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Libro N° 3935. Los Cautivos Del Bosque. Marryat, Frederick.

 


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LOS CAUTIVOS DEL BOSQUE

Frederick Marryat

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

2003 - Reservados todos los derechos

 

Permitido el uso sin fines comerciales

 

Frederick Marryat

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LOS CAUTIVOS DEL BOSQUE

 

 

 

 

Capítulo I

 

Los hechos que me dispongo, a narrarles a mis jóvenes lectores tuvieron lugar en 1647. Si consultan la historia de Inglaterra en esa fecha, descubrirán que el rey Carlos I, contra quien se habían rebelado los Comunes de Inglaterra, había sido vencido después de una guerra civil de casi cinco años y confinado como prisionero en Hampton Court. Los realistas -o sea el partido que combatiera por el rey Carlos- habían sido dispersados, y el ejército del parlamento, bajo las órdenes de Cromwell, estaba empezando a dominar a los Comunes.

 

Fue en noviembre de ese año cuando el rey Carlos, acompañado por sir John Berkely, Ashburnham y Legg, huyó de Hampton Court y sus caballos lo llevaron a toda velocidad hacia la región del Hampshire que conduce al Bosque Nuevo. El rey confiaba en que sus amigos le tuviesen preparado un navío en que escapar a Francia, pero, en cuanto a esto, sufrió una decepción. Ningún navío estaba pronto, y después de haber vagado durante algún tiempo por la costa, resolvió ir a Titchfield, una finca del conde de Southampton. Después de largas consultas con sus acompañantes, siguió su consejo, que era confiar en el coronel Hammond, entonces gobernador de la isla de Wight en nombre del parlamento, pero a quien se presumía íntimamente realista. Sean cuales fueren les sentimientos de piedad del coronel Hammond para con un rey en situación tan infortunada, se mostró firme en sus deberes para con sus amos, y la consecuencia fue que el rey Carlos volvió a quedar prisionero en el castillo de Carisbrook.

 

Pero ahora debemos abandonar al rey y buscar los orígenes de esta historia en el comienzo de la guerra civil. A poca distancia del pueblo de Lymington, que no está muy lejos de Titchfield, donde se refugiara el rey, pero del otro lado del lago, Southampton y al sur del Bosque Nuevo, con el cual linda, existía una finca llamada Arnwood, perteneciente al realista Beverley. Se trataba entonces de una propiedad de considerable valor, muy vasta y con un parque adornado por valiosos árboles: porque terminaba en el Bosque Nuevo y podía considerarse una prolongación de éste. Este coronel Beverley como debernos llamarlo, porque había ascendido a esa categoría en el ejército del rey, era un estimado amigo y compañero de armas del príncipe Ruperto y tenía bajo su mando varios escuadrones de caballería. Estaba siempre junto a este valeroso príncipe cuando éste lanzaba sus brillantes cargas, y finalmente murió en sus brazos en la batalla de Naseby. El coronel Beverley se había emparentado, al casarse, con la familia de los Villiers, y el fruto de su matrimonio fueron dos hijos y dos hijas; pero su celo y sentido del deber lo habían inducido, al empezar la guerra a abandonar a su esposa y familia en Arnwood y estaba predestinado a no volver a verlos. La noticia de su muerte le causó tal efecto a la señora Beverley, agotada ya por la ansiedad que le inspiraba la suerte de su marido, que a los

 

pocos meses lo siguió a la tumba tempranamente, dejando a sus cuatro hijos a cargo de una anciana pariente, hasta que la familia de los Villiers pudiese protegerlos; pero, como se verá por esta historia, esto era imposible en ese período. A tiempo de comenzar nuestro relato, peligraban las vidas del rey y de muchas otras personas, y los huérfanos se quedaron en Arnwood, siempre a cargo de su anciana pariente.

 

El Bosque Nuevo, como quizá lo sepan mis lectores, fue cercado inicialmente por Guillermo el Conquistador como bosque real para su diversión, porque en esos tiempos la mayoría de las testas coronadas, amaban apasionadamente la caza, y quizá recuerden también que su sucesor, Guillermo el Rojo, encontró la muerte en ese bosque por culpa de una flecha desviada de sir Walter Tyrrell. Desde entonces, ese bosque siguió siendo un dominio real. En el período a que nos referimos, había allí un puesto de guardabosques y cuidadores encargados de vigilar a los cazadores furtivos, que comprendía a unos cuarenta o cincuenta hombres, pagados por la corona. Al empezar la guerra civil, todos ellos permanecieron en sus puestos, pero no tardaron en descubrir, dada la organización del país, que ya no podían cobrar sus sueldos. Y entonces, cuando el rey hubo resuelto reclutar un ejército, Beverley, que tenía un cargo superior allí, enroló a todos los hombres jóvenes y atléticos empleados en el bosque y se los llevó consigo para unirse al ejército del rey. Quedaron unos pocos, cuyos servicios carecían de valor a causa de su edad, y entre ellos figuraba un viejo y fiel criado de Beverley, un hombre de más de sesenta años de edad que se llamaba Jacobo Armitage y que había obtenido aquel empleo merced al coronel. Los que se quedaron en el bosque se instalaron en cabañas separadas por muchos kilómetros de distancia y se compensaren sus sueldos impagos matando a los ciervos y vendiendo su carne o consumiéndola personalmente.

 

La cabaña de Jacobo Armitage estaba situada en los alrededores del Bosque Nuevo, a un par de kilómetros de la mansión de Arnwood, y cuando el coronel Beverley fue a unirse a las tropas del rey, presintiendo, cuán poca seguridad tenían su esposa e hijos en aquellos tiempos azarosos, le pidió al viejo, dado su apego a la familia, que no perdiese de vista a Arnwood y lo visitara con toda la frecuencia posible por si podía serle útil a la señora Beverley. El coronel quiso persuadir a Jacobo de que se alojara en la propia mansión; pero, el viejo formuló objeciones a esto. Se había pasado toda la vida en la selva y le resultaba insoportable la idea de abandonarla. Le prometió al coronel cuidar de su familia y aun estar al alcance de ésta en caso necesario, y cumplió su palabra. La muerte del coronel Beverley fue un duro golpe para el viejo guardabosques, y Jacobo cuidó de la señora Beverley y de los huérfanos con la mayor solicitud; pero cuando aquélla siguió a su esposo a la tumba, Jacobo, redobló sus atenciones, y rara vez se alejó a más de unas pocas horas de distancia de la casa. Los dos varones eran sus compañeros inseparables y los adiestró, a pesar de su juventud, en todos los secretos de su oficio. Tal era el estado de cosas al tiempo en que el rey Carlos se fugó de Hampton Court. Y ahora reanudaré mi narración en el punto en que la dejé.

 

Apenas Cromwell y el parlamento se enteraron de la evasión del rey, enviaron al sur, en todas direcciones, tropas de caballería, ya que les rastros de los cascos probaban que se había alejado hacia allí. Cuando descubrieron que había tomado el camino del Bosque Nuevo, las tropas fueron subdivididas y se les ordenó que registraran el bosque, en partidas de doce a veinte, mientras que otras se dirigían a toda prisa a Southampton y todos los

 

demás puertos de mar o parajes costeros donde verosímilmente podía embarcarse el rey. El viejo Jacobo había estado en Arnwood el día anterior, pero en esta jornada había resuelto conseguir alguna carne de venado, para no volver allí con las manos vacías, porque miss Judith Villiers era muy afecta al venado y no dejaba de recordárselo a Jacobo cuando en la despensa faltaba aquella carne durante muchos días. Jacobo había salido a cobrar una pieza, y después de ubicar a sotavento a un hermoso gamo, se estaba acercando gradualmente a él de manera furtiva, ora arrastrándose detrás de un enorme roble, ora deslizándose a través del alto helechal para ponerse a tiro sin ser advertido cuando súbitamente el animal, que había estado paciendo apaciblemente, dio un salto y desapareció en la espesura. Al mismo tiempo, Jacobo advirtió a un pequeño grupo de caballos que galopaban por el vallecito en que había estado paciendo el gamo. Jacobo nunca había visto aún a las tropas del parlamento, porque éstas no habían sido enviadas durante la guerra a esa parte del país, pero sus cascos de hierro, sus arreos de ante, sus prendas de vestir escuras, lo convencieron de que debían ser ellos: tan distintos eran de la caballería de los realistas, de equipos claros, mandada por el príncipe Ruperto. Al tiempo en que avanzaron, Jacobo había estado tendido en el helechal cerca de algunos bajos arbustos de espino; no queriendo ser advertido por ellos, retrocedió entre los arbustos, proponiéndose seguir escondido hasta que se alejaran galopando, porque pensaba: «Soy un guardabosques del rey y ellos pueden considerarme un enemigo. Y... ¿quién sabe cómo me tratarán?» Pero las tropas que pasaban a caballo defraudaron a Jacobo en sus esperanzas; por el contrario, apenas llegaron a un roble ubicado a veinte metros de su escondite, se dio la orden de hacer alto y desmontar. Los sables de los jinetes tintinearon en sus vainas de hierro al obedecerse la orden, y el viejo creyó que lo descubrirían de inmediato; pero uno de los espinos se interponía exactamente entre él y los soldados, y lo ocultaba de un modo eficaz. Finalmente, Jacobo se aventuró a erguir la cabeza y atisbar a través del matorral, y advirtió que los soldados estaban aflojando las cinchas de sus caballos negros o secando el sudor de sus flancos con manojos de helecho.

 

Un hombre de poderosa complexión, que parecía mandar a los demás, estaba parado con la mano apoyada en el arqueado cuello de su corcel, que parecía más fresco y vigoroso que nunca, aunque cubierto de espuma y sudor.

 

-No dejen de almohazarlos -dijo-, porque hemos puesto a prueba el temple de nuestros caballos, y sólo nos queda ahora media hora de descanso. Debemos seguir adelante, ya que debe cumplirse la obra del Señor.

 

-Dicen que este bosque mide muchos kilómetros de largo y de ancho -observó otro de los hombres-, y podemos recorrer muchos kilómetros sin objeto alguno; pero aquí está James Southwold, que antaño vivió aquí como guardacaza; más aún, creo haber oído decir que nació y se crió en estos bosques. ¿No, es así, James Southwold?

 

-Exactamente -replicó un joven de aire activo-. Nací y me críé en este bosque, y mi padre fue guardacaza antes que yo.

 

Jacobo Armitage, que escuchaba la conversación, reconoció de inmediato a aquel joven. Era uno de los que habían ingresado al ejército del rey con los demás guardacazas y cuidadores. Le apenó mucho ver que un joven a quien siempre había considerado sincero y

 

fiel, y que había abandonado el bosque para pelear en defensa de su rey, se había convertido en un traidor, uniéndose a las filas del enemigo; y Jacobo pensó que habría sido mucho mejor que James Southwold no abandonara el Bosque Nuevo y no hubiese sido corrompido por las malas compañías.

 

«Era un buen muchacho -pensó Jacobo- y ahora es un traidor y un hipócrita.»

 

-Si has nacido y te has criado en este bosque, James Southwold -dijo el jefe de la tropa-, debes conocer todos sus laberintos y senderos. Trata, pues, de hacer memoria. ¿No hay escondites secretos donde pueda ocultarse la gente o espesuras que puedan disimular a un tiempo al hombre y al caballo? Quizá puedas señalar el punto preciso donde está oculto Carlos.

 

-Conozco una cañada, a kilómetro y medio de Arnwood -replicó James Southwold-, que puede ocultar al doble de nuestras tropas a los ojos del más avisado.

 

-Iremos allá, entonces -replicó el jefe-. ¿Arnwood, dijiste? ¿No es ésa la finca del realista Beverley, que fue muerto de un tiro en Naseby?

 

-Aun así -replicó Southwold-, fueron muchas las ocasiones, antaño, antes de mi regeneración, desde luego, en que pasé allí días de juerga, y fueron muchos los jarros de buena cerveza que me bebí.

 

-Y volverás a beberlos -replicó el jefe-. La buena cerveza no sólo está destinada a los realistas, sino, también a los leales. Cuando hayamos examinado la cañada a que te refieres, dirigiremos nuestros caballos hacia Arnwood.

 

-¿Quién sabe si no está oculto Carlos en la casa del realista? -observó otro.

 

-De día, creo que no -replicó el jefe-. Pero de noche, a los realistas les gusta tener un techo sobre sus cabezas. De modo que iremos allí de noche, y no antes.

 

-He registrado muchos de sus refugios -observó otro-, pero la búsqueda es casi inútil. Entre sus paneles a resorte y puertas secretas y falsos cielos rasos y paredes dobles, se puede hurgar hasta el cansancio sin encontrar nada.

 

-Sí -replicó el jefe-. Sus moradas están llenas de esas abominaciones papistas, pero hay un medio seguro. Y si Carlos está oculto en alguna casa, me atrevería a afirmar que lo encontraremos. El fuego y el humo lo harán salir, y le pondré fuego con antorchas a todas las casas de realistas en treinta kilómetros a la redonda. Pero tendría que ser de noche, ya que no estamos seguros de que lo alberguen allí de día. ¿Conoces bien la mansión de Arnwood, James Southwold?

 

-Sé cómo se llega a todos los lugares de la planta baja, la bodega, el sótano y la cocina; pero no puedo decir que he estado en los aposentos de la planta alta.

 

-Ni hace falta; si puedes llevarnos a la entrada de la planta baja, eso bastará.

 

 

-Sí que puedo, señor Ingram -replicó Southwold-. Y al sitio en que se encuentra la mejor cerveza.

 

-Bien, Southwold, bien. Debemos hacer nuestra obra y con diligencia. Vamos, soldados míos, ceñid vuestras cinchas; iremos a la cañada. Si ésta no oculta al que buscamos, nos ocultará, al menos, a nosotros hasta la noche, y entonces todo quedará iluminado por las llamas de Arnwood, mientras rodeamos la casa e impedimos la fuga. ¡Igualitarios, a caballo!

 

Los soldados saltaron sobre sus sillas y se alejaron con pesado trote, encabezados por Southwold. Jacobo se quedó entre los helechos hasta que se perdieron de vista, y entonces se puso de pie. Miró durante largo rato el camino seguido por los soldados, se inclinó para recoger su escopeta y dijo:

 

-La providencia ha intervenido en esto, sí. Y también ha intervenido en que no esté conmigo mi perro, porque éste no se habría quedado callado durante tanto tiempo. ¿A quién se le habría ocurrido que James Southwold podía convertirse en un traidor? Más que traidor, porque está pronto a morder la mano que lo ha alimentado, a quemar la casa que lo ha acogido siempre gustosamente. Mal mundo es éste, y le agradezco al cielo el haber vivido siempre en los bosques. Pero no hay tiempo que perder.

 

Y el viejo guardabosques se echó el fusil al hombro y se alejó de prisa en dirección a su cabaña.

 

«De modo que el rey ha huido -pensó mientras caminaba-. ¡Y quizá esté en el bosque! ¡Quién sabe si no se halla en Arnwood, porque no debe tener muchos refugios disponibles! Tengo que darme prisa y visitar inmediatamente a miss Judith. «¡Igualitarios, a caballo!», dijo aquel individuo. ¿Qué será un igualitario?»

 

Como quizá mis lectores se pregunten lo mismo, deben saber que gran parte del ejército del parlamento había adoptado en aquel entonces el nombre de igualitario, por opinar que todos los hombres deblan ser iguales y todas las propiedades debían estar divididas por igual.

 

El odio de aquella gente por todos los que la superaban en jerarquía o bienes, sobre todo los que integraban el partido del rey, en su mayor parte hombres de bienes y jerarquía, era ilimitado y se mostraban despiadados y crueles en sumo grado, renunciando a buena parte del talante y lenguaje fanáticos que caracterizaran antes a los puritanos. A Cromwell le había costado mucho trabajo sosegarlos, cesa que logró finalmente ahorcando y matando a muchos. Nada sabía de esto Jacobo; todo lo que sabía era que Arnwood iba a ser quemado esa noche y que era necesario retirar de allí a la familia. En cuanto a conseguir ayuda para resistir a los soldados, comprendía que esto era imposible. Al pensar en lo que ocurriría, le agradeció a Dios el haberle permitido enterarse de lo que iba a pasar, y apretó el paso. Su escondite del helechal estaba a unos doce kilómetros de Arnwood. Lo primero que hizo, fue ir a su cabaña a dejar su escopeta; luego ensilló su petiso del bosque y partió rumbo a Arnwood. En menos de dos horas llegó a la puerta de la mansión; eran entonces alrededor

 

de las tres de la tarde, y como corría el mes de noviembre, sólo, quedaban dos horas de luz diurna.

 

«Me costará habérmelas con esa inflexible vieja -pensó Jacobo, mientras tiraba de la campanilla-. Creo que no se levantaría de su silla alta aunque viniese el viejo Oliverio con todo su ejército. Pero ya veremos.»

 

 

 

 

 

Capítulo II

 

Antes de que conduzcan a Jacobo a presencia de miss Judith Villiers, debemos hacer alguna referencia a la vida en Arnwood. Con excepción del único criado varón, que lo mismo trabajaba en la casa que en las caballerizas, según conviniera, todos los hombres de la servidumbre del coronel Beverley habían seguido, la suerte de su señor; y como ninguno de ellos había vuelto, cabía suponer que, según todas las probabilidades, habían compartido su suerte. Tres criadas, con el hombre ya mencionado, componían toda la servidumbre. En realidad, había motivo para que ésta no aumentara, porque los arrendamientos se pagaban en parte o no se pagaban. Se presumía en general que la finca, ahora que el parlamento había dominado la situación, sería confiscada, aunque esto no hubiese sucedido aún. Y los arrendatarios no querían pagarles a los que no estaban autorizados a percibir los arrendamientos que podían verse obligados a pagar nuevamente. Por ello, a miss Judith Villiers le resultaba difícil mantener a su servidumbre, y aunque no se lo confesaba a Jacobo Armitage, la verdad era que a menudo la carne de venado traída por éste a la casa era toda la carne existente en la despensa. Las tres criadas eran: la una, cocinera; la otra, camarera de miss Villiers, y la tercera, sirvienta. Y los niños no estaban al cuidado de ninguna de ellas y quedaban en gran parte librados a sí mismos. En la casa habían tenido un capellán, pero éste se marchó antes de morir la señora Beverley, y la vacante no había sido llenada; en realidad, no habría podido serlo fácilmente, porque al capellán que se había ido se le debían muchos meses de sueldo y mis Judith Villiers esperaba que sus pariente la invitaran de un momento a otro a vivir allí con los niños, y se pasaba los días sentada en su alta silla esperando ese llamado que nunca llegaba, dado lo difícil de aquellos tiempos turbulentos.

 

Como ya lo hemos dicho, los huérfanos eran cuatro: los dos mayores varones, y las menores niñas. Eduardo, el primogénito, tenía de trece a catorce años; Humphrey, el segundo, contaba doce; Alicia once y Edith ocho. Como precisamente nos disponemos a contar la historia de estos jóvenes, poco diremos de ellos por ahora, salvo que, desde hacía muchos meses, no sufrían coacción alguna y nadie había cuidado de ellos. Sus camaradas eran Benjamín, el hombre que quedaba en la casa, y el viejo Jacobo Armitage, que se pasaba con ellos todo su tiempo libre. Benjamín era de inteligencia bastante precaria y una fuente de diversión más que otra cosa. En cuanto a las criadas, una de ellas estaba totalmente ocupada atendiendo a miss Judith, que era muy exigente y con un alto sentido de su propia importancia. Las otras dos tenían harto trabajo, ya que, cuando no hay dinero con qué pagar, todo debe hacerse en casa. Nada tiene de asombroso el que, en estas condiciones, los varones se volvieran ruidosos y las niñas traviesas; pero, por dicha causa, miss Judith rara vez les franqueaba el acceso, a su aposento. Es verdad que mandaba por

 

ellos una vez al día, para cerciorarse de que estaban en la casa o de que existían, pero, pronto eran despedidos y librados a sí mismos. Tal era el abandono en que vivían los jóvenes huérfanos. Debe admitirse, con todo, que ese mismo abandono los volvió independientes y audaces, llenos de salud a causa de su constante actividad y más adecuados al cambio que no tardaría en producirse.

 

-Benjamín -dijo Jacobo, al acercarse el criado a la puerta-. Tengo que hablar con la señorita.

 

-¿Has traído algún venado, Jacobo? -dijo Benjamín, sonriendo-. Porque, en caso contrario, creo que no serás bienvenido.

 

-No. Pero se trata de un asunto importante, de modo que envíale a Ágata inmediatamente.

 

-Sí que lo haré, y nada diré del venado.

 

A los pocos minutos, Jacobo fue conducido por Ágata a los aposentos de miss Judith Villiers. La anciana dama contaba unos cincuenta años de edad, era muy estirada y tiesa y estaba sentada en una silla de alto respaldo, con los pies sobre un escabel y las manos cruzadas delante, con los mitones reposando sobre el albo delantal.

 

El viejo guardabosques le hizo una reverencia.

 

Según me dicen, usted tiene algo importante que decirme -observó miss Judith.

 

-Importantísimo, señora -replicó Jacobo-. En primer lugar, debe usted saber que Su Majestad el rey Carlos ha huido de Hampton Court.

 

-¡Su Majestad ha huido! -replicó la dama.

 

-Sí, y se presume que está escondido en esta vecindad. Supongo que no se halla en esta casa..., ¿verdad?

 

-Jacobo, Su Majestad no está en esta casa; si lo estuviera, yo me dejaría arrancar la lengua antes que confesarlo, aún tratándose de usted.

 

-Pero tengo otra cosa confidencial que decirle, señora.

 

-Retírese, Ágata. Y cuide de ir abajo y de no quedarse junto a la puerta.

 

Al oír esta orden, Ágata se precipitó afuera del aposento, cerrando con un portazo que le hizo dar un salto en la silla a miss Judith.

 

-¡Muchacha mal educada! -exclamó miss Judith-. Vamos, Jacobo Armitage. Puede continuar.

 

Entonces Jacobo narró con todos los detalles lo que había oído esa mañana, al encontrarse con los soldados, terminando con la información de que la casa sería quemada esa misma noche. Luego señaló la necesidad de abandonar inmediatamente Arnwood, ya que sería imposible oponerse a los soldados.

 

-¿Y adónde he de ir, Jacobo? -preguntó tranquilamente miss Judith.

 

-No lo sé, señora. Está mi cabaña, pero se trata de algo muy modesto e inadecuado para una persona como usted.

 

-Así lo considero, Jacobo Armitage, y no aceptaré su oferta. No le cuadraría a la dignidad de una Villiers asustarse y abandonar su morada al llegar un partida de groseros soldados. Suceda lo que suceda, no me moveré de aquí... no, ni aun de esta silla. Por lo demás, no creo que el peligro sea tan grande como usted supone. Que Benjamín ensille un caballo y se disponga a ir a Lymington de inmediato. Le daré una carta para el juez del pueblo, a fin de que nos envíe protección.

 

-Pero, señora, los niños no pueden quedarse aquí. No los dejaré aquí. Le he prometido al coronel...

 

-¿Correrán más peligro los niños que yo, Jacobo Armitage?-replicó solemnemente la anciana dama-. Esa gente no se atreverá a maltratarme. Quizá violenten la bodega y se beban la cerveza... y se entretengan con tal o cual venado traído por usted. Pero dudo que se arriesguen a agraviar a una dama de la casa de Villiers.

 

-Temo que se arriesgarán a cualquier cosa, señora. De todos modos, asustarán a los niños, y tratándose solamente de una noche, éstos se hallarían mejor en mi cabaña.

 

-Bueno, así sea; llévelos a su cabaña y que vaya con ustedes Marta para atender a las señoritas Beverley. Baje ahora, y dígale a Marta que venga aquí y a Benjamín que ensille lo más pronto que pueda.

 

Jacobo salió del aposento, satisfecho de haber obtenido permiso para llevarse a los niños. Sabía que era inútil discutir con miss Judith, que se mantenía firme en sus trece cuando había manifestado su intención. Jacobo caviló acerca de si convenía hablarles a los criados del peligro inminente; pero no tuvo oportunidad de hacerlo, porque Ágata se había quedado junto a la puerta mientras Jacobo daba aviso a miss Villiers, y apenas hubo mencionado el guardabosques la amenaza de que esa noche quemarían Arnwood, había corrido a la cocina a comunicárselo a los demás criados.

 

-No me quedaré para morir quemada -exclamó la cocinera, al entrar Jacobo-. ¡Lindas noticias las suyas, señor Armitage! ¿Qué dice mi señora?

 

-Quiere que Benjamín ensille inmediatamente y lleve una carta a Lymington. Y usted, Ágata, debe subir a sus aposentos.

 

-Pero..., ¿qué se propone hacer? ¿Adónde iremos? -exclamó Ágata.

 

 

-Miss Judith se propone quedarse donde está.

 

-Entonces, lo que es por mí, se quedará sola -exclamó la doncella, a quien Benjamín festejaba-. Bastante malo es ya tener pecas vituallas y no cobrar sueldo, pero eso de morir quemada... Benjamín, ponga una grupera detrás de su silla de montar e iré a Lymington con usted. No tardaré en tener listo mi hato de ropa.

 

Benjamín, que estaba en la cocina al entrar Jacobo, hizo un significativo signo de asentimiento y se fue a la caballeriza. Ágata subió a los aposentos de su ama con aire muy perturbado y la cocinera se fue también muy presurosamente a su alcoba.

 

«¡Todos la abandonarán! -pensó Jacobo-. Bueno, mi deber es evidente. No dejaré a los niños en la casa.»

 

Fue en su busca y los encontró jugando en el jardín. Inmediatamente llamó a los dos varones aparte.

 

-Señorito Eduardo -dijo-. Usted debe probar que es el hijo de su padre. Debemos abandonar inmediatamente esta casa; suba conmigo a sus habitaciones y ayúdeme a empacar sus ropas y las de sus hermanos, porque esta noche debemos irnos a mi cabaña. No hay tiempo que perder.

 

-Pero..., ¿Por qué, Jacobo? Debo saber el porqué.

 

-Porque los soldados de caballería del parlamento quemarán la casa esta noche hasta sus cimientos.

 

-¡Que la quemarán! Pero si la casa es mía..., ¿verdad? ¿Quién se atreverá a quemarla?

 

-Ellos se atreverán y lo harán.

 

-Pero lucharemos contra ellos, Jacobo; podemos atrincherarnos. Yo sé usar una escopeta y también dar en el blanco, como usted sabe; luego, están Benjamín y usted.

 

-¿Y qué podrán hacer usted y dos hombres más contra una tropa de caballería, mi querido niño? Si pudiéramos defender la casa, Jacobo Armitage sería el primero en intentarlo; pero eso es imposible, mi querido niño. Recuerde a sus hermanas. ¿Le gustaría que fuesen quemadas vivas o muertas a tiros por esos malvados? No, no, señorito Eduardo; usted debe hacer lo que digo y no perder tiempo. Empaquemos lo que sea más útil y carguemos los hatos sobre White Billy. Luego ustedes podrán venir a la cabaña conmigo, y nos arreglaremos lo mejor posible.

 

-¡Eso será divertido! -dijo Humphrey-. Ven, Eduardo.

 

Pero Eduardo Beverley necesitaba más persuasión para abandonar la casa; por fin, el viejo Jacobo logró convencerlo, y la ropa fue apilada en hatos lo más pronto posible.

 

 

-La tía dijo que Marta acompañara a sus hermanas, pero dudo de que quiera venir -dijo Jacobo-. Y creo que no habrá sitio para ella, ya que la cabaña es harto pequeña.

 

-Oh, no la necesitamos -dijo Humphrey- Alicia viste siempre a Edith y se viste sola desde el día mismo en que murió mamá.

 

-Entonces, bajemos los hatos y amárrenlos ustedes al petiso, mientras voy en busca de sus hermanas.

 

-Pero..., ¿adónde irá la tía Judith? -inquirió Eduardo.

 

-Ella no abandonará la casa, señorito Eduardo; se propone quedarse y hablar con los soldados.

 

-¡De modo que una anciana como ella se queda para afrontar al enemigo, mientras yo huyo! -replicó Eduardo-. No me iré.

 

-Señorito Eduardo -replicó Jacobo-. Haga lo que le plazca, pero sería cruel dejar aquí a sus hermanas: ella y Humphrey deben venir conmigo y yo no podré conseguir que vengan a mi cabaña si usted no me ayuda. Eso no queda lejos y luego usted podrá volver muy pronto.

 

Eduardo consintió. El petiso fue cargado prestamente y las niñas, que estaban jugando aún en el jardín, fueron llamadas por Humphrey. Se les dijo que pasarían la noche en la cabaña y la idea las deleitó.

 

-Vamos, señorito Eduardo -dijo Jacobo-. ¿Quiere tomar de la mano a sus hermanas y conducirlas a la cabaña? Aquí tiene la llave de la puerta. El señorito Humphrey puede guiar al petiso.

 

Y, llevándolo aparte, Jacobo continuó:

 

-Y además, señorito Eduardo, le diré algo que no he de mencionar en presencia de su hermano y sus hermanas: los soldados están revolviendo todo el Bosque Nuevo, porque el rey Carlos ha huido y lo buscan. Por lo tanto, usted no debe abandonar a sus hermanos hasta que yo vuelva. Cierre con llave la puerta de la cabaña apenas anochezca. Ya sabe donde encontrará una luz, sobre el aparador; y mi escopeta está cargada y pende sobre la repisa. Haga todo lo que pueda si los soldades quieren forzar la entrada; pero, rnás que nada, prométame que no los abandonará hasta mi regreso. Me quedaré aquí para ver qué puedo hacer por su tía; y cuando vuelva, decidiremos qué ha de hacerse.

 

Esta treta del Jacobo tuvo éxito. Eduardo prometió que no abandonaría a sus hermanos y sólo quedaban unos pocos minutos de luz, diurna cuando el pequeño grupo dejó la mansión de Arnwood. Cuando franqueahan la verja, se cruzaron con Benjamín, que se alejaba al trote con Marta a sus espaldas sobre una grupera, y que aferraba un envoltorio tan grande como ella. No cambiaron una sola palabra y pronto Benjamín y Marta se perdieron de vista.

 

-¿Adónde se irá Marta? -dijo Alicia-. ¿Estará de vuelta cuando regresemos mañana a casa?

 

Eduardo no contestó, pero Humphrey dijo:

 

-Pues se lleva mucha ropa en ese enorme hato, para tratarse de una noche, en todo caso.

 

Jacobo, apenas hubo despachado a los niños, volvió a la cocina, donde encontró a Ágata y a la cocinera que reunían sus cosas, aprestándose evidentemente a una presurosa fuga.

 

-Ha visto a miss Judith, Ágata?

 

-Sí. Y me dijo que se quedaría y que yo debía quedarme de pie detrás de su silla, para poder recibir dignamente a los soldados, pero no admiro su plan. Quizá la dejen en paz a ella, pero estoy segura de que serán groseros conmigo.

 

-¿Cuando vuelve Benjamín?

 

-No piensa volver. Dijo que en cualquier caso, no volvería hasta mañana por la mañana, y que entonces haría una escapada aquí, para asegurarse de si el aviso era cierto o no. Pero Marta se ha ido cen él.

 

-Ojalá pudiera inducir a la señorita a dejar la casa -dijo Jacobo pensativamente-. Temo que no la respeten tanto como ella supone. Suba, Ágata, y dígale que quiero hablar con ella.

 

-No, no haré tal cosa; tengo que irme porque ya oscurece.

 

-¿Y dónde se va?

 

-A casa de Gossip Allwood. Eso queda a un par de kilómetros de distancia y tengo que llevar mis cosas.

 

-Pues mire, Ágata. Si me anuncia a la señorita, yo le llevaré sus cosas.

 

Ágata consintió y apenas hubo llevado al primer piso la lámpara, porque ya había oscurecido totalmente, Jacobo fue introducido de nuevo a los aposentos de miss Judith.

 

-Querría, señora, poder convencerla de que dejase la casa por esta noche -dijo el guardabosques.

 

-Jacobo Armitage, no abandonaré esta casa aunque esté llena de soldados; ya se lo he dicho...

 

-Pero, señora...

 

-Basta, señor. Usted se excede -replicó la dama, con altanería.

 

-Pero, señora...

 

-Retírese de aquí, Jacobo Armitage, y no vuelva jamás. Salga de aquí y envíeme a Ágata.

 

-Ágata se ha ido, señora, y también se ha ido la cocinera, y Marta se ha marchado con Benjamín; cuando yo me marche, usted se habrá quedado sola.

 

-¿Se han atrevido a marcharse.?

 

-No se han atrevido a quedarse, señora.

 

-Váyase, Jacobo Armitage, y cierre la puerta al salir.

 

Jacobo vacilaba aún.

 

-Obedézcame de inmediato -dijo la anciana, y el guardabosques, considerando inútil toda protesta, salió y obedeció la última orden de miss Judith, cerrando la puerta en pos de él.

 

Jacobo encontró a Ágata y a la otra doncella en el patio: tomó los envolterios de ambas y como se lo había prometido a Ágata, las acompañó hasta la casa de Gossip Alwood, que tenía una pequeña cervecería a un par de kilómetros de distancia.

 

-Pero... ¡Dios mío! ¿Qué será de los niños? -dijo Ágata, cuando se alejaban, ya que los había olvidado hasta entonces movida por sus propios temores-. ¡Pobrecitos! Y Marta los ha abandonado también.

 

-Sí, en verdad. ¿Qué será de nuestros queridos niños?- dijo la cocinera, lagrimeando.

 

Entonces Jacobo, sabiendo que los hijos de un realista tal como el coronel Beverley sufrirían un trato riguroso si eran descubiertos y sabiendo asimismo que no siempre se podía confiar en las mujeres, resolvió no decirles adónde los había enviado. De modo que contestó:

 

-¿Quién habría de hacerles daño a niños de tan corta edad? No. No hay por qué temer por ellos; hasta los soldados los protegerán.

 

-Así lo espero -replicó Ágata.

 

-No lo duden. Ningún hombre causará daño a unos niños -replicó Jacobo-. Los soldados los llevarán a Lymington, seguramente. No temo por ellos; si con alguien serán descorteses, será con esa orgullosa dama.

 

La conversación terminó en este punto, y a su debido tiempo, los viajeros llegaron a la posada. Jacobo acababa de dejar los hatos sobre la mesa, cuando se oyó rumor de cascos caballares. A poco, los soldados detuvieron sus cabalgaduras ante la puerta y desmontaron. Jacobo reconoció a la partida que encontrara en el bosque, y entre ellos, a Southwold. Los soldados pidieron cerveza y se quedaron algún tiempo en la casa, charlando y jaraneando

 

con las mujeres, sobre todo con Ágata, que era muy bien parecida. Jacobo se habría retirado silenciosamente, pero se encontró con que en la puerta habían apostado a un centinela para impedir que alguien saliera. Volvió a sentarse y mientras escuchaba la conversación de los soldados, fue reconocido por Southwold, que lo abordó. Jacobo no fingió no conocerlo, porque ello habría sido inútil, y Southwold le formuló muchas preguntas sobre los moradores de Arnwood. Jacobo replicó que allí estaban los niños y unos pocos criados, e iba a mencionar a miss Judith Villiers, cuando se le ocurrió una idea: podía salvar a la anciana dama.

 

-Ya sé que ustedes van a Arnwood -dijo Jacobo-, y he oído decir a quien buscan. Quizá me equivoque, pero si ustedes se topan con una vieja o algo así cuando vayan a Arnwood, pónganla sobre la grupa de su caballo y llévenla a Lymington lo más pronto que puedan. Usted me entiende.

 

Southwold asintió con aire significativo y le oprimió la mano a Jacobo.

 

-Una sola palabra, Jacobo Armitage: si triunfo en la captura gracias a su indicación, es simplemente justo que usted reciba algo del premio. ¿Dónde podré encontrarlo pasado mañana?

 

-Esta noche me voy de aquí y no tengo más remedio que hacerlo. Lo positivo es que estoy en dificultades: cuando la marejada haya pasado, daré con usted. No vuelva a hablarme más.

 

Southwold volvió a oprimir la mano de Jacobo y lo abandonó. A poco, dieron orden de volver a montar y los soldados partieron.

 

Armitage los siguió lentamente, sin ser advertido. Los soldados llegaron a la casa y la rodearon. Poco después el guardabosques notó el resplandor de las antorchas, y al cuarto de hora se alzó una densa humareda en el cielo oscuro pero despejado; finalmente brotaron las llamas de las ventanas inferiores de la mansión y a poco iluminaron la zona hasta varios kilómetros a la redonda.

 

«Esto ha terminado», pensó Jacobo y se volvía ya para encaminarse de prisa hacia su propia cabaña, cuando oyó el galope de un caballo y unos fuertes gritos. Un minuto después, James Southwold pasó a su lado con miss Judith amarrada detrás de él, pataleando y forcejeando todo lo posible. Jacobo sonrió al pensar que le había salvado la vida a la anciana con aquella pequeña treta, porque evidentemente Southwold suponía que llevaba en la grupa al rey Carlos disfrazado de mujer, y entonces, volvió lo más pronto posible a la cabaña.

 

Al cabo de media hora había atravesado los densos bosques que mediaban entre la mansión y su morada, volviendo a ratos la vista para contemplar las llamaradas del incendio que se elevaban a creciente altura. Llamó a la puerta de la cabaña: Smoker, un gran perro mestizo de zorro y sabueso, gruñó hasta que Jacobo le habló y entonces Eduardo abrió la puerta.

 

-Mis hermanas están en cama y profundamente dormidas, Jacobo -dijo Eduardo-. Y Humphrey cabecea desde hace media hora. ¿No será mejor que se acueste también antes de que volvamos?

 

-Salga, señorito Eduardo, y mire -replicó Jacobo.

 

Eduardo contempló las llamas y el salvaje resplandor que cubría el cielo, y guardó silencio.

 

-Ya le dije que ocurriría esto y ustedes se habrían quemado vivos en sus lechos, porque los soldados no entraron en la casa para averiguar quiénes estaban en ella, sino que la incendiaron apenas la hubieron rodeado.

 

-¿Y mi tía? -exclamó Eduardo, estrujándose las manos.

 

-Está a salvo, señorito Eduardo, y a estas horas en Lymington.

 

-Iremos a verla mañana.

 

-Temo que no: no debe usted arriesgar tanto, señorito Eduardo. Esos igualitarios no perdonan a nadie y más vale que lo crean a usted muerto en el incendio.

 

-Pero mi tía sabe lo contrario, Jacobo.

 

-Es cierto. Lo había olvidado.

 

Y, realmente, Jacobo había olvidado esto. Pensaba que la vieja moriría en el incendio y que entonces nadie sabría de la existencia de los niños; pero había olvidado, al planear la salvación de miss Judith, que ésta sabía el paradero de los niños.

 

-Pues bien, señorito Eduardo. Iré mañana a Lymington a ver a la señorita; pero usted debe quedarse aquí y cuidar de sus hermanas hasta que yo vuelva, y entonces veremos qué ha de hacerse. Las llamas ya no son tan brillantes como antes.

 

-No. Es mi casa la que han quemado estos cabezas redondas -dijo Eduardo, cerrando el puño.

 

-Era su casa, señorito Eduardo, y su propiedad, pero queda por verse hasta cuándo seguirá siéndolo. Temo que ese dominio será anulado.

 

-¡Ay del que se atreva a tomar posesión de la finca! -exclamó Eduardo-. Si vivo, seré un hombre muy pronto.

 

-Sí, señorito Eduardo, y entonces reflexionará más que ahora y no será imprudente. Entremos en la cabaña, porque es inútil que nos quedemos a la intemperie; esta noche la helada aprieta.

 

Eduardo siguió lentamente a Jacobo al interior de la cabaña. Su pequeño corazón estaba desbordante. Era un muchacho orgulloso y bueno, pero la destrucción de la mansión había hecho nacer evidentemente en su corazón malos pensamientos, el odio a los puritanos que habían matado a su padre y ahora quemado su propiedad, y el ansia de vengarse de ellos (no sabía cómo); pero, a pesar de su juventud, su mano estaba pronta a herir. Se tendió en la cama, pero no pudo conciliar el sueño. No hacía más que revolverse en el lecho, y su cerebro hervía de pensamientos y planes de venganza. De haber dicho sus plegarias esa noche, se hubiera visto obligado a repetir: «Perdónanos, como perdonamos nosotros a quienes usurpan lo nuestro». Por fin se quedó dormido, pero no durmió tranquilo y a menudo habló entre sueños y despertó a sus hermanos.

 

 

 

 

 

Capítulo III

 

A la mañana siguiente, apenas les hubo servido Jacobo el desayuno a los niños, partió rumbo a Arnwood. Sabía que Benjamín había expresado su intención de volver a caballo, para enterarse de lo ocurrido, y lo conocía lo bastante para estar seguro de que lo haría. Pensó que lo mejor era verlo, de ser posible, y cerciorarse de la suerte de miss Judith. El guardabosques llegó a las ruinas aun humeantes de la mansión, y encontró allí a algunas personas, en su mayoría residentes a pocos kilómetros de distancia, algunas atraídas por la curiosidad, otras consagradas a recoger las enormes cantidades de plomo del tejado, derretidas y caídas, y a apropiárselas; pero aquello, en su mayor parte, estaba harto caliente para tocarlo y le echaban nieve para enfriarlo, porque había nevado durante la noche. Por fin, Jacobo advirtió a Benjamín a caballo, que se adelantaba despaciosamente hacia él y se le acercó de inmediato.

 

-Realmente, el espectáculo es lamentable, Benjamín. ¿Qué novedades trae de Lymington?

 

-Lymington está lleno de soldados y éstos no son demasiado corteses -replicó Benjamín.

 

-¿Y cómo está la señorita?

 

-Oh... Eso, es algo muy doloroso -dijo el criado-. Y la suerte de los pobres niños, también. ¡Pobre señorito Eduardo! Habría sido un bravo caballero.

 

-Pero..., ¿está a salvo la señorita? -insistió Jacobo-. ¿La vio usted?

 

-Sí, la vi; los soldados creyeron que la pobre era el rey Carlos en persona.

 

-Pero deben haber descubierto su error a estas horas..., ¿verdad?

 

-Sí. Y también lo ha descubierto James Southwold -replicó Benjamín-. ¡Pensar que la pobre señorita se ha desnucado!

 

-¿Desnucado? ¡No me diga! ¿Cómo ha sido eso?

 

-Pues, según parece, Southwold creyó que la señorita era el rey Carlos disfrazado de vieja, de modo que la agarró y la sujetó bien a sus espaldas y se fue galopando con ella a Lymington; pero ella forcejeó y pataleó de una manera tan varonil, que él no pudo sostenerse sobre la silla y ambos cayeron del caballo, y él se desnucó.

 

-¿De veras? ¡Un juicio de Dios sobre un traidor! dijo Jacobo.

 

-Ambos fueron recogidos, sujetos el uno al otro como estaban y llevados por los demás soldados a Lymington.

 

-Pues... ¿Dónde está entonces la señorita? ¿La vio usted y habló con ella?

 

-La vi, Jacobo, pero no hablé con ella. Olvidaba decirle que al desnucar a Southwold, también se desnucó ella.

 

-¿De modo que la señorita está muerta?

 

-Sí que lo está -replicó Benjamín-. Pero... ¿qué importa ella? Lo que lamento es la muerte de esos pobres niños. Marta no ha cesado de llorar desde entonces.

 

-No me extraña.

 

-Yo estaba en la posada del Caballero y los soldados entraron allí y empezaron a jactarse de lo que habían hecho y dijeron que aquélla era una buena obra. Yo no pude soportarlos y le pregunté a uno de ellos si era una buena obra quemar vivos en sus lechos a unos pobres niños. De modo que él se volvió y asestó un golpe en el suelo con su espada y me preguntó si yo era realista. Dije que no y él insistió: «Entonces... ¿Quién es usted?» Todo mi valor se esfumó y contesté que era un pobre cazador de ratas. «De modo que cazador de ratas... ¿eh? -dijo él-. Pues bien, señor Cazador de Ratas... Cuando usted mata ratas..., ¿no mata también a los críos cuando encuentra un nido de ratas? ¿O los deja crecer y convertirse en seres dañinos?» «Claro que mato a los críos», respondí. «Pues lo mismo hacemos nosotros con los realistas cuando los encontramos». No dije una sola palabra más y salí de la posada lo antes que pude.

 

-¿Ha oído usted algo sobre el rey? -inquirió Jacobo.

 

-No, nada. Pero los soldados han vuelto a ponerse en campaña y tengo entendido que se han marchado al bosque.

 

-Entonces, Benjamín, adiós; me iré de estos lugares... Es inútil que me quede aquí. ¿Donde están Ágata y la cocinera?

 

-Han ido a Lymington en las primeras horas de la mañana.

 

-Dígales adiós en mi nombre, Benjamín.

 

-¿Adónde va, pues?

 

 

-No lo sé muy bien, pero creo que tomaré el camino de Londres. Sólo me había quedado aquí para velar por los niños, y ahora que han muerto me marcharé de Arnwood para siempre.

 

Jacobo, ansioso de volver a la cabaña, al enterarse de que los soldados estaban en el bosque, le estrechó la mano a Benjamín y se alejó precipitadamente. «Bueno -pensó mientras tanto-, lo siento por la pobre vieja; pero, con todo, quizá sea para bien. ¡Quién sabe qué habrían hecho ellos con esos niños. ¿Destruir el nido junto con las ratas? ¡Buena idea! Pero tendrán que empezar por descubrir el nido.»

 

Y el viejo guardabosques continuó su viaje, sumido en hondas cavilaciones.

 

Cabe observar aquí que, a pesar de lo sanguinarios que eran muchos de los puritanos, no creemos que Jacobo Armitage tuviera motivo para los temores que expresaba y sentía; esto es, creemos que habría podido comunicarle la existencia de los niños a la familia de los Villiers y que nadie les habría hecho daño. Es cierto que podían haber perecido al incendiarse la casa, de haber estado en sus lechos, pero, es muy improbable que el hecho de que su padre fuese tan fiel adepto de la causa realista hiciera peligrar sus vidas, y ello no resulta probado por la historia de la época; pero el viejo guardabosques opinaba de otro modo. Odiaba a los puritanos y las fechorías de éstos habían sido exageradas a tal punto por los rumores, que estaba convencido de que las vidas de los niños corrían peligro. Convencido de ello, y sintiéndose ligado por su promesa al coronel Beverley de protegerlos, Jacobo resolvió que vivirían con él en el bosque y se criarían aparentando ser sus nietos. Sabía que era imposible encontrar mejor escondite, ya que, salvo los guardabosques, eran muy pocos los que sabían donde estaba la cabaña, y ésta se hallaba tan apartada de los senderos transitados y tan oculta por elevados árboles, que había pocas probabilidades de que la viesen o se supiera su existencia. Por lo tanto, Jacobo resolvió que los niños se quedarían con él hasta tiempos mejores. Y entonces él les comunicaría su existencia a las otras ramas de la familia, pero no antes. «Puedo cazar y alimentarlos así - pensó-. Y tengo un poco de dinero en caso de necesidad. Y les enseñaré a ser útiles; tendrán que aprender a valerse por sí mismos. Están el jardín y la parcela de tierra; dentro de dos o tres años los muchachos, podrán servir para algo. No puedo enseñarles gran cosa, pero sí puedo enseñarles a temer a Dios. Debemos salir del paso lo mejor posible y depositar nuestra fe en Él, que es un Padre para los desamparados.»

 

Con estos pensamientos bulléndole en la cabeza, Jacobo llegó a la cabaña y se encontró con que los niños estaban parados junto a la puerta esperándolo. Todos ellos, fueron presurosamente a su encuentro, y el perro se abalanzó a la vanguardia para darle la bienvenida a su amo.

 

-¡Quieto, Smoker, buen perro mío! Bueno, señorito Eduardo, he sido lo más rápido posible. ¿Cómo se han portado el señor Humphrey y sus hermanas? Pero no debemos quedarnos afuera hoy, porque los soldados están registrando el bosque y pueden verlos a ustedes. Entremos inmediatamente, porque no convendría que vinieran aquí.

 

-¿Quemarían la cabaña? -inquirió Alicia, tomando la mano de Jacobo.

 

 

-Sí, querida; creo que lo harían si descubrieran que usted y sus hermanos están en ella.

 

Pero no debemos dejar que los vean.

 

Todos entraron en la cabaña, que consistía en una gran habitación al frente y dos al fondo como alcobas. Había también una tercera alcoba, que estaba detrás de las otras dos, pero sin muebles.

 

-Ahora veamos qué hay para el almuerzo... Sé que ha quedado carne de venado -dijo Jacobo-. Vengan; todos debemos ser útiles. ¿Quién cocinará?

 

-Yo -dijo Alicia-. Siempre que usted me muestre cómo. Hay algunas patatas en el cesto del rincón..., y de la cuerda penden varias cebollas. Necesitamos un poco de agua. ¿Quién la traerá?

 

-Yo -dijo Eduardo, que tomó un cubo y fue hacia el manantial.

 

Las patatas fueron peladas y lavadas por los niños: Jacobo y Eduardo cortaron la carne de venado, se lavó la marmita de hierro y luego la carne y las patatas fueron echadas a la marmita y ésta sobre el fuego.

 

-Ahora cortaré las cebollas, porque los harán lagrimear.

 

-No me importa -dijo Humphrey-. Cortaré y lloraré al mismo tiempo.

 

Y Humphrey tomó un cuchillo y cortó con gesto varonil las cebollas, aunque se veía obligado a secarse los ojos con la manga muy a menudo.

 

-Eres un buen muchacho, Humphrey -dijo Jacobo-. Ahora meteremos ahí las cebollas y dejaremos que todo eso hierva. Como ven, ustedes mismos se han preparado el almuerzo. ¿Verdad que es agradable?

 

-Sí -gritaron todos ellos-. Y comeremos nuestro propio almuerzo apenas esté listo.

 

-Entonces, Humphrey, debe bajar algunos de los platos que están en el aparador. Y usted, Alicia, encontrará algunos cuchillos en la gaveta. Y veamos... ¿Qué podría hacer la pequeña Alicia? ¡Oh!, podría ir al trinchante y traer el salero. Eduardo, quédese al acecho y avíseme si viene o pasa alguien. Hay que estar alerta mientras los soldados no hayan abandonado el bosque.

 

Los niños se dedicaron a sus tareas, y Humphrey gritó, como lo hacía muy a menudo:

 

-¡Vamos, esto es divertido!

 

Mientras se cocía el almuerzo, Jacobo entretuvo a los niños mostrándoles cómo se ponían las cosas en orden: barrió el piso y aseó el hogar, le mostró a Alicia cómo se lavaba un

 

mantel y a Humphrey cómo se quitaba el polvo a las sillas. Todos trabajaron alegremente, mientras la pequeña Edith miraba y batía palmas.

 

Pero momentos antes de estar pronta la comida, Eduardo entró y dijo:

 

-¡Unos soldados galopan por el bosque!

 

Jacobo salió y observó que los soldados seguían una dirección que los llevaría cerca de la cabaña.

 

Entró y, después de pensarlo n poco, dijo:

 

-Mis queridos niños: esos hombres pueden venir aquí y registrar la cabaña. Ustedes deben hacer lo que les digo, y cuiden mucho de guardar silencio. Humphrey, usted y sus hermanas deben ir a la cama y fingir que están muy enfermos. Eduardo, quítese la levita y póngase esa vieja chaqueta de caza mía; usted debe quedarse en la alcoba atendiendo a sus hermanos enfermos. Venga, querida Edith, usted debe jugar a los enfermos y luego cenará.

 

Jacobo llevó a los niños a la alcoba, y quitándoles la ropa externa, que los habría delatado como hijos de buena familia, los acostó y cubrió hasta la mandíbula con los cobertores. Eduardo se había puesto la vieja chaqueta de caza, que le llegaba hasta más abajo de las rodillas, y se paró con un jarro de agua en la mano junto a la cabecera de las dos muchachas. Jacobo salió a la habitación del frente, para sacar los platos dispuestos para el almuerzo. Y apenas lo hubo hecho, oyó el ruido de los soldados y a poco un golpe en la puerta de la cabaña.

 

-Adelante -dijo.

 

-¿Quién es usted, amigo mío? -dijo el jefe de la tropa, entrando.

 

-Un pobre guardabosques, señor, y en grandes apuros -replicó Jacobo.

 

-¿Qué apuros, amigo mío?

 

-Tengo a todos los niños en cama, con viruelas.

 

-Con todo, debemos registrar su cabaña.

 

-Bien venidos -replicó Jacobo-. Sólo les ruego que no asusten a los niños, si pueden evitarlo.

 

Aquel hombre, a quien ahora se había unido otro, comenzó su búsqueda. Jacobo abrió todas las puertas de las habitaciones y aquéllos franquearon sus umbrales. La pequeña Edith chilló al verlos; pero Eduardo la acarició y le dijo que no se asustara. Mas los soldados no se fijaron en los niños. Registraron concienzudamente la casa y volvieron luego a la habitación del frente.

 

-Es inútil quedarse aquí -dijo uno de los soldados-. ¿Nos vamos? Estoy cansado de la cabalgata y tengo hambre.

 

-También yo. Y ahí hay algo que huele bien -dijo otro-. ¿Qué es eso, buen hombre? - continuó, destapando la marmita.

 

-Mi comida para una semana -respondió Jacobo

 

No tengo ahora quién me cocine y no puedo encender el fuego todos los días.

 

-Pues pareces vivir bien si cocinas estas cosas todos los días. Me gustaría probar un par de cucharadas.

 

-Y bien venido, señor -replicó Jacobo-. Cocinaré algo más para mí mismo.

 

Los soldados le tomaron la palabra. Se sentaron a la mesa, y a poco desapareció todo el contenido de la marmita. Después de haberse hartado, se levantaron, le dijeron que su potaje era tan bueno que confiaban en visitarlo nuevamente, y riendo de buena gana montaron a caballo y se alejaron.

 

-Bueno -dijo Jacobo-. Bien venidos al almuerzo. No creía salir del paso a tan poco costo.

 

Apenas se hubieron perdido de vista los soldados, el guardabosques les gritó a los niños que se levantaran, cosa que hicieron sin demora. Alicia se puso la blusa de Edith, Humphrey su chaqueta y Eduardo se quitó la chaqueta de caza.

 

-Ya se han ido -dijo Jacobo, entrando.

 

-Y nuestros almuerzos también -dijo Humphrey, mirando la marmita vacía y los platos sucios.

 

-Sí, pero podemos preparar otro. Y eso nos permitirá entretenernos un poco más -dijo Jacobo- Eduardo, vaya a buscar el agua; Humphrey, corte las cebollas; Alicia, lave las patatas. Y usted, Edith, ayúdeles a todos, mientras yo corto un poco más de carne.

 

-Confío en que la comida será tan buena como la otra -observó Humphrey-. ¡Aquélla olía tan bien!

 

-Será tan buena, sino mejor; porque mejoraremos con la práctica y tendremos más apetito para comerla -dijo Jacobo.

 

-Esos hombres malos se comieron nuestro almuerzo -dijo Edith-. Pero no comerán más.

 

Esto lo comeremos nosotros.

 

Y así lo hicieron, apenas estuvo listo; pero su hambre había crecido mucho antes de sentarse a la mesa.

 

-¡Esto es muy divertido! -dijo Humphrey, con la boca llena.

 

-Sí, señorito Humphrey. Dudo que el rey Carlos tenga hoy tan buen almuerzo. Señorito Eduardo, lo noto muy grave y silencioso.

 

-Sí, Jacobo. ¿Acaso me falta motivo? ¡Oh! ¡Si hubiese podido apalear a esos soldados!

 

-Pero no podía usted hacerlo, de modo que debe ponerle al mal tiempo buena cara. ¡Dicen que cada perro tiene su día, y quién sabe si el rey Carlos no volverá alguna vez al trono!

 

Ese día no hubo nuevas visitas en el cabaña, y todos se fueron a la cama y durmieron profundamente.

 

A la mañana siguiente, Jacobo, que se sentía muy ansioso por saber novedades, ensilló al petiso, habiéndole dado antes instrucciones a Eduardo sobre lo que debía hacer si alguna partida de soldados visitaba la cabaña. Le aconsejó fingir que los niños estaban en cama con viruelas, como el día anterior. Luego Jacobo se dirigió hacia la posada de Gossip Allwood y allí se enteró de que el rey Carlos había sido capturado, de que estaba en la isla de Wight y de que los soldados habían emprendido el regreso a Londres con toda la celeridad posible. Considerando que ya no había peligro por ese lado, Jacobo dirigió su cabalgadura con toda rapidez hacia Lymington. Entró en una tienda y compró dos trajes de campesino, que supuso les quedarían bien a los dos muchachos, y en otra compró un atavío similar para las dos muchachas. Luego, con varios otros artículos de confección y algunas cosas más que hacían falta para la casa, hizo un gran paquete, que puso sobre el petiso, y tomando la brida emprendió el regreso y llegó a tiempo: para supervisar la preparación de la cena, que consistía ahora en bistecs de venado fritos en una sartén y patatas hervidas.

 

Terminada la cena, Jacobo abrió su envoltorio y les dijo a los niños que ahora, ya que se verían obligados a vivir en una cabaña, tendrían que usar ropa rural, y que él les había traído alguna para que pudiesen vagar libremente por los bosques sin temor a desgarrársela. Alicia y Edith fueron a la alcoba, y Alicia vistió a Edith y se vistó ella, y ambas salieron muy contentas de su cambio de indumento. Humphrey y Eduardo se pusieron el suyo en la sala, y toda la ropa les sentó a maravilla y la medida resultó muy justa.

 

-Ahora, recuérdenlo: todos ustedes son mis nietos -dijo Jacobo-. Porque yo no seguiré llamándolos señorito y señorita..., cosa que nunca se hace en una cabaña. Naturalmente, usted me comprende, Eduardo, ¿verdad? - agregó Jacobo.

 

Eduardo asintió y Jacobo les dijo a los niños que ahora podían salir de la cabaña a jugar, al oír lo cual todos ellos salieron encantados con aquella ropa que les daba libertad de movimientos.

 

Ahora debemos describir la cabaña de Jacobo Armitage, en que los niños debían vivir en el futuro. Como ya lo hemos dicho, contenía una gran sala o cocina, en que había un espacioso hogar y una chimenea, una mesa, escabeles, aparadores y trinchantes, y los dos dormitorios adyacentes a esta habitación estaban destinados, el uno a Jacobo y el otro a los dos muchachos, y un tercero o interno a las dos niñas, como más retirado y seguro. Pero la

 

cabaña tenía también dependencias: un pesebre, en que vivía durante el invierno White Billy, el petiso, un cobertizo y una pocilga rústicos, con un patio anexo, y además una parcela de tierra poco mayor que un acre, bien cercada a fin de mantener a raya a los ciervos y animales salvajes en general, cuya parte más importante era cultivada como un jardín y un sembrado de patatas, y la otra que seguía, cubierta por el césped, contenía algunos viejos y hermosos manzanos y perales. Tal era la morada. El petiso, unas cuantas aves de corral, una marrana, dos lechones y el perro Smoker eran los animales de la casa. Allí había nacido Jacobo Armitage - porque la cabaña había sido construida por su abuelo-, pero él no había vivido siempre allí. Cuando joven, su propensión a ver más mundo lo había inducido a servir unos años en el ejército. Su padre y su hermano habían vivido en Arnwood, residiendo allí permanentemente Jacobo cuando muchacho. El capellán de Arnwood le había cobrado simpatía, enseñándole a leer, pero no a escribir. Apenas hubo crecido sirvió, como ya lo dijimos, en las tropas comandadas por el padre del coronel Beverley. Y al morir éste, el coronel le había conseguido el puesto de guardabosques, antes a cargo de su padre, vivo aún, pero demasiado viejo ya para cumplir con sus deberes. Jacobo Armitage se casó con una mujer joven, buena y devota, con quien vivió durante varios años, después de lo cual murió sin darle descendencia. Y más tarde, al morir también su padre, Jacobo Armitage había vivido solo hasta el período en que hemos comenzado esta historia.

 

 

 

 

 

Capítulo IV

 

El viejo guardabosques se quedó despierto durante toda la noche, pensando qué debía hacer con los niños. Sentía la gran responsabilidad en que incurría y le alarmaba pensar en las posibles consecuencias si moría pronto. ¿Qué sería de los niños, en un paraje tan apartado que pocos conocían su existencia, totalmente aislados del mundo, y librados a sus propios recursos? Confiaba en que saldrían del trance mientras él viviera; pero si Dios lo llamaba a su seno antes de que crecieran y pudiesen valerse por sí mismos, quizá pereciesen. Eduardo no tenía aún los catorce años. Es cierto que se trataba de un niño diligente, valeroso y precavido para su edad; pero no tenía aún fuerzas o habilidad suficientes para lo que se requeriría. Humphrey, el segundo, también era promisorio; pero, de todos modos, sólo eran niños.

 

«Tengo que enseñarles a ser útiles, a confiar solamente en sí mismos; no hay un momento que perder, y no debo perderlo. Haré lo más que pueda y confiaré en Dios. Sólo pido, dos o tres años, y después de ese tiempo creo que podrán valerse sin mí. Mañana deben iniciar la vida de hijos de un guardabosques.»

 

De acuerdo con esta decisión, Jacobo, apenas se hubieron vestido los niños, y cuando se reunieron en la sala, abrió su Biblia, que había puesto sobre la mesa, y dijo:

 

-Queridos niños, ustedes, saben que deben quedarse en esta cabaña, para que los perversos soldados no los encuentren; fueron ellos quienes mataron al padre de ustedes, y de no haberles alejado yo de Arnwood los habrían quemado vivos en sus camas. Por lo tanto, ustedes deben vivir aquí aparentando ser nietos míos y adoptar el apellido de

 

Armitage y no el de Beverley, y vestir como hijos del bosque, como ahora, y hacer lo que hacen los hijos del bosque..., es decir, cuidar en todo de sí mismos, ya que ahora no tendrán criados que los atiendan. Todos ustedes deben trabajar; pero el trabajo les gustará si lo hacen juntos, porque entonces les parecerá un juego. Eduardo es el mayor y debe ir conmigo al bosque, y yo tendré que enseñarle a matar ciervos y otros animales salvajes para mantenernos. Y cuando haya aprendido, será Humphrey quien salga conmigo y aprenda a cazar.

 

-Sí -dijo Humphrey-, aprenderé pronto.

 

-Pero todavía no, Humphrey, porque tendrás que hacer algún trabajo en el ínterin: cuidar del petiso y de los cerdos y aprender a cavar en el jardín con Eduardo y conmigo cuando no salgamos a cazar. Y a veces iré solo y dejaré a Eduardo trabajando en tu compañía cuando haya algo que hacer. Tú, mi querida Alicia, tendrás que encender el fuego con la ayuda de Humphrey y limpiar la casa por la mañana. Humphrey irá al manantial por el agua y hará todo el trabajo pesado. Y tú tendrás que aprender a lavar, mi querida Alicia..., ya te mostraré cómo. Y también aprenderás a preparar la cena con Humphrey, que te ayudará, y a hacer las camas. Y la pequeña Edith cuidará de las aves y les dará de comer por las mañanas, y se preocupará de los huevos...; ¿Harás eso, Edith?

 

-Sí -replicó la niña-. Y les daré de comer a todos los pollitos cuando salgan del cascarón, como lo hacía en Arnwood.

 

-Sí, querida, y así serás útil. Ahora bien: ustedes comprenderán que no sabrán hacer todo esto de inmediato. Tendrán que probarlo varias veces; pero pronto aprenderán a hacerlo bien y entonces les parecerá un juego. Yo les enseñaré todo, y cada día lo harán mejor, hasta que ya no necesiten lecciones. Y ahora, mis queridos niños, como aquí no hay capellán, debemos leer la Biblia todas las mañanas. Eduardo sabe leer, no lo ignoro. ¿Y tú, Humphrey?

 

-Sí; todo, salvo las palabras mayores.

 

-Pues ya las aprenderás muy pronto. Y Eduardo y yo les enseñaremos a leer a Alicia y a Edith de noche, cuando estemos libres. Será una diversión hacerlo. Y ahora díganme: ¿les gusta a todos lo que les he dicho?

 

-Sí -replicaron todos los niños.

 

Y entonces, Jacobo Armitage leyó un capítulo de la Biblia, después de lo cual todos se hincaron de rodillas y dijeron la Plegaria del Señor. Como esto se volvió a hacer todas las mañanas y las noches, no necesitó repetirlo. Luego Jacobo les mostró cómo se limpia la casa y Humphrey y Alicia pronto terminaron el trabajo siguiendo sus instrucciones. Y luego se sentaron a tomar el desayuno, que era muy sencillo, formándolo carne fría y tortas cocidas sobre las ascuas, en lo cual Alicia adquirió prontamente experiencia, y la pequeña Edith se mostró muy útil cuidándoselas mientras Alicia ejecutaba sus demás tareas. Pero había desaparecido casi toda la carne de venado, y después del desayuno Jacobo y Eduardo, con el perro Smoker, se internaron en los bosques. Eduardo no tenía escopeta, ya que sólo

 

iba para aprender a acercarse a los animales salvajes, lo cual requería mucha cautela; en realidad, Jacobo no tenía otra escopeta para él, aun cuando hubiese querido facilitársela.

 

-Ahora, Eduardo, le estamos siguiendo el rastro a un hermoso ciervo, y no dudo de que lo encontraremos; pero lo difícil es ponerse a tiro de él. Recuerda que uno debe estar siempre oculto, porque la vista de ese animal es tan rapidísima, que uno debe acercársele en silencio, porque su oído es muy fino, y que nunca hay que arrimarse a él con el viento a favor, porque su olfato es muy sutil. Además, uno debe cazar de acuerdo a la hora del día. A esta hora, el animal está comiendo; dentro de dos horas, estará tendido en el alto helechal. El perro es inútil, salvo que el ciervo esté malherido entonces el perro, podrá capturarlo. Smoker conoce muy bien su deber y se ocultará tan bien como nosotros. Vamos a internarnos ahora en la espesura del bosque, ya que en él hay ahora muchos claros donde podemos encontrar al ciervo; pero debemos mantenernos más a la izquierda, porque el viento enfila al este y debemos caminar contra el viento. Y ahora que vamos a entrar en el bosque, recuerda que no debes pronunciar una sola palabra y que has de caminar detrás mío todo lo silenciosamente posible. ¡Smoker, en marcha!

 

Ambos avanzaron a través del bosque por espacio de unos dos kilómetros, y a esta altura Jacobo le hizo una señal a Eduardo y se dejó caer en el helechal, arrastrándose hasta un espacio abierto, donde, a cierta distancia, estaban un ciervo y tres venados. Estos pacían tranquilamente, pero el ciervo erguía repetidas veces la cabeza y husmeaba el aire al mirar en torno, siendo evidentemente el centinela de las hembras.

 

El ciervo estaba a medio kilómetro, aproximadamente, del sitio donde se habían acurrucado los cazadores en el helechal. Jacobo permaneció inmóvil hasta que el animal empezó a comer de nuevo y luego avanzó arrastrándose a través del helechal, seguido por Eduardo y el perro, que también se arrastraban. Este tedioso acercamiento continuó durante algún tiempo, y habían cubierto ya la mitad de la distancia que los separaba del ciervo, cuando el animal volvió a erguir la cabeza y pareció inquieto. Jacobo se detuvo y permaneció inmóvil. A poco, el ciervo se alejó, seguido por las hembras, hasta el lado opuesto del claro en que se apacentaran, y con gran fastidio de Eduardo el animal estaba ahora a algo más de quinientos metros de distancia. Jacobo se volvió y se arrastró adentro del bosque, y cuando tuvo la seguridad de que no eran vistos se levantó y dijo:

 

-Ya ves, Eduardo, que hace falta paciencia para acechar a un ciervo.¡Vaya un ejemplar regio! Pero es probable que se haya alarmado esta mañana y se sienta muy inquieto. Ahora debemos atravesar los bosques hasta colocarnos a sotavento de él, del otro lado del valle. Como ves, ha llevado a las hembras hasta el bosquecillo y tendremos mejores oportunidades si guardamos silencio y somos cautelosos.

 

-¿Qué lo sobresaltó, en su opinión? -dijo Eduardo.

 

-Cuando te arrastrabas por el helechal, detrás mío, quebraste una ramita podrida con el cuerpo..., ¿verdad?

 

-Sí; pero eso causó muy poco ruido.

 

-Lo suficiente para sobresaltar a un ciervo rojo, Eduardo, como lo descubrirás al poco tiempo de ser guardabosques. Estos contrastes son inevitables y me han pasado centenares de veces, y entonces hay que empezar todo el trabajo de nuevo. Vamos a dar un rodeo; más vale que guardemos absoluto silencio. Si llegamos sin dificultad al otro lado, estará atrapado.

 

Cruzaron a paso vivo el bosque y a la media hora habían llegado al lado en que estaba paciendo el ciervo. Cuando estuvo a unos trescientos metros del animal, Jacobo volvió a dejarse caer sobre las manos y los pies, arrastrándose de arbusto en arbusto, deteniéndose cada vez que el ciervo erguía la cabeza y volviendo a avanzar cuando seguía comiendo. Por fin llegaron al helechal existente en el costado del bosque, y se arrastraron a través de él como antes, pero más cautelosamente aún al acercarse al ciervo. De este modo, llegaron por fin a unos ochenta metros del animal, y entonces Jacobo aprontó su escopeta para echársela al hombro, y, mientras la amartillaba, se levantó para disparar. El chasquido causado por el seguro del arma sobresaltó inmediatamente al ciervo, y éste volvió la cabeza en la dirección de donde provenía el ruido. Cuando lo hacía, Jacobo hizo fuego, apuntando debajo de la paletilla del animal; el ciervo dio un salto, volvió a caer, quedó arrodillado, trató de correr y se desplomó muerto, mientras las hembras huían con la rapidez del viento.

 

Eduardo se puso de pie con un grito de regocijo. Jacobo comenzó a cargar de nuevo la escopeta y detuvo a Eduardo, que se disponía a correr hacia el animal muerto.

 

-Eduardo, debes aprender tu oficio -dijo-. No vuelvas a hacer eso jamás: no grites nunca así. Por el contrario, debiste quedarte callado y en el helechal.

 

-¿Por qué? El ciervo está muerto.

 

-Sí, querido mío; ese ciervo, está muerto. Pero... ¿cómo puedes saber si no hay otro tendido en el helechal, cerca de nesotros, o a cierta distancia, y a quien tu grito ha alarmado? Suponte que los dos tuviéramos escopetas y que la detonación de la mía hubiese sobresaltado a otro ciervo al acecho en el helechal a tiro de nosotros. Entonces habrías podido matarlo. O si un ciervo estuviese tendido a cierta distancia, la detonación podría haberlo sobresaltado lo suficiente para que moviera la cabeza sin levantarse. Yo vería moverse sus astas y hubiera señalado su escondite, y habríamos podido entonces seguirlo y acecharlo también.

 

-Comprendo -replicó Eduardo-. He obrado mal; pero ya me portaré mejor otra vez.

 

-Es por eso que te lo digo, hijo mío -respondió Jacobo-. Vámonos ahora a cobrar la presa.

 

¡Oh, Eduardo! Se trata de un noble animal. Creí que era un ciervo real, y lo es.

 

-¿Qué es un ciervo real, Jacobo?

 

-Un ciervo es llamado novato a los tres años de edad, cervato a los cuatro, cierva seguro a los cinco, y después de los cinco ciervo real.

 

-¿Y cómo sabe usted su edad?

 

 

-Por sus astas. Como ves, este ciervo tiene nueve astas; ahora bien, un novato sólo tiene dos, un cervato tres y un ciervo seguro cuatro. A los seis años de edad, las astas aumentan en número hasta que suelen llegar a ser veinte o treinta. Éste es un hermoso animal, y la carne de venado se está poniendo muy buena. Ahora mírame ejecutar las faenas de mi oficio.

 

Jacobo degolló al animal y le sacó las entrañas.

 

-¿Estás cansado, Eduardo? -dijo Jacobo, mientras secaba su cuchillo de caza en el pelo del ciervo.

 

-No, en absoluto.

 

-Pues bien... Ahora estamos, me parece, a unos siete u ocho kilómetros de la cabaña.

 

¿Podrías encontrar el camino solo? Pero eso no tiene importancia. Smoker te guiará por el

sendero más breve. Yo me quedaré aquí y tú puedes ensillar a White Billy y volver con él,

porque cargaremos sobre su lomo la carne del venado. Es demasiado grande para

nosotros... A decir verdad, sólo con la ayuda de White Billy podremos salir del paso. Puedo

asegurarte que ahí hay más de 280 libras de carne de venado.

 

Eduardo asintió de inmediato y Jacobo, que deseaba que Smoker se fuese a casa, se dedicó a desollar al ciervo y cortar su carne para transportarlo mejor. Al cabo de una hora y media, Eduardo, ayudado por Smoker, volvió con el petiso, sobre cuyo lomo cargaron la parte principal de la carne. Jacobo puso un pedazo grande sobre sus hombros y Eduardo otro, y Smoker, después de haberse regalado con parte de las entrañas del animal, los siguió. Durante el trayecto de regreso, Jacobo, inició a Eduardo en los secretos de la caza mayor y de muchos otros puntos vinculados con el acecho de los ciervos, con los cuales no molestaremos a nuestros lectores. Apenas llegaron a la cabaña, colgaron el venado, pusieron el petiso en el establo y luego se sentaron a almorzar con un excelente apetito después de su larga caminata de la mañana. Alicia y Humphrey habían preparado el almuerzo, y éste humeaba en la marmita cuando Jacobo declaró que no había probado mejor potaje en toda su vida. Alicia se sintió no poco orgullosa de esto y de loe elogios que le hicieron Eduardo y el viejo guardabosques. Al día siguiente Jacobo expuso su intención de ir a Lymington a vender gran parte de la carne del ciervo y a traer una bolsa de harina de avena para hacer tortas. Eduardo pidió que lo dejara acompañarlo, y Jacobo le replicó:

 

-Eduardo, no debes pensar en dejarte ver en Lymington o en cualquier otra parte durante algún tiempo, hasta que crezcas y te vuelvas irreconocible. Eso sería una locura y con ello harías peligrar quizá las vidas de tus hermanos, así como la tuya propia. No vuelvas a mencionarlo jamás; ya llegará la hora en que esto será necesario, y entonces no tendrás más remedio que ir. Actualmente te reconocerían de inmediato. No, Eduardo. Yo te diré qué me propongo hacer: me queda un poco de dinero y te compraré una escopeta para que puedas aprender a cazar ciervos sin mí. Porque, si me sucediera algo... ¿quién sino tú podría cuidar de tus hermanos? En Lymington son muchos los que me conocen, pero ninguno de ellos sabe dónde está mi cabaña; sólo saben que vivo en el Bosque Nuevo y que los proveo de carne de venado y que compro otros artículos en cambio. Eso es todo lo que saben, y puedo

 

ir a Lymington sin temores. Mañana venderé la carne de venado y traeré una buena escopeta y Humphrey tendrá las herramientas de carpintero que ansía..., porque creo, a juzgar por lo que hace con el cuchillo, que tiene condiciones innatas para ese trabajo y que eso puede sernos útil. Tengo que conseguir también algunas otras herramientas para Humphrey y para ti, ya que entonces podremos trabajar todos juntos, y algunos ovillos y agujas para Alicia, ya que sabe coser un poco y la práctica le permitirá perfeccionarse.

 

Jacobo fue a Lymington como se lo proponía, y volvió muy entrada la noche con White Billy bien cargado. Traía una bolsa de harina de avena, algunas azadas y palas, una sierra y escoplos y otras herramientas, dos guadañas y horquillas de tres dientes. Y cuando Eduardo salió a su encuentro puso en sus manos una escopeta de caño muy largo.

 

-Creo, Eduardo, que esta escopeta te gustará, ya que sé de dónde proviene. Era de uno de los guardabosques, considerado el mejor tirador de la selva. Conozco el arma porque la vi en sus manos y me la prestó para examinarla más de una vez. Murió en la acción de Naseby, con el pobre coronel Beverley, y su viuda vendió la escopeta para hacer frente a sus necesidades.

 

-¡Bueno! -dijo Eduardo -. Muchas gracias, Jacobo; procuraré matar suficientes ciervos para devolverle el dinero que le costó.

 

-Me alegraré de que así sea, Eduardo; no porque quiera recobrar el dinero, sino porque eso me dará mayor tranquilidad de ánimo, sobre el porvenir de todos ustedes si algo me pasa. Apenas conozcas a fondo las tareas del bosque, me ocuparé de Humphrey, porque nada hay mejor que tener dos cuerdas en el arco. Mañana no saldremos; tenemos carne para tres semanas o más. Y ahora que tenemos helada, se conservará bien. Tú practicarás con un blanco, para habituarte a esta escopeta; porque todas las armas de fuego, hasta la mejor, exigen cierta costumbre.

 

Eduardo, que había manejado a menudo una escopeta ya, probó a la mañana siguiente que tenía excelente puntería, y después de dos o tres horas de adiestramiento daba en el blanco a cien pasos casi todas las veces.

 

-Me gustaría que me dejara usted salir solo -dijo, jubiloso ante su éxito.

 

-No traerías a casa lo más mínimo, hijo mío -replicó Jacobo-. No, no; aún te resta mucho que aprender. Pero haré lo siguiente: siempre que tengamos una necesidad muy apremiante de carne de venado, serás el primero en tirar.

 

-Con eso me basta -dijo Eduardo.

 

El invierno llegó con todos sus rigores y los moradores de la cabaña se quedaban casi siempre en ésta. Jacobo y los muchachos salían en busca de leña y la traían a través de la nieve.

 

-¡Ojalá yo pudiese construir una carreta, Jacobo, porque sería muy útil y entonces White Billy tendría algo que hacer! -dijo Humphrey-. Pero no puedo hacer las ruedas y, además me faltan los arneses.

 

-Tu idea no es mala, Humphrey -replicó Jacobo. Lo pensaremos. Si tú no puedes construir una carreta, quizá yo pueda comprar una. Ya sería útil con sólo servirnos, para llevar el estiércol del patio al sembrado de patatas; hasta ahora lo he llevado en canastos y el trabajo resulta pesado.

 

-Sí. Y podríamos aserrar la leña y transportarla a casa en la carreta, en vez de arrastrarla así; la cuerda me deja muy dolorido el hombro.

 

-Bueno. Cuando mejore el tiempo veré qué puedo hacer Humphrey; pero, por ahora, las carreteras están tan bloqueadas que me parece imposible traer una carreta de Lymington a la cabaña, aunque quizá podríamos traer un caballo.

 

Pero si bien se quedaron en la cabaña con aquel tiempo inclemente, no se abandonaron al ocio. Jacobo aprovechó esta oportunidad de enseñarles todo a los niños. Alicia aprendió a lavar y a cocinar. Es cierto que a veces se escaldaba un poco y en ocasiones se quemaba los dedos; también sucedían otros accidentes, ya que los objetos usados eran demasiado pesados para levantarlos sola, pero la práctica y la destreza compensaban la falta de fuerzas y cada día los accidentes eran menores. Humphrey tenía sus herramientas de carpintero, y aunque al principio sufrió muchos fracasos y despilfarró clavos y madera, aprendió poco a poco a usar sus herramientas con más destreza e hizo varias cositas útiles. La pequeña Edith podía hacer ahora algo, ya que amasaba y cocía todas las tortas de avena, de modo que Alicia no debía perder tiempo y trabajo cuidándolas. Asombraba cuánto podían hacer los niños, ahora que no había quien lo hiciera por ellos. Y Jacobo les daba lecciones a diario. Durante las veladas, Alicia se sentaba con su aguja e hilo para remendar la ropa. Al principio su labor era incorrecta, pero fue mejorando día a día. Edith y Humphrey aprendieron a leer mientras Alicia trabajaba, y luego fue Alicia quien aprendió. Y así, el invierno transcurrió con tanta rapidez que, aunque los niños se pasaron cinco meses en la cabaña, les parecieron cinco semanas. Todos se sentían felices y contentos, con excepción, quizá de Eduardo, que tenía accesos de melancolía y daba ocasionalmente señales de impaciencia por saber qué pasaba en el mundo.

 

Nada tiene de sorprendente el que Eduardo Beverley tuviese accesos de melancolía e impaciencia. Eduardo había sido criado como heredero de Arnwood, y un niña, a tan temprana edad, se impregna del concepto de su posición, si ésta promete ser alta. Estaba a tres kilómetros escasos de la propiedad que era suya por derecho. Su mansión había sido reducida a cenizas, él estaba oculto en el bosque y apenas si podía adivinar dónde. Suspiraba ansiando el triunfo de la causa del rey y esperaba anhelante el día en que podría apoyar y defender la causa realista. Anhelaba mandar tropas como su padre, para llevar a sus soldados a la victoria, recobrar su finca y vengarse de quienes habían obrado tan cruelmente con él. Esto era simplemente propio de la naturaleza humana. Y por más que lo reconviniera Jacobo: Armitage y tratara de desviar sus sentimientos hacia otros cauces, por más que le predicara la conveniencia de perdonar las injurias y la necesidad de ser paciente hasta que llegaran tiempos mejores, Eduardo no podía dejar de cavilar sobre todo aquello, y

 

si alguna vez hubo un pecho animado por un odio intenso contra los puritanos, fue el de Eduardo Beverley. Aunque esto era de lamentar, no podía sorprender al viejo guardabosques. Sólo cabía razonar con Eduardo todo lo posible, calmar sus irritados sentimientos y, distrayéndolo constantemente con algo, tratar de hacerle olvidar los rencorosos sentimientos que lo animaban.

 

Pero había algo suficientemente claro para Eduardo, y era esto: que, cualesquiera fuesen sus infortunios, no podía solucionarlos por el momento. Y este sentimiento, más que ningún otro quizá, servía para frenarlo. Y como el día en que se le presentara una oportunidad parecía muy lejano, hasta para su ardiente imaginación logró eliminar poco a poco de sus pensamientos lo que era inútil por el momento.

 

 

 

 

 

Capítulo V

 

Como ya lo dijimos, el tiempo pasaba muy rápidamente. Con excepción de alguna excursión en procura de carne de venado, todos se quedaban en la cabaña y Jacobo no iba a Lymington. La helada había pasado, la nieve había desaparecido desde hacía mucho tiempo y las árboles ya florecían. El sol empezó a brillar con intensidad, y en el mes de mayo el bosque recobró su verdor.

 

-Y ahora, Eduardo -dijo Jacobo Armitage cierto día, durante el desayuno-iremos de nuevo en procura de venado para venderlo en Lymington, porque debemos comprar la carreta para Humphrey y los arneses. Los ciervos andan, por lo general, sueltos en esta estación, porque las hembras están con sus cachorros. Debemos hallar el rastro de un ciervo y seguirle la pista hasta su escondite, y allí serás el primero en disparar contra él, si lo deseas; pero eso, de todos modos, depende más del ciervo que de mí.

 

Caminaron siete u ocho kilómetros y finalmente hallaron la huella de un ciervo; pero el adiestrado ojo de Jacobo le indujo a sugerirle, a Eduardo que aquel rastro era el de un ciervo joven y que no valía la pena seguirlo. Le explicó a Eduardo la diferencia de las marcas de las pezuñas y otras señales que permitían saberlo, y siguieron la marcha hasta encontrar otra huella, que Jacobo declaró era la de un ciervo seguro, esto es, lo bastante viejo para y obtener buena carne de venado.

 

-Ahora debemos seguirle la pista hasta su escondite, Eduardo -dijo.

 

Esto los obligó a caminar cerca de kilómetro y medio, y por fin llegaron a un bosquecillo de espinos cuya extensión era de un acre.

 

-Aquí está Eduardo; veamos ahora si se ha refugiado, dentro.

 

Dieron la vuelta al bosquecillo y no pudieron hallar ningún rastro revelador de que el ciervo hubiese abandonado su escondite, y Jacobo declaró que el animal debía estar oculto allí.

 

-Ahora, Eduardo, quédate aquí mientras vuelvo a sotavento del escondite; entraré ahí con Smoker, y el ciervo, según todas las probabilidades, saldrá de frente al viento cuando se sobresalte. Podrás hacer buena puntería. Acuérdate de hacer fuego para acertarle detrás de la paletilla; si se mueve con rapidez, dispara un poco más adelante de la paletilla; si es lento, toma puntería con precisión. Pero recuérdalo: si me topo con él en su refugio lo mataré, si puedo, porque necesitamos su carne, y luego seguiremos la pista de otro contigo, para que tengas una oportunidad.

 

Después de estas palabras, Jacobo se separó de Eduardo y fue a sotavento del refugio del ciervo, por donde se internó con Smoker. Eduardo se había detenido detrás de un espino, a pocos metros del refugio, y pronto oyó crujido de ramas.

 

Transcurrió poco tiempo y salió al trote un joven ciervo; volvió la cabeza y se disponía a alejarse a saltos, cuando Eduardo disparó y el animal cayó. Recordando el consejo de Jacobo, Eduardo se quedó en su sitio, volviendo a cargar en silencio su arma y pronto se unieron a él Jacobo y el perro.

 

-¡Brava, Eduardo! -dijo, el guardabosques, en voz baja, y protegiéndose la frente del resplandor del sol, escudriñó concienzudamente un alto matorral que se divisaba entre los espinos, a un kilómetro de barlovento de allí-. Me parece ver algo ahí... Fíjate tú, Eduardo; tus ojos son más jóvenes que los míos. ¿Es la rama de un árbol eso que se divisa en el helechal o no?

 

-Veo eso a que se refiere -replicó Eduardo. No es una rama; se mueve.

 

-Me lo imaginaba, pero mis ojos no son tan buenos como antaño. Es otro ciervo, no lo dudes, pero no sé cómo, podríamos acercarnos a él... Es imposible cruzar esa parcela de césped sin ser visto.

 

-No, no podemos alcanzarlo desde aquí -replicó Eduardo-. Pero si retrocedemos a sotavento y entramos en el bosque nuevamente, creo que hay ahí suficientes espinos desde el bosque hasta el sitio donde está tendido el animal para acercarnos a él arrastrándonos desde atrás, lo suficiente para tomar puntería. ¿No parece?

 

-Eso exigirá cuidado y paciencia, pero creo que puede hacerse. Lo intentaré; ahora me toca a mí. Más vale que te quedes aquí con el perro, ya que de espino a espino sólo puede ocultarse un cazador.

 

Jacobo, después de ordenarle a Smoker que se quedara, partió. Tuvo que dar un rodeo de cinco kilómetros para llegar al sitio donde se extendían los espinos desde el bosque, y Eduardo no volvió a verlo, aunque esforzó sus ojos para conseguirlo, hasta que el ciervo saltó y se oyó una detonación. Eduardo notó que el ciervo no estaba muerto, pero sí herido de gravedad y lo vio correr hacia el refugio, en cuyas cercanías estaba oculto.

 

-Tírate al suelo, Smoker -dijo, mientras amartillaba la escopeta.

 

El ciervo se puso a tiro y se acercaba más aun cuando vio a Eduardo y se volvió. Eduardo hizo fuego y luego azuzó al perro, que saltó en pos del animal herido, ladrando mientras lo perseguía. El joven, notando que Jacobo se adelantaba presurosamente hacia él, lo esperó.

 

-Está malherido, Eduardo -gritó Jacobo-. Y Smoker lo atrapará, pero debemos seguirlo con la mayor rapidez posible.

 

Ambos tomaron sus escopetas y corrieron lo más rápidamente posible, hasta que, al entrar al bosque, oyeron que el perro se había detenido.

 

-No tendremos que ir lejos, Eduardo; el ciervo está vencido. Smoker lo tiene acorralado.

 

Recorrieron otro medio kilómetro y se encontraron con que el ciervo había caído de rodillas y Smoker lo tenía aferrado de la garganta.

 

-Fíjate ahora cómo me acerco a la presa, Eduardo, porque la cornada del ciervo es muy peligrosa.

 

Jacobo avanzó por detrás del ciervo y lo degolló con su cuchillo de caza.

 

-Es un hermoso animal y hemos aprovechado bien el día, pero tendremos que hacer dos viajes para llevar toda esta carne. Yo no pude hacer puntería bien... y como ves, le acerté en el flanco.

 

-Y aquí está mi bala en su garganta -dijo Eduardo.

 

-Eso es. De modo que fue un buen tiro el tuyo y hoy te llevas el trofeo, Eduardo. Ahora voy a quedarme vete a la cabaña en busca de White Billy. Humphrey tiene razón en cuanto a la carreta. Si tuviéramos una podríamos llevarlo todo a casa de una vez, pero ahora tengo que ir a degollar al otro ciervo, que mataste tan hábilmente. Pronto serás un buen cazador, Eduardo. Un poco más de conocimiento y de experiencia y dejaré el asunto a tu cargo y colgaré mi escopeta sobre la chimenea.

 

Ya estaba muy avanzada la noche cuando trajeron toda la carne de venado a casa después de dos viajes y se sintieron muy cansados antes de acondicionarla toda debidamente. Eduardo estaba encantado de su éxito, pero no más que el viejo Jacobo. A la mañana siguiente, Jacobo se dirigió a Lymington, con el petiso cargado de carne de venado, que vendió, así como otras dos cargas que prometió traer al día siguiente y al subsiguiente. Luego buscó una carreta y tuvo la suerte de encontrar una pequeña, perfectamente adecuada al tamaño del petiso, que no era alto pero sí muy fuerte, como todos los petisos del Bosque Nuevo. También compró arneses y luego unció a Billy a la carreta para que lo llevara a casa, pero a Billy no lo satisfizo mucho verse uncido a una carreta y durante algún tiempo se mostró muy inquieto y retrocedió y se encabritó y siguió cualquier camino menos el necesario. A fuerza de lisonjas y persuasiones, se sometió, por fin, y avanzó en línea recta, pero entonces lo asustó el ruido de la carreta atrás suyo y escapó. Por fin, cansadísimo, pensó que lo mejor era ceder y dejarse poner tranquilamente el arnés, ya que no podía remediarlo, y así lo hizo, y llegó sin dificultad a la cabaña. Humphrey se sintió encantado al

 

ver la carreta y dijo que ahora podría desempeñarse a maravilla. Al día siguiente, Jacobo se las ingenió para poner en la carreta todo el resto de la carne de venado y White Billy no opuso ya resistencia; lo llevó todo a Lymington y volvió con la carreta tan sosegada e inteligentemente como si hubiese estado en el arnés toda su vida.

 

-Bueno, Eduardo -dijo Jacobo-. La carne de venado ha costeado la carreta, sea como fuere. Y ahora, te contaré las novedades que supe en Lymington. El capitán Burly, que trataba de incitar al pueblo a salvar al rey, ha sido ahorcado, arrastrado y descuartizado como traidor.

 

-Los traidores son quienes lo condenaron -replicó Eduardo, airado.

 

-Sí que lo son, pero hay una noticia mejor, y es que el duque de York ha huido a Holanda.

 

-Sí, esa es una buena noticia. ¿Y el rey?

 

-Sigue prisionero en el castillo de Carisbrook. Hay muchos rumores y conversaciones, aunque nadie sabe distinguir lo verdadero de lo falso, pero te aseguro que eso no podrá durar y que el rey recobrará sus derechos.

 

Eduardo se mostró muy grave durante algún tiempo.

 

-Confío en el cielo y creo que aun recobraremos todos nuestros derechos, Jacobo -dijo finalmente-. ¡Ojalá yo fuese un hombre!

 

Aquí terminó la conversación y se fueron a la cama. En aquellos días había mucho trabajo en la cabaña. Había que sacar el estiércol del establo y de las pocilgas y llevarlo al sembrado de patatas y al jardín, y sembrar las semillas, y ahora la carreta resultó valiosa. Cuando hubieron trasladado y esparcido el estiércol, Eduardo y Humphrey le ayudaron a Jacobo a cavar la tierra y a echar la semilla. Luego sacaron las coles del año anterior y sembraron los nabos y zanahorias. Antes de terminar el mes quedaron sembrados el jardín y la parcela de las patatas, y Humphrey se encargó de quitarles la cizaña y de mantenerlos limpios. La pequeña Edith tenía también trabajo ahora, porque las gallinas empezaban a poner huevos y apenas las oía cacarear, Edith corría en busca de los huevos y los traía; y antes de terminar el mes, Jacobo había instalado cuatro gallinas sobre los huevos. Billy, el petiso, era soltado para que paciera en el bosque; por las noches volvía espontáneamente a la casa.

 

-Les diré qué necesitamos -dijo Humphrey, que había tomado la granja a su cargo-.

 

Necesitamos una vaca.

 

-Oh, sí, una vaca -exclamó Alicia-. Me sobraría tiempo para ordeñarla.

 

-¿De quién son las vacas que suelo ver en el bosque? -le preguntó Humphrey a Jacobo.

 

-Si a alguien le pertenecen es al rey -replicó Jacobo-. Pero son ganado extraviado que llegó al bosque y se quedó allí desde entonces. Por lo general, se trata de animales salvajes

 

y conviene tener cuidado al acercarse a ellos, ya que los toros se echarán sobre ti. Se multiplican con mucha rapidez: era apenas seis hace unos años, y ahora hay por lo menos cincuenta en el rebaño.

 

-Pues trataré de atrapar una vaca, si puedo -dijo Humphrey.

 

-Eso te dará trabajo, hijo -replicó Jacobo-. Y, como ya te dije, cuídate de los toros.

 

-No necesito, toros -replicó Humphrey-. Pero una vaca nos dará leche y además tendremos más estiércol para abonar el jardín. Entonces, mi jardín rendirá más patatas.

 

-Bueno, Humphrey. Si logras atrapar a una vaca, nadie te lo impedirá, pero no creo que eso te resulte muy fácil y quizá sea muy peligroso.

 

-De todos modos buscaré una -replicó Humphrey-. ¿Verdad que sería divertido tener una vaca, Alicia?

 

Todas las cosechas estaban ya levantadas, y a medida que se alargaban los días, el trabajo se fue tornando relativamente liviano y fácil. Humphrey estaba atareado fabricando una pequeña carretilla para Edith, a fin de que ésta pudiera llevarse la cizaña a medida que él la sacaba con la azada, y finalmente, esta gran hazaña quedó realizada con gran admiración de todos y mucha satisfacción de Humphrey. En verdad, si se recuerda que Humphrey sólo tenía el serrucho y el hacha y que debió talar el árbol y luego aserrar los tablones, cabe reconocer que le exigió gran paciencia y perseverancia, aun la mera construcción de una carretilla, pero Humphrey no sólo perseveró, sino que se mostró lleno de inventiva. Había construido un gallinero con varas de abeto e hizo nidos para que las gallinas pudiesen tenderse y empollar, y ahora correteaban allí cuarenta o cincuenta pollos. También había dividido la pocilga, para que la marrana pudiese estar aparte de los demás cerdos, y podía esperarse para muy pronto una camada de lechones. Humphrey había trasplantado también fresas salvajes del bosque, logrando, merced al abono, que fuesen grandes y buenas; y obtuvo también una buena cosecha de cebollas en el jardín, gracias a la semilla comprada por Jacobo en Lymington.

 

Ahora, Humphrey estaba muy atareado cortando unas varas en el bosque, a fin de hacer un establo para la vaca, porque afirmó que la conseguiría de un modo u otro. Llegó el mes de junio, y la sazón de segar la hierba para que sirviera de heno para el invierno, y Jacobo tenía dos guadañas. Les enseñó a los niños a usarlas y ambos no tardaron en volverse expertos en su manejo, y como el gramillón abundaba en esa época del año, y podían segar cuanto se les antojara, no tardaron en usar a menudo a White Billy para que llevara el heno a casa. Las niñas ayudaron en este trabajo, ya que Humphrey les había fabricado dos rastrillos. Jacobo consideró que había suficiente heno, pero, Humphrey dijo que el heno bastaba para el petiso, pero no para la vaca.

 

-Pero... ¿dónde conseguiremos la vaca, Humphrey?

 

-Donde se consigue el venado replicó el niño-. En el bosque.

 

De modo que Humphrey siguió segando y preparando heno, y Eduardo y Jacobo salieron en procura de venado. Cuando quedó segado y apilado todo el heno, Humphrey encontró un método para bardar con helechos, que nunca se le había ocurrido a Jacobo, y hecho esto, comenzaron a cortar helecho para que les sirviera de forraje. También ahora Humphrey quiso obtener el doble de lo que cortara antes Jacobo, porque necesitaba un camastro para la vaca. Finalmente, Eduardo y él empezaron a tomar en broma el asunto, y cuando Eduardo trajo a casa más venado del que podría conservarse fresco con los calores, le dijo a su hermano que el resto era para la vaca. Con todo, Humphrey no quería ceder y todas las mañanas y tardes, se ausentaba infaliblemente durante un par de horas y pudo descubrirse que acechaba al rebaño de vacas salvajes que pacían; a veces, éstas se hallaban muy cerca, otras, muy lejos. El niño solía subirse a los árboles y las examinaba cuando pasaban allá abajo, sin advertirlo.

 

Cierta noche, Humphrey volvió muy tarde y a la mañana siguiente salió antes del amanecer. Terminado ya el desayuno, Humphrey no había aparecido aún y nadie podía comprender qué ocurría. Jacobo se sentía inquieto, pero Eduardo reía y dijo:

 

-Oh, confíe en él. Volverá y traerá la vaca.

 

Apenas hubo dicho estas palabras, entró Humphrey, rojo de sudor.

 

-Vamos, Jacobo y Eduardo, vengan conmigo: hay que uncir a Billy a la carreta y llevarnos a Smoker y una soga. Llévense además las escopetas, por si hacen falta.

 

-Pero... ¿qué pasa?

 

-Lo contaré mientras caminamos, pero debemos uncir a Billy a la carreta, porque no hay tiempo que perder.

 

Humphrey desapareció y Jacobo le dijo a Eduardo:

 

-¿Qué habrá pasado?

 

-Sólo puede tratarse de la vaca que tanto lo enloquece -replicó Eduardo-. De todos modos, cuando venga con el petiso lo sabremos; tomemos nuestras escopetas y llamemos a Smoker, como lo quiere Humphrey.

 

Humphrey trajo al petiso y la carreta y emprendieron la marcha.

 

-Supongo que ahora nos dirás adónde vamos... ¿verdad? -dijo Eduardo.

 

-Sí. Ustedes saben que yo estaba acechando desde hace tiempo a una manada, parque quería conseguir una vaca. Estuve encaramado en un árbol cuando pasó en varias ocasiones y noté que una o dos de las vaquillonas iban a parir. Ayer, al atardecer, advertí que a una de ellas le faltaba bien poco para alumbrar y que estaba inquieta y abandonó por fin a la manada y se internó en un bosquecillo. Me quedé allí tres horas para ver si volvía a salir y no salió. Como ustedes saben, anochecía ya cuando regresé a casa. Esta mañana, fui antes

 

del amanecer y encontré a la manada. La vaquillona es de las que se reconocen a simple vista, negra con manchas blancas, y después de un detenido examen, comprobé que no figuraba en la manada, de modo que me convencí de que debía haber ido al matorral a alumbrar, y de que ya no era la primera vez que alumbraba.

 

-Puede ser -replicó Jacobo-. Pero no comprendo qué hemos de hacer nosotros.

 

-Yo, tampoco -dijo, Eduardo.

 

-Pues bien; les diré qué me propongo. Voy con el petiso, y la carreta para llevarme a casa al ternero, si podemos, atraparlo... y supongo que sí. Llevo a Smoker para que entretenga a la vaquillona mientras ponemos al ternero en la carreta. Y la soga para atar a la vaquillona, si es posible, y ustedes se encargarán de mantener a raya a la manada con sus escopetas, si acuden a ayudarla. ¿Comprenden ahora mi plan?

 

-Sí. Y me parece muy probable que tengas éxito, Humphrey -replicó Jacobo-. Mereces un elogio por el plan. Te ayudaremos lo mejor posible. ¿Dónde está el matorral?

 

-A menos de un kilómetro de aquí -respondió Humphrey-. Pronto llegaremos.

 

Al llegar advirtieron que la manada pacía a considerable distancia del matorral, lo cual quizá fuese preferible.

 

-Eduardo y yo entraremos en el matorral con Smoker y tú nos seguirás, Humphrey -dijo Jacobo-. Yo haré que Smoker aferre a la vaquillona en caso necesario. De todos modos la tendrá acorralada..., suponiendo, naturalmente, que esté aquí. Primero daremos un rodeo en torno del matorral y encontraremos las huellas de la vaquillona. Miren, ahí están sus pisadas. Ahora, entremos.

 

Se internaron cautelosamente en el bosquecillo, siguiendo el rastro del animal y finalmente dieron con éste. Al parecer, la vaquillona había alumbrado hacía una hora apenas, y estaba lamiendo al ternero, que no se había parado aún. Apenas advirtió a Jacobo y Eduardo, la vaquillona meneó la cabeza e iba a abalanzarse sobre ellos, pero Jacobo le dijo a Smoker que saltara sobre el animal y el perro obedeció inmediatamente. El ataque del perro atrajo a la vaquillona a la espesura, y como el perro saltaba a su alrededor, esquivando sus cornadas, la vaquillona no tardó en quedar separada del ternero.

 

-Vamos hijos míos -dijo Jacobo, avanzando hacia el ternero-. Levanten al cachorro entre los dos y pónganlo en la carreta. Déjenme a Smoker y a mí entendérnoslas con la vaca.

 

Los niños pusieron los brazos bajo el vientre del ternero y se lo llevaron. La vaquillona estaba harto atareada al principio defendiéndose de Smoker para notar la desaparición del ternero; al verlo, Jacobo llamó a Smoker, a fin de que el perro se interpusiera entre la vaquillona y el camino por el cual salieran del matorral los niños. Finalmente, la vaquillona lanzó un sonoro mugido y se precipitó afuera del matorral en persecución de su vástago, obstaculizada por Smoker, que se aterraba de su oreja y en ocasiones le impedía avanzar.

 

-Agárrala, Smoker -dijo Jacobo, que volvió a ayudarles a los niños-. Agárrala. ¿Está el ternero en la carreta?

 

-Sí. Y bien amarrado -replicó Eduardo-. Y nosotros también estamos en la carreta.

 

-Perfectamente -contestó Jacobo-. Ahora subiré yo. Partamos. La vaquillona nos seguirá, no lo duden. ¡Aquí, Smoker! ¡Déjala en paz!

 

Smoker, al oír esta orden, salió saltando del matorral, seguido por la vaquillona, que mugía ansiosamente. El ternero respondió al mugido desde la carreta y la vaca corrió frenéticamente hacia el vehículo.

 

-En marcha, Humphrey -dijo Jacobo-. Me parece que algún animal de la manada responde al mugido de la vaquillona, y cuanto antes nos alejemos, mejor.

 

Humphrey, que tenía las riendas en la mano, se puso en marcha. La vaquillona los siguió, chocando por momentos con el perro y rozando a veces con la cabeza la zaga de la carreta, pero al mugido del animal le respondían ahora bramidos de tono más grave, y Jacobo dijo:

 

-Eduardo, apronta tu escopeta, -porque me parece que la manada nos sigue. Pero no dispares hasta que yo te lo diga. Debemos dejarnos guiar por las circunstancias. No nos convendría perder al petiso o correr algún riesgo serio, en bien de la vaquillona y del ternero mismo. Apura la marcha, Humphrey.

 

A los pocos minutos distinguieron a unos cuatrocientos metros más atrás, no a toda la manada, sino a un solo toro, que acudía con rápido trote con la cola en el aire, meneando la cabeza y bramando fuertemente en respuesta a la vaquillona.

 

-No es, más que uno, después de todo -dijo Jacobo-. Supongo que la vaquillona es su favorita. Bueno, ya podremos habérnoslas con él. Sube, Smoker. Suba inmediatamente, caballero -insistió, al ver que Smoker se disponía a atacar al toro.

 

Smoker obedeció y el toro avanzó hasta ubicarse a cien metros.

 

-Vamos, Eduardo. Dispara primero..., apúntale a la paletilla. Humphrey, para.

 

Humphrey detuvo al petiso y el toro siguió avanzando, pero parecía no saber a quién atacar, a menos que fuese al perro. Apenas hubo llegado a sesenta metros de la carreta, Eduardo hizo fuego, y el animal se desplomó de rodillas, desgarrando la tierra con los cuernos.

 

-Con eso, basta -dijo Jacobo-. Sigue, Humphrey; luego le echaremos un vistazo a ese animal. Ahora más vale que vayamos a casa, ya que pueden venir otros.

 

El toro se ha incorporado, pero está inmóvil. Sospecho que se halla herido de gravedad.

 

La carreta siguió su camino, seguida por la vaquillona, pero ya no aparecieron nuevos animales de la manada y pronto llegaron a la cabaña.

 

-¿Qué hemos de hacer ahora? -dijo Jacobo-. Vamos, Humphrey, dilo tú que has arreglado todo esto, y lo has hecho bien.

 

-A mi parecer, Jacobo, debemos entrar la carreta en el patio y cerrarle la verja a la vaca, hasta que yo esté pronto.

 

-Eso se hace fácilmente echándole encima a Smoker -contestó Jacobo-. Pero... ¡Dios sea loado!, ¡Ahí salen corriendo Alicia y Edith! ¡La vaquillona puede matarlas! ¡Vuélvete, Alicia! Corre a la cabaña y cierra la puerta hasta que lleguemos.

 

Al oír esto y los gritos de Eduardo, Alicia y Edith se retiraron precipitadamente a la cabaña. Entonces, Humphrey arrimó la carreta a la empalizada del patio, a fin de que Eduardo pudiera trepar al otro lado y estuviese pronto a abrir la verja. Smoker se dedicó a la vaquillona, y como antes, no tardó en atraer su atención, de modo que abrieron la verja y la carreta penetró en el patio, y la verja se cerró antes de que la vaquillona pudiese seguirlos.

 

-¿Y ahora, Humphrey?

 

-Saquemos al ternero de la carreta y pongámoslo en el establo. Yo entraré allí con una cuerda y un nudo corredizo en su extremo y lo echaré sobre los cuernos de la vaquillona mientras esté ocupada con su ternero, cosa que sucederá apenas la dejemos entrar. Yo les pasaré afuera el extremo de la cuerda para que ustedes tiren de ella cuando yo esté pronto, y entonces la tendremos bien sujeta, hasta que podamos asegurarla bien. Cuando yo grite «listo», abran la verja y déjenla entrar. Pueden hacer eso y saltar a la carreta luego, por si la vaquillona se les echa encima; pero no creo que lo haga, ya que lo que quiere es el ternero y no atacarnos.

 

Apenas tuvo lista la cuerda, Humphrey dio la señal y abrieron la verja; la vaca penetró corriendo inmediatamente y al oír balar a su ternero, entró en el establo, cuya puerta cerraron en pos de ella. Un momento después, Humphrey les gritó que tiraran de la cuerda, cosa que hicieron.

 

-Con eso basta -dijo Humphrey desde dentro-. Ahora aten la cuerda y luego pueden entrar.

 

Eduardo y Jacobo entraron y hallaron a la vaquillona arrimada al costado del establo, gracias a la cuerda ceñida a sus cuernos e incapaz de mover la cabeza.

 

-Esto ha sido muy hábil, Humphrey. Pero... ¿qué podemos hacer ahora?

 

-Primero le aserraré las puntas de los cuernos, para que si logra arrojarse sobre nosotros, no nos cause mucho daño. Esperen a que yo traiga el serrucho.

 

Apenas hubo aserrado las puntas de los cuernos de la vaquillona, Humphrey tomó otro pedazo de soga, que amarró sólidamente en torno de sus cuernos y luego sujetó el otro extremo al costado del cobertizo, para que el animal pudiera moverse un poco y comer de la artesa.

 

-Eso es -dijo-. Ahora, el tiempo y la paciencia harán el resto. Debemos mimarla y tratarla bien y pronto la amansaremos. Por ahora, dejémosla con el ternero. Tiene un metro de cuerda y eso le da suficiente libertad para lamer a su crío, que es todo lo que pide por el momento. Mañana le traeremos un poco de hierba.

 

Y los tres salieron, cerrando la puerta del establo.

 

-Bueno, Humphrey -dijo Jacobo-. Confieso que esta vez nos has vencido y que te toca reír a ti. «Cuando hay voluntad, se encuentra la manera», dice el refrán, y no le falta verdad; y te aseguro que al verte preparar tanto heno y juntar tanta paja y construir un establo, tuve tan pocas esperanzas de que conseguiríamos una vaca como de obtener un elefante. Y debo decirte que mereces gran elogio por la manera de lograr tus fines.

 

-Por cierto que sí - replicó Eduardo-. Tienes más inventiva que yo, hermano. Pero el almuerzo debe estar pronto, si Alicia ha cumplido con su deber. ¿Qué le parece, Jacobo, si vamos después del almuerzo a ver qué ha sido de ese toro?

 

-Sí, por cierto. No será mal alimento y podré vender toda la carne que contenga la carreta en Lymington. Además, su piel vale dinero.

 

 

 

 

 

Capítulo VI

 

Alicia y Edith se sentían ansiosas por ver a la vaca y, especialmente, al ternero; pero Humphrey les dijo que no debían acercarse al establo hasta que él las acompañara, y que entonces los verían. Terminado el almuerzo, Jacobo y Eduardo tomaron sus escopetas y Humphrey unció a Billy a la carreta y los siguió. Encontraron al toro donde lo habían dejado, parado e inmóvil aun. Sacudió la cabeza cuando se le acercaron con suma cautela, pero no trató de abalanzarse sobre ellos.

 

-Creo que está desangrado, o poco menos -dijo Jacobo-. Pero lo mejor es asegurarse. Eduardo, ubícale una bala a tres pulgadas más atrás de la paletilla y así estaremos tranquilos.

 

Eduardo así lo hizo, y el animal se desplomó muerto. Los tres se acercaron a su cadáver, y calcularon que pesaba por lo menos unas setecientas libras.

 

-Es un noble animal -dijo Eduardo-. No sé por qué no pensamos antes en matar uno así.

 

-No son animales de caza, Eduardo -dijo Jacobo.

 

-No, no lo son ahora, Jacobo -dijo Humphrey-. Así como usted y Eduardo pretenden tener derecho a las presas de caza, yo pretendo tenerla al ganado vacuno como mi parte del bosque. Hay más animales de éstos, recuérdenlo, y yo me propongo conseguir otros aún.

 

-Bueno, Humphrey. Pues te cedo, por mi parte, todos mis derechos, si es que los tengo.

 

-Y yo los míos -añadió Eduardo.

 

-De acuerdo. Algún día verán lo que haré -replicó Humphrey-. Recuerden que venderé el ganado vacuno en mi beneficio particular hasta que pueda comprarme una escopeta y un par de cosas más que necesito.

 

-De acuerdo también con eso, Humphrey -replicó Jacobo-. Y ahora, a desollar al animal.

 

La operación de desollar y descuartizar al toro insumió toda la tarde y Billy estaba pesadamente cargado cuando tiró de la carreta al regresar. Al día siguiente Jacobo fue a Lymington a vender el toro y su piel, y volvió satisfecho de la ganancia obtenida. Había comprado, a pedido de Humphrey, algunas lecheras, una pequeña mantequera, un balde para la leche y aun le sobraba dinero. Humphrey les dijo que no había ido aún a ver a la vaquillona por parecerle preferible no hacerlo.

 

-Mañana por la mañana estará más mansa, créanme -dijo.

 

-Pero si no le das de comer..., ¿no morirá el ternero?

 

-¡Oh, no lo creo! No le dejaré pasar hambre, sino que haré que me agradezca el alimento cuando lo reciba. Mañana por la mañana cortaré para ella un poco de hierba.

 

Digamos desde ya que, a la mañana siguiente, Humphrey entró al establo a ver a la vaquillona. Al principio ésta se movió de un lado a otro y se mostró muy arisca. El niño le ofreció un poco de hierba, le dio unas palmadas y le habló cariñosamente durante largo rato, hasta que por fin ella le permitió tocarla suavemente. Durante quince días Humphrey le trajo a diario la comida, y ella se sosegó más día tras día, hasta que, finalmente, cuando el niño se le acercaba, la vaquillona no le repelía ya con los cuernos. El ternero se volvió totalmente manso, y cuando la vaquillona advirtió que su vástago estaba tranquilo se calmó más aún. Después de aquellos quince días, Humphrey sólo le dejó alimentarse a la vaquillona de manos de Alicia, para que el animal pudiera conocerla bien. Y cuando el ternero tuvo un mes, el joven hizo la primera tentativa de ordeñarla. La vaquillona empezó por resistirse dando coces, pero después de diez días se dejó extraer la leche. Entonces Humphrey la soltó durante unos días para que corretease por el patio, conservando aún al ternero en el establo y haciendo entrar a la vaquillona de noche, ordeñándola antes de dejar mamar al ternero. Después de esto, se aventuró a un último experimento, que consistió en dejarla salir del patio para pacer en el bosque. La vaquillona se alejó a cierta distancia y Humphrey temió que se reuniría a la manada, pero de noche el animal volvió al lado de su ternero. Después de esto, Humphrey se dio por conforme y la dejó salir a diario, y ya no tuvieron dificultades con ella. Pero no quiso destetar al ternero hasta el invierno, época en que encerró a la vaquillona en el corral y la alimentó con heno. Luego destetó al ternero,

 

que era hembra, y no tuvieron más dificultades con la madre. Alicia pronto aprendió a ordeñarla y la vaquillona se volvió muy tratable y de buen natural. Tales fueron los comienzos de la industria lechera en la cabaña.

 

-Jacobo -dijo Humphrey-, ¿cuándo irá usted a Lymington de nuevo?

 

-No lo sé. Los últimos días de agosto, como sabes, y el mes de septiembre no son buenos para el venado, y por lo tanto no sé para qué habría de ir.

 

-Pues deseo que, cuando vaya, traiga algo para Alicia y para mí.

 

-¿Qué quiere Alicia?

 

-Un gatito.

 

-Bueno; creo que podré conseguírselo. ¿Y tú, Humphrey?

 

-Un perro. Smoker es enteramente suyo, Jacobo; quiero un perro para mí, para criarlo a mi manera.

 

-Bueno; conviene tener otro perro. Aunque Smoker no está viejo, no está de más tener dos perros para ir de caza, por si hay algún accidente.

 

-También yo lo creo así -replicó Eduardo-. Trate de conseguir dos cachorros, uno para Humphrey y el otro para mí.

 

-No necesito ir a Lymington por ellos. Debo cruzar el bosque para visitar a unos amigos, a quienes no veo desde hace tiempo, y quizá consiga allí los cachorros que necesitamos, iguales a Smoker. Lo haré inmediatamente porque quizá tenga que esperarlos, aunque me los prometan.

 

-¿Puedo ir con usted, Jacobo? -dijo Eduardo.

 

-Preferiría que no fueses; podrían formularme preguntas.

 

-También yo preferiría que se quedara; lo necesito aquí.

 

-¿Por qué, Humphrey? ¿Para qué trabajo?

 

-Hay mucho que hacer y es trabajo pesado; las bellotas están listas, para la trilla y necesitamos muchas para los cerdos. Tenemos que engordar a tres y alimentar a los demás durante el invierno. No puedo salir del paso muy bien con sólo Alicia y Edith; de modo que si no eres perezoso, te quedarás con nosotros y nos ayudarás, Eduardo.

 

-Humphrey, tú no piensas más que en tu granja.

 

-Y tú eres demasiado cazador para pensar en algo que no sea un ciervo; pero un pájaro en la mano vale por dos en la rama, en mi opinión, y yo conseguiré más con mi chacra que tú en el bosque.

 

-Humphrey nada tiene que ver con las aves de corral y los huevos, ¿verdad, Eduardo? Nos pertenecen a Edith y a mí, y Jacobo los llevará a Lymington y los venderá por nosotras y nos comprará unos vestidos nuevos para los domingos, porque éstos parecen ya algo gastados... y con razón -dijo Alicia.

 

-Sí, querida. Las aves de corral son tuyas y las venderé por ti cuando quieras y compraré lo que quieras con el dinero -replicó Jacobo-. Deja que Humphrey gane todo el dinero que pueda con los cerdos.

 

-Sí. Y la manteca me pertenece a mí, si la hago -dijo Alicia.

 

-No, no -replicó Humphrey-. Eso no es justo; yo encuentro vacas y no pido nada por ellas.

 

Debemos repartirnos, la manteca por mitades, Alicia.

 

-No tengo objeción que hacer -dijo Alicia-, ya que tú encuentras a las vacas y les das de comer. Ayer hice una libra de manteca, para probar lo que podía hacer solamente, pero no está sólida, Jacobo. ¿Por qué habrá pasado eso?

 

-He visto hacer manteca a las mujeres y ya lo sé, Alicia; de modo que la próxima vez te ayudaré. Supongo que no habrás exprimido bien el suero ni le habrás puesto sal.

 

-No le puse sal.

 

-Pero debiste hacerlo. En caso contrario, la manteca no dura.

 

Se convino, en que Eduardo se quedaría en casa para ayudar a recoger las bellotas para los cerdos y en que Jacobo cruzaría sólo el bosque en busca de cachorros; y el guardabosques partió a la mañana siguiente. Estuvo ausente dos días y luego volvió; dijo, que le habían prometido dos cachorros y que los había elegido. Eran de la misma raza que Smoker, pero sólo tenían quince días de edad y no podían ser separados de su madre por algún tiempo, de modo que Jacobo había convenido visitar nuevamente a sus amigos cuando los cachorros tuvieran tres o cuatro meses de edad y pudieran seguirlo por el bosque. Jacobo agregó que poco había faltado para que lo hiriera un ciervo que se había abalanzado sobre él -porque en esa estación los ciervo eran muy peligrosos y violentos-, pero que él había hecho fuego y partido uno de sus cuernos, y que esto lo había ahuyentado. -Ahora debes tener cuidado cuando vayas por el bosque, Eduardo.

 

-No tengo deseos de ir -replicó Eduardo-. Ya que no podemos cazar, es inútil; pero en noviembre recomenzaremos.

 

-Sí -replicó Jacobo-; eso llegará pronto. Mañana les ayudaré con las bellotas, y al día siguiente, si tengo, tiempo, llevaré a Lymington las aves de Alicia.

 

-Sí. Y cuando vuelva me ayudará a batir la manteca, porque entonces tendré una buena cantidad de crema.

 

-Y no se olvide de comprar el gatito, Jacobo, -dijo Edith.

 

-¿De qué sirve un gatito? -dijo Humphrey, muy atareado, haciendo una jaula de pájaros para Edith, después de haber concluido otra para Alicia-. No hará sino robarnos la crema y comerse nuestros pájaros.

 

-No, no hará tal cosa; porque cerraremos bien la puerta del armario donde están la leche y la crema, y colgaremos las jaulas a tal altura que el señor Micifuz no podrá alcanzarlas.

 

-En ese caso, un gatito será útil, porque te enseñará a ser cuidadosa -dijo Eduardo.

 

-Mi chaqueta está algo gastada y lo mismo la tuya, Eduardo. Trataremos, como Alicia, de hallar el medio de costearnos otra.

 

-Humphrey -dijo Jacobo-. Compraré todo lo que necesites, y confía en que lo pagarás apenas puedas.

 

-Eso es precisamente lo que quiero -replicó Humphrey-. Entonces conviene que me compre usted una escopeta y un traje nuevo; cuando se los haya pagado, necesitaré unas herramientas más, algunos clavos y tornillos y un par de cosas más, pero nada diré de ellos por ahora. Consígame la escopeta y veré qué puedo obtener en el bosque, sobre todo cuando tenga mi perro.

 

-Bueno, ya veremos. Quizá te agrade salir de vez en cuando conmigo y aprender algunas cosas sobre los bosques, porque Eduardo sabe ya todo lo que sé y puede salir solo.

 

-Claro que sí, Jacobo; quiero aprenderlo todo.

 

-Pues bien... En el bolso queda todavía un poco de dinero, y yo iré mañana a Lymington. Ahora creo que ya es hora de que nos vayamos a la cama. Y si ustedes están tan cansados como yo, dormirán bien.

 

Jacobo puso en la carreta al día siguiente unos cuarenta de los pollos criados por Alicia; los demás fueron conservados para acrecentar el corral. Su crianza había costado poco o nada; porque, cuando pequeños, sólo habían comido un poco de torta de avena, y más tarde se habían mantenido con las patatas que quedaron, como pueden hacerlo siempre las aves cuando tienen un gran trecho de terreno por donde pasearse.

 

Jacobo volvió a la hora del crepúsculo con todas las cosas. Trajo vestidos nuevos para Alicia y Edith, con algunas agujas, hilo y estambre, y les dio algún dinero que había sobrado de la venta de los pollos, después de hacer las compras. También compró trajes nuevos para Eduardo y Humphrey, y una escopeta que mereció la calurosa aprobación de éste, ya que era de mayor calibre y bala más pesada que las de Jacobo o Eduardo. También trajo un gatito blanco para Alicia y Edith. No había noticias que valieran la pena; solamente

 

se sabía que los igualitarios se habían sublevado contra Cromwell y que él los había dominado con las demás tropas, y Jacobo dijo que, a juzgar por todas las apariencias, aquella gente estaba riñendo y peleando entre ellos.

 

Transcurrió el tiempo y llegó el mes de noviembre sin que nada perturbara las tareas cotidianas de la familia en el bosque, cuando cierto atardecer, Jacobo, que había vuelto de cazar con Eduardo (la primera salida que hacían desde los principios de la estación), le dijo a Alicia que ésta debía hacer todo lo posible, por prepararles una buena comida al día siguiente, ya que habría una fiesta.

 

-¿Por qué, Jacobo?

 

-Si no puedes adivinarlo sola, no te lo diré hasta que llegue la hora -replicó Jacobo.

 

-Entonces Humphrey tendrá que ayudarnos -replicó Alicia-. Y haremos lo que podamos.

 

Ahora que tenemos un poco de carne, trataré de que el almuerzo sea de primera.

 

Alicia hizo todos los preparativos y preparó para el día siguiente un trozo de venado al horno, un guiso de venado, un par de pollos asados y un pastel de manzanas, lo cual, para ellos, era ciertamente un gran almuerzo. Y las viandas estaban muy bien aderezadas, porque Jacobo le había enseñado a Alicia a cocinar y la niña había mejorado poco a poco siguiendo sus enseñanzas. Humphrey era tan hábil como ella, y la pequeña Edith era muy útil, ya que desplumaba las aves y cuidaba de la comida mientras se cocía.

 

-Y ahora les diré por qué he pedido un banquete para hoy -dijo Jacobo, después de haber dicho la plegaria de costumbre-. Hoy hace un año justo que ustedes llegaron a la cabaña. Ahora ya lo saben.

 

-No lo recuerdo con certeza, pero creo que usted tiene razón -dijo Eduardo.

 

-Y ahora, hijos, díganme -inquirió Jacobo ¿Verdad que este año ha pasado muy rápida y felizmente..., tan rápida y felizmente como si ustedes hubieran estado en Arnwood?

 

-Sí. Y más aún -dijo Humphrey-. Porque en Arnwood yo no tenía a menudo con qué entretenerme y aquí los días me han resultado siempre tan cortos...

 

-Estoy de acuerdo con Humphrey -dijo Eduardo.

 

-Y yo estoy segura de lo mismo -replicó Alicia-. Siempre he estado atareada y me he sentido feliz y nadie me ha regañado por haberme ensuciado o roto la ropa, como antaño.

 

-¿Y qué dice la pequeña Edith?

 

-Me gusta ayudar a Alicia y jugar con el gatito -dijo la pequeña.

 

-Pues bien, hijos míos -dijo Jacobo-. Créanme que ustedes son más felices cuando sus días transcurren rápidamente, y que eso ocurre solamente cuando tienen mucho que hacer.

 

Aquí disfrutan de paz y seguridad. ¡Y Dios quiera que puedan seguir así! En este mundo sólo necesitamos unas pocas cosas; esto es, que en realidad necesitamos unas pocas, aunque ansiamos y suspiramos por muchas. Ustedes tienen salud y alegría, que son las grandes bendiciones de la vida. ¿Quién podría creer, al mirarlos, que, son los mismos niños que traje de Arnwood? Eran muy distintos entonces. Ahora son fuertes y sanos, están rosados y tostados, en vez de blancos y delicados. Mira a tus hermanas, Eduardo. ¿Crees que alguno de tus amigos de antaño..., crees, que Marta, que las cuidaba, las reconocería?

 

Eduardo sonrió y dijo:

 

-Por cierto que no; sobre todo con su ropa actual.

 

-Y tampoco reconocerían a Humphrey, según creo. Tú, Eduardo, siempre fuiste un niño robusto, y salvo que creciste mucho y estás más bronceado, no hay gran diferencia. Te reconocerían, aun en el traje de guardabosque que luces ahora, pero yo digo que debemos darle las gracias al Todopoderoso por haber hallado salud, dicha y seguridad en la cabaña de un guardabosque. Y yo debo estarle agradecido al cielo, y lo estoy, por haberse dignado conservarme la vida y permitido que yo les enseñara a todos ustedes hasta ahora la manera de ganarse el sustento por sí mismos, cuando Dios me llame a su seno. Hasta ahora he podido cumplir mi promesa al noble padre de ustedes, y no se imaginan cómo disminuye día a día la pesada carga que agobiaba mi espíritu, aun cuando los veo cada vez más capaces de bastarse a sí mismos. Dios los bendiga, hijos míos, y ojalá vivan lo suficiente para ver muchos días como éste.

 

Y Jacobo estaba tan conmovido al decir esto, que se vio rodar una lágrima por su arrugada mejilla.

 

Llegó el segundo invierno. Jacobo y Eduardo salían de caza habitualmente un par de veces por semana; porque el viejo guardabosques se quejaba de rigidez en el cuerpo y de dolores reumáticos, y ya no era tan activo como antaño. Humphrey acompañaba ahora a Eduardo una vez por semana, pero no más, y casi nunca volvían sin haber obtenido venado, ya que Eduardo conocía bien su oficio y no necesitaba ya el consejo de Jacobo. A medida que avanzaba el invierno, Jacobo fue renunciando por completo a las salidas. Iba a Lymington a vender la carne de venado y a conseguir lo que hacía falta para la casa, como la avena y la harina, que eran las necesidades principales; pero aun estos viajes lo agotaban y era evidente que la constitución física del viejo se iba desmoronando. Humphrey estaba siempre atareado. Cierta noche hacía algo que los intrigaba a todos ellos y le preguntaron para qué era aquello, pero el niño. no quiso decirlo.

 

-Estoy haciendo un experimento -dijo, mientras doblaba una varita de avellano-. Si resulta, ustedes lo sabrán; en caso contrario, sólo me habré molestado un poco inútilmente. Jacobo, confío en que no olvidará usted la sal cuando vaya mañana a Lymington, porque mis cerdos están prontos para ser muertos y debemos salar la mayor parte de la carne. Cuando las patas y paletillas hayan estado suficiente tiempo en sal, veré si puedo ahumarlos y en ese caso, ahumaré un poco de tocino. ¿Verdad que será divertido, Alicia? ¿Te gustaría tener un gran pedazo de tocino colgado ahí? Y te bastaría con subirte a un taburete para

 

cortar cuanto quisieras, cuando Eduardo y yo regresáramos con hambre y tú no tuvieses nada para darnos de comer.

 

-Me alegraré mucho de tener tocino y creo, que también te alegrarás tú, a juzgar por tus palabras.

 

-Sí, por cierto. Te lo aseguro. ¿No dijo usted, Jacobo, que las varas de fresno eran las mejores para ahumar el tocino?

 

-Sí, hijo; cuando estés pronto, te diré cómo debes hacer. Mi pobre madre solía ahumar muy bien por esta chimenea.

 

-Creo que con esto bastará -dijo Humphrey, dejando enderezarse la vara de avellano después de haberla doblado-. Pero mañana lo sabré.

 

-Pero... ¿Para qué es eso, Humphrey? -dijo Edith.

 

-Vete a jugar con tu gatito, chiquilla -replicó Humphrey, dejando sus herramientas y materiales en un rincón-. Tengo mucho que hacer ahora, pero debo matar a mis cerdos antes de pensar en otra cosa.

 

Al día siguiente Jacobo llevó la carne de venado a Lymington y trajo la sal y otras cosas que hacían falta. Entonces mataron a los cerdos y los salaron siguiendo las instrucciones de Jacobo; el reumatismo de éste no le permitió ayudar, pero Humphrey y Eduardo colocaron la sal y Alicia llevó los pedazos de puerco a la artesa cuando terminaron. Humphrey había salido el día anterior para ocuparse del misterioso asunto que tenía entre manos. A la mañana siguiente, salió poco antes del desayuno y al volver traía una liebre, que puso sobre la mesa:

 

-Bueno -dijo-. Mi resorte ha dado resultado y aquí está su fruto. Ahora haré otros y tendremos algo para el almuerzo por variar.

 

Los demás se sintieron muy satisfechos con el éxito de Humphrey y el niño no poco orgulloso de él.

 

-¿Cómo se te ocurrió la manera de hacerlo?

 

-Leí en el viejo libro de viajes que Jacobo trajo en verano pasado que la gente solía atrapar así conejos y liebres; no pude entender el procedimiento con exactitud, pero me dio la idea.

 

Conviene decir que Jacobo había traído más de una vez a la cabaña un par de libros, viejos que había encontrado o que le regalaran, y que Humphrey y Eduardo los habían hojeado ocasionalmente, pero muy de tarde en tarde, ya que su exceso de tareas les impedía encontrar tiempo para la lectura, aunque a veces, de noche, se pasaban la velada leyendo. Si se tiene en cuenta cuán jóvenes eran y cuán práctica y atareada era su vida, esto no puede sorprender.

 

 

 

 

 

 

Capítulo VII

 

Humphrey se dedicaba ahora a otra cosa. Había fabricado, varias trampas y traía conejos y liebres casi a diario. También había hecho algunas trampas para pájaros y ello le había permitido apresar dos cardelinas para Alicia y Edith, que las niñas pusieron en las jaulas preparadas por él. Pero, como dijimos, Humphrey estaba a la pesca de otra cosa; salía a temprana hora de la mañana, y de noche, cuando salía la luna, volvía tarde, mucho después de haberse acostado todos. Pero ellos nunca sabían el porqué de sus salidas y Humphrey no quería decirlo. Tuvo lugar una fuerte nevada y Humphrey salió más a menudo que nunca. Finalmente a la semana, poco más o menos de haber caído sobre la tierra una capa de nieve, el niño volvió una mañana trayendo una liebre y un conejo, y dijo:

 

-Eduardo, he atrapado algo más grande que una liebre o un conejo y tienes que ayudarme, y debemos ir con nuestras escopetas. Supongo que su reumatismo no le permitirá acompañarnos, Jacobo, ¿verdad?

 

-No. Creo que podré ir. Lo que me causa tantos dolores es la humedad. Quizá este aire frío me haga bien. Me he sentido mucho mejor desde que empezó la nevada. Veamos, ahora, lo que has atrapado.

 

-Habrá que caminar tres kilómetros -dijo Humphrey, cuando salían.

 

-No importa, Humphrey; guíanos.

 

El joven prosiguió la marcha hasta que llegaron a un grupo de grandes árboles y luego los condujo hasta una trampa que había cavado, de unos dos metros de ancho, tres de largo y otros tantos de profundidad.

 

-He aquí mi gran trampa -dijo Humphrey-. Y miren lo que he atrapado en ella.

 

Eduardo y Jacobo miraron y vieron en el foso a un joven toro. Smoker, que los acompañaba, empezó a ladrarle furiosamente.

 

-Y ahora... ¿qué vamos a hacer? No creo que esté herido. ¿Podríamos sacarlo? -preguntó Humphrey.

 

-No, no muy bien. Si se tratara de un ternero, sí que podríamos, pero el toro es demasiado pesado y aunque consiguiéramos sacarlo, vivo, tendríamos que matarlo, de modo que será mejor matarlo desde ya de un tiro.

 

-Eso creo -replicó Humphrey.

 

-Pero... ¿cómo lo atrapaste? -Preguntó Eduardo.

 

-Leí sobre eso, en el mismo libro donde encontré la idea para la trampa de las liebres - replicó Humphrey-. Cavé el foso y lo cubrí de zarzas y luego lo recubrí de nieve. Este es el bosquecillo adonde acude la liebre, sobre todo en invierno; es grande y seco y los árboles grandes lo protegen, y fue por eso que elegí ese lugar. Tomé un gran manojo de heno, puse un poco sobre la nieve alrededor del foso y luego esparcí algo más en pequeños puñados, para que los vacunos salvajes lo encontraran y recogieran, cosa que se alegrarían de hacer, ahora que la tierra está cubierta de nieve. Y, como ven, tuve éxito.

 

-Bueno, Humphrey, eres un as, lo reconozco -dijo Eduardo-. ¿Lo matamos?

 

-Sí, ahora que está mirando hacia arriba.

 

Eduardo le disparó al toro un balazo en la frente y el animal se desplomó muerto. Pero luego los tres se vieron obligados a volver a casa en busca del petiso y la carreta, y de cuerdas para sacar al toro del foso y ello les dio no poco trabajo, pero el petiso les ayudó y finalmente lo sacaron.

 

-Lo haré con más facilidad la vez próxima -dijo Humphrey-. Fabricaré una árgana lo antes que pueda y pronto izaremos otro, como sacar un balde de agua del pozo.

 

-Es una hermosa carne joven -dijo Jacobo, que estaba desollando al toro-. Según creo, no tiene más de dieciocho meses. De haber sido un animal plenamente desarrollado, como el que matamos, se habría quedado donde estaba, porque nunca habríamos podido sacarlo.

 

-Sí, Jacobo, lo habríamos sacado; porque yo hubiera bajado y después de cortar en pedazos su cadáver, lo habríamos izado por partes.

 

Cargaron en la carreta la piel y los cuartos del animal y emprendieron el viaje de regreso.

 

-Esto servirá para pagar en buena parte la escopeta, Humphrey -dijo Jacobo-. Eso, si no paga más.

 

-Me alegro de ello -dijo Humphrey-. Pero confío en que no será el último toro que atraparé.

 

-Eso me recuerda algo, Humphrey. Creo que debes volver con la carreta y llevarte todas las entrañas de la bestia y hacer desaparecer toda la sangre que hay sobre la nieve, porque he observado que al ganado vacuno lo asusta mucho el olor y el espectáculo de la sangre. Lo descubrí al verlos venir en un par de oportunidades al sitio en que yo había degollado a un ciervo; vi que, al acercar sus hocicos al lugar donde había sangre en el suelo, levantaban las colas y huían, bramando de un modo terrible. A decir verdad, he oído decir que si se comete un crimen en un bosque y uno quiere hallar el cadáver, una manada de ganado vacuno llevada allí resulta más útil aun que un sabueso.

 

-Gracias por decirme eso, Jacobo, porque yo nunca me lo habría imaginado, y le diré qué voy a hacer. Llenaré la carreta de restos de helechos y pondré esa hierba en el fondo del

 

foso; para que, si logro atrapar a una vaquillona o a un ternero que valgan la pena, no se lastimen al caer. -Debiste tardar mucho tiempo en cavar esa fosa, Humphrey.

 

-Así es. Y a medida que cavaba más hondo, el trabajo era más duro. Y luego tuve que llevarme toda la tierra y esparcirla. Tardé más de un mes en terminar, y finalmente usé una escalera para subir y bajar, y subí los cestos de tierra a la superficie, porque el foso era demasiado profundo para tirarla afuera.

 

-Nada como la paciencia y la perseverancia, Humphrey. Tú tienes esas virtudes en mayor grado que yo.

 

-Estoy seguro de que también tiene más paciencia y perseverancia que las que tengo, o tendré nunca -replicó Eduardo.

 

Durante aquel invierno, que transcurrió rápidamente, ocurrieron pocos sucesos de importancia. El viejo Jacobo estaba más o menos confinado en su cabaña por el reumatismo y Eduardo cazaba solo u ocasionalmente con Humphrey. Humphrey tuvo la suerte de atrapar a un toro y una ternera en su trampa, ambos de un par de años de edad, y con un tosco artificio suyo a modo de árgana logró, con la ayuda de Eduardo, izarlos ilesos afuera del foso. Fueron colocados en el corral, y después de haber sido domados haciéndoles pasar hambre, siguieron el ejemplo de la vaquillona y el ternero, y se tornaron totalmente mansos. Fueron un importante agregado al ganado de la granja, como cabe suponer. El único hecho lamentable era el confinamiento del viejo, Jacobo en la cabaña, lo cual, al avanzar el invierno, le impidio ir a Lymington, de modo que no pudieron vender carne de venado, y Humphrey, a título de experimento, ahumó algunos jamones de venado, que colgó con los otros. Había otra cosa que los preocupaba, a saber, que Jacobo no podía cruzar el bosque en busca de los cachorros prometidos. Y había pasado ya la época en que debía llevárselos, porque corría el mes de enero. Eduardo y Humphrey insistieron mucho en que el viejo dejara ir a uno de ellos, pero la única respuesta que pudieron obtener, fue «que él pronto estaría mejor». Finalmente, notando que empeoraba en vez de mejorar, Jacobo consintió en que fuese Eduardo. Le dio instrucciones sobre la manera de proceder, el camino que debía tomar y describió la morada del guardabosques; le advirtió que debía usar el apellido. Armitage y decir que era su nieto. Eduardo prometió obedecer las instrucciones de Jacobo y a la mañana siguiente partió, montó sobre White Billy con un poco de dinero en el bolsillo, por si le hacía falta.

 

-Ojalá pudiera ir contigo -dijo Humphrey, mientras caminaba al lado del petiso.

 

-Ojalá, Humphrey; por mi parte, me siento como un esclavo puesto en libertad. Le hago justicia a la bondad y buena voluntad del viejo Jacobo y reconozca todo lo que le debemos, pero, con todo, albergarse aquí en el bosque, sin ver ni hablar con nadie, aislándose del mundo, no le cuadra a Eduardo Beverley. Nuestro padre fue un soldado y muy bueno por cierto, y si yo fuese lo bastante crecido, creo que aun ahora huiría y me uniría al partido realista, por deshecho que pueda estar -y con toda evidencia lo está - en este momento. El acecho del ciervo está muy bien, pero yo busco caza más alta.

 

-Comparto tus sentimientos -replicó Humphrey. Pero recuerda, Eduardo, que el viejo está muy débil. ¿Y qué sería de nuestras hermanas si las abandonáramos?

 

-Lo sé muy bien, Humphrey -no me propongo abandonarlas, puedes estar seguro de ello-, pero querría que estuviesen a salvo con nuestros parientes y entonces tendríamos libertad de acción.

 

-Sí que la tendríamos, Eduardo, pero recuerda que aún no somos hombres y los niños de quince y trece años no pueden hacer gran cosa, aunque quieran hacerlo.

 

-Es cierto que sólo tengo quince años -replicó Eduardo-, pero soy bastante fuerte y también lo eres tú. Creo que si yo pudiera asestar una buena estocada en la cabeza de un hombre, éste se tambalearía bajo el golpe, aunque fuese grande como un búfalo. Sé muy bien que han combatido en la guerra jóvenes de mi edad, y recuerdo que mi padre me prometió llevarme consigo apenas tuviese los quince años.

 

-Lo que me intriga es el temor del viejo Jacobo de que nos vean en Lymington -replicó Humphrey.

 

-¿Por qué? ¿De qué temor se trata?

 

-Lo ignoro tanto como tú; en mi opinión ese temor sólo existe en su imaginación. Seguramente, a nosotros no nos dañarían (si anduviéramos sin armas como los demás) por el hecho de que nuestro padre hubiese luchado por el rey. Es verdad que han decapitado a algunos; pero éstos conspiraban entonces en favor del rey, o se oponían al parlamento de otro modo. Esto fue lo que supe por Jacobo, pero no sé qué podemos temer si callamos. Pero ahora se plantea lo siguiente, Eduardo (porque Jacobo me ha dicho más sobre cierto punto que a ti, según creo). Supongamos que debieras abandonar el bosque... ¿Cuál sería tu primer paso?

 

-Naturalmente, manifestaría quién soy y tomaría posesión de la propiedad de mi padre en Arnwood, que es mía por derecho de linaje.

 

-Exactamente lo mismo que piensa Jacobo. Y dice que eso sería tu perdición, porque la propiedad está confiscada, como dicen ellos, o anulada legalmente y entregada al parlamento, por haber luchado tu padre contra éste en el bando realista. Ya no te pertenece y no permitirían entrar en posesión de ella; por el contrario, según todas las probabilidades, serías encarcelado y... ¿quién sabe cuál sería tu suerte entonces? Ya ves que hay peligro.

 

-¿Fue Jacobo quien te dijo esto?

 

-Sí, fue él; me dijo que no te hablara del tema, dado lo impetuoso que eras, ya que si te enterabas de que la propiedad había sido confiscada, cometerías sin duda algún acto imprudente, y quecualquier acto de esa índole sería una excusa para arrestarte. Y agregó que no esperaba vivir mucho, porque su debilidad crecía día a día y que sólo confiaba en poder vivir uno o dos años más, para poder sosegarte hasta que llegaran tiempos mejores. Dijo que, si se suponía que todos habíamos muerto carbonizados en Arnwood durante el

 

incendio, ello les daría una buena oportunidad de calificarte de impostor y de tratarte de conformidad con ello, y que había tanta gente ansiosa de recibir el don de la finca, que miles de personas maquinarían tu muerte. Dijo que si te dabas a conocer y reclamabas tu propiedad, les harías simplemente el juego a tus enemigos y provocaría las más fatales consecuencias, porque, manifestó Jacobo, para probar que eras Eduardo Beverley debías declarar que yo y tus hermanas estábamos en el bosque contigo, y esta revelación pondría a toda la familia a merced de sus más enconados enemigos. Y resulta imposible predecir qué sería de tus hermanas, pero probablemente éstas serían confiadas a alguna familia puritana, que encontraría placer en maltratar y humillar a las hijas de un hombre como el coronel Beverley.

 

-¿Y por qué no me dijo todo eso a mí?

 

-Temía decirte algo. Suponía que la idea de la injusticia te excitaría tanto, que podría inducirte a cometer alguna imprudencia, y dijo: «Ruego a Dios todas las noches que me conserve esta vida, por lo demás inútil, porque sé que si yo muriera Eduardo abandonaría el bosque».

 

-Nunca, mientras mis hermanas estén bajo mi protección -replicó Eduardo-. Si estuvieran a salvo, me marcharía inmediatamente.

 

-Creo, Eduardo, que hay mucha verdad en lo que dice Jacobo: no harías nada bueno (porque no te devolverían tu propiedad, dando a conocer actualmente tu paradero, y sí podrías hacer mucho mal. «Espera tu oportunidad», es un buen consejo en estos tiempos borrascosos. Por eso, yo que tú sería muy cauteloso; pero sigo creyendo que no hay peligro alguno en que tú o yo salgamos del bosque con nuestra indumentaria actual y bajo el apellido de Armitage. Nadie nos reconocería; tú estás muy alto y también yo, y estamos tan tostados y curtidos por el aire y el ejercicio, que parecemos los hijos del bosque, más bien que los del coronel Beverley.

 

-Hablas muy razonablemente, Humphrey y estoy de acuerdo contigo. No soy tan fogoso como lo supone el viejo; y si mi pecho arde de indignación, de todos modos tengo suficientes fuerzas para disimular mis sentimientos en caso necesario. Puedo oponer la astucia a la astucia si hace falta, y a juzgar por lo que dices, creo que éste es realmente el caso. Hay una cosa cierta, y es que mientras el rey Carlos esté cautivo, como lo está y sus leales dispersos o en el extranjero, nada puedo hacer, y darme a conocer sólo equivaldría a dañarme a mí mismo y a todos nosotros. Por lo cual, ciertamente, guardaré silencio y también seguiré viviendo como hasta ahora con un nombre falso; pero, con todo, debo mezclarme -y lo haré-con otras gentes y me enteraré de lo que pasa. Quiero vivir en este bosque y proteger a mis hermanas mientras sea necesario, pero, aunque viva aquí, no quiero confinarme del todo en el bosque.

 

-Eso es precisamente lo que pienso, Eduardo, lo que deseo por mi parte, pero no nos precipitemos ni aun en eso. Y ahora te deseo un grato paseo y si puedes consigue de los guardabosques algunos perdigones para mí; tengo muchas ganas de obtenerlos.

 

-No lo olvidaré. Adios, hermano.

 

 

Humphrey volvió a casa para cuidar su granja, mientras Eduardo proseguía su viaje por la selva. La conversación precedente puede dar cierta idea del carácter de ambos jóvenes. Eduardo era valiente e impetuoso, precipitado en sus decisiones, pero susceptible con todo de ser convencido. Criado como heredero de la propiedad de los Beverley, sentía, más de lo que podía esperarse de Humphrey, la mortificación de ser pobre, después de tan grandes perspectivas en sus primeros tiempos; por ello sus anhelos de venganza contra el bando opuesto eran más intensos y sus bríos crecían dadas sus convicciones. Su temperamento era naturalmente belicoso y esta tendencia había sido estimulada por su padre cuando niño; con todo, nunca hubo un corazón más bondadoso o un muchacho de mayor generosidad.

 

Humphrey era de un temperamento más tranquilo y filosófico, menos encaminado quizá a conducir que a aconsejar; había en él una gran prudencia unida al coraje, pero su valor era más bien pasivo que activo, un coraje que si era atacado podía defenderse valientemente, pero era cauteloso y reflexivo antes de atacar. Humphrey no tenía el espíritu de guerrero de Eduardo. Era un hijo menor y debía ganarse en cierto modo su posición y sentía que sus inclinaciones lo llevaban más a la paz que a la lucha. Además, Humphrey poseía talentos que Eduardo no tenía; un talento natural para la mecánica y una investigación inquisitiva de la ciencia, hasta donde podía permitirselo su limitada educación. Tenía más aptitudes para ser ingeniero o agricultor que para ser soldado, aunque no cabía duda de que habría podido ser un excelente soldado de proponérselo.

 

En bondad y generosidad temperamental era igual a su hermano, y ésta era la razón de que jamás hubiesen cambiado una palabra colérica, porque lo que buscaban no era salirse con la suya, sino ceder el uno a los deseos del otro. De más está decir que nunca hubo dos hermanos de mayor apego mutuo y que se respetaran tanto mutuamente.

 

 

 

 

 

Capítulo VIII

 

Eduardo hizo trotar al petiso y a las dos horas estaba del otro lado del Bosque Nuevo. Las instrucciones de Jacobo no fueron olvidadas y antes del mediodía se encontró ante la verja de la casa del guardabosques. Después de haber desmontado y de pasar la brida del petiso por sobre la balaustrada, atravesó un pequeño jardín muy pulcro, pero que, a tan temprana altura del año, no era demasiado alegre, salvo cuando asomaban los azafranes y las campanillas. Llamó a la puerta con los nudillos y una muchacha de unos catorce años, muy pulcramente vestida, respondió al llamado.

 

-¿Está en casa Osvaldo Partridge, señorita? -dijo Eduardo.

 

-No, joven, no está. Se encuentra en el bosque.

 

-¿Cuándo volverá?

 

-Su hora habitual es al anochecer, a menos que haya obtenido más éxito de lo habitual.

 

-He recorrido bastante camino en su busca y no quisiera volverme sin haberlo visto, - replicó Eduardo. -¿Tiene esposa o alguien con quien yo pueda hablar?

 

-No tiene esposa, pero yo estoy dispuesta a trasmitirle un mensaje.

 

-He venido en busca de unos perros que Osvaldo Partridge le prometió a Jacobo Armitage, su pariente; pero el viejo está demasiado enfermo desde hace algún tiempo para venir por ellos personalmente, y me ha enviado a mí.

 

-En la perrera hay perros jóvenes y viejos, grandes y pequeños; esto es todo lo que sé y no más.

 

-Entonces temo que me veré obligado a esperar su regreso -replicó Eduardo.

 

-Hablaré con mi padre -respondió la muchacha-. Si usted no tiene inconveniente en esperar un momento...

 

Al par de minutos la muchacha volvió, diciendo que su padre le rogaba que entrase y hablara con él. Eduardo se inclinó y siguió a la muchacha, que lo condujo a un aposento donde estaba sentado un hombre vestido a la usanza de los cabezas redondas de la época. Su sombrero, en forma de campanario, yacía sobre la silla, y debajo de él estaba su espada.

 

A su lado veíase un escritorio cubierto de papeles.

 

-Aquí está el joven, padre -dijo la muchacha, y después de haber dicho estas palabras atravesó la habitación y se sentó junto a la lumbre.

 

Aquel hombre -o, digamos más, bien, aquel caballero, porque tenía el aspecto de tal, a pesar del traje oscuro y característico que usaba -siguió leyendo una carta que acababa de abrir. Y Eduardo, que temía verse prisionero de un cabeza redonda, cuando sólo esperaba encontrarse con un guardabosques, se sintió más irritado aún por el desdén del huésped. Olvidando que era, por propia afirmación, el pariente de un tal Jacobo Armitage, y no Eduardo Beverley, enrojeció de ira mientras permanecía inmóvil en el umbral. Afortunadamente, el tiempo que se tomó el huésped para leer la carta le dio tiempo también a Eduardo para recordar el disfraz bajo el cual aparecía; el color se esfumó de sus mejillas y permaneció en silencio, mirando ocasionalmente a la muchacha, que cuando los ojos de ambos se encontraban apartaba la mirada.

 

-¿Qué desea usted, joven? -dijo finalmente el caballero de la mesa.

 

-He venido, señor, por un arreglo privado con el guardabosques Osvaldo Partridge, en busca de dos jóvenes sabuesos que le prometió a mi abuelo Jacobo Armitage.

 

-¡Armitage! -dijo el huésped, mirando una lista de la mesa-. Armitage..., Jacobo... Sí, ya veo, que es uno de los guardabosques. ¿Por qué no ha venido a visitarme?

 

-¿Por qué habría de visitarlo, señor? -replicó Eduardo.

 

-Simplemente, joven, porque el Bosque Nuevo me ha sido confiado por el parlamento. Se ha comunicado a todos los empleados en él que viniesen aquí, para que se les permitiera quedarse o para que fueran exonerados, según lo juzgara yo más conveniente.

 

-Jacobo Armitage no ha oído una sola palabra de eso, Señor -replicó Eduardo-. Era un guardabosques nombrado por el rey. Desde hace dos o tres años no se le paga su sueldo y vive en una cabaña de su propiedad que le dejó su padre.

 

-Y usted, joven, si puede saberse, ¿vive con Jacobo Armitage?

 

-Desde hace más de un año.

 

-Y ya que su pariente no ha recibido paga ni remuneración alguna, según dice usted..., ¿de qué manera ha proveído a su sustento?

 

-¿Cómo lo han hecho los demás guardabosques? -replicó Eduardo.

 

-No me formule preguntas, señor -replicó el caballero-. Y tenga la bondad de contestar a las mías. ¿De qué ha vivido Jacobo Armitage?

 

-Si usted supone que Jacobo Armitage carece de medios de subsistencia, señor, se equivoca -replicó Eduardo-. Tenemos una parcela de tierra propia, que cultivamos; tenemos nuestro petiso y nuestra carreta, tenemos nuestros cerdos y vacas.

 

-¿Y eso ha bastado.?

 

-¿Tenían más los patriarcas? -replicó Eduardo.

 

-Es usted vivaz en la respuesta, joven; pero yo sé algo sobre Jacobo Armitage y nosotros sabemos -continuó el caballero, acercando su dedo a algo escrito junto al nombre incluido en la lista -con quién se ha asociado y a quién ha servido. Ahora permítame que le formule una pregunta. Usted ha venido, según dice, por dos cachorros de sabuesos. ¿Hacen falta esos cachorros para sus cerdos y vacas? ¿O a qué usos han de ser destinados?

 

-Tenemos un perro tan bueno como el que más, pero queremos tener otros, por si lo perdemos -contestó Eduardo.

 

-Tan bueno como el que más... ¿Bueno para qué?

 

-Para cazar.

 

-Por lo tanto, ¿reconoce que ustedes cazan?

 

-Nada reconozco en cuanto se refiera a Jacobo Armitage, que puede responder por sí mismo -replicó Eduardo-. Pero permítame asegurarle que, si ha matado venados, nadie podría condenarlo por ello.

 

-¿Quizá podrá usted explicarme el porqué?

 

-Nada más fácil. Jacobo Armitage le servía al rey Carlos, que lo empleó como guardabosques y le pagaba su salario. Quienes no debieron hacerlo se rebelaron contra el rey, le arrebataron su autoridad y los medios de pagarle a quienes empleaba. Éstos siguieron siendo servidores del rey, ya que no fueron exonerados. Y no teniendo otros medios de mantenerse, consideraron que su buen señor habría sido harto feliz con que mataran para su subsistencia al venado que no podían cuidar ya para él, sin comerlo en parte ellos mismos.

 

-¿Reconoce, pues, que Jacobo Armitage mató ciervos en el bosque?

 

-No reconozco nada en nombre de Jacobo Armitage.

 

-¿Reconoce que los mató usted mismo?

 

-No responderé a esa pregunta, señor. En primer lugar, porque no he venido aquí a acusarme a mí mismo, y en segundo lugar, porque debo saber quién le da su autoridad para interrogar.

 

-Joven -replicó el otro con tono severo-. Si quiere saber quién me confiere mi autoridad, por descomedido que usted sea -ante esta observación Eduardo se sobresaltó, pero, dominándose, apretó los labios y quedó inmóvil-, aquí tiene mi nombramiento designándome representante del parlamento para tomar a mi cargo el Bosque Nuevo y ser su superintendente, con poder para nombrar y exonerar a quienes se me antoje. Presumo que usted deberá darse por satisfecho con mi palabra, ya que no sabe leer ni escribir.

 

Eduardo se acercó a la mesa y tomó tranquilamente el documento y lo leyó.

 

-Lo que ha manifestado usted es exacto, señor -dijo, dejándolo-, y la fecha es, según advierto, el 20 de diciembre último. De modo que sólo han pasado dieciocho días.

 

-¿Y qué inferencia podría usted extraer de ello, joven? -replicó el caballero, mirándolo con asombro.

 

-Simplemente ésta, señor: que Jacobo Armitage está en cama con reumatismo, desde hace tres meses, durante cuyo período no ha matado ciertamente ciervo alguno. De modo que, hasta que el parlamento tomó posesión del bosque, éste le pertenecía sin duda a Su Majestad, aunque no le pertenezca ahora; por lo cual, Jacobo Armitage, hasta ahora, sólo responde por cualquier ciervo que haya matado ante su soberano el rey Carlos.

 

-Es fácil advertir la escuela en que ha sido usted criado, joven, aunque en este papel no haya constancia de que su ascendiente sirvió a las órdenes del realista coronel Beverley y lo educó dentro de su manera de pensar.

 

-Señor, es vil el perro que muerde la mano que lo alimenta -dijo Eduardo con apasionamiento-. Jacobo Armitage, y su padre antes que él, fueron servidores de la familia

 

del coronel Beverley; le debieron su situación actual en el bosque, se lo debieron todo, reverencian su nombre y sostienen la causa por la cual cayó él, también la sostengo yo.

 

-Joven, si su modo de hablar no es cuerdo, es, en todo caso, propio de un ser agradecido; por lo demás, no he de pronunciar una palabra irrespetuosa a la memoria del coronel Beverley, que era un hombre valeroso y leal a la causa que abrazó, aunque no fuera santa. Pero en mi situación no puedo, siendo justo con quienes sirvo, dar cargos y remuneraciones a quienes han sido y siguen siendo, como puedo juzgarlo por sus palabras, adversos al actual gobierno.

 

-Señor -replicó Eduardo-, su modo, de hablar con respecto al coronel Beverley me infunden un respeto por usted que le confiese, no sentí en el primer momento. Lo que dice usted es muy justo. Pero no creo que pueda dañar a Jacobo Armitage, ya que, en primer lugar, sé que él no serviría bajo sus órdenes, y, en segundo lugar, porque es demasiado viejo y débil para atender a ese empleo. Por lo demás, su cabaña y tierra son de su propiedad y usted no puede quitárselas.

 

-Supongo que tendrá el título respectivo... -replicó el caballero.

 

-Tiene el título otorgado a su abuelo mucho antes de nacer el rey Carlos, y supongo que el parlamento no se propondrá anular las disposiciones de los reyes anteriores.

 

-¿Puedo saber qué parentesco lo liga a usted con Jacobo Armitage?

 

-Creo haber dicho ya que soy su nieto.

 

-¿Vive con él?

 

-Así es.

 

-Y si el viejo muere, ¿heredará su propiedad?

 

Eduardo sonrió y, mirando a la muchacha, dijo:

 

-¿No, le parece, doncella, que su padre está alardeando de su cargo?

 

La muchacha rió y dijo:

 

-Tiene autoridad conferida.

 

-No sobre mí, por cierto, y tampoco sobre mi abuelo, ya que lo ha exonerado.

 

-¿Se crió usted en la cabaña, joven?

 

-No, señor. Me crié en Arnwood. Fuí compañero de juegos de los hijos del coronel Beverley.

 

-¿Fue educado con ellos?

 

-Sí, señor. Porque en cuanto me lo permitió mi disposición, el capellán siempre estuvo pronto a darme instrucción.

 

-¿Dónde estaba usted al quemarse Arnwood?

 

-En la cabaña -dijo Eduardo, apretando los dientes y con aire colérico.

 

-Sí, sí. Puedo perdonar cualquier expresión de sentimiento de su parte, joven, cuando se le recuerda ese hecho horrible y deshonroso. Fue una mancha imborrable..., un hecho diabólico y que pensamos provocaría la venganza del cielo. Si las plegarias pudieran evitarlo o lo evitaron, no faltaron por nuestra parte.

 

Eduardo guardó silencio; este reconocimiento del cabeza redonda impidió una explosión de su parte. Pensó que no toda aquella gente era tan mala como lo suponía. Después de una larga pausa, dijo:

 

-Cuando vine aquí, señor, fue en busca de Osvaldo Partridge y para conseguir los sabuesos que nos había prometido; pero presumo que mi viaje ha sido inútil. ¿Por qué?

 

-Porque usted tiene la fiscalización del bosque y no permitirá que se den perros para que cacen quienes no son empleados del actual gobierno.

 

-Juzga usted bien, ya que mi deber es impedirlo; pero, ya que la promesa fue hecha antes de que me nombraran -dijo el caballero, sonriendo-, presumo que, a su entender, yo no tengo derecho a intervenir, ya que si lo hago será un caso ex post facto. Por cuyo motivo no intervendré. Sólo debo hacerle notar que las leyes siguen siendo las mismas en cuanto concierne a los que se apoderan furtivamente de ciervos en el bosque... ¿Me entiende?

 

-Sí, señor, y si ello no le ofende, le contestaré con sinceridad.

 

-Hable, pues.

 

-Considero que los ciervos del bosque pertenecen al rey Carlos, que es mi legítimo soberano, y no reconozco más autoridad que la suya. Sólo me considero responsable ante él por cualquier ciervo que mate, y estoy seguro de que me autorizará y perdonará todo lo que yo pueda hacer.

 

-Ésa, quizá sea su opinión personal, mi buen señor; pero no será la opinión de los poderes gobernantes. Si lo atrapan usted será castigado, y lo haré yo, en razón de la autoridad de que me han investido.

 

-Sí, señor; si eso sucede, así sea. Usted ha exonerado a los Armitage a causa de su apoyo al rey, y no podrá sorprenderlo, por lo tanto, que ellos lo apoyen más que nunca. Tampoco ha de sorprenderlo el que un guardabosques exonerado se convierta en cazador furtivo.

 

-Y tampoco le sorprenderá a usted que un cazador furtivo incurra en pena si es atrapado - replicó el cabeza redonda-. De modo que esto pone punto final a nuestra discusión. Si va a la cocina hallará viandas para entretener el estómago, y si quiere esperar el regreso de Osvaldo Partridge, bien venido.

 

Eduardo, que se sentía indignado por aquel envío a la cocina, asintió, le sonrió a la muchachita y salió de allí.

 

«Bueno -pensó mientras atravesaba el pasillo-, vine aquí por dos cachorros y he encontrado un cabeza redonda. No sé por qué, no me siento tan irritado contra él como debiera estarlo. Esa muchachita tiene una linda sonrisa... Estaba hermosa de veras al sonreír. ¡Oh, ésta es la cocina, a la cual se ve enviado el señor de Arnwood por un parcial de Cromwell y cabeza redonda, probablemente un comerciante o un truhán, que ha servido a la causa! Bueno, así sea. Como dice Humphrey, 'esperaré mi oportunidad'. Pero aquí no hay nadie, de modo que veré si encuentro una caballeriza para White Billy, que debe estar cansado de permanecer junto a la verja.»

 

Eduardo volvió por el mismo camino, salió por la puerta principal y fue par el jardín hasta el sitio donde estaba amarrado su petiso y se lo llevó en busca de una caballeriza. Encontró ésta detrás de la casa, y después de haber llenado el pesebre de heno volvió a la casa y se sentó en un porche junto a la puerta que llevaba a las dependencias del fondo, porque la casa del guardabosques era grande y cómoda. Eduardo estaba sumido en profundas cavilaciones, cuando lo hizo volver en sí la hija del flamante intendente del bosque, que le dijo:

 

-Temo, joven señor, que usted no haya disfrutado de la hospitalidad debida en la cocina, ya que no había allí quien pudiera atenderlo. Yo ignoraba que Hebe hubiese salido. Si quiere venir conmigo, quizá pueda encontrarle algunas viandas.

 

-Gracias, doncella. Es usted bondadosa y considerada con un cazador furtivo convicto y confeso -replicó Eduardo.

 

-¡Oh!, pero estoy segura de que usted no cazará furtivamente. Y si lo hace, procuraré disuadirlo de ello -replicó la muchacha, riendo.

 

Eduardo la siguió a la cocina y ella sacó prestamente un ave fría y un pastel de carne de venado, que puso sobre la mesa. Luego trajo un jarro de cerveza.

 

-Bueno -dijo la muchacha dejándolo sobre la mesa-, esto es todo lo que he podido encontrar.

 

-El nombre de su padre, si no me equivoco, es Heatherstone. Así decía el nombramiento.

 

-Sí.

 

-¿Y el suyo?

 

-El mismo de mi padre, supongo.

 

-Sí. Pero me refiero al nombre de pila.

 

-Formula usted extrañas preguntas, joven señor; pero, con todo, se las contestaré. Mi nombre de pila es Paciencia.

 

-Gracias por haberse dignado contestarme -replicó Eduardo-. ¿Vive usted aquí?

 

-Por ahora sí, buen señor. Y ahora lo dejo.

 

«Buena muchachita -pensó Eduardo-, a pesar de ser hija de un cabeza redonda. Y me llama «señor». Lo cual indica que no parezco nieto de Jacobo, y que debo tener cuidado.»

 

Después de estas meditaciones, Eduardo acometió con buen apetito las viandas puestas ante él, y acababa de terminar una sabrosa comida, cuando volvió a entrar Paciencia Heatherstone, y dijo:

 

-Ha llegado Osvaldo Partridge.

 

-Gracias, doncella -respondió Eduardo-. ¿Puedo formularle una pregunta? ¿Dónde está el rey?

 

-He oído decir que reside en el castillo de Hurst -replicó la muchacha-. Pero -agregó, bajando la voz- toda tentativa de verlo sería inútil y sólo lo dañaría y dañaría a los que trataran de hacerlo.

 

Después de estas palabras, Paciencia salió de la habitación.

 

 

 

 

 

Capítulo IX

 

Terminada su comida, y después de unos buenos tragos de cerveza, licor que no probaba desde hacía mucho tiempo, Eduardo se levantó de su mesa y salió por la puerta de los fondos, y se encontró con Osvaldo Partridge. Lo abordó, exponiendo el motivo de su visita.

 

-Ignoraba que con Jacobo viviese un nieto; en realidad, ni siquiera sabía que lo tuviera. ¿Hace mucho que vive usted con él?

 

-Más de un año -replicó Eduardo-. Antes vivía en Arnwood.

 

-¿De modo que usted, según debo presumir, está en el bando realista? -replicó Osvaldo..

 

-Hasta la muerte, cuando llegue la hora -replicó Eduardo.

 

-Y yo también. Y usted ha de suponerlo, porque yo nunca le daría un sabueso a quien no lo fuese. Pero más vale que vayamos a la perrera; los perros podrán oír lo que se habla, pero no repiten.

 

-No pensaba encontrarme con otro que no fuese usted al venir aquí -dijo Eduardo-. Y le contaré ahora todo lo que me pasó con el nuevo intendente.

 

Y Eduardo le relató la conversación.

 

-Ha sido usted audaz -dijo Osvaldo-. Pero quizá haya sido mejor. Yo conservaré mi puesto y lo mismo otros dos; pero, hay muchos guardabosques nuevos. Sólo sé de ellos que no son muy aptos para su trabajo y despotrican contra el rey durante todo el día; lo cual, supongo, es el principal de sus méritos a los ojos de quienes los designan. Con todo, hay una cosa cierta, y es que si esos individuos son incapaces de acechar a un ciervo solos, harán todo la posible por impedirselo a los demás; de modo que usted debe andarse con cuidado, porque el castigo es severo.

 

-No los temo, La única dificultad es que ahora no hallaremos mercado, para vender carne de venado -replicó Eduardo.

 

-¡Oh!, no se preocupe por eso. Le daré los nombres de todos los que le comprarán el venado sin riesgo alguno de su parte, salvo el corrido al matarlo. Se encontrarán con usted en el parque, le pagarán al contado y se lo llevarán. No lo sé a buen seguro, pero presiento que este nuevo intendente, o como quiera usted llamarlo, no es tan severo como finge serlo. En realidad, el haberle permitido a usted hablar como lo hizo y sus propias palabras sobre el coronel, me convencen de que tengo razón en la opinión que me he formado.

 

-¿Sabe usted quién es?

 

-No gran cosa; pero es un buen amigo del general Cromwell, y dice que le ha prestado buenos servicios a la causa del parlamento. Pero usted y yo volveremos a encontrarnos, ya que el bosque es libre, de todos modos. Si viene por aquí, no traiga su escopeta y cuide de que no lo vigilen cuando regrese a su casa. Aquí tiene los perros para su abuelo. ¿Qué edad podrá tener usted? Porque Jacobo no tiene más de sesenta, aproximadamente.

 

-Sin embargo, tengo más de quince.

 

-Yo le habría dado, cuando menos, dieciocho, o diecinueve. Está usted muy desarrollado para su edad. Bueno... ¡No hay cosa más indicada que una vida en el bosque para convertir a un niño en un hombre! ¿Sabe cazar un ciervo al acecho?

 

-Rara vez salgo, sin traer uno.

 

-¿Será posible? Lo indudable es que Jacobo es un maestro de su oficio. Pero usted es joven para haberlo aprendido tan pronto. Debo saber donde está la cabaña del viejo (porque no lo sé exactamente). En primer lugar, porque quiero visitarlos a ustedes, y en segundo

 

término para poder despistar a otros. ¿Conoce el grupo de grandes robles que llaman Macizo Real?

 

-Sí.

 

-¿Quiere que nos encontremos allí pasado mañana, apenas amanezca?

 

-Si estoy vivo y a salvo.

 

-Eso basta. Llévese a los perros atraillados y márchese.

 

-Muchas tracias. Pero no debo dejar al petiso; está en la caballeriza.

 

El guardacaza meneó la cabeza en gesto de adiós, y Eduardo lo abandonó para ir a la caballeriza por el petiso. El joven ensilló a White Billy y se alejó a través del bosque con los perros trotando detrás del caballo.

 

Eduardo tenía mucho en qué meditar mientras cabalgaba de regreso a la cabaña. Adivinaba que su posición era más difícil que antes. Estaba convencido de que a Jacobo Armitage le quedaba poca vida: el pobre viejo estaba convertido ya en un esqueleto a causa del dolor y las enfermedades. Era indudable que, ahora que estaba restaurado el orden y ya se ocupaban del bosque, el sustento que se obtenía de éste sólo podría ser logrado con peligro. Y Eduardo se alegró de que Humphrey, con su laboriosidad e inteligencia, hubiese vuelto la granja tan lucrativa. En realidad pensó que, en caso necesario, ellos podrían vivir del producido de la granja sin correr el peligro de ser encarcelados por cazar ciervos al acecho. Pero él le había dicho al intendente que consideraba a la caza mayor propiedad del rey, y estaba resuelto a correr el riesgo pasara lo que pasara, aunque no le permitiría ya a Humphrey que lo hiciera.

 

«Si me sucede algo -pensé-, Humphrey seguirá aún en la cabaña cuidando de mis hermanas. Y si me veo obligado a huir del país, ello me convendrá, ya que podré entonces ofrecerle mis servicios a los que son aún parciales del rey.

 

Con estos pensamientos y muchos otros, Eduardo se entretuvo hasta que, bien entrada ya la noche, llegó a la cabaña. Encontró a todos, en cama, salvo a Humphrey, que lo esperaba, y a quien le contó lo ocurrido. Humphrey le dijo poco en respuesta; prefirió pensarlo antes de emitir opinión. Le dijo a Eduardo que Jacobo había estado muy enfermo durante todo el transcurso del día y le había pedido a Alicia que le leyera la Biblia durante la velada.

 

A la mañana siguiente, Eduardo fue al cuarto de Jacobo, que durante los diez últimos días había estado postrado en el lecho y le dio detalles sobre lo sucedido en la morada del guardabosques.

 

-Has sido más audaz que prudente, Eduardo -replicó Jacobo-. Pero yo no podía esperar que hablaras de otro modo. Eres demasiado altivo y varonil para mentir, y me alegra de que así sea. En cuanto al hecho de que apoyes al rey, aunque esté ahora cautivo en manos de ellos, no pueden culparte ni castigarte por eso, mientras no tengas armas en las manos;

 

pero, ahora que han incluido al bosque en su jurisdicción, debes tener cuidado, porque son ellos quienes gobiernan ahora y deben ser obedecidos o sufrirse las consecuencias. Con todo, no te pido que me prometas esto o aquello; sólo te hago notar que tus hermanas sufrirán si cometes cualquier imprudencia, y ten cuidado en bien de ellas. Te digo esto, Eduardo, porque presiento que mis días están contados y que dentro de poco Dios me llevará a su seno. Entonces tendrás sobre tus hombros toda la carga que ha pesado últimamente sobre los míos. No temo el resultado si eres prudente; estos últimos meses han probado que tú y Humphrey pueden encontrar aquí un medio de vida, y es una suerte, ahora que se van a poner en vigencia las leyes del bosque, que hayan hecho a la granja tan lucrativa. Si me permites un consejo, limita tus cacerías del bosque al ganado vacuno salvaje; éste no se considera caza y las leyes del bosque no lo abarcan y su carne es tan valiosa como el venado..., mejor dicho, no se vende a tan alto precio, pero su cantidad es mayor. Pero ocúpate de la granja lo más posible, porque tú, Eduardo, no pareces un guardabosques de humilde cuna y es natural que así sea, y cuanto más sosegado vivas, mejor. En cuanto a Osvaldo Partridge, puedes confiar en él; lo conozco bien y será tu amigo por afecto a mí, apenas sepa que he muerto. Ahora, déjame; volveré a hablar contigo por la noche. Envíame a Alicia, querido hijo.

 

Eduardo se sintió muy acongojado al advertir el cambio operado en el viejo Jacobo. El guardabosques se sentía evidentemente mucho peor, pero Eduardo no tenía idea de lo mal que estaba. Eduardo le ayudó a Humphrey en la granja, y de noche volvió a visitar a Jacobo y le habló de su cita con Osvaldo Partridge a la mañana siguiente.

 

-Ve, hijo mío -dijo Jacobo-. Y ten con él toda la intimidad que puedas y hazte su amigo... Más aún; si fuese necesario, puedes decirle quién eres. Yo mismo pensé en decírselo, ya que ello puede serte importante algún día como prueba. Creo que será mejor que lo traigas aquí mañana por la noche, Eduardo; dile que me estoy muriendo y que quiero hablar con él antes de marcharme. Ahora Alicia me leerá la Biblia y yo hablaré contigo en otra oportunidad.

 

En las primeras horas de la mañana siguiente, Eduardo se encaminó a la cita convenida con Osvaldo Partridge. El Macizo Real, como se lo llamaba, dado el tamaño y la belleza característicos de los robles, distaba unos once kilómetros de la cabaña, y a la hora indicada Eduardo, con la escopeta en la mano y Smoker tendido a su lado, estaba reclinado contra uno de aquellos monarcas del bosque. No debió esperar mucho tiempo. Osvaldo Partridge, provisto de manera parecida, hizo su aparición y Eduardo avanzó a su encuentro.

 

-Bienvenido, Osvaldo -dijo Eduardo.

 

-Y bienvenido usted también, joven -replicó Osvaldo-. He sido interrogado a fondo sobre su persona cuando nos separamos; primero, por el cabeza redonda Heatherstone, que me indujo en toda forma a averiguar si usted es lo que afirma, es decir, el nieto de Jacobo... o alguna otra persona. En realidad, creo que él lo supone a usted el duque de York... Pero no pudo obtener de mí más de lo que yo sabía. Le dije que la cabaña de su abuelo era de su propiedad y un don concedido a sus antepasados, que usted fue criado en Arnwood y que se reunió con su abuelo después de la muerte del coronel y del criminal incendio de la casa y de todos sus ocupantes por la partida de puritanos. Pero la linda hijita de Heatherstone se

 

mostró más curiosa aún. Me interrogó formulándome preguntas de toda clase cuando su padre no estaba presente aún, y finalmente me pidió que hiciese el favor de aconsejarle a usted que no cazara ciervos, ya que su padre era muy riguroso en el cumplimiento de su deber, y por cuanto si usted era sorprendido, se vería encarcelado.

 

-Muchas gracias a esa doncella por su advertencia, pero, con todo eso confío en cazar uno en el día de hoy -replicó Eduardo-. Un ciervo real no es carne para cabezas redondas, aunque los servidores del rey puedan darse un banquete con él.

 

-Bien dicho. Ahora quiero conocer su experiencia en el oficio. Usted dirigirá la caza.

 

-¿Cree que podremos rastrear a un ciervo aquí?

 

-Sí, en este mes, sin duda.

 

-Adelante -dijo Eduardo-. El viento sopla del cuarto oeste; le haremos frente, si le parece bien... o, mejor, dejémosle soplar contra nuestra mejilla derecha por ahora.

 

-Está bien -replicó Osvaldo.

 

Y caminaron durante media hora, poco más o menos.

 

-Este es el rastro de un gamo hembra -dijo Eduardo en voz baja, señalando las huellas. - Ese bosquecillo es un refugio probable para un ciervo.

 

Avanzaron y Eduardo le señaló a Osvaldo el rastro del ciervo que penetraba en la espesura. Entonces dieron la vuelta y no hallaron huella alguna reveladora de que el animal hubiese dejado su escondite.

 

-Está aquí -murmuró Eduardo, y Osvaldo le indicó con una seña a Eduardo que entrara en el bosquecillo, mientras él penetraba por el otro lado.

 

Eduardo se internó cautelosamente en el bosquecillo. En el centro percibió, por entre los árboles, un pequeño claro, cubierto de altos helechos y se sintió seguro de que el ciervo estaba tendido allí. Se abrió camino arrastrándose de rodillas hasta poder abarcar mejor con la vista el lugar, y luego amartilló su escopeta. El ruido indujo al ciervo a mover sus astas y descubrir así su escondite. Eduardo pudo percibir el ojo del animal por entre el matorral; esperó a que el animal volviera a serenarse, hizo puntería cuidadosamente y disparó. Al oír la detonación se levantó de un salto otro ciervo y huyó. Osvaldo hizo fuego, y lo hirió, pero el animal se alejó, perseguido por los perros. Eduardo, que no sabía si había acertado, o no, pero que estaba casi convencido de no haber acertado, salió precipitadamente del bosquecillo para intervenir en la cacería; y al pasar por la parcela de helechos, advirtió que su presa estaba muerta. Entonces siguió a la caza y como era muy veloz, pronto alcanzó a Osvaldo y lo pasó en silencio. El ciervo se dirigió hacia un terreno cenagoso y finalmente fue hacia el agua que se veía más allá y quedó acorralado. Entonces Eduardo esperó a Osvaldo, que lo alcanzó.

 

-Está en la ciénaga -dijo Eduardo-. Y ahora, puede entrar y matarlo.

 

Osvaldo, ansioso por su presa, se apresuró a llegar al sitio donde los perros y el ciervo estaban en el agua y atravesó de un balazo la frente del animal.

 

Eduardo se acercó a él, le ayudó a sacar del agua el ciervo y entonces Osvaldo lo degolló y procedió a ejecutar las tareas usuales.

 

-¿Cómo se explica que le haya errado usted? -dijo Osvaldo-. Porque estas balas son mías.

 

-Porque no disparé contra él -dijo Eduardo -. Mi presa yace muerta en el helechal... y es un excelente animal, por cierto.

 

-Éste es un ciervo de cuatro años -dijo Osvaldo.

 

-Sí, pero el mío es un ciervo real, como verá usted cuando volvamos.

 

Apenas hubo terminado su faena, Osvaldo colgó de un roble los cuartos del animal y regresó en compañía de Eduardo.

 

-¿Dónde lo hirió usted, Eduardo? -dijo Osvaldo, mientras caminaban.

 

-Sólo vi su ojo por entre el helechal y debo haberle acertado ahí.

 

Al llegar al sitio, Osvaldo se encontró con que Eduardo había acertado con la bala en el ojo del ciervo.

 

-Bueno -dijo-. Usted me hizo presumir que sabía algo de nuestro oficio, pero no creí que fuera tan capaz como lo suponía usted mismo. Confieso ahora que usted es un maestro, por lo que puedo ver, en todas las ramas del arte de la caza. Este es, ciertamente, un ciervo real. ¡Veinticinco astas, como que estoy vivo! Vamos, saque su cuchillo y terminemos, porque si hemos de ir a la cabaña, no tenemos tiempo que perder. Dentro de media hora oscurecerá.

 

Colgaron todos los cuartos del ciervo como antes y emprendieron la marcha hacia la cabaña de Jacobo. Eduardo propuso que Osvaldo usara la carreta y el petiso para llevar la carne a casa a la mañana siguiente y dijo que él lo acompañaría para traerlos de regreso.

 

-Me parece muy bien -dijo Osvaldo-. Y ya hemos llegado, si mal no recuerdo y confío en que habrá algo que comer.

 

-No se preocupe por eso. Alicia estará preparada para recibirnos -replicó Eduardo.

 

La cena estaba pronta, y Osvaldo elogió el trabajo de la cocinera. Le sorprendió mucho descubrir que Jacobo tenía cuatro nietos. Después de la cena entró en el aposento de Jacobo y se quedó con él durante más de una hora. Durante esta plática, Jacobo le confesó que los cuatro niños eran los hijos del coronel Beverley, carbonizados presuntamente durante el incendio de Arnwood. Osvaldo salió de la habitación, tan sorprendido como satisfecho de

 

la información y de la confianza depositada en él. Saludó respetuosamente a Eduardo y a

 

Humphrey y dijo:

 

-Yo ignoraba en compañía de quién estaba, señor, como se imaginará; pero el saberlo me alegra el corazón.

 

-Nada de eso, Osvaldo -replicó Eduardo-. Recuerde que sigo siendo Eduardo Armitage y que somos los nietos del viejo Jacobo.

 

-Ciertamente, señor. Por el bien de ustedes recordaré que así debe entenderse. Le aseguro que me parece una suerte que Jacobo me haya confiado el secreto, porque bien podría ser que yo resultara útil. Nunca se me habría ocurrido que me prepararía la cena una hija del coronel Beverley.

 

Luego, ambos iniciaron una larga conversación, durante la cual Osvaldo expresó su opinión de que el viejo se estaba agotando rápidamente y que no, duraría más de tres o cuatro días. Osvaldo, se hizo preparar una cama sobre el piso del aposento donde dormían Eduardo y Humphrey, y a la mañana siguiente partieron, a temprana hora, con el petiso y la carreta, cargaron sobre ella la carne de venado y la llevaron a la morada del guardabosques. Llegaron tan tarde que Eduardo consintió en pasar la noche allí y volver a su casa a la mañana siguiente. Osvaldo entró en la sala para hablar con el intendente del bosque, dejando a Eduardo en la cocina con Hebe, la criada. Le dijo al intendente que había traído buena carne de venado y le solicitó órdenes al respecto. Expuso también que le había ayudado Eduardo Armitage, que había traído la carne para él en su carreta y que estaba ahora en la cocina, ya que se vería obligado a pasar la noche allí; y al ser interrogado fue pródigo en elogios sobre la maestría y conocimiento del oficio de que hiciera gala Eduardo, que declaró superiores a los suyos.

 

-Ello prueba que el joven tiene mucha práctica, de todos modos -replicó el señor Heatherstone, sonriendo-. Ha estado viviendo a expensas del rey, pero no debe seguir viviendo a expensas del parlamento. Convendría contratar a este joven como guardabosques, si pudiéramos, porque aunque es adversario nuestro, estoy seguro de que nos sería fiel una vez consagrado a nuestro servicio. Puede usted proponérselo, Osvaldo. Las ancas de ese ciervo real deben serle enviadas mañana al general Cromwell; en cuanto al resto, daremos las instrucciones pertinentes apenas hayamos resuelto qué debe hacerse con él.

 

Osvaldo salió del aposento y volvió a reunirse con Eduardo.

 

-El general Cromwell recibirá las ancas de su ciervo -le dijo a Eduardo, sonriendo-, y el intendente propone que usted ingrese a su servicio en calidad de guardabosques.

 

-Gracias -replicó Eduardo-. Pero no tengo el menor deseo de cazar venado para el general Cromwell y sus cabezas redondas, y puede usted decírselo así al intendente, agradeciéndole mucho, su buena voluntad para conmigo, de todos modos.

 

-Me lo imaginaba; pero el hombre tenía buenas intenciones, de eso estoy realmente seguro. Bueno, Hebe, ¿qué puede usted darnos de comer, ya que tenemos hambre?

 

-Les serviré de comer ahora mismo -replicó Hebe-. Tengo algunos bistecs al fuego.

 

-Y tendrá usted que encontrar una cama para este joven amigo.

 

-No la hay en la casa, pero hay mucha paja en las caballerizas.

 

-Con eso bastará -replicó Eduardo-. No soy exigente.

 

-Supongo que no. ¿Por qué habría de serlo? -replicó Hebe, que era bastante vieja y malhumorada-. Si sube por la escalerita que encontrará adosada al muro, hallará un buen lecho cuando llegue arriba.

 

Osvaldo se disponía a reconvenirla por su modo de hablar, pero Eduardo le hizo un gesto y no se dijo más.

 

Apenas hubieron concluido la cena, Hebe propuso que se fuesen a la cama. Era tarde y ella quería irse a dormir. Eduardo se levantó y salió, seguido por Osvaldo, que le había cedido al intendente y a su hija el pabellón del veedor y dormía en la cabaña de uno de los guardabosques, a medio kilómetro de distancia, poco más o menos. Después de haber conversado durante algún tiempo, se dieron la mano y se separaron, ya que Eduardo se proponía volver muy temprano a la mañana siguiente, pues lo inquietaba el estado de Jacobo.

 

El joven subió por la escalerita al desván. No había puerta que resguardara del viento, que soplaba de un modo punzante y frío, y a poco se sintió tan helado que no pudo conciliar el sueño. Se levantó para ver si podía encontrar alguna protección del viento, acurrucándose mejor en el rincón; porque aunque Hebe le había dicho que había mucha paja, aquello demostraba que había bien poca en realidad, apenas lo suficiente para tenderse. Al poco rato bajó la escalerita para caminar un poco por el patio y desentumecerse los miembros con el ejercicio. Finalmente, después de haber dado vueltas por aquí y allá, alzó los ojos hacia la ventana de la alcoba que estaba sobre la cocina, donde vio que ardía aún una luz. Pensó que debía ser Hebe, la criada, que había subido a acostarse, y como no le tenía mayor simpatía por haberlo privado de un buen descanso esa noche, deseaba que le acometiera un dolor de muelas o alguna otra cosa que la tuviese despierta, cuando súbitamente advirtió a través del blanco cortinado de la ventana un gran resplandor en el aposento. Éste crecía por momentos, y Eduardo vio que la figura de una mujer se abalanzaba, tratando de abrir la ventana. Al moverse los cortinados, notó que el aposento estaba en llamas. Sin pensarlo mucho, Eduardo corrió en busca de la escalerita que le había servido para subir al desván y la colocó contra la ventana. Las llamas eran menos vivas, y pudo ver a la mujer vislumbrada por la ventana. Subió velozmente y forzó la ventana; el humo brotó en tal cantidad que poco faltó para que lo sofocara, pero entró. Y apenas estuvo adentro, tropezó con el cuerpo de la persona que había tratado de abrir la ventana, desplomándose en el suelo inconsciente. Cuando lo levantó, el fuego, ahogado hasta entonces por falta de aire mientras permanecieron cerradas todas las ventanas y puertas, estalló y le quemó la piel

 

antes de poder bajar nuevamente la escalera, con el cuerpo en los brazos; pero logró descender sano y salvo. Advirtió que su ropa estaba en llamas y la oprimió hasta que el fuego se extinguió, y sólo entonces descubrió que había traído en los brazos a la hija del intendente del bosque. No había tiempo que perder, de modo que Eduardo la llevó a la caballeriza y la dejó allí, inconsciente aún, sobre la paja de un compartimiento vacío, mientras se apresuraba a dar la señal de alarma a la gente de la casa. Junto a las caballerizas estaba el tonel donde bebían los caballos. Eduardo tomó el cubo, lo llenó y, subiendo por la escalera, lo echó en el aposento y bajó por más.

 

A esta altura, los continuos gritos de «¡Fuego, fuego!», que lanzaba Eduardo habían despertado a la gente de la casa y también de las cabañas contiguas. El señor Heatherstone salió a medio vestir, el horror impreso en su semblante. Hebe lo siguió gritando y los demás acudieron luego a toda prisa de las cabañas.

 

-¡Sálvenla! ¡Mi hija está en su cuarto! -exclamó el señor Heatherstone-. ¡Oh, sálvenla o déjenme que lo haga yo! -gritaba el pobre hombre, atormentado.

 

Pero el fuego brotaba de la ventana con tanta fuerza que toda tentativa debía ser inútil.

 

-¡Osvaldo! -gritó Eduardo-. ¡Que la gente me suba el agua con la mayor rapidez posible!

 

¡Nada harán de provecho mirando!

 

Osvaldo hizo que los hombres pusieran manos a la obra y Eduardo se vio provisto de agua con tanta rapidez que el fuego empezó a menguar. Ahora era posible acercarse a la ventana, y unos cuantos cubos más le permitieron a Eduardo poner el pie en el aposento, y a partir de entonces fueron disminuyendo las llamas y el humo.

 

Mientras tanto, habría sido imposible descubrir el sufrimiento del intendente, que se hubiera precipitado a la escalera y luego entre las llamas, de no haberlo detenido alguno de sus hombres.

 

-¡Hija mía! ¡Niña mía! ¡Quemada! ¡Muerta!... -exclamaba, estrujándose las manos.

 

En ese momento, una voz gritó desde la multitud:

 

-¡En Arnwood fueron cuatro los que murieron quemados!

 

-¡Santo cielo! -exclamó el señor Heatherstone, desmayándose, y en ese estado lo llevaron a un pabellón vecino.

 

En el ínterin, el suministro de agua le permitió a Eduardo apagar totalmente el incendio. El mobiliario de la habitación se había quemado, pero el fuego no había llegado más lejos. Y cuando Eduardo se convenció de que ya no existía peligro, bajó por la escalerita y les comunicó a los demás que todo estaba a salvo. Luego llamó a Osvaldo y le pidió que lo acompañara a la caballeriza.

 

-¡Oh, señor! -replicó Osvaldo- ¡Esto es espantoso! Y pensar que era una señorita tan encantadora.

 

-Está sana y salva -replicó Eduardo-. Así lo creo, al menos. La bajé por la escalerita y la dejé en la caballeriza antes de tratar de apagar el fuego. Mírela ahí está. Aún no ha vuelto en sí. Traiga un poco de agua. ¡Respira! ¡Gracias a Dios! Con eso basta, Osvaldo; ya vuelve en sí. Ahora envuélvala en su capa y llévela a su cabaña. Allí terminará de reponerse.

 

Osvaldo envolvió a la muchacha, inconsciente aún, en su capa y se la llevó en brazos, seguido por Eduardo.

 

Apenas hubieron llegado a la cabaña, cuyos ocupantes estaban atareados en la morada del guardabosques, acostaron a la muchacha en un lecho y Paciencia volvió pronto en sí.

 

-¿Dónde está mi padre? -exclamó la joven, apenas se hubo recobrado lo suficiente.

 

-Está sano y salvo, señorita -dijo Osvaldo.

 

-¿Se ha quemado la casa?

 

-No. El fuego está apagado.

 

-¿Quién me salvó? Dígamelo.

 

-El joven Armitage, señorita.

 

-¿Quién? ¡Ah!, ya recuerdo. Pero tengo que ver a mi padre. ¿Dónde está?

 

-En la otra cabaña, señorita.

 

Paciencia trató de levantarse, pero advirtió que estaba harto agotada, y se dejó caer nuevamente en el lecho.

 

-No puedo estar en pie. Tráiganme aquí a mi padre.

 

-Así lo haré, señorita -respondió Osvaldo-. ¿Quiere quedarse aquí, Eduardo?

 

-Sí -replicó el joven.

 

Y salió a la puerta de la cabaña y se quedó allí mientras Osvaldo iba por el señor Heatherstone.

 

Osvaldo lo encontró vuelto en sí, pero, presa de tremenda angustia, como cabía imaginarlo.

 

-El fuego está apagado, señor -dijo Osvaldo.

 

-Eso no me importa. ¡Mi hija, mi pobre hija!

 

-Su hija se ha salvado -replicó Osvaldo.

 

-¡Salvada! -gritó el señor Heatherstone, poniéndose de pie-. ¡Salvada! ¿Dónde está?

 

-En mi cabaña. Me envía en su busca.

 

El señor Heatherstone se lanzó afuera del recinto, pasó junto a Eduardo, parado junto a la puerta de la otra cabaña y pronto se vio entre los brazos de su hija. Osvaldo salió y Eduardo le contó en detalle la manera cómo había salvado a la joven.

 

-De no haber sido por el mal carácter de esa muchacha Hebe, al enviarme a dormir donde no había paja, podían haberse quemado todos -observó Eduardo.

 

-Ella le dio a usted la oportunidad de pagar mal con bien -le hizo notar Osvaldo.

 

-Sí; pero tengo unas buenas quemaduras en el brazo -dijo Eduardo-. ¿Tiene usted algo que sirva para curarlas?

 

-Sí, creo que sí. Espere un momento.

 

Osvaldo entró en la cabaña y volvió con un ungüento, con el cual curó el brazo de Eduardo, que estaba seriamente quemado.

 

-¡Cuán agradecido debiera estar el intendente.. y ha de estarlo, sin duda! -observó Osvaldo.

 

-Y por esa misma razón ensillaré mi petiso y me marcharé con la mayor rapidez posible.

 

Y..., ¿me oye, Osvaldo?, no le diga dónde vivo.

 

-No sé cómo podré negarme a decírselo si me lo exige.

 

-Pero usted no debe decírselo. Me ofrecerá un cargo en el bosque a manera de gratitud y yo no lo aceptaré. No veo inconveniente alguno en que yo haya salvado a su hija, como salvarla a la hija de mi peor enemigo y aun a mi peor enemigo en persona de tan espantosa muerte; pero no quiero su gratitud ni sus ofertas de empleos. No aceptaré nada de un cabeza redonda. Y en cuanto al venado del bosque, le pertenece al rey y lo cazaré cuando lo crea conveniente. Adiós, Osvaldo. ¿Nos visitará cuando tenga tiempo?

 

-Iré a visitarlos antes de que termine esta semana; no lo dude -respondió Osvaldo.

 

Eduardo le rogó entonces que le ensillara el petiso, ya que su brazo le impedía hacerlo personalmente, y apenas le hubo hecho se alejó hacia la cabaña de Jacobo.

 

Su caballo avanzó a gran velocidad, porque el joven se sentía ansioso por llegar y enterarse del estado del pobre Jacobo. Y, además, la quemadura de su brazo le dolía mucho.

 

A kilómetro y medio de la cabaña, poco más o menos, le salió al encuentro Humphrey, que le dijo que, al parecer, al viejo no le quedaban muchas horas de vida y que se mostraba muy deseoso de verlo. Como el petiso estaba muy fatigado a causa del rápido ritmo que le impusiera Eduardo, éste siguió al paso, y a medida que se adelantaban le explicó a Humphrey lo sucedido.

 

-¿Te duele mucho el brazo?

 

-Por cierto que sí -replicó Eduardo-. Pero no puedo evitarlo.

 

-Claro que no; pero sí puede aliviarse el dolor. Sé cómo conseguirlo, porque recuerdo qué le aplicaron a Benjamín cuando se quemó la mano en Arnwood, y ello le proporcionó gran alivio.

 

-Sí, es muy probable; pero, que yo sepa, no tenemos droga o medicamento alguno en la cabaña. De todos modos, ya hemos llegado. ¿Quieres llevar a Billy a la caballeriza, mientras voy a ver a Jacobo?

 

-Adiós gracias, has venido, Eduardo -dijo el viejo guardabosques-. Porque sentía ansias de verte antes de morir. Y algo me dice que sólo me resta una breve permanencia sobre la tierra.

 

-¿Por qué dice usted eso? ¿Se siente muy mal?

 

-No. Mal, no. Pero me siento desfallecer rápidamente. Recuerda que soy viejo, Eduardo.

 

-No mucho, Jacobo. Osvaldo me dijo que usted no contaba más de sesenta años.

 

-Osvaldo nada sabe de eso. He cumplido ya los setenta y seis, Eduardo. Y, como sabes, la Biblia dice que los días de los hombres son tres veces veinte más diez. De modo que he excedido la cuenta. Y ahora, Eduardo, sólo me resta decirte unas pocas palabras. Ten cuidado..., si no por ti mismo, al menos por tus hermanitas. Eres joven, pero fuerte y recio más allá de lo usual a tus años, y podrás protegerlas mejor que yo. Veo que se avecinan aún días oscuros; pero es su voluntad que así sea, y... ¿quién puede dudar de que eso debe ser así? Te ruego que no reveles por ahora tu cuna y linaje: ningún bien puede aportarte eso, y sí mucho mal. Y si puedes resignarte a vivir en la cabaña y de los productos de la granja, mejor que mejor. No te busques dificultades cazando venados, que ellos reclaman ahora como propios. Encontrarás algún dinero en la bolsa que tengo en mi cofre, y eso te bastará para comprar todo lo que necesites durante largo tiempo; pero gástalo con cuidado, porque no se sabe cuándo podrá hacerte más falta. Y ahora, Eduardo, llámame a tu hermano y hermanas, para despedirme de ellos. Soy, como todos, un pecador, pero confío en la misericordia de Dios mediante la intercesión de Jesucristo. Eduardo, he cumplido con mi deber para contigo lo mejor posible; pero prométeme una cosa: que leerás la Biblia y dirás las plegarias todas las mañanas y las noches, como lo he hecho siempre yo, cuando me haya ido de este mundo. Prométemelo, Eduardo.

 

-Le prometo hacerlo, Jacobo -replicó Eduardo y no olvidaré sus demás consejos.

 

 

-Dios te bendiga, Eduardo. Ahora llama a los niños.

 

Eduardo llamó a sus hermanas y a Humphrey.

 

-Humphrey, mi buen niño -dijo Jacobo-. Recuerda que, en mitad de la vida, corremos peligro de muerte y que no hay seguridad para jóvenes ni viejos. Tú o tu hermano pueden verse arrebatados en plena juventud: el uno puede morir y el otro seguir viviendo. Recuerda que tus hermanas dependen de ustedes, y no cometas imprudencia alguna. Temo que corras demasiado riesgo al cazar ganado vacuno salvaje, porque siempre buscas nuevas maneras de atraparlo. Ten cuidado, Humphrey, porque haces mucha falta. No abandones la granja; tal como está, los mantendrá a todos ustedes. Querida Alicia, querida Edith, me estoy muriendo; muy pronto los hermanos de ustedes me bajarán a la tumba. Sean buenas y obedezcan a sus hermanos en todo. Y ahora, Alicia, bésame. Has sido un gran consuelo para mí, porque me leíste la Biblia cuando yo no podía seguirla leyendo personalmente. Ojalá el lecho de muerte de ustedes tenga tan buena compañía como el mío, y vivan felices y mueran de muerte cristiana. Adiós, y que Dios los bendiga. Bendita seas, Edith. Que al crecer seas tan buena e inocente como ahora. ¡Adiós, Humphrey! ¡Adiós, Eduardo! Mis ojos se empañan... Recen por mí, niños. ¡Oh, Dios de misericordia, perdona mis muchos, pecados y recibe mi alma por medio de Jesucristo! Amén, amén.

 

Éstas fueron las últimas palabras pronunciadas por el viejo guardabosques. Los niños que estaban arrodillados junto a su lecho, rezando como él lo pidiera, advirtieron al incorporarse que Jacobo había muerto. Todos lloraron amargamente, porque sentían gran afecto por el buen viejo. Alicia se quedó sollozando en brazos de Eduardo y Edith en los de Humphrey, y pasó mucho tiempo antes de que ambos hermanos lograran consolarlas. Finalmente, Humphrey le dijo a Alicia:

 

-Le estás oprimiendo el brazo a Eduardo. ¡No sabes cuán dolorosa es la herida! Vengan, queridas mías; vayamos al otro aposento y busquemos algo con qué aliviarle el dolor.

 

Este pedido distrajo la atención de las niñas, al mismo tiempo que suscitaba en ellas renovada solidaridad con su hermano. Todos entraron en la sala, y Humphrey les dio a las niñas unas patatas para que las rasparan sobre un trozo de lienzo, que sacó de la chaqueta de Eduardo, y arremangó la camisa de éste. Luego puso sobre la quemadura las patatas raspadas y Eduardo dijo que le proporcionaba gran alivio. Entonces las hermanitas rasparon otras más, pero no pudieron reprimir por más tiempo sus sollozos. Al verlo, Humphrey les dijo que Eduardo no había comido, nada y que debían darle algo de cenar. Esto volvió a ocupar a las niñas durante algún tiempo. Y cuando quedó lista la cena, todos se sentaron a la mesa. Se acostaron temprano, pero no sin que Eduardo hubiese leído un capítulo de la Biblia y las plegarias, como lo hiciera siempre el viejo Jacobo. Y esto suscitó nuevamente sus lágrimas.

 

-Vamos, querida Alicia. Debes acostarte y lo mismo Edith -dijo Humphrey.

 

Las niñas se echaron en los brazos de sus hermanos, y después de haber llorado durante algún tiempo, Alicia se levantó y, tomando de la mano a Edith, la condujo a la alcoba.

 

 

 

 

 

 

Capítulo X

 

-Humphrey -dijo Eduardo-. Cuanto antes terminemos con todo esto, mejor. Mientras permanezca en la cabaña el cadáver del pobre Jacobo, sólo habrá dolor para estas pobres niñas.

 

-De acuerdo -replicó Humphrey-. Dónde lo enterraremos?

 

-Bajo el roble grande, detrás de la cabaña -replicó Eduardo-. Cierto día el viejo me dijo que le gustaría ser enterrado bajo uno de los robles del bosque.

 

-Bueno -dijo Humphrey-. Entonces iré a cavar la tumba esta noche. La luna está brillante y habré terminado antes de la mañana.

 

-Lamento no poder ayudarte, Humphrey.

 

-Pues yo lamento que estés lastimado; pero no necesito ayuda, Eduardo. Si te acuestas un poco, quizá puedas dormir. Cambiemos el emplasto de patata antes de acostarte.

 

Humphrey cambió el emplasto sobre el brazo de Eduardo, y éste, que se hallaba muy agotado se tendió vestido sobre el lecho. Humphrey salió, y cuando hubo hallado sus herramientas, puso manos a la obra. Trabajó tesoneramente y antes de la mañana había terminado. Luego volvió a entrar y se tendió en el lecho junto a Eduardo, sumido en profundo sueño. Al amanecer se levantó y despertó a su hermano.

 

-Todo está pronto, Eduardo; pero temo que tendrás que ayudarme a subir a la carreta al pobre Jacobo. ¿Crees poder hacerlo?

 

-¡Oh, sí! Mi brazo está mucho mejor y me siento muy distinto ya. Si traes la carreta veré qué puedo hacer en el ínterin.

 

Al volver Humphrey se encontró con que Eduardo había elegido una sábana para envolver el cadáver, pero no había podido hacer más sin la ayuda de su hermano. Entonces arrollaron bien la sábana y sacaron al muerto de la cabaña, depositándolo en la carreta.

 

-Bueno, Eduardo. ¿Hemos de llamar a nuestras hermanas?

 

-No; todavía no. Primero pongamos el cuerpo en la fosa y luego las llamaremos.

 

Llevaron el cadáver en la carreta a la fosa y lo bajaron a ésta, y luego volvieron y dejaron nuevamente al petiso en la caballeriza.

 

-¿No hay plegarias adecuadas para rezar por los muertos? -dijo Humphrey.

 

-Creo que sí, pero no está en la Biblia; de modo que debemos leer alguna parte de la Biblia -dijo Eduardo

 

-Sí; creo que uno de los salmos es adecuado, Eduardo -dijo Humphrey, volviendo las páginas-. Aquí lo tienes..., el 90, en el cual, como recordarás, dice que los días del hombre son tres veces veinte y diez».

 

-Sí -replicó Eduardo-. Y también leeremos éste, el número 146.

 

-¿Crees que sé habrán levantado nuestras hermanas?

 

-Tengo la seguridad de que sí -replicó Humphrey-. E iré a verlas.

 

Humphrey fue hacia la puerta y dijo:

 

-Alicia..., Edith... Vengan inmediatamente.

 

Las dos hermanitas estaban ya vestidas. Eduardo se puso la Biblia bajo el brazo y tomó a Alicia de la mano. Humphrey condujo a Edith hasta que llegaron a la fosa, y entonces las dos niñas vieron el cadáver amortajado de Jacobo que yacía allí.

 

-Arrodillémonos -dijo Eduardo, abriendo la Biblia.

 

Y todos se arrodillaron junto a la tumba. Eduardo leyó los dos salmos y luego cerró el libro. Las niñas arrojaron una última mirada sobre el cadáver y luego volvieron llorando a la cabaña. Eduardo y Humphrey rellenaron la fosa y siguieron a sus hermanas.

 

-Me alegro de que eso haya terminado... dijo Humphrey, secándose los ojos-. ¡Pobre Jacobo! Rodearé su tumba con una cerca.

 

-Entra, Humphrey -dijo Eduardo.

 

Eduardo se sentó en la silla de Jacobo y atrajo a sus hermanas. Rodeándolas con sus brazos, dijo:

 

-Alicia, Edith, queridas hermanitas: hemos perdido a un buen amigo, a un amigo cuya memoria debemos recordar con muchísima gratitud. Nos salvó de morir en el incendio que destruyó la casa de nuestro padre y nos protegió a partir de entonces. Ha desaparecido, porque a Dios le plugo llamarlo a su seno, y debemos inclinarnos ante la voluntad del cielo. Y henos aquí, dos hermanos y dos hermanas, huérfanos y sin más protección que la del Señor. Henos aquí, alejados del resto del mundo, viviendo el uno para el otro. ¿Qué debemos hacer, pues? Debemos querernos muchísimo y ayudarnos los unos a los otros. Yo, si vivo, haré mi parte, y lo mismo hará Humphrey y también ustedes, queridas hermanas. Yo puedo responder por todos. Ahora es inútil que nos lamentemos; todos debemos trabajar y trabajar con alegría y orar todas las mañanas y todas las noches para que Dios bendiga nuestros esfuerzos y vivir aquí en paz y seguridad. Bésame, querida Alicia; bésame, querida Edith. Y besen a Humphrey y bésense entre sí. Que esos besos sean los sellos de nuestro

 

vínculo: y depositemos nuestra fe en Él, único padre de la viuda y del huérfano. Y ahora, recemos. Eduardo y los niños repitieron la plegaria del Señor y luego se levantaron. Fueron a trabajar en sus respectivas tareas, y las faenas del día pronto los sosegaron, aunque luego, durante muchos días, sólo ocasionalmente se vio una sonrisa sobre sus labios.

 

Así transcurrió una semana, y a esa altura el brazo de Eduardo había mejorado tanto que ya no sentía dolor alguno y pudo ayudarle a Humphrey en las tareas de la granja. La nieve había desaparecido, y la primavera, aunque había sido detenida en su marcha durante algún tiempo, hizo ahora rápidos progresos. El trabajo constante y el retorno del buen tiempo lograron conjuntamente devolver la serenidad a los espíritus. Y mientras Humphrey preparaba la cerca en torno de la tumba del viejo Jacobo, Alicia y Edith recogían las violetas silvestres que asomaban ahora en los parajes resguardados y plantaban las raíces sobre la tumba. Eduardo arrancó también todas las tempranas flores que pudo y les ayudó a sus hermanas en su tarea. Y así, entre las flores y la cerca, la tumba del viejo se convirtió en el trabajo constante de los cuatro hermanos. Y, al terminar su labor solían quedarse aún allí a comentar las virtudes de Jacobo. Al llegar el primer domingo después del entierro, como el tiempo era hermoso y templado, Eduardo propuso que leyeran el servicio, religioso usual que eligiera el viejo Jacobo, junto a su tumba y no en la cabaña como antes. Y continuaron haciendo esto siempre que el tiempo lo permitió. Así, el sitio de reposo del viejo Jacobo se convirtió en la iglesia de los niños y les infundió los sentimientos de amor y devoción que dan eficacia a la plegaria. Apenas hubo terminado la cerca, Humphrey puso una tablilla sobre el roble, con estas simples palabras esculpidas: «Jacobo Armitage».

 

Eduardo había esperado a diario la visita de Osvaldo Partridge, como prometiera éste hacerlo antes del fin de la semana, pero Osvaldo no apareció, con gran sorpresa de Eduardo. Transcurrió un mes; el brazo de Eduardo estaba ya perfectamente y Osvaldo seguía sin aparecer. Cierta mañana Humphrey y Eduardo conversaban sobre muchas cosas, la principal de las cuales era un viaje de Eduardo a Lymington, porque ahora necesitaban harina, cuando Eduardo se acordó de lo que le había dicho el viejo Jacobo sobre el dinero que encontraría en su cofre. Fue al cuarto de Jacobo y abrió el cofre, en el fondo del cual, bajo la ropa, encontró una bolsa de cuero, que le trajo a Humphrey. Al abrirla les sorprendió mucho encontrar allí más de sesenta monedas de oro, además de una buena cantidad de monedas de plata.

 

-Por cierto que hay aquí una buena suma de dinero -observó Humphrey-. No sé cuál es el precio de las cosas, pero me parece que esto ha de durarnos largo tiempo.

 

-También yo lo creo así -replicó Eduardo-. Ojalá venga Osvaldo Partridge, porque quiero formularle muchas preguntas. No conozco el precio de la harina ni de ninguna otra cosa que debamos comprar, ni sé cuánto debo pagar por el venado. No quiero ir a Lymington antes de verlo, por lo mismo. Si no viene pronto, iré a averiguar qué pasa.

 

Eduardo repuso el dinero en el cofre y él y Humphrey salieron a la granja para proseguir su trabajo.

 

Sólo a las seis semanas de la muerte del viejo Jacobo apareció Osvaldo Partridge.

 

-¿Cómo sigue el viejo, señor? -fue la primera pregunta.

 

-Fue sepultado a los pocos días de haberse marchado usted -replicó Eduardo.

 

-Me lo imaginaba -dijo el guardabosques-. La paz sea con él... Fue un hombre bueno. ¿Y cómo sigue su brazo?

 

-Casi del todo restablecido -respondió Eduardo-. Vamos, siéntese, Osvaldo, porque tengo mucho que decirle, y antes que nada, permítame preguntarle qué le ha impedido venir aquí, de acuerdo con su promesa.

 

-Simplemente -y en pocas palabras- un asesinato.

 

-¡Un asesinato! -exclamó Eduardo.

 

-Sí, un asesinato cometido con toda deliberación. En suma, han decapitado al rey..., al rey Carlos, nuestro soberano.

 

-¿Cómo se atrevieron a hacerlo?

 

-Pues sí que se atrevieron -replicó Osvaldo-. En el bosque sabemos poco de lo que está pasando, pero cuando yo lo vi a usted por última vez, oí decir que el rey estaba en Londres y que iba a ser juzgado.

 

-¡Juzgado! -exclamó Eduardo-. ¿Cómo podrían juzgar a un rey? De acuerdo a las leyes de nuestro país, todo hombre debe ser juzgado por sus pares. ¿Y dónde estaban sus pares?

 

-La majestad se convierte en nada, supongo -replicó Osvaldo-.Pero, de todos modos, es como digo. A los dos días de haberse ido usted, el intendente se marchó precipitadamente a Londres y por lo que pude comprender, se oponía firmemente a la ejecución e hizo todo lo posible por impedirla, pero fue inútil. Cuando se marchó me dio rigurosas instrucciones de no alejarme de la casa ni por una hora, ya que su hija se quedaba sola; no pude ir a visitarlo como lo había prometido. Pero, de todos modos, Paciencia recibió cartas de él y me dijo lo que le digo yo.

 

-¿No ha almorzado usted, Osvaldo? -dijo Eduardo.

 

-No, eso no.

 

-Querida Alicia, prepara algún almuerzo..., ¿quieres? Y mientras almuerza, Osvaldo, perdóneme si lo abandono por algún tiempo. Su noticia me ha asombrado a tal punto, que no podré escuchar otra cosa mientras no haya platicado conmigo mismo y dominado mis sentimientos.

 

Eduardo estaba, a decir verdad, en un estado de ánimo tal que necesitaba calmarse. Abandonó la cabaña y se internó hasta cierta distancia por el bosque, sumido en hondas cavilaciones.

 

 

-¡Asesinado, finalmente! -exclamó-. Sí, eso bien puede calificarse de asesinato, y sin nadie que lo salve.... ni un golpe asestado en su defensa..., ni un brazo levantado. ¡Cuánta

 

sangre valerosa derramada en vano! Espíritu de mis padres..., ¿no has dejado en pos algo de tu temple y de tu honra? ¿O es que toda Inglaterra se ha vuelto cobarde? Bueno, algún día llegará la hora, y si no puedo seguir luchando por mi rey, puedo combatir, al menos, en cualquier caso, contra quienes lo asesinaron.

 

Tales eran los pensamientos de Eduardo mientras vagaba por el bosque, y transcurrió más de una hora antes de que su impetuosa sangre volviera a su fluir usual. Finalmente, más sereno, regresó a la cabaña y escuchó los detalles que le dio Osvaldo de lo que había oído.

 

Cuando hubo concluido, Eduardo le preguntó si había vuelto el intendente.

 

-Sí, o yo no estaría aquí en caso contrario -respondió Osvaldo-. Volvió ayer, al parecer más desconsolado y grave, y he oído decir que volverá a Londres dentro de pocos días. En realidad, él mismo me lo dijo, porque le pedí permiso para venir a ver a Jacobo. Me dijo que podía ir, pero debo volver pronto, ya que él tiene que regresar a Londres. Creo, a juzgar por lo que me dijo la señorita Paciencia y por lo que he visto yo misma, que está sinceramente asombrado e irritado por lo ocurrido, y en realidad también lo están muchos otros, que aunque adversos al método de gobierno del rey, nunca imaginaron que las cosas podían tomar ese giro. Tengo un mensaje del intendente para usted que es el siguiente: el señor Heatherstone le pide venga a visitarlo, para poder darle las gracias por haber salvado a su hija.

 

-Recibiré las gracias de usted, Osvaldo; eso será lo mismo que si me las hubiera dado él personalmente.

 

-Sí, quizá sea así, pero traigo otro mensaje, de la señorita misma. Ésta me dijo que nunca se sentiría feliz antes de verlo y darle las gracias por su coraje y su bondad, y que usted no tiene derecho a dejarla así en deuda y a no darle la oportunidad de expresar sus sentimientos. Ahora bien, señor Eduardo. Yo estoy seguro de que ella tiene razón en lo que dice, y me hizo prometerle que yo lo induciría a venir. No pude negárselo, porque es una muchachita encantadora. Como su padre se marchará a Londres dentro de unos pocos días, usted puede hacerle una visita sin temor a verse agraviado por cualquier oferta que él pueda hacerle.

 

-Bueno -replicó Eduardo-. No tengo mayor inconveniente en volver a verla, porque fue muy bondadosa conmigo. Y ya que usted dice que el intendente no estará allí, quizá vaya. Pero ahora debo hablar con usted de otras cosas.

 

Eduardo le formuló entonces a Osvaldo varias preguntas relativas al valor de los diversos artículos y al mejor método para vender su carne de venado.

 

Osvaldo respondió a todas sus preguntas y Eduardo anotó cosas y direcciones.

 

Osvaldo se quedó dos días con ellos y luego se despidió, logrando de Eduardo la promesa de que visitaría su casa apenas pudiera.

 

-Si el intendente volviera antes de lo esperado, vendré y se lo diré; pero, por lo que le he oído decir, se propone pasar por lo menos un mes en Londres.

 

Eduardo, le prometió a Osvaldo que lo vería antes de diez días, y Osvaldo, emprendió entonces su viaje.

 

-Humphrey -dijo Eduardo, apenas se hubo ido Osvaldo-, he resuelto ir mañana a Lymington. Necesitamos un poco de harina y muchos otros artículos, ya que Alicia dice que no puede pasar sin ellos por más tiempo.

 

-¿Por qué no habríamos de ir ambos, Eduardo? -replicó Humphrey.

 

-No, esta vez no -replicó Eduardo-. Tengo que averiguar muchas cosas y ver a mucha gente, y prefiero ir solo. Además, no puedo permitir que mis hermanas se queden solas. No creo que corran peligro, pero algo puede sucederles. Nunca me lo perdonaría. Con todo, es necesario que vayas conmigo a Lymington algún día para saber dónde comprar y vender, en caso de necesidad. Lo que propongo, es que invitemos a Osvaldo a venir y quedarse aquí un par de días. Entonces lo dejaremos a cargo de nuestras hermanas e iremos a Lymington juntos.

 

-Tienes razón, Eduardo; eso será el mejor plan.

 

Cuando Humphrey hizo esta observación, Osvaldo volvió a entrar en la cabaña.

 

-Le diré por qué he vuelto, señor Eduardo -dijo Osvaldo-. Tanto da que yo vuelva ahora o mañana. Es temprano, y como usted se propone ir a Lymington se me ocurrió que más vale que lo acompañe. Entonces podré mostrarle todo lo que necesita, y eso será mejor que dejarlo ir solo.

 

-Gracias, Osvaldo. Se lo agradezco mucho -dijo Eduardo-. Humphrey, saquemos la carreta inmediatamente o llegaremos tarde. ¿Quieres hacerlo? Porque tengo que ir por algún dinero y hablar con Alicia.

 

Humphrey fue inmediatamente a uncir el petiso, a la carreta, y Eduardo dijo:

 

-Osvaldo, usted no debe llamarme señor Eduardo ni aun cuando estemos solos. Si lo hace, también me llamará así en presencia de otras personas; por lo tanto, acuérdese en el futuro de llamarme simplemente Eduardo.

 

-Ya que usted lo quiere así, ciertamente -respondió Osvaldo-. En realidad, sería mejor, ya que un desliz de la lengua en presencia de otras personas podría infundir sospechas.

 

El petiso y la carreta estuvieron pronto ante la puerta, y Eduardo, después de haber recibido nuevas instrucciones de Alicia, partió rumbo a Lymington acompañado por Osvaldo.

 

 

 

 

 

Capítulo XI

 

-¿Habría dado, usted con el camino a Lymington? -dijo Osvaldo, mientras el petiso avanzaba al trote.

 

-Sí, así lo creo -replicó Eduardo-.Pero hubiera ido primero a Arnwood. En realidad, de estar solo, lo habría hecho así; pero hemos recorrido un trayecto mucho más breve.

 

-Creo que no le habría gustado ver las ruinas de Arnwood -replicó Osvaldo.

 

-No pasa un solo día sin que piense en ellas -respondió Eduardo-. Me gustaría verlas. Me gustaría también ver si alguien ha tomado posesión de la propiedad, ya que, según dicen, ha sido confiscada.

 

-Oí decir que lo sería, pero no que ya lo había sido -dijo Osvaldo-. Pero sabremos más cuando lleguemos a Lymington. No veo ese pueblo desde hace más de un año. No creo que alguien lo reconozca a usted.

 

-Supongo que no. Pero poco me importa que eso suceda. En realidad..., ¿quién me conoce allí?

 

-Bueno, la presentación que haré de usted ahorrará probablemente algunas conjeturas. No lo llevaré a un círculo de gente propensa a formular preguntas; nos resta sólo un cuarto de hora de viaje.

 

Apenas llegaron a Lymington, Osvaldo se dirigió hacia una pequeña hostería, donde paraban habitualmente los guardacazas y guardabosques. En realidad, el posadero era quien les compraba toda la carne de venado y la vendía íntegramente a su vez. Penetraron en el patio y, dejando el petiso y la carreta en manos del mozo de cuadra, entraron en la hostería misma, donde se encontraron con el posadero y un par de personas más que bebían.

 

-Bueno, maese Andrés..., ¿cómo le va? -preguntó Osvaldo.

 

-Veamos -dijo el corpulento posadero, echando atrás la cabeza y adelantando el abdomen, mientras escudriñaba fijamente a Osvaldo-. ¡Pero si es Osvaldo, Partridge, como que yo soy yo! ¿Dónde se metió usted durante tanto tiempo?

 

-Estuve en el bosque, maese Andrés, donde hay no pocas permutas y cambios.

 

-Sí; he oído decir que ustedes tienen algo así como un veedor parlamentario.. ¿Y quién es el que lo acompaña?

 

 

-El nieto de un viejo amigo suyo, ahora muerto: el pobre Jacobo Armitage.

 

-¡Jacobo, muerto! ¡Pobrecito! ¡Era leal como el pedernal! ¡De modo que ha muerto! Pues todos le debemos una muerte al cielo. ¡Los guardabosques y los posaderos, lo mismo que los reyes, todos deben morir!

 

-He traído aquí a Eduardo Armitage para presentárselo, maese Andrés. Ahora que el viejo ha muerto, será él quien le traerá la carne del bosque.

 

-¡Oh!, está bien. Eso escasea ahora. Hace tiempo que no tengo carne. El último que me la trajo fue Jacobo. Supongo que usted no es uno de los guardabosques del parlamento, ¿verdad? -continuó el posadero, volviéndose hacia Eduardo.

 

-No -replicó éste-. Yo no mato venados para los cabezas redondas.

 

-Bravo, retoño... Bravo y muy bien dicho. Los Armitage fueron todos hombres buenos y leales, y siguieron la suerte de los Beverley; pero ahora no hay Beverleys a quien seguir. Fueron arrancados de raíz; lástima grande. Eso fue un asunto lamentable. Pero, entre; no debemos hablar aquí, porque las paredes oyen, según dicen, y nunca se sabe ahora ante quién se atreve uno a hablar.

 

Luego, Osvaldo y Eduardo entraron con el posadero y maese Andrés convino con el joven Beverley que éste le proporcionaría regularmente una cantidad determinada de carne de venado durante la temporada, a cierto precio; pero como ahora resultaba peligroso traerla al pueblo, se acordó que cuando la tuviera pronta Eduardo vendría a Lymington a dar aviso y que el posadero enviaría gente a traerla de noche. Cerrado este trato, los visitantes tomaron una copa con el posadero y fueron al pueblo a hacer las compras necesarias. Se llevaron algunas y dejaron otras, harto pesadas, para retirarlas con la carreta cuando se marcharan. Entre otras cosas, Eduardo pidió pólvora y plomo, y fueron a una armería donde podían conseguirse. Mientras hacía sus adquisiciones, Eduardo advirtió una espada que le pareció conocer, y que pendía del muro con otras armas.

 

-¿Qué espada es ésa? -le dijo al hombre que estaba pesando la pólvora.

 

-No es mía, precisamente -replicó el hombre

 

Me fue traída para ser limpiada por un miembro de la familia del coronel Beverley, y antes de que me la reclamara la casa fue quemada y todos perecieron. Estoy seguro de que era una de las espadas del coronel, ya que tiene grabadas las letras E. B. Tengo en Arnwood una cuenta por el trabajo hecho y ninguna probabilidad de cobrarme ahora; de modo que no sé si vender la espada o qué hacer.

 

Eduardo guardó silencio durante un rato, porque temía hablar. Por fin, replicó:

 

-Le seré franco. Yo y todos los míos hemos sido leales de la familia Beverley, y lamentaría que la espada del coronel cayese en otras manos. Por eso pienso que si yo

 

pagara la cuenta que se le debe, usted podría muy bien dejarme la espada como garantía del dinero, con el expreso convenio de que si es reclamada algún día por la familia de los Beverley la he de devolver.

 

-Ciertamente -dijo Osvaldo-. Nada podría ser más justo ni más claro.

 

-También yo lo creo así, joven -replicó el armero-. Usted me dejará, naturalmente, su nombre y dirección..., ¿verdad?

 

-Sí. Y este amigo, saldrá de fiador de que son exactos -replicó Eduardo.

 

El armero presentó entonces la cuenta y Eduardo la pagó. Y después de haber escrito en un papel el nombre de Eduardo Armitage, entró en posesión de la espada. Luego pagó la pólvora y el plomo, que Osvaldo tomó a su cargo, y ocultando a duras penas su júbilo, se apresuró a salir de la armería.

 

-Osvaldo -exclamó Eduardo-, no me separaría de esto ni por millares de libras. Sólo arrebatándome la vida me separarán de esta espada.

 

-Así lo creo -replicó Osvaldo-. Y creo, además, que nunca se verá deshonrada en sus manos. Pero no hable tan fuerte, que dondequiera hay delatores y espías al acecho. ¿Necesita alguna otra cosa?

 

-Creo que no. El caso es que esta espada me ha hecho olvidar todo lo demás. Si hubo alguna otra cosa, la he olvidado. Volvamos a la hostería; ensillaremos al petiso y pediré la harina y la avena.

 

Cuando llegaron a la hostería, Osvaldo salió al patio para aprontar la carreta, mientras Eduardo iba a la habitación del posadero para averiguar qué cantidad de carne de venado podría comprarle por vez. Osvaldo había tomado la espada de manos de Eduardo y la había puesto en la carreta mientras ajustaba el arnés, cuando un hombre se acercó al vehículo y miró detenidamente la espada. Luego la examinó y le dijo a Osvaldo:

 

-¡Pero si es la espada del coronel Beverley, mi señor! La reconocí inmediatamente. Se la llevé a Phillips, el armero, para que la limpiara.

 

-¿De veras? -replicó Osvaldo-. ¿Quiere hacerme el favor de decirme su nombre?

 

-Benjamín White -dijo el desconocido-. Serví en Arnwood hasta la noche en que se quemó y he estado aquí a partir de entonces.

 

-¿Y qué hace ahora?

 

-Soy camarero en la taberna del Commonwealth, de la calle Fish..., que no es gran cosa.

 

-Bueno, bueno; quédese junto al petiso y cuide de que nadie saque nada de la carreta, mientras entro por unos paquetes.

 

 

-Sí, por cierto que lo haré. Pero, dígame, guardabosques..., ¿cómo obtuvo esta espada?

 

-Se lo diré cuando vuelva -replicó Osvaldo.

 

Luego entró en la hostería y le contó a Eduardo lo ocurrido.

 

-Sin duda, lo reconocerá a usted, señor, y es necesario que no salga antes que yo haya podido alejarlo -dijo.

 

-Tiene razón, Osvaldo. Pero antes de que se vaya, pregúntele qué fue de mi tía y dónde la enterraron, y pregúntele también dónde están los demás criados... Quizá estén en Lymington como él.

 

-Averiguaré todo eso -replicó Osvaldo, que abandonó a Eduardo y volvió a acercarse al posadero para reanudar la plática.

 

Al regresar, Osvaldo le contó a Benjamín cómo había obtenido la espada en la armería el nieto del viejo Armitage.

 

-Nunca supe que Jacobo tuviera nieto alguno -replicó Benjamín-. Y tampoco sabía que el vicio hubiera muerto.

 

-¿Qué fue de todas las mujeres de Arnwood? -inquirió Osvaldo.

 

-Ágata se casó con uno de los soldados y se fue Londres.

 

-¿Y las demás?

 

-La cocinera se fue a la casa de sus amigos, que viven a unos quince kilómetros de aquí, y nunca he vuelto a oír hablar de ella.

 

-Pero las mujeres eran tres -dijo Osvaldo.

 

-¡Oh, si! Estaba Marta -replicó Benjamín, con aire algo confuso-. Se casó con un soldado, ¡la muy coqueta!, y se fue a Londres cuando lo hizo Ágata. Si me hubiera imaginado que lo haría, no me la habría llevado de Arnwood en la grupera de mi caballo. Por mí, bien habría podido morir quemada como los pobres niños.

 

-¿No murió la vieja dama?

 

-Sí. Esto es, se suicidó antes que ahorrarle la muerte a Sauthwold.

 

-¿Dónde fue enterrada?

 

-En la iglesia de Saint Faith, por el intendente y el ayuntamiento, porque no se encontró sobre su persona dinero suficiente para costear el sepelio.

 

 

-¿De modo que usted es camarero del Commonwealth? ¿Es buena esa posada?

 

-No mucho. Me iré apenas pueda; se lo aseguro.

 

-Sí; pero su empleo debe ser cómodo para poder quedarse tanto tiempo en él.

 

-¡Pues vaya si me regañarán cuando vuelva! Pero eso pasa siempre, ya sea que uno se dé prisa o no, todo es uno. Pero creo que ya debo irme, de modo que adiós, señor guardabosques. Y dígale al nieto de Jacobo que me alegrará verlos por la memoria de Jacobo, y que eso me costará trabajo, pero le encontraré algo de beber cuando venga.

 

-Así lo haré. Lo veré mañana -replicó Osvaldo, subiendo a la carreta-. De modo que adiós, Benjamín.

 

Y éste se fue, con gran satisfacción de Osvaldo, que creía que jamás se iba a marchar.

 

Ambos se separaron con rapidez para compensar el tiempo perdido, y pronto desaparecieron a la vuelta de la esquina. Entonces Osvaldo volvió a bajar de la carreta, llamó a Eduardo y después de retirar la harina y demás artículos pesados, ambos emprendieron el regreso.

 

Durante el viaje, Osvaldo le comunicó a Eduardo las informaciones obtenidas de Benjamín, y a última hora llegaron sin dificultad a la cabaña.

 

Se quedaron levantados poco tiempo, ya que estaban cansados, y Osvaldo había resuelto partir antes del amanecer, cosa que hizo sin molestar a nadie, porque Humphrey se levantó y se vistió tan pronto como Osvaldo y le dio algo de comer cuando se disponía a irse.

 

Todos los demás seguían profundamente dormidos. Humphrey caminó alrededor de un kilómetro y medio con Osvaldo y volvía a la granja, cuando se le ocurrió echarle un vistazo a su trampa, ya que no la había examinado durante muchos días. Por lo tanto, se encaminó hacia donde estaba y llegó allí en el preciso momento en que estaba amaneciendo.

 

Corrían los últimos días de marzo, y la temperatura era benigna si se tiene en cuenta la temporada. Humphrey llegó a la trampa; había suficiente luz y pudo notar que la tapa había sido rota y que, por consiguiente, según todas las probabilidades, algún animal había quedado atrapado. Se sentó y esperó el amanecer, pero por momentos le pareció oír un pesado respirar y en cierta ocasión un gemido sofocado. Esto le causó más ansiedad y escudriñó repetidas veces el interior de la trampa, pero durante largo tiempo nada pudo descubrir, hasta que por fin le pareció ver una figura humana en el fondo del foso. Humphrey llamó, preguntando si había alguien allí. La respuesta fue un gemido y Humphrey se sintió horrorizado ante la idea de que alguien hubiera caído en la trampa y perecido, o de que estuviese pereciendo por falta de socorro. Recordando que la rústica escalerita que había hecho para sacar la tierra del foso estaba cerca, reclinada contra un roble, corrió por ella y bajó al foso, descendiendo luego cautelosamente. Cuando llegó al fondo, sus temores se confirmaron, porque encontró tendido el cuerpo de un muchacho semidesnudo. Humphrey lo dio vuelta, ya que yacía de cara al suelo, y trató de moverlo y

 

de asegurarse de que estaba vivo, complaciéndole descubrir que así era. El muchacho gimió varias veces y abrió los ojos. Humphrey temió no ser bastante fuerte para echárselo sobre los hombros y subirlo por la escalerita; pero al hacer la tentativa descubrió que, de tan consumido, el pobre joven estaba lo bastante liviano para transportarlo y lo dejó a salvo junto a la trampa.

 

Recordando que estaba cerca el abrevadero de la manada de ganado vacuno salvaje, Humphrey se dio prisa en llegar hasta allí y llenó a medias de agua su sombrero. El joven, aunque no podía hablar, bebió ávidamente, y a los pocos minutos parecía estar mucho mejor. Humphrey le dio un poco más de agua y le mojó el rostro y las sienes. Acababa de aparecer el sol y la luz del día ya era plena. El joven procuró hablar, pero como lo hizo tan en voz baja y evidentemente en un idioma extranjero, Humphrey no pudo comprenderlo. Por eso, le hizo señas al joven dándole a entender que se iba y que no tardaría en volver. Cuando le hubo hecho comprender esto, según creyó, Humphrey corrió a la cabaña con toda la rapidez posible, y apenas hubo llegado llamó a Eduardo; cuando Humphrey le hubo contado en pocas palabras lo ocurrido, Eduardo entró en la cabaña en busca de un poco de leche y un pedazo de torta, mientras Humphrey uncía el petiso a la carreta.

 

A los pocos instantes partieron de nuevo, y pronto llegaron a la trampa, donde encontraron al joven tendido aún donde lo dejara Humphrey. Mojaron la torta en la leche y apenas se hubo ablandado, le dieron un pedazo a poco, el joven tragó el alimento con toda facilidad y se recobró lo suficiente para poder sentarse. Entonces Humphrey y Eduardo lo levantaron, llevándolo a la carreta y emprendieron tranquilamente el regreso a la cabaña.

 

-¿Quién será, en tu opinión, Eduardo?... -dijo Humphrey.

 

-Algún pobre mendigo que estaba cruzando el bosque.

 

-No; no es exactamente eso. Me parece que es uno de esos cíngaros o gitanos, como los llaman. Es muy moreno y tiene ojos negros y dientes blancos, como los que vi en cierta oportunidad cerca de Arnwood al salir con Jacobo. Éste dijo que nadie sabía su procedencia, pero que los gitanos estaban dispersos por todo el país y que eran grandes ladrones y decían la buenaventura y recurrían a toda suerte de tretas.

 

-Quizá sea así; no creo que ese joven sepa hablar el inglés.

 

-Le agradezco mucho al cielo que me haya impulsado casualmente esta mañana a visitar la trampa. ¡Imagínate que me hubiese encontrado al pobre muchacho agotado por el hambre y muerto! Eso me hubiera hecho muy desdichado, y jamás habría sentido placer alguno al mirar a las vacas, ya que éstas me habrían recordado siempre tan triste accidente.

 

-Muy cierto, Humphrey; pero ese infortunio te ha sido ahorrado y debes agradecerle al cielo que eso haya ocurrido. ¿Qué hacemos con él, ahora que está aquí?

 

-Si opta por quedarse con nosotros, nos será muy útil en el establo -dijo Humphrey.

 

-Naturalmente -dijo Eduardo riendo-. Ya que ha caído en la trampa, debe ir a parar al mismo sitio que todos los capturados en igual forma.

 

-Bueno, Eduardo. Esperemos a que se restablezca y luego veremos qué puede hacerse con él; quizá se niegue a quedarse con nosotros.

 

Apenas hubieron llegado a la cabaña, sacaron al joven de la carreta y lo llevaron al aposento de Jacobo y lo tendieron en el lecho porque estaba harto débil para permanecer en pie.

 

Alicia y Edith, muy sorprendidas al ver al huésped y por la forma cómo había sido atrapado, se apresuraron a prepararle algún alimento. Apenas éste estuvo listo se lo sirvieron al joven, que se desplomó luego en el lecho, agotado, y no tardó en quedar profundamente dormido. Durmió así toda la noche, y a la mañana siguiente, al despertar, pareció estar mucho mejor, aunque con mucha hambre. Esta última circunstancia fue fácil de remediar, y luego el joven se levantó y entró en la sala.

 

-¿Cómo te llamas? -le preguntó Humphrey. -Pablo.

 

-¿Sabes hablar el inglés?

 

-Sí, un poco -replicó, Pablo.

 

-¿Cómo fuiste a dar a la trampa? -No vi el agujero.

 

-¿Eres gitano?

 

-Sí.

 

Humphrey le formuló muchas otras preguntas y logró que el joven, en su imperfecto inglés, le explicara los siguientes detalles.

 

Había estado viajando en compañía de varios otros seres de su raza, rumbo a la costa del mar, en una de sus migraciones usuales, y los gitanos habían enclavado sus carpas a poca distancia de la trampa. Durante la noche él había salido a colocar varias trampas para conejos, y al volver a las carpas, dada la oscuridad, había caído en el agujero. Había permanecido allí tres días y tres noches, habiendo tratado en vano de salir. Su madre estaba en el grupo de gitanos al cual pertenecía, pero no tenía padre. No sabia dónde podía volver a reunirse con el grupo errante, ya que los gitanos no le habían dicho el rumbo que llevaban, y sólo sabía que iban hacia la costa. Era inútil buscarlos, y él no lamentaba mucho abandonarlos porque lo habían tratado muy mal. En respuesta a la pregunta de si le agradaría quedarse con ellos, le contestó a Humphrey que sí, siempre que fuesen buenos con él y no lo hiciesen trabajar demasiado, que prepararía la cena y les cazaría conejos y pájaros y haría muchas otras cosas.

 

-¿Serás honrado si te conservamos y no dirás mentiras? -dijo Eduardo.

 

El joven lo pensó un poco y luego hizo un gesto de asentimiento.

 

-Bueno, Pablo. Te pondremos a prueba, y si eres un buen muchacho haremos todo lo posible por verte feliz -dijo Eduardo-. Pero si te portas mal, nos veremos obligados a echarte. ¿Entiendes?

 

-Seré lo mejor que pueda -respondió Pablo, y aquí terminó la conversación por el momento.

 

Pablo era un muchachó de muy baja estatura, que aparentaba unos quince o dieciséis años de edad, de tez muy morena, pero cuyas facciones eran muy hermosas, poseyendo hermosos dientes, blancos y grandes ojos negros; en su inteligente rostro había ciertamente algo que predisponía en su favor, eso sin contar su derecho a verse bien tratado por ellos, que lo habían dejado sin amigos a raíz de su infortunio. Pablo le gustó particularmente a Humphrey, suscitando interés en él, ya que el joven había estado a punto de perder la vida por su culpa.

 

-En realidad, Eduardo, pienso que ese joven puede sernos muy útil y confío sinceramente en que demostrará ser honesto, y fiel -le dijo Humphrey a su hermano, cuando ambos salieron a la puerta de la cabaña-. Primero debemos devolverle la salud y los bríos, y entonces veré qué puede hacer.

 

-El caso es, mi querido Humphrey, que no podemos obrar de otro modo; está separado de sus amigos y no sabe adónde ir. Sería inhumano rechazarlo, ya que hemos sido la causa de su infortunio; pero, aunque pienso esto, no estoy muy seguro de su buena conducta y de que sea muy útil. Siempre me han dicho que estos gitanos son unos vagabundos, que viven robando todo lo que pueden. Y si Pablo ha sido educado en esa forma, mucho me temo que no podrá ser reformado fácilmente. Con todo, sólo podemos probar y confiar en que las cosas marchen lo mejor posible.

 

- Lo que dices es justo, Eduardo; al propio tiempo ese joven tiene un aire honesto, a pesar de ser gitano lo que me infunde cierta confianza. Admitiendo que se le ha enseñado a obrar mal..., ¿no crees que, si se le dice lo contrario, puede ser persuadido a obrar bien?

 

-Eso no es imposible, por cierto -replicó Eduardo-. Pero cuídate, Humphrey, y no te fíes demasiado de él antes de conocerlo mejor.

 

-¡Con seguridad que no! -replicó Humphrey-. ¿Cuándo te propones ir a la cabaña del guardabosques, Eduardo?

 

-Dentro de un par de días; pero no estoy con ánimos de ser muy cortés con los cabezas redondas, aunque he prometido visitar a una dama y una muchachita muy amable y linda por añadidura.

 

-¿Por qué, Eduardo? ¿Qué te hace sentir contra ellos más animadversión que de costumbre?

 

-En primer lugar, Humphrey, no puedo olvidar el asesinato del rey, porque eso fue un asesinato y no otra cosa; y ayer obtuve lo que considera casi un don del cielo, y si es así, sólo me fue dado con la intención de que lo use.

 

-¿Y qué fue eso, Eduardo?

 

-La espada de nuestro valeroso padre, que éste desenvainó tan noblemente y con tanta eficacia en defensa de su soberano, Humphrey, y que confío en ver esgrimida algún día por su hijo en forma igualmente destacada y quizá con mejor suerte. Entra conmigo y te la mostraré.

 

Eduardo y Humphrey entraron en la alcoba y Eduardo levantó la espada, que había dejado a su lado sobre la cama.

 

-Mira, Humphrey -continuó Eduardo-. Ésta fue la espada de nuestro padre.

 

Y besando el arma, agregó:

 

-Confío en poder desenvainarla para vengar su muerte y la muerte de alguien cuya vida debió ser sagrada.

 

-Espero que así será, querido hermano -replicó Humphrey-. Tienes un fuerte brazo y una buena causa. ¡Quiera el cielo que ambos triunfen! Pero dime ahora cómo entraste en posesión de la espada.

 

Eduardo le contó entonces todo lo ocurrido durante la visita a Lymington con Osvaldo, sin olvidar una referencia a la aparición de Benjamín y el convenio que había hecho sobre la venta de la carne de venado.

 

Apenas hubo concluído el almuerzo, Eduardo y Humphrey tomaron sus escopetas, habiendo convenido en ir a cazar ganado vacuno salvaje.

 

-Humphrey, ¿tienes alguna idea de dónde está paciendo ahora la manada?

 

-Sé donde estuvo paciendo ayer y anteayer, y no creo que hayan cambiado de campo de pastoreo, porque la hierba es muy tierna aún y sólo está madura en las franjas meridionales. Créeme, daremos con la manada a unos seis kilómetros de donde estamos, o menos.

 

-Debemos acecharlos como lo hacemos al cazar los ciervos..., ¿verdad? No dejarán que nos acerquemos a distancia de tiro..., ¿no te parece, Humphrey? -dijo Eduardo.

 

-Tenemos que correr el riesgo, Eduardo; nos permitirán avanzar hasta ponernos a distancia de tiro, pero entonces los toros se echarán sobre nosotros, mientras la manada aumenta la distancia. Por otra parte, si los acechamos, podemos matar a uno de ellos y entonces la detonación ahuyentará a los demás. En el primer caso, hay un riesgo; en el segundo no lo hay, pero sí más fatiga y trastorno. Escoge lo que te plazca; obraré como resuelvas.

 

 

-Bien, Humphrey. Ya que me dejas la elección, creo que esta vez tomaré al toro por las astas, según el dicho..., es decir, si cerca de nosotros hay árboles, porque si la manada está en un claro no correré el peligro; pero si podemos hacer fuego sobre ellos y replegarnos contra un árbol, en caso de que embista un topo, los atacaré abiertamente.

 

-Bueno, Eduardo. Creo que será muy difícil que con nuestras escopetas y Smoker para cubrirnos la retirada, no logremos ser dueños del campo. Con todo, debemos examinar bien el terreno antes de acercanos y si podemos ponernos a tiro sin alarmarlos o irritarlos, naturalmente que lo haremos.

 

-Los toros están muy salvajes en primavera -observó Eduardo.

 

- Lo son en todo tiempo, que yo sepa -replicó Humphrey-. Pero creo que ya estamos cerca de ellos. Sí; ahí está la manada.

 

-Sí, por cierto -replicó Eduardo-. Ahora no tenemos que vérnoslas con ciervos ni ser tan cautelosos; pero, con todo esos animales son precavidos y vigilan atentamente. Debemos aproximarnos a ellos silenciosamente, escurriéndonos de árbol en árbol. ¡Smoker échate! ¡Quieto Smoker! ¡Eso es! ¡Así me gusta!

 

Eduardo y Humphrey se detuvieron a cargar sus escopetas y luego se acercaron a la manada en la forma planeada, y llegaron muy pronto a doscientos metros de la manada, detrás de un gran roble, donde se detuvieron para practicar un reconocimiento. La manada comprendía unas setenta cabezas, de diversos tamaños y edades. Los animales pacían en todas las direcciones, dispersos, ya que la hierba tierna era muy escasa; pero aunque la manada estaba dispersa sobre muchos acres de tierra, Eduardo le indicó a Humphrey que todos los toros adultos estaban en la periferia, como prontos a defender a los demás en caso de ataque.

 

-Humphrey -dijo Eduardo-. Hay una cosa evidente: tal como está la manada en estos momentos tendremos que matar a un toro. Es imposible ponernos a tiro de los demás sin derribar a un toro, y no dudes de que nos disputará obstinadamente el paso. Y, además, la manada huirá y no obtendremos nada.

 

-Bueno -replicó Humphrey-. La carne vacuna es carne, y dicen que los mendigos no pueden elegir, de modo que...¡vaya por el toro, ya que no hay rnás remedio!

 

-Acerquémonos más a ellos y luego resolveremos que se hace. ¡Despacio, Smoker!

 

Avanzaron poco a poco, ocultándose sucesivamente tras de diversos árboles, hasta ubicarse a ochenta metros de uno de los toros. El animal no los advirtió, y como ya estaban a tiro, volvieron a detenerse detrás de un árbol para consultarse.

 

-Ahora, Eduardo, me parece mejor que nos separemos. Tú puedes hacer fuego desde donde estamos y yo me arrastraré a través del helechal y me esconderé detrás de otro árbol.

 

-Perfectamente; hazlo así -dijo Eduardo-. Si puedes, arrástrate hasta ese árbol de las ramas bajas y entonces quizá te pongas a tiro del toro blanco, que viene hacia aquí. ¡Smoker, tiéndete! El perro no puede ir contigo, Humphrey; no estaría a salvo.

 

La distancia hasta el árbol que quería alcanzar Humphrey en su arriesgada búsqueda era de unos ciento cincuenta metros del sitio donde estaba Eduardo. Humphrey se arrastró durante algún tiempo, por el helechal, pero llegó finalmente a un claro de unos diez metros de ancho, que ni él ni su hermano habían notado y donde Humpbrey no podría ocultarse.

 

El joven vaciló y finalmente resolvió tratar de cruzarlo. Eduardo, que observaba alternativamente los movimientos de Humphrey y de los dos animales próximos a ellos, advirtió que el toro blanco que estaba más lejos de él, pero más cerca de Humphrey, erguía la cabeza, escarbaba la tierra con la pata y avanzaba luego con un bramido al sitio donde estaba Humphrey, que seguía arrastrándose hacia el árbol, después de haber atravesado el claro, y estaba ya a pocos metros de aquél. Al notar el peligro que corría su hermano y que, además, el propio Humphrey no lo advertía, Eduardo no supo qué hacer. El toro estaba demasiado lejos de él para disparar con alguna probabilidad de éxito, y Eduardo no sabía cómo advertirle a Humphrey sin gritar que el animal lo había descubierto y se precipitaba hacia él. Después de reflexionar sobre todo esto un momento, Eduardo resolvió disparar contra el toro más próximo a él, cosa que había prometido no hacer hasta que Humphrey estuviera pronto a disparar también; después de hacer fuego, se proponía poner en guardia a su hermano gritando. De modo que, por un momento, apartó los ojos de Humphrey, y después de apuntar al toro, disparó; pero, probablemente porque sus nervios estaban algo excitados por la idea del peligro que corría Humphrey, la herida no fue mortal y el toro regresó al galope hacia su manada, que formaba una falange cerrada a unos ochocientos metros de distancia. Entonces Eduardo se volvió hacia el sitio en que estaba su hermano y advirtió que el toro atacante no se había reunido con el resto de la manada, sino que se hallaba a treinta metros de Humphrey y lo embestía, y que su hermano estaba de pie junto al árbol con la escopeta pronta a disparar. Humphrey hizo fuego, y al parecer también erró el blanco; el animal se precipitó sobre él, pero Humphrey, con gran rapidez, dejó caer la escopeta y, aferrándose de las ramas inferiores, subió al árbol y se puso fuera del alcance del toro en un instante. Eduardo sonrió al ver que Humphrey estaba a salvo: pero, con todo, su hermano se hallaba prisionero, porque el toro daba vueltas alrededor del árbol, bramando y mirando a Humphrey. Eduardo meditó un momento, luego cargó su escopeta y le ordenó a Smoker que corriera hacia el toro. El perro, a quien Eduardo había contenido hasta entonces a duras penas a sus pies, se lanzó al ataque. Eduardo, al gritarle al perro, pensaba conseguir que el toro lo siguiera hasta ponerse a tiro; pero antes de que pudiera atacar al animal, observó que uno o dos toros más se habían separado de la manada y avanzaban rápidamente hacia él. En esas circunstancias, Eduardo comprendió que su única posibilidad era trepar él mismo a un árbol, cuidando de llevarse consigo su escopeta y municiones. Después de haberse puesto a salvo en una rama bifurcada, el joven contempló la posición de todos ellos. Humphrey estaba en la rama, sin su escopeta. El toro que lo había perseguido se lanzó ahora hacia Smoker, el cual parecía comprender que debía limitarse a atraer al toro hacia Eduardo, ya que seguía replegándose hacia éste. En el ínterin, los otros dos toros se acercaron mucho, mezclando sus bramidos y mugidos con los del primero; uno de ellos estaba tan próximo a Eduardo como el primer toro, entretenido ahora con Smoker. Finalmente, uno de los toros que avanzaban se detuvo, escarbando la tierra con la pata

 

como si lo decepcionara no encontrar a un enemigo, a cuarenta metros escasos del sitio donde estaba encaramado Eduardo. El joven apuntó cuidadosamente, y cuando disparó el toro se desplomó muerte. Eduardo estaba volviendo a cargar su arma cuando oyó un aullido y al mirar vio a Smoker arrojado por los aires, a causa de una cornada del primer toro; al propio tiempo notó que Humphrey había bajado del árbol, recobrando su escopeta, poniéndose a salvo ahora sobre la rama inferior. El primer toro estaba avanzando para atacar a Smoker, que parecía incapaz de huir, tan mal herido lo había dejado la cornada, cuando el otro toro, que al parecer debía ser un viejo enemigo del primero, lanzó un bramido y lo atacó; entonces, ambos jóvenes miraron desde el árbol el combate de los dos toros y Smoker permaneció tendido en el suelo, jadeante y agotado. Cuando los toros, con los cuernos entrelazados, se embestían furiosamente, dispararon ambas escopetas y los dos animales cayeron. Después de esperar un poco para ver si se podían levantar o si se acercaba algún otro animal de la manada, Eduardo y Humphrey bajaron de los árboles y se estrecharon la mano afectuosamente.

 

 

 

 

 

Capítulo XII

 

-¡Qué trance apurado, Humphrey! -dijo Eduardo, reteniendo la mano de su hermano.

 

-Por cierto que sí... Podemos agradecerle al cielo nuestra salvación -replicó Humphrey-.

 

¡Y el pobre Smoker! Veamos si está mal herido.

 

-Espero que no -dijo Eduardo, acercándose al perro, que yacía inmóvil en el suelo, con la lengua afuera y jadeando violentamente.

 

Examinaron con detenimiento al pobre Smoker y comprobaron que no presentaba ninguna herida externa; pero cuando Eduardo le oprimió el flanco, el animal profirió un sordo gemido.

 

-Es ahí donde lo alcanzó la cornada del toro -observó Humphrey.

 

-Sí -dijo Eduardo apretando y tanteando con suavidad-. Y tiene dos costillas rotas. Humphrey, trata de conseguirle un poco de agua; eso lo reanimará mejor que nada. El toro lo ha dejado sin aliento con su embestida. Creo que el pobrecito no tardará en restablecerse.

 

Humphrey volvió momentos después con un poco de agua de un manantial vecino. La traje, en su sombrero y se la tendió al perro, que sorbió el líquido lentamente al principio, pero con rapidez mucho mayor luego y meneando la cola.

 

-Basta ahora -dijo Eduardo-. Debemos darle tiempo de recobrarse. Vamos, examinemos nuestras presas. ¡Diablos! ¡Qué cantidad de carne tenemos aquí, Humphrey! Necesitaremos, por lo menos, tres viajes a Lymington.

 

-Sí. Y no hay tiempo que perder, porque está aumentando el calor, Eduardo. Bueno, ¿qué podemos hacer? ¿Quieres quedarte mientras voy a casa en busca de la carreta?

 

 

-Sí; está de más que vayamos los dos. Yo me quedaré aquí cuidando al pobre Smoker y desollaré a nuestras presas hasta tu regreso. Déjame el cuchillo, porque el mío no tardará en quedar romo.

 

Humphrey le dio su cuchillo a Eduardo, y tomando su escopeta emprendió el regreso a la cabaña. Eduardo había desollado ya a dos de los toros cuando Humphrey volvió. Y Smoker, aunque sufría visiblemente estaba ya en pie. Apenas hubieron concluido y dividido en cuartos a las bestias, cargaron la carne en la carreta y se dirigieron a la cabaña; tuvieron que volver, y tanto ellos como el petiso se sentían muy fatigados cuando los jóvenes se sentaron a cenar. El gitanillo se había repuesto, considerablemente y estaba muy animado. Alicia dijo que las había estado divirtiendo a Edith y a ella arrojando tres patatas al aire simultáneamente y jugando con ellas como si fuesen pelotas y que había hecho girar una fuente sobre una brocheta de hierro, manteniéndolas a ambas en equilibrio sobre su mentón. Las niñas sirvieron la cena, que el gitanillo comió en el rincón de la chimenea, mirando a ratos a Edith, por quien parecía sentir ya gran afecto.

 

-¿Está sabrosa? -le preguntó Humphrey, tendiéndole otro pedazo de carne de venado.

 

-Sí. No he comido tan bien en el foso -replicó Pablo, riendo.

 

En las primeras horas de la mañana siguiente, Eduardo y Humphrey se dirigieron a Lymington, con la carreta cargada de carne. Eduardo le mostró a Humphrey todos los comercios donde debía hacer las compras y las calles en que estaban situados, lo presentó al posadero y después de haber vendido su carne, los hermanos volvieron a casa. El resto de la carne fue llevado a Lymington y vendido por Humphrey al día siguiente, y las tres pieles liquidadas un día después.

 

-Hemos cumplido una buena jornada de trabajo, Eduardo -dijo Humphrey, hecho ya el recuento del dinero percibido.

 

-Lo hemos ganado con cierto riesgo, de todos modos -replicó Eduardo-. Y ahora, Humphrey, creo que es hora de cumplir mi promesa a Osvaldo, y de ir a la casa del intendente a visitar a esa joven dama, pues presumo que lo es..., y ciertamente tiene todas las apariencias de serlo. Quiero liquidar esa visita antes de obrar.

 

-¿Qué quieres decir, Eduardo?

 

-Quiero decir que me propongo salir de caza y matar algún ciervo; pero no lo haré antes de haber visitado a esa joven. Terminada la visita, pienso desafiar al intendente y a todos sus guardabosques.

 

¿Por qué habría de impedirte hacer hoy mismo esa visita, ya que tienes tantas ganas de cazar?

 

-No lo sé; pero quizá ella me pregunte si lo he hecho y no quiero decirle que sí..., y tampoco que no. Por eso no empezaré antes de haberla visto.

 

 

-¿Cuándo partirás?

 

-Mañana por la mañana. Y llevaré mi escopeta, aunque Osvaldo prefería que yo no lo hiciera. Pero después del combate que hemos sostenido días pasados con el ganado salvaje, no creo prudente ir sin armas. A decir verdad, nunca me siento a mis anchas sin mi escopeta.

 

-Pues yo tendré mucho trabajo, cuando estés ausente; hay que desenterrar las patatas, y veré qué puedo obtener de Pablo. Parece bastante restablecido y se ha entretenido durante largo rato, de modo que es hora de que lo lleve al jardín mañana y lo ponga a trabajar.

 

¡Cuánta fruta promete el huerto este año! Y si ese muchacho nos resulta útil, Eduardo, y me ayuda, creo que cultivaré todo el huerto y cercaré otra parcela de tierra y procuraré sembrar un poco de maíz. Es el gasto más serio que tenemos y me gustaría llevar a moler mi propio maíz al molino.

 

-Pero..., ¿no requiere un arado y caballos el cultivo del maíz?

 

-No; lo haremos a mano. Dos de nosotros podemos cavar mucho a ratos perdidos, y obtendremos mejor cosecha con la pala que con el arado. Ahora tenemos tanto estiércol que podemos permitírnoslo.

 

-Pues si hay que hacerlo, más vale hacerlo desde ya, Humphrey, antes de que la gente del otro lado del bosque venga y nos descubra, o nos disputen el derecho al cercamiento.

 

-El bosque le pertenece al rey, hermano, y no al parlamento. Y nosotros somos vasallos del rey y sólo necesitamos su permiso -replicó Humphrey-. Pero lo que dices es cierto; cuanto antes mejor, y pondré manos a la obra de inmediato.

 

-¿Cuánto te propones cercar?

 

-Unos dos o tres acres.

 

-Pero eso es más de lo que podrás cavar este año o el próximo.

 

-Lo sé, pero abonaré la tierra sin cavarla y la hierba crecerá de tal modo, que esa gente supondrá muy viejo el cerco.

 

- La idea no es mala, Humphrey; pero te aconsejo que vigiles a ese muchacho, porque es de mala raza y temo que carezca de educación y de nociones demasiado severas de honestidad. Ten cuidado y dile a tus hermanas que también lo tengan y que no le dejen sospechar que tenernos algún dinero en ese viejo cofre, hasta que sepamos si es digno de confianza o no.

 

-Más vale que lo ignore en todos los casos -replicó Humphrey-. Quizá siga siendo honrado si no lo tienta el saber que hay algo digno de ser robado.

 

-Tienes razón, Humphrey. Bueno, partiré mañana por la mañana a hacer esa visita. Confío en saber de la joven todo género de noticias, ahora que su padre está ausente.

 

-Pues yo espero obtener algún trabajo de ese Pablo -replicó Hurnphrey. ¡Cuántas cosas podría hacer yo si Pablo trabajara! Pero te diré una cosa. Cavaré un aserradero y conseguiré una sierra y entonces podré cortar tablones y construir todo lo que se nos antoje. En la primera visita que haga a Lymington, compraré una sierra -puedo permitírmelo ahora- y haré antes que nada un banco de carpintero y luego, con algunas herramientas más, seguiré trabajando. Y más adelante, Eduardo, te diré qué otras cosas voy a hacer.

 

-Pues tendrás que decírmelo en alguna otra ocasión, Humphrey, porque ahora es muy tarde y tengo que irme a la cama, ya que debo madrugar -replicó Eduardo, riendo-. Sé que tu mente alberga tantos proyectos, que se necesitaría media noche para pasarle revista a todos.

 

-Creo que estás en lo cierto -dijo, Humphrey-. Y será mejor hacer las cosas de a una que hablar de cien; de modo que como dices, nos iremos a la cama.

 

Al amanecer, Eduardo y Humphrey se levantaron y Alicia salió cuando llamaron a su puerta, ya que no estaba dispuesta a que Eduardo se marchara sin su desayuno. Edith se les unió y se entregaron a las plegarias. En ese momento, Pablo salió y escuchó lo, que decían. Terminadas ya las plegarias, Humphrey le preguntó a Pablo si sabía qué habían estado haciendo.

 

-No, no lo sé muy bien -respondió el gitanillo. Supongo que ustedes le estarán orando al sol.

 

-No, Pablo -dijo Edith-. Le oramos a Dios para que nos haga buenos.

 

-¿De modo que ustedes son malos? -dijo Pablo-. Pues yo no lo soy.

 

-Sí, Pablo -dijo Alicia-. Todos somos muy malos, pero si tratamos de ser buenos, Dios nos perdona.

 

Aquí terminó la conversación y apenas hubo tomado su desayuno, Eduardo besó a sus hermanas y se despidió de Humphrey.

 

Eduardo se echó la escopeta al hombro y después de llamar a su cachorro, a quien había bautizado con el nombre de Fiel, les dijo adiós a Humphrey y a sus hermanas y emprendió su viaje a través del bosque.

 

Fiel, así como el cachorro de Humphrey, a quien habían bautizado con el nombre de Guardián, se habían convertido en hermosos perritos. El primero había sido llamado Fiel porque agarraba a los lechoncitos de las orejas ylos llevaba a la pocilga, y el otro, Guardián, porque se mostraba alerta al menor ruido, pero, como decía Humphrey, Guardián debía haber sido adiestrado en la operación de guiar a los cerdos, cuadrándole esto más que a

 

Fiel, criado para la caza en el bosque, en tanto que Guardián había sido criado como perro doméstico y de granja.

 

Eduardo se había negado a llevarse al petiso, ya que Humphrey lo necesitaba para el trabajo de la granja y el tiempo era tan hermoso que prefería caminar, y por lo demás esto le permitiría al volver a través del bosque darle caza a algún venado, cosa que no podría hacer cabalgando sobre el lomo de Billy. Eduardo echó a andar con rapidez, seguido por su perro, a quien había enseñado a seguirlo pisándole los talones. Se sintió feliz como la gente que no tiene preocupaciones, a causa del buen tiempo, del intenso verdor de la vegetación, salpicada de flores en pleno desarrollo y del majestuoso escenario que veía por ambos lados. Su corazón estaba pleno de alegre exaltación mientras caminaba, el rostro acariciado por la leve brisa estival. Pero sus pensamientos, concentrados preferentemente en la caza, cambiaron de pronto y se tornó serio. Desde hacía algún tiempo, no se enteraba de noticias políticas importantes o de lo que hacían los Comunes con el rey. Estas cavilaciones le evocaron naturalmente la muerte de su padre, el incendio de su finca y la confiscación de ésta. Sus mejillas se colorearon de indignación y su ceño se tornó malhumorado. Luego trazó planes para el futuro. Imaginaba al rey libertado de su prisión y conduciendo a un ejército contra sus opresores; se veía a sí mismo a la cabeza de una tropa de caballería, cargando contra la caballería del parlamento. La victoria lo acompañaba. El rey estaba nuevamente sobre su trono y él recobraba la posesión de la finca familiar. Reconstruía Arnwood y no se sabe cómo, Paciencia aparecía su lado cuando les daba instrucciones a los artesanos, pero en ese momento sus ensoñaciones se vieron perturbadas repentinamente por los ladridos de Fiel y sus saltos hacia adelante.

 

Eduardo, que había recorrido a esta altura más de la mitad del trayecto, alzó los ojos y advirtió que lo enfrentaba un hombre vigoroso, de unos cuarenta años, aparentemente, y de aire repulsivo.

 

-¿Qué hace usted aquí, joven? -dijo el desconocido, acercándose a él y amartillando la escopeta, que retuvo en la mano mientras avanzaba.

 

Eduardo amartilló tranquilamente su propia escopeta, que estaba cargada, al advertir este preparativo hostil del desconocido y replicó:

 

-Camino por el bosque, como lo habrá notado.

 

-Sí, lo noto. Y veo que camina con un perro y una escopeta; ahora se servirá acompañarme. No se les permite ya a los cazadores furtivos de ciervas que hagan batidas por el bosque.

 

-Yo no soy un cazador furtivo de ciervos -replicó Eduardo-. Sólo podrá darme ese título cuando encuentre carne de venado en mi poder, y en cuanto a acompañarlo, no haré tal cosa. Apártese o quizá lo pase mal.

 

-Mire, joven inútil... Si usted no tiene carne de venado en su poder, no es por falta de voluntad; está persiguiendo ciervos, eso es evidente. Vamos, vamos; no es conmigo con

 

quien debe tratar. Mis órdenes son capturar a todos los cazadores furtivos y me lo llevan a usted.

 

-Si puede -replicó Eduardo-. Pero deberá probarme, por lo pronto, que es capaz de hacerlo. Mi escopeta es tan buena como la suya y mi puntería igualmente segura, sea usted quien fuere. Le repito que no soy un cazador furtivo y que no he salido en busca de ciervos, sino rumbo a la casa del intendente, adonde voy en este momento. Le digo todo esto para evitar que usted cometa alguna tontería, y después de habérselo dicho, le aconsejo que lo piense dos veces antes de obrar una sola. Déjeme seguir mi camino en paz o quizá pierda su empleo; eso si su temeridad no le hace perder la vida.

 

En el aire sosegado de Eduardo había algo de tan frío y resuelto, que el guardabosques vaciló. Advirtió que cualquier tentativa de llevarse a Eduardo le haría arriesgar la vida, y sabía que tenía orden de capturar a todos los cazadores furtivos, pero no de matar la gente a tiros. Es cierto que aquella resistencia con armas de fuego justificaría que él obrara en defensa propia, pero admitiendo que lograra éxito, lo cual era dudoso, Eduardo no había sido sorprendido in fraganti delito, esto es, matando a un venado, y él no tenía testigos para probar qué había sucedido. Sabía también que el intendente había dado órdenes muy severas de no derramar sangre, a lo cual era muy contrario en todas las circunstancias, y en el porte y modales de Eduardo había algo que lo diferenciaba tanto de un plebeyo, que el guardabosques se sintió perplejo. Además, Eduardo había declarado que iba a la casa del intendente. Después de haber cavilado sobre todo esto, creyó aconsejable cambiar de tono y por eso replicó:

 

-¿Usted me dice que va a la casa del intendente? Supongo que tendrá algo que hacer allí. Si lo llevara prisionero lo conduciría a ese sitio; de modo que lo que puede hacer, joven, es encaminarse ahora allí delante de mí.

 

-Gracias -replicó Eduardo-. Pero no caminaré delante de usted. En cambio, si usted opta por dejar simplemente montada en seguro su escopeta en vez de tenerla amartillada, y por caminar a mi lado, haré otro tanto. Esas son mis condiciones y no me avendré a otras; de modo que decídase, porque estoy apurado.

 

El guardabosques pareció muy indignado ante esta réplica, pero tras breve pausa, dijo:

 

-Que así sea.

 

Entonces, Eduardo desenmartilló su escopeta, con los ojos fijos en el guardabosques y éste hizo lo mismo, y echaron a andar el uno junto al otro, manteniéndose Eduardo a tres metros de él, por si el guardabosques no cumplía lo pactado.

 

Después de unos pocos instantes de silencio, el guardabosques dijo:

 

-Me dijo usted que iba a la casa del intendente. Pero éste se halla ausente.

 

-Presumo que debe estar la señorita Paciencia, con todo -dijo Eduardo.

 

-Sí -replicó el guardabosques, que al descubrir que Eduardo parecía saber tanto sobre la familia del intendente, comenzó a mostrarse más cortés-. Sí, la señorita Paciencia está en casa, porque la he visto en el jardín esta mañana.

 

-¿Y Osvaldo, está también? -preguntó Eduardo.

 

-Sí. Usted parece conocer a nuestra gente joven. ¿Quién es usted, si me permite la pregunta?

 

-Le permitiría la pregunta si usted me hubiese tratado con cortesía -replicó Eduardo-.

 

Pero como eso no es cosa suya, dejaremos las cosas en ese punto.

 

Esta réplica desconcertó más aun al guardabosques y éste, dado el tono autoritario asumido por Eduardo, comenzó a presumir que había cometido algún error y que le estaba hablando a un superior, disfrazado de rústico. Por lo tanto, contestó humildemente, observando que se había limitado a cumplir con su deber.

 

Eduardo siguió la marcha sin responder.

 

Cuando llegaron a un centenar de metros de la casa del intendente, Eduardo dijo:

 

-Ahora he llegado adonde me proponía y entraré en esta casa, como se lo dije. ¿Prefiere entrar conmigo o ir en busca de Osvaldo Partridge y decirle que se ha encontrado con Eduardo Armitage y que me alegraría verlo? Supongo que usted está bajo sus órdenes... ¿No es así?

 

-Sí que lo estoy -replicó el guardabosques-. Y como me parece bien, iré a transmitir su mensaje.

 

Entonces Eduardo le volvió la espalda y franqueó la verja de mimbre del jardín y llamó a la puerta de la casa. Le abrió la propia Paciencia Heatherstone, que dijo:

 

-¡Oh, cuánto me alegro de verlo! Entre.

 

Eduardo se quitó el sombrero y se inclinó. Paciencia lo hizo pasar al gabinete de su padre, donde fuera recibido Eduardo la primera vez.

 

-Y ahora, gracias, muchas gracias por haberme salvado de tan espantosa muerte -dijo la joven, tendiendole la mano-. No sabe cuán desdichada me ha hecho el no poder expresarle mi humilde gratitud por su valerosa conducta.

 

Su mano seguía en la de Eduardo, al pronunciar estas palabras.

 

-Aprecia usted exageradamente mi acto - replicó Eduardo-. Yo habría hecho lo mismo por cualquiera que estuviese en apuros. Era mi deber de hombre.

 

Eduardo iba a decir «de caballero», pero se contuvo.

 

 

-Siéntese -dijo Paciencia, tomando una silla-. De ningún modo, nada de ceremonias. No puedo tratar como inferior a una persona a quien me liga semejante deuda de gratitud.

 

Eduardo sonrió mientras se sentaba.

 

-Mi padre le está tan agradecido como yo..., con seguridad que sí, porque oí que, al rezar, invocaba bendiciones para usted. ¿Qué puede hacer en su beneficio? Le pedí a Osvaldo Partridge que lo trajera a usted aquí para averiguarlo. Oh, señor... Por favor, dígame cómo podemos probarle nuestra gratitud de un modo que no se limite a las meras palabras.

 

-Usted me la ha probado ya, señorita Paciencia -respondió Eduardo-. ¿Acaso no ha honrado a un pobre rústico tendiéndole amistosamente su mano y aun invitándolo a sentarse en su presencia?

 

-Quien me ha salvado la vida con peligro de la suya, es para mí un hermano..., al menos, me siento una hermana para con él. Una deuda es una deuda, ya sea que esté contraída con un rey o con un...

 

-Guardabosques, señorita Paciencia... Esa es la verdadera palabra que usted no debió vacilar en usar. ¿Supone que mi oficio me Avergüenza?

 

-Si he de decirle la verdad, no puedo creer que usted sea lo que pretende ser -replicó Paciencia-. Quiero decir que, aunque usted sea un guardabosques ahora, nunca se crió como tal. Mi padre opina lo mismo que yo.

 

-Les agradezco a ambos su buena opinión, pero temo, no poder elevarme por sobre mi condición de guardabosques; más aún, desde la llegada de su padre a estos lugares y dadas las nuevas reglamentaciones, tengo todas las probabilidades de descender a la condición inferior de cazador furtivo. En realidad, de no haber tenido mi escopeta conmigo, hoy mismo me habrían detenido al venir aquí.

 

-Pero usted no estaba cazando venados, ¿verdad, señor? -inquirió Paciencia.

 

-No; ni he matado venado alguno desde la última vez que la vi a usted.

 

-Me alegro de poder decirle eso a mi padre; ello lo complacerá mucho -replicó Paciencia-. Me dijo que lo creía a usted capaz de desempeñar tareas muy superiores a las que se le podrían ofrecer aquí y sólo quería saber qué aceptaría usted. Tiene interés..., un gran interés..., si bien ahora en pugna con las reglas de este país, a causa del...

 

-Asesinato del rey, diga usted. O debiera decirlo, señorita Paciencia. He oído decir cuán opuesto se mostró su padre a ese sucio, acto y ello lo honra ante mis ojos.

 

-¡Qué bueno es usted al decirlo! -dijo Paciencia, a cuyos ojos asomaron las lágrimas-. ¡Qué placer me proporciona el oírle elogiar la conducta de mi padre!

 

-¡Pero si es natural, señorita Paciencia! Todos los que piensan como yo deben elogiarlo. Su padre está en Londres..., ¿no es así?

 

-Así es; y eso me recuerda que usted querrá comer algo después de su caminata. Llamaré

 

a          Hebe.

 

Y con estas palabras, Paciencia abandonó la habitación.

 

El caso es que, repentinamente, la señorita Paciencia acababa de recordar que estaba a solas con un joven desde hacía algún tiempo -lo cual no era muy decoroso en esos tiempos-, y al aparecer Hebe con las viandas frías se apartó, pero sin salir del aposento.

 

Eduardo se sirvió lo que le ofrecían en silencio, mientras Paciencia se consagraba a su labor y tenía los ojos fijos en ésta, salvo alguna fugaz mirada a la mesa para comprobar si hacía falta algo. Cuando Eduardo hubo terminado la comida, Hebe retiró la bandeja y el joven se levantó para despedirse.

 

-De ningún modo, no se vaya todavía; tengo mucho que decirle antes. Permítame volver a preguntarle cómo podemos servirlo.

 

-Jamás podría aceptar empleo alguno de los gobernantes actuales. De modo que no toquemos ese punto.

 

-Temía que su respuesta sería ésa -replicó con gravedad Paciencia-. No crea que lo culpo; porque hay muchos ya que gustosamente desandarían sus pasos, de ser posible. No habían pensado, al oponerse al rey, que las cosas terminarían así. ¿Dónde vive usted, señor?

 

-En el extremo opuesto del bosque, en una casa que me pertenece ahora, pero que heredó mi abuelo.

 

-¿Vive usted solo? Seguramente que no..

 

-No. No vivo solo.

 

-Vamos, puede decírmelo todo, porque yo no repetiría nada que pudiera causarle daño o que usted quisiera mantener oculto.

 

-Vivo con mi hermano y dos hermanas, porque mi abuelo ha muerto desde hace tiempo.

 

-¿Es menor que usted su hermano?

 

-Sí.

 

-¿Y qué edad tienen sus hermanas?

 

-Son menores aún.

 

-Le dijo usted a mi padre que vivía del producto de su granja..., ¿verdad?

 

-Así es.

 

-¿Es grande esa granja?

 

-No. Muy pequeña.

 

-¿Y basta para mantenerlos?

 

-Últimamente nos ha mantenido eso y la caza de vacunos salvajes.

 

-Y también el matar ciervos hasta hace poco. ¿verdad?

 

-Ha adivinado.

 

-Usted le dijo a mi padre que fue criado en Arnwood... ¿No es así?

 

-Sí. Me crié allí y me quedé en Arnwood hasta la muerte del coronel Beverley.

 

-Y lo educaron... ¿verdad?

 

-Sí. El capellán me enseñó lo poco que sé.

 

-En ese caso, ya que usted fue criado en la casa y educado por el capellán, el coronel Beverley no debió destinarlo al cargo de guardabosques..., ¿verdad?

 

-No, por cierto. Yo debía ser soldado apenas me llegara la edad de portar armas.

 

-¿No tendrá usted algún parentesco lejano con el coronel Beverley?

 

-No. No tengo ningún parentesco lejano con él -replicó Eduardo, que comenzaba a sentirse molesto ante aquel minucioso interrogatorio-. Pero, con todo, de estar vivo el coronel Beverley y de requerir aún sus servicios el rey, yo estaría sin duda sirviéndolo a estas horas. Y ahora que he contestado a tantas preguntas suyas, señora Paciencia..., ¿me permitirá usted que le pregunte a mi vez algo sobre su persona? ¿Tiene usted hermanos?

 

-Ni uno; soy hija única.

 

-¿Sólo le queda uno de sus progenitores?

 

-Sólo uno.

 

-¿Con qué familias está emparentada?

 

Paciencia lo miró con sorpresa al oír esta última pregunta.

 

-Mi apellido materno es Cooper; mi madre era hermana de sir Anthony Ashley Cooper, que es una persona bien conocida.

 

-¡Será posible! ¿De modo que usted es de sangre noble?

 

-Así lo creo -replicó Paciencia, con sorpresa.

 

-Gracias por su condescendencia, señorita Paciencia. Y ahora, si me lo permite, me despediré de usted.

 

-Antes de que se vaya, permítame agradecerle de nuevo el haberme salvado una indigna vida -dijo Paciencia-. Bueno, debe usted volver aquí cuando esté mi padre. Le alegrará muchísimo tener la oportunidad de agradecerle a quien ha salvado a su única hija. A decir verdad, si usted conociera a mi padre, sentiría por él tanto aprecio como yo. Es muy bueno, a pesar de su aire severo y melancólico; rara vez ha sonreído desde la muerte de mi pobre madre.

 

-En cuanto a su padre concierne, señora Paciencia, pensaré lo mejor posible de un hombre que ha ingresado a un partido que detesto. No puedo decir más.

 

-No debo decir todo lo que sé. Si hablara, usted descubriría quizá que mi padre no está tan ligado a ese partido como usted supone. Ni su cuñado ni él son grandes amigos de Cromwell, puedo asegurárselo, pero se lo digo confidencialmente.

 

-Eso lo eleva en mi estimación. Pero en ese caso... ¿por qué sigue ocupando ese cargo?

 

-No lo pidió. En realidad, cree, que se lo dieron porque querían eliminarlo, y él lo aceptó porque se oponía a lo que pasaba y quería eliminarse. Al menos, eso lo deduzco de lo que he oído. Lo que lo liga con el gobierno actual, no es un cargo de poder ni de confianza.

 

-No; es, simplemente, un cargo que lo opone a mi persona y a mis ilegalidades -replicó Eduardo, riendo-. Bueno, señorita Paciencia, se ha mostrado usted muy condescendiente con un pobre guardabosques y le reitero mis gracias por sus bondades conmigo. Ahora me despediré.

 

-¿Y cuándo vendrá a visitar a mi padre?

 

-No sabría decirlo. Temo que tardaré en poder afrontar su agraviado rostro, y a un cazador furtivo no le conviene acercarse a él -respondió Eduardo-. Con todo, algún día quizá me conduzcan ante ustedes como prisionero, y entonces él me verá con seguridad.

 

-Yo no le diré a usted que cace venados -replicó Paciencia-. Pero si los mata, nadie le hará daño..., o sé poco de mi poder o del de mi padre. Adiós, pues, señor; y nuevamente mi gratitud y la expresión de mis gracias.

 

Paciencia volvió a tenderle la mano a Eduardo, que esta vez, como un auténtico caballero, se la llevó respetuosamente a los labios. Paciencia se sonrojó un poco, pero no trató de retirarla, y Eduardo, con una gran reverencia, abandonó el aposento.

 

 

 

 

 

Capítulo XIII

 

Apenas hubo salido de la casa del intendente, Eduardo se encaminó presurosamente a la cabaña de Osvaldo Partridge, a quien encontró esperándolo, porque el guardacaza no había dejado de transmitir su mensaje.

 

-Ha sostenido usted una larga conversación con la señorita Paciencia y me alegro de ello, ya que eso le da a usted importancia aquí -dijo Osvaldo después de los primeros saludos-. Ese bribón de cabeza redonda con quien se topó, se sentía muy inclinado a cumplir rigurosamente con su deber e insistió en que estaba seguro de que usted acechaba al ciervo, pero yo lo hice callar diciéndole que ya lo llevaba a usted a menudo conmigo, ya que usted era el mejor tirador del bosque y que el intendente sabía que yo lo hacía. Creo que si lo sorprenden al matar a un ciervo, lo mejor será que usted les diga que lo ha matado a pedido mío, y yo, lo apoyaré, si lo traen a presencia del intendente, el cual, estoy seguro de ello, me agradecerá el haberlo hecho. Usted puede matar todos los ciervos del bosque después de lo que ha hecho por él.

 

-Muchas gracias, pero no creo que yo aproveche su oferta. Que me atrapen si pueden y si me atrapan, que me lleven si pueden.

 

-Veo, señor, que usted no aceptará favor alguno de los cabezas redondas -replicó Osvaldo-. Con todo, como ahora soy el jefe de los guardianes, haré todo lo posible para que mis hombres no lo molesten. Todo lo que quiero es impedir que usted sea objeto de cualquier insulto o vejamen... Esa gente no sabe quién es usted, como lo sé yo.

 

-Muchas gracias, Osvaldo. Debo, correr mi albur.

 

Eduardo le contó luego a Osvaldo cómo habían hallado al gitanillo en el foso, episodio que lo divirtió mucho.

 

-¿Cómo se llama el guardacaza con quien me encontré en el bosque? -preguntó Eduardo.

 

-James Corbould. Fue expulsado del ejército -dijo Osvaldo.

 

-No me gusta su aspecto -confesó Eduardo.

 

-Sí, su semblante no lo recomienda -replicó Osvaldo-. Pero nada sé de él; hace apenas quince días que está aquí.

 

-¿Puede darme un rincón donde descansar mi cabeza esta noche, Osvaldo? Porque sólo emprenderé el regreso mañana por la mañana.

 

 

-Todo lo que tengo está a su disposición, señor -replicó Osvaldo-. Pero temo que sólo puedo ofrecerle una sincera bienvenida. Sin duda, usted podría alojarse en la casa del intendente, si lo deseara.

 

-No, Osvaldo; la señorita está sola y yo no volvería a confiar en los cuidados de Hebe. Me quedaré aquí, si me lo permite.

 

-Y bien venido, señor. Instalaré a su cachorro en la perrera, inmediatamente.

 

Eduardo se quedó esa noche en la casa de Osvaldo y se levantó al amanecer, y después de haber tomado un ligero desayuno, echándose la escopeta al hombro, fue a la perrera en busca de Fiel y emprendió el viaje de regreso.

 

«Paciencia es una buena muchachita y de carácter agradecido o no se habría portado conmigo como lo ha hecho... y eso que me supone de humilde cuna», pensó reiteradas veces el joven durante el trayecto.

 

Y luego meditó en lo que le había dicho Paciencia sobre su padre, y Eduardo sintió que su animosidad contra el cabeza redonda se derretía rápidamente.

 

«Es improbable que vuelva a verla muy pronto -pensó también-. A menos que me conduzcan como prisionero, ante el intendente, naturalmente.»

 

Cavilando así sobre tal o cual tema, Eduardo había recorrido más de doce kilómetros de su itinerario a través del bosque, cuando pensó que estaba lo bastante lejos para aventurarse en busca de algún venado. Recordando que a poca distancia existía un bosque con una límpida laguna, Eduardo supuso que probablemente encontraría allí a un ciervo refrescándose, porque a mediodía ahora el calor era muy intenso. Por lo tanto, llamó a Fiel y avanzó con cautela hacia el bosquecillo. Apenas hubo llegado al sitio, se encogió y se arrastró silenciosamente por entre la maleza. Por fin, llegó a las proximidades del claro contiguo a la laguna. Allí no había venado alguno, pero Eduardo vio profundamente dormido sobre la hierba a James Corbould, el guardacaza de siniestro aspecto que le abordara en el bosque el día anterior. Fiel se disponía a ladrar, pero Eduardo le impuso silencio y al adelantarse hasta donde estaba tendido el guardacaza, que, por falta de un perro que le advirtiera la presencia de Eduardo, seguía roncando con el rostro reluciente bajo los rayos del sol, notó que Corbould tenía la escopeta bajo su cuerpo en la hierba. La tomó, abrió suavemente la cazoleta y tiró la pólvora y volvió a ponerla en su lugar, porque Eduardo se decía:

 

«Este hombre ha venido en busca mía, no cabe duda, y como no hay testigos, puede sentirse inclinado a mostrarse maligno, ya que jamás vi a hombre de aire más perverso. Si hubiese estado cazando ciervos, habría traído a su perro, pero es evidente que está dedicado a la caza del hombre. Ahora lo dejaré, y si se topa con algo, no matará del primer disparo, eso es seguro, y si me sigue, tendré la misma probabilidad de salvarme que cualquier otro blanco de su escopeta».

 

Luego, Eduardo salió de la maleza, pensando que si había existido alguna vez un rostro que proclamara en un hombre la existencia de un criminal, ese rostro era el de Corbould. Mientras sorteaba los obstáculos de su camino, oyó aullar a un perro y al mirar en torno, advirtió que Fiel no estaba a su lado. Al desandar sus pasos, Fiel se adelantó corriendo hacia él. El caso era que el perro había olido un poco de carne en el bolsillo del guardacaza y metido el hocico en él para cerciorarse de qué se trataba. Al hacerlo, había despertado a Corbould, saludándolo éste con un rudo golpe en la cabeza. Esto, había motivado el aullido del cachorro y también inducido a Corbould a aferrar su escopeta y a seguir cautelosamente el rastro del animal, que sabía muy bien era el mismo visto el día anterior con Eduardo.

 

El joven esperó breve rato y al ver que Corbould no aparecía, siguió andando camino de su casa, habiendo renunciado ahora a toda idea de matar venados. Caminaba rápidamente y estaba a nueve kilómetros de la cabaña, cuando se detuvo para beber en un arroyuelo y luego se sentó a descansar por breve tiempo. Mientras lo hacía, quedó sumido en una de sus ensoñaciones usuales y olvidó el transcurso del tiempo. Pero lo despertó un sordo gruñido de Fiel y se le ocurrió de inmediato que Corbould debía haberlo seguido. Considerando que convenía estar en guardia, cargó silenciosamente su escopeta y luego se puso de pie para examinar las inmediaciones. Fiel saltó hacia adelante, y Eduardo, al mirar en aquella dirección, advirtió a Corbould semioculto detrás de un árbol apuntándolo con su escopeta. Oyó apretar el percutor y el chasquido de la llave, pero la escopeta no disparó, y luego Corbould hizo su aparición, amagando contra Fiel con la culata del arma. Eduardo avanzó hacia él y lo intimó a desistir, so pena de pasarlo mal.

 

-¿De veras, joven? Quien lo pasaría mal sería usted -exclamó Corbould.

 

-Así habría ocurrido si su escopeta hubiese disparado -replicó Eduardo.

 

-Yo no le apuntaba a usted; apuntaba al perro y mataré a ese animal si puedo.

 

-No sin peligro para usted; pero usted no apuntaba al perro -su arma no estaba lo bastante baja para eso- sino que me encañonaba a mí, cobarde malvado, y si he escapado con vida, sólo debo agradecérselo a mi propia prudencia y a su soñolienta cabeza. Le diré francamente que le saqué la pólvora de la cazoleta mientras usted dormía. Si yo lo tratara como se merece, debiera ahora meterle mi bala en el cuerpo, pero soy incapaz de matar a un hombre indefenso... y eso le salva la vida. Con todo, aléjese de mí lo antes que pueda, porque si me sigue se me agotará la paciencia. Váyase de inmediato -continuó Eduardo, echándose la escopeta al hombro y apuntando a Corbould-. Si no se va, hago fuego.

 

Corbould advirtió que Eduardo estaba resuelto y le pareció conveniente satisfacer su exigencia. Se alejó hasta que se creyó fuera de su alcance, y entonces se desahogó con un torrente de blasfemias y de epítetos injuriosos, con que no ofenderemos a nuestros lectores. Antes de seguir adelante, juró que le arrebataría la vida a Eduardo antes de mucho y se alejó agitando el puño. Eduardo permaneció en su sitio hasta que Corbould se hubo alejado a bastante distancia y luego prosiguió su viaje. Eran poco más o menos las cuatro de la tarde y Eduardo, mientras seguía su camino, se dijo:

 

«Ese hombre debe ser de un temperamento muy malvado, porque en nada lo he agraviado, salvo negándome a dejarme capturar por él. ¿Y es ése un agravio por el cual deba quitársele la vida a un hombre? Corbould es un hombre peligroso y lo será más aún ahora que he frustrado su plan. Dudo que vuelva a casa. Estoy casi seguro de que volverá y me seguirá cuando crea poder hacerlo sin ser visto por mí, y si lo hace, descubrirá dónde está nuestra cabaña..., ¿y quién sabe qué iniquidad sería capaz de cometer y cómo podría alarmar a mis hermanitas? No volveré a casa hasta la noche, y seguiré ahora otra dirección para despistarlo».

 

De modo que Eduardo se dirigió más al norte y cada media hora cambió de trayectoria, para que su rumbo fuese muy distinto del que llevaba a la cabaña. En el ínterin oscureció gradualmente, y mientras tanto, cada vez que pasaba cerca de un gran árbol, Eduardo inspeccionaba los alrededores para saber si Corbould lo estaba siguiendo. Por fin, cuando acababa de anochecer, advirtió a poca distancia la figura de un hombre que lo seguía corriendo de árbol en árbol, para acercarse cada vez más a él.

 

«¡De modo que estás ahí! -pensó Eduardo-. Ahora te haré bailar de lo lindo y veremos quién se cansa primero. Veamos... ¿Dónde estoy?».

 

El joven miró a su alrededor y luego notó que estaba cerca del macizo de árboles donde Humphrey había cavado su trampa para los vacunos salvajes y que existía un claro de medio kilómetro aproximadamente entre el sitio donde estaba él y el foso. Eduardo tomó una decisión e inmediatamente salió a cruzar el claro, llamando a Fiel consigo. Había oscurecido casi por completo, porque sólo quedaba la luz de las estrellas, pero, con todo, había suficiente claridad para distinguir el camino. Cuando, cruzaba el claro, el joven volvió los ojos y notó que Corbould lo seguía y que estaba más cerca que antes, confiando probablemente en la creciente tiniebla para disimular su proximidad. «Con eso basta -pensó Eduardo-. Ven, muchacho». Y Eduardo siguió hasta llegar a la trampa; allí se detuvo y miró, advirtiendo al guardacaza a un centenar de metros de distancia. El joven contuvo al perro por el hocico, a fin de que no gruñera ni ladrara y luego siguió la dirección adecuada para que el foso quedara exactamente entre Corbould y él. Al hacerlo, aceleró el ritmo de sus pasos, y Corbould, al seguirlo, acrecentó también el de los suyos, hasta llegar a la trampa, que no podía advertir, y cayó en ella de bruces, y cuando caía. Eduardo oyó su escopeta que se descargaba, el crujido de las ramitas que cubrían la trampa y un grito de Corbould. «Con eso basta -pensó Eduardo-. Ahora puedes quedarte ahí durante tanto tiempo como el gitanillo, y eso te enfriará el valor. La trampa de Humphrey está llena de contingencias, y en este caso me ha prestado un servicio. Ahora puedo volver a casa con toda la rapidez posible. Vamos, Fiel, amigo mío; ambos necesitamos nuestra cena. Yo me encargo de la mía, porque me siento capaz de comerme todo el pastel de carne que Osvaldo me puso delante esta mañana». El joven prosiguió la marcha con paso rápido, encantado can este desenlace de su aventura. Al acercarse a la cabaña, encontró junto a la puerta a Humphrey, con Pablo, que lo esperaban. Pronto se reunió a ellos y no tardó en abrazar a Alicia y a Edith, que habían estado esperando ansiosamente su regreso y que se extrañaban de su demora.

 

-Denme de cenar, mis queridas niñas -dijo Eduardo-, y luego sabrán todo lo sucedido.

 

Apenas hubo satisfecho su devorador apetito -porque no había comido lo más mínimo, como lo recordarán sin duda mis lectores, desde que partiera en las primeras horas de la mañana de la casa de Osvaldo Partridge-, empezó a narrar los sucesos del día. Todos escucharon con gran interés, y cuando Eduardo hubo concluido, Pablo, el gitanillo, se levantó de un salto y dijo:

 

-Ahora ese hombre está en el foso. Mañana por la mañana, yo tomar la escopeta y matarlo.

 

-No, no, Pablo; no debes hacer eso -replicó Eduardo, riendo.

 

-Pablo -dijo la pequeña Edith-. Siéntate. No se debe matar a la gente.

 

-Entonces él matar al señor -dijo Pablo-. Él muy mal hombre.

 

-Pero si tú lo matas, Pablo, serás un mal muchacho -replicó Edith, que parecía haber adquirido autoridad sobre él.

 

Pablo no pareció comprender esto, pero obedeció la orden de su pequeña ama y volvió a sentarse en el rincón de la chimenea.

 

-Pero, Eduardo -dijo Humphrey-. ¿Qué te propones hacer?

 

-No lo sé. Pensaba dejarlo ahí un par de días y luego avisarle a Osvaldo dónde está ese individuo.

 

-La única objeción -replicó Humphrey- es que, según dices, se le disparó la escopeta al caer al foso. Es probable que esté herido y si es así, podría morirse si lo dejáramos allí.

 

-Tienes razón, Humphrey..., eso es posible; y no quiero tener la vida de un prójimo sobre mi conciencia.

 

-Lo mejor será, Eduardo, que yo ensille el petiso mañana por la mañana y visite a Osvaldo para contarle todo lo sucedido y mostrarle dónde está la trampa.

 

-Creo que eso será lo mejor, Humphrey.

 

-Sí -dijo Alicia-. Sería espantoso que un hombre muriera en tan maligna disposición de ánimo. Que lo saquen de ahí y quizá se arrepienta.

 

-¿No lo castigará Dios, hermano? -dijo Edith.

 

-Sí, querida, tarde o temprano la venganza del cielo alcanza a los malvados. Pero me siento muy cansado después de tan larga caminata. Dediquémonos a las plegarias y luego nos iremos a la cama.

 

El recuerdo del peligro corrido por Eduardo ese día pasaba grandemente sobre todo el grupo. Y, con excepción de Pablo, en las palabras de todos vibró la más solemne devoción y gratitud al cielo cuando elevaron sus preces.

 

Humphrey se levantó antes del alba y a las nueve había llegado a la cabaña de Osvaldo, que lo acogió cordialmente antes de saber la causa de la imprevista visita. La narración del joven molestó grandemente a Osvaldo y pareció compartir la opinión de Pablo, que era dejar al bribón donde estaba; pero cuando Humphrey lo reconvino, emprendió la marcha con dos de los otros guardacazas, y antes del anochecer llegaron a la trampa, donde oyeron gemir a Corbould.

 

-¿Quién está ahí? -dijo Osvaldo, mirando el interior del foso.

 

-Soy yo...., Corbould -replicó el guardacaza.

 

-¿Está herido?

 

-Sí, malamente -replicó Corbould-. Al caer se me disparó la escopeta y la bala me ha atravesado el muslo. Me he desangrado casi hasta morir.

 

Humphrey fue por la escalerita, que estaba a mano y con muchos esfuerzos de los cuatro lograron extraer, a Corbould, que gemía penosamente de dolor. Le ciñeron fuertemente un pañuelo alrededor de la pierna para impedir que siguiera sangrando, y luego le dieron un poco de agua, lo cual lo reanimó.

 

-Vamos..., ¿qué hemos de hacer? -dijo Osvaldo-. No podemos llevarlo a casa.

 

-Yo se lo diré -dijo Humphrey, llevándolo aparte-. No conviene que estos hombres conozcan la ubicación de nuestra cabaña, y no podemos llevarlo allí. Indíquele que se queden con ese hombre, mientras usted va por una carreta para trasladarlo a su casa. Iremos a la cabaña, le daremos de comer a Billy y luego volveremos con él en la carreta y les traeremos a sus hombres algo de comer. Después iré con ustedes y me llevaré la carreta antes del amanecer. Habrá que hacer el viaje de noche, pero será el plan más seguro.

 

-También yo lo creo así -dijo Osvaldo, que les ordenó a los dos hombres que esperaran su regreso, ya que iría en busca de alguna carreta, y luego se fue con Humphrey.

 

Apenas hubieron llegado a la cabaña, Humphrey le dio el petiso a Pablo para que lo llevara al establo y le diese de comer, y luego le comunicó a Eduardo el estado de Corbould.

 

-Es casi de lamentar que no se haya matado -observó Osvaldo-. Habría sido un acto de justicia, ya que atentó contra su vida sin causa alguna. El bribón sanguinario y me gustaría verlo lejos de aquí. Con todo, el intendente sabrá de esto y no dudo de que lo exonerará.

 

-No obre con precipitación Osvaldo -replicó Eduardo-. Por ahora, déjele prestar su propia versión del suceso; porque puede resultar más peligroso exonerado que bajo su

 

fiscalización. Vamos, siéntese y cene. Billy necesita una hora para comer lo suyo, de modo que usted no tiene por qué apurarse.

 

-Ése es su gitano, Eduardo..., ¿verdad? -dijo Osvaldo.

 

-Sí.

 

-Me gusta el aire de ese muchacho; pero los gitanos son una raza extraña. No confíe demasiado en él -continuó Osvaldo, en voz baja- antes de haberlo puesto a prueba y de haberse cerciorado de su fidelidad. Son gente muy excitable y capaz de intenso apego si se la trata bien. Lo sé porque, en cierta oportunidad, le hice un favor a un gitano y eso me salvó la vida más tarde.

 

¡Oh!... Cuéntenos eso, Osvaldo -dijo Alicia.

 

-Ahora la historia sería demasiado larga, mi querida señorita -replicó Osvaldo-. Pero lo haré en otra ocasión. Haga lo que haga ese joven, no lo golpeen; porque los gitanos jamás perdonan un golpe, según me han dicho quienes los conocen, y el recurso no sirve de nada con ellos. Como dije, son una raza extraña.

 

-No le pegaremos, créalo -replicó Humphrey

 

Salvo que Edith le dé una bofetada; porque ella es quien se preocupa más de él y supongo que a él no le preocuparía mucho un golpe de la manecita de Edith.

 

-No, no -replicó Osvaldo, riendo-. Edith puede obrar como quiera. ¿Qué hace aquí ese muchacho?

 

-¡Oh!, nada por ahora, ya que el pobre apenas si se ha recobrado -replicó Humphrey-. Sigue a Edith, le ayuda a cuidar los huevos, y anoche colocó varias trampas a su manera y por cierto que me superó, ya que atrapó tres conejos y una liebre, mientras que yo, con todas mis trampas, sólo pude cazar un conejo.

 

-Creo que le conviene dejar esa parte del sustento diario a su cargo. Se ha criado ocupándose de eso, Humphrey, y le servirá de diversión. No espere usted que trabaje mucho; los gitanos no están habituados a trabajar. Viven una existencia errante y no trabajan si pueden evitarlo. Pero si logra que el gitanillo les cobre afecto, podrá serles muy útil, porque esa gente es muy hábil y diestra.

 

-Confío en hacer de él una persona útil -replicó Humphrey-. Pero, con todo, no lo obligaré a hacer lo que no le gusta. Siente ya mucho afecto por el petiso y le gusta cuidarlo.

 

-Mándemelo uno de estos días, para que el gitanillo sepa dónde encontrarme. Eso quizá resulte importante si ustedes tienen que enviarme un mensaje y no pueden hacerlo personalmente.

 

-Muy cierto -dijo Eduardo-. No lo olvidaré. Humphrey..., ¿vas por la carreta? ¿O debo ir yo?

 

-Es preferible, sin duda, que vaya Humphrey. No conviene que sospechen que usted trajo la carreta, Eduardo. No conocen a Humphrey, y éste se marchará por la mañana antes de que despierten.

 

-Muy exacto -replicó Eduardo.

 

-Y es hora de que partamos -dijo Osvaldo-. ¿Tendrá la amabilidad de darles de comer algo a mis hornbres la señorita Alicia, ya que han ayunado todo el día?

 

-Si -replicó Alicia-. Lo tendré todo pronto antes de que el petiso esté uncido a la carreta.

 

Edith, querida mía, ven conmigo.

 

Entonces Humphrey salió para enjaezar el caballo, y cuando todo estuvo, pronto él y Osvaldo emprendieron de nuevo la marcha.

 

Al llegar al foso encontraron a Corbould tendido entre los otros dos guardacazas, sentados a su lado. Corbould se sentía mucho mejor desde que le vendaran la herida y lo levantaron y tendieron sobre el forraje que Humphrey pusiera en la carreta. Entonces todos prosiguieron el viaje al otro extremo del bosque, mientras los guardacazas comían lo que les había traído Humphrey, caminando detrás de la carreta. El viaje fue aburrido y penoso para el herida, que gemía a cada sacudida de la carreta en los baches del camino; pero aquello no tenía remedio. Corbould estaba muy agotado cuando llegaron, lo cual sólo sucedió pasada la medianoche. Entonces Corbould fue llevado a su cabaña, donde lo acostaron, y se envió a otro guardacaza por un cirujano. Los acornpañantes de Osvaldo se alegraron de poder irse a la cama, porque la jornada había sido fatigosa. Humphrey se quedó con Osvaldo durante tres horas, y luego volvió con Billy, que, a pesar de haber cruzado el bosque tres veces en el curso de las veinticuatro horas, parecía muy fresco y pronto a volver.

 

-Le daré noticias sobre el estado de ese hombre, Humphrey, y su explicación sobre su caída en el foso; pero usted no debe esperar verme durante quince días por lo menos.

 

Humphrey se despidió de Osvaldo. Y Billy se mostraba tan ansioso por volver a su establo, que Humphrey no podía contenerlo y lograr que caminara con paso tranquilo. «Los caballos y, por lo demás, todos los animales, saben que no hay sitio como el hogar. Es una lástima que los hombres, que se consideran mucho más sabios, no piensen lo mismo», caviló Humphrey mientras el petiso avanzaba al trote. El joven meditó mucho sobre el peligro a que se viera expuesto Eduardo, y se dijo: «En realidad, creo que me sentiría mucho más tranquilo si Eduardo estuviese ausente. Siempre estoy preocupado por él. Ojalá reuniese un ejército y viniera el nuevo rey, que está ahora en Francia. Es preferible que Eduardo esté combatiendo en el campo de batalla a que se quede aquí y corra el riesgo de recibir un tiro como cazador furtivo o que se vea encarcelado. La granja basta para todos nosotros, y cuando yo disponga de más tierra, será más que suficiente, aun sin cazar a los vacunos salvajes. Yo sirvo para atender la granja, pero Eduardo no. Está perdiendo el

 

tiempo en esta oscuridad, y él lo sabe. Siempre se verá en tal o cual apuro, eso es indudable. ¡Cuán milagrosa fue su salvación con ese bribón, y cuán poco le importa eso! Nació para ser soldado, eso es evidente. Y si lo llega a ser algún día, estará en su elemento y se destacará, si Dios tiene a bien conservarle la vida. Lo persuadiré de que se quede en casa algún tiempo para ayudarme a cercar la otra parcela de tierra, y cuando eso esté hecho, cavaré un foso de aserradero y veré si puedo inducir a Pablo a aserrar conmigo. Tengo que ir a Lymington a comprar una sierra. ¡Cuántas cosas podría hacer y cómo podría mejorar esto si tuviera aserrados los árboles formando tablones!»

 

Así pensaba Humphrey mientras proseguía la marcha. Estaba preocupado por la granja y las mejoras, y se dedicaba constantemente a calcular cuándo tendría otro carnero o una camada nueva de lechones. Inicialmente, se le había ocurrido, hacer trabajar fuerte a Pablo; pero no había echado en saco roto el consejo de Osvaldo, y ahora meditaba sobre la forma de inducir a Pablo a bajar al foso de aserradero, lo cual no sólo era un trabajo pesado, sino también desagradable, dado el aserrín que le caería en los ojos. Las cavilaciones de Humphrey fueron interrumpidas por un llamado, y al volverse en dirección a la voz advirtió a Eduardo y desvió la carreta para reunírsele.

 

-Llegas a tiempo, Humphrey; tengo alguna provisión para la alacena de Alicia. Tomé mi escopeta y fui por el sendero que sabía tomarías al volver, y he matado a un joven gamo. Es buena carne y estamos escasos de provisiones.

 

Humphrey le ayudó a Eduardo a poner la carne de venado en la carreta y volvieron a la cabaña, que no distaba más de cinco kilómetros. Humphrey le explicó a Eduardo el resultado de su viaje y le propuso luego que se quedara en casa unos días y le ayudara a hacer el nuevo cerco. Eduardo consintió en ello de buena gana y apenas hubieron llegado a la cabaña y Humphrey se hubo desayunado, tomaron sus hachas y fueron a derribar un grupo de pequeños pinabetes existente a un kilómetro y medio de allí, aproximadamente.

 

 

 

 

 

Capítulo XIV

 

-Y bien, Humphrey..., ¿qué piensas hacer?

 

- Lo siguiente -replicó Humphrey-: he marcado unos tres acres de terreno que se extiende en línea recta detrás del jardín. Allí no hay un solo árbol y sí buen pastaje. Lo que me propongo hacer, es cercar el terreno con postes y parapetos del pinabete que vamos a hachar y levantar luego un cerco vivo sobre un bajo terraplén que elevaré alrededor del parapeto. Sé donde hay millares de abrojos, que recogeré en el invierno o a principios de la primavera, ya que el terraplén estará pronto para ellos a esa altura.

 

-Bueno, todo eso está muy bien. Pero temo que tardarás mucho en cavar tanta tierra.

 

-Sí, claro; pero me sobra abono, Eduardo, y lo esparciré sobre toda esa tierra y entonces ésta se convertirá en rico pastaje y también estará disponible antes que la que podemos

 

obtener del bosque, y será muy útil para alimentar a las vacas y terneros, y aun a Billy si lo necesitamos con urgencia.

 

-Todo eso es muy cierto -replicó Eduardo-. De modo que será muy útil de todos modos, aunque no lo caves.

 

-Por cierto que si -replicó Humphrey-. Sólo querría que fuesen seis acres en vez de tres.

 

-Yo no podría decir otro tanto -replicó Eduardo, riendo -. Tienes ideas harto grandiosas. Piensa solamente en la cantidad de pinabetes que debemos talar para ello, para los postes y parapetos que acabas de proponer. Empecemos con tres acres, Humphrey, y cuando estén cercados puedes empezar a hablar de otros tres.

 

-Bueno, Eduardo. Quizá tengas razón -dijo Humphrey-. Mira a Pablo que nos sigue.

 

Supongo que no viene a trabajar, sino a divertirse mirando.

 

-No lo creo lo bastante fuerte para hacer un trabajo pesado, Humphrey, aunque parece muy ingenioso.

 

-No; estoy de acuerdo contigo. Y si Pablo ha de trabajar, no será ejecutando un trabajo que le preparen. Eso causaría su aversión inmediata. Tengo otro plan para él.

 

-¿Cuál, Humphrey?

 

-No le propondré trabajo alguno y le haré creer que lo supongo incapaz de hacer nada. Eso le disgustará y creo que así podré obtener de él más trabajo del que piensas, especialmente cuando, una vez que lo haya hecho, yo le exprese mi asombro y lo elogie.

 

-La idea no es mala. Influirás sobre su orgullo, que es probablemente más fuerte que su pereza.

 

-No lo creo perezoso, pero sí no habituado al trabajo duro. Y habiendo vivido una vida de vagabundaje y ocio, no será muy fácil inducirlo a un trabajo constante y cotidiano, salvo por grados y con los medios que propongo. Ya hemos llegado -continuó Humphrey, tirando al suelo su hacha y su cuchillo de podar, y procediendo a quitarse su jubón-. Ahora demos cumplimiento por un par de horas a la frase de nuestros ascendientes..., o sea: «ganarás el pan con el sudor de tu frente».

 

Eduardo siguió el ejemplo de Humphrey, quitándose a su vez el jubón. Escogieron los árboles largos y finos, más adecuados para parapetos, y estaban trabajando concienzudamente, cuando se les acercó Pablo. Habían caído más de una docena de árboles, desplomándose los unos sobre los otros, antes de que se detuvieran un poco para recobrarse.

 

-Bueno, Pablo -dijo Humphrey, enjugándose la frente-. Supongo que preferirás mirar, a talar árboles. Y, efectivamente, es mejor.

 

-¿Para qué los talan?

 

-A fin de hacer postes y parapetos para cercar más terreno. No les dejaré las ramas.

 

-No; córtaselas poco a poco y luego pon estuas en la carreta y llévalas a casa.

 

Eduardo y Humphrey reanudaron entonces su labor y trabajaron durante otra media hora, haciendo entonces una nueva pausa para tomar aliento.

 

-Trabajo duro, Pablo -dijo Humphrey.

 

-Sí, muy duro. Pablo no ser lo bastante fuerte.

 

-¡Oh, no! Tú eres incapaz de hacer algo de esto, lo sé. Esto no es trabajo para gitanos; los gitanos cogen nidos de pájaros y atrapan conejos.

 

-Sí -replicó Pablo, asintiendo y ustedes se los comen.

 

-Así es, Pablo -dijo Eduardo-. De modo que tú eres útil a tu manera; porque si Humphrey no tuviera qué comer, no estaría en condiciones de trabajar. El hombre fuerte abate árboles; el hombre débil atrapa conejos.

 

-Ambos son útiles -dijo Pablo.

 

-Sí; pero el hombre fuerte gusta del trabajo; el hombre débil no gusta del trabajo, Pablo.

 

De modo que vuelve a mirar, porque trabajaremos un rato más.

 

-El hombre fuerte abate árboles; el hombre que no es fuerte corta ramas -dijo Pablo, tomando el cuchillo de podar y poniéndose a cercenar las ramas, cosa que hizo con gran destreza y rapidez.

 

Eduardo y Humphrey cambiaron miradas y sonrisas, y luego siguieron trabajando en silencio hasta que llegó a su entender, la hora de almorzar. No estaban errados en sus sospechas, aunque no tenían más reloj que su apetito, que, por lo demás, les dice la hora con suma corrección a quienes trabajan fuerte. Alicia había puesto los platos sobre la mesa y se asomaba afuera para ver si venían.

 

-Vaya, Pablo... ¿Has estado trabajando? -dijo Edith.

 

-Sí, señorita... He trabajado toda la mañana.

 

-Por cierto que sí, y lo ha hecho muy bien y ha sido muy útil -dijo Eduardo.

 

-Eso te ha dado apetito para el almuerzo, Pablo, ¿verdad? -dijo Humphrey.

 

-Lo tengo, sin ese trabajo -respondió el muchacho.

 

-Pablo, eres un excelente gitanillo -dijo Edith, acariciándole la cabeza con aire muy protector-. Te dejaré salir conmigo y llevar el cesto para los huevos cuando vuelvas al atardecer.

 

-Eso sí que es un premio -dijo Humphrey, riendo.

 

Después del almuerzo prosiguieron su labor, y al llegar la hora de la cena habían abatido tantos árboles que resolvieron llevarlos a casa al día siguiente y alinearlos allí en el suelo para descubrir cuántos más necesitarían. Mientras ponían los troncos en la carreta y los transportaban a casa, Pablo consiguió podar las ramas y preparar las estacas para llevárselas. Apenas hubieron talado lo suficiente, llevándose los troncos escogieron los más cortos para postes, y cuando Pablo los hubo despojado de sus ramas, los aserraron en las longitudes adecuadas y luego los trasladaron a la casa. Esto ocupó casi toda la semana, y luego precedieron a cavar agujeros y a insertar los postes en ellos. El parapeto debió ser entonces clavado a los postes, y eso les demoró tres días más, de modo que el cercamiento de los tres acres exigió una quincena de dura labor.

 

-Bueno, He aquí un buen trabajo terminado -dijo Humphrey-. Muchas gracias por tu ayuda, Eduardo...., y gracias también a ti, Pablo, porque nos has ayudado realmente

 

muchísimo y eres muy útil, muchacho. Ahora, en cuanto a levantar el terraplén..., tendré que hacerlo cuando disponga de tiempo; pero mi jardín está invadido por la cizaña y necesito que Edith y Alicia me ayuden allí.

 

-Si ya no me necesitas, Humphrey -dijo Eduardo-, creo que iré a ver a Osvaldo y me llevaré a Pablo. Quiero saber cómo está ese Corbould y qué dice. Y también si ha vuelto el intendente..., no porque piense acercarme a él o a su buena hijita, pero creo que, de todos modos, puedo ir y que será una buena oportunidad de mostrarle a Pablo el camino de la cabaña de Osvaldo.

 

-También yo lo creo así, y cuando vuelvas, Eduardo, uno de nosotros tendrá que ir a Lymington, porque necesito algunas herramientas y Pablo está muy andrajoso. Necesita mejor ropa que esa vieja que le damos si queremos que nos haga recados. ¿No lo crees así?

 

-Ciertamente.

 

-Y yo necesito mil cosas -dijo Alicia.

 

-En realidad, señora... ¿No se contentaría usted con menos de mil?

 

-Sí; quizá no necesite tanto como mil, pero, en verdad, me hacen falta muchas y te haré una lista. No, tengo suficientes cazuelas para mi leche, necesito sal, necesito artesas, pero te redactaré una lista y ya verás cuán larga es.

 

-Bueno... Supongo que tendrás algo que vender para pagarlas..., ¿no es así?

 

-Sí; tengo mucha manteca salada. -¿Qué tienes tú, Edith?

 

-¡Oh!, mis pollos no están aún lo bastante crecidos. Apenas lo estén, Humphrey ha de conseguirme algunos patos y gansos, ya que me propongo criar algunos. Y dentro de poco tendré algunos gansos, pero no aún. Tengo que esperar a que Humphrey me construya para ellos el nuevo alojamiento que me ha prometido.

 

-Creo que tienes razón, Edith, en cuanto a los patos y gansos; estarán a sus anchas en el agua detrás del patio y yo cavaré para ellos un estanque más grande.

 

-Edith, querida mía, tus deditos están hechos para extirpar la cizaña de mis cebollas, y yo querría que lo hicieras mañana por la mañana, si tienes tiempo.

 

-Sí, Humphrey; pero mis deditos no olerán muy bien luego.

 

-Por lo menos, hasta que te los hayas lavado, supongo; pero hay jabón y agua, como sabes.

 

-Sí, lo sé. Pero si quito la cizaña de las cebollas no puedo ayudar a Alicia a hacer la manteca; con todo, si Alicia puede pasarse sin mí, lo haré.

 

-Tengo mucha necesidad de unas semillas más y debo redactar mi lista -dijo Humphrey-. Tengo que ir yo mismo a Lymington esta vez, Eduardo, porque te causarán confusión todas nuestras necesidades.

 

-Eso no pasará si sé exactamente qué quieres; pero como en realidad no lo sé y probablemente cometería errores, creo que lo mejor será que vayas tú. Pero es hora de acostarse, y como debo partir temprano, buenas noches, hermanas. Les ruego que me den algo de comer antes de partir. Trataré de conseguir algún venado antes de volver y llevaré a Smoker conmigo. Nuestro perro ya está perfectamente restablecido y sus costillas siguen tan fuertes como siempre.

 

-Y si matas algún venado, Eduardo -dijo Alicia- deseo que traigas algunas de esas partes que habitualmente tiras, porque te aseguro que, ahora que tengo tres perros, apenas si consigo encontrarles suficiente alimento.

 

-No dejaré de hacerlo, Alicia -dijo Eduardo-. Y ahora, nuevamente, buenas noches.

 

En las primeras horas de la mañana siguiente, Eduardo tomó su escopeta y emprendió la marcha hacia la cabaña con Pablo y Smoker.

 

Eduardo conversó largamente con Pablo sobre su vida anterior y a juzgar por las respuestas que le dio el gitanillo. llegó a la conclusión de que, a pesar de su dudosa educación, no estaba corrompido y tenía un modo de pensar honrado. Mientras caminaban a través de un bosquecillo y Eduardo hablaba aún, Pablo se detuvo y puso la mano ante la boca de Eduardo; luego, inclinándose y al tiempo que asía a Smoker del cuello, señaló con el dedo. Al principio Eduardo nada pudo distinguir, pero eventualmente percibió los cuernos de un animal que acababa de aparecer sobre una loma. Evidentemente, pertenecía al rebaño de los vacunos salvajes. Eduardo amartilló su escopeta y avanzó cautelosamente,

 

mientras Pablo se quedaba en su sitio, conteniendo a Smoker. Apenas se hubo acercado lo suficiente para hacer impacto en la cabeza del animal, Eduardo apuntó e hizo fuego, y Pablo dejó en libertad a Smoker, que saltó sobre la loma. Siguieron al perro y lo sorprendieron cuando se disponía a asir a un ternero parado junto a una vaquillona que Eduardo había matado. Eduardo lo llamó y se acercó al animal: se trataba de una vaquillona hermosa y joven, y el ternero sólo contaba quince días de edad.

 

-Ahora no podemos detenernos, Pablo -dijo Eduardo-. A Humphrey le gustaría tener el ternero y nosotros debemos correr nuestro albur de que quede junto a su madre hasta que volvamos. Creo que se quedará un par de días, de modo que sigamos adelante.

 

No ocurrieron más aventuras, y los jóvenes llegaron poco después del mediodía a la cabaña de Osvaldo. El guardabosques no estaba en casa y su esposa manifestó la creencia de que estaba en la residencia del intendente, que había vuelto de Londres el día anterior.

 

-Pero yo me pondré mi capuchón y veré -dijo la señora.

 

A los pocos minutos volvió con Osvaldo.

 

-Lamento que haya venido, señor -dijo Osvaldo cuando Eduardo le tendió la mano-, ya que acabo de ver al intendente y éste ha estado formulando muchas preguntas sobre usted. Estoy seguro de que no cree que usted sea el nieto de Jacobo Armitage y supone que yo conozco su verdadera identidad. Me preguntó dónde estaba su cabaña y si yo no podía llevarlo a ella, ya que quería hablar con usted, y dije, que usted le interesaba mucho.

 

-¿Y qué le contestó, Osvaldo?

 

-Dije que su cabaña distaba un día de viaje de aquí y que yo no estaba seguro de conocer el camino exacto, ya que sólo había ido allí raras veces; pero que sabía dónde encontrar la cabaña después de haber visto los bosques de Arnwood. Le hablé de Corbould y de su tentativa de matarla y montó en cólera. Yo nunca lo había visto impresionado hasta entonces, y la señorita Paciencia se mostró realmente irritada y perpleja y le rogó a su padre que alejara de aquí al agresor apenas se restableciera. El señor Heatherstone replicó: «Deja eso por mi cuenta, querida». Me preguntó luego cómo explicaba Corbould su caída en el foso. Le dije que Corbould manifestaba haber estado siguiendo a un ciervo, al cual había herido de gravedad al mediodía, y que no había podido capturarlo por falta de un perro, aun sabiendo por su sangrante huella que no podría resistir durante mucho tiempo; que lo había seguido hasta la caída de la noche y que lo veía ya y estaba próximo a él cuando había caído en el foso.

 

-Pues la historia no estaba mal urdida -dijo, Eduardo-. Sólo que, en vez de ciervo, léase hombre. ¿Y qué dijo el intendente al oír eso?

 

-Dijo que le creía a usted y que el relato de Corbould era falso, ya que, si hubiese estado siguiendo a un ciervo, nadie se habría enterado de su caída en el foso y estaría aún allí. Se me olvidaba completamente agregar que, cuando el intendente dijo que quería visitar su

 

cabaña, la señorita dijo que iría con él, ya que usted le había dicho que vivía con dos hermanas, y sentía muchos deseos de verlas y trabar amistad con ellas.

 

-Temo que será imposible impedir esa visita, Osvaldo -dijo Eduardo-. Heatherstone manda aquí, y el bosque está a su cargo.. Debemos preverlo. Sólo me gustaría, si fuera posible, estar advertido de su visita, para podernos preparar.

 

-Usted no necesita preparación si él viene, señor -replicó Osvaldo.

 

-Muy cierto -dijo Eduardo-. Nada tenemos que ocultar. Y si nos encuentra en un apuro, no tiene importancia.

 

-Tanto mejor, señor -replicó Osvaldo-. Que sus hermanas estén en el lavadero y usted y su hermano acarreando estiércol; así será más fácil que él no sospeche su verdadera identidad.

 

¿Tiene usted alguna noticia de Londres, Osvaldo?

 

-Todavía no. Yo estaba ausente ayer par la noche, cuando volvió el señor Heatherstone, y no lo vi esta mañana. Mientras usted almuerza, iré a la cocina. Y si él no está allí, estará con seguridad Hebe para decirme todo lo que ha oído.

 

-No diga que estoy aquí, Osvaldo, ya que no quiero verme con el intendente.

 

-Está bien, señor; pero usted debe quedarse en la cabaña o lo verán otros, y Heatherstone se enterará de su presencia.

 

La esposa de Osvaldo le puso entonces delante un gran pastel y una hogaza de pan de trigo, con una jarra de buena cerveza. Eduardo le sirvió una buena porción a Pablo y luego llenó su propio plato. Mientras se ocupaban de esto, Osvaldo Partridge había salido de su cabaña, según lo convenido.

 

-¿Qué me dices, Pablo? ¿Crees poder regresar a pie esta noche?

 

-Sí. Me gusta caminar de noche. Como les gusta a los míos, que duermen de día.

 

-Bueno, creo que lo mejor será irse a casa. Osvaldo tiene una sola cama y yo no quiero que sepan que estoy aquí; de modo que ahora debemos comer abundantemente. Pablo, y entonces no nos sentiremos tan fatigados. Quiero volver a casa para poder enviar a Humphrey por el ternero.

 

-Aquí hay una cama, quédese -dijo Pablo-. Yo me vuelvo a casa y se lo digo al señorito Humphrey.

 

-¿Crees poder hallar el camino, Pablo?

 

-Cuando recorro un camino, ya lo conozco para siempre.

 

 

-Eres un muchacho inteligente, Pablo, y pienso ponerte a prueba. Ahora toma un poco de cerveza. Opino, Pablo, que debes ir a casa y decirle a Humphrey que yo y Smoker estaremos donde yace muerta la vaquillona y que la haremos desollar mañana a las nueve de la mañana; de modo que, si él viene, me encontrará allí.

 

-Sí; iré ahora mismo.

 

-No, ahora no; debes descansar un poco más.

 

-Pablo no cansado -replicó el gitanillo, levantándose-. Volver después de la cena.

 

Mientras voy a mirar al ternero y vaca muerta... Ver si ternero se queda con madre.

 

-Bueno. Si lo quieres, puedes hacerlo ahora -dijo Eduardo.

 

Pablo asintió y desapareció.

 

A los pocos minutos, Osvaldo hizo su aparición.

 

-¿Se ha ido ese muchacho?

 

-Sí. Ha vuelto a la cabaña.

 

Y Eduardo centó cómo había matado a la vaquillona y que quería conseguir el ternero.

 

-Se me ocurre que ese muchacho les resultará a ustedes muy útil si saben manejarlo.

 

-También yo lo creo -replicó Eduardo-. Y me alegro de notar que ya siente apego por todos nosotros. Lo tratamos como si fuera de la familia.

 

-Tiene razón. Y ahora, las noticias que tengo para usted. El duque de Hamilton, el conde de Holland y lord Capel han sido juzgados, condenados y ejecutados.

 

Eduardo suspiró.

 

-¡Más asesinatos! Pero debíamos esperarlo de los que han matado a su rey. ¿Eso es todo?

 

-No. El rey Carlos II ha sido proclamado en Escocia y se lo ha invitado a venir.

 

-Eso sí que es una noticia -replicó Eduardo-. ¿Dónde está ahora?

 

-En La Haya. Pero dijo que iba a París.

 

-¿Eso es todo lo que ha oído decir?

 

-Sí; lo que se decía cuando el señor Heatherstone estaba en la ciudad. Su criado Sansón me dijo las noticias, y agregó que «el viaje de su padre a Londres era para oponerse a la ejecución de los tres lores, pero que todo había sido inútil».

 

-Bueno -replicó Eduardo-. Si el rey viene, habrá algún trabajo para todos nosotros, seguramente. Sus noticias me han dado fiebre -continuó el joven, tomando la jarra y bebiendo un gran trago de cerveza

 

-Lo suponía -replicó Osvaldo-. Pero hasta que llegue la hora, cuanto más sosegado se conserve usted, mejor.

 

-Sí, Osvaldo. Pero no puedo hablar más; necesito estar solo para pensar. Tengo que ir a la cama, ya que debo madrugar. ¿Se está restableciendo ese Corbould?

 

-Sí, señor. Se ha levantado y anda a ratos con un bastón; pero renguea y seguirá rengueando durante algún tiempo.

 

-Buenas noches, Osvaldo; si tengo algo que decirle le escribiré y le mandaré la misiva con ese muchacho. No quiero que vuelvan a verme por aquí.

 

-Será mejor, señor. Buenas noches. Pondré a Smoker en la perrera de la derecha, ya que no trabaría mucha amistad con los demás perros.

 

Eduardo se retiró, acostándose, pero no para dormir. Los escoceses habían proclamado al rey, invitándolo a venir. «Sin duda vendrá -pensó Eduardo-, y lo rodeará un ejército apenas desembarque». El joven decidió unirse al ejército apenas llegara la noticia del desembarco del rey, y entre sus cavilaciones sobre si podría hacerlo y sus castillos en el aire sobre lo que haría, tardó en quedarse dormido. Y cuando lo hizo soñó con batallas y victorias. Cargaba a la cabeza de sus tropas, estaba rodeado de moribundos y muertos, y luego no se sabe cómo volvía a restablecerse, como por arte de magia. Y luego cambió la escena y se vió salvando a Paciencia Heatherstone de sus propios soldados sin ley y salvándole la vida a su padre, próximo a ser sacrificado. Y finalmente despertó y notó que la luz del día asomaba por las ventanas y que había dormido más de lo que se proponía. Se levantó y se vistió rápidamente, y sin esperar el desayuno se fue a la perrera, liberó a Smoker de su cautiverio y emprendió el regreso.

 

Antes de las nueve de la mañana había llegado al sitio dande yacía la vaquillona. El ternero seguía aún a su lado, balando y rondando con desasosiego. Cuando Eduardo se acercó con el perro, el ternero se alejó un poco y esperó. Eduardo sacó su cuchillo, y comenzó a desollar a la vaquillona y luego le sacó las entrañas. El animal estaba completamente fresco y sano, pero no muy gordo, como podría suponerse. Mientras hacía esto, Smoker gruñó y se abalanzó hacia la cabaña, y Eduardo pensó que Humphrey debía estar cerca. A los pocos minutos, entre los árboles apareció el petiso arrastrando la carreta y Smoker saltando hacia su amigo Billy.

 

-Buenos días, Humphrey -dijo Eduardo-. Estoy casi pronto, pero..., ¿cómo hemos de llevar al ternero? Es salvaje como un ciervo.

 

 

-Será difícil si Smoker no puede derribarlo -dijo Humphrey.

 

-Yo lo dominaré con Smoker -dijo Pablo.

 

-¿Cómo te las compondrás, Pablo?

 

Pablo fue hacia la carreta y sacó una cuerda larga y fina que trajera Humphrey, e hizo un lazo en su extremo; arrolló la cuerda en su mano y luego la tiró cuan larga era, a modo de ensayo.

 

-Así conseguiré dominarlo, con tal de acercarme lo suficiente. Así se sujeta a los toros en España... A esto lo llaman lazo. Ahora vengan conmigo.

 

Pablo volvió a arrellar la cuerda y se ubicó del otro lado del ternero, que mugía aún a unos doscientos metros de distancia.

 

-Ahora dígale, a Smoker -exclamó Pablo.

 

Humphrey lanzó a Smoker contra el ternero, que retrocedió, oponiendo la cabeza a su embestida; Pablo se mantuvo detrás del animal, mientras Smoker lo atacaba y lo empujaba hacia él.

 

Apenas el ternero, tan atareado con el perro que no había advertido a Pablo, se le aproximó lo suficiente, Pablo arrojó su lazo y apresó el pescuezo del animal. El ternero galopó hacia Humphrey y arrastró en pos a Pablo, ya que este último, no era lo bastante fuerte para sujetarlo.

 

Humphrey acudió en su ayuda y luego lo hizo Eduardo, y el ternero fue derribado por Smoker, que lo aferró del cuello, y el animal fue amarrado y puesto en la carreta en pocos minutos.

 

-¡Buen trabajo, Pablo! Eres un muchacho inteligente -dijo Eduardo-, y este ternero será tuyo.

 

-Es una ternera -dijo,Humphrey- . Lo cual me alegra. Pablo, te has portado muy bien, y, como dice Eduardo, este animal te pertenece.

 

Pablo pareció complacido, pero nada dijo.

 

La carne y el cuero de la vaquillona fueron colocados en la carreta con algunos de los desechos pedidos por Alicia para los perros, y emprendieron el regreso.

 

Humphrey se sentía muy ansioso de ir a Lymington y no lamentó llevarse alguna carne. Resolvió partir a la mañana siguiente, y Eduardo propuso llevarse consigo a Pablo, para que conociera el camino en caso de emergencia, porque ambos presentían que el gitanillo era

 

digno de confianza. Eduardo dijo que se quedaría en casa con sus hermanas y trataría de serle útil en algo a Alicia; en caso contrarios habría trabajo en el jardín.

 

Humphrey y Pablo se fueron después del desayuno con Billy, llevándose la carne y la piel de la vaquillona en la carreta. Humphrey tenía también un gran cesto de huevos y tres docenas de pollos que le diera Alicia y que debía vender, y una lista, larga como la cauda de un cometa, de cosas que él y Edith necesitaban. Afortunadamente, a pesar de su extensión, en la lista no había cosas muy costosas; pero las mujeres de entonces necesitaban agujas, alfileres, botones, cintas métricas, estambre, hilo y cien cosas más, lo mismo que ahora. Apenas se hubieron ido, Eduardo, que seguía construyendo sus castillos en el aire, en vez de ofrecerle sus servicios a Alicia sacó la espada de su padre y empezó a limpiarla. Cuando la hubo limpiado a satisfacción, se sintió menos ganoso que nunca de hacer algo; de modo que, después del almuerzo, tomó su escopeta y se internó en el bosque, para poder abandonarse a sus sueños. Siguió andando, absolutamente inconsciente de la dirección que seguía, y más de una vez una rama inadvertida le había hecho saltar el sombrero de la cabeza -por la mejor de las razones posibles, ya que tenía les ojos fijos en el suelo-, cuando resonó en sus oídos el relincho de un caballo. Miró y advirtió que estaba cerca de una manada de petisos salvajes, la primera que veía en el bosque. Esto lo hizo volver en sí y miró en torno.

 

«¿Dónde he estado vagando? -pensó-. Hasta ahora, jamás me había topado con uno de los petisos del bosque; de modo que debo haber tomado una dirección completamente opuesta a la de costumbre. No sé dónde estoy: el paisaje es nuevo para mí. ¡Qué estúpido soy! Es una suerte que sólo Humphrey cave trampas, porque, en caso contrario, yo estaría probablemente en una de ellas a esta altura. Y he llevado mi escopeta y dejado el perro en casa. Bueno, supongo que podré encontrar el camino de regreso..»

 

Eduardo examinó a toda la manada de petisos, que no estaban muy lejos. Entre ellos había un par de buenos caballos, que parecían ser los jefes de la manada. Permitieron que Eduardo se les acercara a unos doscientos metros, y entonces, las crines y las colas al viento, se alejaron al galope.

 

«Ahora sorprenderé a Humphrey cuando vuelva -pensó Eduardo-. Dice que Billy se está volviendo viejo y que quisiera tener otro petiso. Le diré cuán numerosos son y prepondré que invente la manera de atrapar alguno. El problema será difícil para él; pero estoy seguro de que lo intentará, porque es muy ingenioso. Y ahora..., ¿qué camino tomo para volver a casa? Creo que debiera dirigirme al norte. Pero..., ¿dónde queda el norte? Porque el sol no ha salido y ahora noto que quiere llover. ¿Desde cuándo estaré andando? Con seguridad que no lo sé.»

 

Entonces Eduardo siguió presurosamente una dirección que consideraba podría llevarlo a su casa, y caminó con rapidez; pero reincidió en su hábito de construir castillos en el aire, y se dijo:

 

«¡El rey proclamado en Escocia! Vendrá, desde luego. Me uniré a su ejército, y entonces...»

 

Así prosiguió su camino, absorbido nuevamente por las noticias sabidas por medio de Osvaldo, hasta que se recobró súbitamente y advirtió que había perdido de vista el matorral de la alta colina, al cual había estado dirigiendo sus pasos. ¿Dónde estaría aquello? dio vueltas y más vueltas y finalmente descubrió que se había estado alejando del matorral. «No debo seguir soñando -pensó-. Si me abandono a nuevos sueños, no dormiré ni soñaré ciertamente esta noche. Está escureciendo ya y heme aquí, perdido en el bosque, todo por culpa de mi estupidez. Si las estrellas no brillan, no sabré cómo orientar mis pasos; en verdad, aunque brillen, no sabré si he caminado hacia el sur o el norte, y lo cierto es que estoy en un buen aprieto... Y no porque me importe estar en el boscue durante una noche como ésta; pero mis hermanas y Humphrey se sentirán alarmados por mi ausencia. Lo mejor que puedo hacer, es resolver si me conviene seguir en línea recta y hacerlo. Entonces saldré de una vez del bosque, aunque lo cruce transversalmente. Eso será mejor que retroceder y avanzar, o dar vueltas, como lo haría de otro modo, como un cachorro que intenta morderse su propia cola. ¡De modo que brillad, estrellas!»

 

Eduardo esperó a que se distinguiera la Osa Mayor, que conocía muy bien, y luego la estrella polar. Apenas se hubo cerciorado de la presencia de ambas, resolvió orientarse por ellas dirigiéndose al norte, y así lo hizo, viajando a veces con rapidez y en otras ocasiones con un trote constante durante cerca de un kilómetro sin detenerse. Mientras tanto, observó debajo de algunos árboles una chispa. Al principio, creyó que se trataba de una luciérnaga, pero aquello parecía más bien el choque de un pedernal contra el acero.. Y cuando vió aquello por segunda vez, se detuvo para poder cerciorarse de qué se trataba antes de seguir avanzando.

 

 

 

 

 

Capítulo XV

 

Reinaba ya una intensa niebla, pues no había luna y las estrellas eran oscurecidas a menudo por las nubes, densas y traídas por el viento, que estaba muy alto. La luz reapareció y esta vez Eduardo oyó el choque del pedernal contra el acero y tuvo la certeza de que alguien encendía una luz. Avanzó muy cautelosamente y llegó hasta un gran árbol, detrás del cual se quedó para reconocer el terreno. Aquella gente, sean quienes fueren, no estaban a más de unos treinta metros de él. Una luz proyectó sus rayos durante un par de instantes, y Eduardo pudo distinguir a una figura arrodillada que sujetaba su sombrero para protegerlo del viento; luego aquello brilló más y vio que habían encendido una linterna, y repentinamente volvió a reinar la oscuridad. De modo que Eduardo se convenció inmediatamente de que habían encendido y luego cerrado una linterna sorda. Desde luego, no tenía la menor idea de quién era aquella gente; pero resolvió averiguarlo, si podía, antes de abordarlos y preguntarles qué camino debía seguir.

 

«No tienen perro -pensó-, porque habría gruñido ya, y es una suerte que tampoco yo lo haya llevado conmigo.»

 

Después de esto, Eduardo se acercó silenciosamente, arrastrándose. El viento, que era fuerte, soplaba desde donde estaban hacia el sitio donde se hallaba Eduardo, de modo que había menos probabilidades de que lo oyeran acercarse.

 

 

El joven avanzó sobre las manos y las rodillas y se arrastró por el helechal hasta llegar a otro árbol, a diez metros de los desconocidos, desde donde podría oír su plática. Tomaba estas precauciones porque Osvaldo le había dicho que en el bosque habían sentado sus reales muchos soldados dispersos, que habían cometido diversas depredaciones en las casas contiguas, volviendo siempre al bosque como si se tratara de un lugar de cita. Eduardo escuchó y le oyó decir a uno de ellos: -¡No es hora aún! No no. Demasiado pronto. Falta media hora o más. La gente de Lymington que les compra lo que necesitan se lo trae siempre de noche, para que no descubran su refugio. A veces no abandonan la cabaña hasta dos horas después de anochecer, porque no dejan Lymington para ir allí hasta que oscurece.

 

-¿Sabes quién los provee de alimento?

 

-Sí. La gente de la posada de la calle Parliament..., no recuerdo el nombre del letrero.

 

-¡Oh, ya sé! ¡Sí, el posadero es un perfecto realista en el fondo! Podríamos exprimirlo muy bien si nos atreviéramos a mostrarnos en Lymington.

 

-Sí, pero ellos nos exprimirían el cuello más de lo agradable, supongo -replicó el otro.

 

-¿Estás seguro de que tiene dinero?

 

-Completamente seguro, porque he atisbado por entre las hendiduras de las persianas y le he visto pagar las cosas que le traían. Lo sacaba de una bolsa de lona y aquello era oro.

 

-¿Y dónde puso la bolsa después de pagarles?

 

-No sabría decírtelo. Porque sabiendo que saldrían poco después de cobrar, me vi obligado a batirme en retirada para que no me vieran.

 

-Bueno... ¿Cómo haremos eso?

 

-Debemos empezar por llamar a la puerta y tratar de que nos admitan como viajeros extraviados. Si eso no logra éxito -y temo que así sea- mientras tú sigues insistiendo en que te dejen entrar ante la puerta y distraes su atención, probaré la puerta de atrás que lleva al jardín, y si no la puerta, probaré la ventana. He examinado bien ambas y he estado fuera cuando él cerraba sus persianas y conozco los cierres. Después de sacar un panel, podría abrirlas de inmediato.

 

-¿Hay alguien más fuera de él en la cabaña?

 

-Sí, un muchacho que lo cuida y va a Lymington por él.

 

-¿No hay mujeres?

 

-Ni una.

 

-Pero... ¿crees que bastaremos los dos? ¿No será mejor conseguir alguna ayuda? Están Broom y Black el gitano, en el lugar de la cita. Puedo ir por ellos y volver a tiempo. Son intrépidos y leales.

 

-Bastante intrépidos, pero no leales. No, no. No quiero socios en este negocio y ya sabes lo mal que se portaron en el último asunto. Juraría que sólo exhibieron la mitad en el último robo. Me gusta el honor entre caballeros y soldados, y es por eso que te he elegido a ti. Sé que puedo confiar en ti, Benjamín. Bueno... ¿Qué me dices? Somos dos contra uno, ya que no, cuento al niño. ¿Partimos?

 

-Te acompaño. Dices que hay una bolsa de oro y vale la pena de pelear por eso.

 

-Sí, Ben, y te diré: con lo que tenemos enterrado y mi parte de esa bolsa, creo que tendré bastante. Y me iré a los Países Bajos, porque Inglaterra se está volviendo harto caliente para mí.

 

-Pues yo no iré aún -respondió Benjamín-. No me gustan tus tierras extrañas; no hay buena cerveza y no entiendo su lenguaje. Prefiero quedarme en la vieja y alegre Inglaterra, donde me espera el dogal de la horca, a pasarme la vida con un grupo de individuos que no beben más que Schiedam y usan veinte pares de polainas. Ven, partamos. Si conseguimos el dinero, tú irás a los Países Bajos, Will, y yo me dirigiré al norte, donde no me conocen..., porque si tú te vas no me quedo aquí.

 

Entonces, ambos desconocidos se levantaron, y el que se llamaba Will se cercioró pronto de si la vela de la linterna sorda ardía bien, y luego, ambos emprendieron la marcha, seguidos por Eduardo, que había oído lo suficiente para sospechar que se proponían un robo... sino un asesinato. El joven los siguió, de modo tal que las figuras de ambos no se le perdieran de vista, ya que esto era lo más que podía hacer a veinte metros de distancia. Afortunadamente, el viento era tan violento que ellos no oyeron sus pasos, aunque Eduardo pisaba a menudo una ramita podrida, que causaba un chasquido al quebrarse. Por lo que Eduardo podía barruntar, les había seguido el rastro por espacio de unos cinco kilómetros, cuando se detuvieron y notó que examinaban sus pistolas, que sacaron del cinto. Luego prosiguieron la marcha y entraron en una pequeña plantación de robles, cuya vegetación databa de unos cuarenta años..., muy gruesa y oscura, con tupida maleza debajo. Cruzaron el uno tras del otro un angosto sendero hasta llegar a un claro situado en el centro de la plantación, en que se erguía una baja cabaña, rodeada de espesura por todas partes, salvo unos treinta metros de tierra. Todo estaba en silencio y la tiniebla era impenetrable. Eduardo se quedó detrás de los árboles y cuando ambos volvieron a detenerse, estaba a menos de dos metros de ellos. Se consultaron en voz baja, pero el viento era tan fuerte que el joven no pudo percibir claramente sus palabras. Por fin, avanzaron hacia la cabaña y Eduardo, que permanecía aún entre los árboles, cambió de posición para estar frente a la pared lateral de la vivienda. Observó que uno de los hombres se acercaba a la puerta principal, mientras que el otro daba la vuelta arrimándose a la puerta trasera, de acuerdo con lo convenido. Eduardo abrió la cazoleta de la llave de su arma y se cercioró de la carga y luego esperó lo que ocurriría, Oyó al hombre llamado Will que, en la puerta principal, hablaba y pedía hospitalidad con voz quejumbrosa pero sonora, y a poco advirtió una luz entre las hendiduras de las persianas..., ya que Eduardo cambiaba constantemente de

 

posición para ver qué ocurría en el frente de la casa o en sus fondos. Por un momento pensó en apuntar con su escopeta y en matar inmediatamente a uno de aquellos hombres, pero no pudo resolverse a hacerlo, ya que, aunque los desconocidos se habían propuesto un asalto a mano armada, no lo habían cometido aún. De modo que esperó pasivamente a que ejecutaran el ataque, momento en que decidiría acudir en socorro de los ocupantes de la casa. Después de suplicar por espacio de algunos minutos que le abrieran la puerta, el hombre del frente comenzó a golpear ésta y a redoblar con los puños, como si se propusiera conseguirlo por la fuerza, pero esto sólo era para llamarles la atención a los moradores y distraerlos así de las tentativas del otro para entrar por la zaga. Eduardo advirtió esto; ahora observó lo que estaba ocurriendo en los fondos. Al acercarse más, cosa que se arriesgó a hacer ahora que ambos hombres estaban tan ocupados, notó que el desconocido de los fondos había conseguido abrir la ventana contigua a la puerta trasera y permanecía junto a ella con una pistola en la mano, no queriendo al parecer correr el riesgo de trepar a la ventana. Eduardo se deslizó bajo los colgadizas de la cabaña, a dos metros escasos del desconocido, que seguía dándole parcialmente la espalda. Después de comprobar que había logrado ubicarse en aquella posición sin ser advertido, el joven se agazapó con la escopeta pronta.

 

Mientras permanecía así, oyó gritar a una voz chillona:

 

-¡Están entrando por detrás!

 

Y hubo ruido de movimiento en la cabaña. El hombre próximo a Eduardo, que tenía la pistola en la mano, pasó el brazo por la ventana y disparó al interior. Se oyó un gemido y Eduardo disparó su escopeta contra el cuerpo del hombre, que cayó de inmediato. El joven volvió a cargar el arma en un abrir y cerrar de ojos y en el ínterin oyó que alguien violentaba la puerta del frente y rumor de detonaciones; luego el silencio reinó, por unos instantes y sólo se oyó gemir a alguien dentro. Apenas hubo vuelto a cargar el arma, Eduardo dio la vuelta hasta el frente de la cabaña, donde encontró al llamado Ben tendido sobre el umbral de la puerta abierta. El joven pasó por sobre el cuerpo y al mirar el interior del aposento, advirtió un cuerpo tendido en el suelo y a un adolescente que lloraba sobre él.

 

-No se alarme. Soy un amigo -dijo Eduardo, acercándose adonde se hallaba el cuerpo, y tomando la luz que estaba en el otro extremo del aposento la puso en el suelo, para poder examinar el estado de aquella persona que respiraba pesadamente, y al parecer estaba herida de gravedad. -Levántese, muchacho, y déjeme ver si puedo servir de algo.

 

-Ah, no! -exclamó el adolescente, apartándose de las sienes el largo cabello-. ¡Se está desangrando y morirá.

 

-Tráigame pronto un poco de agua -dijo Eduardo- mientras busco la herida.

 

El muchacho corrió en procura de agua y Eduardo descubrió que la bala había penetrado en el cuello, por sobre la clavícula, y que la sangre brotaba de la boca de aquel hombre, a quien el derrame sofocaba. A pesar de su ignorancia en punto a cirugía, Eduardo pensó que semejante herida debía ser mortal, pero el hombre no sólo estaba vivo, sino sensible y aunque no lograba preferir una sola palabra, hablaba con los ojos y con señas. Alzó la mano

 

y se señaló primero a sí mismo y meneó la cabeza, como para dar a entender que para él todo había terminado, y luego volvió la cabeza, como buscando al muchacho, que ahora había vuelto con el agua. Cuando éste se hubo arrodillado a su lado, sollozando, amargamente, el hombre lo señaló, y lo hizo con aire tan implorante que Eduardo comprendió de inmediato lo que quería: protección para el niño. Aquello no era susceptible de dos interpretaciones y... ¿qué podía hacer Eduardo sino prometérselo al moribundo? Su generoso temperamento no pudo rehusarlo y dijo:

 

-Ya comprendo; usted quiere que yo cuide de su niño cuando no esté en el mundo. ¿No es así?

 

El herido hizo un signo de asentimiento.

 

-Le prometo que lo haré. Lo llevaré a vivir con mi propia familia y lo compartirá todo con nosotros,

 

El hombre volvió a alzar la mano y en sus facciones se advirtió un destello de gozo cuando tomó la mano del muchacho y la puso en la de Eduardo. Sus ojos se fijaron luego en éste, como para investigar su carácter estudiando sus facciones, mientras el joven le bañaba las sienes y le lavaba la sangre de la boca con el agua traída por el muchacho, que parecía poseído, por una pena tan violenta que le paralizaba los sentidos. Al minuto o dos, otro derrame de sangre sofocó al herido, que después de breve lucha se desplomó muerto.

 

«¡Ha muerto! -pensó Eduardo-. Y... ¿qué hacer ahora? Debo empezar por asegurarme de si los dos villanos están muertos o no.»

 

Eduardo tomó una luz y examinó el cuerpo de Ben, tendido sobre el umbral; aquel hombre estaba muerto, ya que la bala le había penetrado en el cráneo. Eduardo empezó a dar la vuelta a la cabaña para indagar el estado del otro hombre, contra quien disparara él mismo, pero el viento estuvo a punto de apagarle la luz y por ello volvió a la habitación y dejó la linterna en el suelo, cerca del sitio en que el muchacho yacía insensible sobre el cadáver del hombre que muriera en los brazos de Eduardo y luego salió sin luz, y con su escopeta, dirigiéndose al otro lado de la cabaña, donde cayera el otro ladrón. Cuando se acercaba, oyó que una débil voz decía:

 

-¡Ben, Ben, un poco de agua por amor de Dios! ¡Ben, soy hombre acabado!

 

Eduardo, sin responder, volvió al aposento en procura de agua, que le llevó al herido y se la acercó a los labios. Se sentía obligado por razones de humanidad a obrar así con un moribundo, por bribón que fuese. La oscuridad persistía, pero no era tan densa como antes, porque la luna acababa de salir.

 

El hombre bebió el agua ávidamente y dijo:

 

-Ben, ahora puedo hablar, pero por poco tiempo.

 

Luego volvió a acercarse el cuenco y después de haber bebido, dijo, en frases entrecortadas:

 

-Siento que..., que me estoy desangrando mortalmente... por dentro.

 

Luego hizo una pausa.

 

-Ya sabes, el roble..., herido por el rayo..., a un kilómetro y medio al norte... de esto. ¡Oh, me muero pronto! Tres metros al sur del roble... enterré todo mi dinero. Es tuyo. Oh, otro trago.

 

El hombre procuró nuevamente beber del cuenco ofrecido por Eduardo, pero cuando hacía la tentativa, cayó hacia atrás con un gemido.

 

Eduardo, advirtiendo que había muerto, volvió a la cabaña en busca del muchacho, que seguía postrado abrazando el otro cadáver. Entonces el joven meditó sobre lo que podía hacer. A poco decidió arrastrar afuera el cadáver del llamado Ben y cerrar luego la puerta. Hizo esto no sin dificultad y luego aseguró la ventana que había sido forzada desde fuera. Antes sacó al muchacho, que yacía con el rostro oculto sobre el cadáver, y parecía sumido en un estado de insensibilidad. Aunque su vestimenta era sencilla, su cuerpo no era evidentemente el de un rústico. Las facciones eran bellas y tenía cuidadosamente recortada la barba; las manos eran blancas y los dedos largos, y a todas luces jamás habían sido usadas para el trabajo. Evidentemente, era una persona de rango, disfrazada de rústico, y esto estaba corroborado por la conversación sostenida por los dos ladrones. «¡Ay! -pensó Eduardo-. La familia de Arnwood no parece ser la única gente disfrazada de este bosque. ¡Pobre muchacho! No debe quedarse aquí». El joven miró a su alrededor y notó un lecho en el cuarto contiguo, cuya puerta estaba abierta; alzó en vilo al muchacho y lo llevó al cuarto, casi insensible, y lo depositó en el lecho. Después fue por más agua, que encontró, y le echó en la cara y vertió en su boca. Gradualmente el muchacho empezó a moverse y se recobró de su estupor, y entonces Eduardo le acercó el agua a la boca y le hizo beber un poco, y luego, al recordar bruscamente lo sucedido, lanzó un gemido de sufrimiento y estalló en un paroxismo de lágrimas. Unas terminaron en sollozos convulsivos y sordos gemidos. Eduardo sintió que no podía hacer más por el momento y que era preferible dejarlo por un tiempo para que desahogara su pena. El joven se sentó sobre un escabel junto al huérfano y se quedó algún tiempo sumido en hondas y melancólicas cavilaciones.

 

«¡Cuán extraño es -pensó finalmente- que yo sienta ahora tan poco, rodeado, como estoy por la muerte, si se lo compara con lo que sentí al morir el buen viejo Jacobo Armitage! Entonces quedé profundamente conmovido y la muerte me inspiró terror. Ahora, ya no la temo. ¿Será porque amaba al buen viejo y sentía que acababa de perder a un amigo? No. La causa no puede ser ésa; quizá yo sintiera más pena, pero no dolor ni turbación. ¿O será porque era la primera vez que veía a la muerte y es la primera visión de la muerte la que impresiona? ¿O porque me he imaginado a diario en el campo de batalla, con centenares de muertos y heridos yaciendo a mi alrededor, en mis sueños.? No lo sé. El pobre Jacobo murió apaciblemente en su lecho, corro un buen cristiano y confiando, después de una vida sin tacha, en hallar piedad por intercesión de su Salvador. Dos de éstos que han muerto ya, de los tres, han sido llamados al cielo en el pináculo de su maldad y en la ejecución misma

 

del crimen, el tercero ha sido suciamente asesinado, y de los tres que yacen muertos, uno ha caído por mi propia mano, y con todo no siento tanto como cuando concurrí al lecho de su muerte y escuché las palabras de despedida de un cristiano moribundo. No puedo explicarlo ni razonar el porqué. Sólo sé que es así y ahora miro la muerte con despreocupación. Bueno, se trata de una especie de preparación para el asesinato en masa y los horrores del campo de batalla, por los que he suspirado, durante tanto tiempo..., y Dios me perdone si he hecho mal. ¡Y ese pobre muchacho! He prometido protegerlo y lo haré. Si dejara de cumplir mi promesa, supongo que el espíritu de su padre (ya que presumo lo es) miraría desde el cielo y me regañaría. No, no. Lo protegeré. Yo y mi hermano y hermanas hemos sido conservados y protegidos y yo sería en realidad un infame si no hiciera por les demás lo que han hecho por mí. Y ahora meditemos en lo que se puede hacer. No debo llevarme al muchacho y sepultar los cadáveres; esa persona tiene amigos en Lymington y esos amigos vendrán aquí. El asesinato ha tenido lugar en el bosque; de modo que debo informar al intendente sobre lo sucedido. Le avisaré a Osvaldo; Humphrey irá a llevarle el recado. ¡Pobre muchacho! ¡Cuán ansiosos deben estar él y mis hermanitas al ver que no vuelvo! Yo lo había olvidado por completo, pero eso no tiene remedio. Esperaré a que amanezca y veremos si el muchacho vuelve un poco en sí y es probable que me diga en qué parte del bosque estoy».

 

Eduardo tomó la vela y entró en el cuarto donde dejara al muchacho sobre la cama. Lo encontró sumido en profundo sueño. «Pobrecito - pensó Eduardo-. Ha olvidado, por breve tiempo su dolor. ¡Qué gallardo es! Ansío conocer su historia. Duerme, pobrecito; te hará bien». Eduardo volvió al otro aposento y recordó, o mejor dicho algo le recordó que no había cenado y que el amanecer estaba próximo. Miró el interior de un aparador y encontró abundantes provisiones y algunas botellas de vino y comió con apetito. «Hace mucho que no pruebo el vino -pensó- y pasará mucho tiempo antes de que vuelva a beberlo. Tengo pocas ganas de beberlo ahora; es demasiado ardiente para el paladar. Recuerdo, cuando niño, las ocasiones en que mi padre solía sentarme a la mesa y me daba una copa de clarete, que yo apenas si podía elevar hasta mis labios, para beber a la salud del rey». El recuerdo del rey evocó otros pensamientos en la mente de Eduardo y éste volvió a sumirse en una de sus ensoñaciones, que duraron hasta que empezó a dormitar. Despertó al oír la voz del muchacho, que entre sueños había gritado: «¡Padre!». Eduardo se sobresaltó y advirtió que el sol estaba alto desde hacía una hora y que debía haber dormido algún tiempo. Abrió suavemente la puerta de la cabaña, miró los dos cadáveres y luego salió para inspeccionar la ubicación de la cabaña, que apenas si había distinguido durante la noche. Descubrió que estaba rodeado por un matorral de árboles y maleza, tan tupidos y densos que no advertía salida en ninguna dirección. «¡Qué sitio para ocultarse! -pensó Eduardo-. Pero, con todo esos merodeadores lo descubrieron. Las tropas de caballería podrían registrar el bosque por espacio de meses y no descubrir jamás semejante escondite». Eduardo caminó, bordeando el flanco del bosque para encontrar el sendero por donde habían entrado los ladrones cuando él los siguiera, y finalmente la consiguió. Siguió el sendero del matorral hasta su fin y volvió a internarse en el bosque, pero el paisaje que lo rodeaba le era desconocido y no tenía la menor idea de qué parte del bosque era aquélla. «Debo interrogar al muchacho -se dijo-. Volveré y lo despertaré, porque es hora de que me ponga en marcha». Cuando se estaba internando en el bosque, oyó que un perro empezaba a ladrar, como si estuviera sobre un rastro. El rumor se le acercó cada vez más y Eduardo se quedó para ver qué sería aquello. Al cabo de un momento advirtió a su propio perro, Smoker, que salía saltando de

 

un bosquecillo próximo, seguido por Humphrey y Pablo. Eduardo los llamó a gritos. Smoker saltó hacia él, cubriéndolo de caricias, y al cabo de un instante el joven estaba en los brazos de Humphrey.

 

-¡Oh, Eduardo! ¡Déjame antes que nada, agradecerle a Dios! -dijo Humphrey, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas-. ¡Qué noche hemos pasado? ¿Qué ha ocurrido? El bueno de Pablo pensó en poner sobre la pista a Smoker; le mostró tu chaqueta y se la hizo oler y luego lo condujo hasta tus pisadas. Y el perro lo siguió, por lo visto, a pesar de haber estado dando vueltas en todas direcciones, hasta que finalmente nos trajo hasta ti.

 

Eduardo le estrechó la mano a Pablo y le dio las gracias.

 

-¿A qué distancia estamos de la cabaña, Humphrey?

 

-Unos doce kilómetros me parece, Eduardo..., no más.

 

-Bueno, pues tengo mucho que decirte y debo decírtelo en pocas palabras antes de proseguir y luego te lo contaré en detalle.

 

Eduardo narró entonces sucintamente lo ocurrido y habiendo preparado a Humphrey y a Pablo para lo que verían, los guió por la espesura hasta la cabaña allí escondida. Humphrey.y Pablo se sintieron muy impresionados por la carnicería que se presentó ante sus ojos, y después de haber mirado los cadáveres empezaron a consultarse sobre lo mejor que se podía hacer.

 

La proposición de Eduardo de que Humphrey fuese a comunicarle lo sucedido a Osvaldo, a fin de que se lo hiciese saber al intendente, fue aceptada de buena gana, y se convino en que Pablo volvería para comunicarles a Alicia y Edith que Eduardo estaba a salvo.

 

-Pero... ¿en cuanto a ese muchacho, Humphrey? No podemos dejarlo aquí.

 

-¿Dónde está?

 

-Duerme aún, supongo. La cuestión es saber si irás con el petiso o si caminarás y le dejarás a Pablo que vuelva con el petiso y la carreta, porque yo no me llevaré a ese muchacho ni abandonaré la casa sin retirar los bienes que le pertenecen y sobre los cuales lo interrogaré cuando despierte. Además, según manifestaron los ladrones, hay dinero, y hay que cuidar de éste en beneficio del muchacho.

 

-Creo que lo mejor será que yo vaya a pie, Eduardo. Si voy a caballo llegaré a hora demasiado tardía para que pueda hacerse algo antes de la mañana siguiente, pero si voy andando llegaré con suficiente tiempo, de modo que eso está solucionado. Además, eso te dará más tiempo para retirar los efectos del muchacho, que, ya que su padre era, según todas las probabilidades, un realista y hombre perseguido, podrían considerarse confiscables por el gobierno.

 

-Muy cierto; de modo que así sea. Ve a casa del intendente. Y tú, Pablo, vete a casa y trae al petiso y la carreta, mientras yo me quedo aquí con el muchacho y lo apronto todo.

 

Humphrey y Pablo emprendieron la marcha y luego Eduardo fue a despertar al muchacho, tendido aún sobre la cama.

 

-Vamos, debes levantarte. Ya sabes que lo hecho no tiene remedio, y si eres bueno y has leído la Biblia, debes saber que hemos de someternos a la voluntad de Dios, que es nuestro bondadoso Padre en el cielo.

 

-¡Ay de mí! -dijo el muchacho que estaba despierto cuando Eduardo se le acercó-. Bien sé cuál es mi deber, pero es un deber penoso y mi corazón está destrozado. He perdido a mi padre, el único amigo que tenía en el mundo. ¿Quién queda para amarme y estimarme ahora? ¿Qué será de mí?

 

Yo le prometí a tu padre, antes de que muriese, que cuidaría de ti, pobrecito, y una promesa es sagrada para mí, aunque no se la hubiese hecho a un moribundo. Haré todo lo posible, confía en ello, porque yo mismo he sabido qué significa necesitar y encontrar un protector.

 

Vivirás conmigo y con mi hermano y mis hermanas, y compartirás todo lo que tenemos.

 

-¿De modo que usted tiene hermanas? -replicó el muchacho.

 

-Sí. He enviado por la carreta para sacarte de aquí y esta noche estarás en nuestra cabaña. Pero ahora, dime... No pregunto quién era tu padre o por qué vivía aquí en secreto, como lo descubrí por la conversación sostenida por esos dos ladrones... Pero sí quiero saber... ¿Desde cuándo vives aquí?

 

-Desde hace más de un año.

 

-¿De quién es esta cabaña?

 

-Mi padre la compró cuando vino, ya que esto le parecía más seguro, a fin de que no pudieran descubrirlo o traicionarlo, porque se había fugado de la prisión después de haber sido condenado a muerte por el parlamento.

 

-¿De modo que le era leal al rey?

 

-Sí que lo era, y ése fue su único crimen.

 

-Entonces, no temas, mi buen muchacho. Todos le somos leales al rey como lo era él y nunca será de otro modo. Te lo digo para que puedas confiar en nosotros. En ese caso, ya que la cabaña era suya, también lo eran el mobiliario y los bienes.

 

-Sí; todo era suyo.

 

-Y ahora es tuyo, ¿verdad?

 

-Así lo creo -dijo el muchacho prorrumpiendo en sollozos.

 

-Entonces, escúchame. Tu padre está ya a salvo de toda persecución y a ti no te pueden tocar, ya que nada has hecho que pueda agraviarlos, pero, con todos ellos tomarán posesión de los bienes de tu padre apenas se enteren de su muerte y descubran quién era. Por tu bien, quiero evitarte eso y por eso he mandado por la carreta, a fin de poder retirar de la cabaña todo lo que tenga valor, a fin de que pueda ser conservado en beneficio tuyo. Como el asesinato ha sido cometido en el bosque y yo he sido testigo del mismo y además he matado a uno de los ladrones, he considerado correcto comunicárselo al intendente del bosque, para que se entere de lo ocurrido en su jurisdicción. No lo creo un hombre tan malvado como los demás, pero con todo, cuando él venga, quizá considere su deber tomar posesión de todo para el parlamento, ya que seguramente tales son sus órdenes o lo serán cuando se comunique con el parlamento. Ahora bien; se trata de un robo que quiero impedir llevándome tus cosas antes de que ellos vengan, lo cual sucederá mañana, y yo propongo que me acompañes con todo lo que puedas llevarte o que pueda ser útil esta noche.

 

-Es usted muy bueno -replicó el muchacho-. Haré todo lo que me diga, pero me siento muy débil y no muy bien de salud.

 

-Debes hacer un esfuerzo por tu propio bien, mi pobre amigo. Ven, siéntate y reúne toda tu ropa. Recógelo todo en este cuarto, mientras inspecciono la casa y dime... ¿No tenía algún dinero tu padre? Porque los ladrones dijeron que lo habían visto contarlo sacándolo de una talega, por entre las hendiduras de las persianas y fue ése el motivo del ataque.

 

¡Aborrecible dinero! -exclamó el muchacho-. Sí, lo tenía. Creo que tenía mucho dinero.

 

Pero no sabría decir cuánto.

 

-Vamos. Levántate y haz lo que te pido, mi querido niño -dijo Eduardo, alzándolo en sus brazos-. Cuando tu pena haya disminuido, te esperan aún días felices. Tienes en el cielo a un Padre en quien puedes confiar y en Él hallarás paz.

 

El niño se levantó y Eduardo cerró la puerta de la habitación, para que no viera el cadáver de su padre.

 

-Deposito mi fe en el cielo, buen señor -replicó el muchacho-, porque me ha enviado ya a un buen amigo en mi aflicción. Usted es bueno, estoy seguro de ello. ¡Ay! Cuánto más desdichada habría sido mi condición si usted no hubiese acudido, por suerte, en mi ayuda..., demasiado tarde, en verdad, para salvar a mi pobre padre, pero no demasiado tarde para socorrer y consolar a su hijo. Me iré con usted, porque no puedo quedarme aquí.

 

 

 

 

 

 

Capítulo XVI

 

Eduardo levantó entonces el cobertor del lecho y se fue con él al aposento contiguo. Suavemente, arrastró el cadáver hasta el rincón del cuarto y lo cubrió con el cobertor y luego procedió a examinar los armarios, etc. En uno de ellos encontró una buena cantidad de libros; en otro, ropa blanca de toda clase, gran número de curiosas armas, dos equipos de relucientes armaduras a la usanza de la época, pistolas y escopetas y municiones. Sobre el piso de uno de los armarios había un arcón de hierro de unos cincuenta centímetros por dieciocho pulgadas, cerrado con llave. Eduardo llegó de inmediato a la conclusión de que aquel arcón contenía el dinero del infortunado padre. Pero... ¿dónde estaba la llave? Probablemente sobre su persona. Eduardo no quiso afligir al pobre niño formulándole aquella pregunta, y se acercó al cadáver y le revisó los bolsillos. Encontró un manojo de llaves, que tomó y volvió a su lugar el cobertor. Probó una de las llaves que parecía del tamaño justo y descubrió que se amoldaba exactamente a la cerradura del arcón de hierro. Dándose por satisfecho con esto, no levantó la tapa del arcón, sino que lo arrastró al centro de la habitación. En ésta había muchas cosas de valor: los candelabros eran de plata y había grandes copas del mismo metal. Eduardo recogió todos estos objetos y un reloj, y los colocó en uno de dos grandes canastos que estaban en un extremo de la habitación y que se usaban aparentemente para poner leña. Eduardo recogió todo lo que creyó útil o de valor en beneficio del pobre huérfano. Luego fue a otro pequeño aposento, donde encontró muchos pequeños cofres y baúles cerrados con llave. Los sacó sin mayor examen, presumiendo que contendrían cosas de valor, ya que en caso contrario no habrían estado con llave. Cuando lo hubo recogido todo, advirtió que tenía ya más de lo que podía cargar en un viaje la carreta; y debía llevar consigo alguna ropa de cama, ya que no le sobraba en la cabaña un solo lecho para el muchacho. Eduardo decidió en su fuero interno que esa noche se llevaría las cosas más valiosas, y volvería con la carreta en busca del resto a la mañana siguiente. Era ya algo más del mediodía y Eduardo sacó de los armarios las vituallas que quedaban y fue luego al aposento, donde estaba el muchacho y le rogó que comiera algo. El pobre niño dijo que no tenía apetito, pero Eduardo insistió y lo persuadió finalmente de que comiera algo de pan y bebiera un vaso de vino, lo cual le resultó muy útil. El pobrecito tembló al ver el cadáver cubierto en el rincón del aposento, pero no dijo una sola palabra. Eduardo estaba tratando de hacerle comer algo más, cuando Pablo apareció en el umbral.

 

-¿Has recogido todo lo que necesitas en el dormitorio? -dijo Eduardo.

 

-Sí, lo he recogido todo.

 

-Entonces lo sacaremos. Ven, Pablo, tú nos ayudarás.

 

Pablo le hizo unas señas, indicando la puerta. Eduardo salió.

 

-Primero, apartar cuerpo de aquí.

 

-Sí -respondió Eduardo-. Hay que hacer eso.

 

Eduardo y Pablo apartaron el cuerpo del ladrón a un lado de la puerta y le echaron encima una suerte de helechos resecos que había cerca; luego hicieron retroceder la carreta hasta la puerta. Primero subieron el arcón de hierro, luego todos los objetos pesados, tales como las armaduras, escopetas y libros, etcétera, y a esa altura la carreta quedó ya cargada más que a

 

medias. Entonces Eduardo entró en el aposento y sacó los paquetes hechos por el niño y los depositó en la carreta, hasta que el vehículo quedó cargado hasta el tope. Después sacaron algunas frazadas y las extendieron sobre la carga, para que las cosas quedaran sujetas, y luego Eduardo le dijo al niño que todo estaba pronto y que más les valía irse.

 

-Sí, estoy pronto -replicó el niño, con ojos llorosos-. Pero déjeme verlo una vez más.

 

-Ven, pues -dijo Eduardo, conduciéndolo hasta el cadáver y descubrió el rostro de éste.

 

El niño se arrodilló, besó la frente y los fríos labios,volvió a cubrir el rostro y luego se levantó y lloró amargamente sobre el hombro de Eduardo. El joven no intentó consolarlo en su dolor -le pareció preferible que se desahogara- pero al poco rato fue alejando paulatinamente al niño, hasta que salieron de la cabaña.

 

-Vamos, pues -dijo Eduardo-. Debemos partir o llegaremos tarde. Mis pobres hermanitas han estado alarmadísimas al ver que yo no volvía anoche y ansío estrecharlas entre mis brazos.

 

-Ciertamente que usted debe hacerlo -replicó el niño, secándose las lágrimas- y yo soy muy egoísta. Pongámonos en marcha.

 

-No lugar para pasar carreta por el bosque -dijo Pablo-. Difícil con carreta vacía; más difícil aun con carreta llena.

 

Y así resultó en efecto y se requirieron todos los esfuerzos unidos de Billy, Eduardo y Pablo para forzar el paso por el angosto sendero con la carreta; pero finalmente lo consiguieron y luego prosiguieron el viaje con paso rápido y a las dos horas avistaron la cabaña. Cuando estuvieron a doscientos metros de ésta, Edith, que había estado alerta, acudió saltando y se arrojó a los brazos de Eduardo y lo cubrió de besos.

 

-¡Malo! ¡Qué sustos nos has dado!

 

-Mira, Edith, te he traído a un lindo compañerito de juegos. Dale la bienvenida, querida.

 

Edith le tendió la mano al niño, mientras lo miraba.

 

-Es un lindo chico, Eduardo... Mucho más lindo que Pablo.

 

-No, señorita Edith -dijo Pablo-. Pablo más hombre que él.

 

-Sí, quizá tú seas más hombre, Pablo, pero no eres tan lindo.

 

-¿Y dónde está Alicia?

 

-Está preparando la cena y yo no le dije que los vi venir, porque quería ser la primera en besarte.

 

-¡Celosilla! Pero ahí viene Alicia. Querida Alicia, has estado muy inquieta, pero la culpa no ha sido mía -dijo Eduardo, besándola-. De no haber estado yo donde estuve, este pobre niño habría sido asesinado como su padre. Dale la bienvenida, Alicia, porque ahora es un huérfano y debe vivir con nosotros. He traído muchas cosas en la carreta, y mañana traeremos más, porque yo no tengo cama para él y de noche deberá dormir conmigo.

 

-Lo haremos todo lo feliz que sea posible, Eduardo, y seremos unas hermanas para él - dijo Alicia, mirando al niño, que se estaba sonrojando intensamente-. ¿Qué edad tienes y cómo te llamas?

 

-Cumpliré los trece, años en enero -replicó el niño.

 

-¿Y tu nombre de pila?

 

-Se lo diré a ustedes muy pronto -eludió el niño, confuso.

 

Llegaron a la cabaña y Eduardo y Pablo se dedicaban afanosamente a descargar las cosas y a depositarlas en el aposento interior, donde dormía ahora Pablo, cuando Alicia, que había estado hablando con el niño en compañía de Edith, se le acercó a Eduardo y dijo:

 

-¡Eduardo, es una niña!

 

-¡Una niña! -replicó Eduardo, atónito.

 

-Sí, eso me ha dicho y quiso que yo te lo dijera.

 

-Pero... ¿Por qué viste ropa de varón?

 

-Era el deseo de su padre, ya que él se veía obligado a menudo a enviarla a Lymington a la casa de un amigo y temía que su hija se viese en dificultades. Pero no me ha contado su historia aún: dice que lo hará esta noche.

 

-Está bien -replicó Eduardo-. En ese caso, tendrás que hacerle una cama en tu cuarto esta noche. Toma el lecho de Pablo y el gitanillo dormirá esta noche conmigo. Mañana por la mañana traeré más ropa de cama de la cabaña de esa niña.

 

-¡Cómo se sorprenderá Humphrey cuando vuelva! -dijo Alicia riendo.

 

-Sí... Será una linda esposa para él dentro de algunos años, y quizá sea una rica heredera, porque hay un arcón de hierro con dinero.

 

Alicia volvió a acercarse a su nueva amiga y Eduardo y Pablo prosiguieron descargando la carreta.

 

-Bueno, Pablo... Supongo que sabiendo que se trata de una niña, admitirás ahora que es más bella que tú... ¿verdad?

 

-Oh, sí -replicó Pablo-. Muy linda niña, pero demasiado niña para ser un hermoso muchacho.

 

Finalmente lo sacaron todo de la carreta, arrastraron el arcón de hierro al cuarto de Pablo y llevaron a Billy a su establo y le dieron de comer, y por cierto que el caballo se había ganado la cena, porque la carga de la carreta había sido muy pesada. Luego, todos se sentaron a cenar y Eduardo le dijo a su nueva amiga:

 

-De modo que, por lo visto, tengo otra hermana en vez de otro hermano. Ahora..., ¿me dirá como se llama?

 

-Sí. Mi nombre es Clara.

 

-¿Y por qué no me dijo que era una niña?

 

-No quise hacerlo porque vestía ropa de hombre y me dio vergüenza; en realidad, me sentía harto desdichada para pensar en lo que era. ¡Pobre padre mío!

 

Y Clara estalló en sollozos.

 

Alicia y Edith la besaron y consolaron y la niña volvió a calmarse. Terminada ya la cena, se hicieron afanosos preparativos para que Clara pudiese dormir en la habitación de ambas, y luego se entregaron a las plegarias.

 

-Tenemos muchos motivos para estar agradecidos, queridas mías -dijo Eduardo-. Estoy seguro de haber pasado por un gran peligro y sólo querría haber sido más útil de lo que fui, pero tal ha sido la voluntad de Dios y no debemos discutir sus disposiciones. Demos las gracias por sus grandes mercedes e inclinémonos sumisos ante sus deseos y oremos por que Él dé paz a la pobre Clarita y calme su congoja.

 

Y mientras Eduardo rezaba, la pequeña Clara se arrodilló y sollozó, en tanto que Alicia la acariciaba con el brazo rodeándole la cintura e interrumpía a veces su plegaria para besarla y consolarla. Cuando concluyeron, Alicia la condujo a su alcoba, siguiéndolas Edith, y ambas la acostaron. Eduardo y Pablo se retiraran también, agotados por la fatiga y excitación del día.

 

A la mañana siguiente se levantaron al amanecer, y unciendo a Billy a la carreta emprendieron viaje hacia la cabaña de Clara. Lo encontraron todo tal como lo dejaran, y después de haber cargado la carreta con lo abandonado el día anterior y con ropa de cama para dos lechos, con varios muebles que Eduardo pensó podrían ser útiles, como quedaba aún un poco de lugar, Eduardo metió en una caja de madera con helecho reseco todo el vino que había en el aparador. Y después de haberle ayudado a Pablo a penetrar con la carreta en el sendero del bosque, Eduardo lo dejó volver a casa con la carreta, mientras él se quedaba para esperar la llegada de Humphrey y quienquiera pudiese venir con él de la casa del intendente. Alrededor de las diez, cuando estaba al acecho junto al bosque, advirtió a varias personas que se le acercaban, y pronto vió que entre ellas estaban Humphrey, el intendente y Osvaldo. Cuando se le acercaron, Eduardo saludó respetuosamente al intendente y le

 

estrechó la mano a Osvaldo, y luego los guió por el angosto sendero que llevaba por el bosque a la cabaña. El intendente iba a caballo y los demás a pie.

 

El intendente dejó su cabalgadura a cargo de uno de los guardacazas y atravesó el bosque a pie con el resto de su comitiva, precedido por Eduardo. Su aire era muy grave y pensativo, y a Eduardo le pareció que se mostraba frío con él, porque cabe recordar que el señor Heatherstone no había visto al joven desde que éste le prestara tan considerable servicio al salvarle la vida a su hija. La consecuencia fue que Eduardo se sintió indignado; pero no reveló sus sentimientos ni aun en la mirada, guiando en silencio al grupo a la cabaña. Al llegar les señaló el cadáver del ladrón, que había cubierto de helechos, y los guardacazas lo descubrieron.

 

-¿Quién mató a este hombre? -dijo el intendente.

 

-La persona que vivía en la cabaña -dijo Eduardo, y conduciéndolos a los fondos del edificio, donde yacía en el suelo el otro ladrón, agregó-: Y este hombre fue muerto por mi mano. Resta por ver un cadáver.

 

Y los llevó al interior de la cabaña y descubrió el cadáver del padre de Clara.

 

El señor Heatherstone miró el rostro y pareció muy conmovido.

 

-Cúbranlo -dijo apartándose, y luego, sentándose en una silla junto a la mesa, preguntó-:

 

¿Y cómo encontró a este hombre?

 

-No lo vi morir -dijo Eduardo-. Y tampoco vi matar al ladrón que le mostré en primer término. Pero oí las detonaciones de las armas, casi simultáneamente, y presumo que ambos se causaron la muerte mutuamente.

 

El intendente llamó a su secretario, que lo había acompañado, y le indicó que aprestara su avío de escribir, y luego dijo:

 

-Eduardo Armitage, tomaremos nota de su declaración sobre lo ocurrido.

 

Cuando Eduardo comenzó entonces diciendo «que estaba en el bosque y se había extraviado y buscaba el camino de su casa...», el intendente lo interrumpió para preguntar:

 

-¿Estuvo usted en el bosque de noche?

 

-Sí, señor.

 

-¿Con su escopeta?

 

-Siempre llevo mi escopeta.

 

-¿Buscaba caza?

 

-No, señor. Jamás he salido a cazar de noche en toda mi vida.

 

-¿A qué iba, pues? Supongo que no había salido sin objeto.

 

-Salí para abandonarme a mis pensamientos. Me sentía inquieto y anduve vagando sin saber adónde iba, y fue por eso que me extravié.

 

-¿Y podría saberse qué lo había excitado tanto?

 

-Se lo diré. El día anterior había estado con Osvaldo Patridge; usted acababa de llegar de Londres y él me comunicó que el rey Carlos había sido proclamado en Escocia, y esa noticia me desasosegó.

 

-Bueno... Prosiga.

 

Eduardo no fue interrumpido ya en su relato. Expuso sucintamente lo ocurrido, desde su encuentro con los ladrones hasta el desenlace de la catástrofe.

 

El secretario anotó todo lo expuesto por Eduardo y luego se lo leyó para comprobar si lo había anotado correctamente; después preguntó si Eduardo sabía leer y escribir.

 

-Así lo creo -replicó Eduardo, tomando la pluma y firmando.

 

El secretario lo contempló con asombro y dijo:

 

-Es poco frecuente que la gente de su condición sepa leer y escribir, señor guardabosques, y por ello no debe usted sentirse ofendido por la pregunta.

 

-Muy cierto -replicó Eduardo-. ¿Puedo preguntar si mi presencia sigue considerándose necesaria?

 

-Manifestó usted que había un niño en la casa, joven -dijo el intendente- ¿Qué ha sido de él?

 

-Ha sido trasladado a mi cabaña.

 

-¿Por qué ha hecho usted eso?

 

-Porque al morir su padre le prometí que cuidaría de su hijo. Y me propongo cumplir mi palabra.

 

-¿De modo que habló usted con él antes de su muerte? -dijo el intendente.

 

-No; todo me fue comunicado mediante señas de su parte, pero resultaron tan inteligibles como si hubiese hablado, y él comprendió muy bien lo que contesté. En verdad, creo haberlo librado de una gran preocupación al prometérselo.

 

El intendente hizo una pausa y luego dijo:

 

-Advierto que han sido retiradas ciertas cosas... La ropa de cama, por ejemplo. ¿Se ha llevado usted algo?

 

-Me he llevado la ropa de cama porque no tenía lecho que ofrecerle al niño, y éste me dijo que la cabaña y el mobiliario le pertenecían a su padre. Naturalmente, al morir éste su hijo heredaba sus bienes, y me consideré justificado al obrar así.

 

-¿Quiere hacer el favor de decirme si retiró algún documento?

 

-No sabría decirlo. El niño empacó personalmente sus cosas. Se retiraron algunos cajones, que estaban cerrados con llave, e ignoro absolutamente su contenido. Yo no podía dejar al niño aquí, en este escenario de muerte, y tampoco podía dejar librados sus bienes a los merodeadores del bosque. Obré como lo consideraba adecuado en beneficio del niño y de acuerdo con la solemne promesa formulada a su padre.

 

-Con todo, las cosas no debieron ser retiradas. Esa persona que yace muerta ahí es un bien conocido realista.

 

-¿Cómo sabe eso, señor? -interrumpió Eduardo ¿Lo reconoció usted al ver el cadáver?

 

-No he dicho tal cosa -respondió el intendente.

 

-Debe haberlo reconocido, señor -replicó Eduardo-, o debe haber tenido conocimiento de que residía en esta cabaña. Lo uno o lo otro.

 

-Es usted audaz, joven, y contestaré a su observación -replicó el intendente-. Reconocí al individuo al verlo y advertí que era un hombre condenado a muerte y que huyó de la prisión pocos días antes de su ejecución. Sé que fue buscado, pero en vano, y se presumió que había huído allende los mares. Ahora sus documentos podrían proporcionarle al parlamento información contra otros, así como contra él mismo.

 

-Y le permitirían al parlamento cometer unos cuantos crímenes más -agregó Eduardo.

 

-Silencio, joven; no se debe hablar de las autoridades de un modo tan irreverente. ¿Advierte usted que su lenguaje revela alta traición?

 

-Según la ley del parlamento, tal como está constituido ahora, puede ser -replicó Eduardo-. Pero como leal súbdito del rey Carlos II, lo niego.

 

-No me interesa su lealtad, joven, pero no permitiré que se hable en mi presencia contra las poderes gobernantes. La indagatoria ha terminado. Que todos salgan de la casa, con excepción de Eduardo Armitage, con quien quiero hablar a solas.

 

-Excúseme un momento, señor, y volveré -dijo Eduardo.

 

El joven salió con los demás, y llamando aparte a Humphrey, le dijo:

 

-Compóntelas para salir inadvertido. Aquí tienes las llaves. Ve a la cabaña con toda la rapidez posible, busca todos los papeles que puedas encontrar en los paquetes llevados allí y ocúltalos en el arcón de hierro que está en el jardín o en cualquier parte donde no puedan ser descubiertos.

 

Humphrey asintió y se fue, y Eduardo volvió a entrar en la cabaña.

 

Halló al intendente de pie junto al cadáver. Había apartado el cobertor y contemplaba tristemente el rostro desfigurado por la sangre. Al notar que había entrado Eduardo, se volvió a sentar junto a la mesa, y después de una pausa, dijo:

 

-Eduardo Armitage, no cabe duda de que usted ha sido educado de modo muy superior a su condición social, y es igualmente cierto que es leal, audaz y resuelto. He contraído con usted una deuda que jamás podré pagar, aun cuando me permita cualquier esfuerzo en su favor. Aprovecho esta ocasión para reconocerlo. Y ahora permítame decirle que, dados los tiempos que corren, es usted demasiado franco e impetuoso. Estos momentos no son adecuados para que la gente desahogue sus sentimientos y opiniones. Hasta yo estoy tan rodeado de espías como los demás, y me veo obligado a comportarme de conformidad con esto. Su confesada lealtad al rey me ha impedido mostrarle la gran cordialidad que usted me inspira y a la cual tiene derecho en todo sentido.

 

-No puedo ocultar mis opiniones, señor. He sido educado en la casa de un realista leal, y jamás podré cambiar.

 

-Concedido. ¿Por qué habría usted de cambiar?... Pero..., ¿no advierte usted mismo que le hace a su causa más mal que bien al confesar así sus opiniones cuando esa confesión es inútil? Si todos los hombres del distrito que opinan lo mismo lo declararan, ahora que su causa no tiene esperanzas, las cárceles estarían atestadas, las ejecuciones tendrían lugar a diario y la causa realista se vería debilitada proporcionalmente por la pérdida de los más valientes. «Tiempo al tiempo», es un buen lema y se lo recomiendo. Usted debe comprender que, por más que nosotros dos podamos diferir en nuestras opiniones. Eduardo Armitage, mi mano y mi autoridad jamás podrán ser usadas contra quien ha comprometido mi gratitud a tal punto. Y si lo comprende, no debe obligarme a usar con usted una aspereza y frialdad contrarias, totalmente contrarias, a lo que siento... -puede creérmelo si se lo digo-, para con quien ha salvado tan noblemente a mi única hija.

 

-Le agradezco, señor, su consejo, que sé es bueno, y su buena opinión, que aprecio.

 

-Y de que lo creo merecedor. Usted posee, a pesar de su juventud, mi plena confianza, de la cual sé que no abusará. Conozco al hombre que yace muerto ante nosotros, y sabía también que se ocultaba en esta cabaña. El comandante Ratcliffe fue uno de mis primeros y más caros amigos, y hasta esta desdichada guerra civil jamás hubo diferencia alguna entre nosotros, y aun después sólo existió en el terreno de la política y de la causa que cada uno abrazó. Yo sabía, antes de venir aquí en calidad de intendente, donde se ocultaba Ratcliffe, y me sentía muy preocupado por su seguridad.

 

 

-Excúseme, señor Heatherstone, pero cada día me inspira usted más simpatía. Al principio me sentía muy hostil; ahora sólo me pregunto cómo puede usted militar en ese bando.

 

-Eduardo Armitage, responderé por mí y por millares de hombres más. Es usted harto joven para haber conocido la causa de la insurrección, o, mejor dicho, oposición al infortunado rey Carlos. Éste trató de reinar en forma absoluta y de arrebatarle sus libertades al pueblo de Inglaterra; esto lo reconocen aún sus más ardientes partidarios. Cuando ingresé al partido que se le oponía, no creí ni por un momento que las cosas llegarían tan lejos. Siempre consideré legítimo tomar las armas en defensa de nuestras libertades, pero al propio tiempo entendía que la persona del rey era sagrada.

 

-Así lo he oído decir, señor.

 

-Sí, y es la pura verdad. Porque jamás se esforzó nadie más celosamente por impedir que asesinaran al rey -porque eso fue un asesinato- que Ashley Cooper y yo. A tal punto que, en realidad, incurrimos no sólo en las sospechas, sino también en la malquerencia de Cromwell, que, me lo temo, está haciendo ahora rápidos avances hacia la autoridad absoluta por la cual sufrió el rey, y de que quiere investir ahora su persona. Consideré que nuestra causa era justa, y de haber quedado el poder en manos de quienes lo ejercieran con discreción y moderación, el rey seguiría aún en el trono y las libertades de sus súbditos serían sagradas. Pero es más fácil poner en marcha una máquina vasta y poderosa que detenerla, y esto es lo que ha ocurrido en esta lamentable guerra civil. Millares de hombres que se opusieron activamente a la voluntad del rey han de desandar sus pasos cuando rnadure la oportunidad; pero supongo que tendremos que sufrir mucho antes de que llegue esa hora. Y ahora, Eduardo Armitage, le he dicho más a usted que a ningún otro ser viviente, salvo a un pariente mío.

 

-Gracias por su confianza, señor, que no sólo no será traicionada, sino que servirá de advertencia para orientar mi conducta futura.

 

-Eso es lo que me he propuesto. No sea en adelante imprudente ni despreocupado confesando sus opiniones. No beneficiará en absoluto a la causa y se perjudicará mucho a sí mismo. Y ahora debo formularle otra pregunta, que no podía hacerle en presencia de los demás. Usted me ha sorprendido manifestando que el comandante Ratcliffe tenía aquí un hijo. Debe haber algún error, o ese niño es un impostor. Rateliffe tenía una hija -una hija única, como yo-, pero nunca tuvo un hijo.

 

-Esto fue un error en que incurrí al hallar aquí a un niño, señor, como se lo manifesté en la indagatoria. Y consideré que se trataba de un niño hasta que lo traje a casa y entonces les reveló a mis hermanas que era una niña con traje de varón. No expliqué esto en la indagatoria porque no era necesario.

 

-Yo tenía razón, pues. Debo absolverlo de ese cargo, Eduardo Armitage. Esa niña será para mi una hija, y confío en que usted convendrá conmigo, sin ningún menosprecio, de sus sentimientos, que mi casa será una residencia más adecuada para ella que su cabaña.

 

 

-No impediré que la niña vaya si lo desea, después de su explicación y confianza, señor Heatherstone.

 

-Algo más. Como le dije antes, Eduardo Armitage, creo que muchos de esos guardacazas, todos los cuales han sido elegidos del ejército, son espías que me vigilan; de modo que debo tener cuidado. ¿Dijo usted que no sabía si existían papeles?

 

-Nada vi, señor. Pero sospecho, a juzgar por los muchos baúles y cofrecillos cerrados con llave, que debe haberlos. Pero cuando salí con los demás, después de la indagatoria, envié a la cabaña a mi hermano Humphrey, aconsejándole que abriera todas las cerraduras y eliminara todos los papeles que encontrase.

 

El intendente sonrió.

 

-Bueno. Siendo así, sólo nos resta ir a su cabaña y realizar una inspección. Nada encontraremos, y yo habré cumplido con mi deber. Yo ignoraba que su hermano estuviese aquí. Presumo que era el joven que andaba con Osvaldo Partridge.

 

-Así es, señor.

 

-Presumo, por su aspecto, que también él se crió en Arnwood..., ¿no es así?

 

-Sí, señor -lo mismo que yo -replicó Eduardo.

 

-Pues bien... Sólo me resta por decir una cosa. Recuerde que, si le parezco áspero y severo en presencia de los demás, mi actitud con usted es fingida y no real. ¿Me comprende?

 

-Sí, señor, y le ruego que obre como mejor le parezca.

 

El intendente salió y le dijo a su comitiva:

 

-Según he podido saber por medio de este joven Armitage, parece haber cajones que han sido retirados de la cabaña. Iremos allá para averiguar qué contienen. ¿Podrá usted ofrecernos algún refrigerio en su cabaña cuando lleguemos, joven?

 

-No tengo hostería, señor -replicó Eduardo con aire algo sombrío-. Mi propia labor y la de mi hermano bastan para mantener a mi familia, pero no más.

 

-En marcha. Y dos de ustedes no pierdan de vista a ese joven -dijo el intendente, aparte.

 

Luego todos se internaron a través del bosque.

 

Heatherstone montó a caballo y se dirigieron a la cabaña, adonde llegaron alrededor de las dos de la tarde.

 

 

 

 

Capítulo XVII

 

Humphrey se adelantó al advertir la proximidad del intendente y sus acompañantes, y le murmuró a Eduardo que todo estaba a salvo. El intendente desmontó y les ordenó a todos, con excepción de su secretario, que esperasen afuera, después de lo cual Eduardo lo hizo pasar a la cabaña. Alicia, Edith y Pablo estaban en la estancia. Las dos muchachas no se habían sonrojado ni alarmado ante la insólita aparición de tan numeroso grupo de extraños.

 

-Éstas son mis hermanas, señor -dijo Eduardo- ¿Dónde está Clara, Alicia?

 

-Está asustada y se ha ido a nuestra alcoba.

 

-Confío, en que ustedes no se sentirán alarmadas por mi presencia -dijo el intendente, mirando con aire serio a las dos muchachas-. Es mi deber el que me obliga a hacer esta visita; pero ustedes nada tienen que temer. Vamos, Eduardo Armitage. Debe usted exhibirme todas las cajas y paquetes que sacó de la cabaña.

 

-Así lo haré, señor -dijo Eduardo-. Y aquí tiene las llaves. Humphrey, tráelos con la ayuda de Pablo.

 

Los jóvenes trajeron las cajas, que fueron abiertas y examinadas por el intendente y su secretario, pero, desde luego, no se hallaron papeles en ellas.

 

-Debo enviar ahora a dos de mis hombres para que registren la casa -dijo el intendente-. ¿No será mejor que ustedes le hagan compañía a esa niña, para que no se asuste?

 

-Yo iré -dijo Alicia.

 

Dos de los guardacazas, ayudados por el secretario, registraron entonces la entonces la casa. Nada encontraron digno de mención, salvo las armas y armaduras retiradas por Eduardo, que le manifestó al intendente haberlas llevado, por ser objetos valiosos pertenecientes a la niña.

 

-Con eso basta -le dijo el intendente al secretario-. Es evidente que no hay documentos; pero, antes de irme, debo interrogar a esa niña, que ha sido retirada así. Pero se asustará, y yo no obtendré respuesta de ella si somos tantos, de modo que haga salir a todos de la cabaña cuando yo hable con ella.

 

El secretario y los demás salieron del recinto, y el intendente le indicó a Eduardo que trajera a Clara. La niña salió de la alcoba acompañada por Alicia -y en realidad pegada a ésta-, porque estaba muy atemorizada.

 

-Ven aquí, Clara -dijo el intendente, con dulzura-. Tú ignoras, quizá, que yo soy tu sincero amigo. Y ahora que tu padre ha muerto, quiero que vengas a vivir con mi hija, que

 

se sentirá encantada de tenerte por compañera. ¿Quieres venir conmigo? Yo cuidaré de ti y te serviré de padre.

 

-No me gustaría abandonar a Alicia y Edith. Me tratan con tanta bondad... Y me llaman hermana -replicó Clara, sollozando.

 

-Estoy seguro de que así es y de que ya debes haberle cobrado afecto; pero, con todo, tu deber es venir conmigo, y si tu padre pudiera hablarte ahora te lo diría. Yo no te obligaré a venir; pero recuerda que eres una dama por tu nacimiento y que debes ser educada como tal, lo cual no podrá ocurrir en esta cabaña, aunque sus moradores sean muy buenos contigo y excelentes personas. Tú no me recuerdas, Clara, pero a menudo estuviste sentada sobre mi rodilla cuando niñita y cuando tu padre vivía en Dorsetshire. ¿Recuerdas el gran nogal que estaba junto a la ventana de la sala que daba al jardín..., verdad?

 

-Sí -respondió Clara, sorprendida.

 

-Sí, también lo recuerdo yo. Y recuerdo cómo solías sentarte en mis rodillas. ¿Y recuerdas a Jasón, el gran mastín, y cómo montabas sobre su lomo?

 

-Sí -replicó la niña-. Lo recuerdo. Pero Jasón murió hace muchísimo tiempo.

 

-Sí, cuando tú sólo tenías seis años de edad. Y ahora, dime..., ¿dónde lo enterró el viejo jardinero?

 

-Bajo la morera -contestó Clara.

 

-Sí, eso es.. Y yo estaba allí cuando enterraron al pobre Jasón. Tú no me recuerdas. Pero me quitaré el sombrero, porque antaño yo no vestía del mismo modo. Ahora mírame, Clara, y di si me recuerdas.

 

Clara, que ya no se sentía alarmada, miró el rostro del intendente y luego dijo:

 

-Usted llamaba a mi padre Felipe, y él acostumbraba llamarlo Carlos.

 

-Exacto, querida -dijo el intendente, oprimiendo a Clara contra su pecho-. Así fue, y éramos grandes amigos. Y bien..., ¿vendrás conmigo? Yo tengo una niña que te lleva tres o cuatro años, que será tu compañera y te querrá mucho.

 

-¿Podré venir de vez en cuando a visitar a Alicia y Edith?

 

-Sí que podrás, y mi hija te acompañará y trabará amistad con ellas si su hermano lo permite. Yo no te llevaré ahora, querida. Te quedarás aquí unos días y luego vendremos a buscarte. Enviaré a Osvaldo Partridge para hacerle saber el día en que vendremos por ella, Eduardo Armitage. Adiós, querida Clara. Adiós, niñas mías. Humphrey Armitage, adiós. ¿Quién es ese joven que está ahí?

 

-Un gitanillo a quien Humphrey atrapó en su trampa, señor, y a quien hemos domesticado rápidamente -dijo Eduardo.

 

-Bien, adiós, Eduardo Armitage -dijo el intendente, tendiéndole la mano-. Pronto tendremos que encontrarnos.

 

El intendente salió de la cabaña y se reunió a los que estaban esperando afuera. Eduardo salió en pos de él. Y cuando el intendente montaba a caballo, le dijo a Eduardo con suma frialdad:

 

-Vigilaré atentamente su conducta, caballero. No lo dude. Se lo digo con franqueza, de modo que le conviene portarse bien.

 

Con estas palabras, el intendente espoleó su caballo y se alejó.

 

-¿Por qué te ha hablado con tanta aspereza, Eduardo? -dijo Humphrey.

 

-Porque tiene buenas intenciones, pero no quiere que los demás lo sepan -respondió Eduardo-. Entra, Humphrey; tengo mucho que decirte y mucho con qué sorprenderte.

 

-Ya estoy sorprendido - replicó Humphrey-. ¿Cómo se explica que ese cabeza redonda haya conocido tan bien al padre de Clara?

 

-Te lo explicaré antes de que nos vayamos a la cama -replicó Eduardo-. Ahora, entremos.

 

Ambos hermanos sostuvieron esa noche una larga conversación, en cuyo transcurso Eduardo puso al tanto a Humphrey de todo lo ocurrido entre él y el intendente.

 

-En mi opinión, Eduardo, Heatherstone entiende que las cosas se han llevado demasiado lejos y lamenta pertenecer al partido del parlamento. Advierte, ahora que es harto tarde, que se ha aliado con quienes tenían distintos sentimientos y móviles que él y que ha ayudado a entronizarse en el poder a quienes no albergan sus mismos escrúpulos.

 

-Sí. Y al liberarse de lo que era una tiranía, a su entender, tienen todas las probabilidades de caer en manos de un tirano mayor que antes..., porque, no lo dudes, Cromwell asumirá el poder soberano y regirá este reino con mano férrea.

 

-Por cierto que muchos son, o lo serán pronto, de su misma opinión, no cabe duda. Y llegará tarde o temprano el día en que el rey volverá por sus fueros. Ya lo han proclamado en Escocia. ¿Por qué no viene y se muestra? Su presencia, me parece, induciría a millares de hombres a afluir en tropel a sus filas; estoy seguro.

 

-Me alegro de tu entendimiento con el intendente, Eduardo, ya que ahora no necesitaremos tomar tantas precauciones. Podremos ir y venir cuando se nos antoje. Casi me gustaría que aceptaras cualquier oferta admisible que él te hiciera. Sin duda, muchos de los que desempeñan cargos en el actual gobierno comparten los sentimientos del intendente o aun albergan sentimientos tan vehementes como los tuyos.

 

 

-Me es insoportable la idea de aceptar nada de ellos ni de sus instrumentos, Humphrey. Y, en verdad, tampoco podría abandonar a mis hermanas.

 

-A ese respecto, puedes estar tranquilo. Pablo y yo nos bastamos perfectamente para la granja o cualquier otra cosa que haga falta. Si puedes ser más útil en otra parte, no tengas escrúpulos en dejarnos. Si viniera el rey y reuniese un ejército, tú nos abandonarías, naturalmente. Y yo no veo motivo para que no lo hagas ahora si te hacen una proposición aceptable. Tú y tus talentos se malgastan en este bosque, y puedes servir mejor al rey y a la causa del rey yendo al ambiente mundano y observando la marcha de los acontecimientos que matando los venados reales.

 

-Ciertamente -replicó Eduardo, riendo -. No ayudo mucho a la causa del rey matando sus venados; eso debo reconocerlo. Todo lo que digo es que, si se me ofrece algo que pueda aceptar sin agravio de mis sentimientos y mi honor, no lo rechazaré, siempre que, al aceptarlo, pueda resultar útil a la causa del rey.

 

-Eso es todo lo que deseo, Eduardo. Y ahora, creo que lo mejor será irse a la cama.

 

Al día siguiente los hermanos desenterraron el arcón de hierro y la caja en que Humphrey depositara todos los papeles reunidos por él. Eduardo abrió el arcón y halló allí una considerable cantidad de oro en bolsitas y muchos dijes y joyas cuyo valor desconocía. No abrió los documentos, sino que resolvió entregárselos al intendente, porque sabía que se podía confiar en él. Las demás cajas y baúles fueron también abiertos y examinados, y se descubrieron muchos otros objetos al parecer de valor.

 

-Creo que todas estas joyas valen muchísimo dinero, Humphrey -dijo Eduardo-. Si es así, tanto mejor para la pobre Clarita. Lamento separarme de ella, aunque la hemos tratado durante tan breve tiempo. Parece tan amable y afectuosa...

 

-Y lo es. Y también es, ciertamente, la más linda niña que yo haya visto. ¡Qué bellos ojos! ¿Sabes que, durante uno de sus viajes a Lymington, pero faltó para que la raptara una banda de gitanos? Y, según cree Pablo, era la misma banda a la cual pertenecía él.

 

-Me extraña que su padre le permitiera irse sola tan lejos.

 

-Su padre no podía hacer otra cosa. La necesidad carece de ley. El padre de Clara no podía confiar en otra persona, de modo que la vistió con ropa de varón para que el riesgo fuese menor. Con todo, ella debió ser muy inteligente para ejecutar el recado.

 

-Tiene trece años de edad, a pesar de ser pequeña -replicó Eduardo-. Y es ciertamente inteligente, como lo revela a las claras su semblante. ¿Quién habría supuesto que nuestras hermanas habrían podido hacer lo que están haciendo? Hay un viejo dicho que expresa: «Nunca sabemos de lo que somos capaces hasta que lo intentamos». Por lo demás, Humphrey, días pasados encontré una hermosa manada de petisos salvajes y me dije: «¿Será Humphrey lo bastante hábil para atrapar a alguno de ellos, como atrapó a los vacunos salvajes»? Porque Billy está envejeciendo y necesitamos un sucesor.

 

 

-Necesitamos algo más que un sucesor de Billy, Eduardo; hacen falta otros dos que le ayuden. Y yo tengo recursos para mantener a otros dos petisos si los atrapamos.

 

-Temo que nunca lo conseguirás, Humprey -dijo Eduardo, riendo.

 

-Sé qué quieres decir -replicó Humphrey-. Me desafías a hacerlo. Pues yo no me dejaré desafiar impunemente, y por cierto que trataré de atrapar un petiso o dos; pero debo pensar primeramente en el asunto, y cuando me haya trazado un plan haré la tentativa.

 

-Cuando vea a los petisos en el establo lo creeré, Humprey. Son salvajes como ciervos y rápidos como el viento, y no se los puede atrapar en una trampa.

 

-Lo sé, buen hermano mío; pero todo lo que puedo decirte es que haré lo posible y no más... Pero no ahora, ya que estoy harto ocupado.

 

A los tres días de esta conversación apareció Osvaldo Partridge, a quien enviaba el intendente para comunicarle a Eduardo que vendría al día siguiente a llevarse a Clarita.

 

-¿Y cómo irá la niña? -dijo Eduardo.

 

-El intendente traerá para ella una jaquita, si la niña sabe montar; en caso contrario, tendrá que viajar en la carreta que mandarán para el equipaje.

 

-¿Sabes montar a caballo, Clara?

 

-Sí -respondió la niña-. Siempre que el caballo no salte demasiado. Siempre cabalgaba cuando vivía en Dorsetshire.

 

-Éste no saltará, señorita -dijo Osvaldo-, porque es un animal de treinta años de edad, según creo, y sosegado como debe serlo un viejo caballero.

 

-He estado conversando con el señor Heatherstone -siguió diciéndole Osvaldo a Eduardo-. Puedo decirle que está muy satisfecho de usted. Dice que, en tiempos como éstos, necesita a jóvenes así a su lado. Y que, ya que usted no querría aceptar el empleo de guardacaza, tendrá que encontrar algo más adecuado, pues considera que usted es demasiado bueno para ese trabajo.

 

-Le agradezco mucho al intendente su buena opinión -replicó Eduardo-. Pero no creo que tenga a su alcance ningún empleo que yo pueda aceptar.

 

-Lo mismo pensé yo, pero nada dije. Volvió a formularme muchas preguntas relativas al viejo Jacobo Armitage, y me acosó de lo lindo. Dijo que, por su aspecto, Humphrey denotaba, lo mismo que usted, estar por encima de su condición social; pero, que, por haber sido criado en Arnwood, suponía que había gozado de las mismas ventajas. Y luego, dijo: «Pero..., ¿fueron también educadas en Arnwood sus dos hermanas?» Repliqué que no lo creía, aunque habían estado a menudo allí y se les había permitido jugar con los niños de la

 

casa. Me miró de un modo penetrante y firme, como si leyera mis pensamientos, y prosiguió escribiendo. Hube de pensar por fuerza que sospechaba que ustedes no son nietos del viejo Jacobo; pero, al mismo tiempo, no creo que tenga idea de la verdadera identidad de ustedes.

 

-Usted debe conservar nuestro secreto, Osvaldo -replicó Eduardo-. Admito que tengo una excelente opinión del intendente, pero no confío en nadie.

 

-Como espero un perdón futuro, señor, nunca lo divulgaré a menos que usted me lo ordene -replicó Osvaldo.

 

-Confío en usted, Osvaldo, y esto pone término al asunto. Pero, dígame..., ¿qué comentarios ha sugerido la actitud de Heatherstone al encargarse de la niña?

 

-Pues se empieza a hablar del asunto; pero cuando el intendente dio a entender que la niña debía quedarse con él por orden del parlamento hasta que le dieran nuevas instrucciones, la gente nada dijo, como es natural, porque no se atrevió a hacerlo. Según parece, las propiedades de Ratcliffe han sido confiscadas, pero no otorgadas aún a nadie. Y es probable que el parlamento dé por esposa a la niña, con todas sus propiedades apenas tenga edad suficiente, a un miembro de su partido. Ya lo han hecho, antes de ahora, puesto que eso pone a cubierto de todo cambio a la propiedad.

 

-Ya me doy cuenta -replicó Eduardo-. ¿Cuándo oyó usted decir que la niña viviría con él?

 

-Sólo en la mañana de ayer. Y sólo al llegar la noche supimos que era por orden del parlamento.

 

Eduardo no creyó conveniente decirle a Osvaldo lo que sabía, ya que era un secreto que le había confiado el intendente, y por eso se limitó a observar:

 

-Me imaginé que no dejarían a la niña en nuestras manos.

 

Después de lo cual cesó la conversación.

 

Como les advirtiera Osvaldo, el intendente apareció en la mañana del día siguiente, y lo hizo en compañía de su hija, que cabalgaba a su lado. Un palafrenero montado sobre otro caballo llevaba de la rienda a otro petiso que debía montar Clara, y a cierta distancia los seguía una carreta para el equipaje. Eduardo salió para ayudarle a desmontar a la señorita Heatherstone y ésta le tendió francamente la mano al llegar al suelo. Eduardo se sintió algo sorprendido, así como satisfecho por esta condescendencia de la joven para con un guardabosques.

 

-Me hace usted mucho honor, señorita Paciencia... -dijo, inclinándose.

 

-No pueda olvidar que le debo la vida, señor Armitage -respondió Paciencia-, y toda gratitud me parece poca. ¿Puedo pedirle otro favor?

 

-Por cierto que sí, si está en mis manos hacérselo.

 

-Se trata de que usted no rechace precipitadamente cualquier oferta que pueda hacerle mi padre -dijo la joven, en voz baja-. Eso es todo. Y ahora permítame que entre y conozca a sus hermanas, porque mi padre me las ha alabado mucho y deseo conocerlas.

 

Eduardo la condujo a la cabaña y Paciencia lo siguió, mientras el intendente mantenía una conversación con Humphrey. Después de haberle presentado a sus hermanas y a Clara a la hija de Heatherstone, salió para saludar al intendente, que, ahora que estaban a solas, se mostró muy franco con él y con Humphrey.

 

Eduardo le dijo al intendente que había un arcón de hierro con una buena cantidad de dinero y joyas, y muchas cosas, de valor en las demás cajas.

 

-Me temo, señor, que la carreta difícilmente podrá dar cabida a todos esos bienes.

 

-No me propongo llevarme los objetos más pesados o voluminosos, tales como la ropa de cama, armaduras, etcétera. Sólo llevaré los envoltorios de la propia Clara y las joyas y papeles. El resto puede quedar aquí, ya que ha de ser útil hasta que se lo reclamen a usted. ¿Dónde está Osvaldo Partridge?

 

-En el establo con los caballos, señor -dijo Humphrey.

 

-Entonces, cuando la carreta esté cargada, y más vale que ustedes lo hagan mientras los hombres están en el establo, Osvaldo se encargará de ella y llevará las cosas a mi casa.

 

-Aquí tiene las llaves, señor -dijo, Eduardo, presentándoselas.

 

-Bien. Y ahora, Eduardo Armitage, ya que estamos a solas quiero sostener una conversacioncita con usted. Ya sabe lo mucho que le debo por el servicio que me ha prestado y cuán ansioso me siento de probar mi gratitud. Usted ha nacido para cosas mejores que para seguir siendo un obscuro guardabosques y quizá un cazador furtivo de ciervos. Tengo que hacerle una proposición, que confío en que usted no rechazará después de pensarlo bien, y digo pensarlo porque no quiero que me conteste antes de haberlo pensado. Sé que usted no aceptará cargo alguno del actual gobierno, pero no puede oponerse a un empleo privado, tanto más cuanto que, lejos de abandonar a su familia, estará en mejores condiciones para protegerla. Necesito un secretario y quiero que usted acepte ese empleo, viva en mi casa y reciba un hermoso sueldo por sus servicios, que confío en que no han de ser demasiado pesados. Usted estará cerca de su familia y podrá protegerla y ayudarla; y lo que es más, se mezclará con la gente y sabrá qué pasa, ya que gozo de la confianza del gobierno. Desde luego, deposito en usted una tácita confianza, ya que en caso contrario no le ofrecería el cargo. Pero no siempre estará aquí: tengo mis corresponsales y amigos, a quienes tendré que enviarlo a usted ocasionalmente con encargos muy confidenciales. Usted, tengo la seguridad, me servirá en todos los sentidos y espero que aceptará el empleo que le ofrezco. No me conteste inmediatamente; consúltelo con su hermano y medítelo como es debido, y cuando haya tomado una decisión, comuníquemelo.

 

Eduardo se inclinó y el intendente entró en la cabaña.

 

Entonces el joven les ayudó a Humprey y a Pablo a subir a la carreta el arcón de hierro y cubrió éste con las demás cajas y paquetes, hasta que el vehículo quedó bien cargado. Dejando a Pablo a cargo de la carreta hasta que Osvaldo vino de los establos, Eduardo y Humprey entraron en la cabaña, donde encontraron toda una reunión social: Paciencia Heatherstone había logrado trabar una gran amistad con las otras tres niñas, y el intendente, con gran sorpresa de Eduardo, reía y bromeaba con ellas. Alicia y Edith habían traído un poco de leche, bizcochos y toda la fruta madura, con algún pan, un trozo frío de carne de vaca salada y un jamón; y todos comían mientras hablaban.

 

-He estado elogiando la economía doméstica de sus hermanas, Armitage -dijo el intendente-. Su granja parece muy productiva.

 

-Alicia esperaba a la señorita Heatherstone, señor, y se abasteció en forma desusada -dijo Eduardo-. Usted no debe suponer que lo pasamos tan bien todos los días.

 

-No -replicó secamente el intendente-. Me atrevería a decir que, en otras oportunidades, ustedes lo pasan de otro modo. Apostaría casi a que, en el aparador, hay un pastel de carne que usted no se atreve a mostrarle al intendente del Bosque Nuevo.

 

-Por esta vez señor, se equivoca -replicó Humphrey-. Alicia sabe muy bien cómo se hace uno de esos pasteles, pero no lo ha hecho.

 

-Pues debo creerle, señor Humphrey -replicó el intendente-. Y ahora, querida hija, debemos pensar en irnos, ya que el trayecto es largo y esta niña no está habituada a un caballo.

 

-Muchas gracias por su hospitalidad, señorita Alicia. Y ahora, adiós. Adiós, querida Edith. Vamos, Clara. ¿Estás pronta?

 

Todos salieron de la cabaña. El intendente hizo subir a Clara al petiso cuando la niña hubo besado a Alicia y a Edith. Eduardo le ayudó a Paciencia, y cuando ésta hubo montado, dijo:

 

-Espero que aceptará la oferta de mi padre. Le agradeceré mucho que lo haga.

 

-Lo meditaré con toda la consideración que merece -replicó Eduardo-. En realidad, la aceptación dependerá más de mi hermano que de mí mismo.

 

-Su hermano es un joven muy razonable, señor, por cuyo motivo tengo esperanzas - respondió Paciencia.

 

-Virtud que usted no parece reconocerme a mí, señorita Heatherstone.

 

-No, cuando predominan el orgullo o los sentimientos de venganza -replicó ella.

 

-Quizá descubra usted que no soy tan orgulloso o lleno de malquerencia como cuando vi por vez primera a su padre, señorita Heatherstone; y aun si yo revelara esos sentimientos, usted debería tener en cuenta que me crié en Arnwood.

 

-Cierto..., muy cierto, señor Armitage. Yo no tenía derecho a hablar tan atrevidamente, sobre todo tratándose de usted, que arriesgó su vida por salvar a la hija de uno de esos cabezas redondas, que han tratado tan cruelmente a la familia de su protector. Debe usted perdonarme. ¡Y ahora, adiós!

 

Eduardo se inclinó y luego se volvió hacia el intendente, que al parecer había estado esperando el fin de la conversación. Heatherstone se despidió de él cordialmente. Eduardo le estrechó la mano a Clara y la cabalgata partió. Todos permanecieron en los alrededores de la cabaña hasta que el grupo ganó cierta distancia y luego Eduardo empezó a pasarse junto a Humphrey, para comunicarle la oferta del intendente y pedirle su opinión.

 

-Mi opinión está concretada, Eduardo, y es que debes aceptar inmediatamente. No te encadenará obligación alguna con el gobierno y el intendente ha contraído contigo tal deuda de gratitud, que tienes derecho a esperar una recompensa. ¿Por qué quedarte aquí, si puedes mezclarte sin peligro con la gente y saber qué sucede? No necesito tu ayuda, ahora que tengo a Pablo, que me es cada día más útil. No pierdas semejante oportunidad de obtener un amigo para ti y para todos nosotros..., un protector, diría yo; el cual, a juzgar por lo que te ha confiado, dista de aprobar la conducta del gobierno actual. Heatherstone te ha hecho un merecido elogio al decirte que puede confiar en ti y confiará. No debes rechazar su oferta, Eduardo; eso sería realmente una locura.

 

 

-Creo que tienes razón, Humphrey, pero estoy tan habituado a dar batidas por el bosque - dado mi amor por la caza- y la fiscalización o confinamiento me impacientan tanto, que apenas si sé qué hacer. La vida de un secretario dista de ser grata para mí. ¡Pensar que tendré que estar sentado junto a una mesa, escribiendo y leyendo durante todo el día! La pluma es un pobre sustituto de la escopeta de largo caño.

 

-Pero resulta más efectiva, si hemos de dar crédito a lo que he leído -replicó Humphrey-. Con todo, no debes suponer que tu vida será tan sedentaria. ¿No dijo acaso Heatherstone que te confiaría misiones importantes? ¿Acaso no te prepararás, al ir a Londres y otros sitios y mezclarte con gente de rango, para asumir en la vida la condición que te corresponde y que confío recobrarás algún día? ¿Y acaso se sigue de ello que, por haber sido nombrado secretario no has de ir al bosque y matar a un ciervo con Osvaldo, si se te antoja, con la diferencia de que podrás hacerlo sin temor de verte insultado o perseguido por un malvado como Corbould? No vaciles por más tiempo, querido hermano; recuerda que nuestras hermanas no deberán vivir esta vida selvática cuando hayan crecido. No han nacido para ella, aunque se hayan adaptado tan bien. Depende de ti liberarlas eventualmente de su falsa posición; y nunca se te presentará una oportunidad como la que te ofrece ahora un hombre; a quien la sola gratitud torna ansioso de servirte.

 

-Tienes razón, Humphrey, y aceptaré la proposición. De todos modos, puedo volver aquí si las cosas no marchan bien.

 

 

-Te agradezco sinceramente tu decisión, Eduardo, -replicó Humphrey-. ¡Qué encantadora muchacha es esa Paciencia Heatherstone! ¡Jamás he visto una sonrisa tan encantadora!

 

Eduardo pensó en la sonrisa que le había dedicado Paciencia al separarse ambos una hora antes y se manifestó de acuerdo con Humphrey, pero contestó:

 

-¡Pero, hermano! Estás realmente enamorado de la hija del intendente.

 

-No hay tal, querido mío, pero sí lo estoy de su bondad y dulzura, y también lo están Alicia y Edith, te lo advierto. Paciencia ha prometido venir a visitarlas y traerles flores para su jardín y no sé cuántas cosas más, y ello me alegra mucho, ya que mis hermanas han estado enterradas aquí durante tanto tiempo, que sólo pueden salir ganando con su compañía de vez en cuando. ¡No! Te dejo a la señorita Heatherstone; yo estoy enamorado de la pequeña Clara.

 

-No está mal la elección, Humphrey; ambos tenemos altas aspiraciones para ser dos jóvenes guardabosques, ¿verdad? Con todo, dicen que «a todos les llega su hora», y a Cromwell y a su parlamento quizá les llegue la suya. Quizá el rey Carlos vuelva a subir al trono, mucho antes de que... de que atrapes a un petiso salvaje, Humphrey.

 

-Confío en que sí, Eduardo, pero recuerda cómo te reíste cuando hablé de atrapar a una vaca... y quizá te vuelvas a sorprender de nuevo. «Cuando uno se propone algo, lo consigue», dice el refrán. Pero debo ir a ayudarle a Alicia con la vaquillona; no está muy tranquila ahora y la veo salir con su balde.

 

Entonces, los hermanos se separaron y Eduardo echó a andar, cavilando sobre los sucesos del día y advirtiendo que sus pensamientos eran interrumpidos a menudo por súbitas visiones de Paciencia Heatherstone, y ciertamente, el recuerdo de la joven era para él la parte más satisfactoria y placentera de las perspectivas del empleo ofrecido.

 

«Viviré en la misma casa y estaré continuamente en su compañía -pensó-. Y aceptaría un empleo menos grato aun, aunque sólo fuese por eso. Ella me pidió que lo aceptara para complacerla y así lo haré. ¡Cuán precipitados somos en nuestras conclusiones! ¡Qué aversión sentí por su padre al verlo por primera vez! Ahora, cuanto más lo conozco, más me agrada..., no sólo eso, más lo respeto. Heatherstone dijo que el rey quería ser absoluto y arrebatarles sus libertades a sus súbditos y que éstos se vieron justificados al rebelarse; yo nunca había oído eso en Arnwood. En ese caso..., ¿fue legítimo dicho acto? Creo que sí, pero no lo fue asesinarlo; eso no lo admitiré nunca, ni tampoco la admitirá el intendente. Por el contrario éste detesta a sus asesinos tanto como yo. Pero si en realidad pensamos de manera rnuy parecida... Al principio los dos bandos eran... los que lo apoyaban, sin aceptar que tuviese razón, pero demasiado leales, para negarse a luchar por su rey, y los que se le oponían, confiando en obligarlo a obrar con justicia, el rey por sus presuntas prerrogativas, el pueblo por sus libertades. El rey era obstinado, el pueblo resuelto, hasta que un virulento ánimo belicoso enardeció a ambas partes, y ninguna de ellas quiso atender a razones, y el pueblo sacó ventaja, tomándose venganza en vez de obedecer los preceptos de la humanidad y la justicia. ¡Cuán, fácil habría sido destronar al rey y enviarlo allende los

 

mares! En vez de esto, lo tuvieron en el cautiverio y luego lo asesinaron. El castigo fue mayor que el agravio y dictado por la malignidad y el ánimo de venganza: fue un acto diabólico y manchará las páginas de nuestra historia nacional.» Esto pensaba Eduardo paseándose delante de la cabaña, hasta que Pablo lo llamó a cenar.

 

 

 

 

 

Capítulo XVIII

 

-Eduardo -dijo Edith-. Regáñalo a Pablo: ha estado maltratando a mi pobre gato. Es un niño cruel.

 

Pablo rió.

 

-Mira, Eduardo; se ríe. Vuelve a ponerlo en la trampa y déjalo ahí mientras no diga que lo siente.

 

-Lo siento mucho ahora, señorita Edith, pero el gato me mordió -dijo Pablo.

 

-Pues si el minino hizo eso, no te lastimó mucho. ¿Y qué te leí esta mañana en la Biblia? Que debes perdonar a los que te maltratan.

 

-Sí, señorita Edith. Usted dijo que lo hiciera y lo hice; perdoné al minino inmediatamente el haberme mordido, pero le di un puntapié por eso.

 

-Eso no es perdonar, ¿verdad, Eduardo? Debiste perdonarlo inmediatamente y no darle el menor puntapié.

 

-Señorita Edith... Cuando el gatito me mordió, me sentí irritado y le apliqué un puntapié; luego pensé en lo que me había dicho usted y obré tal como me lo dijo. Le perdono al gatito de todo corazón.

 

-Creo que debes perdonar a Pablo, Edith -dijo Eduardo-. Aun cuando sólo sea para darle un buen ejemplo.

 

-Bueno, lo perdonaré por esta vez. Pero si vuelve a darle un puntapié al gatito, habrá qué ponerlo en la trampa. Recuérdalo, Pablo.

 

-Sí, señorita Edith. Iré a la trampa y entonces usted, llorará y le pedirá al señorito Eduardo que me saque. Cuando usted me hace poner en la trampa, no es una buena cristiana, porque no perdona; cuando llora y me saca, vuelve a ser una buena cristiana.

 

Esta conversación le hará suponer al lector que los jóvenes habían estado tratando de inculcarle a Pablo los principios de la religión cristiana y éste era el caso, habiendo sido una de las más activas en sus esfuerzos la propia Edith, a pesar de ser muy joven para una misionera. Con todo, Alicia y Humphrey habían obtenido más éxito y Pablo estaba empezando a comprender lo que procuraban inculcarle y progresaba realmente día a día.

 

 

Eduardo se quedó en la cabaña, esperando recibir algún mensaje del intendente. Sus conjeturas estaban bien fundadas, ya que al tercer día Osvaldo Partridge se presentó y dijo que el intendente tendría gran placer en verlo, si podía hacerle una visita, que Eduardo convino en efectuar al día siguiente. Osvaldo había venido cabalgando en un petiso. Eduardo acordó volver con él, montando a Billy. Emprendieron el viaje en las primeras horas de la mañana siguiente y Eduardo le preguntó a Osvaldo si sabía por qué había enviado por él Heatherstone.

 

-No lo sé muy exactamente -replicó Osvaldo. Pero, a juzgar por lo que le he oído decir a la señorita Paciencia, es para ofrecerle a usted cierto empleo, si logran inducirlo a aceptarlo.

 

-Muy cierto -replicó Eduardo-. Me ofrece el cargo de secretaria... ¿Qué le parece?

 

-Creo que debe usted aceptarlo, señor; en cualquier caso yo, lo tomaría a título de ensayo...; nada se perderá con ello. Si no le gusta, podrá volver a la cabaña. De una sola cosa estoy seguro, y es de que el señor Heatherstone le hará lo más grato posible el trabajo, porque se siente muy ansioso de servirlo.

 

-Eso lo creo de veras -replicó Eduardo-.Y estoy completamente resuelto, a aceptar el cargo. Es un empleo de confianza y sabré todo lo que pasa, cosa que no será posible si sigo recluido en el bosque, y no dude de que habrá noticias emocionantes.

 

-Seguramente, usted presume que el rey vendrá, ¿no es así? -replicó Osvaldo.

 

-Estoy seguro de ello, Osvaldo; y es por eso que quiero estar en un sitio donde pueda enterarme de lo que ocurre.

 

-Pues también yo creo que el rey vendrá, señor; aunque me parece que por el momento las probabilidades son escasas. Pero el señor Heatherstone sabe más que yo en ese sentido, según creo, si bien no suelta prenda.

 

La conversación cambió de curso y después de una cabalgata de ocho horas, ambos llegaron a la casa del intendente. Eduardo dejó a Billy a cargo de Osvaldo y llamó a la puerta. Hebe lo hizo entrar y lo invitó a pasar a la sala de recibo, donde encontró al intendente solo.

 

-Eduardo Armitage, me alegro de verlo, y me alegraré más aun si ha resuelto aceptar mi proposición. ¿Cuál es su respuesta?

 

-Le agradezco mucho su oferta, señor -replicó Eduardo- y la aceptaré si me cree capaz de desempeñar ese empleo y yo veo que estoy a la altura de él; puedo ensayarlo y renunciar si lo encuentro harto difícil o tedioso.

 

-No será demasiado difícil..., de eso me encargo yo. Y confío en que no le parecerá harto tedioso. Mis cartas no son tantas como para que no pueda contestarlas yo mismo, pero mis ojos se están debilitando y deseo proteger mi vista todo lo posible. De modo que usted

 

tendrá que escribir más que nada lo que le dictaré. Pero no se trata solamente de que necesitaré una persona en quien pueda confiar; a menudo lo enviaré a Londres en vez de ir personalmente..., y supongo que usted no tendrá objeción que formular a eso..., ¿verdad?

 

-Ciertamente que no, señor.

 

-Pues bien... Sería inútil agregar nada más. Usted tendrá un aposento en esta casa y vivirá conmigo y compartirá mi mesa. Nada diré ahora de remuneración, ya que estoy convencido de que quedará satisfecho. Todo lo que necesito ahora es saber el día en que usted vendrá, para que todo pueda estar pronto.

 

-Supongo, señor, que debo cambiar de indumentaria -replicó Eduardo, mirando su ropa de guardabosques-. Ésta difícilmente armonizaría con el cargo de secretario.

 

-Convengo con usted en que será preferible reservar ese indumento para sus excursiones por el bosque, pues presumo que usted no lo abandonará del todo - replicó el intendente-. Puede conseguirse un traje en Lymington. Yo le proporcionaré los medios.

 

-Gracias, señor, pero tengo medios más que suficientes -replicó Eduardo-, aunque disto de ser tan rico como parecía serlo la pequeña Clara.

 

-¡Por cierto que sí! -dijo el intendente-. Yo no sabía que el pobre Ratcliffe poseyera tanto dinero y joyas. Bueno. Estamos a miércoles. ¿Puede venir el lunes próximo?

 

-Sí, señor -respondió Eduardo-. No veo motivo que me lo impida.

 

-Perfectamente. De modo que eso está arreglado. Y supongo que usted querrá ver su aposento. Paciencia y Clara están en el cuarto contiguo. Reúnase con ellas y hará muy feliz a mi hija diciéndole que vivirá con nosotros. Naturalmente, usted almorzará y pasará esta noche en la casa.

 

El señor Heatherstone abrió la puerta y diciéndole a su hija Paciencia: «Querida, te dejo a Eduardo Armitage para que lo entretengas hasta la hora del almuerzo», hizo pasar a Eduardo y volvió a cerrar la puerta. Clara se adelantó corriendo hacia Eduardo apenas hubo entrado el joven, y cuando lo hubo besado, Eduardo tomó la mano, que le tendía Paciencia.

 

-¿De modo que ha consentido? -dijo Paciencia con aire inquisitivo.

 

-Sí, no pude rehusar ante tanta bondad -dijo Eduardo.

 

-¿Y cuándo viene?

 

-El lunes por la noche, si puedo estar pronto para entonces.

 

-¿Qué tiene necesidad de preparar? -dijo Clara.

 

-No puedo presentarme con traje de guardabosques Clarita. Puedo usarlo cuando llevo en la mano una escopeta, pero no al manejar una pluma; de modo que debo ir a Lymington y ver qué puede hacer por mí un sastre.

 

-Se sentirá usted tan extraño en traje de secretario como me sentí yo en traje de varón - manifestó Clara.

 

-Puede ser -dijo Eduardo, aunque pensó que no sucedería semejante cosa, ya que en Arnwood se había habituado a usar ropa mucho mejor que la usada habitualmente por los secretarios; y este recuerdo le trajo a la zaga a Arnwood y Eduardo se tornó silencioso y pensativo.

 

Paciencia lo notó y al poco rato dijo:

 

-Podrá usted velar por sus hermanas aquí casi del mismo modo que si estuviese en la cabaña. ¿No vuelve hasta rnañana? ¿Cómo vino?

 

-Cabalgando en Billy, señorita Paciencia.

 

-¿Por qué la llama señorita Paciencia, Eduardo? -dijo Clara-. Usted me llama Clara.¿Por qué no la llama Paciencia?

 

-Usted olvida que sólo soy un guardabosques, Clara -replicó Eduardo, con grave sonrisa.

 

-No, ahora es un secretario -dijo la niña.

 

-La señorita Paciencia le lleva varios años. La llamo Clara porque usted sólo es una chiquilla, pero no debo tomarme esa libertad con la señorita Heatherstone.

 

-¿Opinas lo mismo, Paciencia? -dijo Clara.

 

-Ciertamente no considero impropio que una persona, después de conocerme bien, se tome la libertad de llamarme Paciencia -replicó ella; sobre todo si esa persona vive en la casa con nosotros, come y se trata con nosotros como si fuese de la familia y es recibida en pie de igualdad, pero me parece, Clara, que el señor Armitage debe dejarse guiar por sus propios sentimientos y obrar como lo considere decoroso.

 

-Pero tú puedes darle licencia y entonces eso será decoroso -replicó Clara.

 

-Sí, siempre que él se dé licencia a sí mismo, Clara -dijo Paciencia-. Pero ahora le mostraremos al señor Armitage su cuarto -continuó Paciencia, queriendo cambiar de tema-. ¿Quiere usted seguirnos, señor? -agregó, con fingido aire ceremonioso.

 

Eduardo así lo hizo sin replicar y fue introducido en un aposento grande y alegre, muy pulcramente amueblado.

 

-Ésta es su futura morada -dijo Paciencia-. Confío en que le gustará.

 

 

-Pero si él nunca ha visto cosa parecida -objetó Clara.

 

-Sí que he visto, Clara -dijo Eduardo.

 

-¿Dónde?

 

-En Arnwood; los aposentos eran en mucho mayor escala.

 

¡Arnwood! Oh, sí. Le oí a mi padre hablar de esa mansión -dijo Clara, y las lágrimas asomaron a sus ojos al recordarlo-. Sí, esa casa fue quemada y todos, los niños murieron carbonizados.

 

-Así dicen, Clara, pero yo no estaba allí cuando se quemó la casa.

 

-¿Dónde estabas, pues?

 

-En la cabaña donde vivo ahora.

 

Eduardo se volvió hacia Paciencia y notó que sus ojos estaban fijos en él, como si quisiera leer sus pensamientos. El joven sonrió y dijo:

 

-¿Duda usted de mis palabras?

 

-¡No, por cierto! -dijo ella-. No dudo de que usted haya estado entonces en la cabaña, pero estaba pensando que si los aposentos de Arnwood eran mas espléndidos, los de su cabaña eran menos cómodos. Ha estado habituado usted a lo mejor y a lo peor; y por eso confío en que se sentirá satisfecho de éstos.

 

-Espero no haber dado señales de descontento. En verdad, yo sería difícil de complacer si un departamento como éste no me conviniera. Además, permítame observar que si dije que los aposentos de Arnwood eran en mucha escala, yo nunca fuí dueño de uno de ellos.

 

Paciencia sonrió y no contestó.

 

-Ahora que conoce el camino a su aposento, señor Armitage, volvamos si gusta, a la sala - dijo la joven, y cuando volvían a esta habitación, añadió: -Supongo que el lunes traerá su ropa en una carreta.... ¿no es así? Se lo pregunto porque les prometí a sus hermanas unas flores y otras cosas, que podría enviarles con la carreta.

 

-Es usted muy bondadosa al pensar en ellas, señorita Paciencia -replicó Eduardo-. A mis hermanas les gustan las flores y se sentirán muy contentas al recibirlas.

 

-Creo haberle oído decir a mi padre que usted pasará aquí esta noche..., ¿no es así? - inquirió Paciencia.

 

-Me lo propuso y yo aprovecharé gustosamente la invitación, ya que esta vez no debo fiarme de las ideas de Hebe sobre la comodidad -dijo Eduardo, sonriendo.

 

-Sí, eso fue una mala acción de Hebe, ¡Y le aseguro, señor Armitage, que le avergüenza desde entonces mirarle a usted en la cara! ¡Pero qué suerte fue para mí aquel momento de mal humor de Hebe y cómo debo alegrarme de que ella lo alojara así! Debe perdonarla, ya que Hebe fue el instrumento que le permitió a usted ejecutar una noble acción, y yo debo perdonarla porque eso permitió que me salvaran la vida.

 

-No le tengo rencor alguno a Hebe -replicó Eduardo-. A decir verdad, debo estarle agradecido, porque si no me hubiese dado tan mal lecho esa noche, yo no estaría alojado ahora tan cómodamente como lo estaré.

 

-Supongo que tendrá hambre, Eduardo -dijo Clara-. El almuerzo está casi pronto.

 

-Me atrevo a afirmar que comeré más que tú, Clara.

 

-Y debe hacerlo, siendo un hombre tan grande como lo es. ¿Qué edad tiene usted, Eduardo? -dijo Clara-. Yo tengo trece, Paciencia más de dieciséis. ¿Y usted?

 

-No he cumplido aún los diecio, Clara, de modo que difícilmente se me podría llamar un hombre.

 

-Pero si es usted tan alto como el señor Heatherstone...

 

-Sí, creo que sí.

 

-¿Y no puede usted hacer todo lo que hace un hombre?

 

-Francamente, no lo sé; pero, a decir verdad, siempre trataré de hacerlo.

 

-Entonces, usted debe ser un hombre.

 

-Bueno, Clara. Si eso te complace, lo soy.

 

-Ahí viene el señor Heatherstone, de modo que adivino que el almuerzo está pronto. ¿No es así, señor?

 

-Sí, hija mía -replicó el señor Heatherstone, besando a Clara-. De modo que entremos.

 

El señor Heatherstone como era corriente en esa época entre la gente del partido al cual pertenecía aparentemente, dijo antes de abordar la carne una plegaria bastante larga y luego se sentaron a la mesa. Apenas hubo concluido el almuerzo, el señor Heatherstone volvió a su gabinete y Eduardo salió en busca de Osvaldo Partridge, con quien se quedó la mayor parte de la tarde, visitando la perrera, examinando a los perros y conversando de materias vinculadas con la caza.

 

-No tengo ni dos hombres capaces de acechar a un ciervo -observó Osvaldo-. Ni uno de los hombres designados aquí como guardacazas y guardianes ha aprendido el oficio. La mayoría de ellos pertenecía al ejército y creo que los han designado aquí para desembarazarse de ellos porque resultaban molestos, y son todo lo que se quiera menos buena gente. La consecuencia es que matamos pocos ciervos, porque tengo tanto que hacer aquí -ya que ninguno de ellos conoce sus obligaciones- que rara vez puedo salir con mi escopeta. Así se lo he dicho al intendente y él me dijo que si usted aceptaba una oferta que le había hecho y venía a vivir aquí, no nos faltaría carne de venado; por lo cual resulta claro que él no espera verlo siempre con la pluma en la mano.

 

-Me alegro de oírlo -replicó Eduardo-. No dude de que la mesa del señor Heatherstone, por lo menos estará siempre bien provista. ¿No es éste Corbould el que está apoyado contra la pared?

 

-Sí. Será exonerado, ya que no puede caminar bien y el médico dice que rengueará toda su vida. Le guarda rencor a usted y me alegro de que se vaya, porque es un hombre peligroso. Pero el sol se pone, señor Eduardo, y no tardarán en servir la cena; más vale que vuelva usted a la casa.

 

Eduardo se despidió de Osvaldo, y volvió a la casa del intendente, donde comprobó que Osvaldo tenía razón, ya que estaban sirviendo la cena.

 

Poco después de cenar, llamaron a Hebe y los criados, y el intendente dijo unas plegarias; después de lo cual Paciencia y Clara se retiraron. Eduardo se quedó conversando con el intendente durante una hora, poco más o menos, y luego fue conducido por el señor Heatherstone a su cuarto, que le había sido mostrado ya por Paciencia.

 

El joven no durmió mucho esa noche. Lo novedoso de su situación -esto es, lo novedoso de sus perspectivas y conjeturas al respecto- no le permitió pegar los ojos hasta la mañana siguiente. Pero se levantó temprano, y después de haber asistido a las plegarias matinales y de haberse desayunado en forma bien sustanciosa, se despidió del intendente y de las dos muchachas y emprendió el regreso a la cabaña, no sin renovar su promesa de volver el lunes siguiente a instalarse allí. Billy estaba descansado y galopó alegremente, de modo que Eduardo llegó a la cabaña en las primeras horas de la tarde y fue nuevamente acogido con el cariño de siempre por los suyos. Le contó a Humphrey lo sucedido y su hermano se sintió muy satisfecho al saber que Eduardo había aceptado la proposición del intendente. Alicia y Edith no la aprobaron tanto como él y vertieron unas cuantas lágrimas ante la idea de que Eduardo abandonaría su cabaña. Al día siguiente. Eduardo y Humphrey se dirigieron a Lymington, con Billy uncido a la carreta.

 

-¿Sabes qué pienso comprar, Eduardo? -dijo Humphrey-. Te lo diré: todos les cabritos o bien cabras y cabritos que pueda.

 

-Pero... ¿acaso no tienes suficiente ganado? Este año tendrás cuatro vacas para ordeñar y tienes dos terneras en crianza.

 

-Eso es muy cierto, pero no me propongo tener a las cabras por su leche, sino simplemente para comer su carne en vez de la de carnero. No puedo tener ovejas, pero las cabras se arreglarán en invierno con un poco de heno y se pasarán todo el año en el bosque. No mataré a ninguna de las hembras durante el primer año o el segundo, y después de esto, espero tener un rebaño suficiente para hacer frente a las necesidades.

 

-La idea no es mala, Humprey; esos animales vendrán siempre a casa si tienes heno para ellos en invierno.

 

-Ahora recuerdo que cuando íbamos a Lymington vi muchas cabras y no dudo de que estarán en venta. Pronto me cercioraré de ello preguntándoselo al dueño de la hostería - respondió Eduardo-. Tengo que ir allí antes que nada, ya que debo pedirle que me recomiende un buen sastre.

 

Al llegar a Lymington fueron en derechura a la hostería y encontraron al posadero en casa. Éste le recomendó a Eduardo un sastre, y el joven lo mandó llamar a la hostería, donde el sastre le tomó las medidas para un sencillo traje de paño oscuro. Luego Eduardo y Humphrey salieron y Eduardo tuvo que conseguirse zapatos y muchas otras prendas de vestir que estuvieran a tono con el traje que iba a usar.

 

-Me desconcierta el problema del sombrero, Humphrey -dijo Eduardo-. Detesto esos sombreros en forma de campanario que usan los cabezas redondas; con todo, el sombrero con pluma no es adecuado para un secretario.

 

-Sin embargo, yo te aconsejaría a que te resignaras a usar el sombrero en forma de campanario -dijo Humphrey-.Tu indumento, a mi entender, es una suerte de deshonra para un caballero de cuna y el heredero de Arnwood. ¿Por qué no habrías pues de ponerte igualmente el sombrero que usa esa gente? Como secretario del intendente, debes vestir como él; en caso contrario, podrías llamar la atención, sobre todo cuando viajes por asuntos de Heatherstone.

 

-Tienes razón, Humprey; no debo hacer las cosas a medias. Y a menos que use el sombrero, inspiraré sospechas.

 

-Dudo que el intendente lo use por otro motivo -dijo Humprey.

 

-Sea como fuere no llegaré al Pináculo de la moda -dijo Eduardo, riendo-. Algunos de los sombreros no son tan altos como los demás.

 

-Aquí está la tienda que necesitamos para el sombrero y el cinto de la espada.

 

Eduardo escogió un sombrero y un sencillo cinto, los pagó y le encargó al dueño del comercio que los llevara a la hostería.

 

Mientras se efectuaban todas estas compras de Eduardo y muchas otras de Humprey, tales como clavos, sierras, herramientas y diversas cosas que necesitaba Alicia para la casa, el posadero había hecho preguntar por las cabras y averiguado el precio que costaban.

 

Humprey, mientras Eduardo colocaba las compras en la carreta, salió por segunda vez para ver las cabras. Llegó a un acuerdo con el vendedor de éstas, adquiriendo un macho y tres hembras con dos cabritos cada una a su lado, y con otros diez cabritos hembras que acababan de ser destetados.

 

El vendedor se comprometió a llevárselos al día siguiente hasta el final de la carretera, en pleno bosque, allí Humphrey le saldría al encuentro, le pagaría la compra y se llevaría a los animales a la granja, que sólo distaba cinco kilómetros del sitio convenido. Habiendo solucionado satisfactoriamente este problema, el joven volvió al lado de Eduardo, que estaba pronto y ambos regresaron a la cabaña.

 

-Hemos hecho mermar un poco la bolsa hoy, Eduardo -dijo Humprey-. Pero el dinero está bien gastado.

 

-Así lo creo, Humphrey; pero no dudo de que podré reponer muy pronto el dinero, ya que el intendente me pagará mis servicios. El sastre ha prometido la ropa para el sábado sin falta, de modo que tú o yo tendrémos que ir a buscarla.

 

-Iré yo, Eduardo; mis hermanas querrán que te quedes con ellas, ya que vas a abandonarlas tan pronto. Y me llevaré a Pablo, para que aprenda el camino del pueblo y asimismo le mostraré dónde se compran las cosas, por si va allí personalmente.

 

-Creo que tuvimos suerte cuando atrapaste a Pablo, Humprey, porque no sé cómo habría podido yo dejarte en caso contrario.

 

-Sea como fuere, ahora me es mucho más fácil prescindir de ti que de él -replicó Humprey-. Aunque creo que podría salir del paso solo, pero con todo, Eduardo, nunca se sabe qué puede depararnos el mañana y bien podría suceder que yo me enfermase o que algo me impidiera atender a alguna tarea, y en ese caso, sin ti o Pablo, las cosas podrían marchar muy mal. Ciertamente si se piensa cómo quedamos librados a nuestros propios recursos al morir Jacobo, tenemos que agradecerle a Dios el habernos desempeñado tan bien.

 

-Convengo en ello y también en que le plugo al cielo concedernos muy buena salud. Sin embargo, estaré cerca por si me necesitas y Osvaldo visitará constantemente la cabaña y sabrá cómo lo pasan ustedes.

 

-Convengo en que te las compondrás para que Osvaldo venga aquí una vez por semana.

 

-Lo haré si puedo, Humphrey, porque sentiré tanta ansiedad como tú por saber si todo va bien. A decir verdad insistiré en que me permitan venir aquí una vez cada quince días, y no creo que el intendente me lo niegue..., mejor dicho, estoy seguro de que no me lo negará.

 

-Yo también -replicó Humphrey-. Estoy convencido de que nos desea mucho bien y de que, en cierto modo, nos ha tomado bajo su protección, pero recuerda, Eduardo, que yo no volveré a matar venados después de esto y así puedes decírselo al intendente.

 

-Sí que lo haré y eso le servirá de pretexto para mandarte alguna carne de venado, si quiere. Para serte franco, como sé que me permitirán salir con Osvaldo, será difícil que algún gamo extraviado no encuentre el camino de esta cabaña.

 

Ambos hermanos prosiguieron departiendo así sobre diversas cosas hasta que llegaron a la cabaña. Alicia salió a su encuentro y le dijo a Humprey:

 

-Bueno, Humphrey... ¿Me has traído mis gansos y patos?

 

Humprey los había olvidado, pero respondió:

 

-Debéis esperar a que yo vuelva a visitar a Lymington el sábado, Alicia, y confío el traértelos entonces. Mira cómo está cargado, ya el pobre Billy. ¿Dónde está Pablo?

 

-En el jardín. Ha estado trabajando allí durante todo el día y Edith está con él.

 

-Entonces descargaremos la carreta mientras nos preparas algo de comer, Alicia, porque te prevengo que nuestro apetito es descomunal.

 

-Tengo un guiso de conejo al fuego, Humphrey, y pronto ya para ser servido. Verás que está muy sabroso.

 

-Es mi plato predilecto, querida mía. Pablo no me agradecerá el haber traído esto a casa - agregó Humphrey, sacando la larga sierra de la carreta-. Tendrá que bajar al foso nuevamente apenas esté hecho.

 

La carreta no tardó en quedar descargada, Billy fue desuncido y todos entraron a la cabaña para cenar.

 

Humphrey partió a la mañana siguiente con Pablo, a primera hora, para encontrarse con el vendedor de cabras y cabritos. Los animales llegaron puntualmente al sitio y hora convenidos. Y como el conjunto le pareció satisfactorio, Humphrey le pagó al vendedor su dinero y se los llevó a la cabaña a través del bosque.

 

-Cabra muy buena, cabrito mejor; comer siempre cabrito en España -dijo Pablo.

 

-¿Tú naciste en España, Pablo?

 

-No estar seguro, pero creerlo así. Mis primeros recuerdos datar de ese país.

 

-¿Recuerdas a tu padre?

 

-No. Jamás lo vi.

 

-¿No te habló nunca de él tu madre?

 

-Yo la llamaba madre, pero creo que no serlo. Es costumbre de las gitanas.

 

 

-¿Por qué la llamabas madre?

 

-Porque alimentarme cuando pequeño, pegarme cuando crecido.

 

-Todas las madres hacen eso. ¿Qué te hizo venir a Inglaterra?

 

-No lo sé, pero oír decir a la gente «mucho dinero en Inglaterra..., mucho de comer..., mucho de beber..., traer mucho dinero a España».

 

-¿Desde cuándo estás en Inglaterra?

 

-Uno, dos, tres años; tres años y algo más.

 

-¿Qué te gusta más? ¿Inglaterra o España?

 

-Cuando con mi gente, gustarme España más: sol fuerte..., noche cálida... Inglaterra poco sol, noche fría, mucha lluvia, nieve y aire siempre frío; pero ahora vivir con ustedes, tener cama tibia, mucha comida, gustarme Inglaterra más.

 

-Pero cuando estabas con los gitanos ellos lo robaban todo..., ¿verdad?

 

-No robar todo -respondió Pablo, riendo-. A veces llevar y no pagar cuando no había nadie. Chacarero parecer muy severo..., tener gran perro.

 

-¿Saliste alguna vez a robar?

 

-Obligarme a hacerlo. No traer algo, pegarme mucho; si chacarero sorprenderme, pegarme también. Nada más que golpes, golpes y golpes.

 

-¿De modo que te obligaban a robar?

 

-Cuando no traer algo, primero pegarme y luego no darme de comer durante uno, dos, tres días. ¿Qué le parece eso, señor Humphrey? Supongo que usted robar cuando no comer tres días.... ¿verdad?

 

-Supongo que no -replicó Humphrey-, aunque nunca me han castigado tan severamente.

 

Y confíes Pablo, en que nunca volverás a robar.

 

-¿Para qué robar más? -replicó Pablo-. No gustarme robar; pero robar porque tener hambre. Ahora nunca tener hambre, siempre tener comida abundante: nadie golpearme ahora; dormir cama tibia toda la noche ¿Para qué robar, entonces? No, señorito Humphrey, yo nunca más robar, porque no tener motivo, y porque la señorita Alicia y la señorita Edith decirme que el buen Dios allá arriba decir que no se debe robar.

 

-Me alegro que des esa razón, Pablo -aplicó Humphrey-, ya que eso prueba que las enseñanzas de mis hermanas no han sido estériles.

 

 

-Gustarme oír hablar a la señorita Alicia; hablar con seriedad. La señorita Edith hablar también, pero reír mucho. Yo querer muchísimo señorita Edith, niñita muy alegre, salta como uno, de esos cabritos que llevarnos, siempre contenta. ¡Oh! Ahí veo la cabaña. Pronto llegaremos a casa, señorita Humphrey. La señorita Edith le gusta mucho ver cabritos. ¿Dónde poner éstos?

 

 

 

 

 

Capítulo XIX

 

-Los pondremos por el momento en el corral; dentro de poco Fiel se encargará de ellos.

Se lo enseñaré pronto.

 

-Sí. Fiel cuidar todo lo que le indico. ¿Por qué no encargarse de las cabras? Es un perro inteligente. ¿Creer usted bueno que el señorito Eduardo llevarse sus dos perros, Smoker y Guardián, señorito Humphrey? Me parece que mejor dejar cachorro. Llevarse Smoker y dejar cachorro.

 

-De acuerdo, Pablo. Aquí necesitamos dos perros. Le hablaré del asunto, a mi hermano. Ahora adelántate, abre la verja del corral y échales un poco de heno, mientras voy a llamar a mis hermanas.

 

El rebaño de cabras fue sumamente admirado, y a la mañana siguiente lo enviaron al bosque para apacentarlo, al cuidado, de Pablo y Fiel. A la hora de almorzar Pablo trajo el rebaño cerca de la cabaña, diciéndole al perro que lo cuidara. El inteligente animal se quedó inmediatamente con las cabras hasta que Pablo volvió después de almorzar. Y no estará de más observar que, a los pocos días, el perro las tomó a su cargo del todo, llevándolas al corral todas las noches. Y apenas las dejaba en el corral se iba a almorzar y cuidaba por eso de no volver tarde. Pero volvamos a nuestra interrumpida narración.

 

El sábado, Humphrey y Pablo fueron a Lymington para traer la ropa de Eduardo, y Humphrey familiarizó a Pablo con todo lo que debía saber, pero si resultaba necesario enviarlo solo al pueblo.

 

Eduardo se quedó con sus hermanas, ya que debía abandonarlas el lunes.

 

El domingo transcurrió como de costumbre: los jóvenes leyeron las plegarias ante la tumba del viejo Armitage y luego pasearon por el bosque. Porque el domingo era el único día en que Alicia hallaba tiempo para abandonar sus deberes de la casa. Las niñas estaban más melancólicas que de costumbre al pensar en que Eduardo las abandonaría, pero se conservaban animosas, sabiendo que aquello redundaría en beneficio de todos.

 

El lunes por la mañana, Eduardo, para complacer a sus hermanas, se puso el traje nuevo y guardó su ropa de guardabosques en el envoltorio de la ropa blanca. A Alicia y Edith su hermano les pareció muy gallardo en su nuevo indumento, y dijeron que aquello les recordaba los días de Arnwood. El caso es que Eduardo parecía lo que era: un caballero

 

nato. Esto no había podido disimularse muy bien bajo la ropa del guardabosque, y en su traje nuevo resultaba innegable. Después del desayuno uncieron a Billy y lo trajeron hasta la puerta de la cabaña. La ropa blanca de Eduardo fue colocada en la carreta y, según lo convenido con Humprey, el joven sólo se llevó a Smoker, dejando el cachorro en la cabaña. Pablo lo acompañaba, para traer de vuelta la carreta. Eduardo besó a sus hermanas, que lloraban al pensar en la separación, y después de estrecharle la mano a Humprey emprendió la marcha a través del bosque.

 

«¿Quién habría imaginado -pensó el joven mientras viajaba por la espesura- que yo viviría bajo el techo de un cabeza redonda y me pondría bajo su protección? De un cabeza redonda por su aspecto externo y según la opinión del mundo, al menos, si no enteramente por sus opiniones. Debo estar hechizado y casi me considero traidor a mis principios. No sé por qué lo hago; siento estima por ese hombre y confianza en él. ¿Y por qué no habría de hacerlo? Heatherstone conoce mis principios, mis sentimientos adversos a su partido, y los respeta. Seguramente, no pretenderá ganarme a su bando; esto sería en verdad ridículo... Un joven guardabosques..., un joven desconocido. No, nada ganaría él con eso..., porque es un don nadie. Debe obrar movido por la mera buena voluntad y nada más. Está agradecido por el servicio que le he prestado a su hija y trata de demostrármelo.»

 

Si Eduardo se hubiera planteado la siguiente pregunta: «De haber estado en términos tan cordiales con el intendente, habría yo aceptado su oferta si no existiera Paciencia Heatherstone?», habría descubierto quizá cuál era el «hechizo» que lo encadenaba; pero no tenía la menor idea de esto. Sólo sentía que su situación se volvería más cómoda con la compañía de una muchacha amable y bella, y no preguntaba más.

 

Sus ensoñaciones fueron interrumpidas por Pablo, que parecía cansado de su mutismo, y que dijo:

 

-Señorito Eduardo, a usted no gustarle irse de casa. Usted pensar demasiado. ¿Por qué ir allí?

 

-Ciertamente, no me gusta irme de casa, porque quiero mucho a mis hermanos; pero en este mundo no siempre podemos hacer lo que queremos, y obro así por el bien de ellos, más que obedeciendo a mis propias inclinaciones.

 

-No veo qué bien hacerle usted a la señorita Alicia y a la señorita Edith al marcharse. ¿Cómo ser posible hacer bien y no estar con ellas? Supongamos lamentable accidente y usted ausente..., ¿cómo hacer bien? Supongamos lamentable accidente y usted en cabaña, entonces usted hacer bien. Creo, señorito Eduardo, que usted muy aturdido.

 

Eduardo rió ante esta mordaz observación de Pablo, y replicó:

 

-Es muy cierto, Pablo, que no puedo velar por mis hermanas y protegerlas personalmente cuando estoy ausente; pero hay motivos para que vaya, con todo eso, y puedo serles más útil yéndome que quedándome con ellas. Si no lo pensara así, no las abandonaría. No conocen a nadie y carecen de amigos. Supongamos que me pasara algo. Supongamos que tanto Humphrey como yo muriéramos -porque, como sabes, nunca se puede prever cuándo

 

sucederá eso- y entonces..., ¿quién protegería a mis pobres hermanas y qué sería de ellas? ¿No es prudente, pues, que yo obtenga amigos para ellas, a fin de que en caso de accidente cuiden de mis hermanas y las protejan? Y al abandonarlas ahora, tengo la esperanza de conseguir para ellas amigos poderosos y buenos. ¿Me entiendes?

 

-Sí. Comprender ahora. Usted pensar más que yo, señorito Eduardo. Hace un momento decir que usted parecerme un aturdido; ahora decir: «Pablo, gran tonto».

 

-Además, Pablo, ten en cuenta que yo no las habría abandonado de ningún modo, si sólo pudiéramos cuidarlas Humphrey y yo, porque podría ocurrirnos un accidente a cualquiera de nosotros, pero cuando tú viniste a vivir con nosotros y vi que eras un muchacho inteligente y bueno y que nos querías, me dije: ¡Ahora puedo abandonar a mis hermanas, porque Pablo me reemplazará y le ayudará a Humphrey a hacer todo lo que haga falta y a cuidar de ellas». ¿Tengo razón, Pablo?

 

-Sí, señorito Eduardo -replicó Pablo, aferrando a Eduardo de la muñeca-. Tener mucha razón. Pablo querer a la señorita Alicia, a la señorita Edith, al señorito Humphrey y a usted, señorito Eduardo; querer mucho a todos ustedes...; ¡tanto, que moriría por ustedes! No podría hacer más.

 

-Eso es lo que yo pensaba realmente de ti, Pablo, y con todo me alegra oírlo de tu boca. Si no hubieses venido a vivir con nosotros y resultado tan fiel, yo no habría podido marcharme para hacerles un bien a mis hermanas, pero tú me has inducido a irme y ellas tendrán que agradecerte a ti si puedo serles útil en algo.

 

-Bueno. Váyase, señorito Eduardo. No preocuparse de nosotros; haremos mucho trabajo.

 

Todo se hará igual que cuando estar usted.

 

-Creo que sí, Pablo, y es por eso que he aceptado irme. Pero Billy está envejeciendo y ustedes necesitarán algunos petisos más.

 

-Sí, señorito Eduardo. Señorito Humphrey hablarme de petisos anoche y decir que hay muchos en el bosque. Preguntarme si podríamos atraparlos. Yo decir sí, atrapar uno, dos, veinte, suponer que necesitarlos.

 

-¡Ah! ¿Cómo harás eso, Pablo?

 

-Señorito Eduardo, usted decir al señorito Humphrey imposible, de modo que yo no decirle cómo -respondió Pablo, riendo-. Algún día usted venir a visitarnos, ver cinco petisos en el establo. Señorito Humphrey y yo conversar, descubrir cómo; usted verá.

 

-Bueno, no haré más preguntas, Pablo, y cuando vea a los petisos en el establo lo creeré y no antes.

 

-Supongamos que usted necesitar caballo grande de silla, atrapar gran caballo, señorito Eduardo, ya verá. Señorito Humphrey muy hábil..., atrapar vaca.

 

-Atrapar gitanillo -dijo Eduardo.

 

-Sí -dijo Pablo, riendo-. Atrapar vaca, atrapar gitanillo y pronto atrapar caballo.

 

Cuando Eduardo llegó a la casa del intendente fue recibido muy bondadosamente por el intendente y las dos muchachas. Después de haber depositado su guardarropa en su alcoba, fue al encuentro de Osvaldo y metió a Smoker en la covacha, y, al volver encontró a Pablo sentado sobre la alfombra de la sala, hablando con Paciencia y Clara y los tres parecían muy divertidos. Cuando Pablo y Billy hubieron comido algo, la carreta fue abarrotada de tiestos de flores y diversos regalos más de Paciencia Heatherstone y Pablo emprendió el regreso.

 

-Bueno, Eduardo. Parece usted un... -dijo Clara, y se detuvo.

 

-Un secretario, supongo -concluyó Eduardo.

 

-Al menos, no parece un guardabosques, ¿verdad, Paciencia? -continuó Clara.

 

-No debes juzgar a la gente por su vestimenta, Clara.

 

-No hago tal cosa -dijo Clara-. Esa indumentaria no le sentaría bien a Osvaldo o a los demás, porque ellos no armonizarían con la ropa, pero sí le sientan bien a usted, ¿verdad, Paciencia?

 

Pero Paciencia Heatherstone no respondió una sola palabra a esta segunda interrogación de Clara.

 

-¿Por qué no me contestas, Paciencia? -dijo Clara.

 

-Mi querida Clara, no es usual que las muchachas hagan observaciones sobre la vestimenta de la gente. Lo pueden hacer chiquillas como tú.

 

-¿Acaso no le dijiste a Pablo que su nuevo traje le sentaba bien?

 

-Sí, pero Pablo no es el señor Armitage, Clara. El caso es muy distinto.

 

-Quizá, pero con todo podrías responder a una pregunta cuando se te hace, Paciencia. Y vuelvo a preguntarte: ¿No le sienta acaso mejor a Eduardo este traje que el anterior?

 

-Creo que le sienta bien, Clara, ya que quieres una respuesta.

 

-Las bellas plumas hacen bellos pájaros, Clara -dijo Eduardo, riendo-. Y eso es todo lo que se puede decir al respecto.

 

Luego el joven cambió de conversación. A poco anunciaron que estaba pronta la cena y

 

Clara volvió a observarle a Eduardo:

 

-¿Por qué llama usted siempre señorita Heatherstone a Paciencia? ¿No cree que debiera llamarla Paciencia, señor? -y la jovencita se dirigió al intendente.

 

-Eso depende de los sentimientos del propio Eduardo, querida Clara -respondió el señor Heatherstone-. Mi intención es eludir el protocolo en todo lo posible. Eduardo Armitage ha venido para vivir con nosotros como un miembro de la familia y será tratada por mí como tal. De modo que en el futuro lo llamaré Eduardo y tiene mi plena autorización -y aun diría yo que es mi deseo- para que nos trate a todos con la misma familiaridad. Cuando se sienta inclinado a hablarle a mi hija como a ti, llamándola por su nombre de pila, lo hará, me atrevo a presumirlo, ahora que ya ha oído mi opinión; y reservará las palabras «señorita Heatherstone» para la ocasión en que tengan alguna rencilla.

 

-Entonces confío en que nunca me llamará así -observó Paciencia-. Porque le estoy demasiado agradecida para tolerar siquiera la idea de enojarme con él.

 

-¿Lo oye usted, Eduardo?

 

-Sí, Clara, y después de esta observación, puedes tener la seguridad de que nunca volveré a llamarla así.

 

A los pocos días Eduardo se sintió enteramente a sus anchas. Por la mañana, el señor Heatherstone le dictaba un par de cartas, que Eduardo escribía, y después de esto disponía libremente de su tiempo y lo pasaba más que nada en compañía de Paciencia y de Clara. Con la primera estaba ahora en las más íntimas y fraternales relaciones, y cuando se hablaban sólo usaban los nombres Paciencia y Eduardo. En cierta oportunidad, el intendente le preguntó al joven si no le gustaría salir con Osvaldo a matar un ciervo, cosa que Eduardo hizo, pero apenas si había llegado la temporada de los venados. En la caballeriza había un hermoso caballo a disposición de Eduardo, y éste salía a menudo de paseo, con Paciencia y Clara. En realidad, pasaba el tiempo tan agradablemente, que le parecía imposible que hubiesen transcurrido quince días cuando pidió permiso para ir a la cabaña a visitar a sus hermanas.

 

Después de obtener la autorización del intendente, Paciencia y Clara lo acompañaron, y la alegría de Alicia y Edith fue considerable cuando los tres hicieron su aparición allí. Osvaldo, a pedido de Eduardo, se había adelantado un par de días para anunciar la visita, a fin de que estuviesen prontas, y la consecuencia fue que hubo un día de fiesta en la cabaña. Alicia había preparado su mejor almuerzo y Humphrey y Pablo estaban en casa para darles la bienvenida.

 

-¡Qué grato nos resultaría verlas, a usted y a Clara cada vez que veamos a Eduardo! -le dijo Alicia a Paciencia-. Lejos de lamentar que Eduardo esté con ustedes, eso me satisfará mucho.

 

-Riego las flores a diario -dijo Edith-. Y le dan un aspecto tan alegre al jardín...

 

-Le traeré muchas más en otoño, Edith, pero esta época no es adecuada aún para el trasplante de flores -respondió Paciencia-. Y ahora, Alicia, debe llevarme a ver su granja, porque no tuve tiempo de conocerla en mi última visita. Vamos ahora y muéstremelo todo.

 

-Pero... ¿Y mi almuerzo, Paciencia? No puedo dejarlo o se me estropeará y eso no es posible. Vaya con Edith o espere hasta después del almuerzo, ya que entonces me desocuparé.

 

-Pues esperaremos a que termine el almuerzo, Alicia, y le ayudaremos a servirlo.

 

-Gracias; eso lo hace generalmente Pablo, porque Edith no puede alcanzar las cosas. No sé dónde está Pablo.

 

-Se ha ido con Eduardo y Humphrey, según creo -dijo Edith-. Lo regañaré cuando vuelva por haberse marchado.

 

-No importa, Edith -dijo Paciencia-. Yo puedo alcanzar los platos y usted y Clara los colocarán, así como las fuentes, sobre la mesa, para que Alicia sirva la comida.

 

Y Paciencia hizo lo que se proponía y a poco el almuerzo apareció sobre la mesa. Había un jamón y dos aves cocidas y un trozo de carne de vaca salada y un poco de cabrito asado, además de patatas y guisantes verdes, y si se piensa que semejante almuerzo había sido servido en la mesa por gente tan joven, librada enteramente a sus propios esfuerzos e industriosidad, debe admitirse que ello los honraba y honraba a su granja.

 

En el ínterin, Eduardo y Humphrey, después de los primeros saludos, habían salido a conversar, mientras Pablo llevaba los caballos al establo.

 

-Bueno, Humphrey. ¿Cómo van tus cosas?

 

-Muy bien -respondió Humphrey-. Acabo de terminar un trabajo muy penoso. He cavado un aserradero y aserrado las tablas para los costados del foso y lo he asegurado muy bien. El gran abeto, que talamos está ahora en el foso, listo para aserrarlo convirtiéndolo en tablones y Pablo y yo vamos a empezar mañana. Al principio nos costó aserrar las tablas, pero antes de terminar con ellas ya salíamos del paso perfectamente. A Pablo eso no le gusta, y a decir verdad tampoco me agrada a mí. Ese trabajo es tan mecánico y fatigoso...

 

Pero Pablo no se queja. No pienso hacerle aserrar más de dos días por semana; eso bastará... Progresamos con suficiente rapidez.

 

-Tienes razón, Humphrey; un viejo refrán dice que no se debe cansar al caballo ganoso de trabajar. Pablo tiene muy buena voluntad, pero no está habituado, al trabajo pesado.

 

-Bueno, ahora debes venir a ver mi rebaño de cabras, Eduardo; no está lejos. Le he enseñado a Fiel a cuidarlas y nunca las abandona y las trae a casa de noche. Guardián siempre se queda conmigo y es un excelente perro, muy inteligente por cierto.

 

-¡Por cierto que tienes un hermoso rebaño, Humphrey! -dijo Eduardo.

 

 

-Sí, y el aspecto de esos animales ha mejorado desde que están aquí. Alicia ha recibido sus gansos y patos y yo les he hecho una charca lo bastante grande para que chapoteen hasta que pueda cavarles un estanque.

 

-Pensé que nos sobraba heno, pero con este agregado creo que no te sobrará hasta la misma primavera.

 

-Tanto es así que he estado segando una buena cantidad. Eduardo, y el heno está casi pronto para llevárselo. El pobre Billy ha tenido un duro trabajo con esto o lo otro desde que vino, te lo aseguro.

 

-¡Pobrecito! Pero eso no durará mucho, Humphrey -dijo Eduardo, sonriendo-. Los demás caballos no tardarán en sustituirlo.

 

-Supongo que sí -dijo Humphrey-. Al menos en la primavera próxima. No espero que suceda antes.

 

-A propósito, Humphrey... ¿Recuerdas lo que dijo antes de morir el ladrón a quien maté?

 

-Sí, lo recuerdo ahora -dijo Humphrey-. Pero lo había olvidado por completo hasta que lo mencionaste, aunque lo anoté para que no se nos olvidara.

 

-Pues he estado pensando en el asunto, Humphrey. El ladrón me dijo que era mío tomándome por otra persona; por lo tanto, no considero que me lo haya dado, ni tampoco creo que fuese suyo y pudiera darlo. No sé qué hacer con eso, ni quién podría considerarse dueño del dinero.

 

-Creo poder responder a esa pregunta. Les bienes de todos los malhechores pertenecen al rey y por lo tanto ese dinero es suyo, y podemos conservarlo para el rey o usarlo en su servicio.

 

-Sí. El dinero le habría pertenecido al rey si este hombre hubiese sido condenado y ahorcado como se lo merecía, pero no lo fue y por lo tanto no creo que el dinero le pertenezca al rey.

 

-Entonces le pertenece a quienquiera la encuentre y que lo guarde hasta que lo reclamen..., cosa que nunca sucederá.

 

-Me parece que le hablaré del asunto al intendente -replicó Eduardo-. Me sentiré más cómodo.

 

-Entonces hazlo -dijo su hermano-. Creo que haces bien al no ocultarle nada.

 

-Pero, Humphrey... ¡Qué tontos somos! -replicó Eduardo, riendo-. Aun no sabemos si hallaremos algo. Debemos empezar por cerciorarnos de si hay algo sepultado ahí, y cuando nos hayamos cerciorado, resolveremos qué debe hacerse. Si Dios quiere, volveré aquí

 

dentro de quince días y en el ínterin busca ese sitio y averigua si ese individuo dijo la verdad.

 

-Así lo haré -replicó Humphrey-. Iré mañana con Billy y la carreta y llevaré una pala y un zapapico. Quizá sea una estupidez intentarlo, pero dicen -y hay que creerlo en honor a la naturaleza humana- que las palabras de un moribundo son la fiel expresión de la verdad. Más vale que volvamos ahora, porque creo que el almuerzo debe estar pronto.

 

Ahora que los jóvenes estaban en tal pie de intimidad con Paciencia Heatherstone -y añadiría yo, le habían cobrado tanto afecto- nadie se sentía ya cohibido y el almuerzo fue muy alegre, y después del almuerzo, Paciencia salió con Alicia y Edith e inspeccionó el jardín y la granja. Tenía muchos deseos de convencerse de que poseían todo lo necesario, pero sólo pudo descubrir la ausencia de unas pocas cosas, y aun éstas no pasaban de ser bagatelas; con todo, las recordó y envió a la cabaña a los pocos días. Pero llegó la hora de la partida, porque el viaje de regreso era largo y no podían quedarse más tiempo si querían llegar a casa del intendente antes del anochecer, como se lo había pedido el señor Heatherstone a Eduardo. De modo que trajeron los caballos, y después de despedirse se marcharon, mientras la pequeña Edith les gritaba:

 

-¡Vuelvan pronto! ¡Paciencia, debes volver pronto!

 

 

 

 

 

Capítulo XX

 

Muy avanzado ya el verano, Osvaldo le dijo cierto día a Eduardo:

 

-¿Sabe ya la noticia, señor?

 

-Nada sé que parezca particularmente interesante -dijo Eduardo-. Sé que el general Cromwell está en Irlanda, y según dicen, obtiene mucho éxito, pero poco me importan los detalles.

 

-Se dice mucho más, señor -respondió Osvaldo.

 

Se dice que el rey está en Escocia y que los escoceses han reunido un ejército para él.

 

-¿Será posible? -replicó Eduardo-. ¡Eso sí que es una noticia! El intendente no me la mencionó.

 

-Supongo que no, señor, ya que conoce sus sentimientos y lamentaría separarse de usted.

 

-Por cierto que hablaré con él sobre el particular -dijo Eduardo-, aun a riesgo de desagradarle; y me uniré al ejército si me convenzo de que es cierto lo que dices. Sería un acto de cobardía quedarme aquí cuando el rey está luchando por sus fueros y no unirme a sus filas.

 

-Pues yo creo que la noticia es cierta, señor, porque he oído decir que el parlamento le ha pedido al general Cromwell que venga de Irlanda y guíe a las tropas contra el ejército escocés.

 

-¡Me enloqueces, Osvaldo! ¡Iré a ver al intendente de inmediato!

 

Eduardo, muy excitado por la nueva, entró en el aposento donde trabajaba por lo general con el intendente. Heatherstone, que estaba sentado ante su escritorio, alzó los ojos y al ver lo enrojecido que estaba el rostro de Eduardo, dijo muy sosegadamente:

 

-Supongo que lo excita la flamante noticia, Eduardo..., ¿verdad?

 

-Sí, señor. Me siento muy excitado, y lamento haber sido el último en enterarme de nueva tan importante.

 

-Se trata, como usted dice, de una nueva importante -replicó el intendente-. Pero si se sienta, hablaremos un poco sobre el particular.

 

Eduardo se sentó y el intendente dijo:

 

-No dudo de que su propósito, en estos momentos, es irse a Escocia e ingresar al ejército sin demora. ¿No es así?

 

-Tal es mi propósito, señor, se lo confieso sinceramente. Es mi deber.

 

-Quizá yo pueda convencerlo de lo contrario antes de que nos separemos -replicó el intendente-. El primero de sus deberes en su situación actual, es el que tiene contraído con su familia. Sus hermanos dependen de usted y cualquier paso en falso que dé causará la ruina. ¿Cómo puede abandonarlos y dejar este empleo, sin que se sepa con qué fin se ha marchado? ¡Imposible! Yo mismo tendré que darle a conocer, y aun así, resultará muy perjudicial para mí la sola circunstancia de haber tenido a mi servicio a un hombre de su partido. Inspiro ya muchas sospechas por haberme opuesto al asesinato del rey, y asimismo de los lores, que han sufrido a partir de entonces. Pero no le comuniqué esta noticia, Eduardo, por muchos motivos. Sabía que no tardaría en llegar a sus oídos y creí preferible prepararme a demostrarle que usted puede dañarse a sí mismo y dañarme a mí sin beneficiar a su rey. Ahora le probaré la confianza que deposito en usted, y si lee estas cartas, ellas le probarán que tengo razón en mis afirmaciones.

 

El intendente le tendió a Eduardo tres cartas, de las cuales resultó evidente que todos los amigos del rey en Inglaterra opinaban que no había madurado aún la hora propicia para la intentona y que hacerlo sólo implicaría un sacrificio estéril, que el ejército escocés congregado se componía de hombres que eran los peores enemigos del rey y que lo mejor para los intereses realistas sería que fuesen aniquilados, por Cromwell, y también se afirmaba que a los parciales ingleses de Carlos les era imposible unirse a ellos y que los escoceses no deseaban semejante unión.

 

-Usted no es un político, Eduardo -dijo el intendente, sonriendo, mientras el joven dejaba las cartas sobre la mesa-. Reconocerá que al mostrarle estas cartas he depositado en usted la máxima confianza..., ¿no es así?

 

-Por cierto que sí, señor, y al agradecerle que lo haya hecho, de más está decir que su confianza jamás se verá traicionada.

 

-De ello estoy seguro, y confío en que usted convendrá ahora conmigo y con mis amigos en que lo más prudente es no dar paso alguno..., ¿verdad?

 

-Ciertamente, señor. Y en el futuro me dejaré guiar por usted.

 

-Eso es todo lo que le pido, y después de esa promesa, se enterará usted de todas las noticias apenas lleguen. Hay millares de personas tan ansiosas como usted de ver nuevamente en el trono al rey, Eduardo..., y ya sabe ahora que también yo figuro entre ellas, pero ho ha llegado aún la hora y debemos esperar el momento oportuno. Tenga la seguridad de que el general Cromwell dispersará a ese ejército como un puñado de desperdicios. Ahora ha emprendido ya la marcha. Después de lo conversado, hoy por nosotros, Eduardo, le contaré sin reservas todo lo que suceda.

 

-Gracias, señor, y le prometo firmemente, como ya se lo dije, no sólo dejarme guiar por sus consejos, sino conservar el mayor secreto sobre todo lo pueda confiarme.

 

-Tengo plena fe en usted, Eduardo Armitage. Y ahora dejemos el asunto por el momento, Paciencia y Clara quieren que usted las acompañe a dar un paseo, de modo que será hasta pronto.

 

Eduardo se separó del intendente, muy satisfecho de la entrevista. Heatherstone cumplió su palabra y nada le ocultó. Todo resultó tal como lo pronosticara. El ejército escocés fue aniquilado por Crommell y el rey se retiró a las montañas de Escocia, y Eduardo se convenció de que lo mejor que podía hacer era dejarse guiar por el intendente en todas sus empresas futuras.

 

Ahora debemos resumir algún tiempo en unas pocas palabras. Eduardo continuó en casa del intendente y proporcionó grandes satisfacciones al señor Heatherstone. Pasaba gratamente el tiempo, solía salir en busca de ciervos con Osvaldo y a menudo les llevaba carne de venado a sus hermanos. Durante el otoño, Paciencia visitó la cabaña muy a menudo y ocasionalmente también lo hizo el señor Heatherstone, pero al llegar el invierno, Eduardo fue solo, aprovechando el trayecto para cazar, y cuando él y Smoker llegaban a la cabaña, Billy tenía que hacer siempre un viaje en busca del venado muerto en el bosque. Paciencia le enviaba a Alicia muchas cositas para su uso y el de Edith y algunos, libros muy buenos, y Humphrey, de noche, leía con sus hermanas, para que éstas pudieran aprender lo que él consiguiera enseñarles. Pablo aprendió también a leer y escribir. Humphrey y Pablo habían trabajado en el aserradero y aserrado gran número de tablones y madera de construcción, pero la construcción misma fue postergada hasta la primavera.

 

El lector recordará posiblemente que Eduardo le había sugerido a Humprey que averiguara si el ladrón le había dicho la verdad al morir, sobre las mal habidas riquezas ocultas bajo el árbol herido por el rayo. Unos diez días después, Humprey emprendió la expedición. No llevó consigo a Pablo porque, aunque tenía muy buena opinión de él, convino con Osvaldo en que era mejor no poner en su camino la tentación. Resolvió ir directamente a la cabaña de Clara y partir de allí en procura del roble mencionado por el ladrón. Al llegar a la espesura que rodeaba a la cabaña, se le ocurrió visitar ésta y cerciorarse de que todo seguía en el mismo, estado en que lo dejara; porque después de su visita, el intendente les había dado instrucciones a sus hombres de quedarse allí y de sepultar los cadáveres, cerrando luego las puertas de la cabaña y trayéndole las llaves, cosa que se hizo. Humprey ató a Billy y la carreta a un árbol y atravesó la espesura. Al acercarse a la cabaña oyó voces; ésto lo indujo a avanzar muy cautelosamente porque no había traído su escopeta. Al llegar al claro existente ante la cabaña, se agazapó. Las puertas y ventanas estaban abiertas y dos hombres, allí sentados limpiaban sus escopetas, y en uno, de ellos, Humprey reconoció a Corbould, que el intendente había exonerado apenas curada su herida y a quien se presumía ya en Londres. El joven estaba harto lejos para oír lo que decían. Se quedó allí durante algún tiempo y de la cabaña salieron otros, tres hombres. Dándose por satisfecho con lo visto, Humprey se retiró con suma cautela y al llegar al linde la espesura, alejó a Billy y la carreta por entre la hierba, a fin de que no se oyera el rumor de las ruedas.

 

«Esto no presagia nada bueno -pensó, mientras se marchaba, volviéndose de vez en cuando para asegurarse de si no lo habían visto-. Ese Corbould, ya lo sabemos, ha jurado vengarse de Eduardo y de todos nosotros, y se ha unido sin duda a estos ladrones -porque deben serlo- a fin de poder cumplir su juramento. Es una suerte que yo haya descubierto esto, y se lo comunicaré de inmediato al intendente.»

 

Apenas se hubo interpuesto entre él y la espesura un macizo de árboles, y no temió ya que lo viese aquella gente, Humphrey siguió la dirección mencionada por el ladrón y a poco advirtió el roble herido por el rayo, que se erguía aislado en un terreno herboso de unos veinte acres. Aquel roble había sido un árbol noble antes de su destrucción; ahora extendía sus ramas largas y desnudas sobre un claro donde no quedaba el menor rastro de vegetación o de vida. El tronco medía varios metros de diámetro, y era, al parecer, muy sano, a pesar de que el árbol estaba reseco. Humprey dejó que Billy paciera cerca de allí y luego, guiándose por la posición del sol, determinó el punto donde debía cavar. Después de mirar a su alrededor para convencerse de que no lo observaban, sacó de la carreta la pala y el zapapico y empezó su tarea. Había un sitio menos herboso que el resto, y Humphrey presumió que debía ser el lugar donde correspondía cavar, ya que probablemente la hierba no había crecido por haberse removido allí la tierra. Comenzó en ese sitio y a los pocos instantes el zapapico chocó con algo duro; al quitar la tierra, el joven descubrió que era la tapa de madera de un cajón. Convencido de que estaba en lo cierto, empezó a trabajar de firme y a los pocos instantes había despejado el agujero lo suficiente para poder extraer de allí el cajón y dejarlo sobre la hierba. Se disponía a examinarlo, cuando advirtió, a unos quinientos metros de distancia, a tres hombres que se adelantaban hacia él. «Me han descubierto -pensó-, y debo escapar lo antes posible.» Corrió hacia Billy, que estaba cerca, y trayendo, la carreta al sitio donde estaba el cajón, lo puso en el vehículo. Cuando trepaba al mismo, con las riendas en las manos, notó que los tres hombres corrían hacia él con toda

 

la rapidez posible y que llevaban escopetas. Apenas si estarían a unos ciento cincuenta metros de él, cuando Humprey partió, lanzando a Billy a un rápido trote.

 

Al notarlo, los tres hombres le gritaron a Humphrey que se detuviese, porque, en caso contrario, harían fuego; pero la única respuesta del joven fue aplicarle un latigazo a Billy que lo lanzó al galope. Los perseguidores dispararon de inmediato y las balas pasaron silbando junto a Humphrey sin causarle daño. El joven volvió la cabeza, y al notar que había aumentado la distancia contuvo al petiso y siguió la marcha con un ritmo más moderado. «Ustedes no me atraparán -pensó-. Y sus escopetas no están cargadas. De modo que los atormentaré un poco.» Hizo que Billy siguiera al paso y miró para cerciorarse de lo que hacían sus perseguidores. Éstos habían llegado al sitio donde Humphrey desenterrara el cajón y estaban parados en torno del agujero, comprendiendo a todas luces que era inútil seguirlo. «Ahora -pensó el joven, al proseguir más rápidamente el viaje- esos individuos se preguntarán qué he desenterrado. Los villanos no se imaginan que sé dónde se los puede encontrar y han revelado lo que son al disparar contra mí. ¿Qué debo hacer ahora? Quizá me sigan hasta la cabaña, ya que saben sin duda donde vivo, y que Eduardo vive en la casa del intendente. Quizá vengan y nos ataquen, y no me atrevo a abandonar la cabaña esta noche o enviar a Pablo, por si lo hacen; pero lo haré mañana por la mañana.»

 

Humphrey examinó durante el trayecto todos los hechos y probabilidades, y resolvió obrar tal como se lo había propuesto en el primer momento. Al cabo de una hora llegó a la cabaña. Apenas le hubo dado de almorzar Alicia -porque había llegado a hora más tardía que la usual-, le contó lo ocurrido.

 

-¿Dónde está Pablo?

 

-Ha estado trabajando en el jardín con Edith durante todo el día -contestó Alicia.

 

-Bueno, querida. Confío en que no vendrán esta noche; mañana los haré poner a buen recaudo. Pero si vienen, debemos hacer todo lo posible por repelerlos. Es una suerte que Eduardo nos haya dejado las escopetas y pistolas que encontró en la cabaña de Clara, ya que no nos faltarán armas de fuego. Y podemos hacer barricadas en las puertas y ventanas, de modo que la entrada diste de serles fácil. Pero necesito la ayuda de Pablo, porque no hay tiempo que perder.

 

-Pero, ¿.no podría ayudarte yo, Humprey? -dijo Alicia-. Seguramente puedo hacer algo, ¿verdad?

 

-Lo veremos, Alicia; pero, creo que lograré salir del paso sin ti. No queda aún mucha luz diurna. Llevaré el cajón a tu cuarto.

 

Humphrey, que sólo había sacado el cajón de la carreta y traspuesto con él a cuestas el umbral de la cabaña, lo trasladó ahora al dormitorio de sus hermanas y luego salió y llamó a Pablo, que acudió corriendo.

 

-Pablo -dijo Humphrey-. Debemos traer a la cabaña varios de los grandes trozos de madera que aserramos para que nos sirvieran de cabrios, porque no me sorprendería que esta noche atacaran la cabaña.

 

Luego el joven le contó a Pablo lo ocurrido.

 

-Como ves, Pablo, no me atrevo a enviarle recado hoy al intendente, por si vienen aquí los ladrones.

 

-No; esta noche no -dijo el gitanillo-. Quedarnos aquí y pelear con ellos. Primero, asegurar la puerta; luego, hacer abertura para disparar por ella.

 

-Sí; eso me proponía yo. ¿No temes luchar contra ellos, Pablo?

 

-No. Lucharé con empeño por señorita Alicia y señorita Edith -dijo, Pablo-. Luchar también por usted, señorito Humphrey, y por mí mismo -agregó riendo.

 

Ambos jóvenes fueron en busca de la madera aserrada, la trajeron a la cabaña y pronto adaptaron las tablas a las puertas y ventanas, de modo tal que aun varios hombres, usando toda su fuerza, no pudieran abrirlas.

 

-Con eso basta -dijo Humphrey-. Y ahora tráeme la sierra pequeña y haré una o dos aberturas para disparar a través de ellas.

 

Anocheció antes de que terminaran, y entonces lo aseguraron todo y fueron al cuarto de Pablo, en busca de las armas, que aprontaron para ser usadas y cargaron.

 

-Ahora estamos completamente prontos, Alicia, de modo que podemos cenar -dijo Humphrey-. Opondremos una buena resistencia y no les será tan fácil entrar como se lo imaginan.

 

Después de la cena, Humphrey dijo las plegarias y les indicó a sus hermanas que se fueran a la cama.

 

-Sí, Humphrey. Nos iremos a acostar, pero no nos desnudaremos, porque si vienen, debo estar levantada para ayudarte. Sé cargar una escopeta, como no lo ignoras, y Edith puede entregarte rápidamente las armas a medida que yo las vaya cargando. ¿No es así, Edith?

 

-Sí; yo te traeré las escopetas, Humphrey, y tú las dispararás -declaró Edith.

 

Humphrey besó a sus hermanas y éstas subieron a su cuarto. Luego el joven puso una luz en la chimenea, para no tener que ir a buscarla si venían los ladrones, y le indicó a Pablo que fuese a acostarse, ya que él se proponía hacer lo mismo. Humphrey permaneció despierto hasta las tres de la mañana; pero no vino ladrón alguno. Pablo roncaba sonoramente, y por fin el propio Humphrey se quedó dormido y sólo despertó en pleno día. Se levantó y advirtió que Alicia y Edith estaban ya en la sala, encendiendo el fuego.

 

-No quise despertarte, Humphrey, teniendo en cuenta tu larga vigilia. Es evidente que los ladrones no han aparecido. ¿Te parece bien que desatranque ahora la puerta y las persianas?

 

-Sí. Creo que podemos hacerlo. ¡Ven, Pablo!

 

-Sí -respondió el gitanillo, saliendo soñoliento- ¿Qué sucede? ¿Venir ladrón?

 

-No -replicó Edith-. No ha venido, pero el sol brilla y el perezoso Pablo, no se levanta.

 

-Ya se levantó, señorita Edith.

 

-Sí, pero todavía no está despierto.

 

-Sí, señorita Edith. Completamente despierto.

 

-Entonces, ayúdame a desatrancar la puerta.

 

Quitaron las barricadas y Humphrey abrió cautelosamente la puerta y miró afuera.

 

-Sea como fuere, creo que no, vendrán ahora -observó Humphrey-. Pero no puede saberse. Quizá estén rondando por los alrededores y les parezca más fácil abordar esto de día que de noche. Sal, Pablo y registra las cercanías; lleva contigo una pistola y dispárala si hay algún peligro, y luego vuelve lo más pronto que puedas.

 

Pablo tomó la pistola y Humphrey salió de la cabaña y contempló el claro, pero sólo franqueó el umbral al cerciorarse de que no había nadie. Pablo volvió al poco rato, diciendo que lo había registrado todo y que había mirado, en el establo y el corral y no se veía a persona alguna. Esto satisfizo a Humphrey, y ambos volvieron a la cabaña.

 

-Vamos, Pablo. Desayúnate mientras le escribo la carta al intendente -dijo Humphrey-. Luego ensillarás a Billy y llevarás la carta con la mayor rapidez posible. Puedes decirle de viva voz al intendente todo lo que no haya escrito en ella. Te esperaré de regreso por la noche y supongo que vendrá gente contigo.

 

-Comprendo -dijo Pablo, que se consagró inmediatamente a un trozo de carne fría que le había puesto delante Alicia.

 

El gitanillo concluyó su desayuno y llevó a Billy hasta la puerta antes de que Humphrey terminara la carta. Apenas la hubo escrito y doblado, Pablo emprendió el viaje, con toda la velocidad de que era capaz Billy, hacia el otro lado del bosque.

 

Humphrey siguió alerta durante todo el día, con la escopeta al brazo y sus dos perros al lado, porque sabía que los animales le advertirían la proximidad de cualquiera mucho antes de que él lo viese. Pero nada ocurrió en todo el transcurso del día, y al caer la noche el joven volvió a colocar barricadas en las puertas y ventanas y montó guardia con los perros, esperando la llegada de los ladrones o de los hombres que enviaría seguramente el

 

intendente para capturar a los delincuentes. Cuando anochecía, Pablo volvió con una carta de Eduardo, anunciando que llegaría a las diez con una numerosa partida.

 

Humphrey había manifestado en su carta que, a su entender, era preferible que toda fuerza enviada por el intendente llegara después de oscurecer, ya que los ladrones podían estar próximos y advertirlos y huir; de modo que no esperaba su llegada hasta bien entrada la noche. Humphrey estaba leyendo y Pablo dormitando en el rincón de la chimenea, y las niñas se habían retirado a su alcoba, tendiéndose vestidas en sus lechos, cuando los perros profirieron un prolongado gruñido.

 

-Alguien viene -dijo, Pablo, sobresaltado.

 

Los perros volvieron a gruñir y Humphrey le hizo seña a Pablo de que guardara silencio. Hubo una breve pausa de ansiosa quietud, porque era imposible distinguir si los visitantes eran amigos o enemigos. Luego los perros se levantaron de un salto y empezaron a ladrar furiosamente, y apenas los hubo acallado Humphrey, se oyó fuera una voz que solicitaba hospitalidad para un pobre viajero extraviado. Esto fue suficiente; no podía tratarse de la partida enviada por el intendente, sino de los ladrones que querían inducirlos a abrir la puerta. Pablo puso en manos de Humphrey una escopeta y tomó otra para él; luego retiró la luz al interior de la chimenea y al reiterarse el pedido, Humphrey respondió que nunca abría la puerta a esa hora de la noche y que era inútil la insistencia.

 

No hubo repuesta ni se repitió el pedido, pero cuando Humphrey se retiraba con Pablo hacia la chimenea, dispararon con una escopeta en la cerradura que voló al interior de la habitación, y de no haber sido por la barricada, la puerta se abría abierto. A los ladrones pareció sorprenderles que no sucediera esto y uno de ellos metía su brazo en el agujero hecho en la puerta, para averiguar cuál era el nuevo obstáculo, y vencerlo, cuando Pablo se deslizó por delante deHumphrey y ganando la puerta descargó la escopeta bajo el brazo introducido por la abertura. El visitante, sea quien fuere, lanzó un fuerte grito y cayó sobre el umbral.

 

-Creo que con eso bastará -dijo Humphrey-. No debemos arrebatar más vidas de las necesarias. Habría preferido que le atravesaras el brazo de un tiro; eso lo habría incapacitado, lo cual sería suficiente.

 

-Matar mucho mejor -dijo Pablo-. Corbould con pierna atravesada, volver a robar; si muerto, no robar más.

 

Los perros corrieron hacia los fondos de la cabaña, indicando a todas luces que los ladrones trataban de forzar ese lado. Humphrey metió la escopeta en el agujero de la puerta y la descargó.

 

-¿Qué hace usted, señorito Humphrey? Nadie ahí.

 

-Lo sé, Pablo, pero si vienen los hombres del intendente verán el fulgor y quizá oigan la detonación y eso les advertirá lo que está sucediendo.

 

-Aquí tienes otra escopeta cargada, Humphrey -dijo, Alicia, que se les había reunido con Edith, sin que Humphrey lo notara.

 

-Gracias, querida, pero tú no debes quedarte aquí, ni Edith tampoco. Siéntate en el hogar y allí estarás a salvo de toda bala que puedan disparar contra la casa. No temo que logren entrar y sin duda pronto recibiremos ayuda. Pablo, dispararé por la puerta trasera; esa gente debe estar ahí, porque los perros han metido el hocico debajo de la puerta y ladran con violencia. Dispara otro tiro como señal por la mirilla de la puerta principal.

 

Humphrey se paró a un metro y medio de la puerta trasera y disparó por encima de donde los perros metían los hocicos y ladraban. Pablo descargó y volvió para cargar nuevamente las armas. Lo perros se habían calmado ahora, y al parecer los ladrones estaban alejados ya de la puerta trasera. Pablo apagó de un soplo la luz, que había sido colocada más al centro del aposento, cuando Alicia y Edith tomaran posesión del hogar.

 

-No temer, señorita Edith; yo sé dónde encontrar todo -dijo Pablo, que atisbó por la mirilla de la puerta principal, para ver si los atacantes se acercaban por allí de nuevo, pero nada pudo ver ni oír durante algún tiempo.

 

Finalmente reanudaron el ataque; los perros corrieron hacia el frente y los fondos, a veces a una puerta y por momentos a otra, como si asaltaran ambas, y en cierto momento, un ruido en la alcoba de Alicia reveló que los ladrones habían volado la pequeña ventana de aquel aposento, de la cual Humphrey no se había preocupado, dado que a causa de su pequeñez, difícilmente podía entrar por ella un hombre. Humphrey llamó inmediatamente a Fiel y abrió la puerta de la alcoba; porque pensó que sí un hombre forzaba el paso a la misma, se vería obligado a retroceder ante el perro o al menos sería contenido por él, y por su parte no se atrevía a abandonar con Pablo las dos puertas. Guardián, el ótro perro, siguió a Fiel al dormitorio y unos juramentos y blasfemias, mezclados con los salvajes aullidos de los perros les revelaron a los jóvenes que se libraba allí una lucha. Ambas puertas eran golpeadas ahora con varios pesados leños al mismo tiempo, y Pablo dijo:

 

-Muchísimos ladrones aquí.

 

Habían transcurrido unos momentos más, durante los cuales Pablo y Humphrey dispararon sus escopetas a través de la puerta. Cuando se oyeron repentinamente afuera otros ruidos: detonaciones, sonoros gritos y airadas blasfemias y exclamaciones.

 

-Ha llegado la gente del intendente -dijo Humphrey-. Estoy seguro de ello.

 

A poco, Humphrey oyó a Eduardo que lo llamaba por su nombre y fue hacia la puerta y deshizo las barricadas.

 

-Enciende una luz, querida Alicia -dijo-. Ahora estamos a salvo. Abriré la puerta de inmediato, Eduardo, pero en la oscuridad no veo los pasadores.

 

-¿Están ilesos todos, Humphrey?

 

-Sí, todos, Eduardo, espera a que Alicia traiga una luz.

 

La niña pronto la trajo y destrabaron la puerta. Eduardo pasó por sobre el cuerpo de un hombre tendido en el umbral, diciendo:

 

-De todos modos, ustedes han dejado tieso a alguien aquí.

 

Y abrazó a Edith y Alicia.

 

Osvaldo y varios hombres más lo siguieron, trayendo a los prisioneros.

 

-Amarre bien a ese individuo, Osvaldo -dijo Eduardo-. Trae otra luz, Pablo; veamos quién es el que yace junto a la puerta.

 

-Primero veamos quién está en mi alcoba, Eduardo -dijo Alicia-, porque los perros siguen aún ahí.

 

-¿En tu alcoba, querida? Bueno, vayamos allí antes que nada.

 

Eduardo entró con Humphrey y hallaron a un hombre con el cuerpo introducido a medias por la ventana y a medias fuera, asido de la garganta y al parecer estrangulado por ambos perros. Eduardo lo liberó de los animales y después de ordenarles a los hombres del intendente que sujetaran al ladrón y se cercioraran de si estaba o no vivo, volvió a la sala y examinó el cuerpo que yacía junto a la puerta.

 

-¡Corbould, como que soy quien soy! -exclamó Osvaldo.

 

-Sí-replicó Eduardo-. Sus cuentas han quedado saldadas. ¡Dios lo perdone!

 

Pudo comprobarse que, de todos los ladrones, que eran diez, no se había escapado uno solo; ocho estaban prisioneros y Corbould y el hombre asido por los perros y muerto ya, completaban el número. Los ladrones fueron amarrados y puestos bajo custodia, y dejándolos a cargo de Osvaldo y cinco de sus hombres. Eduardo y Humphrey partieron con otros siete rumbo a la cabaña de Clara, para determinar si había otros allí. Llegaron alrededor de las dos de la mañana y después de haber llamado varias veces, abrieron la puerta y se apoderaron de otro hombre, el único que restaba en la casa. Luego volvieron a la cabaña de Eduardo con su prisionero y cuando llegaron, había amanecido ya. Apenas se hubo desayunado la partida enviada por el intendente, Eduardo se despidió de Humphrey y sus hermanas, para volver y entregar sus prisioneros. Pablo lo acompañó para traer la carreta que transportaba los dos cadáveres. Aquella captura despejaba el bosque de los ladrones que lo infestaran durante tanto tiempo, porque a partir de entonces nunca hubo más intentonas de robo.

 

Antes de la partida de Eduardo, Humphrey y él examinaron el cajón desenterrado por el primero y que les hiciera correr tantos peligros a los moradores de la cabaña, porque uno de los cautivos le manifestó a Eduardo que ellos habían sospechado que el cajón que les vieran desenterrar a Humphrey contenía un tesoro, y que en caso contrario, ellos jamás habrían

 

atacado la cabaña, aunque Corbould los había inducido con frecuencia a hacerlo, pero como sabían que Corbould sólo buscaba venganza -y necesitaban el estímulo del dinero- se habían negado, ya que a su entender, en la cabaña nada había digno de ese riesgo, sabiendo como sabían que sus ocupantes tenían armas de fuego y se defenderían. Al examinar el contenido del cajón, los jóvenes hallaron cuarenta libras en oro, una bolsa con monedas de plata y otros varios objetos de valor, como eran cucharas, candelabros y adornos femeninos, todo de plata. Eduardo hizo una lista del contenido, y al volver le expuso al intendente todo lo ocurrido y preguntó qué debía hacerse con el dinero y demás objetos hallados por su hermano.

 

-Preferiría que ustedes no me hubiesen dicho una sola palabra sobre el particular -dijo el intendente-, aunque me complace su franco y leal proceder. Nada puedo decir, salvo que lo mejor será dejar las cosas en poder de Humphrey hasta que sean reclamadas..., lo cual, naturalmente, nunca sucederá. Pero Humphrey debe venir aquí y deponer sobre lo ocurrido, ya que mi deber es informar sobre la captura de esos ladrones y enviarlos para que sean juzgados. Más vale que vaya usted con el secretario y reciba las declaraciones de Pablo y de sus hermanas, mientras Humphrey viene aquí. Usted puede quedarse hasta que su hermano vuelva. Las demás declaraciones no son tan importantes como las de Humphrey, ya que sólo pueden referirse al ataque, pero debo recibir personalmente el testimonio de Humphrey.

 

Al enterarse de que Eduardo se iba, Paciencia y Clara obtuvieron licencia para acompañarlo y visitar a Alicia y Edith, debiendo ser acompañadas de regreso por Humphrey. El intendente consintió en esto y todos pasaron el tiempo muy alegremente. Humphrey se quedó dos días en casa del intendente y luego volvió a la cabaña, donde Eduardo lo había reemplazado durante su ausencia.

 

 

 

 

 

Capítulo XXI

 

Llegó un invierno muy severo y las nevadas se tornaron muy densas y frecuentes fue una suerte la previsión de Humphrey al acumular tanto heno, porque de lo contrario el ganado habría pasado hambre. Los rebaños de cabras se alimentaban en gran parte de la corteza de los árboles y de musgo; de noche les daban un poco de heno, y así lo pasaban muy bien. A Eduardo le costaba mucho esfuerzo visitar a sus hermanos, ya que lo profundo de la nieve volvía harto fatigoso tan largo viaje para un caballo. El joven logró venir dos e tres veces después de las nevadas, pero luego los suyos comprendieron que aquello era imposible y no lo esperaron más. Humphrey y Pablo tenían poco que hacer, limitándose a atender a su ganado y a cortar leña para seguir abastecidos, porque el combustible se consumía ahora muy rápidamente. La nieve se elevaba a más de un metro de altura alrededor de la cabaña, siendo impulsada contra sus muros por el viento. Los jóvenes conservaron despejado un camino que llevaba al corral y limpiaban éste de nieve lo mejor posible; no podían hacer más. Una intensa helada y un tiempo claro sucedieron a las borrascas de nieve y al parecer no había probabilidades de que ésta se derritiera. Las noches eran oscuras y largas y el aceite que tenían en la cabaña para la lámpara mermaba. Humphrey se sentía ansioso por ir a Lymington, ya que necesitaban muchas cosas, pero era imposible ir a ninguna parte,

 

como no fuese a pie, y las caminatas eran, dado el espesor de la nieve, un ejercicio muy fatigoso. Pero Humphrey no había olvidado su promesa a Eduardo de capturar a varios de los petisos salvajes, y desde que empezaran las violentas nevadas había estado haciendo sus preparativos. El espesor de la nieve impedía que los animales consiguieran alguna hierba y casi se morían de hambre, ya que no podían hallar más medios de subsistencia que las ramas y ramitas que había a su alcance. Humphrey salió con Pablo y halló a la manada, que estaba a unos ocho kilómetros de su vivienda y cerca de la cabaña de Clara. El joven y Pablo llevaron consigo todo el heno que podían cargar y lo esparcieron, de modo que atrajera a los petisos, obligándolos a acercarse a ellos, y luego Humphrey buscó un sitio adecuado para sus propósitos. A unos cinco kilómetros de la cabaña halló algo que creyó muy conveniente. Era una suerte de avenida entre dos arboledas, de un centenar de metros de ancho aproximadamente y el viento que soplaba por esa avenida durante las borrascas había acumulado la nieve en un extremo del camino, elevando del otro lado una gran pila de más de un metro de altura. Esparciendo pequeños montículos de heno, Humphrey atrajo a la manada de petisos a aquella avenida, y en ésta les dejó una buena cantidad de heno para que se alimentaran durante varias noches, hasta que finalmente la manada se habituó a ir allí todas las mañanas.

 

-Ahora, Pablo, hay que hacer una tentativa -dijo Humphrey-. Debes aprontar tus lazos, por si los necesitamos. Tenemos que ir allí con los dos perros antes del amanecer, ubicando a uno de ellos a un lado de la avenida y al otro del lado opuesto, para que ladren y les impidan a los petisos toda fuga a través del bosquecillo. Entonces encerraremos a los petisos entre nosotros y la pila de nieve existente del otro lado de la avenida y trataremos de empujarlos hacia allí. En ese caso, se sumergirán en él tan profundamente que no podrán salir antes de que les hayamos echado las cuerdas alrededor del pescuezo.

 

-Comprendo -dijo Pablo-. Muy bueno... Atraparlos pronto.

 

Antes del amanecer fueron con los perros y un gran montón de heno que esparcieron más cerca de la pila de nieve. Al mediodía, la manada acudió para recoger el heno como de costumbre y cuando hubo pasado junto a ellos, Humphrey y Pablo los siguieron, internándose en el bosque, no queriendo dejarse ver hasta el último momento. Cuando los petisos estaban atareados con el heno, los jóvenes irrumpieron repentinamente en la avenida, se separaron para impedir que los petisos procuraran huir pasando a su lado, y empezaron a gritar con todas sus fuerzas, mientras corrían hacia los animales y llamaban a los perros, cuyos ladridos se oyeron inmediatamente desde ambos lados. Los petisos, alarmados por el ruido y la aparición de Humphrey y Pablo, se abalanzaron, naturalmente, hacia la única dirección que les parecía libre, y se toparon al galopar con la pila de nieve, agitando la cola, bufando y sumergiéndose en la nieve en su prisa. Pero apenas hubieron llegado a la pila se hundieron primero hasta el vientre y luego, cuando trataron de forzar el paso en los sitios donde la nieve era más espesa, muchos de ellos quedaron totalmente atascados y procuraron en vano liberarse. Humphrey y Pablo, que los habían seguido con toda la rapidez posible, los alcanzaron entonces y le echaron el lazo al cuello a uno de ellos y cuerdas con dogales a otros dos, que daban tumbos y tropezaban entre la nieve juntos. El resto de la manada, después de grandes esfuerzos, se liberó de la nieve, huyendo al galope por la avenida. Los tres petisos capturados luchaban furiosamente, pero al ceñirse cada vez más las cuerdas alrededor de sus cuellos quedaron estrangulados a medias y pronto no

 

pudieron moverse. Entonces los jóvenes les amarraron las patas delanteras y les aflojaron los dogales para que pudieran recobrar el aliento.

 

-Ya los tenemos, señorito Humphrey -dijo Pablo.

 

-Sí. Pero nuestra obra no está terminada aún, Pablo. Debemos llevarlos a casa. ¿Cómo lo haremos?

 

-Supongamos que no coman hoy y mañana... Volverse muy mansos.

 

-Me parece que será lo mejor; no podrán volver a ser libres, a hacer lo que quieran.

 

-No, señor; pero llevarnos hoy a uno de ellos. Este lindo petiso; suponer que lo intentamos.

 

Pablo le puso entonces el cabestro al animal y ató el extremo a la pata delantera del petizo, de modo que éste no pudiera caminar sin tener la cabeza muy próxima al suelo; si el animal alzaba la cabeza, se veía obligado a alzar la pata. Luego, el gitanillo le rodeó el pescuezo con el lazo para que éste lo estrangulara si se mostraba indócil, y hecho esto, soltó las cuerdas que amarraran sus patas delanteras.

 

-Ahora, señorito Humphrey, nosotros llevarlo a casa de uno u otro modo. Primero soltaré a los perros; él temer a los perros y correr en sentido opuesto.

 

El petiso, que era de color gris hierro y muy hermoso, embestía furiosamente y daba coces; pero no podía hacerlo sin caer, cosa que sucedió varias veces antes de que Pablo volviera con los perros, Humphrey sostuvo una parte del lazo de un lado y Pablo del otro, manteniendo al petiso entre ellas, y con la ayuda de los perros que ladraban desde atrás consiguieron, con muchos esfuerzos y afanes, llevar al petiso a la cabaña. El pobre animal, arrastrado así sobre tres patas y estrangulado por momentos mediante el lazo, quedó cubierto, de espuma antes de llegar. Billy fue sacado de su establo para dejarle sitio al recién llegado, a quien sujetaron sólidamente al pesebre, quedando sin alimento a fin de que se volviera manso. Era ya harto tarde y los jóvenes estaban demasiado fatigados para ir por los otros dos petisos; de modo que éstos quedaron tendidos en la nieve durante toda la noche, y a la mañana siguiente se comprobó que estaban mucho más mansos que antes, y durante el día, con el mismo procedimiento, fueron llevados al establo y sujetos el uno junto al otro. Se trataba de un bayo de patas negras y de un tordillo. El bayo era una yegua y los otros dos, machos. Alicia y Edith se mostraron encantadas con los nuevos petisos y Humphrey estaba muy satisfecho, de haber logrado capturarlos, después de su promesa a Eduardo. Cuando transcurrieron dos días de ayuno, los pobres animales estaban tan mansos que comieron de la mano de Pablo y se dejaron palmear y acariciar. Y antes de haber pasado una semana en el establo, Alicia y Edith pudieron acercarse a ellos sin peligro. No tardaron en quedar domados, ya que, como el patio estaba lleno de estiércol, Pablo los llevó allí y los montó. Los petisos se encabritaron y dieron de coces, al principio, haciendo todo lo posible por liberarse de él, pero se hundieron a tal punto en el estiércol que no tardaron en quedar agotados. Y al cabo de un mes estaban suficientemente sosegados para montarlos.

 

 

La nieve que cubría todo el campo era tan espesa que había poca comunicación con la metrópoli. Una carta del intendente anunció que el rey Carlos reunía otro ejército en Holanda y que sus parciales de Inglaterra se disponían a plegarse a él cuando emprendiera la marcha hacia el sur.

 

-Me parece que los asuntos del rey no tienen un cariz muy promisorio, Eduardo -dijo el intendente-.

 

Pero sobra tiempo todavía. Conozco su ansiedad por servir al rey y no puedo reprochársela. No le impediré que se vaya, aunque, desde luego, no debo estar enterado oficialmente de su partida. Al llegar el invierno lo enviaré a Londres. Entonces usted juzgará mejor lo que está pasando y su ausencia no motivará sospechas; pero debe dejarse guiar por mí.

 

-Por cierto que así lo haré, señor -respondió Eduardo-. A decir verdad, me gustaría asestar un golpe en favor del rey, suceda lo que suceda.

 

-Todo depende de que ellos manejen bien las cosas en Escocia; pero hay tantos celos y orgullo, -y me temo que traición también-, que cuesta prever el desenlace de todo eso.

 

Poco después de esta conversación un mensajero trajo de Londres cartas en que se anunciaba que el rey Carlos había sido coronado en Escocia con gran solemnidad y magnificencia.

 

-La rebelión cobra cuerpo y solidez -dijo, el intendente-, y esta carta de mi corresponsal Ashley Cooper afirma que el ejército del rey está bien pertrechado y que David Lesley es el teniente general, Middleton el comandante de la caballería y Wemyss el de la artillería. Ese Wemyss es ciertamente un buen oficial, pero no le fue leal al difunto rey. ¡Ojalá se porte mejor ahora! Pues bien, Eduardo... Yo lo enviaré a Londres y le daré cartas para quienes le aconsejarán cómo debe obrar. Puede tomar el caballo negro; le servirá bien. Desde luego, escríbame; porque Sampson lo acompañará y puede enviármelo de regreso cuando le parezca innecesario o no desee su presencia. No hay tiempo que perder, porque, téngalo por seguro, Cromwell, que está todavía en Edinburgo, saldrá al campo de batalla apenas pueda. ¿Está usted pronto para partir mañana por la mañana?

 

-Sí, señor. Completamente pronto.

 

-Temo que usted no podrá ir a la cabaña a despedirse de sus hermanos; pero quizá sea mejor que no vaya.

 

-También yo lo creo así, señor -respondió el joven-. Ahora que la nieve ha desaparecido casi totalmente, pensaba ir después de tan larga ausencia; pero tendré que enviarles a Osvaldo en vez de ir personalmente.

 

-Bueno; déjeme entonces escribir mis cartas y prepare sus alforjas. Paciencia y Clara le ayudarán. Dígale a Sampson que venga.

 

 

Eduardo fue en busca de Paciencia y Clara y les dijo que debía partir a Londres a la mañana siguiente, y que se disponía a hacer sus preparativos.

 

-¿Cuánto tiempo se quedará allí, Eduardo? -inquirió Paciencia.

 

-No sabría decirlo. Me acompaña Sampson y debo dejarme guiar, naturalmente, por su padre, Paciencia, ¿Sabe dónde están las alforjas?

 

-Sí. Febe se las llevará a su cuarto.

 

-Y usted y Clara tendrán que venir a ayudarme.

 

-Por cierto que lo haremos si usted lo necesita; pero yo no sabía que su guardarropa fuese tan grande.

 

-Usted sabe que dista de serlo, Paciencia; pero, precisamente por eso, necesito su ayuda. Un guardarropa pequeño debe estar por lo menos en orden. Y lo que yo necesitaría es que usted me repasara la ropa blanca y donde hiciera falta algún pequeño remiendo derrochara sobre ella su caridad.

 

-Eso haremos, Clara -dijo Paciencia-. De modo que ve a buscar tus agujas e hilo y enviemos a Eduardo a Londres con su ropa blanca entera. Iremos apenas estemos prontas, señor.

 

-Este viaje de Eduardo a Londres no me gusta nada -dijo Clara-. ¡Estaremos tan solas cuando se haya ido!...

 

Eduardo había abandonado el aposento, y cuando Febe le dio las alforjas subió a su alcoba. Lo primero que hizo fue asir la espada de su padre. La descolgó y, después de haberla limpiado cuidadosamente, la besó, diciendo:

 

-¡Permita Dios que yo pueda honrarla y mostrarme tan digno de esgrimirla como mi valiente padre!

 

Había proferido estas palabras en voz alta. Cuando hubo dejado el arma sobre la cama, se volvió y advirtió que Paciencia había entrado silenciosamente y estaba parada cerca de él. El joven no se dio cuenta de que había hablado en voz alta, y por eso se limitó a decir:

 

-No advertí su presencia. Sus pasos son tan leves...

 

-¿Qué espada es ésa, Eduardo?

 

-Es mía; la compré en Lymington.

 

-Pero..., ¿por qué le inspira tanto afecto?

 

-¿Afecto por la espada?

 

-Sí; cuando entré en la habitación la besaba usted tan fervientemente como...

 

-Como un galán a su amada, querrá decir, sin duda -replicó Eduardo.

 

-De ningún modo; no me propongo usar tan vanas palabras... Como un católico una reliquia, iba a decir. Vuelvo a preguntarle... ¿Por qué? Una espada no es más que una espada. Se dispone usted a partir con una misión de mi padre. No es un soldado próximo a participar en una contienda, en una guerra. Y si lo fuese.. ¿por qué habría de besar su espada?

 

-Se lo diré. Le tengo afecto a esta espada. Como se lo dije, la compré en Lymington y me dijeron que le había pertenecido al coronel Beverley. Es por eso que me inspira afecto. Ya sabe cuánto debe agradecerle mi familia al coronel.

 

-¿De modo que esta espada fue esgrimida por el famoso realista coronel Beverley? -dijo Paciencia, levantándola del lecho y examinándola.

 

-Sí que lo fue. Y en la empuñadura, como ve, están sus iniciales.

 

-¿Y por qué se la lleva usted a Londres? Por cierto que no es el arma más indicada para un secretario, Eduardo. Es harto grande y pesada y poco adecuada.

 

-Recuerde que, hasta estos últimos meses, he sido un guardabosques y no un secretario, Paciencia. A decir verdad, me siento más apto para la vida activa que para el cargo que me ha otorgado la bondad de su padre. Fui criado, como usted sabe, para ir a la guerra. Y lo habría hecho de estar vivo mi señor.

 

Paciencia no respondió. Entonces se les reunió Clara y ambas comenzaron a examinar la ropa blanca. Eduardo salió del aposento, ya que quería hablar con Osvaldo. Las muchachas y el joven no volvieron a encontrarse hasta la hora del almuerzo. La repentina partida de Eduardo les había infundido tristeza a todos; hasta el intendente estaba silencioso y pensativo. Al anochecer, le dio a Eduardo las cartas que había escrito y una considerable suma de dinero, diciéndole adonde debía dirigirse si necesitaba más para sus gastos. Lo puso en guardia sobre muchos aspectos de su conducta y también en lo relativo a su vestimenta y modales durante su estada en la metrópoli.

 

-Si se marcha de Londres, Eduardo, no habrá oportunidad... más aun, será peligroso escribirme. Daré por sentado que usted retendrá a Sampson hasta su partida, y cuando él vuelva aquí supondré que usted se ha ido al norte. No lo detendré más tiempo. ¡Dios lo bendiga y proteja!

 

Después de estas palabras, el intendente se fue a su cuarto.

 

«¡Qué hombre bueno y generoso! -pensó Eduardo-. ¡Cómo me equivoqué al tratarlo, por primera vez!»

 

 

Tomando las cartas y la bolsa de dinero, que estaba aún sobre la mesa, Eduardo fue a su aposento, y después de haber puesto las cartas y el dinero en la alforja, se encomendó al Divino Protector y se retiró a descansar.

 

Antes del amanecer lo despertó el rumor de las pesadas botas de viaje de Sampson, y se vistió rápidamente. Con las alforjas al brazo, bajó silenciosamente la escalera, para no perturbar el reposo de algún miembro de la familia; pero cuando pasaba junto a la sala advirtió luz en ella y al asomarse allí notó que Paciencia se había levantado ya y estaba vestida. El joven pareció sorprendido y se disponía a hablar, cuando Paciencia dijo:

 

-Me levanté temprano, Eduardo, porque al despedirme de usted anoche olvidé un paquetito que quería darle antes de que se marchara. No ocupará mucho lugar y quizá lo entretenga a ratos perdidos. Es un librito de meditaciones. ¿Quiere aceptarlo y me promete leerlo cuando tenga tiempo?

 

-Por cierto que lo haré, querida Paciencia..., si me permite la expresión... Lo leeré y pensaré en usted.

 

-De ningún modo. Debe leerlo y pensar en su contenido -dijo la joven.

 

-Eso haré, entonces. Le aseguro que no necesitaré el libro para recordar a Paciencia Heatherstone.

 

-Y ahora, escúcheme, Eduardo... No pretendo averiguar el motivo de su partida, ni sería propio que yo tratara de descubrir lo que mi padre cree conveniente callar; pero debo rogarle que me prometa una cosa.

 

-Dígala, querida Paciencia -contestó Eduardo-. Mi corazón está tan desbordante ante la idea de abandonarla, que adivino la imposibilidad de negarle nada.

 

-Se trata de esto: tengo, no sé por qué, el presentimiento de que usted correrá peligro. En ese caso, sea prudente... Por sus queridas hermanas..., por todos sus amigos, que lo llorarían... Prométamelo.

 

-Le prometo firmemente, Paciencia, que mis hermanas y usted ocuparán mis pensamientos y que no seré imprudente en ningún caso.

 

-Gracias, Eduardo. ¡Que Dios lo bendiga y proteja! El joven besó la mano de Paciencia, que retenía la suya; pero al notar que las lágrimas asomaban a los ojos de la joven, se las enjugó con un beso, sin reconvención alguna de Paciencia, y salió del aposento. A los pocos instantes montaba un hermoso y robusto caballo negro, y seguido por Sampson tomaba el camino de Londres.

 

No describiremos el viaje, que fue efectuado sin suceso alguno digno de mención. Desde el primer momento Eduardo llamó a su lado a Sampson, para que éste pudiera responder a las preguntas que quería formularle sobre todo lo que veía y que, como el lector

 

comprenderá, era absolutamente nuevo para un hombre cuyas peregrinaciones se habían limitado al Bosque Nuevo y el pueblo próximo. Sampson era un hombre muy vigoroso, de carácter frío y taciturno, bastante inteligente y, por lo demás, digno de confianza. Durante mucho tiempo había sido parcial del intendente y servido en el ejército. Era muy devoto, y por lo general, cuando no le hablaban, cantaba salmos en voz baja.

 

Al anochecer del segundo día de viaje se aproximaron a la metrópoli, y Sampson le señaló a Eduardo la catedral de San Pablo, la abadía de Westminster y otros objetos dignos de nota.

 

-¿Y dónde hemos de alojarnos, Sampson? -inquirió Eduardo.

 

-El mejor hotel que conozco para un hombre y su caballo, es El Cisne de los Tres Cuellos, de Holborn. No lo frecuentan los matones y usted gozará allí de tranquilídad. Y si así lo exigen sus asuntos, vivirá sin ser observado.

 

-Eso me conviene, Sampson. Quiero observar y que no me observen durante mi estada en Londres.

 

Antes del oscurecer habían llegado al hotel, y sus caballos fueron llevados a la caballeriza. Eduardo consiguió aposentos a su entera satisfacción, y como se sentía fatigado con sus dos días de viaje se fue a la cama.

 

A la mañana siguiente examinó las cartas que le había dado el intendente y le preguntó a Sampson si podía orientarlo. Sampson conocía bien Londres y Eduardo fue a Spring Gardens para entregar una carta, que el intendente le había prevenido era confidencial, a un hombre llamado Langton. El joven llamó a la puerta y lo hicieron pasar. Sampson se sentó en el vestíbulo, mientras Eduardo era conducido a una biblioteca hermosamente amueblada, donde se encontró en presencia de un hombre alto, enjuto, vestido a la manera de los cabezas redondas de la época. Eduardo le presentó la carba. El señor Langton lo saludó y le rogó que se sentara. Cuando Eduardo hubo tomado una silla, aquél se sentó y abrió la carta.

 

-Bienvenido, señor Armitage -dijo-. Veo que, a pesar de su aparente juventud, goza usted de la absoluta confianza de nuestro común amigo el señor Heatherstone. Éste me sugiere que usted se verá obligado probablemente a emprender un viaje al norte y que le complacerá encargarse de cualesquiera cartas que yo necesite enviar en esa dirección. Las tendré prontas para usted. Y en caso necesario, serán tales que le darán un buen pretexto para su viaje, en el caso de que usted no quiera revelar su verdadero propósito. ¿Cómo están nuestro buen amigo Heatherstone y su hija?

 

-Perfectamente, señor.

 

-Heatherstone me dijo en una de sus cartas anteriores que tenía en su casa a la hija de nuestro pobre amigo Ratcliffe. ¿No es así?

 

-Así es, señor Langton. Y es una niña gentil y bella, por cierto.

 

-¿Cuándo llegó usted a Londres?

 

-Ayer por la noche, señor.

 

-¿Y se propone quedarse algún tiempo?

 

-No sabría decirlo, señor. Debo dejarme guiar por su consejo. Nada tengo que hacer aquí, como no sea entregar tres o cuatro cartas que me ha dado el señor Heatherstone.

 

-Mi opinión, señor Armitage, es que cuanto menos se deje usted ver en la ciudad será mejor. Hay centenares de personas dedicadas a descubrir a los recién llegados y a averiguar por sus relaciones o por otros medios qué fin los trae; porque debe usted comprender, señor Armitage, que los tiempos son peligrosos y el modo de pensar de la gente diverso. Al tratar de liberarnos de lo que considerábamos despotismo, nos hemos creado un despotismo peor y menos soportable. Cabe confiar en que lo sucedido aumente la prudencia de los reyes y aun de sus súbditos. Y bien..., ¿qué piensa usted hacer? ¿Irse de aquí inmediatamente?

 

-Por cierto que sí, siempre que lo crea usted aconsejable.

 

-Mi consejo, es que abandone Londres inmediatamente. Le daré cartas para algunos amigos míos del Lancashire y del Yorkshire; en cualquiera de esas zonas podrá pasar inadvertido y hacer los preparativos que juzgue necesarios. Pero no obre precipitadamente; consúltelo, con quienes se asociarán a sus proyectos, si lo consideran aconsejable y prudente, y déjese guiar por ellos. No necesito decirle más. Visíteme mañana por la mañana, una hora antes del mediodía, y tendré las cartas prontas, para usted.

 

Eduardo se levantó para despedirse y le agradeció su bondad al señor Langton.

 

-Adiós, señor Armitage -dijo Langton-. Hasta mañana a las once.

 

Eduardo se marchó de allí y fue a entregar las otras cartas. La única importante por el momento era una carta de crédito; las demás iban dirigidas a diversos miembros del parlamento, manifestándoles que el señor Armitage era un amigo confidencial del intendente y rogándoles que en caso necesario usaran de sus buenos oficios en su favor. La carta de crédito había sido librada contra un mercader hamburgués, que le preguntó a Eduardo si necesitaba dinero. Eduardo contestó que no le hacía falta por el momento, pero que debía cumplir ciertos recados de su principal en el norte, y que allí quizá necesitara algún dinero, si es que era posible conseguirlo tan lejos de Londres.

 

-¿Cuándo parte usted y a qué ciudad va?

 

-Eso no podré decírselo, hasta mañana.

 

-Véame antes de marcharse y encontraré alguna manera de arreglar ese asunto a la medida de sus deseos.

 

Eduardo volvió al hotel. Antes de acostarse le dijo a Sampson que debía irse de Londres para atender asuntos del señor Heatherstone y que estaría ausente durante algún tiempo. Y concluyó haciendo notar que no creía necesario llevarlo consigo, ya que podía prescindir de sus servicios, y el señor Heatherstone se alegraría de que su servidor volviese.

 

-Como guste, señor -dijo Sampson-. ¿Cuándo he de volver?

 

-Puede marcharse mañana a la hora que prefiera. No tengo necesidad de enviar carta alguna. Puede usted decirles a todos que estoy bien y que escribiré apenas pueda comunicarles algo concreto.

 

Luego Eduardo le hizo un regalo a Sampson y le deseó un grato viaje.

 

Al día siguiente, a la hora convenida, el joven visitó de nuevo al señor Langton, que lo recibió muy cordialmente.

 

-Le tengo preparado todo, señor Armitage. Hay una carta para dos damas católicas del Lancashire, que cuidarán mucho de usted. Y aquí tiene otra para un amigo mío del Yorkshire. Las damas viven a unos seis kilómetros de la ciudad de Bolton y mi amigo del Yorkshire en la ciudad de York. Puede confiar en cualquiera de ellos. Y ahora, adiós. ¿Dónde está su criado?

 

-Ha vuelto al lado del señor Heatherstone esta mañana.

 

-Ha hecho usted bien. Váyase de Londres sin pérdida de tiempo y no se precipite con sus planes futuros. Usted me entiende. Si lo aborda alguien en el camino no confíe en ningún género de declaraciones. Usted, naturalmente, va a visitar a sus parientes del norte. ¿Tiene pistolas?

 

-Sí, señor; un par de pistolas que le pertenecieron al infortunado señor Ratcliffe.

 

-Entonces respondo de que son buenas. Ningún hombre fue más cuidadoso en punto a armas o supo manejarlas mejor. ¡Adiós, señor Armitage, y ojalá lo acompañé el éxito!

 

El señor Langton le tendió lamano a Eduardo y éste se despidió de él respetuosamente.

 

 

 

 

 

Capítulo XXII

 

Eduardo estaba seguro de que el señor Langton no le habría aconsejado marcharse de Londres, de no haber considerado peligrosa su permanencia allí. De modo que empezó por visitar al mercader hamburgués, que, después de su explicación, le dio una carta de crédito para un amigo suyo residente en la ciudad de York. Luego regresó al hotel, preparó sus alforjas, pagó su cuenta y, montando a caballo, emprendió viaje por la carretera del norte. Como en las postrimerías de la tarde no se había alejado aún gran cosa de la ciudad, no pasó de Barnet, donde paró en la posada. Apenas hubieron atendido a su caballo, Eduardo,

 

con las alforjas al brazo, entró en la sala de la posada donde se reunían todos los viajeros. Después de haberse asegurado un lecho y de haber dejado sus alforjas al cuidado de la posadera, se sentó junto a la lumbre, que había sido encendida, pese a lo templado del día.

 

Eduardo no había introducido cambio alguno en la vestimenta usada desde el día en que lo recibieran en la casa del señor Heatherstone. Era ropa sencilla, aunque de buen paño. Usaba un sombrero puntiagudo y, en general, se habría creído, por su indumento, que pertenecía al partido de las cabezas redondas. Su espada y tahalí eran ciertamente de aspecto más alegre que los usados habitualmente por los cabezas redondas; pero ésta era la única diferencia.

 

Cuando Eduardo entró en la sala, había allí tres personas cuyo aspecto no era muy atrayente. Vestían lo que debía haber sido antaño un indumento muy alegre, pero que ahora exhibían encajes ajados, manchas de vino y el polvo del viaje. Escudriñaron a Eduardo cuando entró con sus alforjas, y uno de ellos le dijo:

 

-Hermoso caballo el que monta, señor.

 

-Sí -dijo Eduardo, volviéndose y entrando en la cantina para hablar con la posadera y encomendar sus cosas a su cuidado.

 

-¿Va al norte, señor? inquirió la misma persona, al verlo volver.

 

-No -replicó Eduardo, acercándose a la ventana para eludir la conversación.

 

-El cabeza redonda es engreído observó otro de los desconocidos.

 

-Sí -replicó el primero-. Se ve fácilmente que no está habituado a tratar con caballeros.

 

Por medio alfiler le haría tiras las orejas.

 

Eduardo optó por no responder; se cruzó de brazos y miró al desconocido con desprecio.

 

La posadera, que había oído la conversación, llamó a su marido y le sugirió que fuese a la sala e impidiera que el joven caballero recién llegado fuese objeto de nuevos insultos. El huésped, que conocía a aquella gente, entró en la sala y dijo:

 

-Vamos, váyanse de aquí lo más pronto que puedan. Lárguense y vayan a los establos, o enviaré por alguien que no les gustará.

 

Los tres desconocidos se levantaron con aire fanfarrón, pero obedecieron las órdenes del huésped y abandonaron la sala.

 

-Lamento, joven señor, que esos matasietes lo hayan agraviado, según me informa mi mujer. Yo ignoraba que estuviesen en la casa. No podemos negarnos a recibir sus caballos; pero sabemos muy bien quiénes son, y si usted viaja con destino a algún sitio lejano más vale que lo haga en compañía.

 

-Gracias por su advertencia, mi buen posadero -dijo Eduardo-. Pensé que serían salteadores de caminos o algo así.

 

-Ha acertado usted, señor; pero nada ha podido probarse aún en su contra, o no estarían aquí. En estos tiempos tenemos extraños parroquianos y apenas si sabemos a quien damos albergue. No dudo de que lleva usted aquí una buena espada, señor; pero supongo que tendrá otras armas.

 

-Sí que las tengo -respondió Eduardo, entreabriendo su jubón y mostrando sus pistolas.

 

-Me parece bien, señor ¿Quiere comer algo antes de acostarse?

 

-Ciertamente, porque tengo hambre. Bastará cualquier cosa, con una pinta de vino.

 

Apenas hubo cenado, Eduardo le pidió a la posadera sus alforjas y se fue a la cama.

 

En las primeras horas de la mañana siguiente se levantó y fue al establo para ver cómo alimentaban a su caballo. Los tres hombres estaban en la caballeriza, pero no le dijeron una sola palabra. Eduardo volvió a la posada, pidió el desayuno y apenas hubo concluido sacó sus pistolas para volver a cebarlas. Mientras estaba así atareado alzó los ojos por casualidad y advirtió que uno de los desconocidos había apoyado el rostro contra la ventana y lo observaba. «Bueno, ya sabes qué puedes esperar si te dedicas, a tu oficio conmigo -pensó el joven-. Me alegro de que me hayas estado espiando.» Después de haber vuelto las pistolas a su sitio, Eduardo pagó su cuenta y fue a la caballeriza, donde le dijo al palafrenero que ensillara su caballo y le colocara las alforjas. Apenas se hizo esto, el joven montó y se alejó.

 

Cuando no se había alejado aun gran cosa de la ciudad, los salteadores pasaron al galope a su lado montados en tres robustos caballos. «Presumo que volveremos a encontrarnos», pensó Eduardo, que durante algún tiempo galopó suavemente. Luego, como su caballo estaba muy fresco, le hizo apurar el paso, proponiéndose cumplir una buena jornada. Había recorrido unos veintidós kilómetros cuando llegó a un matorral, y mientras proseguía un rápido trote advirtió a los tres salteadores a medio kilómetro de allí. Éstos descendían una colina que se interponía entre ellos, y él, y Eduardo no tardó en perderlos de vista nuevamente. Entonces contuvo a su caballo para hacerle recobrar aliento y subió suavemente al paso la colina. Había llegado casi a la cumbre cuando oyó unas detonaciones y a poco un hombre a caballo, a toda velocidad, atravesó la colina dirigiéndose hacia él. Tenía una pistola en la mano y miraba hacia atrás. La razón de su actitud no tardó en resultar evidente, ya que inmediatamente aparecieron los tres salteadores que lo perseguían. Uno de ellos disparó su pistola contra el fugitivo y le erró. Éste disparó a su vez, y con certera puntería, porque uno de los salteadores cayó. Todo esto ocurrió en forma tan repentina que Eduardo apenas si tuvo tiempo de sacar su pistola y espolear a su caballo cuando ya todos los protagonistas de aquella escena lo alcanzaron y dejaron atrás. Eduardo apuntó al segundo salteador al cruzarse con él, y el hombre cayó. El tercer atacante, al notar lo sucedido, volvió su caballo hacia el costado dela carretera, salvó una zanja y se alejó al galope a través del matorral. El hombre atacado había contenido su caballo cuando Eduardo acudió en su ayuda, y ahora se aproximó a él, diciendo:

 

-Debo agradecerle su oportuna ayuda, señor; porque esos bribones me superaban demasiado, en número.

 

-Confío en que no estará herido -inquirió Eduardo.

 

-No, en absoluto; aunque me han chamuscado los rizos, como notará usted. Me atacaron a más de medio kilómetro de aquí. Yo me dírigía al norte cuando oí rumor de cascos a mis espaldas; miré y comprendí de inmediato quiénes eran, de modo que abandoné la carretera y dirigí mi caballo a un bosquecillo próximo para que no pudieran rodearme. Uno de los tres se adelantó para cerrarme el paso y los otros dos galoparon hacia la parte final del bosque para atacarme por la espalda. Vi entonces que los había separado, y que podía sacarles ventaja reanudando mi viaje, cosa que hice con la mayor rapidez posible, y ellos me dieron caza de inmediato. Ya ha visto el resultado. Entre los dos hemos liquidado la banda; porque esos dos individuos parecen muertos o poco menos.

 

-¿Qué haremos con ellos?

 

-Dejarlos donde están -replicó el desconocido-. Estoy muy apurado y debo seguir mi viaje. Tengo asuntos importantes en la ciudad de York y no puedo perder el tiempo prestando testimonios y en otras tonterías semejantes. Son simplemente dos bribones menos en el mundo, y eso es todo.

 

Como Eduardo se sentía igualmente ansioso por continuar el viaje, convino con el desconocido en que aquello era lo mejor que podía hacerse.

 

-También yo voy al norte -dijo el joven-. Y me siento ansioso por llegar allí lo antes posible.

 

-Si me lo permite, proseguiremos la marcha juntos -dijo el desconocido-. Yo seré quien salga ganando, sabiendo que me acompaña un hombre digno de confianza, por si vuelvo a ser atacado en el curso de nuestro viaje.

 

El aire del desconocido era tan caballeresco, franco y cortés, que Eduardo asintió de inmediato a su proposición de que ambos viajaran juntos para protegerse mutuamente. Se trataba de un hombre vigoroso, bienformado, de unos treinta años aparentemente, de notable gallardía, ricamente vestido, pero sin prendas chillonas, a la manera de los realistas, y que usaba sombrero con pluma. Mientras seguían el viaje platicaron durante algún tiempo sobre temas diferentes, sin que ninguno de los dos hiciera pregunta alguna para descubrir quién era su compañero de viaje. Eduardo había meditado más de una vez, cuando la conversación desfallecía, en la respuesta que le daría a su compañero si le preguntaba por objeto de su viaje, y finalmente resolvió qué le diría.

 

Poco antes del mediodía se detuvieron para darle el pienso a sus caballos en una aldehuela, y el desconocido hizo notar que eludía Saint Albans todos los demás pueblos de mayor cuantía, porque no quería provocar la curiosidad de la gente ni que sus pasos fuesen vigilados. Y expresó que, por lo tanto, si Eduardo no tenía objeción que hacer, y dada la circunstancia de que conocía muy bien el terreno, ahorraría tiempo orientando los pasos de

 

ambos. Como cabe suponer, Eduardo se mostró muy de acuerdo con esto, y durante todo el viaje no penetrarbn en pueblo alguno, salvo cuando lo cruzaban al anochecer, y pararon en humildes posadas situadas junto a la carretera, donde si no se los atendía muy bien, al menos no se veían expuestos a ser observados.

 

Con todo, era imposible que aquella reserva se prolongara durante mucho tiempo, ya que la intimidad de ambos iba creciendo día a día. Finalmente, el desconocido dijo:

 

-Señor Armitage, hemos viajado juntos durante algún tiempo, cambiando pensamientos y sentimientos, pero con la debida reserva sobre nuestras personas y planes. ¿Ha de continuar esto? Si es así, desde luego, le bastará a usted con decirlo; pero si se siente inclinado a confiar en mí, lo mismo me pasará con usted. A juzgar por su vestimenta, yo debiera suponer que usted pertenece a un partido al cual soy adverso; pero su lenguaje y modales no condicen con su indumento, y creo que un sombrero con plumas adornaría mejor esa cabeza que esa prenda puntiaguda que la cubre ahora. Puede ser que esa ropa sólo pretenda ser un disfraz... Usted sabrá si es así. Sin embargo, como dije, usted me inspira confianza, cualquiera sea el partido al cual pertenezca, y le reconozco prudencia y reserva en estos tiempos difíciles. Soy algo mayor que usted y puedo darle algún consejo. Estoy en deuda con su persona, y por lo tanto no puedo traicionarlo al menos confío en que usted lo crea así.

 

-Lo creo -respondió Eduardo- y le diré, por lo pronto, señor Chaloner, que este indumento mío no es el que usaría si pudiera elegirlo.

 

-Lo creo -replicó Chaloner-. Y pienso sin poderlo remediar que usted va al norte con el mismo fin que yo..., que es, lo confieso francamente, asestar un golpe en favor del rey. Si a usted lo lleva el mismo propósito, tengo en el Lancashire doe viejas parientas fieles a la causa y voy a su casa para quedarme allí hasta que pueda unirme al ejército. Si lo desea, venga conmigo y le prometo trato bondadoso y seguridad mientras esté bajo su techo.

 

-¿Y los nombres de esas parientas suyas, señor Chaloner? -dijo Eduardo.

 

-Por cierto que se los daré, porque cuando confío en alguien mi confianza es total. Su apellido es Conynghame.

 

Eduardo sacó del bolsillo sus cartas y le tendió una de ellas a su compañero de viaje. La dirección rezaba: «A la digna señora Conynghame de Portlake, cerca de Bolton, condado de Lancaster».

 

-Es allí donde voy también -dijo Eduardo, riendo-. Usted sabrá si se trata de la misma persona a quien se refiere.

 

Chaloner estalló en sonoras risotadas.

 

-¡Esto es soberbio! Se encuentran dos personas que van al mismo sitio por el mismo asunto, y por espacio de tres días no se arriesgan a confiar la una en la otra.

 

-Los tiempos exigen cautela -replicó Eduardo, mientras volvía a guardarse la carta.

 

-Tiene usted razón -respondió Chaloner-, y su opinión es la mía. Sé ahora que en usted se aúnan la prudencia y el valor. La primera cualidad ha sido más escasa en nosotros los realistas que la segunda; con todo, ahora ha concluido toda reserva, al menos por mi parte.

 

-Y también por la mía -replicó Eduardo.

 

Chaloner habló también de las probabilidades de la guerra. Expuso que el ejército del rey Carlos estaba en buenas condiciones de disciplina y bien pertrechado en todo sentido, que en Inglaterra había centenares de hombres que se unirían a él apenas se hubiera internado lo suficiente en el país y que todo tenía apariencias promisorias.

 

-Mi padre cayó en la batalla de Naseby, a la cabeza de sus parciales -dijo Chaloner, después de una pausa-. Y los puritanos se la compusieron para multar nuestra heredad a tal punto que ésta menguó en valor, y en vez de miles vale hoy centenares. En realidad, de no mediar mis viejas y bondadosas tías, que me dejarán sus bienes y que me proveen ahora con toda liberalidad, yo sería un caballero pobre.

 

-¿Su padre murió en Naseby? -dijo, Eduardo-. ¿Estuvo usted ahí?

 

-Sí -replicó Chaloner.

 

-También mi padre murió en Naseby... -dijo Eduardo.

 

-¿Su padre? -replicó Chaloner-. No recuerdo el apellido... Armitage... ¿Tenía su padre algún comando allí? -prosiguió.

 

-Sí que lo tenía -dijo Eduardo.

 

-Entre los oficiales, que yo recuerde, no figuraba nadie con ese apellido, joven señor - replicó Chaloner con aire de desconfianza-. Seguramente a usted lo habrán informado mal.

 

-He dicho la verdad -respondió Eduardo-, y ya he dicho tanto, que ahora, para eliminar sus sospechas, tengo que decir más de lo que debiera, quizá. Mi apellido no es Armitage, aunque me han llamado así durante algún tiempo. Usted me ha dado un ejemplo de confianza y lo seguiré. Mi padre fue el coronel Beverley, de las tropas de caballería del príncipe Ruperto.

 

Chalener se sobresaltó de sorpresa.

 

-Estoy seguro de que me ha dicho usted la verdad -dijo finalmente-, porque estaba pensando en que usted me recordaba a alguien y no lograba precisar a quién. Es usted la imagen misma de su padre. Aunque yo era un niño en esa época, lo conocí muy bien, señor Beverley; jamás usó espada más bravo caballero. Vamos, debemos jurarnos amistad en la vida y en la muerte, Beverley -prosiguió Chaloner, tendiendo la mano, que Eduardo tomó ansiosamente, procediendo entonces a relatar la historia de su vida.

 

 

Cuando hubo terminado, Chaloner dijo:

 

-Todos hemos oído hablar del incendio de Arnwood, y se cree en estos momentos que todos los niños han perecido. Es uno de esos cuentos de infortunio, que nuestras niñeras les repiten a las criaturas, y muchas de éstas han llorado a causa de la presunta muerte de ustedes. Pero dígame ahora..., de no haberse topado usted conmigo..., ¿tenía la intención de ingresar al ejército bajo su ficticio apellido de Armitage?

 

-Apenas si sé cuáles eran mis intenciones. Necesitaba el consejo de un amigo.

 

-Y lo ha encontrado usted, Beverley. Le debo la vida y le pagaré esa deuda dentro de la medida de mis posibilidades. Usted no debe ocultarle su nombre a su soberano. El solo apellido Beverley es un pasaporte; pero el hijo del coronel Beverley será particularmente bienvenido. ¡Si hasta se considerará a ese nombre un presagio de buena suerte! Su padre fue el mejor y más fiel soldado que llevó jamás espada al cinto, y su recuerdo no tiene parangón en cuanto a lealtad y devoción se refiere. Nos acercamos al final de nuestro viaje. Ahí está el campanario de la iglesia de Bolton. Esas viejas damas perderán el juicio de alegría al enterarse de que tienen a un Beverley bajo su techo.

 

Eduardo se sintió encantado ante este homenaje tributado a la memoria de su padre, y las lágrimas asomaron más de una vez a sus ojos cuando Chaloner reiteró su alabanza.

 

En las últimas horas de la tarde llegaron a Portlake, una grande y antigua mansión situada en un parque rodeado de vieja y hermosa arboleda. Chaloner fue reconocido, por uno de los guardianes cuando ambos cruzaban a caballo la alameda, y aquél se adelantó presurosamente a anunciar su llegada. Y los criados les habían abierto las puertas ya antes de que llegaran. En el vestíbulo fueron recibidos por las viejas damas, que se manifestaron satisfechísimas al ver a su sobrino, ya que albergaban grandes temores de que le hubiese sucedido algo.

 

-Y poco faltó, por cierto, para que algo me sucediera -dijo Chaloner-, salvándome tan sólo la oportuna ayuda de este amigo, que, a pesar de su indumentaria puritana, es un realista devoto de la buena causa, y en realidad bastará con decirlos que se trata del hijo del coronel Beverley, que murió en Naseby junto con mi buen padre.

 

-Nadie podría ser más bienvenido, pues -respondieron las ancianas, que le tendieron la mano a Eduardo.

 

Luego todos pasaron a la sala y se ordenó que sirvieran de inmediato la cena.

 

-Nuestros caballos serán bien atendidos, Eduardo -dijo Chaloner-. Ya no necesitamos preocuparnos de ellos. Y ahora, mis buenas tías... ¿No tienen ustedes cartas para mí?

 

-No, de ningún modo. Denme las cartas ahora mismo. Podemos leerlas antes de cenar y conversar sobre ellas cuando nos sentemos a la mesa.

 

Una de las damas sacó las cartas que Chaloner, a medida que las leía, fue entregando a Eduardo para que éste pudiese leerlas a su vez cuidadosamente. Provenían del general Middleton y varios otros amigos de Chaloner que estaban con el ejército realista y lo informaban sobre lo que sucedía y cuáles eran aparentemente las perspectivas de la situación.

 

-Como ve, han emprendido ya la marcha -dijo Chaloner-y creo que su plan es bueno y ha puesto en situación incómoda al general Cromwell. Nuestro ejército está ahora entre el suyo y Londres, con tres días de marcha de ventaja. Y ahora nada nos impide recoger a nuestros parciales ingleses, que podrán plegársenos sin riesgo a medida que avancemos. El paso dado ha sido audaz, pero digno de aplauso, y con tal de que se continúe tan bien como se ha empezado, triunfaremos. El ejército del parlamento no iguala al nuestro en número ya y acrecentaremos el nuestro día a día. El rey ha enviado por el conde de Derby, que está en la isla de Man y a quien se espera mañana.

 

-¿Y dónde está el ejército realista en estos momentos? -inquirió Eduardo.

 

-Esta noche sólo estará a lunes, pocos kilómetros de nosotros, tan rápida es su marcha.

 

Mañana podremos incorporarnos a él si queremos.

 

-Que me place -respondió Eduardo.

 

Después de una hora más de conversación, los viajeros fueron llevados a sus aposentos y se retiraron a descansar.

 

 

 

 

 

Capítulo XXIII

 

A la mañana siguiente, antes de que los viajeros abandonaran sus lechos, llegó un mensajero con cartas del general Middleton, y por él supieron que el ejército del rey había acampado la noche anterior a menos de nueve kilómetros de Portlake. Cuando ambos se vestían precipitadamente, Chaloner le propuso a Eduardo una leve alteración en su indumento que le parecía necesaria, y llevándolo hacia un guardarropa donde estaban guardados varios trajes usados por él en su adolescencia y cuando su figura era más esbelta, le pidió a Eduardo que los vistiera. El joven, comprendiendo que Chaloner tenía razón, eligió dos trajes, cuyos colores le agradaron, y al vestir uno de ellos y cambiar su sombrero por otro más adecuado a su nueva vestimenta, quedó transformado en un gallardo caballero realista. Apenas se hubieron desayunado, se despidieron de las ancianas y montando a caballo se dirigieron hacia el campamento. Una hora de viaje los llevó hasta los puestos avanzados, y después de haberse comunicado con el oficial de guardia fueron conducidos por un asistente a la tienda del general Middleton, que recibió a Chaloner con gran cordialidad, como a un viejo amigo, y se mostró muy cortés con Eduardo apenas supo que era el hijo del coronel Beverley.

 

-Yo lo necesitaba a usted, Chaloner-dijo Middleton-. Estamos reuniendo un escuadrón de caballería. El duque de Buckingham tiene el comando, pero Massy será el verdadero jefe. Usted tiene influencia en este distrito y nos traerá sin duda muchos adherentes.

 

-¿Dónde está el conde de Derby?

 

-Se nos ha unido esta mañana. Nuestra marcha ha sido tan rápida que no hemos tenido tiempo de recoger a nuestros parciales.

 

-¿Y el general Leslie?

 

-Su estado de ánimo dista de ser bueno. No sé el porqué. En su ejército tenemos demasiados reverendos, es indudable, y causan daño, pero no podemos remediarlo. Su Majestad debe estar visible en estos momentos. Si ustedes están prontos, los presentaré, y hecho esto, hablaremos de negocios.

 

El general Middleton los acompañó a la casa en que había sentado sus reales el monarca para pasar la noche, y a los pocos minutos de haber esperado en la antecámara, fueron llevados a su presencia.

 

-Permítame Su Majestad que le presente al comandante Chaloner, el nombre de cuyo padre no le es desconocido -dijo el general Middleton.

 

-Por el contrario, nos es bien conocido -replicó el rey- como un súbdito leal y fiel, cuya desaparición debemos deplorar. No dudo de que su hijo habrá heredado su valor y fidelidad.

 

El rey tendió la mano y Chaloner dobló la rodilla y se la besó.

 

-Y ahora le sorprenderá a Su Majestad que le presente a un miembro de una casa que se presume extinguida...: el hijo primogénito del coronel Beverley.

 

-¿Será posible? -dijo el rey-. Oí decir que toda su familia había perecido en el despiadado incendio de Arnwood. Me considero afortunado como rey, de que se haya salvado por lo menos un hijo de un caballero tan leal y valiente como el coronel Beverley. Sea usted bien venido, joven señor... Muy bien venido. Debe quedarse cerca de nosotros. El solo nombre de Beverley será grato a nuestros oídos de día y de noche.

 

Eduardo se arrodilló y besó la mano de Su Majestad y el rey dijo:

 

-¿Qué podemos hacer por un Beverley? Díganoslo usted para que podamos probarle los sentimientos que nos inspira la memoria de su padre.

 

-Todo lo que pido es que Su Majestad me permita estar a su lado en la hora del peligro - respondió Eduardo.

 

-Una respuesta digna de un Beverley -dijo el rey-. Y cuidaremos por lo tanto de que eso suceda, Middleton.

 

Después de unas cuantas palabras corteses más de Su Majestad, los jóvenes se retiraron, pero el general Middleton fue retenido durante un par de minutos por el rey para recibir sus órdenes. Cuando volvió a reunirse con Eduardo y Chaloner, Middleton le dijo al primero:

 

-Tengo órdenes de enviar para la firma de Su Majestad su nombramiento de capitán de caballería, agregado al séquito personal de Su Majestad. Se trata de un bello cumplido a la memoria de su padre, caballero, y también, diría yo, a su apariencia personal. Chaloner cuidará de su uniforme y avíos. Usted tiene buena cabalgadura, según creo. No hay tiempo que perder, ya que mañana emprendemos la marcha a Warrington, en el Cheshire.

 

-¿Se ha oído hablar algo del ejército del parlamento?

 

-Sí. Se ha dirigido hacia Londres por la carretera del Yorkshire, proponiéndose aislarnos si fuera posible. Y ahora, señores, adiós, porque les aseguro que no me sobra tiempo.

 

Eduardo no tardó en quedar equipado y se consagró al servicio del rey. Al llegar a Warrington, los realistas se encontraron con un cuerpo de caballería que se oponía a su paso. Cargaron contra él y los puritanos huyeron después de sufrir leves pérdidas, y como se sabía que estaban a las órdenes de Lambert, uno de los mejores generales de Cromwell, hubo gran regocijo en las filas del rey. Pero lo positivo era que Lambert había obrado de acuerdo con las órdenes de Cromwell, que consistían en entorpecer y demorar todo lo posible el avance del rey, pero sin arriesgar con su pequeña fuerza nada que se pareciese a un encuentro formal. Después de esta escaramuza, se consideró aconsejable enviar al Lanchashire al conde de Derby y a muchos otros oficiales importantes, a fin de que reclutaran a partidarios del rey en aquella zona y en el Cheshire. Por lo tanto, el conde, con unos doscientos oficiales y caballeros, abandonó el ejército con esa intención. Se consideró aconsejable entonces iniciar una marcha directa sobre Londres, pero los soldados estaban tan cansados por la rapidez del avance hasta aquel momento y hacía tanto calor, que la decisión fue en sentido negativo, y como Worcester era una ciudad muy adicta al rey y la zona abundaba en víveres, se decidió que el ejército debía ir allá y esperar refuerzos ingleses. Así se hizo. La ciudad abrió las puertas con todo género de pruebas de satisfacción y proveyó al ejército de todo lo necesario. La primera mala noticia que les llegó fue la dispersión y derrota de toda la partida del conde de Derby por un regimiento de la milicia, que los había sorprendido en Wigan durante la noche, cuando estaban dormidos y no se imaginaban al enemigo tan cerca. Aunque atacados en forma tan desventajosa, los realistas se defendieron hasta que murió gran parte de ellos y el resto cayó prisionero y la mayoría fue brutalmente ejecutada. El conde de Derby fue hecho prisionero, pero no ejecutado, como, los demás.

 

-Esto es una mala noticia, Chaloner -dijo Eduardo.

 

-Sí. Más que mala -replicó su amigo-. Hemos perdido a nuestros mejores oficiales, que jamás debieron abandonar el ejército, y la consecuencia de la derrota, será que nadie se unirá ya a nosotros. El bando ganador es siempre el que tiene razón en este mundo. Y hay

 

algo peor: el duque de Buckingham ha reclamado el mando del ejercito y el rey se lo ha negado, de modo que están empezando las disensiones internas. El general Leslie está evidentemente descorazonado y la causa le inspira pesimismo. Middleton es el único que cumple con su deber. Créame, Eduardo, que tendremos a Cromwell sobre nosotros antes de que nos demos cuenta de ello, y nuestro estado es de lamentable confusión...; los oficiales riñen, los soldados desobedecen, se habla mucho y se hace poco. Hace cinco días que estamos aquí y no se han iniciado aún las obras propuestas como fortificaciones.

 

-Sólo puedo admirar la paciencia del rey, con tantos entorpecimientos y fastidios.

 

-Debe tener paciencia forzosamente -dijo Chaloner-. Juega esta partida para obtener la corona y la apuesta es alta. Pero no puede mandar sobre los espíritus de los soddados. No quiero ser un ave de mal agüero, Beverley, pero le diré esto: si logramos vencer con este ejército, desorganizado como está, habremos logrado un milagro.

 

-Seamos optimistas -replicó Eduardo-. El peligro común quizá una a los que estarían separados de otro modo, y cuando tengan ante ellos al ejército de Cromwell, quizá se vean inducidos a olvidar sus rencillas privadas y sus celos y a unirse en la buena causa.

 

-Ojalá pudiera compartir su opinión, Beverley -dijo Chaloner-, pero me he mezclado con la gente durante más tiempo que usted y opino de otro modo.

 

Transcurrieron algunos días más, durante los cuales no se erigieron fortificaciones y la confusión y rencillas internas del ejército seguían creciendo, hasta que finalmente llegó la noticia de que Cromwell estaba a medio día de marcha de ellos y que había reunido a toda la milicia por el camino y doblaba ahora casi en número a los soldados del rey. Todo fue sorpresa y confusión; nada se había hecho, no se habían tomado medidas y Chaloner le dijo a Eduardo que todo estaba perdido si no se hacía algo de inmediato.

 

El 3 de octubre se avistó al ejército de Cromwell. Eduardo había pasado a caballo, atendiendo a la persona del rey, la mayor parte de la noche. Las tropas fueron emplazadas lo mejor posible, y concluido esto, como el ejército de Cromwell se mantenía inmóvil, se llegó a la conclusión de que no haría tentativa alguna ese día. Alrededor del mediodía, el rey volvió a su alojamiento para comer algo después de sus fatigas. Eduardo lo acompañó, pero, antes de una hora llegó la alarmante noticia de que los ejércitos se habían trabado en lucha. El rey montó a caballo, ya que su cabalgadura estaba pronta junto a la puerta, pero antes, de que pudiera salir de la ciudad, se topó con casi todo su cuerpo de caballería, y poco faltó para que éste lo hiciera retroceder, dado el ímpetu con que venía huyendo, a tal punto que el monarca no pudo detenerles. Su Majestad llamó por su nombre a varios de los oficiales, pero éstos no le prestaron atención, y tan grande era el pánico, que tanto el rey como su séquito estuvieron a punto de ser derribados y pisoteados.

 

Cromwell había hecho cruzar el río a gran parte de sus tropas sin que sus adversarios se dieran cuenta, y al producirse el ataque en sección tan imprevista, hubo un verdadero pánico. En los sectores donde ejercían el comando el general Middleton y el duque de Hamilton, se opuso una valiente resistencia, pero cuando fue herido Middleton, perdió una pierna el duque de Hamilton, a causa de una bala rasa y cayeron muchos caballeros, las

 

tropas, abandonadas por el resto del ejército, cedieron finalmente y la desbandada fue general, a tal punto que la infantería tiró los mosquetes sin dispararlos siquiera.

 

Su Majestad volvió a la ciudad a caballo y encontró a un cuerpo de caballería, al cual Chaloner había inducido a oponer resistencia.

 

-Síganme -dijo Su Majestad-. Veremos qué se propone el enemigo. No creo que nos persiga, y aun así, podemos reunirnos aún y reponernos de este estúpido pánico.

 

Su Majestad, seguido por Eduardo, Chaloner y varios caballeros de su séquito, salió al galope a practicar un reconocimiento del terreno, pero con gran mortificación, descubrió que las tropas no lo habían seguido, sino que se habían marchado de la ciudad por las otras puertas y que quien estaba realmente allí era la caballería perseguidora del enemigo. En esas circunstancias, por consejo de Chaloner y Eduardo, Su Majestad se retiró y abandonó a toda prisa Worcester. A las pocas horas de cabalgata, el rey se encontró en compañía de los cuatro mil soldados de caballería que habían huído tan deshonrosamente, pero el pánico los seguía dominando a tal punto, que no pudo depositar confianza en ellos, y después de haberse aconsejado con los que lo rodeaban, resolvió abandonarlos. Hizo esto sin mencionarle sus intenciones a ningún miembro de su séquito, ni siquiera a Chaloner y Eduardo, y partió de noche con dos de sus criados, a quienes despidió al amanecer, considerando que sus probabilidades de evasión serían mayores si estaba completamente solo.

 

Los realistas sólo descubrieron a la mañana siguiente que el rey los había abandonado y entonces decidieron dispersarse, y como en su mayoría provenían de Escocia, volver con toda la premura posible a ese país. Y entonces, Chaloner y Eduardo se consultaron sobre sus planes.

 

-Me parece -dijo Eduardo, riendo- que el peligro de esta campaña nuestra consistirá en volver a nuestras casas, porque yo podría asegurar, sin gran temor de equivocarme, que no he asestado aún un solo golpe en favor del rey.

 

-Bastante cierto, Beverley. ¿Cuándo piensa usted volver al Bosque Nuevo? Creo que lo acompañaré, si me lo permite -dijo Chaloner-. Toda la persecución será rumbo al noroeste, para interceptar e impedir la retirada a Escocia. De modo que no puedo ir al Lancashire, y en verdad, como ellos saben que estoy en campaña, me buscarán en todas partes.

 

-Entonces venga conmigo -dijo Eduardo-. Le encontraré refugio hasta que resuelva qué hará. Alejémonos de aquí y conversaremos sobre el asunto, mientras viajamos, pero créame que cuanto más nos alejamos hacia el sur, más a salvo estaremos, pero seguiremos corriendo peligro mientras no hayamos cambiado de ropa. Habrá una rigurosa búsqueda del rey rumbo al sur, ya que los puritanos supondrán que intentará refugiarse en Francia. Subamos por esta colina y veamos qué pasa.

 

Así la hicieron y advirtieron una escaramuza entre una partida realista y algunas tropas de caballería del parlamento, a medio kilómetro de allí.

 

-Vamos, Chaloner, asestemos un golpe sea como fuere -dijo Eduardo,.

 

-De acuerdo -replicó Chaloner, espoleando a su caballo.

 

Y bajaron la colina a toda velocidad y al cabo de un minuto estaban en la melée, cayendo sobre la retaguardia de las tropas parlamentarias.

 

-¡Gracias, Chaloner! ¡Gracias, Beverley! -dijo una voz que ambos reconocieron inmediatamente, la de Grenville, uno de los pajes del rey-. La gente que estaba a mi lado se disponía a huir y lo habría hecho de no haber acudido ustedes en nuestra ayuda. No me quedaré con ellos por más tiempo, sino que me uniré a ustedes si me lo permiten.

 

-Por lo menos, quédese aquí hasta que se vayan. Los alejaré.

 

-Amigos, todos ustedes deben separarse, o no habrá probabilidades de fuga. No deben cabalgar juntos más de dos. Créanme que pronto llegarán aquí más tropas del parlamento.

 

Los soldados, unos quince aproximadamente, que habían estado en compañía de Grenville, consideraron bueno el consejo de Chaloner y partieron sin ceremonia, orientando hacia el norte a sus caballos y abandonando a Chaloner, Eduardo y Grenville en el campo de batalla. En tierra yacían una docena de hombres, muertos los unos, gravemente heridos los otros: siete de ellos pertenecían al partido del rey y los otros cinco a las tropas del parlamento.

 

-Bien -dijo Eduardo-. Lo que propongo es esto: hagamos lo posible por los heridos y luego despojemos de sus uniformes y avíos a los dragones del parlamento que han muerto y vistámonos nosotros con esa ropa. Entonces podremos atravesar el país sin peligro, ya que nos creerán una de las partidas que van en busca del rey.

 

-Excelente idea -replicó Chaloner-. Y cuanto antes lo hagamos, mejor.

 

-Bueno, -dijo Eduardo, limpiando su espada, que aun tenía desenvainada y metiéndola en la vaina-. Tomaré los despojos de este individuo que está a mi lado. Ha muerto por mi mano y tengo derecho a ellos, según todas las leyes de la guerra y la caballería. Pero, por lo pronto, desmontemos y veamos, a los heridos.

 

Los tres realistas amarraron sus caballos a un árbol y después de haberles proporcionado toda la ayuda posible a los heridos, procedieron a desnudar a tres de los soldados de caballería del parlamento, y quitándose luego sus uniformes, vistieron los del enemigo, y montando a caballo, se alejaron a toda prisa de allí. Después de haber recorrido unos dieciocho, kilómetros, contuvieron a sus caballos y prosiguieron la marcha con un ritmo más despacioso. Eran las ocho de la noche, pero no había oscurecido mucho aún, de modo que recorrieron otros ocho kilómetros hasta llegar a una aldehuela, donde desmontaron ante una cervecería y pusieron a sus caballos en el establo.

 

-Debemos mostrarnos insolentes y brutales, porque en caso contrario sospecharán de nosotros..

 

 

-Muy cierto -dijo Grenville, dándole un puntapié al mozo de cuadra, y diciéndole que se moviera si no quería que le cortaran las orejas.

 

Entraron en la cervecería y no tardaron en descubrir que inspiraban sumo terror. Ordenaron que les presentaran todo lo mejor que había y amenazaron con incendiar la casa en caso contrario, hicieron levantar de la cama al tabernero y a su mujer, y los tres se fueron a dormir a aquélla; y, en suma, se portaron de un modo tan arbitrario, que nadie dudó de que pertenecían a la caballería de Cromwell. Por la mañana volvieron a partir, sin pagar nada de lo encargado, por consejo de Chaloner, aunque les sobraba dinero. Galoparon con rapidez, preguntando en todos los lugares donde se detenían si habían visto a algunos fugitivos, y averiguando al llegar a un pueblo, antes de entrar en él, si había allí tropas del parlamento. Tan bien se las compusieron que, cuatro días después, habían llegado a los alrededores del Bosque Nuevo y se ocultaron entre la arboleda hasta la noche, oportunidad en que Eduardo propuso guiar a sus compañeros hasta la cabaña, donde los dejaría hasta que trazaran sus planes.

 

Eduardo había delineado ya los suyos. Su propósito principal era eliminar toda sospecha sobre el sitio donde había estado y, desde luego, toda idea de que el intendente hubiese tenido vinculación con sus actos, y su afortunado cambio de indumento le permitía ahora hacer esto con éxito. Había resuelto llevar a sus dos amigos a la cabaña esa noche e ir a la mañana siguiente en su traje de soldado del parlamento a la casa del intendente y llevar la primera noticia del éxito de Cromwell y la derrota de Worcester; estratagema con la cual lo supondrían combatiente del ejército del parlamento y no del realista.

 

Mientras proseguían el viaje, descubrieron que la noticia del éxito de Cromwell no había llegado aún. En esos tiempos no existía la rapidez de comunicaciones actual y Eduardo creía muy probable que él fuese el primero en comunicarle la noticia al intendente y a los que vivían cerca de él.

 

Apenas oscureció, los tres viajeros abandonaron su refugio y guiados por Eduardo pronto llegaron a la cabaña. Su aparición creó en el primer momento no poca consternación, porque Humphrey y Pablo estaban casualmente en el patio cuando oyeron el tintinear de las espadas y avíos, y a través de las sombras advirtieron, al adelantarse que venían soldados de caballería. Al principio Humphrey pensó en correr a atrancar la puerta, pero después de meditarlo mejor concluyó que aquello era lo más imprudente que se podía hacer en caso de peligro; de modo que se contentó con comunicarles precipitadamente la noticia a sus hermanas y con esperar en el umbral a los recién llegados. La voz de Eduardo, que lo llamaba por su nombre, disipó toda alarma y al cabo de un momento el joven estaba en brazos de sus hermanos.

 

-Primero llevemos a nuestros caballos al establo, Humphrey -dijo Eduardo, después de los primeros saludos-. Y luego compartiremos todo lo que pueda prepararnos Alicia, porque hace tres días que no comemos bien.

 

Acompañados por Humphrey y Pablo, todos fueron al establo, sacaron a los petisos para hacerles lugar a los caballos, y apenas alimentados e instalados los animales, todos

 

volvieron a la cabaña y Eduardo presentó a Chaloner y Grenville. La sopa apareció muy pronto sobre la mesa y los viajeros estaban harto hambrientos para hablar mientras comían, de modo que sólo pudieron extraerles escasas informaciones esta noche. Con todo, Humphrey se enteró de que todo estaba perdido y de que los tres viajeros habían huído del campo de batalla, antes de que Alícia y Edith salieran de la habitación para prepararles camas a los recién llegados. Cuando las camas estuvieron prontas, Chaloner y Grenville se retiraron y luego Eduardo se quedó durante media hora con Humphrey, para contarle lo sucedido. Desde luego no pudo entrar en detalles, pero le dijo que podría obtener informaciones de sus flamantes huéspedes cuando él se hubiera marchado, cosa que debería hacer en las primeras horas de la mañana.

 

-Y ahora, Humphrey, te daré mi consejo, que es el siguiente. Mis dos amigos no pueden quedarse en la cabaña, por muchos motivos, pero tenemos la llave de la cabaña de Clara y pueden alojarse allí y podemos proveerlos de todo lo que necesiten hasta que encuentren la manera de marcharse al extranjero, lo cual es su intención. Mañana tengo que ir a casa del intendente y pasado mañana estaré de regreso. En el ínterin, nuestros huéspedes pueden quedarse aquí, mientras, tú y Pablo les preparan la cabaña, y cuando yo vuelva todo quedará arreglado, y los llevaremos a ella. No creo que exista mucho peligro de que sean descubiertos si se quedan allí..., y por cierto será menor que si se quedan acá; porque ahora es probable que aparezcan partidas de tropas de caballería en todas direcciones, como sucedió cuando el padre del rey huyó de Hampton Court. Y ahora a la cama, mi buen hermano, y despiértame temprano, porque mucho me temo que seguiré durmiendo si no me despiertas.

 

Y los hermanos se dieron las buenas noches.

 

A la mañana siguiente, cuando aun dormían sus huéspedes, Eduardo fue despertado por Humphrey y encontró a Pablo junto a la puerta con su caballo. Eduardo, que se había puesto sus avíos de soldado del parlamento, se despidió precipitadamente de ellos y se dirigió a través del bosque a la casa del intendente, adonde llegó antes de que la gente de la casa hubiese abandonado sus alcobas. La primera persona con quien se encontró fue, afortunadamente, Osvaldo, que estaba en la puerta de su cabaña. Eduardo le hizo una seña desde un centenar de metros de distancia, pero Osvaldo no lo reconoció en el primer momento y avanzó hacia él de una manera muy despaciosa, para averiguar qué pretendía aquel soldado de caballería. Pero Eduardo lo llamó por su nombre y eso bastó. En pocas palabras, el joven le contó cómo se había perdido todo y cómo había huído él cambiando su uniforme por uno del enemigo.

 

-He venido ahora a traerle la noticia al intendente, Osvaldo. ¿Usted me entiende, naturalmente?

 

-Claro que sí, señorito Eduardo, y cuidaré de que se sepa muy bien que usted ha estado luchando en el bando de Cromwell durante todo este tiempo. Le recomiendo que se exhiba con esa vestimenta durante el resto del día, y entonces todos se darán por satisfechos. ¿Debo adelantarme y anunciarlo al intendente?

 

-No, no, Osvaldo; el intendente no necesita que me anuncien a él, desde luego. Ahora debo acercarme al galope a la casa y anunciarme. Adiós por ahora; nos veremos en el transcurso de la jornada.

 

Eduardo espoleó a su caballo y llegó a la casa del intendente a toda velocidad, haciendo no poco ruido de cascos en el patio al entrar, con gran sorpresa de Sampson, que salió para enterarse del motivo del alboroto, y se asombró no poco al ver a Eduardo, que desmontó y después de decirle que se llevara a su corcel a la caballeriza, entró en la cocina y sobresaltó a Hebe, que estaba preparando el desayuno. Sin decirle una sola palabra, Eduardo siguió hasta la habitación del intendente y llamó.

 

-¿Quién está ahí? -dijo el intendente.

 

-Eduardo Armitage -fue la réplica, y abrieron la puerta.

 

El intendente retrocedió con sobresalto al ver a Eduardo en traje de dragón.

 

-Mi querido Eduardo, me alegro de verlo en cualquier vestimenta, pero esto requiere una explicación. Siéntese y dígamelo todo.

 

-Todo quedará dicho muy pronto, señor -respondió Eduardo, quitándose el casco de hierro y dejando caer su cabellera sobre los hombros.

 

Luego, en pocas palabras, expuso lo sucedido, y cómo había huído y el motivo de que hubiese conservado la indumentaria del dragón y aparecido allí en ella.

 

-Ha obrado usted con mucha prudencia -replicó el intendente- y es probable que me haya salvado. Sea como fuere, ha apartado toda sospecha y les que me espían nada podrán informar ahora, como no sea en mi favor. Su ausencia ha sido comentada y difundida en los altos círculos y han surgido sospechas a consecuencia de la misma. Su regreso como soldado de las fuerzas del parlamento, ahora pone término a todas las observaciones malignas. Querido Eduardo, me ha prestado usted un servicio. Siendo usted mi secretario y sabiéndose que ha sido un prosélito de los Beverley, su ausencia se consideró extraña y en los altos círculos se sugirió que había ido a ingresar a las filas realistas y eso con mi conocimiento y consentimiento. Lo sé por Langton y ello me ha dañado por lo tanto no poco, pero ahora su aparición lo arregla todo. Ahora empezaremos por rezar y luego nos desayunaremos y después de esto usted me contará con más detalle lo sucedido desde su partida. Paciencia y Clara no lamentarán recobrar a su compañero, pero no pretendo adivinar qué impresión les hará su uniforme. Con todo, le agradezco a Dios el que nos lo haya devuelto ileso, y me sentiré muy feliz al verlo de nuevo en el más pacífico indumento del secretario.

 

-Con su permiso, señor, no me quitaré esta ropa durante el resto del día, porque conviene que me vean con ella.

 

-Tiene razón, Eduardo. Por hoy, consérvela; mañana recobrará su ropa usual. Vaya a la sala de recibo; encontrará allá a Paciencia y Clara, que lo esperan, sin duda, ansiosamente. Me reuniré allí con ustedes dentro de diez minutos.

 

Eduardo salió del aposento y bajó la escalera. De más está decir que fue recibido gozosamente por Paciencia y Clara. Pero la primera expresó su alegría con lágrimas y la segunda con gran regocijo.

 

No nos detendremos en las explicaciones y la narración de lo ocurrido que le hizo

 

Eduardo al señor Heatherstone en su aposento. El intendente dijo, al terminar:

 

-Eduardo, usted advertirá ahora que, por el momento, no puede hacerse más. Si el Señor lo quiere, llegará la hora en que el monarca volverá a ocupar su trono; por ahora, debemos inclinarnos ante los poderes existentes. Y le digo con franqueza que, en mi opinión, Cromwell pretende el carácter de soberano y lo conseguirá. Quizá sea preferible que suframos el castigo por algún tiempo, ya que sólo podrá durar algún tiempo, y quizá ello aleccione más a la causa del rey y lo capacite más para reinar, ya que, a juzgar por lo que me ha dicho usted en el curso de su relato, ahora no parece muy apto.

 

-Quizá sea así, señor -replicó Eduardo-. Debo decirle que esta breve campaña me ha abierto grandemente los ojos. He visto bien poco sentimiento caballeresco y muchos móviles interesados en los que han ingresado en las filas del rey. El ejécito congregado estaba compuesto por los elementos más discordantes, y tan descontentos, tan llenos de envidia y malquerencia, que no me asombra el resultado. Una cosa es indudable, y es que en todos los interesados deberá existir un sentimiento mucho más elevado para derribar de su posición a un hombre como Cromwell. Y por ahora, la causa puede considerarse perdida.

 

-Tiene razón, Eduardo -replicó el intendente-. Ojalá esos hombres fuesen mejores; pero, ya que son así, trataremos de sacarle todo el partido posible. Usted ha visto ahora lo bastante para que merme ese fogoso celo por la causa que antes monopolizaba sus pensamientos. Ahora seamos prudentes y tratemos de ser felices.

 

 

 

 

 

Capítulo XXIV

 

Eduardo sólo le contó lo ocurrido a Osvaldo; sabía que era digno de confianza. Al día siguiente, el joven volvió a vestir su traje de guardabosques, mientras le preparaban otro, y fue a la cabaña, donde, con el consentimiento del intendente, pensaba quedarse unos días. Naturalmente, le había revelado a Heatherstone sus planes con respecto a Chaloner y Grenville, y obtuvo su consentimiento, y al propio tiempo el consejo de que ganaran el otro lado del Canal de la Mancha lo antes posible. Cuando llegó a la cabaña, todos lo esperaban ansiosamente. Humphrey y Pablo habían ido a la cabaña de Clara, que nadie tocara desde la captura de los ladrones, y lo prepararon todo para albergar a ambos realistas, ya que en su primer viaje habían traído consigo todo lo que juzgaban necesario. Chaloner y Grenville parecían estar ya muy a sus anchas y tenían pocas ganas de mudar de alojamiento.

 

Naturalmente, seguían conservando aún sus uniformes de dragones, ya que no podían ponerse otra ropa mientras no la consiguieran en Lymington; pero, como ya lo dijimos, no les faltaba dinero. Habían estado divirtiendo a las niñas y a Humphrey con una descripción de lo sucedido durante la campaña, y Eduardo advirtió que poco le quedaba por contarles, ya que Chaloner había iniciado su relato con una referencia a su primer encuentro con Eduardo, cuando lo atacaron los salteadores. Apenas pudo alejarse, Eduardo salió con Humphrey para conversar con él.

 

-Bueno, Humphrey. Ya que estás enterado de todas mis aventuras desde nuestra separación, cuéntame qué has estado haciendo.

 

-No puedo contarte cosas de tan apasionante interés como las que nos ha narrado Chaloner como representante tuyo -replicó Humphrey-. Todo lo que puedo decir es que no hemos tenido visitantes, que hemos esperado ansiosamente tu regreso y que no hemos permanecido ociosos desde que te fuiste.

 

-¿Qué caballos eran los que sacaste del establo para hacerles sitio a los nuestros cuando llegamos? -dijo Eduardo.

 

Humphrey se echó a reír y le informó luego a Eduardo sobre la manera cómo había conseguido capturarlos.

 

-Pues realmente mereces elogio, Humphrey, y por cierto que no has nacido para vivir recluido en este bosque.

 

-Más bien me parece que he nacido para ello -replicó Humphrey-, aunque debo confesar que, desde que nos dejaste, nunca me sentí tan satisfecho aquí como antes. Ahora has vuelto y no te imaginas qué transformación noto en ti desde que te has mezclado con la gente e intervenido en tan emocionantes escenas.

 

-Quizá sea así, Humphrey -replicó Eduardo-. Y, con todo, sabes que, a pesar de mis ardientes deseos de mezclarme con la gente y de intervenir en la contienda, no estoy nada satisfecho de lo que he visto; por eso, lejos de sentirme inclinado a volver allí, siento más bien deseos de quedarme acá y de vivir en la quietud y la paz. Me siento decepcionado, eso es lo cierto. Hay una gran diferencia entre el mundo tal como nos lo imaginamos cuando suspiramos, por él y el mundo cuando estamos realmente sumergidos en su torbellino y advertimos los resortes secretos de los actos humanos. He aprendido una lección, Humphrey, pero esa lección dista de ser satisfactoria; puede resumirse en unas pocas palabras: el mundo es muy engañoso y vacío, y eso se dice muy sintéticamente.

 

-¡Qué hombres agradables y atrayentes son los señores Chaloner y Grenville! -observó Humphrey.

 

-Conozco bien a Chaloner -dijo Eduardo-. Es hombre leal y el único en quien he podido confiar, de modo que tuve mucha suerte al toparme con él al emprender el viaje. Poco sé de Grenville. Es cierto que nos hemos encontrado a menudo, pero fue en presencia del rey, por

 

pertenecer ambos a su séquito. Al propio tiempo, debo reconocerlo, nada puede decirse contra él, que yo sepa. Y sé que es valiente.

 

Luego Eduardo contó lo ocurrido, entre el intendente y él después de su llegada y la satisfacción de Heatherstone por su astucia al regresar en uniforme de dragón.

 

-A propósito, Eduardo..., ¿no crees probable que vengan aquí las tropas de caballería en busca del rey?

 

-Si algo me extraña, es que no hayan aparecido aún -dijo Eduardo.

 

-¿Y qué haremos si vienen?

 

-Todo eso está previsto -respondió Eduardo-, aunque yo lo había olvidado por completo hasta que lo mencionaste. El intendente habló conmigo, anoche de ese asunto, y aquí tienes un nombramiento de guardacaza firmado por él, que usarás como lo creas necesario. Aquí hay otra misiva, ordenándote que recibas en la casa a dos de los soldados de caballería que puedan enviar aquí y que les des alojamiento y vituallas, pero declarando que no puedes verte obligado a recibir más. Mientras no haya terminado la búsqueda, Chaloner y Grenville deben conservar sus avíos y quedarse con nosotros. Y si no has usado, la ropa que dejé aquí, Humphrey -me refiero al primer traje que me hice confeccionar al ser designado secretario, y que me pareció ahora harto ajado para seguir usándolo-, me lo pondré ahora para tener alguna autoridad si viene aquí algún militar en nombre del intendente.

 

-Ese traje está en tu arcón, donde lo dejaste. Las niñas pensaban hacerse dos capas con él para el invierno; pero nunca volvieron a acordarse del asunto o no tuvieron tiempo de hacerlo. Por lo demás, no me has dicho qué opinas de Alicia y Edith después de tu larga ausencia.

 

-Pues te diré que ambas están muy crecidas, y se han desarrollado mucho -dijo Eduardo-. Pero debo confesarte que, en mi opinión, ya es hora de que abandonen, si es posible, sus actuales tareas domésticas y reciban la instrucción que cuadra a unas señoritas.

 

-Pero..., ¿cómo podría ser eso, Eduardo?

 

-No sabría decírtelo, y me aflige reconocerlo; pero, con todo, advierto la necesidad de que así sea, si es que pensamos volver a ocupar algún día nuestra posición en la sociedad.

 

-¿Y crees que volveremos a ocuparla?

 

-No lo sé. He pensado poco en el asunto antes de marcharme y de mezclarme con la gente, pero desde que me acerqué al mundo noté forzosamente que mis queridas hermanas no estaban en la esfera que les correspondía, y he resuelto tratar de hallarles una posición más adecuada. Si hubiéramos triunfado, no habría encontrado mayores dificultades, pero ahora apenas si sé qué puede hacerse.

 

-No he preguntado por la señorita Paciencia, hermano. ¿Cómo está?

 

 

-Más buena y linda que nunca, y muy crecida. En realidad, se está volviendo, muy femenina.

 

-¿Y Clara?

 

-¡Oh!... En ella no advierto diferencia alguna. Creo que ha crecido, pero apenas si la he mirado. Ahí viene Chaloner; le hablaremos de las medidas que hemos tomado por si nos molestan las partidas enviadas en busca del rey.

 

-El plan es excelente -dijo Chaloner, cuando Eduardo se lo explicó todo-, y tuve suerte el día en que me encontré con usted, Beverley.

 

-Nada de Beverley, por favor. Ese nombre debe ser olvidado. Sólo fue revivido para esa oportunidad.

 

-Muy cierto. Pues bien, señor secretario Armitage. Creo que el plan trazado es excelente. Lo único que hace falta es averiguar qué tropas se enviarán en esta dirección, ya que nosotros, como es natural, debemos pertenecer a algún otro regimiento y hemos sido perseguidos desde el campo de batalla. Supongo que los escuadrones de Lambert no tomarán este camino.

 

-Pronto lo sabremos. Que ensillen y les pongan los arreos a sus caballos, Chaloner, para que, si viene alguno de ellos, las cabalgaduras estén ante la puerta. Mi opinión es que aparecerán hoy.

 

-Temo que al rey le será poco menos que imposible huir -observó Chaloner-. Casi no sé qué pensar de su manera de abandonarnos.

 

-He meditado sobre eso -respondió Eduardo-, y creo que quizá el rey haya sido prudente. Algunos eran dignos de confianza y otros, no. Resultaba imposible distinguir quiénes lo eran y quiénes no; de modo que no confiaba en nadie. Además, tenía mejores posibilidades de huir solo que acompañado. Y, con todo, me mortifica algo el hecho de que el rey no haya confiado en mí. Mi vida estaba a su disposición.

 

-El rey no podía leer en su corazón, Eduardo, como no podía leer en el mío o en el de los demás -observó Chaloner-, y toda selección habría resultado odiosa. En general, creo que el rey obró cuerdamente y confío en que eso resultará claro. Hay algo seguro y es que ahora ha terminado todo, y por largo tiempo... podemos dejar descansar nuestras espadas en sus vainas. A decir verdad, me siento enfermo después de lo que he visto, y viviría gustosamente aquí con ustedes, y les ayudaría a labrar la tierra..., lejos del mundo y de todos sus engorros. ¿Qué le parece, Eduardo? ¿Me aceptarían usted y su hermano como labrador cuando renaciera la calma?

 

-Usted se cansaría pronto de esto, Chaloner; ha nacido para el esfuerzo activo y el bullicio mundano.

 

-Con todo, me parece que, habiendo dos dueñas de casa tan amables y lindas, yo residiría aquí muy satisfecho; esto es casi digno de la Arcadia. Pero soy un egoísta al hablar así; a decir verdad, mis sentimientos contradicen mis palabras.

 

-¿Qué quiere decir, Chaloner?

 

-Para serle franco, Eduardo, yo estaba pensando en que es lamentable que dos lindas muchachas como sus hermanas estén dedicadas aquí al trajín doméstico y vivan en esta rusticidad -si me perdona la libertad de expresión-, pero lo digo porque estoy convencido de que en manos adecuadas adornarían una corte. Y usted ha de reconocer que tengo razón.

 

-¿No comprende que he pensado lo mismo, Chaloner? En realidad, Humphrey podría decirle que hemos hablado de eso hace una hora escasa. De modo que usted ha de advertir las dificultades en que me veo; de haber estado en posesión de Arnwood y sus dominios, entonces, desde luego... Pero todo eso ha pasado ya y supongo que pronto veré mi propiedad, cuyos bosques puedo avistar ahora, en manos de algún cabeza redonda, por los buenos servicios prestados contra los realistas en Worcester.

 

-Eduardo -replicó Chaloner-. Voy a decirle lo siguiente..., y puedo decírselo porque sé que le debo la vida y es una deuda que nada puede pagar. Si en alguna oportunidad usted resuelve sacar de aquí a sus hermanas, recuerde a mis tías, solteronas de Portlake. No podrán estar en mejores manos ni con personas que cumplan con su deber para con las niñas más religiosamente y a quienes más complazca la confianza depositada en ellas. Mis tías son ricas, a pesar de las exacciones a que se han visto sometidas; pero en estos tiempos las mujeres no son tan multadas y saqueadas como los hombres, y mis tías han podido permitirse todo lo que les han quitado y todo lo que han dado voluntariamente para ayudar a nuestro partido. Están solas y creo realmente que nada las haría más felices que cuidar de las dos hermanas de Eduardo Beverley..., téngalo por seguro. Pero me cercioraré mejor si usted encuentra la manera de enviarles una carta, que yo les escribiré. Les diré que usted les hará un favor así, y que si no acepta la oferta, sacrificará el bienestar de sus hermanas a su propio orgullo... cosa que no lo creo capaz de hacer.

 

-Por cierto que no, haré eso -replicó Eduardo- y le agradezco plenamente su bondadosa oferta; pero no puedo decir más mientras no conozca la repuesta de sus amables tías. Usted no me conoce muy bien, Chaloner, si cree que un sentimiento del deber podría impedirme alejar a mis hermanas de una posición tan indigna de ellas, pero impuesta por las circunstancias. Es innegable que somos pobres; pero jamás olvidaré que mis hermanas son las hijas del coronel Beverley.

 

-Estoy encantado de su respuesta, Eduardo, y no temo la de mis buenas tías. Cuando vagabundee por el extranjero, seré muy feliz sabiendo que sus hermanas están bajo el techo de mis tías y que las educan como deben ser educadas.

 

-¿Qué pasa, Pablo? -dijo Humphrey, al ver que el gitanillo acudía corriendo, sin aliento.

 

-Los soldados -dijo Pablo-. Son muchos. Galopan por ahí..., galopan todos lados.

 

-Vamos, Chaloner. Tenemos que salir de este apuro y confío en que luego todo marchará bien -dijo Eduardo-. Traigan los caballos a la puerta. Y usted, Chaloner, espere con Grenville dentro de la cabaña. Traigan también mi caballo, para que me crean recién llegado. Debo entrar a cambiarme de ropa. Humphrey, quédate alerta y avísanos cuando lleguen.

 

Chaloner y Eduardo entraron, y éste se puso su traje de secretario. A poco se vio que una partida de soldados de caballería avanzaba al galope hacia la cabaña. Pronto llegaron y detuvieron sus caballos. Un oficial que estaba a cargo de ellos le habló a Humphrey con tono altanero y le preguntó quién era.

 

-Soy uno de los guardacazas del bosque, señor -respondió Humphrey respetuosamente.

 

-¿Y de quién es esta cabaña? ¿Y quién está ahí dentro?

 

-La cabaña es mía, señor. Dos de los caballos que están ante la puerta pertenecen a dos soldados de caballería que han venido en busca de los fugitivos de Worcester, y el otro caballo pertenece al secretario del intendente del bosque, señor Heatherstone, que ha venido con instrucciones del intendente para la captura de los rebeldes.

 

En ese momento Eduardo salió de la cabaña y saludó militarmente al oficial.

 

-Este es el señor Armitage, señor, el secretario del intendente -dijo Humphrey, retrocediendo.

 

Eduardo saludó al oficial y dijo:

 

-El señor Heatherstone, el intendente, me ha enviado aquí para tomar medidas que conduzcan a la captura de los rebeldes. A este hombre se le ha ordenado que aloje a dos soldados de caballería durante todo el tiempo que éstos crean necesario quedarse. Y yo tengo instrucciones de decirle a todo oficial con quien me encuentre que el señor Heatherstone y sus guardacazas tendrán buen cuidado de que no se refugie en esta dirección ninguno de los rebeldes, y que será mejor que las tropas registren el extremo meridional del bosque, ya que no cabe duda de que los fugitivos procurarán embarcarse rumbo a Francia.

 

-¿A qué regimiento pertenecen los soldados de caballería que tiene usted aquí?

 

-A las tropas de Lambert, según creo, señor; pero saldrán y le contestarán a usted personalmente. Dígale a esos hombres que salgan -le ordenó Eduardo a Humphrey.

 

-Sí, señor; pero, cuesta despertarlos, porque han venido cabalgando desde Worcester. Con todo, los despertaré.

 

-De ningún modo, no puedo esperar -dijo el oficial-. No conozco a los soldados de Lambert y no tendrán información alguna que darme.

 

-¿No podría usted llevárselos consigo, señor, y dejarme en cambio a dos de sus hombres? Porque son gente molesta para un hombre y lo devoran todo -dijo Humphrey, humildemente.

 

-No, no -respondió el oficial, riendo-. Todos conocemos a la gente de Lambert; un amigo o un enemigo es para ellos más o menos lo mismo. No tengo poder sobre ellos, y usted debe hacer de tripas corazón. ¡Adelante, soldados! -prosiguió, y saludó a Eduardo al pasar, y al cabo de un par de minutos él y sus hombres se esfumaron a lo lejos.

 

-Asunto liquidado -observó Eduardo-. Chaloner y Grenville son de un aire harto juvenil y demasiado bien parecidos para pasar por unos villanos de Lambert, y el verlos habría motivado sospechas. Pero debemos esperar nuevas visitas. Vigila bien, Pablo.

 

Eduardo y Humphrey entraron y se reunieron con la gente que estaba en el interior de la cabaña, cuya expectativa y tensión no había sido poca durante todo el coloquio antedicho.

 

-¡Pero si estás palidísima, querida Alicia! -dijo Eduardo al entrar.

 

-Temí por nuestros huéspedes, Eduardo. Estoy segura de que si esos hombres hubiesen entrado en la cabaña, no habrían creído que los señores Chaloner y Grenville eran soldados de caballería.

 

-Gracias por el cumplido, señorita Alicia -dijo Chaloner-. Pero supongo que, en caso de necesidad, yo podría enfurecerme y blasfemar a la par de los mejores de ellos..., o, mejor dicho, de los peores. Mientras nos dirigíamos aquí, pasamos muy bien por soldados de caballería.

 

-Sí; pero no se encontraron con otros soldados.

 

-Eso es muy cierto y revela su penetración. Admito que, en ese caso, habríamos tenido más dificultad; pero, con todo, entre tantos millares de hombres debe haber muchas variedades, y a un oficial de caballería le habría resultado engorroso arrestar por simples sospechas a hombres pertenecientes a otro cuerpo. Cuando vuelvan a visitarnos, creo que simularé ebriedad... Eso no será tan sospechoso.

 

-No, en ningún sentido -respondió Eduardo-. Vamos Alicia, danos el almuerzo que nos has preparado.

 

Durante tres o cuarto días las tropas del parlamento continuaron registrando el bosque y visitaren un par de veces más la cabaña, pero sin que surgieran sospechas, dada la presencia de Eduardo y sus explicaciones. Las partidas eran enviadas invariablemente en otra dirección. Eduardo le escribió al intendente, comunicándole lo sucedido y solicitándole permiso para quedarse unos días más en la cabaña. Y Pablo, que llevó la carta, volvió con otra en que el intendente le decía a Eduardo que el rey no había sido capturado aún y solicitando de su parte la máxima vigilancia para obtener su captura, con instrucciones de registrar varios sitios con la cooperación de los soldados alojados en la cabaña; o bien, si no quería abandonar la cabaña, le indicaba que le mostrase la carta a todo oficial al mando de

 

las partidas encargadas de la búsqueda, a fin de que éstas pudieran obrar de acuerdo con las sugestiones contenidas en ella. Eduardo tuvo oportunidad de mostrarle esta carta a un par de oficiales al mando de las patrullas que se acercaron a la cabaña y a cuyo encuentro salió el joven impidiendo así que se detuvieran allí.

 

Finalmente, a los quince días, poco más o menos, no quedó en el bosque una sola partida, ya que todas fueron a la costa en busca de los fugitivos, varios de los cuales fueron apresadas.

 

Humphrey tomó la carreta y partió para Lymington a fin de conseguir ropa para Chaloner y Grenville y se resolvió que éstos adoptarían la indumentaria de los guardacazas del bosque, lo cual les permitiría llevar escopeta. Apenas hubo obtenido Humphrey lo necesario, Chaloner y Grenville fueron llevados a la cabaña de Clara y tomaron posesión de ella.... sin dejarse ver jamás, naturalmente, más allá de la arboleda circundante. Humphrey

 

les prestó a Guardián para que lo usaran a guisa de centinela y ambos realistas se despidieron de Alicia y Edith con mucho pesar. Humphrey y Eduardo los acompañaron a su nueva morada. Se convino en que los caballo se quedarían al cuidado de Humphrey, ya que en la cabaña de Clara no había establo.

 

Al partir, Chaloner le dio a Eduardo la carta para sus tías, y luego el joven Beverley encaminó de nuevo sus pasos hacia la casa del intendente y se encontró allí con Paciencia y Clara.

 

Eduardo le contó al intendente todo lo ocurrido y Heatherstone aprobó lo hecho por él, insistiendo en que Chaloner y Grenville no debían intentar el viaje al continente hasta que terminara toda la persecución.

 

-Aquí tiene una carta que he recibido del gobierno, Eduardo, en que se pondera mucho mi vigilancia y actividad en la persecución de los fugitivos. Según parece, los oficiales con quienes se topó usted escribieron para comunicar las admirables disposiciones que hemos tomado. ¿Verdad que es una lástima, Eduardo, vernos obligados a engañar así en este mundo? Sólo pueden justificarlo los tiempos y el deseo de obrar bien. Afrontamos a los malvados y los combatimos con sus propias armas, pero aunque los tratamos como se merecen, nuestra conciencia debe decirnos que eso no está bien.

 

-Por cierto, señor, que la necesidad de salvar las vidas de la gente que no ha cometido más falta que ser leal a su rey nos justifica al hacerlo...; al menos así lo creo.

 

-De acuerdo con las Escrituras, temo que no, pero el problema es difícil de resolver. Dejémonos guiar por nuestras conciencias. Si no nos lo reprochan, no podemos estar lejos de lo justo.

 

Eduardo mostró entonces la carta que había recibido de Chaloner, solicitando que el intendente tuviese la bondad de enviarla.

 

-Comprendo -dijo el intendente-. Puedo enviarla por intermedio de Langton. Presumo que es para obtener un crédito. Saldrá el jueves.

 

 

Aquí concluyó la plática y Eduardo salió en busca de Osvaldo.

 

 

 

 

 

Capítulo XXV

 

Eduardo se quedó en casa durante varios días, esperando ansiosamente todas las noticias que llegaban, presumiendo cada vez que le anunciarían la captura del rey y descubriendo con gran alegría que hasta entonces habían resultado infructuosas todos los esfuerzos. Pero un problema conturbaba su espíritu y motivaba en él profundas cavilaciones. Desde que se propusiera alejar de allí a sus hermanas, el joven sentía cuán incómodo era seguir presentándose ante el intendente como nieto de Armitage. Si sus hermanas eran enviadas a las tías de Portlake, debían serlo sin conocimiento del intendente, y en ese caso, pronto se descubriría su ausencia, ya que Paciencia Heatherstone iría constantemente a la cabaña, y Eduardo se preguntaba ahora si, después de todas las bondades y confianza que le dispensara el intendente, tenía derecho a seguir ocultándole por más tiempo su cuna y linaje. Sentía que era injusto con el intendente al no depositar en él la confianza que se merecía.

 

Al principio se había creído justificado al obrar así, pero desde su ingreso al ejército del rey y los sucesos ulteriores, le parecía que estaba tratando mal al intendente, y resolvió ahora confesarle la verdad en la primera ocasión. Pero le resultaba engorroso hacerlo solemnemente y sin alguna coyuntura favorable. Finalmente, pensó confesárselo de inmediato a Paciencia, bajo promesa de guardar el secreto. Esto podía hacerlo sin más demora, y cuando lo hubiera hecho, el intendente no podría culparlo ya enteramente de falta de confianza. Ahora había analizado sus sentimientos para con Paciencia y advertía cuán cara había llegado a ser para él la muchacha. Durante su período en el ejército, rara vez había dejado de pensar en ella, y aunque estaba a menudo en compañía de mujeres de buena crianza, no veía una sola que en su opinión fuese comparable con Paciencia Heatherstone. Pero, de todos modos, ¿qué posibilidad tenía de mantener a una esposa? Ahora, a los diecinueve años de edad, aquello era absurdo. Tales eran las ideas que vagaban por su imaginación, persiguiéndose las unas a las otras y siendo seguidas por otras más igualmente vagas e insatisfactorias, y finalmente Eduardo llegó a la conclusión de que no tenía un solo penique y de que el darse a conocer como heredero de Beverley redundaría en perjuicio suyo, de que estaba enamorado de Paciencia Heatherstone y no tenía por el momento probabilidades de obtenerla, y de que había hecho bien en ocultarle hasta entonces su identidad al intendente, que podía testimoniar sin riesgo que ignoraba estar protegiendo al hijo de tan destacado realista, y también pensó en confesarle a Paciencia quién era y decirlo que no se lo había revelado a su padre para no comprometerlo haciéndole saber quién estaba bajo su protección. Ya lo sabríamos decir si al lector le resultarán satisfactorios los argumentos que dejaban satisfechos a Eduardo, pero éste era joven y casi no sabía cómo liberarse de la capa con que lo obligara a cubrirse la necesidad. Eduardo estaba persuadido ya de que Paciencia Heatherstone no lo miraba con indiferencia, pero no estaba seguro aún de que los sentimientos de la joven no se redujeran a mera gratitud, más que nada. Tenía la convicción de que Paciencia lo creía inferior a ella por su nacimiento y de que por lo tanto la joven no podía tener la menor idea de que él era

 

Eduardo Beverley. Sólo unos pocos días después tuvo la oportunidad de verse a salas con ella, ya que Clara Ratcliffe la acompañaba sin cesar. Con todo, una noche, Clara salió y se quedó fuera durante algún tiempo y tan negligentemente abrigada, que tomó frío, y a la noche siguiente se quedó en casa, permitiendo así que Eduardo, y Paciencia hicieran su caminata de costumbre sin ser acompañados por ella. Habían caminado varios minutos en silencio, cuando Paciencia observó:

 

-Lo noto muy grave, Eduardo y lo está desde su regreso. ¿Hay algo que lo desazone, fuera del fracaso de la tentativa?

 

-Sí, Paciencia. Tengo un gran peso sobre la conciencia y no sé qué hacer. Necesito un consejero y un amigo y no sé dónde encontrarlo.

 

-Por cierto, Eduardo, que mi padre es su sincero amigo, y no es mal consejero.

 

-Lo concedo, pero ese asunto es entre su padre y yo, y no puedo aconsejarme con él por ese motivo.

 

-Entonces, aconséjese conmigo, Eduardo, siempre que no sea un secreto tan importante que no se le pueda confiar a una mujer. Sea como fuere, será el consejo de un amigo sincero; usted lo reconocerá.

 

-Sí, y mucho más, porque creo que obtendré un buen consejo y por eso aceptaré su proposición. Considero, Paciencia, que aunque tuve razón al no revelarle a su padre un secreto de cierta importancia cuando nos encontramos por primera vez, ahora que él ha depositado en mí una confianza implícita, soy injusto con él y conmigo mismo al no decírselo...; esto es, tanto en cuanto se refiere a confianza en él, entiendo que tiene derecho a saberlo todo, y, sin embargo, creo que sería prudente de mi parte que él no lo supiese todo, ya que el saberlo podría acarrearle dificultades con sus aliados actuales. Un secreto suele ser peligroso, y si su padre no pudiera jurar por su honor que lo ignoraba, ello podría dañarlo si el secreto se divulgara luego. ¿Me entiende?

 

-No podría asegurar que lo entiendo del todo. Usted tiene un secreto que quiere revelarle a mi padre y cree que el saberlo puede causarle daño. No concibo qué clase de secreto puede ser.

 

-Bueno, le daré un ejemplo. Supongamos que yo supiese que el rey Carlos está escondido en el desván de la caballeriza de ustedes. Eso podría suceder y su padre ignorarlo y su afirmación de ignorancia sería creída. Pero si yo le dijese a su padre que el rey está ahí y ello se descubriera más tarde..., ¿no comprende usted que, al confiarle semejante secreto, yo lo perjudicarla y quizá le trajera dificultades?

 

-Ahora comprendo, Eduardo.¿Quiere decir que usted sabe dónde está oculto el rey? Porque si lo sabe, debo pedirle que no le diga una sola palabra a mi padre. Como usted dice, ello, lo pondría en situación difícil y podría perjudicarlo mucho eventualmente. Hay una gran diferencia entre desear que una causa triunfe y apoyarla personalmente. Mi padre desea que el rey triunfe, según creo, pero al propio tiempo no quiere desempeñar un papel

 

activo en eso, como ya lo habrá visto usted. Al propio tiempo estoy convencida de que él jamás traicionaría al rey si supiera donde está. Por eso le digo: si su secreto es ése, Eduardo, no se lo diga, por su bien y por el mío si me estima.

 

-No sabe hasta qué punto la estimo, Paciencia. He visto, durante mi ausencia a muchas mujeres de noble cuna, pero ninguna igual a Paciencia Heatherstone, en mi opinión, y Paciencia jamás, abandonó mis pensamientos durante mi larga ausencia.

 

-Gracias por sus bondadosos sentimientos para mí -replicó Paciencia-. Pero estábamos hablando de su secreto, señor Armitage.

 

-¡Señor Armitage! -exclamó Eduardo-. ¡Qué bien sabe usted recordarme, con esa expresión, mi oscuro nacimiento y linaje, siempre que logro olvidar la distancia que debiera conservar con usted!

 

-Se equivoca -replicó Paciencia-. Pero usted me lisonjeó tan groseramente que yo lo llamé señor Armitage para probarle que me disgustaba la lisonja...; eso es todo. Me disgusta la lisonja de los que me superan en rango, del mismo modo que me disgusta la de los que son inferiores a mí; y habría obrado igualmente con cualquiera, sea cual fuere su condición. Pero olvidemos lo que he dicho. No quise irritarlo, sino tan sólo castigarlo por haberme creído tan tonta como para creer en semejante tontería.

 

-Su humildad puede considerar lisonja lo que he dicho con perfecta sinceridad y veracidad..., que no pude evitar -dijo Eduardo-. Pude haber agregado mucho más y seguir siendo sincero. Si usted no me hubiese recordado que no era de noble cuna, quizá me hubiese atrevido a decirle mucho más, pero me he visto censurado.

 

Eduardo concluyó de hablar y Paciencia no contestó. Siguieron andando durante algunos instantes sin cambiar más palabras. Finalmente, Paciencia dijo:

 

-No diré quién de los dos está equivocado, Eduardo, pero sé que quien ofrece la rama de olivo después de un malentendido, sólo puede tener razón. Se la ofrezco ahora y le pregunto si hemos de reñir por una palabrita. Permítame que se lo pregunte y respóndame con franqueza. ¿He sido alguna vez tan vil como para tratar corno a un inferior a alguien a quien le estoy tan agradecida?

 

-Soy yo quien ha incurrido en falta, Paciencia -respondió Eduardo-. He estado soñando durante largo tiempo, feliz con mis sueños y olvidando que no pasaban de ser sueños y que su realización era improbable. Ahora debo hablar can claridad. Yo la amo, Paciencia..., la amo tanto que separarme de usted me causaría dolor, y que el saber que mi amor ha sido rechazado me causaría mortal amargura. Esa es la verdad y no puedo ocultarla por más tiempo. Ahora admito que usted tiene derecho a mostrarse enfadada.

 

-No veo motivo para enfado, Eduardo -contestó Paciencia-. Al pensar en usted sólo lo he considerado un amigo y un benefactor; habría hecho mal obrando de otro modo. Sólo soy una muchacha y debo dejarme guiar por mi padre. Yo no lo ofendería con una

 

desobediencia. Le agradezco a usted su buena opinión de mí y con todo preferiría que no hubiese dicho lo que ha dicho.

 

-¿Debo entender por su respuesta que si su padre no formulara objeción alguna, mi humilde cuna no sería un obstáculo para usted?

 

-Jamás he pensado en su cuna, salvo cuando me la ha recordado usted mismo.

 

-Entonces, Paciencia, permítame volver por ahora a lo que iba a decirle. Yo iba a...

 

Ahí viene mi padre, Eduardo -dijo Paciencia.

 

-Debo haber obrado mal, porque temo encontrarme con él.

 

El señor Heatherstone se reunió con ellos y le dijo a Eduardo:

 

-He estado buscándolo. Han llegado de Londres noticias que me han alegrado mucho. He obtenido por fin lo que estaba tratando de conseguir desde hace algún tiempo..., y, en verdad, puedo decir que su prudencia y audacia, al volver con uniforme de dragón, Eduardo, añadidos a su conducta en el bosque, han apoyado y hecho triunfar en definitiva mi empeño. Hubo alguna duda antes de eso, pero su conducta la eliminó y ahora tendremos mucho que hacer.

 

Siguieron andando hacia la casa y el intendente, apenas hubo llegado a su aposento, le dijo a Eduardo:

 

-Se me otorga una heredad que yo había solicitado desde hace tiempo por mis servicios.

 

Lea esto.

 

Eduardo tomó la carta, en que el parlamento informaba al señor Heatherstone que se había accedido a su solicitud de entregarle la heredad de Arnwood y que podría tomar posesión de ella inmediatamente. Eduardo, palideció y dejó el documento sobre la mesa.

 

-Iremos allá mañana, Eduardo, para examinarla. Me propongo reconstruir la casa.

 

Eduardo no contestó.

 

-¿No se siente bien? -dijo el intendente, sorprendido.

 

-Sí, señor -respondió Eduardo-. Estoy bien, según creo, pero debo confesarle que me siento decepcionado. No creí que usted aceptara una propiedad de semejantes manos y tan injustamente confiscada.

 

-Lamento que eso haya menoscabado su buena opinión de mí, Eduardo -replicó el intendente-. Pero permítame observarle que yo jamás habría aceptado una propiedad con herederos vivos. Pero este caso es distinto. Por ejemplo: la propiedad de Ratcliffe le pertenece a Clarita y ha sido confiscada. ¿Cree usted que yo la aceptaría? ¡Jamás! Pero he

 

aquí una propiedad sin heredero; toda la familia ha perecido en el incendio de Arnwood. ¡No hay ningún reclamante vivo! Debe serle entregada a alguien o quedar en manos del gobierno. Por eso elegí esa propiedad y no otra, sino ésa de todas las confiscadas, ya que considero que al obtenerla a nadie perjudico. Se me han ofrecido otras, pero las he rechazado. Quería ésta y sólo ésta; y tal es la razón de que mis solicitudes no se vieran coronadas por el éxito hasta ahora. ¿Confío en que creerá mis palabras, Eduardo?

 

-Primero respóndame a una pregunta, señor Heatherstone. En el suptesto caso de que toda la familia Beverley no hubiese perecido, como se presume, en el incendio de Arnwood, en el supuesto caso de que algún día apareciese un heredero legítimo..., ¿le entregaría usted la propiedad?

 

-¡Tan cierto como que confío en entrar en los cielos, Eduardo! -respondió el intendente, mirando solenmemente hacia arriba-. Entonces supondría que he sido un instrumento del Todopoderoso para evitar que Arnwood cayera en manos menos escrupulosas, y lo entregaría como un fideicomiso que me ha sido confiado provisoriamente.

 

-Ante esos sentimientos, señor Heatherstone, sólo puedo felicitarlo ahora por haber entrado en posesión de esa heredad -dijo Eduardo.

 

-Y con todo no merezco tanto elogio, ya que hay pocas probabilidades de que mi sinceridad se vea puesta a prueba, Eduardo. No cabe duda de que toda la familia Beverley ha perecido y Arnwood será la dote de Paciencia Heatherstone.

 

El corazón de Eduardo empezó a latir con rapidez. Le bastó meditar un momento, para comprender su situación. La interrupción del señor Heatherstone le había impedido hacerle su confesión a Paciencia y ahora no podía confesarle la verdad a nadie sin una ruptura con el intendente, o sin una transacción, pidiendo lo que había deseado tan ardientemente: la mano de Paciencia. El señor Heatherstone, después de decirle a Eduardo que no tenía muy buen aspecto, agregó que la cena estaba pronta y que más valía que pasaran al aposento contiguo. Eduardo lo siguió mecánicamente. Durante la cena lo atormentaron constantes preguntas de Clara sobre lo que le pasaba. No se arriesgó a mirar a Paciencia y se retiró precipitadamente a su aposento para acostarse, quejándose -y esto bien podía ser cierto- de una fuerte jaqueca.

 

Allí se arrojó sobre el lecho, pero no consiguió dormir. Pensó y volvió a pensar en los sucesos del día. ¿Tenía algún motivo para creer que Paciencia correspondía a su afecto? No: la respuesta de la joven había sido demasiado tranquila, demasiado sosegada, para hacerle presumir esto. Y ahora que sería una rica heredera, no faltarían pretendientes a su mano, y él la perdería y perdería su heredad al propio tiempo. Es cierto que el intendente había declarado que renunciaría a la propiedad si aparecía el legítimo heredero, pero era fácil decir esto con la convicción de que éste no aparecería. Y aun cuando Heatherstone renunciara a Arnwood, el parlamento volvería a apoderarse de la heredad antes que dejarla pasar a manos de un Beverley. «¡Cuánto siento haber dejado la cabaña! -pensó Eduardo-. Allí, al menos, me habría sentido resignado y satisfecho de mi suerte. Ahora me siento afligido, y adondequiera mire, no veo otras perspectivas. Sólo estoy resuelto a una cosa: y es a no quedarme bajo este techo más tiempo del estrictamente necesario. Iré a consultar el

 

asunto con Humphrey, y si logro colocar a mis hermanas a la medida de mis deseos, Humphrey y yo saldremos a buscar fortuna».

 

Eduardo se levantó al amanecer y después de haberse vestido, bajó y ensilló su caballo. Luego, de encargarle a Sampson que le dijera al intendente que había ido a la cabaña y volvería al anochecer, atravesó a caballo el bosque y llegó en el preciso momento en que los suyos se disponían a desayunarse. Sus tentativas de mostrarse alegre ante sus hermanas no tuvieron éxito y todos se sintieron apenados al verlo tan pálido y ojeroso. Apenas hubo concluido el desayuno, Eduardo hizo una seña y Humphrey y él salieron.

 

-¿Qué pasa, querido hermano? -dijo Humphrey.

 

-Te lo diré todo. Escúchame -respondió Eduardo, que le explicó entonces en detalle todo lo sucedido, desde que saliera a dar la caminata con Paciencia Heatherstone hasta que se acostara-. Y bien, Humphrey... Ya lo sabes todo.. ¿Qué debo hacer? ¡No puedo quedarme ahí!

 

-Si Paciencia Heatherstone te hubiera demostrado afecto, el asunto habría sido bastante simple -contestó Humphrey- . Su padre no podría formular objeciones a la boda y habría aliviado al propio tiempo su conciencia en cuanto a la retención de Arnwood, pero me dices que Paciencia no te ha demostrado afecto.

 

-Me dijo con mucha tranquilidad que lamentaba mis palabras.

 

-Pero..., ¿hablan siempre en serio las mujeres, hermano?

 

-Paciencia sí, en cualquier caso -replicó Eduardo-. Es la verdad en persona. No, no puedo, engañarme a mí mismo. Siente una profunda gratitud por el servicio que le he prestado y eso le ha impedido ser más áspera en su respuesta.

 

-Pero..., ¿no crees que cambiaría mucho si supiera que eres Eduardo Beverley?

 

-Y en ese caso sería harto humillante pensar que sólo se casó conmigo par mi rango y mi posición.

 

-Pero considerándote de humilde cuna..., ¿no puede haber reprimido los sentimientos por los cuales no creyó conveniente dejarse arrastrar dadas las circunstancias?

 

-Cuando hay tanto sentido de la corrección no puede haber mucho afecto.

 

-Nada sé de esas cosas, Eduardo -replicó Humphrey-. Pero me han dicho que no es fácil leer en un corazón de mujer, o si no me lo han dicho, lo he leído o soñado. ¿Qué piensas hacer?

 

-Algo que temo desapruebes, Humphrey: abandonar esto. Si la respuesta de las señoritas Conynghame es favorable, mis hermanas irán a su casa, pero en eso habíamos convenido ya. Luego, en cuanto a mí se refiere..., me propongo ir al extranjero, usar nuevamente mi

 

apellido y obtener empleo al servicio de alguien. Confío en que el rey me ayudará a lograrlo.

 

-Eso es lo peor del asunto, Eduardo, pero si la paz de tu espíritu depende de ello, no me opondré.

 

-En cuanto a ti, Humphrey, puedes acompañarme y compartir mi suerte o hacer lo que juzgues preferible.

 

-En ese caso, Eduardo, creo que no tomaré una decisión imprudente. Yo me habría quedado aquí con Pablo si mis hermanas se hubiesen ido a la casa de las Conynghame y tú te hubieras quedado con el intendente. De modo que hasta que tenga noticias tuyas, me quedaré donde estoy y así podré observar qué sucede aquí y hacértelo saber.

 

-Así sea -respondió Eduardo-. Esperemos solamente a que mis hermanas queden bien acomodadas y partiré al día siguiente. Me duele seguir allí, ahora.

 

Después de platicar un rato más, Eduardo montó a caballo y volvió a la casa del intendente. Llegó a hora bastante tardía, ya que la cena estaba servida ya. El intendente le dió una carta para el señor Chaloner, que estaba dentro de otra del señor Langton y le comunicó luego que había llegado la noticia de la fuga del rey a Francia.

 

-¡Dios sea loado! -exclamó Eduardo-. Con su licencia, señor, le entregaré mañana esta carta al interesado, ya que con seguridad ha de ser importante.

 

El intendente dio su consentimiento y Eduardo se retiró sin cambiar una sola palabra con Paciencia o Clara, fuera de las cortesías usuales de la mesa.

 

A la mañana siguiente, Eduardo, que no había dormido una sola hora durante la noche, emprendió viaje hacia la cabaña de Clara y halló a Chaloner y Grenville en cama aún. Al oír su voz se abrió la puerta y Eduardo le tendió la carta a Chaloner. Éste la leyó y se la tendió a Eduardo. Las señoritas Conynghame se manifestaban encantadas ante la idea de acoger en su casa a las dos hijas del coronel Beverley y las tratarían como si fuesen sus propias hijas. Pedían que las enviaran inmediatamente a Londres, donde las esperaría un coche que las llevaría al Lancashire. Enviaban cordiales saludos al capitán Beverley y le aseguraban que sus hermanas serían bien cuidadas.

 

-Le estoy muy agradecido, Chaloner -dijo Eduardo-. Enviaré a mi hermano con mis hermanas lo antes posible. Usted pensará muy pronto en volver a Francia, y si me lo permite, yo lo acompañaré.

 

-¡Usted, Eduardo! Eso será espléndido. Pero usted no pensaba hacer semejante cosa la última vez que nos vimos. ¿Qué lo ha inducido a cambiar de intención?

 

-Se lo diré luego; probablemente no apareceré aquí durante unos días. Tendré que pasar mucho tiempo en la cabaña cuando Humphrey se ausente, ya que Pablo tendrá grandes obligaciones a que atender -entre la cremería, los caballos y la crianza de las cabras y todo

 

lo demás-; más de lo que puede atender solo, pero apenas vuelva Humphrey, vendré en su busca y haremos los preparativos para la partida. Hasta entonces, adiós, amigos. Tenemos que aprovisionarlos a ustedes por tres semanas o un mes antes de que Humphrey emprenda el viaje.

 

Eduardo se despidió cordialmente de sus amigos y se dirigió hacia la cabaña.

 

Aunque Alicia y Edith estaban bastante preparadas para abandonar la cabaña, el día de su partida era tan incierto que aquel golpe las afectó profundamente. Debían abandonar a sus hermanos, a quienes tanto querían, para ir a casa de gente desconocida, y cuando comprendieron que la partida tendría lugar al cabo de dos días, su pena fue muy grande. Pero Eduardo hizo valer sus razones ante Alicia y la consoló, aunque con Edith la tarea fue más difícil. Ésta no sólo lloraba a sus hermanos, sino a su vaca, su petiso y sus cabritos; todos los animales eran amigos y favoritos de Edith y hasta la idea de separarse de Pablo motivó un nuevo estallido de lágrimas.

 

Después de haberlo arreglado todo con Humphrey, Eduardo se despidió nuevamente, prometiendo volver y ayudarle a Pablo lo antes posible.

 

Al día siguiente, Humphrey se dedicó empeñosamente a sus preparativos. Trasladaron los víveres a la cabaña de Clara y cuando Pablo los hubo llevado en la carreta, Humphrey fue a Lymington y alquiló un vehículo para ir a Londres al día siguiente. Digamos desde ya que emprendieron viaje a la hora convenida y que llegaron sanos y salvos a Londres a los tres días. Allí, en un sitio señalado en la carta, encontraron al coche que los esperaba, y después que Humphrey le hubo confiado sus hermanas a una vieja doncella que venía en el coche para hacerse cargo de ellas, las niñas se separaron de él con abundantes lágrimas y Humphrey volvió presurosamente al Bosque Nuevo.

 

Al regresar, se enteró con suma sorpresa de que Eduardo no había venido a la cabaña como lo prometiera, y con malos presentimientos, montó a caballo y atravesó el bosque para averiguar la causa de aquello. Cuando se acercaba a la casa del intendente, se encontró con Osvaldo, por cuyo intermedio supo que Eduardo había sido presa de una violenta fiebre y de que su estado era muy peligroso, habiendo delirado durante tres o cuatro días.

 

Humphrey se apresuró a desmontar y llamó a la puerta de la casa. Le abrió Sampson y Humphrey pidió que lo llevaran al aposento de su hermano. Halló a Eduardo en el estado descrito por Osvaldo y totalmente inconsciente de su presencia; la doncella Hebe estaba junto a su cabecera.

 

-Puede retirarse -dijo Humphrey, con cierta aspereza-. Yo soy su hermano.

 

Hebe se fue y Humphrey se quedó a solas con Eduardo.

 

-Fue ciertamente un desdichado día aquél en que viniste a esta casa - exclamó Humphrey, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas-. ¡Mi pobre, Eduardo!

 

Eduardo empezó a hablar en forma incoherente y procuró levantarse de la cama, pero sus esfuerzos fueron infructuosos...; estaba harto, débil, pero deliró con Paciencia Heatherstone y se llamó a sí mismo Eduardo Beverley más de una vez y habló de su padre y de Arnwood.

 

«Si ha delirado de este modo -pensó Humphrey- no le quedan muchos secretos por revelar. No lo abandonaré y evitaré que estén presentes otros si puedo».

 

Humphrey había estado sentado por espacio de una hora con su hermano, cuando el médico vino a ver a su paciente. Tanteó el pulso y le preguntó si era él quien lo cuidaba.

 

-Soy su hermano, señor -respondió Humphrey.

 

-Entonces, mi buen señor, si advierte signos de transpiración -y creo que hay algunos- no le permita quitarse los cobertores, para que sude bien. Si lo hace, su vida se habrá salvado.

 

El médico se retiró, diciendo que volvería bien entrada la noche.

 

Humphrey se quedó otras dos horas junto a la cabecera y advirtiendo entonces signos de transpiración, obedeció las órdenes del médico y frustró todos los esfuerzos de Eduardo por quitarse los cobertores. Durante breve tiempo, la transpiración fue abundante y el desasosiego de Eduardo menguó hasta fundirse en un profundo sueño.

 

-¡Gracias a Dios! Entonces hay esperanzas.

 

-¿Dijo usted que había esperanzas? -repitió una voz a sus espaldas.

 

Humphrey se volvió y advirtió a Paciencia y Clara, que habían entrado sin ser vistas.

 

-Sí -respondió Humphrey, mirando a Paciencia con aire de reproche-. Hay esperanzas, según lo dicho por el médico..., esperanzas de que Eduardo esté en condiciones de irse de esta casa, a la cual tuvo la desgracia de entrar.

 

Estas palabras de Humphrey eran ásperas y groseras, pero consideraba que Paciencia Heatherstone era la causa del peligroso estado de su hermano y que la joven no se había portado bien con él.

 

Paciencia no contestó, pero dejándose caer de rodillas junto a la cabecera, oró silenciosamente, y el corazón de Humphrey le reprochó sus palabras. «No puede ser tan mala», pensó el joven, mientras Paciencia y Clara salían del aposento en silencio.

 

A poco entró en la habitación el intendente y le tendió la mano a Humphrey, que fingió no verla y no la tomó.

 

«Ha conseguido Arnwood...; eso le basta -pensó-. Pero no recibirá mi mano de amigo.

 

El intendente metió la mano entre los cobertores y al advertir los grandes sudores de

 

Eduardo, dijo:

 

 

-Oh, gracias, Dios mío, por todas tus bondades y porque te hayas dignado salvar esta valiosa vida. ¿Cómo están sus hermanas, señor Humphrey? Mi hija me pidió que se lo preguntara. Les mandaré la noticia de que su hermano está mejor, si usted no vuelve a la cabaña después de la próxima visita del médico.

 

-Mis hermanas no están ya en la cabaña, señor Heatherstone -contestó Humphrey-. Han ido a la casa de unos amigos que se han encargado de ellas. Yo mismo las dejé a salvo en Londres, ya que en caso contrario me hubiera enterado de la enfermedad de mi hermano y venido antes aquí.

 

-Por cierto que me dice usted una novedad, señor Humphrey -replicó el intendente-. ¿Podría saberse en qué casa están instaladas sus hermanas y en qué carácter viven allí?

 

Esta réplica del intendente le recordó a Humphrey que, en cierto modo pisaba en falso, ya que no debía pensarse que sus hermanas habían ido a recibir una buena educación siendo presuntamente hijas de un guardabosques, de modo que respondió:

 

-Se sentían muy solas en el bosque, señor Heatherstone, y querían ver Londres; de modo que las hemos llevado allí y dejado al cuidado de personas que nos prometieron asegurarles bienestar.

 

El intendente pareció muy desasosegado y sorprendido, pero nada dijo y salió poco después del aposento. Volvió casi de inmediato con el médico, que, apenas hubo tanteado el pulso de Eduardo, declaró que la crisis había pasado y que cuando despertara habría recobrado la conciencia de sus actos. Después de haber dado instrucciones sobre lo que debía beber el paciente y algún medicamento que se le debía administrar, el médico se marchó diciendo que no volvería hasta la noche siguiente, salvo que lo mandaran llamar, porque consideraba que el peligro había pasado.

 

Eduardo continuó dormitando apaciblemente durante la mayor parte de la noche. Acababa de amanecer cuando abrió los ojos. Humphrey le ofreció algo de beber y Eduardo lo tomó ávidamente y al ver a su hermano, dijo:

 

-¡Oh, Humphrey! Había olvidado por completo dende estaba, ¡Siento tanto sueño!

 

Y después de pronunciar estas palabras, su cabeza cayó sobre la almohada y volvió a dormirse.

 

Ya en pleno día, Osvaldo entró en el aposento.

 

-Señorito Humphrey, dicen que el peligro ha pasado ya, pero que usted se ha quedado aquí durante toda la noche. Yo lo relevaré ahora, si me lo permite. Vaya a dar una caminata con el aire fresco; eso lo reanimará.

 

-Así lo haré, Osvaldo, y muchas gracias. Mi hermano se despertó ya una vez y a Dios gracias, ha vuelto en sí. Lo reconocerá a usted cuando vuelva a despertarse y entonces avíseme.

 

Humphrey salió del aposento y le alegró sentir, después de una noche de hermético enclaustramiento en el cuarto de un enfermo, el fresco aire matinal que le acariciaba las mejillas. Se había alejado, unos pocos pasos de la casa cuando advirtió que Clara avanzaba hacia él.

 

-¿Cómo está, Humphrey? -dijo Clara- ¿Y cómo sigue su hermano esta mañana?

 

-Está mejor, Gara, y confío en que ya se halla fuera de peligro.

 

-Pero; Humphrey -prosiguió la niña-. Cuando usted entró en la habitación anoche..., ¿por qué dijo lo que dijo?

 

-No recuerda haber dicho nada.

 

-Sí que lo recuerda: dijo que había ahora esperanzas de que su hermano pudiera abandonar pronto esta casa, en que había tenido la desgracia de entrar. ¿Recuerda?

 

-Quizá lo haya dicho, Clara -respondió Humphrey-. Pero sólo pensaba en voz alta.

 

-Pero... ¿Por qué piensa usted así, Humphrey? insistió la niña-. ¿Por qué ha sido desgraciado Eduardo al entrar en esta casa? Eso es lo que quiero saber. Paciencia lloró mucho al salir de la habitación por haberle oído decir eso. ¿Por qué lo dijo? Usted no pensaba así hace poco tiempo.

 

-No, querida Clara. Es cierto. Pero ahora sí que pienso así y no puedo darte mis razones; de modo que no debes volver a hablar de eso. A Clara guardó silencio durante un rato y luego dijo:

 

-Paciencia me dice que sus hermanas se han ido de la cabaña. Usted se lo dijo a su padre.

 

-Es cierto. Se han ido.

 

-Pero... ¿Por qué? ¿A buscar qué? ¿Quién cuidará de las vacas y las cabras y las aves de corral? ¿Quién le hará la cena a usted, Humphrey? ¿Qué hará usted sin ellas y por qué las envió sin avisarme a mí o a Paciencia que se iban, para poder despedirnos al menos?

 

-Mi querida Clara -respondió Humphrey, que, viéndose en apuros para contestar a todas estas preguntas, resolvió cortar por lo sano fingiendo enojo-: Tú sabes que eres la hija de un caballero y lo mismo Paciencia Heatherstone. Ambas sois de noble cuna, pero mis hermanas, como sabes, sólo son hijas de un guardabosques y mi hermano y yo no somos mejores que ellas. A la señorita Paciencia no le conviene - y tampoco a ti- tanta intimidad con gente como nosotros, y más aun ahora que la señorita Paciencia es una rica heredera, porque su padre ha obtenido la gran heredad de Arnwood y ésta le pertenecerá cuando él

 

muera. No es propio que la heredera de Arnwood se codee con las hijas de un guardabosques, y como teníamos cerca de Lymington a unos amigos que se ofrecieron a ayudarnos y a tomar a su cargo a nuestras hermanas, pensamos que lo mejor era que se marcharan, porque..., ¿qué sería de ellas si nos ocurriera algún accidente a Eduardo o a mí? Ahora ya las cuidarán. Después de lo que han aprendido, serán excelentes doncellas de alguna dama de calidad -agregó Humphrey con sonrisa sardónica, ¿No te parece, mi linda Clara?

 

Clara prorrumpió en sollozos.

 

-Eres muy malo, Humphrey -exclamó entre lágrimas-. No tenías derecho a alejar de aquí a tus hermanas. Y lo que es más..., ¡no te creo!

 

Y Clara se alejó corriendo hacia la casa.

 

 

 

 

 

Capítulo XXVI

 

Nuestros lectores podrán suponer que Humphrey era muy maligno, pero si se acababa de mostrar tan áspero era para evitar el interrogatorio de Clara, que había sido enviada a todas luces intencionalmente. Al mismo tiempo, debe reconocerse que la circunstancia de que el señor Heatherstone hubiese obtenido la posesión de Arnwood había provocado un indudable resentimiento en los espíritus de ambos hermanos, y ahora cada uno de los actos del intendente era encarado bajo una falsa luz. Pero no siempre dominamos nuestros sentimientos, y Eduardo era tan impetuoso por temperamento y Humphrey tan apegado a él y le alarmaba tanto el peligro que corría su hermano, que su excitación era mayor aún. El golpe resultaba doblemente pesado, ya que, al parecer, Paciencia había rechazado a Eduardo y, al propio tiempo, tomado posesión de la finca de los Beverley, poseída por la familia durante siglos. Lo más fastidioso en este caso era que la explicación, si es que algunas de las partes podía ofrecerla, era casi imposible en las presentes circunstancias.

 

A poco de haberse marchado Clara, Humphrey volvió al aposento de su hermano. Lo halló despierto y conversando con Osvaldo. Oprimiendo con vehemencia la mano de su hermano, Eduardo le dijo:

 

-Querido Humphrey, ahora pronto me habré repuesto y confío en que estaré en condiciones de abandonar esta casa. Lo que temo es que el intendente me pida alguna explicación, no sólo con respecto a la partida de mis hermanas, sino también sobre otros puntos. Esto es lo que quiero eludir, sin ofenderlo. No creo que el intendente deba ser culpado en extremo por haber conseguido mi heredad, ya que ignora que exista un Beverley; pero me resulta intolerable la idea de una amistad íntima con él, especialmente después de lo que me ha pasado con su hija. Lo que quiero pedirte, es que no salgas de este cuarto mientras yo siga aquí, a menos que te releve Osvaldo; de modo que el intendente o cualquier otra persona no tenga oportunidad de sostener conmigo una conversación, privada o de obligarme a escuchar lo que pueda tener que decir. Se lo dije a Osvaldo antes de que entraras:

 

 

-Confía en que así se hará, Eduardo, porque soy de tu misma opinión. Clara acaba de hablarme y he tenido muchas dificultades, y me vi obligado, a mostrarme áspero para zafarme de su porfía.

 

Cuando vino el médico, declaró a Eduardo fuera de peligro y dijo que ya no hacían falta sus cuidados. Eduardo sintió que el facultativo tenía razón. Todo lo que le faltaba eran fuerzas, y confiaba en obtenerlas en unos pocos días.

 

Osvaldo fue enviado a la cabaña para averiguar cómo se las componía Pablo, librado a sí mismo. Se encontró con que todo iba bien y con que Pablo, aunque orgulloso de sus responsabilidades, se sentía muy ansioso de que Humphrey volviese, ya que le pesaba la soledad. Durante la ausencia de Osvaldo, ese día, Humphrey no abandonó la habitación ni por un instante. Y aunque el intendente apareció varias veces, no pudo hallar una sola oportunidad de hablar con Eduardo, cosa que evidentemente quería hacer.

 

Cuando le hacían preguntas sobre su estado, Eduardo se quejaba siempre de una gran debilidad, por un motivo que pronto será comprendido. Transcurrieron varios días y Eduardo se levantaba a menudo de la cama durante la noche, cuando era improbable una intrusión, y ahora se sentía lo bastante fuerte para retirarse de allí. Su intención era abandonar la casa del intendente sin su conocimiento, a fin de evitar toda explicación.

 

Cierta noche, Pablo vino con los caballos después de oscurecer. Osvaldo los puso en la caballeriza, y como la mañana resultó hermosa y clara, poco antes del alba Eduardo bajó silenciosamente la escalera con Humphrey y después de montar a caballo ambos se dirigieron hacia la cabaña, sin que nadie advirtiera su partida en la casa del intendente.

 

Pero no se debe suponer que Eduardo dio este paso sin cierta consideración para con los sentimientos del intendente. Por el contrario, le dejó una carta a Osvaldo, que debía ser entregada después de la partida, en que le agradecía sinceramente a Heatherstone todas sus bondades y la piedad que le testimoniara, y le daba seguridades de su gratitud y cordiales sentimientos para con él y su hija, pero decía que se habían producido hechos sobre los cuales no podía darse una explicación sin gran dolor para todos los interesados, por lo cual era aconsejable que él tomase la decisión aparentemente cruel de marcharse sin despedirse personalmente. Agregaba que se embarcaría de inmediato hacia el continente en busca de fortuna en las guerras y que le deseaba todo género de prosperidades a la familia Heatherstone, para la cual tendría siempre los mejores deseos y recuerdos.

 

-Humphrey -dijo Eduardo, cuando hubieron recorrido unos tres kilómetros a través del bosque y el sol hubo asomado en un cielo sin nubes-, me parece que soy un esclavo liberado. ¡Dios sea loado! Mi dolencia me ha curado de todas mis quejas y todo lo que necesito ahora es trabajo activo. Y ahora, Chaloner y Grenville están no poco fatigados de su encierro en la cabaña y yo me siento tan ansioso como ellos de partir. ¿Qué prefieres? ¿Unirte a nosotros o quedarte en la cabaña?

 

-Lo he meditado, Eduardo y he resuelto quedarme en la cabaña. Bastante caro te resultará mantenerte a ti mismo en los sitios adonde vas, y debes presentarte en forma digna de un

 

Beverley. Tenemos mucho dinero ahorrado para equiparte y para que vivas decorosamente durante un año poco más o menos; pero, después de eso, quizá necesites más. Déjame aquí. Yo puedo ganar dinero, ahora que la granja está bien provista y estoy seguro de poderte enviar un poco todos los años, para mantener el honor de la familia. Además no quiero abandonar esto, por otra motivo. Quiero saber qué pasa y observar los pasos del intendente y la heredera de Arnwood. Asimismo, no quiero irme del país, antes de saber cómo lo pasan mis hermanas con las Conynghame; mi deber es velar por ellas. Lo he resuelto, de modo que no intentes disuadirme.

 

-No lo intentaré, mí querido Humphrey, ya que creo cuerda tu decisión; pero te ruego que no pienses en ahorrar dinero para mí... Bastará con muy poca cosa para satisfacer mis necesidades.

 

-De ningún modo, mi buen hermano; debes lucir y lucirás, si puedo ayudarte, todo lo mejor. Así serás mejor acogido; porque aunque la pobreza no es pecado, como dice el refrán, es escarnecida como si lo fuese, mientras que los pecados se pasan por alto. Tú sabes que yo no necesito dinero y, por lo tanto, debes aceptar y aceptarás, si me quieres, todo el que haya.

 

-Como quieras, mi querido, Humphrey. Ahora, hagamos correr a nuestros caballos, porque, si fuese posible, yo quisiera abandonar el bosque mañana por la mañana.

 

A esta altura, por haberse renunciado desde mucho tiempo atrás a toda búsqueda de los fugitivos de Worcester, no había dificultad en obtener los medios de embarque. En las primeras horas de la mañana siguiente todo quedó pronto, y Eduardo, Humphrey, Chaloner, Grenville y Pablo partieron rumbo a Southampton, transportando sobre uno de los caballos el reducido equipaje que llevaban. Eduardo, como lo hemos mencionado ya, con el dinero ahorrado y el de la cabaña, que había aumentado mucho, estaba bien provisto de numerario. Y esa noche los viajeros se embarcaron, con sus caballos, en un pequeño velero, y con viento boyante y favorable llegaron a un pequeño puerto de Francia al día siguiente. Humphrey y Pablo volvieron a la cabaña, de más está decirlo, muy descorazonados por la separación.

 

-¡Oh, señorito Humphrey! -dijo Pablo, mientras cabalgaban-. La señorita Alicia y la señorita Edith irse; yo querer ir con ellas. El señorito Eduardo irse; yo querer ir con él. Usted quedarse en la cabaña; yo querer quedarme con usted. Pablo no poder estar en tres sitios.

 

-No, Pablo; todo lo que puedes hacer es quedarte donde puedas ser más útil.

 

-Sí; lo sé. Usted necesitarme mucho en la cabaña. La señorita Alicia y Edith y señorito Eduardo no necesitarme; de modo que yo quedarme en la cabaña.

 

-Sí, Pablo. Nos quedaremos en la cabaña. Pero ahora no podemos hacerlo todo. Creo que debemos abandonar la cremería, ahora que se han ido mis hermanas. Te diré qué he estado pensando, Pablo. Haremos un gran cerco, para traer allí a los petisos durante el invierno;

 

elegiremos a todos los que nos parezcan buenos y los venderemos en Lymington. Eso será mejor que batir manteca.

 

-Sí, comprendo. Mucho trabajo para Pablo.

 

-Y para mí, también, Pablo; pero, como comprenderás, cuando esté hecho el cerco durará mucho tiempo, y haremos entrar en él a los vacunos salvajes, si podemos.

 

-Sí, comprendo -dijo Pablo-. Eso gustarme muchísimo; sólo no gustar trabajo construir cerco.

 

-No nos dará mucho trabajo, Pablo; si derribamos los árboles dentro del bosque a cada lado y los dejarnos apilados el uno sobre el otro, los animales nunca podrán franquearlos.

 

-Esa muy buena idea..., ahorrar trabajo. -dijo Pablo-. ¿Y qué hacer usted con vacas, suponiendo no hacer manteca?

 

-Conservarlas y vender sus terneros; conservarlos para atraer al corral al ganado salvaje.

 

-Sí, eso bueno. Y hacer salir al viejo Billy para atraer peligros al corral -continuó Pablo, riendo.

 

-Sí; lo intentaremos.

 

Debemos volver ahora a la casa del intendente. Osvaldo le entregó la carta, que aquél leyó con mucha sorpresa.

 

-¡Se ha ido! ¿De veras que se ha ido? -dijo el señor Heatherstone.

 

-Sí, señor. Esta mañana, antes del amanecer.

 

-¿Y por qué no se me ha informado de ello? -dijo el señor Heatherstone-. ¿Por qué ha intervenido usted en esto, estando a mi servicio? ¿Puede saberse el porqué?

 

-Conocí al señor Eduardo antes de conocerlo a usted, señor -replicó Osvaldo.

 

-Entonces más vale que lo siga -replicó el intendente, con tono airado.

 

-Perfectamente, señor -dijo Osvaldo, que salió del aposento.

 

-¡Santo cielo! ¡Cómo se han frustrado mis planes! -exclamó el intendente, al quedarse a solas, y releyó la carta más cuidadosamente que la primera vez-. «Se han producido hechos de los cuales no puede darme una explicación». No entiendo esto. Debo hablar con Paciencia.

 

El señor Heatherstone abrió la puerta y llamó a su hija.

 

-Paciencia -dijo el señor Heatherstone-. Eduardo se ha marchado esta mañana. He aquí una carta que me ha escrito. Léela y dime si puedes explicarme una parte que me resulta incomprensible. Siéntate y lee atentamente.

 

Paciencia, muy agitada, se sentó gustosamente y leyó con cuidado la carta de Eduardo. Después, de haberlo hecho la abandonó sobre su regazo y se cubrió el rostro, mientras las lágrimas corrían entre sus dedos. Al rato el intendente dijo:

 

-Paciencia..., ¿ha sucedido algo entre Eduardo Armitage y tú?

 

Paciencia no contestó, pero sollozó con vehemencia. No habría revelado tanta emoción, pero debe recordarse que durante las tres últimas semanas, después de hablar con Eduardo, y durante la subsiguiente dolencia de éste, había sido muy desdichada. La reserva de Humphrey, las expresiones usadas por él, su rechazo de Clara y su imposibilidad de ver a Eduardo, durante su enfermedad, añadidos a su repentina e imprevista partida, sin decirle una sola palabra, habían quebrantado su espíritu y el dolor la había agobiado.

 

El intendente la dejó recobrarse antes de volver a hablarle. Cuando la joven hubo cesado de llorar, su padre le habló con tono muy bondadoso, rogándole que no le ocultara nada, ya que le importaba mucho conocer los hechos reales.

 

-Ahora dime, hija mía, qué ocurrió entre Eduardo y tú.

 

-Me dijo, antes de que te acercaras a nosotros esa noche, que me quería.

 

-¿Y qué contestaste?

 

-Apenas si sé qué le dije, mi querido padre. No quería ser cruel con quien me había salvado la vida, y no opté por decir lo que pensaba, porque..., porque Eduardo era de cuna humilde. ¿Y cómo podía alentar yo al hijo de un guardabosques sin tu permiso?

 

 

-¿De modo que lo rechazaste?

 

-Supongo que sí, o que él supuso que yo lo había rechazado. Tenía que confiarme un secreto de importancia y lo habría hecho si tú no nos hubieras interrumpido.

 

-Y ahora, Paciencia, debo pedirte que me contestes con franqueza a una Pregunta. No le culpo por tu conducta, que fue correcta en esas circunstancias. También yo tenía un secreto que quizá debí confiar; pero supuse que la confianza y paternal bondad con que yo trataba a Eduardo bastarían para sugerirte que yo no podía oponerme mucho a una boda... En realidad, la libertad del trato que yo permitía entre ustedes debió indicártelo; pero tu sentido del deber y del decoro te han hecho obrar como debías hacerlo, lo admito, aunque contrariamente a mis verdaderos deseos.

 

-¿Tus deseos, padre mío? -dijo Paciencia.

 

-Sí..., mis deseos. Nada he deseado más ardientemente que una unión de Eduardo contigo; pero quise que lo amaras por sus propios méritos.

 

-Así fue, padre -replicó Paciencia, volviendo a sollozar-, aunque no se lo dije.

 

El intendente guardó silencio. durante algún tiempo, y. agregó:

 

-No hay motivo para seguir ocultándolo, Paciencia. Sólo lamento no haber sido más explícito antes. Sospeché durante largo tiempo -y me convencí de ello luego- que Eduardo Armitage es Eduardo Beverley, que, con su hermano y hermanas, se presumieron muertos en el incendio de Arnwood.

 

Paciencia apartó el pañiuelo de su rostro y miró a su padre con asombro.

 

-Te digo que lo sospeché con vehemencia, mi querida hija, en primer lugar por su noble aspecto, que ningún indumento de guardabosques podía disfrazar, pero lo que me convenció más fue que en Lymington me encontré casualmente con un tal Benjamín que había sido criado, en Arnwood y lo interrogué detenidamente. Él creía, en realidad, que los niños habían muerto carbonizados. Es cierto que yo lo interrogué más que nada sobre el aspecto de los niños, cuántos eran los varones y cuántas las mujeres, sus edades, etc., pero la más seria de las pruebas fue que los nombres de los cuatro niños se correspondían con los nombres de los niños del bosque, así como sus edades, y fuí al registro de la parroquia y obtuve un extracto de las anotaciones. Esto equivalía casi a una prueba, porque era improbable que los cuatro niños de la cabaña tuvieran las mismas edades y nombres de los de Arnwood. Después de haberme cerciorado de este punto ofrecí el empleo a Eduardo, queriendo retenerlo aquí, porque yo había conocido antaño a su padre y de todos modos estaba bien familiarizado con los méritos del coronel. Ustedes vivieron entonces en la misma casa y vi con placer la intimidad que crecía entre ambos; luego hice todo lo posible por conseguir que le devolvieran Arnwood. No pude pedirlo para él, pero impedí que se lo dieran a otro reclamándolo para mí. De haberse quedado Eduardo con nosotros, todo habría salido a la medida de mis deseos; pero él quiso intervenir en esa desdichada rebelión, y como yo sabía que era inútil impedirselo, lo dejé ir. Descubrí que había adoptado el apellido Beverley durante el período pasado en el ejército del rey, y cuando visité por última vez la ciudad así me lo dijeron los comisarios, que se preguntaron de dónde habría salido aquel joven; pero el resultado fue que ahora era inútil pedir la finca para él, como habría querido hacerlo..., ya que sus servicios en el ejército realista lo tornaban imposible. De modo que la pedí para mí y la obtuve. Me había hecho a la idea de que Eduardo sentía afecto por ti y tú también por él, y apenas me hubieron concedido Arnwood, cosa que ocurrió la noche en que él te habló, le comuniqué que me habían dado la heredad. Y agregué, respondiendo a algunas frías preguntas que me formuló sobre la posibilidad de que existiese todavía un heredero de la finca, que tal cosa era improbable y que tú serías la señora de Arnwood. Se lo dije con toda intención confiando en que todo marcharía bien en cuanto a ti se refería y proyectando explicarle a Eduardo que yo conocía su identidad apenas te hubiera confesado su afecto.

 

-Sí; ya lo comprendo todo ahora -replicó Paciencia-. Eduardo se ve rechazado por mí y poco después se le dice que yo he entrado en posesión de su propiedad. Nada tiene de

 

asombroso el que se haya sentido indignado y que nos mire con desdén. Y ahora se ha marchado, lo hemos empujado al peligro, y quizá no volvamos a verlo jamás. ¡Oh, padre! ¡Cuán desdichada soy!

 

-Debemos confiar en que suceda lo mejor, Paciencia. Es cierto que Eduardo se ha ido a la guerra, pero no se sigue de eso que deba morir forzosamente. Ustedes dos son muy jóvenes, demasiado jóvenes para casarse, y todo puede ser explicado. Tendré que verme con Humphrey y hablarle con franqueza.

 

-Pero..., ¿adónde habrán ido Alicia yEdith, padre?

 

-Eso sí que puedo decírtelo. He recibido una carta de Langton sobre el particular, porque le pedí que me lo averiguara. Dice que hay dos damitas de apellido Beverley que han sido dejadas a cargo de sus amigas las señoritas Conynghame, tías del comandante Chaloner, que ha estado oculto en el bosque durante algún tiempo. Pero tengo que escribir unas cartas, querida Paciencia. Mañana, si estoy vivo y sano, iré a caballo a la cabaña a visitar a Humphrey Beverley.

 

El intendente besó a su hija y ésta salió del aposento.

 

¡Pobre Paciencia! Le alegraba quedarse sola y meditar sobre aquella extraña comunicación. Durante muchos días había advertido el afecto que le inspiraba Eduardo..., mucho mayor que el supuesto por ella misma. «Y ahora -pensó -, si él me ama realmente y se entera de la explicación de mi padre, volverá. Gradualmente recobró su serenidad y se dedicó a sus tranquilas tareas domésticas.

 

El señor Heatherstone se dirigió a la cabaña al día siguiente y encontró allí a Humphrey atacadísimo como de costumbre, y, lo que era muy desusado, de aire sumamente grave. Al señor Heatherstone no le resultó muy grata la tarea de explicarle su conducta a un hombre tan joven como Humphrey; pero, no se sentía cómodo mientras no eliminara aquella mala impresión suscitada por él, y sabía que Humphrey poseía una buena dosis de auténtico sentido común. La acogida del joven fue fría pero cuando el intendente le explicó todo, Humphrey quedó más satisfecho y aquello le probó que el intendente había sido el mejor amigo de ambos, y que aquel malentendido se debía, más que nada, a un exceso de delicadeza de parte de Paciencia. Humphrey inquirió si podía comunicarle a su hermano lo sustancial de la conversación sostenida, y el señor Heatherstone le expresó que tal era su deseo y propósito al confiarle la verdad. De más está decir que Humphrey aprovechó la primera oportunidad para escribirle a Eduardo a la dirección dejada par Chaloner.

 

 

 

 

 

Capítulo XXVII

 

Pero debemos seguir a Eduardo durante algún tiempo. Al llegar a París fue recibido bondadosamente por el rey Carlos, que le prometió ayudarle en sus propósitos de incorporarse al ejército.

 

-Debe usted elegir entre dos generales, ambos grandes en el arte de la guerra: Condé y Turena. No dudo de que ambos chocarán muy pronto el uno con el otro. Tanto mejor para usted, ya que aprenderá la táctica bélica con tan grandes maestros.

 

-¿A quién me recomendaría Su Majestad? -preguntó el joven.

 

-Condé es mi favorito y pronto se rebelará contra esta corte cruel y deshonesta que me ha retenido aquí como un iustrumento para dar realización a sus deseos, pero nunca se ha propuesto cumplir sus promesas e instalarme en el trono de Inglaterra. Le daré a usted cartas para Condé, y recuerde que, sea quien fuere el general a quien sirva, deberá seguirla sin pretender apreciar la justicia o injusticia de sus pasos..., lo cual no es cosa suya. Condé acaba justamente de salir de Vincennes; pero, créalo, no tardará en rebelarse.

 

Apenas lo hubo munido el rey de las credenciales necesarias, Eduardo se presentó en la corte del príncipe de Condé.

 

-Se habla de usted aquí con gran elogio -dijo el príncipe- para ser tan joven. ¿De modo que estuvo en la batalla de Worcester? Lo conservaremos a nuestro lado, ya que sus servicios pronto serán necesarios. ¿Puede usted conseguirnos a algunos de sus compatriotas?

 

-Sólo hay dos a quienes pueda recomendar por mi relación directa con ellos, pero en cuanto a eses dos oficiales puedo empeñar mi palabra.

 

-¿Alguien más?

 

-Por ahora no, Alteza, pero me parece muy posible.

 

-Tráigame a esos oficiales mañana a esta hora, monsieur Beverley. Au revoir.

 

El príncipe de Condé siguió hablando luego con los demás oficiales y caballeros que lo esperaban para presentarle sus respetos.

 

Eduardo fue en busca de Chaloner y Grenville, que se mostraron encantados ante la noticia que les había traído. Al día siguiente fueron a la corte del príncipe y Eduardo los presentó.

 

-Tengo suerte, caballeros, al obtener los servicios de tan gallardos jóvenes -dijo el príncipe-. Ustedes se ganarán mi gratitud al reclutar a todos los compatriotas que crean capaces de prestarme buenos servicios, y al seguir luego a Guiena, provincia a la cual me dispongo a partir. Tengan la amabilidad de ponerse en comunicación con las personas nombradas en este papel, y cuando yo me haya ausentado recibirán de ellos toda suerte de ayuda y los elementos necesarios.

 

Al mes de esta entrevista, Condé, a quien se habían plegado gran número de nobles, y cuyas filas habían sido reforzadas por tropas de España, elevó el estandarte de la rebelión. Eduardo y sus amigos se le unieron, con unos trescientos ingleses y escoceses, a quienes

 

habían reclutado, y a poco, Condé obtuvo la victoria en Blenan y en abril de 1652 avanzó sobre París.

 

Turena, que había asumido el mando del ejército f rancés, lo siguió y se libró una recia acción de guerra en las calles del suburbio D' Antoine, en que ninguna de las partes obtuvo ventaja. Pero, eventualmente, Condé fue rechazado por las fuerzas superiores de Turena, y no habiendo recibido la ayuda que esperaba de los españoles, retrocedió hacia las fronteras de la Champaña.

 

Antes de su partida de París, Eduardo recibió la carta de Humphrey, explicándole la conducta del intendente, y el contenido de la misiva alivió de una pesada carga el espíritu de Eduardo, pero ahora sólo pensaba en la guerra y aunque seguía recordando con amor a Paciencia Heatherstone, estaba resuelto a seguir la suerte del príncipe durante todo el tiempo posible. Le escribió una carta al intendente agradeciéndole sus bondadosos sentimientos e intenciones, y confiando en que algún día tendría el placer de volver a verlo. Pero no creyó conveniente mencionar el nombre de su hija, limitándose a preguntar por la salud de ésta y a enviarle sus respetos. «Quizá pasen años antes de que vuelva a verla - pensó- y... ¿quién sabe qué puede ocurrir?»

 

El príncipe de Condé tenía ahora el comando de las fuerzas españolas de los Países Bajos, y Eduardo, con sus amigos, siguió su suerte y se ganó su favor: los tres obtuvieron rápidos ascensos.

 

El tiempo transcurrió, y en 1654 la corte de Francia concluyó una alianza con Cromwell y expulsó al rey Carlos de las fronteras francesas. La guerra proseguía aún en los Países Bajos. Turena venció a Condé, que había triunfado en todas las campañas, y la corte de España, cansada de reveses, hizo sondeos de paz, que fueron gustosamente aceptados por Francia.

 

Durante el transcurso de estas guerras, Cromwell había recibido el título de Protector, muriendo poco después.

 

Eduardo, que recibía raras veces noticias de Humphrey, se sentía ansioso de abandonar el ejército e ir al encuentro del rey, que estaba en España, pero le era imposible abandonar a su bandera mientras la suerte le era adversa.

 

Después de la paz y de haber sido perdonado elpríncipe de Condé por el rey de Francia, los ejércitos se dispersaron y los tres aventureros quedaron en libertad. Se despidieron del príncipe, que les agradeció sus largos y meritorios servicios, y los tres jóvenes se trasladaron presurosamente al encuentro del rey Carlos, que había abandonado España, radicándose en los Países Bajos. Al tiempo de su encuentro con el rey, Ricardo, el hijo de Cromwell, que había sido designado Protector, acababa de renunciar y todo estaba pronto para la restauración.

 

El 15 de mayo de 1660 llegó la noticia de que Carlos había sido proclamado rey el día 8 y un nutrido cuerpo de caballeros fue a invitarlo a venir. El rey partió de Scheveling, siendo

 

recibido en Dover por el general Monk y llevado a Londres, adonde entró entre las aclamaciones del pueblo el 29 del mismo mes.

 

Ya supondrá el lector que Eduardo, Chaloner y Grenville figuraban entre los más favorecidos del séquito real. Cuando la procesión avanzaba lentamente por el Strand, en medio de una multitud innumerable, las ventanas de todas las casas se llenaron de damas elegantes, que les agitaron sus blancos pañuelos al rey y a su comitiva. Chaloner, Eduardo y Grenville, que cabalgaban junto al monarca como gentileshombres de cámara, eran ciertamente quienes más se destacaban en el séquito real.

 

-Mire a esas lindas muchachas asomadas a la ventana, Eduardo -dijo Chaloner-. ¿Las reconoce?

 

-No, a decir verdad. ¿Serán algunas de nuestras beldades parisienses?

 

-Pero, ser insensible y desalmado... ¡Si son sus hermanas Alicia y Edith! ¿Y no reconoce detrás de ellas a mis buenas tías Conynghame?

 

-Creo que sí -replicó Eduardo-. Sí, ahora que Edith sonríe, estoy seguro de que son ellas.

 

-Sí -dijo Grenville-. No cabe duda. Pero... ¿creen ustedes que nos reconocerán ellas?

 

-Lo veremos -respondió Eduardo, mientras se acercaban a unos pocos metros de la ventana, ya que, durante la conversación, la procesión se había detenido.

 

-¿Será posible que ésas sean las dos muchachas de vestido bermejo que dejé en la cabaña? -pensó Eduardo-. Y, con todo, deben serlo». Y dijo:

 

-Bueno, Chaloner. A juzgar por las apariencias, sus buenas tías han honrado la misión que les encomendaron.

 

- La naturaleza ha hecho más, Eduardo. Nunca imaginé que sus hermanas se convertirían en tan bellas muchachas, aunque siempre me parecieron lindas.

 

Cuando pasaban, Eduardo atrajo la mirada de Edith y le sonrió.

 

-¡Alicia, es Eduardo! -dijo Edith, tan en alta voz que la oyeron el rey y todos los que estaban próximos a él.

 

Alicia y Edith se levantaron y agitaron sus pañuelos, pero debieron detenerse y llevárselos a los ojos.

 

-¿Son ésas sus hermanas, Eduardo? -dijo el rey.

 

-Sí, Majestad.

 

El rey se irguió sobre sus estribos e hizo una gran reverencia ante la ventana donde estaban paradas las muchachas.

 

-Tendremos algunas beldades en la corte, Beverley -dijo luego, mirando al joven de soslayo.

 

Apenas hubieron terminado las ceremonias y pudieron evadirse de las atenciones personales, Eduardo y sus dos amigos fueron a la casa donde residían las señoritas Conynghame y sus hermanas.

 

De más está relatar la alegría del encuentro después de tantos años de ausencia, y el placer de Eduardo al ver que sus hermanas se habían transformado en tan perfectas y elegantes jóvenes. Tampoco necesitamos añadir que sus dos camaradas, viejos amigos de Alicia y Edith, como se recordará, fueron acogidos muy cordialmente.

 

-¿Sabes quién estuvo aquí hoy, Eduardo? La reina de la belleza, por la cual brindan todos los caballeros.

 

-¿Será posible? Tendré que cuidar de mi corazón. ¿Quién es ella, mi querida Edith?

 

-Nada menos que la mujer que tan bien conociste antaño, Eduardo... Paciencia Heatherstone.

 

-¡Paciencia Heatherstone! -exclamó Eduardo-. ¡La bella por la cual brinda todo Londres!

 

-Sí, y merecidamente, puedo asegurártelo. Pero es tan buena como hermosa, y además trata a sus alegres pretendientes con perfecta indiferencia. Vive con su tío, Sir Ashley Cooper, y su padre está también en la ciudad, porque hoy nos visitó con ella.

 

-¿Cuándo tuviste noticias de Humphrey, Edith?

 

-Hace pocos días. Ahora ha abandonado la cabaña por completo.

 

-¿Será posible? ¿Dónde vive, pues?

 

-En Arnwood. La casa ha sido reconstruida y tengo entendido que se la ha transformado en una mansión principesca. Humphrey está a cargo de ella, hasta que se aclare a quien pertenece.

 

-¿Acaso no le pertenece al señor Heatherstone? -replicó Eduardo.

 

-¿Cómo puedes decir eso, Eduardo? ¿Hace mucho tiempo que recibiste cartas de Humphrey?

 

-Sí. Pero no hablemos más de eso, mi querida Edith; me siento muy perplejo.

 

-De ningún modo, querido hermano. Hablemos de eso -dijo Alicia, que se había acercado y oído el final del diálogo-. ¿Por qué estás tan perplejo?

 

-Bueno -respondió Eduardo-. Siendo así, sentémonos y hablemos sobre el particular. Reconozco la bondad del señor Heatherstone y creo que lo dicho por él a Humphrey es cierto, pero, con todo eso, no me agrada deberle una propiedad que es mía y que no tiene derecho a darme. Reconozco su generosidad, pero no su derecho de posesión. Más aun; por más que yo admire -y, puedo decirlo, por más que ame (porque el tiempo no ha borrado ese sentimiento) a su hija -resulta evidente con todo, por más que no se diga, que su hija ha de quedar incluida en la transferencia, y no quiero aceptar a una esposa en esas condiciones.

 

-Es decir, que por el hecho de que se te ofrezca junto todo lo que deseas -tu heredad y la mujer que amas- no quieres aceptarlo. Hay que separar ambas cosas y entregártelas por separado -dijo Alicia, sonriendo.

 

-Te equivocas queridísima hermana; no soy tan tonto. Pero tengo cierto orgullo, que no puedes censurarme. Aceptar la propiedad de manos del señor Heatherstone -es recibir un favor, aunque se me entregue como dote con su hija. Ahora bien... ¿Por qué he de aceptar como favor lo que reclamo como derecho? Mi intención es dirigirme al rey y pedir que me devuelva mi propiedad. No podrá negármelo.

 

-No deposites tu confianza en los príncipes, hermano -respondió Alicia-. Dudo de que el rey o su consejo consideren conveniente crear muchos descontentos devolviendo bienes que han sido poseídos durante tanto tiempo por otros, y crearse, al hacerlo, una hueste de enemigos. Recuerda asimismo que el señor Heatherstone y su cuñado, Sir Ashley Cooper, le han prestado al rey servicios mucho mayores que los que le has prestado o le prestarás jamás tú. Han sido instrumentos muy importantes de su restauración, y los deberes del rey para con ellos son mucho mayores que les contraídos contigo. Además, por un mero puntillo de honra, llamémosle así, porque no es más que eso..., ¡en qué situación desagradable vas a colocar a Su Majestad! En cualquier caso, Eduardo, recuerda que no sabes cuáles son las intenciones del señor Heatherstone. Espera, antes que nada, y veremos qué te ofrece.

 

-Pero, querida hermana. Me parece que sus intenciones son evidentes. ¿Por qué ha reconstruido Arnwood? No pensará entregar mi propiedad y regalarme la casa.

 

-Tenía motivos para reconstruir la mansión. Tú estabas guerreando: lo mismo podías volver que no volver jamás. Así se lo dijo el intendente a Humphrey, que ha estado actuando durante todo este tiempo, como su hombre de confianza en ese asunto, y, recuérdalo, al tiempo de iniciarse la reconstrucción de la casa..., ¿qué perspectivas había de que fuera restaurado el rey o de que tú estuvieses en condiciones de solicitar la devolución de tu heredad? Creo, con todo, que Humphrey conoce mejor las intenciones del señor Heatherstone que lo que nos ha dicho, y por eso, querido Eduardo, vuelvo a repetirte que no formules solicitud alguna antes de cerciorarte de las intenciones del señor Heatherstone.

 

-Tu consejo es bueno, querida Alicia, y me dejaré guiar por él -dijo el joven.

 

-Y ahora, permíteme que te dé un consejo para tus amigos, los señores Chaloner y Grenville. Sé que gran parte de las propiedades les fueron arrebatadas y puestas en otras manos, y probablemente esperarán que les sean devueltas pidiéndoselas al rey. Los que detentan esos bienes suponen lo mismo y más vale así. Ahora bien: gente más enterada que yo me ha dicho que no se accederá a esas solicitudes, como se presume. Pero, al propio tiempo, si tus amigos fueron en busca de los interesados y cerraran trato con ellos de inmediato, antes de saberse las intenciones del rey, recuperarían sus bienes por un tercio o un cuarto de su valor. Éste es el momento de hacerlo; hasta unos pocos días de demora pueden estropear la perspectiva. Chaloner y Grenville podrán obtener fácilmente un plazo para el pago del dinero. Convéncelos de ello, querido Eduardo, e indúcelos, si es posible, a partir mañana hacia sus feudos y a dar esos pasos.

 

-Ese consejo debe ser seguido -dijo Eduardo.

 

Ahora tenemos que irnos y no dejaré de hablar con ellos del asunto esta misma noche.

 

Podemos decirle desde ya al lector que el consejo fue seguido de inmediato y que Chaloner y Grenville recuperaron todas sus fincas comprándolas con unos cinco años de plazo para el pago.

 

Eduardo se quedó varios días en la corte. Le había escrito a Humphrey y enviado a un mensajero con la carta, pero el mensajero no había vuelto aún. En la corte tenían lugar ahora continuas fiestas y muestras de regocijo. Al día siguiente debía tener lugar una recepción, en la cual serían presentadas las hermanas de Eduardo. Eduardo, como muchos otros caballeros del séquito, estaba de pie detrás del trono, divirtiéndose con las presentaciones, que se iban sucediendo y esperando la llegada de sus hermanas. Chaloner y Grenville no estaban con él -habían obtenido licencia para ir al campo, con el fin a que nos hemos referido- cuando Eduardo advirtió al señor Heatherstone que se adelantaba hacia el rey, conduciendo a su hija Paciencia. Era evidente que ambos no habían notado la presencia de Eduardo. En realidad, la joven no había levantado les ojos ni una sola vez, a causa de la natural timidez de una joven en presencia del rey. Eduardo se había ocultado a medias detrás de uno de sus camaradas, para poder contemplarla a sus anchas. Paciencia era ciertamente una hermosa joven, pero había cambiado, salvo que su talla era mayor y su figura más perfecta y redondeada, y su traje de corte exhibía proporciones que ocultara su humilde vestido del Bosque Nuevo o que el tiempo había madurado. Su semblante lucía la misma expresión pensativa y dulce, que había variado poco, pero los bellos brazos redondos, la caída simétrica de los hombros y las proporciones de toda su figura, constituyeron una sorpresa para él, y en lo íntimo de su alma, Eduardo convino en que bien se la podía llamar la reina de la belleza de su tiempo.

 

El señor Heatherstone avanzó e hizo una reverencia y luego su hija fue llevada hasta el trono y presentada por una dama a quien Eduardo no conocía. Cuando la hubo saludado, el rey dijo lo bastante fuerte para que Eduardo lo oyera:

 

-Mi deuda para con vuestro padre es grande. Confío en que la hija adornará a menudo nuestra corte.

 

Paciencia no contestó, retirándose, y a poco Eduardo la perdió de vista en la multitud.

 

Si los sentimientos de Eduardo para con Paciencia habían sido contenidos hasta cierto punto -y el tiempo y la ausencia obran su efecto sobre el más apasionado de los amantes-, la visión de Paciencia, radiante de belleza, obró sobre él como un hechizo, y se sintió desasosegado hasta que terminó la ceremonia y pudo ir a casa de sus hermanas.

 

Al entrar en la sala, cayó en brazos de Humphrey, que había llegado con el mensajero.

 

Después de terminados los saludos, Eduardo dijo:

 

-Alicia y yo hemos visto a Paciencia y temo que debo rendirme a discreción. El señor Heatherstone puede formular sus condiciones: tendré que renunciar a todo mi orgullo antes que perderla. Creí tener más dominio sobre mí mismo, pero la he visto y siento que mi felicidad futura radica en obtenerla como esposa. Que su padre me la dé y Arnwood sólo será una bagatela como agregado.

 

-Con respecto a las condiciones en que poseerás Arnwood -dijo Humphrey- puedo informarte sobre ellas. Recibirás la heredad sin restricción alguna y sólo tendrás que pagar por cuotas el dinero gastado en la reconstrucción de la casa. Estoy autorizado a decirte esto y reconocerás seguramente que el señor Heatherstone se ha mostrado a la altura de las intenciones expuestas cuando obtuvo la concesión de la finca.

 

-Por cierto que sí -dijo Eduardo.

 

-En cuanto a su hija, Eduardo, te resta conquistarla aún. Su padre te entregará la propiedad por ser tuya por derecho, pero no tienes derecho de propiedad alguno sobre su hija y sospecho que no te será entregada tan fácilmente.

 

-Pero... ¿Por qué dices eso, Humphrey? ¿Acaso no nos ha ligado un afecto desde la juventud?

 

-Sí, admito que hubo una pasión juvenil, pero recuerda que nada resultó de ella y que los años han pasado. Ya han transcurrido siete años desde que abandonaste el bosque y en tus cartas al señor Heatherstone no hiciste alusión alguna a lo que te pasó con Paciencia. A partir de entonces, nunca escribiste ni enviaste mensaje alguno, y no se puede esperar que una muchacha, desde los diecisiete hasta los veinticuatro años de edad, siga amando la imagen de alguien que, por no decir más, la ha tratado con indiferencia. Esa es mi opinión sobre el asunto, Eduardo; puede ser que me equivoque.

 

-Y también puedes tener razón -replicó Eduardo, tristemente.

 

-Pues mi opinión es distinta -respondió Edith-. Ya sabes, Humphrey, cuantas proposiciones matrimoniales ha recibido Paciencia Heatherstone... y aun sigue recibiendo a diario, puede decirse. ¿Por qué las ha rechazado todas? ¡En mi opinión, porque le ha sido fiel a un orgulloso hermano mío, que no se la merece!

 

-Quizá sea así, Edith -replicó Humphrey-. Las mujeres son enigmas. Sólo hablé del asunto desde el punto de vista del sentido común.

 

-No sabes gran cosa de mujeres -dijo Edith-. Por cierto que no conociste a muchas en el Bosque Nuevo, donde te has pasado toda la vida.

 

-Muy cierto, querida hermana. Quizá sea ésa la razón de que el Bosque Nuevo tenga tantos encantos para mí.

 

-¡Después de esas palabras, caballero, cuanto antes vuelva usted a él, mejor! -replicó Edith.

 

Pero Eduardo le hizo una seña a Humphrey y ambos se batieron en retirada.

 

-¿Has visto al intendente, Humphrey?

 

-No; me disponía a visitarlo, pero quise verte primero.

 

-Iré contigo. No le he hecho justicia -replicó Eduardo-. Y, con todo, apenas si sé cómo explicarle...

 

-No digas nada, pero trátalo cordialmente; eso será suficiente explicación.

 

-Lo trataré como a un hombre a quien reverenciaré siempre, y siento que tengo contraída para con él una profunda deuda de gratitud. ¿Qué pensará del hecho de que yo no lo haya visitado?

 

-Nada. Desempeñas un cargo en la corte. Puedes haber ignorado que él estaba en Londres, ya que no se han encontrado. El hecho de que me acompañes causará esa impresión. Dile que acabo de comunicarte su noble y desinteresada conducta.

 

-Tienes razón. Así lo haré. Pero temo, Humphrey, que tengas razón y Edith esté equivocada con respecto a su hija.

 

-Nada de eso, Eduardo. Recuerda que, según lo ha observado Edith, yo me he pasado la vida en los bosques.

 

Eduardo fue acogido muy bondadosamente por el señor Heatherstone. Cuando el intendente le reiteró sus intenciones sobre Arnwood, el joven expresó su juicio sobre la conducta de aquél, añadiendo simplemente:

 

-Quizá me considere usted impetuoso, señor, pero confío en que me creerá agradecido.

 

Paciencia se sonrojó y tembló al verla Eduardo por primera vez. Durante algún tiempo, Eduardo no aludió al pasado cuando ambos renovaron su relación. Volvió a cortejarla y la conquistó. Luego quedó explicado todo.

 

Un año después de la Restauración, poco más o menos, hubo en Hampton Cour una fête, dada en honor de tres bodas que se celebraban a un tiempo: la de Eduardo Beverley con Paciencia Heatherstone, la de Chaloner con Alicia y la de Grenville con Edith, y como lo dijo Su Majestad al entregarles las novias:

 

-¿Podría ser mejor recompensada la lealtad?

 

Pero nuestros jóvenes lectores no se darán por satisfechos si no les damos algunos detalles sobre los demás personajes que han aparecido en nuestro pequeño relato. Humphrey debe ocupar el primer plano. Su amor por la agricultura perduró. Eduardo le dio una vasta granja, libre de todo arrendamiento, y a los pocos años, Humphrey ahorró lo suficiente para comprarse una propiedad. Entonces se casó con Clara Ratcliffe, que no ha aparecido últimamente en esta novela, dada la circunstancia de que, dos años, antes de la Restauración, fue reclamada por un viejo pariente del campo, cuya precaria salud no le permitía abandonar la casa. Este pariente le dejó su propiedad a Clara, al año aproximadamente de su casamiento con Humphrey. Los jóvenes conservaron la cabaña del Bosque Nuevo y eventualmente se la regalaron a Pablo, que se había convertido en un joven muy juicioso, y con el correr del tiempo se casó con una muchacha de Arnwood y su casa se llenó de gitanillos. Osvaldo, apenas Eduardo vino a Arnwood, abandonó su empleo del Bosque Nuevo y se convirtió en administrador de su finca, y Hebe fue también a Arnwood y vivió hasta una edad considerablemente avanzada, desempeñándose como ama de llaves, y su carácter fue empeorando en vez de mejorar con el correr del tiempo.

 

Esto es todo lo que podemos recordar sobre los diversos personajes, y ahora debemos despedirnos del lector.

 

 

 

 

 

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