© Libro No. 420. La Esencia del Dinero. Bendixen, Federico. Colección
Emancipación Obrera. Mayo 18 de 2013
Título
original: © Das Wessen des Geldes
Versión Original: © Das Wessen des Geldes publicado en 1908
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©
Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
La Esencia
del Dinero

Título
original Das Wessen des Geldes
publicado en
1908
Traducido directamente del alemán
por
J. Pérez Bances
de la 3ª edición fechada en 1921.
Editado electrónicamente en
2004 por eumed●net
según la
edición de 1926 de Revista de Occidente.
Texto completo, para
imprimir, en formato PDF (57 páginas, 377 Kb)
Prólogo a la edición electrónica
Friedrich Bendixen (1864-1920) fue un economista alemán
ligado a la llamada “Nueva (o Joven) Escuela Histórica Alemana”. Además de
publicar varios libros de teoría monetaria, fue durante veinticinco años
director del Banco Hipotecario de Hamburgo, desde 1895 hasta su muerte.
Su experiencia y trabajo
cotidiano le hizo prestar una atención especial a las posibilidades de
aplicación práctica de los desarrollos teóricos de Georg
Friedrich Knapp (1842-1926), especialmente de su libro Staatliche
Theorie des Geldes, (Teoría estatal del dinero), publicado en 1905. La
Escuela Histórica Alemana es una antecesora directa de las escuelas
institucionalistas y su forma de abordar la teoría monetaria, el nominalismo,
es metodológicamente institucionalista, de ahí su extraordinario interés
actual.
La obra de Knapp es ampliamente
conocida en la actualidad ya que es un fundamento imprescindible del
keynesianismo que Keynes reconoció explícitamente.
La obra de Brendixen, sin embargo, a pesar de enriquecer claramente a la de
Knapp y proporcionarle su aplicabilidad práctica y política, ha pasado más
desapercibida posiblemente debido al hecho de que no fue traducida al inglés en
su momento. Por ejemplo, Bredixen otorga la consideración de dinero a las
cuentas corrientes o las letras de crédito en circulación, cosa que Knapp
negaba.
Si Brendixen levantara la cabeza
hoy se sentiría posiblemente muy satisfecho de los sistemas monetarios
actuales. Podría decirnos "¡Yo tenía razón!, ¡Os lo dije!".
Efectivamente, cuando en 1971 se suspendió definitivamente la convertibilidad
del dólar en oro, se acabó para siempre la relación entre oro y dinero que
Bendixen había denunciado como ilógica, innecesaria e inconveniente. También se
sentiría muy satisfecho con la política que utilizan los bancos centrales de
todo el mundo para determinar la cantidad de dinero que debe circular en un
país; o que sigan subiendo los tipos de interés como instrumento para 'moderar
el espíritu de empresa de la nación'.
Para esta publicación electrónica
nos hemos basado en la edición que hizo la editorial Revista de Occidente en
1926 (por tanto tres años después de su fundación por Ortega y Gasset). El
placer que proporciona lo arcaico nos ha inducido a mantener con fidelidad en
esta edición la curiosa puntuación y ortografía original. Así, por ejemplo, en
las múltiples ocasiones que el texto se refiere al Banco del Imperio (el banco
central de Alemania) utiliza indistintamente mayúsculas y minúsculas en las
iniciales de una u otra palabra. Hubiera sido fácil homogeneizar la grafía en
todo el texto, o adaptar la acentuación de las palabras a las normas actuales
de la Real Academia, pero hemos preferido respetar el original. En caso
contrario ¿Dónde parar? ¿Deberíamos haber sustituido también la expresión 'dinero
giral' por 'efectivo' o 'dinero circulante'?
¿Deberíamos haber sustituido la palabra 'curso' por la
expresión 'tipo de cambio'?
Si embargo hemos modificado
ligeramente el orden, poniendo en primer lugar el índice, y también hemos
modificado la forma de aludir a las notas al texto, para poder aprovechar la
comodidad de los enlaces electrónicos.
Málaga, agosto 2004
Juan Carlos M. Coll
ÍNDICE
Prólogo a la segunda edición
Prólogo a la tercera edición
l. - Las ideas tradicionales acerca del
dinero y su naturaleza estatal
§ 1. Las ideas tradicionales acerca
del dinero
§ 2. Teoría estatal de Knapp
§ 3. El cambio internacional
§ 4. Emancipación de los pagos con
respecto al oro. El dinero giral
§ 5. Consideración jurídica y
económica del oro
II. - La naturaleza económica del dinero y la
creación de dinero
§ 6. Problemas de una teoría
económica del dinero; doctrina de la creación de dinero
§ 7. La función económica del dinero
§ 8. El dinero en la formación de
capital
§ 9. Los capitales de explotación
§ 10. El dinero clásico, la letra y
el billete de banco
§ 11. Continuación: el dinero giral
§ 12. El dinero sin cobertura en la
concepción del tráfico
III.- Crítica monetaria y reforma del Banco
Imperial
§ 13. Progresivo conocimiento de la
esencia del dinero
§ 14. Critica de los patrones
metálicos
§ 15. Crítica de la creación de papel
moneda. La moneda divisionaria
§ 16. La crisis de 1907.
Concentración del oro
§ 17. Reforma del Banco Imperial
Resumen
Notas y complementos
A LA SEGUNDA EDICIÓN
El presente trabajo
procede del otoño del año 1907. Entre profanos y prácticos obtuvo cierto éxito;
pero en los círculos de especialistas pasó casi inadvertido al principio, a
pesar de que contenía algunos pensamientos nuevos.
Entretanto, las
experiencias de la guerra han dado un fuerte impulso al interés de profanos y
teóricos, por la teoría del dinero y la política monetaria, y más de un Saulo
metalista se ha trocado en San Pablo nominalista. Han surgido con gran
abundancia nuevos libros sobre el dinero, y se han buscado antiguas
manifestaciones que podían servir para. enjuiciar las circunstancias presentes,
gracias a lo cual se agotó este libro, y la casa editorial hubo de pedirle al
autor una nueva edición.
Aparece, pues, por
segunda vez el trabajo, adicionado con una serie de notas y complementos; pero,
por lo demás, sin modificar en el concepto ni en la letra la primera edición,
publicada en el año 1908. He mantenido la primitiva redacción literal, para demostrar
con ello una vez más que las proposiciones de carácter práctico y político que
hice, especialmente en el escrito «Política monetaria y teoría del dinero»,
publicado en 1916, no eran debidas a las impresiones del momento, ni tenían una
existencia temporalmente condicionada, sino que constituían el resultado
necesario de pensamientos teóricos, expuestos ya públicamente hace varios años,
en plena paz, y que han sufrido durante la guerra la prueba de su verdad.
Las «notas y
complementos» tienen principalmente por objeto servir de enlace espiritual
entre esta obra y el resto de mis publicaciones, e indicar los pasajes donde el
lector puede encontrar, detenidamente tratadas, las cuestiones que aquí se
tocan. Excediendo de esta finalidad, las notas a los apartados 2, 7 y 10 se han
convertido en pequeños trabajos independientes.
Hamburgo, 1° de Mayo
de 1918.
FEDERICO
BENDIXEN
* * *
PRÓLOGO A LA TERCERA EDICIÓN
El 29 de Julio de
1920, a las diez y media de la mañana, terminó su vida de trabajo Federico
Bendixen. Que sus obras le sobreviven, demuéstralo esta nueva edición -tercera-
de su primer libro.
Noviembre de 1921.
CARLOS ELSTER
I LAS IDEAS
TRADICIONALES ACERCA DEL DINERO Y SU NATURALEZA ESTATAL
Las ideas
tradicionales acerca del dinero. Todo comercio fué primeramente comercio de trueque, y el dinero se
originó del medio de trueque preferido. Esto nos enseña la historia de la
civilización; esto nos enseña la ciencia del dinero.
¿No será hoy tampoco
el dinero otra cosa que el medio de trueque preferido? Las gentes dicen
que el dinero es una mercancía, y con esto
resuelven afirmativamente la cuestión. Entendiéndolo así, los contratos de
compraventa no serían en el fondo sino trueques, en los cuales uno de los
objetos sería la mercancía «dinero», mientras que el otro podría ser una cosa
cualquiera.
Pero, además, se
impone a todo el mundo otra propiedad del dinero. El dinero es, al mismo
tiempo, el instrumento general que mide el valor. No podemos representarnos
ningún valor sin que, en pensamiento, lo traduzcamos en dinero.
De estas condiciones
del dinero, es decir, las de ser el medio general de trueque y el instrumento
general que mide el valor, ha deducido, no sólo el sentido común, sino también
la ciencia, la consecuencia de que el dinero tiene que tener valor propio; tiene
que estar elaborado con materiales valiosos. ¿Quién -se pregunta- aceptaría a
cambio de objetos valiosos la mercancía dinero, si en sí misma ésta careciese
de valor? Y ¿cómo podría servir el dinero para medir el valor, si él, por su
parte, no tuviera valor? Del mismo modo que no serviría para medir longitudes
una medida sin longitud; ni para pesar, un peso sin peso. Por
esta razón -dice un prestigioso economista de nuestra época-, hay que admitir
que sólo lo que tiene por sí mismo valor sirve para medida del valor.
Desde este punto de
vista, el papel moneda canjeable por oro, como nuestros billetes de banco, es
como dinero en oro; justamente por esa posibilidad de canjeado. ¿Pero qué
ocurre entonces con el papel moneda, en los países en que no se canjea por
dinero metálico? Nos encontramos aquí con un dinero que no representa ningún
valor propio. ¿Sigue siendo dinero? La cuestión no tiene ningún interés para el
profano en Alemania. Según nuestras leyes, éste puede exigir siempre dinero en
metálico; no necesita tomar papel moneda y, por tanto, no tendrá que quebrarse
la cabeza pensando en el carácter del papel moneda extranjero. Pero la ciencia,
que no está ligada a las fronteras de su país, no ha podido eludir esta
cuestión. Consideró, pues, que la fuente de todas las emisiones de papel moneda
está en el desconcierto de la hacienda pública; que, por consiguiente, el papel
moneda lleva implícito un elemento patológico, que no puede ser aprovechado
para la definición conceptual del verdadero dinero, y declaró que el papel
moneda no convertible, es un dinero impropio, degenerado (1).
Pero la historia de
la política monetaria, en los últimos decenios, ha producido manifestaciones
ante las cuales hubieron de sentirse algo inseguros los menospreciadores del
papel moneda no convertible. El más interesante de estos fenómenos se produjo
en Austria. En el año 1878, el gobierno austriaco suspendió la acuñación libre
de plata, lo cual tuvo por efecto que las guldas papel, cuyo valor estaba en
baja en el extranjero, se mantuvieran en adelante firmes. Si Austria se hubiera
decidido por la aceptación del patrón oro, se hubiera visto en ello el motivo
del mantenimiento del valor de la gulda. Pero Austria no hizo nada de esto.
Conservó su moneda de papel, y la gulda papel mantuvo en Alemania un valor de
alrededor de 1,65 marcos, mientras al mismo tiempo el valor de las guldas de
plata que continuaban en circulación, descendió hasta ponerse por debajo de un
marco. De modo que, por decirlo así, el papel valía más que la plata. Catorce
años después, Austria, siguiendo la corriente de los tiempos, creó la corona,
basada en el oro. Pero en el día de hoy no ha introducido aún la conversión en
dinero metálico. Aún hoy, los billetes del banco del Estado austriaco son papel
moneda no convertible; es decir, con curso forzoso legal. Sin duda, existen
también monedas de oro en circulación; pero el poseedor de un crédito no puede
exigir el pago en oro, y, lo que es más extraño, la circulación mira estas
monedas de oro con evidente repugnancia, hasta el punto de que en su mayor
parte se han retirado a los sótanos del banco del Estado. Por consiguiente, en
Austria la circulación no le da ninguna importancia al valor específico del
dinero (2).
El que reflexione
sobre la esencia del dinero, no puede pasar por alto este fenómeno, pues
Austria es un Estado que se encuentra a un alto nivel de cultura, y tiene una
hacienda en buen orden. Si los hechos demuestran, pues, que el dinero sin valor
específico presta los mismos servicios que nuestra moneda oro, habremos de
preguntarnos, si no existe un error en nuestra idea tradicional del dinero.
Teoría
estatal de Knapp. - Hace apenas dos años (es decir,
en el año de 1905) se publicó un libro titulado La teoria estatal del
dinero, de Jorge Federico Knapp, profesor de Ciencias políticas en la
Universidad de Estrasburgo. El libro hizo mucho ruido en el mundo de los
especialistas, y encontró muchos contradictores. Por cierto que si algo resulta
apropiado para demostrar la escasa consistencia científica de la doctrina hasta
entonces dominante, y su incapacidad para explicar diversas manifestaciones de la
vida real, son, sin duda, las recensiones de la obra, hechas con criterio de
oposición, especialmente en la primera época que siguió a su aparición. Desde
entonces se han acallado las críticas, sobre todo desde que Lexis, nuestra
máxima autoridad en las investigaciones sobre el dinero y la política
monetaria, ha reconocido y declarado los méritos del libro (3).
Para decirlo desde
luego, hay que tener en cuenta que Knapp es un teórico y no un hombre dedicado
a la política monetaria. Quiere contribuir al mejor conocimiento, y no señalar
nuevos caminos a la política monetaria. No ataca al patrón oro; antes por el contrario,
se cuenta entre sus partidarios.
Knapp enseña lo
siguiente: La teoría «metalista» hasta hoy dominante, que define la unidad de
valor (marco, franco, gulda, rublo) como una cantidad determinada de metal, no
puede explicar todos los sistemas monetarios, y, por tanto, no es bastante
general, y, por consiguiente, es falsa. La prueba de ello está en la gulda
austriaca:, que hasta 1892 estaba desprovista de toda base metálica. La unidad
de valor es una creación de orden jurídico, y se define simplemente por su
referencia a la unidad anterior (por ejemplo: el marco es la tercera parte del
taler; la corona, la mitad de la gulda). Por consiguiente, la unidad de valor
no se define metalística, sino «nominalmente», y esto, lo mismo en
los países de patrón oro que en los de papel moneda. Para el concepto del
dinero es indiferente que se emplee o no el metal en la elaboración del
instrumento de pago (4).
La gran importancia
de la nueva teoría está en el aserto de que también en los países de patrón
oro, la unidad de valor es «nominal». Esto es lo que se nos hace difícil
comprender. Fácilmente nos convencemos de que es nominal la unidad de valor en
los países de papel moneda, la gulda austriaca anterior a 1892, o el rublo ruso
antes de la reforma de Witte. ¿y cómo no habíamos de convencernos de ello, si
no nos queda otro recurso? Pero nos resistimos a creer que el marco alemán y la
libra esterlina inglesa sean, en su existencia conceptual, independientes del
oro con que están elaborados. Y es que en nuestras ideas tradicionales, oro y
dinero van emparejados. No obstante, la teoría de Knapp es palmariamente
cierta. Basta con preguntarse si, por ejemplo, en Inglaterra, con el acta de
Peel, que suspendía temporalmente la cobertura en oro de los billetes de banco,
quedó suprimida también la unidad libra esterlina. Basta con que, por otra
parte, nos preguntemos si el marco alemán dejaría de existir como unidad de valor
cuando, en caso de necesidad, los billetes del Banco Imperial fuesen declarados
instrumentos legales de pago y se eximiese al banco imperial de la obligación
de cambiarlos por metálico. No cabe duda de que hay que responder negativamente
a estas preguntas. Se seguiría pagando y contando por libras esterlinas y
marcos, aunque desapareciesen las monedas de oro y fuesen sustituídas por
billetes (5).
Pero entonces no hay que obstinarse en negar que el concepto del dinero es
independiente de la materia en que aparece, y que la diferencia de materias
sirve tan sólo de base para las subespecies bajo el concepto más general. La
cuestión acerca de la materia con que está compuesto el dinero no pertenece al
concepto del dinero, sino al capítulo de los signos monetarios.
Pero la consecuencia
necesaria de esta noción es que no debemos buscar en el metal el fundamento
para la valoración del dinero. Y, en efecto, en los países bien ordenados
financieramente a base de papel moneda, como lo era, sin duda alguna, Austria
hacia el año 80 del siglo pasado, encontramos la misma confianza en el valor
del dinero, aunque faltaban las monedas de oro y la cobertura metálica. Quien
quisiera suponer que la estabilidad de la gulda austriaca en la circulación
interior sólo vivía de la esperanza de que tarde o temprano se introdujera el
patrón oro, sería víctima de una ilusión que asombraría a un austriaco. Pues
nadie en Austria, aun hoy, atribuye la menor importancia a que los billetes
sean o no convertibles en metálico. Así se explica que entre los austriacos no
haya encontrado ninguna resistencia la teoría de Knapp. Sabían de antiguo que
la esencia del dinero no está en la materia de que se compone.
¿Qué es, pues, lo que
presta al dinero su valor, si no es la materia de que se compone? Knapp
responde: la «proclamación» del Estado. El dinero es el instrumento de pago,
sancionado por el Estado. Todo el mundo tiene que pasar porque sus créditos
sean pagados en las monedas o cédulas que el Estado ha proclamado como dinero
válido. De esto no puede dudarse. Pero hay que advertir que con esto Knapp no
resuelve sino la cuestión del valor nominal y validez jurídica del dinero; pero
no explica la razón de su valor en el sentido de su potencia adquisitiva.
Si, teniendo en
cuenta los resultados adquiridos hasta ahora, volvemos al punto de partida de
nuestra consideración, nos encontramos con que la supuesta verdad trivial de
que el dinero, como medio de trueque y medida de valor, ha de tener a su vez un
valor específico, es sencillamente un error. El instrumento de pago proclamado
por el Estado no necesita tener ningún valor material; lleva en si mismo su
valor, por virtud de la autoridad del Estado. Pero ¿cómo -preguntan profanos y
especialistas- puede servir de medida de valor el dinero sin poseer un valor
específico? Con la autoridad del Estado no se pueden medir valores. Por
consiguiente, aunque renunciemos al «instrumento de trueque con valor
específico», no por eso podréis convertirnos en partidarios de la medida de
valor sin valor.
Los que así hablan
parecen creer seriamente que en cada compra se establece una comparación entre
el valor de la mercancía y el del oro que por ella se pide, entre las
comodidades que puede proporcionar la posesión de la mercancía y el goce que
supone la de la correspondiente cantidad de oro. Naturalmente, ésta es una idea
errónea. Nadie, al comprar algo, compara el valor de la cosa con el valor del
oro. ¿Quién sabe en el pueblo lo que vale el oro? Del valor del dinero todo el
mundo tiene una idea; del de oro, sólo los pocos que saben que el Banco del
Imperio paga por una libra 1.392 marcos y amoneda 1.395. Pero aun estos pocos
no poseen una representación primaria del valor del oro, sino una
representación secundaria; es decir, miden el valor del oro por el dinero, y no
al contrario. Es esto tan claro, que apenas hace falta decirlo. Todo el mundo
puede experimentarlo por sí mismo, examinando su proceso mental, cuando quiere
comprar una cosa o simplemente darse idea de su valor. No ha nacido todavía el
hombre que ante un hotel que cuesta 70.000 marcos, piense en una barra de oro
de unas cincuenta libras de peso.
¿Pero qué es entonces
el valor del dinero si no es idéntico al valor del oro? El valor del dinero es
una representación que se forma tanto en el individuo como en la comunidad y
que procede de una suma de experiencias. Pero el objeto sobre que versan estas
experiencias no es el oro, sino los precios. Como resultante de todos los
precios conocidos, se forma en cada cual la idea del valor del dinero. El que
calcula el valor de una cosa no la mide con oro; lo que hace es establecer una
comparación entre los precios (6).
§ 3.
El cambio
internacional. - Podrá parecer
lamentable a los amigos del oro, pero no cabe negar que, en la circulación
interior, el dinero-oro no presta más servicio que el papel moneda no
convertible. El ejemplo de Austria lo ha mostrado prácticamente y la teoría
sabe hoy explicar el fenómeno. Pero ¿qué ocurre con la circulación exterior?
Indudablemente, el
país tiene interés en que el valor de su dinero conserve estabilidad
internacional; en que, comparado con las divisas extranjeras, el dinero
nacional no baje de valor. La estimación de una divisa extranjera se expresa en
el curso de los efectos que circulan sobre el país extraño, y el curso es el
resultado de la oferta y la demanda, cuyo volumen está determinado en cada caso
por la balanza comercial o, mejor dicho, de pagos. En esta esfera es en donde
triunfa el patrón oro. Si los dos países, Alemania e Inglaterra, por ejemplo,
tienen patrón oro, el cambio no podrá subir ni bajar - o lo hará de un modo
insignificante - de cierto límite (el punto del oro); porque resulta más barato
enviar oro, que pagar los créditos por encima del punto del oro. De esta
manera, la posibilidad del pago en oro impide que la divisa nacional pierda
valor en el mercado internacional. No obstante, éste no es un remedio absoluto.
Si un país continúa aumentando su deuda respecto de otro, poco a poco irán
agotándose las existencias de oro, tanto en los bancos como en la circulación,
y, finalmente, la cotización de la divisa extranjera subirá por encima del
punto del oro. Pero antes de llegar a ésto, el banco central habrá apretado «el
tornillo del descuento»; es decir, habrá elevado el interés del dinero para
moderar el espíritu de empresa en la nación y mover, por el espejuelo del mayor
interés, a los capitales extranjeros a permanecer en el país. Así se protegen
las existencias de oro y así se procura la vuelta de las circunstancias
normales. Sólo en épocas de catástrofes económicas y políticas puede fracasar
alguna vez el remedio.
El provecho que el
patrón oro procura en el comercio internacional es tan considerable y evidente,
que Austria y Rusia han tenido el sabio pensamiento de aprovechar
tales ventajas, sin modificar, sin embargo, su sistema monetario. Ambos Estados
han conseguido su objeto, y ello por diversos caminos. El banco del Estado
austro-húngaro regula la divisa Londres en Viena, vendiendo y comprando a un
cambio determinado efectos sobre Londres. Rusia encarga la regulación de sus
cambios a la casa de banca Mendelssohn, de Berlín, por medio de la negociación
de sus billetes. Así se combina el papel moneda nacional con la estabilidad del
cambio exterior.
¿Cómo se presenta
ahora la relación internacional entre el dinero y el oro? El dinero es la
unidad nominal de valor, determinada por el Estado, y, en su concepto, no
necesitada de incorporarse a ninguna materia. El oro es una mercancía
transformable en signos monetarios, según disposiciones legales, y,
por tanto, firme en su precio. El Estado, que tiene el patrón oro, es un
negociante de supremo poder, que compra y vende el oro a precio fijo, y lo
exceptúa así de las alteraciones de valor que sufren las demás mercancías por
virtud de la oferta y la demanda. El oro es, pues, una mercancía
que, por su existencia abundante y su valor fijo, se presta como ninguna otra
para saldar las deudas de país a país, y forma, por tanto, el lazo de unión
entre los sistemas monetarios que, por su naturaleza estatal, están ligados a
las fronteras nacionales. Pero es preciso no olvidar que la posibilidad de
emplear el oro como instrumento internacional de pago no depende de que este
metal sea susceptible de acuñación, sino que produciría el mismo efecto conque
funcionara en cada país un establecimiento que aceptase y entregase oro con
arreglo a precios fijos, cambiándolo por papel moneda nacional (7).
Emancipación de los
pagos con respecto
al oro. El dinero giral. - ¿Puede atribuirse también valor práctico a
la nueva concepción teórica? Ciertamente, del conocimiento teórico a la
política práctica hay una gran distancia. El teórico puede moverse libremente
en las esferas del pensamiento puro, sin obedecer más que al
imperativo de la verdad. El político tiene que determinarse en
vista de los hechos; ha de sacrificar lo absolutamente bueno a lo asequible; ha
de tener en cuenta costumbres y prejuicios, si no cree poder vencerlos. Sin
embargo, una verdad hallada por la ciencia tiene valor para el práctico, en
cuanto enriquece sus motivos; y la justificación teórica de una situación en
que se encuentra satisfecha la población de una gran comunidad
pública, no es en modo alguno indiferente para la consideración política. Ya no
le es lícito a nadie considerar imperfecto el sistema monetario austriaco
porque carezca del pago en metálico. Pero también desde las alturas de la nueva
teoría cae una luz favorable sobre la política monetaria alemana y sus
esfuerzos por restringir el empleo del oro.
Desde que en
todos los países civilizados ha quedado decidida la victoria del oro sobre la
plata, nos encontramos en el curso de una nueva evolución: en la circulación,
los pagos van emancipándose del oro (8).
También en este punto es Inglaterra la nación que más ha progresado. Según los
cálculos del director americano de la Moneda, la circulación total de oro en
Inglaterra, en el año 1905, ascendió a unos 1.500 millones de marcos, a los que
hay que añadir unos 800 millones guardados en el Banco de Inglaterra. En
Alemania la reserva reunida en los bancos y cajas públicas era algo menor que
en Inglaterra, y en cambio circulaban entre nosotros más de 3.000 millones en
oro, es decir, el doble que en Inglaterra. Es esta una riqueza muerta, que
demuestra nuestro atraso en este punto; el banco del Imperio persigue
constantemente el fin de libertarla para que actúe eficazmente.
Sabemos cuál es el
instrumento de pago que representa preferentemente en Inglaterra el papel que
entre nosotros la moneda de oro: es el haber en cuenta corriente. Cumple éste
las funciones del dinero en tal grado que, en el sentido económico (no en el jurídico),
puede considerarse como dinero. De hecho, el haber en cuenta corriente, en un
banco de emisión, es tan semejante jurídica y económicamente al billete de
Banco, que se confunde con él. Teniendo esto en cuenta, podremos designarlo con
el calificativo de “dinero giral” (9).
Pero hay una cosa en
la que raras veces se para la atención, a pesar de que es, indudablemente, de
la mayor importancia para la economía monetaria de un país, y es que estos
créditos carecen casi de cobertura metálica. Y entonces surge la pregunta
siguiente: ¿en qué consiste la ventaja del sistema inglés de cheques, respecto
del pago con papel moneda no convertible, tal como está establecido en Austria?
¿En la posibilidad de cambiarlo en oro? Pero esta posibilidad es sólo
apariencia y únicamente subsiste mientras casi nadie hace uso de dicha
facultad. En todo caso, para la totalidad no existe. Compárese la suma de los
depósitos ingleses (15.000 millones) con el oro existente en los bancos,
deduciendo el destinado a cubrir los billetes (unos 300 millones). No creemos
que se pueda basar nada sobre una cobertura en oro de un 2 por 100.
Es el mismo fenómeno
que en Austria. Del mismo modo que Austria se maneja con papel moneda
inconvertible, Inglaterra lo hace con dinero giral no cubierto, y ello sin
poner en peligro la confianza pública. Ciertamente en algunos momentos ha
vacilado esta confianza y los depositantes han pedido tumultuosamente su
dinero. Pero también este caso lo han previsto los ingleses con su sentido
práctico. En Inglaterra, los billetes del Banco de Inglaterra son instrumentos
de pago legales; no se les puede rechazar y pedir oro en cambio, como ocurre en
Alemania con los billetes del Banco del Imperio (10).
Por otra parte, como es natural, el Banco de Inglaterra está obligado a pagar
en oro sus billetes y lo que sucede es que en épocas de
crisis los bancos y banqueros, apurados, pagan exclusivamente con billetes.
Entonces el Banco de Inglaterra es liberado, por una resolución del Parlamento
de la reserva metálica, y cuando ha pasado la tormenta y se ha restablecido la
confianza, el banco vuelve a restablecer a su vez su reserva metálica.
Cuántas calamidades
hubieran podido evitarse si los americanos hubiesen imitado esta manera de
proceder durante las crisis. Como no poseen un banco central, es el
Secretariado del Tesoro a quien en su lugar corresponde poner en circulación
dinero, mediante una emisión a corto plazo de billetes del Estado con curso
forzoso.
Alemania no
puede pasar de repente a régimen de cheques y giros según el modelo inglés (o,
mejor dicho, hamburgués). Puede aprender de Inglaterra que no es
preciso que el tráfico esté saturado de oro, como ocurre entre
nosotros, para mantenerse sólido; pues no lo exigen ni la esencia del dinero ni
las necesidades prácticas.
Por de pronto no
necesitamos ser más ingleses que el país clásico del patrón oro,
Inglaterra, privando a los billetes del Banco del Imperio de curso legal. Para
mantener el patrón oro basta, tanto entre nosotros como del otro lado del
canal, que el banco central esté obligado al cambio de los billetes
en oro. Los billetes pequeños se impondrían mucho más rápidamente en el
comercio si no pudieran ser rechazados en el tráfico privado. Es el miedo a que sean
rechazados los billetes lo que induce a los cajeros a preferir el
oro, tanto para los cobros como para los pagos. Cierto que fuera de
desear que los billetes pequeños tuviesen un formato reducido y
cupiesen con un solo doblez en el portamonedas, y, sobre todo. . . ¡que estuviesen
limpios! El Banco de Inglaterra no da por segunda vez un billete que toma.
Los billetes alemanes son a veces tan sucios y malolientes como los papeles y
documentos de un vagabundo.
Pero mientras la
circulación «saturada de oro» (como se dice inexactamente) no haya entregado
una parte esencial de su oro al Banco del Imperio, cabe pensar si los preceptos
referentes a la cobertura metálica no podrían ser aliviados, al menos para
conseguir que los billetes llenen la función que en
Inglaterra desempeñan las cuentas corrientes o cheques no cubiertos. Me refiero
especialmente al movimiento de capitales, a los pagos de intereses y alquileres
al vencimiento de los trimestres, en cuya época se sacan del Banco Imperial,
poco antes del término, grandes sumas que, a poco, vuelven a las
cajas del banco. Estaría perfectamente justificada una disposición legal en
virtud de la cual los preceptos referentes a la cobertura fuesen en esos días
menos severos (11).
Y todavía queda un
punto que merece ser considerado aquí. Una vez que se
ha visto que el patrón oro es ventajoso, de preferencia, por no
decir exclusivamente, en el tráfico con el extranjero, y que el
dinero existente en el Banco del Imperio no puede encontrar mejor aplicación
que servir para regular la divisa Londres, en caso de exceder sobre
el punto del oro, impónese el pensamiento de cuán adecuado sería transformar
una parte de la reserva de oro en una existencia de efectos sobre Londres, con
lo cual el mercado de cambios dispondría de un material conveniente para evitar
el peligro de que fuese traspasado el punto oro. De este modo el
resultado deseado se conseguiría con más seguridad y mayor rapidez que lanzando
oro al mercado, y además se tendría la ventaja del interés producido por los
efectos. Naturalmente habría que procurar entonces que estos
efectos oro fuesen declarados legalmente tan aptos para la cobertura como el
oro metálico.
Consideración
jurídica y económica
del oro. - Pero la significación de la obra de Knapp no está
propiamente en su aplicación inmediata al campo de la política monetaria
práctica. Pues para fundamentar las proposiciones que acaban de
formularse, no se requieren conocimientos previos teóricos especiales; basta
con observar atentamente la política monetaria de los países vecinos y tener
capacidad para deducir la aplicación provechosa de los fenómenos dados. El
mérito verdadero de Knapp está en el campo de la ciencia pura. A pesar de la
abundancia de los trabajos teóricos a ella consagrados, la doctrina del dinero
ofrecía en conjunto un cuadro muy confuso, poco apropiado para suministrarnos
un conocimiento profundo de lo que cada cual sabía ya del dinero,
merced a las enseñanzas de la vida. Leyendo a Knapp sentimos que se afianzan
nuestros pies. La construcción mental que nos presenta nos hace el efecto de
una arquitectura clara, cuyos componentes responden a circunstancias evidentemente
bien observadas. Gracias a él sabemos en qué consiste la esencia del dinero y
vemos cómo las diversas manifestaciones del dinero se subsumen sin esfuerzo
bajo el concepto directivo.
Esto no
obstante, el libro representa más bien el comienzo que el remate de una
evolución científica. Knapp no ha resuelto el problema del dinero y la política
monetaria, sino que le ha dado una nueva formulación. Se limita al análisis y
construcción de lo existente, y ni critica el patrón oro, ni investiga los
principios que rigen o deben regir para la creación del dinero. Más aún: hasta
el valor del dinero, tal como se lo representa el cerebro humano, y la cualidad
del dinero como medida de valor, quedan fuera del campo de sus investigaciones.
Por eso Lexis, a pesar de su aprobación, no ha podido reprimir una leve censura
por haberse limitado Knapp a examinar el aspecto «formal» del dinero. Pero lo
que aquí Lexis llama «formal», no es, en verdad, lo que se opone a material,
sino que se refiere a la consideración jurídica frente a la económica.
La obra de Knapp
tiene un carácter eminentemente jurídico, lo que ya en el título se manifiesta.
Y se comprende que el manjar jurídico no pueda saciar los estómagos económicos.
Los economistas no tienen más remedio que aceptar la idea de Knapp, de que el
metalismo no basta para explicar la naturaleza del dinero; pero tampoco les
satisface por completo la nueva teoría, que les escamotea los «valores», sin
los que no pueden vivir. Donde antes se hablaba de metal y de crédito, domina
ahora el imperativo del Estado, es decir, una cosa económicamente impalpable.
Se comprende, pues, la sensación de insuficiencia que la teoría de Knapp ha
despertado. ¿Cómo puede remediarse?
N o cabe negar que la
teoría de Knapp necesita un complemento. La consideración jurídica del dinero
no excluye en modo alguno una consideración económica del mismo, sino que más
bien la exige. Pero se equivoca quien alimente la esperanza de insinuar de contrabando,
por este camino, las falsas ideas superadas por Knapp sobre el valor específico
del dinero, valor necesario desde el punto de vista del concepto. Estas ideas
están desechadas y seguirán estándolo. La consideración económica habría, pues,
de enfrontarse con la relación entre el dinero y los valores (bienes), e
investigar aquellas cuestiones que Knapp, justificadamente, desde su punto de
vista, deja a un lado.
Consideración
jurídica y consideración económica. Esta contraposición merece ser explicada.
Es sabido que hay muchas cosas en la vida del tráfico que presentan
diverso aspecto según se las considere desde el punto de vista económico o
desde el jurídico. Así, por ejemplo, un crédito indudable jurídicamente, es
aquel queindudablemente me sería reconocido ante los tribunales. Pero el que sea
también indudable, desde el punto de vista económico, depende de la solvencia
del deudor. Está, pues, justificado, cuando se trata de estas cuestiones,
preguntarse si se habla de una verdad jurídica o económica. Otro ejemplo; de
una letra readquirida por el quela ha extendido, acaso para utilizarla más
tarde, dice el jurista que la obligación duerme, pero que no
obstante subsiste; en cambio, para el economista la obligación no existe, y es
indiferente para él que el documento se conserve o se haya
destruido; así, por ejemplo, no figurará en un balance que quiera
reflejar la verdad económica. Otro ejemplo: un crédito hipotecario, lo que corrientemente
se llama una hipoteca, es jurídicamente un derecho de crédito asegurado por un
derecho de prenda sobre un inmueble. Económicamente es una
participación en el inmueble y sus productos. ¿Dónde está en todos
estos casos, el punto esencial en que se basa la diversa consideración? No cabe
la menor duda. El jurista se preocupa de la ley, de los derechos y los deberes;
el economista, de los valores.
Lo propio acontece
con el dinero. Para los juristas, el dinero es un instrumento de pago
sancionado por el Estado, un instrumento para cancelar obligaciones jurídicas.
Al economista no le interesan las obligaciones jurídicas, y, por tanto, tampoco
los medios que sirvan para cancelarlas. Lo que le
importa es la función del dinero en el encadenamiento de la vida económica. No
pregunta tampoco por los imperativos del Estado, ni por su sanción. Lo que económicamente
funciona como dinero, lo queen la circulación se acepta como dinero, eso es
para él dinero. Por tanto, lo serán también las compensaciones en cuenta
corriente, que, según la teoría estatal, no son dinero, sin duda,
pero que económicamente constituyen dinero, dinero giral. El dinero
estatal y el giral, vistos en una perspectiva económica, no son sino
manifestaciones diversas del dinero «económico».
Para el habituado a
la Bolsa, nada nuevo se dice con esto. La mercancía del mercado monetario, que
se negocia diariamente al término que sea, manifiéstase principalmente en
efectos girables.
Hasta en la época más
moderna parece que la línea directiva, en la consideración científica del
dinero, no ha sido la distinción consciente entre el punto de vista jurídico y
el económico. Por el contrario, no faltan en la literatura económica disquisiciones
en donde ciertas ideas económicamente exactas son «refutadas» con argumentos
jurídicos. Así, por ejemplo, la opinión, económicamente acertada, de que en el
dinero hay un crédito de su propietario sobre ciertos bienes, es contradicha
por un escritor de mentalidad jurídica, con explicaciones sobre la fuerza
canceladora del pago y sobre la naturaleza jurídica del crédito; lo que viene
a ser una confusión como la de la Torre de Babel.
Desde que Knapp
ha elaborado aguda y claramente la estructura jurídica del dinero, cabe esperar
que, en lo sucesivo, nos veremos libres de confusiones conceptuales del género
mencionado. La línea divisoria entre lo jurídico y lo económico está netamente
trazada; el campo está deslindado y puede ya construirse una teoría económica
del dinero, junto a la que establece jurídicamente sus bases en el
Estado.
II
LA NATURALEZA
ECONÓMICA DEL DINERO Y LA CREACIÓN DE DINERO
Problemas de una
teoría económica del dinero; doctrina de la creación de dinero. - Sólo la consideración económica del dinero
descubrirá la esencia íntima de éste. El conocimiento de su evolución
histórica, arrancando de su condición de instrumento de cambio valioso, no nos
da aún noticia alguna de sus funciones en la vida económica. Tampoco el
descubrimiento de Knapp, que nos muestra su figura dogmática como
una unidad económica decretada por el Estado, resuelve el aspecto económico del
problema del dinero. Se trata de investigar qué papel desempeña el
dinero en la vida económica, para determinar después los fines a que sirve, y
para darse cuenta de los defectos de que adolecen los sistemas monetarios
dominantes.
Pero ¿quién no se da
cuenta del enorme progreso que representa .la obra de Knapp, incluso para el
conocimiento económico del dinero? Mientras la ciencia acataba el axioma de que
el dinero había de poseer un valor específico, tenía que parecerle el patrón
oro el punto culminante de la evolución. Su crítica era, a lo sumo, posible
desde el punto de vista de los partidarios de la plata o de los bimetalistas.
Sólo desde el momento en que Knapp ha equiparado lógicamente al papel moneda,
hasta entonces tan desdeñado, al dinero metálico, pisamos terreno firme para
asentar sobre él una crítica monetaria fecunda. E inmediatamente surge la duda
de si será en realidad más exacto, teóricamente, vincular el nacimiento de
dinero nuevo a las contingencias de la producción metálica, o dejarlo a cargo
de un establecimiento del Estado, que actúe movido por principios claros.
Conviene repetir aquí
lo que ya se ha indicado arriba: que el nuevo conocimiento teórico no puede ni
debe traducirse sin más ni más en política práctica. Lo más insensato que
pudiera hacerse, sería destruir por razones teóricas el patrón oro y considerar
como quantité négligeable la profunda confianza del pueblo en
el oro, en el cual ve el alemán el polo fijo en el fluir de los fenómenos de
valor. Cada época tiene sus prejuicios y errores; el hombre de Estado no debe
compartirlos, pero tiene que contar con ellos, si no quiere desencadenar graves
daños. Y habrán de transcurrir varias generaciones antes de que las ideas
groseramente intuitivas que el pueblo se forma, de la naturaleza del dinero
cedan el puesto a otras más exactas y espirituales. Pero esto no quita para que
la ciencia se, esfuerce en sacar las últimas consecuencias y en preparar el
triunfo gradual del conocimiento verdadero.
Por consiguiente, el
problema de la teoría económica del dinero consistiría en determinar cuál sea
la esencia del dinero, según su función económica, y en desarrollar, partiendo
de ella, los principios de la creación del dinero. Pero no de la creación del
dinero tal como hoy se hace, sino tal como debiera hacerse para producir dinero
clásico. Es dinero clásico el dinero que no está sujeto a alternativas de
valor, y que, por tanto, no influye en los precios; de manera que, al
producirse alteraciones de precio, haya que buscar el motivo por el lado de las
mercancías y no por el lado del dinero.
Estamos, pues,
buscando el dinero clásico, de valor absolutamente inalterable (12).
La historia enseña que el papel moneda ha experimentado las más enormes
desvaloraciones. Esto, no obstante, en Austria, en el año 1878, se ha visto que
era superior a la plata en permanencia de valor. Por consiguiente, el
fundamento deaquellas desvaloraciones no estaba en el material, sino en el
exceso de producción de papel moneda. Pero también el exceso de acuñación
lleva a la desvalorización del dinero metálico. La plata lo ha demostrado en
nuestros días; en épocas anteriores, la revolución de precios en el
siglo XVI, se refiere a las grandes cantidades de metal que
vinieron de América. El concepto de inflación -esto es
preciso notarlo- se aplica lo mismo a la inundación del mercado con signos
metálicos, que a la exagerada actividad de las prensas productoras
de billetes.
La función económica del dinero. - La elaboración
completa de una teoría económica del dinero, no sólo rebasaría con
mucho los límites de este trabajo, sino también las fuerzas del
autor. Pero no parecerá demasiada osadía desarrollar algunos razonamientos que
acaso sirvan de material de construcción a la obra
futura de quien esté llamado a ella.
Si queremos descubrir
la acción del dinero, hemos de hallar los principios sobre que se
asienta, en los tiempos presentes, la vida económica, que lleva el nombre
de«Economía monetaria» (13).
Si se pregunta cuál
es la característica de nuestra vida económica, suele responderse
usualmente con las palabras «división del trabajo» y «cambio de productos».
Pero ninguna de las dos expresiones abarca exactamente el aspecto
económico de la cuestión, que es, sin embargo, lo que importa. La
división del trabajo es más bien un concepto técnico que económico, y el cambio
de productos no caracteriza el trabajo económico, sino el acto de entregar sus
productos. Estas dos expresiones son designaciones imperfectas del único hecho
importante económicamente: que el trabajo está destinado a servir a personas
distintas del trabajador mismo, con lo que el cambio de productos se comprende
por sí mismo. La característica de nuestra producción es el estar dirigida a las
necesidades de «otros», sean los que sean. El individuo trabaja para la
comunidad. Todos para todos.
Y lo que aquí se dice
del trabajo puede aplicarse también al uso de capitales fijos. El capitalista
pone a la disposición de «otros» su inmueble, su barco, sus máquinas, sus
capitales, ya los posea solo, ya como copartícipe, accionista u obligacionista.
No rinde trabajo, sino uso de capital, lo que económicamente es equivalente en
el sistema de producción de la división del trabajo.
Frente a esta
producción, que, vista en sí misma, parece efecto de un desmesurado amor al
prójimo, se presenta el consumo, en el cual se conceden al egoísmo todos sus
derechos. Pues si la producción sólo tiene en cuenta el consumo ajeno, el
consumo no se preocupa más que de la propia necesidad. Mientras la producción
se pone al servicio de todos, el consumo reclama el servicio de «todos».
Pero ¿cómo se realiza
el enlace entre la producción y el consumo? ¿Es que interviene el Estado,
señalando a cada cual la parte que le corresponde en la producción dispuesta
para el consumo? En esto consiste el sueño de los socialistas, que quieren
acabar con nuestra organización económica individualista, con sus supuestas
durezas e injusticias. Pero nuestro Estado abandona el enlace entre la
producción y el consumo al acuerdo privado.
También en el Estado
socialista habría división del trabajo y trabajo de todos para todos. Y todo
cuanto se produjese estaría destinado al consumo. Por consiguiente, se daría
también en él un equilibrio entre la producción y el consumo.
Lo que faltaría sería
el equilibrio individualista. El Estado socialista no se preocupa de que el
individuo reciba una recompensa equivalente al valor de su rendimiento. Esta es
la diferencia decisiva.
Si entre nosotros el
enlace entre la producción y el consumo queda abandonado al acuerdo privado,
cada cual debe cuidar por sí mismo de que el valor de su rendimiento esté en
armonía con las ventajas que reclama de la comunidad, en forma de habitación, vestido,
alimento y demás valores de goce.
La nota
característica de nuestra constitución económica es que el individuo puede
reclamar a la comunidad la compensación por lo que ha producido. Por la
actividad que un hombre desarrolla en las oficinas de una sociedad por
acciones, reclama los productos del zapatero y el sastre, del panadero y el
carnicero, que no le están obligados y no tienen la menor idea de la naturaleza
o utilidad de su trabajo. Basta conque alguien encuentre útiles mis servicios y
los emplee, para mover a incontables personas a que me ofrezcan sus servicios,
dentro del valor del rendimiento que yo he prestado al otro.
Este maravilloso
mecanismo social, este trabajo de todos para todos, bajo el principio de
equilibrio individualista del rendimiento de cada cual, tiene dos supuestos: en
primer término, la aptitud general para calcular valores, aplicando unidades de
valor por todos acatadas; y, en segundo lugar, el empleo de signos que
representan estas unidades de valor, y son aceptados por todos como
certificación de servicios prestados y del valor de éstos. Estas dos exigencias
las cumple el dinero y las cumple incluso en la forma moderna del dinero giral.
Por consiguiente,
para conocer debidamente la esencia económica del dinero hay que darse cuenta
de las funciones auxiliares que ejercita. Nadie sirve por el dinero mismo, sino
por las ventajas que éste ofrece. La importancia que se le da al dinero en el lenguaje
corriente no debe oscurecer el carácter sirviente de su naturaleza.
El dinero es el
intermediario entre la producción y el consumo. Quien recibe dinero a cambio de
cierto servicio, queda satisfecho desde el punto de vista del derecho privado;
pero económicamente, con el dinero en la mano, está facultado para reclamar
otros servicios correspondientes en su favor.
Así, pues, el dinero,
que considerado jurídicamente es un instrumento de pago, económicamente es una
participación en la producción consumible, dispuesta para el mercado,
participación que ha sido adquirida gracias a servicios anteriores.
Ya de esto parece
deducirse una consecuencia importante para el dinero clásico. Sólo los
servicios prestados a otros (que los aceptan y los pagan de su caudal de
servicios prestados) autorizan para recibir dinero; es decir, para adquirir
derecho a las contra prestaciones correspondientes. La idea de adquirir
originariamente este derecho, sacándolo de las minas de oro o de un laboratorio
químico, equivale económicamente a la falsificación de moneda. Aparece como una
creación ilegítima de dinero, creación que lesiona los derechos del que
legítimamente posee dinero.
Considerada desde el
punto de vista del equilibrio entre el rendimiento prestado y el exigible, la
significación económica de la ganancia de dinero se ofrece a una luz
particular. Cuando alguien gana en su profesión, digamos 10.000 marcos, se
entiende que trabajan para él - en el país y en el extranjero - brazos no
pagados, los cuales le elaboran productos por valor de 10.000 marcos.
Esta armonía entre el
dinero que se gana y los productos que se elaboran, puede parecer a muchos que
está en contradicción con la vida real. Y de hecho, el que hoy gana dinero no
puede saber qué y cuánto le darán por él. Entre un momento y otro se interpone
la lucha de los precios, que parece ser incompatible con aquella armonía. Pero
desde un punto de vista económico más elevado, y como a vista de pájaro, la
lucha por los precios no es más que un procedimiento pacífico de valorización
con fuerza retroactiva.
Si en un momento dado
hiciésemos un corte diametral en la vida económica, hallaríamos que las
pretensiones representadas por el dinero están en equilibrio con los medios de
consumo dispuestos para el mercado. En equilibrio; pero no se entienda la
palabra en un sentido mecánico; sino como resultado de la lucha de los precios
y de la competencia.
El dinero en la
formación de capital. – Los resultados de
las anteriores explicaciones necesitan de un complemento, en varios sentidos,
para acomodarse a las diversas manifestaciones de la vida económica. ¿Es
exacto, en primer término, que el dinero, como libramiento sobre productos
equivalentes a ciertos rendimientos previos, sólo se reciba para adquirir en
cambio objetos de consumo? El dinero que, por ejemplo, se le da a un zapatero
por un par de zapatos, no sirve exclusivamente para el consumo del zapatero,
pues con una parte del dinero que recibe, éste paga al proveedor de cuero y el
trabajo de sus operarios. Esto es indudable. Pero la cantidad de dinero
recibida por el zapatero servirá para proporcionar objetos de consumo, si no a
él, a aquellos otros auxiliares suyos. El último vendedor es, al mismo tiempo,
el que guarda en su caja el dinero, en representación de los que están detrás
de él en la cadena de los rendimientos. Esto es tan claro que apenas requiere
mención.
En cambio, habrá que
determinar qué se entienda por bienes consumibles en los bienes que recibimos,
en la contraprestación por nuestro servicio previo. ¿Figurarán entre ellos tan
sólo el alimento y el vestido, o también los muebles y otros objetos de uso que
nos sirven durante muchos años?
Por otra parte, hemos
supuesto tácitamente que cada cual adquiere objetos consumibles, para su propia
satisfacción, como contrapartida de sus rendimientos; y por tanto, hemos dejado
fuera de nuestra consideración el ahorro y la capitalización. Tenemos, pues,
que examinar cómo pueden encajar estos fenómenos económicos en el cuadro que
hemos bosquejado.
Finalmente, ¿cómo
hemos de representarnos, desde el punto de vista de las consideraciones
anteriores, los signos monetarios, para que puedan cumplir su misión de
legitimar las pretensiones del que solicita la contraprestación? Porque ocurre
pensar que, satisfecha la contraprestación, los signos de legitimación deberían
perder su valor y desaparecer. Ahora bien; sabemos que en la economía
individual es éste, en efecto, el caso: al recibir la contraprestación nos
desprendemos de nuestro dinero. Pero en la economía general, es preciso que el
dinero quede en alguna parte.
Examinaremos y
contestaremos sucesivamente estas diversas cuestiones, y primeramente
trataremos de definir los bienes consumibles.
Para ello es preciso
que el concepto del consumo no se tome en un sentido estricto de economía
individual, sino en sentido de economía política. Lo que se separa de la
circulación de mercancías y pasa al uso privado, queda, desde el punto de vista
de la comunidad, consumido, aunque el particular disfrute largo tiempo de su
posesión. Por consiguiente, en el sentido que aquí les damos, deben
considerarse como bienes consumibles todas aquellas cosas que se adquieren para
el uso o tenencia particular, sin consideración a que en la economía privada
puedan tener carácter de capital. Y no puede decirse que sea violenta esta
definición del concepto. Seguramente ningún economista contará entre los
ahorros de la nación el valor de los objetos de uso doméstico y personal.
Si en el cuadro
económico antes trazado sólo aparecían como contraprestaciones los bienes
consumibles, ello tenía que ser así, pues todos los ciudadanos trabajan unos
para otros, sin que se llegue por eso al ahorro y a la capitalización. En el
trabajo que forma capital, por medio del ahorro, encontramos un segundo grado
de actividad económica, cuyo examen particular se recomienda en interés de la
claridad, aunque no se deduzcan de él resultados especiales para el
conocimiento de la naturaleza del dinero.
Cuando hablamos de
ahorro, no es preciso representarse el método anticuado de guardar el dinero en
cajas y sacos. El que acumula dinero produce la consecuencia de que los bienes
dispuestos para él aguarden en vano su despacho.
Dificultades de
mercado producidas por esta causa, no las conoce ya, afortunadamente, nuestra
época.
El ahorro a que nos
referimos es el ahorro económicamente útil, la capitalización subjetiva y
objetiva (14).
Haremos ver en un ejemplo esquemático sencillo, la doble faz de este fenómeno.
Un hombre acomodado lleva todos los meses a su banquero la parte de sus
ingresos que no gasta. Con el caudal acumulado, el banquero, al cabo de algún
tiempo, le procura una hipoteca sobre una casa recién construída. Aquel dinero
ahorrado contribuyó a la construcción de la casa. Analicemos el caso. El dinero
que el ahorrador lleva al banquero, representa productos consumibles, que la
comunidad ha puesto a su disposición como recompensa por sus prestaciones. En
vez de consumirlos, los ahorra. Pero ¿dejan por eso de consumirse? En modo
alguno. Por intermedio del banquero son consumidos por el contratista de obras,
los fabricantes de ladrillos, los obreros; en una palabra, por todas aquellas
personas que intervienen en la edificación; en cambio, el ahorrador recibe una
participación en la obra terminada. De esta manera, los medios de sustento se
han transformado, gracias a su ahorro, en capital circulante, y por su
aplicación, en capital fijo, constante. El dinero y las subsistencias se han
trocado en hipoteca y casa.
Fácilmente se ocurre
hacer una pregunta. Los productos que crea la comunidad para un hombre
acomodado, ¿son, pues, de distinta naturaleza, que los apropiados para la
satisfacción de las necesidades de un obrero? Esto es en sí exacto, sin duda
alguna. Pero la organización económica cuenta con el ahorro, por lo cual
produce para el ahorrador y pone a su disposición productos que, no él mismo,
pero sí los que perciban sus ahorros, pueden consumir.
Por consiguiente -y
éste es el resultado-, también el dinero del ahorrador representa bienes de
consumo, y asimismo, hemos de considerar los capitales circulantes como
facultad de disposición sobre bienes de consumo. Al propio tiempo queda
señalado con esto el puesto que en la vida económica ocupa el trabajo
capitalizador. Es éste de naturaleza secundaria; recibe su impulso de segunda
mano. El trabajo originario es el servicio mutuo, con fines de consumo. Los
panaderos, los zapateros, los sastres, los caseros, así como también los
maestros, los médicos y los sacerdotes, son independientes de la potencia
ahorrativa de la población. Ganan su sustento, aunque la población gaste todos
sus ingresos sin ahorrar nada. Pertenecen al primer grado de la actividad económica.
En el segundo grado están las profesiones a quienes el ahorro proporciona
ocupación: el albañil, el arquitecto, el constructor de máquinas, etc. Su
existencia está ligada a los ahorros de la nación. De este modo, el ahorrador
es quien sustenta las profesiones ocupadas en el trabajo capitalizador.
En la confusión de la
vida industrial, esta división lógica no se percibe, e incluso las apariencias
parecen decir lo contrario. Cuando, por ejemplo, con una cantidad considerable,
que hemos ingresado, compramos un crédito hipotecario, nuestro capital circulante
se transforma inmediatamente en capital fijo, sin pasar por el grado intermedio
de la formación de capital; mientras que, por otra parte, la venta de valores
puede transformar en circulante un capital fijo, entretanto que, como es
natural, no es posible volver a desmenuzar una casa y convertirla en los
objetos consumibles que han servido para el sustento de sus contructores.
La explicación de
esta contradicción está en que, lo que desde el punto de vista de la economía
privada parece s e r transformación de capital, desde el punto de vista de la
economía pública no lo es. Así como el capital fijo no puede convertirse otra
vez en circulante (por lo cual las creaciones de dinero, a base de capitales
fijos, son un contrasentido), tampoco el capital circulante puede transformarse
en un momento en capital fijo. Para la economía pública, en ambos casos, lo que
hay es simplemente un cambio de persona, que es indiferente; pero el capital
fijo sigue siendo fijo, y el circulante, circulante.
Se comprende
fácilmente que en los objetos de consumo, que representa el capital circulante
del ahorrador y que recoge el contratista, está contenido, no sólo el sustento
de los obreros de la construcción, sino también el de los proveedores. En la
mercancía que compra el contratista, recibe éste productos de trabajo
elaborados con los recursos del productor; es decir, empleando objetos de
consumo que el productor ha tenido a su disposición. El contratista comprador
paga con el dinero del ahorrador; es decir, con objetos de consumo, merced a
los cuales el productor puede- seguir produciendo. Rige aquí todo lo que queda
dicho respecto a los productos de las industrias auxiliares, a que hemos
aludido al comienzo de este apartado.
Los capitales de
explotación. - Si el dinero del
ahorro representa los objetos de consumo que se gastan en la construcción del
edificio, resulta de aquí que el dinero tiene que desaparecer de la circulación
con el mismo ritmo. Para la casa terminada, e incluso para los créditos hipotecarios
que representan económicamente participaciones en la casa, no puede haber,
pues, en la economía, ningún dinero correspondiente. Pero por experiencia
sabemos que generalmente el ahorrador no se presenta en escena a adquirir su
crédito hipotecario hasta después de terminada la casa. Por consiguiente, la
casa no ha podido ser edificada con sus ahorros. ¿Con qué dinero se ha
construído, pues? Llegamos con esto a la cuestión del capital de explotación.
El capital de explotación es el predecesor del capital circulante ahorrado.
Sirve para la edificación de la casa, prepara el sitio para el capital del
ahorro y se retira para nuevas obras, en el momento en que aparece el dinero
del ahorrador en forma de préstamo hipotecario.
Al menos así aparecen
las cosas, consideradas desde el punto de vista de la economía privada. El
capital de explotación es un complejo transeunte de valor, con vida individual.
Pero para la economía política es ésta una representación totalmente imposible.
Ya sabemos por qué
razón: el capital fijo no puede convertirse otra vez en circulante. El dinero
del ahorrador (los objetos de consumo que están a su disposición) no entra en
la casa terminada, sino que se convierte en nuevo capital de explotación con que
el contratista sustituye al antiguo ya consumido.
Pero no todo capital
circulante está destinado a convertirse en capital fijo. Los medios de
explotación de todas aquellas industrias, que tienen por objeto la elaboración
de productos de consumo, son un capital circulante que se transforma a su vez
en capital circulante de grado superior. El que quiere instalar una fábrica en
un local alquilado, necesita, además de su sustento, los medios para poder
pagar durante cierto tiempo el alquiler, las materias primas y los salarios; es
decir, que tienen que existir en la economía general, y con la amplitud
necesaria, objetos de consumo para el propietario del local, el productor de
las materias primas y los trabajadores, y el dueño de la fábrica ha de disponer
de dichos objetos (capital circulante). Lo mismo que ocurría con la edificación
de la casa, estos objetos de consumo son consumidos mientras se van elaborando
los nuevos productos. La comunidad toma estos productos como contra prestación;
pone a la disposición del fabricante, en forma de dinero, libramientos contra
nuevos bienes de consumo para él y sus auxiliares. Con esto el empresario
adquiere, desde el punto de vista de la economía pública, nuevo capital de
explotación; al paso que desde el punto de vista de la economía privada, suele
decirse que le ha dado una vuelta a su capital de explotación.
No nos veríamos
obligados a mencionar los capitales de explotación, si no se interpretase con
tanta frecuencia mal su naturaleza económica, deduciéndose luego consecuencias
equivocadas sobre la esencia del dinero. Para comprender la naturaleza de los
instrumentos de explotación hay que considerar el dinero como representante de
bienes.
La opinión, que se
atiene a la naturaleza sensible del dinero, no puede comprender el verdadero
sentido de los instrumentos de explotación. Viendo cómo el dinero se transforma
en mercancías y éstas a su vez en dinero, cree, según su experiencia, que la prosperidad
general es tanto mayor cuanto más aprisa «rueda» el dinero. Así se explican
tantos quebraderos de cabeza para apresurar la circulación del dinero y
fomentar la prosperidad general. Encontramos aquí, una vez más, la confusión
tan frecuente entre el síntoma y la causa. Lo que importa no es la rápida
circulación del dinero; la velocidad de esta circulación resulta, naturalmente,
de la producción y del consumo, exactamente igual que la circulación de las
fichas en los juegos de naipes o la teneduría de libros en los negocios. Sólo
allí donde todavía se practica el culto del atesoramiento, tienen razón de ser
las excitaciones para que se ponga en movimiento el dinero.
La actividad
económica no es un ciclo de valores, sino una alternativa de producción y
consumo. Ni los años retornan en giro circular, ni los trabajadores
inválidos resucitan en forma de muchachos, ni pueden revivir los valores
consumidos. Esto es evidentísimo; pero dadas las ideas confusas actuales, en
que se mezcla y confunde la imaginación con la realidad, no dejará de ser útil
recordarlo alguna vez.
El dinero clásico, la
letra y el billete de banco. - Estamos ante el
problema de determinar la naturaleza del dinero clásico y el modo de su creación.
Pero antes queremos resolver una duda. Prescindiendo de las funciones
indicadas, ¿no desempeñará, además, el dinero una función especial en los
traslados de capital?
Alguien quiere
comprar una casa, para lo cual convierte en dinero unos valores; a su vez el
vendedor de la casa compra valores con el importe de la venta. Para la economía
política no hay aquí más que un cambio de personas en sí indiferente. El
capital, circulante ha realizado una función secundaria: ha servido como
instrumento de cambio entre la casa y los valores, y, cumplida su misión, se
retira. Así y por fenómenos análogos, surge en los vencimientos trimestrales la
necesidad de dinero, que producirá a la economía tanto menos trastorno cuanto
más se emplee el cheque para los pagos. De aquí no puede deducirse nada que
ataña, a la esencia del dinero. No obstante, hay que reconocer que al privar,
aunque sea de modo pasajero, de cantidades considerables al mercado del dinero,
se producen trastornos en el crédito, cuyo remedio será tanto más fácil cuanto
más claramente nos demos cuenta del fenómeno. El capital circulante, que
representa objetos de consumo, y con esta cualidad se ofrece en préstamo, queda
súbitamente, en los vencimientos trimestrales, desviado de su fin propio
durante diez o quince días, y se sustrae al mercado para servir de instrumento
de pago en el movimiento del capital fijo. La consecuencia de esto es la falsa
apariencia de una falta de capital circulante, y la elevación consiguiente del
interés en el mercado monetario. No producirá ningún trastorno en la economía
general el crear dinero a plazo corto, con arreglo a la cuantía de lo que,
según la experiencia, aumenta la necesidad de numerario en los vencimientos
trimestrales, sin alterar el interés vigente.
Pero pasemos a la
cuestión que propiamente nos interesa. Según todo lo dicho, ¿qué requisitos han
de exigirse al dinero clásico y a su creación?
La creación de dinero
debe estar organizada de tal manera que todos puedan recibir dinero en pago de
sus prestaciones. Cuando se trata de prestación de servicios personales o de
prestaciones auxiliares a la industria, el que presta el servicio ha de entenderse
con el que lo utiliza. Por consiguiente, éste es el que tiene frente a la
comunidad el derecho a reclamar signos monetarios para aquél. Esto no obstante,
el derecho a signos monetarios que tiene frente a la comunidad el propietario
de una industria, depende de que sus productos o mercancías estén efectivamente
a. la disposición de la comunidad y sean aceptados por ésta. Así quedan
excluídos los propietarios de mercancías que no quieren venderlas (porque piden
precios más altos) o no pueden venderlas (porque no son utilizables). Una
creación de dinero sobre la base de cédulas de abono de almacén (como alguien
ha propuesto), no se compagina, pues, con el fin del dinero, porque queda
incumplido el requisito de la utilidad efectiva de los servicios o valores
ofrecidos. Por consiguiente, sólo las mercancías vendidas pueden servir de base
para la creación de dinero.
Pero en segundo
lugar, el dinero ha de ser de tal naturaleza que desaparezca al ser
consumidos los bienes para cuya creación ha servido. Representando bienes de
consumo, no puede sobrevivir a ellos. Si imaginamos la economía general en una
situación tal que no haya producción nueva, sino únicamente consumo de lo acumulado,
deberá desaparecer, con el último bocado, también la última moneda. Pero ¿cómo
sería posible en la economía política semejante desaparición automática del
dinero, que en la economía privada se ve con bastante frecuencia? Únicamente
porque el dinero se gasta en un plazo que corresponde, aproximadamente, a la
duración del camino que la mercancía recorre desde el productor al consumidor.
Existe un dinero de
este género, y no ciertamente en los campos de la fantasía, sino perfectamente
visible ante nuestros ojos. Es el billete de banco, fundado en las letras sobre
mercancías aceptadas.
Representémonos el
fenómeno del descuento de letras, en un ejemplo simplificado (esquematizado):
Un fabricante ha
transformado en mercancía su capital y ha agotado sus recursos. Para la
mercancía ha hallado un comprador; pero éste solicita crédito, porque necesita
tiempo para hallar a su vez compradores, y no percibe inmediatamente el dinero.
El comprador, en estas condiciones, acepta una letra a tres meses, letra que el
fabricante descuenta en el banco. De este modo, el fabricante obtiene de nuevo
dinero, puede comprar materias primas, pagar a sus obreros y producir nuevas
mercancías. A los tres meses, el comprador satisface su deuda al banco, con el
dinero que le ha producido la reventa de las mercancías. Al mismo tiempo se
hace cargo de una nueva partida de mercancías, y el juego se repite.
Hay que darse
cuenta clara de que el crédito que en este caso pide el fabricante al banco, es
muy otra cosa que la ayuda que se le otorga a alguien para salir de un apuro
corriente de dinero. Supuesta, como es natural, la confianza en las firmas, la
letra aceptada significa que el fabricante ha realizado y entregado un trabajo
útil a la comunidad. Esta prestación le da derecho a la contraprestación, y
ello inmediatamente, pues al mismo tiempo que él ha dado su trabajo, han sido
laborados por la incansable comunidad los objetos de consumo que han de
garantizarle el sustento a él y a sus obreros, durante la prosecución del
trabajo, y que están esperando el despacho. Si la comunidad niega la
contraprestación inmediata, el trabajo del fabricante tiene que detenerse, y la
comunidad ha de verse privada de sus productos; los obreros se quedan sin pan,
y las subsistencias para ellos dispuestas no se venden. Por consiguiente, el
descuento de la letra interesaba, no sólo al fabricante, sino también a la
comunidad.
Y no se objete que el
fabricante hubiera podido recurrir al capital privado. Aparte de que también
los particulares que descuentan tienen abierto el camino del banco oficial, hay
que reconocer que aquí se trata de un crédito para cuya satisfacción no se necesita
ningún género de capital.
Ahora bien; existe la
tendencia a considerar como axiomático el principio de que las necesidades de
crédito, sólo con capital pueden ser satisfechas. El que hace a otro un
préstamo de dinero, pone a su disposición el derecho que tiene a recibir
prestaciones de la comunidad, derecho que de momento no necesita hacer
efectivo. Es, pues, preciso que tenga a su disposición más contraprestaciones
que las que necesita para su sustento o, dicho de otro modo, tiene que haber
ahorrado; es decir, tiene que disponer de capital circulante. Lo mismo ocurre
en el caso de que se preste sobre contraprestaciones a plazo. De esta regla no
se exceptúa el Estado, cuando aparece concediendo créditos. El Estado no puede
conceder créditos sino utilizando los capitales que están a su disposición; es
decir, dinero que representa contraprestaciones existentes (objetos de consumo
dispuestos para la venta). Si procediese de otro modo y se creyera autorizado
para conceder créditos imprimiendo más y más billetes, sobrevendría una situación
que podría calificarse de falsificación de moneda por parte del Estado, y que
produciría necesariamente las consecuencias de la subida de precios y la
desvalorización del dinero.
En el caso de que
tratamos, la situación es muy otra. El propietario de una letra sobre
mercancías aceptadas, no pide al banco oficial ningún capital de ahorro (que
sólo podría concederse si se hubiera producido en alguna parte por el ahorro y
estuviera a la disposición del banco), sino que solicita signos monetarios,
basándose en que demuestra haber producido y tener a la disposición de la
comunidad ciertos valores en la cuantía correspondiente. Sólo pide, pues,
dinero; no capital.
Nos encontramos aquí
con un derecho de crédito del productor, derecho que, naturalmente, no ha
reconocido aún ninguna legislación. Pero de hecho se ejercita, y la dirección
del banco oficial compartirá, al menos, la convicción de que en épocas críticas
el mantenimiento del descuento de las letras es más importante que el
cumplimiento de los preceptos relativos a la cobertura metálica.
Seremos, sin duda
alguna., consecuentes si, prosiguiendo el razonamiento sobre esta base,
imponemos al Estado o a la central monetaria establecida por éste, el deber de
crear dinero. El Estado debe cuidar de que existan signos monetarios, que
puedan servir de legitimación de las contraprestaciones, en cuantía
correspondiente al de las prestaciones de que aquéllas dimanan. Debe, pues,
crear dinero nuevo cuando por el progreso de la vida económica aumente la
producción; y en cambio, cuando decrezca la producción, deberá retirar signos
monetarios. Y esta misión la cumple el Estado de hecho. Cuando
asciende la coyuntura y crece la población, aumenta la circulación de billetes
a consecuencia del gran número de descuentos de letras. En el caso contrario,
los nuevos descuentos son sobrepujados por el pago al banco
oficial, de las letras vencidas, y la circulación de billetes se limita. De
esta manera el Estado, representado por el banco oficial y sus reglamentos,
cumple su deber de crear o aniquilar dinero.
El deber del Estado
de crear dinero nuevo surge, pues, con la necesidad de crédito que sienten los productores.
Satisfaciéndola, cumple el Estado con su deber de crear dinero.
La creación de
dinero, si ha de estar de acuerdo con la esencia de éste, no debe vincularse a
ninguna formación de capital, como, por otra parte, no puede producirse para
fines de formación de capitales, o, mejor dicho, de fingimiento de capitales.
El concepto de dinero, en su pureza; nada tiene que ver con el capital (15).
Continuación: el
dinero giral. - Hemos hallado,
pues, en el billete de banco, cubierto por las letras sobre mercancías, el
modelo del dinero clásico, en el cual se manifiesta el equilibrio entre la
prestación y la contraprestación, entre la producción y el consumo, no influído
por los azares de una arbitraria creación de dinero; del dinero clásico, es
decir, de aquel que aparece y vuelve a desaparecer paralelamente al nacimiento
y muerte de los objetos de consumo, y que, sin estar afectado por el valor del material
que lo forma, realiza su función auxiliar, sin menoscabar por la influencia de
su propio valor la proporción de valor entre los objetos dados y recibidos.
Al hablar de la letra
sobre mercancías y de su importancia para la creación del dinero, hemos
acentuado en el párrafo anterior, un poco parcialmente, el interés del
productor. Apenas es necesario indicar que el comerciante tiene en ella un
interés, enteramente análogo; el comerciante satisface al fabricante; pero, a
veces, no recibe de los que a él le compran más que letras firmadas, en vez de
dinero. Estas letras, como es natural, son exactamente iguales que las del
productor. También puede ocurrir que la letra sea girada, no al que toma las
mercancías, sino a un banco. En cambio, no son apropiadas para fundamentar la
creación de dinero aquellas letras que no tienen por objeto un crédito de
mercancías, sino de capital; es decir, las llamadas letras financieras de los
banqueros, así como las letras que giran los fabricantes sobre casas de banca,
para aumentar sus medios de explotación o para adquirir recursos
con que ampliar sus edificios. Resulta esto de la diferencia fundamental que
existe entre el crédito de capital y el derecho a crédito que tienen los
productores, como más arriba hemos establecido.
Equivalente al dinero
clásico, son los haberes en cuenta corriente creados por el banco oficial sobre
la base de las letras descontadas. En vez de entregar al solicitante en
billetes el importe de la letra sobre mercancía, descontada, lo incluye en su
cuenta corriente, y el fabricante dispone de esta cantidad por medio de cheques
o giros. En esta esfera entran en competencia con el banco oficial numerosos
bancos particulares, que deben ser considerados igualmente como creadores de
dinero giral. Las existencias de letras sobre mercancías que el banco privado
puede presentar al banco oficial, y que ha adquirido de esa manera, puede
siempre ser cambiada por dinero, y, por tanto, constituye una reserva de dinero
para el caso de que le sean retirados los depósitos.
En el banco oficial
los haberes en cuenta corriente acostumbran a disminuir cuando aumenta la
circulación de billetes, y al contrario. Esta alternativa muestra la íntima
conexión en que están los billetes y las cuentas corrientes. El banco oficial
las reúne ambas bajo la expresión «obligaciones que vencen diariamente». Para
nosotros ambas son manifestaciones del dinero clásico, en distintas formas. El
dinero, en su camino trimestral del banco a la circulación y de la circulación
al banco, aparece, según los círculos en que se presente, más o menos, en forma
de billetes o de cuentas corrientes. De la transformación se encarga el banco
automáticamente, por decirlo así.
El dinero sin
cobertura en la
concepción del tráfico. - La consideración teórica del dinero,
incluyendo dentro de él los haberes en cuenta corriente, que -hacen las veces
de dinero; la ampliación, por consiguiente, del concepto del dinero a todos los
valores que la economía considera como dinero, está en oposición con el método
usual que habla del dinero y sus «sucedáneos» y trata de deducir su naturaleza
de los elementos en que se presenta. De donde resulta que, en Austria habría
que fundamentar de un modo muy distinto el valor de veinte coronas, cuando se
trata del billete de veinte coronas, que cuando se trata de la moneda oro de
veinte coronas. Pero así como estas explicaciones artificiosas, e inexactas
además, resultan extrañas e incomprensibles para el hombre sencillo que a
diario tiene que manejar dinero, así también el método que aquí hemos seguido
puede ostentar la pretensión de responder, no sólo a la naturaleza del
funcionamiento económico, sino igualmente a las intuiciones de la vida. El que
tiene una cuenta corriente y está habituado a disponer de su importe por
cheques o giros, como dispone del dinero de su portamonedas, no comprenderá
nunca que su cuenta corriente sea económicamente cosa distinta del dinero
metálico. Claro está que, en primer término, para demostrar lo acertado de su
manera de ver, dirá que el banco está dispuesto a abonarle en metálico, a
petición suya, el importe de su cuenta. Pero aun cuando se le explique la
incapacidad del banco para responder ni a una mínima parte de semejantes
pretensiones, nó por eso se intranquilizará. Pues hasta los más reflexivos ven
con indiferencia la falta de cobertura metálica. ¿Por qué? Porque a simple
vista se ve que la máquina económica funciona perfectamente en tal situación, y
entonces se piensa que todo debe estar bien arreglado, aunque no se acabe de
entender el misterioso mecanismo. En una palabra: el público, o dicho más
bellamente, el pueblo, reconoce como verdadero dinero los billetes y las
cuentas corrientes, a pesar de la falta de cobertura.
Legos y legisladores
se encuentran aquí, en el fondo, ante una alternativa clara; sólo que no
quieren reconocerla. La cuestión es sencillamente ésta: o las letras sobre
mercancías son apropiadas para servir de base al dinero clásico, y entonces lo
son ilimitadamente, sin consideración a su cantidad y a la cobertura en oro que
eventualmente puedan tener, o no lo son, y, en tal caso, hasta la más mínima
emisión de billetes, a base de letras sobre mercancías, sin plena cobertura de
oro, constituye un error de política monetaria, una creación de dinero falso,
contra la cual tendrían razón de protestar enérgicamente los poseedores de
dinero bueno.
Sabemos que la verdad
está en la primera parte de la alternativa, y sabemos por qué. El legislador
alemán no quiere tomar ninguna decisión. Pero en la práctica, la circulación
sigue nuestra manera de ver, no consciente, pero sí intuitivamente.
Todo el mundo sabe
por qué hay que defenderse contra los monederos falsos. Se les castiga con
particular severidad, no por el engaño de que hacen víctima a los que toman sus
productos falsificados, sino por el atentado que cometen contra la comunidad.
Adquieren derecho a bienes dando por él dinero falso; dañan a los legítimos
poseedores de dinero, a cuya disposición están exclusivamente las mercancías
puestas a la venta; penetran, pues, como intrusos en su círculo.
Un Estado en quiebra,
que paga sus deudas con cédulas de curso forzoso, actúa de hecho como un
monedero falso. Los legítimos poseedores de dinero tienen que tolerar la
intrusión de las gentes con dinero nuevo; las mercancías suben al olor de la
demanda; los precios llegan a la mayor altura; disminuye el poder adquisitivo
del dinero (16).
Es como si a una mesa dispuesta para un número determinado de comensales se
sentasen algunos intrusos. Los demás verían disminuída su ración. Menguan las
cuotas que corresponden a los propietarios legítimos de dinero.
Por consiguiente, en
toda economía, el poseedor de dinero y el que espera poseerlo tienen el mayor
interés en que, injustificadamente, no se disminuya el valor de su dinero por
creación pública o privada de dinero nuevo. Y si el único dinero verdadero fuese
la moneda de oro, ¿cómo es que los que poseen dinero de oro no se oponen al
empleo de sucedáneos, a la emisión de billetes de banco, no completamente
cubiertos con oro, y a la circulación de cheques y giros, que se hace casi sin
cobertura metálica? ¿Por qué, al contrario, su actitud reconoce estos
sucedáneos como verdadero dinero? Sencillamente, porque los poseedores de
dinero en oro no se fijan propiamente en el oro, sino sólo en la función del
dinero, que sirve para facilitar a su poseedor la adquisición de bienes, y en
modo alguno creen tener ningún privilegio sobre los poseedores de billetes o
dinero giral.
Se ve, por lo dicho,
cómo la vida misma justifica la concepción aquí expuesta de la esencia del
dinero.
III
CRÍTICA MONETARIA Y REFORMA DEL BANCO IMPERIAL
Progresivo
conocimiento de la esencia del dinero. - Es en alto grado singular hasta qué punto la legislación bancaria
alemana y la administración del Banco Imperial responden a la concepción de la
esencia del dinero aquí expuesta. Esto es tanto más extraño cuanto que los
especialistas y los legos, en la época en que se produjo la legislación
bancaria, no habrían visto en esta concepción del dinero sin duda más que una
herejía peligrosa y propia para apartar los ánimos del patrón oro, única fuente
de bienaventuranza, y seducidos a que aceptasen una moneda de papel. Todavía
hoy no cabe esperar que se imponga tan pronto el conocimiento de la
naturaleza simbólica del dinero. Preséntase enfrente la fe casi religiosa en la
fuerza mística del oro, fortalecida en justificada lucha contra el bimetalismo,
y que reúne en una misma creencia a los fieles de todos los países con patrón
oro. Una poderosa columna de oro parece sustentar la techumbre de nuestro
edificio económico nacional; la afirmación de que la valiosa columna no tiene
objeto, pues la construcción se mantiene en pie por sí misma, toca a
sentimientos completamente distintos y mucho más hondos que los puros intereses
técnicos.
Siglos posteriores
podrán llamar a nuestra época la época del fetichismo del oro, y considerarán
como sumo deslumbramiento la lucha por el oro, que América, desprovista de
discernimiento económico, ha desencadenado en los últimos tiempos en el mercado
monetario europeo. Pero llegará el momento en que se vea claro. Ya se ve venir
el tránsito a una concepción más racional entre nosotros y en el extranjero. De
todos los sistemas monetarios, el más progresivo es el austriaco. En Austria la
necesidad actuó de maestra. De una depredación monetaria, consecuencia del
desorden de la hacienda pública, ha salido un sistema de papel moneda saneado,
que disfruta en el país de plena confianza. No hace falta esforzarse para
convencer a un austriaco de la naturaleza simbólica del dinero. Pero también
Alemania está en buen camino; y esto, más que por el progreso del conocimiento
teórico, por la práctica del Banco Imperial y por los gérmenes susceptibles de
desarrollo que en nuestra legislación bancaria se contienen.
Tiene una importancia
incalculable el hecho de que la ley del Banco Imperial admita letras como
cobertura de las dos terceras partes de los billetes en circulación. En esto
nuestra legislación es muy superior a la inglesa, que en principio exige la
completa cobertura en oro. Pero debiera verse claro que nuestra legislación
responde, aunque con una limitación, a la verdadera naturaleza del dinero, y
que frases como la «elasticidad de la emisión de billetes», que sólo pueden
referirse a conceptos de goma, o como la de las llamadas «necesidades del
tráfico», ni explican nada, ni justifican: nada. Pero lo que constituye un gran
progreso en el camino indicado es la distinción consciente que hace el Banco
del Imperio entre letras sobre mercancías y letras financieras, negando a las
últimas el descuento. Descansa esta diferencia de trato en la justa
consideración de que se hace mal uso de la creación de dinero cuando ésta sirve
para fingir capitales que no existen.
Alemania está en el
mismo estadio que Inglaterra, en lo que se refiere al empleo del dinero de
cuentas corrientes sin cobertura. Nuestro Banco Imperial se esfuerza con todo
ardor en aumentar el empleo de giros y cheques. Basta imaginar este proceso,
continuado hasta sus últimas consecuencias, para reconocer que, incluso bajo
ladominación del patrón oro, el oro podría desaparecer casi totalmente de la
circulación.
En la misma dirección
caminan los esfuerzos del Banco Imperial para conseguir habituar al público a
los billetes pequeños. El empleo exuberante del oro en el tráfico debe ser
limitado para concentrar este metal en el Banco del Imperio, en donde puede prestar
muchos mayores servicios para mantener el valor de nuestra divisa en el mercado
mundial. La oposición que hicieron algunos miembros del Reichstag a la emisión
de billetes pequeños, parece un anacronismo. La ingenua creencia de que el
papel es malo y el oro bueno, creencia que hace diez años impidió que los
billetes del Imperio recibiesen la consideración de moneda de curso legal, hubo
de oponerse una vez más al uso general del papel moneda. Esperemos que será por
última vez; pues la necesidad de libertar la creación y circulación del dinero
respecto de los lazos del metal, reduciendo el oro a la función de instrumento
internacional de pago y protegiendo el mercado interior de los azares de la
producción extranjera de oro y del hambre de oro de los Estados extranjeros,
irá haciéndose cada día más fuerte en el transcurso de los tiempos.
Crítica de los
patrones metálicos. - Quien quiera
comprender en toda su pureza la esencia del dinero ha de convencerse de que dar
un valor propio a los signos monetarios es contradictorio con el concepto. Pues
el dinero no tiene por objeto hacernos gozar o enriquecernos con el material de
que está compuesto, sino servir de intermediario que nos permita adquirir las
contraprestaciones a que tenemos derecho por nuestras prestaciones anteriores.
La elaboración de signos monetarios, hechos con oro o con otros metales
valiosos, constituye una recaída atávica en la economía de trueque, hace mucho
tiempo superada; o dicho de otro modo, es una supervivencia rudimentaria de
aquella época.
Claro es que todo el
sistema monetario de patrón oro, con su derecho a la acuñación privada, sufre
de este atavismo. Todo el que posee oro puede mandar acuñarlo en
monedas del Imperio. Es esta una determinación que en nuestra época tiene muy
poca importancia práctica; pero contra la cual, en teoría, cabe objetar muchas
cosas. En ella se considera todavía al dinero como un medio de trueque, como
una mercancía cuya producción e importación queda abandonada a la actividad
privada. Al legislador no se le ha ocurrido que la creación de dinero pudiera
ser un asunto propio del Estado y estar sometida a principios especiales; ello
se explica porque no correspondía a la manera de ver de aquellos tiempos.
Como se ha dicho, el
precepto es en la práctica actualmente bastante inofensivo. Cuando Alemania
quiere recibir oro del extranjero tiene que hacer esfuerzos particulares, dada
la situación del curso de sus cambios; de buena gana no nos lo traen.
Más peligroso que
este precepto es el otro que impone al Banco del Imperio la obligación de pagar
en todo momento sus billetes con oro y de tener una reserva metálica
correspondiente, al menos, a una tercera parte del importe de aquellos. Si en
la acuñación libre reside el germen de una excesiva afluencia de oro (que hoy
ciertamente no es de temer), el precepto que obliga a la cobertura metálica
puede ser un día fatal, por falta de oro, para nuestra moneda. Piénsese sólo en
las consecuencias intolerables que resultarían de que una dirección del Banco
Imperial excesivamente escrupulosa suspendiese de pronto los descuentos por
falta de cobertura de oro.
Más importante, desde
el punto de vista teórico, es el defecto que aqueja a la moneda de oro por su
influencia sobre el precio de las mercancías. La moneda de oro, como toda la
moneda metálica en general, no es dinero clásico, dinero de una absoluta constancia
de valor. Como signos de legitimación, originariamente adquiridos, disminuyen
las monedas de oro la cuota de disfrute, esto es, la fuerza adquisitiva del
dinero. Ya lo hemos visto antes: las mercancías existen para los poseedores de
dinero, es decir, para aquellos que por prestaciones anteriores pueden
legítimamente reclamar contra prestaciones. En este círculo se introducen los
fabricantes de monedas de oro, con lo cual aumenta la demanda y a cada unidad
monetaria corresponden menos mercancías.
Además, la moneda de
oro falsifica la expresión en dinero del capital circulante disponible. Todo
dinero en oro, que no circula, se convierte en capital de préstamo de los
bancos: «capital», como si representase ahorro. Ahora bien, esto es un error
desde el punto de vista de la economía nacional, como se ve fácilmente si
suponemos que en un Estado aislado una gran parte de los habitantes estuvieran
exclusivamente dedicados a la extracción de metales acuñables, mientras los
demás sólo produjesen las sustancias necesarias para sí y para los buscadores
de oro. Entonces los tesoros de oro se acumularían en los bancos, produciendo
la falsa ilusión de un capital circulante, que en modo alguno existiría. El
dinero en el interior del país es siempre un capital muerto, un capital parado,
que no produce intereses. Esto no obstante, puede ser útil tenerlo acumulado;
pero sólo adquiere valor verdadero al ser exportado.
Los inconvenientes
teóricos del patrón oro son prácticamente de poca importancia, pues el gasto
nacional necesario para pagar el exceso anual de demanda de monedas de oro es
pequeño, en comparación con la producción total de bienes del pueblo alemán, de
modo que no se podrá comprobar un alza de precios producida por la afluencia de
oro.
La gran ventaja del
patrón oro estriba en que es común a todo el mundo civilizado. Sus defectos se
soportan fácilmente, porque los comparten todos los pueblos civilizados. La
producción de oro es una industria garantizada por todo el mundo. Todos los Estados
que tienen un sistema monetario de oro compran a un precio determinado la
cantidad de metal que se les ofrece; éste es el único fundamento del valor
constante del oro. Dado el gran número de clientes, el negocio marcha
prósperamente; ninguno se queja de que se le ofrezca mucho; antes al contrario,
muchos quisieran tener más de lo que se les da. Alemania alimenta la industria
del oro con unos cien millones de marcos anuales. A esta cantidad asciende,
próximamente, su importación de oro. Sus recursos se lo permiten, a pesar de
que sólo al extranjero aprovecha esa importación, pues el oro que extrae no es
nada (17).
Pero si llegara una
época que sanase de la locura de Midas (creencia de que el oro es riqueza) y
cerrase sus casas de moneda, el oro sufriría el mismo destino que la plata. El
«papel» sería más valioso que el oro. Sobre los países que aún conservasen el patrón
oro precipitaríanse torrentes de este metal, expulsando las mercancías y los
valores productores de interés, hasta que la incesante desvalorización del
dinero, que se manifiesta en los precios, pero aún más en los cursos del cambio
extranjero, obligase a cerrar las casas de moneda también en aquellos países;
es decir, acarrease el fin del sistema patrón oro. El práctico puede sonreír,
incrédulo, ante la perspectiva de semejantes eventualidades. Al teórico debe
aparecérsele empero la evolución indicada como algo evidente (18).
Crítica de la
creación de papel moneda. La moneda divisionaria. - Hemos dicho que el oro era capital fijo, salido
del trabajo; antes de que los obreros se pongan a trabajar el mineral de oro,
es preciso que exista capital circulante, es preciso contar con subsistencias
ahorradas.
Consumiendo las
subsistencias, se va haciendo el valor, extrayendo el oro, transformando el
capital circulante en fijo. Pero, a pesar de ser el oro inconsumible y de
constituir capital permanente, sirve en figura de dinero para representar
bienes consumibles, capitales circulantes. Este es el irracionalismo que ha
convertido el problema del dinero en un laberinto. Se ve cómo los bienes que se
compran con dinero, nacen y perecen; mientras que el dinero -desde el punto de
vista de la economía mundial, no de la privada- es imperecedero.
El error fundamental
que hay en esto ha sido cometido también en emisiones de papel moneda. En un
Estado financieramente desconcertado, el remedio a que primero se acude es la
emisión de papel moneda. Las consecuencias de ello son, constante y naturalmente,
primero un agio sobre el dinero metálico, luego su desaparición completa y una
gran desvalorización del papel moneda. De estas consecuencias lamentables se ha
hecho siempre responsable la materia papel de que está hecho el dinero. Pero
injustamente. La historia del sistema monetario austriaco desde 1878 enseña muy
otra cosa. El mal no está en el material de la moneda, sino en el hecho de que
la emisión de dinero no corresponda a una producción de mercancías.
Existe en la historia
una demostración clara de que sólo las mercancías y no los capitales
permanentes pueden servir de base a las emisiones de papel moneda. Me refiero a
los famosos asignados de la Revolución francesa. No se crea que este papel
moneda estaba en el aire: fundábase en los miles de millones que valían los
bienes de la iglesia, de que se había apoderado el Gobierno. Pero esta
fundamentación, excelente desde el punto de vista del valor, no evitó la
completa desvalorización del dinero. Pues lo que con el dinero se quería
adquirir eran subsistencias, al paso que los bienes de la iglesia no eran por
su naturaleza consumibles.
Es extraño que
Norteamérica emita aún hoy papel moneda sobre la base de capitales fijos. Los
billetes de los bancos nacionales están, en efecto, basados en empréstitos
públicos. Esto demuestra que en los Estados Unidos se desconoce la naturaleza
del dinero. Si no resulta de aquí ningún inconveniente, es porque, en primer
lugar, no es muy considerable la cantidad de billetes, y, además, por la
circunstancia de que, en cambio, falta la emisión de billetes basados en letras
sobre mercancía, de manera que el dinero se produce sobre una base falsa, pero
no con exceso; por lo demás, no quedan agotados con esto los defectos del
sistema monetario americano.
En Alemania no se
permite la emisión de billetes sobre la base de capitales fijos. El Banco del
Imperio puede con sus propios recursos, o con los que de otro modo disponga,
conceder créditos de capital sobre pignoración de efectos en papel; pero no
puede alimentar la circulación de billetes sobre bases de este género. Este
precepto de la legislación del Banco imperial implica un sentimiento exacto de
la naturaleza del dinero.
En cambio, con una
ingenua falta de principios se procede aún a la creación de la moneda
divisionaria. Según las necesidades que se suponen, atribuyendo una determinada
cuota por cabeza de población, se acuña moneda divisionaria de plata, níquel,
cobre; la ganancia que con ello se obtiene, es decir, el valor nominal de la
moneda divisionaria, deduciendo el valor deI metal y los gastos de acuñación,
va a parar al Tesoro del Estado. Nos encontramos, pues, con una creación de
dinero, sin la base de letras sobre mercancías, base que es necesaria en los
billetes y en los cheques, y sin un valor metálico correspondiente. El provecho
que obtiene el Estado de la acuñación de la moneda divisionaria no es muy
grande, en verdad; pero cualitativamente, equivale a la ganancia que los
Estados en mala situación financiera sacan de emisiones de papel moneda sin
cobertura o de empeoramiento de la moneda. Por esta razón, no debiera pedirse
nunca que se aumente la acuñación de moneda de plata, sin suprimir al menos la
ganancia que obtiene el Estado.
Lo acertado sería
observar para la emisión de moneda divisionaria las mismas normas que para la
emisión de billetes; es decir, confiarlas al banco oficial y exigir que
estuvieran cubiertas según el mismo criterio que aquéllas (19).
Todas las ganancias que obtiene el Estado de la creación del dinero van en
contra de los principios y son peligrosas para el valor del dinero. Los
ingresos que afluyen al Estado con su intervención en la moneda, vienen en
detrimento de la comunidad. Pues de alguna parte ha de proceder esa ganancia,
aun cuando el perjudicado no note la pérdida. Mas, ¿en qué consiste dicha
pérdida? En una desvalorización imperceptible.
Nadie puede desear
que esta desvalorización del dinero se haga perceptible, aunque sólo sea en una
insignificante desviación del curso de las divisas en contra nuestra. Por de
pronto, traería consigo un alza en el descuento bancario. Así, pues, es necesario
oponerse a todas las ganancias que obtiene el Estado en la fabricación de
dinero. Pero menos todavía querrá nadie conceder dichas ganancias a los
accionistas del banco oficial. Ya explicaremos al final de este trabajo cómo
puede evitarse este dilema.
La crisis de 1907.
Concentración del oro (20).
En épocas de escasez de dinero y alta tasa de interés, como las que ahora
tenemos ante nosotros, suelen brotar una multitud de proyectos, tan bien
intencionados como mal meditados, para remediar las dificultades monetarias.
Sobre todo, levanta la cabeza el bimetalismo, cuya implantación aumentaría los
inconvenientes tolerables del monometalismo, en la formación de los precios,
haciéndolos francamente intolerables, y demanda mayor acuñación de moneda de
plata. Esta pretensión parece inofensiva; pero no lo es en modo alguno, pues si
de esta manera el dinero gana en cantidad, tiene que perder en
calidad.
El que sea alta la
tasa del interés no es, por sí solo, un síntoma de una economía enferma. Si no
tenemos otro dato que el de que en un país determinado rige una tasa alta del
interés, nada sabemos por de pronto de su situación económica. Pues el interés
alto no siempre significa escasa formación de capitales; puede ser producido
también - a pesar de existir una formación normal de capitales - por las
demandas que un poderoso espíritu de empresa hace al mercado monetario.
Todo el
comercio, incluso el comercio con la mercancía dinero, empleada para préstamos
(esto es, capital circulante), supone una subasta tácita. El precio se
determina, en primer lugar, por la necesidad de dar salida a la mercancía;
ésta, por tanto, se ofrece. Pero, al propio tiempo, rige la ley de que sólo
llega a manos de aquellos para quienes tiene el mayor valor económico. Estos
son los que ofrecen por ella el más alto precio. De esta manera, el organismo
de nuestro tráfico impide el empleo ineconómico de sus productos.
Transportada al
mercado monetario de nuestra época, la tasa alta del interés significa que los
capitales circulantes existentes encuentran un empleo tan lucrativo, que
aquellas empresas, que sólo pueden contar con un rendimiento más modesto, no
pueden de momento ser implantadas. Y esto no es un indicio de mala situación
económica, sino, por el contrario, de prosperidad.
Esto no obstante,
tiene también su reverso la situación descrita. A todas las transformaciones
económicas, por mucho que redunden en beneficio de la comunidad y de numerosos
individuos, van unidos graves perjuicios para otras existencias. No siempre les
es factible a los comerciantes y artesanos mantenerse, compensando con una
subida de precios el encarecimiento del crédito. A menudo tienen que sufrir
grandes pérdidas. Pero lo más importante es lo que sigue.
Cuando la tasa del
interés sube en el interior del país por encima de cierto límite, el extranjero
encuentra ventajoso acudir en auxilio de nuestra necesidad de capitales.
Entonces nos hacemos deudores del extranjero. Debemos una compensación por el
aumento de importaciones. Así, en el año 1906, el exceso de importaciones
sobrepujó en 300 millones de marcos al del año anterior. Ahora bien; tener
deudas crea una relación de dependencia.
Esto hemos tenido que
experimentarlo ahora precisamente del modo más amargo. Inglaterra exigió por
diversas causas la devolución del dinero adelantado. La consecuencia fué que el
tipo de descuento del banco oficial subió vertiginosamente. Pero esto no nos
sirvió de nada, pues el Banco de Inglaterra hizo lo propio. El curso de los
efectos a la vista sobre Londres excedió considerablemente al punto de oro.
Hubimos de entregar considerables sumas en oro, y, dada la veneración rayana en
lo supersticioso que inspiran, las existencias en oro del Banco Imperial,
muchos creyeron que se desconcertaba todo nuestro organismo económico.
Pero la cosa no era
tan grave. ¿Qué consecuencias terribles tuvo, en efecto? Tuvimos que pagar
nuestras deudas en un momento en que no nos convenía hacerlo. Si se nos hubiera
dado tiempo, hubieramos compensado gradualmente los créditos del extranjero, aumentando
nuestra exportación, y hubiéramos conservado nuestro oro. Pero, como no se nos
dió tiempo, hubimos de echar mano al portamonedas. Gracias a la próxima
limitación del consumo interior, determinada por la baja de la coyuntura y el
aumento de las exportaciones, el pago de nuestras deudas no nos ocasionará
ningún trastorno. Pero, sin embargo, el año 1907 nos dió una lección. Ha puesto
ante nuestros ojos los inconvenientes de las deudas al extranjero, y al propio
tiempo ha hecho ver las ventajas que en épocas semejantes ofrecería tener en
posesión del Banco Imperial una cantidad firme de créditos contra el
extranjero. Pues no habrá dificultad en admitir que la situación de nuestro
mercado monetario no hubiera ofrecido, ni con mucho, un aspecto tan crítico, si
Inglaterra se hubiese presentado en el mercado de capitales alemán, no como
acreedora, sino en busca de empréstitos para sus clientes americanos.
No es exacto que,
como se ha dicho, se trate aquí de una crisis de oro y no de una crisis de
crédito. Como hemos visto, nos encontrábamos ante una súbita negativa de
crédito por parte de Inglaterra (y de Francia). Los ingleses no nos retiraron
el crédito porque de pronto nos hubiésemos convertido en acreedores dudosos,
sino porque ellos mismos necesitaban dinero para llenar los vacíos que habían
producido las retiradas de oro de los americanos.
Pero entonces, ¿no
habrá sido el oro que hacía falta en América el que determinó la crisis?
Tampoco esto es exacto. Lo que faltaba no era oro, sino signos monetarios,
fuesen de oro, plata o papel. Y aun éstos existían; sólo que, a causa de una
crisis general de la confianza, fueron retirados de la circulación. Por
consiguiente, los americanos no buscaban en el mercado inglés de metales el oro
que les faltaba, sino material para la fabricación de nuevos signos monetarios,
material que resultará superfluo y volverá a Europa tan pronto como el dinero
escondido reaparezca, a la superficie. No puede deducirse de estos
acontecimientos la consecuencia de que la cobertura de oro fuera insuficiente.
En cambio, es cierto
que semejantes épocas son apropiadas para dar relieve a la idea de que la
cobertura de oro necesita una aplicación más adecuada. Pues precisamente en los
momentos de escasez de dinero es cuando se manifiesta con particular claridad la
cualidad del oro, en su función de instrumento de pago internacional (21),
representando créditos sobre el extranjero. La concentración en el Banco
imperial de todas las cantidades de oro disponibles, significaría un aumento de
poder para nuestro instituto central, que le capacitaría de un modo más eficaz
para cuidar del crédito interior y defender al propio tiempo el prestigio de
nuestra divisa en el mercado mundial, prestigio al que no deja de afectar la
crisis. En un sentido especialmente, puede esperarse que un aumento de los
recursos en oro tenga una influencia favorable sobre el crédito. Al decir esto
me refiero no tanto a la altura absoluta de la tasa de interés, regulada con
vigencia para todo el país por el Banco Imperial, sino más bien a la mayor
duración de los tipos del descuento (22).
Desde el punto de
vista de la creación de dinero, creación necesaria para el interés colectivo,
hemos considerado el derecho del productor y comerciante al crédito sobre sus
productos y mercancías, como un derecho del individuo sobre la comunidad
económica. Este derecho es mucho más importante que todos los preceptos
relativos a la cobertura metálica, fundados en una comprensión imperfecta de
este derecho; por tanto, merece ser reconocido de un modo absoluto. Hemos
visto, además, que la fuente del crédito sobre mercancías no brota en el campo
del capital, sino que, independientemente del capital disponible, descansa en
la obligación del Estado de hacer que las cantidades de dinero guarden
paralelismo -siendo indiferente que sea el dinero metálico o en efectos- con la
masa de mercancías que se ofrecen en el mercado. No parecerá, pues, bien
fundado que el Banco Imperial realice en este negocio una ganancia que sólo
estaría justificada si se tratase de la entrega de capitales. Sin embargo, la
necesidad de tener al menos una cobertura metálica parcial, hace que el negocio
para el Banco Imperial sea muy parecido a una entrega de capitales. Además, el
que recibe el crédito cuenta con la tasa del descuento y la ha incluído al
fijar el precio, en su cálculo, en virtud de lo cual no siente como una
desventaja la deducción del interés; y, finalmente, si se abaratara
considerablemente el descuento, se aumentaría peligrosamente la tentación de
servirse singularmente del crédito sobre mercancías, para la adquisición de capital.
Se obra, pues, cuerdamente no modificando las costumbres actuales, tanto más
cuanto que el interés del Banco Imperial suele ser más bajo que el que se paga
por préstamos.
Por consiguiente, si
hay que aceptar el descuento de letras en su tasa absoluta, no perdemos la
esperanza de que algún día se consiga, ya que no suprimir, reducir al menos a
una medida bastante menor que la actual, los trastornos de la vida económica
producidos por las muchas alteraciones en la tasa del descuento. Pero mientras
se siga manteniendo la cobertura en oro y la convertibilidad de los billetes en
metálico, lo que más justificadamente podría servir de fundamento a esta
esperanza sería el aumento de las existencias en oro del Banco Imperial. Si
estas existencias han aumentado algo así como 1.500 millones, por la extensión
de los giros y el mayor empleo de los billetes, las disposiciones del Banco
Imperial se mueven en una esfera tan amplia, que unos cientos de millones más o
menos no importan. Perdería importancia la necesidad de encarecer el crédito
por consideraciones a la cobertura; se abriría la posibilidad de vencer de un
modo mucho más fácil que hoy un período de escasez de dinero y de satisfacer,
sin elevar el descuento, la mayor necesidad de dinero que surge en otoño
incluso en los años normales. Así la concentración en el Banco Imperial de
todas las existencias de oro alemanas, puede corregir ampliamente los defectos
que el patrón oro tiene en la esfera de la creación de dinero, mientras la
emisión de billetes se haga depender de la existencia de una cierta cantidad de
oro.
Reforma del Banco
Imperial. - Repito que nada
podría ser más insensato que revolucionar nuestra legislación monetaria,
fundándose en consideraciones teóricas, por acertadas que éstas fuesen. Esto
sólo podría recomendarlo un radicalismo que careciese de compresión, tanto para
la evolución histórica, como para los imponderables de las ideas populares.
Además, el momento actual estaría muy mal elegido para realizar modificaciones
radicales, aun cuando sólo fuera pensando en el extranjero, elemento tan
importante en este aspecto, ya que la mala situación de nuestras divisas,
durante los últimos meses, está aún fresca en la memoria de naturales y
extranjeros, y la situación de las finanzas en el Imperio actualmente no es
para fortalecer la confianza de las naciones extranjeras en la sabiduría y
solidez de la política monetaria alemana.
De momento sólo puede
tratarse de algunas mejoras en nuestra legislación bancaria, mejoras que dejen
intactos los fundamentos de nuestro sistema monetario, el patrón oro con libre
acuñación privada y la convertibilidad en oro de los billetes de banco. Puede
perfeccionarse sobre esa base nuestro sistema, según el modelo que nos ofrece
la legislación y administración de otros Estados, donde ya ha producido buenos
efectos probados. En este sentido habríamos de repetir la propuesta, hecha
anteriormente, de que los billetes de banco alemanes -prescindiendo, como es
natural, del deber de conversión del Banco imperial- fuesen reconocidos como
medio de pago legal, de manera que, como los billetes del Banco de Inglaterra,
no pudiesen ser rechazados en la circulación. Además, que las letras sobre el
extranjero, pagaderas en oro, se contasen en el Banco del Imperio como
cobertura de oro. Y, finalmente, que el precepto que obliga a cubrir la tercera
parte en oro fuese completado con un «en lo posible», de manera que no pueda
hacérsele al Banco Imperial el reproche de violación de ley, por una falta de
oro como la que puede producirse, de un modo completamente inocente, en los
vencimientos trimestrales.
La mayor
circunspección, conservando en lo posible lo existente, es obligada cuando se
trate de poner mano en la constitución del Banco del Imperio para mejorarla.
Las columnas sobre que descansa el edificio son de una solidez completa,
inalterable aun en los tiempos más difíciles. El problema de organizar un banco
central, de modo que puedan evitarse al mismo tiempo una intervención fiscal
desmesurada y los efectos de la codicia privada, no puede ser mejor resuelto
que como se ha hecho: creando el banco con recursos particulares y confiando su
dirección a funcionarios del Imperio. Por tanto, aunque sin tocar a estos
elementos fundamentales, queda planteada la cuestión de si, en lo demás, la
letra de la ley bancaria se acomoda en todos los puntos a las exigencias
actuales.
Está en la naturaleza
de todas las instituciones humanas el encontrarse en un constante cambio. Las
leyes no hacen nunca más que fijar la situación y las convicciones de la
opinión pública, en las épocas en que fueron decretadas. La evolución de un
órgano tan enraizado en toda la vida económica del pueblo entero como el Banco
Imperial, no puede contenerse en los artículos de unas leyes. Con el cambio de
los tiempos, cambian también las necesidades del tráfico y la misión del banco
central. De este modo, lo que eran derechos pueden trocarse en deberes. Una
dirección del banco, que tenga conocimiento económico y el valor de la
responsabilidad, sigue por propia iniciativa las exigencias del momento. Pero
esto no ha de impedir que nos demos cuenta de que la ley se ha quedado
retrasada.
Nada más
característico, en este sentido, que el hecho siguiente: el «derecho» de emitir
billetes y descontar letras es sentido, desde hace mucho tiempo, por el banco
imperial como un deber que tiene que cumplir frente al tráfico, y del que no
podría eximirse sin provocar los más graves trastornos. Pero la ley bancaria
habla todavía del «derecho» del Banco imperial a emitir billetes, en la medida
de su tráfico (23).
En general puede
afirmarse que el Banco imperial, tal como se nos presenta en la práctica de sus
funciones, ofrece un cuadro de perfección mucho mayor del que cabría esperar
por las leyes que le rigen. Se aparece ante el público, a la luz de una
utilidad indiscutible, como una empresa sobre cuyas decisiones no pueden
ejercer una influencia que redunde en daño del bien común, ni los intereses
públicos ni los privados. En cambio, según la ley, es más bien un instituto de
ganancia, teniendo en cuenta la multitud de negocios para los que está
facultado, pero no obligado; instituto, además, que ha recibido un privilegio
para la explotación del tráfico monetario, y que, en pago de él, tiene que
aportar grandes sumas al Tesoro imperial (24).
Es peligroso hacer
del tráfico monetario fuente de ingresos para el Tesoro; pero en casos de
necesidad, y cuando fracasa el crédito del Estado, no puede eludirse a veces, y
es por ello disculpable. Esto no obstante, el Imperio alemán debería renunciar
a semejantes ingresos, o mantenerlos, al menos, en el marco de un impuesto
normal sobre la renta. Unos 30 millones ha recogido el Tesoro el año 1906 por
su participación en la ganancia anual y por la contribución sobre billetes; es
decir, un 3 por 100 sobre 1.000 millones de crédito del Banco imperial. Si fué
necesario mantener el descuento bancario en el año 1906 a tan gananciosa altura
-e indudablemente lo era a juzgar por la situación general-, esas ganancias,
que no fueron exigidas a los clientes del Banco imperial para fines de
impuestos, no debían desaparecer en las arcas del Estado, sino emplearse en
mejorar la situación del dinero y del crédito, bien aumentando la reserva de
oro o adquiriendo efectos extranjeros, bien sacando de ellas los recursos para
extender el sistema de giro, según el modelo hamburgués(25).
Lo mismo que la
exorbitante participación que se atribuye el Fisco, contradicen la naturaleza
colectiva del Banco imperial los dividendos aumentados, por medio de los cuales
los accionistas sacan provecho del encarecimiento del crédito. Las empresas de
utilidad común sólo permiten rentas fijas a los capitales en ellas empleados.
Los dividendos oscilantes colocan al actual Banco Imperial en la falsa
situación de una institución de ganancias, interesada en que aumenten las
dificultades generales del crédito.
Por consiguiente,
debe considerarse como un fin, al que hay que tender, el de libertar al Banco
Imperial de la complicación con intereses fiscales y privados, en que se
encuentra aún hoy, según la ley vigente, y convertir en verdad legal el
espíritu de servicio a la comunidad, que caracteriza a su dirección, y bajo el
cual se presenta ante nuestros ojos. El medio para esto consiste en fijar un
contingente a las ganancias, y en constituir con los sobrantes no repartidos
una reserva de la que puedan salir los gastos que se requieran para las mejoras
deseables, en materia de moneda y crédito.
Llegar a determinar
de un modo justo los dividendos de los accionistas, no creemos que ofreciera
grandes dificultades. Un 4 ó 5 por 100 del capital que hubiera de pagárseles en
el año de 1910, si el Imperio hiciera uso de su derecho y el Banco pasase al Estado,
sería lo equitativo. El Imperio que, aunque sólo sea por la mala situación
financiera en que se encuentra, no querría renunciar a toda participación en
las ganancias, podría satisfacerse con un cálculo, hecho a base de una media,
en la cual es de esperar se consiguiese eliminar los años de usura., El
impuesto sobre los billetes, que ya en principio es insostenible, como impuesto
sobre el deber de creación de dinero del Banco Imperial, habría de desaparecer
totalmente en esta ocasión (26).
*
* *
Resumen. - En las páginas antecedentes hemos hecho la
crítica de las concepciones tradicionales del dinero, de la creencia de que el
dinero es un instrumento de trueque con valor propio, y de que el metal noble
con que se fabrica la moneda es la medida de valor para los bienes en
circulación. Pasando más allá de la «teoría estatal», fundamentada por Knapp,
hemos intentado determinar la naturaleza económica del dinero, para deducir de
ella los principios por que debiera regularse una creación de dinero cuyo punto
de vista directivo fuese la absoluta constancia de valor del dinero. En esta
tarea no nos hemos detenido ante la crítica del patrón oro. Pero, prescindiendo
de esta crítica, hemos llegado a la conclusión de que el atenerse al patrón oro
es una necesidad política, y lo seguirá siendo por mucho tiempo.
Los peligros que
amenazan al régimen del patrón oro vienen del lado opuesto. Los bimetalistas e
inflacionistas, que ven el remedio para todos los males en la elaboración de
grandes masas de signos monetarios, independientes de toda producción de
bienes, son los adversarios contra los que tendrán que luchar mancomunadamente
los amigos del saneamiento monetario.
Si nuestro tiempo
pide reformas -y sin duda las pide-, éstas sólo son realizables dentro del
régimen del patrón oro, como lo hemos puesto de relieve en la última parte de
nuestra investigación. Sólo que para hallar a las reformas un camino que no
descienda por la vía de la inconexión, se requiere algo más que una fe ortodoxa
en el patrón oro, la cual se niega en principio a penetrar en la esencia del
dinero, esencia independiente de las formas exteriores en que se presenta.
NOTAS Y COMPLEMENTOS
Cito mis otras obras
con las siguientes abreviaturas:
G.u.K. por Geld und Kapital («Dinero y
capital»), Leipzig, 1912, Duncker & Humblot.
W. u. G. por Währungspolitik und Geldtheorie
im Lichte des Weltkrieges («Política monetaria y teoría del dinero a la luz
de la guerra mundial»). München und Leipzig, 1916, Duncker & Humblot.
Infl. por Das Inflationsproblem («El problema
de la inflación»), cuaderno 31 de las Finanzwirtschaftlichen Zeitfragen
(«Cuestiones financieras y económicas de la época»). Stuttgart,1917. Ferd.
Enke.
Al § 1.
(1) Sobre la condición monetaria de
los billetes de Banco: G.u.K., páginas 15 a 17. La distinción
de que sólo los billetes inconvertibles y no también los
convertibles son dinero tiene importancia jurídica, pero no económica.
(2) Véanse ensayos para explicar la
política monetaria austríaca de 1878-92 en G.u.K. páginas
38-39.
Al § 2.
(3) Acerca de la teoría estatal del
dinero, de Knapp, y sus críticos, véase G.u.K. («Cinco años de
teoría del dinero»), páginas 3-9.
(4) Observaciones
terminológicas. Conceptualmente debe distinguirse con toda claridad
entre unidad de valor (la representación abstracta con que calculamos)
y losinstrumentos de pago (signos monetarios o cheques designados
en unidades de valor). Véase sobre esto W. u. G. («El
insoluble problema del dinero») en el II.
Contra la confusión entre el dinero gíral y la unidad abstracta del
cálculo (Líefman), véase mí trabajo Geld und Einkommen («Dinero e
íngresos»), en el Bank-Archív de 15 XII 17.
Knapp no llama dinero a la unidad abstracta de valor, ni tampoco al
haber en cuenta corrientee. Según su definición, el dinero no es más que el
instrumento de pago corporal, cartal (validado por el Estado). Esto es
jurídicamente exacto, y, en lo que se refiere a la unidad de valor, es
recomendable pedagógicamente. Pero, para nuestro objeto, es conveniente
acomodarse al lenguaje de la vida y designar como dinero la unidad de valor; en
cuanto al haber en cuenta, el calificativo de dinero es, además, económicamente
exacto y hasta necesario. (Véase nota al § 4). Cuando decimos de alguien que tiene
tres millones de marcos de capital, no es necesario decir que nos
referimos, no a instrumentos de pago, sino a unidades de valor, pero nadie nos
convencerá de que hemos apreciado su capital en «dinero»; y cuando
hablamos de su «dinero» circulante, comprendemos dentro de él también su haber
en cuenta corriente. Esto caracteriza el uso del idioma, al que puede
seguirse mientras no se incurra en confusiones de concepto.
En las exposiciones teóricas de este escrito y de otros, contrapongo a
menudo a la unidad abstracta de valor el signo
monetario concreto. Esta contraposición tiene la ventaja de ser muy
clara, pero no es bastante comprensiva, pues prescinde del dinero en cuenta
corriente, el cual, si económicamente equivale al dinero corporal (por lo que
se le puede aplicar lo mismo que a aquél), no puede ser llamado «signo
monetario concreto», por ser incorpóreo. Por tanto, aunque la antítesis, para
ser más exacta, debiera decir unidad de valor e instrumento
de pago, me atengo, sin embargo, a aquella fórmula, porque presenta
más claramente el contraste, y el lector sabe que al dinero en cuenta corriente
puede aplicarse lo que se diga del dinero corporal.
(5) La experiencia de la guerra ha
hecho que todo el mundo vea claramente que el concepto de la unidad de valor
«marco imperial» no está unido al metal ni a la convertibilidad de los
billetes. Véase W. u. G. («El Banco Imperial después de la
guerra»), en el I.
(6) Sobre el valor del dinero he
hablado en varios trabajos; en G.u.K., páginas 21, 31, 35;
en W. u. G. («El dinero como bien de trueque», «La lucha por
el valor del dinero»), y, además, en Infl., páginas 18-25.
El dinero no recibe su valor del oro, sino el oro del dinero; es decir,
de la legislación monetaria. G.u.K., pág. 26.
Los valores de los bienes forman una red de relaciones; es decir, de
quebrados, cuyo denominador común es el dinero (la unidad de valor). G.u.K., pág.
21; W. u. G.,(«El insoluble problema del dinero»), en el II.
El dinero es percibido como unidad firme, también por lo que se refiere
al porvenir. La fuerza adquisitiva descendente del dinero (lo que quiere decir
los precios, que, al parecer, continúan subiendo) no es objeto de cálculo para
los negocios, en épocas de paz. G.u.K., páginas 27-28.
* * *
El llamado valor del dinero es el foco de infección de donde salen la
mayor parte de las enfermedades que aquejan a la teoría del dinero. Hacer que
en este punto reine una claridad sana es importante, no sólo para
la teoría, sino muy especialmente para la política monetaria, en la cual
ciertos proyectos, basados en ideas falsas acerca del valor del dinero, juegan
un papel peligroso. La cuestión es ésta: ¿Es el dinero un bien, una mercancía,
y, como tal, objeto de una valoración oscilante, o es más bien, como se ha
expuesto en el § 7 de este trabajo, jurídicamente instrumento de
pago y económicamente una legitimación para obtener prestaciones
correspondientes a las unidades de valor que el dinero señala? Si es lo último,
no puede ser objeto de cálculo estimativo y valorativo, como no lo puede ser un
documento en que se me prometa una prestación. En este caso, el
pensamiento valorativo se refiere aquí a la prestación prometida, allí a las
cosas comprables, y no se detiene en el documento ni en el dinero. Sólo que la
opinión antigua, todavía hoy dominante, es la de que el dinero es una mercancía
de trueque, y como tal está sujeta a una valoración oscilante. Y la enorme
trascendencia de este error reside en la consecuencia de que la estimación
psíquica que el hombre dedica al dinero, tiene una intervención efectiva en el
desarrollo de los precios; de que, por ejemplo, las elevaciones de precio
pueden ser psicológicamente fundadas en una desestimación del dinero.
La teoría del valor del dinero es de procedencia metalística. En el
mismo Heyn es «espíritu del espíritu de los metalistas» (Karl Elster). Descansa
en la creencia (exacta históricamente, pero dogmáticamente falsa) de que la
representación de la unidad de valor tiene su origen en la estimación que
confieren los hombres al instrumento de pago. Véase acerca de esto W.
u. G.: («El insoluble problema del dinero»), en II.
Si el «valor del dinero» se mantiene en la ciencia, a pesar de estar
refutado por la vida, débese, sin duda, a alguna razón profunda. Y, en efecto,
se supone que es predicado lógico indispensable para explicar la relación de
cambio entre el dinero y los bienes. Se piensa que sólo es posible cambiar
mercancías por dinero «cuando ambos contratantes comparan el valor
subjetivamente cualificado del dinero y de la mercancía, luego que cada cual lo
ha calculado particularmente, tanto para el dinero como para la mercancía». Por
consiguiente, para explicar el cambio de mercancía y dinero, es necesario el
dogma del valor específico' del dinero. Contra esta idea se dirigen los
capítulos de W. u. G. («El dinero como bien de cambio» y «La
lucha por el valor del dinero»). A los ojos del jurista es, sin duda, el dinero
la contraprestación (equivalente) de la mercancía. Pero considerado
económicamente, el dinero no es más que el medio por el cual el vendedor de una
mercancía puede adquirir, en otro sitio, otra mercancía. Así, pues, la crítica
del «valor del dinero» y de la «relación de cambio» depende de la justa
comprensión del concepto del dinero, y éste, a su vez, de la colocación del
dinero en el sistema de nuestro orden económico, con lo cual debería, por
tanto, comenzar toda disertación sobre el dinero. Véase el § 7 de este trabajo.
Muy distinto del concepto del «valor del dinero» es la «estimación de la
unidad de cálculo», de Liefmann, que no tiene nada que ver con estimación de
bienes reales. Véase acerca de esto: Geld und Einkommen («Dinero e
ingresos»), en el Bank-Archiv de 15 de Diciembre de 1917, nota
4.
Finalmente, hemos de hacer referencia a la Teoría estatal, de
Knapp (segunda edición), capítulo: «sobre el llamado valor del dinero». Este
capítulo me impulsó a componer una respuesta a Knapp. La reproduzco en nota (*)
para los amigos de la broma.
(*) Respuesta metalístico-realista, teórico-estimativa y monetaria al §
24 de la Teoría estatal, segunda edición.
Knapp no tiene idea de cómo pensamos y sentimos. De los corazones
humanos que sienten valores, no tiene más representación que de una ondina.
Cuando nos oye decir «valor del dinero», aguza el oído y luego pregunta, sin
comprender: «¿Os referís a la vigencia de las monedas?» - No. ¡Qué diablos de
vigencia! ¿Qué es eso de vigencia? Él mismo lo dice: un concepto jurídico.
¿Cómo voy a pensar en conceptos jurídicos al hacer un cambio?
Cuando Knapp compra una manzana, saca del bolsillo 10 céntimos y dice:
«Esta moneda tiene vigencia por 10 céntimos, y como la frutera me pide 10
céntimos, pago con ella mi deuda». ¡Qué manera desalmada de proceder! Nosotros,
en cambio, conocemos y apreciamos el valor de nuestra moneda de 10 céntimos; le
tenemos cariño, nos separamos de ella con dolor y las lágrimas brotan de
nuestros ojos, luego que, habiendo comparado el sentimiento de placer que nos
suministra la posesión del níquel, con el placer que nos proporciona comernos
la manzana, hemos determinado que el último es el más fuerte. ¡Esta sí que es
economía psíquica! La moneda de 10 céntimos no sólo «está
vigente», sino que es un bien, un bien de coste, pues que es «costoso» y
«raro», y su readquisición supone gastos, por lo cual tiene también «valor de
ahorro». Pero nada de esto puede comprender el que considera el dinero como
jurista e ignora la teoría del valor.
Al § 3.
(7) La constancia inmanente del
valor del oro es una ilusión. G.u.K., pág. 36. El oro
no es un medio de pago internacional, sino una mercancía. Las letras hablan de
moneda del país. Sobre los pagos internacionales, véase G.u.K., páginas
44-53.
Las letras sobre países de patrón oro equivalen a la cobertura de oro.
(Política de divisas.) G.u.K., páginas 101, 111 y sig .
¿Qué significación tienen las existencias en oro para el curso de las de
los cambios? Véase W. u. G. El Banco del imperio después de
la guerra, II.
Al § 4.
(8) Sobre la emancipación de
los pagos con respecto al consumo de oro, véase W. U.
G., capítulo: Del sistema de la reserva única a la
emancipación del oro.
(9) Dinero giral. Los
cheques no son dinero, como no lo es una carta que contiene disposiciones sobre
dinero (G.u.K., pág. 9); todavía menos pueden ser considerados
como dinero letras que se dan in solutum, pero que son
mercancías, no dinero (G.u.K., pág. 17). Pero el dinero giral
es dinero en grado tan eminente que, a su lado, los billetes y el dinero
metálico son como monedas divisionarias para los pagos pequeños. Si quiere
conocerse la descripción de una constitución giral en la que los signos monetarios
concretos son obligaciones documentales, véase G.u.K., páginas
18 y 19.
(10) Desde 1 de Enero de 1911, los
billetes del Banco imperial son instrumentos de pago legales. Sobre la
significación práctica y teórica de esta innovación: G.u.K.,páginas
76-79.
(11) La concentración de los pagos en
ciertos plazos es una medida razonable, probada durante siglos, que conduce al
ahorro de medios de pago y a evitar amontonamientos de dinero improductivo. El
plan de distribuir en el trimestre el dinero de las hipotecas, alquileres,
sueldos, intereses, etc., es un absurdo económico que haría pagar a la
circulación la incomodidad que le causa al Banco Imperial la deficiencia de los
preceptos legales sobre la cobertura de los billetes. El encarecimiento del
interés en los vencimientos trimestrales recarga inútilmente la circulación. Lo
que hace falta es únicamente una modificación de los preceptos, que regulan la
cobertura, durante los vencimientos trimestrales. Acerca de esto, G.u.K., páginas
106-108, y especialmente, en los dos capítulos del mismo libro, páginas
115-136.(Distinción entre el dinero como medio de adquisición y como simple
medio de cálculo.)
Al §6.
(12) Bajo la denominación de dinero
«clásico» no se entiende una especie particular de dinero, sino dinero cuya
creación es económicamente inatacable. Sobre la expresión «dinero con valor
constante», véase G.u.K., pág. 12. «La constancia de valor del
dinero es aquel estado en que los precios de las mercancías no son
influenciados ni hacia arriba ni hacia abajo, por defecto alguno en la creación
del dinero.» Pero en modo alguno ha de interpretarse la expresión en el sentido
de que el dinero esté sujeto a una estimación de valor.
Al § 7.
(13) Teoría económica y doctrina
del dinero. - Este párrafo contiene, en una exposición sumaria, una teoría
de la economía Moderna que constituye el fundamento de mi concepción del
dinero. Está en resuelta oposición a la opinión de aquellos que en «el tráfico
de cambio» creen ver la esencia de la «economía monetaria».
A la pregunta ¿qué es dinero?, no puede darse una respuesta única, válida
para todos los tiempos y todos los pueblos. Puede haber habido y haber todavía
países y estadios de civilización en los cuales sea justa la creencia de que el
dinero era o es un bien de cambio. Pero eso sólo interesa al historiador de la
economía y no a nosotros, que queremos determinar la esencia del dinero para
nuestro pueblo y para nuestro tiempo.
No puedo resistir a la tentación de insertar en este lugar un pasaje de
las «Cartas de Turquía», de Moltke (pág. 49), sobre el cual me ha llamado la
atención un amigo, después de haber leído atentamente mi trabajo. Ese pasaje
prueba que el gran estratega tenía también una visión clara de las cosas
económicas. Moltke dice:
«En los países civilizados de Europa, los caudales provienen de alguna
producción real de objetos valiosos; quien adquiere de este modo su riqueza,
aumenta al propio tiempo la del Estado, y el dinero no es más que la expresión
de la masa de bienes reales de que dispone. En Turquía, la moneda es el bien
mismo, y la riqueza es una acumulación casual en éste o en aquél individuo de
la cantidad de dinero existente.»
La idea de que nuestra economía es un tráfico de cambio y nuestro dinero
un bien, «el bien de cambio predilecto», no encaja mal en estados como los
observados por Moltke en Turquía, o, naturalmente, en estados más primitivos
aún. De nuestra vida económica diría yo que no consiste en poseer y cambiar,
sino en producir para la comunidad y recibir de ella.
Contra la idea del «trueque de bienes», como característica de nuestra
economía, hago notar en el texto que el cambio no es lo esencial, pues el
suministro de bienes se supone sin más en una organización basada en el trabajo
para los otros. Cuando, sin tener esto en cuenta, se pone el cambio de bienes
por encima de la producción, e incluso en su lugar, se comete un error de
acentuación mucho más peligroso y mucho menos divertido que el que Wilhelm
Busch comete en sus versos en elogio de los pintores:
«Mayor lauro merece todavía
el que compra colores y con ellos pinta. »
Frente a la frase: «tráfico de cambio» habría que preguntar, por
otra parte: ¿Qué es lo que se cambia propiamente? El zapatero, verbigracia,
¿cambia sus productos por nuevo material y por las subsistencias que necesita
para su vida, o los cambia por dinero? La primera concepción podría sostenerse,
prescindiendo del «error de acentuación». En tal caso, el dinero -y esto
siempre es un progreso- no sería un bien de cambio, sino
un medio de cambio, pues hay que distinguir entre el objeto de
cambio y el instrumento con cuya ayuda se verifica el cambio entre dos bienes.
En ese caso, se designaría como cambio lo que jurídicamente se
descompone, al menos en dos contratos de compra-venta. Sería un cambio en el
sentido de la economía general, visto desde el punto de vista de un único
sujeto económico; pero sería algo totalmente distinto de la permuta jurídica,
que es un contrato entre dos personas. Pero si esta idea puede tener también su
intervención en el círculo de representaciones que despierta la frase «tráfico
de cambio», generalmente se elude una delimitación clara de los conceptos, y el
dinero se designa indiferentemente comobien de cambio unas veces y
como instrumento de cambio otras, llamándose también cambio al
trueque de la mercancía por dinero. Esto no es exacto, ni en el sentido
jurídico ni en el económico. No lo es en el jurídico, porque el jurista
distingue entre compra-venta y permuta; y no lo es económicamente, porque el
dinero no es una mercancía ni un objeto de la operación mental de valorar
(véase nota 4 al § 2).
Pero, sobre todo, al caracterizar la economía política como tráfico de
cambio, se la enjuicia desde un punto de vista equivocado. En vez de contemplar
la vida económica desde una altura superior, se la mira desde la reducida
perspectiva de la economía individual. Y esto, no inconscientemente y de modo
irreflexivo, sino por razones seriamente meditadas. Se nos enseña, en efecto,
que la economía política no es otra cosa sino la coexistencia de incontables
economías individuales, y que, por consiguiente, sólo se puede comprender el
conjunto analizando los elementos particulares. Pero con esta argumentación
podrían suprimirse también los conceptos de pueblo, nación, Estado. ¡El todo es
algo más que la suma de sus partes! Esto no obstante, puesto que e quería tomar
la economía individual como punto de partida de la consideración económica
teórica, fué preciso descender a la profundidades misteriosas en que se
engendran las fuerzas impulsoras de la economía individual, y por análisis de
la vida anímica del individuo económico, obtener la clave que nos sirviese para
la comprensión de toda la economía nacional. Así nació la singular teoría
económica psicológica, ante cuyos sentimientos de placer y dolor palidece el
materialismo aplicado a la economía política, y que por medio de la «estimación
de la unidad abstracta de cálculo», nos presenta una espiritualización de la
vida económica hasta aquí insospechada. Después de este «Non plus ultra» de la
teoría individualista del valor, que debemos a Liefmann, esperemos que, en lo
sucesivo, la consideración de la vida económica, desde el punto de vista de la
economía nacional, será preferida por nuestra ciencia.
Considerar la economía monetaria desde el punto de vista del cambio
individualista, equivale, sencillamente, a prescindir del elemento' esencial de
nuestro orden económico, es decir, del dinero. En la economía natural puede
considerarse la relación entre las economías individuales como una relación de
permuta. En ellas está justificado el punto de vista individualista, porque le
falta aún a la comunidad una organización económica. Pero la economía monetaria
supone la comunidad de pago de los conciudadanos, comunidad que el individuo
encuentra ya existente y a la que tiene que someterse. Por eso, la institución
del dinero nos ofrece el mejor apoyo para la consideración de la economía
política, esto es, el punto de vista nacional en vez del individual. Este punto
de vista es compatible y exigido por la consideración del orden económico, no
menos que por la de la vida jurídica.
Los juristas de la escuela de Windscheid creen que los derechos
subjetivos son mandamientos del orden jurídico que éste ha concedido a los
individuos. De este modo, y gracias a su enlace con las ideas del Estado, la
lucha de intereses se eleva, sacándola de la baja esfera del egoísmo. Si se
tiene esto en cuenta, ¿no estaría justificada la opinión de que también la
actividad económica ha de ser considerada desde un punto de vista más elevado
que el de la codicia individual? El hombre económico, al realizar sus tareas,
¿no obedece a una voluntad más alta que los simples impulsos de su egoísmo? En
todo caso, no podrá decirse que nuestra constitución económica sea, en menor
grado que el orden jurídico, expresión de la voluntad nacional general, porque
no esté envuelta en artículos de leyes. Sabemos que el hombre de negocios
puritano, cree servir a Dios al perseguir sin escrúpulos el dólar o la libra
esterlina. Esto no corresponde a la manera alemana de ver las cosas. Pero, en
general, también el alemán, no obstante procurar su provecho, siente su
profesión económica como una misión, y se cree obligado por Dios y los hombres
a desempeñarla escrupulosamente, viendo en sus rendimientos el certificado del
valor y utilidad de su obra. Pues siente su interés privado en armonía con el
interés de la comunidad. No podrá negarse que esta concepción de las fuerzas
económicas impulsoras, enlazada con la idea de la comunidad, es más elevada que
aquella filosofía de los sentimientos de placer y dolor, que considera el
trabajo económico como una pena física, y quisiera así elevar la psicología de
la pereza al rango de una teoría económica. Peto aquella otra concepción, no
sólo es más noble, sino que tiene la ventaja de reflejar más exactamente la
vida. Sopesando sentimientos de placer y dolor, podrá explicarse la
transformación de un salvaje holgazán en un trabajador utilizable; pero por
este camino no se explica nuestra vida económica. En cambio, la concepción
idealista que enlaza el trabajo del individuo a los intereses de la comunidad,
recibe su justificación precisamente por el dinero. Pues si en la economía
monetaria el servicio individual es recompensado con un medio que pone al
receptor en situación de demandar los bienes y servicios de otro conciudadano,
en el fondo alienta aquí la idea de que el derecho del individuo es reconocido,
no sólo por aquél que recibe sus servicios, sino por toda la comunidad.
Por eso creo que el análisis de la economía, llevado a cabo en el texto,
está fundado, tanto en general como aplicado particularmente a la teoría del
dinero. Me parece también fecundo para la determinación del concepto del
capital (§ 8), en derredor del cual flota todavía mucho innecesario misticismo.
Al § 8.
(14) La significación nacional de
la formación de capital, a la que he consagrado un capítulo en G.u.K. (pág.
162-187) se sale del marco de la teoría del dinero; pero para ser expuesta
requiere el fundamento de conceptos claros acerca de la teoría del dinero,
conceptos que, a su vez, se comprueban al tratar de la
formación del capital.Exportación de capital, G.u.K., página
168. Competencia de colocación de capitales nacionales y extranjeros, página
171 y páginas 157-161. Exportación de capital y de
mercancías como condición del aumento de la población alemana, página
174. El mercado del trabajo al descender la cifra de crecimiento de
población, página 177. Política de capital, página
186.
Al § 10.
(15) Creación de dinero. - En «La esencia del dinero» no
se trata todo lo relativo a la creación del dinero, sino tan sólo una parte de
ello; pero justamente aquella parte queteóricamente tiene más importancia y en
la que más claramente se refleja la relación del dinero con la
marcha de la economía política. Como he expuesto en el § 7, la esencia de
nuestra economía no está en la posesión y cambio individuales, sino en la
producción y consumo conjuntos de la comunidad; y el dinero, tal como aquí se
le describe, acompaña ese proceso, pues aparece en la circulación con la
producción y desaparece de ella con el consumo. De este modo la visión confusa
que ofrece el dinero, girando en apariencia sin principio ni fin, sin regla ni
sistema, adquiere así el punto de vista de un sistema ordenador.
Y esta concepción de la circulación del dinero, si se continúa su
examen, aparece como fecunda, no sólo para el dinero, que por el camino del
crédito sale del banco central y vuelve a entrar en él, sino para el que se
queda allí definitivamente. Sirve para las reservas de dinero de los institutos
monetarios y bancos, e incluso para todas las reservas en cajas que ahorran
a sus tenedores la necesidad de recurrir al crédito. Aquí se ofrecen a la
investigación de detalle problemas numerosos. Sobre todo, importa darse cuenta
de que la inalterabilidad de los signos monetarios, que se dan y se
toman constantemente, es una peculiaridad técnica de nuestra circulación,
quenada quiere decir económicamente; lo que puede verse con
claridad en las fichas de los juegos de cartas o, mejor aún, en un sistema
valutario de dinero giral. (Nota al § 4.)
Por lo demás, acerca de la teoría de la creación de dinero, véase el
capítulo que se le dedica en G.u.K., páginas
54-62, y en W.u.G., El Banco del Imperio después de la
guerra,V a VII, e Infl., páginas 23-33. Creación de dinero
para las existencias mínimas en caja: G.u.K., pág.
55. Creación de dinero para los vencimientos trimestrales, véase
§ 4, nota 4. Creación de dinero para sustituir la falta de capital de
ahorro: G.u.K., página 59. Deficiencia de la creación de
dinero a causa de importaciones de oro: G.u.K., pág.
57, W. u. G.,capítulo VI.
La obligación de la reserva para los billetes de banco
aparece aquí en una luz totalmente distinta que en las anteriores
concepciones. Según la opinión antigua, el billete de banco es una obligación
cuyo tenedor puede exigir una garantía para su crédito personal, aun en el caso
de que se haya derogado el derecho de convertibilidad. Según la
opinión que aquí se sustenta, el poseedor de dinero no puede pedir
seguridad alguna, pues se satisface con poder pagar con su dinero. En cambio,
el interés de la comunidad exige una ordenación del régimen monetario, que no
estorbe al natural desarrollo de los precios. Por esa razón, el aumento de
dinero, cuando el nuevo dinero está destinado a ejercer funciones de compra en
el mercado, ha de hacerse al aumentar las mercancías; en cambio, puede crearse
sin aumento de mercancías cuando, como sucede en los vencimientos trimestrales,
sólo sirve de medio para saldar cuentas y no aumenta la demanda de mercancías.
Por consiguiente, el objeto de la cobertura no es asegurar al poseedor del
dinero contra eventuales pérdidas, sino hacer que se desenvuelva
sin obstáculos el mercado de los precios. Esto puede aplicarse también a la
reserva propuesta por mí en W. u. G,. en
empréstitos del Imperio para el dinero depositado definitivamente (no por el
camino del crédito) en el banco.
Entendiendo este sentido de la reserva y aceptado como principio el
paralelismo entre el dinero y las mercancías, quedan resueltos todos los
proyectos que quieren transformar en dinero (con o sin interés) los
empréstitos del Reich y pretenden suprimir por este camino la deuda imperial.
Contra el clasicismo en la creación de dinero sobre la base de letras
descontadas sobre mercancías, se han hecho valer las siguientes objeciones:
1.ª La producción de mercancías en épocas de superproducción puede
traspasar la demanda existente (Liefmann: Weltwirtschaftliche
Archiv [Archivos de economía mundial], 1 de Enero de 1918, pág. 15,
nota). La objeción no me alcanza, pues yo digo expresamente: «sólo mercancías
vendidas pueden servir de base para la creación del dilnero».
2.ª Las letras sobre mercancías pueden ser letras financieras
disfrazadas.
3.ª Pueden correr varias letras sobre la misma partida de mercancías.
A estos dos argumentos he respondido ya en W. u. G., El Banco
del Imperio después de la guerra, VII.
Los que formulan estas objeciones no se dan cuenta de aquello de que se
trata. Semejantes observaciones podrían ser tomadas en consideración si se
tratase de hacer una reforma y de examinar antes las razones prácticas que
hubiese en pro o en contra de ella. Pero se trata de algo muy distinto. La
emisión de billetes a base de letras sobre mercancías ha dado excelentes
resultados a lo largo de varios decenios y nadie piensa en abolirla. En cambio,
faltaba hasta hoy una justificación teórica de este procedimiento. Por
consiguiente, no preguntamos: ¿hay razones que aconsejen suprimir o limitar la
emisión de billetes a base de letras sobre mercancías? Sino que preguntamos:
¿cómo se explica que pueda hacerse por este camino la emisión de nuevos
billetes, sin que se ejerza en los precios una influencia perturbadora?
A esto es a lo que busco respuesta, deduciendo, en el § 7, de la
naturaleza de nuestro orden económico los requisitos del dinero clásico, y
demostrando en el § 10 que la creación de dinero sobre esta base, en ciertas
condiciones, llena del modo más perfecto aquellos requisitos.
El tipo más puro de creación clásica de dinero es la emisión de billetes
contra letras giradas por el productor de mercancías sobre sus compradores. En
este caso, puede observarse claramente que la mercancía y el nuevo dinero, así
como aparecen juntos, desaparecen juntos también, yendo la mercancía al
consumidor y volviendo el dinero al banco oficial. Es cierto que, en la
complicación de la vida, las cosas no se presentan con esta simplicidad; pero
lo importante es la idea central, que es exacta. En el § siguiente se extiende
al comerciante el «derecho de crédito» del productor, y se deducen varias
aplicaciones útiles del pensamiento fundamental. Comienza aquí el reino de la
práctica, cuyo objeto es satisfacer las exigencias de la vida económica, en
conformidad con el principio fundamentado científicamente. Es cierto que esto
supone dificultades que, si no afectan al teórico, al práctico le proporcionan
muchos quebraderos de cabeza. Se presenta el peligro de un empleo abusivo de
las instituciones de crédito y la necesidad de prevenirlo. Pero, ¿cómo puede
atacarse la calidad de un instrumento diciendo que es posible abusar de él?
¿Cómo se puede objetar, y por añadidura desde el punto de vista teórico, contra
nuestra justificación teórica de la creación de dinero,
aludiendo a los peligros de su ejecución práctica, y esto cuando tenemos a la
vista el hecho indiscutible de que nuestro Banco Imperial evita, jugando, esos
supuestos peligros? Para ser lógicos habría que desechar en absoluto la
necesidad de paralelismo entre el dinero y las mercancías de consumo, cosa que
Liefmann parece pretender, cuando quiere fundar la creación de nuevo dinero
(sin duda porque las mercancías no le parecen bastante psíquicas), sobre
«rendimientos» y depósitos bancarios, idea para cuyo uso no da, por lo demás,
la menor instrucción.
Algunos no quieren oír hablar del concepto de creación de dinero. Para
ellos el crédito es lo único que decide. Pero hay crédito y crédito. El crédito
que se satisface con los medios existentes, no interesa a la teoría del dinero.
En cambio, el crédito cuya satisfacción exige creación de nuevo dinero, afecta
justamente por eso a la doctrina del dinero y su creación, y la cuestión está
en qué clase de crédito o, mejor dicho, de necesidad de dinero, debe ser
satisfecha por la creación de dinero nuevo y cuál no debe serlo. A esto responden
nuestras investigaciones.
Al § 12.
(16) «Los poseedores de dinero
nuevo, que, ansiosos de mercancías, aumentan la demanda, hacen
subir los precios y disminuyen la fuerza adquisitiva del dinero.» Acerca de
esto, G.u.K., página 18. «Es preciso darse cuenta de
que los efectos de las inflaciones son exactamente los mismos cuando el dinero
nuevo va al mercado en forma de papel o de efectos girales y hace subir los
precios.» Véase G.u.K."página 119: «Un exceso de dinero
nuevo produce aumento en la demanda de mercancías, la cual hace subir los precios.»
La falsa opinión de los adeptos de la teoría de la cantidad, según los cuales
la cantidad de medios de pago mecánicamente -en cierto modo como en una
balanza- hace subir los precios, no la he compartido nunca. Tampoco he aceptado
que la subida de precios sea determinada por desestimación y descenso de valor
del dinero, sino que, como demuestran las citas anteriores, siempre he visto el
fundamento de la subida de precios en el aumento de demanda de mercancías, cosa
que he expuesto detalladamente en «El problema de la inflación». El
deseo que el discípulo de Liefmann, Genzmer, manifiesta en su trabajo
inaugural,Consideraciones críticas sobre la teoría nominalista del dinero, Friburgo,
1917, de ver en esto una influencia de su maestro es, por consiguiente,
irrealizable.
Al § 14.
(17) Véase acerca de esto Importación
de oro y salida de oro en G.u.K., páginas
93-102. Se produce salida de oro cuando el curso de las divisas sobrepasa el
punto del oro; la importación de oro era antes de la guerra prácticamente un
negocio impuesto (no rentable) al banco oficial por el precepto que le obliga a
mantener una reserva metálica para los billetes. Sobre La abundancia de
oro en el año 1895, G.u.K., página 96.
(18) Sobre la desmonetización
del oro, véase G.u.K., páginas 40 y 42. Antes era una
especulación teórica; hoy es una posibilidad práctica, con la que hay que
contar, aunque no se crea que vaya a producirse. Acerca de esto, W.u.G. «El
Banco del Imperio después de la guerra», IV.
Al§ 15.
(19) Sobre la creación de
moneda divisionaria, W. u. G. «El Banco del imperio después
de la guerra», V. Se propone usar los empréstitos del
Estado como cobertura bancaria para el dinero que abandone definitivamente (es
decir, no por el camino del crédito) la circulación.
Al § 16.
(20) Sobre lo siguiente, véase «Escasez
de dinero y cobertura de billetes», G.u.K., páginas 87 y 92.
Diferencia entre la falta de capital y la escasez de dinero (falta de
cobertura) y los remedios que pueden aplicarse.
(21) La función del oro como instrumento
de pago internacional es, así como la fuerza adquisitiva y la
constancia de valor del dinero, una de aquellas expresiones incorrectas que han
adquirido carta de naturaleza. En el § 3, en la nota correspondiente, se ha
expuesto que el oro no es instrumento de pago, sino mercancía.
(22) Sobre política de descuento,
W. u. G. «El Banco del Imperio después de la guerra», VIII.
«Es de agradecer al actual presidente el considerabIe progreso, que consiste
en que la tasa del banco se mantenga durante el año inmutable en lo posible,
dentro de un término medio adecuado» (lo que ya ocurrió en los años anteriores
a la guerra) .
Al § 17.
(23) El derecho y el deber del Banco
Imperial de suspender la emisión de billetes, al faltarle la reserva prescrita
legalmente; los peligros de este estado en épocas críticas (tesaurización); la
necesidad de salvar la existencia de oro del Banco imperial, como propiedad
nacional, contra la codicia privada; la fundamentación teórica de esta
necesidad; todos estos temas están tratados en W. u. G. «El
Banco del Imperio antes de la guerra» (1913).
(24) El Banco del Imperio debería
estar constituído sin limitación de tiempo. La frase
«privilegio de emisión de billetes» delata el anacronismo de su organización.
Véase«El carácter del Banco del Imperio», G.u.K., pág. 65.
(25) Práctica de la circulación
de giro, siguiendo el modelo hamburgués, G.u.K., páginas 104 y 106.
No han faltado intentos de introducir en Alemania los pagos sin moneda
metálica. Esto coincidía siempre con una situación poco satisfactoria del banco
oficial. Pero al mejorar el tiempo, y cuando era favorable la cobertura de los
billetes, se dejaba todo como estaba. ¡Cuán poco han conseguido en este sentido
la crisis de 1907 y la encuesta bancaria de 1908!
Hay que tener en cuenta que durante aquel tiempo se trataba de ahorrar
oro... Hoy sólo se trata de ahorrar papel. Aun prescindiendo de deficiencias
monetarias en la reserva metálica, hubiera valido la pena poner un dique por
interés nacional a la dilapidación del oro. Bajo la capa de nuestros atrasados
modos de pago, dormita una mina de oro, que podría producirnos más de 2.000
millones de marcos de ganancia líquida, escribía yo en el año 1904, y en la
encuesta bancaria se le pedía al banco oficial que hiciera un gran esfuerzo
para propagar el pago por giro. Todo fué en vano. Sin embargo, la actual
dirección del Banco imperial tuvo el mérito de iniciar por otro camino la
concentración del tesoro nacional de oro, introduciendo los pequeños billetes y
reteniendo todo lo posible el oro, en el banco.
Pero la guerra ha traído lo que la paz no había podido conseguir. Todo
el oro descansa en las cajas del banco; ya no circula ni una moneda. Y entonces
se pregunta: ¿Para qué cambiar ya las costumbres en la forma de pago? ¿Qué
importancia económica puede tener que se pague por escrito con tinta y papel, o
con papel impreso que va de mano en mano?
Esto es exacto por una parte, pero por otra no. Es exacto que la
diferencia entre el cheque y el billete es, a lo sumo, una diferencia de
civilización, no una diferencia económica. El llamado «valor» de las divisas no
depende de eso. En el interior, el «valor» del dinero no es más que el reflejo
de los precios, para cuya altura es indiferente que se acostumbre el público a
pagar con cheques o con billetes; y el valor del marco en el extranjero, es
decir, el curso de las letras extendidas en marcos, se determina según la
balanza de pagos y según la especulación que atiende a su desenvolvimiento
probable, y tampoco en esto importan nada los procedimientos de pago alemanes.
Pero, por otra parte, casi todo el mundo cree todavía que entre la circulación
de billetes y la cobertura metálica de aquéllos existe una relación que refleja
el «valor interno) de la divisa, mientras que las cuentas corrientes
depositadas en el banco central pueden, a cualquier altura, carecer de toda
cobertura, sin afectar por ello a la situación de la divisa. Y esta ilusión,
completamente desprovista de fundamento -hay que reconocerlo-, este error de
que los billetes y los efectos girables se diferencian sustancialmente en lo
que a su cobertura atañe, tiene, sin embargo, el valor de un hecho político
real, con el que hay que contar.
Y hay que contar con él en una doble dirección, tanto en el interior
como respecto al extranjero. Por de pronto, nuestra legislación bancaria
descansa también en la antigua creencia, y pide sólo para los billetes, no para
las deudas girales del Banco imperial, una reserva especial en metal y valores.
Pero la legislación domina las ideas del público y no menos las de la crítica
especializada. Así todo el mundo, al leer los balances del banco, se fija en la
cobertura de los billetes y considera los efectos girales como sin influencia
en el valor de nuestra divisa. Tiene, pues, razón la dirección del Banco
Imperial al creer que, disminuyendo la circulación de billetes, se fortalecerá
la confianza en nuestras instituciones, tan importante durante la guerra. E igualmente
hay que conceder que el extranjero, sujeto al mismo error, considerará como un
aumento de fuerza la disminución de la circulación de billetes, análogamente a
como hasta ahora el aumento de la emisión de billetes ha sido considerado
falsamente como un indicio de debilidad financiera.
Así, pues, los esfuerzos hechos para propagar el pago por instrumentos
escritos merecen nuestro apoyo más entusiasta, no por motivos que toquen
a la teoría del dinero, sino por razones de política práctica; aparte de que el
cheque es indudablemente preferible al billete como medio de pago en todos
aquellos pagos en que se acostumbra a extender recibo, salvo que el
deudor le sea personalmente desconocido al acreedor. Pero si se considera con
algún detenimiento el problema se echará de ver cuanto queda por hacer para
ilustrar al público en este tema, como, en general, en todo cuanto al dinero se
refiere (tomado de Recht und Wirtschaft (Derecho y Economía),
cuaderno de Agosto-Septiembre de 1917).
(26) Bases para la reforma
de la legislación del Banco Imperial se hallan en W. u. G., al
final del trabajo, El Banco del Imperio después de la guerra.
FIN


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