© Libro N° 3934. El Buitre. Kafka, Franz. Colección E.O. Julio 1 de 2017.
Título
original: © Der Geier
Versión Original: © El Buitre. Franz Kafka
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EL BUITRE
Franz Kafka
Prólogo
Según se sabe, Virgilio, a punto de morir, encargó a sus amigos
que redujeran a cenizas el inconcluso manuscrito de la Eneida, en la que se
cifraban once años de noble y delicada labor; Shakespeare no pensó jamás en
reunir en un solo volumen las muchas piezas de su obra; Kafka encomendó a Max
Brod que destruyera las novelas y narraciones que aseguraban su fama. La
afinidad de estos episodios ilustres es, si no me engaño, ilusoria. Virgilio no
podía ignorar que contaba con la piadosa desobediencia de sus amigos; Kafka con
la de Brod. El caso de Shakespeare es distinto. De Quincey conjetura que para
Shakespeare la publicidad consistía en la representación y no en la impresión;
el escenario era lo importante para él. Por lo demás, el hombre que realmente
quiere la desaparición de sus libros no encarga esa tarea a otro. Kafka y
Virgilio no deseaban su destrucción; sólo anhelaban desligarse de la
responsabilidad que una obra siempre nos impone. Virgilio, creo, obró por
razones estéticas; hubiera querido modificar tal cual cadencia o tal cual
epíteto. Más complejo es, me parece, el caso de Kafka. Cabría definir su labor
como una parábola o una serie de parábolas, cuyo tema es la relación moral del
individuo con la divinidad y con su incomprensible universo. A pesar de su
ambiente contemporáneo, está menos cerca de lo que se ha dado en llamar
literatura moderna que del Libro de Job. Presupone una conciencia religiosa y
ante todo judía; su imitación formal en otros contextos carece de sentido.
Kafka veía su obra como un acto de fe y no quería que ésta desalentara a los
hombres. Por tal razón encargó a su amigo que la destruyera. Podemos sospechar
otros motivos. Kafka, sinceramente, sólo podía soñar pesadillas y no ignoraba
que la realidad se encarga sin cesar de suministrarlas. Asimismo, había
advertido las posibilidades patéticas de la postergación, que se advierte en
casi todos sus libros. Ambas cosas, tristezas y postergaciones, sin duda
llegaron a cansarlo. Hubiera preferido la redacción de páginas felices y su honradez
no condescendió a fabricarlas.
No olvidaré mi primera lectura de Kafka en cierta publicación
profesionalmente moderna de 1917. Sus redactores —que no siempre carecían de
talento— se habían consagrado a inventar la falta de puntuación, la falta de
mayúsculas, la falta de rimas, la alarmante simulación de metáforas, el abuso
de palabras compuestas y otras tareas propias de aquella juventud y acaso de
todas las juventudes. Entre tanto estrépito impreso, un apólogo que llevaba la
firma de Franz Kafka me pareció, a pesar de mi docilidad de joven lector,
inexplicablemente insípido. Al cabo de los años me atrevo a confesar mi
imperdonable insensibilidad literaria; pasé frente a la revelación y no me di
cuenta.
Nadie ignora que Kafka no dejó nunca de sentirse misteriosamente
culpable ante su padre, a la manera de Israel con su Dios; su judaísmo que lo
apartaba de la generalidad de los hombres, debe haberlo afectado de una manera
compleja. La conciencia de la próxima muerte y la exaltación febril de la
tuberculosis tienen que haber agudizado todas sus facultades. Estas
observaciones son laterales; en realidad, como dijo Whistler, «el arte sucede».
Dos ideas —mejor dicho, dos obsesiones— rigen la obra de Franz
Kafka. La subordinación es la primera de las dos; el infinito, la segunda. En
casi todas sus ficciones hay jerarquías y esas jerarquías son infinitas. Karl
Rossmann, héroe de la primera de sus novelas, es un pobre muchacho alemán que
se abre camino en un inextricable continente; al fin lo admiten en el Gran
Teatro Natural de Oklahoma; ese teatro infinito no es menos populoso que el
mundo y prefigura al Paraíso. (Rasgo muy personal: ni siquiera en esa figura
del cielo acaban de ser felices los hombres y hay leves y diversas demoras.) El
héroe de la segunda novela, Josef K., progresivamente abrumado por un insensato
proceso, no logra averiguar el delito de que lo acusan, ni siquiera enfrentarse
con el invisible tribunal que debe juzgarlo; éste, sin juicio previo, acaba por
hacerlo degollar. K., héroe de la tercera y última, es un agrimensor llamado a
un castillo, que no logra jamás penetrar en él y que muere sin ser reconocido
por las autoridades que lo gobiernan. El motivo de la infinita postergación
rige también en sus cuentos. Uno de ellos trata de un mensaje imperial que no
llega nunca, debido a las personas que entorpecen el trayecto del mensajero;
otro, de un hombre que se muere sin haber conseguido visitar un pueblecito
próximo; otro, de dos vecinos que no logran juntarse. En el más memorable de
todos ellos —La construcción de la muralla china. 1919—, el infinito es
múltiple: para detener el curso de ejércitos infinitamente lejanos, un emperador
infinitamente remoto en el tiempo y en el espacio ordena que infinitas
generaciones levanten infinitamente un muro infinito que dé la vuelta a su
imperio infinito.
La más indiscutible virtud de Kafka es la invención de
situaciones intolerables. Para el grabado perdurable le bastan unos pocos
renglones. Por ejemplo: «El animal arranca la fusta de manos de su dueño y se
castiga para convertirse en el dueño y no comprende que eso no es más que una
ilusión producida por un nuevo nudo en la fusta.» O sino: «En el templo
irrumpen leopardos y se beben el vino de los cálices; esto acontece
repentinamente; al cabo se prevé que acontecerá y se incorpora a la liturgia
del templo.» La elaboración, en Kafka, es menos admirable que la invocación.
Hombres, no hay más que uno en su obra: el Homo domesticus —tan judío y tan
alemán—, ganoso de un lugar, siquiera humildísimo, en un orden cualquiera; en
el universo, en un ministerio, en un asilo de lunáticos, en la cárcel. El
argumento y el ambiente son lo esencial: no las evoluciones de la fábula ni la
penetración psicológica. De ahí la primacía de sus cuentos sobre sus novelas;
de ahí el derecho de afirmar que esta compilación de relatos nos da
íntegramente la medida de tan singular escritor.
Jorge Luis Borges
EL BUITRE
Erase un buitre que me picoteaba los pies. Ya había desgarrado
los zapatos y las medias y ahora me picoteaba los pies. Siempre tiraba un
picotazo, volaba en círculos inquietos alrededor y luego proseguía la obra.
Pasó un señor, nos miró un rato y me preguntó por qué toleraba yo al buitre.
—Estoy indefenso —le dije—, vino y empezó a picotearme, yo lo
quise espantar y hasta pensé torcerle el pescuezo, pero estos animales son muy
fuertes y quería saltarme a la cara. Preferí sacrificar los pies; ahora están
casi hechos pedazos.
—No se deje atormentar —dijo el señor—, un tiro y el buitre se
acabó.
—¿Le parece? —pregunté—, ¿quiere encargarse usted del asunto?
—Encantado —dijo el señor—; no tengo más que ir a casa a buscar
el fusil, ¿puede usted esperar media hora más?
—No sé —le respondí, y por un instante me quedé rígido de dolor;
después añadí—: por favor, pruebe de todos modos.
—Bueno —dijo el señor—, voy a apurarme.
El buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo y había
dejado errar la mirada entre el señor y yo. Ahora vi que lo había comprendido
todo: voló un poco lejos, retrocedió para lograr el ímpetu necesario y como un
atleta que arroja la jabalina encajó el pico en mi boca, profundamente. Al caer
de espaldas sentí como una liberación; que en mi sangre, que colmaba todas las
profundidades y que inundaba todas las riberas, el buitre irreparablemente se
ahogaba.
Un artista del hambre
En los últimos decenios, el interés por los ayunadores ha
disminuido muchísimo. Antes era un buen negocio organizar grandes exhibiciones
de este género como espectáculo independiente, cosa que hoy, en cambio, es
imposible del todo. Eran otros los tiempos. Entonces, toda la ciudad se ocupaba
del ayunador; aumentaba su interés a cada día de ayuno; todos querían verle
siquiera una vez al día; en los últimos del ayuno no faltaba quien se estuviera
días enteros sentado ante la pequeña jaula del ayunador; había, además,
exhibiciones nocturnas, cuyo efecto era realzado por medio de antorchas; en los
días buenos, se sacaba la jaula al aire libre, y era entonces cuando les
mostraban el ayunador a los niños. Para los adultos aquello solía no ser más
que una broma en la que tomaban parte medio por moda, pero los niños, cogidos
de las manos por prudencia, miraban asombrados y boquiabiertos a aquel hombre
pálido, con camiseta oscura, de costillas salientes, que, desdeñando un
asiento, permanecía tendido en la paja esparcida por el suelo, y saludaba, a
veces, cortésmente, o respondía con forzada sonrisa a las preguntas que se le
dirigían o sacaba, quizá, un brazo por entre los hierros para hacer notar su
delgadez, volviendo después a sumirse en su propio interior, sin preocuparse de
nadie ni de nada, ni siquiera de la marcha del reloj, para él tan importante,
única pieza de mobiliario que se veía en su jaula. Entonces se quedaba mirando
al vacío, delante de sí, con ojos semicerrados, y sólo de cuando en cuando
bebía en un diminuto vaso un sorbito de agua para humedecerse los labios.
Aparte de los espectadores que sin cesar se renovaban, había
allí vigilantes permanentes, designados por el público (los cuales, y no deja
de ser curioso, solían ser carniceros); siempre debían estar tres al mismo
tiempo, y tenían la misión de observar día y noche al ayunador para evitar que,
por cualquier recóndito método, pudiera tomar alimento. Pero esto era sólo una
formalidad introducida para tranquilidad de las masas, pues los iniciados
sabían muy bien que el ayunador, durante el tiempo del ayuno, en ninguna
circunstancia, ni aun a la fuerza, tomaría la más mínima porción de alimento;
el honor de su profesión se lo prohibía. A la verdad, no todos los vigilantes
eran capaces de comprender tal cosa; muchas veces había grupos de vigilantes
nocturnos que ejercían su vigilancia muy débilmente, se juntaban adrede en
cualquier rincón y allí se sumían en los lances de un juego de cartas con la
manifiesta intención de otorgar al ayunador un pequeño respiro, durante el
cual, a su modo de ver, podría sacar secretas provisiones, no se sabía de
dónde. Nada atormentaba tanto al ayunador como tales vigilantes; le
atribulaban; le hacían espantosamente difícil su ayuno. A veces, sobreponíase a
su debilidad y cantaba durante todo el tiempo que duraba aquella guardia, mientras
le quedaba aliento, para mostrar a aquellas gentes la injusticia de sus
sospechas. Pero de poco le servía, porque entonces se admiraban de su habilidad
que hasta le permitía comer mientras cantaba.
Muy preferibles eran, para él, los vigilantes que se pegaban a
las rejas, y que, no contentándose con la turbia iluminación nocturna de la
sala, le lanzaban a cada momento el rayo de las lámparas eléctricas de bolsillo
que ponía a su disposición el empresario. La luz cruda no le molestaba; en
general no llegaba a dormir, pero quedar traspuesto un poco podía hacerlo con
cualquier luz, a cualquier hora y hasta con la sala llena de una estrepitosa
muchedumbre. Estaba siempre dispuesto a pasar toda la noche en vela con tales
vigilantes; estaba dispuesto a bromear con ellos, a contarles historias de su
vida vagabunda y a oír, en cambio, las suyas, sólo para mantenerse despierto,
para poder mostrarles de nuevo que no tenía en la jaula nada comestible y que
soportaba el hambre como no podría hacerlo ninguno de ellos. Pero cuando se
sentía más dichoso era al llegar la mañana, y, por su cuenta, les era servido a
los vigilantes un abundante desayuno, sobre el cual se arrojaban con el apetito
de hombres robustos que han pasado una noche de trabajosa vigilia. Cierto que
no faltaban gentes que quisieran ver en este desayuno un soborno de los
vigilantes, pero la cosa seguía, y si se les preguntaba si querían hacerse
cargo de la guardia sin desayuno, no renunciaban a él, pero conservaban siempre
sus sospechas.
Pero éstas pertenecían ya a las sospechas inherentes a la
profesión del ayunador. Nadie estaba en situación de poder pasar,
ininterrumpidamente, días y noches como vigilante junto al ayunador; nadie, por
tanto, podía saber por experiencia propia si realmente había ayunado sin
interrupción y sin falta; sólo el ayunador podía saberlo, ya que él era, al
mismo tiempo, un espectador de su hambre completamente satisfecho. Aunque, por
otro motivo, tampoco lo estaba nunca. Acaso no era el ayuno la causa de su enflaquecimiento
tan atroz, que muchos, con gran pena suya, tenían que abstenerse de frecuentar
las exhibiciones por no sufrir su vista; tal vez su esquelética delgadez
procedía de su descontento consigo mismo. Sólo él sabía —sólo él y ninguno de
sus adeptos— qué fácil cosa era el ayuno. Era la cosa más fácil del mundo.
Verdad que no lo ocultaba, pero no le creían; en el caso más favorable le
tomaban por modesto, pero, en general, le juzgaban un reclamista, o un vil
farsante para quien el ayuno era cosa fácil porque sabía la manera de hacerlo
fácil y que tenía, además, el cinismo de dejarlo entrever. Había que aguantar
todo esto, y, en el curso de los años, ya se había acostumbrado a ello; pero,
en su interior, siempre le recomía este descontento y ni una sola vez, al fin
de su ayuno —esta justicia había que hacérsela—, había abandonado su jaula
voluntariamente.
El empresario había fijado cuarenta días como el plazo máximo de
ayuno, más allá del cual no le permitía ayunar ni siquiera en las capitales de
primer orden. Y no dejaba de tener sus buenas razones para ello. Según le había
enseñado su experiencia, durante cuarenta días, valiéndose de toda suerte de
anuncios que fueran concentrando el interés, podía quizá aguijonearse
progresivamente la curiosidad de un pueblo; mas pasado este plazo, el público
se negaba a visitarle, disminuía el crédito de que gozaba el artista del
hambre. Claro que en este punto podían observarse pequeñas diferencias según
las ciudades y las naciones; pero, por regla general, los cuarenta días eran el
período de ayuno más dilatado posible. Por esta razón, a los cuarenta días era
abierta la puerta de la jaula, ornada con una guirnalda de flores; un público
entusiasmado llenaba el anfiteatro; sonaban los acordes de una banda militar;
dos médicos entraban en la jaula para medir al ayunador, según normas
científicas; y el resultado de la medición se anunciaba a la sala por medio de
un altavoz; por último, dos señoritas, felices de haber sido elegidas para
desempeñar aquel papel mediante sorteo, llegaban a la jaula y pretendían sacar
de ella al ayunador y hacerle bajar un par de peldaños para conducirle ante una
mesita en la que estaba servida una comidita de enfermo cuidadosamente
escogida. Y en este momento, el ayunador siempre se resistía. Cierto que
colocaba voluntariamente sus huesudos brazos en las dos manos que las dos
damas, inclinadas sobre él, le tendían dispuestas a auxiliarle, pero no quería
levantarse. ¿Por qué suspender el ayuno precisamente entonces, cuando estaba en
lo mejor del ayuno? ¿Por qué arrebatarle la gloria de seguir ayunando, y no
sólo la de llegar a ser el mayor ayunador de todos los tiempos, cosa que
probablemente ya lo era, sino también la de sobrepujarse a sí mismo hasta lo
inconcebible, pues no sentía límite alguno a su capacidad de ayunar? ¿Por qué
aquella gente que fingía admirarlo tenía poca paciencia con él? Si aún podía
seguir ayunando, ¿por qué no querían permitírselo? Además, estaba cansado; se
hallaba muy a gusto tendido en la paja, y ahora tenía que ponerse en pie cuan
largo era, y acercarse a una comida, cuando con sólo pensar en ella sentía
náuseas que contenía difícilmente por respeto a las damas. Y alzaba la vista
para mirar los ojos de las señoritas, en apariencia tan amables, en realidad
tan crueles, y movía después negativamente, sobre su débil cuello, la cabeza,
que le pesaba como si fuese de plomo. Pero entonces ocurría lo de siempre;
ocurría que se acercaba el empresario silenciosamente —con la música no se
podía hablar—, alzaba los brazos sobre el ayunador, como si invitara al cielo a
contemplar el estado en que se encontraba, sobre el montón de paja, aquel
mártir digno de compasión, cosa que el pobre hombre, aunque en otro sentido, lo
era; agarraba al ayunador por la sutil cintura, tomando al hacerlo exageradas
precauciones, como si quisiera hacer creer que tenía entre las manos algo tan
quebradizo como el vidrio; y, no sin darle una disimulada sacudida, en forma
que al ayunador, sin poderlo remediar, se le iban a un lado y otro las piernas
y el tronco, se lo entregaba a las damas, que se habían puesto entretanto
mortalmente pálidas.
Entonces el ayunador sufría todos sus males: la cabeza le caía
sobre el pecho, como si le diera vueltas y, sin saber cómo, hubiera quedado en
aquella postura; el cuerpo estaba como vacío; las piernas, en su afán de
mantenerse en pie, apretaban sus rodillas una contra otra; los pies rascaban el
suelo como si no fuera el verdadero y buscaran a éste bajo aquél; y todo el
peso del cuerpo, por lo demás muy leve, caía sobre una de las damas, la cual,
buscando auxilio, con cortado aliento —jamás se hubiera imaginado de este modo
aquella misión honorífica—, alargaba todo lo posible su cuello para librar
siquiera su rostro del contacto con el ayunador. Pero después, como lo lograba,
y su compañera, más feliz que ella, no venía en su ayuda, sino que se limitaba
a llevar entre las suyas, temblorosas, el pequeño haz de huesos de la mano del
ayunador, la portadora, en medio de las divertidas carcajadas de toda la sala,
rompía a llorar y tenía que ser librada de su carga, por un criado de largo
tiempo atrás preparado para ello.
Después venía la comida, en la cual el empresario, en el
semisueño del desenjaulado, más parecido a un desmayo que a un sueño, le hacía
tragar alguna cosa, en medio de una divertida charla con que apartaba la
atención de los espectadores del estado en que se hallaba el ayunador. Después
venía un brindis dirigido al público, que el empresario fingía dictado por el
ayunador; la orquesta recalcaba todo con un gran trompeteo; marchábase el
público y nadie quedaba descontento de lo que había visto; nadie, salvo el
ayunador, el artista del hambre; nadie, excepto él.
Vivió así muchos años, cortados por periódicos descansos,
respetado por el mundo, en una situación de aparente esplendor; mas, no
obstante, casi siempre estaba de un humor melancólico, que se acentuaba cada
vez más, ya que no había nadie que supiera tomarle en serio. ¿Con qué, además,
podrían consolarle? ¿Qué más podía apetecer? Y si alguna vez surgía alguien, de
piadoso ánimo, que le compadecía y quería hacerle comprender que,
probablemente, su tristeza procedía del hambre, bien podía ocurrir, sobre todo
si estaba ya muy avanzado el ayuno, que el ayunador le respondiera con una
explosión de furia y, con espanto de todos, comenzara a sacudir como una fiera
los hierros de la jaula. Mas para tales casos tenía el empresario un castigo
que le gustaba emplear. Disculpaba al ayunador ante el congregado público,
añadía que sólo la irritabilidad provocada por el hambre, irritabilidad
incomprensible en hombres bien alimentados, podía hacer disculpable la conducta
del ayunador. Después, tratando de este tema, para explicarlo pasaba a rebatir
la afirmación del ayunador de que le era posible ayunar mucho más tiempo del
que ayunaba; alababa la noble ambición, la buena voluntad, el gran olvido de sí
mismo, que claramente se revelaban en esta afirmación; pero en seguida procuraba
echarla abajo sólo con mostrar unas fotografías, que eran vendidas al mismo
tiempo, pues en el retrato se veía al ayunador en la cama, casi muerto de
inanición, a los cuarenta días de ayuno. Todo esto lo sabía muy bien el
ayunador, pero era cada vez más intolerable para él aquella enervante
deformación de la verdad. ¡Presentábase allí como causa lo que sólo era
consecuencia de la precoz terminación del ayuno! Era imposible luchar contra
aquella incomprensión, contra aquel universo de estulticia. Lleno de buena fe,
escuchaba ansiosamente desde su reja las palabras del empresario; pero al
aparecer las fotografías, soltábase siempre de la reja, y, sollozando, volvía a
dejarse caer en la paja. El ya calmado público podía acercarse otra vez a la
jaula y examinarlo a su sabor.
Unos años más tarde, si los testigos de tales escenas volvían a
acordarse de ellas, notaban que se habían hecho incomprensibles hasta para
ellos mismos. Es que mientras tanto se había operado el famoso cambio;
sobrevino casi de repente; debía haber razones profundas para ello; pero,
¿quién es capaz de hallarlas?
El caso es que cierto día, el tan mimado artista del hambre se
vio abandonado por la muchedumbre ansiosa de diversiones, que prefería otros
espectáculos. El empresario recorrió otra vez con él media Europa, para ver si
en algún sitio hallarían aún el antiguo interés. Todo en vano: como por obra de
un pacto, había nacido al mismo tiempo, en todas partes, una repulsión hacia el
espectáculo del hambre. Claro que, en realidad, este fenómeno no podía haberse
dado así de repente, y, meditabundos y compungidos, recordaban ahora muchas
cosas que en el tiempo de la embriaguez del triunfo no habían considerado
suficientemente, presagios no atendidos como merecían serlo. Pero ahora era
demasiado tarde para intentar algo en contra. Cierto que era indudable que
alguna vez volvería a presentarse la época de los ayunadores, pero para los
ahora vivientes, eso no era consuelo. ¿Qué debía hacer, pues, el ayunador?
Aquel que había sido aclamado por las multitudes, no podía mostrarse en
barracas por las ferias rurales; y para adoptar otro oficio, no sólo era el
ayunador demasiado viejo, sino que estaba fanáticamente enamorado del hambre.
Por lo tanto, se despidió del empresario, compañero de una carrera
incomparable, y se hizo contratar en un gran circo, sin examinar siquiera las
condiciones del contrato.
Un gran circo, con su infinidad de hombres, animales y aparatos
que sin cesar se sustituyen y se complementan unos a otros, puede, en cualquier
momento, utilizar a cualquier artista, aunque sea a un ayunador, si sus
pretensiones son modestas, naturalmente. Además, en este caso especial, no era
sólo el mismo ayunador quien era contratado, sino su antiguo y famoso nombre; y
ni siquiera se podía decir, dada la singularidad de su arte, que, como al
crecer la edad mengua la capacidad, un artista veterano que ya no está en la
cumbre de su poder, trata de refugiarse en un tranquilo puesto de circo; al
contrario, el ayunador aseguraba, y era plenamente creíble, que lo mismo podía
ayunar entonces que antes, y hasta aseguraba que si le dejaban hacer su
voluntad, cosa que al momento le prometieron, sería aquélla la vez en que había
de llenar al mundo de justa admiración; afirmación que provocaba una sonrisa en
las gentes del oficio, que conocían el espíritu de los tiempos, del cual, en su
entusiasmo, habíase olvidado el ayunador.
Mas, allá en su fondo, el ayunador no dejó de hacerse cargo de
las circunstancias, y aceptó sin dificultad que no fuera colocada, su jaula en
el centro de la pista, como número sobresaliente, sino que se la dejara fuera,
cerca de las cuadras, sitio, por lo demás, bastante concurrido. Grandes
carteles de colores chillones rodeaban la jaula y anunciaban lo que había que
admirar en ella. En los intermedios del espectáculo, cuando el público se
dirigía hacia las cuadras para ver los animales, era casi inevitable que
pasaran por delante del ayunador y se detuvieran allí un momento; acaso habrían
permanecido más tiempo junto a él si no hicieran imposible una contemplación
más larga y tranquila los empujones de los que venían detrás por el estrecho
corredor y que no comprendían que se hiciera aquella parada en el camino de las
interesantes cuadras. Por este motivo el ayunador temía aquella hora de visitas
que por otra parte anhelaba como el objeto de su vida. En los primeros tiempos
apenas había tenido paciencia para esperar el momento del intermedio; había
contemplado con entusiasmo la muchedumbre que se extendía y venía hacia él
hasta que, muy pronto —ni la más obstinada y casi consciente voluntad de
engañarse a sí mismo se salvaba de aquella experiencia—, tuvo que convencerse
de que la mayor parte de aquella gente, sin excepción, no traía otro propósito
que el de visitar las cuadras. Y siempre era lo mejor el ver aquella masa, así,
desde lejos. Porque cuando llegaban junto a su jaula, en seguida le aturdían
los gritos e insultos de los dos partidos que inmediatamente se formaban: el de
los que querían verlo cómodamente (y bien pronto llegó a ser este bando el que
más apenaba al ayunador, porque se paraban, no porque les interesara lo que
tenían ante los ojos, sino por llevar la contraria y fastidiar a los otros) y
el de los que sólo apetecían llegar lo antes posible a las cuadras. Una vez que
había pasado el gran tropel, venían los rezagados, y también éstos, en vez de
quedarse mirándole cuanto tiempo les apeteciera, pues ya era cosa no impedida
por nadie, pasaban de prisa, a largo paso, apenas concediéndole una mirada de
reojo, para llegar con tiempo de ver los animales. Y era caso insólito el de
que viniera un padre de familia con sus hijos, mostrando con el dedo al
ayunador y explicando extensamente de qué se trataba, y hablara de tiempos
pasados, cuando había estado él en una exhibición análoga, pero
incomparablemente más lucida que aquélla, y entonces los niños, que, a causa de
su insuficiente preparación escolar y general —¿qué sabían ellos lo que era
ayunar?—, seguían sin comprender lo que contemplaban, tenían un brillo en sus
inquisidores ojos, en que se traslucían futuros tiempos más piadosos. Quizá
estarían un poco mejor las cosas —decíase a veces el ayunador— si el lugar de
la exhibición no se hallase tan cerca de las cuadras. Entonces les habría sido
más fácil a las gentes elegir lo que prefirieran; aparte de que le molestaban
mucho y acababan por deprimir sus fuerzas las emanaciones de las cuadras, la nocturna
inquietud de los animales, el paso por delante de su jaula de los sangrientos
trozos de carne con que alimentaban a los animales de presa, y los rugidos y
gritos de éstos durante su comida. Pero no se atrevía a decirlo a la dirección,
pues, si bien lo pensaba, siempre tenía que agradecer a los animales la
muchedumbre de visitantes que pasaban ante él, entre los cuales, de cuando en
cuando, bien se podía encontrar alguno que viniera especialmente a verle. Quién
sabe en qué rincón le meterían, si al decir algo les recordaba que aún vivía, y
les hacía ver, en resumidas cuentas, que no venía a ser más que un estorbo en
el camino de las cuadras.
Un pequeño estorbo en todo caso, un estorbo que cada vez se
hacía más diminuto. Las gentes se iban acostumbrando a la rara manía de
pretender llamar la atención como ayunador en los tiempos actuales, y adquirido
este hábito quedó ya pronunciada la sentencia de muerte del ayunador. Podía
ayunar cuanto quisiera, y así lo hacía. Pero nada podía ya salvarle, la gente
pasaba por su lado sin verle. ¿Y si intentara explicarle a alguien el arte del
ayuno? A quien no lo siente, no es posible hacérselo comprender. Los más
hermosos rótulos llegaron a ponerse sucios e ilegibles, fueron arrancados, y a
nadie se le ocurrió renovarlos. La tablilla con el número de los días
transcurridos desde que había comenzado el ayuno, que en los primeros tiempos
era cuidadosamente mudada todos los días, hacía ya mucho que era la misma, pues
al cabo de algunas semanas, este pequeño trabajo habíase hecho desagradable
para el personal; y de este modo, cierto que el ayunador continuó ayunando,
como siempre había anhelado, y que lo hacía sin molestia, tal como en otro
tiempo lo había anunciado; pero nadie contaba ya el tiempo que pasaba: nadie,
ni siquiera el mismo ayunador, sabía qué número de días de ayuno llevaba
alcanzados, y su corazón se llenaba de melancolía. Y así, cierta vez, durante
aquel tiempo, en que un ocioso se detuvo ante su jaula y se rió del viejo
número de días consignado en la tablilla, pareciéndole imposible, y habló de
engañifa y de estafa, fue ésta la más estúpida mentira inventada por la
indiferencia y la malicia innata, pues no era el ayunador quien engañaba, él
trabajaba honradamente, pero era el mundo quien se engañaba en cuanto a sus
merecimientos.
Volvieron a pasar muchos días, pero llegó uno en que también
aquello tuvo un fin. Cierta vez, un inspector se fijó en la jaula y preguntó a
los criados por qué dejaban sin aprovechar aquella jaula tan utilizable que
sólo contenía un podrido montón de paja. Todos lo ignoraban, hasta que, por
fin, uno, al ver la tablilla del número de días, se acordó del ayunador.
Removieron con horcas la paja, y en medio de ella hallaron al ayunador.
—¿Ayunas todavía? —preguntóle el inspector—. ¿Cuándo vas a cesar
de una vez?
—Perdonadme todos —musitó el ayunador, pero sólo le comprendió
el inspector, que tenía el oído pegado a la reja.
—Sin duda —dijo el inspector, poniéndose el índice en la sien
para indicar con ello al personal el estado mental del ayunador—, todos le
perdonamos.
—Había deseado toda la vida que admirarais mi resistencia al
hambre —dijo el ayunador.
—Y la admiramos —repúsole el inspector.
—Pero no debíais admirarla —dijo el ayunador.
—Bueno, pues, entonces, no la admiraremos —repuso el inspector—;
pero, ¿por qué no debemos admirarte?
—Porque me es forzoso ayunar, no puedo evitarlo —dijo el
ayunador.
—Eso ya se ve —dijo el inspector—, pero, ¿por qué no puedes
evitarlo?
—Porque —dijo el artista del hambre levantando un poco la cabeza
y hablando en la misma oreja del inspector para que no se perdieran sus
palabras, con labios alargados como si fuera a dar un beso—, porque no pude
encontrar comida que me gustara. Si la hubiera encontrado, puedes creerlo, no
habría hecho ningún cumplido y me habría hartado como tú y como todos.
Éstas fueron sus últimas palabras, pero todavía en sus ojos
quebrados mostrábase la firme convicción, aunque ya no orgullosa, de que
seguiría ayunando.
—¡Limpien aquí! —ordenó el inspector, y enterraron al ayunador
junto con la paja. Mas en la jaula pusieron una pantera joven. Era un gran
placer, hasta para el más obtuso de sentidos, ver en aquella jaula, tanto
tiempo vacía, la hermosa fiera que se revolcaba y daba saltos. Nada le faltaba.
La comida que le gustaba, traíansela sin largas cavilaciones sus guardianes. Ni
siquiera parecía añorar la libertad. Aquel noble cuerpo, provisto de todo lo
necesario para desgarrar lo que se le pusiera por delante, parecía llevar
consigo la propia libertad; parecía estar escondida en cualquier rincón de su
dentadura. Y la alegría de vivir brotaba con tan fuerte ardor de sus fauces que
no les era fácil a los espectadores poder hacerle frente. Pero se sobreponían a
su temor, se apretaban contra la jaula y en modo alguno querían apartarse de
allí.
Un artista del trapecio
Un artista del trapecio —como se sabe, este arte que se practica
en lo alto de las cúpulas de los grandes circos es uno de los más difíciles
entre todos los asequibles al hombre— había organizado su vida de tal manera
—primero por afán profesional de perfección, después por costumbre que se había
hecho tiránica— que, mientras trabajaba en la misma empresa, permanecía día y
noche en el trapecio. Todas sus necesidades —por otra parte muy pequeñas— eran
satisfechas por criados que se relevaban a intervalos y vigilaban debajo. Todo
lo que arriba se necesitaba lo subían y bajaban en cestillos construidos para
el caso.
De esta manera de vivir no se deducían para el trapecista
dificultades especiales con el resto del mundo. Sólo resultaba un poco molesto
durante los demás números del programa, porque como no se podía ocultar que se
había quedado allá arriba, aunque permanecía quieto, siempre alguna mirada del
público se desviaba hacia él. Pero los directores se lo perdonaban, porque era
un artista extraordinario, insustituible. Además era sabido que no vivía así
por capricho y que sólo de aquella manera podía estar siempre entrenado y
conservar la extrema perfección de su arte.
Además, allá arriba se estaba muy bien. Cuando, en los días
cálidos del verano, se abrían las ventanas laterales que corrían alrededor de
la cúpula y el sol y el aire irrumpían en el ámbito crepuscular del circo, era
hasta bello. Su trato humano estaba muy limitado, naturalmente. Alguna vez
trepaba por la cuerda de ascensión algún colega de turné, se sentaba a su lado
en el trapecio, apoyado uno en la cuerda de la derecha, otro en la de la
izquierda, y charlaban largamente. O bien los obreros que reparaban la
techumbre cambiaban con él algunas palabras por una de las claraboyas o el
electricista que comprobaba las conducciones de luz, en la galería más alta, le
gritaba alguna palabra respetuosa, si bien poco comprensible.
A no ser entonces, estaba siempre solitario.
Alguna vez un empleado que erraba cansadamente a las horas de la
siesta por el circo vacío, elevaba su mirada a la casi atrayente altura, donde
el trapecista descansaba o se ejercitaba en su arte sin saber que era
observado.
Así hubiera podido vivir tranquilo el artista del trapecio a no
ser por los inevitables viajes de lugar en lugar, que le molestaban en sumo
grado. Cierto es que el empresario cuidaba de que este sufrimiento no se
prolongara innecesariamente.
El trapecista salía para la estación en un automóvil de carreras
que corría, a la madrugada, por las calles desiertas, con la velocidad máxima;
demasiado lenta, sin embargo, para su nostalgia de trapecio.
En el tren, estaba dispuesto un departamento para él solo, en
donde encontraba, arriba, en la redecilla de los equipajes, una sustitución
mezquina —pero en algún modo equivalente— de su manera de vivir.
En el sitio de destino ya estaba enarbolado el trapecio mucho
antes de su llegada, cuando todavía no se habían cerrado las tablas ni colocado
las puertas. Pero para el empresario era el instante más placentero aquel en
que el trapecista apoyaba el pie en la cuerda de subida y en un santiamén se
encaramaba de nuevo sobre el trapecio.
A pesar de todas estas precauciones, los viajes perturbaban
gravemente los nervios del trapecista, de modo que, por muy afortunados que
fueran económicamente para el empresario, siempre le resultaban penosos.
Una vez que viajaban, el artista en la redecilla como soñando, y
el empresario recostado en el rincón de la ventana, leyendo un libro, el hombre
del trapecio le apostrofó suavemente, y le dijo, mordiéndose los labios, que en
lo sucesivo necesitaba para su vivir, no un trapecio como hasta entonces, sino
dos, dos trapecios, uno frente a otro. El empresario accedió en seguida. Pero
el trapecista, como si quisiera mostrar que la aceptación del empresario no
tenía más importancia que su oposición, añadió que nunca más, en ninguna
ocasión, trabajaría únicamente sobre un trapecio. Parecía horrorizarse ante la
idea de que pudiera acontecerle alguna vez. El empresario, deteniéndose y
observando a su artista, declaró nuevamente su absoluta conformidad. Dos
trapecios son mejor que uno solo. Además, los nuevos trapecios serían más
variados y vistosos.
Pero el artista se echó a llorar de pronto. El empresario
profundamente conmovido, se levantó de un salto y le preguntó qué le ocurría, y
como no recibiera ninguna respuesta, se subió al asiento, le acarició y abrazó
y estrechó su rostro contra el suyo, hasta sentir las lágrimas en su piel.
Después de muchas preguntas y palabras cariñosas, el trapecista exclamó,
sollozando:
—Sólo con una barra en las manos, ¡cómo podría yo vivir!
Entonces, ya le fue muy fácil al empresario consolarle. Le
prometió que en la primera estación, en la primera parada y fonda,
telegrafiaría para que instalasen el segundo trapecio, y se reprochó a sí mismo
duramente la crueldad de haber dejado al artista trabajar tanto tiempo en un
solo trapecio. En fin, le dio las gracias por haberle hecho observar al cabo
aquella omisión imperdonable. De esta suerte, pudo el empresario tranquilizar
al artista y volverse a su rincón.
En cambio, él no estaba tranquilo; con grave preocupación
espiaba, a hurtadillas, por encima del libro, al trapecista. Si semejantes
pensamientos habían empezado a atormentarle, ¿podrían ya cesar por completo?
¿No seguirían aumentando día por día? ¿No amenazarían su existencia? Y el
empresario, alarmado, creyó ver en aquel sueño, aparentemente tranquilo, en que
habían terminado los lloros, comenzar a dibujarse la primera arruga en la lisa
frente infantil del artista del trapecio.
Una cruza
Tengo un animal singular, mitad gatito, mitad cordero. Lo heredé
con una de las propiedades de mi padre. Sin embargo, sólo se desarrolló en mi
tiempo, pues antes tenía más de cordero que de gatito. Ahora participa de ambas
naturalezas por igual. Del gato, la cabeza y las uñas; del cordero, el tamaño y
la figura; de ambos, los ojos, salvajes y encendidos; el pelo, suave y bien
asentado; los movimientos, ora saltarines, ora lánguidos. Al sol, sobre el
antepecho de la ventana, se hace una bola y ronronea. En el prado corre como
enloquecido y apenas es posible alcanzarlo. Huye de los gatos y pretende atacar
a los corderos. En noches de luna son las tejas su camino predilecto. No puede
maullar y le repugnan las ratas.
Es capaz de pasar horas enteras en acecho ante el gallinero,
pero hasta ahora no ha aprovechado jamás la ocasión de matar. Lo alimento con
leche dulce; es lo que le sienta mejor. La bebe sorbiéndola a largos tragos por
entre sus dientes feroces. Naturalmente, es todo un espectáculo para los niños.
El domingo por la mañana es hora de visitas. Pongo el animalito sobre mis
rodillas y los niños de todo el vecindario se paran a mi alrededor.
Entonces son formuladas las preguntas más maravillosas, ésas que
ningún ser humano puede contestar: por qué hay sólo un animal como ése, por qué
lo tengo precisamente yo, si antes que él existió ya otro animal así y cómo
será una vez muerto, si se siente muy solo, por qué no tiene cría, cómo se
llama, etcétera.
No me tomo el trabajo de contestar, y me contento con mostrar,
sin más explicaciones, aquello que poseo. A veces, los niños vienen con gatos y
una vez, hasta trajeron dos corderos. Pero contrariamente a sus esperanzas, no
se produjeron escenas de reconocimiento. Los animales se miraban tranquilamente
con ojos animales y consideraron sin duda, recíprocamente, su existencia como
un hecho divino.
Sobre mis rodillas, este animal no conoce ni el miedo ni deseos
de perseguir a nadie.
Acurrucado contra mí es como se siente mejor. Está apegado a la
familia que lo crió. Esto no puede ser considerado, por cierto, como una
muestra de fidelidad extraordinaria, sino como el recto instinto de un animal
que en la tierra tiene innumerables parientes políticos, pero quizá ni un solo
consanguíneo, y para el cual, por lo mismo, resulta sagrada la protección que
ha hallado entre nosotros.
A veces me hace reír cuando me olfatea, se desliza por entre mis
piernas y no hay manera de apartarlo de mí. No contento con ser gato y cordero,
quiere ser casi perro. Sucedió una vez que, como puede ocurrirle a cualquiera,
no hallaba solución para mis problemas de negocios y para todo lo relacionado
con ellos, y pensaba abandonarlo todo; en tal estado de ánimo me hundí en la
silla de hamaca, con el animal sobre las rodillas, y al mirar hacia abajo
advertí casualmente que de los larguísimos pelos de su barba goteaban lágrimas.
¿Eran mías? ¿Eran suyas? ¿Tenía también aquel gato con alma de cordero ambición
humana? No he heredado gran cosa de mi padre, pero esta herencia es digna de
mostrarse.
Tiene ambas inquietudes en sí, la del gato y la del cordero, por
distintas que sean una y otra. Por eso la piel le es estrecha. A veces salta
sobre el asiento, a mi lado, se apoya con las patas delanteras en mi hombro y
pone el hocico junto a mi oído. Es como si me dijese algo y entonces se inclina
hacia adelante y me mira a la cara para observar la impresión que la
comunicación me ha hecho. Y para ser complaciente con él, hago como si hubiese
comprendido algo y asiento con la cabeza. Entonces salta al suelo y empieza a
bailotear a mi alrededor.
Tal vez el cuchillo del carnicero fuese una liberación para este
animal, pero como lo he recibido en herencia debo negárselo. Por eso tendré que
esperar a que el aliento le falte de por sí, a pesar de que, a veces, me mire
con ojos humanamente comprensivos, que incitan a obrar comprensivamente.
El escudo de la ciudad
Cuando se empezó a construir la torre de Babel todo estaba muy
en orden; y acaso el orden era excesivo; se pensaba demasiado en indicadores de
caminos, intérpretes, alojamientos para obreros y rutas de enlace, como si se
dispusiese de siglos y otras tantas probabilidades de trabajar libremente. El
parecer por entonces reinante llegaba hasta establecer que toda lentitud para
construir sería poca; no era preciso exagerar mucho esta opinión para
retroceder ante la idea misma de poner los cimientos. Se argüía de esta suerte:
en toda la empresa, lo positivo es la idea de construir una torre que llegue al
cielo. Frente a esta idea, lo demás es accesorio. Una vez captado el
pensamiento en toda su grandeza, no puede desaparecer ya: mientras existan los
hombres perdurará el deseo intenso de terminar la construcción de la torre. En
este sentido no hay que temer por el futuro, pues antes bien, el saber de la
humanidad va en aumento, el arte de la construcción ha hecho progresos y hará
aún otros nuevos; un trabajo para el cual necesitamos un año, será realizado
dentro de un siglo, quizá en sólo seis meses y, por añadidura, mejor y más
duradero. ¿Por qué agotarse, pues, desde ya hasta el límite de las fuerzas?
Ello tendría sentido si se pudiera esperar que la torre fuese construida en el
lapso de una generación. Esto, sin embargo, de ningún modo era dable creerlo.
Antes bien, podría pensarse que la próxima generación, con su más amplio saber,
habría de hallar mala la labor de la generación precedente y que habría de demoler
lo construido para volver a empezar. Pensamientos de este género paralizaban
las fuerzas, y la edificación de la ciudad obrera desplazaba la construcción de
la torre. Cada grupo regional quería poseer el barrio más hermoso, por lo que
sobrevinieron rencillas que culminaron en sangrientos combates. Estas luchas
eran incesantes; lo que sirvió de argumento a los jefes para que, por falta de
la necesaria concentración, la torre fuese levantada muy lentamente o, mejor
aún, sólo al cabo de estipulada una paz general. Pero no se perdió tiempo tan
sólo en combates, pues durante las treguas se embelleció la ciudad, lo cual dio
origen a nuevas envidias y nuevas luchas. Así transcurrió el lapso de la
primera generación, mas ninguna de las que siguieron fue diferente; sólo la
destreza iba en aumento constante y, con ella, la sed de lucha. A ello vino a
sumarse el que la segunda o la tercera generación reconociera la insensatez de
la construcción de la torre, pero los vínculos mutuos eran ya demasiado fuertes
como para que se pudiese dejar la ciudad.
Todo cuanto está entroncado con la leyenda y la canción que
surgiera en la ciudad está colmado de la nostalgia hacia el anunciado día en el
que la ciudad sería aniquilada por cinco golpes breves y sucesivamente
descargados sobre ella por un puño gigantesco. Por eso tiene la ciudad un puño
en el escudo.
Prometeo
Cuatro leyendas hablan de Prometeo.
Según la primera, Prometeo fue encadenado al Cáucaso porque
había traicionado a los dioses en favor de los hombres. Los dioses enviaban
águilas para que le devorasen el hígado, que siempre volvía a crecerle. La
segunda nos dice que Prometeo, atormentado por el dolor de los picotazos, se
arrimó cada vez más a la roca, hasta que se hizo una sola cosa con ella.
La tercera afirma que con el paso de los milenios su traición
fue olvidada. Todos se olvidaron: los dioses, las águilas, él mismo. Según la
cuarta, cansado de sí mismo, ya no tenía ninguna razón para existir. Los dioses
se cansaron, la cansada herida se cerró.
Quedó la inexplicable montaña rocosa.
La leyenda intenta explicar lo inexplicable. Ya que proviene de
un fondo de verdad, debe terminar en lo inexplicable.
Una confusión cotidiana
Un suceso cotidiano: el soportarlo, una confusión cotidiana. A
tiene que cerrar un negocio importante con B, de H. Va a H, para el trato
previo, cubre en diez minutos el trayecto de ida y en otros tantos el de vuelta
y se jacta en su casa de esta singular rapidez. Al día siguiente marcha otra
vez a H, ahora para cerrar ya el trato definitivo. Puesto que, previsiblemente,
el asunto habrá de llevar varias horas, A parte de mañana muy temprano. Si bien
todos los aspectos subsidiarios, al menos según el parecer de A, son
exactamente los mismos que la víspera, necesita esta vez diez horas para cubrir
el trayecto hasta H.
Cuando llega allí cansado, al anochecer, se le informa que B,
contrariado por la ausencia de A, ha salido hace media hora para el pueblo de A
a fin de verle allí y que, en verdad, ambos hubiesen debido encontrarse en el
camino. Se aconseja a A que espere. Pero A, temeroso por la suerte del negocio,
se apronta en seguida y vuelve de prisa a su casa.
Esta vez, sin atender a ello especialmente, salva la distancia
en un instante. En su casa se entera de que B ha llegado allí muy temprano,
apenas se hubo marchado A; sí, se ha topado con A en la puerta de la casa, le
ha recordado el negocio, pero A dijo que en ese momento no tenía tiempo, que
tenía que salir apurado.
A pesar de la inexplicable actitud de A, se quedó allí para
esperar a A. Repetidas veces ha preguntado si A no estaba ya de regreso, pero
se encuentra aún arriba, en el cuarto de A. Feliz por poder hablar todavía con
B y explicarle todo, A sube la escalera. Estando casi arriba, tropieza, sufre
un desgarramiento de tendón y medio desvanecido de dolor, incapaz siquiera de
gritar, gimiendo en la oscuridad, oye confusamente cómo B, a gran distancia o
junto a él, baja la escalera furioso, dando fuertes pisadas y desaparece
definitivamente.
Chacales y árabes
Acampábamos en el oasis. Mis compañeros dormían. Un árabe, alto
y blanco, pasó a mi lado; había estado ocupándose de los camellos, y se dirigía
a su lugar de reposo. Me eché de espaldas en el pasto; traté de dormir; no
podía; un chacal aullaba a lo lejos; volví a sentarme. Y lo que antes estaba
tan lejos, de pronto estuvo cerca. Me rodeaba una multitud de chacales; ojos
que destellaban como oro mate, y volvían a apagarse; cuerpos esbeltos, que se
movían ágil y rítmicamente, como bajo un látigo. Por detrás de mí, uno de los
chacales se acercó, pasó bajo mi brazo, se apretó contra mí, como si buscara mi
calor, luego se colocó frente a mí y me habló, con los ojos casi en los míos.
—Soy, con mucho, el chacal más viejo. Me alegra mucho poder
saludarte por fin. Ya casi había perdido toda esperanza, hace tanto, tanto que
te esperábamos; mi madre te esperó, y su madre, y una tras otra todas sus
madres, hasta llegar a la madre de todos los chacales. ¡Créelo!
—Me asombra —dije, y me olvidé de encender la pila de leños
preparada para ahuyentar con el humo a los chacales—, me asombra mucho lo que
dices. Sólo por casualidad he venido del lejano norte, y estoy de paso por
vuestro país. ¿Qué queréis de mí, chacales?
Y como alentados por estas palabras, tal vez demasiado
amistosas, estrecharon el cerco en torno de mí; todos jadeaban con la boca
abierta.
—Sabemos —comentó el decano—, que vienes del norte; en eso
basamos nuestras esperanzas. Allá existe la comprensión que no encontramos
entre los árabes. De esta fría arrogancia, bien lo sabes, no se puede arrancar
la menor chispa de comprensión. Matan animales para comérselos, y desprecian la
carroña.
—No hables tan alto —dije—, hay árabes que duermen aquí cerca.
—Realmente, eres un extranjero —dijo el chacal—; si no, sabrías
que ni una sola vez en la historia del mundo un chacal ha temido a un árabe.
¿Por qué les temeríamos? ¿No es ya bastante desdicha que debamos vivir exilados
entre semejante gente?
—Puede ser, puede ser —dije—, no quiero juzgar asuntos que están
lejos de mi competencia; parece una enemistad muy antigua; debe de estar en la
sangre; tal vez sólo termine con la sangre.
—Eres muy perspicaz —dijo el viejo chacal; y todos jadearon más
ansiosamente; agitados, a pesar de estar inmóviles; un olor a rancio, que a
veces me obligaba a apretar los dientes, emanaba de sus fauces abiertas—. Eres
muy perspicaz, eso que has dicho concuerda con nuestra antigua tradición. Así
es; haremos correr su sangre, y terminaremos la lucha.
—¡Oh! —dije, con demasiada vehemencia quizá—; ellos se
defenderán; con sus armas de fuego os matarán a miles.
—No nos comprendes —dijo él—, una condición bien humana, que
según veo también existe en el norte. No queremos matarlos. No habría bastante
agua en el Nilo para purificarnos. Nos basta ver sus cuerpos vivientes para
salir corriendo, hacia el aire puro, hacia el desierto, que por eso es nuestra
morada.
Y todos los chacales del círculo, a los que se habían agregado
mientras tanto muchos otros que venían de más lejos, hundieron los hocicos
entre las patas delanteras, y se los frotaron para limpiarse; parecían querer
ocultar una repugnancia tan espantosa, que sentí deseos de dar un gran salto
sobre sus cabezas y escapar.
—Entonces, ¿qué os proponéis hacer? —pregunté, tratando de
ponerme de pie; pero no pude; dos jóvenes bestias me habían aferrado con los
dientes la chaqueta y la camisa, por detrás; tuve que quedarme sentado.
—Te sostienen la cola —explicó con seriedad el chacal viejo—,
una prueba de respeto.
—¡Soltadme! —exclamé, volviéndome alternativamente hacia el
viejo y hacia los jóvenes.
—Naturalmente, te soltarán —dijo el viejo—, ya que lo deseas.
Pero tardarán un poco, porque han mordido profundamente, como es su costumbre,
y ahora deben aflojar lentamente los dientes. Mientras tanto atiende nuestro
pedido.
—Vuestra conducta no me ha predispuesto demasiado a atenderlo
—dije.
—No nos eches en cara nuestra torpeza —dijo él, y por primera
vez recurrió al tono lastimero de su voz natural—, somos unas pobres bestias,
sólo tenemos nuestros dientes; para todo lo que queremos hacer, lo malo y lo
bueno, sólo disponemos de nuestros dientes.
—Bueno, ¿qué quieres? —le pregunté, no muy reconciliado.
—Señor —exclamó, y todos los chacales aullaron; lejanamente,
remotamente, me pareció una melodía—. Señor, tú debes poner fin a esta lucha,
que divide el mundo en dos bandos. Exactamente como eres tú, nuestros
antepasados nos describieron al hombre que llevaría a cabo la empresa. Queremos
que los árabes nos dejen en paz; aire respirable; que la mirada se pierda en un
horizonte purificado de su presencia; no oír el quejido de la oveja que el
árabe degüella; que todos los animales mueran en paz, para ser purificados por
nosotros, sin interferencia ajena, hasta que hayamos vaciado sus osamentas y
pelado sus huesos. Pureza, queremos sólo pureza —y aquí lloraban, sollozaban
todos—. ¿Cómo soportas este mundo, noble corazón y dulce entraña? Porquería es
su blancura; porquería es su negrura, un horror son sus barbas; basta ver las
órbitas de sus ojos para escupir; y cuando alzan el brazo vemos en sus axilas
la entrada del infierno. Por eso, señor, por eso, ¡oh, amado señor!, con la
ayuda de tus manos todopoderosas, degüéllalos con estas tijeras.
Y respondiendo a un movimiento de su cabeza, apareció un chacal,
de uno de cuyos colmillos colgaba un pequeño par de tijeras de costura,
cubiertas de antiguo orín.
—Bueno, ya aparecieron las tijeras, ¡y ahora basta! —exclamó el
guía árabe de nuestra caravana, que se había deslizado hacia nosotros con el
viento en contra, y hacía silbar ahora su enorme látigo.
Todos huyeron rápidamente, pero a cierta distancia se
detuvieron, estrechamente apretados entre sí; todas estas bestias se reunieron
en un grupo tan rígido y apiñado que parecía un pequeño hato, acorralado por
fuegos fatuos.
—Así que tú también, señor, has contemplado y oído esta comedia
—dijo el árabe, y rió tan alegremente como lo permitía la reserva de su raza.
—¿Tú también sabes lo que quieren esas bestias? —pregunté.
—Naturalmente, señor —dijo él—, todo el mundo lo sabe; mientras
existan árabes, esas tijeras se pasearán por el desierto, y seguirán vagando
con nosotros hasta el último día. A todo europeo se las ofrecen, para que lleve
a cabo la gran empresa; todo europeo es justamente aquel que ellos creen
enviado por el destino. Esos animales alimentan una loca esperanza; bobos, son
verdaderos bobos. Por eso los queremos; son nuestros perros; más hermosos que
los vuestros. Fíjate; esta noche murió un camello, lo hice traer aquí.
Aparecieron cuatro mozos que arrojaron ante nosotros el pesado
cadáver. Apenas lo depositaron, los chacales elevaron sus voces. Como
arrastrados por otras tantas cuerdas irresistibles, se acercaron, titubeantes,
frotando el suelo con el cuerpo. Se habían olvidado de los árabes, olvidado de
su odio; la presencia del hediondo cadáver los hechizaba, borraba todo lo
demás. Ya uno se prendía del cuello, y con el primer mordisco llegaba hasta la
aorta. Como una diminuta y vehemente bomba aspirante, que quisiera con tanta
decisión como pocas probabilidades de éxito apagar algún enorme incendio, cada
músculo de su cuerpo se estremecía y se esforzaba en su tarea. Y pronto se
entregaron todos a la misma tarea, amontonados sobre el cadáver, como una
montaña.
Entonces, el guía los fustigó una y otra vez con su cortante
látigo, vigorosamente. Alzaron la cabeza, en una especie de paroxismo
extasiado; vieron ante ellos a los árabes; sintieron el látigo en los hocicos;
dieron un salto hacia atrás, y retrocedieron corriendo, hasta cierta distancia.
Pero la sangre del camello ya había formado charcos en el suelo, humeaba, el
cuerpo estaba abierto en varios sitios; volvieron; nuevamente alzó el guía su
látigo; detuve su brazo.
—Tienes razón, señor —me dijo—, dejémoslos seguir con su tarea;
además, ya es hora de levantar el campamento. Lo has visto. Maravillosas
bestias, ¿no es verdad? ¡Y cómo nos odian!
Once hijos
Tengo once hijos.
El primero es exteriormente bastante insignificante, pero serio
y perspicaz; aunque lo quiero, como quiero a todos mis otros hijos, no
sobreestimo su valor. Sus razonamientos me parecen demasiado simples. No ve ni
a izquierda ni a derecha ni hacia el futuro; en el reducido círculo de sus
pensamientos, gira corriendo sin cesar, o más bien se pasea.
El segundo es hermoso, esbelto, bien formado; es un deleite
verlo manejar el florete. También es perspicaz, pero además tiene experiencia
del mundo; ha visto mucho, y por eso mismo la naturaleza de su país parece
hablar con él más confidencialmente que con los que nunca salieron de su
patria. Pero es probable que esta ventaja no se deba únicamente, ni siquiera
esencialmente, a sus viajes; más bien es un atributo de la inimitabilidad del
muchacho, reconocida, por ejemplo, por todos los que han querido imitar sus
saltos ornamentales en el agua, con varias volteretas en el aire, y que sin
embargo no le hacen perder ese dominio casi violento de sí mismo. El coraje y
el afán del imitador llega hasta el extremo del trampolín; pero una vez allí,
en vez de saltar, se sienta repentinamente, y alza los brazos para excusarse.
Pero a pesar de todo (en realidad debería sentirme feliz con un hijo
semejante), mi afecto hacia él no carece de limitaciones. Su ojo izquierdo es
un poco más chico que el derecho, y parpadea mucho; no es más que un pequeño
defecto, naturalmente, que por otra parte da más audacia a su expresión; nadie,
considerando la incomparable perfección de su persona, llamaría a ese ojo más
chico y parpadeante un defecto. Pero yo, su padre, sí. Naturalmente no es ese
defecto físico lo que me preocupa, sino una pequeña irregularidad de su
espíritu que en cierto modo corresponde a aquél, cierto veneno oculto en su
sangre, cierta incapacidad de utilizar a fondo las posibilidades de su
naturaleza, que yo solo entreveo. Tal vez esto, por otra parte, sea lo que hace
de él mi verdadero hijo, porque esa falla es al mismo tiempo la falla de toda
nuestra familia, y sólo en él es tan aparente.
El tercer hijo es también hermoso, pero no con la hermosura que
me agrada. Es la belleza de un cantor; los labios bien formados; la mirada
soñadora; esa cabeza que requiere un cortinaje detrás para ser efectiva; el
pecho extraordinariamente amplio; las manos que fácilmente ascienden y
demasiado fácilmente vuelven a caer; las piernas que se mueven delicadamente,
porque no soportan el peso del cuerpo. Y además el tono de su voz no es
perfecto: se mantiene un instante; el entendido se dispone a escuchar; pero poco
después pierde el aliento. Aunque en general todo me tienta a exhibir
especialmente a este hijo mío, prefiero mantenerlo en la sombra; él, por su
lado, no pone reparos, pero no porque conozca sus defectos, sino por pura
inocencia. Aún más, no se siente cómodo en nuestra época; como si perteneciera
a nuestra familia, pero además formara parte de otra, perdida para siempre, a
menudo está melancólico y nada consigue alegrarlo.
Mi cuarto hijo es tal vez el más sociable. Verdadero hijo de su
época, todos lo comprenden, se mueve en un plano común a todos, y todos lo
buscan para saludarlo. Tal vez esta apreciación general otorgue a su naturaleza
cierta ligereza, a sus movimientos cierta libertad, a sus razonamientos cierta
inconsecuencia. Muchas de sus observaciones merecen ser repetidas, pero no
todas, porque en conjunto adolecen realmente de extremada superficialidad. Es
como aquel que se eleva maravillosamente del suelo, hiende los aires como una
golondrina, y luego termina desoladamente su vuelo en un oscuro desierto, en
una nada. Estos pensamientos me amargan cuando lo contemplo.
El quinto hijo es bueno y amable; prometía ser menos de lo que
es; era tan insignificante que realmente uno se sentía solo en su presencia;
pero ahora ha logrado gozar de cierto crédito. Si me preguntaran cómo, no
sabría contestar. Tal vez la inocencia sea lo que más fácilmente se abre paso a
través del tumulto de los elementos de este mundo, e inocente lo es. Quizá
demasiado inocente. Amigo de todos. Quizá demasiado amigo. Confieso que me
siento mal cuando me lo elogian. Parece que el valor de los elogios disminuyera
cuando se los prodigan a alguien tan evidentemente digno de elogios como mi
hijo.
Mi sexto hijo parece, por lo menos a primera vista, el más
profundo de todos. Es un cabizbajo, y sin embargo un charlatán. Por eso no es
fácil entenderlo. Si se siente dominado, se entrega a una impenetrable
tristeza; si logra la supremacía, la mantiene a fuerza de conversación. Aunque
no le niego cierta capacidad de apasionamiento y de olvido de sí mismo; a la
luz del día, se le ve con frecuencia debatirse en medio de sus pensamientos,
como en un sueño. Sin estar enfermo —nada de eso, su salud es muy buena—, a
veces se tambalea, especialmente en el crepúsculo, pero no necesita ayuda, no
se cae. Tal vez la culpa de ese fenómeno la tenga su desarrollo físico, porque
es demasiado alto para su edad. Eso hace que en conjunto sea feo, aunque en
ciertos detalles es hermoso, por ejemplo en las manos y los pies. También su
frente es fea; tanto la piel como la forma de los huesos parecen mal
desarrolladas.
El séptimo hijo me pertenece tal vez más que todos los demás. El
mundo no sabría apreciarlo como merece; no comprende su tipo especial de
ingenio. Yo no exagero su valor; ya sé que su importancia es inconsiderable; si
el mundo no cometiera otro error que el de no saber apreciarlo, seguiría siendo
impecable. Pero dentro de mi familia no podría pasarme sin este hijo. Introduce
cierta inquietud, y al mismo tiempo cierto respeto por la tradición, y sabe
combinarlos, por lo menos así me parece, en un todo incontestable. Es verdad
que él es el menos capacitado para sacar partido de ese todo; no es él quien
pondrá en movimiento la rueda del futuro; pero esa manera de ser suya es tan
alentadora, tan rica en esperanzas; me gustaría que tuviera hijos, y que éstos
tuvieran hijos a su vez. Por desgracia, no parece dispuesto a satisfacer ese
deseo. Satisfecho consigo mismo, actitud que me es muy comprensible pero al
mismo tiempo deplorable, y que por cierto se opone notablemente al juicio de
sus conocidos, se pasea por todas partes solo, no se interesa por las
muchachas, y sin embargo no pierde nunca su buen humor.
Mi octavo hijo es mi desesperación, y realmente no sé por qué
motivo. Me trata como a un desconocido, y no obstante siento que me une a él un
estrecho vínculo paterno. El tiempo nos ha hecho mucho bien; pero antes yo
solía estremecerme cuando pensaba en él. Sigue su propio camino; ha roto todo
vínculo conmigo; y ciertamente, con su cabeza dura, su cuerpecito atlético
—aunque cuando era muchacho sus piernas eran muy débiles, pero quizá con el
tiempo ese defecto se haya subsanado— llegará con toda facilidad adonde se
proponga ir. Muchas veces deseé volver a llamarlo, preguntarle cómo le iba
realmente, por qué se alejaba de ese modo de su padre, y cuáles eran sus
propósitos fundamentales, pero ahora está tan lejos, y ha pasado tanto tiempo,
que es mejor dejar las cosas como están. He oído decir que es el único hijo mío
que usa barba; naturalmente, eso no puede quedar bien en un hombre tan bajo
como él.
Mi noveno hijo es muy elegante, y tiene lo que las mujeres
consideran sin lugar a dudas una mirada seductora. Tan seductora, que en
ciertas ocasiones consigue seducirme a mí, aunque sé muy bien que basta una
esponja mojada para borrar todo ese brillo ultraterreno. Lo curioso de este
muchacho es que no trata en absoluto de ser seductor; para él el ideal sería
pasarse la vida tendido en el sofá, y desperdiciar su seductora mirada en la
contemplación del cielo raso, o mejor aún, dejarla reposar detrás de los párpados
cerrados. Cuando está en esa su posición favorita, gusta de hablar, y habla
bastante bien; concisamente y con perspicacia; pero sólo dentro de estrechos
límites; si se sale de ellos, lo que es inevitable ya que son tan estrechos, su
conversación se vuelve vacua. Uno querría hacerle señas para advertírselo, si
hubiera alguna esperanza de que su mirada soñolienta pudiera siquiera verlas.
Mi décimo hijo pasa por ser de carácter insincero. No quiero
negar totalmente ese defecto, ni tampoco afirmarlo. Ciertamente, cualquiera que
lo ve acercarse, con una pomposidad que no corresponde a su edad, con su levita
siempre cuidadosamente abotonada, con un sombrero negro y viejo pero
minuciosamente cepillado, con su rostro inexpresivo, la mandíbula un poco
prominente, las largas pestañas que se curvan penumbrosas ante los ojos, esos
dos dedos que tan a menudo se lleva a los labios; el que lo ve así piensa:
«éste es un perfecto hipócrita». Pero oídlo hablar. Comprensivo; reflexivo;
lacónico; pregunta y replica con satírica vivacidad, en un maravilloso acuerdo
con el mundo, una armonía natural y alegre; una armonía que necesariamente
vuelve más tenso el cuello y yergue el cuerpo. Muchos que se suponen más
agudos, y que por este motivo creyeron experimentar cierta repulsión ante su
aspecto exterior, terminaron por sentirse fuertemente atraídos por su
conversación. Pero en cambio hay otras personas que no ponen reparos en su
exterior, pero que consideran su conversación demasiado hipócrita. Yo, como
padre, no quiero pronunciar un juicio definitivo, pero debo admitir que estos
últimos críticos son por lo menos más dignos de atención que los primeros.
Mi undécimo hijo es delicado, quizá el más débil de mis hijos;
pero su debilidad es engañosa, porque a veces sabe mostrarse fuerte y decidido,
aunque en el fondo también en esos casos padezca de una debilidad fundamental.
Pero no es una debilidad vergonzosa, sino algo que sólo parece debilidad al ras
de la tierra. ¿No es acaso, por ejemplo, una debilidad la predisposición al
vuelo, que después de todo consiste en una inquietud y una indecisión y un
aleteo? Algo parecido ocurre con mi hijo. Naturalmente, éstas no son cualidades
que regocijen a un padre; evidentemente, tienden a la destrucción de la
familia. Muchas veces me mira, como si quisiera decirme: «Te llevaré conmigo,
padre.» Entonces pienso: «Eres la última persona a quien me confiaría.» Y su
mirada parece replicarme: «Déjame entonces ser por lo menos la última.»
Éstos son mis once hijos.
Informe para una academia
Excelentísimos señores académicos:
Me hacéis el honor de pedirme que presente a la Academia un
informe sobre mi simiesca vida anterior.
En ese sentido no puedo desgraciadamente complaceros, pues cerca
de cinco años me separan ya de la simiedad. Ese lapso, corto quizá si se lo
mide por el calendario, es interminablemente largo cuando, como yo, se ha
galopado a través de él acompañado a trechos por gente importante, consejos,
aplausos y música orquestal; pero en realidad solo, pues todo ese
acompañamiento estaba —para conservar la imagen— del otro lado de la barrera.
De haberme aferrado obstinadamente a mis orígenes, a mis
recuerdos de juventud, me hubiera sido imposible cumplir lo que he cumplido. La
disciplina suprema que me impuse consistió justamente en negarme a mí mismo
toda obstinación. Yo, mono libre, acepté ese yugo; pero por eso mismo los
recuerdos se me fueron borrando cada vez más. Si bien, de haberlo querido los
hombres, yo hubiera podido retornar libremente, al comienzo, por la puerta
total que el cielo forma sobre la tierra, ésta fue estrechándose más y más a
medida que mi evolución se activaba como a latigazos: más recluido, y mejor me
sentía en el mundo de los hombres: la borrasca, que viniendo de mi pasado
soplaba tras de mí, se ha ido calmando: hoy es tan sólo una corriente de aire
que me refresca los talones. Y el agujero lejano a través del cual ésta me
llega, y por el cual llegué yo un día, se ha achicado tanto que —de tener
fuerza y voluntad suficientes para volver corriendo hasta él— tendría que
desollarme vivo si quisiera atravesarlo. Hablando con franqueza —por más que me
agrade hablar de estas cosas en sentido metafórico—, hablando con franqueza os
digo: vuestra simiedad, señores míos, en tanto que tuvierais algo similar en
vuestro pasado, no podía estar más lejana de vosotros que lo que de mí está la
mía. Sin embargo, le cosquillea los talones a todo aquel que pisa sobre la
tierra, tanto al pequeño chimpancé como al gran Aquiles. Pero con todo, en un
sentido limitadísimo, podré quizá contestar vuestra pregunta, cosa que por lo
demás hago con gran placer.
Lo primero que aprendí fue a estrechar la mano en señal de
convenio solemne. Estrechar la mano da testimonio de franqueza. Pueda hoy, al
estar en el apogeo de mi carrera, agregar, a ese primer apretón de manos,
también la palabra franca. Ella no aportará a la Academia nada esencialmente
nuevo, y quedaré muy por debajo de lo que se me pide, pero que ni con la mejor
voluntad puedo decir. De cualquier manera, en estas palabras expondré la línea
directiva por la cual alguien que fue mono ingresó al mundo de los humanos y se
instaló firmemente en él. Conste además que ni las insignificancias siguientes
podría contaros si no estuviese totalmente convencido de mí, y si mi posición
no se hubiese afirmado de manera inconmovible en todos los grandes music-halls
del mundo civilizado.
Soy oriundo de la Costa de Oro. Para saber cómo fui capturado
dependo de informes ajenos. Una expedición de caza de la firma Hagenbeck —con
cuyo jefe, por otra parte, he vaciado luego no pocas botellas de vino tinto—
estaba al acecho emboscada en la maraña que orilla el río, cuando en medio de
una banda corrí una tarde hacia el abrevadero. Dispararon: fui el único que
cayó herido, alcanzado por dos tiros.
Uno en la mejilla. Fue leve pero dejó una gran cicatriz pelada y
roja que me valió el nombre repugnante, totalmente inexacto y que podría haber
sido inventado por un mono, de Peter el Rojo, tal como si sólo por esa mancha
roja en la mejilla me diferenciara yo de aquel simio amaestrado llamado Peter,
que poco ha reventó y cuya reputación era, por lo demás, únicamente local.
Esto al margen.
El segundo tiro me alcanzó más abajo de la cadera. Era grave y
por su culpa aún hoy renqueo un poco. No hace mucho leí en un artículo escrito
por algunos de esos diez mil sabuesos que contra mí se desahogan desde los
periódicos «que mi naturaleza simiesca no ha sido reprimida del todo», y como
ejemplo de ello alega que cuando recibo visitas me complazco en bajarme los
pantalones para mostrar la señal dejada por la bala. Al bribón ese deberían
bajarle a tiros, y uno por uno, cada dedito de la mano con que escribe. Yo, yo
puedo quitarme los pantalones ante quien me dé la gana: nada se encontrará allí
más que un pelaje cuidado y la cicatriz dejada por el —elijamos aquí para un
fin preciso un término preciso y que no se preste a equívocos— injurioso tiro.
Todo está a la luz del día: no hay nada que ocultar. Tratándose de la verdad
toda persona generosa arroja de sí los modales, por finos que éstos sean. En
cambio otro sería el cantar si el chupatintas en cuestión se quitase los
pantalones al recibir visitas. Doy fe de su cordura admitiendo que no lo hace,
¡pero que entonces no me embrome más con sus gazmoñerías!
Después de estos tiros desperté —y aquí comienzan a surgir
lentamente mis propios recuerdos— en una jaula colocada en el entrepuente del
barco de Hagenbeck. No era una jaula con rejas a los cuatro costados, eran más
bien tres rejas clavadas a un cajón. El cuarto costado formaba, pues, parte del
cajón mismo. Ese conjunto era demasiado bajo para estar de pie en él y
demasiado estrecho para estar sentado. Por eso me acurrucaba doblando las
rodillas que sin cesar me temblaban. Como probablemente no quería ver a nadie,
por lo pronto prefería permanecer en la oscuridad: me volvía hacia el costado
de las tablas y dejaba que los barrotes de hierro se me incrustaran en el lomo.
Dicen que es conveniente enjaular así a los animales salvajes, en los primeros
tiempos de su cautiverio, y hoy, según mi experiencia, no puedo negar que,
desde el punto de vista humano, tienen en efecto razón.
Pero en todo esto no pensaba entonces. Por primera vez en mi
vida me encontraba sin salida; por lo menos no la había directa. Directamente
ante mí estaba el cajón con sus tablas bien unidas. Había, sin embargo, una
rendija entre las tablas. Al descubrirla por primera vez la saludé con el
aullido dichoso de la ignorancia. Pero esa rendija era tan estrecha que ni
sacar por ella la cola podía, y ni con toda la fuerza simiesca me era posible
ensancharla.
Como después me informaron, debo haber sido excepcionalmente
poco ruidoso, y por ello dedujeron o que me extinguiría muy pronto o que, de
sobrevivir a la crisis de los primeros tiempos, sería luego muy apto para el
amaestramiento. Sobreviví esos tiempos. Mis primeras ocupaciones en la vida
nueva fueron: sollozar sordamente; espulgarme hasta el dolor; lamer hasta el
hastío una nuez de coco; golpear con el cráneo contra la pared del cajón y
enseñar los dientes cuando alguien se acercaba. Y en medio de todo ello una
sola noción: no hay salida. Naturalmente hoy sólo puedo transcribir lo que
entonces sentía como mono con palabras de hombre y por eso mismo lo desvirtúo.
Pero aunque ya no pueda captar la vieja verdad simiesca, no cabe duda de que
ella está por lo menos en el sentido de mi descripción.
Hasta entonces había tenido tantas salidas, y ahora no me
quedaba ninguna. Estaba encallado. Si me hubieran clavado, no hubiera
disminuido por ello mi libertad de acción. ¿Por qué? Aunque te rasques hasta la
sangre el pellejo entre los dedos de los pies, no encontrarás explicación.
Aunque te aprietes la espalda contra los barrotes de la jaula hasta casi
partirte en dos, no encontrarás explicación. No tenía salida pero tenía que
procurarme una: sin ella no podía vivir. Siempre contra esa pared hubiera reventado
inevitablemente. Mas como en el circo Hagenbeck a los monos les cuadran las
paredes de cajón, pues bien, dejé de ser mono. Ésta fue una asociación de ideas
clara y hermosa que debió, en cierto modo, ocurrírseme en la barriga, ya que
los monos piensan con la barriga.
Temo que no se comprenda bien lo que yo entiendo por «salida».
Empleo la palabra en su sentido más cabal y más común. Intencionadamente no
digo libertad. No hablo de esa gran sensación de libertad hacia todos los
ámbitos. Cuando mono posiblemente la conocí y he visto hombres que la añoran.
En lo que a mí se refiere, ni entonces ni ahora pedí libertad. Con la libertad
—y esto lo digo al pasar— uno se engaña demasiado entre los hombres, ya que si
el de libertad es uno de los sentimientos más sublimes, así también son de
sublimes los correspondientes engaños. En los teatros de variedades, antes de
salir a escena, he visto a menudo ciertas parejas de artistas trabajando en los
trapecios, muy alto, junto al techo. Se lanzaban, se mecían, saltaban, volaban
el uno a los brazos del otro, se llevaban el uno al otro suspendido del pelo
con los dientes. «También esto», pensé, «es libertad para el hombre: ¡el
movimiento soberano!» ¡Oh escarnio de la santa naturaleza! Ningún edificio
quedaría en pie bajo las carcajadas que semejante espectáculo provocaría entre
la simiedad.
No, yo no quería libertad. Quería únicamente una salida: a
derecha, a izquierda, adonde fuera. No pretendía más. Aunque la salida fuese
tan sólo un engaño: como la pretensión era pequeña el engaño no sería mayor.
¡Avanzar, avanzar! Con tal de no detenerse con los brazos en alto, apretado
contra las tablas de un cajón.
Hoy lo veo claro: si no hubiera tenido una gran tranquilidad
interior no hubiera podido escapar jamás. En realidad todo lo que he llegado a
ser se lo debo posiblemente a esa gran tranquilidad que me acometió, allá, en
los primeros días del barco. Pero, a la vez, debo esa tranquilidad a la
tripulación.
Ésta era buena gente a pesar de todo. Hoy recuerdo todavía con
placer el sonido de sus pasos pesados que entonces resonaban en mi sopor.
Acostumbraban hacer las cosas con extrema lentitud. Si alguno necesitaba
frotarse los ojos levantaba la mano como un peso muerto. Sus bromas eran
groseras pero cordiales. A sus risas se mezclaba siempre una tos que, aunque
sonaba peligrosa, no significaba nada. Tenían continuamente en la boca algo que
escupir y les era indiferente dónde lo escupían. Se quejaban siempre de que mis
pulgas les saltaban encima, pero no por eso llegaron nunca a enojarse en serio
conmigo: sabían, pues, que las pulgas se multiplicaban en mi pelaje y que las
pulgas son saltarinas. Con esto se daban por satisfechos. Cuando estaban de
asueto se sentaban a veces algunos de ellos en semicírculo frente a mí,
hablándose apenas, gruñéndose el uno al otro, fumando la pipa tendidos sobre
los cajones, palmeándose la rodilla a mi menor movimiento, y alguno, de vez en
cuando, cogía una varita y con ella me cosquilleaba allí donde me daba placer.
Si me invitaran hoy a realizar un viaje en ese barco, declinaría por cierto la
invitación, pero cierto es también que los recuerdos que allí en el entrepuente
me perseguían no serían todos desagradables.
La tranquilidad que obtuve en el círculo de esa gente me
preservó, ante todo, de cualquier conato de fuga. Recapitulando, creo que ya
entonces presentía que, para seguir viviendo, tenía que encontrar una salida,
pero que esta salida no la hallaría en la fuga. No sé ahora si la fuga era
posible, pero creo que sí lo era: a un mono debe serle siempre posible la fuga.
Con mis dientes actuales debo cuidarme hasta en la común tarea de cascar una
nuez, pero en aquel entonces, poco a poco, hubiera podido roer de lado a lado
el cerrojo de la puerta. No lo hice. ¿Qué hubiera ganado con ello? Apenas
hubiese asomado la cabeza me hubieran cazado de nuevo y encerrado en una jaula
peor: o hubiera podido huir hacia los otros animales, hacia las serpientes
gigantes, por ejemplo, que estaban frente a mí, para exhalar en su abrazo el
último suspiro; o de haber logrado deslizarme hasta el puente superior y
saltado por sobre la borda, me hubiera mecido un ratito sobre el océano y luego
me habría ahogado. Actos suicidas todos éstos. No razonaba tan humanamente
entonces, pero bajo la influencia de mi medio ambiente actué como si hubiese
razonado.
No razonaba, pero observaba, sí, con toda tranquilidad, a esos
hombres que veía ir y venir. Siempre las mismas caras, los mismos gestos; a
menudo me parecían ser un solo hombre. Pero ese hombre, o esos hombres, se
movían sin trabas. Un alto designio comenzó a alborear en mí. Nadie me prometía
que, de llegar a ser lo que ellos eran, la reja me sería levantada. No se hacen
tales promesas para esperanzas que parecen incolmables, pero si llegan a
colmarse, aparecen estas promesas después, justamente allí donde antes se las
había buscado en vano. Ahora bien, nada había en esos hombres que de por sí me
atrajera mayormente. Si fuera partidario de esa libertad a la cual aludí,
hubiera preferido sin duda el océano a esa salida que veía reflejarse en la
turbia mirada de aquellos hombres. Había venido observándolos, de todas
maneras, ya mucho antes de haber pensado en estas cosas, y, desde luego, sólo
estas observaciones acumuladas me empujaron en aquella determinada dirección.
¡Era tan fácil imitar a la gente! Escupir pude ya en los
primeros días. Nos escupíamos entonces mutuamente a la cara, con la diferencia
de que yo me lamía luego hasta dejarla limpia y ellos no. Pronto fumé en pipa
como un viejo, y cuando además metía el pulgar a la cabeza de la pipa, todo el
entrepuente se desternillaba de risa. Pero durante mucho tiempo no noté
diferencia alguna entre la pipa cargada y la vacía.
Nada me dio tanto trabajo como la botella de caña. Me torturaba
el olor y, a pesar de mi fuerza de voluntad, pasaron semanas antes de que
lograra vencer esa repugnancia. Lo increíble es que la gente tomó más en serio
esas luchas interiores que cualquier otra cosa mía. En mis recuerdos tampoco
diferencio a esa gente, pero había uno que venía siempre, solo o acompañado, de
día, de noche, a las horas más diversas, y deteniéndose ante mí con la botella
vacía me daba lecciones. No me comprendía: quería descifrar el enigma de mi
ser. Descorchaba lentamente la botella, luego me miraba para saber si yo había
comprendido. Confieso que yo lo miraba siempre con una atención frenética y
atropellada. Ningún maestro de hombre encontrará en el mundo entero mejor
aprendiz de hombre. Cuando había descorchado la botella se la llevaba a la
boca, yo con los ojos la seguía, hasta la gorja. Asentía satisfecho conmigo, y
posaba la botella en sus labios. Yo. entusiasmado con mi paulatina comprensión,
chillaba rascándome a lo largo, a lo ancho, donde fuera. Él, regocijado,
empinaba la botella y bebía un trago. Yo, impaciente y desesperado por
emularlo, me ensuciaba en la jaula, lo que de nuevo le regocijaba mucho.
Después apartaba de sí la botella con gesto enfático y volvía de igual manera a
acercarla a sus labios y, luego, echado hacia atrás en un gesto exageradamente
pedagógico, la vaciaba de un trago. Yo. extenuado por excesivo deseo, no podía
seguirle y permanecía colgado débilmente de la reja mientras él, dando con esto
por terminada la lección teórica, se frotaba, con amplia sonrisa, la barriga.
Sólo entonces comenzaba el ejercicio práctico. ¿No me había
dejado ya el teórico demasiado extenuado? Sí, demasiado extenuado, pero esto
era parte de mi destino. A pesar de ello tomaba lo mejor que podía la botella
que me tendían; levantaba la botella de manera casi idéntica a la del modelo:
la posaba en los labios y… la arrojaba con asco; con asco, aunque estaba vacía
y sólo el olor la llenaba; con asco la arrojaba al suelo. Para dolor de mi
maestro, para mayor dolor mío; ni a él ni a mí mismo lograba reconciliar luego
con el hecho de que, después de arrojar la botella, no me olvidara de frotarme
a la perfección la barriga, ostentando al mismo tiempo una amplia sonrisa.
Así transcurría la lección con demasiada frecuencia, y en honor
de mi maestro quiero hacer constar que no se enojaba conmigo, pero sí que, a
veces, con la pipa encendida me tocaba el pelaje hasta que comenzaba a arder
lentamente, en cualquier lugar donde yo difícilmente alcanzaba; entonces lo
apagaba él mismo con su mano gigantesca y buena. No se enojaba conmigo, pues
reconocía que, desde el mismo lado, ambos luchábamos contra la índole simiesca,
y que era yo quien llevaba la peor parte.
A pesar de ello, qué triunfo luego, tanto para él como para mí,
cuando cierta noche, ante una gran rueda de espectadores —quizá estaba de
fiesta, sonaba un fonógrafo, un oficial circulaba entre los tripulantes—,
cuando esa noche, sin que nadie lo advirtiese, cogí una botella de caña que
alguien descuidadamente había olvidado junto a mi jaula, y ante el creciente
asombro de la reunión, la descorché con toda corrección, la llevé a los labios
y, sin vacilar, sin muecas, como un bebedor empedernido, revoloteando los ojos
y con el gaznate palpitante, la vacié real y verdaderamente. Arrojé la botella,
no ya como un desesperado, sino como un artista, pero me olvidé, eso sí, de
frotarme la barriga. En cambio, porque no podía hacer otra cosa, porque algo me
empujaba a ello, porque los sentidos me bullían, por todo ello, en fin, rompí a
gritar: «¡Hola!», con voz humana. Ese grito me hizo entrar de un salto en la
comunidad de los hombres, y su eco: «¡Escuchen, habla!», lo sentí como un beso
en mi cuerpo chorreante de sudor.
Repito: no me seducía imitar a los humanos; los imitaba porque
buscaba una salida; por ningún otro motivo. Con ese triunfo, por otra parte,
poco había conseguido, pues inmediatamente la voz me falló de nuevo. Sólo
pasados unos meses volví a recuperarla. La repugnancia hacia la botella de caña
reapareció con más fuerza aún, pero sin duda alguna había yo encontrado de una
vez por todas mi camino.
Cuando en Hamburgo me entregaron al primer amaestrador, advertí
en seguida que ante mí se abrían dos posibilidades: el jardín zoológico o el
music-hall. No vacilé. Me dije: pon toda tu voluntad en ingresar al music-hall:
ésta es la salida. El jardín zoológico no es más que otra nueva jaula; quien
entra allí está perdido.
Y aprendí, señores míos. ¡Ah, sí, cuando hay que aprender se
aprende: se aprende cuando se trata de encontrar una salida! ¡Se aprende sin
piedad! Se vigila uno a sí mismo con el látigo, lacerándose a la menor
resistencia. La índole simiesca salió con furia fuera de mí, se alejó de mí
dando volteretas, y por ello mi primer maestro mismo casi se volvió monesco y
tuvo que abandonar pronto las lecciones para ser internado en un sanatorio.
Afortunadamente pronto salió de allí.
Consumí, sin embargo, a muchos maestros. Sí, hasta a varios a la
vez. Cuando estuve ya más seguro de mi capacidad, cuando el público siguió mis
progresos, cuando mi futuro comenzó a sonreírme, yo mismo elegí mis profesores.
Los hice sentar en cinco habitaciones sucesivas y aprendí con todos a la vez,
saltando sin interrupción de un cuarto a otro.
¡Qué progresos! ¡Qué irrupción, desde todos los ámbitos, de los
rayos del conocimiento en el cerebro que despierta! ¿Por qué negarlo? Esto me
hacía dichoso. Pero tampoco puedo negar que no lo sobreestimaba, ya entonces,
¡y cuánto menos lo sobreestimo ahora! Con un esfuerzo que hasta hoy no ha
vuelto a repetirse sobre la tierra, logré tener la cultura media de un europeo.
Esto en sí posiblemente no sería nada, pero es algo, sin embargo, en la medida
en que me ayudó a dejar la jaula y a procurarme esta salida especial; esta
salida humana. Hay un excelente giro alemán: «escurrirse entre los matorrales».
Esto fue lo que yo hice: «me escurrí entre los matorrales». No me quedaba otro
camino, por supuesto: siempre que no había que elegir la libertad.
Si de una ojeada examino mi evolución y lo que fue su objetivo
hasta ahora, ni me lamento de ella, ni me doy por satisfecho. Con las manos en
los bolsillos del pantalón, con la botella de vino sobre la mesa, recostado o
sentado a medias en la mecedora, miro por la ventana. Si llegan visitas, las
recibo como se debe. Mi empresario está sentado en la antecámara: si toco el
timbre, acude y escucha lo que tengo que decirle. De noche casi siempre hay
función y obtengo éxitos ya apenas superables. Y si al salir de los banquetes,
de las sociedades científicas o de las gratas reuniones entre amigos, llego a
casa a horas avanzadas de la noche, allí me espera una pequeña y semiamaestrada
chimpancé, con quien, a la manera simiesca, lo paso muy bien. De día no quiero verla,
pues tiene en la mirada esa locura del animal perturbado por el amaestramiento;
eso únicamente yo lo advierto, y no puedo soportarlo.
De todas maneras, en resumen, he logrado lo que me había
propuesto lograr. Y no se diga que el esfuerzo no valía la pena. Por lo demás,
no es la opinión de los hombres lo que me interesa; yo sólo quiero difundir
conocimientos, sólo estoy informando. También a vosotros, excelentísimos
señores académicos, sólo os he informado.
De la construcción de la muralla china
La muralla china fue terminada en su punto más septentrional;
avanzando del sudeste y del sudoeste se unió aquí. Este sistema de construcción
parcial se utilizó también en pequeña escala dentro de cada uno de los dos
grandes ejércitos de trabajo, el de oriente y el de occidente. Para ello se
formaron grupos de unos veinte obreros que debían ejecutar una muralla parcial
de unos quinientos metros; un grupo vecino le salía al encuentro con otra
muralla de igual longitud. Pero luego de producida la unión, no se continuaba
la obra al final de estos mil metros, sino que los grupos de obreros volvían a
ser enviados a regiones completamente distintas para la construcción de la
muralla. Naturalmente, quedaron así numerosos claros que sólo se llenaron poco
a poco, con lentitud, algunos sólo después de haberse ya proclamado la
terminación de la muralla. Más aún: se dice que hay huecos que no se llenaron
en absoluto, afirmación que, probablemente, pertenece a las muchas leyendas que
se originaron acerca de la construcción y que al menos para el hombre aislado
no son comprobables por sus propios ojos y con su propio sentido de las
proporciones.
De entrada se creería que hubiera sido ventajoso en todo sentido
construir en forma continua o al menos continuadamente dentro de los dos
sectores principales, ya que la muralla, como se sabe y se divulga, fue
proyectada como defensa contra los pueblos del norte. Pero, ¿cómo puede
defender una muralla construida en forma discontinua? En efecto, una muralla
semejante no sólo no puede proteger, sino que la obra misma está en constante
peligro. Estos fragmentos de muralla abandonados en regiones desoladas, pueden
ser destruidos con facilidad, una y otra vez, por los nómadas, sobre todo
porque éstos, atemorizados por la construcción, cambiaban de residencia con
asombrosa rapidez, como langostas, por lo que, probablemente, tenían mejor
visión de conjunto de los progresos de la obra que nosotros mismos, sus
constructores. A pesar de ello, la construcción no pudo realizarse sino como se
hizo. Para comprenderlo hay que considerar lo siguiente: la muralla debía
convertirse en protección por los siglos; la ejecución más minuciosa, la
aplicación de la sabiduría arquitectónica de todas las épocas y pueblos
conocidos, el permanente sentido de responsabilidad de los constructores, eran
ineludibles condiciones previas al trabajo. Si bien para las tareas inferiores
podían utilizarse ignorantes jornaleros del pueblo, hombres, mujeres, niños,
cualquiera que se ofreciese por una buena paga, ya para la dirección de cuatro
jornaleros se necesitaba un hombre inteligente, versado en el arte de la
construcción, capaz de sentir en la profundidad de su corazón de qué se
trataba. Y cuanto más elevada la misión, mayores las exigencias. Tales hombres
se hallaban realmente disponibles, quizá no en la cantidad que se hubiera
podido emplear en esta obra, pero de todos modos en gran número.
El trabajo no había sido abordado con ligereza. Cincuenta años
antes de su iniciación, en toda la China, que debía ser amurallada, la
arquitectura, y en especial la albañilería, se declaró ciencia principalísima,
y todo lo demás se reconoció sólo en cuanto se vinculara con ella. Recuerdo
todavía muy bien cómo de niños, apenas seguros sobre los pies, nos hallábamos
en el jardincito del maestro; cómo el maestro se arremangaba la túnica y se
precipitaba contra la pared, derribándolo todo, naturalmente, y nos hacía tales
reproches por la debilidad de nuestra obra que, berreantes y a la desbandada,
corríamos a refugiarnos en nuestras casas. Un suceso minúsculo, pero
demostrativo del espíritu de la época.
Tuve la suerte de que a los veinte años, justamente al aprobar
el examen final de la escuela primaria, comenzara la construcción de la
muralla. Y digo suerte, porque muchos que antes habían alcanzado el grado
máximo dentro de la preparación que les era accesible, no supieron durante años
qué hacer con sus conocimientos y, con la cabeza llena de grandiosos proyectos,
vagaban inútiles y se malograban. Pero aquellos que finalmente llegaban a la
obra como conductores, así fuera de último rango, eran verdaderamente dignos de
su misión. Se trataba de albañiles que habían reflexionado mucho acerca de la
obra, que nunca terminaban de meditar sobre ella y que, desde la primera piedra
hundida en la tierra, se sentían consubstanciados con la empresa. A tales
albañiles los impulsaba, paralelamente a la ambición de realizar un trabajo
escrupuloso, la urgencia de ver levantarse la obra en toda su integridad. El
jornalero no conoce esa impaciencia, lo mueve la paga; también los conductores
superiores, y hasta los de mediana jerarquía, ven lo bastante del progreso de
la construcción en sus múltiples aspectos para conservar la fortaleza de ánimo.
Pero hubo que velar en otra forma por los de abajo, espiritualmente muy por
encima de su misión, ínfima en apariencia. No podía, por ejemplo, tenérselos
durante meses y años colocando piedra tras piedra en una región montañosa,
deshabitada, a centenares de millas de su país; la falta de aliciente de una
labor que, ni aun cumplida empeñosamente y sin interrupción durante una larga vida,
permitía vislumbrar la meta, los hubiera desesperado y, sobre todo, disminuido
en su capacidad de trabajo. Por eso se eligió el sistema de construcción
parcial.
Quinientos metros podían terminarse aproximadamente en cinco
años; entonces, es natural, los conductores solían estar agotados; habían
perdido toda confianza en sí, en la obra, en el mundo. Se los enviaba, pues,
lejos, lejos, cuando se hallaban todavía exaltados por las fiestas con que se
celebraba la unión de una muralla de mil metros. Durante el viaje, veían aquí y
allá levantarse murallas parciales terminadas; pasaban por los campamentos de
jefes superiores, que los regalaban con distintivos honoríficos; oían el
jubiloso entusiasmo de nuevos ejércitos de trabajo que fluían desde el fondo de
los países, veían talar bosques destinados a los andamios, reducir montañas a
sillares, y oían en los santuarios el cántico de los fieles que imploraban la
culminación de la obra. Todo esto morigeraba su impaciencia. La pacífica vida
en el terruño, donde pasaban un tiempo, los fortalecía; la espectabilidad de
que gozaban los constructores, la crédula humildad con que se oían sus relatos,
la confianza que el ciudadano simple y callado depositaba en la futura
terminación de la muralla, todo esto templaba las cuerdas del alma. Como niños
eternamente esperanzados, se despedían; el ansia de trabajar en la obra del
pueblo se hacía indomeñable. Se alejaban de la casa antes de lo necesario;
media aldea los acompañaba largo trecho. En todos los caminos, grupos,
gallardetes, banderas; nunca habían visto qué grande, rico, hermoso y digno de
ser amado era su país. Cada campesino era un hermano para el que se construía
una muralla de protección y que, con todo cuanto poseía y era, agradecería de
por vida. ¡Unidad! ¡Unidad! Pecho junto a pecho, una guirnalda de pueblo,
sangre no constreñida a la mísera circulación corporal sino que rodaba
dulcemente, aunque retornando siempre, a través de la China interminable.
En primer lugar, hay que reconocer que en aquel tiempo se
consumaron empresas apenas inferiores a la construcción de la torre de Babel,
pero que representan, en cuanto a complacencia divina, según los cálculos
humanos al menos, justamente lo contrario de aquella obra. Lo menciono porque
en los primeros tiempos de la construcción un sabio escribió un libro en que
establecía claramente tales comparaciones. Trataba de demostrar que si la
erección de la torre no llegó a cumplirse, no fue por las causas generalmente
admitidas, o que, por lo menos, entre estas causas conocidas no se hallaban las
principales. Sus pruebas no sólo consistían en escritos y crónicas, sino que
afirmaban haber hecho investigaciones en el terreno mismo, y haber comprobado
que la obra fracasó y debía fracasar por debilidad de los cimientos. Por cierto
que en este aspecto nuestra época aventajaba en mucho a tales edades remotas.
Casi cada contemporáneo instruido era albañil de profesión e infalible en
materia de cimientos. Pero el sabio ni siquiera apuntaba hacia allí, sino que
afirmaba que sólo la gran muralla, por primera vez en los anales de la
humanidad, procuraría cimientos seguros para levantar una nueva torre de Babel.
Es decir: primero la muralla; luego la torre. El libro se hallaba entonces en
todas las manos, pero reconozco que aun hoy no comprendo bien cómo se imaginaba
esta construcción. ¿Cómo la muralla, que ni siquiera era una circunferencia,
sino tan sólo un cuadrante o media circunferencia, había de proporcionar los
cimientos para una torre? Sólo podía tener un sentido espiritual. Pero, ¿para
qué entonces la muralla, que era algo real, producto de los sacrificios y vidas
de centenares de miles? ¿Y para qué se habían dibujado en la obra planos
—ciertamente nebulosos— de la torre, y efectuado cálculos, hasta en los
pormenores, de cómo debían sumarse las energías populares en la nueva y
poderosa construcción?
Había entonces tanta confusión en las cabezas —este libro es un
simple ejemplo—, tal vez precisamente porque tantos procuraban unirse en un
solo propósito. La criatura humana, frívola, ligera, como el polvo, no soporta
ligaduras; y si se las impone ella misma, pronto, enloquecida, comenzará a
tironear hasta despedazar murallas, cadenas y a sí misma.
Es posible que ni aun estas consideraciones adversas a la
construcción de la muralla hayan sido pasadas por alto por la Conducción al
decidirse el sistema de construcción parcial. Sólo deletreando las
disposiciones de la suprema Conducción hemos llegado —hablo aquí ciertamente en
nombre de muchos— a conocernos nosotros mismos y a encontrar que sin la
Conducción no habría alcanzado nuestra sabiduría escolar a nuestro
entendimiento para el modesto cargo que teníamos en el gran conjunto. En el
cuarto de la Conducción —nadie de los que interrogué supo decirme dónde estaba
y quiénes se sentaban allí—, en este cuarto giraban seguramente todos los
pensamientos y deseos humanos y en círculos contrarios todas las metas y
realizaciones. A través de la ventana caía sobre las manos de la Conducción que
dibujaban planos, el reflejo de los mundos divinos.
Por eso el observador insobornable no alcanza a comprender que
la Conducción, de proponérselo seriamente, no hubiese superado también los
obstáculos que podían oponerse a una construcción parcial. Pero la construcción
parcial era sólo una solución de emergencia e inadecuada. Luego, la Conducción
ha querido algo inadecuado… ¡Extraña conclusión!… Ciertamente, y sin embargo
tiene desde otro punto de vista alguna justificación. En aquel entonces era
máxima secreta de muchos y aun de los mejores: «Trata con todas tus fuerzas de
comprender las disposiciones de la Conducción, pero sólo hasta determinado
límite; allí cesa de reflexionar.» Máxima muy juiciosa que, por lo demás, había
de tener nueva expresión en la parábola muy repetida más tarde: «No porque
pueda dañarte, cesa de reflexionar, pues tampoco es seguro que pueda dañarte.»
Aquí no se trata de daño ni de no daño. Te sucederá como al río en primavera.
Crece, se hace más caudaloso, alimenta más sustanciosamente la tierra de sus
largas riberas, conserva su propia esencia hasta más adentro del mar, pero se
hace también más semejante y grato a éste… «Hasta allí reflexiona sobre las
disposiciones de la Conducción.» Pero después el río sale de madre, pierde
contornos y figura, hace más lento su curso, intenta contrariar su destino,
formar pequeños mares interiores, daña los campos, y sin embargo, no consigue
mantenerse en sus conquistas, retrocede a su lecho y aun se seca
lamentablemente en la siguiente estación de los calores… «No reflexiones hasta
allí sobre las disposiciones de la Conducción.»
Esta parábola, tal vez muy exacta durante la construcción de la
muralla, tiene valor muy limitado para mi actual informe. Mi investigación es
sólo histórica; los nubarrones desvanecidos hace mucho ya no engendran rayos, y
por ello puedo buscar una explicación de la construcción parcial que vaya más
allá de lo que satisfacía entonces. Los límites que me impone mi capacidad
mental son bastante estrechos; el territorio, en cambio, que habré de
atravesar, es infinito.
¿De quiénes debía protegernos la gran muralla? De los pueblos
del norte. Soy de la China sudoriental. Ningún pueblo del norte puede
amenazarnos aquí. Leemos acerca de ellos en los libros de los antiguos; y bajo
nuestras plácidas glorietas los horrores que cometen nos hacen gemir. En los
cuadros de los artistas, fieles a la realidad, vemos estos rostros de
maldición, desmesuradamente abiertas las fauces, los dientes prontos a
desgarrar y a triturar; los ojos ya bizqueando hacia el botín. Si los niños se portan
mal, les mostramos estas figuras; llorosos se nos arrojan al cuello. Pero eso
es todo cuanto sabemos de los nórdicos. Nunca los hemos visto y si permanecemos
en nuestra aldea no los veremos jamás, por más que fustiguen sus salvajes
caballos y corran a nuestro encuentro… El país es demasiado extenso y no los
dejaría llegar… Por más que corran se perderán en el aire.
Y si es así, ¿por qué abandonamos el terruño, el río y los
puentes, al padre y a la madre; a la mujer que llora y al niño que hay que
educar, y nos alejamos para aprender en la ciudad distante, y nuestros
pensamientos están más al norte aún, junto a la muralla? ¿Por qué? Pregunta a
la Conducción. Ella nos conoce. Ella que empuja y hace rodar sus enormes
responsabilidades, sabe de nosotros, conoce nuestra pequeña industria, nos ve a
todos reunidos, sentados en la choza, y la oración que al anochecer dice el más
anciano en el círculo de los suyos, le es grata o ingrata. Y si me puedo
permitir este pensamiento frente a la Conducción, debo decir que me parece que
ella existía antes y que no se reunió de improviso, como los mandarines que,
incitados por un hermoso sueño matinal convocan a sesión urgente; resuelven, y
ya a la noche hacen batir el parche y sacan a los pobladores de la cama, para
cumplir lo resuelto, aunque sólo sea para organizar una iluminación en honor de
un dios que se mostró ayer favorable al señor, para mañana, apenas extinguidos
los faroles, apalearlos en algún oscuro rincón. Más bien la Conducción existió
desde siempre, lo mismo que la decisión de construir la muralla. ¡Inocentes
pueblos del norte, que creían haberla provocado; inocente y venerable emperador
que creía haberla ordenado! Nosotros, los de la construcción, lo sabemos mejor
y callamos.
Ya entonces, durante la construcción, y más tarde, hasta hoy, me
he ocupado casi exclusivamente de historia comparada —hay determinadas
cuestiones a cuyo nervio sólo se puede llegar con este procedimiento— y
encontré que nosotros, los chinos, tenemos determinadas instituciones sociales
y estatales de claridad y otras de oscuridad inigualables. Siempre me excitó y
todavía me excita, investigar las causas, especialmente las del último
fenómeno; también la construcción de la muralla está afectada esencialmente por
tales cuestiones.
Una de nuestras más vagas instituciones es en todo caso el
imperio. Naturalmente, en la corte, en Pekín, hay alguna claridad acerca de
ella, si bien más aparente que real. También los maestros de derecho del estado
y de historia en las altas escuelas afirman estar minuciosamente informados de
estas cosas y poder trasmitir su conocimiento a los estudiantes. A medida que
se desciende a las escuelas inferiores, desaparecen —es comprensible— las dudas
acerca del propio saber; una instrucción mediocre encrespa montañas alrededor
de algunos dogmas hincados hace siglos, que, por cierto, no han perdido nada de
su eterna sabiduría, pero que permanecen también confusos por toda la eternidad
en medio de esta bruma y de esta niebla.
En mi opinión, precisamente acerca del imperio, debía
consultarse al pueblo, ya que tiene en éste sus últimos puntales. Y aquí
nuevamente sólo puedo hablar de mi propia patria. Aparte de las divinidades
campestres y de su culto, que en tan hermosa variación llena todo el año,
nuestros pensamientos sólo se dirigen al emperador o, más bien, se dirigirían
al actual si lo hubiéramos conocido o hubiéramos sabido algo preciso de él.
Ciertamente, siempre hemos querido informarnos acerca de esto —nuestra única curiosidad—
pero, por extraño que parezca, era imposible averiguar nada, ni por el
peregrino que atraviesa muchos países, ni en los pueblos cercanos o distantes,
ni por los barqueros que no sólo navegan nuestros riachos, sino también los
ríos sagrados. Ciertamente, se oía mucho, pero sin sacar nada en limpio.
Nuestro país es tan grande que ninguna leyenda se aproxima a su
grandeza, el cielo alcanza apenas a cubrirlo, y Pekín es sólo un punto y el
palacio imperial un punto más pequeño aún. Así también el emperador, como tal,
es grande a través de todos los pisos del mundo. Pero el emperador viviente, un
hombre como nosotros, yace a semejanza de nosotros en una cama que, si bien es
de dimensiones generosas, sólo puede ser estrecha y corta. Como nosotros, se
distiende a veces, y si está muy cansado bosteza con su boca de tierno diseño.
¿Pero cómo podíamos enterarnos de ello —miles de millas al sur— si casi
limitamos con las alturas del Tibet? Además, cada noticia, aunque nos
alcanzara, llegaría demasiado tarde, ya anticuada. En torno al emperador se
aglomera la brillante pero oscura multitud de los palaciegos —maldad y
enemistad en ropa de criados y amigos—, el contrapeso en la balanza del
imperio, procurando sacar, con sus flechas envenenadas, al emperador del otro
platillo. El imperio es eterno, pero el emperador aislado, cae; aun dinastías
enteras se hunden finalmente y expiran en un solo estertor. De estas luchas y
sufrimientos jamás se enterará el pueblo; como forasteros, rezagados, están al
final de las repletas callejas laterales, comiendo tranquilamente la merienda
traída, mientras en la plaza del mercado, en el medio, bien adelante, se lleva
a cabo la ejecución de su señor.
Hay una leyenda que expresa bien esta relación. El emperador,
así dice, te ha enviado a ti, al mísero súbdito, a la ínfima sombra que ante el
sol imperial se ha refugiado en la más remota lejanía, justamente a ti, el
emperador te ha enviado un mensaje desde su lecho de muerte. Ha hecho
arrodillar al mensajero y le ha transmitido el mensaje en un susurro; tan
importante era para él que se lo hizo repetir al oído. Con movimientos de
cabeza corroboró luego la repetición. Y ante todos los espectadores de su muerte
—las paredes molestas se retiran y sobre las escalinatas que se extienden a lo
ancho y a lo alto, se hallan en círculo los grandes del imperio—, ante todos
éstos despachó al mensajero. Éste partió en el acto; hombre fuerte, incansable;
adelantando ya un brazo, ya el otro, se abre camino a través de la multitud; si
encuentra resistencia, se señala el pecho donde se halla el emblema del sol; y
logra avanzar con facilidad, como ninguno. Pero la multitud es muy grande, sus
viviendas no tienen fin. Si se abriera el campo libre, ¡cómo volaría!, y pronto
oirías los soberbios golpes de sus puños en tu puerta. Pero, en cambio, qué
inútilmente se afana; todavía se aprieta a través de las estancias del palacio
interior; nunca las superará; y aunque lo lograra, nada se habría ganado;
tendría que luchar escaleras abajo, y si lograra esto, nada se habría ganado;
habría que atravesar los patios; y luego de los patios el segundo palacio que
los rodea; y nuevamente escaleras y patios; y de nuevo un palacio; y así sucesivamente
durante milenios; y si por fin se precipitara desde el último portal —pero
nunca, nunca puede suceder esto— sólo se extendería ante él la ciudad
residencial, el centro del mundo, colmado de su resaca. Nadie consigue pasar
aquí y menos con el mensaje de un muerto… Pero tú, sentado ante la ventana, lo
sueñas cuando llega la noche.
Así, desesperadamente y lleno de esperanzas, ve nuestro pueblo
al emperador. No sabe qué emperador gobierna y hasta hay dudas acerca del
nombre de la dinastía. En la escuela mucho se aprende, pero la inseguridad
general es tan grande en este aspecto que hasta el mejor alumno naufraga en
ella. Emperadores muertos hace tiempo son elevados al trono en nuestros
pueblos; y el que vive ya tan sólo en la canción ha emitido hace poco un bando
que el sacerdote lee ante el altar. Batallas de nuestra más antigua historia se
libran ahora, y con el rostro ardiente se precipita el vecino en tu casa con la
noticia. Las mujeres imperiales, ahítas de comida, entre almohadones de seda,
desviadas de la noble usanza por astutos palaciegos, henchidas de ambición de
poder, violentas en su avaricia, desbordantes de voluptuosidad, siempre
reinciden en sus fechorías. Cuanto más tiempo ha transcurrido, más horribles
lucen los colores, y con gritos de dolor se entera alguna vez la aldea de cómo
hace milenios una emperatriz bebió a lentos sorbos la sangre de su marido. Así
procede pues el pueblo con lo pasado; a los actuales gobernantes en cambio los
mezcla con los muertos. Si alguna vez, quizá una durante una vida humana, llega
casualmente a nuestro pueblo un funcionario imperial que recorre la provincia,
formula en nombre de los gobernantes cualquier exigencia, comprueba las listas
de tributos, asiste a la enseñanza en las escuelas, pregunta al sacerdote por
nuestro comportamiento y resume todo, antes de ascender a su litera, en largas recomendaciones
a la comunidad congregada en su presencia; entonces una sonrisa ilumina todos
los rostros, cada uno mira con disimulo a los demás y se inclina sobre los
niños para escapar a la observación del funcionario. Como, piensa uno, habla de
un muerto como de un vivo, este emperador hace tiempo que está muerto, la
dinastía extinguida, el señor funcionario se burla de nosotros; y hacemos como
si no lo notáramos para no mortificarlo. Pero sólo obedeceremos en serio a
nuestro actual señor; lo contrario sería pecado. Y mientras la litera del
funcionario se aleja de prisa, uno cualquiera, sacado arbitrariamente de una
urna ya desintegrada, se erige con paso retumbante en señor del pueblo.
En forma parecida, las transformaciones estatales y las guerras
contemporáneas afectan poco a nuestra gente. Recuerdo aquí un suceso de mi
juventud. En una provincia vecina, a pesar de ello muy distante, se había
producido un levantamiento. No me acuerdo de las causas y tampoco vienen al
caso. Motivos para levantamientos, los hay allí cada mañana, es un pueblo muy
inquieto. El hecho es que un mendigo, que había atravesado aquella provincia,
trajo a casa de mis padres un volante de los rebeldes. Era precisamente un día
de fiesta; los huéspedes llenaban nuestras habitaciones, en medio estaba el
sacerdote y estudiaba el papel. De pronto, todo el mundo comenzó a reír, la
hoja fue rota en el tumulto, el mendigo que ya había sido objeto de múltiples
regalos, fue sacado de la habitación a empellones y todo el mundo se dispersó y
salió al aire libre para gozar del bello día. ¿Por qué? El dialecto de la
provincia vecina se diferencia del nuestro en forma esencial, lo que se
manifiesta también en determinados giros de la expresión escrita, anticuados
para nosotros. Con leer el sacerdote sólo dos páginas, nuestra decisión estuvo
tomada. Cosas viejas, oídas hace mucho, que ya no dolían. Y aunque —así me
parece en el recuerdo— la vida hablaba horrorosa e irrebatible a través del
mendigo, todos movían la cabeza riendo y no querían oír más. Tan dispuesto se
está entre nosotros a sofocar el presente.
Si de tales fenómenos quisiera deducirse que en el fondo
carecemos de emperador, no se estaría muy lejos de la verdad. Siempre debo
repetirlo: no hay quizá pueblo más fiel al emperador que el nuestro; pero esta
fidelidad no beneficia al emperador. Por cierto que sobre la pequeña columna a
la salida del pueblo está el dragón sagrado y envía desde tiempo inmemorial el
homenaje de su ígneo aliento exactamente en dirección de Pekín; pero Pekín
mismo es para la gente del pueblo más desconocido que la vida del más allá.
¿Existirá en realidad un pueblo en que las casas están una junto a la otra,
cubriendo campos, más extenso que hasta donde alcanza la mirada desde nuestra
colina, y entre cuyas casas hay gente hacinada de día y de noche? Más fácil que
imaginar semejante ciudad nos resulta creer que Pekín y el emperador son una
sola cosa, una nube por ejemplo, plácidamente cambiante bajo el sol en el
transcurso de los tiempos.
La consecuencia de tales opiniones es una vida en cierto modo
libre, sin dominación. De ninguna manera licenciosa; en mis viajes no he
encontrado casi en ningún lugar pureza de costumbres como la nuestra. Pero sí
una vida que no se halla bajo ningún género de leyes actuales, sino que sólo
atiende las exhortaciones y advertencias que nos llegan desde remotas edades.
Me cuido muy bien de generalizar y no afirmo que así suceda
igualmente en los diez mil pueblos de nuestra provincia o en las quinientas
provincias de China. Pero sí puedo afirmar, en virtud de los muchos escritos
que sobre esto he leído, y por mis propias observaciones —especialmente durante
la construcción de la muralla, cuando el material humano daba ocasión de viajar
a través de las almas de casi todas las provincias—, en virtud de todo esto tal
vez pueda decir que la idea predominante acerca del emperador ofrece siempre y
en todas partes los mismos rasgos fundamentales que en mi pueblo. No quiero
hacer valer esta idea como virtud; al contrario. Es verdad que principalmente
el gobierno es responsable de no haber logrado hasta hoy —o de haber
desatendido este asunto entre otros—, de no haber podido llevar en el imperio
más antiguo de la tierra la institución del imperio a tal grado de claridad que
sus efectos llegaran inmediata y continuamente hasta las más lejanas fronteras.
Por otra parte, hay en ello una debilidad de la imaginación o de la fe del
pueblo, incapaz de atraer el imperio, sacándolo de la abyección de Pekín, para
apretarlo, vivo y actual, contra su pecho de súbdito que no desea otra cosa que
experimentar por fin este contacto y perecer en él.
Esta concepción no es pues una virtud. Tanto más llamativo es
que precisamente esta debilidad parezca constituir uno de los más importantes
medios de unión de nuestro pueblo y, si me puedo aventurar a tanto en la
expresión, que sea realmente el suelo sobre el cual vivimos. Fundar aquí
ampliamente una crítica, no sólo significaría zamarrear nuestras conciencias,
sino también nuestras piernas, lo que sería mucho más grave. Por eso no quiero
ir por el momento más allá en la investigación de este problema.

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