© Libro N° 3938. Vagabundo Del Espacio. Brown, Fredric. Colección E.O. Julio 1 de 2017.
Título
original: © Rogue In Space
Versión Original: © Vagabundo Del Espacio. Fredric
Brown
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Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
VAGABUNDO DEL ESPACIO
Fredric Brown
I
No se le podía llamar por ningún nombre, porque no tenía nombre.
Ni siquiera conocía el significado de nombre, o de cualquier otra palabra. No
tenía lenguaje, puesto que jamás había estado en contacto con cualquier otro
ser viviente en los miles de millones de añosluz de espacio que había
atravesado desde las lejanas profundidades de la Galaxia, y en el incontable
espacio de tiempo que duraba su viaje cósmico. Todo cuanto sabía o había sabido
siempre, era que constituía el único ser viviente en el Universo.
No había nacido, puesto que no había otro igual a él. Era un
trozo de roca poco mayor de una milla de diámetro, flotando libre en el
espacio. Existen miríadas de tales pequeños mundos; pero todos son materia
muerta, inanimada. Pero él tenía conciencia, era una entidad. Una combinación
accidental de átomos en moléculas habían hecho de él un ser viviente. Para
nuestro conocimiento presente, tal accidente ha ocurrido solamente dos veces en
el infinito y en la eternidad; el otro ocurrió en la materia primigenia de la
Tierra, cuando los átomos de carbono formaron la vida sensible que se
multiplicó y evolucionó después.
Las esporas de la Tierra, se trasladaron a través del espacio y
sembraron la vida en dos planetas próximos, Marte y Venus y cuando un millón de
años más tarde el hombre puso los pies en esos planetas, encontró en ellos una
vida vegetal; pero tal vida vegetal, aunque había evolucionado de forma
completamente diferente de la de la Tierra, tal y como el hombre la conocía, se
había originado, no obstante, en el planeta madre. En ninguna parte, excepto en
la Tierra se había originado la Vida para evolucionar y multiplicarse.
La entidad procedente de las lejanías cósmicas de la Galaxia no
se multiplicó.
Permaneció como una entidad solitaria y única. Ni evolucionó,
excepto en el sentido de que su conocimiento y su conciencia comprensiva
evolucionaron aumentando tales facultades. Sin órganos sensoriales, aprendió a
comprender sus principios y su mecánica y cómo hacer uso de ellos para moverse
en el espacio libremente y a hacer muchas otras cosas.
Podría llamársele una roca pensante, un planetoide sensitivo...
O igualmente un tránsfuga, en el sentido biológico de la palabra; y que en
realidad era una variación artificial de la materia.
Podría ser llamado, en fin, un vagabundo del Espacio.
Deambulaba por el espacio sin fronteras; pero no buscando otra
clase de vida, otra conciencia, ya que desde siempre había asumido la certeza
de que ninguna otra existía.
Y no se creía solo, ya que carecía del concepto de la soledad...
También ignoraba los conceptos del bien y del mal, ya que un ser
solitario no puede conocer ni lo uno ni lo otro; la Moral, surge de una actitud
hacia los demás. Carecía también del concepto de emoción, poseyendo solamente
un constante deseo de incrementar su conciencia y su conocimiento, y que podría
denominarse curiosidad. En tal caso, sí que podía atribuírsele un estado
emotivo.
Y súbitamente, tras centenares de millones de años, aunque jamás
joven ni viejo, se encontró aproximándose a un pequeño Sol amarillo con nueve
planetas girando a su alrededor en órbitas elípticas.
Tal y como existen muchísimos otros en el Universo sin límites.
II
Le podríamos llamar Crag, puesto que era el nombre que usaba y
le vendrá muy bien como nombre. Era un ladrón y un criminal asesino. Una vez,
fue un hombre del espacio, de cuyo recuerdo le quedó una mano de metal. Eso y
el gusto por los licores exóticos, además de una horrible aversión por
cualquier clase de trabajo, podría resumir fácilmente el retrato somero de
nuestro personaje.
El trabajo habría sido una cosa fútil para él en cualquier caso;
habría trabajado quizás una semana en cualquier faena criminal sólo para
pagarse una francachela o cualquier licor que de por sí hiciera la vida digna
de vivirse. Sabía distinguir perfectamente el bien del mal; pero no le
preocupaba ninguno de ambos conceptos, ni en el valor de un grano de arena de
los desiertos de Marte. Tampoco se sentía solitario; porque se había hecho a sí
mismo autosuficiente como para aborrecer al resto del género humano.
Especialmente ahora, que le tenían bien sujeto. De todos los
lugares, allí en Alburquerque, el centro de la Federación, era seguramente el
más difícil de cuantos existían para dar cualquier golpe, en los cinco planetas
conocidos. Alburquerque, donde la justicia era más deshonesta que el crimen,
era un lugar donde un criminal no tendría la menor oportunidad de realizar
cualquier trabajo, a menos que no formase parte de la máquina. Los que
realizaban trabajos, por su cuenta, independientemente, eran indeseables y
duraban poco tiempo. Nunca debió haber ido allí; pero había sido tentado para
hacerlo como cosa segura y había aceptado aquella oportunidad. Después supo que
el elemento que le indujo a venir a Alburquerque formaba parte de la maquinaria
en acción y que el señuelo que le tendieron fue para atarle y encadenarle a la
ciudad. No había tenido tiempo aún de entrar en posesión del trabajo que le
habían ofrecido - si es que tal trabajo existía - y era posible que sólo
existiese en la imaginación del agente secreto que le tendió el lazo. Le fueron
a recoger al aeropuerto. Le encontraron en el bolsillo casi una onza de neftín,
escondida en el doble fondo de un paquete de cigarrillos.
Los cigarrillos fueron entregados por un vendedor comunicativo y
hablador que había tomado asiento junto a él en el avión, como una muestra
gratuita de una nueva marca que su Compañía estaba introduciendo en el mercado.
El neftín era un mal asunto, la posesión de la droga, incluso habiendo sido
adquirida, constituía una gravísima ofensa a la ley. Había sido una jugarreta y
ahora le tenían bien cogido de pies y manos.
Sólo quedaba pendiente un detalle; el de si iría a cumplir una
condena de veinte años a la colonia penal de Calisto, o le enviaban al
psicógrafo.
Permanecía sentado en el catre de su celda, tratando de imaginar
qué le ocurriría.
Existía entre ambas cosas una gran diferencia. La vida en el
penal, a fin de cuentas, era mejor que estar muerto, y siempre existía la
posibilidad de evadirse. Pero la idea de ser llevado al psicógrafo, le
resultaba espantosa e intolerable. Decidió que se suicidaría antes de que le
condujesen al endemoniado aparato, o trataría por todos los medios de escapar
para que le matasen en el intento.
En fin de cuentas, la muerte era algo con. lo que un hombre de
valor puede encararse y soltarle una carcajada en sus mismas fauces. Pero
frente al psicógrafo, no. No, en la forma en que Crag lo consideraba. La silla
eléctrica de unos cuantos siglos atrás, se limitaba sencillamente a matar a un
hombre instantáneamente; pero el psicógrafo era algo mucho más horrible. El
aparato, ajustaba a su víctima, a menos que no se volviera loca.
Estadísticamente, una vez de cada diez, producía la locura total
y por tal razón se usaba sólo en raras ocasiones, ya que los crímenes
castigados con la pena de muerte habían quedado atrás en los días en que
existía la pena capital. Pero incluso para los delitos que incluían la posesión
del neftín no era obligatorio; el juez escogía entre el psicógrafo o la otra
alternativa de sentenciar al acusado a veinte años en la colonia penal de
Calisto.
Crag tembló ante la idea de ser enviado al psicógrafo, puesto
que, habiendo sido perfeccionado y aún contando con la posibilidad de eliminar
la locura, tal pena podría ser aplicada a los delitos de menor cuantía como el
que había cometido.
Cuando el psicógrafo funcionaba bien, convertía en normal al
condenado. Le devolvía a su estado normal, al remover de su mente
descubriéndolos, todos los recuerdos y experiencias que pudieran haberle
conducido a la aberración y al delito. Todos los recuerdos y experiencias,
tanto los buenos como los malos.
Tras pasar por el psicógrafo, el condenado comenzaba una vida
nueva a partir de la nada, prácticamente, en cuanto concernía a su
personalidad. El sujeto recordaba sus facultades y habilidades, sabía cómo
expresarse y alimentarse o cómo ejecutar cualquier trabajo o habilidad
personal.
Pero no recordaba su nombre, ni aún repitiéndoselo mil veces. A
Crag no le hubiese sido posible recordar ni la época en que estuvo en Venus
torturado durante tres días y dos noches, antes de que el resto de la
tripulación le recogiese del poder de los vegetales animados, a quienes
disgustaba la carne y especialmente la del cuerpo humano. Ni recordaría la
época en que fue hombre del espacio, o la ocasión en que permaneció nueve días
sin agua. No le hubiera sido posible recordar nada de cuanto le hubiese podido
suceder en su vida anterior.
Se recomenzaba a vivir a partir de una piltrafa, como una
persona diferente.
Y así, Crag, que podía enfrentarse con la muerte como tantas
veces lo había hecho, no podía concebir el horror de andar vagabundeando,
animado sólo por el espectro que aquella máquina infernal hubiera dejado de su
persona, manejada por un extraño, a quien sin conocer, ya odiaba con todas sus
fuerzas; con el cuerpo que le hubiera dejado aquel extraño y pensando en cosas
en las que él, Crag, jamás hubiera podido pensar.
Sabía que podría hacerlo; pero no era cosa fácil; el arma que
llevaba en su propio cuerpo estaba muy bien adaptada para matar a los demás,
más bien que para suicidarse.
Era preciso tener un valor extraordinario para matarse a sí
mismo con una porra.
Incluso siendo tan eficiente como la mano izquierda de metal que
Crag portaba en su organismo. Mirándose a tal mano, recordaba que nadie podía
jamás imaginar que pesara doce libras en lugar de varias orzas. Puesto que el
metal de que estaba compuesta, tenía la misma coloración que la carne viviente,
era preciso mirarla muy de cerca para darse cuenta de que se trataba de una
mano artificial. Si cualquiera lo advertía, ya que la fabricación de miembros
artificiales hechos de duraloy, se conocía desde más de un siglo, cualquiera
podría suponer que la mano de Crag también estuviera fabricada de aquel metal.
El duraloy era solamente una fracción del peso del magnesio y no mucho más
pesado que una madera corriente.
Pero la mano de Crag, era de duraloy en el exterior; pero estaba
reforzada con plomo y acero interiormente. Era una mano con la que no se podía
enfrentar cualquiera para recibir una bofetada, ni de la forma más suave
posible. Pero una larga práctica había dotado a Crag de la facultad de
emplearla como si en realidad pesara las tres o cuatro onzas que cualquiera
pudiese esperar como peso real de un miembro semejante.
Tampoco podía esperarse que su mano pudiera ser desarticulada,
ya que todas las manos artificiales como la suya, al igual que los pies y
piernas estaban quirúrgicamente bien adaptadas permanentemente al cuerpo de sus
portadores. Era la causa por la que a nadie se le ocurrió quitársela al entrar
en la cárcel. Un cirujano que vivía como renegado de la sociedad en Río, se la
había arreglado así en parte, ya que el miembro había sido fabricado por el
mismo Crag, habiéndosela unido con todos sus tendones y músculos y nervios
hasta formar parte integrante de su propio organismo. Las reacciones
voluntarias funcionaban a la perfección y así, la mano de Crag, era la más
temible de las armas. Un puñetazo bastaba para destruir a cualquier enemigo a
su alcance.
Y era la única arma que Crag llevaba consigo.
Desde la rejilla del techa de la celda una voz le advirtió:
- Su juicio se ha anunciado para las catorce horas. O sea, de
aquí a diez minutos. Esté dispuesto. Crag miró hacia la rejilla y contestó con
una atrocidad. Pero como la mirilla enrejada tenía comunicación en un solo
sentido, nadie la oyó.
Crag se aproximó hacia la ventana y permaneció en pie mirando
hacia la enorme extensión de la ciudad de Alburquerque, la tercera gran ciudad
del sistema solar y la segunda en importancia de la Tierra. Corriendo
diagonalmente a lo largo del sudoeste, pudo apreciar la brillante pista del
gigantesco espacio puerto durante varias millas de distancia.
La ventana no estaba enrejada, sino simplemente encristalada con
una durísima sustancia plástica. Podría seguramente destruirla en parte con la
mano izquierda; pero hubiera necesitado estar dotado de un par de alas para
poder escapar por allí. Su celda se hallaba en el piso superior de un enorme
edificio judicial de la Federación, de treinta plantas de altura.
La pared era una superficie totalmente plana al exterior, en
toda su extensión hasta el piso de la calle, sin nada donde poder asirse. Sólo
cabría el suicidarse desde allí; pero el suicidio podía esperar, mientras
existiese la menor oportunidad de poder ir a la colonia penal, en vez de al
psicógrafo.
Crag odiaba aquella ciudad corrompida, peor en su forma que
Marte City, la ciudad del vicio del sistema solar. Alburquerque no era un
lupanar precisamente; pero constituía el centro de las intrigas entre los
Gremios y la alta clase dirigente. La política se revolcaba literalmente sobre
un campo de estiércol, y todo el mundo, excepto los jefes importantes, caían en
medio, sin importar a qué partido ayudaban incluso tratando de ser neutrales en
política.
La voz procedente del techo anunció nuevamente:
- Ahora tiene la puerta abierta. Continúe corredor adelante,
donde se encontrará al final a los guardias que le escoltarán hasta el
tribunal.
A través del panel plástico de la ventana, Crag captó la lejana
visión, como un destello plateado, de una espacionave que se aproximaba a la
ciudad, pudiendo oír ligeramente en la distancia el potente zumbar de sus
reactores. Aguardó unos segundos hasta que estuvo fuera de su vista.
No podía continuar esperando por más tiempo tampoco, ya que
sabía de cierta forma, que aquella orden era como una prueba. Podía haber
esperado en la celda y forzar a los guardias a venir a buscarle; pero si lo
hacía así, y particularmente si resistía cuando llegasen, tal postura de
resistencia sería debidamente cargada en su contra y sería tomada en
consideración cuando se pronunciase la sentencia. Aquello tal vez pudiera
significar la diferencia entre Calisto y el psicógrafo.
Abrió la puerta de la celda, ya sin el cerrojo y salió al
corredor que recorrió a todo lo largo; era por otra parte la única dirección
posible a seguir. A un centenar de yardas le esperaban dos guardias uniformados
de verde. Iban armados con pistolas de rayos caloríferos y aguardaban a pie
firme su llegada.
Ni ellos hablaron a Crag, ni éste a los guardias. Se apartaron y
le colocaron entre ambos. La próxima puerta se abrió automáticamente conforme
se aproximaron. Crag sabía perfectamente que le hubiera resultado fácil matar a
la pareja de guardias, literalmente de primera mano. Un súbito manotazo con la
mano izquierda dirigido a la frente del guardia de su izquierda y otro rápido
al de la derecha, y ambos habrían muerto sin la menor oportunidad de utilizar
sus armas y sin saber jamás lo que les habría ocurrido. Pero atravesar las
demás barreras de guardias, era otro asunto mucho más peliagudo. Era una
posibilidad demasiado remota para considerarla entonces, antes de haber oído la
sentencia. Así, pues, continuó caminando en calma entre sus dos guardianes y
descendiendo la rampa que bajaba al piso inferior y atravesando diversos
corredores, en dirección a la sala en que se había formado el tribunal que le
juzgaría.
La sala era regularmente grande, aunque en ella sólo había una
docena de personas presentes, incluyendo a Crag y a los guardias que le
custodiaban. Los procedimientos judiciales se habían simplificado
considerablemente bajo los usos de la Federación, aunque, al menos en teoría,
eran imparciales y justos como siempre.
El juez, que vestía un traje de calle propio de un hombre de
negocios, tomaba asiento en una mesa, dando la espalda a una de las paredes de
la estancia. Los dos hombres de leyes, uno para la acusación y otro para la
defensa, ocupaban sendos pupitres, uno a. cada lado de la mesa del juez. Los
cinco miembros del jurado, ocupaban confortables asientos a lo largo de otra
pared. Contra una tercera, el técnico de sonido tenía dispuestos sus aparatos
de registro. La mesa del defensor estaba situada diagonalmente de forma que
diese frente al juez y a los miembros del jurado. No había público ni
periodistas, aunque el juicio no fuese secreto; la totalidad del proceso sería
registrado en bandas magnetofónicas y tras el juicio, las copias precisas
estarían dispuestas para los representantes autorizados de los medios
informativos.
Nada de aquello era nuevo para Crag, ya que había sido juzgado
una vez con anterioridad y en donde resultó libre porque los cinco miembros del
jurado, número necesario tanto para la convicción como para la absolución de
los cargos, decidieron que la evidencia era insuficiente.
Pero una cosa sorprendió notablemente a Crag. El juez era
Olliver. Lo sorprendente de aquello no residía en el hecho de que Olliver
hubiese sido el juez que presidió el proceso anterior contra Crag, seis años
antes, aquello pudo muy bien haber sido una coincidencia, o bien pudo ser
también que Olliver hubiese aplicado, como privilegio de juez, el haber ocupado
la presidencia del proceso, a causa de un previo interés por Crag. Lo realmente
sorprendente era que Olliver estuviese sentado allí como juez, en un caso
cualquiera de delito común. En los seis años transcurridos desde el primer
juicio contra Crag, Olliver se había convertido en un hombre realmente
importante.
El juez Olliver, aunque menos fanáticamente conservador que la
mayor parte de los miembros del Partido Sindical - popularmente conocido por el
«Dorado» - había subido muy alto en tal partido y había sido incluso su
candidato para el puesto de Coordinador de Norteamérica, el segundo puesto de
máxima importancia en la política del sistema solar en la elección de hacía
seis meses. Es cierto que perdió la elección, pero había recogido más votos que
cualquier otro gran Sindicato en el país desde hacía casi un siglo.
Seguramente había debido ganar una posición relevante en el
partido, como para presidir juicios criminales de pura rutina a su elección.
En opinión de Crag y aunque le odiaba como hombre, sentía una
admiración secreta por Olliver. Aunque Crag era un cínico políticamente
considerado, pensó que Olliver estaba más cerca de ser un hombre de Estado que
cualquier otro político del momento.
Creyó que el partido Sindical trataba ahora de elevar a Olliver
a un puesto de prominencia, proponiéndole para la máxima magistratura del
sistema: el Coordinador General del sistema solar en las próximas elecciones.
En Norteamérica, como en Marte, el Partido Dorado tenía una gran mayoría; pero
a través del sistema solar, considerado como un todo, los dos partidos se
hallaban casi igualmente equilibrados en su poder político y el puesto de
Coordinador del Sistema junto con la mayoría de los puestos del Consejo del
Sistema eran cosa que podían ser adquiridos en cualquier elección.
Seguramente que Olliver, al mostrarse en una elección donde las
posibilidades habían sido fuertes contra él, había ganado no obstante, una
oportunidad para optar al puesto máximo, en el que casi estaría seguro de
conquistar a la próxima ocasión.
Por lo que concernía a odiar a Olliver personalmente, la
respuesta yacía en la forma de expresarse que éste tuvo con él, tras el primer
juicio en la conversación privada entre el juez y el acusado y que era de
costumbre sostener al final de un proceso, tanto si el acusado era hallado
culpable o inocente. Olliver había llamado a Crag por nombres que éste no había
podido olvidar.
Y ahora Crag se encontraba otra vez frente a Olliver, sabiendo
que esta vez el jurado le hallaría seguramente culpable y que la designación de
la sentencia recaería simplemente sobre Olliver.
El juicio siguió su pauta con la precisión de un reloj.
Terminadas las formalidades de rigor, las deposiciones de los
testigos repetidas por los aparatos de registro, fueron hechas oír al tribunal
mediante las bandas sonoras correspondientes. La primera correspondía al
capitán de la policía que estaba de guardia en la oficina policial del
aeropuerto. Testificó que justo poco antes de la llegada del avión, había
recibido una llamada telefónica de larga distancia de Chicago. La persona que
llamaba, una mujer, había rehusado dar su nombre, pero le dijo claramente, que
un hombre llamado Crag, a quien describió prolijamente, era uno de los
pasajeros del aparato y que era portador de neftín. Describió la detención y el
cacheo a que sometió a Crag y cómo encontró la droga. Después, en la banda
sonora, se oyó el cuestionario llevado a cabo con Crag por su abogado. Sí, se
había intentado localizar la llamada de Chicago. Supieron que procedía de una
cabina pública, pero no fue posible hallar ninguna pista que condujese a la
identidad del informante anónimo. Sí, la búsqueda había sido perfectamente
legal. Para tales servicios de urgencia, la policía del aeropuerto contaba con
órdenes de detención y cacheo. Solían emplearse allá donde a su juicio fuese
conveniente. En caso de aviso, anónimo u expreso, cualquier pasajero era siempre
detenido y cacheado. No se le producía ninguna molestia si el pasajero se
encontraba inocente de contrabando.
Otros tres miembros del destacamento de la policía del
aeropuerto, declararon relatos similares, todos estuvieron presentes en la
detención y testificaron que el neftín se había hallado en posesión de Crag. El
abogado de Crag no les había hecho preguntas.
Después le tocó el turno a la declaración de Crag. Se le
permitió hacerlo en sus propias palabras y describió cómo al subir al avión
encontró el asiento libre junto a aquel otro pasajero, un tipo alto, elegante y
bien vestido. No hubo conversación alguna entre ellos, hasta que el avión
estuvo próximo a Alburquerque, en que el individuo en cuestión se presentó a sí
mismo como un tal Zacarías y afirmó ser un vendedor de cigarrillos, que viajaba
introduciendo una nueva marca para su Compañía. Estuvieron hablando sobre
aquella nueva marca comercial y tal individuo insistió para que Crag aceptase
un paquete como muestra gratuita de propaganda. Aquel individuo, abandonó el
avión a toda prisa, tras la llegada a destino y estaba totalmente fuera de su
vista cuando la policía detuvo a Crag y le llevó a la oficina del aeropuerto
para cachearle.
A renglón seguido, en el magnetófono apareció el cuestionario
llevado contra Crag por el fiscal. El fiscal falló en haber podido cambiar
cualquier detalle del relato del acusado; pero éste se vio forzado a empeorar
la situación de su caso, al rehusar contestar a cualquier pregunta sobre sí
mismo, aparte del breve episodio que había narrado.
Después, como refutación del relato hecho por Crag, el fiscal
presentó el registro de uno de los testigos, un tal Krable, quien testificó,
tras una somera descripción de Crag, que en efecto, había estado sentado junto
a éste, en el vuelo en cuestión, que no se había presentado bajo el nombre de
Zacarías ni de ningún otro, que no había existido la menor conversación entre
ellos y que desde luego, no había entregado nada a Crag.
Preguntado por el abogado de la defensa, sólo se limitó a
reforzar su declaración recalcando que era un respetable hombre de negocios,
propietario de una camisería, que carecía de antecedentes penales y que su vida
era como un libro abierto.
Posteriormente se procedió a comprobar la presencia de Krable
confrontándolo con Crag. Este estuvo de acuerdo que Krable era el hombre que
había ocupado un asiento vecino en el avión que le trajo a Alburquerque
volviendo a remachar que aquel Krable se había presentado a sí mismo por el
nombre de Zacarías y que le había entregado el paquete de cigarrillos.
Y aquellos fueron todos los testimonios. Mientras Olliver
procedió brevemente a hacer a los miembros del jurado los cargos convenientes
sobre la responsabilidad y la conciencia de su veredicto, Crag se sonreía para
sí, viendo la simplicidad y la perfección de la farsa que se había montado.
De aquella forma, pocas personas en realidad habían sido
precisas. No más de cuatro.
El soplón que le había enviado a Alburquerque. Una persona
encargada de arreglar las cosas para que ocupase el asiento en el avión que
debía ocupar. Una mujer que hiciese una llamada anónima. Y por fin, Krable, que
sin duda sería tan respetable como afirmaba ser, y que debió ser escogido
precisamente por esa misma razón; por tanto el relato de Crag debía sonar a
invención desesperada - como había sonado, según la opinión del propio acusado
en comparación con el relato dado por Krable. Para ser aceptada su defensa,
tendría que haber explicado satisfactoriamente dónde y cómo había obtenido el
neftín, pero la única forma de hacerlo, era en la que ya había explicado.
Los cinco miembros del jurado, desfilaron uno tras otro hacia la
pequeña sala de deliberaciones, junto al tribunal. Estuvieron de vuelta a los
pocos minutos y el representante informó del veredicto unánime: culpable.
El juez Olliver, ordenó que la sala fuese despejada en el acto,
cortándose automáticamente el zumbar de los aparatos de registro. El proceso,
en sí, había terminado. La sentencia era siempre pronunciada tras la
conversación privada acostumbrada entre el juez y el detenido. El juez podía
anunciar su veredicto inmediatamente, o tomar veinticuatro horas para tomar una
decisión formal.
El juicio, para Crag, había constituido una farsa completa. Así
era, y poco a poco fue encontrándose a sí mismo, tenso y a punto de explotar.
La sala del tribunal había quedado vacía, excepto por la presencia de los dos
guardias, el juez y Crag mismo.
- El detenido puede aproximarse.
Crag se aproximó y permaneció en pie rígido ante la mesa del
juez, con el rostro impasible.
- Guardias, pueden abandonar la sala, por favor, permanezcan en
el exterior de la
puerta.
Aquello constituía una sorpresa. Cierto que un juez tiene la
opción de enviar a los guardias al exterior del tribunal o dejarles allí
presentes; pero siempre solían permanecer atentos especialmente cuando se
trataba de la presencia de un individuo peligroso. En el anterior proceso de
Crag, a despecho de que el veredicto había sido la libertad incondicional,
Olliver había hecho que los guardias permanecieran en la sala.
Sin duda, que entonces Olliver debió ver impreso en el rostro de
Crag una furia salvaje, o haberla presentido al menos y había temido provocar
su violencia por las cosas que tenía la intención de decirle. Aquello,
resultaba incomprensible, ya que bajo circunstancias mucho más peligrosas para
él mismo, despedía a la guardia del tribunal.
Crag se encogió de hombros ante la incógnita. Bien, importa
poco, y si Olliver declaraba entonces y allí mismo su veredicto y éste era el
psicógrafo, empezaría sobre la marcha matando a Olliver. Después, a los dos
guardias de la puerta y más tarde se lanzaría en busca de la libertad por el
tiempo que pudiera sobrevivir al tiroteo que caería sobre él a renglón seguido
matándole sin piedad alguna.
Sintió cómo se cerraba la puerta tras los guardias y permaneció
aguardando en pie, con los ojos fijos en un punto de la pared por encima y
junto a la cabeza de Olliver. Le conocía muy bien sin tener que mirarle. Un
tipo voluminoso, amplio de hombros, con una poblada cabellera gris acero y una
faz encarnada, que sabía aparecer austera y dura como lo había sido durante el
juicio, o agradable y risueña durante sus discursos de la campaña electoral en
la televisión.
Crag no sentía la menor duda de sobre cuál sería la expresión de
la cara de Olliver en aquel momento.
- Míreme, Crag - dijo Olliver. El interpelado le miró y comprobó
una sonrisa sobre los labios del juez.
Con una exquisita suavidad, Olliver prosiguió:
- Oiga, Crag, ¿qué tal le parecería la libertad y un millón de
dólares encima?
El asombro de Crag debió reflejarse en su semblante.
- No me mire así, Crag. No estoy bromeando. Vamos, acerque una
silla, una de esas tan confortables que utiliza el jurado y deje ésa en que ha
estado sentado, tome un cigarrillo y charlemos.
Crag obedeció las instrucciones del juez. Acepó el cigarrillo
con verdadero placer, ya que no le habían permitido fumar en la celda.
- Hable usted. Le escucho.
- Es muy simple - dijo Olliver - Tengo un trabajo que deseo que
usted me haga. Creo que usted es uno de los pocos hombres vivos que tendrían
capacidad para llevarlo a cabo. Si está de acuerdo en aceptarlo, ya puede
contar con la libertad. Si tiene éxito en la empresa, el millón de dólares. Y
tal vez mayor cantidad si continúa trabajando para mí después de eso.
» - Yo no soy un bandido, Crag. Todo lo contrario.
Es una oportunidad para ayudar a la Humanidad; es una ayuda que
me permita elevarla de la decadencia en que está sumida.
- Ahórrese los discursos, juez. Estoy de acuerdo con la libertad
y el millón, si se pone de acuerdo razonablemente. Pero, una pregunta primero.
Todo esto que ha ocurrido ha sido tramado para que tuviera que verme obligado a
trabajar para usted, ¿verdad?
Olliver sacudió la cabeza.
- No. Pero admitiré, que cuando ví por los procesos que usted
iba a ser juzgado, obtuve deliberadamente permiso para presidir el juicio.
¿Puede llamarse a esto una conspiración tramada?
Crag aprobó silenciosamente.
- Lo sospechaba. La evidencia contra usted era demasiado fuerte
y su declaración demasiado débil. ¿Tiene idea de quién pudo instrumentar esto?
Crag se encogió de hombros.
- Tengo enemigos. Los descubriré.
- No - repuso Olliver rápidamente -. Si acepta mi proposición,
tiene que jurarme dejar de lado cualquier venganza particular, hasta terminar
la misión que le encargue.
¿Convenido?
Crag pareció luchar consigo y finalmente, aprobó con un gesto.
- De acuerdo. ¿Cuál es la misión?
- Este no es lugar ni el momento para explicárselo. Puesto que
está de acuerdo en llevarlo a cabo y ya que ello necesita una amplia
explicación será mejor que se quede aplazado hasta que sea un hombre totalmente
libre.
- ¿Pero si decido que es demasiado arriesgado y me niego?
- No creo que lo haga usted. Es un trabajo difícil, pero estoy
seguro de que no se volverá atrás por un millón de dólares. Y le repito que
habrá más dinero aún. Me corro el riesgo de que no se arrepienta. Pero hablemos
ahora y cuanto antes de la forma de que quede en libertad, escapándose.
- ¿Escapar? ¿Es que no puede...? - Crag se detuvo, dándose
cuenta de que la pregunta que comenzó a hacer era absurda.
- Escaparse, desde luego. Está usted juzgado como culpable de un
crimen mayor y con una fuerte evidencia en su contra. Si tuviera que dejarle
oficialmente en libertad o aplicarle una sentencia más benigna, sería
irremediablemente denunciado. Yo también tengo enemigos, Crag, todos los
políticos los tienen.
- Está bien, pues. ¿De qué forma puede ayudarme a escapar?
- Ya se han hecho los necesarios arreglos, cuando estén
completados se le dirá lo que tiene que hacer.
- ¿Decírmelo, cómo?
- Por el comunicador de su celda. Un... bien, una persona amiga
mía tiene acceso a los circuitos. Hablando lealmente, debo confesarle que no es
posible arreglar un escape a toda garantía para usted. Haremos de nuestra parte
el máximo y usted pondrá la suya, en el momento conveniente.
Crag hizo una extraña mueca.
- Y si no soy realmente capaz de hacerlo desde aquí, tampoco
sería bueno para hacerlo en el exterior. Así usted no tiene nada que perder si
me matan al escapar. Está bien. ¿Qué sentencia tenía que pronunciar en mi
contra mientras tanto?
- Será mejor si la anuncio dentro de veinticuatro horas, plazo
que tomaré para decidir.
Si lo hago ahora, bien sea para Calisto o para el psicógrafo, se
harían los preparativos para enviarle a usted inmediatamente, bien fuese a un
sitio o al otro. No sé con exactitud con qué rapidez se hacen tales
preparativos, por tanto, es mucho más seguro pronunciar la sentencia con esa
demora.
- Está bien. ¿Y después de escapar?
- Venga a mi casa. El número 719 de la avenida Linden. No llame.
Mi teléfono está intervenido, sin duda alguna.
- ¿Está guardada la casa? - Crag sabía que las casas de los
personajes importantes de la política, solían estar guardadas convenientemente.
- Sí, y no voy a decirle a los guardias que le dejen pasar, ya
comprenderá. Son miembros de mi mismo partido; pero no voy a confiarme hasta
ese extremo. Su problema es burlar su vigilancia. Si no puede hacerlo, sin
ayuda o consejo de parte mía, entonces usted no es el hombre que necesito, o
que yo creo que es. Pero no tire a matar sino en caso extremado. No me gusta la
violencia. - Olliver frunció el ceño -. No me gusta, incluso cuando es
necesaria y para una buena causa.
- No trataré de matar a sus guardias... ni incluso por una buena
causa.
La cara de Olliver enrojeció.
- Es una buena causa, Crag. - Miró de un vistazo por encima del
hombro al reloj de pared de la sala -. De acuerdo, no tenemos tiempo para
continuar. Yo suelo hablar con frecuencia una media hora, antes de
sentenciarlo.
- Ya lo hizo usted aquella otra vez, antes de libertarme, aunque
la decisión del jurado fue la libertad.
- Y usted sabe muy bien por qué. Usted era culpable... aquella
vez. Pero si yo le explicase cual es la causa ahora, no se reiría usted. Estoy
comenzando a crear un nuevo partido político, Crag, que sacará a la totalidad
de este mundo y a todo el sistema solar de la decadencia y la degeneración en
que se halla sumido.
» - Acabará con el soborno y la corrupción adoptando
definitivamente la democracia, tan pasada de moda. Será una nueva creación
política que está a medio camino entre los Sindicatos y los Dorados. Ambos
partidos actuales, representan extremos ridículos, aunque yo forme parte de uno
de ellos. Los Dorados se acercan al fascismo y los Sindicatos al comunismo.
Entre ellos no hay otra salvación posible que volver a la democracia.
- Creo comprender su punto de vista - intervino Crag -. Tal vez
esté de acuerdo con usted. Pero ¿a dónde irá usted con todo eso? Los dos
grandes partidos actuales han hecho de la democracia un trapo mojado y un
objeto de burla, desde hace muchísimo tiempo. ¿Cómo piensa conseguir que el
público la acepte?
Olliver sonrió.
- No le daremos ese nombre, naturalmente. Es la palabra la que
se ha desacreditado, no la idea. Nos llamaremos a nosotros mismos los
Cooperacionistas, representando un curso político medio entre ambos extremos.
Estoy seguro que las dos mitades de los dos partidos actualmente en pugna, y
que desean de corazón un gobierno justo y una política honesta, vendrán a
engrosar rápidamente nuestras filas. Sí, ahora operaremos un tanto bajo cuerda;
pero saldremos a la superficie cuando lleguen las próximas elecciones.
Entonces lo verá usted bien claro. Bien, eso es suficiente por
ahora. ¿Queda todo bien entendido entre nosotros?
Crag afirmó con un gesto.
- Está bien.
Olliver presionó un botón de la mesa y los guardias entraron.
Conforme salía Crag de la sala, oyó que el magnetófono se ponía en marcha y a
Olliver dictando la providencia de que se posponía el pronunciamiento de la
sentencia para pasadas veinticuatro horas.
De nuevo en su celda, Crag comenzó a recorrerla de un lado a
otro impaciente.
Comenzó a pensar en la futura evasión. ¿Incluiría el plan de
evasión, o la tentativa, al menos, de evasión, un cambio de ropas? Se miró la
que llevaba puesta. La camisa podría pasar, si se abría el cuello y se
enrollaba las mangas hasta el codo. Pero los pantalones grises bombachos
gritaban a voces su origen carcelario. Tendría que quitarle los pantalones a
algún guardia y aun así, por buenos que fuesen tendría que preocuparse por
cambiarlos cuanto antes por otros cortos, más bien. Casi todos los ciudadanos
particulares de Alburquerque vestían pantalones cortos de verano.
Se enrolló las mangas y se abrió el cuello y después se detuvo
frente a un espejo de metal incrustado en la pared, estudiándose con ojo
crítico. Sí, podía pasar de cintura arriba. Incluso el cabello corto resultaba
una cosa corriente. Respecto a su rostro, pudo considerarse afortunado. Un
rostro ordinario y corriente, que no tenía aspecto de criminal ni de vicioso,
una cara más bien difícil de recordar. Le había costado mucho dinero tenerla
así, gracias al famoso cirujano de Río de Janeiro, el que se ocupó de su mano
artificial metálica. La cara que tuvo antes del siniestro, había ya comenzado a
ser demasiado bien conocida en el bajo mundo, cosa mucho más peligrosa todavía
que ser bien conocida para la policía.
El cuerpo que soportaba aquella cara también resultaba capaz de
despistar al más inteligente. Ni más alto ni más grueso que el tipo corriente y
medio de individuo, enmascaraba la fuerza acerada de los músculos y la
resistencia de un acróbata, conociendo todos y cada uno de los más difíciles
trucos de la lucha. Crag podía muy bien salir adelante contra cualquier enemigo
utilizando una sola mano, la derecha, a menos que no fuese un caso extremo de
emplear la terrible izquierda. Aquélla era el as oculto en la manga, para casos
de extrema urgencia. Cuando tenía que emplearla, significaba un buen negocio.
Volvió a pasear nerviosamente la celda de nuevo y se detuvo para
mirar por la ventana.
A treinta pisos debajo, se hallaba la libertad. Sólo los tres
últimos pisos superiores constituían la cárcel, de poder burlarlos, todo se
reduciría a tomar el primer elevador a mano, a partir del piso veintisiete
hacia abajo y considerarse comparativamente seguro.
Pero ¿cuáles serían sus oportunidades para salvar aquellos
últimos tres pisos? Mejor incluso que con cualquier ayuda que Olliver hubiera
podido proporcionarle. Una posibilidad contra mil, así es como imaginó que
serían sus posibilidades respecto al proceso.
¡Olliver, precisamente él! Un individuo tan corrompido como
cualquier otro gran pez gordo de la época en la política... Ayudando a un
criminal a escapar... No había duda, que el criminal tendría algo grande que
realizar por él. ¿Existiría tal vez algo de cierto en la historia que le había
contado? ¿Podría realmente actuar impulsado por algún motivo altruista? Crag se
encogió de hombros, dudoso y desconcertado al respecto. Bien, aquello tenía en
el fondo poca importancia.
Pero Olliver le había sorprendido realmente. Se imaginó qué tal
habría sido su cara, de haber oído la sentencia de labios de Olliver en vez de
la promesa de la libertad y un millón de dólares además.
Emitió una risita entre dientes y momentos después, soltó una
fuerte carcajada.
Una voz de mujer, en tono divertido, preguntó:
- Es eso tan divertido, Crag?
Miró súbitamente a la rejilla del techo. La misma voz continuó:
- Sí, ahora se comunica en ambas direcciones, puede usted
responderme. Poca gente lo sabe; pero cualquiera de los celadores de la prisión
puede utilizarlo en ambos sentidos.
A veces la policía desea escuchar cuando viene un abogado a
cambiar impresiones con su cliente. ¿Lo sabía usted?
- ¿Está usted utilizando el comunicador sólo para decirme eso?
- No se impaciente, Crag. Tiene usted tiempo para matar, al
igual que yo. He tomado el control de una cabina de la guardia de vigilancia,
enviándole a hacer una ronda. Estará fuera por lo menos quince minutos.
- Tendrá usted que ser una persona importante para hacer esto.
- No importa lo que yo sea, excepto el hecho de que estoy
ayudándole. No es por su bella cara, Crag, sino porque usted tiene que ser
útil... bien, ya sabe a quien. Cuando vuelva la guardia, iré a visitarle.
- ¿Vendrá usted aquí?
- Sí, para llevarle ciertas cosas que necesitará para escapar.
Mientras esté ahí, activaré el dispositivo que abra su celda, de forma que
pueda entrar fácilmente. Pero no abandone ahora la celda. De hecho, no deberá
salir en media hora después de que haya yo salido.
¿Comprendido?
- Comprendido; conforme - repuso Crag. Y oyó un chasquido en el
cerrojo de la puerta de la celda -. ¿Qué cosas son las que me trae? - preguntó
Crag.
No hubo respuesta y se dio cuenta de que la comunicación había
quedado ya interrumpida. Se sentó en el jergón y esperó. ¿Por qué habría sido
una mujer la asignada a la tarea de ayudarle? Odiaba a las mujeres, a todas las
mujeres. Y ésta se había atrevido a expresarse en tono divertido y
condescendiente.
A poco la puerta se abrió y la mujer entró rápidamente,
cerrándola tras de sí. Sin duda era una persona influyente en la prisión, no
había duda; su severo uniforme era el de jefe técnico del psicógrafo. Los
técnicos psicográficos eran gente importante y había un número reducido de
aquel cuerpo. Para llegar a ser uno de ellos, era preciso obtener diversos
grados y doctorados tanto en Ciencias psicológicas como electrónicas, además de
un fuerte apoyo político. Bien, si se hallaba asociada con Olliver, la influencia
política se explicaba perfectamente.
Aquella mujer no tenía sólo el aspecto de hallarse doctorada en
cualquier Universidad.
Era, además y principalmente, una bella mujer. Ni aún el severo
uniforme, era capaz de ocultar las suaves curvas de su espléndido cuerpo, ni
sus gafas disminuir el encanto irresistible de su hermoso semblante. Sus bellos
ojos, incluso a pesar del leve tinte delcristal de las gafas eran los del más
bello y profundo azul que Crag recordaba haber visto en su vida y sus cabellos,
que se escapaban bajo su gorra de técnico eran de un color de cobre bruñido.
Crag la odió por ser mujer y por ser tan bella, pero en especial, por tener
aquellos maravillosos cabellos, eran exactamente iguales a los que había tenido
Lea.
Deliberadamente, para aparecer más grosero, permaneció acostado
en el jergón. Pero si ella se dio cuenta de su rudeza, no lo demostró en forma
alguna, mientras permanecía frente a él y comenzó a abrir su bolsa de mano. Su
voz se producía breve y con aire de negocios, sin la menor traza ni de
diversión, ni de amistad
- Esto es lo más importante - dijo secamente, echando junto a
Crag y sobre el jergón una pequeña barra de metal -. Llévela en el bolsillo. Es
radioactiva, sin ella, o sin un guardia que tenga una igual, la mayor parte de
los accesos de esta cárcel son trampas mortales.
- Ya sé - repuso Crag con igual sequedad en la voz.
Un papel enrollado fue el siguiente objeto. - Aquí tiene un
diagrama mostrando una salida, que de todos modos, muy probablemente, esté
vigilada por algún guardia. En caso de que lo encuentre...
Una pequeña pistola de rayos fue a renglón seguido el objeto que
le fue entregado por la bella mujer; pero Crag sacudió la cabeza a la vista del
arma.
- No la necesito.
Ella, sin protesta alguna, volvió el arma al saco de mano, como
si en realidad hubiera esperado que Crag rehusara.
- Bien, aquí tiene una placa de visitante. Le servirá para los
tres niveles superiores del edificio. No se permite ningún visitante, sin
guardia que le acompañe; pero una vez que se la ponga, le evitará que los
guardias le hagan preguntas.
Crag tomó el distintivo. En seguida, recibió una hoja fina, como
un papel, de una sierra de durium.
- La utilizará usted para cortar el cierre de su puerta. La
cerraré cuando me marche.
- ¿Por qué?
- Vamos, Crag, no sea estúpido. Esa puerta puede ser cerrada
desde el exterior; pero puede ser abierta sólo desde el cubículo de control. Y
precisamente yo he relevado a la guardia de esa cabina. Si se encuentra su
puerta abierta, se sabrá en el acto que solamente el guardia o yo, hemos
permitido su escapatoria. El será más sospechoso que yo; pero ni aún así, no
deseo en absoluto que recaiga la más pequeña atención sobre mí.
- Si es usted tan cuidadosa en sus asuntos - argumentó Crag -,
¿cómo sabe que no están oyendo ahora nuestra conversación?
- No lo sé - repuso con calma -. Este es un riesgo que no pude
evitar. Bien, ahora, las ropas. Le traje unos pantalones cortos. - Y del saco
de mano extrajo un rollo de tejido brillante que volvió a echar sobre la cama
-. No pude traerle zapatos. - La hermosa mujer miró a los que llevaba -. Esos
que lleva huelen a prisión desde lejos, mejor será que se los quite. El
personal civil suele ir con sandalias e incluso con los pies descalzos en esta
época de verano. Pasará más desapercibido descalzo que con esos zapatos. Ya veo
que se ha preocupado del aspecto de su camisa; pero creo que podré mejorarlo.
Le dejo también unas tijeras, una aguja e hilo, corte las mangas en vez de
llevarlas enrolladas.
¿Podrá usted coser la camisa y embastarla?
- Sí - repuso Crag vacilante -. Pero eso me llevará al menos
veinte minutos más o menos. Deseo más bien salir de aquí cuanto antes.
- Tendrá tiempo para eso, para aserrar el cerrojo y para
memorizar, destruyéndolo después, el diagrama que le di antes. Todo eso en
conjunto no deberá llevarse más de cuarenta minutos y ese tiempo, a partir de
ahora, será la mejor ocasión. No intente salir hasta que oiga sonar la próxima
hora en el reloj, aunque se halle dispuesto antes.
- ¿Y de dinero, qué?
- Bien, aquí tiene cincuenta dólares. No necesitará más, porque
tiene que dirigirse inmediatamente a donde ya sabe. ¡Ah! Y sin beber.
Crag no se molestó en responder. Nunca bebía cuando tenía algún
trabajo que hacer, o en caso de peligro. Ningún criminal sobreviviría mucho
tiempo, bebiendo a destiempo.
- Una cosa más, Crag. El cuello de esa camisa podría disimularlo
de forma que pareciese una prenda de sport. Así. Yo...
Ella se aproximó a la prenda y Crag se apartó vivamente de la
mujer.
- Ya me cuidaré yo mismo.
Ella se puso a reír.
- ¿Me tiene miedo, tal vez?
- No quiero que nadie me toque. Especialmente que lo haga una
mujer. Ahora si eso es todo, puede marcharse.
- Valiente gratitud, Crag... Y respecto a las mujeres... ¿Le
dijo alguna en cualquier ocasión que más bien usted debe ser un chiflado o un
anormal? Bien, al menos, por fin se ha puesto de pie por mí, aunque sólo haya
sido una sola vez.
Crag no respondió tampoco y ella se volvió y salió de la celda.
Crag creyó intuir que ella iba sonriendo. Se oyó el suave click de la puerta al
cerrarse.
Crag no perdió tiempo en mirar a la puerta. Se dirigió vivamente
con la hoja de durium en la mano y aplicó todas sus energías en aserrar el
cerrojo de la celda. Acabó con aquello y con las demás cosas que tenía que
hacer antes de la hora convenida. Estuvo a punto de salir inmediatamente; pero
reconsideró las instrucciones que le habían pasado y esperó impaciente hasta
que sonó la hora en el reloj de la prisión.
Salió sin hacer ruido de la celda y encontró vacío el corredor.
Lo siguió rápidamente y en silencio y lo abandonó cuando su memoria del dibujo
del diagrama que había destruido le mostró dónde seguir. Continuó otro corredor
adelante y bajó una rampa. Justo al aproximarse a otro corredor, se apercibió
dedos pasos de dos guardias que se aproximaban. Retrocedió unos pasos y se
escondió en un hueco de la pared, con la mano izquierda dispuesta a emplearla
como un arma mortífera, si llegaban a su altura. Pero la pareja de vigilancia
siguió otro camino y se alejó. Crag llegó hasta la segunda rampa que recorrió
sin inconvenientes. En aquel nivel, halló nuevos corredores más portales de
acceso; pero ninguna guardia.
Por fin llegó a la última rampa, la que conducía al piso
veintisiete. No muy lejos, tendría entonces algún guardia estacionado en la
puerta final que conducía al elevador.
III
En efecto, había un guardia. Un rápido vistazo a su alrededor al
llegar a la vuelta final le mostró una puerta cerrada con un guardia sentado
frente a ella. Y comprobó muy bien que estaba bien despierto y alerta, aunque
por fortuna dio la casualidad que no miraba en aquel momento frente a él.
Pero se le veía bien despierto con una pistola de rayos
desenfundada y a punto, en la mano, y descansándola sobre las piernas.
Y sobre la pared, sobre su cabeza...
Crag hizo una mueca y se dispuso a utilizar sus terribles manos.
Bien, Olliver, o la mujer, o ambos a la vez, tendrían que saber qué era lo que
había sobre la pared y encima de la cabeza del guardia... un bulbo esferoidal
que sólo podía ser una termocupla, dispuesta para producir una instantánea
alarma a la más mínima elevación de la temperatura. Y con todo, la mujer le
había ofrecido una pistola de rayos caloríferos.
Habría sido un suicidio disparar al guardia con ella. Y si el
guardia tenía tiempo de disparar con la suya, incluso disparándola fuera del
área de la termocupla, no existía la menor duda que el ligero aumento de la
temperatura ambiente sería más que suficiente para correr la alarma general,
incluso fallando el disparo sobre Crag, lo cual resultaría difícil, estando
como estaba a diez pies de distancia.
Pero Crag no retrocedió ni lo pensó más. Cuando apareció a la
vista del guardia, éste no tuvo la menor oportunidad de hacer uso del arma. La
mano mortífera de Crag le aplastó la cabeza de un golpe, antes de poder ni
siquiera apretar el gatillo del arma. No volvería jamás a tener la oportunidad
de volver a hacerlo.
Crag se limpió la sangre en el uniforme del guardia. Después
recogió la pistola del muerto, le borró las huellas y manchó deliberadamente el
cañón con sangre. De todas formas tendrían que saber después quién había matado
al guardia con su propia arma, dejando a la imaginación de la policía el que se
preguntase cómo habría podido ocurrir todo aquello. De todos modos, siempre
echaría una cortina de humo sobre la posibilidad de que le hubiese matado por
el impacto de su mano izquierda.
Después, usando la llave que colgaba del cinturón del guardia,
atravesó la puerta que cerró tras él, sin que funcionara la alarma. Tenía
motivos para agradecer a la mujer todo aquello, de todas formas, ya que sin la
barra radioactiva, no hubiera tenido la menor posibilidad de haberlo llevado a
cabo. Sí, le habían dado una leal oportunidad, a despecho de que también se la
habían proporcionado para echarlo todo a perder, de haber sido tan estúpido
como para haber aceptado y usado la pistola que le ofrecieron o de no haber
sabido hacer desaparecer la barra radioactiva en su debido momento, ya que al
exterior funcionaba en sentido inverso, provocando la alarma en vez de
suprimirla, como ocurría en el interior.
Deshízose de ella tirándola a un receptáculo existente junto al
elevador, antes de pulsar el botón que haría subir el aparato. Pocos minutos
más tarde se hallaba en plena calle, perdido entre la multitud y razonablemente
seguro de cualquier persecución. Las aceras estaban llenas con gentes
escasamente vestidas. Excepto los muy pocos vestidos de uniforme, pocos o casi
nadie se vestían más que con pantalones cortos, camisas de deporte o en forma
de T y sandalias. Muchos hombres iban desnudos de cintura arriba.
También aparecían así muchas mujeres, especialmente las que por
sus encantos personales entendían que valía la pena de hacer uso de aquella
moda extremada. Todas las mujeres que iban descalzas ostentaban unas uñas
extremadamente pintadas con tonos alegres en los pies, sobre todo en oro y
plata.
Una serie de detonantes anuncios luminosos y voces extendía ante
sus ojos y oídos la interminable propaganda furiosa de la época: comer en
Stacey's, vestirse con Trylon, visitar la Casa de los Extraños Placeres, usar
el dentífrico Cobb's, visitar Madam Blaine, beber Hotsy, usar Seguridad y gozar
de seguridad, viajar por Panam, y así como una pesadilla, comprar, beber,
visitar, usar, comprar...
Crag se deslizó en un hotel y en la intimidad privada de un
servicio para caballeros se deshizo de la camisa gris de la prisión, echándola
por el vertedero. No porqué la camisa pudiese verosímilmente llamar la
atención, ni porque la gozase disfrutando de una semi - desnudez, sino porque
el continuar sin camisa le convertía en otro hombre diferente. Los potentes
músculos del tórax y la amplitud de sus hombros le hacían aparecer mucho más
grande y fuerte y al menos veinte libras más pesado.
Cambió un billete de veinte dólares para comprarse unas
sandalias en una tienda próxima al hotel y en un bazar también cercano hizo
otras dos compras más: un reloj barato de pulsera, ya que el que tenía había
quedado junto con sus otras pertenencias en la cárcel, con el cual disimular la
señal dejada en su muñeca y unas gafas de sol, prenda que usaban casi la mitad
de las personas que transitaban por las calles de la ciudad. Por el momento
aquello fue todo lo que pudo hacer a guisa de disfraz, pero resultó suficiente.
Crag puso en duda que incluso los mismos guardias de la prisión
que le habían visto diariamente, pudieran reconocerle ahora, y ciertamente de
ningún modo por una simple mirada casual al pasar junto a él por las calles.
Y entonces, el problema residía en que cuanto antes entrase en
la casa de Olliver, menor sería el peligro que corría. Por entonces, ya habría
sido encontrado el cuerpo muerto del guardia, y se habrían hecho las oportunas
averiguaciones. Su evasión sería conocida sobradamente y estarían buscándole
por todos los medios. Muy bien podrían haber colocado un cordón protector de
policías alrededor de la casa del juez Olliver; como presidente del juicio. Es
cierto que en aquel caso el juez había demorado la sentencia; pero, de todos
modos, lo que había propuesto era la elección entre dos de las formas punibles
máximas que tenía a su arbitrio y de todos modos la policía tendría razón para
evitar una posible venganza por parte de Crag.
También pudieron haber puesto guardias a los testigos que habían
depuesto sus testimonios en la causa seguida, lo que resultaría un extremo
justificado. Crag no tenía nada contra la policía del aeropuerto, quienes le
habían cacheado y testificado el haberle hallado encima el neftín, puesto que
su testimonio había sido honesto. Pero el hombre que le había proporcionado la
droga y después lo había denegado en el tribunal, debería hallarse en la lista
de Crag, aunque podía esperar... y sudar, sabiendo que la policía no iría a
estar guardándole indefinidamente. Así se hallaba igualmente el agente soplón
de Chicago que le había enviado a Alburquerque. Y antes de que muriera alguno
de los dos, Crag podría muy bien tener conocimiento de quién había
instrumentado aquel complot.
Todo aquello podía esperar. Los hombres violentos suelen tener
paciencia y Crag era
ambas cosas.
Tomó un coche de alquiler y le dio una dirección que caía dos
bloques de edificios más lejos que la residencia de Olliver. Pagó al conductor
e hizo la demostración de tocar el timbre de llamada de una casa, mientras el
coche desapareció de su vista, e inmediatamente desapareció por la esquina más
próxima. Entonces, sin prisa, caminó hacia la casa de Olliver haciéndolo por la
acera opuesta. En ella había un guardia en la entrada principal y sin duda
debería existir otro en la parte trasera del edificio; era inútil comprobarlo.
Sin embargo, no se apreciaban otros guardias, ni había coches aparcados en las
proximidades con hombres en su interior.
Siguió caminando y pasó de largo la casa, considerando cuál
sería la mejor forma de entrar en el edificio. La forma más simple sería haber
matado a uno u a otro de los guardias. Bastaba haberse aproximado con el
pretextó de preguntar simplemente si el juez estaba en casa y haber dejado ir
su mortífera mano izquierda.
Pero el procedimiento resultaba desgraciado e inútil, si
pretendía entrar al interior de la casa y mantener una prolongada conversación
con Olliver. Un - policía muerto o perdido, si arrastraba el cuerpo con él,
habría desatado un verdadero ejército de agentes en su persecución, que
insistiendo en la propia seguridad del juez Olliver, le hubiera cazado como una
fiera acorralada.
Dejarse caer por el tejado de la casa, era una posibilidad mucho
más útil, si podía alcanzarlo desde el tejado de la casa próxima. Crag
consideró factible el propósito.
La casa de Olliver tenía tres pisos y era de forma cúbica. Debía
ser bastante espaciosa probablemente con quince o veinte habitaciones; pero
plana y sin complicaciones en la estructura exterior, al menos por lo que pudo
apreciar a simple vista. No iba muy bien para los hombres que aspiraban a
llegar alto en política, vivir ostentosamente, no importando cuanto dinero
podían tener. Si eran amantes del lujo - y la mayor parte de ellos lo eran -,
ocultaban tal deseo de forma menos pública que viviendo en lujosas mansiones.
El público suele creer lo que piensa que ve.
El edificio próximo al de Olliver tenía la misma altura y
aproximadamente la misma conformación, aunque era un edificio de apartamentos,
en vez de una casa de vivienda privada. Crag pudo apreciarlo en su inspección
ocular y constató que los niveles del tejado eran similares, separados por unos
quince pies de distancia. Aquella casa sería su mejor oportunidad, porque la
otra conjunta se hallaba demasiado lejos.
Fuera de la vista de la casa del juez, cruzó la calle y se
dirigió con paso tranquilo hacia ella. Entró en el edificio adyacente y miró
cuidadosamente los buzones del zaguán. Había seis apartamentos, sin duda alguna
dos en cada piso. Los números 5 y 6 se hallaban en el piso alto. Los buzones
mostraban los nombres de los ocupantes y los correspondientes a los
apartamentos 5 y 6 parecían tener poca correspondencia, en especial el número 5
que ostentaba la etiqueta de Mr. Holzauer. Crag utilizó la placa de visitante
que había llevado puesta hasta que había abandonado el edificio de la
Federación y la usó para recoger la llave del buzón. Comprobó que los Holzauer
se hallaban ausentes, las pocas cartas del buzón se hallaban fechadas con
anterioridad a una semana.
Cerró y volvió a echar la llave del buzón. Tomó la escalera y
utilizó el mismo procedimiento para atravesar el vestíbulo que daba acceso al
edificio de apartamentos, sin despertar la menor sospecha. El apartamento
número cinco, coincidía del mismo lado de la casa de Olliver.
Primero, se aseguró de hallarse solo en el apartamento de los
Holzauer con todo cuidado, y después, decidió que esperaría a la noche para
intentar pasar al techo del edificio del juez. Mucha gente solía utilizar los
techos de las casas para tomar baños de sol y resultaría un riesgo demasiado
grave, intentar el paso a plena luz del día.
Para pasar el tiempo, se dedicó a buscar ropas adecuadas,
especialmente un par de «shorts» en buenas condiciones, ya que los que llevaba
le apretaban demasiado y no tenía muy buen aspecto y una camisa que hiciera
conjunto con los pantalones cortos.
Pero no tuvo suerte. Aunque encontró ropas en abundancia,
prefirió más bien haber ido desnudo por la calle que vestirse los ornamentos
que encontró en el piso. A juzgar por las ropas y por una pequeña estantería
repleta de pornografía especializada, resultó obvio que Holzauer y su
compañero, eran un par de repelentes homosexuales. Crag sintió repugnancia por
las ropas afeminadas que halló por doquier y se entretuvo tranquilamente en
desgarrarlas haciéndolas tiras. Y comenzó a esperar, que mientras estaba dedicado
a aquella tarea, el par de maricas volviesen al piso, con objeto de darles la
bienvenida apropiada. Pero no lo hicieron y se contentó con aumentar la pila de
desgarrados tejidos que, junto con la pornografía, llegó a formar un imponente
montón de confetti con los libros destrozados. A Crag le repugnaban los
homosexuales.
No encontró ni dinero ni joyas. Pero aquello le tuvo sin
cuidado, con un millón de dólares en perspectiva. Y con toda seguridad, Olliver
le anticiparía el dinero que necesitara para sus gastos. Era el tiempo para
pensarlo todo, mientras existiera la luz del día. Estudió detenidamente la casa
de Olliver desde una de las ventanas del apartamento, y después desde la otra.
No había duda que existía una puerta de acceso en el tejado; pero cerrada
mediante un cerrojo desde el interior, como suelen estarlo esa clase de
accesos, y resultaría difícil abrirla sin herramientas especiales y sin hacer
ruido. Pero sobre el tercer piso se abría una ventana en todo lo alto.
Colgándose del filo del tejado, sería posible deslizarse por ella con relativa
facilidad.
Mientras estudiaba el acceso y medía a ojo la distancia
correspondiente, oyó unos coches detenerse en la calle y se desplazó
ligeramente hacia la ventana de la esquina del apartamento para ver lo que
sucedía.
Comprobó la existencia de dos coches aparcados frente a la casa
de Olliver. De uno de ellos, salieron cinco policías y cuatro del otro.
Caminaron apresuradamente hacia la casa del juez y dos de ellos se dirigieron
hacia la parte trasera del edificio. Los cinco restantes lo hicieron hacia la
puerta principal. En uno de los coches, había permanecido un hombre que asomó
la cabeza por la ventanilla llamando a alguno de los policías, y Crag, con
sorpresa, comprobó que se trataba del propio Olliver.
Así, pues, se explicaba el porqué habían triplicado
inmediatamente la guardia de la casa. Mientras Olliver no se hallaba en el
hogar, habían dejado el edificio relativamente sin vigilancia. Y entonces, la
casa se convertía en una trampa para Crag, si se decidía a entrar en tales
condiciones, cualquiera que fuesen los medios que emplease.
¿Le habría engañado Olliver? Crag lo pensó por unos instantes.
para descartar tal idea inmediatamente. ¿Qué habría ganado el juez con
organizar su evasión para organizar tan pronto su captura? No, aquello tuvo que
ser una idea de la propia policía y Olliver tuvo que haber fracasado en la idea
de disuadirles de que le protegieran en tal medida. Olliver no llegaba en su
autoridad hasta controlar las fuerzas de la policía. Sin duda tuvo que haber
imaginado que Crag no habría entrado aún en su domicilio.
Y Crag se felicitó a sí mismo por no haber cometido semejante
error.
Quedándose en pie, alejado un tanto de la ventana como para no
ser visto y poder observar a su vez, esperó y vigiló cuidadosamente.
Transcurridos unos veinte minutos, tiempo suficiente como para haber realizado
una cuidadosa búsqueda por toda la casa, los nueve hombres salieron del
edificio. Crag los contó cuidadosamente para estar seguro de que no había
quedado ninguno dentro. Continuaban solamente los dos guardias anteriores, uno
a cada extremo de la casa.
Olliver salió finalmente del coche, habló algo a uno de los
policías brevemente y se dirigió en seguida hacia la entrada principal,
entrando en la casa, sin duda, aunque Crag no podía ver desde donde estaba la
puerta de acceso principal del edificio.
La policía volvió a ocupar los dos coches y se marchó. Uno de
los vehículos dio un giro completo en la calle y se quedó aparcado a algunos
bloques de edificios de: distancia. De pronto, pareció que nadie había en su
interior y sin duda el conductor tuvo que haber utilizado el dispositivo que
activaba las ventanillas de forma que nada se viese desde fuera. El coche no
ostentaba signo alguno de la policía y desde aquel momento, podía pasar
perfectamente por cualquier vehículo particular vacío que permanecía aparcado
en el bordillo de la acera.
Por encima de su cabeza oyó súbitamente el zumbido de un
helicóptero. Crag lo oyó un rato, lo suficiente para estar seguro de que se
dedicaba a trazar círculos por la vecindad, y que no pasaba encima por
casualidad. Soltó un juramento irritado. El helicóptero, con una amplia visión
de todos los tejados del bloque de edificios constituía un serio obstáculo para
entrar en la forma que había planeado en la casa del juez Olliver.
Pero entonces no era cosa, después de todo, de preocuparse
demasiado sobre el particular, ya que su plan debería llevarlo a cabo cuando
cayese la oscuridad de la noche y para entonces la situación debería haber
cambiado. Una mirada a su reloj de pulsera le mostró que la oscuridad llegaría
en dos horas. Decidió, pues, tomarse un sueño de un par de horas; había sido un
día muy duro y tenía a la vista el preludio de una noche difícil. O quizás no
llegase la noche para él, si era descubierto, ya que no estaba decidido a que
le cogiesen vivo.
Crag estaba lo suficientemente entrenado como para dormir en
cualquier lugar y bajo cualquier circunstancia y despertarse en el momento
justo, al menor ruido. Miró con repugnancia a la cama excesivamente ornamentada
de los aberrantes inquilinos del apartamento, y decidió dormirse en un cómodo
sillón. Se durmió al instante, con un sueño profundo; pero con un sexto sentido
alerta, como para estar despierto al menor ruido de una llave que abriese el
piso o cualquier otro, que le pondría en pie al instante.
No le despertó ningún ruido. Transcurridas las dos horas, se
despertó súbitamente, como un gato. De pie y desperezándose siguió oyendo al
helicóptero que continuaba trazando círculos sobre la vecindad. Una rápida
mirada por las ventanas, le mostró que los dos coches continuaban aparcados en
la misma forma que habían quedado anteriormente.
Y además, que aun siendo ya de noche, brillaba una hermosa luna.
Por el ángulo de las sombras, calculó que la luna se hallaba aproximadamente a
medio camino entre el cenit y el horizonte, y calculó serenamente si le
resultaría posible esperar hasta que se hubiera puesto, para aprovechar la
completa oscuridad de la noche. Pero tal cosa podía poner las cosas mucho más
difíciles. Sin luz de la luna, el helicóptero resultaría casi inútil, incluso
en el caso de utilizar un reflector que sólo podría cubrir una reducida zona de
iluminación. Pero entonces, con la luna tal y como estaba, los guardias sólo se
dedicarían a la vigilancia de los tejados. Era mucho más fácil burlar la
vigilancia del helicóptero cargado de policías que un desconocido número de
policías diseminados por los tejados de las casas circundantes.
Incluso el propio helicóptero tenía de por sí un ángulo muerto
de visión, la zona que caía directamente debajo del aparato, siempre que
permaneciese cerniéndose sobre la casa de Oliver, en lugar de dar vueltas y más
vueltas. Crag rebuscó en un armario y encontró un espejo de mano y una lima de
uñas. Por el cuarto de estar, saltó por la escalera hasta el techo
entreabriendo la puerta plana de acceso al tejado. Los vigilantes del
helicóptero no encontrarían nada de anormal viéndole allí, ya que muchas personas
subían al tejado para respirar algún fresco en noches tan cálidas como la del
verano en la ciudad. El aire era muy cálido y sin duda debería haber muchas
personas en tales condiciones y la mayor parte de los accesos a los tejados
abiertos en igual forma. De hecho, muchas personas descansaban e incluso
dormían en el tejado para respirar un poco de aire fresco. Crag utilizó el
espejo, variándolo en los ángulos más diversos para comprobar la presencia de
otras personas en los tejados próximos. No vio a nadie por el momento en la
vecindad, probablemente por evitarse la molestia de soportar el molesto ruido
del helicóptero zumbando continuamente por los alrededores. Siendo así, la
presencia del aparato más bien constituía una ventaja que lo contrario, e incluso
para poder disimular cualquier ruido que pudiera hacer en su intento de saltar
a la casa de Olliver.
Puso el espejo plano sobre el tejado y fue siguiendo los
movimientos sucesivos del helicóptero, durante algún tiempo. Por lo que pudo
calcular, el aparato volaba entre noventa a cien pies de altura y manteniendo
constantemente la misma altitud. La mayor parte del tiempo volaba trazando un
círculo, teniendo como centro la casa de Olliver y con un radio de
aproximadamente la mitad de un bloque de casas. Pero de vez en cuando, bien
fuese que el piloto quisiera variar la monotonía del vuelo o bien para cambiar el
ángulo de observación, comenzaba a volar haciendo la figura de un ocho con la
casa de
Olliver en el centro de la figura. Crag observó cuidadosamente
para ver la frecuencia de aquella forma de volar en ocho, y la hacía una vez de
cada cuatro, lo que significaba que el aparato volaba con autopiloto y que tal
sistema de vuelo funcionaba automáticamente.
Si aprovechaba uno de los momentos en que tenía el aparato
directamente sobre su cabeza y se decidía a dar el salto en el momento justo,
disponía de unos cuantos segundos durante los cuales podría saltar y colgarse
del alero, penetrando así por la ventana más próxima. Era un trabajo rápido y
calculando los segundos por fracciones. A ojo calculó el número de pasos. Había
seis desde la compuerta del techo hasta el borde del tejado y calculó que con
la fuerza adquirida podría dar el salta en el vacío y cubrir los quince pies de
distancia.
Esperó a que el aparato volviese a trazar por tres veces la
figura del ocho y aprovechó una de ellas en que el helicóptero se aproximaba
detrás de él, el momento más exacto y seguro para dar el salto. Y se dejó ir.
Corrió rápidamente los seis pasos desde la compuerta del tejado hasta el borde
del alero. Con una agilidad gatuna se quedó sólidamente colgado del alero de la
casa de Olliver. Maniobró lo suficiente como para correr justo encima de la
ventana del piso superior más próxima, se sujetó con una de las manos,
aprovechando la derecha y con la terrible fuerza de su izquierda hizo saltar el
marco de la ventana. A los pocos instantes se encontraba dentro de la casa, en
seguridad. Una maniobra propia de un acróbata o de un Crag. Permaneció quieto
dentro de la ventana escuchando al helicóptero hasta estar seguro de que
continuaba sus vuelos de rutina en igual forma y de que el piloto no había
dispuesto otra cosa para bajar y observar algo que le hubiera podido parecer
alarmante.
Crag no creyó que hubiese guardias en el interior de la casa,
sino más bien sirvientes, y, por tanto, no tomó precauciones especiales. Apartó
sus ojos de la luz de la luna y los fue acostumbrando a la oscuridad de la
habitación, que resultó ser un dormitorio desocupado. Poco después salió hacia
un corredor aún más oscuro. Encontró la escalera y descendió sigilosamente. No
encontró luces en el segundo piso y continuó bajando hacia el primero. El
corredor de aquella planta aparecía ligeramente iluminado, notando pronto que
por debajo de una de las puertas, surgía un haz de luz más potente, al pie de
la escalera y en el vestíbulo de la planta baja. Se dirigió hacia dicha puerta
y permaneció en pie unos instantes frente a ella escuchando. Oyó dos voces
distintas, la de Olliver y la de una mujer; pero la puerta era demasiado pesada
y no le resultó posible entender claramente lo que se hablaba en el interior de
aquella habitación.
El hecho de que allí se encontrase una mujer le hizo vacilar.
Pero Olliver le había ordenado claramente venir a la casa y le estaba
esperando; de haber una mujer con él, sin duda tenía que merecer toda su
confianza, como lo había sido sin duda el jefe técnico del psicógrafo.
Crag abrió la puerta y entró decididamente en la habitación.
Olliver estaba sentado tras una maciza mesa de caoba. Abrió los
ojos sorprendido en cierta forma al ver llegar a Crag.
- ¡Buen Dios, Crag! - dijo -. ¿Cómo pudo usted hacerlo? No pensé
nunca que vinieran a poner vigilancia en esta casa, ya que no le había
sentenciado. Pero insistieron en hacerlo.
Pensé que se habría escondido durante una semana por lo menos...
Pero los ojos de Crag, tras haber mirado a Olliver fueron hacia
la mujer que le acompañaba. Le pareció familiar en cierta medida; pero a
primera vista no pudo localizarla bien, a despecho de sus hermosos cabellos de
cobre dorado que ahora se hallaban libres de la gorra de uniforme y por la voz;
sus ojos le miraban con cierto aire de hallarse divertida ante su vista. Se
dirigió al hombre sentado tras la mesa de despacho.
- Ya te dije que vendría esta noche, Olliver, y tú te reíste de
mí. ¿No crees que ahora me toca reír a mí? - Y se rió de forma encantadora -.
Y, Olliver, no preguntes a este hombre cómo lo hizo. No te lo dirá; así, pues,
¿por qué preocuparse más.
Ella era una mujer bellísima, sin la menor duda, incluso para el
gusto más exigente. El traje de técnico psicográfico no había ocultado del todo
el hecho de tener un cuerpo espléndido; pero el traje que ahora vestía,
aumentaba el hecho notoriamente. Al estilo de la época de llevar desnudo el
diafragma, sólo llevaba un tejido finísimo y casi transparente por encima de la
cintura. La falda era larga y opaca, pero al caerle sobre las piernas, le
moldeaba deliciosamente las caderas y los muslos. Su cara, ahora sin las gafas
y con un ligero maquillaje, era extraordinariamente hermosa y a tono perfecto
con sus maravillosos cabellos de cobre dorado. Sonrió a Crag, midiéndole
divertida y curiosa con sus bellos ojos, de arriba a abajo.
- ¿Quién se lo hubiera imaginado habiéndole visto con las ropas
de la cárcel? - dijo.
Su tono resultaba tan amistoso y franco que nadie hubiera podido
realmente sentirse resentido. Excepto Crag. Miró vivamente a la mujer y sin
responder se volvió hacia Olliver.
- ¿Es que tiene que permanecer aquí esta mujer mientras
hablamos?
Olliver había recobrado su compostura - y sonrió. - Me temo que
deba permanecer aquí, Crag. Es muy importante para mis planes, nuestros planes.
Pero creo que es mejor que se la presente. Crag, tengo el gusto de presentarle
a Judeth, mi esposa. Crag se quedó atragantado durante unos instantes de
sorpresa.
- Si tiene que quedarse aquí, déme algo que ponerme. No me gusta
que me miren de esta forma. La cara de Olliver se estiró un tanto; pero repuso
en seguida:
- Allí tiene ropas en aquel armario. Pero creo que se comporta
de una forma ridícula,
Crag. No estamos en la época victoriana. Este es el siglo XXIII.
Sin responder, Crag se dirigió hacia un armario y lo abrió.
Colgaban en el interior diversas prendas caseras y Crag tomó una al azar, de
seda. Se la puso, comprobando demasiado tarde, tras haber cerrado el mueble que
la prenda era de Judeth y no de Olliver; los hombros le apretaban y las mangas
le resultaban bastante cortas. Le pareció un tanto ridículo volver de nuevo al
armario a cambiar de ropa. Después de todo, las prendas caseras de la época
solían ser llevadas tanto por las mujeres como por los hombres y aquella era
una bata corriente de casa, aunque de un hermoso material. Sin embargo...
- Espero no contaminarle, Crag - advirtió Judeth.
Pero éste conservó su dignidad ignorando a la hermosa mujer,
tanto por su presencia por cuanto podía hacer o decir. Lo importante del
momento era el millón de dólares. Un millón de dólares no era ninguna broma, ni
ocasión que se presentase todos los días.
- Siéntese, Crag - le dijo Olliver.
Crag comprobó que Olliver ya estaba sentado tras su amplia mesa
de despacho y que Judeth permanecía igualmente apoyada en una esquina del
mueble, mirándole con una completa seriedad, sin la menor traza de humorismo.
Crag tomó asiento en un sillón y volvió la cara hacia Olliver y
no hacia su esposa.
- Una pregunta - dijo -. ¿Hablaba usted realmente en serio esta
tarde? ¿Es cierto que dispone usted de ese millón?
Oliver aprobó con un gesto.
- Naturalmente que hablaba en serio. Tengo mucho más de ese
millón de dólares. El dinero será suyo cuando termine la tarea que tiene
asignada. No es cosa de hacerlo de la noche a la mañana. El trabajo es en
Marte. No se trata de mi propio dinero, comprende... es más bien un fondo
creado por...
Crag se removió algo nervioso en su asiento. - No me preocupa de
donde proceda, siempre que sea mío cuando haga el trabajo que quiere confiarme.
Y cuando más pronto empiece, mejor. He venido a esta casa esta noche y quiero
salir de ella también esta noche. Dígame en qué consiste el trabajo y
anticípeme dinero para mis gastos. Yo sé lo que tengo que hacer.
Olliver sacudió la cabeza con lentitud.
- Me temo que no sea una cosa tan sencilla, Crag. Para que lo
sepa, tiene que ir primero, antes de encargarse del trabajo, al psicógrafo.
IV
Si los reflejos mentales de Crag no hubiesen sido tan rápidos y
completos, como los físicos, Olliver hubiera dejado de existir en el próximo
segundo transcurrido al acabar sus últimas palabras. A pesar de todo, estuvo en
realidad a seis pulgadas de una muerte cierta, esa fue la distancia a que quedó
su cabeza de la mano izquierda de Crag, que se detuvo instantáneamente en su
camino. De haber completado el golpe, la mujer habría seguido la misma suerte,
un momento más tarde. Crag había dado tres pasos hacia donde se encontraba
Olliver.
Dos cosas le habían salvado. Una era el hecho de que las manos
de Olliver estaban descansando a la vista de la mesa, sin la menor intención de
tocar ningún botón ni de abrir cualquier cajón del mueble. La otra el hecho de
que lo pronunciado por Olliver no tenía sentido literal, ya que de haber sido
así, de poca utilidad le habría resultado para sus planes, al suprimir todas
sus capacidades fuesen cuales fueren los planes del juez Olliver.
La voz de Judeth sonó tensa.
- Espere, Crag. - De reojo, Crag pudo comprobar que la mujer no
había movido ni un solo músculo de su cuerpo. Sus ojos miraban, no a él, sino
al lugar que había ocupado en el asiento abandonado -. Como habrá podido
comprobar, ya que hemos estado a punto de morir a sus manos, mi esposo no se
refería a lo que usted imagina.
La hermosa faz de Olliver había perdido su color sonrosado y su
voz apareció alterada y ronca.
- Todo lo que quería decirle era...
La voz de su mujer le interrumpió vivamente.
- Perdona, Ollie, déjame explicárselo. Esto ha sido
increíblemente estúpido. Ya te dije que Crag... - Se interrumpió bruscamente y
su entonación cambió hablando más bien de forma impersonal -. Crag, ¿quiere
sentarse de nuevo y dejarme que le explique? Le prometo que ninguno de los dos
hará el menor movimiento. Ollie, deja tus manos donde están ahora, exactamente.
Y, por favor, cállate y no abras la boca para nada. ¿De acuerdo, Crag?
Crag no respondió y se volvió a la silla que había ocupado,
observando a la pareja con cuidado. Se sentó en el brazo del sillón; en tal
postura habría sido más rápido que cualquier movimiento de los que Olliver
pudiera haber realizado.
- Como usted ha podido comprobar a tiempo, Crag, nos habría
resultado perfectamente inútil acondicionado por el psicógrafo. Pero igualmente
nos resultaría inútil como un criminal perseguido. ¿Lo comprende?
- Lo estuve antes - repuso Crag hoscamente -. Y por gente más
peligrosa que la policía.
- Es cierto; pero este trabajo es algo difícil y especial. Y,
además, Olliver le prometió su libertad. Eso significa su libertad absoluta y
total y no la situación de un hombre perseguido.
- Querrá usted decir que van a proveerme de un certificado falso
del psicógrafo.
- Naturalmente. Un salvoconducto en regla para comenzar una
nueva vida. Sin ese documento, sus enemigos encubiertos tendrían interés en
usted.
- Pero eso no puede hacerse - dijo Crag -. Ya se intentó antes.
- Sí, pero fue con un certificado falso, no uno verdadero y
real, respaldado por toda clase de registros y comprobaciones. La diferencia
estriba en que usted irá realmente al psicógrafo; pero no será psicografiado. A
prueba de tontos, por completo. - Y Judeth se movió por primera vez, ladeando
la cabeza para mirar a su marido -. Incluso de un tonto como mi marido, que ha
estado a punto de que muriéramos los dos hace un momento - concluyó con cierta
socarronería en la voz.
La mente de Crag trabajaba furiosamente. Parecía demasiado
sencillo, demasiado perfecto.
- Así tendré que dejarme capturar de nuevo, ¿no es cierto? ¿Qué
sucedería si la policía dispara primero y me coge después?
- No sucederá así, porque usted será capturado aquí y ahora,
cuando hayamos terminado de hablar. Olliver puede estar apuntándole con una
pistola, mientras yo llamo a los guardias del exterior. Estará usted detenido y
no existirá la menor razón para que disparen contra usted.
Crag aprobó con un gesto.
- ¿Y... usted será la encargada de manejar el psicógrafo?
- Desde luego. No hay la menor oportunidad de que otra persona
intervenga. Yo soy ahora el solo técnico; mi ayudante está de vacaciones. La
ocasión es perfecta. ¿Más preguntas?
- Sí - dijo Crag mirándola con ojos duros -. ¿Cómo podré saber
que puedo confiar en usted? Ella le devolvió una mirada serena y tranquila. -
Puede hacerlo, Crag. Ya comprendo por qué tiene sus dudas y... lo lamento de
veras.
- ¿Promete usted no hacer nada en el aparato que pueda cambiar
mi mente?
- Lo prometo. Piense por un momento y verá que no me sería
posible hacerlo. Ello le convertiría en algo inútil para nuestros planes. Si
considera que resulta cambiada su mente en lo más mínimo, podrá matarme
después.
- ¿Y si usted suprimiese la memoria que me permitiese tenerlo en
cuenta?
- Usted ya conoce la cuestión, Crag. El proceso no es tan
selectivo. Tendría que remover todos sus recuerdos y trastocarle toda su mente,
o no tocarle en lo más mínimo.
En caso contrario, podríamos suprimir solamente las experiencias
de un criminal y las causas y circunstancias que le han llevado a tal situación
y dejarle el resto de sí mismo.
Es posible que eso pueda hacerse algún día; pero todavía no.
Crag volvió a estar de acuerdo con un gesto silencioso. Esta
vez, Olliver salió de su mutismo y con su rostro coloreado normalmente
intervino en la conversación.
- ¿Y bien, Crag?
- Está bien. Tome su pistola.
Olliver abrió un cajón del despacho.
- Deje esa bata en el armario, donde la tomó. Podría ser muy
difícil explicarlo a la policía. - Espere un momento. ¿Por qué es preciso
llevar adelante todo esta comedia?
¿Por qué no me lo explicó en su charla privada del tribunal?
Pudo haberme sentenciado entonces al psicógrafo. ¿Por qué esta aventura de
dejarme escapar para volverme a capturar de nuevo?
- No le habría usted creído, Crag - repuso Judeth -. Podría
haber pensado que eso es todo lo que suele decirle a los condenados para que
fuesen al psicógrafo más tranquilos.
De todas formas, sea cual fuese lo que le hubiera dicho, usted
no habría confiado en él. El hecho de que le ayudásemos a escapar es la mejor
demostración de cuanto le digo.
Crag pensó que aquello tenía sentido. No habría confiado
realmente en Olliver hasta el extremo de ir voluntariamente hacia el
psicógrafo. Habría más bien tratado de evadirse, antes de creer algo parecido.
Se puso en pie, se quitó la bata de seda de Judeth y vaciló aún.
Judeth no bromeó en absoluto, ni dejó escapar la menor
indicación de humor. Se deslizó de la posición que ocupaba en el ángulo de la
mesa y se dirigió hacia la puerta.
- Voy a buscar a la policía - advirtió -. Esté dispuesto.
Crag colgó rápidamente la prenda en el armario y volvió
poniéndose contra la pared.
Permaneció allí con las manos en alto, mientras que Olliver le
apuntaba con la pistola desde su mesa. La policía entró a los pocos instantes.
No ocurrió nada camino de la cárcel. Más tarde la cosa fue peor,
cuando los guardias de la prisión se hicieron cargo de él, de manos de la
policía, y le condujeron a una celda.
Le golpearon salvajemente hasta dejarle casi inconsciente, antes
de soltarle Pero el sentido común y el instinto de conservación fueron lo
suficientemente fuertes en Crag como para que no se le ocurriese defenderse y
luchar contra sus carceleros. Había seis y todos armados con pistolas de rayos,
además de la porra de goma que llevaba cada uno colgando del cinto. Crag pudo
muy bien haber matado a tres o cuatro de ellos; pero las posibilidades de
haberlos destruido a todos antes de morir, eran de mil a una en su
contra. Aún así las habría aceptado si se hubiera tratado de
haberle llevado realmente al psicógrafo.
Sobre la medianoche recobró el conocimiento. Le dolían
horriblemente todos los músculos de su cuerpo. Penosamente se las arregló para
incorporarse y poder echarse en su camastro. Tras una media hora, se quedó
dormido.
Por la mañana, el comunicador del techo de la celda le despertó
con la noticia de que se había pronunciado su sentencia y de que los guardias
le conducirían al psicógrafo pasada media hora a partir de entonces. Se sentó
al filo del camastro, doliéndole todos los miembros. Se encontraba desnudo, los
guardias le habían desgarrado las ropas la noche anterior en la espantosa
paliza que le administraron. En un rincón de la celda, habían dejado, en su
lugar, ropas sucias de un recluso de la cárcel de la Federación, que decidió
ponerse con gran trabajo.
Poco después, otros seis guardias vinieron en su busca, con diez
minutos de anticipación, como para tener tiempo todavía de volver a propinarle
otra paliza. Lo hicieron, aunque con menos severidad que la noche anterior, ya
que no podían dejarle inconsciente ni impedir que pudiera andar y moverse en su
camino hacia el psicógrafo.
Cuando avisó el zumbador, le transportaron hacia la habitación
del psicógrafo y le amarraron brazos y piernas a un gran sillón. Todavía le
abofetearon en plena cara y uno de ellos le lanzó un terrible puñetazo al
estómago. Crag se alegró de no haber desayunado. Después dejaron la estancia
vacía.
Pocos minutos después, llegó Judeth. Nuevamente, aparecía
vestida en su uniforme de técnico psicográfico, como la había visto por primera
vez., Pero ahora su belleza se mostraba más perfecta, ya que Crag conocía, a
pesar del uniforme, cada curva que pudiera quedar escondida en el poco femenino
atuendo de servicio. Llevaba las gafas que se apresuró a quitarse una vez
dentro de la estancia del psicógrafo.
Crag continuó silencioso sin decir nada cuando se encontró
frente a ella y sin mirarla a la cara. Ella sonrió ligeramente.
- Vamos, Crag, no tenga ese aire tan preocupado. No voy a
someterle al tratamiento psicográfico, ni voy a tocar su mente en la más leve
forma. No voy, incluso, ni a conectar los electrodos del aparato.
Crag continuó silencioso.
La sonrisa de Judeth se desvaneció de sus bellas facciones.
- Sabe usted, Crag... odio la idea de haberle tenido que ajustar
al aparato, incluso en el caso de haber sido obligado el hacerlo. Es usted un
bruto tan magnífico, que me gusta mucho más en la forma en que se conduce y tal
y como es, que si fuese un hombre atildado, de dulces maneras. Y eso es lo que
podría hacer con usted..., pero no lo haré.
- Desáteme - gruñó Crag.
- ¿Con la puerta cerrada y solos aquí los dos? - Judeth sonrió
-. No me tome por tan tonta. Sé que odia usted a todas las mujeres. Pero
también sé y conozco su temperamento y me figuro el tratamiento que le dieron
la pasada noche. Teniéndole libre tendría que vigilar cualquier palabra que
pronunciase... y guardarme de su mano izquierda.
- ¿Qué es lo que sabe de eso?
- Sé mucho más acerca de usted de lo que piensa. Pero pienso
conocer muchas cosas más. Va usted a decirme una serie de datos sobre su propia
vida.
- ¿Por qué?
- Porque es imprescindible que haga un completo informe, desde
luego. Incluso la historia completa de un caso notable y una lista de los
delitos más importantes que haya cometido, y que se presuma que ha confesado
usted bajo la influencia de la máquina. A propósito, eso me recuerda que tengo
que ponerla en funcionamiento. - Se trasladó a la espalda del sillón en que
Crag estaba fuertemente amarrado e hizo activar un dispositivo, que llenó la
estancia de un sordo zumbido que ocupó por completo la habitación -. Esto es
audible en el corredor exterior, con lo que me ahorraré toda molestia. No se
preocupe, no está conectado con usted de ningún modo.
Cuando Judeth volvió a la vista de Crag, llevaba en las manos un
cuaderno de notas y un lápiz; tomó una silla próxima y se sentó frente a él,
dispuesta a cumplir su cometido:
- Dígame cuándo y dónde nació usted, Crag. - Puede usted decidir
su propia historia. -
Oiga, Crag, este informe será comprobado contra cualesquiera
serie de hechos ya conocidos y registrados acerca de usted. Si no está de
acuerdo en todos sus aspectos, resultará evidente que esta sesión ha sido
falsificada. Habrá una investigación adecuada y se querrá saber a toda costa
por qué la máquina no ha funcionado convenientemente en usted. Usted será
vuelto a recluir y volverá a este cuarto... y esa vez no seré yo quien opere
con la máquina. Estaré en la cárcel o más posiblemente enviada a mi vez al psicógrafo.
Por lo que yo sé, este delito que ahora se está cometiendo contra la Ley jamás
se ha cometido antes y no sé cuál será la penalidad que le corresponda. Pero,
con respecto a usted, quedan pocas dudas... No puedo correrme ya más riesgos de
los que me he corrido hasta aquí, por tanto, tiene que cooperar, o ya sabe lo
que le espera.
También podría verme obligada a conectar los electrodos y
realizar mi misión honradamente. No tengo otra elección. ¿Lo ha comprendido
bien?
- Está bien, está bien - repuso Crag ceñudamente -. Continúe.
- ¿Dónde y cuándo nació usted?
Crag se lo dijo. Siguió respondiendo a otras preguntas de
rutina. Fue refiriendo sus años juveniles, sus estudios y sus primeros tiempos
de hombre del espacio.
- Y su carrera de hombre del espacio terminó cuando perdió la
mano. Hábleme de eso.
- Lo fui durante siete años y era teniente en Vega III. Por
entonces, en la Tierra se ponía a punto una espacionave para Marte. Fue un puro
accidente, no fue culpa mía ni la de nadie. Una de esas cosas desgraciadas que
ocurren. Un fallo mecánico en un tubo de los reactores, mientras lo estaba
limpiando.
- ¿Acaso le atribuyeron la culpa de lo ocurrido? - No,
precisamente; pero hicieron constar un tecnicismo a mi cargo y con ello se
perdió la compensación a la que tenía derecho. Y eso no fue lo peor sino que me
retiraron la licencia y perdí mi rango. Y así de un oficial del Espacio me
quedé convertido en un manco desgraciado cualquiera.
- Bien, ¿y cuál fue ese tecnicismo?
- Un análisis del alcohol de mi sangre. Mostró una cantidad
insignificante. Yo había tomado una copa de despedida, ciertamente que sólo
una, con un amigo, seis horas antes. Pero dio la casualidad que se testificó y
ello dio lugar a dejar bien sentado de que había sido seis horas antes. El
reglamento determinaba estrictamente que no podía beberse nada ocho horas antes
del despegue; pero el programa se adelantó una hora antes de que ocurriese el
accidente. Aquello me colocó en la situación de haber quebrantado el reglamento
por exactamente una hora de tiempo. Utilizaron el hecho para ahorrarse con ello
el dinero. No hubo nada que yo pudiera hacer en mi defensa.
- ¿Y después de aquello?
- Oh, anduve haciendo locuras muchos años. Bien, ¿se llevará
este interrogatorio mucho tiempo?
- Una hora, para cumplir las formalidades precisas, como si la
máquina hubiese estado realmente trabajando.
- Mire, señora, estas ligaduras me aprietan demasiado. ¿Me
dejaría fuera de este maldito sillón si le doy mi palabra de honor?
Judeth vaciló. Después, repuso:
- Dentro de un minuto. Pero existe una cosa que la considero
importante en mi informe y que deseo que me diga ahora mismo. ¿Por qué razón
odia usted tanto a las mujeres?
- Será un placer decírselo. Hacía aproximadamente un mes que
estaba casado antes del accidente, con una chica de la que estaba locamente
enamorado. ¿Debo contarle lo que hizo cuando se enteró de que había perdido una
mano y mi empleo?
- ¿Se divorció, tal vez?
- Se había vuelto a casar antes de que saliera del hospital.
- ¿Hizo usted algo... al respecto?
- ¿Quiere decir si la maté? No, la odiaba demasiado para volver
a tocarla siquiera.
- ¿Y no admitirá usted honestamente que aún continúa enamorado
de ella?
La cara de Crag se puso roja y las venas de los brazos se le
hincharon junto a las ligaduras del psicógrafo.
- Si fuese libre, yo...
- Bien, Crag. ¿Hay algo más que tenga usted que decirme sobre
ella?
- Tenía los cabellos exactamente de su mismo color, señora. Y
era tan hermosa como usted. - Crag se detuvo un instante -. No, usted es más
hermosa. Y más temible, también.
- No soy mala, Crag. Soy dura. Como usted mismo lo es. Bien,
creo que es suficiente para mi informe con respecto a ella. No la mencionaremos
más ni a ella ni a ninguna otra mujer. Ahora voy a soltarle.
Judeth procedió a desligarle de sus ataduras con rapidez. Le
soltó la banda que le sujetaba la frente y que le obligaba a tener la cabeza
echada hacia atrás y después las de las muñecas.
- ¿Qué más? - preguntó Crag.
- Su lista de delitos. Esto tiene una finalidad. Ellos desean
esto particularmente, porque así concretan los ya resueltos en vez de
informarse sobre los sin resolver. Eso le favorecerá de todas formas. No tiene
nada que perder y causará muy buen efecto.
Crag soltó una leve carcajada.
- Esté dispuesta a escribir todo un libro.
- Es mejor que hable en el magnetófono para que la policía lo
transcriba todo más tarde. Pero antes de que lo ponga en marcha, procure
adoptar una voz monótona y sin emociones; esto es, como si hablara bajo los
efectos de la máquina. Siéntese en idéntica postura a la que tenía hace un
momento para hallarse a la misma distancia del micrófono.
¿Dispuesto?
Crag le hizo un gesto afirmativo. Judeth puso en marcha el
registrador.
El hombre se puso a relatar en la forma indicada por Judeth una
relación de los mayores delitos que había cometido, dejando adrede dos sin
relatar. Se trataba de delitos en los que se había servido de cómplices que,
por lo que sabía, estaban vivos aún.
Después, hizo un gesto a Judeth quien desconectó el aparato de
registro magnetofónico.
- ¿Y qué hay en relación con el delito por el que estuve
convicto, el del neftín? Supongo que tendré que confesarlo también...
- Creo que será mejor que lo haga, Crag. Si tuviese que informar
que no lo hizo, daría pie a una futura investigación, y ésta es la cosa que
menos podemos desear. Veamos, usted estuvo en Venus hace un año, ¿no es cierto?
- Sí.
- Diga que compró el neftín allí de un individuo a quien conocía
y cuyo nombre puede falsear a su gusto, añadiendo algunos detalles que
resultará muy difícil comprobar, indicando dónde y cuándo lo conoció. Diga que
lo ha conservado hasta haberse enterado de que su precio era elevado aquí en
Alburquerque; pero que no tenía idea de ningún comprador especial, y que sólo
intentaba buscar uno.
Crag aprobó la idea, y a continuación hizo el relato de las
indicaciones sugeridas por Judeth.
- ¿Algo más? - preguntó cuando la máquina estuvo detenida de
nuevo.
- Sí. La evasión. Tiene que explicar cómo se las arregló para
hacerlo. Yo le he preparado una versión que espero merezca su aprobación
- ¿Y cuál es?
- El guardia que mató al salir se llamaba Koster. Hace un año,
era dependiente de un bar de Chicago. Diga usted que le conoció allí. Puede
decir que se aproximó a su celda ayer y que le ofreció ayudarle a escapar por
diez mil dólares, que usted le pagaría cuando estuviera en libertad. Usted
aceptó y él le proporcionó los utensilios necesarios para la evasión.
- ¿Y por qué tendría entonces que haberle matado?
- Para ahorrarse esos diez mil dólares.
- No, creo que eso no va muy bien encaminado. Creo que tengo
otro relato mejor. Me dio la ruta a seguir y el momento para pasar a través de
la puerta que estaba vigilando.
Nunca intentó realmente ayudarme a escapar sino que intentó
matarme y conseguir la fama por haber evitado mi evasión, consiguiendo así un
ascenso. Y que cuando intentó sacar el arma yo me las arreglé para evitar que
me matara, haciéndolo yo a mi vez con su propia pistola.
- Bien, parece mucho mejor. Dígalo de esa forma. Tiene usted
buenos recursos, Crag.
Judeth puso nuevamente en marcha el aparato y Crag fue relatando
la versión que acababa de imaginar.
- De acuerdo - dijo ella con el magnetófono parado -. Esto acaba
las cosas. Se supone que ahora el psicógrafo ha erradicado de su mente todo lo
que me ha contado. - Judeth miró a su reloj -. Disponemos aún de unos quince
minutos. Permítame volver a sujetarle a la máquina.
- ¿Por qué?
- Se supone igualmente que usted permanece todavía ligado al
psicógrafo cuando yo salga de aquí. Cuando los guardianes le desaten, es mejor
que aparezcan en su cuerpo las marcas de las ligaduras, especialmente la que le
sujeta la frente. En caso contrario, tendrán serios motivos para sospechar.
Crag se inclinó y se amarró por sí mismo las ligaduras de los
tobillos y se echó hacia atrás poniendo los brazos sobre los del sillón del
psicógrafo dejándose atar fuertemente por Judeth. Al amarrarle el
correspondiente a la mano izquierda, dijo:
- Usted conoce lo de mi mano izquierda. ¿Cuántas personas lo
saben? Esto podría crearme serias dificultades.
- No se preocupe, Crag. Nadie más lo sabe, excepto Olliver. Por
la forma en que levantó la mano para golpearle anoche, supuse en el acto lo que
ocurría. Ni siquiera se lo mencioné a él y tampoco estoy segura de que él haya
podido hacer la misma deducción.
- Está bien. ¿Por qué no me dice qué clase de misión, es la que
desea Olliver que haga por él?
Judeth sacudió la cabeza.
- Desea explicárselo a usted por sí mismo. Además, tengo ahora
algo más importante que explicarle y dispongo de poco tiempo, antes de salir de
aquí.
- Ya comprendo. Tendré que aparecer humilde como un conejo.
- No me refiero a eso. En primer lugar, se presupone que saldrá
inconsciente de esta habitación. Los guardias vendrán, le desatarán y...
- Y me darán otra paliza como la de anoche ¿no es eso?
- No. Usted ya ha dejado de ser la persona que mató a uno de
ellos y ahora ya no tienen nada contra usted. Usted comienza ahora como una
nueva persona, totalmente distinta, - Crag. Le pondrán en una camilla y
utilizando el elevador le llevarán hasta el hospital del piso veintitrés. Allí
le acostarán y esperarán hasta que vuelva en sí de su letargo.
- ¿Por cuánto tiempo se supone que deba permanecer inconsciente?
- Al menos una hora. Algunos están más tiempo. - ¿Y después?
- Haga como que se despierta súbitamente, aunque sintiéndose
confuso y torpe.
Recuerde bien esto: usted no sabe quien es, ni cómo ha llegado
hasta aquí. Siéntese en el borde de la cama durante un rato, como si estuviera
tratando de orientarse.
- Bien, dígame lo que sigue.
- Ya recibirá instrucciones. Una enfermera, que no le quitará
ojo de encima desde una puerta, se aproximará a usted cuando vea que ha
despertado y le llevará a alguien que hablará con usted y quien le explicará
una serie de cosas, indicándole lo que tiene que hacer.
- ¿Y qué actitud debo adoptar?
- Deberá aparecer embrollado y confuso y será conveniente que
haga ciertas preguntas, las más dispares, propias de la situación. Pero procure
por todos los medios comportarse cortés y educado. Acepte sin discusión y siga
fielmente las sugerencias que se le hagan. Todo irá perfectamente a partir de
ese momento.
- Pero... ¿dónde y cómo podré ponerme en contacto con Olliver?
- No se atormente ahora por eso. Yo se tomarán las medidas
oportunas para ello.
Cuanto menos conozca lo que le espera después, tanto más
naturalmente se hallará usted dispuesto después para jugar su papel. Pero
recuerde que tendrá que controlar bien su lengua... y su temperamento, a cada
minuto y a cada segundo. Bien, Crag... tenga cuidado. Y ahora haga como si
estuviese inconsciente. Cierre los ojos y respire profunda y lentamente.
Desconfiado de las mujeres como lo era, Crag pudo haber esperado
lo que siguió después; pero no lo hizo. Y así el beso que le pusieron
ardientemente en los labios le hizo vibrar como una descarga eléctrica.
Pero se sentó rígidamente, sin moverse ni hablar, odiándola
tanto que no quiso darle la satisfacción de haber maldecido por lo sucedido,
como ella seguramente no habría dudado en esperar. Esperó pacientemente, hasta
oír cómo se desvanecían los pasos de Judeth, en el profundo silencio que siguió
al cese brusco del zumbido de la máquina. La mujer se dirigió hacia la puerta y
se alejó.
Sólo cuando, momentos más tarde, oyó ruido de pasos aproximarse
a la puerta, recordó que tenía que relajarse y representar la comedia de
aparecer inconsciente, respirando lenta y pesadamente.
Por las pisadas y por la forma en que le tomaron de la máquina,
Crag calculó que eran dos los guardias que le transportaban fuera de la sala y
que en aquella ocasión no tenían nada que temer de él, y que además, cosa
importante, no tenían la menor intención de volver a golpearle. Le levantaron
del sillón del psicógrafo y le pusieron en una camilla. Fue conducido por un
corredor, después al elevador del edificio de la Federación, que descendió,
sintiendo que luego le depositaban en una cama de hospital.
- Este fue el que mató a Koster - oyó cómo uno de los guardias
decía al otro -. ¿Le damos algo para que se siga acordando?
- No - repuso el otro -. ¿De qué serviría? Ya no es el mismo
tipo. Aunque lo sintiera, no tendría la menor noción de lo que se le hiciera
ahora.
- Sí, pero...
- Vamos. Deja tus fuerzas para mejor ocasión. Y Crag oyó cómo
salían de la sala.
Comenzó a calcular mentalmente cuál sería el tiempo transcurrido
y en qué medida podría saberlo. Carecía de su reloj de pulsera, ya que le
habían quitado cuanto poseía en la celda. Finalmente oyó sonar una hora en un
reloj de pared. La cuestión se hacía ya simple; todo lo que tenía que hacer
sería esperar hasta que el reloj diese la hora siguiente para volver en sí de
su pretendida inconsciencia.
Le costó un esfuerzo terrible permanecer inmóvil a causa de los
terribles dolores de todos los músculos de su cuerpo; pero lo consiguió. Al
sonar la próxima hora, hizo su papel de la mejor forma posible. Hizo un gran
esfuerzo para incorporarse y sentarse al borde de la cama, restregándose los
ojos como el que sale de un profundo sueño. En el acto se le aproximó una
enfermera.
- ¿Se siente mejor?
Crag se puso en pie; pero hizo como que le flaqueaban las
fuerzas y volvió a sentarse.
- Tengo todo el cuerpo dolorido - dijo -. ¿Qué es lo que ha
ocurrido? ¿Es que he sufrido algún accidente? ¿Cómo estoy aquí?
La chica sonrió.
- Oh, no se preocupe. Todo irá bien, y todo le será
convenientemente explicado.
¿Quisiera mejor seguir acostado y descansar algo más?
Crag fingió una voz vacilante.
- Oh... me encuentro bastante bien, supongo. - Se miró a sí
mismo y pareció sorprendido -. ¿Estas ropas... son de la prisión? ¿Acaso...
yo...?
- Oh, no se moleste. Todo está perfectamente. Estará usted en
condiciones de salir de aquí, cuando todo le haya sido explicado. Y por lo que
respecta a sus ropas... - La enfermera se dirigió a un pequeño armario. Allí
aparecían la camisa, los pantalones y debajo las sandalias de verano -. Esta es
la que vestía. Si desea que se le cambie algo...
- No - repuso firmemente Crag -. Pero si hubiera una ducha, creo
que me mejoraría del dolor que tengo en todo el cuerpo.
La enfermera aprobó con un gesto y le señaló otra puerta.
- Allí. ¿Está seguro de que no necesitará ayuda?
Crag le aseguró que no, le dio las gracias y esperó hasta que
ella hubo salido. Después se encerró en la ducha y se tomó una larga con agua
tibia y después fría. Se puso las ropas que tenía en el armario, y después
abrió la puerta de salida de la sala, fingiendo la mayor incertidumbre.
La enfermera estaba sentada en un pupitre a una docena de pasos
en el corredor.
Había oído abrirse la puerta y le miró. Volvió a sonreír a Crag
y le hizo una seña para que se aproximase a ella.
- ¿Se siente mejor, ahora? - le preguntó sonriendo -. Parece
usted mucho mejor en este momento.
- Sí, gracias, señorita, me encuentro mucho mejor. Estaba
tratando de recordar algunas cosas... y no acierto con nada. Ni siquiera sé
quien soy, ni puedo recordar absolutamente nada de mí...
- No se preocupe. Todo va bien. Ahora le llevaré al doctor Gray.
La enfermera se levantó y se dirigió a través del vestíbulo,
seguida de Crag. Le mostró una pequeña salita de espera y le dijo que el doctor
le vería en pocos minutos. Pasado aquel tiempo, se encontró frente a un hombre
con una cara redonda coleo la luna.
- Siéntese, Crag.
- Me llama usted Crag. ¿Es ése mi nombre, doctor?
- Sí, hijo. ¿Quiere un cigarrillo, Crag? - Tomó uno del paquete
que le ofrecía el médico, quien se levantó a través de su mesa para
encendérselo -. Su nombre es Crag - continuó -, a menos que decida cambiarlo.
Este será un privilegio del que podrá hacer un completo uso, si se decide a
hacerlo, tras haber conseguido orientarse nuevamente por la vida.
Para que sepa, Crag, usted fue un criminal... y para ponerle en
condiciones de incorporarse nuevamente a la sociedad, ha sido preciso erradicar
de su mente todos sus recuerdos.
- ¿Qué clase de criminal era? ¿Qué fue lo que hice?
- Es mejor que no responda a esa pregunta en bien suyo, Crag.
Tendrá que concentrarse ahora en el futuro y no en lo pasado. Especialmente
ahora, ya que el pasado no tiene importancia y está totalmente olvidado. Sean
cualesquiera los crímenes que haya cometido están borrados de los libros y
cancelados, olvidados. Ahora no tiene en absoluto que sentirse culpable por
ellos, porque usted ya no es la persona que los cometió, en modo alguno. Usted
comienza como un nuevo ser y no le debe nada a la sociedad.
Crag aprobó lentamente con la cabeza.
- Trato de ir comprendiendo, doctor.
La redonda cara de luna del médico miró a una ficha que tenía
ante sí sobre la mesa.
- En un aspecto es usted un hombre afortunado. No tiene
parientes vivos, y, por tanto, no tiene lazos que le liguen a nadie, en su
pasado, sea el que fuere. En casos así, suelen ocurrir ciertas complicaciones.
Pero... - El médico se aclaró la garganta y abandonó la frase que estaba
pronunciando -. También es afortunado en otro aspecto. Cuenta usted con un
fiador que le ofrece un empleo muy bien pagado, mucho mejor que la mayor parte
de los graduados. Será usted un piloto espacial.
- ¿Piloto del espacio? - Crag no debería haber mostrado aquella
sorpresa, pero no pudo evitarlo. Tal vez mostró demasiada sorpresa en su
reacción, ya que el médico le
miró con agudeza.
- Sí - dijo el doctor Gray -. Lo será usted para una espacionave
privada. Está usted debidamente calificado, usted tenía una licencia de la
categoría A, hace algún tiempo. Fue revocada; pero este trámite queda anulado
automáticamente cuando la persona ha pasado el proceso del psicógrafo. A menos
que la revocación fuese por incompetencia, lo que no ocurre en su caso. Tendrá
que seguir un nuevo curso de reinstrucción, naturalmente.
- ¿Y qué clase de aparato es, señor?
- Una espacionave de cuatro pasajeros, semi atómica, modelo
J-14. Y su patrón, Crag, es un gran hombre, un personaje relevante,
ciertamente. Su nombre es Olliver, quien es posible que llegue a ser un gran
hombre de Estado en el sistema. Al menos en mi opinión, debería usted
considerarse muy afortunado y agradecerle su interés en este empleo. De lo
contrario, deberá recomenzar su vida nuevamente... bien, en otra cualquier
categoría mediocre. Nosotros siempre tenemos empleos para estas personas, en
realidad más demandas de las que podamos atender. Por supuesto, si usted no
quisiera volver nuevamente al espacio está en perfecta libertad de elegir.
Ahora es un hombre libre, Crag: Se le está ofreciendo ese buen empleo, no
ordenándole que lo acepte.
- Lo aceptaré - repuso Crag. Y recordando las instrucciones de
Judeth, añadió -:
Gracias. Muchísimas gracias, doctor.
El médico sonrió con su redondeada faz totalmente ausente de
expresión.
- No me lo agradezca a mí, hágalo con el juez Olliver. Por ahora
tiene usted alojamiento y manutención en su casa, y no tendrá que ocuparse de
buscar vivienda. Aquí tiene su dirección y diez dólares. - Y le alargó un papel
junto con el billete prometido -. Es para el taxi, a menos que no prefiera ir
andando. No tiene que darse ninguna prisa cuando salga de aquí.
Crag se puso en pie, puso ambos papeles en el bolsillo y volvió
a dar las gracias al médico. Cinco minutos más tarde, respiró profundamente
mezclado con la multitud en plena calle. Estaba libre.
Y hambriento, condenadamente hambriento. Todavía no eran las
doce del día, pero ya había perdido dos comidas. Perdió la cena por la evasión
y la nueva captura de la policía.
Y el desayuno, porque se suponía que para los efectos de la
máquina psicográfica debería tener vacío el estómago. También deseaba más que
nada en el mundo tomar un trago o varios más. Pero con diez dólares no podría
pagarse mucho licor, del que él deseaba. Pero podría pagarse un buen almuerzo
en un restaurante.
Después de haberlo hecho a su gusto, volvió a desear un trago
con más fuerza que antes. Se detuvo a pensar de qué forma podría hacerse con
cien dólares para correrse una francachela antes de informar a Olliver de su
libertad, pero aquello presuponía un riesgo, y su situación no era como para
correrse ninguno. Decidió finalmente no hacerlo y esperar.
Todavía no tenía prisa en ir en busca de Olliver, y llamó a la
camarera para que le sirviese otra taza de café y le llevase el último
periódico del día.
El periódico mencionaba que había sido sentenciado al
psicógrafo; pero sin añadir otros detalles. Generalmente nunca se daban, cuando
el condenado iba al psicógrafo; la teoría legal era que un hombre psicografiado
debía considerarse como un hombre totalmente nuevo, que empezaba una nueva
vida, sin ningún pasado, incluso con sus huellas digitales destruidas. Ya que
el psicografiado se había olvidado de su identidad y de sus delitos, la
sociedad no podría hacer menos.
Hojeó el periódico, sin encontrar nada de interés. Las usuales
cuestiones de la política y otras informaciones de rutina. Repentinamente
sintió deseos de caminar por las calles, para saborear su libertad. De paso, el
pasear le haría un gran bien a sus músculos doloridos. Pagó su cuenta y se
marchó.
Dio un gran rodeo hasta llegar a la casa de Olliver, en parte
para hacer el paseo más largo y también para evitar el Barrio Marciano, el
distrito vicioso de los hombres del espacio. Resultaba la cosa más sencilla del
mundo entrar allí y tropezar en seguida con dificultades; no era aquélla la
mejor ocasión para hacerlo.
Caminó a paso rápido; pero con una cierta gracia felina en sus
movimientos, poniendo en práctica una docena de variaciones sobre la gravedad.
Pensaba en el millón de dólares.
¡Todo un millón de dólares por una misión que cumplir!
El vigilante de la puerta frontal de la residencia de Olliver
tenía una horrible cara de bulldog y características de sádico, como muchos de
aquellos individuos; pero se inclinó cortésmente ante Crag y le abrió la puerta
diciéndole que el juez le estaba esperando en su estudio. Crag atravesó el gran
vestíbulo y volvió a entrar en la misma habitación de la noche anterior.
Se alegró de que Olliver estuviera solo, y sentado tras su
maciza mesa de roble.
- Siéntese, Crag - le dijo Olliver -. Se tomó usted bastante
tiempo para llegar hasta aquí. Crag permaneció silencioso.
- ¿Ha comido usted? - preguntó Olliver, respondiendo Crag con un
gesto.
- Bien. Podemos hablar, pues. ¿Le gusta, verdad?
- Cuando es necesario. Por el momento prefiero que hable usted.
Yo escucharé.
- Muy bien. Ya le habrán dicho que le ofrezco un empleo como
piloto privado y presumo que habrá aceptado.
- Así es.
- ¿Sabe usted pilotar un J-14?
- Me bastará con un par de días para estudiar el manual y
familiarizarme con los controles.
- Magnífico. Dispone usted de una semana antes de que salgamos
hacia Marte. El aparato está en la plataforma 96 del espaciopuerto. Allí lo
tiene a su disposición para que realice cuantas prácticas necesite. Yo puedo
pilotarlo por mí mismo; pero jamás salgo al espacio sin alguien que pueda
relevarme.
- ¿Y después de Marte?
- Dejará usted este empleo nominal y comenzará su verdadera
misión. Ya se lo explicaré convenientemente en ruta; tenemos tiempo sobrado.
- Comprendo que eso esté bien para los detalles; pero supongo
que podrá usted darme ahora una idea de conjunto. Tal vez sea algo que no
quiera hacer o que no pueda realizar. Incluso por el precio que usted ofrece,
no iría a aceptar un trabajo de suicidio.
Sea lo que sea, deberé saberlo ahora.
- Es algo peligroso; pero no tanto. Supongo que lo intentará.
Apuesto a que sí, de todos modos podría dejarlo antes de llegar a Marte.
- Esperaré a los detalles; pero sigo deseando conocer la
naturaleza general del trabajo que voy a realizar. Quizás tenga que hacer
preparativos en esta semana que falta.
- De acuerdo, comprendo su punto de vista. Creo que ahorraremos
tiempo más tarde si comenzamos ahora a hacer nuestros planes. De hecho, si
usted acepta o declina el trabajo ahora, se lo diré todo ahora mismo…, excepto
una cosa, y puede decidir también ahora mismo, aún ignorándola:
- Deseo que robe un determinado objeto que existe en Menlo.
Crag dejó escapar un silbido.
- Pero eso es prácticamente una fortaleza.
- Sí; pero no inexpugnable para cualquiera que tenga un empleo
como guarda en el interior. Y para eso su certificado del psicógrafo es del
mayor valor. Los hombres que han sido psicografiados recientemente, se les
tiene por leales a toda prueba y se les emplea mucho más rápidamente que a los
demás, sin importar lo que fueron antes. En realidad, nadie se preocupa de su
vida anterior, ni se le hacen preguntas. De cualquier forma, usted sólo tiene
que negar cualquier pregunta que le hagan sobre su anterior identidad.
Crag sonrió ceñudamente.
- Y si no existen accesos, tendré que cargarme a un guardia y
fabricar otro en su puesto, ¿no?
- No será necesario. Menlo está muy aislado y Eisen no permite
la presencia de mujeres. Por esas dos razones Eisen tiene que pagar primas
especiales para conseguir empleados e incluso así tiene enormes dificultades.
No tendrá usted la menor dificultad en hallar empleo.
- ¿Y ese objeto que tengo que robar… es fácilmente portable?
- Podrá llevárselo en un bolsillo cualquiera.
- Menlo es una gran factoría. ¿Quisiera decirme dónde tendré que
buscar ese objeto?
- Sí; pero no cómo conseguirlo.
- ¿Ha intentado alguien llevárselo antes?
- Sí. Yo… nosotros teníamos un espía en Menlo, Crag, hace seis
meses. Como técnico, no como vigilante. Ayudó a Eisen a trabajar en el logro de
ese… objeto, y me habló de ello. Le ordené que lo consiguiera y le hice la
misma oferta que le he hecho a usted. Unas pocas semanas después leí un informe
de que había resultado muerto accidentalmente. Tanto si ha sido así, como si ha
sido privadamente ejecutado o no, es algo que ignoro.
- Probablemente cogido en una trampa mortal. Menlo está llena de
ellas.
Olliver se encogió de hombros.
- No se trataba de un criminal profesional, de nadie que
perteneciese a su categoría, en absoluto. Me habría considerado satisfecho
usándole como una fuente de información, sin esperar más de él. Desde entonces,
he venido buscando al hombre apropiado para este trabajo. Y así es cómo me fijé
en usted, al hallar su nombre y antecedentes en un expediente. Así es la
cuestión, Crag.
- ¿Y es eso todo lo que tengo que hacer allá? ¿Encontrar ese
objeto y, procurando que no me agarren, dárselo a usted?
- Y otra cosa aún, si es posible. Usted es hábil manejando las
herramientas, ¿no es cierto?
- Sí. De no poder encontrar un empleo como vigilante, podría
encontrarlo en el almacén
de la maquinaria.
- Eso podría ser muy útil. Pero no era eso lo que tenía pensado
cuando le hice esa pregunta hace un momento. Si pudiera usted fabricar un
duplicado del objeto que buscamos y colocarlo en el lugar del verdadero sería
lo ideal. Tal objeto nos será de muchísima más utilidad, si Eisen ignora que se
ha perdido. De todos modos es preciso conseguirlo, bajo cualquier
circunstancia.
- ¿Cuántas personas, además de usted y de Eisen conocen la
existencia de ese objeto y su valor?
- Nadie, que yo sepa, al exterior de Menlo, y probablemente ni
una sola persona de las que allí hay. No creo que haya nadie, aparte de Eisen y
de mí mismo, que tenga noción de su existencia ni de su valor. Es una invención
de Eisen de la que piensa que resulta poco práctica y casi sin valor alguno.
Pero yo veo en ella la posibilidad de ganar miles de millones de dólares. Y
toda esa colosal fortuna es la que necesita el Partido Cooperacionista para su
política abierta. - Olliver se detuvo un instante, para preguntar a
continuación -: ¿Y bien, Crag?
- Una pregunta todavía. ¿Dispone usted de un millón de dólares
en efectivo? ¿O se supone que deberé esperar a conseguirlo tras que ustedes
hayan ganado esos hipotéticos centenares de millones?
- El millón está dispuesto en efectivo. No de mis fondos
personales, sino de la caja del partido. Mis colaboradores sólo conocen que yo
sé la forma de invertir ese millón en nuestra política, de forma que nos
produzca con seguridad un mayor capital. Todos confían en mí, sin conocer con
exactitud su verdadero destino. Como jefe del partido y futuro candidato para
el Coordenador del Sistema, me han dado carta blanca en el desembolso de parte
de los fondos del partido. Si yo pudiera decirle quienes están asociados
conmigo en esto, Crag, se quedaría asombrado.
- Eso es algo que me tiene sin cuidado - repuso Crag -. El
millón de dólares en efectivo y que está en sus manos, eso es todo lo que
quiero saber, y el compromiso formal existente entre nosotros. Ahora necesito
un anticipo para gastos. Mil dólares será suficiente por el momento.
Olliver frunció el entrecejo.
- No necesitará tanto dinero. Está usted viviendo ahora aquí,
como empleado mío, durante la semana que precede a nuestra partida. Dispongo de
un coche para que pueda utilizarlo a su gusto en sus desplazamientos al
espaciopuerto. ¿Para qué necesita usted ese dinero?
- La adquisición de ropa en primer término. Y una buena
francachela, después.
- Recuperé sus maletas, las que tenía cuando fue arrestado.
Están en su cuarto. Con ellas dispondrá de mejor ropa de la que pudiera comprar
ahora, Crag. Respecto a esa juerga, eso está fuera de lugar. Es preciso que se
mantenga sobrio, hasta que hayamos terminado este cometido.
- ¿De veras? No acepto órdenes de nadie, Olliver. He estado en
la cárcel y no he tomado un trago desde hace un mes. Una vez estemos en Marte,
entonces le prometo no tomar ni un solo trago hasta que haya acabado el
trabajo, se lleve el tiempo que se lleve.
Pero, mientras tanto, quiero emborracharme aunque sea una sola
vez, tanto si le gusta como si no. Si no quiere anticiparme ese dinero, sabré
conseguirlo por otro procedimiento.
- ¿Y qué le ocurrirá si se mete en dificultades?
- No se preocupe. Yo soy un bebedor solitario. Me encerraré en
mi habitación. Puede usted cerrar por fuera, si lo desea.
- ¿Cerrarlo de forma que no pueda salir?
- Desde luego. Puede incluso ponerme una guardia en el exterior,
si esto le preocupa.
Olliver soltó la carcajada.
- ¿Y cómo explicarle al guardia que le vigile, mientras piensa
que usted es un hombre ya psicografiado? Los hombres que han pasado por el
psicógrafo, sólo toman copas socialmente. Además, podría usted muy bien
cuidarse de la guardia tan fácilmente como de la cerradura. Sepa que no
dispongo de hombres para ese cometido. Está bien, estoy de acuerdo en que se
corra esa juerga solitaria, ya que promete encerrarse en su habitación. Y que
estará fresco en el momento en que hayamos de salir con el J-14.
- De acuerdo. Quinientos dólares serán suficiente, ya que
dispongo de mis ropas. ¿Y qué hay con respecto a su servidumbre?
- Sólo tenemos dos sirvientes en la casa. Les enviaré con
permiso unos cuantos días.
Judeth y yo comeremos fuera. Pero ¿cómo se las arreglará para
sus comidas? ¿O es que no va a comer nada?
- No. ¿Dónde está mi habitación? Me gustaría cambiarme con mis
propias ropas cuanto antes.
- En el segundo piso, frente a la escalera. Tenga, aquí tiene
los quinientos dólares. Los sirvientes se habrán marchado para cuando usted
vuelva.
Crag tomó el dinero y se fue a su habitación. Comprobó su
equipaje y anotó que la policía le había quitado algunos objetos de escaso
valor, nada importante que no pudiera reemplazar inmediatamente. Había tenido
suerte, pues incluso cuando un criminal era declarado inocente en un proceso y
puesto en libertad, debería considerarse afortunado de recobrar sus cosas. Era
algo con lo que no había contado.
Se cambió rápidamente de ropas y salió. La necesidad psicológica
de irse de juerga y correrse una francachela se hacía más y más fuerte en él y
ahora que ya tenía la bebida a la vista, se dio prisa para gozarla cuanto
antes. Encontró un barrio comercial en la ciudad, en el que había un bar
discreto, que era cuanto necesitaba. Los precios eran tres veces superiores de
lo que le habrían costado las bebidas en Marte y casi la mitad más de los
corrientes en el barrio de los hombres del espacio; pero la cuestión se cifraba
en doscientos dólares y los pagó sin discutir.
En su habitación, comenzó a beber y emborracharse hasta caer en
la inconsciencia a lo largo de todo aquel día y al siguiente, volviendo a beber
cuando recobraba el conocimiento. A la mañana del tercer día, decidió que ya
estaba bien y tiró por el cuarto de baño lo que quedaba de los licores
comprados. Lo cierto es que no había encontrado ningún placer con semejante
borrachera, sólo había llenado una necesidad psicológica apremiante, y ahora ya
podría continuar adelante sus propósitos, sin beber ni una gota, hasta que
llegase el momento en que pudiera hacerlo con seguridad y en una forma más
agradable y libre.
No se encontraba muy seguro sobre sus pies y sus ojos aparecían
enrojecidos, molestándole como si los tuviera llenos de arena; pero pudo
controlar su mente. Estaba seguro de haber comprobado la presencia, medio en
sueños, de Judeth junto a su cama, mirándole con atención. Pero había
comprobado la cerradura de su cuarto y decidió posteriormente que todo aquello
debió haber sido una alucinación, junto con los otros sueños y alucinaciones
sufridas a lo largo de la inmensa borrachera.
Al descender por la escalera, saliendo de su habitación, pasó
junto a Judeth, quien al verle en semejante estado, no le dirigió la palabra.
Celebró íntimamente que hubiera sido así.
Olliver no estaba en su estudio privado. Crag le dejó una nota
escrita sobre la mesa:
«Ya ha terminado; puede usted decir que vuelva la servidumbre.»
Encontró la cocina y se preparó una comida abundante. Después volvió a su
cuarto y se quedó profundamente dormido. Se despertó a la mañana siguiente en
buena forma.
La mayor parte de los días siguientes, los empleó en el
espaciopuerto dentro del J-14 de Olliver, estudiando su estructura y conducción
y el manual de la espacionave, con sus especiales indicaciones para la
navegación con aquel tipo de aparato. Allí también se dedicó a pensar la futura
aventura de Marte, su cometido especial y unos libros adquiridos acerca de
cuanto se relacionaba con Menlo y Eisen, Crag ya sabía, desde luego, un
considerable número de cosas acerca de Eisen. Eisen era un científico e inventor,
quien a principios de su carrera, tuvo que haber sido sorprendido por las
similitudes - incluso en la leve similitud de los nombres -, entre él y Edison,
el famoso inventor de siglos atrás, y por que además, había puesto el nombre de
Menlo a su factoría de investigaciones, en recuerdo de Menlo Park de Edison. Al
igual que Edison, Eisen también era un empírico más bien que un teórico, como
hombre de ciencia, su mente aguda veía posibilidades prácticas allí donde otros
veían sólo hechos abstractos y ecuaciones puramente matemáticas. Como Edison,
también, hacía que las cosas funcionasen, siendo por lo demás un trabajador
infatigable. Pero había ido mucho más lejos que Edison en el número y en el
alcance de sus inventos y se había hecho fabulosamente rico, uno de los hombres
más ricos del sistema. Podía comprar y vender prácticamente gobiernos enteros;
pero no sentía el menor interés por la política, como tampoco en el poder ni en
la gloria, sólo en sus trabajos de investigación.
Menlo había ido creciendo en un impresionante y ruidoso enorme
edificio en que se hallaban los laboratorios y la factoría y las habitaciones
de sus ocupantes y talleres, aislado y rodeado por unas defensas que tenían
fama de ser inexpugnables. La ciudad marciana más próxima distaba varias millas
de distancia, siendo además muy pequeña.
Eisen vivía allí con una plantilla exclusiva de empleados y
guardianes, todos hombres, de una treintena de ellos para cada menester.
Olliver había tenido razón al afirmar que la única forma de
entrar en Menlo, era la de conseguirse un empleo primero. Aún así, había
innumerables trampas de seguridad de todos los órdenes. Aquélla sería la más
dura empresa que Crag podía acometer, de cuantas pudo haber hecho en su vida.
Pero el precio valía la pena, le aguardaba un millón de dólares.
Mientras tanto, Crag procuró aislarse y evitar todo contacto con
los Olliver, especialmente con Judeth. Le pagaba a los sirvientes para que le
llevasen las comidas a su habitación en una bandeja, haciendo las demás en un
restaurante de la ciudad o en el espaciopuerto.
Transcurrida una semana, llamó a la puerta de Olliver, oyendo en
seguida el permiso de entrar. Preguntó a Olliver si ya había pensado en el
momento de partir y éste aprobó con un gesto.
- Pasado mañana. ¿Está todo en orden para la travesía?
- Sí - repuso Crag -. Dispuestos para partir en cualquier
momento. ¿Quiere que ponga en orden el permiso de salida?
- De acuerdo. Hágalo para las diez de la mañana. O antes, si es
posible. ¿Tiene necesidad de más dinero?
Crag sacudió la cabeza.
- Tengo lo suficiente hasta que llegue a Menlo. Si consigo el
empleo en Menlo, sus guardianes estarán sobre mí y no es conveniente que me
encuentren mucho dinero encima.
- Me parece muy bien. Investigarán cualquier cosa que les diga a
ellos, Crag. No lo harán por las fechas anteriores a su certificado del
psicógrafo, sino por sus subsiguientes acciones. ¿Ha preparado ya una buena
historia que convenza a aquella gente por qué deja usted su oficio de piloto
astronauta, cuando lleguemos a Marte, y se va en busca de un empleo en el que
ganará menos?
- Sí. Supongo que querrán comprobarlo con usted, investigando mi
relato y la excusa que de los hombres psicografiados, casi siempre pierden sus
arrestos para seguir viajando por el espacio, y eso precisamente será lo que me
habrá ocurrido a mí. Yo habré sufrido de un miedo espantoso en el viaje a Marte
y no desearé viajar más por el espacio a ningún precio.
- Me parece estupendo. Tomaré nota de eso y también lo hará
Judeth.
Crag frunció el ceño.
- ¿Va ella también?
- Sí. No se preocupe, hay sitio sobrado en la nave. Es un
crucero interplanetario de cuatro tripulantes. ¿No le importa?
- No, en absoluto, si me deja solo. Creo que podría decirme
ahora cuál es el objeto que desea que yo robe de Menlo. No voy a volverme
atrás, sea cual fuere la misión que vamos ya a emprender.
- De acuerdo, Crag. Se trata de un dispositivo que tiene el
aspecto de una linterna eléctrica de bolsillo achatada. Tiene unas lentes en
uno de los extremos; pero no podría decirse que sean iguales a las de una
linterna corriente, porque las lentes son verdes y opacas, opacas a la luz,
quiero decir. Podría darle una descripción más exacta; pero no lo suficiente
para que pudiera usted fabricar un duplicado por anticipado, aún.
- ¿Y dónde se encuentra?
- Está en la cripta de seguridad del taller y laboratorio
privado del propio Eisen. No sé exactamente en qué lugar de la cripta estará;
pero existe una carta - índice sobre la mesa de despacho de Eisen. El objeto
está archivado bajo la particular denominación de DIS-l.
- ¿Es eso todo lo que puede usted informarme? - Sí, con algunos
otros detalles. No robe ninguna otra cosa más. Tal vez existan muchas otras
cosas de gran valor; pero no las deseo en absoluto. Además, no deseamos por
nada del mundo que Eisen sepa que algo haya sido robado. Si lo consiguiera…
- Cuando lo consiga...
- Está bien, cuando lo consiga, no trate de hacer tonterías con
ese dispositivo, o utilizarlo. Tiene que prometérmelo.
- Sería más fácil para mí prometérselo si supiese de qué se
trata. Mi curiosidad pudiera resultar peligrosa.
- Pues bien, se trata de un desintegrador. Está diseñado para
anular la fuerza cohesiva de la materia. Bien... no estoy muy fuerte en la
teoría atómica, por tanto no puedo añadir más detalles técnicos. Lo cierto es
que la materia sufre un colapso convirtiéndose en neutronio.
Crag emitió un silbido de sorpresa.
- Un desintegrador..., ¿y dice usted que Eisen lo considera sin
utilidad?
- Sí, porque su alcance es corto. El tamaño necesita
incrementarse con el cubo de la distancia. El modelo tras el que va usted
ahora, sólo tiene una acción de dos pies. Para hacer otro que tenga un radio de
acción de veinte, el aparato tendría que ser tan grande como una casa y para
uno de mil pies... bueno, creo que no hay materia prima suficiente en todo el
Sistema Solar, ya que sería tan grande como un pequeño planeta. Además, existe
el problema del retraso del tiempo. El rayo que parte del desintegrador, crea
una reacción en cadena en cualquier objeto razonablemente homogéneo al que se
apunte, dentro de su alcance; pero se lleva unos segundos en comenzar. No, no
es útil como arma, Crag. Puede creerme sinceramente.
Crag le miró pensativo.
- Entonces... si está usted dispuesto a gastar un millón de
dólares en él, será por el producto, es decir, por el neutronio. Pero ¿para qué
puede usarse?
Crag estaba familiarizado, desde luego con el concepto del
neutronio, todos los hombres del espacio lo estaban. Incluso los escolares de
primer grado sabían que algunas de las estrellas estaban hechas de una materia
casi completamente colapsada cuyo peso alcanza docenas de toneladas por pulgada
cúbica. Existen en el Universo estrellas enanas más pequeñas en tamaño que la
Tierra; pero con su peso superior al propio Sol. Pero no se conocía tal materia
colapsada en el Sistema Solar. El neutronio puro, la materia completamente
colapsada, debería ser inconcebiblemente pesada más pesada que el núcleo de
cualquier estrella conocido. Ciertamente, que si ello pudiese ser manejado, las
consecuencias serían, naturalmente incalculables. Pero cuando los átomos de un
objeto quedan colapsados no se limitan sencillamente a caer por los
intersticios del resto de la estructura atómica hacia el centro de la Tierra, o
cualquier otro planeta que se tomase en consideración.
Olliver estaba sonriendo en aquel momento. - Este no es cosa que
deba hacerle preocuparse, Crag. Podré decírselo más tarde, si ello encaja bien
dentro de mis planes.
Yo le proporcionaré cuanto sea preciso para que le resulte útil
en su empresa.
Crag aprobó con un gesto. Pero no pudo evitar seguir pensando en
el meollo del problema de Olliver. ¿Qué valor podía tener un arma que sólo
tuviese tan corto alcance, un alcance casi menor que su propia mano izquierda y
con menos rapidez? ¿O sería para poder utilizar el neutronio? Bien, ya volvería
a preocuparse por aquellas preguntas sin respuesta cuando tuviese el objeto en
sus manos, antes de entregárselo a Olliver.
El viaje hacia Marte resultó pesado y aburrido, como son todos
los viajes espaciales.
Afortunadamente, aquel J-14, era una nave relativamente lujosa y
disponía de una cabina para él solo. Empleó en ella la mayor parte del tiempo,
cuando no estaba al mando de los controles. Durmió cuanto pudo también y empleó
el resto del tiempo leyendo y escuchando registros de sonido y música. Habló lo
menos posible con Olliver y nada en absoluto con su esposa, excepto cuando
tenía que contestar a cualquier pregunta que le fuese hecha directamente.
Crag tomó finalmente los controles para la toma de contacto con
el suelo de Marte, operación que realizó a la perfección. Se volvió hacia
Olliver.
- ¿Dónde deberé entrar en contacto con usted?
- Tenemos reservadas habitaciones en el Hotel Fobos. Vendrá
usted con nosotros,
Crag. Alquilé, también una para usted.
- ¿Por qué? Podría muy bien haberme dirigido hacia Menlo.
- Porque tengo relaciones, a través de las cuales podré ponerle
más al corriente de la situación. Quédese al menos esta noche y podrá salir
mañana, con más informes y conocimientos de los que tiene ahora.
Crag se mostró de acuerdo. Una vez en el Hotel Fobos, se fue
derecho a su habitación y permaneció en ella. Por la mañana, estaba ya vestido
y dispuesto cuando sonó el teléfono anunciándole que Olliver también lo estaba.
Se encontraron en la sala principal de la «suite» que el matrimonio había
encargado.
- Las noticias son buenas, Crag - le dijo Olliver -. Eisen está
en la Tierra, en la mitad de un mes de vacaciones que se ha tomado allá.
Dispondrá usted de dos semanas antes de que vuelva. Tal vez esto simplifique
las cosas para usted.
- ¿Quién se encarga de emplear al personal cuando Eisen se
marcha?
- Nadie emplea a técnicos; pero el jefe de los vigilantes, un
individuo llamado Knutson, está autorizado para emplear a hombres en el
servicio de vigilancia. No tengo ahora idea muy clara de cómo estarán de
personal; pero las posibilidades son excelentes, por lo general siempre tienen
dos o tres plazas vacantes en la vigilancia.
- Creo que valdría más que viese a ese Knutson en la ciudad.
¿Sabe usted cómo podría reconocerle, si le encontrase?
- Sí. Le conozco de haber visitado Menlo hace seis meses. Es un
hombretón alto y fuerte, con el pelo rojizo y una gran cicatriz en diagonal
partiendo de una mejilla... no recuerdo de cual. No me sorprendería que fuese
un matón. ¿Necesita más dinero?
- Creo que me vendrían bien doscientos dólares. Tengo suficiente
para llegar basta allá pero pudiera ser que no encontrase empleo tan pronto.
Olliver contó y le entregó los doscientos dólares solicitados.
Judeth entró en aquel momento vestida y a punto de salir. Pasó
junto a Crag y puso una de sus manos en las de éste.
- Adiós, Crag. Buena suerte.
Crag se preguntó interiormente por qué quemaban las manos de
Judeth a su contacto.
Salió también inmediatamente.
La pequeña ciudad de Pranger, de una población de unos mil
doscientos habitantes, que constituía el único lazo de Menlo con la
civilización, aparte de que Menlo en sí, era la civilización, se encontraba en
un alto valle de las Montañas de Sirte. No existían vuelos regulares de
comunicación entre ella y Marte City, por lo que Crag tuvo que hacer el viaje
en etapas sucesivas, no llegando a ella hasta primeras horas de la tarde. Dio
su nombre en la pensión de Pranger, almorzó y después salió para conocer la población.
Había poco que ver en Pranger. Aparte dos tabernas de aspecto
tosco y unos cuantos establecimientos comerciales, lo demás eran las viviendas
de los mineros. Era una población surgida con motivo de la explotación de unas
minas de molibdeno y todos vivían junto a ellas, prácticamente. Una población
pobre y tristona. Si era el único lugar accesible a los empleados de Menlo, no
era de extrañar que nadie tuviera interés en trabajar allí. No obstante,
todavía no quiso dirigirse rectamente a pedir su empleo, ya que todas sus
oportunidades quedarían destruidas en un momento si se la negaban de primer
intento. No tendría lógica alguna permanecer dando vueltas alrededor de Menlo e
intentarlo de nuevo. Sería muchísimo mejor encontrarse a Knutson
accidentalmente y ver la forma de que le fuese ofrecido un empleo, sin que
tuviera que solicitarlo. Entonces las posibilidades no quedarían terminadas por
una negativa, ya que no podría negársele nada que no hubiera solicitado.
Fue en las primeras horas del atardecer cuando acertó a
distinguir al hombretón, de cabellos rojizos que se acercaba muy bien al tipo
descrito por Olliver. Crag se dio prisa por seguirlo. No estaba en condiciones
de localizar la cicatriz de la mejilla desde la distancia a que le vio; pero
aparecía mucho mejor vestido que los mineros de la población y creyó estar
seguro de que se trataba de Knutson. Y cuando siguiendo al hombre, entró en una
de las tabernas del pueblo y pudo observar la cicatriz, no le cupo duda alguna
de que allí estaba el hombre buscado. Y también comprobó que era bastante más
matón de lo que se había imaginado Olliver, lo que significaba que no
resultaría muy fácil hacer amistad con él. Quizás el dejarse dar una paliza por
él sería más sencillo.
Crag se las arregló para aproximarse junto a Knutson en el bar,
arreglándoselas también para resbalar y caer sobre él, derramando parte de la
bebida que se estaba tomando en aquel momento. Pero Crag le pidió excusas al
momento. Tenía que andarse con mucho cuidado, ya que debería en cualquier
momento, más tarde, revelar su identidad psicográfica; pero mientras tanto, no
hacer nada que pudiera traicionarle. Un hombre recientemente psicografiado
podía defenderse en caso de ser atacado, o, siendo un guardia atacar a otros en
cumplimiento de su deber; pero no es jamás naturalmente agresivo ni propenso a
la menor violencia.
Pero unos momentos más tarde, y de nuevo como si no hubiera
podido evitarlo, volvió a chocar con Knutson derramando entonces mayor cantidad
del licor que estaba bebiendo en aquel instante. En aquella ocasión no tuvo
tiempo de dar explicaciones, materialmente.
Antes de pensar en hacerlo, un gigantesco puñetazo le envió a la
otra parte del bar, aunque pudo evitar caer por el suelo. Consiguió ponerse en
equilibrio y volvió dando traspiés. Devolvió el ataque, aunque teniendo buen
cuidado de hacerlo con la mano derecha, defendiéndose con la izquierda. Hizo lo
posible porque apareciese que había combatido como un valiente en una buena
pelea, aunque todo pudo haber acabado de un simple golpe, de haberlo deseado.
Pero Crag hizo una larga y buena pelea dejándose derrotar lentamente y con
honra. Finalmente, le tumbó definitivamente por el suelo.
Al instante, se le aproximó Knutson y haciéndole un guiño con la
cara ensangrentada, le dijo cordialmente:
- Vaya, amigo, ha peleado duro para un tipo de su tamaño. Ha
estado a punto de tumbarme. Vamos, le invito a un trago.
Y de aquella forma, devolviéndole el guiño y dejando que Knutson
le ayudase a acercarse a una mesa, se encontró sentado con el hombretón del
cabello rojizo y frente a un par de buenos tragos. Unos minutos más tarde, tras
haber contestado a una serie de preguntas de Knutson sobre lo que estaba
haciendo en Pranger, el gigantón le preguntó:
- Amigo, supongo que no irá a buscar trabajo en las minas. Un
tío capaz de luchar como usted, merece otra cosa. ¿Qué le parece trabajar en
Menlo?
Resuelta, pues; la cuestión, Crag estuvo contento de poder ir a
trabajar a Menlo con su nuevo amigo recién adquirido. Comprobando sus
antecedentes, Knutson se mostró encantado ante el certificado psicográfico que
Crag le mostró finalmente.
- Hombre, esto es realmente bueno. Sólo tiene dos semanas. Nos
informamos también de sus antecedentes personales aunque espero que no habrá
ocurrido nada en dos semanas que hace que le dieron este certificado. ¿Qué
estuvo usted haciendo? Crag se lo explicó a su manera y el jefe de la
vigilancia de Menlo, quedó en telefonear al Hotel
Fobos a la mañana siguiente para tomar referencias del juez
Olliver. Después, bastaba con que las huellas digitales de Crag coincidiesen
con las estampadas en el certificado para que no hubiese más inconvenientes en
comenzar a trabajar en su nuevo empleo.
- No se gana mucho más que en las minas - le dijo a Crag -, pero
es un trabajo limpio y fácil. Es un trabajo más bien de holgazanear, siempre
que se esté bien alerta mientras lo hace. ¿De acuerdo?
Crag lo estuvo en el acto.
V
Pudo muy bien haber ido simplemente a Menlo y haber solicitado
un empleo, desde luego; pero resultó mucho mejor la forma en que lo hizo,
haciéndose amigo de Knutson.
La forma más rápida de hacerse amigo de un matón es entrar en
lucha con él y dejarse vencer, con el suficiente margen de dignidad como para
ser respetado. Batir a un matón significa el odio feroz de éste; dejarse tumbar
de una paliza, tras una buena lucha es conseguir hacerle feliz y Obtener su
amistad fanfarrona. Como amigo de Knutson, Crag consiguió lo que se proponía,
obtener el puesto de vigilancia nocturna que patrullaba en el interior de
Menlo, y no en la periferia.
Crag necesitaba conocer minuciosamente cada pieza del lugar,
excepto el laboratorio y la oficina privada de Eisen, cerrada bajo llave y
rigurosamente inaccesibles durante su ausencia. Más que cerrada, Crag supuso
acertadamente que aquellas dos habitaciones deberían estar sembradas de las más
diversas trampas mortales. Ni Knutson, ni
Cambridge, el jefe técnico de la planta y el hombre más cercano
a Eisen, tenían la menor noción de cómo aproximarse a dichas habitaciones.
Nadie, excepto el propio Eisen podía entrar en ellas, a menos que no mediase
una invitación suya; pero estando él presente.
Crag gastó tres días con sus noches sin hacer nada, sino
aprendiendo en detalle todos los puestos de vigilancia, las entradas y salidas
y el completo dispositivo de la planta de investigación, la rutina general de
entradas y salidas, los relevos de guardia y el equipo.
Una suerte resolvió para Crag el mayor problema futuro,
anticipadamente: en la tercera planta del edificio existía un pequeño museo de
armas primitivas de la Tierra. Una de ellas
- lo decidiría cuando llegase el momento - sería la más
adecuada, para conseguir el desintegrador que tan afanosamente buscaba en
Menlo.
La siguiente noche a la hora de cenar, Knutson le preguntó en el
comedor:
- ¿Te gusta la lucha? Me refiero más concretamente al boxeo.
- Pues claro que sí.
- Esta noche hay una condenadamente buena, en Marte City, de
pesos «welters».
¿Quisieras venir a mi cuarto y verla por la televisión?
- Me parece magnífico - repuso Crag.
- Será sobre las siete. Ven a mi cuarto y allí la veremos. Si
llegas antes que yo, ponte, cómodo y considérate como en tu propia habitación.
Crag tomó mentalmente buena nota de la invitación que le resultó
del mayor interés y procuró estar en el cuarto de Knutson antes que él. Aflojó
uno de los tubos al vacío del aparato y cuando Knutson llegó y encendió la
televisión, no daba la menor señal de vida.
Knutson juró como un carretero indignado, tras haberse cansado
de mover los diales en todas direcciones.
Crag le hizo una sugerencia.
- Creo que podría arreglar el aparato, entiendo bastante de
televisión. Puesto que nadie trabaja ahora en el laboratorio municipal, vayamos
a ver si es posible poder arreglarlo.
Una vez en el laboratorio, Crag comenzó a perder deliberadamente
el tiempo con el aparato, sin conseguir ponerlo en funcionamiento. Knutson
comenzó a sentirse nervioso.
- Nos estamos perdiendo el combate, Crag. Vamos al salón
principal y lo veremos en el aparato grande que allí hay. Ya lo arreglarás más
tarde.
- Vete tú si quieres, Knutson. Estoy a punto de arreglarlo y no
es cosa de dejarlo así.
Estoy seguro de reunirme contigo antes de que termine el
combate.
Se reunió con Knutson congo había dicho y con el aparato ya
arreglado. Y además con diversos objetos en sus bolsillos, en especial una
diminuta linterna atómica y un circuito detector, ambos algo toscamente
montados, pero pequeños y eficientes. Además, tomó otras cuantas cosas de las
que habría de tener necesidad en el futuro.
A la noche siguiente, se las arregló para aproximarse a la
puerta de Eisen, la de su oficina privada, con - la linterna y el circuito
detector, comprobando todos los circuitos posibles de alarma que allí
existieran, dejándole satisfecho por el momento. No pretendió entrar en la
habitación, precisaba toda una noche entera para conseguirlo.
Un día después, solicitó de Knutson que le cambiase la
vigilancia de día. Y a la noche siguiente, tan pronto como se consideró en
seguridad dejó fuera de uso los tres circuitos de alarma de la puerta y entró
en la oficina privada de Eisen, disponiendo de cinco horas de tiempo para
maniobrar. Empleó las primeras en vigilar cuidadosamente todas las posibles
trampas de alarma que pudieran existir a su alrededor, tanto en la oficina como
en el laboratorio. Pudo hallar y desconectar otros tres circuitos de alarma
cuidadosamente instalados. Después, volvió su atención hacia la brillante
puerta de durastil de la gran caja de seguridad.
Se hallaba a la derecha de la mesa de Eisen y un objeto dejado
sobre la misma le ahorró mucho tiempo en previas experimentaciones. Se trataba
de una herradura magnética, un juguete en apariencia y que por lo visto, debía
utilizarse como pisapapeles... Pero, ¿y si se trataba de algo más que aquello?
¿Por qué no pudiera ser la clave de una cerradura magnética?
Examinó, pulgada a pulgada y con todo cuidado, la lisa
superficie de durastil de la puerta de acceso. Siendo de tal clase de material,
en ella no existían desconchados ni señales que pudieran confundirle. Existía
únicamente lo que parecía ser una casi imperceptible mancha de mosca a un pie
aproximadamente a la derecha de la cerradura.
Pero las manchas de mosca eran imposibles allí... en Marte no
había moscas. Manipuló con la herradura imantada en todas las posiciones
imaginables con relación a aquella diminuta manchita y cuando por fin la situó
exactamente entre ambos polos de la herradura, sosteniéndola hacia arriba,
súbitamente la puerta giró sobre sus invisibles goznes y se abrió suavemente.
En el interior aparecieron centenares de cajas metálicas dispuestas
simétricamente y todas ellas numeradas.
Crag volvió a la mesa de despacho de Eisen, y en el archivo
existente en un rincón de la oficina, encontró la carta con la designación
codificada de cada uno de aquellos cajones metálicos. Unos momentos más tarde,
el desintegrador estaba en sus manos.
Parecía, en efecto, una pequeña linterna eléctrica de bolsillo,
incluso más pequeña que la de uso corriente de encendido atómico que Crag había
tomado del laboratorio municipal.
Excepto por las lentes, que tenían un color de verde esmeralda y
eran totalmente opacas.
Crag cerró el cajón correspondiente y comenzó a cerrar la caja
también, cuando se detuvo. En realidad, tenía tiempo para fabricar un falso
duplicado y dejarlo como sustituto, siguiendo las sugerencias que le había
hecho Olliver al respecto.
Era cierto que si Eisen intentaba usar el dispositivo
descubriría inmediatamente la sustitución; pero si sólo se limitaba a realizar
visitas periódicas al material secreto allí guardado para comprobar que nada se
había extraviado, vería de una simple ojeada el objeto duplicado y allí
continuaría. Cuanto más tiempo tardase en descubrir el robo, tanto mejor.
Se llevó el objeto al laboratorio privado y comenzó a trabajar
rápida y eficientemente. Ni habiéndolo hecho a propósito, nunca pudo Eisen
haber preparado tan bien aquel laboratorio para que un ladrón técnico hiciese
un correcto duplicado de cualquier objeto robado. Se aplicó a la tarea con sus
cinco sentidos y cuando terminó procuró estar seguro de no haber dejado tras sí
la menor traza de haber utilizado el banco de trabajo, ni las herramientas,
dejándolo todo nuevamente en el lugar que ocupaba previamente. Depositó el
falso duplicado en la caja de seguridad y cerró ésta, volvió a conectar los
circuitos de alarma y a dejarlo todo nuevamente en su sitio, excepto los avisos
de alarma de la puerta.
Aguardó tranquilamente en la oscuridad hasta que oyese a la
guardia pasar su turno de ronda. Diez minutos más tarde, con la puerta
convertida en una trampa mortal, se hallaba de vuelta en su habitación. No
quedaba tras él la menor traza, a menos que Eisen intentara hacer funcionar el
desintegrador, o realizase un cuidadoso inventario del material empleado en el
taller y el laboratorio.
Las demás cosas que tenía que hacer podían esperar hasta el día
siguiente y así se tomó un sueño de dos horas.
La cosa más importante a realizar era situar el desintegrador en
seguridad y fuera de la factoría, a la mañana siguiente y de la forma más
rápida y segura. El museo de armas antiguas que Eisen tenía en el tercer piso,
estaba próximo a su habitación. Entró en él, tomó el arco más pesado que pudo
hallar y una pesada flecha de caza. Amarró cuidadosamente, envuelta en un trozo
de tela, el desintegrador a la cabeza de la flecha, bajo la punta. Con todas
sus fuerzas distendió el fuerte arco y la lanzó describiendo un amplio arco,
por encima de la valla electrificada y en dirección a una hondonada fuera de
toda vista posible de la factoría de Menlo. A menos que no se destrozase al
caer la flecha, el desintegrador estaba en seguridad y en lugar a propósito
para recogerlo a placer en el momento propicio.
Una rápida detención en el taller principal, mientras los
técnicos tomaban su almuerzo, le permitió dejar en su lugar la linterna atómica
que había tomado y tirar en la basura los trozos de chatarra y desperdicios que
le habían quedado en los bolsillos, desembarazándose de toda huella de la faena
realizada.
El problema, entonces, era el de no levantar sospechas al
intentar abandonar Menlo demasiado rápidamente. Peor aún sería la actitud de
despedirse a sí misma, conducta totalmente insospechada en un hombre
psicografiado. Y adoptó el camino más factible. A la mañana siguiente, informó
de que se sentía enfermo con un terrible dolor de cabeza y con vértigos.
Knutson le llevó a la enfermería y le dejó allí mientras iba a avisar al
auxiliar sanitario de la factoría. Crag se aprovechó del tiempo que medió para tomar
un par de drogas de la vitrina; una de ellas, belladona, y otra, un purgante
activo.
- Parece como si tuviese fiebres recurrentes - expresó el
técnico sanitario observando la contracción de las pupilas de Crag -. ¿Las ha
sufrido con anterioridad?
Crag hizo una mueca de desamparo.
- No podría recordarlo. Estará en mi historial, seguramente.
El sanitario miró fijamente a Knutson
- De ser así sufrirá de diarrea dentro de pocas horas. En tal
caso, sería mucho mejor llevarlo a Marte City para un tratamiento adecuado. No
puedo atenderlo debidamente aquí, aparte de que sería preciso un análisis para
estar seguros.
- Quizás pueda yo arreglarlo rápidamente - comentó Knutson -.
Podría llevarle a la ciudad cuanto antes y así estar seguros.
- Será mejor, por el momento, que no viaje hasta que haya pasado
el primer ataque de fiebres. Seguramente mañana estará mejor, aunque suele
presentarse un segundo ataque a los pocos días. Una vez que le hagan ese
análisis y le pongan el debido tratamiento, la cosa no tendrá importancia.
Crag empeoró y a la tarde sufrió efectivamente una fuerte
diarrea. A la mañana siguiente se encontró mejor. Knutson fue a buscarle el
sueldo que tenía devengado e incluso le ofreció que no hiciese el equipaje ni
se preocupase por nada, para ganar tiempo; pero Crag insistió en hacerlo para
tener sus cosas a la mano, en caso necesario de cualquier complicación en su
enfermedad. Declinó también el ofrecimiento de Knutson de llevarle a Pranger en
helicóptero, recalcando que un paseo hasta la pequeña población minera le haría
sentirse mejor. Una vez fuera de la vista de Menlo, escondió su maleta en unos
matorrales cerca del camino, dio un rodeo y volvió a la hondonada en que había
disparado la flecha. La encontró con relativa facilidad y se la puso en el
bolsillo, tras hacer desaparecer la flecha enterrándola en la arena.
No intentó probar el desintegrador en las proximidades de Menlo,
ya que Olliver no había mencionado si su funcionamiento era o no silencioso.
Probablemente no lo sería.
Esperó hasta estar nuevamente cerca de donde había escondido su
equipaje. Entonces, tomó el desintegrador y se apartó una docena de pasos,
apuntando a un matorral próximo. Nada ocurrió en los primeros instantes hasta
que gradualmente fue aproximándose al matorral, siempre con el disparador
presionado. Cuando estuvo a pocas pulgadas de distancia, la silueta del
matorral se hizo neblinosa y después desapareció totalmente, sin dejar siquiera
sobre la arena la menor traza de que allí había existido. Olliver no había
mentido sobre la naturaleza del dispositivo, ni tampoco en la limitación de su
alcance.
Sería de un enorme valor, por ejemplo, para un criminal, al no
dejar ni rastros de un cuerpo muerto; pero cualquier otra arma sería mucho más
eficiente, incluso un simple cuchillo. Desde luego le pareció que no debería
valer un millón de dólares; pero aquello ya era asunto concerniente a Olliver y
no a él.
Aquella noche, en Marte City, hizo la primera gestión para
asegurarse una buena coartada, en el caso que le fuese precisa, al haber dejado
el trabajo. Se dirigió a una clínica y esperó a que le hicieran un análisis. Le
dijeron que no tenía que temer nada de las fiebres recurrentes y que los
síntomas sufridos deberían corresponder a cualquier otra indisposición
orgánica. Prometió volver a que le hiciesen otro análisis más completo en el
caso de que los síntomas volviesen a molestarle.
Llamó a Knutson informándole de aquellas noticias, según había
prometido. De no haberlo hecho, Knutson hubiera podido sospechar y de cualquier
forma a nada conducía quedar mal con él y cerrándose las puertas de Menlo.
Aún no tenía el millón en la mano y cuando lo tuviera, tal vez
no le durase siempre.
Siempre podría resultarle útil arreglárselas para poder volver
en cualquier ocasión a
Menlo y encontrar trabajo útil. Knutson trató de ofrecerse para
ir a buscarle y que volviese a Menlo, pero Crag le dijo que aunque no tenía
fiebre y se encontraba bastante bien, por el momento trataría de encontrar
trabajo en Marte City, provisionalmente, hasta esperar algún tiempo y estar
seguro de que los síntomas de la enfermedad no volvían más, teniendo cerca una
buena clínica, en caso de recurrencia.
Llamó a Olliver al hotel, quien se puso al teléfono.
- ¡Maravilloso, Crag! ¿Puede venir inmediatamente?
- ¿Tiene usted ahí lo convenido?
- ¿Aquí? Pues claro que no. Me llevará lo menos hasta mañana a
la tarde tenerlo todo a mano y... - Le llamaré mañana a la tarde - interrumpió
secamente Crag.
- ¡Espere, Crag! ¿Dónde se encuentra en este momento?
Crag colgó el aparato.
Al día siguiente, ya tarde, Crag volvió a llamar. Le repuso
Olliver.
- ¡Crag, no vuelva a colgarme! Escúcheme. Es demasiado dinero en
efectivo para tenerlo a la mano. La mayor parte de mis inversiones en la
Tierra, y...
- ¿De cuánto dispone ahí en el hotel?
- De la mitad. Tendré necesidad de unos pocos días todavía para
conseguir el resto.
- Está bien. Si ha conseguido la mitad, confiaré en usted por el
resto. ¿Hay alguien más ahí con usted?
- Solamente Judeth. ¿Puede venir inmediatamente?
Crag le aseguró que así lo haría y allí estaba a los veinte
minutos siguientes. Olliver, con el rostro tenso por la espera, le franqueó la
entrada.
- ¿Lo ha traído?
Crag afirmó con un gesto y miró a su alrededor. Judeth, vestida
más llamativamente que la primera vez que la vio, yacía coquetamente tumbada en
un largo sofá mirándole fijamente y con una expresión inescrutable.
Olliver se volvió hacia ella.
- Daremos por seguro que trae el desintegrador. Trae el dinero,
querida.
Judeth se dirigió al cuarto contiguo y volvió con un abultado
fajo de billetes de mil dólares. Sin mediar palabra se lo ofreció a Crag.
- Quinientos mil dólares. Puede contarlos. Crag se los metió en
los bolsillos.
- Si confié en ustedes para el otro medio millón, puedo confiar
en que éste estará bien contado. De acuerdo, Olliver, el juguete es suyo.
Las manos de Olliver le temblaban de emoción al tener el
dispositivo en sus dedos nerviosos.
- ¡Buen muchacho, Crag! ¿Y supone usted que no le echarán de
menos en Menlo?
- Nadie lo echará a faltar, a menos que Eisen trate realmente de
usar el duplicado que he dejado en su lugar. Y ahora, veamos lo que hay sobre
el otro medio millón: ¿dónde y cuándo lo voy a recibir?
- Siéntese, Crag - le suplicó Olliver -. Déjeme explicarle parte
de mis planes y que le haga una sugerencia. Primero, puedo conseguirle el resto
del dinero dentro de veinticuatro horas, en cuanto volvamos a la Tierra. Lo
tengo allí a mi disposición, sólo es cuestión de transformar los valores en
efectivo.
- Está bien - convino Crag -. ¿Y cuándo tiene intención de
volver a la Tierra?
- Salimos mañana. Pero he de hacer una etapa antes de llegar. La
totalidad del viaje nos llevará una semana. Pero aquí está la sugerencia que
quería hacerle: ¿por qué no viene usted con nosotros de vuelta a la Tierra?
- ¿Cuál es esa otra etapa que tiene que hacer antes?
- En el cinturón de los asteroides. Sólo en el borde exterior.
Deseo aterrizar en un pequeño asteroide.
- ¿Para comprobar el desintegrador?
El propio Crag tras haber hecho la pregunta, cayó en la cuenta
de que allí estaba implícita la respuesta. Se trataba de disponer de neutronio
de la forma más simple.
Desintegrar todo un pequeño asteroide y sus átomos se
colapsarían reduciéndose infinitamente de espacio dentro de ellos mismos, hasta
que la totalidad del asteroide no ocupase ningún campo gravitacional excepto el
suyo propio. Podría quedar teóricamente reducido a una diminuta bola que
pudiese ser llevada en una espacionave, teniendo en cuenta que la propia masa
así reducida, no volviese a recobrar su mismo peso al llegar a las proximidades
de la Tierra y aplastase a la espacionave que la condujese. Sí, la cosa era
sencilla, una vez imaginada. ¿Cómo no lo había puesto Eisen en práctica? O bien
pudo haberlo imaginado, pero no haber dado la menor importancia al neutronio.
Olliver tenía algo guardado en la manga todavía, por lo visto... Esperar y ver.
- De acuerdo - repuso Crag -. ¿A qué hora piensa despegar
mañana?
- ¿Le parece bien al mediodía?
- En cualquier momento, me es igual. Le encontraré en la
astronave. ¿No la ha usado?
¿Está en la misma rampa?
- Sí, provista de combustible y dispuesta para salir. Me
alegraré que venga, Crag.
Tengo algo importante que hablar con usted al respecto y este
viaje nos dará una magnífica oportunidad. Le veremos, pues, en el
espaciopuerto.
Crag dispuso todavía de tiempo para ir a dos bancos diferentes y
abrirse sendas cuentas corrientes de aquella importante cantidad de dinero.
Después empleó la tarde tranquilamente, tratando de imaginar, entre otras
cosas, por qué se había tomado la molestia de conducirse así. No confiaba en el
fondo en Olliver, como no lo hacía con nadie, y era muy posible que Olliver le
invitase a aquel viaje para recobrar su medio millón y ahorrarse el otro medio.
Pero si Olliver se salía con la suya, matándole, ¿qué diferencia habría tanto
si el dinero iba encima de su persona o estaba en un banco de Marte City?
Lo habría si daba a conocer a Olliver dónde lo había depositado.
Bien, tomaría aquellas precauciones y cuantas se le fuesen ocurriendo. Todavía tenía
que dormir y... Se encogió de hombros; cuando se tiene mucho dinero, se tienen
todas las posibilidades y no hay que preocuparse demasiado. Posiblemente
Olliver tendría miedo de matarle, sabiendo que en cuanto fallase por lo más
mínimo, sus posibilidades de sobrevivir serían nulas.
También era posible que el plan de Olliver con respecto al
desintegrador fuese algo tan importante que un millón de dólares fuese humo de
pajas. Durmió bien.
Al día siguiente, se hallaba comprobando el J-14 en el
espaciopuerto cuando llegó el matrimonio Olliver. Judeth se marchó
inmediatamente a su cabina para cambiarse sus ropas de calle por el traje de la
nave. Olliver se dejó caer en su asiento de copiloto, próximo al de Crag. Se
inclinó hacia éste.
- Bien, tenemos tiempo por delante. La ruta está planeada.
- ¿Hacia dónde?
- Sencillamente, al punto más próximo del cinturón de los
asteroides. Cuando lleguemos, sólo tendremos que localizar uno de un tamaño
regular para mis propósitos.
- Es decir - sugirió Crag -, alguno que pese sobre una media
tonelada, si, como supongo, desea llevarlo en la nave. Ese es el peso extra que
el J-14 puede llevar hacia la
Tierra. ¿O piensa usted arrojar algún otro peso o mercancía que
haya a bordo? Olliver sonrió.
- No tengo semejante propósito, Crag. Pero sí que estoy
sorprendido de su certero juicio y de su nervio. Un hombre de menos talla ya se
habría figurado que iría a echarlo fuera, de tener la oportunidad, para
ahorrarse ese medio millón de dólares.
Crag emitió un gruñido.
- Tomaré mis precauciones.
- No tendrá que tomar ninguna. Crag, esto es realmente algo
grande, y si usted quiere secundarme, usted será grande también. Ese piojoso
medio millón de dólares, no significará nada para usted. Tendrá algo
infinitamente más importante que el dinero. El poder.
- ¿Y usted?
- Yo gozaré de mucho más poder. Más poder del que jamás hombre
alguno haya tenido en la historia del género humano. Tendré... bueno, no puedo
darle detalles ahora, Crag. Una vez estemos en el cinturón de los asteroides, y
tras el estar seguro de un par de puntos más. Una pregunta: ¿qué piensa usted
de Judeth, Crag?
- ¿Qué importa eso, ahora?
- Quisiera saberlo.
- Aborrezco a todas las mujeres - repuso firmemente, Crag.
- ¿Y tal vez a Judeth más que a ninguna otra?
- No - mintió Crag -. ¿Por qué?
Olliver se encogió de hombros.
- Olvídelo. Bien, puesto que está usted en el asiento del
piloto, haga la maniobra de despegue. Salga al borde del mediodía; aquí están
las coordenadas. Le avisaré a Judeth para que se amarre a su asiento.
Se dirigió a la doble cabina y un momento más tarde salió,
atándose los cinturones de seguridad en el asiento del copiloto.
- Ella ya se ha asegurado. - Después, pensativamente, añadió -:
Una bella mujer, Crag, y también muy inteligente. Nunca confíe en las mujeres
hermosas; es algo que estoy aprendiendo. Bien, Crag, ¿qué piensa usted de mi
proposición?
- Esperaré hasta que la oiga claramente. De acuerdo, cinco
segundos a partir de ahora:
Cuatro, tres, dos, uno...
La espacionave surcó como una centella el cielo marciano. Crag
encontró pesado el viaje y así, en apariencia al menos, también Judeth.
Solamente Olliver parecía animado, actuando bajo una excitación apenas
controlada que le hacía estar inquieto y sin descanso, incapaz de concentrarse
en nada. A veces, parecía extraviado en un sueño, del que era difícil sacarle
al hacerle cualquier pregunta. Así permaneció hasta aproximarse al cinturón de
los asteroides y ajustando la velocidad de la nave a la de traslación de
aquellos millares de cuerpos esparcidos en la órbita. Muchos de ellos aparecían
ya presentes en las pantallas de los detectores.
- ¿De qué tamaño desea que detecte uno? - preguntó.
- ¿Eh? Oh, no importa mucho, unos cuantos cientos de toneladas.
Del tamaño de una casa, más o menos.
- No podremos llevarlo en la nave, no importa lo pequeño que
parezca, si tiene una masa semejante.
- No vamos a hacer eso. Se trata de un experimento.
- Entonces ¿por qué no ensayar con uno grande? Podría encontrar
Ceres si lo desea.
Tiene algo menos de 500 millas de diámetro.
- Eso nos llevaría demasiado lejos, Crag. Esto no produce una
reacción instantánea en cadena; recuerde que tiene un efecto ligeramente
retardado. Si mis informes son correctos, se lleva al menos una hora en
colapsar la materia de un asteroide de unos cientos de toneladas.
Crag recordó en aquel momento que, en efecto, al desintegrador
se le había llevado unos cuantos segundos en desintegrar el matorral que él
ensayó en las proximidades de Menlo; por tanto, el cálculo parecía razonable.
Nunca dijo, naturalmente, a Olliver que había practicado por su cuenta con el
aparato, desobedeciendo las instrucciones recibidas.
En aquel momento se veían envueltos en una masa de asteroides,
mostrándose en las pantallas detectoras a distancias de una a dos millas. Crag
los estudió y eligió uno del tamaño aproximado al solicitado por Olliver y
comenzó la delicada maniobra de situar la nave paralela a la órbita del pequeño
asteroide y ajustando su velocidad y dirección.
Olliver le observó con la respiración en suspenso.
- Lo ha conseguido, Crag.
Crag asintió con un gesto y desconectó la fuerza impulsora de la
espacionave. Esta y el pequeño asteroide se sostuvieron juntos por la pequeña
diferencia de gravitación entre ambas masas, pudiendo continuar así
indefinidamente por el espacio, hasta tanto no se pusieran en funcionamiento
los motores potentes del J-14.
Olliver le tocó en el hombro.
- Buen trabajo, Crag. De acuerdo, pongámonos los trajes
espaciales. Se lo diré también a Judeth. En realidad apenas si había necesidad
de abandonar la espacionave para realizar el ensayo; pero de todas formas
debían vestirse con los trajes del espacio. Una nave tan pequeña como el J-14
no tenía compuerta de descompresión; pertenecía al tipo económico y en las
escasas ocasiones en que era preciso abrir la escotilla, el interior del
aparato quedaba inmediatamente exhausto de oxígeno y aire respirable, que era
reemplazado posteriormente con el acondicionador de atmósfera, tras la vuelta y
antes de quitarse el traje espacial.
Crag estaba ajustándose el casco transparente de su traje
espacial cuando Judeth salió de su cabina ya equipada convenientemente. Su
marido le preguntó:
- ¿Todos dispuestos? Voy a comenzar a dejar escapar el aire. -
Los otros le oían a través de la radio del casco -. ¿Venís ambos, no es cierto?
- No me lo perdería ni por un millón - respondió Judeth. Crag
asintió a su vez decididamente en igual sentido.
Olliver observaba cuidadosamente el indicador de aire y
transcurridos un par de minutos, advirtió:
- Ya está.
Levantó una palanca y activó el mecanismo de apertura de la
escotilla principal. De pie en el umbral se ajustó a las botas los clavos
especiales para poder permanecer en el asteroide y saltó con un ligero esfuerzo
sobre el peñasco, componiendo una figura grotesca al marchar en un ángulo recto
con respecto al piso de la espacionave.
No muy experto en las cuestiones del espacio, no se llevó
consigo la cuerda y el gancho, con lo que el empuje dado en el umbral del J-14
hizo que la espacionave se alejase del asteroide; de haber estado solo habría
podido rápidamente saltar de nuevo hacia atrás. Crag le llamó y le arrojó la
cuerda con las grapas de agarre y cuando Olliver se sujetó a ella, fue tirando
hasta que la espacionave se encontró a sólo unas cuantas pulgada de distancia
de la superficie del asteroide, y anclado con seguridad. Entonces saltó Crag,
seguido de Judeth.
Olliver caminaba rápidamente hacia el lugar opuesto del
asteroide. Antes de seguirle, Crag miró a su alrededor. El tiempo y su relación
a la distancia, resultaba extraño en un mundo tan diminuto como aquel. Un paseo
de treinta yardas podía conducirle desde la parte diurna a la noche del pequeño
asteroide y volver al día, con igual facilidad. La espacionave se hallaba
amarrada en la parte del Sol; Olliver se detuvo en la línea opuesta a la del
«amanecer» y desde allí les llamó. Crag comprobó que Olliver ya había apretado
el botón de disparo del desintegrador sobre la superficie del diminuto cuerpo
astral.
¿Se desintegraría tan rápidamente como ocurrió con el matorral
en que Crag lo ensayó en las cercanías de Menlo, allá en Marte? Debería ser así
o tal vez comenzase una reacción en cadena al hallar una sustancia homogénea...
Si había desintegrado todo el matorral, igual lo haría con el asteroide, aunque
la zona de impacto hubiera sido de unos cuantos pies. «¡Buen Dios! - pensó Crag
-. ¿Qué pudo haber ocurrido de habérsele ocurrido sostener el desintegrador a
pocas pulgadas del suelo? ¿Se habría producido una reacción en cadena que
hubiese destruido todo el planea Marte? ¿Por qué no, si ahora iba a funcionar
en un asteroide como aquel?» La diferencia era solamente una cuestión de
tamaño, cosa de poca importancia para una reacción en cadena. Un escalofrío le
recorrió la espalda, ante el pensamiento del riesgo que se había corrido
involuntariamente, no sólo por haberse destruido a sí mismo, sino a la
totalidad de un planeta, provocando la muerte de cincuenta millones de
personas.
Olliver volvía en aquel momento y Judeth se dirigió a él,
siguiéndole Crag. Olliver se inclinaba al suelo y Crag miró con atención por si
estaba disparando con el desintegrador en algún nuevo punto. Pero Olliver se
sacaba simplemente del bolsillo, una regla de cálculo de unas seis pulgadas de
largura, marcando con una tiza en el suelo, los extremos de la misma.
- Así comprobaremos cómo funciona - explicó -, si es que lo
hace. Si estas marcas de tiza se contraen a menos de seis pulgadas, es que en
efecto, tiene lugar la desintegración.
- ¿Y después, qué? - preguntó Crag -. ¿No sería mejor que nos
volviésemos a la nave antes de que el asteroide desaparezca bajo - nuestros
pies?
- Sí; pero no hay prisa, se llevará al menos una media hora.
- ¿Y después, qué? - insistió nuevamente Crag. - Después...
Espere, creo que esas marcas están ya más cerca; pero vamos a esperar hasta
hallarnos absolutamente seguros y después se lo diré. ¡Mira! - Y tomó con
fuerza el brazo de Judeth -. Mira, querida, ¿no es cierto que están más juntas?
¿Verdad que la materia está encogiéndose?
- Pues yo... creo que sí. ¿No parece también que el horizonte
está más próximo?
Olliver se incorporó y miró al horizonte; mientras que el
ansioso rostro de Judeth se volvió hacia Crag mirándole intensamente y con
fijeza, de una forma extraña. Crag estuvo seguro de que ella deseaba hacerle
una pregunta que no se atrevía a formular tratando de hallar la respuesta por
aquella fija mirada. Crag se enfrentó con aquella mirada angustiada y fija,
desafiantemente, no consiguiendo otra cosa que resultar confuso y embrollado.
- Creo... - murmuró Olliver -. Bien, ¿por qué pensar en nada?
Otro minuto al exterior y estaremos seguros.
Después, continuó con una voz calinosa y segura:
- Sí, esas marcas de tiza están ya a media pulgada más juntas.
¡Funciona! - Se apartó de ellos y sus ojos fueron hacia los de Crag -. Crag,
ese millón de dólares suyo, es ahora una basura. Ahora quisiera proponerle si
no le gustaría ser mi mano derecha, el segundo en el mando supremo de todo el
Sistema Solar.
Crag le miró sin responderle, tratando de imaginar si Olliver se
habría vuelto loco. Sus pensamientos debieron ser adivinados, porque Olliver se
apresuró a decirle:
- No estoy loco, Crag. Ni tampoco conozco ningún nuevo comercio
con el neutronio, ése era el camuflaje. Pero Crag... piense en esto... Basta
con uno de estos pequeños dispositivos ocultos en cualquier lugar secreto de
todos los planetas ocupados, y equipados todos ellos con un control remoto de
radio para poder ser disparado desde donde yo me encuentro, en el momento
deseado... Eso es lo que haré. Si funciona en un asteroide y ya ve cómo lo
hace, funcionará en una masa por grande que sea. Una reacción en cadena no
encuentra diferencia entre un cacahuete o un planeta.
Crag le miró fijamente, sorprendiéndose de haber sido tan
estúpido como para no haberlo comprendido antes.
- Lo sabrá usted todo, Crag - continuó Olliver -. No hay partido
político alguno tras de mí. Mis palabras fueron pura charla. Pero desde ahora
en adelante, una vez que me hallo en poder de este fabuloso objeto, no
existirán más partidos políticos. Habrá solamente uno: Yo. Pero necesito ayuda,
naturalmente y usted es el hombre a quien preferiría para segundo mío, a
despecho de...
Repentinamente comenzó a reír a carcajadas y su voz cambió.
- Judeth, querida, eso ahora resulta inútil. Crag se volvió
rápidamente hacia Judeth y vio que ella había desenfundado su pistola de rayos
caloríferos con la cual apuntaba a Olliver.
Este emitió una risita burlona entre dientes. - Creo que ya va
siendo hora para ti de que te muestres tal cual eres, querida. Y creo que es el
momento oportuno. Ya encontré ese juguete en tu traje espacial hace unas horas
y le saqué la carga. Vamos, adelante, dispara. ¿O es que ya lo estás haciendo?
Ella, en efecto, había intentado disparar inútilmente. Se
hallaba junto a Crag y apuntando directamente a su marido. Crag se dio cuenta
de la palidez del rostro de Judeth, aunque supuso que sería de rabia más bien
que de temor.
- Está bien, ahora has ganado - dijo ella a Olliver -. Pero
alguien te detendrá de alguna forma. ¿Es que no te das cuenta de que no puedes
hacer lo que has planeado sin destruir al menos un planeta entero para
demostrar que hablas en serio? Si destruyes la Tierra, matarás por lo menos las
tres cuartas partes de la raza humana, sólo para gobernar sobre los que puedan
quedar. Tienes que estar loco de remate necesariamente.
Olliver volvió a soltar una sonora carcajada. En su mano
apareció otra pistola de rayos, sin sostenerla con demasiado cuidado de forma
tal que cubría con ella a Crag y a su mujer, conforme daban unos pasos hacia
atrás.
- Ella es una espía, Crag. Una espía de los Dorados. Lo he
sabido siempre y se casó conmigo porque tenía precisión de vigilarme. Bien...
la dejé ayudarme. Ahora que Dios la ampare a ella. Quítale esa pistola, Crag.
La pistola estaba descargada y la orden resultaba inútil, por
tanto, y Crag se dio cuenta de que Olliver estaba probándole. Olliver estaba
tratando de someterle de una u otra forma.
Crag vaciló. ¿Estaría Olliver realmente loco, o sería cierto que
iría a convertirse en el gobernante que tuviera bajó su mano a todo el sistema
Solar y lo convertiría en su segundo? ¿Sería cosa de aceptarlo, a costa de
destrozar uno o más mundos? Matar hombres era una cosa, él ya los había matado.
Pero destruir mundos enteros, matar a poblaciones masivamente...
- Esta es tu última oportunidad, Crag - dijo Olliver - u os
achicharraré a los dos en vez de sólo a Judeth. No pienses que he estado ciego,
como para no haberme dado cuenta que los dos estáis locos el uno por el otro,
pretendiendo que os aborrecéis. Bien, puedes quedarte con ella; pero estará
muerta cuando vayas a tenerla. ¿No te gustaría mejor gozar del poder y de
cientos de millones, cuanto quieras de la vida? - Volvió a soltar otra
carcajada -. Y de cualquier mujer, de todas las mujeres que desees...
Definitivamente, el asteroide se encogía de tamaño a ojos
vistas. Olliver continuaba en pie aproximándose más y más a donde se hallaban
Crag y Judeth, aunque no se había movido.
- ¿Y bien, Crag? - preguntó, reculando hasta cierta distancia
que consideró segura.
De no haberlo impedido el guante de su traje espacial, Crag le
habría lanzado como un martillo su mano metálica y Olliver no hubiese tenido
seguramente la menor oportunidad de apretar el disparador de su pistola de
rayos caloríferos. En la situación en que se hallaba, sólo quedaba otra
oportunidad y si sobrevivían, dependía de que los reflejos de la mujer fuesen
tan rápidos, o casi tanto, corno los del propio Crag. Se volvió hacia ella y la
tomó por la mano como si fuese a quitarle la pistola que aún sostenía; pero en
su lugar la empujó fuertemente en el hombro mientras gritaba:
- ¡Del lado de la noche!
El empujón hizo que Judeth retrocediese dos pasos; con sólo otro
era suficiente para llevarla bajo el horizonte visible y fuera del alcance de
la mortífera arma de Olliver. El propio Crag, tomó otra ruta en diagonal y como
había supuesto, el rayo lanzado entre los dos no alcanzó a ninguno. Una
fracción de segundo más tarde, ambos se hallaban al otro lado del asteroide,
ocultos al Sol. En seguridad, al menos por un instante.
Por la radio del casco Crag oyó la maldición mascullada por
Olliver. Después, soltó una carcajada de nuevo. Y añadió despectivamente:
- ¡Eres un condenado estúpido, Crag! Despreciar una oferta como
la que te he hecho... sólo por una mujer y por hacerte el héroe unos minutos.
Siguió riendo y esta vez parecía divertido.
- Este es un mundo demasiado pequeño, Crag - continuó -, y que
se reduce cada vez más. ¿Cuánto tiempo supones que vas a quedarte ahí detrás?
No era cosa de responder y Crag no lo hizo. Permaneció quieto, acostumbrando
los ojos a la oscuridad casi absoluta, sólo levemente disminuida por un leve
resplandor de la luz del sol y la suave luz reflejada por otros asteroides
próximos en órbitas paralelas al que se hallaban. Uno de ellos, muy pequeño de
tamaño en apariencia, bien fuese porque realmente lo era, o por la distancia,
parecía aproximarse más y más, haciéndose mayor por instantes. Dirigió una
mirada a su alrededor por el reducido horizonte. Ni signos de Olliver. Este,
sin duda, no se correría el riesgo de asomarse al lado oscuro del asteroide, ya
que al quedar cegado instantáneamente, el arma que llevaba le resultaría
totalmente inútil. Podía, naturalmente, volverse a la espacionave y dejarles
abandonados a una muerte segura en aquel trozo de roca perdido en el espacio;
pero Crag estuvo seguro de que Olliver no lo haría. Olliver deseaba la
satisfacción personal de matarles por su propia mano. Por lo demás, tal
eventualidad se vería pronto cumplida al encogerse del todo la materia
colapsada del asteroide y tenerles a la mano, sin defensa posible. No es posible
esconderse tras una pelota de baloncesto.
Pero ¿dónde estaba Judeth? Miró nuevamente a su alrededor. ¿Se
habría dirigido hacia el lado del Sol can la esperanza de poder saltar a bordo
del J-14? Crag se volvió asomándose hacia el lado iluminado del asteroide y
soltó un juramento. El lado expuesto al Sol brillaba... lejos de donde se
encontraban ellos. Se movía lentamente, alejándose del asteroide haciéndose más
y más pequeño en la distancia. No funcionaba bajo el impulso de sus motores,
sino derivando rápidamente. ¿Habría juzgado mal a Olliver, tal vez? ¿Se habría
decidido finalmente a dejarles allí hasta que muriesen una vez acabado el
pequeño suministro de oxígeno de que disponían?
Un repentino estallido de rabia en su casco respondió a la
pregunta que acababa de hacerse. Olliver permanecía todavía del otro lado,
viendo precisamente cómo se alejaba el aparato. En aquel instante, una mano se
apretó contra su brazo y oyó la voz de Judeth:
- Lo siento, Crag. Tenía que apartar la espacionave. No había la
menor oportunidad de que pudiéramos alcanzarla, la escotilla estaba de su lado
y...
- Espera - repuso Crag.
Manipuló en la oscuridad hasta dar con el interruptor de la
radio del casco de Judeth y lo desconectó, haciendo otro tanto después con el
suyo. Se aproximó a ella hasta que la parte frontal de ambos cascos se tocaron
y le dijo:
- Estando nuestros cascos en contacto podemos oírnos; pero
Olliver no podrá. ¿Me oyes?
- Sí. - La voz de la mujer resonó segura, sin temor alguno -.
Pero ¿qué importa ahora
Olliver? Podemos considerarnos muertos, los tres. Lo lamento,
Crag... Tenía que hacerlo...
- ¿Qué hiciste con la pistola?
- La tengo en el bolsillo. Pero está descargada. Crag la tomó y
calculó el peso. Era ligeramente menos pesada que el proyectil que hubiera
deseado emplear; pero su traje espacial le impedía usarlo.
Calculó que podría arrojarlo diestramente a una buena distancia.
- Espera aquí - le advirtió Crag, desprendiéndose gentilmente de
Judeth.
Se dirigió decididamente hacia el lado del Sol. El asteroide se
encogía entonces más ostensiblemente, sólo tenía ya unos veinte pies de
diámetro. Tuvo que acurrucarse para evitar mostrar la cabeza conforme se
aproximaba al borde iluminado, entre la luz y la oscuridad. Entonces, se
incorporó rápidamente con la pistola dispuesta a lanzarla como un arma
arrojadiza. Olliver permanecía dando vueltas en un estrecho círculo, tratando
de vigilar todo su entorno al mismo tiempo. Crag le lanzó la pistola como un rayo
y con una certera puntería. El casco de Olliver saltó hecho añicos.
Crag respiró aliviado y se volvió en busca de la mujer. Conectó
su radio y llamó:
- Judeth... ¿Tienes la radio abierta? ¿Puedes oírme?
- Sí, Crag. - Judeth se le aproximó, estremeciéndose al contacto
del cuerpo de Crag -.
Era un perro rabioso, Crag. Y aún no estaba segura hasta el
último instante, cuando tomamos contacto con este asteroide. Lo sospeché
siempre; pero no pude convencerme hasta ahora. Siempre supuse que en realidad
perseguía algo grande...
- ¿Tenía razón cuando afirmó que eras una espía de los Dorados?
- No. Ni de ningún otro. Me enamoré de él y me casé hace unos
tres años. Creí firmemente en su nuevo partido político, con el que daría fin a
la corrupción existente, dando al mundo un gobierno decente.
- ¿Y estabas todavía enamorada de él?
- No. Hace ya muchos meses, casi un año. Pero cuando abrí los
ojos a la realidad y me di cuenta que no le quería, comencé a sospechar de él.
Continué con la esperanza de poder pararlo en su loca aventura. Gracias a Dios
que lo hice. Habría destruido a la raza humana, sólo por el placer loco de
haber gobernado sobre lo que hubiera quedado de ella. Tú te consideras un
criminal. Crag; pero no lo eres en absoluto, comparado con él.
Judeth se volvió para mirar fijamente a la espacionave que se
alejaba en la distancia.
- ¿No habrá ninguna oportunidad de alcanzarlo y aproximarlo
hasta nosotros?
- Ahora, no. Pude haber saltado al aparato; pero la oportunidad
de haber acertado era la de una entre un millón. - Se inclinó para recoger la
pistola caída de Olliver -. Si esto fuese una pistola reactora, quizás
existiera la probabilidad de actuar con ella para alcanzar la espacionave; pero
con rayos caloríferos no será posible. Bien... Crag, tenemos que destrozar ese
desintegrador. No habrá ni una oportunidad entre mil millones de que nuestros
cuerpos sean jamás encontrados por alguien; pero si ocurriese... y alguna
persona la pudiera descubrir, es posible que concibiese la misma idea que tuvo
este loco de Olliver en vida.
- Está bien. - Crag se inclinó hacia el cuerpo de Olliver y
rebuscó en los bolsillos de su traje espacial, hasta hallar el desintegrador -.
Supongo que haciéndose este pequeño mundo en que ahora estamos más y más
pequeño, hay, gente de sobra. No necesitamos su compañía, ¿no te parece?
Y apretó el disparador apuntando al cuerpo de Olliver.
- Esa es una buena idea, Crag. ¿Quisieras usarlo contra mí...
dentro de unos minutos?
- ¿Unos minutos? Tenemos aire en estos trajes para media hora
todavía, Judeth. ¿Por qué darse tanta prisa?
- Mi aire está terminándose, Crag. Olliver debió haber
manipulado deliberadamente en mi equipo, al igual que hizo con la carga de mi
pistola. Tenía que saber que yo me revolvería contra él, cuando expusiera sus
planes. Incluso aunque no pensara ciertamente que yo fuese una espía.
La respiración de la mujer comenzaba a hacerse fatigosa.
- Crag, por favor ¿quieres emplear el desintegrador contra mí?
No quisiera que nadie me encontrase jamás, con el aspecto que tiene una persona
que ha muerto de asfixia.
- Claro que sí - repuso Crag.
- Tengo miedo, Crag... ¿Quieres rodearme con tus brazos?
Crag lo hizo, sin existir ya la menor traza de odio. Ella se
colgó de su cuello, en la lenta agonía de apurar hasta la última respiración
que le quedaba.
- Adiós, Crag. No quiero que oigas cómo... Y cerró su aparato de
radio.
Medio minuto más tarde, Judeth yacía muerta en sus brazos. Crag
la depositó suavemente en el suelo y como ella había solicitado, empleó contra
el bello cuerpo de la mujer caída el terrible desintegrador de la materia. Esta
vez volvió el rostro a otro lado.
Después, dejó el desintegrador a un lado y utilizando la pistola
desintegrante de rayos caloríferos de Olliver la dejó reducida a una masa de
metal fundido.
El pequeño mundo en que aún permanecía, Crag, era ya demasiado
pequeño incluso para permanecer de pie en él; pero aún se las arregló para
continuar unos momentos más. Miró al cielo estrellado, a los brillantes cuerpos
celestes del infinito y la impresionante negrura del espacio cósmico. Ya se
hacía difícil su respiración, el oxígeno de su equipo estaba casi exhausto y
comprendió que apenas si le quedaban otros diez minutos de vida. Judeth debía
estar equivocada al suponer que el oxígeno de su equipo había sido robado
deliberadamente. Lo más probable es que los equipos careciesen del suficiente
oxígeno por negligencia del loco de Olliver.
El asteroide ya sólo tenía apenas una yarda de diámetro y Crag
no pudiendo permanecer más en pie, se sentó.
Siguió achicándose más y más hasta que soltó una carcajada
trágica al pensar en qué miserable trozo de materia continuaba apoyado y que
era del tamaño de una casa cuando tomaron contacto con él. Luchó agónicamente
con la respiración y se dispuso a morir.
Solo; pero no importaba, estaba bien acostumbrado a la vida
solitaria.
Aún sostuvo aquel pequeño mundo en la mano, ya del tamaño de una
naranja. Soltó otra carcajada al introducirlo en uno de los bolsillos de su
traje espacial, pensando todavía si alguien pudiera alguna vez encontrarlo; un
pequeño mundo reducido a una bola de tres pulgadas de diámetro y con cientos de
toneladas de masa. Si es que alguien lo encontraba...
Sintió cómo su ser deslizábase por una negrura tan grande como
la del cielo, sin el leve destello de la luz de las estrellas...
Y murió.
VI
Al entrar en aquel sistema solar, uno entre miles de millones
como los que pueblan el espacio infinito, no esperó que ocurriera nada fuera de
lo corriente. ¿Por qué tendría que ocurrir?
Pasó a través de las órbitas de dos gigantescos planetas
helados, uno de ellos con unos hermosos anillos a su alrededor. Ya había visto
otros así y sabía muy bien por qué se habían formado de tan peculiar manera.
Pasó la órbita de Júpiter; pero Júpiter estaba del lado del Sol, de otra forma
sobre alguna de las grandes lunas de Júpiter pudo haber encontrado más pronto
aquello por lo que desde hacía tanto tiempo, había cesado de buscar, una vida
parecida a la suya.
Después, más hacia el sol, un Sol distante y amarillento,
encontró un cinturón de asteroides. Trozos de roca como él; pero muy distintos,
pues eran materia muerta, inanimada, inconsciente. Algunos eran muchas veces
más grandes que él, otros mucho más pequeños. En semejante cinturón de
asteroides en órbita, él mismo había sido también uno entre millares, hasta que
surgió el accidente molecular que, miles de millones de años atrás, había hecho
brotar la conciencia en él, haciéndole un ente disimilar a sus congéneres del
espacio.
Aquel cinturón había sido formado de la misma forma y no era muy
distinto al suyo original, pensó al principio. Pero entonces, repentinamente,
sólo apenas a menos de un segundo luz de distancia, percibió algo. Algo confuso
e inexplicable; pero lo que fuese, tenía una conciencia pensante. Una
conciencia extraña. Otro ser, además de él mismo. O varios seres, parecían
varios al mismo tiempo.
Rápidamente se sumergió en el vuelo del subespacio y casi
instantáneamente reapareció en el espacio normal a una docena de millas del
punto de donde había detectado aquellas emanaciones de conciencia. Era un
asteroide, uno muy pequeño.
Ajustó su velocidad al cuerpo que deseaba ver y fue manteniendo
su distancia del mismo para observar. Su razón para no aproximarse más no era
ninguna precaución, era sencillamente que desde aquella distancia podía
observar más a su gusto y pudo percibir a través de un sentido que no era la
vista, ya que carecía de órganos de visión, no solamente la apariencia externa
sino en detalle el mismísimo fenómeno de disposición molecular del asteroide y
las cosas o los seres adheridos a él.
Se estaba dando cuenta de que se producía un cambio molecular en
el propio asteroide, una simple reacción en cadena que estaba colapsando no
sólo las moléculas, sino los propios átomos de que estaban compuestas las
moléculas; una reacción que una vez comenzada continuaría hasta que el
asteroide quedase reducido a un diminuto punto de materia colapsada, un
pequeñísimo trozo del tamaño original del asteroide. Aquello no le llamaba
especialmente la atención, ya estaba familiarizado con tales reacciones y él mismo
se hallaba capacitado para producirlas o hacerlas revertir.
Tampoco centró su interés sobre el objeto abandonado sobre el
colapsado asteroide, aunque en ausencia de las formas de vida extrañas a él
habría sido interesante considerablemente haberlas estudiado; sino por el hecho
de que se trataba de una construcción artificial; y aquella era la primera
experiencia de que otros seres sensibles, aparte de él, existiesen en cualquier
otro punto del Universo. Allí había seres vivientes y pensantes y concentró su
atención en descubrir su íntima constitución.
Uno de ellos estaba en aquel momento desatando una cuerda de
seguridad de la construcción artificial, del asteroide y daba un fuerte ímpetu
para enviarlo a la deriva por el espacio.
El ser en cuestión y los otros como el primero, se hallaban
encerrados en pequeñas construcciones. La mayor parte de tales pequeñas
construcciones, según pudo deducir por su estructura molecular, eran flexibles.
Como lo eran la mayor parte de los cuerpos existentes en el interior de las
construcciones. Y frágiles, extremadamente frágiles, existía un dispositivo
para producir calor dentro de las construcciones artificiales y comprobó que
llevaban cierto gas, aparentemente tanto el gas como el calor eran necesarios
para tales seres.
Analizó el gas constatando efectivamente esa composición de
oxígeno y bióxido de carbono con otros elementos químicos en menor cuantía.
Tales seres, lo inhalaban dentro de sus propios cuerpos y lo exhalaban con
pérdida de oxígeno, mientras que un receptáculo de este último gas reemplazaba
automáticamente el absorbido por aquellos cuerpos vivientes en el interior de
las extrañas construcciones artificiales en que se hallaban encerrados. Parecía
una sorprendente forma de dispositivo vital. Existían planetas, muchos de los
cuales con una atmósfera igual a la que respiraban aquellos seres, compuesta de
oxígeno principalmente. Sobre tales planetas aquellos seres podían vivir sin
estar encerrados artificialmente en una especie de armadura envolvente, como la
que llevaban en aquellos momentos. Entonces, se le ocurrió pensar que deberían
proceder de uno de esos planetas, posiblemente habitados por otras criaturas
semejantes y que su presencia en el pequeño asteroide, carente de todo aire y
en el frío espacio cósmico era puramente temporal, en cuyo caso, tales
construcciones artificiales estaban diseñadas para permitirles la
supervivencia...
¿Supervivencia? ¿De dónde le llegaba tal concepto? Hasta aquel
momento, la muerte había sido algo sin significado, algo que jamás se le había
ocurrido; pero ahora y repentinamente supo lo que significaba para aquellos
seres que estaba observando vivir en tan breve espacio de tiempo y que podrían
cesar de existir de un momento a otro. La conclusión, la obtuvo del estudio
detallado de sus cuerpos físicos y de sus pensamientos, al principio como algo
confuso e incoherente, y después como algo perfectamente comprensible.
Y entonces, con igual prontitud, hubo solamente dos seres, dos
focos de conciencia.
Uno de los tres había muerto repentinamente. Su cuerpo se había
convertido súbitamente en un trozo sin vida. Otro de los tres había arrojado un
objeto que había roto un rígido y astillable componente de la armadura
protectora del primero y la muerte había sido el resultado. En seguida, se
estaba empleando un dispositivo especial sobre el muerto, desatando una
reacción en cadena de colapso molecular. Aparentemente aquella gente, sólo
disfrutaba de poderes mentales muy débiles para usar una máquina física para un
quehacer tan sencillo.
Concentró su estudio sobre los dos que quedaban. Uno de ellos
parecía tener un gran sufrimiento. El concepto de dolor le llegó súbitamente
también, aunque era algo que no alcanzaba a comprender en su totalidad. El
dolor parecía estar relacionado con el hecho del oxígeno contenido en la
construcción artificial que envolvía su cuerpo y que estaba perdiéndose por
momentos. Y puesto que la reserva de oxígeno parecía exhausta, aquel ser
también habría de morir pronto. En tal caso, sólo le quedaría uno de aquellos
seres para concentrar más su estudio detenido.
El que quedó finalmente empleó el dispositivo para destruir el
cuerpo que quedaba.
¿Por qué serían tan efímeras tales criaturas?
Y ahora, con sólo uno de aquellos seres, los pensamientos fueron
mucho más claros, aunque unos conceptos totalmente extraños, desde luego. Con
otro dispositivo, uno que consistía en la producción de calor, el último estaba
destruyendo la cosa que había producido el colapso molecular en los cuerpos de
los dos primeros.
¿Por qué? De nuevo intentó probar en la mente del superviviente
y encontró confusos sus pensamientos. Eran conceptos totalmente extraños a su
conciencia, tras de los cuales percibía algo terrible y salvaje. Y después,
algo en cierta forma en calma y en la espera, y de nuevo el dolor. Y nada más.
El tercer ser había dejado de existir también.
Todo había ocurrido con increíble rapidez. Tras aquellos eones
de tiempo para encontrar a tres seres vivientes, a tres entidades vivas y los
tres habían pasado con la prontitud que un meteorito se desintegra al entrar en
la atmósfera de un planeta... Por unos instantes, consideró la cuestión de
dirigirse en busca del planeta de donde procedían aquellas criaturas, que ya
había claramente deducido en sus razonamientos.
Pero había algo que debería intentar primeramente.
Con cuidado y sin prisa alguna, estudió la estructura del último
de los tres en morir, y el único de los que no habían sido desintegrados.
Acabado tal profundo estudio, muchísimas cosas se hicieron claras para él.
Encontró dos órganos esponjosos en su cuerpo, provistos de músculos especiales
para respirar el aire, y expulsarlo después alternativamente. Sintetizó el
oxígeno y lo teleportó al interior del recipiente de su envoltura artificial y
después activó los músculos que controlaban aquellos órganos esponjosos. El ser
aquél, volvió a respirar. Simultáneamente activó un órgano de fuertes músculos
en forma de bomba que servía para hacer circular una corriente de fluido a
través de todo el cuerpo. Tras un breve tiempo comprobó que dejando de seguir
activándolos, tales órganos funcionaban por sí mismos.
El nivel superior de la conciencia de aquel ser continuaba en
estado latente, dormido y pasivo; pero la criatura vivía. Rebuscó en los bajos
niveles de su consciente y de la memoria para hallar con satisfacción que
entonces, sin el conflicto emocional del pensamiento ordenado de la superficie,
su labor resultaba mucho más fácil. En los recuerdos de Crag encontró las
respuestas a sus cuestiones, relativas a una embrollada serie de
acontecimientos ocurridos sobre el asteroide. Supo también quieres habían sido
las dos otras criaturas que le acompañaron y el por qué de hallarse allí los
tres.
Supo todo lo que Crag recordaba de su propio historial y todas y
cada una de las cosas leídas o aprendidas por Crag a lo largo de su vida, tanto
en su vida humana como en la planetaria, incluso cosas que el propio Crag ya
tenía largo tiempo olvidadas. Consiguió conocer bien a Crag en el proceso,
mejor de lo que cualquier ente viviente había sido jamás conocido antes.
Y por tal proceso, descubrió que ya había dejado de estar
eternamente solo.
VII
Crag se despertó al estilo animal, súbita y completamente
consciente de sí mismo.
Pero las cosas debían estar equivocadas a su alrededor. Lo que
aparecía en su entorno, debería estar totalmente fuera de lugar y existir un
absurdo. Ni abrió los ojos ni movió un músculo. Estaba respirando aire, cuando
no era posible que estuviera haciéndolo. Había muerto por falta de él y, por
tanto, debería continuar muerto en lugar de hallarse perfectamente consciente
de hallarse vivo.
Además, por si fuera poco, yacía recostado sobre la roca, con la
suficiente fuerza gravitacional firmemente sentida en su organismo, como si de
permanecer en la propia Tierra se tratase. Ni el mayor de los asteroides podía
tener semejante gravedad; ¿estaría realmente en la Tierra? Podía ser
concebiblemente que otra espacionave le hubiera encontrado y recogido antes de
morir, el aire de su equipo pudo entonces haber sido reemplazado
convenientemente, y así podría explicarse todo... Pero no tenía sentido alguno.
Su trae espacial le habría sido quitado en tal caso. O bien - otra posibilidad
que se le ocurrió -, pudiera ser que estuviera recostado en una pila de
material procedente de una mina de las que se explotaban en los asteroides en
busca de uranio, y...
- No, Crag - dijo una voz claramente en el interior de su mente
-. Te encuentras completamente a salvo; pero no estás ni en la Tierra ni en
ninguna espacionave.
Crag abrió los ojos y miró hacia arriba... al espacio. En la
profundidad del cielo oscurecido donde sólo brillaban, sin parpadeo, las
estrellas, había un sol distante. Se incorporó a medias y miró a su alrededor.
De nuevo estaba sobre la superficie de un asteroide; pero esta vez de uno mucho
mayor. Desde donde se hallaba en posición sentada, creyó poder apreciar que
tendría sobre una milla de diámetro; pero de todos modos demasiado pequeño para
disponer de semejante campo de gravitación, igual o casi igual al existente en
la superficie de la madre Tierra.
- La gravedad es artificial, Crag - repitió la voz en el
interior de su mente -. Tiene aproximadamente la fuerza de tu planeta nativo.
¿Preferirías la del cuarto planeta de este sistema, ése al que vosotros llamáis
Marte?
- ¿Quién eres tú? - preguntó Crag en voz alta, y por unos
instantes trató de seguir imaginando si realmente estaría muerto y aquello
fuese un loco y fantástico sueño de ultratumba; pero en seguida descartó tal
idea. Aquello era absolutamente real; y él no estaba muerto.
- No tengo nombre - dijo la voz -. Yo soy lo que tú pudieras
pensar como de un asteroide como el que tienes por sostén ahora. Y en cierto
sentido, yo soy realmente un asteroide; pero procedente de otro sistema solar
muy lejano de aquí. Sin embargo, soy una entidad consciente, al igual que tú lo
eres también.
- ¿Una vida basada en la sílice? - preguntó Crag -. Pero ¿por
qué hiciste...?
- ¿Acaso la vida basada en la sílice es tan distinta de la
constituida sobre el carbono? Y por lo que respecta a haberte salvado... es
decir, haberte devuelto a la vida, realmente... bien, puedes llamarlo
curiosidad, de no ser otra cosa Tú eres el primer ser viviente con quien me he
encontrado
- Entonces..., ¿venías de paso por el espacio y me encontraste
tras lo ocurrido en el otro pequeño asteroide?
- Mientras estaba ocurriendo. Sin embargo, aquello sólo me
produjo confusión, hasta que todo hubo terminado, no podía saber lo que allí
estaba ocurriendo. Ahora sé cuanto ha ocurrido, porque lo he sabido de tu
memoria y tus recuerdos, mientras dormías y te devolvía de nuevo a la vida. Es
posible que encuentres difícil comprender todo esto; pero es la verdad. Y desde
luego no estás muerto, ni estás soñando. - Se produjo una breve pausa y la voz
continuó después -: Ese traje espacial te está molestando, lo tienes puesto ya
demasiado tiempo. ¿Deseas que cree una atmósfera a tu alrededor de tal forma
que puedas quitártelo durante un cierto tiempo, si así lo deseas?
- Me encuentro bien - repuso Crag. Comenzó a ponerse en pie;
pero se encontró literalmente cosido al suelo del lado en cuyo bolsillo tenía
la masa del pequeño asteroide reducida a una pelota de tenis. Hizo una mueca y
exclamó -: Excepto que me encuentro inmovilizado. Tengo unas cuantas toneladas
dentro de uno de mis bolsillos en esta gravedad. ¿Podrías liberarme de ella?
No hubo respuesta alguna; pero repentinamente se sintió
nuevamente con ligereza de movimientos, casi completamente ingrávido. Tomó la
pequeña esfera donde se encontraba comprimida toda la materia colapsada del
asteroide, del bolsillo, y la dejó en el suelo. Después, se incorporó con su
peso vuelto a la normalidad existente en la Tierra.
- ¡Condenada inteligencia la tuya, seas quien seas! ¿Hiciste
todo esto sin ayuda de maquinaria?
- Nunca oí hablar de maquinaria, Crag, hasta que lo aprendí de
tu memoria mientras dormías. Además, de tu mente he sabido...
- Condenado ser... - gruñó Crag -. ¡Sal fuera de mi mente!
Se produjo un silencio repentino, como una sensación de
retirada. Y tras unos momentos, la voz habló de nuevo; pero esta vez Crag la
oyó como un sonido, no como pensamiento telepático, en una manipulación
vibratoria del aire encerrado en el interior de su casco espacial.
- Lo siento - dijo la voz misteriosa -. Debería haber sabido que
te resentirías de que compartiese tus pensamientos. Pero sin haberlos leído
cuando te devolví a la vida y mientras dormías, no podría haberme comunicado
contigo. No volveré más a entrar en tu mente.
Crag frunció el entrecejo.
- ¿Por qué no me dejaste muerto? ¿Qué es lo que quieres de mí?
- No lo sabía entonces; pudo haber sido simple curiosidad, el
deseo de haber descubierto a un elemento de tu raza. Ahora, es algo más. Deseo
y me gustaría tu compañía, un concepto que no sabía que existiera. Aprendí una
palabra de tu mente, la palabra amigo.
- Una palabra que pensé haber olvidado - repuso Crag -. No deseo
amigos. Déjame solo.
- ¿Te gustaría volver a morir de nuevo?
Crag se puso a reír.
- ¿Dos veces en un misma día? No, gracias. Pero ¿cómo voy a
poder volver a Marte?
Tú me has metido en esto, condenado, al devolverme a la vida.
Ahora, llévame a Marte. O haz que regrese aquella espacionave en que vine y yo
volveré por mis propios medios.
- Me temía que ésa fuera tu decisión - dijo la voz -. La
astronave está ya de vuelta y está en órbita. ¿Debo hacerla aproximarse?
- Sí.
La espacionave se aproximó suavemente al suelo junto a Crag y
éste saltó por la puerta abierta de acceso, la cerró con fuerza y accionó todos
sus mecanismos interiores de seguridad. Puso en funcionamiento el dispositivo
de suministro de aire y cuando hubo la suficiente atmósfera respirable en el
interior, se despojó del traje espacial, se sentó en los controles del J-14 y
comenzó a realizar las observaciones necesarias que le permitiesen poner rumbo
nuevamente al planeta Marte. Sin demasiada sorpresa, observó por el espejo
reflector de la parte baja de la nave que el asteroide - o lo que quiera que
fuese - se había marchado y flotaba libre en el espacio.
Media hora más tarde, en plena ruta hacia Marte y sin nada que
hacer por el momento hasta dos días más tarde cuando se aproximase al planeta,
se relajó de la tensión sufrida y se encontró a sí mismo haciéndose las
preguntas más disparatadas. ¿Lamentaba de veras haber sido devuelto de nuevo a
la vida? En un sentido, sí; había muerto ya una vez y eso debería ser
suficiente para cualquier hombre, puesto que los hombres muertos dejan de tener
problemas. Pero por otra parte, tenía medio millón de dólares parte de tan
grande suma en efectivo y el resto en dos bancos de Marte City y parecía una
vergüenza morir y dejarse tanto dinero sin gastar. Era mucho más dinero, con
mucho, de cuanto hubiera podido manejar en toda su vida, habría suficiente para
gastarlo alegremente por muchos años a pesar de la prodigalidad con que lo
hiciese.
¿Y por qué perder tales años de su vida? ¿No era el dinero lo
que tanto había deseado?
¿Lo era, en realidad? Recordó entonces aquellos minutos en que
él y Judeth habían permanecido solos, tras la muerte de Olliver y la de ella...
y entonces, con un sordo juramento trató de alejar tales pensamientos de su
mente. Había empezado a caer en un suave sentimentalismo. No volvería a
permitirse a sí mismo semejante actitud.
- Hasta la vista, Crag - murmuró una voz en su oído, dejándole
atónito.
Miró a las lucernas del aparato sin ver nada.
- ¿Dónde estás? - preguntó.
- Donde me dejaste. Pero dentro de algunos minutos estarás
alejado del alcance en que pueda hacer esto, por lo que he creído conveniente
aprovechar la ocasión y decirte ahora lo que he pensado.
- No me preocupa lo que hayas decidido - repuso Crag -. Déjame
solo, eso es todo lo que te pido.
- Lo haré; pero quiero que conozcas mis planes. Voy a construir
un mundo.
- De acuerdo, sigue adelante.
- Gracias. - Crag creyó figurarse que la misteriosa voz tenía un
matiz divertido -. Lo haré. Ya tendrás noticias cuando ocurra. Pienso que
seguramente decidirás tú también venir a verme. Esperaré para verlo.
- No te confíes mucho - dijo Crag -. Está bien, hasta la vista.
- Y añadió en seguida -:
Espera, si aún sigues ahí. ¿Qué diablos quieres decir con eso de
que vas a construir un mundo? No creo que puedas crear la materia, ¿verdad?
- No es preciso. La materia está aquí. Los millones de pequeños
y grandes asteroides que existen en el cinturón orbital entre Marte y Júpiter.
Una vez fue un gran planeta, hace unos cuantos millones de años antes de
estallar y desintegrarse. Algunos trozos se han perdido; pero queda la
suficiente materia para hacer un planeta al menos tan grande como el propio
planeta Marte.
» - Todo cuanto tengo que hacer, Crag, es utilizarme a mí mismo
como un núcleo y reunir toda esa materia a mi alrededor. Será un nuevo mundo,
un mundo nuevo.
Necesitaré criaturas que vengan a colonizarlo. Crag, espero que
tomarás la decisión de reunir a amigos y gente conocida tuya, preferible como
tú mismo para venir conmigo.
Quiero y necesito hombres como tú, que no gusten de recibir
órdenes, aunque tuviera yo que dárselas. No deseo ser un dios, Crag, aunque
dispongo de poderes más allá de cuanto resulta conocido para el género humano;
y no desearía permitir que mi mundo fuese colonizado por gentes que estuviesen
tentadas a obedecerme.
- Muchísima gente querrá venir... si tú los recompensas de
alguna forma. ¿Cómo vas a arreglártelas para tenerlas apartadas?
Se produjo entonces un sonido que más se parecía a una alegre
carcajada.
- Ya me cuidaré de eso, Crag. Cuando te encuentres dispuesto,
ven aquí, y si conoces a otros como tú mismo, tráelos contigo. Haré que sean
muy bienvenidos.
Crag rió a su vez.
- Creo que estaré dispuesto... cuando haya gastado ese medio
millón de dólares.
- Me parece muy bien. Hasta siempre, Crag.
Y súbitamente, cayó sobre Crag la sensación de un vacío total.
Comprendió que la conexión de aquella poderosa fuerza mental telepática había
desaparecido.
Se encontraba solo y por un instante le resultó una extraña
sensación, pareciéndole más sorprendente aún porque todos aquellos años en que
se había comportada como un criminal había estado solo y lo había deseado.
¿Sería la causa, tal vez, el corto tiempo en que permaneció junto a Judeth
antes de su muerte, en que olvidó el odio que sentía por todas las mujeres,
quizá porque ambos estaban muriéndose juntos y ya no esperaban ayuda de nadie,
ni tampoco les importaba? ¿O sería posiblemente por haber sentido el horror de
la muerte y después el milagro de haber sido devuelto a la vida? Tal vez la
causa se debería a que su mente había sido compartida por una extraña entidad
viviente y ahora... le conocía.
Otro hombre, un personaje de la mitología, había muerto una vez
y había retornado a la vida. ¿Sería entonces la misma vida para él que la
anterior? «¡Maldita sea - pensó -. ¿Por qué no me dejaría en paz? ¿No es
bastante para un hombre que muera ya una vez?»
Los dos días que le llevó el retorno a Marte, le parecieron una
eternidad de tiempo.
Pero fue preciso que dominase su impaciencia. Necesitaba al
menos una semana para considerarse en seguridad. Sería ahora de lo más
imprudente tomar tierra con la espacionave de Olliver en el espaciopuerto de
Marte City o en cualquier otro del planeta.
Los documentos de la nave podrían ser naturalmente comprobados,
y se vería que el último permiso, tan reciente, habría sido la salida de Marte
City con tres personas a bordo y le habría resultado imposible contar ninguna
historia creíble sobre la desaparición de las otras dos, sin que condujesen a
una investigación, lo cual llevaría como resultado inmediato que un creciente
grado de interés oficial se concentrase sobre Crag. Sería mucho mejor que tanto
la espacionave como sus tres ocupantes se dieran por desaparecidos en el
espacio.
Se dirigió hacia una duna de arena, aterrizando en posición
horizontal a la sombra de aquella enorme montaña de arena en el desierto de
Nueva Libia, donde muy bien podría permanecer desapercibida la J-14 durante
años. A pesar de todo, no quiso correr ningún riesgo. Caminó durante cuatro
días en dirección al poblado más próximo, una pequeña comunidad minera. Allí,
afirmó su condición de prospector de minerales y alquiló un tractor oruga para
el desierto con un bulldozer anexo. Le llevó menos de un día deshacer el camino
andado. Un día más para recubrir totalmente la nave de arena y otro de vuelta,
a las minas, donde devolvió el equipo alquilado, tomando en seguida un pasaje
para Marte City.
Entonces, se consideró en completa seguridad. Con sus huellas y
su historial destrozados, nada quedaba de él que le pudiese relacionar con el
Crag que se presumía muerto junto a Olliver y a Judeth, cuando al pasar una
semana, se informase de la desaparición en el espacio del J-14 de Olliver.
Era ya al anochecer cuando llegó a Marte City. No obstante,
encontró abiertas todas las tiendas, además de los establecimientos que
normalmente tenían abierto las veinticuatro horas del día. Aquello le permitió
comprar un equipo nuevo de ropas de todas clases, con unas lujosas maletas en
que depositarlas. No se había molestado en tomar su vieja maleta de la
espacionave, lo que por otra parte, hubiera ido muy mal con su nueva condición
de hombre rico.
De una forma singular, apreció que no tenía prisa alguna en dar
rienda suelta a sus deseos normales de libertinaje. Estaba cansado por el
hercúleo esfuerzo realizado en enterrar la nave en el desierto, y lo que
necesitaba era un sueño prolongado, tanto más que unos buenos tragos. Ni aún
así, tuvo prisa alguna.
Preguntó al encargado del establecimiento en que realizó las
compras si el hotel más lujoso de toda la ciudad seguía siendo el Luxor.
- Sí, señor, todavía continúa siéndolo - repuso el empleado -.
Existen algunos otros buenos hoteles construidos el año pasado; pero ninguno
tan costoso como el Luxor.
- ¿Querría enviarme estas ropas con el equipaje al Luxor ahora
mismo?
- Desde luego, señor. Pero a menos que no tenga la reserva
hecha...
- Envíelas allí de todos modos - repuso Crag.
Salió del establecimiento. Ya era tarde; pero las calles
aparecían animadísimas con una ingente multitud, como si fuese a mediodía. La
mayor parte lucían lujosas ropas, tanto hombres como mujeres. Crag iba ahora
lujosamente vestido, con ropas que había estrenado al adquirirlas, aunque su
traje aparecía más bien modesto comparado con algunos otros.
El Luxor se hallaba a algunos bloques de edificios de distancia.
El paseo le haría bien y le dispondría a tomar un buen descanso, curándole del
malestar que sentía. Pero el pasear le aburría. A medio camino decidió alquilar
un taxi y decidió hacer una parada en un bar antes de irse al hotel.
Depositó un billete en el mostrador y decidió empezar con un
«high-ball», una bebida ya pasada de moda y antigua de varios siglos, pero que
consideró mejor que la mayor parte de las mixturas corrientes de la época
demasiado excitantes con drogas y licores demasiado espirituosos. Se la fue
tomando a sorbos y se preguntó por qué no sentía la alegría normal propia de la
euforia del alcohol. Tenía cuanto más había deseado en el mundo: mucho dinero,
medio millón de dólares, y en perfecta seguridad al alcance de la mano. Además,
su historial y sus huellas y registros, desaparecían inmediatamente de todos
los registros por todas partes.
Se hallaba sencillamente cansado, pensó. Se sentiría mejor al
día siguiente, con toda seguridad. Se miró con atención en el espejo del bar.
Extraño... ¿desde cuándo los bares tenían siempre espejos para que los dueños
pudiesen observar a la clientela? Crag miró fijamente al reflejo de su propia
persona y reflexionó. Sí, yo soy Crag, pensó. Pero ¿cuál Crag, ahora? Crag
había sido alguien, como criminal. Pero ahora era un hombre rico, uno entre
millones de hombres ricos, sin necesidad de robar ni de matar, o correr huyendo
de la Ley para esconderse. Su única preocupación era gozar de la vida y
divertirse; pero el comienzo pareció disgustarle. El «high-ball» le supo
insípido y sin gracia alguna.
Encendió un cigarrillo y aspiró profundamente el humo perfumado.
Alguien se hallaba sentado junto a él en el bar, una chica.
- ¿Puedo...? - dijo ella y Crag le ofreció un cigarrillo. La
chica no se volvió hacia él; pero en el espejo pudo apreciar que tenía los
cabellos de color bronce dorado, como los de Judeth y los de su ex esposa. No
obstante, por lo demás, apenas si existía parecido con ninguna de las dos.
- Gracias, mister - repuso la joven -. ¿Por qué no me invita a
un trago, eh?
Crag sacó un billete de diez dólares que puso frente a ella, del
cambio que llevaba en el bolsillo.
- Tómese uno y guárdese el cambio. Pero, por favor, déjeme solo
y no hable.
Resultaba barato el asunto a semejante precio. En el bar había
varias prostitutas, seguramente una docena o dos, de ambos sexos. Si aquello
seguía así, pronto vendría otra y otra después y sus pensamientos resultarían
interrumpidos a cada instante. ¿Sus pensamientos? ¿Qué era lo que estaba
pensando en realidad? Nada.
Necesitaba dormir, eso era todo y la causa de hallarse
descentrado del ambiente. Miró hacia su propia bebida, bajando la vista, porque
si miraba al espejo seguiría contemplando los cabellos de la muchacha que le
recordaban dolorosamente los de Judeth. Pero ¿por qué no podía pensar en Judeth
si lo deseaba hacer? Ahora estaba muerta, y ya no tendría necesidad de temer
nada de ella. ¿Miedo? ¿Cómo se había metido aquella palabra en su mente? Nunca
había tenido miedo de nada. Lo que ocurría era que entonces no tenía por qué
odiarla más por ningún concepto.
Inadvertidamente, levantó los ojos hacia el espejo y vio los de
la chica que se dirigían claramente hacia él.
- Perdóneme por hablar una vez, mister. Parece usted demasiado
solitario. ¿No es cierto? ¿O es que se encuentra enfermo por alguna causa?
En vez de responder, Crag acabó de tomarse lo que quedaba de su
bebida y salió. Una vez en la calle, comenzó a mirar en busca de un taxi; pero
cambió de opinión y siguió andando el resto del camino que le quedaba hasta el
Luxor.
Resultaba pequeño en comparación con los enormes edificios de
los alrededores, con sólo seis pisos; pero se hallaba instalado en medio de un
bellísimo conjunto de jardines, todos adornados con árboles de la Tierra,
flores y césped, en suelo traído también desde la Tierra, y en nada se parecía
a la raquítica y extraña vegetación de Marte. Crag atravesó la zona de jardines
y entró en el vestíbulo en plata y oro del lujoso hotel, hasta aproximarse al
pulido mostrador de mármol de la recepción.
- ¿Una suite, por favor? - demandó, ya que en el Luxor sólo
podía disponerse de suites para alojarse.
El jefe de la recepción le miró un tanto desdeñosamente por
encima de sus gafas sin montura, adheridas a la nariz con una simple pinza y a
la americana con una cinta de terciopelo. Su cabeza tenía la forma de un huevo,
completamente calva.
- ¿Tiene usted la reserva, señor... eh?
- Acaba usted de pronunciar correctamente mi nombre: señor Eh -
repuso Crag -. No, no tengo reserva solicitada.
- Entonces, no tenemos nada.
- Soy amigo de los directores - dijo Crag -. Si toma usted mi
tarjeta de visita estoy seguro que la cosa podrá arreglarse. - Y puso un
billete dé cien dólares sobre el mostrador.
Uno de los lados de la boca del gerente se retorció visiblemente
y sus ojos se iluminaron a la vista del billete.
- Soy el director - dijo -, señor Eh. Mi nombre es Carleton.
Pero, sin duda he podido equivocarme, voy a comprobar el registro. - No hizo la
menor demostración de tocar el billete de cien dólares, sino que extrajo un
registro forrado en piel de cocodrilo de uno de los cajones y hojeó unas
cuantas páginas. Tras unos momentos, se dignó hablar.
- Sí, tenemos una suite dispuesta, señor. La número 14.
- ¿Es tal vez la mejor?
- Una de las mejores. Doscientos treinta dólares diarios.
- Me quedo con ella. - Y Crag se sacó un fajo de billetes que
contó y depositó sobre el mostrador -. Puede registrarme. Mi equipaje será
enviado, pero no llegará hasta mañana.
Puede enviarlo a la suite cuando llegue.
- Oh, desde luego, señor Eh. - El gerente tocó un timbre y un
botones se dio prisa, apareciendo como por arte de magia -. Suite 14 - dijo,
entregando las llaves al chico.
En la habitación de treinta pies por cuarenta de la bella suite
alquilada, Crag dio una propina regia al botones y le aseguró que no deseaba
nada más por el momento. Crag se dedicó a admirar la suite. Las puertas le
indicaban que tenía al menos otras cinco habitaciones a su disposición; pero
antes de entrar en cualquiera de ellas, se dirigió hacia un balcón y permaneció
en pie respirando el aire frío de la noche marciana, mirando por sobre la
ciudad fabulosamente iluminada, con sus calles como ascuas de luz y sus enormes
edificios resplandecientes. ¡Qué diferencia con las habitaciones del barrio de
los hombres del espacio, al norte de la ciudad! Pero allí se consideraba mucho
más seguro; en los lugares lujosos como aquel nadie que se permite el lujo de
gastar el dinero a manos llenas es molestado por nada; a nadie se le hacen
preguntas y resultaba francamente posible adquirirlo todo y ahorrarse toda
clase de dificultades.
Volvió al interior y abrió una de las puertas. Conducía a un
pequeño pero bien guarnecido bar privado. Estudió la provisión de botellas y
acabó por servirse una bebida a base de lvoji. Aquello le proporcionaría el
sueño más que ninguna otra bebida y el sueño era lo que necesitaba. Incluso
podría ponerle el ánimo algo más alegre. Pero su inmediato efecto parecía no
tener sentido en ninguno de los dos aspectos y su paladar le resultó amargo.
Fue nuevamente hacia la habitación principal y abrió otra de las
puertas. Aquella daba a una biblioteca bien surtida de libros, discos y cintas
magnetofónicas. Echó una ojeada sobre los libros de las estanterías, dándose
cuenta muy pronto que excepto unos cuantos volúmenes dedicados a los viajes, lo
demás era más bien pornografía, lo que le hizo pensar que los discos y
registros magnetofónicos serían igualmente pornográficos. Una doble puerta
frente a un diván pneumático se abrió para mostrarle un enorme aparato de
televisión de ocho pies de ancho por seis de altura. Crag conectó la llave de
encendido y se sentó en el diván. Una serie de brillantes colores
relampaguearon en la pantalla, mostrando una revista musical londinense,
procedente de la Tierra. Ante un coro de maravillosas chicas de cuerpos
ondulantes, un tenor cantaba:
¡Qué bello un viaje hacia Venus!
En una lenta astronave en mi luna de miel, contigo, cariño...
Crag se incorporó y cerró la televisión. Se volvió al bar y se
preparó otra bebida. Esta vez se preparó un estaquil, una de las más fuertes
bebidas derivadas del cáñamo indio, y que se suponía con poderes soporíferos y
suavizantes del sistema nervioso. Tenía un paladar repulsivamente dulzón, sin
que pareciera que fuese a tener efecto alguno sobre Crag.
Abrió otra puerta. Aquella estaba dispuesta con toda clase de
juegos y a lo largo de una de las paredes, se alineaban una serie de máquinas
de juego. Crag ya sabía, por triste experiencia, que todas las máquinas tenían
algún truco sucio en su interior, con altos porcentajes contra él, y no se
molestó siquiera en intentar pasar el rato con ellas.
Además, para qué molestarse en el juego si tenía a la mano más
dinero del que pudiera gastar... Una de las solitarias máquinas, sin embargo,
era un antiguo modelo de medio dólar de un brazo para accionar. A Crag le llamó
la atención y decidió probar suerte, más bien para entretenerse. Encontró un
medio dólar en uno de los bolsillos, lo puso en la ranura y accionó la palanca.
Los números comenzaron a correr, los cilindros iluminados a mostrarse de
diversos colores, uno tras otro, yendo del color rojo cereza hasta el naranja.
Se sorprendió cuando al detenerse el movimiento encontró cuatro
monedas de cincuenta centavos en el receptáculo inferior. Crag se apartó sin
tomarse la molestia de recoger el dinero. Volvió nuevamente a la habitación
principal y ensayó con otra de las puertas.
Aquella conducía a la principal, que era incluso mayor que el
living o salón en que se hallaba. Estaba mucho más ricamente ornamentada
también. Y en especial, por lo que respecta a la cama, un maravilloso mueble de
ocho pies de anchura, de ébano y donde yacían una rubia, una morena y una
pelirroja. Por un segundo, le pareció que la pelirroja se parecía a Judeth;
pero pronto comprendió que no había punto de semejanza.
Aquella le había llamado más la atención. Se levantó, alzó los
brazos sobre la cabeza como una gata mimosa y le dirigió una dulce sonrisa
sofisticada.
- ¡Hola! - dijo. Las otras dos se levantaron y le sonrieron
igualmente.
Crag se dejó caer sobre la jamba de la puerta.
- Perdonad mi ignorancia, guapas - dijo -. Nunca dispuse de una
suite así antes de ahora. ¿Sois vosotras, quizás, parte del equipo?
La pelirroja soltó una coquetona carcajada.
- Naturalmente, cariño. Pero no es preciso que te quedes con
todas nosotras, si no lo deseas. - Y se miró lánguidamente a las uñas pintadas
de sus pies.
La rubia sonrió y se recostó felinamente, suponiendo que así
llevaría alguna ventaja en su papel de vacante a sueldo.
La morena le dirigió una picaresca mirada, adornada con un guiño
adecuado.
- Somos mucho más interesantes las tres al mismo tiempo.
Conocemos muchos trucos maravillosos, querido...
- Bien, marchaos de aquí, las tres - ordenó Crag secamente.
Las chicas no discutieron, ni parecieron sentirse molestas ni
ofendidas. Se levantaron de la cama y se dirigieron tranquilamente hacia el
umbral y después cruzaron el salón hacia la entrada de la suite, aún desnudas;
pero sin importarles el hecho lo más mínimo.
Crag se puso a reír. Se volvió al bar y se preparó otro trago.
Whisky puro esta vez.
Puesto que las anteriores no le habían gustado, sería mejor
variar hacia lo seguro.
Se sentó, tomándolo a pequeños sorbos, tratando de no pensar en
nada.
Se produjo una suave llamada en la puerta. Crag puso el vaso a
un lado y fue a contestar a la llamada. Sería probablemente su equipaje, aunque
no lo esperaba tan pronto; le había dicho al empleado de los almacenes que lo
entregasen al día siguiente a su comodidad.
Pero el botones que apareció ante la puerta no era portador de
ningún equipaje. Era un hermoso joven, sonrosado y de bellas facciones con el
pelo rizado graciosamente.
- La Dirección me envía aquí, señor. Puesto que no le gustan las
mujeres pensaron que tal vez... ¿Hay algo en que yo pueda servirle?
Crag se le quedó mirando cuidadosamente.
- Date la vuelta.
El bello efebo sonrió consciente de su misión y dio media vuelta
graciosamente procurando ondular su redondo posterior, encogiéndolo
provocativamente.
Crag le propinó un fuerte puntapié en plenas posaderas.
Y a renglón seguido cerró la puerta.
Se volvió hacia el vaso de whisky y se lo tomó de un trago.
Comenzó a deambular de un lado a otro, preguntándose a sí mismo por qué no
tenía sueño. Encontró otra habitación más pequeña, sin apenas ornamentación y
después el cuarto de baño, con una bañera enorme como para nadar en ella. La
bañera estaba llena de agua tibia y perfumada. Se lavó encontrando un perfume
delicado a violeta.
Se quedó en ropas menores pensando en dormir y se dirigió hacia
la habitación principal. Pero el sueño seguía sin acudir a sus ojos. Pensó en
buscar alguna droga en el pequeño bar. Ordinariamente, Crag jamás las usaba;
pero era preciso descansar y dormir de algún modo. De no ser así, tendría que
continuar bebiendo hasta emborracharse totalmente.
Pensó que la música tal vez podría ayudarle. Se apercibió de un
excelente aparato de radio incrustado en la pared, mostrando al exterior unos
brillantes diales y esferas luminosas a la cabecera de la cama. Se aproximó y
la encendió. La puso a un volumen adecuado y en aquel momento se hallaban
radiando un boletín informativo.
«...en el cinturón de los asteroides - decía la suave voz de un
locutor -. Los científicos, tanto terrestres como marcianos, se hallan
trabajando activamente en el problema; pero han fallado hasta el momento para
extraer una teoría aceptable de los sucesos ocurridos y del extraordinario
fenómeno, que no tiene precedentes y que aparece, por lo demás, completamente
increíble. Con esto, señoras y señores, terminamos nuestro boletín de las dos
de la madrugada; el próximo tendremos le gusto de radiarlo para ustedes a las
3.15 de esta misma madrugada, hora de Marte City.»
Crag saltó, vivamente impresionado y apagó la radio, mientras
levantaba el auricular del teléfono interior. Una voz obsequiosa le rogó
esperase un momento, hasta sonar la seca del gerente.
- Carleton al habla. ¿Puedo servirle, señor Eh? - Acabo de oír
los últimos párrafos de un boletín de noticias de la radio de Marte City, sobre
algo que ha ocurrido en el cinturón de asteroides. ¿Podría usted ver la forma
de ponerme en contacto con la emisora para que pudiera oír la totalidad de ese
boletín?
- Me temo que sea una cosa difícil, señor.
- Bien, podrían pasar el registro por este teléfono - dijo Crag
-. Las emisoras lo registran todo en cintas magnetofónicas; mediante el pago
correspondiente podrían pasarlo por este teléfono. No se preocupe por el gasto.
- Veré de que pueda ser atendido. Tenga la bondad de colgar. Le
avisaré inmediatamente.
Crag colgó el receptor y encendió un cigarrillo. A los pocos
minutos, el zumbador sonó, y Crag descolgó en el acto.
- Señor, el asunto está arreglado. Será preciso pagar cincuenta
dólares de honorarios.
¿Le parece bien?
- Sí. Que se den prisa, antes de que llegue el nuevo boletín de
noticias.
- Muy bien. Por favor, cuelgue de nuevo.
Crag obedeció y esperó, pensando por qué razón se hallaba tan
interesado en aquella cuestión. Lo que estuviera ocurriendo en el cinturón de
asteroides era algo que no debería importarle, fuese lo que fuese. Si aquel
extraño ser viviente del espacio estaba haciendo lo que había anunciado,
tampoco era nada que le concerniese. Un nuevo mundo...
¡Diablos! ¡Al infierno! Por tanto tiempo como pudiera - y medio
millón de dólares se llevaría mucho tiempo en gastar - se dedicaría a gozar de
la vida a su gusto en la cómoda y lujosa situación de Marte City, en vez de
ayudar a una colonia de tipos duros y criminales como él había sido, a situarse
allí.
Pero así y todo esperaba la llamada del teléfono con creciente
ansiedad e impaciencia, hasta que el zumbador sonó por segunda vez.
- La emisora está dispuesta, señor. La dirección del Luxar se
complace en poder haberle servido y...
- Bien - interrumpió Crag -. Conecte cuanto antes.
Transcurrió un minuto de espera, hasta que le llegó claramente
al oído la voz del locutor.
«Según una serie de informes de primera mano, está ocurriendo
algo extraño e increíble en el cinturón de los asteroides. El primer informe
llegó hace ocho horas procedente de Bellini. Un astrónomo que se dedica
especialmente a las observaciones del telescopio gigante de la Luna, al
observar a Ceres, el mayor de los asteroides, como es sabido, con un diámetro
de cuatrocientas ochenta millas, cuando súbitamente el gran asteroide se
desvaneció del campo de observación del gran telescopio. El astrónomo se preocupó
de seguir a Ceres en el espacio y cuando volvió a encontrarlo, usando los
controles manuales, comprobó que había cambiado tanto en la velocidad como en
la dirección de su trayectoria orbital, de forma muy considerable.
»El cambio direccional fue rápidamente analizado por un
computador y se encontró que Ceres ha perdido mucho del aspecto parabólico y
excéntrico de su órbita, situándose de forma más regular y más próximo al plano
de la elíptica. Las subsiguientes observaciones del computador, demuestran que
el cambio es progresivo y aún continúa. Dentro de algunas horas, según cree
Bellini, Ceres seguirá una órbita perfectamente circular alrededor del Sol, en
lugar de la tan irregular que seguía hasta ahora.
»De la Luna se ha notificado inmediatamente a la Tierra y a
Marte, y los observatorios confirman, efectivamente, el cambio de la posición
de Ceres. Se han hecho otras observaciones sobre otros asteroides mayores, de
los fácilmente observables a los telescopios. Hidalgo, cuya excentricidad es -
o más bien, era - de 0.65, fue encontrado sin dificultad; pero
considerablemente fuera de su antigua órbita. Tras los estudios y análisis
efectuados con los computadores, Hidalgo también encaja ahora en una órbita circular;
pero a una enorme velocidad, esperándose que se una chocando y fundiéndose con
Ceres dentro de los próximos días.
»Lo más sorprendente es que la nueva velocidad del asteroide
Hidalgo en su órbita nueva en relación con su masa, resulta imposible de
acuerda con las leyes de los momentos angulares.
»El Observatorio de la Luna se encuentra ahora por su posición
respecto de la Tierra, en una situación de no poder continuar sus observaciones
del cinturón de los asteroides; pero todos los telescopios del lado oscuro en
la noche de la Tierra y de Marte se emplean para comprobar a todos los
asteroides, uno tras otro y... ¡no se ha encontrado ninguno que conserve su
órbita primitiva! Todos tienden a seguir idéntica órbita circular. Esto lleva a
una sola conclusión: puesto que todos se mueven a velocidades distintas, todos
eventualmente se reunirán en un gigantesco choque y... ¡formarán un nuevo
planeta!
»Si se presume que todos los demás, pequeños e invisibles a los
telescopios, siguen la misma pauta, lo cual es muy lógico, y se suman en sus
movimientos para reunir sus masas en una sola, el nuevo planeta que así resulte
formado, tendrá un volumen y masa aproximadamente como Marte, ligeramente mayor
incluso.
»Dadas las fantásticas circunstancias que concurren, una serie
de espacionaves salen de la Tierra y de Marte para aproximarse al lugar del
fenómeno y poder observar así el increíble suceso. Sea cual fuere la causa,
está teniendo lugar en estos momentos un fenómeno cósmico de singular
significación en el cinturón de los asteroides. Ni que decir tiene que los
científicos terrestres y marcianos se ocupan con el máximo interés del
problema; habiendo fallado, sin embargo, hasta el momento, para ofrecer una teoría
aceptable...»
Crag dejó el receptor sobre la horquilla, ya que había terminado
cuanto quería saber, pues en aquel momento es cuando había oído por la radio anteriormente
el mencionado boletín de noticias, hacía un cuarto de hora antes.
- Entonces... ese diablo lo está llevando a cabo - pensó.
Sonrió entre dientes y volvió al bar donde se escanció otra
bebida, otro woji. Con el vaso en la mano estuvo dando vueltas por las
habitaciones y permaneció: mirando por el cielo a Fobos cruzar el firmamento
marciano.
Después miró a las estrellas y localizó el plano de la
eclíptica, sabiendo entonces que su mirada iba hacia el cinturón de los
asteroides, aunque imposibles de ver a simple vista por su pequeñez y la
distancia, y que comenzaban a congregarse para formar un nuevo planeta. Volvió
a emitir una risa entre dientes; pero sin que en ella hubiera ningún regocijo.
Levantó su puño hacia el cielo, pensando: - «Condenada criatura,
seas quien seas... yo había muerto... ¿por qué no me dejaste así? Por una vez
es suficiente.»
Se acabó de tomar la amarga bebida, no para intoxicarse, sino
más bien para agotarse, se dirigió después lentamente al dormitorio, apartó la
ropa y se acostó, acabando por dormirse.
VIII
Crag despertó como siempre, súbita y totalmente,
instantáneamente orientado. Se hallaba en su suite del Luxor, en el más pequeño
de los dos dormitorios. El ligero resplandor que le llegaba del exterior ni
siquiera le confundió, sabía que estaba oscurecido y que no era la aurora y que
había dormido de catorce a quince horas.
Se sentó en el borde de la cama y encendió un cigarrillo, yendo
después deambulando hasta el gran salón. Su equipaje ya había llegado y
comprendió que el personal del hotel se las había arreglado para dejárselo allí
sin molestarle en su sueño. Lo llevó al dormitorio y lo abrió. Escogió las
ropas que más fueron de su agrado y se vistió.
Se sentía descansado. Aquel era el día, es decir, la noche en
que iba a emprender la gran francachela que consideraba histórica entre las que
solía correrse; la juerga por la que había luchado y por la que había esperado.
Pero tenía apetito; sería mejor comer primero. Una vez que
comenzase a beber no comería hasta hallarse sereno de nuevo, por largo que
fuera el tiempo de la borrachera.
Consideró el hecho de que le hubiesen subido la comida; pero
decidió finalmente descender personalmente en busca de ella. El comedor del
Luxor estaba abierto y dispuesto a servir cualquier clase de comida a cualquier
hora del día, mientras funcionaba una sala de atracciones las veinticuatro
horas de la jornada. Sería curioso lo que allí podría contemplar.
Una voz le llamó.
- ¡Señor Eh!
Crag se volvió mientras atravesaba frente a la recepción y se
encontró con Carleton, el gerente. Se detuvo y puso un codo sobre el mostrador.
- ¿Me permite preguntarle cuánto tiempo se quedará en el hotel,
señor Eh?
- Pues lo ignoro - repuso Crag -. Unos cuantos días más, por lo
menos. A lo mejor, para siempre.
- Ya comprendo. Me temo que tenga que pagar por el segundo día
de permanencia. Y además, por los servicios extras ya hay una cuenta de cien
dólares en su cargo...
Crag puso un billete de mil dólares sobre el mostrador.
- Ya me dirá cuando se ha gastado. A propósito, cincuenta
dólares son por los servicios de la radio ¿y los otros cincuenta?
- La tarifa del botones que enviamos a su habitación la pasada
noche. Usted... bien, utilizó sus servicios de una forma fuera de lo corriente
y además le incapacitó usted por un día, y consideramos que no es justo...
- Sí, claro - contestó Crag -. Vale la pena.
Se volvió para marcharse; pero el gerente volvió a llamar su
atención.
- El Luxor lamenta que no hiciera usted aprecio de sus chicas. O
del botones, ese gracioso efebo, en la forma corriente. Pero estamos
especializados.
Podemos abastecerle de menores de ambos sexos... ¿tal vez con
viejos? Si, como parece desprenderse por el tratamiento que dio usted al chico,
prefiere usted la satisfacción a través de infligir el dolor, tenemos una gran
selección donde elegir a su gusto. Y gente de todas las categorías dispuesta a
someterse, a un precio razonable a... uh... lo que prefiera usted, sea lo que
sea.
- ¿De cualquier categoría?
- De todas, señor. El Luxor tiene el orgullo de complacer a sus
clientes en todo momento.
- Me gastan los gerentes de los hoteles - dijo Crag -. Podría
usted dejarse caer por mi habitación de vez en cuando. ¡Ah! Y no se olvide de
llevarse un sacacorchos.
Se dirigió al comedor. Una chica con un vestido tan abreviado
que daba toda la apariencia de no llevar ninguno encima, le sonrió
graciosamente y le condujo a una mesa, donde Crag ordenó un menú de su agrado.
Miró a su alrededor y comprobó que todas las camareras aparecían similarmente
desnudas, comenzando entonces a imaginarse vagamente qué clase de
representaciones se verían en la pista de atracciones. Después y a poco se
iluminó el piso y la representación comenzó. Tras breves momentos, se levantó
profundamente disgustado y salió fuera del comedor y del hotel. A unos cuantos
bloques de edificios más allá, encontró un buen restaurante especializado en
buena comida en vez de cuestiones sexuales; pidió una comida abundante y la
tomó.
Después, tras el coñac y los cigarrillos, pensó si volver al
Luxor a buscar el cambio de los mil dólares y a recoger su equipaje. Pero
decidió dejar las cosas como estaban.
Cualquier otro hotel lujoso de Marte City estaría en aproximadas
condiciones de servicio.
Pensó en encerrarse en la habitación que disponía de un cerrojo
interior, para usar privadamente, y utilizarla así para correr la gigantesca
borrachera que tenía mentalmente proyectada. Naturalmente, podría alquilar
también un cuarto en otro hotel económico y quedarse allí, de la misma clase
como el que tuvo la noche anterior antes de partir con Olliver hacia el
cinturón de los asteroides; pero una pequeña habitación de mal servicio le
resultaría ya deprimente, y puesto que tenía mucho dinero, sería lógico aprovecharse
de lo mejor, aunque no estuviese interesado en cuestiones sexuales u otros
vicios, excepto la bebida.
¿Qué tenía de bueno el dinero, si no se gastaba? O, posiblemente
en aquello radicase la cuestión y fuese el origen de lo que iba mal en él: el
hecho de que tenía dinero. Un criminal con dinero es un hombre sin empleo, sin
nada que hacer y sin nada en la vida que le interese, hasta que lo gasta
rápidamente y de nuevo surge el incentivo de comenzar la siguiente fechoría
para obtener más. Quizás podía tirarlo jugando y comenzar así a trabajar de
nuevo. Pero aquello era ridículo; había admitido sinceramente que el nuevo
dinero que ahora tenía en abundancia le había costado trabajo conseguirlo y
debería gozarlo de forma distinta. Llegó a la conclusión de que si no tenía
razón para robar, menos la tendría para seguir viviendo.
¿Era así, realmente?
Sólo había una respuesta para aquello y era el emborracharse. ¿A
qué estaba esperando?
Se volvió al Luxor, puso en la puerta de su habitación el
cartelito de «Se ruega no llamar» y echó el cerrojo por dentro.
Se encaminó hacia el bar y comenzó a emborracharse. Lentamente,
pues no deseaba hacerlo con violencia; quería hacerlo gozando de la bebida y
totalmente. El amanecer le sorprendió en tales condiciones, paseando de un lado
a otro como un tigre enjaulado, con un vaso en la mano. Pero sin desperdiciar
una gota de licor. Emborrachándose; pero bajo control; no con una borrachera
ciega ni violenta.
Se interrumpió sólo cuando terminó el suministro del «woji» en
el bar. Estaba dedicado a tal bebida y, por tanto, llamó por teléfono para que
le subieran más cantidad; pero advirtiendo que tras proveer generosamente el
suministro de botellas, no deseaba ver a nadie en absoluto, ni que nadie le
viese, por lo que se fue al cuarto de baño mientras los empleados le llevaron
la provisión de botellas solicitada, y se tomó una ducha refrescante en el
entretanto. Volvió a cerrar la puerta por dentro y comenzó nuevamente a beber.
Fue sobre el mediodía cuando alcanzó el grado de verdadera
violencia. Aplastó literalmente los aparatos de juego, rompió las botellas y
pateó, destrozándola, la televisión de la suite.
Tras aquello, durmió un rato y despertó sintiéndose
horriblemente, comenzando nuevamente a beber. Perdió la noción del tiempo.
Cuando dormía no había forma de que supiera si lo hacía por unos cuantos
minutos o por horas enteras. No pudo, incluso, ni suponer, ni se preocupó
tampoco, la duración de los largos períodos en que estuvo bebiendo y borracho.
A veces notaba la claridad del día y otras la oscuridad de la noche; sin
importarle realmente gran cosa. Nada le importaba sino continuar bebiendo y
borracho, para no pensar.
Pero... ¿no pensar acerca de qué? Procuraba alejar su mente de
aquello que rebullía en su interior. Además, aún creía seguir odiándola; el
hecho de que estuviese muerta no cambiaba las cosas. Ella era, o había sido,
una mujer.
Después, finalmente llegó el momento en que se despertó con unas
náuseas horribles y sintiendo una fuerte debilidad, conociendo que la
francachela solitaria había tocado a su fin. Se sentó en el borde de la cama,
la del dormitorio pequeño y tomó el teléfono, preguntando el día y la hora.
Había estado borracho cuatro días; de nuevo era el atardecer, la misma hora
aproximadamente en que comenzó la juerga en solitario. Se dirigió al cuarto de
baño, sintiéndose realmente enfermo. Tras una prolongada vomitera, se sintió
mejor; se duchó, después se afeitó y se vistió con nuevas ropas limpias. Miró a
su alrededor por la suite calculando los daños producidos, y estimó que serían
alrededor de un millar de dólares, lo que significaba con toda seguridad que le
sería cargado el doble en la cuenta. Bien, aquello no importaba mucho; tal vez
cuanto más pronto gastase el medio millón de dólares, tanto mejor. No
calcularía economía en la forma de gastar el dinero.
Quizás jugarse el dinero en fuerte sería la respuesta a su
interrogante, si pudiese encontrar una buena partida donde se jugase limpio y
pudiera gozarla. Pero encontrar una cosa así en la época en Marte City era algo
tan difícil como encontrar a una persona honrada, o una mujer honesta. Lo más
probable es que no lo hubiera; la honestidad no existía en ninguna parte; no
solamente en el juego o en las mujeres, sino en la política, en los negocios o
en cualquier otro aspecto de la vida.
Descendió y se detuvo en la gerencia. Carleton, el director no
estaba de servicio en aquel momento. Crag explicó al empleado que un huracán
había asolado su suite y que el hotel procediese inmediatamente a realizar las
reparaciones necesarias, cargándole en cuenta su importe. Estaría fuera por
unas cuantas horas y deseaba encontrarlo todo dispuesto en igual forma a su
inmediato retorno. La respuesta del empleado fue sencillamente:
- Desde luego, señor.
Se fue caminando hacia el restaurante donde había tomado su
última comida hacía cuatro días. No tenía apetito realmente; pero se esforzaría
en comer una comida ligera.
Lo hizo así y se sintió mucho mejor. Sólo su mente continuaba
confusa y pesada.
Paseando después en el fresco de la noche marciana, se mejoró
definitivamente. Tal vez, una vez comido, le vendría bien alguna otra copa.
Además, debería matar el tiempo antes de que pudiera estar arreglada su suite
del Luxor, a menos que no quisiera hallarse presente mientras procedían a
reparar los destrozos causados durante su terrible borrachera.
Siguió paseando. Paseó sin rumbo fijo a través de la gran ciudad
y sintió cómo su mente y sus pensamientos se iban aclarando y sus fuerzas
retornándole. Aborrecía la debilidad en él y en cualquier otra persona; pero,
especialmente, en sí mismo.
Fue pasando por una colección de bares antes de elegir uno
sencillo para tomarse un trago ocasional; un bar que parecía salido de la vieja
estampa de los bares de siglos atrás. Le gustó cuando tras haber entrado,
comprobó que había tenido razón en elegirlo; allí no había mujeres ni
homosexuales. Aparte del dependiente, sólo había dos clientes, sentados uno
junto a otro en una mesa, tomándose a sorbos tranquilamente sendas bebidas, y
charlando en paz.
Crag cruzó el bar y tomó asiento en un taburete. El empleado se
le aproximó desde el otro extremo de la barra, sin pronunciar una palabra y
Crag le pidió una bebida, que pronto tuvo frente a él tropezando
momentáneamente con la dificultad de encontrar un billete pequeño, ya que en un
establecimiento modesto como aquél no andaría sobrado de efectivo para cambios.
Recordó que estaba empeñado en la aventura de gastar dinero y no de ahorrarlo,
y le dijo al empleado que se tomase una copa con él.
El dependiente se lo agradeció y entre ambos se tomaron un segundo
trago. Rebuscó a su espalda y puso en marcha el aparato de radio.
- Tal vez haya un nuevo boletín de noticias ahora - dijo.
Lo hubo, en efecto; pero versando especialmente en discusiones
políticas; el locutor discutía y hablaba sobre las probabilidades y
posibilidades de las próximas elecciones, como si en realidad todo aquello
tuviera sentido, ya que la desnuda realidad era que el resultado de las
elecciones era asunto ya bien decidido en conferencias a puerta cerrada entre
los jefes políticos de los dos grandes partidos. La charla radiofónica
resultaba una simple formalidad y una pura rutina.
El dependiente también dejó mostrar su decepción.
- Esperaba que el boletín de noticias dijera algo sobre ese
nuevo planeta; pero seguramente que eso habrá pasado al principio del boletín
informativo.
Bien, he oído otro informe, hace un par de horas y supongo que
no habrá ocurrido nada de particular en tan poco tiempo. - Y se volvió para
cerrar el aparato. Pero en aquel momento, el locutor estaba diciendo:
« - Noticias de la Tierra. Se informa de la pérdida en el
Espacio del gran juez Olliver. La espacionave privada de Olliver, un J-14,
autorizado a salir de Marte City hace dos semanas, presumiblemente con retorno
a la Tierra, ha desaparecido misteriosamente.
Olliver viajaba acompañado de su esposa y su piloto personal. No
se tienen noticias de que la nave haya tomado tierra, ni en ninguna otra parte,
y puesto que los suministros de la espacionave sólo tienen capacidad para tres
personas y para un período de diez días, se presume desgraciadamente que...»
- ¡Diablos! - exclamó el dependiente -. Ese era un tipo en
política que pudo haber hecho algo importante. Oiga, ¿qué idea tiene usted de
ese asunto del nuevo planeta?
- No tengo la menor idea - repuso Crag indiferente -. ¿Y usted?
- Maldito si lo sé. ¿Qué puedo saber yo, si esos tipos
científicos de tanta categoría, apenas si saben nada? Ah, sí, tienen muchas
teorías. Siempre tienen buenas teorías a la mano. Pero ninguna de ellas tiene
sentido. Lo único que no admiten es que esté ocurriendo algo que no comprenden.
¿Otro trago?
- No, gracias. Me marcho ahora - repuso Crag. Se levantó del
taburete y se dirigió hacia la puerta. Se produjo un chasquido y Crag, que
reconoció su origen, reaccionó inmediatamente, salvando la vida por una décima
de segundo al hurtarse al disparo que le habían hecho. El chasquido había
partido del cerrojo de la puerta hacia la cual se dirigía y que había sido
eléctricamente activado desde el bar.
Aquel lugar, era como muchos otros de los arrabales de la
ciudad. En tales sitios, un cliente solitario tenía pocas probabilidades de
salir con vida, sobre todo si, se presentaba lujosamente vestido y ostentando
un rollo de billetes de alta numeración como Crag había hecho. Entonces vio,
desde el suelo a donde se había tirado instantáneamente, que los dos clientes
que se hallaban juntos en la mesa, habían desaparecido como por encanto,
probablemente mientras había estado escuchando las noticias de la radio.
La segunda bebida que le ofreció el dependiente, tendría que
estar envenenada, sin duda. Al tirarse al suelo y salir después hacia la
puerta, el dependiente de la barra se había ocultado tras su segunda línea de
defensa. El arma utilizada, según pudo Crag apreciar, era un antiguo rifle,
provisto de un amortiguador de ruidos, aunque probablemente el interior del bar
estuviese instalado a prueba de ellos.
En aquel momento estaba descargado y el barman trataba de volver
a cargarlo de nuevo y a apuntarle. Crag rodó rápidamente por el suelo para
evitar un segundo disparo y que pudiera apuntarle, a menos que no saltase por
encima del bar. Un ruido de pasos le dio a entender que el barman corría por el
otro extremo del establecimiento, con objeto de salirle al paso al final de la
barra. Crag se incorporó teniendo dispuesta la mano de metal.
Fue cosa de pocos segundos. El barman, con sus ojos dilatados de
buey, ya estaba sobre él dispuesto a rematarle. Pero allí estuvo el final de la
lucha. Un mazazo espantoso con la mano izquierda de Crag le dejó muerto en el
acto.
Crag se limpió el polvo de sus ropas. Se dirigió hacia la caja
registradora y encontró como unos cien dólares. Pero en los bolsillos del
barman encontró la prueba de que el tipo había hecho un buen negocio, y
recientemente. Había ocho mil dólares en billetes.
Crag hizo una mueca y soltó la carcajada. Resultaba que iba por
delante del juego en lugar de ir detrás, su total de gastos del medio millón,
eran nulos y aún se encontraba con más dinero que artes de comenzar su vida de
rico.
En vez de arriesgarse a salir por la puerta principal, lo hizo
por la de servicio, yendo a salir a un callejón estrecho de la parte posterior.
De vuelta en el Luxor, estaba, de guardia un empleado, en vez
del gerente, quien dijo a Crag que los daños de la suite habían sido ya
reparados. Crag solicitó la cuenta que le fue presentada; representando poco
más de lo que había calculado, la pagó y entregó otros mil dólares por
adelantado.
- Ah, muchas gracias, señor Eh - dijo el empleado -. ¿Hay alguna
cosa en que podamos servirle?
Crag le aseguró que no necesitaba nada.
En la suite, Crag deambuló un rato por las diferentes
habitaciones, hasta acabar poniendo la radio del salón; faltaban pocos minutos
para la hora de un nuevo boletín de noticias. Aguantó como pudo la parte
comercial del programa hasta que el locutor comenzó a hablar:
- «Señoras y señores: he aquí las últimas noticias de lo
relativo al cinturón de asteroides, es decir, de lo que fue hasta hace poco.
»El planeta se está formando con increíble rapidez. Se estima
que está constituido en sus nuevas décimas partes por todos los antiguos
asteroides que ahora forman parte integrante del nuevo planeta. Su tamaño y su
masa aproximados se acercan a Marte, y será ligeramente mayor cuando los
restantes asteroides acaben por estrellarse sobre él, es decir, dentro de unas
cuatro o seis horas. Se observa una formidable aceleración de los que aún
quedan rezagados en sus órbitas para ir a estrellarse en el nuevo planeta y los
que circulan por delante deceleran en, la misma medida para incorporarse al
nuevo mundo así formado.
»El nuevo planeta ya gira sobre su eje; pero el período de
revolución, aún cuando ya parece estabilizado, no puede ser determinado hasta
que se disipen las nubes de polvo resultantes de los continuos choques de los
asteroides y la superficie pueda ser visible. El hecho de que este polvo
permanezca suspendido en nubes, constituye la prueba de que el nuevo planeta,
por increíble que resulte, tiene su propia atmósfera. Aunque no sea posible,
por el momento, determinar el espesor de las capas de polvo, ni realizar una
precisa observación espectroscópica, la atmósfera contiene, definitivamente,
oxígeno y probablemente debe ser respirable.
»Las observaciones espectrocóspicas y de toda índole que se
llevan a cabo se realizan desde espacionaves a unos cientos de miles de millas
de distancia. La toma de contacto con el nuevo planeta será realizada tan
pronto como el Consejo Solar determine que sea segura.
»No se han tomado aún determinaciones concretas para el nombre
que habrá de llevar este nuevo mundo. La mayoría de los científicos, sustentan
la opinión de que debería estar bautizado con el nombre de Bellini, el
astrónomo que utilizando el gigantesco telescopio de la Luna, observó primero
la perturbación de la órbita del asteroide Ceres. Su informe centró la atención
sobre el cinturón de asteroides y condujo al descubrimiento de lo que estaba
ocurriendo allí.»
El boletín continuó después sobre temas de política y Crag apagó
la radio.
Supuso si quizás la televisión mostrase alguna fotografía del
nuevo planeta; seguramente deberían estar observándolo desde espacionaves a
distancias relativamente próximas. Abrió el equipo de doble puerta del gran
televisor, apretó el botón de encendido y esperó a que estuviese dispuesto.
El aparato zumbó y una serie de brillantes colores apareció en
la pantalla; después el zumbido se transformó en música - si es que podía
llamársele tal cosa - y los colores se recompusieron mostrando una estupenda
colección de chicas con largas cabelleras rubias, gruesos labios sensuales, que
cantaban a coro:
¡Oh, qué lindo viaje a Venus! para mi luna de miel, contigo,
cariño...
Con calma Crag se aproximó al aparato y lo apagó. Después,
volvió a patear la pantalla hasta destrozarla con una magnífica calma.
Se dirigió al bar, se preparó una bebida y se encontró a sí
mismo bostezando antes de acabarla, yéndose a la cama antes de haberla
terminado del todo.
Soñó; pero por la mañana no recordaba ninguna de las cosas que
había soñado. Lo que fue una cierta suerte, ya que Crag se hubiera disgustado
de haberlo podido hacer.
El día lo empleó en pasear, volviendo a familiarizarse con la
parte comercial de Marte City. Fue a los dos bancos en que había depositado la
mayor parte de su dinero antes de salir anteriormente con Olliver y Judeth,
hacía un par de semanas antes. Lo depositó porque no confiaba en absoluto en
Olliver. Pero tampoco confiaba mucho en los banqueros, por lo que decidió para
lo sucesivo, llevarse consigo todo aquel efectivo, contante y sonante. Era
cierto que se corría el riesgo de ser robado y asesinado, como casi había
estado a punto de serlo la noche anterior; pero si le mataban, lo mismo sería
por una gran suma que por otra más pequeña, y lo que quedase no iría a hacerle
ningún beneficio.
Pero fracasó cuando se dio cuenta del enorme bulto que hacían
los quinientos mil dólares, aún llevando la mayor parte en billetes de a mil,
ya que para las transacciones se empleaban billetes de menor cuantía. Tuvo que
llenarse todos los bolsillos para transportarlo. Así, aquella noche escondió la
mayor parte en su suite del Luxor, poniendo cien mil dólares en cada uno de los
cuatro escondrijos que habilitó al efecto. Los lugares resultaban casi
imposibles de hallar, incluso para personas que los buscasen deliberadamente.
El resto de la noche lo pasó divirtiéndose lo mejor que pudo.
IX
Salió al día siguiente y finalmente se encontró recalando por el
barrio de los hombres del espacio, al norte del principal distrito de la
ciudad. Los hombres del espacio caían por allí cuando se hallaban sin un
centavo, aunque constituían una pequeña fracción de la población flotante. Por
el carácter, se parecía mucho a cualquiera de los barrios divertidos de Nueva
York, como por ejemplo, Skid Row.
Crag no tenía ningún negocio especial que resolver por allí, y
lo sabía, ya que el barrio no tenía nada que no pudiese adquirir en cualquier
otra parte de la ciudad y con mucha más seguridad personal. En el barrio de los
hombres del espacio, el pillaje, el asesinato y los robos, estaban a la orden
del día. La policía patrullaba en grupos de seis hombres; y resultaban tan
odiados que un policía solitario apenas si hubiera podido sobrevivir un día
completo.
Desde luego lo era también para un hombre vestido lujosamente, y
sobre todo llevando encima cien mil dólares en efectivo. Tal vez el peligro era
lo que Crag deseaba. El peligro le estimulaba, le hacía estar alerta y vivo.
Sólo en el peligro y de cara a la muerte encontraba la alegría de vivir.
¿Sería, acaso, porque subconscientemente era la muerte lo que
realmente deseaba?
¿Era su odio tan grande a la humanidad que sólo podría encontrar
la felicidad en el total olvido de las cosas?
A veces lo había pensado él mismo, y la consecuencia fue hallar
la respuesta. El neftín lo haría.
La droga era difícil de adquirir; pero todo resultaba posible
teniendo la cartera repleta de buenos billetes, incluso el neftín, la única
droga que era tan odiada como la propia policía. No había futuro en la venta
del neftín, porque el comercio difícilmente se repetía; sólo podía venderse una
dosis a un cliente, porque lo seguro era resultar muerto por el cliente a las
veinticuatro horas. La droga le colocaba en una situación de exaltación durante
un cierto tiempo y cien veces mayor que lo logrado por cualquier otro
estupefaciente; después el drogado pasaba a una situación de rabia y furor
creciente hasta conseguir matar al mayor número posible de personas, antes de
resultar muerto el causante. Si no resultaba muerto y si era detenido en su
lugar, era como si hubiese muerto; pero siempre en la misma situación de
éxtasis y exaltación, a pesar de cuanto se hiciera por el drogado. Era un final
perfecto para el hombre que lo deseara por cualquier razón. Era como caer
inmerso en un resplandor extático de gloria, especialmente si odiaba a la gente
y tenía la obsesión de llevarse por delante a media docena o una junto con él,
antes de morir; así era perfectamente comprensible que la venta o posesión
simple del neftín estuviese legislada, considerándose como un crimen de primer
grado, condenándose con por lo menos veinte años de trabajos en las minas de
Calisto o con el psicógrafo. Incluso los criminales más empedernidos y los
traficantes de drogas le tenían un sagrado horror, a menos que ellos mismos se
sintieran inclinados a probar sus placeres, en cuyo caso, ni que decir tiene,
que nada más tenían que perder.
Pero de una forma singular, aunque Crag se hubiese considerado
muy contento con estar muerto, no sentía ningún activo deseo de morir. No, al
menos, por su propia mano.
Recordó un libro que había leído, muy viejo, sobre la caza de
los tigres en una parte de la Tierra que una vez se llamó la India, y que se
refería a un tigre asesino, un comedor de hombres, que tenía aterrorizada a
toda una provincia de la India durante años y mató a centenares de personas.
Para los aterrorizados nativos, se le había conocido con el nombre de «El
Llorón», a causa de los ruidos que emitía constantemente cuando patrullaba
alrededor de un poblado durante la noche. Cuando un cazador blanco, el autor
del libro, lo mató finalmente, examinó el tigre y encontró una infección
crónica y profunda en el cuerpo del enorme animal; el hueso lo tenía roído y la
carne a su alrededor podrida y pulposa. Durante años, cada paso de la bestia
había constituido una espantosa agonía y con todo había salido a cazar y a
matar y a comer. Los tigres no se suicidan, ni incluso con el neftín, concluyó
Crag.
Crag probó el juego; pero apenas si encontró diversión alguna.
Las grandes partidas, como las que se celebraban en el Luxor, estaban tan
ridículamente pervertidas, que no existía la menor distracción en tomar parte
en ellas. Pensó en haber hecho una magnífica hoguera con todos los billetes y
gozar el calor del fuego que se desprendiese de ella. Una vez fue al salón
principal de juego del Luxor; pero sólo una vez; el segundo día, tras haber
acabado su fenomenal borrachera. Durante un rato estuvo tirando cartas al juego
de la mara, a cien dólares la carta y se las arregló para perder unos cuantos
miles de dólares; pero las rampas eran tan evidentes que, al final,
completamente disgustado, dejó caer su mano de metal, aunque no demasiado
fuerte sobre la mano del croupier, quien en aquel momento le pasaba una carta.
El croupier gritó de dolor y dejó caer dos cartas, donde sólo tenía que haber
habido una, marchándose en seguida a la enfermería a que le cuidasen la mano
dolorida. Crag se marchó, pensando si el hotel le cargaría en cuenta los gastos
de lo ocurrido. Pero el Luxor pareció olvidarlo; había demasiada gente que
habían visto la carta extra.
Durante algún tiempo jugó en los tugurios del barrio de los
hombres del espacio. Era posible encontrar una partida honesta, si se tenía
buena disposición y buena vista. Pero los hombres del espacio y los mangantes
que se descolgaban por allá no tenían suficiente dinero para jugar en grandes
apuestas y tras una serie de partidas, aquel juego de poco dinero terminó
aburriéndole mortalmente, ya que lo que menos le importaba era perder o ganar.
Siguió bebiendo mucho; aunque no demasiado de una vez y en un
mismo lugar sin perder en ninguna ocasión el control de sí mismo. Las grandes
borracheras en Crag sólo se producían raramente, y tras largos períodos de
abstinencia. Nunca bebía, desde luego, cuando tenía que llevar a cabo cualquier
misión o en el espacio; aunque si la misión o el viaje se llevaba demasiado
tiempo, bebía algo de vez en cuando. Ordinariamente, bebía bastante, aunque sin
excederse.
La mayor parte de sus bebidas las tomó en el barrio de los
hombres del Espacio, utilizando sólo el bar de su suite del Luxor por la
mañana, o al volver tarde para acostarse.
Consideró el haber alquilado una habitación en Spacetown, donde
no había hoteles de lujo, aunque sí buenas pensiones; pero abandonó la idea
finalmente. Sabiendo lo ridículo que resultaba mantener una suite tan costosa
para utilizarla apenas en el Luxor, la siguió pagando, no obstante. Aquello
costaba dinero y se había encarado con la idea decidida de cuanto más pronto se
liberase del dinero más feliz sería. Mientras lo tuviera, no había razón para
pensar en robar más, como hubiera tenido que hacer estando sin blanca.
Se sentía como un tigre encerrado en un matadero, rodeado de
carne por todas partes, que no tiene que cazar. Puede hartarse, saciarse y
permanecer cómodamente saciado; pero, bien pronto, el instinto de volver a la
jungla le asaltaría; allá donde la caza y el peligro forma parte de su propia
vida. Un tigre saciado, sólo es parte del tigre en sí y no mata por el placer
de hacerlo. Un criminal con todo el dinero que necesita, deja de ser un
criminal; a menos que un torcido instinto psicopático le impulse a conseguir
más y más.
No, a menos que no sea un psicópata, ningún criminal tira
deliberadamente su dinero para restaurar simplemente el incentivo de
conseguirlo. Porque al hacerlo así se niega a sí mismo el valor del dinero, y
ninguna cantidad que pueda adquirir después tendría tampoco el menor valor,
destrozándose el incentivo, y se quiera o no, su razón de ser, de una forma
positiva y cierta.
La única cosa que Crag deseaba hacer con el dinero, era gastarlo
por tanto, seguiría viviendo en el Luxor, porque ello le ayudaba en tal
sentido.
Era una lástima que jamás se hubiera interesado en la riqueza
por sí misma, o en el poder. Nunca había considerado al dinero sino como algo
que es preciso gastar, y el poder significa la política. Crag había odiado
sinceramente a los políticos toda su vida, incluso antes de convertirse en un
criminal.
Continuaron los boletines de noticias de la radio, naturalmente.
Nunca utilizó después el de su suite en el Luxor, sino de tanto en tanto. En
uno de sus paseos por Spacetown se encontraba sentado en un pequeño bar,
ligeramente más poblado que de costumbre y de lo que a él le gustaba teniendo
al alcance de la mano una copa de woji. Repentinamente el dependiente pulsó un
botón y la radio estalló con una música detonante, si es que a aquello podía
llamársele música.
Crag alargó el brazo hasta tocar el del barman.
- Apáguelo - dijo.
El barman le hizo frente descaradamente.
- Oiga, señor, no es usted el único que está aquí. A la mayor
parte les gusta esta música.
- A mí, no - repuso Crag, y el toque de la mano se convirtió en
una presa -. Le digo que apague la radio.
El barman miró fijamente a Crag y algo debió ver en sus ojos,
que cambió su comportamiento.
- Señor - repuso -, lo apagaré, es todo lo más que puedo hacer.
Hay un tipo al otro extremo de la barra que me ha dicho que la encienda y que
habrá jaleo si la apago. No sé lo duro que será usted; pero él sí que lo es. Si
quiere jaleo, puede largarse a otra parte.
El barman se frotó el brazo en el lugar en que Crag lo había
tenido atenazado.
- Lo que puedo hacer es obedecer al que gane; por tanto, pueden
salir fuera y resolver la cuestión; a mí lo mismo me da una cosa como la otra.
Obedeceré al que vuelva a entrar.
Crag hizo una mueca. Recordó que no debería mezclarse en luchas,
a menos que hubiese un serio motivo para hacerlo.
- Está bien - dijo, al final -. Apáguelo.
Si el otro tipo tenía algo que objetar, entonces... El barman
disminuyó el volumen hasta la mitad y añadió después:
- Sólo es cuestión de un par de minutos, hasta que lleguen las
noticias.
Miró hacia el otro extremo de la barra, y no tuvo dificultad en
encontrar, entre diversos individuos, al que se había referido el barman, y a
quien había dado el nombre de Gardin.
Era el que con su sola presencia atemorizaba al barman. Los
demás, eran chicos jóvenes del espacio, cadetes de las Escuelas de
Astronáutica, con edades oscilando sobre los veinte años. Gardin era un tipo
parecido a Crag, de mediana constitución, pero macizo, y en el que se adivinaba
la fuerza y una cierta gracia en sus movimientos. Era algo más joven que Crag y
se diferenciaba también en sus cabellos negros, contra los rubios de Crag. Al
igual que éste, era un criminal; pero la estampa de la criminalidad resultaba
más ostensible en Gardin que en Crag.
Llegaron las noticias y Crag, inmerso en sus propios
pensamientos, no puso atención a la primera parte. Pero después, aún sin
quererlo, se encontró con la atención puesta en el receptor, cuando las
palabras «el nuevo planeta» surgieron del discurso del locutor.
« -...todavía aparece rodeado e inmerso en las nubes de polvo,
pero parece ser que van diluyéndose. El almirante Yates ha prohibido cualquier
intento de aterrizaje hasta que la superficie sea perfectamente visible desde
el espacio. La expedición de aterrizaje está preparada y dispuesta; pero puede
llevarse todavía varias semanas. Existen circunstancias misteriosas, tales como
el hecho de que la radiación es muy elevada para un planeta tan alejado del
sol; el nuevo planeta tendrá aproximadamente las mismas temperaturas y
estaciones de la Tierra, a despecho de hallarse dos veces la distancia media de
la Tierra, del Sol como centro del sistema. La diferencia, según entienden la
mayor parte de los científicos, reside en el calor generado en el interior por
el impacto de los asteroides, conforme van estrellándose y juntándose en la
masa común del nuevo planeta. Todos los asteroides se han reunido ya y formado
parte de este nuevo cuerpo celeste; ya no existe materia alguna suelta dentro
de la gran órbita de los asteroides, que ahora es la del nuevo planeta.
»La estimación general es que tiene un diámetro de seis mil
millas aproximadamente, a medio camino entre el de Marte y la Tierra. La
densidad es de cinco veces la del agua. Su gravedad será ligeramente inferior a
la de la Tierra. Su rotación es un hecho definitivo, aunque no se ha podido
determinar con exactitud su velocidad hasta que las nubes inmensas de polvo se
asienten y puedan hacerse observaciones más exactas sobre un punto fijo de
referencia de su superficie.
»Perdonen, queridos radioyentes. Acaban de traerme un nuevo
boletín de noticias.
¡Grandes noticias, amigos! El nuevo planeta tiene ya nombre:
Bellini, el gran astrónomo de Luna City, que era, por aclamación el que iría a
dar su nombre al nuevo planeta, considerándolo como un merecido privilegio,
acaba de anunciar su elección. Ha explicado que no aceptaría ningún otro nombre
más sacado de la Mitología, como se ha venido haciendo desde siglos con todos
los cuerpos del sistema solar. Ha escogido un nombre totalmente arbitrario,
aunque eufónico, por su combinación de sílabas y ya ha bautizado al nuevo
planeta. Señoras y señores, he aquí el nuevo nombre: CRAGON. Se deletrea así:
C-R-A-G-O-N; es decir, repetimos: CRAGON.
Crag se echó hacia atrás, sujetándose al borde de la barra,
soltando una convulsiva y estruendosa carcajada. Fue la más sonora y más
sincera carcajada que emitió en toda su vida, desde que pudo recordarlo. El muy
diablo - pensó -. El muy diablo se ha metido en la mente del astrónomo y ha
hecho que lo bautice teniéndome a mí en cuenta.
¡Piensa que de esa forma me tendrá con él allá!
Notó entonces que alguien le tocaba en el hombro y se volvió,
dejando de reír. Gardin aparecía allí en pie, con el rostro impasible; pero
pareciendo un resorte de acero presto a saltar.
- ¿Se reía usted de mí, amigo? - preguntó desafiante.
Aunque Crag había dejado de reír, emitió otra sonrisa entre
dientes.
- No, no lo hacía, desde luego. Pero si tiene gana de jaleo, me
gustaría atenderle a usted en lo que necesite.
Gardin hizo un gesto al barman.
- Cierre ese aparato - le ordenó secamente. El aparato, que
estaba tocando música de baile, quedó en silencio.
- ¿Y de qué se estaba riendo, si puede saberse? - insistió
Gardin.
Los ojos de Crag se enfriaron, aunque no demasiado.
- Pues mire, es cosa mía y explicarlo resulta demasiado
complicado. Pero, digamos, que es algo divertido, ¿le basta eso?
Súbitamente Gardin comenzó a reír también.
- Yo creo que no tiene nada de divertido, ¿verdad? Está bien,
creo que he metido un poco la pata. Olvídelo.
- A menos que no quiera salir fuera a seguir riendo - dijo Crag.
- Yo creo que lo mejor será que nos tomemos una copa en vez de
eso, ¿no le parece?
- Pues claro que sí - convino amistosamente Crag, en vista del
giro de los acontecimientos.
Y de aquella forma hizo un amigo, o al menos lo más parecido a
un amigo de lo que Crag se había permitido en tal aspecto.
No supo nunca nada del pasado de Gardin, como éste tampoco
consiguió saber nada de Crag. La confianza no les llevó tan lejos. Al principio
basaron su trato sobre la base de desconfiar mutuamente, tomando muy buenas
precauciones al respecto. El tiempo lo iría diciendo.
Crag llegó a pensar que tal vez su amistad se afianzase más si
Gardin se veía sin blanca; pero esto no ocurrió; parecía que su amigo se
desenvolvía muy bien, sin necesitar a nadie, disfrutando de la vida y manejando
dinero suficiente. Y también sin descanso y con energías vitales. Fue sabiendo
todo aquello de Gardin, como éste supo igualmente muchas otras cosas de Crag.
Claro que existían diferencias personales. Crag pensó que era mucho más fuerte,
física y mentalmente. Aunque nunca se probaron o pensaron en hacerlo por lo que
respectaba a la fuerza física. Y respecto de la fuerza mental... o de arrestos,
era algo que sólo una emergencia o un grave peligro podría revelarlo.
En otro aspecto, Gardin también era diferente. Tenía una mujer.
Nunca mencionó si era su esposa o no - lo que, por otra parte, tenía
completamente sin cuidado a Crag -, pero por cosas surgidas de tanto en tanto,
Crag sacó la conclusión de que vivían juntos hacía bastantes años. Se llamaba
Bea; una mujer grandota y descaradamente rubia. Crag la encontró fácil de
soportar, tras haber obtenido la conclusión de que pertenecía a la clase de
mujeres que sólo pertenecen a un solo hombre. Bea dejaba a Crag estrictamente
solo, en las ocasiones que se reunían los tres. Si era porque sentía miedo de
Crag, fue algo que éste nunca pudo averiguar, ni le importó, procuró solamente
que no estuviese con él cuando Gardin andaba por los alrededores.
Cuando Bea estaba con los dos, Crag casi podía olvidarse de que
era una mujer. Bebía y juraba con ellos en términos iguales; se vestía
modestamente, para lo que era Marte City, y jamás coqueteaba, incluso con
Gardin, cuando Crag estaba junto a ellos. Lo que pudieran hacer a solas,
tampoco era cuestión que le importase un comino a Crag.
Con mucha frecuencia, Gardin y Crag salían a deambular solos,
aunque ocasionalmente se les reunía Bea. Ninguno se preguntaba al otro dónde
vivía. Existían muchos lugares que frecuentaban juntos, y aquello era
suficiente. Durante cierto tiempo se divirtieron juntos en jugar, bien al
póquer, al maharajá y a otros juegos que podían jugarse entre dos, con un mazo
de cartas prestadas en el cuartito posterior de cualquier bar, y sin mirones.
Las apuestas fueron subiendo; pero entonces, a medida que se hacían fuertes,
Crag halló que ganaba entonces más y más frecuentemente. Conocía ya bastante a
Gardin para estar en condiciones de leer sus más sutiles formas de expresión y
sus maneras, para saber cuando comportarse con precaución y cuando con absoluta
libertad.
En una ocasión, se encontró súbitamente con ochenta mil dólares
de Gardin frente a él, ya ganados y en el acto conoció por los signos
exteriores que ya había aprendido a conocer de su amigo, a despecho de la calma
exterior de Gardin, que aquello suponía ya su ruina o casi el quedarse sin
blanca. Pero Crag no quería su dinero; ya tenía bastantes dificultades con el
suyo propio. Con cuidado, se dejó perder poco a poco, no demasiado rápidamente
para no despertar la susceptibilidad de Gardin, en una sola partida. Pero
terminadas unas cuantas partidas posteriores, en las que Gardin recuperó su
dinero, Crag perdió el interés en el juego. Y lo mismo le ocurrió a Gardin.
Tras aquello, jugaban ocasionalmente, en partidas relativamente pequeñas en las
que la habilidad y el deseo de batir al contrario podían sobre la idea de ganar
dinero.
Y hacían apuestas. Muchas apuestas. Constantemente se pasaban
las horas muertas haciendo apuestas sobre las cosas más absurdas y ridículas;
usualmente con cinco o diez dólares, aunque de vez en cuando, para mantener la
emoción, las subían a mayores cantidades, en cuestiones en que sostenían
diferentes puntos de vista, o a la pura suerte.
Si se encontraban solos en un bar, por ejemplo, se sentaban con
un taburete de por medio y apostaban si el próximo cliente que llegase a ocupar
el sitio era una mujer o un hombre, o bien, sentándose juntos, si el que
llegase se situaba a la derecha o a la izquierda de ambos. O bien si el próximo
cliente que entraría, iba descalzo o con sandalias, discutiendo las
posibilidades según el tiempo reinante o la hora del día. Cosas de criaturas
realmente, para mantener sus ocios, ya que evitaban a toda costa hablar de
ellos mismos, haciéndolo sobre temas totalmente irrelevantes para matar el tiempo
exclusivamente. El tiempo resultaba así el mayor enemigo, aunque tampoco
ninguno de los dos hablaba sobre el particular abiertamente.
En una ocasión, Crag se llevó a Gardin a su suite en el Luxor:
Gardin miró a su alrededor y dejó escapar un silbido de asombro.
- ¡Chico! ¿Dónde está el botón que empujas para que salga el
coro de chicas bailando?
Al ver que Crag no respondía, continuó:
- ¿Aborreces a las mujeres, eh?
Como Crag tampoco se ocupó de responderle, dejó aquella cuestión
de lado. Gardin continuó curioseando por toda la suite, con las manos en los
bolsillos, hasta descubrir el cuarto de la pornografía. Entonces se sacó las
manos de los bolsillos y comenzó ávidamente a hojear aquellos libros y a poner
en marcha algunos de los discos. Crag le oyó sonreír entre dientes y puso cara
de pocos amigos.
- Vamos, sal de ahí - le dijo malhumorado -. Puedes llevarte
esos puercos libros, si quieres; pero no te pongas a leerlos aquí.
Gardin hizo caso de su amigo.
- ¿Qué quieres beber? - le invitó Crag.
- Woji. A menos que tengas al alcance de la mano un poco de
neftín, no me importaría ensayarlo ahora mismo. Bueno, no me hagas caso. Estaba
bromeando.
Crag abrió dos botellas de woji y alargó una de ellas a Gardin
con un vaso. Gardin se puso un buen trago y dejó la botella junta a la silla en
que tornó asiento. Con una voz cambiada, dijo:
- Me siento hecho una calamidad, Crag. ¿Qué será lo que va mal
en mí?
- Te estás ablandando.
- ¿Ablandarme? - repuso Gardin rápidamente -. ¿Quieres apostarte
uno de los grandes a que puedo contigo, aquí y ahora mismo?
Crag pareció aceptar momentáneamente la apuesta de su amigo,
porque algo le impulsó interiormente. Pero se repuso en el acto.
- No apuestes, Gardin. Siéntate y bébete ese trago
tranquilamente. Yo no empleo las reglas de los antiguos caballeros, ni tú
tampoco. Una vez que comenzáramos, si yo no te mataba a ti, tú lo hagas
conmigo. Dejémonos de estupideces, ni por un piojoso billete de a mil, ni por
nada.
Gardin volvió a sentarse, con el rostro sombrío.
- Deja de pincharme, entonces.
- No estoy pinchándote, amigo, sino diciendo la verdad.
¡Diablos! Me está ocurriendo igual a mí. Me estoy ablandando a pasos
agigantados.
Pero Crag no lo creía realmente de sí mismo. Gardin estaba de
nuevo paseando algo nerviosamente. Abrió el gran aparato de televisión, de
doble puerta y silbó de admiración ante su vista.
- ¡Muchacho! ¡Vaya aparato de televisión! A propósito, esto me
recuerda algo. ¿Sabes qué día es hoy?
- ¿Qué?
- Sí, hombre, el día en que van a tomar tierra en Cragon. ¿No
has seguido las noticias?
- No, desde anteayer. ¿Qué es lo que ocurre?
- El polvo ha desaparecido. No es que se haya sedimentado, sino
simplemente desaparecido como por arte de magia. Y... eso es imposible; pero
dicen que es cierto... es un planeta terminado del todo.
Crag encendió un cigarrillo.
- ¿Qué es lo que quieres decir con que es un planeta terminado?
- Pues eso, que no se trata de un planeta en bruto. Que tiene
vegetación y árboles y todo lo demás. Bastante parecido, por cierto, a la
Tierra, aunque abundan más las tierras y los continentes, que no los océanos y
mares, teniendo además muchísimos lagos y ríos.
Ríos de agua clara y fresca... Eso no tiene sentido alguno.
- ¿Por qué no habría de tenerlo?
- Las corrientes y los ríos se forman a consecuencia de las
lluvias, y tras miles y millones de años, las aguas van canalizándose y
formando el lecho de las grandes corrientes de agua que proviene de los
terrenos altos a niveles más bajos. ¡Y maldita sea!
Ese planeta sólo tiene dos semanas de antigüedad. ¿Cómo han
podido formarse los lechos de los ríos?
- Tal vez sea un chico precoz - bromeó Crag. - Sea lo que sea,
no es nada natural.
Bromea, si quieres, Crag, pero incluso el más escéptico de los
científicos admite que es algo que no podía suceder naturalmente. Algunos de
ellos son sinceros, expresando que se hallan sencillamente aterrados.
- ¿De qué?
- No lo saben; eso es lo que les asusta. - Gardin se volvió
hacia la pantalla del gran aparato de televisión -. Lo había olvidado hasta ver
este aparato; ya va siendo tiempo del nuevo boletín de noticias sobre el
aterrizaje. ¿Quieres que lo veamos?
- De acuerdo.
Gardin encendió el aparato y pronto una oleada de colores y
sonidos invadió la estancia, apareciendo la figura de una amazona desnuda,
cantando la letra de una canción relativa a una perversión que no puede
transcribirse.
- ¡Cierra esa porquería! - le gritó Crag.
- Está bien, es sólo un momento. - Gardin acercó la mano a los
mandos de la televisión; pero antes de cerrarlo la canción se desvaneció y las
imágenes desaparecieron.
Y en la pantalla surgió la distante imagen a todo color de un
planeta visto desde el espacio. Un planeta, que excepto por el contorno de sus
continentes, podía muy bien haberse confundido con la Tierra. Océanos azules,
continentes moteados de verde y marrón y blanquísimas zonas polares.
« - Les estamos mostrando una imagen de Cragon - decía en aquel
momento la untuosa voz del locutor -, el planeta más nuevo del Sistema Solaz.
»Las imágenes que están contemplando, están tomadas desde la
espacionave insignia de la expedición, la Dorai, que se halla en estos momentos
a doscientas mil millas de distancia. Vamos a mantener esta posición hasta que
se reciba un informe del navío explorador Andros, que está ahora procediendo a
aproximarse al novísimo planeta y con la intención de intentar el primer
aterrizaje. Dentro de pocos minutos, suponemos que tardará unos veinte antes de
que el Andros pueda entrar en la atmósfera de Cragon, conectaremos a ustedes
con el navío explorador para que puedan ver con ellos, el preciso momento del
aterrizaje en el suelo virgen de este nuevo y fantástico mundo. La nave
exploradora va al mando del capitán Burke y del teniente Laidlaw. Lamentamos
que la escasez de espacio de la nave exploradora no permita llevar un equipo de
televisión trans-espacio; por tanto, continuaremos transmitiendo desde aquí,
desde la espacionave insignia. Pero permítannos presentarles vía tridimensional
las fotografías de los dos hombres de a bordo del navío explorador, mientras
entramos en contacto con ellos por radio. Aquí está el capitán Burke.»
Una fotografía tridimensional mostró a un hombre de edad mediana
con ojos de mirada dura, pero con unas facciones suaves en la pantalla.
- ¿Está usted dispuesto, capitán?
Los labios de la fotografía no se movieron; pero se oyó una voz
respondiendo.
- Sí, señor, Burke informando.
- ¿Tienen algo especial que informar?
- Sólo que descendemos lentamente y con precaución, de acuerdo
con las instrucciones recibidas. Nos encontramos a cien mil millas de altitud
todavía por encima del borde exterior de la atmósfera del planeta.
- Está bien. Entonces, presentaremos a su compañero de
expedición. Les mostramos a ustedes al teniente Laidlaw.
En la pantalla apareció otra foto tridimensional. Un hombre
joven, bien parecido y con cabellos negros ondulados. Se esperaba de él una voz
atiplada y casi afeminada, que en efecto sonó así.
- Teniente Laidlaw, señor.
- Está usted asignado a la misión de informar mientras su
capitán lleva el mando de la nave, ¿no es cierto?
- Sí, señor.
- Está bien. Entonces, por favor, permanezca en el micrófono. -
La imagen tridimensional cambió nuevamente y en seguida se apreció la visión
distante de un planeta girar en el espacio -. ¿Han elegido ya un punto para la
toma de tierra, teniente? -
Sí, señor. Aproximadamente en el centro del lado diurno, que por
el momento está aproximadamente en el centro del continente mayor del planeta.
Casi próximo a la orilla de un gran lago... creo que puedo indicarle cuál es.
Tenemos aquí un monitor que recibe su emisión. ¿Ve usted un lago casi
exactamente en medio de su imagen, es decir, que tiene casi una forma
triangular?
- Así es, teniente.
- Bien, hemos planeado aterrizar en el fondo, esto es, en la
parte sur de dicho triángulo.
Se darán cuenta seguramente de que una gran corriente de agua,
concluye en el lago por esa parte. Y que el área que rodea esa corriente es
verde; pero sólo a una corta distancia de su borde y lo demás aparece corno una
extensa zona de color marrón. Creemos que será un lugar ideal de observación,
como base de operaciones. Podremos comprobar el agua de esa corriente y la del
lago. Podremos observar igualmente la clase de vegetación que muestra ese verde
claro y la correspondiente a la gran extensión más oscura, tanto si es rocosa o
de qué género. También, nuestras observaciones con las termocuplas, indican una
temperatura de casi 70 grados Fahrenheit, temperatura que podemos considerar
óptima. Conseguiremos tomar contacto en cualquier lugar próximo.
- Gracias, teniente. ¿Qué altitud tienen ahora?
- Algo menos de ochenta millas. Descendemos lentamente, con el
dispositivo antigravitatorio.
Crag emitió una risita entre dientes.
La voz del teniente continuó diciendo:
- «Desde luego, haremos una serie de observaciones finales antes
del aterrizaje en el planeta. Descendemos en automático para detenernos a cinco
millas de altura. Desde allí, nuestros telescopios nos proporcionarán una
visión más completa y próxima del terreno.
Y para ese tiempo, estaremos dentro de la atmósfera y podremos
estar en condiciones de hacer una comprobación que nos diga si es o no
respirable y si eventualmente habremos de emplear nuestros trajes espaciales.»
- Gracias, teniente Laidlaw. Ahora, oiremos unas palabras del
almirante Johnson, de la Gran Flota, que está aquí a bordo, precisamente junto
a nosotros.
Crag volvió a reírse chuscamente de nuevo y Gardin apartó la
vista de la pantalla para mirar intrigado a su amigo.
- ¿Qué encuentras de divertido en esto? - quiso conocer.
- Pues la totalidad del asunto - repuso Crag -. No van a tomar
contacto con el planeta... y si lo hacen, jamás saldrán de allí.
- ¿Por qué no?
- No están invitados. Espera y lo verás. Gardin hizo una mueca
de asombro.
- Amigo, hay un viejo proverbio que dice: «Pon tu dinero donde
tu boca». ¿Cuánto quieres apostar?
Crag se encogió de hombros con indiferencia.
- Puedes tú mismo fijar la cuantía. Pero ya sabes que perderás.
Gardin se apresuró a contar un puñado de billetes.
- Iremos un poco cortos. Pero me apuesto mil dólares. ¿O es que
estás bromeando?
Como respuesta, Crag se sacó un billete de a mil dólares que
depositó junto a los otros mil fraccionados de Gardin.
En la pantalla apareció el rostro de bulldog del almirante.
« -...no parece que exista peligro, pero la Flota no se correrá
riesgos inútiles. Antes de que esos hombres abandonen el navío explorador el
área habrá sido vigilada en previsión de cualquier peligro posible. Parece
imposible que un mundo recién formado pueda albergar alguna forma de vida,
hostil o de cualquier otro género; con todo, la posibilidad no debe ser
desechada. Existen misterios de los que no tenemos la respuesta adecuada;
especialmente del misterio de cómo Cragon ha sido formado y cómo pudo haber ocurrido
tan increíblemente rápido, el haber dispuesto de una atmósfera, una topografía
bastante bien desarrollada y lo que es más extraordinario, en tan brevísimo
tiempo, una vegetación segura, por todos los datos que se poseen. Y es a causa
de este misterio que no corremos el riesgo de hacer aterrizar una gran nave del
espacio de nuestra Gran Flota y arriesgar la vida de cientos de nuestros
hombres.
»El capitán Burke y el teniente Laidlaw se han prestado
voluntarios para esta misión y saben que están arriesgando sus vidas, incluso
aunque el riesgo no lo parezca en apariencia. Pero un nuevo planeta siempre es
una entidad desconocida y en este caso las circunstancias son más difíciles, ya
que los detalles de su formación permanecen envueltos en el mayor misterio y se
han producido tan súbitamente que puede casi pensarse que se trata de un acto
deliberado de una entidad inteligente.
»Sin embargo, no existe dificultad alguna que se anticipe al
aterrizaje. Se conocen ya todos los factores. La cuestión más importante es la
atmósfera. Será respirable en su actual estado o tendremos que construir
acondicionamientos para ella tal y cómo fue preciso hacer en Marte y Venus? Los
análisis espectrográficos, los únicos que pueden realizarse desde aquí, son
alentadores. El oxígeno se halla presente en la proporción igual y aproximada
al de la atmósfera de la Tierra, e igualmente el bióxido de carbono. La
densidad atmosférica es ligeramente menor que en la Tierra; pero sólo en muy
pequeña escala; Kaperhorn estima que su densidad al nivel del mar es la
equivalente a la de la Tierra a una milla de altura, como, digamos por ejemplo,
Alburquerque o Denver.
»El elemento de incertidumbre yace en el hecho de que existen
trazas de elementos con los que hasta ahora no ha sido posible el poder
analizarlos a distancia, y hay, por supuesto, la posibilidad de que cualquiera
de tales elementos sea venenoso. El navío explorador no lleva a bordo
laboratorio de análisis químicos; pero lleva en su lugar unas jaulas con
canarios y otros pequeños animales de experimentación, con cuyo uso el capitán
Burke estará en condiciones de decidir si será posible abandonar la nave sin el
uso de trajes espaciales.
»Pero con los trajes o sin ellos, explorarán la zona
inmediatamente circundante al punto de aterrizaje.»
Crag produjo un ruido estentóreo. - ¿Otro trago de woji, Gardin?
Gardin aprobó con la cabeza y Crag se dirigió al bar, que abrió
volviendo con dos nuevas botellas. La esfera del nuevo planeta aparecía en la
pantalla de la televisión; pero la voz del almirante había sido sustituida por
una suave música.
- ¿Qué ocurre? - preguntó Crag -. ¿Ha decidido marcharse o
volverá a darnos otro sermón?
- Eso me imagino - repuso Gardin -. Estarán ocupados en ultimar
un nuevo informe procedente de la nave exploradora. Sólo unos cuantos minutos,
ahora están llegando al límite superior de la atmósfera. - Gardin miró de
soslayo al dinero depositado sobre la mesa -. Crag, ¿de dónde surgiría la
idiota idea de hacer esta ridícula apuesta? Creo que estás dándome en la
práctica el regalo de un billete de los grandes...
- Tal vez - contestó Crag.
- A menos... que tengas algo escondido en la manga, y no sé de
qué pueda tratarse.
Pero tú sugeriste la apuesta. Creo que soy un bribón con apostar
a un hombre en tales condiciones.
Crag hizo una mueca.
- ¿Quieres retirarla? Te daré ahora una oportunidad, antes de
que vuelva el navío explorador. Gardin vaciló un instante, y después sacudió la
cabeza.
- No, déjala ahí. - Y se tomó un buen trago. La música se detuvo
en seco y una voz volvió a sonar en el aparato, esta vez la del atildado
teniente.
« - El teniente Laidlaw hablando desde el navío explorador. El
capitán Burke está a los controles. Descendemos lentamente, empezamos
precisamente a entrar en la atmósfera de Cragon. Nuestros instrumentos detectan
una ligera presión, aunque no muy superior al vacío de un laboratorio. Nos
encontramos aproximadamente a cincuenta millas de altitud y por el momento,
descendemos a una velocidad de cinco millas por minuto, aunque trataremos de
frenar tal velocidad para evitar el friccionamiento atmosférico por el enorme
calor que desprenderá su roce.
»Cuarenta y cinco millas. Desde aquí podemos ver, y creo que con
toda seguridad, que las áreas oscuras del terreno son enormes bosques Al menos
dan la impresión de igual apariencia que los espesos bosques de la Tierra desde
idéntica altura. Ahora estamos a treinta y cinco millas, casi en la
estratosfera. Pero... el capitán Burke está deteniendo nuestro descenso. Nos
quedamos totalmente detenidos y sin movimiento... ¿Qué ocurre, capitán?»
En el silencio que siguió Crag preguntó: - ¿Quieres doblar la
apuesta?
Gardin sacudió la cabeza, aturdido.
- Pero ¿cómo demonios...?
- No importa por qué. Tal vez yo posea una especial información.
Si no quieres doblarla, te daré todavía otra oportunidad para que la retires.
Gardin no vaciló. Recogió el puñado de billetes y alargó a Crag
su billete de mil dólares, poniéndose los suyos en el bolsillo. Crag hizo una
mueca humorística.
- Bien, ahora veremos qué tal van las cosas. Vamos a ver cómo se
comporta.
- ¿Se comporta, quién? ¿A quién diablos te refieres?
- Sssh - le advirtió Crag, mientras sonaba una voz diferente
procedente de la televisión.
« - Aquí, el capitán Burke al micrófono. Pido excusas por haber
abandonado la transmisión, tanto el teniente como yo, unos momentos. No se
trata de una emergencia; pero hay algo que tiene que ser investigado antes de
que sigamos descendiendo. Parece que hay algo que va mal con nuestro sistema
acondicionador de aire.
»En el momento en que he detenido nuestro descenso he mirado a
las jaulas de los canarios, cuyo uso ha explicado hace unos momentos el
teniente Laidlaw. De los tres animalitos, uno de ellos yace al fondo de una de
las jaulas y los otros dos... bien, parecen seriamente trastornados.
»Sin duda, algo ha debido estropearse en el sistema de
acondicionamiento del aire y no completaremos nuestro descenso hasta haberlo
arreglado. El teniente, que está más familiarizado que yo con esta parte del
mecanismo de la nave, está investigando en estos momentos. Tendré preparado el
informe oportuno dentro de breves instantes, o bien le cederé el micrófono.
»Ocurre algo inesperado. El teniente Laidlaw informa que no
puede encontrar nada de extraño ni de anormal en el equipo; los indicadores
muestran la correcta proporción de oxígeno, y ninguno de los controles señala
la presencia de cualquier gas extraño; pero, con todo, dos de los canarios ya
han muerto y el otro aparece claramente a punto de morir. Las cobayas y las
ratas blancas se apelotonan unas contra otras, con síntomas de asfixia,
mostrando además señales evidentes de malestar.
»Tanto el teniente como yo, apreciamos un olor, aunque muy
débil, pero un olor extraño. No he comprobado nada en especial con el teniente
a este respecto; pero me atrevería a afirmar que podría clasificarse como algo
vagamente similar al ácido sulfúrico; pero muy dulzón. Si pueden ustedes
imaginar una mezcla de ácido sulfúrico y gardenias... bien, ésa es la mejor
forma que tengo ahora para describirlo.
»Pero esta nave está sólida y perfectamente aislada. No es
posible que haya penetrado ni el más leve trazo de atmósfera exterior, tan leve
como debe ser a treinta millas de altitud. No hay nada que concebiblemente
podamos imputar al planeta, ni...»
- ¡Capitán Burke! - tronó la voz del almirante desde la nave
insignia -. ¡Ascienda con la nave, inmediatamente! ¡Totalmente fuera de esa
atmósfera!
- Sí, almirante.
- Continúe informando.
» - Sí, almirante. Ahora seguimos ascendiendo... 33 millas,
35..., el teniente Laidlaw reconoce el interior de la cabina y me señala que
todo parece ir perfectamente. Además, el fuerte dolor de cabeza que sufría hace
unos momentos, acaba de disiparse. De nuevo el sistema de acondicionamiento del
aire funciona correctamente. ¿Lo intentamos de nuevo, señor?
» - Incorpórense a la Flota inmediatamente. Antes de realizar un
nuevo intento, bien sea con un aparato tripulado o teledirigido, hemos de
comprobar ese navío explorador totalmente. Al igual que el sistema de
aireación, han de ser comprobados usted y el teniente, como esos canarios
muertos.
» - Sí, señor.»
Gardin miró a Crag y éste soltó una amistosa carcajada. Siguió
riéndose tan de buena gana, que poco después recordó que había reído más a su
gusto en aquellos instantes que en muchos años de su vida.
- Te apuesto ahora que el aparato teledirigido tampoco tomará
tierra en Cragon - afirmó Crag.
- No quiero apostar. - Y Gardin se dirigió a la televisión y la
apagó -. No creo que valga la pena seguir observando esto. Dime, Crag, ¿qué es
lo que ocurre?
Crag movió lentamente la cabeza.
- Lo siento, amigo. Para decírtelo, tendría que decirte
muchísimas otras cosas demasiado largas de referir.
- ¿No es nada sobre lo cual podamos jugarnos el dinero?
Crag volvió a sacudir la cabeza.
- Te propongo que hagamos una partida de ginebra, para matar el
tiempo.
Gardin se puso en pie.
- Lo siento, muchacho. Tengo negocios que atender. Es posible
que no me veas en algún tiempo, Crag. Esos mil dólares que me has regalado...
bien al hacerme que retire la apuesta, ya que parecías estar seguro de que ibas
a ganarlos... me ha puesto fuera de combate. Creo que voy a ver si me hago de
unos cuantos más.
- Buena suerte - le deseó Crag despidiéndole.
X
Crag estuvo sin ver a Gardin por más de una semana, aunque
continuó frecuentando los mismos lugares en que solían encontrarse y reunirse a
tomar copas y a charlar. No fue tampoco al hotel de Gardin por dos razones;
una, que si Gardin estaba todavía allí y deseaba verle ya le habría ido a
buscar y la otra que si Gardin estaba ausente del hotel, se habría dejado como
cosa segura a Bea esperándole. Y no deseaba por nada del mundo hallarse a solas
con Bea sin Gardin en los alrededores. Y preferiblemente ni aún así.
Decidió ir siguiendo las noticias subsiguientes al apasionante,
problema del nuevo planeta Cragon. Tras el chasco sufrido en el primer intento
de aterrizaje, no se produjo ningún otro boletín televisado, sino hablado por
los locutores. Por lo visto la Gran Flota decidió evitar que el público gastara
chistes a propósito de la cuestión.
No se había encontrado ningún gas extraño en el casco del navío
explorador del primer intento de toma de contacto con aquel nuevo mundo. La
sola concreta evidencia, era el haber encontrado muertos a los dos canarios y
el tercero gravemente afectado. Y así ocurrió con las cobayas, con los ratones
blancos y con los dos humanos tripulantes del navío. El capitán y el teniente
pasaron muchas horas después, para recobrarse de las terribles náuseas que
sufrieron.
El sistema de acondicionamiento de aire funcionaba perfectamente
y las autopsias practicadas a los dos pájaros no habían dado la menor
indicación de cuál pudo haber sido la causa de su muerte. La única conclusión a
que llegaron los investigadores, es que pudiera existir algún componente
misterioso en la atmósfera de Cragon, que incluso en la enrarecida altura de
treinta millas de altitud, pudo haber penetrado sutilmente en el material del
casco de la nave, posiblemente por cierta especie de proceso similar a la
ósmosis y que podría matar o herir gravemente a los ocupantes. Los trajes
espaciales no parecían ofrecer la respuesta adecuada, ya que cualquier cosa que
pudiera traspasar el casco del navío lo haría con absoluta certeza con el
tejido más delicado de un traje espacial.
Dos días después del fracaso del intento de aterrizaje en
Cragon, se envió una nave teledirigida a la superficie del planeta, sin
ocupantes vivientes.
Puesto que la nave tripulada no había captado señales de gases
mortales, y sí solamente sus efectos, se presumía que por idéntica razón la
nave teledirigida volvería en iguales condiciones. Y en lugar de equiparla con
recipientes, el navío explorador teledirigido se preparó con un equipo de
comprobaciones químicas, la mayor parte automático, y otra manejable a larga
distancia por control remoto, pudiendo así realizar los análisis más delicados
in situ, mientras el navío permanecía sobre la superficie de Cragon, recogiendo
otras materias para ulteriores análisis.
Pero la gran dificultad residió en que la nave enviada jamás
llegó a su destino. Nunca, de hecho, consiguió ni siquiera llegar a la tenue
envolvente del exterior de su atmósfera.
Cragon había cambiado de táctica. Cuando la nave teledirigida se
encontraba a doscientas millas de la superficie del planeta, rebotó.
Se encontró con un impenetrable campo de fuerza.
Ni incluso los cohetes teledirigidos eran, por lo visto,
bienvenidos en Cragon.
Crag, se sonrió entre dientes, para sí mismo. Aquello terminaba
los reportajes televisados de los intentos para tomar tierra en la superficie
del nuevo mundo. El Almirantazgo redactó una cuidadosa memoria, con gran lujo
de palabras inútiles, tras la que se traslucía que el propio Almirantazgo se
hallaba simple y llanamente aterrado.
» - Ahora parece posible, si no probable, que el Sistema Solar
ha sido invadido por una raza extraña. La formación de un nuevo planeta
procedente de las escorias del sistema solar, era demasiado extraña y demasiado
repentina para ser tenida en cuenta como cualquier teoría de la Astrofísica
conocida por el hombre; por tanto, hay que considerar posible que esto haya
sido llevado a cabo deliberadamente por una misteriosa raza que proceda del
exterior de nuestro sistema...
»Que la intención de esta raza no tiene nada de amistosa, queda
claramente establecida por el hecho de haber rehusado todo pacífico contacto
que hubiéramos podido establecer al aterrizar libremente.
»Un campo de fuerza no es conocido en estado natural, y tiene
que ser, por tanto, necesariamente artificial; así como un gas venenoso que ha
penetrado la sólida coraza de la espacionave; pero que se desvanece totalmente
cuando la nave se encuentra fuera de la atmósfera.
»Puesto que el planeta Cragon no ha cometido, según nuestros
informes ningún acto hostil contra el resto del Sistema Solar y, por tanto, no
puede considerarse un acto de guerra, sí es preciso considerar sin estado de
emergencia, y declararlo en tales términos.
Un estado de protectiva emergencia. Y puesto que es lógico
considerar que una vanguardia de espías procedente de la raza cragoniana se
halle mezclada entre nosotros, se requerirá de ahora en adelante una estricta
censura de...»
El Consejo Solar decretó inmediatamente un estado de emergencia,
doblando los impuestos sobre las rentas modestas, incrementando ligeramente las
grandes, para financiar cualesquiera que fuesen los planes a seguir en el
futuro. Planes que no podían ser hechos públicos a causa de los hipotéticos
espías de Cragon.
Pero los rumores se incrementaron por todas partes, y en
especial en el barrio de los hombres del espacio en Marte City, donde tales
cuestiones apasionaban de forma especial. Aunque los informes procedentes del
cinturón de los asteroides, actualmente la órbita de Cragon, estaban rodeados
de una estricta seguridad, antes de llegar al Cuartel General de la Flota
Marciana, tales informes, por un camino u otro, se conocían en el barrio de los
hombres del espacio, casi en el momento de llegar. Y Crag los conocía a la
perfección.
El segundo artefacto teledirigido no trató de posarse suavemente
en la superficie de Cragon, sino que fue disparado corno un proyectil con todos
los cohetes reactores a pleno rendimiento; pero había rebotado de la misma
forma, y su masa metálica se había convertido en un impresionante lingote de
metal incandescente. Otros cohetes con cabeza atómica explotaron al tropezar
con el invisible campo de fuerza y la subsiguiente investigación telescópica
bajo el punto de contacto, indicó que ni la menor traza de radiación había
penetrado la atmósfera existente bajo él.
Cragon se había soltado el pelo, y aparecía a prueba de bombas,
inexpugnable y desafiante. Y el temor a los espías creció. Los militares
ignoraban si Cragon estaba o no poblado, y en caso afirmativo qué población
podría tener y cómo sería. Pero el miedo crecía y puesto que no era posible
llegar hasta el planeta se buscaba afanosamente a alguien que pudiera proceder
de allí, lo que significaba el espionaje. Transeúntes o personas de la más
diversa condición que no estuvieran en condiciones de explicarse convenientemente
y con rapidez, eran detenidas para ser interrogadas y si sus respuestas no
resultaban todo lo convincentes que se deseaba, se les retenía para ulteriores
interrogatorios, bajo el uso incluso de drogas.
El hecho comenzó a dar en que pensar a Crag. Incluso los ricos
que vivían en hoteles de lujo alejados de toda sospecha y que nunca habían sido
molestados por la policía, comenzarían muy pronto a serlo. Podrían figurarse a
Crag como un espía cragoniano deliberadamente puesto en aquella situación de
riqueza por esa misma razón. Y los militares eran menos susceptibles a la
intimidación o al soborno que la policía, especialmente si creían que pudieran
estar tratando con un espía del exterior.
Así Crag tomó precauciones en las que antes jamás se había
molestado; visitó los mejores forjadores de huellas de Marte City, obteniendo
documentos que le garantizaban una falsa identidad y un historial libre de toda
sospecha. Naturalmente que no soportarían una completa investigación en gran
escala; pero bastarían para cubrirle en caso de una eventual encuesta policial.
Después, pensó si no habría perdido el tiempo y el dinero;
porque todo aquello no le protegería contra alguna seria sospecha; y la
realidad es que se había conducido de forma que existiesen motivos para ello...
si Gardin hablaba de él. No se le ocurrió pensar en el aspecto de espionaje que
pudieran haber tenido sus palabras el día en que él y Gardin estuvieron viendo
la televisión en el Luxor, y se produjo la especial apuesta de los mil dólares,
con la seguridad de que nadie conseguiría aterrizar en el planeta Cragon. A los
militares seguramente les gusta. ría saber por qué estaba tan seguro de tales
hechos.
Es cierto que podría referirles la verdad... y admitir que había
matado a Olliver, entre otros crímenes.
El propio Gardin también podría ser sospechoso y si lo era, Crag
no podría reprocharle el haber informado de lo ocurrido. Después de todo,
tendría que correrse ciertos riesgos.
Crag se encogió de hombros ante la idea y la apartó de sus
pensamientos. No iría a pretender vivir para siempre.
Aquello le recordó que había tomado muy pocas medidas para
hacerse la vida interesante, por lo cual decidió que aquella noche se iría a
beber un poco más de lo usual en una de las tabernas más rudas del barrio de
los hombres del espacio e incluso buscaría alguna camorra.
En cuanto se le presentó la ocasión, él mismo provocó la
discusión, con cuatro whiskies ya en el estómago. No le importó mucho de lo que
estaban discutiendo. La cuestión era tener un pretexto para luchar y descargas
su tensión emocional por aquel procedimiento. Antes de que pudiera esperarlo,
sintió explotarle un vigoroso puño en mitad de la cara. Se lo quitó de encima
con la izquierda y lanzó el derecho en pleno vientre de su oponente, que se
arrugó como un acordeón y comenzó a dar traspiés.
Crag es separó de la barra, mientras que otros tres cargaban
contra él. Se puso en guardia y largó un golpe con la izquierda al más próximo,
con lo que en el acto sólo quedaron dos, aunque uno de ellos le asestó un duro
golpe en la sien que casi le lanza al umbral de la taberna. Volvió a la lucha
con ambos puños como pistones de una máquina y pronto sólo quedó uno que aún
permanecía interesado en seguir peleando. Era el más corpulento de los tres,
duro como una roca y Crag se vio y se deseó para dejarle fuera de combate
utilizando solamente la derecha.
Todo había ocurrido con tanta rapidez, que apenas se dio cuenta,
aunque la oreja en la que recibió el golpe le dolía condenadamente. Se dirigió
a la barra para volver a tomar la bebida que estaba tomando cuando comenzó la
pelea. El dependiente le esperaba con un enorme garrote esgrimido con ambas
manos, mirándole fieramente.
- Está bien, amigo, está bien - dijo a guisa de explicación -.
Nadie está herido, ni se ha hecho daño alguno. Y usted no se reunirá con los
demás, a menos que no lo desee.
El barman pareció relajarse. Crag se echó al cuerpo el último
trago y puso un billete sobre el mostrador.
- Invíteles usted a todos a un buen trago cuando vuelvan en sí.
- Y se marchó.
Se había divertido; pero...
Comenzó a pensar dónde estaría Gardin; qué clase de negocio le
tendría absorbido y qué sería lo que estaría haciendo. Crag supuso que si
Gardin se encontraba en apuros de dinero, hubiera acudido a él, cosa que habría
hecho en caso recíproco. Pensó que se había confiado bastante con Gardin
pero...
Se hallaba demasiado lejos aún para planear un nuevo trabajo y
salir de su estado de aburrimiento. Aún poseía aquellos condenados dólares, de
los que le quedaban las nueve décimas partes. Medio millón de dólares era mucho
dinero, demasiado dinero...
Desgraciado dinero...
«O más bien, desgraciado del hombre - pensó con más acierto -,
que no puede encontrar placer en gastarlo.»
De vuelta a su suite del Luxor, abrió las puertas del gran
aparato de televisión y lo conectó; no por que hubiese algunas noticias de
interés que esperase, si es que las había respecto del planeta Cragon, sino por
la curiosidad de ver qué estaba sucediendo con relación a las medidas que el
gobierno tomaba con la gente; resultaría divertido ver la forma en que tendrían
que ir suministrando las noticias, tanto si eran ciertas como si no.
Pero la pantalla se iluminó con la imagen de un anunciador
comercial de buen aspecto y cabellos grises. Su sonrisa le resultó antipática a
Crag, que tuvo la calma de esperar a ver lo que iba a decir. Y se detuvo cerca
de la pantalla porque casi estaba seguro de lo que sería:
«- ¿Es usted necrófilo? Todos sus problemas están resueltos,
pues. La General Plastic aporta ahora al mercado un simulacro, que es casi
completamente indetectable, excepto por el hecho de que no se deteriora, como
ocurriría con un cuerpo real, ya muerto.
Disponible para entrega inmediata en todos los modelos de ambos
sexos a un precio realmente económico. O también, si lo prefiere, se entrega en
alquiler, como hacen muchos necrófilos, en el caso de que prefieran ustedes
cambiar de vez en cuando del objeto de...»
Crag volvió a soltar un puntapié a la pantalla. Bien, otros
setecientos dólares - ya sabía el costo - que era el precio de reemplazar la
pantalla nueva. Y la suite le costaba doscientos treinta, arreglándoselas para
gastar otros mil dólares en las demás cosas diariamente. Otro día, otros mil
dólares. Pero incluso a tal escala medio millón se llevaría todavía mucho
tiempo en gastar... ¿Qué diablos estaría haciendo Gardin?
Salió a la terraza de la suite y se quedó mirando al cielo
fijamente.
El nuevo planeta no estaba a la vista, ya se encontraba bajo el
horizonte visible. De todas formas, al diablo con él.
La Tierra estaba en el cielo, aunque, mirándola durante un
cierto rato, le sugirió la idea de si volvería a ella alguna vez. Pero ¿para
qué? La Tierra era también un lugar corrompido e igualmente decadente como
Marte. Ninguno de los dos mundos - Podía ofrecer rada que no lo ofreciese el
otro, con la diferencia de que la Tierra estaba muchísimo más poblada. Y
también con mayor número de policías, lo que la hacía ligeramente menos
peligrosa que Marte.
Se volvió hacia el bar y comenzó a beber. ¿Sería la única
respuesta a su problema el escapar? Pero, ¡diablos!, si no tenía nada mejor que
escapar de allí ¿por qué no se quitaba de en medio de una vez y acababa todo de
un golpe? Pero ni los mismos tigres se suicidan nunca, incluso con el neftín,
que le hubiera proporcionado la oportunidad de llevarse con él por delante a
unos cuantos en el proceso...
Bebió lo suficiente como para adormecerse ligeramente, aunque no
tenía deseos de nada y se fue a la cama.
Y durmió, con abundancia de sueños. Soñó con una bella mujer de
cabellos bronceados que era su esposa... y en el sueño ignoraba que le había
traicionado y abandonado y que estaba locamente enamorado de ella. De una forma
extraña, pero comprensible para su subconsciente; porque en los sueños las
cosas que no tienen sentido alguno, se hacen en cierta forma comprensibles... y
ella cambió. Los cabellos continuaron siendo iguales, pero se volvió más bella
aún y la amaba más y más y a través del vacío del espacio, la llamaba con voz
angustiada:
¡Judeth! ¡Judeth! Algo en su mente le decía que aquél no era el
nombre de su esposa.
Porque en aquel sueño, todas las mujeres eran la mujer; sólo
había una mujer y nunca había poseído otras. Después, ella vino a él y le puso
los brazos alrededor del cuello y en el repentino gesto de entrega de los
sueños la estaba sosteniendo en sus brazos; pero era ya una mujer muerta, un
cadáver, y después sus brazos quedaron vacíos conforme el cadáver se
desintegraba y...
El teléfono estaba sonando.
Se sentó en el borde de la cama y cogió el auricular.
- ¿Sí?
- Ah... señor Eh. Tenemos una llamada para usted. Una mujer que
rehúsa dar su nombre a conocer. Pero afirma que es muy importante, una cosa de
vida o muerte.
¿Debo...?
- Ponga la comunicación.
Crag no solicitó el circuito privado, aunque tenía razones para
hacerlo, ya que en el circuito privado se evitaba las molestias de la
curiosidad de los empleados del hotel. Se dio cuenta en seguida de que en Marte
había sólo una mujer que pudiera llamarle.
- ¿Sí? - preguntó.
Era la voz que esperaba. La de Bea.
- No quiero dar mi nombre; pero ya sabes quien soy yo, cuando te
pida que vengas a encontrarme en...
- Sé quien eres - interrumpió Crag -. ¿Qué es lo que ocurre? -
Aunque casi podía suponérselo, también.
- Nuestro... mutuo amigo, ya sabes. No quiero tampoco mencionar
su nombre; pero si reconoces mi voz ya sabes lo que quiero decir. Está metido
en un mal asunto; no creo que haya mucho que pudieras hacer por él; pero...
- ¿Dónde estás? Trata de indicármelo sin mencionarlo.
- Estoy en nuestro apartamento. Pero creo que éste no es sitio
muy seguro. Mejor será que me marche inmediatamente. ¿Podrías encontrarme... en
el lugar en que solíamos jugar a la mara con los hombres del espacio, aquellos
que acababan de llegar de Calisto?
- Estaré allí en diez minutos - repuso Crag y colgó el aparato.
Se vistió y se lavó la cara con agua fresca. Se sentía...
despierto y alerta, alentado con la sensación del peligro y la aventura.
XI
Era un bar como muchos otros, excepto por los cuantos
fanfarronamente lujosos que había en el distrito. Crag llegó allá en diez
minutos, como había prometido; pero Bea ya estaba esperándole. Acababa de
llegar, porque precisamente estaba sentándose en un pequeño reservado lateral.
Un tipo grandote y matón del espaciopuerto la había visto llegar y andaba
merodeando por el bar con la impresión de querer entrar en negociaciones,
cualesquiera que fuesen tales negociaciones. A Crag le habría gustado una pelea,
pero no había tiempo para aquello, y así se apresuró a aproximarse a ella,
llamándole por otro nombre distinto y deslizándose en el asiento existente
junto a ella en el pequeño reservado. El matón les miró un momento, irresoluto
y después se quitó de en medio volviéndose a la barra.
La primera pregunta de Crag fue:
- ¿Es cuestión de segundos o de minutos? Ella se inclinó sobre
él y Crag pudo apreciar que había estado llorando aunque procuró borrar las
huellas con el maquillaje y apenas si los signos de las lágrimas eran
distinguibles a tres pies de distancia.
- No creo - repuso Bea -. Pero no sé de veras, qué es lo que
podrías hacer, si es que puede hacerse algo; pero el caso es que él está...
- Espera un instante.
Crag se sacó unas monedas y las depositó en la ranura del
aparato tocadiscos automático y elevó el control de volumen de sonido. El lugar
se hallaba demasiado tranquilo y su conversación, ahora, podía sostenerse en
condiciones de relativa seguridad. Un vozarrón impresionante surgió del aparato
cantando la canción de moda del «Viaje a Venus».
- Bien, Bea, suelta esa lengua.
- Ha sido una cuestión de joyas. En Curme's, en el último piso
del edificio Rasher, a unos diez bloques de...
- Sí, ya conozco el sitio. Continúa.
- Ha sido atrapado allí mismo y tienen un cordón alrededor del
lugar que vigila el bloque entero, con helicópteros merodeando por la terraza
superior. Seguramente ha debido tropezar con algún sistema de alarma o...
- ¿Está solo?
- Sí, trabajaba solo. Había estado preparando el golpe durante
dos semanas y...
- ¿No lo sabe nadie... excepto tú?
- Así es. Tiene que haber tropezado con un circuito de alarma.
No hay otra posibilidad de que hayan podido cazarlo.
- ¿Y cómo lo has sabido? Quiero decir, ¿cómo sabes que se
encuentra atrapado?
Bea abrió el bolso y sacó lo que parecía una cajita de compacto
para el maquillaje.
- Es una radio receptora - transmisora; él solo está al otro
extremo de esta banda; sólo que la suya parece una tabaquera, y...
- Ya la he visto. ¿Te ha llamado él, desde Curme's?
- Sí. El aparato emite un ligero sonido cuando él llama. Y
cuando está en algún trabajo, la mantengo alerta por si tiene necesidad de
llamarme y hay algo que yo pueda hacer.
- ¿Qué fue lo que te pidió? ¿Que me lo notificaras a mí?
- No, esta vez no deseaba nada, excepto decirme adiós. Dijo que
estaba acorralado, que tenían todas las salidas sólidamente bloqueadas, con
docenas de policías por todas partes, y que lo que quería es que marchase
inmediatamente del apartamento, antes de que me echaran el guante. Tardé
bastante en llamarte, hasta que lo conseguí.
- ¿Sabe la policía quién es él?
Ella aprobó con un silencioso gesto de la cabeza.
- No sé cómo. Tal vez alguno de ellos consiguió verle cuando
estaba disparando desde la ventana y le reconocieron; la cuestión es que por el
altavoz le nombraron por su nombre, invitándole a entregarse. Por eso Gardin
estuvo seguro de que averiguarían su domicilio y se apresuró a llamarme al
apartamento para prevenirme.
- ¿Puedes llamarle con eso ahora mismo?
- Sí, pero...
- Vamos, llámalo y rápido. Dile que quiero hablar con él y
después déjame hablarle.
Bea mantuvo abierta la cajita de compacto; en el interior
aparecía un espejito dentro de la tapa; pretendiendo estar mirándose mientras
manipulaba presionando un botón en alguna parte de su pequeña estructura y
haciendo como que hablaba con Crag.
- ¿Gardin? Ya sabes quien hay aquí. Un amigo tuyo está también y
desea hablarte... conocerás su voz.
Crag tomó el diminuto aparato y lo sostuvo mientras pretendía
estar examinándolo. Y habló por él como si lo hiciera con Bea.
- Habla rápido, Gardin, antes de que puedan captar la onda y
cogernos aquí. Saben donde estás y quién eres; por tanto, no te preocupes
demasiado sobre el particular. ¿Qué es lo que ocurre realmente?
- Me tienen embotellado. - La débil voz del aparatito apenas si
podía oírla entre el ruido de la música del local -. No hay nada que puedas
hacer; pero gracias de todos modos.
Tienen sobre un centenar de policías a mi alrededor.
- ¿Cuánto tiempo puedes sostenerte?
- Tanto tiempo como quiera. No vendrán a dispararme. Esperarán
hasta que me entregue o me canse, o bien abra las puertas intentando una salida
desesperada disparando contra ellos.
- ¿Cuánto tiempo puedes aguantar te pregunto? ¡Maldita sea! Dime
claramente si es cosa de horas o de días.
- ¡Diablos! Una semana si me lo propongo. No hay alimentos a
mano, pero no iré a morirme de hambre por eso. Tengo agua en abundancia.
- ¿Municiones?
- Muchas; de los guardias del edificio, además de las mías.
Saben que estoy bien preparado en este aspecto.
- ¿Podrían gasearte?
- No, sin que tuvieran que lanzar granadas a través de las
ventanas y no creo que se corran ese riesgo. ¿Por qué tendrían que hacerlo? Me
tienen bien cogido, y además, les gustan los asedios.
- De acuerdo, aguanta, Gardin. Te sacaré de ahí. Tal vez se
lleve algún tiempo; pero lo conseguiré.
- No puedes. No lo intentes. Es...
- No voy a decirte cómo, porque podríamos ser descubiertos. Ni
exactamente cuándo, aunque lo supiera. Pero aguanta por todos los medios y te
sacaré de ésta.
Crag cerró de un golpe la cajita de maquillaje de Bea y se
levantó rápidamente.
- Vamos, salgamos de aquí cuanto antes, no vaya a ser que la
policía haya detectado la onda y pretenda echarnos el guante.
En el exterior había un taxi helicóptero y empujó a Bea en su
interior, penetrando seguidamente y dio al conductor la dirección de otro bar.
Bea le agarró nerviosamente por el brazo.
- Crag, por favor, es un suicidio. No podrás...
Crag se deshizo de la garra de la mujer.
- Podemos, si se mantiene un par de días. Puede ser que en
menos, si conseguimos cierta ayuda necesaria. ¿Tiene Gardin otros amigos en
quienes poder confiar absolutamente?
- Uno, Crag; su amigo Hauser. Pero... la policía está buscándole
ya. Está escondido y por eso no he podido encontrarle. Es un tipo duro, es...
- Está bien. Es el hombre que necesito, no tiene nada que
perder. ¿Podrías localizarle?
- Creo que sí; pero...
- No discutas. Iremos al bar que he dicho al conductor. Nos
tomaremos un trago rápidamente y nos separaremos. Mantente fuera del
apartamento, puesto que allí es probablemente donde irán a buscarte. Encuentra
a Hauser y vente con él a mi suite del Luxor. O será mejor, quizás... ¿estás en
condiciones de seguir adelante con esto, Bea?
Yo podría conseguirlo solo; pero se llevaría más tiempo.
Entraron al bar, donde Crag ordenó rápidamente unas copas y se
volvió a Bea.
- ¿Has cambiado de opinión? ¿O sigues decidida?
- Mi decisión está ya tomada. ¿Te vas derecho al Luxor?
- Tengo algunas cosas que comprar en primer término. ¿Qué tiempo
te llevará de ver a Hauser?
- Por lo menos dos horas. A menos que no me arriesgue a
telefonearle, pero me temo que esto sea una mala solución.
- No le llames por teléfono. Seguramente yo llegaré al hotel
antes que vosotros. Buena suerte, Bea.
Acabaron sus bebidas y Crag salió primero. Se dirigió a una
agencia de coches aéreos de alquiler y compró un Dragón de seis plazas que pagó
en efectivo, con una buena bonificación para que fuese inmediatamente dispuesto
en el techo del edificio de la agencia, repostado y en perfecto orden de vuelo.
Pocos minutos más tarde aterrizaba en el techo del edificio del Luxor.
El empleado se apresuró a atenderle solícitamente. Crag le
preguntó:
- ¿Hay por aquí cerca alguna tienda que venda herramientas de
trabajo?
- Sí, señor, a unos tres bloques al norte, en...
- ¿Puede usted ir ahora mismo y comprarme tres palas que pondrá
inmediatamente en el aerocar?
- Ahora mismo, señor, espero que no me lleve demasiado tiempo.
Quizás sería mejor que fuese alguno de los botones, porque...
Crag le alargó un billete de cien dólares.
- No quiero perder tiempo. Envíeme a un botones inmediatamente.
Que sean palas grandes para arena. Y pueden partirse la vuelta entre los dos.
Y quiero además que el aerocar no quede bloqueado con ningún
otro. Estése de guardia mientras voy a tomar algunas cosas de mi habitación y
vuelvo inmediatamente.
- Sí, señor. - Puesto que el encargo de las tres palas apenas si
costaría unos diez dólares, era una muy generosa propina los noventa dólares
restantes para proporcionar un rápido y eficiente servicio a aquel excéntrico
cliente del Luxor.
Crag tomó el elevador y descendió hasta su suite. Llamó a la
recepción.
- Vendrán dos personas a visitarme. Déjelas venir sin la menor
demora en el momento que lleguen,
- Sí, señor. ¿Sus nombres?
- No importan los nombres que den. Deje venir a quienes
pregunten por mí.
De prisa puso en una maleta algunas pequeñas cosas
indispensables. Al diablo con el resto del guardarropa, no iría a necesitarlo a
donde pensaba ir.
Tomó un destornillador y destapó la chapa de uno de los
cajetines de la luz fluorescente, uno de los cuatro escondites en donde había
depositado cien mil dólares.
El dinero no estaba allí. Crag soltó un juramento y estaba
comenzando a intentar abrir el segundo escondrijo cuando sonó el zumbador y
acudió a la llamada.
Bea apareció en el umbral con otras dos personas. Un hombre de
pequeña estatura de ojos astutos y vivos y calvo; pero de aspecto duro, y una
mujer pequeña también y morena, con aspecto de gitana; muy bella, excepto por
los ojos, que más bien parecían los de un conejo.
Crag les invitó a pasar con un gesto impaciente y cerró bien la
puerta tras ellos.
- Crag, aquí te presento a Hauser. Dice que nos ayudará a
liberar a Gardin; pero su mujer quiere acompañarnos a toda costa, especialmente
si es que pensamos dirigirnos a cualquier parte después.
Crag aprobó silenciosamente.
- De acuerdo, amigos. Vayan al bar y sírvanse un trago a su
gusto. Ya estamos casi listos para salir; aún me queda una cosa por hacer.
Tampoco encontró el dinero en el segundo cajetín. Ni en el
tercero ni en el cuarto.
Se dirigió al bar.
- Un trabajo para usted - dijo -. Deje la bebida. Tengo dinero,
muchísimo dinero, escondido en cuatro diferentes lugares de esta suite. Ha
desaparecido de cuatro sitios al mismo tiempo. Eso significa que alguien me ha
estado vigilando mientras lo escondía. No es problema de que alguien haya
venido a buscarlos; ni un escuadrón de policía lo hubiera conseguido en
semanas. Esto quiere decir que aquí hay algún punto secreto de observación en
la suite, en algún panel de los que la componen. Ayúdenme a encontrarlo.
- Probablemente deben ser los espejos - sugirió Hauser -. Están
empotrados en la pared y no colgando de los muros, como verá. Yo trabajé hace
tiempo en un hotel de lujo y eso es una cosa usual con tal clase de espejos.
Crag estuvo de acuerdo, con un gesto. Había un espejo en la
pared junto al lugar en que se hallaba precisamente, uno de pequeño tamaño.
Tomó la botella de woji y la estrelló contra el espejo; a través
del agujero se veía un espacio y un pasadizo más allá. Pero aquel pasadizo
resultaba demasiado pequeño para él. Tomó otra botella y se dirigió hacia el
living en busca de otro espejo mayor. Lo encontró y volvió a destrozarlo
Hauser se hallaba tras él.
- ¿Quiere recobrar su dinero? ¿Necesita mi ayuda? Dispongo de un
soplete.
Crag se introdujo por el agujero, en donde se hallaba
anteriormente la luna del espejo.
- Este es un asunto particular; ya me cuidaré de él. Procure que
las mujeres se diviertan y estén distraídas. Creo que tenemos trabajo que
hacer.
En el interior existía una encrucijada de pasadizos; cada
habitación de su propia suite y las de todas las demás, tenían un punto de
observación, por lo menos, sirviéndose de los espejos. Especialmente en los
dormitorios. Y los pasadizos estaban utilizados; no se observaba ni una brizna
de polvo en el suelo. Probablemente, además de su uso para propósitos
criminales, tales pasadizos se alquilarían a personas especiales o a individuos
aberrantes que quisieran gozar el placer de observar en secreto desde allí.
Desde luego, los que hubieran observado a Crag, se habrían decepcionado
profundamente.
No así en la suite adyacente. Al pasar por el dormitorio
principal, no pudo evitar el lanzar una mirada al interior del gran lecho a
través de un punto trucado del espejo. Allí se encontraban entonces las tres
mujeres que le dieron la bienvenida, la morena, la rubia y la pelirroja. Y por
cierto, bastante ocupadas.
Fue pasando por muchos espejos y por un gran número de suites,
hasta hallar pasillos que iban a una escalera que conducía a niveles inferiores
del edificio. Y por lo que pudo ir viendo aquí y allá, decidió que la clientela
del Luxor le gustaba menos que la gerencia.
Pero Crag no estaba ocupado entonces en cuestiones de moralidad,
sino en conseguir recuperar su dinero. Y había llegado a la conclusión de que
la dirección del hotel tenía mucho que ver en la cuestión. Recordó claramente
la mirada que se escapó de los ojillos de Carleton, tras sus ridículas gafas de
pinza, cuando sacó el enorme fajo de billetes a la vista, para entregarle un
anticipo por la suite. Probablemente, el gerente había situado desde aquel
momento un botones del establecimiento en el lugar de espionaje, hasta esperar
tranquilamente y ver el sitio en que ocultaba el dinero. El botones pudo haber
tomado parte en el robo, por supuesto; pero se habría considerado feliz si la
gerencia le hubiera dado como recompensa un simple millar de dólares de los cuatrocientos
mil escondidos, y robados.
No siguió investigando lo que sucedía en los demás pisos;
aquello le hubiera llevado demasiado tiempo. Siguió descendiendo la escalera
interior hasta que comprobó que se hallaba en la planta baja. Y allí siguió
buscando hasta encontrar un panel transparente; pero visible desde el interior,
aunque cerrado por fuera. Aquello tendría que dar o bien a la oficina privada o
a las habitaciones personales del gerente. Con el mayor cuidado se las arregló
para no hacer ningún ruido con el tirador de la puerta para abrirla
silenciosamente.
La puerta daba a la oficina del director, pudiendo ver a
Carleton de espaldas a sólo una yarda de distancia. Estaba sentado sobre una
mesa lujosamente decorada, huroneando con un enorme montón de papeles.
Crag entró cerrando tras él el panel. Alargó la mano derecha y
la pasó por el cuello de Carleton de forma que pudiera retenerle sin que
pudiera proferir el menor grito ni tener la oportunidad de apretar ningún botón
de llamada, mientras agitaba frenéticamente las manos en demanda de auxilio.
Con la mayor calma, Crag le dijo:
- Si no te lo supones ya o reconoces mi voz, te lo dirá el
propietario de los cuatrocientos mil dólares desaparecidos. ¿Dónde están?
Relajó un poco la presión asfixiante que ejercía en el cuello de
Carleton para permitirle hablar entrecortadamente y en susurros. Un temblor
convulsivo agitó el cuerpo de Carleton, presa del mayor terror y apuntó hacia
una puerta de metal con una combinación instalada directamente frente a la
oficina. Crag aflojó aún más la presa, hasta que Carleton pudo decir:
- Gire a la izquierda 4; después, 6, 1 y 8.
Crag lo sacó de la silla arrastrando y lo tumbó a sus pies.
- Vamos. Vendrás conmigo a abrir esa caja. Si hay un circuito de
alarma y viene alguien a ayudarte, morirás al segundo siguiente.
Le arrastró a la fuerza hasta situarlo frente a la caja de
seguridad mientras le sostenía con la mano izquierda.
- ¡No lo haga! - rugió Carleton, mientras Crag apretó más la
garganta del gerente.
- ¿Una trampa, eh?
- Sí, es una trampa engañabobos. Moriremos los dos si
permanecemos aquí de pie.
Déjeme abrirla.
Crag se lo permitió. Además de cajas y sacos con valores había
diversas cajitas con dinero en el interior del cofre de seguridad.
- ¿Cuál? - preguntó Crag.
El gerente apuntó con una mano temblorosa a una de ellas.
- Esa de ahí, es mía. Las demás, son del dinero del hotel.
Crag le apretó más el cuello.
- ¡Vamos, cógelas! Llévalas a la mesa y ábrelas allí.
Esperó hasta que fue abierta la segunda caja y el contenido
vaciado. Después, con cierta suavidad, golpeó la cabeza de Carleton con su mano
metálica.
Le hubiera gustado golpearle más fuerte; pero no era preciso
matarlo por aquello, pues habría resultado del todo innecesario. Dejó caer a
Carleton en su sillón, le desgarró parte de sus ropas y con ellas le amarró
convenientemente al sillón.
Tomó los billetes mayores de ambas cajas, que no se preocupó de
contar, ya que obviamente había mayor cantidad de los cuatrocientos mil dólares
que le habían sido robados. Se volvió nuevamente a través del panel, cerrando
interiormente y mirando cuidadosamente tras él y emprendió el camino por la
escalera, saltándolas de tres en tres.
Las tres personas que había dejado en su suite, Bea, Pert y
Hauser le estaban esperando aparecer por el agujero producido en el gran espejo
roto.
- ¡Vamos! - ordenó con urgencia -. Tenemos que salir de aquí
cuanto antes.
Los demás no discutieron. Salieron rápidamente y tomando el
elevador llegaron inmediatamente al tejado del Luxor.
- ¿Las palas? - preguntó al ayudante de servicio.
- Están en el aerocar, señor. Y…
- Gracias, ya veo que están ahí. - Y corrió hacia el aparato,
con los tres tras sus pasos.
Se introdujeron todos y rápidamente despegó.
- ¿Qué has querido decir cuando has preguntado por las palas? -
preguntó Bea. Crag se dio cuenta de que Bea se había traído una botella
abierta; se la tomó de las manos y la arrojó al espacio por la ventanilla del
aerocar -. Nada de beber mientras vayamos a los que tenemos que hacer. Tenemos
que trabajar de firme… si queréis que Gardin salga fuera de la ratonera en que
está aprisionado.
- ¡Pero…! ¡Con palas! ¡No pensarás en cavar los cimientos de un
edifico de veinte pisos!
Crag no respondió. Procuró ir sacando la máxima velocidad al
aparato, dirigiéndose hacia el sur de la ciudad. No volvió a hablar más, ni
incluso para responder a preguntas que le hicieron durante el viaje, hasta
transcurrida una hora. Después se dirigió a Bea.
- Ponte al habla con Gardin con ese chisme de radio que tienes
en el bolso. Dile que podremos hacerlo dentro de pocas horas, si puede aguantar
hasta entonces.
- ¡Pero...! Nos estamos alejando de Marte City! ¿Cómo
podremos...?
- No importa. Haz lo que te he dicho.
Bea sacó la cajita del bolso, manipuló en ella y escuchó.
- Dice que está bien y que aguantará. Pero no comprende de la
forma en que podremos sacarle de allí. Ahora parece que hay al menos doscientos
policías y seis helicópteros sobre el edificio. Pueden dispararle en cualquier
momento y con cualquier arma, y...
- Dile que no se preocupe, sino que se mantenga donde está.
Bea habló brevemente y después cerró la cajita. Se volvió
encarándose con Crag.
- De acuerdo. Ya se lo dije. Pero ¿por qué no nos dices qué es
lo que piensas hacer?
Todos estamos metidos en esto.
- Está bien - repuso Crag al fin -. Tengo una espacionave
escondida en el desierto.
Vamos en su busca. Le rescataremos con ella. Puedo ponerla de
forma que sólo tenga que saltar desde la ventana en que se encuentra.
- ¡Dios mío! - exclamó Bea -. ¡Una espacionave cayendo sobre
Marte City! Esto es... -
Repentinamente se puso a reír -. Comenzaba a decir que era algo
ilegal; pero... - Bea vaciló un instante -. Sí, Crag, eso puede dar resultado.
Pero ¿por qué no decírselo a Gardin? Se sentiría mejor si
supiera que vas a intentar algo que tiene una oportunidad de tener éxito...
- No es conveniente. La policía puede haber localizado la onda
de tu aparato y estar buscándola. Entonces nos veríamos perseguidos y el éxito
de la empresa quedaría comprometido. Ninguno de esos helicópteros puede nada
contra mi espacionave, ni ninguno de los que están en el asedio, tanto fuera
como en el interior del edificio. Pero si lo supieran por adelantado, podrían
tener otra espacionave mucho mayor esperándonos.
O algún cañón atómico dispuesto a saltarnos en añicos.
- ¡Pero pueden conseguir una espacionave desde el Astropuerto!
- Sí, pero ya estaremos muy lejos de Marte para cuando eso
pudiera suceder. Ahora, cállate. Necesito concentrarme en la conducción de este
aerocar.
Dos horas más tarde, tomó contacto con el suelo arenoso del
desierto de Nueva Libia.
Apuntó a la luz incierta de las lunas de Marte y hacia una gran
duna de arena.
- Ahí está la nave. Hauser, saque las palas que hay ahí detrás.
Vamos, al trabajo.
- ¿Palas? - En las palabras de Hauser se denotaba el horror -.
Nos llevará meses el tener que descombrar semejante cantidad de arena.
- ¿Por qué no vamos a buscar un bulldozer arenero?
- En esa forma lo enterré. Pero se llevaría muchas horas
conseguirlo de nuevo.
Además, no tenemos necesidad de desenterrarlo entero; todo lo
que tenemos que hacer es abrir un hueco hasta la escotilla de entrada, que se
halla situada en el centro. Una vez pueda entrar en la nave, puedo moverla con
el dispositivo antigravitatorio y la mayor parte de la arena que la cubre se
deslizará por sí sola, pudiendo salir con ella.
Todos comenzaron a palear arena, según las instrucciones de
Crag. Crag trabajaba como un condenado, haciendo que Hauser hiciera lo mismo.
El pobre Hauser tuvo que descansar de la fatiga de tanto en tanto. Las dos
mujeres se turnaban trabajando con la tercera pala. Crag no supo que vendrían
dos personas con Bea, pues de haberlo sabido habría comprado cuatro
herramientas en lugar de tres.
Hauser bufaba de fatiga.
- ¡Dios mío, Crag - protestó -. Esto se llevará horas enteras.
¿No has traído alguna comida? Estoy hambriento.
- Entonces cave con mayor rapidez - le recomendó Crag -. En la
nave hay comida en abundancia. A propósito, Hauser, ¿sabe usted pilotar uno de
estos aparatos?
Hauser se limpió el sudor de la frente y después sacudió la
cabeza negativamente.
- Gardin sí que sabe. ¿Dónde iremos después con ella? ¿A Venus?
- Lo decidiremos cuando tengamos a Gardin con nosotros.
Incluso con las tres palas trabajando sin cesar, era un trabajo
duro, pesado y de mucho más tiempo del que Crag había calculado. Llegó el
amanecer por fin, cuando finalmente pudieron descubrir el portillo de entrada
de la nave y pasar al interior. Bea había hablado con Gardin; pero Crag se lo
prohibió, ya que el peligro de que la policía les localizara era demasiado
grande.
Una vez en el interior de la nave, fue para Crag un duro
trabajo, también más serio de lo que pudo haber previsto, el desembarazarse de
la tumba de arena con el uso de los antigravs. Lentamente, la nave fue
sacudiéndose de la montaña de arena que la envolvía por todas partes y se fue
moviendo pulgada a pulgada, hasta verse finalmente libre, despegando en la
aurora del nuevo día marciano.
La condujo sin demasiada velocidad hacia Marte City, dada la
poca altura a que viajaba; por lo que el regreso le llevó casi una hora. En el
regreso, Hauser y las dos mujeres comieron a sus anchas de la despensa de la
nave; pero se abstuvieron de beber nada por la rígida prohibición impuesta por
Crag, quien, por si acaso, se quedó con la llave de las bebidas. Nadie se
tomaría ningún trago hasta haber concluido la faena.
Crag les llamó desde el panel de control y les despertó del
pesado sueño en que habían caído tras la comida, a pocos minutos ya para llegar
a Marte City.
Entonces le ordenó a Bea que se pusiera en contacto con Gardin
por el diminuto transmisor, y que le advirtiera que estuviera dispuesto hacia
la parte central de la cara norte del edificio.
La operación se produjo con una precisión de reloj. Debido a la
enorme habilidad de Crag en el manejo de aquellas naves, colocó el aparato en
la exacta posición y el rescate resultó tan fácil, tras la dura faena
emprendida para desenterrarlo, que la cosa resultó casi una broma. Desde el
suelo, desde las ventanas y los tejados de los edificios circundantes, así como
desde los helicópteros en vuelo permanente, la policía hizo un fuego rabioso
con todas las armas disponibles. Pero los disparos, que podían haber fundido a
un aerocar en cosa de minutos, apenas si recalentaron el sólido casco de la
estructura exterior de la nave del espacio. Y en el instante en que Gardin
estuvo dentro y la escotilla cerrada a presión, Crag salió como una centella
hacia el cielo, dispuso la ruta conveniente y puso en marcha el piloto
automático.
- Bien, ya estamos seguros - dijo -. Pondrán otras naves en
nuestra persecución dentro
de algunos minutos; pero no nos echarán el guante.
- ¿Estás seguro?
- Sí. No podremos contestar al fuego que nos hagan, porque esta
nave no tiene armamento; pero precisamente por eso es mucho más rápida que
cualquiera de su tipo.
- Bien ¿y a dónde vamos? - preguntó Gardin -. Tendrán que
rastrear nuestra ruta, no podremos aterrizar en Marte sin que lo sepan. ¿En
Venus, tal vez?
- En Cragon.
- ¡Cragon! Nadie puede aterrizar en Cragon. Ni aún disponiendo
de toda la Flota de Marte.
Crag le hizo un guiño alegre.
- Amiguito, por esa razón estaremos allí en completa seguridad.
XII
Se produjo una discusión, a pesar de haberlo explicado
convenientemente todo. Pero todos ellos, especialmente las dos mujeres, al
principio creyeron que ir a Venus sería la mejor idea.
Ir a un planeta nuevo, primitivo, argumentaban, no era la
civilización. En Venus todos vivirían como ricos. Gardin se había llevado con
él un saco entero de joyas fabulosas al ser rescatado; había tenido todo el
tiempo a su disposición para hacerlo, mientras estuvo asediado por la policía.
Su valor era incalculable; pero podía estimarse como muy bajo en más de un
millón de dólares, incluso vendidas las joyas a bajo precio. Gardin insistía en
partir con los demás el valor, por deberles la vida y el rescate.
Era cierto que resultaba peligroso también tomar tierra en
Venus; deberían, en todo caso, tomar contacto en algún lugar remoto del planeta
y esconder la nave, al igual que Crag había hecho en los desiertos de Marte.
Pero una vez en cualquiera de sus ciudades y cobrado en efectivo el importe de
las joyas, podrían considerarse a salvo y en seguridad. Incluso si eran
identificados, eran lo suficientemente ricos para adquirir la inmunidad de la
extradición valiéndose del dinero, quedándoles todavía una gran fortuna.
- ¿Para qué servirán las joyas en Cragon? - deseó saber Bea.
- Puedes ponértelas - le repuso Crag -. Serás así la mujer mejor
enjoyada de todo el planeta.
Crag fue venciendo poco a poco. El primero en estar de acuerdo
con él fue Gardin, después Hauser y finalmente las mujeres asintieron
igualmente.
Dos días más tarde se hallaban en las cercanías de Cragon. Crag
tomó los controles.
Sus compañeros se lo rogaron, recordando lo sucedido a los que
antes quisieron aproximarse al extraño planeta y a su atmósfera. Crag fue
descendiendo lentamente, dispuesto a salir nuevamente hacia atrás en cuanto
apareciese la menor señal de fatiga en la respiración. Pero nadie la tuvo y así
llegó hasta tomar contacto con el fantástico nuevo mundo de una forma perfecta
y suave.
En el momento de hacerlo, una voz sonó en el interior de su
mente: «Bienvenido, Crag».
Este, repuso mentalmente, y no en voz alta. Miró rápidamente a
sus tres compañeros de aventuras para ver si alguien más hubiese recibido
semejante telepático; pero ninguno lo había recibido.
Crag abrió la escotilla, sin molestarse en las comprobaciones de
la atmósfera. Sabía que sería lo más parecida a la de la Tierra y, en efecto,
lo era. Era algo nítido, limpio y fresco, que hacía respirar y henchir los
pulmones de un aire de delicia, sin el menor esfuerzo. Los demás se le
aproximaron.
- Bien, ya estamos aquí - dijo Gardin -. ¿Y ahora, qué?
- Echaremos un trago - sugirió Bea -. Beberemos muchos tragos
para celebrarlo.
Crag vaciló; pero a poco tendió a Bea la llave de la despensa de
los licores.
- De acuerdo - dijo -. Sacadlas y lo celebraremos.
Bea se introdujo en el interior de la nave y volvió a salir
rápidamente con una botella de woji abierta. Parecía disgustada.
- Buen asunto, con la provisión de botellas - dijo -. ¿Qué
iremos a hacer cuanto esto se termine? Sólo quedan dos botellas por cabeza.
- Lo haremos sin eso - repuso Crag -. Ya nos las arreglaremos
para hacer un buen mosto con las uvas silvestres.
- ¡Maldita sea! - refunfuñó Bea -. Si lo sabías cuando salimos
de Marte ¿por qué no trajimos una buena provisión? Tras haber rescatado a
Gardin, pudimos haber adquirido cuanto nos hubiera apetecido en cualquier
estación de repostado... bien; al menos, habernos traído licor en cantidad para
haber tirado una temporada.
Crag se encogió de hombros. De todas formas, pese a cuanto
hubieran podido llevar en la nave, no sería para años enteros, para toda una
vida; por tanto, cuanto más pronto comenzaran a desenvolverse por sus propios
medios, tanto mejor. De la botella que le acercaron, apenas si tomó un pequeño
sorbo. Estaba mucho más interesado por el momento en mirar a su alrededor en
aquel nuevo mundo. Tomó de nuevo la nave y la llevó suavemente cerca de una
corriente de agua tranquila, límpida y sinuosa de sus proximidades. No tenía la
menor duda de que fuese perfectamente potable y fresca. Una falda cubierta de
verdor, bajaba suavemente hasta el riachuelo. Más allá del río, había un bosque
tupido, con muchos de los árboles de aspecto familiar y otros, totalmente
desconocidos. Pero tampoco tuvo la menor duda de que deberían encontrar cosas
comestibles, buenas cosas. Todo cuanto necesitaran. ¿Carne? Como si alguien se
hubiera preocupado de responder a su pregunta, aunque sabía que aquella mente
amiga y extraña no quería invadir sus pensamientos, oyó a cierta distancia el
grito de algún extraño animal. Y en la corriente, un magnífico pez dio un salto
sobre las aguas. Sí, allí había de todo cuanto pudieran necesitar.
Probablemente, también habría sus peligros.
Era casi seguro que existirían fieras cazadoras, así como muchas
especies para ser cazadas. Así era mucho mejor. Nada de lo que es fácil produce
alegría; la lección se la había aprendido Crag muy bien en su experiencia de la
vida, y especialmente en el Luxor.
Otra botella llegó a sus manos y Crag comprobó que era una
nueva. De nuevo tomó un sorbo y pronto la pasó a otra mano. Después se dirigió
a Bea.
- Dame la llave. Por hoy hay bastante. Tenemos que trabajar.
- ¿Trabajar? ¿Ya? Acabamos de llegar, hijo. ¿Quieres decir que
no vamos a celebrarlo en debida forma?
Crag vaciló y después se encogió de hombros. ¿Por qué no? Habían
aterrizado en la parte iluminada, aunque próximo a la zona del crepúsculo;
pronto llegaría la noche. Mejor sería continuar la pequeña fiesta. Mañana sería
otro día para comenzar a planear los trabajos preliminares de su adaptación a
aquel nuevo mundo. Además, los cinco eran buenos bebedores, que pronto darían
cuenta de todas las botellas almacenadas en la nave. ¿Por qué no bebérselas
todas? Así pronto se las quitarían de encima. Cuanto antes, mejor.
- De acuerdo - convino Crag -. Haremos nuestra pequeña fiesta.
Pero primero vayamos a recoger una buena provisión de leña para el fuego. En la
nave estamos demasiado apiñados; ya hemos tenido bastante.
- Pero ¿por qué encender una hoguera? - quiso saber Hauser -. No
hace frío.
- Lo hará, probablemente cuando caiga la noche y entonces será
demasiado tarde para buscar la leña. Además... - y Crag señaló hacia el bosque
a través del riachuelo -, no sabemos nada de lo que pueda surgir de esa selva
al anochecer. Si surge algo, mejor será que estemos en condiciones de verlo.
- ¿Qué te hace pensar que puede haber algún peligro de noche,
Crag? Según tú mismo, este... bien, este extraño ser hizo este mundo para
complacerte. ¿Por qué tendría que poner nada que pudiera hacerte daño?
- Porque él me conoce bien y lo hizo en esa forma, justamente
para complacerme.
Nada de un mundo donde todo sean corderos sin ningún león. ¿No
te gustaría a ti en igual forma, Gardin?
Gardin hizo una mueca.
- Tal vez, no; pero tampoco me gusta que todo sea agua sin
ningún woji. Bien, no creo que tengamos que preocuparnos demasiado. A lo mejor
hay por aquí cerca algún chorrito de líquido que tenga woji. Está bien,
camaradas, vayamos en busca de la leña.
Encontraron con facilidad buenos brazados de palos para la
hoguera. Crag dejó a Hauser de guardia con una pistola de rayos caloríferos en
la mano, bien alerta, montando vigilancia mientras que los demás se dedicaban a
la faena de proveerse de combustible vegetal. Pasada una hora, casi a punto de
ponerse el sol ya habían recogido la suficiente leña como para sostener una
hoguera de regular tamaño toda la noche al aire libre.
Transcurrida otra hora, tuvieron que admitir que la precaución
no había sido en vano; en caso contrario, sin el calor del fuego habrían pasado
frío, y se tendrían que haber visto forzados a volver a los estrechos límites
de la nave. Bebieron un poco y después trajeron alimentos del J-14, comenzando
entre comida y copas, la pequeña fiesta proyectada para celebrar su llegada a
aquel maravilloso nuevo mundo. Acabaron bebiendo en fuerte.
Todos, menos Crag. Durante un rato bebió al par de los demás;
pero después fue aflojando. Se dijo a sí mismo que era preciso que uno entre
ellos debería permanecer sobrio para estar seguro de que el fuego continuara
encendido toda la noche, y para guardar a los demás. Pero también estaba el
hecho de que cada vez deseaba menos beber, cosa que nunca le había ocurrido. En
realidad, nunca le había gustado el sabor de los licores; bebía por sus
efectos, por evasión. Pero allí...
A medianoche - Cragon tenía un período de rotación de noche y
día casi exactamente igual al de la Tierra -, todo el licor había terminado y
los demás estaban completamente borrachos. El frío había apretado y Crag tuvo
que echárselos a la espalda uno a uno y acostarlos en los estrechos límites de
las pequeñas cabinas del J-14.
Después, volvió a salir al aire libre, avivó la fogata y
permaneció despierto. Y solo. No se atrevía a dormirse y no lo hizo. Pudo
haberse quedado, desde luego, en la seguridad del interior de la nave con las
escotillas cerradas, pero no deseaba en absoluto confinarse al interior de la
nave, aparte de que podía permanecer despierto días enteros, como de hecho ya
lo había experimentado muchas veces.
Por la mañana, tras la salida del sol más bella que jamás
contemplaron sus ojos, se hallaba un poco cansado. Pero estaba en mejores
condiciones que los otros cuando salieron de la nave y llegaron a su encuentro.
Gardin admitió que tenía una mala resaca en el estómago; los otros no lo
expresaron; pero tenían la apariencia de sufrirla.
Aparecían de mal humor tras el desayuno.
- Bien, jefe - preguntó Bea -. ¿Qué órdenes tienes hoy para nosotros?
¿O tenemos que votar? ¿Esta es una democracia o será una dictadura contigo como
amo absoluto?
- Votaremos, si queréis - repuso Crag condescendiente -. Pero se
vote o no, hay ciertas cosas que tenemos que hacer todos. Necesitamos un lugar
para vivir. La nave es demasiado pequeña y hay demasiado poco espacio para
cinco personas que vivan dentro de ella. Ya resulta excesivamente pequeña para
cuatro. Tenemos que comenzar por erigir pequeñas cabañas con adobes al
principio; después, con más tiempo, podríamos construir habitaciones más
completas y decentes.
- ¿Qué son adobes? - quiso saber Hauser.
- Arcilla en forma de ladrillos, dejada a secar al sol. Si
exploramos el río en ambas direcciones, creo que encontraremos alguna arcilla.
- ¿Chozas de barro? ¿Es que vamos a vivir en chozas de barro? -
preguntó Gert horrorizada.
Crag la miró.
- Si tienes algunas ideas mejores, fuera de que cinco personas
puedan vivir dentro de esa nave, veamos cuáles son. No hay problema por la
comida y los alimentos. Según calculo, en la nave queda lo suficiente para una
semana, día más o menos; pero hemos de aprender a cazar y a pescar, y deberemos
comenzar inmediatamente. Gardin, tú eres buen tirador ¿no es cierto?
Gardin aprobó con la cabeza.
- Entonces, esa es mi sugerencia para hoy. Intenta cazar algo en
ese bosque. Ve bien armado y no profundices mucho, no sabemos qué puede haber
en la espesura.
Aprenderemos a conocer los peligros que nos rodean gradualmente
y no dejando que nos maten a uno de nosotros el primer día. Si quieres que vaya
contigo, iré; pero...
- No necesitaré ayuda - repuso Gardin en seguida -. Pero ¿qué
tienes pensado para ti?
- Voy a explorar a lo largo del río en busca de arcilla. Estudié
algo de geología y creo que podré reconocerla seguramente mejor que el resto de
vosotros. Si encuentro ese depósito de arcilla, mejor. Si consigo encontrarlo,
pero más lejos, de forma que resulte pesado transportar los ladrillos, nos
cambiaremos de emplazamiento, y nos llevaremos allá la nave. Hauser ¿has
pescado alguna vez?
- No.
- Bien, no es preciso haber tenido ningún entrenamiento especial
para ello.
Probablemente aquí sea algo distinto a la Tierra, de todas
formas. Ve de encontrar algún alambre y haz ganchos y trata de descubrir qué
carnada les gusta más a esos peces. O constrúyete una lanza y pruébala; el agua
está clara y hay muchos sitios en que es fácil atraparlos. O... bien diablos,
discurre la forma de pescar algo. ¿De acuerdo?
Hauser pareció estarlo, aunque no se sentía muy contento.
- ¿Y nosotras? - preguntó Bea -. Supongo que habrás planeado el
día para nosotras.
- Sugiero que reunáis leña para el fuego, como principio, cuanta
más mejor. Después de eso, ya veremos. Si encuentro algún depósito de arcilla
podréis ayudarme a la construcción de ladrillos. O si Gardin consigue alguna
caza, podréis intentar despellejarla, si la piel es buena, y cocerla y
guisarla. O también podréis hacer algo para ayudar a Hauser. - Y Crag hizo una
mueca de humor -. No preocuparse, habrá mucho que hacer para todos.
- No me estoy preocupando - argumentó Bea -. No es por eso. - Y
se quedó mirando fijamente.
- No soy aquí ningún amo - repuso Crag, leyendo en el
pensamiento de la mujer -. Eso no ha sido ninguna orden; pero hay cosas que
tienen que hacerse si pensamos en sobrevivir aquí. ¿Hay alguien que tenga otra
opinión mejor?
- Sí - dijo Gert -. Este es un lugar de infierno para habernos
traído. Tendríamos que habernos marchado a Venus.
- Tal vez debiéramos haberlo hecho - dijo también Gardin -. Pero
ahora es demasiado tarde. No hay suficiente combustible en la nave para volver
a Marte. Hicimos nuestra elección cuando salimos de Marte, y podéis reprochar a
Crag, si queréis, por habernos traído aquí: pero eso no cambiará las cosas.
Sigamos adelante.
Y así lo hicieron. Crag tuvo suerte; encontró una arcilla
excelente sólo a cincuenta yardas río arriba. Hizo unos cuantos ladrillos y los
puso a secar al sol para comprobar el tiempo que tardarían en secarse,
volviendo después. Bea y Gert habían reunido alguna leña y estaban de mal humor
observando - no ayudando - a Hauser, como pescaba un barbo enganchado en lo que
se parecía bastante a un anzuelo.
Crag les habló sobre la arcilla y sugirió que fueran con él a
seguir haciendo más ladrillos. Pero Bea le miró desafiante.
- Ya hemos hablado sobre eso, Crag. Nosotras no queremos otras
habitaciones diferentes, Crag; nada de chozas de barro, de ningún modo.
Deseamos seguir durmiendo en la nave. Tú eres el único que deseas una casa
particular, así ¿por qué tendríamos que ayudarte?
Crag dejó escapar un suspiro; pero decidió no discutir. Si las
mujeres se colocaban en una situación recalcitrante, era cosa de sus
respectivos maridos el llamarlas al orden, y él no debería mezclarse en sus
problemas domésticos. Más pronto o más tarde, ya se cansarían de los estrechos
recintos de la nave y cambiarían de opinión. Y cuando el suministro de
alimentos se terminara, las mujeres comprenderían que sería mucha mejor ayudar
en los quehaceres de la nueva situación.
Se volvió al depósito de arcilla y continuó fabricando
ladrillos.
Hauser no volvió a pescar nada más durante el día. Gardin volvió
del bosque con un animal parecido a un conejo. Parecía decepcionado.
- Vi diversos animales igual a éste; pero desperdicié la mayor
parte de los tiros. ¡Santo
Dios, qué rápidos son estos animalejos!
Dijo que había visto un animal mucho más grande; pero a gran
distancia como para apreciar de qué tipo era y que le resultó imposible
aproximarse para haber intentado un disparo.
- Supongo que soy mejor cazador de ciudad que de campo - admitió
-. Puedo seguir a un hombre en la ciudad durante días sin perderle la pista;
pero con los animales silvestres... en fin, creo que esto no es mi
especialidad. ¿Qué habéis hecho el resto de vosotros?
Sólo le contestaron las miradas de Hauser y de las dos mujeres.
Crag sacudió la cabeza lentamente.
- Gardin, creo que cometí un error. Si no os gusta estar aquí,
si comprendéis que ésta no es vida para vosotros, es algo que imaginé
equivocadamente. ¿Queréis todavía marchaos a Venus y tomar allí alguna
oportunidad?
- ¿Quererlo? Crag, tal vez yo pudiera obligar a Bea a quedarse,
si puede soportarlo; pero sólo tengo que mirarla para ver su respuesta. Sí,
deseamos ir a Venus. Cambiaría gustosamente un millón de dólares que tengo en
joyas por el suficiente combustible que nos llevara a Venus.
- Puedes guardarte esas joyas - repuso Crag -. El tanque no está
casi vacío como te crees; hay lo suficiente para llegar a Venus. Hice un
pequeño truco en el calibrador en ruta hacia aquí, una vez mientras todos
estabais durmiendo. Quería dar a todos vosotros una oportunidad en Cragon, y
deseaba que nos hubiéramos quedado aquí, pensando que sería por vuestro bien.
Tomad la nave y marchaos cuando gustéis.
Las mujeres se habían incorporado súbitamente. Hauser no salía
de su asombro. Crag afirmó nuevamente con la cabeza.
- Llevaos la nave. Sólo desembarcad los suministros que no
vayáis a necesitar en el viaje, así como las herramientas y utensilios y todas
las armas y municiones que puedan hacerme falta, quedándoos con un arma
individual por cabeza. Además, podéis llevaros esto. - Y alargó a Gardin un
enorme fajo de billetes, el dinero que había extraído de las dos cajas de la
caja de seguridad del Luxor.
- ¿Qué es esto? - preguntó Gardin, tomándolo.
- Nunca lo conté - repuso Crag -. Pero tiene que haber sobre
medio millón de dólares... de papel mojado e inútil. Aquí es un papel mojado;
así es mejor que os lo llevéis. Y ahora, marchaos cuanto antes.
Gardin pareció algo embrollado y confuso, casi sintiendo
repugnancia de dejar allí a Crag; pero los otros se dieron prisa, probablemente
pensando que Crag no pudiese cambiar de opinión.
Una hora más tarde, de pie junto a una lona que cubría una pila
de suministros, que representaba todo lo que la nave podía dejarle en Cragon,
observó cómo partían para Venus.
Sintió un cierto vacío en su interior; pero sin que significara
la alegría o la desgracia.
Aquello se había producido, porque tenía que producirse así.
Aquel era su mundo y allí se quedaría hasta que muriera o le
mataran. Estaría solitario, con seguridad; pero ya estaba acostumbrado a
sentirse y estar solo. Y aquello, de todos modos, era infinitamente mejor que
las ciénagas de corrupción que la Tierra, Marte y Venus habían llegado a ser.
Era, y sería su mundo. Durante el tiempo que el ente extraño creador de aquel
planeta había estado en la mente de Crag, aprendió lo suficiente como para
construirlo de forma que encajase perfectamente a la mentalidad de Crag.
Se estaba oscureciendo mientras observaba la lucecita de la nave
desaparecer para siempre, seguramente, en el cielo; demasiado tarde ya para
seguir construyendo más ladrillos. Era casi la hora de encender el fuego. Se
dirigió hacia el montón de leña que las mujeres habían reunido.
Pero apenas si había dado dos pasos, cuando la voz del ser
creador de su mundo, habló en su mente.
» - Hiciste bien, Crag. Como tú mismo, ellos fueron rebeldes
contra una mala sociedad.
Pero la rebelión les ha hecho decadentes, más bien que formarles
un carácter. Lo supe cuando contacté sus mentes y sabía que no podrían
quedarse.
» - Tuve que haberlo imaginado por mí mismo - dijo Crag, en
respuesta -. Excepto
Gardin... pensé que podría conseguirlo.
» - Estuvo muy cerca de hacerlo. Lo podría haber hecho, de no
estar debilitado al tener la esposa que no le corresponde.»
Crag se puso a reír.
» - ¿Es que hay en alguna parte del Universo una esposa de
verdad?
» - Tu subconsciente sabe ahora que sí existe, Crag. Una, y
únicamente una para ti.»
Crag sintió rabia en su interior.
» - Entonces te atreviste a...
» - No olvides, Crag, lo que ocurrió cuando te volví a la vida,
tras haber muerto en el asteroide, antes de que yo supiera que te resentías de
que invadiese privadamente tus pensamientos. Te dije que nunca entraría en tu
mente de nuevo y no lo he hecho. Yo pude poner mi voz en tu interior; pero lo
que he recibido de tu mente es sólo lo que has hablado en voz alta o lo que
deliberadamente has proyectado hacia mí como un pensamiento. Esa es la forma en
que he ido sabiendo de ti; pero ahora creo que todo ha cambiado.»
Crag no repuso y la voz continuó:
» - ¿Recuerdas lo que le ocurrió a Judeth, Crag? El
desintegrador, sí. Pero antes de que ocurriera, yo había estudiado su mente y
su cuerpo; ella era la primera de los tres que estudié cuando estabais en el
asteroide. La estudié y procuré no olvidar la situación de cada molécula y de
cada átomo de su estructura orgánica. Y esos átomos, tras la desintegración de
su cuerpo, continuaban allí todavía. No fue difícil segregarlos y preservarlos
en seguridad aparte.
» - ¿Para qué? - preguntó Crag -. ¡Ella está muerta!
» - Tú también lo estabas, Crag. ¿Qué es la muerte? Deberías
saberlo ya por ti mismo.
Pero la salvé a ella, pensando en ti. Hasta que estuvieras
dispuesto, hasta que vinieras a mí, como yo sabía que un día u otro lo harías.
Fue cosa relativamente fácil restaurar la vida en tu cuerpo y relativamente
difícil reemplazar los átomos y moléculas de...
» - ¿Pudiste hacerlo? ¿Estás seguro?
» - Pues claro que sí. Ahora, ella está en camino hacia ti; no
tienes más que volvertepara verla.»
Crag se volvió. Y comenzó a temblar, incapaz por el momento de
pensar ni de hacer un solo movimiento.
» - No tienes necesidad de explicarle nada, Crag. Puse en su
mente todo el conocimiento necesario de todas las cosas que han sucedido. Y
puedo decirte que no
solamente está en condiciones de... Es mejor que me retire ahora
de tus pensamientos; de los de ambos. Será mejor que tú le digas lo que
sientes...
Pero Judeth ya estaba en sus brazos y Crag dejó de pensar, ni de
oír ningún otro pensamiento en el interior de su mente...
FIN

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