© Libro N° 3935. Los Cautivos Del Bosque. Marryat, Frederick. Colección E.O. Julio 1 de
2017.
Título
original: © Los Cautivos Del
Bosque. Frederick Marryat
Versión Original: © Los Cautivos Del Bosque.
Frederick Marryat
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LOS CAUTIVOS DEL BOSQUE
Frederick Marryat
2003 - Reservados todos los derechos
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Frederick Marryat
LOS CAUTIVOS DEL BOSQUE
Capítulo I
Los hechos que me dispongo, a narrarles a mis jóvenes lectores
tuvieron lugar en 1647. Si consultan la historia de Inglaterra en esa fecha,
descubrirán que el rey Carlos I, contra quien se habían rebelado los Comunes de
Inglaterra, había sido vencido después de una guerra civil de casi cinco años y
confinado como prisionero en Hampton Court. Los realistas -o sea el partido que
combatiera por el rey Carlos- habían sido dispersados, y el ejército del
parlamento, bajo las órdenes de Cromwell, estaba empezando a dominar a los
Comunes.
Fue en noviembre de ese año cuando el rey Carlos, acompañado por
sir John Berkely, Ashburnham y Legg, huyó de Hampton Court y sus caballos lo
llevaron a toda velocidad hacia la región del Hampshire que conduce al Bosque
Nuevo. El rey confiaba en que sus amigos le tuviesen preparado un navío en que
escapar a Francia, pero, en cuanto a esto, sufrió una decepción. Ningún navío
estaba pronto, y después de haber vagado durante algún tiempo por la costa,
resolvió ir a Titchfield, una finca del conde de Southampton. Después de largas
consultas con sus acompañantes, siguió su consejo, que era confiar en el
coronel Hammond, entonces gobernador de la isla de Wight en nombre del
parlamento, pero a quien se presumía íntimamente realista. Sean cuales fueren
les sentimientos de piedad del coronel Hammond para con un rey en situación tan
infortunada, se mostró firme en sus deberes para con sus amos, y la
consecuencia fue que el rey Carlos volvió a quedar prisionero en el castillo de
Carisbrook.
Pero ahora debemos abandonar al rey y buscar los orígenes de
esta historia en el comienzo de la guerra civil. A poca distancia del pueblo de
Lymington, que no está muy lejos de Titchfield, donde se refugiara el rey, pero
del otro lado del lago, Southampton y al sur del Bosque Nuevo, con el cual
linda, existía una finca llamada Arnwood, perteneciente al realista Beverley.
Se trataba entonces de una propiedad de considerable valor, muy vasta y con un
parque adornado por valiosos árboles: porque terminaba en el Bosque Nuevo y
podía considerarse una prolongación de éste. Este coronel Beverley como
debernos llamarlo, porque había ascendido a esa categoría en el ejército del
rey, era un estimado amigo y compañero de armas del príncipe Ruperto y tenía
bajo su mando varios escuadrones de caballería. Estaba siempre junto a este
valeroso príncipe cuando éste lanzaba sus brillantes cargas, y finalmente murió
en sus brazos en la batalla de Naseby. El coronel Beverley se había
emparentado, al casarse, con la familia de los Villiers, y el fruto de su
matrimonio fueron dos hijos y dos hijas; pero su celo y sentido del deber lo
habían inducido, al empezar la guerra a abandonar a su esposa y familia en
Arnwood y estaba predestinado a no volver a verlos. La noticia de su muerte le
causó tal efecto a la señora Beverley, agotada ya por la ansiedad que le
inspiraba la suerte de su marido, que a los
pocos meses lo siguió a la tumba tempranamente, dejando a sus
cuatro hijos a cargo de una anciana pariente, hasta que la familia de los
Villiers pudiese protegerlos; pero, como se verá por esta historia, esto era
imposible en ese período. A tiempo de comenzar nuestro relato, peligraban las
vidas del rey y de muchas otras personas, y los huérfanos se quedaron en
Arnwood, siempre a cargo de su anciana pariente.
El Bosque Nuevo, como quizá lo sepan mis lectores, fue cercado
inicialmente por Guillermo el Conquistador como bosque real para su diversión,
porque en esos tiempos la mayoría de las testas coronadas, amaban
apasionadamente la caza, y quizá recuerden también que su sucesor, Guillermo el
Rojo, encontró la muerte en ese bosque por culpa de una flecha desviada de sir
Walter Tyrrell. Desde entonces, ese bosque siguió siendo un dominio real. En el
período a que nos referimos, había allí un puesto de guardabosques y cuidadores
encargados de vigilar a los cazadores furtivos, que comprendía a unos cuarenta
o cincuenta hombres, pagados por la corona. Al empezar la guerra civil, todos
ellos permanecieron en sus puestos, pero no tardaron en descubrir, dada la
organización del país, que ya no podían cobrar sus sueldos. Y entonces, cuando
el rey hubo resuelto reclutar un ejército, Beverley, que tenía un cargo
superior allí, enroló a todos los hombres jóvenes y atléticos empleados en el
bosque y se los llevó consigo para unirse al ejército del rey. Quedaron unos
pocos, cuyos servicios carecían de valor a causa de su edad, y entre ellos
figuraba un viejo y fiel criado de Beverley, un hombre de más de sesenta años
de edad que se llamaba Jacobo Armitage y que había obtenido aquel empleo merced
al coronel. Los que se quedaron en el bosque se instalaron en cabañas separadas
por muchos kilómetros de distancia y se compensaren sus sueldos impagos matando
a los ciervos y vendiendo su carne o consumiéndola personalmente.
La cabaña de Jacobo Armitage estaba situada en los alrededores
del Bosque Nuevo, a un par de kilómetros de la mansión de Arnwood, y cuando el
coronel Beverley fue a unirse a las tropas del rey, presintiendo, cuán poca
seguridad tenían su esposa e hijos en aquellos tiempos azarosos, le pidió al
viejo, dado su apego a la familia, que no perdiese de vista a Arnwood y lo
visitara con toda la frecuencia posible por si podía serle útil a la señora
Beverley. El coronel quiso persuadir a Jacobo de que se alojara en la propia
mansión; pero, el viejo formuló objeciones a esto. Se había pasado toda la vida
en la selva y le resultaba insoportable la idea de abandonarla. Le prometió al
coronel cuidar de su familia y aun estar al alcance de ésta en caso necesario,
y cumplió su palabra. La muerte del coronel Beverley fue un duro golpe para el
viejo guardabosques, y Jacobo cuidó de la señora Beverley y de los huérfanos
con la mayor solicitud; pero cuando aquélla siguió a su esposo a la tumba,
Jacobo, redobló sus atenciones, y rara vez se alejó a más de unas pocas horas
de distancia de la casa. Los dos varones eran sus compañeros inseparables y los
adiestró, a pesar de su juventud, en todos los secretos de su oficio. Tal era
el estado de cosas al tiempo en que el rey Carlos se fugó de Hampton Court. Y
ahora reanudaré mi narración en el punto en que la dejé.
Apenas Cromwell y el parlamento se enteraron de la evasión del
rey, enviaron al sur, en todas direcciones, tropas de caballería, ya que les
rastros de los cascos probaban que se había alejado hacia allí. Cuando
descubrieron que había tomado el camino del Bosque Nuevo, las tropas fueron
subdivididas y se les ordenó que registraran el bosque, en partidas de doce a
veinte, mientras que otras se dirigían a toda prisa a Southampton y todos los
demás puertos de mar o parajes costeros donde verosímilmente
podía embarcarse el rey. El viejo Jacobo había estado en Arnwood el día
anterior, pero en esta jornada había resuelto conseguir alguna carne de venado,
para no volver allí con las manos vacías, porque miss Judith Villiers era muy
afecta al venado y no dejaba de recordárselo a Jacobo cuando en la despensa
faltaba aquella carne durante muchos días. Jacobo había salido a cobrar una
pieza, y después de ubicar a sotavento a un hermoso gamo, se estaba acercando
gradualmente a él de manera furtiva, ora arrastrándose detrás de un enorme
roble, ora deslizándose a través del alto helechal para ponerse a tiro sin ser
advertido cuando súbitamente el animal, que había estado paciendo
apaciblemente, dio un salto y desapareció en la espesura. Al mismo tiempo,
Jacobo advirtió a un pequeño grupo de caballos que galopaban por el vallecito
en que había estado paciendo el gamo. Jacobo nunca había visto aún a las tropas
del parlamento, porque éstas no habían sido enviadas durante la guerra a esa
parte del país, pero sus cascos de hierro, sus arreos de ante, sus prendas de
vestir escuras, lo convencieron de que debían ser ellos: tan distintos eran de
la caballería de los realistas, de equipos claros, mandada por el príncipe
Ruperto. Al tiempo en que avanzaron, Jacobo había estado tendido en el helechal
cerca de algunos bajos arbustos de espino; no queriendo ser advertido por
ellos, retrocedió entre los arbustos, proponiéndose seguir escondido hasta que
se alejaran galopando, porque pensaba: «Soy un guardabosques del rey y ellos
pueden considerarme un enemigo. Y... ¿quién sabe cómo me tratarán?» Pero las
tropas que pasaban a caballo defraudaron a Jacobo en sus esperanzas; por el
contrario, apenas llegaron a un roble ubicado a veinte metros de su escondite,
se dio la orden de hacer alto y desmontar. Los sables de los jinetes
tintinearon en sus vainas de hierro al obedecerse la orden, y el viejo creyó
que lo descubrirían de inmediato; pero uno de los espinos se interponía exactamente
entre él y los soldados, y lo ocultaba de un modo eficaz. Finalmente, Jacobo se
aventuró a erguir la cabeza y atisbar a través del matorral, y advirtió que los
soldados estaban aflojando las cinchas de sus caballos negros o secando el
sudor de sus flancos con manojos de helecho.
Un hombre de poderosa complexión, que parecía mandar a los
demás, estaba parado con la mano apoyada en el arqueado cuello de su corcel,
que parecía más fresco y vigoroso que nunca, aunque cubierto de espuma y sudor.
-No dejen de almohazarlos -dijo-, porque hemos puesto a prueba
el temple de nuestros caballos, y sólo nos queda ahora media hora de descanso.
Debemos seguir adelante, ya que debe cumplirse la obra del Señor.
-Dicen que este bosque mide muchos kilómetros de largo y de
ancho -observó otro de los hombres-, y podemos recorrer muchos kilómetros sin
objeto alguno; pero aquí está James Southwold, que antaño vivió aquí como
guardacaza; más aún, creo haber oído decir que nació y se crió en estos
bosques. ¿No, es así, James Southwold?
-Exactamente -replicó un joven de aire activo-. Nací y me críé
en este bosque, y mi padre fue guardacaza antes que yo.
Jacobo Armitage, que escuchaba la conversación, reconoció de
inmediato a aquel joven. Era uno de los que habían ingresado al ejército del
rey con los demás guardacazas y cuidadores. Le apenó mucho ver que un joven a
quien siempre había considerado sincero y
fiel, y que había abandonado el bosque para pelear en defensa de
su rey, se había convertido en un traidor, uniéndose a las filas del enemigo; y
Jacobo pensó que habría sido mucho mejor que James Southwold no abandonara el
Bosque Nuevo y no hubiese sido corrompido por las malas compañías.
«Era un buen muchacho -pensó Jacobo- y ahora es un traidor y un
hipócrita.»
-Si has nacido y te has criado en este bosque, James Southwold
-dijo el jefe de la tropa-, debes conocer todos sus laberintos y senderos.
Trata, pues, de hacer memoria. ¿No hay escondites secretos donde pueda
ocultarse la gente o espesuras que puedan disimular a un tiempo al hombre y al
caballo? Quizá puedas señalar el punto preciso donde está oculto Carlos.
-Conozco una cañada, a kilómetro y medio de Arnwood -replicó
James Southwold-, que puede ocultar al doble de nuestras tropas a los ojos del
más avisado.
-Iremos allá, entonces -replicó el jefe-. ¿Arnwood, dijiste? ¿No
es ésa la finca del realista Beverley, que fue muerto de un tiro en Naseby?
-Aun así -replicó Southwold-, fueron muchas las ocasiones,
antaño, antes de mi regeneración, desde luego, en que pasé allí días de juerga,
y fueron muchos los jarros de buena cerveza que me bebí.
-Y volverás a beberlos -replicó el jefe-. La buena cerveza no
sólo está destinada a los realistas, sino, también a los leales. Cuando hayamos
examinado la cañada a que te refieres, dirigiremos nuestros caballos hacia
Arnwood.
-¿Quién sabe si no está oculto Carlos en la casa del realista?
-observó otro.
-De día, creo que no -replicó el jefe-. Pero de noche, a los
realistas les gusta tener un techo sobre sus cabezas. De modo que iremos allí
de noche, y no antes.
-He registrado muchos de sus refugios -observó otro-, pero la
búsqueda es casi inútil. Entre sus paneles a resorte y puertas secretas y
falsos cielos rasos y paredes dobles, se puede hurgar hasta el cansancio sin
encontrar nada.
-Sí -replicó el jefe-. Sus moradas están llenas de esas
abominaciones papistas, pero hay un medio seguro. Y si Carlos está oculto en
alguna casa, me atrevería a afirmar que lo encontraremos. El fuego y el humo lo
harán salir, y le pondré fuego con antorchas a todas las casas de realistas en
treinta kilómetros a la redonda. Pero tendría que ser de noche, ya que no
estamos seguros de que lo alberguen allí de día. ¿Conoces bien la mansión de
Arnwood, James Southwold?
-Sé cómo se llega a todos los lugares de la planta baja, la
bodega, el sótano y la cocina; pero no puedo decir que he estado en los
aposentos de la planta alta.
-Ni hace falta; si puedes llevarnos a la entrada de la planta
baja, eso bastará.
-Sí que puedo, señor Ingram -replicó Southwold-. Y al sitio en
que se encuentra la mejor cerveza.
-Bien, Southwold, bien. Debemos hacer nuestra obra y con
diligencia. Vamos, soldados míos, ceñid vuestras cinchas; iremos a la cañada.
Si ésta no oculta al que buscamos, nos ocultará, al menos, a nosotros hasta la
noche, y entonces todo quedará iluminado por las llamas de Arnwood, mientras
rodeamos la casa e impedimos la fuga. ¡Igualitarios, a caballo!
Los soldados saltaron sobre sus sillas y se alejaron con pesado
trote, encabezados por Southwold. Jacobo se quedó entre los helechos hasta que
se perdieron de vista, y entonces se puso de pie. Miró durante largo rato el
camino seguido por los soldados, se inclinó para recoger su escopeta y dijo:
-La providencia ha intervenido en esto, sí. Y también ha
intervenido en que no esté conmigo mi perro, porque éste no se habría quedado
callado durante tanto tiempo. ¿A quién se le habría ocurrido que James
Southwold podía convertirse en un traidor? Más que traidor, porque está pronto
a morder la mano que lo ha alimentado, a quemar la casa que lo ha acogido
siempre gustosamente. Mal mundo es éste, y le agradezco al cielo el haber
vivido siempre en los bosques. Pero no hay tiempo que perder.
Y el viejo guardabosques se echó el fusil al hombro y se alejó
de prisa en dirección a su cabaña.
«De modo que el rey ha huido -pensó mientras caminaba-. ¡Y quizá
esté en el bosque! ¡Quién sabe si no se halla en Arnwood, porque no debe tener
muchos refugios disponibles! Tengo que darme prisa y visitar inmediatamente a
miss Judith. «¡Igualitarios, a caballo!», dijo aquel individuo. ¿Qué será un
igualitario?»
Como quizá mis lectores se pregunten lo mismo, deben saber que
gran parte del ejército del parlamento había adoptado en aquel entonces el
nombre de igualitario, por opinar que todos los hombres deblan ser iguales y
todas las propiedades debían estar divididas por igual.
El odio de aquella gente por todos los que la superaban en
jerarquía o bienes, sobre todo los que integraban el partido del rey, en su
mayor parte hombres de bienes y jerarquía, era ilimitado y se mostraban
despiadados y crueles en sumo grado, renunciando a buena parte del talante y
lenguaje fanáticos que caracterizaran antes a los puritanos. A Cromwell le
había costado mucho trabajo sosegarlos, cesa que logró finalmente ahorcando y
matando a muchos. Nada sabía de esto Jacobo; todo lo que sabía era que Arnwood
iba a ser quemado esa noche y que era necesario retirar de allí a la familia.
En cuanto a conseguir ayuda para resistir a los soldados, comprendía que esto
era imposible. Al pensar en lo que ocurriría, le agradeció a Dios el haberle
permitido enterarse de lo que iba a pasar, y apretó el paso. Su escondite del
helechal estaba a unos doce kilómetros de Arnwood. Lo primero que hizo, fue ir
a su cabaña a dejar su escopeta; luego ensilló su petiso del bosque y partió
rumbo a Arnwood. En menos de dos horas llegó a la puerta de la mansión; eran
entonces alrededor
de las tres de la tarde, y como corría el mes de noviembre,
sólo, quedaban dos horas de luz diurna.
«Me costará habérmelas con esa inflexible vieja -pensó Jacobo,
mientras tiraba de la campanilla-. Creo que no se levantaría de su silla alta
aunque viniese el viejo Oliverio con todo su ejército. Pero ya veremos.»
Capítulo II
Antes de que conduzcan a Jacobo a presencia de miss Judith
Villiers, debemos hacer alguna referencia a la vida en Arnwood. Con excepción
del único criado varón, que lo mismo trabajaba en la casa que en las
caballerizas, según conviniera, todos los hombres de la servidumbre del coronel
Beverley habían seguido, la suerte de su señor; y como ninguno de ellos había
vuelto, cabía suponer que, según todas las probabilidades, habían compartido su
suerte. Tres criadas, con el hombre ya mencionado, componían toda la
servidumbre. En realidad, había motivo para que ésta no aumentara, porque los
arrendamientos se pagaban en parte o no se pagaban. Se presumía en general que
la finca, ahora que el parlamento había dominado la situación, sería
confiscada, aunque esto no hubiese sucedido aún. Y los arrendatarios no querían
pagarles a los que no estaban autorizados a percibir los arrendamientos que
podían verse obligados a pagar nuevamente. Por ello, a miss Judith Villiers le
resultaba difícil mantener a su servidumbre, y aunque no se lo confesaba a
Jacobo Armitage, la verdad era que a menudo la carne de venado traída por éste
a la casa era toda la carne existente en la despensa. Las tres criadas eran: la
una, cocinera; la otra, camarera de miss Villiers, y la tercera, sirvienta. Y
los niños no estaban al cuidado de ninguna de ellas y quedaban en gran parte
librados a sí mismos. En la casa habían tenido un capellán, pero éste se marchó
antes de morir la señora Beverley, y la vacante no había sido llenada; en
realidad, no habría podido serlo fácilmente, porque al capellán que se había
ido se le debían muchos meses de sueldo y mis Judith Villiers esperaba que sus
pariente la invitaran de un momento a otro a vivir allí con los niños, y se
pasaba los días sentada en su alta silla esperando ese llamado que nunca
llegaba, dado lo difícil de aquellos tiempos turbulentos.
Como ya lo hemos dicho, los huérfanos eran cuatro: los dos
mayores varones, y las menores niñas. Eduardo, el primogénito, tenía de trece a
catorce años; Humphrey, el segundo, contaba doce; Alicia once y Edith ocho.
Como precisamente nos disponemos a contar la historia de estos jóvenes, poco
diremos de ellos por ahora, salvo que, desde hacía muchos meses, no sufrían
coacción alguna y nadie había cuidado de ellos. Sus camaradas eran Benjamín, el
hombre que quedaba en la casa, y el viejo Jacobo Armitage, que se pasaba con
ellos todo su tiempo libre. Benjamín era de inteligencia bastante precaria y
una fuente de diversión más que otra cosa. En cuanto a las criadas, una de
ellas estaba totalmente ocupada atendiendo a miss Judith, que era muy exigente
y con un alto sentido de su propia importancia. Las otras dos tenían harto
trabajo, ya que, cuando no hay dinero con qué pagar, todo debe hacerse en casa.
Nada tiene de asombroso el que, en estas condiciones, los varones se volvieran
ruidosos y las niñas traviesas; pero, por dicha causa, miss Judith rara vez les
franqueaba el acceso, a su aposento. Es verdad que mandaba por
ellos una vez al día, para cerciorarse de que estaban en la casa
o de que existían, pero, pronto eran despedidos y librados a sí mismos. Tal era
el abandono en que vivían los jóvenes huérfanos. Debe admitirse, con todo, que
ese mismo abandono los volvió independientes y audaces, llenos de salud a causa
de su constante actividad y más adecuados al cambio que no tardaría en
producirse.
-Benjamín -dijo Jacobo, al acercarse el criado a la puerta-.
Tengo que hablar con la señorita.
-¿Has traído algún venado, Jacobo? -dijo Benjamín, sonriendo-.
Porque, en caso contrario, creo que no serás bienvenido.
-No. Pero se trata de un asunto importante, de modo que envíale
a Ágata inmediatamente.
-Sí que lo haré, y nada diré del venado.
A los pocos minutos, Jacobo fue conducido por Ágata a los
aposentos de miss Judith Villiers. La anciana dama contaba unos cincuenta años
de edad, era muy estirada y tiesa y estaba sentada en una silla de alto
respaldo, con los pies sobre un escabel y las manos cruzadas delante, con los
mitones reposando sobre el albo delantal.
El viejo guardabosques le hizo una reverencia.
Según me dicen, usted tiene algo importante que decirme -observó
miss Judith.
-Importantísimo, señora -replicó Jacobo-. En primer lugar, debe
usted saber que Su Majestad el rey Carlos ha huido de Hampton Court.
-¡Su Majestad ha huido! -replicó la dama.
-Sí, y se presume que está escondido en esta vecindad. Supongo
que no se halla en esta casa..., ¿verdad?
-Jacobo, Su Majestad no está en esta casa; si lo estuviera, yo
me dejaría arrancar la lengua antes que confesarlo, aún tratándose de usted.
-Pero tengo otra cosa confidencial que decirle, señora.
-Retírese, Ágata. Y cuide de ir abajo y de no quedarse junto a
la puerta.
Al oír esta orden, Ágata se precipitó afuera del aposento,
cerrando con un portazo que le hizo dar un salto en la silla a miss Judith.
-¡Muchacha mal educada! -exclamó miss Judith-. Vamos, Jacobo
Armitage. Puede continuar.
Entonces Jacobo narró con todos los detalles lo que había oído
esa mañana, al encontrarse con los soldados, terminando con la información de
que la casa sería quemada esa misma noche. Luego señaló la necesidad de
abandonar inmediatamente Arnwood, ya que sería imposible oponerse a los
soldados.
-¿Y adónde he de ir, Jacobo? -preguntó tranquilamente miss
Judith.
-No lo sé, señora. Está mi cabaña, pero se trata de algo muy
modesto e inadecuado para una persona como usted.
-Así lo considero, Jacobo Armitage, y no aceptaré su oferta. No
le cuadraría a la dignidad de una Villiers asustarse y abandonar su morada al
llegar un partida de groseros soldados. Suceda lo que suceda, no me moveré de
aquí... no, ni aun de esta silla. Por lo demás, no creo que el peligro sea tan
grande como usted supone. Que Benjamín ensille un caballo y se disponga a ir a
Lymington de inmediato. Le daré una carta para el juez del pueblo, a fin de que
nos envíe protección.
-Pero, señora, los niños no pueden quedarse aquí. No los dejaré
aquí. Le he prometido al coronel...
-¿Correrán más peligro los niños que yo, Jacobo
Armitage?-replicó solemnemente la anciana dama-. Esa gente no se atreverá a
maltratarme. Quizá violenten la bodega y se beban la cerveza... y se
entretengan con tal o cual venado traído por usted. Pero dudo que se arriesguen
a agraviar a una dama de la casa de Villiers.
-Temo que se arriesgarán a cualquier cosa, señora. De todos
modos, asustarán a los niños, y tratándose solamente de una noche, éstos se
hallarían mejor en mi cabaña.
-Bueno, así sea; llévelos a su cabaña y que vaya con ustedes
Marta para atender a las señoritas Beverley. Baje ahora, y dígale a Marta que
venga aquí y a Benjamín que ensille lo más pronto que pueda.
Jacobo salió del aposento, satisfecho de haber obtenido permiso
para llevarse a los niños. Sabía que era inútil discutir con miss Judith, que
se mantenía firme en sus trece cuando había manifestado su intención. Jacobo
caviló acerca de si convenía hablarles a los criados del peligro inminente;
pero no tuvo oportunidad de hacerlo, porque Ágata se había quedado junto a la
puerta mientras Jacobo daba aviso a miss Villiers, y apenas hubo mencionado el
guardabosques la amenaza de que esa noche quemarían Arnwood, había corrido a la
cocina a comunicárselo a los demás criados.
-No me quedaré para morir quemada -exclamó la cocinera, al
entrar Jacobo-. ¡Lindas noticias las suyas, señor Armitage! ¿Qué dice mi
señora?
-Quiere que Benjamín ensille inmediatamente y lleve una carta a
Lymington. Y usted, Ágata, debe subir a sus aposentos.
-Pero..., ¿qué se propone hacer? ¿Adónde iremos? -exclamó Ágata.
-Miss Judith se propone quedarse donde está.
-Entonces, lo que es por mí, se quedará sola -exclamó la
doncella, a quien Benjamín festejaba-. Bastante malo es ya tener pecas
vituallas y no cobrar sueldo, pero eso de morir quemada... Benjamín, ponga una
grupera detrás de su silla de montar e iré a Lymington con usted. No tardaré en
tener listo mi hato de ropa.
Benjamín, que estaba en la cocina al entrar Jacobo, hizo un
significativo signo de asentimiento y se fue a la caballeriza. Ágata subió a
los aposentos de su ama con aire muy perturbado y la cocinera se fue también
muy presurosamente a su alcoba.
«¡Todos la abandonarán! -pensó Jacobo-. Bueno, mi deber es
evidente. No dejaré a los niños en la casa.»
Fue en su busca y los encontró jugando en el jardín.
Inmediatamente llamó a los dos varones aparte.
-Señorito Eduardo -dijo-. Usted debe probar que es el hijo de su
padre. Debemos abandonar inmediatamente esta casa; suba conmigo a sus
habitaciones y ayúdeme a empacar sus ropas y las de sus hermanos, porque esta
noche debemos irnos a mi cabaña. No hay tiempo que perder.
-Pero..., ¿Por qué, Jacobo? Debo saber el porqué.
-Porque los soldados de caballería del parlamento quemarán la
casa esta noche hasta sus cimientos.
-¡Que la quemarán! Pero si la casa es mía..., ¿verdad? ¿Quién se
atreverá a quemarla?
-Ellos se atreverán y lo harán.
-Pero lucharemos contra ellos, Jacobo; podemos atrincherarnos.
Yo sé usar una escopeta y también dar en el blanco, como usted sabe; luego,
están Benjamín y usted.
-¿Y qué podrán hacer usted y dos hombres más contra una tropa de
caballería, mi querido niño? Si pudiéramos defender la casa, Jacobo Armitage
sería el primero en intentarlo; pero eso es imposible, mi querido niño.
Recuerde a sus hermanas. ¿Le gustaría que fuesen quemadas vivas o muertas a
tiros por esos malvados? No, no, señorito Eduardo; usted debe hacer lo que digo
y no perder tiempo. Empaquemos lo que sea más útil y carguemos los hatos sobre
White Billy. Luego ustedes podrán venir a la cabaña conmigo, y nos arreglaremos
lo mejor posible.
-¡Eso será divertido! -dijo Humphrey-. Ven, Eduardo.
Pero Eduardo Beverley necesitaba más persuasión para abandonar
la casa; por fin, el viejo Jacobo logró convencerlo, y la ropa fue apilada en
hatos lo más pronto posible.
-La tía dijo que Marta acompañara a sus hermanas, pero dudo de
que quiera venir -dijo Jacobo-. Y creo que no habrá sitio para ella, ya que la
cabaña es harto pequeña.
-Oh, no la necesitamos -dijo Humphrey- Alicia viste siempre a
Edith y se viste sola desde el día mismo en que murió mamá.
-Entonces, bajemos los hatos y amárrenlos ustedes al petiso,
mientras voy en busca de sus hermanas.
-Pero..., ¿adónde irá la tía Judith? -inquirió Eduardo.
-Ella no abandonará la casa, señorito Eduardo; se propone
quedarse y hablar con los soldados.
-¡De modo que una anciana como ella se queda para afrontar al
enemigo, mientras yo huyo! -replicó Eduardo-. No me iré.
-Señorito Eduardo -replicó Jacobo-. Haga lo que le plazca, pero
sería cruel dejar aquí a sus hermanas: ella y Humphrey deben venir conmigo y yo
no podré conseguir que vengan a mi cabaña si usted no me ayuda. Eso no queda
lejos y luego usted podrá volver muy pronto.
Eduardo consintió. El petiso fue cargado prestamente y las
niñas, que estaban jugando aún en el jardín, fueron llamadas por Humphrey. Se
les dijo que pasarían la noche en la cabaña y la idea las deleitó.
-Vamos, señorito Eduardo -dijo Jacobo-. ¿Quiere tomar de la mano
a sus hermanas y conducirlas a la cabaña? Aquí tiene la llave de la puerta. El
señorito Humphrey puede guiar al petiso.
Y, llevándolo aparte, Jacobo continuó:
-Y además, señorito Eduardo, le diré algo que no he de mencionar
en presencia de su hermano y sus hermanas: los soldados están revolviendo todo
el Bosque Nuevo, porque el rey Carlos ha huido y lo buscan. Por lo tanto, usted
no debe abandonar a sus hermanos hasta que yo vuelva. Cierre con llave la
puerta de la cabaña apenas anochezca. Ya sabe donde encontrará una luz, sobre
el aparador; y mi escopeta está cargada y pende sobre la repisa. Haga todo lo
que pueda si los soldades quieren forzar la entrada; pero, rnás que nada,
prométame que no los abandonará hasta mi regreso. Me quedaré aquí para ver qué
puedo hacer por su tía; y cuando vuelva, decidiremos qué ha de hacerse.
Esta treta del Jacobo tuvo éxito. Eduardo prometió que no
abandonaría a sus hermanos y sólo quedaban unos pocos minutos de luz, diurna
cuando el pequeño grupo dejó la mansión de Arnwood. Cuando franqueahan la
verja, se cruzaron con Benjamín, que se alejaba al trote con Marta a sus
espaldas sobre una grupera, y que aferraba un envoltorio tan grande como ella.
No cambiaron una sola palabra y pronto Benjamín y Marta se perdieron de vista.
-¿Adónde se irá Marta? -dijo Alicia-. ¿Estará de vuelta cuando
regresemos mañana a casa?
Eduardo no contestó, pero Humphrey dijo:
-Pues se lleva mucha ropa en ese enorme hato, para tratarse de
una noche, en todo caso.
Jacobo, apenas hubo despachado a los niños, volvió a la cocina,
donde encontró a Ágata y a la cocinera que reunían sus cosas, aprestándose
evidentemente a una presurosa fuga.
-Ha visto a miss Judith, Ágata?
-Sí. Y me dijo que se quedaría y que yo debía quedarme de pie
detrás de su silla, para poder recibir dignamente a los soldados, pero no
admiro su plan. Quizá la dejen en paz a ella, pero estoy segura de que serán
groseros conmigo.
-¿Cuando vuelve Benjamín?
-No piensa volver. Dijo que en cualquier caso, no volvería hasta
mañana por la mañana, y que entonces haría una escapada aquí, para asegurarse
de si el aviso era cierto o no. Pero Marta se ha ido cen él.
-Ojalá pudiera inducir a la señorita a dejar la casa -dijo
Jacobo pensativamente-. Temo que no la respeten tanto como ella supone. Suba,
Ágata, y dígale que quiero hablar con ella.
-No, no haré tal cosa; tengo que irme porque ya oscurece.
-¿Y dónde se va?
-A casa de Gossip Allwood. Eso queda a un par de kilómetros de
distancia y tengo que llevar mis cosas.
-Pues mire, Ágata. Si me anuncia a la señorita, yo le llevaré
sus cosas.
Ágata consintió y apenas hubo llevado al primer piso la lámpara,
porque ya había oscurecido totalmente, Jacobo fue introducido de nuevo a los
aposentos de miss Judith.
-Querría, señora, poder convencerla de que dejase la casa por
esta noche -dijo el guardabosques.
-Jacobo Armitage, no abandonaré esta casa aunque esté llena de
soldados; ya se lo he dicho...
-Pero, señora...
-Basta, señor. Usted se excede -replicó la dama, con altanería.
-Pero, señora...
-Retírese de aquí, Jacobo Armitage, y no vuelva jamás. Salga de
aquí y envíeme a Ágata.
-Ágata se ha ido, señora, y también se ha ido la cocinera, y
Marta se ha marchado con Benjamín; cuando yo me marche, usted se habrá quedado
sola.
-¿Se han atrevido a marcharse.?
-No se han atrevido a quedarse, señora.
-Váyase, Jacobo Armitage, y cierre la puerta al salir.
Jacobo vacilaba aún.
-Obedézcame de inmediato -dijo la anciana, y el guardabosques,
considerando inútil toda protesta, salió y obedeció la última orden de miss
Judith, cerrando la puerta en pos de él.
Jacobo encontró a Ágata y a la otra doncella en el patio: tomó
los envolterios de ambas y como se lo había prometido a Ágata, las acompañó
hasta la casa de Gossip Alwood, que tenía una pequeña cervecería a un par de
kilómetros de distancia.
-Pero... ¡Dios mío! ¿Qué será de los niños? -dijo Ágata, cuando
se alejaban, ya que los había olvidado hasta entonces movida por sus propios
temores-. ¡Pobrecitos! Y Marta los ha abandonado también.
-Sí, en verdad. ¿Qué será de nuestros queridos niños?- dijo la
cocinera, lagrimeando.
Entonces Jacobo, sabiendo que los hijos de un realista tal como
el coronel Beverley sufrirían un trato riguroso si eran descubiertos y sabiendo
asimismo que no siempre se podía confiar en las mujeres, resolvió no decirles
adónde los había enviado. De modo que contestó:
-¿Quién habría de hacerles daño a niños de tan corta edad? No.
No hay por qué temer por ellos; hasta los soldados los protegerán.
-Así lo espero -replicó Ágata.
-No lo duden. Ningún hombre causará daño a unos niños -replicó
Jacobo-. Los soldados los llevarán a Lymington, seguramente. No temo por ellos;
si con alguien serán descorteses, será con esa orgullosa dama.
La conversación terminó en este punto, y a su debido tiempo, los
viajeros llegaron a la posada. Jacobo acababa de dejar los hatos sobre la mesa,
cuando se oyó rumor de cascos caballares. A poco, los soldados detuvieron sus
cabalgaduras ante la puerta y desmontaron. Jacobo reconoció a la partida que
encontrara en el bosque, y entre ellos, a Southwold. Los soldados pidieron
cerveza y se quedaron algún tiempo en la casa, charlando y jaraneando
con las mujeres, sobre todo con Ágata, que era muy bien
parecida. Jacobo se habría retirado silenciosamente, pero se encontró con que
en la puerta habían apostado a un centinela para impedir que alguien saliera.
Volvió a sentarse y mientras escuchaba la conversación de los soldados, fue
reconocido por Southwold, que lo abordó. Jacobo no fingió no conocerlo, porque
ello habría sido inútil, y Southwold le formuló muchas preguntas sobre los
moradores de Arnwood. Jacobo replicó que allí estaban los niños y unos pocos
criados, e iba a mencionar a miss Judith Villiers, cuando se le ocurrió una
idea: podía salvar a la anciana dama.
-Ya sé que ustedes van a Arnwood -dijo Jacobo-, y he oído decir
a quien buscan. Quizá me equivoque, pero si ustedes se topan con una vieja o
algo así cuando vayan a Arnwood, pónganla sobre la grupa de su caballo y
llévenla a Lymington lo más pronto que puedan. Usted me entiende.
Southwold asintió con aire significativo y le oprimió la mano a
Jacobo.
-Una sola palabra, Jacobo Armitage: si triunfo en la captura
gracias a su indicación, es simplemente justo que usted reciba algo del premio.
¿Dónde podré encontrarlo pasado mañana?
-Esta noche me voy de aquí y no tengo más remedio que hacerlo.
Lo positivo es que estoy en dificultades: cuando la marejada haya pasado, daré
con usted. No vuelva a hablarme más.
Southwold volvió a oprimir la mano de Jacobo y lo abandonó. A
poco, dieron orden de volver a montar y los soldados partieron.
Armitage los siguió lentamente, sin ser advertido. Los soldados
llegaron a la casa y la rodearon. Poco después el guardabosques notó el resplandor
de las antorchas, y al cuarto de hora se alzó una densa humareda en el cielo
oscuro pero despejado; finalmente brotaron las llamas de las ventanas
inferiores de la mansión y a poco iluminaron la zona hasta varios kilómetros a
la redonda.
«Esto ha terminado», pensó Jacobo y se volvía ya para
encaminarse de prisa hacia su propia cabaña, cuando oyó el galope de un caballo
y unos fuertes gritos. Un minuto después, James Southwold pasó a su lado con
miss Judith amarrada detrás de él, pataleando y forcejeando todo lo posible.
Jacobo sonrió al pensar que le había salvado la vida a la anciana con aquella
pequeña treta, porque evidentemente Southwold suponía que llevaba en la grupa
al rey Carlos disfrazado de mujer, y entonces, volvió lo más pronto posible a
la cabaña.
Al cabo de media hora había atravesado los densos bosques que
mediaban entre la mansión y su morada, volviendo a ratos la vista para
contemplar las llamaradas del incendio que se elevaban a creciente altura.
Llamó a la puerta de la cabaña: Smoker, un gran perro mestizo de zorro y
sabueso, gruñó hasta que Jacobo le habló y entonces Eduardo abrió la puerta.
-Mis hermanas están en cama y profundamente dormidas, Jacobo
-dijo Eduardo-. Y Humphrey cabecea desde hace media hora. ¿No será mejor que se
acueste también antes de que volvamos?
-Salga, señorito Eduardo, y mire -replicó Jacobo.
Eduardo contempló las llamas y el salvaje resplandor que cubría
el cielo, y guardó silencio.
-Ya le dije que ocurriría esto y ustedes se habrían quemado
vivos en sus lechos, porque los soldados no entraron en la casa para averiguar
quiénes estaban en ella, sino que la incendiaron apenas la hubieron rodeado.
-¿Y mi tía? -exclamó Eduardo, estrujándose las manos.
-Está a salvo, señorito Eduardo, y a estas horas en Lymington.
-Iremos a verla mañana.
-Temo que no: no debe usted arriesgar tanto, señorito Eduardo.
Esos igualitarios no perdonan a nadie y más vale que lo crean a usted muerto en
el incendio.
-Pero mi tía sabe lo contrario, Jacobo.
-Es cierto. Lo había olvidado.
Y, realmente, Jacobo había olvidado esto. Pensaba que la vieja
moriría en el incendio y que entonces nadie sabría de la existencia de los
niños; pero había olvidado, al planear la salvación de miss Judith, que ésta
sabía el paradero de los niños.
-Pues bien, señorito Eduardo. Iré mañana a Lymington a ver a la
señorita; pero usted debe quedarse aquí y cuidar de sus hermanas hasta que yo
vuelva, y entonces veremos qué ha de hacerse. Las llamas ya no son tan
brillantes como antes.
-No. Es mi casa la que han quemado estos cabezas redondas -dijo
Eduardo, cerrando el puño.
-Era su casa, señorito Eduardo, y su propiedad, pero queda por
verse hasta cuándo seguirá siéndolo. Temo que ese dominio será anulado.
-¡Ay del que se atreva a tomar posesión de la finca! -exclamó
Eduardo-. Si vivo, seré un hombre muy pronto.
-Sí, señorito Eduardo, y entonces reflexionará más que ahora y
no será imprudente. Entremos en la cabaña, porque es inútil que nos quedemos a
la intemperie; esta noche la helada aprieta.
Eduardo siguió lentamente a Jacobo al interior de la cabaña. Su
pequeño corazón estaba desbordante. Era un muchacho orgulloso y bueno, pero la
destrucción de la mansión había hecho nacer evidentemente en su corazón malos
pensamientos, el odio a los puritanos que habían matado a su padre y ahora
quemado su propiedad, y el ansia de vengarse de ellos (no sabía cómo); pero, a
pesar de su juventud, su mano estaba pronta a herir. Se tendió en la cama, pero
no pudo conciliar el sueño. No hacía más que revolverse en el lecho, y su
cerebro hervía de pensamientos y planes de venganza. De haber dicho sus
plegarias esa noche, se hubiera visto obligado a repetir: «Perdónanos, como
perdonamos nosotros a quienes usurpan lo nuestro». Por fin se quedó dormido,
pero no durmió tranquilo y a menudo habló entre sueños y despertó a sus
hermanos.
Capítulo III
A la mañana siguiente, apenas les hubo servido Jacobo el
desayuno a los niños, partió rumbo a Arnwood. Sabía que Benjamín había
expresado su intención de volver a caballo, para enterarse de lo ocurrido, y lo
conocía lo bastante para estar seguro de que lo haría. Pensó que lo mejor era
verlo, de ser posible, y cerciorarse de la suerte de miss Judith. El
guardabosques llegó a las ruinas aun humeantes de la mansión, y encontró allí a
algunas personas, en su mayoría residentes a pocos kilómetros de distancia, algunas
atraídas por la curiosidad, otras consagradas a recoger las enormes cantidades
de plomo del tejado, derretidas y caídas, y a apropiárselas; pero aquello, en
su mayor parte, estaba harto caliente para tocarlo y le echaban nieve para
enfriarlo, porque había nevado durante la noche. Por fin, Jacobo advirtió a
Benjamín a caballo, que se adelantaba despaciosamente hacia él y se le acercó
de inmediato.
-Realmente, el espectáculo es lamentable, Benjamín. ¿Qué
novedades trae de Lymington?
-Lymington está lleno de soldados y éstos no son demasiado
corteses -replicó Benjamín.
-¿Y cómo está la señorita?
-Oh... Eso, es algo muy doloroso -dijo el criado-. Y la suerte
de los pobres niños, también. ¡Pobre señorito Eduardo! Habría sido un bravo
caballero.
-Pero..., ¿está a salvo la señorita? -insistió Jacobo-. ¿La vio
usted?
-Sí, la vi; los soldados creyeron que la pobre era el rey Carlos
en persona.
-Pero deben haber descubierto su error a estas horas...,
¿verdad?
-Sí. Y también lo ha descubierto James Southwold -replicó
Benjamín-. ¡Pensar que la pobre señorita se ha desnucado!
-¿Desnucado? ¡No me diga! ¿Cómo ha sido eso?
-Pues, según parece, Southwold creyó que la señorita era el rey
Carlos disfrazado de vieja, de modo que la agarró y la sujetó bien a sus
espaldas y se fue galopando con ella a Lymington; pero ella forcejeó y pataleó
de una manera tan varonil, que él no pudo sostenerse sobre la silla y ambos
cayeron del caballo, y él se desnucó.
-¿De veras? ¡Un juicio de Dios sobre un traidor! dijo Jacobo.
-Ambos fueron recogidos, sujetos el uno al otro como estaban y
llevados por los demás soldados a Lymington.
-Pues... ¿Dónde está entonces la señorita? ¿La vio usted y habló
con ella?
-La vi, Jacobo, pero no hablé con ella. Olvidaba decirle que al
desnucar a Southwold, también se desnucó ella.
-¿De modo que la señorita está muerta?
-Sí que lo está -replicó Benjamín-. Pero... ¿qué importa ella?
Lo que lamento es la muerte de esos pobres niños. Marta no ha cesado de llorar
desde entonces.
-No me extraña.
-Yo estaba en la posada del Caballero y los soldados entraron
allí y empezaron a jactarse de lo que habían hecho y dijeron que aquélla era
una buena obra. Yo no pude soportarlos y le pregunté a uno de ellos si era una
buena obra quemar vivos en sus lechos a unos pobres niños. De modo que él se
volvió y asestó un golpe en el suelo con su espada y me preguntó si yo era
realista. Dije que no y él insistió: «Entonces... ¿Quién es usted?» Todo mi
valor se esfumó y contesté que era un pobre cazador de ratas. «De modo que
cazador de ratas... ¿eh? -dijo él-. Pues bien, señor Cazador de Ratas... Cuando
usted mata ratas..., ¿no mata también a los críos cuando encuentra un nido de
ratas? ¿O los deja crecer y convertirse en seres dañinos?» «Claro que mato a
los críos», respondí. «Pues lo mismo hacemos nosotros con los realistas cuando
los encontramos». No dije una sola palabra más y salí de la posada lo antes que
pude.
-¿Ha oído usted algo sobre el rey? -inquirió Jacobo.
-No, nada. Pero los soldados han vuelto a ponerse en campaña y
tengo entendido que se han marchado al bosque.
-Entonces, Benjamín, adiós; me iré de estos lugares... Es inútil
que me quede aquí. ¿Donde están Ágata y la cocinera?
-Han ido a Lymington en las primeras horas de la mañana.
-Dígales adiós en mi nombre, Benjamín.
-¿Adónde va, pues?
-No lo sé muy bien, pero creo que tomaré el camino de Londres.
Sólo me había quedado aquí para velar por los niños, y ahora que han muerto me
marcharé de Arnwood para siempre.
Jacobo, ansioso de volver a la cabaña, al enterarse de que los
soldados estaban en el bosque, le estrechó la mano a Benjamín y se alejó
precipitadamente. «Bueno -pensó mientras tanto-, lo siento por la pobre vieja;
pero, con todo, quizá sea para bien. ¡Quién sabe qué habrían hecho ellos con
esos niños. ¿Destruir el nido junto con las ratas? ¡Buena idea! Pero tendrán
que empezar por descubrir el nido.»
Y el viejo guardabosques continuó su viaje, sumido en hondas
cavilaciones.
Cabe observar aquí que, a pesar de lo sanguinarios que eran
muchos de los puritanos, no creemos que Jacobo Armitage tuviera motivo para los
temores que expresaba y sentía; esto es, creemos que habría podido comunicarle
la existencia de los niños a la familia de los Villiers y que nadie les habría
hecho daño. Es cierto que podían haber perecido al incendiarse la casa, de
haber estado en sus lechos, pero, es muy improbable que el hecho de que su
padre fuese tan fiel adepto de la causa realista hiciera peligrar sus vidas, y
ello no resulta probado por la historia de la época; pero el viejo
guardabosques opinaba de otro modo. Odiaba a los puritanos y las fechorías de
éstos habían sido exageradas a tal punto por los rumores, que estaba convencido
de que las vidas de los niños corrían peligro. Convencido de ello, y
sintiéndose ligado por su promesa al coronel Beverley de protegerlos, Jacobo
resolvió que vivirían con él en el bosque y se criarían aparentando ser sus
nietos. Sabía que era imposible encontrar mejor escondite, ya que, salvo los
guardabosques, eran muy pocos los que sabían donde estaba la cabaña, y ésta se
hallaba tan apartada de los senderos transitados y tan oculta por elevados
árboles, que había pocas probabilidades de que la viesen o se supiera su
existencia. Por lo tanto, Jacobo resolvió que los niños se quedarían con él
hasta tiempos mejores. Y entonces él les comunicaría su existencia a las otras
ramas de la familia, pero no antes. «Puedo cazar y alimentarlos así - pensó-. Y
tengo un poco de dinero en caso de necesidad. Y les enseñaré a ser útiles;
tendrán que aprender a valerse por sí mismos. Están el jardín y la parcela de
tierra; dentro de dos o tres años los muchachos, podrán servir para algo. No puedo
enseñarles gran cosa, pero sí puedo enseñarles a temer a Dios. Debemos salir
del paso lo mejor posible y depositar nuestra fe en Él, que es un Padre para
los desamparados.»
Con estos pensamientos bulléndole en la cabeza, Jacobo llegó a
la cabaña y se encontró con que los niños estaban parados junto a la puerta
esperándolo. Todos ellos, fueron presurosamente a su encuentro, y el perro se
abalanzó a la vanguardia para darle la bienvenida a su amo.
-¡Quieto, Smoker, buen perro mío! Bueno, señorito Eduardo, he
sido lo más rápido posible. ¿Cómo se han portado el señor Humphrey y sus
hermanas? Pero no debemos quedarnos afuera hoy, porque los soldados están
registrando el bosque y pueden verlos a ustedes. Entremos inmediatamente,
porque no convendría que vinieran aquí.
-¿Quemarían la cabaña? -inquirió Alicia, tomando la mano de
Jacobo.
-Sí, querida; creo que lo harían si descubrieran que usted y sus
hermanos están en ella.
Pero no debemos dejar que los vean.
Todos entraron en la cabaña, que consistía en una gran
habitación al frente y dos al fondo como alcobas. Había también una tercera
alcoba, que estaba detrás de las otras dos, pero sin muebles.
-Ahora veamos qué hay para el almuerzo... Sé que ha quedado
carne de venado -dijo Jacobo-. Vengan; todos debemos ser útiles. ¿Quién
cocinará?
-Yo -dijo Alicia-. Siempre que usted me muestre cómo. Hay
algunas patatas en el cesto del rincón..., y de la cuerda penden varias
cebollas. Necesitamos un poco de agua. ¿Quién la traerá?
-Yo -dijo Eduardo, que tomó un cubo y fue hacia el manantial.
Las patatas fueron peladas y lavadas por los niños: Jacobo y
Eduardo cortaron la carne de venado, se lavó la marmita de hierro y luego la
carne y las patatas fueron echadas a la marmita y ésta sobre el fuego.
-Ahora cortaré las cebollas, porque los harán lagrimear.
-No me importa -dijo Humphrey-. Cortaré y lloraré al mismo
tiempo.
Y Humphrey tomó un cuchillo y cortó con gesto varonil las
cebollas, aunque se veía obligado a secarse los ojos con la manga muy a menudo.
-Eres un buen muchacho, Humphrey -dijo Jacobo-. Ahora meteremos
ahí las cebollas y dejaremos que todo eso hierva. Como ven, ustedes mismos se
han preparado el almuerzo. ¿Verdad que es agradable?
-Sí -gritaron todos ellos-. Y comeremos nuestro propio almuerzo
apenas esté listo.
-Entonces, Humphrey, debe bajar algunos de los platos que están
en el aparador. Y usted, Alicia, encontrará algunos cuchillos en la gaveta. Y
veamos... ¿Qué podría hacer la pequeña Alicia? ¡Oh!, podría ir al trinchante y
traer el salero. Eduardo, quédese al acecho y avíseme si viene o pasa alguien.
Hay que estar alerta mientras los soldados no hayan abandonado el bosque.
Los niños se dedicaron a sus tareas, y Humphrey gritó, como lo
hacía muy a menudo:
-¡Vamos, esto es divertido!
Mientras se cocía el almuerzo, Jacobo entretuvo a los niños
mostrándoles cómo se ponían las cosas en orden: barrió el piso y aseó el hogar,
le mostró a Alicia cómo se lavaba un
mantel y a Humphrey cómo se quitaba el polvo a las sillas. Todos
trabajaron alegremente, mientras la pequeña Edith miraba y batía palmas.
Pero momentos antes de estar pronta la comida, Eduardo entró y
dijo:
-¡Unos soldados galopan por el bosque!
Jacobo salió y observó que los soldados seguían una dirección
que los llevaría cerca de la cabaña.
Entró y, después de pensarlo n poco, dijo:
-Mis queridos niños: esos hombres pueden venir aquí y registrar
la cabaña. Ustedes deben hacer lo que les digo, y cuiden mucho de guardar
silencio. Humphrey, usted y sus hermanas deben ir a la cama y fingir que están
muy enfermos. Eduardo, quítese la levita y póngase esa vieja chaqueta de caza
mía; usted debe quedarse en la alcoba atendiendo a sus hermanos enfermos.
Venga, querida Edith, usted debe jugar a los enfermos y luego cenará.
Jacobo llevó a los niños a la alcoba, y quitándoles la ropa
externa, que los habría delatado como hijos de buena familia, los acostó y
cubrió hasta la mandíbula con los cobertores. Eduardo se había puesto la vieja
chaqueta de caza, que le llegaba hasta más abajo de las rodillas, y se paró con
un jarro de agua en la mano junto a la cabecera de las dos muchachas. Jacobo
salió a la habitación del frente, para sacar los platos dispuestos para el
almuerzo. Y apenas lo hubo hecho, oyó el ruido de los soldados y a poco un
golpe en la puerta de la cabaña.
-Adelante -dijo.
-¿Quién es usted, amigo mío? -dijo el jefe de la tropa,
entrando.
-Un pobre guardabosques, señor, y en grandes apuros -replicó
Jacobo.
-¿Qué apuros, amigo mío?
-Tengo a todos los niños en cama, con viruelas.
-Con todo, debemos registrar su cabaña.
-Bien venidos -replicó Jacobo-. Sólo les ruego que no asusten a
los niños, si pueden evitarlo.
Aquel hombre, a quien ahora se había unido otro, comenzó su
búsqueda. Jacobo abrió todas las puertas de las habitaciones y aquéllos
franquearon sus umbrales. La pequeña Edith chilló al verlos; pero Eduardo la
acarició y le dijo que no se asustara. Mas los soldados no se fijaron en los
niños. Registraron concienzudamente la casa y volvieron luego a la habitación
del frente.
-Es inútil quedarse aquí -dijo uno de los soldados-. ¿Nos vamos?
Estoy cansado de la cabalgata y tengo hambre.
-También yo. Y ahí hay algo que huele bien -dijo otro-. ¿Qué es
eso, buen hombre? - continuó, destapando la marmita.
-Mi comida para una semana -respondió Jacobo
No tengo ahora quién me cocine y no puedo encender el fuego
todos los días.
-Pues pareces vivir bien si cocinas estas cosas todos los días.
Me gustaría probar un par de cucharadas.
-Y bien venido, señor -replicó Jacobo-. Cocinaré algo más para
mí mismo.
Los soldados le tomaron la palabra. Se sentaron a la mesa, y a
poco desapareció todo el contenido de la marmita. Después de haberse hartado,
se levantaron, le dijeron que su potaje era tan bueno que confiaban en
visitarlo nuevamente, y riendo de buena gana montaron a caballo y se alejaron.
-Bueno -dijo Jacobo-. Bien venidos al almuerzo. No creía salir
del paso a tan poco costo.
Apenas se hubieron perdido de vista los soldados, el
guardabosques les gritó a los niños que se levantaran, cosa que hicieron sin
demora. Alicia se puso la blusa de Edith, Humphrey su chaqueta y Eduardo se
quitó la chaqueta de caza.
-Ya se han ido -dijo Jacobo, entrando.
-Y nuestros almuerzos también -dijo Humphrey, mirando la marmita
vacía y los platos sucios.
-Sí, pero podemos preparar otro. Y eso nos permitirá
entretenernos un poco más -dijo Jacobo- Eduardo, vaya a buscar el agua;
Humphrey, corte las cebollas; Alicia, lave las patatas. Y usted, Edith,
ayúdeles a todos, mientras yo corto un poco más de carne.
-Confío en que la comida será tan buena como la otra -observó
Humphrey-. ¡Aquélla olía tan bien!
-Será tan buena, sino mejor; porque mejoraremos con la práctica
y tendremos más apetito para comerla -dijo Jacobo.
-Esos hombres malos se comieron nuestro almuerzo -dijo Edith-.
Pero no comerán más.
Esto lo comeremos nosotros.
Y así lo hicieron, apenas estuvo listo; pero su hambre había
crecido mucho antes de sentarse a la mesa.
-¡Esto es muy divertido! -dijo Humphrey, con la boca llena.
-Sí, señorito Humphrey. Dudo que el rey Carlos tenga hoy tan
buen almuerzo. Señorito Eduardo, lo noto muy grave y silencioso.
-Sí, Jacobo. ¿Acaso me falta motivo? ¡Oh! ¡Si hubiese podido
apalear a esos soldados!
-Pero no podía usted hacerlo, de modo que debe ponerle al mal
tiempo buena cara. ¡Dicen que cada perro tiene su día, y quién sabe si el rey
Carlos no volverá alguna vez al trono!
Ese día no hubo nuevas visitas en el cabaña, y todos se fueron a
la cama y durmieron profundamente.
A la mañana siguiente, Jacobo, que se sentía muy ansioso por
saber novedades, ensilló al petiso, habiéndole dado antes instrucciones a
Eduardo sobre lo que debía hacer si alguna partida de soldados visitaba la
cabaña. Le aconsejó fingir que los niños estaban en cama con viruelas, como el
día anterior. Luego Jacobo se dirigió hacia la posada de Gossip Allwood y allí
se enteró de que el rey Carlos había sido capturado, de que estaba en la isla
de Wight y de que los soldados habían emprendido el regreso a Londres con toda
la celeridad posible. Considerando que ya no había peligro por ese lado, Jacobo
dirigió su cabalgadura con toda rapidez hacia Lymington. Entró en una tienda y
compró dos trajes de campesino, que supuso les quedarían bien a los dos
muchachos, y en otra compró un atavío similar para las dos muchachas. Luego,
con varios otros artículos de confección y algunas cosas más que hacían falta
para la casa, hizo un gran paquete, que puso sobre el petiso, y tomando la
brida emprendió el regreso y llegó a tiempo: para supervisar la preparación de
la cena, que consistía ahora en bistecs de venado fritos en una sartén y
patatas hervidas.
Terminada la cena, Jacobo abrió su envoltorio y les dijo a los
niños que ahora, ya que se verían obligados a vivir en una cabaña, tendrían que
usar ropa rural, y que él les había traído alguna para que pudiesen vagar
libremente por los bosques sin temor a desgarrársela. Alicia y Edith fueron a
la alcoba, y Alicia vistió a Edith y se vistó ella, y ambas salieron muy
contentas de su cambio de indumento. Humphrey y Eduardo se pusieron el suyo en
la sala, y toda la ropa les sentó a maravilla y la medida resultó muy justa.
-Ahora, recuérdenlo: todos ustedes son mis nietos -dijo Jacobo-.
Porque yo no seguiré llamándolos señorito y señorita..., cosa que nunca se hace
en una cabaña. Naturalmente, usted me comprende, Eduardo, ¿verdad? - agregó
Jacobo.
Eduardo asintió y Jacobo les dijo a los niños que ahora podían
salir de la cabaña a jugar, al oír lo cual todos ellos salieron encantados con
aquella ropa que les daba libertad de movimientos.
Ahora debemos describir la cabaña de Jacobo Armitage, en que los
niños debían vivir en el futuro. Como ya lo hemos dicho, contenía una gran sala
o cocina, en que había un espacioso hogar y una chimenea, una mesa, escabeles,
aparadores y trinchantes, y los dos dormitorios adyacentes a esta habitación
estaban destinados, el uno a Jacobo y el otro a los dos muchachos, y un tercero
o interno a las dos niñas, como más retirado y seguro. Pero la
cabaña tenía también dependencias: un pesebre, en que vivía
durante el invierno White Billy, el petiso, un cobertizo y una pocilga
rústicos, con un patio anexo, y además una parcela de tierra poco mayor que un
acre, bien cercada a fin de mantener a raya a los ciervos y animales salvajes
en general, cuya parte más importante era cultivada como un jardín y un
sembrado de patatas, y la otra que seguía, cubierta por el césped, contenía
algunos viejos y hermosos manzanos y perales. Tal era la morada. El petiso, unas
cuantas aves de corral, una marrana, dos lechones y el perro Smoker eran los
animales de la casa. Allí había nacido Jacobo Armitage - porque la cabaña había
sido construida por su abuelo-, pero él no había vivido siempre allí. Cuando
joven, su propensión a ver más mundo lo había inducido a servir unos años en el
ejército. Su padre y su hermano habían vivido en Arnwood, residiendo allí
permanentemente Jacobo cuando muchacho. El capellán de Arnwood le había cobrado
simpatía, enseñándole a leer, pero no a escribir. Apenas hubo crecido sirvió,
como ya lo dijimos, en las tropas comandadas por el padre del coronel Beverley.
Y al morir éste, el coronel le había conseguido el puesto de guardabosques,
antes a cargo de su padre, vivo aún, pero demasiado viejo ya para cumplir con
sus deberes. Jacobo Armitage se casó con una mujer joven, buena y devota, con
quien vivió durante varios años, después de lo cual murió sin darle
descendencia. Y más tarde, al morir también su padre, Jacobo Armitage había
vivido solo hasta el período en que hemos comenzado esta historia.
Capítulo IV
El viejo guardabosques se quedó despierto durante toda la noche,
pensando qué debía hacer con los niños. Sentía la gran responsabilidad en que
incurría y le alarmaba pensar en las posibles consecuencias si moría pronto.
¿Qué sería de los niños, en un paraje tan apartado que pocos conocían su
existencia, totalmente aislados del mundo, y librados a sus propios recursos?
Confiaba en que saldrían del trance mientras él viviera; pero si Dios lo
llamaba a su seno antes de que crecieran y pudiesen valerse por sí mismos,
quizá pereciesen. Eduardo no tenía aún los catorce años. Es cierto que se
trataba de un niño diligente, valeroso y precavido para su edad; pero no tenía
aún fuerzas o habilidad suficientes para lo que se requeriría. Humphrey, el
segundo, también era promisorio; pero, de todos modos, sólo eran niños.
«Tengo que enseñarles a ser útiles, a confiar solamente en sí
mismos; no hay un momento que perder, y no debo perderlo. Haré lo más que pueda
y confiaré en Dios. Sólo pido, dos o tres años, y después de ese tiempo creo
que podrán valerse sin mí. Mañana deben iniciar la vida de hijos de un
guardabosques.»
De acuerdo con esta decisión, Jacobo, apenas se hubieron vestido
los niños, y cuando se reunieron en la sala, abrió su Biblia, que había puesto
sobre la mesa, y dijo:
-Queridos niños, ustedes, saben que deben quedarse en esta
cabaña, para que los perversos soldados no los encuentren; fueron ellos quienes
mataron al padre de ustedes, y de no haberles alejado yo de Arnwood los habrían
quemado vivos en sus camas. Por lo tanto, ustedes deben vivir aquí aparentando
ser nietos míos y adoptar el apellido de
Armitage y no el de Beverley, y vestir como hijos del bosque,
como ahora, y hacer lo que hacen los hijos del bosque..., es decir, cuidar en
todo de sí mismos, ya que ahora no tendrán criados que los atiendan. Todos
ustedes deben trabajar; pero el trabajo les gustará si lo hacen juntos, porque
entonces les parecerá un juego. Eduardo es el mayor y debe ir conmigo al
bosque, y yo tendré que enseñarle a matar ciervos y otros animales salvajes
para mantenernos. Y cuando haya aprendido, será Humphrey quien salga conmigo y
aprenda a cazar.
-Sí -dijo Humphrey-, aprenderé pronto.
-Pero todavía no, Humphrey, porque tendrás que hacer algún
trabajo en el ínterin: cuidar del petiso y de los cerdos y aprender a cavar en
el jardín con Eduardo y conmigo cuando no salgamos a cazar. Y a veces iré solo
y dejaré a Eduardo trabajando en tu compañía cuando haya algo que hacer. Tú, mi
querida Alicia, tendrás que encender el fuego con la ayuda de Humphrey y
limpiar la casa por la mañana. Humphrey irá al manantial por el agua y hará
todo el trabajo pesado. Y tú tendrás que aprender a lavar, mi querida
Alicia..., ya te mostraré cómo. Y también aprenderás a preparar la cena con
Humphrey, que te ayudará, y a hacer las camas. Y la pequeña Edith cuidará de
las aves y les dará de comer por las mañanas, y se preocupará de los huevos...;
¿Harás eso, Edith?
-Sí -replicó la niña-. Y les daré de comer a todos los pollitos
cuando salgan del cascarón, como lo hacía en Arnwood.
-Sí, querida, y así serás útil. Ahora bien: ustedes comprenderán
que no sabrán hacer todo esto de inmediato. Tendrán que probarlo varias veces;
pero pronto aprenderán a hacerlo bien y entonces les parecerá un juego. Yo les
enseñaré todo, y cada día lo harán mejor, hasta que ya no necesiten lecciones.
Y ahora, mis queridos niños, como aquí no hay capellán, debemos leer la Biblia
todas las mañanas. Eduardo sabe leer, no lo ignoro. ¿Y tú, Humphrey?
-Sí; todo, salvo las palabras mayores.
-Pues ya las aprenderás muy pronto. Y Eduardo y yo les
enseñaremos a leer a Alicia y a Edith de noche, cuando estemos libres. Será una
diversión hacerlo. Y ahora díganme: ¿les gusta a todos lo que les he dicho?
-Sí -replicaron todos los niños.
Y entonces, Jacobo Armitage leyó un capítulo de la Biblia,
después de lo cual todos se hincaron de rodillas y dijeron la Plegaria del
Señor. Como esto se volvió a hacer todas las mañanas y las noches, no necesitó
repetirlo. Luego Jacobo les mostró cómo se limpia la casa y Humphrey y Alicia
pronto terminaron el trabajo siguiendo sus instrucciones. Y luego se sentaron a
tomar el desayuno, que era muy sencillo, formándolo carne fría y tortas cocidas
sobre las ascuas, en lo cual Alicia adquirió prontamente experiencia, y la
pequeña Edith se mostró muy útil cuidándoselas mientras Alicia ejecutaba sus
demás tareas. Pero había desaparecido casi toda la carne de venado, y después
del desayuno Jacobo y Eduardo, con el perro Smoker, se internaron en los
bosques. Eduardo no tenía escopeta, ya que sólo
iba para aprender a acercarse a los animales salvajes, lo cual
requería mucha cautela; en realidad, Jacobo no tenía otra escopeta para él, aun
cuando hubiese querido facilitársela.
-Ahora, Eduardo, le estamos siguiendo el rastro a un hermoso
ciervo, y no dudo de que lo encontraremos; pero lo difícil es ponerse a tiro de
él. Recuerda que uno debe estar siempre oculto, porque la vista de ese animal
es tan rapidísima, que uno debe acercársele en silencio, porque su oído es muy
fino, y que nunca hay que arrimarse a él con el viento a favor, porque su
olfato es muy sutil. Además, uno debe cazar de acuerdo a la hora del día. A
esta hora, el animal está comiendo; dentro de dos horas, estará tendido en el
alto helechal. El perro es inútil, salvo que el ciervo esté malherido entonces
el perro, podrá capturarlo. Smoker conoce muy bien su deber y se ocultará tan
bien como nosotros. Vamos a internarnos ahora en la espesura del bosque, ya que
en él hay ahora muchos claros donde podemos encontrar al ciervo; pero debemos
mantenernos más a la izquierda, porque el viento enfila al este y debemos
caminar contra el viento. Y ahora que vamos a entrar en el bosque, recuerda que
no debes pronunciar una sola palabra y que has de caminar detrás mío todo lo
silenciosamente posible. ¡Smoker, en marcha!
Ambos avanzaron a través del bosque por espacio de unos dos
kilómetros, y a esta altura Jacobo le hizo una señal a Eduardo y se dejó caer
en el helechal, arrastrándose hasta un espacio abierto, donde, a cierta
distancia, estaban un ciervo y tres venados. Estos pacían tranquilamente, pero
el ciervo erguía repetidas veces la cabeza y husmeaba el aire al mirar en
torno, siendo evidentemente el centinela de las hembras.
El ciervo estaba a medio kilómetro, aproximadamente, del sitio
donde se habían acurrucado los cazadores en el helechal. Jacobo permaneció
inmóvil hasta que el animal empezó a comer de nuevo y luego avanzó
arrastrándose a través del helechal, seguido por Eduardo y el perro, que
también se arrastraban. Este tedioso acercamiento continuó durante algún
tiempo, y habían cubierto ya la mitad de la distancia que los separaba del
ciervo, cuando el animal volvió a erguir la cabeza y pareció inquieto. Jacobo
se detuvo y permaneció inmóvil. A poco, el ciervo se alejó, seguido por las
hembras, hasta el lado opuesto del claro en que se apacentaran, y con gran
fastidio de Eduardo el animal estaba ahora a algo más de quinientos metros de
distancia. Jacobo se volvió y se arrastró adentro del bosque, y cuando tuvo la
seguridad de que no eran vistos se levantó y dijo:
-Ya ves, Eduardo, que hace falta paciencia para acechar a un
ciervo.¡Vaya un ejemplar regio! Pero es probable que se haya alarmado esta
mañana y se sienta muy inquieto. Ahora debemos atravesar los bosques hasta
colocarnos a sotavento de él, del otro lado del valle. Como ves, ha llevado a
las hembras hasta el bosquecillo y tendremos mejores oportunidades si guardamos
silencio y somos cautelosos.
-¿Qué lo sobresaltó, en su opinión? -dijo Eduardo.
-Cuando te arrastrabas por el helechal, detrás mío, quebraste
una ramita podrida con el cuerpo..., ¿verdad?
-Sí; pero eso causó muy poco ruido.
-Lo suficiente para sobresaltar a un ciervo rojo, Eduardo, como
lo descubrirás al poco tiempo de ser guardabosques. Estos contrastes son
inevitables y me han pasado centenares de veces, y entonces hay que empezar
todo el trabajo de nuevo. Vamos a dar un rodeo; más vale que guardemos absoluto
silencio. Si llegamos sin dificultad al otro lado, estará atrapado.
Cruzaron a paso vivo el bosque y a la media hora habían llegado
al lado en que estaba paciendo el ciervo. Cuando estuvo a unos trescientos
metros del animal, Jacobo volvió a dejarse caer sobre las manos y los pies,
arrastrándose de arbusto en arbusto, deteniéndose cada vez que el ciervo erguía
la cabeza y volviendo a avanzar cuando seguía comiendo. Por fin llegaron al
helechal existente en el costado del bosque, y se arrastraron a través de él
como antes, pero más cautelosamente aún al acercarse al ciervo. De este modo,
llegaron por fin a unos ochenta metros del animal, y entonces Jacobo aprontó su
escopeta para echársela al hombro, y, mientras la amartillaba, se levantó para
disparar. El chasquido causado por el seguro del arma sobresaltó inmediatamente
al ciervo, y éste volvió la cabeza en la dirección de donde provenía el ruido.
Cuando lo hacía, Jacobo hizo fuego, apuntando debajo de la paletilla del
animal; el ciervo dio un salto, volvió a caer, quedó arrodillado, trató de
correr y se desplomó muerto, mientras las hembras huían con la rapidez del
viento.
Eduardo se puso de pie con un grito de regocijo. Jacobo comenzó
a cargar de nuevo la escopeta y detuvo a Eduardo, que se disponía a correr
hacia el animal muerto.
-Eduardo, debes aprender tu oficio -dijo-. No vuelvas a hacer
eso jamás: no grites nunca así. Por el contrario, debiste quedarte callado y en
el helechal.
-¿Por qué? El ciervo está muerto.
-Sí, querido mío; ese ciervo, está muerto. Pero... ¿cómo puedes
saber si no hay otro tendido en el helechal, cerca de nesotros, o a cierta
distancia, y a quien tu grito ha alarmado? Suponte que los dos tuviéramos
escopetas y que la detonación de la mía hubiese sobresaltado a otro ciervo al
acecho en el helechal a tiro de nosotros. Entonces habrías podido matarlo. O si
un ciervo estuviese tendido a cierta distancia, la detonación podría haberlo
sobresaltado lo suficiente para que moviera la cabeza sin levantarse. Yo vería
moverse sus astas y hubiera señalado su escondite, y habríamos podido entonces
seguirlo y acecharlo también.
-Comprendo -replicó Eduardo-. He obrado mal; pero ya me portaré
mejor otra vez.
-Es por eso que te lo digo, hijo mío -respondió Jacobo-. Vámonos
ahora a cobrar la presa.
¡Oh, Eduardo! Se trata de un noble animal. Creí que era un
ciervo real, y lo es.
-¿Qué es un ciervo real, Jacobo?
-Un ciervo es llamado novato a los tres años de edad, cervato a
los cuatro, cierva seguro a los cinco, y después de los cinco ciervo real.
-¿Y cómo sabe usted su edad?
-Por sus astas. Como ves, este ciervo tiene nueve astas; ahora
bien, un novato sólo tiene dos, un cervato tres y un ciervo seguro cuatro. A
los seis años de edad, las astas aumentan en número hasta que suelen llegar a
ser veinte o treinta. Éste es un hermoso animal, y la carne de venado se está
poniendo muy buena. Ahora mírame ejecutar las faenas de mi oficio.
Jacobo degolló al animal y le sacó las entrañas.
-¿Estás cansado, Eduardo? -dijo Jacobo, mientras secaba su
cuchillo de caza en el pelo del ciervo.
-No, en absoluto.
-Pues bien... Ahora estamos, me parece, a unos siete u ocho
kilómetros de la cabaña.
¿Podrías encontrar el camino solo? Pero eso no tiene importancia.
Smoker te guiará por el
sendero más breve. Yo me quedaré aquí y tú puedes ensillar a
White Billy y volver con él,
porque cargaremos sobre su lomo la carne del venado. Es
demasiado grande para
nosotros... A decir verdad, sólo con la ayuda de White Billy
podremos salir del paso. Puedo
asegurarte que ahí hay más de 280 libras de carne de venado.
Eduardo asintió de inmediato y Jacobo, que deseaba que Smoker se
fuese a casa, se dedicó a desollar al ciervo y cortar su carne para
transportarlo mejor. Al cabo de una hora y media, Eduardo, ayudado por Smoker,
volvió con el petiso, sobre cuyo lomo cargaron la parte principal de la carne.
Jacobo puso un pedazo grande sobre sus hombros y Eduardo otro, y Smoker,
después de haberse regalado con parte de las entrañas del animal, los siguió.
Durante el trayecto de regreso, Jacobo, inició a Eduardo en los secretos de la
caza mayor y de muchos otros puntos vinculados con el acecho de los ciervos,
con los cuales no molestaremos a nuestros lectores. Apenas llegaron a la
cabaña, colgaron el venado, pusieron el petiso en el establo y luego se
sentaron a almorzar con un excelente apetito después de su larga caminata de la
mañana. Alicia y Humphrey habían preparado el almuerzo, y éste humeaba en la
marmita cuando Jacobo declaró que no había probado mejor potaje en toda su
vida. Alicia se sintió no poco orgullosa de esto y de loe elogios que le
hicieron Eduardo y el viejo guardabosques. Al día siguiente Jacobo expuso su
intención de ir a Lymington a vender gran parte de la carne del ciervo y a
traer una bolsa de harina de avena para hacer tortas. Eduardo pidió que lo dejara
acompañarlo, y Jacobo le replicó:
-Eduardo, no debes pensar en dejarte ver en Lymington o en
cualquier otra parte durante algún tiempo, hasta que crezcas y te vuelvas
irreconocible. Eso sería una locura y con ello harías peligrar quizá las vidas
de tus hermanos, así como la tuya propia. No vuelvas a mencionarlo jamás; ya
llegará la hora en que esto será necesario, y entonces no tendrás más remedio
que ir. Actualmente te reconocerían de inmediato. No, Eduardo. Yo te diré qué
me propongo hacer: me queda un poco de dinero y te compraré una escopeta para
que puedas aprender a cazar ciervos sin mí. Porque, si me sucediera algo...
¿quién sino tú podría cuidar de tus hermanos? En Lymington son muchos los que
me conocen, pero ninguno de ellos sabe dónde está mi cabaña; sólo saben que
vivo en el Bosque Nuevo y que los proveo de carne de venado y que compro otros
artículos en cambio. Eso es todo lo que saben, y puedo
ir a Lymington sin temores. Mañana venderé la carne de venado y
traeré una buena escopeta y Humphrey tendrá las herramientas de carpintero que
ansía..., porque creo, a juzgar por lo que hace con el cuchillo, que tiene
condiciones innatas para ese trabajo y que eso puede sernos útil. Tengo que
conseguir también algunas otras herramientas para Humphrey y para ti, ya que
entonces podremos trabajar todos juntos, y algunos ovillos y agujas para
Alicia, ya que sabe coser un poco y la práctica le permitirá perfeccionarse.
Jacobo fue a Lymington como se lo proponía, y volvió muy entrada
la noche con White Billy bien cargado. Traía una bolsa de harina de avena,
algunas azadas y palas, una sierra y escoplos y otras herramientas, dos
guadañas y horquillas de tres dientes. Y cuando Eduardo salió a su encuentro
puso en sus manos una escopeta de caño muy largo.
-Creo, Eduardo, que esta escopeta te gustará, ya que sé de dónde
proviene. Era de uno de los guardabosques, considerado el mejor tirador de la
selva. Conozco el arma porque la vi en sus manos y me la prestó para examinarla
más de una vez. Murió en la acción de Naseby, con el pobre coronel Beverley, y
su viuda vendió la escopeta para hacer frente a sus necesidades.
-¡Bueno! -dijo Eduardo -. Muchas gracias, Jacobo; procuraré
matar suficientes ciervos para devolverle el dinero que le costó.
-Me alegraré de que así sea, Eduardo; no porque quiera recobrar
el dinero, sino porque eso me dará mayor tranquilidad de ánimo, sobre el
porvenir de todos ustedes si algo me pasa. Apenas conozcas a fondo las tareas
del bosque, me ocuparé de Humphrey, porque nada hay mejor que tener dos cuerdas
en el arco. Mañana no saldremos; tenemos carne para tres semanas o más. Y ahora
que tenemos helada, se conservará bien. Tú practicarás con un blanco, para
habituarte a esta escopeta; porque todas las armas de fuego, hasta la mejor,
exigen cierta costumbre.
Eduardo, que había manejado a menudo una escopeta ya, probó a la
mañana siguiente que tenía excelente puntería, y después de dos o tres horas de
adiestramiento daba en el blanco a cien pasos casi todas las veces.
-Me gustaría que me dejara usted salir solo -dijo, jubiloso ante
su éxito.
-No traerías a casa lo más mínimo, hijo mío -replicó Jacobo-.
No, no; aún te resta mucho que aprender. Pero haré lo siguiente: siempre que
tengamos una necesidad muy apremiante de carne de venado, serás el primero en
tirar.
-Con eso me basta -dijo Eduardo.
El invierno llegó con todos sus rigores y los moradores de la
cabaña se quedaban casi siempre en ésta. Jacobo y los muchachos salían en busca
de leña y la traían a través de la nieve.
-¡Ojalá yo pudiese construir una carreta, Jacobo, porque sería
muy útil y entonces White Billy tendría algo que hacer! -dijo Humphrey-. Pero
no puedo hacer las ruedas y, además me faltan los arneses.
-Tu idea no es mala, Humphrey -replicó Jacobo. Lo pensaremos. Si
tú no puedes construir una carreta, quizá yo pueda comprar una. Ya sería útil
con sólo servirnos, para llevar el estiércol del patio al sembrado de patatas;
hasta ahora lo he llevado en canastos y el trabajo resulta pesado.
-Sí. Y podríamos aserrar la leña y transportarla a casa en la
carreta, en vez de arrastrarla así; la cuerda me deja muy dolorido el hombro.
-Bueno. Cuando mejore el tiempo veré qué puedo hacer Humphrey;
pero, por ahora, las carreteras están tan bloqueadas que me parece imposible
traer una carreta de Lymington a la cabaña, aunque quizá podríamos traer un
caballo.
Pero si bien se quedaron en la cabaña con aquel tiempo
inclemente, no se abandonaron al ocio. Jacobo aprovechó esta oportunidad de
enseñarles todo a los niños. Alicia aprendió a lavar y a cocinar. Es cierto que
a veces se escaldaba un poco y en ocasiones se quemaba los dedos; también
sucedían otros accidentes, ya que los objetos usados eran demasiado pesados
para levantarlos sola, pero la práctica y la destreza compensaban la falta de
fuerzas y cada día los accidentes eran menores. Humphrey tenía sus herramientas
de carpintero, y aunque al principio sufrió muchos fracasos y despilfarró
clavos y madera, aprendió poco a poco a usar sus herramientas con más destreza
e hizo varias cositas útiles. La pequeña Edith podía hacer ahora algo, ya que
amasaba y cocía todas las tortas de avena, de modo que Alicia no debía perder
tiempo y trabajo cuidándolas. Asombraba cuánto podían hacer los niños, ahora
que no había quien lo hiciera por ellos. Y Jacobo les daba lecciones a diario.
Durante las veladas, Alicia se sentaba con su aguja e hilo para remendar la
ropa. Al principio su labor era incorrecta, pero fue mejorando día a día. Edith
y Humphrey aprendieron a leer mientras Alicia trabajaba, y luego fue Alicia
quien aprendió. Y así, el invierno transcurrió con tanta rapidez que, aunque
los niños se pasaron cinco meses en la cabaña, les parecieron cinco semanas.
Todos se sentían felices y contentos, con excepción, quizá de Eduardo, que
tenía accesos de melancolía y daba ocasionalmente señales de impaciencia por
saber qué pasaba en el mundo.
Nada tiene de sorprendente el que Eduardo Beverley tuviese
accesos de melancolía e impaciencia. Eduardo había sido criado como heredero de
Arnwood, y un niña, a tan temprana edad, se impregna del concepto de su
posición, si ésta promete ser alta. Estaba a tres kilómetros escasos de la
propiedad que era suya por derecho. Su mansión había sido reducida a cenizas,
él estaba oculto en el bosque y apenas si podía adivinar dónde. Suspiraba
ansiando el triunfo de la causa del rey y esperaba anhelante el día en que
podría apoyar y defender la causa realista. Anhelaba mandar tropas como su
padre, para llevar a sus soldados a la victoria, recobrar su finca y vengarse
de quienes habían obrado tan cruelmente con él. Esto era simplemente propio de
la naturaleza humana. Y por más que lo reconviniera Jacobo: Armitage y tratara
de desviar sus sentimientos hacia otros cauces, por más que le predicara la
conveniencia de perdonar las injurias y la necesidad de ser paciente hasta que
llegaran tiempos mejores, Eduardo no podía dejar de cavilar sobre todo aquello,
y
si alguna vez hubo un pecho animado por un odio intenso contra
los puritanos, fue el de Eduardo Beverley. Aunque esto era de lamentar, no
podía sorprender al viejo guardabosques. Sólo cabía razonar con Eduardo todo lo
posible, calmar sus irritados sentimientos y, distrayéndolo constantemente con
algo, tratar de hacerle olvidar los rencorosos sentimientos que lo animaban.
Pero había algo suficientemente claro para Eduardo, y era esto:
que, cualesquiera fuesen sus infortunios, no podía solucionarlos por el
momento. Y este sentimiento, más que ningún otro quizá, servía para frenarlo. Y
como el día en que se le presentara una oportunidad parecía muy lejano, hasta
para su ardiente imaginación logró eliminar poco a poco de sus pensamientos lo
que era inútil por el momento.
Capítulo V
Como ya lo dijimos, el tiempo pasaba muy rápidamente. Con
excepción de alguna excursión en procura de carne de venado, todos se quedaban
en la cabaña y Jacobo no iba a Lymington. La helada había pasado, la nieve
había desaparecido desde hacía mucho tiempo y las árboles ya florecían. El sol
empezó a brillar con intensidad, y en el mes de mayo el bosque recobró su
verdor.
-Y ahora, Eduardo -dijo Jacobo Armitage cierto día, durante el
desayuno-iremos de nuevo en procura de venado para venderlo en Lymington,
porque debemos comprar la carreta para Humphrey y los arneses. Los ciervos
andan, por lo general, sueltos en esta estación, porque las hembras están con
sus cachorros. Debemos hallar el rastro de un ciervo y seguirle la pista hasta
su escondite, y allí serás el primero en disparar contra él, si lo deseas; pero
eso, de todos modos, depende más del ciervo que de mí.
Caminaron siete u ocho kilómetros y finalmente hallaron la
huella de un ciervo; pero el adiestrado ojo de Jacobo le indujo a sugerirle, a
Eduardo que aquel rastro era el de un ciervo joven y que no valía la pena
seguirlo. Le explicó a Eduardo la diferencia de las marcas de las pezuñas y
otras señales que permitían saberlo, y siguieron la marcha hasta encontrar otra
huella, que Jacobo declaró era la de un ciervo seguro, esto es, lo bastante
viejo para y obtener buena carne de venado.
-Ahora debemos seguirle la pista hasta su escondite, Eduardo
-dijo.
Esto los obligó a caminar cerca de kilómetro y medio, y por fin
llegaron a un bosquecillo de espinos cuya extensión era de un acre.
-Aquí está Eduardo; veamos ahora si se ha refugiado, dentro.
Dieron la vuelta al bosquecillo y no pudieron hallar ningún
rastro revelador de que el ciervo hubiese abandonado su escondite, y Jacobo
declaró que el animal debía estar oculto allí.
-Ahora, Eduardo, quédate aquí mientras vuelvo a sotavento del
escondite; entraré ahí con Smoker, y el ciervo, según todas las probabilidades,
saldrá de frente al viento cuando se sobresalte. Podrás hacer buena puntería.
Acuérdate de hacer fuego para acertarle detrás de la paletilla; si se mueve con
rapidez, dispara un poco más adelante de la paletilla; si es lento, toma
puntería con precisión. Pero recuérdalo: si me topo con él en su refugio lo
mataré, si puedo, porque necesitamos su carne, y luego seguiremos la pista de
otro contigo, para que tengas una oportunidad.
Después de estas palabras, Jacobo se separó de Eduardo y fue a
sotavento del refugio del ciervo, por donde se internó con Smoker. Eduardo se
había detenido detrás de un espino, a pocos metros del refugio, y pronto oyó
crujido de ramas.
Transcurrió poco tiempo y salió al trote un joven ciervo; volvió
la cabeza y se disponía a alejarse a saltos, cuando Eduardo disparó y el animal
cayó. Recordando el consejo de Jacobo, Eduardo se quedó en su sitio, volviendo
a cargar en silencio su arma y pronto se unieron a él Jacobo y el perro.
-¡Brava, Eduardo! -dijo, el guardabosques, en voz baja, y
protegiéndose la frente del resplandor del sol, escudriñó concienzudamente un
alto matorral que se divisaba entre los espinos, a un kilómetro de barlovento
de allí-. Me parece ver algo ahí... Fíjate tú, Eduardo; tus ojos son más
jóvenes que los míos. ¿Es la rama de un árbol eso que se divisa en el helechal
o no?
-Veo eso a que se refiere -replicó Eduardo. No es una rama; se
mueve.
-Me lo imaginaba, pero mis ojos no son tan buenos como antaño.
Es otro ciervo, no lo dudes, pero no sé cómo, podríamos acercarnos a él... Es
imposible cruzar esa parcela de césped sin ser visto.
-No, no podemos alcanzarlo desde aquí -replicó Eduardo-. Pero si
retrocedemos a sotavento y entramos en el bosque nuevamente, creo que hay ahí
suficientes espinos desde el bosque hasta el sitio donde está tendido el animal
para acercarnos a él arrastrándonos desde atrás, lo suficiente para tomar
puntería. ¿No parece?
-Eso exigirá cuidado y paciencia, pero creo que puede hacerse.
Lo intentaré; ahora me toca a mí. Más vale que te quedes aquí con el perro, ya
que de espino a espino sólo puede ocultarse un cazador.
Jacobo, después de ordenarle a Smoker que se quedara, partió.
Tuvo que dar un rodeo de cinco kilómetros para llegar al sitio donde se
extendían los espinos desde el bosque, y Eduardo no volvió a verlo, aunque
esforzó sus ojos para conseguirlo, hasta que el ciervo saltó y se oyó una
detonación. Eduardo notó que el ciervo no estaba muerto, pero sí herido de
gravedad y lo vio correr hacia el refugio, en cuyas cercanías estaba oculto.
-Tírate al suelo, Smoker -dijo, mientras amartillaba la
escopeta.
El ciervo se puso a tiro y se acercaba más aun cuando vio a
Eduardo y se volvió. Eduardo hizo fuego y luego azuzó al perro, que saltó en
pos del animal herido, ladrando mientras lo perseguía. El joven, notando que
Jacobo se adelantaba presurosamente hacia él, lo esperó.
-Está malherido, Eduardo -gritó Jacobo-. Y Smoker lo atrapará,
pero debemos seguirlo con la mayor rapidez posible.
Ambos tomaron sus escopetas y corrieron lo más rápidamente
posible, hasta que, al entrar al bosque, oyeron que el perro se había detenido.
-No tendremos que ir lejos, Eduardo; el ciervo está vencido.
Smoker lo tiene acorralado.
Recorrieron otro medio kilómetro y se encontraron con que el
ciervo había caído de rodillas y Smoker lo tenía aferrado de la garganta.
-Fíjate ahora cómo me acerco a la presa, Eduardo, porque la
cornada del ciervo es muy peligrosa.
Jacobo avanzó por detrás del ciervo y lo degolló con su cuchillo
de caza.
-Es un hermoso animal y hemos aprovechado bien el día, pero
tendremos que hacer dos viajes para llevar toda esta carne. Yo no pude hacer
puntería bien... y como ves, le acerté en el flanco.
-Y aquí está mi bala en su garganta -dijo Eduardo.
-Eso es. De modo que fue un buen tiro el tuyo y hoy te llevas el
trofeo, Eduardo. Ahora voy a quedarme vete a la cabaña en busca de White Billy.
Humphrey tiene razón en cuanto a la carreta. Si tuviéramos una podríamos
llevarlo todo a casa de una vez, pero ahora tengo que ir a degollar al otro
ciervo, que mataste tan hábilmente. Pronto serás un buen cazador, Eduardo. Un
poco más de conocimiento y de experiencia y dejaré el asunto a tu cargo y
colgaré mi escopeta sobre la chimenea.
Ya estaba muy avanzada la noche cuando trajeron toda la carne de
venado a casa después de dos viajes y se sintieron muy cansados antes de
acondicionarla toda debidamente. Eduardo estaba encantado de su éxito, pero no
más que el viejo Jacobo. A la mañana siguiente, Jacobo se dirigió a Lymington,
con el petiso cargado de carne de venado, que vendió, así como otras dos cargas
que prometió traer al día siguiente y al subsiguiente. Luego buscó una carreta
y tuvo la suerte de encontrar una pequeña, perfectamente adecuada al tamaño del
petiso, que no era alto pero sí muy fuerte, como todos los petisos del Bosque
Nuevo. También compró arneses y luego unció a Billy a la carreta para que lo
llevara a casa, pero a Billy no lo satisfizo mucho verse uncido a una carreta y
durante algún tiempo se mostró muy inquieto y retrocedió y se encabritó y
siguió cualquier camino menos el necesario. A fuerza de lisonjas y
persuasiones, se sometió, por fin, y avanzó en línea recta, pero entonces lo
asustó el ruido de la carreta atrás suyo y escapó. Por fin, cansadísimo, pensó
que lo mejor era ceder y dejarse poner tranquilamente el arnés, ya que no podía
remediarlo, y así lo hizo, y llegó sin dificultad a la cabaña. Humphrey se
sintió encantado al
ver la carreta y dijo que ahora podría desempeñarse a maravilla.
Al día siguiente, Jacobo se las ingenió para poner en la carreta todo el resto
de la carne de venado y White Billy no opuso ya resistencia; lo llevó todo a
Lymington y volvió con la carreta tan sosegada e inteligentemente como si
hubiese estado en el arnés toda su vida.
-Bueno, Eduardo -dijo Jacobo-. La carne de venado ha costeado la
carreta, sea como fuere. Y ahora, te contaré las novedades que supe en
Lymington. El capitán Burly, que trataba de incitar al pueblo a salvar al rey,
ha sido ahorcado, arrastrado y descuartizado como traidor.
-Los traidores son quienes lo condenaron -replicó Eduardo,
airado.
-Sí que lo son, pero hay una noticia mejor, y es que el duque de
York ha huido a Holanda.
-Sí, esa es una buena noticia. ¿Y el rey?
-Sigue prisionero en el castillo de Carisbrook. Hay muchos
rumores y conversaciones, aunque nadie sabe distinguir lo verdadero de lo
falso, pero te aseguro que eso no podrá durar y que el rey recobrará sus
derechos.
Eduardo se mostró muy grave durante algún tiempo.
-Confío en el cielo y creo que aun recobraremos todos nuestros
derechos, Jacobo -dijo finalmente-. ¡Ojalá yo fuese un hombre!
Aquí terminó la conversación y se fueron a la cama. En aquellos
días había mucho trabajo en la cabaña. Había que sacar el estiércol del establo
y de las pocilgas y llevarlo al sembrado de patatas y al jardín, y sembrar las
semillas, y ahora la carreta resultó valiosa. Cuando hubieron trasladado y
esparcido el estiércol, Eduardo y Humphrey le ayudaron a Jacobo a cavar la
tierra y a echar la semilla. Luego sacaron las coles del año anterior y
sembraron los nabos y zanahorias. Antes de terminar el mes quedaron sembrados
el jardín y la parcela de las patatas, y Humphrey se encargó de quitarles la
cizaña y de mantenerlos limpios. La pequeña Edith tenía también trabajo ahora,
porque las gallinas empezaban a poner huevos y apenas las oía cacarear, Edith
corría en busca de los huevos y los traía; y antes de terminar el mes, Jacobo
había instalado cuatro gallinas sobre los huevos. Billy, el petiso, era soltado
para que paciera en el bosque; por las noches volvía espontáneamente a la casa.
-Les diré qué necesitamos -dijo Humphrey, que había tomado la
granja a su cargo-.
Necesitamos una vaca.
-Oh, sí, una vaca -exclamó Alicia-. Me sobraría tiempo para
ordeñarla.
-¿De quién son las vacas que suelo ver en el bosque? -le
preguntó Humphrey a Jacobo.
-Si a alguien le pertenecen es al rey -replicó Jacobo-. Pero son
ganado extraviado que llegó al bosque y se quedó allí desde entonces. Por lo
general, se trata de animales salvajes
y conviene tener cuidado al acercarse a ellos, ya que los toros
se echarán sobre ti. Se multiplican con mucha rapidez: era apenas seis hace
unos años, y ahora hay por lo menos cincuenta en el rebaño.
-Pues trataré de atrapar una vaca, si puedo -dijo Humphrey.
-Eso te dará trabajo, hijo -replicó Jacobo-. Y, como ya te dije,
cuídate de los toros.
-No necesito, toros -replicó Humphrey-. Pero una vaca nos dará
leche y además tendremos más estiércol para abonar el jardín. Entonces, mi
jardín rendirá más patatas.
-Bueno, Humphrey. Si logras atrapar a una vaca, nadie te lo
impedirá, pero no creo que eso te resulte muy fácil y quizá sea muy peligroso.
-De todos modos buscaré una -replicó Humphrey-. ¿Verdad que
sería divertido tener una vaca, Alicia?
Todas las cosechas estaban ya levantadas, y a medida que se
alargaban los días, el trabajo se fue tornando relativamente liviano y fácil.
Humphrey estaba atareado fabricando una pequeña carretilla para Edith, a fin de
que ésta pudiera llevarse la cizaña a medida que él la sacaba con la azada, y
finalmente, esta gran hazaña quedó realizada con gran admiración de todos y
mucha satisfacción de Humphrey. En verdad, si se recuerda que Humphrey sólo
tenía el serrucho y el hacha y que debió talar el árbol y luego aserrar los
tablones, cabe reconocer que le exigió gran paciencia y perseverancia, aun la
mera construcción de una carretilla, pero Humphrey no sólo perseveró, sino que
se mostró lleno de inventiva. Había construido un gallinero con varas de abeto
e hizo nidos para que las gallinas pudiesen tenderse y empollar, y ahora
correteaban allí cuarenta o cincuenta pollos. También había dividido la
pocilga, para que la marrana pudiese estar aparte de los demás cerdos, y podía
esperarse para muy pronto una camada de lechones. Humphrey había trasplantado
también fresas salvajes del bosque, logrando, merced al abono, que fuesen
grandes y buenas; y obtuvo también una buena cosecha de cebollas en el jardín,
gracias a la semilla comprada por Jacobo en Lymington.
Ahora, Humphrey estaba muy atareado cortando unas varas en el
bosque, a fin de hacer un establo para la vaca, porque afirmó que la
conseguiría de un modo u otro. Llegó el mes de junio, y la sazón de segar la
hierba para que sirviera de heno para el invierno, y Jacobo tenía dos guadañas.
Les enseñó a los niños a usarlas y ambos no tardaron en volverse expertos en su
manejo, y como el gramillón abundaba en esa época del año, y podían segar
cuanto se les antojara, no tardaron en usar a menudo a White Billy para que
llevara el heno a casa. Las niñas ayudaron en este trabajo, ya que Humphrey les
había fabricado dos rastrillos. Jacobo consideró que había suficiente heno,
pero, Humphrey dijo que el heno bastaba para el petiso, pero no para la vaca.
-Pero... ¿dónde conseguiremos la vaca, Humphrey?
-Donde se consigue el venado replicó el niño-. En el bosque.
De modo que Humphrey siguió segando y preparando heno, y Eduardo
y Jacobo salieron en procura de venado. Cuando quedó segado y apilado todo el
heno, Humphrey encontró un método para bardar con helechos, que nunca se le
había ocurrido a Jacobo, y hecho esto, comenzaron a cortar helecho para que les
sirviera de forraje. También ahora Humphrey quiso obtener el doble de lo que
cortara antes Jacobo, porque necesitaba un camastro para la vaca. Finalmente,
Eduardo y él empezaron a tomar en broma el asunto, y cuando Eduardo trajo a
casa más venado del que podría conservarse fresco con los calores, le dijo a su
hermano que el resto era para la vaca. Con todo, Humphrey no quería ceder y
todas las mañanas y tardes, se ausentaba infaliblemente durante un par de horas
y pudo descubrirse que acechaba al rebaño de vacas salvajes que pacían; a
veces, éstas se hallaban muy cerca, otras, muy lejos. El niño solía subirse a
los árboles y las examinaba cuando pasaban allá abajo, sin advertirlo.
Cierta noche, Humphrey volvió muy tarde y a la mañana siguiente
salió antes del amanecer. Terminado ya el desayuno, Humphrey no había aparecido
aún y nadie podía comprender qué ocurría. Jacobo se sentía inquieto, pero
Eduardo reía y dijo:
-Oh, confíe en él. Volverá y traerá la vaca.
Apenas hubo dicho estas palabras, entró Humphrey, rojo de sudor.
-Vamos, Jacobo y Eduardo, vengan conmigo: hay que uncir a Billy
a la carreta y llevarnos a Smoker y una soga. Llévense además las escopetas,
por si hacen falta.
-Pero... ¿qué pasa?
-Lo contaré mientras caminamos, pero debemos uncir a Billy a la
carreta, porque no hay tiempo que perder.
Humphrey desapareció y Jacobo le dijo a Eduardo:
-¿Qué habrá pasado?
-Sólo puede tratarse de la vaca que tanto lo enloquece -replicó
Eduardo-. De todos modos, cuando venga con el petiso lo sabremos; tomemos
nuestras escopetas y llamemos a Smoker, como lo quiere Humphrey.
Humphrey trajo al petiso y la carreta y emprendieron la marcha.
-Supongo que ahora nos dirás adónde vamos... ¿verdad? -dijo
Eduardo.
-Sí. Ustedes saben que yo estaba acechando desde hace tiempo a
una manada, parque quería conseguir una vaca. Estuve encaramado en un árbol
cuando pasó en varias ocasiones y noté que una o dos de las vaquillonas iban a parir.
Ayer, al atardecer, advertí que a una de ellas le faltaba bien poco para
alumbrar y que estaba inquieta y abandonó por fin a la manada y se internó en
un bosquecillo. Me quedé allí tres horas para ver si volvía a salir y no salió.
Como ustedes saben, anochecía ya cuando regresé a casa. Esta mañana, fui antes
del amanecer y encontré a la manada. La vaquillona es de las que
se reconocen a simple vista, negra con manchas blancas, y después de un
detenido examen, comprobé que no figuraba en la manada, de modo que me convencí
de que debía haber ido al matorral a alumbrar, y de que ya no era la primera
vez que alumbraba.
-Puede ser -replicó Jacobo-. Pero no comprendo qué hemos de
hacer nosotros.
-Yo, tampoco -dijo, Eduardo.
-Pues bien; les diré qué me propongo. Voy con el petiso, y la
carreta para llevarme a casa al ternero, si podemos, atraparlo... y supongo que
sí. Llevo a Smoker para que entretenga a la vaquillona mientras ponemos al
ternero en la carreta. Y la soga para atar a la vaquillona, si es posible, y
ustedes se encargarán de mantener a raya a la manada con sus escopetas, si
acuden a ayudarla. ¿Comprenden ahora mi plan?
-Sí. Y me parece muy probable que tengas éxito, Humphrey
-replicó Jacobo-. Mereces un elogio por el plan. Te ayudaremos lo mejor
posible. ¿Dónde está el matorral?
-A menos de un kilómetro de aquí -respondió Humphrey-. Pronto
llegaremos.
Al llegar advirtieron que la manada pacía a considerable
distancia del matorral, lo cual quizá fuese preferible.
-Eduardo y yo entraremos en el matorral con Smoker y tú nos
seguirás, Humphrey -dijo Jacobo-. Yo haré que Smoker aferre a la vaquillona en
caso necesario. De todos modos la tendrá acorralada..., suponiendo,
naturalmente, que esté aquí. Primero daremos un rodeo en torno del matorral y
encontraremos las huellas de la vaquillona. Miren, ahí están sus pisadas.
Ahora, entremos.
Se internaron cautelosamente en el bosquecillo, siguiendo el
rastro del animal y finalmente dieron con éste. Al parecer, la vaquillona había
alumbrado hacía una hora apenas, y estaba lamiendo al ternero, que no se había
parado aún. Apenas advirtió a Jacobo y Eduardo, la vaquillona meneó la cabeza e
iba a abalanzarse sobre ellos, pero Jacobo le dijo a Smoker que saltara sobre
el animal y el perro obedeció inmediatamente. El ataque del perro atrajo a la
vaquillona a la espesura, y como el perro saltaba a su alrededor, esquivando
sus cornadas, la vaquillona no tardó en quedar separada del ternero.
-Vamos hijos míos -dijo Jacobo, avanzando hacia el ternero-.
Levanten al cachorro entre los dos y pónganlo en la carreta. Déjenme a Smoker y
a mí entendérnoslas con la vaca.
Los niños pusieron los brazos bajo el vientre del ternero y se
lo llevaron. La vaquillona estaba harto atareada al principio defendiéndose de
Smoker para notar la desaparición del ternero; al verlo, Jacobo llamó a Smoker,
a fin de que el perro se interpusiera entre la vaquillona y el camino por el
cual salieran del matorral los niños. Finalmente, la vaquillona lanzó un sonoro
mugido y se precipitó afuera del matorral en persecución de su vástago,
obstaculizada por Smoker, que se aterraba de su oreja y en ocasiones le impedía
avanzar.
-Agárrala, Smoker -dijo Jacobo, que volvió a ayudarles a los
niños-. Agárrala. ¿Está el ternero en la carreta?
-Sí. Y bien amarrado -replicó Eduardo-. Y nosotros también
estamos en la carreta.
-Perfectamente -contestó Jacobo-. Ahora subiré yo. Partamos. La
vaquillona nos seguirá, no lo duden. ¡Aquí, Smoker! ¡Déjala en paz!
Smoker, al oír esta orden, salió saltando del matorral, seguido
por la vaquillona, que mugía ansiosamente. El ternero respondió al mugido desde
la carreta y la vaca corrió frenéticamente hacia el vehículo.
-En marcha, Humphrey -dijo Jacobo-. Me parece que algún animal
de la manada responde al mugido de la vaquillona, y cuanto antes nos alejemos,
mejor.
Humphrey, que tenía las riendas en la mano, se puso en marcha.
La vaquillona los siguió, chocando por momentos con el perro y rozando a veces
con la cabeza la zaga de la carreta, pero al mugido del animal le respondían
ahora bramidos de tono más grave, y Jacobo dijo:
-Eduardo, apronta tu escopeta, -porque me parece que la manada
nos sigue. Pero no dispares hasta que yo te lo diga. Debemos dejarnos guiar por
las circunstancias. No nos convendría perder al petiso o correr algún riesgo
serio, en bien de la vaquillona y del ternero mismo. Apura la marcha, Humphrey.
A los pocos minutos distinguieron a unos cuatrocientos metros
más atrás, no a toda la manada, sino a un solo toro, que acudía con rápido
trote con la cola en el aire, meneando la cabeza y bramando fuertemente en
respuesta a la vaquillona.
-No es, más que uno, después de todo -dijo Jacobo-. Supongo que
la vaquillona es su favorita. Bueno, ya podremos habérnoslas con él. Sube,
Smoker. Suba inmediatamente, caballero -insistió, al ver que Smoker se disponía
a atacar al toro.
Smoker obedeció y el toro avanzó hasta ubicarse a cien metros.
-Vamos, Eduardo. Dispara primero..., apúntale a la paletilla.
Humphrey, para.
Humphrey detuvo al petiso y el toro siguió avanzando, pero
parecía no saber a quién atacar, a menos que fuese al perro. Apenas hubo
llegado a sesenta metros de la carreta, Eduardo hizo fuego, y el animal se
desplomó de rodillas, desgarrando la tierra con los cuernos.
-Con eso, basta -dijo Jacobo-. Sigue, Humphrey; luego le
echaremos un vistazo a ese animal. Ahora más vale que vayamos a casa, ya que
pueden venir otros.
El toro se ha incorporado, pero está inmóvil. Sospecho que se
halla herido de gravedad.
La carreta siguió su camino, seguida por la vaquillona, pero ya
no aparecieron nuevos animales de la manada y pronto llegaron a la cabaña.
-¿Qué hemos de hacer ahora? -dijo Jacobo-. Vamos, Humphrey, dilo
tú que has arreglado todo esto, y lo has hecho bien.
-A mi parecer, Jacobo, debemos entrar la carreta en el patio y
cerrarle la verja a la vaca, hasta que yo esté pronto.
-Eso se hace fácilmente echándole encima a Smoker -contestó
Jacobo-. Pero... ¡Dios sea loado!, ¡Ahí salen corriendo Alicia y Edith! ¡La
vaquillona puede matarlas! ¡Vuélvete, Alicia! Corre a la cabaña y cierra la
puerta hasta que lleguemos.
Al oír esto y los gritos de Eduardo, Alicia y Edith se retiraron
precipitadamente a la cabaña. Entonces, Humphrey arrimó la carreta a la
empalizada del patio, a fin de que Eduardo pudiera trepar al otro lado y
estuviese pronto a abrir la verja. Smoker se dedicó a la vaquillona, y como
antes, no tardó en atraer su atención, de modo que abrieron la verja y la
carreta penetró en el patio, y la verja se cerró antes de que la vaquillona
pudiese seguirlos.
-¿Y ahora, Humphrey?
-Saquemos al ternero de la carreta y pongámoslo en el establo.
Yo entraré allí con una cuerda y un nudo corredizo en su extremo y lo echaré
sobre los cuernos de la vaquillona mientras esté ocupada con su ternero, cosa
que sucederá apenas la dejemos entrar. Yo les pasaré afuera el extremo de la
cuerda para que ustedes tiren de ella cuando yo esté pronto, y entonces la
tendremos bien sujeta, hasta que podamos asegurarla bien. Cuando yo grite
«listo», abran la verja y déjenla entrar. Pueden hacer eso y saltar a la
carreta luego, por si la vaquillona se les echa encima; pero no creo que lo
haga, ya que lo que quiere es el ternero y no atacarnos.
Apenas tuvo lista la cuerda, Humphrey dio la señal y abrieron la
verja; la vaca penetró corriendo inmediatamente y al oír balar a su ternero,
entró en el establo, cuya puerta cerraron en pos de ella. Un momento después,
Humphrey les gritó que tiraran de la cuerda, cosa que hicieron.
-Con eso basta -dijo Humphrey desde dentro-. Ahora aten la
cuerda y luego pueden entrar.
Eduardo y Jacobo entraron y hallaron a la vaquillona arrimada al
costado del establo, gracias a la cuerda ceñida a sus cuernos e incapaz de
mover la cabeza.
-Esto ha sido muy hábil, Humphrey. Pero... ¿qué podemos hacer
ahora?
-Primero le aserraré las puntas de los cuernos, para que si
logra arrojarse sobre nosotros, no nos cause mucho daño. Esperen a que yo
traiga el serrucho.
Apenas hubo aserrado las puntas de los cuernos de la vaquillona,
Humphrey tomó otro pedazo de soga, que amarró sólidamente en torno de sus
cuernos y luego sujetó el otro extremo al costado del cobertizo, para que el
animal pudiera moverse un poco y comer de la artesa.
-Eso es -dijo-. Ahora, el tiempo y la paciencia harán el resto.
Debemos mimarla y tratarla bien y pronto la amansaremos. Por ahora, dejémosla
con el ternero. Tiene un metro de cuerda y eso le da suficiente libertad para
lamer a su crío, que es todo lo que pide por el momento. Mañana le traeremos un
poco de hierba.
Y los tres salieron, cerrando la puerta del establo.
-Bueno, Humphrey -dijo Jacobo-. Confieso que esta vez nos has
vencido y que te toca reír a ti. «Cuando hay voluntad, se encuentra la manera»,
dice el refrán, y no le falta verdad; y te aseguro que al verte preparar tanto
heno y juntar tanta paja y construir un establo, tuve tan pocas esperanzas de
que conseguiríamos una vaca como de obtener un elefante. Y debo decirte que
mereces gran elogio por la manera de lograr tus fines.
-Por cierto que sí - replicó Eduardo-. Tienes más inventiva que
yo, hermano. Pero el almuerzo debe estar pronto, si Alicia ha cumplido con su
deber. ¿Qué le parece, Jacobo, si vamos después del almuerzo a ver qué ha sido
de ese toro?
-Sí, por cierto. No será mal alimento y podré vender toda la
carne que contenga la carreta en Lymington. Además, su piel vale dinero.
Capítulo VI
Alicia y Edith se sentían ansiosas por ver a la vaca y,
especialmente, al ternero; pero Humphrey les dijo que no debían acercarse al
establo hasta que él las acompañara, y que entonces los verían. Terminado el
almuerzo, Jacobo y Eduardo tomaron sus escopetas y Humphrey unció a Billy a la
carreta y los siguió. Encontraron al toro donde lo habían dejado, parado e
inmóvil aun. Sacudió la cabeza cuando se le acercaron con suma cautela, pero no
trató de abalanzarse sobre ellos.
-Creo que está desangrado, o poco menos -dijo Jacobo-. Pero lo
mejor es asegurarse. Eduardo, ubícale una bala a tres pulgadas más atrás de la
paletilla y así estaremos tranquilos.
Eduardo así lo hizo, y el animal se desplomó muerto. Los tres se
acercaron a su cadáver, y calcularon que pesaba por lo menos unas setecientas
libras.
-Es un noble animal -dijo Eduardo-. No sé por qué no pensamos
antes en matar uno así.
-No son animales de caza, Eduardo -dijo Jacobo.
-No, no lo son ahora, Jacobo -dijo Humphrey-. Así como usted y
Eduardo pretenden tener derecho a las presas de caza, yo pretendo tenerla al
ganado vacuno como mi parte del bosque. Hay más animales de éstos, recuérdenlo,
y yo me propongo conseguir otros aún.
-Bueno, Humphrey. Pues te cedo, por mi parte, todos mis
derechos, si es que los tengo.
-Y yo los míos -añadió Eduardo.
-De acuerdo. Algún día verán lo que haré -replicó Humphrey-.
Recuerden que venderé el ganado vacuno en mi beneficio particular hasta que
pueda comprarme una escopeta y un par de cosas más que necesito.
-De acuerdo también con eso, Humphrey -replicó Jacobo-. Y ahora,
a desollar al animal.
La operación de desollar y descuartizar al toro insumió toda la
tarde y Billy estaba pesadamente cargado cuando tiró de la carreta al regresar.
Al día siguiente Jacobo fue a Lymington a vender el toro y su piel, y volvió
satisfecho de la ganancia obtenida. Había comprado, a pedido de Humphrey,
algunas lecheras, una pequeña mantequera, un balde para la leche y aun le
sobraba dinero. Humphrey les dijo que no había ido aún a ver a la vaquillona
por parecerle preferible no hacerlo.
-Mañana por la mañana estará más mansa, créanme -dijo.
-Pero si no le das de comer..., ¿no morirá el ternero?
-¡Oh, no lo creo! No le dejaré pasar hambre, sino que haré que
me agradezca el alimento cuando lo reciba. Mañana por la mañana cortaré para
ella un poco de hierba.
Digamos desde ya que, a la mañana siguiente, Humphrey entró al
establo a ver a la vaquillona. Al principio ésta se movió de un lado a otro y
se mostró muy arisca. El niño le ofreció un poco de hierba, le dio unas
palmadas y le habló cariñosamente durante largo rato, hasta que por fin ella le
permitió tocarla suavemente. Durante quince días Humphrey le trajo a diario la
comida, y ella se sosegó más día tras día, hasta que, finalmente, cuando el
niño se le acercaba, la vaquillona no le repelía ya con los cuernos. El ternero
se volvió totalmente manso, y cuando la vaquillona advirtió que su vástago
estaba tranquilo se calmó más aún. Después de aquellos quince días, Humphrey
sólo le dejó alimentarse a la vaquillona de manos de Alicia, para que el animal
pudiera conocerla bien. Y cuando el ternero tuvo un mes, el joven hizo la
primera tentativa de ordeñarla. La vaquillona empezó por resistirse dando
coces, pero después de diez días se dejó extraer la leche. Entonces Humphrey la
soltó durante unos días para que corretease por el patio, conservando aún al
ternero en el establo y haciendo entrar a la vaquillona de noche, ordeñándola
antes de dejar mamar al ternero. Después de esto, se aventuró a un último
experimento, que consistió en dejarla salir del patio para pacer en el bosque.
La vaquillona se alejó a cierta distancia y Humphrey temió que se reuniría a la
manada, pero de noche el animal volvió al lado de su ternero. Después de esto,
Humphrey se dio por conforme y la dejó salir a diario, y ya no tuvieron dificultades
con ella. Pero no quiso destetar al ternero hasta el invierno, época en que
encerró a la vaquillona en el corral y la alimentó con heno. Luego destetó al
ternero,
que era hembra, y no tuvieron más dificultades con la madre.
Alicia pronto aprendió a ordeñarla y la vaquillona se volvió muy tratable y de
buen natural. Tales fueron los comienzos de la industria lechera en la cabaña.
-Jacobo -dijo Humphrey-, ¿cuándo irá usted a Lymington de nuevo?
-No lo sé. Los últimos días de agosto, como sabes, y el mes de
septiembre no son buenos para el venado, y por lo tanto no sé para qué habría
de ir.
-Pues deseo que, cuando vaya, traiga algo para Alicia y para mí.
-¿Qué quiere Alicia?
-Un gatito.
-Bueno; creo que podré conseguírselo. ¿Y tú, Humphrey?
-Un perro. Smoker es enteramente suyo, Jacobo; quiero un perro
para mí, para criarlo a mi manera.
-Bueno; conviene tener otro perro. Aunque Smoker no está viejo,
no está de más tener dos perros para ir de caza, por si hay algún accidente.
-También yo lo creo así -replicó Eduardo-. Trate de conseguir
dos cachorros, uno para Humphrey y el otro para mí.
-No necesito ir a Lymington por ellos. Debo cruzar el bosque
para visitar a unos amigos, a quienes no veo desde hace tiempo, y quizá consiga
allí los cachorros que necesitamos, iguales a Smoker. Lo haré inmediatamente
porque quizá tenga que esperarlos, aunque me los prometan.
-¿Puedo ir con usted, Jacobo? -dijo Eduardo.
-Preferiría que no fueses; podrían formularme preguntas.
-También yo preferiría que se quedara; lo necesito aquí.
-¿Por qué, Humphrey? ¿Para qué trabajo?
-Hay mucho que hacer y es trabajo pesado; las bellotas están
listas, para la trilla y necesitamos muchas para los cerdos. Tenemos que
engordar a tres y alimentar a los demás durante el invierno. No puedo salir del
paso muy bien con sólo Alicia y Edith; de modo que si no eres perezoso, te
quedarás con nosotros y nos ayudarás, Eduardo.
-Humphrey, tú no piensas más que en tu granja.
-Y tú eres demasiado cazador para pensar en algo que no sea un
ciervo; pero un pájaro en la mano vale por dos en la rama, en mi opinión, y yo
conseguiré más con mi chacra que tú en el bosque.
-Humphrey nada tiene que ver con las aves de corral y los
huevos, ¿verdad, Eduardo? Nos pertenecen a Edith y a mí, y Jacobo los llevará a
Lymington y los venderá por nosotras y nos comprará unos vestidos nuevos para
los domingos, porque éstos parecen ya algo gastados... y con razón -dijo
Alicia.
-Sí, querida. Las aves de corral son tuyas y las venderé por ti
cuando quieras y compraré lo que quieras con el dinero -replicó Jacobo-. Deja
que Humphrey gane todo el dinero que pueda con los cerdos.
-Sí. Y la manteca me pertenece a mí, si la hago -dijo Alicia.
-No, no -replicó Humphrey-. Eso no es justo; yo encuentro vacas
y no pido nada por ellas.
Debemos repartirnos, la manteca por mitades, Alicia.
-No tengo objeción que hacer -dijo Alicia-, ya que tú encuentras
a las vacas y les das de comer. Ayer hice una libra de manteca, para probar lo
que podía hacer solamente, pero no está sólida, Jacobo. ¿Por qué habrá pasado
eso?
-He visto hacer manteca a las mujeres y ya lo sé, Alicia; de
modo que la próxima vez te ayudaré. Supongo que no habrás exprimido bien el
suero ni le habrás puesto sal.
-No le puse sal.
-Pero debiste hacerlo. En caso contrario, la manteca no dura.
Se convino, en que Eduardo se quedaría en casa para ayudar a
recoger las bellotas para los cerdos y en que Jacobo cruzaría sólo el bosque en
busca de cachorros; y el guardabosques partió a la mañana siguiente. Estuvo
ausente dos días y luego volvió; dijo, que le habían prometido dos cachorros y
que los había elegido. Eran de la misma raza que Smoker, pero sólo tenían
quince días de edad y no podían ser separados de su madre por algún tiempo, de
modo que Jacobo había convenido visitar nuevamente a sus amigos cuando los
cachorros tuvieran tres o cuatro meses de edad y pudieran seguirlo por el
bosque. Jacobo agregó que poco había faltado para que lo hiriera un ciervo que
se había abalanzado sobre él -porque en esa estación los ciervo eran muy
peligrosos y violentos-, pero que él había hecho fuego y partido uno de sus
cuernos, y que esto lo había ahuyentado. -Ahora debes tener cuidado cuando
vayas por el bosque, Eduardo.
-No tengo deseos de ir -replicó Eduardo-. Ya que no podemos
cazar, es inútil; pero en noviembre recomenzaremos.
-Sí -replicó Jacobo-; eso llegará pronto. Mañana les ayudaré con
las bellotas, y al día siguiente, si tengo, tiempo, llevaré a Lymington las
aves de Alicia.
-Sí. Y cuando vuelva me ayudará a batir la manteca, porque
entonces tendré una buena cantidad de crema.
-Y no se olvide de comprar el gatito, Jacobo, -dijo Edith.
-¿De qué sirve un gatito? -dijo Humphrey, muy atareado, haciendo
una jaula de pájaros para Edith, después de haber concluido otra para Alicia-.
No hará sino robarnos la crema y comerse nuestros pájaros.
-No, no hará tal cosa; porque cerraremos bien la puerta del
armario donde están la leche y la crema, y colgaremos las jaulas a tal altura
que el señor Micifuz no podrá alcanzarlas.
-En ese caso, un gatito será útil, porque te enseñará a ser
cuidadosa -dijo Eduardo.
-Mi chaqueta está algo gastada y lo mismo la tuya, Eduardo.
Trataremos, como Alicia, de hallar el medio de costearnos otra.
-Humphrey -dijo Jacobo-. Compraré todo lo que necesites, y
confía en que lo pagarás apenas puedas.
-Eso es precisamente lo que quiero -replicó Humphrey-. Entonces
conviene que me compre usted una escopeta y un traje nuevo; cuando se los haya
pagado, necesitaré unas herramientas más, algunos clavos y tornillos y un par
de cosas más, pero nada diré de ellos por ahora. Consígame la escopeta y veré
qué puedo obtener en el bosque, sobre todo cuando tenga mi perro.
-Bueno, ya veremos. Quizá te agrade salir de vez en cuando
conmigo y aprender algunas cosas sobre los bosques, porque Eduardo sabe ya todo
lo que sé y puede salir solo.
-Claro que sí, Jacobo; quiero aprenderlo todo.
-Pues bien... En el bolso queda todavía un poco de dinero, y yo
iré mañana a Lymington. Ahora creo que ya es hora de que nos vayamos a la cama.
Y si ustedes están tan cansados como yo, dormirán bien.
Jacobo puso en la carreta al día siguiente unos cuarenta de los
pollos criados por Alicia; los demás fueron conservados para acrecentar el
corral. Su crianza había costado poco o nada; porque, cuando pequeños, sólo
habían comido un poco de torta de avena, y más tarde se habían mantenido con
las patatas que quedaron, como pueden hacerlo siempre las aves cuando tienen un
gran trecho de terreno por donde pasearse.
Jacobo volvió a la hora del crepúsculo con todas las cosas.
Trajo vestidos nuevos para Alicia y Edith, con algunas agujas, hilo y estambre,
y les dio algún dinero que había sobrado de la venta de los pollos, después de
hacer las compras. También compró trajes nuevos para Eduardo y Humphrey, y una
escopeta que mereció la calurosa aprobación de éste, ya que era de mayor
calibre y bala más pesada que las de Jacobo o Eduardo. También trajo un gatito
blanco para Alicia y Edith. No había noticias que valieran la pena; solamente
se sabía que los igualitarios se habían sublevado contra
Cromwell y que él los había dominado con las demás tropas, y Jacobo dijo que, a
juzgar por todas las apariencias, aquella gente estaba riñendo y peleando entre
ellos.
Transcurrió el tiempo y llegó el mes de noviembre sin que nada
perturbara las tareas cotidianas de la familia en el bosque, cuando cierto
atardecer, Jacobo, que había vuelto de cazar con Eduardo (la primera salida que
hacían desde los principios de la estación), le dijo a Alicia que ésta debía
hacer todo lo posible, por prepararles una buena comida al día siguiente, ya
que habría una fiesta.
-¿Por qué, Jacobo?
-Si no puedes adivinarlo sola, no te lo diré hasta que llegue la
hora -replicó Jacobo.
-Entonces Humphrey tendrá que ayudarnos -replicó Alicia-. Y
haremos lo que podamos.
Ahora que tenemos un poco de carne, trataré de que el almuerzo
sea de primera.
Alicia hizo todos los preparativos y preparó para el día
siguiente un trozo de venado al horno, un guiso de venado, un par de pollos
asados y un pastel de manzanas, lo cual, para ellos, era ciertamente un gran
almuerzo. Y las viandas estaban muy bien aderezadas, porque Jacobo le había
enseñado a Alicia a cocinar y la niña había mejorado poco a poco siguiendo sus
enseñanzas. Humphrey era tan hábil como ella, y la pequeña Edith era muy útil,
ya que desplumaba las aves y cuidaba de la comida mientras se cocía.
-Y ahora les diré por qué he pedido un banquete para hoy -dijo
Jacobo, después de haber dicho la plegaria de costumbre-. Hoy hace un año justo
que ustedes llegaron a la cabaña. Ahora ya lo saben.
-No lo recuerdo con certeza, pero creo que usted tiene razón
-dijo Eduardo.
-Y ahora, hijos, díganme -inquirió Jacobo ¿Verdad que este año
ha pasado muy rápida y felizmente..., tan rápida y felizmente como si ustedes
hubieran estado en Arnwood?
-Sí. Y más aún -dijo Humphrey-. Porque en Arnwood yo no tenía a
menudo con qué entretenerme y aquí los días me han resultado siempre tan
cortos...
-Estoy de acuerdo con Humphrey -dijo Eduardo.
-Y yo estoy segura de lo mismo -replicó Alicia-. Siempre he
estado atareada y me he sentido feliz y nadie me ha regañado por haberme
ensuciado o roto la ropa, como antaño.
-¿Y qué dice la pequeña Edith?
-Me gusta ayudar a Alicia y jugar con el gatito -dijo la
pequeña.
-Pues bien, hijos míos -dijo Jacobo-. Créanme que ustedes son
más felices cuando sus días transcurren rápidamente, y que eso ocurre solamente
cuando tienen mucho que hacer.
Aquí disfrutan de paz y seguridad. ¡Y Dios quiera que puedan
seguir así! En este mundo sólo necesitamos unas pocas cosas; esto es, que en
realidad necesitamos unas pocas, aunque ansiamos y suspiramos por muchas.
Ustedes tienen salud y alegría, que son las grandes bendiciones de la vida.
¿Quién podría creer, al mirarlos, que, son los mismos niños que traje de
Arnwood? Eran muy distintos entonces. Ahora son fuertes y sanos, están rosados
y tostados, en vez de blancos y delicados. Mira a tus hermanas, Eduardo. ¿Crees
que alguno de tus amigos de antaño..., crees, que Marta, que las cuidaba, las
reconocería?
Eduardo sonrió y dijo:
-Por cierto que no; sobre todo con su ropa actual.
-Y tampoco reconocerían a Humphrey, según creo. Tú, Eduardo,
siempre fuiste un niño robusto, y salvo que creciste mucho y estás más
bronceado, no hay gran diferencia. Te reconocerían, aun en el traje de
guardabosque que luces ahora, pero yo digo que debemos darle las gracias al
Todopoderoso por haber hallado salud, dicha y seguridad en la cabaña de un
guardabosque. Y yo debo estarle agradecido al cielo, y lo estoy, por haberse
dignado conservarme la vida y permitido que yo les enseñara a todos ustedes hasta
ahora la manera de ganarse el sustento por sí mismos, cuando Dios me llame a su
seno. Hasta ahora he podido cumplir mi promesa al noble padre de ustedes, y no
se imaginan cómo disminuye día a día la pesada carga que agobiaba mi espíritu,
aun cuando los veo cada vez más capaces de bastarse a sí mismos. Dios los
bendiga, hijos míos, y ojalá vivan lo suficiente para ver muchos días como
éste.
Y Jacobo estaba tan conmovido al decir esto, que se vio rodar
una lágrima por su arrugada mejilla.
Llegó el segundo invierno. Jacobo y Eduardo salían de caza
habitualmente un par de veces por semana; porque el viejo guardabosques se
quejaba de rigidez en el cuerpo y de dolores reumáticos, y ya no era tan activo
como antaño. Humphrey acompañaba ahora a Eduardo una vez por semana, pero no
más, y casi nunca volvían sin haber obtenido venado, ya que Eduardo conocía
bien su oficio y no necesitaba ya el consejo de Jacobo. A medida que avanzaba
el invierno, Jacobo fue renunciando por completo a las salidas. Iba a Lymington
a vender la carne de venado y a conseguir lo que hacía falta para la casa, como
la avena y la harina, que eran las necesidades principales; pero aun estos
viajes lo agotaban y era evidente que la constitución física del viejo se iba
desmoronando. Humphrey estaba siempre atareado. Cierta noche hacía algo que los
intrigaba a todos ellos y le preguntaron para qué era aquello, pero el niño. no
quiso decirlo.
-Estoy haciendo un experimento -dijo, mientras doblaba una
varita de avellano-. Si resulta, ustedes lo sabrán; en caso contrario, sólo me
habré molestado un poco inútilmente. Jacobo, confío en que no olvidará usted la
sal cuando vaya mañana a Lymington, porque mis cerdos están prontos para ser
muertos y debemos salar la mayor parte de la carne. Cuando las patas y
paletillas hayan estado suficiente tiempo en sal, veré si puedo ahumarlos y en
ese caso, ahumaré un poco de tocino. ¿Verdad que será divertido, Alicia? ¿Te
gustaría tener un gran pedazo de tocino colgado ahí? Y te bastaría con subirte
a un taburete para
cortar cuanto quisieras, cuando Eduardo y yo regresáramos con
hambre y tú no tuvieses nada para darnos de comer.
-Me alegraré mucho de tener tocino y creo, que también te
alegrarás tú, a juzgar por tus palabras.
-Sí, por cierto. Te lo aseguro. ¿No dijo usted, Jacobo, que las
varas de fresno eran las mejores para ahumar el tocino?
-Sí, hijo; cuando estés pronto, te diré cómo debes hacer. Mi
pobre madre solía ahumar muy bien por esta chimenea.
-Creo que con esto bastará -dijo Humphrey, dejando enderezarse
la vara de avellano después de haberla doblado-. Pero mañana lo sabré.
-Pero... ¿Para qué es eso, Humphrey? -dijo Edith.
-Vete a jugar con tu gatito, chiquilla -replicó Humphrey,
dejando sus herramientas y materiales en un rincón-. Tengo mucho que hacer
ahora, pero debo matar a mis cerdos antes de pensar en otra cosa.
Al día siguiente Jacobo llevó la carne de venado a Lymington y
trajo la sal y otras cosas que hacían falta. Entonces mataron a los cerdos y
los salaron siguiendo las instrucciones de Jacobo; el reumatismo de éste no le
permitió ayudar, pero Humphrey y Eduardo colocaron la sal y Alicia llevó los
pedazos de puerco a la artesa cuando terminaron. Humphrey había salido el día
anterior para ocuparse del misterioso asunto que tenía entre manos. A la mañana
siguiente, salió poco antes del desayuno y al volver traía una liebre, que puso
sobre la mesa:
-Bueno -dijo-. Mi resorte ha dado resultado y aquí está su
fruto. Ahora haré otros y tendremos algo para el almuerzo por variar.
Los demás se sintieron muy satisfechos con el éxito de Humphrey
y el niño no poco orgulloso de él.
-¿Cómo se te ocurrió la manera de hacerlo?
-Leí en el viejo libro de viajes que Jacobo trajo en verano
pasado que la gente solía atrapar así conejos y liebres; no pude entender el
procedimiento con exactitud, pero me dio la idea.
Conviene decir que Jacobo había traído más de una vez a la
cabaña un par de libros, viejos que había encontrado o que le regalaran, y que
Humphrey y Eduardo los habían hojeado ocasionalmente, pero muy de tarde en
tarde, ya que su exceso de tareas les impedía encontrar tiempo para la lectura,
aunque a veces, de noche, se pasaban la velada leyendo. Si se tiene en cuenta
cuán jóvenes eran y cuán práctica y atareada era su vida, esto no puede
sorprender.
Capítulo VII
Humphrey se dedicaba ahora a otra cosa. Había fabricado, varias
trampas y traía conejos y liebres casi a diario. También había hecho algunas
trampas para pájaros y ello le había permitido apresar dos cardelinas para
Alicia y Edith, que las niñas pusieron en las jaulas preparadas por él. Pero,
como dijimos, Humphrey estaba a la pesca de otra cosa; salía a temprana hora de
la mañana, y de noche, cuando salía la luna, volvía tarde, mucho después de
haberse acostado todos. Pero ellos nunca sabían el porqué de sus salidas y
Humphrey no quería decirlo. Tuvo lugar una fuerte nevada y Humphrey salió más a
menudo que nunca. Finalmente a la semana, poco más o menos de haber caído sobre
la tierra una capa de nieve, el niño volvió una mañana trayendo una liebre y un
conejo, y dijo:
-Eduardo, he atrapado algo más grande que una liebre o un conejo
y tienes que ayudarme, y debemos ir con nuestras escopetas. Supongo que su
reumatismo no le permitirá acompañarnos, Jacobo, ¿verdad?
-No. Creo que podré ir. Lo que me causa tantos dolores es la
humedad. Quizá este aire frío me haga bien. Me he sentido mucho mejor desde que
empezó la nevada. Veamos, ahora, lo que has atrapado.
-Habrá que caminar tres kilómetros -dijo Humphrey, cuando
salían.
-No importa, Humphrey; guíanos.
El joven prosiguió la marcha hasta que llegaron a un grupo de
grandes árboles y luego los condujo hasta una trampa que había cavado, de unos
dos metros de ancho, tres de largo y otros tantos de profundidad.
-He aquí mi gran trampa -dijo Humphrey-. Y miren lo que he
atrapado en ella.
Eduardo y Jacobo miraron y vieron en el foso a un joven toro.
Smoker, que los acompañaba, empezó a ladrarle furiosamente.
-Y ahora... ¿qué vamos a hacer? No creo que esté herido.
¿Podríamos sacarlo? -preguntó Humphrey.
-No, no muy bien. Si se tratara de un ternero, sí que podríamos,
pero el toro es demasiado pesado y aunque consiguiéramos sacarlo, vivo,
tendríamos que matarlo, de modo que será mejor matarlo desde ya de un tiro.
-Eso creo -replicó Humphrey.
-Pero... ¿cómo lo atrapaste? -Preguntó Eduardo.
-Leí sobre eso, en el mismo libro donde encontré la idea para la
trampa de las liebres - replicó Humphrey-. Cavé el foso y lo cubrí de zarzas y
luego lo recubrí de nieve. Este es el bosquecillo adonde acude la liebre, sobre
todo en invierno; es grande y seco y los árboles grandes lo protegen, y fue por
eso que elegí ese lugar. Tomé un gran manojo de heno, puse un poco sobre la
nieve alrededor del foso y luego esparcí algo más en pequeños puñados, para que
los vacunos salvajes lo encontraran y recogieran, cosa que se alegrarían de
hacer, ahora que la tierra está cubierta de nieve. Y, como ven, tuve éxito.
-Bueno, Humphrey, eres un as, lo reconozco -dijo Eduardo-. ¿Lo
matamos?
-Sí, ahora que está mirando hacia arriba.
Eduardo le disparó al toro un balazo en la frente y el animal se
desplomó muerto. Pero luego los tres se vieron obligados a volver a casa en
busca del petiso y la carreta, y de cuerdas para sacar al toro del foso y ello
les dio no poco trabajo, pero el petiso les ayudó y finalmente lo sacaron.
-Lo haré con más facilidad la vez próxima -dijo Humphrey-.
Fabricaré una árgana lo antes que pueda y pronto izaremos otro, como sacar un
balde de agua del pozo.
-Es una hermosa carne joven -dijo Jacobo, que estaba desollando
al toro-. Según creo, no tiene más de dieciocho meses. De haber sido un animal
plenamente desarrollado, como el que matamos, se habría quedado donde estaba,
porque nunca habríamos podido sacarlo.
-Sí, Jacobo, lo habríamos sacado; porque yo hubiera bajado y
después de cortar en pedazos su cadáver, lo habríamos izado por partes.
Cargaron en la carreta la piel y los cuartos del animal y
emprendieron el viaje de regreso.
-Esto servirá para pagar en buena parte la escopeta, Humphrey
-dijo Jacobo-. Eso, si no paga más.
-Me alegro de ello -dijo Humphrey-. Pero confío en que no será
el último toro que atraparé.
-Eso me recuerda algo, Humphrey. Creo que debes volver con la
carreta y llevarte todas las entrañas de la bestia y hacer desaparecer toda la
sangre que hay sobre la nieve, porque he observado que al ganado vacuno lo
asusta mucho el olor y el espectáculo de la sangre. Lo descubrí al verlos venir
en un par de oportunidades al sitio en que yo había degollado a un ciervo; vi
que, al acercar sus hocicos al lugar donde había sangre en el suelo, levantaban
las colas y huían, bramando de un modo terrible. A decir verdad, he oído decir
que si se comete un crimen en un bosque y uno quiere hallar el cadáver, una
manada de ganado vacuno llevada allí resulta más útil aun que un sabueso.
-Gracias por decirme eso, Jacobo, porque yo nunca me lo habría
imaginado, y le diré qué voy a hacer. Llenaré la carreta de restos de helechos
y pondré esa hierba en el fondo del
foso; para que, si logro atrapar a una vaquillona o a un ternero
que valgan la pena, no se lastimen al caer. -Debiste tardar mucho tiempo en
cavar esa fosa, Humphrey.
-Así es. Y a medida que cavaba más hondo, el trabajo era más
duro. Y luego tuve que llevarme toda la tierra y esparcirla. Tardé más de un
mes en terminar, y finalmente usé una escalera para subir y bajar, y subí los
cestos de tierra a la superficie, porque el foso era demasiado profundo para
tirarla afuera.
-Nada como la paciencia y la perseverancia, Humphrey. Tú tienes
esas virtudes en mayor grado que yo.
-Estoy seguro de que también tiene más paciencia y perseverancia
que las que tengo, o tendré nunca -replicó Eduardo.
Durante aquel invierno, que transcurrió rápidamente, ocurrieron
pocos sucesos de importancia. El viejo Jacobo estaba más o menos confinado en
su cabaña por el reumatismo y Eduardo cazaba solo u ocasionalmente con
Humphrey. Humphrey tuvo la suerte de atrapar a un toro y una ternera en su
trampa, ambos de un par de años de edad, y con un tosco artificio suyo a modo
de árgana logró, con la ayuda de Eduardo, izarlos ilesos afuera del foso.
Fueron colocados en el corral, y después de haber sido domados haciéndoles
pasar hambre, siguieron el ejemplo de la vaquillona y el ternero, y se tornaron
totalmente mansos. Fueron un importante agregado al ganado de la granja, como
cabe suponer. El único hecho lamentable era el confinamiento del viejo, Jacobo
en la cabaña, lo cual, al avanzar el invierno, le impidio ir a Lymington, de
modo que no pudieron vender carne de venado, y Humphrey, a título de
experimento, ahumó algunos jamones de venado, que colgó con los otros. Había
otra cosa que los preocupaba, a saber, que Jacobo no podía cruzar el bosque en
busca de los cachorros prometidos. Y había pasado ya la época en que debía
llevárselos, porque corría el mes de enero. Eduardo y Humphrey insistieron
mucho en que el viejo dejara ir a uno de ellos, pero la única respuesta que
pudieron obtener, fue «que él pronto estaría mejor». Finalmente, notando que
empeoraba en vez de mejorar, Jacobo consintió en que fuese Eduardo. Le dio
instrucciones sobre la manera de proceder, el camino que debía tomar y
describió la morada del guardabosques; le advirtió que debía usar el apellido.
Armitage y decir que era su nieto. Eduardo prometió obedecer las instrucciones
de Jacobo y a la mañana siguiente partió, montó sobre White Billy con un poco
de dinero en el bolsillo, por si le hacía falta.
-Ojalá pudiera ir contigo -dijo Humphrey, mientras caminaba al
lado del petiso.
-Ojalá, Humphrey; por mi parte, me siento como un esclavo puesto
en libertad. Le hago justicia a la bondad y buena voluntad del viejo Jacobo y
reconozca todo lo que le debemos, pero, con todo, albergarse aquí en el bosque,
sin ver ni hablar con nadie, aislándose del mundo, no le cuadra a Eduardo
Beverley. Nuestro padre fue un soldado y muy bueno por cierto, y si yo fuese lo
bastante crecido, creo que aun ahora huiría y me uniría al partido realista,
por deshecho que pueda estar -y con toda evidencia lo está - en este momento.
El acecho del ciervo está muy bien, pero yo busco caza más alta.
-Comparto tus sentimientos -replicó Humphrey. Pero recuerda,
Eduardo, que el viejo está muy débil. ¿Y qué sería de nuestras hermanas si las
abandonáramos?
-Lo sé muy bien, Humphrey -no me propongo abandonarlas, puedes
estar seguro de ello-, pero querría que estuviesen a salvo con nuestros
parientes y entonces tendríamos libertad de acción.
-Sí que la tendríamos, Eduardo, pero recuerda que aún no somos
hombres y los niños de quince y trece años no pueden hacer gran cosa, aunque
quieran hacerlo.
-Es cierto que sólo tengo quince años -replicó Eduardo-, pero
soy bastante fuerte y también lo eres tú. Creo que si yo pudiera asestar una
buena estocada en la cabeza de un hombre, éste se tambalearía bajo el golpe,
aunque fuese grande como un búfalo. Sé muy bien que han combatido en la guerra
jóvenes de mi edad, y recuerdo que mi padre me prometió llevarme consigo apenas
tuviese los quince años.
-Lo que me intriga es el temor del viejo Jacobo de que nos vean
en Lymington -replicó Humphrey.
-¿Por qué? ¿De qué temor se trata?
-Lo ignoro tanto como tú; en mi opinión ese temor sólo existe en
su imaginación. Seguramente, a nosotros no nos dañarían (si anduviéramos sin
armas como los demás) por el hecho de que nuestro padre hubiese luchado por el
rey. Es verdad que han decapitado a algunos; pero éstos conspiraban entonces en
favor del rey, o se oponían al parlamento de otro modo. Esto fue lo que supe
por Jacobo, pero no sé qué podemos temer si callamos. Pero ahora se plantea lo
siguiente, Eduardo (porque Jacobo me ha dicho más sobre cierto punto que a ti,
según creo). Supongamos que debieras abandonar el bosque... ¿Cuál sería tu
primer paso?
-Naturalmente, manifestaría quién soy y tomaría posesión de la
propiedad de mi padre en Arnwood, que es mía por derecho de linaje.
-Exactamente lo mismo que piensa Jacobo. Y dice que eso sería tu
perdición, porque la propiedad está confiscada, como dicen ellos, o anulada
legalmente y entregada al parlamento, por haber luchado tu padre contra éste en
el bando realista. Ya no te pertenece y no permitirían entrar en posesión de
ella; por el contrario, según todas las probabilidades, serías encarcelado y...
¿quién sabe cuál sería tu suerte entonces? Ya ves que hay peligro.
-¿Fue Jacobo quien te dijo esto?
-Sí, fue él; me dijo que no te hablara del tema, dado lo
impetuoso que eras, ya que si te enterabas de que la propiedad había sido
confiscada, cometerías sin duda algún acto imprudente, y quecualquier acto de
esa índole sería una excusa para arrestarte. Y agregó que no esperaba vivir
mucho, porque su debilidad crecía día a día y que sólo confiaba en poder vivir
uno o dos años más, para poder sosegarte hasta que llegaran tiempos mejores.
Dijo que, si se suponía que todos habíamos muerto carbonizados en Arnwood
durante el
incendio, ello les daría una buena oportunidad de calificarte de
impostor y de tratarte de conformidad con ello, y que había tanta gente ansiosa
de recibir el don de la finca, que miles de personas maquinarían tu muerte.
Dijo que si te dabas a conocer y reclamabas tu propiedad, les harías
simplemente el juego a tus enemigos y provocaría las más fatales consecuencias,
porque, manifestó Jacobo, para probar que eras Eduardo Beverley debías declarar
que yo y tus hermanas estábamos en el bosque contigo, y esta revelación pondría
a toda la familia a merced de sus más enconados enemigos. Y resulta imposible
predecir qué sería de tus hermanas, pero probablemente éstas serían confiadas a
alguna familia puritana, que encontraría placer en maltratar y humillar a las hijas
de un hombre como el coronel Beverley.
-¿Y por qué no me dijo todo eso a mí?
-Temía decirte algo. Suponía que la idea de la injusticia te
excitaría tanto, que podría inducirte a cometer alguna imprudencia, y dijo:
«Ruego a Dios todas las noches que me conserve esta vida, por lo demás inútil,
porque sé que si yo muriera Eduardo abandonaría el bosque».
-Nunca, mientras mis hermanas estén bajo mi protección -replicó
Eduardo-. Si estuvieran a salvo, me marcharía inmediatamente.
-Creo, Eduardo, que hay mucha verdad en lo que dice Jacobo: no
harías nada bueno (porque no te devolverían tu propiedad, dando a conocer
actualmente tu paradero, y sí podrías hacer mucho mal. «Espera tu oportunidad»,
es un buen consejo en estos tiempos borrascosos. Por eso, yo que tú sería muy
cauteloso; pero sigo creyendo que no hay peligro alguno en que tú o yo salgamos
del bosque con nuestra indumentaria actual y bajo el apellido de Armitage.
Nadie nos reconocería; tú estás muy alto y también yo, y estamos tan tostados y
curtidos por el aire y el ejercicio, que parecemos los hijos del bosque, más
bien que los del coronel Beverley.
-Hablas muy razonablemente, Humphrey y estoy de acuerdo contigo.
No soy tan fogoso como lo supone el viejo; y si mi pecho arde de indignación,
de todos modos tengo suficientes fuerzas para disimular mis sentimientos en
caso necesario. Puedo oponer la astucia a la astucia si hace falta, y a juzgar
por lo que dices, creo que éste es realmente el caso. Hay una cosa cierta, y es
que mientras el rey Carlos esté cautivo, como lo está y sus leales dispersos o
en el extranjero, nada puedo hacer, y darme a conocer sólo equivaldría a
dañarme a mí mismo y a todos nosotros. Por lo cual, ciertamente, guardaré
silencio y también seguiré viviendo como hasta ahora con un nombre falso; pero,
con todo, debo mezclarme -y lo haré-con otras gentes y me enteraré de lo que
pasa. Quiero vivir en este bosque y proteger a mis hermanas mientras sea
necesario, pero, aunque viva aquí, no quiero confinarme del todo en el bosque.
-Eso es precisamente lo que pienso, Eduardo, lo que deseo por mi
parte, pero no nos precipitemos ni aun en eso. Y ahora te deseo un grato paseo
y si puedes consigue de los guardabosques algunos perdigones para mí; tengo
muchas ganas de obtenerlos.
-No lo olvidaré. Adios, hermano.
Humphrey volvió a casa para cuidar su granja, mientras Eduardo
proseguía su viaje por la selva. La conversación precedente puede dar cierta
idea del carácter de ambos jóvenes. Eduardo era valiente e impetuoso,
precipitado en sus decisiones, pero susceptible con todo de ser convencido.
Criado como heredero de la propiedad de los Beverley, sentía, más de lo que
podía esperarse de Humphrey, la mortificación de ser pobre, después de tan
grandes perspectivas en sus primeros tiempos; por ello sus anhelos de venganza
contra el bando opuesto eran más intensos y sus bríos crecían dadas sus
convicciones. Su temperamento era naturalmente belicoso y esta tendencia había
sido estimulada por su padre cuando niño; con todo, nunca hubo un corazón más
bondadoso o un muchacho de mayor generosidad.
Humphrey era de un temperamento más tranquilo y filosófico,
menos encaminado quizá a conducir que a aconsejar; había en él una gran
prudencia unida al coraje, pero su valor era más bien pasivo que activo, un
coraje que si era atacado podía defenderse valientemente, pero era cauteloso y
reflexivo antes de atacar. Humphrey no tenía el espíritu de guerrero de
Eduardo. Era un hijo menor y debía ganarse en cierto modo su posición y sentía
que sus inclinaciones lo llevaban más a la paz que a la lucha. Además, Humphrey
poseía talentos que Eduardo no tenía; un talento natural para la mecánica y una
investigación inquisitiva de la ciencia, hasta donde podía permitirselo su
limitada educación. Tenía más aptitudes para ser ingeniero o agricultor que
para ser soldado, aunque no cabía duda de que habría podido ser un excelente
soldado de proponérselo.
En bondad y generosidad temperamental era igual a su hermano, y
ésta era la razón de que jamás hubiesen cambiado una palabra colérica, porque
lo que buscaban no era salirse con la suya, sino ceder el uno a los deseos del
otro. De más está decir que nunca hubo dos hermanos de mayor apego mutuo y que
se respetaran tanto mutuamente.
Capítulo VIII
Eduardo hizo trotar al petiso y a las dos horas estaba del otro
lado del Bosque Nuevo. Las instrucciones de Jacobo no fueron olvidadas y antes
del mediodía se encontró ante la verja de la casa del guardabosques. Después de
haber desmontado y de pasar la brida del petiso por sobre la balaustrada,
atravesó un pequeño jardín muy pulcro, pero que, a tan temprana altura del año,
no era demasiado alegre, salvo cuando asomaban los azafranes y las campanillas.
Llamó a la puerta con los nudillos y una muchacha de unos catorce años, muy
pulcramente vestida, respondió al llamado.
-¿Está en casa Osvaldo Partridge, señorita? -dijo Eduardo.
-No, joven, no está. Se encuentra en el bosque.
-¿Cuándo volverá?
-Su hora habitual es al anochecer, a menos que haya obtenido más
éxito de lo habitual.
-He recorrido bastante camino en su busca y no quisiera volverme
sin haberlo visto, - replicó Eduardo. -¿Tiene esposa o alguien con quien yo
pueda hablar?
-No tiene esposa, pero yo estoy dispuesta a trasmitirle un
mensaje.
-He venido en busca de unos perros que Osvaldo Partridge le
prometió a Jacobo Armitage, su pariente; pero el viejo está demasiado enfermo desde
hace algún tiempo para venir por ellos personalmente, y me ha enviado a mí.
-En la perrera hay perros jóvenes y viejos, grandes y pequeños;
esto es todo lo que sé y no más.
-Entonces temo que me veré obligado a esperar su regreso
-replicó Eduardo.
-Hablaré con mi padre -respondió la muchacha-. Si usted no tiene
inconveniente en esperar un momento...
Al par de minutos la muchacha volvió, diciendo que su padre le
rogaba que entrase y hablara con él. Eduardo se inclinó y siguió a la muchacha,
que lo condujo a un aposento donde estaba sentado un hombre vestido a la usanza
de los cabezas redondas de la época. Su sombrero, en forma de campanario, yacía
sobre la silla, y debajo de él estaba su espada.
A su lado veíase un escritorio cubierto de papeles.
-Aquí está el joven, padre -dijo la muchacha, y después de haber
dicho estas palabras atravesó la habitación y se sentó junto a la lumbre.
Aquel hombre -o, digamos más, bien, aquel caballero, porque
tenía el aspecto de tal, a pesar del traje oscuro y característico que usaba
-siguió leyendo una carta que acababa de abrir. Y Eduardo, que temía verse
prisionero de un cabeza redonda, cuando sólo esperaba encontrarse con un
guardabosques, se sintió más irritado aún por el desdén del huésped. Olvidando
que era, por propia afirmación, el pariente de un tal Jacobo Armitage, y no
Eduardo Beverley, enrojeció de ira mientras permanecía inmóvil en el umbral.
Afortunadamente, el tiempo que se tomó el huésped para leer la carta le dio
tiempo también a Eduardo para recordar el disfraz bajo el cual aparecía; el
color se esfumó de sus mejillas y permaneció en silencio, mirando
ocasionalmente a la muchacha, que cuando los ojos de ambos se encontraban
apartaba la mirada.
-¿Qué desea usted, joven? -dijo finalmente el caballero de la
mesa.
-He venido, señor, por un arreglo privado con el guardabosques
Osvaldo Partridge, en busca de dos jóvenes sabuesos que le prometió a mi abuelo
Jacobo Armitage.
-¡Armitage! -dijo el huésped, mirando una lista de la mesa-.
Armitage..., Jacobo... Sí, ya veo, que es uno de los guardabosques. ¿Por qué no
ha venido a visitarme?
-¿Por qué habría de visitarlo, señor? -replicó Eduardo.
-Simplemente, joven, porque el Bosque Nuevo me ha sido confiado
por el parlamento. Se ha comunicado a todos los empleados en él que viniesen
aquí, para que se les permitiera quedarse o para que fueran exonerados, según
lo juzgara yo más conveniente.
-Jacobo Armitage no ha oído una sola palabra de eso, Señor
-replicó Eduardo-. Era un guardabosques nombrado por el rey. Desde hace dos o
tres años no se le paga su sueldo y vive en una cabaña de su propiedad que le
dejó su padre.
-Y usted, joven, si puede saberse, ¿vive con Jacobo Armitage?
-Desde hace más de un año.
-Y ya que su pariente no ha recibido paga ni remuneración
alguna, según dice usted..., ¿de qué manera ha proveído a su sustento?
-¿Cómo lo han hecho los demás guardabosques? -replicó Eduardo.
-No me formule preguntas, señor -replicó el caballero-. Y tenga
la bondad de contestar a las mías. ¿De qué ha vivido Jacobo Armitage?
-Si usted supone que Jacobo Armitage carece de medios de
subsistencia, señor, se equivoca -replicó Eduardo-. Tenemos una parcela de
tierra propia, que cultivamos; tenemos nuestro petiso y nuestra carreta,
tenemos nuestros cerdos y vacas.
-¿Y eso ha bastado.?
-¿Tenían más los patriarcas? -replicó Eduardo.
-Es usted vivaz en la respuesta, joven; pero yo sé algo sobre
Jacobo Armitage y nosotros sabemos -continuó el caballero, acercando su dedo a
algo escrito junto al nombre incluido en la lista -con quién se ha asociado y a
quién ha servido. Ahora permítame que le formule una pregunta. Usted ha venido,
según dice, por dos cachorros de sabuesos. ¿Hacen falta esos cachorros para sus
cerdos y vacas? ¿O a qué usos han de ser destinados?
-Tenemos un perro tan bueno como el que más, pero queremos tener
otros, por si lo perdemos -contestó Eduardo.
-Tan bueno como el que más... ¿Bueno para qué?
-Para cazar.
-Por lo tanto, ¿reconoce que ustedes cazan?
-Nada reconozco en cuanto se refiera a Jacobo Armitage, que
puede responder por sí mismo -replicó Eduardo-. Pero permítame asegurarle que,
si ha matado venados, nadie podría condenarlo por ello.
-¿Quizá podrá usted explicarme el porqué?
-Nada más fácil. Jacobo Armitage le servía al rey Carlos, que lo
empleó como guardabosques y le pagaba su salario. Quienes no debieron hacerlo
se rebelaron contra el rey, le arrebataron su autoridad y los medios de pagarle
a quienes empleaba. Éstos siguieron siendo servidores del rey, ya que no fueron
exonerados. Y no teniendo otros medios de mantenerse, consideraron que su buen
señor habría sido harto feliz con que mataran para su subsistencia al venado
que no podían cuidar ya para él, sin comerlo en parte ellos mismos.
-¿Reconoce, pues, que Jacobo Armitage mató ciervos en el bosque?
-No reconozco nada en nombre de Jacobo Armitage.
-¿Reconoce que los mató usted mismo?
-No responderé a esa pregunta, señor. En primer lugar, porque no
he venido aquí a acusarme a mí mismo, y en segundo lugar, porque debo saber
quién le da su autoridad para interrogar.
-Joven -replicó el otro con tono severo-. Si quiere saber quién
me confiere mi autoridad, por descomedido que usted sea -ante esta observación
Eduardo se sobresaltó, pero, dominándose, apretó los labios y quedó inmóvil-,
aquí tiene mi nombramiento designándome representante del parlamento para tomar
a mi cargo el Bosque Nuevo y ser su superintendente, con poder para nombrar y
exonerar a quienes se me antoje. Presumo que usted deberá darse por satisfecho
con mi palabra, ya que no sabe leer ni escribir.
Eduardo se acercó a la mesa y tomó tranquilamente el documento y
lo leyó.
-Lo que ha manifestado usted es exacto, señor -dijo, dejándolo-,
y la fecha es, según advierto, el 20 de diciembre último. De modo que sólo han
pasado dieciocho días.
-¿Y qué inferencia podría usted extraer de ello, joven? -replicó
el caballero, mirándolo con asombro.
-Simplemente ésta, señor: que Jacobo Armitage está en cama con
reumatismo, desde hace tres meses, durante cuyo período no ha matado
ciertamente ciervo alguno. De modo que, hasta que el parlamento tomó posesión
del bosque, éste le pertenecía sin duda a Su Majestad, aunque no le pertenezca
ahora; por lo cual, Jacobo Armitage, hasta ahora, sólo responde por cualquier
ciervo que haya matado ante su soberano el rey Carlos.
-Es fácil advertir la escuela en que ha sido usted criado,
joven, aunque en este papel no haya constancia de que su ascendiente sirvió a
las órdenes del realista coronel Beverley y lo educó dentro de su manera de
pensar.
-Señor, es vil el perro que muerde la mano que lo alimenta -dijo
Eduardo con apasionamiento-. Jacobo Armitage, y su padre antes que él, fueron
servidores de la familia
del coronel Beverley; le debieron su situación actual en el
bosque, se lo debieron todo, reverencian su nombre y sostienen la causa por la
cual cayó él, también la sostengo yo.
-Joven, si su modo de hablar no es cuerdo, es, en todo caso,
propio de un ser agradecido; por lo demás, no he de pronunciar una palabra
irrespetuosa a la memoria del coronel Beverley, que era un hombre valeroso y
leal a la causa que abrazó, aunque no fuera santa. Pero en mi situación no
puedo, siendo justo con quienes sirvo, dar cargos y remuneraciones a quienes
han sido y siguen siendo, como puedo juzgarlo por sus palabras, adversos al
actual gobierno.
-Señor -replicó Eduardo-, su modo, de hablar con respecto al
coronel Beverley me infunden un respeto por usted que le confiese, no sentí en
el primer momento. Lo que dice usted es muy justo. Pero no creo que pueda dañar
a Jacobo Armitage, ya que, en primer lugar, sé que él no serviría bajo sus
órdenes, y, en segundo lugar, porque es demasiado viejo y débil para atender a
ese empleo. Por lo demás, su cabaña y tierra son de su propiedad y usted no
puede quitárselas.
-Supongo que tendrá el título respectivo... -replicó el
caballero.
-Tiene el título otorgado a su abuelo mucho antes de nacer el
rey Carlos, y supongo que el parlamento no se propondrá anular las
disposiciones de los reyes anteriores.
-¿Puedo saber qué parentesco lo liga a usted con Jacobo
Armitage?
-Creo haber dicho ya que soy su nieto.
-¿Vive con él?
-Así es.
-Y si el viejo muere, ¿heredará su propiedad?
Eduardo sonrió y, mirando a la muchacha, dijo:
-¿No, le parece, doncella, que su padre está alardeando de su
cargo?
La muchacha rió y dijo:
-Tiene autoridad conferida.
-No sobre mí, por cierto, y tampoco sobre mi abuelo, ya que lo
ha exonerado.
-¿Se crió usted en la cabaña, joven?
-No, señor. Me crié en Arnwood. Fuí compañero de juegos de los
hijos del coronel Beverley.
-¿Fue educado con ellos?
-Sí, señor. Porque en cuanto me lo permitió mi disposición, el
capellán siempre estuvo pronto a darme instrucción.
-¿Dónde estaba usted al quemarse Arnwood?
-En la cabaña -dijo Eduardo, apretando los dientes y con aire
colérico.
-Sí, sí. Puedo perdonar cualquier expresión de sentimiento de su
parte, joven, cuando se le recuerda ese hecho horrible y deshonroso. Fue una
mancha imborrable..., un hecho diabólico y que pensamos provocaría la venganza
del cielo. Si las plegarias pudieran evitarlo o lo evitaron, no faltaron por
nuestra parte.
Eduardo guardó silencio; este reconocimiento del cabeza redonda
impidió una explosión de su parte. Pensó que no toda aquella gente era tan mala
como lo suponía. Después de una larga pausa, dijo:
-Cuando vine aquí, señor, fue en busca de Osvaldo Partridge y
para conseguir los sabuesos que nos había prometido; pero presumo que mi viaje
ha sido inútil. ¿Por qué?
-Porque usted tiene la fiscalización del bosque y no permitirá
que se den perros para que cacen quienes no son empleados del actual gobierno.
-Juzga usted bien, ya que mi deber es impedirlo; pero, ya que la
promesa fue hecha antes de que me nombraran -dijo el caballero, sonriendo-,
presumo que, a su entender, yo no tengo derecho a intervenir, ya que si lo hago
será un caso ex post facto. Por cuyo motivo no intervendré. Sólo debo hacerle
notar que las leyes siguen siendo las mismas en cuanto concierne a los que se
apoderan furtivamente de ciervos en el bosque... ¿Me entiende?
-Sí, señor, y si ello no le ofende, le contestaré con
sinceridad.
-Hable, pues.
-Considero que los ciervos del bosque pertenecen al rey Carlos,
que es mi legítimo soberano, y no reconozco más autoridad que la suya. Sólo me
considero responsable ante él por cualquier ciervo que mate, y estoy seguro de
que me autorizará y perdonará todo lo que yo pueda hacer.
-Ésa, quizá sea su opinión personal, mi buen señor; pero no será
la opinión de los poderes gobernantes. Si lo atrapan usted será castigado, y lo
haré yo, en razón de la autoridad de que me han investido.
-Sí, señor; si eso sucede, así sea. Usted ha exonerado a los
Armitage a causa de su apoyo al rey, y no podrá sorprenderlo, por lo tanto, que
ellos lo apoyen más que nunca. Tampoco ha de sorprenderlo el que un
guardabosques exonerado se convierta en cazador furtivo.
-Y tampoco le sorprenderá a usted que un cazador furtivo incurra
en pena si es atrapado - replicó el cabeza redonda-. De modo que esto pone
punto final a nuestra discusión. Si va a la cocina hallará viandas para
entretener el estómago, y si quiere esperar el regreso de Osvaldo Partridge,
bien venido.
Eduardo, que se sentía indignado por aquel envío a la cocina,
asintió, le sonrió a la muchachita y salió de allí.
«Bueno -pensó mientras atravesaba el pasillo-, vine aquí por dos
cachorros y he encontrado un cabeza redonda. No sé por qué, no me siento tan
irritado contra él como debiera estarlo. Esa muchachita tiene una linda
sonrisa... Estaba hermosa de veras al sonreír. ¡Oh, ésta es la cocina, a la
cual se ve enviado el señor de Arnwood por un parcial de Cromwell y cabeza
redonda, probablemente un comerciante o un truhán, que ha servido a la causa!
Bueno, así sea. Como dice Humphrey, 'esperaré mi oportunidad'. Pero aquí no hay
nadie, de modo que veré si encuentro una caballeriza para White Billy, que debe
estar cansado de permanecer junto a la verja.»
Eduardo volvió por el mismo camino, salió por la puerta
principal y fue par el jardín hasta el sitio donde estaba amarrado su petiso y
se lo llevó en busca de una caballeriza. Encontró ésta detrás de la casa, y
después de haber llenado el pesebre de heno volvió a la casa y se sentó en un
porche junto a la puerta que llevaba a las dependencias del fondo, porque la
casa del guardabosques era grande y cómoda. Eduardo estaba sumido en profundas
cavilaciones, cuando lo hizo volver en sí la hija del flamante intendente del
bosque, que le dijo:
-Temo, joven señor, que usted no haya disfrutado de la
hospitalidad debida en la cocina, ya que no había allí quien pudiera atenderlo.
Yo ignoraba que Hebe hubiese salido. Si quiere venir conmigo, quizá pueda
encontrarle algunas viandas.
-Gracias, doncella. Es usted bondadosa y considerada con un
cazador furtivo convicto y confeso -replicó Eduardo.
-¡Oh!, pero estoy segura de que usted no cazará furtivamente. Y
si lo hace, procuraré disuadirlo de ello -replicó la muchacha, riendo.
Eduardo la siguió a la cocina y ella sacó prestamente un ave
fría y un pastel de carne de venado, que puso sobre la mesa. Luego trajo un
jarro de cerveza.
-Bueno -dijo la muchacha dejándolo sobre la mesa-, esto es todo
lo que he podido encontrar.
-El nombre de su padre, si no me equivoco, es Heatherstone. Así
decía el nombramiento.
-Sí.
-¿Y el suyo?
-El mismo de mi padre, supongo.
-Sí. Pero me refiero al nombre de pila.
-Formula usted extrañas preguntas, joven señor; pero, con todo,
se las contestaré. Mi nombre de pila es Paciencia.
-Gracias por haberse dignado contestarme -replicó Eduardo-.
¿Vive usted aquí?
-Por ahora sí, buen señor. Y ahora lo dejo.
«Buena muchachita -pensó Eduardo-, a pesar de ser hija de un
cabeza redonda. Y me llama «señor». Lo cual indica que no parezco nieto de
Jacobo, y que debo tener cuidado.»
Después de estas meditaciones, Eduardo acometió con buen apetito
las viandas puestas ante él, y acababa de terminar una sabrosa comida, cuando
volvió a entrar Paciencia Heatherstone, y dijo:
-Ha llegado Osvaldo Partridge.
-Gracias, doncella -respondió Eduardo-. ¿Puedo formularle una
pregunta? ¿Dónde está el rey?
-He oído decir que reside en el castillo de Hurst -replicó la
muchacha-. Pero -agregó, bajando la voz- toda tentativa de verlo sería inútil y
sólo lo dañaría y dañaría a los que trataran de hacerlo.
Después de estas palabras, Paciencia salió de la habitación.
Capítulo IX
Terminada su comida, y después de unos buenos tragos de cerveza,
licor que no probaba desde hacía mucho tiempo, Eduardo se levantó de su mesa y
salió por la puerta de los fondos, y se encontró con Osvaldo Partridge. Lo
abordó, exponiendo el motivo de su visita.
-Ignoraba que con Jacobo viviese un nieto; en realidad, ni
siquiera sabía que lo tuviera. ¿Hace mucho que vive usted con él?
-Más de un año -replicó Eduardo-. Antes vivía en Arnwood.
-¿De modo que usted, según debo presumir, está en el bando
realista? -replicó Osvaldo..
-Hasta la muerte, cuando llegue la hora -replicó Eduardo.
-Y yo también. Y usted ha de suponerlo, porque yo nunca le daría
un sabueso a quien no lo fuese. Pero más vale que vayamos a la perrera; los
perros podrán oír lo que se habla, pero no repiten.
-No pensaba encontrarme con otro que no fuese usted al venir
aquí -dijo Eduardo-. Y le contaré ahora todo lo que me pasó con el nuevo
intendente.
Y Eduardo le relató la conversación.
-Ha sido usted audaz -dijo Osvaldo-. Pero quizá haya sido mejor.
Yo conservaré mi puesto y lo mismo otros dos; pero, hay muchos guardabosques
nuevos. Sólo sé de ellos que no son muy aptos para su trabajo y despotrican
contra el rey durante todo el día; lo cual, supongo, es el principal de sus
méritos a los ojos de quienes los designan. Con todo, hay una cosa cierta, y es
que si esos individuos son incapaces de acechar a un ciervo solos, harán todo
la posible por impedirselo a los demás; de modo que usted debe andarse con
cuidado, porque el castigo es severo.
-No los temo, La única dificultad es que ahora no hallaremos
mercado, para vender carne de venado -replicó Eduardo.
-¡Oh!, no se preocupe por eso. Le daré los nombres de todos los
que le comprarán el venado sin riesgo alguno de su parte, salvo el corrido al
matarlo. Se encontrarán con usted en el parque, le pagarán al contado y se lo
llevarán. No lo sé a buen seguro, pero presiento que este nuevo intendente, o
como quiera usted llamarlo, no es tan severo como finge serlo. En realidad, el
haberle permitido a usted hablar como lo hizo y sus propias palabras sobre el
coronel, me convencen de que tengo razón en la opinión que me he formado.
-¿Sabe usted quién es?
-No gran cosa; pero es un buen amigo del general Cromwell, y
dice que le ha prestado buenos servicios a la causa del parlamento. Pero usted
y yo volveremos a encontrarnos, ya que el bosque es libre, de todos modos. Si
viene por aquí, no traiga su escopeta y cuide de que no lo vigilen cuando
regrese a su casa. Aquí tiene los perros para su abuelo. ¿Qué edad podrá tener
usted? Porque Jacobo no tiene más de sesenta, aproximadamente.
-Sin embargo, tengo más de quince.
-Yo le habría dado, cuando menos, dieciocho, o diecinueve. Está
usted muy desarrollado para su edad. Bueno... ¡No hay cosa más indicada que una
vida en el bosque para convertir a un niño en un hombre! ¿Sabe cazar un ciervo
al acecho?
-Rara vez salgo, sin traer uno.
-¿Será posible? Lo indudable es que Jacobo es un maestro de su
oficio. Pero usted es joven para haberlo aprendido tan pronto. Debo saber donde
está la cabaña del viejo (porque no lo sé exactamente). En primer lugar, porque
quiero visitarlos a ustedes, y en segundo
término para poder despistar a otros. ¿Conoce el grupo de
grandes robles que llaman Macizo Real?
-Sí.
-¿Quiere que nos encontremos allí pasado mañana, apenas
amanezca?
-Si estoy vivo y a salvo.
-Eso basta. Llévese a los perros atraillados y márchese.
-Muchas tracias. Pero no debo dejar al petiso; está en la
caballeriza.
El guardacaza meneó la cabeza en gesto de adiós, y Eduardo lo
abandonó para ir a la caballeriza por el petiso. El joven ensilló a White Billy
y se alejó a través del bosque con los perros trotando detrás del caballo.
Eduardo tenía mucho en qué meditar mientras cabalgaba de regreso
a la cabaña. Adivinaba que su posición era más difícil que antes. Estaba
convencido de que a Jacobo Armitage le quedaba poca vida: el pobre viejo estaba
convertido ya en un esqueleto a causa del dolor y las enfermedades. Era
indudable que, ahora que estaba restaurado el orden y ya se ocupaban del
bosque, el sustento que se obtenía de éste sólo podría ser logrado con peligro.
Y Eduardo se alegró de que Humphrey, con su laboriosidad e inteligencia,
hubiese vuelto la granja tan lucrativa. En realidad pensó que, en caso
necesario, ellos podrían vivir del producido de la granja sin correr el peligro
de ser encarcelados por cazar ciervos al acecho. Pero él le había dicho al
intendente que consideraba a la caza mayor propiedad del rey, y estaba resuelto
a correr el riesgo pasara lo que pasara, aunque no le permitiría ya a Humphrey
que lo hiciera.
«Si me sucede algo -pensé-, Humphrey seguirá aún en la cabaña
cuidando de mis hermanas. Y si me veo obligado a huir del país, ello me
convendrá, ya que podré entonces ofrecerle mis servicios a los que son aún
parciales del rey.
Con estos pensamientos y muchos otros, Eduardo se entretuvo
hasta que, bien entrada ya la noche, llegó a la cabaña. Encontró a todos, en
cama, salvo a Humphrey, que lo esperaba, y a quien le contó lo ocurrido.
Humphrey le dijo poco en respuesta; prefirió pensarlo antes de emitir opinión.
Le dijo a Eduardo que Jacobo había estado muy enfermo durante todo el
transcurso del día y le había pedido a Alicia que le leyera la Biblia durante
la velada.
A la mañana siguiente, Eduardo fue al cuarto de Jacobo, que
durante los diez últimos días había estado postrado en el lecho y le dio
detalles sobre lo sucedido en la morada del guardabosques.
-Has sido más audaz que prudente, Eduardo -replicó Jacobo-. Pero
yo no podía esperar que hablaras de otro modo. Eres demasiado altivo y varonil
para mentir, y me alegra de que así sea. En cuanto al hecho de que apoyes al
rey, aunque esté ahora cautivo en manos de ellos, no pueden culparte ni
castigarte por eso, mientras no tengas armas en las manos;
pero, ahora que han incluido al bosque en su jurisdicción, debes
tener cuidado, porque son ellos quienes gobiernan ahora y deben ser obedecidos
o sufrirse las consecuencias. Con todo, no te pido que me prometas esto o
aquello; sólo te hago notar que tus hermanas sufrirán si cometes cualquier
imprudencia, y ten cuidado en bien de ellas. Te digo esto, Eduardo, porque
presiento que mis días están contados y que dentro de poco Dios me llevará a su
seno. Entonces tendrás sobre tus hombros toda la carga que ha pesado
últimamente sobre los míos. No temo el resultado si eres prudente; estos
últimos meses han probado que tú y Humphrey pueden encontrar aquí un medio de
vida, y es una suerte, ahora que se van a poner en vigencia las leyes del
bosque, que hayan hecho a la granja tan lucrativa. Si me permites un consejo,
limita tus cacerías del bosque al ganado vacuno salvaje; éste no se considera
caza y las leyes del bosque no lo abarcan y su carne es tan valiosa como el
venado..., mejor dicho, no se vende a tan alto precio, pero su cantidad es
mayor. Pero ocúpate de la granja lo más posible, porque tú, Eduardo, no pareces
un guardabosques de humilde cuna y es natural que así sea, y cuanto más
sosegado vivas, mejor. En cuanto a Osvaldo Partridge, puedes confiar en él; lo
conozco bien y será tu amigo por afecto a mí, apenas sepa que he muerto. Ahora,
déjame; volveré a hablar contigo por la noche. Envíame a Alicia, querido hijo.
Eduardo se sintió muy acongojado al advertir el cambio operado
en el viejo Jacobo. El guardabosques se sentía evidentemente mucho peor, pero
Eduardo no tenía idea de lo mal que estaba. Eduardo le ayudó a Humphrey en la
granja, y de noche volvió a visitar a Jacobo y le habló de su cita con Osvaldo
Partridge a la mañana siguiente.
-Ve, hijo mío -dijo Jacobo-. Y ten con él toda la intimidad que
puedas y hazte su amigo... Más aún; si fuese necesario, puedes decirle quién
eres. Yo mismo pensé en decírselo, ya que ello puede serte importante algún día
como prueba. Creo que será mejor que lo traigas aquí mañana por la noche,
Eduardo; dile que me estoy muriendo y que quiero hablar con él antes de
marcharme. Ahora Alicia me leerá la Biblia y yo hablaré contigo en otra
oportunidad.
En las primeras horas de la mañana siguiente, Eduardo se
encaminó a la cita convenida con Osvaldo Partridge. El Macizo Real, como se lo
llamaba, dado el tamaño y la belleza característicos de los robles, distaba
unos once kilómetros de la cabaña, y a la hora indicada Eduardo, con la
escopeta en la mano y Smoker tendido a su lado, estaba reclinado contra uno de
aquellos monarcas del bosque. No debió esperar mucho tiempo. Osvaldo Partridge,
provisto de manera parecida, hizo su aparición y Eduardo avanzó a su encuentro.
-Bienvenido, Osvaldo -dijo Eduardo.
-Y bienvenido usted también, joven -replicó Osvaldo-. He sido
interrogado a fondo sobre su persona cuando nos separamos; primero, por el
cabeza redonda Heatherstone, que me indujo en toda forma a averiguar si usted
es lo que afirma, es decir, el nieto de Jacobo... o alguna otra persona. En
realidad, creo que él lo supone a usted el duque de York... Pero no pudo
obtener de mí más de lo que yo sabía. Le dije que la cabaña de su abuelo era de
su propiedad y un don concedido a sus antepasados, que usted fue criado en
Arnwood y que se reunió con su abuelo después de la muerte del coronel y del
criminal incendio de la casa y de todos sus ocupantes por la partida de
puritanos. Pero la linda hijita de Heatherstone se
mostró más curiosa aún. Me interrogó formulándome preguntas de
toda clase cuando su padre no estaba presente aún, y finalmente me pidió que
hiciese el favor de aconsejarle a usted que no cazara ciervos, ya que su padre
era muy riguroso en el cumplimiento de su deber, y por cuanto si usted era
sorprendido, se vería encarcelado.
-Muchas gracias a esa doncella por su advertencia, pero, con
todo eso confío en cazar uno en el día de hoy -replicó Eduardo-. Un ciervo real
no es carne para cabezas redondas, aunque los servidores del rey puedan darse
un banquete con él.
-Bien dicho. Ahora quiero conocer su experiencia en el oficio.
Usted dirigirá la caza.
-¿Cree que podremos rastrear a un ciervo aquí?
-Sí, en este mes, sin duda.
-Adelante -dijo Eduardo-. El viento sopla del cuarto oeste; le
haremos frente, si le parece bien... o, mejor, dejémosle soplar contra nuestra
mejilla derecha por ahora.
-Está bien -replicó Osvaldo.
Y caminaron durante media hora, poco más o menos.
-Este es el rastro de un gamo hembra -dijo Eduardo en voz baja,
señalando las huellas. - Ese bosquecillo es un refugio probable para un ciervo.
Avanzaron y Eduardo le señaló a Osvaldo el rastro del ciervo que
penetraba en la espesura. Entonces dieron la vuelta y no hallaron huella alguna
reveladora de que el animal hubiese dejado su escondite.
-Está aquí -murmuró Eduardo, y Osvaldo le indicó con una seña a
Eduardo que entrara en el bosquecillo, mientras él penetraba por el otro lado.
Eduardo se internó cautelosamente en el bosquecillo. En el
centro percibió, por entre los árboles, un pequeño claro, cubierto de altos
helechos y se sintió seguro de que el ciervo estaba tendido allí. Se abrió
camino arrastrándose de rodillas hasta poder abarcar mejor con la vista el
lugar, y luego amartilló su escopeta. El ruido indujo al ciervo a mover sus
astas y descubrir así su escondite. Eduardo pudo percibir el ojo del animal por
entre el matorral; esperó a que el animal volviera a serenarse, hizo puntería
cuidadosamente y disparó. Al oír la detonación se levantó de un salto otro
ciervo y huyó. Osvaldo hizo fuego, y lo hirió, pero el animal se alejó,
perseguido por los perros. Eduardo, que no sabía si había acertado, o no, pero
que estaba casi convencido de no haber acertado, salió precipitadamente del
bosquecillo para intervenir en la cacería; y al pasar por la parcela de
helechos, advirtió que su presa estaba muerta. Entonces siguió a la caza y como
era muy veloz, pronto alcanzó a Osvaldo y lo pasó en silencio. El ciervo se
dirigió hacia un terreno cenagoso y finalmente fue hacia el agua que se veía
más allá y quedó acorralado. Entonces Eduardo esperó a Osvaldo, que lo alcanzó.
-Está en la ciénaga -dijo Eduardo-. Y ahora, puede entrar y
matarlo.
Osvaldo, ansioso por su presa, se apresuró a llegar al sitio
donde los perros y el ciervo estaban en el agua y atravesó de un balazo la
frente del animal.
Eduardo se acercó a él, le ayudó a sacar del agua el ciervo y
entonces Osvaldo lo degolló y procedió a ejecutar las tareas usuales.
-¿Cómo se explica que le haya errado usted? -dijo Osvaldo-.
Porque estas balas son mías.
-Porque no disparé contra él -dijo Eduardo -. Mi presa yace
muerta en el helechal... y es un excelente animal, por cierto.
-Éste es un ciervo de cuatro años -dijo Osvaldo.
-Sí, pero el mío es un ciervo real, como verá usted cuando
volvamos.
Apenas hubo terminado su faena, Osvaldo colgó de un roble los
cuartos del animal y regresó en compañía de Eduardo.
-¿Dónde lo hirió usted, Eduardo? -dijo Osvaldo, mientras
caminaban.
-Sólo vi su ojo por entre el helechal y debo haberle acertado
ahí.
Al llegar al sitio, Osvaldo se encontró con que Eduardo había
acertado con la bala en el ojo del ciervo.
-Bueno -dijo-. Usted me hizo presumir que sabía algo de nuestro
oficio, pero no creí que fuera tan capaz como lo suponía usted mismo. Confieso
ahora que usted es un maestro, por lo que puedo ver, en todas las ramas del
arte de la caza. Este es, ciertamente, un ciervo real. ¡Veinticinco astas, como
que estoy vivo! Vamos, saque su cuchillo y terminemos, porque si hemos de ir a
la cabaña, no tenemos tiempo que perder. Dentro de media hora oscurecerá.
Colgaron todos los cuartos del ciervo como antes y emprendieron
la marcha hacia la cabaña de Jacobo. Eduardo propuso que Osvaldo usara la
carreta y el petiso para llevar la carne a casa a la mañana siguiente y dijo
que él lo acompañaría para traerlos de regreso.
-Me parece muy bien -dijo Osvaldo-. Y ya hemos llegado, si mal
no recuerdo y confío en que habrá algo que comer.
-No se preocupe por eso. Alicia estará preparada para recibirnos
-replicó Eduardo.
La cena estaba pronta, y Osvaldo elogió el trabajo de la
cocinera. Le sorprendió mucho descubrir que Jacobo tenía cuatro nietos. Después
de la cena entró en el aposento de Jacobo y se quedó con él durante más de una
hora. Durante esta plática, Jacobo le confesó que los cuatro niños eran los
hijos del coronel Beverley, carbonizados presuntamente durante el incendio de
Arnwood. Osvaldo salió de la habitación, tan sorprendido como satisfecho de
la información y de la confianza depositada en él. Saludó
respetuosamente a Eduardo y a
Humphrey y dijo:
-Yo ignoraba en compañía de quién estaba, señor, como se
imaginará; pero el saberlo me alegra el corazón.
-Nada de eso, Osvaldo -replicó Eduardo-. Recuerde que sigo
siendo Eduardo Armitage y que somos los nietos del viejo Jacobo.
-Ciertamente, señor. Por el bien de ustedes recordaré que así
debe entenderse. Le aseguro que me parece una suerte que Jacobo me haya
confiado el secreto, porque bien podría ser que yo resultara útil. Nunca se me
habría ocurrido que me prepararía la cena una hija del coronel Beverley.
Luego, ambos iniciaron una larga conversación, durante la cual
Osvaldo expresó su opinión de que el viejo se estaba agotando rápidamente y que
no, duraría más de tres o cuatro días. Osvaldo, se hizo preparar una cama sobre
el piso del aposento donde dormían Eduardo y Humphrey, y a la mañana siguiente
partieron, a temprana hora, con el petiso y la carreta, cargaron sobre ella la
carne de venado y la llevaron a la morada del guardabosques. Llegaron tan tarde
que Eduardo consintió en pasar la noche allí y volver a su casa a la mañana
siguiente. Osvaldo entró en la sala para hablar con el intendente del bosque,
dejando a Eduardo en la cocina con Hebe, la criada. Le dijo al intendente que
había traído buena carne de venado y le solicitó órdenes al respecto. Expuso
también que le había ayudado Eduardo Armitage, que había traído la carne para
él en su carreta y que estaba ahora en la cocina, ya que se vería obligado a
pasar la noche allí; y al ser interrogado fue pródigo en elogios sobre la
maestría y conocimiento del oficio de que hiciera gala Eduardo, que declaró
superiores a los suyos.
-Ello prueba que el joven tiene mucha práctica, de todos modos
-replicó el señor Heatherstone, sonriendo-. Ha estado viviendo a expensas del
rey, pero no debe seguir viviendo a expensas del parlamento. Convendría
contratar a este joven como guardabosques, si pudiéramos, porque aunque es
adversario nuestro, estoy seguro de que nos sería fiel una vez consagrado a
nuestro servicio. Puede usted proponérselo, Osvaldo. Las ancas de ese ciervo
real deben serle enviadas mañana al general Cromwell; en cuanto al resto,
daremos las instrucciones pertinentes apenas hayamos resuelto qué debe hacerse
con él.
Osvaldo salió del aposento y volvió a reunirse con Eduardo.
-El general Cromwell recibirá las ancas de su ciervo -le dijo a
Eduardo, sonriendo-, y el intendente propone que usted ingrese a su servicio en
calidad de guardabosques.
-Gracias -replicó Eduardo-. Pero no tengo el menor deseo de
cazar venado para el general Cromwell y sus cabezas redondas, y puede usted
decírselo así al intendente, agradeciéndole mucho, su buena voluntad para
conmigo, de todos modos.
-Me lo imaginaba; pero el hombre tenía buenas intenciones, de
eso estoy realmente seguro. Bueno, Hebe, ¿qué puede usted darnos de comer, ya
que tenemos hambre?
-Les serviré de comer ahora mismo -replicó Hebe-. Tengo algunos
bistecs al fuego.
-Y tendrá usted que encontrar una cama para este joven amigo.
-No la hay en la casa, pero hay mucha paja en las caballerizas.
-Con eso bastará -replicó Eduardo-. No soy exigente.
-Supongo que no. ¿Por qué habría de serlo? -replicó Hebe, que
era bastante vieja y malhumorada-. Si sube por la escalerita que encontrará
adosada al muro, hallará un buen lecho cuando llegue arriba.
Osvaldo se disponía a reconvenirla por su modo de hablar, pero
Eduardo le hizo un gesto y no se dijo más.
Apenas hubieron concluido la cena, Hebe propuso que se fuesen a
la cama. Era tarde y ella quería irse a dormir. Eduardo se levantó y salió,
seguido por Osvaldo, que le había cedido al intendente y a su hija el pabellón
del veedor y dormía en la cabaña de uno de los guardabosques, a medio kilómetro
de distancia, poco más o menos. Después de haber conversado durante algún
tiempo, se dieron la mano y se separaron, ya que Eduardo se proponía volver muy
temprano a la mañana siguiente, pues lo inquietaba el estado de Jacobo.
El joven subió por la escalerita al desván. No había puerta que
resguardara del viento, que soplaba de un modo punzante y frío, y a poco se
sintió tan helado que no pudo conciliar el sueño. Se levantó para ver si podía
encontrar alguna protección del viento, acurrucándose mejor en el rincón;
porque aunque Hebe le había dicho que había mucha paja, aquello demostraba que
había bien poca en realidad, apenas lo suficiente para tenderse. Al poco rato
bajó la escalerita para caminar un poco por el patio y desentumecerse los
miembros con el ejercicio. Finalmente, después de haber dado vueltas por aquí y
allá, alzó los ojos hacia la ventana de la alcoba que estaba sobre la cocina,
donde vio que ardía aún una luz. Pensó que debía ser Hebe, la criada, que había
subido a acostarse, y como no le tenía mayor simpatía por haberlo privado de un
buen descanso esa noche, deseaba que le acometiera un dolor de muelas o alguna
otra cosa que la tuviese despierta, cuando súbitamente advirtió a través del
blanco cortinado de la ventana un gran resplandor en el aposento. Éste crecía
por momentos, y Eduardo vio que la figura de una mujer se abalanzaba, tratando
de abrir la ventana. Al moverse los cortinados, notó que el aposento estaba en
llamas. Sin pensarlo mucho, Eduardo corrió en busca de la escalerita que le
había servido para subir al desván y la colocó contra la ventana. Las llamas
eran menos vivas, y pudo ver a la mujer vislumbrada por la ventana. Subió
velozmente y forzó la ventana; el humo brotó en tal cantidad que poco faltó
para que lo sofocara, pero entró. Y apenas estuvo adentro, tropezó con el
cuerpo de la persona que había tratado de abrir la ventana, desplomándose en el
suelo inconsciente. Cuando lo levantó, el fuego, ahogado hasta entonces por
falta de aire mientras permanecieron cerradas todas las ventanas y puertas,
estalló y le quemó la piel
antes de poder bajar nuevamente la escalera, con el cuerpo en
los brazos; pero logró descender sano y salvo. Advirtió que su ropa estaba en
llamas y la oprimió hasta que el fuego se extinguió, y sólo entonces descubrió
que había traído en los brazos a la hija del intendente del bosque. No había
tiempo que perder, de modo que Eduardo la llevó a la caballeriza y la dejó
allí, inconsciente aún, sobre la paja de un compartimiento vacío, mientras se
apresuraba a dar la señal de alarma a la gente de la casa. Junto a las
caballerizas estaba el tonel donde bebían los caballos. Eduardo tomó el cubo,
lo llenó y, subiendo por la escalera, lo echó en el aposento y bajó por más.
A esta altura, los continuos gritos de «¡Fuego, fuego!», que
lanzaba Eduardo habían despertado a la gente de la casa y también de las
cabañas contiguas. El señor Heatherstone salió a medio vestir, el horror
impreso en su semblante. Hebe lo siguió gritando y los demás acudieron luego a
toda prisa de las cabañas.
-¡Sálvenla! ¡Mi hija está en su cuarto! -exclamó el señor
Heatherstone-. ¡Oh, sálvenla o déjenme que lo haga yo! -gritaba el pobre
hombre, atormentado.
Pero el fuego brotaba de la ventana con tanta fuerza que toda
tentativa debía ser inútil.
-¡Osvaldo! -gritó Eduardo-. ¡Que la gente me suba el agua con la
mayor rapidez posible!
¡Nada harán de provecho mirando!
Osvaldo hizo que los hombres pusieran manos a la obra y Eduardo
se vio provisto de agua con tanta rapidez que el fuego empezó a menguar. Ahora
era posible acercarse a la ventana, y unos cuantos cubos más le permitieron a
Eduardo poner el pie en el aposento, y a partir de entonces fueron disminuyendo
las llamas y el humo.
Mientras tanto, habría sido imposible descubrir el sufrimiento
del intendente, que se hubiera precipitado a la escalera y luego entre las
llamas, de no haberlo detenido alguno de sus hombres.
-¡Hija mía! ¡Niña mía! ¡Quemada! ¡Muerta!... -exclamaba,
estrujándose las manos.
En ese momento, una voz gritó desde la multitud:
-¡En Arnwood fueron cuatro los que murieron quemados!
-¡Santo cielo! -exclamó el señor Heatherstone, desmayándose, y
en ese estado lo llevaron a un pabellón vecino.
En el ínterin, el suministro de agua le permitió a Eduardo
apagar totalmente el incendio. El mobiliario de la habitación se había quemado,
pero el fuego no había llegado más lejos. Y cuando Eduardo se convenció de que
ya no existía peligro, bajó por la escalerita y les comunicó a los demás que
todo estaba a salvo. Luego llamó a Osvaldo y le pidió que lo acompañara a la
caballeriza.
-¡Oh, señor! -replicó Osvaldo- ¡Esto es espantoso! Y pensar que
era una señorita tan encantadora.
-Está sana y salva -replicó Eduardo-. Así lo creo, al menos. La
bajé por la escalerita y la dejé en la caballeriza antes de tratar de apagar el
fuego. Mírela ahí está. Aún no ha vuelto en sí. Traiga un poco de agua.
¡Respira! ¡Gracias a Dios! Con eso basta, Osvaldo; ya vuelve en sí. Ahora
envuélvala en su capa y llévela a su cabaña. Allí terminará de reponerse.
Osvaldo envolvió a la muchacha, inconsciente aún, en su capa y
se la llevó en brazos, seguido por Eduardo.
Apenas hubieron llegado a la cabaña, cuyos ocupantes estaban
atareados en la morada del guardabosques, acostaron a la muchacha en un lecho y
Paciencia volvió pronto en sí.
-¿Dónde está mi padre? -exclamó la joven, apenas se hubo
recobrado lo suficiente.
-Está sano y salvo, señorita -dijo Osvaldo.
-¿Se ha quemado la casa?
-No. El fuego está apagado.
-¿Quién me salvó? Dígamelo.
-El joven Armitage, señorita.
-¿Quién? ¡Ah!, ya recuerdo. Pero tengo que ver a mi padre.
¿Dónde está?
-En la otra cabaña, señorita.
Paciencia trató de levantarse, pero advirtió que estaba harto
agotada, y se dejó caer nuevamente en el lecho.
-No puedo estar en pie. Tráiganme aquí a mi padre.
-Así lo haré, señorita -respondió Osvaldo-. ¿Quiere quedarse
aquí, Eduardo?
-Sí -replicó el joven.
Y salió a la puerta de la cabaña y se quedó allí mientras
Osvaldo iba por el señor Heatherstone.
Osvaldo lo encontró vuelto en sí, pero, presa de tremenda
angustia, como cabía imaginarlo.
-El fuego está apagado, señor -dijo Osvaldo.
-Eso no me importa. ¡Mi hija, mi pobre hija!
-Su hija se ha salvado -replicó Osvaldo.
-¡Salvada! -gritó el señor Heatherstone, poniéndose de pie-.
¡Salvada! ¿Dónde está?
-En mi cabaña. Me envía en su busca.
El señor Heatherstone se lanzó afuera del recinto, pasó junto a
Eduardo, parado junto a la puerta de la otra cabaña y pronto se vio entre los
brazos de su hija. Osvaldo salió y Eduardo le contó en detalle la manera cómo
había salvado a la joven.
-De no haber sido por el mal carácter de esa muchacha Hebe, al
enviarme a dormir donde no había paja, podían haberse quemado todos -observó
Eduardo.
-Ella le dio a usted la oportunidad de pagar mal con bien -le
hizo notar Osvaldo.
-Sí; pero tengo unas buenas quemaduras en el brazo -dijo
Eduardo-. ¿Tiene usted algo que sirva para curarlas?
-Sí, creo que sí. Espere un momento.
Osvaldo entró en la cabaña y volvió con un ungüento, con el cual
curó el brazo de Eduardo, que estaba seriamente quemado.
-¡Cuán agradecido debiera estar el intendente.. y ha de estarlo,
sin duda! -observó Osvaldo.
-Y por esa misma razón ensillaré mi petiso y me marcharé con la
mayor rapidez posible.
Y..., ¿me oye, Osvaldo?, no le diga dónde vivo.
-No sé cómo podré negarme a decírselo si me lo exige.
-Pero usted no debe decírselo. Me ofrecerá un cargo en el bosque
a manera de gratitud y yo no lo aceptaré. No veo inconveniente alguno en que yo
haya salvado a su hija, como salvarla a la hija de mi peor enemigo y aun a mi
peor enemigo en persona de tan espantosa muerte; pero no quiero su gratitud ni
sus ofertas de empleos. No aceptaré nada de un cabeza redonda. Y en cuanto al
venado del bosque, le pertenece al rey y lo cazaré cuando lo crea conveniente.
Adiós, Osvaldo. ¿Nos visitará cuando tenga tiempo?
-Iré a visitarlos antes de que termine esta semana; no lo dude
-respondió Osvaldo.
Eduardo le rogó entonces que le ensillara el petiso, ya que su
brazo le impedía hacerlo personalmente, y apenas le hubo hecho se alejó hacia
la cabaña de Jacobo.
Su caballo avanzó a gran velocidad, porque el joven se sentía
ansioso por llegar y enterarse del estado del pobre Jacobo. Y, además, la
quemadura de su brazo le dolía mucho.
A kilómetro y medio de la cabaña, poco más o menos, le salió al
encuentro Humphrey, que le dijo que, al parecer, al viejo no le quedaban muchas
horas de vida y que se mostraba muy deseoso de verlo. Como el petiso estaba muy
fatigado a causa del rápido ritmo que le impusiera Eduardo, éste siguió al
paso, y a medida que se adelantaban le explicó a Humphrey lo sucedido.
-¿Te duele mucho el brazo?
-Por cierto que sí -replicó Eduardo-. Pero no puedo evitarlo.
-Claro que no; pero sí puede aliviarse el dolor. Sé cómo
conseguirlo, porque recuerdo qué le aplicaron a Benjamín cuando se quemó la
mano en Arnwood, y ello le proporcionó gran alivio.
-Sí, es muy probable; pero, que yo sepa, no tenemos droga o
medicamento alguno en la cabaña. De todos modos, ya hemos llegado. ¿Quieres
llevar a Billy a la caballeriza, mientras voy a ver a Jacobo?
-Adiós gracias, has venido, Eduardo -dijo el viejo
guardabosques-. Porque sentía ansias de verte antes de morir. Y algo me dice
que sólo me resta una breve permanencia sobre la tierra.
-¿Por qué dice usted eso? ¿Se siente muy mal?
-No. Mal, no. Pero me siento desfallecer rápidamente. Recuerda
que soy viejo, Eduardo.
-No mucho, Jacobo. Osvaldo me dijo que usted no contaba más de
sesenta años.
-Osvaldo nada sabe de eso. He cumplido ya los setenta y seis,
Eduardo. Y, como sabes, la Biblia dice que los días de los hombres son tres
veces veinte más diez. De modo que he excedido la cuenta. Y ahora, Eduardo,
sólo me resta decirte unas pocas palabras. Ten cuidado..., si no por ti mismo,
al menos por tus hermanitas. Eres joven, pero fuerte y recio más allá de lo
usual a tus años, y podrás protegerlas mejor que yo. Veo que se avecinan aún
días oscuros; pero es su voluntad que así sea, y... ¿quién puede dudar de que
eso debe ser así? Te ruego que no reveles por ahora tu cuna y linaje: ningún
bien puede aportarte eso, y sí mucho mal. Y si puedes resignarte a vivir en la
cabaña y de los productos de la granja, mejor que mejor. No te busques
dificultades cazando venados, que ellos reclaman ahora como propios.
Encontrarás algún dinero en la bolsa que tengo en mi cofre, y eso te bastará
para comprar todo lo que necesites durante largo tiempo; pero gástalo con
cuidado, porque no se sabe cuándo podrá hacerte más falta. Y ahora, Eduardo,
llámame a tu hermano y hermanas, para despedirme de ellos. Soy, como todos, un
pecador, pero confío en la misericordia de Dios mediante la intercesión de
Jesucristo. Eduardo, he cumplido con mi deber para contigo lo mejor posible;
pero prométeme una cosa: que leerás la Biblia y dirás las plegarias todas las
mañanas y las noches, como lo he hecho siempre yo, cuando me haya ido de este
mundo. Prométemelo, Eduardo.
-Le prometo hacerlo, Jacobo -replicó Eduardo y no olvidaré sus
demás consejos.
-Dios te bendiga, Eduardo. Ahora llama a los niños.
Eduardo llamó a sus hermanas y a Humphrey.
-Humphrey, mi buen niño -dijo Jacobo-. Recuerda que, en mitad de
la vida, corremos peligro de muerte y que no hay seguridad para jóvenes ni
viejos. Tú o tu hermano pueden verse arrebatados en plena juventud: el uno
puede morir y el otro seguir viviendo. Recuerda que tus hermanas dependen de
ustedes, y no cometas imprudencia alguna. Temo que corras demasiado riesgo al
cazar ganado vacuno salvaje, porque siempre buscas nuevas maneras de atraparlo.
Ten cuidado, Humphrey, porque haces mucha falta. No abandones la granja; tal
como está, los mantendrá a todos ustedes. Querida Alicia, querida Edith, me
estoy muriendo; muy pronto los hermanos de ustedes me bajarán a la tumba. Sean
buenas y obedezcan a sus hermanos en todo. Y ahora, Alicia, bésame. Has sido un
gran consuelo para mí, porque me leíste la Biblia cuando yo no podía seguirla
leyendo personalmente. Ojalá el lecho de muerte de ustedes tenga tan buena
compañía como el mío, y vivan felices y mueran de muerte cristiana. Adiós, y
que Dios los bendiga. Bendita seas, Edith. Que al crecer seas tan buena e
inocente como ahora. ¡Adiós, Humphrey! ¡Adiós, Eduardo! Mis ojos se empañan...
Recen por mí, niños. ¡Oh, Dios de misericordia, perdona mis muchos, pecados y
recibe mi alma por medio de Jesucristo! Amén, amén.
Éstas fueron las últimas palabras pronunciadas por el viejo
guardabosques. Los niños que estaban arrodillados junto a su lecho, rezando
como él lo pidiera, advirtieron al incorporarse que Jacobo había muerto. Todos
lloraron amargamente, porque sentían gran afecto por el buen viejo. Alicia se
quedó sollozando en brazos de Eduardo y Edith en los de Humphrey, y pasó mucho
tiempo antes de que ambos hermanos lograran consolarlas. Finalmente, Humphrey
le dijo a Alicia:
-Le estás oprimiendo el brazo a Eduardo. ¡No sabes cuán dolorosa
es la herida! Vengan, queridas mías; vayamos al otro aposento y busquemos algo
con qué aliviarle el dolor.
Este pedido distrajo la atención de las niñas, al mismo tiempo
que suscitaba en ellas renovada solidaridad con su hermano. Todos entraron en
la sala, y Humphrey les dio a las niñas unas patatas para que las rasparan
sobre un trozo de lienzo, que sacó de la chaqueta de Eduardo, y arremangó la
camisa de éste. Luego puso sobre la quemadura las patatas raspadas y Eduardo
dijo que le proporcionaba gran alivio. Entonces las hermanitas rasparon otras
más, pero no pudieron reprimir por más tiempo sus sollozos. Al verlo, Humphrey
les dijo que Eduardo no había comido, nada y que debían darle algo de cenar.
Esto volvió a ocupar a las niñas durante algún tiempo. Y cuando quedó lista la
cena, todos se sentaron a la mesa. Se acostaron temprano, pero no sin que
Eduardo hubiese leído un capítulo de la Biblia y las plegarias, como lo hiciera
siempre el viejo Jacobo. Y esto suscitó nuevamente sus lágrimas.
-Vamos, querida Alicia. Debes acostarte y lo mismo Edith -dijo
Humphrey.
Las niñas se echaron en los brazos de sus hermanos, y después de
haber llorado durante algún tiempo, Alicia se levantó y, tomando de la mano a
Edith, la condujo a la alcoba.
Capítulo X
-Humphrey -dijo Eduardo-. Cuanto antes terminemos con todo esto,
mejor. Mientras permanezca en la cabaña el cadáver del pobre Jacobo, sólo habrá
dolor para estas pobres niñas.
-De acuerdo -replicó Humphrey-. Dónde lo enterraremos?
-Bajo el roble grande, detrás de la cabaña -replicó Eduardo-.
Cierto día el viejo me dijo que le gustaría ser enterrado bajo uno de los
robles del bosque.
-Bueno -dijo Humphrey-. Entonces iré a cavar la tumba esta
noche. La luna está brillante y habré terminado antes de la mañana.
-Lamento no poder ayudarte, Humphrey.
-Pues yo lamento que estés lastimado; pero no necesito ayuda,
Eduardo. Si te acuestas un poco, quizá puedas dormir. Cambiemos el emplasto de
patata antes de acostarte.
Humphrey cambió el emplasto sobre el brazo de Eduardo, y éste,
que se hallaba muy agotado se tendió vestido sobre el lecho. Humphrey salió, y
cuando hubo hallado sus herramientas, puso manos a la obra. Trabajó
tesoneramente y antes de la mañana había terminado. Luego volvió a entrar y se
tendió en el lecho junto a Eduardo, sumido en profundo sueño. Al amanecer se
levantó y despertó a su hermano.
-Todo está pronto, Eduardo; pero temo que tendrás que ayudarme a
subir a la carreta al pobre Jacobo. ¿Crees poder hacerlo?
-¡Oh, sí! Mi brazo está mucho mejor y me siento muy distinto ya.
Si traes la carreta veré qué puedo hacer en el ínterin.
Al volver Humphrey se encontró con que Eduardo había elegido una
sábana para envolver el cadáver, pero no había podido hacer más sin la ayuda de
su hermano. Entonces arrollaron bien la sábana y sacaron al muerto de la
cabaña, depositándolo en la carreta.
-Bueno, Eduardo. ¿Hemos de llamar a nuestras hermanas?
-No; todavía no. Primero pongamos el cuerpo en la fosa y luego
las llamaremos.
Llevaron el cadáver en la carreta a la fosa y lo bajaron a ésta,
y luego volvieron y dejaron nuevamente al petiso en la caballeriza.
-¿No hay plegarias adecuadas para rezar por los muertos? -dijo
Humphrey.
-Creo que sí, pero no está en la Biblia; de modo que debemos
leer alguna parte de la Biblia -dijo Eduardo
-Sí; creo que uno de los salmos es adecuado, Eduardo -dijo
Humphrey, volviendo las páginas-. Aquí lo tienes..., el 90, en el cual, como
recordarás, dice que los días del hombre son tres veces veinte y diez».
-Sí -replicó Eduardo-. Y también leeremos éste, el número 146.
-¿Crees que sé habrán levantado nuestras hermanas?
-Tengo la seguridad de que sí -replicó Humphrey-. E iré a
verlas.
Humphrey fue hacia la puerta y dijo:
-Alicia..., Edith... Vengan inmediatamente.
Las dos hermanitas estaban ya vestidas. Eduardo se puso la
Biblia bajo el brazo y tomó a Alicia de la mano. Humphrey condujo a Edith hasta
que llegaron a la fosa, y entonces las dos niñas vieron el cadáver amortajado
de Jacobo que yacía allí.
-Arrodillémonos -dijo Eduardo, abriendo la Biblia.
Y todos se arrodillaron junto a la tumba. Eduardo leyó los dos
salmos y luego cerró el libro. Las niñas arrojaron una última mirada sobre el
cadáver y luego volvieron llorando a la cabaña. Eduardo y Humphrey rellenaron
la fosa y siguieron a sus hermanas.
-Me alegro de que eso haya terminado... dijo Humphrey, secándose
los ojos-. ¡Pobre Jacobo! Rodearé su tumba con una cerca.
-Entra, Humphrey -dijo Eduardo.
Eduardo se sentó en la silla de Jacobo y atrajo a sus hermanas.
Rodeándolas con sus brazos, dijo:
-Alicia, Edith, queridas hermanitas: hemos perdido a un buen
amigo, a un amigo cuya memoria debemos recordar con muchísima gratitud. Nos
salvó de morir en el incendio que destruyó la casa de nuestro padre y nos
protegió a partir de entonces. Ha desaparecido, porque a Dios le plugo llamarlo
a su seno, y debemos inclinarnos ante la voluntad del cielo. Y henos aquí, dos
hermanos y dos hermanas, huérfanos y sin más protección que la del Señor. Henos
aquí, alejados del resto del mundo, viviendo el uno para el otro. ¿Qué debemos
hacer, pues? Debemos querernos muchísimo y ayudarnos los unos a los otros. Yo,
si vivo, haré mi parte, y lo mismo hará Humphrey y también ustedes, queridas
hermanas. Yo puedo responder por todos. Ahora es inútil que nos lamentemos;
todos debemos trabajar y trabajar con alegría y orar todas las mañanas y todas
las noches para que Dios bendiga nuestros esfuerzos y vivir aquí en paz y
seguridad. Bésame, querida Alicia; bésame, querida Edith. Y besen a Humphrey y
bésense entre sí. Que esos besos sean los sellos de nuestro
vínculo: y depositemos nuestra fe en Él, único padre de la viuda
y del huérfano. Y ahora, recemos. Eduardo y los niños repitieron la plegaria
del Señor y luego se levantaron. Fueron a trabajar en sus respectivas tareas, y
las faenas del día pronto los sosegaron, aunque luego, durante muchos días,
sólo ocasionalmente se vio una sonrisa sobre sus labios.
Así transcurrió una semana, y a esa altura el brazo de Eduardo
había mejorado tanto que ya no sentía dolor alguno y pudo ayudarle a Humphrey
en las tareas de la granja. La nieve había desaparecido, y la primavera, aunque
había sido detenida en su marcha durante algún tiempo, hizo ahora rápidos
progresos. El trabajo constante y el retorno del buen tiempo lograron
conjuntamente devolver la serenidad a los espíritus. Y mientras Humphrey
preparaba la cerca en torno de la tumba del viejo Jacobo, Alicia y Edith recogían
las violetas silvestres que asomaban ahora en los parajes resguardados y
plantaban las raíces sobre la tumba. Eduardo arrancó también todas las
tempranas flores que pudo y les ayudó a sus hermanas en su tarea. Y así, entre
las flores y la cerca, la tumba del viejo se convirtió en el trabajo constante
de los cuatro hermanos. Y, al terminar su labor solían quedarse aún allí a
comentar las virtudes de Jacobo. Al llegar el primer domingo después del
entierro, como el tiempo era hermoso y templado, Eduardo propuso que leyeran el
servicio, religioso usual que eligiera el viejo Jacobo, junto a su tumba y no
en la cabaña como antes. Y continuaron haciendo esto siempre que el tiempo lo
permitió. Así, el sitio de reposo del viejo Jacobo se convirtió en la iglesia
de los niños y les infundió los sentimientos de amor y devoción que dan
eficacia a la plegaria. Apenas hubo terminado la cerca, Humphrey puso una
tablilla sobre el roble, con estas simples palabras esculpidas: «Jacobo
Armitage».
Eduardo había esperado a diario la visita de Osvaldo Partridge,
como prometiera éste hacerlo antes del fin de la semana, pero Osvaldo no
apareció, con gran sorpresa de Eduardo. Transcurrió un mes; el brazo de Eduardo
estaba ya perfectamente y Osvaldo seguía sin aparecer. Cierta mañana Humphrey y
Eduardo conversaban sobre muchas cosas, la principal de las cuales era un viaje
de Eduardo a Lymington, porque ahora necesitaban harina, cuando Eduardo se
acordó de lo que le había dicho el viejo Jacobo sobre el dinero que encontraría
en su cofre. Fue al cuarto de Jacobo y abrió el cofre, en el fondo del cual,
bajo la ropa, encontró una bolsa de cuero, que le trajo a Humphrey. Al abrirla
les sorprendió mucho encontrar allí más de sesenta monedas de oro, además de una
buena cantidad de monedas de plata.
-Por cierto que hay aquí una buena suma de dinero -observó
Humphrey-. No sé cuál es el precio de las cosas, pero me parece que esto ha de
durarnos largo tiempo.
-También yo lo creo así -replicó Eduardo-. Ojalá venga Osvaldo
Partridge, porque quiero formularle muchas preguntas. No conozco el precio de
la harina ni de ninguna otra cosa que debamos comprar, ni sé cuánto debo pagar
por el venado. No quiero ir a Lymington antes de verlo, por lo mismo. Si no
viene pronto, iré a averiguar qué pasa.
Eduardo repuso el dinero en el cofre y él y Humphrey salieron a
la granja para proseguir su trabajo.
Sólo a las seis semanas de la muerte del viejo Jacobo apareció
Osvaldo Partridge.
-¿Cómo sigue el viejo, señor? -fue la primera pregunta.
-Fue sepultado a los pocos días de haberse marchado usted
-replicó Eduardo.
-Me lo imaginaba -dijo el guardabosques-. La paz sea con él...
Fue un hombre bueno. ¿Y cómo sigue su brazo?
-Casi del todo restablecido -respondió Eduardo-. Vamos,
siéntese, Osvaldo, porque tengo mucho que decirle, y antes que nada, permítame
preguntarle qué le ha impedido venir aquí, de acuerdo con su promesa.
-Simplemente -y en pocas palabras- un asesinato.
-¡Un asesinato! -exclamó Eduardo.
-Sí, un asesinato cometido con toda deliberación. En suma, han
decapitado al rey..., al rey Carlos, nuestro soberano.
-¿Cómo se atrevieron a hacerlo?
-Pues sí que se atrevieron -replicó Osvaldo-. En el bosque
sabemos poco de lo que está pasando, pero cuando yo lo vi a usted por última
vez, oí decir que el rey estaba en Londres y que iba a ser juzgado.
-¡Juzgado! -exclamó Eduardo-. ¿Cómo podrían juzgar a un rey? De
acuerdo a las leyes de nuestro país, todo hombre debe ser juzgado por sus
pares. ¿Y dónde estaban sus pares?
-La majestad se convierte en nada, supongo -replicó
Osvaldo-.Pero, de todos modos, es como digo. A los dos días de haberse ido
usted, el intendente se marchó precipitadamente a Londres y por lo que pude
comprender, se oponía firmemente a la ejecución e hizo todo lo posible por
impedirla, pero fue inútil. Cuando se marchó me dio rigurosas instrucciones de
no alejarme de la casa ni por una hora, ya que su hija se quedaba sola; no pude
ir a visitarlo como lo había prometido. Pero, de todos modos, Paciencia recibió
cartas de él y me dijo lo que le digo yo.
-¿No ha almorzado usted, Osvaldo? -dijo Eduardo.
-No, eso no.
-Querida Alicia, prepara algún almuerzo..., ¿quieres? Y mientras
almuerza, Osvaldo, perdóneme si lo abandono por algún tiempo. Su noticia me ha
asombrado a tal punto, que no podré escuchar otra cosa mientras no haya
platicado conmigo mismo y dominado mis sentimientos.
Eduardo estaba, a decir verdad, en un estado de ánimo tal que
necesitaba calmarse. Abandonó la cabaña y se internó hasta cierta distancia por
el bosque, sumido en hondas cavilaciones.
-¡Asesinado, finalmente! -exclamó-. Sí, eso bien puede
calificarse de asesinato, y sin nadie que lo salve.... ni un golpe asestado en
su defensa..., ni un brazo levantado. ¡Cuánta
sangre valerosa derramada en vano! Espíritu de mis padres...,
¿no has dejado en pos algo de tu temple y de tu honra? ¿O es que toda
Inglaterra se ha vuelto cobarde? Bueno, algún día llegará la hora, y si no
puedo seguir luchando por mi rey, puedo combatir, al menos, en cualquier caso,
contra quienes lo asesinaron.
Tales eran los pensamientos de Eduardo mientras vagaba por el
bosque, y transcurrió más de una hora antes de que su impetuosa sangre volviera
a su fluir usual. Finalmente, más sereno, regresó a la cabaña y escuchó los
detalles que le dio Osvaldo de lo que había oído.
Cuando hubo concluido, Eduardo le preguntó si había vuelto el
intendente.
-Sí, o yo no estaría aquí en caso contrario -respondió Osvaldo-.
Volvió ayer, al parecer más desconsolado y grave, y he oído decir que volverá a
Londres dentro de pocos días. En realidad, él mismo me lo dijo, porque le pedí
permiso para venir a ver a Jacobo. Me dijo que podía ir, pero debo volver
pronto, ya que él tiene que regresar a Londres. Creo, a juzgar por lo que me
dijo la señorita Paciencia y por lo que he visto yo misma, que está
sinceramente asombrado e irritado por lo ocurrido, y en realidad también lo
están muchos otros, que aunque adversos al método de gobierno del rey, nunca
imaginaron que las cosas podían tomar ese giro. Tengo un mensaje del intendente
para usted que es el siguiente: el señor Heatherstone le pide venga a
visitarlo, para poder darle las gracias por haber salvado a su hija.
-Recibiré las gracias de usted, Osvaldo; eso será lo mismo que
si me las hubiera dado él personalmente.
-Sí, quizá sea así, pero traigo otro mensaje, de la señorita
misma. Ésta me dijo que nunca se sentiría feliz antes de verlo y darle las
gracias por su coraje y su bondad, y que usted no tiene derecho a dejarla así
en deuda y a no darle la oportunidad de expresar sus sentimientos. Ahora bien,
señor Eduardo. Yo estoy seguro de que ella tiene razón en lo que dice, y me
hizo prometerle que yo lo induciría a venir. No pude negárselo, porque es una
muchachita encantadora. Como su padre se marchará a Londres dentro de unos
pocos días, usted puede hacerle una visita sin temor a verse agraviado por
cualquier oferta que él pueda hacerle.
-Bueno -replicó Eduardo-. No tengo mayor inconveniente en volver
a verla, porque fue muy bondadosa conmigo. Y ya que usted dice que el
intendente no estará allí, quizá vaya. Pero ahora debo hablar con usted de
otras cosas.
Eduardo le formuló entonces a Osvaldo varias preguntas relativas
al valor de los diversos artículos y al mejor método para vender su carne de
venado.
Osvaldo respondió a todas sus preguntas y Eduardo anotó cosas y
direcciones.
Osvaldo se quedó dos días con ellos y luego se despidió,
logrando de Eduardo la promesa de que visitaría su casa apenas pudiera.
-Si el intendente volviera antes de lo esperado, vendré y se lo
diré; pero, por lo que le he oído decir, se propone pasar por lo menos un mes
en Londres.
Eduardo, le prometió a Osvaldo que lo vería antes de diez días,
y Osvaldo, emprendió entonces su viaje.
-Humphrey -dijo Eduardo, apenas se hubo ido Osvaldo-, he
resuelto ir mañana a Lymington. Necesitamos un poco de harina y muchos otros
artículos, ya que Alicia dice que no puede pasar sin ellos por más tiempo.
-¿Por qué no habríamos de ir ambos, Eduardo? -replicó Humphrey.
-No, esta vez no -replicó Eduardo-. Tengo que averiguar muchas
cosas y ver a mucha gente, y prefiero ir solo. Además, no puedo permitir que
mis hermanas se queden solas. No creo que corran peligro, pero algo puede
sucederles. Nunca me lo perdonaría. Con todo, es necesario que vayas conmigo a
Lymington algún día para saber dónde comprar y vender, en caso de necesidad. Lo
que propongo, es que invitemos a Osvaldo a venir y quedarse aquí un par de
días. Entonces lo dejaremos a cargo de nuestras hermanas e iremos a Lymington
juntos.
-Tienes razón, Eduardo; eso será el mejor plan.
Cuando Humphrey hizo esta observación, Osvaldo volvió a entrar
en la cabaña.
-Le diré por qué he vuelto, señor Eduardo -dijo Osvaldo-. Tanto
da que yo vuelva ahora o mañana. Es temprano, y como usted se propone ir a
Lymington se me ocurrió que más vale que lo acompañe. Entonces podré mostrarle
todo lo que necesita, y eso será mejor que dejarlo ir solo.
-Gracias, Osvaldo. Se lo agradezco mucho -dijo Eduardo-.
Humphrey, saquemos la carreta inmediatamente o llegaremos tarde. ¿Quieres
hacerlo? Porque tengo que ir por algún dinero y hablar con Alicia.
Humphrey fue inmediatamente a uncir el petiso, a la carreta, y
Eduardo dijo:
-Osvaldo, usted no debe llamarme señor Eduardo ni aun cuando
estemos solos. Si lo hace, también me llamará así en presencia de otras
personas; por lo tanto, acuérdese en el futuro de llamarme simplemente Eduardo.
-Ya que usted lo quiere así, ciertamente -respondió Osvaldo-. En
realidad, sería mejor, ya que un desliz de la lengua en presencia de otras
personas podría infundir sospechas.
El petiso y la carreta estuvieron pronto ante la puerta, y
Eduardo, después de haber recibido nuevas instrucciones de Alicia, partió rumbo
a Lymington acompañado por Osvaldo.
Capítulo XI
-¿Habría dado, usted con el camino a Lymington? -dijo Osvaldo,
mientras el petiso avanzaba al trote.
-Sí, así lo creo -replicó Eduardo-.Pero hubiera ido primero a
Arnwood. En realidad, de estar solo, lo habría hecho así; pero hemos recorrido
un trayecto mucho más breve.
-Creo que no le habría gustado ver las ruinas de Arnwood
-replicó Osvaldo.
-No pasa un solo día sin que piense en ellas -respondió
Eduardo-. Me gustaría verlas. Me gustaría también ver si alguien ha tomado
posesión de la propiedad, ya que, según dicen, ha sido confiscada.
-Oí decir que lo sería, pero no que ya lo había sido -dijo
Osvaldo-. Pero sabremos más cuando lleguemos a Lymington. No veo ese pueblo
desde hace más de un año. No creo que alguien lo reconozca a usted.
-Supongo que no. Pero poco me importa que eso suceda. En
realidad..., ¿quién me conoce allí?
-Bueno, la presentación que haré de usted ahorrará probablemente
algunas conjeturas. No lo llevaré a un círculo de gente propensa a formular
preguntas; nos resta sólo un cuarto de hora de viaje.
Apenas llegaron a Lymington, Osvaldo se dirigió hacia una
pequeña hostería, donde paraban habitualmente los guardacazas y guardabosques.
En realidad, el posadero era quien les compraba toda la carne de venado y la
vendía íntegramente a su vez. Penetraron en el patio y, dejando el petiso y la
carreta en manos del mozo de cuadra, entraron en la hostería misma, donde se
encontraron con el posadero y un par de personas más que bebían.
-Bueno, maese Andrés..., ¿cómo le va? -preguntó Osvaldo.
-Veamos -dijo el corpulento posadero, echando atrás la cabeza y
adelantando el abdomen, mientras escudriñaba fijamente a Osvaldo-. ¡Pero si es
Osvaldo, Partridge, como que yo soy yo! ¿Dónde se metió usted durante tanto
tiempo?
-Estuve en el bosque, maese Andrés, donde hay no pocas permutas
y cambios.
-Sí; he oído decir que ustedes tienen algo así como un veedor
parlamentario.. ¿Y quién es el que lo acompaña?
-El nieto de un viejo amigo suyo, ahora muerto: el pobre Jacobo
Armitage.
-¡Jacobo, muerto! ¡Pobrecito! ¡Era leal como el pedernal! ¡De
modo que ha muerto! Pues todos le debemos una muerte al cielo. ¡Los
guardabosques y los posaderos, lo mismo que los reyes, todos deben morir!
-He traído aquí a Eduardo Armitage para presentárselo, maese
Andrés. Ahora que el viejo ha muerto, será él quien le traerá la carne del
bosque.
-¡Oh!, está bien. Eso escasea ahora. Hace tiempo que no tengo
carne. El último que me la trajo fue Jacobo. Supongo que usted no es uno de los
guardabosques del parlamento, ¿verdad? -continuó el posadero, volviéndose hacia
Eduardo.
-No -replicó éste-. Yo no mato venados para los cabezas
redondas.
-Bravo, retoño... Bravo y muy bien dicho. Los Armitage fueron
todos hombres buenos y leales, y siguieron la suerte de los Beverley; pero
ahora no hay Beverleys a quien seguir. Fueron arrancados de raíz; lástima
grande. Eso fue un asunto lamentable. Pero, entre; no debemos hablar aquí,
porque las paredes oyen, según dicen, y nunca se sabe ahora ante quién se
atreve uno a hablar.
Luego, Osvaldo y Eduardo entraron con el posadero y maese Andrés
convino con el joven Beverley que éste le proporcionaría regularmente una
cantidad determinada de carne de venado durante la temporada, a cierto precio;
pero como ahora resultaba peligroso traerla al pueblo, se acordó que cuando la
tuviera pronta Eduardo vendría a Lymington a dar aviso y que el posadero
enviaría gente a traerla de noche. Cerrado este trato, los visitantes tomaron
una copa con el posadero y fueron al pueblo a hacer las compras necesarias. Se
llevaron algunas y dejaron otras, harto pesadas, para retirarlas con la carreta
cuando se marcharan. Entre otras cosas, Eduardo pidió pólvora y plomo, y fueron
a una armería donde podían conseguirse. Mientras hacía sus adquisiciones, Eduardo
advirtió una espada que le pareció conocer, y que pendía del muro con otras
armas.
-¿Qué espada es ésa? -le dijo al hombre que estaba pesando la
pólvora.
-No es mía, precisamente -replicó el hombre
Me fue traída para ser limpiada por un miembro de la familia del
coronel Beverley, y antes de que me la reclamara la casa fue quemada y todos
perecieron. Estoy seguro de que era una de las espadas del coronel, ya que
tiene grabadas las letras E. B. Tengo en Arnwood una cuenta por el trabajo
hecho y ninguna probabilidad de cobrarme ahora; de modo que no sé si vender la
espada o qué hacer.
Eduardo guardó silencio durante un rato, porque temía hablar.
Por fin, replicó:
-Le seré franco. Yo y todos los míos hemos sido leales de la
familia Beverley, y lamentaría que la espada del coronel cayese en otras manos.
Por eso pienso que si yo
pagara la cuenta que se le debe, usted podría muy bien dejarme
la espada como garantía del dinero, con el expreso convenio de que si es
reclamada algún día por la familia de los Beverley la he de devolver.
-Ciertamente -dijo Osvaldo-. Nada podría ser más justo ni más
claro.
-También yo lo creo así, joven -replicó el armero-. Usted me
dejará, naturalmente, su nombre y dirección..., ¿verdad?
-Sí. Y este amigo, saldrá de fiador de que son exactos -replicó
Eduardo.
El armero presentó entonces la cuenta y Eduardo la pagó. Y
después de haber escrito en un papel el nombre de Eduardo Armitage, entró en
posesión de la espada. Luego pagó la pólvora y el plomo, que Osvaldo tomó a su
cargo, y ocultando a duras penas su júbilo, se apresuró a salir de la armería.
-Osvaldo -exclamó Eduardo-, no me separaría de esto ni por
millares de libras. Sólo arrebatándome la vida me separarán de esta espada.
-Así lo creo -replicó Osvaldo-. Y creo, además, que nunca se
verá deshonrada en sus manos. Pero no hable tan fuerte, que dondequiera hay
delatores y espías al acecho. ¿Necesita alguna otra cosa?
-Creo que no. El caso es que esta espada me ha hecho olvidar
todo lo demás. Si hubo alguna otra cosa, la he olvidado. Volvamos a la
hostería; ensillaremos al petiso y pediré la harina y la avena.
Cuando llegaron a la hostería, Osvaldo salió al patio para
aprontar la carreta, mientras Eduardo iba a la habitación del posadero para
averiguar qué cantidad de carne de venado podría comprarle por vez. Osvaldo
había tomado la espada de manos de Eduardo y la había puesto en la carreta
mientras ajustaba el arnés, cuando un hombre se acercó al vehículo y miró
detenidamente la espada. Luego la examinó y le dijo a Osvaldo:
-¡Pero si es la espada del coronel Beverley, mi señor! La
reconocí inmediatamente. Se la llevé a Phillips, el armero, para que la
limpiara.
-¿De veras? -replicó Osvaldo-. ¿Quiere hacerme el favor de
decirme su nombre?
-Benjamín White -dijo el desconocido-. Serví en Arnwood hasta la
noche en que se quemó y he estado aquí a partir de entonces.
-¿Y qué hace ahora?
-Soy camarero en la taberna del Commonwealth, de la calle
Fish..., que no es gran cosa.
-Bueno, bueno; quédese junto al petiso y cuide de que nadie
saque nada de la carreta, mientras entro por unos paquetes.
-Sí, por cierto que lo haré. Pero, dígame, guardabosques...,
¿cómo obtuvo esta espada?
-Se lo diré cuando vuelva -replicó Osvaldo.
Luego entró en la hostería y le contó a Eduardo lo ocurrido.
-Sin duda, lo reconocerá a usted, señor, y es necesario que no
salga antes que yo haya podido alejarlo -dijo.
-Tiene razón, Osvaldo. Pero antes de que se vaya, pregúntele qué
fue de mi tía y dónde la enterraron, y pregúntele también dónde están los demás
criados... Quizá estén en Lymington como él.
-Averiguaré todo eso -replicó Osvaldo, que abandonó a Eduardo y
volvió a acercarse al posadero para reanudar la plática.
Al regresar, Osvaldo le contó a Benjamín cómo había obtenido la
espada en la armería el nieto del viejo Armitage.
-Nunca supe que Jacobo tuviera nieto alguno -replicó Benjamín-.
Y tampoco sabía que el vicio hubiera muerto.
-¿Qué fue de todas las mujeres de Arnwood? -inquirió Osvaldo.
-Ágata se casó con uno de los soldados y se fue Londres.
-¿Y las demás?
-La cocinera se fue a la casa de sus amigos, que viven a unos
quince kilómetros de aquí, y nunca he vuelto a oír hablar de ella.
-Pero las mujeres eran tres -dijo Osvaldo.
-¡Oh, si! Estaba Marta -replicó Benjamín, con aire algo
confuso-. Se casó con un soldado, ¡la muy coqueta!, y se fue a Londres cuando
lo hizo Ágata. Si me hubiera imaginado que lo haría, no me la habría llevado de
Arnwood en la grupera de mi caballo. Por mí, bien habría podido morir quemada
como los pobres niños.
-¿No murió la vieja dama?
-Sí. Esto es, se suicidó antes que ahorrarle la muerte a
Sauthwold.
-¿Dónde fue enterrada?
-En la iglesia de Saint Faith, por el intendente y el
ayuntamiento, porque no se encontró sobre su persona dinero suficiente para
costear el sepelio.
-¿De modo que usted es camarero del Commonwealth? ¿Es buena esa
posada?
-No mucho. Me iré apenas pueda; se lo aseguro.
-Sí; pero su empleo debe ser cómodo para poder quedarse tanto
tiempo en él.
-¡Pues vaya si me regañarán cuando vuelva! Pero eso pasa
siempre, ya sea que uno se dé prisa o no, todo es uno. Pero creo que ya debo
irme, de modo que adiós, señor guardabosques. Y dígale al nieto de Jacobo que
me alegrará verlos por la memoria de Jacobo, y que eso me costará trabajo, pero
le encontraré algo de beber cuando venga.
-Así lo haré. Lo veré mañana -replicó Osvaldo, subiendo a la
carreta-. De modo que adiós, Benjamín.
Y éste se fue, con gran satisfacción de Osvaldo, que creía que
jamás se iba a marchar.
Ambos se separaron con rapidez para compensar el tiempo perdido,
y pronto desaparecieron a la vuelta de la esquina. Entonces Osvaldo volvió a
bajar de la carreta, llamó a Eduardo y después de retirar la harina y demás
artículos pesados, ambos emprendieron el regreso.
Durante el viaje, Osvaldo le comunicó a Eduardo las
informaciones obtenidas de Benjamín, y a última hora llegaron sin dificultad a
la cabaña.
Se quedaron levantados poco tiempo, ya que estaban cansados, y
Osvaldo había resuelto partir antes del amanecer, cosa que hizo sin molestar a
nadie, porque Humphrey se levantó y se vistió tan pronto como Osvaldo y le dio
algo de comer cuando se disponía a irse.
Todos los demás seguían profundamente dormidos. Humphrey caminó
alrededor de un kilómetro y medio con Osvaldo y volvía a la granja, cuando se
le ocurrió echarle un vistazo a su trampa, ya que no la había examinado durante
muchos días. Por lo tanto, se encaminó hacia donde estaba y llegó allí en el
preciso momento en que estaba amaneciendo.
Corrían los últimos días de marzo, y la temperatura era benigna
si se tiene en cuenta la temporada. Humphrey llegó a la trampa; había
suficiente luz y pudo notar que la tapa había sido rota y que, por
consiguiente, según todas las probabilidades, algún animal había quedado
atrapado. Se sentó y esperó el amanecer, pero por momentos le pareció oír un
pesado respirar y en cierta ocasión un gemido sofocado. Esto le causó más
ansiedad y escudriñó repetidas veces el interior de la trampa, pero durante
largo tiempo nada pudo descubrir, hasta que por fin le pareció ver una figura
humana en el fondo del foso. Humphrey llamó, preguntando si había alguien allí.
La respuesta fue un gemido y Humphrey se sintió horrorizado ante la idea de que
alguien hubiera caído en la trampa y perecido, o de que estuviese pereciendo
por falta de socorro. Recordando que la rústica escalerita que había hecho para
sacar la tierra del foso estaba cerca, reclinada contra un roble, corrió por
ella y bajó al foso, descendiendo luego cautelosamente. Cuando llegó al fondo,
sus temores se confirmaron, porque encontró tendido el cuerpo de un muchacho
semidesnudo. Humphrey lo dio vuelta, ya que yacía de cara al suelo, y trató de
moverlo y
de asegurarse de que estaba vivo, complaciéndole descubrir que
así era. El muchacho gimió varias veces y abrió los ojos. Humphrey temió no ser
bastante fuerte para echárselo sobre los hombros y subirlo por la escalerita;
pero al hacer la tentativa descubrió que, de tan consumido, el pobre joven
estaba lo bastante liviano para transportarlo y lo dejó a salvo junto a la
trampa.
Recordando que estaba cerca el abrevadero de la manada de ganado
vacuno salvaje, Humphrey se dio prisa en llegar hasta allí y llenó a medias de
agua su sombrero. El joven, aunque no podía hablar, bebió ávidamente, y a los
pocos minutos parecía estar mucho mejor. Humphrey le dio un poco más de agua y
le mojó el rostro y las sienes. Acababa de aparecer el sol y la luz del día ya
era plena. El joven procuró hablar, pero como lo hizo tan en voz baja y
evidentemente en un idioma extranjero, Humphrey no pudo comprenderlo. Por eso,
le hizo señas al joven dándole a entender que se iba y que no tardaría en
volver. Cuando le hubo hecho comprender esto, según creyó, Humphrey corrió a la
cabaña con toda la rapidez posible, y apenas hubo llegado llamó a Eduardo;
cuando Humphrey le hubo contado en pocas palabras lo ocurrido, Eduardo entró en
la cabaña en busca de un poco de leche y un pedazo de torta, mientras Humphrey
uncía el petiso a la carreta.
A los pocos instantes partieron de nuevo, y pronto llegaron a la
trampa, donde encontraron al joven tendido aún donde lo dejara Humphrey.
Mojaron la torta en la leche y apenas se hubo ablandado, le dieron un pedazo a
poco, el joven tragó el alimento con toda facilidad y se recobró lo suficiente
para poder sentarse. Entonces Humphrey y Eduardo lo levantaron, llevándolo a la
carreta y emprendieron tranquilamente el regreso a la cabaña.
-¿Quién será, en tu opinión, Eduardo?... -dijo Humphrey.
-Algún pobre mendigo que estaba cruzando el bosque.
-No; no es exactamente eso. Me parece que es uno de esos
cíngaros o gitanos, como los llaman. Es muy moreno y tiene ojos negros y
dientes blancos, como los que vi en cierta oportunidad cerca de Arnwood al
salir con Jacobo. Éste dijo que nadie sabía su procedencia, pero que los
gitanos estaban dispersos por todo el país y que eran grandes ladrones y decían
la buenaventura y recurrían a toda suerte de tretas.
-Quizá sea así; no creo que ese joven sepa hablar el inglés.
-Le agradezco mucho al cielo que me haya impulsado casualmente
esta mañana a visitar la trampa. ¡Imagínate que me hubiese encontrado al pobre
muchacho agotado por el hambre y muerto! Eso me hubiera hecho muy desdichado, y
jamás habría sentido placer alguno al mirar a las vacas, ya que éstas me
habrían recordado siempre tan triste accidente.
-Muy cierto, Humphrey; pero ese infortunio te ha sido ahorrado y
debes agradecerle al cielo que eso haya ocurrido. ¿Qué hacemos con él, ahora
que está aquí?
-Si opta por quedarse con nosotros, nos será muy útil en el
establo -dijo Humphrey.
-Naturalmente -dijo Eduardo riendo-. Ya que ha caído en la
trampa, debe ir a parar al mismo sitio que todos los capturados en igual forma.
-Bueno, Eduardo. Esperemos a que se restablezca y luego veremos
qué puede hacerse con él; quizá se niegue a quedarse con nosotros.
Apenas hubieron llegado a la cabaña, sacaron al joven de la
carreta y lo llevaron al aposento de Jacobo y lo tendieron en el lecho porque
estaba harto débil para permanecer en pie.
Alicia y Edith, muy sorprendidas al ver al huésped y por la
forma cómo había sido atrapado, se apresuraron a prepararle algún alimento.
Apenas éste estuvo listo se lo sirvieron al joven, que se desplomó luego en el
lecho, agotado, y no tardó en quedar profundamente dormido. Durmió así toda la
noche, y a la mañana siguiente, al despertar, pareció estar mucho mejor, aunque
con mucha hambre. Esta última circunstancia fue fácil de remediar, y luego el
joven se levantó y entró en la sala.
-¿Cómo te llamas? -le preguntó Humphrey. -Pablo.
-¿Sabes hablar el inglés?
-Sí, un poco -replicó, Pablo.
-¿Cómo fuiste a dar a la trampa? -No vi el agujero.
-¿Eres gitano?
-Sí.
Humphrey le formuló muchas otras preguntas y logró que el joven,
en su imperfecto inglés, le explicara los siguientes detalles.
Había estado viajando en compañía de varios otros seres de su
raza, rumbo a la costa del mar, en una de sus migraciones usuales, y los
gitanos habían enclavado sus carpas a poca distancia de la trampa. Durante la
noche él había salido a colocar varias trampas para conejos, y al volver a las
carpas, dada la oscuridad, había caído en el agujero. Había permanecido allí
tres días y tres noches, habiendo tratado en vano de salir. Su madre estaba en
el grupo de gitanos al cual pertenecía, pero no tenía padre. No sabia dónde
podía volver a reunirse con el grupo errante, ya que los gitanos no le habían
dicho el rumbo que llevaban, y sólo sabía que iban hacia la costa. Era inútil
buscarlos, y él no lamentaba mucho abandonarlos porque lo habían tratado muy
mal. En respuesta a la pregunta de si le agradaría quedarse con ellos, le
contestó a Humphrey que sí, siempre que fuesen buenos con él y no lo hiciesen
trabajar demasiado, que prepararía la cena y les cazaría conejos y pájaros y
haría muchas otras cosas.
-¿Serás honrado si te conservamos y no dirás mentiras? -dijo
Eduardo.
El joven lo pensó un poco y luego hizo un gesto de asentimiento.
-Bueno, Pablo. Te pondremos a prueba, y si eres un buen muchacho
haremos todo lo posible por verte feliz -dijo Eduardo-. Pero si te portas mal,
nos veremos obligados a echarte. ¿Entiendes?
-Seré lo mejor que pueda -respondió Pablo, y aquí terminó la
conversación por el momento.
Pablo era un muchachó de muy baja estatura, que aparentaba unos
quince o dieciséis años de edad, de tez muy morena, pero cuyas facciones eran
muy hermosas, poseyendo hermosos dientes, blancos y grandes ojos negros; en su
inteligente rostro había ciertamente algo que predisponía en su favor, eso sin
contar su derecho a verse bien tratado por ellos, que lo habían dejado sin
amigos a raíz de su infortunio. Pablo le gustó particularmente a Humphrey,
suscitando interés en él, ya que el joven había estado a punto de perder la
vida por su culpa.
-En realidad, Eduardo, pienso que ese joven puede sernos muy
útil y confío sinceramente en que demostrará ser honesto, y fiel -le dijo
Humphrey a su hermano, cuando ambos salieron a la puerta de la cabaña-. Primero
debemos devolverle la salud y los bríos, y entonces veré qué puede hacer.
-El caso es, mi querido Humphrey, que no podemos obrar de otro
modo; está separado de sus amigos y no sabe adónde ir. Sería inhumano
rechazarlo, ya que hemos sido la causa de su infortunio; pero, aunque pienso
esto, no estoy muy seguro de su buena conducta y de que sea muy útil. Siempre
me han dicho que estos gitanos son unos vagabundos, que viven robando todo lo
que pueden. Y si Pablo ha sido educado en esa forma, mucho me temo que no podrá
ser reformado fácilmente. Con todo, sólo podemos probar y confiar en que las
cosas marchen lo mejor posible.
- Lo que dices es justo, Eduardo; al propio tiempo ese joven
tiene un aire honesto, a pesar de ser gitano lo que me infunde cierta
confianza. Admitiendo que se le ha enseñado a obrar mal..., ¿no crees que, si
se le dice lo contrario, puede ser persuadido a obrar bien?
-Eso no es imposible, por cierto -replicó Eduardo-. Pero
cuídate, Humphrey, y no te fíes demasiado de él antes de conocerlo mejor.
-¡Con seguridad que no! -replicó Humphrey-. ¿Cuándo te propones
ir a la cabaña del guardabosques, Eduardo?
-Dentro de un par de días; pero no estoy con ánimos de ser muy
cortés con los cabezas redondas, aunque he prometido visitar a una dama y una
muchachita muy amable y linda por añadidura.
-¿Por qué, Eduardo? ¿Qué te hace sentir contra ellos más
animadversión que de costumbre?
-En primer lugar, Humphrey, no puedo olvidar el asesinato del
rey, porque eso fue un asesinato y no otra cosa; y ayer obtuve lo que considera
casi un don del cielo, y si es así, sólo me fue dado con la intención de que lo
use.
-¿Y qué fue eso, Eduardo?
-La espada de nuestro valeroso padre, que éste desenvainó tan
noblemente y con tanta eficacia en defensa de su soberano, Humphrey, y que
confío en ver esgrimida algún día por su hijo en forma igualmente destacada y
quizá con mejor suerte. Entra conmigo y te la mostraré.
Eduardo y Humphrey entraron en la alcoba y Eduardo levantó la
espada, que había dejado a su lado sobre la cama.
-Mira, Humphrey -continuó Eduardo-. Ésta fue la espada de
nuestro padre.
Y besando el arma, agregó:
-Confío en poder desenvainarla para vengar su muerte y la muerte
de alguien cuya vida debió ser sagrada.
-Espero que así será, querido hermano -replicó Humphrey-. Tienes
un fuerte brazo y una buena causa. ¡Quiera el cielo que ambos triunfen! Pero
dime ahora cómo entraste en posesión de la espada.
Eduardo le contó entonces todo lo ocurrido durante la visita a
Lymington con Osvaldo, sin olvidar una referencia a la aparición de Benjamín y
el convenio que había hecho sobre la venta de la carne de venado.
Apenas hubo concluído el almuerzo, Eduardo y Humphrey tomaron
sus escopetas, habiendo convenido en ir a cazar ganado vacuno salvaje.
-Humphrey, ¿tienes alguna idea de dónde está paciendo ahora la
manada?
-Sé donde estuvo paciendo ayer y anteayer, y no creo que hayan
cambiado de campo de pastoreo, porque la hierba es muy tierna aún y sólo está
madura en las franjas meridionales. Créeme, daremos con la manada a unos seis
kilómetros de donde estamos, o menos.
-Debemos acecharlos como lo hacemos al cazar los ciervos...,
¿verdad? No dejarán que nos acerquemos a distancia de tiro..., ¿no te parece,
Humphrey? -dijo Eduardo.
-Tenemos que correr el riesgo, Eduardo; nos permitirán avanzar
hasta ponernos a distancia de tiro, pero entonces los toros se echarán sobre
nosotros, mientras la manada aumenta la distancia. Por otra parte, si los
acechamos, podemos matar a uno de ellos y entonces la detonación ahuyentará a
los demás. En el primer caso, hay un riesgo; en el segundo no lo hay, pero sí
más fatiga y trastorno. Escoge lo que te plazca; obraré como resuelvas.
-Bien, Humphrey. Ya que me dejas la elección, creo que esta vez
tomaré al toro por las astas, según el dicho..., es decir, si cerca de nosotros
hay árboles, porque si la manada está en un claro no correré el peligro; pero
si podemos hacer fuego sobre ellos y replegarnos contra un árbol, en caso de
que embista un topo, los atacaré abiertamente.
-Bueno, Eduardo. Creo que será muy difícil que con nuestras
escopetas y Smoker para cubrirnos la retirada, no logremos ser dueños del
campo. Con todo, debemos examinar bien el terreno antes de acercanos y si
podemos ponernos a tiro sin alarmarlos o irritarlos, naturalmente que lo
haremos.
-Los toros están muy salvajes en primavera -observó Eduardo.
- Lo son en todo tiempo, que yo sepa -replicó Humphrey-. Pero
creo que ya estamos cerca de ellos. Sí; ahí está la manada.
-Sí, por cierto -replicó Eduardo-. Ahora no tenemos que
vérnoslas con ciervos ni ser tan cautelosos; pero, con todo esos animales son
precavidos y vigilan atentamente. Debemos aproximarnos a ellos silenciosamente,
escurriéndonos de árbol en árbol. ¡Smoker échate! ¡Quieto Smoker! ¡Eso es! ¡Así
me gusta!
Eduardo y Humphrey se detuvieron a cargar sus escopetas y luego
se acercaron a la manada en la forma planeada, y llegaron muy pronto a
doscientos metros de la manada, detrás de un gran roble, donde se detuvieron
para practicar un reconocimiento. La manada comprendía unas setenta cabezas, de
diversos tamaños y edades. Los animales pacían en todas las direcciones,
dispersos, ya que la hierba tierna era muy escasa; pero aunque la manada estaba
dispersa sobre muchos acres de tierra, Eduardo le indicó a Humphrey que todos
los toros adultos estaban en la periferia, como prontos a defender a los demás
en caso de ataque.
-Humphrey -dijo Eduardo-. Hay una cosa evidente: tal como está
la manada en estos momentos tendremos que matar a un toro. Es imposible
ponernos a tiro de los demás sin derribar a un toro, y no dudes de que nos
disputará obstinadamente el paso. Y, además, la manada huirá y no obtendremos
nada.
-Bueno -replicó Humphrey-. La carne vacuna es carne, y dicen que
los mendigos no pueden elegir, de modo que...¡vaya por el toro, ya que no hay
rnás remedio!
-Acerquémonos más a ellos y luego resolveremos que se hace.
¡Despacio, Smoker!
Avanzaron poco a poco, ocultándose sucesivamente tras de
diversos árboles, hasta ubicarse a ochenta metros de uno de los toros. El
animal no los advirtió, y como ya estaban a tiro, volvieron a detenerse detrás
de un árbol para consultarse.
-Ahora, Eduardo, me parece mejor que nos separemos. Tú puedes
hacer fuego desde donde estamos y yo me arrastraré a través del helechal y me
esconderé detrás de otro árbol.
-Perfectamente; hazlo así -dijo Eduardo-. Si puedes, arrástrate
hasta ese árbol de las ramas bajas y entonces quizá te pongas a tiro del toro
blanco, que viene hacia aquí. ¡Smoker, tiéndete! El perro no puede ir contigo,
Humphrey; no estaría a salvo.
La distancia hasta el árbol que quería alcanzar Humphrey en su
arriesgada búsqueda era de unos ciento cincuenta metros del sitio donde estaba
Eduardo. Humphrey se arrastró durante algún tiempo, por el helechal, pero llegó
finalmente a un claro de unos diez metros de ancho, que ni él ni su hermano
habían notado y donde Humpbrey no podría ocultarse.
El joven vaciló y finalmente resolvió tratar de cruzarlo.
Eduardo, que observaba alternativamente los movimientos de Humphrey y de los
dos animales próximos a ellos, advirtió que el toro blanco que estaba más lejos
de él, pero más cerca de Humphrey, erguía la cabeza, escarbaba la tierra con la
pata y avanzaba luego con un bramido al sitio donde estaba Humphrey, que seguía
arrastrándose hacia el árbol, después de haber atravesado el claro, y estaba ya
a pocos metros de aquél. Al notar el peligro que corría su hermano y que,
además, el propio Humphrey no lo advertía, Eduardo no supo qué hacer. El toro
estaba demasiado lejos de él para disparar con alguna probabilidad de éxito, y
Eduardo no sabía cómo advertirle a Humphrey sin gritar que el animal lo había
descubierto y se precipitaba hacia él. Después de reflexionar sobre todo esto
un momento, Eduardo resolvió disparar contra el toro más próximo a él, cosa que
había prometido no hacer hasta que Humphrey estuviera pronto a disparar
también; después de hacer fuego, se proponía poner en guardia a su hermano
gritando. De modo que, por un momento, apartó los ojos de Humphrey, y después
de apuntar al toro, disparó; pero, probablemente porque sus nervios estaban
algo excitados por la idea del peligro que corría Humphrey, la herida no fue
mortal y el toro regresó al galope hacia su manada, que formaba una falange
cerrada a unos ochocientos metros de distancia. Entonces Eduardo se volvió
hacia el sitio en que estaba su hermano y advirtió que el toro atacante no se
había reunido con el resto de la manada, sino que se hallaba a treinta metros
de Humphrey y lo embestía, y que su hermano estaba de pie junto al árbol con la
escopeta pronta a disparar. Humphrey hizo fuego, y al parecer también erró el
blanco; el animal se precipitó sobre él, pero Humphrey, con gran rapidez, dejó
caer la escopeta y, aferrándose de las ramas inferiores, subió al árbol y se
puso fuera del alcance del toro en un instante. Eduardo sonrió al ver que
Humphrey estaba a salvo: pero, con todo, su hermano se hallaba prisionero,
porque el toro daba vueltas alrededor del árbol, bramando y mirando a Humphrey.
Eduardo meditó un momento, luego cargó su escopeta y le ordenó a Smoker que
corriera hacia el toro. El perro, a quien Eduardo había contenido hasta entonces
a duras penas a sus pies, se lanzó al ataque. Eduardo, al gritarle al perro,
pensaba conseguir que el toro lo siguiera hasta ponerse a tiro; pero antes de
que pudiera atacar al animal, observó que uno o dos toros más se habían
separado de la manada y avanzaban rápidamente hacia él. En esas circunstancias,
Eduardo comprendió que su única posibilidad era trepar él mismo a un árbol,
cuidando de llevarse consigo su escopeta y municiones. Después de haberse
puesto a salvo en una rama bifurcada, el joven contempló la posición de todos
ellos. Humphrey estaba en la rama, sin su escopeta. El toro que lo había
perseguido se lanzó ahora hacia Smoker, el cual parecía comprender que debía
limitarse a atraer al toro hacia Eduardo, ya que seguía replegándose hacia éste.
En el ínterin, los otros dos toros se acercaron mucho, mezclando sus bramidos y
mugidos con los del primero; uno de ellos estaba tan próximo a Eduardo como el
primer toro, entretenido ahora con Smoker. Finalmente, uno de los toros que
avanzaban se detuvo, escarbando la tierra con la pata
como si lo decepcionara no encontrar a un enemigo, a cuarenta
metros escasos del sitio donde estaba encaramado Eduardo. El joven apuntó
cuidadosamente, y cuando disparó el toro se desplomó muerte. Eduardo estaba
volviendo a cargar su arma cuando oyó un aullido y al mirar vio a Smoker
arrojado por los aires, a causa de una cornada del primer toro; al propio
tiempo notó que Humphrey había bajado del árbol, recobrando su escopeta,
poniéndose a salvo ahora sobre la rama inferior. El primer toro estaba avanzando
para atacar a Smoker, que parecía incapaz de huir, tan mal herido lo había
dejado la cornada, cuando el otro toro, que al parecer debía ser un viejo
enemigo del primero, lanzó un bramido y lo atacó; entonces, ambos jóvenes
miraron desde el árbol el combate de los dos toros y Smoker permaneció tendido
en el suelo, jadeante y agotado. Cuando los toros, con los cuernos
entrelazados, se embestían furiosamente, dispararon ambas escopetas y los dos
animales cayeron. Después de esperar un poco para ver si se podían levantar o
si se acercaba algún otro animal de la manada, Eduardo y Humphrey bajaron de
los árboles y se estrecharon la mano afectuosamente.
Capítulo XII
-¡Qué trance apurado, Humphrey! -dijo Eduardo, reteniendo la
mano de su hermano.
-Por cierto que sí... Podemos agradecerle al cielo nuestra
salvación -replicó Humphrey-.
¡Y el pobre Smoker! Veamos si está mal herido.
-Espero que no -dijo Eduardo, acercándose al perro, que yacía
inmóvil en el suelo, con la lengua afuera y jadeando violentamente.
Examinaron con detenimiento al pobre Smoker y comprobaron que no
presentaba ninguna herida externa; pero cuando Eduardo le oprimió el flanco, el
animal profirió un sordo gemido.
-Es ahí donde lo alcanzó la cornada del toro -observó Humphrey.
-Sí -dijo Eduardo apretando y tanteando con suavidad-. Y tiene
dos costillas rotas. Humphrey, trata de conseguirle un poco de agua; eso lo
reanimará mejor que nada. El toro lo ha dejado sin aliento con su embestida.
Creo que el pobrecito no tardará en restablecerse.
Humphrey volvió momentos después con un poco de agua de un
manantial vecino. La traje, en su sombrero y se la tendió al perro, que sorbió
el líquido lentamente al principio, pero con rapidez mucho mayor luego y
meneando la cola.
-Basta ahora -dijo Eduardo-. Debemos darle tiempo de recobrarse.
Vamos, examinemos nuestras presas. ¡Diablos! ¡Qué cantidad de carne tenemos
aquí, Humphrey! Necesitaremos, por lo menos, tres viajes a Lymington.
-Sí. Y no hay tiempo que perder, porque está aumentando el
calor, Eduardo. Bueno, ¿qué podemos hacer? ¿Quieres quedarte mientras voy a
casa en busca de la carreta?
-Sí; está de más que vayamos los dos. Yo me quedaré aquí
cuidando al pobre Smoker y desollaré a nuestras presas hasta tu regreso. Déjame
el cuchillo, porque el mío no tardará en quedar romo.
Humphrey le dio su cuchillo a Eduardo, y tomando su escopeta
emprendió el regreso a la cabaña. Eduardo había desollado ya a dos de los toros
cuando Humphrey volvió. Y Smoker, aunque sufría visiblemente estaba ya en pie.
Apenas hubieron concluido y dividido en cuartos a las bestias, cargaron la
carne en la carreta y se dirigieron a la cabaña; tuvieron que volver, y tanto
ellos como el petiso se sentían muy fatigados cuando los jóvenes se sentaron a
cenar. El gitanillo se había repuesto, considerablemente y estaba muy animado.
Alicia dijo que las había estado divirtiendo a Edith y a ella arrojando tres
patatas al aire simultáneamente y jugando con ellas como si fuesen pelotas y
que había hecho girar una fuente sobre una brocheta de hierro, manteniéndolas a
ambas en equilibrio sobre su mentón. Las niñas sirvieron la cena, que el
gitanillo comió en el rincón de la chimenea, mirando a ratos a Edith, por quien
parecía sentir ya gran afecto.
-¿Está sabrosa? -le preguntó Humphrey, tendiéndole otro pedazo
de carne de venado.
-Sí. No he comido tan bien en el foso -replicó Pablo, riendo.
En las primeras horas de la mañana siguiente, Eduardo y Humphrey
se dirigieron a Lymington, con la carreta cargada de carne. Eduardo le mostró a
Humphrey todos los comercios donde debía hacer las compras y las calles en que
estaban situados, lo presentó al posadero y después de haber vendido su carne,
los hermanos volvieron a casa. El resto de la carne fue llevado a Lymington y
vendido por Humphrey al día siguiente, y las tres pieles liquidadas un día
después.
-Hemos cumplido una buena jornada de trabajo, Eduardo -dijo
Humphrey, hecho ya el recuento del dinero percibido.
-Lo hemos ganado con cierto riesgo, de todos modos -replicó
Eduardo-. Y ahora, Humphrey, creo que es hora de cumplir mi promesa a Osvaldo,
y de ir a la casa del intendente a visitar a esa joven dama, pues presumo que
lo es..., y ciertamente tiene todas las apariencias de serlo. Quiero liquidar
esa visita antes de obrar.
-¿Qué quieres decir, Eduardo?
-Quiero decir que me propongo salir de caza y matar algún
ciervo; pero no lo haré antes de haber visitado a esa joven. Terminada la
visita, pienso desafiar al intendente y a todos sus guardabosques.
¿Por qué habría de impedirte hacer hoy mismo esa visita, ya que
tienes tantas ganas de cazar?
-No lo sé; pero quizá ella me pregunte si lo he hecho y no
quiero decirle que sí..., y tampoco que no. Por eso no empezaré antes de
haberla visto.
-¿Cuándo partirás?
-Mañana por la mañana. Y llevaré mi escopeta, aunque Osvaldo
prefería que yo no lo hiciera. Pero después del combate que hemos sostenido
días pasados con el ganado salvaje, no creo prudente ir sin armas. A decir
verdad, nunca me siento a mis anchas sin mi escopeta.
-Pues yo tendré mucho trabajo, cuando estés ausente; hay que
desenterrar las patatas, y veré qué puedo obtener de Pablo. Parece bastante
restablecido y se ha entretenido durante largo rato, de modo que es hora de que
lo lleve al jardín mañana y lo ponga a trabajar.
¡Cuánta fruta promete el huerto este año! Y si ese muchacho nos
resulta útil, Eduardo, y me ayuda, creo que cultivaré todo el huerto y cercaré
otra parcela de tierra y procuraré sembrar un poco de maíz. Es el gasto más
serio que tenemos y me gustaría llevar a moler mi propio maíz al molino.
-Pero..., ¿no requiere un arado y caballos el cultivo del maíz?
-No; lo haremos a mano. Dos de nosotros podemos cavar mucho a
ratos perdidos, y obtendremos mejor cosecha con la pala que con el arado. Ahora
tenemos tanto estiércol que podemos permitírnoslo.
-Pues si hay que hacerlo, más vale hacerlo desde ya, Humphrey,
antes de que la gente del otro lado del bosque venga y nos descubra, o nos
disputen el derecho al cercamiento.
-El bosque le pertenece al rey, hermano, y no al parlamento. Y
nosotros somos vasallos del rey y sólo necesitamos su permiso -replicó
Humphrey-. Pero lo que dices es cierto; cuanto antes mejor, y pondré manos a la
obra de inmediato.
-¿Cuánto te propones cercar?
-Unos dos o tres acres.
-Pero eso es más de lo que podrás cavar este año o el próximo.
-Lo sé, pero abonaré la tierra sin cavarla y la hierba crecerá
de tal modo, que esa gente supondrá muy viejo el cerco.
- La idea no es mala, Humphrey; pero te aconsejo que vigiles a
ese muchacho, porque es de mala raza y temo que carezca de educación y de
nociones demasiado severas de honestidad. Ten cuidado y dile a tus hermanas que
también lo tengan y que no le dejen sospechar que tenernos algún dinero en ese
viejo cofre, hasta que sepamos si es digno de confianza o no.
-Más vale que lo ignore en todos los casos -replicó Humphrey-.
Quizá siga siendo honrado si no lo tienta el saber que hay algo digno de ser
robado.
-Tienes razón, Humphrey. Bueno, partiré mañana por la mañana a
hacer esa visita. Confío en saber de la joven todo género de noticias, ahora
que su padre está ausente.
-Pues yo espero obtener algún trabajo de ese Pablo -replicó
Hurnphrey. ¡Cuántas cosas podría hacer yo si Pablo trabajara! Pero te diré una
cosa. Cavaré un aserradero y conseguiré una sierra y entonces podré cortar
tablones y construir todo lo que se nos antoje. En la primera visita que haga a
Lymington, compraré una sierra -puedo permitírmelo ahora- y haré antes que nada
un banco de carpintero y luego, con algunas herramientas más, seguiré
trabajando. Y más adelante, Eduardo, te diré qué otras cosas voy a hacer.
-Pues tendrás que decírmelo en alguna otra ocasión, Humphrey,
porque ahora es muy tarde y tengo que irme a la cama, ya que debo madrugar
-replicó Eduardo, riendo-. Sé que tu mente alberga tantos proyectos, que se
necesitaría media noche para pasarle revista a todos.
-Creo que estás en lo cierto -dijo, Humphrey-. Y será mejor
hacer las cosas de a una que hablar de cien; de modo que como dices, nos iremos
a la cama.
Al amanecer, Eduardo y Humphrey se levantaron y Alicia salió
cuando llamaron a su puerta, ya que no estaba dispuesta a que Eduardo se
marchara sin su desayuno. Edith se les unió y se entregaron a las plegarias. En
ese momento, Pablo salió y escuchó lo, que decían. Terminadas ya las plegarias,
Humphrey le preguntó a Pablo si sabía qué habían estado haciendo.
-No, no lo sé muy bien -respondió el gitanillo. Supongo que
ustedes le estarán orando al sol.
-No, Pablo -dijo Edith-. Le oramos a Dios para que nos haga
buenos.
-¿De modo que ustedes son malos? -dijo Pablo-. Pues yo no lo
soy.
-Sí, Pablo -dijo Alicia-. Todos somos muy malos, pero si
tratamos de ser buenos, Dios nos perdona.
Aquí terminó la conversación y apenas hubo tomado su desayuno,
Eduardo besó a sus hermanas y se despidió de Humphrey.
Eduardo se echó la escopeta al hombro y después de llamar a su
cachorro, a quien había bautizado con el nombre de Fiel, les dijo adiós a
Humphrey y a sus hermanas y emprendió su viaje a través del bosque.
Fiel, así como el cachorro de Humphrey, a quien habían bautizado
con el nombre de Guardián, se habían convertido en hermosos perritos. El
primero había sido llamado Fiel porque agarraba a los lechoncitos de las orejas
ylos llevaba a la pocilga, y el otro, Guardián, porque se mostraba alerta al
menor ruido, pero, como decía Humphrey, Guardián debía haber sido adiestrado en
la operación de guiar a los cerdos, cuadrándole esto más que a
Fiel, criado para la caza en el bosque, en tanto que Guardián
había sido criado como perro doméstico y de granja.
Eduardo se había negado a llevarse al petiso, ya que Humphrey lo
necesitaba para el trabajo de la granja y el tiempo era tan hermoso que
prefería caminar, y por lo demás esto le permitiría al volver a través del
bosque darle caza a algún venado, cosa que no podría hacer cabalgando sobre el
lomo de Billy. Eduardo echó a andar con rapidez, seguido por su perro, a quien
había enseñado a seguirlo pisándole los talones. Se sintió feliz como la gente
que no tiene preocupaciones, a causa del buen tiempo, del intenso verdor de la
vegetación, salpicada de flores en pleno desarrollo y del majestuoso escenario
que veía por ambos lados. Su corazón estaba pleno de alegre exaltación mientras
caminaba, el rostro acariciado por la leve brisa estival. Pero sus pensamientos,
concentrados preferentemente en la caza, cambiaron de pronto y se tornó serio.
Desde hacía algún tiempo, no se enteraba de noticias políticas importantes o de
lo que hacían los Comunes con el rey. Estas cavilaciones le evocaron
naturalmente la muerte de su padre, el incendio de su finca y la confiscación
de ésta. Sus mejillas se colorearon de indignación y su ceño se tornó
malhumorado. Luego trazó planes para el futuro. Imaginaba al rey libertado de
su prisión y conduciendo a un ejército contra sus opresores; se veía a sí mismo
a la cabeza de una tropa de caballería, cargando contra la caballería del
parlamento. La victoria lo acompañaba. El rey estaba nuevamente sobre su trono
y él recobraba la posesión de la finca familiar. Reconstruía Arnwood y no se sabe
cómo, Paciencia aparecía su lado cuando les daba instrucciones a los artesanos,
pero en ese momento sus ensoñaciones se vieron perturbadas repentinamente por
los ladridos de Fiel y sus saltos hacia adelante.
Eduardo, que había recorrido a esta altura más de la mitad del
trayecto, alzó los ojos y advirtió que lo enfrentaba un hombre vigoroso, de
unos cuarenta años, aparentemente, y de aire repulsivo.
-¿Qué hace usted aquí, joven? -dijo el desconocido, acercándose
a él y amartillando la escopeta, que retuvo en la mano mientras avanzaba.
Eduardo amartilló tranquilamente su propia escopeta, que estaba
cargada, al advertir este preparativo hostil del desconocido y replicó:
-Camino por el bosque, como lo habrá notado.
-Sí, lo noto. Y veo que camina con un perro y una escopeta;
ahora se servirá acompañarme. No se les permite ya a los cazadores furtivos de
ciervas que hagan batidas por el bosque.
-Yo no soy un cazador furtivo de ciervos -replicó Eduardo-. Sólo
podrá darme ese título cuando encuentre carne de venado en mi poder, y en
cuanto a acompañarlo, no haré tal cosa. Apártese o quizá lo pase mal.
-Mire, joven inútil... Si usted no tiene carne de venado en su
poder, no es por falta de voluntad; está persiguiendo ciervos, eso es evidente.
Vamos, vamos; no es conmigo con
quien debe tratar. Mis órdenes son capturar a todos los
cazadores furtivos y me lo llevan a usted.
-Si puede -replicó Eduardo-. Pero deberá probarme, por lo
pronto, que es capaz de hacerlo. Mi escopeta es tan buena como la suya y mi
puntería igualmente segura, sea usted quien fuere. Le repito que no soy un
cazador furtivo y que no he salido en busca de ciervos, sino rumbo a la casa
del intendente, adonde voy en este momento. Le digo todo esto para evitar que
usted cometa alguna tontería, y después de habérselo dicho, le aconsejo que lo
piense dos veces antes de obrar una sola. Déjeme seguir mi camino en paz o
quizá pierda su empleo; eso si su temeridad no le hace perder la vida.
En el aire sosegado de Eduardo había algo de tan frío y
resuelto, que el guardabosques vaciló. Advirtió que cualquier tentativa de
llevarse a Eduardo le haría arriesgar la vida, y sabía que tenía orden de
capturar a todos los cazadores furtivos, pero no de matar la gente a tiros. Es
cierto que aquella resistencia con armas de fuego justificaría que él obrara en
defensa propia, pero admitiendo que lograra éxito, lo cual era dudoso, Eduardo
no había sido sorprendido in fraganti delito, esto es, matando a un venado, y
él no tenía testigos para probar qué había sucedido. Sabía también que el
intendente había dado órdenes muy severas de no derramar sangre, a lo cual era
muy contrario en todas las circunstancias, y en el porte y modales de Eduardo
había algo que lo diferenciaba tanto de un plebeyo, que el guardabosques se
sintió perplejo. Además, Eduardo había declarado que iba a la casa del
intendente. Después de haber cavilado sobre todo esto, creyó aconsejable
cambiar de tono y por eso replicó:
-¿Usted me dice que va a la casa del intendente? Supongo que
tendrá algo que hacer allí. Si lo llevara prisionero lo conduciría a ese sitio;
de modo que lo que puede hacer, joven, es encaminarse ahora allí delante de mí.
-Gracias -replicó Eduardo-. Pero no caminaré delante de usted.
En cambio, si usted opta por dejar simplemente montada en seguro su escopeta en
vez de tenerla amartillada, y por caminar a mi lado, haré otro tanto. Esas son
mis condiciones y no me avendré a otras; de modo que decídase, porque estoy
apurado.
El guardabosques pareció muy indignado ante esta réplica, pero
tras breve pausa, dijo:
-Que así sea.
Entonces, Eduardo desenmartilló su escopeta, con los ojos fijos
en el guardabosques y éste hizo lo mismo, y echaron a andar el uno junto al
otro, manteniéndose Eduardo a tres metros de él, por si el guardabosques no
cumplía lo pactado.
Después de unos pocos instantes de silencio, el guardabosques
dijo:
-Me dijo usted que iba a la casa del intendente. Pero éste se
halla ausente.
-Presumo que debe estar la señorita Paciencia, con todo -dijo
Eduardo.
-Sí -replicó el guardabosques, que al descubrir que Eduardo parecía
saber tanto sobre la familia del intendente, comenzó a mostrarse más cortés-.
Sí, la señorita Paciencia está en casa, porque la he visto en el jardín esta
mañana.
-¿Y Osvaldo, está también? -preguntó Eduardo.
-Sí. Usted parece conocer a nuestra gente joven. ¿Quién es
usted, si me permite la pregunta?
-Le permitiría la pregunta si usted me hubiese tratado con
cortesía -replicó Eduardo-.
Pero como eso no es cosa suya, dejaremos las cosas en ese punto.
Esta réplica desconcertó más aun al guardabosques y éste, dado
el tono autoritario asumido por Eduardo, comenzó a presumir que había cometido
algún error y que le estaba hablando a un superior, disfrazado de rústico. Por
lo tanto, contestó humildemente, observando que se había limitado a cumplir con
su deber.
Eduardo siguió la marcha sin responder.
Cuando llegaron a un centenar de metros de la casa del
intendente, Eduardo dijo:
-Ahora he llegado adonde me proponía y entraré en esta casa,
como se lo dije. ¿Prefiere entrar conmigo o ir en busca de Osvaldo Partridge y
decirle que se ha encontrado con Eduardo Armitage y que me alegraría verlo?
Supongo que usted está bajo sus órdenes... ¿No es así?
-Sí que lo estoy -replicó el guardabosques-. Y como me parece
bien, iré a transmitir su mensaje.
Entonces Eduardo le volvió la espalda y franqueó la verja de
mimbre del jardín y llamó a la puerta de la casa. Le abrió la propia Paciencia
Heatherstone, que dijo:
-¡Oh, cuánto me alegro de verlo! Entre.
Eduardo se quitó el sombrero y se inclinó. Paciencia lo hizo
pasar al gabinete de su padre, donde fuera recibido Eduardo la primera vez.
-Y ahora, gracias, muchas gracias por haberme salvado de tan
espantosa muerte -dijo la joven, tendiendole la mano-. No sabe cuán desdichada
me ha hecho el no poder expresarle mi humilde gratitud por su valerosa
conducta.
Su mano seguía en la de Eduardo, al pronunciar estas palabras.
-Aprecia usted exageradamente mi acto - replicó Eduardo-. Yo
habría hecho lo mismo por cualquiera que estuviese en apuros. Era mi deber de
hombre.
Eduardo iba a decir «de caballero», pero se contuvo.
-Siéntese -dijo Paciencia, tomando una silla-. De ningún modo,
nada de ceremonias. No puedo tratar como inferior a una persona a quien me liga
semejante deuda de gratitud.
Eduardo sonrió mientras se sentaba.
-Mi padre le está tan agradecido como yo..., con seguridad que
sí, porque oí que, al rezar, invocaba bendiciones para usted. ¿Qué puede hacer
en su beneficio? Le pedí a Osvaldo Partridge que lo trajera a usted aquí para
averiguarlo. Oh, señor... Por favor, dígame cómo podemos probarle nuestra
gratitud de un modo que no se limite a las meras palabras.
-Usted me la ha probado ya, señorita Paciencia -respondió
Eduardo-. ¿Acaso no ha honrado a un pobre rústico tendiéndole amistosamente su
mano y aun invitándolo a sentarse en su presencia?
-Quien me ha salvado la vida con peligro de la suya, es para mí
un hermano..., al menos, me siento una hermana para con él. Una deuda es una
deuda, ya sea que esté contraída con un rey o con un...
-Guardabosques, señorita Paciencia... Esa es la verdadera
palabra que usted no debió vacilar en usar. ¿Supone que mi oficio me
Avergüenza?
-Si he de decirle la verdad, no puedo creer que usted sea lo que
pretende ser -replicó Paciencia-. Quiero decir que, aunque usted sea un
guardabosques ahora, nunca se crió como tal. Mi padre opina lo mismo que yo.
-Les agradezco a ambos su buena opinión, pero temo, no poder
elevarme por sobre mi condición de guardabosques; más aún, desde la llegada de
su padre a estos lugares y dadas las nuevas reglamentaciones, tengo todas las
probabilidades de descender a la condición inferior de cazador furtivo. En
realidad, de no haber tenido mi escopeta conmigo, hoy mismo me habrían detenido
al venir aquí.
-Pero usted no estaba cazando venados, ¿verdad, señor? -inquirió
Paciencia.
-No; ni he matado venado alguno desde la última vez que la vi a
usted.
-Me alegro de poder decirle eso a mi padre; ello lo complacerá
mucho -replicó Paciencia-. Me dijo que lo creía a usted capaz de desempeñar
tareas muy superiores a las que se le podrían ofrecer aquí y sólo quería saber
qué aceptaría usted. Tiene interés..., un gran interés..., si bien ahora en
pugna con las reglas de este país, a causa del...
-Asesinato del rey, diga usted. O debiera decirlo, señorita
Paciencia. He oído decir cuán opuesto se mostró su padre a ese sucio, acto y
ello lo honra ante mis ojos.
-¡Qué bueno es usted al decirlo! -dijo Paciencia, a cuyos ojos
asomaron las lágrimas-. ¡Qué placer me proporciona el oírle elogiar la conducta
de mi padre!
-¡Pero si es natural, señorita Paciencia! Todos los que piensan
como yo deben elogiarlo. Su padre está en Londres..., ¿no es así?
-Así es; y eso me recuerda que usted querrá comer algo después
de su caminata. Llamaré
a Hebe.
Y con estas palabras, Paciencia abandonó la habitación.
El caso es que, repentinamente, la señorita Paciencia acababa de
recordar que estaba a solas con un joven desde hacía algún tiempo -lo cual no
era muy decoroso en esos tiempos-, y al aparecer Hebe con las viandas frías se
apartó, pero sin salir del aposento.
Eduardo se sirvió lo que le ofrecían en silencio, mientras
Paciencia se consagraba a su labor y tenía los ojos fijos en ésta, salvo alguna
fugaz mirada a la mesa para comprobar si hacía falta algo. Cuando Eduardo hubo
terminado la comida, Hebe retiró la bandeja y el joven se levantó para
despedirse.
-De ningún modo, no se vaya todavía; tengo mucho que decirle
antes. Permítame volver a preguntarle cómo podemos servirlo.
-Jamás podría aceptar empleo alguno de los gobernantes actuales.
De modo que no toquemos ese punto.
-Temía que su respuesta sería ésa -replicó con gravedad
Paciencia-. No crea que lo culpo; porque hay muchos ya que gustosamente
desandarían sus pasos, de ser posible. No habían pensado, al oponerse al rey,
que las cosas terminarían así. ¿Dónde vive usted, señor?
-En el extremo opuesto del bosque, en una casa que me pertenece
ahora, pero que heredó mi abuelo.
-¿Vive usted solo? Seguramente que no..
-No. No vivo solo.
-Vamos, puede decírmelo todo, porque yo no repetiría nada que
pudiera causarle daño o que usted quisiera mantener oculto.
-Vivo con mi hermano y dos hermanas, porque mi abuelo ha muerto
desde hace tiempo.
-¿Es menor que usted su hermano?
-Sí.
-¿Y qué edad tienen sus hermanas?
-Son menores aún.
-Le dijo usted a mi padre que vivía del producto de su
granja..., ¿verdad?
-Así es.
-¿Es grande esa granja?
-No. Muy pequeña.
-¿Y basta para mantenerlos?
-Últimamente nos ha mantenido eso y la caza de vacunos salvajes.
-Y también el matar ciervos hasta hace poco. ¿verdad?
-Ha adivinado.
-Usted le dijo a mi padre que fue criado en Arnwood... ¿No es
así?
-Sí. Me crié allí y me quedé en Arnwood hasta la muerte del
coronel Beverley.
-Y lo educaron... ¿verdad?
-Sí. El capellán me enseñó lo poco que sé.
-En ese caso, ya que usted fue criado en la casa y educado por
el capellán, el coronel Beverley no debió destinarlo al cargo de
guardabosques..., ¿verdad?
-No, por cierto. Yo debía ser soldado apenas me llegara la edad
de portar armas.
-¿No tendrá usted algún parentesco lejano con el coronel
Beverley?
-No. No tengo ningún parentesco lejano con él -replicó Eduardo,
que comenzaba a sentirse molesto ante aquel minucioso interrogatorio-. Pero,
con todo, de estar vivo el coronel Beverley y de requerir aún sus servicios el
rey, yo estaría sin duda sirviéndolo a estas horas. Y ahora que he contestado a
tantas preguntas suyas, señora Paciencia..., ¿me permitirá usted que le
pregunte a mi vez algo sobre su persona? ¿Tiene usted hermanos?
-Ni uno; soy hija única.
-¿Sólo le queda uno de sus progenitores?
-Sólo uno.
-¿Con qué familias está emparentada?
Paciencia lo miró con sorpresa al oír esta última pregunta.
-Mi apellido materno es Cooper; mi madre era hermana de sir
Anthony Ashley Cooper, que es una persona bien conocida.
-¡Será posible! ¿De modo que usted es de sangre noble?
-Así lo creo -replicó Paciencia, con sorpresa.
-Gracias por su condescendencia, señorita Paciencia. Y ahora, si
me lo permite, me despediré de usted.
-Antes de que se vaya, permítame agradecerle de nuevo el haberme
salvado una indigna vida -dijo Paciencia-. Bueno, debe usted volver aquí cuando
esté mi padre. Le alegrará muchísimo tener la oportunidad de agradecerle a
quien ha salvado a su única hija. A decir verdad, si usted conociera a mi
padre, sentiría por él tanto aprecio como yo. Es muy bueno, a pesar de su aire
severo y melancólico; rara vez ha sonreído desde la muerte de mi pobre madre.
-En cuanto a su padre concierne, señora Paciencia, pensaré lo
mejor posible de un hombre que ha ingresado a un partido que detesto. No puedo
decir más.
-No debo decir todo lo que sé. Si hablara, usted descubriría
quizá que mi padre no está tan ligado a ese partido como usted supone. Ni su
cuñado ni él son grandes amigos de Cromwell, puedo asegurárselo, pero se lo
digo confidencialmente.
-Eso lo eleva en mi estimación. Pero en ese caso... ¿por qué
sigue ocupando ese cargo?
-No lo pidió. En realidad, cree, que se lo dieron porque querían
eliminarlo, y él lo aceptó porque se oponía a lo que pasaba y quería
eliminarse. Al menos, eso lo deduzco de lo que he oído. Lo que lo liga con el
gobierno actual, no es un cargo de poder ni de confianza.
-No; es, simplemente, un cargo que lo opone a mi persona y a mis
ilegalidades -replicó Eduardo, riendo-. Bueno, señorita Paciencia, se ha
mostrado usted muy condescendiente con un pobre guardabosques y le reitero mis
gracias por sus bondades conmigo. Ahora me despediré.
-¿Y cuándo vendrá a visitar a mi padre?
-No sabría decirlo. Temo que tardaré en poder afrontar su
agraviado rostro, y a un cazador furtivo no le conviene acercarse a él
-respondió Eduardo-. Con todo, algún día quizá me conduzcan ante ustedes como
prisionero, y entonces él me verá con seguridad.
-Yo no le diré a usted que cace venados -replicó Paciencia-.
Pero si los mata, nadie le hará daño..., o sé poco de mi poder o del de mi
padre. Adiós, pues, señor; y nuevamente mi gratitud y la expresión de mis
gracias.
Paciencia volvió a tenderle la mano a Eduardo, que esta vez,
como un auténtico caballero, se la llevó respetuosamente a los labios.
Paciencia se sonrojó un poco, pero no trató de retirarla, y Eduardo, con una
gran reverencia, abandonó el aposento.
Capítulo XIII
Apenas hubo salido de la casa del intendente, Eduardo se
encaminó presurosamente a la cabaña de Osvaldo Partridge, a quien encontró
esperándolo, porque el guardacaza no había dejado de transmitir su mensaje.
-Ha sostenido usted una larga conversación con la señorita
Paciencia y me alegro de ello, ya que eso le da a usted importancia aquí -dijo
Osvaldo después de los primeros saludos-. Ese bribón de cabeza redonda con
quien se topó, se sentía muy inclinado a cumplir rigurosamente con su deber e
insistió en que estaba seguro de que usted acechaba al ciervo, pero yo lo hice
callar diciéndole que ya lo llevaba a usted a menudo conmigo, ya que usted era
el mejor tirador del bosque y que el intendente sabía que yo lo hacía. Creo que
si lo sorprenden al matar a un ciervo, lo mejor será que usted les diga que lo
ha matado a pedido mío, y yo, lo apoyaré, si lo traen a presencia del
intendente, el cual, estoy seguro de ello, me agradecerá el haberlo hecho.
Usted puede matar todos los ciervos del bosque después de lo que ha hecho por
él.
-Muchas gracias, pero no creo que yo aproveche su oferta. Que me
atrapen si pueden y si me atrapan, que me lleven si pueden.
-Veo, señor, que usted no aceptará favor alguno de los cabezas
redondas -replicó Osvaldo-. Con todo, como ahora soy el jefe de los guardianes,
haré todo lo posible para que mis hombres no lo molesten. Todo lo que quiero es
impedir que usted sea objeto de cualquier insulto o vejamen... Esa gente no
sabe quién es usted, como lo sé yo.
-Muchas gracias, Osvaldo. Debo, correr mi albur.
Eduardo le contó luego a Osvaldo cómo habían hallado al
gitanillo en el foso, episodio que lo divirtió mucho.
-¿Cómo se llama el guardacaza con quien me encontré en el
bosque? -preguntó Eduardo.
-James Corbould. Fue expulsado del ejército -dijo Osvaldo.
-No me gusta su aspecto -confesó Eduardo.
-Sí, su semblante no lo recomienda -replicó Osvaldo-. Pero nada
sé de él; hace apenas quince días que está aquí.
-¿Puede darme un rincón donde descansar mi cabeza esta noche,
Osvaldo? Porque sólo emprenderé el regreso mañana por la mañana.
-Todo lo que tengo está a su disposición, señor -replicó
Osvaldo-. Pero temo que sólo puedo ofrecerle una sincera bienvenida. Sin duda,
usted podría alojarse en la casa del intendente, si lo deseara.
-No, Osvaldo; la señorita está sola y yo no volvería a confiar
en los cuidados de Hebe. Me quedaré aquí, si me lo permite.
-Y bien venido, señor. Instalaré a su cachorro en la perrera,
inmediatamente.
Eduardo se quedó esa noche en la casa de Osvaldo y se levantó al
amanecer, y después de haber tomado un ligero desayuno, echándose la escopeta
al hombro, fue a la perrera en busca de Fiel y emprendió el viaje de regreso.
«Paciencia es una buena muchachita y de carácter agradecido o no
se habría portado conmigo como lo ha hecho... y eso que me supone de humilde
cuna», pensó reiteradas veces el joven durante el trayecto.
Y luego meditó en lo que le había dicho Paciencia sobre su
padre, y Eduardo sintió que su animosidad contra el cabeza redonda se derretía rápidamente.
«Es improbable que vuelva a verla muy pronto -pensó también-. A
menos que me conduzcan como prisionero, ante el intendente, naturalmente.»
Cavilando así sobre tal o cual tema, Eduardo había recorrido más
de doce kilómetros de su itinerario a través del bosque, cuando pensó que
estaba lo bastante lejos para aventurarse en busca de algún venado. Recordando
que a poca distancia existía un bosque con una límpida laguna, Eduardo supuso
que probablemente encontraría allí a un ciervo refrescándose, porque a mediodía
ahora el calor era muy intenso. Por lo tanto, llamó a Fiel y avanzó con cautela
hacia el bosquecillo. Apenas hubo llegado al sitio, se encogió y se arrastró
silenciosamente por entre la maleza. Por fin, llegó a las proximidades del
claro contiguo a la laguna. Allí no había venado alguno, pero Eduardo vio
profundamente dormido sobre la hierba a James Corbould, el guardacaza de
siniestro aspecto que le abordara en el bosque el día anterior. Fiel se
disponía a ladrar, pero Eduardo le impuso silencio y al adelantarse hasta donde
estaba tendido el guardacaza, que, por falta de un perro que le advirtiera la
presencia de Eduardo, seguía roncando con el rostro reluciente bajo los rayos
del sol, notó que Corbould tenía la escopeta bajo su cuerpo en la hierba. La
tomó, abrió suavemente la cazoleta y tiró la pólvora y volvió a ponerla en su
lugar, porque Eduardo se decía:
«Este hombre ha venido en busca mía, no cabe duda, y como no hay
testigos, puede sentirse inclinado a mostrarse maligno, ya que jamás vi a
hombre de aire más perverso. Si hubiese estado cazando ciervos, habría traído a
su perro, pero es evidente que está dedicado a la caza del hombre. Ahora lo
dejaré, y si se topa con algo, no matará del primer disparo, eso es seguro, y
si me sigue, tendré la misma probabilidad de salvarme que cualquier otro blanco
de su escopeta».
Luego, Eduardo salió de la maleza, pensando que si había
existido alguna vez un rostro que proclamara en un hombre la existencia de un
criminal, ese rostro era el de Corbould. Mientras sorteaba los obstáculos de su
camino, oyó aullar a un perro y al mirar en torno, advirtió que Fiel no estaba
a su lado. Al desandar sus pasos, Fiel se adelantó corriendo hacia él. El caso
era que el perro había olido un poco de carne en el bolsillo del guardacaza y
metido el hocico en él para cerciorarse de qué se trataba. Al hacerlo, había
despertado a Corbould, saludándolo éste con un rudo golpe en la cabeza. Esto,
había motivado el aullido del cachorro y también inducido a Corbould a aferrar
su escopeta y a seguir cautelosamente el rastro del animal, que sabía muy bien
era el mismo visto el día anterior con Eduardo.
El joven esperó breve rato y al ver que Corbould no aparecía,
siguió andando camino de su casa, habiendo renunciado ahora a toda idea de
matar venados. Caminaba rápidamente y estaba a nueve kilómetros de la cabaña,
cuando se detuvo para beber en un arroyuelo y luego se sentó a descansar por
breve tiempo. Mientras lo hacía, quedó sumido en una de sus ensoñaciones
usuales y olvidó el transcurso del tiempo. Pero lo despertó un sordo gruñido de
Fiel y se le ocurrió de inmediato que Corbould debía haberlo seguido.
Considerando que convenía estar en guardia, cargó silenciosamente su escopeta y
luego se puso de pie para examinar las inmediaciones. Fiel saltó hacia
adelante, y Eduardo, al mirar en aquella dirección, advirtió a Corbould
semioculto detrás de un árbol apuntándolo con su escopeta. Oyó apretar el
percutor y el chasquido de la llave, pero la escopeta no disparó, y luego
Corbould hizo su aparición, amagando contra Fiel con la culata del arma.
Eduardo avanzó hacia él y lo intimó a desistir, so pena de pasarlo mal.
-¿De veras, joven? Quien lo pasaría mal sería usted -exclamó
Corbould.
-Así habría ocurrido si su escopeta hubiese disparado -replicó
Eduardo.
-Yo no le apuntaba a usted; apuntaba al perro y mataré a ese
animal si puedo.
-No sin peligro para usted; pero usted no apuntaba al perro -su
arma no estaba lo bastante baja para eso- sino que me encañonaba a mí, cobarde
malvado, y si he escapado con vida, sólo debo agradecérselo a mi propia
prudencia y a su soñolienta cabeza. Le diré francamente que le saqué la pólvora
de la cazoleta mientras usted dormía. Si yo lo tratara como se merece, debiera
ahora meterle mi bala en el cuerpo, pero soy incapaz de matar a un hombre
indefenso... y eso le salva la vida. Con todo, aléjese de mí lo antes que
pueda, porque si me sigue se me agotará la paciencia. Váyase de inmediato
-continuó Eduardo, echándose la escopeta al hombro y apuntando a Corbould-. Si
no se va, hago fuego.
Corbould advirtió que Eduardo estaba resuelto y le pareció
conveniente satisfacer su exigencia. Se alejó hasta que se creyó fuera de su
alcance, y entonces se desahogó con un torrente de blasfemias y de epítetos
injuriosos, con que no ofenderemos a nuestros lectores. Antes de seguir
adelante, juró que le arrebataría la vida a Eduardo antes de mucho y se alejó
agitando el puño. Eduardo permaneció en su sitio hasta que Corbould se hubo
alejado a bastante distancia y luego prosiguió su viaje. Eran poco más o menos
las cuatro de la tarde y Eduardo, mientras seguía su camino, se dijo:
«Ese hombre debe ser de un temperamento muy malvado, porque en
nada lo he agraviado, salvo negándome a dejarme capturar por él. ¿Y es ése un
agravio por el cual deba quitársele la vida a un hombre? Corbould es un hombre
peligroso y lo será más aún ahora que he frustrado su plan. Dudo que vuelva a
casa. Estoy casi seguro de que volverá y me seguirá cuando crea poder hacerlo
sin ser visto por mí, y si lo hace, descubrirá dónde está nuestra cabaña..., ¿y
quién sabe qué iniquidad sería capaz de cometer y cómo podría alarmar a mis
hermanitas? No volveré a casa hasta la noche, y seguiré ahora otra dirección
para despistarlo».
De modo que Eduardo se dirigió más al norte y cada media hora
cambió de trayectoria, para que su rumbo fuese muy distinto del que llevaba a
la cabaña. En el ínterin oscureció gradualmente, y mientras tanto, cada vez que
pasaba cerca de un gran árbol, Eduardo inspeccionaba los alrededores para saber
si Corbould lo estaba siguiendo. Por fin, cuando acababa de anochecer, advirtió
a poca distancia la figura de un hombre que lo seguía corriendo de árbol en
árbol, para acercarse cada vez más a él.
«¡De modo que estás ahí! -pensó Eduardo-. Ahora te haré bailar
de lo lindo y veremos quién se cansa primero. Veamos... ¿Dónde estoy?».
El joven miró a su alrededor y luego notó que estaba cerca del
macizo de árboles donde Humphrey había cavado su trampa para los vacunos
salvajes y que existía un claro de medio kilómetro aproximadamente entre el
sitio donde estaba él y el foso. Eduardo tomó una decisión e inmediatamente
salió a cruzar el claro, llamando a Fiel consigo. Había oscurecido casi por
completo, porque sólo quedaba la luz de las estrellas, pero, con todo, había
suficiente claridad para distinguir el camino. Cuando, cruzaba el claro, el
joven volvió los ojos y notó que Corbould lo seguía y que estaba más cerca que
antes, confiando probablemente en la creciente tiniebla para disimular su
proximidad. «Con eso basta -pensó Eduardo-. Ven, muchacho». Y Eduardo siguió
hasta llegar a la trampa; allí se detuvo y miró, advirtiendo al guardacaza a un
centenar de metros de distancia. El joven contuvo al perro por el hocico, a fin
de que no gruñera ni ladrara y luego siguió la dirección adecuada para que el
foso quedara exactamente entre Corbould y él. Al hacerlo, aceleró el ritmo de
sus pasos, y Corbould, al seguirlo, acrecentó también el de los suyos, hasta
llegar a la trampa, que no podía advertir, y cayó en ella de bruces, y cuando
caía. Eduardo oyó su escopeta que se descargaba, el crujido de las ramitas que
cubrían la trampa y un grito de Corbould. «Con eso basta -pensó Eduardo-. Ahora
puedes quedarte ahí durante tanto tiempo como el gitanillo, y eso te enfriará
el valor. La trampa de Humphrey está llena de contingencias, y en este caso me
ha prestado un servicio. Ahora puedo volver a casa con toda la rapidez posible.
Vamos, Fiel, amigo mío; ambos necesitamos nuestra cena. Yo me encargo de la
mía, porque me siento capaz de comerme todo el pastel de carne que Osvaldo me
puso delante esta mañana». El joven prosiguió la marcha con paso rápido,
encantado can este desenlace de su aventura. Al acercarse a la cabaña, encontró
junto a la puerta a Humphrey, con Pablo, que lo esperaban. Pronto se reunió a
ellos y no tardó en abrazar a Alicia y a Edith, que habían estado esperando
ansiosamente su regreso y que se extrañaban de su demora.
-Denme de cenar, mis queridas niñas -dijo Eduardo-, y luego
sabrán todo lo sucedido.
Apenas hubo satisfecho su devorador apetito -porque no había
comido lo más mínimo, como lo recordarán sin duda mis lectores, desde que
partiera en las primeras horas de la mañana de la casa de Osvaldo Partridge-,
empezó a narrar los sucesos del día. Todos escucharon con gran interés, y
cuando Eduardo hubo concluido, Pablo, el gitanillo, se levantó de un salto y
dijo:
-Ahora ese hombre está en el foso. Mañana por la mañana, yo
tomar la escopeta y matarlo.
-No, no, Pablo; no debes hacer eso -replicó Eduardo, riendo.
-Pablo -dijo la pequeña Edith-. Siéntate. No se debe matar a la
gente.
-Entonces él matar al señor -dijo Pablo-. Él muy mal hombre.
-Pero si tú lo matas, Pablo, serás un mal muchacho -replicó
Edith, que parecía haber adquirido autoridad sobre él.
Pablo no pareció comprender esto, pero obedeció la orden de su
pequeña ama y volvió a sentarse en el rincón de la chimenea.
-Pero, Eduardo -dijo Humphrey-. ¿Qué te propones hacer?
-No lo sé. Pensaba dejarlo ahí un par de días y luego avisarle a
Osvaldo dónde está ese individuo.
-La única objeción -replicó Humphrey- es que, según dices, se le
disparó la escopeta al caer al foso. Es probable que esté herido y si es así,
podría morirse si lo dejáramos allí.
-Tienes razón, Humphrey..., eso es posible; y no quiero tener la
vida de un prójimo sobre mi conciencia.
-Lo mejor será, Eduardo, que yo ensille el petiso mañana por la
mañana y visite a Osvaldo para contarle todo lo sucedido y mostrarle dónde está
la trampa.
-Creo que eso será lo mejor, Humphrey.
-Sí -dijo Alicia-. Sería espantoso que un hombre muriera en tan
maligna disposición de ánimo. Que lo saquen de ahí y quizá se arrepienta.
-¿No lo castigará Dios, hermano? -dijo Edith.
-Sí, querida, tarde o temprano la venganza del cielo alcanza a
los malvados. Pero me siento muy cansado después de tan larga caminata.
Dediquémonos a las plegarias y luego nos iremos a la cama.
El recuerdo del peligro corrido por Eduardo ese día pasaba
grandemente sobre todo el grupo. Y, con excepción de Pablo, en las palabras de
todos vibró la más solemne devoción y gratitud al cielo cuando elevaron sus
preces.
Humphrey se levantó antes del alba y a las nueve había llegado a
la cabaña de Osvaldo, que lo acogió cordialmente antes de saber la causa de la
imprevista visita. La narración del joven molestó grandemente a Osvaldo y
pareció compartir la opinión de Pablo, que era dejar al bribón donde estaba;
pero cuando Humphrey lo reconvino, emprendió la marcha con dos de los otros
guardacazas, y antes del anochecer llegaron a la trampa, donde oyeron gemir a
Corbould.
-¿Quién está ahí? -dijo Osvaldo, mirando el interior del foso.
-Soy yo...., Corbould -replicó el guardacaza.
-¿Está herido?
-Sí, malamente -replicó Corbould-. Al caer se me disparó la
escopeta y la bala me ha atravesado el muslo. Me he desangrado casi hasta
morir.
Humphrey fue por la escalerita, que estaba a mano y con muchos
esfuerzos de los cuatro lograron extraer, a Corbould, que gemía penosamente de
dolor. Le ciñeron fuertemente un pañuelo alrededor de la pierna para impedir
que siguiera sangrando, y luego le dieron un poco de agua, lo cual lo reanimó.
-Vamos..., ¿qué hemos de hacer? -dijo Osvaldo-. No podemos
llevarlo a casa.
-Yo se lo diré -dijo Humphrey, llevándolo aparte-. No conviene
que estos hombres conozcan la ubicación de nuestra cabaña, y no podemos
llevarlo allí. Indíquele que se queden con ese hombre, mientras usted va por
una carreta para trasladarlo a su casa. Iremos a la cabaña, le daremos de comer
a Billy y luego volveremos con él en la carreta y les traeremos a sus hombres
algo de comer. Después iré con ustedes y me llevaré la carreta antes del
amanecer. Habrá que hacer el viaje de noche, pero será el plan más seguro.
-También yo lo creo así -dijo Osvaldo, que les ordenó a los dos
hombres que esperaran su regreso, ya que iría en busca de alguna carreta, y
luego se fue con Humphrey.
Apenas hubieron llegado a la cabaña, Humphrey le dio el petiso a
Pablo para que lo llevara al establo y le diese de comer, y luego le comunicó a
Eduardo el estado de Corbould.
-Es casi de lamentar que no se haya matado -observó Osvaldo-.
Habría sido un acto de justicia, ya que atentó contra su vida sin causa alguna.
El bribón sanguinario y me gustaría verlo lejos de aquí. Con todo, el
intendente sabrá de esto y no dudo de que lo exonerará.
-No obre con precipitación Osvaldo -replicó Eduardo-. Por ahora,
déjele prestar su propia versión del suceso; porque puede resultar más
peligroso exonerado que bajo su
fiscalización. Vamos, siéntese y cene. Billy necesita una hora
para comer lo suyo, de modo que usted no tiene por qué apurarse.
-Ése es su gitano, Eduardo..., ¿verdad? -dijo Osvaldo.
-Sí.
-Me gusta el aire de ese muchacho; pero los gitanos son una raza
extraña. No confíe demasiado en él -continuó Osvaldo, en voz baja- antes de
haberlo puesto a prueba y de haberse cerciorado de su fidelidad. Son gente muy
excitable y capaz de intenso apego si se la trata bien. Lo sé porque, en cierta
oportunidad, le hice un favor a un gitano y eso me salvó la vida más tarde.
¡Oh!... Cuéntenos eso, Osvaldo -dijo Alicia.
-Ahora la historia sería demasiado larga, mi querida señorita
-replicó Osvaldo-. Pero lo haré en otra ocasión. Haga lo que haga ese joven, no
lo golpeen; porque los gitanos jamás perdonan un golpe, según me han dicho
quienes los conocen, y el recurso no sirve de nada con ellos. Como dije, son
una raza extraña.
-No le pegaremos, créalo -replicó Humphrey
Salvo que Edith le dé una bofetada; porque ella es quien se preocupa
más de él y supongo que a él no le preocuparía mucho un golpe de la manecita de
Edith.
-No, no -replicó Osvaldo, riendo-. Edith puede obrar como
quiera. ¿Qué hace aquí ese muchacho?
-¡Oh!, nada por ahora, ya que el pobre apenas si se ha recobrado
-replicó Humphrey-. Sigue a Edith, le ayuda a cuidar los huevos, y anoche
colocó varias trampas a su manera y por cierto que me superó, ya que atrapó
tres conejos y una liebre, mientras que yo, con todas mis trampas, sólo pude
cazar un conejo.
-Creo que le conviene dejar esa parte del sustento diario a su
cargo. Se ha criado ocupándose de eso, Humphrey, y le servirá de diversión. No
espere usted que trabaje mucho; los gitanos no están habituados a trabajar.
Viven una existencia errante y no trabajan si pueden evitarlo. Pero si logra
que el gitanillo les cobre afecto, podrá serles muy útil, porque esa gente es
muy hábil y diestra.
-Confío en hacer de él una persona útil -replicó Humphrey-.
Pero, con todo, no lo obligaré a hacer lo que no le gusta. Siente ya mucho
afecto por el petiso y le gusta cuidarlo.
-Mándemelo uno de estos días, para que el gitanillo sepa dónde
encontrarme. Eso quizá resulte importante si ustedes tienen que enviarme un
mensaje y no pueden hacerlo personalmente.
-Muy cierto -dijo Eduardo-. No lo olvidaré. Humphrey..., ¿vas
por la carreta? ¿O debo ir yo?
-Es preferible, sin duda, que vaya Humphrey. No conviene que
sospechen que usted trajo la carreta, Eduardo. No conocen a Humphrey, y éste se
marchará por la mañana antes de que despierten.
-Muy exacto -replicó Eduardo.
-Y es hora de que partamos -dijo Osvaldo-. ¿Tendrá la amabilidad
de darles de comer algo a mis hornbres la señorita Alicia, ya que han ayunado
todo el día?
-Si -replicó Alicia-. Lo tendré todo pronto antes de que el
petiso esté uncido a la carreta.
Edith, querida mía, ven conmigo.
Entonces Humphrey salió para enjaezar el caballo, y cuando todo
estuvo, pronto él y Osvaldo emprendieron de nuevo la marcha.
Al llegar al foso encontraron a Corbould tendido entre los otros
dos guardacazas, sentados a su lado. Corbould se sentía mucho mejor desde que
le vendaran la herida y lo levantaron y tendieron sobre el forraje que Humphrey
pusiera en la carreta. Entonces todos prosiguieron el viaje al otro extremo del
bosque, mientras los guardacazas comían lo que les había traído Humphrey,
caminando detrás de la carreta. El viaje fue aburrido y penoso para el herida,
que gemía a cada sacudida de la carreta en los baches del camino; pero aquello
no tenía remedio. Corbould estaba muy agotado cuando llegaron, lo cual sólo
sucedió pasada la medianoche. Entonces Corbould fue llevado a su cabaña, donde
lo acostaron, y se envió a otro guardacaza por un cirujano. Los acornpañantes
de Osvaldo se alegraron de poder irse a la cama, porque la jornada había sido
fatigosa. Humphrey se quedó con Osvaldo durante tres horas, y luego volvió con
Billy, que, a pesar de haber cruzado el bosque tres veces en el curso de las
veinticuatro horas, parecía muy fresco y pronto a volver.
-Le daré noticias sobre el estado de ese hombre, Humphrey, y su
explicación sobre su caída en el foso; pero usted no debe esperar verme durante
quince días por lo menos.
Humphrey se despidió de Osvaldo. Y Billy se mostraba tan ansioso
por volver a su establo, que Humphrey no podía contenerlo y lograr que caminara
con paso tranquilo. «Los caballos y, por lo demás, todos los animales, saben
que no hay sitio como el hogar. Es una lástima que los hombres, que se
consideran mucho más sabios, no piensen lo mismo», caviló Humphrey mientras el
petiso avanzaba al trote. El joven meditó mucho sobre el peligro a que se viera
expuesto Eduardo, y se dijo: «En realidad, creo que me sentiría mucho más
tranquilo si Eduardo estuviese ausente. Siempre estoy preocupado por él. Ojalá
reuniese un ejército y viniera el nuevo rey, que está ahora en Francia. Es
preferible que Eduardo esté combatiendo en el campo de batalla a que se quede
aquí y corra el riesgo de recibir un tiro como cazador furtivo o que se vea
encarcelado. La granja basta para todos nosotros, y cuando yo disponga de más
tierra, será más que suficiente, aun sin cazar a los vacunos salvajes. Yo sirvo
para atender la granja, pero Eduardo no. Está perdiendo el
tiempo en esta oscuridad, y él lo sabe. Siempre se verá en tal o
cual apuro, eso es indudable. ¡Cuán milagrosa fue su salvación con ese bribón,
y cuán poco le importa eso! Nació para ser soldado, eso es evidente. Y si lo
llega a ser algún día, estará en su elemento y se destacará, si Dios tiene a
bien conservarle la vida. Lo persuadiré de que se quede en casa algún tiempo
para ayudarme a cercar la otra parcela de tierra, y cuando eso esté hecho,
cavaré un foso de aserradero y veré si puedo inducir a Pablo a aserrar conmigo.
Tengo que ir a Lymington a comprar una sierra. ¡Cuántas cosas podría hacer y
cómo podría mejorar esto si tuviera aserrados los árboles formando tablones!»
Así pensaba Humphrey mientras proseguía la marcha. Estaba
preocupado por la granja y las mejoras, y se dedicaba constantemente a calcular
cuándo tendría otro carnero o una camada nueva de lechones. Inicialmente, se le
había ocurrido, hacer trabajar fuerte a Pablo; pero no había echado en saco
roto el consejo de Osvaldo, y ahora meditaba sobre la forma de inducir a Pablo
a bajar al foso de aserradero, lo cual no sólo era un trabajo pesado, sino
también desagradable, dado el aserrín que le caería en los ojos. Las
cavilaciones de Humphrey fueron interrumpidas por un llamado, y al volverse en
dirección a la voz advirtió a Eduardo y desvió la carreta para reunírsele.
-Llegas a tiempo, Humphrey; tengo alguna provisión para la
alacena de Alicia. Tomé mi escopeta y fui por el sendero que sabía tomarías al
volver, y he matado a un joven gamo. Es buena carne y estamos escasos de
provisiones.
Humphrey le ayudó a Eduardo a poner la carne de venado en la
carreta y volvieron a la cabaña, que no distaba más de cinco kilómetros.
Humphrey le explicó a Eduardo el resultado de su viaje y le propuso luego que
se quedara en casa unos días y le ayudara a hacer el nuevo cerco. Eduardo
consintió en ello de buena gana y apenas hubieron llegado a la cabaña y
Humphrey se hubo desayunado, tomaron sus hachas y fueron a derribar un grupo de
pequeños pinabetes existente a un kilómetro y medio de allí, aproximadamente.
Capítulo XIV
-Y bien, Humphrey..., ¿qué piensas hacer?
- Lo siguiente -replicó Humphrey-: he marcado unos tres acres de
terreno que se extiende en línea recta detrás del jardín. Allí no hay un solo
árbol y sí buen pastaje. Lo que me propongo hacer, es cercar el terreno con
postes y parapetos del pinabete que vamos a hachar y levantar luego un cerco
vivo sobre un bajo terraplén que elevaré alrededor del parapeto. Sé donde hay
millares de abrojos, que recogeré en el invierno o a principios de la
primavera, ya que el terraplén estará pronto para ellos a esa altura.
-Bueno, todo eso está muy bien. Pero temo que tardarás mucho en
cavar tanta tierra.
-Sí, claro; pero me sobra abono, Eduardo, y lo esparciré sobre
toda esa tierra y entonces ésta se convertirá en rico pastaje y también estará
disponible antes que la que podemos
obtener del bosque, y será muy útil para alimentar a las vacas y
terneros, y aun a Billy si lo necesitamos con urgencia.
-Todo eso es muy cierto -replicó Eduardo-. De modo que será muy
útil de todos modos, aunque no lo caves.
-Por cierto que si -replicó Humphrey-. Sólo querría que fuesen
seis acres en vez de tres.
-Yo no podría decir otro tanto -replicó Eduardo, riendo -.
Tienes ideas harto grandiosas. Piensa solamente en la cantidad de pinabetes que
debemos talar para ello, para los postes y parapetos que acabas de proponer.
Empecemos con tres acres, Humphrey, y cuando estén cercados puedes empezar a
hablar de otros tres.
-Bueno, Eduardo. Quizá tengas razón -dijo Humphrey-. Mira a
Pablo que nos sigue.
Supongo que no viene a trabajar, sino a divertirse mirando.
-No lo creo lo bastante fuerte para hacer un trabajo pesado,
Humphrey, aunque parece muy ingenioso.
-No; estoy de acuerdo contigo. Y si Pablo ha de trabajar, no
será ejecutando un trabajo que le preparen. Eso causaría su aversión inmediata.
Tengo otro plan para él.
-¿Cuál, Humphrey?
-No le propondré trabajo alguno y le haré creer que lo supongo
incapaz de hacer nada. Eso le disgustará y creo que así podré obtener de él más
trabajo del que piensas, especialmente cuando, una vez que lo haya hecho, yo le
exprese mi asombro y lo elogie.
-La idea no es mala. Influirás sobre su orgullo, que es
probablemente más fuerte que su pereza.
-No lo creo perezoso, pero sí no habituado al trabajo duro. Y
habiendo vivido una vida de vagabundaje y ocio, no será muy fácil inducirlo a
un trabajo constante y cotidiano, salvo por grados y con los medios que
propongo. Ya hemos llegado -continuó Humphrey, tirando al suelo su hacha y su
cuchillo de podar, y procediendo a quitarse su jubón-. Ahora demos cumplimiento
por un par de horas a la frase de nuestros ascendientes..., o sea: «ganarás el
pan con el sudor de tu frente».
Eduardo siguió el ejemplo de Humphrey, quitándose a su vez el
jubón. Escogieron los árboles largos y finos, más adecuados para parapetos, y
estaban trabajando concienzudamente, cuando se les acercó Pablo. Habían caído
más de una docena de árboles, desplomándose los unos sobre los otros, antes de
que se detuvieran un poco para recobrarse.
-Bueno, Pablo -dijo Humphrey, enjugándose la frente-. Supongo
que preferirás mirar, a talar árboles. Y, efectivamente, es mejor.
-¿Para qué los talan?
-A fin de hacer postes y parapetos para cercar más terreno. No
les dejaré las ramas.
-No; córtaselas poco a poco y luego pon estuas en la carreta y
llévalas a casa.
Eduardo y Humphrey reanudaron entonces su labor y trabajaron
durante otra media hora, haciendo entonces una nueva pausa para tomar aliento.
-Trabajo duro, Pablo -dijo Humphrey.
-Sí, muy duro. Pablo no ser lo bastante fuerte.
-¡Oh, no! Tú eres incapaz de hacer algo de esto, lo sé. Esto no
es trabajo para gitanos; los gitanos cogen nidos de pájaros y atrapan conejos.
-Sí -replicó Pablo, asintiendo y ustedes se los comen.
-Así es, Pablo -dijo Eduardo-. De modo que tú eres útil a tu
manera; porque si Humphrey no tuviera qué comer, no estaría en condiciones de
trabajar. El hombre fuerte abate árboles; el hombre débil atrapa conejos.
-Ambos son útiles -dijo Pablo.
-Sí; pero el hombre fuerte gusta del trabajo; el hombre débil no
gusta del trabajo, Pablo.
De modo que vuelve a mirar, porque trabajaremos un rato más.
-El hombre fuerte abate árboles; el hombre que no es fuerte
corta ramas -dijo Pablo, tomando el cuchillo de podar y poniéndose a cercenar
las ramas, cosa que hizo con gran destreza y rapidez.
Eduardo y Humphrey cambiaron miradas y sonrisas, y luego
siguieron trabajando en silencio hasta que llegó a su entender, la hora de
almorzar. No estaban errados en sus sospechas, aunque no tenían más reloj que
su apetito, que, por lo demás, les dice la hora con suma corrección a quienes
trabajan fuerte. Alicia había puesto los platos sobre la mesa y se asomaba
afuera para ver si venían.
-Vaya, Pablo... ¿Has estado trabajando? -dijo Edith.
-Sí, señorita... He trabajado toda la mañana.
-Por cierto que sí, y lo ha hecho muy bien y ha sido muy útil
-dijo Eduardo.
-Eso te ha dado apetito para el almuerzo, Pablo, ¿verdad? -dijo
Humphrey.
-Lo tengo, sin ese trabajo -respondió el muchacho.
-Pablo, eres un excelente gitanillo -dijo Edith, acariciándole
la cabeza con aire muy protector-. Te dejaré salir conmigo y llevar el cesto
para los huevos cuando vuelvas al atardecer.
-Eso sí que es un premio -dijo Humphrey, riendo.
Después del almuerzo prosiguieron su labor, y al llegar la hora
de la cena habían abatido tantos árboles que resolvieron llevarlos a casa al
día siguiente y alinearlos allí en el suelo para descubrir cuántos más
necesitarían. Mientras ponían los troncos en la carreta y los transportaban a
casa, Pablo consiguió podar las ramas y preparar las estacas para llevárselas.
Apenas hubieron talado lo suficiente, llevándose los troncos escogieron los más
cortos para postes, y cuando Pablo los hubo despojado de sus ramas, los
aserraron en las longitudes adecuadas y luego los trasladaron a la casa. Esto
ocupó casi toda la semana, y luego precedieron a cavar agujeros y a insertar
los postes en ellos. El parapeto debió ser entonces clavado a los postes, y eso
les demoró tres días más, de modo que el cercamiento de los tres acres exigió
una quincena de dura labor.
-Bueno, He aquí un buen trabajo terminado -dijo Humphrey-.
Muchas gracias por tu ayuda, Eduardo...., y gracias también a ti, Pablo, porque
nos has ayudado realmente
muchísimo y eres muy útil, muchacho. Ahora, en cuanto a levantar
el terraplén..., tendré que hacerlo cuando disponga de tiempo; pero mi jardín
está invadido por la cizaña y necesito que Edith y Alicia me ayuden allí.
-Si ya no me necesitas, Humphrey -dijo Eduardo-, creo que iré a
ver a Osvaldo y me llevaré a Pablo. Quiero saber cómo está ese Corbould y qué
dice. Y también si ha vuelto el intendente..., no porque piense acercarme a él
o a su buena hijita, pero creo que, de todos modos, puedo ir y que será una
buena oportunidad de mostrarle a Pablo el camino de la cabaña de Osvaldo.
-También yo lo creo así, y cuando vuelvas, Eduardo, uno de
nosotros tendrá que ir a Lymington, porque necesito algunas herramientas y
Pablo está muy andrajoso. Necesita mejor ropa que esa vieja que le damos si
queremos que nos haga recados. ¿No lo crees así?
-Ciertamente.
-Y yo necesito mil cosas -dijo Alicia.
-En realidad, señora... ¿No se contentaría usted con menos de
mil?
-Sí; quizá no necesite tanto como mil, pero, en verdad, me hacen
falta muchas y te haré una lista. No, tengo suficientes cazuelas para mi leche,
necesito sal, necesito artesas, pero te redactaré una lista y ya verás cuán
larga es.
-Bueno... Supongo que tendrás algo que vender para pagarlas...,
¿no es así?
-Sí; tengo mucha manteca salada. -¿Qué tienes tú, Edith?
-¡Oh!, mis pollos no están aún lo bastante crecidos. Apenas lo
estén, Humphrey ha de conseguirme algunos patos y gansos, ya que me propongo
criar algunos. Y dentro de poco tendré algunos gansos, pero no aún. Tengo que
esperar a que Humphrey me construya para ellos el nuevo alojamiento que me ha
prometido.
-Creo que tienes razón, Edith, en cuanto a los patos y gansos;
estarán a sus anchas en el agua detrás del patio y yo cavaré para ellos un
estanque más grande.
-Edith, querida mía, tus deditos están hechos para extirpar la
cizaña de mis cebollas, y yo querría que lo hicieras mañana por la mañana, si
tienes tiempo.
-Sí, Humphrey; pero mis deditos no olerán muy bien luego.
-Por lo menos, hasta que te los hayas lavado, supongo; pero hay
jabón y agua, como sabes.
-Sí, lo sé. Pero si quito la cizaña de las cebollas no puedo
ayudar a Alicia a hacer la manteca; con todo, si Alicia puede pasarse sin mí, lo
haré.
-Tengo mucha necesidad de unas semillas más y debo redactar mi
lista -dijo Humphrey-. Tengo que ir yo mismo a Lymington esta vez, Eduardo,
porque te causarán confusión todas nuestras necesidades.
-Eso no pasará si sé exactamente qué quieres; pero como en
realidad no lo sé y probablemente cometería errores, creo que lo mejor será que
vayas tú. Pero es hora de acostarse, y como debo partir temprano, buenas
noches, hermanas. Les ruego que me den algo de comer antes de partir. Trataré
de conseguir algún venado antes de volver y llevaré a Smoker conmigo. Nuestro
perro ya está perfectamente restablecido y sus costillas siguen tan fuertes
como siempre.
-Y si matas algún venado, Eduardo -dijo Alicia- deseo que
traigas algunas de esas partes que habitualmente tiras, porque te aseguro que,
ahora que tengo tres perros, apenas si consigo encontrarles suficiente
alimento.
-No dejaré de hacerlo, Alicia -dijo Eduardo-. Y ahora,
nuevamente, buenas noches.
En las primeras horas de la mañana siguiente, Eduardo tomó su
escopeta y emprendió la marcha hacia la cabaña con Pablo y Smoker.
Eduardo conversó largamente con Pablo sobre su vida anterior y a
juzgar por las respuestas que le dio el gitanillo. llegó a la conclusión de
que, a pesar de su dudosa educación, no estaba corrompido y tenía un modo de
pensar honrado. Mientras caminaban a través de un bosquecillo y Eduardo hablaba
aún, Pablo se detuvo y puso la mano ante la boca de Eduardo; luego,
inclinándose y al tiempo que asía a Smoker del cuello, señaló con el dedo. Al
principio Eduardo nada pudo distinguir, pero eventualmente percibió los cuernos
de un animal que acababa de aparecer sobre una loma. Evidentemente, pertenecía
al rebaño de los vacunos salvajes. Eduardo amartilló su escopeta y avanzó
cautelosamente,
mientras Pablo se quedaba en su sitio, conteniendo a Smoker.
Apenas se hubo acercado lo suficiente para hacer impacto en la cabeza del
animal, Eduardo apuntó e hizo fuego, y Pablo dejó en libertad a Smoker, que
saltó sobre la loma. Siguieron al perro y lo sorprendieron cuando se disponía a
asir a un ternero parado junto a una vaquillona que Eduardo había matado.
Eduardo lo llamó y se acercó al animal: se trataba de una vaquillona hermosa y
joven, y el ternero sólo contaba quince días de edad.
-Ahora no podemos detenernos, Pablo -dijo Eduardo-. A Humphrey
le gustaría tener el ternero y nosotros debemos correr nuestro albur de que
quede junto a su madre hasta que volvamos. Creo que se quedará un par de días,
de modo que sigamos adelante.
No ocurrieron más aventuras, y los jóvenes llegaron poco después
del mediodía a la cabaña de Osvaldo. El guardabosques no estaba en casa y su
esposa manifestó la creencia de que estaba en la residencia del intendente, que
había vuelto de Londres el día anterior.
-Pero yo me pondré mi capuchón y veré -dijo la señora.
A los pocos minutos volvió con Osvaldo.
-Lamento que haya venido, señor -dijo Osvaldo cuando Eduardo le
tendió la mano-, ya que acabo de ver al intendente y éste ha estado formulando
muchas preguntas sobre usted. Estoy seguro de que no cree que usted sea el
nieto de Jacobo Armitage y supone que yo conozco su verdadera identidad. Me
preguntó dónde estaba su cabaña y si yo no podía llevarlo a ella, ya que quería
hablar con usted, y dije, que usted le interesaba mucho.
-¿Y qué le contestó, Osvaldo?
-Dije que su cabaña distaba un día de viaje de aquí y que yo no
estaba seguro de conocer el camino exacto, ya que sólo había ido allí raras
veces; pero que sabía dónde encontrar la cabaña después de haber visto los
bosques de Arnwood. Le hablé de Corbould y de su tentativa de matarla y montó
en cólera. Yo nunca lo había visto impresionado hasta entonces, y la señorita
Paciencia se mostró realmente irritada y perpleja y le rogó a su padre que
alejara de aquí al agresor apenas se restableciera. El señor Heatherstone
replicó: «Deja eso por mi cuenta, querida». Me preguntó luego cómo explicaba
Corbould su caída en el foso. Le dije que Corbould manifestaba haber estado
siguiendo a un ciervo, al cual había herido de gravedad al mediodía, y que no
había podido capturarlo por falta de un perro, aun sabiendo por su sangrante
huella que no podría resistir durante mucho tiempo; que lo había seguido hasta
la caída de la noche y que lo veía ya y estaba próximo a él cuando había caído
en el foso.
-Pues la historia no estaba mal urdida -dijo, Eduardo-. Sólo
que, en vez de ciervo, léase hombre. ¿Y qué dijo el intendente al oír eso?
-Dijo que le creía a usted y que el relato de Corbould era
falso, ya que, si hubiese estado siguiendo a un ciervo, nadie se habría
enterado de su caída en el foso y estaría aún allí. Se me olvidaba
completamente agregar que, cuando el intendente dijo que quería visitar su
cabaña, la señorita dijo que iría con él, ya que usted le había
dicho que vivía con dos hermanas, y sentía muchos deseos de verlas y trabar
amistad con ellas.
-Temo que será imposible impedir esa visita, Osvaldo -dijo
Eduardo-. Heatherstone manda aquí, y el bosque está a su cargo.. Debemos
preverlo. Sólo me gustaría, si fuera posible, estar advertido de su visita,
para podernos preparar.
-Usted no necesita preparación si él viene, señor -replicó
Osvaldo.
-Muy cierto -dijo Eduardo-. Nada tenemos que ocultar. Y si nos
encuentra en un apuro, no tiene importancia.
-Tanto mejor, señor -replicó Osvaldo-. Que sus hermanas estén en
el lavadero y usted y su hermano acarreando estiércol; así será más fácil que
él no sospeche su verdadera identidad.
¿Tiene usted alguna noticia de Londres, Osvaldo?
-Todavía no. Yo estaba ausente ayer par la noche, cuando volvió
el señor Heatherstone, y no lo vi esta mañana. Mientras usted almuerza, iré a
la cocina. Y si él no está allí, estará con seguridad Hebe para decirme todo lo
que ha oído.
-No diga que estoy aquí, Osvaldo, ya que no quiero verme con el
intendente.
-Está bien, señor; pero usted debe quedarse en la cabaña o lo
verán otros, y Heatherstone se enterará de su presencia.
La esposa de Osvaldo le puso entonces delante un gran pastel y
una hogaza de pan de trigo, con una jarra de buena cerveza. Eduardo le sirvió
una buena porción a Pablo y luego llenó su propio plato. Mientras se ocupaban
de esto, Osvaldo Partridge había salido de su cabaña, según lo convenido.
-¿Qué me dices, Pablo? ¿Crees poder regresar a pie esta noche?
-Sí. Me gusta caminar de noche. Como les gusta a los míos, que
duermen de día.
-Bueno, creo que lo mejor será irse a casa. Osvaldo tiene una
sola cama y yo no quiero que sepan que estoy aquí; de modo que ahora debemos
comer abundantemente. Pablo, y entonces no nos sentiremos tan fatigados. Quiero
volver a casa para poder enviar a Humphrey por el ternero.
-Aquí hay una cama, quédese -dijo Pablo-. Yo me vuelvo a casa y
se lo digo al señorito Humphrey.
-¿Crees poder hallar el camino, Pablo?
-Cuando recorro un camino, ya lo conozco para siempre.
-Eres un muchacho inteligente, Pablo, y pienso ponerte a prueba.
Ahora toma un poco de cerveza. Opino, Pablo, que debes ir a casa y decirle a
Humphrey que yo y Smoker estaremos donde yace muerta la vaquillona y que la
haremos desollar mañana a las nueve de la mañana; de modo que, si él viene, me
encontrará allí.
-Sí; iré ahora mismo.
-No, ahora no; debes descansar un poco más.
-Pablo no cansado -replicó el gitanillo, levantándose-. Volver
después de la cena.
Mientras voy a mirar al ternero y vaca muerta... Ver si ternero
se queda con madre.
-Bueno. Si lo quieres, puedes hacerlo ahora -dijo Eduardo.
Pablo asintió y desapareció.
A los pocos minutos, Osvaldo hizo su aparición.
-¿Se ha ido ese muchacho?
-Sí. Ha vuelto a la cabaña.
Y Eduardo centó cómo había matado a la vaquillona y que quería
conseguir el ternero.
-Se me ocurre que ese muchacho les resultará a ustedes muy útil
si saben manejarlo.
-También yo lo creo -replicó Eduardo-. Y me alegro de notar que
ya siente apego por todos nosotros. Lo tratamos como si fuera de la familia.
-Tiene razón. Y ahora, las noticias que tengo para usted. El
duque de Hamilton, el conde de Holland y lord Capel han sido juzgados,
condenados y ejecutados.
Eduardo suspiró.
-¡Más asesinatos! Pero debíamos esperarlo de los que han matado
a su rey. ¿Eso es todo?
-No. El rey Carlos II ha sido proclamado en Escocia y se lo ha
invitado a venir.
-Eso sí que es una noticia -replicó Eduardo-. ¿Dónde está ahora?
-En La Haya. Pero dijo que iba a París.
-¿Eso es todo lo que ha oído decir?
-Sí; lo que se decía cuando el señor Heatherstone estaba en la
ciudad. Su criado Sansón me dijo las noticias, y agregó que «el viaje de su
padre a Londres era para oponerse a la ejecución de los tres lores, pero que
todo había sido inútil».
-Bueno -replicó Eduardo-. Si el rey viene, habrá algún trabajo
para todos nosotros, seguramente. Sus noticias me han dado fiebre -continuó el
joven, tomando la jarra y bebiendo un gran trago de cerveza
-Lo suponía -replicó Osvaldo-. Pero hasta que llegue la hora,
cuanto más sosegado se conserve usted, mejor.
-Sí, Osvaldo. Pero no puedo hablar más; necesito estar solo para
pensar. Tengo que ir a la cama, ya que debo madrugar. ¿Se está restableciendo
ese Corbould?
-Sí, señor. Se ha levantado y anda a ratos con un bastón; pero
renguea y seguirá rengueando durante algún tiempo.
-Buenas noches, Osvaldo; si tengo algo que decirle le escribiré
y le mandaré la misiva con ese muchacho. No quiero que vuelvan a verme por
aquí.
-Será mejor, señor. Buenas noches. Pondré a Smoker en la perrera
de la derecha, ya que no trabaría mucha amistad con los demás perros.
Eduardo se retiró, acostándose, pero no para dormir. Los
escoceses habían proclamado al rey, invitándolo a venir. «Sin duda vendrá
-pensó Eduardo-, y lo rodeará un ejército apenas desembarque». El joven decidió
unirse al ejército apenas llegara la noticia del desembarco del rey, y entre
sus cavilaciones sobre si podría hacerlo y sus castillos en el aire sobre lo
que haría, tardó en quedarse dormido. Y cuando lo hizo soñó con batallas y
victorias. Cargaba a la cabeza de sus tropas, estaba rodeado de moribundos y
muertos, y luego no se sabe cómo volvía a restablecerse, como por arte de
magia. Y luego cambió la escena y se vió salvando a Paciencia Heatherstone de
sus propios soldados sin ley y salvándole la vida a su padre, próximo a ser
sacrificado. Y finalmente despertó y notó que la luz del día asomaba por las
ventanas y que había dormido más de lo que se proponía. Se levantó y se vistió
rápidamente, y sin esperar el desayuno se fue a la perrera, liberó a Smoker de
su cautiverio y emprendió el regreso.
Antes de las nueve de la mañana había llegado al sitio dande
yacía la vaquillona. El ternero seguía aún a su lado, balando y rondando con
desasosiego. Cuando Eduardo se acercó con el perro, el ternero se alejó un poco
y esperó. Eduardo sacó su cuchillo, y comenzó a desollar a la vaquillona y
luego le sacó las entrañas. El animal estaba completamente fresco y sano, pero
no muy gordo, como podría suponerse. Mientras hacía esto, Smoker gruñó y se
abalanzó hacia la cabaña, y Eduardo pensó que Humphrey debía estar cerca. A los
pocos minutos, entre los árboles apareció el petiso arrastrando la carreta y
Smoker saltando hacia su amigo Billy.
-Buenos días, Humphrey -dijo Eduardo-. Estoy casi pronto,
pero..., ¿cómo hemos de llevar al ternero? Es salvaje como un ciervo.
-Será difícil si Smoker no puede derribarlo -dijo Humphrey.
-Yo lo dominaré con Smoker -dijo Pablo.
-¿Cómo te las compondrás, Pablo?
Pablo fue hacia la carreta y sacó una cuerda larga y fina que
trajera Humphrey, e hizo un lazo en su extremo; arrolló la cuerda en su mano y
luego la tiró cuan larga era, a modo de ensayo.
-Así conseguiré dominarlo, con tal de acercarme lo suficiente.
Así se sujeta a los toros en España... A esto lo llaman lazo. Ahora vengan
conmigo.
Pablo volvió a arrellar la cuerda y se ubicó del otro lado del
ternero, que mugía aún a unos doscientos metros de distancia.
-Ahora dígale, a Smoker -exclamó Pablo.
Humphrey lanzó a Smoker contra el ternero, que retrocedió,
oponiendo la cabeza a su embestida; Pablo se mantuvo detrás del animal,
mientras Smoker lo atacaba y lo empujaba hacia él.
Apenas el ternero, tan atareado con el perro que no había
advertido a Pablo, se le aproximó lo suficiente, Pablo arrojó su lazo y apresó
el pescuezo del animal. El ternero galopó hacia Humphrey y arrastró en pos a
Pablo, ya que este último, no era lo bastante fuerte para sujetarlo.
Humphrey acudió en su ayuda y luego lo hizo Eduardo, y el
ternero fue derribado por Smoker, que lo aferró del cuello, y el animal fue
amarrado y puesto en la carreta en pocos minutos.
-¡Buen trabajo, Pablo! Eres un muchacho inteligente -dijo
Eduardo-, y este ternero será tuyo.
-Es una ternera -dijo,Humphrey- . Lo cual me alegra. Pablo, te
has portado muy bien, y, como dice Eduardo, este animal te pertenece.
Pablo pareció complacido, pero nada dijo.
La carne y el cuero de la vaquillona fueron colocados en la
carreta con algunos de los desechos pedidos por Alicia para los perros, y
emprendieron el regreso.
Humphrey se sentía muy ansioso de ir a Lymington y no lamentó
llevarse alguna carne. Resolvió partir a la mañana siguiente, y Eduardo propuso
llevarse consigo a Pablo, para que conociera el camino en caso de emergencia,
porque ambos presentían que el gitanillo era
digno de confianza. Eduardo dijo que se quedaría en casa con sus
hermanas y trataría de serle útil en algo a Alicia; en caso contrarios habría
trabajo en el jardín.
Humphrey y Pablo se fueron después del desayuno con Billy,
llevándose la carne y la piel de la vaquillona en la carreta. Humphrey tenía
también un gran cesto de huevos y tres docenas de pollos que le diera Alicia y
que debía vender, y una lista, larga como la cauda de un cometa, de cosas que
él y Edith necesitaban. Afortunadamente, a pesar de su extensión, en la lista
no había cosas muy costosas; pero las mujeres de entonces necesitaban agujas,
alfileres, botones, cintas métricas, estambre, hilo y cien cosas más, lo mismo
que ahora. Apenas se hubieron ido, Eduardo, que seguía construyendo sus
castillos en el aire, en vez de ofrecerle sus servicios a Alicia sacó la espada
de su padre y empezó a limpiarla. Cuando la hubo limpiado a satisfacción, se
sintió menos ganoso que nunca de hacer algo; de modo que, después del almuerzo,
tomó su escopeta y se internó en el bosque, para poder abandonarse a sus
sueños. Siguió andando, absolutamente inconsciente de la dirección que seguía,
y más de una vez una rama inadvertida le había hecho saltar el sombrero de la
cabeza -por la mejor de las razones posibles, ya que tenía les ojos fijos en el
suelo-, cuando resonó en sus oídos el relincho de un caballo. Miró y advirtió
que estaba cerca de una manada de petisos salvajes, la primera que veía en el
bosque. Esto lo hizo volver en sí y miró en torno.
«¿Dónde he estado vagando? -pensó-. Hasta ahora, jamás me había
topado con uno de los petisos del bosque; de modo que debo haber tomado una
dirección completamente opuesta a la de costumbre. No sé dónde estoy: el
paisaje es nuevo para mí. ¡Qué estúpido soy! Es una suerte que sólo Humphrey
cave trampas, porque, en caso contrario, yo estaría probablemente en una de
ellas a esta altura. Y he llevado mi escopeta y dejado el perro en casa. Bueno,
supongo que podré encontrar el camino de regreso..»
Eduardo examinó a toda la manada de petisos, que no estaban muy
lejos. Entre ellos había un par de buenos caballos, que parecían ser los jefes
de la manada. Permitieron que Eduardo se les acercara a unos doscientos metros,
y entonces, las crines y las colas al viento, se alejaron al galope.
«Ahora sorprenderé a Humphrey cuando vuelva -pensó Eduardo-.
Dice que Billy se está volviendo viejo y que quisiera tener otro petiso. Le
diré cuán numerosos son y prepondré que invente la manera de atrapar alguno. El
problema será difícil para él; pero estoy seguro de que lo intentará, porque es
muy ingenioso. Y ahora..., ¿qué camino tomo para volver a casa? Creo que
debiera dirigirme al norte. Pero..., ¿dónde queda el norte? Porque el sol no ha
salido y ahora noto que quiere llover. ¿Desde cuándo estaré andando? Con
seguridad que no lo sé.»
Entonces Eduardo siguió presurosamente una dirección que
consideraba podría llevarlo a su casa, y caminó con rapidez; pero reincidió en
su hábito de construir castillos en el aire, y se dijo:
«¡El rey proclamado en Escocia! Vendrá, desde luego. Me uniré a
su ejército, y entonces...»
Así prosiguió su camino, absorbido nuevamente por las noticias
sabidas por medio de Osvaldo, hasta que se recobró súbitamente y advirtió que
había perdido de vista el matorral de la alta colina, al cual había estado
dirigiendo sus pasos. ¿Dónde estaría aquello? dio vueltas y más vueltas y
finalmente descubrió que se había estado alejando del matorral. «No debo seguir
soñando -pensó-. Si me abandono a nuevos sueños, no dormiré ni soñaré
ciertamente esta noche. Está escureciendo ya y heme aquí, perdido en el bosque,
todo por culpa de mi estupidez. Si las estrellas no brillan, no sabré cómo
orientar mis pasos; en verdad, aunque brillen, no sabré si he caminado hacia el
sur o el norte, y lo cierto es que estoy en un buen aprieto... Y no porque me
importe estar en el boscue durante una noche como ésta; pero mis hermanas y
Humphrey se sentirán alarmados por mi ausencia. Lo mejor que puedo hacer, es
resolver si me conviene seguir en línea recta y hacerlo. Entonces saldré de una
vez del bosque, aunque lo cruce transversalmente. Eso será mejor que retroceder
y avanzar, o dar vueltas, como lo haría de otro modo, como un cachorro que
intenta morderse su propia cola. ¡De modo que brillad, estrellas!»
Eduardo esperó a que se distinguiera la Osa Mayor, que conocía
muy bien, y luego la estrella polar. Apenas se hubo cerciorado de la presencia
de ambas, resolvió orientarse por ellas dirigiéndose al norte, y así lo hizo,
viajando a veces con rapidez y en otras ocasiones con un trote constante
durante cerca de un kilómetro sin detenerse. Mientras tanto, observó debajo de
algunos árboles una chispa. Al principio, creyó que se trataba de una
luciérnaga, pero aquello parecía más bien el choque de un pedernal contra el
acero.. Y cuando vió aquello por segunda vez, se detuvo para poder cerciorarse
de qué se trataba antes de seguir avanzando.
Capítulo XV
Reinaba ya una intensa niebla, pues no había luna y las
estrellas eran oscurecidas a menudo por las nubes, densas y traídas por el
viento, que estaba muy alto. La luz reapareció y esta vez Eduardo oyó el choque
del pedernal contra el acero y tuvo la certeza de que alguien encendía una luz.
Avanzó muy cautelosamente y llegó hasta un gran árbol, detrás del cual se quedó
para reconocer el terreno. Aquella gente, sean quienes fueren, no estaban a más
de unos treinta metros de él. Una luz proyectó sus rayos durante un par de
instantes, y Eduardo pudo distinguir a una figura arrodillada que sujetaba su
sombrero para protegerlo del viento; luego aquello brilló más y vio que habían
encendido una linterna, y repentinamente volvió a reinar la oscuridad. De modo
que Eduardo se convenció inmediatamente de que habían encendido y luego cerrado
una linterna sorda. Desde luego, no tenía la menor idea de quién era aquella
gente; pero resolvió averiguarlo, si podía, antes de abordarlos y preguntarles
qué camino debía seguir.
«No tienen perro -pensó-, porque habría gruñido ya, y es una
suerte que tampoco yo lo haya llevado conmigo.»
Después de esto, Eduardo se acercó silenciosamente,
arrastrándose. El viento, que era fuerte, soplaba desde donde estaban hacia el
sitio donde se hallaba Eduardo, de modo que había menos probabilidades de que
lo oyeran acercarse.
El joven avanzó sobre las manos y las rodillas y se arrastró por
el helechal hasta llegar a otro árbol, a diez metros de los desconocidos, desde
donde podría oír su plática. Tomaba estas precauciones porque Osvaldo le había
dicho que en el bosque habían sentado sus reales muchos soldados dispersos, que
habían cometido diversas depredaciones en las casas contiguas, volviendo
siempre al bosque como si se tratara de un lugar de cita. Eduardo escuchó y le
oyó decir a uno de ellos: -¡No es hora aún! No no. Demasiado pronto. Falta
media hora o más. La gente de Lymington que les compra lo que necesitan se lo
trae siempre de noche, para que no descubran su refugio. A veces no abandonan
la cabaña hasta dos horas después de anochecer, porque no dejan Lymington para ir
allí hasta que oscurece.
-¿Sabes quién los provee de alimento?
-Sí. La gente de la posada de la calle Parliament..., no
recuerdo el nombre del letrero.
-¡Oh, ya sé! ¡Sí, el posadero es un perfecto realista en el
fondo! Podríamos exprimirlo muy bien si nos atreviéramos a mostrarnos en
Lymington.
-Sí, pero ellos nos exprimirían el cuello más de lo agradable,
supongo -replicó el otro.
-¿Estás seguro de que tiene dinero?
-Completamente seguro, porque he atisbado por entre las
hendiduras de las persianas y le he visto pagar las cosas que le traían. Lo
sacaba de una bolsa de lona y aquello era oro.
-¿Y dónde puso la bolsa después de pagarles?
-No sabría decírtelo. Porque sabiendo que saldrían poco después
de cobrar, me vi obligado a batirme en retirada para que no me vieran.
-Bueno... ¿Cómo haremos eso?
-Debemos empezar por llamar a la puerta y tratar de que nos
admitan como viajeros extraviados. Si eso no logra éxito -y temo que así sea-
mientras tú sigues insistiendo en que te dejen entrar ante la puerta y distraes
su atención, probaré la puerta de atrás que lleva al jardín, y si no la puerta,
probaré la ventana. He examinado bien ambas y he estado fuera cuando él cerraba
sus persianas y conozco los cierres. Después de sacar un panel, podría abrirlas
de inmediato.
-¿Hay alguien más fuera de él en la cabaña?
-Sí, un muchacho que lo cuida y va a Lymington por él.
-¿No hay mujeres?
-Ni una.
-Pero... ¿crees que bastaremos los dos? ¿No será mejor conseguir
alguna ayuda? Están Broom y Black el gitano, en el lugar de la cita. Puedo ir
por ellos y volver a tiempo. Son intrépidos y leales.
-Bastante intrépidos, pero no leales. No, no. No quiero socios
en este negocio y ya sabes lo mal que se portaron en el último asunto. Juraría
que sólo exhibieron la mitad en el último robo. Me gusta el honor entre
caballeros y soldados, y es por eso que te he elegido a ti. Sé que puedo
confiar en ti, Benjamín. Bueno... ¿Qué me dices? Somos dos contra uno, ya que
no, cuento al niño. ¿Partimos?
-Te acompaño. Dices que hay una bolsa de oro y vale la pena de
pelear por eso.
-Sí, Ben, y te diré: con lo que tenemos enterrado y mi parte de
esa bolsa, creo que tendré bastante. Y me iré a los Países Bajos, porque
Inglaterra se está volviendo harto caliente para mí.
-Pues yo no iré aún -respondió Benjamín-. No me gustan tus
tierras extrañas; no hay buena cerveza y no entiendo su lenguaje. Prefiero
quedarme en la vieja y alegre Inglaterra, donde me espera el dogal de la horca,
a pasarme la vida con un grupo de individuos que no beben más que Schiedam y
usan veinte pares de polainas. Ven, partamos. Si conseguimos el dinero, tú irás
a los Países Bajos, Will, y yo me dirigiré al norte, donde no me conocen...,
porque si tú te vas no me quedo aquí.
Entonces, ambos desconocidos se levantaron, y el que se llamaba
Will se cercioró pronto de si la vela de la linterna sorda ardía bien, y luego,
ambos emprendieron la marcha, seguidos por Eduardo, que había oído lo
suficiente para sospechar que se proponían un robo... sino un asesinato. El
joven los siguió, de modo tal que las figuras de ambos no se le perdieran de
vista, ya que esto era lo más que podía hacer a veinte metros de distancia.
Afortunadamente, el viento era tan violento que ellos no oyeron sus pasos,
aunque Eduardo pisaba a menudo una ramita podrida, que causaba un chasquido al
quebrarse. Por lo que Eduardo podía barruntar, les había seguido el rastro por
espacio de unos cinco kilómetros, cuando se detuvieron y notó que examinaban
sus pistolas, que sacaron del cinto. Luego prosiguieron la marcha y entraron en
una pequeña plantación de robles, cuya vegetación databa de unos cuarenta
años..., muy gruesa y oscura, con tupida maleza debajo. Cruzaron el uno tras
del otro un angosto sendero hasta llegar a un claro situado en el centro de la
plantación, en que se erguía una baja cabaña, rodeada de espesura por todas
partes, salvo unos treinta metros de tierra. Todo estaba en silencio y la
tiniebla era impenetrable. Eduardo se quedó detrás de los árboles y cuando
ambos volvieron a detenerse, estaba a menos de dos metros de ellos. Se
consultaron en voz baja, pero el viento era tan fuerte que el joven no pudo
percibir claramente sus palabras. Por fin, avanzaron hacia la cabaña y Eduardo,
que permanecía aún entre los árboles, cambió de posición para estar frente a la
pared lateral de la vivienda. Observó que uno de los hombres se acercaba a la
puerta principal, mientras que el otro daba la vuelta arrimándose a la puerta
trasera, de acuerdo con lo convenido. Eduardo abrió la cazoleta de la llave de
su arma y se cercioró de la carga y luego esperó lo que ocurriría, Oyó al
hombre llamado Will que, en la puerta principal, hablaba y pedía hospitalidad
con voz quejumbrosa pero sonora, y a poco advirtió una luz entre las hendiduras
de las persianas..., ya que Eduardo cambiaba constantemente de
posición para ver qué ocurría en el frente de la casa o en sus
fondos. Por un momento pensó en apuntar con su escopeta y en matar
inmediatamente a uno de aquellos hombres, pero no pudo resolverse a hacerlo, ya
que, aunque los desconocidos se habían propuesto un asalto a mano armada, no lo
habían cometido aún. De modo que esperó pasivamente a que ejecutaran el ataque,
momento en que decidiría acudir en socorro de los ocupantes de la casa. Después
de suplicar por espacio de algunos minutos que le abrieran la puerta, el hombre
del frente comenzó a golpear ésta y a redoblar con los puños, como si se
propusiera conseguirlo por la fuerza, pero esto sólo era para llamarles la
atención a los moradores y distraerlos así de las tentativas del otro para
entrar por la zaga. Eduardo advirtió esto; ahora observó lo que estaba
ocurriendo en los fondos. Al acercarse más, cosa que se arriesgó a hacer ahora
que ambos hombres estaban tan ocupados, notó que el desconocido de los fondos
había conseguido abrir la ventana contigua a la puerta trasera y permanecía
junto a ella con una pistola en la mano, no queriendo al parecer correr el
riesgo de trepar a la ventana. Eduardo se deslizó bajo los colgadizas de la
cabaña, a dos metros escasos del desconocido, que seguía dándole parcialmente
la espalda. Después de comprobar que había logrado ubicarse en aquella posición
sin ser advertido, el joven se agazapó con la escopeta pronta.
Mientras permanecía así, oyó gritar a una voz chillona:
-¡Están entrando por detrás!
Y hubo ruido de movimiento en la cabaña. El hombre próximo a
Eduardo, que tenía la pistola en la mano, pasó el brazo por la ventana y
disparó al interior. Se oyó un gemido y Eduardo disparó su escopeta contra el
cuerpo del hombre, que cayó de inmediato. El joven volvió a cargar el arma en
un abrir y cerrar de ojos y en el ínterin oyó que alguien violentaba la puerta
del frente y rumor de detonaciones; luego el silencio reinó, por unos instantes
y sólo se oyó gemir a alguien dentro. Apenas hubo vuelto a cargar el arma,
Eduardo dio la vuelta hasta el frente de la cabaña, donde encontró al llamado
Ben tendido sobre el umbral de la puerta abierta. El joven pasó por sobre el
cuerpo y al mirar el interior del aposento, advirtió un cuerpo tendido en el
suelo y a un adolescente que lloraba sobre él.
-No se alarme. Soy un amigo -dijo Eduardo, acercándose adonde se
hallaba el cuerpo, y tomando la luz que estaba en el otro extremo del aposento
la puso en el suelo, para poder examinar el estado de aquella persona que
respiraba pesadamente, y al parecer estaba herida de gravedad. -Levántese,
muchacho, y déjeme ver si puedo servir de algo.
-Ah, no! -exclamó el adolescente, apartándose de las sienes el
largo cabello-. ¡Se está desangrando y morirá.
-Tráigame pronto un poco de agua -dijo Eduardo- mientras busco
la herida.
El muchacho corrió en procura de agua y Eduardo descubrió que la
bala había penetrado en el cuello, por sobre la clavícula, y que la sangre
brotaba de la boca de aquel hombre, a quien el derrame sofocaba. A pesar de su
ignorancia en punto a cirugía, Eduardo pensó que semejante herida debía ser
mortal, pero el hombre no sólo estaba vivo, sino sensible y aunque no lograba
preferir una sola palabra, hablaba con los ojos y con señas. Alzó la mano
y se señaló primero a sí mismo y meneó la cabeza, como para dar
a entender que para él todo había terminado, y luego volvió la cabeza, como
buscando al muchacho, que ahora había vuelto con el agua. Cuando éste se hubo
arrodillado a su lado, sollozando, amargamente, el hombre lo señaló, y lo hizo
con aire tan implorante que Eduardo comprendió de inmediato lo que quería:
protección para el niño. Aquello no era susceptible de dos interpretaciones
y... ¿qué podía hacer Eduardo sino prometérselo al moribundo? Su generoso
temperamento no pudo rehusarlo y dijo:
-Ya comprendo; usted quiere que yo cuide de su niño cuando no
esté en el mundo. ¿No es así?
El herido hizo un signo de asentimiento.
-Le prometo que lo haré. Lo llevaré a vivir con mi propia
familia y lo compartirá todo con nosotros,
El hombre volvió a alzar la mano y en sus facciones se advirtió
un destello de gozo cuando tomó la mano del muchacho y la puso en la de
Eduardo. Sus ojos se fijaron luego en éste, como para investigar su carácter
estudiando sus facciones, mientras el joven le bañaba las sienes y le lavaba la
sangre de la boca con el agua traída por el muchacho, que parecía poseído, por
una pena tan violenta que le paralizaba los sentidos. Al minuto o dos, otro
derrame de sangre sofocó al herido, que después de breve lucha se desplomó
muerto.
«¡Ha muerto! -pensó Eduardo-. Y... ¿qué hacer ahora? Debo
empezar por asegurarme de si los dos villanos están muertos o no.»
Eduardo tomó una luz y examinó el cuerpo de Ben, tendido sobre
el umbral; aquel hombre estaba muerto, ya que la bala le había penetrado en el
cráneo. Eduardo empezó a dar la vuelta a la cabaña para indagar el estado del
otro hombre, contra quien disparara él mismo, pero el viento estuvo a punto de
apagarle la luz y por ello volvió a la habitación y dejó la linterna en el
suelo, cerca del sitio en que el muchacho yacía insensible sobre el cadáver del
hombre que muriera en los brazos de Eduardo y luego salió sin luz, y con su
escopeta, dirigiéndose al otro lado de la cabaña, donde cayera el otro ladrón.
Cuando se acercaba, oyó que una débil voz decía:
-¡Ben, Ben, un poco de agua por amor de Dios! ¡Ben, soy hombre
acabado!
Eduardo, sin responder, volvió al aposento en procura de agua,
que le llevó al herido y se la acercó a los labios. Se sentía obligado por
razones de humanidad a obrar así con un moribundo, por bribón que fuese. La
oscuridad persistía, pero no era tan densa como antes, porque la luna acababa
de salir.
El hombre bebió el agua ávidamente y dijo:
-Ben, ahora puedo hablar, pero por poco tiempo.
Luego volvió a acercarse el cuenco y después de haber bebido,
dijo, en frases entrecortadas:
-Siento que..., que me estoy desangrando mortalmente... por
dentro.
Luego hizo una pausa.
-Ya sabes, el roble..., herido por el rayo..., a un kilómetro y
medio al norte... de esto. ¡Oh, me muero pronto! Tres metros al sur del
roble... enterré todo mi dinero. Es tuyo. Oh, otro trago.
El hombre procuró nuevamente beber del cuenco ofrecido por
Eduardo, pero cuando hacía la tentativa, cayó hacia atrás con un gemido.
Eduardo, advirtiendo que había muerto, volvió a la cabaña en
busca del muchacho, que seguía postrado abrazando el otro cadáver. Entonces el
joven meditó sobre lo que podía hacer. A poco decidió arrastrar afuera el
cadáver del llamado Ben y cerrar luego la puerta. Hizo esto no sin dificultad y
luego aseguró la ventana que había sido forzada desde fuera. Antes sacó al
muchacho, que yacía con el rostro oculto sobre el cadáver, y parecía sumido en
un estado de insensibilidad. Aunque su vestimenta era sencilla, su cuerpo no
era evidentemente el de un rústico. Las facciones eran bellas y tenía
cuidadosamente recortada la barba; las manos eran blancas y los dedos largos, y
a todas luces jamás habían sido usadas para el trabajo. Evidentemente, era una
persona de rango, disfrazada de rústico, y esto estaba corroborado por la
conversación sostenida por los dos ladrones. «¡Ay! -pensó Eduardo-. La familia
de Arnwood no parece ser la única gente disfrazada de este bosque. ¡Pobre
muchacho! No debe quedarse aquí». El joven miró a su alrededor y notó un lecho
en el cuarto contiguo, cuya puerta estaba abierta; alzó en vilo al muchacho y
lo llevó al cuarto, casi insensible, y lo depositó en el lecho. Después fue por
más agua, que encontró, y le echó en la cara y vertió en su boca. Gradualmente
el muchacho empezó a moverse y se recobró de su estupor, y entonces Eduardo le
acercó el agua a la boca y le hizo beber un poco, y luego, al recordar
bruscamente lo sucedido, lanzó un gemido de sufrimiento y estalló en un
paroxismo de lágrimas. Unas terminaron en sollozos convulsivos y sordos
gemidos. Eduardo sintió que no podía hacer más por el momento y que era
preferible dejarlo por un tiempo para que desahogara su pena. El joven se sentó
sobre un escabel junto al huérfano y se quedó algún tiempo sumido en hondas y
melancólicas cavilaciones.
«¡Cuán extraño es -pensó finalmente- que yo sienta ahora tan
poco, rodeado, como estoy por la muerte, si se lo compara con lo que sentí al
morir el buen viejo Jacobo Armitage! Entonces quedé profundamente conmovido y
la muerte me inspiró terror. Ahora, ya no la temo. ¿Será porque amaba al buen
viejo y sentía que acababa de perder a un amigo? No. La causa no puede ser ésa;
quizá yo sintiera más pena, pero no dolor ni turbación. ¿O será porque era la
primera vez que veía a la muerte y es la primera visión de la muerte la que
impresiona? ¿O porque me he imaginado a diario en el campo de batalla, con
centenares de muertos y heridos yaciendo a mi alrededor, en mis sueños.? No lo
sé. El pobre Jacobo murió apaciblemente en su lecho, corro un buen cristiano y
confiando, después de una vida sin tacha, en hallar piedad por intercesión de
su Salvador. Dos de éstos que han muerto ya, de los tres, han sido llamados al
cielo en el pináculo de su maldad y en la ejecución misma
del crimen, el tercero ha sido suciamente asesinado, y de los
tres que yacen muertos, uno ha caído por mi propia mano, y con todo no siento
tanto como cuando concurrí al lecho de su muerte y escuché las palabras de
despedida de un cristiano moribundo. No puedo explicarlo ni razonar el porqué.
Sólo sé que es así y ahora miro la muerte con despreocupación. Bueno, se trata
de una especie de preparación para el asesinato en masa y los horrores del
campo de batalla, por los que he suspirado, durante tanto tiempo..., y Dios me
perdone si he hecho mal. ¡Y ese pobre muchacho! He prometido protegerlo y lo
haré. Si dejara de cumplir mi promesa, supongo que el espíritu de su padre (ya
que presumo lo es) miraría desde el cielo y me regañaría. No, no. Lo protegeré.
Yo y mi hermano y hermanas hemos sido conservados y protegidos y yo sería en
realidad un infame si no hiciera por les demás lo que han hecho por mí. Y ahora
meditemos en lo que se puede hacer. No debo llevarme al muchacho y sepultar los
cadáveres; esa persona tiene amigos en Lymington y esos amigos vendrán aquí. El
asesinato ha tenido lugar en el bosque; de modo que debo informar al intendente
sobre lo sucedido. Le avisaré a Osvaldo; Humphrey irá a llevarle el recado.
¡Pobre muchacho! ¡Cuán ansiosos deben estar él y mis hermanitas al ver que no
vuelvo! Yo lo había olvidado por completo, pero eso no tiene remedio. Esperaré
a que amanezca y veremos si el muchacho vuelve un poco en sí y es probable que
me diga en qué parte del bosque estoy».
Eduardo tomó la vela y entró en el cuarto donde dejara al
muchacho sobre la cama. Lo encontró sumido en profundo sueño. «Pobrecito -
pensó Eduardo-. Ha olvidado, por breve tiempo su dolor. ¡Qué gallardo es! Ansío
conocer su historia. Duerme, pobrecito; te hará bien». Eduardo volvió al otro
aposento y recordó, o mejor dicho algo le recordó que no había cenado y que el
amanecer estaba próximo. Miró el interior de un aparador y encontró abundantes
provisiones y algunas botellas de vino y comió con apetito. «Hace mucho que no
pruebo el vino -pensó- y pasará mucho tiempo antes de que vuelva a beberlo.
Tengo pocas ganas de beberlo ahora; es demasiado ardiente para el paladar.
Recuerdo, cuando niño, las ocasiones en que mi padre solía sentarme a la mesa y
me daba una copa de clarete, que yo apenas si podía elevar hasta mis labios,
para beber a la salud del rey». El recuerdo del rey evocó otros pensamientos en
la mente de Eduardo y éste volvió a sumirse en una de sus ensoñaciones, que
duraron hasta que empezó a dormitar. Despertó al oír la voz del muchacho, que
entre sueños había gritado: «¡Padre!». Eduardo se sobresaltó y advirtió que el
sol estaba alto desde hacía una hora y que debía haber dormido algún tiempo.
Abrió suavemente la puerta de la cabaña, miró los dos cadáveres y luego salió
para inspeccionar la ubicación de la cabaña, que apenas si había distinguido
durante la noche. Descubrió que estaba rodeado por un matorral de árboles y
maleza, tan tupidos y densos que no advertía salida en ninguna dirección. «¡Qué
sitio para ocultarse! -pensó Eduardo-. Pero, con todo esos merodeadores lo
descubrieron. Las tropas de caballería podrían registrar el bosque por espacio
de meses y no descubrir jamás semejante escondite». Eduardo caminó, bordeando
el flanco del bosque para encontrar el sendero por donde habían entrado los
ladrones cuando él los siguiera, y finalmente la consiguió. Siguió el sendero
del matorral hasta su fin y volvió a internarse en el bosque, pero el paisaje
que lo rodeaba le era desconocido y no tenía la menor idea de qué parte del
bosque era aquélla. «Debo interrogar al muchacho -se dijo-. Volveré y lo
despertaré, porque es hora de que me ponga en marcha». Cuando se estaba
internando en el bosque, oyó que un perro empezaba a ladrar, como si estuviera
sobre un rastro. El rumor se le acercó cada vez más y Eduardo se quedó para ver
qué sería aquello. Al cabo de un momento advirtió a su propio perro, Smoker,
que salía saltando de
un bosquecillo próximo, seguido por Humphrey y Pablo. Eduardo
los llamó a gritos. Smoker saltó hacia él, cubriéndolo de caricias, y al cabo
de un instante el joven estaba en los brazos de Humphrey.
-¡Oh, Eduardo! ¡Déjame antes que nada, agradecerle a Dios! -dijo
Humphrey, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas-. ¡Qué noche hemos
pasado? ¿Qué ha ocurrido? El bueno de Pablo pensó en poner sobre la pista a
Smoker; le mostró tu chaqueta y se la hizo oler y luego lo condujo hasta tus
pisadas. Y el perro lo siguió, por lo visto, a pesar de haber estado dando
vueltas en todas direcciones, hasta que finalmente nos trajo hasta ti.
Eduardo le estrechó la mano a Pablo y le dio las gracias.
-¿A qué distancia estamos de la cabaña, Humphrey?
-Unos doce kilómetros me parece, Eduardo..., no más.
-Bueno, pues tengo mucho que decirte y debo decírtelo en pocas
palabras antes de proseguir y luego te lo contaré en detalle.
Eduardo narró entonces sucintamente lo ocurrido y habiendo
preparado a Humphrey y a Pablo para lo que verían, los guió por la espesura
hasta la cabaña allí escondida. Humphrey.y Pablo se sintieron muy impresionados
por la carnicería que se presentó ante sus ojos, y después de haber mirado los
cadáveres empezaron a consultarse sobre lo mejor que se podía hacer.
La proposición de Eduardo de que Humphrey fuese a comunicarle lo
sucedido a Osvaldo, a fin de que se lo hiciese saber al intendente, fue
aceptada de buena gana, y se convino en que Pablo volvería para comunicarles a
Alicia y Edith que Eduardo estaba a salvo.
-Pero... ¿en cuanto a ese muchacho, Humphrey? No podemos dejarlo
aquí.
-¿Dónde está?
-Duerme aún, supongo. La cuestión es saber si irás con el petiso
o si caminarás y le dejarás a Pablo que vuelva con el petiso y la carreta,
porque yo no me llevaré a ese muchacho ni abandonaré la casa sin retirar los
bienes que le pertenecen y sobre los cuales lo interrogaré cuando despierte.
Además, según manifestaron los ladrones, hay dinero, y hay que cuidar de éste
en beneficio del muchacho.
-Creo que lo mejor será que yo vaya a pie, Eduardo. Si voy a
caballo llegaré a hora demasiado tardía para que pueda hacerse algo antes de la
mañana siguiente, pero si voy andando llegaré con suficiente tiempo, de modo
que eso está solucionado. Además, eso te dará más tiempo para retirar los
efectos del muchacho, que, ya que su padre era, según todas las probabilidades,
un realista y hombre perseguido, podrían considerarse confiscables por el
gobierno.
-Muy cierto; de modo que así sea. Ve a casa del intendente. Y
tú, Pablo, vete a casa y trae al petiso y la carreta, mientras yo me quedo aquí
con el muchacho y lo apronto todo.
Humphrey y Pablo emprendieron la marcha y luego Eduardo fue a
despertar al muchacho, tendido aún sobre la cama.
-Vamos, debes levantarte. Ya sabes que lo hecho no tiene
remedio, y si eres bueno y has leído la Biblia, debes saber que hemos de
someternos a la voluntad de Dios, que es nuestro bondadoso Padre en el cielo.
-¡Ay de mí! -dijo el muchacho que estaba despierto cuando
Eduardo se le acercó-. Bien sé cuál es mi deber, pero es un deber penoso y mi
corazón está destrozado. He perdido a mi padre, el único amigo que tenía en el
mundo. ¿Quién queda para amarme y estimarme ahora? ¿Qué será de mí?
Yo le prometí a tu padre, antes de que muriese, que cuidaría de
ti, pobrecito, y una promesa es sagrada para mí, aunque no se la hubiese hecho
a un moribundo. Haré todo lo posible, confía en ello, porque yo mismo he sabido
qué significa necesitar y encontrar un protector.
Vivirás conmigo y con mi hermano y mis hermanas, y compartirás
todo lo que tenemos.
-¿De modo que usted tiene hermanas? -replicó el muchacho.
-Sí. He enviado por la carreta para sacarte de aquí y esta noche
estarás en nuestra cabaña. Pero ahora, dime... No pregunto quién era tu padre o
por qué vivía aquí en secreto, como lo descubrí por la conversación sostenida
por esos dos ladrones... Pero sí quiero saber... ¿Desde cuándo vives aquí?
-Desde hace más de un año.
-¿De quién es esta cabaña?
-Mi padre la compró cuando vino, ya que esto le parecía más
seguro, a fin de que no pudieran descubrirlo o traicionarlo, porque se había
fugado de la prisión después de haber sido condenado a muerte por el
parlamento.
-¿De modo que le era leal al rey?
-Sí que lo era, y ése fue su único crimen.
-Entonces, no temas, mi buen muchacho. Todos le somos leales al rey
como lo era él y nunca será de otro modo. Te lo digo para que puedas confiar en
nosotros. En ese caso, ya que la cabaña era suya, también lo eran el mobiliario
y los bienes.
-Sí; todo era suyo.
-Y ahora es tuyo, ¿verdad?
-Así lo creo -dijo el muchacho prorrumpiendo en sollozos.
-Entonces, escúchame. Tu padre está ya a salvo de toda
persecución y a ti no te pueden tocar, ya que nada has hecho que pueda
agraviarlos, pero, con todos ellos tomarán posesión de los bienes de tu padre
apenas se enteren de su muerte y descubran quién era. Por tu bien, quiero
evitarte eso y por eso he mandado por la carreta, a fin de poder retirar de la
cabaña todo lo que tenga valor, a fin de que pueda ser conservado en beneficio
tuyo. Como el asesinato ha sido cometido en el bosque y yo he sido testigo del
mismo y además he matado a uno de los ladrones, he considerado correcto
comunicárselo al intendente del bosque, para que se entere de lo ocurrido en su
jurisdicción. No lo creo un hombre tan malvado como los demás, pero con todo,
cuando él venga, quizá considere su deber tomar posesión de todo para el
parlamento, ya que seguramente tales son sus órdenes o lo serán cuando se
comunique con el parlamento. Ahora bien; se trata de un robo que quiero impedir
llevándome tus cosas antes de que ellos vengan, lo cual sucederá mañana, y yo
propongo que me acompañes con todo lo que puedas llevarte o que pueda ser útil
esta noche.
-Es usted muy bueno -replicó el muchacho-. Haré todo lo que me
diga, pero me siento muy débil y no muy bien de salud.
-Debes hacer un esfuerzo por tu propio bien, mi pobre amigo.
Ven, siéntate y reúne toda tu ropa. Recógelo todo en este cuarto, mientras
inspecciono la casa y dime... ¿No tenía algún dinero tu padre? Porque los
ladrones dijeron que lo habían visto contarlo sacándolo de una talega, por
entre las hendiduras de las persianas y fue ése el motivo del ataque.
¡Aborrecible dinero! -exclamó el muchacho-. Sí, lo tenía. Creo
que tenía mucho dinero.
Pero no sabría decir cuánto.
-Vamos. Levántate y haz lo que te pido, mi querido niño -dijo
Eduardo, alzándolo en sus brazos-. Cuando tu pena haya disminuido, te esperan
aún días felices. Tienes en el cielo a un Padre en quien puedes confiar y en Él
hallarás paz.
El niño se levantó y Eduardo cerró la puerta de la habitación,
para que no viera el cadáver de su padre.
-Deposito mi fe en el cielo, buen señor -replicó el muchacho-,
porque me ha enviado ya a un buen amigo en mi aflicción. Usted es bueno, estoy
seguro de ello. ¡Ay! Cuánto más desdichada habría sido mi condición si usted no
hubiese acudido, por suerte, en mi ayuda..., demasiado tarde, en verdad, para
salvar a mi pobre padre, pero no demasiado tarde para socorrer y consolar a su
hijo. Me iré con usted, porque no puedo quedarme aquí.
Capítulo XVI
Eduardo levantó entonces el cobertor del lecho y se fue con él
al aposento contiguo. Suavemente, arrastró el cadáver hasta el rincón del
cuarto y lo cubrió con el cobertor y luego procedió a examinar los armarios,
etc. En uno de ellos encontró una buena cantidad de libros; en otro, ropa
blanca de toda clase, gran número de curiosas armas, dos equipos de relucientes
armaduras a la usanza de la época, pistolas y escopetas y municiones. Sobre el
piso de uno de los armarios había un arcón de hierro de unos cincuenta
centímetros por dieciocho pulgadas, cerrado con llave. Eduardo llegó de
inmediato a la conclusión de que aquel arcón contenía el dinero del infortunado
padre. Pero... ¿dónde estaba la llave? Probablemente sobre su persona. Eduardo
no quiso afligir al pobre niño formulándole aquella pregunta, y se acercó al
cadáver y le revisó los bolsillos. Encontró un manojo de llaves, que tomó y
volvió a su lugar el cobertor. Probó una de las llaves que parecía del tamaño
justo y descubrió que se amoldaba exactamente a la cerradura del arcón de
hierro. Dándose por satisfecho con esto, no levantó la tapa del arcón, sino que
lo arrastró al centro de la habitación. En ésta había muchas cosas de valor:
los candelabros eran de plata y había grandes copas del mismo metal. Eduardo
recogió todos estos objetos y un reloj, y los colocó en uno de dos grandes
canastos que estaban en un extremo de la habitación y que se usaban
aparentemente para poner leña. Eduardo recogió todo lo que creyó útil o de
valor en beneficio del pobre huérfano. Luego fue a otro pequeño aposento, donde
encontró muchos pequeños cofres y baúles cerrados con llave. Los sacó sin mayor
examen, presumiendo que contendrían cosas de valor, ya que en caso contrario no
habrían estado con llave. Cuando lo hubo recogido todo, advirtió que tenía ya
más de lo que podía cargar en un viaje la carreta; y debía llevar consigo
alguna ropa de cama, ya que no le sobraba en la cabaña un solo lecho para el
muchacho. Eduardo decidió en su fuero interno que esa noche se llevaría las
cosas más valiosas, y volvería con la carreta en busca del resto a la mañana
siguiente. Era ya algo más del mediodía y Eduardo sacó de los armarios las
vituallas que quedaban y fue luego al aposento, donde estaba el muchacho y le
rogó que comiera algo. El pobre niño dijo que no tenía apetito, pero Eduardo
insistió y lo persuadió finalmente de que comiera algo de pan y bebiera un vaso
de vino, lo cual le resultó muy útil. El pobrecito tembló al ver el cadáver
cubierto en el rincón del aposento, pero no dijo una sola palabra. Eduardo
estaba tratando de hacerle comer algo más, cuando Pablo apareció en el umbral.
-¿Has recogido todo lo que necesitas en el dormitorio? -dijo
Eduardo.
-Sí, lo he recogido todo.
-Entonces lo sacaremos. Ven, Pablo, tú nos ayudarás.
Pablo le hizo unas señas, indicando la puerta. Eduardo salió.
-Primero, apartar cuerpo de aquí.
-Sí -respondió Eduardo-. Hay que hacer eso.
Eduardo y Pablo apartaron el cuerpo del ladrón a un lado de la
puerta y le echaron encima una suerte de helechos resecos que había cerca;
luego hicieron retroceder la carreta hasta la puerta. Primero subieron el arcón
de hierro, luego todos los objetos pesados, tales como las armaduras, escopetas
y libros, etcétera, y a esa altura la carreta quedó ya cargada más que a
medias. Entonces Eduardo entró en el aposento y sacó los
paquetes hechos por el niño y los depositó en la carreta, hasta que el vehículo
quedó cargado hasta el tope. Después sacaron algunas frazadas y las extendieron
sobre la carga, para que las cosas quedaran sujetas, y luego Eduardo le dijo al
niño que todo estaba pronto y que más les valía irse.
-Sí, estoy pronto -replicó el niño, con ojos llorosos-. Pero
déjeme verlo una vez más.
-Ven, pues -dijo Eduardo, conduciéndolo hasta el cadáver y
descubrió el rostro de éste.
El niño se arrodilló, besó la frente y los fríos labios,volvió a
cubrir el rostro y luego se levantó y lloró amargamente sobre el hombro de
Eduardo. El joven no intentó consolarlo en su dolor -le pareció preferible que
se desahogara- pero al poco rato fue alejando paulatinamente al niño, hasta que
salieron de la cabaña.
-Vamos, pues -dijo Eduardo-. Debemos partir o llegaremos tarde.
Mis pobres hermanitas han estado alarmadísimas al ver que yo no volvía anoche y
ansío estrecharlas entre mis brazos.
-Ciertamente que usted debe hacerlo -replicó el niño, secándose
las lágrimas- y yo soy muy egoísta. Pongámonos en marcha.
-No lugar para pasar carreta por el bosque -dijo Pablo-. Difícil
con carreta vacía; más difícil aun con carreta llena.
Y así resultó en efecto y se requirieron todos los esfuerzos
unidos de Billy, Eduardo y Pablo para forzar el paso por el angosto sendero con
la carreta; pero finalmente lo consiguieron y luego prosiguieron el viaje con
paso rápido y a las dos horas avistaron la cabaña. Cuando estuvieron a
doscientos metros de ésta, Edith, que había estado alerta, acudió saltando y se
arrojó a los brazos de Eduardo y lo cubrió de besos.
-¡Malo! ¡Qué sustos nos has dado!
-Mira, Edith, te he traído a un lindo compañerito de juegos.
Dale la bienvenida, querida.
Edith le tendió la mano al niño, mientras lo miraba.
-Es un lindo chico, Eduardo... Mucho más lindo que Pablo.
-No, señorita Edith -dijo Pablo-. Pablo más hombre que él.
-Sí, quizá tú seas más hombre, Pablo, pero no eres tan lindo.
-¿Y dónde está Alicia?
-Está preparando la cena y yo no le dije que los vi venir,
porque quería ser la primera en besarte.
-¡Celosilla! Pero ahí viene Alicia. Querida Alicia, has estado
muy inquieta, pero la culpa no ha sido mía -dijo Eduardo, besándola-. De no
haber estado yo donde estuve, este pobre niño habría sido asesinado como su
padre. Dale la bienvenida, Alicia, porque ahora es un huérfano y debe vivir con
nosotros. He traído muchas cosas en la carreta, y mañana traeremos más, porque
yo no tengo cama para él y de noche deberá dormir conmigo.
-Lo haremos todo lo feliz que sea posible, Eduardo, y seremos
unas hermanas para él - dijo Alicia, mirando al niño, que se estaba sonrojando
intensamente-. ¿Qué edad tienes y cómo te llamas?
-Cumpliré los trece, años en enero -replicó el niño.
-¿Y tu nombre de pila?
-Se lo diré a ustedes muy pronto -eludió el niño, confuso.
Llegaron a la cabaña y Eduardo y Pablo se dedicaban afanosamente
a descargar las cosas y a depositarlas en el aposento interior, donde dormía
ahora Pablo, cuando Alicia, que había estado hablando con el niño en compañía
de Edith, se le acercó a Eduardo y dijo:
-¡Eduardo, es una niña!
-¡Una niña! -replicó Eduardo, atónito.
-Sí, eso me ha dicho y quiso que yo te lo dijera.
-Pero... ¿Por qué viste ropa de varón?
-Era el deseo de su padre, ya que él se veía obligado a menudo a
enviarla a Lymington a la casa de un amigo y temía que su hija se viese en
dificultades. Pero no me ha contado su historia aún: dice que lo hará esta
noche.
-Está bien -replicó Eduardo-. En ese caso, tendrás que hacerle
una cama en tu cuarto esta noche. Toma el lecho de Pablo y el gitanillo dormirá
esta noche conmigo. Mañana por la mañana traeré más ropa de cama de la cabaña
de esa niña.
-¡Cómo se sorprenderá Humphrey cuando vuelva! -dijo Alicia
riendo.
-Sí... Será una linda esposa para él dentro de algunos años, y
quizá sea una rica heredera, porque hay un arcón de hierro con dinero.
Alicia volvió a acercarse a su nueva amiga y Eduardo y Pablo
prosiguieron descargando la carreta.
-Bueno, Pablo... Supongo que sabiendo que se trata de una niña,
admitirás ahora que es más bella que tú... ¿verdad?
-Oh, sí -replicó Pablo-. Muy linda niña, pero demasiado niña
para ser un hermoso muchacho.
Finalmente lo sacaron todo de la carreta, arrastraron el arcón
de hierro al cuarto de Pablo y llevaron a Billy a su establo y le dieron de
comer, y por cierto que el caballo se había ganado la cena, porque la carga de
la carreta había sido muy pesada. Luego, todos se sentaron a cenar y Eduardo le
dijo a su nueva amiga:
-De modo que, por lo visto, tengo otra hermana en vez de otro
hermano. Ahora..., ¿me dirá como se llama?
-Sí. Mi nombre es Clara.
-¿Y por qué no me dijo que era una niña?
-No quise hacerlo porque vestía ropa de hombre y me dio
vergüenza; en realidad, me sentía harto desdichada para pensar en lo que era.
¡Pobre padre mío!
Y Clara estalló en sollozos.
Alicia y Edith la besaron y consolaron y la niña volvió a
calmarse. Terminada ya la cena, se hicieron afanosos preparativos para que
Clara pudiese dormir en la habitación de ambas, y luego se entregaron a las
plegarias.
-Tenemos muchos motivos para estar agradecidos, queridas mías
-dijo Eduardo-. Estoy seguro de haber pasado por un gran peligro y sólo querría
haber sido más útil de lo que fui, pero tal ha sido la voluntad de Dios y no
debemos discutir sus disposiciones. Demos las gracias por sus grandes mercedes
e inclinémonos sumisos ante sus deseos y oremos por que Él dé paz a la pobre
Clarita y calme su congoja.
Y mientras Eduardo rezaba, la pequeña Clara se arrodilló y
sollozó, en tanto que Alicia la acariciaba con el brazo rodeándole la cintura e
interrumpía a veces su plegaria para besarla y consolarla. Cuando concluyeron,
Alicia la condujo a su alcoba, siguiéndolas Edith, y ambas la acostaron.
Eduardo y Pablo se retiraran también, agotados por la fatiga y excitación del
día.
A la mañana siguiente se levantaron al amanecer, y unciendo a
Billy a la carreta emprendieron viaje hacia la cabaña de Clara. Lo encontraron
todo tal como lo dejaran, y después de haber cargado la carreta con lo
abandonado el día anterior y con ropa de cama para dos lechos, con varios
muebles que Eduardo pensó podrían ser útiles, como quedaba aún un poco de
lugar, Eduardo metió en una caja de madera con helecho reseco todo el vino que
había en el aparador. Y después de haberle ayudado a Pablo a penetrar con la
carreta en el sendero del bosque, Eduardo lo dejó volver a casa con la carreta,
mientras él se quedaba para esperar la llegada de Humphrey y quienquiera
pudiese venir con él de la casa del intendente. Alrededor de las diez, cuando
estaba al acecho junto al bosque, advirtió a varias personas que se le
acercaban, y pronto vió que entre ellas estaban Humphrey, el intendente y
Osvaldo. Cuando se le acercaron, Eduardo saludó respetuosamente al intendente y
le
estrechó la mano a Osvaldo, y luego los guió por el angosto
sendero que llevaba por el bosque a la cabaña. El intendente iba a caballo y
los demás a pie.
El intendente dejó su cabalgadura a cargo de uno de los
guardacazas y atravesó el bosque a pie con el resto de su comitiva, precedido
por Eduardo. Su aire era muy grave y pensativo, y a Eduardo le pareció que se
mostraba frío con él, porque cabe recordar que el señor Heatherstone no había
visto al joven desde que éste le prestara tan considerable servicio al salvarle
la vida a su hija. La consecuencia fue que Eduardo se sintió indignado; pero no
reveló sus sentimientos ni aun en la mirada, guiando en silencio al grupo a la
cabaña. Al llegar les señaló el cadáver del ladrón, que había cubierto de
helechos, y los guardacazas lo descubrieron.
-¿Quién mató a este hombre? -dijo el intendente.
-La persona que vivía en la cabaña -dijo Eduardo, y
conduciéndolos a los fondos del edificio, donde yacía en el suelo el otro
ladrón, agregó-: Y este hombre fue muerto por mi mano. Resta por ver un
cadáver.
Y los llevó al interior de la cabaña y descubrió el cadáver del
padre de Clara.
El señor Heatherstone miró el rostro y pareció muy conmovido.
-Cúbranlo -dijo apartándose, y luego, sentándose en una silla
junto a la mesa, preguntó-:
¿Y cómo encontró a este hombre?
-No lo vi morir -dijo Eduardo-. Y tampoco vi matar al ladrón que
le mostré en primer término. Pero oí las detonaciones de las armas, casi
simultáneamente, y presumo que ambos se causaron la muerte mutuamente.
El intendente llamó a su secretario, que lo había acompañado, y
le indicó que aprestara su avío de escribir, y luego dijo:
-Eduardo Armitage, tomaremos nota de su declaración sobre lo
ocurrido.
Cuando Eduardo comenzó entonces diciendo «que estaba en el
bosque y se había extraviado y buscaba el camino de su casa...», el intendente
lo interrumpió para preguntar:
-¿Estuvo usted en el bosque de noche?
-Sí, señor.
-¿Con su escopeta?
-Siempre llevo mi escopeta.
-¿Buscaba caza?
-No, señor. Jamás he salido a cazar de noche en toda mi vida.
-¿A qué iba, pues? Supongo que no había salido sin objeto.
-Salí para abandonarme a mis pensamientos. Me sentía inquieto y
anduve vagando sin saber adónde iba, y fue por eso que me extravié.
-¿Y podría saberse qué lo había excitado tanto?
-Se lo diré. El día anterior había estado con Osvaldo Patridge;
usted acababa de llegar de Londres y él me comunicó que el rey Carlos había
sido proclamado en Escocia, y esa noticia me desasosegó.
-Bueno... Prosiga.
Eduardo no fue interrumpido ya en su relato. Expuso sucintamente
lo ocurrido, desde su encuentro con los ladrones hasta el desenlace de la
catástrofe.
El secretario anotó todo lo expuesto por Eduardo y luego se lo
leyó para comprobar si lo había anotado correctamente; después preguntó si
Eduardo sabía leer y escribir.
-Así lo creo -replicó Eduardo, tomando la pluma y firmando.
El secretario lo contempló con asombro y dijo:
-Es poco frecuente que la gente de su condición sepa leer y
escribir, señor guardabosques, y por ello no debe usted sentirse ofendido por
la pregunta.
-Muy cierto -replicó Eduardo-. ¿Puedo preguntar si mi presencia
sigue considerándose necesaria?
-Manifestó usted que había un niño en la casa, joven -dijo el
intendente- ¿Qué ha sido de él?
-Ha sido trasladado a mi cabaña.
-¿Por qué ha hecho usted eso?
-Porque al morir su padre le prometí que cuidaría de su hijo. Y
me propongo cumplir mi palabra.
-¿De modo que habló usted con él antes de su muerte? -dijo el
intendente.
-No; todo me fue comunicado mediante señas de su parte, pero
resultaron tan inteligibles como si hubiese hablado, y él comprendió muy bien
lo que contesté. En verdad, creo haberlo librado de una gran preocupación al
prometérselo.
El intendente hizo una pausa y luego dijo:
-Advierto que han sido retiradas ciertas cosas... La ropa de
cama, por ejemplo. ¿Se ha llevado usted algo?
-Me he llevado la ropa de cama porque no tenía lecho que
ofrecerle al niño, y éste me dijo que la cabaña y el mobiliario le pertenecían
a su padre. Naturalmente, al morir éste su hijo heredaba sus bienes, y me
consideré justificado al obrar así.
-¿Quiere hacer el favor de decirme si retiró algún documento?
-No sabría decirlo. El niño empacó personalmente sus cosas. Se
retiraron algunos cajones, que estaban cerrados con llave, e ignoro
absolutamente su contenido. Yo no podía dejar al niño aquí, en este escenario
de muerte, y tampoco podía dejar librados sus bienes a los merodeadores del
bosque. Obré como lo consideraba adecuado en beneficio del niño y de acuerdo
con la solemne promesa formulada a su padre.
-Con todo, las cosas no debieron ser retiradas. Esa persona que
yace muerta ahí es un bien conocido realista.
-¿Cómo sabe eso, señor? -interrumpió Eduardo ¿Lo reconoció usted
al ver el cadáver?
-No he dicho tal cosa -respondió el intendente.
-Debe haberlo reconocido, señor -replicó Eduardo-, o debe haber
tenido conocimiento de que residía en esta cabaña. Lo uno o lo otro.
-Es usted audaz, joven, y contestaré a su observación -replicó
el intendente-. Reconocí al individuo al verlo y advertí que era un hombre
condenado a muerte y que huyó de la prisión pocos días antes de su ejecución.
Sé que fue buscado, pero en vano, y se presumió que había huído allende los
mares. Ahora sus documentos podrían proporcionarle al parlamento información
contra otros, así como contra él mismo.
-Y le permitirían al parlamento cometer unos cuantos crímenes
más -agregó Eduardo.
-Silencio, joven; no se debe hablar de las autoridades de un
modo tan irreverente. ¿Advierte usted que su lenguaje revela alta traición?
-Según la ley del parlamento, tal como está constituido ahora,
puede ser -replicó Eduardo-. Pero como leal súbdito del rey Carlos II, lo
niego.
-No me interesa su lealtad, joven, pero no permitiré que se
hable en mi presencia contra las poderes gobernantes. La indagatoria ha
terminado. Que todos salgan de la casa, con excepción de Eduardo Armitage, con
quien quiero hablar a solas.
-Excúseme un momento, señor, y volveré -dijo Eduardo.
El joven salió con los demás, y llamando aparte a Humphrey, le
dijo:
-Compóntelas para salir inadvertido. Aquí tienes las llaves. Ve
a la cabaña con toda la rapidez posible, busca todos los papeles que puedas
encontrar en los paquetes llevados allí y ocúltalos en el arcón de hierro que
está en el jardín o en cualquier parte donde no puedan ser descubiertos.
Humphrey asintió y se fue, y Eduardo volvió a entrar en la
cabaña.
Halló al intendente de pie junto al cadáver. Había apartado el
cobertor y contemplaba tristemente el rostro desfigurado por la sangre. Al
notar que había entrado Eduardo, se volvió a sentar junto a la mesa, y después
de una pausa, dijo:
-Eduardo Armitage, no cabe duda de que usted ha sido educado de
modo muy superior a su condición social, y es igualmente cierto que es leal,
audaz y resuelto. He contraído con usted una deuda que jamás podré pagar, aun
cuando me permita cualquier esfuerzo en su favor. Aprovecho esta ocasión para
reconocerlo. Y ahora permítame decirle que, dados los tiempos que corren, es
usted demasiado franco e impetuoso. Estos momentos no son adecuados para que la
gente desahogue sus sentimientos y opiniones. Hasta yo estoy tan rodeado de
espías como los demás, y me veo obligado a comportarme de conformidad con esto.
Su confesada lealtad al rey me ha impedido mostrarle la gran cordialidad que
usted me inspira y a la cual tiene derecho en todo sentido.
-No puedo ocultar mis opiniones, señor. He sido educado en la
casa de un realista leal, y jamás podré cambiar.
-Concedido. ¿Por qué habría usted de cambiar?... Pero..., ¿no
advierte usted mismo que le hace a su causa más mal que bien al confesar así
sus opiniones cuando esa confesión es inútil? Si todos los hombres del distrito
que opinan lo mismo lo declararan, ahora que su causa no tiene esperanzas, las
cárceles estarían atestadas, las ejecuciones tendrían lugar a diario y la causa
realista se vería debilitada proporcionalmente por la pérdida de los más
valientes. «Tiempo al tiempo», es un buen lema y se lo recomiendo. Usted debe
comprender que, por más que nosotros dos podamos diferir en nuestras opiniones.
Eduardo Armitage, mi mano y mi autoridad jamás podrán ser usadas contra quien
ha comprometido mi gratitud a tal punto. Y si lo comprende, no debe obligarme a
usar con usted una aspereza y frialdad contrarias, totalmente contrarias, a lo
que siento... -puede creérmelo si se lo digo-, para con quien ha salvado tan
noblemente a mi única hija.
-Le agradezco, señor, su consejo, que sé es bueno, y su buena
opinión, que aprecio.
-Y de que lo creo merecedor. Usted posee, a pesar de su
juventud, mi plena confianza, de la cual sé que no abusará. Conozco al hombre
que yace muerto ante nosotros, y sabía también que se ocultaba en esta cabaña.
El comandante Ratcliffe fue uno de mis primeros y más caros amigos, y hasta
esta desdichada guerra civil jamás hubo diferencia alguna entre nosotros, y aun
después sólo existió en el terreno de la política y de la causa que cada uno
abrazó. Yo sabía, antes de venir aquí en calidad de intendente, donde se
ocultaba Ratcliffe, y me sentía muy preocupado por su seguridad.
-Excúseme, señor Heatherstone, pero cada día me inspira usted
más simpatía. Al principio me sentía muy hostil; ahora sólo me pregunto cómo
puede usted militar en ese bando.
-Eduardo Armitage, responderé por mí y por millares de hombres
más. Es usted harto joven para haber conocido la causa de la insurrección, o,
mejor dicho, oposición al infortunado rey Carlos. Éste trató de reinar en forma
absoluta y de arrebatarle sus libertades al pueblo de Inglaterra; esto lo
reconocen aún sus más ardientes partidarios. Cuando ingresé al partido que se
le oponía, no creí ni por un momento que las cosas llegarían tan lejos. Siempre
consideré legítimo tomar las armas en defensa de nuestras libertades, pero al
propio tiempo entendía que la persona del rey era sagrada.
-Así lo he oído decir, señor.
-Sí, y es la pura verdad. Porque jamás se esforzó nadie más
celosamente por impedir que asesinaran al rey -porque eso fue un asesinato- que
Ashley Cooper y yo. A tal punto que, en realidad, incurrimos no sólo en las
sospechas, sino también en la malquerencia de Cromwell, que, me lo temo, está
haciendo ahora rápidos avances hacia la autoridad absoluta por la cual sufrió
el rey, y de que quiere investir ahora su persona. Consideré que nuestra causa
era justa, y de haber quedado el poder en manos de quienes lo ejercieran con
discreción y moderación, el rey seguiría aún en el trono y las libertades de
sus súbditos serían sagradas. Pero es más fácil poner en marcha una máquina
vasta y poderosa que detenerla, y esto es lo que ha ocurrido en esta lamentable
guerra civil. Millares de hombres que se opusieron activamente a la voluntad
del rey han de desandar sus pasos cuando rnadure la oportunidad; pero supongo
que tendremos que sufrir mucho antes de que llegue esa hora. Y ahora, Eduardo
Armitage, le he dicho más a usted que a ningún otro ser viviente, salvo a un
pariente mío.
-Gracias por su confianza, señor, que no sólo no será
traicionada, sino que servirá de advertencia para orientar mi conducta futura.
-Eso es lo que me he propuesto. No sea en adelante imprudente ni
despreocupado confesando sus opiniones. No beneficiará en absoluto a la causa y
se perjudicará mucho a sí mismo. Y ahora debo formularle otra pregunta, que no
podía hacerle en presencia de los demás. Usted me ha sorprendido manifestando
que el comandante Ratcliffe tenía aquí un hijo. Debe haber algún error, o ese
niño es un impostor. Rateliffe tenía una hija -una hija única, como yo-, pero
nunca tuvo un hijo.
-Esto fue un error en que incurrí al hallar aquí a un niño,
señor, como se lo manifesté en la indagatoria. Y consideré que se trataba de un
niño hasta que lo traje a casa y entonces les reveló a mis hermanas que era una
niña con traje de varón. No expliqué esto en la indagatoria porque no era
necesario.
-Yo tenía razón, pues. Debo absolverlo de ese cargo, Eduardo
Armitage. Esa niña será para mi una hija, y confío en que usted convendrá
conmigo, sin ningún menosprecio, de sus sentimientos, que mi casa será una
residencia más adecuada para ella que su cabaña.
-No impediré que la niña vaya si lo desea, después de su
explicación y confianza, señor Heatherstone.
-Algo más. Como le dije antes, Eduardo Armitage, creo que muchos
de esos guardacazas, todos los cuales han sido elegidos del ejército, son
espías que me vigilan; de modo que debo tener cuidado. ¿Dijo usted que no sabía
si existían papeles?
-Nada vi, señor. Pero sospecho, a juzgar por los muchos baúles y
cofrecillos cerrados con llave, que debe haberlos. Pero cuando salí con los
demás, después de la indagatoria, envié a la cabaña a mi hermano Humphrey,
aconsejándole que abriera todas las cerraduras y eliminara todos los papeles
que encontrase.
El intendente sonrió.
-Bueno. Siendo así, sólo nos resta ir a su cabaña y realizar una
inspección. Nada encontraremos, y yo habré cumplido con mi deber. Yo ignoraba
que su hermano estuviese aquí. Presumo que era el joven que andaba con Osvaldo
Partridge.
-Así es, señor.
-Presumo, por su aspecto, que también él se crió en Arnwood...,
¿no es así?
-Sí, señor -lo mismo que yo -replicó Eduardo.
-Pues bien... Sólo me resta por decir una cosa. Recuerde que, si
le parezco áspero y severo en presencia de los demás, mi actitud con usted es
fingida y no real. ¿Me comprende?
-Sí, señor, y le ruego que obre como mejor le parezca.
El intendente salió y le dijo a su comitiva:
-Según he podido saber por medio de este joven Armitage, parece
haber cajones que han sido retirados de la cabaña. Iremos allá para averiguar
qué contienen. ¿Podrá usted ofrecernos algún refrigerio en su cabaña cuando
lleguemos, joven?
-No tengo hostería, señor -replicó Eduardo con aire algo
sombrío-. Mi propia labor y la de mi hermano bastan para mantener a mi familia,
pero no más.
-En marcha. Y dos de ustedes no pierdan de vista a ese joven
-dijo el intendente, aparte.
Luego todos se internaron a través del bosque.
Heatherstone montó a caballo y se dirigieron a la cabaña, adonde
llegaron alrededor de las dos de la tarde.
Capítulo XVII
Humphrey se adelantó al advertir la proximidad del intendente y
sus acompañantes, y le murmuró a Eduardo que todo estaba a salvo. El intendente
desmontó y les ordenó a todos, con excepción de su secretario, que esperasen
afuera, después de lo cual Eduardo lo hizo pasar a la cabaña. Alicia, Edith y
Pablo estaban en la estancia. Las dos muchachas no se habían sonrojado ni
alarmado ante la insólita aparición de tan numeroso grupo de extraños.
-Éstas son mis hermanas, señor -dijo Eduardo- ¿Dónde está Clara,
Alicia?
-Está asustada y se ha ido a nuestra alcoba.
-Confío, en que ustedes no se sentirán alarmadas por mi
presencia -dijo el intendente, mirando con aire serio a las dos muchachas-. Es
mi deber el que me obliga a hacer esta visita; pero ustedes nada tienen que
temer. Vamos, Eduardo Armitage. Debe usted exhibirme todas las cajas y paquetes
que sacó de la cabaña.
-Así lo haré, señor -dijo Eduardo-. Y aquí tiene las llaves.
Humphrey, tráelos con la ayuda de Pablo.
Los jóvenes trajeron las cajas, que fueron abiertas y examinadas
por el intendente y su secretario, pero, desde luego, no se hallaron papeles en
ellas.
-Debo enviar ahora a dos de mis hombres para que registren la
casa -dijo el intendente-. ¿No será mejor que ustedes le hagan compañía a esa
niña, para que no se asuste?
-Yo iré -dijo Alicia.
Dos de los guardacazas, ayudados por el secretario, registraron
entonces la entonces la casa. Nada encontraron digno de mención, salvo las
armas y armaduras retiradas por Eduardo, que le manifestó al intendente
haberlas llevado, por ser objetos valiosos pertenecientes a la niña.
-Con eso basta -le dijo el intendente al secretario-. Es
evidente que no hay documentos; pero, antes de irme, debo interrogar a esa
niña, que ha sido retirada así. Pero se asustará, y yo no obtendré respuesta de
ella si somos tantos, de modo que haga salir a todos de la cabaña cuando yo
hable con ella.
El secretario y los demás salieron del recinto, y el intendente
le indicó a Eduardo que trajera a Clara. La niña salió de la alcoba acompañada
por Alicia -y en realidad pegada a ésta-, porque estaba muy atemorizada.
-Ven aquí, Clara -dijo el intendente, con dulzura-. Tú ignoras,
quizá, que yo soy tu sincero amigo. Y ahora que tu padre ha muerto, quiero que
vengas a vivir con mi hija, que
se sentirá encantada de tenerte por compañera. ¿Quieres venir
conmigo? Yo cuidaré de ti y te serviré de padre.
-No me gustaría abandonar a Alicia y Edith. Me tratan con tanta
bondad... Y me llaman hermana -replicó Clara, sollozando.
-Estoy seguro de que así es y de que ya debes haberle cobrado
afecto; pero, con todo, tu deber es venir conmigo, y si tu padre pudiera
hablarte ahora te lo diría. Yo no te obligaré a venir; pero recuerda que eres
una dama por tu nacimiento y que debes ser educada como tal, lo cual no podrá
ocurrir en esta cabaña, aunque sus moradores sean muy buenos contigo y
excelentes personas. Tú no me recuerdas, Clara, pero a menudo estuviste sentada
sobre mi rodilla cuando niñita y cuando tu padre vivía en Dorsetshire.
¿Recuerdas el gran nogal que estaba junto a la ventana de la sala que daba al
jardín..., verdad?
-Sí -respondió Clara, sorprendida.
-Sí, también lo recuerdo yo. Y recuerdo cómo solías sentarte en
mis rodillas. ¿Y recuerdas a Jasón, el gran mastín, y cómo montabas sobre su
lomo?
-Sí -replicó la niña-. Lo recuerdo. Pero Jasón murió hace
muchísimo tiempo.
-Sí, cuando tú sólo tenías seis años de edad. Y ahora, dime...,
¿dónde lo enterró el viejo jardinero?
-Bajo la morera -contestó Clara.
-Sí, eso es.. Y yo estaba allí cuando enterraron al pobre Jasón.
Tú no me recuerdas. Pero me quitaré el sombrero, porque antaño yo no vestía del
mismo modo. Ahora mírame, Clara, y di si me recuerdas.
Clara, que ya no se sentía alarmada, miró el rostro del
intendente y luego dijo:
-Usted llamaba a mi padre Felipe, y él acostumbraba llamarlo
Carlos.
-Exacto, querida -dijo el intendente, oprimiendo a Clara contra
su pecho-. Así fue, y éramos grandes amigos. Y bien..., ¿vendrás conmigo? Yo
tengo una niña que te lleva tres o cuatro años, que será tu compañera y te
querrá mucho.
-¿Podré venir de vez en cuando a visitar a Alicia y Edith?
-Sí que podrás, y mi hija te acompañará y trabará amistad con
ellas si su hermano lo permite. Yo no te llevaré ahora, querida. Te quedarás
aquí unos días y luego vendremos a buscarte. Enviaré a Osvaldo Partridge para
hacerle saber el día en que vendremos por ella, Eduardo Armitage. Adiós,
querida Clara. Adiós, niñas mías. Humphrey Armitage, adiós. ¿Quién es ese joven
que está ahí?
-Un gitanillo a quien Humphrey atrapó en su trampa, señor, y a
quien hemos domesticado rápidamente -dijo Eduardo.
-Bien, adiós, Eduardo Armitage -dijo el intendente, tendiéndole
la mano-. Pronto tendremos que encontrarnos.
El intendente salió de la cabaña y se reunió a los que estaban
esperando afuera. Eduardo salió en pos de él. Y cuando el intendente montaba a
caballo, le dijo a Eduardo con suma frialdad:
-Vigilaré atentamente su conducta, caballero. No lo dude. Se lo
digo con franqueza, de modo que le conviene portarse bien.
Con estas palabras, el intendente espoleó su caballo y se alejó.
-¿Por qué te ha hablado con tanta aspereza, Eduardo? -dijo
Humphrey.
-Porque tiene buenas intenciones, pero no quiere que los demás
lo sepan -respondió Eduardo-. Entra, Humphrey; tengo mucho que decirte y mucho
con qué sorprenderte.
-Ya estoy sorprendido - replicó Humphrey-. ¿Cómo se explica que
ese cabeza redonda haya conocido tan bien al padre de Clara?
-Te lo explicaré antes de que nos vayamos a la cama -replicó
Eduardo-. Ahora, entremos.
Ambos hermanos sostuvieron esa noche una larga conversación, en
cuyo transcurso Eduardo puso al tanto a Humphrey de todo lo ocurrido entre él y
el intendente.
-En mi opinión, Eduardo, Heatherstone entiende que las cosas se
han llevado demasiado lejos y lamenta pertenecer al partido del parlamento.
Advierte, ahora que es harto tarde, que se ha aliado con quienes tenían
distintos sentimientos y móviles que él y que ha ayudado a entronizarse en el
poder a quienes no albergan sus mismos escrúpulos.
-Sí. Y al liberarse de lo que era una tiranía, a su entender,
tienen todas las probabilidades de caer en manos de un tirano mayor que
antes..., porque, no lo dudes, Cromwell asumirá el poder soberano y regirá este
reino con mano férrea.
-Por cierto que muchos son, o lo serán pronto, de su misma
opinión, no cabe duda. Y llegará tarde o temprano el día en que el rey volverá
por sus fueros. Ya lo han proclamado en Escocia. ¿Por qué no viene y se
muestra? Su presencia, me parece, induciría a millares de hombres a afluir en
tropel a sus filas; estoy seguro.
-Me alegro de tu entendimiento con el intendente, Eduardo, ya
que ahora no necesitaremos tomar tantas precauciones. Podremos ir y venir
cuando se nos antoje. Casi me gustaría que aceptaras cualquier oferta admisible
que él te hiciera. Sin duda, muchos de los que desempeñan cargos en el actual
gobierno comparten los sentimientos del intendente o aun albergan sentimientos
tan vehementes como los tuyos.
-Me es insoportable la idea de aceptar nada de ellos ni de sus
instrumentos, Humphrey. Y, en verdad, tampoco podría abandonar a mis hermanas.
-A ese respecto, puedes estar tranquilo. Pablo y yo nos bastamos
perfectamente para la granja o cualquier otra cosa que haga falta. Si puedes
ser más útil en otra parte, no tengas escrúpulos en dejarnos. Si viniera el rey
y reuniese un ejército, tú nos abandonarías, naturalmente. Y yo no veo motivo
para que no lo hagas ahora si te hacen una proposición aceptable. Tú y tus
talentos se malgastan en este bosque, y puedes servir mejor al rey y a la causa
del rey yendo al ambiente mundano y observando la marcha de los acontecimientos
que matando los venados reales.
-Ciertamente -replicó Eduardo, riendo -. No ayudo mucho a la
causa del rey matando sus venados; eso debo reconocerlo. Todo lo que digo es que,
si se me ofrece algo que pueda aceptar sin agravio de mis sentimientos y mi
honor, no lo rechazaré, siempre que, al aceptarlo, pueda resultar útil a la
causa del rey.
-Eso es todo lo que deseo, Eduardo. Y ahora, creo que lo mejor
será irse a la cama.
Al día siguiente los hermanos desenterraron el arcón de hierro y
la caja en que Humphrey depositara todos los papeles reunidos por él. Eduardo
abrió el arcón y halló allí una considerable cantidad de oro en bolsitas y
muchos dijes y joyas cuyo valor desconocía. No abrió los documentos, sino que
resolvió entregárselos al intendente, porque sabía que se podía confiar en él.
Las demás cajas y baúles fueron también abiertos y examinados, y se
descubrieron muchos otros objetos al parecer de valor.
-Creo que todas estas joyas valen muchísimo dinero, Humphrey
-dijo Eduardo-. Si es así, tanto mejor para la pobre Clarita. Lamento separarme
de ella, aunque la hemos tratado durante tan breve tiempo. Parece tan amable y
afectuosa...
-Y lo es. Y también es, ciertamente, la más linda niña que yo
haya visto. ¡Qué bellos ojos! ¿Sabes que, durante uno de sus viajes a
Lymington, pero faltó para que la raptara una banda de gitanos? Y, según cree
Pablo, era la misma banda a la cual pertenecía él.
-Me extraña que su padre le permitiera irse sola tan lejos.
-Su padre no podía hacer otra cosa. La necesidad carece de ley.
El padre de Clara no podía confiar en otra persona, de modo que la vistió con
ropa de varón para que el riesgo fuese menor. Con todo, ella debió ser muy
inteligente para ejecutar el recado.
-Tiene trece años de edad, a pesar de ser pequeña -replicó
Eduardo-. Y es ciertamente inteligente, como lo revela a las claras su
semblante. ¿Quién habría supuesto que nuestras hermanas habrían podido hacer lo
que están haciendo? Hay un viejo dicho que expresa: «Nunca sabemos de lo que
somos capaces hasta que lo intentamos». Por lo demás, Humphrey, días pasados
encontré una hermosa manada de petisos salvajes y me dije: «¿Será Humphrey lo
bastante hábil para atrapar a alguno de ellos, como atrapó a los vacunos
salvajes»? Porque Billy está envejeciendo y necesitamos un sucesor.
-Necesitamos algo más que un sucesor de Billy, Eduardo; hacen
falta otros dos que le ayuden. Y yo tengo recursos para mantener a otros dos
petisos si los atrapamos.
-Temo que nunca lo conseguirás, Humprey -dijo Eduardo, riendo.
-Sé qué quieres decir -replicó Humphrey-. Me desafías a hacerlo.
Pues yo no me dejaré desafiar impunemente, y por cierto que trataré de atrapar
un petiso o dos; pero debo pensar primeramente en el asunto, y cuando me haya
trazado un plan haré la tentativa.
-Cuando vea a los petisos en el establo lo creeré, Humprey. Son
salvajes como ciervos y rápidos como el viento, y no se los puede atrapar en
una trampa.
-Lo sé, buen hermano mío; pero todo lo que puedo decirte es que
haré lo posible y no más... Pero no ahora, ya que estoy harto ocupado.
A los tres días de esta conversación apareció Osvaldo Partridge,
a quien enviaba el intendente para comunicarle a Eduardo que vendría al día
siguiente a llevarse a Clarita.
-¿Y cómo irá la niña? -dijo Eduardo.
-El intendente traerá para ella una jaquita, si la niña sabe
montar; en caso contrario, tendrá que viajar en la carreta que mandarán para el
equipaje.
-¿Sabes montar a caballo, Clara?
-Sí -respondió la niña-. Siempre que el caballo no salte
demasiado. Siempre cabalgaba cuando vivía en Dorsetshire.
-Éste no saltará, señorita -dijo Osvaldo-, porque es un animal
de treinta años de edad, según creo, y sosegado como debe serlo un viejo
caballero.
-He estado conversando con el señor Heatherstone -siguió
diciéndole Osvaldo a Eduardo-. Puedo decirle que está muy satisfecho de usted.
Dice que, en tiempos como éstos, necesita a jóvenes así a su lado. Y que, ya
que usted no querría aceptar el empleo de guardacaza, tendrá que encontrar algo
más adecuado, pues considera que usted es demasiado bueno para ese trabajo.
-Le agradezco mucho al intendente su buena opinión -replicó
Eduardo-. Pero no creo que tenga a su alcance ningún empleo que yo pueda
aceptar.
-Lo mismo pensé yo, pero nada dije. Volvió a formularme muchas
preguntas relativas al viejo Jacobo Armitage, y me acosó de lo lindo. Dijo que,
por su aspecto, Humphrey denotaba, lo mismo que usted, estar por encima de su
condición social; pero, que, por haber sido criado en Arnwood, suponía que
había gozado de las mismas ventajas. Y luego, dijo: «Pero..., ¿fueron también
educadas en Arnwood sus dos hermanas?» Repliqué que no lo creía, aunque habían
estado a menudo allí y se les había permitido jugar con los niños de la
casa. Me miró de un modo penetrante y firme, como si leyera mis
pensamientos, y prosiguió escribiendo. Hube de pensar por fuerza que sospechaba
que ustedes no son nietos del viejo Jacobo; pero, al mismo tiempo, no creo que
tenga idea de la verdadera identidad de ustedes.
-Usted debe conservar nuestro secreto, Osvaldo -replicó
Eduardo-. Admito que tengo una excelente opinión del intendente, pero no confío
en nadie.
-Como espero un perdón futuro, señor, nunca lo divulgaré a menos
que usted me lo ordene -replicó Osvaldo.
-Confío en usted, Osvaldo, y esto pone término al asunto. Pero,
dígame..., ¿qué comentarios ha sugerido la actitud de Heatherstone al
encargarse de la niña?
-Pues se empieza a hablar del asunto; pero cuando el intendente
dio a entender que la niña debía quedarse con él por orden del parlamento hasta
que le dieran nuevas instrucciones, la gente nada dijo, como es natural, porque
no se atrevió a hacerlo. Según parece, las propiedades de Ratcliffe han sido
confiscadas, pero no otorgadas aún a nadie. Y es probable que el parlamento dé
por esposa a la niña, con todas sus propiedades apenas tenga edad suficiente, a
un miembro de su partido. Ya lo han hecho, antes de ahora, puesto que eso pone
a cubierto de todo cambio a la propiedad.
-Ya me doy cuenta -replicó Eduardo-. ¿Cuándo oyó usted decir que
la niña viviría con él?
-Sólo en la mañana de ayer. Y sólo al llegar la noche supimos
que era por orden del parlamento.
Eduardo no creyó conveniente decirle a Osvaldo lo que sabía, ya
que era un secreto que le había confiado el intendente, y por eso se limitó a
observar:
-Me imaginé que no dejarían a la niña en nuestras manos.
Después de lo cual cesó la conversación.
Como les advirtiera Osvaldo, el intendente apareció en la mañana
del día siguiente, y lo hizo en compañía de su hija, que cabalgaba a su lado.
Un palafrenero montado sobre otro caballo llevaba de la rienda a otro petiso
que debía montar Clara, y a cierta distancia los seguía una carreta para el
equipaje. Eduardo salió para ayudarle a desmontar a la señorita Heatherstone y
ésta le tendió francamente la mano al llegar al suelo. Eduardo se sintió algo
sorprendido, así como satisfecho por esta condescendencia de la joven para con
un guardabosques.
-Me hace usted mucho honor, señorita Paciencia... -dijo,
inclinándose.
-No pueda olvidar que le debo la vida, señor Armitage -respondió
Paciencia-, y toda gratitud me parece poca. ¿Puedo pedirle otro favor?
-Por cierto que sí, si está en mis manos hacérselo.
-Se trata de que usted no rechace precipitadamente cualquier
oferta que pueda hacerle mi padre -dijo la joven, en voz baja-. Eso es todo. Y
ahora permítame que entre y conozca a sus hermanas, porque mi padre me las ha
alabado mucho y deseo conocerlas.
Eduardo la condujo a la cabaña y Paciencia lo siguió, mientras
el intendente mantenía una conversación con Humphrey. Después de haberle
presentado a sus hermanas y a Clara a la hija de Heatherstone, salió para
saludar al intendente, que, ahora que estaban a solas, se mostró muy franco con
él y con Humphrey.
Eduardo le dijo al intendente que había un arcón de hierro con
una buena cantidad de dinero y joyas, y muchas cosas, de valor en las demás
cajas.
-Me temo, señor, que la carreta difícilmente podrá dar cabida a
todos esos bienes.
-No me propongo llevarme los objetos más pesados o voluminosos,
tales como la ropa de cama, armaduras, etcétera. Sólo llevaré los envoltorios
de la propia Clara y las joyas y papeles. El resto puede quedar aquí, ya que ha
de ser útil hasta que se lo reclamen a usted. ¿Dónde está Osvaldo Partridge?
-En el establo con los caballos, señor -dijo Humphrey.
-Entonces, cuando la carreta esté cargada, y más vale que
ustedes lo hagan mientras los hombres están en el establo, Osvaldo se encargará
de ella y llevará las cosas a mi casa.
-Aquí tiene las llaves, señor -dijo, Eduardo, presentándoselas.
-Bien. Y ahora, Eduardo Armitage, ya que estamos a solas quiero
sostener una conversacioncita con usted. Ya sabe lo mucho que le debo por el
servicio que me ha prestado y cuán ansioso me siento de probar mi gratitud.
Usted ha nacido para cosas mejores que para seguir siendo un obscuro
guardabosques y quizá un cazador furtivo de ciervos. Tengo que hacerle una
proposición, que confío en que usted no rechazará después de pensarlo bien, y
digo pensarlo porque no quiero que me conteste antes de haberlo pensado. Sé que
usted no aceptará cargo alguno del actual gobierno, pero no puede oponerse a un
empleo privado, tanto más cuanto que, lejos de abandonar a su familia, estará
en mejores condiciones para protegerla. Necesito un secretario y quiero que
usted acepte ese empleo, viva en mi casa y reciba un hermoso sueldo por sus
servicios, que confío en que no han de ser demasiado pesados. Usted estará
cerca de su familia y podrá protegerla y ayudarla; y lo que es más, se mezclará
con la gente y sabrá qué pasa, ya que gozo de la confianza del gobierno. Desde
luego, deposito en usted una tácita confianza, ya que en caso contrario no le
ofrecería el cargo. Pero no siempre estará aquí: tengo mis corresponsales y
amigos, a quienes tendré que enviarlo a usted ocasionalmente con encargos muy
confidenciales. Usted, tengo la seguridad, me servirá en todos los sentidos y
espero que aceptará el empleo que le ofrezco. No me conteste inmediatamente;
consúltelo con su hermano y medítelo como es debido, y cuando haya tomado una
decisión, comuníquemelo.
Eduardo se inclinó y el intendente entró en la cabaña.
Entonces el joven les ayudó a Humprey y a Pablo a subir a la
carreta el arcón de hierro y cubrió éste con las demás cajas y paquetes, hasta
que el vehículo quedó bien cargado. Dejando a Pablo a cargo de la carreta hasta
que Osvaldo vino de los establos, Eduardo y Humprey entraron en la cabaña,
donde encontraron toda una reunión social: Paciencia Heatherstone había logrado
trabar una gran amistad con las otras tres niñas, y el intendente, con gran
sorpresa de Eduardo, reía y bromeaba con ellas. Alicia y Edith habían traído un
poco de leche, bizcochos y toda la fruta madura, con algún pan, un trozo frío
de carne de vaca salada y un jamón; y todos comían mientras hablaban.
-He estado elogiando la economía doméstica de sus hermanas,
Armitage -dijo el intendente-. Su granja parece muy productiva.
-Alicia esperaba a la señorita Heatherstone, señor, y se
abasteció en forma desusada -dijo Eduardo-. Usted no debe suponer que lo
pasamos tan bien todos los días.
-No -replicó secamente el intendente-. Me atrevería a decir que,
en otras oportunidades, ustedes lo pasan de otro modo. Apostaría casi a que, en
el aparador, hay un pastel de carne que usted no se atreve a mostrarle al
intendente del Bosque Nuevo.
-Por esta vez señor, se equivoca -replicó Humphrey-. Alicia sabe
muy bien cómo se hace uno de esos pasteles, pero no lo ha hecho.
-Pues debo creerle, señor Humphrey -replicó el intendente-. Y
ahora, querida hija, debemos pensar en irnos, ya que el trayecto es largo y
esta niña no está habituada a un caballo.
-Muchas gracias por su hospitalidad, señorita Alicia. Y ahora,
adiós. Adiós, querida Edith. Vamos, Clara. ¿Estás pronta?
Todos salieron de la cabaña. El intendente hizo subir a Clara al
petiso cuando la niña hubo besado a Alicia y a Edith. Eduardo le ayudó a
Paciencia, y cuando ésta hubo montado, dijo:
-Espero que aceptará la oferta de mi padre. Le agradeceré mucho
que lo haga.
-Lo meditaré con toda la consideración que merece -replicó
Eduardo-. En realidad, la aceptación dependerá más de mi hermano que de mí
mismo.
-Su hermano es un joven muy razonable, señor, por cuyo motivo
tengo esperanzas - respondió Paciencia.
-Virtud que usted no parece reconocerme a mí, señorita
Heatherstone.
-No, cuando predominan el orgullo o los sentimientos de venganza
-replicó ella.
-Quizá descubra usted que no soy tan orgulloso o lleno de
malquerencia como cuando vi por vez primera a su padre, señorita Heatherstone;
y aun si yo revelara esos sentimientos, usted debería tener en cuenta que me
crié en Arnwood.
-Cierto..., muy cierto, señor Armitage. Yo no tenía derecho a
hablar tan atrevidamente, sobre todo tratándose de usted, que arriesgó su vida
por salvar a la hija de uno de esos cabezas redondas, que han tratado tan
cruelmente a la familia de su protector. Debe usted perdonarme. ¡Y ahora,
adiós!
Eduardo se inclinó y luego se volvió hacia el intendente, que al
parecer había estado esperando el fin de la conversación. Heatherstone se
despidió de él cordialmente. Eduardo le estrechó la mano a Clara y la cabalgata
partió. Todos permanecieron en los alrededores de la cabaña hasta que el grupo
ganó cierta distancia y luego Eduardo empezó a pasarse junto a Humphrey, para
comunicarle la oferta del intendente y pedirle su opinión.
-Mi opinión está concretada, Eduardo, y es que debes aceptar
inmediatamente. No te encadenará obligación alguna con el gobierno y el
intendente ha contraído contigo tal deuda de gratitud, que tienes derecho a
esperar una recompensa. ¿Por qué quedarte aquí, si puedes mezclarte sin peligro
con la gente y saber qué sucede? No necesito tu ayuda, ahora que tengo a Pablo,
que me es cada día más útil. No pierdas semejante oportunidad de obtener un
amigo para ti y para todos nosotros..., un protector, diría yo; el cual, a
juzgar por lo que te ha confiado, dista de aprobar la conducta del gobierno
actual. Heatherstone te ha hecho un merecido elogio al decirte que puede
confiar en ti y confiará. No debes rechazar su oferta, Eduardo; eso sería
realmente una locura.
-Creo que tienes razón, Humphrey, pero estoy tan habituado a dar
batidas por el bosque - dado mi amor por la caza- y la fiscalización o
confinamiento me impacientan tanto, que apenas si sé qué hacer. La vida de un
secretario dista de ser grata para mí. ¡Pensar que tendré que estar sentado
junto a una mesa, escribiendo y leyendo durante todo el día! La pluma es un
pobre sustituto de la escopeta de largo caño.
-Pero resulta más efectiva, si hemos de dar crédito a lo que he
leído -replicó Humphrey-. Con todo, no debes suponer que tu vida será tan
sedentaria. ¿No dijo acaso Heatherstone que te confiaría misiones importantes?
¿Acaso no te prepararás, al ir a Londres y otros sitios y mezclarte con gente
de rango, para asumir en la vida la condición que te corresponde y que confío
recobrarás algún día? ¿Y acaso se sigue de ello que, por haber sido nombrado
secretario no has de ir al bosque y matar a un ciervo con Osvaldo, si se te
antoja, con la diferencia de que podrás hacerlo sin temor de verte insultado o
perseguido por un malvado como Corbould? No vaciles por más tiempo, querido
hermano; recuerda que nuestras hermanas no deberán vivir esta vida selvática
cuando hayan crecido. No han nacido para ella, aunque se hayan adaptado tan
bien. Depende de ti liberarlas eventualmente de su falsa posición; y nunca se
te presentará una oportunidad como la que te ofrece ahora un hombre; a quien la
sola gratitud torna ansioso de servirte.
-Tienes razón, Humphrey, y aceptaré la proposición. De todos
modos, puedo volver aquí si las cosas no marchan bien.
-Te agradezco sinceramente tu decisión, Eduardo, -replicó
Humphrey-. ¡Qué encantadora muchacha es esa Paciencia Heatherstone! ¡Jamás he
visto una sonrisa tan encantadora!
Eduardo pensó en la sonrisa que le había dedicado Paciencia al
separarse ambos una hora antes y se manifestó de acuerdo con Humphrey, pero
contestó:
-¡Pero, hermano! Estás realmente enamorado de la hija del
intendente.
-No hay tal, querido mío, pero sí lo estoy de su bondad y
dulzura, y también lo están Alicia y Edith, te lo advierto. Paciencia ha
prometido venir a visitarlas y traerles flores para su jardín y no sé cuántas
cosas más, y ello me alegra mucho, ya que mis hermanas han estado enterradas
aquí durante tanto tiempo, que sólo pueden salir ganando con su compañía de vez
en cuando. ¡No! Te dejo a la señorita Heatherstone; yo estoy enamorado de la
pequeña Clara.
-No está mal la elección, Humphrey; ambos tenemos altas
aspiraciones para ser dos jóvenes guardabosques, ¿verdad? Con todo, dicen que
«a todos les llega su hora», y a Cromwell y a su parlamento quizá les llegue la
suya. Quizá el rey Carlos vuelva a subir al trono, mucho antes de que... de que
atrapes a un petiso salvaje, Humphrey.
-Confío en que sí, Eduardo, pero recuerda cómo te reíste cuando
hablé de atrapar a una vaca... y quizá te vuelvas a sorprender de nuevo.
«Cuando uno se propone algo, lo consigue», dice el refrán. Pero debo ir a
ayudarle a Alicia con la vaquillona; no está muy tranquila ahora y la veo salir
con su balde.
Entonces, los hermanos se separaron y Eduardo echó a andar,
cavilando sobre los sucesos del día y advirtiendo que sus pensamientos eran
interrumpidos a menudo por súbitas visiones de Paciencia Heatherstone, y
ciertamente, el recuerdo de la joven era para él la parte más satisfactoria y
placentera de las perspectivas del empleo ofrecido.
«Viviré en la misma casa y estaré continuamente en su compañía
-pensó-. Y aceptaría un empleo menos grato aun, aunque sólo fuese por eso. Ella
me pidió que lo aceptara para complacerla y así lo haré. ¡Cuán precipitados
somos en nuestras conclusiones! ¡Qué aversión sentí por su padre al verlo por
primera vez! Ahora, cuanto más lo conozco, más me agrada..., no sólo eso, más
lo respeto. Heatherstone dijo que el rey quería ser absoluto y arrebatarles sus
libertades a sus súbditos y que éstos se vieron justificados al rebelarse; yo
nunca había oído eso en Arnwood. En ese caso..., ¿fue legítimo dicho acto? Creo
que sí, pero no lo fue asesinarlo; eso no lo admitiré nunca, ni tampoco la
admitirá el intendente. Por el contrario éste detesta a sus asesinos tanto como
yo. Pero si en realidad pensamos de manera rnuy parecida... Al principio los
dos bandos eran... los que lo apoyaban, sin aceptar que tuviese razón, pero
demasiado leales, para negarse a luchar por su rey, y los que se le oponían,
confiando en obligarlo a obrar con justicia, el rey por sus presuntas
prerrogativas, el pueblo por sus libertades. El rey era obstinado, el pueblo
resuelto, hasta que un virulento ánimo belicoso enardeció a ambas partes, y
ninguna de ellas quiso atender a razones, y el pueblo sacó ventaja, tomándose
venganza en vez de obedecer los preceptos de la humanidad y la justicia. ¡Cuán,
fácil habría sido destronar al rey y enviarlo allende los
mares! En vez de esto, lo tuvieron en el cautiverio y luego lo
asesinaron. El castigo fue mayor que el agravio y dictado por la malignidad y
el ánimo de venganza: fue un acto diabólico y manchará las páginas de nuestra
historia nacional.» Esto pensaba Eduardo paseándose delante de la cabaña, hasta
que Pablo lo llamó a cenar.
Capítulo XVIII
-Eduardo -dijo Edith-. Regáñalo a Pablo: ha estado maltratando a
mi pobre gato. Es un niño cruel.
Pablo rió.
-Mira, Eduardo; se ríe. Vuelve a ponerlo en la trampa y déjalo
ahí mientras no diga que lo siente.
-Lo siento mucho ahora, señorita Edith, pero el gato me mordió
-dijo Pablo.
-Pues si el minino hizo eso, no te lastimó mucho. ¿Y qué te leí
esta mañana en la Biblia? Que debes perdonar a los que te maltratan.
-Sí, señorita Edith. Usted dijo que lo hiciera y lo hice;
perdoné al minino inmediatamente el haberme mordido, pero le di un puntapié por
eso.
-Eso no es perdonar, ¿verdad, Eduardo? Debiste perdonarlo
inmediatamente y no darle el menor puntapié.
-Señorita Edith... Cuando el gatito me mordió, me sentí irritado
y le apliqué un puntapié; luego pensé en lo que me había dicho usted y obré tal
como me lo dijo. Le perdono al gatito de todo corazón.
-Creo que debes perdonar a Pablo, Edith -dijo Eduardo-. Aun
cuando sólo sea para darle un buen ejemplo.
-Bueno, lo perdonaré por esta vez. Pero si vuelve a darle un
puntapié al gatito, habrá qué ponerlo en la trampa. Recuérdalo, Pablo.
-Sí, señorita Edith. Iré a la trampa y entonces usted, llorará y
le pedirá al señorito Eduardo que me saque. Cuando usted me hace poner en la
trampa, no es una buena cristiana, porque no perdona; cuando llora y me saca,
vuelve a ser una buena cristiana.
Esta conversación le hará suponer al lector que los jóvenes
habían estado tratando de inculcarle a Pablo los principios de la religión
cristiana y éste era el caso, habiendo sido una de las más activas en sus
esfuerzos la propia Edith, a pesar de ser muy joven para una misionera. Con
todo, Alicia y Humphrey habían obtenido más éxito y Pablo estaba empezando a
comprender lo que procuraban inculcarle y progresaba realmente día a día.
Eduardo se quedó en la cabaña, esperando recibir algún mensaje
del intendente. Sus conjeturas estaban bien fundadas, ya que al tercer día
Osvaldo Partridge se presentó y dijo que el intendente tendría gran placer en
verlo, si podía hacerle una visita, que Eduardo convino en efectuar al día
siguiente. Osvaldo había venido cabalgando en un petiso. Eduardo acordó volver
con él, montando a Billy. Emprendieron el viaje en las primeras horas de la
mañana siguiente y Eduardo le preguntó a Osvaldo si sabía por qué había enviado
por él Heatherstone.
-No lo sé muy exactamente -replicó Osvaldo. Pero, a juzgar por
lo que le he oído decir a la señorita Paciencia, es para ofrecerle a usted
cierto empleo, si logran inducirlo a aceptarlo.
-Muy cierto -replicó Eduardo-. Me ofrece el cargo de
secretaria... ¿Qué le parece?
-Creo que debe usted aceptarlo, señor; en cualquier caso yo, lo
tomaría a título de ensayo...; nada se perderá con ello. Si no le gusta, podrá
volver a la cabaña. De una sola cosa estoy seguro, y es de que el señor
Heatherstone le hará lo más grato posible el trabajo, porque se siente muy
ansioso de servirlo.
-Eso lo creo de veras -replicó Eduardo-.Y estoy completamente
resuelto, a aceptar el cargo. Es un empleo de confianza y sabré todo lo que
pasa, cosa que no será posible si sigo recluido en el bosque, y no dude de que
habrá noticias emocionantes.
-Seguramente, usted presume que el rey vendrá, ¿no es así?
-replicó Osvaldo.
-Estoy seguro de ello, Osvaldo; y es por eso que quiero estar en
un sitio donde pueda enterarme de lo que ocurre.
-Pues también yo creo que el rey vendrá, señor; aunque me parece
que por el momento las probabilidades son escasas. Pero el señor Heatherstone
sabe más que yo en ese sentido, según creo, si bien no suelta prenda.
La conversación cambió de curso y después de una cabalgata de
ocho horas, ambos llegaron a la casa del intendente. Eduardo dejó a Billy a
cargo de Osvaldo y llamó a la puerta. Hebe lo hizo entrar y lo invitó a pasar a
la sala de recibo, donde encontró al intendente solo.
-Eduardo Armitage, me alegro de verlo, y me alegraré más aun si
ha resuelto aceptar mi proposición. ¿Cuál es su respuesta?
-Le agradezco mucho su oferta, señor -replicó Eduardo- y la
aceptaré si me cree capaz de desempeñar ese empleo y yo veo que estoy a la
altura de él; puedo ensayarlo y renunciar si lo encuentro harto difícil o
tedioso.
-No será demasiado difícil..., de eso me encargo yo. Y confío en
que no le parecerá harto tedioso. Mis cartas no son tantas como para que no
pueda contestarlas yo mismo, pero mis ojos se están debilitando y deseo
proteger mi vista todo lo posible. De modo que usted
tendrá que escribir más que nada lo que le dictaré. Pero no se
trata solamente de que necesitaré una persona en quien pueda confiar; a menudo
lo enviaré a Londres en vez de ir personalmente..., y supongo que usted no
tendrá objeción que formular a eso..., ¿verdad?
-Ciertamente que no, señor.
-Pues bien... Sería inútil agregar nada más. Usted tendrá un
aposento en esta casa y vivirá conmigo y compartirá mi mesa. Nada diré ahora de
remuneración, ya que estoy convencido de que quedará satisfecho. Todo lo que
necesito ahora es saber el día en que usted vendrá, para que todo pueda estar
pronto.
-Supongo, señor, que debo cambiar de indumentaria -replicó
Eduardo, mirando su ropa de guardabosques-. Ésta difícilmente armonizaría con
el cargo de secretario.
-Convengo con usted en que será preferible reservar ese
indumento para sus excursiones por el bosque, pues presumo que usted no lo
abandonará del todo - replicó el intendente-. Puede conseguirse un traje en
Lymington. Yo le proporcionaré los medios.
-Gracias, señor, pero tengo medios más que suficientes -replicó
Eduardo-, aunque disto de ser tan rico como parecía serlo la pequeña Clara.
-¡Por cierto que sí! -dijo el intendente-. Yo no sabía que el
pobre Ratcliffe poseyera tanto dinero y joyas. Bueno. Estamos a miércoles.
¿Puede venir el lunes próximo?
-Sí, señor -respondió Eduardo-. No veo motivo que me lo impida.
-Perfectamente. De modo que eso está arreglado. Y supongo que
usted querrá ver su aposento. Paciencia y Clara están en el cuarto contiguo.
Reúnase con ellas y hará muy feliz a mi hija diciéndole que vivirá con
nosotros. Naturalmente, usted almorzará y pasará esta noche en la casa.
El señor Heatherstone abrió la puerta y diciéndole a su hija
Paciencia: «Querida, te dejo a Eduardo Armitage para que lo entretengas hasta
la hora del almuerzo», hizo pasar a Eduardo y volvió a cerrar la puerta. Clara
se adelantó corriendo hacia Eduardo apenas hubo entrado el joven, y cuando lo
hubo besado, Eduardo tomó la mano, que le tendía Paciencia.
-¿De modo que ha consentido? -dijo Paciencia con aire
inquisitivo.
-Sí, no pude rehusar ante tanta bondad -dijo Eduardo.
-¿Y cuándo viene?
-El lunes por la noche, si puedo estar pronto para entonces.
-¿Qué tiene necesidad de preparar? -dijo Clara.
-No puedo presentarme con traje de guardabosques Clarita. Puedo
usarlo cuando llevo en la mano una escopeta, pero no al manejar una pluma; de
modo que debo ir a Lymington y ver qué puede hacer por mí un sastre.
-Se sentirá usted tan extraño en traje de secretario como me
sentí yo en traje de varón - manifestó Clara.
-Puede ser -dijo Eduardo, aunque pensó que no sucedería
semejante cosa, ya que en Arnwood se había habituado a usar ropa mucho mejor
que la usada habitualmente por los secretarios; y este recuerdo le trajo a la
zaga a Arnwood y Eduardo se tornó silencioso y pensativo.
Paciencia lo notó y al poco rato dijo:
-Podrá usted velar por sus hermanas aquí casi del mismo modo que
si estuviese en la cabaña. ¿No vuelve hasta rnañana? ¿Cómo vino?
-Cabalgando en Billy, señorita Paciencia.
-¿Por qué la llama señorita Paciencia, Eduardo? -dijo Clara-.
Usted me llama Clara.¿Por qué no la llama Paciencia?
-Usted olvida que sólo soy un guardabosques, Clara -replicó
Eduardo, con grave sonrisa.
-No, ahora es un secretario -dijo la niña.
-La señorita Paciencia le lleva varios años. La llamo Clara
porque usted sólo es una chiquilla, pero no debo tomarme esa libertad con la
señorita Heatherstone.
-¿Opinas lo mismo, Paciencia? -dijo Clara.
-Ciertamente no considero impropio que una persona, después de
conocerme bien, se tome la libertad de llamarme Paciencia -replicó ella; sobre
todo si esa persona vive en la casa con nosotros, come y se trata con nosotros
como si fuese de la familia y es recibida en pie de igualdad, pero me parece,
Clara, que el señor Armitage debe dejarse guiar por sus propios sentimientos y
obrar como lo considere decoroso.
-Pero tú puedes darle licencia y entonces eso será decoroso
-replicó Clara.
-Sí, siempre que él se dé licencia a sí mismo, Clara -dijo
Paciencia-. Pero ahora le mostraremos al señor Armitage su cuarto -continuó
Paciencia, queriendo cambiar de tema-. ¿Quiere usted seguirnos, señor? -agregó,
con fingido aire ceremonioso.
Eduardo así lo hizo sin replicar y fue introducido en un
aposento grande y alegre, muy pulcramente amueblado.
-Ésta es su futura morada -dijo Paciencia-. Confío en que le
gustará.
-Pero si él nunca ha visto cosa parecida -objetó Clara.
-Sí que he visto, Clara -dijo Eduardo.
-¿Dónde?
-En Arnwood; los aposentos eran en mucho mayor escala.
¡Arnwood! Oh, sí. Le oí a mi padre hablar de esa mansión -dijo
Clara, y las lágrimas asomaron a sus ojos al recordarlo-. Sí, esa casa fue
quemada y todos, los niños murieron carbonizados.
-Así dicen, Clara, pero yo no estaba allí cuando se quemó la
casa.
-¿Dónde estabas, pues?
-En la cabaña donde vivo ahora.
Eduardo se volvió hacia Paciencia y notó que sus ojos estaban
fijos en él, como si quisiera leer sus pensamientos. El joven sonrió y dijo:
-¿Duda usted de mis palabras?
-¡No, por cierto! -dijo ella-. No dudo de que usted haya estado
entonces en la cabaña, pero estaba pensando que si los aposentos de Arnwood
eran mas espléndidos, los de su cabaña eran menos cómodos. Ha estado habituado
usted a lo mejor y a lo peor; y por eso confío en que se sentirá satisfecho de
éstos.
-Espero no haber dado señales de descontento. En verdad, yo
sería difícil de complacer si un departamento como éste no me conviniera.
Además, permítame observar que si dije que los aposentos de Arnwood eran en
mucha escala, yo nunca fuí dueño de uno de ellos.
Paciencia sonrió y no contestó.
-Ahora que conoce el camino a su aposento, señor Armitage,
volvamos si gusta, a la sala - dijo la joven, y cuando volvían a esta
habitación, añadió: -Supongo que el lunes traerá su ropa en una carreta.... ¿no
es así? Se lo pregunto porque les prometí a sus hermanas unas flores y otras
cosas, que podría enviarles con la carreta.
-Es usted muy bondadosa al pensar en ellas, señorita Paciencia
-replicó Eduardo-. A mis hermanas les gustan las flores y se sentirán muy
contentas al recibirlas.
-Creo haberle oído decir a mi padre que usted pasará aquí esta
noche..., ¿no es así? - inquirió Paciencia.
-Me lo propuso y yo aprovecharé gustosamente la invitación, ya
que esta vez no debo fiarme de las ideas de Hebe sobre la comodidad -dijo
Eduardo, sonriendo.
-Sí, eso fue una mala acción de Hebe, ¡Y le aseguro, señor
Armitage, que le avergüenza desde entonces mirarle a usted en la cara! ¡Pero
qué suerte fue para mí aquel momento de mal humor de Hebe y cómo debo alegrarme
de que ella lo alojara así! Debe perdonarla, ya que Hebe fue el instrumento que
le permitió a usted ejecutar una noble acción, y yo debo perdonarla porque eso
permitió que me salvaran la vida.
-No le tengo rencor alguno a Hebe -replicó Eduardo-. A decir
verdad, debo estarle agradecido, porque si no me hubiese dado tan mal lecho esa
noche, yo no estaría alojado ahora tan cómodamente como lo estaré.
-Supongo que tendrá hambre, Eduardo -dijo Clara-. El almuerzo
está casi pronto.
-Me atrevo a afirmar que comeré más que tú, Clara.
-Y debe hacerlo, siendo un hombre tan grande como lo es. ¿Qué
edad tiene usted, Eduardo? -dijo Clara-. Yo tengo trece, Paciencia más de
dieciséis. ¿Y usted?
-No he cumplido aún los diecio, Clara, de modo que difícilmente
se me podría llamar un hombre.
-Pero si es usted tan alto como el señor Heatherstone...
-Sí, creo que sí.
-¿Y no puede usted hacer todo lo que hace un hombre?
-Francamente, no lo sé; pero, a decir verdad, siempre trataré de
hacerlo.
-Entonces, usted debe ser un hombre.
-Bueno, Clara. Si eso te complace, lo soy.
-Ahí viene el señor Heatherstone, de modo que adivino que el
almuerzo está pronto. ¿No es así, señor?
-Sí, hija mía -replicó el señor Heatherstone, besando a Clara-.
De modo que entremos.
El señor Heatherstone como era corriente en esa época entre la
gente del partido al cual pertenecía aparentemente, dijo antes de abordar la
carne una plegaria bastante larga y luego se sentaron a la mesa. Apenas hubo
concluido el almuerzo, el señor Heatherstone volvió a su gabinete y Eduardo
salió en busca de Osvaldo Partridge, con quien se quedó la mayor parte de la
tarde, visitando la perrera, examinando a los perros y conversando de materias
vinculadas con la caza.
-No tengo ni dos hombres capaces de acechar a un ciervo -observó
Osvaldo-. Ni uno de los hombres designados aquí como guardacazas y guardianes
ha aprendido el oficio. La mayoría de ellos pertenecía al ejército y creo que
los han designado aquí para desembarazarse de ellos porque resultaban molestos,
y son todo lo que se quiera menos buena gente. La consecuencia es que matamos
pocos ciervos, porque tengo tanto que hacer aquí -ya que ninguno de ellos
conoce sus obligaciones- que rara vez puedo salir con mi escopeta. Así se lo he
dicho al intendente y él me dijo que si usted aceptaba una oferta que le había
hecho y venía a vivir aquí, no nos faltaría carne de venado; por lo cual
resulta claro que él no espera verlo siempre con la pluma en la mano.
-Me alegro de oírlo -replicó Eduardo-. No dude de que la mesa
del señor Heatherstone, por lo menos estará siempre bien provista. ¿No es éste
Corbould el que está apoyado contra la pared?
-Sí. Será exonerado, ya que no puede caminar bien y el médico
dice que rengueará toda su vida. Le guarda rencor a usted y me alegro de que se
vaya, porque es un hombre peligroso. Pero el sol se pone, señor Eduardo, y no
tardarán en servir la cena; más vale que vuelva usted a la casa.
Eduardo se despidió de Osvaldo, y volvió a la casa del
intendente, donde comprobó que Osvaldo tenía razón, ya que estaban sirviendo la
cena.
Poco después de cenar, llamaron a Hebe y los criados, y el
intendente dijo unas plegarias; después de lo cual Paciencia y Clara se
retiraron. Eduardo se quedó conversando con el intendente durante una hora,
poco más o menos, y luego fue conducido por el señor Heatherstone a su cuarto,
que le había sido mostrado ya por Paciencia.
El joven no durmió mucho esa noche. Lo novedoso de su situación
-esto es, lo novedoso de sus perspectivas y conjeturas al respecto- no le
permitió pegar los ojos hasta la mañana siguiente. Pero se levantó temprano, y
después de haber asistido a las plegarias matinales y de haberse desayunado en
forma bien sustanciosa, se despidió del intendente y de las dos muchachas y
emprendió el regreso a la cabaña, no sin renovar su promesa de volver el lunes
siguiente a instalarse allí. Billy estaba descansado y galopó alegremente, de
modo que Eduardo llegó a la cabaña en las primeras horas de la tarde y fue
nuevamente acogido con el cariño de siempre por los suyos. Le contó a Humphrey
lo sucedido y su hermano se sintió muy satisfecho al saber que Eduardo había
aceptado la proposición del intendente. Alicia y Edith no la aprobaron tanto
como él y vertieron unas cuantas lágrimas ante la idea de que Eduardo
abandonaría su cabaña. Al día siguiente. Eduardo y Humphrey se dirigieron a
Lymington, con Billy uncido a la carreta.
-¿Sabes qué pienso comprar, Eduardo? -dijo Humphrey-. Te lo
diré: todos les cabritos o bien cabras y cabritos que pueda.
-Pero... ¿acaso no tienes suficiente ganado? Este año tendrás
cuatro vacas para ordeñar y tienes dos terneras en crianza.
-Eso es muy cierto, pero no me propongo tener a las cabras por
su leche, sino simplemente para comer su carne en vez de la de carnero. No
puedo tener ovejas, pero las cabras se arreglarán en invierno con un poco de
heno y se pasarán todo el año en el bosque. No mataré a ninguna de las hembras
durante el primer año o el segundo, y después de esto, espero tener un rebaño
suficiente para hacer frente a las necesidades.
-La idea no es mala, Humprey; esos animales vendrán siempre a
casa si tienes heno para ellos en invierno.
-Ahora recuerdo que cuando íbamos a Lymington vi muchas cabras y
no dudo de que estarán en venta. Pronto me cercioraré de ello preguntándoselo
al dueño de la hostería - respondió Eduardo-. Tengo que ir allí antes que nada,
ya que debo pedirle que me recomiende un buen sastre.
Al llegar a Lymington fueron en derechura a la hostería y
encontraron al posadero en casa. Éste le recomendó a Eduardo un sastre, y el
joven lo mandó llamar a la hostería, donde el sastre le tomó las medidas para
un sencillo traje de paño oscuro. Luego Eduardo y Humphrey salieron y Eduardo
tuvo que conseguirse zapatos y muchas otras prendas de vestir que estuvieran a
tono con el traje que iba a usar.
-Me desconcierta el problema del sombrero, Humphrey -dijo
Eduardo-. Detesto esos sombreros en forma de campanario que usan los cabezas
redondas; con todo, el sombrero con pluma no es adecuado para un secretario.
-Sin embargo, yo te aconsejaría a que te resignaras a usar el
sombrero en forma de campanario -dijo Humphrey-.Tu indumento, a mi entender, es
una suerte de deshonra para un caballero de cuna y el heredero de Arnwood. ¿Por
qué no habrías pues de ponerte igualmente el sombrero que usa esa gente? Como
secretario del intendente, debes vestir como él; en caso contrario, podrías
llamar la atención, sobre todo cuando viajes por asuntos de Heatherstone.
-Tienes razón, Humprey; no debo hacer las cosas a medias. Y a
menos que use el sombrero, inspiraré sospechas.
-Dudo que el intendente lo use por otro motivo -dijo Humprey.
-Sea como fuere no llegaré al Pináculo de la moda -dijo Eduardo,
riendo-. Algunos de los sombreros no son tan altos como los demás.
-Aquí está la tienda que necesitamos para el sombrero y el cinto
de la espada.
Eduardo escogió un sombrero y un sencillo cinto, los pagó y le
encargó al dueño del comercio que los llevara a la hostería.
Mientras se efectuaban todas estas compras de Eduardo y muchas
otras de Humprey, tales como clavos, sierras, herramientas y diversas cosas que
necesitaba Alicia para la casa, el posadero había hecho preguntar por las
cabras y averiguado el precio que costaban.
Humprey, mientras Eduardo colocaba las compras en la carreta,
salió por segunda vez para ver las cabras. Llegó a un acuerdo con el vendedor
de éstas, adquiriendo un macho y tres hembras con dos cabritos cada una a su
lado, y con otros diez cabritos hembras que acababan de ser destetados.
El vendedor se comprometió a llevárselos al día siguiente hasta
el final de la carretera, en pleno bosque, allí Humphrey le saldría al
encuentro, le pagaría la compra y se llevaría a los animales a la granja, que
sólo distaba cinco kilómetros del sitio convenido. Habiendo solucionado
satisfactoriamente este problema, el joven volvió al lado de Eduardo, que
estaba pronto y ambos regresaron a la cabaña.
-Hemos hecho mermar un poco la bolsa hoy, Eduardo -dijo
Humprey-. Pero el dinero está bien gastado.
-Así lo creo, Humphrey; pero no dudo de que podré reponer muy
pronto el dinero, ya que el intendente me pagará mis servicios. El sastre ha
prometido la ropa para el sábado sin falta, de modo que tú o yo tendrémos que
ir a buscarla.
-Iré yo, Eduardo; mis hermanas querrán que te quedes con ellas,
ya que vas a abandonarlas tan pronto. Y me llevaré a Pablo, para que aprenda el
camino del pueblo y asimismo le mostraré dónde se compran las cosas, por si va
allí personalmente.
-Creo que tuvimos suerte cuando atrapaste a Pablo, Humprey,
porque no sé cómo habría podido yo dejarte en caso contrario.
-Sea como fuere, ahora me es mucho más fácil prescindir de ti
que de él -replicó Humprey-. Aunque creo que podría salir del paso solo, pero
con todo, Eduardo, nunca se sabe qué puede depararnos el mañana y bien podría
suceder que yo me enfermase o que algo me impidiera atender a alguna tarea, y
en ese caso, sin ti o Pablo, las cosas podrían marchar muy mal. Ciertamente si
se piensa cómo quedamos librados a nuestros propios recursos al morir Jacobo,
tenemos que agradecerle a Dios el habernos desempeñado tan bien.
-Convengo en ello y también en que le plugo al cielo concedernos
muy buena salud. Sin embargo, estaré cerca por si me necesitas y Osvaldo
visitará constantemente la cabaña y sabrá cómo lo pasan ustedes.
-Convengo en que te las compondrás para que Osvaldo venga aquí
una vez por semana.
-Lo haré si puedo, Humphrey, porque sentiré tanta ansiedad como
tú por saber si todo va bien. A decir verdad insistiré en que me permitan venir
aquí una vez cada quince días, y no creo que el intendente me lo niegue...,
mejor dicho, estoy seguro de que no me lo negará.
-Yo también -replicó Humphrey-. Estoy convencido de que nos
desea mucho bien y de que, en cierto modo, nos ha tomado bajo su protección,
pero recuerda, Eduardo, que yo no volveré a matar venados después de esto y así
puedes decírselo al intendente.
-Sí que lo haré y eso le servirá de pretexto para mandarte
alguna carne de venado, si quiere. Para serte franco, como sé que me permitirán
salir con Osvaldo, será difícil que algún gamo extraviado no encuentre el
camino de esta cabaña.
Ambos hermanos prosiguieron departiendo así sobre diversas cosas
hasta que llegaron a la cabaña. Alicia salió a su encuentro y le dijo a
Humprey:
-Bueno, Humphrey... ¿Me has traído mis gansos y patos?
Humprey los había olvidado, pero respondió:
-Debéis esperar a que yo vuelva a visitar a Lymington el sábado,
Alicia, y confío el traértelos entonces. Mira cómo está cargado, ya el pobre
Billy. ¿Dónde está Pablo?
-En el jardín. Ha estado trabajando allí durante todo el día y
Edith está con él.
-Entonces descargaremos la carreta mientras nos preparas algo de
comer, Alicia, porque te prevengo que nuestro apetito es descomunal.
-Tengo un guiso de conejo al fuego, Humphrey, y pronto ya para
ser servido. Verás que está muy sabroso.
-Es mi plato predilecto, querida mía. Pablo no me agradecerá el
haber traído esto a casa - agregó Humphrey, sacando la larga sierra de la
carreta-. Tendrá que bajar al foso nuevamente apenas esté hecho.
La carreta no tardó en quedar descargada, Billy fue desuncido y
todos entraron a la cabaña para cenar.
Humphrey partió a la mañana siguiente con Pablo, a primera hora,
para encontrarse con el vendedor de cabras y cabritos. Los animales llegaron
puntualmente al sitio y hora convenidos. Y como el conjunto le pareció
satisfactorio, Humphrey le pagó al vendedor su dinero y se los llevó a la
cabaña a través del bosque.
-Cabra muy buena, cabrito mejor; comer siempre cabrito en España
-dijo Pablo.
-¿Tú naciste en España, Pablo?
-No estar seguro, pero creerlo así. Mis primeros recuerdos datar
de ese país.
-¿Recuerdas a tu padre?
-No. Jamás lo vi.
-¿No te habló nunca de él tu madre?
-Yo la llamaba madre, pero creo que no serlo. Es costumbre de
las gitanas.
-¿Por qué la llamabas madre?
-Porque alimentarme cuando pequeño, pegarme cuando crecido.
-Todas las madres hacen eso. ¿Qué te hizo venir a Inglaterra?
-No lo sé, pero oír decir a la gente «mucho dinero en
Inglaterra..., mucho de comer..., mucho de beber..., traer mucho dinero a
España».
-¿Desde cuándo estás en Inglaterra?
-Uno, dos, tres años; tres años y algo más.
-¿Qué te gusta más? ¿Inglaterra o España?
-Cuando con mi gente, gustarme España más: sol fuerte..., noche
cálida... Inglaterra poco sol, noche fría, mucha lluvia, nieve y aire siempre
frío; pero ahora vivir con ustedes, tener cama tibia, mucha comida, gustarme
Inglaterra más.
-Pero cuando estabas con los gitanos ellos lo robaban todo...,
¿verdad?
-No robar todo -respondió Pablo, riendo-. A veces llevar y no
pagar cuando no había nadie. Chacarero parecer muy severo..., tener gran perro.
-¿Saliste alguna vez a robar?
-Obligarme a hacerlo. No traer algo, pegarme mucho; si chacarero
sorprenderme, pegarme también. Nada más que golpes, golpes y golpes.
-¿De modo que te obligaban a robar?
-Cuando no traer algo, primero pegarme y luego no darme de comer
durante uno, dos, tres días. ¿Qué le parece eso, señor Humphrey? Supongo que
usted robar cuando no comer tres días.... ¿verdad?
-Supongo que no -replicó Humphrey-, aunque nunca me han
castigado tan severamente.
Y confíes Pablo, en que nunca volverás a robar.
-¿Para qué robar más? -replicó Pablo-. No gustarme robar; pero
robar porque tener hambre. Ahora nunca tener hambre, siempre tener comida
abundante: nadie golpearme ahora; dormir cama tibia toda la noche ¿Para qué
robar, entonces? No, señorito Humphrey, yo nunca más robar, porque no tener
motivo, y porque la señorita Alicia y la señorita Edith decirme que el buen
Dios allá arriba decir que no se debe robar.
-Me alegro que des esa razón, Pablo -aplicó Humphrey-, ya que
eso prueba que las enseñanzas de mis hermanas no han sido estériles.
-Gustarme oír hablar a la señorita Alicia; hablar con seriedad.
La señorita Edith hablar también, pero reír mucho. Yo querer muchísimo señorita
Edith, niñita muy alegre, salta como uno, de esos cabritos que llevarnos,
siempre contenta. ¡Oh! Ahí veo la cabaña. Pronto llegaremos a casa, señorita
Humphrey. La señorita Edith le gusta mucho ver cabritos. ¿Dónde poner éstos?
Capítulo XIX
-Los pondremos por el momento en el corral; dentro de poco Fiel
se encargará de ellos.
Se lo enseñaré pronto.
-Sí. Fiel cuidar todo lo que le indico. ¿Por qué no encargarse
de las cabras? Es un perro inteligente. ¿Creer usted bueno que el señorito
Eduardo llevarse sus dos perros, Smoker y Guardián, señorito Humphrey? Me
parece que mejor dejar cachorro. Llevarse Smoker y dejar cachorro.
-De acuerdo, Pablo. Aquí necesitamos dos perros. Le hablaré del
asunto, a mi hermano. Ahora adelántate, abre la verja del corral y échales un
poco de heno, mientras voy a llamar a mis hermanas.
El rebaño de cabras fue sumamente admirado, y a la mañana
siguiente lo enviaron al bosque para apacentarlo, al cuidado, de Pablo y Fiel.
A la hora de almorzar Pablo trajo el rebaño cerca de la cabaña, diciéndole al
perro que lo cuidara. El inteligente animal se quedó inmediatamente con las
cabras hasta que Pablo volvió después de almorzar. Y no estará de más observar
que, a los pocos días, el perro las tomó a su cargo del todo, llevándolas al
corral todas las noches. Y apenas las dejaba en el corral se iba a almorzar y
cuidaba por eso de no volver tarde. Pero volvamos a nuestra interrumpida
narración.
El sábado, Humphrey y Pablo fueron a Lymington para traer la
ropa de Eduardo, y Humphrey familiarizó a Pablo con todo lo que debía saber,
pero si resultaba necesario enviarlo solo al pueblo.
Eduardo se quedó con sus hermanas, ya que debía abandonarlas el
lunes.
El domingo transcurrió como de costumbre: los jóvenes leyeron
las plegarias ante la tumba del viejo Armitage y luego pasearon por el bosque.
Porque el domingo era el único día en que Alicia hallaba tiempo para abandonar
sus deberes de la casa. Las niñas estaban más melancólicas que de costumbre al
pensar en que Eduardo las abandonaría, pero se conservaban animosas, sabiendo
que aquello redundaría en beneficio de todos.
El lunes por la mañana, Eduardo, para complacer a sus hermanas,
se puso el traje nuevo y guardó su ropa de guardabosques en el envoltorio de la
ropa blanca. A Alicia y Edith su hermano les pareció muy gallardo en su nuevo
indumento, y dijeron que aquello les recordaba los días de Arnwood. El caso es
que Eduardo parecía lo que era: un caballero
nato. Esto no había podido disimularse muy bien bajo la ropa del
guardabosque, y en su traje nuevo resultaba innegable. Después del desayuno
uncieron a Billy y lo trajeron hasta la puerta de la cabaña. La ropa blanca de
Eduardo fue colocada en la carreta y, según lo convenido con Humprey, el joven
sólo se llevó a Smoker, dejando el cachorro en la cabaña. Pablo lo acompañaba,
para traer de vuelta la carreta. Eduardo besó a sus hermanas, que lloraban al
pensar en la separación, y después de estrecharle la mano a Humprey emprendió
la marcha a través del bosque.
«¿Quién habría imaginado -pensó el joven mientras viajaba por la
espesura- que yo viviría bajo el techo de un cabeza redonda y me pondría bajo
su protección? De un cabeza redonda por su aspecto externo y según la opinión
del mundo, al menos, si no enteramente por sus opiniones. Debo estar hechizado
y casi me considero traidor a mis principios. No sé por qué lo hago; siento
estima por ese hombre y confianza en él. ¿Y por qué no habría de hacerlo?
Heatherstone conoce mis principios, mis sentimientos adversos a su partido, y
los respeta. Seguramente, no pretenderá ganarme a su bando; esto sería en
verdad ridículo... Un joven guardabosques..., un joven desconocido. No, nada
ganaría él con eso..., porque es un don nadie. Debe obrar movido por la mera
buena voluntad y nada más. Está agradecido por el servicio que le he prestado a
su hija y trata de demostrármelo.»
Si Eduardo se hubiera planteado la siguiente pregunta: «De haber
estado en términos tan cordiales con el intendente, habría yo aceptado su
oferta si no existiera Paciencia Heatherstone?», habría descubierto quizá cuál
era el «hechizo» que lo encadenaba; pero no tenía la menor idea de esto. Sólo
sentía que su situación se volvería más cómoda con la compañía de una muchacha
amable y bella, y no preguntaba más.
Sus ensoñaciones fueron interrumpidas por Pablo, que parecía
cansado de su mutismo, y que dijo:
-Señorito Eduardo, a usted no gustarle irse de casa. Usted
pensar demasiado. ¿Por qué ir allí?
-Ciertamente, no me gusta irme de casa, porque quiero mucho a
mis hermanos; pero en este mundo no siempre podemos hacer lo que queremos, y
obro así por el bien de ellos, más que obedeciendo a mis propias inclinaciones.
-No veo qué bien hacerle usted a la señorita Alicia y a la
señorita Edith al marcharse. ¿Cómo ser posible hacer bien y no estar con ellas?
Supongamos lamentable accidente y usted ausente..., ¿cómo hacer bien?
Supongamos lamentable accidente y usted en cabaña, entonces usted hacer bien.
Creo, señorito Eduardo, que usted muy aturdido.
Eduardo rió ante esta mordaz observación de Pablo, y replicó:
-Es muy cierto, Pablo, que no puedo velar por mis hermanas y
protegerlas personalmente cuando estoy ausente; pero hay motivos para que vaya,
con todo eso, y puedo serles más útil yéndome que quedándome con ellas. Si no
lo pensara así, no las abandonaría. No conocen a nadie y carecen de amigos.
Supongamos que me pasara algo. Supongamos que tanto Humphrey como yo muriéramos
-porque, como sabes, nunca se puede prever cuándo
sucederá eso- y entonces..., ¿quién protegería a mis pobres
hermanas y qué sería de ellas? ¿No es prudente, pues, que yo obtenga amigos
para ellas, a fin de que en caso de accidente cuiden de mis hermanas y las
protejan? Y al abandonarlas ahora, tengo la esperanza de conseguir para ellas
amigos poderosos y buenos. ¿Me entiendes?
-Sí. Comprender ahora. Usted pensar más que yo, señorito
Eduardo. Hace un momento decir que usted parecerme un aturdido; ahora decir:
«Pablo, gran tonto».
-Además, Pablo, ten en cuenta que yo no las habría abandonado de
ningún modo, si sólo pudiéramos cuidarlas Humphrey y yo, porque podría
ocurrirnos un accidente a cualquiera de nosotros, pero cuando tú viniste a
vivir con nosotros y vi que eras un muchacho inteligente y bueno y que nos
querías, me dije: ¡Ahora puedo abandonar a mis hermanas, porque Pablo me
reemplazará y le ayudará a Humphrey a hacer todo lo que haga falta y a cuidar
de ellas». ¿Tengo razón, Pablo?
-Sí, señorito Eduardo -replicó Pablo, aferrando a Eduardo de la
muñeca-. Tener mucha razón. Pablo querer a la señorita Alicia, a la señorita
Edith, al señorito Humphrey y a usted, señorito Eduardo; querer mucho a todos
ustedes...; ¡tanto, que moriría por ustedes! No podría hacer más.
-Eso es lo que yo pensaba realmente de ti, Pablo, y con todo me
alegra oírlo de tu boca. Si no hubieses venido a vivir con nosotros y resultado
tan fiel, yo no habría podido marcharme para hacerles un bien a mis hermanas,
pero tú me has inducido a irme y ellas tendrán que agradecerte a ti si puedo
serles útil en algo.
-Bueno. Váyase, señorito Eduardo. No preocuparse de nosotros;
haremos mucho trabajo.
Todo se hará igual que cuando estar usted.
-Creo que sí, Pablo, y es por eso que he aceptado irme. Pero
Billy está envejeciendo y ustedes necesitarán algunos petisos más.
-Sí, señorito Eduardo. Señorito Humphrey hablarme de petisos
anoche y decir que hay muchos en el bosque. Preguntarme si podríamos
atraparlos. Yo decir sí, atrapar uno, dos, veinte, suponer que necesitarlos.
-¡Ah! ¿Cómo harás eso, Pablo?
-Señorito Eduardo, usted decir al señorito Humphrey imposible,
de modo que yo no decirle cómo -respondió Pablo, riendo-. Algún día usted venir
a visitarnos, ver cinco petisos en el establo. Señorito Humphrey y yo
conversar, descubrir cómo; usted verá.
-Bueno, no haré más preguntas, Pablo, y cuando vea a los petisos
en el establo lo creeré y no antes.
-Supongamos que usted necesitar caballo grande de silla, atrapar
gran caballo, señorito Eduardo, ya verá. Señorito Humphrey muy hábil...,
atrapar vaca.
-Atrapar gitanillo -dijo Eduardo.
-Sí -dijo Pablo, riendo-. Atrapar vaca, atrapar gitanillo y
pronto atrapar caballo.
Cuando Eduardo llegó a la casa del intendente fue recibido muy
bondadosamente por el intendente y las dos muchachas. Después de haber
depositado su guardarropa en su alcoba, fue al encuentro de Osvaldo y metió a
Smoker en la covacha, y, al volver encontró a Pablo sentado sobre la alfombra
de la sala, hablando con Paciencia y Clara y los tres parecían muy divertidos.
Cuando Pablo y Billy hubieron comido algo, la carreta fue abarrotada de tiestos
de flores y diversos regalos más de Paciencia Heatherstone y Pablo emprendió el
regreso.
-Bueno, Eduardo. Parece usted un... -dijo Clara, y se detuvo.
-Un secretario, supongo -concluyó Eduardo.
-Al menos, no parece un guardabosques, ¿verdad, Paciencia?
-continuó Clara.
-No debes juzgar a la gente por su vestimenta, Clara.
-No hago tal cosa -dijo Clara-. Esa indumentaria no le sentaría
bien a Osvaldo o a los demás, porque ellos no armonizarían con la ropa, pero sí
le sientan bien a usted, ¿verdad, Paciencia?
Pero Paciencia Heatherstone no respondió una sola palabra a esta
segunda interrogación de Clara.
-¿Por qué no me contestas, Paciencia? -dijo Clara.
-Mi querida Clara, no es usual que las muchachas hagan
observaciones sobre la vestimenta de la gente. Lo pueden hacer chiquillas como
tú.
-¿Acaso no le dijiste a Pablo que su nuevo traje le sentaba
bien?
-Sí, pero Pablo no es el señor Armitage, Clara. El caso es muy
distinto.
-Quizá, pero con todo podrías responder a una pregunta cuando se
te hace, Paciencia. Y vuelvo a preguntarte: ¿No le sienta acaso mejor a Eduardo
este traje que el anterior?
-Creo que le sienta bien, Clara, ya que quieres una respuesta.
-Las bellas plumas hacen bellos pájaros, Clara -dijo Eduardo,
riendo-. Y eso es todo lo que se puede decir al respecto.
Luego el joven cambió de conversación. A poco anunciaron que
estaba pronta la cena y
Clara volvió a observarle a Eduardo:
-¿Por qué llama usted siempre señorita Heatherstone a Paciencia?
¿No cree que debiera llamarla Paciencia, señor? -y la jovencita se dirigió al
intendente.
-Eso depende de los sentimientos del propio Eduardo, querida
Clara -respondió el señor Heatherstone-. Mi intención es eludir el protocolo en
todo lo posible. Eduardo Armitage ha venido para vivir con nosotros como un
miembro de la familia y será tratada por mí como tal. De modo que en el futuro
lo llamaré Eduardo y tiene mi plena autorización -y aun diría yo que es mi
deseo- para que nos trate a todos con la misma familiaridad. Cuando se sienta
inclinado a hablarle a mi hija como a ti, llamándola por su nombre de pila, lo
hará, me atrevo a presumirlo, ahora que ya ha oído mi opinión; y reservará las
palabras «señorita Heatherstone» para la ocasión en que tengan alguna rencilla.
-Entonces confío en que nunca me llamará así -observó
Paciencia-. Porque le estoy demasiado agradecida para tolerar siquiera la idea
de enojarme con él.
-¿Lo oye usted, Eduardo?
-Sí, Clara, y después de esta observación, puedes tener la
seguridad de que nunca volveré a llamarla así.
A los pocos días Eduardo se sintió enteramente a sus anchas. Por
la mañana, el señor Heatherstone le dictaba un par de cartas, que Eduardo
escribía, y después de esto disponía libremente de su tiempo y lo pasaba más
que nada en compañía de Paciencia y de Clara. Con la primera estaba ahora en
las más íntimas y fraternales relaciones, y cuando se hablaban sólo usaban los
nombres Paciencia y Eduardo. En cierta oportunidad, el intendente le preguntó
al joven si no le gustaría salir con Osvaldo a matar un ciervo, cosa que
Eduardo hizo, pero apenas si había llegado la temporada de los venados. En la
caballeriza había un hermoso caballo a disposición de Eduardo, y éste salía a
menudo de paseo, con Paciencia y Clara. En realidad, pasaba el tiempo tan
agradablemente, que le parecía imposible que hubiesen transcurrido quince días
cuando pidió permiso para ir a la cabaña a visitar a sus hermanas.
Después de obtener la autorización del intendente, Paciencia y
Clara lo acompañaron, y la alegría de Alicia y Edith fue considerable cuando
los tres hicieron su aparición allí. Osvaldo, a pedido de Eduardo, se había
adelantado un par de días para anunciar la visita, a fin de que estuviesen
prontas, y la consecuencia fue que hubo un día de fiesta en la cabaña. Alicia
había preparado su mejor almuerzo y Humphrey y Pablo estaban en casa para
darles la bienvenida.
-¡Qué grato nos resultaría verlas, a usted y a Clara cada vez
que veamos a Eduardo! -le dijo Alicia a Paciencia-. Lejos de lamentar que
Eduardo esté con ustedes, eso me satisfará mucho.
-Riego las flores a diario -dijo Edith-. Y le dan un aspecto tan
alegre al jardín...
-Le traeré muchas más en otoño, Edith, pero esta época no es
adecuada aún para el trasplante de flores -respondió Paciencia-. Y ahora,
Alicia, debe llevarme a ver su granja, porque no tuve tiempo de conocerla en mi
última visita. Vamos ahora y muéstremelo todo.
-Pero... ¿Y mi almuerzo, Paciencia? No puedo dejarlo o se me
estropeará y eso no es posible. Vaya con Edith o espere hasta después del
almuerzo, ya que entonces me desocuparé.
-Pues esperaremos a que termine el almuerzo, Alicia, y le
ayudaremos a servirlo.
-Gracias; eso lo hace generalmente Pablo, porque Edith no puede alcanzar
las cosas. No sé dónde está Pablo.
-Se ha ido con Eduardo y Humphrey, según creo -dijo Edith-. Lo
regañaré cuando vuelva por haberse marchado.
-No importa, Edith -dijo Paciencia-. Yo puedo alcanzar los
platos y usted y Clara los colocarán, así como las fuentes, sobre la mesa, para
que Alicia sirva la comida.
Y Paciencia hizo lo que se proponía y a poco el almuerzo
apareció sobre la mesa. Había un jamón y dos aves cocidas y un trozo de carne
de vaca salada y un poco de cabrito asado, además de patatas y guisantes
verdes, y si se piensa que semejante almuerzo había sido servido en la mesa por
gente tan joven, librada enteramente a sus propios esfuerzos e industriosidad,
debe admitirse que ello los honraba y honraba a su granja.
En el ínterin, Eduardo y Humphrey, después de los primeros
saludos, habían salido a conversar, mientras Pablo llevaba los caballos al
establo.
-Bueno, Humphrey. ¿Cómo van tus cosas?
-Muy bien -respondió Humphrey-. Acabo de terminar un trabajo muy
penoso. He cavado un aserradero y aserrado las tablas para los costados del
foso y lo he asegurado muy bien. El gran abeto, que talamos está ahora en el
foso, listo para aserrarlo convirtiéndolo en tablones y Pablo y yo vamos a
empezar mañana. Al principio nos costó aserrar las tablas, pero antes de
terminar con ellas ya salíamos del paso perfectamente. A Pablo eso no le gusta,
y a decir verdad tampoco me agrada a mí. Ese trabajo es tan mecánico y
fatigoso...
Pero Pablo no se queja. No pienso hacerle aserrar más de dos
días por semana; eso bastará... Progresamos con suficiente rapidez.
-Tienes razón, Humphrey; un viejo refrán dice que no se debe
cansar al caballo ganoso de trabajar. Pablo tiene muy buena voluntad, pero no
está habituado, al trabajo pesado.
-Bueno, ahora debes venir a ver mi rebaño de cabras, Eduardo; no
está lejos. Le he enseñado a Fiel a cuidarlas y nunca las abandona y las trae a
casa de noche. Guardián siempre se queda conmigo y es un excelente perro, muy
inteligente por cierto.
-¡Por cierto que tienes un hermoso rebaño, Humphrey! -dijo
Eduardo.
-Sí, y el aspecto de esos animales ha mejorado desde que están
aquí. Alicia ha recibido sus gansos y patos y yo les he hecho una charca lo
bastante grande para que chapoteen hasta que pueda cavarles un estanque.
-Pensé que nos sobraba heno, pero con este agregado creo que no
te sobrará hasta la misma primavera.
-Tanto es así que he estado segando una buena cantidad. Eduardo,
y el heno está casi pronto para llevárselo. El pobre Billy ha tenido un duro
trabajo con esto o lo otro desde que vino, te lo aseguro.
-¡Pobrecito! Pero eso no durará mucho, Humphrey -dijo Eduardo,
sonriendo-. Los demás caballos no tardarán en sustituirlo.
-Supongo que sí -dijo Humphrey-. Al menos en la primavera
próxima. No espero que suceda antes.
-A propósito, Humphrey... ¿Recuerdas lo que dijo antes de morir
el ladrón a quien maté?
-Sí, lo recuerdo ahora -dijo Humphrey-. Pero lo había olvidado
por completo hasta que lo mencionaste, aunque lo anoté para que no se nos
olvidara.
-Pues he estado pensando en el asunto, Humphrey. El ladrón me
dijo que era mío tomándome por otra persona; por lo tanto, no considero que me
lo haya dado, ni tampoco creo que fuese suyo y pudiera darlo. No sé qué hacer
con eso, ni quién podría considerarse dueño del dinero.
-Creo poder responder a esa pregunta. Les bienes de todos los
malhechores pertenecen al rey y por lo tanto ese dinero es suyo, y podemos
conservarlo para el rey o usarlo en su servicio.
-Sí. El dinero le habría pertenecido al rey si este hombre
hubiese sido condenado y ahorcado como se lo merecía, pero no lo fue y por lo
tanto no creo que el dinero le pertenezca al rey.
-Entonces le pertenece a quienquiera la encuentre y que lo
guarde hasta que lo reclamen..., cosa que nunca sucederá.
-Me parece que le hablaré del asunto al intendente -replicó
Eduardo-. Me sentiré más cómodo.
-Entonces hazlo -dijo su hermano-. Creo que haces bien al no
ocultarle nada.
-Pero, Humphrey... ¡Qué tontos somos! -replicó Eduardo, riendo-.
Aun no sabemos si hallaremos algo. Debemos empezar por cerciorarnos de si hay
algo sepultado ahí, y cuando nos hayamos cerciorado, resolveremos qué debe
hacerse. Si Dios quiere, volveré aquí
dentro de quince días y en el ínterin busca ese sitio y averigua
si ese individuo dijo la verdad.
-Así lo haré -replicó Humphrey-. Iré mañana con Billy y la
carreta y llevaré una pala y un zapapico. Quizá sea una estupidez intentarlo,
pero dicen -y hay que creerlo en honor a la naturaleza humana- que las palabras
de un moribundo son la fiel expresión de la verdad. Más vale que volvamos
ahora, porque creo que el almuerzo debe estar pronto.
Ahora que los jóvenes estaban en tal pie de intimidad con
Paciencia Heatherstone -y añadiría yo, le habían cobrado tanto afecto- nadie se
sentía ya cohibido y el almuerzo fue muy alegre, y después del almuerzo,
Paciencia salió con Alicia y Edith e inspeccionó el jardín y la granja. Tenía
muchos deseos de convencerse de que poseían todo lo necesario, pero sólo pudo
descubrir la ausencia de unas pocas cosas, y aun éstas no pasaban de ser
bagatelas; con todo, las recordó y envió a la cabaña a los pocos días. Pero
llegó la hora de la partida, porque el viaje de regreso era largo y no podían
quedarse más tiempo si querían llegar a casa del intendente antes del
anochecer, como se lo había pedido el señor Heatherstone a Eduardo. De modo que
trajeron los caballos, y después de despedirse se marcharon, mientras la
pequeña Edith les gritaba:
-¡Vuelvan pronto! ¡Paciencia, debes volver pronto!
Capítulo XX
Muy avanzado ya el verano, Osvaldo le dijo cierto día a Eduardo:
-¿Sabe ya la noticia, señor?
-Nada sé que parezca particularmente interesante -dijo Eduardo-.
Sé que el general Cromwell está en Irlanda, y según dicen, obtiene mucho éxito,
pero poco me importan los detalles.
-Se dice mucho más, señor -respondió Osvaldo.
Se dice que el rey está en Escocia y que los escoceses han
reunido un ejército para él.
-¿Será posible? -replicó Eduardo-. ¡Eso sí que es una noticia!
El intendente no me la mencionó.
-Supongo que no, señor, ya que conoce sus sentimientos y
lamentaría separarse de usted.
-Por cierto que hablaré con él sobre el particular -dijo
Eduardo-, aun a riesgo de desagradarle; y me uniré al ejército si me convenzo
de que es cierto lo que dices. Sería un acto de cobardía quedarme aquí cuando
el rey está luchando por sus fueros y no unirme a sus filas.
-Pues yo creo que la noticia es cierta, señor, porque he oído
decir que el parlamento le ha pedido al general Cromwell que venga de Irlanda y
guíe a las tropas contra el ejército escocés.
-¡Me enloqueces, Osvaldo! ¡Iré a ver al intendente de inmediato!
Eduardo, muy excitado por la nueva, entró en el aposento donde
trabajaba por lo general con el intendente. Heatherstone, que estaba sentado
ante su escritorio, alzó los ojos y al ver lo enrojecido que estaba el rostro
de Eduardo, dijo muy sosegadamente:
-Supongo que lo excita la flamante noticia, Eduardo..., ¿verdad?
-Sí, señor. Me siento muy excitado, y lamento haber sido el
último en enterarme de nueva tan importante.
-Se trata, como usted dice, de una nueva importante -replicó el
intendente-. Pero si se sienta, hablaremos un poco sobre el particular.
Eduardo se sentó y el intendente dijo:
-No dudo de que su propósito, en estos momentos, es irse a
Escocia e ingresar al ejército sin demora. ¿No es así?
-Tal es mi propósito, señor, se lo confieso sinceramente. Es mi
deber.
-Quizá yo pueda convencerlo de lo contrario antes de que nos
separemos -replicó el intendente-. El primero de sus deberes en su situación
actual, es el que tiene contraído con su familia. Sus hermanos dependen de
usted y cualquier paso en falso que dé causará la ruina. ¿Cómo puede
abandonarlos y dejar este empleo, sin que se sepa con qué fin se ha marchado?
¡Imposible! Yo mismo tendré que darle a conocer, y aun así, resultará muy
perjudicial para mí la sola circunstancia de haber tenido a mi servicio a un hombre
de su partido. Inspiro ya muchas sospechas por haberme opuesto al asesinato del
rey, y asimismo de los lores, que han sufrido a partir de entonces. Pero no le
comuniqué esta noticia, Eduardo, por muchos motivos. Sabía que no tardaría en
llegar a sus oídos y creí preferible prepararme a demostrarle que usted puede
dañarse a sí mismo y dañarme a mí sin beneficiar a su rey. Ahora le probaré la
confianza que deposito en usted, y si lee estas cartas, ellas le probarán que
tengo razón en mis afirmaciones.
El intendente le tendió a Eduardo tres cartas, de las cuales
resultó evidente que todos los amigos del rey en Inglaterra opinaban que no
había madurado aún la hora propicia para la intentona y que hacerlo sólo
implicaría un sacrificio estéril, que el ejército escocés congregado se
componía de hombres que eran los peores enemigos del rey y que lo mejor para
los intereses realistas sería que fuesen aniquilados, por Cromwell, y también
se afirmaba que a los parciales ingleses de Carlos les era imposible unirse a
ellos y que los escoceses no deseaban semejante unión.
-Usted no es un político, Eduardo -dijo el intendente,
sonriendo, mientras el joven dejaba las cartas sobre la mesa-. Reconocerá que
al mostrarle estas cartas he depositado en usted la máxima confianza..., ¿no es
así?
-Por cierto que sí, señor, y al agradecerle que lo haya hecho,
de más está decir que su confianza jamás se verá traicionada.
-De ello estoy seguro, y confío en que usted convendrá ahora
conmigo y con mis amigos en que lo más prudente es no dar paso alguno...,
¿verdad?
-Ciertamente, señor. Y en el futuro me dejaré guiar por usted.
-Eso es todo lo que le pido, y después de esa promesa, se
enterará usted de todas las noticias apenas lleguen. Hay millares de personas
tan ansiosas como usted de ver nuevamente en el trono al rey, Eduardo..., y ya
sabe ahora que también yo figuro entre ellas, pero ho ha llegado aún la hora y
debemos esperar el momento oportuno. Tenga la seguridad de que el general
Cromwell dispersará a ese ejército como un puñado de desperdicios. Ahora ha
emprendido ya la marcha. Después de lo conversado, hoy por nosotros, Eduardo,
le contaré sin reservas todo lo que suceda.
-Gracias, señor, y le prometo firmemente, como ya se lo dije, no
sólo dejarme guiar por sus consejos, sino conservar el mayor secreto sobre todo
lo pueda confiarme.
-Tengo plena fe en usted, Eduardo Armitage. Y ahora dejemos el
asunto por el momento, Paciencia y Clara quieren que usted las acompañe a dar
un paseo, de modo que será hasta pronto.
Eduardo se separó del intendente, muy satisfecho de la
entrevista. Heatherstone cumplió su palabra y nada le ocultó. Todo resultó tal
como lo pronosticara. El ejército escocés fue aniquilado por Crommell y el rey
se retiró a las montañas de Escocia, y Eduardo se convenció de que lo mejor que
podía hacer era dejarse guiar por el intendente en todas sus empresas futuras.
Ahora debemos resumir algún tiempo en unas pocas palabras.
Eduardo continuó en casa del intendente y proporcionó grandes satisfacciones al
señor Heatherstone. Pasaba gratamente el tiempo, solía salir en busca de
ciervos con Osvaldo y a menudo les llevaba carne de venado a sus hermanos.
Durante el otoño, Paciencia visitó la cabaña muy a menudo y ocasionalmente
también lo hizo el señor Heatherstone, pero al llegar el invierno, Eduardo fue
solo, aprovechando el trayecto para cazar, y cuando él y Smoker llegaban a la
cabaña, Billy tenía que hacer siempre un viaje en busca del venado muerto en el
bosque. Paciencia le enviaba a Alicia muchas cositas para su uso y el de Edith
y algunos, libros muy buenos, y Humphrey, de noche, leía con sus hermanas, para
que éstas pudieran aprender lo que él consiguiera enseñarles. Pablo aprendió
también a leer y escribir. Humphrey y Pablo habían trabajado en el aserradero y
aserrado gran número de tablones y madera de construcción, pero la construcción
misma fue postergada hasta la primavera.
El lector recordará posiblemente que Eduardo le había sugerido a
Humprey que averiguara si el ladrón le había dicho la verdad al morir, sobre
las mal habidas riquezas ocultas bajo el árbol herido por el rayo. Unos diez
días después, Humprey emprendió la expedición. No llevó consigo a Pablo porque,
aunque tenía muy buena opinión de él, convino con Osvaldo en que era mejor no
poner en su camino la tentación. Resolvió ir directamente a la cabaña de Clara
y partir de allí en procura del roble mencionado por el ladrón. Al llegar a la
espesura que rodeaba a la cabaña, se le ocurrió visitar ésta y cerciorarse de
que todo seguía en el mismo, estado en que lo dejara; porque después de su
visita, el intendente les había dado instrucciones a sus hombres de quedarse allí
y de sepultar los cadáveres, cerrando luego las puertas de la cabaña y
trayéndole las llaves, cosa que se hizo. Humprey ató a Billy y la carreta a un
árbol y atravesó la espesura. Al acercarse a la cabaña oyó voces; ésto lo
indujo a avanzar muy cautelosamente porque no había traído su escopeta. Al
llegar al claro existente ante la cabaña, se agazapó. Las puertas y ventanas
estaban abiertas y dos hombres, allí sentados limpiaban sus escopetas, y en
uno, de ellos, Humprey reconoció a Corbould, que el intendente había exonerado
apenas curada su herida y a quien se presumía ya en Londres. El joven estaba
harto lejos para oír lo que decían. Se quedó allí durante algún tiempo y de la
cabaña salieron otros, tres hombres. Dándose por satisfecho con lo visto, Humprey
se retiró con suma cautela y al llegar al linde la espesura, alejó a Billy y la
carreta por entre la hierba, a fin de que no se oyera el rumor de las ruedas.
«Esto no presagia nada bueno -pensó, mientras se marchaba,
volviéndose de vez en cuando para asegurarse de si no lo habían visto-. Ese
Corbould, ya lo sabemos, ha jurado vengarse de Eduardo y de todos nosotros, y
se ha unido sin duda a estos ladrones -porque deben serlo- a fin de poder
cumplir su juramento. Es una suerte que yo haya descubierto esto, y se lo
comunicaré de inmediato al intendente.»
Apenas se hubo interpuesto entre él y la espesura un macizo de
árboles, y no temió ya que lo viese aquella gente, Humphrey siguió la dirección
mencionada por el ladrón y a poco advirtió el roble herido por el rayo, que se
erguía aislado en un terreno herboso de unos veinte acres. Aquel roble había
sido un árbol noble antes de su destrucción; ahora extendía sus ramas largas y
desnudas sobre un claro donde no quedaba el menor rastro de vegetación o de
vida. El tronco medía varios metros de diámetro, y era, al parecer, muy sano, a
pesar de que el árbol estaba reseco. Humprey dejó que Billy paciera cerca de
allí y luego, guiándose por la posición del sol, determinó el punto donde debía
cavar. Después de mirar a su alrededor para convencerse de que no lo observaban,
sacó de la carreta la pala y el zapapico y empezó su tarea. Había un sitio
menos herboso que el resto, y Humphrey presumió que debía ser el lugar donde
correspondía cavar, ya que probablemente la hierba no había crecido por haberse
removido allí la tierra. Comenzó en ese sitio y a los pocos instantes el
zapapico chocó con algo duro; al quitar la tierra, el joven descubrió que era
la tapa de madera de un cajón. Convencido de que estaba en lo cierto, empezó a
trabajar de firme y a los pocos instantes había despejado el agujero lo
suficiente para poder extraer de allí el cajón y dejarlo sobre la hierba. Se
disponía a examinarlo, cuando advirtió, a unos quinientos metros de distancia,
a tres hombres que se adelantaban hacia él. «Me han descubierto -pensó-, y debo
escapar lo antes posible.» Corrió hacia Billy, que estaba cerca, y trayendo, la
carreta al sitio donde estaba el cajón, lo puso en el vehículo. Cuando trepaba
al mismo, con las riendas en las manos, notó que los tres hombres corrían hacia
él con toda
la rapidez posible y que llevaban escopetas. Apenas si estarían
a unos ciento cincuenta metros de él, cuando Humprey partió, lanzando a Billy a
un rápido trote.
Al notarlo, los tres hombres le gritaron a Humphrey que se
detuviese, porque, en caso contrario, harían fuego; pero la única respuesta del
joven fue aplicarle un latigazo a Billy que lo lanzó al galope. Los
perseguidores dispararon de inmediato y las balas pasaron silbando junto a
Humphrey sin causarle daño. El joven volvió la cabeza, y al notar que había
aumentado la distancia contuvo al petiso y siguió la marcha con un ritmo más
moderado. «Ustedes no me atraparán -pensó-. Y sus escopetas no están cargadas.
De modo que los atormentaré un poco.» Hizo que Billy siguiera al paso y miró
para cerciorarse de lo que hacían sus perseguidores. Éstos habían llegado al
sitio donde Humphrey desenterrara el cajón y estaban parados en torno del
agujero, comprendiendo a todas luces que era inútil seguirlo. «Ahora -pensó el
joven, al proseguir más rápidamente el viaje- esos individuos se preguntarán
qué he desenterrado. Los villanos no se imaginan que sé dónde se los puede
encontrar y han revelado lo que son al disparar contra mí. ¿Qué debo hacer
ahora? Quizá me sigan hasta la cabaña, ya que saben sin duda donde vivo, y que
Eduardo vive en la casa del intendente. Quizá vengan y nos ataquen, y no me
atrevo a abandonar la cabaña esta noche o enviar a Pablo, por si lo hacen; pero
lo haré mañana por la mañana.»
Humphrey examinó durante el trayecto todos los hechos y
probabilidades, y resolvió obrar tal como se lo había propuesto en el primer
momento. Al cabo de una hora llegó a la cabaña. Apenas le hubo dado de almorzar
Alicia -porque había llegado a hora más tardía que la usual-, le contó lo
ocurrido.
-¿Dónde está Pablo?
-Ha estado trabajando en el jardín con Edith durante todo el día
-contestó Alicia.
-Bueno, querida. Confío en que no vendrán esta noche; mañana los
haré poner a buen recaudo. Pero si vienen, debemos hacer todo lo posible por
repelerlos. Es una suerte que Eduardo nos haya dejado las escopetas y pistolas
que encontró en la cabaña de Clara, ya que no nos faltarán armas de fuego. Y
podemos hacer barricadas en las puertas y ventanas, de modo que la entrada
diste de serles fácil. Pero necesito la ayuda de Pablo, porque no hay tiempo
que perder.
-Pero, ¿.no podría ayudarte yo, Humprey? -dijo Alicia-.
Seguramente puedo hacer algo, ¿verdad?
-Lo veremos, Alicia; pero, creo que lograré salir del paso sin
ti. No queda aún mucha luz diurna. Llevaré el cajón a tu cuarto.
Humphrey, que sólo había sacado el cajón de la carreta y
traspuesto con él a cuestas el umbral de la cabaña, lo trasladó ahora al
dormitorio de sus hermanas y luego salió y llamó a Pablo, que acudió corriendo.
-Pablo -dijo Humphrey-. Debemos traer a la cabaña varios de los
grandes trozos de madera que aserramos para que nos sirvieran de cabrios,
porque no me sorprendería que esta noche atacaran la cabaña.
Luego el joven le contó a Pablo lo ocurrido.
-Como ves, Pablo, no me atrevo a enviarle recado hoy al
intendente, por si vienen aquí los ladrones.
-No; esta noche no -dijo el gitanillo-. Quedarnos aquí y pelear
con ellos. Primero, asegurar la puerta; luego, hacer abertura para disparar por
ella.
-Sí; eso me proponía yo. ¿No temes luchar contra ellos, Pablo?
-No. Lucharé con empeño por señorita Alicia y señorita Edith
-dijo, Pablo-. Luchar también por usted, señorito Humphrey, y por mí mismo
-agregó riendo.
Ambos jóvenes fueron en busca de la madera aserrada, la trajeron
a la cabaña y pronto adaptaron las tablas a las puertas y ventanas, de modo tal
que aun varios hombres, usando toda su fuerza, no pudieran abrirlas.
-Con eso basta -dijo Humphrey-. Y ahora tráeme la sierra pequeña
y haré una o dos aberturas para disparar a través de ellas.
Anocheció antes de que terminaran, y entonces lo aseguraron todo
y fueron al cuarto de Pablo, en busca de las armas, que aprontaron para ser
usadas y cargaron.
-Ahora estamos completamente prontos, Alicia, de modo que
podemos cenar -dijo Humphrey-. Opondremos una buena resistencia y no les será
tan fácil entrar como se lo imaginan.
Después de la cena, Humphrey dijo las plegarias y les indicó a
sus hermanas que se fueran a la cama.
-Sí, Humphrey. Nos iremos a acostar, pero no nos desnudaremos,
porque si vienen, debo estar levantada para ayudarte. Sé cargar una escopeta,
como no lo ignoras, y Edith puede entregarte rápidamente las armas a medida que
yo las vaya cargando. ¿No es así, Edith?
-Sí; yo te traeré las escopetas, Humphrey, y tú las dispararás
-declaró Edith.
Humphrey besó a sus hermanas y éstas subieron a su cuarto. Luego
el joven puso una luz en la chimenea, para no tener que ir a buscarla si venían
los ladrones, y le indicó a Pablo que fuese a acostarse, ya que él se proponía
hacer lo mismo. Humphrey permaneció despierto hasta las tres de la mañana; pero
no vino ladrón alguno. Pablo roncaba sonoramente, y por fin el propio Humphrey
se quedó dormido y sólo despertó en pleno día. Se levantó y advirtió que Alicia
y Edith estaban ya en la sala, encendiendo el fuego.
-No quise despertarte, Humphrey, teniendo en cuenta tu larga
vigilia. Es evidente que los ladrones no han aparecido. ¿Te parece bien que
desatranque ahora la puerta y las persianas?
-Sí. Creo que podemos hacerlo. ¡Ven, Pablo!
-Sí -respondió el gitanillo, saliendo soñoliento- ¿Qué sucede?
¿Venir ladrón?
-No -replicó Edith-. No ha venido, pero el sol brilla y el
perezoso Pablo, no se levanta.
-Ya se levantó, señorita Edith.
-Sí, pero todavía no está despierto.
-Sí, señorita Edith. Completamente despierto.
-Entonces, ayúdame a desatrancar la puerta.
Quitaron las barricadas y Humphrey abrió cautelosamente la
puerta y miró afuera.
-Sea como fuere, creo que no, vendrán ahora -observó Humphrey-.
Pero no puede saberse. Quizá estén rondando por los alrededores y les parezca
más fácil abordar esto de día que de noche. Sal, Pablo y registra las
cercanías; lleva contigo una pistola y dispárala si hay algún peligro, y luego
vuelve lo más pronto que puedas.
Pablo tomó la pistola y Humphrey salió de la cabaña y contempló
el claro, pero sólo franqueó el umbral al cerciorarse de que no había nadie.
Pablo volvió al poco rato, diciendo que lo había registrado todo y que había
mirado, en el establo y el corral y no se veía a persona alguna. Esto satisfizo
a Humphrey, y ambos volvieron a la cabaña.
-Vamos, Pablo. Desayúnate mientras le escribo la carta al
intendente -dijo Humphrey-. Luego ensillarás a Billy y llevarás la carta con la
mayor rapidez posible. Puedes decirle de viva voz al intendente todo lo que no
haya escrito en ella. Te esperaré de regreso por la noche y supongo que vendrá
gente contigo.
-Comprendo -dijo Pablo, que se consagró inmediatamente a un
trozo de carne fría que le había puesto delante Alicia.
El gitanillo concluyó su desayuno y llevó a Billy hasta la
puerta antes de que Humphrey terminara la carta. Apenas la hubo escrito y
doblado, Pablo emprendió el viaje, con toda la velocidad de que era capaz
Billy, hacia el otro lado del bosque.
Humphrey siguió alerta durante todo el día, con la escopeta al
brazo y sus dos perros al lado, porque sabía que los animales le advertirían la
proximidad de cualquiera mucho antes de que él lo viese. Pero nada ocurrió en
todo el transcurso del día, y al caer la noche el joven volvió a colocar
barricadas en las puertas y ventanas y montó guardia con los perros, esperando
la llegada de los ladrones o de los hombres que enviaría seguramente el
intendente para capturar a los delincuentes. Cuando anochecía,
Pablo volvió con una carta de Eduardo, anunciando que llegaría a las diez con
una numerosa partida.
Humphrey había manifestado en su carta que, a su entender, era
preferible que toda fuerza enviada por el intendente llegara después de
oscurecer, ya que los ladrones podían estar próximos y advertirlos y huir; de
modo que no esperaba su llegada hasta bien entrada la noche. Humphrey estaba
leyendo y Pablo dormitando en el rincón de la chimenea, y las niñas se habían
retirado a su alcoba, tendiéndose vestidas en sus lechos, cuando los perros
profirieron un prolongado gruñido.
-Alguien viene -dijo, Pablo, sobresaltado.
Los perros volvieron a gruñir y Humphrey le hizo seña a Pablo de
que guardara silencio. Hubo una breve pausa de ansiosa quietud, porque era
imposible distinguir si los visitantes eran amigos o enemigos. Luego los perros
se levantaron de un salto y empezaron a ladrar furiosamente, y apenas los hubo
acallado Humphrey, se oyó fuera una voz que solicitaba hospitalidad para un
pobre viajero extraviado. Esto fue suficiente; no podía tratarse de la partida
enviada por el intendente, sino de los ladrones que querían inducirlos a abrir
la puerta. Pablo puso en manos de Humphrey una escopeta y tomó otra para él;
luego retiró la luz al interior de la chimenea y al reiterarse el pedido,
Humphrey respondió que nunca abría la puerta a esa hora de la noche y que era
inútil la insistencia.
No hubo repuesta ni se repitió el pedido, pero cuando Humphrey
se retiraba con Pablo hacia la chimenea, dispararon con una escopeta en la
cerradura que voló al interior de la habitación, y de no haber sido por la
barricada, la puerta se abría abierto. A los ladrones pareció sorprenderles que
no sucediera esto y uno de ellos metía su brazo en el agujero hecho en la
puerta, para averiguar cuál era el nuevo obstáculo, y vencerlo, cuando Pablo se
deslizó por delante deHumphrey y ganando la puerta descargó la escopeta bajo el
brazo introducido por la abertura. El visitante, sea quien fuere, lanzó un
fuerte grito y cayó sobre el umbral.
-Creo que con eso bastará -dijo Humphrey-. No debemos arrebatar
más vidas de las necesarias. Habría preferido que le atravesaras el brazo de un
tiro; eso lo habría incapacitado, lo cual sería suficiente.
-Matar mucho mejor -dijo Pablo-. Corbould con pierna atravesada,
volver a robar; si muerto, no robar más.
Los perros corrieron hacia los fondos de la cabaña, indicando a
todas luces que los ladrones trataban de forzar ese lado. Humphrey metió la
escopeta en el agujero de la puerta y la descargó.
-¿Qué hace usted, señorito Humphrey? Nadie ahí.
-Lo sé, Pablo, pero si vienen los hombres del intendente verán
el fulgor y quizá oigan la detonación y eso les advertirá lo que está
sucediendo.
-Aquí tienes otra escopeta cargada, Humphrey -dijo, Alicia, que
se les había reunido con Edith, sin que Humphrey lo notara.
-Gracias, querida, pero tú no debes quedarte aquí, ni Edith
tampoco. Siéntate en el hogar y allí estarás a salvo de toda bala que puedan
disparar contra la casa. No temo que logren entrar y sin duda pronto
recibiremos ayuda. Pablo, dispararé por la puerta trasera; esa gente debe estar
ahí, porque los perros han metido el hocico debajo de la puerta y ladran con
violencia. Dispara otro tiro como señal por la mirilla de la puerta principal.
Humphrey se paró a un metro y medio de la puerta trasera y
disparó por encima de donde los perros metían los hocicos y ladraban. Pablo
descargó y volvió para cargar nuevamente las armas. Lo perros se habían calmado
ahora, y al parecer los ladrones estaban alejados ya de la puerta trasera.
Pablo apagó de un soplo la luz, que había sido colocada más al centro del
aposento, cuando Alicia y Edith tomaran posesión del hogar.
-No temer, señorita Edith; yo sé dónde encontrar todo -dijo
Pablo, que atisbó por la mirilla de la puerta principal, para ver si los
atacantes se acercaban por allí de nuevo, pero nada pudo ver ni oír durante
algún tiempo.
Finalmente reanudaron el ataque; los perros corrieron hacia el
frente y los fondos, a veces a una puerta y por momentos a otra, como si
asaltaran ambas, y en cierto momento, un ruido en la alcoba de Alicia reveló
que los ladrones habían volado la pequeña ventana de aquel aposento, de la cual
Humphrey no se había preocupado, dado que a causa de su pequeñez, difícilmente
podía entrar por ella un hombre. Humphrey llamó inmediatamente a Fiel y abrió
la puerta de la alcoba; porque pensó que sí un hombre forzaba el paso a la
misma, se vería obligado a retroceder ante el perro o al menos sería contenido
por él, y por su parte no se atrevía a abandonar con Pablo las dos puertas.
Guardián, el ótro perro, siguió a Fiel al dormitorio y unos juramentos y
blasfemias, mezclados con los salvajes aullidos de los perros les revelaron a
los jóvenes que se libraba allí una lucha. Ambas puertas eran golpeadas ahora
con varios pesados leños al mismo tiempo, y Pablo dijo:
-Muchísimos ladrones aquí.
Habían transcurrido unos momentos más, durante los cuales Pablo
y Humphrey dispararon sus escopetas a través de la puerta. Cuando se oyeron
repentinamente afuera otros ruidos: detonaciones, sonoros gritos y airadas
blasfemias y exclamaciones.
-Ha llegado la gente del intendente -dijo Humphrey-. Estoy
seguro de ello.
A poco, Humphrey oyó a Eduardo que lo llamaba por su nombre y
fue hacia la puerta y deshizo las barricadas.
-Enciende una luz, querida Alicia -dijo-. Ahora estamos a salvo.
Abriré la puerta de inmediato, Eduardo, pero en la oscuridad no veo los
pasadores.
-¿Están ilesos todos, Humphrey?
-Sí, todos, Eduardo, espera a que Alicia traiga una luz.
La niña pronto la trajo y destrabaron la puerta. Eduardo pasó
por sobre el cuerpo de un hombre tendido en el umbral, diciendo:
-De todos modos, ustedes han dejado tieso a alguien aquí.
Y abrazó a Edith y Alicia.
Osvaldo y varios hombres más lo siguieron, trayendo a los
prisioneros.
-Amarre bien a ese individuo, Osvaldo -dijo Eduardo-. Trae otra
luz, Pablo; veamos quién es el que yace junto a la puerta.
-Primero veamos quién está en mi alcoba, Eduardo -dijo Alicia-,
porque los perros siguen aún ahí.
-¿En tu alcoba, querida? Bueno, vayamos allí antes que nada.
Eduardo entró con Humphrey y hallaron a un hombre con el cuerpo
introducido a medias por la ventana y a medias fuera, asido de la garganta y al
parecer estrangulado por ambos perros. Eduardo lo liberó de los animales y
después de ordenarles a los hombres del intendente que sujetaran al ladrón y se
cercioraran de si estaba o no vivo, volvió a la sala y examinó el cuerpo que
yacía junto a la puerta.
-¡Corbould, como que soy quien soy! -exclamó Osvaldo.
-Sí-replicó Eduardo-. Sus cuentas han quedado saldadas. ¡Dios lo
perdone!
Pudo comprobarse que, de todos los ladrones, que eran diez, no
se había escapado uno solo; ocho estaban prisioneros y Corbould y el hombre
asido por los perros y muerto ya, completaban el número. Los ladrones fueron
amarrados y puestos bajo custodia, y dejándolos a cargo de Osvaldo y cinco de
sus hombres. Eduardo y Humphrey partieron con otros siete rumbo a la cabaña de
Clara, para determinar si había otros allí. Llegaron alrededor de las dos de la
mañana y después de haber llamado varias veces, abrieron la puerta y se
apoderaron de otro hombre, el único que restaba en la casa. Luego volvieron a
la cabaña de Eduardo con su prisionero y cuando llegaron, había amanecido ya.
Apenas se hubo desayunado la partida enviada por el intendente, Eduardo se
despidió de Humphrey y sus hermanas, para volver y entregar sus prisioneros.
Pablo lo acompañó para traer la carreta que transportaba los dos cadáveres.
Aquella captura despejaba el bosque de los ladrones que lo infestaran durante
tanto tiempo, porque a partir de entonces nunca hubo más intentonas de robo.
Antes de la partida de Eduardo, Humphrey y él examinaron el
cajón desenterrado por el primero y que les hiciera correr tantos peligros a
los moradores de la cabaña, porque uno de los cautivos le manifestó a Eduardo
que ellos habían sospechado que el cajón que les vieran desenterrar a Humphrey
contenía un tesoro, y que en caso contrario, ellos jamás habrían
atacado la cabaña, aunque Corbould los había inducido con
frecuencia a hacerlo, pero como sabían que Corbould sólo buscaba venganza -y
necesitaban el estímulo del dinero- se habían negado, ya que a su entender, en
la cabaña nada había digno de ese riesgo, sabiendo como sabían que sus
ocupantes tenían armas de fuego y se defenderían. Al examinar el contenido del
cajón, los jóvenes hallaron cuarenta libras en oro, una bolsa con monedas de
plata y otros varios objetos de valor, como eran cucharas, candelabros y
adornos femeninos, todo de plata. Eduardo hizo una lista del contenido, y al
volver le expuso al intendente todo lo ocurrido y preguntó qué debía hacerse
con el dinero y demás objetos hallados por su hermano.
-Preferiría que ustedes no me hubiesen dicho una sola palabra
sobre el particular -dijo el intendente-, aunque me complace su franco y leal
proceder. Nada puedo decir, salvo que lo mejor será dejar las cosas en poder de
Humphrey hasta que sean reclamadas..., lo cual, naturalmente, nunca sucederá.
Pero Humphrey debe venir aquí y deponer sobre lo ocurrido, ya que mi deber es
informar sobre la captura de esos ladrones y enviarlos para que sean juzgados.
Más vale que vaya usted con el secretario y reciba las declaraciones de Pablo y
de sus hermanas, mientras Humphrey viene aquí. Usted puede quedarse hasta que
su hermano vuelva. Las demás declaraciones no son tan importantes como las de
Humphrey, ya que sólo pueden referirse al ataque, pero debo recibir personalmente
el testimonio de Humphrey.
Al enterarse de que Eduardo se iba, Paciencia y Clara obtuvieron
licencia para acompañarlo y visitar a Alicia y Edith, debiendo ser acompañadas
de regreso por Humphrey. El intendente consintió en esto y todos pasaron el
tiempo muy alegremente. Humphrey se quedó dos días en casa del intendente y
luego volvió a la cabaña, donde Eduardo lo había reemplazado durante su
ausencia.
Capítulo XXI
Llegó un invierno muy severo y las nevadas se tornaron muy
densas y frecuentes fue una suerte la previsión de Humphrey al acumular tanto
heno, porque de lo contrario el ganado habría pasado hambre. Los rebaños de
cabras se alimentaban en gran parte de la corteza de los árboles y de musgo; de
noche les daban un poco de heno, y así lo pasaban muy bien. A Eduardo le
costaba mucho esfuerzo visitar a sus hermanos, ya que lo profundo de la nieve
volvía harto fatigoso tan largo viaje para un caballo. El joven logró venir dos
e tres veces después de las nevadas, pero luego los suyos comprendieron que
aquello era imposible y no lo esperaron más. Humphrey y Pablo tenían poco que
hacer, limitándose a atender a su ganado y a cortar leña para seguir
abastecidos, porque el combustible se consumía ahora muy rápidamente. La nieve
se elevaba a más de un metro de altura alrededor de la cabaña, siendo impulsada
contra sus muros por el viento. Los jóvenes conservaron despejado un camino que
llevaba al corral y limpiaban éste de nieve lo mejor posible; no podían hacer
más. Una intensa helada y un tiempo claro sucedieron a las borrascas de nieve y
al parecer no había probabilidades de que ésta se derritiera. Las noches eran
oscuras y largas y el aceite que tenían en la cabaña para la lámpara mermaba.
Humphrey se sentía ansioso por ir a Lymington, ya que necesitaban muchas cosas,
pero era imposible ir a ninguna parte,
como no fuese a pie, y las caminatas eran, dado el espesor de la
nieve, un ejercicio muy fatigoso. Pero Humphrey no había olvidado su promesa a
Eduardo de capturar a varios de los petisos salvajes, y desde que empezaran las
violentas nevadas había estado haciendo sus preparativos. El espesor de la
nieve impedía que los animales consiguieran alguna hierba y casi se morían de
hambre, ya que no podían hallar más medios de subsistencia que las ramas y
ramitas que había a su alcance. Humphrey salió con Pablo y halló a la manada,
que estaba a unos ocho kilómetros de su vivienda y cerca de la cabaña de Clara.
El joven y Pablo llevaron consigo todo el heno que podían cargar y lo
esparcieron, de modo que atrajera a los petisos, obligándolos a acercarse a
ellos, y luego Humphrey buscó un sitio adecuado para sus propósitos. A unos
cinco kilómetros de la cabaña halló algo que creyó muy conveniente. Era una
suerte de avenida entre dos arboledas, de un centenar de metros de ancho
aproximadamente y el viento que soplaba por esa avenida durante las borrascas
había acumulado la nieve en un extremo del camino, elevando del otro lado una
gran pila de más de un metro de altura. Esparciendo pequeños montículos de
heno, Humphrey atrajo a la manada de petisos a aquella avenida, y en ésta les
dejó una buena cantidad de heno para que se alimentaran durante varias noches,
hasta que finalmente la manada se habituó a ir allí todas las mañanas.
-Ahora, Pablo, hay que hacer una tentativa -dijo Humphrey-.
Debes aprontar tus lazos, por si los necesitamos. Tenemos que ir allí con los
dos perros antes del amanecer, ubicando a uno de ellos a un lado de la avenida
y al otro del lado opuesto, para que ladren y les impidan a los petisos toda
fuga a través del bosquecillo. Entonces encerraremos a los petisos entre
nosotros y la pila de nieve existente del otro lado de la avenida y trataremos
de empujarlos hacia allí. En ese caso, se sumergirán en él tan profundamente
que no podrán salir antes de que les hayamos echado las cuerdas alrededor del
pescuezo.
-Comprendo -dijo Pablo-. Muy bueno... Atraparlos pronto.
Antes del amanecer fueron con los perros y un gran montón de
heno que esparcieron más cerca de la pila de nieve. Al mediodía, la manada
acudió para recoger el heno como de costumbre y cuando hubo pasado junto a
ellos, Humphrey y Pablo los siguieron, internándose en el bosque, no queriendo
dejarse ver hasta el último momento. Cuando los petisos estaban atareados con
el heno, los jóvenes irrumpieron repentinamente en la avenida, se separaron
para impedir que los petisos procuraran huir pasando a su lado, y empezaron a
gritar con todas sus fuerzas, mientras corrían hacia los animales y llamaban a
los perros, cuyos ladridos se oyeron inmediatamente desde ambos lados. Los
petisos, alarmados por el ruido y la aparición de Humphrey y Pablo, se
abalanzaron, naturalmente, hacia la única dirección que les parecía libre, y se
toparon al galopar con la pila de nieve, agitando la cola, bufando y
sumergiéndose en la nieve en su prisa. Pero apenas hubieron llegado a la pila
se hundieron primero hasta el vientre y luego, cuando trataron de forzar el
paso en los sitios donde la nieve era más espesa, muchos de ellos quedaron
totalmente atascados y procuraron en vano liberarse. Humphrey y Pablo, que los
habían seguido con toda la rapidez posible, los alcanzaron entonces y le echaron
el lazo al cuello a uno de ellos y cuerdas con dogales a otros dos, que daban
tumbos y tropezaban entre la nieve juntos. El resto de la manada, después de
grandes esfuerzos, se liberó de la nieve, huyendo al galope por la avenida. Los
tres petisos capturados luchaban furiosamente, pero al ceñirse cada vez más las
cuerdas alrededor de sus cuellos quedaron estrangulados a medias y pronto no
pudieron moverse. Entonces los jóvenes les amarraron las patas
delanteras y les aflojaron los dogales para que pudieran recobrar el aliento.
-Ya los tenemos, señorito Humphrey -dijo Pablo.
-Sí. Pero nuestra obra no está terminada aún, Pablo. Debemos
llevarlos a casa. ¿Cómo lo haremos?
-Supongamos que no coman hoy y mañana... Volverse muy mansos.
-Me parece que será lo mejor; no podrán volver a ser libres, a
hacer lo que quieran.
-No, señor; pero llevarnos hoy a uno de ellos. Este lindo
petiso; suponer que lo intentamos.
Pablo le puso entonces el cabestro al animal y ató el extremo a
la pata delantera del petizo, de modo que éste no pudiera caminar sin tener la
cabeza muy próxima al suelo; si el animal alzaba la cabeza, se veía obligado a
alzar la pata. Luego, el gitanillo le rodeó el pescuezo con el lazo para que
éste lo estrangulara si se mostraba indócil, y hecho esto, soltó las cuerdas
que amarraran sus patas delanteras.
-Ahora, señorito Humphrey, nosotros llevarlo a casa de uno u
otro modo. Primero soltaré a los perros; él temer a los perros y correr en
sentido opuesto.
El petiso, que era de color gris hierro y muy hermoso, embestía
furiosamente y daba coces; pero no podía hacerlo sin caer, cosa que sucedió
varias veces antes de que Pablo volviera con los perros, Humphrey sostuvo una
parte del lazo de un lado y Pablo del otro, manteniendo al petiso entre ellas,
y con la ayuda de los perros que ladraban desde atrás consiguieron, con muchos
esfuerzos y afanes, llevar al petiso a la cabaña. El pobre animal, arrastrado
así sobre tres patas y estrangulado por momentos mediante el lazo, quedó
cubierto, de espuma antes de llegar. Billy fue sacado de su establo para
dejarle sitio al recién llegado, a quien sujetaron sólidamente al pesebre,
quedando sin alimento a fin de que se volviera manso. Era ya harto tarde y los
jóvenes estaban demasiado fatigados para ir por los otros dos petisos; de modo
que éstos quedaron tendidos en la nieve durante toda la noche, y a la mañana
siguiente se comprobó que estaban mucho más mansos que antes, y durante el día,
con el mismo procedimiento, fueron llevados al establo y sujetos el uno junto
al otro. Se trataba de un bayo de patas negras y de un tordillo. El bayo era
una yegua y los otros dos, machos. Alicia y Edith se mostraron encantadas con
los nuevos petisos y Humphrey estaba muy satisfecho, de haber logrado
capturarlos, después de su promesa a Eduardo. Cuando transcurrieron dos días de
ayuno, los pobres animales estaban tan mansos que comieron de la mano de Pablo
y se dejaron palmear y acariciar. Y antes de haber pasado una semana en el
establo, Alicia y Edith pudieron acercarse a ellos sin peligro. No tardaron en
quedar domados, ya que, como el patio estaba lleno de estiércol, Pablo los
llevó allí y los montó. Los petisos se encabritaron y dieron de coces, al
principio, haciendo todo lo posible por liberarse de él, pero se hundieron a
tal punto en el estiércol que no tardaron en quedar agotados. Y al cabo de un
mes estaban suficientemente sosegados para montarlos.
La nieve que cubría todo el campo era tan espesa que había poca
comunicación con la metrópoli. Una carta del intendente anunció que el rey
Carlos reunía otro ejército en Holanda y que sus parciales de Inglaterra se
disponían a plegarse a él cuando emprendiera la marcha hacia el sur.
-Me parece que los asuntos del rey no tienen un cariz muy
promisorio, Eduardo -dijo el intendente-.
Pero sobra tiempo todavía. Conozco su ansiedad por servir al rey
y no puedo reprochársela. No le impediré que se vaya, aunque, desde luego, no
debo estar enterado oficialmente de su partida. Al llegar el invierno lo
enviaré a Londres. Entonces usted juzgará mejor lo que está pasando y su
ausencia no motivará sospechas; pero debe dejarse guiar por mí.
-Por cierto que así lo haré, señor -respondió Eduardo-. A decir
verdad, me gustaría asestar un golpe en favor del rey, suceda lo que suceda.
-Todo depende de que ellos manejen bien las cosas en Escocia;
pero hay tantos celos y orgullo, -y me temo que traición también-, que cuesta
prever el desenlace de todo eso.
Poco después de esta conversación un mensajero trajo de Londres
cartas en que se anunciaba que el rey Carlos había sido coronado en Escocia con
gran solemnidad y magnificencia.
-La rebelión cobra cuerpo y solidez -dijo, el intendente-, y
esta carta de mi corresponsal Ashley Cooper afirma que el ejército del rey está
bien pertrechado y que David Lesley es el teniente general, Middleton el
comandante de la caballería y Wemyss el de la artillería. Ese Wemyss es
ciertamente un buen oficial, pero no le fue leal al difunto rey. ¡Ojalá se
porte mejor ahora! Pues bien, Eduardo... Yo lo enviaré a Londres y le daré
cartas para quienes le aconsejarán cómo debe obrar. Puede tomar el caballo negro;
le servirá bien. Desde luego, escríbame; porque Sampson lo acompañará y puede
enviármelo de regreso cuando le parezca innecesario o no desee su presencia. No
hay tiempo que perder, porque, téngalo por seguro, Cromwell, que está todavía
en Edinburgo, saldrá al campo de batalla apenas pueda. ¿Está usted pronto para
partir mañana por la mañana?
-Sí, señor. Completamente pronto.
-Temo que usted no podrá ir a la cabaña a despedirse de sus
hermanos; pero quizá sea mejor que no vaya.
-También yo lo creo así, señor -respondió el joven-. Ahora que
la nieve ha desaparecido casi totalmente, pensaba ir después de tan larga
ausencia; pero tendré que enviarles a Osvaldo en vez de ir personalmente.
-Bueno; déjeme entonces escribir mis cartas y prepare sus
alforjas. Paciencia y Clara le ayudarán. Dígale a Sampson que venga.
Eduardo fue en busca de Paciencia y Clara y les dijo que debía
partir a Londres a la mañana siguiente, y que se disponía a hacer sus
preparativos.
-¿Cuánto tiempo se quedará allí, Eduardo? -inquirió Paciencia.
-No sabría decirlo. Me acompaña Sampson y debo dejarme guiar,
naturalmente, por su padre, Paciencia, ¿Sabe dónde están las alforjas?
-Sí. Febe se las llevará a su cuarto.
-Y usted y Clara tendrán que venir a ayudarme.
-Por cierto que lo haremos si usted lo necesita; pero yo no
sabía que su guardarropa fuese tan grande.
-Usted sabe que dista de serlo, Paciencia; pero, precisamente
por eso, necesito su ayuda. Un guardarropa pequeño debe estar por lo menos en
orden. Y lo que yo necesitaría es que usted me repasara la ropa blanca y donde
hiciera falta algún pequeño remiendo derrochara sobre ella su caridad.
-Eso haremos, Clara -dijo Paciencia-. De modo que ve a buscar
tus agujas e hilo y enviemos a Eduardo a Londres con su ropa blanca entera.
Iremos apenas estemos prontas, señor.
-Este viaje de Eduardo a Londres no me gusta nada -dijo Clara-.
¡Estaremos tan solas cuando se haya ido!...
Eduardo había abandonado el aposento, y cuando Febe le dio las
alforjas subió a su alcoba. Lo primero que hizo fue asir la espada de su padre.
La descolgó y, después de haberla limpiado cuidadosamente, la besó, diciendo:
-¡Permita Dios que yo pueda honrarla y mostrarme tan digno de
esgrimirla como mi valiente padre!
Había proferido estas palabras en voz alta. Cuando hubo dejado
el arma sobre la cama, se volvió y advirtió que Paciencia había entrado
silenciosamente y estaba parada cerca de él. El joven no se dio cuenta de que
había hablado en voz alta, y por eso se limitó a decir:
-No advertí su presencia. Sus pasos son tan leves...
-¿Qué espada es ésa, Eduardo?
-Es mía; la compré en Lymington.
-Pero..., ¿por qué le inspira tanto afecto?
-¿Afecto por la espada?
-Sí; cuando entré en la habitación la besaba usted tan
fervientemente como...
-Como un galán a su amada, querrá decir, sin duda -replicó
Eduardo.
-De ningún modo; no me propongo usar tan vanas palabras... Como
un católico una reliquia, iba a decir. Vuelvo a preguntarle... ¿Por qué? Una
espada no es más que una espada. Se dispone usted a partir con una misión de mi
padre. No es un soldado próximo a participar en una contienda, en una guerra. Y
si lo fuese.. ¿por qué habría de besar su espada?
-Se lo diré. Le tengo afecto a esta espada. Como se lo dije, la
compré en Lymington y me dijeron que le había pertenecido al coronel Beverley.
Es por eso que me inspira afecto. Ya sabe cuánto debe agradecerle mi familia al
coronel.
-¿De modo que esta espada fue esgrimida por el famoso realista
coronel Beverley? -dijo Paciencia, levantándola del lecho y examinándola.
-Sí que lo fue. Y en la empuñadura, como ve, están sus
iniciales.
-¿Y por qué se la lleva usted a Londres? Por cierto que no es el
arma más indicada para un secretario, Eduardo. Es harto grande y pesada y poco
adecuada.
-Recuerde que, hasta estos últimos meses, he sido un
guardabosques y no un secretario, Paciencia. A decir verdad, me siento más apto
para la vida activa que para el cargo que me ha otorgado la bondad de su padre.
Fui criado, como usted sabe, para ir a la guerra. Y lo habría hecho de estar
vivo mi señor.
Paciencia no respondió. Entonces se les reunió Clara y ambas
comenzaron a examinar la ropa blanca. Eduardo salió del aposento, ya que quería
hablar con Osvaldo. Las muchachas y el joven no volvieron a encontrarse hasta
la hora del almuerzo. La repentina partida de Eduardo les había infundido
tristeza a todos; hasta el intendente estaba silencioso y pensativo. Al
anochecer, le dio a Eduardo las cartas que había escrito y una considerable
suma de dinero, diciéndole adonde debía dirigirse si necesitaba más para sus
gastos. Lo puso en guardia sobre muchos aspectos de su conducta y también en lo
relativo a su vestimenta y modales durante su estada en la metrópoli.
-Si se marcha de Londres, Eduardo, no habrá oportunidad... más
aun, será peligroso escribirme. Daré por sentado que usted retendrá a Sampson
hasta su partida, y cuando él vuelva aquí supondré que usted se ha ido al
norte. No lo detendré más tiempo. ¡Dios lo bendiga y proteja!
Después de estas palabras, el intendente se fue a su cuarto.
«¡Qué hombre bueno y generoso! -pensó Eduardo-. ¡Cómo me
equivoqué al tratarlo, por primera vez!»
Tomando las cartas y la bolsa de dinero, que estaba aún sobre la
mesa, Eduardo fue a su aposento, y después de haber puesto las cartas y el
dinero en la alforja, se encomendó al Divino Protector y se retiró a descansar.
Antes del amanecer lo despertó el rumor de las pesadas botas de
viaje de Sampson, y se vistió rápidamente. Con las alforjas al brazo, bajó
silenciosamente la escalera, para no perturbar el reposo de algún miembro de la
familia; pero cuando pasaba junto a la sala advirtió luz en ella y al asomarse
allí notó que Paciencia se había levantado ya y estaba vestida. El joven
pareció sorprendido y se disponía a hablar, cuando Paciencia dijo:
-Me levanté temprano, Eduardo, porque al despedirme de usted
anoche olvidé un paquetito que quería darle antes de que se marchara. No
ocupará mucho lugar y quizá lo entretenga a ratos perdidos. Es un librito de
meditaciones. ¿Quiere aceptarlo y me promete leerlo cuando tenga tiempo?
-Por cierto que lo haré, querida Paciencia..., si me permite la
expresión... Lo leeré y pensaré en usted.
-De ningún modo. Debe leerlo y pensar en su contenido -dijo la
joven.
-Eso haré, entonces. Le aseguro que no necesitaré el libro para
recordar a Paciencia Heatherstone.
-Y ahora, escúcheme, Eduardo... No pretendo averiguar el motivo
de su partida, ni sería propio que yo tratara de descubrir lo que mi padre cree
conveniente callar; pero debo rogarle que me prometa una cosa.
-Dígala, querida Paciencia -contestó Eduardo-. Mi corazón está
tan desbordante ante la idea de abandonarla, que adivino la imposibilidad de
negarle nada.
-Se trata de esto: tengo, no sé por qué, el presentimiento de
que usted correrá peligro. En ese caso, sea prudente... Por sus queridas
hermanas..., por todos sus amigos, que lo llorarían... Prométamelo.
-Le prometo firmemente, Paciencia, que mis hermanas y usted
ocuparán mis pensamientos y que no seré imprudente en ningún caso.
-Gracias, Eduardo. ¡Que Dios lo bendiga y proteja! El joven besó
la mano de Paciencia, que retenía la suya; pero al notar que las lágrimas
asomaban a los ojos de la joven, se las enjugó con un beso, sin reconvención
alguna de Paciencia, y salió del aposento. A los pocos instantes montaba un
hermoso y robusto caballo negro, y seguido por Sampson tomaba el camino de
Londres.
No describiremos el viaje, que fue efectuado sin suceso alguno
digno de mención. Desde el primer momento Eduardo llamó a su lado a Sampson,
para que éste pudiera responder a las preguntas que quería formularle sobre
todo lo que veía y que, como el lector
comprenderá, era absolutamente nuevo para un hombre cuyas
peregrinaciones se habían limitado al Bosque Nuevo y el pueblo próximo. Sampson
era un hombre muy vigoroso, de carácter frío y taciturno, bastante inteligente
y, por lo demás, digno de confianza. Durante mucho tiempo había sido parcial
del intendente y servido en el ejército. Era muy devoto, y por lo general,
cuando no le hablaban, cantaba salmos en voz baja.
Al anochecer del segundo día de viaje se aproximaron a la
metrópoli, y Sampson le señaló a Eduardo la catedral de San Pablo, la abadía de
Westminster y otros objetos dignos de nota.
-¿Y dónde hemos de alojarnos, Sampson? -inquirió Eduardo.
-El mejor hotel que conozco para un hombre y su caballo, es El
Cisne de los Tres Cuellos, de Holborn. No lo frecuentan los matones y usted
gozará allí de tranquilídad. Y si así lo exigen sus asuntos, vivirá sin ser
observado.
-Eso me conviene, Sampson. Quiero observar y que no me observen
durante mi estada en Londres.
Antes del oscurecer habían llegado al hotel, y sus caballos
fueron llevados a la caballeriza. Eduardo consiguió aposentos a su entera
satisfacción, y como se sentía fatigado con sus dos días de viaje se fue a la
cama.
A la mañana siguiente examinó las cartas que le había dado el
intendente y le preguntó a Sampson si podía orientarlo. Sampson conocía bien
Londres y Eduardo fue a Spring Gardens para entregar una carta, que el
intendente le había prevenido era confidencial, a un hombre llamado Langton. El
joven llamó a la puerta y lo hicieron pasar. Sampson se sentó en el vestíbulo,
mientras Eduardo era conducido a una biblioteca hermosamente amueblada, donde
se encontró en presencia de un hombre alto, enjuto, vestido a la manera de los
cabezas redondas de la época. Eduardo le presentó la carba. El señor Langton lo
saludó y le rogó que se sentara. Cuando Eduardo hubo tomado una silla, aquél se
sentó y abrió la carta.
-Bienvenido, señor Armitage -dijo-. Veo que, a pesar de su
aparente juventud, goza usted de la absoluta confianza de nuestro común amigo
el señor Heatherstone. Éste me sugiere que usted se verá obligado probablemente
a emprender un viaje al norte y que le complacerá encargarse de cualesquiera
cartas que yo necesite enviar en esa dirección. Las tendré prontas para usted.
Y en caso necesario, serán tales que le darán un buen pretexto para su viaje,
en el caso de que usted no quiera revelar su verdadero propósito. ¿Cómo están
nuestro buen amigo Heatherstone y su hija?
-Perfectamente, señor.
-Heatherstone me dijo en una de sus cartas anteriores que tenía
en su casa a la hija de nuestro pobre amigo Ratcliffe. ¿No es así?
-Así es, señor Langton. Y es una niña gentil y bella, por
cierto.
-¿Cuándo llegó usted a Londres?
-Ayer por la noche, señor.
-¿Y se propone quedarse algún tiempo?
-No sabría decirlo, señor. Debo dejarme guiar por su consejo.
Nada tengo que hacer aquí, como no sea entregar tres o cuatro cartas que me ha
dado el señor Heatherstone.
-Mi opinión, señor Armitage, es que cuanto menos se deje usted
ver en la ciudad será mejor. Hay centenares de personas dedicadas a descubrir a
los recién llegados y a averiguar por sus relaciones o por otros medios qué fin
los trae; porque debe usted comprender, señor Armitage, que los tiempos son
peligrosos y el modo de pensar de la gente diverso. Al tratar de liberarnos de
lo que considerábamos despotismo, nos hemos creado un despotismo peor y menos
soportable. Cabe confiar en que lo sucedido aumente la prudencia de los reyes y
aun de sus súbditos. Y bien..., ¿qué piensa usted hacer? ¿Irse de aquí
inmediatamente?
-Por cierto que sí, siempre que lo crea usted aconsejable.
-Mi consejo, es que abandone Londres inmediatamente. Le daré
cartas para algunos amigos míos del Lancashire y del Yorkshire; en cualquiera
de esas zonas podrá pasar inadvertido y hacer los preparativos que juzgue
necesarios. Pero no obre precipitadamente; consúltelo, con quienes se asociarán
a sus proyectos, si lo consideran aconsejable y prudente, y déjese guiar por
ellos. No necesito decirle más. Visíteme mañana por la mañana, una hora antes
del mediodía, y tendré las cartas prontas, para usted.
Eduardo se levantó para despedirse y le agradeció su bondad al
señor Langton.
-Adiós, señor Armitage -dijo Langton-. Hasta mañana a las once.
Eduardo se marchó de allí y fue a entregar las otras cartas. La
única importante por el momento era una carta de crédito; las demás iban
dirigidas a diversos miembros del parlamento, manifestándoles que el señor
Armitage era un amigo confidencial del intendente y rogándoles que en caso
necesario usaran de sus buenos oficios en su favor. La carta de crédito había
sido librada contra un mercader hamburgués, que le preguntó a Eduardo si
necesitaba dinero. Eduardo contestó que no le hacía falta por el momento, pero
que debía cumplir ciertos recados de su principal en el norte, y que allí quizá
necesitara algún dinero, si es que era posible conseguirlo tan lejos de
Londres.
-¿Cuándo parte usted y a qué ciudad va?
-Eso no podré decírselo, hasta mañana.
-Véame antes de marcharse y encontraré alguna manera de arreglar
ese asunto a la medida de sus deseos.
Eduardo volvió al hotel. Antes de acostarse le dijo a Sampson
que debía irse de Londres para atender asuntos del señor Heatherstone y que
estaría ausente durante algún tiempo. Y concluyó haciendo notar que no creía
necesario llevarlo consigo, ya que podía prescindir de sus servicios, y el
señor Heatherstone se alegraría de que su servidor volviese.
-Como guste, señor -dijo Sampson-. ¿Cuándo he de volver?
-Puede marcharse mañana a la hora que prefiera. No tengo
necesidad de enviar carta alguna. Puede usted decirles a todos que estoy bien y
que escribiré apenas pueda comunicarles algo concreto.
Luego Eduardo le hizo un regalo a Sampson y le deseó un grato
viaje.
Al día siguiente, a la hora convenida, el joven visitó de nuevo
al señor Langton, que lo recibió muy cordialmente.
-Le tengo preparado todo, señor Armitage. Hay una carta para dos
damas católicas del Lancashire, que cuidarán mucho de usted. Y aquí tiene otra
para un amigo mío del Yorkshire. Las damas viven a unos seis kilómetros de la
ciudad de Bolton y mi amigo del Yorkshire en la ciudad de York. Puede confiar
en cualquiera de ellos. Y ahora, adiós. ¿Dónde está su criado?
-Ha vuelto al lado del señor Heatherstone esta mañana.
-Ha hecho usted bien. Váyase de Londres sin pérdida de tiempo y
no se precipite con sus planes futuros. Usted me entiende. Si lo aborda alguien
en el camino no confíe en ningún género de declaraciones. Usted, naturalmente,
va a visitar a sus parientes del norte. ¿Tiene pistolas?
-Sí, señor; un par de pistolas que le pertenecieron al
infortunado señor Ratcliffe.
-Entonces respondo de que son buenas. Ningún hombre fue más
cuidadoso en punto a armas o supo manejarlas mejor. ¡Adiós, señor Armitage, y
ojalá lo acompañé el éxito!
El señor Langton le tendió lamano a Eduardo y éste se despidió
de él respetuosamente.
Capítulo XXII
Eduardo estaba seguro de que el señor Langton no le habría
aconsejado marcharse de Londres, de no haber considerado peligrosa su
permanencia allí. De modo que empezó por visitar al mercader hamburgués, que,
después de su explicación, le dio una carta de crédito para un amigo suyo
residente en la ciudad de York. Luego regresó al hotel, preparó sus alforjas,
pagó su cuenta y, montando a caballo, emprendió viaje por la carretera del
norte. Como en las postrimerías de la tarde no se había alejado aún gran cosa de
la ciudad, no pasó de Barnet, donde paró en la posada. Apenas hubieron atendido
a su caballo, Eduardo,
con las alforjas al brazo, entró en la sala de la posada donde
se reunían todos los viajeros. Después de haberse asegurado un lecho y de haber
dejado sus alforjas al cuidado de la posadera, se sentó junto a la lumbre, que
había sido encendida, pese a lo templado del día.
Eduardo no había introducido cambio alguno en la vestimenta
usada desde el día en que lo recibieran en la casa del señor Heatherstone. Era
ropa sencilla, aunque de buen paño. Usaba un sombrero puntiagudo y, en general,
se habría creído, por su indumento, que pertenecía al partido de las cabezas
redondas. Su espada y tahalí eran ciertamente de aspecto más alegre que los
usados habitualmente por los cabezas redondas; pero ésta era la única
diferencia.
Cuando Eduardo entró en la sala, había allí tres personas cuyo
aspecto no era muy atrayente. Vestían lo que debía haber sido antaño un
indumento muy alegre, pero que ahora exhibían encajes ajados, manchas de vino y
el polvo del viaje. Escudriñaron a Eduardo cuando entró con sus alforjas, y uno
de ellos le dijo:
-Hermoso caballo el que monta, señor.
-Sí -dijo Eduardo, volviéndose y entrando en la cantina para
hablar con la posadera y encomendar sus cosas a su cuidado.
-¿Va al norte, señor? inquirió la misma persona, al verlo
volver.
-No -replicó Eduardo, acercándose a la ventana para eludir la
conversación.
-El cabeza redonda es engreído observó otro de los desconocidos.
-Sí -replicó el primero-. Se ve fácilmente que no está habituado
a tratar con caballeros.
Por medio alfiler le haría tiras las orejas.
Eduardo optó por no responder; se cruzó de brazos y miró al
desconocido con desprecio.
La posadera, que había oído la conversación, llamó a su marido y
le sugirió que fuese a la sala e impidiera que el joven caballero recién
llegado fuese objeto de nuevos insultos. El huésped, que conocía a aquella
gente, entró en la sala y dijo:
-Vamos, váyanse de aquí lo más pronto que puedan. Lárguense y
vayan a los establos, o enviaré por alguien que no les gustará.
Los tres desconocidos se levantaron con aire fanfarrón, pero
obedecieron las órdenes del huésped y abandonaron la sala.
-Lamento, joven señor, que esos matasietes lo hayan agraviado,
según me informa mi mujer. Yo ignoraba que estuviesen en la casa. No podemos
negarnos a recibir sus caballos; pero sabemos muy bien quiénes son, y si usted
viaja con destino a algún sitio lejano más vale que lo haga en compañía.
-Gracias por su advertencia, mi buen posadero -dijo Eduardo-.
Pensé que serían salteadores de caminos o algo así.
-Ha acertado usted, señor; pero nada ha podido probarse aún en
su contra, o no estarían aquí. En estos tiempos tenemos extraños parroquianos y
apenas si sabemos a quien damos albergue. No dudo de que lleva usted aquí una
buena espada, señor; pero supongo que tendrá otras armas.
-Sí que las tengo -respondió Eduardo, entreabriendo su jubón y
mostrando sus pistolas.
-Me parece bien, señor ¿Quiere comer algo antes de acostarse?
-Ciertamente, porque tengo hambre. Bastará cualquier cosa, con
una pinta de vino.
Apenas hubo cenado, Eduardo le pidió a la posadera sus alforjas
y se fue a la cama.
En las primeras horas de la mañana siguiente se levantó y fue al
establo para ver cómo alimentaban a su caballo. Los tres hombres estaban en la
caballeriza, pero no le dijeron una sola palabra. Eduardo volvió a la posada,
pidió el desayuno y apenas hubo concluido sacó sus pistolas para volver a
cebarlas. Mientras estaba así atareado alzó los ojos por casualidad y advirtió
que uno de los desconocidos había apoyado el rostro contra la ventana y lo
observaba. «Bueno, ya sabes qué puedes esperar si te dedicas, a tu oficio
conmigo -pensó el joven-. Me alegro de que me hayas estado espiando.» Después
de haber vuelto las pistolas a su sitio, Eduardo pagó su cuenta y fue a la
caballeriza, donde le dijo al palafrenero que ensillara su caballo y le
colocara las alforjas. Apenas se hizo esto, el joven montó y se alejó.
Cuando no se había alejado aun gran cosa de la ciudad, los
salteadores pasaron al galope a su lado montados en tres robustos caballos.
«Presumo que volveremos a encontrarnos», pensó Eduardo, que durante algún
tiempo galopó suavemente. Luego, como su caballo estaba muy fresco, le hizo
apurar el paso, proponiéndose cumplir una buena jornada. Había recorrido unos
veintidós kilómetros cuando llegó a un matorral, y mientras proseguía un rápido
trote advirtió a los tres salteadores a medio kilómetro de allí. Éstos
descendían una colina que se interponía entre ellos, y él, y Eduardo no tardó
en perderlos de vista nuevamente. Entonces contuvo a su caballo para hacerle
recobrar aliento y subió suavemente al paso la colina. Había llegado casi a la
cumbre cuando oyó unas detonaciones y a poco un hombre a caballo, a toda
velocidad, atravesó la colina dirigiéndose hacia él. Tenía una pistola en la
mano y miraba hacia atrás. La razón de su actitud no tardó en resultar
evidente, ya que inmediatamente aparecieron los tres salteadores que lo
perseguían. Uno de ellos disparó su pistola contra el fugitivo y le erró. Éste
disparó a su vez, y con certera puntería, porque uno de los salteadores cayó.
Todo esto ocurrió en forma tan repentina que Eduardo apenas si tuvo tiempo de
sacar su pistola y espolear a su caballo cuando ya todos los protagonistas de
aquella escena lo alcanzaron y dejaron atrás. Eduardo apuntó al segundo
salteador al cruzarse con él, y el hombre cayó. El tercer atacante, al notar lo
sucedido, volvió su caballo hacia el costado dela carretera, salvó una zanja y
se alejó al galope a través del matorral. El hombre atacado había contenido su
caballo cuando Eduardo acudió en su ayuda, y ahora se aproximó a él, diciendo:
-Debo agradecerle su oportuna ayuda, señor; porque esos bribones
me superaban demasiado, en número.
-Confío en que no estará herido -inquirió Eduardo.
-No, en absoluto; aunque me han chamuscado los rizos, como
notará usted. Me atacaron a más de medio kilómetro de aquí. Yo me dírigía al
norte cuando oí rumor de cascos a mis espaldas; miré y comprendí de inmediato
quiénes eran, de modo que abandoné la carretera y dirigí mi caballo a un
bosquecillo próximo para que no pudieran rodearme. Uno de los tres se adelantó
para cerrarme el paso y los otros dos galoparon hacia la parte final del bosque
para atacarme por la espalda. Vi entonces que los había separado, y que podía
sacarles ventaja reanudando mi viaje, cosa que hice con la mayor rapidez
posible, y ellos me dieron caza de inmediato. Ya ha visto el resultado. Entre
los dos hemos liquidado la banda; porque esos dos individuos parecen muertos o
poco menos.
-¿Qué haremos con ellos?
-Dejarlos donde están -replicó el desconocido-. Estoy muy
apurado y debo seguir mi viaje. Tengo asuntos importantes en la ciudad de York
y no puedo perder el tiempo prestando testimonios y en otras tonterías
semejantes. Son simplemente dos bribones menos en el mundo, y eso es todo.
Como Eduardo se sentía igualmente ansioso por continuar el
viaje, convino con el desconocido en que aquello era lo mejor que podía
hacerse.
-También yo voy al norte -dijo el joven-. Y me siento ansioso
por llegar allí lo antes posible.
-Si me lo permite, proseguiremos la marcha juntos -dijo el
desconocido-. Yo seré quien salga ganando, sabiendo que me acompaña un hombre
digno de confianza, por si vuelvo a ser atacado en el curso de nuestro viaje.
El aire del desconocido era tan caballeresco, franco y cortés,
que Eduardo asintió de inmediato a su proposición de que ambos viajaran juntos
para protegerse mutuamente. Se trataba de un hombre vigoroso, bienformado, de
unos treinta años aparentemente, de notable gallardía, ricamente vestido, pero
sin prendas chillonas, a la manera de los realistas, y que usaba sombrero con
pluma. Mientras seguían el viaje platicaron durante algún tiempo sobre temas
diferentes, sin que ninguno de los dos hiciera pregunta alguna para descubrir
quién era su compañero de viaje. Eduardo había meditado más de una vez, cuando
la conversación desfallecía, en la respuesta que le daría a su compañero si le
preguntaba por objeto de su viaje, y finalmente resolvió qué le diría.
Poco antes del mediodía se detuvieron para darle el pienso a sus
caballos en una aldehuela, y el desconocido hizo notar que eludía Saint Albans
todos los demás pueblos de mayor cuantía, porque no quería provocar la
curiosidad de la gente ni que sus pasos fuesen vigilados. Y expresó que, por lo
tanto, si Eduardo no tenía objeción que hacer, y dada la circunstancia de que
conocía muy bien el terreno, ahorraría tiempo orientando los pasos de
ambos. Como cabe suponer, Eduardo se mostró muy de acuerdo con
esto, y durante todo el viaje no penetrarbn en pueblo alguno, salvo cuando lo
cruzaban al anochecer, y pararon en humildes posadas situadas junto a la
carretera, donde si no se los atendía muy bien, al menos no se veían expuestos
a ser observados.
Con todo, era imposible que aquella reserva se prolongara
durante mucho tiempo, ya que la intimidad de ambos iba creciendo día a día.
Finalmente, el desconocido dijo:
-Señor Armitage, hemos viajado juntos durante algún tiempo,
cambiando pensamientos y sentimientos, pero con la debida reserva sobre
nuestras personas y planes. ¿Ha de continuar esto? Si es así, desde luego, le
bastará a usted con decirlo; pero si se siente inclinado a confiar en mí, lo
mismo me pasará con usted. A juzgar por su vestimenta, yo debiera suponer que
usted pertenece a un partido al cual soy adverso; pero su lenguaje y modales no
condicen con su indumento, y creo que un sombrero con plumas adornaría mejor
esa cabeza que esa prenda puntiaguda que la cubre ahora. Puede ser que esa ropa
sólo pretenda ser un disfraz... Usted sabrá si es así. Sin embargo, como dije,
usted me inspira confianza, cualquiera sea el partido al cual pertenezca, y le
reconozco prudencia y reserva en estos tiempos difíciles. Soy algo mayor que
usted y puedo darle algún consejo. Estoy en deuda con su persona, y por lo
tanto no puedo traicionarlo al menos confío en que usted lo crea así.
-Lo creo -respondió Eduardo- y le diré, por lo pronto, señor
Chaloner, que este indumento mío no es el que usaría si pudiera elegirlo.
-Lo creo -replicó Chaloner-. Y pienso sin poderlo remediar que
usted va al norte con el mismo fin que yo..., que es, lo confieso francamente,
asestar un golpe en favor del rey. Si a usted lo lleva el mismo propósito,
tengo en el Lancashire doe viejas parientas fieles a la causa y voy a su casa
para quedarme allí hasta que pueda unirme al ejército. Si lo desea, venga
conmigo y le prometo trato bondadoso y seguridad mientras esté bajo su techo.
-¿Y los nombres de esas parientas suyas, señor Chaloner? -dijo
Eduardo.
-Por cierto que se los daré, porque cuando confío en alguien mi
confianza es total. Su apellido es Conynghame.
Eduardo sacó del bolsillo sus cartas y le tendió una de ellas a
su compañero de viaje. La dirección rezaba: «A la digna señora Conynghame de
Portlake, cerca de Bolton, condado de Lancaster».
-Es allí donde voy también -dijo Eduardo, riendo-. Usted sabrá
si se trata de la misma persona a quien se refiere.
Chaloner estalló en sonoras risotadas.
-¡Esto es soberbio! Se encuentran dos personas que van al mismo
sitio por el mismo asunto, y por espacio de tres días no se arriesgan a confiar
la una en la otra.
-Los tiempos exigen cautela -replicó Eduardo, mientras volvía a
guardarse la carta.
-Tiene usted razón -respondió Chaloner-, y su opinión es la mía.
Sé ahora que en usted se aúnan la prudencia y el valor. La primera cualidad ha
sido más escasa en nosotros los realistas que la segunda; con todo, ahora ha
concluido toda reserva, al menos por mi parte.
-Y también por la mía -replicó Eduardo.
Chaloner habló también de las probabilidades de la guerra.
Expuso que el ejército del rey Carlos estaba en buenas condiciones de
disciplina y bien pertrechado en todo sentido, que en Inglaterra había
centenares de hombres que se unirían a él apenas se hubiera internado lo
suficiente en el país y que todo tenía apariencias promisorias.
-Mi padre cayó en la batalla de Naseby, a la cabeza de sus
parciales -dijo Chaloner, después de una pausa-. Y los puritanos se la
compusieron para multar nuestra heredad a tal punto que ésta menguó en valor, y
en vez de miles vale hoy centenares. En realidad, de no mediar mis viejas y
bondadosas tías, que me dejarán sus bienes y que me proveen ahora con toda
liberalidad, yo sería un caballero pobre.
-¿Su padre murió en Naseby? -dijo, Eduardo-. ¿Estuvo usted ahí?
-Sí -replicó Chaloner.
-También mi padre murió en Naseby... -dijo Eduardo.
-¿Su padre? -replicó Chaloner-. No recuerdo el apellido...
Armitage... ¿Tenía su padre algún comando allí? -prosiguió.
-Sí que lo tenía -dijo Eduardo.
-Entre los oficiales, que yo recuerde, no figuraba nadie con ese
apellido, joven señor - replicó Chaloner con aire de desconfianza-. Seguramente
a usted lo habrán informado mal.
-He dicho la verdad -respondió Eduardo-, y ya he dicho tanto,
que ahora, para eliminar sus sospechas, tengo que decir más de lo que debiera,
quizá. Mi apellido no es Armitage, aunque me han llamado así durante algún
tiempo. Usted me ha dado un ejemplo de confianza y lo seguiré. Mi padre fue el
coronel Beverley, de las tropas de caballería del príncipe Ruperto.
Chalener se sobresaltó de sorpresa.
-Estoy seguro de que me ha dicho usted la verdad -dijo
finalmente-, porque estaba pensando en que usted me recordaba a alguien y no
lograba precisar a quién. Es usted la imagen misma de su padre. Aunque yo era
un niño en esa época, lo conocí muy bien, señor Beverley; jamás usó espada más
bravo caballero. Vamos, debemos jurarnos amistad en la vida y en la muerte,
Beverley -prosiguió Chaloner, tendiendo la mano, que Eduardo tomó ansiosamente,
procediendo entonces a relatar la historia de su vida.
Cuando hubo terminado, Chaloner dijo:
-Todos hemos oído hablar del incendio de Arnwood, y se cree en
estos momentos que todos los niños han perecido. Es uno de esos cuentos de
infortunio, que nuestras niñeras les repiten a las criaturas, y muchas de éstas
han llorado a causa de la presunta muerte de ustedes. Pero dígame ahora..., de
no haberse topado usted conmigo..., ¿tenía la intención de ingresar al ejército
bajo su ficticio apellido de Armitage?
-Apenas si sé cuáles eran mis intenciones. Necesitaba el consejo
de un amigo.
-Y lo ha encontrado usted, Beverley. Le debo la vida y le pagaré
esa deuda dentro de la medida de mis posibilidades. Usted no debe ocultarle su
nombre a su soberano. El solo apellido Beverley es un pasaporte; pero el hijo
del coronel Beverley será particularmente bienvenido. ¡Si hasta se considerará
a ese nombre un presagio de buena suerte! Su padre fue el mejor y más fiel
soldado que llevó jamás espada al cinto, y su recuerdo no tiene parangón en
cuanto a lealtad y devoción se refiere. Nos acercamos al final de nuestro
viaje. Ahí está el campanario de la iglesia de Bolton. Esas viejas damas
perderán el juicio de alegría al enterarse de que tienen a un Beverley bajo su
techo.
Eduardo se sintió encantado ante este homenaje tributado a la
memoria de su padre, y las lágrimas asomaron más de una vez a sus ojos cuando Chaloner
reiteró su alabanza.
En las últimas horas de la tarde llegaron a Portlake, una grande
y antigua mansión situada en un parque rodeado de vieja y hermosa arboleda.
Chaloner fue reconocido, por uno de los guardianes cuando ambos cruzaban a
caballo la alameda, y aquél se adelantó presurosamente a anunciar su llegada. Y
los criados les habían abierto las puertas ya antes de que llegaran. En el
vestíbulo fueron recibidos por las viejas damas, que se manifestaron
satisfechísimas al ver a su sobrino, ya que albergaban grandes temores de que
le hubiese sucedido algo.
-Y poco faltó, por cierto, para que algo me sucediera -dijo
Chaloner-, salvándome tan sólo la oportuna ayuda de este amigo, que, a pesar de
su indumentaria puritana, es un realista devoto de la buena causa, y en
realidad bastará con decirlos que se trata del hijo del coronel Beverley, que
murió en Naseby junto con mi buen padre.
-Nadie podría ser más bienvenido, pues -respondieron las
ancianas, que le tendieron la mano a Eduardo.
Luego todos pasaron a la sala y se ordenó que sirvieran de
inmediato la cena.
-Nuestros caballos serán bien atendidos, Eduardo -dijo
Chaloner-. Ya no necesitamos preocuparnos de ellos. Y ahora, mis buenas tías...
¿No tienen ustedes cartas para mí?
-No, de ningún modo. Denme las cartas ahora mismo. Podemos
leerlas antes de cenar y conversar sobre ellas cuando nos sentemos a la mesa.
Una de las damas sacó las cartas que Chaloner, a medida que las
leía, fue entregando a Eduardo para que éste pudiese leerlas a su vez
cuidadosamente. Provenían del general Middleton y varios otros amigos de
Chaloner que estaban con el ejército realista y lo informaban sobre lo que
sucedía y cuáles eran aparentemente las perspectivas de la situación.
-Como ve, han emprendido ya la marcha -dijo Chaloner-y creo que
su plan es bueno y ha puesto en situación incómoda al general Cromwell. Nuestro
ejército está ahora entre el suyo y Londres, con tres días de marcha de
ventaja. Y ahora nada nos impide recoger a nuestros parciales ingleses, que
podrán plegársenos sin riesgo a medida que avancemos. El paso dado ha sido
audaz, pero digno de aplauso, y con tal de que se continúe tan bien como se ha
empezado, triunfaremos. El ejército del parlamento no iguala al nuestro en
número ya y acrecentaremos el nuestro día a día. El rey ha enviado por el conde
de Derby, que está en la isla de Man y a quien se espera mañana.
-¿Y dónde está el ejército realista en estos momentos? -inquirió
Eduardo.
-Esta noche sólo estará a lunes, pocos kilómetros de nosotros,
tan rápida es su marcha.
Mañana podremos incorporarnos a él si queremos.
-Que me place -respondió Eduardo.
Después de una hora más de conversación, los viajeros fueron
llevados a sus aposentos y se retiraron a descansar.
Capítulo XXIII
A la mañana siguiente, antes de que los viajeros abandonaran sus
lechos, llegó un mensajero con cartas del general Middleton, y por él supieron
que el ejército del rey había acampado la noche anterior a menos de nueve
kilómetros de Portlake. Cuando ambos se vestían precipitadamente, Chaloner le
propuso a Eduardo una leve alteración en su indumento que le parecía necesaria,
y llevándolo hacia un guardarropa donde estaban guardados varios trajes usados
por él en su adolescencia y cuando su figura era más esbelta, le pidió a
Eduardo que los vistiera. El joven, comprendiendo que Chaloner tenía razón,
eligió dos trajes, cuyos colores le agradaron, y al vestir uno de ellos y
cambiar su sombrero por otro más adecuado a su nueva vestimenta, quedó
transformado en un gallardo caballero realista. Apenas se hubieron desayunado,
se despidieron de las ancianas y montando a caballo se dirigieron hacia el
campamento. Una hora de viaje los llevó hasta los puestos avanzados, y después
de haberse comunicado con el oficial de guardia fueron conducidos por un
asistente a la tienda del general Middleton, que recibió a Chaloner con gran
cordialidad, como a un viejo amigo, y se mostró muy cortés con Eduardo apenas
supo que era el hijo del coronel Beverley.
-Yo lo necesitaba a usted, Chaloner-dijo Middleton-. Estamos
reuniendo un escuadrón de caballería. El duque de Buckingham tiene el comando,
pero Massy será el verdadero jefe. Usted tiene influencia en este distrito y
nos traerá sin duda muchos adherentes.
-¿Dónde está el conde de Derby?
-Se nos ha unido esta mañana. Nuestra marcha ha sido tan rápida
que no hemos tenido tiempo de recoger a nuestros parciales.
-¿Y el general Leslie?
-Su estado de ánimo dista de ser bueno. No sé el porqué. En su
ejército tenemos demasiados reverendos, es indudable, y causan daño, pero no
podemos remediarlo. Su Majestad debe estar visible en estos momentos. Si
ustedes están prontos, los presentaré, y hecho esto, hablaremos de negocios.
El general Middleton los acompañó a la casa en que había sentado
sus reales el monarca para pasar la noche, y a los pocos minutos de haber
esperado en la antecámara, fueron llevados a su presencia.
-Permítame Su Majestad que le presente al comandante Chaloner,
el nombre de cuyo padre no le es desconocido -dijo el general Middleton.
-Por el contrario, nos es bien conocido -replicó el rey- como un
súbdito leal y fiel, cuya desaparición debemos deplorar. No dudo de que su hijo
habrá heredado su valor y fidelidad.
El rey tendió la mano y Chaloner dobló la rodilla y se la besó.
-Y ahora le sorprenderá a Su Majestad que le presente a un
miembro de una casa que se presume extinguida...: el hijo primogénito del
coronel Beverley.
-¿Será posible? -dijo el rey-. Oí decir que toda su familia
había perecido en el despiadado incendio de Arnwood. Me considero afortunado
como rey, de que se haya salvado por lo menos un hijo de un caballero tan leal
y valiente como el coronel Beverley. Sea usted bien venido, joven señor... Muy
bien venido. Debe quedarse cerca de nosotros. El solo nombre de Beverley será
grato a nuestros oídos de día y de noche.
Eduardo se arrodilló y besó la mano de Su Majestad y el rey
dijo:
-¿Qué podemos hacer por un Beverley? Díganoslo usted para que
podamos probarle los sentimientos que nos inspira la memoria de su padre.
-Todo lo que pido es que Su Majestad me permita estar a su lado
en la hora del peligro - respondió Eduardo.
-Una respuesta digna de un Beverley -dijo el rey-. Y cuidaremos
por lo tanto de que eso suceda, Middleton.
Después de unas cuantas palabras corteses más de Su Majestad,
los jóvenes se retiraron, pero el general Middleton fue retenido durante un par
de minutos por el rey para recibir sus órdenes. Cuando volvió a reunirse con
Eduardo y Chaloner, Middleton le dijo al primero:
-Tengo órdenes de enviar para la firma de Su Majestad su
nombramiento de capitán de caballería, agregado al séquito personal de Su
Majestad. Se trata de un bello cumplido a la memoria de su padre, caballero, y
también, diría yo, a su apariencia personal. Chaloner cuidará de su uniforme y
avíos. Usted tiene buena cabalgadura, según creo. No hay tiempo que perder, ya
que mañana emprendemos la marcha a Warrington, en el Cheshire.
-¿Se ha oído hablar algo del ejército del parlamento?
-Sí. Se ha dirigido hacia Londres por la carretera del
Yorkshire, proponiéndose aislarnos si fuera posible. Y ahora, señores, adiós,
porque les aseguro que no me sobra tiempo.
Eduardo no tardó en quedar equipado y se consagró al servicio
del rey. Al llegar a Warrington, los realistas se encontraron con un cuerpo de
caballería que se oponía a su paso. Cargaron contra él y los puritanos huyeron
después de sufrir leves pérdidas, y como se sabía que estaban a las órdenes de
Lambert, uno de los mejores generales de Cromwell, hubo gran regocijo en las
filas del rey. Pero lo positivo era que Lambert había obrado de acuerdo con las
órdenes de Cromwell, que consistían en entorpecer y demorar todo lo posible el
avance del rey, pero sin arriesgar con su pequeña fuerza nada que se pareciese
a un encuentro formal. Después de esta escaramuza, se consideró aconsejable
enviar al Lanchashire al conde de Derby y a muchos otros oficiales importantes,
a fin de que reclutaran a partidarios del rey en aquella zona y en el Cheshire.
Por lo tanto, el conde, con unos doscientos oficiales y caballeros, abandonó el
ejército con esa intención. Se consideró aconsejable entonces iniciar una
marcha directa sobre Londres, pero los soldados estaban tan cansados por la
rapidez del avance hasta aquel momento y hacía tanto calor, que la decisión fue
en sentido negativo, y como Worcester era una ciudad muy adicta al rey y la
zona abundaba en víveres, se decidió que el ejército debía ir allá y esperar
refuerzos ingleses. Así se hizo. La ciudad abrió las puertas con todo género de
pruebas de satisfacción y proveyó al ejército de todo lo necesario. La primera
mala noticia que les llegó fue la dispersión y derrota de toda la partida del
conde de Derby por un regimiento de la milicia, que los había sorprendido en
Wigan durante la noche, cuando estaban dormidos y no se imaginaban al enemigo
tan cerca. Aunque atacados en forma tan desventajosa, los realistas se
defendieron hasta que murió gran parte de ellos y el resto cayó prisionero y la
mayoría fue brutalmente ejecutada. El conde de Derby fue hecho prisionero, pero
no ejecutado, como, los demás.
-Esto es una mala noticia, Chaloner -dijo Eduardo.
-Sí. Más que mala -replicó su amigo-. Hemos perdido a nuestros
mejores oficiales, que jamás debieron abandonar el ejército, y la consecuencia
de la derrota, será que nadie se unirá ya a nosotros. El bando ganador es
siempre el que tiene razón en este mundo. Y hay
algo peor: el duque de Buckingham ha reclamado el mando del
ejercito y el rey se lo ha negado, de modo que están empezando las disensiones
internas. El general Leslie está evidentemente descorazonado y la causa le
inspira pesimismo. Middleton es el único que cumple con su deber. Créame,
Eduardo, que tendremos a Cromwell sobre nosotros antes de que nos demos cuenta
de ello, y nuestro estado es de lamentable confusión...; los oficiales riñen,
los soldados desobedecen, se habla mucho y se hace poco. Hace cinco días que
estamos aquí y no se han iniciado aún las obras propuestas como
fortificaciones.
-Sólo puedo admirar la paciencia del rey, con tantos
entorpecimientos y fastidios.
-Debe tener paciencia forzosamente -dijo Chaloner-. Juega esta
partida para obtener la corona y la apuesta es alta. Pero no puede mandar sobre
los espíritus de los soddados. No quiero ser un ave de mal agüero, Beverley,
pero le diré esto: si logramos vencer con este ejército, desorganizado como
está, habremos logrado un milagro.
-Seamos optimistas -replicó Eduardo-. El peligro común quizá una
a los que estarían separados de otro modo, y cuando tengan ante ellos al
ejército de Cromwell, quizá se vean inducidos a olvidar sus rencillas privadas
y sus celos y a unirse en la buena causa.
-Ojalá pudiera compartir su opinión, Beverley -dijo Chaloner-,
pero me he mezclado con la gente durante más tiempo que usted y opino de otro
modo.
Transcurrieron algunos días más, durante los cuales no se
erigieron fortificaciones y la confusión y rencillas internas del ejército
seguían creciendo, hasta que finalmente llegó la noticia de que Cromwell estaba
a medio día de marcha de ellos y que había reunido a toda la milicia por el
camino y doblaba ahora casi en número a los soldados del rey. Todo fue sorpresa
y confusión; nada se había hecho, no se habían tomado medidas y Chaloner le
dijo a Eduardo que todo estaba perdido si no se hacía algo de inmediato.
El 3 de octubre se avistó al ejército de Cromwell. Eduardo había
pasado a caballo, atendiendo a la persona del rey, la mayor parte de la noche.
Las tropas fueron emplazadas lo mejor posible, y concluido esto, como el
ejército de Cromwell se mantenía inmóvil, se llegó a la conclusión de que no
haría tentativa alguna ese día. Alrededor del mediodía, el rey volvió a su
alojamiento para comer algo después de sus fatigas. Eduardo lo acompañó, pero,
antes de una hora llegó la alarmante noticia de que los ejércitos se habían
trabado en lucha. El rey montó a caballo, ya que su cabalgadura estaba pronta
junto a la puerta, pero antes, de que pudiera salir de la ciudad, se topó con
casi todo su cuerpo de caballería, y poco faltó para que éste lo hiciera
retroceder, dado el ímpetu con que venía huyendo, a tal punto que el monarca no
pudo detenerles. Su Majestad llamó por su nombre a varios de los oficiales,
pero éstos no le prestaron atención, y tan grande era el pánico, que tanto el
rey como su séquito estuvieron a punto de ser derribados y pisoteados.
Cromwell había hecho cruzar el río a gran parte de sus tropas
sin que sus adversarios se dieran cuenta, y al producirse el ataque en sección
tan imprevista, hubo un verdadero pánico. En los sectores donde ejercían el
comando el general Middleton y el duque de Hamilton, se opuso una valiente
resistencia, pero cuando fue herido Middleton, perdió una pierna el duque de
Hamilton, a causa de una bala rasa y cayeron muchos caballeros, las
tropas, abandonadas por el resto del ejército, cedieron
finalmente y la desbandada fue general, a tal punto que la infantería tiró los
mosquetes sin dispararlos siquiera.
Su Majestad volvió a la ciudad a caballo y encontró a un cuerpo
de caballería, al cual Chaloner había inducido a oponer resistencia.
-Síganme -dijo Su Majestad-. Veremos qué se propone el enemigo.
No creo que nos persiga, y aun así, podemos reunirnos aún y reponernos de este
estúpido pánico.
Su Majestad, seguido por Eduardo, Chaloner y varios caballeros
de su séquito, salió al galope a practicar un reconocimiento del terreno, pero
con gran mortificación, descubrió que las tropas no lo habían seguido, sino que
se habían marchado de la ciudad por las otras puertas y que quien estaba
realmente allí era la caballería perseguidora del enemigo. En esas
circunstancias, por consejo de Chaloner y Eduardo, Su Majestad se retiró y
abandonó a toda prisa Worcester. A las pocas horas de cabalgata, el rey se encontró
en compañía de los cuatro mil soldados de caballería que habían huído tan
deshonrosamente, pero el pánico los seguía dominando a tal punto, que no pudo
depositar confianza en ellos, y después de haberse aconsejado con los que lo
rodeaban, resolvió abandonarlos. Hizo esto sin mencionarle sus intenciones a
ningún miembro de su séquito, ni siquiera a Chaloner y Eduardo, y partió de
noche con dos de sus criados, a quienes despidió al amanecer, considerando que
sus probabilidades de evasión serían mayores si estaba completamente solo.
Los realistas sólo descubrieron a la mañana siguiente que el rey
los había abandonado y entonces decidieron dispersarse, y como en su mayoría
provenían de Escocia, volver con toda la premura posible a ese país. Y
entonces, Chaloner y Eduardo se consultaron sobre sus planes.
-Me parece -dijo Eduardo, riendo- que el peligro de esta campaña
nuestra consistirá en volver a nuestras casas, porque yo podría asegurar, sin
gran temor de equivocarme, que no he asestado aún un solo golpe en favor del
rey.
-Bastante cierto, Beverley. ¿Cuándo piensa usted volver al
Bosque Nuevo? Creo que lo acompañaré, si me lo permite -dijo Chaloner-. Toda la
persecución será rumbo al noroeste, para interceptar e impedir la retirada a
Escocia. De modo que no puedo ir al Lancashire, y en verdad, como ellos saben
que estoy en campaña, me buscarán en todas partes.
-Entonces venga conmigo -dijo Eduardo-. Le encontraré refugio
hasta que resuelva qué hará. Alejémonos de aquí y conversaremos sobre el
asunto, mientras viajamos, pero créame que cuanto más nos alejamos hacia el
sur, más a salvo estaremos, pero seguiremos corriendo peligro mientras no
hayamos cambiado de ropa. Habrá una rigurosa búsqueda del rey rumbo al sur, ya
que los puritanos supondrán que intentará refugiarse en Francia. Subamos por
esta colina y veamos qué pasa.
Así la hicieron y advirtieron una escaramuza entre una partida
realista y algunas tropas de caballería del parlamento, a medio kilómetro de
allí.
-Vamos, Chaloner, asestemos un golpe sea como fuere -dijo
Eduardo,.
-De acuerdo -replicó Chaloner, espoleando a su caballo.
Y bajaron la colina a toda velocidad y al cabo de un minuto
estaban en la melée, cayendo sobre la retaguardia de las tropas parlamentarias.
-¡Gracias, Chaloner! ¡Gracias, Beverley! -dijo una voz que ambos
reconocieron inmediatamente, la de Grenville, uno de los pajes del rey-. La
gente que estaba a mi lado se disponía a huir y lo habría hecho de no haber
acudido ustedes en nuestra ayuda. No me quedaré con ellos por más tiempo, sino
que me uniré a ustedes si me lo permiten.
-Por lo menos, quédese aquí hasta que se vayan. Los alejaré.
-Amigos, todos ustedes deben separarse, o no habrá
probabilidades de fuga. No deben cabalgar juntos más de dos. Créanme que pronto
llegarán aquí más tropas del parlamento.
Los soldados, unos quince aproximadamente, que habían estado en
compañía de Grenville, consideraron bueno el consejo de Chaloner y partieron
sin ceremonia, orientando hacia el norte a sus caballos y abandonando a
Chaloner, Eduardo y Grenville en el campo de batalla. En tierra yacían una
docena de hombres, muertos los unos, gravemente heridos los otros: siete de
ellos pertenecían al partido del rey y los otros cinco a las tropas del
parlamento.
-Bien -dijo Eduardo-. Lo que propongo es esto: hagamos lo
posible por los heridos y luego despojemos de sus uniformes y avíos a los
dragones del parlamento que han muerto y vistámonos nosotros con esa ropa.
Entonces podremos atravesar el país sin peligro, ya que nos creerán una de las
partidas que van en busca del rey.
-Excelente idea -replicó Chaloner-. Y cuanto antes lo hagamos,
mejor.
-Bueno, -dijo Eduardo, limpiando su espada, que aun tenía
desenvainada y metiéndola en la vaina-. Tomaré los despojos de este individuo
que está a mi lado. Ha muerto por mi mano y tengo derecho a ellos, según todas
las leyes de la guerra y la caballería. Pero, por lo pronto, desmontemos y
veamos, a los heridos.
Los tres realistas amarraron sus caballos a un árbol y después
de haberles proporcionado toda la ayuda posible a los heridos, procedieron a
desnudar a tres de los soldados de caballería del parlamento, y quitándose
luego sus uniformes, vistieron los del enemigo, y montando a caballo, se
alejaron a toda prisa de allí. Después de haber recorrido unos dieciocho,
kilómetros, contuvieron a sus caballos y prosiguieron la marcha con un ritmo
más despacioso. Eran las ocho de la noche, pero no había oscurecido mucho aún,
de modo que recorrieron otros ocho kilómetros hasta llegar a una aldehuela,
donde desmontaron ante una cervecería y pusieron a sus caballos en el establo.
-Debemos mostrarnos insolentes y brutales, porque en caso
contrario sospecharán de nosotros..
-Muy cierto -dijo Grenville, dándole un puntapié al mozo de
cuadra, y diciéndole que se moviera si no quería que le cortaran las orejas.
Entraron en la cervecería y no tardaron en descubrir que
inspiraban sumo terror. Ordenaron que les presentaran todo lo mejor que había y
amenazaron con incendiar la casa en caso contrario, hicieron levantar de la
cama al tabernero y a su mujer, y los tres se fueron a dormir a aquélla; y, en
suma, se portaron de un modo tan arbitrario, que nadie dudó de que pertenecían
a la caballería de Cromwell. Por la mañana volvieron a partir, sin pagar nada
de lo encargado, por consejo de Chaloner, aunque les sobraba dinero. Galoparon
con rapidez, preguntando en todos los lugares donde se detenían si habían visto
a algunos fugitivos, y averiguando al llegar a un pueblo, antes de entrar en
él, si había allí tropas del parlamento. Tan bien se las compusieron que,
cuatro días después, habían llegado a los alrededores del Bosque Nuevo y se
ocultaron entre la arboleda hasta la noche, oportunidad en que Eduardo propuso
guiar a sus compañeros hasta la cabaña, donde los dejaría hasta que trazaran
sus planes.
Eduardo había delineado ya los suyos. Su propósito principal era
eliminar toda sospecha sobre el sitio donde había estado y, desde luego, toda
idea de que el intendente hubiese tenido vinculación con sus actos, y su
afortunado cambio de indumento le permitía ahora hacer esto con éxito. Había
resuelto llevar a sus dos amigos a la cabaña esa noche e ir a la mañana
siguiente en su traje de soldado del parlamento a la casa del intendente y
llevar la primera noticia del éxito de Cromwell y la derrota de Worcester;
estratagema con la cual lo supondrían combatiente del ejército del parlamento y
no del realista.
Mientras proseguían el viaje, descubrieron que la noticia del
éxito de Cromwell no había llegado aún. En esos tiempos no existía la rapidez
de comunicaciones actual y Eduardo creía muy probable que él fuese el primero
en comunicarle la noticia al intendente y a los que vivían cerca de él.
Apenas oscureció, los tres viajeros abandonaron su refugio y
guiados por Eduardo pronto llegaron a la cabaña. Su aparición creó en el primer
momento no poca consternación, porque Humphrey y Pablo estaban casualmente en
el patio cuando oyeron el tintinear de las espadas y avíos, y a través de las
sombras advirtieron, al adelantarse que venían soldados de caballería. Al
principio Humphrey pensó en correr a atrancar la puerta, pero después de
meditarlo mejor concluyó que aquello era lo más imprudente que se podía hacer
en caso de peligro; de modo que se contentó con comunicarles precipitadamente
la noticia a sus hermanas y con esperar en el umbral a los recién llegados. La
voz de Eduardo, que lo llamaba por su nombre, disipó toda alarma y al cabo de
un momento el joven estaba en brazos de sus hermanos.
-Primero llevemos a nuestros caballos al establo, Humphrey -dijo
Eduardo, después de los primeros saludos-. Y luego compartiremos todo lo que
pueda prepararnos Alicia, porque hace tres días que no comemos bien.
Acompañados por Humphrey y Pablo, todos fueron al establo,
sacaron a los petisos para hacerles lugar a los caballos, y apenas alimentados
e instalados los animales, todos
volvieron a la cabaña y Eduardo presentó a Chaloner y Grenville.
La sopa apareció muy pronto sobre la mesa y los viajeros estaban harto
hambrientos para hablar mientras comían, de modo que sólo pudieron extraerles
escasas informaciones esta noche. Con todo, Humphrey se enteró de que todo
estaba perdido y de que los tres viajeros habían huído del campo de batalla,
antes de que Alícia y Edith salieran de la habitación para prepararles camas a
los recién llegados. Cuando las camas estuvieron prontas, Chaloner y Grenville
se retiraron y luego Eduardo se quedó durante media hora con Humphrey, para
contarle lo sucedido. Desde luego no pudo entrar en detalles, pero le dijo que
podría obtener informaciones de sus flamantes huéspedes cuando él se hubiera
marchado, cosa que debería hacer en las primeras horas de la mañana.
-Y ahora, Humphrey, te daré mi consejo, que es el siguiente. Mis
dos amigos no pueden quedarse en la cabaña, por muchos motivos, pero tenemos la
llave de la cabaña de Clara y pueden alojarse allí y podemos proveerlos de todo
lo que necesiten hasta que encuentren la manera de marcharse al extranjero, lo
cual es su intención. Mañana tengo que ir a casa del intendente y pasado mañana
estaré de regreso. En el ínterin, nuestros huéspedes pueden quedarse aquí,
mientras, tú y Pablo les preparan la cabaña, y cuando yo vuelva todo quedará
arreglado, y los llevaremos a ella. No creo que exista mucho peligro de que
sean descubiertos si se quedan allí..., y por cierto será menor que si se
quedan acá; porque ahora es probable que aparezcan partidas de tropas de
caballería en todas direcciones, como sucedió cuando el padre del rey huyó de
Hampton Court. Y ahora a la cama, mi buen hermano, y despiértame temprano,
porque mucho me temo que seguiré durmiendo si no me despiertas.
Y los hermanos se dieron las buenas noches.
A la mañana siguiente, cuando aun dormían sus huéspedes, Eduardo
fue despertado por Humphrey y encontró a Pablo junto a la puerta con su caballo.
Eduardo, que se había puesto sus avíos de soldado del parlamento, se despidió
precipitadamente de ellos y se dirigió a través del bosque a la casa del
intendente, adonde llegó antes de que la gente de la casa hubiese abandonado
sus alcobas. La primera persona con quien se encontró fue, afortunadamente,
Osvaldo, que estaba en la puerta de su cabaña. Eduardo le hizo una seña desde
un centenar de metros de distancia, pero Osvaldo no lo reconoció en el primer
momento y avanzó hacia él de una manera muy despaciosa, para averiguar qué
pretendía aquel soldado de caballería. Pero Eduardo lo llamó por su nombre y
eso bastó. En pocas palabras, el joven le contó cómo se había perdido todo y
cómo había huído él cambiando su uniforme por uno del enemigo.
-He venido ahora a traerle la noticia al intendente, Osvaldo.
¿Usted me entiende, naturalmente?
-Claro que sí, señorito Eduardo, y cuidaré de que se sepa muy
bien que usted ha estado luchando en el bando de Cromwell durante todo este
tiempo. Le recomiendo que se exhiba con esa vestimenta durante el resto del
día, y entonces todos se darán por satisfechos. ¿Debo adelantarme y anunciarlo
al intendente?
-No, no, Osvaldo; el intendente no necesita que me anuncien a
él, desde luego. Ahora debo acercarme al galope a la casa y anunciarme. Adiós
por ahora; nos veremos en el transcurso de la jornada.
Eduardo espoleó a su caballo y llegó a la casa del intendente a
toda velocidad, haciendo no poco ruido de cascos en el patio al entrar, con
gran sorpresa de Sampson, que salió para enterarse del motivo del alboroto, y
se asombró no poco al ver a Eduardo, que desmontó y después de decirle que se
llevara a su corcel a la caballeriza, entró en la cocina y sobresaltó a Hebe,
que estaba preparando el desayuno. Sin decirle una sola palabra, Eduardo siguió
hasta la habitación del intendente y llamó.
-¿Quién está ahí? -dijo el intendente.
-Eduardo Armitage -fue la réplica, y abrieron la puerta.
El intendente retrocedió con sobresalto al ver a Eduardo en
traje de dragón.
-Mi querido Eduardo, me alegro de verlo en cualquier vestimenta,
pero esto requiere una explicación. Siéntese y dígamelo todo.
-Todo quedará dicho muy pronto, señor -respondió Eduardo,
quitándose el casco de hierro y dejando caer su cabellera sobre los hombros.
Luego, en pocas palabras, expuso lo sucedido, y cómo había huído
y el motivo de que hubiese conservado la indumentaria del dragón y aparecido
allí en ella.
-Ha obrado usted con mucha prudencia -replicó el intendente- y
es probable que me haya salvado. Sea como fuere, ha apartado toda sospecha y
les que me espían nada podrán informar ahora, como no sea en mi favor. Su
ausencia ha sido comentada y difundida en los altos círculos y han surgido
sospechas a consecuencia de la misma. Su regreso como soldado de las fuerzas
del parlamento, ahora pone término a todas las observaciones malignas. Querido
Eduardo, me ha prestado usted un servicio. Siendo usted mi secretario y
sabiéndose que ha sido un prosélito de los Beverley, su ausencia se consideró
extraña y en los altos círculos se sugirió que había ido a ingresar a las filas
realistas y eso con mi conocimiento y consentimiento. Lo sé por Langton y ello
me ha dañado por lo tanto no poco, pero ahora su aparición lo arregla todo.
Ahora empezaremos por rezar y luego nos desayunaremos y después de esto usted
me contará con más detalle lo sucedido desde su partida. Paciencia y Clara no
lamentarán recobrar a su compañero, pero no pretendo adivinar qué impresión les
hará su uniforme. Con todo, le agradezco a Dios el que nos lo haya devuelto
ileso, y me sentiré muy feliz al verlo de nuevo en el más pacífico indumento
del secretario.
-Con su permiso, señor, no me quitaré esta ropa durante el resto
del día, porque conviene que me vean con ella.
-Tiene razón, Eduardo. Por hoy, consérvela; mañana recobrará su
ropa usual. Vaya a la sala de recibo; encontrará allá a Paciencia y Clara, que
lo esperan, sin duda, ansiosamente. Me reuniré allí con ustedes dentro de diez
minutos.
Eduardo salió del aposento y bajó la escalera. De más está decir
que fue recibido gozosamente por Paciencia y Clara. Pero la primera expresó su
alegría con lágrimas y la segunda con gran regocijo.
No nos detendremos en las explicaciones y la narración de lo
ocurrido que le hizo
Eduardo al señor Heatherstone en su aposento. El intendente
dijo, al terminar:
-Eduardo, usted advertirá ahora que, por el momento, no puede
hacerse más. Si el Señor lo quiere, llegará la hora en que el monarca volverá a
ocupar su trono; por ahora, debemos inclinarnos ante los poderes existentes. Y
le digo con franqueza que, en mi opinión, Cromwell pretende el carácter de
soberano y lo conseguirá. Quizá sea preferible que suframos el castigo por
algún tiempo, ya que sólo podrá durar algún tiempo, y quizá ello aleccione más
a la causa del rey y lo capacite más para reinar, ya que, a juzgar por lo que
me ha dicho usted en el curso de su relato, ahora no parece muy apto.
-Quizá sea así, señor -replicó Eduardo-. Debo decirle que esta
breve campaña me ha abierto grandemente los ojos. He visto bien poco
sentimiento caballeresco y muchos móviles interesados en los que han ingresado
en las filas del rey. El ejécito congregado estaba compuesto por los elementos
más discordantes, y tan descontentos, tan llenos de envidia y malquerencia, que
no me asombra el resultado. Una cosa es indudable, y es que en todos los
interesados deberá existir un sentimiento mucho más elevado para derribar de su
posición a un hombre como Cromwell. Y por ahora, la causa puede considerarse
perdida.
-Tiene razón, Eduardo -replicó el intendente-. Ojalá esos
hombres fuesen mejores; pero, ya que son así, trataremos de sacarle todo el
partido posible. Usted ha visto ahora lo bastante para que merme ese fogoso
celo por la causa que antes monopolizaba sus pensamientos. Ahora seamos
prudentes y tratemos de ser felices.
Capítulo XXIV
Eduardo sólo le contó lo ocurrido a Osvaldo; sabía que era digno
de confianza. Al día siguiente, el joven volvió a vestir su traje de
guardabosques, mientras le preparaban otro, y fue a la cabaña, donde, con el
consentimiento del intendente, pensaba quedarse unos días. Naturalmente, le
había revelado a Heatherstone sus planes con respecto a Chaloner y Grenville, y
obtuvo su consentimiento, y al propio tiempo el consejo de que ganaran el otro
lado del Canal de la Mancha lo antes posible. Cuando llegó a la cabaña, todos
lo esperaban ansiosamente. Humphrey y Pablo habían ido a la cabaña de Clara,
que nadie tocara desde la captura de los ladrones, y lo prepararon todo para
albergar a ambos realistas, ya que en su primer viaje habían traído consigo
todo lo que juzgaban necesario. Chaloner y Grenville parecían estar ya muy a
sus anchas y tenían pocas ganas de mudar de alojamiento.
Naturalmente, seguían conservando aún sus uniformes de dragones,
ya que no podían ponerse otra ropa mientras no la consiguieran en Lymington;
pero, como ya lo dijimos, no les faltaba dinero. Habían estado divirtiendo a
las niñas y a Humphrey con una descripción de lo sucedido durante la campaña, y
Eduardo advirtió que poco le quedaba por contarles, ya que Chaloner había
iniciado su relato con una referencia a su primer encuentro con Eduardo, cuando
lo atacaron los salteadores. Apenas pudo alejarse, Eduardo salió con Humphrey
para conversar con él.
-Bueno, Humphrey. Ya que estás enterado de todas mis aventuras
desde nuestra separación, cuéntame qué has estado haciendo.
-No puedo contarte cosas de tan apasionante interés como las que
nos ha narrado Chaloner como representante tuyo -replicó Humphrey-. Todo lo que
puedo decir es que no hemos tenido visitantes, que hemos esperado ansiosamente
tu regreso y que no hemos permanecido ociosos desde que te fuiste.
-¿Qué caballos eran los que sacaste del establo para hacerles
sitio a los nuestros cuando llegamos? -dijo Eduardo.
Humphrey se echó a reír y le informó luego a Eduardo sobre la
manera cómo había conseguido capturarlos.
-Pues realmente mereces elogio, Humphrey, y por cierto que no
has nacido para vivir recluido en este bosque.
-Más bien me parece que he nacido para ello -replicó Humphrey-,
aunque debo confesar que, desde que nos dejaste, nunca me sentí tan satisfecho
aquí como antes. Ahora has vuelto y no te imaginas qué transformación noto en
ti desde que te has mezclado con la gente e intervenido en tan emocionantes
escenas.
-Quizá sea así, Humphrey -replicó Eduardo-. Y, con todo, sabes
que, a pesar de mis ardientes deseos de mezclarme con la gente y de intervenir
en la contienda, no estoy nada satisfecho de lo que he visto; por eso, lejos de
sentirme inclinado a volver allí, siento más bien deseos de quedarme acá y de
vivir en la quietud y la paz. Me siento decepcionado, eso es lo cierto. Hay una
gran diferencia entre el mundo tal como nos lo imaginamos cuando suspiramos,
por él y el mundo cuando estamos realmente sumergidos en su torbellino y
advertimos los resortes secretos de los actos humanos. He aprendido una
lección, Humphrey, pero esa lección dista de ser satisfactoria; puede resumirse
en unas pocas palabras: el mundo es muy engañoso y vacío, y eso se dice muy
sintéticamente.
-¡Qué hombres agradables y atrayentes son los señores Chaloner y
Grenville! -observó Humphrey.
-Conozco bien a Chaloner -dijo Eduardo-. Es hombre leal y el
único en quien he podido confiar, de modo que tuve mucha suerte al toparme con
él al emprender el viaje. Poco sé de Grenville. Es cierto que nos hemos
encontrado a menudo, pero fue en presencia del rey, por
pertenecer ambos a su séquito. Al propio tiempo, debo
reconocerlo, nada puede decirse contra él, que yo sepa. Y sé que es valiente.
Luego Eduardo contó lo ocurrido, entre el intendente y él
después de su llegada y la satisfacción de Heatherstone por su astucia al
regresar en uniforme de dragón.
-A propósito, Eduardo..., ¿no crees probable que vengan aquí las
tropas de caballería en busca del rey?
-Si algo me extraña, es que no hayan aparecido aún -dijo
Eduardo.
-¿Y qué haremos si vienen?
-Todo eso está previsto -respondió Eduardo-, aunque yo lo había
olvidado por completo hasta que lo mencionaste. El intendente habló conmigo,
anoche de ese asunto, y aquí tienes un nombramiento de guardacaza firmado por
él, que usarás como lo creas necesario. Aquí hay otra misiva, ordenándote que
recibas en la casa a dos de los soldados de caballería que puedan enviar aquí y
que les des alojamiento y vituallas, pero declarando que no puedes verte
obligado a recibir más. Mientras no haya terminado la búsqueda, Chaloner y
Grenville deben conservar sus avíos y quedarse con nosotros. Y si no has usado,
la ropa que dejé aquí, Humphrey -me refiero al primer traje que me hice
confeccionar al ser designado secretario, y que me pareció ahora harto ajado
para seguir usándolo-, me lo pondré ahora para tener alguna autoridad si viene
aquí algún militar en nombre del intendente.
-Ese traje está en tu arcón, donde lo dejaste. Las niñas
pensaban hacerse dos capas con él para el invierno; pero nunca volvieron a
acordarse del asunto o no tuvieron tiempo de hacerlo. Por lo demás, no me has
dicho qué opinas de Alicia y Edith después de tu larga ausencia.
-Pues te diré que ambas están muy crecidas, y se han
desarrollado mucho -dijo Eduardo-. Pero debo confesarte que, en mi opinión, ya
es hora de que abandonen, si es posible, sus actuales tareas domésticas y
reciban la instrucción que cuadra a unas señoritas.
-Pero..., ¿cómo podría ser eso, Eduardo?
-No sabría decírtelo, y me aflige reconocerlo; pero, con todo,
advierto la necesidad de que así sea, si es que pensamos volver a ocupar algún
día nuestra posición en la sociedad.
-¿Y crees que volveremos a ocuparla?
-No lo sé. He pensado poco en el asunto antes de marcharme y de
mezclarme con la gente, pero desde que me acerqué al mundo noté forzosamente
que mis queridas hermanas no estaban en la esfera que les correspondía, y he
resuelto tratar de hallarles una posición más adecuada. Si hubiéramos
triunfado, no habría encontrado mayores dificultades, pero ahora apenas si sé
qué puede hacerse.
-No he preguntado por la señorita Paciencia, hermano. ¿Cómo
está?
-Más buena y linda que nunca, y muy crecida. En realidad, se
está volviendo, muy femenina.
-¿Y Clara?
-¡Oh!... En ella no advierto diferencia alguna. Creo que ha
crecido, pero apenas si la he mirado. Ahí viene Chaloner; le hablaremos de las
medidas que hemos tomado por si nos molestan las partidas enviadas en busca del
rey.
-El plan es excelente -dijo Chaloner, cuando Eduardo se lo
explicó todo-, y tuve suerte el día en que me encontré con usted, Beverley.
-Nada de Beverley, por favor. Ese nombre debe ser olvidado. Sólo
fue revivido para esa oportunidad.
-Muy cierto. Pues bien, señor secretario Armitage. Creo que el
plan trazado es excelente. Lo único que hace falta es averiguar qué tropas se
enviarán en esta dirección, ya que nosotros, como es natural, debemos
pertenecer a algún otro regimiento y hemos sido perseguidos desde el campo de
batalla. Supongo que los escuadrones de Lambert no tomarán este camino.
-Pronto lo sabremos. Que ensillen y les pongan los arreos a sus
caballos, Chaloner, para que, si viene alguno de ellos, las cabalgaduras estén
ante la puerta. Mi opinión es que aparecerán hoy.
-Temo que al rey le será poco menos que imposible huir -observó
Chaloner-. Casi no sé qué pensar de su manera de abandonarnos.
-He meditado sobre eso -respondió Eduardo-, y creo que quizá el
rey haya sido prudente. Algunos eran dignos de confianza y otros, no. Resultaba
imposible distinguir quiénes lo eran y quiénes no; de modo que no confiaba en
nadie. Además, tenía mejores posibilidades de huir solo que acompañado. Y, con
todo, me mortifica algo el hecho de que el rey no haya confiado en mí. Mi vida
estaba a su disposición.
-El rey no podía leer en su corazón, Eduardo, como no podía leer
en el mío o en el de los demás -observó Chaloner-, y toda selección habría
resultado odiosa. En general, creo que el rey obró cuerdamente y confío en que
eso resultará claro. Hay algo seguro y es que ahora ha terminado todo, y por
largo tiempo... podemos dejar descansar nuestras espadas en sus vainas. A decir
verdad, me siento enfermo después de lo que he visto, y viviría gustosamente
aquí con ustedes, y les ayudaría a labrar la tierra..., lejos del mundo y de
todos sus engorros. ¿Qué le parece, Eduardo? ¿Me aceptarían usted y su hermano
como labrador cuando renaciera la calma?
-Usted se cansaría pronto de esto, Chaloner; ha nacido para el
esfuerzo activo y el bullicio mundano.
-Con todo, me parece que, habiendo dos dueñas de casa tan
amables y lindas, yo residiría aquí muy satisfecho; esto es casi digno de la
Arcadia. Pero soy un egoísta al hablar así; a decir verdad, mis sentimientos
contradicen mis palabras.
-¿Qué quiere decir, Chaloner?
-Para serle franco, Eduardo, yo estaba pensando en que es
lamentable que dos lindas muchachas como sus hermanas estén dedicadas aquí al
trajín doméstico y vivan en esta rusticidad -si me perdona la libertad de
expresión-, pero lo digo porque estoy convencido de que en manos adecuadas
adornarían una corte. Y usted ha de reconocer que tengo razón.
-¿No comprende que he pensado lo mismo, Chaloner? En realidad,
Humphrey podría decirle que hemos hablado de eso hace una hora escasa. De modo
que usted ha de advertir las dificultades en que me veo; de haber estado en
posesión de Arnwood y sus dominios, entonces, desde luego... Pero todo eso ha
pasado ya y supongo que pronto veré mi propiedad, cuyos bosques puedo avistar
ahora, en manos de algún cabeza redonda, por los buenos servicios prestados
contra los realistas en Worcester.
-Eduardo -replicó Chaloner-. Voy a decirle lo siguiente..., y
puedo decírselo porque sé que le debo la vida y es una deuda que nada puede
pagar. Si en alguna oportunidad usted resuelve sacar de aquí a sus hermanas,
recuerde a mis tías, solteronas de Portlake. No podrán estar en mejores manos
ni con personas que cumplan con su deber para con las niñas más religiosamente
y a quienes más complazca la confianza depositada en ellas. Mis tías son ricas,
a pesar de las exacciones a que se han visto sometidas; pero en estos tiempos
las mujeres no son tan multadas y saqueadas como los hombres, y mis tías han
podido permitirse todo lo que les han quitado y todo lo que han dado
voluntariamente para ayudar a nuestro partido. Están solas y creo realmente que
nada las haría más felices que cuidar de las dos hermanas de Eduardo
Beverley..., téngalo por seguro. Pero me cercioraré mejor si usted encuentra la
manera de enviarles una carta, que yo les escribiré. Les diré que usted les
hará un favor así, y que si no acepta la oferta, sacrificará el bienestar de
sus hermanas a su propio orgullo... cosa que no lo creo capaz de hacer.
-Por cierto que no, haré eso -replicó Eduardo- y le agradezco
plenamente su bondadosa oferta; pero no puedo decir más mientras no conozca la
repuesta de sus amables tías. Usted no me conoce muy bien, Chaloner, si cree
que un sentimiento del deber podría impedirme alejar a mis hermanas de una
posición tan indigna de ellas, pero impuesta por las circunstancias. Es
innegable que somos pobres; pero jamás olvidaré que mis hermanas son las hijas
del coronel Beverley.
-Estoy encantado de su respuesta, Eduardo, y no temo la de mis
buenas tías. Cuando vagabundee por el extranjero, seré muy feliz sabiendo que
sus hermanas están bajo el techo de mis tías y que las educan como deben ser
educadas.
-¿Qué pasa, Pablo? -dijo Humphrey, al ver que el gitanillo
acudía corriendo, sin aliento.
-Los soldados -dijo Pablo-. Son muchos. Galopan por ahí...,
galopan todos lados.
-Vamos, Chaloner. Tenemos que salir de este apuro y confío en
que luego todo marchará bien -dijo Eduardo-. Traigan los caballos a la puerta.
Y usted, Chaloner, espere con Grenville dentro de la cabaña. Traigan también mi
caballo, para que me crean recién llegado. Debo entrar a cambiarme de ropa.
Humphrey, quédate alerta y avísanos cuando lleguen.
Chaloner y Eduardo entraron, y éste se puso su traje de
secretario. A poco se vio que una partida de soldados de caballería avanzaba al
galope hacia la cabaña. Pronto llegaron y detuvieron sus caballos. Un oficial
que estaba a cargo de ellos le habló a Humphrey con tono altanero y le preguntó
quién era.
-Soy uno de los guardacazas del bosque, señor -respondió
Humphrey respetuosamente.
-¿Y de quién es esta cabaña? ¿Y quién está ahí dentro?
-La cabaña es mía, señor. Dos de los caballos que están ante la
puerta pertenecen a dos soldados de caballería que han venido en busca de los
fugitivos de Worcester, y el otro caballo pertenece al secretario del
intendente del bosque, señor Heatherstone, que ha venido con instrucciones del
intendente para la captura de los rebeldes.
En ese momento Eduardo salió de la cabaña y saludó militarmente
al oficial.
-Este es el señor Armitage, señor, el secretario del intendente
-dijo Humphrey, retrocediendo.
Eduardo saludó al oficial y dijo:
-El señor Heatherstone, el intendente, me ha enviado aquí para
tomar medidas que conduzcan a la captura de los rebeldes. A este hombre se le
ha ordenado que aloje a dos soldados de caballería durante todo el tiempo que
éstos crean necesario quedarse. Y yo tengo instrucciones de decirle a todo
oficial con quien me encuentre que el señor Heatherstone y sus guardacazas
tendrán buen cuidado de que no se refugie en esta dirección ninguno de los
rebeldes, y que será mejor que las tropas registren el extremo meridional del
bosque, ya que no cabe duda de que los fugitivos procurarán embarcarse rumbo a
Francia.
-¿A qué regimiento pertenecen los soldados de caballería que
tiene usted aquí?
-A las tropas de Lambert, según creo, señor; pero saldrán y le
contestarán a usted personalmente. Dígale a esos hombres que salgan -le ordenó
Eduardo a Humphrey.
-Sí, señor; pero, cuesta despertarlos, porque han venido
cabalgando desde Worcester. Con todo, los despertaré.
-De ningún modo, no puedo esperar -dijo el oficial-. No conozco
a los soldados de Lambert y no tendrán información alguna que darme.
-¿No podría usted llevárselos consigo, señor, y dejarme en
cambio a dos de sus hombres? Porque son gente molesta para un hombre y lo
devoran todo -dijo Humphrey, humildemente.
-No, no -respondió el oficial, riendo-. Todos conocemos a la
gente de Lambert; un amigo o un enemigo es para ellos más o menos lo mismo. No
tengo poder sobre ellos, y usted debe hacer de tripas corazón. ¡Adelante,
soldados! -prosiguió, y saludó a Eduardo al pasar, y al cabo de un par de
minutos él y sus hombres se esfumaron a lo lejos.
-Asunto liquidado -observó Eduardo-. Chaloner y Grenville son de
un aire harto juvenil y demasiado bien parecidos para pasar por unos villanos
de Lambert, y el verlos habría motivado sospechas. Pero debemos esperar nuevas
visitas. Vigila bien, Pablo.
Eduardo y Humphrey entraron y se reunieron con la gente que
estaba en el interior de la cabaña, cuya expectativa y tensión no había sido
poca durante todo el coloquio antedicho.
-¡Pero si estás palidísima, querida Alicia! -dijo Eduardo al
entrar.
-Temí por nuestros huéspedes, Eduardo. Estoy segura de que si
esos hombres hubiesen entrado en la cabaña, no habrían creído que los señores
Chaloner y Grenville eran soldados de caballería.
-Gracias por el cumplido, señorita Alicia -dijo Chaloner-. Pero
supongo que, en caso de necesidad, yo podría enfurecerme y blasfemar a la par
de los mejores de ellos..., o, mejor dicho, de los peores. Mientras nos
dirigíamos aquí, pasamos muy bien por soldados de caballería.
-Sí; pero no se encontraron con otros soldados.
-Eso es muy cierto y revela su penetración. Admito que, en ese
caso, habríamos tenido más dificultad; pero, con todo, entre tantos millares de
hombres debe haber muchas variedades, y a un oficial de caballería le habría
resultado engorroso arrestar por simples sospechas a hombres pertenecientes a
otro cuerpo. Cuando vuelvan a visitarnos, creo que simularé ebriedad... Eso no
será tan sospechoso.
-No, en ningún sentido -respondió Eduardo-. Vamos Alicia, danos
el almuerzo que nos has preparado.
Durante tres o cuarto días las tropas del parlamento continuaron
registrando el bosque y visitaren un par de veces más la cabaña, pero sin que
surgieran sospechas, dada la presencia de Eduardo y sus explicaciones. Las
partidas eran enviadas invariablemente en otra dirección. Eduardo le escribió
al intendente, comunicándole lo sucedido y solicitándole permiso para quedarse
unos días más en la cabaña. Y Pablo, que llevó la carta, volvió con otra en que
el intendente le decía a Eduardo que el rey no había sido capturado aún y
solicitando de su parte la máxima vigilancia para obtener su captura, con
instrucciones de registrar varios sitios con la cooperación de los soldados
alojados en la cabaña; o bien, si no quería abandonar la cabaña, le indicaba
que le mostrase la carta a todo oficial al mando de
las partidas encargadas de la búsqueda, a fin de que éstas
pudieran obrar de acuerdo con las sugestiones contenidas en ella. Eduardo tuvo
oportunidad de mostrarle esta carta a un par de oficiales al mando de las
patrullas que se acercaron a la cabaña y a cuyo encuentro salió el joven
impidiendo así que se detuvieran allí.
Finalmente, a los quince días, poco más o menos, no quedó en el
bosque una sola partida, ya que todas fueron a la costa en busca de los
fugitivos, varios de los cuales fueron apresadas.
Humphrey tomó la carreta y partió para Lymington a fin de
conseguir ropa para Chaloner y Grenville y se resolvió que éstos adoptarían la
indumentaria de los guardacazas del bosque, lo cual les permitiría llevar
escopeta. Apenas hubo obtenido Humphrey lo necesario, Chaloner y Grenville
fueron llevados a la cabaña de Clara y tomaron posesión de ella.... sin dejarse
ver jamás, naturalmente, más allá de la arboleda circundante. Humphrey
les prestó a Guardián para que lo usaran a guisa de centinela y
ambos realistas se despidieron de Alicia y Edith con mucho pesar. Humphrey y
Eduardo los acompañaron a su nueva morada. Se convino en que los caballo se
quedarían al cuidado de Humphrey, ya que en la cabaña de Clara no había
establo.
Al partir, Chaloner le dio a Eduardo la carta para sus tías, y
luego el joven Beverley encaminó de nuevo sus pasos hacia la casa del
intendente y se encontró allí con Paciencia y Clara.
Eduardo le contó al intendente todo lo ocurrido y Heatherstone
aprobó lo hecho por él, insistiendo en que Chaloner y Grenville no debían
intentar el viaje al continente hasta que terminara toda la persecución.
-Aquí tiene una carta que he recibido del gobierno, Eduardo, en
que se pondera mucho mi vigilancia y actividad en la persecución de los
fugitivos. Según parece, los oficiales con quienes se topó usted escribieron
para comunicar las admirables disposiciones que hemos tomado. ¿Verdad que es
una lástima, Eduardo, vernos obligados a engañar así en este mundo? Sólo pueden
justificarlo los tiempos y el deseo de obrar bien. Afrontamos a los malvados y
los combatimos con sus propias armas, pero aunque los tratamos como se merecen,
nuestra conciencia debe decirnos que eso no está bien.
-Por cierto, señor, que la necesidad de salvar las vidas de la
gente que no ha cometido más falta que ser leal a su rey nos justifica al
hacerlo...; al menos así lo creo.
-De acuerdo con las Escrituras, temo que no, pero el problema es
difícil de resolver. Dejémonos guiar por nuestras conciencias. Si no nos lo
reprochan, no podemos estar lejos de lo justo.
Eduardo mostró entonces la carta que había recibido de Chaloner,
solicitando que el intendente tuviese la bondad de enviarla.
-Comprendo -dijo el intendente-. Puedo enviarla por intermedio
de Langton. Presumo que es para obtener un crédito. Saldrá el jueves.
Aquí concluyó la plática y Eduardo salió en busca de Osvaldo.
Capítulo XXV
Eduardo se quedó en casa durante varios días, esperando
ansiosamente todas las noticias que llegaban, presumiendo cada vez que le
anunciarían la captura del rey y descubriendo con gran alegría que hasta
entonces habían resultado infructuosas todos los esfuerzos. Pero un problema
conturbaba su espíritu y motivaba en él profundas cavilaciones. Desde que se
propusiera alejar de allí a sus hermanas, el joven sentía cuán incómodo era
seguir presentándose ante el intendente como nieto de Armitage. Si sus hermanas
eran enviadas a las tías de Portlake, debían serlo sin conocimiento del
intendente, y en ese caso, pronto se descubriría su ausencia, ya que Paciencia
Heatherstone iría constantemente a la cabaña, y Eduardo se preguntaba ahora si,
después de todas las bondades y confianza que le dispensara el intendente,
tenía derecho a seguir ocultándole por más tiempo su cuna y linaje. Sentía que
era injusto con el intendente al no depositar en él la confianza que se
merecía.
Al principio se había creído justificado al obrar así, pero
desde su ingreso al ejército del rey y los sucesos ulteriores, le parecía que
estaba tratando mal al intendente, y resolvió ahora confesarle la verdad en la
primera ocasión. Pero le resultaba engorroso hacerlo solemnemente y sin alguna
coyuntura favorable. Finalmente, pensó confesárselo de inmediato a Paciencia,
bajo promesa de guardar el secreto. Esto podía hacerlo sin más demora, y cuando
lo hubiera hecho, el intendente no podría culparlo ya enteramente de falta de
confianza. Ahora había analizado sus sentimientos para con Paciencia y advertía
cuán cara había llegado a ser para él la muchacha. Durante su período en el
ejército, rara vez había dejado de pensar en ella, y aunque estaba a menudo en
compañía de mujeres de buena crianza, no veía una sola que en su opinión fuese
comparable con Paciencia Heatherstone. Pero, de todos modos, ¿qué posibilidad
tenía de mantener a una esposa? Ahora, a los diecinueve años de edad, aquello
era absurdo. Tales eran las ideas que vagaban por su imaginación,
persiguiéndose las unas a las otras y siendo seguidas por otras más igualmente
vagas e insatisfactorias, y finalmente Eduardo llegó a la conclusión de que no
tenía un solo penique y de que el darse a conocer como heredero de Beverley
redundaría en perjuicio suyo, de que estaba enamorado de Paciencia Heatherstone
y no tenía por el momento probabilidades de obtenerla, y de que había hecho
bien en ocultarle hasta entonces su identidad al intendente, que podía testimoniar
sin riesgo que ignoraba estar protegiendo al hijo de tan destacado realista, y
también pensó en confesarle a Paciencia quién era y decirlo que no se lo había
revelado a su padre para no comprometerlo haciéndole saber quién estaba bajo su
protección. Ya lo sabríamos decir si al lector le resultarán satisfactorios los
argumentos que dejaban satisfechos a Eduardo, pero éste era joven y casi no
sabía cómo liberarse de la capa con que lo obligara a cubrirse la necesidad.
Eduardo estaba persuadido ya de que Paciencia Heatherstone no lo miraba con
indiferencia, pero no estaba seguro aún de que los sentimientos de la joven no
se redujeran a mera gratitud, más que nada. Tenía la convicción de que
Paciencia lo creía inferior a ella por su nacimiento y de que por lo tanto la
joven no podía tener la menor idea de que él era
Eduardo Beverley. Sólo unos pocos días después tuvo la
oportunidad de verse a salas con ella, ya que Clara Ratcliffe la acompañaba sin
cesar. Con todo, una noche, Clara salió y se quedó fuera durante algún tiempo y
tan negligentemente abrigada, que tomó frío, y a la noche siguiente se quedó en
casa, permitiendo así que Eduardo, y Paciencia hicieran su caminata de
costumbre sin ser acompañados por ella. Habían caminado varios minutos en
silencio, cuando Paciencia observó:
-Lo noto muy grave, Eduardo y lo está desde su regreso. ¿Hay
algo que lo desazone, fuera del fracaso de la tentativa?
-Sí, Paciencia. Tengo un gran peso sobre la conciencia y no sé
qué hacer. Necesito un consejero y un amigo y no sé dónde encontrarlo.
-Por cierto, Eduardo, que mi padre es su sincero amigo, y no es
mal consejero.
-Lo concedo, pero ese asunto es entre su padre y yo, y no puedo
aconsejarme con él por ese motivo.
-Entonces, aconséjese conmigo, Eduardo, siempre que no sea un
secreto tan importante que no se le pueda confiar a una mujer. Sea como fuere,
será el consejo de un amigo sincero; usted lo reconocerá.
-Sí, y mucho más, porque creo que obtendré un buen consejo y por
eso aceptaré su proposición. Considero, Paciencia, que aunque tuve razón al no
revelarle a su padre un secreto de cierta importancia cuando nos encontramos
por primera vez, ahora que él ha depositado en mí una confianza implícita, soy
injusto con él y conmigo mismo al no decírselo...; esto es, tanto en cuanto se
refiere a confianza en él, entiendo que tiene derecho a saberlo todo, y, sin
embargo, creo que sería prudente de mi parte que él no lo supiese todo, ya que
el saberlo podría acarrearle dificultades con sus aliados actuales. Un secreto
suele ser peligroso, y si su padre no pudiera jurar por su honor que lo
ignoraba, ello podría dañarlo si el secreto se divulgara luego. ¿Me entiende?
-No podría asegurar que lo entiendo del todo. Usted tiene un
secreto que quiere revelarle a mi padre y cree que el saberlo puede causarle
daño. No concibo qué clase de secreto puede ser.
-Bueno, le daré un ejemplo. Supongamos que yo supiese que el rey
Carlos está escondido en el desván de la caballeriza de ustedes. Eso podría
suceder y su padre ignorarlo y su afirmación de ignorancia sería creída. Pero
si yo le dijese a su padre que el rey está ahí y ello se descubriera más
tarde..., ¿no comprende usted que, al confiarle semejante secreto, yo lo
perjudicarla y quizá le trajera dificultades?
-Ahora comprendo, Eduardo.¿Quiere decir que usted sabe dónde
está oculto el rey? Porque si lo sabe, debo pedirle que no le diga una sola
palabra a mi padre. Como usted dice, ello, lo pondría en situación difícil y
podría perjudicarlo mucho eventualmente. Hay una gran diferencia entre desear
que una causa triunfe y apoyarla personalmente. Mi padre desea que el rey
triunfe, según creo, pero al propio tiempo no quiere desempeñar un papel
activo en eso, como ya lo habrá visto usted. Al propio tiempo
estoy convencida de que él jamás traicionaría al rey si supiera donde está. Por
eso le digo: si su secreto es ése, Eduardo, no se lo diga, por su bien y por el
mío si me estima.
-No sabe hasta qué punto la estimo, Paciencia. He visto, durante
mi ausencia a muchas mujeres de noble cuna, pero ninguna igual a Paciencia
Heatherstone, en mi opinión, y Paciencia jamás, abandonó mis pensamientos
durante mi larga ausencia.
-Gracias por sus bondadosos sentimientos para mí -replicó
Paciencia-. Pero estábamos hablando de su secreto, señor Armitage.
-¡Señor Armitage! -exclamó Eduardo-. ¡Qué bien sabe usted
recordarme, con esa expresión, mi oscuro nacimiento y linaje, siempre que logro
olvidar la distancia que debiera conservar con usted!
-Se equivoca -replicó Paciencia-. Pero usted me lisonjeó tan
groseramente que yo lo llamé señor Armitage para probarle que me disgustaba la
lisonja...; eso es todo. Me disgusta la lisonja de los que me superan en rango,
del mismo modo que me disgusta la de los que son inferiores a mí; y habría
obrado igualmente con cualquiera, sea cual fuere su condición. Pero olvidemos
lo que he dicho. No quise irritarlo, sino tan sólo castigarlo por haberme
creído tan tonta como para creer en semejante tontería.
-Su humildad puede considerar lisonja lo que he dicho con
perfecta sinceridad y veracidad..., que no pude evitar -dijo Eduardo-. Pude
haber agregado mucho más y seguir siendo sincero. Si usted no me hubiese
recordado que no era de noble cuna, quizá me hubiese atrevido a decirle mucho
más, pero me he visto censurado.
Eduardo concluyó de hablar y Paciencia no contestó. Siguieron
andando durante algunos instantes sin cambiar más palabras. Finalmente,
Paciencia dijo:
-No diré quién de los dos está equivocado, Eduardo, pero sé que
quien ofrece la rama de olivo después de un malentendido, sólo puede tener
razón. Se la ofrezco ahora y le pregunto si hemos de reñir por una palabrita.
Permítame que se lo pregunte y respóndame con franqueza. ¿He sido alguna vez
tan vil como para tratar corno a un inferior a alguien a quien le estoy tan
agradecida?
-Soy yo quien ha incurrido en falta, Paciencia -respondió
Eduardo-. He estado soñando durante largo tiempo, feliz con mis sueños y
olvidando que no pasaban de ser sueños y que su realización era improbable.
Ahora debo hablar can claridad. Yo la amo, Paciencia..., la amo tanto que
separarme de usted me causaría dolor, y que el saber que mi amor ha sido
rechazado me causaría mortal amargura. Esa es la verdad y no puedo ocultarla
por más tiempo. Ahora admito que usted tiene derecho a mostrarse enfadada.
-No veo motivo para enfado, Eduardo -contestó Paciencia-. Al
pensar en usted sólo lo he considerado un amigo y un benefactor; habría hecho
mal obrando de otro modo. Sólo soy una muchacha y debo dejarme guiar por mi
padre. Yo no lo ofendería con una
desobediencia. Le agradezco a usted su buena opinión de mí y con
todo preferiría que no hubiese dicho lo que ha dicho.
-¿Debo entender por su respuesta que si su padre no formulara
objeción alguna, mi humilde cuna no sería un obstáculo para usted?
-Jamás he pensado en su cuna, salvo cuando me la ha recordado
usted mismo.
-Entonces, Paciencia, permítame volver por ahora a lo que iba a
decirle. Yo iba a...
Ahí viene mi padre, Eduardo -dijo Paciencia.
-Debo haber obrado mal, porque temo encontrarme con él.
El señor Heatherstone se reunió con ellos y le dijo a Eduardo:
-He estado buscándolo. Han llegado de Londres noticias que me
han alegrado mucho. He obtenido por fin lo que estaba tratando de conseguir
desde hace algún tiempo..., y, en verdad, puedo decir que su prudencia y
audacia, al volver con uniforme de dragón, Eduardo, añadidos a su conducta en
el bosque, han apoyado y hecho triunfar en definitiva mi empeño. Hubo alguna
duda antes de eso, pero su conducta la eliminó y ahora tendremos mucho que
hacer.
Siguieron andando hacia la casa y el intendente, apenas hubo
llegado a su aposento, le dijo a Eduardo:
-Se me otorga una heredad que yo había solicitado desde hace
tiempo por mis servicios.
Lea esto.
Eduardo tomó la carta, en que el parlamento informaba al señor
Heatherstone que se había accedido a su solicitud de entregarle la heredad de
Arnwood y que podría tomar posesión de ella inmediatamente. Eduardo, palideció
y dejó el documento sobre la mesa.
-Iremos allá mañana, Eduardo, para examinarla. Me propongo
reconstruir la casa.
Eduardo no contestó.
-¿No se siente bien? -dijo el intendente, sorprendido.
-Sí, señor -respondió Eduardo-. Estoy bien, según creo, pero
debo confesarle que me siento decepcionado. No creí que usted aceptara una
propiedad de semejantes manos y tan injustamente confiscada.
-Lamento que eso haya menoscabado su buena opinión de mí,
Eduardo -replicó el intendente-. Pero permítame observarle que yo jamás habría
aceptado una propiedad con herederos vivos. Pero este caso es distinto. Por
ejemplo: la propiedad de Ratcliffe le pertenece a Clarita y ha sido confiscada.
¿Cree usted que yo la aceptaría? ¡Jamás! Pero he
aquí una propiedad sin heredero; toda la familia ha perecido en
el incendio de Arnwood. ¡No hay ningún reclamante vivo! Debe serle entregada a
alguien o quedar en manos del gobierno. Por eso elegí esa propiedad y no otra,
sino ésa de todas las confiscadas, ya que considero que al obtenerla a nadie
perjudico. Se me han ofrecido otras, pero las he rechazado. Quería ésta y sólo
ésta; y tal es la razón de que mis solicitudes no se vieran coronadas por el
éxito hasta ahora. ¿Confío en que creerá mis palabras, Eduardo?
-Primero respóndame a una pregunta, señor Heatherstone. En el
suptesto caso de que toda la familia Beverley no hubiese perecido, como se
presume, en el incendio de Arnwood, en el supuesto caso de que algún día
apareciese un heredero legítimo..., ¿le entregaría usted la propiedad?
-¡Tan cierto como que confío en entrar en los cielos, Eduardo!
-respondió el intendente, mirando solenmemente hacia arriba-. Entonces
supondría que he sido un instrumento del Todopoderoso para evitar que Arnwood
cayera en manos menos escrupulosas, y lo entregaría como un fideicomiso que me
ha sido confiado provisoriamente.
-Ante esos sentimientos, señor Heatherstone, sólo puedo
felicitarlo ahora por haber entrado en posesión de esa heredad -dijo Eduardo.
-Y con todo no merezco tanto elogio, ya que hay pocas
probabilidades de que mi sinceridad se vea puesta a prueba, Eduardo. No cabe
duda de que toda la familia Beverley ha perecido y Arnwood será la dote de
Paciencia Heatherstone.
El corazón de Eduardo empezó a latir con rapidez. Le bastó
meditar un momento, para comprender su situación. La interrupción del señor
Heatherstone le había impedido hacerle su confesión a Paciencia y ahora no
podía confesarle la verdad a nadie sin una ruptura con el intendente, o sin una
transacción, pidiendo lo que había deseado tan ardientemente: la mano de
Paciencia. El señor Heatherstone, después de decirle a Eduardo que no tenía muy
buen aspecto, agregó que la cena estaba pronta y que más valía que pasaran al
aposento contiguo. Eduardo lo siguió mecánicamente. Durante la cena lo
atormentaron constantes preguntas de Clara sobre lo que le pasaba. No se
arriesgó a mirar a Paciencia y se retiró precipitadamente a su aposento para
acostarse, quejándose -y esto bien podía ser cierto- de una fuerte jaqueca.
Allí se arrojó sobre el lecho, pero no consiguió dormir. Pensó y
volvió a pensar en los sucesos del día. ¿Tenía algún motivo para creer que
Paciencia correspondía a su afecto? No: la respuesta de la joven había sido
demasiado tranquila, demasiado sosegada, para hacerle presumir esto. Y ahora
que sería una rica heredera, no faltarían pretendientes a su mano, y él la
perdería y perdería su heredad al propio tiempo. Es cierto que el intendente
había declarado que renunciaría a la propiedad si aparecía el legítimo
heredero, pero era fácil decir esto con la convicción de que éste no
aparecería. Y aun cuando Heatherstone renunciara a Arnwood, el parlamento
volvería a apoderarse de la heredad antes que dejarla pasar a manos de un
Beverley. «¡Cuánto siento haber dejado la cabaña! -pensó Eduardo-. Allí, al
menos, me habría sentido resignado y satisfecho de mi suerte. Ahora me siento
afligido, y adondequiera mire, no veo otras perspectivas. Sólo estoy resuelto a
una cosa: y es a no quedarme bajo este techo más tiempo del estrictamente
necesario. Iré a consultar el
asunto con Humphrey, y si logro colocar a mis hermanas a la
medida de mis deseos, Humphrey y yo saldremos a buscar fortuna».
Eduardo se levantó al amanecer y después de haberse vestido,
bajó y ensilló su caballo. Luego, de encargarle a Sampson que le dijera al
intendente que había ido a la cabaña y volvería al anochecer, atravesó a
caballo el bosque y llegó en el preciso momento en que los suyos se disponían a
desayunarse. Sus tentativas de mostrarse alegre ante sus hermanas no tuvieron
éxito y todos se sintieron apenados al verlo tan pálido y ojeroso. Apenas hubo
concluido el desayuno, Eduardo hizo una seña y Humphrey y él salieron.
-¿Qué pasa, querido hermano? -dijo Humphrey.
-Te lo diré todo. Escúchame -respondió Eduardo, que le explicó
entonces en detalle todo lo sucedido, desde que saliera a dar la caminata con
Paciencia Heatherstone hasta que se acostara-. Y bien, Humphrey... Ya lo sabes
todo.. ¿Qué debo hacer? ¡No puedo quedarme ahí!
-Si Paciencia Heatherstone te hubiera demostrado afecto, el
asunto habría sido bastante simple -contestó Humphrey- . Su padre no podría
formular objeciones a la boda y habría aliviado al propio tiempo su conciencia
en cuanto a la retención de Arnwood, pero me dices que Paciencia no te ha
demostrado afecto.
-Me dijo con mucha tranquilidad que lamentaba mis palabras.
-Pero..., ¿hablan siempre en serio las mujeres, hermano?
-Paciencia sí, en cualquier caso -replicó Eduardo-. Es la verdad
en persona. No, no puedo, engañarme a mí mismo. Siente una profunda gratitud
por el servicio que le he prestado y eso le ha impedido ser más áspera en su
respuesta.
-Pero..., ¿no crees que cambiaría mucho si supiera que eres
Eduardo Beverley?
-Y en ese caso sería harto humillante pensar que sólo se casó
conmigo par mi rango y mi posición.
-Pero considerándote de humilde cuna..., ¿no puede haber
reprimido los sentimientos por los cuales no creyó conveniente dejarse
arrastrar dadas las circunstancias?
-Cuando hay tanto sentido de la corrección no puede haber mucho
afecto.
-Nada sé de esas cosas, Eduardo -replicó Humphrey-. Pero me han
dicho que no es fácil leer en un corazón de mujer, o si no me lo han dicho, lo
he leído o soñado. ¿Qué piensas hacer?
-Algo que temo desapruebes, Humphrey: abandonar esto. Si la
respuesta de las señoritas Conynghame es favorable, mis hermanas irán a su
casa, pero en eso habíamos convenido ya. Luego, en cuanto a mí se refiere...,
me propongo ir al extranjero, usar nuevamente mi
apellido y obtener empleo al servicio de alguien. Confío en que
el rey me ayudará a lograrlo.
-Eso es lo peor del asunto, Eduardo, pero si la paz de tu
espíritu depende de ello, no me opondré.
-En cuanto a ti, Humphrey, puedes acompañarme y compartir mi
suerte o hacer lo que juzgues preferible.
-En ese caso, Eduardo, creo que no tomaré una decisión
imprudente. Yo me habría quedado aquí con Pablo si mis hermanas se hubiesen ido
a la casa de las Conynghame y tú te hubieras quedado con el intendente. De modo
que hasta que tenga noticias tuyas, me quedaré donde estoy y así podré observar
qué sucede aquí y hacértelo saber.
-Así sea -respondió Eduardo-. Esperemos solamente a que mis
hermanas queden bien acomodadas y partiré al día siguiente. Me duele seguir
allí, ahora.
Después de platicar un rato más, Eduardo montó a caballo y
volvió a la casa del intendente. Llegó a hora bastante tardía, ya que la cena
estaba servida ya. El intendente le dió una carta para el señor Chaloner, que
estaba dentro de otra del señor Langton y le comunicó luego que había llegado
la noticia de la fuga del rey a Francia.
-¡Dios sea loado! -exclamó Eduardo-. Con su licencia, señor, le
entregaré mañana esta carta al interesado, ya que con seguridad ha de ser
importante.
El intendente dio su consentimiento y Eduardo se retiró sin
cambiar una sola palabra con Paciencia o Clara, fuera de las cortesías usuales
de la mesa.
A la mañana siguiente, Eduardo, que no había dormido una sola
hora durante la noche, emprendió viaje hacia la cabaña de Clara y halló a
Chaloner y Grenville en cama aún. Al oír su voz se abrió la puerta y Eduardo le
tendió la carta a Chaloner. Éste la leyó y se la tendió a Eduardo. Las
señoritas Conynghame se manifestaban encantadas ante la idea de acoger en su
casa a las dos hijas del coronel Beverley y las tratarían como si fuesen sus
propias hijas. Pedían que las enviaran inmediatamente a Londres, donde las
esperaría un coche que las llevaría al Lancashire. Enviaban cordiales saludos
al capitán Beverley y le aseguraban que sus hermanas serían bien cuidadas.
-Le estoy muy agradecido, Chaloner -dijo Eduardo-. Enviaré a mi
hermano con mis hermanas lo antes posible. Usted pensará muy pronto en volver a
Francia, y si me lo permite, yo lo acompañaré.
-¡Usted, Eduardo! Eso será espléndido. Pero usted no pensaba
hacer semejante cosa la última vez que nos vimos. ¿Qué lo ha inducido a cambiar
de intención?
-Se lo diré luego; probablemente no apareceré aquí durante unos
días. Tendré que pasar mucho tiempo en la cabaña cuando Humphrey se ausente, ya
que Pablo tendrá grandes obligaciones a que atender -entre la cremería, los
caballos y la crianza de las cabras y todo
lo demás-; más de lo que puede atender solo, pero apenas vuelva
Humphrey, vendré en su busca y haremos los preparativos para la partida. Hasta
entonces, adiós, amigos. Tenemos que aprovisionarlos a ustedes por tres semanas
o un mes antes de que Humphrey emprenda el viaje.
Eduardo se despidió cordialmente de sus amigos y se dirigió
hacia la cabaña.
Aunque Alicia y Edith estaban bastante preparadas para abandonar
la cabaña, el día de su partida era tan incierto que aquel golpe las afectó
profundamente. Debían abandonar a sus hermanos, a quienes tanto querían, para
ir a casa de gente desconocida, y cuando comprendieron que la partida tendría
lugar al cabo de dos días, su pena fue muy grande. Pero Eduardo hizo valer sus
razones ante Alicia y la consoló, aunque con Edith la tarea fue más difícil.
Ésta no sólo lloraba a sus hermanos, sino a su vaca, su petiso y sus cabritos;
todos los animales eran amigos y favoritos de Edith y hasta la idea de
separarse de Pablo motivó un nuevo estallido de lágrimas.
Después de haberlo arreglado todo con Humphrey, Eduardo se
despidió nuevamente, prometiendo volver y ayudarle a Pablo lo antes posible.
Al día siguiente, Humphrey se dedicó empeñosamente a sus
preparativos. Trasladaron los víveres a la cabaña de Clara y cuando Pablo los
hubo llevado en la carreta, Humphrey fue a Lymington y alquiló un vehículo para
ir a Londres al día siguiente. Digamos desde ya que emprendieron viaje a la
hora convenida y que llegaron sanos y salvos a Londres a los tres días. Allí,
en un sitio señalado en la carta, encontraron al coche que los esperaba, y
después que Humphrey le hubo confiado sus hermanas a una vieja doncella que
venía en el coche para hacerse cargo de ellas, las niñas se separaron de él con
abundantes lágrimas y Humphrey volvió presurosamente al Bosque Nuevo.
Al regresar, se enteró con suma sorpresa de que Eduardo no había
venido a la cabaña como lo prometiera, y con malos presentimientos, montó a
caballo y atravesó el bosque para averiguar la causa de aquello. Cuando se
acercaba a la casa del intendente, se encontró con Osvaldo, por cuyo intermedio
supo que Eduardo había sido presa de una violenta fiebre y de que su estado era
muy peligroso, habiendo delirado durante tres o cuatro días.
Humphrey se apresuró a desmontar y llamó a la puerta de la casa.
Le abrió Sampson y Humphrey pidió que lo llevaran al aposento de su hermano.
Halló a Eduardo en el estado descrito por Osvaldo y totalmente inconsciente de
su presencia; la doncella Hebe estaba junto a su cabecera.
-Puede retirarse -dijo Humphrey, con cierta aspereza-. Yo soy su
hermano.
Hebe se fue y Humphrey se quedó a solas con Eduardo.
-Fue ciertamente un desdichado día aquél en que viniste a esta
casa - exclamó Humphrey, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas-.
¡Mi pobre, Eduardo!
Eduardo empezó a hablar en forma incoherente y procuró
levantarse de la cama, pero sus esfuerzos fueron infructuosos...; estaba harto,
débil, pero deliró con Paciencia Heatherstone y se llamó a sí mismo Eduardo
Beverley más de una vez y habló de su padre y de Arnwood.
«Si ha delirado de este modo -pensó Humphrey- no le quedan
muchos secretos por revelar. No lo abandonaré y evitaré que estén presentes
otros si puedo».
Humphrey había estado sentado por espacio de una hora con su
hermano, cuando el médico vino a ver a su paciente. Tanteó el pulso y le
preguntó si era él quien lo cuidaba.
-Soy su hermano, señor -respondió Humphrey.
-Entonces, mi buen señor, si advierte signos de transpiración -y
creo que hay algunos- no le permita quitarse los cobertores, para que sude
bien. Si lo hace, su vida se habrá salvado.
El médico se retiró, diciendo que volvería bien entrada la
noche.
Humphrey se quedó otras dos horas junto a la cabecera y
advirtiendo entonces signos de transpiración, obedeció las órdenes del médico y
frustró todos los esfuerzos de Eduardo por quitarse los cobertores. Durante
breve tiempo, la transpiración fue abundante y el desasosiego de Eduardo menguó
hasta fundirse en un profundo sueño.
-¡Gracias a Dios! Entonces hay esperanzas.
-¿Dijo usted que había esperanzas? -repitió una voz a sus
espaldas.
Humphrey se volvió y advirtió a Paciencia y Clara, que habían
entrado sin ser vistas.
-Sí -respondió Humphrey, mirando a Paciencia con aire de
reproche-. Hay esperanzas, según lo dicho por el médico..., esperanzas de que
Eduardo esté en condiciones de irse de esta casa, a la cual tuvo la desgracia
de entrar.
Estas palabras de Humphrey eran ásperas y groseras, pero
consideraba que Paciencia Heatherstone era la causa del peligroso estado de su
hermano y que la joven no se había portado bien con él.
Paciencia no contestó, pero dejándose caer de rodillas junto a
la cabecera, oró silenciosamente, y el corazón de Humphrey le reprochó sus
palabras. «No puede ser tan mala», pensó el joven, mientras Paciencia y Clara
salían del aposento en silencio.
A poco entró en la habitación el intendente y le tendió la mano
a Humphrey, que fingió no verla y no la tomó.
«Ha conseguido Arnwood...; eso le basta -pensó-. Pero no
recibirá mi mano de amigo.
El intendente metió la mano entre los cobertores y al advertir
los grandes sudores de
Eduardo, dijo:
-Oh, gracias, Dios mío, por todas tus bondades y porque te hayas
dignado salvar esta valiosa vida. ¿Cómo están sus hermanas, señor Humphrey? Mi
hija me pidió que se lo preguntara. Les mandaré la noticia de que su hermano
está mejor, si usted no vuelve a la cabaña después de la próxima visita del
médico.
-Mis hermanas no están ya en la cabaña, señor Heatherstone
-contestó Humphrey-. Han ido a la casa de unos amigos que se han encargado de
ellas. Yo mismo las dejé a salvo en Londres, ya que en caso contrario me
hubiera enterado de la enfermedad de mi hermano y venido antes aquí.
-Por cierto que me dice usted una novedad, señor Humphrey
-replicó el intendente-. ¿Podría saberse en qué casa están instaladas sus
hermanas y en qué carácter viven allí?
Esta réplica del intendente le recordó a Humphrey que, en cierto
modo pisaba en falso, ya que no debía pensarse que sus hermanas habían ido a
recibir una buena educación siendo presuntamente hijas de un guardabosques, de
modo que respondió:
-Se sentían muy solas en el bosque, señor Heatherstone, y
querían ver Londres; de modo que las hemos llevado allí y dejado al cuidado de
personas que nos prometieron asegurarles bienestar.
El intendente pareció muy desasosegado y sorprendido, pero nada
dijo y salió poco después del aposento. Volvió casi de inmediato con el médico,
que, apenas hubo tanteado el pulso de Eduardo, declaró que la crisis había
pasado y que cuando despertara habría recobrado la conciencia de sus actos.
Después de haber dado instrucciones sobre lo que debía beber el paciente y
algún medicamento que se le debía administrar, el médico se marchó diciendo que
no volvería hasta la noche siguiente, salvo que lo mandaran llamar, porque
consideraba que el peligro había pasado.
Eduardo continuó dormitando apaciblemente durante la mayor parte
de la noche. Acababa de amanecer cuando abrió los ojos. Humphrey le ofreció
algo de beber y Eduardo lo tomó ávidamente y al ver a su hermano, dijo:
-¡Oh, Humphrey! Había olvidado por completo dende estaba,
¡Siento tanto sueño!
Y después de pronunciar estas palabras, su cabeza cayó sobre la
almohada y volvió a dormirse.
Ya en pleno día, Osvaldo entró en el aposento.
-Señorito Humphrey, dicen que el peligro ha pasado ya, pero que
usted se ha quedado aquí durante toda la noche. Yo lo relevaré ahora, si me lo
permite. Vaya a dar una caminata con el aire fresco; eso lo reanimará.
-Así lo haré, Osvaldo, y muchas gracias. Mi hermano se despertó
ya una vez y a Dios gracias, ha vuelto en sí. Lo reconocerá a usted cuando
vuelva a despertarse y entonces avíseme.
Humphrey salió del aposento y le alegró sentir, después de una
noche de hermético enclaustramiento en el cuarto de un enfermo, el fresco aire
matinal que le acariciaba las mejillas. Se había alejado, unos pocos pasos de
la casa cuando advirtió que Clara avanzaba hacia él.
-¿Cómo está, Humphrey? -dijo Clara- ¿Y cómo sigue su hermano
esta mañana?
-Está mejor, Gara, y confío en que ya se halla fuera de peligro.
-Pero; Humphrey -prosiguió la niña-. Cuando usted entró en la
habitación anoche..., ¿por qué dijo lo que dijo?
-No recuerda haber dicho nada.
-Sí que lo recuerda: dijo que había ahora esperanzas de que su
hermano pudiera abandonar pronto esta casa, en que había tenido la desgracia de
entrar. ¿Recuerda?
-Quizá lo haya dicho, Clara -respondió Humphrey-. Pero sólo
pensaba en voz alta.
-Pero... ¿Por qué piensa usted así, Humphrey? insistió la niña-.
¿Por qué ha sido desgraciado Eduardo al entrar en esta casa? Eso es lo que
quiero saber. Paciencia lloró mucho al salir de la habitación por haberle oído
decir eso. ¿Por qué lo dijo? Usted no pensaba así hace poco tiempo.
-No, querida Clara. Es cierto. Pero ahora sí que pienso así y no
puedo darte mis razones; de modo que no debes volver a hablar de eso. A Clara
guardó silencio durante un rato y luego dijo:
-Paciencia me dice que sus hermanas se han ido de la cabaña.
Usted se lo dijo a su padre.
-Es cierto. Se han ido.
-Pero... ¿Por qué? ¿A buscar qué? ¿Quién cuidará de las vacas y
las cabras y las aves de corral? ¿Quién le hará la cena a usted, Humphrey? ¿Qué
hará usted sin ellas y por qué las envió sin avisarme a mí o a Paciencia que se
iban, para poder despedirnos al menos?
-Mi querida Clara -respondió Humphrey, que, viéndose en apuros
para contestar a todas estas preguntas, resolvió cortar por lo sano fingiendo
enojo-: Tú sabes que eres la hija de un caballero y lo mismo Paciencia
Heatherstone. Ambas sois de noble cuna, pero mis hermanas, como sabes, sólo son
hijas de un guardabosques y mi hermano y yo no somos mejores que ellas. A la
señorita Paciencia no le conviene - y tampoco a ti- tanta intimidad con gente
como nosotros, y más aun ahora que la señorita Paciencia es una rica heredera,
porque su padre ha obtenido la gran heredad de Arnwood y ésta le pertenecerá
cuando él
muera. No es propio que la heredera de Arnwood se codee con las
hijas de un guardabosques, y como teníamos cerca de Lymington a unos amigos que
se ofrecieron a ayudarnos y a tomar a su cargo a nuestras hermanas, pensamos
que lo mejor era que se marcharan, porque..., ¿qué sería de ellas si nos
ocurriera algún accidente a Eduardo o a mí? Ahora ya las cuidarán. Después de
lo que han aprendido, serán excelentes doncellas de alguna dama de calidad
-agregó Humphrey con sonrisa sardónica, ¿No te parece, mi linda Clara?
Clara prorrumpió en sollozos.
-Eres muy malo, Humphrey -exclamó entre lágrimas-. No tenías
derecho a alejar de aquí a tus hermanas. Y lo que es más..., ¡no te creo!
Y Clara se alejó corriendo hacia la casa.
Capítulo XXVI
Nuestros lectores podrán suponer que Humphrey era muy maligno,
pero si se acababa de mostrar tan áspero era para evitar el interrogatorio de
Clara, que había sido enviada a todas luces intencionalmente. Al mismo tiempo,
debe reconocerse que la circunstancia de que el señor Heatherstone hubiese
obtenido la posesión de Arnwood había provocado un indudable resentimiento en
los espíritus de ambos hermanos, y ahora cada uno de los actos del intendente
era encarado bajo una falsa luz. Pero no siempre dominamos nuestros
sentimientos, y Eduardo era tan impetuoso por temperamento y Humphrey tan
apegado a él y le alarmaba tanto el peligro que corría su hermano, que su
excitación era mayor aún. El golpe resultaba doblemente pesado, ya que, al
parecer, Paciencia había rechazado a Eduardo y, al propio tiempo, tomado
posesión de la finca de los Beverley, poseída por la familia durante siglos. Lo
más fastidioso en este caso era que la explicación, si es que algunas de las
partes podía ofrecerla, era casi imposible en las presentes circunstancias.
A poco de haberse marchado Clara, Humphrey volvió al aposento de
su hermano. Lo halló despierto y conversando con Osvaldo. Oprimiendo con
vehemencia la mano de su hermano, Eduardo le dijo:
-Querido Humphrey, ahora pronto me habré repuesto y confío en
que estaré en condiciones de abandonar esta casa. Lo que temo es que el
intendente me pida alguna explicación, no sólo con respecto a la partida de mis
hermanas, sino también sobre otros puntos. Esto es lo que quiero eludir, sin
ofenderlo. No creo que el intendente deba ser culpado en extremo por haber
conseguido mi heredad, ya que ignora que exista un Beverley; pero me resulta
intolerable la idea de una amistad íntima con él, especialmente después de lo
que me ha pasado con su hija. Lo que quiero pedirte, es que no salgas de este
cuarto mientras yo siga aquí, a menos que te releve Osvaldo; de modo que el
intendente o cualquier otra persona no tenga oportunidad de sostener conmigo
una conversación, privada o de obligarme a escuchar lo que pueda tener que
decir. Se lo dije a Osvaldo antes de que entraras:
-Confía en que así se hará, Eduardo, porque soy de tu misma
opinión. Clara acaba de hablarme y he tenido muchas dificultades, y me vi
obligado, a mostrarme áspero para zafarme de su porfía.
Cuando vino el médico, declaró a Eduardo fuera de peligro y dijo
que ya no hacían falta sus cuidados. Eduardo sintió que el facultativo tenía
razón. Todo lo que le faltaba eran fuerzas, y confiaba en obtenerlas en unos
pocos días.
Osvaldo fue enviado a la cabaña para averiguar cómo se las
componía Pablo, librado a sí mismo. Se encontró con que todo iba bien y con que
Pablo, aunque orgulloso de sus responsabilidades, se sentía muy ansioso de que
Humphrey volviese, ya que le pesaba la soledad. Durante la ausencia de Osvaldo,
ese día, Humphrey no abandonó la habitación ni por un instante. Y aunque el
intendente apareció varias veces, no pudo hallar una sola oportunidad de hablar
con Eduardo, cosa que evidentemente quería hacer.
Cuando le hacían preguntas sobre su estado, Eduardo se quejaba
siempre de una gran debilidad, por un motivo que pronto será comprendido.
Transcurrieron varios días y Eduardo se levantaba a menudo de la cama durante
la noche, cuando era improbable una intrusión, y ahora se sentía lo bastante
fuerte para retirarse de allí. Su intención era abandonar la casa del
intendente sin su conocimiento, a fin de evitar toda explicación.
Cierta noche, Pablo vino con los caballos después de oscurecer.
Osvaldo los puso en la caballeriza, y como la mañana resultó hermosa y clara,
poco antes del alba Eduardo bajó silenciosamente la escalera con Humphrey y
después de montar a caballo ambos se dirigieron hacia la cabaña, sin que nadie
advirtiera su partida en la casa del intendente.
Pero no se debe suponer que Eduardo dio este paso sin cierta
consideración para con los sentimientos del intendente. Por el contrario, le
dejó una carta a Osvaldo, que debía ser entregada después de la partida, en que
le agradecía sinceramente a Heatherstone todas sus bondades y la piedad que le
testimoniara, y le daba seguridades de su gratitud y cordiales sentimientos
para con él y su hija, pero decía que se habían producido hechos sobre los
cuales no podía darse una explicación sin gran dolor para todos los
interesados, por lo cual era aconsejable que él tomase la decisión
aparentemente cruel de marcharse sin despedirse personalmente. Agregaba que se
embarcaría de inmediato hacia el continente en busca de fortuna en las guerras
y que le deseaba todo género de prosperidades a la familia Heatherstone, para
la cual tendría siempre los mejores deseos y recuerdos.
-Humphrey -dijo Eduardo, cuando hubieron recorrido unos tres
kilómetros a través del bosque y el sol hubo asomado en un cielo sin nubes-, me
parece que soy un esclavo liberado. ¡Dios sea loado! Mi dolencia me ha curado
de todas mis quejas y todo lo que necesito ahora es trabajo activo. Y ahora,
Chaloner y Grenville están no poco fatigados de su encierro en la cabaña y yo
me siento tan ansioso como ellos de partir. ¿Qué prefieres? ¿Unirte a nosotros
o quedarte en la cabaña?
-Lo he meditado, Eduardo y he resuelto quedarme en la cabaña.
Bastante caro te resultará mantenerte a ti mismo en los sitios adonde vas, y
debes presentarte en forma digna de un
Beverley. Tenemos mucho dinero ahorrado para equiparte y para
que vivas decorosamente durante un año poco más o menos; pero, después de eso,
quizá necesites más. Déjame aquí. Yo puedo ganar dinero, ahora que la granja
está bien provista y estoy seguro de poderte enviar un poco todos los años,
para mantener el honor de la familia. Además no quiero abandonar esto, por otra
motivo. Quiero saber qué pasa y observar los pasos del intendente y la heredera
de Arnwood. Asimismo, no quiero irme del país, antes de saber cómo lo pasan mis
hermanas con las Conynghame; mi deber es velar por ellas. Lo he resuelto, de
modo que no intentes disuadirme.
-No lo intentaré, mí querido Humphrey, ya que creo cuerda tu
decisión; pero te ruego que no pienses en ahorrar dinero para mí... Bastará con
muy poca cosa para satisfacer mis necesidades.
-De ningún modo, mi buen hermano; debes lucir y lucirás, si
puedo ayudarte, todo lo mejor. Así serás mejor acogido; porque aunque la
pobreza no es pecado, como dice el refrán, es escarnecida como si lo fuese,
mientras que los pecados se pasan por alto. Tú sabes que yo no necesito dinero
y, por lo tanto, debes aceptar y aceptarás, si me quieres, todo el que haya.
-Como quieras, mi querido, Humphrey. Ahora, hagamos correr a
nuestros caballos, porque, si fuese posible, yo quisiera abandonar el bosque
mañana por la mañana.
A esta altura, por haberse renunciado desde mucho tiempo atrás a
toda búsqueda de los fugitivos de Worcester, no había dificultad en obtener los
medios de embarque. En las primeras horas de la mañana siguiente todo quedó
pronto, y Eduardo, Humphrey, Chaloner, Grenville y Pablo partieron rumbo a
Southampton, transportando sobre uno de los caballos el reducido equipaje que
llevaban. Eduardo, como lo hemos mencionado ya, con el dinero ahorrado y el de
la cabaña, que había aumentado mucho, estaba bien provisto de numerario. Y esa
noche los viajeros se embarcaron, con sus caballos, en un pequeño velero, y con
viento boyante y favorable llegaron a un pequeño puerto de Francia al día
siguiente. Humphrey y Pablo volvieron a la cabaña, de más está decirlo, muy
descorazonados por la separación.
-¡Oh, señorito Humphrey! -dijo Pablo, mientras cabalgaban-. La
señorita Alicia y la señorita Edith irse; yo querer ir con ellas. El señorito
Eduardo irse; yo querer ir con él. Usted quedarse en la cabaña; yo querer
quedarme con usted. Pablo no poder estar en tres sitios.
-No, Pablo; todo lo que puedes hacer es quedarte donde puedas
ser más útil.
-Sí; lo sé. Usted necesitarme mucho en la cabaña. La señorita
Alicia y Edith y señorito Eduardo no necesitarme; de modo que yo quedarme en la
cabaña.
-Sí, Pablo. Nos quedaremos en la cabaña. Pero ahora no podemos
hacerlo todo. Creo que debemos abandonar la cremería, ahora que se han ido mis
hermanas. Te diré qué he estado pensando, Pablo. Haremos un gran cerco, para
traer allí a los petisos durante el invierno;
elegiremos a todos los que nos parezcan buenos y los venderemos
en Lymington. Eso será mejor que batir manteca.
-Sí, comprendo. Mucho trabajo para Pablo.
-Y para mí, también, Pablo; pero, como comprenderás, cuando esté
hecho el cerco durará mucho tiempo, y haremos entrar en él a los vacunos
salvajes, si podemos.
-Sí, comprendo -dijo Pablo-. Eso gustarme muchísimo; sólo no
gustar trabajo construir cerco.
-No nos dará mucho trabajo, Pablo; si derribamos los árboles
dentro del bosque a cada lado y los dejarnos apilados el uno sobre el otro, los
animales nunca podrán franquearlos.
-Esa muy buena idea..., ahorrar trabajo. -dijo Pablo-. ¿Y qué
hacer usted con vacas, suponiendo no hacer manteca?
-Conservarlas y vender sus terneros; conservarlos para atraer al
corral al ganado salvaje.
-Sí, eso bueno. Y hacer salir al viejo Billy para atraer
peligros al corral -continuó Pablo, riendo.
-Sí; lo intentaremos.
Debemos volver ahora a la casa del intendente. Osvaldo le
entregó la carta, que aquél leyó con mucha sorpresa.
-¡Se ha ido! ¿De veras que se ha ido? -dijo el señor
Heatherstone.
-Sí, señor. Esta mañana, antes del amanecer.
-¿Y por qué no se me ha informado de ello? -dijo el señor
Heatherstone-. ¿Por qué ha intervenido usted en esto, estando a mi servicio?
¿Puede saberse el porqué?
-Conocí al señor Eduardo antes de conocerlo a usted, señor
-replicó Osvaldo.
-Entonces más vale que lo siga -replicó el intendente, con tono
airado.
-Perfectamente, señor -dijo Osvaldo, que salió del aposento.
-¡Santo cielo! ¡Cómo se han frustrado mis planes! -exclamó el
intendente, al quedarse a solas, y releyó la carta más cuidadosamente que la
primera vez-. «Se han producido hechos de los cuales no puede darme una
explicación». No entiendo esto. Debo hablar con Paciencia.
El señor Heatherstone abrió la puerta y llamó a su hija.
-Paciencia -dijo el señor Heatherstone-. Eduardo se ha marchado
esta mañana. He aquí una carta que me ha escrito. Léela y dime si puedes
explicarme una parte que me resulta incomprensible. Siéntate y lee atentamente.
Paciencia, muy agitada, se sentó gustosamente y leyó con cuidado
la carta de Eduardo. Después, de haberlo hecho la abandonó sobre su regazo y se
cubrió el rostro, mientras las lágrimas corrían entre sus dedos. Al rato el
intendente dijo:
-Paciencia..., ¿ha sucedido algo entre Eduardo Armitage y tú?
Paciencia no contestó, pero sollozó con vehemencia. No habría
revelado tanta emoción, pero debe recordarse que durante las tres últimas
semanas, después de hablar con Eduardo, y durante la subsiguiente dolencia de
éste, había sido muy desdichada. La reserva de Humphrey, las expresiones usadas
por él, su rechazo de Clara y su imposibilidad de ver a Eduardo, durante su
enfermedad, añadidos a su repentina e imprevista partida, sin decirle una sola
palabra, habían quebrantado su espíritu y el dolor la había agobiado.
El intendente la dejó recobrarse antes de volver a hablarle.
Cuando la joven hubo cesado de llorar, su padre le habló con tono muy
bondadoso, rogándole que no le ocultara nada, ya que le importaba mucho conocer
los hechos reales.
-Ahora dime, hija mía, qué ocurrió entre Eduardo y tú.
-Me dijo, antes de que te acercaras a nosotros esa noche, que me
quería.
-¿Y qué contestaste?
-Apenas si sé qué le dije, mi querido padre. No quería ser cruel
con quien me había salvado la vida, y no opté por decir lo que pensaba,
porque..., porque Eduardo era de cuna humilde. ¿Y cómo podía alentar yo al hijo
de un guardabosques sin tu permiso?
-¿De modo que lo rechazaste?
-Supongo que sí, o que él supuso que yo lo había rechazado.
Tenía que confiarme un secreto de importancia y lo habría hecho si tú no nos
hubieras interrumpido.
-Y ahora, Paciencia, debo pedirte que me contestes con franqueza
a una Pregunta. No le culpo por tu conducta, que fue correcta en esas
circunstancias. También yo tenía un secreto que quizá debí confiar; pero supuse
que la confianza y paternal bondad con que yo trataba a Eduardo bastarían para
sugerirte que yo no podía oponerme mucho a una boda... En realidad, la libertad
del trato que yo permitía entre ustedes debió indicártelo; pero tu sentido del
deber y del decoro te han hecho obrar como debías hacerlo, lo admito, aunque
contrariamente a mis verdaderos deseos.
-¿Tus deseos, padre mío? -dijo Paciencia.
-Sí..., mis deseos. Nada he deseado más ardientemente que una
unión de Eduardo contigo; pero quise que lo amaras por sus propios méritos.
-Así fue, padre -replicó Paciencia, volviendo a sollozar-,
aunque no se lo dije.
El intendente guardó silencio. durante algún tiempo, y. agregó:
-No hay motivo para seguir ocultándolo, Paciencia. Sólo lamento
no haber sido más explícito antes. Sospeché durante largo tiempo -y me convencí
de ello luego- que Eduardo Armitage es Eduardo Beverley, que, con su hermano y
hermanas, se presumieron muertos en el incendio de Arnwood.
Paciencia apartó el pañiuelo de su rostro y miró a su padre con
asombro.
-Te digo que lo sospeché con vehemencia, mi querida hija, en
primer lugar por su noble aspecto, que ningún indumento de guardabosques podía
disfrazar, pero lo que me convenció más fue que en Lymington me encontré
casualmente con un tal Benjamín que había sido criado, en Arnwood y lo
interrogué detenidamente. Él creía, en realidad, que los niños habían muerto
carbonizados. Es cierto que yo lo interrogué más que nada sobre el aspecto de
los niños, cuántos eran los varones y cuántas las mujeres, sus edades, etc.,
pero la más seria de las pruebas fue que los nombres de los cuatro niños se
correspondían con los nombres de los niños del bosque, así como sus edades, y
fuí al registro de la parroquia y obtuve un extracto de las anotaciones. Esto
equivalía casi a una prueba, porque era improbable que los cuatro niños de la
cabaña tuvieran las mismas edades y nombres de los de Arnwood. Después de
haberme cerciorado de este punto ofrecí el empleo a Eduardo, queriendo
retenerlo aquí, porque yo había conocido antaño a su padre y de todos modos
estaba bien familiarizado con los méritos del coronel. Ustedes vivieron
entonces en la misma casa y vi con placer la intimidad que crecía entre ambos;
luego hice todo lo posible por conseguir que le devolvieran Arnwood. No pude
pedirlo para él, pero impedí que se lo dieran a otro reclamándolo para mí. De
haberse quedado Eduardo con nosotros, todo habría salido a la medida de mis
deseos; pero él quiso intervenir en esa desdichada rebelión, y como yo sabía
que era inútil impedirselo, lo dejé ir. Descubrí que había adoptado el apellido
Beverley durante el período pasado en el ejército del rey, y cuando visité por
última vez la ciudad así me lo dijeron los comisarios, que se preguntaron de
dónde habría salido aquel joven; pero el resultado fue que ahora era inútil
pedir la finca para él, como habría querido hacerlo..., ya que sus servicios en
el ejército realista lo tornaban imposible. De modo que la pedí para mí y la
obtuve. Me había hecho a la idea de que Eduardo sentía afecto por ti y tú
también por él, y apenas me hubieron concedido Arnwood, cosa que ocurrió la
noche en que él te habló, le comuniqué que me habían dado la heredad. Y
agregué, respondiendo a algunas frías preguntas que me formuló sobre la
posibilidad de que existiese todavía un heredero de la finca, que tal cosa era
improbable y que tú serías la señora de Arnwood. Se lo dije con toda intención
confiando en que todo marcharía bien en cuanto a ti se refería y proyectando
explicarle a Eduardo que yo conocía su identidad apenas te hubiera confesado su
afecto.
-Sí; ya lo comprendo todo ahora -replicó Paciencia-. Eduardo se
ve rechazado por mí y poco después se le dice que yo he entrado en posesión de
su propiedad. Nada tiene de
asombroso el que se haya sentido indignado y que nos mire con
desdén. Y ahora se ha marchado, lo hemos empujado al peligro, y quizá no
volvamos a verlo jamás. ¡Oh, padre! ¡Cuán desdichada soy!
-Debemos confiar en que suceda lo mejor, Paciencia. Es cierto
que Eduardo se ha ido a la guerra, pero no se sigue de eso que deba morir
forzosamente. Ustedes dos son muy jóvenes, demasiado jóvenes para casarse, y
todo puede ser explicado. Tendré que verme con Humphrey y hablarle con
franqueza.
-Pero..., ¿adónde habrán ido Alicia yEdith, padre?
-Eso sí que puedo decírtelo. He recibido una carta de Langton
sobre el particular, porque le pedí que me lo averiguara. Dice que hay dos
damitas de apellido Beverley que han sido dejadas a cargo de sus amigas las
señoritas Conynghame, tías del comandante Chaloner, que ha estado oculto en el
bosque durante algún tiempo. Pero tengo que escribir unas cartas, querida
Paciencia. Mañana, si estoy vivo y sano, iré a caballo a la cabaña a visitar a
Humphrey Beverley.
El intendente besó a su hija y ésta salió del aposento.
¡Pobre Paciencia! Le alegraba quedarse sola y meditar sobre
aquella extraña comunicación. Durante muchos días había advertido el afecto que
le inspiraba Eduardo..., mucho mayor que el supuesto por ella misma. «Y ahora
-pensó -, si él me ama realmente y se entera de la explicación de mi padre,
volverá. Gradualmente recobró su serenidad y se dedicó a sus tranquilas tareas
domésticas.
El señor Heatherstone se dirigió a la cabaña al día siguiente y
encontró allí a Humphrey atacadísimo como de costumbre, y, lo que era muy
desusado, de aire sumamente grave. Al señor Heatherstone no le resultó muy
grata la tarea de explicarle su conducta a un hombre tan joven como Humphrey;
pero, no se sentía cómodo mientras no eliminara aquella mala impresión
suscitada por él, y sabía que Humphrey poseía una buena dosis de auténtico
sentido común. La acogida del joven fue fría pero cuando el intendente le explicó
todo, Humphrey quedó más satisfecho y aquello le probó que el intendente había
sido el mejor amigo de ambos, y que aquel malentendido se debía, más que nada,
a un exceso de delicadeza de parte de Paciencia. Humphrey inquirió si podía
comunicarle a su hermano lo sustancial de la conversación sostenida, y el señor
Heatherstone le expresó que tal era su deseo y propósito al confiarle la
verdad. De más está decir que Humphrey aprovechó la primera oportunidad para
escribirle a Eduardo a la dirección dejada par Chaloner.
Capítulo XXVII
Pero debemos seguir a Eduardo durante algún tiempo. Al llegar a
París fue recibido bondadosamente por el rey Carlos, que le prometió ayudarle
en sus propósitos de incorporarse al ejército.
-Debe usted elegir entre dos generales, ambos grandes en el arte
de la guerra: Condé y Turena. No dudo de que ambos chocarán muy pronto el uno
con el otro. Tanto mejor para usted, ya que aprenderá la táctica bélica con tan
grandes maestros.
-¿A quién me recomendaría Su Majestad? -preguntó el joven.
-Condé es mi favorito y pronto se rebelará contra esta corte
cruel y deshonesta que me ha retenido aquí como un iustrumento para dar
realización a sus deseos, pero nunca se ha propuesto cumplir sus promesas e
instalarme en el trono de Inglaterra. Le daré a usted cartas para Condé, y
recuerde que, sea quien fuere el general a quien sirva, deberá seguirla sin
pretender apreciar la justicia o injusticia de sus pasos..., lo cual no es cosa
suya. Condé acaba justamente de salir de Vincennes; pero, créalo, no tardará en
rebelarse.
Apenas lo hubo munido el rey de las credenciales necesarias,
Eduardo se presentó en la corte del príncipe de Condé.
-Se habla de usted aquí con gran elogio -dijo el príncipe- para
ser tan joven. ¿De modo que estuvo en la batalla de Worcester? Lo conservaremos
a nuestro lado, ya que sus servicios pronto serán necesarios. ¿Puede usted
conseguirnos a algunos de sus compatriotas?
-Sólo hay dos a quienes pueda recomendar por mi relación directa
con ellos, pero en cuanto a eses dos oficiales puedo empeñar mi palabra.
-¿Alguien más?
-Por ahora no, Alteza, pero me parece muy posible.
-Tráigame a esos oficiales mañana a esta hora, monsieur
Beverley. Au revoir.
El príncipe de Condé siguió hablando luego con los demás
oficiales y caballeros que lo esperaban para presentarle sus respetos.
Eduardo fue en busca de Chaloner y Grenville, que se mostraron
encantados ante la noticia que les había traído. Al día siguiente fueron a la
corte del príncipe y Eduardo los presentó.
-Tengo suerte, caballeros, al obtener los servicios de tan
gallardos jóvenes -dijo el príncipe-. Ustedes se ganarán mi gratitud al
reclutar a todos los compatriotas que crean capaces de prestarme buenos
servicios, y al seguir luego a Guiena, provincia a la cual me dispongo a
partir. Tengan la amabilidad de ponerse en comunicación con las personas
nombradas en este papel, y cuando yo me haya ausentado recibirán de ellos toda
suerte de ayuda y los elementos necesarios.
Al mes de esta entrevista, Condé, a quien se habían plegado gran
número de nobles, y cuyas filas habían sido reforzadas por tropas de España,
elevó el estandarte de la rebelión. Eduardo y sus amigos se le unieron, con
unos trescientos ingleses y escoceses, a quienes
habían reclutado, y a poco, Condé obtuvo la victoria en Blenan y
en abril de 1652 avanzó sobre París.
Turena, que había asumido el mando del ejército f rancés, lo
siguió y se libró una recia acción de guerra en las calles del suburbio D'
Antoine, en que ninguna de las partes obtuvo ventaja. Pero, eventualmente,
Condé fue rechazado por las fuerzas superiores de Turena, y no habiendo
recibido la ayuda que esperaba de los españoles, retrocedió hacia las fronteras
de la Champaña.
Antes de su partida de París, Eduardo recibió la carta de
Humphrey, explicándole la conducta del intendente, y el contenido de la misiva
alivió de una pesada carga el espíritu de Eduardo, pero ahora sólo pensaba en
la guerra y aunque seguía recordando con amor a Paciencia Heatherstone, estaba
resuelto a seguir la suerte del príncipe durante todo el tiempo posible. Le
escribió una carta al intendente agradeciéndole sus bondadosos sentimientos e
intenciones, y confiando en que algún día tendría el placer de volver a verlo.
Pero no creyó conveniente mencionar el nombre de su hija, limitándose a
preguntar por la salud de ésta y a enviarle sus respetos. «Quizá pasen años
antes de que vuelva a verla - pensó- y... ¿quién sabe qué puede ocurrir?»
El príncipe de Condé tenía ahora el comando de las fuerzas
españolas de los Países Bajos, y Eduardo, con sus amigos, siguió su suerte y se
ganó su favor: los tres obtuvieron rápidos ascensos.
El tiempo transcurrió, y en 1654 la corte de Francia concluyó
una alianza con Cromwell y expulsó al rey Carlos de las fronteras francesas. La
guerra proseguía aún en los Países Bajos. Turena venció a Condé, que había
triunfado en todas las campañas, y la corte de España, cansada de reveses, hizo
sondeos de paz, que fueron gustosamente aceptados por Francia.
Durante el transcurso de estas guerras, Cromwell había recibido
el título de Protector, muriendo poco después.
Eduardo, que recibía raras veces noticias de Humphrey, se sentía
ansioso de abandonar el ejército e ir al encuentro del rey, que estaba en
España, pero le era imposible abandonar a su bandera mientras la suerte le era
adversa.
Después de la paz y de haber sido perdonado elpríncipe de Condé
por el rey de Francia, los ejércitos se dispersaron y los tres aventureros
quedaron en libertad. Se despidieron del príncipe, que les agradeció sus largos
y meritorios servicios, y los tres jóvenes se trasladaron presurosamente al
encuentro del rey Carlos, que había abandonado España, radicándose en los
Países Bajos. Al tiempo de su encuentro con el rey, Ricardo, el hijo de
Cromwell, que había sido designado Protector, acababa de renunciar y todo
estaba pronto para la restauración.
El 15 de mayo de 1660 llegó la noticia de que Carlos había sido
proclamado rey el día 8 y un nutrido cuerpo de caballeros fue a invitarlo a
venir. El rey partió de Scheveling, siendo
recibido en Dover por el general Monk y llevado a Londres,
adonde entró entre las aclamaciones del pueblo el 29 del mismo mes.
Ya supondrá el lector que Eduardo, Chaloner y Grenville
figuraban entre los más favorecidos del séquito real. Cuando la procesión
avanzaba lentamente por el Strand, en medio de una multitud innumerable, las
ventanas de todas las casas se llenaron de damas elegantes, que les agitaron
sus blancos pañuelos al rey y a su comitiva. Chaloner, Eduardo y Grenville, que
cabalgaban junto al monarca como gentileshombres de cámara, eran ciertamente
quienes más se destacaban en el séquito real.
-Mire a esas lindas muchachas asomadas a la ventana, Eduardo
-dijo Chaloner-. ¿Las reconoce?
-No, a decir verdad. ¿Serán algunas de nuestras beldades
parisienses?
-Pero, ser insensible y desalmado... ¡Si son sus hermanas Alicia
y Edith! ¿Y no reconoce detrás de ellas a mis buenas tías Conynghame?
-Creo que sí -replicó Eduardo-. Sí, ahora que Edith sonríe,
estoy seguro de que son ellas.
-Sí -dijo Grenville-. No cabe duda. Pero... ¿creen ustedes que
nos reconocerán ellas?
-Lo veremos -respondió Eduardo, mientras se acercaban a unos
pocos metros de la ventana, ya que, durante la conversación, la procesión se
había detenido.
-¿Será posible que ésas sean las dos muchachas de vestido
bermejo que dejé en la cabaña? -pensó Eduardo-. Y, con todo, deben serlo». Y
dijo:
-Bueno, Chaloner. A juzgar por las apariencias, sus buenas tías
han honrado la misión que les encomendaron.
- La naturaleza ha hecho más, Eduardo. Nunca imaginé que sus
hermanas se convertirían en tan bellas muchachas, aunque siempre me parecieron
lindas.
Cuando pasaban, Eduardo atrajo la mirada de Edith y le sonrió.
-¡Alicia, es Eduardo! -dijo Edith, tan en alta voz que la oyeron
el rey y todos los que estaban próximos a él.
Alicia y Edith se levantaron y agitaron sus pañuelos, pero
debieron detenerse y llevárselos a los ojos.
-¿Son ésas sus hermanas, Eduardo? -dijo el rey.
-Sí, Majestad.
El rey se irguió sobre sus estribos e hizo una gran reverencia
ante la ventana donde estaban paradas las muchachas.
-Tendremos algunas beldades en la corte, Beverley -dijo luego,
mirando al joven de soslayo.
Apenas hubieron terminado las ceremonias y pudieron evadirse de
las atenciones personales, Eduardo y sus dos amigos fueron a la casa donde
residían las señoritas Conynghame y sus hermanas.
De más está relatar la alegría del encuentro después de tantos
años de ausencia, y el placer de Eduardo al ver que sus hermanas se habían
transformado en tan perfectas y elegantes jóvenes. Tampoco necesitamos añadir
que sus dos camaradas, viejos amigos de Alicia y Edith, como se recordará,
fueron acogidos muy cordialmente.
-¿Sabes quién estuvo aquí hoy, Eduardo? La reina de la belleza,
por la cual brindan todos los caballeros.
-¿Será posible? Tendré que cuidar de mi corazón. ¿Quién es ella,
mi querida Edith?
-Nada menos que la mujer que tan bien conociste antaño,
Eduardo... Paciencia Heatherstone.
-¡Paciencia Heatherstone! -exclamó Eduardo-. ¡La bella por la
cual brinda todo Londres!
-Sí, y merecidamente, puedo asegurártelo. Pero es tan buena como
hermosa, y además trata a sus alegres pretendientes con perfecta indiferencia.
Vive con su tío, Sir Ashley Cooper, y su padre está también en la ciudad,
porque hoy nos visitó con ella.
-¿Cuándo tuviste noticias de Humphrey, Edith?
-Hace pocos días. Ahora ha abandonado la cabaña por completo.
-¿Será posible? ¿Dónde vive, pues?
-En Arnwood. La casa ha sido reconstruida y tengo entendido que
se la ha transformado en una mansión principesca. Humphrey está a cargo de
ella, hasta que se aclare a quien pertenece.
-¿Acaso no le pertenece al señor Heatherstone? -replicó Eduardo.
-¿Cómo puedes decir eso, Eduardo? ¿Hace mucho tiempo que
recibiste cartas de Humphrey?
-Sí. Pero no hablemos más de eso, mi querida Edith; me siento
muy perplejo.
-De ningún modo, querido hermano. Hablemos de eso -dijo Alicia,
que se había acercado y oído el final del diálogo-. ¿Por qué estás tan
perplejo?
-Bueno -respondió Eduardo-. Siendo así, sentémonos y hablemos
sobre el particular. Reconozco la bondad del señor Heatherstone y creo que lo
dicho por él a Humphrey es cierto, pero, con todo eso, no me agrada deberle una
propiedad que es mía y que no tiene derecho a darme. Reconozco su generosidad,
pero no su derecho de posesión. Más aun; por más que yo admire -y, puedo
decirlo, por más que ame (porque el tiempo no ha borrado ese sentimiento) a su
hija -resulta evidente con todo, por más que no se diga, que su hija ha de
quedar incluida en la transferencia, y no quiero aceptar a una esposa en esas
condiciones.
-Es decir, que por el hecho de que se te ofrezca junto todo lo
que deseas -tu heredad y la mujer que amas- no quieres aceptarlo. Hay que
separar ambas cosas y entregártelas por separado -dijo Alicia, sonriendo.
-Te equivocas queridísima hermana; no soy tan tonto. Pero tengo
cierto orgullo, que no puedes censurarme. Aceptar la propiedad de manos del
señor Heatherstone -es recibir un favor, aunque se me entregue como dote con su
hija. Ahora bien... ¿Por qué he de aceptar como favor lo que reclamo como
derecho? Mi intención es dirigirme al rey y pedir que me devuelva mi propiedad.
No podrá negármelo.
-No deposites tu confianza en los príncipes, hermano -respondió
Alicia-. Dudo de que el rey o su consejo consideren conveniente crear muchos
descontentos devolviendo bienes que han sido poseídos durante tanto tiempo por
otros, y crearse, al hacerlo, una hueste de enemigos. Recuerda asimismo que el
señor Heatherstone y su cuñado, Sir Ashley Cooper, le han prestado al rey
servicios mucho mayores que los que le has prestado o le prestarás jamás tú.
Han sido instrumentos muy importantes de su restauración, y los deberes del rey
para con ellos son mucho mayores que les contraídos contigo. Además, por un
mero puntillo de honra, llamémosle así, porque no es más que eso..., ¡en qué
situación desagradable vas a colocar a Su Majestad! En cualquier caso, Eduardo,
recuerda que no sabes cuáles son las intenciones del señor Heatherstone.
Espera, antes que nada, y veremos qué te ofrece.
-Pero, querida hermana. Me parece que sus intenciones son
evidentes. ¿Por qué ha reconstruido Arnwood? No pensará entregar mi propiedad y
regalarme la casa.
-Tenía motivos para reconstruir la mansión. Tú estabas
guerreando: lo mismo podías volver que no volver jamás. Así se lo dijo el
intendente a Humphrey, que ha estado actuando durante todo este tiempo, como su
hombre de confianza en ese asunto, y, recuérdalo, al tiempo de iniciarse la
reconstrucción de la casa..., ¿qué perspectivas había de que fuera restaurado
el rey o de que tú estuvieses en condiciones de solicitar la devolución de tu
heredad? Creo, con todo, que Humphrey conoce mejor las intenciones del señor
Heatherstone que lo que nos ha dicho, y por eso, querido Eduardo, vuelvo a
repetirte que no formules solicitud alguna antes de cerciorarte de las
intenciones del señor Heatherstone.
-Tu consejo es bueno, querida Alicia, y me dejaré guiar por él
-dijo el joven.
-Y ahora, permíteme que te dé un consejo para tus amigos, los
señores Chaloner y Grenville. Sé que gran parte de las propiedades les fueron
arrebatadas y puestas en otras manos, y probablemente esperarán que les sean
devueltas pidiéndoselas al rey. Los que detentan esos bienes suponen lo mismo y
más vale así. Ahora bien: gente más enterada que yo me ha dicho que no se
accederá a esas solicitudes, como se presume. Pero, al propio tiempo, si tus
amigos fueron en busca de los interesados y cerraran trato con ellos de
inmediato, antes de saberse las intenciones del rey, recuperarían sus bienes
por un tercio o un cuarto de su valor. Éste es el momento de hacerlo; hasta
unos pocos días de demora pueden estropear la perspectiva. Chaloner y Grenville
podrán obtener fácilmente un plazo para el pago del dinero. Convéncelos de
ello, querido Eduardo, e indúcelos, si es posible, a partir mañana hacia sus
feudos y a dar esos pasos.
-Ese consejo debe ser seguido -dijo Eduardo.
Ahora tenemos que irnos y no dejaré de hablar con ellos del
asunto esta misma noche.
Podemos decirle desde ya al lector que el consejo fue seguido de
inmediato y que Chaloner y Grenville recuperaron todas sus fincas comprándolas
con unos cinco años de plazo para el pago.
Eduardo se quedó varios días en la corte. Le había escrito a
Humphrey y enviado a un mensajero con la carta, pero el mensajero no había
vuelto aún. En la corte tenían lugar ahora continuas fiestas y muestras de
regocijo. Al día siguiente debía tener lugar una recepción, en la cual serían
presentadas las hermanas de Eduardo. Eduardo, como muchos otros caballeros del
séquito, estaba de pie detrás del trono, divirtiéndose con las presentaciones,
que se iban sucediendo y esperando la llegada de sus hermanas. Chaloner y
Grenville no estaban con él -habían obtenido licencia para ir al campo, con el
fin a que nos hemos referido- cuando Eduardo advirtió al señor Heatherstone que
se adelantaba hacia el rey, conduciendo a su hija Paciencia. Era evidente que
ambos no habían notado la presencia de Eduardo. En realidad, la joven no había
levantado les ojos ni una sola vez, a causa de la natural timidez de una joven
en presencia del rey. Eduardo se había ocultado a medias detrás de uno de sus
camaradas, para poder contemplarla a sus anchas. Paciencia era ciertamente una
hermosa joven, pero había cambiado, salvo que su talla era mayor y su figura
más perfecta y redondeada, y su traje de corte exhibía proporciones que
ocultara su humilde vestido del Bosque Nuevo o que el tiempo había madurado. Su
semblante lucía la misma expresión pensativa y dulce, que había variado poco,
pero los bellos brazos redondos, la caída simétrica de los hombros y las
proporciones de toda su figura, constituyeron una sorpresa para él, y en lo íntimo
de su alma, Eduardo convino en que bien se la podía llamar la reina de la
belleza de su tiempo.
El señor Heatherstone avanzó e hizo una reverencia y luego su
hija fue llevada hasta el trono y presentada por una dama a quien Eduardo no conocía.
Cuando la hubo saludado, el rey dijo lo bastante fuerte para que Eduardo lo
oyera:
-Mi deuda para con vuestro padre es grande. Confío en que la
hija adornará a menudo nuestra corte.
Paciencia no contestó, retirándose, y a poco Eduardo la perdió
de vista en la multitud.
Si los sentimientos de Eduardo para con Paciencia habían sido
contenidos hasta cierto punto -y el tiempo y la ausencia obran su efecto sobre
el más apasionado de los amantes-, la visión de Paciencia, radiante de belleza,
obró sobre él como un hechizo, y se sintió desasosegado hasta que terminó la
ceremonia y pudo ir a casa de sus hermanas.
Al entrar en la sala, cayó en brazos de Humphrey, que había
llegado con el mensajero.
Después de terminados los saludos, Eduardo dijo:
-Alicia y yo hemos visto a Paciencia y temo que debo rendirme a
discreción. El señor Heatherstone puede formular sus condiciones: tendré que
renunciar a todo mi orgullo antes que perderla. Creí tener más dominio sobre mí
mismo, pero la he visto y siento que mi felicidad futura radica en obtenerla
como esposa. Que su padre me la dé y Arnwood sólo será una bagatela como
agregado.
-Con respecto a las condiciones en que poseerás Arnwood -dijo
Humphrey- puedo informarte sobre ellas. Recibirás la heredad sin restricción
alguna y sólo tendrás que pagar por cuotas el dinero gastado en la
reconstrucción de la casa. Estoy autorizado a decirte esto y reconocerás
seguramente que el señor Heatherstone se ha mostrado a la altura de las
intenciones expuestas cuando obtuvo la concesión de la finca.
-Por cierto que sí -dijo Eduardo.
-En cuanto a su hija, Eduardo, te resta conquistarla aún. Su
padre te entregará la propiedad por ser tuya por derecho, pero no tienes
derecho de propiedad alguno sobre su hija y sospecho que no te será entregada
tan fácilmente.
-Pero... ¿Por qué dices eso, Humphrey? ¿Acaso no nos ha ligado
un afecto desde la juventud?
-Sí, admito que hubo una pasión juvenil, pero recuerda que nada
resultó de ella y que los años han pasado. Ya han transcurrido siete años desde
que abandonaste el bosque y en tus cartas al señor Heatherstone no hiciste
alusión alguna a lo que te pasó con Paciencia. A partir de entonces, nunca
escribiste ni enviaste mensaje alguno, y no se puede esperar que una muchacha,
desde los diecisiete hasta los veinticuatro años de edad, siga amando la imagen
de alguien que, por no decir más, la ha tratado con indiferencia. Esa es mi
opinión sobre el asunto, Eduardo; puede ser que me equivoque.
-Y también puedes tener razón -replicó Eduardo, tristemente.
-Pues mi opinión es distinta -respondió Edith-. Ya sabes,
Humphrey, cuantas proposiciones matrimoniales ha recibido Paciencia
Heatherstone... y aun sigue recibiendo a diario, puede decirse. ¿Por qué las ha
rechazado todas? ¡En mi opinión, porque le ha sido fiel a un orgulloso hermano
mío, que no se la merece!
-Quizá sea así, Edith -replicó Humphrey-. Las mujeres son
enigmas. Sólo hablé del asunto desde el punto de vista del sentido común.
-No sabes gran cosa de mujeres -dijo Edith-. Por cierto que no
conociste a muchas en el Bosque Nuevo, donde te has pasado toda la vida.
-Muy cierto, querida hermana. Quizá sea ésa la razón de que el
Bosque Nuevo tenga tantos encantos para mí.
-¡Después de esas palabras, caballero, cuanto antes vuelva usted
a él, mejor! -replicó Edith.
Pero Eduardo le hizo una seña a Humphrey y ambos se batieron en
retirada.
-¿Has visto al intendente, Humphrey?
-No; me disponía a visitarlo, pero quise verte primero.
-Iré contigo. No le he hecho justicia -replicó Eduardo-. Y, con
todo, apenas si sé cómo explicarle...
-No digas nada, pero trátalo cordialmente; eso será suficiente
explicación.
-Lo trataré como a un hombre a quien reverenciaré siempre, y
siento que tengo contraída para con él una profunda deuda de gratitud. ¿Qué
pensará del hecho de que yo no lo haya visitado?
-Nada. Desempeñas un cargo en la corte. Puedes haber ignorado
que él estaba en Londres, ya que no se han encontrado. El hecho de que me
acompañes causará esa impresión. Dile que acabo de comunicarte su noble y
desinteresada conducta.
-Tienes razón. Así lo haré. Pero temo, Humphrey, que tengas
razón y Edith esté equivocada con respecto a su hija.
-Nada de eso, Eduardo. Recuerda que, según lo ha observado
Edith, yo me he pasado la vida en los bosques.
Eduardo fue acogido muy bondadosamente por el señor
Heatherstone. Cuando el intendente le reiteró sus intenciones sobre Arnwood, el
joven expresó su juicio sobre la conducta de aquél, añadiendo simplemente:
-Quizá me considere usted impetuoso, señor, pero confío en que
me creerá agradecido.
Paciencia se sonrojó y tembló al verla Eduardo por primera vez.
Durante algún tiempo, Eduardo no aludió al pasado cuando ambos renovaron su
relación. Volvió a cortejarla y la conquistó. Luego quedó explicado todo.
Un año después de la Restauración, poco más o menos, hubo en
Hampton Cour una fête, dada en honor de tres bodas que se celebraban a un
tiempo: la de Eduardo Beverley con Paciencia Heatherstone, la de Chaloner con
Alicia y la de Grenville con Edith, y como lo dijo Su Majestad al entregarles
las novias:
-¿Podría ser mejor recompensada la lealtad?
Pero nuestros jóvenes lectores no se darán por satisfechos si no
les damos algunos detalles sobre los demás personajes que han aparecido en
nuestro pequeño relato. Humphrey debe ocupar el primer plano. Su amor por la
agricultura perduró. Eduardo le dio una vasta granja, libre de todo
arrendamiento, y a los pocos años, Humphrey ahorró lo suficiente para comprarse
una propiedad. Entonces se casó con Clara Ratcliffe, que no ha aparecido
últimamente en esta novela, dada la circunstancia de que, dos años, antes de la
Restauración, fue reclamada por un viejo pariente del campo, cuya precaria
salud no le permitía abandonar la casa. Este pariente le dejó su propiedad a
Clara, al año aproximadamente de su casamiento con Humphrey. Los jóvenes
conservaron la cabaña del Bosque Nuevo y eventualmente se la regalaron a Pablo,
que se había convertido en un joven muy juicioso, y con el correr del tiempo se
casó con una muchacha de Arnwood y su casa se llenó de gitanillos. Osvaldo,
apenas Eduardo vino a Arnwood, abandonó su empleo del Bosque Nuevo y se
convirtió en administrador de su finca, y Hebe fue también a Arnwood y vivió
hasta una edad considerablemente avanzada, desempeñándose como ama de llaves, y
su carácter fue empeorando en vez de mejorar con el correr del tiempo.
Esto es todo lo que podemos recordar sobre los diversos
personajes, y ahora debemos despedirnos del lector.

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