© Libro N° 8124.
La Declaración. De
Maupassant, Guy. Emancipación. Diciembre 26 de 2020.
Título
original: © La Declaración. Guy De
Maupassant
Versión Original: © La Declaración. Guy De Maupassant
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Guy De Maupassant
La Declaración
Guy De Maupassant
El sol del mediodía cae en amplia lluvia sobre las
praderas, que se extienden, ondulantes, entre los bosquecillos de las granjas y
los diversos sembrados; los centenos maduros y los trigos amarillentos; las
avenas, de un verde claro, y los tréboles, de un verde sombrío, cubren, con una
gran colcha rayada, inquieta y suave, el desnudo vientre de la tierra.
Lejos, en la cima de una ondulación, alineadas como
los soldados, una interminable fila de vacas: las unas tendidas, en pie las
otras, guiñando sus ojos bajo la ardiente luz, arrancan y desmenuzan con los
dientes el trébol de un montón tan vasto como un lago.
Y dos mujeres, madre e hija, avanzan,
balanceándose, la una delante de la otra, por un angosto sendero abierto entre
los sembrados, hacia aquel regimiento de animales.
Cada una lleva dos cubos de cinc, que mantienen a
distancia de su cuerpo con ayuda de un aro de cuba; y el metal, a cada uno de
sus pasos, despide una llama deslumbrante y blanca, bajo el sol que lo hiere.
No hablan. Van a ordeñar las vacas. Llegan,
depositan el cubo en el suelo y se acercan a los dos primeros animales, que se
levantan al sentir en sus costillas el golpe de los zuecos de las mujeres. La
bestia se yergue con lentitud: primero sobre sus patas delanteras y alzando
luego, con más trabajo, su ancha grupa, que parece entorpecida por la enorme
ubre de carne rubia y colgante.
Y las dos Malivoire, madre e hija, de rodillas bajo
el vientre de la vaca, estiran con un vivo movimiento de sus manos la hinchada
carne, que hace caer, a cada opresión, un delgado chorro de leche en el cubo.
La espuma, algo amarilla, sube a los bordes; y las mujeres pasan de un animal a
otro hasta la conclusión de la larga hilera.
En cuanto han acabado de ordeñar una la pasan a
otro sitio, dándole para comer un montón de pastura verde. Luego echan a andar
otra vez más lentamente ya, entorpecidas por el peso de la leche; delante, la
madre; la hija, detrás.
Pero ésta se detiene bruscamente, deja en el suelo
su carga, se sienta y se echa a llorar con amargura.
La abuela Malivoire, no oyendo sus pasos, se vuelve
y queda estupefacta.
-¿Qué tienes? -dice.
Y la hija, Celeste, una moza alta, rubia, de
cabellos tostados, de mejillas quemadas y manchadas de pecas, como si en el
rostro le hubiesen caído gotas de fuego mientras se peinaba un día al sol,
murmuró, gimoteando nuevamente, cual gime el niño a quien se pega:
-¡No puedo llevar la leche!
La madre la miraba con aire inquieto. Repitió:
-¿Qué tienes?
Celeste agregó sentada en el suelo entre sus dos
cubos y tapándose el rostro con el delantal:
-Esto me duele demasiado. No puedo.
La madre repitió por segunda vez:
-¿Qué tienes?
Y gimió la muchacha:
-Creo que estoy encinta.
Y sollozó.
La vieja soltó a su vez los cubos de leche, tan
asombrada, que no sabía qué decir. Por último, balbució:
-¿Que…, que estás encinta, haragana? ¿Es posible?
Los Malivoires eran ricos labriegos, gente
apañadita, ordenada, respetada, maliciosa y pudiente.
La chica tartajeó:
-Me parece que no me engaño.
Asombrada, la madre miraba a su hija, que
lloriqueaba a sus pies. Al cabo de unos segundos, exclamó:
-¡Conque estás encinta! ¡Encinta! ¿Y dónde has
cogido eso, mala pécora?
Y Celeste, sacudida por la emoción, murmuró:
-Me parece que fue en el coche de Pólito.
La vieja trataba de comprender, trataba de
adivinar, trataba de saber quién habría podido hacer a su hija aquel mal
servicio. Si era un mozo riquejo y bien mirado, se trataría de arreglar la
cosa: el mal no existiría entonces más que a medias; no era Celeste la única a
quien le había ocurrido aquello; pero le contrariaba el hecho de todos modos,
en vista del giro que tomaba el asunto.
Agregó:
-¿Y quién te hizo eso, estúpida?
Celeste, resuelta a decirlo todo, se atrevió a
murmurar:
-Creo que fue Pólito.
Entonces la tía Malivoire, enloquecida por la
cólera, se arrojó sobre su hija y se puso a pegarle con tanta furia que se le
cayó el gorro.
Descargaba recios puñetazos sobre la cabeza, sobre
la espalda, sobre todo el cuerpo, y Celeste, tumbada por completo entre los dos
cubos, que la protegían algo, se limitaba a ocultar el rostro entre las manos
bien abiertas.
Todas las vacas, sorprendidas, habían cesado de
comer y, habiéndose vuelto, miraban con sus grandes ojos. La última bramó,
alargando el hocico hacia las mujeres.
Después de golpear hasta cansarse, la tía
Malivoire, sofocada, se detuvo; y, recobrando algo el uso de sus facultades,
quiso darse la más exacta cuenta de la situación.
-¡Pólito! -dijo-. ¿Es posible? ¿Cómo te dejaste
coger por un cochero de diligencia? ¿Habías perdido el seso? ¡Menester será que
te haya dado un filtro aquel holgazán!
Y Celeste, tumbada siempre en el suelo, murmuró de
cara al polvo:
-¡No le pagaba el asiento!
La vieja normanda comprendió entonces.
***
Todas las semanas, el miércoles y el sábado,
Celeste iba al pueblo con los productos de la granja, la volatería, la crema y
los huevos.
Salía a las siete con sus dos cestos del brazo, los
quesos y demás en el uno, las gallinas en el otro, e iba a esperar en la
carretera la diligencia de Yvetot.
Dejaba en tierra sus mercancías y se sentaba en la
zanja, mientras las gallinas de corto y agudo pico y los patos de pico largo y
ancho, sacando la cabeza por entre los mimbres, miraban con su ojo redondo,
estúpido y lleno de asombro.
Pronto el carruaje, especie de cofre amarillo
protegido por un toldo de cuero negro, llegaba allí sacudiendo su trasera,
movida por el trote aparatoso de una blanca yegua.
Y Pólito, el cochero, un robusto y alegre muchacho,
barrigudo, aunque joven, y tostado por el sol, curtido por el viento, mojado
por las lluvias y teñido por el aguardiente, que tenía el rostro y el cuello de
color de ladrillo, gritaba a lo lejos, haciendo sonar su látigo:
-¡Buenos días, señorita Celeste! ¿Cómo va de salud?
Ella le tendía, uno tras otro, sus cestos, que él
colocaba sobre la imperial; luego subía la moza, levantando la pierna para
alcanzar el estribo, y enseñando la pantorrilla, cubierta por una media azul.
Y cada vez tenía Pólito la misma broma: “¡Caramba,
no ha enflaquecido!”
Y ella se echaba a reír, encontrando graciosa la
frase. Luego él lanzaba un: “¡Arre, Capitana!”, que hacía arrancar al flaco
animal. Entonces Celeste sacaba el portamonedas del fondo del bolsillo y de él
diez sueldos, seis por ella y cuatro por los cestos de mercancías, y se los
daba a Pólito por encima del hombro.
Él los cogía, diciendo al alargar la mano:
-¿Tampoco es hoy la fiesta?
Y se reía de la mejor gana, volviéndose hacia la
joven para mirarla con más comodidad.
Mucho le costaba a ella el dar cada vez aquel medio
franco por tres kilómetros de camino. Y cuando no tenía sueldo sufría más aún,
no pudiendo decidirse a alargar una moneda de plata.
Un día, en el momento de ir a pagar, no pudo
contenerse.
-Tratándose -dijo- de una buena parroquiana como
yo, no debiera cobrarme usted más que seis sueldos.
Él se echó a reír.
-¿Seis sueldos, hermosa mía? Vale usted más que
eso, seguramente que vale usted más.
Ella insistió:
-Vienen a resultarle a usted más de dos francos
mensuales.
Y él gritó, arreando al animal:
-Para que vea usted que soy amable, no le cobraré
nada si consiente en la fiesta.
Ella preguntó con sencillez:
-¿Qué quiere decir eso?
Él se divertía tanto, que tosía a fuerza de reír.
-Una fiesta es una fiesta. ¡Caramba! Una fiesta
entre moza y mozo, un dúo sin música.
Ella comprendió, se ruborizó y dijo:
-No me conviene el trato, señor Pólito.
Pero él no se intimidó, y repetía riendo más y más:
-Ya le convendrá a usted ¡una fiesta entre moza y
mozo!
Y a partir de entonces, todos los días, cuando ella
le iba a pagar, el cochero le preguntaba:
-¿Tampoco es hoy la fiesta?
Ella bromeaba también, y respondía:
-Tampoco, señor Pólito; pero será el sábado, se lo
aseguro.
Y él gritaba, riendo:
-Muy bien; ¡vaya por el sábado!
Y ella calculaba interiormente que, en los dos años
que duraba la cosa, había pagado cuarenta y ocho francos a Pólito, y cuarenta y
ocho francos son una cantidad en el campo; y calculaba también que dentro de
dos años más, le habría dado cerca de cien francos de plata.
Y tanto calculó que un día, un día de primavera que
estaban solos, cuando él le preguntó, según costumbre:
-¿Tampoco es hoy la fiesta?
Ella le respondió:
-Como usted guste, señor Pólito.
A él no le sorprendió la cosa y saltó dentro del
coche, murmurando con satisfacción:
-Sea hoy, pues. ¡Ya sabía yo que acabaríamos por
entendernos!
Y la vieja yegua blanca se puso a trotar tan
suavemente que parecía bailar sin dar un paso, indiferente a la voz que te
gritaba desde el fondo del coche:
-¡Arre, Capitana, arre!
***
Tres meses después, Celeste se dio cuenta de que
estaba encinta.
Había dicho todo esto con voz lacrimosa. Y su
madre, pálida de ira, le preguntó:
-¿Cuánto ha valido eso, según tu cuenta?
Celeste dijo:
-Cuatro meses, a diez sueldos viaje… Pues ocho
francos.
Al oír esto, la rabia de la campesina se
desencadenó espantosamente, y, cayendo otra vez sobre la muchacha, la golpeó
hasta perder el resuello. En seguida, levantándose:
-¿Y le has dicho -exclamó- que estás encinta?
-¿Qué le he de decir?
-¿Por qué no?
-¿Para que me hubiese hecho pagar? ¡No soy tan
tonta!
La vieja meditó luego, tomando otra vez los cubos:
-¡Vamos! -dijo-, levántate y trata de seguirme.
Pasado un instante agregó:
-Por otra parte, no le digas nada mientras él no lo
note; ¡así podrás ir de balde seis u ocho meses!
Y habiéndose puesto en pie, la moza, llorando aún,
despeinada y cubierta de polvo, echó a andar con tardo paso tras de su madre,
murmurando:
-¡Es claro que no se lo diré!
