecía una cifra imposible. Aunque él estuviera loco
yo no tenía nada que perder y, a más, no me haría arrestar. Eso me recordó la
situación, por que saqué la cartera y agregué —: Ahora bien, con respecto la
devolución...
Roscoe suspiró.
—Está bien —dijo—. Detesto los detalles, así que quitémoslos de
en medio. Cuéntame todo lo que hiciste desde que encontraste la cartera.
Procedí a explicarlo y dejé la cartera sobre la mesa.
Cogió la cartera, extrajo todo el dinero que contenía y se la
guardó en el bolsillo.
—Bien —dijo—. Quinientos treinta y cinco son míos. Quédatelos
como préstamo.
Podrás devolvérmelos dentro de un mes. Devuelve el coche
alquilado y recupera el cheque de cincuenta dólares. Olvida la cuenta que
firmaste con mi nombre en el Derby; la cena corrió a mi cargo. No regreses al
puesto de hamburguesas. Alquila esta misma noche un cuarto o apartamento en
Hollywood. El traje que llevas no está mal, pero si es el mejor que tienes,
cómprate mañana uno más decente y también todos los accesorios que necesites.
Ah, y una chaqueta de cuero negro de ir en moto y tejanos, si no los tienes.
—¿Una chaqueta negra para ir en moto? —pregunté—. ¿Para qué?
—No te preocupes. Espera —cogió la pinza de dinero, contó los
billetes de cien dólares que quedaban, ocho, y me los entregó. Me debes
ochocientos dólares más. Consigue un coche. Necesitarás algo para moverte.
Tendrás que moverte por Universal City, Culver City... la industria no está
concentrada en Hollywood. Quizá gastarás quinientos en uno usado. Pero en pocos
meses lo cambiarás por un coche nuevo. ¿Qué más? Ah, ¿Bill Trent es tu
verdadero nombre?
—Mi verdadero nombre es Bill Wheeler.
—Lo era. Ahora es Brick Brannon. Esto es todo, pero telefonéame
mañana a primera hora de la tarde. Mi número figura en la guía. No olvidarás mi
nombre puesto que practicaste su falsificación.
Tuve una noche ajetreada, aunque en nada parecida a la que había
proyectado.
Regresé al Derby en taxi y cogí el Chrysler, lo devolví en Santa
Mónica y recuperé mi cheque contando la historia de que por error había girado
en descubierto y conseguido dinero en efectivo en otra parte. Por suerte, la
agencia de alquiler de coches estaba en la parte del Santa Mónica Boulevard que
está repleta de negocios de coches de ocasión que permanecen abiertos por la
noche, de modo que dejé las maletas en la agencia y salí a la búsqueda de un
coche. En la segunda agencia encontré lo que quería: un Rambler tasado en
quinientos. Después de dar la vuelta a la manzana, logré que lo rebajaran a
cuatrocientos cincuenta sin siquiera haber dado algo como pago y lo compré
inmediatamente.
Recogí mis maletas y volví a Hollywood. Aún era temprano y
recorrí Sunset Strip en busca de un apartamento de soltero, lo encontré y me
mudé. Por ciento cincuenta dólares mensuales, tenía un hogar, lugar para
aparcar el Rambler, acceso a una piscina e incluso servicio telefónico a través
de una centralita. Y todavía era temprano, horas antes de lo que habría puesto
fin a la velada que originalmente había planeado, pero de repente me sentí muy
cansado y me acosté en cuanto terminé de deshacer las maletas. Debía haber
estado demasiado agitado para poder dormir, pero me relajé y me dormí
profundamente en cuanto me acosté.
Por la mañana fui hasta Hollywood Boulevard, compré un buen
traje, aunque de confección, y algunas cosas más. Incluso una maldita chaqueta
de cuero negro aunque no sabía para qué. Tenía de antes varios pares de
tejanos. Al volver a casa me di un chapuzón en la piscina, crucé a comer al
otro lado de la calle y luego telefoneé a Roscoe.
—Querido, muy bien —dijo—. ¿Conoces a un agente llamado Ray
Ramspaugh?
—Sí, le conozco —respondí.
Le conocía y lo respetaba. Era el más importante de los
traficantes de seres humanos que operaban a nivel individual, el más importante
y el mejor. Sólo se ocupaba de unos pocos clientes selectos. Jamás había soñado
siquiera con intentar verle.
—Tienes una cita con él a las dos en punto. No faltes.
—Allí estaré —repliqué—. ¿He de llamarte para informarte lo que
ocurra?
—Ya sé lo que ocurrirá —afirmó—. Brick, a partir de ahora sólo
tendrás que llamarme cuando recibas un cheque. Entonces me telefonearás para
acordar una cita, aquí o en cualquier otro sitio, y darme mi tajada.
Llegué a la oficina de Ramspaugh, en South Vernon Drive, a la
hora en punto y no tuve que esperar ni un minuto. Su secretaria me hizo pasar
en el acto.
Él fue directo al grano y dijo:
—Roscoe dice que eres bueno y creeré en su palabra. Aquí tienes
un contrato listo para firmar. Se trata de un contrato corriente, pero léelo
antes de firmarlo. Vete con él al despacho contiguo; mientras tanto, yo haré
algunas llamadas telefónicas.
Se trataba de un contrato impreso y yo lo habría firmado de
buena fe, pero evidentemente él quería librarse de mí mientras hablaba por
teléfono, por lo que lo llevé al despacho de su secretaria y lo leí —hasta la
letra más pequeña —y luego lo firmé. Su secretaria habló por el
intercomunicador y me dijo que Ramspaugh ya podía volver a verme y regresé a su
despacho.
Ramspaugh dijo:
—Creo que tengo algo preparado. Un pequeño papel, pero al
principio tendrás que hacer algunas cosas pequeñas para darte a conocer. Un
papel para una sola toma en una nueva serie que han empezado a filmar en Revue.
Ya tenían el reparto, pero el chico al que contrataron esta mañana sufrió un
accidente automovilístico. Te necesitan con urgencia. ¿Podrás estar allí a las
tres?
Asentí con la cabeza, pues me había quedado sin habla.
—De acuerdo. Pregunta por Ted Crowther. Ah, ganarás tiempo si
vas disfrazado.
Harás el papel de un joven recio, uno de esos que intentan
actuar como Brando en El salvaje. ¿Tienes una chaqueta de cuero negro y
tejanos?
Tragué saliva y volví a asentir.
—Cámbiate mientras vas hacia allí. Y vete volando, querido.
Vamos a hacer grandes cosas.
Así de difícil fue para mí conseguir la primera oportunidad de
actuar y durante mucho tiempo estuve demasiado ocupado para preguntarme cómo
pudo saber Roscoe, la noche anterior, que al día siguiente me ayudaría para mi
primer papel contar con una chaqueta de cuero negro para ir en moto. En cuanto
al momento en que hizo la sugerencia, el accidente automovilístico que
incapacitó al joven contratado para ese papel aún no había ocurrido.
Pero creo saber por qué me mencionó la chaqueta. Al margen de
hacerme contratar de inmediato y sin vacilación por uno de los más relevantes
agentes —un milagro en sí mismo—, «la fina mano italiana» de Roscoe rara vez
fue visible. Todos mis papeles llegaron a través de Ramspaugh y pude suponer
que él y yo lo hacíamos todo por nuestra cuenta. Aquella primera vez, con el
fin de demostrarme algo, Roscoe había querido que su mano se notara. Había
querido darme algo en lo que pensar.
Pero no tuve mucho tiempo para pensar y, a decir verdad, tampoco
el suficiente para asustarme. Estaba demasiado ocupado. Al principio pequeños
papeles, algunos sólo fragmentos, pero tantos como podía interpretar. Y a
finales de año había crecido o me habían ascendido a papeles subordinados
importantes y de responsabilidad.
Probablemente pude ganar más dinero, pero a veces Ramspaugh
rechazaba por mí papeles mejor pagados a favor de los peor pagados. En primer
lugar, quería impedir que me encasillaran. Además, tampoco me permitía aceptar
un papel permanente en una serie en la que me pondrían bajo contrato para hacer
lo mismo una y otra vez.
Incluso así, ese año alcancé una ganancia bruta de poco más de
cincuenta mil dólares, el doble de la cifra que habría vuelto irrevocable mi
acuerdo con Roscoe, por lo que irrevocable se volvió. Después de restados los
dos porcentajes del diez por ciento —uno de ellos deducible de los impuestos y
el otro no —y los impuestos propiamente dichos, aún me quedaban más de
quinientos dólares semanales de paga líquida, además de un Jaguar, un
guardarropa realmente fino y un apartamento realmente bonito.
Durante el segundo año dupliqué esa cifra. Quiero decir que
dupliqué mi ganancia neta a mil semanales, lo que significaba que debido a que
me colocaron en un grupo de impuestos superior, había más que duplicado la
ganancia bruta. Ahora interpretaba cada vez más papeles subordinados en las
películas; mi nombre era bastante conocido, de modo que mis apariciones en las
series de televisión lo eran como «estrella invitada» e hice papeles de primer
actor en varios espectáculos especiales.
Sin embargo, ese año sucedió algo que me recordó la presencia de
Roscoe, si de eso se trataba, y mostró una nueva faceta de nuestra relación que
yo no imaginaba que él pensara que existiera.
No es éste el episodio, pero tengo que contarlo como preliminar:
pasé una semana en Las Vegas mientras rodábamos una película. Normalmente no
soy jugador, pero una noche entré en uno de los casinos, compré fichas por
valor de mil dólares y me dirigí a una de las mesas de dados. Empecé por
apostar cien dólares, di con una buena racha y poco después apostaba el máximo
de quinientos dólares por jugada. Gané poco más de veinte mil y después empecé
a perder. Cuando quedé con once mil —una ganancia de diez de los grandes—, me
retiré. Al regresar, vi a Roscoe para entregarle sus ingresos del total desde
que le había visto por última vez. Los contó y luego pidió mil más, al tiempo
que me recordaba los diez mil ganados en Las Vegas. Le entregué esos mil pavos
sin vacilar. No había intentado guardármelos; simplemente no había comprendido
que al decir el diez por ciento de todo él se refería a todo. No era un
misterio el modo en que se enteró de mi racha de buena suerte, ya que varios
miembros de la compañía cinematográfica habían compartido la mesa conmigo.
Fue la continuación de ese episodio lo que ahora me preocupa y
más tarde veréis por qué. Una semana después regresamos a Las Vegas para
repetir algunas tomas. Volví a apostar —¿por qué no hacerlo, dado que aún iba a
la cabeza? —y esta vez perdí cuatro mil. Debido a que no tuve rachas de suerte
no permanecí largo rato en ningún sitio.
Recorrí toda la zona y visité una docena de casinos. No me
acompañaba nadie y nadie pudo conocer el total de mis pérdidas. Sin embargo,
cuando volví a ver a Roscoe para entregarle el dinero, me devolvió
cuatrocientos dólares. Bastante justo; si reducía mis ganancias, ¿por qué no
mis pérdidas? Pero, ¿cómo pudo enterarse?
No obstante, hubo otra pista acerca de lo que quería decir con
el diez por ciento de todo. La cuestión realmente problemática surgió cuando me
casé. Sí, lo habéis adivinado pero tengo que explicar cómo se produjo.
A principios del tercer año, firmé el contrato de mi primer
papel estelar en una película importante, a razón de cinco de los grandes por
semana. Mejor dicho, co-estelar; mi estrella compañera era una joven y bella
actriz en camino de la fama llamada Lorna Howard. Durante una sesión
informativa antes de iniciar el rodaje, Lorna y yo estábamos en el despacho del
productor que súbitamente dijo:
—Oídme, chicos, sólo se trata de una idea, pero los dos sois
libres y sois solteros. Si os casarais, quiero decir entre vosotros, podríamos
hacer un gran montaje publicitario.
Bueno para la película y para vuestras carreras —sonrió—. Por
supuesto, sería un matrimonio de conveniencia.
Levanté una ceja y miré a Lorna.
—¿Lo sería? —le pregunté.
Ella me devolvió el levantamiento de ceja.
—Podría serlo, señor, según qué quiera decir con eso de
conveniencia.
Y por eso nos casamos.
Al recordarlo, me resulta difícil comprender y menos aún
explicar por qué me aproveché tan poco de las crecientes oportunidades que mi
ascenso meteórico durante esos primeros dos años me había dado con las mujeres.
Bueno, desde luego había tenido algunas aventurillas, pero fueron relativamente
escasas y sin importancia. Claro que había estado condenadamente ocupado y al
final de un día arduo solía sentirme muy fatigado y temeroso ante la idea de
tener que madrugar a la mañana siguiente para otro día semejante. A veces ni
siquiera pensaba en mujer durante varias semanas seguidas.
Pero el matrimonio me apartó de todo eso. Lorna y yo no
estábamos enamorados, pero ella era tan concupiscente como hermosa y la boda
resultó más que conveniente. Durante un tiempo nos divertimos de la cabeza a
los pies, a veces literalmente. Sobre la base de que cada uno de nosotros era
moralmente libre y de que, puesto que no había amor, tampoco debían surgir los
celos. No me aproveché de ese acuerdo pero poco después comprendí que,
evidentemente, yo no era suficiente para ella y que Lorna tenía una aventura
por otra parte. El diez por ciento del tiempo, estaba convencido, después de
enterarme por casualidad de quién era amante.
No tenía motivos morales para quejarme, pero le quitó belleza a
las cosas. Ella lo percibió y nos separamos. Después de estrenada la película,
ella fue a Reno para obtener un divorcio discreto. Dicho sea de paso, a mí no
me costó nada; Lorna tenía más capital que yo y los mismos ingresos. Tengo la
corazonada de que si hubiese tenido que pagar el divorcio o pensión de
alimentos, me habría sido reembolsado el diez por ciento de ese gasto.
En ese momento había firmado contrato para otro papel estelar,
en esta ocasión por una cifra realmente astronómica, y de repente comprendí
algo: más allá de determinado nivel de ingresos, empezaba a perder dinero al
ganar más. La mayoría de las personas no lo comprenden y, a decir verdad, yo no
me había dado cuenta, pero cuando la parte de tus ingresos sujeta a impuestos
supera los doscientos mil, en el caso de un hombre solo, debes pagar el noventa
y uno por ciento de todo lo que está por encima de esa cantidad, lo que te deja
el nueve por ciento... menos, desde luego, el impuesto estatal sobre ingresos.
Por lo tanto, dado que el diez por ciento de mis ganancia brutas iban a Roscoe
bajo cuerda y, en consecuencia, no era deducibles, perdí dinero con todo lo que
gané por encima de los doscientos mil. Si alguna vez obtenía una ganancia bruta
de medio millón en un año, iría a la ruina. Jamás podría convertirme en una
estrella máxima.
Pero no fue eso lo que me llevó a tomar la decisión de matar a
Roscoe como única forma de anular un contrato irrevocable. No estaba tan
ansioso de dinero y de más fama y, aunque no me alegraría hacerlo, podía hacer
lo mismo que ya ponía en práctica algunas estrellas: interpretar una sola
película al año. A Ramspaugh no le gustaría, pero podría soportarlo.
El factor desencadenante fue que me enamoré. Repentina total y
desenfrenadamente, por primera vez en mi vida y, lo sabía, por única vez. Ella
no era actriz y nunca había deseado serlo; se llamaba Bessie Evans y era
guionista en la Columbia. La primera vez que nos vimos, se enamoró de mí tan
totalmente como yo de ella.
Roscoe tenía que largarse. Quería tener algo más que una
aventura con ella; deseaba casarme para siempre y mientras Roscoe viviera no
podría hacerlo. O, mejor dicho, no lo haría. Si él obtenía el diez por ciento
de ese matrimonio, igual tendría que matarle, de modo que daba lo mismo que
fuese antes.
Por supuesto, me era imposible explicar a Bessie por qué no
podía casarme con ella de inmediato; simplemente tuve que pedirle que confiara
en mí y lo hizo. Mientras hacía planes para liquidar a Roscoe y liberarme, la
oculté bajo seudónimo en un pequeño apartamento de Burbank. La veía tan poco
como nuestro ardor lo permitía y siempre tomé las máximas precauciones para que
no me siguieran hasta allí.
No entraré en detalles sobre mi plan para acabar con Roscoe.
Baste decir que conseguí un arma a la que era imposible seguir el rastro y una
llave de su apartamento. Y vestí un disfraz perfecto a fin de que si me veían
en su edificio de apartamentos, o en sus proximidades, nunca pudieran
reconocerme ni identificarme posteriormente.
Una madrugada, a las tres en punto, usé la llave. Con el arma en
la mano, crucé en silencio la sala y abrí la puerta del dormitorio. De afuera
llegaba apenas luz suficiente para ver que él se sentaba súbitamente al oír el
sonido de la puerta que se abría. Disparé seis veces y ya no estuvo sentado.
Me hubiera ido de inmediato, pero en el súbito silencio
posterior a los disparos oí que una ventana se cerraba con suavidad,
aparentemente la de la cocina, ventana que por lo que recordaba daba a una
escalera de incendios.
Una súbita y horrible sospecha me obligó a encender la luz del
dormitorio y la horrible sospecha quedó justificada. No se había tratado de
Roscoe, solo en la cama. Había sido Bessie, que momentáneamente se encontraba
sola allí. ¿Por qué jamás se me ocurrió ni remotamente que el diez por ciento
de todo no sólo se refería al dinero o al matrimonio?
En cierto sentido, morí allí y entonces. De todos modos, llegué
a la conclusión de que quería morir, y si en el arma hubiese quedado un
cartucho, probablemente lo habría disparado contra mi cabeza. Pero telefoneé a
la policía. Cuando llegaron, había llegado a la conclusión de que les dejaría
hacer el trabajo en mi lugar en la cámara de gas.
Me negué a hablar con la policía por temor a que un abogado
pudiera aprovechar mi historia para preparar, incluso contra voluntad, un
alegato de demencia. Con el fin de evitarlo, cuando conseguí un abogado y hablé
con él, le conté mentiras que le llevaron a suponer que tenía la base de una
buena defensa y le convencí de que me llevara al banquillo a declarar.
Entonces, deliberadamente, dejé que el fiscal me hiciera papilla durante el
interrogatorio a fin de que no quedaran dudas de que me condenarían a la pena
de muerte.
A Roscoe no se le vio más y aún sigue desaparecido. Puesto que
el crimen tuvo lugar en su apartamento, la policía intentó encontrarlo para
interrogarle, pero no lo necesitaban para que reforzara sus afirmaciones ni
buscaron demasiado.
Pero esté donde esté, el acuerdo entre nosotros es «permanente e
irrevocable» y eso es lo que me tiene asustado. Tanto que las últimas noches no
he dormido.
¿Cuál es el diez por ciento de la muerte? ¿Seguiré vivo un diez
por ciento, consciente un diez por ciento a lo largo de una gris eternidad?
¿Regresaré para volver a vivir y a sufrir un día de cada diez o un año de cada
diez... y en qué forma? Si Roscoe es quien sospecho que es, ¿qué haré con el
diez por ciento de un alma?
Sólo sé que mañana lo averiguaré... y estoy asustado.
ELUROFOBIA
Hasta donde podía recordar, Hilary Morgan había sufrido
elurofobia; es decir, miedo mórbido al Felis domestica, el gato común o
doméstico. Era, como cualquier fobia, un asunto totalmente incontrolable por su
mente consciente. Podía decirse y se decía a sí mismo, del mismo modo que lo
hacían sus preocupados amigos, que no tenía ningún motivo para temer a un
minino inocuo. Por supuesto, los gatos podían arañar, y a veces lo hacían, pero
en modo alguno eran tan potencialmente peligrosos como los perros. Incluso un
perro pequeño, aunque juguetón, puede arrancar bastante dolorosamente un trozo
considerable de epidermis, y un perro grande puede resultar mortal. ¿Gatos?
Bah. Hilary adoraba a los perros y temía a los gatos, a todos los gatos.
Si por la calle veía un gato a veinte metros de distancia, se
encogía y cruzaba, sin tener en cuenta las señales de tráfico con tal de
eludirlo. Si no tenía forma de evitarlo, daba media vuelta y desandaba lo
caminado. Ninguno de sus amigos tenía gato; jamás aceptaba la primera
invitación a casa de un nuevo conocido sin hacer cuidadosas preguntas hasta
cerciorarse de que el amigo potencial no poseía un animal de denominación
felina. Siempre utilizaba ese circunloquio u otro parecido porque hasta la palabra
«gato» o cualquier otra que comenzara con esa sílaba le repelía. Nunca iba al
mejor club nocturno de Albany —donde vivía— porque se llamaba Gatamaran Club y
palidecía y temblaba cuando cualquier persona del despacho de la MacReady Noil
Company —donde trabajaba— hacía un comentario gatuno. Evitaba y nunca hacía
amistad con personas que se llamaran Tom o Félix; temía a las uñas de gato y a
las garrapatas; nunca comía garrapiñadas ni gateaux. Jamás leía gacetas, no
usaba gafas, no tocaba la gaita, no era galante ni salía a galopar.
Al margen de esta fobia y los diversos inconvenientes y
molestias que le provocaba, vivía y amaba con toda normalidad. Sobre todo,
amaba; en la treintena, aún era soltero pero no tenía nada de célibe; a decir
verdad, uno podría decir todo lo contrario, si es que la palabra «célibe» tiene
un contrario. Amaba a las mujeres, afortunadamente les resultaba muy atractivo
y tenía montones de... pero esa era una palabra que jamás habla podido pensar
en relación con sus amores. Allí residiría la locura.
Por lo tanto, uno podría decir que Hilary Morgan, a pesar de las
inhibiciones e irritaciones provocadas por su elurofobia, era un hombre muy
dichoso. Y probablemente hubiera seguido siéndolo si durante su trigésimo
quinto año de vida no hubiesen ocurrido dos cosas.
Se enamoró real y temerariamente de la mujer más atractiva que
había conocido.
Un tío acomodado murió y le dejó un legado de cincuenta mil
dólares.
Podría haber sobrevivido a cualquiera de estas cosas
aparentemente maravillosas, pero la combinación se convirtió en su ruina. Desde
luego, propuso a su amada el matrimonio en esas circunstancias y fue aceptado,
no por la herencia sino porque ella también le amaba plenamente; no hubo
regateo por parte de su amada en el sentido de hacerle esperar hasta el paso
por el altar. Si su amada tenía algún defecto, se trataba de una pequeña manía.
Pero era la mejor de todas las manías, ninfomanía, y a Hilary no le molestaba
en lo más mínimo. Uno podría decir que él tenía un toque de satiriasis, y qué
mejor cura —«tratamiento» seria una palabra más adecuada —existe que una para
la otra, su complemento. Sí, Hilary Morgan era muy dichoso con su amor y con su
herencia.
Pero la combinación resultó fatal. Su futura esposa lo quería
entero, tanto mental como físicamente, y le convenció de que debía consagrar
parte de la herencia —tanto como fuera necesario; ella comentó que seguramente
sólo serian unos pocos miles de dólares— a los servicios de un psiquiatra que
le curaría para siempre de la elurofobia.
Escogió un buen psiquiatra. En una docena de sesiones, este puso
al descubierto el pasado de Hilary hasta la edad de tres años; en aquel momento
su temor a los gatos había sido aún más intenso que en el presente. Los
recuerdos conscientes de Hilary no le llevaron más atrás. Lo único que su mente
consciente sabía, y de oídas, sobre sus experiencias anteriores a la edad de
tres años era que su madre había muerto durante el parto y que una serie de
niñeras le habían atendido desde el momento en que nació hasta que su padre se
volvió a casar, cuando él tenía poco menos de tres años. Con el propósito de
atravesar la barrera del recuerdo consciente, el psiquiatra recurrió a la
hipnosis para producir el fenómeno común de la regresión, la reversión de la
mente y la memoria para que el sujeto pueda revivir y relatar sus experiencias
en un pasado olvidado por su mente consciente.
Bajo la más profunda de las hipnosis, llevó la memoria de Hilary
hasta la edad de dos años y medio. En ese momento su padre había llevado a casa
un gatito para él, se lo ofreció y dijo:
—«Para ti, hijo. ¿Lo ves? ¡Un gatito!»
En aquel entonces Hilary gritó..., y ahora sus gritos también
retumbaban en la consulta del psiquiatra. Éste le despertó de inmediato, le
explicó lo ocurrido, puso fin a la sesión de ese día y dijo a Hilary que se
estaban acercando, que tal vez durante la próxima sesión quedaría explicitado
el trauma que le habla llevado a gritar al ver a un gatito a una edad tan
temprana.
Durante la sesión siguiente, el psiquiatra volvió a someterle a
hipnosis profunda y le hizo retroceder en la memoria aún más. Cuando Hilary, en
su mente y en su memoria, se encontraba a la edad de dos años, revivió y relató
otro episodio y —a medida que el recuerdo lo dominaba— volvió a gritar.
En esta ocasión el psiquiatra le hizo volver del trance aun con
más rapidez y sonrió.
Dijo:
—Al fin hemos descubierto la experiencia traumática que le ha
llevado a temer a los gatos y ya no les tendrá miedo nunca más. Cuando tenía
dos años, tuvo una niñera que resultó ser peligrosamente psicótica. Una mañana,
molesta porque usted lloraba en el parque, se volvió homicida, cogió un
cuchillo de la cocina y le atacó. Intentó matarle.
Afortunadamente su padre estaba en el cuarto contiguo, oyó sus
gritos mientras ella se acercaba a usted con el cuchillo y logró llegar a
tiempo para sujetarla y salvarle la vida. La internaron en un centro para locos
peligrosos.
—¿Pero eso qué tiene que ver con mi temor a... bueno, al animal
al que le tengo miedo?
—El apodo de la niñera era Minina. Cuando seis meses después su
padre le ofreció un gato y lo llamó «gatito», su mente lo asoció con la
experiencia espantosamente traumática con una mujer homicida llamada Minina y
gritó. Ahora que ha revivido el recuerdo y sabe la verdad sobre lo ocurrido ya
no tendrá miedo a los gatos. Está libre de la elurofobia. Se lo demostraré
ahora mismo. A la espera del éxito, pedí a mi secretaria que trajera un gato,
su gato, a la consulta. Lo dejé en su cesta y fuera de la vista mientras usted
cruzaba la sala de espera. Ahora le pediré que lo traiga... y usted no le
temerá. Reconocerá que se trata de un animal hermoso y probablemente querrá
acariciarlo.
Cogió el teléfono de su escritorio e intercambió unas palabras
con su secretaria.
—Doctor, espero realmente que esté en lo cierto dijo Hilary con
sinceridad—. En ese caso, parece que mi mente llevó a cabo una transferencia
absurda... si es correcto decirlo así. Quizás «asociación» sea más exacta. De
todos modos, parece que nunca debí tener miedo a los gatos. En lugar de ello,
debí temer a... Se abrió la puerta y la hermosa secretaria del psiquiatra la
atravesó con un gato en los brazos. Hilary Morgan se volvió, la vio... y gritó.
No por el gato.
Posteriormente podría haber sido curado de ginefobia, el temor
mórbido a las mujeres, por catarsis, si la galopante brusquedad con que se
enteró de la verdadera categoría de su fobia no le hubiera regalado
graciosamente una catatonia catabólica y después una catalepsia tan profunda
que duró hasta que, después de descansar durante corto tiempo sobre un gabán
fue enterrado en una catacumba del cercano Gatwick.
EINE KLEINE NACHTMUSIK
(En colaboración con Carl Onspaugh)
Se llamaba Dooley Hanks y era Uno de los Nuestros, con lo cual
quiero decir que era en parte paranoico, en parte esquizofrénico y, sobre todo,
un chalado con una poderosa idée fixe, una obsesión. Su obsesión consistía en
que algún día encontraría El Sonido que había buscado durante toda su vida, o
al menos durante toda su vida desde hacia veinte años, aún en la adolescencia,
cuando había comprado un clarinete y aprendido a tocarlo.
A decir verdad, sólo era una músico corriente, pero el clarinete
era su batuta y su orquesta y el palo de escoba que le permitió viajar sobre la
faz de la Tierra, por todos los continentes, en busca de El Sonido. Tocaba un
poco aquí y un poco allá y después, cuando tenía encima algunos dólares,
libras, dracmas o rublos, se dedicaba a caminar hasta que el dinero empezaba a
escasear y entonces se dirigía a la ciudad más próxima lo bastante grande para
permitirle reunir algo de dinero.
Ignoraba cómo sonaría El Sonido, pero sabía que se daría cuenta
al oírlo. Tres veces creyó haberlo encontrado. Una vez, en Australia, cuando
escuchó por vez primera a un toro rugidor. Otra vez, en Calcuta, al oír una
chirimía tocada por un faquir para encantar a una cobra. Y por tercera vez, al
oeste de Nairobi, en la fusión de la risa de una hiena con la voz de un león.
Pero al escuchar por segunda vez al toro rugidor, sólo fue un sonido; la
chirimía, después de comprársela al faquir por veinte rupias y llevársela a su
casa, sólo resultó ser un instrumento de boquilla tosco y ronco de poca
extensión y carente de escala cromática; los sonidos de la selva finalmente se
convirtieron en simples rugidos de león y risas de hiena, en modo alguno en El
Sonido.
En realidad, Dooley Hanks poseía un enorme y raro talento que
para él pudo significar mucho más que su clarinete: un don para las lenguas.
Conocía decenas de idiomas y todos los hablaba con fluidez y sin acento. Le
bastaban pocas semanas en cualquier país para aprender su idioma y hablarlo
como un nativo. Pero jamás había intentado sacar provecho de su talento ni lo
habría hecho. Pese a ser un intérprete mediocre, el clarinete era su debilidad.
En ese momento acababa de dominar el alemán, aprendido en las
tres semanas en las que tocó con un combo en un stube de Hannover, en Alemania
Occidental. Y el dinero que llevaba en el bolsillo eran marcos. Y al final de
un día de caminata, prolongada con un viaje bastante largo en un Volkswagen, se
detuvo bajo la luz de la luna en las orillas del río Weser. Ataviado con su
ropa de andarín y con la de trabajo y traje bueno en una mochila que cargaba a
la espalda. Con el estuche del clarinete en la mano; siempre lo llevaba y así y
nunca lo colocaba en una maleta cuando la usaba ni en la mochila cuando
caminaba.
Impulsado por un demonio, súbitamente sintió una agitación que
debía ser, que sólo podía ser una corazonada, la sensación de que al fin estaba
a punto de encontrar realmente El Sonido. Temblaba ligeramente; nunca antes
había tenido una corazonada tan poderosa, ni siquiera con los leones y las
hienas, y ésa había sido la más potente.
¿Pero dónde? ¿Aquí, en el agua? ¿O en la próxima población?
Seguramente no más lejos que la próxima población. La corazonada era tan
fuerte, tan temblorosamente fuerte.
Como al borde de la locura; súbitamente supo que enloquecería si
no lo encontraba pronto. Quizás estaba ya un poco loco.
La mirada fija en las aguas iluminadas por la luna. Súbitamente
algo quebró la superficie, brilló silenciosamente blanco bajo la luz de la luna
y volvió a desaparecer.
Dooley clavó la mirada en el lugar. ¿Un pez? No había habido
sonido ni chapoteo. ¿Una mano? ¿La mano de una sirena que había nadado
corriente arriba desde el mar del Norte y le llamaba? Ven, el agua está tibia.
(Pero no sería así, estaba fría.) ¿Alguna ondina sobrenatural? ¿Una doncella
del Rin desplazada al Weser?
Pero ¿se trataba realmente de una señal? Dooley, que ahora
temblaba al pensar en lo que estaba pensando, permaneció a orillas del Weser e
imaginó cómo sería... chapoteando lentamente desde la orilla, dejando que sus
emociones crearan el son para el clarinete, echando la cabeza atrás a medida
que el río se hiciera profundo de modo que el instrumento sobresaldría después
de que él quedara sumergido y el pabellón del clarinete sería lo último en
hundirse. Y el sonido, fuera cual fuese, sería producido por las aguas
burbujeantes que los rodearían. Primero a él y luego al clarinete. Recordó la
remanida suposición —que anteriormente había considerado con iconoclasta desdén
pero que ahora se sentía casi dispuesto a aceptar —de que una persona que se
ahoga tenía una rápida visión de toda su vida a medida que ésta relampagueaba
ante sus ojos en la gran final de la vida. ¡Qué montaje delirante sería! ¡Qué
inspiración para los gorgoteos finales del clarinete! ¡Qué fusión frenética de
la totalidad de su existencia salvaje, dulcemente triste y torturada, al tiempo
que sus esforzados pulmones expulsaban el último jadeo en una nota final e
inhalaban las aguas frías y oscuras! Un estremecimiento de jadeante expectación
recorrió el cuerpo de Dooley Hanks mientras sus dedos temblaban aferrados al
baqueteado estuche del clarinete.
Pero no, se dijo. ¿Quién le oiría? ¿Quién se enteraría? Era
importante que alguien oyera. De lo contrario, su búsqueda, su descubrimiento,
toda su vida serían en vano. La inmortalidad no puede extraerse del
conocimiento solitario de la propia grandeza. ¿Y de qué servía El Sonido si le
provocaba la muerte en lugar de la inmortalidad?
Un callejón sin salida. Otro callejón sin salida. Quizá la
próxima población. Sí, la próxima población. Ahora recuperaba su corazonada.
¿Había sido tan tonto como para pensar en ahogarse? Con tal de encontrar El
Sonido, mataría si tuviera que hacerlo.., pero no a sí mismo. Ello haría que
todo perdiera su significado.
Con la sensación de que se había salvado por un pelo, se volvió
y se alejó del río, regresó hasta la carretera que avanzaba paralelamente a
éste y emprendió la marcha hacia las luces de la siguiente población. Aunque
por lo que Dooley Hanks sabía no tenía sangre india, caminaba como un indio, un
pie directamente delante del otro, como si anduviera por la cuerda floja. Y en
silencio, o tan silenciosamente como le permitían sus botas de marcha apoyando
primero la planta para suavizar cada paso antes de que el tacón tocara el
suelo. Y caminó rápidamente porque aún era temprano y, después de registrarse
en un hotel y quitarse de encima la mochila, tendría tiempo suficiente para
explorar la ciudad antes de que la gente poblara las calles. La bruma empezaba
a adensarse.
Lo mezquino de su huida del impulso suicida a orillas del Weser
aún le preocupaba. Le había ocurrido antes, pero nunca tan poderosamente. La
última vez había sido en Nueva York, en la azotea del Empire State Building, a
más de cien pisos sobre la calle. Era un día claro y despejado y lo mágico del
panorama le dominó. Súbitamente se sintió presa del mismo regocijo delirante,
convencido de que un relámpago de inspiración había puesto fin a su búsqueda,
situando la meta en la punta de sus dedos. Lo único que tenía que hacer era
retirar el clarinete del estuche y montarlo. La visión mágica se revelaría en
las primeras notas diáfanas de instrumento y las cabezas de los demás
visitantes se volverían maravilladas. Después el jadeo contrastante cuando
saltara al espacio y las notas gimientes, suspirantes y chillones a medida que
volaba hacia el pavimento, la extraña melodía inspirada por la arremolinada
escena variopinta de la calle y la acera y las personas que miraban con
horrorizada fascinación y le miraban a él, a Dooley Hanks, y oían El Sonido, su
sonido, a medida que crecía hacia un soberbio fortísimo, la gran final de su
más grandioso solo... la bronca nota final cuando su cuerpo chocaba contra la
acera y la carne, la sangre y los huesos astillados se fundían con el cemento,
obligando a la última y gloriosa expulsión del aliento a través del clarinete
poco antes de que éste abandonara sus dedos exánimes. Pero se había salvado al
volverse y correr hacia la salida y el ascensor.
No quería morir. Tendría que seguir recordándoselo. Ningún otro
precio sería demasiado alto.
Ya estaba ciudad adentro. En un barrio viejo de calles oscuras y
estrechas y edificios antiguos. La bruma se enroscaba desde el río como una
serpiente gigante que al principio abrazó la calle para después crecer y
elevarse lentamente hasta empañar y diluir su visión. Pero en medio de ésta, al
otro lado de la calle empedrada, vio el cartel iluminado de un hotel: Hoter den
Linden. Nombre pretencioso para un hotel tan pequeño, pero parecía barato y eso
era lo que buscaba. Comprobó que era barato, de modo que alquiló una habitación
y subió su mochila. Pensó en cambiar sus ropas de marcha por su traje bueno
pero decidió no hacerlo. Esa noche no buscaría un contrato; al día siguiente
tendría tiempo. Pero llevaría su clarinete, sin la menor duda: siempre lo hacía.
Esperaba dar con un lugar donde conocer a otros músicos, en donde tal vez le
invitaran a compartir la mesa con ellos. Naturalmente, les preguntaría cuál era
el mejor modo de conseguir un trabajo allí. El hecho de llevar el estuche de
cualquier instrumento es una presentación automática entre los músicos. En
Alemania o en cualquier parte.
Al pasar por la recepción mientras salía, pidió al encargado —un
hombre que parecía tan viejo como el mismo hotel —que le explicara cómo
dirigirse al centro de la ciudad, a los lugares animados. Una vez fuera, se
dirigió hacia donde el anciano le había indicado, pero las calles eran tan
curvadas y la bruma tan espesa que pocas calles después se perdió y ya ni
siquiera supo cómo había llegado hasta allí. Por lo tanto, vagabundeó sin rumbo
fijo y pocas calles después se encontró en un barrio extraño. Sin causa
definida, esa extrañeza le acobardó y durante unos instantes de temor corrió
para abandonar el barrio tan pronto como pudiera, pero se detuvo cuando
súbitamente notó que el aire transportaba música... un susurro musical extraño
y obsesionante que, después de escucharlo durante un prolongado instante, le
empujó por la oscura callejuela en busca de su origen. Parecía la
interpretación de un solo instrumento, un instrumento de boquilla que no sonaba
exactamente como un clarinete ni exactamente como un oboe. Aumentó de volumen y
luego volvió a diluirse. Sin éxito, Dooley buscó una luz, movimiento, algún
indicio de su origen. Se volvió para desandar lo andado, avanzó de puntillas y
la música volvió a crecer. Unos pocos pasos más y se desvaneció, por lo que Dooley
retrocedió esos pocos pasos y se detuvo a observar el edificio tétrico y
melancólico. Ninguna de las ventanas estaba iluminada. Pero ahora la música lo
cubría totalmente y... ¿era posible que llegara desde abajo, por debajo de la
acera?
Avanzó un paso hacia el edificio y vio lo que antes no había
percibido. Paralelamente a la fachada, abierto y sin la protección de una
barandilla, un tramo de gastados escalones de piedra conducía hacia abajo. Y al
final de éstos, una hendija de luz amarilla dibujaba tres lados de una puerta.
La música provenía de detrás de esa puerta. En ese momento pudo oír voces que
conversaban.
Bajó cautelosamente los escalones y se detuvo ante la puerta,
preguntándose si debía llamar o limitarse a abrirla y ¿Acaso se trataba de un
lugar público a pesar de que no había visto un cartel por ninguna parte? ¿De un
lugar tan conocido por sus parroquianos que el cartel estaba de más? ¿O de una
fiesta privada en la que él sería un intruso?
Decidió que la cuestión de si la puerta tenía o no echado el
cerrojo se respondiera por sí misma. Apoyó la mano en el pomo, la puerta se
abrió y entró.
La música llegó hasta él y le abrazó tiernamente. El
establecimiento parecía un lugar público, una bodega. En un extremo de la
amplia estancia se alzaban tres enormes cubas de vino provistas de espitas.
Había mesas y personas, tanto hombres como mujeres, sentadas ante ellas. Todos
tenían delante de vino. No había picheles; al parecer, sólo servían vino. Unas
pocas personas le miraron, aunque con desinterés y sin el gesto que se dedica a
un intruso, por lo que estaba claro que no se trataba de una fiesta privada.
El músico —sólo había uno —se encontraba en un extremo del
establecimiento, sentado en un taburete. La estancia estaba tan cargada de humo
como la calle lo había estado de bruma y, de todos modos, los ojos de Dooley no
eran demasiado penetrantes; desde esa distancia no lograba discernir si el
instrumento del músico era un clarinete, un oboe, o ninguno de los dos. Y en
ese momento, sus oídos tampoco podían responder a la misma pregunta en la
propia estancia.
Cerró la puerta y se abrió paso entre las mesas, en busca de una
vacía lo más cercana posible al músico. Encontró una no demasiado alejada y se
sentó. Empezó a estudiar el instrumento con los ojos y con los oídos. Le
pareció conocido. Había visto uno igual o casi igual en algún sitio pero,
¿dónde?
—Ja, mein Herr —susurraron cerca de su oído y se volvió. Un
camarero menudo y regordete con faja de piel estaba a su lado—. Zinfandel.
Borgoña. Riesling.
Dooley no sabía nada sobre vinos y le importaban muy poco, pero
repitió el nombre de uno de los tres. Mientras el camarero se alejaba de
puntillas, colocó una pequeña pila de marcos sobre la mesa para que no
molestasen su atención cuando el vino llegara.
Volvió a estudiar el instrumento y en ese momento intentó no
oírlo, a fin de poder concentrarse y recordar dónde había visto una vez algo
parecido. Tenía aproximadamente la longitud de su clarinete y el pabellón era
ligeramente más largo y acampanado. Estaba construido —por lo que pudo
distinguir era de una sola pieza —con alguna madera oscura de color intermedio
entre el nogal y la caoba, fuertemente lustrado.
Tenía agujeros para los dedos y sólo tres llaves, dos en la
parte inferior a fin de extender la escala descendente en dos semitonos y uno
en la parte superior, operado por el pulgar, que seguramente sería una llave de
octava.
Cerró los ojos y habría cerrado los oídos si éstos funcionaran
de tal manera, a fin de recordar dónde había visto algo parecido. ¿Dónde?
Gradualmente lo recordó. Un museo de algún sitio. Probablemente
de Nueva York, porque allí había nacido y crecido, no había salido de esta
ciudad hasta que tuvo veinticuatro años, y eso era de antes, por ejemplo de
cuando aún era un adolescente. ¿El museo de ciencias naturales? Ese aspecto no
era importante. Había visto una sala o varias con escaparates de cristal en los
que se exhibían instrumentos musicales antiguos y medievales: viola da gamba y
viola d’amore, sacabuches, flautas dulces, laúdes, tambores y pífanos. Una de
las vitrinas sólo exhibía dos instrumentos precursores del oboe moderno. Y este
instrumento, que ahora escuchaba extasiado, era un oboe medieval. Podía
distinguirse de otro tipo de oboe antiguo porque tenía embocadura esférica con
las lengüetas en el interior; el oboe medieval era el paso intermedio entre el
antiguo y el oboe a secas. Había pasado por varias etapas de desarrollo, desde
no tener ninguna llave, sólo agujeros para los dedos, hasta contar con
alrededor de media docena.
Sí, había existido una versión de tres llaves, idéntica a ésta
excepto en el hecho de que había sido de madera clara en lugar de oscura. Sí,
fue en su adolescencia, al principio de su adolescencia, cuando lo vio, cuando
cursaba el primer año en la escuela secundaria.
Porque entonces empezaba a interesarse por la música y aún no
había conseguido su primer clarinete; aún intentaba decidir qué instrumento
quería tocar. Por ese motivo los instrumentos antiguos y su historia le
fascinaron por un corto período. En la biblioteca de la escuela secundaria
había encontrado un libro sobre el tema y lo leyó. Decía... ¡Santo cielo, decía
que el oboe medieval tenía un tono tosco en el registro más bajo y estridente
en las notas agudas! Una gran mentira, si se trataba de ese instrumento. Era
tan suave como la miel a lo largo de su escala y poseía un tono rico y fuerte
infinitamente más agradable que el tono delgado y agudo del oboe. Mejor aún que
un clarinete; el clarinete sólo podía parecérsele en su registro más bajo o
chalumeau.
Y Dooley Hanks supo, más allá de toda certeza, que tenía que
poseer un instrumento como ése y que lo tendría; al margen de lo que tuviese
que pagar o hacer para conseguirlo.
Después de tomar irrevocablemente esa decisión y mientras la
música aún le acariciaba como una mujer y lo excitaba como nunca mujer alguna
lo había hecho, Dooley abrió los ojos. Puesto que echó la cabeza hacia adelante
mientras se concentraba, lo primero que vio fue una gran copa de vino que
habían colocado delante de él. La cogió y, observando por encima, logró apartar
la mirada del músico; Dooley elevó la copa en un brindis mudo y la vació de un
solo trago.
Al bajar la cabeza después de beber —el vino había resultado
inesperadamente bueno —notó que el músico se había dado vuelta ligeramente en
el taburete y miraba hacia otro lado. Bien, así tenía la posibilidad de
estudiar al hombre. El músico era alto pero delgado y de aspecto frágil.
Resultaba imposible deducir su edad; podía tener entre cuarenta y sesenta años.
Su apariencia era algo andrajosa y su gastado abrigo no hacía juego con los
pantalones bombachos y una llamativa bufanda de rayas rojas y amarillas que
colgaba flojamente de su cuello flaco y huesudo, con una prominente nuez que
subía y bajaba cada vez que respiraba para tocar. Su cabello enmarañado
necesitaba un peluquero, su rostro era delgado y pálido y sus ojos de un azul
tan claro que parecían desteñidos. Sólo sus dedos tenían el estigma de un
músico magistral: largos, delgados y graciosamente ahusados. Bailaban ágilmente
al son de la maravillosa música a la que daban forma.
Después, con un último son de notas agudas que sorprendió a
Dooley pues llegaron como mínimo media octava por encima de lo que había
supuesto era la extensión máxima del instrumento y aún poseían la rica
resonancia del registro más bajo, la música cesó.
Hubo algunos segundos de lo que casi pareció un silencio
asombrado y luego estallaron y crecieron los aplausos. Dooley también aplaudió
y empezaron a arderle las doloridas palmas de las manos. El músico, con la
vista fija hacia delante, no parecía reparar en nada. Antes de treinta segundos
se llevó nuevamente el instrumento a la boca y los aplausos cesaron rápidamente
con la primera nota.
Dooley sintió una ligera palmada en él hombro y miró a su
alrededor. El camarero menudo y regordete había vuelto. Esta vez ni siquiera
susurró, pues se limitó a alzar inquisitivamente las cejas. Después de
retirarse con la copa vacía, Dooley volvió a cerrar los ojos y consagró toda su
atención a la música.
¿Música? Sí, era música, pero ningún tipo de música que hubiese
oído con anterioridad. Se trataba de una mezcla de todos los tipos de música,
antigua y moderna, jazz y clásica, una fusión magistral de paradojas o quizá
quería decir opuestos: dulce y amargo, hielo y fuego, leves brisas y furiosos
huracanes, amor y odio.
Cuando abrió nuevamente los ojos, tenía una copa llena delante.
Esta vez bebió lentamente. ¿Cómo demonios se las había arreglado sin vino
durante toda su vida?
Bueno, de vez en cuando había bebido una copa, pero jamás había
tenido el sabor de este vino. ¿O acaso era la música lo que le proporcionaba
ese sabor?
La música cesó y volvió a unirse a los efusivos aplausos. En
esta ocasión el músico bajó del taburete y reconoció los aplausos con un
movimiento espasmódico después se colocó el instrumento bajo el brazo y
atravesó rápidamente la estancia — lamentablemente, no pasó cerca de la mesa de
Dooley —con porte desgarbado e inclinado hacia delante. Dooley volvió la cabeza
para seguirle con la mirada. El músico se sentó ante una pequeña mesa adosada a
la pared, capaz para un sola persona y por ello sólo tenía una silla. Dooley
pensó en trasladar su silla hasta ella, pero decidió no hacerlo.
Evidentemente el hombre quería estar solo ya que, de lo
contrario, no se hubiese sentado ante esa mesa.
Dooley miró a su alrededor hasta cruzar la mirada con la
camarero y le hizo una señal.
Cuando se acercó, Dooley le pidió que sirviera una copa de vino
al músico y que le invitara a reunirse con él en su mesa, que le dijera que él
también era músico y le gustaría conocerle.
—No creo que acepte —explicó el camarero—. Hubo otras personas
que lo intentaron y siempre se negó amablemente. En cuanto a lo del vino no es
necesario; durante la velada pasamos varias veces un sombrero para él. Alguien
ha empezado a hacerlo ahora y, si lo desea, puede contribuir de este modo.
—Lo deseo —aseguró Dooley—. Pero, por favor, llévele el vino y
dele, de todos modos, mi mensaje.
—Ja, mein Herr.
El camarero cogió un marco por adelantado, se dirigió a una de
las tres cubas, llenó una copa de vino y se la llevó al músico. Dooley vio que
el camarero dejaba la copa en la mesa del músico y, mientras hablaba, señalaba
en dirección a él. Para que no hubiera posibilidad de error, Dooley se puso en
pie e hizo una ligera inclinación dirigida a ellos.
El músico también se puso de pie y respondió a la reverencia
algo más profundamente y desde la cintura. Pero luego se volvió hacia la mesa y
tomó nuevamente asiento. Dooley supo que su primera propuesta había sido
rechazada. Bueno, quedaban otras posibilidades y otras veladas. Apenas
frustrado, volvió a sentarse y echó otro trago de vino. Sí, incluso sin la
música o, mejor dicho, con los efectos secundarios de la música aún tenía un
sabor maravilloso.
Un vecino impasible y rubicundo pasó el sombrero para el músico
y Dooley, al ver que no contenía billetes grandes y como no deseaba hacerse
notar, echó dos marcos del pequeño montón que tenía en la mesa.
Después vio que una pareja abandonaba una mesa para dos situada
directamente delante del taburete en el que se había sentado a tocar el músico.
Ah, exactamente lo que quería. Apuró rápidamente la copa, cogió las monedas y
el clarinete y se trasladó a la mesa situada junto al escenario mientras la
pareja se alejaba. No sólo podría ver y oír mejor, sino que estaba en el lugar
ideal para interceptar al músico con una invitación personal después de la
siguiente interpretación. En lugar de dejarlo en el suelo, colocó el estuche
del clarinete sobre la mesa, a la vista de todos, para que el hombre supiera
que no sólo era compañero músico, lo que podía querer decir casi cualquier
cosa, sino un camarada intérprete de un instrumento de viento de madera.
Pocos minutos después tuvo la oportunidad de pedir otra copa de
vino y cuándo el camarero se la sirvió, le arrastró a una conversación.
—Deduzco que nuestro amigo rechazó mi invitación ¿Puedo saber
cómo se llama?
—Otto, mein Herr.
—¿Otto qué? ¿No tiene apellido?
Los ojos del camarero brillaron.
—Una vez se lo pregunté. Niemand, me respondió. Otto Niemand.
Dooley sonrió. Sabía que Niemand, en alemán, quería decir
«nadie».
—¿Cuánto hace que toca aquí? —preguntó.
—Ah, sólo esta noche. Viaja. Esta noche es la primera vez que le
vemos desde hace casi un año. Cuando viene, sólo es por una noche y le dejamos
tocar y pasamos el sombrero. Normalmente no tenemos música aquí, no es más que
una simple bodega.
Dooley frunció el ceño. En consecuencia, tendría que cerciorarse
de establecer contacto esa noche.
—Sólo es una bodega —repitió el camarero—. Pero si tiene hambre
podemos servirle un bocadillo. De jamón, knackwurst o queso a la cerveza.
Dooley no había prestado atención y le interrumpió:
—¿Cuándo volverá a tocar? ¿Pasa mucho tiempo entre una
interpretación y otra?
—Ah, esta noche no volverá a tocar. Hace un minuto, mientras le
traía el vino, le he visto salir. Quizá no volvamos a verle durante mucho...
Pero Dooley ya había cogido el estuche de su clarinete y corría
tan de prisa como podía trazando un camino serpenteante entre las mesas. Salió
sin molestarse en cerrar la puerta y subió los escalones de piedra hasta la
acera. Ahora la bruma no era tan espesa, salvo en bancos. Pero no veía a
niemand en ninguna dirección. Permaneció totalmente inmóvil para escuchar.
Durante un instante sólo percibió los sonidos de la bodega pero después,
felizmente, alguien cerró la puerta que había dejado abierta y en el silencio
posterior creyó oír, durante un segundo, pasos a su derecha, la dirección de la
que había llegado.
Como no tenía nada que perder, corrió hacia allí. La calle
trazaba una curva y luego aparecía una esquina. Se detuvo y volvió a escuchar
y... en esa dirección, a la vuelta, de la esquina, creyó oír pisadas y corrió
hacia ellas. Después de media manzana distinguió delante una figura, demasiado
lejana para reconocerla, pero gracias a Dios alta y delgada; podía ser el
músico. Y más allá de la figura, desvaída en medio de la bruma, podía divisar
luces y oír los ruidos del tráfico. Seguramente ésa era la vuelta que se había
olvidado de dar al tratar de seguir las indicaciones del recepcionista del
hotel para encontrar la zona de vida nocturna de la ciudad o lo más aproximado
a ello que una ciudad de ese tamaño podía tener.
Acortó la distancia a un cuarto de manzana, abrió la boca para
llamar a la figura que avanzaba delante y descubrió que estaba demasiado
jadeante para gritar. Dejó de correr y empezó a andar. Ya no había peligro de
perder al hombre ahora que estaba tan cerca.
Recuperó el aliento y acortó lentamente las distancias.
Se encontraba a unos pocos pasos del hombre —y, gracias a Dios,
era el músico —y alargaba las zancadas para llegar a su lado y hablarle cuando
el hombre bajó del bordillo y empezó a cruzar la calle en diagonal. En ese
mismo momento un coche que iba a toda velocidad, conducido por alguien que
debía estar borracho, giró en la esquina detrás de ellos, se sacudió
momentáneamente y luego se enderezó en una trayectoria que se dirigía en línea
recta hacia el confiado músico. En una súbita acción refleja Dooley, que nunca
en su vida había realizado conscientemente un acto heroico, se lanzó a la calle
y empujó al músico para alejarlo del trayecto del coche. El impulso le hizo
caer encima del músico y se estiró jadeante en esa posición protectora mientras
el coche pasaba tan cerca que envió dedos de aire que tironearon de su ropa.
Dooley levantó la cabeza a tiempo de ver los dos ojos rojos de los faros
traseros que desaparecían en la bruma calle abajo.
Dooley escuchó el tamborileo de su corazón en los oídos mientras
se apartaba para liberar al músico y ambos hombres se pusieron lentamente de
pie.
—¿Pasó cerca?
Dooley asintió y tragó saliva con dificultad.
—Como una navaja de canto.
El músico había cogido el instrumento de debajo del abrigo y lo
estudiaba.
—No se ha roto —comentó.
Al comprender que sus manos estaban vacías, Dooley se volvió en
busca del estuche del clarinete. Y lo vio. Debió dejarlo caer cuando levantó
las manos para empujar al músico. Una rueda delantera y una trasera del coche
debieron pasarle por encima, ya que estaba aplastado en ambos extremos. El
estuche y todas las piezas del clarinete estaban astillados, chatarra inútil.
Lo acarició unos instantes y luego fue hasta la cuneta y lo arrojó allí.
El músico se acercó y se detuvo a su lado.
—Una lástima —murmuró suavemente—. La pérdida de un instrumento
es como la pérdida de un amigo.
A Dooley acababa de ocurrírsele una idea, por lo que no
respondió, pero logró parecer más triste de lo que se sentía. La pérdida del
clarinete era un golpe al bolsillo, pero nada irrevocable. Tenía lo suficiente
para comprar, en principio, otro usado aunque no tan bueno, y durante un tiempo
tendría que trabajar más y gastar menos hasta conseguir uno realmente bueno
como el que acababa de perder. Le había costado trescientos. Dólares, no
marcos. Pero conseguiría otro clarinete. Sin embargo, en ese momento estaba
mucho más interesado en hacerse con el oboe del músico alemán o con uno igual.
Trescientos dólares, no marcos, era calderilla comparado con lo que daría por
eso. Y si el hombre se sentía responsable y ofrecía...
—Fue culpa mía —afirmó el músico—. Me pasó por no mirar. Me
gustaría poder permitirme el lujo de ofrecerle comprar un nuevo.., era un
clarinete, ¿no?
—Sí —replicó Dooley y trató de parecer un hombre al borde de la
desesperación y no al borde del mayor descubrimiento de su vida—. Bueno, lo que
está kaput está kaput.
¿Vamos a algún sitio a tomar algo?
—A mi cuarto —dijo el músico—. Tengo vino allí. Y tendremos
intimidad y podré tocar una o dos piezas que no interpreto en público. Puesto
que usted también es músico — sonrió—. Eine Kleine Nachtmusik, ¿eh? Una breve
melodía nocturna, pero no de Mozart sino mía.
Dooley logró ocultar su entusiasmo y asentir como si no le
importara demasiado.
—De acuerdo, Otto Niemand. Me llamo Dooley Hanks.
El músico sonrió.
—Llámeme Otto, Dooley. No uso apellido y digo que es Niemand a
todo aquel que insiste en que se lo diga. Vamos, Dooley, no es lejos.
No estaba lejos, en efecto, sólo a una manzana doblando por la
siguiente calle lateral.
El músico entró en una casa vieja y a oscuras. Abrió la puerta
de la calle con la llave y luego encendió una pequeña linterna de bolsillo para
que vieran al subir por la escalera ancha pero sin alfombrar. Explicó que la
casa estaba deshabitada y condenada al derribo, de modo que no había
electricidad. Pero el propietario le había entregado una llave y le había dado
permiso para utilizarla mientras siguiera en pie; había unos pocos muebles
dispersos y se apañaba. Le gustaba contar con toda una casa para él porque
podía tocar a cualquier hora de la noche sin molestar a nadie.
Abrió la puerta de un cuarto y entró. Dooley esperó en el umbral
hasta que el músico encendió una lámpara de aceite colocada sobre el aparador y
luego le siguió. Junto al aparador sólo había una silla de respaldo recto, una
mecedora y una cama individual.
—Siéntese, Dooley —invitó el músico—. La cama le resultara más
cómoda que la silla de respaldo recto. Y si voy a tocar, prefiero la mecedora.
—Cogió dos vasos y una botella del cajón superior del tocador—. Veo que me
equivoqué. Creí que era vino lo que había dejado pero es coñac. Aunque es
mejor, ¿no?
—Sí, es mejor —respondió Dooley.
Apenas podía contenerse de pedir permiso para probar el oboe,
pero consideraba que sería mejor esperar hasta que el coñac hubiese producido
un ligero ablandamiento. Se sentó en la cama.
El músico entregó a Dooley una enorme copa de coñac; regresó
hasta el tocador, cogió su copa y, con el instrumento en la otra mano, se
acercó a la mecedora. Alzó la copa y dijo:
—Por la música, Dooley.
—Por la Nachtmusik —brindó Dooley. Echó un buen tragó que le
quemó como fuego, pero era un buen coñac. Ya no cabía esperar más—. Otto, ¿le
molesta que mire su instrumento? Se trata de un oboe medieval, ¿no?
—Un oboe medieval, sí. No muchos lo reconocerían. Ni siquiera
los músicos. Pero lo siento, Dooley. No puedo permitir que lo manipule. Ni que
lo toque, si pensaba pedírmelo.
Lo siento pero las cosas son así, amigo mío.
Dooley asintió e intentó no parecer abatido. La noche es joven
se dijo; una o dos copas de coñac de ese tamaño quizá le ablanden. Mientras
tanto, podía averiguar tanto como le fuera posible.
—¿Es...? Quiero decir si su instrumento es real. Quiero decir si
es medieval o una reproducción moderna.
—Lo construí yo mismo, a mano. Una obra de amor. Pero, amigo
mío, le aconsejo que no se separe del clarinete. Sobre todo, no me pida que le
construya uno como éste pues no podría. Hace muchos años que no trabajo con
herramientas, con un torno. Descubriría que mi habilidad ha desaparecido. ¿Es
usted hábil con las herramientas?
Dooley agitó la cabeza negativamente.
—No sé clavar un clavo. ¿Dónde podría encontrar uno que se
parezca al suyo?
El músico se encogió de hombros.
—La mayoría están en museos y son imposibles de conseguir. Tal
vez encuentre unas pocas colecciones de instrumentos antiguos en manos privadas
y adquiera uno a un precio exorbitante..., y es posible que descubra que aún se
puede tocar. Pero, amigo mío, sea inteligente y no se separe de su clarinete.
Se lo aconsejo con toda vehemencia.
Dooley Hanks no podía decir lo que pensaba, de modo que
permaneció en silencio.
—Mañana hablaremos de conseguir un nuevo clarinete —agregó el
músico—. Pero olvidémoslo por esta noche. Y olvide su deseo de tener un oboe
medieval, incluso su deseo de tocar éste..., sí, sé que sólo me preguntó si
podía manipularlo pero, ¿sería capaz de sostenerlo entre sus manos sin desear
acercarlo a sus labios? Bebamos un poco más y después tocaré. ¡Prosit!
Volvieron a beber. El músico pidió a Dooley que hablara de sí
mismo y éste lo hizo. Le contó casi todo lo importante de su vida salvo lo
único que era lo más importante: su obsesión y el hecho de que había tomado a
medias la decisión de matar por ello si no había otra alternativa.
No hay prisa, pensó Dooley, tenía toda la noche por delante. Por
eso habló y ambos bebieron. Estaban en la mitad de la tercera ronda —y la
última, puesto que habían terminado la botella —de coñac cuando se quedó sin
conversación y se produjo un silencio.
Con una cálida sonrisa el músico vació su copa, se desprendió de
ella y apoyó ambas manos en el instrumento.
—Dooley... ¿quiere algunas chicas?
Súbitamente, Dooley descubrió que estaba algo borracho. Pero
rió.
—Claro —respondió—. Una habitación llena de muchachas. Rubias,
morenas y pelirrojas. —Después, debido a que no podía permitir que un carca le
superara con el alcohol, vació el resto de la copa de coñac y se echó sobre la
cama con los hombros y la cabeza apoyados en la pared—. Tráigalas, Otto.
Otto asintió y empezó a tocar. Súbitamente la belleza vívida y
obsesionante de la música que Dooley había oído por última vez en la bodega
estaba presente. Pero esta vez una nueva melodía, una melodía que era rítmica y
sensual al mismo tiempo. Tan hermosa que producía dolor y durante un instante
Dooley pensó impetuosamente: maldito sea, está tocando mi instrumento, me lo
debe por el clarinete que perdí. Casi estuvo a punto de levantarse y hacer
algo, pues los celos y la envidia le envolvían como llamas.
Pero antes de que pudiera moverse, reparó gradualmente en otro
sonido en otra parte, por encima o por debajo de la música. Parecía llegar de
fuera, de la acera de abajo, y era un rápido clic-clic-clic-clic que parecía
sonido de tacones y luego se encontraba más cerca y era sonido de tacones, de
muchos tacones, en la madera, en la escalera sin alfombrar y luego —todo al son
de la música— se oyó un suave toc-toc en la puerta.
Como en sueños, Dooley volvió la cabeza hacia la puerta a medida
que ésta se abría y las muchachas entraban en el cuarto y le rodeaban, le
envolvían con su calor físico y sus perfumes exóticos. Dooley miraba con
incrédulo deleite y luego anuló la incredulidad; si se trataba de una ilusión,
que lo fuera. Siempre que... Estiró ambas manos y, si, se podían tocar además
de ver. Había morenas de ojos pardos, rubias de ojos verdes y pelirrojas de
ojos negros. Y morenas de ojos azules, rubias de ojos pardos y pelirrojas de
ojos verdes.
Incluían todos los tamaños, desde menudas a esculturales, y
todas eran hermosas.
De algún modo la lámpara de aceite pareció perder fuerza sin
apagarse por completo y la música, que ahora se tornaba más desenfrenada,
parecía provenir de otro sitio, como si el músico ya no se encontrara en el
cuarto, y Dooley pensó que era muy considerado por su parte. Poco después
retozaba con las muchachas con atolondrado abandono y probaba aquí y allá como
un niñito en una pastelería. O un romano durante una orgía, pero ni los romanos
ni los dioses del Olimpo tuvieron algo tan bueno.
Al fin, maravillosamente agotado, se acostó en la cama y,
rodeado por la suave y fragante carne de las muchachas, se durmió.
Y despertó repentina, total y sobriamente no supo cuánto tiempo
después. Pero ahora el cuarto estaba frío, quizá por eso había despertado.
Abrió los ojos y vio que estaba solo en la cama y que la lámpara de nuevo (¿o
todavía?) ardía normalmente. Al levantar la cabeza vio que el músico también
seguía allí, profundamente dormido en la mecedora.
Aferraba con fuerza el instrumento con ambas manos, la larga
bufanda de rayas rojas y amarillas aún rodeaba su cuello largo y delgado y
tenía la cabeza caída contra el respaldo de la mecedora.
¿Había sucedido realmente? ¿O acaso la música le adormeció y por
eso había soñado con las muchachas? Apartó la idea, pues no le importaba. Lo
importante, lo único importante, consistía en que no se iría de allí sin el
oboe. ¿Pero tendría que matar para conseguirlo? Sí, tendría que hacerlo. Si se
limitaba a robárselo al hombre dormido, no tendría la menor oportunidad de
salir de Alemania con él. Otto conocía su verdadero nombre, tal como figuraba
en el pasaporte y le esperarían en la frontera. En cambio, si dejaba atrás un
muerto, quizá no encontraran el cadáver —en una casa abandonada — durante
semanas o meses, no antes de que él estuviera sano y salvo de regreso a Estados
Unidos. Para entonces, cualquier prueba contra él, incluso su posesión del
instrumento, sería demasiado endeble para justificar su extradición a Europa.
Podía afirmar que Otto le había dado el instrumento para reemplazar el
clarinete que perdió al salvarle la vida. No tendría pruebas de ese gesto, pero
ellos tampoco tendrían pruebas en sentido contrario.
Se levantó rápida y silenciosamente de la cama, caminó de
puntillas hasta el hombre que dormía en la mecedora y lo observó. Sería fácil,
dado que ya tenía a mano los medios. La bufanda rodeaba el delgado cuello, lo
cruzaba una vez por delante y las puntas colgaban. Dooley anduvo de puntillas
hasta quedar detrás de la mecedora, se estiró por encima de los delgados
hombros, cogió cada uno de los dos extremos de la bufanda y los separó con
todas sus fuerzas. Y los mantuvo así. El músico debía ser más viejo y frágil de
lo que había supuesto. Forcejeó débilmente. Incluso mientras agonizaba sostenía
el instrumento con una mano y con la otra intentaba coger inútilmente la
bufanda. Murió en seguida.
Dooley buscó el latido del corazón para cerciorarse y luego
despegó del instrumento los dedos sin vida. Y al fin lo abrazó contra sí.
Sus manos lo sostuvieron y tembló ávidamente. ¿En qué momento
podría probarlo sin correr riesgos? No cuando regresara al hotel, en medio de
la noche, pues despertaría a los demás huéspedes y llamaría la atención sobre
sí mismo.
Pero aquí y ahora, en esa casa abandonada, se le presentaba la
posibilidad mejor y más segura que tendría durante mucho tiempo, quizás hasta
que estuviera sano y salvo fuera del país. Aquí y ahora, en esa casa, antes de
ocuparse de las huellas digitales de todo lo que pudo tocar y de borrar
cualquier otra pista de su presencia que pudiera encontrar o que se le
ocurriera. Aquí y ahora, pero suavemente, para no despertar a los vecinos
dormidos, por si pudieran percibir alguna diferencia entre sus primeros intentos
y los del propietario original del instrumento.
En consecuencia, tocaría suavemente, por lo menos al principio,
y dejaría de hacerlo de inmediato si el instrumento producía los chirridos y
los ruidos desagradables tan fáciles de hacer con un instrumento que no se
domina. Pero experimentó la extrañísima sensación de que no le ocurriría eso.
Ya sabía cómo manejar una boquilla doble; otrora, en Nueva York, había
compartido un piso con un oboísta y probado su instrumento con la idea de
conseguir uno para tocar a dúo. Finalmente decidió no hacerlo pues prefería tocar
con pequeños combos y el oboe sólo encajaba en grupos grandes. ¿Y la
digitación? Bajó la mirada y vio que sus dedos se habían acomodado naturalmente
sobre los agujeros o se encontraban encima de las llaves. Los movió y vio que
iniciaban, aparentemente por propia voluntad, una sencilla danza de dedos. Los
obligó a detenerse y, maravillado, se acercó el instrumento a los labios y
sopló suavemente. Y de éste surgió, suavemente, un tono claro y puro del
registro medio. Una nota tan rica y vibrante como cualquiera que hubiese
interpretado Otto. Con cautela, levantó un dedo, luego otro y descubrió que
iniciaba una escala diatónica. Basado en una corazonada, olvidó sus dedos, se
limitó a pensar la escala y dejó que aquéllos se hicieran cargo y así ocurrió, con
una pureza total de tono. Pensó una escala en una clave distinta y la tocó;
luego un arpegio. Desconocía la digitación, pero sus dedos la sabían.
Podía tocar el instrumento y lo haría.
A pesar de su entusiasmo creciente, decidió ponerse cómodo.
Regresó a la cama y se tendió en ella, como lo había hecho mientras oía tocar
al músico, con la cabeza y los hombros apoyados contra la pared. Volvió a
llevarse el instrumento a la boca y tocó, esta vez sin preocuparse por el
volumen. Ciertamente, si los vecinos lo oían, pensarían que se trataba de Otto
y, además, estarían acostumbrados a oírle tocar a altas horas de la noche.
Pensó en algunas de las melodías que había oído en la bodega y
sus dedos las interpretaron. Extasiado, se relajó y tocó como jamás lo había
hecho con un clarinete.
Nuevamente, al igual que cuando Otto había tocado, quedó
maravillado por la pureza y la riqueza tonal, tan parecidas al registro
chalumeau de su propio clarinete, pero que se extendían incluso hasta las notas
más altas.
Tocó y un millar de sonidos se fundieron en uno solo. De nuevo
la dulce melodía de las paradojas, negro y blanco fundiéndose en un hermoso y
radiante gris de música obsesionante.
Después, aparentemente sin transición, se encontró tocando una
melodía extraña que nunca había oído. Pero una melodía que, supo
instintivamente, pertenecía a ese maravilloso instrumento. Una melodía de
llamada, al igual que lo había sido la música que Otto interpretó cuando las
muchachas, reales o imaginarias, hicieron sonar sus tacones hacia él, pero esta
vez era distinta... ¿acaso era una sensación siniestra más que sensual la que
la sostenía?
Pero era hermosa y no hubiese podido detener la danza de sus
dedos ni dejar de darle vida con su aliento aunque lo hubiese intentado.
Entonces, por encima o por debajo de la música, oyó otro sonido.
Esta vez no era el clic-clic de los tacones sino un sonido escarbador y
arañador, como de millares de minúsculas garras. Las vio cuando súbitamente
surgieron de los múltiples agujeros del maderamen en los que antes no había
reparado, corrieron hasta la cama y saltaron sobre ésta. Con paralizante
rapidez, las piezas del rompecabezas cayeron en su sitio y con un esfuerzo que
sería el último de su vida, Dooley apartó el instrumento maldito de su boca y
la abrió para gritar. Pero ahora todas estaban a su alrededor encima de él:
grandes, leonadas, pequeñas, delgadas, negras... Y antes de que pudiera gritar
con la boca abierta, la más grande de las ratas negras, la cabecilla, saltó,
cerró sus afilados colmillos en la punta de la lengua de Dooley y se sostuvo
así y el grito naciente se convirtió en silencio.
Y El Sonido del festín se prolongó hasta altas horas de la noche
en la ciudad de Hamelin.
SIRIO NADA
Felizmente extraje las últimas monedas de nuestras máquinas y
las conté, mientras Ma anotaba las cifras en el librito rojo a medida que yo se
las cantaba. Eran unas bonitascifras.
Sí, habíamos conseguido una buena recaudación en los dos
planetas de Sirio, Thor y Freda. Especialmente en Freda. Esas pequeñas y
aisladas colonias de la Tierra darían lo que fuera por cualquier clase de
entretenimiento, y el dinero no significaba nada para ellos. Hicieron largas
colas para entrar en nuestra tienda y meter sus monedas en nuestras máquinas, y
así compensaron los elevados gastos del viaje que habíamos hecho por nuestra
cuenta y riesgo.
Sí, esas cifras que Ma estaba anotando eran muy consoladoras.
Naturalmente, las había sumado mal, pero Ellen se encargaría de subsanar el
error en cuanto Ma se diese por vencida. Ellen está dotada para los números. Y
para muchas otras cosas, si es que un padre puede decir eso de su única hija.
De todos modos es mérito de Ma, no mío. Yo soy una persona del montón.
Guardé la caja de monedas de la Carrera Espacial y alcé la
vista.
—Ma... —empecé a decir. Entonces la puerta que daba al
compartimiento del piloto se abrió y John Lane apareció en el umbral. Ellen,
sentada enfrente de Ma, dejó el libro y también alzó la vista. Era toda ojos y
éstos brillaban.
Johnny saludó militarmente, con el saludo reglamentario que todo
piloto de una nave particular debe hacer al propietario y capitán de la nave.
Este saludo tenía la virtud de exasperarme, pero no podía decirle que
prescindiera de él porque las reglas así lo establecían.
Dijo:
—Un objeto a proa, capitán Wherry.
—¿Un objeto? —inquirí—. ¿Qué clase de objeto?
Verán, por la voz de Johnny y por el rostro de Johnny, era
imposible adivinar si se trataba de algo importante o no. La Escuela
Politécnica de Ciudad de Marte les enseña a ser estrictamente inexpresivos, y
Johnny se había graduado magna cum laude. Es un buen muchacho, pero anunciaría
el fin del mundo con la misma voz que emplearía para anunciar la cena, si fuese
labor del piloto anunciar la cena.
—Parece un planeta, señor —fue todo lo que dijo.
Necesité unos minutos para asimilar sus palabras.
—¿Un planeta? —pregunté, sin demasiada brillantez. Lo miré
fijamente, confiando en que hubiese bebido o algo por el estilo. No porque
tuviese nada que objetar al hecho de que viera un planeta estando sobrio, sino
porque si Johnny descendía alguna vez al nivel de tomar unas copas, era
probable que el alcohol disolviera en parte la rigidez de su espalda. Entonces
yo tendría alguien con quien intercambiar historias. Viajar por el espacio con
sólo dos mujeres y un graduado de la Politécnica que obedece todas las reglas
puede resultar muy aburrido.
—Un planeta, señor. Un objeto de dimensiones planetarias, diría
yo. Diámetro de unos cuatro mil quinientos kilómetros, distancia de unos tres
millones, curso aparente de una órbita alrededor de la estrella Sirio A.
—Johnny —dije—, nos encontramos dentro de la órbita de Thor, que
es Sirio I, lo cual significa que es el primer planeta de Sirio, de modo que,
¿cómo puede haber un planeta dentro de esa órbita? No me estarás tomando el
pelo, ¿verdad?
—Puede usted examinar la visiplaca, señor, y comprobar mis
cálculos —replicó estiradamente.
Me levanté y entré en la cabina del piloto. Era cierto, en el
centro de la visiplaca delantera había un disco. Comprobar sus cálculos era
algo impensable. Mis matemáticas terminaban en el punto donde terminaba la suma
de las monedas de las máquinas. Me mostré dispuesto a aceptar su palabra
respecto a los cálculos.
—Johnny —exclamé, casi gritando—, ¡hemos descubierto un nuevo
planeta! ¿No es extraordinario?
—Sí, señor —comentó él, con su desapasionada voz habitual.
Era algo extraordinario, pero no tanto. Quiero decir que el
sistema de Sirio ha sido colonizado hace poco tiempo y que no era demasiado
sorprendente encontrar un pequeño planeta de cuatro mil quinientos kilómetros
sin descubrir aún. Especialmente (aunque esto no se sabía) si su órbita es muy
excéntrica.
La cabina del piloto era demasiado pequeña para albergar también
a Ma y Ellen, por lo que se quedaron junto a la puerta, y yo me aparté un poco
para que vieran el disco en la visiplaca.
—¿Cuánto tardaremos en llegar allí, Johnny? —quiso saber Ma.
—Nuestro punto de máxima aproximación en este rumbo se producirá
dentro de dos horas, señora Wherry —repuso—. Pasaremos a un millón de
kilómetros de él.
—Oh, ¿de verdad? —quise saber yo.
—A menos, señor, que crea aconsejable modificar la ruta y pasar
a mayor distancia.
Me aclaré la garganta, miré a Ma y Ellen, y vi que a ellas les
parecía bien.
—Johnny —dije—, pasaremos a una distancia menor. Siempre he
deseado ver un nuevo planeta no contaminado por manos humanas. Aterrizaremos
allí aunque no podamos abandonar la nave sin máscaras de oxígeno.
El repuso: «Sí, señor», y saludó, pero me pareció observar una
lucecita de desaprobación en sus ojos. Oh, en caso de que así fuera, le sobraba
razón. Nunca se sabe lo que se puede encontrar en un territorio virgen del
espacio. Un cargamento de lonas y máquinas tragaperras no es el equipo idóneo
para explorarlo, ¿verdad?
Pero el Piloto Perfecto nunca se opone a una orden del
propietario, ¡maldita sea!
Johnny tomó asiento y empezó a pulsar teclas de la calculadora
así que nosotros salimos para dejarle trabajar.
—Ma —dije—, soy un maldito tonto.
—Lo serías si no lo fueras —replicó ella. Yo sonreí cuando hube
logrado descifrarlo, y miré a Ellen.
Pero ella no me miraba. Volvía a tener aquella expresión
soñadora en los ojos. Me hizo desear entrar en la cabina del piloto y dar un
puñetazo a Johnny para ver si eso lo espabilaba.
—Escucha, cariño —dije—, ese Johnny...
Pero noté que algo me quemaba en la mejilla y comprendí que Ma
me estaba mirando, así que me callé. Saqué una baraja de cartas e hice un
solitario hasta que aterrizamos.
Johnny salió de la cabina y saludó.
—Hemos aterrizado, señor —dijo—. Atmósfera de uno dieciséis en
el marcador.
—Y —preguntó Ellen —¿qué significa eso en cristiano?
—Es respirable, señorita Wherry. Un poco alto en nitrógeno y
bajo en oxígeno si lo comparamos con el aire de la Tierra, pero de todos modos
decididamente respirable.
Ese muchacho era una verdadera joya cuando se trataba de
mostrarse preciso.
—Así pues, ¿a qué esperamos? —quise saber.
—Sus órdenes, señor.
—Dejémonos de órdenes, Johnny. Abre la puerta y salgamos.
Una vez la puerta estuvo abierta, Johnny salió el primero,
armado con dos pistolas lanzarrayos. Nosotros le seguimos.
Fuera hacía fresco, pero no frío. El paisaje era muy semejante
al de Thor, con desnudas colinas de tierra verdosa. Había vida vegetal,
consistente en una planta marronosa y tupida que parecía una especie de
rodadora.
Eche una ojeada para calcular la hora y vi que Sirio se
encontraba casi en el cenit, lo cual significaba que Johnny había aterrizado en
medio del lado diurno.
—Johnny —pregunté—, ¿tienes idea de cuál es el período de
rotación?
—Sólo he tenido tiempo para hacer un cálculo aproximado, señor.
El resultado fue de veintiuna horas y diecisiete minutos.
Había dicho que era un cálculo aproximado.
Ma comentó:
—No necesitamos un cálculo más exacto. Disponemos de toda la
tarde para dar un paseo; ¿qué esperamos?
—La ceremonia, Ma —le dije—. Tenemos que bautizar este sitio,
¿no? ¿Dónde pusiste aquella botella de champaña que guardábamos para mi
cumpleaños? Me parece que ésta es una ocasión más importante.
Me dijo dónde, y yo entré para buscar la botella y unos vasos.
—¿Se te ocurre algún nombre, Johnny? Tú has sido el primero en
verlo.
—No, señor.
—Lo malo es que ahora Thor y Freda tengan el nombre equivocado.
Quiero decir que Thor es Sirio I y Freda es Sirio II, y como esta órbita está
dentro de la suya, tendrían que ser II y III respectivamente. O bien este
planeta debería ser Sirio 0, lo cual significa que es Nada Sirio.1
Ellen sonrió, y creo que Johnny la habría imitado si no lo
hubiese considerado indecoroso.
Pero Ma frunció el ceño.
1 En inglés «cero» se expresa a menudo como «nada» —nothing—, y
Sirius —Sirio —suena exactamente igual que serious —serio —; de ahí el juego de
palabras: Sirius 0 se convierte en Nothing Sirius, nada serio (Nota de Jota)
—William... —dijo, y habría puesto alguna objeción si en aquel
momento no hubiese ocurrido nada.
Una figura apareció en la cima de la colina más próxima. Ma era
la única que se encontraba de cara a ella y dejó escapar un grito, al mismo
tiempo que me asía por un brazo. Entonces todos nos volvimos y miramos.
Era la cabeza de algo que parecía un avestruz, sólo que debía de
ser más grande que un elefante. Llevaba un cuello blanco y una pajarita de
lunares azules, así como un sombrero. El sombrero era de color amarillo y tenía
una larga pluma morada. La criatura nos observó un minuto, guiñó burlonamente
un ojo, y escondió la cabeza.
Ninguno de nosotros dijo nada durante unos instantes y después
yo suspiré profundamente.
—Eso —dije —ha acabado de decidirme. Planeta, yo te bautizo con
el nombre de Sirio Cero.
Me agaché y golpeé el cuello de la botella de champaña sobre la
tierra, pero lo único que conseguí fue agrietar la tierra. Miré a mi alrededor
en busca de una piedra. No vi ninguna.
Extraje el sacacorchos que llevaba en el bolsillo y abrí la
botella. Todos bebimos excepto Johnny, que sólo tomó un sorbo simbólico porque
no bebe ni fuma. Yo, por mi parte, tomé un buen trago. Después tiré unas gotas
al suelo y volví a tapar la botella; tenía el presentimiento de que yo lo
necesitaría más que el planeta. En la nave teníamos mucho whisky y algo de
cerveza marciana, pero ninguna otra botella de champaña. Dije:
—Bueno, ¡en marcha!
Sorprendí la mirada de Johnny y le oí decir:
—¿Lo considera oportuno sabiendo que hay —uh —habitantes?
—¿Habitantes? —repuse—. Johnny, sea lo que sea esa criatura que
ha asomado la cabeza por la colina, no era un habitante. Y si vuelve a
asomarla, le daré un buen golpe con esta botella.
Pero de todos modos, antes de ponernos en camino, entré en la
Chitterling y cogí un par de pistolas lanzarrayos más. Me metí una en el
cinturón y di la otra a Ellen; ella tiene mejor puntería que yo. Ma no sería
capaz de dar en la fachada de un edificio de la administración, así que no le
di ninguna.
Nos pusimos en marcha y, por una especie de acuerdo tácito,
avanzamos en dirección opuesta al lugar por donde había aparecido la extraña
criatura. Todas las colinas parecían iguales, y en cuanto hubimos dejado atrás
la primera de ellas, perdimos la Chitterling de vista. Pero vi que Johnny
miraba continuamente una brújula de pulsera, y comprendí que sabría regresar.
Coronamos la cima de tres colinas sin que sucediera nada, y
entonces Ma dijo:
«Mirad», y todos miramos.
A unos veinte metros a nuestra izquierda se veía un arbusto de
color púrpura. Una especie de zumbido llegó a nuestros oídos. Nos acercamos un
poco y vimos que el zumbido procedía de una nube de criaturas que volaban
alrededor del arbusto. Parecían pájaros hasta que las mirabas por segunda vez y
veías que sus alas estaban inmóviles.
Pero, sin embargo, volaban en círculos a su alrededor. Traté de
distinguir su cabeza, pero en el lugar de la cabeza sólo había una mancha. Una
mancha circular.
—Tienen hélices —observó Ma —; como los aviones antiguos.
Yo también me había fijado.
Miré a Johnny, Johnny me miró, y los dos miramos hacia el
matorral. Pero los pájaros, o lo que fueran, se alejaron rápidamente en cuanto
clavamos la vista en ellos. Volaban a ras de tierra y habían desaparecido al
cabo de un minuto.
Reanudamos nuestra caminata, sin que ninguno dijera nada, y
Ellen me alcanzó y siguió andando a mi lado. Los demás no podían oírnos, así
que me dijo:
—Papá...
No continuó, de modo que le contesté:
—¿Qué hay, hija?
—Nada —contestó, arrepentida—. No tiene importancia.
Enseguida comprendí lo que había querido decirme, pero no se me
ocurrió nada que responder excepto maldecir la Politécnica de Marte, y eso no
habría servido de nada. La Politécnica de Marte es demasiado perfecta, igual
que su disciplina y sus graduados. Sin embargo, a los diez o doce años de haber
salido, algunos consiguen desentumecerse y humanizarse.
Pero Johnny no hacía tanto tiempo que había salido, sólo un año
o dos. La oportunidad de pilotar el Chitterling fue una verdadera suerte para
él, tratándose de su primer empleo.
Tras unos cuantos años con nosotros, podría aspirar a
convertirse en capitán de una nave mayor. Ascendería mucha más de prisa que si
hubiera tenido que empezar como oficial en una nave mayor.
El único problema consistía en que era demasiado guapo, y él no
lo sabía. No sabía nada que no le hubieran enseñado en la Politécnica, y todo
lo que le enseñaron fue matemáticas, navegación espacial, y como saludar
correctamente; pero no le habían enseñado a no hacerlo.
—Ellen —empecé a decir—, no...
—¿Sí, papá?
—Uh... nada. No tiene importancia. —Mi intención fue decir algo
muy distinto, pero de repente ella me sonrió, yo le sonreí, y fue como si
hubiéramos hablado de todo. Es cierto que no llegamos a ninguna parte, pero
tampoco habríamos llegado a ninguna parte si hubiéramos hablado, aunque no sé
si comprenderán lo que quiero decir.
En aquel momento llegamos a la cima de una pequeña elevación de
terreno, y nos detuvimos en seco porque, justo enfrente, se hallaba el final de
una calle asfaltada.
Una calle plastiasfaltada como las que hay en cualquier lugar de
la Tierra, con bordillos, aceras, alcantarillas y la línea de tráfico pintada
en el centro. La diferencia residía en que no llevaba a ninguna parte, es
decir, al lugar donde nosotros nos encontrábamos, y desde allí hasta la cima de
la próxima colina, pero no se divisaba ni una casa, ni un vehículo, ni una
criatura.
Miré a Ellen y ella me miró a mí, y después ambos miramos a Ma y
Johnny Lane, que acababan de darnos alcance.
—¿Qué es esto Johnny? —pregunté.
—Parece una calle, señor.
Vio la mirada que le dirigí y se sonrojó ligeramente. Se agachó
y examinó el asfaltado con más detenimiento, pero cuando se levantó parecía más
sorprendido que antes.
—Bueno, ¿qué es? ¿Azúcar quemado? —inquirí.
—Es Permaplast, señor. Al parecer, no somos los descubridores de
este planeta, porque este producto sólo se fabrica en la Tierra.
—Hum —murmuré—. ¿No crees que los nativos podrían haber
descubierto el mismo proceso? Es posible que tengan los mismos ingredientes.
—Sí, señor. Pero, si mira detenidamente los adoquines, verá que
llevan la marca registrada.
—¿No crees que los nativos podrían...? —Me callé, porque me di
cuenta de que iba a decir una tontería. Pero es muy duro pensar que has
descubierto un nuevo planeta y ver adoquines con la marca registrada de la
Tierra en la primera calle que encuentras—.
Pero, ¿qué hace una calle en este lugar? —quise saber.
—Sólo hay una forma de averiguarlo —respondió Ma con sensatez—.
Debemos seguirla. ¿Qué esperamos?
Así que seguimos adelante, con un piso mucho mejor, y al llegar
a la siguiente colina vimos un restaurante. Un edificio de ladrillo rojo y dos
pisos con un letrero que rezaba «Restaurante Bon-Ton», escrito en inglés
antiguo.
Dije: «Que me ahorquen si...», pero Ma me tapó la boca con una
de sus manos antes de que pudiera terminar, lo cual posiblemente fuera una
suerte, pues me disponía a decir algo muy poco conveniente. El edificio estaba
a unos cien metros de distancia, junto a una curva de la calle.
Eché a andar más de prisa y fui el primero en llegar. Abrí la
puerta e hice ademán de entrar. Sin embargo, me quedé clavado en el umbral,
dejando la puerta abierta. Era una fachada falsa, como un decorado
cinematográfico, y lo único que se veía a través de la puerta eran más colinas
verdosas.
Retrocedí unos pasos y observé el letrero del «Restaurante
Bon-Ton», mientras los demás me alcanzaban y miraban a través de la puerta.
Permanecimos allí hasta que Ma se impacientó y dijo:
—Bueno, ¿qué piensas hacer?
—¿Qué quieres que haga? —repliqué—. ¿Entrar y pedir una langosta
para cenar?
¿Con champaña...? Vaya, lo había olvidado.
Aún llevaba la botella de champaña en el bolsillo de la
chaqueta; la saqué y se la di primero a Ma y después a Ellen, terminándome casi
todo lo que quedó; debí de beber demasiado aprisa porque las burbujas me
hicieron cosquillas en la nariz y tuve que estornudar.
Sin embargo, me sentí dispuesto a afrontar lo que fuese, y me
acerqué nuevamente al umbral del edificio que no existía. Pensé que quizá viera
una indicación de la fecha en que fue levantado, o algo por el estilo. No vi
ninguna indicación. El interior o, mejor dicho, la parte posterior de la
fachada, era liso y suave como una superficie de cristal. Parecía sintética.
Inspeccioné la fachada posterior, pero lo único que vi fue una
serie de agujeros que parecían hechos por insectos. Y eso es lo que debían ser,
porque había una gran cucaracha negra sentada (o quizá de pie: ¿cómo vas a
saber si una cucaracha está sentada o de pie?) junto a uno de ellos. Me acerqué
un poco más y el bicho se introdujo de un salto en el agujero.
Cuando volví a reunirme con los demás, me sentía un poco mejor.
Dije:
—Ma, he visto una cucaracha. Y ¿sabes lo que más me ha llamado
la atención de ella?
—¿Qué? —preguntó.
—Nada —le dije—. Eso es lo raro, que no tenía nada raro. Aquí,
los avestruces llevan sombrero, los pájaros tienen hélices, las calles no
conducen a ningún sitio, y las casas sólo tienen fachada; pero esa cucaracha ni
siquiera tenía plumas.
—¿Estás seguro? —dijo Ellen.
—Claro que estoy seguro. Subamos a la próxima colina y veamos lo
que hay al otro lado.
Subimos, y vimos. Entre esa colina y la siguiente, el camino
describía otra curva, y ante nosotros se hallaba la fachada de una tienda con
un letrero que decía «Penny Arcade».
Esta vez ni siquiera aflojé el paso. Dije:
—Han copiado ese letrero de Sam Heideman. ¿Recuerdas a Sam y los
viejos tiempos, Ma?
—¡Ese borracho inútil! —repuso Ma.
—Pero, Ma, a ti también te gustaba.
—Sí, y tú también, pero eso no significa que tu o él no seáis...
—¡Que cosas tienes, Ma! —la interrumpí. Ya habíamos llegado
frente a la tienda.
Parecía realmente de lona, pues se balanceaba suavemente. Dije
—: Yo no tengo ánimos. ¿Quién quiere meter la cabeza primero?
Pero Ma ya lo había hecho. La oí decir:
—¡Vaya, hola, Sam, viejo borracho!
—Ma, no bromees porque... —empecé a decir.
Pero entonces ya había entrado en la tienda, porque era una
tienda, bastante grande por cierto. A mi alrededor se alineaban las conocidas
máquinas tragaperras. Y allí, contando monedas en la grita del cambio, estaba
Sam Heideman en persona, mirándome con una expresión tan asombrada como la mía.
—¡El viejo Wherry! —exclamó—. ¡Vaya con la sorpresa! —Lo malo es
que no dijo «vaya»... pero no se molestó en disculparse ante Ma y Ellen hasta
que él y yo nos hubimos golpeado enérgicamente la espalda, y le hube presentado
a Johnny Lane.
Era igual que en los viejos tiempos, cuando estábamos en las
ferias de Marte y Venus.
Empezó a contar a Ellen lo alta que ella era la última vez que
la vio y a preguntarle si realmente se acordaba de él.
En aquel momento Ma sorbió.
Cuando Ma sorbe de este modo, significa que algo le ha llamado
la atención, así que aparté los ojos del viejo Sam, miré a Ma, y después al
lugar hacia donde Ma estaba mirando. No sorbí, pero me quedé boquiabierto.
Una mujer venía hacia nosotros desde el fondo de la tienda, y
digo que era una mujer porque no se me ocurre la palabra apropiada para
describirla, si es que hay alguna. Era santa Cecilia, Ginebra y una favorita en
una sola persona. Era como una puesta de sol en Nuevo México y las frías lunas
plateadas de Marte vistas desde los Jardines Ecuatoriales.
Era como un valle de Venus en primavera, y como Dorzalski
tocando el violín. Era algo extraordinario.
Oí una exclamación junto a mí, que me resultó desconocida. Tardé
un segundo en comprender por qué; era la primera vez que a Johnny Lane se le
escapaba una exclamación en mi presencia. Tuve que hacer un esfuerzo pero
desvié la vista para mirar su rostro. Y pensé: «Oh..., oh. ¡Pobre Ellen!»
Porque el pobre muchacho estaba embelesado, eso era indudable.
Y, justo a tiempo —es posible que al ver a Johnny me ayudara—,
conseguí recordar que ya he pasado de los cincuenta y que soy feliz en mi
matrimonio. Me agarré al brazo de Ma y resolví no soltarlo.
—Sam —dije—, ¿qué diablos...? Bueno, quiero decir...
Sam se volvió y miró a su espalda. Dijo:
—Señorita Ambers, me gustaría presentarle a unos viejos amigos
míos que acaban de llegar. Señora Wherry, ésta es la señorita Ambers, la
estrella cinematográfica.
Después terminó las presentaciones; primero Ellen, después yo, y
después Johnny. Ma y Ellen se mostraron extremadamente corteses. Yo, por mi
parte, quizá exagerase al pretender no fijarme en la mano que la señorita
Ambers me tendía. Ya soy viejo, y tuve el presentimiento de que podría
olvidarme de soltársela si se la estrechaba. Ya pueden imaginarse la clase de
muchacha que era.
Johnny si que se olvidó de soltársela.
Sam me estaba diciendo:
—Oye, viejo pirata, ¿qué estás haciendo aquí? Pensaba que te
dedicabas a las colonias, y jamás hubiera creído encontrarte en un decorado
cinematográfico.
—¿Un decorado cinematográfico? —Las cosas empezaban a tener algo
de sentido.
—Desde luego; Cine Planetario, S.A. Yo soy el asesor técnico de
las escenas que tienen lugar en una feria. Querían unas imágenes de una sala de
juegos, así que desempolvé mis viejos trastos y los instalé aquí. En este
momento, todos los muchachos están en el campo de operaciones.
Empecé a comprender.
—¿Y la fachada del restaurante que hay más arriba? ¿También es
un decorado? — inquirí.
—Claro, y la calle también. No la necesitaban pero tuvieron que
filmar cómo la hacían para una secuencia.
—¡Ah! —Seguí preguntando —: ¿Y el avestruz de la pajarita, y los
pájaros con hélices?
Eso no puede ser un truco cinematográfico. ¿O sí lo es? —Había
oído decir que Cine Planetario hacía cosas que parecían imposibles.
Sam meneó la cabeza con expresión desorientada.
—Ni hablar. Debes de haberte tropezado con miembros de la fauna
local. Hay algunos, pero no muchos, y no nos molestan para nada.
Ma dijo:
—Escúchame bien, Sam Heideman, ¿cómo es que si este planeta ha
sido descubierto, no hemos oído hablar de él? ¿Desde cuando se conoce su
existencia, y de qué se trata todo esto?
Sam soltó una carcajada.
—Un hombre llamado Wilkins descubrió este planeta hace unos diez
años. Informó al Consejo pero, antes de que difundieran la noticia, Cine
Planetario se enteró y ofreció al Consejo un alquiler muy considerable por el
lugar con la condición de que se mantuviera en secreto. Como aquí no hay
minerales ni nada de valor y la tierra no vale un céntimo, el Consejo se lo
alquiló en esas condiciones.
—Pero ¿por qué tiene que ser un secreto?
—No hay visitantes, no hay distracciones, y han dado esquinazo a
sus competidores.
Todas las grandes compañías cinematográficas se espían unas a
otras e intentan birlarse las buenas ideas. Aquí tienen todo el espacio que
quieren y pueden trabajar en paz y sin que nadie les moleste.
—¿Qué harán cuando sepan que hemos descubierto su escondite?
—pregunté.
Sam soltó otra carcajada.
—Me imagino que, ahora que estáis aquí, os tratarán a cuerpo de
rey e intentarán convenceros de que no os vayáis de la lengua. Además, quizá
consigáis un pase gratuito para todos los cines de la cadena Planetario.
Se acercó a un armario y volvió con una bandeja llena de
botellas y vasos. Ma y Ellen rehusaron, pero Sam y yo nos servimos una copa de
un licor muy bueno. Johnny y la señorita Ambers hablaban seriamente en un
rincón de la tienda, así que no les molestamos, especialmente después de
haberle dicho a Sam que Johnny no bebía.
Johnny aún no le había soltado la mano y la miraba fijamente a
los ojos como un cachorro mareado. Observé que Ellen se volvía de espaldas para
no tener que verlos. lo sentí por ella, pero no podía hacer nada para
remediarlo. Esas cosas ocurren. Y si no hubiera sido por Ma...
Pero vi que Ma empezaba a ponerse nerviosa y dije que lo mejor
era regresar a la nave para vestirnos más elegantemente, ya que iban a
tratarnos a cuerpo de rey. Además, acercaríamos la nave. Estimé que podíamos
quedarnos unos cuantos días en Nada Sirio.
Sam se desternilló de risa cuando le expliqué que habíamos
bautizado el planeta con ese nombre, después de una ojeada a la fauna local.
Entonces aparté amablemente a Johnny de la estrella
cinematográfica y le conduje al exterior. Su cara tenía una expresión ausente y
dichosa, e incluso olvidó saludar cuando le hablé. Tampoco me llamó «señor». La
verdad es que no dijo absolutamente nada.
Los demás tampoco abrimos la boca, mientras subíamos por la
calle.
Había algo que me inquietaba y no podía concretar qué era. Había
algo que no encajaba, algo que no tenía sentido.
Ma también estaba preocupada. Finalmente la oí decir:
—Escucha, si de verdad quieren mantener el secreto acerca de
este lugar, ¿no crees que quizá... uh...?
—No, claro que no —repuse, con cierta brusquedad. Sin embargo,
no era eso lo que me inquietaba.
Bajé la mirada hasta aquella carretera tan nueva y perfecta, y
comprendí que en ella había algo que no me gustaba. Me acerqué al bordillo y
seguí andando junto a él, observé la tierra verdosa de los alrededores, pero no
vi nada más que agujeros y cucarachas como los que ya había visto en el
restaurante Bon-Ton.
No obstante, quizá no fueran cucarachas, a menos que la compañía
cinematográfica las hubiera traído. Pero se parecían demasiado a las cucarachas
a efectos prácticos, si es que una cucaracha tiene algún efecto práctico. No
tenían pajarita, ni hélices, ni plumas.
Eran cucarachas normales y corrientes.
Salí de la faja pavimentada e intenté pisar una o dos, pero se
escaparon y desaparecieron en el interior de los agujeros. Eran muy rápidas.
Volví a la carretera y seguí andando junto a Ma. Cuando me
preguntó: «¿Qué hacías?», yo le contesté: «Nada».
Ellen se había situado al otro lado de Ma y mantenía un
semblante deliberadamente inexpresivo. Deduje que estaba pensando y deseé poder
ayudarlas. Lo único que se me ocurría era quedarnos un tiempo en la Tierra
después de aquel viaje, para darle la oportunidad de olvidar a Johnny
conociendo a otros muchachos de su edad. Quizá encontrase alguno que le
gustara.
Johnny parecía aturdido. Estaba en el séptimo cielo, y había
caído de repente, como suelen hacer los muchachos como él. Quizá no fuese amor,
sino únicamente apasionamiento, pero en ese instante no sabía en que planeta
estaba.
En aquel momento coronamos la primera colina, y perdimos de
vista la tienda de Sam.
—Papá, ¿has visto alguna cámara cinematográfica por los
alrededores? —preguntó súbitamente Ma.
—No, pero esas máquinas cuestan millones. No las dejan por ahí
cuando no se utilizan.
Enfrente de nosotros se alzaba la fachada del restaurante. Tenía
un curioso aspecto desde donde nos encontrábamos, ya que lo veíamos de lado.
Aparte de esto, no se veía nada más que la carretera y las verdosas colinas.
En el pavimento no había ninguna cucaracha, y me di cuenta de
que no habíamos visto ninguna sobre el asfalto. Al parecer nunca subían a la
carretera ni la cruzaban. ¿Por qué razón iba una cucaracha a cruzarla? ¿Para
pasar al otro lado?
Seguía estando inquieto por algo, algo que tenía menos sentido
que cualquier otra cosa.
Esta sensación fue aumentando a medida que avanzábamos. Deseé
poder tomar otra copa. El sol Sirio descendía hacia la línea del horizonte,
pero aún hacía mucho calor.
Incluso llegué a desear un vaso de agua.
Ma también parecía cansada.
—Parémonos a descansar —dije—, ya estamos a mitad del camino.
Nos detuvimos. Fue justo delante del Bon-Ton y yo alcé la vista
hasta el letrero, sonriendo.
—Johnny, ¿quieres entrar y pedir la cena?
El saludó y contestó: «Sí, señor», y se dirigió hacia la puerta.
De repente enrojeció y se detuvo en seco. Yo me reí discretamente y no hice
ningún comentario que empeorase su turbación.
Ma y Ellen se sentaron en el bordillo.
Volví a trasponer la puerta del restaurante y comprobé que nada
había cambiado. Liso como el cristal en el otro lado. La misma cucaracha
—supongo que era la misma —seguía sentada o de pie junto al mismo agujero.
Le dije: «Hola», pero no me contestó, así que traté de pisarla,
pero volvió a ser más rápida que yo. Observé algo muy curioso. Había echado a
correr hacia el agujero en el mismo instante que decidí pisarla, incluso antes
de que pudiera mover un músculo.
Regresé a la fachada, y me apoyé en la pared. Se estaba bien y
cómodo. Saqué un cigarro del bolsillo y me dispuse a encenderlo, pero dejé caer
la cerilla. Ya casi sabía lo que no encajaba.
Algo concerniente a Sam Heideman.
—Ma —dije—, ¿acaso San Heideman no está... muerto?
Y entonces, de repente, dejé de estar apoyado en una pared,
porque la pared dejó de estar allí y empecé a caerme hacia atrás.
Oí que Ma y Ellen gritaban.
Me levanté de la tierra verdosa. Ma y Ellen también se estaban
levantando, porque el bordillo donde se habían aposentado también había
desaparecido. Johnny se tambaleaba ligeramente después de que la carretera se
evaporase bajo las suelas de sus zapatos y descendiera unos centímetros.
No se veía ningún letrero, ningún restaurante, y ninguna calle;
sólo las colinas verdes.
Y... sí, las cucarachas seguían estando allí.
La caída me había trastornado, y estaba loco. Busqué algo para
descargar mi locura.
Sólo había cucarachas. Ellas no habían desaparecido sin dejar
rastro como todo lo demás. Hice una nueva tentativa con la más próxima, y volví
a fallar. Esta vez estaba seguro de que se había movido antes que yo.
Ellen miró hacia el lugar donde debía estar la calle, y el lugar
donde debía estar el restaurante. mirando después en dirección a donde habíamos
venido como preguntándome si la tienda Penny Arcade continuaría allí.
—No está —dije.
—No está, ¿qué? —preguntó Ma.
—No está allí —expliqué.
Ma me miró con impaciencia.
—¿Qué es lo que no está allí?
—La tienda —dije un poco irritado—. La compañía cinematográfica.
Todo el asunto. Y especialmente Sam Heideman. Fue cuando recordé lo de San
Heideman... hace cinco años, en Ciudad Luna, oímos que había muerto... Así que
él no estaba allí. Nada de ello estaba allí. Y en cuanto me di cuenta, ellos lo
hicieron desaparecer todo.
—¿Ellos? ¿A quién te refieres al decir «ellos», papá Wherry?
¿Quiénes son «ellos»?
—¿De verdad quieres saberlo? —pregunté, pero la mirada de Ma me
hizo parpadear.
—Este no es sitio para hablar —proseguí—. Lo primero que debemos
hacer es regresar a la nave lo más de prisa que podamos. ¿Podrás guiarme hasta
allí, Johnny, ahora que no hay carretera?
El asintió, olvidándose de saludar o llamarme «señor».
Reanudamos la marcha, sin que ninguno hablara. Yo no dudaba de que Johnny nos
pudiera guiar hasta la nave; estuvo muy bien hasta llegar a la tienda; siguió
nuestro rumbo con la brújula de pulsera.
Una vez llegamos al punto donde terminaba la desaparecida
carretera, todo fue más fácil, pues veíamos nuestras propias huellas en la
tierra, y sólo teníamos que seguirlas.
Pasamos la elevación donde habíamos visto el matorral púrpura
con los pájaros de hélices, pero los pájaros ya no estaban, y el matorral
tampoco.
Sin embargo, el Chitterling seguía allí, gracias a Dios. Lo
vimos desde la última colina y estaba exactamente igual que lo habíamos dejado.
Parecía un verdadero hogar, y apretamos instintivamente el paso.
Abrí la puerta y me aparté para dejar entrar a Ma y Ellen. Ma ya
tenía un pie dentro cuando oímos la voz. Dijo:
—Queremos despedirles.
—Nosotros también queremos despedirles —respondí—. Váyanse al
demonio.
Hice una seña a Ma para que entrara en la nave. Cuanto antes nos
marcháramos, mejor para todos.
Pero la voz dijo:
—Esperen —En su entonación había algo que nos hizo obedecer—.
Queremos explicárselo para que no regresen.
Nada estaba más lejos de mi mente que regresar, pero repliqué:
—¿Por qué no?
—Su civilización no es compatible con la nuestra. Hemos
estudiado su mente para estar seguros. Proyectamos imágenes a partir de las
imágenes que encontramos en sus mentes, para estudiar sus reacciones ante
ellas. Nuestras primeras imágenes, nuestras primeras proyecciones de ideas,
fueron confusas. Pero hemos comprendido su mente cuando han alcanzado el punto
más alejado de su caminata. Hemos conseguido proyectar seres iguales a ustedes.
—Sam Heideman, sí —comenté—. Pero, ¿qué me dicen de la... la
mujer? Ella no podía estar en el recuerdo de ninguno de nosotros porque no la
conocíamos.
—Era un compuesto..., lo que ustedes llamarían una idealización.
Sin embargo, eso no tiene importancia. Después de estudiarles, hemos visto que
su civilización se preocupa por las cosas, mientras que la nuestra se interesa
por las ideas. No tenemos nada que ofrecernos. Un intercambio entre ambas razas
no haría ningún bien y sí mucho mal.
Nuestro planeta no tiene recursos materiales que puedan
interesar a su raza.
Tuve que mostrarme de acuerdo en ese sentido, mientras
contemplaba la monótona extensión de colinas verdosas que sólo parecían
albergar unos cuantos matorrales, aunque no demasiados. No tenían aspecto de
albergar otra cosa. En cuanto a minerales, no había visto ni un guijarro.
—Tiene razón —contesté—. Cualquier planeta que no tenga más que
plantas rodadoras y cucarachas puede arreglárselas como pueda, por lo que a
nosotros respecta.
Así que... —Entonces se me ocurrió una cosa—. Oiga, espere un
momento. Tiene que haber algo más, porque sino, ¿con quién estoy hablando?
—Está hablando —repuso la voz —con lo que usted llama
cucarachas, lo cual supone otro punto de incompatibilidad entre nosotros. Para
ser más preciso, usted habla a una voz proyectada por el pensamiento, pero
nosotros la proyectamos. Y déjeme asegurarle una cosa: que usted nos resulta
más repugnante físicamente que nosotros a usted.
Entonces bajé la vista y la vi, a tres de ellas, dispuestas a
entrar en un agujero si yo hacía un movimiento.
Una vez dentro de la nave, dije:
—Johnny, despeguemos. Destino, la Tierra.
Saludó y dijo: «Sí, señor», entró en la cabina del piloto y
cerró la puerta. No salió hasta conectar el piloto automático, con Sirio a
nuestra espalda.
Ellen se había ido a su camarote. Ma y yo jugábamos a las
cartas.
—¿Puedo tomarme un descanso, señor? —preguntó Johnny,
dirigiéndose rígidamente hacia su camarote cuando le dije que sí.
Al cabo de un rato, Ma y yo nos acostamos. A los pocos minutos
oímos ruidos. M levanté para investigar, e investigué.
Volví sonriendo.
—¡Todo está arreglado, Ma! —dije—. Es Johnny Lane y está
borracho como una cuba.
—Le di una palmada en el trasero.
—¡Ayyy! —se quejó—. Ya he tenido bastante cayéndome del
bordillo. ¿Quieres decirme que tiene de maravilloso que Johnny esté borracho?
Tú no lo estás ¿verdad?
—No —admití, posiblemente con algo de tristeza—. Pero, Ma, me ha
dicho que me fuera al diablo, y sin saludar, a mí, el propietario de la nave.
Ma se limitó a mirarme. A veces la mujeres son muy listas, pero
otras veces son bastante tontas.
—Escucha, te aseguro que no se dará a la bebida —le dije —Esta
es una ocasión especial. ¿No comprendes lo que le ha sucedido a su orgullo y
dignidad?
—Te refieres a que...
—A que se ha enamorado de la proyección de pensamiento de una
cucaracha — expliqué—. O, por lo menos, eso es lo que él ha creído. Tenía que
emborracharse una vez para olvidarlo y, a partir a hora, cuando ya esté sobrio,
se comportará como un ser humano. Te apuesto lo que quieras. Y también te
apuesto lo que quieras a que entonces verá a Ellen y se dar cuenta de lo guapa
que es. Apuesto a que habrá perdido la cabeza por ella antes de que lleguemos a
la Tierra. Voy buscar una botella y brindaremos por ello.
¡Por Nada Sirio!
Y, por una vez, tuve razón. Johnny y Ellen se prometieron antes
de que llegáramos a distancia suficiente de la Tierra como para decelerar.
EL NUEVO
—Papá, ¿los seres humanos son reales?
—Maldita sea, hijo, ¿no te enseñan esas cosas en la clase de
Ashtaroth? Si no lo hacen, ¿para qué les pago diez B.T.U. al semestre?
—Ashtaroth habla de eso, papá. Pero no comprendo bien lo que
dice.
—Ashtaroth es un poco... Bueno, ¿qué dice?
—Dice que ellos lo son y que nosotros no; que nosotros existimos
sólo porque ellos creen en nosotros, que somos qui... qui... algo.
—¿Quimeras?
—Eso es, papá. Dice que nosotros somos quimeras.
—Bueno, ¿cuál es la dificultad? ¿no responde eso a tu pregunta?
—Pero, papá, si no somos reales, ¿por qué estamos aquí? Quiero
decir, ¿cómo es posible que...?
—De acuerdo, niño, supongo que más vale que me ocupe de
explicártelo. Pero, en primer lugar, no te preocupes por estas cosas. Son
académicas.
—¿Qué quiere decir «académicas»?
—Algo que realmente no importa. Algo que tienes que aprender
para no ser ignorante como una dríada tonta. Las lecciones reales, las que
debes estudiar en serio, son las que recibes en las clases de Lebalome y de
Marduk.
—¿Te refieres a la magia roja, la posesión y...?
—Sí, ese tipo de cosas. Sobre todo a la magia roja: ése es tu
campo en tanto perteneces al elemento fuego, ¿comprendes? Pero volvamos a este
asunto de la realidad.
Existen dos tipos de... eh... bueno, de componentes: mente y
materia. ¿Te aclaras?
—Sí, papá.
—Bueno, la mente es superior la materia, ¿no? Un plano superior
de la existencia.
Ahora bien, las cosas como rocas y... eh... como rocas, son
materia pura; ése es el tipo más bajo de existencia. Los seres humanos son una
especie de confluencia entre mente y materia. Poseen los dos componentes. Sus
cuerpos son materia, al igual que las rocas, pero tienen mentes que los
dirigen. Ello hace que se encuentren a mitad de camino en la escala,
¿comprendes?
—Supongo que sí, papá, pero...
—No me interrumpas. La tercera y más elevada forma de existencia
es... bueno..., nosotros. Los correspondientes a los elementos, los dioses y
los mitos de todo tipo... los duendes, las sirenas, las hadas, los loups-garou
y... bueno, todos y todo lo que ves por aquí. Nosotros somos superiores.
—Pero si no somos reales, ¿cómo...?
—Shhh. Somos superiores porque somos pensamiento puro.
¿Comprendes? Somos pura cepa mental, niño. Del mismo modo que los humanos
evolucionaron a partir de la materia no pensante, nosotros lo hicimos a partir
de ella. Nos concibieron, ¿has comprendido?
—Supongo que sí, papá. ¿Pero qué ocurrirá si dejan de creer en
nosotros.
—Nunca lo harán... totalmente. Siempre habrá algunos que crean y
eso es suficiente.
Desde luego, cuantos más crean en nosotros, más fuertes somos
individualmente. Piensa ahora en algunos de los mozos más viejos, como Amón-Ra
y Bel-Marduk... Últimamente parecen algo débiles e insignificantes porque no
cuentan con verdaderos seguidores.
Solían ser importantes aquí, niño. Recuerdo que Bel-Marduk era
capaz de superar a cualquiera en Harpies. Míralo hoy: camina, con un bastón. Y
Thor... chico, tendrías que haberle oído en un jaleo hace unos pocos siglos.
—Pero, papá, ¿qué ocurrirá si nadie de allí arriba cree en
ellos? ¿Se mueren?
—Teóricamente, sí. Pero hay algo que nos salva. Existen algunos
humanos que creen en todo, o, mejor dicho, no dejan de creer realmente en nada.
Ese grupo es una especie de núcleo que mantiene unidas las cosas. Por muy
desacreditada que esté una creencia, ellos persisten dudando un poco.
—Pero, papá, ¿qué ocurrirá si conciben un nuevo ser mitológico?
¿Tendría existencia aquí abajo?
—Por supuesto, niño. Así es como todos hemos venido aquí en un
momento u otro.
Por ejemplo, piensa en los espíritus chocantes. Son unos recién
llegados. Y el ectoplasma que ves flotar y meterse en todas partes también es
nuevo. Y... bueno, como ese muchachón de Paul Bunyan, sólo lleva aquí alrededor
de un siglo y no es mucho mayor que tú. Y hay muchos más. Desde luego, tienen
que ser invocados antes de aparecer, pero tarde o temprano eso siempre ocurre.
—Caray, gracias, papá. A ti te entiendo mucho más que a
Ashtaroth. Él usa palabras imponentes como «transmogrificación»,
«superactualización» y no sé cuántas más.
—De acuerdo, niño, ahora vete a jugar. Y no traigas al volver a
ninguno de esos malditos niños de elemento agua. El lugar se llena tanto de
vapor que me resulta imposible ver. Además, está al caer un personaje muy
importante.
—¿Quién, papá?
—Darveth, el principal demonio del fuego. El jefazo. Por eso
quiero que te vayas.
—Caray, papá, ¿no puedo...?
—No. Quiere hablarme de algo importante. Tiene completamente
dominado a un ser humano y se trata de un asunto delicado.
—¿Qué significa que tiene a un ser humano totalmente dominado?
¿Qué quiere hacer con él?
—Obviamente, que encienda fuego allí arriba. Lo que Darveth
piensa hacer con este muchacho será bueno. Dice que será mejor que lo que hizo
con Nerón o con la vaca de la señora O’Leary. Esta vez se trata de algo grande.
—Jolín, ¿no puedo mirar?
—Quizá más tarde. Aún no hay nada que mirar. Ese muchacho sólo
es un bebé. Pero Darveth es previsor. Opina que hay que tomarlos jóvenes.
Pasarán años antes de que funcione pero será algo caliente cuando ocurra.
—¿Entonces podré mirar?
—Claro, niño. Pero ahora vete a jugar. Y no te acerques a esos
gigantes helados.
—Sí, papá.
Tardó veintidós años en poseerlo. Durante ese tiempo él lo
rechazó y después... paf.
Bueno, había estado allí en todo momento, desde que Wally Smith
era un bebé; desde que... bueno, estaba allí desde ante de que tuviera memoria.
Desde que se las había ingeniado para erguirse en sus piernecitas gruesas y
combadas cuando era un bebé, aferrado a dos de los barrotes del parque, y visto
que su padre cogía un trozo de madera, lo frotaba contra la suela del zapato y
luego lo acercaba a la pipa.
Las nubes de humo que surgían de esa pipa eran divertidas.
Estaban y no estaban allí, como fantasmas grises. Pero fue interesante de un
modo fugaz.
Lo que atrajo sus ojos, sus ojos redondos, grandes y azorados,
fue la llama.
La cosa que danzaba en el extremo del palo. La cosa resplandecía
allí, cambiando siempre de forma. Un asombro amarillo-rojo-azul, belleza
mágica.
Una de sus manos regordetas se aferró al barrote del parque y la
otra se estiró hacia la llama. Suya; la quería. Suya.
Y su padre, que la mantuvo fuera de su alcance, le sonrió con
orgullosa y ciega paternidad. Jamás lo imaginó.
—Bonita, ¿no, hijito? Pero no debes tocarla. El fuego quema.
—Sí, Wally, el fuego quema.
Wally Smith sabía mucho acerca del fuego cuando empezó a ir a la
escuela. Sabía que el fuego quema. Lo sabía por experiencia, y había sido una
experiencia dolorosa pero no amarga. La cicatriz del antebrazo se lo recordaba.
La cicatriz blanca y manchada que siempre estaría en su brazo cuando se
arremangara.
También lo había marcado en otro sentido. Sus ojos.
Eso también se había producido pronto. El sol, el glorioso sol,
el sol asesino. También lo había mirado cuando su madre trasladó el parque al
patio. Lo observó con jadeante fascinación hasta que le dolieron los ojos,
volvió a mirarlo en cuanto pudo y estiró sus bracitos hacia él. Sabía que era
fuego, llama, de algún modo semejante a las cosas que bailaban en el extremo de
los palitos que acercaba su padre a la pipa.
Fuego. Él lo adoraba.
Y por eso, desde muy pequeño, usó gafas. Toda su vida sería
miope y tendría que usar gafas gruesas.
La junta de reclutamiento echó un vistazo al espesor de sus
lentes y ni siquiera le envió a que le hicieran un examen físico. Debido al
espesor de los lentes, le eximieron del servicio militar y le dijeron que
volviera a su casa.
Eso fue duro, pues él quería incorporarse a filas. Había visto
un noticiero filmado en el que aparecían los nuevos lanzallamas. Si lograra
conseguir una de esas cosas y hacerla funcionar...
Pero ese deseo era subconsciente; ni siquiera sabía que formaba
buena parte del motivo por el cual había querido vestir uniforme. Eso sucedió
en otoño del cuarenta y uno y todavía no estábamos en guerra. Posteriormente,
después de diciembre, aún formaba parte del motivo por el cual quería
incorporarse pero no era el motivo principal. Wally Smith era un buen
norteamericano, lo cual era aún más importante que ser un buen pirómano.
De todos modos, había superado la piromanía. O creía haberla
superado. Si estaba allí, se encontraba enterrada en lo profundo, donde la
mayor parte del tiempo podía evitar pensar en ella, y en un canal de su mente
se alzaba un cartel «Hasta aquí, no más lejos».
Ese anhelo del lanzallamas le preocupaba un poco. Luego
sobrevino el bombardeo de Pearl Harbor y Wally Smith las pasó canutas consigo
mismo para averiguar si era sólo patriotismo lo que le hacía sentir deseos de
matar japoneses, o si intervenía su deseo de manejar un lanzallamas.
Mientras reflexionaba, la situación se puso candente en
Filipinas; los japoneses bajaron a Singapur, en Malasia, donde había submarinos
alemanes en la costa y empezó a parecer que su país le necesitaba. Anidó en
Wally una fiebre combativa que le dijo que no tenía importancia si era o no
pirómano, que lo que le impulsaba a la acción era el patriotismo... y que más
adelante se preocuparía por la psiquiatría.
Probó en tres puestos de reclutamiento y los tres le rechazaron.
Después la fábrica donde trabajaba cambió de... un momento, nos estamos
adelantando a los acontecimientos.
Cuando el pequeño Wally Smith tenía siete años, le llevaron a la
consulta de un psiquiatra.
—Sí —dijo el psiquiatra—, piromanía. O, en todo caso, una fuerte
tendencia a la piromanía.
—Y... ¿a qué se debe, doctor?
Habéis visto a ese psiquiatra infinidad de veces. En anuncios de
levadura. Identificado, es probable que correctamente, con un famoso
especialista vienés. ¿Recordáis cuando existía aquella larga serie de famosos
especialistas vieneses que abogaban por la ingestión de levadura para cualquier
mal, desde la vileza moral hasta los uñeros de los pies? Aquello ocurría,
naturalmente, antes de que la apisonadora nazi atravesara Austria y empezara a
manar la sangre como wein. Bien, si lográis reproducir mentalmente la imagen de
la dinastía vienesa de la levadura, sabréis lo impresionante que era aquel
psiquiatra.
—Y... ¿a qué se debe, doctor?
—Inestabilidad emocional, señor Smith. Quiero que comprenda que
la piromanía no es locura. No en tanto permanezca... bueno... bajo control. Se
trata de una neurosis compulsiva originada en la inestabilidad emocional. En
cuanto a por qué la neurosis escogió ese canal específico de expresión, en
algún momento de su infancia debió de producirse un trauma psíquico que...
—¿Un qué, doctor?
—Un trauma. Una herida psíquica, en la mente. En el caso de la
piromanía, posiblemente el sufrimiento provocado por una grave quemadura.
Conocerá el antiguo dicho, señor Smith: «Niño quemado detesta el fuego».
El psiquiatra sonrió condescendientemente y agitó su varita
mágica... mejor dicho sus quevedos, que colgaban de una cinta de seda negra, en
un gesto de exorcismo.
—La verdad es lo contrario, naturalmente. El niño quemado adora
el fuego. ¿Se quemó alguna vez Wally, señor Smith?
—Si, doctor. Cuando tenía cuatro años cogió unas cerillas y...
tiene la cicatriz perfectamente visible en el brazo, doctor. ¿No se dio cuenta?
Y es evidente que un niño quemado adora el fuego: de lo contrario no se habría
quemado.
El psiquiatra no le hizo preguntas sobre los síntomas anteriores
a aquella quemadura... claro que los habría desechado en el caso de que el
señor Smith se hubiera acordado de comunicárselos. Le habría asegurado que
semejante atracción por las llamas era normal y que no había alcanzado
proporciones anormales hasta después del episodio de la quemadura. En cuanto un
psiquiatra ingresa en la pista del trauma, es capaz de explicar tan
insignificantes discrepancias casi sin intentarlo.
Por ende, una vez que encontró la causa, el psiquiatra le curó.
Punto.
—¿Ahora, Darveth?
—No, esperaré.
—Pero sería divertido ver esa escuela en llamas. El fuego
prendería fácilmente y las escaleras de incendios no tienen capacidad
suficiente.
—Sí, sí... Pero esperaré.
—¿Quieres decir que intentará dar el golpe a algo más grande
cuando pase el tiempo?
—Ésa es la idea.
—¿Pero estás seguro de que no se te escapará de las manos?
—Él no.
—Es hora de que te levantes, Wally.
—Está bien, mamá. —Se sentó en la cama, con el pelo revuelto, y
se puso las gafas para poder verla—. Mamá, anoche tuve otra vez uno de esos
sueños. La cosa estaba toda encendida y otra igual pero diferente y no tan
grande le hablaba. Conversaban sobre la escuela y...
—Wally, el doctor te dijo que no debes hablar de esos sueños,
excepto cuando él te lo pregunte. Si los mencionas se grabarán en tu mente y
los recordarás y pensarás en ellos y eso te hará volver a soñarlos.
¿Comprendes, Wally?
—Comprendo, pero ¿por qué no puedo contarte...?
—Porque el doctor dijo que no debes hacerlo, Wally. Ahora
cuéntame lo que hiciste ayer en la escuela. ¿Te han puesto otra vez un cien en
aritmética?
Naturalmente, el psiquiatra mostraba un profundo interés por
esos sueños: eran su capital. Pero los encontraba confusos, carentes de
sentido. No podemos culparlo: ¿habéis oído alguna vez a un niño de siete años
tratando de contar el argumento de una película que ha visto?
La forma en que Wally recordaba sus sueños y los contaba era un
embrollo:
—...y después esa enorme cosa amarilla, una especie de... bueno,
creo que entonces no es mucho lo que hizo. Y después la grande, la que era más
alta que la otra y más roja, decía no sé qué de que cuando lo pescara no se le
escaparía de las manos y...
Sentado en el borde del sillón, Wally miraba al psiquiatra a
través de los gruesos cristales de sus gafas, con las mano fuertemente
entrelazadas y los ojos desorbitados.
Hablaba en un galimatías.
—Esta noche, cuando te duermas, pequeño, trata de pensar en algo
agradable. Algo que te guste mucho, como...
—¿Como una fogata, doctor?
—¡No! Me refiero a algo así como jugar al béisbol o ir a
patinar.
Le vigilaban atentamente. En especial lo mantenían alejado de
las cerillas y del fuego.
Sus padres cambiaron el hornillo de gas por uno eléctrico,
aunque en realidad no podían permitirse ese lujo. Pero en virtud del peligro
que significaban las cerillas, el padre de
Wally dejó de fumar y lo que ahorró en tabaco sirvió para pagar
el hornillo.
Sí, Wally estaba perfectamente curado. El psiquiatra se llevó el
mérito... y también el dinero. Por lo menos desaparecieron los síntomas
exteriores más peligrosos. El fuego seguía fascinándole, pero ¿a qué niño no le
gusta perseguir coches de bomberos?
Creció y se convirtió en un joven bastante fornido. Alto, aunque
un poco desgarbado.
Aproximadamente la estructura ideal de un jugador de baloncesto,
pero no veía lo suficiente para poder jugar.
No fumaba y —después de una o dos experiencias —decidió que
tampoco bebería. La bebida tendía a debilitar en él esa barrera que cruzaba el
pasaje bloqueado de su mente, y decía: «Hasta aquí, no más lejos». Aquella
noche casi había prendido fuego a la fábrica en la que trabajaba como agente de
embarque. Casi, pero no lo hizo.
—¿Ahora, Darveth?
—Todavía no.
—¿Por qué esperar más? Se trata de un enorme y destartalado
edificio de madera, donde producen artículos de celuloide. El celuloide... ¿has
visto alguna vez cómo se quema el celuloide, Darveth?
—Sí, es un espectáculo hermoso, pero...
—¿Crees que se presentará una posibilidad mejor?
—¿Si lo creo? Sé que existe.
A la mañana siguiente, Wally Smith despertó con una horrible
resaca y descubrió que tenía una caja de cerillas en el bolsillo. No estaban
allí cuando había empezado a beber la noche anterior y no recordaba cuándo ni
dónde la había recogido.
Pero se horrorizó al pensar que la había recogido. Y se
estremeció al tratar de recordar en qué estaría pensando cuando se había metido
esa caja de cerillas en el bolsillo. Sabía que había estado en el confuso borde
de algo y tenía una aterradora idea de lo que había sido ese algo.
En cualquier caso, hizo una promesa. Decidió que jamás, bajo
ninguna circunstancia, volvería a beber. Consideró que podía confiar en sí
mismo siempre que no bebiera.
Mientras podía controlar su mente consciente, no era un
pirómano. El psiquiatra le había curado cuando era niño, ¿verdad?. ¡Claro que
sí!
Pero lo mismo sus ojos adquirieron una mirada obsesiva.
Afortunadamente no se notaba mucho a través de sus gafas. Dot lo percibió
vagamente. Dot Wendler era la chica que salía con él.
Aunque Dot lo ignoraba, aquella noche significó otra tragedia en
la vida de Wally, ya que éste había estado a punto de proponerle el matrimonio,
pero ahora...
¿Era justo, se preguntaba Wally, pedirle a una chica como Dot
que se casara con él cuando ya no estaba seguro de sí mismo? Estuvo en un tris
de decidir abandonarla para no torturarse volviéndola a ver. Pero eso era
demasiado: acordó consigo mismo que seguiría saliendo con ella pero no
plantearía esta cuestión. Algo así como un hombre que no se atreve a comer pero
contempla los escaparates de las golosinas siempre que puede.
Era el 7 de diciembre de 1941 y la mañana del día 9 había
intentado alistarse en tres puestos de reclutamiento y había sido rechazado en
los tres.
Dot trató de consolarle... aunque en lo más íntimo estaba
contenta.
—Pero Wally, estoy segura de que la fábrica donde trabajas se
dedicará a colaborar en la defensa. Todas se están volcando a lo mismo. Y tú
serás igualmente útil. El país necesita armas y... y municiones y cosas de ésas
igual que soldados. Y... —y tendría la oportunidad de tomarse las cosas en
serio y casarse con ella, quisiera haber dicho pero no lo dijo, naturalmente.
A principios de enero quedaron confirmadas las palabras de Dot.
Wally quedó sin trabajo durante un período provisional, mientras la fábrica
modificaba sus instalaciones.
Fueron dos semanas; la primera de ellas unas dichosas
vacaciones, porque Dot también se tomó la semana libre en su trabajo y salieron
juntos todos los días. Dot pidió la semana libre sin goce de sueldo, sólo para
estar con él, pero no se lo dijo.
Al cabo de dos semanas, llamaron a Wally de la fábrica. Habían
hecho los cambios rápidamente, ya que una fábrica que trabaja con productos
químicos no necesita tantas modificaciones como una que opera con metales.
Pasarían a trabajar con nitrato de tolueno. Después que el
tolueno era tratado lo llamaban trinitrotolueno, si tenían tiempo. Cuando el
tiempo no les alcanzaba para pronunciar tantas sílabas, lo describían como TNT.
—¿Ahora, Darveth?
—¡Ahora!
Un mediodía, Wally Smith ignoraba lo que le ocurría, pero sabía
que no se sentía del todo bien mentalmente. Algo le estaba ocurriendo y
empeoraba minuto a minuto.
Salió al andén de carga que daba al ramal corto para almorzar.
En la vía férrea había una docena de vagones y durante la hora del almuerzo
unos diez hombres se dedicaron a descargar uno de ellos. Un material
aparentemente pesado, metido en sacos.
—¿Qué es eso? —le preguntó Wally a uno de los obreros.
—Cemento. Para lograr la incombustión.
—Ah —dijo Wally—. ¿Cuándo empiezan con eso?
El hombre dejó su saco y se pasó el dorso de la mano sucia por
la frente.
—Mañana. ¿Quieres saber cómo lo harán? —sonrió—. Echan abajo una
pared por vez y levantan otra de cemento, mientras todo sigue funcionando a
plena potencia.
—¡Caray! —exclamó Wally—. ¿Todos esos vagones están llenos de
cemento?
—No, sólo éste. Los demás son sustancias químicas y otros
materiales. Te aseguro que me sentiré mucho mejor cuando todo esto esté en
condiciones. Ahora... si algo fallara esta semana, esto sería peor que la noche
negra de la guerra anterior. El contenido de los vagones, solo, extendería el
fuego hasta las plantas de manipulación de hidrocarburos que están al otro lado
de las vías. ¿Y sabes lo que hay más allá?
—Lo sé —replicó Wally—. Claro que tienen montones de guardias y
todo lo demás pero...
—Pero —repitió el otro—. Necesitamos municiones de prisa, de
acuerdo, pero por aquí los materiales están demasiado concentrados. De todas
formas, éste no es lugar adecuado para trabajar con trinitro. Está demasiado
cerca de otros materiales. Si esta planta estallara a pesar de todas las
precauciones que toman, desencadenaría una serie de... —Observó a Wally Smith
con los ojos entrecerrados—. Oye, estamos hablando. No repitas fuera de la
fábrica nada de lo que hemos dicho.
Wally asintió muy seriamente. El operario que conversaba con él
empezó a levantar nuevamente su saco pero pareció cambiar de idea y prosiguió:
—Si, están tomando precauciones, pero si aquí se colara el
maldito espía, prácticamente podría hacernos perder la guerra. Si tuviera
suerte. Quiero decir si el fuego se expandiera cerca hay suficiente material
para... para desnivelar el Pacífico, muchacho.
—Supongo que en ese caso moriría mucha gente —sugirió Wally.
—Montones de gente. Probablemente un millar, ¿pero qué importa?
En el frente ruso muere la misma cantidad todos los días. Más aún. Pero,
Wally... ¡Diablos, hablo demasiado!
Cargó el saco de cemento sobre sus hombros y entro en el
edificio.
Wally terminó de comer en actitud meditativa, dobló la bolsa de
papel que contenía su almuerzo y la dejó en el cubo de basura de metal a prueba
de fuego. Miró la hora en su reloj de pulsera y vio que le sobraban diez
minutos. Volvió a sentarse en el borde de la plataforma.
Sabía lo que debía hacer. Marcharse. Aunque existiera una
posibilidad entre un millón de que... Pero no existía una posibilidad, ni
siquiera en un millón. Maldición —dijo para sus adentros—, me habían curado.
Estaba perfectamente sano y le necesitaban aquí; aunque modesto, su trabajo era
importante.
Pero oye.., sólo por las dudas... ¿si consultaras al psiquiatra
que te atendió cuando eras niño? El tipo seguía en la ciudad. Cuéntale toda la
historia y pídele consejo; si opina que debes renunciar...
Podía llamarle ahora mismo, desde el teléfono de la oficina y
fijar una cita para la noche. No, desde el teléfono de la oficina no, pero en
el vestíbulo había un teléfono que funcionaba con monedas de cinco centavos.
¿Tendría alguna suelta? Sí, recordó, tenía una moneda de cinco centavos.
Se levantó y metió la mano en el bolsillo para sacar la moneda.
Cuatro centavos. Los observó con curiosidad. ¿Cómo demonios tenía esas monedas?
Recordaba una de cinco...
Buscó en el otro bolsillo y sintió que su mano se helaba. Sus
dedos habían tocado cartón, cartón en forma de carterita de cerillas de papel.
Apenas se atrevió a respirar mientras sus dedos exploraban el extraño objeto
encontrado en el bolsillo. Sin duda alguna, era una carterita de fósforos de
seguridad, llena, y había otra debajo. ¿No se vendían esas cerillas a dos
carteritas por un centavo... el centavo que faltaba de su moneda de cinco ahora
convertida en cuatro de un centavo?
Pero él no las había puesto allí. Nunca compraba ni llevaba
cerillas. Él no había...
¿O sí?
Porque entonces recordó algo extraño que le había ocurrido
aquella mañana camino de la fábrica. Esa extraña sensación que tuvo cuando, con
cierta sorpresa, se encontró en la esquina de Grant y Wheeler, a una manzana de
distancia de su ruta acostumbrada. A una manzana de su camino habitual... una
manzana que no recordaba haber andado.
Me estoy volviendo distraído, se dijo a sí mismo. Sueño
despierto. Pero en aquella manzana había tiendas, tiendas que vendían cerillas.
Uno puede soñar despierto y alejarse una travesía de su camino.
¿Pero puede hacer una compra —con terribles connotaciones —sin darse cuenta?
Y si podía comprar cerillas sin intervención de su voluntad
consciente, ¿no podría
también usar...?
Sacó las dos carteritas de fósforos del bolsillo y las metió en
la ranura del cubo de basura a prueba de fuego.
De inmediato, caminando rápidamente, con el rostro blanco y
decidido, entró otra vez en el edificio y bajó de prisa el largo pasillo que
llevaba a la oficina de embarques.
—Señor Davis, me despido —dijo.
El hombre calvo que estaba sentado ante el escritorio levantó la
vista, con dulce sorpresa en su dulce rostro.
—¿Qué ocurre, Wally? ¿Ha sucedido algo o... te sientes bien?.
Wally trató de acomodar su expresión de manera que pareciera
natural.
—Yo... me marcho, señor Davis. No puedo explicárselo.
Se volvió para salir.
—Pero, Wally, no puedes. Estamos escasos de personal. Tú conoces
tu trabajo, Wally.
Supondría semanas enteras preparar a un hombre para que ocupara
tu lugar. Para plantear algo semejante tendrías que darnos un preaviso. Como
mínimo una semana, para que podamos...
—No. Me marcho ahora mismo. Tengo que...
—Pero... ¡diablos, Wally, eso es desertar! Eres necesario aquí.
Esto es tan importante como... como el frente de batalla. Esta fábrica es tan
importante como toda una flota del Pacífico. Es... tú sabes bien lo que hacemos
aquí. Además... ¿por qué renuncias?
—Yo... me voy, eso es todo.
El calvo del escritorio se irguió y su rostro había perdido la
dulzura. Medía poco más de un metro cincuenta y dos pero en ese momento parecía
superar en estatura a Wally, con su metro ochenta y tres.
—¡Me dirás lo que hay detrás de esto o te...! —Rodeó el
escritorio mientras hablaba, con los puños apretados.
Wally dio un paso atrás y dijo:
—Escuche, señor Davis, usted no lo comprende. Yo no quiero irme.
Tengo que...
—¿Dónde está Darveth? ¡Que se presente Darveth de inmediato!
—Está discutiendo con Apolo. El griego intenta disuadirlo de
esta cuestión porque Grecia está del lado de los norteamericanos y quiere que
ganen, pero Apolo... y el resto de ellos... ya no son lo bastante fuertes
para...
—Calla. ¡Eh, Darveth!
—¿Qué?
—Ese pirómano tuyo está a punto de hablar. Si lo hace le
encerrarán y no podrá...
—Cállate, comprendo.
—¡De prisa! Perderás...
—Calla para que pueda concentrarme. Ah, ya lo tengo.
—Escuche, señor Davis, yo... no quise decir eso. Tengo un dolor
de cabeza tan enloquecedor que me impide pensar correctamente y no sabía lo que
decía. Dije cualquier cosa para salir de aquí, para poder ir...
—Ah, eso es diferente, Wally. ¿Pero renunciar a tu trabajo sólo
por un dolor de cabeza? Puedes irte ahora y hacerte ver por tu médico. Pero
vuelve... hoy, o mañana, o la semana próxima, vuelve cuando quieras. No es
necesario que abandones tu puesto definitivamente para poder ir a tu casa si te
sientes mal.
—De acuerdo, señor Davis, lamento haberle causado esa impresión.
No podía pensar correctamente. Volveré en cuanto pueda. Tal vez hoy mismo.
Muy bien, Wally, ahora le has engañado. Dile que irás a ver a un
médico y eso te servirá de excusa para salir un rato. Eso te permitirá comprar
más cerillas, ya que no puedes recuperar las que tiraste en el cubo de la
basura, sin llamar la atención.
Saldrás a conseguir más cerillas y ya sabes lo que harás con
ellas, ¿verdad, Wally? Se perderán un millar de vidas, varios miles de millones
de dólares en materiales y cantidades incalculables de tiempo valioso del
programa armamentista, pero será un incendio maravilloso, Wally. El cielo
entero será rojo, rojo como la sangre, Wally.
Dile...
—Escuche, señor Davis, ya he tenido antes dolores de cabeza como
éste. Son penetrantes y terribles mientras duran, pero se me pasan en unas
pocas horas. Le diré lo que haré: volveré a las cinco y trabajaré cuatro horas
para compensar mi ausencia de esta tarde. ¿Le parece bien?
—Naturalmente... si a esa hora te sientes bien y estás seguro de
que no te hará daño.
De hecho estamos retrasados y cada hora que puedas trabajar
cuenta.
—Gracias, señor Davis. Estoy seguro de que puedo. Hasta luego.
—Hiciste un buen trabajo para sacarle de allí, Darveth. De todos
modos, por la noche será mejor.
—La noche siempre es mejor.
—¡Muchacho! No te quepa la menor duda de que me quedaré por aquí
para observarlo todo. ¿Recuerdas Chicago? ¿Y la noche negra? ¿Y Roma?
—Esto lo superará todo.
—Pero esos griegos, Hermes y Ulises, y toda la pandilla. ¿No se
reunirán e intentarán impedirlo? Y algunas de las leyendas de otros países de
ese bando pueden unirse a ellos.
¿Estás dispuesto a enfrentarte con problemas, Darveth?
—¿Problemas? Ya nadie cree lo suficiente en esos mequetrefes
como para que tengan algún poder. Sólo con mi dedo meñique puedo aplastarlos a
todos. Y ya sabes quiénes nos ayudarían si nos plantearan dificultades.
Sigfrido y Sugimoto y toda esa banda.
—Y los romanos.
—¿Los romanos? No, ellos no están interesados en esta guerra. No
les gusta mucho Mussolini. No, no habrá problemas. Uno solo de mis diablillos
podría hacer bailar a toda la pandilla al son que yo toco.
—Resérvame asiento en un palco, Darveth.
Había algo extraño en la noche. A las siete, después de dos
horas de trabajo, empezó a oscurecer. A Wally Smith le pareció que la oscuridad
misma era extraña.
Con un fragmento de su mente sabía que estaba trabajando, como
siempre. Sabía que conversaba y bromeaba con los demás hombres del turno.
Hombres que conocía bien porque a menudo había trabajado horas extraordinarias
y coincidido con el turno de la noche.
Su cuerpo trabajaba sin intervención de la voluntad. Wally
levantaba cosas que debían ser levantadas, las ponía donde debían ser puestas,
rellenaba tarjetas, archivaba memorándums y partes de embarque. Era como si sus
manos trabajaran por sí mismas y su voz hablara por su propia cuenta.
Había otra porción de Wally Smith que debía de ser la parte
real. Parecía mantenerse a distancia y observar cómo trabajaba su cuerpo, cómo
hablaba su voz. Un Wally Smith que permanecía impotente al borde de un abismo
de horror. Que ahora sabía. Caído el muro de contención, lo sabía todo. Todo
acerca de Darveth.
Y sabía que a las nueve en punto, al salir del edificio, pasaría
junto a aquel cuarto en esquina donde había acumulado cuidadosamente la pila de
desperdicios. Desperdicios altamente inflamables; materiales que se encenderían
con una sola cerilla y llamearían en lo alto, prendiendo fuego a la pared de
atrás antes de que nadie se enterara siquiera de que había fuego. Y más atrás
de esa pared...
Sólo dos cosas le quedaban por hacer. Dar vuelta a la manivela
que cortaba el sistema de rociadura automática. Encender una cerilla...
Una cerilla de llama amarilla y luego el infierno rojo del fuego
arrollador. El holocausto.
Un fuego imposible de detener una vez iniciado. Edificio tras
edificio convertido en roja llamarada; cuerpo tras cuerpo carbonizado mientras
los hombres, muertos o anonadados por las explosiones, se cocían en fulgurante
infierno.
La mente de Wally Smith era una extraña confusión. Visiones de
pesadilla que le resultaban familiares porque las había visto en sus sueños
infantiles. Fantásticos seres que no había sabido describir ni identificar
cuando era niño. Pero ahora sabía, por lo menos vagamente, quiénes y qué eran.
Cosas de mitos y leyendas. Cosas que no existían.
Pero estaban en ese mundo de pesadilla.
Incluso las oía... no sus voces, sino sus pensamientos
expresados sin lenguaje. Y a veces nombres, nombres que eran iguales en
cualquier idioma. Repetidas veces el nombre de Darveth y por alguna razón era
algo de fuego, llamado Darveth, lo que le incitaba a hacer lo que estaba
haciendo y lo que haría.
Veía, oía y sentía —con aversión y horror—, mientras sus manos
preparaban talones de embarque y su voz articulaba bromas con los hombres que
le rodeaban.
Miró la hora. Faltaba un minuto para las nueve. Wally Smith
bostezó.
—Bueno —dijo—, creo que ya es hora. Hasta pronto, muchachos.
Se acercó al reloj registrador, puso su tarjeta en la ranura y
picó la hora de salida.
Se puso el sombrero y el abrigo. Salió al pasillo.
Entonces quedó fuera de la vista de los otros y todavía no al
alcance de la vista del guardia de la puerta; repentinamente sus movimientos se
hicieron furtivos. Se movía como una pantera cuando giró en la puerta del
almacén desierto, el lugar donde todo estaba dispuesto.
Ya llega. Tiene la cerilla en la mano, la mano enciende la
cerilla. La llama. Igual que la primera llama que había visto danzar en el
extremo de la cerilla que su padre tenía en la mano. Mientras los dedos
regordetes de Wally se habían estirado, tantos años atrás, hacia eso que estaba
en el extremo del palo. La cosa que resplandecía allí, cambiando siempre de
forma; un asombroso amarillo-rojo-azul, belleza mágica. La llama. Espera hasta
que también se haya encendido el palo, espera a verlo arder para que al
inclinarlo no se apague. Una llama es algo muy tierno, al principio.
—¡No! —gritó otra parte de su mente—. ¡No! Wally, no lo... Pero
no puedes detenerte ahora, Wally, no puedes «no hacerlo» porque Darveth, el
demonio del fuego, dirige la operación. Es más fuerte que tú, Wally; es más
fuerte que cualquiera de los otros del mundo de pesadilla al que estás asomado.
Grita para pedir socorro, Wally, no te servirá de nada.
Grita llamando a cualquiera de ellos. Llama al viejo Moloch: no
te prestará atención.
También él disfrutará con esto. Casi todos ellos gozarán. Aunque
no todos. Thor está en pie a un lado y no se siente especialmente dichoso por
lo que va a ocurrir, porque aunque es un luchador no es lo bastante grande para
habérselas con Darveth. Ninguno lo es allí arriba.
El rey del fuego y todos los elementos de fuego bailan una danza
salvaje. Otros observan. Allí está un Zeus de barba blanca y alguien con una
cabeza semejante a la de un cocodrilo a su lado. Y Dagon montando a Escila...
todas las criaturas que los hombres han concebido y conciben...
Pero ninguna de ellas te ayudará, Wally. Estás solo. Y ahora te
agachas, con la cerilla en la mano. La proteges con la palma para que no se
apague con la brisa que entra por la puerta abierta.
¿Una tontería, verdad, Wally, que te veas llevado a esto por
algo que en realidad no está, algo que sólo existe porque es pensado? Estás
loco, Wally. Loco. ¿O no? ¿No es el pensamiento algo tan real como cualquier
otra cosa? ¿Qué eres tú si no pensamiento unido a un pedazo de arcilla? ¿Qué
son ellos sino pensamiento desunido?
Grita y pide ayuda, Wally. Tiene que haber ayuda en algún sitio.
Grita, no con la garganta y los labios que ahora no son tuyos, sino con la
mente. Grita y pide socorro donde sirva de algo, allá. A alguien que desbarate
los planes de Darveth. A alguien que esté de tu lado.
¡SI! ¡Eso es! ¡GRITA!
Wally nunca pudo recordar cómo llegó a su casa, una hora más
tarde. Sólo sabía que el cielo estaba negro y tachonado de estrellas, que no
era un cielo escarlata de holocausto. Apenas sentía las quemaduras en el pulgar
y el índice, donde se había apagado la cerilla contra su piel.
La casera estaba en su mecedora, en el frío porche. Al verle
llegar le preguntó:
—¿Tan temprano de vuelta, Wally?
—¿Temprano?
—¿No dijiste esta mañana que tenías una cita con tu chica? Pensé
que habías comido en el centro y habías ido directamente a su casa desde la
fábrica.
Presa del pánico al recordarlo, Wally corrió al teléfono. Un
momento de frenesí hasta que oyó la voz de Dot.
—¿Qué ocurrió, Wally? Te estoy esperando desde...
—Lo siento, Dot... he tenido que trabajar hasta más tarde y no
he podido telefonearte.
¿Puedo ir a verte ahora y te casarás conmigo?
—Si yo... ¿qué has dicho, Wally?
—Todo está bien ahora, querida. ¿Quieres casarte conmigo?
—Oye... ven a verme y te lo diré personalmente, Wally. Pero...
¿qué quiere decir que ahora está todo bien?
—Significa... Iré a verte y hablaremos.
Pero Wally recuperó la razón en las seis manzanas que tuvo que
caminar y por supuesto no le contó a Dot lo que había ocurrido. Inventó una
historia para justificar lo que había dicho... una historia que ella pudiera
creer. De esa pasta están hechos los buenos maridos y Wally Smith estaba
decidido a ser un buen marido si tenía la oportunidad. Y la tuvo.
—Papá.
—Calla, niño.
—¿Por qué, papá? ¿Y qué estás haciendo debajo de la cama?
—Shhh. Bueno, está bien, pero habla en voz baja. Me parece que
todavía anda por los alrededores.
—¿Quién, papá?
—El nuevo. El que... Caray, hijo, ¿dormiste durante todo el
revuelo de anoche? ¡La lucha más terrible que hubo aquí en diecisiete siglos!
—¡Caramba, papá! ¿Quién ganó?
—El nuevo. De una patada envió a Darveth tan lejos que todavía
no ha vuelto; luego un grupo de amigos de Darveth cayeron sobre él y pudo con
todos. Ahora está paseando por allí y...
—¿Está buscando a algún otro para darle una paliza, papá?
—No lo sé. No buscó bronca con nadie y sólo respondió a los que
se metieron con él, salvo en el caso de Darveth. Supongo que la emprendió con
él porque el ser humano en el que Darveth estaba trabajando debió de acudir a
él.
—¿Por qué te escondes tú, papá?
—Porque... Bueno, hijo, yo soy un elemento de fuego,
naturalmente, y el nuevo puede creer que soy amigo de Darveth. No quiero correr
ningún riesgo hasta que todo se calme.
¿Comprendes? Una verdadera multitud debe creer en ese tío para
tener tanta fuerza. Lo que le hizo a Darveth...
—¿Cómo se llama, papá? ¿Es un mito, una leyenda, o qué?
—No lo sé, niño. Yo no pienso ser el primero en preguntárselo.
—Espiaré a través de la cortina, papá. Disminuiré mi destello
hasta que sólo sea una tenue luz.
—Eh, ven aquí... bien, de acuerdo, pero ten cuidado. ¿Está a la
vista?
—Sí, supongo que es él. No parece peligroso, pero...
—Pero no corras riesgos, hijo. Yo ni siquiera me acercaré a la
ventana para mirar, soy más brillante que tú y me vería. Oye, anoche, en medio
de la oscuridad, no lo vi bien.
¿Qué aspecto tiene de día?
—Su aspecto no es peligroso, papá. Tiene una barba de chivo
blanca, es alto y esbelto; lleva unos pantalones a rayas rojas y blancas
metidos en las botas. Usa chistera azul con estrellas blancas. Rojo, blanco y
azul. ¿Significa algo, papá?
—Por lo que ocurrió anoche, tiene que significar algo. ¡Yo me
quedaré debajo de la cama hasta que otro le pregunte cómo se llama!
LA DOBLE MORAL
11 de abril. No sé si lo que siento es sobresalto, miedo o
extrañeza de que las reglas puedan ser diferentes al otro lado del cristal. Yo
siempre había creído que la moral era una constante. Y tiene que serlo, no
sería justo que hubiera dos conjuntos de reglas. Su Censor debió de cometer
algún error, eso es lo que debe haber ocurrido.
No tiene importancia, pero ocurrió durante un serial del Oeste.
Yo era Whitey Grant, alguacil de West Pecos, estupendo jinete, magnífico
luchador, héroe de los alrededores.
Una pandilla de delincuentes armados entró en el pueblo a
buscarme y dado que todos tenían miedo de enfrentarse con ellos me vi obligado
a salir solo a su encuentro. Black Burke, el jefe de los forajidos, me dijo
después (sólo tuve que dejarle K.O., no matarle) a través de las rejas de la
celda que aquello se parecía a «A la hora señalada» y tal vez tenía razón, pero
eso ¿qué importa? A la hora señalada sólo era una película y qué importancia
tiene si la vida imita a la ficción.
Pero fue antes de esto, mientras todavía estábamos «en el aire»,
cuando miré a través del cristal (a veces lo llamamos «la pantalla») hacia el
otro mundo. Sólo es posible hacerlo cuando uno mira directamente la pantalla.
En las ocasiones relativamente raras en que esto ocurre nos asomamos a ese otro
mundo, un mundo en el que también existe la gente, gente como nosotros, excepto
que en lugar de hacer cosas o tener aventuras están quietos, sencillamente, y
nos observan a nosotros a través de la pantalla. Por alguna razón —y esto es un
Misterio para mí, uno entre tantos Misterios —nunca vemos a la misma persona o
grupo de personas mirándonos desde ese otro mundo.
Anoche miré a través del cristal. En el salón que vi estaba
sentada una joven pareja.
Los vi juntos en un sofá, muy juntos, a menos de cuatro metros
de distancia de mí: se estaban besando. Bien, en ocasiones aquí nos permitimos
besos, aunque sólo breves y castos. Aquel beso no parecía ninguna de ambas
cosas. Aquellos dos estaban entrelazados, perdidos en lo que parecía un beso
apasionado que mantuvieron durante largo tiempo, un beso con derivaciones
sexuales. Les vi tres veces al acercarme y alejarme de la pantalla y el beso
seguía prolongándose.
Cuando eché mi tercer vistazo seguían con el mismo beso Y habían
transcurrido como mínimo veinte segundos. Me vi obligado a desviar la mirada:
aquello era demasiado.
¡Besarse como mínimo veinte segundos! Probablemente más, si
empezaron antes de mi primera mirada o continuaron después de la última. ¡Un
beso de veinte segundos! ¿Qué clase de Censores tienen allí, que son tan
descuidados?
¿Qué clase de Patrocinadores tienen, que permiten que los
Censores sean tan descuidados?
Cuando el episodio del Oeste concluyó y el cristal volvió a
opacarse dejándonos solos en nuestro mundo, pensé en hablar de la cuestión con
Black Burke, pero aunque conversé un rato con él a través de las rejas decidí
no contarle lo que había visto.
Probablemente pronto colgarán a Burke, después del juicio que se
celebrará mañana. Se comporta como un auténtico valiente, pero no quiero
agregar motivos para su preocupación. Asesino o no, no es realmente un mal tipo
y ya tiene bastante con pensar en la horca.
15 de abril. Ahora estoy profundamente perturbado. Anoche volvió
a ocurrir. ¡Y fue peor! Esta vez fue, decididamente, algo chocante.
Las pocas noches transcurridas entre aquella primera vez y ésta,
peor aún, casi tuve miedo de asomarme. Miraba lo menos posible en dirección al
cristal y sólo muy fugazmente. Pero las pocas veces que miré no ocurría nada
malo. Un salón distinto cada vez, pero en ningún caso un salón con una joven
pareja que violara el Código. Gente sentada, que se comportaba correctamente,
observándonos. A veces, niños. Lo de costumbre.
¡Pero anoche!
Verdaderamente impresionante. Una joven pareja que también
estaba sola... aunque por supuesto no se trataba de la misma pareja ni del
mismo salón. En ésta no había ningún sofá; sólo dos grandes sillones
mullidos... y los dos ocupaban el mismo: ella estaba sentada sobre las rodillas
de él.
Eso fue todo lo que vi en una primera mirada. Yo era médico y en
el hospital había una actividad frenética, lo que me hacía correr de sala en
sala salvando vidas. Pero cerca del FIN (así decimos cuando aparece el último
anuncio y ya no podemos ver a través del cristal ni los que están al otro lado
pueden vernos a nosotros) me encontraba aconsejando a un doctor más joven y
cuando volví la cara me encontré mirando a la pantalla, a través del cristal, y
volví a verlos.
O se habían movido o vi algo que no había percibido cuando miré
por primera vez.
Observaban la pantalla y no se besaban. ¡Pero!
La muchacha llevaba shorts, unos brevísimos shorts y sobre su
nalga estaba la mano de él... ¡no apoyada: se movía levemente y la acariciaba!
¿Qué clase de templo del vicio es ése en el que se permite semejante cosa? ¡Un
hombre acariciando la nalga desnuda de una mujer! En nuestro mundo cualquiera
se estremecería sólo de pensarlo.
Y yo me estremezco ahora sólo de pensarlo.
¿Qué ocurre con sus Censores?
¿Existe entre ambos mundos alguna diferencia que yo no
comprendo? Lo desconocido siempre es temible. Estoy asustado. Y escandalizado.
22 de abril. Transcurrió una semana desde el segundo de los dos
episodios perturbadores y había empezado a tranquilizarme. Había empezado a
pensar que las dos violaciones del Código que había observado eran hechos
aislados de indecencia, cosas que se habían deslizado por error.
Pero anoche vi —mejor dicho oí, en este caso —algo que era la
más flagrante violación de una sección del Código totalmente diferente.
Quizá antes de describirla deba explicar el fenómeno de la
«audición». Muy rara vez oímos sonidos desde el otro lado de la pantalla. Son
demasiado débiles para penetrar el cristal o quedan ahogados por nuestras
propias conversaciones o los sonidos que producimos, o por la música que suena
durante las secuencias silenciosas. (Antes solía preguntarme por el origen de
esa música dado que, excepto en las secuencias que tienen lugar en clubs
nocturnos, salas de baile o similares, nunca hay cerca músicos que la produzcan,
pero finalmente resolví que se trataba, sencillamente, de un Misterio que no se
supone debamos comprender.) Para que uno de nosotros escuche realmente sonidos
identificables del otro mundo, se requiere una combinación de circunstancias.
Sólo puede ocurrir durante una secuencia en la que hay absoluto silencio, sin
siquiera música, en nuestro propio mundo. Aun así, sólo puede oírlo uno de
nosotros a la vez, dado que esa persona tiene que estar muy, muy cerca del
cristal. (Llamamos a eso «primer plano».) En ocasiones, bajo estas
circunstancias ideales, uno de nosotros y sólo uno, puede oír, comprender con
claridad suficiente una frase e incluso una oración completa hablada en el
mundo exterior.
Anoche, por un momento, se me presentaron estas circunstancias
ideales y escuché toda una oración hablada, además de que pude ver al hablante
y su interlocutor. Era una pareja de edad mediana, corriente y moliente; los
dos estaban sentados en un sofá (pero decorosamente separados), frente a mí. El
hombre dijo, y estoy seguro de haberlo oído correctamente, ya que hablaba en
voz muy alta, como si la mujer fuese un poco dura de oído: «[...], cariño, eso
es horrible. Apaguemos ese [...] aparato y bajemos a la esquina a tomar una
cerveza».
La primera de las dos palabras para las que usé puntos
suspensivos era el nombre de la Deidad y se trata de un término perfectamente
correcto cuando se utiliza respetuosamente dentro de un contexto. Pero sin duda
no sonó respetuoso y la segunda palabra era, evidentemente, una blasfemia.
Estoy profundamente alterado.
30 de abril. No existe ninguna razón por la que esta noche tenga
que agregar nada a las notas que he escrito en los últimos tiempos. Estoy
haciendo algo así como garabatear a máquina y es muy posible que arroje esta
página a la basura cuando la haya concluido.
Escribo simplemente porque tengo que estar escribiendo algo y da
lo mismo hacer algo coherente que algo carente de significado.
Escribo «en pantalla», como decimos nosotros. Esta noche soy
reportero de un periódico y me encuentro frente a mi máquina de escribir, en la
oficina del diario.
Ya he desempeñado mi papel activo en esta aventura y estoy en
segundo plano; sólo es necesario que parezca ocupado y siga escribiendo a
máquina. Puesto que sé escribir al tacto y no necesito mirar las teclas, esta
noche tengo amplias oportunidades de echar ocasionales vistazos al otro mundo,
a través del cristal. Otra vez veo a una joven pareja, sola. Su «escenario» es
el dormitorio y obviamente están casados, ya que miran desde la cama. «Camas»,
en plural, por supuesto. Me complace ver que cumplen con el Código, que permite
que las parejas casadas se muestren conversando desde sus camas individuales
razonablemente separadas, aunque prohíbe —y con razón —que se les vea juntos en
una cama doble: por distantes que estuvieran el uno del otro, la situación sería
demasiado sugerente.
Eché otra mirada. Aparentemente no están demasiado interesados
en observar la pantalla desde su lado. Conversan. Naturalmente, no puedo oír lo
que dicen; aunque hubiera absoluto silencio en nuestro lado, estoy demasiado
lejos del cristal. Pero él le hace una pregunta y ella asiente, sonriendo.
De pronto ella aparta la ropa de cama, asoma una pierna
balanceándola y se sienta.
Está desnuda.
Dios mío, ¿cómo puedes permitir esto? Es imposible. En nuestro
mundo no existe nada semejante a una mujer desnuda. Es algo que no puede ser.
Ella se incorpora y no puedo apartar los ojos de la
imposiblemente hermosa, hermosamente imposible visión de esa mujer. Por el
rabillo del ojo veo que él ha apartado la ropa de su cama y que también está
desnudo. Le hace señas a ella de que se acerque; por un breve instante ella
ríe, le mira fijamente y se deja contemplar.
Algo extraño, algo que jamás sentí antes, algo que ignoraba
fuera posible, me recorre la espalda. Hago esfuerzos por apartar la mirada pero
no puedo.
Ella da los dos pasos que separan ambas camas y se tiende al
lado de él.
Instantáneamente él empieza a besarla y a acariciarla. Ahora...
¿Es posible que existan semejantes cosas?
¡Entonces es verdad! Ellos no tienen censura; pueden hacer y
hacen las cosas que en nuestro mundo sólo pueden sugerirse vagamente como
hechos ajenos a la escena. ¿Por qué son libres ellos y nosotros no? Es una
crueldad. Se nos niega la igualdad y nuestro patrimonio. ¡Dejadme salir de
aquí! ¡DEJADME SALIR! ¡Socorro, cualquiera que me oiga, SOCORRO! ¡Quiero salir!
¡QUIERO SALIR DE ESTA MALDITA CAJA! ALGO VERDE
El enorme sol carmesí brillaba en el cielo violeta. En el limite
de la planicie marrón, salpicada de arbustos marrones, se extendía la selva
roja.
McGarry avanzó hacia ella dando zancadas. Explorar esas selvas
rojas constituía una tarea ardua y peligrosa, pero era preciso hacerla. Había
explorado un millar de selvas; ésta era, simplemente, una más.
Dijo:
—En marcha, Dorothy. ¿Todo listo?
La pequeña criatura de cinco patas que descansaba sobre su
hombro no respondió, en realidad nunca lo hacía. No sabía hablar, pero era algo
con lo cual hablar. Era una compañía. Por su tamaño y su peso, se parecía
asombrosamente a una mano que reposara sobre su hombro.
Tenía a Dorothy hacía... ¿cuánto tiempo? Cuatro años, suponía.
Estaba aquí hacía aproximadamente cinco, según calculaba, y la había encontrado
alrededor de un año después. De cualquier manera, daba por sentado que Dorothy
pertenecía al bello sexo, por la sencilla razón de que reposaba sobre su hombro
como lo haría la mano de una mujer.
—Dorothy —anunció—, creo que debemos preparamos para enfrentar
problemas. Allí debe haber leones o tigres.
Deshebilló la funda de su pistola solar y apoyó la mano en la
culata del arma, listo para sacarla rápidamente. Era por lo menos la milésima
vez que agradecía a su buena estrella que el arma que había logrado rescatar de
los restos de su nave espacial fuera una pistola solar, la única arma que
funcionaba prácticamente siempre, sin recarga ni munición. Una pistola solar
absorbía energía y, al apretar el gatillo, la descargaba. Con ningún arma,
salvo con una pistola solar, hubiese subsistido siquiera un año en Kruger III.
Incluso antes de llegar al límite de la selva roja, vio un león.
No se parecía en nada a los leones que se ven en la Tierra, por supuesto. Éste
era magenta brillante, un color tan diferente de los purpurinos arbustos tras
los que se agazapaba que él podía distinguirlo nítidamente. Tenía ocho patas
totalmente desarticuladas y tan flexibles y fuertes como el tronco de un
elefante, y una cabeza escamosa con un pico semejante al de un tucán.
McGarry le llamaba león. Tenía tanto derecho a llamarlo así como
de cualquier otro modo porque jamás se le había dado nombre. De lo contrario,
el nombrador nunca había regresado a la Tierra para informar sobre la flora y
la fauna de Kruger III. Por lo que mostraban los archivos, una sola nave había
llegado allí antes que la de McGarry, y jamás había vuelto a levantar el vuelo.
Ahora él se dedicaba a buscarla; la había estado buscando sistemáticamente
durante los cinco años que llevaba allí.
Si la encontraba, era posible —sólo posible —que contuviera
intactos algunos de los transistores electrónicos que se habían destruido
cuando su propia nave se estrelló. Y si tenía un número suficiente, podría
regresar a la Tierra.
Se detuvo a diez pasos escasos del borde de la selva roja y
apuntó con la pistola solar a los arbustos tras los cuales se agazapaba el
león. Apretó el gatillo y se produjo un brillante destello verde, fugaz pero
hermoso —¡y qué hermoso! —y los arbustos desaparecieron, igual que el león.
McGarry rió suavemente entre dientes.
—¿Has visto eso, Dorothy? Era verde, el único color que no
tenéis en vuestro rojo y sangriento planeta. El color más hermoso del universo,
Dorothy. ¡Verde! Y yo sé dónde existe un mundo que es casi totalmente verde, y
llegaremos a él, tú y yo. Seguro que lo haremos. Es el mundo del que he venido,
y el lugar más bello que existe, Dorothy. Te encantará.
Se volvió y echó un vistazo a la planicie marrón con arbustos
marrones, el cielo violeta en lo alto y el sol carmesí. El sol de Kruger
eternamente carmesí, que nunca se ponía en el lado diurno del planeta y una de
cuyas caras siempre lo miraba, igual que una cara de la luna de la Tierra
siempre mira a la Tierra.
No existían el día ni la noche..., a menos que uno pasara la
línea de sombra a la cara nocturna, que era demasiado gélida para albergar
vida. Tampoco se sucedían las estaciones. La temperatura era uniforme e
invariable, no había vientos ni tormentas.
Pensó, por milésima o millonésima vez, que no estaría mal vivir
en ese planeta, si tan sólo fuese verde como la tierra, si existiera algo verde
en él, además del ocasional destello de su pistola solar. Su atmósfera era
respirable, la temperatura moderada oscilaba entre los cuatro grados cerca de
la línea de sombra y alrededor de treinta y dos directamente debajo del rojo
sol, donde sus rayos caían en línea recta y no oblicuamente.
Rebosaba alimentos y, tiempo atrás, había aprendido qué
vegetales y animales eran comestibles y cuáles le hacían daño. Nada de lo que
había probado era declaradamente venenoso.
Sí, un mundo hermoso. Incluso se había acostumbrado a ser la
única criatura inteligente que lo habitaba. Dorothy era útil: algo a lo cual
hablar, incluso aunque no respondiera.
Salvo que —¡oh, Dios! —quería volver a ver un mundo verde.
La Tierra, el único planeta del universo conocido donde el verde
era el color predominante, donde la vida vegetal se basaba en la clorofila.
Otros planetas del sistema solar, vecinos de la Tierra, no
tenían nada que ofrecer salvo las vetas verdosas de sus raras rocas, una
ocasional y minúscula sombra animada que podría considerarse verde pardusco, si
así lo preferías. Podías vivir durante años en cualquier planeta, en cualquier
lugar del universo, y no ver nunca el verde..., salvo en la Tierra.
McGarry suspiró. Había estado pensando para sus adentros, pero
ahora habló en voz alta para Dorothy sin interrumpir la línea de sus
pensamientos. A Dorothy no le importó.
—Sí, Dorothy —comentó—, es el único planeta en el que merece la
pena vivir... ¡la Tierra! Verdes campos, prados llenos de hierbas, árboles
verdes. Dorothy, cuando regrese a ella jamás la abandonaré. Me haré una choza
en el bosque, entre los árboles, pero no árboles tan frondosos que la hierba no
pueda crecer a sus pies. Hierba verde. Y pintaré la choza de color verde,
Dorothy. En la Tierra también tenemos pigmentos verdes.
Suspiró y contempló la selva roja que se extendía ante sus ojos.
—¿Qué me has preguntado, Dorothy?
Ella no le había preguntado nada, pero simular que lo hacía era
un juego, un juego que le permitía a toda costa conservar la cordura.
—¿Si me casaré cuando vuelva? ¿Eso has preguntado?. —Reflexionó
un momento—.
Bien, Dorothy, depende. Quizá sí, quizá no. Tú has recibido el
nombre de una mujer que está en la Tierra, lo sabes. Una mujer con la que iba a
casarme. Pero cinco años es mucho tiempo, Dorothy. Fue informada de que yo
estaba extraviado y probablemente muerto. Ignoro si ella ha esperado todo este
tiempo. Si lo ha hecho, bien, me casaré con ella, Dorothy. ¿Preguntas qué
ocurrirá si no ha esperado? Bueno, no lo sé. No nos preocupemos por eso hasta
que regresemos, ¿eh? Claro que si encontrara una mujer que fuera verde o
incluso una que tuviera el pelo verde, la amaría con locura. Pero en la Tierra
casi todo es verde, excepto las mujeres.
Rió ante semejante idea y, con la pistola solar preparada se
internó en la selva, la roja selva en la que no había nada verde, excepto el
ocasional destello de su pistola solar.
Resultaba gracioso. En la Tierra, el destello de una pistola
solar era violeta. Aquí, bajo el rojo sol, cuando la disparaba, emitía un
destello verde. Pero la explicación era sencilla.
Una pistola solar extraía energía de una estrella cercana y el
destello que emitía al dispararse era del color complementario de su fuente de
energía. Cuando absorbía energía del sol, un sol amarillo, el destello era de
color violeta. Si se trataba de Kruger, un sol rojo, el destello era verde.
Tal vez eso había sido lo único —además de la compañía de
Dorothy —que le había mantenido cuerdo, pensó. Un verde varias veces al día.
Algo verde que le recordaba cómo era el color. Y que mantenía sus ojos
habituados a éste, si es que alguna vez volvía a verlo.
Resultó ser un pequeño fragmento de selva, como todos los
fragmentos de selva de Kruger III, uno entre lo que parecía incontables
millones de fragmentos. Y tal vez eran realmente millones: Kruger III era más
grande que Júpiter. Pero menos denso, de modo que la gravedad resultaba fácil
de soportar. De hecho, le hubiera llevado más de una vida recorrerlo. Lo sabía
pero no se permitió pensar en la cuestión. Por lo menos no más de lo que se
permitía pensar en que la nave podría haberse estrellado en la cara oscura, la
cara fría. O no más de lo que se permitía dudar de que, una vez que diera con
la nave, encontraría los transistores que necesitaba para hacer funcionar
nuevamente la suya.
El fragmento de selva apenas medía una milla cuadrada, pero
tendría que dormir una vez y comer varias veces antes de terminar de
recorrerla. Mató dos leones más y un tigre.
Cuando concluyó, rodeó la circunferencia, quemando cada uno de
los árboles más grandes que crecían a lo largo del borde exterior: así no
volvería a explorar esta misma selva. Los árboles eran blandos; su cortaplumas
separó la roja corteza del centro rosado con tanta facilidad como si hubiera
pelado una patata.
Volvió a atravesar la monótona planicie marrón, esta vez con el
arma expuesta al sol con el propósito de recargarla.
—Ésa no, Dorothy. Tal vez la próxima. Aquélla, cerca del
horizonte. Quizá está allí.
Cielo violeta, sol rojo, planicie marrón.
—Las verdes colinas de la Tierra, Dorothy. ¡Oh, cómo te
gustarán!
La interminable planicie marrón.
El invariable cielo violeta.
¿Había sonado algo allá arriba? Era imposible. Jamás había
ocurrido. Pero levantó la mirada. Lo vio.
Una minúscula mancha negra se movía en el cielo violeta. Una
nave espacial. Tenía que ser una nave. En Kruger III no había pájaros. Y las
pájaros no dejaban estelas de fuego tras ellos...
Sabía lo que debía hacer. Había pensado un millón de veces cómo
haría señales a una nave, si alguna vez aparecía ante su vista. Levantó su
pistola solar, la apuntó directamente al aire violeta y apretó el gatillo. No
se produjo un gran destello, dada la distancia de la nave, pero fue un destello
verde. Si el piloto estaba mirando, o si tan sólo mirara antes de salir del
alcance de la vista, no podría pasar por alto un destello verde en un mundo
donde no había otra cosa verde.
Volvió a apretar el gatillo.
Y el piloto de la nave lo vio. Apagó y encendió sus reactores
tres veces —la respuesta clásica a una señal de socorro —y empezó a dar vueltas
en círculo.
McGarry comenzó a temblar. Una espera tan prolongada y un final
tan repentino. Se palpó el hombro izquierdo y tocó al ser de cinco patas, cuyo
contacto fue para sus dedos —así como para su hombro desnudo —como el de la
mano de una mujer.
—Dorothy —le dijo—, es... —Se quedó sin palabras.
La nave se acercaba girando para aterrizar. McGarry se vio a sí
mismo —súbitamente consciente y avergonzado de su cuerpo —tal como aparecería a
los ojos de su salvador.
Iba desnudo: sólo llevaba el cinturón que sujetaba su pistolera
y del que colgaba su cuchillo y unos pocos utensilios más. Estaba sucio y
probablemente olía mal, aunque no percibía su propio olor. Bajo la mugre, su
cuerpo era flaco y consumido, casi viejo, pero eso se debía, naturalmente, a
las deficiencias de su dieta; unos pocos meses de alimentación adecuada, de
alimentos de la Tierra, lo solucionarían.
¡La Tierra! ¡Las verdes colinas de la Tierra!
Empezó a correr, tropezando a veces a causa de su impaciencia,
hacia el lugar donde la nave estaba aterrizando. Pudo ver que se trataba de un
aparato de una sola plaza, igual que el suyo. Pero eso estaba bien: en caso de
emergencia podría llevar a dos personas, al menos hasta el planeta más cercano,
donde él conseguiría otro medio de transporte para volver a la Tierra. A las
verdes colinas, los verdes campos y los valles verdes.
Rezó y maldijo alternativamente mientras corría. Las lágrimas
rodaban por sus mejillas.
Estaba allí, esperando, cuando la portezuela se abrió y salió un
joven alto y delgado vestido con el uniforme de la Patrulla Espacial.
—¿Me llevará de vuelta? —gritó.
—Por supuesto —dijo el joven serenamente—. ¿Hace mucho que está
aquí?
—¡Cinco años! —McGarry sabía que estaba gritando pero no podía
evitarlo.
—¡Santo Dios! —exclamó el joven—. Soy el teniente Archer. Claro
que le llevaré de vuelta, hombre. Tan pronto como mis reactores se enfríen lo
suficiente para el despegue.
De cualquier manera, le llevaré hasta Cartago, en Aldebarán II;
allí puede abordar una nave hacia cualquier parte. ¿Necesita algo ahora mismo?
¿Comida? ¿Agua?
McGarry meneó la cabeza en silencio. Comida, agua... ¿qué
importaba todo eso ahora?
¡Las verdes colinas de la Tierra! Regresaría a ellas. Eso era lo
que importaba, lo único que importaba. Una espera tan larga y un final tan
repentino. Vio que el cielo violeta ondulaba y súbitamente se ennegrecía,
mientras se le doblaban las rodillas.
Estaba tendido; el joven sostenía un frasco junto a sus labios y
él bebió un sorbo de la fuerte bebida que contenía. Se incorporó, animado
ahora. Comprobó con la mirada que la nave seguía allí y se sintió
maravillosamente bien.
El joven dijo:
—Anímese, veterano; saldremos dentro de media hora. Dentro de
seis estará en Cartago. ¿Quiere charlar mientras se repone? ¿Quiere contarme
todo lo que ocurrió?
Se sentaron a la sombra de un arbusto marrón y McGarry contó
todo lo ocurrido. Los cinco años que pasó buscando la otra nave que, según
había leído, se estrelló en ese planeta y que tal vez conservaba intactas las
piezas que él necesitaba para reparar la suya. La prolongada búsqueda. Le habló
de Dorothy, que seguía sobre su hombro, y de que había sido algo con lo cual
conversar.
Pero por alguna razón, el rostro del teniente Archer cambiaba de
expresión a medida que McGarry hablaba. Se volvía aún más solemne, aún más
conmovido.
—Veterano —pregunté Archer con tono amable—, ¿en qué año llegó
aquí?
McGarry lo vio venir. ¿Cómo podía uno tener idea del tiempo en
un planeta en el que el sol y las estaciones eran invariables? Un planeta donde
siempre era de día, siempre verano... Dijo resueltamente:
—Llegué aquí en el dos mil doscientos cuarenta y dos. ¿Por
cuánto me he equivocado, teniente? ¿Cuántos años tengo... en lugar de treinta,
como yo pensaba?
—Estamos en el dos mil doscientos setenta y dos, McGarry. Usted
llegó aquí hace treinta años. Ahora tiene cincuenta y cinco. Pero no se
preocupe por eso. La medicina ha avanzado. Todavía tiene una larga vida por
delante.
—Cincuenta y cinco. Treinta años —dijo McGarry quedamente.
El teniente le miró con pena. Luego preguntó:
—Veterano, ¿le cuento de una sola vez el resto de las malas
noticias? Hay varias cuestiones. No soy psicólogo, pero pienso que quizá para
usted sea mejor saberlo ahora, de una vez, mientras todavía está a tiempo de
reconsiderar la idea de volver. ¿Está en condiciones de oírlo, McGarry?
No podía haber nada peor que lo que ya sabía: treinta años de su
vida desperdiciados aquí. Claro que podría oír el resto de lo que fuera, con
tal de regresar a la Tierra, la verde Tierra.
Miró fijamente el cielo violeta, el sol rojo y la planicie
marrón. Luego respondió en voz baja:
—Puedo oírlo. Adelante.
—Se las ha arreglado estupendamente, McGarry, teniendo en cuenta
que han pasado treinta años. Puede dar gracias a Dios por haber creído que la
nave de Marley se estrelló en Kruger III; en realidad cayó en Kruger IV. Jamás
la habría encontrado aquí pero la búsqueda, como usted dice, le mantuvo...
razonablemente cuerdo. —Hizo una pausa.
Cuando continuó, su voz era cordial—. No hay nada sobre su
hombro, McGarry. Esa Dorothy es un invento de su imaginación. Pero no se
aflija, esa ilusión probablemente le ha salvado del colapso total.
McGarry levantó la mano y se tocó el hombro. No había nada.
Archer continuó:
—Dios mío, hombre, es prodigioso que, sin embargo, esté usted
bien en todos los demás sentidos. Treinta años solo; es casi un milagro. Y si
su ilusión persiste, ahora que sabe que es una ilusión, un psiquiatra de
Cartago o de Marte puede curarle en un santiamén.
McGarry dijo con voz apagada:
—No persiste. Ya no está. Teniente... ni siquiera estoy seguro
de haber creído realmente en Dorothy. Creo que la inventé a propósito, para
hablarle, así que salvo por eso, me he mantenido cuerdo. Ella era... era como
la mano de una mujer, teniente. ¿O ya se lo he dicho?
—Me lo ha dicho. ¿Quiere que le cuente lo demás ahora, McGarry?
McGarry le miró fijamente.
—¿Lo demás? ¿Qué más puede haber? Tengo cincuenta y cinco años
en lugar de treinta. He malgastado treinta años, desde que tenía veinticinco,
buscando una nave que jamás encontraría, puesto que cayó en otro planeta. He
estado loco, aunque sólo en cierto sentido, la mayor parte del tiempo. Pero
ahora que voy a regresar a la Tierra, nada de eso importa.
El teniente Archer meneaba la cabeza lentamente.
—No regresará a la Tierra, veterano. A Marte, si lo desea, a las
hermosas colinas marrones y amarillas de Marte. O, si no le molesta el calor,
al purpúreo Venus. Pero a la Tierra no, McGarry. Ya nadie vive allí.
—¿La Tierra ha... desaparecido? Yo no...
—No ha desaparecido, McGarry. Sigue allí. Pero es una bola
carbonizada, oscura y árida, desde la guerra contra los arcturianos, hace
veinte años. Ellos nos atacaron y tomaron la Tierra. Nosotros los tomamos a
ellos, vencimos, los exterminamos, pero la Tierra sucumbió antes de que
empezáramos. Lo siento, pero tendrá que establecerse en algún otro sitio.
McGarry dijo:
—La Tierra ya no existe. —No había expresión en su voz, ni la
más mínima expresión.
Archer prosiguió:
—Ése es el resultado, veterano. Pero Marte no está tan mal. Se
acostumbrará a él.
Ahora es el centro del sistema solar y en él viven tres mil
millones de terráqueos. Echará de menos el verde de la Tierra, claro, pero no
es un mal lugar.
McGarry repitió:
—La Tierra ya no existe. —No había expresión en su voz, ni la
más mínima expresión.
Archer asintió:
—Me alegro de que lo tome así, veterano. Debe ser un golpe para
usted. Bien, supongo que podemos marchamos. Los tubos ya deben haberse enfriado
lo suficiente. Lo comprobaré para asegurarme. —Archer se puso de pie y se
encaminó hacia la pequeña nave.
McGarry desenfundó la pistola solar y le disparó. El teniente
Archer desapareció.
McGarry se levantó y caminó hacia la pequeña nave. Apuntó contra
ella la pistola solar y apretó el gatillo. Parte de la nave se evaporó; media
docena de disparos y desapareció por completo. Los pequeños átomos que habían
constituido la nave y los pequeños átomos que habían sido el teniente Archer de
la Patrulla Espacial podían estar danzando en el aire, pero eran invisibles.
McGarry volvió a poner el arma en la pistolera y echó a andar
hacia la roja mancha de la selva cercana al horizonte.
Levantó la mano hasta su hombro para tocar a Dorothy y ella
estaba allí, como había estado allí durante cuatro de los cinco años que él
llevaba en Kruger III. Ella parecía, en contacto con sus dedos y su hombro
desnudo, la mano de una mujer. McGarry le dijo:
—No te preocupes, Dorothy. La encontraremos. Quizá la próxima
selva sea la que corresponde. Y cuando la encontremos...
Ahora estaba cerca del borde de la selva, la roja selva, y un
tigre salió corriendo a su encuentro para devorarle. Un tigre color malva con
seis patas y una cabeza semejante a un barril. McGarry apuntó su pistola solar
y apretó el gatillo; se produjo un brillante destello verde, fugaz pero hermoso
—¡y que hermoso! —y el tigre desapareció.
McGarry rió entre dientes:
—¿Viste eso, Dorothy? Era verde, el color que no existe en
ningún planeta salvo en aquel al que iremos. El único planeta verde del
sistema, y de él provengo. Te encantará.
—Sé que así será, Mac. —La gangosa y suave voz de Dorothy le
resultó absolutamente familiar, tan familiar como la suya propia; ella siempre
le había respondido.
Levantó la mano y la tocó mientras ella descansaba sobre su
hombro desnudo. Parecía la mano de una mujer.
Se volvió y contempló la planicie marrón tachonada de arbustos
marrones, el cielo violeta en lo alto, el sol carmesí. Rió; su risa no era una
risa enajenada sino apacible. No tenía importancia, porque pronto encontraría
la nave y así podría regresar a la Tierra.
A las verdes colinas, los verdes campos, los valles verdes. Una
vez más, acarició la mano que descansaba sobre su hombro, le habló y oyó su
respuesta.
Luego, con el arma preparada, penetró en la selva roja.
FIN

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