© Libro No. 421. La
Arboleda Perdida. Alberti, Rafael. Colección Emancipación Obrera. Mayo 18 de
2013
Título
original: © La
Arboleda Perdida. Rafael Alberti.
Versión Original: © La Arboleda Perdida. Rafael Alberti.
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©
Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
Rafael Alberti
La Arboleda Perdida
LIBRO PRIMERO
1902-1917
No sé cómo puede vivir quien no lleve a flor de alma los recuerdos de su
niñez.
Miguel
de Unamuno
Rafael Alberti
La arboleda perdida
En la
ciudad gaditana del Puerto de Santa María, a la derecha de un camino, bordeado
de chumberas, que caminaba hasta salir al mar, llevando a cuestas el nombre de
un viejo matador de toros —Mazzantini—, había
un melancólico lugar de retamas blancas y amarillas llamado la Arboleda
Perdida.
Todo era allí como un recuerdo: los pájaros
rondando alrededor de árboles ya idos, furiosos por cantar sobre ramas
pretéritas; el viento, trajinando de una retama a otra, pidiendo largamente
copas verdes y altas que agitar para sentirse sonoro; las bocas, las manos y
las frentes, buscando donde sombrearse de frescura, de amoroso descanso. Todo
sonaba allí a pasado, a viejo bosque sucedido. Hasta la luz caía como una
memoria de la luz, y nuestros juegos infantiles, durante las rabonas
escolares, también sonaban a perdidos en aquella arboleda.
Ahora, según me voy adentrando, haciéndome
cada vez más chico, más alejado punto por esa vía que va a dar al final, a ese
«golfo de sombra» que me espera tan sólo para cerrarse, oigo detrás de mí los
pasos, el avance callado, la inflexible invasión de aquella como recordada
arboleda perdida de mis años.
Entonces es cuando escucho con los ojos, miro
con los oídos, dándome vuelta al corazón con la cabeza, sin romper la obediente
marcha. Pero ella viene ahí, sigue avanzando noche y día, conquistando mis
huellas, mi goteado sueño, incorporándose desvanecida luz, finadas sombras de
gritos y palabras.
Cuando por fin, allá, concluido el instante de
la última tierra, cumplida su conquista, seamos uno en el hundirnos para
siempre, preparado ese golfo de oscuridad abierta, irremediable, quién sabe si
a la derecha de otro nuevo camino, que como aquél también caminará hacia el
mar, me tumbaré bajo retamas blancas y amarillas a recordar, a ser ya todo yo
la total arboleda perdida de mi sangre.
Y una larga memoria, de la que nunca nadie
podrá tener noticia, errará escrita por los aires, definitivamente extraviada,
definitivamente perdida.
I
1902. Año de gran agitación entre las masas campesinas de toda Andalucía,
año preparatorio de posteriores levantamientos revolucionarios. 16 de
diciembre: fecha de mi nacimiento, en una inesperada noche de tormenta, según
alguna vez oí a mi madre, y en uno de esos puertos que se asoman a la perfecta
bahía gaditana: el Puerto de Santa María —antiguamente, Puerto de Menesteos—,
a la desembocadura del Guadalete, o río del Olvido.
Mis dos abuelos eran italianos. De pequeño, recuerdo haber oído hablar
este idioma en mi casa. Una de mis abuelas procedía de Irlanda y otra había
nacido en la ciudad de Huelva. A mi abuelo paterno creo que lo vi una sola vez,
largo, oscuro, en la cama, puesto casi en los ojos un gorrito como los que hoy
usan los empleados de correos. Ni sé ahora su cara ni puedo en la memoria
reconstruir su voz. Su mujer, mi abuela paterna, se me aparece, triste, en el
rincón de una sala entornada, inmóvil en una silla de respaldo muy alto, con un
bastón o caña en la mano caída.
Don Agustín, el padre de mi madre, rueda desde hace varios años,
amarillento, desvaído, por el cajón de alguna vieja cómoda o en una de esas
cajas polvorientas que se deshacen poco a poco en los sótanos. Sé que su ojos
eran claros, que le afilaban la sonrisa unas rubias patillas italianas y que
partiéndole la pechera del frac abotonado le descendía del hombro una ancha
banda tornasol, concedida por gracia de S. M. el rey Alfonso XII. Su mujer, mi abuela materna, la veo ahora sentada en el jardín, hacia el
toque de Ánimas, abanicándose al pie de un jazminero y de una fuente baja donde
se abría la flor del jarro. Murió en América del Sur. Mi padre, que entonces se
encontraba enfermo en cama, lívido de ictericia, fue llamado con urgencia a
casa de mis tíos. Cuando volvíamos los hermanos de pasear por la ribera del
vapor en compañía de nuestra madre, nos tropezamos con papá, color de oliva y
descompuesto, al doblar una esquina. Era que mi abuela Josefa acababa de
fallecer en una finca de sus hijos, a cinco o seis kilómetros de Buenos Aires.
Los abuelos habían sido cosecheros de vinos, grandes burgueses,
propietarios de viñas y bodegas, católicos hasta la más estrafalaria locura y
la más violenta tiranía. Ellos y otras cuantas familias poderosas eran, aún a
principios de este siglo, los verdaderos amos del Puerto. En casa de mis padres
o los tíos, a todo lo largo de mi infancia, siempre escuché pesados y vanos
comentarios sobre «aquellos tiempos, aquella buena época» de lujo, de largos y
anecdóticos viajes a Rusia, Suecia y Dinamarca, países a los que mis abuelos
exportaban sus vinos. Hasta hace pocos años, ya color de hoja seca, comidas por
la humedad y los ratones, caían a veces, de los muebles más inesperados de mi
casa en Madrid, las viejas etiquetas con títulos de oro, encabezadas por medallas
que recortaban el retrato de los soberanos suecos y daneses, presididos por el
perfil del zar Alejandro II, muerto por
los terroristas revolucionarios en las calles petersburguesas. Debajo de las
tres efigies se leía la marca: «merello
hermanos, proveedores de SS. MM. los reyes de...». Y aquí venían los
nombres de esos países imaginados por mí durante muchas noches como largas
llanuras de nieve deshabitadas y oscuros bosques de abetos. Pero los «buenos
tiempos», con sus arpas becquerianas en el ángulo de los salones, con sus
lentos y aburridos rosarios a la caída de la tarde, sus abanicos y sofás en
forma de lira..., fueron cayendo lentamente en los libros, quedándose sin
pulso, arrastrándose fijos, como una rama muerta prolongada hasta hoy en una interminable
pesadilla de tíos, tías, primos, primas, tías y tíos segundos, beatos,
maniáticos, borrachines, ricos, pobres, terribles.
Como mi padre siempre andaba de viaje por el norte de España, representando
no ya los vinos suyos, sino los de otra casa importante del Puerto, y nosotros
que aún éramos pequeños vivíamos con mi madre, puede decirse que comenzó en mi
vida el verdadero y tiránico reinado de los tíos. En todas partes me los
encontraba. Salían, de improviso, de los lugares más inesperados: de detrás de
una roca, cuando, por ejemplo, convertía la clase de aritmética en una alegre
mañana pescadora entre el castillo de la Pólvora y Santa Catalina, frente a
Cádiz; o tras una pirámide de sal, la tarde que el latín me hacía coger la
orilla de los pinos, en dirección a San Fernando. Tíos y tías por el norte, por
el este, por el oeste, por el sur de la ciudad y a cualquier hora: al mediodía,
a las tres, bajo la violencia de los soles más duros, al doblar una esquina,
fijos en el portal menos imaginado; a las ocho, de noche, en el banco de piedra
de algún paseo solitario, o hablando solos, de rodillas, en el rincón oscuro
de la iglesia más apartada. Fueron ellos los que denunciaron a mi madre que yo
tenía una novia, perdida allá en lo alto de un tejado; mis viejas tías, ellas,
las que escribieron al rector del elegante colegio jesuita de San Luis Gonzaga,
acusándole mi absoluta falta de recogimiento durante la misa diaria del curso;
tías y tíos, también, los que celosamente consiguieron mi expulsión fulminante
del religioso centro de enseñanza y, con esto, la pérdida total del cuarto año
de bachillerato, que ya abandoné definitivamente por la pintura al trasladarse
mi familia a Madrid, en el año 1917.
Pero este histérico dominio, este celoso y bien intencionado poder no se
me aclara y duele hasta unos años más allá de cuando se adquiere eso que
llamamos uso de razón, abierto en mí con los primeros berrenchines y arañazos,
ya de orden moral, que algunos padres de la Compañía de Jesús me proporcionan.
En la época de la cartilla y el Catón, en el colegio de las Hermanas
Carmelitas, el imperio de mis tíos Fernando, Miguel, José María o Guillermo no
se me manifiesta. Más autoridad aún que mi madre tenía entonces sobre mí Paca
Moy, la vieja sirvienta que había visto nacer a todos los de casa, que tuteaba
y hasta regañaba a veces a mis padres, soportando con paciencia de predestinada
nuestras insistentes cafrerías.
—¡Vieja, vieja revieja,
vieja pelleja!
Todas las tardes, a la salida de las monjas, este grito cruel se lo
lanzábamos a coro quince o veinte pequeños energúmenos, compañeros de clase,
que yo capitaneaba. Otras veces, haciendo de los delantales capotes taurinos,
cercábamos a Paca Moy, y en medio de una estridente algarabía la invitábamos a
embestir, tirándole largas y recortes, hasta que la pobre mujer, desesperada,
nos ponía en fuga amenazándonos con una piedra. Luego, al llegar a casa cada
uno por su lado, ella en su indignación charlando sola, yo temeroso del seguro
castigo de mi madre al saberlo, la buena sirvienta se limitaba únicamente a
murmurar mientras atravesaba el patio:
—¡Diablo de chiquillo!
A la tarde siguiente, bien las aleluyas insultantes o la corrida de toros
volvían a repetirse, cuando no, por cambiar, decorábamos la espalda de la pobre
Moy con un gran lárgalo, muñeco recortado en papel de periódico, que ella
paseaba por la calle, hasta que a las voces de «¡Lárgalo, lárgalo, lárgalo,
que no es tuyo!», berreadas por nosotros desde las esquinas, se quitaba el
pañolón, descubriendo y haciendo mil pedazos la poco respetuosa broma. Pero el
amor que me tenía la llevaba a perdonar incluso a toda la partida que yo
acaudillaba, y a mí, por agradecimiento y cariño, a obedecerla y temerla a
veces más que a una vieja espada enfurecida.
El día de mi primera comunión, una mañana lluviosa de marzo, Paca Moy,
abriendo una rendija de luz sobre mi cama, me despertó, llena de júbilo:
—Hoy es el día más feliz de tu vida... Vas a recibir al Señor...
—Sí, pero ¿y las dos onzas de chocolate?
—¿Qué hablas, niño?
—Mi desayuno de todas las mañanas...
—Chocolate con churros te darán después las Carmelitas.
—Yo no quiero el de las monjas; quiero las onzas que me deja mamá todas las
noches en la mesilla...
—¡Diablo de niño!
—Nada de diablo. No comulgo si no me las traes.
Ante mi decisión, Paca Moy salió de la alcoba, entre escandalizada y
confusa. Al instante, volvió trayendo las dos onzas, envueltas aún en su papel
de plata.
—Aquí están; pero ya sabes, niño, que a Dios se le recibe en ayunas.
Mientras la vieja guardaba entre sus manos el chocolate y yo me vestía un
ridículo traje azul de marinero, confeccionado sólo para aquella fecha,
apareció mi madre, besándome, emocionada:
—Hoy es el día más feliz de tu vida, hijo. Mira qué lazo más precioso te ha
bordado tu tía Josefa.
Aquel lazo, entonces, debió parecerme muy bonito, porque recuerdo todavía
el aire con que atravesé las calles aún desiertas, camino del convento. Antes
de salir, Paca Moy, en un momento de distracción de mi madre, me dio las onzas,
que yo partí, guardándolas en los bolsillos de la marinera.
En la iglesia de las Carmelitas la misa era cantada, con una plática
preparatoria para los que íbamos a comulgar por primera vez. Éramos pocos. Unos
cinco. Yo, quizás, el mayor de todos. Para dar ejemplo a los alumnos más
chicos, oímos la misa de rodillas, sin levantar los ojos del devocionario,
cayendo a veces en una profunda meditación, que hacíamos más profunda
apretándonos la nariz con el libro, hasta casi no poder respirar. La plática, a
tono con lo que una inteligencia de cura piensa que un pobre niño en ayunas
puede comprender, debía ser larga y llena de necedades, porque empecé a olvidar
que aquél era el día más feliz de cuantos me esperaban en el mundo, mientras un
aburrimiento mezclado de hambre me hacía bostezar varias veces de manera poco
edificante. Mas como por culpa del sermón ya no podía meditar, perdiendo el
recurso de cubrir aquel abridero de boca con el devocionario, tuve que escoger
un aire de niño impresionado por las palabras del sacerdote, encajando la cara
entre las manos y tapándome con los pulgares los oídos. El hambre seguía
cosquilleándome, subiéndome de los bolsillos por las mangas un aroma a
chocolate verdaderamente satánico. Cuando al cabo de yo no sé qué tiempo el
sacerdote terminaba su plática diciendo: «Y ahora, queridos niños, preparaos
para recibir al Señor», mi mano izquierda, pretendiendo ignorar lo que ya la
derecha acababa de hacer, se disponía a pelar de su papel de plata la segunda
onza, cuyo aroma infernal se hacía cada vez más irresistible.
De este sacrilegio, a pesar de los remordimientos que me espantaron el
sueño durante muchas noches, no se enteró nadie. Jamás me acusé de él a
confesor alguno. No sé si desde entonces he vivido en pecado mortal. A Paca
Moy, para tranquilizarla, durante el desayuno que las Carmelitas nos dieron a
aquellos cinco niños en el día más feliz de nuestra vida, le regalé la onza
restante, diciéndole:
—Para que te la tomes de merienda.
Ella, muy impresionada, me besó, lloriqueando.
De mi infancia en aquel colegio de monjas, recuerdo más que nada un jardín
enchinado en el que había un retrete —diminuto lugar conocido por «el
cuartito»— adonde la preciosa hermana Jacoba y la finísima hermana Visitación
llevaban a los niños más chicos, volviendo ambas muchas veces a la clase
rociados de pis los feos zapatos. Aquel jardín con sus cuatro muros de cal,
cubierto solamente por un nutridísimo báncigo, a ciertas horas con más
gorriones que flores, guarda seguramente el eco de mis primeros juegos, de esos
primeros gritos y cantos, ya claros y preciosos en el nacimiento de mi memoria.
Las hermanas carmelitas,
con delantales azules,
se parecen a los cielos
cuando se quitan las nubes.
De muchos azules está llena y hecha mi infancia en aquel Puerto de Santa
María. Mas ya los repetí, hasta perder la voz, en las canciones de mis primeros
libros. Pero ahora se me resucitan, bañándome de nuevo. Entre aquellos azules
de delantales, blusas marineras, cielos, río, bahía, isla, barcas, aires, abrí
los ojos y aprendí a leer. Yo no puedo precisar ahora en qué momento las
letras se me juntan formando palabras, ni en qué instante estas palabras se
asocian y encadenan revelándome un sentido. ¡Cuántas oscuras penas y desvelos,
cuántas lágrimas contra el rincón de los castigos, cuántas tristes comidas sin
postre siento hoy con espanto que se agolpan en mí desde aquella borrosa
mañana del p-a, pa, hasta ese difícil y extraordinario día en que los
ojos, redondos ante un libro cualquiera, concentran todo el impulso de la
sangre en la lengua, haciéndola expeler vertiginosamente, como si la
desprendieran de un cable que la imposibilitara, un párrafo seguido: «Salieron
los soldados al combate y anduvieron nueve horas sin descansar...»! ¡Día de
asombro, hora de maravilla en que el silencio rompe a hablar, del viento salen
sílabas, uniéndose en palabras que ruedan de los montes a los valles y, del
mar, himnos que se deshacen en arenas y espumas! Pero el niño, aquella misma
tarde, llora y no sabe nada, sueña por la noche con inmensas letras panzudas
que lo persiguen, pesadas, para emparedarlo o acorralarlo en el rincón de las
arañas, grises, gruesas también como las mayúsculas que lo acosan. A la mañana
siguiente, como el colegial ya es mayorcito para orinarse en la cama, su madre
lo castiga y le riñe, amenazándolo Paca Moy, a la hora de la corrida, con
contárselo todo a los demás niños que él tan altivamente capitanea.
¿Cómo era mi madre en esta época lejana? Alta y blanca: muy hermosa. Se
llamaba María. Hoy me la represento como a ciertas bellas mujeres italianas
vistas en los museos o quizás en películas y revistas que ya no existen.
Mi madre vivía sola casi siempre, porque mi padre, como antes dije, andaba
viajando por Madrid, Galicia, San Sebastián, Bilbao..., pasándose, a veces, sin
volver por casa hasta más de año y medio. Puedo afirmar que no lo traté ni supe
cómo era hasta en los últimos años de su vida, ya trasladados todos a Madrid.
Creo que mi madre en este tiempo de mi infancia fue una mujer graciosa, aunque
algo triste, seguramente a causa de su juventud en continua separación
matrimonial y descenso económico. Hija y hermana de católicos maniáticos,
locos beatos andaluces, era natural que buscase consuelo a sus soledades y
tristezas en las misas conventuales del Espíritu Santo, los cuchicheos monjiles
a través de los recios pinchos de las clausuras, los Jueves Eucarísticos, la
Orden Tercera y oraciones al toque de Ánimas por capillas oscuras, a las que
solía llevarme. Recuerdo, por visitarla casi todas las tardes, la de Santo Tomás
de Villanueva. A ella llegábamos, a través de naves misteriosas, coincidiendo
casi siempre con el instante en que el campanero —un hombre amarillento con
cara de verdugo guillotinado—, en un ángulo oscuro de la iglesia, manejaba como
cuerdas de horca las crujientes de las campanas que hasta la mar durmiéndose
mandaban su quejido por las almas en pena. Delante de la verja cerrada del santo,
de pie y ambos con la mano en súplica de limosna, mi madre me hacía repetir una
oración, de la que hoy sólo recuerdo su principio y los versos finales:
Santo Tomás de Villanueva,
santo querido de Dios,
esa bolsa que en tus manos tienes
el Señor te la envió
para socorrer a tu bienhechor.
Ése soy yo...
Lo que sigue, nunca he logrado reconstruirlo. Pero, en cambio, su precioso
final, lleno de finura y de gracia, siempre me ha resonado en el oído,
abriéndomelo desde entonces, y sin yo saberlo hasta más tarde, a esa ventana
por donde lo popular andaluz, sobre todo, había de entrárseme tan de lleno:
...y por esas olitas de la mar
que van y vienen,
lléname mi casa
de salud y bienes.
Lo bueno y bello de la fe religiosa de mi madre era la parte inocente,
popular, de que estaba contaminada. Por eso hoy, en el recuerdo, no me hiere ni
ofende, como sí la fea, rígida, sucia y desagradable beatería de otros miembros
de mi familia. Como andaluza criada entre patios de cal y jardines, mi madre
cultivaba las flores, sabía del injerto y la poda de los rosales, conocía las
leyendas mil veces reinventadas de los narcisos, las pasionarias, las anémonas,
las siemprevivas...; recordaba por centenares los nombres de las florecillas
silvestres, que ella me enseñaba en la práctica cuando los domingos salíamos al
campo: la flor del candil, los zapatitos de la Virgen, varitas de San José,
rabos de zorra, la palabra del hombre...; le gustaba, durante las noches de
agosto, adormecerse junto a los jazmineros y en compañía del canto de un
mosquito, gusto éste para mí incomprensible, pero que he comprobado luego en
otros andaluces. Era, por todo esto, una mujer rara y delicada, que tanto como
a sus santos y sus vírgenes amaba las plantas y las fuentes, las canciones de
Schubert, que tocaba al piano, las coplas y romances del sur, que a mí solo me
trasmitía quizá por ser el único de la casa que le atrayeran sus cultos y
aficiones.
Vivíamos por estos años en una de la calle Santo Domingo, con un patio de
losas encarnadas y un gran naranjo en el centro. Tan alto era, que siempre le
conocí podadas sus ramas superiores. Así el toldo contra el sol del verano no
sufría, al extenderse, sus desgarraduras. El pie del tronco lo abrazaban
varios círculos de macetas, todas de aspidistras oscuras y jugosas. Bajo la
escalera que arrancaba del patio y subía al primer piso, se agachaba la
carbonera, el cuarto lóbrego de los primeros castigos y terrores. Enfrente,
pero siempre cerrado, estaba el del Nacimiento, que sólo podía abrirlo unos
días antes de Navidad quien guardaba durante todo el año la llave: Federico.
Éste era un hombre del pueblo, un arrumbador de la antigua bodega de mi
padre, lleno de imaginación y muy aficionado al contenido de los barriles que
él mismo trabajaba y pulía. Cuando se acercaba la Nochebuena, Federico, los
ojos bien repicados por el jerez, acudía a casa para llevarnos a los bosques de
la orilla del mar en busca del enebro, el pino y el lentisco que luego habían
de arborecer los montes y los valles empapelados por su fantasía. También nos
acompañaba la Centella, una perrita negra, moruna, nacida el mismo día que yo
en el rincón de una alberca sin agua. Aquellos bosques eran del duque de
Medinaceli, como muchos palacios y casas del Puerto. ¡El duque de Medinaceli!
¡Qué misterio para nuestra imaginación en pañales!
—¿Quién era ése, Federico?
El arrumbador todo lo sabía. No se callaba nunca.
—Pues el duque de Medinaceli era un señor que él solo, con su espada, hizo
así: ¡zas!, y echó a todos los moros del Puerto.
—¿Y adonde los echó? —preguntábamos asombrados.
—¿Adonde iba a ser? Al mar. Toda la bahía está llena de moros. Y el pino
aquel tan grande que allí veis, pues, ¡zas!, también lo cortó de un tajo. Y
todas las cosas altas que veía las cortaba. Así fueron cayendo las torres, las
veletas, las chimeneas, los nidos de los pájaros...
—¿Y por qué no viene ahora con su espada a cortar otra vez ese pino?
—Porque el rey no le deja: lo tiene prisionero en su propio palacio de
Madrid.
Guardábamos silencio. Pero volvíamos:
—¿Tú conoces al duque?
—¡Ya lo creo! Hace más de cien años.
—¿Pues cuántos tienes tú, Federico?
—¿Cuántos voy a tener, niños? Cincuenta y siete.
Un nuevo silencio. Pero, al instante:
—¿Y papá, lo conoce?
—No, porque el señor duque no puede ir a Galicia.
—¿Dónde está Galicia?
—Al otro lado del mar. Muy lejos del señor duque.
—Pero papá va por Madrid.
—Al señor duque sólo yo lo conozco. Pero ya ni vendrá más por el Puerto ni
me escribirá nunca. El rey lo ha metido en la cárcel...
—¿No dijiste que en su palacio?
—En su palacio, que lo ha convertido en presidio de Ceuta.
Ante lo hermético de esta contestación de Federico, y temerosos de que ya
no quisiera responder a otras nuevas preguntas, seguíamos arrancando
silenciosamente los romeros y los lentiscos, dividiéndonos al final del trabajo
la carga, según los hombros de cada uno.
Volvíamos mi hermana la pequeña, a quien llamábamos Pipi, mi hermana
Milagros y yo, agobiados bajo nuestro hacecillo de ramas de Navidad,
custodiados por el arrumbador, que nos seguía más despacio, coronada de altos
brazos de pino la cabeza, lo mismo que un guerrero shakespeariano de la selva
de Birnam. Así pasábamos a la otra banda del río por el puente de San Alejandro
y, así, como los hijos del bosque, las calles principales del Puerto hasta
llegar a nuestra casa. Claro que sin perder a la Centella, que iba siempre
delante.
Por las noches, después de cenar, se construía el Nacimiento. Federico
estaba orgulloso de aquel Belén, donde todo era de su invención. No consentía
ideas de nadie, ni de mayores ni pequeños, enfadándose de verdad con aquellos
que se atrevieran a dárselas. Nuestra ayuda la exigía tan sólo para el acarreo
de los pastores y demás figurillas en el instante de irlos sacando de sus
cajas; para la colocación de los árboles y matojos adonde él nos fuera
indicando; para la distribución de la arena por los campos y los caminos. Para
lo otro... ¡Cuidado con las iniciativas! Y aquel teatro compuesto de papeles
pegados con engrudo a una armazón de tablas; encrespado de serranías sobre las
que una brocha, sumida en albayalde hisopaba desde lejos la nieve; aquella
escena donde unos diminutos personajes de barro representaban el misterio de
la natividad de Cristo; aquel Belén concebido por Federico, el viejo arrumbador
de las bodegas, surgía, al fin, ante nuestro asombro, como una maravilla de
gracia, como una delicada y finísima creación del genio popular andaluz.
Mi madre congeniaba mucho con el obrero, pero Paca Moy le temía, porque
quitándole el mantón y pintándose la cara con un corcho quemado la imitaba,
haciéndonos reír a todos. Así, con bigotes de tizne, sudoroso y siempre algo
bebido, reinventaba o improvisaba Federico ante su Belén y al son de la
zambomba bailes y villancicos, con los mismos aciertos y desigualdades que un
juglar primitivo. Desde entonces recuerdo una canción, cuyo primer verso no
comprendí hasta mucho después. Salía de boca del arrumbador, mientras
zapateaba ante el portal del recién nacido de barro:
Acuéstate en el pozo,
que vendrás cansado,
y de mí no tengas
penas ni cuidados.
Siempre que a lo largo de mi adolescencia y primeros años juveniles me
acudía a la memoria esta estrofilla, no me explicaba bien por qué la Virgen
María aconsejaba a su marido San José acostarse en sitio tan peligroso y difícil.
Acuéstate en el pozo...
Por fin, un día, se me aclaró inesperadamente su sentido. Hojeaba yo los Cantos
populares españoles, de Francisco Rodríguez Marín, deteniéndome en aquella
parte dedicada a las coplas y villancicos de Navidad. Allí tropecé, de pronto,
al volver una página, con el que Federico reinventaba de manera tan andaluza,
disparatada y poética:
Acuéstate, esposo,
que vendrás cansado...
Este «esposo», que era lo normal, lo lógico del villancico, la atropellada
e inconsciente repetición del arrumbador gaditano lo convirtió en «en el
pozo», transformación inesperada, variante sorprendente, base de la vida
fresca y diversa de todo lo popular verdadero. También aprendí entonces un
romance del que me impresionó muchísimo la terminación de una palabra:
Más arribüa hay un huerto
y en el huerto un naranjel...
¡Naranjel! ¡Naranjeles! ¡Bellísima variación andaluza que luego, años más
tarde, habíamos de emplear tantas veces en nuestras primeras canciones García
Lorca y yo!
La Navidad, con sus Nacimientos, ocupa grandes y vagas zonas de mi sueño
infantil.
Teníamos un tío-abuelo, hermano de don Agustín, el padre de mi madre, que
era una maravilla de locura, de raro saber, inventiva y gracia. ¡El tío
Vicente! Nunca me cansaré de recordarle y extraer de él sustancia y materia
continuas para mi poesía teatral, ya lírica o dramática.
Se desvelaba gustoso mi tío Vicente por una hija, cuya avanzada soltería
fue derivando poco a poco en un extraño amor hacia los santos y los gitanos
pobres del barrio de la Rosa. Para mi tía Josefa y sus desharrapados
discípulos, pues ella gratuitamente y por caridad les había abierto una escuela
en un cuartucho bajo de su propia casa, fabricaba su padre todos los años un
Belén, con seguridad el más raro y sorprendente de cuantos para aquella fecha
se ponían en el Puerto. Él mismo, con sus dedos amarillos y chatos, modelaba
en barro, que luego endurecía al sol de la azotea, los pastores y los rebaños,
la Sagrada Familia y Magos del Oriente, de igual manera que el país para la
representación del Misterio. Tanto yo como Paquillo, el hijo del cochero, mis
hermanos y primos le ayudábamos a teñir con colores de óleo diluidos en
aguarrás las extrañas y prehistóricas figuras que iban saliendo de sus manos.
Recuerdo que, de pronto, en una de aquellas tardes de trabajo, y aprovechando
una ausencia momentánea del tío, me atreví a modelar un camello, que le mostré
tímidamente. No debió parecerle muy mal, porque aquella misma noche figuró,
junto a los otros de los Reyes fabricados por él, camino del establo del niño
Dios recién nacido.
Aquel Nacimiento de mi tío-abuelo difería totalmente del de Federico. En el
de éste, los lentiscos, los pinos, los ríos ya regados por un agua auténtica o
simulada con cristales, los astros rutilantes de papel de bombones, las nieves
de albayalde o algodón en rama, lo encendían de una cálida e íntima atmósfera
poética, de la que aún hoy me acuerdo con nostalgia. En cambio, en el del tío
Vicente todo era arisco y helador; duro como un planeta petrificado. Por sus
torpones ríos y arroyuelos sólo rodaban barrizales, y los árboles y las
plantas que subían sus montes eran desabridos y pálidos, igual que los fingidos
cereales que separadamente enlodaban los cuaternarios huertos abrazados de
sendas. ¡Triste Belén de arcilla, de fango endurecido por un sol violento!
¡Desagradable tinglado de Navidad, que los gitanos contemplaban durante varias
noches, impasibles sus ojazos oscuros!
Vivía mi tío Vicente en una casa, sorda y en mal estado, de la calle Fernán
Caballero. Cada vez la familia habitaba menos espacio. Los derrumbos y las
grietas que iban abriéndose, hacían que poco a poco fuera retirándose, hasta
llegar a ocupar en esta época de la que ahora hablo un feo comedor con salida
a una gran azotea, dos o tres alcobas y un pasillo. Lo demás, la sala y otros
cuartos donde antes vivieran varios sobrinos de mi tío que habían ido
casándose, eran montes de escombros por los que se podía descender a una negra
bodega, sólo guarida ya de terribles arañas. ¡Casa lóbrega y misteriosa, llena
de miedos, a la que nunca nos atrevíamos a ir solos, sino en compañía de mamá o
aprovechando la visita de alguien mayor que nos ayudara a subir nuestro pánico
por su escalera oscura, crujiente de arenilla desprendida del techo! Aquella
vivienda, como la familia que la habitaba, se iba viniendo abajo todos los días
un poco, hasta llegar a la mayor ruina. Cuando hacia 1919, ausente ya tres años
del Puerto, volví a pasar en él una breve temporada, la vieja casa del tío
Vicente era ya un solo muro, cuyas ventanas se abrían al firmamento. Entonces
refresqué detalles de aquel hombre, para mí extraordinario, de tan noble
figura y espíritu tan loco. Ante aquellas pavesas de su pasado se me llenaron
los ojos de su sombra. Retazos de recuerdos e historias de su vida, que él
mismo nos contara al atardecer jugando con un eterno loro, me resonaron en los
oídos. Mi tío Vicente atravesaba Europa en diligencia, camino de Rusia.
—Entonces, niños, como en la sierra Morena de Córdoba, había por el mundo
muchos bandoleros. Yo iba, para asuntos de vinos, a la corte del zar. Después
de recorrer España, Francia y Alemania, cambiando mil veces de mulas y
caballos en las casas de postas, llegué a la primera posada polaca. Polonia ya
es un país de Rusia, muy lejano. Era invierno. Al amanecer, tenía que continuar
el viaje. Después de la cena, el posadero me acompañó a mi cuarto, rogándole
yo me despertara una media hora antes de salir la diligencia. Estaba muy
cansado. Pero, al destapar el lecho donde había de acostarme, pude observar con
asco, a la luz de las velas, lo sucio y roto de sus sábanas. Me dispuse
entonces a dormir en un butacón medio desfondado de uno de los rincones. Tan
incómodo era, que a pesar de encontrarme rendido no conseguía el sueño, aunque
cerré los ojos para llamarlo. En este fatigoso estado de vigilia, oigo un ruido
extraño sobre mí, como de algo que se rasga, pero sin poder precisar dónde.
Abro los ojos. Uno de los cabos de vela, que por olvido aún ardía, lanzaba un
tembloroso resplandor sobre la cama. De pronto, una cosa que cae hacia el
centro de ella, desapareciendo silenciosamente, y otra que vuelve a caer sobre
la almohada, resbalando. No podía comprender qué era. Acerqué la bujía.
¡Horror! —(Mi tío hablaba como en las novelas románticas.)— Dos grandes
puñales. El primero, clavado hasta la empuñadura en el edredón, y el segundo,
tendido como una cruz entre la almohada y el embozo; es decir, éste lanzado al
corazón, y el otro al bajo vientre. Entre salves y demás oraciones a nuestra
patrona de los Milagros por haberme librado de aquel crimen, pasé el resto de
la noche, hasta que antes de la aurora dejé la habitación, sin esperar al toque
del posadero, a quien pagué mi estancia amablemente, como si nada hubiese sucedido.
Tan sólo, en el instante de arrancar el trineo camino de Varsovia, me atreví a
hacerle esta recomendación: «Cuide, amigo, de que a la vuelta estén las sábanas
más limpias». Y desaparecí, dejándole espantado en medio de la nieve.
Tío Vicente sabía muchos idiomas, incluso el árabe y el hebreo. Él intentó
enseñarme inglés, proporcionándome por texto una gramática dividida en cuarenta
lecciones que desarrollaban la historia del sultán Mohamed. Este sultán, según
recuerdo, quería aprender de su visir, pues lo entendía, el maravilloso
lenguaje de los pájaros. Aún hoy, a mis treinta y seis años, puedo repetir de
memoria los siete u ocho primeros capítulos de aquel libro: «We are told that
the Sultán Mamuth...».
En medio de estas clases, me hablaba mi tío de cosas impropias para mi
edad, cuya intención y significado no alcancé hasta más tarde. Era enemigo
acérrimo de Voltaire, a quien calificaba furiosamente de «impío»; vivía obsesionado
con los masones, de los que me contaba infernales crímenes y sacrilegios; pero
el hombre que más le repugnaba era Emilio Zola. Con cierta complacencia me
recalcó un día la muerte de este gran escritor:
—Atufado por un brasero; entre su propia mierda, como había vivido. Todas
sus asquerosas noveluchas están en el índice. Prohibidas. Así que ya lo sabes
para cuando te tropieces con ellas.
(¡Pobre tío ingenuo y fanático! Ahora te imagino, en esta noche llovida de
guerra, muerto de frío por los espacios celestes, nimbado de tus pájaros y en
un hombro aquel viejo loro real que tanto te quería. Llevas miedo. Si miras a
la tierra española, esa que cuando joven cruzaste tantas veces en diligencia,
la ves llena de resplandores, la escuchas llena de estampidos, toda abierta de
inmensos hoyos resonantes de sangre. Tal vez Zola y Voltaire te vayan persiguiendo,
latentes en sus labios irónicos ciertas rudas preguntas, que tú temes oír y
esquivas aligerando el paso por los aires. También yo quisiera decirte algo,
tío: ¡Eh! ¿No me oyes? ¿Te tapas los oídos? Es tu sobrino quien te grita. Desde
Madrid. ¿No bajas? ¿Vas acaso camino de Cádiz, de Sevilla o de Burgos? (Esta
noche ha caído Barcelona.) ¿Te alejas? ¡No me quieres ni ver! ¡Te avergüenzas
de mí, tío! ¡Mi pobre tío! ¡Adiós! Voltaire y Zola me comprenden.)
Como se va viendo, lo que más preocupaba a toda mi familia era nuestra
educación religiosa, nuestra formación en los principios más rígidos de la fe
católica con todas sus molestísimas consecuencias. Preferían mis padres, tíos y
demás parientes un buen recitado, sin tropiezo, de la Salve o el Señor mío
Jesucristo a una mediana demostración de lectura o escritura, cosas que
posponían a las de la salvación del alma. Así, mi tío Javier, por ejemplo, a
sus veintitantos años de edad conocía a la perfección todas las obligaciones
del cristiano, mas durante la misa tomaba el devocionario del revés, frunciendo
con recogido sufrimiento la frente analfabeta. De todos aquellos colegios
andaluces, tanto de los de primera como de segunda enseñanza, se salía
solamente con la cabeza loca de padrenuestros, pláticas terroríficas, y con tal
cúmulo de faltas ortográficas e ignorancias tan grandes, que yo, aún a los
veinte años, después de cinco ya en Madrid, me sonrojaba de vergüenza ante el
saber elemental de un chiquito de once, alumno del Instituto Escuela o cualquier
otro centro docente. ¡Lamentables generaciones españolas salidas de tanta
podredumbre, incubadas en tan mediocres y sucias guaridas! Aunque en la
actualidad deteste y odie el imbécil alarde antirreligioso, si no peor en su extremo,
por lo menos tan desagradable e inculto como el del más cerril de los beatos,
quiero consignar una vez más en mi obra la repugnancia que siento por ese
último espíritu católico español, reaccionario, salvaje, que nos entenebreció
desde niños los azules del cielo, echándonos cien capas de ceniza, bajo cuya
negrura se han asfixiado tantas inteligencias verdaderas. ¡Cuántos brazos y
angustiados pulmones hemos visto luchando fiera y desesperadamente por subir
de esas simas, sin alcanzar al fin ni un momentáneo puñado de sol! ¡Cuánta
familia hundida! ¡Horrible herencia de escombros y naufragios! Los seres más
queridos de mi infancia y años juveniles flotan por el fondo de esas tristes
pavesas, perdidos para siempre, muerta ya en mí la esperanza de verlos algún
día, firmes, sobre la luz. Por esos mares de desgracia ruedan, como ahogados
vivientes, mis hermanos y hermanas, mis primos, multitud de lejanos amigos de
colegio y, lo más doloroso, maestros admirados, compañeros de generación
literaria, gentes de las que aún siento en mí su eco, de las que aún me
reconozco retazos de sus voces y ademanes. No ha sido peor el final de un
Ortega y Gasset, un Pérez de Ayala, antiguos alumnos de los jesuitas, que el de
la loca de mi tía Josefa o cualquier primo mío cedista o falangista, viejos
discípulos también de la Compañía de Jesús, tan admiradora de Franco. ¡Triste
descenso de los astros, de ciertas lumbres que creíamos estrellas, bajadas hoy
vertiginosamente a la boca de los retretes, desapareciendo al fin, entre
barboteos de agua y golpes de cadenas, en los más merecidos pozos negros!
...Pero yo era ya todo un hombre para andar mezclado entre las niñas y
hacer que la bella hermana Jacoba y la alegre Visitación me llevasen al
«cuartito», bajándome los pantalones para el pis u otras cosas más feas. Por
eso mi madre me mandó al colegio de doña Concha, de la que recuerdo más que
nada su odio a las Carmelitas y demás escuelas de párvulos, por considerar esta
vieja señora, muy económicamente pensando, que todos los niños del Puerto
debían ser sus alumnos. Con doña Concha aprendí algo de Historia Sagrada,
impresionándome mucho la de José, vendido por sus hermanos a los mercaderes de
Egipto; algo de suma y multiplicación; nada de división y resta, llegando a
pronunciar el catecismo de Ripalda con un cortante acento casi vallisoletano,
tan difícil para un niño andaluz. Porque la mayor crítica que mi nueva maestra
dirigía a las monjitas era eso: la falta de buena dicción en todos aquellos
inocentes que salían de sus azules delantales. ¿Para qué, entonces, lo ordenaba
la Doctrina en su primer capítulo? ¿Para mofarse de ello?
...Bien pronunciado
creído y obrado,
digámoslo así:
Padre nuestro, etc., etc.
—¡Bien pronunciado! ¡Bien pronunciado! ¿Lo oyes? —me reprendía,
antipática—. Si el Catecismo así lo exige, ¿por qué precisamente unas
religiosas consienten esas eses donde suenan las zedas o las ees;
esas uves donde las bes de burro son tan grandes como tus
orejas?
Mientras la niña lavaba,
a la abuela se le caía la baba.
Esto —continuaba la horrible profesora—, tan fácil para cualquier discípulo
mío, nunca podrá pronunciarlo como se debe ninguna de las Carmelitas.
Y era verdad, aunque no teníamos la culpa. Se nos hacía a otros niños y a
mí, acostumbrados a la libre pronunciación andaluza, tan ridículo todo aquello,
que era cómico y triste oírnos leer en voz alta, ante la imponencia algo
bigotuda de doña Concha, cualquier pasaje de la Historia Sagrada o alguna de
esas fabulillas idiotas que nos hincharon de paperas nuestra fresca imaginación
infantil:
Jugando Pepe en la huerta
con su hermanito Lisardo,
cogió del suelo un erizo
que se cayó del castaño...
Doña Concha, enfundada en una bata verde pitárriga, herencia de su querida
madrina, anciana ya difunta que presidía el colegio desde la altura de un
horrible retrato, me observaba durante las horas de silencio con una grisura
especial en los ojos, que yo era incapaz de resistir. Otras veces se me venía
flechada, de pronto, a fin de sorprenderme esos aburridos dibujos, obra de la
melancolía infantil en las márgenes blancas de los textos. Era molesta y seca
conmigo en casi todo instante, proviniendo quizás esta conducta de su odio a
las monjas o de una pequeña rebaja en la mensualidad establecida para todos
los educandos, concedida a mi familia en honor a su descendente estado
económico. Consecuencias de aquella atmósfera de inferioridad y antipatía: un
verdadero pánico a la maestra, una agradable falta de interés por todo aquello
que favoreciera mi cultura, y cierta triste rabia sorda, mezclada de admiración
y envidia a mis primos hermanos, discípulos también de doña Concha, pero
preferidos de ella por sus fincas y un magnífico coche de brillantes caballos,
dispuesto a pasearla todas las tardes, a la salida del colegio, después de las
bien pronunciadas lecciones.
Contra aquella fea mujer aplicaba yo mentalmente, siempre que la veía e
incluso en los momentos de papagayear el rosario, un raro trabalenguas,
escogido de entre los muchos oídos a mi madre y que —hoy mismo sigo comprobando
su justeza— la retrataba graciosamente:
Doña Dírriga, Barriga, Dórriga,
trompa pitárriga,
tiene unos guantes
de pellejo de zírriga, zárriga, zórriga,
trompa pitárriga,
le vienen grandes.
Doña Concha, seguramente, no tenía guantes de aquella zórriga piel ni
quizás de ninguna otra; pero el tan divertido nombre de Dírriga o Dárriga, y
sobre todo cuando le tocaba aparecer emplumada en su coleadora bata verde, era
el único con que podían vengarse mi tristeza y mi rabia de ex-alumno de las
Carmelitas secretamente ofendido.
Menos mal que, al volver a casa por las tardes, Pepilla la lavandera me
sacaba la «cuca» y, atándomela con un hilo, se divertía paseándome por todo el
lavadero, blanco de espuma de jabón, entre montañas de ropa recién lavada,
olorosa a lejía.
¡Pitárriga! ¡Pitárriga! Verde metálico y extraño, que no olvidé ya nunca.
Luego, mi madre, para continuar mi educación religiosa, me mandó al colegio
de San Luis Gonzaga, de la Compañía de Jesús.
Tendría yo entonces poco más de diez años.
II
Con motivo de no sé qué
suceso revolucionario —masónico, según mi tío-abuelo—, ocurrido en España a
mediados del siglo XIX, los jesuítas del Puerto tuvieron que escapar
momentáneamente de su recién fundado colegio, refugiándose muchos en las casas
más ricas de la capital gaditana y pueblos de su bahía. Mi familia fue de las
más gustosas en recibir gran número de aquellos listísimos y temerosos padres,
cuyos no menos aprovechados descendientes habrían de ser rodando el tiempo mis
fríos y hasta crueles profesores. En agradecimiento a aquella labor encubridora
de los ricos, decidieron abrir los S. J., tan sólo para los muchachos
portuenses, un externado gratuito, que fue adonde me llevó mi madre y donde
tuve que soportar, junto a ocios y rabonas reveladores, humillaciones y
amarguras que hoy todavía me escuecen.
El colegio de San Luis Gonzaga era muy hermoso. A su enorme extensión y
cabida de alumnos debía el ser conocido en toda España por «el colegio grande»,
así como el madrileño de Chamartín de la Rosa había logrado su distinción de
«el gran colegio» por la calidad aristocrática de muchos de sus educandos.
Reveladora diferenciación, muy dentro del espíritu de la Compañía.
La situación de aquel del Puerto, ya en las afueras de la ciudad, era
maravillosa. Se hallaba limitado: por la vieja plaza de San Francisco, con sus
magnolios y araucanos, próxima a la de toros, que nos mandaba en los domingos
de primavera, a los alumnos castigados, el son de sus clarines; por una calle
larga de bodegas, con salida a un ejido donde pastaban las vacas y becerros que
despertaron en mí y otros muchachos esperanzas taurinas; y por el primoroso mar
de Cádiz, cuyo movimiento de gaviotas y barcos seguíamos, a través de
eucaliptos y palmeras, desde las ventanas occidentales del edificio, en las
horas de estudio.
La primera mañana de mi ingreso en aquel palacio de los jesuítas se me ha
extraviado; pero, como todas fueron más o menos iguales, puedo decir que
llegaba siempre casi dormido, pues las seis y media, noche cerrada en el
invierno, no es una hora muy agradable de oír misa, comulgar y abrir luego,
todavía en ayunas, un libro de aritmética.
El primer año, no recuerdo si por timidez o demasiada inocencia, fui un
alumno casi modelo: puntual, estudioso, devoto, lleno de respeto para mis
condiscípulos y profesores. En la proclamación de dignidades del curso salí
nombrado segundo jefe de fila. Conocida es la organización de tipo militar que
impera en los colegios S. J.: la misma para todos, con pequeñas variantes. El
nuestro se componía de cuatro divisiones. A cada una de las tres primeras
correspondían dos años de bachillerato, perteneciendo a la cuarta los alumnos
de instrucción primaria y los párvulos. El externado formaba una división
aparte, separada su sala de estudio. Nuestro contacto con los internos era sólo
a las horas de clase, que celebrábamos conjuntamente. La máxima dignidad del
colegio era la de príncipe; la mínima, la de segundo jefe de fila. El
principado, por lo general, lo alcanzaba únicamente algún hijo de aristócrata,
cacique o propietario ricos, gente que siempre pudiera favorecer, de una
manera u otra, a la Compañía. Los externos, debido sin duda a nuestra convenida
condición de inferiores, no podíamos aspirar nunca a aquella dignidad; se nos
permitía sólo conseguir los grados de brigadier, cuestor de pobres, edil y jefe
de fila. El uniforme, que en los internos era azul oscuro, galoneados de oro
los pantalones y la gorra, consistía para nosotros en nuestro simple traje de
paisano. Las dignidades, como en el ejército, usaban estrellas y sunchos en
las bocamangas; pero nuestras categorías las marcaban distintos medallones,
verdaderos colgajos, horrorosos aún más sobre las democráticas chaquetas. Los
diplomas que conquistábamos, ya por una buena aplicación o buen comportamiento,
eran de mala cartulina, medio borrosos nuestros nombres escritos a máquina, y
no de pergamino dibujado de hermosas letras góticas como los que ganaban con
evidente facilidad los internos. Estas grandes y pequeñas diferencias nos
dolían muchísimo, barrenando en nosotros, según íbamos creciendo en
sensibilidad y razón, un odio que hoy sólo encuentro comparable a ese que los
obreros sienten por sus patronos: es decir, un odio de clase.
Este primer año pertenecí también —otro mérito— a la congregación de San
Estanislao de Kostka, un santito S. J. que, a juzgar por su aspecto en
estampitas y esculturas, debía ser bastante tonto. Él, con san Luis Gonzaga y
san Juan Bergman, constituyen la joven trinidad angélica de la Compañía. A
seguir el ejemplo de estos tres pálidos adolescentes se nos incitaba en toda
plática o sermón. Muchos simpatizábamos más con san Luis. Azucena castísima,
la figura del esbelto Gonzaga, patrón del colegio, despertaba en nosotros
cierta mezcla de admiración y oscuro sentimiento, muy explicable en aquella
edad de precoces deseos ambiguos. Ahora no puedo prescindir de enmarcar a cada
una de estas tres virtudes sensitivas en sus horrendas capillitas ojivales barnizadas
de claro, fulgurantes los filos de mala purpurina, esa que con el tiempo se va
poniendo de un verdoso ocre, cayéndose al final.
Mi educación religiosa corresponde, no ya a la gran época de los altares y
cornucopias dorados a fuego, sino a la decadente y lamentable de los oros
fingidos, de los resplandores engañosos, de los Sagrados Corazones fabricados
en serie y esos necios milagros productivos de una Virgen de Lourdes o un
Cristo de Limpias.
He aquí, a base de diversos ejemplos, una tristísima y reveladora escala
descendente del espíritu creador cristiano, luego católico, de cuyo último
peldaño jesuítico pude bajar a pie, escapándome:
De las sencillas Bienaventuranzas y el ¡Gloria a Dios en las alturas y paz
a los hombres de buena voluntad!, al descarado y partidista «Reinaré en España
y más que en todo el resto del mundo».
Del angustioso, lento y celestial gregoriano, a las cretinas palabras de la
Marcha Real española, (La virgen María es nuestra salvadora, nuestra
bienhechora. No hay nada que temer. ¡Guerra al mundo, demonio y carne, guerra,
guerra, guerra contra Lucifer! típico producto de la última poética S. J.
De los Autos Sacramentales, de Calderón, al Divino impaciente, de
Pemán, pasando por el oportunismo económico-místico de Eduardo Marquina.
Del monasterio del Escorial, a la mamarrachesca y nunca terminada Almudena
de Madrid o cualquiera de los últimos templos S. J. de España.
De san Ignacio de Loyola y los padres Mariana, Gracián, Suárez, etc., al
reverendo padre Laburu, propagandista político-taurino por cines y teatros
anteriores al 14 de abril.
De los granates, amatistas, esmeraldas, topacios y perlas verdaderos de los
mantos sagrados, a la bisutería de bazar —¡oh mortecinos culos de vaso!— más
pobretona y cursi.
De los desvelados imagineros españoles, a las industriales fabricaciones
del aburguesado, relamido y standard Sacre Coeur con su rabioso corazón
colorado sobre la camiseta.
De la fe con grandeza, llena de truenos y relámpagos, a la más baja
hipocresía y explotación más miserable.
Resumiendo: del oro puro de las estrellas, a la más pura caca moribunda.
De esta humana materia rebosaba el alma de la Compañía de Jesús cuando yo
ingresé en el colegio del Puerto. Allí sufrí, rabié, odié, amé, me divertí y no
aprendí casi nada durante cerca de cuatro años de externado.
¿Quiénes fueron mis profesores, mis iniciadores en las matemáticas, el
latín, la historia, etc.? Quiero dejar un índice, no sólo de aquellos padres y
hermanos que intervinieron en mi enseñanza, sino también de aquellos que
ocupando otros puestos en el colegio entreví por los corredores o entre los
árboles de la huerta, no tratándolos casi.
El padre Márquez, profesor de Religión, al que llamábamos, seguramente por
su sabiduría, «la burra de Balaán».
El padre Salaverri, profesor de Latín, un peruano con cara de idolillo,
quien por sus arrebatados colores había recibido de uno de sus alumnos, el
sevillano Jorge Parladé, un sobrenombre algo denigrante: el de «Enriqueta la
Colorada», popular prostituta trianera.
El padre Madrid, profesor de Nociones de Aritmética y Geometría, pálido y
muy perdido en el amor de sus discípulos.
El padre Risco, profesor de Geografía de España, ñoñísimo poeta y autor,
además, de estupidísimas narraciones edificantes.
El padre Romero, profesor de Historia de España, también amoroso de sus
alumnos. (Tal bofetada me pegó una vez este padre, que aún hoy, si lo
encontrara, se la devolvería gustoso.)
El padre Aguilar, hermano de yo no sé qué conde de Aguilar, andaluz,
jesuíta simpático y comprensivo, hombre de mundo, suave en sus castigos y
reprimendas.
El padre La Torre, profesor de Álgebra y Trigonometría, agraciado con el
mote de padre «Buchitos», a causa de sus inflados carrillos desagradables.
El padre Hurtado, profesor de Química, cenicientos de caspa los picudos
hombros de vieja escoba revestida.
El padre Ropero, profesor de Historia Natural, semiloco, saltándole, de
pronto, del pañuelo, al sonarse, mínimas y electrizadas lagartijas, cogidas en
el sol de la huerta.
El padre Zamarripa, rector del colegio, máxima autoridad, vasco rojizo, larguirucho y helado, cortante y temible como una espada negra,
aparecida siempre en los momentos menos deseables.
El padre Lirola, padre espiritual, sentimentalón e inocente, estrujando más
de lo necesario contra su corazón dolorido, y en la soledad de su cuarto
cerrado, a las alumnas almas descarriadas.
El padre Ayala, prefecto, sucio, casposos también los hombros recargados,
surgida sombra vigiladora en sordos pasos de franela.
El padre Fernández, presumido, elegante, lustroso, quizás el único jesuita
que recuerde peinado a raya. Se distinguió, durante los dos años que tuvo bajo
su tutela la división de los externos, por su bondad hacia mí e inesperada
delicadeza ante nuestra situación de alumnos gratuitos.
El padre Andrés, desgraciado mártir de nuestras atrocidades y cafrerías.
Segundo tutelar del externado.
El padre Lambertini, italiano, fino, enfermo, buen hombre, confesor mío,
pero siempre oloroso, durante el desahogo de mis pecados, a café con leche del
desayuno.
El hermano «Legumbres», llamado así por enviarnos continuamente y sin
motivos justificados a comernos su mote. (Los alumnos de tercer año sabíamos, y
lo comentábamos secretamente, que este hermano se masturbaba al sol contra un
apartado eucalipto de la huerta.)
Recuerdo también al hermano enfermero, al hermano portero, al hortelano y
otros que sólo conocí de vista, no hablando con ellos nunca.
De los compañeros que comenzaron conmigo el bachillerato y lo continuaban
todavía el mismo año que yo lo abandoné por trasladarse mi familia a Madrid,
me acuerdo sólo de muy pocos. Escasa huella debieron dejar en mí, cuando hoy
apenas si sus nombres me suenan en la memoria. Sin embargo, de los internos,
por su antipatía y provinciana vanidad, puedo representarme ahora a Jorge y
Enrique Parladé, sevillanos, hijos de ganaderos, muy queridos y halagados de
los jesuítas, injustamente favorecidos en clase, no pasando de ser un buen par
de burros andaluces; a Galnares Sagastizábal, otro sevillano, raquítico y ya
engominado el pelo, pero bien dispuesto para las matemáticas; a Guzmán,
emperador romano o cartaginés en la clase de latín; a Claudio Gómez, un cordobés,
agrio y oscuro, con cara de rifeño, hijo de no sé qué cacique de Montero o
Pozoblanco; a José Ignacio Merello, primo hermano y condiscípulo mío en el
colegio de doña Concha, pero que al ingresar interno en el de San Luis Gonzaga
noté en él cierto mal disimulado desvío subrayado de orgullo, muy ofensivo y
triste para mí, tan amigo suyo de juegos y travesuras por los patios sombríos
de las bodegas; a Eduardo Llosent, siempre con camisas flamantes y corbatas
deslumbradoras; a Sánchez Dalp, a Ponce de León, a Pemartín, a Osborne, a
Estrada, etc., hijos todos de grandes cosecheros de vinos o terratenientes,
futuros propietarios de ilimitadas extensiones de viñedos, olivares...
De los externos, o sea del proletariado escolar, me acuerdo de los
hermanos Bootello, algo mejor tratados que los demás por ser su padre jefe de
la estación del Puerto y obtener los S. J., mediante su influencia como
empleado en la Compañía de Ferrocarriles, no sé qué rebaja durante los exámenes
de junio, época en que los alumnos de San Luis Gonzaga ocupábamos diariamente
los trenes que iban a Jerez por depender nuestra ciudad de aquel instituto; a
José Murciano, que murió una tarde de marzo y fuimos todos con el padre
Fernández a darle tierra en un cementerio de las afueras, camino a Sanlúcar; a
Gutiérrez, un gitano bronco y atravesado, no muy envanecido de su padre,
albéitar y herrador; a Cantillo, pequeño y siempre helado, con un cuello
redondo de almidón y una chalina rosa, hijo del teniente de la guardia civil;
a Porreyro, de cuya madre se decía ser una prostituta de la calle Jardines; a
Juan Guilloto, hijo de una esbelta y fina mujer llamada Milagros, no sé si
costurera alguna vez en nuestra casa.
Este Guilloto, algo más chico que yo, ha venido, después de veinte años, a
convertirse en el compañero mío de colegio más digno, más extraordinario,
borrándome casi del sentimiento y la memoria a esos otros que sólo son ya un
nombre, un rasgo o una mínima anécdota.
Era en Madrid y por los grandes días heroicos de noviembre de 1936. El
Quinto Regimiento me había llamado una lluviosa tarde bombardeada para recitar
por su emisora unos romances y poemas míos sobre la defensa de la capital. En
el recibimiento de aquel palacete conquistado me paró, de pronto, cuando ya me
marchaba, un jefe de milicias, un joven comandante.
—Yo te conozco mucho a ti —me dijo, con acento andaluz, dejándome una dura
mano sobre el hombro—. Soy Modesto.
—¡Modesto! ¿Quién no te conoce de oídas? Pero yo te veo por primera vez.
—Es que mi verdadero nombre es Juan Guilloto. Del Puerto. Hemos estado
juntos en el colegio de los jesuitas.
Le di un abrazo, lleno de orgullo.
—¡Si lo supiera el padre Andrés! Seguro que en el Puerto no sospechan nada.
—Ni siquiera mis padres. La prensa facciosa se mete mucho conmigo: me llama
jefe de partida, forajido, ruso... ¡Y no saben que soy un tonelero de la
provincia de Cádiz!
Pasamos a un saloncillo, donde nos sirvieron coñac. ¡Qué enorme alegría
aquella sorpresa! Sentía la honrada vanidad, el digno orgullo de quien descubre
algo que ya sabe ha de darle prestigio en el tiempo; porque aquel muchacho
andaluz era un héroe, y yo me lo representaba de niño, de amigo de mi infancia,
adquiriendo de pronto esta lejanía una grata presencia, iluminadora de
conjuntos paisajes olvidados.
¿Qué verdadero niño andaluz no ha soñado alguna vez en ser torero? Daba la
espalda del colegio a un gran ejido de retamas, adonde iban a pastar las vacas
y torillos de mi tío José Luis de la Cuesta. A los once años de edad, y sobre
todo cuando se alimentan ilusiones taurinas, se es ya todo un valiente. íbamos
unos cuantos, a la hora del latín o las matemáticas —Luis Bootello, José
Antonio Benvenuti, Aranda...—, alumnos del segundo y tercero de bachillerato,
dispuestos a apartar un becerrillo o lo primero que se nos arrancara. Juan
Guilloto, aunque menor, nos acompañaba algunas veces; también, de cuando en
cuando, se nos añadía un gitano apodado «la Negrita», algo mayor que nosotros
y que contaba con nuestra admiración por haberse tirado al ruedo en una
novillada y terminado en la cárcel.
Llegaba el momento de separar la fiera. Pero los zagales vigilaban. Había,
por lo menos, que distraerlos o eliminarlos de su custodia. Momento peligroso.
Los imberbes toreros nos íbamos acercando separadamente al ganado, con los
bolsillos cargados de piedras y una reserva de municiones que Juan Guilloto iba
recogiendo en su gorra y amontonando tras las prudenciales retamas. Como señal
de ataque sonaba un silbido. Y, antes que los guardianes pudieran defenderse,
la pedrea diluviaba sobre sus desprevenidas cabezas, obligándoles a correr o a
tirarse por tierra para no morir descalabrados y evitar de este modo la
respuesta de sus hondas de pita. Mientras el combate, el que podía apartaba el
becerro, que a veces se convertía en espantosa vaca, astada locomotora que nos
largaba en fuga, viéndonos envuelta la retirada en el despavorido ganado y un
torrente de piedras e insultos. Cuando la corrida podía verificarse, consistía
entonces en unos desordenados chaquetazos, varios revolcones con pateaduras,
traducidos luego en indisimulables agujetas y negros cardenales. Aquellos
golpes y magalladuras, a pesar del callado dolor que nos causaban, eran nuestro
orgullo. Pensábamos en las grandes cornadas de los famosos matadores,
recibidas entre un delirio de abanicos y aplausos por los ruedos inmensos. Y
luego, las conversaciones ilusas, los entusiastas comentarios. En ellos
figuraban con insistencia «la enfermería oscura de las plazas, el yodoformo, el
paquete intestinal, la gangrena, la rotura de femoral o la muerte instantánea
por choc (¡!)», palabras éstas aprendidas de los revisteros taurinos,
pronunciadas a veces con más terror que valentía por el misterio que encerraban
aún para unos incipientes y vagos estudiantes como nosotros.
—Estas conversaciones —me recuerda Modesto— solíamos celebrarlas entre un
hartón de higos chumbos o almendras verdes robadas en los huertos, de los que
preferíamos sobre todo el de tu tío José Luis. Siempre este pobre tío tuyo era
el más perjudicado...
—Como que un día le toreamos una vaca preñada, haciéndola abortar, yéndose
entonces, furioso y con razón, a quejar a mi madre, quien me acusó al padre
Ayala, poniendo en un grave peligro mi vocación taurina.
—También —continúa recordando Modesto— robó una vez «la Negrita» a tu tío
un montón de cebollas y tomates...
—...que me restregó contra una paletilla, dejándomela como ensalada, para
aliviarme del ensañamiento que puso en su pateadura aquel becerro colorado.
¡Época extraordinaria, en la que ingenua y seriamente soñábamos con un
porvenir lleno de tardes gloriosas, fotografiados en revistas, viendo
popularizada nuestra gallarda efigie en las cajas de fósforos!
—Pero quizás tú no sepas, Modesto, cómo acabaron mis pretensiones toreras.
Tú conocías muy bien a Manolillo el barbero, el de la calle Luna, gran
aficionado. A él se le ocurrió, una de las veces que me trasquilaba, dejarme la
coleta. De sus manos salí aquel día con un pico de pelo, que me asomaba bajo la
coronilla como la nariz de un gran garbanzo. Al principio no se notaba, y sólo
se lo confesé, mostrándoselo con orgullo, a Benvenuti, que era quien más en
serio pensaba convertirse en matador de toros. A los dos meses, aquello había
crecido demasiado, obligándome a quitarme apenas la gorra y a tapármelo en
clase con la mano, adquiriendo así una forzada postura de alumno pensativo
bastante sospechosa. Pero al fin llegó el día en que mi secreto lo iba siendo
a voces. Un hermano mío lo sabía y hasta algunos pequeños de instrucción
primaria, a quienes de cuando en cuando yo les dejaba tocar aquel rabillo
trenzado, imposible ya de esconder y sujetar entre el resto del pelo, a
distinto nivel. Y llegó la denuncia. Fue en clase de francés. Un interno que
tenía detrás. Descuido mío. Una imprudencia de la mano que me servía de
tapadera. El interno (no recuerdo su nombre) tuvo que descubrirlo. Era
demasiado notorio, demasiado indecente aquel colgajo. ¡Horror! Una carcajada.
»—¿Qué significa eso?
»—Mire, padre Aguilar.
»Éste se levantó, severo, interrogante, pero sin descender del estrado.
»—Explique los motivos de esa risa.
»—¡La coleta de Alberti! ¡Mire,
mire!
»Gran escándalo. La clase entera, de pie. Y la mirada del padre Aguilar,
dura, como un estoque, entrándome en el alma. La vergüenza creo que me hizo
enrojecer hasta las raíces del amenazado símbolo taurómaco, que yo trataba de
ocultar aún entre mis dedos temblorosos.
»—¡Silencio! —ordenó el profesor de lengua francesa.
»Entonces, Benvenuti, que se hallaba sentado junto a mí, sacando un
cortaplumas desafilado, mohoso, de esos que anuncian el coñac Domecq, me la
cortó de un terrible tirón inolvidable, lanzándola sobre la mesa del padre
Aguilar, quien con un irreprimible gesto de asco la arrojó al cesto de los
papeles. Ya sin coleta me sentí derrotado, viejo, como ese lamentable
espada cincuentón que
sobrevive a sus triunfos.
—No sabía yo eso —comenta Modesto, ruidoso de risa—. Es que en los jesuítas
estuve sólo un año. Mis padres eran pobres... Necesitaban ayuda... Me colocaron
entonces en las bodegas de don Edmundo Grant, de las que me echaron a los seis
meses, pasando a la farmacia de Lucuy (esquina a calle Larga y Palacios, ¿te
acuerdas?), donde aprendí a hacer sellos para la gripe. Pero de aquí también
me echaron por jugar a la rana con esos embudos de cristal que usan los
boticarios. Les tiraba perrillas desde lejos... Rompí algunos... Y Lucuy me
mandó con viento fresco...
Modesto —claro que sin saberlo— empezaba a contarme su vida con el mismo
aire de estilo que el Lazarillo de Tormes u otro picaresco personaje: vida
graciosa y amarga de niño popular español, siempre héroe de miserias anónimas y
legendarias grandezas.
—Cambié mi oficio de farmacéutico por el de tonelero, metiéndome como
aprendiz en la aserradora mecánica de don José María Pastor. Allí trabajé hasta
que me tocó el servicio militar, y entonces pasé a Cádiz, ingresando en el
Primer Regimiento de Artillería de Costa. Por escaparme al Puerto sin permiso,
me castigaron con seis meses de cárcel. Mas, como después de esto mi situación
era difícil, solicité con otros compañeros ir a África, consiguiéndolo y
llegando a conquistar los galones de cabo en el Cuarto Grupo de Regulares de
Larache. Pero por haberme emborrachado, los perdí al poco tiempo. A todo esto,
mi servicio tocaba a su fin, acercándose la hora de la licencia. Pero, bajo el
pretexto de la borrachera y una estúpida bronca con un guardia civil, logré en
lugar de la vuelta a mi casa el destierro en un campo de trabajos forzados. Un
día, harto, aburrido, y sin papeles de ninguna clase, me fugué... Pero con mala
suerte, porque en cuantito desembarqué en Cádiz me echaron el guante, yendo a
dar en los calabozos del cuartel de Infantería. Al cabo de unos meses, y
después de haberme ganado la confianza de algunos oficiales, pedí permiso para
comer fuera. Me lo dieron. Y ¡listo, pájaro! Cogí el tren para el Puerto,
tomándome la licencia absoluta.
En París, continúo estas memorias, estos queridísimos recuerdos de mis
primeros años en el mundo, esta dulce, triste y alegre arboleda perdida de mi
infancia. Son las cuatro y cinco de la madrugada. Día seis de octubre. La
guerra, otra vez. ¡Qué vacaciones más cortas, Dios mío! Cuando apenas comenzaba
a comprender de nuevo lo que es el caminar tranquilo por una ciudad encendida,
he aquí que Francia entera se apaga de pronto, sonando las sirenas de alarma en
París y los primeros cañonazos en la línea Maginot. Aquí vivo, desde el doce de
marzo. El día seis del mismo mes salí de España, de mi preciosa y desventurada
España, camino de Oran. («Servía en Oran al rey...») Camino celeste, porque fui
en avión, por los cielos del Mediterráneo. En Elda (Alicante), última estación
del gobierno de la República, vi a Modesto. También, al doctor Negrtn. A
Modesto, por última vez. En el jardinillo de la casa de los generales Hidalgo
de Cisneros y Cordón, donde María Teresa y yo nos alojábamos, inició Modesto para
nosotros, en la noche de apariencia tranquila, unos pasos de bulerías, con el
magnífico estilo del mejor bailador gaditano. Se rió. «Un día que estemos
solos bailaremos. Pero tiene que ser solos», recalcó mirando a todas partes.
Aquella misma madrugada se insurreccionó la plaza fuerte de Cartagena, izando
bandera monárquica en sus fortines. Horas después, en Madrid, el coronel
Segismundo Casado se alzaba contra el gobierno Negrín, regalando a Franco
nuestra dura, adorable, invencible capital heroica, asombro del mundo durante
más de dos años. Camino de Oran, nos perdimos; por poco si caemos en Melilla.
Minutos después que el nuestro, aterrizaba otro avión en el mismo aeródromo
trayendo a Pasionaria. El corazón de España había sido vendido, traicionado,
de nuevo.
Con el alma llena de sangre nobilísima y los oídos de explosiones, he
andado por las calles de París y vivido con el grande y humano Pablo Neruda,
verdadero ángel para los españoles, en las orillas del Sena, 31, Quai de
l'Horloge. A mediados de agosto, con el natural fin de no morir de hambre y
evitar el ser carga para los nada espléndidos miedosos franceses, María Teresa
y yo aceptamos de la radio Paris-Mondiale, por sugerencia y recomendación de
Picasso, un modesto ofrecimiento de simples traductores para las emisiones
castellanas dirigidas a la América Latina. ¿Qué llevo hecho en estos meses?
¿Qué he producido? Apenas nada. Sólo he visto morir de hambre y persecución a
muchos buenos españoles y alejarse de las costas de Europa a muy buenos
amigos. Pero ya hablaré de esto algún día. Los presentes son demasiado duros,
demasiado tristes para escribir de ellos. Quiero volver a aquellos otros de mi
infancia junto al mar de Cádiz, aireándome la frente con las ondas de los
pinares ribereños, sintiendo cómo se me llenan de arena los zapatos, arena
rubia de las dunas quemantes, sombreadas a trechos de retamas.
¡Las dunas! Durante las rabonas, que decidí conocer y disfrutar a
principios del tercer año, ellas fueron, con su arena dorada y movediza, mi
refugio ardoroso, mi fresca guarida, mientras las duras horas de las
matemáticas y los rosarios del atardecer. Bajo unos árboles como verdes bolas,
que por allí llaman transparentes, quizás a causa de lo separado y largo de
sus ramas, sólo pobladas en los extremos, nos instalábamos, tomándolos por
tiendas. ¡Alegres bienteveos desde donde, enterrados los libros y la ropa,
bajábamos a la orilla ya desnudos, libres de teoremas y ecuaciones! ¡El mar de
Cádiz! ¡Qué armonía, qué rayadora
claridad me traen estas palabras! (Y
también, cegador, el soneto de Lope:
Esparcido el cabello por la espalda,
que fue del sol desprecio y maravilla,
Silvia cogía por la verde orilla
del mar de Cádiz conchas en su falda...)
Sólo los niños ciegos, buenos y tontos del colegio no han conocido aquellas
horas radiosas, llenas de viento y sales, tembladoras del blanco de las salinas
hacia Puerto Real y la isla, suficientes para empapar toda la vida de una
infinita luz azul, ya imposible de desterrarla de los ojos. Cuando me muera, si
es que a mi cuerpo no lo manda a la nada una bomba de Europa, que me abran los
ojos suavemente; ésos verán cómo se les albean los dedos de espuma de la playa
y las uñas de fina arena; y en mis pupilas, igual que dos minúsculos esteros de
cristales, redonda y perfecta la bahía, llena de velas gaditanas, con mis
ciudades primorosas en círculo, balanceadas de mástiles y chimeneas.
—Mira. A éste ya le han salido los pelos.
—Es que es mayor que tú.
—Sí, tengo doce años.
—Pues a mí ya me pasa otra cosa. ¿Queréis verlo?
Curiosos y avergonzados a un tiempo, porque casi sabíamos lo que iba a
suceder, dijimos que sí. Todos, desnudos como estábamos, nos sentamos haciendo
corro a la puerta del transparente. El alumno aquel presidía la rueda. Nadie
hablaba. El alumno, al sentarse, había dicho muy lentamente:
—Estoy ya en quinto año. Estudio fisiología...
Era el mayor de todos. Ninguno comprendíamos el porqué de su incorporación
aquel día a la rabona de los de segundo y tercero, como tampoco su jactancia al
citarnos aquella asignatura de quinto. ¡Fisiología! Palabra extraña, con resonancia
de jardín vedado, prohibido. ¿No trata eso de mujeres desnudas? Y, si es así,
¿cómo en un colegio cristiano se permiten tales estudios? Creíamos haber visto,
sólo de refilón y no sabíamos dónde, anchas láminas rosas de abiertos cuerpos
femeninos, encabezadas con un letrero junto a un número: FISIOLOGÍA, N.° 1,
N.° 2...
Mirábamos, silenciosos, al alumno, que con la cara triste y los ojos
perdidos comenzó a agitar el puño agarrotado entre las sombreadas ingles
entreabiertas, sucios aún los dedos de arena húmeda y caliente. Vibrante,
rastrera, la uña de león le lamía los muslos. ¡Ah! ¿Cuánto nos faltaba para que
aquel milagro emergiera también de nosotros? Éramos sólo alumnos de segundo y
tercero: estudiantes de historia, de latín... Hasta dentro de dos o tres años
no lo seríamos de fisiología... Pero,
entonces... ¡Oh!
Aquella tarde, todos volvimos tristes y pensativos a casa. Por el camino
nadie habló. Después, el estudiante de fisiología se mostró reservado con
nosotros, y nunca más quiso participar en nuestras rabonas de las dunas.
Un día, al siguiente de uno de estas continuas faltas a clase, pasado en la
playa jugando, como de costumbre, libre de toda ropa y ensayando, a veces,
reproducir con los demás el milagro del estudiante de quinto año, el padre
espiritual me llamó inesperadamente a su cuarto.
—Hijo mío —susurró, ya bien asegurada con llave la puerta y haciéndome
reclinar la cabeza contra el pecho de su sotana—. Estoy muy disgustado contigo.
¡Si se enterara el pobrecito de tu tío Vicente, que es un santo! Lo que tú
haces con esos otros diablos es uno de los pecados más graves que pueden
cometer los niños. ¿Piensas que no lo sé?
—¿El qué, padre? —me atreví a preguntarle aterrado y acordándome
súbitamente del alumno de fisiología.
—Nada. Me avergüenza decirlo.
Y me estrujó más duro contra su sotana, besándome en la frente.
—¡Padre! —respiré, muerto de miedo.
—Dios os ha visto. A ti, especialmente.
Hubo un silencio triste lleno de zumbidos de moscas. El padre espiritual
continuó. Como me tenía apretado un oído contra los botones de su sotana y con
el abrazo me obturaba sin darse cuenta el otro, su voz me llegaba de lejos,
como a través de una pared acolchada.
—¿Qué consigues con eso, niño? Disgustar a Él y disgustarme a mí,
únicamente. Porque no se trata sólo de un daño para el alma, sino de algo muy
malo para el cuerpo. ¿Me prometes no hacerlo más? El padre prefecto no lo sabe.
Te expulsaría del colegio, si yo se lo dijera. ¿Me lo prometes? ¡Si el
pobrecito de tu tío Vicente se enterara!
Aquella misma noche, un alumno de sexto año le contó todo a mi hermano
Agustín, quien me lo repitió serio, pero quizás mordiéndose la risa:
—El padre Hurtado, desde el salón de Física, os ha visto con el gran
anteojo...
Entre los acusados, voló el descubrimiento, llenándonos a la vez de asombro
y pánico. Era verdad: mirando a Cádiz, un gran anteojo de larga vista se
asomaba por una de las ventanas que caían a la huerta.
A partir de ese instante, nuestras rabonas y licencias naturales se
realizaron en otra ondulación de la duna, desde donde no divisábamos siquiera
los pararrayos del colegio.
Aunque, como digo, faltaba muchas veces a clase, la de Historia de España,
por lo general, no solía perdérmela. Estudiábamos el texto, muy florido de
estilo y agradable, de un catedrático del instituto de Cádiz: Moreno Espinosa.
Mi especialidad eran las fechas. No había batalla de la que no supiera el año.
Y, sin querer, impuse que todos mis compañeros las aprendieran.
—El que en los exámenes de fin de curso no las sepa al dedillo, recibirá un
suspenso —amenazó el padre Romero, profesor de la asignatura, ante un encerado
donde yo, durante el cautiverio de unas horas en aquella clase por no recuerdo
qué falta, había casi dibujado con tiza el lugar y fecha de cuanta batalla
aconteciera en la historia de España.
Los discípulos me odiaron. En los exámenes hubo muchos suspensos por mi
culpa, pero mi nota fue la de sobresaliente, con derecho a matrícula de honor.
De aquel metafórico libro recuerdo todavía parrafillos retóricos y
sonoros, que no he dejado nunca de repetir con éxito siempre que tuve ocasión
de intervenir en esas frecuentes y divertidas conversaciones sobre la beodez,
o candidez, de los textos de aquella época.
Sentenciaba, redondo, Moreno Espinosa, con motivo de los fenicios: ...y
todo esto sucedía en tiempos del inmortal y envilecido Sardanápalo y la
libidinosa Semíramis.
En la misma lección, este final lleno de ritmo y que la clase entera se
desvivía por cantarlo: ...porque ellos nos trajeron: en su lengua el
alfabeto, en sus dedos la moneda y en las velas de sus naves el soplo
civilizador del Oriente.
Y aquella lección que comenzaba: Merced a la Filología comparada,
sabemos hoy...
De otros textos, aun de los más lejanos e infantiles, también me bailan en
la memoria líneas y páginas enteras, que hasta yo mismo, solo, me las repito
para divertirme.
Del Juanito, y de cuando estaba en el colegio de las Carmelitas: No,
no. Yo no debo morir. Mi Cecilia está muy mala: le ha picado una víbora...
Seria una mala madre... No, no...
También de este sin par y arcangélico libro: «Cuentecillo». Juanito, que
es un niño muy malo, saltó un día una tapia, robando la más hermosa pera que
había en todo el huerto. Mas cuando ya marchaba confiado, ocultando su robo,
oye una misteriosa voz que le grita: ¡Dios te ha visto, picaruelo!
De todas las frasecillas que andan rabeando por mi cabeza, esta última es
la preferida y, sobre todo, su delicioso diminutivo: picaruelo. Hay
otras palabras, aprendidas entonces, que me hacen feliz siempre que las
tropiezo. ¿Podría existir en nuestro idioma algo más gracioso y ridículo que
las calificaciones de badulaque, mentecato, o que la exclamación ¡caspita!
?
Como todo escritor, tengo mis preferencias y mis odios. Desde muy joven,
arranca en mí una especial antipatía y rigurosa aversión hacia el sustantivo voluptuosidad
y, sobre todo, hacia su forma adjetiva: voluptuoso. ¡Horror! Se me
llena la boca de saliva y se me encogen las uñas del pie izquierdo cada vez que
lo escucho o lo veo escrito. ¡Voluptuoso! Incluso en francés es reventante.
Sólo Baudelaire me lo ha hecho aceptable en el estribillo de su «Invitation au
voyage»:
La, tout n'est
qu'ordre et beauté,
Luxe, calme et
volupté.
También detesto el sustantivo terruño. En toda mi obra, poesía o
teatro, jamás encontraréis estas odiosas palabras. Y me juro nunca manchar con
ellas ninguna página futura.
...De lo que sí manché mucho mi alma en el colegio de San Luis Gonzaga fue,
como ya dije, con ejemplos, del pecado contra la castidad, mezclado
necesariamente con el de la mentira. Mi segundo guía espiritual era el padre
Lambertini, italiano. ¡Cuántas veces, al sonsacarme, en la confesión, los
pecados, me reprendió dura y
retóricamente!
—Si te pudieras ver el alma, morirías de horror. La tienes sucia, lo mismo
que un cendal manchado de barro. Porque, si al alma la ennegrece la lujuria, es
el mentir quien la pone más negra todavía. Pecas, y niegas la falta. Es decir,
que pecas doblemente...
Era entonces Paquillo, el hijo del cochero, mi compañero de pecado. La
ocasión tenía siempre forma de ventana, una alta mirilla abierta sobre un
tejadillo verdinoso. Subíamos a él misteriosamente, ya caída la tarde, y nos
tendíamos a la orilla de aquel cristal como al borde de un charco. Esto solía
pasar muchos domingos, durante las vacaciones, y en casa de mi tío Vicente.
Esperábamos, contenido el aliento, llenos de sofoco. A veces, no sucedía nada.
El cristal se iba poniendo negro, paralelo a la noche, reflejando la luz de la
primera estrella. Pero cuando pasaba lo que ansiábamos... ¡Oh! Entonces, se
encendía de debajo, subiéndonos un resplandor velado, como el de una bujía
sumergida en lo profundo de un estanque. Y veíamos, allá en lo hondo, contra el
pálido amarilleo de una estera de juncos, a mi tía Josefita, joven aún,
cambiarse de traje, revelándosenos en camisa —una camisa larga y triste—,
durante unos momentos. Arrobados y mudos, el hijo del cochero y yo nos
quedábamos luego en el tejado hasta la hora de la cena.
¡La castidad! ¡La castidad!
En aquella atmósfera de catolicismo loco y exageraciones beatas, ¿cómo no
conservar en los ojos, llenos de espanto y a la vez de dulzura, la imagen fugaz
de la hermana o la madre desnudándose, o de la prima y la hermana sorprendidas,
de pronto, en la jira campestre, orinando juntas, larga la boca de sonrisa,
tras de las jaras del pinar del Obispo o las retamas playeras?
¡Oh, Dios, qué gran pecado! ¿De qué modo decirlo al día siguiente y sin
temblor al padre Lambertini? ¿Qué responderle a la insistente y temida
pregunta: «¿Has pecado contra la castidad, y cuántas veces?» ¡Horror! ¡Horror!
¡Horror!
—No, padre, no. Hace mucho tiempo que no. Créame.
La mentira era entonces la única defensa, el único medio de calmarle las
iras al confesor y poder dirigirse, aterrado y sacrílego, hacia el
comulgatorio.
Al masturbarse, en Andalucía, se le llama «hacerse la paja».
Llenas de pajas están las azoteas, las orillas del mar y las piedras de los
castillos. ¡Primeras pajas infantiles, yo os saludo, libre ya de
remordimientos, por lo bello y elemental que teníais bajo aquel sol en aquella
bahía, entreviendo, mientras, contra el cielo, las primeras imágenes de niñas o
mujeres que la sorpresa y el intento pusieron en mis ojos!
En la época de las pajas estalló la gran guerra de 1914. De su primer año
no sé nada. Sólo recuerdo una palabra que seguramente aprendí entonces: ultimátum.
Hasta casi a los dos años de empezada la contienda, no le tomo afición e
interés. Entretanto...
Mi padre seguía de viaje por el norte de España, y la familia, mamá con sus
seis hijos y Paca Moy, nos habíamos mudado de casa: vivíamos ahora en una de la
calle Neverías, calle de los helados y refrescos durante las noches de verano.
Mi hermano Vicente, el mayor, había terminado ya el bachillerato, y poco
después lo mandaron a Cádiz para estudiar ingeniería, la «carrera de
ingeniero», como recalcaba, orgullosa, la vieja sirvienta. Era un muchacho
guapo, alto, rubio y con ojos azules. En la Andalucía atlántica abundan mucho
los ojos de mar clara y los cabellos casi verdes, encendidos. Gitanos
gaditanos, rubios y con apellidos alemanes, los he visto acampados bajo los
puentes del Guadalete, por la vega de Jerez, y en Sanlúcar de Barrameda, junto
a las bocas del Guadalquivir. Mi familia está llena de preciosas muchachas
morenas y albas, meridionales y nórdicas a un mismo tiempo. Cuando los vinos de
Jerez y del Puerto se internacionalizan, viajando, mi bisabuelo, don Vicente
Alberti, es a la vez uno de los principales reyes y embajadores del zumo de las
vides gaditanas en su expansión hacia el norte de Europa. Los soberanos de
Suecia, Noruega, Dinamarca y los zares de Rusia lo nombran proveedor de sus
reales manteles. También Inglaterra se aficiona a las viñas olorosas de aquel
rincón de Cádiz. Hombres escandinavos, como los patos de sus fiords, que vienen
por las landas francesas, los llanos y los montes de España a invernar en las
cálidas marismas del Guadalquivir, llegaron a los muelles de Cádiz y se
establecieron por aquellos riquísimos y extraordinarios pueblos. Las soleras,
los vinos generosos, los moscateles tostados, los casi negros, los vinos
claros del majuelo jerezano y los amontillados coquineros, se europeizan, se
universalizan. Italianos, ingleses y alemanes van llegando también. Los Domecq,
de Francia, los Burdon, los Gordon, los Osborne, los Pemartin, los Ivison, los
Byass, los Bolin, y más tarde los Terry, los Ahupol y los Grant empiezan a
resonar desde Puerta Tierra hasta Sanlúcar. En su mayor parte, vienen atraídos
por el olor del vino, pero con la bolsa vacía. Siempre oí contar a mi madre que
el primer Osborne era un inglés pobrísimo, de pantalones remendados, que
apareció por las plazas y las calles del Puerto vendiendo estampas y rosarios y
otras devotas chucherías.
Ellos son los ojos azules, son los cabellos rubios, son, luego, también,
toda esa romántica y fina Andalucía que va desde Cádiz, bordeando Gibraltar,
hasta los limonares, los claveles y las viñas sagradas de Málaga.
Mi bisabuelo don Vicente Alberti, al casarse con una Merello, hija de otro
italiano oriundo de Génova, tiene cinco hijos: Agustín, Vicente, Julio, Ernesto
y Eduardo, quienes prometen de rodillas, ante el lecho del padre moribundo, no
separarse nunca y cultivar unidos aquella maravillosa herencia vinícola. Pero,
entre la vida fastuosa de Agustín, los negocios desafortunados de Vicente, la
mala cabeza de Ernesto, la haraganería de Eduardo y la indiferencia de Julio,
todo esto compaginado con la más perfecta y loca beatería, se bebieron la
herencia, llenándose de acreedores, que poco a poco van haciendo pasar a sus
manos las atestadas y húmedas bodegas.
Entre éstos, uno de los principales son los Osborne, quienes al cabo de
los años se convierten en monopolizadores de la riqueza vinícola portuense.
Aunque los hijos de mis tíos-abuelos y otros continúan siendo por un tiempo
pequeños propietarios, son Osborne, en el Puerto, y Domecq, en Jerez de la
Frontera, los que se alzan con el reino de Baco, arruinando a las casas
menores.
Víctima de este imperio fue mi padre, a quien Osborne, que antes sólo
exportaba sus vinos a Inglaterra, nombra agente general en España, mandándolo a
la zona cantábrica y gallega, al principio como embajador del Fino Quina y el
Fino Coquinero y, luego, de un coñac, creado exclusivamente para combatir el
Domecq. Así, me paso años enteros sin verle, ignorando su cara, no recordando
ni su voz. Sé que mi padre era un hombre honesto, en extremo trabajador,
además, según oí repetir veladamente, de gran amante y bebedor de los caldos
que representaba, continuando así la tradición familiar y coquinera.
Al caer de la tarde, entre dos luces, ¿quién no ha visto temblar las calles
del Puerto de caballeros perfectamente borrachos? Unos, serios, dignos, camino
del camarín de Nuestra Señora de los Milagros, para rezarle una devota Salve
arrodillados y sollozar, a veces, en lo oscuro, llena el alma de
remordimientos; otros, tristes, melancólicos, por la orilla del río, hacia los
eucaliptos de la playa; algunos, perdidos en los bancos de los paseos,
hablando solos con su sombra; éstos, gritando y accionando violentos a las
puertas de las tabernas, piropeando a las mujeres, haciéndoles imposible el
paseo de la noche; y, por los barrios bajos, también a muchos arrumbadores,
obreros de las bodegas, cayéndose en zigzag de una acera a otra, entre el
griterío apedreador de la chiquillería incivil, brotada de los zaguanes y los
patios profundos.
¡Violentos atardeceres alcohólicos, revueltos entre el perfume de la
albahaca, del jazmín de la noche y la acidez descompuesta de los vómitos! Los
borrachos llegaban hasta el mar, de ordenadas luciérnagas, lejos, en la raya de
Cádiz, apoyando las frentes llameantes de espíritus azules contra esa arena que
el festón huidizo de la ola abandona ya fría. Y para los que en la soledad de
una plaza o un camino nocturno el vino se les subía al corazón, mareándoselo de
sentimiento, un canto hecho jirones se les volcaba fuera, angustiando de puros
ayes los ecos despavoridos.
Mi tío Guillermo está solo, sentado en el escalón de cualquier puerta ya
cerrada. En su primera juventud ha querido ser cura. Desde entonces, así le
decíamos grandes y chicos de la familia, amigos y enemigos: Guillermo el cura.
Volvió de no sé qué seminario de Cádiz o Sevilla. Y ahora se emborracha,
solitario, y llora nadie sabe qué roto amor con una prima hermana. A veces,
cuando va por casa, Paca Moy le canta entre dientes y con mala intención:
Estudiante de día,
galán de noche,
malas pintas te veo
de sacerdote.
Tío Guillermo el cura no trabaja en nada. Ha conseguido un gran prestigio
de vago, de hombre descolocado en la vida. Cada día suele comer en casa de
algún pariente. Por la nuestra viene mucho. Le queremos. Le mareamos con la
tonsura.
—¡Anda, Guillermo, enséñanos la coronilla!
Él se sonríe, bonachón, y nos muestra, agachándola, la sonrosada cabeza,
completamente calva.
Sabemos que los jesuitas le aconsejan la vuelta al buen camino,
sermoneándole. Se resistió por mucho tiempo. Estaba enamorado. Pero, de pronto,
un día, desapareció misteriosamente. Al cabo de año y medio, supimos que tío
Guillermo acababa de cantar su primera misa en Málaga. Volvió al Puerto, y
todos nos quisimos confesar con él. Sólo una hermana de mi madre, tía Pepa,
graciosa y divertida, lo consiguió.
En pocos meses aquella cara fresca y comilona, aquella naturaleza redonda,
ahíta, dio, según el decir apiadado de Paca Moy, «un gran bajón». El color
sonrosado de las mejillas, e incluso el de la calva, fue secándose de tal
modo, que llegó a parecer la vieja pasta amarillenta de un misal. Se le empezó
a tomar en serio, a respetarle. Ya repetíamos todos:
—Tío Guillermo tiene cara de santo.
El obispo de Málaga, antiguo condiscípulo suyo de seminario, lo hizo su
familiar, llevándolo al palacio de la diócesis. Entre viejas beatas y
jovencitas de la buena sociedad malagueña, adquirió fama de confesor. Ser
absuelta por tío Guillermo se puso de moda. Pero seguía teniendo cada vez mayor
cara de santo. Hasta que un día, después de larga y resignada enfermedad,
entregó su alma a Dios, dejando aquí en la tierra un agradable perfume a uva
moscatel, a misteriosa solera evaporada.
Mi tío Ignacio también andaba en medio de una alta marea de alcohol. Mas no
eran de vino las olas que le acometían y empujaban hacia el espacio, sino de
coñac. Era juez de primera instancia. Vivía siempre sentado, tanto a la mesa de
su casa como a la de la justicia, ante un gran vaso de Martel, donde mojaba,
extraviado, a modo de escobilla, los cigarros habanos. Cuando caminaba, lo
hacía llevándose en las mangas y rodilleras de los pantalones salomónicos
toda la cal de las paredes. Le recuerdo rodeado de sus hijos, dirigiendo el
rosario del atardecer, vertiginosamente y —otra tradición familiar, de la que
tío Vicente era aún mejor representante— tirándose pedos al unísono de las
letanías:
—Sancta Maria. (¡Pun, pun!) Sancta Dei Genitrix. (¡Pun, pun, pun!) Sancta
Virgo Virginum. (¡Pun, pun, pun!)
Hombre genial y simpático, al que nunca más volví a ver en mi vida.
En ausencia de mi padre, tíos y tías, como ya dije, aconsejaban a mi madre
sobre la educación que había de darnos, dictándole normas para nuestra
conducta. Yo, quizás por ser el más pequeño, fui su preferido. Sé, por ejemplo,
que tía Tití me acusaba a mamá con frecuencia:
—Ese niño es muy listo, pero casi siempre llega tarde a misa.
Era verdad que esta angélica y pobre hermana de mi padre podía medir con
precisión mi puntualidad, ya que todos los días, desde el rayar del alba, se
la encontraba hecha un rebujo y sola en el fondo de San Francisco, que era la
iglesia del colegio, donde los externos oíamos la obligada y diaria misa de
siete.
Las rabonas se hacían muy peligrosas, dada la manía de mis tíos de pasear
por los sitios más raros. La Arboleda Perdida, así como el camino de
Mazzantini, fueron excluidos de nuestras visitas. Al atardecer, mis tías Josefa
y María Luisa habían considerado esos lugares propicios para sus románticos
rosarios en voz alta, entre los retamares y vallados de chumbo.
No era menos comprometida la carretera de Jerez. Por ella iban y venían a
todas horas cuantos tíos rodaban dedicados a los negocios vinícolas. El camino
de Puerto Real, hacia el puente de San Pedro, entre salinas y pinares, también
se hizo poco recomendable como paisaje durante la hora del latín. Lo recorrían
en un precioso coche de dos caballos, conducidos por mi propio tío Jesús, los
primos más chicos.
En primavera, aquel paseo de la playa, junto a la fábrica de gas, bordeado
de eucaliptos, se volvía tan comprometedor como los otros. Tío José Luis y tía
Milagros, elegantes, callados, melancólicos, contemplaban desde un mi-lord,
tirado a paso lento por caballos ingleses, la caída del sol sobre los domos
áureos de la catedral de Cádiz. Por eso las únicas rabonas ideales eran las de
la mañana, en el lomo ondulado de los médanos.
Aunque aquellos celosos consejeros de mi madre me denunciaron a ella
muchas veces, sufriendo los castigos más duros, no descuidaban menos a mis
otros hermanos.
Por el ojo fresco de una cerradura, presencié cómo un día fueron
apareciendo uno a uno y sentándose, silenciosos, en el comedor bajo que caía
al jardín. Algo grave pasaba para que mamá solicitase en la casa la presencia
de los ferósticos tíos. Todos, alrededor de la mesa que ella presidía,
escucharon, muy serios, las terribles razones de aquel urgente consejo de
familia. Yo, contenido el aliento y apretado a la mano minúscula de Pipi, que
por su pequeñez no podía llegar al ojo de la llave ni comprender nada,
acongojado de una inexpresable mezcla de ternura y miedo por mi madre, le
enfocaba temblando la pupila, convencido de que iba a deshacerse en llanto, en
gritos o a doblarse exánime sobre la mesa. Tan descompuesta y pálida la veía.
—He tenido carta de Cádiz, de tío Julio —descubrió al fin. Y desdoblando,
trémula, un plieguecillo de papel, leyó con voz casi mojada: —«Tu hijo
Vicentito, que es muy bueno y estudia mucho, de un tiempo a esta parte no anda
por buen camino. Las malas compañías harán de él un perdido. Figúrate que, la
otra noche, alguien que tiene la debida autorización para ir a esos sitios lo
ha sorprendido en el teatro, con toda su cuadrilla de amigotes, ¡viendo nada
menos que La corte de Faraón!»
La pobre mamá, que iba a seguir leyendo, se calló, interrumpida por el
murmullo sordo que aquel extraño tribunal dejó emitir, aclarándolo al punto en
estas aspavientosas y poco variadas exclamaciones:
—¡La corte de Faraón!
—¡Cristiano!
—¡Vaya indecencia!
—¡Cristiano!
—¡Vicentito en La corte de Faraón!
—¡Cristiano!
—¡La corte de Faraón!
—¡Vaya, vaya, vaya, vaya!
Y, redactada entre todos, pusieron a la firma de mi desventurada madre una
espantosa carta, dirigida al tío Julio, en la que recordaban a Vicentito las
penas del infierno, amenazándolo con no sé qué continuas y barrenantes torturas
para toda la eternidad.
(¡Tíos, tíos, tiíllos! Todavía os quiero y os admiro y me divierto hablando
tiernamente de vosotros. ¿Qué más pedís de mí? Ved. Son las cinco de la
madrugada. Los aviones alemanes han bombardeado los puentes sobre las cerradas
bahías de Escocia, buscando a la marina británica. Y yo, mientras, acordándome
de vosotros y reviviendo vuestras mantas y devotas locuras desde esta radio de
Taris, adonde gano sesenta francos con un descuento de doce —el impuesto de guerra—, por desojarme toda la noche y descansar
tan sólo unas horas al día.)
...Pero quien más autoridad ejercía sobre mi madre y nosotros era su
hermano Jesús.
Tío Jesús tenía por aquella época catorce o quince hijos. (Luego, creo que
llegó a los diecisiete.) El mayor de todos, José Ignacio, estudiaba conmigo,
pero interno, en el colegio de San Luis Gonzaga. Tío Jesús era uno de los
mejores herederos del espíritu familiar. En él podían descubrirse claramente
los caprichos y obstinadas rarezas religiosas del viejo tío Vicente, mezclados
con la gracia o el genio de los otros tíos-abuelos. Mas yo, aunque en esta fría
noche parisina de lluvia lo recuerde con simpatía, nunca pude mirarle con la
misma confianza que a los demás, tan tíos míos como él. En aquellos años de
colegio, su figura era para mí la imagen del terror, del respeto obligado y el
forzoso agradecimiento. Se había convertido a la vez en socorro y paño de
lágrimas de mi madre. Los malos meses en que papá no podía mandar nada a su
casa, tío Jesús «nos sacaba adelante», ayudando a mamá no sólo con dinero,
sino con ropa, trajes para arreglar, ya gastados por él o por sus hijos.
Esto a mí, aunque nunca pude expresármelo, me deprimía vagamente,
produciéndome en ocasiones tal dolor, que subía a llorarlo solo, de azotea en
azotea y tejado en tejado.
Todo el indefinible sentimiento de bienestar que sentía, por ejemplo, junto
al viejo tío Vicente, se tornaba reserva y falta de espontaneidad ante aquel
hermano de mi madre.
También una mezcla de envidia y de tristeza me producía el trato con sus
hijos. Aunque las mejores vacaciones de mi infancia las pasé con ellos, nunca
pude sufrir sin pena, que a veces era odio, aquellos lujosos coches tirados
por la Morita y el Alazano, aquellas hondas bodegas y fincas de recreo, que
sólo podía disfrutar como invitado. Siempre recordaré que, a poco de ingresar
en el colegio de los jesuitas como externo, mi primo José Ignacio, al cruzármelo
en la fila de los internos que subía a la misa de siete, casi volvió la cabeza
para no saludarme o, si me saludó, lo hizo tan fríamente, que me amargó la luz
de muchos días futuros. Y, sin embargo, jamás le dije nada. Sólo ahora, y al
cabo de casi treinta años, me atrevo a confesar estas tristes y mínimas
tragedias trascendentales, quizás ridículas de comentar en el día de hoy.
José Ignacio fue siempre arisco y raro. Ya adolescente, jineteaba solo por
la playa o el camino de Puerto Real, aligerando el paso, como temeroso, en
cuanto vislumbraba a alguien, incluso de su familia. Ahora me acuerdo que en su
casa le decían «el Raro».
Su hermanillo Agustín era mejor. Lleno de gracia y de viveza, poseyendo,
además, un admirable don: el de tirarse cuantos pedos se le ordenara.
—Agustinillo —mandábanle, a veces hasta delante de las visitas—: tírate dos
pedos largos.
Agustinillo, con los ojos como dos globos, alzaba la pata y cumplía la
orden.
—Ahora, cinco; pero tres largos, uno corto, y el último, largo, largo,
hasta que se te diga.
Agustinillo preguntaba con expresión de caballo, desencajando la
mandíbula:
—¿Queréis que los tire a cuatro patas, como la Morita? Agustinillo, de más
chico, había querido ser caballo. Pasaba las mañanas enteras en la cuadra de
su casa estudiando los gestos y posturas de la Morita y el Alazano. Cuando
salíamos de paseo, siempre se adelantaba, trotando o moviendo rítmicamente la
cabeza como jaquita presumida. Si descubría un charco o una alberca, se doblaba
al instante y, desmesurando el cuello y el hocico, sorbía, ruidoso, hasta que
alguno de sus hermanos se le acercaba, dándole un cariñoso puntapié en las
empinadas posaderas. Poco más allá, revolcándose, patas al cielo, entre la
grama, prolongaba relinchos tan perfectos, que los caballos que pastaban
trabados por la campiña le respondían al punto, desconsoladamente.
Siempre fue divertido, mal estudiante y buen muchacho. Cuando lo vi por
última vez, hará ya de esto unos diez años, todavía en sus grandes ojos
salientes y en sus pómulos rectos guardaba un extraño recuerdo del Alazano y
la Morita, sus dos modelos hípicos de aquella época feliz en que tuvo como
ideal perderse a galope tendido, largo de crines y de orejas, por la vega del
Guadalete.
¿Quién no ha deseado ser cuadrúpedo o ave alguna vez? Una tía mía, no
recuerdo ahora cuál, soñaba con volverse pajarito, un pajarito solamente, para
entrarse, aleteando, por no sé qué ventana. Este deseo no era más que un retazo
de copla perdido en su cabeza. Con la soltería, y los años, se fue volviendo
loca. Aseguraba que su habitación era una jaula y que, como ella se había
vuelto un pajarito prisionero, no podía salir, porque, además, estaba alicortada.
Al fin, pálida de oscuridad y sin aire, murió en un pueblo de la provincia de
Sevilla.
Andrés «el Beato», uno de los pobres protegidos de mi familia y, sobre
todo, gran admirador y amigo de mi madre, afirmaba ser una pulga y haber
luchado, en la plaza de toros, contra Palomo el farmacéutico, perdiendo éste la
pelea, a pesar de arremeterle convertido en elefante blanco.
Mi tío Javier quería ser avutarda o gallineta, para morir de un tiro
disparado desde una barca de laguna. Apenas si consiguió deletrear y escribir
su nombre. Para que hiciera algo, su familia le puso al frente de una tienda de
artículos deportivos, que llamaron, con ostentosas letras blancas sobre fondo
rojo, «Sport Portuense». Un día que mi hermano Agustín pasaba por la puerta de
su negocio, tío Javier lo llamó de un silbido.
—Mira, Agustín, hombre —le suplicó con aire de persona apenada ante un
insoluble conflicto—: tú que sabes inglés, escríbeme en la etiqueta de este
frasco lo que voy a dictarte: Pól-vo-ra in-gle-sa.
Probando una escopeta, se cogió un párpado con el percutor, estando a
punto de perder el ojo. En vez de edificio decía orificio, y
siempre que intentaba descifrar la palabra navío, le salía,
indefectiblemente, novio. En un cuaderno, registraba la cuenta de los
huevos lanzados cada día por las gallinas de una azotea alta de su casa. Como
creía sinceramente que los ceros a la derecha representaban el mismo valor que
a la izquierda, sucedió que una noche bajó, entre feliz y estupefacto,
pregonando un total de 10.000 huevos soltados por sus generosas gallinas en una
sola jornada.
Un tío político de mi madre, don Manuel Docavo, siempre que regresaba de
la Prioral, después de las vísperas, se metía, vertiginoso, en la cama,
quitándose sólo los calcetines, con los que a modo de guantes se calzaba las
manos para continuar su lectura devota. Nunca se supo si esta medida era
contra el frío, contra los mosquitos, o una extraña manía. Terminadas sus
oraciones, saltaba de la cama y, corriendo hacia la cocina, siempre en
momentos de encontrarse ésta sola, procuraba, armado previamente con un
tenedor, clavar de un solo envite el tocino del puchero, que aparecía y
desaparecía entre el bulloneo del caldo para la cena. Inmediatamente, era un
disparatado rayo en busca de un bodegón de las afueras, donde, bebiendo y
chismeando con otros tíos míos, pasaba los vinícolas atardeceres hasta la hora
de volver a su casa.
(¡Sagrada fauna familiar y adorable! Tengo nostalgia de vosotros, poéticos
tíos de mi vida. Quiero citaros aquí, en Varis, en esta lluviosa noche de
guerra tan distinta de aquellas del corazón de España, solitario en este
inmenso edificio de la avenida de Segur, lugar de mi diario y cansado trabajo
nocturno.
Pasad. Pasad. Sentaos. Hace un poco de frío. Traéis chorreando los
zapatos. Y, aunque venís quemados por los soles de Cádiz, vuestros paraguas
sueltan una triste meada parisiense que va a anegarme el parquet nuevo de esta
oficina de la Radio, desde donde traduzco cada noche los insulsos y compuestos
partes de guerra del Alto Mando francés.
¿Qué me contáis de España? ¿Qué de sus montes y sus mares? ¿Qué de sus
olivos y naranjos? ¿De su cielo, de sus toros salvajes, nostálgicos de muerte
por las marismas y dehesas?
Sangre. Sangre. Sangre.
Yo no os ataco ni os tengo mala fe, tíos lejanos, porque recuerde vuestras
admirables virtudes, ignorancias, gracias y manías. Este pobre sobrino os ha
salido rana. «¡Cuando decíamos nosotros que sacaría los pies del plato!» Ese
silencio con que me envolvéis, lo sé cargado de reproches, de cristiana
condena. Pero a mí no me importa, tíos. Fuisteis locos y generosos, como el
vino de vuestros toneles. ¿Qué es del vino de España? ¿De los viñedos jerezanos
y las uvas valdepeñeras? ¿Qué de las tierras convertidas en campos de batalla?
¿De los verdaderos amigos, los verdaderos hermanos?
Sangre. Sangre. Sangre.
¡Tíos, tíos, tiíllos! Marchad. Marchaos. Este clima francés de reumatismo
os va a parar los huesos. Allá, adonde yo quisiera ir por los aires, no puedo.
Rueda por tierra mi cabeza, rebotando tres veces. De los ojos se me escapan
relámpagos, cerrándose al final contra los de mis muertos. Bien. Ahora ya
estamos bien. Muy buenas noches, tíos.)
Me están llamando en este instante las esquinas, empapeladas de anuncios
azulados de la Compañía Trasatlántica: el Balvanera, el Patricio
Satrústegui, el Infanta Isabel.
En el Balvanera, y para nunca más dormirse rezando al pie del
jazminero de su jardín, se fue mi abuela a Buenos Aires, con tres de sus hijos:
Pepe, Agustín y Miguel.
Me veo ahora encaramado en una reja, temeroso de ser sorprendido por
alguien, despegando de un golpe aquel barco pintado en el que siempre,
pequeñita y asomando una larga mirada triste por un ojo de buey, imaginaba a la
abuela Josefa alejándose de ola en ola, camino de América.
Empecé a dibujar el trasatlántico, a copiarlo en la misma medida que el
anuncio. El Balvanera marca una época de mi vida. Cada día me gustaban
menos los libros, estudiar. En clase, y durante varias semanas, me pasé
llenándoles los márgenes blancos de pequeños Balvaneras, seguidos melancólicamente
por una abierta V de gaviotas. Las rabonas aumentaron. Mientras que en casa, después de la
fingida vuelta del colegio, me dedicaba a copiar exactamente el anuncio del
barco, en la playa y por la orilla del Guadalete iba llenando las hojas de un
cuaderno con acuarelas y dibujos de paisajes marítimos, levantando generalmente
al fondo de ellos la relumbrante sal de las salinas, petrificada en pirámides,
los castillos de Santa Catalina y de la Pólvora, sin faltar nunca Cádiz,
diluido entre mástiles y brumas de chimeneas.
El Balvanera, después de muchas tardes de trabajo, me resultó
perfecto. Con letras grandes y bien hechas, rasgueadas de orgullo, puse mi
firma en uno de los picos del papel En seguida, corrí a mostrárselo, primero a
María, la cocinera, y, luego, a tía Lola, la de Granada.
María, la cocinera de casa, era una vieja cegatona de Algeciras, que creía
en las brujas y me admiraba mucho; tía Lola, la de Granada, una hermana de mi
abuela, jardinera y pintora en sus ratos de ocio. El parecer de ambas lo consideraba
yo entonces el único respetable.
María, curvándose una mano sobre los ojos, a modo de visera, emitió,
concisa, ante mi dibujo:
—Muy propio.
Y tía Lola, después de examinarlo
atenta: —Está bien, Cuco.
(Toda la familia me llamó siempre Cuco, nombre de pájaro y de
banderillero. Se me había olvidado decirlo.)
Tía Lola, que desde su juventud padecía del corazón, viviendo casi siempre
sentada junto a un cierro bajo que daba a la calle, hizo luego venir a su hija
Gloria.
—Le voy a dar a Cuco mis colores. Busca la caja, que está metida en el
cajón de en medio de la cómoda.
Aquella tarde aprendí que había un color que se llamaba siena tostado, y
otros: verde veronés, blanco de España, cadmio, tierra de Sevilla...
—Ahora te quiero dar algo mío para que lo copies. Pero tiene que ser aquí,
en casa, porque podría romperse.
Y Gloria, por indicación de su
madre, puso ante mí una gran paleta de pintor, redonda, llena de paisajes y
figuras.
—Éstas son cosas de Granada —dijo, ufana, tía Lola, explicándome—. Los de
aquí abajo, los Reyes Católicos, don Fernando y doña Isabel. Los de este lado,
Boabdil y Aixa, su madre, que le reprocha: «Llora como mujer lo que no has
sabido defender como hombre». En el centro, un trozo de la Rendición de
Granada, copiado del famoso cuadro de Pradilla. Arriba, un carmen de las
orillas del Darro... Quiero que empieces por lo más fácil: el carmen. Es un retrato que hice del que
vivíamos. Vas a copiarlo en una tablilla que también voy a darte. Como hace
tiempo que no pinto, se me ha acabado el aguarrás... Puedes comprarlo en la
farmacia, o en la ferretería de la esquina... Vale sólo unas perras...
¡Aguarrás! ¡Aguarrás! ¡Qué agua tan extraña! Nunca la había oído.
A la mañana siguiente, salí temprano en su busca, pensando mucho en el ras
misterioso que colgaba del agua aquella, recomendada por mi tía. Y bajo su
mirada, tan exigente como buena, pinté en pocas horas el carmen de las orillas
del Darro, asombrado de los poderes mágicos del aguarrás para limpiar los
pinceles y extender, suavemente, el óleo por la tabla.
Fue también en casa de tía Lola donde descubrí el semanario madrileño La
Esfera, con sus láminas en colores, reproduciendo siempre algún cuadro
célebre del Museo del Prado.
De todos los pintores españoles, el que más me sonaba desde chico era
Murillo, verdaderamente popular, sobre todo en Andalucía. De verlas en
estampas, me eran familiares sus Concepciones, los Sanjuanitos... y creo que
nada más. En cambio, Velázquez... Sólo para mí representaba entonces un nombre,
pero mucho menos repetido que el del otro pintor sevillano.
Ya tía Lola, mientras yo copiaba el carmen de Granada, había profetizado,
convencida:
—Este niño será un Murillo.
Profecía que otras voces de mi familia también repitieron, aunque sin el
menor entusiasmo:
—Será un Murillo.
Pero nunca a nadie se le ocurrió pensar que podría ser un Velázquez. Yo
creo que ni incluso sabían bien quién era.
¡Murillo!
—Si no te suspenden en los exámenes de junio, te llevaremos a Cádiz para que veas
sus cuadros.
Y por tía Lola supe una tarde que el suave y tierno Bartolomé Esteban se
había matado allí, cayéndose de un andamio, cuando pintaba los frescos de una
iglesia.
Quizás porque Velázquez me fuera menos familiar e ignorara totalmente sus
obras, me llenaron de asombro al ver algunas suyas en La Esfera. No
puedo olvidar la extrañeza, mezclada de alegría, que me produjo el retrato
ecuestre del príncipe Baltasar Carlos. Aquel inmenso e imposible caballote,
con aquel lujoso niño de oro encaramado en sus ancas, me abrió una ventana a un
no sé dónde verdaderamente inexplicable.
—¿Me prestarías La Esfera, tía Lola?
—Pero, niño, eso es muy difícil. Ni yo siquiera me atrevería a copiarlo.
Y en un lavadero alto, abandonado,
de mi casa, comencé al amanecer del día siguiente la copia de aquel principillo
velazqueño a caballo.
Corregí, retoqué, esperé a que secara la pintura para volver a retocar y,
al cabo de poco más de una semana, cuando ya estuvo concluido y seco, lo
abrillanté con un oloroso barniz trasparente, comprado en la droguería de la
esquina.
Como un rayo, bajé, sin aliento, en busca de la vieja cocinera.
—¡Mira, María, mira!
María, cegatísima, se enviseró la mano sobre los ojos para concentrar toda
su pobre y trabajada vista en aquello que tan violentamente le metía por las
narices.
—Muy bien, niño. Muy bien —comentó después de un leve silencio, que yo
consideré angustiosamente interminable.
—¿Qué es? —le inquirí, seráfico, convencido de que me daría pelos y señales
del cuadro.
María se ensimismó, y entoldándose nuevamente la vista con la mano, dejó
caer, tranquila, al fin de otro silencio todavía más angustioso:
—¿Qué quieres tú que sea, niño? Una inglesita en una jaquita montañesa.
Textualmente le respondí, enfurecido, volviéndole la espalda:
—Vete a la mierda.
Y corrí, jadeando, a casa de tía Lola, donde obtuve un éxito
resonante, jurándome desde aquel momento no consultar más a la vieja María
sobre materias pictóricas.
La guerra europea, como dije, había estallado ya y Alemania lanzado su
ultimátum a Francia. A poco de comenzada la contienda, La Esfera empezó
a publicar en cada número, y a dos páginas, unos horrendos dibujos bélicos
firmados por un tal Matania. En ellos se veían los ataques más contorsionados
de los alemanes contra las alambradas francesas; explosiones volando cuerpos
descabezados, revueltos de cascos, fusiles hechos astillas, correajes; caballos
encabritados arrastrando cañones; carros de asalto aplastando cadáveres; truculencias
que me removieron e invitaron a copiar aquellas espantosas estampas.
A tía Lola le repugnaban, siendo contraria a que yo me pasase las horas
muertas tiznando pliegos y pliegos con tan espeluznantes carnicerías, que
terminaron por despertarme el estúpido deseo de jugar a la guerra.
Como enemigo fácil, escogí a mi hermana Josefa, Pipi, que así la
llamábamos. En un patio interior de casa, dibujé con carbón los mapas de
Francia y Alemania, separados arbitrariamente por el canal de la Mancha. Empecé
a comprar soldados de papel, que por las noches pegaba en un cartón y
recortaba, llegando de este modo a reclutar un respetable ejército de más de
mil infantes, que dividí, haciendo trampa, con mi hermana. Yo era Alemania: el
Kaiser; y ella, Francia: M. Poincaré. Cápsulas de plomo, pisoteadas,
correspondientes a las paternas botellas de vino, eran las balas, casi
verdaderas, que nos lanzábamos en los combates. La escuadra se componía de
latas, rellenas de estopa, que reducíamos a pavesas, cañoneándolas, cuando las
grandes batallas marítimas, con fósforos ardiendo y triquitraques.
La pasión por aquel estúpido juego nos llevó, a veces, a reñir de verdad,
dándonos de bofetadas y suspendiendo las hostilidades durante los días que
duraba el enfado.
A papá, que siempre seguía viajando por el norte, le suplicábamos urgentes
refuerzos para poder continuar la guerra. Nuestros ejércitos crecían, reuniendo
entre ambos, a principios de 1917, unos cinco mil hombres. Tan famosa se hizo
entre los primos y toda la familia aquella guerra nuestra bajo la montera
soleada del patio, que nunca pasó día sin que viniera alguien a presenciar la
reproducción de algún combate leído la noche anterior en los diarios.
¡Detestable juego, cuyo recuerdo se me fue transformando con los años, hasta
llegar a sentirlo hoy como una negra mancha de sangre verdadera, charco triste
en mitad de mi clara niñez andaluza! Siempre me viene remordiendo, barrenando,
pidiéndome un descargo de conciencia, del que es ejemplo, con otros, este
poema, hallado hoy casualmente entre los pocos viejos originales salvados, con
mi cabeza, de la guerra española:
¡Qué sabíamos nosotros,
hijos con una infancia de azoteas,
de jardines ociosos y largas vacaciones por el río!
Las revistas llegaban por la noche,
ilustradas de muertos,
de trincheras voladas
y barcos que al hundirse se volvían
altas trombas de sangre.
¡Qué sabíamos!
Ayer diez aviones se hundieron en el mar
y un submarino herido invadió aguas neutrales.
Mira.
A la luz de la lámpara,
tranquilos y lejanos,
era la guerra un juego que abría en la almohada heroicos sueños
turbios.
(Nuevo e impuesto alio, forzado, en esta arboleda perdida, cada vez más
perdida, más lejana y más próxima de mi infancia andaluza.
Según me comunica, reservada y condolidamente, M, Fraisse, joven director
de Paris-Alondiale, es el propio mariscal Pétain, recién llegado de hacer cola,
como un simple sargento, ante la puerta del generalísimo Franco, quien plantea
al gobierno de la «France éternelle» nuestra salida fulminante de la Radio, ya
que es urgente contentar de algún modo a la España Una del Caudillo. ¿Cómo
podía tolerarse que dos temibles rojos, dos peligrosos escritores recibidos un
día por Stalin en las salas del Kremlin, dos enemigos —¿quién se atreve a dudarlo?— de Francia, esa que acababa de
celebrar el 150 aniversario de la Revolución, se desojaran a razón de cuarenta
y ocho francos por noche, lanzando al mundo a través de las espirituales ondas
galas los «heroicos» partes de guerra, fraguados en las astas vencidas del
Alto Mando francés?
—Votre
travail comme speaker, mes chers amis, était excellent..., mais... c'est le
maréchal... Vous comprenez...?
—Oui, M.
Fraisse —le respondemos, agradecidos—. Nous sommes fiers d'étre
mis a la porte de la France de votre noble maréchal...
Y en una apagada noche parisina, temblorosa de aquel inmortal pánico,
característico de la burguesa Francia durante los años 36, 37, 38, 39, 40...,
por la Gare de Lyon salimos hacia Marsella, donde antes de partir hicimos los
honores a las últimas langostas y bullabesas libres de aquel país que
abandonábamos todavía con un nombre de luz, eterno, pocos meses después
trastrocado triste y simbólicamente por el de un agua digestiva, embotellada:
Vichy.
«Je quitte l'Europe...», como Rimbaud, pero no para vender caballos y
recorrer febriles desiertos. Abandono Europa, mi Europa, para cumplir con mi
destino de español errante, de emigrado romero de la esperanza por tierras de
América.
Milagrosamente, y por tercera vez en cuatro años, salvo la vida. El Mendoza, en su última travesía a Buenos Aires, me libra de las manos del
«noble» maréchal, entregador a Franco de tantos buenos y confiados españoles.
En el Mendoza,
todo suena
a español
raído, de Oran.
Azul, se retira Ibiza.
Allí fui prisionero
en un bosque de pinos.
Mi vida era una choza
de parasol y vientos marinos.
1936.
Hay áureas del Cuartel de la Montaña
en este viejo barco.
Involuntario, marcha a la Legión
oro puro de España.
Así empezaba mi «Diario de a bordo» en aquel triste barco. Y es que de las
bodegas, del hondón de su panza sucia, hedionda, subieron bajo los feces rojos
de algunos tiradores argelinos, entre raras palabras castellanas, desvirtuados
cantos del Levante español.
Nos respondió en nuestra lengua, y no sin cierto orgullo, uno de aquellos
soldados:
—La mayoría de los quinientos hombres que aquí vamos somos oraneses,
hijos de alicantinos. Venimos de la línea Maginot, con un mes de licencia.
Desde cubierta presenciamos su desembarque y algo muy doloroso, sobre todo
para nosotros, emigrados con suerte, que íbamos hacia América. Frente al puerto
de Oran, en una ancha azotea atardecida, formaron y pasaron revista a los
voluntarios para la Legión Extranjera: casi todos, oro puro y desgraciado de
España: estudiantes, profesores, obreros, campesinos, héroes de nuestra
gloriosísima guerra, que preferían al lento perecer en los campos franceses de
concentración, la dura vida aventurada, la muerte combatiendo por
desesperanza, la huida tal vez...
Con lágrimas que me subieron de los huesos, mal vestidos y graves, los vi
perderse en fila e internarse, seguramente para no salir más, por el ardido
corazón de África.
Despegó el barco... Noche frente a las costas de Almería, Granada, Málaga;
horas de espantable y oscura presencia de la tierra nativa.
Angustiado todavía del terror del insomnio, me asomé antes del alba por el
ojo de buey de mi camarote. Gibraltar. El Peñón: la negra usurpada cola del
pobre toro hispano, amaneciendo, hundida entre brumosas aguas sanguinolentas. Y
bajo arcos plateados de delfines, playas arriba de Tarifa, tuve una alegre
visión de huertas junto a patios escolares, de dunas doradas, de imagen mía,
libre, a orillas del mar...
Después, Casablanca... Las Canarias, presentidas, inalcanzables...
Dakar... Un viaje largo, largo, temeroso, en el que por primera vez sentía a
Europa perdérseme en la sangre.
Y al fin, América, Buenos Aires, la Argentina, de tránsito para Chile.
¿Para Chile? No, porque me quedo en Buenos Aires, donde buenas manos amigas me
tienden redes de esperanza y donde ya habito —fruto
difícil de mi trabajo— un pequeño departamento no lejos del río, en el
que trato de ordenar un poco mis dolores de España y, con ellos, estos rotos
recuerdos de mi primera arboleda perdida.)
Dolores, María, Gloria: tres blancas andaluzas hermosísimas, tres
granadinas raras, misteriosas mujeres solas, solteras.
—A Dolorcitas —me susurró, confidencial, tía Lola, viéndola trajinar, toda
de vidrios de colores a través de la cancela del jardín— le decían en Granada
«la Hurí de la Alhambra».
No me atreví yo entonces a preguntar a mi tía por el significado de aquel
nombre —hurí—; pero ya siempre imaginé a su callada y nívea Dolorcitas
paseando una larga bata alba coloreada entre los arrayanes y aguas del
Generalife, abierta en alto una verde sombrilla, defensa juguetona contra los
pájaros y mariposas que la seguían, abrazándola.
Las tres hermanas fueron célebres, murmullos y ansias de apasionados
rondadores por las orillas del Darro.
Dolores tuvo un pretendiente, un marqués, que le espantó su hermana María;
María tuvo un novio, que le ahuyentó al fin su hermana Gloria; y Gloria varios
galanes, que María y Dolores al unísono no permitieron nunca que pasaran de las
adelfas del patio.
Para no ser vistas ni admiradas, las tres hermanas, cada una por calles
diferentes, dábanse prisa hacia la misa primera, que oían separadas en iglesias
distintas. Luego, el resto del día era para las tres un morirse, poltronas, en
otro cierro bajo de la casa, compañero del que en la misma alcoba distraía a
la madre, cardíaca, de su respiración anhelante. Las tres, en invierno, seguían
muñéndose lo mismo, quemando su belleza alrededor de un brasero, consolándose
sólo con el aburrido pasar de la calle, velado a través de los finos visillos
de batista. Hablaban poco, mas cuando lo hacían era para aludir a cosas vagas
de su vida en Granada, entrecortados recuerdos que no redondeaban nunca, pero
que las tres resolvían con un suspiro o una débil sonrisa. Con Tomás y con
Luis, los dos hermanos sostenedores de aquellas desventuradas hermosuras,
tampoco se mostraban muy explícitas. El otro hermano era Pepe Ignacio, el ateo,
el republicano, la mancha de la casa, que andaba desde joven por Madrid, mal
casado con una buena mujer, poca cosa para el resto de la familia, tocada a
veces de aires aristocráticos. Esta mala cabeza salía algo a su padre, tío
Tomás, viejo y guapo garibaldino, que ostentaba orgulloso su mano derecha,
privada de tres dedos arrancados de un tiro en el asalto de los jardines del
Papa.
Antes que a tío Tomás conocí al temible bala perdida de su hijo. Una
atmósfera semejante a la que el diablo debe producir cuando va a aparecerse,
invadió a la familia al anuncio de su llegada al Puerto. Tía Lola, desde aquel
rincón tamizado y doliente de la alcoba, aconsejó a sus tres esplendentes
vírgenes solitarias el deber de avisar en seguida al confesor. Y desde aquella
tarde ya coleó como estrambote de los rosarios una lenta cadena de
padrenuestros y avemarías especiales por «las almas descarriadas».
Otras tías, con las primas mayores, se presentaron de visita, condolidas y
misteriosas como en un pésame, quedándose allí las horas muertas lamentando,
entre chocolate y bizcochos, «el extravío de un muchacho tan bueno». Hasta el
tío Vicente, taciturno y de pésimo humor, llegó también murmurando entre copa y
copa de jerez contra las maquinaciones masónicas que así le arrebataban al
sobrino.
Y el sobrino, por fin, arribó un anochecer.
—¡Ya está aquí el republicanote!
Así saludaron a Pepe Ignacio, cariñosas y serias, las tres hermanas.
Pepe Ignacio era un hombre pacífico, tierno, sentimental; muy culto, gran
traductor de obras teatrales, estrenadas con éxito allá en Madrid. En Granada
había querido ser pintor, pero las aficiones literarias fueron pudiendo más en
él, haciéndole abandonar su juvenil deseo. Quería mucho a su madre y, aunque a
veces le exasperaban, también a sus hermanas.
—No nos pondrás en evidencia dejando de ir a misa el domingo.
—Hay que evitar que nos señalen con el dedo.
—Nada de ateos en casa.
Con estas alternadas amonestaciones, madre e hijas fueron amargando los
pocos días que el pobre y descarriado Pepe Ignacio se había propuesto pasar
descansadamente junto a ellas en el Puerto. Y se volvió a Madrid, agobiado de
cirios, consejos y velas salvadoras, señalada, además, la frente de un cardenal
morado, producido por el relieve de una santa medalla que entre la badana y el
fieltro del sombrero escondiera sigilosamente, para acelerar su conversión, la
angélica demencia de Dolorcitas.
¿Qué idea sobre el liberalismo y demás doctrinas democráticas infernales
nos inculcaban los jesuitas a los pobres alumnos de sus colegios? La del
horror. Y en las casas, sobre todo en aquellas de algunos tíos míos rociados de
zumos heráldicos, la del horror y el odio entreverados de ridículas críticas a
la moda. No «vestía», no era «nada elegante» ser republicano. Los serenos, los
cocheros, los tenderos de ultramarinos, hasta quizás algún alguacil del
ayuntamiento, podían permitirse «esa ordinariez». También, naturalmente, los
borrachos. De por aquellos días conservo la imagen tambaleante de ese hombre
bebido del atardecer, que, solo y extraviado en cualquier callejuela, le
arrancaba a su sueño confuso de libertad un «¡Viva la República!».
—Rafaelito, retén en la memoria este consejo: no imites nunca a tu tío Pepe
Ignacio —fue lo que el padre Lambertini me recomendó, tierna y escuetamente,
después de haberme absuelto en la confesión del domingo y en el momento de
besarle la mano para dirigirme al comulgatorio, acto que siempre que me sabía
mirado por Milagritos Sancho representaba con excesivo recogimiento.
Aunque entonces sufría y me desesperaba, mudo, por el amor de mi tía
Gloria, era de Milagritos, una muchachilla de la calle de las Cruces, camino
del colegio, de quien estaba verdaderamente enamorado.
Milagritos Sancho, algo más chica que yo, era bastante bonita, nada
espigada y con las piernas muy gordas. A pesar de que nunca llegara a ser mi
novia, fue causa y pretexto de innumerables rabonas, malas notas semanales y de
que me expulsaran, por algún tiempo, del religioso centro de enseñanza.
Mi naciente pasión la compartía con Treviño, un alumno de quinto, demasiado
alto para andar todavía con pantalones cortos. En aquel curso —1916-1917—, se
hablaba insistentemente en mi casa del traslado a Madrid de toda la familia,
doble motivo éste para entregarme a pensar en Milagritos por playas y azoteas,
lejos del segundo año de Francés y la odiada Preceptiva Literaria.
Un caserón deshabitado de una esquina lindaba con la modesta casita de dos
pisos donde vivía Milagritos con su madre y hermanas. Sólo una vez había estado
con ella, sentido de cerca y, muerto de cortedad, rozado su mano en un jardín
oscurecido del paseo de la Victoria, frente al Penal, aquel triste Penal del
Puerto que tantos ayes ha arrancado a la garganta del cante jondo.
—¿Conoces a Milagritos? —me gritó, volviéndose de súbito, encendida de
azoramiento, una amiga de mis hermanas que la acompañaba aquella tarde.
Yo, que las venía siguiendo a distancia desde el camino de la playa, no
tuve tiempo de esconderme o de salir corriendo, por lo imprevisto y rápido de
la pregunta. Me acerqué, tembloroso, agolpada toda la sangre en la cabeza,
marchando mudo junto a ella por una larga avenida. La noche se entraba,
mientras que Milagritos, con la cercana retreta del Penal, iba fundiéndose a mi
lado, desvanecida en el aroma umbroso del paseo. Entonces, sentí cómo se
arrancaba del gabán un botón alto, ya medio desprendido, dejándolo
disimuladamente en mi mano, sin duda como prenda romántica de nuestro primer
encuentro.
Pasado más de un mes de aquella silenciosa entrevista, tiempo en el que
nuestras relaciones sólo habían consistido en adioses fugaces, miradas
temerosas entre el ir y venir del colegio, decidí con Treviño visitar al dueño
del caserón desalquilado de la esquina, inventando que mi familia necesitaba
la llave para verlo.
El muro de la azotea de Milagritos arrancaba de la más baja del caserón,
sólo de una planta. Un atardecer de ejercicios espirituales, dueños ya de su
llave inmensa, comida de moho, abrimos, como si fueran las del Paraíso, las
puertas que iban a acercarnos, por desconchados corredores, alcobas y lavaderos
de ratas, a los ojos, a la sonrisa, tal vez a la mano de ella, siempre allá
arriba, solitario angelote rosicler, un poco inflado, en espera de vernos pasar
por su calle a esa hora.
Cuando después de un insistente y miedoso siseo logramos que Milagritos nos
mirara, ruborizada y sorprendida, desde lo alto, el espanto a ser descubiertos,
a que la enfadáramos con aquella osadía, o a que su madre apareciera, todo eso,
complicado en mí con un desconocido golpear de la sangre contra las sienes, nos
martilló la lengua de tal modo, que la aventura se redujo a un arrobado y
triple silencio, roto tan sólo por un grito largo, subido de no sabíamos dónde,
ordenando a nuestro amor que bajara a cenar inmediatamente.
Con lo oscuro y el temor a aquella soledad vacía, llena de crujidos
misteriosos, intentamos, aprovechando la ausencia, que creíamos momentánea, de
Milagritos, evadirnos del caserón, pero no por la puerta de la calle, sino de
azotea en azotea. La primera de nuestro itinerario sería la suya, donde la
esperaríamos sorprendiéndola, para seguir ante su admiración recorriendo todo
la manzana, hasta ir a caer en el terrado de un compañero de colegio, que por
allí vivía, y bajar a la plaza de San Francisco.
Para poder subir al primer punto de nuestra aventura, contábamos con una
vieja escalera de mano, olvidada en uno de los lavaderos. Por ella escalaríamos
el muro, que la ilusión ya nos presentaba como paredón de castillo, hacia una
torre coronada de almenas. Yo sería el primero en ascender, mientras Treviño
sujetaría bien fuerte la escalera para que no resbalara con el musgo. Luego,
una vez dentro de la azotea, me tocaría a mí sujetarla por las puntas, para que
él también pudiera subir sin ningún peligro. Así convenido, empecé mi
ascensión, unos cuarenta travesaños, los que a medida de irse estrechando hacia
el cielo se me llenaban de temblores, hoy no sabría decir si producidos por la
inseguridad de la escalera, si por un miedo emocionado a encontrarme de
pronto con Milagritos o, lo más terrible, con su madre, abultada señorona,
architemida. Ansiosas alcanzaban ya mis manos el borde del pretil, aferrándose
fuerte para tirar del cuerpo; ya tiraban de él rebasando los ojos el final del
muro, llenándomelos, a través de palmeras y araucarios, una visión desvanecida
de la bahía, con las cúpulas gaditanas al fondo; ya intentaban saltar a la
azotea, cuando un perrito adormilado exactamente sobre el lugar donde mis pies
calculaban posarse, se me abalanzó furioso sobre la cara, avisando a toda la
vecindad sus agudos y desproporcionados ladridos. Con la sorpresa, el terror y
sin manos para defenderme, buscaban desesperadamente mis colgadas piernas la
escalera, encontrándola al fin, pero cuando ya se comentaba a gritos por todos
los terrados el escandaloso suceso.
Al día siguiente, pasando muy de mañana con Treviño ante la casa de
Milagritos, unas ásperas manos salieron súbitamente de la puerta, aferrando a
mi amigo, desapareciendo con él en un instante. Lo que luego pasó se lo
explicaba yo a ella por la tarde en una carta escrita en el colegio y que
pensaba hacérsela llegar al otro día, sirviéndome de aquella amiga suya y de
mis hermanas. Decía, más o menos, así:
«Mi inolvidable Milagritos:
Cuando Treviño y yo intentamos subir ayer tarde a tu azotea para esperarte
y estar contigo, que era lo que nuestra alma anhelaba, tu perrito se me
abalanzó, ladrando, estando a punto de matarme por su culpa. Al intentar
marcharnos, la gente del barrio se agolpó ante la puerta del caserón, gritando
entonces los chiquillos que dentro había duendes. Pero cuando alguien respondió
con rabia que no, que éramos los niños de los jesuitas, nosotros abrimos las
puertas valientemente, diciendo orgullosos que sí que lo éramos, escapando
entre los insultos y palabrotas de todos. Esta mañana, al pasar por tu puerta,
salió Toto (la criada), con el fin de atraparnos; pero yo me pude escapar,
corriendo. No así Treviño, a quien Toto metió a empujones en una sala baja de tu
casa, donde tu madre nos esperaba furiosa para reñirnos. Treviño me ha contado
que le dijo, refiriéndose a mí, que parecía mentira que un muchacho
perteneciente a una familia tan pulcra se atreviera a poner en entredicho a su
hija Milagritos, alborotando todo el barrio.»
La carta, que seguía ampliando con otros inocentes detalles nuestra
frustrada aventura, terminaba con frase de declaración, escogida de un
misterioso librito que circulaba entre los alumnos de tercero y cuarto, lleno
de las instrucciones necesarias par cada caso amoroso:
«En espera de tu alta y grata respuesta, que traerá a mi alma el reposo
ansiado, se despide de ti rendidamente tu Rafael.»
Mi familia desde hacía tiempo venía sospechando mucho de mi falta de
aplicación y asistencia al colegio de San Luis Gonzaga. Existían datos
reveladores, entre otros el de amanecer mi cama, con excesiva frecuencia,
llena de arena fina de las dunas. Ya Paca Moy, la vieja sirvienta, aunque débilmente,
por lo que me quería, lo dejaba entender a mi madre al arreglar mi cuarto:
—Este diablo de chiquillo más bien parece que estudiara en medio de un
terragal que en un colegio...
De aquel descubrimiento de mis rabonas hecho por Paca Moy era yo el único
culpable, ya que me acostaba casi vestido, a veces con cuello almidonado y
siempre puestos los calcetines.
Aquella noche, después de una humeante plática sobre los tormentos del
infierno, salí jubiloso del colegio, apretada mi carta bien planchadita en la
cartera, deseando la aurora del siguiente día para mandársela a Milagritos. Sin
cenar apenas, me acosté, durmiéndome en seguida, cruzado el sueño de azoteas
azules, que ella saltaba alegremente, perseguida por mí y los ladridos de su
perro, entre la algarabía de todo el barrio, encaramado hasta en la punta de
las veletas. Pero a ninguno de los tres nos importaba. Sin Treviño, que jamás
supe por qué rincón del sueño se había extraviado, seguíamos corriendo, a
caballo sobre los pretiles, más lejos cada vez de los que nos gritaban,
desvaneciéndonos al fin por la penumbra fresca de aquella manzana con chimeneas
de humo iluminado que se iba hacia el mar...
Cuando a las seis en punto sonó el despertador avisándome la hora de
marchar al colegio, sobre la silla en cuyo respaldo colgaba todas las noches la
chaqueta, junto a las dos onzas de chocolate para el desayuno vi —horror que me
hizo brincar hasta el centro del cuarto— la cartera que con tanto celo apretara
mi carta en el bolsillo..., mi carta... que había volado durante el sueño de
azoteas y pretiles siguiendo a Milagritos.
Como muerto y después de un largo rodeo por los muelles del río, pasé,
todavía sin sol, bajo sus balcones, camino de la misa de siete. Luego, en la
fila, por los resonantes patios solos de los recreos, hacia el estudio,
cruzados los brazos, como muerto, me los estrujaba contra el pecho, sintiéndomelo
vacío de aquella carta que había sido más que su corazón durante casi un día.
Tristísima fue la mañana ante el texto del Álgebra, cuyos ejemplos de
ecuaciones de segundo grado hubiera querido comprender, siquiera para echar un
poco de alivio, un poco de olvido sobre mi desgracia y alejar el alón negro del
castigo que ya sentía zumbarme alrededor.
Cuando más deprimido estaba, llamó el edil a clase. En ella, completamente
ausente, vuelto sólo a los números por el rayar frío de la tiza sobre el
encerado, entró de pronto un alumno de quinto, hablando aparte, misterioso, con
el padre La Torre, profesor de la asignatura.
—Rafael Alberti, al salón de visitas —fue la orden que el padre me
comunicó, seco, al punto de marcharse el alumno.
Salí, en medio de la expectación desojada de toda la clase. Era muy raro
que a un externo lo llamaran a aquel salón, reservado solamente para la familia
de los internos en su visita semanal de los domingos.
Atravesé el gran patio, todavía sombrío, puestos los ojos en un retazo de
sol que ya colgaba del reloj de la torre. Lo pasé lento, retardando los pasos,
con la intención deliberada de no llegar nunca. «¿Por qué al salón —me perdía
pensando— y no al cuarto del padre espiritual o del prefecto? ¡Mamá! ¡Mamá!
¿Será posible que ella sea la visita? ¿Mamá con la carta para acusarme?» Y
sentí un dolor fuerte como de muelas, unos tirones insufribles que me hicieron
sacar las lágrimas. Cuando al fin no me quedaba más remedio que entrar en el
locutorio, porque ya las piernas me temblaban ante su puerta, lo hice
recobrándome de súbito, con un aire tranquilo, casi alegre.
Al fondo de su inmensidad, me esperaba junto al prefecto una larga señora
enlutada, desconocida al pronto, pero que a medida de ir avanzando se me fue
convirtiendo, con gran sorpresa e indignación, en tía Tití, infeliz beatona
hermana de mi padre, que vivía en la calle de las Cruces, frente por frente de
mi pretendida.
Muy serias y frías me esperaban aquellas caras para seguir marchando
sereno. Sin embargo, creo que llegué hasta ellas bastante dominado, aunque la
inesperada presencia de mi tía, sabiéndola vecina de Milagritos, el verla allí
cuando a quien correspondía era a mi madre, me alarmaba hasta sentirme muerto.
—Rafael... —comenzó el prefecto, agrio y duro, mientras tía Tití bajaba los
ojos, estrujando nerviosa el rosario contra el libro de misa.
Hizo una pausa breve, angustiosa, en la que vi cómo una mosca le giraba por
el carey de uno de los cristales de las gafas; cómo tras el gran ventanal que
caía a la huerta pasaba el hermano hortelano, subida la sotana, empujando una
carretilla de yerba; cómo al Sagrado Corazón de Jesús que presidía la sala se
le desrizaba la barba, perdiendo su engominado aire habitual de recién salido
de la peluquería... Cuando más cosas iba a ver en aquel corto silencio mortal,
la voz del prefecto ya continuaba, tajante:
—Coge tus libros, el gabán y la gorra...
Recuerdo que lo miré atónito, con unos ojos como bocas abiertas, saltando
por gritar lo excesivo, lo injusto, lo inesperado de aquella medida.
—Sí —prosiguió, cuchillo, el reverendo padre—. Basta de escándalos y de
rabonas. ¡Un alumno del colegio de San Luis Gonzaga, un externo, y en plenos
ejercicios espirituales, dejando por los suelos a la Compañía! Así que...
Vamos... No me harás que te lo repita... El gabán, la gorra, los libros... Tu
tía habló ya conmigo... —Y al decir esto, de una manga a otra de la sotana lo
vi pasarse mi carta con fingido disimulo, para que la viera—. Te marcharás con
ella... Ya lo sabes...
Y, sin despedirse siquiera de la desconcertada mujer, fue él quien se
marchó casposo, sucio como siempre, sobre sus enzapatillados y sordos pasos de
franela.
A la salida del colegio, en medio de la plaza de San Francisco, con mi
gabán, mi gorra y mis libros, como el padre prefecto quería, rompí en gritos de
furia, zafándome del brazo de tía Tití.
—¡Tú tienes la culpa! ¡Tú, tú, que has venido a acusarme, porque vives
frente a los Sancho, y mamá te ha dado la carta! —(No me atreví a pronunciar el
nombre de Milagritos.)
Y salí corriendo por el callejón de la Sierpe, camino de la playa, mientras
mi tía gimoteaba descompuesta:
—¡Niño! ¡Cuco! Yo no quería eso. ¡Qué disgusto más grande! ¡Qué sofoco!
¡Cuando tu madre se entere de que te han echado!
Ya en las dunas, en cueros, llorando libre frente al mar, no sólo perdoné a
mi madre, sino también a la pobre Tití, pensando de los jesuitas cosas que no
pude expresar hasta pasados muchos años.
(Ahora se me enredan en los troncos y retamas de recuerdos de esta perdida
arboleda mía complicadas lianas sanguinolentas, recientes. Abiertos sobre
ellos, intercalándose y fundiéndose hasta serme difícil deslindárselos, ruedan
mis tres viajes a la URSS —1932-1934-1937—, tan vil y desesperadamente atacada
hoy por Alemania. Lleguen mojados en lágrimas de ira, de fe, de orgullo y
esperanza mis manos para sus soldados, mi corazón para su inmenso pueblo,
simiente verde de futuro.)
Tío Tomás había aparecido una mañana ante los ojos asombrados y preguntones
de, todos nosotros, sobrinos suyos que por vez primera le veíamos.
Viejo, más que guapo, hermoso; de níveas patillas a la italiana;
pulcrísimo, lleno de gracia en su hablar castellano, interceptado de baches
andaluces, de puras adherencias granadinas.
Llegaba muy enfermo tío Tomás a llenarse de pino parasol y sales gaditanas
la rendida salud, trabajada tanto en su época moza. Buen ejemplo de toda
aquella fiera juventud garibaldina, creadora de la unidad de Italia.
Tío Tommaso era alegre e irónico, conservando aún en su acento, en todo el
estilo de su ser, algo del trueno que había sido.
Resumían la gloria del tío soldado aquellos tres dedos perdidos de la mano
derecha, que sólo mostraba, detallando su romántica historia, ante los pocos y
malvistos liberales del Puerto. En cambio, en medio del beato rigor insufrible
de la familia, tío Tomás se preocupaba de ocultarla cuidadosamente en un fino
guante de gamuza, sin duda para evitar alusiones hirientes, críticas embozadas
contra su pasado, «tan vergonzoso como abominable». Pero ni a chicos ni a
mayores se nos escapaba el misterioso bordoneo de que tío Tomás era un
excomulgado y que, como castigo de haber combatido contra el Papa, una bala le
había arrancado de cuajo los tres dedos.
—¡Tío, tío, los queremos ver! ¡Tío! —le instábamos machacones, en cuanto
le encontrábamos solo.
Tío Tomás condescendía, gracioso y bueno, desenguantándoselos.
—¡Déjanoslos tocar! ¡Anda!
Y en nuestro pánico infantil, seguros de que brotarían infernales
llamaradas azules de aquella mutilada mano sacrílega, le hurgábamos, veloces,
en los hoyos correspondientes al pulgar, al índice y al corazón, contando,
electrizados:
—¡Uno, dos tres! ¡Uno, dos, tres!
Tío Tomás era olvidadizo, consciente o inconsciente, según le conviniera.
De sus obligaciones religiosas no se acordaba nunca o, a la perfección, fingía
no acordarse, aunque la pobre de tía Lola se hubiera convertido en su constante
despertador y auriga:
—Tomás, que mañana es domingo... Que a primeros de año tienes que
comulgar... Que la novena de la Patrona... Que la Adoración Nocturna...
Pero sus verdaderos olvidos eran otros. Jamás pudo decir si había nacido en
Génova o Florencia; si sus hermanos fueron cinco o siete, llegando en las
lagunas de su memoria hasta discutir violentamente con uno de ellos el nombre
de su madre.
—Te digo, Augusto, que nuestra madre se llamaba Rosa.
—Que estás equivocado, Tommaso; nuestra madre se llamaba Catalina.
—Que te digo que no. Augusto: Rosa, Rosa...
—Catalina, Catalina...
—¡Rosa!
—¡Catalina!
Mas, como nunca lograban un acuerdo, la discusión llegaba a adormecerse por
un poco de tiempo, reapareciendo al cabo con los mismos dubitativos ímpetus:
—Que Rosa...
—Que Catalina...
Etcétera, etc.
Y de súbito, cuando más parecía que los aires del Puerto lo fortificaban
levantándolo, tío Tomás cayó en cama para luchar, como un bravo soldado, largo
y tendido, con la muerte. Misteriosas se volvieron las hijas, Gloria, María y
Dolorcitas; misteriosa tía Lola, misteriosa la casa, misteriosos y oscuros los
alrededores del lecho del enfermo, Algo grave pasaba, que se quería, a toda
costa, ocultar. Nadie sabía bien qué es lo que andaba debatiéndose, aunque los
constantes cuchicheos, entradas y salidas de la alcoba del moribundo,
coincidiendo, además, con la presencia triste de un padre jesuíta en la
penumbra del salón, dejábanlo traslucir desesperadamente.
Los otros tíos fueron presentándose, añadiendo rumor y más secreto a aquel
trance final de tío Tommaso. Con mi madre llegué yo también, ya que era el
sobrino predilecto, penetrándome de la congoja e inquietud suspirante de todos.
Se escuchaba en la casa como el vibrar de una tirante cuerda invisible, cuya
rotura inevitable era esperada con espanto, percibiéndose ya la delgadez del
punto que había de producir la catástrofe.
El jesuita, siempre difuso en el tamiz oscuro de un rincón, invitó con
acento apremiante a rezar el rosario. Gloria, María y Dolorcitas, mientras los
afligidos presentes rodeaban al sacerdote, cayeron de rodillas, inundando de
lloros sacudidos los cinco interminables misterios y el redoble monótono de las
letanías.
Sólo tía Lola, junto a la cabecera del agónico, le velaba el combate.
Cuando después de los tres Agnus Dei el jesuita pedía a san José su
intercesión celeste para que alguien, cuyo nombre no dijo, tuviera un buen
morir, apareció la sombra de la tía, llamándole con una inclinación muda de
cabeza. Parecía llegado el momento de que aquella vibrante tirantez de la
cuerda invisible fuera a saltar, callándose. Interrumpido el rezo, zumbó por la
penumbra de la sala un silencio angustioso, ennegrecido aún más por el
anochecer que iba tapando las rendijas.
—¡Santa Madonna! —vino, de pronto, largo y débil, del cuarto de la muerte.
Después de unos instantes en que la voz del jesuita simultaneaba los
latines con el susurro jaculatorio de tía Lola, llegó otra vez la quejumbre
contrita del moribundo:
—¡Señor mío Jesucristo!...
Encendida una vela, Gloria, María y Dolorcitas corrieron hacia la alcoba
del padre, tropezándose con el sacerdote, agigantada sombra contra el cuadrado
de la puerta.
—Ahora ya puede recibir tranquilo al Señor... —declaró en voz alta con
intención de que se oyera.
Y mientras desaparecía, victorioso, en busca del viático, las tres hijas
entraron jubilosas a avivar el hálito expirante del viejo soldado arrepentido.
Al día siguiente, de mañana, mamá volvió a llevarme a casa de tía Lola.
Gloria nos recibió, enrojecidos los ojos de desvelo, mojándome la frente con un
beso prolongado de llanto. Luego, cayéndome sus brazos sobre los hombros, me
condujo despacio por corredores y habitaciones vacías a la de tío Tomás, dentro
ya de su caja, en hábito blanco de cartujo. Con los primeros gallos había
dejado de existir. Un grueso rosario se enroscaba ahora a la raíz de aquellos
dedos que una descarga vaticana arrancara de la mano derecha del patriota.
—Saca de aquí a ese niño —ordenó tía Lola a su hija, después que de
rodillas junto a mí me había hecho musitar varias oraciones.
Al entrar en el salón vi en uno de sus ángulos al jesuíta, rodeado de
algunos tíos y otros señores, tan sólo conocidos para mí de encontrármelos
borrachos por las calles, camino del colegio. Las mujeres no estaban.
Seguramente se hallarían en otro sitio de la casa, adonde tía Gloria se
dirigió, convencida de que yo iba siguiéndola.
El jesuita, en la mano una hoja impresa, festoneada de negro, reprendía,
severo, al tío Luis:
—Hay honores que en la esquela de defunción de un hombre muerto
cristianamente no pueden figurar sin escándalo.
Si el rostro rendido del tío iba disminuyendo del color amarillo al de la
nieve, el de los demás que escuchaban se fue poniendo oscuro, con un ceño
interrogativo.
—Y aunque por suerte hayamos evitado a tiempo su reparto completo, las
pocas enviadas habrán ya sublevado a estas horas la conciencia de muy buenos
católicos —agregó, mostrando un gran paquete de anchos sobres festoneados
también de luto.
Tras dos toses en una breve pausa, continuó en medio del silencio más
compungido:
—Es necesario hacer nuevas esquelas. El entierro no será hasta mañana...
Y le entregó a tío Luis aquella misma hoja que enseñara al principio,
tachada con un grueso rayón una de sus líneas, que alguno, tembloroso, se
atrevió a descifrar de recio:
—Medalla de la Unidad de Italia.
—¡Cristiano! —fue la única exclamación unánime.
Ni que decir tiene que, en la nueva esquela impresa y repartida pocas
horas después, la endemoniada condecoración había desaparecido.
A las once del día siguiente, don Tomás Alberti y Sanguinetti, Gran Cruz de
Carlos III, Cruz de Alfonso XII, Caballero de la Orden de
Malta, etc. etc., recibió sepultura católica, arrepentido y confeso de todos
sus pecados, en el cementerio de la ciudad del Puerto de Santa María.
El viejo héroe garibaldino, gracias al celo militante de la Compañía de
Jesús, iba a descansar para siempre, despojado de la sola medalla con que
orgullosamente hubiera descendido a la tierra.
(A ti te quise yo, tío Tommaso, no sólo por la temerosa admiración que
despertaron en mí tus tres dedos perdidos, sino por ser de aquellos pocos de la
familia que consideraste, acariciándola en cuanto la veías, a la Centella, mi
chica y desgraciada perra moruna.
Esta noche de Buenos Aires se ha prolongado hasta la pesadilla. Repentinas
legiones de inmensas pulgas coloradas han atacado a Tusca despiadadamente en lo
oscuro. Mi entresueño ha sufrido el redoble constante de su patas contra el
entarimado, al defenderse de la agresión en un furioso rascarse violento.
Tres perras ladran largo, corren y me miran, sentadas en medio de mi vida:
Centella, la de mi infancia.
Niebla, la de mi madura juventud.
Tusca, la del destierro por América.
Centella, por las salinas y las playas, los pinares y los castillos del
Puerto.
Niebla, por los escombros de Madrid, las explosiones y la muerte;
prisionera de Franco en la caída de Castellón de la Plana.
Y Tusca, pura criolla-escocesa, ratonera, alegrilla y disparatada, libre
en el viento por los campos de El Totoral de Córdoba; desesperada hoy en la
estrechez de dos habitaciones bonaerenses.)
Cuando me expulsaron del colegio, y después de la muerte del tío Tomás, mi
amor por la Centella entró en su plenilunio. De un brinco, me despertaba antes
del alba, lamiéndome los ojos, teniendo, rápido, que separarme la cara contra
sus locas arremetidas. Ya en el patio, ella era la primera en lanzarse a la
calle, perdiéndose hecha un tiro hacia la fábrica de gas, camino de la playa,
en un andar y desandar su viaje, desconfiada de que no la siguiera.
¡Días de libertad, sin embustes al regresar a casa! ¡Desnudas horas
anchas, con la marea subiéndome hasta el pecho, sin aquel miedo al anteojo del
salón de Física, a las llamadas sinuosas del padre espiritual o a las ofensas
humillantes del prefecto!
—¡Vamos, Centella!
Las piedras llanas, lamidas por el mar, lanzadas sobre los momentos
tranquilos de su lomo, lo punteaban, súbitas, en tres, cinco y hasta siete
saltos que la perrita en delirio perseguía.
—Te vas a ahogar, ilusa.
Y jadeante aún, extraño vaciado de arena, algas y salitre, tumbábase
desorientada junto a mis pies descalzos, alerta las orejas a las historias de
grumetes —Maine Reid—, o a las laberínticas hazañas detectivescas —Sherlock
Holmes, Nick Carter—, que el entusiasmo me llevaba a leerle en voz alta.
No desconocía ella la fecha ni el lugar de su nacimiento. Había venido al
mundo el mismo día que yo, en el rincón de una alberca sin agua, donde un
galápago cuarentón se aburría solo, siempre en el mismo sitio, atacado
frustradamente por feroces ratas nocturnas.
—¡Centella! Tenemos ya casi catorce años. Pronto, te llevaré a Madrid. Allá
hay muy buenos oculistas...
En su vejez, contados la querían, esquivándola los demás, llenos de
aprensión. Una creciente nube azul le iba invadiendo un ojo, empujándoselo
hacia la noche. Pero aun así, achacosa, medio ciega, el pelo ya vivido
salpicado de calvas, guardaba todavía savia y arrestos para internarse por el
mar, revolcarse en la arena y desaparecer veloz; en un impulso inesperado.
Sí, pronto la curarían, pues las vísperas del traslado a Madrid ya se
notaban en la presencia de Federico, el viejo arrumbador, en funciones de
maestro carpintero para el embalaje de los muebles, así como también en el
constante jubileo de los primos, envidiosillos de nuestra marcha nada menos que
a la capital, donde seguramente —habían oído decir— «veríamos al rey Alfonso XIII y a la reina Victoria».
Papá llegó del norte, imprimiendo su aparición a los preparativos del
viaje carácter de inminencia. Aunque mi fantasía volaba ya lejos del Puerto,
sobre todo desde la expulsión del colegio, el pensarme de pronto trasplantado
a una ciudad desconocida, sin playa, sin Milagritos, sin tía Gloria, hasta sin
todos aquellos mismos tíos que odiaba tanto como quería, me trajo una repentina
congoja, mezclada de desgana e indiferencia por la partida.
—¿Conque te vas a los Madriles? Allí sí que hay mujeres... —me descubrió,
guiñándome por los muelles del río, Paquillo, el cochero.
—¿Mujeres?
—¡Digo! Más guapas y baratas que las del Penal...
Y el sueño se me coloreó aquella
noche, rodándome Madrid por todo el cuerpo como un rojo durazno maduro o un
fresco limón dulce de pezones salientes.
Al otro día, corrí a decirles adiós a los jesuítas, recibiéndome solo, en
su cuarto, el temido padre prefecto.
—Terminarás allá el bachillerato en nuestro gran colegio de. Chamartín de
la Rosa —fueron sus horribles palabras, poniéndome la mano al nivel de la boca
para que la besara, cosa que no pude de tan de piedra como me había dejado.
Y Madrid se me levantó aquella noche
en medio del insomnio con las mismas torres y ventanas siniestras del presidio,
escalofriado de largos alertas entristecedores.
—Escribirás en cuanto llegues —fue la súplica de tía Gloria, acompañada de
un beso y un abrazo.
Y tía Lola, después de recomendarme
mucho que siempre fuera bueno:
—¿Vas a pensar en mí cuando visites el Museo del Prado?
Y aquella otra noche, la última de mi infancia en el Puerto, la pasé en
claro, recorriendo con la Centella los patios y las salas ya vacíos; subiendo
luego a los tejados para esperar el alba.
Con las primeras luces, bajé corriendo a despertar a mi hermana Pepita.
—Pipi, vamos a quemar los soldados. ¿Qué van a hacer aquí?
—¿Todos, Cuco?
—Todos.
Pipi se levantó, impresionada. Luchando todavía con el sueño, me ayudó a
amontonar en medio de aquel patio interior, campo de tan verdaderas batallas,
una alta pira con nuestros héroes de cartón, recortados pacientemente durante
tanto tiempo. Y, mientras se iban sonrosando los cristales de la montera,
ardieron todos, confundidos en una misma llama, siendo a poco barridas sus
cenizas por María, la cocinera.
Ya no quedaba más remedio. La hora había llegado. Con los primos mayores,
que madrugaron para despedirnos, aparecieron —franja de luto al brazo— los
nietos de Paca Moy, la vieja sirvienta, muerta «como una santa», no hacía mucho,
entre las calabazas, los tomates y los ramos de viñas de un huertecillo suyo en
el pueblo de Rota, al pie del mar de la bahía.
A las siete y media, en dos coches prestados por tío Jesús, salimos todos
para la estación.
¡Adiós calle de las Neverías, calle de los sorbetes de colores y los
helados veraniegos; vergeles de las orillas del río, puente de San Alejandro,
esteros y salinas! ¡Adiós infancia libre, pescadora, de patios y bodegas
profundos! Serás ya siempre en mi recuerdo como una barca de claveles, con las
velas de albahacas, cabeceante por una mar de jazmines perdidos...
En la estación, Carreja el pescadero, descalzo, remangados mangas y
pantalones, saludó a mamá:
—Doña María...
Al contrario que a tío Tomás, a Carreja, en lugar de faltarle, le sobraba
un dedo, minúsculo pulgarcillo, con uña de percebe, que nosotros acariciábamos
escalofriados y absortos.
Mamá le regaló cinco pesetas.
—Para que se las des a tu mujer...
Lloroso, fácil a las lágrimas como buen borracho, el pescador, cuando el
tren ya pitaba, alzó la mano hasta la ventanilla donde nos agolpábamos,
conmovidos.
—Bueno, niños... —ofreció, en señal de agradecimiento—. Antes de que os
vayáis...
Todos a la vez, y más emocionados que nunca, despedimos al pulgarcillo de
Carreja, que nos pegó en los dedos un fuerte olor a caballas azules y bocas
frescas de la isla.
El tren se puso en marcha.
Por un instante, como prendidos a su cola de humo, pasaron el paseo de la
Victoria, el Penal, el Tiro de Pichón... Cuando tras las primeras norias de la
huerta de tío Jesús apareció el esmaltado umbroso de un bosquecillo de naranjos,
me brotó de los ojos una olvidada adivinanza oída a Federico:
Muchas damas en un castillo y todas visten de amarillo.
Y acompasando la solución del acertijo con el ritmo del tren que se abría
paso, vega arriba del Guadalete, me la fui repitiendo, mudo, hasta Jerez de la
Frontera:
—Las naranjas, las naranjas, las naranjas, las naranjas...
LIBRO SEGUNDO
1917-1931
I
Releyendo estos días de primavera bonaerense la atolondrada, violenta,
apasionante y con seguridad a veces muy mentirosa vida de Benvenuto Cellini, me
han sacudido unos incontenibles deseos de reanudar mi olvidada Arboleda perdida, cuyo primer librito, el de mis blancos y azulados
años de infancia andaluza, acaba con la visión de unos áureos naranjos, vistos
como un relámpago desde la ventanilla del tren que me llevaba con toda mi
familia camino de Madrid. Y ahora, esta afiebrada tarde de 18 de noviembre de
1954, en mi cercado jardinillo de la calle Las Heras, bajo dos florecientes
estrellas federales, el mareante aroma de un magnolio vecino, cuatro pobres
rosales, martirizados por las hormigas, y el apretado verde de una enamorada
del muro, doy comienzo a este segundo libro de mis memorias. ¡Arboleda lejana,
perdida, sí, o dormida más bien, que nuevamente hoy, despierta, se apresura a
mi encuentro, a la llamada fresca de mi madura sangre! Salgo de mis presentes
cincuenta y un años y, atravesando tantos de horrores y desdichas, vuelo hacia
aquellos otros en que la gracia, la alegría, la transparente fe y el entusiasmo
apenas si corrieron empañados por esas puras lágrimas primeras que en lugar de
velarnos nos aclaran aún más lo bello, grande y hondo de la vida.
...Y me veo,
todavía en los ojos mal dormidos el deslumbre fugaz de la Giralda sevillana,
en la plaza de Atocha, de Madrid. Mayo de 1917. ¡Desilusión y tristeza! Mañana gris,
sin sol, de
ese finísimo plata
madrileño, que supe querer luego,
pero que en aquel día de la llegada me pareció del negro más desesperante.
¡Dios mío! Yo traía las pupilas mareadas de cal, llenas de la sal blanca de los
esteros de la isla, traspasadas de azules y claros amarillos, violetas y
verdes de mi río, mi mar, mis playas y pinares. Y aquel rojo-ladrillo de chatos
balconajes oscuros, colgado de goteantes y sucias ropas que me recibía, era la
ciudad —¡la capital de España!— que osaba mi familia cambiar por el Puerto.
¡Traernos a vivir a esta carbonera! La casa que ya nos tenía alquilada mi padre
se encontraba no lejos de la estación del Mediodía, en la misma calle de
Atocha. Nuevo motivo de desilusión y protesta.
-—Aquí no viviré ni un minuto. Pipi y yo nos volveremos al Puerto —decidí
claramente en alta voz, comprometiendo a mi hermana la más chica, sin ni
siquiera haberla consultado.
¿Qué es lo que íbamos a hacer, sobre todo ella y yo, en aquel piso
minúsculo y oscuro de aquella calle estrecha, ruidosa de tranvías? ¿En qué
patios soleados levantar nuestros juegos, armar nuestras peligrosísimas
batallas? ¿Desde qué azotea saltar a las demás y recorriendo toda la manzana
oír el rumor de las cocinas, atentos a la boca de las chimeneas? Nos
marcharíamos, o por lo menos, si mi hermana no era capaz de acompañarme, me
escaparía yo solo, a pie, por la carretera de Andalucía. Y para darme ánimos
escribí una carta a mi tía Gloria, denigrando a Madrid, hasta hablándole mal de
la Puerta del Sol, y comunicándole mi proyecto de fuga. Pero recuerdo que
varias veces pregunté por dónde se iba al Puerto y nadie supo responderme, tal
vez porque yo, en mi inocencia, casi siempre, más que por el camino de
Andalucía preguntaba por el de mi pueblo, que para mucha gente no era muy
conocido. Entretanto, como escapar no era fácil y mi decisión, por lo que
ahora sospecho, no muy firme, mi tía Gloria había tenido tiempo de responder a
mi carta, suplicándome calma, cosa que además de escocerme contribuyó bastante
a enfriar el mudo amor que hacia ella aún sentía. Y, además, para «hacerme
desistir de mi descabellado proyecto» —ésas eran sus palabras—, me exageraba lo
aburrido de aquella vida portuense, comunicándome, entre otras pequeñas
noticias desagradables que he olvidado, el triste fin de la Centella, mi pobre
perra moruna medio ciega, a quien bárbaramente habíamos abandonado a su destino
al trasladarnos a Madrid.
Sucedió que la desventurada perrita, al encontrar cerrado el portón de su
casa, se sentó noche y día en el escabel a esperar fielmente nuestro regreso.
La primera semana, algunos buenos vecinos le llevaron comida, que ella apenas
si probó, de tan abatida que estaba. Muerta de hambre y de pasión de ánimo, continuaba
allí a la puerta, cuando una tarde la caridad de dos hermanitas de los pobres
la llevó a su asilo, en donde pasó, a pesar de su ceguera y vejez, a ser
acompañante del pastor que cuidaba el ganado de las monjas. A las pocas salidas
al campo, como guardiana, su torpeza y falta de luz la hicieron acercarse más
de lo debido a los pitones de una inquieta y brava novilla, quien, sin duda
molesta de aquella cosa negra que se le interponía, le tiró una cornada,
mandándola a parar, partido el corazón, contra el tronco de un árbol. Muerte
así, tan inesperadamente taurina para una perra ya casi acabada y rota como la
Centella, nos sobrecogió a todos, y todavía más a mí, que me consideré desde
aquel momento principal responsable de su cruel abandono. Aquella noche no se
cerraron los ojos de mi casa sin que una sombra de remordimiento se nos metiera
en la conciencia, pesándonos. Seguramente, luego, mi familia olvidó este pobre
episodio, no así yo, al que todavía duele, soliéndolo contar, tal vez como
descargo, siempre que de perros se trata.
Pasados unos dos meses, en los que mis nostalgias marítimas y salineras
comenzaron a hincarme sus primeros taladros y aplacado bastante mi furor por
la fuga, declaré abiertamente a mis padres que no continuaría el bachillerato,
que si estaba en Madrid —ya ellos me lo habían oído varias veces— era para
hacerme pintor.
—Te morirás de hambre —me pronosticaron los dos, secundados además por mis
hermanos mayores.
—No me importa.
—Pinta, pero termina siquiera el bachillerato, aunque luego no sigas
ninguna carrera —me suplicó, siempre más comprensiva, mamá.
—¡No! —grité.
—Pues no verás ni un céntimo para lápices y colores.
—No los necesito.
—Entonces, allá tú.
Pensándolo mejor y como era verano, dije a los pocos días que sí, que
estudiaría sin grandes prisas el cuarto año, del que me examinaría en junio o
septiembre del próximo año.
Esta acertada decisión me valió en seguida unas pesetas, con las que me
compré todos los útiles de dibujo, una pequeña caja de colores al óleo y hasta
un caballetillo para pintar al aire libre. ¡Oh maravilla! Ya en aquella misma
mañana me creí liberado de oscuras melancolías y todo un ilustre pintor lleno
de gloria. Sin respiro, corrí al Casón, aquel precioso palacete del rey Felipe IV, en la calle Alfonso XII, frente a
los jardines del Buen Retiro. Quería, primero, dibujar, hacer «academias». Con
cierta timidez, entré en secretaría para inscribir mi nombre, pero me dijeron
que no era necesario, que el trabajar en aquel museo era libre y que el
conserje me proporcionaría —¡gratis!— el tablero para dibujo. Sólo el papel y
la carbonilla correrían por mi cuenta. Al día siguiente, antes de las nueve de
la mañana, ya estaba yo feliz en el Casón, extasiado ante la Venus del
Esquilino.
Pocos adolescentes habrán estado tan convencidos, como yo a mis quince
años, de que su verdadera vocación eran las artes del dibujo y la pintura. Aún
no había escuchado en aquellos días míos iniciales —como tantas veces después—
renegar y reírse de la escuela, de ese aprendizaje y disciplina necesarios para
el sostenimiento y plenitud de la obra futura. Con verdadera unción, en aquella
casa del rey Felipe IV, bajo la arrebatada alegoría
que Giordano dejó colgada al techo de la sala central, copié, a todos los tamaños,
las blancas escayolas que reproducían la claridad airosa de la Victoria de
Samotracia, el contorno arqueado del Discóbolo de Mirón, la esbelta sencillez
del Apoxiómeno de Lísipo, la infinita tortura de Laocoonte, la ruda anatomía de
Hércules, la infantil ligereza del Fauno del cabrito, sin olvidar las más
famosas madres del amor y la gracia: la Venus de Milo y la de Médicis. Cuanta
reproducción guardaba aquel museo —fragmentos, estatuas completas o cabezas
(¡aquella de Séneca, el poeta, que parecía una rata!)— surgió, ya en contorno
preciso o en difuminado claroscuro, bajo la carbonilla que mi mano alcanzó a
llevar diestramente sobre la tensa superficie del papel. A los pocos meses me
sabía el Casón de memoria. Todavía hoy, al cabo de tantísimos años, quizás
pueda dibujar algunas de aquellas esculturas sin tenerlas delante. Pero esto
que para mí había comenzado tan hermoso, se me fue convirtiendo, por ya sabido
y dominado, en algo monótono y sin gracia. Así que, sin abandonar completamente
el dibujo de estatuas, quise probar cosa que sospechaba más difícil: copiar en
el Museo del Prado, yendo a elegir, como primer ensayo, un San Francisco
muerto, atribuido a Zurbarán.
Nada he contado aún de la sorpresa que me causó nuestro maravilloso museo
de pinturas en mis primeras visitas. No sé por qué, acostumbrado únicamente en
mi pueblo andaluz a las malas reproducciones en colores y a ciertos paisajes
de escuela velazqueña vistos en casa de mis abuelos, yo pensaba que la pintura
antigua sería toda de sombra, de pardas terrosidades, incapaz de los
azules, los rojos, los rosas, los oros, los verdes y los blancos que se me
revelaban de súbito en Velázquez, Tiziano, Tintoretto, Rubens, Zurbarán,
Goya... Ante mí estaba ahora el verdadero principillo Baltasar Carlos, alzado
contra el azul más nítido del cielo y el albo puro de la nieve guadarrameña,
fondo muerto, plomizo, en la pésima estampa que reprodujera dos años antes y
que motivara mi rompimiento con María, la cocinera de mi casa del Puerto. Se
inauguraban para mis ojos cándidos, no sin provocarme cierto vago rubor el
primer día, los nácares esplendorosos de las carnes de Rubens, aquellas Gracias
fuertes, Pomonas derramadas, Ninfas corridas por los bosques, Dianas
ornamentadas de perros y olifantes, altas Venus de ceñidores desprendidos,
desnudas diosas que pasarían a inundar, inquietándomelas, mis desveladas noches
adolescentes. Poco sabía yo entonces de sátiros, faunos, centauros, tritones y
demás personajes silvestres o marinos, enrojecidas las pupilas, tensos todos
los músculos en amor a las deidades hechas de rosas y jazmines por el pincel de
Rubens. Si aquel tropel de fuerza arrebatada del pintor flamenco despertó en
mí el sentimiento de todo lo frutal, codiciable, desatado, que puede alguna
vez ofrecernos la vida, la claridad dorada de Tiziano, el macizo reposo de sus
Venus enamoradas de la música, su sonrisa apacible y juegos venturosos bajo «el
manso viento» garcilasesco de los árboles, metieron en mi sangre para siempre
el anhelo de una perpetua juventud, de una ilimitada, luminosa armonía. En
aquel italiano de Venecia, como en los techos primaverales de Veronés y en las
calientes auras del Tintoretto reconocía yo, aun sin decírmelo del todo, cuánto
de blanco y azulado, de soles y de brisas mediterráneas alentaba en las
médulas italoandaluzas de mis huesos. Allí, de repente, se descorría ante mi
asombro mudo la plena madurez de la gracia desnuda, la edad de oro del color,
la expresión indecible del amoroso deseo, de la pasión sin trabas de todos los
sentidos. Creía yo, recordando los pocos cuadros que había visto en revistas y
libros de casa de tía Lola, que, además de lo umbrío de su coloración, el tema
principal de la pintura clásica era el religioso y que demonios, ángeles,
vírgenes, cristos, santos, papas, frailes y monjas de todas clases llenaban
solamente las paredes de los museos. ¡De qué violento modo el inmenso salón
central del Prado me cambió aquella pueblerina idea! Ni siquiera la pintura
española que ocupaba parte de él se atenía a esa temática, aunque, eso sí, la
gravedad melancólica de su tono contrastara, hasta hacerlo aún más triste, con
el de la locura rutilante de Rubens y la alegría melodiosa de los venecianos.
Y comprendí que, aun a pesar de los alados grises, platas, azulados y rosas de
Velázquez, de las nubosidades celestes de Murillo, los azufres candentes del
Greco, los marfiles y blancos de Zurbarán y el poderío cromático de Goya, mis
ojos y mi sangre, todo yo pertenecía por entero a aquel mundo de áurea y verde
paganía, de quien Tiziano, sobre los grandes otros —¡oh Tiépolo!—, se llevaba
la palma. Él, más que nadie, por su sentido perfilado de lo luminoso, me hizo
confirmar luego, de manera definitiva, la pertenencia de mis raíces a las
civilizaciones de lo azul y lo blanco, eso que había bebido desde niño en las
fachadas populares, los marcos de las puertas y ventanas de los pueblos de mi
bahía, sombreados por aquel azul traslúcido que nos viene de los frescos de
Creta, pasando por Italia, azulando todo el litoral mediterráneo español hasta
los pueblos gaditanos del Atlántico, siguiendo su viaje Huelva arriba hacia
los confines de Portugal.
Estas primeras impresiones mías sobre el Museo del Prado, recuerdo que se
las trasmití en sucesivas cartas a tía Lola, a quien seguía queriendo como mi
iniciadora en la pintura. Ella, que murió al poco tiempo de nuestra ida a
Madrid, siempre que su enfermedad del corazón le daba algún reposo, me
respondía animándome, pidiéndome en una de sus últimas cartas le copiase para
su cuarto la Inmaculada niña de Murillo. Pintor que yo cambié por Zurbarán,
pues de los españoles, con Velázquez, el Greco y Goya, fue el que primeramente
me llenó más de asombro.
Yo siempre tuve, desde que los descubriera en el Prado, una gran curiosidad
y admiración por los copistas, admiración que extendí luego a los
falsificadores de cuadros cuando entré en amistad con alguno. Había un copista
en la sala de Velázquez permanentemente abonado a Los borrachos, que
reproducía, de manera magistral, en todos los tamaños. Yo presencié la cumbre
de sus éxitos una mañana en que el museo estaba abarrotado de visitantes.
Terminada una copia de las mismas medidas que el original de su cuadro
favorito, en el momento que sobre su caballete rodante retiraba su obra de la
sala del pintor de Felipe IV, la gente
que allí se agolpaba le abrió camino, estallando en aplausos, que el buen
hombre —un tipo singular por lo pequeño y barbudo— recibió con sonrisas e
inclinaciones de cabeza.
Soñaba yo entonces, siempre muy impresionable, con alcanzar la perfección
en aquel sabio y pequeño arte de la copia y llegar a colgar en las paredes de
mi casa mis obras maestras preferidas. Pero mi desasosiego de aquellos años, mi
ya naciente intranquilidad por las nuevas tendencias pictóricas, hicieron que
ni siquiera terminara el San Francisco yacente de Zurbarán ni otra copia —La
gallina ciega, de Goya— que inicié algo después. A mí lo que realmente me
maravillaba era el ambiente del museo, aquel ir y venir por sus salones y
pasillos lustrosos, envuelto en el casi adhesivo aroma a barnices y cera, olor
inolvidable, que siempre me hacía viajar hacia el de la resina venteada de los
pinares del Puerto.
Durante el invierno, la temperatura del Prado era deliciosa. Aquellas
Ninfas calefaccionadas, que corrían desnudas perseguidas por Sátiros, aquellas
Gracias y Venus desprovistas también
de todo
ropaje, se ofrecían tranquilas a mi éxtasis en la tibieza de las
salas, resguardadas de los cuchillos penetradores del frío guadarrameño. En el
verano, era aún más agradable, pues podía hacerse del museo el mejor baño o
bosque de frescura, siendo los salones de la planta baja —los de los Poussin,
Lorena y las estatuas-— los más susurradores y velados a la hora de la siesta.
Las umbrosidades profundas de los paisajes de Claudio Lorena, con sus
apoteóticos atardeceres izados de columnatas y ruinas de templos, llenaron mis
estíos madrileños de una realidad todavía más poética que la que me hubieran
entregado los más hermosos árboles de Aranjuez o La Granja.
Cuando empecé a copiar La gallina ciega de Goya, que dejé
inconclusa, como antes dije, era también verano. Casi todo Goya se hallaba
entonces en la planta baja, cosa que me hacía entrar en el museo por la puerta
que preside la estatua de Velázquez, custodiada por los cedros más bellos que
yo he visto en España. Rara era la mañana en que mi hermana Pepita no venía
conmigo para verme copiar el gracioso cartón de Goya. Yo la había aficionado
mucho a la pintura y algo también a los versos, que leíamos juntos en nuestros
paseos por los Altos del Hipódromo, los jardines del Buen Retiro y del
Botánico. Tengo que decir que ya no vivíamos en la calle de Atocha, sino en la
de Lagasca, número 101, bastante lejos del Prado. Esto me obligaba a levantarme
más temprano y a grandes caminatas casi siempre, pues ya mi concentrada
timidez y mi amor propio para pedir dinero en casa comenzaban a martirizarme.
Yo conocía el disgusto, siempre latente aunque por lo general no tomara más
forma que la del silencio, que mi familia tenía por mi vocación pictórica y por
la evidente sospecha de que no miraba los libros, ya que mi promesa de presentarme
a examen al año de nuestra llegada a Madrid no había sido cumplida. Así que
esta informalidad mía era la causa principal de no atreverme a suplicar ni diez
céntimos para mis mínimas necesidades callejeras. Pero ni poco ni mucho me
importaba a mí en aquella época el ir a pie no sólo al Museo del Prado sino a
cualquier parte del mundo.
Las salas de Goya, en las que se colgaban todos sus cartones para la Real
Fábrica de Tapices, me abrían cada mañana los ojos a una fiesta, única fiesta
de verdad, alzada en medio de la triste, solemne pintura española como un
chorro de gracia, de refrescante y alegre trasparencia. Verbena popular de los
colores, pregón fino de España. Juego del aire de la calle, traje de luces de
los atardeceres de calesas, cometas voladoras y estrellas de artificio. Allí,
los amarillos, los rosas, los verdes y azules más sutiles, como expandidos por
una milagrosa agua, río brotado de un pincel que la naturaleza revelara de
súbito sacándolo a la luz. Una España, por fin, capaz de claridades, de una
sonrisa delicada, de un corazón desparramado y casi estrepitoso en su sana
alegría. Mas para cruel contraste, no lejos de este cántaro fresco de los
tapices, se hallaban los dibujos y parte, si no recuerdo mal, de los feroces
muros de la Quinta del Sordo, que luego pasaron a los salones altos del museo
—como lanzando un rayo de oscuridad mordiente sobre aquel ruedo luminoso,
definiendo así lo que Goya y toda la España que le tocó representar eran
realmente: un inmenso ruedo taurino partido con violencia en dos colores: negro
y blanco. Blanco de sol y lozanía. Negro hondo de sombra, de negra sangre
coagulada.
Los títulos puestos por el propio pintor al pie de sus dibujos y
aguafuertes me divertían y hasta me sonrojaban, pasando grandes apuros para
que mi hermana no descubriese aquellos más procaces. La ortografía de Goya en
muchas de estas mínimas leyendas era más que libérrima, teniéndose que buscar
la exactitud de su lenguaje no en el de la palabra escrita, sino en el de la
imagen dibujada. ¿Qué podían importarle a un hombre que poseía con el lápiz un
medio de expresión tan genial los reglamentos de la gramática? A mí, que en
aquellos años me dejaban también indiferente, lo que casi me causaba susto era
el descubrimiento de una audacia de la que ni podía sospechar su existencia.
¿Cómo no iban a turbar entonces, a un muchacho recién salido de su pueblo,
espantajos cual El maricón de la tía Gila, Ciego enamorado de su potra, Nada
dicen o tantos sucios frailes comilones e impúdicos que ennegrecían de modo
obsesionante aquella pared del museo?
Las mañanas y tardes del sofocador estío madrileño de 1918, entre la
levedad de La gallina ciega, los lavados y lápices del nada compasivo
retratista de los últimos Carlos y Fernandos borbónicos, sirvieron al cabo para
despertar en mí, aunque al principio de manera vaga e ingenua, el entusiasmo
que he llegado a tenerle y la comprensión de esa desventurada España suya, tan
semejante todavía —¡ay!— a la que ahora padecemos.
Mi poca paciencia como copista en el Prado la alternaba con algunas visitas
al Casón, en donde había conocido, entre otros muchachos que allí dibujaban, a
uno que lo hacía mucho mejor que los demás y que llegó a ser gran amigo mío.
Era pequeño de estatura, muy rápido de inteligencia y muy pobre. Se llamaba
Servando del Pilar. Su padre era basurero, un bonísimo hombre que salía al alba
con un saco a retirar los desperdicios y suciedades de las casas. Yo estuve una
mañana en la que él vivía con su hijo Servando y quedé asombrado y conmovido.
Una mesilla y un catre fue cuanto pude descubrir en la lobreguez húmeda del
cuartucho que componía toda la vivienda. Aquel pobre sencillo y verdaderamente
santo se ufanaba de la vocación de su hijo, para quien trabajaba desde la
madrugada en tan humildísimo oficio, soñando buenamente en que algún día su pequeño
pintor llegara a cambiárselo por unos pocos años de merecido bienestar y
reposo. Como yo entonces admiraba a Servando, le repetía a veces, para
consolarlo de su negra pobreza, la leyenda dorada de Giotto, pastorcillo de
ovejas, oída con arrobo a mi tía Lola en el Puerto.
Cuando no dibujábamos los dos en el Casón o nos cansábamos del Prado, las
hojas de nuestros cuadernos se llenaban de apuntes del natural, que ya eran
paisajes, gentes en las terrazas de los cafés, obreros trabajando o dormidos
bajo las sombras a la hora de la siesta. También algunas tardes Servando del
Pilar venía a mi casa, y en mi cuarto de estudio, que era a la vez el de
dormir, yo le servía de modelo, como él a mí otras veces. Y allí soñábamos los
dos, abierta la ventana por la que se metía el desvaído azul de los montes
guadarrameños, hasta que el sol se iba por detrás de las cumbres y con las
primeras estrellas la penumbra lejana de Madrid comenzaba a encenderse de
luces.
Mi cuarto aquel de la calle Lagasca, a pesar de su desorden —«la leonera»
lo llamaba mi madre, y mis amigos, «el triclinio»— era siempre el más
concurrido de la casa. Todas las visitas, incluso aquellas a quienes nunca
supe por qué fastidiaba tanto mi vocación, deseaban curiosearlo, ver lo que
allí sucedía. No era yo muy partidario de estas inspecciones, pues las más de
las veces concluían en risitas burlonas u otras impertinencias motivadas por
mis pinturas y dibujos, todavía, a pesar de su normalidad casi académica,
demasiado «locos y extravagantes».
Otras personas, en cambio, además de Servando del Pilar, eran siempre bien
recibidas en «el triclinio». Mi hermana Pepita, la primera. Ella tenía permiso
para revolver mi querido desorden y hasta para llevarse libros, sobre todo los
de ciertos poetas que ya juntos admirábamos. Los otros amigos que podían entrar
libremente se llamaban Manuel Gil Cala, Celestino Espinosa y María Luisa, una
linda muchacha, nueva compañera de mis hermanas, bastante mayor que yo, a
quien dibujaba un gran retrato y de quien me sentía enamorado.
Manuel Gil Cala era poeta, Celestino Espinosa también; María Luisa, nada,
es decir, mucho: alta y morena, de inmensos ojos concentrados, lectora de
Bécquer y, por aquellos días, de Amado Nervo y Rubén Darío, que Gil Cala nos
acababa de dar a conocer. Aquella bastante endiablada María Luisa fue motivo
de una muy seria situación, nunca aclarada abiertamente, entre Manuel,
Celestino y yo. Sucedía que muchas tardes, ya oscurecido, después de posarme
una o dos horas en mi cuarto, María Luisa y yo nos veíamos en secreto en la
Glorieta de Salamanca, muy solitaria entonces y misteriosa, apretada de abetos
cuyas sombras profundas hacían casi invisibles los bancos. En uno de ellos,
siempre el mismo, permanecíamos los dos, a veces sin hablarnos, hasta eso de
las diez de la noche, hora en que ella desaparecía, rápida, temerosa de que
alguien la descubriera. Mis dos amigos no sabían nada de estas citas, hasta
que un día, uno de ellos, Espinosa, no sé de qué manera se enteró, adoptando
inmediatamente conmigo una rara actitud protectora, llena de susurradas
advertencias y no muy buena crítica para mis relaciones con María Luisa, las
que consideraba peligrosas y fáciles de convertirse en un escándalo, dada la
creciente amistad de mi familia con la de ella. Nunca supe bien qué sucedió.
Lo cierto fue que María Luisa al poco tiempo no acudió más a la misteriosa
Glorieta y que Celestino, seguramente para consolarme, me dedicó un poema
sobre nuestros amores, con estrofas que aludían a los abetos y a aquel banco
escondido entre las sombras. Gil Cala, que en medio de todo esto yo no le
suponía enterado de nada, nos sorprendió de pronto a Espinosa y a mí
leyéndonos unas apasionadas coplas suyas dedicadas a María Luisa, que los dos
escuchamos en silencio, sin dejar traslucir el más mínimo gesto de sorpresa.
Después de aquel mal trago, jamás quise averiguar si María Luisa me había
traicionado con Celestino y si a éste también lo había engañado con Gil Cala.
Pero pasó que entre los tres, a lo largo de nuestra amistad, que fue grande,
siempre hubo un oscuro rincón nunca aclarado y que vadeábamos con cierta
sonriente habilidad si alguna vez aparecía en nuestras conversaciones.
María Luisa jamás volvió por «el triclinio», aunque su retrato, grande, de
cuerpo entero, dibujado al carbón, siguió clavado durante mucho tiempo en la
pared de enfrente de mi cama.
Jamás olvidaré mi «leonera», mi cuarto encantador, el que tantas alegrías y
tantos angustiosos insomnios presenciara hasta que de él salí definitivamente
a mis veintiocho años. ¡Cuántos amaneceres penetraron por su ventana, posándoseme
sobre los ojos enrojecidos de fatiga por la huida del sueño! Pero no fueron
sólo las albas despaciosas ni los ocasos rumorosos sobre la lejanía
guadarrameña los que se entraron siempre en él, iluminándome de rosa la
almohada, los libros, mi tablero de dibujante o mi caballetillo de pintor.
También un día estuvo abierta su ventana para los ecos de la muerte. El
tableteo veloz de unas ametralladoras me sobresaltó el sopor de una siesta de
agosto. Venía de Cuatro Caminos, la barriada obrera del oeste madrileño. Yo entonces
nada sabía de huelgas, nada comprendía de los justos derechos a la vida de esos
hombres llamados proletarios. No entendí bien lo que pasó. Pero supe luego de
muertos, de heridos, de encarcelados, escuchando por vez primera los nombres de
Largo Caballero, Anguiano, Saborit, Besteiro, Fernando de los Ríos...
Al poco tiempo también oí hablar de Lenin y de los bolcheviques, mas como
sinónimos de bandidos o demonios, enemigos no sólo de la religión sino de todo
el género humano. Ahora comprendo que vivía rodeado de gentes reaccionarias,
incultas en su mayoría, que opinaban así, cerradas duramente a toda luz
aclaradora de los hechos, poniendo en sus palabras ese odio cerril tan
característico de la abundantísima clase de españoles denominados con tanta
justeza «cavernícolas». Sumergido como estaba en mi vocación y apenas un
muchacho todavía, aquellos trascendentales sucesos se me escapaban, no
dejándome huella aparente, pero quedando al fin registrados en mi memoria.
A Gil Cala, que era ya un hombre, mis padres hacían bastante caso. Pensaban
ellos que el ser pintor era una carrera —poco fructífera, eso sí— como la de
ingeniero o abogado, cosa que poco tenía que ver con mi desordenada vida de
dibujante callejero o mis ventoleras de copista inconstante del Museo del
Prado. Así que, después de consultar a Gil Cala, decidieron ponerme un
profesor. Esto no me agradó mucho, pues veía peligrar mi libertad conseguida
desde los primeros momentos de mi llegada a Madrid. Mas sin grandes protestas,
y pensando que podría ser útil para mi aprendizaje, acepté al profesor que me
trajo Gil Cala, un buen hombre simpático, perfectamente desconocido, de largos
bigotes puntiagudos y que se llamaba Emilio Coli. ¿Qué aprendí yo con él que ya
no supiera, en aquellas lecciones aburridas, todas a base de copiar láminas
llenas de narices, orejas, pies, manos y ojos? Poco provechosas fueron para mí
estas clases; en cambio, para Coli, puesto que las dábamos en la galería de mi
casa, sí lo fueron, ya que se dedicaba a flirtear con mi hermana Pepita,
niña que empezaba a contar con el encanto de sus quince años. Al poco tiempo,
advirtiendo Coli mi cansancio y la inutilidad de pasarme las tardes
reproduciendo tanta nariz y tanto ojo, me aconsejó volver al Casón y entregarme
de nuevo a las Venus y Apolos de escayola.
Con alegría recuperé mi vida de la calle, corriendo de mañana temprano al
palacete de Felipe IV para ejercitarme con más
ahínco en el dibujo de las estatuas griegas y romanas. Pocos desvelos causó al
profesor Emilio Coli aquel cambio de la galería de mi casa por el Casón, pues
desde entonces contadas veces se tomó la molestia de revisar mis trabajos. Esta
dejadez suya llegó, por el contrario, a traerme una certeza del vuelo propio,
aunque rota, muy de tarde en tarde, por la conturbadora vergüenza que sentía al
verlo aparecer detrás de mí, la mirada sonriente y los pinchudos bigotes
absurdos clavados —yo era un notorio especialista en Venus— en las partes más
apetecibles de la que estuviera dibujando. Recuerdo que una mañana, alguien, un
muchacho cualquiera que copiaba no lejos de mí en la misma sala, me preguntó,
malicioso, cuando Coli se fue: «¿Tienes maestro?». A lo que yo respondí,
sonrojándome, que no, que aquél era un señor amigo de mis padres, aficionado a
la pintura, y que había entrado en el Casón por la simple curiosidad de ver
lo que yo hacía.
Desaparecido Coli no sé cómo, tuve un segundo profesor, Manuel Mendía, que
aún se ocupó menos de mí, no dejando en mi vida ni siquiera el recuerdo
divertido de los mostachos puntiagudos del otro. Libre del todo nuevamente, me
entregué con verdadera pasión a pintar del natural. Por primera vez salí a los
jardines, a los campos y las callejas con una caja de colores enteramente mía,
salvado de intromisiones cocineriles y familiares, y ahora, lo más tranquilizador,
sin tener que fingir que regresaba del colegio. No olvidaré aquella maravilla
de sentarse en verano bajo la sombra de los árboles a interpretar las ondas
reflejadas de una fuente, el verde de unas hojas soliviantado por el sol, el
violeta cambiante de unos montes, la luz perfiladora de España. (Cuánto mejor
que luego, ya abandonada la pintura, dentro siempre de un cuarto, ante un
pedazo de papel sin vida o el espantable frío de una máquina de escribir.) ¡Oh,
sí, pintar a pleno aire, amasar candorosamente los colores y llevarse a la
casa, ya por medio de manchas o de puntos, la ilusión de los ojos abiertos a un
paisaje! Y es que yo, como correspondía entonces a mi edad y en Madrid, era un
imberbe principiante impresionista o puntillista, aunque ya no muy lejos de las
otras tendencias —el cubismo y varios ismos más— que con la posguerra habían de
volcarse, zamarreándolas, sobre las juventudes pictóricas de todo el mundo.
Influido por no sé qué exposición, vista en Madrid, de malos paisajes
pintados con luz de luna, quise yo ensayar lo mismo, marchándome, sigiloso, de
mi casa, una noche de claro plenilunio a horas en que supuse que mis padres dormían.
Después de recorrer varias calles y plazas de mi barrio, vine a elegir la
Puerta de Alcalá, cuyos arcos en sombra hacían aún más rutilante el azul de la
luna contra sus piedras de granito. A eso de las tres de la mañana, daba yo por
terminado el ancho pórtico aquel de Carlos III y me volvía muy feliz por la calle Velázquez, fascinado con mi primera
hazaña de pintor nocturno. Pero todavía mi inocencia ignoraba que para las
catoliquísimas familias españolas la ocasión del pecado sólo puede presentarse
envuelta en las profundas oscuridades de la noche. Ni siquiera aquella tan
luminosa que yo había escogido iba a hacer que mi padre cambiase su
tradicional idea. Por la trompada que me dio al llegar, comprendí que para él
los diablos tentadores no abandonaban sus prácticas de corrupción ni en medio
de los más encandecidos rayos de la redonda diosa de los amantes. Cuando
llegada la mañana mostré a los de casa mi Puerta de Alcalá iluminada por la
luna, separando a uno de mis hermanos, al mayor, que sonreía burlonamente, le
dije:
—Para que veas tú también que se puede salir de noche sin necesidad de ir
de putas.
Aquella sonrisita molesta me había hecho comprender que por lo menos él
estaba enterado de todo. Luego, a la hora de almorzar apareció mi padre,
besándome, sencillo, como lo hacía normalmente, entendiendo yo con esto que me
perdonaba o que tal vez estaba arrepentido de su injusta violencia. Ni que
decir tiene que aquella misma noche volví a coger mi caja de colores y sin
pedir permiso a nadie me escapé a las afueras de Madrid en busca de un nuevo
paisaje lunado. Así continuaba yo educando a mi familia, defendiendo mi
libertad y haciendo respetar mi queridísima vocación pictórica.
Durante el día, mis sitios preferidos para pintar del natural eran: los
jardines del Buen Retiro, con las ingenuas geometrías rusiñolescas de sus
parterres, y, en otoño, su solemne paseo de las Estatuas; las románticas
avenidas del Jardín Botánico, susurradas de fuentes escultóricas verdeadas por
el musgo, llenas de raras plantas y árboles, clasificados bajo nombres que me
canturreaba a modo de letanía devota: salix babilónica, sophora colgante, árbol
del cielo... Otros de mis lugares favoritos eran los verdes declives de la
Moncloa, con el azul del Guadarrama al fondo; las goyescas orillas del
Manzanares, ornadas de lavanderas y tendederos flameantes al sol, y, por el
este, la infinita llanura castellana, interrumpida en su recto horizonte por el
Cerro de los Ángeles. También entonces los viejos cementerios tuvieron para mí
un extraño atractivo. Horribles tardes becquerianas de lluvia y viento, me las
pasé pintando por sus calles de cipreses y tumbas rotas abrazadas de yedra. El
que más me fascinaba era el camposanto abandonado de Santa Engracia. Su patio
de párvulos me conmovía profundamente, no sólo por sus ortigas y jaramagos
llenos de caracoles, sus lagartijas extáticas al sol, sino por sus inocentes y
desgarrados epitafios que a veces me entretenía en copiar en mi cuaderno de
apuntes. Uno de ellos, a causa de su tierno y grotesco diminutivo me hacía reír
siempre. Exclamaba así la pequeña losa del muertecito aquel de 1870: «¡Ay
Serapito mío, hijo del alma!». Era el más trágico de todos.
Ese mismo año, comienzos de 1919, volvía al Puerto. Viaje corto,
inesperado, con mi hermano Vicente. Mi padre, que a pesar de su intranquilidad
y disgusto por mi nublado porvenir me quería mucho, me dijo una noche, mientras
cenábamos:
—Aunque no lo mereces, pues no has seguido, como nos prometiste, el
bachillerato, aprovecha el viaje de tu hermano, ya que tanto has deseado
volver.
Volver al Puerto siempre seguía siendo el sueño de todas mis horas, sin
dejarme de confesar por eso que ya Madrid no era la horrorosa ciudad de mi
llegada y que la libertad que en él tenía contaba como algo inapreciablemente
nuevo en mi vida de muchacho. Si acepté aquel viaje, lo hice pensando, ahora
que me suponía con mayor experiencia, en los mismos paisajes marinos que pocos
años antes dibujara y pintara bajo el tutelaje entusiasta de tía Lola.
Si el Puerto me pareció, tal como nunca había dejado de soñarlo, una
maravilla, lo encontré triste sin ella, muerta al poco tiempo de nuestra
marcha; triste con su colegio jesuíta de San Luis Gonzaga, en el que
finalizaban aquel año su bachillerato mis viejos compañeros; triste... Triste
por tantas cosas: porque tampoco ya existía Milagritos Sancho, aquella
inalcanzable niña de pantorrillas gordas que me comunicó el amor desde el
pretil atardecido de su blanca azotea, y porque en todo lo que no era aire, el
sol, el mar, el río, las casas, los pinares, había caído como un polvo amarillo
que lo bañaba de una melancolía de flor a punto de doblarse.
El mes escaso que estuve en el Puerto, aunque dormía en casa de mi tío
Fernando Terry, el del coñac, lo pasé con mi primo José Luis de la Cuesta, algo
mayor que yo, entusiasta de mis aficiones pictóricas y siempre dispuesto a
conducirme en su coche de soberbios caballos a los más distanciados paisajes
para mirar, lleno de extrañeza, mi forma rara de pintarlos. De todos
los que pinté durante aquellos cortos días, el que más escandalizó, no sólo a
él sino a los demás amigos y parientes, fue el patio con el claustro de la
abandonada Cartuja de Jerez, cuadro que me salió de una técnica divisionista,
más o menos imitada —de esto caí en la cuenta algo después— de Paul Signac. Por
los mordientes comentarios que dedicaron a mi obra todos los que la vieron,
pude comprender que allí, en mi pueblo, nadie estaba dispuesto a admirarme y
que si no me iba pronto llegarían a tenerme por loco, riéndose de mí con esa
grosería tan ostentosa de los que se sienten insultados por aquello que no
comprenden.
Lo que al regresar a Madrid sentí de nuevo por el Puerto fue la aguda
nostalgia de sus blancos y azules, de sus arenas amarillas pobladas de
castillos, de mi infancia feliz llena de trasatlánticos y veleras al viento
relampagueante de la bahía.
II
Sigo mi Arboleda perdida, este segundo capítulo
sobre mi adolescencia, todavía entre las enamoradas del muro y las estrellas
federales de mi breve jardín bonaerense. Tercer verano, aquí, lejos de Punta
del Este, de «La Gallarda», la preciosa casa de Altana entre los bosques de pinos
marineros, las acacias de cresterías doradas y la voz próxima del mar. Los
calores me animan al trabajo. El juego que se filtra por las hojas de los dos o
tres árboles que me protegen, es una buena espada para abrirme los tupidos
senderos de la memoria.
Al volver a Madrid, aquella terrible gripe surgida recién acabada la
guerra, la gripe nunca supe por qué denominada «española», hacía estragos en
casi todas las poblaciones de España. A los pocos días de marcharme del Puerto,
morían varios parientes míos, entre ellos una hermosa muchacha, hermana de mi
primo José Luis de la Cuesta. También la cruenta enfermedad subió las escaleras
de mi casa, tocando a mi padre en los pulmones, dejándole una herida por la que
habría de entrársele la muerte al cabo de año y medio. Apenado de no haber
cumplido mi promesa, me puse a estudiar, con escasísimo entusiasmo —lo
confieso—, no sólo el cuarto año del bachillerato sino alguna asignatura correspondiente
al quinto.
Aquellos pocos días en el Puerto me sirvieron para darme cuenta de cuánto
debía ya a Madrid, comprendiéndome un muchacho definido del todo, seguro dé mi
vocación, lejos de aquel mal colegial playero de los jesuítas, todavía de
pantalón corto. Bien largos eran los que ahora llevaba, gustándome, además,
usar de cuando en cuando a modo de bastón una caña delgada de bambú,
competidora de mi esbeltez, quiero decir, de mi alarmante y pálida flacura. Muy
escuálido andaba yo entonces, sintiendo, aunque me los callaba, los síntomas
primeros de la enfermedad que años más tarde iba a marcar en parte un nuevo
rumbo a mi vida. Un desasosiego inexplicable, un tormento angustioso, lleno de
insomnios y pesadillas nocturnas, se habían apoderado de mí, quitándome la
tranquilidad y casi oscureciendo mi sana alegría, A la falta de sueño se unían
una desgana, una ausencia tan grande de apetito, que me pasaba días enteros
sostenido a lo más por una taza de café con leche tomada de prisa en un viejo
cafetín de la calle Serrano. Las piernas me pesaban, sintiendo al caminar como
si en cada muslo soportase una bolsa de arena. Pero a pesar de esto, una
vehemencia sin dominio, un delirante y ciego impulso me sostenían. Recuerdo la
mañana en que por vez primera perdí el conocimiento en medio de la calle y me
vi al despertar auxiliado por una hermosa señora que me aplicaba en las sienes
su aromado pañuelo ante las miradas compadecidas de varias muchachas que
regresaban de la iglesia. De estos desfallecimientos nada supieron en mi casa
hasta poco después de muerto mi padre. Mas, como por mi aspecto se adivinaba
que mi salud no era muy buena y él se encontraba ya bastante enfermo, me
mandaron ese verano como su acompañante a la sierra de San Rafael, en donde el
aire de los pinos y el sol guadarrameños me llenaron de nueva vida los
pulmones, renaciendo a los pocos días de perderme por aquellos caminos de
álamos y chopos y tocar el azul de las cumbres venteadas. Por allí dibujé
umbrías y cascadas, siguiendo entre las piedras el rebotar del agua de las
cimas. Allí dejé estampados en el papel los viejos pinos solitarios de las
alturas, bautizados con literaria dedicatoria en la primera página de mi
cuaderno de croquis: «A los tristes caballeros del aire». ¡Oh, viérame ahora
nuevamente y con la misma clara inocencia entre aquellos susurros y lejanías, o
en las templadas orillas malagueñas adonde bajé, siempre acompañando a mi
padre, al iniciarse el invierno!
Málaga me llenó mis papeles y tablillas de apuntes del temblor y la espuma
marineros, de barcas y castillos, de jardines al borde de las redes, de
limoneros y cales cegadoras. Por las mañanas solía ir a la Caleta, a ver sacar
«el copo», fiesta alegre y dura a la vez, rutilante de gritos y del espejeo
saltador de la plata menuda de los boquerones. Por las noches, el Parque era
mi paseo, aunque esquivando las oscuridades misteriosas, cargadas siempre de mariquitas
desvergonzados en espera de esos increíbles hombretones que bajan de los
barcos en busca de un placer que por aquellos puertos mediterráneos casi nadie
osa considerarlo un extravío.
Aun a pesar de rehuir el trato de la gente y sobre todo el de los muchachos
de mi edad, durante aquel invierno me hice amigo de algunos, conociendo a Luis
Altolaguirre, hermano de Manolito, entonces en el colegio jesuíta de El Palo y
años más tarde gran poeta de mi generación.
Con aquellos hoy borrados amigos, insoportables señoritos de la buena
sociedad malagueña, visité una cálida noche un precioso prostíbulo cercano
al mar. No sin cierto temor, que perdí a los pocos minutos, penetré —era la
primera vez que lo hacía— en aquella casa mediterránea de Venus, verdadero
jardín donde sus morenas hijas andaluzas resaltaban, casi desceñidas de todo
velo, entre macetas de geranios y claveles violentos, el mareante aroma de las
albahacas, magnolios y jazmines. Una parra corría su verde toldo a mitad de los
muros que velaban las puertas de sus alcobas misteriosas con cortinillas de
colores. En el centro de aquel patio-jardín se derramaba un cenador agobiado de
rosas gualdas y carmines. Bajo él, un guitarrista volcado sobre el hoyo de su
guitarra, rasgueaba en sordina para unos marineros prendidos a los cuellos y
torsos bronceados de sus elegidas. Poco a poco nos fuimos acercando con las
nuestras, formando al fin una alegre fiesta de amor, en la que el cante, el
bordoneo, el gozo de las risas y los gritos, más encendidos cada vez por la
llama del vino, subían a entrelazarse con el rumor del mar traído por el aire
sobre las bajas azoteas. Al regresar casi con el sol a mi casa, no fui
amonestado por mi padre, y eso que esta vez no volvía, como en aquella noche
madrileña, de pintar la luna.
A pesar de lo maravillosas que me parecieron entonces mi aventura y
revelación del pompeyano lupanar malagueño, volví a mis paseos solitarios y a
mis apuntes de la Caleta, del Limonar, de las lejanías campestres y marítimas
desde el castillo de Gibralfaro. Y, como cada día soportaba menos el
señoritismo andaluz con su deliberada profesión de gracioso, procuré rehuir la
compañía de aquellos ocasionales amigos, ya contaminados de las peores
tradiciones de la buena sociedad local. Una terrible historia, de la
que alguno del grupo había sido protagonista, les oí contar entre burlas soeces
y risotadas. Sucedió que otra pandilla de señoritos de las más altas familias
explotaba las inclinaciones efébicas de un rico alemán aparecido un invierno en
aquellos calientes litorales. El anfibológico juego consistía en dejarse querer
unos y otros, sacarle el dinero y correr a tirárselo en seguida por cafetines y
prostíbulos del puerto. Una tarde, los que esperaban, como siempre, en un coche
el regreso del que andaba de uso en el amor del alemán, impacientados por lo
largo de la visita, se precipitaron en el chalet donde éste vivía, violentando
la puerta. A la noche siguiente los diarios locales voceaban la noticia del
espantoso crimen: el hallazgo de un extranjero crucificado a puñaladas contra
una de las paredes de su domicilio. Las primeras investigaciones comenzaron a
dar nombres de los más conocidos en el elegante mundo malagueño. Y, como hasta
el de uno de los hijos del gobernador figuraba en la lista, se echó tierra al
asunto, dejando impunes por las calles de Málaga a los autores de tan tremendo
y repugnante asesinato.
Divorciado ya de aquella escoria señoritil y provinciana, solo otra vez
conmigo mismo, me tropecé, en una de mis paseatas vespertinas por la calle
Larios, con la imagen de Salvador Rueda, el olvidado cantor de aquellos
maravillosos paisajes terrestres y marítimos. Lo vi, primero, en la tapa de un
libro, tras los cristales de una librería. Allí estaba —corona de laurel y
largos bigotes retorcidos— en actitud meditativa. Dominando mis repentinas
timideces de entonces, me atreví a visitarlo. Lo encontré, cuidador de la
Biblioteca Municipal, lamentándose de su creciente ceguera y el injusto olvido
a que se le había condenado. Con voz dulce y emocionada me refirió sus méritos:
un humilde pastor de Benaque, su pueblecillo natal, llegado a Málaga «con la
cabeza llena de panales...». Guardaba conciencia de su papel como precursor del
modernismo poético, reconocido generosamente por Rubén Darío, quien le dedicara
a finales de siglo dos magníficos y chisporroteantes poemas. Me dijo que la voz
del Parnaso moderno era de mujer. ¿Nervo? ¿Villaespesa? ¿Jiménez? Poesía femenina.
Salimos juntos, en la mañana de sol, acompañándole por varias calles y
paseos, camino de su casa. Me enteré luego que ésta consistía en una
modestísima habitación de un prostíbulo del barrio popular del Perchel. Allí
vivía el desdichado y luminoso lírico de aquellos litorales, contemplando,
nostálgico, clavadas sobre la cabecera del miserable lecho, las múltiples
coronas que habían ornamentado su frente en los años gloriosos de sus viajes
por España y América.
Injusta era la patria con este verdadero poeta, herido todavía —se
lamentaba con abatimiento— de nunca haber hallado el suficiente apoyo para
figurar entre los inmortales de la Real Academia de la Lengua. A propósito de
la gestión de Rueda con miras a ingresar en la docta casa, me contaron más
tarde en Madrid la siguiente divertida anécdota:
Aducía el cantor malagueño como principal mérito de su vida el haber sido
pastor en sus campos naturales. A cuanto apolillado académico que visitaba le
repetía lo mismo. Cuando le llegó el turno al más arrugado y achacoso de
todos, éste le replicó con sorna melancólica:
—Mire, Rueda, no insista, Allí en la Academia, desgraciadamente, no
necesitamos pastores. Somos tan viejos, que ya a ninguno se nos van las cabras.
¡Pobre Salvador Rueda! Yo quise, pasados muchos años y ya aquí, en Buenos
Aires, intentar un posible renacer de su gloria, publicando en la colección
Mirto, de la que era director, una antología de sus mejores versos. Se le
recordó, entonces, con elogio en algunas crónicas. Y eso fue todo. Su poesía,
tan americana, por otra parte, en muchos aspectos, no despertó los ecos que en
justicia esperábamos. Cosa no de extrañar, pues en la actualidad ni hasta el
propio Rubén Darío toca como debiera el corazón de las nuevas generaciones. ¡Lástima grande!
Vuelto a Madrid, y siempre apremiado por toda la familia a causa de no
haber cumplido mi promesa de seguir el bachillerato, continué estudiando con
un poco más de ahínco. Me apenaba el ver agravarse a mi padre, el pensar que pudiera
morir antes de darle aquella pequeña alegría. Sin dejar mis visitas al Casón y
al Museo del Prado, mis caminatas y nocturnos poéticos con Gil Cala y Celestino
Espinosa, fui preparando malamente, durante el verano, la Historia Universal,
la Preceptiva y la Historia Literaria. Llegados al fin los exámenes de
septiembre, me presenté muerto de pánico en el Instituto del Cardenal Cisneros.
Tardes horribles, peores que aquellas de Jerez cuando me examinaron de
Aritmética y Geometría. Pasé en Historia Universal, pero en Preceptiva... ¡Oh,
Dios mío! Aquel libro de texto madrileño era más misterioso e incomprensible
que el de los jesuítas del Puerto. Me preguntaron por la didascálica; oí
confusamente hablar de paragoges, hemistiquios, hipérbatones y metonimias. Y
cuando ya al final, en un desesperado esfuerzo por aprobarme, el catedrático le
explicó a mi angustioso mutismo que «la emoción de la colectividad daba lugar
al epinicio», comprendí más que nunca lo hermoso y tranquilizador que era
lanzarse por campos y jardines con una caja de colores, limpios los ojos y
libre el pensamiento de aquel galimatías tan necesario, por lo visto, para ser
buen poeta.
Como fui suspendido en Preceptiva, no pude examinarme de Historia
Literaria. Una gota de cloro me sirvió para borrar el suspenso y
adjudicarme un notable; y una nota en blanco, robada por un amigo, para
falsificarle un aprobado a la otra asignatura. Así, las tres
calificaciones en la mano, irrumpí con gran soltura, aunque agobiado de
tristeza, en la habitación de mi padre, cantándole de lejos las notas, que
apenas si miró, pero que le iluminaron el rostro fatigado de una dulce sonrisa.
Considerándome, después de tan feo como inocente engaño, en vacaciones, volví
de modo delirante a meterme en lo mío, que no era al fin sino otra cosa que la
entrada por las selvas y mares vírgenes de la vida, Con Espinosa y con Gil
Cala leía versos, a veces hasta el rayar del alba. Ellos fueron mis
iniciadores, los que despertaron en mí el temblor de la poesía. Ellos, los que
me dieron a conocer Platero y yo, la mágica elegía andaluza de Juan
Ramón Jiménez, en una preciosa edición destinada a los niños. Aún quedan sobre
mí, a través de los años, las primeras huellas de este libro. Con mi hermana
Pepita lo repetía por los jardines del Botánico, las arboledas del Retiro, los
declives de la Moncloa. Atolondradamente, me puse a comprar por las tiendas de
viejo cuanta obra encontraba al alcance de mi escasísimo bolsillo. Al par que a
los novellieri italianos, cuyos picantes relatos me divirtieron,
descubría a los clásicos griegos en ediciones publicadas por Prometeo, la
editorial valenciana dirigida por Blasco Ibáñez. Me entusiasmé con Aristófanes,
más que nada con su Lisistrata, que releía entre pudibundos sonrojos y
carcajadas. Me quitó el sueño la grandeza de Esquilo; me llenaron de ilusiones
heroicas los dioses guerreros de la Iliada y las aventuras azules de
Odiseo; me volvieron pastor de rosas y cipreses los Idilios de Teócrito,
y comencé a sentir, aunque muy vagamente, desde aquellas lecturas, el
angustioso anhelo de precisión y claridad que ahora sobre todo me domina.
Con Celestino Espinosa, que era el más músico de los tres, asistí a mi
primer concierto. Fue en el Circo de Price, bajo la batuta del maestro
Bartolomé Pérez Casas, director de la Orquesta Filarmónica. Sólo recuerdo hoy
del programa algo que tal vez por estar dentro de mi espíritu de aquellos días
me estremeció las médulas e inundó de una luz imborrable. Desde entonces,
siempre que vuelvo a oír la Ifigenia en Áulide, de Gluck, me siento
tocado de la gracia, bañado de la más pura armonía.
Como homenaje a Claude Debussy, muerto aquel año (1919), también escuché
dirigido por Pérez Casas el estreno de Iberia, ofrenda del más
trasparente músico de Francia al perfume lejano de una soñada Andalucía. A
pesar de la extrañeza que me causó la misteriosa vaguedad que comenzó a fluir
de la orquesta, aquellos ritmos entrecortados de danzas y golpes en sordina de
palillos, empecé a sentirme cautivado, a ser como arrastrado por una tenue
marejada, que llegó a reventar en una pleamar de aplausos, gritos y bofetones
cuando la mayoría del auditorio inició la más estrepitosa y taurina protesta,
culminada con la interrupción de la obra, los insultos a Debussy y al pobre
maestro Pérez Casas que intentaba, impertérrito, seguir la obra. Mas, desde el
inicio de la siguiente temporada —hecho que he visto tantas veces repetirse en
mi vida—, aquella misma Iberia, recibida entre tan hostiles y bárbaras
manifestaciones, se convertía en una de las piezas del repertorio orquestal más
solicitadas del público madrileño.
También en aquel mismo año presencié mis primeras óperas. Me invitaba con
frecuencia a su palco una hermosa señora italiana, mujer del arquitecto del
Teatro Real, que vivía en el piso tercero de mi casa. Muy de moda estaban
entonces Tosca y La bohéme, de Puccini, y de todos los tenores,
Anselmi, de quien andaban enamoradas muchas señoritas del mundo musical.
Recuerdo un retrato suyo que presidía el tocador de una de mis primas, ya
bastante talluda. Nunca vi cabeza más cursi y relamida ni hoyuelo más redondo
en mitad de la barba ni más empalagosa expresión de mujer cuarentona en cara de
hombre. Me ha sido muy difícil evitar luego el que la voz de los tenores me
lleve siempre a la visión de aquel retrato, acometiéndome la misma repugnancia
que hacia esos bombones incomibles, blanduchos, rellenos de una crema blanca
parecida a la que sueltan las cucarachas pisoteadas.
Desde aquel mismo palco asistí a la primera representación de El
tricornio, de Manuel de Falla. Aunque ya había enloquecido Nijinski, el
ballet ruso de Diaguilev continuaba asombrando al mundo y removiendo a su paso
los ambientes artísticos. En ese estreno, además de descubrir el apasionante
ritmo y el alma jonda, profunda de Falla, se me reveló toda la gracia y
embestida creadora de Picasso. ¡Aquel maravilloso telón añil sobre aquel
sugerido puentecillo de ojos negros, aquella cal hirviente de los muros y el
pozo, toda aquella simple y cálida geometría que se abrazaba fusionándose al
quiebro colorido de los bailarines! Nada de lo que vi a la misma compañía me
sorprendió tanto y fijó tanta huella. Y eso que La boutique fantasque, de
Rossini-Respighi, con decorado de Derain, la Scheherazada y la lámar,
de Rimski, bajo la apoteótica fantasía escenográfica de León Bask, significaban
entonces, con los otros grandes espectáculos que Diaguilev ofrecía, el más
nuevo lenguaje, la más audaz expresión del nuevo ritmo corporal, musical y
pictórico que inauguraba el siglo XX.
¡Qué atroz desasosiego, qué delirio y torturadas vigilias los míos de
aquellos años diecinueve y veinte! La literatura ya me apasionaba, anotando mis
impresiones y enamoramientos fugaces con caracteres alfabéticos inventados por
mí, letras de rasgos árabes, una especie de aljamiado que al poco tiempo de no
practicarlo ya me era imposible descifrar.
El andar fuera de casa me obsesionaba. Comía yo solo, y hasta a veces de
pie, en la cocina, adonde subía de dos zancadas por la escalera interior.
Cuando disponía de unos reales, cenaba un bocadillo de jamón en cualquier bar
del centro, y, si no corría a casa de Gil Cala, me lanzaba a pasear sin rumbo
por los barrios bajos, volviendo rendido a mi cuarto, después de caminar toda
la Castellana. Las visiones, los insomnios cruzados de pesadillas me hacían
llegar al alba con los párpados rotos y los ojos casi ensangrentados. Sufría de
miedos, de terrores incontenibles. Muchas noches, pretextando no encontrarme
bien, suplicaba al sereno me acompañase hasta mi piso; tal era mi temor a
sentirme de pronto, consumido el pabilo, en medio de la silenciosa oscuridad
de la escalera. Recuerdo que al volver una aterida madrugada de enero, se me
paralizó la sangre, quedándome como clavado a pocos metros del portal de mi
casa. Unos frailes extáticos, encapuchados de un blanco amarillento y
sosteniendo entre las manos unos negros fusiles, lo custodiaban. Como no me
atrevía a avanzar y el vigilante de la calle no acudía a mis palmadas,
retrocedí despavorido, vagando por el barrio hasta que la primera ráfaga de
luz limpió de visiones la puerta y pude al fin atravesarla más tranquilo.
La calle, ya más que los museos, era mi escuela. Cuando no repetía hasta el
infinito escenas de albañiles tumbados o comiendo bajo los árboles, cuando no
dibujaba carretas descargando maderas y ladrillos ante las construcciones, paseaba
observando la ciudad o recitando versos en las tardes primaverales con mis
amigos Gil Cala y Espinosa. Ellos me revelaron una vez:
—Aquél es Amado Nervo.
Iba el poeta mexicano, creo que por entonces embajador en la corte de
España, caminando despacio por la calle Sevilla. Yo conocía sus versos. Nunca
me habían maravillado, aunque por insistencia y entusiasmo de Gil Cala supiera
algunos de memoria.
¡Oh Kempis, Kempis, asceta yermo,
pálido asceta, qué mal me hiciste!
Ha muchos años que vivo enfermo
y es por el libro que tú escribiste.
Este ripioso poema lo repetíamos sin cesar. Era quizás el suyo de más fama.
Muchas amigas mías lo llevaban en el libro de misa y lo rezaban con devoción en
la iglesia. A Amado Nervo se le tenía por un místico, y otro de sus poemas, en
el que comparaba a su amante con el Ave María, empañaba los ojos de legiones
de damas y señoritas católicas. De todos modos, se traslucía en la obra de
Nervo que era un hombre extremadamente bueno y no tan despreciable poeta como
hoy, en los peores años de su olvido, se le considera.
Otra vez, en la calle Alcalá detuvo Gil Cala a un joven moreno,
enflaquecido, de pupilas quemantes, hermoso en todas sus facciones. Era el
escultor Julio Antonio, casi en vísperas por aquellos meses de su apoteosis
consagratoria y también de su muerte. Yo ignoraba por completo su obra, aunque
su nombre me era familiar, ya que Gil Cala, muy envanecido de ser amigo suyo,
lo repetía a cada momento. Por él supe que las mujeres —cosa que me las hizo
imaginar por entonces como unos serpenteantes monstruos bebedores de sangre— le
habían sacado su avasalladora juventud, llevándolo al final a la tuberculosis
que lo tenía ya tan afilado y enfebrecido. Lleno de sonriente simpatía, me
invitó a su taller. Visita que cumplí, acompañado siempre de mi amigo, pero
con la mala suerte de no hallarlo. Su empeorada salud —¿qué le habrían hecho
aquellos días las mujeres?— era la causa de su ausencia. Nos recibió su
compañero de taller, Salazar, otro joven escultor, también bastante enfermo,
quien en aquel instante retocaba las barbas de Ruperto Chapí, obra que Julio
Antonio dejó inconclusa y que terminada luego por su discípulo figura hoy como
monumento a la memoria del gran zarzuelista en los jardines del Buen Retiro. El
taller de Julio Antonio se encontraba no lejos de mi casa, al final de la calle
Juan Bravo. A la entrada, rematando los postes que sostenían la pequeña verja,
se inclinaban, en piedra, dos dolidas cabezas de un fuerte sentimiento clásico:
las de los héroes para su monumento conmemorativo de la defensa de Tarragona en
la guerra de la Independencia. Dos cabezas de mejor calidad escultórica que las
definitivas que aparecen en él. Dentro del estudio, además del bloque de barro
de Chapí, se veía, volcado sobre un andamio, un descomunal busto de Wagner,
vaciado en escayola, correspondiente a otro monumental proyecto que tampoco la
muerte le permitió llevar a cabo. Lo que más recuerdo de aquella visita es el
frío que pasé y una angustiosa sensación como de algo que sin estarlo aún ya
parecía abandonado. Y así sucedió. La mano de Julio Antonio no volvió más a su
taller ni a posarse sobre aquellos fragmentos, aquellos pedazos de su luminosa
juventud malograda. A los pocos días de mi visita, Madrid entero, haciendo cola
ante la puerta de una de las salas del Museo de Arte Moderno, desfilaba ante su
última obra escultórica: el monumento funerario de la familia Lemonier. Allí,
tras la madre que llora de rodillas su bello adolescente muerto, vimos por vez
postrera a Julio Antonio, hundido, amarillento, lejano, una casi desvanecida
sombra, de quien sólo los ojos fulguraban todavía prendidos a la tierra.
Poco después de muerto Julio Antonio, comencé a apreciar vagamente su
obra, que fui conociendo de manera dispersa. Varios bustos que pude ver antes
de que el museo abriera al público la sala que le dedicara, me sirvieron para
adivinar que, en media de aquella especie de realismo industrial que invadía
la escultórica española, era posible un nuevo entronque con las más claras
ondas espirituales y plásticas del Mediterráneo. Y aunque esto se me cruzase
con el sobresalto de todas las aventuras estéticas que entonces agitaban a
Europa, y que ya comenzaban a filtrarse en España, no dejaba de comprender que
en aquellos bustos que Julio Antonio llamó de la Raza, se reiniciaba un ideal
de belleza completamente desaparecido de nuestro suelo.
Más camino que el escultor abrió en mí la amistad que empecé con Daniel
Vázquez Díaz, pintor andaluz recién llegado de París y cuyo conocimiento
también debí a Gil Cala. La proximidad de su estudio —vivía al final de mi
calle y en la planta baja de la misma casa de mi amigo— fue con seguridad el
motivo de que intimáramos fácilmente y nos viéramos con frecuencia. Lo
sorprendente entonces en Vázquez Díaz era su gracia, su dinamismo, su
combatividad. Una especie de gitano de Huelva, teatralero y gestero hasta las
exageraciones más desternillantes. Había casado con Eva Aegerolhm, buena
escultora, fina y audaz, con ojos de desvaídos lagos nórdicos. Era extraño el
contraste que ofrecía esta mujer, romántica, lejana, soñadora, con la
torrencial verbosidad, el aplastador dicharacherismo de su marido. Juntos,
eran algo así como una corrida de toros en medio de un fiordo helado, corrida
en la que Vázquez Díaz hacía de toro, de público, de caballo y torero a la vez.
¡Cuánto me he divertido oyéndole a él sus cuentos parisienses a propósito de
las aventuras amorosas de Modigliani y Juan Gris! De éste decía, para dar a
entender el grado de abstinencia que había alcanzado en el momento de su
aparición en el Quartier Latin: «Juan Gris, que llegó a Francia con treinta
años de semen en la punta del carajo...» (¡!). Todas aquellas atrocidades las
contaba Vázquez Díaz mezclando a su andaluz frases francesas, las más simples y
elementales, que siempre traducía, suponiendo sin duda en su auditor un total
desconocimiento de la bella lengua de Moliere: «Oui, oui. (Sí, sí.) Ouvrir
la porte. (Abrir la puerta.) ¿Comment diez-vous? (¿Cómo está usted?) Á bientót. (Hasta pronto.)» Etc. El
afrancesamiento de Daniel Vázquez Díaz, tanto en los modales como en las
expresiones, era pintoresco. Se movía de acá para allá, haciendo gestos y
genuflexiones que él creía del más refinado gusto parisiense, y rara era la
dedicatoria o despedida epistolar que no rematase con un exquisito amicalmente,
verdadero pedrusco galicista incorporado por el pintor a su gracioso
andaluz de Huelva.
En el ambiente pictórico aburrido y academizante del Madrid de aquellos
años, la aparición de Vázquez Díaz sirvió de revulsivo, de agitado despertador
para los jóvenes. Y, aunque no fuera un revolucionario de primera avanzada, sus
dibujados retratos, simples de líneas y sugeridos planos, su pintura, de
procedencia cézanniana en la técnica, pero de un fuerte espíritu español,
fueron como una brecha abierta al aire, libertadora entrada para nuevos
experimentos.
También la presencia de otros pintores —como el uruguayo Barradas, los
polacos Jhal y Marjan Paskiewicz, los franceses Sonia y Robert Delaunay,
arrojados a España por la guerra— contribuyó en mucho con su ejemplo a esta
batalla de liberación.
En los salones oficiales todavía colgaban sus telas los Benedito,
Sotomayor, Eugenio Hermoso, López Mezquita, Romero de Torres, Anselmo Miguel
Nieto, etc. Recuerdo que la medalla de oro, máxima aspiración de los pintores,
aún más por lo económico que por su valorización artística, la acababa de
obtener Eduardo Chicharro, director entonces de la Academia de España en Roma,
con Las tentaciones de Buda, horripilante y casi pornográfico cuadro, de
retorcidos desnudos iluminados de un verde venenoso. El extremeño Eugenio
Hermoso obtenía, creo que aquel mismo año, la primera medalla por unas
sonrosadas aldeanotas, portadoras de calabazas y gallinas, frente al sol del
atardecer. Reinaba mucho todavía el coletazo de lo típico, la estampa buena
para el museo etnográfico y mucha mala literatura castellanizante, zuloaguesca
y noventayochista. También Romero de Torres, simpático él y marchoso, añadía su
voluptuosa gitanería de almanaque triste a aquel cuadro peninsular, que
catalanes como Viladrich y vascos como Maeztu, los hermanos Zubiaurre, Arteta
y algún otro lo completaban. A los dieciocho o diecinueve años, y cuando uno se
piensa con la voz o unos ojos en trance de diferenciación profunda, la crítica
se alza con un perfil de espada, matando a veces por matar, pero sirviéndose de
tales injusticias para conseguir afirmarse de manera definidora. Hoy yo sé
cuánto de bueno y permanente subsiste en algunos de esos pintores. Mas en
aquellos tiempos... ¿A qué joven que realmente lo fuera podía servirle todo
aquel amasijo de pintura española que en la mayoría de los casos no había
llegado ni al impresionismo? Otra cosa eran pintores como Darío de Regoyos,
Nonell, Sunyer, Mir, Togores... Pero entonces, salvo al penúltimo, Madrid los
ignoraba totalmente. Y Gutiérrez Solana, retirado aún en Santander, no había
traído a la meseta castellana su realismo visionario, contagiado a veces, es
verdad, de la peor literatura costumbrista, pero salvado siempre por su genial
poderío plástico. Se comprende así que la aparición de Vázquez Díaz con su
primera gran exposición en el Museo de Arte Moderno rompiera el ritmo
conformista y adormilado de la capital, metiéndose el escándalo hasta en la
Real Academia de San Fernando, donde aún se movían las centenarias sombras de
Garnelo, Moreno Carbonero, Cecilio Pía...
Fue en ese mismo año de 1920 cuando, animado por Vázquez Díaz, expuse mis
primeros cuadros. En octubre iba a inaugurarse el primer Salón de Otoño
madrileño. Jhal, Paskiewicz, un joven mexicano —Amado de la Cueva—, yo y
alguien que ahora no recuerdo, formamos, con el pintor de Huelva, una sala
especial, que el mismo día de la apertura del Salón fue considerada en el acto
como sala del crimen. Mis obras expuestas eran muy diferentes: una, la
más normal, influida por Vázquez Díaz, se titulaba Evocación, y otra,
la más rara, Nocturno rítmico de la ciudad. Un juego de ángulos curvos,
verdes claros y rojos, que se superponían y trasparentaban en una musical
repetición, tachonados a veces de puntos negros, quería sugerir, de manera
decorativa más o menos ingenua, el efecto lumínico de una ciudad moderna a
vista de pájaro. El cuadro provocó la carcajada en casi todos los visitantes,
burla general que llegó a concretarse en una divertida caricatura aparecida en
la Gaceta de Bellas Artes. Al pie de una mofa angular y punteada de mi
obra, el dibujante comentaba:
Este nocturno rítmico, de día,
es una descomposición de la sandía.
A mí, en lugar de disgustarme, me halagó muchísimo la broma, que corrí a
mostrar, presuroso, a todos los amigos, seguro de que mi fama de pintor se
inauguraba de manera llamativa y escandalosa. Después de esta entrada pública
en el mundo del arte, seguí frecuentando a Vázquez Díaz y pintando
animosamente, pero sin adherirme a ninguno de los grupos que ya tanto en lo
literario como en lo pictórico estaban perfilándose.
Con un Rafael María de Alberti yo firmaba entonces mis cuadros. Cosa quizás
más eufónica, pero bastante estúpida.
III
Un caballo, sin verme, me está mirando fijo desde el fondo de la barranca.
Aquellas olas verdes de los otros veranos se han convertido hoy en un inmenso
pastizal esmeralda, mar tranquilo de tierra en donde al sol y al viento se
petrifican en estío los ganados. Un río grande cincha al campo, y otro pequeño
y hondo que va a prenderse a él, lo raja largamente, dejándole una parte entre
dos aguas, dando lugar así a una de esas innumerables islas que el Paraná,
millonario de brazos y cabellos, apresa en su camino. La que tengo delante se
llama el Dos de Oro. Sus pocos pobladores, cuando quieren pasar a tierra
firme, lo hacen cruzando el Baradero, y en tiempo nuncio de crecida, con todos
los ganados, antes que el río grande se junte con el chico y trasformen el
campo en un extenso mar de difícil huida. Quiero decir con esto que las olas
marinas de los otros veranos uruguayos se han marchado de mí, creo que,
mientras viva en la Argentina, definitivamente. He cambiado los estíos en «La
Gallarda», aquella preciosa casa mía entre pinares a la vera del mar de Punta
del Este, por los más apacibles en una quinta llamada «del Mayor Loco», sobre
las barrancas movidas de San Pedro, frente al solemne Paraná de Las Palmas.
Ante su enorme banda, esta mañana de un fresa pálido sereno, recupero el
olvidado hilo de mi Arboleda perdida —hace
que lo dejé casi tres años— y doy comienzo a otro nuevo capítulo.
¡Alegría de volver a aquellos años madrileños, aún no envenenados por el
odio y lejos todavía de los ríos de sangre que iban a correr por toda España a
partir del 18 de Julio de 1936!
Sigo fijando mis recuerdos de 1920. Año de júbilos y penas. Tres muertes,
cada una de las cuales me impresionó y conmovió de manera distinta, llenan sus
meses primaverales: en marzo, la de mi padre, y en mayo, la del genial espada
Joselito y la del grande y popular novelista don Benito Pérez Galdós.
Sucedió que una noche, al volver a mi casa, presentí, no bien dejado el
ascensor, que algo terrible había pasado en mi familia. Por la puerta, abierta
de par en par, salían al descansillo de la escalera voces confusas, entre
claros gemidos y llantos. Aunque mi padre no andaba empeorado por aquellos
días, su hora final, no cabía duda, se había anticipado en el reloj ya casi
roto de su vida.
Aquella hermosa señora italiana, que me invitaba con frecuencia a su palco
del Teatro Real y que vivía a la izquierda de mi mismo piso, fue la primera
persona que encontré al penetrar en la antesala de mi casa.
—¡Qué desgracia más grande! —le dije. Y (cosa mezclada de infantilidad y
cinismo) aproveché el momento doloroso para abrazarme a ella y estamparle los
besos que desde hacía tiempo se me amarraban en la boca sin hallar la ocasión
de soltarlos.
Desenlazado al fin de su precioso cuello y sin atreverme a medir el efecto
de tan inesperado asalto, corrí a la alcoba de donde salían los llantos,
encontrando a mi padre ya tendido en su lecho y aún puesto el mismo traje con
que la muerte le sorprendiera. Había muerto de pronto, soltando a borbotones
por la boca toda la sangre de su cuerpo, quedándose doblado en la antesala como
toro que hubiese recibido un «golletazo». Gimientes y pálidos de estupor, mi
madre y mis hermanos lo rodeaban. Cuando me acerqué al lecho para besarlo,
Agustín, aquel hermano que aunque lleno de gracia era siempre el más serio,
prorrumpió en ayes y palabras que parecían más bien versos caídos de alguna
copla de nuestro cante jondo.
—¡Ay, qué pena! ¡Qué pena! ¡Míralo ahí, tendido, esperando la tierra! ¿Qué
va a ser de nosotros? Hasta hace un momento teníamos un padre, pero ahora...
¡Ay, ay!
Y a este mismo lamento volvía de cuando en cuando con dolor semejante al de
ese hombre andaluz que canta solitario en la herrería acompañado únicamente por
el redoble funeral de su martillo contra el yunque.
La noche del velatorio fue larga, interrumpida a cada instante por el
susurro y cuchicheo compungido de las visitas. Hacia las tres de la madrugada,
enfundaron el cuerpo de mi padre en un hábito blanco de la Orden Dominicana de
Predicadores, lo pasaron a un sencillo ataúd de color caoba y le encendieron
cuatro cirios. Alguien, además, le colocó cerca de los pies un manojo de
flores. Encapuchado, entre las manos lívidas sujetando un rosario y un
crucifijo, el pecho levantado y todo él envuelto en la penumbra amarillenta de
la cera encendida, parecía ese imponente lienzo de Zurbarán en donde el cuerpo
yacente del papa san Buenaventura se alza con una plástica bañada de un
poderoso escalofrío.
Según la madrugada iba avanzando, la gente fue desapareciendo de la
alcoba, y mis hermanos, fatigados, rotos los ojos por el llanto y el sueño,
también se retiraron, quedándose dormidos en cualquier silla o sofá de la
casa. Sólo mi madre permaneció a la cabecera del féretro, sumida en un
duermevela sobresaltado de lágrimas y oraciones. Yo tampoco me fui, confundido
e impresionado, del lado de mi padre. Allí estaba, mudo, casi en la misma
postura que tenía la mañana en que de lejos le mostré, engañándolo, las notas
falsificadas de mis exámenes. Y sentí como si una piedra —o un clavo feroz— me
subiese del corazón a la garganta. Estaba remordido, lleno de infinito pesar
por haberlo tratado casi siempre con una dejadez y frialdad muy semejantes a la
falta de amor. En Andalucía, de chico, él siempre de viaje, apenas si mi cariño
se cifraba en la espera de algún regalo traído de lejos, al regresar a casa,
después de ausencias que a veces alcanzaron los dos años. Cuando nos
trasladamos a Madrid —yo había cumplido ya los quince— y viví más con él y,
luego, aún más estrechamente durante su enfermedad, mi amor tampoco fue muy
expresivo, correspondiendo al suyo, en realidad nada exigente, con injustos
desvíos y hosquedades que lo mortificaban, aunque en muy pocas ocasiones se
decidió a manifestármelo. Estaba remordido, sí, y con deseos de hablarle, de
llenar aquel su hondo silencio, ahora en verdad de muerte, con algunas palabras
de cariño y perdón, respuesta ya tardía a mi desagradable comportamiento. Yo
entonces no lloraba, y menos delante de otros ojos que no fueran los míos. Veía
sólo en el llanto la cara horrible de la gente, y el pensar en la mía mojada
por las lágrimas me llenaba de irritación y vergüenza. Pero algo había que
hacer, alguna prueba de dolor tenía que dar en aquel trance. El clavo oscuro
que parecía pasarme las paredes del pecho me lo ordenaba, me lo estaba
exigiendo a desgarrones. Entonces, saqué un lápiz y comencé a escribir. Era
realmente, mi primer poema.
...tu cuerpo,
largo y abultado
como las estatuas del Renacimiento,
y unas flores mustias
de blancor enfermo.
Sólo recuerdo ahora esas líneas. Desde aquella noche seguí haciendo versos.
Mi vocación poética había comenzado. Así, a los pies de la muerte, en una
atmósfera tan fúnebre como romántica.
Por mucho tiempo viví triste. Me vistieron de luto. Toda mi gente se
ennegreció. Comenzaron los rosarios y las misas, el prolongado duelo
insoportable, repleto al atardecer de visitantes conocidos, así como también de
esos lúgubres cuervos que sólo hacen su aparición cuando comienza a oler la
carne ya difunta. Yo me iba de mi casa, en busca de la soledad, por las afueras
de mí barrio. La llanura, con sus chopos ensimismados, y el Guadarrama azul en
lejanía, fueron mis buenos compañeros de aquellos meses. Me quedaba en el
campo hasta muy atardecido. Y —¡oh milagro!— me seguían saliendo los poemas
como brotados de una fuente misteriosa que llevara conmigo y no pudiera
contener. Recuerdo ahora también el comienzo de otro, surgido entre dos luces,
en un ocaso de primavera:
«Más bajo, más bajo.» [1]
No turbéis el silencio.
De un ritmo incomparable,
lento,
muy lento,
es el ritmo
de esta luna de oro.
El sol ha muerto.
Y hasta las alegrías son tristezas,
pero del mismo ritmo:
lento,
muy lento.
Seguían luego otras estrofas, no menos melancólicas que ésa. Por aquellos
días, un poeta llegado, creo que de Fernando Poo, al Ateneo de Madrid, había
recitado los poemas de un librito que acababa de publicar. Su título: Versos
y oraciones de caminante. Su autor, un desconocido: León Felipe. Con algo
de su delgado acento escribí yo en aquellas horas iniciales. No pude verlo
entonces. Y nunca más supe de él hasta que lo conocí catorce años después, en
1934.
Quiero ahora hacerle saber a ese santo profeta enfurecido que sus primeras
versos, desprovistos y graves, llenaron de temblor las incipientes hojas de mi
más tierna arboleda perdida...
Una tarde de mayo, fatigado ya un poco de mi enlutada soledad, tomé el
tranvía y bajé al centro de Madrid. Al llegar a la Carrera de San Jerónimo, vi
que toda la gente se precipitaba, atónita, sobre unos vendedores de diarios que
voceaban, insistentes:
—¡La muerte de Joselito en Talavera de la Reina!
—¿Cómo?
-¿Qué?
—¡Eso no puede ser verdad!
Aquella tarde, a todo el mundo le hubiera parecido verosímil la cosa más
absurda, menos esta que ya corría no sólo por las calles de Madrid sino por las
de España entera.
—¡La muerte de Joselito en la plaza de toros de Talavera de la Reina!
Compré, como pude, un diario, creo que el primero de mi vida. No cabía
duda. En el papel estaba escrito. Un toro, llamado «Bailador», el quinto de la
lidia, le había pegado una cornada en el vientre. Su cuñado, Ignacio Sánchez
Mejías, que toreaba con él, tuvo que matarlo.
—¡Matar un toro a José! ¡Si hubiera sido a Belmonte! ¡Pero a José!
Jamás los toros le habían rozado ni la ropa. Decían sus enemigos que los
hipnotizaba o que con un pañuelo bañado en cloroformo hacía que perdiesen su
poder para ser toreados con aquella seguridad y gracia juguetona, aquel
burlarse suyo de la muerte, únicos en la historia del toreo. Tenía Joselito
veinticinco años. Joven y hermoso, moría como un dios. Cuando trajeron su
cuerpo corneado a Madrid, una inmensa multitud silenciosa, llenos los ojos de
lágrimas y espanto, lo acompañó a la estación de Mediodía, de donde fue llevado
en un tren especial a Sevilla, a que allí lo llorase la Giralda, su maestra en
el arte de la sal, del ángel, de la alegría luminosa.
Aquella repentina desaparición del joven espada andaluz me dejó su camino:
una estela enterrada que años más tarde me envolvió, plena, llevándome a
condensar en unos versos toda la angustia, el relampagueo trágico que no había
podido decir entonces, en los días cargados de su gloriosa muerte.
En aquel mismo mayo madrileño también voló, no a la gloria como José, sino
tal vez al purgatorio, el alma de don Benito Pérez Galdós, de quien yo en ese
tiempo no había leído apenas nada, pero que conocía de verlo en los jardines
del Retiro adonde iba a posar para Victorio Macho. El escultor, bajo el amparo
de unos árboles, cincelaba su estatua, y el pobre y triste don Benito,
completamente ciego, se prestaba, doblado de paciencia, a escuchar los
chasquidos de la piedra de donde iba saliendo su figura.
Así como la muerte del torero, la del inmenso novelista dejó también en mí
sus escondidos hoyos, que más adelante se me abrieron, saltándome toda su
grandeza, el fervor que no pude tenerle en aquellos años juveniles de
sectarismo y de pedrada contra todo lo que suponía caduco.
1920. Tres muertes, unidas siempre para mí cuando me acuerdo de ese año: mi
padre, Joselito, Galdós.
Aunque el dolor, pasados ya unos meses, se iba remansando en todos los de
casa, un ala oscura de tristeza golpeaba mis noches, vertidas al amanecer en
nuevos poemas desesperados y sombríos. La pintura, que aún a pesar de la
sorpresa de los versos me seguía dominando, de loca y rutilante pasó a bañarse
de ocres y morados, saltando a un realismo semejante al más negro de la escuela
española. Se me ocurrió entonces retratar a mi hermana Pepita, pero no alegre y
luminosa, como hubiera correspondido a sus dieciséis años, sino de cuerpo
yacente, exangüe el perfil y amortajada en un sudario de colores marchitos.
Para consolar a mi madre, le caligrafié dos Nocturnos de Chopin con las
notas volando convertidas en pájaros oscuros sobre los hilos del pentagrama.
Volví de nuevo a visitar los cementerios, con Bécquer en los labios y una
opresión en mitad del pecho que me hacía caminar pidiendo apoyo de cuando en
cuando al tronco de los árboles.
Un mal día, como mi inútil vocación —la nueva, la poética, la escondía yo
con cierto misterio— seguía pareciendo poco productiva a los de mi casa, mi
hermano Vicente me llamó aparte y me propuso en tono serio:
—Estaría bien que me ayudaras. Ha muerto papá y es necesario que tú también
te ocupes de los vinos. Saldrás de viaje y ganarás según tus facultades de
vendedor.
No me atreví a negarme. Y aunque yo no sabía ni sumar ni entendía nada de
negocios, me dispuse a partir, como corredor de la casa Osborne, por pueblos de
las provincias de Madrid y Guadalajara. Para iniciarme en el negocio, creyó
mi hermano conveniente la compañía de un experto. Se apellidaba Velayos, y se
trataba de un buen hombre, pequeño y bebedor, que roncaba en la noche como un
fuelle y que además, a cualquier hora, se soltaba unos cuescos que me
paralizaban el sentido. Con él visité Arganda, precioso pueblo madrileño de
buenos vinos naturales; Alcalá de Henares, en donde con el pretexto de mostrar
las excelencias del coñac Osborne «nos pescamos tal pítima» —estas palabras
eran de Velayos—, que al día siguiente no sabíamos los resultados de nuestra venta
ni en qué almacenes y tabernas habíamos estado. Luego, siempre en estrecha
unión con sus ronquidos y ventosidades, visité otros pueblecillos de menor
importancia, despidiéndome de él, con el pretexto de que ya «había entendido»,
al pie de una diligencia de mulas que iba a internarme por pueblos de los
montes de Albarracín. Ya solo, recorrí villorrios y ciudades del Cid Campeador.
Estuve en Atienza, en donde vendí cinco cajones de vino y dos de coñac, yendo a
parar a Sacedón, que no olvidaré nunca. Sucedió que una noche tenebrosa de
lluvia torrencial, en la especie de fonducho-taberna donde me hospedaba, se me
ocurrió preguntar por el retrete. Alguien, con una muy larga sonrisa, me
respondió:
—Hay corral... Ahí tras la puerta está el paraguas.
Yo, para que no dijera, lo abrí, sin el más mínimo gesto de asombro,
saliendo a las más chorreadas intemperies. Me agaché como pude cerca de unos
tablones atados con alambres, contra los que estuve a punto de rajarme la
cara, y, paraguas en mano, comencé mi sencilla y humana operación. De pronto,
sentí un alboroto, un extraño aleteo, acompañado de entrecortados píos
gallineriles y —fue cosa de un segundo— mis pobres posaderas saltaron de aquel
sitio picoteadas por veinte aves de corral agazapadas en las sombras. A pesar
de tal peregrino suceso, digno de las andanzas del Buscón quevediano, hice
negocio. Pero en la diligencia que me alejó de Sacedón tuve que ir de pie, ya
que no andaba en condiciones de soportar ningún asiento. Todavía antes de
regresar a Madrid me detuve en un pueblo de su provincia: Colmenar de Oreja.
Plaza maravillosa, amurallada por inmensos tinajones de barro. Allí vi un
circo popular, que más que divertirme me llenó de tristeza. La tradicional
chica embarazada dando volatines, el escuálido perro amaestrado, la cabra a
cuatro patas sobre el tapón de la botella y Gutiérrez Solana, trágico y
desvelado, por todos los rincones: ésa fue mi tarde de Colmenar. Nada vendí.
Hice un poema, del que no recuerdo ni una línea. Pero vuelto a mi casa, mi
hermano me felicitó, luego de hechas las cuentas y darme veinte duros. Era la comisión
que me tocaba después de quince días de trabajo.
Al poco tiempo, una noche, estando en los Altos del Hipódromo con una medio
novia que tenía, sentí un raro gusto a metal en la boca. Saqué el pañuelo y lo
teñí de sangre. Me callé. Volví a casa, muerto de escalofríos. A eso de la
madrugada, desperté a mi hermano Agustín, que dormía en mi mismo cuarto.
—Estoy escupiendo sangre.
—Eres un bruto —fue su respuesta—. Quédate boca arriba, sin moverte.
A la mañana siguiente, llanto de mi madre y gran reprimenda de toda la
familia por ser yo el único culpable. Tenían más que razón. No me cuidaba.
Vivía como un caballo desbocado. No comía. Apenas si dormía cuatro horas.
Verdaderamente era un bruto. Agustín lo había dicho. Me llevaron al doctor
Codina, un especialista en enfermedades de pulmón. Diagnosticó después de un
análisis de saliva y una radiografía de la caja torácica: «Adenopatía hiliar
con infiltración en el lóbulo superior del pulmón derecho». Aquella larga relación
de mi mal me gustó mucho. Dediqué unos poemas, que llamé «Radiográficos», a mi
pobre pecho vencido. Y comencé mi curación confinándome, en espera de la
llegada del verano, entre mi cuarto —¡aquel tan querido y desordenado
«triclinio»!— y la contigua galería, cuyos amplios ventanales se abrían sobre
los árboles y las casas de la ciudad con el lejano Guadarrama al fondo.
Largos meses de sobrealimentación. De estatismo. De aburrimiento. De miedo.
Y de silencio casi absoluto, porque, de pronto, el temor a enfermarme de
verdad, a morirme, en definitiva, fue tan grande como antes lo habían sido mi
dejadez y desaprensión. Desde los primeros días de vigilancia de mi salud,
empecé por eliminar a los amigos, rehuyendo incluso la conversación con mi
familia, pues el hablar me excitaba, haciéndome aumentar la temperatura en unas
cinco décimas. Además, como me habían aconsejado aire puro, abrí las ventanas,
aunque era otoño y el viento helado de la sierra hendía en mi soledad sus más
estremecedoras agujas. Esto no sólo espantó a todas las inoportunas visitas
sino también a mi madre y hermanos, deseosos de no pescarse una pulmonía en
semejante «heladera», como desde entonces llamaron a aquella zona de la casa.
Este cambio de vida me sirvió —a él se lo debo casi todo—, calmándome los
nervios, transformando poco a poco en caballo tranquilo aquel tan disparado y
disparatado de mis años anteriores. Leí mucho. Cayeron en mis manos la Antología
poética de Juan Ramón Jiménez, las Soledades y galerías de Antonio
Machado y los primeros libros de la Colección Universal (Calpe), aparecida por
aquellos días. Y escribí constante y apasionadamente, sin perder, gracias a mi
hermana la pequeña, el contacto de la calle, cuyos ecos literarios y artísticos
me llegaban, gritadores, en Ultra, las volanderas hojas que los llamados
jóvenes vanguardistas lanzaban en Madrid con gran escándalo y protesta no sólo
de los «viejos» sino hasta de la gente más alejada del mundo de las letras.
Salvo el de Ramón Gómez de la Serna, vi escritos por vez primera los nombres de
Gerardo Diego, Luciano de San-Saor, Humberto y José Rivas Panedas, Ciria
Escalante, Ildefonso Pereda Valdés, Jorge Luis Borges, al lado de extranjeros,
para mí tan desconocidos, como Ivan Goll, Jules Romains, Apollinaire, Max Jacob
y otros que ahora no recuerdo. Entre los descoyuntados versos, las trepidantes
prosas, los insultantes aforismos y el desconcierto tipográfico de aquellas
páginas, irrumpían con colaboraciones plásticas —dibujos y grabados en madera—
Norah Borges y los ya para mí familiares Barradas, Paskiewicz, Jhal, Delaunay,
etc. Un nombre, entonces, se destacaba con más fuerza y ruido en aquel tren
disparado de Ultra: el de Guillermo de Torre, el fundador y animador más
audaz del movimiento. Había lanzado un manifiesto —con retrato lineal de
Barradas— bajo el título de Vértice, chirriante «locomotiva» que me
sorprendió, gusté y rechacé en un principio. De él recuerdo aún renglones como
éste: «Morfinómanas lésbicas se inyectan en el endocardio la hiperestesia de
las linotipias...». Y otro: «Morena, desenrolla ante mí el film de tus ojos
carburadores...». (Alguien, más tarde, me hizo caer en la cuenta, no sin
gracia, del parecido de este último con el lenguaje madrileñista de los chulos
de Arniches. Creo no ofender con esta pequeña revelación a mi hoy buen amigo
Guillermo.)
Al fin, Ultra acabó por entusiasmarme, esperando la aparición de
cada número con verdadero interés e impaciencia. Quise colaborar en la revista.
Pero, como no conocía a ninguno de aquellos nuevos escritores, me atreví a
mandar por correo un poema de los que por entonces me salían. No lo recuerdo
ahora, pero sí las breves líneas con que lo acompañaba. Decían: «Ahí les envío
esa colaboración para que hagan con ella lo mejor, o peor, que se les ocurra».
Desde luego supuse que fue a parar al cesto de los papeles, pues nunca, a pesar
de que me desojé buscándola durante varios números, la vi publicada. Me
desilusioné y entristecí, pensando: «Claro, esto me ocurre por meterme en
donde no me llaman. Tal vez los "ultra" me conocen como pintor y
naturalmente...». Etc.
Mi tremenda, mi feroz y angustiosa batalla por ser poeta había comenzado.
Comprobaba, con más evidencia a cada instante, que la pintura como medio de
expresión me dejaba completamente insatisfecho, no encontrando manera de meter
en un cuadro todo cuanto en la imaginación me hervía. En cambio, en el papel
sí. Allí me era fácil volcarme a mi gusto, dando cabida a sentimientos que
nada o poco tenían que ver con la plástica. Mis nostalgias marineras del Puerto
comenzaron a presentárseme bajo forma distinta: aún las veía en líneas y
colores, pero esfumados entre una multitud de sensaciones ya imposibles de
fijar con los pinceles. Me prometí olvidarme de mi primera vocación. Quería
solamente ser poeta. Y lo quería con furia, pues a los veinte años aún no
cumplidos me consideraba casi un viejo para iniciar tan nuevo como dificilísimo
camino. Vi entonces, con sorpresa, que lenguaje no me faltaba, que lo poseía
con gran variedad y riqueza, pero que en cambio mi ortografía era más que
deficiente, resistiéndoseme de cuando en cuando la sintaxis. Empecé a prestar
más atención en mis lecturas, observando cada palabra, consultando en el
diccionario con frecuencia y no hallando jamás en la gramática solución a mis
vacilaciones. El trabajo y el tiempo me fueron arreglando las cosas. Pero
nunca del todo, pues aún ahora cuando escribo estoy lleno de dudas.
Pasado el primer melancólico invierno, ya contemplando Madrid disuelto en
la neblina, bajo la nieve o a la luz de esos cielos tan suyos, tensos de azules
congelados; ya consolándome con adivinar a una muchacha que pasaba las horas y
las horas tras los cristales de un balcón de la casa de enfrente, se presentó
la primavera, acelerando en mayo mis preparativos para marchar, antes de la
llegada del verano, a los pinares de San Rafael.
Días estivales de reposo, tumbado en una cómoda chaise-longue, leyendo,
escribiendo o absorbidos los ojos por el tranquilo viajar de las nubes. Tan
sólo aquel silencio rumoroso era inquietado de tarde en tarde por el trajín de
los ferrocarriles que iban hacia las playas veraniegas del norte.
Con la nostalgia del mar,
mi novia bebe cerveza
en el coche-restorán.
Solía leerle mis poemas a alguien mayor que yo, que con frecuencia reposaba
a mi lado. Era un francés, estudiante en Madrid, pero que por hallarse tocado
de un pulmón también buscaba el aire sano de la sierra. Dieciocho años después,
acabada nuestra guerra civil y desterrado yo en París, me vino a saludar,
resultando ser nada menos que Marcel Bataillon, el gran hispanista. Me traía,
dedicado, su último libro: Erasmo en
España, una obra maestra, fundamental para el conocimiento de las ideas en
nuestro país durante el siglo XVI.
Allí, entre aquellas montañas del Guadarrama, repleto el corazón del canto
soleado de los pinos, renací a la vida. Se me fue la poca fiebre que me entraba
al caer de la tarde, aumenté de peso —algo más del debido para un joven poeta—
y comencé de nuevo a pasear, media hora cada mañana y otra media antes de la
puesta de sol.
Escribía como un loco. Casi contento estaba con mis versos, muy diferentes
de los lanzados a la moda por los ultraístas, aunque naturalmente con algo del
desconcierto de ellos. Un día, un amigo pintor que vino a visitarme me trajo un
libro —Libro de poemas, se titulaba— del que se hacían en Madrid los
mejores elogios. El pintor era Gregorio Prieto, y el autor del volumen,
Federico García Lorca: un muchacho granadino que pasaba los inviernos en la
capital, hospedado en la Residencia de Estudiantes. Me entusiasmaron muchas de
sus poesías, sobre todo aquellas de corte simple, popular, ornadas de graciosos
estribillos cantables. Otras, en cambio, las rechacé. No comprendía cómo en
aquellos años de afanes innovadores se podía publicar un canto a doña Juana la Loca
y otros del mismo tono cansado y académico. Ciertas auras de Villaespesa y
hasta de Zorilla —cantores de Granada— corrían intempestivamente por el libro.
Pero, a pesar de todo, se perfilaba un gran poeta y ya me desvivía por conocerlo.
Faltarían aún más de tres años para que eso sucediera.
Otro día, hallándome reposando cerca de un arroyo escondido, al llegar el
tren de la una se llenaron los caminos y bosques de San Rafael de un grito
repetido que al principio fue para mí un misterio. Voceaban así los vendedores
de diarios:
—¡El desastre de Annual! ¡El desastre de Annual! ¡El general Navarro
prisionero!
Se trataba del gran desastre militar y político de Marruecos —miles de
nuestros soldados muertos por los moros—, que iba a traer como consecuencia, a
los dos años, la dictadura militar de Primo de Rivera. Nadie podía saber
entonces que nuestra generación comenzaría a andar bajo ese signo. Otra
generación, la del 98, también había venido bajo el signo de otra catástrofe
nacional: el derrumbamiento total del viejo poderío monárquico español. Ambos
acontecimientos imprimieron caracteres bien definidos a estas dos promociones
de escritores. Pero la nuestra no se pudo enterar hasta el advenimiento de la
República, en 1931, de que su mayoría de edad poética iba a ser alcanzada
durante aquellos años dictatoriales. Más adelante hablaré de esto.
Hacia fines de octubre, mediado ya el otoño, regresé a mi «heladera».
Dejaba con tristeza San Rafael, solemne y melancólico, ya sin veraneantes,
despoblados los chopos, rodando en remolinos por la carretera sus hojas
amarillas. Era hermoso el arribo de la otoñada en la sierra. Sentía más míos el
sol y el largo silabeo del viento en los pinares. Con los primeros grandes
fríos, en los días azules, se recortaban más los montes, presentando un extenso
perfil impresionante aquellos que formaban, mirando hacia Segovia, «la Mujer
muerta». Volvía a Madrid aquel año bajo el fino preludio de la nieve y el
aullido temprano de los lobos en los bosques nocturnos. Me preparaba para un
nuevo invierno sin fin. Aunque ya mi reposo y mi silencio no iban a ser tan
absolutos, el miedo que le había tomado a mi enfermedad me llevaría aún a ser
prudente, no abriendo demasiado la mano a visitantes inoportunos. Menos mal que
para consuelo de mi aislamiento aquella muchacha de la casa de enfrente reapareció
tras los cristales del balcón, quedando allí las horas muertas, adivinándonos
mutuamente hasta el oscurecer.
Continué escribiendo. Un lento mes helado sin recibir a nadie. Hasta que,
de pronto, una tarde, sin aviso, se presentó en mi cuarto la primera visita de
la temporada. Se trataba de un joven escritor, conocido por mí años antes, creo
que en un Salón de Otoño. Su nombre era Juan Chabás.
Valenciano, moreno, de grandes ojos y pestañas aún mayores, voz pastosa,
engolada, traje gris, cuello bajo y corbatín negro, de lazo. Un tipo levantino,
de indudable belleza, simpático pero a veces algo cargante. Me traía un librito
de poemas —Ondas—, el primero que publicaba. Leí la dedicatoria: «Al
pintor Rafael Alberti». No pude evitar un gesto casi de desagrado.
—No sé si lo sabrás, pero hace ya algún tiempo que dejé la pintura. Me ha
prohibido el médico estar de pie... Tampoco es bueno para mi salud el olor de
los colores —le dije, exagerando—. Ahora escribo.
—Está bien... Podrías dibujar sentado. Y volver a los cuadros cuando ya
estés sano del todo.
—No tendré tiempo para las dos cosas. Quiero que se me olvide como pintor.
Me gusta más la poesía. Te voy a leer algo.
¿No te importa?
Y rápido, sin atender a su respuesta, le dije de memoria tres poemas. Uno
de ellos —el único que recuerdo ahora— era como sigue:
La noche ajusticiada
en el patíbulo de un árbol.
Alegrías arrodilladas
le besan y ungen las sandalias.
Vena
suavemente lejana
—cinturón del Globo—
Arterias infinitas,
mares del corazón que se desangra.
—¿Sabes que está muy bien? —dejó caer al cabo de un deliberado silencio—.
¿Tienes más?
—Muchos. Un libro.
Nuevo silencio.
—Yo venía para otra cosa. Pensaba que te gustaría hacer una exposición de
tus obras en el saloncillo del Ateneo. Pertenezco ahora a la directiva y puedo
organizártela...
—¿Para qué? Eso me va a perjudicar.
—No seas tonto. Tú siempre seguirás siendo pintor, aunque escribas.
—No me interesa ya.
Y en mi interior me derrumbé. Mis poemas no le habían gustado. Estaba
seguro. Fingir que sí no era tan difícil.
—Podrás reunir tus mejores obras;.., entre óleos y dibujos...
—No.
—Yo me encargo de todo... Sería tu despedida de pintor... ¿Qué te parece?
Vacilé. Tenía el convencimiento de mi derrota, de que los escritores jamás
me tomarían en serio. Desde ahora en adelante escribiré para mí solo, me dije,
únicamente mi hermana Pepita juzgaría mis poemas.
—Bien. Si tú te ocupas de todo... Será mi adiós a la pintura, como dices.
Yo no salgo a la calle... ¿Qué fecha?
—A comienzos de año.
—Apareceré por el Ateneo el día de la inauguración.
Le di la mano. Y se fue.
Casi lloré de ira, tendido en la cama. Pero a la mañana siguiente me
rehíce. Y escribí de nuevo, aunque considerando perdida la batalla.
Pasada poco más de una semana, apareció otra vez Chabás. Venía acompañado.
—Dámaso Alonso...
No me era desconocido del todo aquel nombre.
—Te trae también un libro.
Mientras el nuevo autor me lo entregaba, pude leer el título: Poemas
puros. Poemillas de la ciudad.
—Es formidable —adelantó Chabás, campanudo.
Dámaso Alonso marcó un gesto en sus labios, entre contrariado e irónico.
Cuando más tarde lo traté, ya grandes amigos, pude confirmar que aquella mueca
suya ante el elogio del escritor valenciano había sido sincera. Dámaso Alonso,
un joven, entonces, de prematura madurez, con un extraordinario talento,
padecía de desilusión, de una incomprensible falta de seguridad en sí mismo,
rayana a veces en lo trágico. Le acomplejaba sobre todo su figura: baja, rechoncha,
coronada por una calvicie en visible aumento. Hasta le hacía sufrir su segundo
apellido —Redondas—, que conocí de pronto y no por él precisamente. Bebía más
de la cuenta, cosa que disgustaba a su madre, y era un gran putañero. Se
hablaba ya de él como de un pequeño fenómeno de erudición y sabiduría. Su
memoria era inmensa —aún más que la que yo padezco—, habiendo llegado a
saberse, en la época de nuestro entusiasmo gongorino, las Soledades y el
Polisemo de don Luis sin un solo tropiezo. Estaba dotado para la poesía
como el mejor, aunque escribiera poco, a causa de un sentido autocrítico
exagerado y de aquella especie de desengaño e inseguridad que lo aplastaban. Le
tomé mucho cariño. A él le debo muchas cosas. Una, fundamental, sobre todas: me
dio a conocer a Gil Vicente, quien todavía refresca mis canciones de estos
últimos años. El libro que me dejó aquella tarde era muy bueno, lejos ya de
todo alboroto ultraístico y anunciando el perfil español y sereno que habría de
distinguir a nuestra generación. Más cerca de Antonio Machado que de Juan Ramón
Jiménez, Poemas puros. Poemillas de la ciudad, por su temblor humano,
extremada economía de expresión y sencillez, abrió cauces hacia la gran poesía
de aquella década. Muchos quizás —hasta incluyendo al mismo Dámaso— no lo
recuerden. Yo sí. Tanto, que aún hoy puedo repetir de memoria algunos de los
sonetos y estrofillas que aprendí aquella misma noche de su visita en una tarde
invernal de 1921.
Los poemas míos que le dije creo que le gustaron, aunque no tanto como los
que escribí luego. Pero, sabiendo yo que mi inseguridad como poeta principiante
era entonces dramática y que él no ignoraba mi vocación pictórica, no quise
ilusionarme ni poco ni mucho con sus manifestaciones de agrado.
En enero o febrero de 1922, asistí a la apertura de mi exposición en el
saloncillo del Ateneo. El bueno de Juan Chabás, fiel cumplidor de su promesa,
se había ocupado de todo: colocación de los cuadros y dibujos, catálogo, precio
de las obras, etc. No me disgustó ver reunidos y ordenados con cierta gracia
mis trabajos de aquellos años, indagadores de las tendencias más dispares.
Podían allí comprobarse figuras y paisajes influidos por Vázquez Díaz, explosiones
de colores sometidas a dinámicos ritmos vistos en Delaunay, al lado de los más
inocentes juegos geométricos de procedencia cubista. También había dibujos
esquemáticos de danzas, recuerdo lineal del Ballet Ruso entremezclado con
visiones de las cavernas prehistóricas. Ante aquel conjunto de mi obra, sentí
la tentación de reanudar mi ya expirante vocación plástica. Pero no. Era
demasiado tarde para volver. Roto estaba el camino, y por el nuevo de la lírica
mis avanzados pasos me decían que el retornar hubiera sido un grave error. La
exposición fue más bien celebrada por jóvenes literatos que por pintores. Cosa
que me desagradó, aunque no tanto como para amargarme. Entre los amigos del
gremio que la visitaron recuerdo a Gregorio Prieto, ya bastante conocido, y a
Francisco Bores, en víspera de partir para Francia, donde se convertiría de la
noche a la mañana en uno de los pintores más personales y seguros del grupo
español —«école de Paris»— que ya comenzaba a perfilarse. En esta exposición
tuve una gran sorpresa, que fue el vender un cuadro en 300 pesetas a un
funcionario de la embajada del Perú, quien no sin cierto entusiasmo cargó con
él días antes de la clausura. El expositor que me sustituyó en aquel saloncillo
del Ateneo se llamaba Francisco Cossío, también poco después parte integrante
del grupo parisiense de artistas hispanos. Me hice algo amigo suyo, dejándolo
de saludar años más tarde, cuando, nuevamente en España, tuvo el poco talento
de meterse a falangista.
Vueltos los cuadros a mi casa, sentí un inmenso alivio. Me parecía haber
hecho una confesión pública de todos mis pecados, purificando mi conciencia,
disponiéndola, ya sin remordimientos, en estado de gracia, a lo más recio de la
lucha por alcanzar lo que desde hacía tanto tiempo condensaba el único desvelo
de mis noches. ¿Estaría lejos la victoria? Era entonces difícil precisarlo.
Pero, después de aquella exposición del Ateneo, el camino para lograrla lo
veía por vez primera más franco y luminoso. (Y eso que la resistencia que aún
iban a oponerme los jóvenes literatos iba a ser grande.)
Debo reconocer, en justicia, que Juan Chabás, a pesar de su demostrado
interés por mi pintura, fue tal vez, entre todos los escritores, el que más me
ayudó a olvidarla. Había salido por aquellos días una nueva revista: Horizonte.
Más serena, más apaciguada. Un arco iris tras el aguacero ultraístico. Su
director era un nuevo poeta: Pedro Garfias, sevillano de Osuna, señalado, junto
a Gerardo Diego, como una de las grandes promesas del momento. (Supe después
que a Garfias no le halagaba mucho se le emparejase con el poeta santanderino.)
Como siempre, fue al propio Juan Chabás a quien debí la visita del andaluz,
recibido también en mi «heladera», menos gélida que de costumbre, pues ya los
aires primaverales andaban rondando las ventanas. Garfias oyó con atención
los poemas que, a requerimiento de Chabás, dije sin más preámbulo. Su
comentario fue rotundo, decisivo en mi vida:
—Dame los tres que más te gusten para el próximo número de Horizonte.
Aquella noche no dormí, y hasta que, varias semanas después, no tuve la
revista entre mis manos, fue grande mi desasosiego. ¿Publicaría Garfias los
poemas? ¿Se arrepentiría, encontrándolos malos al releerlos? Nada de esto
sucedió, pues aparecí en el tan ansiado número junto a la «Baladilla de los
tres ríos» de García Lorca, poesías del mismo Garfias y unas breves canciones
de Antonio Machado. Aquel nuevo Horizonte sabía responder a su título.
En su amplia línea despejada, volvieron a hermanarse poetas momentánea y deliberadamente
excluidos por Ultra. Al lado de Machado ya otra vez se encontraba Juan
Ramón. Del primitivo barco vanguardista, muy pocos de sus tripulantes habían
logrado hacer brazo hasta la playa. Hundimiento casi total, pues tan sólo
salieron incólumes Gerardo Diego, como poeta, y, como crítico, Guillermo de
Torre, capitán de la nave.
Otra revista, ya con dos años de existencia y que yo conocía, se publicaba
en La Coruña con un precioso título: Alfar. Muy amplia de criterio, en
sus páginas siempre armónicas y espaciosas tenían cabida los más diversos
nombres, representativos de todas las tendencias. La escala iba, en lo
español, desde Azorín, Unamuno o Miró hasta el último grito ultraísta; y, en lo
americano, desde Lugones, Sanin Cano o Alfonso Reyes hasta el martinfierrista
más arrebatado. El constante director y editor de Alfar era un claro y
férvido poeta uruguayo, Julio J. Casal, cónsul además de su país en aquella
ciudad gallega. Él y su compatriota, el pintor Barradas, un ser verdaderamente
de genio, «antes de tiempo y casi en flor cortado», dejaron en España, junto
con su imborrable recuerdo, la honda semilla de su trabajo generoso. Así como
entonces pude tratar algo al pintor, no logré hacerme amigo del poeta hasta
1940, ya desterrado yo en la Argentina. Fue a Daniel Vázquez Díaz a quien debí
mi primer contacto con él, mandándole un artículo que yo había escrito sobre su
pintura y que Casal publicó, ilustrado con algunos de los mejores cuadros del
artista andaluz. Pasado bastante tiempo, como mi entusiasmo por darme a conocer
comenzaba a ser grande, me acordé de pronto de Alfar y no sin cierta
timidez envié a la revista varios poemas. Al cabo de unos meses, recibí un
ejemplar, acompañado de unas líneas cariñosas de su director y con mi
colaboración colocada en lugar preferente. Eran poemas de un tono parecido a
los publicados en Horizonte. Nunca los incluí luego en ningún libro,
olvidándome completamente de ellos. Pero, ahora que Robert Marrast, un joven
hispanista francés traductor de mi teatro, ha tenido la bondad de mandarme una
copia, los quiero dar aquí por considerarlos de cierto interés para la corta
prehistoria de mi poesía.
BALCONES
1
Te saludan los ángeles,
Sofía, luciérnaga del valle.
La estrella del Señor
vuela de su cabaña
a tu alquería.
Ora por el lucero perdido,
linterna de los llanos:
porque lo libre el sol
de la manzana picada,
de los erizos del castaño.
Mariposa en el túnel,
sirenita del mar, Sofía:
para que el cofrecillo de una nuez
sea siempre en ensueños nuestro barco.
2
El suelo está patinando
y la nieve te va cantando:
Un ángel lleva tu trineo,
el sol se ha ido de veraneo.
Yo traigo el árbol de Noel
sobre mi lomo de papel.
Mira, Sofía, dice el cielo:
la ciudad para ti es un caramelo
de albaricoque,
de frambuesa
o de limón.
3
En tu dedal bebía esta plegaria,
esta plegaria de tres alas:
Deja la aguja, Sofía.
En el telón de estrellas,
tú eres la Virgen María
y Caperucita encarnada.
Todos los pueblos te cantan de tú.
De tú,
que eres la luz
que emerge de la luz.
Esta Sofía era una niña de doce o trece años, a quien en los largos
primeros meses de mi enfermedad contemplaba abstraída ante un atlas geográfico
tras los cristales encendidos de su ventana. Desde la mía, sólo un piso más
alta, veía cómo su dedo viajaba lentamente por los mares azules, los cabos, las
bahías, las tierras firmes de los mapas, presos entre las finas redes de los
meridianos y paralelos. También Sofía bordaba flores e iniciales sobre aéreas
batistas o rudos cañamazos, labor de colegiala que cumplía con la misma
concentrada atención que sus viajes. Ella fue mi callado consuelo durante
muchos atardeceres. Casi nunca me miraba, y, si alguna vez se atrevía, lo
hacía de raro modo, desde la inmovilidad de su perfil, sin apenas descomponerlo.
Esta pura y primitiva imagen, de Sofía a la ventana, me acompañó por largo
tiempo, llegando a penetrar hasta en canciones de mi Marinero en tierra, época
en que ya ella había trocado el azul de los atlas y la aguja por un flirt dominguero
y matinal, a la salida de la iglesia. Y si antes Sofía, a los trece años, me
escatimaba una simple mirada de reojo, ahora, ya en la flor de los quince, cada
vez que en la calle la encontraba de frente, se encendía de rubor, doblando la
cabeza y alterándose toda de tal forma, que al final era yo el más avergonzado,
dejándola pasar, con bien fingida indiferencia, como si se tratase de una
desconocida. Desde entonces, aunque seguí viviendo hasta 1930 en la misma casa,
Sofía se me borró del todo, muriéndoseme verdaderamente, terminando por ser tan
sólo un bello nombre enredado en los hilos de mis poemas.
Con una larga serie del mismo estilo que los primeros dedicados a Sofía,
iba yo componiendo un libro al que había ya colgado título, uno muy en el
gusto, por cierto, de aquellos años, pero que a casi nadie gustaba: Giróscopo.
Pretendía yo que a mis poemas de múltiples imágenes los compendiaba bien
esta palabra, designadora de ese trompo o peón de música, rayado de colores,
delicia de los niños. A Juan Chabás debí, naturalmente, el que lo conociera Gabriel
Miró, retirado en aquel momento en sus queridas tierras levantinas. Carta me
llegó, al poco tiempo, del adorable autor de El humo dormido, en la que
me expresaba, entre frases corteses y bondadosas, que «en Giróscopo —se
me enreda el título (a él tampoco le complacía)— hay palabras de aguda
belleza». Don adivinatorio de Miró, pues mi locura por el vocablo bello llegó a
su paroxismo en el año del centenario de don Luis de Góngora, cuando con Cal
y canto la belleza formal se apoderó de mí hasta casi petrificarme el
sentimiento.
IV
Ahora, en Castelar —a unos treinta
kilómetros de Buenos Aires— y en casa de unos grandes amigos —los
Dujovne—, busco el recogimiento necesario para dar fin —¿será
verdad?— a este segundo libro de mi Arboleda perdida, interrumpido
tantas veces. Pero, entre el capítulo anterior y el que ahora voy a comenzar,
¡qué largo paréntesis, qué dos años pasados y plenos de mi vida, roto a Dios
gracias aquel monótono estatismo, anclaje involuntario, propicio a la más
esterilizadora sequía! ¿Qué lluvias, qué riegos bienhechores han mojado mis
plantas, mis hambrientas raíces, haciéndome verdecer de nuevo, erguirme otra
vez árbol capaz de abrir sus ramas y sus hojas al silbo de los pájaros y el
viento? A vosotros os digo, álamos, casuarinas, cipreses, cedros y eucaliptos
de estos bosques, la maravilla helada de los bosques polacos, el repique
nevado de las campanas de Cracovia, el eco pastoril de las flautas en los
valles rumanos, las selvas alemanas de abedules y pinos, el sol centrando el
oro de las estrellas del Kremlin, la alta y limpia mirada, ya reposado el
corazón, del hombre puro de esos pueblos. A vosotros, rosales del otoño,
zinias brillantes de papel, dalias redondas como escudos, jazmines de pequeña
nieve, a vosotros os abro los secretos de las flores de China, os cuento de
la piel de sus muchachas, más suave y preciosa que la de todos vuestros
pétalos; de las velas tendidas de sus juncos, mariposas enormes por las bandas
de seda de sus ríos. He viajado, he visto rostros diferentes, cielos y paisajes
distintos. Mapas lejanos han tenido a mi vista sus ignotos colores. Y ahora, a
tantos miles de kilómetros, la sangre pasa por mi corazón llena de millones de
ojos, de millones de voces, de millones de manos fraternales que me lo estrechan
y entibiecen, dándole un nuevo ritmo, bañándolo anticipadamente de las palabras
que han de seguir moviendo los recordados aires de esta mi Arboleda
perdida.
Pasaba el tiempo y mi «adenopatía hiliar con infiltración en el lóbulo
superior del pulmón derecho» mejoraba. Tanto, que nunca me había sentido más
fuerte. Ya mi reposo no era de todo el día. Sólo después de las comidas me tumbaba
una hora, evitando el dormirme con la lectura de algún libro. De todos modos,
salía poco, quedando reducidas aquellas agotadoras caminatas de mis primeros
años en Madrid a paseos cortos por los descampados de mi barrio, por el Retiro
y la Moncloa, o a visitas a los contados amigos que tenía. Entre éstos estaba
Luis Alberti, hijo de tía Lola, mi primera maestra de pintura, y hermano de
José Ignacio, el traductor anarquizante y republicano, amigo de los años
bohemios de Baroja. Era Luis un hombre tierno, bastante solitario, que ahora
vivía en Madrid, acompañando a aquellas tres beldades granadinas, sus hermanas
—Dolores, María y Gloria—, que soportaban como él una soltería retraída y
malhumorada. Extremadamente cariñoso conmigo. Luis me recibía en su oficina de
la casa Calpe, editorial en la que trabajaba. A él le debo el aumento de mi cultura
literaria, pues, siempre generoso, rara era la mañana en que no volvía a casa
con un montón de libros bajo el brazo. Aquella Colección Universal, de pastas
amarillentas, nos inició a todos en el conocimiento de los grandes escritores
rusos, muy poco divulgados antes de que Calpe los publicara. Gogol, Goncharov,
Korolenko, Dostoievski, Chejov, Andreiev... me turbaron los días y las noches.
Hubo una novela, entre todas, que impresionó profundamente a la juventud
intelectual española, sobre la que soplaban ráfagas fuertes de anarquismo: Sacha
Yegulev, de Andreiev, autor que por aquellos años había muerto en
Finlandia, lejos de la revolución de Lenin, que no alcanzara a comprender. Yo
figuraba entre esos jóvenes a quienes la juventud heroica y aventurera de
Sacha quitó el sueño. Los endemoniados, de Dostoievski, más que
admiración, me causaron, entonces, extrañeza. Todo aquel mundo de chiflados
que actuaba tan naturalmente, y en el que lo anormal aparecía como lo más
correcto, me dejó perplejo y pensativo. A partir de aquella lectura, comencé a
darme cuenta de que España, sobre todo en sus pueblos, y más aún en los del
sur, estaba llena de semejante clase de endemoniados, a la que pertenecían no
pocos ejemplares de mi propia familia. De la rara locura de los personajes
dostoievskianos, pasé a la cautivante melancolía y gracia de los de Chejov. Con
mi hermana Pepita releía, hasta llorar, las pequeñas historias de sus pobres
cocheros, campesinos, modestos empleados y profesores... Lo primero que conocí
de Gorki fue «Malva», un cuento maravilloso, cuyo grito final —«¿Quién se ha
llevado mi cuchillo?»— se me fue a clavar, por no sé qué extraños caminos, en
alguna canción de mi Marinero en tierra. Todavía quizás no nos hayamos
confesado los españoles cuánto debemos a aquella sorprendente revelación
abierta ante nosotros al descorrerse la cortina de la novelística rusa
aparecida en esos años. Por entonces yo andaba con los bolsillos vacíos. Apenas
si tenía para el tranvía. Mi enfermedad era muy cara: medicinas, inyecciones,
radiografías, reposo en la sierra. No me animaba a pedir dinero en casa. Pocos
libros, por lo tanto, podía comprar. A mi tío Luis, que me los regalaba en mis
visitas, debo, pues, gran parte de mis lecturas juveniles, en las que ocuparon
un lugar preferente esos autores rusos de antes de la Revolución. Era adorable
mi tío Luis y lleno también de pequeñas endemoniaduras. Por esta época
de sus regalos, andaba más solo que nunca. Acababa de romper con una amante
que tenía. Engordaba demasiado. Ya varias veces se lo había advertido: «En
cuanto llegues a los ochenta kilos, te dejo». Una tarde, en una de esas
básculas de las estaciones del metro, la pesó. Fue la tarde fatal. La aguja,
sin disimulo alguno, marcó algo más de los ochenta. Y allí mismo, sobre el
andén, la dejó plantada. No la volvió a ver más.
A Gil Cala y Celestino Espinosa, amigos de mis primeros años madrileños,
ya no los veía. Gil Cala trabajaba no sé dónde, creo que en Sevilla, y Espinosa
cumplía su servicio militar en África. En cambio, a Vázquez Díaz lo visitaba
más que nunca. ¡Siempre tan divertido, repitiendo sus cuentos de París,
hablando mal de los pintores... y de todo el mundo! ¡Cuánto congeniaba con él!
¡Qué extraordinaria gracia la suya! Aún me río recordándolo.
Pero ya hacía algún tiempo que otra nueva amistad había entrado en mi
vida, una amistad que al principio pudo haberse llamado rodante, ya que
siempre nos encontrábamos en la plataforma del tranvía número 3, camino de la
Puerta del Sol. El nuevo amigo se llamaba Vicente Aleixandre, vecino, como yo,
del barrio de Salamanca. No fue en el Ateneo, durante mi exposición de
pinturas, como hoy Vicente cree, donde nos vimos por primera vez. Fue mucho
antes. ¿En qué lugar sería? No puedo ahora recordarlo. Tal vez a Juan Chabás,
a Dámaso Alonso o a unos primos del propio Vicente, que vivían en el segundo de
mi casa, deba el haberlo conocido. Muchas imágenes, que irán apareciendo a lo
largo de estas memorias, conservo del poeta que a partir de Ámbito, su
libro inaugural, iba a señalarse como uno de los primeros de nuestra generación,
aquella que la guerra civil iba a romper violentamente, dispersándola,
llegando hasta matar a una de sus voces más geniales. Muchas imágenes conservo,
pero por sobre todas se me levantará siempre la de aquel Aleixandre alto,
delgado, rubio —aún sin la tez rosada que luego, cuando se puso enfermo, le darían
los aires serranos
de Miraflores—, asomado al balcón de aquel tranvía nocturno que lo
llevaba a un palco del Real, el bello teatro que yo sólo alcanzaba de cuando en
cuando como invitado de Consuelo Flores, la hermosa italiana que vivía también
en uno de los departamentos de mi casa.
Como el cuidarme la salud se me había convertido en una cómoda costumbre,
apenas acabada la primavera planteaba a mi familia el marcharme a la sierra
para huir del verano y sus calores, tan dañinos —recalcaba yo— para mi pulmón
todavía no calcificado del todo. Y allí me iba, alternando mi reposo, mis
obsesionantes tomas de temperatura —rompía al año incontables termómetros— con
enamoramientos más o menos durables y, sobre todo, con el trabajo de un nuevo
libro de poemas al que iba dando forma y del que ya contaba con el título: Mar
y tierra. Iniciado no hacía mucho en Gil Vicente por Dámaso Alonso y en el
Cancionero musical de los siglos XV y XVI, de Barbieri, escribí entre los pinos de San
Rafael mi primera canción de corte tradicional: «La corza blanca», en la que
casi seguía el mismo ritmo melódico de una de las más breves y misteriosas que
figuran entre las anónimas de aquel cancionero y que comienza: «En Ávila, mis
ojos...».
Como su nombre daba a entender, Mar y tierra se dividía en dos
partes. La primera agrupaba los poemas debidos directamente a la serranía
guadarrameña, junto a otros de diversa temática, y la segunda —que titulaba
«Marinero en tierra»—, los que iba sacándome de mis nostalgias del mar de
Cádiz, de sus esteros, sus barcos y salinas. A Dámaso, que solía visitarme, se
los iba dando a conocer, recibiendo, a veces, sus aprobaciones entusiastas.
Lejos andaba yo por aquellos días de toda ingerencia o desorden ultraístico,
persiguiendo una extremada sencillez, una línea melódica clara, precisa, algo
de lo que Federico García Lorca había ya conseguido plenamente en su
«Baladilla de los tres ríos». Pero mi nueva lírica naciente no sólo se
alimentaba de canciones. Abrevaba también en Garcilaso y Pedro Espinosa.
(Góngora vendría luego.) Sonetos y tercetos me atraían por igual, no así las
octavas reales, maravillosas en el poeta de Toledo como en el antequerano,
pero demasiado cerradas, demasiado lentas y aburridas para mi impaciencia y
propósitos de entonces. A los ultraístas, que suponían una violenta y casi
armada reacción contra las formas clásicas y románticas, escribir un soneto les
habría parecido cometer algo peor que un crimen. Y eso hice yo, poeta al fin y
al cabo más joven, libre, además de desconocido. Escribí uno en verso
alejandrino —«A Juan Antonio Espinosa, capitán de navío»—, con lema de
Baudelaire. Este Juan Antonio, novelista en la actualidad, hermano de
Celestino, no creo que fuera entonces capitán, y menos de navío, pero yo lo
admiraba mucho por el solo hecho de saberlo navegando en no sé qué flotilla
pesquera del golfo de Vizcaya. También me lancé a la aventura de engarzar unos
tercetos —«Sueño del marinero»—, en los que resumía todas mis ansias de viaje,
toda mi creciente melancolía de muchacho de mar, anclado en tierra. Ambos
poemas los incluí en el libro, poniendo el segundo como prólogo al ordenarlo
definitivamente. ¿Era yo un desertor de la poesía hasta entonces llamada de
vanguardia por volver al cultivo de ciertas formas conocidas? No. La nueva y
verdadera vanguardia íbamos a ser nosotros, los poetas que estábamos a punto de
aparecer, todos aún inéditos —salvo Dámaso, Lorca y Gerardo Diego— pero ya
dados a conocer algunos en Índice, la revista que Juan Ramón Jiménez,
junto con una editorial del mismo nombre, había empezado a publicar. Aquella
otra vanguardia primera, la ultraísta, estaba en retirada. Los muertos,
heroicos si se quiere, que dejaba en el campo de lucha eran bastantes; los salvados,
pocos. Aunque Juan Ramón en algún momento de justo enfado conmigo me
calificara, luego, de ista, es decir, de cultivar los ismos en
boga, tengo que expresar aquí mi horror por las clasificaciones, mi amor, por
el contrario, a la independencia más absoluta, a la variedad, a la aventura
permanente por selvas y mares inexplorados. Que rozara los ismos, que
me contagiara a veces de ellos hasta parecer de pronto apresado en sus mallas,
era inevitable y natural. Los ismos se infiltraban por todas partes, se
sucedían en oleadas súbitas, como temblores sísmicos, siendo más que difícil
el resultar del todo ileso en su incesante flujo y reflujo. Pero, en
definitiva, puedo ya, a tanta distancia, preguntarme: ¿A qué ismo determinado
pertenece hoy mi obra o la de todos los poetas españoles de mi generación? Creo
poder afirmar que a ninguno, que nuestra poesía, en sus momentos más altos,
estuvo por encima de las modas, que pocas veces se entretuvo en pasatiempos
estériles, constituyendo así la verdadera vanguardia de un movimiento lírico
que aún a pesar de todos los más tristes pesares sigue en cierto modo —no me
parece exagerado ni inmodesto decirlo— gobernando en España. También Gregorio
Prieto, que ya entonces me estimaba mucho más como poeta que como pintor, vino
a verme aquel verano a San Rafael. Su prestigio andaba en aumento. Creo que
hasta había ganado una medalla en el Salón Nacional por un cuadro de larguísimo
y literario título: Soledad, Encarnación y Asunción recolectando manzanas. A
mi regreso de la sierra, ya muy entrado el otoño, me propuso hacerme un
retrato. Y a su casa, en no sé qué castiza calle madrileña, fui a posarle. No
hace mucho, el mismo Prieto me mandó a Buenos Aires una fotografía de aquel cuadro.
Allí estoy, de medio cuerpo, todavía de luto por mi padre, un fino cuello
blanco sin corbata, delgado, alto el perfil de expresión abstraída, y un libro
abierto entre los dedos. Obra muy juvenil, parece sostenerse a través de los
años y conservar aún bastante encanto y simpatía. Para mostrársela a un
conocido escritor y a la vez darle a conocer algunos de mis poemas, citó
Prieto, una tarde, en su estudio, a Enrique Díez-Canedo. Nunca lo había visto.
No ignoraba su nombre, pero sí su obra. Sabía que era muy importante como
crítico literario y teatral en revistas y periódicos. Y que también hacía
versos. En aquel momento, de mis contemporáneos españoles mayores sólo me eran
familiares Antonio Machado (más que Manuel, su hermano) y Juan Ramón Jiménez.
De Gabriel Miró conocía únicamente unos breves relatos y El humo dormido, primorosa
novela, que por tratar de la educación en un colegio de jesuítas me atrajo y
conmovió mucho, llevándome a recordar mis días escolares en el colegio de San
Luis Gonzaga del Puerto. De Azorín había comenzado a leer Clásicos y
modernos. Y me gustaba. De Unamuno, Baroja, Valle-Inclán, Pérez de Ayala,
D'Ors, Ortega y Gasset... ¡Dios Santo! Yo casi era todavía un pintor y un poeta
casi en estado de nebulosa, que se mataba por la poesía, amaneciendo a veces
con los ojos sangrantes de no dormir por ella. La novela española me interesaba
poco o, mejor dicho, existía algo en mí que me impedía ir a su encuentro. Los
ensayos filosóficos... A distancia, sin conocerlos, me producían sopor. Tal vez
en ese momento aquella brutalidad mía me era necesaria para centrarme
únicamente en lo que deseaba, en lo que estaba a punto de comenzar a exigir con
furia: que sólo se me considerase poeta. Todo lo demás iba a venir después. El
tiempo sobraría para llenar los terribles hoyos de mi ignorancia.
Díez-Canedo, al principio, me chocó con su vocecita de niña que soplase en
un pito roto, sus sedosos modales y una constante sonrisita limbesca, de
separados dientes amarillos. Elogió mi retrato, y no pudo disimular su
sorpresa —cosa que yo, con desagrado, esperaba— cuando Gregorio Prieto me
pidió que leyese mis poemas.
—Creía que usted era nada más que pintor... —se atrevió a decir, tímido.
Estuve a punto de soltarle una grosería. Pero afortunadamente me contuve,
comprendiendo cuan injusto e incorrecto hubiera sido el mandar a la M a una
persona que ignoraba mi nueva vocación y que con toda amabilidad se disponía a
escucharme.
No sin cierto temblor saqué mi manuscrito. Y por primera vez leí a un personaje
de importancia algunas de mis canciones y sonetos. El comentario de Canedo
fue bueno, pero parco. Me sonrió, sobre todo, mis versos marineros. Yo, como
Juan Ramón y García Lorca, era también andaluz. Y esto se me notaba, dándole
acento definido a mi naciente poesía.
No me disgustaron sus pocas palabras. Habían sido bastantes para un
crítico ilustre, conociéndose ya cuánto se cuidan éstos para no correr el grave
riesgo de equivocarse. Al poco tiempo, supe por Gregorio Prieto que Díez-Canedo
había ampliado sus elogios, cosa que me llenó de nuevo arranque y entusiasmo.
Iban pasando los meses. Otro invierno de menores cuidados, pero de
voluntario retiro, pocas veces interrumpido, en mi «heladera». Mar y tierra,
aquel gran desvelo mío, crecía, se estiraba, flotando al viento imaginado
de mi alcoba la cinta aleteante de mi marinerillo. Aquella novia apenas
entrevista desde una azotea de mi lejana infancia portuense, se me fue
transformando en sirena hortelana, en labradora novia de vergeles y huertos
submarinos. Empavesé los mástiles livianos de mis canciones con gallardetes y
banderines de los colores más diversos. Mi libro comenzaba a ser una fiesta,
una regata centelleante movida por los soles del sur. Hice un «Triduo de alba»
—tres sonetos— «a la Virgen del Carmen», patrona sonriente de la marinería,
que dediqué a mi madre, la que se conmovió profundamente, deduciendo que con
aquellas líricas oraciones mi ya advertida indiferencia religiosa se avivaba.
Me imaginé pirata, robador de auroras boreales por mares desconocidos.
Entreví un toro azul —el de los mitos clásicos— por el arco perfecto de la
bahía gaditana, a cuyas blancas márgenes, una noche remota de mi niñez, saliera
yo a peinar la caída luminosa del cometa Halley. Vi, soñé o inventé muchas
pequeñas cosas más, sacadas todas de aquel pozo nostálgico, cada día más hondo,
según me iba alejando de mi vida primera, tierra adentro. Y conseguí un
conjunto de poemas de una gran variedad de «colores, perfumes, músicas y
esencias», sin recurrir al «acarreo fácil» de lo popular, como señalaría más
tarde Juan Ramón Jiménez cuando se trató de enfrentar mi poesía con la de
García Lorca.
Todo estaba maduro ya para conocer a Federico. La hora, por fin, había
sonado. Fue en una tarde de comienzos de otoño. Y fue también Gregorio Prieto,
cosa recientemente aclarada por él en una carta, quien me lo presentó. Estábamos
en los jardines de la Residencia de Estudiantes (Altos del Hipódromo), en donde
García Lorca —aspirante a abogado— pasaba todo el curso desde hacía varios
años. Como era el mes de octubre, el poeta acababa de llegar de su Granada.
Moreno oliváceo, ancha la frente, en la que le latía un mechón de pelo
empavonado; brillantes los ojos y una abierta sonrisa transformable de pronto
en carcajada; aire no de gitano, sino más bien de campesino, ese hombre, fino
y bronco a la vez, que dan las tierras andaluzas. (Así lo vi esa tarde, y así
lo sigo viendo, siempre que pienso en él.) Me recibió con alegría, entre
abrazos, risas y exagerados aspavientos. Afirmó conocerme, y mucho, igual que
a mis parientes granadinos. Me dijo, entre otras cosas, haber visitado, años
atrás, mi exposición del Ateneo; que yo era su primo y que deseaba encargarme
un cuadro en el que se le viera dormido a orillas de un arroyo y arriba, allá
en lo alto de un olivo, la imagen de la Virgen, ondeando en una cinta la
siguiente leyenda: «Aparición de Nuestra Señora del Amor Hermoso al poeta
Federico García Lorca» No dejó de
halagarme el encargo, aunque le advertí que sería lo último que pintase, pues
la pintura se me había ido de las manos hacía tiempo y sólo me interesaba
—aclaración a la que apenas dio entonces importancia— ser poeta. Aquella noche
me invitó a cenar allí en la Residencia, en compañía de otros amigos suyos,
entre los que se hallaban Luis Buñuel, lejos aún de su renombre universal de
cineasta, el poeta malagueño José Moreno Villa y un muchacho delgado, de
bigotillo rubio, absurdo y divertido, que se llamaba Pepín Bello, con el que
simpaticé vertiginosamente. Después de la cena, volvimos al jardín, aquel
bello recinto custodiado de chopos, cortado por la vena de agua del Canalillo,
salteado de adelfas y arrebatado de jazmineros, rotos en oleadas contra los
pabellones estudiantiles. Nunca había oído recitar a Federico. Tenía fama de
hacerlo muy bien. Y en aquella oscuridad, lejanamente iluminada por las
ventanas encendidas de las habitaciones, comprobé que era cierto. Recitaba
García Lorca su último romance gitano, traído de Granada:
Verde que te quiero verde...
¡Noche inolvidable la de nuestro primer encuentro! Había magiri, duende,
algo irresistible en todo Federico. ¿Cómo olvidarlo después de haberlo
visto o escuchado una vez? Era, en verdad, fascinante: cantando, solo o al
piano, recitando, haciendo bromas e incluso diciendo tonterías. Ya estaba lleno
de prestigio, repitiéndose sus poemas, sus dichos, sus miles de anecdotillas
granadinas —ciertas unas, otras inventadas— por todas las tertulias de
literatos cafeteros y corrillos estudiantiles. Sus obras fundamentales de
aquellos años aún permanecían inéditas. Hasta ese momento sólo había publicado
dos libros: uno, apenas conocido —Impresiones y paisajes (1918)—,
dedicado a su maestro de música, y otro —Libro de poemas (1921)—, bien
recibido por la crítica, gustado ya por mí en la sierra de Guadarrama. Poco
hablaba Federico de ellos, aunque alguna vez le oí recitar canciones del
último. Lo que el poeta soltaba entonces a los cuatro vientos eran sus romances
gitanos, alternados con cancioncillas sueltas o las coleccionadas bajo el
título de Poema del cante jondo. También se comentaban entre amigos dos
obras teatrales: Los títeres de Cachiporra y Mariana Pineda. Ambas se
las escuché luego. Pero de aquella primera noche de nuestra amistad sólo
recordaré siempre el «Romance sonámbulo», su misterioso dramatismo, más escalofriante
todavía en la penumbra de aquel jardín de la Residencia susurrado de álamos.
—Adiós, primo —me dijo Federico, solos los dos, ya pasadas las doce.
Empezaba a llover. Un repentino resplandor anunció una tormenta que se
avecinaba. Y, aunque llegué a mi casa chorreando, me sentí feliz, sabiendo que
una hoja de mi vida había sido marcada de una fecha imborrable. Pocos días
después llevé a García Lorca su encargo y algo más: un soneto que le dedicaba.
(Los otros dos, que también incluí en mi Marinero en tierra, los
escribí algo más tarde, aunque en el mismo año.) Celebró mi pintura con las palabras
y gestos más hiperbólicos. La colgó en seguida sobre la cabecera de su cama,
prometiéndome ponerla en igual sitio en su casa de campo de Fuente Vaqueros, a
donde, para que lo pudiese comprobar, quedaba ya invitado a pasar el
verano desde aquel mismo instante. En cuanto al soneto... Le gustó,
haciéndomelo repetir a esos amigos que siempre invadían su cuarto. Aproveché el
momento para decirle unas canciones. Las oyó atentamente. Ya al despedirnos,
en el jardín, recuerdo que me dijo: «Tú tienes dos buenas cosas para ser poeta:
una gran retentiva y ser andaluz. Pero no dejes de pintar».
A pesar de todo, volví alegre a mi casa.
Como era el mes de octubre y el curso comenzaba, apareció un día en la
Residencia un joven flaco, bella y fina cabeza, de tostado color, y con un
fuerte acento catalán. Federico, en una de mis espaciadas visitas otoñales, me
lo presentó:
—Éste es Salvador Dalí, que viene, como él dice, a estudiar en Madrid la
carrera de pintor.
(¡Dalí! Todos lo conocían, menos yo, aunque de su talento ya tenía
referencias por Daniel Vázquez Díaz así como por algunas reproducciones de sus
cuadros aparecidas en la revista Alfar.)
—¡La carrera de pintor! ¿Será posible? —pregunté, con asombro.
—Sí —respondió Federico seriamente—. La carrera de pintor. En la Real
Academia de San Fernando. Todavía le faltan dos años —creo que dijo— para
terminarla.
Aquello que parecía más bien una broma lorquiana era verdad. El padre de
Dalí, un buen notario de Figueres, deseaba que su hijo hiciese las cosas por
sus pasos contados. La pintura era una carrera, como la notarial que él
profesaba, y había que dar examen durante cuatro o cinco años para obtener el
título. Y nada mejor que recibirlo de autoridad tan competente como la Academia
de Madrid. En el fondo, puede ser que tuviera razón. (Como también puede ser
que parte del academicismo lamido, muerto, del actual Dalí proceda de aquel
tiempo. Pero de esto se hablará más adelante, en el tercero o cuarto tomo de
mis memorias.)
Salvador Dalí, entonces, me pareció muy tímido y de pocas palabras. Me
dijeron que trabajaba todo el día, olvidándose a veces de comer o llegando ya
pasada la hora al comedor de la Residencia. Cuando visité su cuarto, una celda
sencilla, parecida a la de Federico, casi no pude entrar, pues no sabía dónde
poner el pie, ya que todo el suelo se hallaba cubierto de dibujos. Tenía Dalí
una formidable vocación, y .por aquella época, a pesar de sus escasos veintiún
años, era un dibujante
asombroso. Dibujaba como quería, real o imaginado: una línea clásica,
pura, una caligrafía perfecta, que aun recordando al Picasso de la etapa
helenística, no era menos admirable; o enmarañados trazos como lunares
peludos, tachones y salpicaduras de tinta, ligeramente acuarelados, que
presagiaban con fuerza al gran Dalí surrealista de sus primeros años parisienses.
Con cierta seriedad muy catalana, pero en la que se escondía un raro humor
no delatado por ningún rasgo de la cara, Dalí explicaba siempre lo que sucedía
en cada uno de sus dibujos, apareciendo allí su innegable talento literario.
—Aquí está la hesite, gomitando. —(Se trataba de un perro, que
parecía más bien un rebujo de estopa.)— Éstos son dos guardias civiles
haciéndose el amor, con sus bigotes y todo... —(Efectivamente, dos manojos de
pelos con tricornios se veían abrazados sobre algo que sugería una cama.)—
Éste es un putrefacto, sentado en el café. —(El dibujo era una simple raya
vertical, con un fino bigotillo arriba, cortada por una horizontal que
indicaba la mesa.)— Y aquí, otra vez, la bestie, siempre gomitando...
Los putrefactos de Dalí recordaban a veces la figura esquemática de Pepín
Bello, aquel simpático y divertido residente que me había presentado Federico.
Hasta creo que eran una invención de Pepín aprovechada por Dalí con mucha
gracia. El putrefacto, como no es difícil deducir de su nombre, resumía todo
lo caduco, todo lo muerto y anacrónico que representan muchos seres y cosas.
Dalí cazaba putrefactos al vuelo, dibujándolos de diferentes maneras. Los
había con bufandas, llenos de toses, solitarios en los bancos de los paseos.
Los había con bastón, elegantes, flor en el ojal, acompañados por la bestie.
Había el putrefacto académico y el que sin serlo lo era también. Los había
de todos los géneros: masculinos, femeninos, neutros y
epicenos. Y de todas
las edades. El
término llegó a aplicarse a todo: a la literatura, a la pintura, a la
moda, a las casas, a los objetos más variados, a cuanto olía a podrido, a
cuanto molestaba e impedía el claro avance de nuestra época. Azorín, por
ejemplo, ya por aquellos días —cosa injusta— era para nosotros un putrefacto. Y
no digamos nada de un Ricardo León, de un Emilio Carrere, o de pintores como
Benedito, Eugenio Hermoso, Sotomayor... S. M. Alfonso XIII también era un gran putrefacto. Y el Papa. Y muchos de los franceses
conferenciantes que pasaban por la Residencia. Y muchos más seres y cosas que
ahora no recuerdo. ¡Graciosos y alegres días aquellos, pero fecundos de
trabajo, preñados ya de obras que iban a
dar su
luz en años sucesivos!
Otro invento de Pepín Bello fue el carnuzo, que a veces se enlazaba
con el putrefacto, pero de matices diferentes, vistos con mayor agudeza que
nadie por el propio Pepín, siempre lleno de sal y de imaginación, derramadas a
manos llenas sobre todo aquel grupo de residentes, en el que se encontraba Luis
Buñuel, quien supo años más tarde aprovechar con Dalí, en Un perro andaluz —el
más extraordinario film que ha dejado el surrealismo—, muchas de sus
ocurrencias divertidas y hasta geniales. De mi mayor amistad con Pepín Bello y
de otras gracias suyas, llenas de frescor y poesía, hablaré más adelante.
Ahora lo quiero hacer de dos personas que me ayudaron mucho en mi difícil
y doloroso camino poético: una se llama José María Chacón y Calvo, escritor y
diplomático cubano, y otra, Claudio de la Torre, de las islas Canarias,
escritor también. A José María creo que lo conocí por Federico y a Claudio por
Juan Chabás.
José María era un hombre bueno, con cierta blandura de fruta tropical, gran
aficionado a las nieves serranas, por las que se pasaba esquiando la mayor
parte del invierno. Había publicado, hasta entonces, un solo libro: El
hermano menor, y cuidaba, creo, en España, una edición de las obras
completas de Martí, el delicado poeta apóstol de la libertad de su patria. Fue
el amigo más entusiasta de mis canciones marineras y de mis primeros tercetos.
Siempre que yo quería romper mi reposo, me invitaba a cenar a su casa de la
calle Pardiñas. Y allí me hacía repetir mis versos, a él solo o a sus
convidados, que a veces eran muchos. Una noche me presentó a un señorón grande
y prosopopéyico, enorme cabezota, peinadas cejas, vientre redondo, chaqueta
negra y pantalón a rayas. Su nombre: Eugenio D'Ors, «Xénius», el filósofo
catalán, autor del Glosario y La bien plantada, preciosa obra
ésta que yo acababa de leer por aquellos días. Después de los postres y el
café, José María, siempre deseoso de que alguien nuevo me escuchara, me pidió
recitar a D'Ors algunas de mis canciones, que yo sabía de memoria y que en esa
época de pasión y entusiasmo recitaba con gusto a la más leve insinuación.
Eugenio. D'Ors me escuchó atento, refugiados sus ojos en las pobladas cejas y
una amable sonrisa en los carnosos labios. Un solo comentario dejó caer, suave,
casi como un susurro, cuando acabé mi recitado:
—Dan ganas de hacer versos a la maniere de...
De pronto, no entendí, pero pasados unos instantes me di cuenta de la
importancia de su elogio. La prueba es que aún, a mis cincuenta y cinco años,
no lo he olvidado.
Tampoco se me ha ido de la memoria Claudio de la Torre, sosteniendo aún en
mi corazón, a pesar de los años confusos que siguieron a la guerra civil
española, su lugar entonces alcanzado. ¡Cuánto tranquilo afecto, cuánto natural
interés por mis poemas desde la tarde de nuestro primer encuentro en no
recuerdo ahora qué hotel de la Gran Vía, donde se hospedaba! ¡Qué buen amigo de
aquellos mis iniciales y complicados días literarios! Admiraba yo en Claudio,
tal vez por ley de los contrastes, su esmeradísima pulcritud, su tono
mesurado, su finura sin tacha, el metal tenue de su voz, sostenida en la gracia
del acento canario, tan grato para mi oído andaluz. Lo admiraba, sí, por todo
esto, pero todavía mucho más por haber nacido en unas islas, cuyo antiguo
nombre —las Afortunadas— me había hecho soñar desde pequeño junto a mi mar de
Cádiz. Otro soneto —mi segundo en verso alejandrino— le dediqué yo a Claudio a
las pocas semanas de conocerlo. Era el homenaje del marinero en tierra al
nuevo amigo que llegaba de lejos, con el prestigio de saberlo habitante de
unas verdes riberas ceñidas por las olas oceánicas.
Una noche, en aquella alcoba de su hotel y al acabar la lectura de una
última serie de canciones, Claudio de la Torre me dijo:
—¿Por qué no te presentas al Premio Nacional de Literatura de este año? El
jurado es muy bueno. Forma parte de él Antonio Machado, con Gabriel Miró,
Menéndez Pidal, Arniches, Gabriel Maura y Moreno Villa. —Creí seriamente, que
Claudio de la Torre, tan formal, tan poco bromista, además de haberse vuelto
loco, estaba riéndose de mí.
—A lo mejor te dan el premio —añadió.
Tardé en responderle. Era inaudito lo que me proponía.
—¿Cómo dices?
—Que te presentes, que a lo mejor te dan el premio —repitió, sin sombra de
burla.
A él, el año anterior, se lo habían dado por una novela, En la vida del
señor Alegre, que yo aún no conocía. Pero Claudio era sólo escritor. Ya
bastante maduro. Muy serio. Muy ordenado, muy... En fin, muy a propósito para
merecer tal galardón. Yo, en cambio... ¿Quién era? ¿De dónde salía? ¿Qué
tenía yo que ver con la literatura? ¿Qué iba a pensar de mis pobres canciones
un Antonio Machado? ¿Y un Menéndez Pidal? Moreno Villa era el único que sabía
algo de mí, pero como pintor...
—¿Cómo se te ocurre? No me entra en la cabeza que estés hablando en serio
—dije a Claudio, sobresaltado.
—A lo mejor te lo dan. Preséntate. .
Me levanté para marcharme.
—Hazme caso... —insistió, ya en la puerta del cuarto.
Le pedí entonces unos céntimos para el tranvía. Me dio cinco pesetas. Lo
recuerdo muy bien. (Las del premio serían cinco mil.)
Algunos días después de esta visita a Claudio de la Torre y cantándome
siempre en el oído su aquel tan insistente «A lo mejor te dan el premio», sin
despedirme casi de nadie, tomé un tren que me llevaba al sur, a Rute, poblachón
escondido en la sierra de Córdoba, donde vivía mi hermana María desde que se
casara con Ignacio Docavo, un notario simpático, vivo, gracioso, lleno de inteligencia,
algo pariente nuestro. Me fui a pasar allí una temporada, pensando siempre en
mi salud, recuperada por completo, pero a la que seguía prestando una atención
que ya se iba volviendo un halagador hábito después de tantos años de reposo.
Agradecido estaba yo a mi pulmón derecho, pues a él, en gran parte, debía el
abandono de mi primera vocación y el avance seguro por mi nuevo camino.
Casi de noche llegué a Rute, cargada el alma de olivares, sorprendido de
la extraña visión de Lucena, una vieja ciudad amurallada por anchos tinajones
de aceite; de Martos, con su peña tajante; del hiriente blancor de la cal derramada
sobre pueblos surgidos como golpes de tiza contra las llanas tierras rojas o en
las escarpaduras de los montes plomizos. ¡Triste y dramático viaje hasta la
súbita aparición de Rute, levantado al fin ante mis ojos bajo la sangre
oscura de un poniente ya muerto!
Mi hermana me instaló en el último piso de la casa. Como llegaba fatigado,
me dormí pronto. Antes, siguiendo mi sana costumbre de entonces, abrí de par en
par el balcón de aquella nueva alcoba a la que iba a trasladar por unos meses
mi exagerado afán de quietud con el pánico de enfermar otra vez. Un alba
fresca me sonrosó los ojos, despertándome. Ya no veía el Guadarrama ni el fino
gris aéreo del paisaje urbano madrileño. Una delgada calle en cuesta, que por
un lado iba a los campos y por otro a la sierra, era todo lo que podía ver
ahora desde mi cuarto ruteno. Pero en el piso, por suerte, había una
azoteílla. Desde ella, en cambio, se dominaba una parte del pueblo, blanco,
empinado, presidido en su lugar más alto por el trágico Monte de las Cruces, y
un ancho panorama de tierras amarillas, carminosas, ordenadas de olivos y
viñedos. Algo duro, casi siniestro respiraba todo el aire de Rute. Una de las
paredes de mi cuarto, aquella en que apoyaba la cabeza para dormir,
correspondía a una celda de la cárcel. Gritos y voces comenzaron a entrárseme
en el sueño. Sobre mi mesa de trabajo esparcí el manuscrito de Mar y tierra,
dispuesto a copiarlo pacientemente a máquina. Ésa fue la primera tarea que
me impuse al día siguiente de mi llegada. Como era invierno y llovía mucho,
decidí no conocer el pueblo ni a nadie hasta que el tiempo mejorara. Al ir
pasando en limpio los poemas, me iban saliendo otros, de igual ambiente
marinero, que enriquecían mi libro y lo aumentaban. Durante todo este trabajo,
aquel «A lo mejor te dan el premio», de Claudio de la Torre, me siguió
acompañando, mezclándose entre los estribillos de mis canciones.
Una de aquellas noches, la peor de agua y ventisca, golpearon la puerta de
la calle, ya casi pasadas las diez. Oí cómo mi cuñado se asomaba al balcón, sin
duda sorprendido. Por el mío, siempre abierto, ascendió hasta mi cama el
extraño diálogo.
—¿Quién llama así a estas horas?
—El mulero...
—¿Cómo?
—Sí, don Ignacio, Andrés..., el mulero de doña Coló.
—Pero, Andrés..., ¿cómo se le ocurre?
—Pues resulta de que mi señora doña Coló dice que si don Rafaelito querría
ir a su casa...
—¿A su casa? ¡Pero si está lloviendo y es muy tarde!
—... a su casa para tomar el té...
—¿El té? Dígale a doña Coló que don Rafaelito ya debe estar durmiendo...
—Eso dice mi señora, don Ignacio... A tomar el té.
—Dígale... —repitió mi cuñado, ya en un tono más fuerte, síntoma claro de
mandar a paseo al mulero de doña Coló.
En ese instante, y pensando que algo bueno y gracioso iba a pasar aquella
noche, intervine desde mi balcón:
—Dígale, Andrés, a su señora que voy...
—¡Pero cómo! —me gritó mi cuñado, sorprendido de oírme—. ¿No estabas durmiendo?
—¡No! Dígale, Andrés, a doña Coló que voy... Bajo en seguida.
Me vestí nuevamente en un minuto. En la puerta me esperaba el mulero con un
añoso paraguas colorado. Descendía un río por la calle. Echamos a andar,
mudos. El viento de la sierra golpeaba de frente. Como íbamos despacio, el
agua se arremolinaba en los zuecos de Andrés. De la oscuridad
salió alguien tambaleante.
—Buenas noches, Andrés y la compaña...
—Buenas noches, Lino...
Seguimos, en silencio.
—¿Lino?
—El del peo.
—¿Cómo dijo, Andrés? —me atreví a preguntarle.
—El del peo —repitió seriamente el mulero—. Todo Rute lo conoce.
No pude indagar más, pues el portón de doña Coló ya estaba ante nosotros,
entornado, esperándonos.
—Pase, pase, don Rafaelito... ¡Cuánto honor! Llegamos a pensar que no
vendría...
La misma doña Coló, doña Clotilde, una amplia señora toda de negro, cinta
ancha, negra también, sosteniéndole la inmensa papada, se alzaba en medio del zaguán, tendiéndome la
mano.
—Por aquí, don Rafaelito...
Pasé a un precioso comedor adornado de encajes, cristales verdes en los
aparadores y pálidos limones asomando al brocal de las copas. Sobre el mantel
redondo de la mesa, tazas oscuras de barro vidriado, una botella de aguardiente
y un gran frutero rebosante de uvas.
—¡Niñas! —llamó doña Coló.
Aparecieron dos muchachas, algo talludas ya, claveles rojos en el pelo, de
jersey azul la una y amarillo la otra.
—Mi María y mi Carmen, don Rafaelito...
Dos manos flojas, heladas, como muertas, cayeron en la mía, acompañadas de
una rígida inclinación de cabeza.
—Mucho gusto —susurré, entrecortado.
—Siéntese, don Rafaelito... Vamos, niñas, ¿qué hacéis?
Decidieron sentarse. Nadie se atrevía a hablar.
—Bueno, don Rafaelito... —empezó doña Coló—. Sabemos que en los Madriles a
la gente elegante le gusta tomar el té... ¿No es cierto?
—Sí, señora, es verdad...
—Teníamos mucho gusto en conocerle...
—También yo, señora...
—¿Cómo haríamos?, les dije a mi Carmen y a mi María... ¡Invitar a don
Rafaelito a algo que le guste!
—¡Por favor, doña Clotilde!
—Doña Coló, don Rafaelito, como todo el mundo me llama...
—¡Señora!
—Luego, empezó a llover... Pero..., lo que dijimos, ¿qué le puede importar
la lluvia a don Rafaelito, que vive en los Madriles?
—Nada, doña Coló... He venido con mucho gusto.
Pausa.
—¿Cómo prefiere el té?
—Como ustedes lo tomen...
—A nosotras nos gusta con anís
estrellado...
—¿Cómo, señora?
—Con anís estrellado... Es muy bueno para eructar.
Nunca se me hubiera ocurrido, pero...
—A mí también, doña Coló...
—Está muy rico... Ahí tiene la botella. Sírvase cuanto guste.
Eché a mi taza un chorro de aguardiente. Luego, las tres hicieron lo mismo.
—Carmen, ve por los dulces..., aunque nosotras lo preferimos con uvas...
—No se moleste, Carmen. Lo tomaré con uvas yo también.
—Llámela de tú, por favor, don Rafaelito...
—Bien, de aquí en adelante...
—Lo que le iba diciendo... Con uvas... Éstas son de cuelga...,
invernizas... Las guardamos a oscuras, en la despensa, colgadas del techo...
Mire qué hermosas son... Tome un racimo.
Lo tomé. Gran silencio. Lo alcé un instante y lo hundí lentamente en la
taza. Luego, me lo llevé a los labios y arranqué con los dientes la primera
uva.
Las tres, ya cada una con un racimo, me miraban, inquietas.
—¿Así se hace en Madrid, don Rafaelito?
—Sí —le respondí tranquilo a doña Coló—. Suele ser lo elegante.
—Entonces, no hay más que hablar, niñas. Si don Rafaelito lo dice...
Y las tres, al unísono, metieron su racimo en el té y, luego, chorreando,
se lo llevaron a la boca.
—¿Qué le parecen mis dos niñas? (¡guá!)
Doña Coló acababa de lanzar el primer eructo.
—Muy guapas, como andaluzas que son.
—Rutenas, ¡digo! Mi María es hermosa. Metidita en carnes. ¡Si usted la
viera! Llena de pellas y de mollas (¡guá!) —segundo eructo de doña Coló— todo
el cuerpo...
—¡Mamá! —protestaron las dos hijas, encendiéndose.
—Y mire usted, don Rafaelito, lo que son las cosas, mi María está por
merecer. ¡Es más tonta! En cambio, aquélla... Ahí tiene usted, don
Rafaelito... ¡La flaca! ¡Pues ha pescado un novio rico con el que va a casarse
para fines de año!
Carmen, la pobre flaca, intentó decir algo, pero —¡guá, guá!— dos eructos
seguidos se lo impidieron.
—¿Ve usted, don Rafaelito? ¡Lo que yo le decía! ¡El anís estrellado! ¡No,
si no hay otro para los gases! Voy a darle ahora otra copita.
—Como usted quiera, doña Coló. —En ese instante, ¡guá!, solté por fin mi
eructo: —Mire, déjelo usted. No me la sirva. Creo que ya no hace falta.
—¡Bravo, bravo, don Rafaelito! ¡Usted también! ¿Cómo se siente? ¡No, si el
anís ruteno es el único! ¡Lo bien que va a dormir esta noche!
Acabado el té, entre regüeldo y regüeldo, la charla de doña Coló y el
silencio de sus dos niñas, jugamos a las cartas, al «burro en pie», un juego
tonto e inocente, el único de naipes que me era conocido desde mis años infantiles.
Como seguía lloviendo a cántaros y eran más de las doce, pedí permiso a doña
Coló para retirarme.
—Como usted guste, don Rafaelito... Ha sido un gran honor...
Ya en el zaguán, estreché la mano recia de doña Coló y las heladas de sus
hijas.
—Que no se pierda usted, don Rafaelito...
—Claro que no, doña Coló...
Como no quise que me acompañara el mulero, su gran paraguas rojo me
protegió de la lluvia hasta mi casa.
Ésta fue mi primera salida rutena. Había sido maravillosa.
Digna de un cuento arabigoandaluz de Las mil y una noches.
Al día siguiente, a la hora del almuerzo, divertí a mi cuñado relatándole
la visita, coreada de eructos, a doña Coló.
—Pues eso no es nada —me dijo—. Hay gente aquí mucho más loca. Éste es un
pueblo de aguardientes... Se empina el codo demasiado. Ya verás.
—¿Has oído hablar de Lino? —le pregunté en seguida.
—¿Cuál? ¿El del pedo?
—¡Sí! El del peo. Anoche se cruzó conmigo, cuando iba con Andrés.
—¿No te contó la historia?
—No tuvo tiempo. Creo, además, que el pobre Andrés no hubiera atinado a
referírmela. Me pareció muy torpe.
—Es muy graciosa.
Me dispuse a escuchar un nuevo cuento árabe.
—Sabrás —comenzó mi cuñado— que, aunque aquí hay un teatro, muy pocas veces
vienen compañías. Hace años vino una. Gran acontecimiento. Anunciaron no sé qué
obra de Echegaray. Mancha que limpia, creo. El pueblo entero acudió a
verla. Un lleno. Abajo, en las butacas, con el alcalde, el juez, el notario
(que entonces no era yo), estaban las familias ricas, que acá son muchas.
Arriba, la gente más modesta: aceituneros, obreros, campesinos de los
alrededores... En el escenario se producía la obra normalmente, con gran
satisfacción del público, que subrayaba aplaudiendo las escenas o dichos más
brillantes. Se iba acercando, al fin, la culminación del drama. No se oía ni
una mosca. Todo el teatro, emocionado, contenía el resuello. De pronto, de la
cazuela se escapó un ruido. ¿Qué era? Un enorme pedo sonoro. Los actores se
quedaron de piedra. El alcalde se levantó. Todo el patio de butacas se volvió,
mirando hacia arriba. «¿Quién ha sido?», vociferó el alcalde. Silencio. «¡Que
se levante inmediatamente el que haya sido!», repitió, más furioso. Nadie se
atrevía a hablar. «¡A la cárcel toda la cazuela, hasta que confiese! ¡Que suban
los guardias!» Una voz se oyó entonces: «¡Ha sido Lino!». «¡Lino, Lino!»,
corearon ya todos. Se lo llevaron. La obra, perdida su emoción, a duras penas
pudo llegar hasta el final. Cuando unos días después Lino salió del calabozo,
el pueblo entero le añadió el alias que ahora lleva: el del peo. «Una
desgracia. ¡Ya ve usted!», dice Lino, riéndose, a todo aquel que quiere saber
hoy la verdadera historia de su apodo.
Yo llegué a conocer a Lino a plena luz del sol. Era un hombre gracioso,
vital, llena la cara de alegría. Como tantos pobres andaluces, se alimentaba
del aire. Sólo ganaba unas pesetas —muy pocas— durante la recolección de la
aceituna. Se las tiraba al punto en aguardiente, y luego... ¡a vivir nuevamente
del aire todo el resto del año! Conseguí ser amigo suyo. Siempre que lo
encontraba, le daba unos reales, que me agradecía con un chiste, yéndoselos a
beber rápidamente al primer tabernucho de la esquina. ¡Lino el del peo\ ¿Qué
habrá sido de él?
Una noche, de pronto, comprendí que mi libro Mar y tierra estaba
terminado. No había más que añadir. La copia a máquina —tres ejemplares— era
perfecta. Hasta parecía ya un libro impreso. Durante varias mañanas salí con
él al campo. Allí, bajo los olivares o en un poyo del puente de las
Golondrinas, me lo leía en alta voz, no hallando ya correcciones que hacerle.
Lo medité antes mucho. («¡A lo mejor te dan el premio!») ¿Qué hacer con él?
¿Qué editor de Madrid iba a atreverse a publicarlo? La poesía no era negocio.
Juan Ramón Jiménez en esa época se editaba sus propios libros. Apenas 500
ejemplares. ¿Por qué no seguir el consejo de Claudio de la Torre? Había que
decidirse. Pasaba el tiempo y el plazo de admisión se cerraba. Una tarde,
acabado el reposo del almuerzo, empaqueté dos copias, me fui al correo y con
sellos de urgencia las envié a Madrid, a nombre de José María Chacon y Calvo.
En carta aparte suplicaba al escritor cubano hiciese llegar una al Concurso
Nacional de Literatura. A los pocos días tuve respuesta de mi amigo: había
llegado tarde, pero unas mágicas pesetas a no sé qué empleado del ministerio
sirvieron para arreglarlo todo.
Tranquilo, aunque no sin ciertos remordimientos de orden moral y estético
por haber sucumbido a la tentación de presentarme —como un poetastro
cualquiera— a un concurso oficial, eché tierra a mi audacia y me dispuse a comenzar
un nuevo libro. Necesitaba, primeramente, el título. Desde mis días iniciales,
pretendí que cada una de mis obras fuese enfocada como una unidad, casi un
cerrado círculo en el que los poemas, sueltos y libres en apariencia,
completaran un todo armónico, definido. ¿Por qué decidirme? Me tocaba, me
sacudía la atmósfera de Rute, aquel dramático pueblo andaluz al pie del Monte
de las Cruces, pueblo, como tantos otros escondidos de aquellas serranías,
saturado de terror religioso, entrecruzado de viejas supersticiones populares,
soliviantado aún más por una represión de todos los sentidos, que a veces
llegaba a reventar en los crímenes más inusitados y turbios; pueblo rico, abundante
de suicidas y borrachos, de gentes locas que después de invocar a los
espíritus vagaban a caza de tesoros por los montes nocturnos, terminándose
casi siempre estas expediciones diabólicas a palo limpio, tiros o navajazos.
Creí, por fin, luego de eliminar algunos otros, haber hallado el título: Cales
negras, pretendiendo condensar así todo lo oscuro, trágico y misterioso que
se escondía bajo la cal ardiente de Rute.
Comencé la primera serie de canciones. Aquel color azul de mis playeras y
salineras gaditanas aquí no era posible. Era otra la música, más quebrados los
ritmos; otros los tonos de la luz; otro el lenguaje. Aun a pesar del sol, la
voz tajante, dura de las sombras iba a poner como un manto de luto en casi todo
lo que entonces escribiera. De entre las cosas que veía, las que me contaban o
adivinaba, iría extrayendo yo los pequeños motivos. La esencia dramática de
mis nuevos poemas: algunos, con verdadero aire de coplas, más para la guitarra
que para la culta vihuela de los cancioneros.
Allí, en el barrio alto, vivía una hermosa muchacha, conocida en el pueblo
y los alrededores por el nombre de «la Encerrada», a la que solamente podía
vérsele, siempre en compañía de alguien, tapado el rostro por un velo, durante
la misa de alba. Muchas noches subía yo hasta su calle, paseándola de arriba
abajo las horas muertas, en la inútil espera de adivinarla tras las ventanas y
balcones, jamás abiertos, de su casa. Corrían sobre esta joven las más raras y
hasta torpes leyendas, que todo el pueblo repetía, añadiendo cada cual lo peor
de su imaginación. Tanto la madre como las tías que la custodiaban tenían el
odio de los hombres, quienes soñaban con la muchacha, deseándola abierta y
desvergonzadamente. También mi sueño se llenó de ella, naciendo en mí un
sentimiento triste, un silencioso amor, un ansia acongojada de arrancarla de
aquellas negras sombras vigilantes que así martirizaban su belleza, su pobre
juventud entre cuatro paredes. Con el amanecer, a esa hora, aún oscura durante
el invierno, en que los aceituneros salían con su hambre hacia los olivares, me
encaminaba yo de prisa hacia la iglesia, ocultándome entre las columnas del
atrio, ilusionado con verla llegar, cimbreante y temerosa, la soberbia cabeza
sumergida en las blondas de la oscura mantilla, no acompañada sino presa por
dos —y hasta por cuatro a veces— de sus tías, espantables rebujos de miradas
redondas, desafiantes. Acabada la misa, oída con el rostro hundido entre las
manos, inmóvil siempre el cuerpo y de rodillas, la veía perderse nuevamente,
valeroso el andar, sin el más leve signo de sentirse mirada, a la indecisa luz
del alba, camino de su cárcel en el barrio alto. Nunca en la
calle ni en la iglesia, durante todo el tiempo que permanecí en Rute,
pude cruzarme con sus ojos. Nunca supe tampoco si tras aquellas rejas y
celosías de su casa alguna vez sus ojos se atrevieron, en el desierto mudo de
la noche, a dirigirse a los míos. Sólo supe más tarde que «la Encerrada» de mis
primeras canciones rutenas, siguiendo una triste tradición muy antigua en su
pueblo, se había suicidado. Las causas no me las dijeron, nunca llegaron hasta
mí. Pero, con lo que sabía ya de ella y sus terribles guardianas, pude también,
pasados casi veinte años, tejer mi fábula del amor y las viejas, a la que por
todo el horror moral y físico que respira titulé El adefesio.
Luego de «La encerrada» escribí otras canciones: «La maldecida», «El
prisionero», sugerida esta serie por aquella celda de la cárcel que yo sabía
detrás de una de las paredes de mi cuarto. La primavera se acercaba y el sol
tibio de la mañana me hacía salir a las afueras, paseando por el camino de
Loja, sentándome en las piedras, a la vera de los sembrados, y regresando
siempre a casa con alguna nueva canción para mi Cales negras, el libro
que, aunque recién comenzado, ya empezaba a exigirme ese cuidado de dibujo, de
ceñido perfil, que con el tiempo llegó a ser una de las más claras evidencias
de mi obra poética. De aquellos paseos por el campo traje «La húngara»,
coplillas dedicadas a una preciosa muchacha magiar, vagabunda con su familia
dentro de un carro verde ornamentado de flores, pájaros y espejitos; traje
también unos pregones, versos ligeros exaltando la flora popular, las gentes y
el viento olivarero de toda aquella geografía serrana.
Una noche me dijo mi cuñado:
—Tengo que ir un día de éstos a Iznájar. Si me quieres acompañar...
Se trataba de un pueblo más pequeño pero aún más extraordinario que Rute,
empinado en los montes, con un castillo
moro, inmensa muela
cariada que levantaba
todavía sobre la boca de un abismo el poder almenado de sus torres.
Durante la subida, en un automovilillo que parecía más bien un mulo, otro
notario que nos acompañaba me contó:
—Iznájar es el pueblo de los espiritistas. Don Ignacio lo sabe bien.
—¿Espiritistas?
—Espiritistas. No se asombre.
—Bueno..., espiritistas... —terció mi cuñado—. Así los llaman, pero...
—Ellos creen que lo son...
—Lo que son... Usted conoce esas historias.
—Claro que las conozco, como usted, don Ignacio, sabe también las suyas.
—Gente loca y terrible.
—Loca, terrible, lo que usted quiera, pero llena de interés y hasta de
gracia. A don Rafael, que es poeta, va a gustarle este pueblo.
—¿Quiénes son los espiritistas? ¿Conoce usted a alguno? —pregunté al
notario.
—A muchos. Los hay entre los ricos y, sobre todo, entre la gente pobre del
campo, obsesionada con encontrar tesoros.
—¿Tesoros? Sí, sí —susurró con una mala sonrisita mi cuñado.
—Ése es el motivo principal de las sesiones: buscar tesoros, pero antes
averiguar los lugares donde se hallan.
—Y también...
—¡Bueno, don Ignacio, ya sabemos lo que pasa también...!
—Lo principal.
—Seguramente. Pero a todo eso va unido una mezcolanza de raras
supersticiones, de retazos históricos, de viejas cosas vivas aún en la memoria
de estas gentes. A don Rafael, como a mí, le van a interesar. Usted sabrá que
yo, aunque modesto, soy un poquito literato... Don Ignacio se ríe, pero... ¿qué quiere? He nacido y me he criado entre
estos montes.
Comprendí que mi cuñado veía todo aquello de diferente modo y que, además,
no le hacía ninguna gracia lo que su amigo el notario intentaba contarme.
—A mí, Ignacio —le dije—, me ha impresionado mucho Rute. Hay algo oscuro y
fuerte por estas serranías. Deseo saber todo lo que pasa.
—Pues lo que pasa, don Rafael, es extraordinario, aunque cruzado a veces
con lo desagradable, como esto de los espiritistas de Iznájar. Podría contarle
sobre ellos muchas historias, pero le referiré una tan sólo, y brevemente, para
dar gusto a su cuñado. Su mejor título sería: El medio más seguro para hallar
un tesoro. Ciertos viernes —comenzó, al fin, el buen notario— los
espiritistas, muy en secreto, llaman a sesión, que puede celebrarse en alguna
casa del pueblo, aunque por lo general se realiza en algún sitio (cueva o
casa) perdido entre estos montes. Ya reunidos, y completamente a oscuras, el
más señalado de los espiritistas, que a la vez tiene fama de hechicero, convoca
a los espíritus, preguntándoles quiénes de los allí reunidos van a
proporcionar en esa noche la vela mágica, especie de varita de virtud,
poseedora del don adivinatorio del lugar donde el tesoro puede hallarse
enterrado. Después de revelados los nombres, no sólo de los que han de
entregar la esperma para la vela sino los de aquellos que han de ayudar a su
extracción, se forma, siempre en la más profunda oscuridad, lo que ellos llaman
«el gran círculo mágico», centrado, desde luego, por el jefe del rito, quien
sostiene en sus manos una especie de mortero de barro. El momento es solemne...
—Si usted llama solemne al masturbarse...
—El momento es solemne. Cuando ya la sustancia seminal de todos los
elegidos ha caído en el mortero, el gran espiritista, fundiéndola en un trozo
de sebo, forma la vela mágica, cuyo pabilo, de tripa de cabrito, no hay viento
que lo apague. Encendida la vela, todos saltan y gritan a su alrededor, hasta que
el gran espiritista, levantándola en alto, inicia la salida. Tomados con ambas
manos de la cintura y prendidos, en fila, a la del jefe, vagan, mudos, como
sin voluntad, por aquellas oscuridades bordeadas de precipicios. Así pueden
pasarse hasta varias horas. Si alguien dijese una sola palabra, habría que interrumpir
la ceremonia para recomenzarla al viernes siguiente. Es una verdadera
procesión de sonámbulos. Por fin, allí donde la vela se consume, donde cae, ya
apagada, su última gota de vida, hay tesoro.
Calló el notario unos instantes para encender un cigarrillo.
—¿Y entonces? —le pregunté, impaciente.
—Entonces, el gran espiritista convoca a los espíritus de Fátima y Zoraida,
rezando una oración a la Virgen María, que todos, de rodillas, repiten
devotamente. Luego, con las navajas, que no hay ninguno que no lleve, comienzan
a cavar la tierra...
¿Y después?
—Después, no encuentran nada —soltó mi cuñado.
—O sí —dijo tranquilamente el notario.
—¿Usted vio algún tesoro por casualidad?
—Yo no. Pero recuerde, don Ignacio, que cuando aquel aceitunero apareció
colgado de un olivo, en el colchón de su camastro se encontraron unas viejas
monedas de oro.
—Eso se dijo, pero yo no las vi.
—Pues yo sí que las vi. Y eran del tiempo de los moros.
—Aquí, en Andalucía, para la mayor parte de la gente, todo es del tiempo de
los moros.
—Todo, no sé —dijo, algo molesto, el notario—. Pero que las monedas lo
eran... De eso, estoy seguro.
Nuestro bravo automovilillo hacía su último sobrehumano esfuerzo para
ganar los encumbrados arrabales de Iznájar. Nos detuvimos en la plaza, coronada
por el castillo, muy ruinoso ya, pero aún lleno de grandeza. Levantando los
ojos, bromeó el notario:
—No me negará, don Ignacio, que esa torre...
—Ya sé, ya sé... Del tiempo de los moros..., exactamente igual que usted.
No hay más que verle.
Y mi cuñado, tomándolo del brazo, penetró con su amigo en el ayuntamiento.
Iznájar parecía desierto. De cuando en cuando, alguien que al pasar me
miraba como si fuese un bicho raro. ¿Dónde estarán metidos los espiritistas?,
me preguntaba yo subiendo solo hacia el castillo. ¡Cuánta angustiosa soledad
la de los pueblos de esta serranía! Rute, tan triste para mí, era como un
repique de campanas comparado con Iznájar. Llegué al castillo abandonado.
Nadie. Subí a la torre por una escalera carcomida. Todos sus ajimeces, salvo
los cuatro últimos, estaban cegados. Bajo ellos, se derramaba el paisaje de un
romance de Federico. Sí, era la muerte la que me miraba desde las cumbres y los
valles lejanos. Allí, en la misma torre, escribí una canción, de secreto dramático,
parecido al de García Lorca. ¡Como que aquéllas eran las tierras duras y
funerales de su poesía!
Prisionero en esta torre,
prisionero quedaría,
(Cuatro ventanas al viento.)
—¿Quién grita hacia el norte, amiga?
—El río, que va revuelto.
(Ya tres ventanas al viento.)
—¿Quién gime hacia el sur, amiga?
—El aire, que va sin sueño.
(Ya dos ventanas al viento.)
—¿Quién
suspira al este, amiga?
—Tú mismo, que vienes muerto.
(Y ya una ventana al viento.)
—¿Quién llora al oeste, amiga?
—Yo, que voy muerta a tu entierro.
—¡Por nada yo en esta torre
prisionero quedaría!
A la caída de la tarde, emprendimos la bajada hacia Rute. En el auto, el
notario indagaba a mi cuñado para que hablase.
—¿Y usted?
—¿Yo?
—Sí, usted también sabe sus cuentos de espiritistas...
—Pero los míos, es decir, el mío es menos... horroroso que el suyo.
—Pudo haber sido peor, don Ignacio.
—Pero no lo fue. Resultó, simplemente, gracioso. Me sucedió el año pasado.
Un domingo, momentos antes de ir a misa —comenzó mi cuñado, dirigiéndose a mí—,
se presentó un muchachote acompañando a un viejo de aspecto sano y fuerte.
»—Don Ignacio —me dijo—, aquí le traigo a mi abuelo para que haga
testamento.
»—Venga mañana —le pedí—. Es fiesta hoy. Domingo. Y me marcho a la iglesia.
»—Imposible, señor. No hay tiempo que perder.
»—Lo siento mucho, pero...
»—Por caridad, señor notario —suplicó el viejo, tembloroso.
»—Tenemos mucha prisa. Hay que hacerlo ahora mismo.
»—¿Ahora mismo? ¿Y por qué? —les pregunté verdaderamente intrigado.
»Nieto y abuelo abrieron de par en par los ojos y se quedaron mudos,
mirándome.
»—Son ya casi las doce. La misa va a empezar. ¿Qué pasa?
»—Pues que el abuelo va a morirse esta tarde.
»—¿Cómo? ¿Esta tarde?
»—Sí, señor, esta tarde. Me quedan pocas horas...
»—Se lo ha dicho el espíritu.
»—¡Bueno, bueno! Vuelvan dentro de un rato. Ya me explicarán eso...
»—¡Tenga usted compasión!
»—Vivimos lejos...
»—No quisiera morir en el camino —lloriqueó el abuelo, tomándome las manos.
»—Ya verá cómo no se muere...
»Me dispuse a marchar.
»—Le pagaremos doble, señor —ofreció el mozo, tapándome la puerta.
»Me indigné.
»—¡Váyase cuanto antes!
»—¡Qué poco corazón!
»—¿Qué va a ser de mí, ahora?
»—¡Don Ignacio!
»—¡Don Ignacio!
»Sus gritos me siguieron por la calle, hasta que doblé la esquina y llegué
al atrio de la iglesia, alcanzando la misa por los pelos.
—¿Y el abuelo? Moriría aquella noche y sin testar. Los espíritus nunca
mienten —dije, bromeando, a mi cuñado.
—¡Quia! Lo encontré al poco tiempo en la plaza. Iba solo. Fuerte y derecho.
»—¡Pero cómo! ¿Qué veo? ¿Usted no se había muerto?
»—Mire usted, don Ignacio, parece que llovió aquella tarde y los espíritus
se asustaron...
»—Dé usted gracias a Dios de que a su nieto no lo meta en la cárcel.
»—¿En la cárcel? ¿Mi nieto?
»—Su nieto y todos los demás...
»—No comprendo, señor...
»—Bueno. No ande más con espíritus y vivirá muchos años.
»Lo dejé. Cuando a los pocos pasos volví la cabeza, allí seguía, de pie,
en el mismo sitio, seguramente preguntándose qué había querido yo decirle con
mis palabras. ¿Comprendes tú lo que tramaba el nieto de acuerdo con sus
famosos espiritistas? —preguntó mi cuñado dirigiéndose a mí a la vez que a su
amigo—. No había que ser un lince para adivinarlo. Querían hacer testar al
abuelo para matarlo aquella noche y heredarle... Locuras de estos pueblos.
—Curioso cuento —comentó el otro notario.
—Del tiempo de los moros —cerró mi cuñado, sonriéndose.
Rute nos recibió de noche, con las puertas cerradas y el tambaleo de
algunos borrachos por las calles.
Comenzaba a aburrirme. Crecía la primavera. Las niñas de doña Coló salían a
la plaza con más flores que nunca en la cabeza. Ya no me divertían. No hablaba
con nadie, salvo con mi cuñado y mi hermana. Me cansé de ir a misa para mirar a
«la Encerrada», más prisionera cada vez de sus tías, más temerosa ella cada vez
de levantar los ojos en la iglesia o durante el calvario hacia su casa.
Desganado, continuaba yendo al campo en las buenas mañanas, siempre dispuesto a
cazar en el aire alguna cancioncilla para mi nuevo libro. Estaba realmente
cansado de pueblerina soledad, pero sin ánimo ni dinero para volverme a
Madrid. Mas todo, un día, tuvo solución de la manera más inesperada. Eran las
ocho de la tarde, muy oscurecido ya, momentos antes de la cena. Estaba yo en
mi cuarto, distraído, sin hacer nada, esperando que me llamasen. Oí que alguien
subía las escaleras precipitadamente. Era mi cuñado. Apareció, casi jadeante,
en la puerta, trayéndome un telegrama.
—Perdona. Como tu madre está algo enferma —comenzaba a padecer del
corazón—, me he permitido abrirlo. Gracias a Dios no es eso... Toma. Lee la
noticia.
Y me ofreció el telegrama, dándome al mismo tiempo un fuerte abrazo. Leí,
casi sin creerlo, pensando que se trataba de una broma: «concedido premio nacional literatura, ENHORABUENA,
ABRAZOS. JOSÉ MARÍA».
—Sin mentir —dije a mi cuñado—, no me acordaba ya del concurso.
¡Qué bien! ¡Ahora sí que la gente va a olvidarse de que he sido pintor!
Éste fue mi primer pensamiento, aún en la mano la noticia.
Pocos días después, salía, silencioso, de Rute, por el camino de Lucena,
en busca del expreso de Madrid.
V
¡Qué lentitud la mía! Tanto o más que un poema me cuesta una simple página
en prosa. Todo me sale demasiado rítmico. Batallo porque no sea así. Corrijo,
deformo una frase para que no haga verso. La leo atentamente. Y entonces no me
gusta. ¿Qué hacer? Seguiré esta Arboleda como hasta
ahora. Me perdono el delito de perderme en sus ramas, dejando el mismo soplo
musical, métrico, saltarín, que las viene moviendo desde el primer capítulo.
Al llegar a Madrid supe, por los diarios atrasados que me guardaban en mi
casa, el nombre de los otros galardonados en el concurso: Gerardo Diego y José
Ignacio Alberti. ¡Qué gran sorpresa y alegría! El Premio Nacional de crítica
había sido concedido a mi tío por un ensayo sobre la vida y la obra del pintor
Eduardo Rosales, y el segundo de poesía, a Gerardo Diego por Versos humanos.
Mi familia estaba contenta. Aquel hijo descarriado y tan mal estudiante,
que ni siquiera había sido capaz de hacerse bachiller, comenzaba con bastante
fortuna su carrera poética. El dinero, desde luego, impresionó en mi casa.
Cinco mil .pesetas de entonces, y sobre todo para mí, que iba a pie a todas
partes casi siempre por no tener ni unos céntimos para el tranvía, ya eran
algo. Empecé a hacer mis planes, mucho antes de cobrar el premio. Compraría en
seguida el Cancionero de Barbieri y las Obras completas de Gil
Vicente; un gabán, pues aunque no era friolero solía helarme sin él; algún
traje, ya que los que tenía andaban un tanto deshilachados; luego...,
guardaría un poco para gastos de circulación... Y lo demás... ¡Ah, lo demás me
lo tiraría en helados con los amigos! Ésos eran, en principio, mis proyectos,
que realicé después, ya con el premio en el bolsillo, casi al pie de la letra.
Pero lo primero, lo primerísimo, era dar las gracias a los miembros del
jurado y, antes, a mis emocionados amigos Claudio de la Torre y José María
Chacón. Ambos, cada uno por su parte, me convidaron a comer. La victoria había
sido limpia, clara, rotunda. Gracias a su fe y entusiasmo me sentía salvado
para siempre. Con aquel premio nacía de golpe a la luz literaria de España. De
muchas provincias, en donde nada sabían de mí y menos como pintor, me llegaron
calurosas felicitaciones. Los jóvenes escritores de Madrid, incluyendo a los
de la Residencia, comenzaron a mirarme con nuevos ojos. A partir de ese
momento, ya no sería aquel delgado pintorcito medio tuberculoso que distraía
sus horas de descanso haciendo versos.
José Moreno Villa, miembro del jurado, me era ya conocido. Mi primera
visita fue para él. Lo encontré bebiendo cerveza, a la que era gran aficionado,
en los jardines de la Residencia, su casa desde hacía muchos años. Pepe Moreno,
como lo llamaban cariñosamente todos los residentes, me dio la enhorabuena con
aquella fina sonrisa malagueña que siempre le colgaba bajo el bigotillo. ¿Qué
edad tendría entonces Pepe Moreno? Pertenecía a una generación bastante rara,
surgida unos años después de la de Juan Ramón Jiménez. Su obra poética me era
casi desconocida. No era un poeta entonces —y nunca llegó a serlo— «jaleado»
como Machado y Juan Ramón. Quiero decir que su nombre no andaba con frecuencia
en labios de los «nuevos», quienes repetíamos de memoria los poemas de los dos
grandes andaluces, elevados ya a la categoría de maestros. Por aquella época,
un solo libro de Moreno Villa había caído en mis manos: Garba. Era su
primera obra —1913—, que, en verdad, no me impresionó. Sus sales malagueñas no
eran lo finas y delgadas que yo hubiera querido. De cuando en cuando, sí, el
jazmín andaluz las perfumaba, agilizándolas, poniéndoles la gracia de sus
puntas. Pero algo duro, algo abrupto, algo fragoso en la forma de todos
aquellos poemas me cerraban el pleno goce, la simpatía necesaria para
retenerlos. Era difícil entrar abiertamente en aquella poesía. Y con la posterior,
la que Pepe Moreno nos fue dando hasta poco antes de la guerra civil, me
sucedía lo mismo. A pesar de toda su cultura, de su tierna y escondida humanidad,
sus versos los dejaba en estado silvestre, haciendo a veces imposible el caminar
medianamente cómodo por ellos. Ahí está su poema de amor, su Jacinta la
pelirroja, aparecido en 1929, tal vez lo más original suyo de aquella
década. Es el diálogo del poeta con su amada, que releído ahora me recuerda en
algunos momentos las paseatas líricas de Juan Ramón con su Platero. Toda su
forma antirretórica, su tono confidencial, su brinco y hasta su gracia no
logran, en mi sentir, ese sendero limpio, sin obstáculos, que debe ser cada
poema. Sus prosaísmos, sus salidas de tono, rompen el conjunto del cuadro. Pero
tal vez eso fuera un rasgo saliente, positivo, de la personalidad de José
Moreno Villa en esa época. Yo chocaba con ella. Y ese encontronazo me dolía,
ya que para este poeta, este hombre tan bien y variamente dotado —buen
prosista, gran crítico de arte, curioso pintor—, deseábamos la misma estatura
de aquellos otros —unos antes, algunos después— que venían labrando la grandeza
de la poesía española en lo que iba de siglo. Pero a partir, sobre todo, de Salón
sin muros creo yo que la poesía de Pepe Moreno, vuelto a su soledad, a su
celibato de primer residente, se escande, se desbroza, se despicudiza, pudiéramos
decir. Y sin duda, gracias a ese clausurado amor con Jacinta, se le ahonda la
voz, se le allana más grave, se le acompasa y entona con el verso, logrando
armonizar las disonancias, iniciando el concierto que lo conducirá, después de
unos buenos poemas sobre la guerra civil y ya «peregrino en extranjeras
playas», a hacernos escuchar las más hermosas notas de su música, «la música
que llevaba». Volveré a él —Pepe Moreno ha muerto en México no hace mucho— en
algún tomo próximo de esta Arboleda perdida. Ahora, en las presentes
páginas, estoy con el Moreno Villa sonriente, escondido y gentil, rodeado de
estudiantes y jardines, en la plácida tarde primaveral que alegró mi entrevista
para darle las gracias por haberme distinguido con el Premio Nacional de
Literatura.
No recuerdo si entonces me contó el poeta malagueño su batalla librada con
algún miembro del jurado, reacio a concedérmelo. Escena tan divertida y
reveladora era difícil olvidar. Seguramente por alguna causa —la presencia de
alguien desconocido o poco amigo durante mi visita— no me la refiriera. Por su
autobiografía —Vida en claro (1944), libro muy interesante y encantador,
aparecido en México— he llegado a conocerla, pero ahora, hace unos días, ¡al
cabo de más de treinta años! La reproduzco aquí por ser hoja saliente entre las
ramas de mis memorias. Escribe Pepe Moreno: «Quiero contar esta escena del
jurado sin omitir mi metedura de pata. Lo constituíamos Menéndez Pidal y el
conde de la Mortera (Gabriel Maura) para lo histórico, Ar-niches para el
teatro, Antonio Machado y yo para la poesía. Tal vez me olvide de alguien. Como
secretario, Gabriel Miró. La cosa marchó perfectamente hasta que tocamos la
poesía. Maura propuso en primer lugar al llamado "Pastor poeta". Yo
me opuse inmediatamente. Maura argumentó con una frase poco feliz: "Su
poesía huele a lana y a chorizo". "Basta eso", repliqué,
"para que una poesía dé asco". Y aquí fue mi metedura. Continué
diciendo: "Eso es tan repulsivo como la pintura de don Luis Menéndez
Pidal, ahumada y renegrida como las morcillas". Con el acaloramiento, no
pensé que estaba delante su hermano don Ramón. Intervino Miró hábilmente y
todos me dijeron que diera yo un nombre para primer premio. "Pocas veces
estoy tan seguro de votar con acierto como ahora; el poeta que se anuncia en
este concurso como valor de trascendencia es Alberti con su libro Marinero
en tierra." Entonces Antonio Machado, que había permanecido mudo,
convino en que sí, que era el mejor. Maura y todos aceptaron, pero aquel conde
llevaba otro candidato, además del "Pastor poeta", y era Gerardo
Diego. Propuso entonces que se le diera el segundo premio, trasladando el de
teatro a la poesía. Y así se hizo.» Este gracioso relato de Moreno Villa, estoy
ahora seguro, yo no lo conocía. Lo repito. ¿Cómo no haberlo registrado en mi
memoria? Pero también hoy me pregunto: ¿por qué razón al único miembro del
jurado a quien no di las gracias fue a Gabriel Maura, conde de la Mortera?
Mi segunda visita de agradecimiento fue para Gabriel Miró. Creo que fui
solo, venciendo mi frecuente timidez. Vivía en la calle Rodríguez San Pedro,
barrio de Argüelles, y en un piso de la casa que habitaba también Dámaso
Alonso. Me recibió en su cuarto de trabajo: pulcro, sencillo, mesa agobiada de
libros y cuartillas, junto al balcón. Pienso que por ellas corrían ya los
iniciales capítulos de Nuestro padre san Daniel, primera parte de su
grande y última novela, El obispo leproso. Recuerdo de Miró los amplios
párpados y la mirada clara y triste que reposaba bajo ellos. Era ancho, fuerte,
extremadamente simpático y encantador. Le hablé de aquella carta que me
escribiera años antes con palabras halagadoras para unos versos míos que le
enviara Juan Chabás, levantino como él. La firmaba en Polop de la Marina,
tierras alicantinas de su Sigüenza, donde tenía una propiedad, una «masía»,
lugar tranquilo, durante el verano, para su paciente y armoniosa labor
literaria.
—Usted me dijo —le recordé— en esa carta refiriéndose a mis primeros
poemas: «Hay en ellos palabras de aguda belleza...». A mí, como a usted, en
estos años por lo menos, me gusta la belleza del idioma. Lo hermoso, claro y
plástico del suyo me atrae de verdad.
—¡Qué quiere usted! Tanto en Levante como en Andalucía, todo es preciso,
trasparente. La luz perfila hasta las cosas más lejanas. Hasta lo borroso allí
se vuelve nítido, brillante. ..
—Yo vengo a darle las gracias... —le insinué, entrecortado, después de un
silencio.
—¿Las gracias? ¡Vamos! —me atajó, levantándose—. Quiero presentarle a mi
mujer y a mi hija Olimpia. La otra no está aquí.
Ambas se presentaron al instante. Dos seres sencillos y afables como él. Al
poco rato de una charla sobre mi libro, cuyo manuscrito conocían, me regalaron
con almendras y esos exquisitos dulces provincianos —secretos monjiles— que con
tan esmerado y primoroso arte se complacía Miró en describir en sus novelas. La
tarde fue apacible, íntima, familiar, rebosante de cariño. Gabriel Miró era un
hombre bueno, lleno de santidad, como Antonio Machado. Ganaba modestamente: un
empleo en el ministerio de Instrucción Pública. Su primorosa obra, a la que la
Iglesia hacía la guerra sordamente, aunque seguida por una minoría devota y entusiasta,
no le daba entonces para el diario sustento. Tendría que morirse, un lustro
después, para que la familia comenzase a recibir los honores y frutos que su
autor apenas pudo lograr en vida. ¡Siempre la triste y cruel indiferencia de
España para casi con todos sus grandes escritores!
Pocas veces, desde aquella visita, volví a ver a Gabriel Miró. No mucho
antes de su muerte, lo encontré con Pedro Salinas en la Glorieta de Atocha.
Los acompañé hasta la Cibeles. Andaba Miró como vencido, los párpados morados,
amarillenta la tez. Un mes después moría, allí, en Madrid, lejos del mar azul
que él llevaba en sus ojos. No puedo ahora recordar por qué no fui a su
entierro.
Visitado Miró, quería, sobre todo, saludar al miembro del jurado cuyo voto
más estimaba y me enorgullecía: Antonio Machado. De improviso, me presenté en
su casa, calle General Arrando. Desilusión. No estaba. No vivía en Madrid.
Salió a decírmelo su madre, una graciosa anciana, fina y pequeñita.
—Mi hijo anda por Segovia. Viene muy poco por acá... Quizás en
vacaciones...
Sin pasar de la puerta, le besé la mano y me marché.
Todavía no había cobrado el premio ni retirado del ministerio el original
de mi libro. Averiguada la fecha en que podía hacerlo, corrí una mañana al
horrible edificio. Allí, ante la ventanilla por la que iba a recibir, juntas,
las primeras cinco mil pesetas de mi vida, encontré a una persona que esperaba
lo mismo. Era Gerardo Diego. Creo que nunca lo había visto. Salimos, ya amigos,
a la mañana madrileña, clara y primaveral, subiendo, en animada charla, por el
Salón del Prado. Un poeta de Cádiz y otro de Santander —dos polos opuestos—
acababan de conocerse. Desde aquel día vi a Gerardo como ya lo vi siempre:
tímido, nervioso, apasionado, contraído, raro y alegre a su manera, con algo
de congregante mariano, de frailuco de pueblo. Conocía de él poemas sueltos y
un libro —Imagen— que guardaba en mi casa. Había escrito mucho, pero
obras capitales suyas, como Manual de espumas, por ejemplo, creo que aún
estaban inéditas. Versos humanos, con poesías que iban del año dieciocho
al veinticinco, su último libro, era el que con mi Mar y tierra acababa
de recibir el premio. Pero, según me explicó, aquellos versos poco tenían que
ver con los audaces, libres, perniquebrados, calidoscópicos y sin puntuación de
Imagen o el Manual. A las formas clásicas, más serenas, tradicionales
—dominadas por él con verdadera maestría—, estaban ceñidos. Las pesetas que
hacía un instante guardara en su cartera, no eran para el Gerardo creacionista,
amigo y condiscípulo de Vicente Huidobro y Juan Larrea, sino para el poeta
reposado, frecuentador de Góngora, Jáuregui, Bocángel, Medina Medinilla...
«Azotea y bodega.» Tales eran los términos con que Gerardo definía sus opuestas
tendencias. Con la bodega, desde el punto de vista económico y también desde
otros muchos puntos, el poeta santanderino iba siempre a obtener mayores
ventajas en la vida.
Aquella misma noche, al andar en mi cuarto hojeando mi manuscrito, saltó de
entre sus páginas un papelillo amarillento, medio roto, escrito con una
diminuta y temblorosa letra. Decía:
MAR Y TIERRA
Rafael Alberti
Es, a mi juicio, el mejor libro de poemas presentado al concurso.
ANTONIO MACHADO
¡Con qué alegría y estremecimiento leí y releí aquel hallazgo inesperado!
Todavía lo conservo en la primera página de un ejemplar viejísimo de Marinero
en tierra, lo único que por una rara casualidad pude salvar conmigo de la
guerra española.
Todavía me quedaban por visitar Menéndez Pidal y Arniches, el divertido y
hasta casi genial sainetista, futuro suegro de José Bergamín. Éste, de quien
ya era bastante amigo, me llevó a su casa. Me convidaron a almorzar, cosa que
acepté no sin cierta zozobra, pues en aquella época, después de tantos años de
aislamiento, era además de tímido un tanto silvestre en mis reacciones y
modales. Don Carlos Arniches, hombre que había hecho reír a varias generaciones
de España y América, presidía la mesa, pero encerrado, serio, como escondido
tras sus pequeñas gafas. Durante todo el almuerzo no despegó los labios. Sus
hijas, hermosas y admiradas por mí, antes de conocerlas, en el paseo de la
Castellana, me sentaron entre las dos, saliendo graciosamente al paso de mis
vacilaciones y torpezas. Rosario era la novia de Bergamín, y Pilar la de
Eduardo Ugarte, joven comediógrafo, en vísperas de estreno. Los demás
comensales eran la señora de Arniches y otros dos hijos del matrimonio: Fernando,
militar, y Carlos, excelente arquitecto. De esta comida sólo recuerdo mis
tropiezos, mi no saber qué hacer ante varios platitos tapados con servilletas y
otras desgracias por el estilo. Debo a Rosario y a Pilar el haberme aliviado
aquellas horas. Mi respiración se hizo más ancha cuando ya con Pepe Bergamín
me encontré en la calle.
Era Pepe uno de los innumerables vástagos de un ilustre, gracioso abogado
malagueño, político de la monarquía. De él, de don Francisco, había heredado,
entre otras cosas, dos que sobre todas iban a señalarlo como la mejor rama de
la estirpe paterna: su muy extraña y personal antibelleza, su divertido y aún
más enrevesado ingenio, temible, a veces, como rayo de navaja andaluza tirado
al bajo vientre, la peor puñalada que se conoce. Leal a su pensamiento, a sus
amistades, hasta la más extremada exageración, como se debe ser. Pero
igualmente exagerado a la hora de la enemistad, como también se debe ser.
Católico especial, de esos que nuestra Santa Inquisición hubiera condenado, en
otro tiempo, y varias veces, a las llamas purificadoras de la hoguera; enemigo
de la dictadura reinante, zaherida por él en puntiagudos aforismos, en raras
piezas teatrales, imposibles de representar. Su relojería del idioma era ya
tan complicada, o más, que la de Quevedo. Su pasión, igualable a la de Unamuno,
con quien mantenía una ardiente amistad, muy generosa por parte de don Miguel,
ya que Bergamín padre, siendo ministro del rey, lo había expulsado de la
rectoría de la Universidad de Salamanca. Nadie como Pepe comenzaba a escribir
con más fervoroso entusiasmo de la poesía española, convirtiéndose a la larga
en el mejor comentarista de la nuestra, ya casi perfilada por aquellos días.
Poeta él, conceptuoso, difícil, nuevo e inextricable hijo de la selva de los
Siglos de Oro, enzarzaba sonetos, dignos, sobre todo algunos de los publicados
ya en su doloroso destierro, de un lugar preferente en la más rigurosa
antología. Su devoción por Juan Ramón Jiménez era tan sólo comparable a la que
el entonces extraordinario y maligno poeta moguereño también a él le
profesaba. Pocos años después —culpable J. R. J. de la ruptura— se pagaron con
el mismo odio. Un libro de aforismos —El cohete y la estrella— era lo
único de Bergamín publicado hasta aquel momento. Había aparecido en la
Biblioteca Indice. El mismo J. R. J., que la dirigía, estampaba en la primera
página un retrato lírico del autor, prueba innegable de su amistad y aprecio
literario. Era el comienzo de uno de los más peregrinos y laberínticos escritores
de mi generación. Creo que supe por él que a Juan Ramón le habían gustado mucho
varias canciones de mi Marinero aparecidas en La Verdad, un
suplemento poético que dirigía en Murcia Juan Guerrero Ruiz, el amigo más
fervoroso del poeta y de la nueva poesía.
Me decidí a verle. (No era la primera vez que lo visitaba. Tres años antes,
por la época de mi exposición en el Ateneo, le llevé un cuadro: El castillo
de irás y no volverás, ingenua geometría decorativa de brillantes colores.
No creo que fuera de su agrado. Nunca supe qué hizo con él. Me acompañaba Juan
Chabás.) Otro fue el compañero la tarde de mi segunda visita: José María
Hinojosa, «el vivido, gráfico poeta agreste», hijo de ricos hacendados
malagueños, caído bajo las balas de sus propios campesinos en las confusas
horas iniciales de la guerra civil. Fue el mismo Juan Ramón quien nos abrió la
puerta. ¡Qué extraña mezcla de alegría y miedo me produjo de pronto el sentirme
en presencia de aquel hombre admirado, negra y violenta la barba en su perfil
de árabe andaluz, levantado a mis ojos en el descenso de la tarde! Veinte años
después, ya desterrado en la Argentina, escribí en mis Retornos versos
memoradores de este encuentro:
Le llevaba yo estrofas
de mar y marineros,
médanos amarillos,
añil claro de sombras
y muros de cal fresca,
estampados de fuentes y jardines.
Sí, le llevaba yo el manuscrito de Marinero en tierra, estrofas en
las que se apretaban todas mis nostalgias gaditanas, lejos de la bella bahía
que él, desde su infancia en mi mismo colegio jesuíta del Puerto, también
guardaba en su corazón. Vivía, allí, bajando poco a la ciudad, pero escuchando
todos sus rumores, en aquella alta azotea del tranquilo barrio de Salamanca,
entre las madreselvas y campanillas, que sus delgados dedos, buenos
cultivadores de jardines ya lejanos, guiaban por los muros, dibujando graciosos
arabescos.
Estaba él derramado
como cera encendida en el crepúsculo,
sobre el pretil abierto
a los montes con nieve perdonada
por la morena mano
de junio que venia.
Nuestra amistad, clara y casi constante luego, quedaba abierta así en el
ocaso primaveral, ante las lejanías azuladas de las cumbres guadarrameñas. Le
acompañaba aquella tarde el escritor Antonio Espina.
Comenzaban —reproduzco ahora aquí, con algunos añadidos y supresiones, el
capítulo dedicado al poeta en mi Imagen primera de...— por aquellos años
—1924-1925— los desvelos de Juan Ramón por la nueva poesía española que con tan
apasionado ímpetu y fervor se iba perfilando. Había él registrado ya el fresco
fuego juvenil de García Lorca, el noble acento de Pedro Salinas, la perfección
lineal de Jorge Guillen, el lirismo casi chulapo del mismo Antonio Espina, la
sencillez inicial de Dámaso Alonso, preparándose a recibir en su azotea los
aires más recientes, que pronto ascenderían en los nombres de Altolaguirre,
Prados, Cernuda, Aleixandre... Jamás poeta español iba a ser más querido y
escuchado por toda una rutilante generación de poetas, segura del fresco manantial
donde abrevaba y la estrella guiadora que se le ofrecía.
Dirigía entonces Juan Ramón la revista Indice y la editorial que
llevaba el mismo nombre, enriquecida, creo que a poco de publicado El cohete
y la estrella de Bergamín, con dos nuevos libros: Signario, de aquel
Antonio Espina allí presente, y Presagios, de Pedro Salinas. Aquella
tarde, con un ejemplar de Signario, en la mano, protestaba el poeta de
sus imperfecciones tipográficas. Había encontrado erratas, letras sucias,
renglones caídos, y todo esto iba a quitarle el sueño.
—También —nos dijo— en la edición de la Fábula de Polifemo y Galatea, de
Góngora, preparada por Alfonso Reyes, se le han escapado a éste otras horribles
erratas: en vez de corona dice coma; en vez de entre, enter, etc.
España ha perdido su gran tradición tipográfica. Fíjense ustedes en este libro
inglés —nos mostró uno, moderno, de Keats—. ¡Qué finura, qué gracia, qué
delicadeza! Quisiera conseguir para la Biblioteca Indice lo mismo, pero, por lo
visto, esto aquí es imposible.
Como digo, en aquella época tenía aún Juan Ramón de un negro violento la
barba, un perfecto perfil de árabe andaluz y una voz suave, opaca, que a veces
se le rayaba en falsete. Se habló de literatura, sonando nombres de su generación:
Pérez de Ayala, los Machado, Ortega y Gasset... En esta visita pude darme
cuenta —cosa que seguí comprobando luego, a lo largo de nuestra amistad— de su
extraordinaria gracia y mala sangre andaluzas para burlarse de la gente y
caricaturizarlas. De quienes más le oí reír esa tarde fue de Azorín y Eugenio
D'Ors.
—¿Han visto ustedes el título del último libro de Azorín? El chirrión de
los políticos. ¡El chirrión! ¡Vaya palabra! Lo he recibido dedicado. Claro
que yo mismo, en persona, he ido a su casa a devolvérselo. Azorín vive
—prosiguió— en una de esas casas que huelen a cocido madrileño y pis de gato.
Duerme en el fondo de una cama con mosquitero y colgaduras encintados de rosa,
y sobre la mesilla de noche tiene, como objeto que él seguramente considera de
un gusto refinado, un negrito de escayola pintada, de esos que anuncian el
café torrefacto marca «La Estrella», regalo de sus electores cuando fue
diputado por Alicante. A un escritor, por muy modesta que sea su vida, se le
conoce por la casa.
Al visitar un día la de Pérez de Ayala, rompió con él porque le mostró un
cuarto con todo el techo colgado de chorizos y longanizas, detalle que le
estremeció y no pudo perdonar nunca.
—Este mismo escritor —sigue hablando el poeta—, para que lo real en no
recuerdo cuál de sus novelas fuera realmente exacto, me confesó haberse ido a
vivir a una casa de prostitución, llevándose un baúl cargado de ropa, pues el
estudio de tal ambiente le llevaría cierto tiempo.
A Eugenio D'Ors lo detestaba, y sobre todo desde el día en que el pobre
filósofo catalán lo saludara cortésmente en la calle quitándose un chapeau
melón de color gris —un bombín o sombrero hongo, como lo llamamos en
España—, prenda que a Juan Ramón le parecía irrisoria.
—Este Xénius —(pseudónimo muy conocido de D'Ors)—, entre el catalán y el
castellano se está armando un verdadero lío. Me gustaría que usted, amigo
Alberti, ya que es dibujante, lo representase vestido de bailarina, con los
brazos gordos en alto y una leyenda al pie, que dijese: Xenia, la esperanta.
Terminará bailando la rumba en Cuenca —concluyó el poeta, entre divertido
y malhumorado.
En casa de José Ortega y Gasset —y no se olvide que es Juan Ramón Jiménez y
no yo el visitante— descubrió que aquél tenía sobre un piano una pequeña Venus
de Milo, de yeso, de las que vendían en Madrid por veinte céntimos en la plaza
de la Cibeles, y creo que también un pisapapel de bronce, representando a don
Quijote en la escena de los molinos, acompañado hasta de un Sancho Panza
desesperado, dando voces. De estos detalles ornamentales, Juan Ramón tomó pie
para mordacidades y bromas contra la persona de Ortega, ramificándolas con el
estilo y la obra del mismo.
Las cosas —reales o inventadas— que nos dijo de Antonio Machado tal vez
nunca las escriba, dado el respeto que aquel santo poeta me merece.
La casa de Juan Ramón era todo lo contrario de aquellas tan criticadas por
él. Ayudado por Zenobia Camprubí, su admirable y paciente mujer, había
conseguido tenerla con un gusto y elegancia verdaderamente sencillos,
naturales. Allí, en una habitación, para mí misteriosa, pues ni en mis visitas
sucesivas logré entrar en ella, el poeta trabajaba de manera incansable, durante
todo el día y parte de la noche, siendo imposible verle, rechazando, negándose
más de alguna vez, hasta con su propia voz, a los visitantes. Desde la portería
de la casa le telefoneaban el nombre. A veces era el propio interesado quien
hablaba.
—Soy fulano de tal.
Y desde arriba, el mismo Juan Ramón contestaba, tranquilo:
—De parte de Juan Ramón Jiménez, que no está en casa.
Le desesperaba a este poeta, como a tantos, la interrupción inoportuna de
su recogimiento, la ruptura de ese silencio imprescindible para el trabajo
pleno y gustoso, cosas que suceden con demasiada frecuencia cuando se vive en
la gran ciudad. En esas horas de profundo arrebato creador, le molestaban a
Juan Ramón hasta las visitas de su mujer. Ésta me refirió que en más de una
ocasión los atónitos ojos de sus amigas vieron atravesar por la puerta del
fondo de la sala un biombo, extraña y moderna tentación de Jerónimo Bosch, como
movido por arte del diablo. Detrás iba, llevándolo, el poeta, embozado en su
barba, necesitado, por la razón que fuese, de pasar, sin ser visto, a cualquier
otro punto de la casa.
En aquella buscada soledad, en medio de Madrid, Juan Ramón producía,
limaba, retocaba, barajaba a derecha e izquierda, la Obra, como él, así, con
mayúscula, la llamaba. Ya no era entonces el poeta de Arias tristes y Pastorales,
libros que revelaran a Rubén Darío la fina y honda tristeza de nuestra
Andalucía. Ya no era tampoco el poeta de las baladas y estribillos de
primavera, ni el elegiaco de La soledad sonora, ni el más ceñido y
pleno de Sonetos espirituales, Estío o el Diario de un poeta
reciencasado. Hacía también mucho tiempo que, sin dejar su trotecillo
blando por los callejones y sendas de Moguer, Platero, el burrillo ahora
inmortal, andaba por el mundo. Muy atrás había ya dejado Juan Ramón las
arboledas líricas, los paisajes musicales más trasparentes y esfumados que
trajera él mismo a la poesía española. Ya era entonces, en la penumbra ardiente
de su trabajo, el poeta renovado de Piedra y cielo, Poesía, Belleza, Unidad.
Su verso había empezado a ser como un diamante desnudo. Ni rima, ni
asonancia, ni el juego halagador, a veces rítmico, del verso libre. Sólo la
entraña del poema, desprovista de todo ropaje.
Arranco de raíz la mata,
fresca aún del rocío de la aurora...
De una estrofa, perteneciente a uno de los más claros y chispeantes
romances de sus primeros libros, había extraído yo dos versos como lema para
una de aquellas canciones que él ya conocía por la hoja literaria La Verdad y
que tanto le habían complacido:
La blusa azul, y la cinta
milagrera sobre el pecho.
Aquel pequeño mar de mis poemas, mis alusiones a las salinas, a las playas
y castillos costeros de la bahía gaditana, lo llevaron a recordar su
adolescencia portuense, descubriéndonos que muchas de sus «Marinas de ensueño»
eran visiones, evaporadas nostalgias del mar de Cádiz visto desde las ventanas
de la enfermería o a través de los árboles —eucaliptos y pinos— del colegio
jesuita de San Luis Gonzaga, donde cursara su bachillerato.
Aún más que tembloroso quedé yo con la acogida que Juan Ramón Jiménez me
hizo aquella tarde de mi segunda visita. Su preferencia por mí, lo digo ahora
can orgullo, durante mucho tiempo fue grande, comunicándome un aliento, un
entusiasmo, una fe que hasta entonces no había tenido nunca. Le dejé el
manuscrito de Marinero en tierra, que llevaba conmigo. Al poco tiempo,
una selección de sus canciones apareció en Sí, cuadernos de poesía y
prosa que bajo el sobrenombre de «el Andaluz Universal» editaba. Y para más
halago, en otro número de los mismos cuadernos, me dirigió la preciosa carta
que yo he seguido poniendo siempre como prólogo al frente de las diversas
ediciones del Marinero y mis antologías poéticas.
Ya en la calle, me despedí de Hinojosa. Y no volví a mi casa hasta las
claras del día. No sé por dónde anduve esa noche de mayo. Lo hice a ciegas, sin
rumbo, como borracho de dicha, como le hubiera sucedido a cualquier joven aspirante
a poeta que saliese de visitar a Góngora o Baudekire. Algunas pesetas del
premio me cantaban en el bolsillo. Por las heladerías que me salían al paso,
tomaba helados, convidando a cuanto desconocido no ponía reparos en aceptar mi
invitación. Andaba ya con traje nuevo: un pantalón rosado y chaqueta de sport
del mismo tono, pero con calidad de papel secante, que mi familia encontraba de
un «gusto matador». Una corbata caramelo, de ancho nudo, me colgaba del cuello
exageradamente ancho de la camisa, tapándome casi la nariz la redonda visera
de una gorrita inglesa gris claro. La gente me miraba, pero yo seguía tan
campante, comiendo helados y ofreciéndolos. Gran parte del premio se me
evaporaría así aquella primavera: refrescando la sed de amigos y personas cuyos
nombres ignoraba y que jamás volvería a ver.
Por aquellos días encontré editor para mi Marinero: don José Ruiz
Castillo, propietario y director de la Biblioteca Nueva. Me llamó por uno de
sus hijos, pintado por mí años antes. Mi asombro fue grande ante la insinuación
de que yo costeara, si no toda la edición, por lo menos parte de ella. ¿Cómo
sería eso posible? Mejor, le dije, continuar inédito. Además, las pesetas que
me quedaban las reservaba para libros y un viaje en auto, con mi hermano
Agustín, por tierras de Castilla. Don José, bondadoso y simpático, comprendió
pronto su error. Editaría mi libro, corriendo enteramente con los gastos,
reclamándome ya el manuscrito, que mandaría a Segovia, a la famosa imprenta de
El Adelantado, que trabajaba para él.
Al día siguiente corrí a casa de Daniel Vázquez Díaz. Me había prometido
hacerme un retrato para el Marinero. Lo dibujó: un Rafael Alberti, casi
de perfil, linealmente bueno, con un libro en la mano. Él, tan seguro siempre
en el parecido, no acertó mucho esta vez. (Me pareceré con el tiempo —me dije—,
cuando allá en mi vejez reciba el premio Nobel.) Entretanto, tres jóvenes
compositores —Gustavo Duran, Rodolfo y Ernesto Halffter—, entusiasmados con el
corte rítmico, melódico de mis canciones, pusieron música a tres de ellas. De
ese trío, la de Ernesto, maravillosa —«La corza blanca»— consiguió, a poco de
publicada, una resonancia mundial. Las otras dos —«Cinema» y «Salinero»— eran
bellas también y se han cantado mucho. Pero es que Ernesto Halffter, entonces
verdadero muchacho prodigio, había logrado algo maestro, sencillo, melancólico,
muy en consonancia con el estilo antiguo y nuevo de mi letra, cuyo lema había
tomado yo del Cancionero de Barbieri. Asimismo se hizo famosa «La niña
que se va al mar», del propio Ernesto, que no fue incluida en la edición por
razones de espacio.
Con la primavera y el prestigio del premio, se hicieron más frecuentes mis
visitas a la Residencia de Estudiantes. (Era una época feliz, por lo menos para
nosotros.) Conocí entonces en sus jardines a Pedro Salinas y a Jorge Guillen,
ambos casi de la misma edad —unos diez años más que yo—, catedráticos de
Literatura —como Gerardo Diego—, dentro y fuera de España, y ya en vísperas de
ser grandes poetas. Salinas, más desbordado, más hablador, más sonriente y
madrileño. Don Pedro le llamaban todos, aunque lo tuteasen. Guillen,
vallisoletano, agudo, fino, contenido, pálido y alto, lentes que le
trasparentaban unos ojos pequeños, penetrantes, capaces de delinear, de hacer
precisa la más confusa nebulosa. José Moreno Villa dijo en su Vida en claro,
libro ya del destierro, que los poetas, en los últimos tiempos, habían
aparecido por parejas: Machado y Juan Ramón, Salinas y Guillen, Lorca y
Alberti, Prados y Altolaguirre, pero que él, como también León Felipe, había
venido solo. Curiosa observación, que ahora veo que es verdad, y que si a
alguien ya entonces podía aplicársele mejor era a los dos poetas castellanos.
Así los vi desde el primer momento: como la pareja perfecta, mucho más
armónica, a pesar de su tono poético distinto, que las otras que nos presenta
Moreno Villa.
De Salinas conocía Presagios, su primer libro, cimentado con un
retrato lírico del Juan Ramón Jiménez de aquellos años cumbres de la poesía
española. De Guillen, casi nada: algunos poemas aparecidos tal vez en la Revista
de Occidente. Me llamaba la atención en aquel libro de «don Pedro» el
crudo realismo de ciertas poesías, rompedor del acento más bien íntimo,
contenido, sofrenado de todas las demás.
Un viejo chulo la dijo
(la chiquilla era inclusera):
«¡Bendita sea tu madre!»
¿De dónde podía venir, de pronto, a poeta tan afinado, esta nota
populachera, esta salida de arrabal? Cuando traté más a don Pedro, llegué a dar
con la clave. A pesar de París, de Cambridge o Nueva York, Salinas seguía muy
madrileño, brotándole en su charla, aquí y allá, geranios reventones, chulapas
gracias verbeneras, garbosos decires refrescados de azucarillo y aguardiente.
Nuestra amistad desde aquel día quedó sellada, aumentando al aparecer mi Marinero
en tierra, subiendo, generosa, de grados, cuando a raíz de Sobre los
ángeles me dedicó una conferencia interpretativa de este libro, aclarándola
con ejemplos angélicos que iban desde la plástica medieval de los Beatos hasta
las geometrías metafísicas de Chirico. Siempre quise a Salinas y lo respeté
como lo que realmente era: un hermano mayor de generación. (Así, también,
Guillen.) Su severa verdad poética, aunque tan distante de la mía o de la de
otros poetas del sur, siempre me atrajo por lo humana y tranquila, reveladora,
aun en sus más exaltados instantes, de un reposado corazón sin grandes sobresaltos
ni amarguras. Poesía de hombre bueno, cordial y de un sincero acento que,
aunque sometido casi siempre a más difíciles procedimientos técnicos, hiciera
pensar a veces en la voz calma de un Antonio Machado. Castellana al fin, la
lírica de Salinas mostró, desde un principio, una línea escueta, tensa, sin
halagos externos, cuya columna va por dentro, sosteniendo, esqueleto seguro,
la carne verdadera que la envuelve. Creo que fue García Lorca quien me presentó
a estos dos poetas.
Federico seguía allí, en la Residencia, alborotando celdas y jardines. Por
aquellos caminillos primaverales, susurrados de chopos, continuaba recitando su
Romancero, cada año más crecido, sus canciones, cada vez más varias y
ricas, pero obstinado, juglar y trovador satisfecho de su auditorio, en
permanecer inédito. Allí seguían también Pepín Bello, Luis Buñuel, Dalí, Moreno
Villa... y el coro «jaleador» de Federico. Era el momento de los «anáglifos»,
del «pedómetro», de las bromas feroces de Buñuel, de la «orden de los hermanos
de Toledo». Sobre los anáglifos habla Moreno Villa en su autobiografía.
Consistían en una especie de mínimos poemas, ocurrencias graciosas, «que
constaban —explica Moreno— de tres sustantivos, uno de los cuales, el de en
medio, había de ser la gallina. Todo el chiste estribaba en que el
tercero tuviese unas condiciones fonéticas impresionantes por lo inesperadas».
En esto último se equivoca Moreno. La dificultad y la gracia de un buen
anáglifo radicaba en que el tercer sustantivo no tuviese la más remota relación
con el primero. Recuerdo algunos ejemplos de malos anáglifos, rechazados por
todos en las grandes reuniones «anaglíficas», celebradas, por lo general, en el
cuarto de Federico. Veamos estos dos:
El pin, La
cuesta,
el pan, la
cuesta,
el pun, la
gallina
la gallina y la
persona,
y el comandante.
El primero no era bueno, porque además de constar de tres palabras, el
significado onomatopéyico —disparo del fusil— de ellas guardaba una evidente
relación con «el comandante». El segundo, creo que de Pepín Bello, era todavía
peor, ya que por una cuesta pueden subir tranquilamente la gallina y la
persona.
Pepe Moreno da, entre otros, dos ejemplos bastante aceptables:
El búho, El té,
el búho, el té,
la gallina la
gallina
y el Pancreátor. y el
Teotocópuli.
El anáglifo llegó a ser una verdadera epidemia. Hasta personas graves,
como Américo Castro, cayeron en la tentación. Se crearon diferentes tipos, que
por lo general fueron rechazados. Al final fue Federico quien le dio la
puntilla inventando el anáglifo barroco. Recuerdo éste:
Guillermo de Torre,
Guillermo de Torre,
la gallina
y por ahí debe andar algún enjambre.
A partir de esta innovación, vino la decadencia y el anaglifo fue olvidado.
Otro invento, que como era natural se mantuvo en secreto, fue el
«pedómetro». Dentro de una caja cuadrada de madera se alzaba un cabo de vela. A
cierta distancia de la llama y coincidiendo con su altura, pendía un
cordoncillo de hilo. Enfilándolos, un agujero, no muy grande, se abría en uno
de los lados de la caja. El mérito consistía en la intensidad del viento que
cada concursante expeliera por el orificio. Se necesitaba un pedo de gran
fuerza para lograr que la llama se doblase y llegara a prender el hilo. Juego
de verdaderos colegiales. No recuerdo si algunos de aquellos serios profesores
que vivían en la Residencia tuvieron el humor de practicarlo.
En cuanto a la «orden de los hermanos de Toledo»... Eso ya era otra cosa. A
pesar del rigor para ser admitido, yo lo fui ese año. Fundada hacía algún
tiempo por aquel grupo de amigos residentes, el principal deber de sus cofrades
consistía en vagar, sobre todo de noche, por la maravillosa y mágica ciudad
del Tajo. Los hermanos se hospedaban por lo general en la Posada de la Sangre,
lugar donde Cervantes escribe y sitúa alguna de sus novelas ejemplares. La
posada, aunque luego modernizada en determinados detalles, conservaba entonces
toda la atmósfera española de esas ventas o mesones, para alto de arrieros y
trajinantes, de los que en el Quijote da su autor experimentada y
poética cuenta. Cumpliendo cláusulas severas del reglamento de la orden, los
hermanos dejaban la posada cuando ya del reloj de la catedral había caído la
una, hora en que todo Toledo parece estrecharse, complicarse aún más en su
fantasmagórico y mudo laberinto. Aquella noche de mi iniciación en los secretos
de la orden, salimos a la calle, llevando todos los hermanos, menos yo,
ocultas bajo la chaqueta, las sábanas de dormir, sacadas con sigilo de las
camas de nuestros cuartos. Luis Buñuel actuaría de cofrade mayor. El acto
poético y misterioso preparado para la madrugada, iba a consistir en hacer
revivir toda una teoría de fantasmas por el atrio y la plaza de Santo Domingo
el Real. Después de un tejer y destejer de pasos entre las grietas profundas
del dormido Toledo, vinimos a parar al sitio del convento en el instante en
que sus defendidas ventanas se encendían, llenándose de velados cantos y
oraciones monjiles. Mientras se sucedían los monótonos rezos, los cofrades de
la hermandad, que me habían dejado solo en uno de los extremos de la plaza,
amparados entre las columnas del atrio, se cubrieron de arriba abajo con las
sábanas, apareciendo, lentos y distanciados por diversos lugares, blancos y
reales fantasmas de otro tiempo, en la callada irrealidad de la penumbra
toledana. La sugestión y el miedo que comencé a sentir iban subiendo, cuando de
pronto las ensabanadas visiones se agitaron y, gritándome: «¡Por aquí, por
aquí!», se hundieron en los angostos callejones, dejándome —una de las peores
pruebas a que se veían sometidos los novatos de la hermandad— abandonado,
solo, perdido en aquella asustante devanadera de Toledo, sin saber dónde estaba
y sin la posibilidad consoladora de que alguien me indicase el camino de la
posada, pues además de no encontrar a esas alturas de la noche un solo
transeúnte, en Toledo, si no le informan a uno a cada treinta metros, puede
considerarse, y aun durante el día, extraviado definitivamente. Así que me eché
a caminar por la primera callejuela —muy contento, por otra parte, de mi falta
de brújula—, decidido a dejarme perder hasta el alba. Andar por Toledo, y en la
oscuridad de una noche sin luna como aquélla, es adelgazarse, afinarse hasta
quedar convertido en un perfil, una lámina humana, dispuesta a herirse
todavía, a cortarse contra los quicios de tan extraña resquebrajadura; es
volverse de aire, silbo de agua para aquellos enjutos pasillos, engañosas
cañerías, de súbito chapadas, sin salida posible; es siempre andar sobre lo
andado, irse volviendo pasos sin sentido, resonancia, eco final de una perdida
sombra.
Perdida y mareada sombra era yo, cuando de pronto, en uno de esos
imprevistos ensanches —brusquedad de una grieta que supone una plaza, codazo de
una calleja que hunde un trecho de espacio para el murallón de un convento, una
iglesia, un edificio señorial—, se levantó ante mí un desmelenado y romántico
muro de yedra, entre la que clareaba algo que me hizo forzar la mirada para
comprenderlo. Era una losa blanca, una lápida escrita, interrumpida aquí y allá
por el cabello oscuro de la enredadera. El temblequeo de un farolillo colgado a
una hornacina me ayudó a descifrar: «AQUÍ NACIÓ GARCILASO DE LA VEGA...». La
inscripción continuaba en letra pequeña, difícil de leer, aumentando otra vez
de tamaño al llegar a los números que indicaban el año del nacimiento y el de
la muerte del poeta: 1503-1536. Y me pareció entonces como si Garcilaso, un
Garcilaso de hojas frescas y oscuras, se desprendiese de aquella enredadera y
echase a caminar conmigo por el silencio nocturno de Toledo en espera del alba.
Cerca del Tajo en soledad amena,
de verdes sauces hay una espesura,
toda de yedra revestida y llena,
que por el tronco sube hasta el altura...
«La del alba sería» cuando, con estos versos de Garcilaso en la boca,
encontré la Posada de la Sangre y me tiré a dormir en mi camastro, feliz con mi
primera aventura de iniciado en los misterios de la orden toledana. Pocas horas
después, y a la del almuerzo, ¡qué alegres burlas las de los hermanos, ante una
gran cazuela de perdices, famosa especialidad de la Venta del Aire! Allí, bajo
el mismo emparrado, patinillo de nuestro banquete, se veían, retratados a lápiz
sobre la cal del muro, los principales cofrades de la orden. Su autor, Salvador
Dalí, también figuraba entre ellos. Alguien le dijo a los venteros que no los
encalaran, pues eran obras meritorias de un famoso pintor y que valían mucho
dinero. A pesar de la advertencia, años después ya no existían. Habían sido
borrados por unos nuevos dueños de la venta.
Se acercaba el verano. La Residencia se disponía, como siempre, a iniciar
su curso para estudiantes extranjeros. Días antes, cuando fui a dar las gracias
a don Ramón Menéndez Pidal por su voto como jurado del Premio Nacional de Literatura,
me invitó a leer algunos de mis poemas en la inauguración del curso. Era la
primera vez que iba a recitar ante personas desconocidas. A la hora de la
apertura, yo, que estaba sereno, llegué a perder parte de este aplomo a causa
de la advertencia de un señor de barba donjuanesca que, agarrándome entre la
barba y la pared, me espetó de improviso:
—Tenga en cuenta, joven, que es usted andaluz y que va a recitar ante
extranjeros que vienen a Madrid para aprender el castellano. Hágalo despacio,
pronunciando muy bien todas las palabras, sus finales, suplicándole un especial
cuidado al emitir las elles y las zetas.
Cuando algo atemorizado por aquellos consejos iba camino del salón,
pregunté a un amigo quién era aquel guapo señor de la barba al que asustaba
tanto mi acento andaluz.
—Es Américo Castro, un ilustre filólogo. ¡Parece mentira que no lo
conozcas!
Ante un juvenil auditorio de ingleses y norteamericanos, en el que se
destacaban muchachas muy hermosas, recité, con fingida pronunciación
castellana, poemas de mi Marinero en tierra. Todo iba bien, pero al
llegar a aquellos versos del soneto «A un capitán de navío»:
Por ti los litorales de frentes serpentinas
desenrollan al paso de tu arado cantar,
con tanta perfección desenrollé la elle que, al ponerme de
puntillas para más destacarla, un pie se me salió del estradillo, estando a
punto de romperme una pierna.
Ya en los jardines, fui muy felicitado por los estudiantes. Don Américo
estaba contento. Mi lección no había sido tan mala. Alguien, muerto de risa, me
abrazó fuertemente. Era Amado Alonso, joven filólogo, navarro, encantador,
franco y alegre, con algo de pelotari. Me presentó a su novia, una inglesa
espigada, la alumna más bella de aquel curso. Nos hicimos amigos, pero pronto
dejé de verlo. Se marchó, creo que a Inglaterra, donde se casó con su hermosa
discípula. (Lo encontré luego en Buenos Aires, lleno de preciosos hijos
Reanudamos nuestra amistad. Trabajaba en la editorial Losada. Por razones de
mala política argentina, tuvo que irse a Norteamérica, donde murió de cáncer.
Su Gramática y libros sobre lingüística se estudian todavía en muchos
centros de enseñanza.)
Apretaba el calor. La Residencia se iba despoblando. Federico ya andaba
por sus campos granadinos de Fuente Vaqueros. Sin él, la Residencia parecía
sola y triste. Dalí también se había marchado. Aquel verano recibí una postal
suya, con el castillo de Figueres, que decía: «Ola, Alberti, ¿qué tal? Abrazos.
Salvador». Sobre el ojo más alto del fortín, Dalí aclaraba: «Por aquí orinaban
los canónigos». El cartero no podía contener la risa. «Perdone —me dijo—. He
leído eso sin querer...»
Mi Marinero en tierra continuaba en Segovia. No recibiría pruebas
hasta fines de verano. Andaba ya en vísperas de viaje. En el automovilillo de
mi hermano recorrería Castilla la Vieja. Agustín, buen chofer, y yo seríamos
sus únicos ocupantes. Mientras, no teniendo nada que hacer, me dedicaba a
pasear, sin rumbo fijo, con un libro de versos, siempre agradable de leer bajo
el amparo de los árboles.
Subía yo una mañana por la calle del Cisne, cuando por la acera contraria
vi que descendía, lenta, ensimismada, una sombra de hombre que, aunque muy
envejecida, identifiqué sin vacilar con la del retrato de un Machado más joven
aparecido al frente de sus poesías —edición de la Residencia—, conservada por
mí con mucho cariño. Era él, su sombra, no me cabía duda, su sombra triste,
declinada, como con pasos de sonámbula, de alma sumida en sí, ausente, fuera
del mundo de la calle. ¿Qué hacer? ¿Sería capaz de despertarla, arrojándola
fuera de su sueño? Si no me atrevo ahora —me dije—, no me atreveré nunca... Y
corrí a su encuentro, temeroso de que se me esfumara.
—¿Don Antonio Machado?
Dos «Sí, sí», espaciados, salieron de su boca, después de un trémulo
silencio, como si hubiese necesitado hacer un llamamiento a la memoria para
acordarse de su nombre.
—Rafael Alberti... Quería conocerlo y darle las gracias...
—¡Ah, ah! —susurró, todavía mal despierto, tomándome la mano—. No tiene
usted que agradecerme nada...
Y ausentándose nuevamente, perdida sombra entre las galerías de sí mismo,
lo vi alejarse, «mal vestido y triste», en la clara mañana estival, calle del
Cisne abajo...
Misterioso y silencioso
iba una y otra vez...
Así lo retrató Rubén Darío. Y así fue, en realidad, don Antonio Machado
hasta la hora de su muerte.
Un amanecer, por fin, salí del corazón de la meseta castellana con mi
hermano. Iba a empezar mi segundo libro. De canciones también. En mi
cuadernillo de viaje ya estaba escrito el título: La amante. ¿Quién era
la que con ese nombre iba yo a pasear por tierras de Castilla hasta el
Cantábrico, el otro mar, el del norte, que aún no conocía? Alguien —bella
amiga lejana— de mis días de reposo guadarrameño. Todavía el marinero en
tierra era quien se lanzaba a recorrer llanos, montes, ríos y pueblos desconocidos,
pero esta vez sin la compaña de la hortelana azul de su mar gaditano. Pedro
Salinas, a quien con gran sorpresa encontré en la plaza de Burgos, registró
años más tarde la imagen exacta de lo que parecía yo en aquel viaje: «correo de
gabinete, mensajero del rey, que porteaba, de mar a mar, una razón secreta de
estado, desde las plateadas salinas de San Fernando a los foscos acantilados de
las Asturias de Santillana». Dicho con gracia por Salinas, eso era yo, aunque
sin darme mucha cuenta. Y así lo pregoné a mi paso por Aranda de Duero:
¡Castellanos de Castilla,
nunca habéis visto la mar!
¡Alerta, que en estos ojos
del sur y en este cantar
yo os traigo toda la mar!
¡Miradme, que pasa el mar!
Rítmico, melodioso, ligero, recorrí con aquella amante ya perdida más de
una centena de pueblos, desparramando por casi todos ellos, y las innumerables
sendas y caminos que los enlazaban, mi canción. Itinerario jubiloso, abierto en
casi todo instante a la sonrisa. Pero lo divertido, que siempre amo, surgió en
Medina de Pomar.
Visitaba con mi hermano Agustín su hermosa colegiata. En la iglesia, el
viejo sacristán socarrón que nos explicaba, se detuvo, solemne, ante el
sagrario del altar mayor: un áureo y relampagueante joyel rodeado de reliquias.
—Aquí se encierra —susurraba, despacioso, el vejete— la esquirla de un
hueso de san Francisco. Aquí, un diente de san Blas, abogado de los dolores de
muelas. Aquí, una aguja de la Virgen. Aquí, una lágrima de san Juan. Aquí...
Se calló, de pronto, dejándonos suspendido el aliento. Había llegado al
centro del sagrario. Junto a su dedo, romo y sucio, resplandecía con más vigor
el pequeño aposento de otra reliquia.
—Aquí... ¿A que no saben ustedes lo
que hay?
Mi hermano, buen creyente, esperaba con cierta unción. Yo, en cambio,
mordiéndome la risa.
—Pues aquí se conserva nada menos que el prepucio de Cristo.
Hasta Agustín soltó la carcajada.
—No se rían ustedes. ¡El verdadero prepucio de Cristo! —recalcó el
sacristán, indicándonos con un gesto que nos callásemos—. El verdadero
—repitió—, pues el que se venera en la catedral de Jaén es falso.
Antes de esta devota escena en Medina de Pomar, algo muy divertido también
—entre cosas más serias— había vivido yo durante mi permanencia de unos días
en Santo Domingo de Silos, el maravilloso monasterio románico escondido tras
los montes de la Demanda, en tierras de Burgos. Bien entrada la noche, llegamos
a aquel benedictino hogar, cuyo patrón y fundador fuera trovado por Gonzalo de
Berceo, clérigo de la misma orden. Un misterioso frailecico, después de unos
largos quejidos de cerrojos y llaves, nos entreabrió la pesada puerta,
invitándonos a pasar. A nuestras «Buenas noches» respondió solamente con una
muda reverencia. Era la hora de silencio para la comunidad de san Benito. Un
farolillo de aceite le pendía de una mano; de la otra, un rosario de gruesas
cuentas. Una vaharada de aire frío entre un perfume de jardín invisible nos
anunció el fin de los asustantes corredores, por los que al parecer sólo
seguíamos la mano encandilada del fraile. La oscuridad era profunda. Sólo el
frío que se intensificaba y el eco entrecortado de una fuente nos dejaron
adivinar los ojos, ciegos a la noche, de las arcadas del claustro bajo,
maravilla del siglo IX.
Escaleras, nuevas arcadas y
pasillos, siempre detrás de aquellos pasos enfranelados, tuvimos que recorrer,
inquietos, antes de que una última reverencia nos cerrara la puerta de la celda
que la hospitalidad de los frailes de Silos ofrece tradicional y
desinteresadamente al caminante.
Un puro canto gregoriano nos despertó antes del alba. La comunidad toda
llenaba el claustro alto, camino de la iglesia. La seguimos. Misa cantada. Los
campesinos del pueblo, allí congregados, entonaron, de memoria, los cánticos, a
coro con los frailes. Una armonía perfecta se expandió en oleadas por la nave
del templo. Todas las albas del año podía oírse este mismo concierto, que ni
las nieves y fríos invernales más crudos eran capaces de impedir. Acabada la
misa, a hombros sus aperos de labranza, dejados mientras en la plaza, aquellos
humildísimos labriegos se esparcían por los campos.
Después del desayuno —manteles blancos y vajilla de barro como puestos allí
por Zurbarán—, nos rodearon los frailes. Besamos la mano al abad, el padre
Luciano Serrano, historiador ilustre, a quien —me confesaron en la intimidad de
una noche varias de sus ovejas, ya amigas— odiaba todo el monasterio. En la
comunidad había un poeta, culto y simpático, aunque bastante mal poeta, Justo
Pérez de Urbel, conocedor de la simbología de las pinturas y capiteles románicos
de los claustros. Cosas maravillosas le escuché, lecciones que no he olvidado
todavía. Él me mostró el códice de Gonzalo de Berceo, tesoro que custodia la
orden desde que se escribiera y en cuyas hojas aspiré el aroma sagrado y
primigenio de nuestra poesía. (¡Lástima que hoy Justo Pérez de Urbel sea uno de
los frailes más adictos al régimen de Franco!) El hermano farmacéutico,
pequeñito y zumbón, también se hizo mi amigo. Al enseñarme la farmacia, en lo
más hondo y oscuro del convento, quise arrancarle la fórmula del famoso licor
benedictino, llamado ya entonces el licor de Santo Domingo de Silos, gracias al
poco amistoso pleito que los frailes franceses, sus hermanos también en san
Benito, habían entablado contra la orden española. Los negocios, aunque ande
de por medio el Espíritu Santo, son los negocios. Entre risas y bromas, propuse
al farmacéutico envenenar al abad, a quien nada querían y tendrían que aguantar
hasta su muerte, ya que ese cargo, después de concedido por todo el monasterio
en secreto voto, es para toda la vida y sólo el santo padre de Roma puede
sacárselo. ¿Por qué al abad lo odiaban tanto? Era despreciativo y mandón,
además de orgulloso, y aquellos pobres frailezucos, de origen campesino en su
mayoría, se consideraban humillados, hartos de tanta altanería y poca bondad.
Lo soportaban resignadamente. ¡Qué remedio! Ellos eran sus electores, pero
¿quién iba a imaginar que aquel gustoso voto iba a calar la mitra de santo
Domingo en la cabeza del demonio? Porque demonio, en poder de todos los del
infierno, llegaron a pensar que era. Así lo había visto Bernardino, el hermano
hortelano, viejo y delirante, casi en las agonías de su muerte. El abad, no sé
por qué razones, tuvo que viajar a Roma. Y Bernardino, viejo guerrillero
carlista, autor de varios asesinatos, con la cabeza puesta a precio, salvada
por el derecho de asilo que concede el monasterio, se creyó en el deber de
comunicar a sus hermanos la más terrible de sus visiones nocturnas.
—Hijos, acercaos. Os voy a confesar lo que acabo de ver. Nuestro abad está
en pecado mortal. No puede visitar al santo padre. Cada vez que pretende subir
las escaleras del Vaticano, una legión de demonios que baja de una torre, lo
sube hasta ella, arrojándolo luego desde allí. Hasta que se confiese y sea
absuelto, no será recibido.
Pocas horas después, Bernardino volvió a llamar a todos sus hermanos.
—Alegrémonos, hijos —les dijo, ya con las bascas de la muerte—. Nuestro
padre abad está en gracia de Dios. Confesó sus pecados. Habla en estos
momentos con el santo padre. Puedo morir en paz.
Ésta y otras visiones que tuvo fray Bernardino al final de su vida,
trajeron amedrentado a todo el monasterio. Hasta después de muerto, los frailes
las contaban con terror. Para ellos, murió en olor de santidad. Para el abad...
Nunca habían tenido el valor de preguntárselo.
¡Noches inolvidables las de mi breve estancia en Silos! Rompiendo la regla
del silencio, algunos frailes más osados acudían a mi celda Les ofrecía vino de
Jerez; ellos, a mí, el licor famoso. Hasta la última campanada de las doce me
acompañaban empinando el codo, aunque más de una vez los vi pasarse de la hora.
Como yo no tenía ninguna obligación de comulgar, continuaba bebiendo solo.
¡Qué alegres y curiosas aquellas reuniones casi secretas! El caldillo andaluz
encantaba a los frailes, encandilándolos, volviéndolos locuaces y preguntones.
Aunque la orden de san Benito no impone la clausura, el mundo para ellos
—excluyendo al abad y otras autoridades— no iba más lejos de los pueblos y
campos comarcanos, que recorrían, ya a caballo o a pie, predicando la doctrina
de Cristo. Por eso el mundo de más allá de sus experiencias les intrigaba de
verdad. ¿Cómo era Madrid? ¿Cómo Sevilla y Barcelona? ¿Cómo el teatro, los
bailes, las corridas de toros? Mis explicaciones, divertidas y picarescas casi
siempre, les dilataban las pupilas, arrebolándoles la cara.
—Pero el teatro no es nada comparado con las varietés —les dije, malicioso,
una noche.
Pocos conocían la palabra y menos el sentido del espectáculo. Les hice
entonces una demostración. Tomé la cogulla de uno de los frailes y, ciñéndomela
al cuerpo a manera de mantón de Manila, les canté el cuplé más de moda en Madrid
por aquellos días:
Soy la maja moderna española
que en la Castellana
se pasea...
Mis gestos exagerados, mis quiebros de cintura, mis desplantes y juegos
con la cogulla, los fascinaron a tal punto que prorrumpieron en aplausos,
levantando las copas y brindando no sé si por mí o por la Raquel Meller, a
quien yo imitaba. Convinieron, después de otras demostraciones, en que, si todo
era así, las varietés nada tenían que ver con el infierno. El diablo podía
dormir tranquilo.
Frailes como estos de Silos, liberales, cultos y cándidos a un tiempo, vi
luego pocas veces. La biblioteca que cuidaban era maravillosa. Hasta libros de
los poetas simbolistas franceses vi en ella. Un Verlaine tuve entre mis manos.
Casi constantemente recibía el monasterio la visita de hombres conocidos. Más
de una vez don Miguel de Unamuno paseó por sus claustros, inquietando a la
comunidad con sus dudas y paradojas. En el álbum para los huéspedes, vi
estampada su firma, así como la de Zuloaga, Eugenio D'Ors, Gerardo Diego y
otros artistas y escritores de nombre. Yo les dejé un poema en honor de la
Virgen de Marzo y el Niño, que con ojos de vaca presidían el claustro bajo, no
lejos del ciprés y las malvas reales del jardín. ¡Inolvidables días aquellos en
el Monasterio de Santo Domingo, a la buena sombra de Berceo y tantas almas
inocentes con aroma a Edad Media y pan moreno de los campos! (Parece que ahora
esas tan buenas prendas liberales y puras han sucumbido a los pies del
Caudillo, aceptando la Orden Benedictina lo que otras Órdenes religiosas
rechazaron: el cuidado del Valle de los Caídos, ese horror necrofílico del
régimen, que tantas lágrimas y millones ha costado al pobre pueblo español.)
Rodando, rodando con mi «amante», llegué, por fin, al mar.
¡Perdonadme, marineros,
sí, perdonadme que lloren
mis mares chicas del sur
ante las mares del norte,
¡Dejadme, vientos, llorar,
como una niña, ante el mar!
Grande fue mi emoción ante el Cantábrico, aquella masa fosca y brava tan
diferente a la mansa y azul de mi bahía. Desde Laredo, recorrí toda la costa
santanderina y vasca, hasta San Sebastián, dejando una canción en cada pueblo
marinero. Nuevamente en Madrid, escribí la última —la número 70—, adiós a
aquella amiga, más soñada que cierta, la ideal compañera de viaje por tierras
españolas para mí antes desconocidas.
Una grata sorpresa me esperaba al llegar: las pruebas de Marinero en
tierra sobre mi mesilla de trabajo. Nunca me había visto en otra. Ignoraba
cómo corregirlo. Me inventé unos signos especiales y lo devolví, con sellos de
urgencia, a la imprenta de El Adelantado. Durante el otoño apareció el libro,
en edición correcta, con el dibujo de Vázquez Díaz, las músicas de los dos
Halffter y Gustavo Duran, más la carta de Juan Ramón Jiménez. Una faja amarilla
destacaba en grandes letras negras: premio
nacional de literatura 1924-1925. Los primeros ejemplares que dediqué
fueron para los miembros del jurado. El destinado a Juan Ramón se lo llevé en
persona. Y me dispuse, no sin cierta inquietud, a esperar las críticas, que no
tardaron en aparecer. Rompió el fuego en las páginas de El Sol Enrique
Díez-Canedo, con un artículo elogioso, en el que subrayaba mi parentesco con
Lorca y la importancia, cada vez más saliente, de los poetas del sur. Lo
siguieron Gómez de Baquero, Fernández Almagro, Bergamín, Marichalar... Casi todos
hablaban de Federico, unos estableciendo diferencias y otros afinidades. La
batalla Lorca-Alberti había estallado, una batalla larga en la que los
contendores casi llegaron a las manos, mientras los dos capitanes se las
estrechaban, amigos, en sus puestos. De provincias me llovieron algunos palos,
absurdos, llenos de mala fe e incomprensión. El comentarista, anónimo, de un
diario católico, después de afirmar: «Alberti adviene de alguna villegiatura
nórdica al compás del cambiante marino», me llamaba «monstruo del averno»,
«corruptor de la poesía» y no sé cuántas preciosidades más. Otro me criticaba
el ritmo, «la cojera buscada de los versos, que hace imposible su lectura».
Algo insólito y necio, tratándose de libro tan sencillo, tradicional, como Marinero
en tierra. (Ante la poesía y el teatro naciente de Federico, hasta
personajes más gordos reaccionaban del mismo modo. Al principio,
actrices como la Membrives, la López Heredia and Company se reían a carcajadas
del Romancero gitano y sus primeras obras teatrales, claro que a
espaldas de Lorca, después de haberles concedido el innegable honor de
leérselos. Luego, las cosas cambiaron cuando la Xirgu y Josefina Díaz dieron a
conocer, con clamoroso éxito, Mariana Pineda, La zapatera prodigiosa y Bodas
de sangre. La taquilla, para ciertas actrices, es, al fin, la madre de la
inteligencia.)
Tras el triunfo del Marinero, la Revista de Occidente, que
Ortega y Gasset publicaba desde 1923, me pidió colaboración. Llevé a su
secretario, Fernando Vela, una serie de poemas del mismo Marinero, mezclados
con otros de El alba del alhelí, el libro que iniciara en las sierras de
Córdoba bajo el título de Cales negras. Tanto en Francia como en Inglaterra
aparecieron traducciones. (Las de los ingleses, pagadas; gratis, las
francesas.) En fin, estaba muy contento. Quería escribir más. Pero en Madrid me
era muy difícil, solicitado como estaba por todo el mundo. Una mañana tomé el
tren y me marché de nuevo a Rute.
VI
Continúo escribiendo en los bosques de Castelar, con otro nuevo otoño a la
vista. Me levanto siempre a la misma hora: las seis y media. Ya el sol no sale
hasta pasadas las siete. El rocío centellea por todas partes como un fanal
pulverizado. El zumo agrio de un limón y un rápido paseo en bicicleta me
despiertan la frente, agilizándome la memoria. Desayuno. Y, si el tiempo es
condescendiente, me siento a trabajar al aire.
En Rute conocían el «notición» del premio. Doña Coló y sus niñas se
presentaron al instante en casa de mi cuñado.
—Aquí venimos a saludar al famoso poeta. ¡Vaya con don Rafaelito! ¡Qué
embuchado se lo tenía! Sabíamos que era usted aficionado a los versos, pero...,
pero... ¿Esto? ¡Vamos, que estamos muy contentas!
También acudió a felicitarme el notario amigo de los espiritistas, algo
literato él, quien me llamó, entre afectuosos apretujones, «colega, vate
insigne, amado de las musas». Por la calle, gentes hoscas que antes apenas me
saludaban, ahora lo hacían, hasta con una sonrisa en los labios. Yo a poco de
llegar me encerré en mis cuarteles —era invierno y hacía mucho frío—, allí, en
la parte alta de la casa, pared por medio de la cárcel. Llevaba terminado mi
segundo libro de canciones: La amante. Me propuse, como única tarea de
esta nueva temporada rutena, dar fin al que iniciara en la anterior: Cales
negras, cuyo definitivo título sería El alba del alhelí. Se acercaba
la Navidad. Para alegrar a mis sobrinillos, escribí una serie de canciones
inspiradas en las figuritas del Nacimiento que yo mismo les levanté. (Una de
aquéllas:
Aceitunero que estás
vareando los olivos,
¿me das tres aceitunitas
para que juegue mi niño?,
años más tarde la hizo famosa, con ligeras variantes, la compañía de bailes
y cantos populares de «la Argentinita», repitiéndose por toda España como de
autor anónimo.) Otra serie —«El pescador sin dinero»— fue motivada por la
manera un tanto tonta de tirarme el dinero del Premio Nacional con amigos
ocasionales:
¡Qué tonto!
¡Ya te lo has tirado todo!
Y ya no tienes amigo,
por tonto; que aquel amigo
tan sólo iba contigo
porque eres tonto.
¡Qué tonto!
Nuevos pregones, estampas y coplillas fueron definiendo el libro, dándole
ese perfil, ese dibujo que siempre, y casi sin querer, me exijo para todas mis
cosas. Ya bien crecido, dividí aquella parte rutena de El alba del alhelí en
dos secciones: «El blanco alhelí» agrupaba los poemas ligeros, graciosos,
juguetones, suaves...; y «El negro alhelí», los más dramáticos y oscuros, como
«La maldecida», «La encerrada», «Alguien», «El prisionero»... La tercera
sección —«El verde alhelí»— se la dejaba al mar, que visitaría pronto. Mi
despedida de Rute coincidió con una carta de García Lorca, respuesta retrasada
a varias mías que le escribiera en aquella corta temporada. Por su brevedad,
la recuerdo aún. Decía:
Querido primo ayer tarde hubo aquí una gran tormenta. Dime, por favor, si
también la hubo ahí. Trabajo, entregado a la poesía, que me hiere y me manda.
¡Adiós!
¡Al molino del amor,
por el toronjil en flor!
¡Adiooós!
Abrazos,
Federico
¿Cuándo vienes a Granada?
Yo nunca iría a Granada, ni entonces ni después. Pero aquella misma noche
salí en un auto para Málaga, con el amigo de los espiritistas, el buen notario
que me llamaba «vate ilustre, colega y amado de las musas».
De aquel viaje nocturno sólo recuerdo, como a través de una neblina, el
paso por Antequera, donde mientras nos abastecíamos de nafta me recité en
silencio octavas de la Fábula del Genil, de Pedro Espinosa, el gran
poeta clásico allí nacido. Llegamos casi al amanecer. Desde las palmeras del
parque, vi los ojos de Málaga abrirse sobre el mar y sonrosarse toda como un
clavel de sus orillas. A las nueve, corrí a la imprenta Sur. Ni Prados ni
Altolaguirre me esperaban. No me conocían. Pero me adivinaron. Fue un encuentro
maravilloso. Componían en ese momento el segundo o tercer número de Litoral,
la mejor revista española de poesía que registró los años más felices de
nuestra generación. Manolo —Manolito— se disparó hacia mí, derribando un
frasco de tinta, rompiéndose en mis hombros como ángel caído de una torre.
Emilio Prados, mientras, empinados los ojos tras sus gafas, me contemplaba,
inmóvil, con sonrisa de chino. Eran los héroes solitarios de la imprenta. De
aquel minúsculo taller salían, compuestas pacientemente a mano y letra a letra,
las páginas más limpias de toda la lírica de entonces. Por aquellos días
preparaban los dos poetas tipógrafos sus primeros libros: Prados, Tiempo y
Canciones del jarero; Altolaguirre, Las islas invitadas. Emilio
Prados era ya lo que luego sería y sigue siendo hoy: una tormenta oscura, un
rayo subterráneo que combatiera siempre por esgrimirse al aire, un sentimiento
concentrado, comprimido por insufribles torturas. A veces, con su linterna de
luz sorda en la mano, logra ascender de su mina profunda. Pero por poco tiempo,
pues su mundo —infierno y paraíso especiales— se encuentra allí en esas hondas
galerías que solamente él conoce y en las que fragua sus veladas centellas
luminosas.
Con Prados se podía andar por las calles, pero con Manolito, ¿cómo? Lo
hacía a trompicones, en zigzag, llevándose en las mangas la cal de las paredes.
De pronto se salía de la acera, yendo a parar al centro de la calle, o se
quedaba atrás, desapareciendo —tales eran sus cambaladas— en los portales de
las casas, de donde había que extraerlo para irlo a buscar a los pocos
instantes. Tenía cara de poeta escandinavo —Bolin es su segundo apellido—; el
pelo alto, en caracolas; la boca sonriente, siempre dispuesta para la gracia.
Parecía todo él un ternero escapado del limbo, una rara invención angélica
extraviada en la tierra. Manolito había perdido su madre por aquellos días. Y
la fecha de esta muerte iba a ser —según él mismo confesara— la más importante
en su vida de poeta y de hombre. Muchos de los poemas de Las islas invitadas
que entonces me leyera, estaban ya tocados de esa angustia, de ese dolor,
hondos, como los del cante andaluz más sublimado y puro:
Era mi dolor tan alto,
que la puerta de la casa
por donde salí llorando
me llegaba a la cintura...
Con Manolo y Emilio pasé en Málaga horas inolvidables. Juntos recorrimos
las playas, viendo las redes al sol, espejeantes de boquerones; paseamos el
Limonar, subiendo al castillo de Gibralfaro, la vieja fortaleza mora. Cuando un
anochecer me acompañaron al puerto para decirme adiós, me di cuenta que allí,
al pie del mar Mediterráneo, dejaba la amistad de dos nuevos poetas, recién
nacidas ramas, andaluzas también, de nuestra bella generación. Antes de
partir, les entregué el manuscrito de La amante, que publicaron ese
mismo año (1926).
Un feo barquichuelo, de aún más feo nombre —Enriqueta R.—, me llevó
a Almería. Mi hermana Pepita, la más querida de todas, me esperaba en el muelle
con su marido, un joven abogado (al que estaría reservada una muerte terrible
en los primeros días de nuestra guerra). Allí estuve con ellos, matrimonio
reciente, aún sin hijos, un par de meses. Almería me gustó. Era como una
avanzada de África. Cuando de noche soplaba «el terral», un viento ardiente
del desierto, amanecían los zaguanes inundados de arena. El sol de primavera
calentaba como si fuese de verano. Un mar tibio y azul me permitía bañar casi
todos los días. En la playa o entre las palmeras del parque, comencé las
canciones destinadas a la última parte de El alba del alhelí. Una linda
muchacha filipina era mi amiga. Sus padres la habían dejado un tiempo con mi
hermana al trasladarse a Madrid. Con ella recorría las azoteas, escuchando,
como en el Puerto, las conversaciones de las cocinas por la ancha boca de las
chimeneas. ¡Qué hermoso era, luego de anochecido, permanecer juntos por
aquellos terrados, viendo encenderse las luces de los barcos, dibujarse en el
cielo las constelaciones! Y sucedió lo que tenía que suceder: nos enamoramos.
Y mi hermana entonces, muy lista, me insinuó amablemente la conveniencia de
regresar a casa. Lo hice, pero llevándome un montón de canciones y uno de los
recuerdos más dichosos de mi juventud.
Llegaba a Madrid con mi tercer libro completamente terminado. ¿Qué hacer
para arrancar de nuevo? Ya el poema breve, rítmico, de corte musical me
producía cansancio. Era como un limón exprimido del todo, difícil de sacarle
un jugo diferente. ¿A qué apretarlo
más? ¿Acaso no había tanteado ya otras
formas en mi Marinero? Primeramente escribiría tercetos, aprovechando
aún mis amados temas marinos, pero añadiendo otros que andaban golpeándome las
sienes. Ya comenzaba entonces nuestro entusiasmo por Góngora, acrecentado por
la proximidad de su centenario. Necesitaba con urgencia un título. ¿Cómo conducirme
sin él, ceñir la nueva lírica avalancha que intentaba invadirme? Pasión y
forma, encontré, a poco de iniciados los primeros poemas. Era una poesía de
pintor, plástica, lineal, de perfil recortado. Aquel temblor de alma de mis
canciones lo iba a meter como en un cofre de cristal de roca, en una blanca y
dura urna, aunque trasparente. Sometería el verso métrico a las presiones —y
precisiones— más altas. Perseguiría como un loco la belleza idiomática, los
más vibrados timbres armoniosos, creando imágenes que a veces, en un mismo
poema, se sucederían con una velocidad cinematográfica, porque el cine, sobre
todo, entre otros inventos de la vida moderna, era lo que más me arrebataba,
sintiendo que con él había nacido algo que traía una nueva visión, un nuevo
sentimiento que a la larga arrumbaría de una vez al viejo mundo desmoronado ya
entre las ruinas de la guerra europea. Y dejando a un lado tercetos y sonetos,
más mi deliberada influencia gongórica, declaré con jubiloso convencimiento:
Yo nací —¡respetadme!— con el cine,
bajo una red de cables y aviones,
cuando abolidas fueron las carrozas
de los reyes y al auto subió el Papa.
No sabía entonces si aquel respeto demandado era justo, si me equivocaba al
pedirlo. Luego, he visto que no, pues no fue sólo el cine, en el que yo
centraba esquemáticamente el punto de partida de lo nuevo, sino todo lo otro,
lo que llevaría al hombre de este siglo a ser el campeón, el portasol, el
héroe luminoso de una humanidad antes desconocida.
Pasión y forma era un buen título, pero por
sugerencia de José Bergamín se quedó al fin en Cal y canto, de significado
incompleto. Comencé a publicar sus primeros poemas. En la Revista de
Occidente aparecieron: «Oso de mar y tierra», «Sueño de las tres sirenas» y
«El jinete de jaspe» En Litoral, tercetos también, salió «Narciso», una
trasposición de la fábula griega a los tiempos modernos. Tuve éxito, para
muchos. Otros, afilando las uñas, empezaron a hablar de neoclasicismo, de
sometimiento a las formas tradicionales, de la vuelta a la estrofa. Yo sabía
bien lo que estaba haciendo; más aún, lo que se necesitaba. Surgía por todas
partes el remedo de la canción —ya culta o popular— que Federico antes, a su
modo, y yo un poco después, al mío, lanzáramos a los cuatro vientos. Un
andalucismo fácil, frívolo y hasta ramplón amenazaba con invadirlo todo, peligrosa
epidemia que podía acabar incluso con nosotros mismos. Se imponía la urgencia
de atajarlo, de poner diques a tan tonto oleaje. Recuerdo que en una entrevista
que alguien me hiciera para La Gaceta Literaria, aparecida a comienzos
de 1927, declaré, entre bromista y malhumorado: «Yo no soy andaluz, soy
noruego, por intuición y por simpatía personal a Gustavo Adolfo Bécquer». Me
propuse hacer de cada poema una difícil carrera de obstáculos. Góngora nos
llegaba muy oportunamente. Su glorificación y las infiltraciones de sus lianas
laberínticas en nuestra selva poética nos ayudarían a conjurar el mal. Hasta
Federico, inédito aún su Romancero gitano, hace un alto en su
andalucismo y lanza la «Oda a Salvador Dalí», que si no mucho tiene que ver con
Góngora, menos lo tiene con lo «popular».
Aquella vuelta a la estrofa sería defendida con verdadero ardor y claras
razones por uno de sus destructores más encarnizados: Gerardo Diego. Es ahora
interesante recoger algunas de sus aseveraciones: «Un poeta de entonces —de
ayer— no sabía realizar estrofas perfectas, por la misma razón que un músico no
resolvía una sonata ni un pintor la arquitectura de un cuadro. Unos años más y
nos arrastrará el magnífico huracán de los ismos de avance. Preocupa la materia,
la novedad del contenido. Imposible lograr a la vez la armonía del continente.
Renace la calma, y decimos: hay que crear. O lo que es lo mismo: hay que
poseer, domeñar, tener conciencia...
Tres caminos se ofrecen. Para cada obra, su forma única, plena. El verso
libre... o sea la estrofa libre. La estrofa vieja. O inventar nuevas estrofas.
¿Retórica? Evidente: retórica. Pero todo es retórica, y el huir de ella una
manera de retórica negativa, mil veces más peligrosa. No. No debemos huir de
nada... Hacemos décimas, hacemos sonetos, hacemos liras porque nos da la
gana... La gana es sagrada. Y es lógica, por la misma razón que los pintores se
obstinan hoy en dibujar bien y los músicos en aprender contrapunto y fuga.
Pero hay una diferencia con nuestros razonables abuelos del xviii. Para ellos, la estrofa, la sonata
o la cuadrícula eran una obligación. Para nosotros no. Hemos ya aprendido a ser
libres. Sabemos que esto es un equilibrio, y nada más. Y es seguro que sentiremos
muchas veces la bella y libre gana de volar fuera de la jaula, bien calculado el
peso, el motor y la esencia, para no perdernos como una nube a la deriva.
Estrofa, siempre estrofa, arriba o abajo, esclava o sin nombre». Estas ideas
de Gerardo, que aunque aparecidas más tarde sintetizaban muy bien el sentir de
todos, venían a coincidir con los primeros clarinazos de nuestra batalla en
defensa de Góngora, cuyo centenario —el tercero de su muerte— nos disponíamos a
celebrar estrepitosamente. Faltaba todavía casi un año. Pero era necesario ir
tomando posiciones, apretar las filas de nuestros ejércitos, estudiar la
estrategia para tan colosal combate. Se rumoreaba ya que la Real
Academia se cruzaría de brazos, es decir, declararía la guerra del silencio a
tan magna fecha. Don Luis, a pesar de contar con algunos acobardados
simpatizantes en la docta corporación, era aún oficial y tradicionalmente considerado
un demonio con cuernos, «ángel de las tinieblas», verdugo del idioma, sobre
todo en aquellos dos poemas geniales —Soledades y Fábula de Polifemo y
Galatea—, centro de nuestra admiración entusiasta.
Estamos en el mes de abril de 1926. Y en uno de esos simpáticos cafés
madrileños que amábamos. Los allí casi improvisadamente reunidos éramos: Pedro
Salinas, Melchor Fernández Almagro, Gerardo Diego y yo. De nuestro primer
cambio de ideas surgió la convocatoria para una primera asamblea gongorina en
la que se trazarían las líneas generales del proyecto: reivindicar
definitivamente a don Luis con motivo de su centenario. Acudieron —además de
nosotros y algunos que ahora olvido— Antonio Marichalar, Federico García
Lorca, José Bergamín, Moreno Villa, José María Hinojosa, Gustavo Duran y Dámaso
Alonso. Se propuso distribuir en doce cuadernos o libros todos los trabajos:
seis para las poesías de don Luis y seis para los homenajes. Las ediciones de
los seis primeros estarían a cargo de Dámaso Alonso (Soledades), José
María de Cossío (Romances), Pedro Salinas (Sonetos), Jorge
Guillen (Octavas), Alfonso Reyes (Letrillas) y Miguel Artigas,
autor de una galardonada vida del poeta (Canciones, décimas, tercetos). De
los seis restantes se responsabilizaban: Gerardo Diego (Antología en honor
de Góngora desde Lope de Vega a Rubén Darío), Antonio Marichalar (Prosas
de contemporáneos sobre Góngora), Moreno Villa (Álbum de dibujos) y
Ernesto Halffter (Álbum musical). La Relación del centenario sería
compuesta por los de mejor voluntad. A mi cargo estarían las Poesías dedicadas
a Góngora por los poetas invitados al homenaje. Además —gran honor— fui nombrado
secretario del mismo. También a Marichalar se le encargó la misión más delicada
y difícil: conseguir que la Revista de Occidente editara todos los tomos
proyectados, cosa que de su director, José Ortega y Gasset, logró inmediatamente.
(Estos datos y los que vendrán más adelante los refresco tomándolos de la
«Crónica del centenario», publicada por Gerardo Diego en Lola, suplemento
de Carmen —número 1 y 2, 1927-28—, la revista de poesía, dirigida
por el mismo Gerardo.) En sucesivas asambleas se planearon las fiestas que se
celebrarían en honor de don Luis: acto de fe en desagravio de tres siglos de
necedades; representación de alguna pieza teatral de Góngora; conciertos, una
verbena andaluza, exposiciones de grabados y dibujos, conferencias, lecturas,
etc. En su momento oportuno se enviaría la carta-invitación a las colaboradores
del homenaje. Yo, como secretario, me encargaría de todo esto. Mientras tanto,
faltando aún bastante tiempo para iniciar la batalla y echándose ya el verano
encima, el grupo gongorino se deshizo, con la seria promesa de reunirse en
octubre.
Vuelvo a mi obra —Pasión y forma—, que amplío con sonetos, y unos
romances, que impresionaron mucho a Salinas cuando se los leí y que doy a
conocer en Mediodía, la flamante revista de los jóvenes poetas
sevillanos, e inauguro también una serie de poemas burlescos, claros
precursores de mi libro sobre los tontos del cine a la vez que suaves
precedentes de El burro explosivo. Conozco ese verano al pintor Benjamín
Palencia, que me pinta un buen retrato, haciéndonos muy amigos. Pertenecía
Palencia a una nueva promoción de excelentes pintores, casi todos ellos en
París: Bores, De la Serna, Peinado, Ucelay, Pruna, Ángeles Ortiz, Cossío, y
Dalí, incorporado al grupo por aquellos días, mas para hacer pronto rancho
aparte y comenzar, a pesar de su gran talento, una tonta y productiva carrera
de escándalos, que lo llevaría al fin hasta su oportunismo vaticano-franquista
de hoy, convirtiéndolo en uno de aquellos putrefactos de su propia invención.
Como hermano mayor de todos ellos podía considerarse a Juan Gris. Luego,
vendría Miró. En España quedaban, algo quizás más jóvenes que Palencia, Gaya,
Luna, Flores y otros que no recuerdo. Era Benjamín un trabajador infatigable,
con cara e ingenuidad de campesino. Cuando mostraba sus dibujos —los hacía por
miles—, empapelaba realmente el suelo del taller, quedando al visitante
únicamente el minúsculo espacio de sus pies, imposibilitado de todo movimiento.
Las series eran interminables. Se acababa de recorrer Extremadura, dibujando a
cuanto pastor y niño se ponían a tiro de su lápiz. Creo que esas dos provincias
le deben a Palencia un monumento. Algún día se lo harán, y toda la pasmada
población de aquellos campos acudirá a rendirle homenaje. Los paisajes que
también pintara de esas extrañas tierras, son, para mí, lo más insigne de su
obra. (Conozco mal lo que ahora hace. Lo poco de lo último —o penúltimo—
expuesto aquí, en Buenos Aires, me ha gustado menos. Mucho, sí, nuevamente,
unos terrenos labrantíos, mondos, deshabitados, de su vieja etapa extremeña.)
El entusiasmo taurino de José María de Cossío, nueva amistosa adquisición
de nuestras reuniones gongorinas, me llevó una tarde a conocer, en el hall del
Palace Hotel, a un tipo excepcional, que sería, luego de su horrorosa muerte,
héroe de una de las mejores elegías derramada de pluma española: Ignacio
Sánchez Mejías, tan sólo matador de toros en aquellos momentos. (Digo «tan
sólo» porque poco más tarde llegó a ser autor dramático, y, con la asesoría de
García Lorca, animador y empresario de una compañía de bailes españoles
encabezada por su amiga Encarnación López, «La Argentinita».) Ignacio estaba
entonces en su madurez física, pero ya ante las puertas de esa edad en que
para el difícil arte de la tauromaquia se pierden pies, gracia, ligereza,
perfil, cosas que, por el contrario, poseía hasta el extremo un joven espada,
amigo reciente, en su más alto mediodía: Cayetano Ordóñez, «Niño de la Palma».
Recuerdo que Cossío, apasionado de mis versos, me pidió recitarlos
inmediatamente, casi al mismo tiempo en que Ignacio me abrazaba y pedía a un
mozo del hotel una buena botella de manzanilla. Yo andaba entonces enfrascado
en mis tercetos. «Corrida de toros» y «El jinete de jaspe» eran los últimos.
Comencé. Sánchez Mejías los escuchaba atento, abierta una sonrisa en su rostro
viril.
Caracolea el sol y entran los ríos,
empapados de toros y pinares,
embistiendo a las barcas y navíos.
—¡Qué bruto! —comentó, interrumpiéndome, pero indicándome con la mano que
siguiera. Concluido el recitado, le dije que aquella expresión, en boca de un
hombre que había lidiado y dado muerte a más de setecientos toros, no sólo me
parecía justa sino que me llenaba de orgullo. Luego Cossío me pidió «Las chuflillas»,
poema ligero, juguetón, dedicado al Niño de la Palma, gran admiración mía, de
Bergamín y del propio Cossío. Aquí las cosas no marcharon tan bien.
—¡Lástima de poema! —dejó caer Ignacio, después de un duro silencio.
{Los toreros, como nuestros grandes poetas del siglo XVII, no han sido
nunca ejemplo de condescendencia y amistad hacia sus hermanos de oficio. Aquel
comentario del gran espada sevillano me lo confirmaba.)
Puedo decir que de mi generación fui el primero que conoció a Sánchez
Mejías y se hizo su amigo. No era Ignacio un torero de extracción popular, como
la mayoría. Hijo de un conocido médico de Sevilla, llegó hasta cursar algunos
años del bachillerato. Pero la muy andaluza vocación por los toros lo lleva a
torear con otros muchachillos de afición por campos y dehesas, conociendo
entonces a Joselito, su futuro cuñado, quien conseguiría ser uno de los más
grandes espadas de todos los tiempos. No voy a relatar aquí su apasionada y
violenta carrera taurina, contada fervorosamente por José María de Cossío en
su monumental tratado Los toros. Sólo me referiré a mis relaciones con
Ignacio desde la tarde de nuestro encuentro hasta la llegada de la República.
¡Qué hombre más extraordinario e inteligente aquel torero! ¡Qué rara
sensibilidad para la poesía, y sobre todo para la nuestra, que amó y animó con
entusiasmo, ya amigo de todos!
Aire de Roma andaluza
le doraba la cabeza,
dijo García Lorca en el Llanto para su muerte. Porque Ignacio, en lo
físico y en todo, no era un andaluz de gitanería, sino ese otro, clásico,
grave, perfilado y severo de la Sevilla de Trajano. Mas, a pesar de su aire
pensativo, solía ser divertido, gracioso, burlón y hasta algo pesado en sus
frecuentes bromas, un tanto infantiles. Yo lo he visto en la calle disparando
garbanzos contra las piernas de las muchachas, soplados por un canutillo de
caña que se sacaba del bolsillo, escondiéndolo, rápido.
Como quien se tira al ruedo, Ignacio se lanzó con arrojo en nuestra guerra
gongorina, aficionándose a las Soledades, llenando su memoria de los más
difíciles y ceñidos arabescos de don Luis. Poco antes de la fecha del
centenario, me llamó a Sevilla. Se celebraba el séptimo aniversario de la
trágica muerte de Joselito. Del tren, me trasladó a un cuarto del hotel Magdalena,
encerrándome con llave, mientras me advertía:
—Ni comerás ni beberás hasta que escribas un poema dedicado a José. La
velada en su honor es esta misma noche. En el teatro Cervantes.
Unas horas más tarde recuperaba yo mi libertad, leyéndole a Ignacio
«Joselito en su gloria», cuartetas muy sencillas que repetí en la fiesta,
entre los oles y ovaciones de un frenético público compuesto de gitanos y
gentes de la torería devotas del espada. Un señor cursi, de monóculo, intervino
a mi lado con un floripondesco discurso. Era Felipe Sassone, mediocre remedador
del más tonto teatro benaventino.
Durante aquella breve estancia en Sevilla, conocí a los jóvenes poetas
agrupados alrededor de la revista Mediodía. Entusiastas, heroicos, en
medio de la indiferencia frívola y jaranera de la capital andaluza. Recuerdo
ahora a Collantes de Terán, a Rafael Porlan y Merlo, a Justo Sierra, a Rafael
Laffon, a Romero Murube... Todos ellos con aire de torerillos sevillanos, de
cuadrilla poética, ya lidiadores del mejor estilo en mitad de aquel ruedo
literario español, cada día más amplio y hermoso. Por allí andaba también
Adriano del Valle, poeta náufrago del ultraísmo, cambiado en cultor de
brillantes jardines churriguerescos.
Y Luis Cernuda.
Moreno, delgado, finísimo, cuidadísimo. Pocas palabras aquel día. (Muy
pocas, después, en muchos años de amistad.) Me enteré que habitaba en la calle
del Aire. ¡Qué extraordinario, para el poeta que ya era y para el que llegaría
a ser! La imprenta Sur, de Málaga, preparaba su primer libro. ¿El título? Perfil
del Aire. Nadie podría autorretratarse mejor. Conocíamos ya algunos de sus
poemas. Décimas o estrofas heptasílabas de una rara perfección lineal. Nitidez.
Trasparencia. Se pretendió, al principio, relacionar esta poesía con la de
Jorge Guillen. Pero pronto los buscadores de parecidos se llevaron el chasco.
Cernuda había abierto los ojos en la calle del Aire, y el suyo, aun enjaulado
en los finos alambres de unas décimas, levantaba en su vuelo temblor y música
del sur, muy diferentes de los del poeta castellano. Cernuda era el cristal,
capaz, en un instante, de romperse.
Guillen, el mármol sólido, elevado a columna. Por el aire aquel de su
grieta del Aire, el sevillano iba a salir un día al corazón del sueño,
encontrándose allí con el delgado y melancólico de otro poeta de su tierra:
Gustavo Adolfo Bécquer, instalándose un tiempo, desvelado habitante del olvido,
en su morada. Poeta más «andaluz y universal» —como quería Juan Ramón Jiménez—
nunca lo hubo en Sevilla.
Otro poeta —«¡lo más grande que aquí hay!»— me presentó Ignacio la misma
tarde de mi llegada. Estaba yo en el cuarto del hotel.
—Entre usted, don Fernando...
Un hombrón ancho, fuerte, con fiera planta de toro y ganadero a la vez,
llenó el marco entero de la puerta, avanzando con una mano tendida.
—Aquí lo tienes... Don Fernando Villalón Daóiz, el mejor poeta novel de
toda Andalucía.
Aquel Fernando Villalón que hacía crujir mis dedos entre los suyos, riendo
de la presentación que acababa de hacerle su amigo, era nada menos que el
famosísimo ganadero sevillano de reses bravas, brujo, espiritista,
hipnotizador, además de conde de Miraflores de los Ángeles... y poeta novel.
(Amplío aquí y acorto las páginas que le dedicara en mi Imagen primera
de...)
Fernando y yo intimamos inmediatamente, exaltándonos a la vez el
conocimiento mutuo de los mismos paisajes vividos por la bahía de Cádiz, las
salinas de San Fernando, las bodegas de Jerez y del Puerto. ¿Cómo, estando tan
cerca, no intentar un viaje? Y al cabo de dos días de auténtica borrachera
arrebatada, de sorprendente coincidencia en entusiasmo por aquella nuestra
Andalucía la Baja, nos marchamos, sin más preparativos, en un absurdo
automovilillo que el propio Villalón guiaba, al Puerto de Santa María, en
visita al colegio de San Luis Gonzaga, mi colegio, y suyo también, veinte años
antes, con Juan Ramón Jiménez como condiscípulo. ¡Divertida excursión
aterradora, pues Fernando no sólo levantaba las manos del volante explicándome
sus proyectos literarios, sino que de pronto frenaba, sacaba del asiento una
vara de mimbre y dejándome solo en mitad de la carretera se perdía por el campo
persiguiendo una liebre! Le juré regresar en tren a Sevilla.
Era Fernando un hombre extraordinariamente fino y simpático, hijo de esa
romántica Andalucía feudal, que se sentaba bajo los olivos a compartir, tú por
tú, el pan con los gañanes. Profundamente popular, los verdaderos amigos suyos,
los inseparables, eran los mayorales que guardaban sus toros, los gitanos, los
mozos de cuadra, toda la abigarrada servidumbre de sus cortijos, además de
cuanto torerillo ilusionado rondaba sus dehesas. Cuando lo conocí ya andaba
arruinado. Negocios absolutamente poéticos lo habían venido hundiendo en la
escasez, casi en la pobreza. Si Villalón fue, como se decía y yo lo pude
comprobar, un hombre único, extraordinario, no se lo debe a su obra escrita,
que es muy poca, sino a su fantástica vida, a su extraña personalidad. La verdadera
vocación suya, la poética, no comienza a descubrírsela seriamente hasta
pasados sus cuarenta y tantos años. De ahí que Sánchez Mejías me lo presentara,
sin asomo de chufla, como poeta novel. El último escopetazo acababa de darlo
Villalón con Andalucía la Baja, su primer libro, inesperado, de poemas.
—¡Pero este don Fernando! ¡Hay que ver con lo que nos sale a estas alturas!
¡Con versitos!
Los envidiosos, los chungones de las esquinas, los que le querían sin
comprenderlo, toda Sevilla, en fin, andaba escandalizada, cuando yo llegué, con
«la última locura del ganadero», que venía a revivir las otras reales o
imaginarias de su vida, ya recontadas y deformadas, de boca en boca,
Guadalquivir abajo.
Se decía que su ideal como ganadero de reses bravas se cifraba en obtener
un tipo de toro de lidia que tuviera los ojos verdes; que para cazar nereidas
de agua dulce cambió sus magníficas tierras de olivares por un islote desierto,
plano y arenoso, en la desembocadura del Guadalquivir, islote que desaparecía
totalmente a la hora de la marea; que para alcanzar el nirvana vivió más de
seis meses en un sótano oscuro, acompañado de una cabra y un sapo,
alimentándose únicamente con un poco de verdura; que en el Cuervo, y esto me lo
contó el propio Fernando al pasar por aquel pueblerino camino del Puerto, había
secado de una maldición el agua de todas las fuentes, llenándose esa tarde el
horizonte de perros negros con cabezas blancas, que aullaron hasta el amanecer.
Se decía... ¿Qué es lo que no se decía de Villalón por aquellos pueblos y
ciudades? Él también me contó sus artes de magia para descubrir cuadros de
Murillo. Compraba cuanto lienzo viejo veía, pues le bastaba una simple mirada
para saber que bajo la primera capa de pintura se escondía otra del popular
pintor sevillano. Pero los frutos de estos descubrimientos que me mostró en su
casa no pasaban de ser unos mediocres cuadros de tema religioso, destrozados
por los ácidos que empleaba para su limpieza, cuando no llenos de agujeros.
Se proponía escribir por aquel tiempo una especie de historia de la
tauromaquia, que titularía: De Geryón a Belmonte, pues afirmaba, con
cierta gracia y razón, que el primer torero conocido era Hércules, robador de
los toros bravos del rey mítico de Tartesos, nombre antiguo de Andalucía. Se
empeñaba Fernando en sostener las teorías más extraordinarias, refutadas
siempre por Ignacio durante largas horas. Presencié algunas veces estas
discusiones, tremendamente serias, que terminaban mal, como aquella, más
grave, en que el poeta ganadero se obstinó en demostrar a Sánchez Mejías que
los tres Reyes Magos del Oriente, en su viaje hacia Belén para adorar al niño
Dios recién nacido, habían pasado antes por Cádiz, cosa que Ignacio no aceptó,
motivando casi un rompimiento entre los dos amigos.
Cuando poco después de Andalucía la Baja aquel conde de Miraflores
de los Ángeles publicó sus Romances del 800, quedó incorporado, por su
maravilloso poder asimilativo y talentos poéticos, a la nueva generación en
marcha.
Al volver a Madrid, mediado el mes de mayo, Góngora ardía. Ya sabíamos los
nombres de los adeptos, de los poetas invitados a colaborar en el número
extraordinario que Litoral, de Málaga, publicaría. Ellos eran:
Aleixandre, Altolaguirre, Adriano del Valle, Cernuda, Rogelio Buendía, Pedro
Garfias, Romero Murube, Moreno Villa, Juan Larrea, Hinojosa, Prados, Quiroga
Pla y otros. (No incluyo aquí nuestros nombres, los de la comisión invitadora.)
A Antonio Machado, aunque luego no cumplió, hay que incluirlo también en esta
lista. Tres grandes poetas se negaron, por escrito, a participar en el
homenaje: don Miguel de Unamuno, don Ramón del Valle-Inclán y Juan Ramón
Jiménez. Manuel Machado y Ramón de Basterra ni se dignaron contestar a nuestra
invitación. De los prosistas comprometidos —Miró, Mariohalar, Espina, Jarnés,
Ramón G. de la Serna, Fernández Almagro, Giménez Caballero, Alfonso Reyes y
otros— sólo se recibieron originales de José María de Cossío y César Arconada.
Como se ve, un gran fracaso. Coincidiendo con el mal ejemplo de los tres
grandes poetas antes nombrados, tampoco se dignaron contestar: Pérez de Ayala,
Ortega y Gasset, Fernando Vela y Eugenio D'Ors. Contribuyeron con sus
trabajos plásticos: Picasso, Juan Gris, Togores, Dalí, Palencia, Bores, Moreno
Villa, Cossío, Peinado, Ucelay, Fenosa, Ángeles Ortiz y Gregorio Prieto. Dos músicos
ilustres, Manuel de Falla y Óscar Esplá, habían concluido sus homenajes, con
textos de don Luis. Falla: Soneto a Córdoba, para canto y arpa; y Esplá:
Epitalamio de las Soledades, para canto y piano. Ni los Halffter ni
Adolfo Salazar cumplieron su promesa. De los trabajos de dos músicos
extranjeros, Ravel y Prokofiev, que proyectaban adherirse, nunca supimos nada.
¡Qué lástima!
¿Cómo no reproducir ahora, aquí, una de esas respuestas negativas, la
única, por otra parte, que yo, como secretario, no recibiera, ya que su autor
la hizo pública en el número 1 de su Diario poético (obra en marcha)?
Desgraciadamente, la carta de Unamuno y el tarjetón de Valle-Inclán se me
perdieron durante la guerra civil. Recuerdo, más o menos, el sentido de la
negativa de don Miguel, enviada desde su destierro de Hendaya. Aducía razones
de incompatibilidad con la estética del poeta de Córdoba, criticándole de modo
violento su falta de humanidad, su friura y pedantería latinista, desviando de
pronto su antigongorismo hacia una terrible diatriba contra Primo de Rivera (el
dictador causa de su destierro), calificándolo, entre otras cosas un poco más
suaves, de «camello rijoso». El tarjetón de Valle-Inclán era más insolente y
menos razonado, cosa absurda en un gongorino, aunque pasado por agua —agua
rubendariana—, como él. Yo no sé si Gerardo Diego guardará copia de esas
misivas. Afortunadamente queda la de Juan Ramón, publicada por Diego en su
«Crónica del centenario». Vale la pena reproducirla, ya que la revista del
poeta santanderino debe ser hoy una rareza bibliográfica, como muestra de uno
de los estampidos más sonados —y reveladores— de aquella famosa batalla. Dice
así:
Esquela contra
Madrid, 17 febr., 1927.
Sr. D. Rafael Alberti.
Madrid.
Mi querido Alberti: Bergantín me habló ayer de lo de Góngora. El carácter y
la extensión que Gerardo Diego pretende dar a este asunto de la Revista de Desoriente, me quitan las ganas de entrar en él. Góngora pide
director mas apretado y severo, sin claudicaciones ni gratuitas ideas fijas
provincianas —que creen ser aún ¡las pobres! Gallardías universales.
Usted —y Bergantín— me entienden, sin duda. Suyo siempre
K. Q. X.
Divertido, pero desagradable, «pues este K. Q. X. —copio ahora palabras exactas de la crónica gerardense— es el mismísimo
Juan Ramón Jiménez según él mismo confiesa, aunque la gravedad de esas
acusaciones que en esa esquela se leen no me parece lo más congruente con esa
bromita de firmar en cifra. Pero, en fin, le seguiremos el humor, y buscando
una interpretación razonable y conciliadora le llamaremos por ahora Kuan Qamón
Ximénez, que es francamente precioso».
Juan Ramón, aburrido ya en aquella época de vivir solo en su azotea,
barajando y desbarajando a derecha e izquierda su Obra, sin apenas contacto
con la calle, recibiendo sólo sus rumores a través de las idas y venidas de
unos pocos, comenzaba a cansarse de todo —y de todos nosotros, sus más fieles
amigos—, llegando este cansancio hasta las iniciales de su propio nombre —J. R.
J.—, que sustituyó precisamente en esos días de exaltación gongorina, y no sin
cierta gracia andaluza, por las de K. Q. X., «las tres
letras —según le oí decir en no sé qué momento— más feas del alfabeto».
Naturalmente, la contestación de Gerardo a Kuan Qamón Ximénez llegó «por la
misma vía Alberti y en serio», aunque pasado ya el fragor del homenaje, debido
a que K. Q. X. no publicó su respuesta a nuestra invitación sino hasta fines de 1927, a
pesar de aparecer firmada a principios de ese mismo año.
He aquí también la carta de Gerardo en la que se aclaran las cosas.
Esquela pro
Madrid, 3 — diciembre — 1927.
Querido amigo Rafael: Leo hoy la Esquela
contra que me propina K. Q. X. por tu conducto. Me interesa rectificar dos errores históricos que
advierto en su texto. Sobre todo para que conste en la «Crónica del
centenario». El carácter y la extensión del homenaje a don Luis ha sido como
todo el mundo sabe —y K. Q. X. por lo visto ignoraba— acordado entre unos
cuantos amigos: los seis firmantes de la invitación y varios más, según consta
en mi verídica «Crónica». La Revista de Occidente ha sido simplemente
editora, y el asunto Góngora, por consiguiente, no tiene más relación con ella
que la de agradecimiento por haberse ofrecido amablemente a editar cuanto
entregásemos, dejándonos en la más plena libertad. Por lo tanto, la condenación
que sobre mí pesa en esa leve esquela, repartírosla a cargas iguales tú,
Salinas, Lorca, Bergamín, Dámaso, etc. Yo no he hecho otra cosa —todos
lo sabéis— que animaros a trabajar, y someter a vuestra aprobación un
plan general de ediciones. Si esto merece la condena de K. Q. X. la respeto gustoso, sabiendo que en ella me acompañáis todos vosotros,
igualmente pecadores. Por lo demás —ya tú
y Bergamín me entendéis, sin duda— hemos ya comentado suficientemente
esta lamentable actitud de K. Q. X. Tu buen amigo,
Gerardo
Éste quizás sea el recuerdo menos grato de todo el centenario, por
tratarse de Juan Ramón. Hubo otros incidentes, pero de orden periodístico,
relacionados con La Gaceta Literaria y su director, el ya entonces
aspirante a fascista Ernesto Giménez Caballero, y con El Liberal, por
un artículo de un viejo ex-ultraísta, López Parra, a propósito de un mal
intencionado lío armado por el propio Giménez Caballero con motivo de una misa
de réquiem, celebrada en la iglesia de las Salesas Reales, por el alma, sin duda
en los infiernos, de don Luis. {No quiero comentar esta pelea, de la que Diego
salió airoso, por lo muy estúpida que hoy a distancia me parece.)
En cuanto a los recuerdos divertidos... Muchos son. Citaré, entre otros,
el auto de fe en el que se condenaron a la hoguera algunas obras de los más
conspicuos enemigos de Góngora, antiguos y contemporáneos: Lope de Vega,
Quevedo, Luzán, Hermosilla, Moratín, Campoamor, Cejador, Hurtado y Palencia,
Valle-Inclán, etc. Por la noche —día 23 de mayo— hubo juegos de agua contra las
paredes de la Real Academia. Indelebles guirnaldas de ácido úrico las decoraron
de amarillo. Yo, que me había aguantado todo el día, llegué a escribir con pis
el nombre de Alemany —autor de El vocabulario de Góngora— en una de las
aceras. El señor Astrana Marín, crítico que diariamente atacaba a don Luis,
descargando de paso toda su furia contra nosotros, recibió su merecido,
mandándole a su casa, en la mañana de la fecha, una hermosa corona de alfalfa
entretejida de cuatro herraduras, acompañada, por si era poco, con una décima
de Dámaso Alonso, de la que hoy sólo recuerdo su comienzo:
Mi señor don Luis Astrana,
miserable criticastro,
tú que comienzas en astro
para terminar en rana...
Nuestra generación, como se ve, no era solemne. Ni hasta los más comedidos,
como Salinas, Guillen, Cernuda o Aleixandre, lo eran. (Claro que éstos no
fueron precisamente los que intervinieron en el acto fluvial contra los muros
de la Academia.) Los tiempos eran otros. No queríamos santones. Y, aunque Juan
Ramón Jiménez, con su barba, en cierto modo lo era, la adoración por él nunca
llegó a la idolatría. Este sentido de alegre independencia lo registró muy bien
Lola, el gracioso y zumbón suplemento de Carmen. Por eso en aquel
estandarte que tendimos al viento en honor y defensa de don Luis campeaban,
junto a los colores de la lealtad, los muy soberanos de cada uno. No nos
someteríamos a nadie, ni al propio Góngora, una vez ganada la batalla. Que
parte de la poesía del ganchudo y peligroso sacerdote de Córdoba viniera a
coincidir, al cabo de los siglos, con parte de la nuestra y que la fecha del
centenario nos fuera provechosa de momento, no suponía ni la más leve sombra de
vasallaje. El contagio gongorino fue, además de deliberado, pasajero. No pasó
casi del año del homenaje. Su marca más visible quedó, sobre todo, en Gerardo y
en mí. Honrosa huella. Pero cuando yo terminaba las últimas estrofas de mi
«Teresa Soledad (paráfrasis incompleta)» en honor de don Luis, ya
relampagueaban en el cielo nocturno de mi alcoba las alas de los primeros
poemas de Sobre los ángeles. Por eso, cuando mi querido Pablo Neruda
afirma, a propósito de Federico, que éste «fue tal vez el único sobre el cual
la sombra de Góngora no ejerció el dominio de hielo que el año 1927 esterilizó
la gran poesía joven de España», creo sinceramente que se equivoca. El ejemplo
de Góngora no esterilizó a nadie. Por el contrario, nuestra generación en
pleno salió aún más potente y perfilada de aquella necesaria batalla
reivindicadora.
He aquí parte del saldo positivo que arrojó esa victoriosa lucha: las Soledades.
Edición, prólogo y versión de Dámaso Alonso. Obra extraordinaria, que ahí
sigue todavía. Los Romances, al cuidado de Cossío, y la Antología
poética en honor de Góngora, seleccionada y prologada por Gerardo Diego.
Los demás tomos, a cargo de Salinas, Guillen, Artigas y Alfonso Reyes, no
llegaron, por desgracia, a publicarse. Pero todavía los resultados más
importantes los diré —y para terminar esta breve reseña de los fastos gongorinos—
con palabras de Dámaso: «Las últimas generaciones se han formado en la lectura
y el culto del autor de las Soledades. Y de este entusiasmo juvenil
mucho se ha filtrado a los depósitos de lo que se llama "crítica
oficial". Resulta casi divertido comparar lo que se decía de Góngora en
los manuales de literatura antes de 1927 y lo que ahora se dice. La claridad y
belleza de su poesía no apuntan ya contra fortalezas casi desmanteladas, o de
armamentos excesivamente anacrónicos». Y sin embargo, oh, y sin embargo, puede
que no anden lejos los días en que el genial cordobés vuelva a su ángel de
tinieblas, para luchar de nuevo —su intermitente, soterrado castigo— por
conseguir la luz. Pero, mientras tanto, la lección —entiéndase bien—, el
ejemplo de Góngora sigan amaneciendo cada mañana con nosotros. Contra las repetidas
facilidades de un hoy ya casi anónimo versolibrismo suelto, contra los falsos
hermetismos prefabricados, contra la dejadez y la desgana, contra ese sin ton
ni son de tantos habladores sacamuelas, se alce de nuevo la mano de don Luis,
su dibujo exigente, su rigurosa disciplina. Que no tengamos nunca que suplicar,
llenos de angustia y cuando ya no haya remedio, lo que el magnífico y
descabalado poeta Guillaume Apollinaire a sus jueces futuros:
Sed conmigo indulgentes cuando me comparéis
con aquellos que fueron la
perfección y el orden.
¡Fue un gran año aquel 1927! Variado, fecundo, feliz, divertido,
contradictorio. Para mí, sobre todo, pues hasta estuve a punto de ser torero,
cuando por segunda vez mi salud comenzaba a resentirse y una tremenda tempestad
de toda índole me sacudía ya por dentro. Mi amistad con Sánchez Mejías se iba
volviendo peligrosa. Se empeñaba el diestro, tozudamente, en hacerme peón de
su cuadrilla. ¿Broma? Tal vez. Pero la obstinación de Ignacio me llegó a preocupar.
Y para habituarme a ver los toros de cerca, desde Sevilla me puso un telegrama
pidiéndome me presentase en Badajoz, plaza en la que yo debutaría haciendo
solamente el paseíllo y contemplando luego, con mi traje de luces, la lidia
desde la barrera. No acudí, como era natural. Cosa que le enfadó bastante y le
sirvió para redoblar más todavía sus esfuerzos por lograr su capricho. Ignacio
era feroz cuando se proponía una cosa, siendo casi imposible escaparle. Y así,
fija ya en su cabeza la idea de lucirme de torero en una plaza, la llevó a cabo
una tarde de junio en la de Pontevedra, con él, Cagancho y Márquez como
espadas, y el portugués Simao da Veiga como rejoneador. Desde un tendido bajo,
José María de Cossío presenció este peregrino suceso. Para colmo, entre todos
aquellos toreros de oro y plata, yo era el único que ostentaba un traje naranja
y negro, traje de luto que Ignacio conservaba desde la trágica muerte de
Joselito, su cuñado. Con cierto encogimiento de ombligo, desfilé por el ruedo
entre sones de pasodobles y ecos de clarines. Después... ¡Oh! Cuando el primer
cornúpeto, tremendo y deslumhrado, se arrancó, pasando entre las tablas y mi
pecho, comprendí la astronómica distancia que mediaba entre un hombre sentado
ante un soneto y otro de pie y a cuerpo limpio bajo el sol, delante de ese mar,
ciego rayo sin límite, que es un toro recién salido del chiquero. Menos mal
que aquel público gallego no era de esos que piden «hule», como el andaluz o el
madrileño, y pude pasar desapercibido, dentro del callejón, durante toda la
lidia. A la salida de la plaza, me corté la coleta: quiero decir que di por
terminada mi carrera taurina. Tan sólo había durado tres horas. También Ignacio
aquella tarde se retiró, inesperadamente, de los toros, anticipándoselo a
Cossío al brindarle el último que lidiara: «Te brindo este toro —le dijo—, que
será el último que mate». Dejaba Ignacio su valiente aventura para meterse en
otra, en donde las cornadas son a veces más graves. Cambiaría la arena por las
tablas: de matador de toros a autor teatral. Un drama —Sinrazón— que le
bullía en la cabeza, sería al año siguiente su primer estreno. Pero de aquella
expectante velada hablaré después.
Los rumores de mis andanzas taurinas fueron llevados a la azotea de Juan
Ramón, que ya, desde lo de Góngora, comenzaba a afilar su navaja andaluza,
lanzando aquí y allá sus primeras puntadas. Alguien me trajo el cuento: «Me he
enterado —había dicho— que Alberti anda con gitanos, banderilleros y otras
gentes de mal vivir. Como usted comprende, está perdido». Una mínima parte de
verdad encerraba este comentario. Pero en cuanto a lo de mi perdición... Aquí
estoy, con quince o veinte libros más, recordándolo, sonriente, a treinta años
de distancia.
Si mal estaba que Juan Ramón me considerase perdido por andar con Sánchez
Mejías, era mucho peor que afirmase lo mismo de Federico García Lorca por
escribir para la escena, siguiendo una clara vocación teatral, nacida casi al
par de sus primeros versos. Hacía ya algún tiempo que Federico, de la mano
amiga de Martínez Sierra, debutara como joven autor, en el teatro Eslava, con El
maleficio de la mariposa, obrilla ingenua, infantil, que el público pateó,
haciendo chistes de cuanto sus personajes —cucarachas y otros bichillos—
decían. Ahora la obra iba a ser diferente, aunque también escrita años antes: Mariana
Pineda, romance popular en tres estampas, sobre la heroína de Granada,
sacrificada por amor y por la Libertad. Parece ser, según cuenta José Mora Guarnido,
entrañable amigo del poeta, en su excelente y utilísimo libro Federico
García Lorca y su mundo, que era el propio Martínez Sierra quien debía
estrenarla pero que, pretextando cualquier posible complicación de orden
político por el tono liberal de la obra, se abstuvo de hacerlo. «Así —aclara
Pepe Mora— me lo dijo algún tiempo después en Montevideo: Mariana Pineda no
lo es, pero parece un panfleto contra la dictadura de Primo de Rivera.» Tuvo
que ser entonces Margarita Xirgu, tan valiente, tan grande y desinteresada, la
que en momentos en que las barbas temibles de don Ramón del Valle-Inclán
iniciaban su duelo a muerte contra la espada del dictador jerezano, se atreve a
ponerla en escena. Yo estuve en ese estreno. Viejos y nuevos nos encontrábamos
allí, creo que en el teatro Fontalba. La sala era un hervidero. Se temía la
prohibición de la obra. Los decorados de Salvador Dalí, según bocetos de
Federico, estaban inundados de gracia y poesía. Se prolongaron muy significativamente
los aplausos cuando Marianita, ya condenada a la horca y abandonada de su
amante, canta a la Libertad, convertida en heroína civil. Al día siguiente,
casi toda la prensa tuvo palabras favorables para la obra de Federico,
señalándolo como un joven autor lleno de futuro. Nosotros estábamos
contentos de su triunfo. En cambio, Juan Ramón lo lamentaba, solo, en su
azotea: «¡Lorca! ¡Pobre Lorca! Está perdido». (Años más tarde, a poco del
estreno de Bodas de sangre, obra que con toda seguridad Juan Ramón
nunca vio, llegó a decir que «no pasaba de ser una zarzuela».) No le gustaba a
él que algunos de aquellos jóvenes poetas nacidos a su clara sombra hiciésemos
teatro, cosa que comprendíamos bien y que sería fácil y aburrido explicar.
Cuando se enteró que yo trabajaba en La pájara pinta (obra que no
terminé), para las marionetas de Podrecca, con música de Óscar Esplá, lo
lamentó también, pensando que tiraba el tiempo. Aquel 1927, «el Andaluz
Universal», K. Q. X. o «el Cansado de su Nombre»
comenzó a dar señales evidentes de que estaba cansándose de algunos de
nosotros. Y las peleas de verdad comenzaron. A veces, por nimiedades, por
aburrimiento, cuando no por exigencias, un tanto tiránicas, de orden literario,
caprichosas, injustas, llevando las cosas, en muchas ocasiones, hasta el histerismo.
La verdad es que los motivos claros de aquellas peleas siguen siendo para mí
completamente oscuros. Es un secreto que Juan Ramón se llevó con su muerte.
¿Cómo explicar que con José Bergamín, exaltador hasta la hipérbole de la obra
del poeta y a quien considerábamos una especie de secretario permanente suyo,
se peleara, y al final de manera definitiva, porque, según él, puntuaba mal, debiendo
limitarse solamente a sus aforismos, dejando a un lado la prosa larga, para la
que —afirmaba rotundo— no servía? ¿Pues y con personas tan excelentes como
Salinas y Guillen, alabadísimos poetas al principio y motejados luego de
«retóricos blancos», de ingenieros —o algo parecido—, máximo insulto éste a su
gran poesía de perfiles precisos, sostenidos cimientos, como la de Guillen
sobre todo? Pero su odio mayor era Gerardo Diego, a quien motejaba de
«loquitonto», insultando de paso a Huidobro y Larrea, dos buenos amigos de
Gerardo. (Los repetidos palos a Neruda vendrían mucho después.) ¿Qué quería
Juan Ramón Jiménez? ¿Qué temor era el suyo? ¿Perder acaso la batuta y
encontrarse de pronto solo, sin orquesta, trazando signos en el aire de una
sala vacía? Mas a pesar de los pesares se le siguió queriendo y admirando a
distancia —yo tuve el talento de frecuentarlo poco desde fines del 27—,
perdonándole, aunque no siempre de buena gana, sus evidentes injusticias.
Entretanto, Ignacio Sánchez Mejías, casi siempre por medio de Cossío, ya
había intimado con todos. Su afición literaria, más decidida cada vez por
contagio nuestro, lo llevó a ser un ardiente entusiasta de la nueva poesía,
animando a Fernando Villalón a que escribiese, y a que el amigo ganadero
iniciara su rumbo poético pasados los cuarenta. Con José Bergamín, perfilador
por aquellos días de su Arte de birlibirloque, sostenía una especial
relación aforístico-taurina. En ese raro y certero tratadito, Bergamín
enunciaba, a través de las líneas —Joselito y Belmonte— más significativas y
opuestas del toreo, toda una teoría de la literatura y las artes españolas,
llena de extraordinaria gracia e ingenio.
La línea luminosa, clásica, universal, la señalaba Joselito; la castiza,
local, costumbrista, Belmonte. Ejemplos: un pintor y un poeta en la línea del
primero: Picasso, Juan Ramón Jiménez. El mismo caso, en la del segundo:
Zuloaga, Valle-Inclán. En aquel avivar del fuego antibelmontista, el atizador
de Sánchez Mejías no se quedaba corto. ¡Qué raro talento el de Ignacio para
entrar en seguida en lo más difícil, para saltar de lo más serio a lo más
absurdo y alocado! Comprendía con toda facilidad las escuelas modernas de
pintura, el último ismo parisiense arribado a Madrid. Ya, por lo menos
en apariencia, se acordaba poco de su vida taurina, sus gloriosas tardes de
valentía y oro por los ruedos españoles y americanos. Sus amigos no eran los
de antes. Ni siquiera las damas aristocráticas que se lo habían comido
siempre, seguían siendo de su agrado. Su corazón ya no lo repartía. Estaba fijo
en uno solo, que. le fue fiel hasta la muerte. Con quien Ignacio se encontraba
realmente bien era con nosotros. Tanto, que un día nos metió a todos en un tren
y nos llevó a Sevilla. Al Ateneo. Había arreglado con su presidente, don
Eusebio Blasco Garzón —muerto aquí en Buenos Aires, después de haber sido
cónsul en la Argentina durante nuestra guerra—, una serie de lecturas y
conferencias a cargo de los siete literatos madrileños de vanguardia, como
nos llamó El Sol, o «la brillante pléyade», según un diario local a
nuestro arribo. Componíamos tan radiosa constelación: Bergamín, Chabás, Diego,
Dámaso Alonso, Guillen, García Lorca y yo. Lo más divertido durante el
trayecto fue la confección de un soneto, compuesto entre todos, en honor de
Dámaso Alonso, en el que resultaron versos tan imprevistos como éstos:
Nunca junto se vio tanto pandero
menendezpidalino y acueducto.
Aquellas veladas nocturnas del Ateneo tuvieron un éxito inusitado. Los
sevillanos son estruendosos, exagerados hasta lo hiperbólico. El público
jaleaba las difíciles décimas de Guillen como en la plaza de toros las mejores
verónicas.
Federico y yo leímos, alternadamente, los más complicados fragmentos de las
Soledades de don Luis, con interrupciones entusiastas de la
concurrencia. Pero el delirio rebasó el ruedo cuando el propio Lorca recitó
parte de su Romancero gitano, inédito aún. Se agitaron pañuelos como
ante la mejor faena, coronando el final de la lectura el poeta andaluz
Adriano del Valle, quien en su desbordado frenesí, puesto de pie sobre su
asiento, llegó a arrojarle a Federico la chaqueta, el cuello y la corbata.
Durante este viaje conoció García Lorca a Fernando Villalón, «el mejor
poeta novel de toda Andalucía», según la repetida presentación de Ignacio. Los
dos poetas intimaron en seguida, sorprendiéndose mutuamente. Una tarde,
Villalón nos invitó a Federico y a mí a pasear por la ciudad. Juntos
recorrimos sus intrincadas calles, peligroso y delgado laberinto de vueltas y
revueltas, en aquel disparatado automovilillo que yo sufriera ya cuando
nuestro viaje al Puerto. Nunca podré olvidar la cara de espanto del pobre
Lorca, cuyo miedo a los automóviles era todavía mucho mayor que el mío. Porque
Villalón corría, disparado, entre bocinazos, verdaderos recortes y verónicas de
los aterrados transeúntes, explicándonos su futuro poema —El Kaos—, del
que ya recitaba, levantando las manos del volante, las primeras estrofas.
Aquella misma noche, fiesta en Pino Montano, la hermosa residencia de
Sánchez Mejías en las afueras. Al llegar, lo primero que a Ignacio se le
ocurrió fue disfrazarnos de moros, enfundándonos en unas gruesas chilabas
marroquíes que harían derramarnos en sudor hasta la madrugada. No reunión de
corte califal, sino coro grotesco de zarzuela, parecimos todos en el acto,
destacándose como el moro más espantable Bergamín, y Juan Chabás como el más
apuesto y en carácter. Se bebió largamente. Y desde el fondo infernal de
aquella vestimenta recitamos nuestras poesías. Dámaso Alonso asombró al
auditorio diciendo de memoria los 1.091 versos de la «Primera Soledad» de don
Luis. Federico representó aquellas repentinas ocurrencias teatrales suyas tan
divertidas, y Fernando Villalón hizo conmigo vanos experimentos hipnóticos.
Cuando más absurda y disparatada se iba volviendo aquella fiesta arábiga de
poetas bebidos, Ignacio anunció la llegada del guitarrista Manuel Huelva,
acompañado por Manuel Torres, el «Niño de Jerez», uno de los genios más
grandes del cante jondo. Después de unas cuantas rondas de manzanilla, el
gitano comenzó a cantar, sobrecogiéndonos a todos, agarrándonos por la
garganta con su voz, sus gestos y las palabras de sus coplas. Parecía un bronco
animal herido, un terrible pozo de angustias. Mas, a pesar de su honda voz, lo
verdaderamente sorprendente eran sus palabras: versos raros de soleares y
siguiriyas, conceptos complicados, arabescos difíciles. —¿De dónde sacas esas
letras? —se le preguntó. —Unas me las invento, otras las busco. —A propósito
—dijo entonces Ignacio—. ¿Por qué no cantas eso que tú llamas «Las placas de
Egito»?
Sin casi dejarnos tiempo a la sorpresa ante tan peregrino título, Manuel
Torres se arrancó un extraño cante, creado totalmente por él. Al acabar,
después de un breve silencio estremecido, le rogamos nos explicase cómo había
llegado a ocurrírsele aquello.
El gitano, seria y sencillamente, nos contó: —Una noche me llamaron unos
señores amigos. Fui Por más que se bebió y me jalearon, yo no estaba esa noche
para cante. Lo poco que hice, lo hice mal. No me salía. La voz no se me daba.
Me tuve que marchar, muy triste y preocupado. Anduve solo por las calles, sin
saber qué hacía. Al pasar por la Alameda de Hércules, me paré ante un kiosco de
la feria a escuchar un gramófono. Las placas daban vueltas y vueltas cantando
yo no sé qué historia del rey Faraón. Seguí para mi casa con todo aquello en
la cabeza. Cuando ya iba pasando el puente de Triana, se me aclaró la voz de
pronto y empecé a cantar eso que acaban de oír ustedes: «Las placas de Egito».
Nos quedamos atónitos, y más, comprendiendo que lo que el genial cantaor
había escuchado en la feria eran seguramente —e Ignacio nos lo corroboró
después— algunos discos, que por entonces muchas gentes los llamaban placas,
de La corte de Faraón, divertida zarzuela, famosísima en toda
España. Y aquello que todos pensamos, lógicamente, serían las plagas de Egipto,
para Manuel Torres fueron las placas, llegando así el gitano por ese
camino de lo popular, compuesto a veces de ignorancias o fallas de la memoria,
a su rara y magnífica creación: una nueva copla de cante jondo, sin sombra ya
de tan absurdo modelo.
Manuel Torres no sabía leer ni escribir; sólo cantar. Pero, eso sí, su
conciencia de cantaor era admirable. Aquella misma noche, y con
seguridad y sabiduría semejantes a las que un Góngora o un Mallarmé hubieran
demostrado al hablar de su estética, nos confesó a su modo que no se dejaba
ir por lo corriente, lo demasiado conocido, lo trillado por todos, resumiendo
al fin su pensamiento con estas magistrales palabras: «En el cante jondo
—susurró, las manos duras, de madera, sobre las rodillas— lo que hay que
buscar siempre, hasta encontrarlo, es el tronco negro de Faraón»; viniendo a
coincidir, aunque de tan extraña manera, con lo que Baudelaire pide a la
muerte capitana de su viaje: Au fond de l'lnconnu pour trouver du nouveau!
¡El tronco negro de Faraón!
Como era natural, de todos los allí presentes fue Federico el que más
celebró, jaleándola hasta el frenesí, la inquietante expresión empleada por el
cantaor jerezano. Nadie —.pienso yo ahora—, en aquella mágica y mareada
noche de Sevilla, halló términos más aplicables a lo que también García Lorca
buscó y encontró en la Andalucía gitana que hizo llamear en sus romances y
canciones. Cuando en 1931 el poeta de Granada publica su Poema del cante
jondo, escrito varios años antes, en aquella parte titulada «Viñetas
flamencas», aparece la siguiente dedicatoria: A Manuel Torres, «Niño de
Jerez», que tiene tronco de Faraón. Las palabras del gran gitano seguían
fijas en su memoria.
Nuestro viaje a Sevilla culminó con la coronación de Dámaso Alonso en la
Venta de Antequera. A mitad del banquete, se presentó Antúnez, uno de esos graciosos
que da el pueblo andaluz, para entretener a los comensales. Al final de un
discurso, verdaderamente surrealista, colocó sobre la testa reluciente de
Dámaso una verde corona de laurel, «cortada —según la crónica de Gerardo Diego
sobre este suceso (Lola, 5)— a un árbol vecino por las manos, expertas
ya en tales cosechas, de Ignacio Sánchez Mejías». Fiesta de la amistad, del
desparpajo, de la gracia, de la poesía, en la que aún resonaron los ecos —tal
vez últimos— de nuestra batalla por Góngora.
Al volver a Madrid, nubes internas de tempestad me llevarían a oscurecerme
por un tiempo, para lanzarme luego al desconcierto, duro y desesperado, de mis
años finales, antes de la República.
VII
Escribo este nuevo capítulo en mi nueva casa, Pueyrredón 2.471, 9. A. Hace
ya tiempo que dejé la otra de Las Heras, mi pobre jardinillo bajo de estrellas
federales, más sombrío cada vez, cada vez más cercado por altas y horrorosas
construcciones. Ahora vivo en la luz, sobre los bellos árboles de la plata de
Francia, el río inmenso al fondo, el trajín de los trenes, las grúas, los
barcos y el rutilar veloz de los aviones. Ahora respiro. El sol nace sobre mi
frente. Puedo trabajar contento.
¿Qué espadazo de sombra me separó casi insensiblemente de la luz, de la
forma marmórea de mis poemas inmediatos, del canto aún no lejano de las fuentes
populares, de mis barcos, esteros y salinas, para arrojarme en aquel pozo de
tinieblas, aquel agujero de oscuridad, en el que bracearía casi en estado
agónico, pero violentamente, por encontrar una salida a las superficies
habitadas, al puro aire de la vida?
Contra mí, mundos enteros,
contra mí, dormido,
maniatado,
indefenso.
Yo no podía dormir, me dolían las raíces del pelo y de las uñas,
derramándome en bilis amarilla, mordiendo de punzantes dolores la almohada.
¡Cuántas cosas reales, en claroscuro, me habían ido empujando hasta caer, como
un rayo crujiente, en aquel hondo precipicio! El amor imposible, el golpeado y
traicionado en las mejores horas de entrega y confianza; los celos más
rabiosos, capaces de tramar en el desvelo de la noche el frío crimen calculado;
la triste sombra del amigo suicida, como un badajo mudo de campana repicando en
mi frente; la envidia y el odio inconfesados, luchando por salir, por reventar
como una bomba subterránea sin escape; los bolsillos vacíos, inservibles ni
para calentarme las manos; las caminatas infinitas, sin rumbo fijo, bajo el
viento, la lluvia y los calores; la familia, indiferente o silenciosa ante esta
tremenda batalla, que asomaba a mi rostro, a todo mi ser, que se caía, sonámbulo,
por los pasillos de la casa, por los bancos de los paseos; los miedos
infantiles, invadiéndome en ráfagas que me traían aún remordimientos, dudas,
temores del infierno, ecos umbríos de aquel colegio jesuíta que amé y sufrí en
mi bahía gaditana; el descontento de mi obra anterior, mi prisa, algo que me
impelía incesantemente a no pararme en nada, a no darme un instante de respiro;
todo esto, y muchas cosas más, contradictorias, inexplicables, laberínticas.
¿Qué hacer, cómo hablar, cómo gritar, cómo dar forma a esa migraña en que me
debatía, cómo erguirme de nuevo de aquella sima de catástrofes en que estaba sumido?
Sumergiéndome, enterrándome cada vez más en mis propias ruinas, tapándome con
mis escombros, con las entrañas rotas, astillados los huesos. Y se me
revelaron entonces los ángeles, no como los cristianos, corpóreos, de los
bellos cuadros o estampas, sino como irresistibles fuerzas del espíritu,
moldeables a los estados más turbios y secretos de mi naturaleza. Y los solté
en bandadas por el mundo, ciegas reencarnaciones de todo lo cruento, lo desolado,
lo agónico, lo terrible y a veces bueno que había en mí y me cercaba.
Yo había perdido un paraíso, tal vez el de mis años recientes, mi clara y
primerísima juventud, alegre y sin problemas. Me encontraba de pronto como sin
nada, sin azules detrás, quebrantada de nuevo la salud, estropeado, roto en mis
centros más íntimos. Me empecé a aislar de todo: de amigos, de tertulias, de la
Residencia, de la ciudad misma que habitaba. Huésped de las nieblas, llegué a
escribir a tientas, sin encender la luz, a cualquier hora de la noche, con un
automatismo no buscado, un empuje espontáneo, tembloroso, febril, que hacía
que los versos se taparan los unos a los otros, siéndome a veces imposible
descifrarlos en el día. El idioma se me hizo tajante, peligroso, como punta de
espada. Los ritmos se partieron en pedazos, remontándose en chispas cada
ángel, en columnas de humo, trombas de ceniza, nubes de polvo. Pero mi canto no
era oscuro, la nebulosa más confusa se concretaba, serpeante, como una víbora
encendida. La realidad exterior que me circundaba, urdiéndose en la mía,
sacudía mis antros con más fuerza, haciéndome arrojar en medio de las calles,
enloquecida lava, cometa anunciador de futuras catástrofes. Lo hacía enfermo,
solo. Nadie me seguía. Un poeta antipático, hiriente, mordaz, insoportable,
según los rumores que me llegaban. Envidiaba y odiaba la posición de los demás:
felices casi todos; unos, con dinero de su familia; otros, con carreras, para
vivir tranquilos: catedráticos, viajeros por universidades del mundo,
bibliotecarios, empleados en ministerios, en oficinas de turismo... ¿Yo? ¿Qué
era yo? Ni bachiller siquiera; un hurón en mi casa, enemistado con los míos,
yendo a pie a todas partes, rodando como hoja y con agua de lluvia en las
plantas rotas de los zapatos. Quise trabajar, hacer algo que no fuera escribir.
Supliqué entonces a varios arquitectos amigos me colocasen de peón de albañil
en cualquier obra. ¡Cómo! Imposible. Pensaban que era broma, una extravagancia
o manera de llamar la atención. Y, sin embargo, yo insistía: pocero, barrendero,
lo peor, lo más modesto, lo más rebajante... Me urgía salir de aquella cueva
cargada de demonios, de insomnios largos, de pesadillas. Fue entonces cuando
José María de Cossío me invitó a pasar unos días en su casona de Tudanca. Y
allí llegué con él, una noche de lluvia, a caballo, alumbrados por un farol,
entre arroyos crecidos y golpes de ventisca.
En Tudanca, pueblo apenas de cuarenta casas, vivíamos solos, rodeados de
pobres campesinos, visitados al atardecer por el cura y el maestro
—Escolástico—, un hombre envejecido, delgado, gracioso, inteligente. La casona
—piedras y madera— era hermosa. Buena biblioteca, sillones fraileros,
chimeneas de campana para el frío, agudo y prolongado allí, en el norte. La
solana daba a un jardín, un pequeño vergel de flores y frutales. Aunque era
primavera, se agradecía el sol de la mañana, salido de los montes después de
un duro cuerpo a cuerpo con la neblina. Elegí aquel lugar para mi trabajo. En
él me sentaba yo a leer o escribir, mientras Carlota, una linda muchacha
campesina empleada en la casona, me rondaba de cerca, echándome miradas a
hurtadillas desde los árboles del huerto. Era tímida y asustadiza, mas, a pesar
de eso, muchos amaneceres se entretenía en dispararme garbanzos —tiernas balas—
sobre la cama, a través de una grieta del techo de mi alcoba. Luego, durante
el día, Carlota era una corza escurridiza ante todo intento de caza.
Algo tranquilo en cierto modo, aumenté con bastantes poemas mi libro. Las
tinieblas de los montes, la lucha de los vientos —el ábrego y el gallego—,
unidas a aquellas soledades, me dieron nuevos ángeles para él. Fue allí, en
Tudanca, donde del verso corto, frenado, castigado, pasé insensiblemente a
otro más largo, más moldeable al movimiento de mi imaginación de aquellos días.
Escribí entonces «Tres recuerdos del cielo», el primer y espontáneo homenaje de
mi generación a Gustavo Adolfo Bécquer. (Mucho más tarde vendrían los de
otros.) Pero de pronto, dejando a un lado alas y tinieblas, hice una oda a un
futbolista —«Platko»—, heroico guardameta en un partido entre el Real de San
Sebastián y el Barcelona. Fue en Santander: 20 de mayo de 1928. Allí fui con
Cossío a presenciarlo. Un partido brutal, el Cantábrico al fondo, entre vascos
y catalanes. Se jugaba al fútbol, pero también al nacionalismo. La violencia
por parte de los vascos era inusitada. Platko, un gigantesco guardameta
húngaro, defendía como un toro el arco catalán. Hubo heridos, culatazos de la
guardia civil y carreras del público. En un momento desesperado, Platko fue
acometido tan furiosamente por los del Real que quedó ensangrentado, sin
sentido, a pocos metros de su puesto, pero con el balón entre los brazos. En
medio de ovaciones y gritos de protesta, fue levantado en hombros por los suyos
y sacado del campo, cundiendo el desánimo entre sus filas al ser sustituido por
otro. Mas, cuando ya el partido estaba tocando a su fin, apareció Platko de
nuevo, vendada la cabeza, fuerte y hermoso, decidido a dejarse matar. La reacción
del Barcelona fue instantánea. A los pocos segundos, el gol de la victoria
penetró por el arco del Real, que abandonó la cancha entre la ira de muchos y
los desilusionados aplausos de sus partidarios. Por la noche, en el hotel, nos
reunimos con los catalanes. Se entonó «Els segadors» y se ondearon banderines
separatistas. Y una persona que nos había acompañado a Cossío y a mí durante el
partido, cantó, con verdadero encanto y maestría, tangos argentinos. Era
Carlos Gardel.
Con él salimos aquella misma madrugada para Palencia. Una breve excursión,
amable, divertida. Gardel era un hombre sano, ingenuo, afectivo. Celebraba
todo cuanto veía o escuchaba. Nuestro recorrido por las calles de la ciudad fue
estrepitoso. Los nombres de los propietarios de las tiendas nos fascinaron.
Nombres rudos, primitivos, del martirologio romano y visigótico. Leíamos con
delectación, sin poder reprimir la carcajada «Pasamanería de Hubilibrordo González»;
«Café de Genciano Gómez»; «Almacén de Eutimio Bustamante»; y éste sobre todos:
«Repuestos de Cojoncio Pérez». Un viaje feliz, veloz, inolvidable. Meses
después, ya en Madrid, recibí una tarjeta de Gardel fechada en Buenos Aires. Me
enviaba, con un gran abrazo, sus mejores recuerdos para Cojoncio Pérez. Como a
mí, era lo que más le había impresionado en Palencia.
Durante los días con Cossío en Tudanca, visitamos también algunas ciudades
del norte: ¡Santillana del Mar!, Torrelavega, Gijón, Oviedo... De Santillana,
creo, salimos en auto para un encuentro emocionante: los bisontes, ciervos y
jabalíes de la caverna de Altamira. Lloviznaba. Nos paramos al borde de un
camino ante la casucha del encargado de la cueva, que era, por cierto, un
cura. Protegidos por su paraguas rojo, atravesamos unos campos sembrados,
rasos, sin señales de nada. De pronto, al bajar un declive del terreno surgió
una puertecilla. ¡Quién lo hubiera pensado! Por allí se penetraba al santuario
más hermoso de todo el arte español. A oscuras, empezamos a descender hacia el
fondo de la tierra. Una luz se encendió, pero seguimos caminando por un pasillo
estrecho, más en pendiente cada vez y húmedo. Yo ni me atrevía a respirar,
observando las rocas laterales, deseoso de descubrir algún indicio de lo que
íbamos a ver. Nada. De repente, unos ocultos reflectores se prendieron. Y, ¡oh
maravilla!, estábamos ya en el corazón de la cueva, en la oquedad pintada más
asombrosa del mundo. Recostados sobre las grandes piedras del suelo, pudimos
abarcar mejor, ya que es baja la bóveda, aquel inmenso fresco de los maestros
subterráneos de nuestro cuaternario pictórico. Parecía que las rocas bramaban.
Allí, en rojo y negro, amontonados, lustrosos por las filtraciones del agua,
estaban los bisontes, enfurecidos o en reposo. Un temblor milenario estremecía
la sala. Era como el primer chiquero español, abarrotado de reses bravas
pugnando por salir. Ni vaqueros ni mayorales se veían por los muros.
Mugían solas, barbadas y terribles bajo aquella oscuridad de siglos. Abandoné
la cueva cargado de ángeles, que solté ya en la luz, viéndolos remontarse entre
la lluvia, rabiosas las pupilas.
Al partir de Tudanca, entregué a Cossío El alba del alhelí, ante el
ofrecimiento generoso de publicarlo a expensas suyas en su colección Libros
para Amigos...
Del norte, volé inmediatamente al sur, quiero decir, al Puerto, pasando,
rápido, por Madrid. No recuerdo quién me pagó el viaje. Lo cierto es que llegué
a casa de mi tío Jesús, donde pasé unas semanas rodeado de primos de todas las
edades y tamaños. Tío Jesús —lejos ya del temido de mi infancia— era un hombre
bueno y gracioso, al que no pasaban por alto las necesidades de un poeta joven
como yo. Una noche, entre bromas y veras, me propuso:
—¿Quieres ganarte unas pesetas?
—Desde luego —le respondí—. Pero tú me dirás cómo.
—Escribiendo unos versos a los Domecq.
—Ya está. Haré un gran poema contando la historia de la casa, el origen del
coñac y sus vinos.
Tío Jesús, muy amigo de los famosos bodegueros y no sé si su representante
en toda Andalucía, me llevó a Jerez al día siguiente para documentarme. Después
de recorrer las mejores bodegas probando los caldos más diversos, comimos con
don Manuel Domecq, vizconde de Almocadén, un andaluz muy fino, que no podía
negar su ascendencia francesa. Hasta se parecía a Paul Valéry. Él me
proporcionó todos los datos necesarios para mi poema. En menos de una semana
compuse un panegírico en sextinas reales, exaltando las glorias de la casa.
Confieso que, dado el estado de ánimo en que estaba, me divirtió bastante el
escribirlo, calmando un poco mis angustias. Se convino leerlo al final de un
banquete, al que asistiría, entre otros invitados especiales, Fernando
Villalón. Llegada la mañana de la fiesta, me presenté en Jerez, acompañado
siempre de mi tío, con mi poema bajo el brazo, caligrafiado en tinta china
sobre unas grandes hojas de papel de dibujo, encuadernadas en cartón, con
ornamentos míos de colores. A los postres y ante la última copa, la del
brindis, recité el panegírico, que todos escucharon en silencio, aplaudiéndome
al cerrarlo y mientras lo dejaba entre las manos de Domecq. Por la tarde,
fuimos a ver su criadero de caballos, de finísima raza hispanoárabe, que
pastaban, elegantes y hermosos, en lo ancho de la vega del Guadalete. Allí el
vizconde me apartó a un lado con mi tío, diciéndome:
—Puedes elegir el que más te agrade. Tu poema me ha gustado mucho.
Me quedé sin habla, como de piedra. El regalo me seducía. ¿Qué hacer?
Recapacité un buen rato antes de responderle. —Don Manuel —le dije, por fin—,
¿qué puedo hacer yo con un caballo en un tercer piso? Si todavía viviera en el
Puerto... Se rió.
A la noche, ya de regreso, tío Jesús reunió a sus hijos mayores. Y delante
de ellos, después de la cena, abrió sobre el mantel, en abanico, diez flamantes
billetes de 500 pesetas. Me parecieron muchas. Pero echadas las cuentas, vi
que eran sólo cinco mil. Hubiera preferido el caballo.
Poco me remordió aquel breve paréntesis futbolista y vinícolo. Ángeles y
demonios, mientras, habían seguido trabajando en mis centros, de donde
ensangrentados de mi propia sangre me los iba extrayendo, clavándolos en aquellos
poemas que ya tocaban a su fin. Todavía en los cajones de mi cuarto reposaba,
esperando su hora, Cal y canto, lleno de los fulgores del combate por
Góngora. Pero esa hora no se haría esperar mucho. Aquel mismo año la editorial
de la Revista de Occidente creó una sección para la joven poesía,
inaugurándola con Cántico de Jorge Guillen y el Romancero gitano de
Federico, que aparecieron en seguida. Seguro azar, el nuevo libro de
Salinas, y el mío, lo harían poco después, pero ya entrado 1929, año en que
otra editorial (la CIAP), recién fundada, publicó también Sobre los ángeles.
El Romancero de García Lorca fue el éxito más grande de toda aquella
década. Antes de aparecer, había ya recorrido parte de su camino para esta
inmensa resonancia. El secreto de ella estaba en la claridad, envuelta a veces
en un dramático misterio, de estos poemas. Como dice muy bien Max Aub —escritor
soterrado de aquella generación, cuyos mejores frutos, en el teatro, la
narración y la crítica los daría años después y, sobre todo, ahora, en el
destierro—, «con el romance de Federico vuelve la historia, vuelve el cuento
dramático, vuelve a la poesía española una corriente sojuzgada por el
modernismo, por el 'arte por el arte' de los que no sabían —o no querían— aunar
la anécdota y la poesía (en el concepto que tenían de ella)». Pero el romance
lo había traído nuevamente Juan Ramón, su gran hallazgo alado, flexible,
musical, frente a las formas métricas duras y caprichosas del modernismo. Poco
después que el poeta de Huelva, Antonio Machado escribe La tierra de
Alvargonzález, una terrible historia castellana romanceada en llano estilo.
Pero el romance de Federico es otro, su anécdota real sucede casi siempre
cargada de secreto, escapando a veces —como en el «Romance sonámbulo» o en «La
pena negra»— a todo claro intento de relato. García Lorca, sobre las piedras
del antiguo romancero español, con Juan Ramón y Machado, puso otra, rara y
fuerte, a la vez sostén y corona de la vieja tradición castellana. Ésa fue su
novedad, lo que le trajo su fulminante éxito.
El de Jorge Guillen, con su Cántico, fue otro. Pero lo fue. A pesar
de lo que se dijo (y de lo que algunos puedan aún decir) —en lo que concierne a
influencias o preferencias—, la poesía de Jorge Guillen, en aquel perfilado
conjunto de su libro, aparecía como una de las más personales de España. Y
clara, en contra de la opinión de muchos; optimista, jubilosa, como una
circunferencia dibujada sin levantar la mano; exaltada, viva, admirable. Su
aparente dificultad residía en el trazado. (No todo el mundo entiende la
belleza de un círculo cuando no es un compás sino un pulso cargado de temblores
quien lo traza de un golpe y de modo perfecto.) Nada de poesía prefabricada,
como Juan Ramón, malvadamente, sugiere al atacarla. Poesía, hija directa de
las cosas, en éxtasis dinámico ante el mundo, un mundo trasparente en el que
hasta las sombras se precisan inundadas de luz. Un poeta joven siempre,
elástico, seguro, sostenido en su cántico, que ha seguido subiendo más alto
cada vez, pudiendo hoy, desde su cénit, ver mejor que ninguno las realidades de
la tierra y, entre ellas, la terrible de España. Léase con atención Maremágnum,
el último libro de Guillen —prohibido, ¡honor!, por la censura
franquista—, que es algo así como la nueva gran estrofa de su Cántico. Nada
de extrañar en un poeta abierto, desde el comienzo, a los aires de todo.
¡Salir por fin, salir
A glorias, a rocíos,
—Certera ya la espera,
Ya fatales los ímpetus—
Pero sobre el Guillen de hoy hablaré en los próximos libros de estas
memorias.
Ahora quiero volver a Machado, a mi segundo encuentro con él en el café
Español, un viejo café del siglo XIX que había frente a un costado del Teatro
Real, de Madrid, cerca de la plaza de Oriente. (Extraigo este recuerdo de mi Imagen
primera de...) Empañados espejos de aguas ennegrecidas recogían la sombra
de estantiguas señoras enlutadas, solitarios caballeros de cuellos anticuados,
pobres familias de la clase media, con ajadas niñas casaderas, tristes flores
cerradas contra el rendido terciopelo de los sillones.
Un ciego, buen músico, según el sentir de los asiduos, tocaba el piano,
mientras que una muchacha regordeta iba de mesa en mesa buscando el convite —un
café con tostada, acompañado de algún que otro pellizco furtivo— de los ensimismados
admiradores de su padre. Desde la calle, llovida y fría del otoño, adiviné,
tras los visillos iluminados de las ventanas, la silueta de Machado, y entré a
saludarle. Yo venía de una pequeña librería íntima, cuyo librero, gran amigo
de todos nosotros, acababa de conseguirme un raro ejemplar de los poemas de
Rimbaud, sintiéndome infantilmente feliz aquella tarde sabiéndolo apretado bajo
mi gabán para librarlo de la lluvia. Machado me saludó muy cariñoso,
ofreciéndome en seguida un asiento a su lado, mientras me presentaba a sus
contertulios. Muy ufano, al quitarme el gabán, le descubrí mi precioso
volumen, que él hojeó con un débil gruñido aprobatorio, dejándolo luego sobre
la silla que a su izquierda sostenía en su respaldo los abrigos y las bufandas.
De los presentados, sólo recuerdo hoy a uno: al viejo actor Ricardo Calvo, gran
amigo del poeta. Aquella tarde, rara ausencia, no se encontraba allí su
inseparable hermano Manuel. Los demás que le rodeaban eran unos extraños
señores pasados de moda y como salidos de alguna rebotica de pueblo. Y creo que
no me equivocaba, pues la conversación, durante el rato que yo estuve, aleteó
siempre, cansina, alrededor de cosas provincianas; preocupaciones y cosas
bien lejanas y ajenas a aquellas tazas de café que tenían delante: el traslado
de algún profesor de instituto, la enfermedad de no sé quién, la cosecha del
año anterior, etcétera.
¡Ah, pero qué mal hice, qué mal hice!, iba reprochándome poco después bajo
los farolones verdes y los altos monarcas visigodos de la plaza de Oriente. Mas
desde aquella tarde pude contemplar, no sin cierta sonrisa melancólica, mi
raro ejemplar de Rimbaud, aún más raro y valioso por las redondas quemaduras
que los cigarrillos de Machado le abrieron en su cubierta color hoja de otoño.
1928 resbalaba a su fin. El alba del alhelí, en edición de sólo 150
ejemplares numerados, no destinados a la venta, regalo de José María de
Cossío, publicado ese año, apenas si llegó a la crítica, pasando casi
desapercibido. Esto no me importó gran cosa, pues mi interés estaba concentrado
en la aparición de los otros dos libros: Cal y canto y Sobre los
ángeles. Libre al fin de este último, ya trabajaba en otras nuevas obras: Sermones
y moradas (poemas) y El hombre deshabitado (teatro), ambas aún
dentro de la misma electrizada atmósfera de los ángeles, iniciando a la vez una
más, que rompía totalmente con las anteriores, aunque también producto del
mismo desconcierto y anarquía de aquel período mío: Yo era un tonto y lo que
he visto me ha hecho dos tontos. Vivíamos entonces la Edad de Oro del gran
cine burlesco norteamericano, centrada por la genial figura de Charles Chaplin.
A todos esos tontos —verdaderos ángeles de carne y hueso— dedicaba yo los
poemas de este libro.
De pronto, un acontecimiento sensacional me llevó nuevamente a estrechar
filas con los amigos: la compañía de don Fernando Díaz de Mendoza —de luto aún
por la muerte de doña María Guerrero— anunciaba el estreno de Sinrazón, primera
obra dramática de Ignacio Sánchez Mejías. Expectación en el mundo literario,
pero mucho mayor en el taurino, aquel público madrileño que se la tenía jurada
al torero por algún feo gesto que éste le dedicara en una tarde de corrida.
Cuando llegué al teatro —el Calderón— hervía todo él. Por la cazuela se
agitaban extraños tipos de pañuelos al cuello y tremendos garrotes en las
manos. Entre bastidores, la compañía temblaba. Don Fernando, un aristócrata,
acostumbrado a los estrenos de gala, no podía ocultar su preocupación y
disgusto. «¡Si doña María levantara la cabeza», nos dijo a Bergamín y a mí
cuando lo saludamos. Largos minutos antes de levantarse el telón, parecía el
teatro una plaza de toros. El tendido de sol —la cazuela, quiero decir— pateaba
y silbaba al compás de las trancas contra el suelo, ante la indignación de los
palcos y el patio de butacas, quienes pretendiendo acallar aquel escándalo
mayúsculo lo aumentaban aún más con sus protestas. Por fin, sonó un clarín,
digo, se alzó el telón, produciéndose un instantáneo silencio. La escena
aparecía completamente a oscuras, fosforesciendo —novedad— el filo de los muebles.
Se escucharon primero las palabras de algún ser no visible... Se encendieron
las luces... Surgió entonces, en toda su moderna blancura, la gran sala de un
consultorio médico. En el centro, ante una mesa, un hombre, de blanco también,
interrogaba a otro de apariencia abstraída. La obra había empezado, Ahora, a
más de treinta años de aquella noche memorable, yo no la recuerdo. No era, como
esperaba el público, de ambiente taurino. Sucedía en un manicomio: un problema
de locura o razón, que Ignacio resolvía gallardamente como en su mejor tarde
de lidia. Un raro éxito, además del primer intento de teatro freudiano en la
lengua castellana. Al final del último acto, aquel público del tendido de sol
dispuesto a reventar al gran espada, se volcó en aplausos y ovaciones,
redoblados con más vigor cuando Sánchez Mejías salió a escena para dar las
gracias. Al otro día, la crítica más exigente y puntillosa concedía al torero
la oreja, el rabo y los pitones, saludando en él la aparición de un nuevo autor
dramático. Malas voces hicieron correr pronto que Sinrazón no era de él,
sino de alguno de aquellos jóvenes escritores que lo rodeábamos. Nada más
estúpido y falso. Ignacio era un hombre de genio, hasta capaz de hacer, como
lo hizo, aquella obra teatral que fue la admiración de todos.
El año 28 se marchó para mí con la honda emoción de una conferencia de
Salinas dedicada a Sobre los ángeles casi en vísperas de aparecer.
Fuertes tormentas en el cielo político de España propiciaban esta salida. Pero
antes, en edición de la Revista de Occidente, le tocó a Cal y canto,
libro del que ya me había desentendido, sintiéndolo lejano y fuera del
hervor en que vivía. Llegaba a fines del invierno, ya estallante en los árboles
el verde de la primavera. Bergamín sería el primero en saludarlo con un extenso
ensayo en La Gaceta Literaria. Críticas de Quiroga Pía y Salazar Chapela
se ocupaban también de él, ayudándolo en sus primeros pasos... Cal y canto iniciaba
su camino, reavivando fulgores ya pasados de Góngora. Empecé a interesarme por
su suerte. Pero, de pronto, las alas de los ángeles, escapados en vuelo por
esos mismos días, lo oscurecieron por completo, ahogándole en escombros su
feliz ruta comenzada. Aquellos seres encendidos, rotos, violentos, se alzaban
contra él en medio de una primavera convulsa. Las primeras conmociones
estudiantiles contra la dictadura que padecíamos ya estremecían las calles.
¡Qué días confusos para mí estos de la aparición de Sobre los ángeles, señalado
por Azorín como mi arribo «a las más altas cumbres de la poesía lírica»! Pero
los ángeles ya se me habían ido, quedándome desventrado de ellos, permaneciendo
sólo en mí la oquedad dolorosa de la herida. Mas no era tiempo de llorar. El momento
predicho turbiamente en uno de mis poemas no se acercaba. Allí
estaba presente, incitándome.
Pero por fin llegó el día, la hora de las palas y los cubos...
Poco o nada sabía yo de política, entregado a mis versos solamente en
aquella España hasta entonces de apariencia tranquila. Mas de repente mis
oídos se abrieron a palabras que antes no había escuchado o nada me dijeran:
como república, fascismo, libertad... Y supe, a partir de ese instante, que
don Miguel de Unamuno, desde su destierro de Hendaya, enviaba cartas y poemas a
los amigos, verdaderos panfletos contra el otro Miguel, el divertido y jaranero
espadón jerezano, sostenedor de la monarquía tambaleante; cartas y poemas que
no más recibidos corrían como la pólvora por las tertulias literarias, las
redacciones de los periódicos enemigos del régimen, las manos agitadas de los
universitarios. Y vi que don Ramón del Valle-Inclán, en su cuartel cafetero de
La Granja, en la calle, en los teatros, en donde se le venía en gana, entablaba
también su duelo a muerte contra el gracioso general, quien llega, en nota memorable
aparecida en los diarios, a llamarlo: «ese tan gran escritor como extravagante
ciudadano». Sin sentir, como por ensalmo, se había creado un clima de violencia
que me fascinaba. El grito y la protesta que de manera oscura me mordían
rebotando en mis propias paredes, encontraban por fin una puerta de escape,
precipitándose, encendidos, en las calles enfebrecidas de estudiantes, en las
barricadas de los paseos, frente a los caballos de la guardia civil y los
disparos de sus máusers. Nadie me había llamado. Mi ciego impulso me guiaba. La
mayor parte de aquellos muchachos poco sabía de mí, pero ya todos eran mis
amigos. ¿Qué hacer? ¿Cómo darles ayuda para no parecer únicamente un instigador,
uno de esos «elementos extraños» a los que la prensa atribuía siempre
cualquier suceso contra el régimen? Ni los poemas de Sermones y moradas, aún
más desesperados y duros que los de Sobre los ángeles, podían servirles.
A nadie, por otra parte, se le ocurría entonces pensar que la poesía sirviese
para algo más que el goce íntimo de ella. A nadie se le ocurría. Pero los
vientos que soplaban ya iban henchidos de presagios.
En medio de estos días y de este campo de batalla, no literaria ya sino
verdadera, apareció, como un cometa, Luis Buñuel. Venía de París, la cabeza
rapada, el rostro aún más fuerte, más redondos y salidos los ojos. Llegaba para
mostrar su primera película, hecha en colaboración con Salvador Dalí. Fue una
de las inolvidables sesiones del Cine Club, que dirigía su propio fundador: el
ya entonces tarado Giménez Caballero. El film impresionó, desconcertando a
muchos y estremeciendo a todos en sus asientos aquella imagen de la luna,
partida en dos por una nube, que conduce inmediatamente a la otra, tremenda,
del ojo cortado por una navaja de afeitar. Cuando el público, sobrecogido,
pidió luego a Buñuel unas palabras explicativas, recuerdo que éste, incorporándose
un momento, dijo, más o menos, desde su palco: «Se trata solamente de un
desesperado, un apasionado llamamiento al crimen». También Luis Buñuel vivía
su desconcierto, su violenta protesta, «expresando —como dice Georges Sadoul—
todo este "mal del siglo" surrealista en Un perro andaluz, imagen
de una juventud confusamente convulsionada». Fue significativa la revelación de
esta película en coincidencia con un Madrid ya enfebrecido, no lejos de las
vísperas de grandes acontecimientos políticos. Aquel inmenso vendaval que nos
agitaba iba flechado hacia una brecha, por la que tantos saldríamos con la
conciencia clara, diluidas las sombras del hondo pozo de tinieblas en que habíamos
caído esos últimos años. Por esa misma brecha, después de Un perro andaluz y
La edad de oro —las dos obras maestras del cine surrealista— saldría
Luis Buñuel a Tierra sin pan, su magnífico documental sobre la mísera
vida en la región extremeña de las Hurdes, «un film que —según palabras del
mismo Sadoul— explica y anuncia la guerra civil durante la cual los
falangistas fusilaron al amigo de Buñuel, el poeta García Lorca, mientras Dalí
pintaba en Nueva York el retrato del embajador franquista». (Dalí, a raíz de La
edad de oro y dado el rumbo político seguido por su amigo, había roto con
él, acusándolo al poco tiempo de estar «embrutecido por el burocratismo
staliniano».)
Era la época de las novedades de vanguardia, llegadas a Madrid con algún
retraso, y el gran final del cine mudo ante la aparición del sonoro. El
gabinete del doctor Caligari había sido la primera sorpresa de lo mágico en
medio de un silencio de locura, crueldades y crímenes. Luego creo que al propio
Buñuel debimos la exhibición, en los salones de la Residencia, de Entreacto,
La concha y el clérigo, Nada más que las horas y El hundimiento de la
casa Usher. Los nuevos nombres de Rene Clair, Germain Dullac, Cavalcanti y
Epstein se desplegaban ante nuestros ojos en un desfile de imágenes
sorprendentes, montaje de imprevistas y absurdas metáforas muy en consonancia
con la poesía y la plástica europeas del momento (Tzara, Aragón, Éluard,
Desnos, Péret, Max Ernst, Tanguy, Masson, etc.). De las maestras realizaciones,
lejos de esta extrema vanguardia, de aquella edad dorada del cine mudo recuerdo
todavía: La pasión de Juana de Arco, de Dreyer; Metrópolis, de
Fritz Lang; La quimera del oro, de Chaplin; La madre, de Pudovkin,
y sobre todo El acorazado Potemkin, de Eisenstein. Una flor de ternura
guardo aún en mi corazón para los grandes tontos adorables: Buster Keaton,
Harry Langdon, y los menores: Stan Laurel, Oliver Hardy, Luisa Fazenda, Larry
Semon, Bebe Daniels, Charles Bower, etc., héroes todos de mi libro naciente,
más o menos surrealístico, con título extraído de una comedia de Calderón de la
Barca: Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos. Al
teatro iba poco. El cine era lo que me apasionaba. Nuestra escena, invadida aún
en aquel tiempo por Benavente, los Quintero, Arniches, Muñoz Seca..., nada
podía darme. Retengo sólo en la memoria los estrenos de Sinrazón, de
Sánchez Mejías, Tic-tac, de Claudio de la Torre, Brandy, mucho
brandy, de Azorín, y Los medios seres, de Gómez de la Serna, la más
audaz de todas estas obras, con sorpresas geniales, pero, según entonces me
pareció, demasiado extensa y no muy bien pergeñada teatralmente.
A Ramón yo lo traté muy poco, como a casi todos los escritores de las
generaciones precedentes a la mía. Nos saludábamos por calles de nuestro
barrio, siempre él con su pipa y sus patillas majas de mocetón goyesco,
madrileño. Yo nunca fui «pombiano», y creo que Ramón jamás miró con buenos ojos
a los no sometidos a las mesas de su famosísima tertulia. En cierta ocasión me
permití con él alguna broma pesada, como aquella de enviarle un disparatado
panfleto contra Ortega y sus acólitos de la Revista de Occidente, la
misma ramoniana tertulia, y todo lo habido y por haber, durante uno de los
muchos ruidosos banquetes celebrados en Pombo, no recuerdo si aquel en honor de
Giménez Caballero. Aunque a veces los frecuentara, yo no era cafetero, asiduo
de corrillos literarios. Era, desde mis primeros años de Madrid,
«sinsombrerista», acostumbrado al aire libre y, precisamente por aquellos días,
un poeta solo y mordiente, apartado cada vez más de reuniones sociales, a las
que, como a todo, me asomé un momento. Fui amigo entonces de Carmen Yebes, la
preciosa condesa admirada de Ortega; de Isabel Dato, la hija del ministro
monárquico, víctima de una bala anarquista; traté algo al Duque de Alba; más,
al de las Torres, simpático, tuerto y jaranero. Frecuenté a los Bauer,
propietarios de la maravillosa Alameda de Osuna, exaltada por Antonio
Marichalar en un buen libro, y a otros personajes aristocráticos, muchos de
ellos agitados por las auras de libertad que amenazaban ya a la Dictadura. Las
luchas callejeras, primero, y la llegada de la República me alejaron casi por
completo de esta gente, permaneciendo sólo en mi amistad una condesa argentina,
que desde un comienzo se distinguió como persona consecuente y fiel a sus
sentimientos liberales: Tota Atucha, condesa de Cuevas de Vera. Ella, tanto
antes como después de la guerra española, durante mi destierro en París como
aquí, en Buenos Aires, siempre ha sido la misma: amiga de verdad, sin miedo a
lo político, sencilla, silenciosa, auténtica; una persona, en fin, de excepción,
a la que muchos españoles exilados correspondemos con el mismo afecto.
En la pausa de aquel verano, volví a la sierra de Guadarrama. Mi salud,
quebrantada ahora por trastornos hepáticos, me lo pedía a voces. Había
enflaquecido nuevamente, pareciendo aún más afilado que en los preludios de mi
primera enfermedad. Comía sólo verduras con aceite, que odiaba, y ciertas
frutas. Y sin embargo, contra la prohibición del médico, caminaba día y noche
hasta caer rendido. En cualquier parte, sobre un monte, en un camino o en el
más solitario descampado, seguía los poemas de Sermones y moradas alternándolos
con los del libro de «los tontos» o aquella obra de teatro —El hombre
deshabitado—, ya bastante avanzada. Seguía, a pesar de todo, despistado,
viendo que mi horizonte se aclaraba muy poco; uncido siempre al carro de la
familia. Los libros, ¡bah! Cinco llevaba publicados, ¿y qué? Nada. Ni sombra
de nada. Los bolsillos vacíos.
Al volver a Madrid, la editorial Plutarco, que dirigía mi tío Luis Alberti,
me propuso una nueva edición de La amante. Le añadí unos poemas perdidos
y tres ligeros dibujos a la pluma. Se lo entregué en seguida. Apareció. Total:
200 pesetas. Puse entonces mis ilusiones en el teatro. ¿En el teatro? Releí lo
que llevaba escrito de aquella obra en la que trabajaba. Me pareció oscura,
difícil. ¿Quién iba a atreverse con ella? Los actores, unos bestias, salvo muy
raras excepciones, seguían encagajonados con Marquina, Benavente, Muñoz Seca y
demás. Intenté hacer libretos musicales, como aquel de La pájara pinta, que
no acabé por las razones que antes dije y cuyos fragmentos aún permanecen
inéditos. Con un nuevo libreto —El colorín colorete— me fui a ver a
Adolfo Salazar, proponiéndole se lo enviase a un músico francés: a Darius
Milhaud, por ejemplo. Fracaso, como era natural, a pesar de estar escrito en un
lenguaje inventado, que hacía innecesaria su traducción. Por aquellos días,
creo, pasó don Manuel de Falla por Madrid. Se estrenaba su Concierto para
clavecín y conjunto de cámara. Desde un principio comprendí que hubiera
sido más que absurdo proponerle nada. Sin embargo, él me habló, como gaditano
que era, de poner música —¿cuándo, cuándo sería?— a unas canciones de mi Marinero.
Temblé de emoción. El ofrecimiento era espontáneo, pero... don Manuel era
más que lento. Se marcharía del mundo sin terminar La Atlántida, comenzada
por esta época. Desesperado, acepté dar una conferencia que meses antes me
había pedido el Lyceum Club de señoras.
Yo era un tonto y lo que había visto y continuaba viendo me habían
convertido en dos tontos. Quiero decir que estaba ya dispuesto a vengarme de
todo, a poner bombas de verdad o casi de verdad, como aquella que entre burlas
y veras coloqué una tarde en aquel Lyceum femenino. (Afortunadamente, mi gran
amigo el hispanista Robert Marrast me envió no hace mucho copia de las
declaraciones que yo hice por escrito con motivo de tan resonante suceso. Nada
mejor, para salvarlas y dar una idea exacta de lo que yo era entonces, que
incluirlas en las ramas de estas memorias.)
La conferencia se titulaba «Palomita y Galápago (¡No más artríticos!)». Con
la inocente ave, enjaulada, en una mano, el galápago en la otra y vestido de
tonto —levita inmensa, desproporcionada, pantalón de fuelle, cuello ancho de
pajarita y un pequeñísimo sombrero hongo en la punta de la cabeza— me presenté
una tarde de noviembre en el nombrado club, calle de Las Infantas, 31, no lejos
—coincidencia— del circo de Price. Y ahora he aquí mis palabras, tal como
aparecieron en La Gaceta Literaria a escasos días de mi actuación.
UN SUCESO LITERARIO
La conferencia de Rafael Alberti
La Gaceta Literaria, sin deseos de tomar parte, en pro o en contra, de
este «suceso», pero deseosa de informar a sus lectores con imparcialidad
equidistante de los dos bandos, ha preguntado a Rafael Alberti, el
conferenciante, y a varias señoras del Lyceum Club, sus oyentes. Rafael Alberti
nos hace las «declaraciones» que insertamos a continuación. También insertamos
las primeras declaraciones que hemos recibido del Lyceum, conservando en una de
ellas el anonimato que se nos encarece.
1. No ignoro, contra lo creído
por mucha buena gente, cierto Tratado de urbanidad publicado por la casa
Calleja en 1905, ni tampoco ignoro que
ya que toda mujer, porque Dios lo ha querido,
lleva dentro del pecho un Ortega dormido,
y menos aún ignoro todavía cuándo hay que juntar ridículamente los pies
para besar la mano de una elegante y distinguida dama o cuándo hay que
separarlos, caballerosísimamente, para con extremada delicadeza escupir en la
mano de esa misma elegante y distinguida dama.
Después de no ignorar nada de esto, escribí al Lyceum Club femenino
anunciando mi conferencia: «Palomita y Galápago (¡No más artríticos!)».
Escribí yo pidiéndola, ya que el curso pasado me invitaron a darla y no quise o
no pude aceptar. Así que siento muchísimo descubrir, a cierta exquisita y
selecta minoría de «orientales y occidentales», que todo lo verificado en
Infantas, 31, durante aquella tarde del 10 de noviembre, fue con premeditación
y alevosía.
2. Mis propósitos eran los
siguientes: comprobar la últimamente cacareada inteligencia del bello sexo, su
buena educación, su juventud, su valentía, su amor hacia los animalitos,
terrestres y celestes; llevar un poco de animación a la Casa de Venus y a mi
desventurado compañero el Galápago, que anhelaba conocer con urgencia a las
damas del club; y, sobre todo, declarar abiertamente la guerra al artritismo y
a la parálisis infantil, así como estudiar el espanto que produce en el alma
misteriosa de la mujer la pedagógica amenaza de soltar una rata recién
cogida por mí en una cloaca o letrina. Y otros buenos propósitos que se me han
olvidado.
Realicé todo lo que me propuse y como me dio la real gana. Yo, por ejemplo,
recité a la Palomita, a mi Palomita poeta, la siguiente poesía:
ESCLAVITUD
¿Llorando estás, pobre ilota,
por la libertad ansiada?
Nadie es Ubre, ni lo es nada.
Todo en el destino flota.
El liberto a fuerza iñota
siente su vida añudada.
Se cree dueño de su espada
y es de su espada un ilota.
Ya está tu cadena rota.
¿Vives? Tu suerte está echada.
La vida es la más pesada
esclavitud. —La gaviota
flota al viento—. ¡Pobre ilota!
Y esta otra:
¡VIVA LA ESTULTICIA!
Yo digo: ¡Viva la estulticia!
Yo, en mi anhelo de conocer
hombres y libros, llegué a ver
que el saber todo lo desquicia.
Ni aun hallaréis vuestra leticia
en el amor de la mujer,
cenizas hoy, brasa ayer.
Yo digo: ¡Viva la estulticia!
Mirar la garra en la caricia.
Regusto de hiel al beber.
Una vez sabio, el triste ayer
de la ignorante puericia.
Yo digo: ¡Viva la estulticia!
Pues bien: yo logré que el delicado auditorio se riera a carcajadas de
estas dos iloteces poéticas. Pero, de pronto... De pronto, la Palomita,
con aquella estupidísima ingenuidad que desplegó durante toda la conferencia,
me dejó en el oído un nombre. Y era éste: Ramón Pérez de Ayala. Entonces fue
cuando tuve que advertir a muchas de las damas (entre las que se hallaba la
esposa del poeta recitado), que hacía unos momentos manifestaron su júbilo
ante la comprobada estulticia de esos dos poemas, la incalificable
incorrección que cometían al silbar en su propia casa a un inocente
conferenciante invitado por ellas mismas, o, lo que es peor, a un autoinvitado
e inocente conferenciante. (Y, ahora, desde aquí, les agrego: que no saben
silbar, que lo hacen muy mal, que recordaban a las ocas del Retiro. Y que se
rijan, además, por el Tratado de urbanidad publicado por la casa
Calleja en 1905.)
3. Seguí mi conferencia, interrumpido constantemente por aplausos llenos de
juventud y comprensión y por protestas rebosantes de pazguatería, crochet,
frivolité, futiré, Houbigant, polvos de patchulí y agua de Pompeya.
La Palomita, con aquella estupidísima e inolvidable ingenuidad que
desplegó durante aquella estupidísima e inolvidable tarde, volvió, poco
después de los primeros incidentes, a dejarme en el oído otros cuantos nombres
de dioses y diosecillos —Juan Ramón, Ortega, D'Ors, Martínez Sierra, Cañedo,
Gómez de Baquero, el viejo Valle-Inclán, etcétera—, invulnerables, por lo
visto, para... sus amigos y amigas; y entonces fue cuando toda una hilera de
señoras airadas abandonó el salón, pasando a una salita contigua, donde a
silbidos, siseos y voces intentó apagar la mía, potentísima siempre y aquella
tarde más que nunca, viéndome obligado a continuar, no diciendo, sino gritando
mi conferencia, coronada, al fin, con seis disparos de revólver, que
terminaron por ahuyentar a las ocas protestantes y por que todas las muchachas
y muchachos, además de las verdaderas personas inteligentes del Lyceum,
pidieran, en medio de una calurosísima ovación, la oreja de... (Aquí doy las
gracias más efusivas a Pilar de Zubiaurre, Ernestina de Champourcín, Carmen
Juan de Benito, Concha Méndez Cuesta, Pepita Pía y a otras cuyo nombre ignoro,
sintiéndolo.)
4. ¿Frases ingeniosas por parte de las damas interruptoras? Muchas.
Muchas. Algunos ejemplos:
Una histérica de gris, junto a un caballero de gafas y dientes largos. ¡Las que pasamos de cuarenta años tenemos derecho a reírnos! ¡Es la
revancha! ¡Es la revancha! ¡Y, además, estoy muy nerviosa!
Una especie de oruga, partidaria de Ortega. ¡Si esto
es juventud, yo soy una vieja!
La pizpireta con cara de tachuela rencorosa. ¡Hay que
ver! ¡Venir a nuestra propia casa a insultar a las glorias nacionales!
Una demente estúpida. ¡Está demasiado pálido para
dar una conferencia tan agresiva!
Cuando condené a muerte a la Palomita:
Una voz con vegetaciones. ¡Como la mate, que no la matará,
le tiro el bolso!
Una señora gruesa, de melena cortada, junto a una niñita vestida de
legionario. ¡Pertenezco a la Sociedad Protectora de
Animales y no lo consiento!...
Una lánguida y larguirucha, lectora apasionada de Martínez Sierra. ¡Qué poco
corazón!
La muy airada esposa de alguna gloria nacional. ¡Piiüiii! ¡Piiiiiii! ¡Piiüiii!
El caballero de los dientes largos. ¡Sinvergüenza!
¡Sinvergüenza!
Voces de cotorras variadas. ¡Kikirikííííííí! ¡Guau,
guau, guau! ¡Loro-lori, loro-lori, loro-lori! ¡Uuuuuuuuuuuuh!
Y al final:
Coro de arpías, haciendo mutis por el lateral derecho. ¡Nos ha llamado bolitas de cabra! ¡Nos ha llamado bolitas de cabra! ¡Nos ha llamado bolitas de cabra!
Yo, llorando a lágrima viva sobre la tristísima concha de mi Galápago Voici l'áme mystérieuse de la femme. Voici sa liberté et sa modernité.
5. ¿Mi impresión de lo sucedido?
Buena. Se marcharon los que siempre sobran en todas partes, que, desgraciadamente,
son muchos, demasiados. Quedaron en la sala, entre los chicos, los dispuestos a
partirse la cara conmigo en defensa de la nueva Poesía y de todo. (Porque,
cursilones, recobistas y sacristanes, ha sonado la hora de las bofetadas.)
Entre las chicas, muchas de las que en la primavera pasada se tiraron a las
calles junto a sus condiscípulos de la universidad y aquellas que comprenden el
cine tonto, porque yo, afortunadamente, soy un tonto, y de tonto fue todo lo
que hice y dije en el Lyceum aquel 10 de noviembre. También permanecieron en la
sala bastantes- señoras del club, que
aplaudían, comprendiendo de sobra la ridícula actitud adoptada por sus
compañeras. (Doy las gracias, otra vez, a Pilar de Zubiaurre.)
6. ¿Los resultados de esta
conferencia, para mí? Magníficos, todos. Menos uno tristísimo, por cierto: el
asesinato de mi preciosísima y blanca Palomita. Sucedió que al día siguiente
del escándalo me presenté por la mañana en el Lyceum para recogerla. Una criada
que me abrió la puerta me dijo:
—La encontramos tan desfallecida entre las bombillas eléctricas de la
cornisa del salón que..., que... la hemos matado.
—Cómansela.
¿Qué mayor gloria para una Palomita poetisa como la de ser devorada por
otras poetisas? Huí, llorando, de la casa del crimen, y por las calles,
pensando siempre en mi blanquísima y pobre compañera, le escribí una elegía.
Para ser imparcial, quiero reproducir aquí también las declaraciones —una
pro y una contra— de dos señoras del Lyceum, aparecidas con las mías en La
Gaceta Literaria.
La opinión pro:
1. Cuando Alberti, el año pasado,
nos ofreció su conferencia, la aceptamos, desde luego, cumpliendo el propósito
de llevar al club a todas las figuras algo destacadas de la literatura nueva.
Por eso, cuando este invierno me escribió, dándome ya el título de lo que él
llamaba «Divertimiento sobre la poesía cómica española», nos apresuramos a
fijarle fecha para su conferencia.
2. Alberti fue, desde luego, al
club en plan batallador, y su conferencia fue una explosión de humor juvenil que
realizó, según creo, completamente, a pesar
de muchos o muchas...
3. Empezaron las protestas, sotto
voce, al ver la indumentaria del conferenciante, perfecta imitación
cinemática que casi nadie entendió. La dirección perdió sus fueros en cuanto
Alberti empezó a nombrar y criticar a algunos conocidos escritores.
4. Protestaron, como era de
esperar, varias señoras, algunas mujeres de los autores aludidos; otras que
por pertenecer a otras épocas no podían comprender el sentido ni el humor de
aquello. En cambio todas las jóvenes y varias señoras de espíritu más
comprensivo aplaudían y protestaban contra los protéstanos.
5. No
recuerdo exactamente las frases de Alberti, pero confieso que me hicieron
muchísima gracia las alusiones frecuentes e ingeniosas a cierta docta
corporación y a cierto ensayista no menos docto...
6. Guardo la impresión de una
hora divertidísima, muy movida y propia del momento. Lo que quisiera olvidar es
la conducta poco cortés con que parte del público demostró su incomprensión.
Ernestina de Champourcín
Y ahora la opinión contra:
—¿Cómo le invitaron a dar esa conferencia?
—No le invitamos; estuvo implorándola, durante unos días, argumentando
cierta invitación, por compromiso, del año pasado. Al fin, accedió el Lyceum,
presumiendo en ese Alberti, si no talento, por lo menos educación.
—¿Cree usted que llevaba algún plan en su conferencia?
—Si a aquello se le pudo llamar conferencia, sí. Llevaba el plan o el
propósito de decir a unas señoras lo que no hubiera sido capaz de decir a sus
maridos a la misma distancia. Esto puede llamarse conferencia, estupidez o
tontez; pero yo lo califico de cobardía. Además, ni siquiera tuvo en ningún
momento originalidad; ni gracia, ni ingenio. Estuvo hecho un Charlot de plaza
de toros.
—¿Cuándo comenzaron las protestas?
—Allí no hubo protestas. Alberti entró como un tontaina y algunas señoras,
yo entre ellas, decepcionadas ante aquel espectáculo tan deprimente que ofrecía
el infeliz, nos salimos. Él continuó, con esa perfecta inconsciencia de los
tontos, creyendo realizar una proeza. Pero, ya digo, protestas, ninguna. Nos
salimos algunas porque padecíamos el ridículo del muchacho.
—¿Qué impresión guarda el Lyceum de esa tarde?
—Por lo pronto, el Lyceum siente haber sido débil y haber accedido a los
ruegos de ese infeliz. Claro que una institución de mujeres no puede por menos
de ser generosa y se complace, al fin y al cabo, en haber dado a ese chico la
limosna de notoriedad que nos pidió.
Señora de X
Hasta aquí, mis declaraciones y los ecos de aquel famoso escándalo, del que
se siguió hablando en diarios y corrillos durante mucho tiempo. Por mi parte,
yo me sentía vengado y momentáneamente más feliz, como ese anarquista que
destroza un teatro o violenta la caja de la banca para socorrer a los suyos.
Pero las bombas de verdad saltaban en la calle. Aquel grotesco pedestal que
sostenía al dictador jerezano en falso abrazo guiñolesco con el rey Alfonso, ya
estaba socavado. Una de las figuras va a caerse, siendo la otra, la borbónica,
quien habrá de empujarla, creyendo apagar así los clamores que ya de toda
España subían por los balcones de la plaza de Oriente. Me sentí entonces a
sabiendas un poeta en la calle, un poeta «del alba de las manos arriba», como
escribí en ese momento. Intenté componer versos de trescientas o cuatrocientas
sílabas para pegarlos por los muros, adquiriendo conciencia de lo grande y
hermoso de caer entre las piedras levantadas, con los zapatos puestos, como
desea el héroe de la copla andaluza:
Con los zapatos puestos
tengo que morir,
que, si muriera como los valientes,
hablarían de mí.
«Con los zapatos puestos tengo que morir» se tituló el primer poema que me
saltó al papel, hecho ya con la ira y el hervor de aquellas horas españolas.
Desproporcionado, oscuro, adivinando más que sabiendo lo que deseaba, con dolor
de hígado y rechinar de dientes, con una desesperación borrosa que me llevaba
hasta morder el suelo, este poema, que subtitulé «Elegía cívica», señala mi
incorporación a un universo nuevo, por el que entraba a tientas, sin preocuparme
siquiera adonde me conducía:
Será en ese momento cuando los caballos sin ojos se desgarren las tibias
contra los hierros en punta de una valla de sillas indignadas contra los
adoquines levantados de cualquier calle recién absorta en la locura.
Vuelvo a cagarme por última vez en todos vuestros muertos, en este mismo
instante en que las armaduras se desploman en la casa del rey, en que los
hombres más ilustres se miran a las ingles sin encontrar en ellas la solución a
las desesperadas órdenes de la sangre...
Poesía subversiva, de conmoción individual, pero que ya anunciaba
turbiamente mi futuro camino. Esta extensa elegía no sé cómo fue a dar a manos
de Azorín, quien —cosa fantástica— una buena mañana se descolgó en ABC —el
diario más monárquico de todos— con un desmesurado elogio de ella, señalando
por vez primera y con un don profético, hoy escalofriante a la distancia, el
sendero que ya con toda claridad elegiría dos años después. Dice Azorín en su
artículo del 16 de enero de 1930: «...Y sin embargo el poeta... —aquí suprimo
calificativos que me ruborizan— necesita un punto de apoyo para su vida
espiritual. ¿Cuál será esa estribación de Rafael Alberti? Y Rafael Alberti se
vuelve hacia lo primario, lo fundamental, lo espontáneo; Rafael Alberti se
vuelve, con los brazos abiertos, hacia el pueblo. En su desgano de los módulos
citados, sólo el pueblo y sólo la naturaleza podían darle el punto de apoyo
pedido y necesario». Asombroso, y sobre todo en Azorín. Y más en aquellos tremendos
días de derrumbe inminente, porque una noche de ese mismo enero, del café La
Granja el Henar saldría formando un grupo, casi todo él de intelectuales, que,
calle Alcalá arriba, intentará arribar a la casa del rey. Al llegar a la
Puerta del Sol, ese pequeño grupo ya se habrá convertido en una gran
manifestación que, a los gritos de «¡Muera Primo de Rivera!, ¡Abajo la
Dictadura», bajará por la calle del Arenal, ansiosa de volcarse en la plaza de
Oriente. Entre esos manifestantes iba yo, acompañado de Santiago Ontañón —ya un
gran escenógrafo— y del alambicado, pedantesco y cursilón falangista de ahora
Eugenio Montes, que era el que más gritaba. Mientras la policía de a caballo
cargaba contra el grueso de la manifestación, unos pocos interrumpíamos la
pacífica oscuridad del Real Cinema, haciendo levantar de sus asientos a los aterrados
espectadores. De regreso, esos mismos pocos prendimos fuego al kiosco de El
Debate, interviniendo Eugenio Montes con más de una cerilla, apagándose al
fin, con el fulgor de aquella letra impresa A Mayor Gloria de Dios y de la
Dictadura, el brillo mortecino de la espada del general Primo de Rivera,
subiendo otro, Berenguer, a inaugurar aquel triste período que se llamó «la
dictablanda», aunque en sus penúltimos días se distinguiera por una cruel dureza
a la que el divertido dictador jerezano no llegó nunca.
Un nuevo y gran acontecimiento se preparaba: el regreso de don Miguel de
Unamuno, después de varios años de destierro en Francia, adonde el otro
Miguel, su enemigo, se marcharía exilado, para morir allí meses más tarde. La
entrada de Unamuno en Madrid por la estación del Norte fue triunfal. Una gran
multitud lo recibió entre aplausos y al grito de «¡Viva la República!», grito
que ya la policía de aquella dictablanda era insuficiente para reprimir, pues
zigzagueaba, escurridizo, por toda la península. A poco de su arribo, el
ardiente rector de la Universidad de Salamanca es repuesto en su cátedra,
reiniciando sus clases, rotas después de tanto tiempo, con las mismas palabras
de fray Luis —«Decíamos ayer...»— al salir de la prisión.
Por aquellos días, García Lorca deja Madrid y se va a Nueva York, coronado
de éxito, con la segunda edición de su Romancero en la calle. ¡Adiós a
la Residencia, al piano de sus canciones, aquel Pleyel de los años felices!
Federico se iba a Norteamérica, contagiado también de la hora de España,
abriendo allí a su poesía un extraño paréntesis de confusión y sombras.
Algunos poemas iniciales del libro que más tarde sería Poeta en Nueva York, aparecieron
en revistas madrileñas o en otras provenientes de la isla de Cuba. ¡Qué
espadazo tajante en la garganta del poeta granadino! ¡Qué trágicos
estremecimientos precursores de lo que iba a suceder, de lo que sobre todo a él
iba a sucederle en los mejores años de su vuelta! José Bergamín, autor, ya
desterrado en México, de la primera edición de este libro, lo aclara luminosamente:
«... Es un nuevo y fugaz momento de su vida en el que la forma de su tiempo se
extingue en resonancias insospechadas, en cadencias dolorosas, sombrías,
imprecisas, distantes; en una voz que apaga como pasos, verso a verso, el
fulgor de un mundo entrevisto como a su pesar, íntimamente muerto. El poeta se
autorretrata de ese modo como un suicida. Se adelanta a un morir violento con
voluntad suicida de sobrepasarlo. Lo predice y maldice de este modo, sin apenas
decirlo...».
Pocas veces volvería yo por la Residencia, pues Federico la dejaría a su
regreso, domiciliado ya con su familia en una casa de la calle de Alcalá.
Aquella década ejemplar, de amor, de unión, de juventud y de entusiasmo, tocaba
a su fin...
Pero aún estamos a comienzos del 30.
Una noche de invierto —llovía de verdad—, un libro, un raro manuscrito vino
a dar a mis manos. (Era en el sótano del Hotel Nacional y ante varias botellas,
vacías ya todas menos una, de jerez.) El título: Residencia en la tierra. El
autor: Pablo Neruda, un poeta chileno apenas conocido entre nosotros. Me lo
traía Alfredo Condón, secretario de la embajada de Chile, amigo mío por Bebé y
Carlos Moría, ministro consejero de esa misma embajada, muy amigos también de
García Lorca. Desde su primera lectura, me sorprendieron y admiraron aquellos
poemas, tan lejos del acento y el clima de nuestra poesía. Supe que Neruda era
cónsul en Java, donde vivía muy solo, escribiendo cartas desesperadas,
distanciado del mundo y de su propio idioma. Paseé el libro por todo Madrid. No
hubo tertulia literaria que no lo conociera, adhiriéndose ya a mi entusiasmo
José Herrera Petere, Arturo Serrano Plaja, Luis Felipe Vivanco y otros jóvenes
escritores nacientes. Quise que se publicara. Tan extraordinaria revelación
tenía que aparecer en España. Lo propuse a los pocos editores amigos. Fracaso.
Y entonces se lo di a Pedro Salinas para que él mismo tanteara a la Revista
de Occidente, ya que yo, desde mi conferencia en el Lyceum, no podía portar
por allí. Salinas también fracasó, logrando solamente —menos mal— que la
revista publicase varios de sus poemas. Comencé entonces a cartearme con
Pablo. Sus respuestas eran angustiosas. Recuerdo que en una de sus cartas me
pedía un diccionario y disculpas por los errores gramaticales que pudiese
encontrar en ellas. (En París —ya 1931—, intenté todavía la publicación de Residencia.
Una muchacha argentina —Elvira de Alvear— sería la editora. Conseguí de
Elvira la promesa de un adelanto. Con el escritor cubano Alejo Carpentier,
secretario suyo, yo mismo fui a ponerle a Neruda el cable anunciador: 5.000
francos. Residencia en la tierra tampoco esta vez tuvo fortuna. No se
publicó. Y, cuando dos años más tarde conocí a Pablo en Madrid, me dijo que el
cable sí lo había recibido, pero que el dinero jamás. Desde entonces, decidí
no batallar por libros ajenos. Cosa que, naturalmente, no he cumplido.) Nunca
olvidaré a Alfredo Condón, inteligente, muy alocado, muy bebedor, como buen
chileno, y al que deberé siempre mi primer contacto con la poesía de Neruda.
¿Cómo no recordarlo ahora en esta Arboleda? Salimos juntos muchas
noches. Bebimos juntos muchas noches, hasta la madrugada. Y juntos, la noche de
más copas, nos detuvo la policía. Era muy desgraciado. De regreso a su patria,
se suicidó, volándose de un tiro la cabeza.
Una tremenda pérdida sufrió nuestra generación ese mismo año.
Yo no sabía que Villalón estuviese en Madrid. Me lo encontré, de
pronto, una heladora tarde de fines de febrero. Ya caída la luz, no recuerdo en
qué calle del barrio de Salamanca. Iba solo. Muy triste, la cara desaparecida
entre el sombrero, el cuello alto del gabán y la bufanda
— Pero Fernando ¡Qué sorpresa!
¿Cómo has venido sin avisar a nadie?
Hablando lento y bajo, me respondió:
—Tengo en este momento cerca de treinta y nueve grados de fiebre
No supe qué decirle Lo tomé del brazo y seguimos andando. Al llegar a la
casa de una esquina, se detuvo, suplicándome
— .Espérame en la calle un instante. Bajo en seguida. Y allí me pasé, junto
al portal, más de un cuarto de hora aguardándolo. En
marcha nuevamente, me
atreví a preguntarle:
— ¿Qué te pasa, Fernando?
—Me tengo que operar. Acabo de pedir cincuenta duros a un amigo para el
sanatorio.
Hacía tiempo que Villalón estaba arruinado. Aquellos poéticos negocios,
celebrados en toda Andalucía, lo habían ido llevando a aquel extremo.
Andábamos despacio. No sabía de qué hablarle viéndolo tan hermético, tan
parco de palabras y abatido, ¡él siempre tan ocurrente y más fuerte que un
toro!
—¿Qué te parece la situación? —se me ocurrió, por decirle algo.
—No hay que hacerse ilusiones. Hasta que tú no veas a la guardia civil
gritando por las calles «Viva la República», todo seguirá igual.
Me reí. Tenía razón.
—El mundo está muy mal —prosiguió, misterioso, después de un largo
silencio—. Hasta ahora lo ha venido mandando Kutumí. Pero quizás cambien las
cosas, porque muy pronto le toca gobernarlo al señor Maitrellas.
Lo dejé ante la puerta de una casa en la que tenía alquilado un pequeño
departamento para sus breves estancias en Madrid.
A los pocos días, ingresó en el sanatorio. Bergamín, otros amigos y yo,
acompañados de Eusebio Oliver, un joven médico que andaba mucho con nosotros,
asistimos a la operación. Fernando tenía incrustada en los riñones, no una piedra,
sino muchas de todos tamaños, según pudimos ver en el pañuelo ensangrentado que
Oliver nos mostró. Esperábamos que se salvara a pesar de todo. Ya muy de noche
y muy impresionado, me fui a mi casa a descansar. Pero pocas horas después me
llamaron del sanatorio. Fernando Villalón había muerto. Acababa de cumplir
cuarenta y nueve años.
Consternado, me levanté y acudí a verlo. El poeta ganadero yacía
amortajado, todavía en la cama de la muerte, vestido de oscuro, con zapatos
negros. De bolsillo a bolsillo del chaleco, una gran cadena de plata, que me
llamó la atención. Era su última voluntad: que lo enterrasen con el reloj en
marcha. Conchilla, la gitana, la humilde amante de toda la vida, lloraba,
silenciosa, junto a aquel tic-tac misterioso, último pulso de Fernando, que
habría de latir durante más de doce horas bajo la tierra. Cuando llegó su
hermano Jerónimo, la gitana se resistió a verlo, prohibiéndole la entrada en
la alcoba. Aquel hermano, señorito andaluz con poca gracia, tan diferente a
Villalón, se había aprovechado en los últimos tiempos de las locuras del poeta,
contribuyendo más a su ruina.
Fernando se nos fue dejando poca obra: Andalucía la Baja, Romances del
800, La tortada y unas largas estrofas de El Kaos, aquellas que a
Federico y a mí nos había dado a conocer en Sevilla. También dejaba una obra de
teatro en verso —Don Juan Fermín de Plateros— sobre los garrochistas de
Bailen, episodio andaluz de nuestra guerra contra las tropas napoleónicas. Pero
su mejor poema estaba aún por conocerse. Y era su testamento. Una bomba, pero a
la vez llena de ternura.
Abierto una mañana ante notario, su hermano Jerónimo, la gitana y creo que
Bergamín y Sánchez Mejías, quienes me lo contaron, venía a decir, en parte, más
o menos: «Maldigo a mi hermano Jerónimo hasta la quinta generación. Él ha sido
la causa de muchas de mis desdichas. Nada le dejo. En cambio a Conchita, esa
mujer admirable, compañera de toda la vida, que salía al campo conmigo a buscar
gollejas para hacer ensalada, esa buena mujer a la que un día regalé un tirador
para cazar pajaritos, siendo tan grande su corazón que jamás fue capaz de
usarlo, le dejo varios cuadros de Murillo y otros maestros andaluces, que están
depositados en Madrid, en el convento de las monjas de...». He olvidado el
nombre y los demás detalles de tan extraordinario documento, seguramente por
ser menos interesantes. ¡Un poeta genial, más en la vida que en la obra, de
quien hablaré siempre, siempre encontrando en su recuerdo motivos de admiración
y gracia!
Una larga elegía —«Ese caballo ardiendo por las arboledas perdidas»— con
versos de hasta más de cien sílabas, como aquella que hice para estampar en los
muros, dediqué a Villalón a las pocas semanas de su muerte. Aquel detalle
impresionante del reloj golpeando en su pecho bajo tierra fue su principal
estribillo. Parece que fue ayer.
Pero algo, que debía estar escrito, me sucedió de pronto.
VIII
Cuando tú apareciste,
penaba yo en la entraña más profunda
de una cueva sin aire y sin salida.
Braceaba en lo oscuro, agonizando,
oyendo un estertor que aleteaba
como el latir de un ave imperceptible.
Sobre mí derramaste tus cabellos
y ascendí al sol y vi que eran la
aurora
cubriendo un alto mar de primavera.
Fue como si llegara al más hermoso
puerto del mediodía. Se anegaban
en ti los más lucidos paisajes:
claros, agudos montes coronados
de nieve rosa, fuentes escondidas
en el rizado umbroso de los bosques.
Yo aprendí a descansar sobre tus hombros
y a descender por ríos y laderas,
a entrelazarme en las tendidas ramas
y a hacer del sueño mi más dulce muerte.
Arcos me abriste y mis floridos años,
recién subidos a la luz, yacieron
bajo el amor de tu apretada sombra,
sacando el corazón al viento libre
y ajustándolo al verde son del tuyo.
Ya iba a dormir, ya a despertar sabiendo
que no penaba en una cueva oscura,
braceando sin aire y sin salida.
Porque habías al fin aparecido.
«Retornos del amor recién aparecido» se llama este poema. En él se
rememora, después de más de veinte años, el estado de cueva en que vivía y la
luz principal que echando sus cabellos en mis manos me hizo subir al sol y
sentir que en el mundo la primavera no había muerto.
Fue en la casa de alguien, adonde fui llevado no recuerdo hoy por quién.
Allí surgió ante mí, rubia, hermosa, sólida y levantada, como la ola que una
mar imprevista me arrojara de un golpe contra el pecho. Aquella misma noche,
por las calles, por las umbrías solas de los jardines, las penumbras secretas
de los taxis sin rumbo, ya respiraba yo inundado de ella, henchido, alegrado,
exaltado de su rumor, impelido hacia algo que sentía seguro.
Yo me arrancaba de otro amor torturante, que aún me tironeaba y me hacía
vacilar antes de refugiarme en aquel puerto. Pero, ¡ah, Dios mío!, ahora era la
belleza, el hombro alzado de Diana, la clara flor maciza, áurea y fuerte de
Venus, como tan sólo yo había visto en los campos de Rubens o en las alcobas de
Tiziano. ¿Cómo dejarla ir, cómo perderla si ya me tenía allí, sometido en su
brazo, arponeado el corazón, sin dominio, sin fuerza, rendido y sin ningún
deseo de escapada? Y, sin embargo, forcejeé, grité, lloré, me arrastré por los
suelos... para dejarme al fin, después de tanta lucha, raptar gustosamente y
amanecer una mañana en las playas de Sóller, frente al Mediterráneo balear,
azul y único. Ecos malignos de lo que muchos en Madrid creían una aventura nos
fueron llegando. En algunos diarios y revistas aparecieron notas, siendo la más
divertida aquella que decía: «El poeta Rafael Alberti repite el episodio
mallorquín de Chopin con una bella Jorge Sand de Burgos». Se buscaba el
escándalo, pues esta Jorge Sand —una escritora, casada y todavía sin divorcio—
era muy conocida. Nosotros, mientras, nos reíamos, ufanos de que nuestros
nombres fueran traídos y llevados por gentes tan distantes de nuestra dicha, de
nuestra juventud descalza por las rocas, bajo los pinos parasol o en el reposo
de las barcas.
De regreso a Madrid, en avión desde Barcelona, una tremenda tempestad por
los montes Ibéricos nos obligó a un forzoso aterrizaje en Daroca, ciudad
aragonesa de murallas romanas, aislada y dura como un verso caído del Poema
del Cid. Nos recibieron, en medio de la nieve de aquel aeródromo de
socorro, pastores que agobiados en sus zaleas parecían más bien inmensos
corderos. Dos días pasamos allí en una fonda, visitando, amigos del cura, la
magnífica Colegiata. Reanudado el viaje, únicos pasajeros y ya íntimos de los
pilotos, éstos nos obsequiaron con toda clase de acrobacias —ahora no las
hubiera consentido— sobre el campo de aviación madrileño. Era la primera vez
que yo volaba; María Teresa no. Aquellos atrevidos volatines no nos asustaron.
Ella era muy valiente, como si su apellido —León— la defendiera, dándole más
arrestos.
Mi madre, muy enferma del corazón desde hacía tiempo, aprovechando una
breve mejoría, se trasladó al sur, a casa de mi hermana. (No la vería más.)
Agustín ya estaba casado. Quedaba sólo mi hermano Vicente, casado también, con
quien tenía que seguir viviendo. ¿Que hacer entonces allí, triste, en mi
cuarto, el alegre «triclinio» de otros días? Con María Teresa me pasaba las
horas trabajando en algunos poemas o ayudándola a corregir un libro de cuentos
que preparaba. Una noche —lo habíamos decidido— no volví más a casa.
Definitivamente, tanto ella como yo empezaríamos una nueva vida, libre de
prejuicios, sin importarnos el qué dirán, aquel temido qué dirán de la España
gazmoña que odiábamos.
A todo esto, la otra España seguía bullendo incontenible. Sus anhelos de
libertad, más subidos y contagiosos cada vez, se derramaban por todas partes.
Hasta las gentes más imprevistas, aquellas que incluso hablaban familiarmente
de «nuestra Isabel, nuestra Victoria, nuestro Alfonso», encontraron de pronto
que aquel espléndido teatro del Palacio Real era apenas un mamarrachesco
barracón de feria, habitado por unos esperpénticos y valleinclánicos muñecos.
Las amistades puras empiezan a resquebrajarse. El escritor, por vez primera en
esos años, va a unirse al escritor por afinidades políticas y no profesionales.
Todos a una comprendieron que tenían, si no bancarias, serias cuentas que
arreglar con la Casa del Rey; rey que, por otra parte, jamás consultó a las
inteligencias de su país. Unamuno, Azaña, Ortega, Valle-Inclán, Pérez de Ayala,
Marañón, Machado, Baeza, Bergamín, Espina, Díaz Fernández, por citar sólo
algunos nombres, se agitan y trabajan, ahora ya abiertamente, «al servicio de
la República». (Con este título se formaría luego el partido cuyas cabezas más
visibles —Ortega, Marañón, Ayala— desertaron el 18 de julio de 1936 al comprobar
que la política de guante blanco tenía que manchárselo en la cara sangrienta
del enemigo, si quería verdaderamente salvar la República.)
Aquel grito que zigzagueaba potente pero sigiloso, fue a agolparse de
súbito, apretado de valor y heroísmo, en la garganta de los Pirineos,
estallando al fin un amanecer en las nieves de Jaca. «¡Viva la República!» Es
Fermín Galán, un joven militar, quien lo ha gritado, Fermín Galán, a quien el
fervor popular naciente va a incorporarlo al cancionero de la calle. El pueblo
adivina, ilusionado, un segundo respiro. Las cenizas ensangrentadas de Galán y
García Hernández van a desenterrar, del panteón donde yaciera cincuenta y siete
años, el cuerpo de la Libertad, sólo adormecido, ondeándolo, vivo, en sus
banderas. Era un golpe de sangre quien había dado la señal, aunque aún no había
llegado la hora.
Fue una mañana de diciembre. María Teresa y yo, como todo Madrid, mirábamos
al cielo frío, esperando que las alas conjuradas de Cuatro Vientos decidieran.
Pero las alas, sintiéndose enfiladas por fusiles, se vieron impelidas a
remontar el vuelo, rumbo a Lisboa. (En uno de esos aviones iba Queipo de Llano,
en otro, Ignacio Hidalgo de Cisneros: dos Españas en vuelo, que habían de
separarse definitivamente. Queipo, monárquico, se subleva contra el rey;
Queipo, republicano, se subleva contra la República. En cambio, Hidalgo de
Cisneros, intachable conducta, hombre de corazón valiente y seguro, no despintó
jamás de las alas de su avión de combate la bandera republicana. El 18 de
julio, en las batallas decisivas por defenderla, el pueblo lo nombra general,
jefe de las Fuerzas del Aire.)
En los primeros meses del año 31, aún resonaban en los oídos de España las
descargas del fusilamiento de los capitanes Galán y García Hernández,
oscureciendo momentáneamente aquel terror el camino que ya marchaba. Con casi
todo el futuro gobierno republicano en la cárcel Modelo, nadie podía imaginar
que por debajo iba engrosando el agua que había de reventar, como en una fiesta
de surtidores y fuegos de artificio, el 14 de abril.
A principios de febrero apareció en Madrid, en el Teatro de la Zarzuela, la
compañía mexicana de María Teresa Montoya. Después de no sé qué estreno poco
afortunado, la gran actriz quería probar suerte con alguna obra española. María
Teresa, que la había conocido en Buenos Aires, me llevó a verla. Era una mujer
pálida, interesante, no muy culta, pero con un gran temperamento dramático. Me
preguntó si tenía algo que a ella le fuera bien. Le dije que sí —El hombre
deshabitado—, pero que estaba sin terminar. Al día siguiente le leí la
pieza, en la que había, junto al papel de El Hombre, uno, muy importante, de
mujer: La Tentación. Se quedó entusiasmada, pero... ¿Sería yo capaz de escribir
en seguida el acto que faltaba? Vi el cielo abierto. Aquella misma noche
reanudé mi trabajo, al que di fin en poco más de una semana, mientras la obra
se ensayaba con los carteles ya en la calle. Se trataba de una especie de auto
sacramental, claro que sin sacramento, o más bien, como apuntó Diez-Canedo en
su elogiosa crítica del estreno, de una moralidad, más cerca del poeta
hispano-portugués Gil Vicente que de Calderón de la Barca. La influencia
directa de Sobre los ángeles campeaba en ella, aunque no fueran éstos
los seres allí representados, sino El Hombre, con sus Cinco Sentidos, en
alegórica reencarnación; El Hacedor, en figura de vigilante nocturno, y dos
mujeres: la esposa de El Hombre y La Tentación, que trama la ruina de ambos en
complicidad con los Sentidos. No diré que la de Hernani, pero sí una resonante
batalla fue también la del estreno (26 de febrero). Yo seguía siendo el mismo
joven iracundo —mitad ángel, mitad tonto— de esos años anarquizados. Por eso,
cuando entre las ovaciones finales fue reclamada mi presencia, pidiendo el
público que hablara, grité, con mi mejor sonrisa esgrimida en espada: «¡Viva el
exterminio! ¡Muera la podredumbre de la actual escena española!». Entonces el
escándalo se hizo más que mayúsculo. El teatro, de arriba abajo, se dividió en
dos bandos. Podridos y no podridos se insultaban, amenazándose. Estudiantes y
jóvenes escritores, subidos en las sillas, armaban la gran batahola, viéndose a
Benavente y los Quintero abandonar la sala, en medio de una larga rechifla.
Nunca ningún libro mío de versos recibió más alabanzas que El hombre
deshabitado. La crítica, salvo la de los diarios católicos que me trataba
de impío, irrespetuoso, blasfemo, fue unánime, condenando, eso sí, por creerlas
innecesarias, mis «imprudentes» palabras lanzadas desde el proscenio. También
fuera de España se habló mucho de la obra, siendo inmediatamente traducida al
francés por el gran hispanista Jean Camp. Aquella batalla literaria del día del
estreno quedó convertida en batalla política la noche de la última
representación. Con el pretexto de que María Teresa Montoya era mexicana,
representante de un país avanzado de América, se le organizó un gran homenaje.
Teatro hasta los topes. Firmas de adhesión. Álvarez del Vayo aprovechó el
momento para hablar, desde el escenario, del teatro en Rusia y zaherir con
claras alusiones la amordazada existencia española. José María Alfaro —¡ay, José María Alfaro, poeta principiante y amigo, más tarde miembro del
Comité Nacional de Falange y ahora embajador de Franco en Argentina!— leyó
entre estruendosas aclamaciones, llenas de sorpresas para los espectadores, los
nombres de los jefes republicanos condenados en la cárcel y de quienes cuidadosamente,
durante la mañana, nos habíamos procurado la adhesión: Alcalá Zamora, Fernando
de los Ríos, Largo Caballero... Unamuno envió desde Salamanca un telegrama
que, reservado para el final, hizo poner de pie a la sala, volcándola, luego,
enardecida, en las calles. Cuando acudió la policía ya era tarde. El teatro
estaba vacío. Sólo quedaba, arrumbado entre los bastidores, el carrusel de los
hombres deshabitados, que en mi obra representaban todos los seres sin vida,
esos trajes huecos, sin nadie, que doblan las esquinas del mundo, estorbando
el paso de los demás.
La tensión de
aquel mes de marzo hacía que la gente aprovechara el más raro pretexto para
manifestar sus esperanzas. Todo servía: un chiste de café, una copla de doble
sentido, un soneto acróstico en el periódico de más circulación; la forma de
vocear otro. Es el momento de los motes hirientes. «Gutiérrez», nombre de pila
callejero con que se reconocía al rey, tiembla en su palacio. Valle-Inclán, y
no lejos de él los jóvenes escritores republicanos de la revista Nueva España,
convierten en tribuna política su mesa de La Granja. Azaña y sus amigos,
graves y recatados, han dejado de sentarse en el inmediato café de Negresco.
Sabíamos que las inteligencias españolas apoyaban plenamente y trabajaban por
la realización de estos deseos. Viajes misteriosos, citas despistadoras en
bares elegantes o en tabernas, todos iban encaminados al mismo fin. Hasta en el
elegante y monárquico golf de Puerta de Hierro se agita el viejo cencerro
motinesco de la República. Y la duquesa de la Victoria, en pleno cocktail patriótico,
pega una blanca bofetada a una señorita, hija de marqueses, que algo mareada se
atrevió a clavar en su cabeza una minúscula bandera tricolor. Aquellos
republicanotes, tratados siempre de ordinarios, ahora llevaban nombres de
filósofos, de ilustres profesores, de grandes poetas y académicos, mezclados
democráticamente con organizaciones estudiantiles y obreras. Porque el
proletariado, que en la primera República había forzado la marcha, queriendo
precipitar con las insurrecciones cantonales la llegada de una utópica
libertad, más consciente en el año 1931, en pleno proceso de su crecimiento
político, da totalmente su adhesión, sobre todo con sus grandes masas
socialistas, a lo que ya iba a tardar poco en aparecer.
Yo también viajo, pero no con fines políticos. Primero, a Sevilla, solo,
sin María Teresa, para rendir homenaje a Fernando Villalón, en el primer
aniversario de su muerte. Allí, llevados nuevamente por Sánchez Mejías, nos
encontramos Bergamín, Eusebio Oliver, Pepín Bello, Santiago Ontañón, Miguel
Pérez Ferrero y otros que he olvidado. La recordación fue simple, casi íntima.
Por la mañana se descubrió una lápida en la casa donde vivió Fernando, y por
la noche, en un aula de la universidad, se leyeron prosas y poemas. Todo sin
gran repercusión, acompañados solamente por el grupo de jóvenes poetas de Mediodía.
Un ser genial conocimos en esta breve estancia sevillana: Rafael Ortega, «bailaor» y «sarasa» perdido.
Era hijo de una vieja gitana, hermana de la «señá» Gabriela, madre de los
Gallos, los espadas famosos. Se empeñó Rafael en que conociésemos a su madre, a
quien quería mucho. Extraña visita. La gitana, ya una tremenda bruja de papada
y bigote, redonda como mesa camilla, voz ronca de aguardiente, nos recibió
sentada, impasible, en el centro del cuarto, mientras que Rafael se agitaba de
un lado para otro haciendo las presentaciones. No se podía estar quieto,
exagerado, extremoso con ella, besándola, pasándole la mano por el pelo o la
barba, cosas que hicieron que la madre empezase a llamarlo «maricón» a cada
momento. Al salir, nos refirió Ignacio que un día, cargada de los amigos de su
hijo, la imponente mujer montó en cólera, echándolos a todos, como si fuesen
gatos, con estas raras palabras: «Por los peinecillos que mi prima Elvira
perdió en sus agonías, maricones jóvenes, maricones viejos, ¡fuera de aquí!,
¡zape, zape!». Siempre que iba a Sevilla, me llevaba, para contar, cosas
extraordinarias.
Otro viaje hice inmediatamente a Andalucía, pero esta vez con María Teresa.
Necesitábamos descansar un poco después de El hombre deshabitado. Elegimos
Rota, un blanco pueblecillo de la bahía gaditana. Pasamos antes por el Puerto.
Visita nocturna, de incógnito, en la que tuvimos tiempo de comer pescado frito
con unas buenas copas de fino Coquinero. Allí en Rota —cal rutilante al sol y
huertos playeros de calabazas—, planeé, animado por mi reciente éxito teatral,
una nueva obra: Las horas muertas, que comencé a escribir, alternándola
con un romancero sobre la vida de Fermín Galán, el romántico héroe fusilado de
Jaca, nacido precisamente no muy lejos de Rota, en la isla de San Fernando.
Pero nuestra buscada tranquilidad duró bien poco. No llevábamos ni una semana
por aquellas arenas, cuando se presentó Sánchez Mejías proponiéndonos
acompañarle a Jerez. Proyectaba ya Ignacio la compañía de bailes andaluces que,
encabezada por «la Argentinita», adquiriría después, con la ayuda de García
Lorca, renombre universal. Iba a la caza de gitanos, «bailaores y cantaores»
puros, que no estuviesen maleados por eso que en Madrid se llamaba «la ópera
flamenca». Y nada como Jerez y los pueblos de la bahía para encontrarlos. ¡Qué
fantásticos descubrimientos hizo nuestro amigo en aquella gira! Al lado de la
figura monumental del «Espeleta», que parecía un Buda cantor, extrajo Ignacio
de las plazas y los patios recónditos toda una serie de chiquillos, bronceados,
flexibles, cuyas extraordinarias contorsiones llegaban a veces hasta la más
escandalosa impudicia. Pero su más grande adquisición la hizo, luego, en
Sevilla, con «la Macarrona», «la Malena» y «la Fernanda», tres viejas y ya casi
olvidadas cumbres del baile. La última, anciana que apenas podía tenerse en
pie, había alcanzado a bailar con «la Gabriela» y «la Mejorana» en el famoso
Café del Burrero. Ningún gitano rechazó las proposiciones de Ignacio. Todos,
más o menos a tiros con el hambre, decían que sí, llena de fantasía la cabeza
ante la idea de correr mundo. Sólo hubo uno que dijo que no. Y fue allí, en
Jerez, al día siguiente de nuestra llegada.
Estábamos en el cuarto del hotel, dispuestos para salir a la calle, cuando
alguien empujó la puerta, preguntando:
—¿Está aquí don Rafael Alberti, el empresario más grande «del varieté» de
España?
Una de las bromas de Ignacio. Clavada. Efectivamente, muerto de risa
apareció en seguida tras el gitano: un tipo vivaz, de unos cuarenta años,
cimbreante, afilado, blanquísimos los dientes, todo él repicando alegría.
—Soy el «Chele» (¡ole, ole!), y vengo aquí para que usted me contrate.
—Bueno —le respondí, muy serio, dentro ya del papel que Sánchez Mejías
acababa de asignarme—. ¿Y qué sabes hacer, «Chele»?
—¿Yo? ¡El baile del cepillo!
Y agarrando uno, de ropa, que había sobre la cama, se marcó un fantástico
zapateado, cepillándose a la vez, con ritmo y gracia, el pantalón y la
chaqueta.
—¡Bravo! —le dije—. Va a ser un número magnífico. Contratado, desde este
instante.
Entonces terció Ignacio:
—Muy bien, «Chele», pero escúchame ahora. Te vamos a pagar, además de
vestidos, fondas y viajes, diez duros diarios sólo por ese número: el baile del
cepillo. ¿Qué te parece?
—¿Diez duros? —Se quedó pensativo un rato grande. Y luego: —¿Tiene usted
por ahí un lápiz, don Ignacio?
Maravillados, nos miramos los
tres. Ignacio, sin decir palabra, se lo
dio. El «Chele», muy en serio, se sacó entonces del bolsillo un papelucho medio
roto; trazó en él unos cuantos garabatos; hizo luego como si los sumara y
rubricase, declarando, rotundo, con ínfulas de potentado: —No me conviene.
Pierdo dinero.
(¡!)
—¿Conque pierdes dinero, eh? —le dijo Ignacio lentamente, ya casi sin
poder aguantar la risa.
—Seguro. Ahí tiene usted las cuentas —le respondió el gitano, largándole el
papel, en el que sólo había unos rayones sin sentido—. Pierdo dinero. Porque,
vea usted, don Ignacio: esa colocación que quiere darme, no va a ser, digo yo,
para toda la vida. Y yo vivo nada más de que soy muy gracioso y de decir
sermones, que oigo a los curas en la iglesia, y cuando esa colocación se acabe
y me vean en Jerez, con traje nuevo y fumándome un puro, dirá toda la gente: el
«Chele» ha vuelto rico, está nadando en oro, y entonces ¿quién va a llamar al
«Chele» para oírle sus gracias? Así que no me conviene, don Ignacio. Pierdo
dinero. Buenos días. ¡Ole! Me voy.
Y se marchó, contoneándose, devolviéndole el lápiz al torero.
Nuestra anhelada soledad se hizo imposible, pues al volver a Rota nos
aguardaba un telegrama del Ateneo de Cádiz invitándome a dar una lectura de mis
poemas. Otra vez de viaje por los caminos marineros de mi infancia.
Aquel Cádiz de la libertad, de las románticas conspiraciones y las
primeras logias masónicas; aquel Cádiz que no encontró albañil capaz de
desprender de sus muros la losa conmemorativa de la Constitución de 1812,
aquel mismo Cádiz que yo veía desde el colegio como una inalcanzable estampa
azul, se hallaba ahora estremecido de punta a punta por un viento de
republicanismo. El folklore de la primera República, resucitado, se atrevía,
en rincones de cante jondo y tabernas ocultas, a agitar sus guitarras. Allí
aprendí esta copla:
Republicana es la luna,
republicano es el sol,
republicano es el aire,
republicano soy yo.
Todo el cuerpo de Cádiz se movía, bullente, sobre el mar, como esperando
algo. La tarde de la lectura, el público del Ateneo, en su mayoría estudiantes,
no sabía estarse quieto en las sillas. Cuando fui a comenzar, un muchachote
saltó de improviso al estrado, declarando:
—Rafael Alberti no podrá decir nada en esta sala mientras permanezca en
ella el señor Pemán.
Efectivamente, el poeta jerezano, afecto a la monarquía, se encontraba
allí. Nunca lo había visto. Cuando lo fui a invitar a que se fuese, ya no
estaba. Había tenido el buen acierto de marcharse en seguida. Mi recital subió
de grados cuando dije la «Elegía cívica». Temblaron puertas y paredes. Al
finalizar, me atreví con uno de aquellos romances en honor del héroe de Jaca:
Noche negra, siete años
de noche negra sin luna.
Primo de Rivera duerme
su sueño de verde uva.
Su Majestad va de caza:
mata piojos y pulgas
y monta yeguas que pronto
ni siquiera serán burras.
Gran éxito, entre aplausos, vivas y el temor de algunas señoras. Al día
siguiente, una manifestación de aquellos mismos estudiantes del Ateneo me pidió
recitara en plena calle algún otro episodio del romancero de Fermín Galán. Lo
hice a voz en cuello, de pie sobre una mesa del café donde estábamos, mientras
la autoridad, representada por unos pobres guardias de esos que las zarzuelas
llaman «guindillas», me escuchaba embobada, perdida la noción de que sus sables
podían habernos dispersado a golpes
Con la alegría y la impresión de que algo nuevo y grave era inminente, nos
volvimos a Rota Allí seguimos,
tranquilos, trabajando, tumbados en las dunas, recorriendo descalzos las
orillas, bien lejos de las preocupaciones electorales que traían hirviendo a
toda España
Pero de pronto cambió todo. Alguien, desde Madrid, nos llamó por teléfono,
gritándonos
—¡Viva la República!
Era un mediodía, rutilante de sol Sobre la página del mar, una fecha de
primavera: 14 de abril.
Sorprendidos y emocionados, nos arrojamos a la calle, viendo con asombro
que ya en la torrecilla del ayuntamiento de Rota una vieja bandera de la
República del 73 ondeaba sus tres colores contra el cielo andaluz. Grupos de
campesinos y otras gentes pacíficas la comentaban desde las esquinas,
atronados por una rayada «Marsellesa» que algún republicano impaciente hacía
sonar en su gramófono. Mientras sabíamos que Madrid se desbordaba callejeante y
verbenero, satirizando en figuras y coplas la dinastía que se alejaba en
automóvil hacia Cartagena, un pobre guarda civil roteño, apoyado contra la
tapia de sol y moscas de su cuartelillo, repetía, abatido, meneando la cabeza:
—¡Nada, nada! ¡Que no me acostumbro! ¡Que no me acostumbro!
—¿A qué no te acostumbras, hombre? —quiso saber el otro que le acompañaba y
formaba con él pareja.
—¿A qué va a ser? ¡A estar sin rey! Parece que me falta algo.
De nuevo, y como siempre —yo empezaba a ver claro—, dos Españas: el mismo
muro de incomprensión separándonos (muro que un día, al descorrerse, iba a
dejar en medio un gran río de sangre). Así María Teresa y yo lo íbamos
comentando camino de Madrid. No hacía ni una hora que había sido izada la nueva
bandera, cuando ya la vencida comenzaba a moverse, agitando un temblor de
guerra civil. La República acababa de ser proclamada entre cohetes y claras
palmas de júbilo. El pueblo, olvidado de sus penas y hambres antiguas, se
lanzaba, regocijado, en corros y carreras infantiles, atacando como en un
juego a los reyes de bronce y de granito, impasibles bajo la sombra de los
árboles. A la reina y los príncipes, que quedaron un poco abandonados por los
suyos en el Palacio de Oriente, ese mismo pueblo, bueno y noble, los protegió
con una guirnalda de manos. Nadie puede decir que le asaltaran la casa, le
robaran la hacienda, desvalijasen los bancos o matasen una gallina. El único
suceso grave que recuerdo fue una pedrada contra los cristales del coche del
poeta Pedro Salinas, al cruzar la Cibeles en compañía del escritor francés
Jean Cassou. Todo aquello fue así de tranquilo, de sensato, de cívico. Dentro
de la mayor juridicidad —como entonces la gente repetía, satisfecha— había
llegado la República. Sonaban bien las palabras de Azaña:
«Es una cosa que emociona pensar que ha sido necesario que venga la
República de 1931 para que en la Constitución se consigne por primera vez una
garantía constitucional (la garantía de la libertad del individuo) que los
castellanos pedían en 1529».
Los intelectuales, la gente de letras, los artistas, en general, estaban
de enhorabuena. Ya se pueden estrenar las obras prohibidas. Farsa y licencia
de la reina castiza, de Valle-Inclán, la representa, para hacer méritos
republicanos, Irene López Heredia. Pero no consigue engañarnos. La actriz republicana,
la verdadera amiga de los poetas y escritores, es Margarita Xirgu. Ella
estrena La corona, de Azaña, y mi Fermín Galán.
Recién llegado a Madrid, corrí, lleno de cívico entusiasmo, a .proponerle a
Margarita el convertir aquellos romances míos sobre el héroe de Jaca en una
obra de teatro, obra sencilla, popular, en la que me atendría, más que a la
verdad histórica, a la que deformada por la gente ya empezaba a correr con
visos de leyenda. Una aventura peligrosa, desde luego, pues la verdad estaba
muy encima y el cuento todavía muy poco dibujado. Me puse a trabajar de firme.
Mis propósitos eran conseguir un romance de ciego, un gran chafarrinón de
colores subidos como los que en las ferias pueblerinas explicaban el crimen
del día. Lleno de ingenuidad, y casi sin saberlo, intentaba mi primera obra
política. Aceptados los dos primeros actos por la Xirgu, y cuando aún estaba
planeando el tercero, Fermín Galán apareció anunciado en la cartelera
del Teatro Español.
Entretanto, y en medio de uno de los ensayos de mi obra, entré en contacto
más directo con don Miguel de Unamuno, a quien ya había sido presentado una
mañana en La Granja el Henar. Lo invité a nuestra casa del Paseo de Rosales
—balcón abierto a las encinas de El Pardo y frente a El Escorial contra el
azul celeste de los montes guadarrameños—, pero con la condición de que nos
leyera algo, lo que más le gustase, sus últimas poesías...
—¡Hombre, no! Verá usted —me atajó—. Preferiría leerles mi última obra de
teatro, aún en borrador: El hermano Juan. Va a interesarles.
¡Tarde de maravilla en mi memoria! Sólo habíamos invitado a César Vallejo,
el triste y hondo poeta «cholo» peruano, perseguido político, refugiado
entonces en España. Más que el sentido de El hermano Juan, atendí a la
hermosa figura de Unamuno, a la noble expresión de su rostro y al ardoroso
ahínco puesto en la interminable lectura de su borrador, en el que a menudo
andaban confundidas las páginas, faltando a veces éstas en número excesivo,
sustituyéndolas entonces don Miguel por la palabra. No atendí, no, a aquella
obra, que ni después he sabido siquiera si la publicó. No la recuerdo hoy,
pues me golpeó más, como digo, el espectáculo que me daba aquel potente viejo,
su magnífica lección de salud y energía, de fecundidad y entusiasmo. Cuando
casi pasadas tres horas dio por terminado su drama, todavía tuvo gracia y
arrestos para meterse infantilmente las manos en los bolsillos del chaleco en
busca de aquellos menudos papelillos en los que llevaba garrapateados sus
poemas, esos que de improviso le asaltaban en medio de la calle, anotándolos
bajo un farol, en los sitios más inesperados. Así, aquella tarde, en nuestra
casa, con el sol último de la serranía, nos descifró un arisco y hermoso poema
dedicado al bisonte de la caverna de Altamira y una canción de cuna para su
nieto recién nacido, delicia de balanceo musical, ave rara en su jardín de
esparto y duros vientos. (Otras imágenes guardo de don Miguel, pero ésas
pertenecen al próximo volumen de mis memorias.)
A muy pocos días de aquel encuentro con Unamuno, se estrenaba Fermín
Galán. Primero de junio. Margarita era la madre del héroe, y éste, Pedro
López Lagar, un joven actor de creciente prestigio. Esa noche, como era de
esperar, acudieron los republicanos, pero también nutridos grupos de
monárquicos, esparcidos por todas partes, dispuestos a armar bronca. El primer
acto pasó bien, pero cuando en el segundo apareció el cuadro en el que tuve la
peregrina idea de sacar a la Virgen con fusil y bayoneta calada, acudiendo en
socorro de los maltrechos sublevados y pidiendo a gritos la cabeza del rey y
del general Berenguer, el teatro entero protestó violentamente: los
republicanos ateos porque nada querían con la Virgen, y los monárquicos por
parecerles espantosos tan criminales sentimientos en aquella Madre de Dios que
yo me había inventado. Pero lo peor faltaba todavía: el cuadro del cardenal
—monseñor Segura—, borracho y soltando latinajos molierescos en medio de una
fiesta en el palacio de los duques. Ante esto, los enemigos ya no pudieron
contenerse. Bajaron de todas partes, y en francas oleadas, entre garrotazos y
gritos, avanzaron hacia el escenario. Afortunadamente, alguien entre
bastidores ordenó que el telón metálico, ese que tan sólo se usa en caso de
encendió, cayese a la mayor velocidad posible. A pesar de esto, como el público
seguía dispuesto a ver la obra hasta el final, Margarita, una Agustina de Aragón
aquella noche, tuvo todavía el coraje de representar el epílogo, siendo
coronada, al final, con toda clase de denuestos, pero también de aplausos por
su extraordinario valor y ganado prestigio.
Las críticas sobre Fermín Galán distaron mucho de las elogiosas de El
hombre deshabitado. Los diarios católicos pedían poco menos que mi cabeza,
y los republicanos, no escatimando algunas alabanzas para ciertos pasajes de la
obra, señalaban sus evidentes errores, considerando el principal la falta de
perspectiva histórica para llevar a escena episodios que casi acababan de
suceder. Eso, en parte, era cierto. Pero mi mayor equivocación consistió sin
duda en haber sometido un romance de ciego, cuyo verdadero escenario hubiera
sido el de cualquier plaza pueblerina, a un público burgués y aristocrático, de
uñas todavía, sectario en cierto modo y latentes en él, aunque no lo supiera,
todos los gérmenes que en el curso de muy pocos años se desarrollarían hasta
cuajar en aquel sangriento estallido que terminó con el derrumbe de la nueva
República.
A escasos días del estreno, un linajudo carruaje detuvo sus caballos en el
paseo de coches del Retiro. Una dama muy estirada —mantilla negra y
devocionario— descendió de él. Bajo la sombra de los árboles, una señora muy
sencilla caminaba tranquilamente. La estirada se le acercó.
—¿Es usted Margarita Xirgu? —Y antes de que la actriz pudiera responderle:
—¡Tome! ¡Por lo de Fermín Galánl —le dijo dándole una bofetada y
desapareciendo a la carrera.
La obra duró en cartel casi todo el mes de junio. Puede que a nadie le
sirviera, pero Fermín Galán, a pesar de su poco éxito, me sirvió a mí
para removerme y ventilarme la sangre, poniéndome en trance de elección, de
sacrificio. La causa del pueblo, ya clara y luminosa, la tenía ante mis ojos.
Los viejos vientos se alejaban... Paso a paso, tenaz, invadiendo mis
huellas, la Arboleda Perdida continuaba avanzando.
Por fin, este segundo libro de La
arboleda perdida, comenzado ¿hace ya cuánto tiempo?, alcanzó su final. Tuvo
que ser un editor y amigo, Jacobo Muchnik, hoy escondido tras la fe de la casa
editora que lo publica, quien con su notable tesón lograse que lo terminara. Y
aquí está. Muchas ramas se me han extraviado en tan largo camino. Muchas hojas,
que el viento hizo pasar tardíamente ante mis ojos, no pudieron ser prendidas
ni fijadas en estas páginas. Hay, pues, en ellas, innumerables blancos, que no
son, de ningún modo, olvidos. Hubiera tenido que volver a lo ya hecho, abrir la
espesura de sus renglones e introducir aquí y allá nombres, sucesos o
comentarios recordados después, cuando el trabajo de intercalarlos en su sitio
me hubiese conducido a no colocar nunca el suspirado punto final de esta etapa
de mis memorias. Algún día tal vez, en una próxima edición, si el lector
entusiasta contribuye a ello, ocuparán el lugar que ya les tengo señalado. ¿Lo
haré eso en España o todavía aquí, en la Argentina, donde fueran escritos el
final de la primera parte y toda la segunda de la presente obra? No sé, pero
hay algo en mi país que ya se tambalea, y entre nosotros, los desterrados
españoles, circulan vientos que nos cantan la canción del retorno. Mientras
tanto...
Una nueva Arboleda, no como aquella realmente perdida de mi infancia
andaluza, he levantado a una hora de tren de Buenos Aires, en los bosques de
Castelar. Quiero en ella rubricar este colofón, pero antes de hacerlo, también
hablar de ella, mi graciosa Arboleda Perdida americana, como se merece.
Los bosques de Castelar —o el parque Leloir, que
así se denominan en su parte más bella— son grandes. E inesperados.
¡Cuántas gentes y amigos que los ignoran! Sorprenden, cuando se los ve por vez
primera. Y más cuando viviendo en ellos se amanece en sus brumas invernales,
en el oro casi carmín de su otoño o en el verde sonante, musical, de sus
primaveras y estíos. Aquí, en estas apretadas umbrías que parecen desiertas;
cruzadas de caminos que hay que ir descubriendo; llenas de casas y mansiones
entrevistas apenas tras las cortinas de las ramas, las flores y el agobio de
las enredaderas; aquí, en estas susurradas espesuras, elegí, hace tiempo, el
lugar para mi necesario aislamiento, mi trabajo incesante, lejos de la ciudad,
la tremenda ciudad que sin embargo continúa avanzando vorazmente, tal vez con
el oculto pensamiento de asaltarlas un día, hacha en mano, e instalar sus
horribles construcciones, sustituyendo tantos caminos puros, perfumados, por
calles ruidosas y malsanas. Pero eso no vendrá. O yo no lo veré. El coloso
enemigo anda aún a distancia del linde de estos bosques, por los que todavía
se puede hasta soñar y vagar sin temor, permitiéndome oírme en su silencio el
barbotar del cúmulo de vida amontonada durante tantos años en la corriente de
la sangre. Aquí, como digo, en estas espesuras, elegí —o encontré, mejor
dicho— mi nueva Arboleda Perdida: un hermoso terreno rectangular, ornado
solamente de apreses y álamos carolinos, un sereno jardín, escueto, clásico,
como de «villa» romana. Por uno de sus lados —aromos amarillos— pasa
la calle de los Reseros; por otro —casuarinas oscuras—, la de la
Vidalita. Dentro, cubriendo un claro de este íntimo recinto, he plantado, por
fin, mi casa: una prefabricada de madera, llena de gracia, lustrosa de barniz,
con cenefas, puertas y ventanales blancos. Un recio y largo temporal,
acompañado de inauditas inundaciones, se presentó de súbito en los días elegidos
para levantarla. Ya el ingeniero Israel Dujovne, alma entusiasta de mi nueva
Arboleda, había hecho tender la plataforma de cemento que la recibiría. Era
como un extenso plinto surgido de la yerba en espera mas bien de una escultura.
Pero el cielo, derrumbado en torrentes, nos tenia declarada la guerra. Muchos
caminos eran mares y la tierra del bosque estaba ahogada de tragar tanta agua.
En Buenos Aires, cada mañana, mirábamos, impacientes, a lo alto. Siempre
seguía lloviendo con furia, mientras que nuestra casa, dividida en pedazos,
esperaba en un galpón de Ramos Mefia ¿Qué hacer? El otoño se iba y nosotros
soñábamos con despedirlo, ya instalados en la Arboleda. Abril pasó sin esperanza.
Mayo había comenzado. Pero también llovía incansablemente, aunque con menos
fuerza. Por fin, un lunes, el sol metió la mano entre las nubes, luchando a
muerte por borrarlas. Paró el agua, vencida. Dos días después, muy de mañana,
nos avisó Dujovne
—Prepárense. Van a llevar la casa Salgo a buscarles en el auto.
Inmediatamente, María Teresa y yo bajamos a la calle, corriendo con él a
toda marcha para presenciar el magno acontecimiento. A las nueve y media ya
estábamos en la Arboleda Perdida. La tierra había empezado a endurecerse, pero
bajo un cielo velado, que podía en cualquier momento mojar de nuevo nuestras
ilusiones. Pasadas las diez, y cuando ya comenzábamos a inquietarnos, por la
calle de la Vidalita hizo su entrada victoriosa un camión inmenso, cargado de
madera. Seis hombres decididos descendieron de él. Nadie podía soñar que aquel
montón de tablas ordenadas pudiera ser una casa. Toda la Arboleda se convirtió
de pronto en una película famosa: El techo. Había
que trabajar de prisa ya que el tiempo continuaba inseguro. La operación fue
más sencilla de lo que María Teresa y yo creíamos. De dos en dos, ayudados por
unos ganchos, los obreros fueron dejando en tierra, y en su lugar
correspondiente alrededor de la plataforma, aquellas grandes piezas de
rompecabezas o bambalinas de teatro que iban a componer en pocos días nuestro
refugio del bosque. Lo más urgente era poner el techo. Estaba prohibido llover.
El agua no debía mojar el interior de la madera. Con esta nueva y peor
inquietud, regresamos a Buenos Aires. ¡Oh, qué tres noches aquí de pesadillas
espantosas para mi loco nerviosismo, cruzadas de ciclones y lluvias
imaginarios! Cuando el domingo de esa misma semana volvimos con Dujovne a
Castelar, los cipreses y álamos de la Arboleda Perdida, más erguidos que
nunca, parecían saludar a nuestra casa, cuya madera pulida y virginal le daba
el aire de un extraño barco traído al centro de los bosques para que lo
pintasen. ¿Un barco? Delirio de poeta.
—Convendría que la tapara usted con unas ramas. Aquí está prohibido
hacer galpones. ¿No ha leído el boleto de compra? Los vecinos ya han protestado
—me dijo alguien de la administración del parque, en un momento en que
yo solo contemplaba mi casa desde lejos.
—¿Galpón?
Un hondazo en la frente me habría hecho menos daño.
—Bueno. Una prefabricada. Da lo mismo.
—¿Que da lo mismo? Dése una vuelta por acá dentro de unos días.
—Tendrá usted que entendérselas con la Comisión de Fomento, que puede
venir en cualquier instante. Tápela pronto con unas ramas. Hágame caso...
Y se marchó, dejándome clavada en el alma aquella rara comisión, que ya
veía aparecer como una inmensa hacha taladora.
Pasado —aunque no del todo— este nuevo
desasosiego, me dediqué a seguir a Dujovne en su entusiasmo por la casa. Él
buscó por aquellos caminos los obreros que habrían de perfilarla y dar fin a la
obra. Primero, sobre un descomunal caballo blanco, apareció Martínez, el
capataz, hombre hablador y divertido, con sus ayudantes albañiles, escuderos de
a pie; tras ellos, en motocicleta, los pintores, dos jóvenes con aire
campesino, antes, uno de ellos, trompeta en una banda militar; días después, el
cloaquista y, más tarde, el encargado de poner el suelo... Un pequeño
espectáculo encantador —mate y churrasco al aire libre—, lleno
de gracia popular. Iniciamos nuestras visitas —dos y hasta tres por
semana— a la Arboleda, como acompañantes del ingeniero y, a veces, de
Berardo, su hijo, casi arquitecto ya, quien eligió los colores para el cuarto
de Aitana, la tonalidad del barniz para la madera exterior e ideó la terraza de
ladrillos, que me traen al recuerdo, por la fina manera de jugarlos, ciertas
obras mudéjares de España. ¡Viajes matinales, veloces, ingenuos y emocionados,
ansiosos de mirar cómo surgía el blanco de las ventanas o el negro de las
rejas; o cómo los mosaicos verdes y marrones trazaban sus mareantes crucecillas
por el muro de la cocina y el lavadero; o cómo contra los árboles lucía, sobre
su esbelta estructura de hierro, el tanque para el agua...!
Ahora, a pesar de lluvias y vientos, la Arboleda Perdida está ya terminada.
El ingeniero Dujovne sonríe, satisfecho, como pudiera hacerlo ante unos niños a
quienes ha ayudado a levantar una preciosa casa de juguete. Martínez, el buen
capataz, algo triste y mohíno, en su jamelgo blanco, ya para mi maravilloso, ha
desaparecido por los bosques; los pintores, también, en su alada
motocicleta... Aquellos vecinos, que según el hombre de la administración
lanzaron sus protestas al comienzo, han venido después a felicitarnos. Hasta
alguien ha preguntado el precio de la quinta. ¡Nos la quieren comprar!
Pero aún falta una alberca, un espejo de agua donde se reflejen las nubes y
se bañen los pájaros. A su alrededor, plantaremos naranjos, limones,
quinotos... De cada amigo que nos regale un frutal —ésa es la promesa— dejaremos su nombre grabado en el tronco como
recuerdo agradecido. Todo va a marchar bien.
Y, sin embargo, por mis alamedas internas, veo siempre la visita de la
Comisión de Fomento... Pero nada sucederá. Me lo asegura el ingeniero.
Miramos a lo alto No llueve. Fulge el cielo un azul casi gaditano. Sobre mi
Arboleda argentina, pasa, tranquilo, el sol, con el que envío un saludo ideal a
aquella otra tan lejana y perdida de mi niñez.


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