© Libro N° 14920. Una Historia Divertida. Henry, Emily. Emancipación. Marzo 14 de 2026
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UNA
HISTORIA DIVERTIDA
Emily
Henry
Una Historia Divertida
Emily Henry
A Daphne siempre le había encantado la forma en que Peter, su prometido, contaba su historia. Cómo se conocieron, se enamoraron y regresaron a la ciudad natal de él, a orillas de un lago, para empezar una vida en común. Se le daba realmente bien explicarlo… hasta que se dio cuenta de que, en realidad, estaba enamorado de Petra, su mejor amiga de la infancia.
Y así es como Daphne empieza su nueva vida: en la hermosa Bahía de Waning, Michigan, lejos de su familia y amigos, pero con un trabajo idílico de bibliotecaria infantil (con el que a duras penas llega a fin de mes). Por eso, se plantea compartir piso con la única persona que podría entender cómo se siente: Miles Nowak, el exnovio de Petra.
Desaliñado, caótico y con tendencia a escuchar baladas tristes para consolarse, Miles es completamente opuesto a la práctica y discreta Daphne, tan reservada con su vida personal que sus compañeros de trabajo bromean sobre si pertenece al FBI o es una testigo protegida. En general, los dos nuevos compañeros de piso se evitan el uno al otro, hasta que un día, mientras ahogan sus penas, entablan una frágil amistad y trazan un plan. Y si, para seguir ese plan, tienen que compartir fotografías de sus aventuras veraniegas juntos, fotografías que den pie a sacar conclusiones equivocadas, ¿quién podría culparlos?
Pero Daphne solo lo hace para dejarse ver, por supuesto, porque nunca empezaría un nuevo capítulo de su vida enamorándose del exnovio de la nueva novia de su exnovio… ¿verdad?
Emily Henry
Una Historia Divertida
ePub r1.0
Titivillus 04.03.2026
Título original: Funny Story
Emily Henry, 2024
Traducción: Ana Isabel Domínguez Palomo & María del Mar Rodríguez Barrena
Diseño de la portada: Sandra Chiu
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
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Agradecimientos
Sobre la autora
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Para Bri, que me recogió en el aeropuerto la noche que nos
conocimos y me llevó en coche a través de una tormenta de
nieve sin mirar atrás.
Eres un tesoro.
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Miércoles, 1 de mayo
108 días hasta que pueda irme
Algunas personas son narradoras natas. Saben cómo preparar la escena, cómo encontrar el ángulo adecuado, cuándo hacer una pausa para conseguir un efecto dramático o pasar por alto detalles inconvenientes.
No me habría hecho bibliotecaria si no me gustaran las historias, pero nunca se me ha dado bien contar las mías.
Si me dieran un centavo por cada vez que interrumpo mi propia anécdota para debatir si ocurrió realmente un martes o si, de hecho, ¡fue un jueves!, habría ganado por lo menos cuarenta, y las ganancias son demasiado irrisorias como para desperdiciar tanto tiempo de mi vida.
Peter, en cambio, tendría cero centavos y un público embelesado.
Me encantaba sobre todo cómo contaba nuestra historia acerca del día que nos conocimos.
Fue a finales de la primavera, hace cuatro años. Por aquel entonces vivíamos en Richmond, a solo cinco manzanas de distancia entre su elegante piso situado en un edificio reformado de estilo italiano y mi destartalada y poco chic versión del mismo tipo de lugar.
De camino a casa desde el trabajo, me desvié por el parque, cosa que nunca hacía, pero el día era ideal. Además, llevaba un sombrero, un accesorio que jamás había usado, pero mi madre me lo había enviado por
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correo la semana anterior, y sentía que por lo menos debía hacer el esfuerzo. Estaba leyendo mientras caminaba (algo que me había prometido dejar de hacer, porque unas semanas antes había estado a punto de provocar un accidente de bicicleta), cuando, de repente, una cálida ráfaga de aire me quitó el sombrero. Salió volando y pasó por encima de unas azaleas. Y cayó directamente a los pies de un hombre rubio, alto y apuesto.
Peter dijo que aquello le pareció una invitación. Se rio, casi burlándose de sí mismo, y añadió:
—Nunca había creído en el destino hasta ese momento.
Si eso es cierto, es razonable suponer que el destino me odia un poco, porque cuando se agachó para recuperar el sombrero, otra ráfaga de viento lo lanzó por los aires, y tuve que perseguirlo hasta un cubo de basura.
De los metálicos, atornillados al suelo.
El sombrero aterrizó sobre un montón de fideos lo mein desechados, el borde de la papelera me golpeó en las costillas y acabé de culo sobre el césped. Peter lo describió como «una torpeza monísima».
Y omitió la parte en la que solté una sarta de palabrotas a voz en grito. —Me enamoré de Daphne en cuanto levanté la mirada de su sombrero
—decía, sin mencionar los fideos que me cayeron en el pelo.
Cuando me preguntó si estaba bien, le dije:
—¿He matado a algún ciclista?
Pensó que me había golpeado la cabeza. (No, el problema era que las primeras impresiones no son lo mío).
Durante los tres últimos años, Peter ha desempolvado Nuestra Historia cada vez que ha podido. Estaba segura de que la incluiría tanto en nuestros votos matrimoniales como en su discurso del banquete.
Sin embargo, luego se celebró su despedida de soltero, y todo cambió. La historia se inclinó un poco. Encontró un nuevo punto de vista. Y en ese nuevo relato, yo ya no era la protagonista, sino la pequeña complicación que usaría a partir de entonces para darle chispa a la historia
de cómo conoció a su mujer.
Daphne Vincent, la bibliotecaria que Peter sacó de la basura, con la que estuvo a punto de casarse y a la que dejó la mañana posterior a su despedida de soltero por su «mejor amiga» y «amor platónico», Petra Comer.
Claro que… ¿en qué momento necesitaría contar su historia?
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Todos los que rodeaban a Peter Collins y a Petra Comer la conocían. Sabían que se conocieron en tercero de primaria, cuando se vieron obligados a sentarse por orden alfabético y se hicieron amigos por su afición común a los Pokémon. Y que poco después sus madres se hicieron amigas durante una excursión al acuario, al igual que sus padres.
Durante el último cuarto de siglo, los Collins y los Comer pasaron juntos las vacaciones. Celebraban cumpleaños, almuerzos navideños, decoraban sus casas con marcos de fotos hechos a mano en los que se veían imágenes de Peter y Petra ilustrando de distintas formas la frase «Mejores Amigos Para Siempre».
Según me dijo Peter, eso hacía que él y la mujer más guapa que había conocido en la vida parecieran más primos que amigos.
Como bibliotecaria, debería haberme tomado un momento para pensar en Mansfield Park o en Cumbres Borrascosas, todas esas historias de amor góticas y retorcidas en las que los protagonistas, criados uno al lado del otro, llegan a la edad adulta y proclaman su amor mutuo y eterno al mundo.
Sin embargo, no lo hice.
Así que aquí estoy, sentada en un piso diminuto, cotilleando las redes sociales públicas de Petra, viendo cada detalle de su nuevo noviazgo con mi ex.
En la habitación de al lado, suena la versión de Jamie O’Neal de All By Myself lo bastante fuerte como para que la mesa del sofá vibre. Mi vecino, el señor Dorner, está aporreando la pared.
Apenas lo oigo, porque acabo de llegar a una foto de Peter y Petra, entre sus respectivos padres, en la orilla del lago Míchigan. Seis personas anormalmente atractivas esbozando unas sonrisas anormalmente blancas sobre un pie de foto que reza: «Vale la pena esperar por las mejores cosas de la vida».
Como si fuera una señal, la música sube de volumen.
Cierro el portátil de golpe y me levanto del sofá. Este edificio se construyó antes del calentamiento global, cuando los habitantes del norte de Míchigan no necesitaban aire acondicionado, pero solo estamos a 1 de mayo y a mediodía el piso ya parece un horno.
Echo a andar hacia el pasillo del dormitorio y llamo a la puerta de Miles. No me oye por encima de Jamie. Golpeo con más fuerza.
La música se detiene.
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Oigo que se acerca arrastrando los pies. La puerta se abre y sale una humareda de maría.
Mi compañero de piso tiene los ojos marrones enrojecidos y solo lleva unos bóxers y una manta de sofá tejida a mano sobre los hombros, como si fuera la versión triste de una capa. Teniendo en cuenta la temperatura reinante en el piso que compartimos, solo puedo suponer que lo hace por pudor. Parece un poco exagerado para un hombre que, la noche anterior, se olvidó de que vivía conmigo y se dio una ducha con la puerta abierta de par en par.
Su pelo, de un bonito tono chocolate, está completamente de punta. La barba del mismo color es un desastre. Carraspea.
—¿Qué pasa?
—¿Va todo bien? —le pregunto, porque aunque estoy acostumbrada a un Miles «despeinado», no lo estoy tanto a oírlo poner la canción más triste del mundo.
—Sí —contesta—. Todo bien.
—¿Podrías bajar la música? —le pido.
—No estoy escuchando música —responde muy serio.
—Bueno, la has puesto en pausa —le recuerdo, por si de verdad está demasiado colocado y su mente no retiene más de los últimos tres segundos—. Pero está muy alta.
Se rasca una ceja con el dorso de un nudillo, frunciendo el ceño.
—Estoy viendo una película —dice—. Pero puedo bajarla. Perdona.
Sin quererlo, me asomo por encima de su hombro para ver mejor.
A diferencia del resto de nuestro piso, que estaba perfectamente ordenado cuando llegué y sigue estándolo, su habitación es un desastre. Tiene la mitad de los discos apilados sobre las típicas cajas de las frutas donde parece que los guarda. La cama está deshecha, con la colcha y la sábana muy arrugadas. De los cajones de la cómoda, que casi están cerrados, cuelgan dos andrajosas camisas de franela como pequeños fantasmas que se hubieran quedado atrapados allí, a medio escapar.
En claro contraste con los tonos cremas y tostados de mi habitación, la suya es una mezcla sin ton ni son, pero acogedora, de rojos, mostazas y verdes setenteros. Mientras que mis libros están organizados a la perfección a lo largo de mi estantería y de la balda que instalé encima de la ventana, los suyos (muy pocos) están boca abajo, con los lomos agrietados, en el suelo. En su mesa hay manuales de electrónica,
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herramientas sueltas y una bolsa abierta de dulces Sour Patch Kids, y en el alféizar de la ventana arde una barrita de incienso entre unas cuantas plantas de interior tan sanas que resulta sorprendente.
Sin embargo, lo que más me llama la atención es la tele. En la pantalla está la imagen de una Renée Zellweger de veintitantos años, con un pijama rojo mientras canta con una revista enrollada a modo de micrófono.
—¡Por Dios, Miles! —exclamo. —¿Qué? —grita, un poco a la defensiva. —¿Estás viendo El diario de Bridget Jones? —Es una buena película —replica.
—Es una gran película —reconozco—. Pero esta escena dura como un minuto.
Sorbe por la nariz.
—¿Y?
—Quisiera que me expliques por qué lleva sonando por los menos… —miro la hora en mi teléfono— ocho.
Frunce el ceño, de modo que sus cejas oscuras casi se unen en el entrecejo.
—¿Necesitas algo, Daphne?
—¿Puedes bajar el volumen? —replico—. Los platos se están zarandeando en los armarios de la cocina y el señor Dorner está intentando derribar la pared del salón.
Vuelve a sorber por la nariz.
—¿Quieres verla? —me invita.
«¿Ahí dentro?».
El riesgo de contraer el tétanos es demasiado alto. Una idea poco generosa, sí, pero de un tiempo a esta parte tengo las reservas de generosidad agotadas. Es lo que pasa cuando tu novio te deja por la mujer más simpática, alegre y guapa del estado de Míchigan.
—No, gracias —contesto.
Nos quedamos de pie en silencio. Nunca hemos hablado tanto. Estoy a punto de batir el récord. Siento un cosquilleo en la garganta. Me arden los ojos. Y añado:
—Por favor, ¿podrías dejar de fumar dentro de casa?
Se lo habría pedido antes; pero, técnicamente, el piso es suyo. Me hizo un gran favor al dejar que me mudara.
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Claro que tampoco es que tuviera muchas opciones. Su novia acababa de dejarlo y de mudarse.
¡A mi casa!
¡Con mi novio!
Miles necesitaba a alguien que aportara la mitad del alquiler que compartía con Petra. Yo necesitaba un lugar donde dormir. ¿He dicho «dormir»? Quería decir llorar.
Sin embargo, ya llevo aquí tres semanas y estoy harta de presentarme al trabajo oliendo como si viniera directamente de un concierto de alguno de los grupos herederos de los Grateful Dead.
—Saco la cabeza por la ventana —dice Miles.
—¿Cómo? —le pregunto.
De repente, me imagino a un labrador retriever chocolate montado en un coche, con la boca abierta y los ojos entrecerrados al viento. Las pocas veces que Miles y yo nos vimos antes de esta situación, durante las incómodas citas dobles con nuestras exparejas que ahora son pareja, eso era a lo que él me recordaba. Es un chico simpático, alto y delgado, con una nariz respingona que le da aspecto de pícaro y unos dientes demasiado perfectos en comparación con su barba de varios días.
Las últimas dos semanas y media le han pasado factura, y parece un poco asilvestrado. Un labrador mordido por un hombre lobo y devuelto a la perrera. La verdad, me identifico mucho.
—Que saco la cabeza por la ventana cuando fumo —me aclara. —Vale —replico. No tengo nada más que añadir. Me doy media vuelta
para marcharme.
—¿Seguro que no quieres ver la película? —insiste.
¡Madre mía!
La verdad es que Miles parece un buen tipo. Es muy agradable. E imagino que lo que está sintiendo ahora mismo debe de ser comparable con mi aniquilación emocional. Podría aceptar su invitación, sentarme en su cama deshecha y ver una comedia romántica mientras absorbo kilo y medio de humo de maría por todos los poros de mi cuerpo. A lo mejor incluso estaría bien fingir durante un rato que somos amigos y no un par de desconocidos atrapados juntos en esta pesadilla de ruptura sentimental.
No obstante, hay otras opciones para aprovechar mejor la noche de un lunes.
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—Quizás otro día —respondo y vuelvo a mi portátil para seguir buscando nuevos trabajos, lejos de Peter y Petra, y lejos de Waning Bay, Míchigan.
Me pregunto si la Antártida necesita una bibliotecaria infantil.
Ciento ocho días más, y luego me iré de aquí.
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Abril
Antes de saber que necesitaba irme
Así es como transcurre el resto de la historia, cuando soy yo quien la cuenta: Peter Collins y yo nos enamoramos un día en el parque, cuando el viento me arrancó el sombrero de la cabeza.
Podría decirse que soy la peor persona del mundo para entablar una conversación intrascendente, pero él no estaba por la labor de mantener una conversación intrascendente.
Cuando le dije que el sombrero era un regalo de mi madre, quiso saber si nos llevábamos bien, dónde vivía, el motivo del regalo y: «Por cierto, feliz cumpleaños, ¿te gusta celebrar los cumpleaños?». Y cuando le dije: «Gracias y sí, sí, me gusta», me informó voluntariamente de que a él también le gustaban, de que su familia siempre trataba los cumpleaños como si fueran un gran éxito personal y no un simple marcador del tiempo transcurrido. Al decirle que eso sonaba de maravilla, me confesó que «Son la razón por la que siempre he querido tener algún día mi propia familia numerosa», y en ese momento ya me habría conquistado por completo aunque no me hubiera preguntado, como si yo no tuviera un montón de fideos chinos pegados en la melena castaña: «¿Y tú? ¿Quieres una familia numerosa?».
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Salir con hombres desde que pasé los veinticinco años había sido un infierno. Ese era el tipo de pregunta que yo hacía justo antes de que el chico con el que estuviera hablando por teléfono desapareciera de mi vida sin decir ni pío. Como si en realidad les preguntara: «¿Y si pasamos de las copas y vamos directamente a congelar algunos embriones por si acaso?».
Peter era distinto. Estable, firme, práctico. La clase de persona en la que me imaginaba confiando, algo que no era natural en mí.
Cinco semanas después, ya estábamos viviendo juntos, habíamos sincronizado nuestras vidas, nuestros grupos de amigos y nuestros horarios. Después de la primera fiesta de cumpleaños por todo lo alto que le organicé, Cooper y Sadie, que eran respectivamente el mejor amigo de Peter en Míchigan y mi mejor amiga, congeniaron y también empezaron a salir.
Al cabo de un año, Peter me propuso matrimonio. Le dije que sí.
Un año después, mientras planeábamos la boda, empezamos a buscar una casa para comprar. Sus padres, dos de las mejores personas que he conocido en mi vida, le enviaron la información de una preciosa casa antigua que habían puesto a la venta en el pueblecito donde él se había criado, junto al lago, no muy lejos de la casa familiar.
Peter siempre había querido volver, y dado que podía realizar a distancia su trabajo de desarrollo de software, ya nada se lo impedía.
Por aquel entonces, mi madre vivía en Maryland. Mi padre (que lo llamo así, pero que en realidad debería entrecomillarlo porque no merece el nombre) estaba en el sur de California. Sadie y Cooper barajaban la posibilidad de mudarse a Denver.
Y por mucho que me gustara mi trabajo en Richmond, lo que realmente quería (lo que siempre había querido) era ser bibliotecaria infantil, y mira qué casualidad que en la Biblioteca Pública de Waning Bay buscaban a una persona para cubrir justo ese puesto.
Así que compramos la casa en Míchigan.
Bueno, la compró Peter. Mi historial crediticio era terrible y mis ahorros, escasos. Así que él dio la entrada e insistió en hacerse cargo de la hipoteca.
Siempre había sido muy generoso, pero aquello me parecía demasiado. Sadie no entendía mis complejos («Yo siempre dejo que Cooper lo pague todo —decía—, gana muchísimo más dinero que yo»), pero a ella no la había criado Holly Vincent.
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Era imposible que mi madre, una mujer cañera y superindependiente, aprobase que yo dependiera tanto de Peter, así que yo tampoco lo aprobaba.
De modo que llegamos a un acuerdo: yo amueblaría la casa, añadiendo poco a poco piezas a los muebles que nos llevamos de Richmond, mientras que él se hacía cargo de pagar las facturas.
Casi todos sus amigos, que vivían muy lejos, eran profesionales con buenos trabajos que podían permitirse otro viaje más para celebrar la despedida de soltero. Sin embargo, Sadie y el resto de mis amigas eran casi todas bibliotecarias (o libreras, o aspirantes a escritoras) que no podían permitirse dos viajes, uno para la boda y otro para la despedida de soltera. Cooper y ella llegarían a Míchigan unos días antes de la boda, en verano, y aprovecharíamos para celebrar mi despedida.
Así que hace tres semanas, a principios de abril, Peter salió de mala gana para celebrar su noche de marcha y yo me quedé leyendo en nuestra casa de estilo victoriano, pintada de amarillo pastel. Al principio de la noche, me envió bonitas fotos de grupo. Estaban su hermano Ben, que había llegado de Grand Rapids, y su compañero de instituto Scott, con quien yo por fin había conseguido conectar después de leer las cuatro primeras novelas de Dune, además de otros amigos de Richmond. Todos abrazados, y con Peter en el centro (en todas las fotos) al lado de su mejor amiga, una diosa de ojos rasgados, alta y rubia, llamada Petra Comer.
Miles, el novio de Petra, no estaba invitado a la despedida de soltero. Peter no odiaba a Miles. Simplemente no lo creía lo bastante bueno para ella, porque Miles es un porrero sin título universitario.
Petra también es una porrera sin título universitario, pero supongo que es distinto cuando eres una mujer de diez, con una familia pintoresca y una cuenta bancaria bien abultada. En ese caso, no eres una porrera; eres un «espíritu libre».
Otra cosa que, muy a mi pesar, debe mencionarse: Petra es un encanto de persona.
Es la mujer que congenia al instante con todo el mundo y te hace sentir que eres especial por haberte elegido. Siempre agarrándote del brazo, riéndose de tus chistes, sugiriéndote que pruebes su brillo de labios en el baño y luego insistiendo en que te lo quedes porque «a ti te queda mejor con tu tono de piel».
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No quería sentirme celosa. Tenía sentido que ella fuera a la despedida de soltero de Peter. Era su mejor amiga. Tenía sentido que yo no fuera. Así es como funciona esta anticuada tradición.
Esperaba mantenerme despierta el tiempo suficiente para darle un vaso de agua y una pastilla de ibuprofeno a Peter cuando llegara a casa, pero me quedé dormida en el sofá.
Cuando me desperté sobresaltada al oír que se abría la puerta principal, el salón estaba iluminado por la luz del día, así que vi la sorpresa de Peter al encontrarme allí.
La verdad, parecía como si se hubiese tropezado con una mujer que se había colado en su casa y había hervido a su mascota (un conejo), en vez de con su cariñosa novia acurrucada en el sofá. Sin embargo, no me saltaron las alarmas.
Era difícil sentir pánico cerca de Peter, que parecía la viva imagen del arcángel san Miguel. Metro ochenta, pelo rubio dorado, ojos verdes y nariz romana.
No es que yo sepa lo que es una nariz romana, pero cada vez que se menciona una en una novela romántica histórica, pienso en la de Peter.
—Has vuelto —dije con la voz cascada y me levanté para saludarlo. Él se tensó entre mis brazos y me aparté, con las manos todavía en torno a su cuello. Me agarró de las muñecas y las apartó de él, sujetándolas entre nuestros torsos.
—¿Podemos hablar un momento? —me preguntó.
—¿Por supuesto? —repliqué con deje interrogante. Porque era una pregunta.
Me acompañó al sofá y me sentó. Y después, según imaginé, un par de placas tectónicas debieron chocar, porque el mundo entero se sacudió y empecé a oír un pitido tan grande que solo alcancé a oír fragmentos de lo que decía. Aquello no podía ser cierto. No tenía sentido.
«Bebimos demasiado…».
«Todo el mundo se fue a casa, pero nosotros nos quedamos para que se nos pasara la borrachera…».
«Una cosa llevó a la otra y…».
«¡Dios, lo siento! No quiero hacerte daño, pero…».
—¿¡Me has puesto los cuernos!? —chillé por fin, mientras él soltaba otra frase indescifrable.
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—¡No! —contestó—. A ver, que no ha sido exactamente así. Estamos… Me ha dicho que está enamorada de mí, Daphne. Y me di cuenta de que yo también lo estoy. Enamorado. De ella. Joder, lo siento mucho.
Algunas frases más de consuelo.
Más pitidos en los oídos.
Más disparates.
«No». Que no podía decirse que me hubiera puesto los cuernos. No, que solo le confesó su amor a alguien que no era yo. Aunque intentaba encajar las piezas del puzle, ninguna lo hacía. Cada frase que decía era incompatible con la anterior.
Mis oídos por fin captaron algo que parecía importante, pero antes tenía que comprender el contexto. «Una semana».
—¿Una semana? —repetí.
Él asintió con la cabeza.
—Me está esperando, así que podemos irnos enseguida. No queremos agobiarte mientras te organizas.
—Una semana —repetí, aún sin comprender.
—He mirado en internet. —Se incorporó en el sofá para sacarse un papel doblado del bolsillo trasero y me lo entregó.
Una parte realmente ilusa de mí pensaba que sería una nota de disculpa, una carta de amor que… no justificaría todo esto, pero sí lograría que pudiéramos salvar lo nuestro.
En cambio, era una lista de pisos de alquiler en el pueblo.
—¿Te vas a mudar? —le pregunté a duras penas.
El rubor le subió por el cuello y clavó los ojos en la puerta principal. —Pues no —contestó—. La casa está a mi nombre, así que… —Dejó
la frase en el aire, a la espera de que yo rellenara el espacio en blanco.
Al final, lo hice.
—¿¡Estás de broma, Peter!? —Me levanté de un salto. Todavía no me sentía dolida. Eso vendría después. Al principio solo había rabia.
Él también se puso en pie, con las cejas levantadas hacia su perfecto nacimiento del pelo.
—No queríamos que pasara esto.
—¡Esto era exactamente lo que ella quería que pasara, joder, Peter! Ha tenido veinticinco años para decirte que está enamorada de ti y ¡lo hizo anoche!
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—No se dio cuenta —replicó, a la defensiva. Protegiéndola de la onda expansiva emocional mientras yo me quedaba sola—. ¡No hasta que se enfrentó a la posibilidad de perderme!
—¡Me mudé aquí por ti! —le recordé, levantando la voz. Al final, acabé soltando una especie de risa desquiciada—. Dejé a mis amistades. Mi piso. Mi trabajo. ¡Mi vida entera!
—Me siento fatal —dijo—. No sabes hasta qué punto.
—¿Que no sé lo mal que te sientes? —pregunté—. ¿A dónde quieres que me vaya ahora?
Señaló la lista de pisos de alquiler, que estaba en el suelo.
—Mira —dijo—. Vamos a irnos del pueblo para darte espacio hasta que te organices. No volveremos hasta el próximo domingo.
«Vamos», en plural.
«Volveremos».
¡Uf!
¡Por Dios!
No solo esperaba que yo me fuera.
Es que ella se iba a mudar. Después de volver de unas sensuales vacaciones con las que iban a estrenar su relación y que pretendían pintar como un gesto noble hacia mí. Estuve a punto de preguntarle adónde irían, pero solo me faltaba imaginármelos besándose delante de la Torre Eiffel… (Error. Más tarde me enteraría de que se habían estado besando en la
costa de Amalfi).
—Lo siento mucho, Daph —dijo y se inclinó para besarme la frente como una benévola figura paterna, a punto de embarcarse con pesar hacia la guerra para cumplir con su deber.
Lo aparté de un empujón, y abrió los ojos de par en par durante un segundo. Luego asintió con la cabeza, muy serio, y echó a andar hacia la puerta sin llevarse nada. Como si ya tuviera todo lo que necesitaba y no dejara nada atrás en esa casa.
Cuando cerró la puerta, algo se rompió en mi interior.
Agarré uno de los envases de almendras Jordan a granel que la señora Collins había comprado la última vez que fue a Costco y salí corriendo, todavía con el pijama de seda que Peter me había regalado por Navidad.
Me miró con los ojos desorbitados por encima del hombro mientras se subía al asiento del acompañante del Jeep descapotable de Petra. Ella mantenía la cara vuelta a conciencia para no mirarme.
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—¡Eres un imbécil de mierda! —Le lancé un puñado de almendras.
Él gritó. Tiré otro puñado al portón trasero. Petra arrancó.
Los perseguí por el camino de entrada y luego lancé el recipiente contra el Jeep. Golpeó una rueda y acabó rodando hasta un lado de la calzada mientras ellos se alejaban hacia la puesta de sol.
O hacia el amanecer. Lo que fuera.
—¿A dónde voy a ir? —pregunté con un hilo de voz mientras me hundía en la hierba húmeda por el rocío de nuestro jardín delantero.
Me quedé allí mirando la calzada durante unos diez minutos. Después volví a la casa y lloré tan fuerte que podría haber acabado vomitando, si no me hubiera olvidado por completo de comer la noche anterior. No era muy buena cocinera y, además, Peter cuidaba muchísimo su dieta. Pocos carbohidratos, muchas proteínas. Rebusqué en nuestros desabastecidos armarios y saqué una caja de macarrones con queso Easy Mac que empecé a prepararme.
En ese momento alguien empezó a aporrear la puerta.
Tonta de mí, solo se me ocurrió pensar que Peter había vuelto. Que al llegar al aeropuerto había recuperado la lucidez de repente y había vuelto corriendo a casa, conmigo.
Sin embargo, cuando abrí la puerta, encontré a Miles, con los ojos rojos por haber llorado o fumado, blandiendo como si fuera una horca, o quizá una bandera blanca, un papel con tres frases que Petra le había dejado en la mesa del sofá.
—¿Está aquí? —preguntó con voz ronca.
—No. —El entumecimiento se apoderó de mí—. Les tiré unas almendras y se fueron.
Asintió con la cabeza y la tristeza de su rostro aumentó, como si supiera exactamente lo que eso significaba y no fuera nada bueno.
—Mierda —soltó al tiempo que se desplomaba contra el marco de la puerta.
Me tragué el nudo que tenía en la garganta y que parecía alambre de espino. O tal vez solo fuera una maraña de la practicidad de la familia Vincent que había heredado de mi madre, la conocida habilidad familiar para usar las emociones negativas como combustible y salir siempre adelante. Joder. Ya.
—Miles —dije. Él levantó la mirada, hecho polvo, pero con cierta esperanza en su ceño fruncido. Como si pensara que estaba a punto de
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decirle que todo aquello solo era una broma graciosísima y no una putada organizada por unos sociópatas—, ¿cuántos dormitorios tiene tu piso?
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Sábado, 18 de mayo
91 días hasta que pueda irme
Lo cierto es que Miles Nowak es un buen compañero de piso.
Salvo algunas invitaciones ocasionales para ver una película, o algún mensaje de texto para preguntarme si necesito algo del supermercado, me deja a mi aire. Después de pedirle que no fumara dentro de casa, ha debido de dejar de «sacar la cabeza por la ventana», porque hace semanas que no huelo a maría en el pasillo. Tampoco ha vuelto a poner a todo volumen a Jamie O’Neal. De hecho, parece estar bien. Jamás habría imaginado que acaba de sufrir un horrible desengaño amoroso si no hubiera visto su cara hace seis semanas, el día que ocurrió.
Sin haberlo hablado, hemos acordado con bastante facilidad un horario que funciona para usar el baño. Él es un ave nocturna, y yo suelo levantarme sobre las seis y media o las siete de la mañana, ya me toque o no trabajar en el primer turno de la biblioteca. Además, como casi nunca está en casa, no deja platos sucios «en remojo» en el fregadero.
Sin embargo, el piso en sí es diminuto. Mi dormitorio es prácticamente un armario.
De hecho, Petra lo utilizaba como tal cuando vivía aquí.
Hace un año, las escasas dimensiones no habrían sido un problema.
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He sido una acérrima minimalista desde que tengo uso de razón. Desde que mis padres se separaron, mi madre y yo nos hemos mudado mucho, ya que siempre estaba dispuesta a aceptar los ascensos en el banco donde trabajaba y, con el tiempo, ayudaba a abrir nuevas sucursales. Nunca contratamos empresas profesionales para las mudanzas, solo contábamos con la ayuda de cualquier tipo que estuviese intentando salir en vano con mi madre, así que aprendí a viajar ligera de equipaje.
Calcular la cantidad mínima absoluta de cosas que necesitaba se convirtió en un deporte para mí. Ser una cría de biblioteca y no tener toneladas de libros de bolsillo llenos de notas me ayudó bastante. Los libros eran lo único que me provocaba avidez, pero no me importaba tanto poseerlos como absorber su contenido.
En una ocasión, ya en el instituto y antes de una mudanza, convencí a mi madre para hacer una quema ceremonial de todos mis exámenes con sobresaliente y todos los trabajos que ella había ido acumulando y pegando en la puerta del frigorífico. Encendimos la pequeña chimenea de gas del salón (lo único que ambas estábamos de acuerdo en que echaríamos de menos de aquel piso lleno de moho) y empecé a quemar papeles.
Fue la única vez que la vi llorar. Era mi mejor amiga y mi persona preferida del mundo, pero no era una mujer blanda. Siempre la había considerado una persona invulnerable.
Sin embargo, aquella noche, viendo cómo mi viejo examen de Física prendía y se rizaba, se le llenaron los ojos de lágrimas y dijo con un hilo de voz:
—¡Ay, Daph! ¿Quién seré cuando te vayas a la universidad?
Me acurruqué más contra ella, y me rodeó los hombros con los brazos.
—Seguirás siendo tú —le dije—. La mejor madre del mundo.
Ella me besó en la cabeza y me dijo:
—A veces desearía demostrar un poco más de apego.
—Son solo cosas —le recordé, la misma cantinela que ella siempre repetía.
La vida, según he aprendido, es una puerta giratoria. La mayoría de las cosas que entran no tardan mucho en salir.
Los hombres empeñados en demostrarle sus sentimientos a mi madre acabaron rindiéndose y siguieron con sus vidas. Las amigas del último instituto que prometieron escribirme desaparecieron después de un par de
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meses. El chico que llamaba todos los días después de una mágica noche de verano en el Cucurucho de Vainilla volvía al instituto en otoño de la mano de otra.
No tenía sentido aferrarse a algo que no era realmente tuyo. Mi madre era la única constante en mi vida, lo único que importaba.
Cuando me subió a un avión para mandarme a la universidad, ninguna de las dos lloró. En cambio, nos quedamos abrazadas tanto rato y con tanta fuerza que mucho después me salió un moratón en un hombro. Solo necesité una maleta para guardar toda mi ropa, prendas básicas de colores sólidos, ya que habíamos enviado por mensajería la alfombra de yute que encontramos en una liquidación, además de una taza, un cuenco, un juego de cubiertos y una olla eléctrica programable, que según bromeaba mi madre, me permitiría preparar todos mis principales grupos de alimentos: té, macarrones con queso Easy Mac y fideos instantáneos Top Ramen.
Desde entonces he pasado por dos Estados más y cinco pisos. Durante todo ese tiempo, he conseguido acumular pocos trastos.
Y luego Peter y yo nos mudamos a la casa de Waning Bay, que hasta tenía un porche que la rodeaba por completo. Aquel día, cruzó el umbral llevándome en brazos y dijo cuatro palabras mágicas que cambiaron para siempre mi pequeño corazón minimalista:
«Bienvenida a casa, Daphne».
De repente, algo en mí se relajó y mis partes más blanditas rebosaron por encima de los límites que hasta entonces había mantenido con tanto cuidado.
Hasta ese momento, había llevado mi vida como si fuera un hatillo colgado del palo de una escoba, algo pequeño y manejable que podía llevar de un lado para otro en cualquier momento. Y nunca supe de qué huía, o hacia qué huía, hasta que él lo dijo.
«Bienvenida a casa». Esa palabra, «casa», avivó una brasa en mi pecho. Allí estaba la permanencia que llevaba esperando toda la vida. Un lugar que nos perteneciera. Y sí, que nuestra situación económica fuera tan desigual complicaba el tema de la propiedad, pero mientras él pagaba las facturas, yo podía dedicarme a acondicionar las estancias.
Arrojé el minimalismo por la borda.
Así que en este momento, todas esas cosas (esos muebles destinados a una casa de tres dormitorios) estaban en la habitación de invitados de Miles. Todos los muebles pegados, de pared a pared, unos contra otros,
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con los cojines encima de la cama, cubriéndola por completo, como si fuera una villana desquiciada de Stephen King capaz de esposarte al cabecero de la cama y matarte por un exceso de cuidados maternales.
Debería haber dejado atrás todos estos chismes, pero me sentía demasiado culpable por el dinero que me había gastado en amueblar una casa que ni siquiera era mía.
Luego estaba la parafernalia de la boda, metida en todos los armarios del piso, el carísimo vestido de novia colgado al otro lado de una puerta corredera laminada (un detalle delator; un retrato de Dorian Grey; un profundo y oscuro secreto).
En teoría, voy a vender el vestido y todas las demás cosas por internet, pero hacerlo requeriría pensar en la boda, y todavía no he llegado a ese punto.
De hecho, me he pasado las primeras siete horas de mi turno del sábado por la mañana desterrando de mis pensamientos cualquier detalle sobre la boda que nunca se va a llevar a cabo.
De repente, me llega un mensaje al móvil, que está sobre la mesa. Es Miles. «Stas trabajando».
Así es como escribe. Con abreviaturas, muy poco contexto y sin signos de puntuación.
¿Me lo está preguntando o es una afirmación? Ninguna de las dos cosas tiene sentido. Tengo un calendario detallado en una pizarra blanca en la cocina, donde él puede ver dónde voy a estar y cuándo. Lo actualizo con el calendario de mi móvil todas las noches, y lo invité a que añadiera el suyo, pero nunca me ha hecho caso.
«Sí», le contesto.
Otro mensaje: «T ape tailandes».
Supongo que es otro signo de interrogación implícito, aunque no está claro si me pregunta por la cena o si se trata más bien de una pregunta existencial.
«No tengo hambre, gracias», respondo. Todos los días, a la hora de comer, me acerco a alguno de los food trucks que hay en la playa pública de enfrente. Los sábados toca burrito que me deja llena unas cuantas horas.
«Ok», escribe Miles.
Luego teclea un poco más y se detiene. Me pregunto si su intención es que yo me ofrezca a recogerle el pedido del tailandés de camino a casa.
«¿Algo más?», le respondo.
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A lo que él contesta:
«Nos vmos cdo llegues a casa».
Qué raro. Los sábados, cuando vuelvo, o bien ha salido, o está encerrado en su dormitorio. El móvil vibra de nuevo, pero es la alarma que me avisa de que quedan diez minutos para la Hora de los Cuentos. Recojo el material y echo a andar hacia el rincón de los cuentos, un espacio que es como una sala de estar con el suelo más bajo que el resto de la biblioteca, situado en la parte trasera. Los niños y sus cuidadores ya están reunidos, reclamando un lugar en la alfombra o sentados en esterillas de gimnasia desinfectadas a conciencia. Algunos de los cuidadores mayores, abuelos y bisabuelos, se acomodan en los sillones dispuestos alrededor del espacio central y se saludan entre sí.
El sol que entra por los ventanales de la pared trasera baña el espacio, y ya sé quién se quedará dormido antes del segundo libro.
Un coro de ridículas vocecillas se eleva cuando me acerco, y oigo gritos de «¡Señorita Daffy!» y otras variantes erróneas de mi nombre igual de entrañables. En mi corazón, siento como si unos diminutos granos de maíz estuvieran estallando para convertirse en esponjosas palomitas.
Cuando paso a su lado, una niña anuncia:
—¡Tengo tres años!
Le digo que es estupendo y le pregunto cuántos años cree que tengo
yo.
Tras una breve reflexión, me dice que soy una adolescente.
La semana pasada me dijo que tenía cien años, así que lo interpreto como una victoria. Antes de que pueda replicar, un niño de cuatro años llamado Arham al que nunca he visto sin su disfraz de Spiderman se abalanza sobre mí y me abraza por las rodillas.
Sin importar lo malhumorada que esté, la Hora de los Cuentos siempre me ayuda.
—Cariño —dice Huma, la madre de Arham, mientras intenta apartarlo antes de que nos caigamos.
—¿A quién le gustan los dragones? —pregunto, y mi respuesta es una ovación casi unánime.
Hay muchas familias cariñosas que se han convertido en habituales desde que empecé a trabajar aquí hace un año, pero Huma y Arham son dos de mis personas preferidas. Él es un niño con una energía inagotable e imaginativo, y ella avanza sobre la línea mágica de mantener unas normas
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firmes sin aplastar su frágil espíritu de niño raro. Verlos juntos siempre me encoge un poco el corazón.
Porque al verlos echo de menos a mi madre.
Echo de menos la vida que creía que tendría con Peter y el resto de la familia Collins.
Me libro de la nube de melancolía y me acomodo en el sillón con el primero de los libros ilustrados de hoy en el regazo.
—¿Qué tal unos tacos? —les pregunto a los niños—. ¿Os gustan?
Los niños se entusiasman más con los tacos que con los dragones. Cuando les pregunto si saben que a los dragones les encantan los tacos, sus gritos de alegría son ensordecedores. Arham se levanta de un salto, mientras las suelas de sus zapatillas deportivas se iluminan con un brillante color rojo, y grita:
—¡Los dragones se comen a la gente!
Le digo que quizás algunos lo hagan, pero que otros solo comen tacos, y esa es mi introducción a Dragones y tacos, de Adam Rubin, ilustrado por Daniel Salmieri.
La Hora de los Cuentos pasa volando, a diferencia del resto de mi semana. Me absorbe tanto que normalmente solo recuerdo que estoy trabajando cuando cierro el último libro del día.
Tal como predije, la energía con la que me recibieron desaparece pronto, y los niños están en un estado somnoliento perfecto para recoger y volver a casa, salvo una de las trillizas Fontana, que está lo bastante espabilada como para protagonizar un pequeño berrinche mientras su madre intenta llevársela a ella y a sus hermanas.
Me despido de los rezagados y empiezo a ordenar el rincón, rociando las esterillas con desinfectante, recogiendo la basura y devolviendo los libros abandonados a la recepción para que los coloquen en su sitio.
Ashleigh, mi compañera responsable de los adultos y de la programación de la biblioteca, sale de la oficina trasera con su gigantesco bolso acolchado colgado de un hombro y el pelo negro recogido en un moño en la coronilla un poco torcido hacia la derecha.
Pese a ser una mujer de metro y medio con cuerpo de reloj de arena y ojos de princesa Disney, Ashleigh es la encarnación del estereotipo de bibliotecaria intimidante. Su voz tiene la fuerza de un objeto contundente, y una vez me dijo que «no se achantaba frente a los enfrentamientos» con un tono que me hizo preguntarme si tal vez estábamos protagonizando
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uno. Es la persona a la que Harvey, el septuagenario director de la biblioteca, recurre cada vez que un usuario difícil necesita mano dura.
Durante mi primer turno de trabajo con ella, un tipo de mediana edad que estaba masticando tabaco, se acercó, le miró las tetas y dijo:
—Siempre me han gustado las chicas… exóticas.
Sin levantar la mirada del ordenador, Ashleigh replicó:
—Ese comentario es inapropiado, y si vuelve a hablarme así, tendremos que expulsarlo. ¿Le parece bien que le imprima una lista de lecturas sobre el acoso sexual?
Todo esto para decir que la admiro y la temo a partes iguales. —¿Puedes cerrar tú? —me pregunta ahora, mientras envía mensajes de
texto. Otra cosa sobre Ashleigh: siempre llega tarde y suele irse un poco antes—. Tengo que recoger a Mulder de taekwondo.
Sí, su hijo se llama como el personaje de David Duchovny de Expediente X.
Sí, cada vez que recuerdo eso, me siento más cerca de la muerte.
Sí, ya tengo edad suficiente para tener hijos sin que nadie se escandalice por ello.
A ver, que soy lo bastante mayor como para tener una hija llamada Renesmee en un equipo de fútbol para crías de tres y cuatro años, de esos en los que se turnan para patear mal el balón y luego se sientan en el centro del campo para quitarse las zapatillas.
En cambio, estoy soltera y sin compromiso en un pueblo donde solo conozco a mis compañeros de trabajo y al círculo íntimo de mi ex.
—¿Daphne? —me dice Ashleigh—. ¿Te parece bien?
—Sí —le digo—. Vete.
Asiente con la cabeza a modo de despedida. Doy una última vuelta por la biblioteca, apagando los fluorescentes a medida que avanzo.
De camino a casa, llamo a mi madre con el manos libres mientras conduzco. Dado lo ocupada que está con el CrossFit, con su club de lectura y con las clases de vidrieras a las que ha empezado a asistir, de un tiempo a esta parte hemos optado por hacernos llamadas más frecuentes pero cortas, en vez de llamarnos cada dos meses y tirarnos dos horas para ponernos al día.
Le cuento cómo va tomando forma la organización del evento para recaudar fondos que celebra la biblioteca a finales del verano (faltan noventa y un días). Ella me dice que ya levanta ochenta kilos en el
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gimnasio. Le hablo del setentón que me ha invitado a ir a bailar salsa, y ella me dice que hay un entrenador de veintiocho años que no para de buscar excusas para intercambiar números de teléfono.
—Llevamos vidas muy parecidas —digo mientras aparco junto a la acera.
—¡Ojalá! No creo que Kelvin tuviera en mente bailar salsa, de lo contrario le habría dicho que sí —me asegura.
—En fin, pues cuando quieras te paso el número de este hombre, pero debes saber que mi compañera Ashleigh lo llama «Stanley el Pulpo».
—¿Sabes qué? No te molestes —replica ella—. Voy a enviarte espray de pimienta.
—Todavía tengo el bote que me regalaste cuando estaba en la universidad —digo—. Si no ha caducado, claro.
—Seguramente mejore con el tiempo —me suelta—. Casi he llegado al club de lectura. ¿Y tú?
Abro la puerta del coche.
—Acabo de llegar a casa. ¿El lunes a la misma hora?
—Estupendo —responde.
—Te quiero —le digo.
—Yo a ti más —replica sin perder el tiempo y corta antes de que yo proteste, algo que ha hecho desde que tengo uso de razón.
Miles vive en el tercer piso de un almacén de ladrillo reformado a las afueras de Waning Bay, en un sitio llamado «Barriada de los Mataderos». Supongo que era el barrio donde antiguamente estaban los mataderos del pueblo, pero nunca lo he buscado en Google, así que no lo sé, quizá se llame así por un antiguo asesino en serie.
Tras subir la escalera y llegar a la puerta de la casa, estoy chorreando de sudor. Suelto el bolso y me quito el abrigo y los mocasines. Luego comparo el calendario de mi móvil con el de la pizarra. Lo único que ha cambiado desde anoche es que he accedido a organizar el Club de Lectura «Escalofríos y Asesinatos» del jueves, mientras Landon, el encargado de atención al público que normalmente lleva el tema, se recupera de su endodoncia.
Apunto con rapidez lo del club de lectura en la pizarra y después me lleno un vaso de agua fría. Mientras bebo, me acerco al salón. Un movimiento repentino que capto con el rabillo del ojo me sorprende de tal manera que suelto un grito y derramo la mitad del agua en la alfombra.
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Sin embargo, solo es Miles. Tumbado boca abajo en el sofá. Gime sin siquiera levantar la cara del mullido cojín. Sus muebles son todo comodidad, sin el menor atractivo.
—Parecías muerto —le digo mientras me acerco.
Lo oigo refunfuñar algo.
—¿El qué? —pregunto.
—He dicho que ojalá —murmura.
Miro la botella de ron de coco que hay en la mesa y la taza vacía a su lado.
—¿Un mal día?
El incidente de Bridget Jones de hace dos semanas me tomó desprevenida; pero ahora es casi un alivio verlo prácticamente con la misma actitud con la que yo he enfrentado este último mes y medio.
Sin levantar la cara, tantea sobre la mesa en busca de un trozo de papel.
Me acerco y le quito de la mano el elegante papel de color blanco roto. Él baja el brazo al instante. Empiezo a leer las líneas escritas con esa letra tan elegante.
Jerome y Melly Collins, junto con
Nicholas y Antonia Comer
tienen el placer de invitarte a celebrar la boda de sus
hijos,
Peter y Petra.
—¡NO! —Arrojo la invitación lejos de mí como si fuera una serpiente viva. Una serpiente viva y ardiendo, además, porque de repente tengo mucho, muchísimo calor. Doy unos pasos, abanicándome con las manos
—. No —repito—. Esto no puede ser real. Miles se incorpora.
—¡Uf, es real! A ti también te ha llegado.
—¿¡Se puede saber por qué nos han invitado!? —pregunto a voz en grito. A Miles, a ellos, al universo.
Él se inclina hacia delante y llena la taza con ron de coco casi hasta el borde. Acto seguido, me la ofrece. Como niego con la cabeza, se la bebe de golpe y se echa un poco más.
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Tomo de nuevo la invitación, medio esperando descubrir que mi cerebro en realidad había sufrido un pinzamiento mientras leía un menú de comida para llevar.
Qué va.
—¡Es el puente del Día del Trabajo! —chillo al tiempo que la arrojo de nuevo al suelo.
—Lo sé —replica Miles—. No podían limitarse a arruinarnos la vida. También tienen que arruinarnos las fiestas. Seguramente ni siquiera decore este año.
—¡De este año! —exclamo—. ¡Solo un mes después de nuestra boda! Miles levanta la mirada hacia mí, con la cara demudada por una
genuina preocupación.
—Daphne —dice—, creo que ese barco zarpó cuando se acostó con mi novia y luego se la llevó a Italia una semana para no tener que ayudarte a hacer las maletas.
A estas alturas estoy hiperventilando.
—¿Por qué van a casarse tan pronto? Conmigo ha estado como dos años de novio.
Miles se estremece mientras bebe más ron.
—A lo mejor está embarazada.
El edificio se tambalea. Me dejo caer en el sofá, justo encima de las pantorrillas de Miles, que llena de nuevo la taza y esta vez, cuando me la ofrece, me la bebo de golpe.
—¡Dios, qué asco! —exclamo.
—Lo sé —replica—. Pero es el único licor fuerte que tenía. ¿Cambiamos al vino?
Lo miro.
—No te tenía por un aficionado al vino.
Me mira fijamente.
—¿Qué?
Entrecierra todavía más sus ojos achispados.
—No sé si estás de broma.
—¿No? —le digo.
—Trabajo en una bodega, Daphne.
—¿¡Desde cuándo!? —le pregunto, sin dar crédito.
—Desde hace siete años más o menos —responde—. ¿Dónde creías que trabajaba?
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—No lo sé —contesto—. Creía que eras repartidor.
—¿Por qué? —Menea la cabeza—. ¿Se puede saber en qué te basabas?
—¡No lo sé! —le suelto—. ¿Puedo beber un poco de vino?
Se quita mis piernas de encima y se pone en pie para ir a la cocina. A través del hueco entre la isla y los armarios superiores, lo veo rebuscar en uno que nunca me ha dado por abrir. Lo poco que alcanzo a ver desde aquí está lleno de elegantes botellas de cristal de vino blanco, rosado, naranja y tinto. Escoge dos y vuelve a tumbarse a mi lado, sacándose un llavero sacacorchos de la trabilla del cinturón.
Las ventanas están abiertas y veo que empieza a lloviznar, lo que hace que la humedad alcance el máximo del día mientras descorcha una botella y me la da.
—¿No hay copas? —le pregunto.
—¿Crees que vas a necesitar una? —replica a su vez, mientras abre la otra botella.
Desvío la mirada hacia la costosa invitación que todavía descansa sobre la raída alfombra estilo kilim de Miles.
—Supongo que no.
Brindamos con las botellas y lo veo beber un buen trago. Lo imito y después me limpio una gota de vino de la barbilla con el dorso de la mano.
—¿De verdad no sabías que trabajaba en una bodega? —me pregunta. —No tenía ni idea —le aseguro—. Peter me lo describió como si te
dedicaras a un montón de trabajos raros.
—Hago varias cosas —replica sin dar más explicaciones—. Además de trabajar en una bodega. Cherry Hill. ¿Nunca has ido? —Me mira.
Niego con la cabeza y bebo otro sorbo. Sus labios adoptan un rictus tristón. —Nunca le he caído bien, ¿verdad?
—Pues no —admito—. ¿Y Petra? ¿Me odiaba a muerte? Frunce el ceño con la mirada clavada en su botella de vino.
—No. A Petra le cae bien casi todo el mundo, y a todo el mundo le cae bien Petra.
—A mí no —replico—. No me cae nada bien.
Me mira con una sonrisa torcida.
—Me parece justo.
—¿Nunca la has visto…? —Entierro los pies en el hueco entre los cojines inferiores del sofá y los del respaldo—. No sé, ¿celosa de mí?
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¿Nunca pensaste que a Petra le… gustaba Peter?
Otra sonrisa irónica y no del todo alegre cuando se gira para mirarme. —A ver, a veces me lo preguntaba. Claro que sí. ¡Pero han sido
grandes amigos desde que eran pequeños! No podía competir con eso, así que lo dejé estar, esperando que no fuera un problema.
No sé cómo ni por qué, con todo lo que ha pasado, pero esa es la gota que colma el vaso. Me echo a llorar.
—¡Oye! —Miles se acerca—. Tranquila. No… —Tira de mí con brusquedad para acercarme a su torso con la botella de vino todavía en la mano. Me besa la coronilla como si fuera lo más natural del mundo.
En realidad, es la primera vez que me toca. Nunca me han gustado las demostraciones físicas de afecto, ni siquiera con mis amigos íntimos, pero debo admitir que después de pasar semanas sin ningún contacto físico, es agradable que me abrace alguien que podría decirse que es un desconocido.
—Es ridículo —dice—. Es una putada. —Me alisa el pelo hacia atrás con la mano que tiene libre mientras lloro sobre su camiseta, que huele un poquito a maría, y mucho más a algo especiado y amaderado—. Lo siento —se disculpa—. Debería haber tirado la invitación. No sé por qué no lo he hecho.
—No. —Me aparto un poco y me seco los ojos—. Lo entiendo. No querías sufrirlo tú solo.
Él agacha la mirada con gesto culpable.
—Debería habérmela guardado y ya.
—Yo habría hecho lo mismo —le digo—. Te lo prometo.
—De todas formas, debería haberme cortado un poco —murmura—.
Lo siento.
—Tranquilo —insisto—. Tú no eres quien va a casarse con Petra en vez de conmigo.
Hace una mueca de dolor.
—¡Mierda! Ahora soy yo quien lo siente —me disculpo.
Menea la cabeza mientras se aparta de mí.
—Solo necesito un momento —dice, evitando mi mirada y volviendo la cabeza hacia la ventana.
¡Ay, madre! Ahora él también está llorando. O intentando con todas sus fuerzas no llorar. ¡Mierda, mierda, mierda!
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—¡Miles! —Siento pánico. Hace mucho tiempo que no consuelo a nadie.
—Solo necesito un momento —repite—. Estoy bien.
—¡Oye! —Me arrastro por el sofá hacia él y le tomo la cara entre las manos, prueba de que el vino ha llegado a mi torrente sanguíneo.
Miles me mira.
—¡Son un par de asquerosos! —le digo.
—Es el amor de mi vida —replica.
—Pues el amor de tu vida es una asquerosa —concluyo.
Se resiste a sonreír. Me parece tan tierno, vulnerable como un cachorrito, que me siento tentada de alborotarle el pelo, ya de por sí despeinado. Cuando lo hago, él apenas ensancha la sonrisa. Pero ese pequeño gesto le ilumina los ojos oscuros.
Han pasado seis semanas desde la última vez que mantuve relaciones sexuales (que tampoco es que sea un récord personal ni mucho menos), pero al ver su expresión siento un sorprendente cosquilleo entre los muslos.
Miles es guapo, aunque no sea el tipo de hombre que te deja boquiabierta y con las palmas de las manos sudorosas nada más verlo. Ese era Peter. Mi madre decía que era tan guapo como la gente que sale en la tele. Es tan guapo que te desconcierta desde el principio.
Miles es guapo, pero de los otros. De los que hacen que te sientas cómoda hablando con él, sin necesidad de enseñarle tu mejor ángulo, hasta que, de repente, ¡pum!, te sonríe con su pelo alborotado y su sonrisa pícara, y te das cuenta de que su atractivo ha estado borboteando a tu alrededor tan despacio que no te has dado ni cuenta.
Además, huele mejor de lo esperado.
Contrapunto: es mi compañero de piso y estaba llorando por el amor de su vida.
Seguro que hay formas más prácticas de olvidarnos de este dramón.
—¿Quieres ver El diario de Bridget Jones? —sugiero.
—No. —Niega con la cabeza, y alejo las manos de su cara, sorprendida al comprobar que se me encoge el corazón por su rechazo, o tal vez solo se deba a la idea de que acabaré arrastrando los pies hasta mi dormitorio para quedarme a solas con mis penas—. No debemos regodearnos en la miseria —añade, meneando de nuevo la cabeza.
—Pero es que ya se me da fenomenal —protesto.
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—Vamos a dar una vuelta —dice.
—¿A dar una vuelta? —repito, como si nunca hubiera escuchado esa expresión—. ¿A dónde?
Miles se levanta y me tiende una mano.
—A un sitio que conozco.
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Dos horas antes, ni se me habría pasado por la cabeza que acabaría la noche en un bar de barrio llamado CARNICERÍA, pero aquí estoy, bebiendo chupitos con mi compañero de piso y un viejo motero llamado Gill.
Gill demostró su absoluta aprobación cuando Miles puso Witchy Woman en la gramola del rincón y, tras acercarse borracho a nosotros y entablar conversación, nos preguntó cómo nos habíamos conocido, dando por sentado que éramos pareja. Sin vacilar, Miles le dijo:
—El amor de mi vida se fugó con su novio. —Y eso provocó una reacción muy compasiva por parte de Gill, causada por el alcohol.
Mientras nos entreteníamos con una partida de dardos y dos de billar, y con un juego de beber cuyas reglas se me escapaban por completo, observé asombrada cómo Miles le sonsacaba a Gill la historia de su vida.
Nació en Detroit, hijo de una enfermera y de un mecánico de mantenimiento herido en su trabajo en una fábrica de coches, y huyó del Medio Oeste a los dieciséis con una moto. Siguió a un grupo en la carretera por diez años, después se unió a una secta en California durante una temporadita, ejerció de guardia de seguridad para las estrellas y acabó aquí después de un misterioso «problema», ya fuera con la ley o posiblemente con la mafia…, y eso fue lo único que Miles no consiguió sonsacarle.
Para alguien con el encanto social de un pez disecado (yo), observar a Miles hacerse amigo de un desconocido fue como ver a Miguel Ángel pintar la Capilla Sixtina: impresionante, pero también abrumador. Como si en cualquier momento pudiera caerse de la escalera y acabar despanzurrado en el suelo de mármol.
Gill no ha dejado de pedir rondas, salvo cuando nos invitó la camarera, una pelirroja hermosísima con un aro en la nariz y un tatuaje que pone
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«MAMÁ».
Ahora mismo, mientras anuncian que es la última ronda, Gill desliza un billete de veinte hacia nosotros.
—Para el taxi de vuelta.
—No, no, no —protesta Miles, devolviéndole el billete—. Guárdate el dinero, Gill. ¿Cómo vas a irte a Las Vegas si no?
Las Vegas, según nos hemos enterado, es su próximo destino.
Sin embargo, Gill le mete el billete a Miles en el bolsillo de la camisa y después nos pone una mano curtida en la mejilla a cada uno.
—Manteneos firmes, chicos —dice con sabiduría antes de volverse, echarse la ajada cazadora de cuero sobre un hombro y despedirse de la camarera silbando, literalmente.
Cuando terminamos nuestra última ronda, ha dejado de llover y hace una noche fresca muy agradable, de modo que decidimos volver a casa andando, zigzagueando un poco borrachos, yo con el brazo de Miles por encima de los hombros y él con mi brazo alrededor de la cintura, como si fuéramos dos grandes amigos y no un par de recién declarados aliados borrachísimos.
—¿Te pasa esto a menudo? —le pregunto.
—¿A qué te refieres? —replica Miles.
—A Gill —contesto.
—No hay mucha gente como Gill en el mundo —dice él.
—Las copas gratis —me explico—. Las horas de emocionante conversación sobre crímenes que puede que haya presenciado.
—No sé. —Se encoge de hombros—. A veces. —¿Cada cuánto consigues copas gratis, Miles? Me mira con expresión desconcertada. —Es un sitio agradable.
—¿Un sitio que se llama CARNICERÍA? —le pregunto.
—Estamos en la Barriada de los Mataderos —me recuerda.
Me doy una palmada en la frente y él se detiene en seco por la sorpresa.
—Por eso se llama CARNICERÍA —digo—. Me he pasado toda la noche intentando saber si era un bar fetichista o algo.
Miles echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada.
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—¿Creías que te había llevado a un bar fetichista? —Parece encantado
—. ¿Peter te ha dicho que me va el BDSM? —Un momento, ¿te va? —le pregunto.
—No que yo sepa —contesta—. Espera, ¿y a ti?
—Seguramente no —digo—. Creo que soy muy aburrida. En ese terreno.
—¿En qué terreno?
—En el terreno sexual.
—¿Te quedas tumbada mirando al techo? —me pregunta.
—¿Perdona? —replico—. No es asunto tuyo.
—Tú has sacado el tema, Daphne —me recuerda.
—No me quedo mirando al techo —digo. Hemos llegado a nuestro bloque. Me abre la puerta y empezamos a subir la escalera—. Me limito a mantener contacto visual sin parpadear como cualquier mujer respetable.
—¿Lo ves? —dice al tiempo que me indica con una mano que suba primero—. No eres aburrida. Un poco inquietante quizá. Pero no aburrida.
—Pero ¿cómo pasa eso? —le pregunto, y Miles pone los ojos como platos con una expresión en los labios que no es ni una sonrisa ni una mueca.
—Bueno, cuando dos personas se sienten atraídas… —¡Lo de las copas gratis! —lo interrumpo. Se encoge de hombros.
—No sé. Tampoco es algo que me proponga.
Seguro que tengo cara de no creérmelo, porque él frunce el ceño. —¿Crees que soy una especie de timador o algo? —Creo que derrochas encanto —contesto.
—En cuanto a insultos, este nunca me lo habían dicho —replica, deteniéndose en mitad de la escalera.
—No te estoy insultando —digo, aunque, la verdad, nunca me han inspirado confianza las personas que derrochan encanto. Mi padre es así. Pero eso no significa que diga en serio lo que dice—. Es que…, a ver, a mí se me da fatal tratar con desconocidos.
—A Gill le has caído genial.
—Por ósmosis —le aseguro—. Porque tú estabas ahí. Me encanta hablar con gente que ya conozco, pero cuando lo hago con alguien nuevo, la mitad de las veces se me queda la mente en blanco y la otra mitad,
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suelto un chiste que nadie se da cuenta de que es un chiste o hago una pregunta demasiado personal.
Me mira de reojo cuando empezamos a subir de nuevo.
—Conmigo no te pasó eso.
—A lo mejor te has dado cuenta de que casi no he hablado contigo antes de esta noche —le recuerdo.
—¿Es por eso? —pregunta, dirigiéndome otra miradita—. Y yo creyendo que me odiabas…
Me siento arder de los pies a la cabeza.
—Pues claro que no te odio. Es imposible odiarte. —Y luego, porque estoy borracha, admito—: A lo mejor eso hace que desconfíe de ti un poquito.
Se queda de piedra al oírlo.
—A ver, lo que quiero decir —me apresuro a añadir, hablando muy deprisa— es que siempre he sido más de tener pocos amigos íntimos. Y cuando conozco gente a la que le cae bien todo el mundo y que le cae bien a todo el mundo, se me activa una alarma en la cabeza. En plan: «Vale, esta persona no se va a quedar, así que no te encariñes demasiado».
Ahora pone cara avergonzada.
—Eso es tan cínico que resulta deprimente.
—¡No, no, no! —exclamo mientras busco una explicación mejor—. ¡No lo es! A menos que tu novio te dé la patada y te hayas pasado todo un año haciéndote amiga de sus amigos, y ahora te descubras con treinta y tres años, intentando recordar cómo se hacen amigos. Pero ¿quién va a verse en esas?
—Hacer amigos no es tan complicado —me asegura Miles, arrancándome un resoplido que a su vez le arranca una sonrisilla torcida
—. Lo digo en serio, Daphne. A mí es que me gusta hablar con la gente. Y en cuanto a las bebidas gratis, dejo buenas propinas. Así que si voy a un sitio más de un par de veces, lo normal es que reciba descuentos, porque el personal sabe que se lo compensaré en propinas. Además, trabajo en el sector servicios y creo que los camareros lo huelen. Que soy uno de ellos.
—¿Huelen a galletas de jengibre? —Arrastro las palabras más todavía conforme vamos subiendo la escalera.
Miles se detiene delante de nuestra puerta y se le escapa una carcajada. —¿Galletas de jengibre?
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A eso huele. Dulzón y especiado. Un olor natural y terrenal presentado como una galleta dulce. Hago un gesto con la mano en vez de contestarle e intento meter mi llave en la cerradura. Por desgracia, parece que la puerta tiene de repente tres cerraduras extra y que yo soy incapaz de meter la llave en la buena.
Sin dejar de reírse, me aparta con un golpe de cadera, me quita la llave de la mano con torpeza y lo intenta él.
—¡Mierda! —exclama cuando rebota en la cerradura.
Empezamos a pelearnos por controlar el pomo de la puerta y nos apartamos con gestos cada vez más exagerados, hasta que casi me tira al suelo y me atrapa en el último segundo pegándome a la pared con las caderas.
Los dos nos reímos con tantas ganas que estamos llorando cuando nuestro anciano vecino se asoma al pasillo para mascullar:
—¡Que hay gente que quiere dormir!
—Perdón, señor Dorner —se disculpa Miles como un colegial arrepentido.
El señor Dorner se mete en su casa.
Me quedo mirando su puerta, desconcertada.
—¿No tenía pelo?
Miles suelta una carcajada no muy baja. Le tapo la boca con las manos.
—¿Creías que eso era pelo de verdad? —me pregunta—. Debes de ser la persona más ingenua del planeta.
—A ver —protesto—, pese a mi cinismo innato, creo que el último mes y medio ha demostrado que los dos somos más confiados de la cuenta.
Un par de horas antes, el comentario podría haber activado el chip de «ponte a llorar YA» en mi cerebro. En cambio, volvemos a partirnos de la risa.
La cerradura del señor Dorner traquetea de nuevo. Miles se da media vuelta para abrir nuestra puerta y me mete de un tirón antes de que nos echen otra regañina.
Nos abalanzamos contra la puerta para cerrarla mientras recuperamos el aliento.
—Es como si estuviéramos en Parque Jurásico —dice él, lo que me hace reír con más ganas.
—¿Qué? —jadeo.
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—Acabamos de cerrarle la puerta en las narices a un grupo de velocirraptores —me explica.
—No creo que los dientes de Dorner supongan una amenaza, Miles — replico—. Estoy segurísima de que ni los llevaba puestos.
—¿Sabes lo que creo? —me pregunta.
—¿Qué?
—Creo que deberíamos hacerlo, joder —contesta.
El corazón se me sube a la garganta. Se me acalora la piel antes de que se me quede helada.
—¿¡Qué!?
—Vamos a confirmar nuestra asistencia —sigue—. Iremos a la boda. Y nos emborracharemos. Nos comeremos la tarta antes de que la corten siquiera y luego vomitaremos en la pista de baile.
Me echo a reír.
—Vale.
—Lo digo en serio —me asegura—. Iremos a la boda.
—Ni en broma —digo.
—Vale, muy bien —replica—. Pues digamos solo que vamos a ir.
—Miles, ¿por qué? —pregunto con énfasis.
—Para darles el día —responde—. Y para que paguen noventa dólares por plato de un pollo seco que nadie se va a comer.
—Los que van a pagar ese pollo son sus padres —protesto—. Y no puedo hablar por los Comer, pero los Collins son personas estupendas.
Miles da un respingo. No sé exactamente por qué, pero mis palabras hacen que le cambie un poco la cara.
—También son ricos —dice—. Noventa dólares son calderilla para ellos y por lo menos así van a pasarse todos estos meses preocupados porque aparezcamos y les arruinemos su gran día.
—A lo mejor les da igual —le recuerdo.
La sonrisa torcida desaparece de su cara.
—Mierda —dice—. Tienes razón. Supongo que por eso nos han invitado.
Resoplo.
—Ya sabes por qué nos han invitado, Miles. Porque son adictos a que los quiera todo el mundo. Y se les da bien. Tanto como para no darse cuenta de que no se puede esperar amor de las personas a las que has destruido por completo. Ahora mismo se creen que son los buenos de la
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película. Pero no tienen derecho a verse así. Van a pasarse años viviendo con la certeza de que son los idiotas.
No parece muy convencido, pero yo estoy segurísima.
—Deberíamos confirmar la asistencia —digo—. No son los buenos de la película. ¡Que les den!
—¡Que les den! —repite.
—¡Que les den! —vuelvo a decir, levantando más la voz.
El señor Dorner aporrea la pared. Miles me pone un dedo en los labios.
—¡Que les den! —susurra.
—¡Que les den! —susurro yo también.
Él mira cómo se mueven mis labios contra su dedo. Otra vez siento el agradable cosquilleo.
—Deberíamos acostarnos —digo. Y después, porque me ha salido la voz demasiado ronca, añado—: Quiero decir que yo debería acostarme.
Me aparta la mano.
—Después de haber confirmado la asistencia.
Me despierto con la brillante luz del mediodía y un dolor de cabeza brutal. Por mi cabeza pasan algunos recuerdos de la noche anterior, pero sin orden ni concierto.
Un paseo de vuelta a casa haciendo eses.
El tapete desgarrado de una mesa de billar.
Un dedo áspero contra los labios.
Carcajadas en el pasillo.
¿Y el señor Dorner? ¿Estaba? ¿Allí? ¿Por algún motivo? ¿En algún momento?
Antes de eso, o puede que después, Miles y yo nos bebimos una botella de vino tinto a morro.
En un momento dado, fuimos por la calle agarrados, con su mano en mi cintura justo donde se me había subido la camiseta. Empieza a arderme el cuello y la cara.
Intento avanzar en los recuerdos para asegurarme de que solo hice algo «un poco bochornoso» y nada «humillante del todo».
El avance rápido no me ayuda. Recuerdo dejarme caer en la cama, agotada, y darme cuenta de que no podía dormir porque también estaba un
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poco cachonda.
¡Ay, madre! ¿Lloré en algún momento?
Espera. ¿Lloró Miles? Seguro que no.
Tanteo en busca del móvil y lo encuentro enredado entre las sábanas. Supongo que al menos tuve el tino de apagar la alarma. Ya es casi mediodía.
Nunca duermo hasta tan tarde.
Repaso los mensajes en busca de pruebas incriminatorias de mi borrachera. Pero no veo ni uno solo de después del trabajo.
Sin embargo, sí descubro otra cosa preocupante en mi pantalla de inicio.
Un nuevo icono.
Una app de citas.
No recuerdo haberla descargado. La verdad es que no recuerdo nada después del bar.
Salgo de la cama y espero a que el martilleo de la cabeza se aplaque un poco antes de salir con paso tambaleante al salón. Tengo la sensación de que soy un desecho de materia radioactiva.
El piso está en silencio, pero no limpio. Hay seis vasos de agua a medio beber en la mesa del sofá, en la encimera y en la mesa para dos personas de la cocina. La botella de ron de coco está vacía, y a las dos botellas de vino solo les queda un culillo.
Me siento como Hércules Poirot después de toparse con un asesinato sin cadáver ni sangre, pero con la irritante sospecha de que ha pasado algo. Algo importante.
Y luego empieza a sonar el móvil que llevo en la mano.
Veo su nombre en la pantalla.
De repente, lo recuerdo.
Y me encantaría no haberlo recordado.
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Domingo, 19 de mayo
90 días hasta que pueda irme
Intento tranquilizarme, recuperar el aliento y carraspear para no tener que contestar con la voz cascada por la deshidratación.
Claro que no tengo la obligación de contestar.
Sin embargo, es la primera vez que tengo noticias de Peter en varias semanas, y la idea de no oír lo que tiene que decir (de pasarme la vida preguntándome qué querría decirme) me revuelve el estómago.
Es broma, los chupitos de Gill se están encargando de eso ellos solitos. El nombre de Gill me pasa por la cabeza sin más, junto con la imagen
de su barba canosa y trenzada.
Me pego el teléfono a la oreja y voy directamente a la ventana en busca de aire. Hace frío fuera, hoy es más primavera que verano.
—¡Hola! —digo, demasiado fuerte, demasiado enfática y demasiado contenta. Un trío muy raro.
—¿Daphne? —La suave voz de Peter me llena la cabeza como el helio.
—¿Sí? —replico.
Una pausa.
—Se te oye distinta.
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—Me siento distinta —le aseguro. No tengo ni idea de por qué me ha salido eso.
—¡Ah! —Se hace el silencio al otro lado de la línea.
—En fin… —lo animo.
Otra pausa.
—En fin, que he recibido tu confirmación de asistencia…
Me llevo la mano a la frente y presiono, con fuerza, contra el dolor palpitante que siento de repente.
—Ajá.
—Y supongo que… —Inspira hondo—. Que quería asegurarme de que todo va bien.
—¿Bien?
Tengo la sensación de estar de vuelta en la clase de matemáticas del instituto, con partes de ecuaciones y números dando vueltas sin ton ni son en mi cabeza; hay cierto sentido, pero carezco del cerebro adecuado para interpretarlo.
—Sí, a ver… —Una suave exhalación—. No es necesario que vengas, que lo sepas.
Mi carcajada parece más una tos.
—A ver, que nos encantaría que lo hicieras, claro —se apresura a decir.
El uso de ese «nos» basta para que el contenido de mi estómago dé un salto mortal como si me hubiera comido una sopa de mariscos y después me hubiera subido a una montaña rusa. Antes ese «nos» del que habla se refería a nosotros dos.
—Solo quería asegurarme de que sabes que no hay presión por nuestra parte —añade.
«Nuestra. Nos».
Vamos a sacar todas las palabras hirientes y vamos a asegurarnos de que cada una vaya cargada de condescendencia.
Lo peor de todo es que, incluso después de esto, no estoy totalmente segura de no quererlo. A ver, no a esta versión suya, sino al Peter que recordaba todas las fechas importantes, al que llevaba flores a casa solo porque había pasado por un puesto que las vendía, al que encargaba que me trajeran mi sopa preferida cada vez que me enfermaba.
Ese Peter está ahora reservado para ella.
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—Sabemos lo duro que debe de ser esto para ti —está diciendo, y así vuelve a ser el otro Peter. El que odio—. Y es que… me repatea la idea de que vengas sola y…
Como si toda esta situación no fuera lo bastante humillante, me llama para asegurarse de que sepa que se siente mal por mí. Lo veo todo rojo.
—No estaré sola —replico.
—Me refiero a que vengas sin acompañante —explica de forma totalmente innecesaria.
—Lo sé —le aseguro—. Voy a ir con mi novio.
Mientras lo digo hay una voz que exclama en mi cabeza: «¿¡QUÉ ESTÁS HACIENDO!?».
Miro hacia la ventana y hago como que grito al tiempo que me paso una mano por la cara. Me pregunto si no sería un caso como este el que inspiró El grito, de Edvard Munch.
—¿¡Tu novio!? —La voz de Peter destila absoluta incredulidad.
«No», dice mi cerebro.
—Sí —dice mi boca.
—Pero… no has confirmado la asistencia con un acompañante.
No acostumbro a mentir. De hecho, todavía me quedo despierta alguna que otra noche pensando sobre el día aquel cuando estaba en sexto, poco después de cambiar de colegio, una niña empezó a hablar conmigo sobre mi colgante con forma de caballo y, en mi desesperación por hacer amigos, un demonio perverso me poseyó para que le dijera que me encantaban los caballos y que todos los veranos asistía a un campamento de hípica.
Solo había montado a caballo dos veces. Me caí de la silla la segunda, por si es relevante.
Después de aquella conversación, evité a la niña por el sentimiento de culpa. Por suerte para mí, nos volvimos a mudar seis meses después.
Sin embargo, parece que el demonio me ha encontrado de nuevo, porque, sin pensarlo ni planearlo, de mi boca sale una mentira totalmente formada.
—No necesito avisar de que llevo acompañante. Él tiene su propia invitación.
El tenso silencio me indica que Peter está haciendo cálculos invisibles.
Pero él sí tiene el cerebro adecuado.
—No me digas que… —Su tono pasa del recelo a la absoluta incredulidad—. ¿Estás con Miles?
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«¡No, no, no!», grita la voz de mi cabeza.
—¡Sí! —exclama mi boca.
Vuelvo a gritar en silencio cual cuadro de Munch mirando hacia la ventana.
El silencio se alarga demasiado. Soy incapaz de romperlo y lo único que se me ocurre es: «No sé por qué he dicho eso, es una mentira como una catedral», pero tampoco puedo. Porque no puedo decirle eso.
Peter carraspea.
—En fin, la boda es dentro de unos meses.
—Lo sé —digo—. El Día del Trabajo.
—Podrían cambiar muchas cosas hasta entonces —añade.
Me quedo boquiabierta. ¿De verdad está insinuando que mi relación falsa no sobrevivirá a los tres meses que faltan para su boda… cuando su relación empezó hace poco más de un mes?
—Allí estaremos —le aseguro.
«¡NO!», grita mi cerebro.
—Vale —dice Peter.
Tengo que cortar antes de que le suelte el rollo de un embarazo ficticio.
—Tengo que dejarte, Peter. Cuídate.
—Sí —dice—, tú tam…
Corto la llamada.
Empiezo a andar de un lado para otro delante de la ventana durante unos cinco segundos y después voy directamente a la puerta de Miles, una pecadora de camino al confesionario.
Llamo a la puerta. No hay respuesta.
La aporreo.
—¿Miles? ¿Estás despierto?
Muevo el pomo de la puerta para hacer ruido. O esa es la idea, pero no está cerrada con llave. Así que básicamente entro tambaleándome en su dormitorio y me apoyo en la cómoda para guardar el equilibrio. La tele que hay encima se tambalea y, mientras la sujeto, una voz a mi espalda dice:
—¿Me estás robando la tele?
Me doy media vuelta, esperando encontrarme a Miles tirado en la cama. En cambio, está de pie en la puerta, vestido y con una bolsa de papel manchada de grasa en una mano.
Suelto la tele.
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—Casi la tiro —explico.
—¿Por qué? —me pregunta.
—Le he dicho a Peter que estamos saliendo —contesto. Me mira fijamente tres segundos antes de echarse a reír. —¿Qué tiene eso que ver con la tele? —Nada.
Se ríe de nuevo y se da media vuelta para salir al pasillo.
—¿A dónde vas? —le pregunto.
—A por sriracha —contesta.
—¿Por qué? —quiero saber, siguiéndolo a la cocina.
—Para echársela al sándwich del desayuno.
Suelta la bolsa en la encimera de camino al frigorífico.
—¿Has oído lo que he dicho? —le pregunto.
—Le has dicho a Peter que estamos saliendo —confirma mientras rebusca en el frigorífico el bote de salsa picante.
—¿No estás enfadado? —le pregunto.
Se da media vuelta con el bote de sriracha y un tarro de algo oscuro y denso en las manos.
—¿Por qué voy a estar enfadado? —Porque no estamos saliendo —respondo.
—Lo sé. —Vacía la bolsa en la encimera y aparecen dos sándwiches envueltos en papel amarillo. Desliza uno hacia mí y se vuelve hacia la cafetera, que ya está llena.
—¿Cuánto tiempo llevas despierto?
—No lo sé. —Se encoge de hombros—. Una hora o dos. —Vuelve a la encimera con dos tazas humeantes de café. Me da mi taza, que tiene a Garfield con un sombrero de vaquero—. ¿Leche? ¿Azúcar?
Niego con la cabeza. El café no me va mucho. Le daré unos sorbitos para que se me pase lo peor de la resaca.
Miles abre el tarro y echa una cucharada de algo que tiene pinta de ser sirope de arce en su café.
—¿Está bueno? —le pregunto al tiempo que me inclino hacia delante para ver mejor.
—No lo sé —contesta—. Pero me ha parecido que podía estarlo. ¿Lo has llamado borracha?
—¿Qué? —pregunto.
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—Que si has llamado a Peter borracha —dice mientras saca el sándwich del envoltorio, lo abre y prácticamente entierra el huevo y el aguacate debajo de un montón de sriracha.
—No, me ha llamado él.
Detiene el sándwich a medio camino de la boca. Suelta otra carcajada y también el sándwich.
—Espera. ¿No confirmamos anoche la asistencia a la boda?
Oírlo en voz alta, de nuevo, me provoca un escalofrío en todo el cuerpo. Gimo y entierro la cabeza en los brazos, sobre la encimera.
—Espera, espera. —Miles me pone la palma de la mano en la frente y me levanta la cabeza para que lo mire a los ojos—. ¿Te ha llamado por eso? ¿Porque ha recibido la confirmación?
Asiento con la cabeza.
—Me ha llamado para decirme que no tengo por qué ir. Que sabe lo duro que será para mí estar allí, totalmente sola, hecha polvo, sin acompañante y sin nadie que me quiera.
Miles resopla.
—Enano engreído.
—Mide metro noventa y cinco —le recuerdo.
—Gigante engreído y cabrón —se corrige. Y al cabo de un minuto añade—: Bueno, a ver, que igual creía que estaba siendo amable de verdad, no lo sé.
—No, has acertado a la primera.
Miles saca mi sándwich del envoltorio y me lo pega a la cara. Le doy un bocado y después lo deja en la encimera delante de mi barbilla.
—¡Espera! —Apoya las manos en la encimera con una sonrisa de oreja a oreja—. ¿Te ha llamado para intentar que te sientas tan mal que no estropees su día especial y tú le dijiste que estábamos saliendo?
—Lo siento —repito.
—¡Es una puta genialidad! —exclama—. ¿Cómo se lo ha tomado? —Algún que otro silencio, algún que otro resoplido incrédulo —
contesto—. Un bonito recordatorio de que la boda no se celebrará hasta dentro de tres meses, y de que ni en broma tú y yo seguiremos saliendo para entonces. Muy perspicaz por su parte, teniendo en cuenta que no estamos saliendo ahora mismo. —Entierro otra vez la cara entre los brazos, gimiendo por el nuevo asalto de dolor palpitante en la cabeza.
—Come algo —dice Miles—. Te vendrá bien.
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Me siento en uno de los taburetes de madera desiguales que hay junto a la encimera y me acerco el sándwich para darle un buen bocado.
—A lo mejor deberíamos salir —sugiere Miles.
Me atraganto. Me observa toser con una sonrisa traviesa en esa boca traviesa.
—Sí —consigo decir—. Compartir que nuestras parejas nos han puesto los cuernos el uno con el otro es el mejor abono para que florezca el amor.
—Sí, por eso mismo —dice— y porque va a cabrearlos.
—Tal como dijiste —replico—, les da igual. Van a casarse, Miles. —Y hace mes y medio la que iba a casarse eras tú —me recuerda. —Oye, que si vas a estar recordándomelo todos los días, cambio la
alarma por algo que no sea «DESPIERTA, TU NOVIO TE HA DEJADO, GUAPA».
—No, me refiero a que hasta hace unas semanas Peter y tú estabais comprometidos. Y aun así, él estaba celoso de mí y tú estabas celosa de Petra.
—¿Perdona? —digo.
—Me limito a citarte —explica.
—¿Cuándo he dicho eso? —le pregunto.
—Pues a mitad de la tercera vez que pusiste Witchy Woman anoche.
Entrecierro los ojos.
—No recuerdas nada de lo que pasó, ¿verdad? —Parece que la idea lo molesta.
—Recuerdo a Glenn —digo.
—A Gill —me corrige.
—Eso.
—Me refiero a que el hecho de que estén comprometidos no significa que no puedan ponerse celosos. —Bebe otro sorbo de café. Yo intento estirar el brazo hacia el tarro de sirope de arce y él me lo acerca un poco.
Le echo una cucharada a mi taza y bebo un sorbo.
—¿Qué te parece? —pregunta al tiempo que se inclina hacia delante. —Está bastante bueno —contesto—. ¿De dónde ha salido? —Bueno, es solo uno de mis muchos trabajos —contesta. Me arde la cara.
Se ríe mientras le da otro bocado grande a su sándwich, lo que me recuerda seguir comiendo.
—No vamos a ir a la boda como una pareja de pega —digo.
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Se encoge de hombros.
—Vale.
—No vas a convencerme.
—Muy bien —dice.
—Lo digo en serio —insisto.
—¿Todavía te sigue en redes sociales o lo bloqueaste? —me pregunta. Me remuevo en el taburete y bebo otro sorbo para hacer tiempo. —Dejé de seguirlo, pero no lo bloqueé. —Una parte muy patética de
mí no quería cerrar la puerta del todo. Quería que me echara de menos, aunque fuera una minúscula parte de lo que yo lo echaba de menos a él. Quería que se arrepintiera de perderme. No he subido absolutamente nada desde que cortamos. Añado—: No sé si todavía me sigue o no.
—Sí que lo sabes —me contradice Miles.
—Vale, muy bien, hasta ayer me seguía.
—¿Puedo ver tu móvil? —me pregunta.
—No quiero bloquearlo —digo con énfasis.
—No voy a hacerlo —me promete.
Le doy el móvil y él suelta el sándwich, masticando mientras toca la pantalla. Después rodea la encimera para ponerse detrás de mí, con el móvil delante de los dos y la cámara delantera activada. Se agacha y me echa el brazo libre por encima de los hombros sonriendo de tal forma que se le ven los hoyuelos.
—¿Qué haces? —le pregunto al tiempo que me vuelvo hacia él, rozándole la mejilla con la nariz.
—Listo —dice y se endereza mientras me pone el móvil en la mano. La foto que ha hecho sigue en la pantalla. Yo estoy hablando, con los
labios casi pegados a su cara, y él sonríe, con el antebrazo lleno de tatuajes de estilo marinero sobre mi pecho en un gesto fortuito, pero que parece sugerente.
Tenemos toda la pinta de estar juntos, si se pasa por alto que también tenemos toda la pinta de ser dos personas sin nada en común. Claro que supongo que esa es la imagen que dan el serio Peter y la desinhibida Petra el uno junto al otro.
El problema es que Petra encaja en el estilo de espíritu libre de estrella del pop mientras que Miles parece el tipo que repitió el último año de instituto a conciencia para pasar más tiempo allí y después empezó a
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vender en el aparcamiento de un supermercado colonia de imitación que lleva en el maletero del coche.
Claro que yo tampoco salgo mucho mejor. Tengo un trocito de aguacate en la barbilla.
—¿Qué se supone que tengo que hacer con esto? —pregunto.
—Lo que quieras. —Miles hace una bola con el papel del sándwich y lo tira a la basura.
—¿Qué quiere decir eso?
—Daphne —dice y apoya los codos en la encimera mientras se pasa una mano por el pelo. Se le queda de punta, desafiando la gravedad. También tiene la barba desgreñada como si fuera un Lobezno resacoso y desaliñado—, ya sabes por dónde voy.
—Quieres que la publique para que Peter crea que estamos saliendo — concluyo.
—No —replica con voz guasona—, quiero que la publiques para que Petra crea que estamos saliendo.
—¿Por qué no la publicas tú? —le pregunto.
—Porque no tengo cuentas en redes sociales —responde.
—Claro. —Recuerdo que Peter me lo dijo. Estaba cotilleando las redes sociales de Petra (la verdad, podría ser una influencer profesional) y Miles no solo no estaba etiquetado en ninguna foto, sino que su cara no salía en ninguna. Cuando le pregunté a Peter por el tema, puso los ojos en blanco y dijo algo en plan de que Miles estaba «por encima de las redes sociales».
Recordarlo me ayuda a lanzarme a la piscina.
No escribo nada. Solo publico la foto.
Miles sonríe y choca los cinco conmigo.
—¿Somos malos o solo inmaduros? —pregunta.
—Creo que a lo mejor solo estamos amargados —contesto—. Oye, gracias por el sándwich para desayunar.
—Gracias a ti por la charla inspiradora de anoche.
—¿Cuándo fue? —le pregunto.
—Durante la cuarta vez que pusimos Witchy Woman —contesta.
Un recuerdo borroso aflora en mi mente, solo un segundo, antes de sumergirse de nuevo en la neblina de vino y licor. Estoy de pie sobre un suelo pegajoso, bajo el brillo de un letrero con luces de neón, aferrándole la cara a Miles entre las manos mientras digo con toda la claridad de la que soy capaz:
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—Cada vez dolerá menos. El año que viene por estas fechas ni te acordarás de su nombre.
—Si seguimos bebiendo así —replicó él—, no creo que pueda recordar ni el mío.
De vuelta al presente, Miles toma la sriracha y cierra el tarro de sirope de arce.
—Tengo cosas que hacer, pero si tienes noticias de tu ex, dile que he dicho… —Levanta el dedo corazón, haciendo una peineta.
—Y si tú tienes noticias de la tuya, dale las gracias de mi parte por el nuevo novio.
—Será un placer —replica y se da media vuelta para marcharse.
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Viernes, 24 de mayo
85 días hasta que pueda irme
El viernes siguiente, estoy jugando al Tetris que menos me gusta en el mostrador de la entrada: elegir qué lanzamientos de otoño comprar para nuestra biblioteca. Los reorganizo y cambio el orden de prioridad, eliminando un título tras otro hasta que el coste se adapte a nuestro presupuesto.
Cada vez que voy a eliminar un libro, se me viene a la mente una cara distinta, la del niño o los niños para los que va dirigido el libro específicamente.
Un libro ilustrado de superhéroes para Arham. Un libro de iniciación a la lectura sobre sirenas para Gabby Esteves, que tiene ocho años. Una novela densa de fantasía para jóvenes que me recuerda a la primera vez que leí a Philip Pullman, para Maya, la niña con aparato de ortodoncia que lleva un parche de The Smiths en la mochila y cuyo nivel de lectura está tan por encima de su edad que ha empezado a darme recomendaciones a mí. Es tan tímida que tardó meses en responder a mis intentos de hablar un poco de libros (el único tipo de conversación que se me da bien). Pero ahora está dispuesta a charlar durante cuarenta minutos seguidos sobre los libros que ambas hemos leído y que nos han gustado, un club de lectura informal compuesto por dos personas. He intentado convencerla de que se
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una a uno de los grupos de lectura para adolescentes, pero me dijo muy educadamente que no le gustan las «actividades de grupo» y que le va más lo de «ser independiente».
En resumidas cuentas, es como yo a los doce años si hubiera sido novecientas veces más guay. Es que nos parecemos hasta en lo de ser hijas únicas de madres solteras agobiadas por el trabajo, pero ella es preciosa, con predilección por el rock gótico británico de los ochenta. Durante el curso escolar, Maya recorre a pie la corta distancia que separa el instituto de la biblioteca, y su madre la recoge cuando termina su turno de asistente jurídica.
El nuevo libro de fantasía en tapa dura que he elegido expresamente para ella es el más caro de la lista, pero no soporto la idea de eliminarlo. Lo normal es que hable de estas cosas con Harvey, el director, pero se ha ido temprano para asistir a la graduación de su hija menor, que acaba Medicina (sus otros dos hijos ya son médicos; al parecer, ha creado un ejército de triunfadores).
En la oficina de la parte trasera que todos compartimos, mi compañera Ashleigh Rahimi, la encargada de los libros para adultos, habla por teléfono, aunque la puerta cerrada convierte sus palabras en murmullos ininteligibles.
En el mostrador de la entrada, mi móvil vibra al recibir una notificación de Sadie. El estómago me da un vuelco por la expectación, pero me llevo un chasco al ver que, en vez de un mensaje o incluso un comentario, se ha limitado a darle un «me gusta» a mi última foto.
En la que parezco estar a un milisegundo de chuparle la cara a Miles mientras él está sobre mí, con un brazo encima de mi pecho.
Pincho en la cuenta de Sadie y me arrepiento de inmediato. Usa las redes sociales tan poco como yo, lo que quiere decir que en la parte superior, con solo tres fotos por delante, hay una foto de Cooper y ella con Peter y conmigo en Chill Coast Brewing durante su última visita, ya que la cerveza es la única concesión que Peter se permite en su dieta baja en carbohidratos.
Yo detesto la cerveza. Es evidente que a Petra le encanta. Ella es una fantasía con patas, mientras que yo soy una bibliotecaria que lleva muchos botones y tweed.
Desde el otro lado de la puerta de la oficina llega un sonido frustrado a caballo entre un chillido y un gemido. No es un grito como tal, pero sí una
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voz lo bastante fuerte como para hacer que los chicos que están jugando en la zona de ordenadores se vuelvan hacia el mostrador de golpe.
—¡No pasa nada, no pasa nada! —les digo con un gesto de la mano. A mi espalda, la puerta se abre de repente y Ashleigh, que mide apenas
un metro cincuenta y lleva un moño en la coronilla del tamaño de un melón, sale en tromba.
—Nunca te hagas amiga de una madre —me dice antes de sentarse en su silla.
—Tú eres madre —le recuerdo.
Se vuelve hacia mí.
—¡Lo sé! —exclama—. Y eso quiere decir que básicamente solo tengo una noche cada dos semanas para hacer algo divertido con otros adultos, pero todos esos adultos a los que antes llamaba también son padres, y en muchos casos tienen pareja. ¡Así que la mitad de las veces, los planes se van al traste porque alguien está vomitando, se ha caído de un trampolín o se le ha olvidado que tenía que hacer un puto volcán para la clase de ciencia de mañana!
—¡Ashleigh! —mascullo, señalando con la cabeza la hilera de adolescentes que están jugando.
Sigue mi mirada y se enfrenta a las de los chicos con un seco:
—¿Qué pasa?
Los adolescentes se vuelven hacia sus pantallas.
—Quiero salir —sigue—. Quiero ponerme guapa para salir y beber alcohol y hablar de algo que no sea Dragones y mazmorras.
Mientras lo dice, me imagino en casa sola, viendo a esas parejas felices que compran o reforman las casas de sus sueños en los programas del canal HGTV, como hice el viernes pasado por la noche, y el anterior, y básicamente todas las noches desde que Peter me dejó, salvo por la escapada etílica con Miles a CARNICERÍA.
Sin embargo, las redes sociales de Peter y de Petra son un documental en tiempo real de ellos besándose, abrazándose y haciéndose fotos por todos nuestros antiguos sitios preferidos, con nuestros antiguos amigos en Arbor Park.
Los sitios preferidos de Peter, me corrijo. Sus amigos. De la misma manera que Arbor Park es su barrio.
Creía que estábamos construyendo algo permanente. Ahora me doy cuenta de que solo me estaba obligando a encajar en su vida, de modo que
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me he quedado sin la mía.
Siento que las palabras me suben por la garganta y de repente le digo a
Ashleigh:
—Estoy libre esta noche.
Ella me mira con los ojos como platos. Como si acabara de vomitarle en los zapatos. O como si yo acabara de vomitar un zapato.
Busco la manera de retirar mis palabras con elegancia.
Se me ocurre algo del tipo: «Uf, perdona, ¡se me había olvidado! Tengo pensado organizar mi lector electrónico», pero ella se encoge de hombros de repente y dice:
—¿Por qué no? Mándame un mensaje con tu dirección y te recojo de camino a Chill Coast.
—¿Chill Coast? —Estoy segura de que he pasado de estar colorada como un tomate a ponerme más blanca que la leche.
Por suerte, Ashleigh está mirando su teléfono.
—Es una cervecería —dice, tecleando—. ¿En Arbor Park? La amiga que acaba de dejarme plantada dice que es muy bonita, con un patio enorme.
Ni en broma vamos a ir a Chill Coast. Waning Bay ya es lo bastante pequeño de por sí como para adentrarme en el centro del Peterverso.
—A menos que… —dice Ashleigh, que se da cuenta de mi reacción— tengas otro sitio en mente.
Claro que no tengo otro sitio en mente. Porque no me imagino a Ashleigh encantada con un sitio como CARNICERÍA.
Sin embargo, tengo que decir algo, de modo que suelto el primer sitio (el único) que se me ocurre:
—Cherry Hill.
Levanta las cejas oscuras con gesto especulativo.
—Es una bodega —le digo.
—¿La que tiene al camello guapetón en la barra o la que hay más abajo en la misma calle donde solo ponen música de Tom Petty?
—Mmm —murmuro—. La verdad es que solo sé… del vino.
En el sentido de que sé que sirven vino.
Después de una pausa muy larga, dice:
—Vale. Cherry Hill.
—¡Genial! —exclamo.
Ella sigue escaneando libros para darles entrada.
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—¿Vas a ir vestida así?
Me miro la camisa marrón abotonada hasta el cuello.
—¿No?
—Una compañera de trabajo y yo vamos a pasarnos por Cherry Hill esta noche —le digo a Miles desde la puerta mientras se cepilla los dientes en nuestro diminuto cuarto de baño con sus azulejos rosas.
Me mira a los ojos a través del espejo, mientras la espuma de la pasta de dientes le sale por la boca.
—¿Por qué lo has dicho así? —me pregunta.
—Así ¿cómo?
—Con tono amenazador. —Escupe en el lavabo y abre el grifo—. En plan: «Mi amiga y yo vamos a hacerte una visita y puede que llevemos un bate de béisbol».
—Porque mi amiga y yo vamos a hacerte una visita —replico— y puede que llevemos un bate de béisbol.
Mete la cabeza en el lavabo, debajo del grifo abierto, para enjuagarse.
Cuando se endereza, toma su toalla y entierra toda la cara.
—He pensado que a lo mejor era raro aparecer sin avisar, nada más — le digo.
Se vuelve para mirarme, con una mano y una cadera apoyada en el lavabo.
—Me halaga que recuerdes dónde trabajo.
—Necesitaba un sitio guay para impresionar a Ashleigh, y salió de mi subconsciente —admito.
—¿Se ha quedado impresionada? —me pregunta—. ¿Le gusta nuestro vino?
—No tengo ni idea —contesto—. Pero cree que uno de tus camareros es un camello. O que pone mucho a Tom Petty.
Frunce el ceño.
—Seguro que no ha probado el pinot. Se me escapa una carcajada sorprendida. —¿Te has ofendido?
—Un poco —admite al tiempo que se encoge de hombros—. Ha ganado una doble medalla de oro. Asegúrate de que esta noche lo prueba.
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—Haré lo que pueda —replico.
Nos quedamos de pie un segundo.
Él señala la puerta, que yo estoy bloqueando.
—¡Claro! —Me aparto y él pasa a mi lado, y me asalta su aroma dulzón y con ese toque especiado—. Hasta luego —le digo por encima del hombro antes de encerrarme en mi dormitorio para seguir (sin mucho éxito de momento) eligiendo ropa.
Lana, tweed, satén imitando seda, todas las prendas muy combinables con el resto, y todas con un toque a ropa de maestra recatada, incluso la ropa informal de verano. Sadie decía que mi estilo estaba en el cruce entre «voy así porque es mi personalidad» y «no me mires el cuerpo», algo que es básicamente cierto.
Una rápida búsqueda en Google de «qué ponerse para ir a una bodega» me muestra un sinfín de ropa colorida y vaporosa que se podría sacar de una novela de Elin Hilderbrand. En mi armario casi todo son prendas beis, tostadas, camel y marrones. Podría ponerme unos vaqueros y una camiseta, pero me da en la nariz que entre aparecer demasiado arreglada y demasiado informal, lo segundo sería un pecado capital para Ashleigh, y quiero darle una buena impresión.
De modo que me trago el orgullo y me pongo el vestido negro ajustado con la espalda descubierta que me compré para la fiesta de compromiso con Peter.
No me lo he puesto desde entonces, una tontería, porque costó muchísimo más de lo que me gastaría normalmente (lo pagó Peter) y me favorece un montón.
A las siete y cuarto, alguien llama a la puerta. No me sorprende que Ashleigh llegue tarde. Pero sí que haya subido a casa. Creía que dispondría de tres tramos de escalera para superar los nervios de «tengo que salir con alguien nuevo» antes de tener que enfrentarme a ella.
Han pasado años desde que hice una nueva amiga. Me refiero a hacer una amiga de verdad, no a heredarla de Peter o de Sadie, que siempre ha sido mucho más sociable que yo.
Me aliso el vestido, como una adolescente de dieciséis años a punto de descubrir si de verdad tiene pareja para el baile de graduación o si los otros chicos van a tirarle un cubo de sangre de cerdo por encima.
Cuando abro la puerta, Ashleigh da un respingo, porque estaba mirando el móvil.
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—No tenías por qué subir —le digo—. Me podrías haber mandado un mensaje desde el coche.
—Me he tomado una bebida rehidratante de camino y tengo la vejiga a punto de reventar —replica—. Además, prácticamente no sé nada de ti, así que es una buena oportunidad para averiguar si tienes la casa llena de equipos de vigilancia.
Parpadeo.
—¿Equipos de vigilancia?
—Landon y yo hemos estado haciendo apuestas sobre si eres del FBI —me explica.
La miro con los ojos entrecerrados.
—Y crees que soy del FBI porque…
—Yo no —asegura—. Es Landon. Yo voto por el programa de protección de testigos.
Una cosa es que se te dé mal entablar conversación y otra muy distinta es ser tan reservada que tus compañeros de trabajo supongan que has testificado contra un jefe de la mafia, y hasta ahora no sabía lo delgadísima que es esa línea divisoria.
En mi defensa, Landon tiene diecinueve años y casi siempre está oyendo música shoegaze con sus Airpods al mismo volumen que el lanzamiento de un cohete, así que tampoco ha habido muchas oportunidades para conectar.
—El baño está aquí —le digo al tiempo que la invito a pasar.
Lo mira todo boquiabierta, sin inmutarse por la falta de cámaras de seguridad.
Nos paramos en la entrada del pasillo, donde se concentran el dormitorio de Miles, el cuarto de baño y mi habitación a un lado del salón.
—Qué bonito —dice.
—Gracias —replico, aunque la verdad es que es casi todo de Miles, una mezcla curiosa de piezas de segunda mano de los cincuenta a los setenta, al más puro estilo de Laurel Canyon.
Se encierra en el cuarto de baño (muy seguramente para revisar mi botiquín, creo) mientras yo vuelvo a la cocina a por otro vaso de agua. En la universidad, me tomé muy en serio los carteles que decoraban nuestras habitaciones de la residencia: «SIEMPRE JUNTOS», decían, con la ilustración de un botellín de cerveza junto a un vaso de agua. Se me ha quedado la costumbre.
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Desde la cocina oigo que se abre la puerta del baño con un chirrido y vuelvo al salón, pero Ashleigh no está allí.
—¿Haces snowboard? —me pregunta desde el otro lado de la esquina, al final del pasillo.
—¿Qué? —Paso por la puerta y veo que no está a la derecha, en mi dormitorio, sino a la izquierda, en el de Miles. Lo recorre como si fuera un museo, pasando de la tabla de snowboard y los usados palos de hockey del rincón a las plantas y los incensarios del alféizar de la ventana—. Es la habitación de mi compañero de piso —le digo.
Está leyendo el diminuto texto del borde de un cartel enmarcado de un espectáculo, pero yo estoy concentrada en la fotografía de Miles y Petra que tiene en la cómoda. Están delante de un lago, ella rodeándole la cintura con los brazos mientras una versión menos desaliñada de Miles la mira con veneración. Ella es esbelta y bonita, y él es delgado y apuesto, y es imposible odiar esa versión de Petra, la que lo hacía tan feliz. Hasta que recuerdo que ahora está haciendo así de feliz a Peter.
Siempre creí que él y yo hacíamos una pareja estupenda. Peter era estable, formal y trabajador. Tenía un plan de cinco años, en absoluto aburrido. Íbamos a ver los cerezos en flor en Japón, a visitar Dubái, a ver la Torre Eiffel. Pero también íbamos a ahorrar dinero para la jubilación y a cenar una vez al mes con su familia.
En resumen, Peter era todo lo contrario que mi padre, que de vez en cuando era un padre cariñoso, pero casi siempre ausente.
Necesité mucha terapia para dejar de sentirme atraída por hombres que no estaban disponibles emocionalmente, esa clase de hombres con los que te haces un tatuaje a juego a la semana de conocerlos, y empezar a salir con el vecino de arriba. Fue un alivio enorme enamorarme por fin de alguien que de verdad quería corresponderme.
Un «hombre sin miedo a las relaciones», que anhelaba el vínculo que tenían sus padres. Al que le gustaba la rutina, que contestaba los mensajes en un plazo razonable y que compartía su agenda conmigo.
A lo mejor si nunca nos hubiéramos mudado a este pueblo, seguiríamos juntos.
Claro que a lo mejor a los cinco años me habría dejado por Petra de todas formas. Quizás están tan predestinados como él asegura. Se me revuelve el estómago por la idea de que tal vez ese sea el sitio de Petra, en la casa que creía mía, mientras que yo no encajo en ninguna parte.
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Ashleigh señala los dos pares y medio de Crocs (sí, son cinco zapatos Crocs) en mitad del armario.
—Perdona, ¿cuántos Crocs tiene este hombre? —me pregunta.
—A ver, esos como poco y los que supongo que tiene en los pies ahora mismo.
Mira los zuecos fijamente.
—¿Sector servicios, enfermero o friki del montón?
—Sector servicios —confirmo antes de añadir con un deje cariñoso—: Pero también un poco friki. Lo que me recuerda que tenemos que probar el pinot esta noche.
—¿Cómo es posible que eso te recuerde un pinot? —me pregunta, pero cuando me doy media vuelta para irme, se me olvida lo que ha preguntado.
Nunca me había dado cuenta, porque solo he entrado dos veces en su habitación.
Acabo de descubrir un montón de polaroids en columnas muy ordenadas. Más ordenadas, sospecho, de lo que Miles habría hecho. Seguramente son un vestigio de su era Petra.
Cosa que tiene sentido, habida cuenta de que narran la historia de su relación. Tres años de tartas de cumpleaños. Tres años de espumillón del árbol de Navidad. Tres años de paseos en paddlesurf, de saltos en acantilados, de beber vino con un atardecer de fondo, de montar en moto los dos en lo que supongo que es el Mediterráneo. Tres años de sonreír contra la boca del otro con las manos enterradas en su pelo.
Se los ve muy felices.
Tengo la sensación de que me estoy entrometiendo donde no debo al verlos así, por no hablar de que mi compañera de trabajo está mirando boquiabierta su relación fallida.
—Deberíamos irnos —me apresuro a decir mientras saco a Ashleigh al pasillo y cierro la puerta.
«¿Aceptaría volver con ella?», me pregunto de repente, antes de pasar sin pestañear siquiera a un «¿Aceptaría yo volver con Peter?».
—Desde luego que no —digo en voz alta.
—¿Qué? —pregunta Ashleigh.
—¡Nada! —exclamo—. Vamos a por ese vino.
Ashleigh me sigue hacia la puerta principal, meneando la cabeza.
—¿Ves fantasmas o algo?
—O algo —contesto.
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—En fin, Vince —dice—, puede que no seas del FBI, pero desde luego que eres mucho más interesante de lo que sugiere el tweed.
—Me apellido Vincent —la corrijo.
—¿Lo ves? —replica—. Una sílaba entera de la que no sabía nada.
Eres una caja de sorpresas.
—Detesto las sorpresas —le digo.
Cherry Hill, como la mayoría de las bodegas locales, se sitúa en una península que se adentra en la inmensa extensión de la curva más septentrional del lago Míchigan. Los viñedos se extienden por suaves colinas onduladas a ambos lados del largo camino de gravilla que nos lleva a la bodega en sí, un edificio de elegante cristal, madera de balsa y metal corrugado. El aparcamiento está a rebosar y los jardines que lo rodean están llenos de coloridas flores, todas teñidas de rosa por el sol poniente.
Al otro lado de las flores y de los setos, hay un césped a modo de terraza salpicado de desgastadas mesas blancas y gente repartida entre la pista de petanca en un extremo hasta el estanque de patos que hay en el otro, con delicadas copas de cristal en las manos. Por encima de las mesas hay hileras de farolillos, esperando la señal para encenderse.
—Esto es precioso —digo al tiempo que salgo del destartalado coche de Ashleigh. Ha refrescado y me arrepiento de no haberme llevado una chaqueta.
Me mira de reojo.
—¿No habías estado ya aquí?
Supongo que mi evidente asombro me ha delatado.
—A Peter no le iba el vino.
—¿Peter? —repite ella—. Es tu ex, ¿no?
Consigo responder con un «Mmm».
Ashleigh se echa el enorme bolso al hombro y se baja la minifalda hacia la parte superior de sus botas altas de ante mientras echa a andar hacia la puerta principal.
—¿Qué me dices de tus amigos? ¿A ninguno le gustaba el vino? No le digo que teníamos los mismos amigos.
No le digo que, técnicamente, esto quiere decir que yo no tenía amigos. Ni siquiera después de todas las novelas de Frank Herbert que me
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leí solo para tener algo con lo que conectar con Scott.
—Supongo que no —contesto—. ¿Y tú? Ya habías estado aquí antes, ¿no?
—Solo dos veces —responde—. A Duke tampoco le iba el vino.
—Y Duke es… —Abro la puerta.
—Un caballo enorme —replica—. ¿Tú qué crees, Daphne? Es mi exmarido.
—Supongo que debería haberlo adivinado —admito antes de seguirla al interior.
El olor a cedro quemado nos llega cuando entramos en una estancia de iluminación tenue. Una barra moderna y elegante recorre la pared izquierda; toda la pared posterior es de cristal ahumado, con enormes barriles de vino apilados por detrás y un suave brillo dorado. Las otras tres paredes también son de cristal, pero esas dan a los viñedos, con un estrecho mostrador de madera junto a ellas para que los clientes puedan ver el atardecer mientras beben vino. Hay unos cuantos veladores en el centro, y en la pared con puertas de cristal que hay enfrente de la barra, una enorme chimenea de pizarra se eleva hacia el cielo, con las llamas danzando en su interior.
Ashleigh me toma del brazo.
—Vamos, parece que esas personas se van.
Tira de mí hacia el extremo más alejado de la barra, algo que requiere cierta pericia porque, pese a la agradable temperatura, el interior está incluso más concurrido que el prado. Se mete entre dos hombres de mediana edad con polos de golf para hacerse con uno de los taburetes que se han quedado vacíos y planta el bolso en el otro, tras lo cual me hace señas para que me acerque. No mueve el bolso hasta que casi estoy sentada encima.
Por debajo del murmullo de las conversaciones se oye música sexi, una voz ronca y sensual que se mezcla a la perfección con el tintineo de los cubiertos y de las copas.
Hay dos personas al otro lado de la barra, pero después se abre la puerta que da a una habitación oculta tras los barriles de vino y aparece Miles con una bandeja de madera llena de copas.
El complicado baile entre Miles y los otros camareros, o sumilleres o como se llamen, resulta hipnótico. Se comunican con frases cortas y toques rápidos, apartándose para que él pueda reponer lo que les falta. Una
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de las camareras se cambia con él y, tras un rápido intercambio, ella asiente con la cabeza y desaparece por la misma puerta por la que Miles acaba de salir.
Pese a la camiseta ajada y llena de agujeros, y a los pantalones de trabajo, Miles parece estar en su salsa. La cálida luz que hay detrás de la barra le otorga un aura más artesanal que agotada.
Lo veo apoyarse en la barra para oír lo que le dice una guapa pelirroja y luego suelta una carcajada y toma una botella de vino blanco abierta de una cubitera, haciéndola girar mientras le sirve otra copa.
—¿Lo ves? —dice Ashleigh, que se inclina hacia mí para hacerse oír
—. El camello guapetón.
Desvío la mirada para seguir la suya hacia el otro extremo de la barra. —¿Miles es un camello? —pregunto en voz alta.
Él levanta la vista al oír su nombre y me saluda con un gesto de la
barbilla mientras esboza una sonrisilla torcida.
—Espera, ¿lo conoces? —replica Ashleigh.
Miles devuelve la botella a la cubitera y se acerca a nosotras.
—Pide el pinot —le digo a Ashleigh a toda prisa.
Él apoya los antebrazos en la reluciente barra de madera.
—Vaya, vaya, vaya —dice en voz lo bastante alta como para hacerse oír por encima del ruido ambiente de la sala—. ¡Pero si es mi adorada novia!
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—¿Novia? —Ashleigh me da una patada por debajo de la barra.
Grito y me alejo de ella.
—¡Es una broma! Te presento a mi compañero de piso, Miles. Miles, Ashleigh.
Le tiende la mano para estrechársela.
—Encantado de conocerte.
—Es un placer —replica ella, como si fuera una heredera salida de la Edad Dorada.
—¿Qué te pongo? —le pregunta Miles.
Ashleigh apoya la barbilla en la mano y se inclina hacia delante para que la oiga mejor:
—¿Qué me recomiendas?
Miles saca una carta impresa en papel de un vaso cercano y la acerca hacia nosotras.
—Esto es lo que está disponible en la cocina. —Marca tres de las seis opciones de tapas y luego le da la vuelta a la carta y rodea los vinos, dibujando estrellitas junto a los que recomienda. Me mira en busca de aprobación.
Yo miro a Ashleigh. Ella asiente con la cabeza y medio grita:
—¡Lo que diga Miles!
—Enseguida vuelvo —nos promete antes de desaparecer con la carta marcada, aunque se detiene para murmurarle algo a una camarera con flequillo recto antes de escabullirse por la puerta.
Ashleigh se vuelve para mirarme.
—¿A qué viene la «broma» esta tan graciosa de que eres su novia? —¿A qué viene la broma de que mi compañero de piso es un camello? Le resta importancia con un gesto de la mano.
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—Así es como pienso en él, por sus pintas.
—¿Sus pintas de vender medicamentos sin receta ilegalmente?
—Más bien, de tener una plantación de marihuana en su casa. Pero eso era antes de que entrara en su dormitorio sin darme cuenta hace media hora. Ahora tendré que revisar toda su imagen en mi castillo cerebral.
—¿Te refieres al «palacio de la memoria»? —le pregunto.
—Aquí las preguntas las hago yo —replica con un brillo travieso en los ojos. Nunca había visto este lado travieso de Ashleigh. Me intimida sentir que no puedo escapar a su curiosidad, pero también me recuerda un poco a Sadie, lo que me provoca una punzada en el estómago—. Explícame lo de la broma de que eres la novia de Miles el Buenorro.
—¡Hola, señoras! —exclama Flequillo Recto, sobresaltándonos a las dos.
—¡Hola! —gritamos Ashleigh y yo, sorprendidas.
—Miles volverá enseguida con vuestra comanda, pero ¿os traigo algo mientras tanto? —Pone dos vasos en la barra y los llena con agua de una jarra.
Negamos con la cabeza.
—Bueno, soy Katya, por si necesitáis algo. Solo tenéis que gritar. — Golpea la barra con la palma de una mano y se va.
—A ver —insiste Ashleigh—, lo de la broma.
—Solo es por una foto.
Ella levanta una ceja, a la espera. Me rindo, saco el móvil y busco la foto que nos hemos hecho; yo con la mancha de aguacate en la cara y con las bocas sospechosamente juntas. Es más picante de lo que recordaba. Se me revuelve el estómago por la incomodidad.
Ashleigh la mira fijamente y frunce el ceño.
—A ver, ¿es porque parecéis una pareja aquí? ¿Esa es la broma? Hago una mueca mientras sopeso cuánto más divulgar. Este es el
problema que tengo. No sé cómo hablar de las cosas superficiales, pero tampoco quiero desenterrar las cosas feas, una y otra vez, para la gente que solo está de paso en mi vida. Es agotador. Como si cada vez que le entrego una parte de mi historia a alguien que no va a convertirse en un elemento fijo en ella, se llevara un trozo de mí a algún lugar donde nunca podré recuperarlo.
Es imposible recobrar tus secretos una vez que los desvelas. Es imposible retractarte de esas delicadas verdades, una vez que descubres
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que la persona a la que se las contaste no es de fiar.
Ashleigh aparta mi móvil.
—A ver, si no quieres que seamos amigas, no voy a obligarte. Llevamos trabajando juntas más de un año, sin averiguar apenas nada sobre ti y sin presionarte, porque sé distinguir cuando alguien es un libro cerrado…
—No soy un libro cerrado —protesto.
—Pero lo que no me explico —sigue— es a qué viene esto de salir juntas hoy. Si solo lo has hecho por lástima, en plan buena samaritana, hubiera preferido quedarme en casa y evitármela.
—¡No es por lástima! —le aseguro—. Al menos no por mi parte. Y lamento no haberme esforzado más por conocerte desde el principio. No fue nada personal.
Me lanza una mirada mordaz.
—Vale, a lo mejor un poco sí —admito.
Ella suelta una carcajada sincera que me arranca una sonrisa. —¿Qué? ¿Crees que doy miedo?
—Pues sí —contesto—. ¡Pero en el buen sentido! Es más bien que siempre llegas tarde.
Otra carcajada.
—Por Dios, no eres de Míchigan, ¿verdad?
—No, ¿por qué? —replico.
—Por esto de la sinceridad —contesta—. Es refrescante. Así que no querías ser amiga mía porque siempre llego tarde al trabajo.
—Y tú no querías ser mi amiga porque soy una estirada, supongo.
Se ríe entre dientes.
—No, en realidad no fue por eso. Más bien porque parecíais dos tortolitos felices. Tengo el divorcio demasiado reciente como para relacionarme con gente que se mira con los ojos en forma de corazón mientras los siguen unos cuantos pajaritos con un velo de novia.
Lo cierto es que no le he contado a nadie del trabajo cómo ha sido la ruptura. Pero cuando tienes tres semanas libres programadas para la luna de miel que de repente cancelas sin contemplaciones, la gente habla.
—Bueno, yo no tenía esas cosas ni siquiera antes de que cortáramos — le aseguro.
—¿Porque eres muy estirada?
Mi propia sonrisa se ensancha.
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—Porque los pajaritos nunca llegan a tiempo, y a lo mejor te parece muy trillado, pero la gente que siempre llega tarde no me parece de fiar y asumo que no está interesada en intimar conmigo.
Ella asiente con la cabeza en silencio, pensativa.
—Me parece justo. Pero si te sirve de algo, siempre llego tarde porque tengo un hijo. Me gustaría pensar que mis amigos pueden confiar en mí, pero si tengo que elegir, sí, siempre elegiré a Mulder.
Si soy un libro cerrado, atado con cadenas y guardado bajo candado, Ashleigh Rahimi tal vez haya dicho la única cosa que puede abrirlo.
—A mí también me parece justo —replico.
—Bueno —dice ella—. ¿He hecho méritos para enterarme de la historia del origen de esta «broma»?
—Hay algo que no le he dicho a nadie en el trabajo —replico para ganar tiempo—. Sobre mi ruptura. Algo… humillante.
Ella pone cara de sorpresa.
—¡Le pusiste los cuernos con Miles!
—¿Qué? ¡Por Dios! ¡No! —Miro a mi alrededor para comprobar que no hay nadie con la oreja pegada. Si voy a hablar de esto otra vez, me gustaría que no saliera de aquí—. ¿Cómo sé que esta historia no va a correr por el trabajo como si fuera un reguero de pólvora?
Tiene la delicadeza de no parecer ofendida. En cambio, frunce los labios, pensativa.
—Déjame preguntarte una cosa: ¿te he contado alguna vez algo sobre Landon?
—¿Aparte de que apostáis sobre lo friki que soy?
—Digamos que cuando consigas que deje de escuchar un rato a los My Bloody Valentine —contesta—, descubrirás lo fácil que sería hacer una serie de televisión completa sobre su familia, al estilo de The Crown. Y, sin embargo, no te he contado nada. Soy una tumba con los secretos.
—Es posible que me estés mintiendo —señalo.
—Claro —reconoce ella—. Pero no es así. Soy una mujer recién divorciada que se pasa la mayor parte del tiempo con un niño de once años. No voy por ahí contando los secretos de la gente. Es que me encanta que me cuenten novelones. ¡Demándame!
—Como le cuentes a alguien lo que voy a decirte, a lo mejor lo hago —replico.
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—¡Ya lo tengo! —exclama al tiempo que golpea la barra con las manos. Planta su enorme bolso encima y rebusca en el interior hasta dar con el móvil—. Ahora mismo tengo un sarpullido horrible en la espalda. Te enviaré una foto.
—Por favor, no —le digo.
—Así lo usas como garantía —sugiere.
—A ver, te voy a proponer algo muy loco: ¿y si me cuentas algo sobre ti? —le pregunto.
—Mmm… —Me mira con los ojos entrecerrados—. Un enfoque así en plan anticuado para conocernos de verdad.
—Precisamente —replico.
—¿Qué quieres saber?
—Lo que quieras —contesto.
—Bueno. —Suspira y clava la mirada en las vigas vistas del techo mientras piensa—. Mi hijo fue concebido en un coche, en el aparcamiento de una sede de la Asociación Cristiana de Jóvenes. ¿Te sirve?
Se me escapa una carcajada.
—¡Ah! —Se inclina hacia delante, más animada que nunca—. En sexto, se me cayó uno de los pañuelos de papel que llevaba en el sujetador mientras estaba en la pizarra.
—¡Ay, madre! —exclamo—. Así que eres Dante. Has llegado hasta el noveno círculo del Infierno.
—¿Qué más? —Levanta la mirada de nuevo hacia el techo—. ¡Ah! Cuando Mulder nació, el noventa por ciento del tiempo no tenía ni idea de qué hacer con él mientras Duke estaba en el trabajo. Así que lo llevaba a la biblioteca, al grupo de madres, buscaba a la más tranquila y le preguntaba si podía vigilarlo mientras yo iba al baño. Luego me encerraba dentro, ponía un cronómetro y lloraba a lágrima viva durante cinco minutos.
—¡Ashleigh! ¡Qué mal! —grito, pero se está riendo.
—¡Fue horrible! —me asegura—. Me despertaba por las mañanas y tenía como un segundo de paz. Luego recordaba: «¡Mierda, que soy madre!». Me pasé seis meses hecha polvo. Pero eso me convenció de volver a estudiar para ser bibliotecaria, y Mulder es prácticamente mi mejor amigo, así que valió la pena.
Se me estremece el corazón al pensar en mi propia madre. En el hecho de que pese a las largas horas que se tiraba trabajando, siempre sacaba tiempo para coser los disfraces de Halloween, acompañarme a las
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excursiones y ayudarme como podía con álgebra. Trabajó mucho para darme la mejor vida posible, y siempre lo tengo muy presente.
El problema es que pensaba que nuestra familia de dos crecería y que algún día tendría una casa llena de vocecitas, carcajadas y amor sin fin. Pensaba que la Mejor Madre del Mundo se graduaría y se convertiría en la Mejor Abuela del Mundo, y que le daría a otras personitas el amor que me dio a mí, pero con un tipo de vida distinta. Una casa llena de niños, que no estarían solos prácticamente todas las noches, esperando a que su agobiada madre llegara a casa o a que un padre casi ausente se dignara a pasarse por allí.
—¿Qué te parece? —me pregunta Ashleigh, pestañeando—. ¿Merezco un poco de información?
Levanto un dedo mientras bebo un largo sorbo de agua.
—¡Oooh! Que necesita hidratarse —dice—. Esto va a ser jugoso.
Suelto el vaso.
—Voy a decirlo rápido, y preferiría no extenderme demasiado.
—Entendido —dice ella.
—Peter me dejó por su mejor amiga de toda la vida, que era la novia de Miles, y así fue como él y yo acabamos viviendo juntos —suelto del tirón.
Se queda boquiabierta.
Bebo otro sorbo de agua.
—Y luego le dije a Peter sin pensarlo que Miles y yo estamos saliendo, así que nos hicimos esa foto para que la mentira fuera más convincente.
Ashleigh forma un círculo perfecto con los labios.
—Estás de broma.
Escondo la cara entre las manos.
—Ojalá.
—¡Me encanta! —grita.
A estas alturas, ya sé que el volumen es el principal indicador de lo emocionada que está Ashleigh. Eso y la sorprendente carcajada que de vez en cuando se le escapa antes de que esboce siquiera una sonrisa.
—¿Qué nos encanta?
Abro los ojos y veo a Miles colocando las copas de vino delante de nosotras.
—Vuestra falsa relación —contesta Ashleigh.
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—¡Pues a mí no! —exclamo—. Es imposible salir de esta sin sufrir las malas consecuencias. Cuando «cortemos», a Peter se le subirá a la cabeza y se pondrá más arrogante.
—No pasa nada —replica él mientras sirve el vino blanco—. Lo único que tenemos que hacer es casarnos y seguir juntos hasta que ellos se separen. Y si tienen hijos, tener uno más que ellos. Si se compran un perro, nosotros nos compramos uno más bonito. Si se compran una casa nueva, nosotros nos compramos una mansión.
—Un plan perfecto —digo—. ¿Por qué no se me ha ocurrido antes? Miles nos acerca las copas.
—Pinot blanc. Redondo en boca con una nota cítrica y toques de pera que combina bien con aves y mariscos. Por cierto, lo de que nos casemos es de broma.
—No me digas —le suelto antes de beber un sorbo.
—¿Qué te parece? —Se inclina hacia delante, ansioso, concentrado.
Dejo que el sabor me recorra la lengua antes de tragarme el vino.
—Sabe a primavera.
Sonríe.
—Exacto.
—Creo que al mío le pasa algo —dice Ashleigh—. Sabe a vino.
—Toma. —Miles le sirve más—. Prueba otra vez.
Ashleigh bebe un sorbo y se relame los labios.
—¡Ah, sí! Saborazo a primavera.
Katya, la camarera del flequillo recto, llama a Miles y él mira por encima del hombro. Un hombre de mediana edad, con el pelo repeinado hacia atrás y los ojos hundidos, está borracho y se ha inclinado sobre la barra para exigirles algo a los camareros.
Miles se aleja de la barra.
—Ahora vuelvo.
Va directo hacia el borracho, con una sonrisa tranquila y educada en los labios, aunque su mirada ha cambiado. Es como si estuviera viendo la escena con unos cristales muy tintados.
Ashleigh se inclina hacia mí y me pregunta:
—¿Crees que si sigo haciéndome la tonta, seguirá rellenándome la copa o ha sido cosa de una sola vez?
Lo observo intercambiar unas palabras con el hombre. Miles asiente con la cabeza y luego la inclina hacia Katya para decirle algo en voz baja.
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Katya le coloca las manos en los hombros y se pone de puntillas para hablarle al oído.
Ambos nos miran al mismo tiempo, y yo me vuelvo hacia Ashleigh bebiendo un sorbo de mi copa.
—Creo que puedes pedir más —respondo— y seguramente te lo servirá.
—Me siento como una famosa —dice—. Nunca había tenido tanto éxito.
—En fin, si alguien saca algo bueno de que me hayan destrozado el corazón de la forma más humillante posible, me parece bien.
—Lo siento, cariño —replica Ashleigh, agitando su copa—, pero si Peter te ha destrozado el corazón ahora es de suponer que también lo habría hecho más adelante.
—Entonces, ¿qué? —protesto—. ¿Peter y Petra son almas gemelas y estaban destinados a estar juntos tarde o temprano?
—¿Almas gemelas? —Se ríe—. No. Me refiero a que tu ex es el niño que mira por encima del hombro de otro, intentando averiguar si su almuerzo es mejor que el suyo. Solo que la fiambrera está cerrada, así que aunque sabe que lo que le han preparado sus padres es bastante bueno, lo cambiaría con tal de poder abrir esa fiambrera oxidada de Batman.
—¿Qué quieres decir con esta metáfora, Ashleigh? —le pregunto. —Tiene mucho sentido —me asegura—. Le va lo de intercambiar
almuerzos, y ya sea la fiambrera oxidada de Batman o una con cremallera de Cars 2 llena de moho, en algún momento va a cambiarla por su bolsa de papel.
—Para que quede claro, yo soy la bolsa de papel —digo.
—Lo importante no es la bolsa, nena —dice—. Es el contenido.
—Así que soy una bolsa de papel con un tesoro dentro.
—Podrías ser una comida equilibrada de tres platos, con un dulce precioso de postre, y daría igual. Tu ex te conoce, y la comida que no conoce lo motiva mucho. Lo siento, acabo de darme cuenta de que tengo mucha hambre, así que seguramente eso explique parte de la… ¡Ah, menos mal!
Miles está de vuelta y empieza a colocar en la barra lo que hemos pedido: una tabla con tres quesos locales, un surtido de hortalizas encurtidas, varias mermeladas artesanales de la zona de Waning Bay y una cesta de pan de una panadería del pueblo.
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—En fin, un problemilla —dice.
—¿Qué pasa, os habéis quedado sin uvas? —pregunto.
Agacha la mirada mientras levanta la segunda botella de debajo de la barra.
—Katya, mi compañera —carraspea mientras nos sirve la siguiente copa—, se ha enterado por Petra. De lo de mi nueva novia.
—¡Ay, no! —exclamo.
Hace una mueca.
—Lo… siento mucho, Daphne.
—Y acaba de preguntarte si soy yo —deduzco—. Si soy tu nueva novia.
Él asiente con la cabeza, y la suave luz de las velitas encendidas a lo largo de la barra resalta el rubor que le sube por el cuello.
—Y le has dicho que sí —añado.
El rubor se intensifica.
—No sé qué me ha pasado.
Ashleigh echa la cabeza hacia atrás y se ríe. El hombre que está a su izquierda se vuelve al oírla y la mira de arriba abajo con ganas de ligar, un gesto del que ella ni se entera.
—¡Esto me encanta! —Y aplaude para enfatizar cada palabra.
—No pienso volver a mentir —le advierto a Miles.
—Salvo si Katya se te acerca y te dice: «Oye, te estás tirando a Miles, ¿no?» —bromea él—. Porque si dices la verdad, todo esto será muy embarazoso.
—¿Le has dicho que me he acostado contigo? —le pregunto.
—Sí, me preguntó si eras mi novia y yo le dije: «Estamos enamorados y el sexo es genial. Algún día, cuando tengamos una hija, la llamaremos Sue Ellen, como mi madre». No, Daphne. No le he dicho que te has acostado conmigo. Petra le dijo que vivo con mi nueva novia. Así que supongo que Katya puede deducir ciertos detalles. Pero si quieres que vaya a preguntarle si cree que nos acostamos, voy ahora mismo.
—¿Cuánto falta para que todos los habitantes de Waning Bay se enteren de esta mentira? —me lamento.
—Seguro que los paparazzi se están reuniendo mientras hablamos — responde—. Por cierto, este es el chardonnay 2020. La gente cree que odia el chardonnay porque los que ha probado casi siempre son bazofia. Es un vino incomprendido.
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—¡Oooh! —exclama Ashleigh, llevándose las manos al corazón—.
Pobre vino incomprendido.
—No te sientas tan mal por él —murmuro—. Creo que lo catan a menudo.
Miles me mira con una falsa expresión de reproche y replica:
—El nuestro es bastante comedido.
—Vale, retiro mi último comentario —digo.
—Verás, Daphne —empieza, respondiendo a mis preguntas con exagerada seriedad—, las uvas chardonnay son bastante neutras. Por eso el vino puede acabar exagerando las notas de roble para el gusto de muchos catadores. Pero el nuestro tiene un aroma a melocotón muy agradable, una chispa de ralladura de limón y un ligero toque cálido a roble, aunque no tanto como para que el vino resulte abrumador.
—La verdad es que tiene un buqué divino —replica Ashleigh. —Gracias, yo también lo creo. —Miles se inclina de nuevo hacia mí, a
todas luces esperando que lo pruebe.
Antes de llevarme la copa a la boca, exagero el momento haciendo girar el vino en su interior y mirándolo desde varios ángulos, tras lo cual me la acerco a los labios muy despacio y bebo un sorbito.
Ese único sorbo hace que el interior de mi boca parezca bañado por el sol. Es como si acabara de saborear un día en la costa de Míchigan.
—¡Vaya! —exclamo.
Miles se endereza y sonríe.
—¿Está bueno?
—No está mal —respondo.
Veo un destello a la izquierda y miro a Ashleigh, todavía un poco deslumbrada.
—¡Oooh! —exclama ella, con la mirada clavada en el móvil—.
Vuestra primera foto de pareja.
El hombre que tiene detrás le toca un hombro.
—Si quieres una de los tres —grita por encima de la música, que ha ido subiendo de volumen a medida que la noche avanzaba—, estaré encantado de hacerla.
—No hace falta —intento gritar, pero Ashleigh asiente con un gesto entusiasmado de la cabeza.
—Estoy conociendo al nuevo novio de mi amiga —le explica ella—. Son guapos, ¿verdad?
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—En todo caso —le digo a Miles—, la estamos conociendo a ella.
Él la mira y su sonrisa se ensancha.
—Voto por que nos la quedemos.
—¿Quién va a alimentarla y pasearla? —le pregunto.
—Yo —contesta—. Todos los días. Te lo prometo.
Ashleigh arrastra su taburete para colocarlo detrás del mío y se sienta de nuevo, apoyándose en mi costado mientras su admirador levanta el móvil para hacer la foto. Miles apoya el codo sobre la barra y se acerca a mi otro costado colocando la barbilla en mi hombro.
—A ver, decid «¡copaaaaazo!» —sugiere el hombre guiñando un ojo.
—Puedo perdonárselo —murmura Ashleigh.
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Ashleigh y Greg-Craig (no estoy segura de cómo ha dicho que se llama) están besándose en un rincón. Se alejaron hace unos seis minutos para intercambiar números de teléfono.
Desde entonces se han quedado solos en ese rincón de la sala de degustación. En defensa de ambos, debo decir que tal vez se deba a que son las 21:57, y Cherry Hill cierra a las diez.
Sí, es viernes por la noche, pero esto es una bodega del norte de Míchigan, no una rave en Ibiza, y seguramente todos los clientes tengan que levantarse temprano para hacer yoga, para navegar o… para hacer yoga en un barco.
—¿Ashleigh va bien para conducir?
Me vuelvo y veo a Miles levantando parte de la barra para salir por debajo, con la cartera, el móvil y un delantal en una mano.
—Oh, no está borracha —le aseguro—. No ha bebido ni un sorbo de las dos últimas copas. Solo está cachonda.
Él asiente con la cabeza, muy serio.
—Ser soltero es duro.
En ese momento, Ashleigh le saca la lengua de la boca a Greg-Craig y vuelve con nosotros.
—Bueno —mira furtivamente por encima del hombro y me pregunta, bajando la voz—, ¿puedes volver a casa con Miles?
Lo miro.
Está girando las llaves.
—Me parece bien.
—¡Menos mal! —Ashleigh me da un abrazo breve, firme y con aroma a vainilla—. Que esto no enrarezca el ambiente laboral, ¿vale?
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—¿El qué? ¿Que acabo de ver que alguien te lame las amígdalas? —le pregunto.
—¡Al final tenía que pasar! Volved a casa sanos y salvos, tortolitos. — Dicho lo cual regresa con Greg-Craig, que la toma de una mano y se despide de nosotros con la otra mientras ella lo arrastra al exterior.
—En fin —dice Miles—, ¿el amigo de Craig no era tu tipo?
Me avergüenza saber que Miles ha sido testigo de mi vergonzoso intento de conversación con el colega de Craig, un hombre con una camiseta de pico tan pronunciada que le he visto el ombligo.
—Yo no soy el suyo —contesto—. Recibió un mensaje bastante urgente relacionado con el trabajo y se excusó. Luego fui al baño y, cuando pasé a su lado, estaba jugando al solitario en su móvil en la otra punta de la barra.
—¡No me jodas! —exclama Miles.
—En su defensa —añado—, se me da fatal hablar con desconocidos.
—No te creo, en absoluto —replica.
—A los tres minutos de conversación, me sorprendí a mí misma enumerando mis intolerancias alimentarias —le explico—. Creo que es una especie de autosabotaje con el que intento aburrir a la gente nueva para protegerme.
Miles parece horrorizado.
—Deberías haberme dicho que tenías intolerancias alimentarias antes de elegir comida para ti.
—No es nada grave en plan alergia, en serio —lo tranquilizo mientras lo sigo hasta la puerta.
—Da igual —replica—. De haber sabido que necesitabas ayuda con el Rey del Solitario del Norte de Míchigan, podría haberte traído una baraja de la sala de descanso. Habrías dado en la diana.
—Da igual, no sé si tengo ganas de dar en la diana.
Me abre la puerta para que pase.
—¿Y de batidos?
—¿Qué pasa con los batidos? —pregunto.
—¿Te apetece uno? —replica—. Porque llevo toda la noche pensando en Louie’s.
—¿Quién es Louies? —le pregunto mientras salimos a la silenciosa noche—. ¿Sabe que piensas mucho en ella?
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—¿No conoces Louie’s? —Las guirnaldas de luces que iluminan el aparcamiento de gravilla me ayudan a ver su expresión sorprendida—. ¿Nunca has estado en Louie’s?
—Pues no —le digo.
Él se detiene en seco, mirándome con auténtico estupor.
—¿Es una hamburguesería? —le pregunto.
—¿¡Que si es una hamburguesería!? —se burla y gira a la izquierda, hacia su camioneta oxidada.
—Ni siquiera sé si eso es un sí o un no, Miles —protesto.
Abre la puerta del acompañante metiendo la llave en la cerradura. —Eso es un «sube al coche, Daphne; no voy a dignarme a
responderte».
Me subo al asiento y me inclino para abrir la puerta del conductor mientras él rodea la camioneta por delante.
En cuanto arranca, suena a todo volumen Tracks of my Tears de Smokey Robinson and The Miracles.
Una canción engañosamente alegre sobre estar de bajón.
Intento en vano contener una carcajada.
Miles esboza una sonrisa tímida.
—No sé cómo ha llegado eso hasta aquí.
—Seguramente la camioneta esté poseída o algo —replico.
—Exacto. —Se aleja por el camino de grava—. Si empieza a sonar la banda sonora de Ha nacido una estrella, no te asustes. Porque al espíritu que ha poseído la camioneta también le gusta.
—Este espíritu se vuelve más trágico a cada segundo —digo.
—Qué va, está estupendo, gracias —me asegura Miles.
—¿Mejorando? —pregunto.
—Mejorando —contesta.
—Bueno, pues si tiene algún consejo que ofrecer —le digo—, que me llame.
—Daphne —dice—, el primer consejo que te va a dar cualquiera para que mejores es que vayas a Louie’s. ¿Cómo es posible que hayas vivido aquí durante…?
—Trece meses —le digo.
—¡Trece meses enteros! —exclama—. Sin probar sus patatas fritas Petoskey…
—¿Qué son las patatas fritas Petoskey? —le pregunto.
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Tose.
—No me extraña que estés tan deprimida.
—¿Este sitio está en Petoskey? ¿Vamos a conducir una hora y media para comer unas patatas fritas?
—No, se llaman así por las piedras de Petoskey.
—¿Que son…?
El camino de gravilla llega a un cruce, y Miles se detiene más que nada para mirarme.
—Daphne…
—¡Hay que ver con qué decepción dices siempre mi nombre! —¿Peter te tenía encerrada en un búnker? —pregunta. —Háblame de estas piedras, Miles.
—Son corales fosilizados —explica, como si debiera ser obvio. Suelta el freno y atravesamos el cruce vacío.
—¿Y qué tiene que ver eso con las patatas fritas? —le pregunto. —Pues muy poco —responde él—. Pero son increíbles. Me refiero a
las patatas fritas. Están aderezadas con queso y jalapeños.
—Bueno, eso explica por qué nunca las he probado —digo—. A Peter no le gustan mucho las hamburguesas. Le van más los licuados de hierba de trigo y los filetes magros para rematar los días extenuantes.
—¿Qué dices? —replica Miles con sorna—. ¿Y a ti no te dejaban comer sin él?
Pongo los ojos en blanco.
—No se trataba de que me dejaran comer o no. Yo no sé cocinar. Él sí. La segunda vez que quedé con él, me preparó la cena. Salmón, espárragos y una ensalada de pasta keto. Me habría impresionado menos saber que era deportista olímpico. Cocinar era lo único que mi madre no hacía cuando yo era pequeña. Vivíamos de comida para llevar y una noche a la semana pedíamos nachos. Pero Peter empezaba el día con un batido verde y casi todas las noches se hacía la cena. En lo que a mí respecta, esa
era la cima del ambiente hogareño.
Un par de meses después de empezar a vivir juntos, intentó enseñarme lo básico, pero yo siempre ralentizaba demasiado las cosas, así que volví a encargarme de fregar los platos.
—Hierba de trigo. —Miles menea la cabeza—. También ibais juntos al gimnasio, ¿verdad?
—A ver —digo—, pagábamos la suscripción mensual de uno.
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—E ibais juntos —insiste—. Siempre con un horario específico.
Pues sí. Ese era uno de los pocos aspectos positivos de la ruptura, porque ya no me sentía culpable por no ir. A Peter le gustaba casi cualquier ejercicio físico, pero yo era más lenta y menos coordinada que él, así que las pocas veces que intentamos hacer senderismo o montar en bicicleta, la experiencia me resultaba más frustrante que gratificante. En el gimnasio, podíamos ir cada uno a lo nuestro, pero pasando tiempo juntos. Con lo ocupado que lo mantenía su trabajo, ese tiempo era valioso.
—Los dos somos muy organizados —le explico—. Lo hacíamos todo siguiendo un horario específico.
Me lanza una mirada. Siento un cosquilleo en la nuca.
—Vale, sí, «eso» también lo programábamos —claudico.
—No tiene nada de malo —me asegura—. La vida puede ser ajetreada. Lo miro fijamente en un intento por averiguar si de verdad lo cree o si piensa que soy tan aburrida que hasta hago gracia. A lo mejor Peter
también me veía como a una aburrida.
Miles malinterpreta mi expresión y dice:
—No, nosotros no teníamos un horario. Pero podría haber sido útil. A veces, Petra y yo caíamos en el error de llevar vidas independientes. Pero no estoy en contra de programar actividades. Solo en contra de los licuados de hierba de trigo.
Resoplo sin querer, en plan mi pequeño pony.
Miles entrecierra los ojos y sonríe.
—No he probado la hierba de trigo en la vida. Aunque me pongas un cuchillo en la garganta, no sabría decirte qué es exactamente.
—Poca gente sería capaz —replico—. Pero yo estoy hablando del calendario.
—¿Del calendario?
—Sí, del calendario.
Pone cara de no saber de lo que estoy hablando.
—¿Por casualidad te refieres a la pizarra de tamaño gigante en la que llevas el control de tus nóminas, de las llamadas telefónicas a tu madre y de tu ciclo menstrual?
—No —le digo—, me refiero a la pizarra en la que llevo el control de tu absoluta falta de voluntad para planificar con antelación las cosas y ceñirte a un horario. Lo que indica que eres un «antiplanificación».
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—Es que no me había dado cuenta de lo importante que es para ti saber dónde estoy —se burla—. ¿Quieres que comparta la ubicación de mi móvil?
—No, no pasa nada. No me apetece cortarte las alas, frenar tu espíritu y esas cosas.
—Anotaré mis cosas en el calendario —asegura—. Si para ti es tan importante.
Me encojo de hombros.
—No pasa nada. Pero luego no te enfades si llego a casa mientras estás con alguna chic… ¡Madre mía! ¡Esta canción es de la banda sonora de Ha nacido una estrella!
—¿Ah, sí? —replica como si tal cosa—. Qué raro.
—Así que todavía no has pasado a la fase de la ira —digo.
Se encoge de hombros.
—No sé si voy a llegar siquiera.
—¿En serio? —digo, sorprendida—. Yo llevo semanas acampada en la mía…
—Enfadarse nunca arregla nada —replica.
—Venirse abajo tampoco.
—Yo no me he venido abajo. Es que me gusta la música triste. Mirándolo, no me queda más remedio que creerle. Salvo por unos
cuantos días complicados y una llamada tensa que oí a través de la pared de su dormitorio, Miles parece estar más o menos bien, incluso alegre, desde la ruptura. Yo, sin embargo, he estado viviendo en un estado de depresión constante.
Se desvía de la carretera hacia el resplandor de lo que parece una hamburguesería con servicio para pedir desde el coche.
A ambos lados del edificio hay sendas hileras de plazas de aparcamiento con menús colocados junto a una serie de intercomunicadores. Entre las dos hileras de aparcamientos han dispuesto unas cuantas mesas de pícnic metálicas de color azul. El local está lleno de adolescentes bronceados con el pelo ondulado, sentados en las mesas y haciendo cola en la ventanilla secundaria para recoger el pedido.
Miro a todos los que llevan las bandejas de plástico rojo en las manos y ninguno me parece mayor de diecisiete años. Me pregunto si Peter, Scott y Petra quedaban aquí cuando estaban en el instituto. El lugar parece sacado directamente de los años cincuenta, con todo descolorido para
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insinuar que siempre ha estado aquí, el punto de encuentro de hambrientos, borrachos y cachondos desde tiempos inmemoriales.
Miles baja la ventanilla.
—¿Qué quieres?
—Soy una turista —le recuerdo—. ¿Qué me recomiendas? —Batido de chocolate y cereza, y patatas fritas Petoskey —dice. Asiento con la cabeza y pide lo mismo para los dos cuando una voz
que se entrecorta muchísimo nos pregunta qué queremos por el intercomunicador.
—¿Qué pasó con el borracho del bar? —le pregunto.
Me mira unos segundos en silencio.
—¡Ah, ese tipo! —exclama después de recordarlo—. Solo intentaba pedir otra copa, aunque ya no se mantenía en pie. Pasa a menudo. Solo tenía que calmarlo.
—¿Y cómo lo has conseguido? —pregunto.
—Le dije que si se subía al taxi que le habíamos pedido, le devolveríamos el importe de sus dos últimas consumiciones y no le prohibiríamos la entrada al local.
—¡Guau! —exclamo.
—Guau, ¿qué?
—Lo pusiste en su sitio sin que te flaqueara la sonrisa —respondo. —Las cosas van mejor si evitas que la gente te saque de quicio —dice
—. Si cedes el control de tus emociones, lo usarán siempre. —Por fin veo tu lado cínico —replico.
Sonríe, pero con los dientes apretados y sin que la expresión le llegue a
los ojos.
—No es cinismo. Si no responsabilizas a los demás de tus sentimientos, puedes tener una relación decente con casi todo el mundo.
La verdad, no se aleja mucho de lo que he estado pensando de un tiempo a esta parte. Sin embargo, en mi caso nunca he tratado de controlar los sentimientos en sí. No sabría por dónde empezar con eso. Se trata más bien de controlar las expectativas que tengo de ciertas personas.
Si una persona te decepciona es hora de reconsiderar lo que le exiges. En las mesas, los ruidosos adolescentes empiezan a recoger sus cosas y
a llevar sus bandejas para tirar los restos a la basura, tras lo cual se suben, aunque son demasiados, a un par de coches destartalados que están aparcados uno al lado del otro. Al cabo de un minuto, una chica con
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pantalones vaqueros y una camiseta que pone COME EN LOUIE’S sale de la hamburguesería llevando una bolsa y dos vasos de papel con un estampado de pequeños mapas de Michigan en color azul verdoso.
Miles observa mi reacción al primer sorbo. Tras el primer impacto del frío, noto el sabor y se me escapa un gemidito. Ese es el momento que estaba esperando Miles para beber su primer sorbo, tras lo cual deja el batido en el portavasos.
—¿Sabes lo que deberíamos hacer?
—No quiero que lloremos juntos viendo Bridget Jones —contesto. —Como mucho, fueron cuatro lágrimas —protesta—. Y no iba a decir
eso, pero si te pones así…
—¡No, no! —Lo agarro del codo—. Lo siento. Cuéntame. ¿Qué hacemos?
—Deberíamos ir a la playa —responde.
—¿No está cerrada al anochecer? —pregunto.
Me mira con los ojos entrecerrados.
—¿A qué playas has estado yendo?
Me encojo de hombros.
—A la que está enfrente de la biblioteca. Con los food trucks, la heladería y las pistas de voleibol en la arena.
—¿Esa playita a la que van todos los fudgies? —dice—. ¿Con los sillones de estilo Adirondack de color azul verdoso? No creo que ni la arena sea local. Seguro que la traen de Florida.
—¿Qué es un fudgie? —le pregunto.
—Daphne —dice y chasquea la lengua—. Daphne, Daphne, Daphne.
—A ver si lo adivino. Soy una idiota que no se entera de nada.
Arranca el coche.
—No, solo una preciosa y dulce ingenua, criada en cautividad por un hombre al que le encanta la hierba de trigo.
—¿Así que la playa no cierra al anochecer? —le pregunto.
Miles da marcha atrás para salir de la destartalada plaza de aparcamiento.
—Ninguna de las buenas lo hace.
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Por lo visto, un fudgie es un forastero. Una persona que viaja al norte en verano, para comprar fudge (esos caramelos blandos hechos de azúcar, leche y mantequilla) y visitar playas cutres, y que después huye antes de que llegue el otoño. Me resulta extraño que Peter nunca me informara del término, pero Miles me dice que los Collins son antiguos fudgies, ya que se mudaron a su lugar de vacaciones preferido cuando Peter estaba en segundo de primaria.
Conducimos veinte minutos en la oscuridad antes de que Miles se detenga en el polvoriento arcén de un camino rural, detrás de dos todocaminos. No veo nada que indique que hay algo cerca, ni una señal, ni el comienzo de un sendero, solo los coches y el bosque.
—¿Esto es propiedad privada? —pregunto mientras me bajo de un salto para seguirlo hacia el bosque iluminado por la luna, con la bolsa de patatas fritas en una mano y el batido en la otra.
—Estamos en la zona pública del lago —responde—. Es terreno federal. Hay tramos de playa muy conocidos por aquí que se llenan de gente, pero los mejores son los recónditos, a los que solo llegas si alguien te indica el camino.
—Ah, entonces estamos en una zona exclusiva —bromeo.
—El club más cotizado del norte de Míchigan. —Me tiende una mano mientras pasa por encima de un árbol caído sobre el improvisado sendero.
—Cherry Hill debe de pisarle los talones. —Me zafo de su mano en cuanto salto por encima del tronco—. La bodega estaba hasta la bandera.
—Nos va bastante bien todo el verano —dice—. Pero no tanto en invierno, aunque estamos intentando solucionarlo. —Me mira de reojo con gesto elocuente—. Así que fuera de temporada, trabajo en distintos sitios.
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Siento que me ruborizo y me detengo en seco en mitad de un claro iluminado por la luna.
Él también se para.
—Eso fue muy clasista —digo—. El comentario sobre los trabajos raros.
Se encoge de hombros.
—No lo dijiste a malas.
Yo no. Pero ahora veo que desde luego Peter sí.
Echamos a andar de nuevo en silencio.
—No necesitas explicarme lo de tus trabajos —le digo al cabo de un rato—. Supongo que solo quería pensar que Peter tenía sus motivos para creer que no eras bueno para Petra. Porque si eras un imbécil aprovechado, Peter solo estaba cuidando de su amiga. En vez de…, en fin, ya sabes.
—¿Estar enamorado de ella? —sugiere Miles con voz serena.
—Sí. —Mi voz no es tan firme. Hace más fresco aquí, en la espesura del bosque, tan cerca de la orilla. Por alguna razón, ahora que solo estamos los dos, me siento frágil hablando de esto, demasiado expuesta.
—Oye —dice, chocándose a propósito conmigo—, a la mierda con esos dos, ¿sí?
—Es que me siento muy imbécil —confieso.
Miles se para de nuevo.
—No eres imbécil.
Bajo la mirada a los pies, y me aferra el codo con la mano libre antes de empezar a deslizármela arriba y abajo por el brazo, frotándolo para que entre en calor.
—Te dijo que confiaras en él, y eso es lo que hiciste —me recuerda—. Eso es lo que se supone que puedes hacer con la gente a la que quieres. Pero no siempre están a la altura. —Inclina la cabeza para mirarme a los ojos, con una sonrisa guasona en los labios—. ¿Quieres subir a la camioneta y escuchar a Adele?
Me río y me seco los ojos húmedos con el antebrazo.
—No, ya lo hemos dejado claro. Eso no servirá de nada. Será mejor que veamos esa playa. Suponiendo que haya una, y que tus intenciones no sean tirarme por un acantilado.
—¿Quieres que te lo diga? —pregunta con sorna—. ¿O eso arruinaría la sorpresa?
—Odio las sorpresas.
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Esboza una sonrisa.
—Hay una playa.
Empezamos a andar de nuevo. La tierra se vuelve arenosa a medida que subimos. La espesura va cediendo hasta que, de repente, llegamos a la cresta y me descubro en la empinada ladera de una duna. A sus pies, veo las oscuras aguas del lago chocando con la arena. Al otro lado de la extensa playa, distingo el brillo de varias hogueras en la oscuridad, además de varias tiendas de campaña alrededor de la más distante.
El ruido de las olas al romper contra la orilla ahoga las voces y las risas de los demás bañistas nocturnos, y es fácil imaginar que este grupo aleatorio de personas podría ser el último de la Tierra. Nómadas al estilo de Estación 19. O tal vez que estamos en un planeta totalmente distinto. Extraños en tierra extraña.
—¡Guau! —susurro.
—La segunda mejor playa del pueblo —murmura Miles.
—¿La segunda mejor? —Me vuelvo—. ¿Me has traído a una playa segundona?
—La otra no la conoce nadie —bromea—. No puedo arriesgarme a que se llene de gente.
—¿A quién se lo voy a decir? —Extiendo los brazos a los lados—. Todas las personas que conozco o están aquí mismo, o son mis enemigos mortales, o son amigos íntimos, o familiares de un enemigo mortal.
—Sí, pero tu enemigo mortal acaba de dejarte. —Me da un empujoncito en el hombro —. ¿Y si hoy te llevo a la Playa Secreta y la semana que viene llevas al idiota ese al que le encanta la hierba de trigo?
Meneo la cabeza.
—Paso de volver con un ex. Cuando alguien se quita la careta, se acabó.
Me mira con la cabeza ladeada.
—¿Qué? —le pregunto—. ¿No estás de acuerdo?
—Solo he tenido otra ex —contesta—. No volvimos nunca, pero no estoy seguro de respaldar esa postura.
—¿¡Una exnovia nada más!? —Le devuelvo la mirada—. ¿Cuántos años tienes?
—No me gustan mucho las relaciones —aduce con cierta timidez—. Petra era la excepción, no la regla para mí. Así que ¿si ella quisiera
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volver? No lo sé. Pero no merece la pena pensar en ello, ya que está comprometida con tu exnovio.
Se me encoge el estómago. Me vuelvo para mirar la luz de la luna jugueteando con las olas, mientras oigo el ruido que hacen al romper contra la orilla.
—Parece más fuerte que durante el día.
—Siempre me ha encantado eso. —Me hace un gesto con la cabeza para que lo siga y nos abrimos paso por la duna hacia la izquierda, alejándonos de cualquiera que pueda venir detrás de nosotros.
Luego nos sentamos y clavamos los vasos en la arena. Miles saca las bandejas de papel a cuadros que contienen las patatas fritas y las coloca sobre la bolsa aplastada.
Lo sorprendo mirándome mientras pruebo la primera.
—¿Qué? —pregunto con la boca llena.
Levanta un hombro al mismo tiempo que esboza una sonrisa torcida.
—Estoy esperando a ver si vuelves a gemir.
Me arde la cara mientras muerdo un jalapeño.
—No sé de qué me hablas.
—El sonido que hiciste cuando probaste el batido —me explica—.
Quiero saber si las patatas fritas están a la altura.
—Sinceramente —replico—, ahora mismo me arde la boca.
Agarra mi batido y me lo ofrece. Me inclino sobre la pajita y bebo un sorbo.
—¿Mejor? —me pregunta.
Empiezan a castañetearme los dientes.
Se ríe y se baja la cremallera de la cazadora, se la quita y me la tira encima. «Me la tira encima», no «me la ofrece».
—Gracias —digo al tiempo que me la quito de la cara y me cubro los hombros y la espalda desnuda con ella. Me envuelve el olor a humo de leña de la chimenea de la bodega—. Ahora sé de dónde viene tu olor.
Se sorprende.
—¿Huelo mal?
—No —le aseguro—. A ver, que me parecía que olías como a galletas de jengibre. Pero es que hueles como la bodega. Es agradable.
Se inclina hacia mí para olisquear la cazadora a la altura de mi hombro.
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—Supongo que estoy demasiado acostumbrado como para darme cuenta.
—Muchas veces lo tapa el olor a maría —comento.
Me mira de reojo con gesto burlón.
—¿Eso es una crítica, Daphne?
—Solo una observación —replico.
Se echa hacia atrás sobre la arena, apoyándose en los antebrazos. —He estado fumando más de lo normal. —Me mira con los párpados
entornados—. No sé si te has enterado, pero me ha dejado mi novia.
—Me suena de algo —digo.
—Estoy dejándolo —me asegura.
En ese preciso momento, meto las manos en los bolsillos de la sudadera y me encuentro con un porro ya liado. Lo saco riendo.
—Lo estaba buscando. —Me arranca el porro de los dedos y se lo coloca entre los labios—. Enciéndelo.
—Pues lo siento, pero no puedo —digo.
—Tienes un mechero —me explica—. En el otro bolsillo.
—¡Ah! —Saco el mechero de plástico naranja fosforito y lo enciendo, bloqueando el viento para que la llama no se apague.
Miles se agacha para encender el pequeño porro. Da una calada y me lo ofrece.
Al verme dudar, sonríe de oreja a oreja.
—Sin importar lo que te dijeran en las charlas del instituto, no voy a obligarte. Es solo una invitación.
Dado que siempre he sido una fan incondicional del control, nunca he probado un porro, pero, por desgracia, la voz que me lo recuerda ahora mismo no es la mía, sino la de Peter. Y no quiero tener su voz en la mente. No tiene derecho a seguir resonando en mi cráneo.
Llevo tres años comiendo como él, haciendo ejercicio como él, trabajando incansablemente para hacerme amiga de sus amigos e impresionar a su familia, yendo a sus cervecerías favoritas y pensando en todo momento que era idea mía, que era mi vida. Sin embargo, ahora que él ha desaparecido del panorama, dicho panorama no tiene sentido alguno.
No estoy segura de qué partes de mí son producto suyo y qué partes son intrínsecamente mías. Y quiero saberlo. Quiero conocerme, poner a prueba mis límites y ver dónde acabo yo y dónde empieza el resto del mundo.
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Así que le quito el porro a Miles de entre los dedos, le doy una calada y experimento una sensación que me recorre en espiral. Cuando se lo devuelvo, él le da otra calada y lo apaga.
—¿Este lugar tiene nombre? —pregunto.
Un grupo de adolescentes o quizá más bien de veinteañeros brindan con sus botellines de cerveza y sus latas de agua con gas, aullando hacia la luna.
—No lo sé —contesta—, la gente siempre lo llama «el sitio» sin más. —El sitio —repito—. Parece el típico lugar donde los alumnos del
instituto vienen a fumar porros.
—Cierto —reconoce—, pero todavía no he conseguido encontrar la playa donde fuman los treintañeros.
—¡Ah! Es que están todos fumando en sus camas mientras ven HGTV.
—Nosotros no —señala.
—No, nosotros somos aventureros —replico.
—Vale, dime una cosa, Daphne. —Levanta la cara hacia las estrellas.
Me apoyo en los antebrazos.
—¿Qué?
Me mira, con la mitad izquierda de la cara oculta por las sombras. —¿A dónde vas cuando sales de casa? —¿Además del trabajo?
—Además del trabajo. —Asiente con la cabeza—. Porque pese a tu impresionante compromiso con el calendario, en realidad hay franjas de tiempo en las que estás en paradero desconocido, pero nunca te veo por el pueblo. Y nunca habías ido a Cherry Hill, ni a CARNICERÍA ni habías venido aquí. Así que ¿a dónde vas?
—A ninguna parte —contesto—. Soy aburrida.
—No eres aburrida —me contradice—. Te gusta guardar secretos.
Recuerdo lo que dijo Ashleigh: «Un libro cerrado».
En otra época, se me daba bien hacer amigos. Pero eso fue seguramente hace cuatro o cinco mudanzas. Con el tiempo, dejó de merecer la pena abrirme en canal para ganar amigos porque sabía que al cabo de unos meses, cuando volvieran a trasladar a mi madre, los perdería.
—La verdad —digo—, si no estoy en casa o en el trabajo, suelo estar leyendo en algún sitio. En la playa, la pública, o en la cafetería El Caballo Solitario de la avenida Mortimer. Y si no estoy leyendo, seguramente esté
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organizando alguna actividad. Así que me toca ir a comprar todo lo necesario a Meijer o a Dollar Tree.
Esboza una sonrisa de oreja a oreja que hace que se le entrecierren los ojos.
—Estás pensando que parece muy aburrido, ¿verdad? —le digo.
Se ríe.
—No —contesta con demasiado énfasis. Al ver la cara que pongo, se rinde—. Vale, un poco. Pero que me parezca aburrido no significa que piense que eres aburrida.
—Sí, pero también aguantaste una conversación de un cuarto de hora con Greg-Craig sobre impuestos, así que creo que tienes el listón social muy bajo.
—Era buen tipo —replica.
—Caso visto para sentencia.
—Me cae bien la mayoría de la gente. ¿Tan malo es?
—No es malo en absoluto —respondo—. Y por lo que veo, me beneficia. Pero me descoloca a la hora de evaluar si soy una perdedora o no.
—¡Qué vas a ser una perdedora! —protesta con vehemencia.
Pongo los ojos en blanco. Se endereza con expresión sobria, aunque ya tiene las pupilas dilatadas.
—Te lo digo en serio. Ese imbécil ya te ha quitado tu casa. No permitas que te quite también la autoestima.
—En realidad, no era mi casa —aclaro—. Estaba a su nombre.
—Era tu hogar —insiste.
Esa palabra no me hiere tanto como de costumbre.
La marihuana me está afectando de una forma muy agradable. El firmamento es precioso, y el aire huele a abetos, a humo y a agua dulce, con esa sutil nota a jengibre. La verdad parece más manejable. «Quiero manejarla».
—Estoy empezando a darme cuenta de una cosa —confieso al tiempo que me envuelvo más con la cazadora—. Nunca fue mi hogar. Cuando quitas a Peter de en medio, en realidad no queda mucho. Waning Bay no me pertenece, es suyo.
—Vale, le cedo la casa —dice Miles—. Pero no pienso cederle el pueblo.
Lo miro de reojo.
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—¿La idea de que podrías toparte con ellos en cualquier momento te parece bien? ¿No te molesta encontrarte cara a cara con los padres de Petra cuando estés comprando papel higiénico y un antiácido, por ejemplo?
Se encoge de hombros.
—No me importa. —Se incorpora—. Espera, ¿estás pensando en marcharte?
—Más bien, soñando con ello. Todos los días consulto el portal de empleo de la Asociación Americana de Bibliotecas.
—¿Volverías a Richmond? —me pregunta.
Ahora sí siento una punzadita dolorosa que no sentí con la palabra «hogar».
Ese fue mi primer pensamiento, cuando asimilé la situación. Podía volver. A mi antigua ciudad, a mi antiguo trabajo, a mis antiguas amistades.
Sin embargo, unos días después de la gran revelación, salí del pozo de la desesperación el tiempo suficiente como para responder a una de las llamadas de Sadie.
«Estoy tan enfadada con Peter que ahora mismo le daría un puñetazo en la cara —me dijo. Se mostró compungida, me consoló. Sin embargo, luego añadió algo que dejó claro lo que hasta ese momento estaba flotando en el aire—: Os queremos mucho a los dos. No vamos a ponernos de parte de uno en concreto».
Como si fuera un partido de baloncesto y Cooper y ella hubieran decidido no hacer pancartas de ánimo ni sentarse en una sección concreta de las gradas. Como si ese fuera el curso natural de las cosas y alguien hubiera resultado vencedor, mientras que el otro había perdido.
Le dije que jamás la pondría en la tesitura de que eligiera un bando. Sin embargo, no quería que sintiera que había elección posible. Quería
que supiera a qué atenerse. Claro que ya no era mi mejor amiga. Cooper y ella eran «nuestros mejores amigos».
Ellos eran una unidad, y nosotros éramos otra, y así encajábamos.
No recordaba la última vez que habíamos hecho algo las dos solas.
Y durante esos días que yo pasé sumida en el pozo, llorando por la pérdida, Peter se había dedicado a hacer control de daños. Así que si nuestra ruptura no fue un partido de baloncesto, tal vez fue una carrera, y yo fui demasiado lenta.
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Sadie y yo apenas hemos hablado desde esa llamada, y también he llorado esa pérdida tanto o más que el final de mi relación con Peter.
—A Richmond no —le digo a Miles. Eso podría ser incluso peor que estar aquí, lo cual ya es mucho decir—. A Maryland, con suerte.
Miles ladea la cabeza, ese gesto que me recuerda a un labrador retriever.
—¿Qué hay en Maryland?
—Mi madre —contesto.
—Estáis muy unidas —replica, mitad observación, mitad pregunta.
Me acerco las rodillas al pecho y las rodeo con los brazos.
—Mi padre y ella se separaron cuando yo era muy pequeña, así que siempre hemos estado las dos solas. No en plan triste. Ella es lo más. ¿Y tú? ¿Estás muy unido a tu familia?
Se rasca la nuca y contempla el agua.
—A mi hermana pequeña sí. Nos mensajeamos todos los días. Vive en Chicago.
—¿Y tus padres? —le pregunto.
—Viven a una hora de Chicago. —No dice nada más. Es la primera vez que percibo que hay algo de lo que prefiere no hablar. Me siento un poco decepcionada. Cuando él me pregunta, me resulta fácil abrirme. Ojalá yo supiera hacer lo mismo—. El caso —sigue— es que no creo que debas mudarte a Maryland.
—No me iré hasta que encuentres otro compañero de piso —le aseguro.
—No es por eso —replica—. Te mudaste aquí por culpa de Peter. No dejes que él también sea el responsable de que te vayas.
—Me estás diciendo que debería quedarme por despecho —deduzco. —Simplemente creo que sería una mierda poner tu vida patas arriba
dos veces por este tipo —dice.
—Miles —replico—, acabo de contarte cómo es mi día a día, y casi te mueres del aburrimiento.
—Eso no es cierto —protesta.
—Lo es —insisto.
—¿Y tu trabajo?
La brasa de mi pecho se enciende.
—¿Qué pasa con mi trabajo?
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—Pues, en fin, que estás siempre enseñándoles a los niños a hacer comederos para pájaros y organizando concursos de disfraces. Está claro que significa mucho para ti.
—Significa mucho para mí —admito—. A veces, cuando estoy en mitad de la Hora de los Cuentos, me acuerdo de que me están pagando por hacer algo que me encanta y me siento como si estuviera en un sueño. Como si fuese a despertarme y a darme cuenta de que llego tarde a mi turno en una tienda de Dressbarn. Hay una niña, Maya, que viene una vez a la semana. Tendrá doce o trece años. Es un bicho raro de manual. Se lo lee todo. Vamos, cinco libros a la semana. Hemos creado una especie de club de lectura informal, y yo elijo algo que creo que le va a gustar, lo pongo en su montón y ella vuelve al cabo de una semana y lo analizamos durante una hora mientras me encargo de las tareas administrativas. Es muy lista. Lo pasa mal en el instituto, pero se nota que algún día será una gran novelista o directora de cine.
—Te encanta —dice Miles.
—Me encanta —admito—. Es la parte de mi vida que todavía me gusta, aunque no esté Peter.
—Pues entonces no la dejes —insiste—. No por él.
—Claro que también hay días que tengo que pasarme una hora al teléfono con uno de nuestros asiduos, porque quiere que busque un poema de amor y le deletree las palabras una a una —le digo.
—¿Por qué? —pregunta Miles.
—A veces, el trabajo de una bibliotecaria consiste simplemente en no preguntar. De todos modos, estoy pendiente de las ofertas de trabajo en otros sitios, pero no puedo irme hasta dentro de ochenta y cinco días.
—Eso parece… muy específico —replica.
—Es cuando se celebra el Maratón de Lectura —le explico.
—¡Ah! —Esboza una sonrisa burlona—. Reunión para preparar el Maratón de Lectura, los martes de dos a tres de la tarde.
—¿Tienes memoria fotográfica? —pregunto.
—Ya te digo —contesta—. Además, está resaltada en tu calendario desde que te mudaste.
—Lo has estado leyendo —comento, incapaz de ocultar mi alegría. —Pues claro. ¿Para qué es el Maratón de Lectura?
—Para recaudar fondos —contesto—. Los niños estarán toda la tarde leyendo y habrá concursos, premios y ese tipo de cosas. Básicamente es un
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evento para financiar otros eventos, porque no tenemos dinero. Es la primera vez que se hace uno en Waning Bay, pero asistí a uno cuando era pequeña y fue muy divertido. La verdad es que llevo preparándolo desde que llegué.
Levanta una ceja.
—¿Y es al final del verano?
—A finales de agosto —confirmo.
Al cabo de un momento, dice:
—Vale, pues vamos a hacer una cosa. Voy a ser tu guía turístico.
—No pienso tomar ácido contigo, Miles —replico.
—Me alegro de saberlo —dice—, pero no me refería a ese tipo de guía. Voy a enseñarte Waning Bay. Podemos salir los domingos, cuando los dos tenemos el día libre. A partir de la semana que viene. Y luego, si a finales de julio todavía insistes en ir a jugar a Las chicas de oro con tu madre…
—¿Tú te has dado cuenta de lo acogedora que es la serie? —lo interrumpo, llegando a la fase risueña del colocón—. Si pudiera mudarme al plató de Las chicas de oro, lo haría.
—Eso lo dices ahora —replica Miles—, pero al final del verano estarás locamente enamorada de este lugar, Daphne. Espera y verás.
—Sí, ya —replico.
—Lo digo en serio —me asegura.
—Ah, ¿lo dices en serio? —repito—. ¿En serio vas a pasarte todo el verano llevando a la que es prácticamente una desconocida de un lado a otro para que no se vaya?
—No eres una desconocida. —Me da un golpe en una pierna con la suya—. Eres mi novia seria y monógama, ¿o se te ha olvidado?
Se me escapa una carcajada y tengo la impresión de que la risa me corre por las venas por culpa de la marihuana.
El rostro de Miles sigue tan serio que hasta me duele.
—No quiero que te vayas. ¡Me gustas!
—Te gustan todas —le recuerdo—. Y yo soy muy reemplazable.
Pone los ojos en blanco.
—De verdad crees que me tienes calado, ¿no?
—¿Me equivoco? —pregunto.
Me sostiene la mirada, sin sonreír del todo. Ambos nos sobresaltamos al oír la notificación de que le ha llegado un mensaje al móvil, que tiene en
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el bolsillo. Lo saca, y lee el mensaje con la cara iluminada por la luz de la pantalla y el ceño fruncido.
—¿Ha pasado algo? —pregunto.
Lo veo morderse el labio inferior.
—Es Petra.
—¿En serio? —pregunto—. ¿Todavía habláis?
—No muy a menudo. —Se rasca el mentón.
Recuerdo la tensa llamada que oí por la pared de su dormitorio y me pregunto si es posible que estuviera hablando con ella, y lo que pensaría Peter de eso.
—Al parecer, Katya le ha contado que hemos estado en Cherry Hill — sigue.
Cambio de postura, incómoda.
—¿Y te ha mandado un mensaje para decírtelo?
—Se alegra por nosotros —contesta con voz serena y sin inflexiones. —Bueno, eso está bien —replico—. La felicidad de Petra siempre ha
sido mi mayor preocupación.
Me mira y empieza a reírse despacio.
La maría hace que sienta el corazón como si fuera mantequilla reblandecida, aunque el estómago me hierva por la rabia. Hacia Petra y hacia Peter, pero no solo por mí esta vez, sino también por Miles. Por este hombre tan amable que me dejó mudarme a su casa sin hacer preguntas (sin haberme cobrado siquiera el alquiler del primer mes), que me ha invitado a comer esta noche, me ha comprado un batido, me ha traído a una playa en la que nunca había estado y me ha prestado su cazadora.
Se ha ofrecido a acompañarme durante todo el verano para que no me vaya.
Y solo hemos quedado un par de veces.
Por regla general, no le doy mucha importancia al encanto de una persona, pero creo que Miles puede ser un tesoro en toda regla. Una buena persona a la que todo el mundo le cae bien y que se merece algo mejor que encontrarse una nota en la mesa del sofá y la habitación que su novia usa como armario vacía.
Le tiendo la mano para que me dé el móvil. Se lo piensa un segundo y luego me lo pone en la palma de la mano.
—Ven aquí —digo mientras abro la cámara.
Frunce el ceño, desconcertado.
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—¿A dónde?
Aparto la bolsa con los restos de las patatas fritas y acaricio la arena. —¿Ahí? —me pregunta—. ¿Un poco a mi izquierda?
No me pregunta por qué, solo se limita a sostenerme la mirada y a acercarse hasta que su costado está pegado a mí.
—¿Aquí?
Se me encoge el estómago por la cercanía de su voz.
—Ahí está bien.
Sostengo su móvil delante de nosotros, con el flash de la cámara encendido, y me inclino hacia él. Miles me rodea con un brazo y sonríe con cierta tristeza, incapaz de demostrar verdadera alegría. En el último segundo, por capricho, me giro y lo beso en la mejilla mientras hago la foto.
Su cara se vuelve hacia la mía, nuestras narices casi se tocan y el resplandor del flash impide ver parte de su barbilla y de su mejilla.
—He pensado que podemos alegrarle más la noche a Petra —digo. —Muy considerado por tu parte —replica, esbozando una sonrisilla. —Sí, en fin —sigo—, había pensado en grabar un vídeo haciéndote un
baile erótico, pero no tengo trípode para el teléfono, así que esta era la siguiente mejor opción.
—Con mucho gusto volveré al bosque, en busca de unos palos para construirte un trípode, Daphne —se ofrece.
Me río y bebo otro sorbo de batido para ganar tiempo, estremeciéndome al instante por el frío.
—Ven aquí. —Me atrae contra su pecho, de modo que acabamos casi encajados como en un trineo, él detrás, yo delante, y sus brazos cruzados alrededor de los míos, protegiéndome de lo peor del viento.
Me estremezco de nuevo mientras me acurruco contra él, y hago unas cuantas fotos más.
La verdad es que tengo un torbellino en la cabeza por todas estas sensaciones desconocidas, y no sé si sigo haciendo fotos por otra razón que no sea la renuencia para reconocer lo bien que me siento acurrucada contra él. Hacía mucho tiempo que no me acurrucaba contra alguien.
—No tienes por qué hacer esto —me dice.
Bajo el móvil que tengo delante y lo miro por encima del hombro.
—Ya lo sé.
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—Seguramente tenías razón —añade—. Seguro que ni siquiera están celosos. Y aunque lo estuvieran, ¿qué más da? De todos modos, yo sigo sintiéndome igual de hecho polvo.
—A mí me ayuda a sentirme mejor —le aseguro.
Levanta las cejas, escéptico.
—¿Ah, sí?
—Vale, no del todo —admito—. Pero me cabrea que piense que necesitas su aprobación para seguir adelante o algo así. Si estaba tan enamorada de Peter, no debería haberte engañado de esa manera, pero lo hizo y te dejó de la peor forma posible, y luego insiste en que la veas con buenos ojos, como si estuviera intentando que no te enfades, en vez de dejarte seguir con tu vida… No sé, me parece egoísta. Así que a lo mejor estoy siendo una inmadura y un poco ridícula, pero pensar que ella vea las fotos y crea que aunque no sea una idiota normalmente, en este caso sí que lo ha sido, porque no te ha valorado y debería haberlo hecho, hace que me sienta un poco mejor. Claro que eso significa que debería haber cortado contigo antes de decirle a mi novio que estaba enamorada de él, en vez de mantenerte en segundo plano por si Peter la rechazaba. Sí, me siento un poquito mejor al pensar que a lo mejor ve una foto mía sentada en tu regazo y mirándote con adoración y recuerda que eso es lo que te merecías desde el principio.
Esboza una lenta sonrisa que empieza siendo torcida y acaba de oreja a oreja. Tras un buen rato, se inclina hacia delante y me besa en la sien.
—Gracias —dice mientras me estrecha entre sus brazos.
Se me calienta el cuerpo como si me hubiera lanzado de cabeza a una piscina climatizada.
—Es solo la verdad. —Vuelvo la mirada hacia el agua y siento la energía nerviosa que me corre por las venas, lo que me provoca una especie de zumbido. Terminamos de hacer fotos, pero ninguno de los dos se mueve. Sienta muy bien estar rodeada por los brazos de alguien, protegida del viento y escuchando el rítmico sonido de las olas del lago mientras noto la respiración de Miles en su pecho y la mía se sincroniza sin proponérselo siquiera—. Qué bien se está así —digo con un deje soñador en la voz y de forma totalmente involuntaria. Este está siendo el efecto principal de la primera vez que me fumo un porro. La sensación de que me han cortado el cable que une el cerebro con la boca, y de que he perdido el control sobre lo que digo.
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Miles asiente con la cabeza.
—Pues sí —conviene.
—Miles —digo.
—¿Mmm?
—Creo que eres la persona más amable que he conocido en la vida — le digo… Bueno, le decimos la maría y yo.
—Cuando te digo que no te vayas, no estoy siendo amable —me asegura—. Me gusta salir contigo. Y eres la mejor compañera de piso que he tenido en la vida, por descontado.
—Quieres decir que soy limpia —replico.
—Aprende a aceptar un cumplido —me reprende.
—¿Lo ves? —digo yo.
—¿El qué veo? —me pregunta.
Me vuelvo para mirarlo.
—Eres amable hasta cuando intentas ser borde.
Sus ojos parecen brillar cuando sonríe.
—Me esforzaré más.
Y volvemos a mirar al frente, sentados y tocándonos, mientras contemplamos las hogueras y las olas del lago.
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Sábado, 1 de junio
77 días hasta que pueda irme
Miles y yo pasamos la semana siguiente sin siquiera rozarnos los hombros en la cocina.
No creo que nos estemos evitando de forma premeditada; es más bien como si hubiéramos recordado de repente que no nos conocemos y que no tenemos nada en común además de nuestras hilarantes malas rupturas. Hemos vuelto al territorio de los gestos educados con la cabeza, las cenas separadas y las conversaciones monosilábicas.
Cuando volvimos a casa, él anotó con mucha pompa «TURISMO EN WANING BAY» en el calendario, dibujando una flecha en la columna del domingo, pero desde entonces no ha añadido nada más.
Cuando llega mi turno del sábado por la mañana, estoy convencida de que su empeño en hacer de guía para que conozca el lugar fue consecuencia del porro que compartimos.
Salgo incluso antes de que él se haya levantado, con el sol bien alto y los pájaros revolucionados, aunque el aire sigue siendo fresco. Voy temprano, como siempre, así que decido ir caminando e incluso me paro en una cafetería de fachada blanca con un sinfín de plantas colgantes para comprarme un té chai caliente.
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Es raro, porque he pasado con el coche por aquí montones de veces, pero a pie me fijo en cosas nuevas.
Un casa de estilo tudor con un frondoso jardín de flores y un cartel de madera que anuncia que es un colegio Montessori. Una especie de juguetería llamada Vuela Alto, que parece especializarse en cometas. Luego enfilo una calle residencial, leyendo los letreros de los jardines mientras paso: uno sobre Bigfoot, otro promocionando una feria de artesanía que se va a celebrar pronto y, por último, un cartel de SE VENDE en el jardín descuidado de una casita de color verde salvia.
La valla blanca está destrozada, le faltan muchos tablones, y las ventanas con vidrieras emplomadas de estilo tudor están medio tapadas por las enredaderas. Parece sacada de un cuento: mágica y acogedora, pero también con un toque salvaje, misteriosa de esa forma tan irresistible, como las casas de los cuentos de hadas.
En el trabajo, ayudo a Harvey a cambiar la programación de la semana en el tablón de anuncios. La biblioteca pública de Waning Bay es lo bastante pequeña como para que todos nos involucremos en las tareas. Haces lo necesario, con independencia de tu categoría laboral.
Mientras coloca un folleto para la «Noche de construye tu propio terrario», Harvey dice:
—Parece que esta semana estás más animada.
Tiene un parecido más que razonable con Morgan Freeman, y su voz, aunque más ronca y no tan grave, tiene la misma seriedad. Es una voz que hace que quieras que se sienta orgulloso.
—Lo siento —me apresuro a decir—, me esforzaré más. Para no traerme todo eso al trabajo.
Harvey suelta una especie de resoplido como protesta y se sube las gafas de montura dorada por la nariz.
—Es una biblioteca, Daphne. Si no puedes ser humana aquí, ¿dónde vas a serlo?
Esa muestra de amabilidad me provoca una punzada de culpabilidad por mi búsqueda de empleo. Por saber que hay una vacante de técnica en biblioteconomía en Oklahoma, un lugar del que no sé absolutamente nada que no se pueda aprender viendo el musical Oklahoma!
—Tenemos suerte de contar contigo —sigue Harvey, mientras cuelga el cartel para el torneo de Dragones y mazmorras del viernes—. Tú sigue dándolo todo por esos niños. Nada más.
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La punzada se me clava más hondo.
Harvey le da unas palmaditas a la pared antes de volver a la oficina mientras yo me dispongo a desmontar la exposición de origami del Día del Dinosaurio para hacerle espacio a la exposición por el Mes del Orgullo. Después, ayudo a Ashleigh a terminar de montar la exposición para celebrar el Día de la Emancipación y la anulación de la prohibición de los matrimonios interraciales mientras ella me cuenta su primera cita de verdad con Craig, y me relata cada pedacito relevante de información con un tono carente de inflexiones mientras yo intento no mearme de la risa.
(Cuando fueron a casa de Craig después de la cena, hizo que se quedara sentada en el coche con él durante veinte minutos sin hablar mientras sonaba el disco de Phish que había puesto y después hizo exactamente lo mismo cuando la llevó a su casa).
—Me alegro de que alguien esté disfrutando con esto —dice, pero sé que ella también está disfrutando al contarlo. Es una sensación curiosa y un poco emocionante, como si a esas alturas fuéramos algo así como amigas de verdad.
Cuando vuelvo a mi mesa, contesto varias llamadas, tras las cuales les enseño a unos quinientos niños a iniciar sesión en un juego en línea e irán ya quinientas veces como poco.
Y luego llega el punto álgido de mi semana laboral: la Hora de los Cuentos de los sábados.
Extra: hace un día cálido y despejado, por lo que podemos hacer la actividad fuera.
Una vez que nos sentamos en un círculo en el jardín delantero, pregunto:
—¿Quién quiere oír un cuento?
Se levantan muchas manos en el círculo. Emoción desatada. Expresión de sentimientos sin tapujos.
Es curioso. Cuando era pequeña, no sabía cómo interactuar con otros niños. Me sentía más cómoda en casa, con mi madre y sus amigas. Pero de adulta me resulta mucho más fácil comprender a los niños.
Dicen cómo se sienten, y también lo demuestran. Hay muchos menos motivos ocultos y reglas no escritas. Los silencios no son incomodísimos y los cambios de tema constantes son la norma. Si quieres ser amigo de alguien, solo se lo pides, y si no quiere, seguramente te lo diga.
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Carraspeo y abro un cuento de un cocodrilo para empezar, observando con atención a mi embelesada audiencia mientras me pongo a leer.
Arham, cómo no, lleva su habitual disfraz de Spiderman. Lyla, una niña de tres años, tiene salsa de espaguetis por la cara y el peto. Además, está chupando un trozo de limón como si fuera un chupete.
Básicamente, el mundo es perfecto.
A mitad del segundo cuento, me doy cuenta de que alguien se acerca desde el aparcamiento, como si lo impulsara una ráfaga de viento veraniego y rayos del sol. Está mirando la entrada cubierta que lleva a la puerta principal como si nunca hubiera visto nada igual, como si nunca hubiera visto una biblioteca, la verdad.
Desvía la mirada hacia nosotros, y pierdo el hilo de la frase. La cara de Miles se ilumina con una sonrisa. Levanta la barbilla a modo de saludo y se detiene justo al llegar a nuestro círculo.
Carraspeo y bajo la mirada al cuento ilustrado que tengo en la mano para buscar por dónde iba y seguir leyendo en voz alta.
Cuando vuelvo a levantar la cabeza, él sigue ahí, con cara de estar embelesado.
Con la historia. Que va de ratones antropomórficos. Que aprenden a hacer piruetas.
Ojalá no hubiera decidido darlo todo poniéndoles voces a todos los personajes antes de que apareciera, porque ahora estoy obligada a continuar.
De modo que uso una voz chillona para el diálogo del ratoncito más pequeño y una voz ronca y grave para el orondo ratón de más edad con el bigote elegante. Cada vez que miro a la audiencia, la sonrisa de Miles es un poco más ancha, más tontorrona. No deja de mirar a los niños, a los padres y a las niñeras en plan: «¿Estáis oyendo esto? ¡Es increíble!».
Cuando llego al final, los cuidadores de los niños aplauden con el entusiasmo apropiado para una excursión a la biblioteca por la tarde, al contrario que Miles, que se lleva los dedos a la boca y silba, haciendo que quince niños pasen de ser angelitos medio dormidos a convertirse en alborotadores piratas, borrachos de ron bajo cubierta. Un par de madres miran con abierta curiosidad a mi desaliñado compañero de piso.
Él no se entera de nada mientras se acerca a mí abriéndose paso entre la multitud. Los demás están recogiendo las bolsas de pañales y a sus hijos de manos pegajosas para tirar de ellos hacia el aparcamiento.
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—No sabía que eras capaz de hacer eso —me dice.
—Ah, sí —replico, echando a andar hacia la puerta principal. Se abre de forma automática y entramos en el fresco y húmedo silencio—. Llevo leyendo desde que tengo seis años. A estas alturas ya se me da muy bien.
—Me refiero a las voces —explica—. Has sido un anciano ratón mago muy convincente.
—Si eso te ha impresionado, deberías verme como la anciana que vive en un zapato —digo.
—Haré hueco los sábados —me asegura.
—Estaba bromeando —concluyo.
Él sonríe.
—Yo no.
Señalo los montones de libros.
—¿Te ayudo a buscar algo?
—Esperaba que pudieras deletrearme todas las palabras de un poema de amor —dice todo serio.
—Ese tipo ya ha llamado hoy —tercia Ashleigh desde el mostrador de la entrada.
—Sí, ya he alcanzado mi límite de metáforas porno con flores, así que eso es en lo único en lo que no puedo ayudarte —le digo.
Se encoge de hombros.
—Lo intentaré de nuevo el lunes. La verdad es que iba de camino a Cherry Hill y solo quería asegurarme de que sigue en pie lo de mañana. Te habría mandado un mensaje, pero me he dejado el teléfono en casa.
—¿Mañana? —Ashleigh aparta la mirada de la manicura de gel que se está haciendo, con la lámpara de secado encendida entre el ordenador y la impresora. Harvey ya se ha ido para celebrar el cuarenta cumpleaños de su hija y el mostrador de la entrada se ha convertido en un caos—. ¿Qué pasa mañana?
—No pensaba obligarte a seguir con el plan —le digo a Miles.
Él resopla.
—Está en el calendario. Bien podría estar grabado en los anos de la historia.
—Se dice «anales» —lo corrige Ashleigh.
Miles me mira con una ceja levantada.
Meneo la cabeza.
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—Desde luego que no. Y no es necesario que me hagas de guía. A ver, que puedo mirar un mapa.
Él pone los ojos en blanco y se inclina hacia delante, apoyando los antebrazos en el mostrador.
—Tú prepárate para la una, ¿vale?
—Vale —accedo.
Mira a Ashleigh y luego me mira de nuevo.
—¿Nos vemos en Cherry Hill esta noche?
—Tengo un montón de lecturas pendientes para una recaudación de fondos —le digo.
—Un amigo de mi hijo se viene a casa para jugar a la consola — contesta Ashleigh—. Así que me pasaré todo el rato metiendo y sacando rollitos de pizza del horno hasta el amanecer. Pero el sábado que viene pasará la noche en casa de su padre, por si queréis hacer algo entonces.
—¿Vendrá también Craig? —pregunta Miles con sorna, inclinándose sobre el mostrador, en plan ligoteo.
Ashleigh se estremece.
—No, no, no lo esperes. Daphne puede ponerte al día. Yo soy incapaz de repetirlo en voz alta.
—Le gusta demasiado la música improvisada —le explico.
—¿En plan ponerse a tocar una canción? —pregunta Miles.
—En plan tenerlo todo lleno de pósteres de Phish. Ya sabes, el grupo de rock —explico.
—¿Qué tiene de malo Phish? —protesta.
—Nada, si es con moderación —contesta Ashleigh.
—Pero también tenía tazas conmemorativas, figuritas y siluetas de cartón. Y… ¿unas sábanas, creo recordar?
—Toallas —me corrige—. No me molesta que un hombre tenga una afición, pero si tienes cuarenta años y tu piso parece una exposición de un tema concreto, no veo que la cosa pueda funcionar entre nosotros.
—Pues menuda mierda —dice Miles—, porque eso descarta a casi todos los que conozco.
—He visto tu dormitorio —replica Ashleigh—. No he visto un tema cohesivo. A menos que sea «depresión de caballo».
—¿Cuándo has visto mi dormitorio? —le pregunta él.
—Pasé a recoger a Daphne —contesta, al parecer encantada de admitir que se puso a cotillear.
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—La verdad es que el tema es: «No volveré a invitarte en la vida» —le digo a Ashleigh, antes de añadir para Miles—: ¿A qué hora entras a trabajar?
—¡Mierda! —Se inclina por encima del mostrador para mirar la hora en mi ordenador. Me mira de nuevo a los ojos y hace un gesto para que quede claro, lo que resalta muchísimo el tatuaje con el ancla al estilo de Popeye que tiene en el bíceps—. Mañana. A la una en punto. No te retrases.
—Nunca lo hago —le aseguro.
Miles llega un cuarto de hora tarde.
Se lo digo cuando entra en el piso.
—Lo sé —dice—. Lo siento. Me he pasado a por café y la cola era larguísima. —Me ofrece un vaso desechable de café. Reconozco el logo de la cafetería de Fika, por la que me pasé ayer de camino al trabajo.
—Gracias.
En vez de hablar, se queda expectante a que beba un sorbo, supongo. —La verdad es que no acostumbro a beber café —digo—. A menos
que esté supercansada, me pone como una moto.
Él frunce el ceño y aprieta los labios.
—Ayer tenías uno de sus vasos en el mostrador, así que supuse… —Té chai —digo.
Se da un golpecito en la sien, como si se estuviera grabando la información en la cabeza.
—¿Nos vamos? —le pregunto.
Al salir del bloque, la repentina luz me quema las retinas un segundo.
Pierdo el sentido de la orientación y me las apaño para estamparme contra
Miles, aunque lo tengo justo al lado.
Me sujeta de los brazos y me guía hacia su camioneta, a media manzana calle arriba.
—Bueno, ¿a dónde vamos? —le pregunto.
—De compras.
—¿En serio? —Me vuelvo hacia él, con el viento metiéndome el pelo en la cara. Me agarro unos mechones y me los aparto de los ojos
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pegándomelos a la frente—. ¿Vamos a hacer algo en plan cambio de imagen?
Se mira.
—¿Intentas decirme algo?
—A ver, cuando apareciste ayer durante la Hora de los Cuentos, capté a la señora Dekuyper mirando de la ilustración del Lobo Feroz del cuento a ti como si intentara encontrar las diferencias.
—Ya, sí —dice—, cree que estoy cañón.
—Ni siquiera sabes quién es la señora Dekuyper —replico.
—Todas creen que estoy cañón —me asegura—. Las mujeres de cierta edad me adoran.
—Seguro que les recuerdas a cuando eran jóvenes y Abraham Lincoln era el hombre vivo más sexi del mundo según la revista People.
Abre la puerta del acompañante de la camioneta con una mano mientras se frota la barba con la otra.
—¿Crees que debería afeitármela?
—Creo que deberías hacer lo que te apetezca. —Me subo al asiento rajado.
—Pero la barba te parece mal. —Cierra la puerta, con la ventanilla bajada entre los dos.
—Creo que llevas la barba hecha un desastre —digo—. Pero no estoy en contra de las barbas en sí. La cara es tuya, Miles. Lo único que importa es lo que tú sientas al respecto.
Apoya un antebrazo sobre la puerta.
—En fin, Daphne, ahora no tengo tan claro lo que siento después de esa pullita del Lobo Feroz.
—No te tomes mi opinión muy en serio —le digo—. Ya sabes que tengo un gusto horrible para los hombres. —Y la verdad es que la barba empieza a gustarme. Le sienta bien—. ¿Qué vamos a comprar? ¿Comida en Family Fare?
—Algo mejor. —Cierra el pestillo de la puerta y luego rodea la camioneta para subirse.
—¿En Tom’s Food Market?
—Mejor todavía —insiste.
—¡Ah, ya lo sé! —exclamo—. En Meijer.
Me mira mientras el motor arranca a trompicones.
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—Hazme el favor de quitarle el pestillo a la puerta —me dice con voz tranquila.
—¿Por qué?
—Porque quiero tirarte mientras salgo pitando del aparcamiento — contesta.
—No serías capaz —digo.
—No sería capaz —admite antes de incorporarse al tráfico. Enfila una carretera que se aleja del pueblo y del agua, hacia el interior.
Todavía sigue con la lista de reproducción para corazones rotos.
O a lo mejor solo la ha puesto para que yo me ría, porque parece que sonríe con un pelín más de sorna de lo habitual.
Empieza a haber menos tráfico a medida que nos acercamos al interior, alejándonos del bucólico centro del pueblo, de las casitas de estilo victoriano de tonos pastel y de los complejos neocoloniales que salpican la línea de playa.
Es fácil olvidarse de lo aislado que está Waning Bay cuando estás dentro, pero en cuestión de minutos serpenteamos por campos de labor gloriosamente iluminados por el sol.
Después, de repente, nos paramos en el arcén. A través de la polvorienta luna delantera veo un puesto agrícola pintado de verde, detrás del cual hay dos mujeres mayores con pantalones de trabajo, camisetas de estampado floral y viseras a juego vendiendo espárragos.
—Para dejarlo claro: cuando has dicho «de compras», te referías a comprar espárragos.
Miles me mira un poco ofendido.
—Esto solo es la primera fase.
Me bajo de un salto, levantando una nubecilla de polvo con las sandalias, y lo sigo al puesto.
—¡Vaya, hola! —saluda una de las mujeres—. ¿Ya has vuelto?
—Pues claro —contesta Miles—. Barb, Lenore, os presento a mi amiga Daphne. Daphne, estas son Barb Satō y Lenore Pappas.
—Encantada de conocerlas —digo.
—Daphne lleva poco tiempo en el pueblo —sigue Miles— y nunca ha probado vuestros espárragos.
—¿En serio? —La mujer más menuda de las dos, Barb, parece animarse. Empieza a rebuscar en las cajas—. Pues voy a darte los mejorcitos.
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—Estoy segura de que no tienen nada malo —digo.
—No, no, claro que no —replica la otra mujer, que le saca una cabeza a la primera—, pero Barb tiene un don para encontrar los mejores, y queremos que los que nos compran por primera vez repitan, así que déjala obrar su magia.
—Se lo agradezco —digo.
Lenore se inclina sobre la mesa.
—¿Cómo lo llevas, cariño?
—Bien —contesta Miles—. Estoy bien.
La mujer le da un apretón en el antebrazo.
—Eres un buen chico y te mereces ser feliz, que no se te olvide. —Estos son para ti. —Barb levanta un manojo de espárragos que debe
tener por lo menos veintisiete.
—Ah, sí, tienen buena pinta —dice Miles, que abre la bolsa que ha traído de la camioneta. La mujer mete los espárragos allí y él se saca la cartera del bolsillo.
—No, no, no —protesta Barb—. Aquí no sirve tu dinero.
Él mete el billete de diez que tiene en la mano en el bote de las propinas mientras ellas protestan.
—Sería un crimen no pagar por esto.
—Técnicamente, un robo —tercio.
—Cuida de nuestro chico —me dice Lenore con seriedad, pero me guiña un ojo—. Es de los buenos.
—Empiezo a darme cuenta —replico.
Ambas siguen tirándole flores mientras nos despedimos y volvemos a la camioneta cubierta de polvo; me duelen las mejillas de sonreír sin darme cuenta para igualar sus deslumbrantes sonrisas. En cuanto nos subimos a la camioneta y ya no pueden oírnos, susurro:
—Lo del efecto que tiene la barba en nuestras venerables ancianas no era mentira.
Se echa a reír.
—No, detestan la barba. Pero a mí me adoran porque me gasto un pastizal en sus espárragos. Y cuando empieza la temporada, en su maíz.
Se me escapa una sonora carcajada mientras volvemos a la carretera. —Estoy segura de que te habrían dado toda su cosecha y también todo
lo del bote de las propinas. ¿Cuánto maíz puede consumir un solo hombre para provocar semejante adoración?
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—No es un solo hombre —me corrige.
—Mierda —digo—. Un Walt Whitman moderno.
—No, a ver, que les compramos.
—¿En plural? —le pregunto.
—Cherry Hill —contesta. Al ver mi cara de no entender nada, mira la carretera y después me mira a mí un par de veces—. Soy su comprador.
—¿Qué quiere decir eso?
—Quiere decir que nuestro chef, Martín, prepara diferentes menús cada temporada y que yo compro lo mejor que puedo conseguir. Así que voy al carnicero y a los puestos agrícolas, y a la tienda de aceite de oliva, y a la quesería…
—¡A la quesería! —exclamo—. ¿Tienes una quesería en marcación rápida?
—Como no estamos en 1998, no, no la tengo en marcación rápida.
Pero la dueña y yo nos mensajeamos cuando recibe algo especial.
—¡Guau! —digo—. ¿Quién me iba a decir que me mudaba con el hombre con mejores contactos a este lado del lago Míchigan?
—Seguramente cualquiera con quien esté en contacto —contesta—. Así que… ¿la mitad de Waning Bay?
—Bueno, digamos que necesito… mermelada de fresa.
—Reddy Family Farm —dice—. Pero si no les queda, Drake también vale.
—¿Y si quisiera calabaza?
—Faith Hill Sustainable Farms —contesta. Abro la boca y él añade—:
Por desgracia, no tienen nada que ver con la cantante de country.
Frunzo el ceño.
—Qué pena.
—Lo sé —conviene.
—¿Y si necesito judías verdes? —pregunto. —Ted Ganges Green Bean Farm —contesta. —¿Y si necesito cargarme a alguien?
—Gill de CARNICERÍA —responde, sin inmutarse.
Al verme la cara, se le escapa una carcajada.
—Es broma, Daphne. Pero Gill mencionó que buscaba hogar para una camada de gatitos.
—No creo que los clientes de Cherry Hill tengan gustos culinarios tan aventureros —digo.
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—Y por suerte para ellos, el chef Martín tampoco. Pero yo sí que he estado pensando en tener un gato —dice.
—Un motivo más para mudarme a Maryland —digo—. Soy alérgica.
—Pues no hay gato.
—No renuncies a tu hipotético gato por mí, Miles —le pido—. Barb y Lenore me matarán si te quito esa alegría.
—El gato solo era un sueño imposible —dice—. Después de haber pasado la infancia con Gill, no podré darle a uno de esos gatitos la vida a la que está acostumbrado ni en broma.
—Cierto. No tienes cuero suficiente ni una moto con un sidecar diminuto y su casco.
—Madre mía, eso sería ideal —dice con un brillo ilusionado en los ojos marrones.
Pone el intermitente cuando nos acercamos a un puesto de cerezas. Básicamente repetimos la parada del puesto de espárragos, salvo que
Barb y Lenore son reemplazadas por Robert padre, un cuarentón corpulento, y Rob hijo, un chico desgarbado de entre doce y veintidós años. En esta ocasión, insisto en pagar las dos bolsas de cerezas, y cuando nos montamos de nuevo en la camioneta, Miles me mira expectante, sin abrocharse el cinturón y con el motor apagado.
—¿No vas a probar una?
—¿Esto es una especie de fetiche para ti? —le pregunto.
Se le pone colorada la parte superior de las mejillas, la única parte no oculta por su barba de hombre lobo.
—Solo quiero saber si te parecen tan buenas como a mí.
—Vale, vale. —Busco dos cerezas gordas, con su rabito, y le doy una. Como si hubiera una cuenta atrás silenciosa, nos miramos a los ojos y nos metemos la cereza en la boca a la vez.
Está dulce sin resultar empalagosa. Ácida sin que dé la sensación de estar comiendo metal. Y jugosa. Más jugosa que cualquier cereza que haya comprado en una tienda. Tan jugosa que cuando le doy un mordisco, un líquido rosa y pegajoso se me escapa de entre los labios y me resbala por la barbilla.
Y aunque no hace ni dos segundos que estaba decidida a no emitir sonido alguno, se me escapa un «mmmm» entusiasmado, seguido de un «¡guau!».
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Con una sonrisa, Miles toma una servilleta con el logo de Louie’s de la consola central y me limpia la barbilla antes de que me ensucie entera de cereza. Luego la arruga hasta hacer una bola y la mete en un vaso desechable que hay en el posavasos, un gesto que resulta muy íntimo y que hace que tenga la sensación de que he dejado mis entrañas cocinándose al sol más de la cuenta y de que se chamuscarán como no les dé pronto la vuelta.
—La mejor cereza que has probado nunca —deduce Miles.
—La verdad, ni siquiera sabía que me gustaban las cerezas hasta este momento.
—A mí tampoco me gustaban mucho antes de mudarme aquí — replica.
—Recuérdame de dónde eres —le digo—. Lo siento, se me ha olvidado.
Aparta la mirada de mí.
—No, tranquila. —Arranca el coche—. Soy de Illinois.
—¿Y cómo has acabado aquí? —le pregunto.
Mira por encima del hombro antes de incorporarse a la carretera.
—Seguí a una chica.
—¿A Petra?
Niega con la cabeza.
—Aaah, la otra novia… —digo.
—La primera de dos —confirma—. Dani. Es la prima del chef Martín. Su marido y él pusieron en marcha Cherry Hill y le ofreció un trabajo a Dani en la sala de catas. Así que ella me consiguió uno a mí y nos mudamos desde Chicago. Cortamos unos meses después. En aquel entonces yo ya no quería irme de aquí y ella sí, de modo que volvió a la ciudad.
—¿Por eso no crees que deba irme? —pregunto—. ¿Por la probabilidad del uno por ciento de que Petra y Peter decidan irse antes?
—Ya te lo he dicho —contesta—. No creo que debas irte porque no quiero que te vayas. Y mi felicidad es muy importante. Ya has oído a Barb y a Lenore.
—Pues sí —replico—. Recuerdo ese verso de la segunda estrofa de la balada que han cantado sobre ti.
—Eso no es nada —me asegura—. Espérate a conocer a Clarence del campo de lavanda.
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—O eres el hombre más amigable del mundo —digo—, o un asesino en serie.
—¿No puedo ser ambas cosas?
Clarence debe de ser unos cinco años mayor que nosotros, tiene voz suave y el pelo rojo y rizado. No es agricultor, sino el dependiente de la tiendecita emplazada en la casa encalada que se levanta al otro lado de las hileras de arbustos de llamativas flores moradas pobladas de abejorros.
Venden de todo con lavanda.
Ambientador de lavanda y pastillas de jabón de lavanda y limón. Paños de cocina con delicadas flores de lavanda impresas, fabricados por empresas locales, y un grueso albornoz con lavandas bordadas en los bolsillos, hecho por otro artista local.
Sin embargo, me da que el verdadero motivo de que Miles me haya traído aquí es el pan de masa madre de lavanda y la limonada de lavanda y arándanos. Compra una galleta para cada uno; Clarence mete seis en la bolsa.
—A lo mejor debería comprarle algo a Ashleigh —digo—. Espera, a lo mejor debería comprárselo todo, así estará obligada a decorar su casa como si fuera una exposición dedicada a la lavanda.
—No sé por qué se ha puesto así por el amor de Craig hacia Phish — comenta él mientras toma la bolsa de las galletas y su vaso de limonada para salir al patio con vistas a los campos de lavanda—. Es evidente que es un hombre dispuesto al compromiso. Eso es bueno. —Se detiene y agarra un trozo de pan para dármelo antes de tomar otro poco para él.
Aparta la mirada mientras le doy un mordisco al pan, y me pregunto si he conseguido avergonzarlo con el comentario del fetiche. Hace una semana, habría creído que ni tenía vergüenza ni sabía lo que era.
—¡Qué bueno! —exclamo.
Queda tan claro que está complacido que no puedo evitar sentir un poquito de afecto por él.
Sin embargo, la sensación pronto queda reemplazada por otra mucho más grande y abrumadora. Porque un hombre alto, delgado y musculoso se baja de un conocido BMW en el aparcamiento, con el sol arrancándole
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destellos a su bien peinado pelo dorado y sus brillantes ojos color esmeralda.
Dichos ojos pasan justo sobre nosotros para clavarse en la tienda mientras se dirige a ella, pero luego vuelven atrás de golpe, hacia mí.
Nuestras miradas conectan.
El dulce aleteo de las mariposas que tengo en el estómago se agria. Peter se tropieza. Durante un segundo, parece que va a caerse de
bruces sobre la gravilla blanqueada por el sol.
Claro que es Peter. Nada tan ordinario como la gravedad podría hacerlo caer.
Miles sigue mi mirada justo cuando Peter empieza a andar por el aparcamiento.
—Mierda —dice Miles entre dientes.
Ya es bastante malo que me vaya a tropezar con mi ex tan pronto, pero tropezarme con él aquí, en este sitio del que nunca me ha hablado, mucho menos me ha traído, me parece un bofetón muy evidente.
Como un recordatorio de que nunca se esforzó por saber si era feliz aquí, si me había enamorado de este sitio. Como si debiera haberme conformado con él y solo con él, aunque yo nunca habría sido suficiente para él.
Veo que se ha desviado del camino y que se dirige hacia nosotros con paso firme.
«Mierda», sí.
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Domingo, 2 de junio
76 días hasta que pueda irme
Cuando Peter llega a nuestro lado, se produce un silencio de dos segundos enteros, como si todos estuviéramos esperando que los demás hablen primero.
—Hola —acaba diciendo Peter.
—Hola —replico.
Miles permanece en silencio. Seguramente sea lo mejor. Creo que es demasiado amigable por naturaleza como para saludar a Peter con la frialdad que se merece.
Al cabo de un segundo, Peter mira hacia la tienda, que tiene las puertas sujetas para que estén siempre abiertas, como si esperase que alguien lo llamara o que el edificio estallara en llamas de repente para tener un tema de conversación que no sea el tiempo.
Podríamos habernos evitado con facilidad, y me irrita que, en cambio, se haya acercado a nosotros.
—Bonito día para recoger lavandas —dice.
—Ajá. —Esa es la contribución de Miles.
Peter pasa de él.
—Daphne, ¿te importa que hablemos un momento?
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Miles se inclina hacia mí con gesto protector, un recordatorio de que no estoy obligada a aceptar; podemos meternos en la camioneta y fingir que esto no ha pasado. Volver a nuestro apartamento y emborracharnos entre lágrimas con Celine Dion de fondo.
—¿Nos vemos en el coche? —le susurro.
Miles me mira a los ojos un segundo antes de asentir con la cabeza. No le dice nada más a Peter, se limita a volver a la camioneta con parsimonia.
Otro incómodo silencio. Me pellizco la palma de la mano para no ser yo quien lo rompa.
—Bueno —dice Peter—, ¿cómo te va?
Me pregunto si la sorpresa me ha dejado la mandíbula colgando entre las clavículas.
—¿En serio?
Peter sorbe por la nariz y mira por encima del hombro hacia la oxidada camioneta y el hombre apoyado en ella.
—Oye —dice, con un tono más suave de voz cuando me mira de nuevo—, sé que te hice mucho daño. Sé que lo que hice fue horrible…
Se me escapa una carcajada.
—¡Uf, no sabes lo que me consuela eso!
Espero que se ponga altanero, que se muestre superior, como cuando cortamos. Pero debo reconocer a su favor que no lo hace.
Frunce el ceño y en sus labios aparece un rictus compungido.
—Me lo merezco, eso y todo lo que te estás callando. Lo entiendo.
Pero de todas formas sigo preocupándome por ti.
Ojalá pudiera reírme de nuevo, pero tengo la sensación de que una capa de hielo me envuelve los órganos, haciendo imposible el movimiento.
—Y sé lo mal que debes de estar pasándolo por todo esto —continúa —. Por estar aquí, sola.
—No estoy sola —replico.
—Lo sé —dice—. Y a eso me refiero. Podría parecer más fácil estar… con alguien. Pero te mereces algo más.
Me quedo boquiabierta de nuevo.
—Oye, solo digo que tengas cuidado —sigue—. Ese tipo está fatal, y no quiero ver cómo te arrastra consigo.
Como si pudiera arrastrarme mucho más.
—¿Sabes por qué se mudó aquí? —me pregunta—. ¿Sabes que nadie de su familia le habla? Ese tipo es un perdedor, Daphne. Puedes aspirar a
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algo muchísimo mejor.
Eso me toma desprevenida. Una minúscula duda se cuela en mi mente.
Seguida de una rápida oleada de furioso afán protector.
Pues claro que hay un montón de cosas que no sé de Miles. Solo llevamos dos meses de compañeros de piso, y menos de amigos. No está obligado a contarme toda su vida ni la verdad absoluta.
En cambio, Peter…, Peter me pidió que me casara con él.
Me pidió que renunciara a mi vida para trasladarme a la suya.
Me pidió que aceptara a su preciosa mejor amiga sin dudar porque entre ellos no había absolutamente nada romántico, y siempre le dije que sí a todo lo que me pedía porque confiaba en él. Decidí confiar en él. Prometí hacerlo. Un juramento personal, hecho mucho antes de la boda.
Y ahora me mira, con esa mezcla torturada de preocupación y esperanza, como si estuviera pensando: «¡Lo he hecho! ¡La he convencido! ¡La he salvado de la ruina!».
—¿Sabes lo que te digo, Peter? —le pregunto—. Que gracias por hablar conmigo hoy.
El alivio le ilumina toda la cara.
—Siempre es agradable que te recuerden que tu ex sí es el imbécil que recordabas. —Dicho lo cual, me doy media vuelta y echo a andar por el aparcamiento iluminado por el sol hacia el hombre apoyado en la camioneta, con la puerta del conductor abierta, esperándolo.
—¿Estás bien? —me pregunta Miles al mismo tiempo que me lanzo a sus brazos para rodearle el cuello con los míos. Él levanta las cejas con sorpresa y un poco de sorna.
—¿Está mirando? —susurro.
Miles asiente con la cabeza.
—¿Puedo besarte?
Una sonrisa, entre escandalizada y guasona, asoma a sus labios.
—Vale.
Así que me pego a él levantando la barbilla, y él agacha la cabeza, y nos damos uno de los cinco peores besos de mi vida, los del instituto incluidos.
El problema es que yo me lanzo a lo bestia, mientras él se inclina más por un besito casto de dos adolescentes en una obra de teatro del instituto, así que básicamente acabo mordiéndole toda la boca, lo que hace que se ría contra mis labios, lo que a su vez hace que yo también me ría, pero
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para entonces él ya ha cambiado el ángulo para adaptarse a mi beso, y la risa se me muere en la garganta cuando me pone una mano en la cadera y la otra en la barbilla, y me besa de verdad.
De forma ruda, impaciente, pero no torpe.
Sigue teniendo la boca fresca por la limonada, con toques de lavanda en el aliento, y me desliza la mano hasta ponérmela en la base de la espalda, agarrándome la camiseta. La otra mano me la entierra en el pelo pegándome más a él, de modo que arqueo la espalda para amoldarnos el uno al otro.
Me mete la lengua en la boca, un poco nada más al principio, y después un poco más, acariciándome la mía. Un escalofrío me recorre el torso cuando nos hace girar de modo que acabo con la espalda pegada al lateral del asiento del conductor, pegando las caderas a las mías.
He leído entrevistas a actores en las que decían que rodar las escenas de sexo no es sexi, que la actuación es mecánica. Un poco incómoda, pero bastante profesional.
Sin embargo, eso no es lo que está pasando ahora. Lo que está pasando es biológico, no superficial.
Siento que se me están endureciendo los pezones contra su torso, y el deseo me baja por el abdomen hasta que se me cuela entre los muslos, y cuando noto que se le pone dura contra mí, la sorpresa se convierte casi de inmediato en un deseo desconcertante y agotador.
No recuerdo haberle enterrado las manos en el pelo, pero noto los mechones entre los dedos y oigo un gemido anhelante que brota de mi propia garganta al sentir la caricia de su lengua sobre el labio inferior.
Se aparta despacio, mientras el beso va muriendo como los coletazos de una tormenta repentina, poco a poco más que de golpe.
Respiro de forma superficial y noto que él tiene el corazón acelerado.
—¿Qué tal? —pregunta en voz baja.
—Ajá —consigo decir—. Bien.
—¿Sigue mirando?
«¡Cierto!». Peter.
Dado el cambio de postura, ahora soy yo la que está de cara a la tienda y el patio adyacente.
Peter no nos está mirando. Ni siquiera estoy segura de que siga ahí.
O se ha metido en la tienda, o se ha montado en el coche y se ha ido. Sin estirar el cuello para echar un buen vistazo por el aparcamiento no
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puedo saberlo.
Siento que me sube el calor desde la garganta hasta la frente.
—No.
Miles me acaricia la barbilla con los dedos mientras relaja la otra mano contra mi espalda.
—¿Nos vamos? —pregunta.
—¡Sí! —chillo con voz aguda y me salgo como puedo de entre la camioneta y su cuerpo. Menos mal que hemos ido en su coche, porque no estoy en condiciones para conducir.
Enjuagamos las cerezas y nos las comemos mientras hacemos los espárragos a la plancha que luego echamos a una enorme ensalada para la cena.
Ninguno de los dos saca el tema del beso, y la verdad es que no sé si Miles ha pensado una sola vez en eso desde que nos fuimos de los campos de lavanda. Sin embargo, en cuanto me despisto un poco, un trocito de ese momento aparece en mi mente y me arde la piel por el recuerdo.
Por un lado, es como si acabara de tener una fantasía sexual muy realista con Miles y tuviera que comportarme como si nada con él hasta que lo sustituya un sueño erótico con, no sé…, con Papá Noel, por ejemplo.
Por otro lado, estoy segurísima de que ha pasado de verdad, porque si hubiera tenido que imaginarme cómo sería un beso con Miles, habría imaginado un momento tierno, juguetón y gracioso…, tal vez incluso un poco torpe. Porque él es tierno, juguetón y gracioso, y también un poco torpe.
Sin embargo, no fue así en absoluto.
Por supuesto, quizá si el beso hubiera tenido lugar en unas circunstancias menos vengativas, habría sido distinto. Quizá besa así cuando acaba de encontrarse con el hombre por el que lo dejó su novia. Con afán vengativo.
—¿Estás bien? —me pregunta.
Aparto la mirada del pepino y del tomate que estaba cortando con el piloto automático puesto.
—¡Sí!
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Frunce el ceño y apoya las caderas en la encimera.
—¿Quieres hablar del tema?
Levanto la cabeza de golpe.
—De lo que te dijo Peter para cabrearte —añade él.
Llevo la tabla de cortar hasta la ensaladera y echo el contenido encima.
—Solo estaba siendo un imbécil.
Miles se vuelve hacia la plancha eléctrica y coloca los espárragos de lado con unas pinzas.
—No hace falta que me lo cuentes si no quieres.
Al cabo de unos segundos, digo:
—Tenías razón cuando dijiste que está celoso. No soporta la idea de que le caigas bien a alguien. Se lo ha tomado como una afrenta a su persona o algo así. ¿Y sabes una cosa? Que a lo mejor lo es.
Miles ladea la cabeza con una sonrisilla elocuente.
—No es por mí. Es por ti. Os quiere a las dos. Está con Petra, pero sigue queriendo que estés enamorada de él.
—Claro, porque si me gusta alguien que es totalmente distinto a él, es un golpe a su ego. —Me retracto de inmediato—. A ver, si creyera que estoy saliendo con alguien que es superdistinto a él.
Miles menea la cabeza.
—No creo que los tiros vayan por ahí. Dio un salto enorme y ahora que se le ha pasado el subidón inicial se está preguntando si hizo lo correcto. Y lo de verte con otro ha hecho que recuerde lo que es estar contigo.
Me doy cuenta de que me estoy mordiendo el labio inferior. Cuando él baja la mirada hacia ese punto, dejo de hacerlo.
—Dijo algo de ti —suelto sin más.
Miles levanta las cejas.
—Solo estaba siendo un imbécil —repito—. Y me cabreó. Y por eso… Él cruza los brazos por delante del pecho y adopta una expresión
neutra. Casi nunca adopta una expresión neutra.
—¿Qué dijo?
Tengo un nudo en la garganta.
—Lo primero, recuerda que no me debes ninguna explicación.
—Daphne… —dice, en plan: «Vamos al grano».
—Dijo que tu familia no te habla.
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La reacción es instantánea y nada sutil. Un ramalazo de sorpresa. Y de dolor.
Se da media vuelta y mueve de nuevo los espárragos.
—Estaba siendo un idiota —digo.
Asiente con la cabeza sin mirarme, con los hombros tensos, nada que ver con su habitual pose relajada y lánguida.
—Como he dicho —añado—, no me debes ninguna explicación. Solo lo dijo para incomodar, y no es asunto mío.
Asiente de nuevo con la cabeza, sin relajarse.
Mierda. He hecho justo lo que Peter quería. Ha encontrado la forma de herir a Miles desde lejos, por tener la audacia de amar a la mejor amiga de Peter y después, supuestamente, a su ex.
Me pongo detrás de él y le coloco las manos en los hombros, masajeándoselos con delicadeza. Él suelta un suspiro hondo y cansado. Resisto el impulso de pegar la cara a la zona entre sus omóplatos.
—¿Miles? —digo.
Me mira por encima del hombro, y la luz se refleja en sus oscuros ojos marrones, aclarándolos hasta que son del ámbar del sirope de arce.
—Siento habértelo dicho —me disculpo.
—Tranquila, no pasa nada.
Se vuelve hacia mí y mis manos le recorren la espalda hasta apoyarse en sus hombros. Me toma las muñecas con delicadeza mientras agacha la mirada.
—Lo siento, es que… —Toma una bocanada de aire—. Supongo que me sorprende que Petra se lo haya contado. Es que… casi nunca hablaba de esas cosas con ella.
Le pego las manos a los trapecios en un intento por liberarlos de la tensión que los carga. Él mueve los pulgares a un lado y a otro sobre mis muñecas, inquieto. Tengo la sensación de que está intentando tranquilizarse y distraerse. A mí me está provocando el efecto contrario.
—Lo siento —repito.
Él ladea la cabeza un poco.
—Es verdad. No mantengo relación con mis padres. Las cosas son como son y no puedo cambiarlas. Pero la vida tiene muchas cosas buenas. ¿Qué sentido tiene darle vueltas a las que no lo son?
—¡Uf, no puedo estar más en desacuerdo! —bromeo—. Nací para quejarme.
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Esboza una sonrisa, diminuta.
—Qué va, no me lo creo.
—¿Estás de broma? —pregunto—. Mi madre y yo jugábamos a una cosa llamada «Las Quejicas». Nos turnábamos para quejarnos de las tonterías más insignificantes hasta que nos quedábamos sin ideas. Como que la niña que se sentaba a mi lado en la clase de Lengua y Literatura estuvo mordiendo el lápiz muy fuerte. Quien dijera la queja más insignificante elegía la cena.
La sonrisa de Miles se ensancha.
—Parece la bomba.
—La verdad es que lo era —admito—. A veces, quejarte de cosas, contar con alguien que empatice contigo, hace que te escuezan menos.
—A mí no me escuece —me asegura Miles—. No pasa nada. Tengo a mi hermana. Esa es mi familia.
—Supongo que todas las familias son complicadas de una forma o de otra. —Pienso en mi camino de entrada vacío, allí descalza sobre la rejilla de ventilación del suelo para que el calor se me colara por el pijama mientras miraba por la ventana y esperaba. A ser digna, que me eligieran.
Veo el asomo de una sonrisa en los labios de Miles.
—Básicamente, Petra es un cuadro de Norman Rockwell.
Suspiro.
—Sí, Peter igual.
Miles me mira con el ceño fruncido, sin dejar de acariciarme las muñecas con los pulgares.
—¿Tenías una relación estrecha? —me pregunta—. Con los padres de Peter.
Siento una opresión en el pecho.
—Más o menos. A ver, puede que no estrecha. Pero siempre fueron muy amables. Su madre nos acompañó a mi madre y a mí cuando fuimos a comprar el vestido de novia. Y compró un calcetín navideño con mi inicial para que fuera igual que el de Peter y el de su hermano. Son la clase de familia que tiene un millón de tradiciones. Ciertos platos y ciertos postres para los cumpleaños de cada uno. Absolutamente todos los objetos de su casa son una especie de reliquia familiar con una historia increíble, y Peter y su hermano, Ben, discutían sobre quién heredaría cada cosa llegado el día, pero bromeando. La familia se reúne para Nochevieja y hacen una especie de amigo secreto gamberro, y todo es muy… No sé. Solo quería…
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—¿Formar parte? —deduce Miles.
Asiento con la cabeza.
—Sí —dice él.
No he tenido noticias de ninguno de los amigos de Peter después de la ruptura, ni siquiera de Scott. Pero tanto su madre como la novia de su hermano, Kiki, me mandaron mensajes las primeras dos semanas. Kiki me dijo que la llamara si alguna vez iba a Grand Rapids, y sabía que lo decía en serio.
Sin embargo, el mensaje de la señora Collins fue: «Me acuerdo de ti», acompañado de un corazón morado.
—Si te sirve de consuelo, me dio la impresión de que Peter lo dijo como si no supiera de lo que hablaba. Como si Petra le hubiera dado lo más básico y él se hubiera inventado el resto. Dudo mucho que ella se haya ido de la lengua.
—Sí, lo sé —replica—. No la veo capaz de hacerlo.
Lo dice con voz alegre, pero parece distante, algo raro, como si estuviera aquí conmigo, pero también sumido en sus pensamientos.
Me sorprende lo fuerte que es el impulso de consolarlo, lo cómodo que me resulta pegarme a él para darle uno de los pocos abrazos que nos hemos dado en los meses que llevamos viviendo juntos.
Miles me desliza las manos por los hombros para rodearme la espalda.
Nos quedamos así varios segundos, abrazados.
—¿Quieres que vayamos a tirarle huevos a su coche? —le pregunto con la voz amortiguada contra su pecho.
—Me parece un desperdicio de comida —contesta.
—Es verdad —convengo—. Ojalá no hubiera desperdiciado tanto tiempo con él, a estas alturas ya podría tener hijos con otro.
Lo digo en broma, pero Miles se aparta lo justo para mirarme a la cara.
—Serías una madre estupenda.
Es el tipo de cosas que todo el mundo les dice a sus amigos, pero dicho por él me lo creo y, aunque parezca raro, me emociona.
—¿Y tú? ¿Quieres hijos?
—No sabría por dónde empezar para ser padre. —Esboza una sonrisa desvaída mientras me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja. Hace que me sienta como una botella de refresco de dos litros a la que se le da la vuelta, con todas las burbujas yendo en la dirección contraria de repente —. Oye, dime una cosa.
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—¿El qué?
—Algo sobre ti. Algo que no tenga que ver con él.
—En fin… —Suelto una carcajada—. Supongo que con decirte que se me ha quedado la mente totalmente en blanco al oírte entenderás lo segura que estoy de «quién soy» de un tiempo a esta parte.
—¿Y algo sobre tu familia? —insiste—. ¿Tienes hermanos? —Ninguno que yo sepa —contesto. Ladea la cabeza.
—Mi padre ha tenido un montón de novias a lo largo de los años —le explico—. No me sorprendería ni un pelo que tuviera hermanastros pululando por ahí.
—¿Ninguno de tus padres se volvió a casar? —me pregunta.
—Mi madre ni ha vuelto a salir con un hombre después de mi padre — contesto.
—¿Demasiado traumatizada?
La pregunta me hace reír.
—Demasiado ocupada. Cuando era pequeña, trabajaba mucho para llegar a fin de mes, y siempre decía que prefería pasar el tiempo libre conmigo. Supuse que cuando me fuera a la universidad, intentaría salir con alguien. En cambio, se metió de cabeza en el CrossFit e hizo un montón de amigas. Básicamente o está haciendo ejercicio con una mujer llamada Pam, o está en una clase de arte con una mujer llamada Jan, o está bebiendo batidos con las dos. Pero es muy feliz. Eso es lo único que importa.
Nada más decirlo, siento una punzada. Sé que lo ha dicho en serio cada vez que me decía que podía irme a vivir con ella, mudarme a su diminuto estudio. Pero por primera vez desde que tengo uso de razón, caigo en la cuenta de que mi madre lleva una vida plena más allá de cuidar de mí.
La semana que Peter me dio la patada, necesité de una conversación telefónica de dos horas para convencerla de que no cancelara un «viaje de mochilera» de cinco días que había organizado con Pam para venir a cuidar mi corazón partido. Bastante tiempo de su vida pasó renunciando a todo por mí, sabiendo que todo recaía sobre ella.
Ya lloraría entre sus brazos a finales de verano, cuando la visitara después del Maratón de Lectura benéfico.
—CrossFit —dice Miles con gesto pensativo—. Eso lo explica.
—¿Qué va a explicar eso? —quiero saber.
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—Los gritos y los ruidos metálicos que oigo en tu habitación cuando hablas con ella con el altavoz puesto.
—Ah, no —le digo—, eso no tiene nada que ver.
—No quiero saber nada más —dice, siguiéndome la corriente—. No me interesa en lo más mínimo.
—Las llamadas regulares que tengo con Christian Grey son de lo más normales.
Frunce el ceño.
—¿Quién?
—Es un personaje de un libro —le explico—. Da igual.
—Ah. No leo mucho —dice.
—Sé que esa posibilidad existe, pero no termino de imaginármela.
—¿Qué te gusta leer? —me pregunta.
—Todo —contesto.
Hace una mueca.
—Fascinante.
—Es como si pudiera vivir todas las vidas que quisiera —digo. —¿Qué tiene de malo esta?
Al ver mi mirada elocuente, suelta una carcajada.
—Vale. Pero somos mucho más, no solo lo que pasó en abril. Vamos a concentrarnos en lo demás.
—¿Como en qué?
—¿Cómo empezó? —me pregunta—. Lo de la biblioteca.
Echo la vista atrás, hasta antes de graduarme, hasta antes incluso de empezar en la universidad, hasta la primera vez que recuerdo haberme enamorado de una historia. Sentir que la estaba viviendo. Sentirme, incluso de niña, asombrada porque algo imaginario pudiera convertirse en realidad, pudiera provocarme todo tipo de emociones o hacerme añorar lugares que nunca había visto.
—Con Narnia —le digo.
—Mira, eso sí me suena —replica.
—Desde que el señor Tumnus apareció al lado de aquella farola nevada, este mundo no iba a ser suficiente para mí.
—¿Quién es el señor Tumnus? —pregunta.
—¡Creía que lo habías leído! —exclamo.
—No, he dicho que me suena —me corrige—. De niño nunca leía para pasar el rato. Soy disléxico y tardaba mucho.
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—¿Qué me dices de los audiolibros?
—¿Eso cuenta?
—Pues claro que cuenta —le aseguro.
Entrecierra los ojos.
—¿Estás segura?
—Soy bibliotecaria —le recuerdo—. Si alguien puede decidir si cuenta o no, soy yo.
Sonríe con ganas y se le forman unas arruguitas alrededor de los ojos. Durante un segundo, nos quedamos así de pie, un pelín más cerca de la
cuenta. O a lo mejor es el espacio normal, pero de repente el beso se apodera de mí, lo revivo una y otra vez.
Esas manos que me rodearon. Limón y lavanda en su lengua. Nuestras espaldas arqueadas al mismo tiempo. Su erección. Estoy casi segura de que puedo verlo también en sus ojos.
—¡Mierda! —Se aparta de mí con un respingo—. ¡Los espárragos! — Intenta sacar uno de la plancha humeante, pero aparta la mano siseando y toma las pinzas para sacarlos a un plato en un segundo intento.
Mientras tanto, yo me quedo de pie, esperando que se me pase la efervescencia.
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Jueves, 6 de junio
72 días hasta que pueda irme
Es desaconsejable que tu compañero de piso te ponga cachonda en las mejores circunstancias, y estas no son las mejores circunstancias ni mucho menos.
Intento enterrar el recuerdo del beso en el fondo de mi cerebro, junto con cualquier mínima curiosidad generada por la boca de Miles, pero no es fácil.
El jueves por la noche, voy a por un vaso de agua justo cuando él está llenándose un vaso con la luz de la cocina apagada, vestido solo con unos pantalones cortos de deporte y el conjunto inconexo de tatuajes que tiene en el pecho reducido a una serie de manchas oscuras, trozos de él que he visto antes, pero no «desde el beso», y a estas alturas la curiosidad es insaciable.
Sobre la balanza perfectamente equilibrada de Libra, está el ilustre hombre de la Luna, una herradura algo torcida y una fruta roja…, ¿una fresa tal vez?
—Hola —saluda con la voz ronca por el sueño—. ¿Necesitas algo? Lo miro a la cara de nuevo, sintiéndome culpable.
—¡No! —Voy de vuelta a mi dormitorio antes de darme cuenta de que, en realidad, sí, necesitaba la jarra de agua que él tenía en las manos, pero
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ya no pienso entrar en la cocina ni muerta.
El domingo, ponemos rumbo a las Dunas del Oso Durmiente, y es más fácil actuar con normalidad, porque hace un solazo abrasador, los dos vamos vestidos y, además, posiblemente sea la franja de costa azul turquesa más bonita que he visto en la vida, aunque quizá también sea el lugar donde voy a sufrir una muerte prematura, porque hoy Miles ha decidido que deberíamos alquilar un buggy.
—No te pasará nada —me promete mientras me ofrece un casco. —Cualquier cosa para la que se necesite un casco —le digo— no
debería hacerse.
Se acerca, con la brisa alborotándole el pelo, y me pone el casco en la cabeza.
—O, a lo mejor —replica con los ojos entrecerrados por el brillo del sol—, las cosas que merecen la pena conllevan algún riesgo.
Su atractiva sonrisa me provoca un estremecimiento, una mecha encendida que se acorta por segundos, y no tengo ni idea de lo que va a pasar cuando arda por completo.
Miles señala el buggy con la cabeza.
—Te prometo que iré despacio.
Su forma de decirlo, en voz baja y con deje burlón, hace que mis pensamientos se dispersen como bolas de billar tras un golpe inicial perfecto. No se me ocurre ninguna réplica. Así que subo al buggy en silencio.
Bien mirado, la experiencia de recorrer las dunas en un vehículo sin puertas ni laterales, mientras el viento me azota el pelo y la arena me golpea la piel, resulta ser una buena distracción para no mirar demasiado tiempo la boca de Miles.
Desventaja: cada vez que nos topamos con un bache, le agarro accidentalmente el muslo derecho, ¡con las dos manos!, hasta que por fin afloja la marcha, me cubre una mano con la suya y murmura:
—Tranquila. No dejaré que te pase nada. —Lo dice con un tono aterciopelado que supongo que pretende ser tranquilizador más que tentador.
Cada vez que descubrimos una nueva panorámica delante de nosotros (algo que sucede de forma casi constante), él insiste en que nos detengamos para hacernos una foto juntos, y tengo que desconectar el cerebro para evitar que la sensación de sus brazos rodeándome y de su
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barbilla apoyada en mi hombro me sumerja de nuevo en el recuerdo del beso contra su camioneta.
El domingo siguiente es un poco mejor. Conducimos, pasando por tres pueblos, hasta el mercado agrícola preferido de Miles. Recorremos los distintos puestos durante horas y nos vamos con todo lo necesario para hacer pizzas.
Esa noche, en casa, preparamos una sencilla margarita (mi contribución) y un menjunje con queso de cabra, alcachofas y pesto (la de Miles). Él se encarga de vigilarlas en el horno mientras yo aprovecho para darme una muy necesaria ducha.
Cuando vuelvo, vestida con mi pijama de seda favorito, está poniendo las pizzas en la mesa.
—Justo a tiempo. —Levanta la mirada y se queda pasmado.
Sigo la dirección de sus ojos hacia abajo y, para mi horror, descubro que no me he secado lo suficiente antes de vestirme. La parte superior del pijama está húmeda, casi se transparenta en algunas partes y, como no pueden ser más oportunos, mis pezones eligen ese momento para ponerse firmes, como un par de suricatos nerviosos.
Cruzo los brazos por delante del pecho.
Los ojos de Miles vuelven a mi cara.
—¡Voy a por los platos! —me ofrezco voluntaria.
—Y yo a por las bebidas —dice, tosiendo.
Una vez en la cocina, tomo dos platos de flores desparejados y me vuelvo, dándome de bruces con él mientras los platos quedan en posición vertical entre nuestros cuerpos y sus manos (en un intento por agarrarme los antebrazos y evitar la colisión), acaban presionadas sobre mis clavículas.
—Lo siento —decimos a la vez.
O lo dice él. ¡Porque yo lo grito!
Nos apartamos con torpeza y damos un paso hacia la misma dirección. Después, Miles retrocede y extiende un brazo en una especie de gesto de «tú primera», y me escabullo hacia la mesa, dejándolo que trastee en los armaritos. Cuando se da media vuelta, tiene dos copas de vino.
—Menos mal —digo sin querer cuando me da una, comentario del que él pasa por completo, gracias a Dios.
Sirve una porción de cada una de las pizzas en los platos y nos vamos al salón, donde nos sentamos en extremos opuestos del sofá. Primero le
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doy un mordisco a la de alcachofas.
—Ahí está —dice Miles.
Abro los ojos. Porque resulta que los había cerrado y también había soltado un gemidito. Lo veo luchando contra una sonrisa mientras muerde su porción de pizza de alcachofas.
—El gemido de Daphne —añade.
Me pongo colorada.
—Hacía mucho tiempo que no comía pizza.
Miles esboza una sonrisilla irónica.
—Cierto, llevabas una dieta de hierba de trigo. —Ladea la cabeza con un brillo peculiar en los ojos—. ¿Qué más podemos hacer, ahora que estás soltera y sin compromiso?
Casi me atraganto mientras una oleada de calor me baja hasta el estómago.
De repente, siento el recuerdo de unas manos ásperas en la base de mi espalda, de un abdomen presionado contra el mío, de unos labios fríos que saben a limón y lavanda.
Carraspeo y le pregunto:
—¿A qué te refieres?
—Me refiero —contesta— a cosas que a tu ex no le gustaban. Y que ahora puedes hacer.
No sé por qué, pero suena hasta guarrillo.
—Como comer pizza —balbuceo, decidida a demostrarle que no estoy pensando en nada raro.
—Claro —replica—. O como… montar en kayak al amanecer.
Siempre he querido hacer eso, y nunca lo he hecho.
—¿A Petra no le gustaba montar en kayak? —pregunto con incredulidad.
—No le gustaban las mañanas —responde.
Claro que no estamos hablando de ellos. Estamos hablando de nosotros.
Esa sencilla palabra, «nosotros», desencadena otro sonrojo. Ya podía quedarse toda la sangre de mi cuerpo en el tercio superior, porque en cuanto se aleja, vuelven a llamarla.
—Bueno, nunca he montado en kayak al amanecer, pero me apuntaría.
Algún domingo de los nuestros, si quieres.
—¿En serio? —me pregunta.
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—No se me va a dar bien —le advierto—, pero lo intentaré.
—¿Qué más? —murmura Miles, dándome un ligero apretón en la rodilla.
Paso de la descarga que me recorre las entrañas. —Siempre quise aprender repostería, pero… —Vivías con un asesino en serie —termina.
Esbozo una sonrisa, y él hace lo mismo. Sigue apoyándome la mano en la rodilla, y siento que un ejército de hormigas de fuego sale de ella en todas direcciones. Clava los ojos en el botón superior del pijama y luego me mira de nuevo a la cara.
—¿Y tú? —le suelto.
Aparta la mirada y se muerde el labio inferior mientras piensa. —Películas de acción —dice—. Debe de hacer tres años que no veo
una película de acción.
A Peter tampoco le gustaban.
—Igual que yo.
—Pues a lo mejor deberíamos —sugiere.
—Ahora mismo incluso —propongo, porque necesito otro lugar al que mirar, otra cosa en la que pensar.
Esboza una sonrisa.
—Ahora mismo incluso.
—Me alegro mucho por ti, cariño —me dice mi madre entre jadeos en busca de oxígeno. Me ha llamado mientras volvía a casa del CrossFit y, o bien sigue sin aliento por el entrenamiento, o todavía sigue corriendo a ocho kilómetros por hora, que es más probable.
Yo, mientras tanto, estoy tumbada en mi gruesa alfombra de color marfil, mirando al techo con una taza de té chai en la cadera. Esto es lo más cerca que estoy de la vida al límite: té con leche sobre una alfombra casi blanca.
—¿Te alegras? —repito. «Me alegro mucho por ti» no es la reacción que uno espera cuando cuenta que su compañera de trabajo tuvo que prohibirle temporalmente el acceso a un usuario de la biblioteca que arrancó un ordenador de la pared.
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—Quiero decir que me alegro de que te hayas hecho amiga de tu compañera de trabajo —aclara.
—Yo también. Creo que no me había dado cuenta de lo sola que estaba aquí, ni siquiera antes de la ruptura.
Ashleigh y yo no hemos vuelto a salir por la noche desde nuestra visita a la bodega (Duke es un padre implicado en la crianza de su hijo, pero ella tiene la custodia, y la agenda de Mulder está repleta de actividades extraescolares), pero el simple hecho de compartir nuestros descansos para comer en la explanada de los food trucks ha hecho que Waning Bay me parezca más mi hogar.
—Me alegro mucho de que salgas —dice mi madre—. Puedes tener una vida totalmente plena sin una relación romántica. Hazme caso.
O tiene la libido mucho más baja que yo, o se las apaña para quemarla haciendo el ejercicio ese con los neumáticos.
Quizá lleve razón en cierto modo. Quizá debería hacer algún tipo de ejercicio. No CrossFit, algo donde se pase más rato tumbado de espaldas y mirando al techo. ¿Yoga? Por lo menos podría empezar a ir andando al trabajo con regularidad, ahora que vivo más cerca.
—Cariño —sigue mi madre—, sabes que aquí tienes una habitación.
Literalmente hablando, eso es falso.
—Gracias, pero tengo que quedarme todo el verano.
—Claro, claro —dice ella—. El Maratón de Lectura.
No he mencionado lo otro. La Oficina de Turismo unipersonal de Waning Bay emplazada en el dormitorio del otro lado del pasillo. Mi madre es demasiado perspicaz como para que le hable del tema sin que se dé cuenta de mi enamoramiento por despecho, y darle oxígeno solo conseguirá alargarlo.
—¿Tienes suficiente para el alquiler mientras tanto? —me pregunta.
—No te voy a pedir dinero prestado, mamá.
—La verdad es que no me importa —me asegura.
—Tengo dinero. —Es la verdad, pero aunque no lo fuera, no aceptaría ni un centavo suyo.
Después de la separación, mi padre se pasó años tratándola como a un cajero automático, y ella lo ayudó siempre, hasta que yo cumplí los dieciocho. Como una especie de manutención retorcida a la inversa, en la que él era el hijo que ella estaba obligada a mantener.
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Según me dijo, no podía dejar tirado a mi padre, porque eso no estaba bien. Pero ocurrió algo curioso cuando ella dejó de darle dinero: se las apañó sin problemas.
Mi madre me ha ayudado ya con creces, y si mi padre puede arreglárselas sin ella, yo también puedo. Cuando me mude, será porque he encontrado un buen trabajo y una casa propia que me pueda permitir con mi dinero.
—Lo tengo todo controlado —le prometo.
Ha dejado de caminar y está recuperando el aliento, seguramente en la puerta de su casa.
—Siempre has sido una chica fuerte.
—No sé a quién me parezco —digo.
—Ni idea —replica.
Nos despedimos con los habituales «te quiero» y «yo a ti más», y sigo leyendo las galeradas que han enviado a la biblioteca de un nuevo cuento ilustrado parecido a Los Goonies.
Sin embargo, al cabo de un minuto, tomo el teléfono y le mando un mensaje a Ashleigh: «¿Sabes de alguna buena clase de yoga para principiantes?».
Me responde con una elipsis.
Yo le contesto con un signo de interrogación.
Ella dice: «No creo en el ejercicio planificado».
No tengo ni idea de lo que significa eso.
Y añade: «¿Quieres ponerte en forma?».
«Estoy buscando un pasatiempo». Porque decir que estoy buscando «más amigas» suena como desesperado.
«¿Tiene que ser ejercicio?», me pregunta Ashleigh.
«No. —La veo teclear, así que me adelanto—: Pero el grupo de la biblioteca que se reúne para hacer punto no me interesa».
«Tengo algo mejor —me asegura—. ¿Estás libre el próximo miércoles después del trabajo?».
Llaman a la puerta de mi dormitorio, así que suelto el móvil a un lado y me incorporo.
—Pasa.
La puerta se abre con un chirrido y Miles se asoma, con el pelo mojado por la ducha y la barba hecha un desastre.
—Hola.
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—Hola —repito y caigo en la cuenta—: Es viernes.
—Pues sí —replica.
—¿No deberías estar en el trabajo? —le pregunto.
Se encoge un poco de hombros.
—Katya necesitaba más horas. ¿Te apuntas a otra película?
Hemos visto una película todas las noches desde el domingo. En concreto, las comedias de acción que yo siempre había supuesto que estaban pensadas para verlas con un colocón del quince. Resulta que también son bastante buenas estando totalmente sobria mientras intentas no pensar en enrollarte con tu compañero de piso.
Allí tumbada en el suelo de mi diminuto dormitorio, con él mirándome desde arriba no es nada fácil.
Me incorporo de repente y, al hacerlo, derramo el té.
—¡Mierda!
Miles se va y vuelve con una toalla, que me arroja. Con fuerza. Vamos, que me da en la cara.
—Buenos reflejos —dice.
—Gracias. —Me quito la toalla de la cara y limpio el té derramado—. ¿Cuándo empieza la peli?
—Cuando quieras —contesta.
—Dame dos minutos —le digo.
—Haré palomitas.
Cinco minutos después, estamos preparados para nuestro ritual.
Los protagonistas, que parecen polos opuestos, son un cliché muy manido. Pero funcionan.
El tipo enorme y el diminuto.
El asesino entrenado y el chico normal y corriente que acaba metiéndose en un jaleo con él.
El serio que frunce el ceño estupendamente y el graciosete sabelotodo que siempre es Ryan Reynolds o alguien igualito que Ryan Reynolds si lo miras con los ojos entrecerrados.
—Este tipo debe de hacer sesenta pelis de estas al año —digo.
—Y Dwayne Johnson solo sale en treinta de ellas —comenta Miles desde el otro extremo del sofá.
—Ojalá pudiera enviarles una cesta de fruta para agradecerles los servicios prestados. —Me incorporo para tomar otra gominola agria con
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forma de gusano del cuenco de Picoteo Poco Saludable que ha preparado Miles.
—No sé, pero las películas en las que estallan cosas mientras hay una persecución en coche tienen algo que me hace pensar que todo va a salir bien —dice.
Al oír que me río, me mira y estira una pierna para darme un empujón en el muslo con el pie.
—Oye, esa ha sido de verdad.
Me vuelvo hacia él, apoyando la espalda en el brazo del sofá y subiendo las piernas.
—¿El qué?
—La carcajada ha sido de verdad —contesta—. A veces, te ríes con educación, pero de vez en cuando sueltas esa risilla extraña y ronca cuando digo algo que te hace gracia.
—No me río por educación —protesto—. Solo me río si algo me hace gracia, aunque sea poca. Jamás fingiría una carcajada. Vamos, que nunca finjo nada.
Me mira.
Siento que varias zonas de mi cuerpo empiezan a arder.
—Entonces si esa es tu risa cuando algo te resulta levemente gracioso, la carcajada buena la reservas para…
—Cuando haces o dices algo que me hace muchísima gracia —digo. Sin previo aviso, me agarra por los tobillos y tira de mí, colocándose
mis piernas sobre el regazo, de manera que acabo apoyando el culo en uno de sus muslos mientras él inclina la cara sobre mí.
—¡Vale! —exclamo, con el corazón a mil por hora por tenerlo tan cerca—. La verdad es que me resultas gracioso casi siempre.
Le tiembla la comisura de los labios.
—¿Y la risilla ronca es para…?
—Creo que me sale cuando estoy relajada de verdad —contesto—. Nunca me ha gustado mi risa, me da vergüenza, pero que de repente le prestes tanta atención me está ayudando muchísimo.
Su sonrisa se ensancha al oír mi sarcasmo. Me agarra de las muñecas. —Pues no te avergüences de ella —me dice—. A mí me encanta,
joder.
—Ya me he dado cuenta por cómo la describes —le suelto sin más.
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—Lo digo en serio. —Me tira de las muñecas para levantarme las manos y colocárselas a ambos lados de la cara, una versión adulta y barbuda de Macaulay Culkin en Solo en casa—. No la habría mencionado si no me gustara.
Hace semanas que no nos tocábamos tanto. El cuerpo me vibra allí donde hace contacto con el suyo.
Me pone de nuevo las manos en el pecho con cuidado, cruzándolas como si estuviera tumbada en un ataúd, y aunque apenas si me roza con los nudillos, se me endurecen los pezones debajo de la camisa.
Veo que se da cuenta.
El poder anestésico de la comedia de acción ya no sirve. Soy un manojo de nervios de punta y deseo.
Él levanta la mirada de repente.
—Mierda, lo siento —se disculpa—. Lo siento. —Empieza a enderezarse, pero ahora soy yo quien lo agarra por las muñecas, impidiéndole que se aparte.
—Tranquilo —replico—. En serio. No tenemos por qué sentirnos incómodos.
—Creo que es porque nos besamos —dice.
—Sí, opino igual —convengo.
Aun así, no nos movemos.
—He intentado no pensar demasiado en aquello —confiesa.
Darme cuenta de que ha estado pensando en el beso basta para subirme la temperatura corporal unos cuantos grados.
—Yo también —le suelto.
Han pasado casi tres semanas, y en vez de que el recuerdo del beso se diluya, parece que cada día que pasa voy acercándome un poco más al borde de una cornisa invisible, cada vez más desesperada por saber qué hay al otro lado.
Me mira a los ojos mientras traga saliva y veo el movimiento de su nuez. El calor me invade, extendiéndose desde las palmas de la manos, que todavía le rodean las muñecas.
Necesito soltarlo.
En cambio, le acaricio los brazos. Son increíbles. No son brazos de gimnasio, sino brazos que se ejercitan en el día a día. Para ser tan desastrado, tiene la piel tersa y el vello de sus antebrazos es fino y suave. De forma instintiva, sigo con los dedos sus venas hasta los bíceps, uno
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tatuado con el ancla y el otro, con el clásico pájaro. Continúo la curva de sus hombros, arrastrada por una corriente imparable.
Cuando llego a la parte posterior del cuello, se agacha sobre mí, despacio, y me pone una mano en la cintura con delicadeza. Se produce un leve titubeo mientras nuestras bocas se acercan.
Debería decir algo, romper esta tensión que se ha ido creando.
En cambio, echo la cabeza hacia atrás para invitarlo.
El primer roce de sus labios es tenue, no es el beso febril y vengativo que nos dimos contra su camioneta. No al principio. Pero después le deslizo las manos por la espalda, él cambia de postura para tumbarse sobre mí, y creo que voy a sufrir una sobrecarga de sensaciones. El peso de sus caderas sobre las mías. La presión de su torso. Sus gemidos roncos y cada vez más febriles, a medida que el beso se hace más apasionado, azuzados por el deseo.
Me levanta una rodilla para pegarse mi pierna a la cadera y de repente veo estrellitas, pequeñas motas de color detrás de los párpados. Arqueo la espalda para elevar la pelvis y mi timidez se desvanece por completo cuando desliza la boca por mi mentón y me mordisquea el cuello.
No hay espacio para preocuparme por lo que piensa o por la impresión que voy a darle. Porque ahora estoy segura de que me desea, igual que yo lo deseo a él. Lo demás no importa.
Le bajo las manos hasta el culo y él me lame la piel de debajo de la oreja. Jadeo, y pega las caderas a las mías, haciendo que yo me arquee. Esto ya no es solo besarse. Es el preludio de algo más grande.
—No deberíamos acostarnos —murmuro.
—Lo sé —replica mientras me besa la garganta.
—No estoy preparada para eso —digo, más para mí misma que para él.
—Es demasiado pronto —reconoce.
Claro que tampoco nos detenemos. La mano que me había puesto en el muslo sube hasta la cadera y me roza la parte inferior del pecho con las yemas de los dedos. Sigue besándome mientras me acaricia en ese lugar, pero sin subir más.
Hasta que acerca la mano al primer botón de la camisa. Cuando lo abre, me recorre un escalofrío.
—Siempre tan abotonada —murmura en voz baja, con deje burlón. Me recorre un pecho con los dedos, y arqueo la espalda hacia ellos, como una
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ola arrastrada por su marea. Me desabrocha el siguiente botón y me toca la sensible piel del canalillo.
Cuando ya no puedo más, me retuerzo bajo él de manera que su mano acaba justo encima de un pecho, con el pulgar sobre el pezón.
—Gracias, joder —dice.
Me froto contra él. Se apresura a desabrochar el siguiente botón y me planta un beso en el canalillo con la mano todavía pegada al pecho.
Intentamos movernos, él para colocarse contra el respaldo y yo hacia el borde. Casi acabo en el suelo. Me agarra y me pega a él entre carcajadas un poco histéricas.
—Estoy desentrenado —dice con voz ronca—. Hace mucho que no lo hago en un sofá.
No creo que lo diga a modo de invitación, pero sería muy fácil convertirlo en una. Estamos a tres metros de nuestros dormitorios.
Si nos acercamos a una cama, me acostaré con él.
Tengo muchas ganas de acostarme con él.
Lo que no quiero es cargarme mi situación en cuanto al alojamiento, ni siquiera empeorarla en un uno por ciento.
«¿Qué estoy haciendo?», pienso justo antes de que me suba sobre él, colocándome a horcajadas sobre sus caderas mientras esos ojos oscuros y brillantes me atraviesan, y ya solo puedo pensar en él.
Tiene unos cuantos cojines amontonados debajo del cuello, lo que hace que la cabeza le quede en un ángulo extraño. Me muevo hacia delante para quitarle dos, y él me agarra de las caderas y se inclina para besarme la zona más baja del pecho a la que consigue llegar con solo un par de botones desabrochados. El sonido que me brota de la garganta parece animal, pero eso lo excita. Me recorre el pecho con la boca, y siento el calor de su lengua a través de tela, que acaba húmeda y pegada a mi piel mientras se desplaza hacia el otro.
Me apoyo en las manos para inclinarme hacia delante y facilitarle la tarea. Él me acaricia con las palmas de las manos y empezamos a movernos al unísono con un ritmo sensual. Aparta un poco la camisa, dejando un pecho al descubierto.
—¡Dios, Daphne! —exclama al tiempo que aparta el otro lado y se incorpora para besarme la piel, ahora sí, desnuda.
El deseo me arranca un grito. Siento el frío roce de sus manos sobre mi piel febril por debajo de la camisa. Sus caricias son tan livianas que hasta
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me resultan dolorosas mientras su lengua se mueve con más urgencia. De repente, me agarra por la cintura, se aparta, y siento el aire frío sobre la piel.
—Que buena estás —susurra con voz ronca.
Siento una abrasadora oleada de calor desde el nacimiento del pelo hasta los muslos.
No es algo que me hayan dicho a menudo. Mona, bonita y, a veces, guapa. Pero nunca me han dicho que estoy buena.
—Tú también —consigo susurrar a duras penas.
Sus ojos parecen tan oscuros como la tinta y un poco desenfocados mientras me levanta un pelín para introducir una mano entre nosotros y colocarme la palma entre los muslos. Se me cierran los ojos cuando lo hace. Me froto contra su mano, me inclino sobre él y le muerdo el cuello. Me siento como otra persona, como alguien que hace esto todo el tiempo. Como si no fuera nada del otro mundo lo de sentarse a horcajadas sobre mi compañero de piso y dejar que me lama y me muerda.
Siento que su abdomen sube y baja cuando respira.
—¿Daphne? —susurra contra mi oído.
—¿Mmm? —replico, y es un murmullo chillón, tembloroso.
—Sé que dijimos que nada de sexo, pero ¿puedo tocarte? —me susurra contra la garganta mientras mueve la mano muy despacio.
Asiento con la cabeza, porque el nudo que siento en la garganta me impide hablar. Vuelve a subirme la mano por el abdomen para meterla por debajo de los pantalones del pijama.
—Buenísima —murmura de nuevo, besándome la garganta mientras va bajando la mano y curva los dedos, hacia arriba y hacia dentro. Jadeo y los acepto en mi interior. Me coloca la otra mano en el culo para agarrarme y guiarme hacia él.
—Me encantan tus gemidos —dice con voz ronca.
Soy vagamente consciente de que, en otra vida, esto sería tan embarazoso que me resultaría imposible. En esta, lo único que puedo hacer es dejarme llevar por sus movimientos y dejar que me arranque todos los gemidos desesperados que quiera. Tanteo con una mano en busca de la bragueta de sus vaqueros, y él me ayuda. Al cabo de un segundo, se la estoy rodeando con una mano mientras él me acaricia, los dos gimiendo, y es muy posible que sea el sonido más erótico que he oído en la vida.
Justo entonces oímos la vibración de su teléfono en la mesa del sofá.
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Ambos lo miramos. Espero para ver si quiere detenerse.
Sin embargo, me da un beso abrasador. Le muerdo el labio. A estas alturas, hemos perdido el control y nos movemos en plan salvaje.
La vibración del móvil se detiene. Solo para volver a sonar.
Miles se sienta y me estrecha contra él, besándome con ferocidad, como en el aparcamiento, excepto que con muchas más caricias, manoseos, jadeos, intimidad, piel y más de todo. Todo lo que descubro de él me encanta, me atrae muchísimo.
De fondo, sigue reproduciéndose nuestra película. Oigo un comentario mordaz e incrédulo, y una réplica tranquila e imperturbable, mientras nosotros intentamos acercarnos todo lo posible el uno al otro.
Una parte de mí quiere ir más despacio, alargar el momento, pero esa parte ya ha perdido la batalla. Estoy al borde del precipicio. Subo las manos por la espalda de Miles para sentir su piel suave por debajo de la camisa mientras una de sus manos sigue entre mis muslos, llevándome al límite hasta que grito, le clavo las uñas en la piel y me dejo llevar, olvidándome de dónde estoy, del mundo entero, de cualquier cosa que no sea esta sensación.
Que no sea el olor a jengibre y a humo de leña.
La piel y los músculos debajo de mis manos. El aire frío besándome el pecho. La presión del deseo deshaciéndose y arrastrándome en la riada. La áspera palma que me sujeta por la nuca, los labios que rozan los míos para anclarme y llevarme al otro lado.
De repente, vuelvo a enfocarlo todo y es como salir del agua, aunque Miles sigue siendo lo más nítido. Sus labios en los míos, nuestras lenguas acariciándose, el roce de su barba en el mentón. Siento su pulso allí donde nos tocamos y sigue empalmado, algo que pese a la agradable languidez que se ha apoderado de mis extremidades, me provoca un estremecimiento de deseo.
Vuelvo a acariciarlo. Él levanta la mirada, esos ojos oscuros relucientes en la penumbra, y me rodea la mano con la suya.
El móvil vibra. Otra vez.
—¡Mierda! —dice, con la voz ronca—. Lo siento mucho. Voy a… — Se inclina para apagar el teléfono. La palabra «JULIA» parpadea en la pantalla—. ¡Mierda! —repite, aunque ahora está claro que el matiz es distinto. No tanto «¡Mierda! Déjame tirar el móvil al mar para que podamos seguir con esto», sino «¡Mierda, debería haber contestado la
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primera vez!»—. Lo siento —se disculpa, apartándome de su regazo con delicadeza.
—¡No pasa nada! —replico demasiado alto. La súbita ausencia de su calor, de su pulso, de los latidos ansiosos de su corazón, hace que me sienta como si hubieran abierto una ventana para que salgan los vapores alucinógenos.
Lo veo tomar el teléfono.
—Es mi hermana.
Vuelta a la realidad de golpe, desde la neblina de la lujuria.
Consigo decir un incómodo:
—¡Ah!
—No insistiría a menos que fuera importante —añade.
—Por supuesto, claro. —Le hago un gesto para que se vaya, sin mirarlo apenas a los ojos. Me pregunto si tengo las mejillas, la mandíbula y la garganta rojas. Me escuecen por el roce de su vello facial.
Él esboza una sonrisa a modo de disculpa y me da un pellizquito en la barbilla.
Hasta este pequeño gesto me resulta abrasador.
El teléfono sigue vibrándole en la mano. Tiene los ojos clavados en mí.
Carraspeo.
—Atiéndelo. —Y me levanto del sofá, abrochándome la camisa.
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He puesto la tele para no enterarme de la conversación, pero las tablas del suelo crujen mientras Miles pasea de un lado para otro en su dormitorio, y el murmullo de su voz está teñido de algo parecido a la frustración; al menos, su versión guay de la frustración.
De repente, oigo algo claro:
—No, no, a ver, obviamente quiero que lo hagas. Pero es que… —Una pausa—. ¡Mierda, Julia! —exclama—. La próxima vez pregunta antes. No finjas que me lo estás preguntando cuando ya es cosa hecha. —Al cabo de un rato, abre la puerta del dormitorio—. Vale —dice—. Hasta luego. — Otro segundo y luego—: Yo también te quiero.
Respira hondo y sale del pasillo con aspecto agotado.
—¿Va todo bien? —Silencio el volumen de la tele. Otro programa sobre una pareja perfecta que busca casa en una urbanización cualquiera con un presupuesto de cuatro billones de dólares.
Miles arroja el teléfono a un sillón y se frota la cara con las manos.
—Mi hermana puede ser un poco impulsiva.
Me incorporo más y me pongo un cojín en el regazo.
—¿Está bien?
Él se acerca para sentarse en el sofá, pero dejando un palmo de distancia entre nosotros. Suelta un suspiro y dice:
—Está en el aeropuerto. En Traverse City. El aeropuerto que nos queda más cerca. —¿Qué? —pregunto—. ¿Por qué?
Entierra la cara en las manos y se la masajea un segundo antes de mirarme a los ojos.
—Porque… —Se ríe—. No lo sé. Dice que ha venido para «ayudarme a olvidarme de todo».
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Es un recordatorio punzante del estado de las cosas.
Aprieta los dientes y frunce el ceño.
—Pero hay algo más. Julia es espontánea, pero no como para venir desde la otra punta del país sin avisar antes. —Suelta un gemido y se frota de nuevo los ojos—. Lo siento. Esto no es problema tuyo. Es que… ya está aquí. Así que, si te parece bien, iré a buscarla y la traeré a casa. No tenemos por qué dejarla quedarse aquí toda la semana. Si tampoco quieres que se quede unos días, buscaré un hotel. De haberlo sabido, te habría pedido opinión…
—Miles, oye. —Lo agarro del brazo para llamar su atención—. Claro que puede quedarse aquí. A menos que quieras que te diga que no, porque no quieres ser el malo. Si ese es el caso, claro que no.
Sonríe.
—Me va a caer la del pulpo por la barba.
—¡Ah! ¿Por esa barba que parece que estés de luto? —me burlo—. ¿Que te has mudado al bosque para no volver a amar en la vida? ¿Por qué va a echarte la bronca por eso?
—¿Puedes fingir que te gusta? —me pregunta.
Se me encoge el corazón mientras asiento con la cabeza. Es agradable sentir que somos cómplices en esto.
—¿Algo más? —pregunto—. ¿Quieres que finja que tu cachimba es mía? ¿Quieres que mueva tus revistas guarrillas debajo de mi cama?
Echa la cabeza hacia atrás con una carcajada.
—No tengo revistas guarrillas —contesta—, y para tu información no tengo cachimba.
—¿Dónde se ha visto que alguien fume maría y no tenga una cachimba? —pregunto.
—Es que solo fumo cuando necesito limpiar a fondo el piso, desenfundar el sofá o ver Planeta prehistórico.
—Vale, no conozco a nadie que haga eso —digo.
Se señala con los pulgares.
—Me conoces a mí.
—Eres único, ¿verdad? —replico.
Intentaba mostrarme bromista, juguetona, pero su expresión se ablanda y me sujeta las manos entre las suyas, acariciándome con los pulgares, y el deseo me provoca un escalofrío.
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—Si ves que te agobia y necesitas que la eche —me dice—, solo tienes que decirlo.
Siento la garganta seca como el desierto.
—¿Cuál es la palabra clave?
—Ryan Reynolds —sugiere.
Mi carcajada suaviza un poco la creciente tensión.
—Eso son dos palabras y además surgen con demasiada frecuencia en conversaciones informales.
—Vale, pues grita «¡No puedo más!» a pleno pulmón y utilizaré pistas contextuales para desentrañar el significado.
—¿Por qué te preocupa tanto esto? —pregunto.
—Bueno, para empezar —responde—, Julia tiene veintitrés años.
—¿Me estás llamando vieja? —replico.
—Tú tienes treinta y tres —contesta.
—Qué maleducado —digo.
—Es la mejor hermana del mundo —me asegura—. Pero es la típica hermana pequeña. Se adueñará de todo al instante. Si no encuentras el cepillo de dientes, tendrás que asumir lo peor y comprarte uno nuevo.
—Ahora mismo no alcanzo a imaginar qué es lo peor de este escenario.
—Sea lo que sea —dice—, será complicado. Lo mejor es que no dejes nada a lo que le tengas cariño en el cuarto de baño.
—En ese caso… —empiezo justo cuando él habla al mismo tiempo. —Seguramente no deberíamos…
Se ríe. Siento el abdomen como uno de esos juguetes que llevan purpurina y un líquido en su interior que burbujea cada vez que lo mueves. Estoy segura de que me pongo colorada.
—Tú primero —digo.
Miles se frota un lado de la cabeza con una mano.
—Ha sido una mala idea, ¿verdad?
Me mira fijamente, como si no fuera una pregunta retórica. A ver, que los dos acabamos de sufrir una ruptura sentimental horrible.
Tiene razón. Ahora mismo no soy exactamente yo misma. Por regla general, yo no hago este tipo de cosas.
Sin embargo, la Daphne de siempre, la mujer práctica y planificadora, no me ha llevado precisamente al éxito. Solo pretendía dejar al volante durante unos minutos a la Daphne divertida y desenfadada.
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Esa Daphne ni siquiera asomaba la cabeza cuando tenía veintiún años y tenía que llevar a Sadie a fiestas de fraternidades y arrastrarla para escondernos entre los arbustos cuando aparecía la policía. Yo no era la que me divertía. Era la que se anticipaba a las consecuencias.
Y tampoco es que quiera volver a ser una veinteañera, pero toda mi vida se ha derrumbado, he estado probando cosas nuevas y lo que acaba de ocurrir ha sido nuevo y divertido.
Miles sigue mirándome fijamente, como si estuviera tomando una decisión, y me siento envalentonada, siento que puedo decir las palabras. Sin embargo, justo cuando estoy a punto de decirle que no creo que fuera un error o que, aunque lo fuera, tal vez me guste descansar de la sensatez durante una temporada, suelta un hondo suspiro y añade:
—Vivimos juntos. Si las cosas se complicaran…
La efervescencia que sentía en el pecho se convierte en una bola de plomo.
Si las cosas se complicaran, él necesitaría un nuevo compañero de piso, y yo un nuevo piso. Por dispuesta que esté a largarme de este estado, no puedo irme hasta después del Maratón de Lectura de la biblioteca, así que no puedo fastidiar las cosas antes.
—Sinceramente —dice—, no soy de los que suelen pensar bien las cosas. Pero me gustas de verdad y lo último que quiero ahora mismo es joder esta amistad. O hacerte daño.
Qué momento tan exquisito para sufrir una crisis de identidad… Él quiere comportarse con sensatez y yo quiero montármelo con él a lo loco.
—Tú también me gustas mucho —le digo. Al ver su desconcertada sonrisilla, carraspeo y añado—: Eres un buen amigo y tampoco quiero estropearlo.
Esa parte, al menos, sigue siendo cierta. Ojalá pudiéramos «no estropearlo» juntos en la cama.
—En fin —replica, con una sonrisilla entre compungida y guasona—, ¿amigos?
Carraspeo.
—Por supuesto.
Se levanta y esboza una sonrisa.
—Con respecto a la barba… me ayudarás con Julia.
—Para eso están los amigos —le digo toda seria.
La sonrisa guasona se transforma en una de oreja a oreja.
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—¿Te vienes al aeropuerto conmigo?
—No, vete a pasar un rato con tu hermana, que yo me quedo
ordenando un poco esto. —Bajo la mirada y la subo al instante mientras
me pongo colorada.
—¿Qué? —dice.
—Ah, es que… tienes la cremallera bajada todavía.
—¡Uf, mierda! —replica con total tranquilidad y se la sube como si tal cosa. Por desgracia, a estas alturas hasta eso me pone muchísimo—. ¿Se me olvida algo más? —pregunta al tiempo que pone los brazos en cruz.
Tiene toda la pinta de lo que es: el tipo con el que he estado a punto de echar un polvo hace poco.
—Nada más —contesto.
Sonríe, me pellizca la barbilla por última vez y se da media vuelta para marcharse sin volver la vista atrás.
De pequeña, mi madre era una anfitriona increíble.
No sé cómo lo hacía, porque trabajaba a jornada completa, pero de algún modo, la casa estaba limpia cuando hacía falta, y el frigorífico y la despensa estaban llenos de cosas ricas: cereales azucarados y patatas fritas de marcas conocidas; galletas de marca blanca que estaban más buenas que las originales. Pedía pizza grasienta para cenar y por la mañana preparaba macedonia de frutas y huevos revueltos, una de sus pocas especialidades.
Antes de que nos mudáramos por primera vez, mi padre, ella y yo vivíamos en una casa diminuta de dos dormitorios y un cuarto de baño. A la tele, cuadrada y anticuada, le salían a veces unas barras de color que distorsionaban la imagen hasta que golpeabas el lateral, pero nuestros muebles eran cómodos y la casa olía a albahaca y limón todo el tiempo.
Cuando mi padre se fue, ya no podíamos permitirnos aquella casa, así que nos mudamos a un apartamento de un dormitorio en la otra punta de la ciudad. Estaba en el cuarto piso, y tenía una moqueta marrón en el suelo y paredes que parecían huecas. Su principal atractivo era el diminuto balcón, que daba a un estanque artificial marrón y a cientos de balcones idénticos.
Aun así, durante todos mis años en primaria, aquel minúsculo apartamento fue el lugar donde se quedaban a dormir mis amigas.
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Luego llegué al primer ciclo de secundaria, y a mi madre la ascendieron de cajera en una sucursal local a administrativa en otra que estaba a una hora y veinte minutos de distancia.
Durante los dos primeros meses, mi madre me llevaba en coche los fines de semana a casa de Lauren, o su madre la traía a ella y se quedaba con nosotras hasta el domingo, cuando la llevábamos de vuelta.
Sin embargo, los viajes, las llamadas telefónicas y los mensajes de texto fueron disminuyendo a medida que Lauren se adaptaba a su nueva clase y yo me hacía amiga de algunas de las chicas encargadas del comité del anuario de la mía.
Después, cuando yo estaba en el segundo año de instituto, nos mudamos a San Luis porque mi madre iba a ayudar en la apertura de una nueva sucursal. Lo hizo tan bien que la enviaron a hacer lo mismo al este de Pensilvania un año después. El penúltimo año nos mudamos dos veces más, primero a Carolina del Norte y luego a una urbanización de las afueras de Alexandria.
Los pisos eran más bonitos, con paredes lo bastante gruesas como para que no se oyeran las discusiones de los vecinos (ni las apasionadas reconciliaciones), con techos lisos en vez de con ese gotelé grueso y anticuado, y patios con árboles y vallas de madera donde antes había gravilla y alambradas. Mi madre empezó a formarse para convertirse en gestora de préstamos, y con los cursos además de su trabajo, las tareas domésticas recayeron en mí.
Para aquel entonces, rara vez teníamos invitados. Mi madre no tenía tiempo para mantener vida social, y yo prácticamente renuncié a hacer amigos. No le veía sentido. Ninguna de mis amistades perduraba después de la inevitable mudanza.
Un año después, me fui a la universidad en Columbus, donde conocí a Sadie.
Se me encoge el corazón cuando pienso en ella.
Sadie, tan menudita e inteligente. El primer día de clase nos sentamos una al lado de la otra en una optativa que era más bien un club de lectura de Jane Austen de un semestre de duración. El profesor nos hizo presentarnos y decir con qué personaje de Austen nos sentíamos más identificadas y por qué. El noventa por ciento de nuestras compañeras dijo algo parecido a: «Soy una Lizzie total». El único chico de la clase declaró,
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muy atrevidamente, que era un Darcy. Unas cuantas eligieron a Elinor Dashwood, o a Jane Bennett.
Seguramente fui demasiado sincera para ese estúpido juego de conocerse, pero cuando llegó mi turno dije:
—Por desgracia, creo que me parezco a Charlotte Lucas.
Era el personaje más pragmático que se me ocurrió, aunque su pragmatismo la llevara a casarse con el señor Collins.
Sadie, que estaba a mi lado, estalló en carcajadas.
—Tranquila, yo creo que soy Lydia.
Después de clase, me preguntó si quería ir a tomar un café con ella de camino a su siguiente clase. La verdad, no me veía acercándome a alguien para entablar una conversación, mucho menos invitándola a quedar de buenas a primeras.
Lo intenté una vez, después de la mudanza en el segundo año de instituto. Creo que la respuesta de la chica fue: «¡Uf! ¿Por qué?».
Sadie se hacía amiga de casi todo el mundo que conocía, pero aquel día sentí que me había elegido a mí, de una manera especial que no había experimentado nunca.
Me llevó a mi primera fiesta de una fraternidad. Yo la llevé al cine Sótano, una sala pequeña emplazada en el sótano de una librería al que mi madre y yo fuimos durante nuestra visita al campus el año anterior. Me llevó a bares, aunque todavía éramos menores de edad, y yo la arrastré a un recital de poesía en el jardín trasero de una casa, donde un chico que me gustaba le hizo un homenaje espantoso al Aullido de Allen Ginsberg que le puso fin a mi enamoramiento.
Siempre bromeábamos diciendo que a Sadie le habría ido fenomenal en la Inglaterra de la Regencia, porque bordaba, cosía, tenía pose de bailarina y hablaba español y francés con fluidez. Y también bromeábamos diciendo que a mí me iría fenomenal durante un apocalipsis, porque era un poco desarrapada, estaba acostumbrada a vivir a base de fideos chinos y seguramente fuera capaz de pasarme días la mar de contenta sin hablar con nadie si tuviera suficientes libros a mano.
Durante los cuatro años siguientes, rara vez tuve que hacer amistades por mí misma o buscar invitaciones. Sin embargo, cada vez que Sadie organizaba quedadas en grupo o fiestas de Halloween, mi trabajo consistía en convencer a mi madre y ejercer de anfitriona.
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Así que en cuanto Miles se va al aeropuerto para recoger a Julia, la memoria muscular toma el control.
Limpio la cocina, barro las migas del rincón y paso la aspiradora. Saco un par de velas de mi dormitorio y las enciendo, abriendo las ventanas para ventilar. Tras respirar hondo, abro el armario del vestíbulo, pasando por completo de la parte derecha, donde se amontonan los manteles de encaje que compré en tiendas de segunda mano, las velas para adornar las mesas y el Temido Vestido de Novia de mi boda cancelada, y rebusco sábanas y toallas limpias, que voy apilando en el sofá.
Paso la aspiradora por debajo de los cojines, friego el lavabo y meto los platos sucios en el lavavajillas.
Después me doy cuenta de la poca comida que tenemos a mano, así que tomo la bolsa y las llaves y salgo a recorrer los pasillos de Tom’s, iluminados con fluorescentes y casi vacíos.
Aquí no puedo comprar muchos productos sin partirle el corazón a Miles, pero elijo unas manzanas y un manojo de brócoli, una barra de pan, un bote de mantequilla de cacahuete y un par de cosas más.
De camino a la caja, también me desvío para comprar cuatro cepillos de dientes nuevos.
Por si acaso.
Aun así, llego a casa antes que ellos y estoy acabando de guardarlo todo cuando oigo dos voces muy fuertes en el descansillo, antes de que la puerta se abra de golpe.
Primero veo a Miles.
—Hola —dice, parándose en seco y sonriendo como si se hubiera llevado una grata sorpresa al verme aquí. Como si se hubiera olvidado de que vivimos juntos. No sé si es un cumplido o un insulto.
Su hermana entra en la cocina justo detrás de él. Es alta. Tanto o más que Miles, delgada como un espárrago, con la misma nariz picarona, los dientes perfectos y el pelo oscuro, aunque ella lo lleva en una melenita ondulada, con flequillo incluido.
—¡Hola! —me saluda con alegría mientras lanza (en realidad lo que hace es tirarlo) su macuto en dirección al salón—. Tú debes de ser la compañera de piso, Daphne.
—Y tú debes de ser la hermana, Julia —replico.
—¿Qué me ha delatado? —Le echa un brazo por el cuello a Miles y tira de su cara para pegarla a la suya—. ¡Si no nos parecemos en nada!
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—Ha sido de pura casualidad —replico.
Se separa de él y se rasca el mentón.
—A ver si te afeitas ya —dice mientras se acerca al frigorífico—. Creo que tengo pulgas. —Abre la puerta y me mira por encima del hombro, aunque no lo bastante rápido como para pescar a Miles, que está articulando con los labios algo parecido a «te lo dije»—. ¿Has visto a mi hermano sin barba? —me pregunta—. Es muy bonito. Como yo, aunque no está tan bueno.
—No sé, a mí me gusta la barba —replico.
Me mira con los ojos entrecerrados. Luego se endereza y frunce los labios con amargura mientras me observa, como si yo fuera un oponente de póquer bastante difícil. Pero no lo soy. Se me da fatal mentir, salvo cuando ese demonio desquiciado me poseyó para inventarme un novio de pega. De repente, Julia se vuelve hacia Miles y lo señala con un dedo.
—¡Le has dicho que lo diga, joder! —grita, triunfal.
Él le aparta el dedo de un manotazo.
—Jules, no grites o el cascarrabias del vecino vendrá a protestar. —¡Admítelo! —grita ella, que le devuelve el manotazo. Se vuelve
hacia mí, con una sonrisa de oreja a oreja, una versión exagerada de la sonrisa deslumbrante de Miles—. Te daré veinte pavos si me dices la verdad, Daphne.
—Daphne —me advierte Miles, que intenta pasar junto a ella.
Julia extiende los brazos en cruz a modo de defensa para impedirle el paso, en un intento por forzarnos a admitir el engaño.
—¡Daphne! —grita entre carcajadas cuando Miles intenta pasar a empujones—. ¡Dime la verdad!
—¡Ya te la he dicho! —grito, alejándome de ellos a la carrera hacia el otro extremo de la encimera—. ¡Me gusta la barba! ¡Le he tomado cariño!
—¡Daphne! —Julia se endereza, con los brazos en jarras—. Se supone que somos un equipo.
—Acabáis de conoceros —le recuerda Miles, rodeando la encimera para colocarse a mi lado—. Nosotros llevamos viviendo juntos casi dos meses.
—Vale, vale, vale —replica Julia, que se vuelve para seguir rebuscando en el frigorífico—. ¡Joder! Aquí hay comida de verdad. Vamos, que no son sobras.
—¿Ah, sí? —replica Miles justo cuando yo digo:
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—Pues sí.
—Gracias —dice él, mirándome.
Julia toma una lata de agua con gas de pomelo y nos mira mientras la abre.
—¿Cuánto tiempo lleváis juntos?
Me atraganto al respirar.
—¿Qué?
—No estamos juntos —le asegura Miles, un poco avergonzado.
Julia levanta las cejas oscuras, bebe un sorbo y deja la lata en la encimera. Si él es un labrador, ella es más bien un pitbull torpe que se choca con las esquinas y golpea las mesitas con la cabeza sin darse cuenta siquiera, pasando de todo. Me cae bien de inmediato.
Julia ladea la cabeza.
—Eso no fue lo que dijo Petra.
—¿Has hablado con Petra? —le pregunta Miles.
—No en el sentido de Judas Iscariote —contesta ella—. Hace unas semanas le eché la bronca por SMS y no volví a saber nada de ella. La semana pasada me mandó un mensaje de repente para decirme que «se alegraba por ti».
—Qué detalle —refunfuño.
La mirada de Julia se clava de nuevo en mí.
—¿Hay alguna razón en particular por la que piense que estáis juntos? Me pregunto si tendré el cuello rojo por la abrasión de su barba. También me pregunto si tengo algún chupetón.
—Es culpa mía —le digo a Julia—. Es una larga historia, pero Peter, mi ex, me llamó y yo le dije sin querer…
Levanta las cejas mientras espera a que continúe. Es una expresión idéntica a la de Miles Nowak, pero en ella es mucho más elocuente.
—Vamos, que le mentí —termino.
Julia me mira fijamente durante un segundo y luego estalla en carcajadas, doblándose por la cintura y apoyando la cara y los brazos en la encimera mientras se estremece por la risa. Cuando por fin despega la cara del granito, dice:
—¡Esto es increíble, joder!
Miles esboza una sonrisilla.
—Esa fue mi reacción.
Julia tamborilea un segundo con los dedos sobre la encimera.
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—Bueno, ¿nos emborrachamos entonces?
Me río.
—Daphne trabaja por la mañana —dice Miles—. Los sábados organiza la Hora de los Cuentos en la biblioteca. Hace todas las voces.
No creo que intente avergonzarme; más bien creo que de verdad le parece un dato interesante e incluso impresionante para compartir con su hermana pequeña, que es muy moderna y exuda seguridad en sí misma.
—¡Ah, pues claro que sí! Deberíamos ir a verlo —replica ella.
—No hace falta que lo hagáis —le aseguro—. Mañana nos toca El hombre del queso apestoso.
—Ahora sí que no me lo pierdo. —Se inclina de nuevo hacia Miles—. ¿Y tú? ¿Quieres salir esta noche? Seguro que te vendría bien desahogarte un poco, a juzgar por… —Le señala el mentón.
Él se aferra al borde de la encimera y estira la espalda con un gemido. —Julia —dice—, tengo casi treinta y seis años. Las borracheras me
pasan factura.
—¡Déjate de tonterías! —exclamo—. La última vez, te comiste un bocadillo para desayunar mientras yo seguía temblando en la cama.
—¡Ja! —grita Julia—. Te atrapé.
—De vez en cuando no pasa nada —reconoce—, pero se supone que el domingo por la noche hemos quedado con nuestra amiga Ashleigh.
Me sorprende que se acuerde. Pero miro por encima de su hombro y me doy cuenta de que lo ha añadido al calendario, justo al lado de la flecha larga que atraviesa la columna del domingo.
—Te caerá bien —le dice Miles a su hermana. Luego frunce el ceño—.
O no la soportarás. No lo tengo claro.
—El tiempo lo dirá —replica Julia, que se encoge de hombros y bebe un sorbo de agua con gas—. ¿Pedimos pizza?
Miles me mira y dice con voz burlona y ronca:
—Seguro que a Daphne le encantaría.
De repente, siento un escalofrío en la espalda. «Me encantan tus gemidos».
—No, vamos a pedir otra cosa —digo. Intento pensar en la comida menos erótica que se me ocurre. Porque la mayoría de los alimentos tienen un puntito erótico, ahora que caigo en la cuenta—. ¿Nachos? —propongo.
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Sábado, 22 de junio
56 días hasta que pueda irme
Por desgracia, Julia había dicho en serio lo de la Hora de los Cuentos. Llegan tarde, cómo no, pero por poco. Me llega el olor a hierba
calentada por el sol y el toque a jengibre y humo, y cuando levanto la vista, ahí están.
Julia se abre paso a través de los anillos concéntricos de padres, niñeras y niños, mientras Miles va susurrando disculpas a su paso.
Se ha afeitado la barba. Sin duda gracias a la insistencia de Julia, que no dejó de repetirlo durante nuestra conversación hasta altas horas de la madrugada, cuando aceptó mi quincuagésimo octavo intento de irme a la cama.
Algunas personas se dejan crecer la barba para ocultar o acentuar ciertos rasgos, de la misma manera que yo me cambié de lado la raya del pelo a los diecinueve y, cuando vi que conseguía equilibrarme la leve desviación de la nariz, ya no hubo vuelta atrás.
El caso es que parece que Miles ha estado ocultando todo este tiempo que es guapo de morirse, y que tiene unos pómulos afilados y un mentón de los que parece que podrían cortarte si le pasas una mano. O la lengua. En fin, lo que sea.
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Qué crueldad que hayamos acordado hace tan poco tiempo permanecer dentro de los límites de una amistad platónica.
Me mira a los ojos y le tiemblan los labios por la risa, demostrando que esa parte suya sigue siendo suave, juguetona, pese al nuevo aspecto. Me provoca la sensación de haberme tragado una espada dentro de un globo de helio.
En las mejores circunstancias, las sorpresas no me van. Pero si voy a ver sin previo aviso al hombre con quien me enrollé la noche anterior, preferiría al menos que no sucediera a) mientras estoy leyendo en voz alta y b) el día que está más guapo que nunca y que yo he decidido ir andando al trabajo, trayecto durante el cual un chaparrón sorpresa me ha encrespado el pelo y me ha corrido el rímel hasta dejarme con pintas de oso panda.
Hice lo que pude para limpiarme después de fichar, y como era de esperar, dejó de llover de inmediato, pero nos hemos quedado dentro para la Hora de los Cuentos, por si las moscas, y estoy segura de que las luces del techo no me están dando precisamente un halo celestial.
Cuando por fin llego al final, Julia se pone en pie de un salto y empieza a aplaudir con un entusiasmo exagerado. Todos los demás aplauden con las palmadas educadas a las que estoy acostumbrada. Después de un coro de voces chillonas que dicen «gracias» a instancias de sus padres, la multitud se dispersa y Julia se acerca a mí.
—Miles no bromeaba —dice—. Se te dan genial las voces.
Miro por encima del hombro hacia el lugar donde su hermano le está «dando indicaciones» a una madre que estoy segura de que ha nacido aquí. Una madre joven…, parece que su barba no solo tiene efecto en las mujeres mayores, porque no son las que se lo están comiendo con los ojos ahora mismo.
Julia sigue mi mirada y estalla en carcajadas. —Míralo, ha hecho otra amiga. ¡Qué novedad! —¿Siempre ha sido así? —pregunto.
—Desde que tengo uso de razón, sí —contesta—. Sabrá Dios de dónde le viene. De los imbéciles de nuestros padres desde luego.
Me sacude la referencia tan casual a sus padres. Es como darle la vuelta a una caja cerrada con llave y descubrir que tenía una raja en el fondo desde el principio.
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—Una vez, Miles se topó con la profesora de la banda de música del instituto en el supermercado y salió de allí con una invitación a su boda — me dice—. ¡Y ni siquiera estaba en la banda!
Por mi cabeza pasa la imagen de una preciosa tarjeta, con una elegante letra en la parte delantera.
El semblante de Julia se suaviza.
—Mierda, lo siento. Me contó lo de la invitación.
—No pasa nada —replico.
Julia ladea la cabeza, curiosa.
—¿En serio? ¿Te da igual?
—Bueno, no —respondo—. Pero intento quejarme menos.
Me sorprende mirando a Miles y resopla.
—Si intentas imitar a mi hermano, te deseo mucha suerte. Nadie es capaz de reprimir las emociones negativas como él. Ha tenido muchísima práctica.
Como siempre, Miles parece un sol humano, totalmente involucrado en el momento, totalmente volcado en esa desconocida, y eso me provoca una punzada en el pecho.
—Había dado por sentado que la personalidad alegre le venía de serie. —A ver, los dos tuvimos la misma educación y yo no he salido «crónicamente bien», así que supongo que algo de natural hay. Cuando era pequeña y él se fue de casa, volvía los sábados a casa y me recogía para desayunar en el McDonald’s. Yo me pasaba todo el rato intentando chincharlo, porque era de lo peor. Pero nunca conseguí que se inmutara. Es
un experto a la hora de pasar de las cosas malas.
—¿Qué me dices de ti? —le pregunto.
Julia contiene una carcajada.
—Ah, yo les digo a las cosas malas que a ver si tienen lo que hay que tener para joderme la vida.
Como por fin ha conseguido quitarse de encima a la Mamá Cañón, Miles se acerca a nosotras.
—¿Qué me he perdido?
—Nada —contesta Julia con voz inocente.
—Tu hermana quiere meterse en una pelea a cuchillo —digo yo al mismo tiempo.
—Llamaré a Gill —replica Miles—. Y de paso también le conseguimos un gatito.
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—¿Me he perdido algo? —pregunta Julia.
Ashleigh se acerca a nosotros.
—Solo es una de esas bromas tan graciosas entre ellos, al parecer son grandes amigos —le dice a Julia—. Tú debes de ser la hermana.
—Y tú debes de ser la amiga que o voy a amar, o voy a odiar —replica la aludida.
Ashleigh mueve los hombros, un gesto a caballo entre la guasa y el estremecimiento.
—Interesante.
—En todo caso, nos vamos a divertir —asegura Julia—. ¿Vamos a Cherry Hill y le tiramos galletitas saladas a Miles mientras trabaja?
—No servimos galletitas saladas —protesta Miles, que parece muy ofendido.
—Por más increíble que sea el plan, tengo que terminar líos promocionales del Maratón de Lectura.
—Y yo tenía pensado adelantar la comida esta noche para no tener que preocuparme mañana… —Ashleigh se interrumpe con un jadeo y mira a Miles—. Ya sé adónde podemos ir: deberíamos llevarlas al Cobartizo.
—¿Al cobertizo? —la corrijo—. ¿A… un edificio en una granja? —Es un bar en un cobertizo —me explica Miles—. En una granja. —No hay sitio en la Tierra que se iguale a Waning Bay.
—El Cobartizo tiene cabras —añade Ashleigh mientras se aleja de nosotros para ayudar a dos personas a llevarse unos libros antes de cerrar
—. Os va a encantar.
A Julia le pita el móvil y lo mira.
—¿No se suponía que empezabas a trabajar a las cinco menos cuarto? —le pregunta a Miles.
—¡Mierda! —Echa a andar hacia las puertas y Julia lo sigue escribiendo un mensaje. Vuelve la cabeza para decir por encima del hombro—: Amanece antes de las seis. Estate lista para las cinco y media.
—Las cinco —replico—. ¿Vas a venir, Julia?
—¿A las cinco de la mañana? —pregunta ella con voz cantarina—. Antes prefiero comer papel de aluminio. Pero ¡que os lo paséis bien!
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Salgo en silencio de mi dormitorio a las 4.58 de la mañana, paso de puntillas junto a Julia, que está roncando en el sofá, y voy hacia la cocina, con las sandalias en la mano. Enciendo la luz que hay por debajo del microondas empotrado y me bebo un vaso de agua mientras espero a que Miles salga de su habitación.
Dan las cinco.
Y luego las cinco y cinco.
Y las cinco y once.
Intento no enfurruñarme de manera irracional, pero es muy temprano, joder, incluso para mí y si hay algo que detesto con toda mi alma es esperar a la gente.
Me asaltan un montón de recuerdos infelices, como una especie de vídeo de los peores momentos, y estoy demasiado cansada como para espantarlos como es debido.
Así que mientras bostezo con tanta fuerza que me cruje la mandíbula, regreso al primer apartamento donde mi madre y yo vivimos ya sin mi padre, esperando junto a la ventana de la fachada, levantando la cabeza cada vez que una tartana pasa por delante.
Esperando en la acera nevada delante del colegio, mientras paso la puntera de la bota por la sucia nieve derretida y me digo que si cuento hasta cien, mi padre aparecerá. Y si no, pues cuando llegue a doscientos cincuenta. Contando y esperando hasta que mi madre aparece, estresada y todavía con los zapatos de tacón alto del trabajo, disculpándose por él a través de la ventanilla bajada del coche: «Lo siento, lo siento, supongo que le ha surgido algo».
Esperando junto al buzón a que aparecieran felicitaciones de cumpleaños.
Esperando una llamada en Navidad.
Esperando.
Esperando.
Esperando a alguien que rara vez aparecía, sintiéndome peor en cada ocasión hasta que, por fin, me di cuenta de que esas emociones no desaparecerían hasta que dejara de esperar.
No puedes obligar a alguien a aparecer, pero puedes aprender una lección si no lo hace.
«Confía en los actos de los demás, no en sus palabras».
«No quieras a alguien que no está preparado para corresponderte».
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«Olvídate de las personas que no te demuestran apego».
«No esperes a nadie que no tiene prisa por llegar a tu lado».
Se me pasa por la cabeza volver a la cama y terminar de pulir la campaña publicitaria para el inminente Maratón de Lectura. Pero la puerta principal se abre, dejando entrar un poco de luz del pasillo.
—Oye —susurra Miles al tiempo que levanta los termos que lleva en las manos—, ¿estás lista?
—Llevo lista desde las cinco —contesto.
Se inclina hacia delante y se asoma por el aparador para ver el reloj del horno.
—Mierda. —Me pasa uno de los termos—. Me di un cuarto de hora extra, y no había cola, pero me puse a hablar con el camarero y… En fin, que lo siento, Daphne.
Meneo la cabeza, ya desaparecido el enfado. Miles me está haciendo un favor.
—No pasa nada. —Me pongo las sandalias—. Vámonos.
Hace más fresco en la calle que en el piso, y el aire me provoca un escalofrío en los brazos y las piernas. Noto que el vello de las piernas me está creciendo y me pregunto por qué me molesté en depilarme anoche.
«Porque estás loca por tu compañero de piso —me dice, solícita, mi voz interior— y quieres que te mire, te toque y probablemente incluso te lama las piernas».
«No —discuto conmigo misma—. Es porque mañana quiero ponerme una falda para ir al trabajo».
Aunque no cuela: la última vez que me puse una falda para ir al trabajo, Stanley el Pulpo me dijo que le iba a provocar un infarto.
La falda me llegaba a media pantorrilla.
Por suerte, Ashleigh pasaba por el mostrador en aquel preciso instante y le impuso como sanción no pisar la biblioteca en tres meses.
Estoy tan cansada que estaría dispuesta a beber gasolina para aviones mezclada con un expreso, pero me llevo una sorpresa cuando, al beber un sorbo del termo que Miles me ha dado, me encuentro una bebida perfecta, especiada, dulce y cremosa.
—Es chai —digo.
Abre la puerta y se sube a la camioneta.
—Creía que eso era lo que querías.
Me subo también.
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—Sí, precisamente, es que… gracias.
—De nada. —Gira la llave en el contacto y el motor empieza a hacer ruidos, pero no arranca. Lo intenta dos veces más hasta que por fin lo hace, y después nos alejamos por la calle silenciosa, con el pueblo dormido teñido de azul y negro, como una magulladura.
En la tienda de alquiler de kayaks, ya hay otra pareja (los dos rubios, pero con una diferencia de altura muy cómica) y a juzgar por la alegre, cantarina y chillona conversación que ella mantiene con el hombre adormilado, es su primera cita. Durante unas vacaciones, creo entender.
Ella lo bombardea con un sinfín de preguntas sobre el trabajo que él esquiva con rapidez (finanzas y dirección de un parque de atracciones, respectivamente) y las mascotas (tres gatas, dos pastores alemanes) desde el registro hasta el muelle, pasando por la furgoneta de transporte que nos llevará a todos hasta el embarcadero.
Sin necesidad de hablarlo, Miles y yo nos quedamos rezagados y los dejamos fletar sus kayaks, fingiendo estar muy ocupados guardándolo todo en las mochilas impermeables que nos han dado y poniéndonos los chalecos salvavidas hasta que ellos se han alejado bastante.
—¿Te acuerdas de cuando dijiste que me caía bien todo el mundo? — me pregunta mientras arrastramos el primero de nuestros kayaks al agua.
—Sí —contesto.
—Pues ellos no me caen bien. —Señala con la barbilla hacia las espaldas de nuestros compañeros de furgoneta, que se van haciendo cada vez más pequeños mientras mueven los remos.
Contengo una sonrisa.
—Pero ¿los conoces?
—Después de ese trayecto de siete horas en la furgo, lo suficiente — contesta.
Se me escapa una risilla.
—Hemos tardado seis minutos en llegar.
—Son mis enemigos. —Sujeta el kayak y me hace un gesto para que me suba.
—Así que para seguir siendo tu amiga solo tengo que evitar no meterme veinticinco anfetas antes de las seis de la mañana. Es bueno saberlo.
—Ni tener tres gatas y llamarlas a todas «La Diosa» —añade.
—¿En serio? Pues eso es lo que más me ha gustado de Keith.
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—Pues a mí lo que más me ha gustado ha sido cuando Gladys ha tenido ese ataque de tos que la ha dejado sin poder hablar durante once segundos.
—Eres muy gracioso cuando te pones arisco —le digo al tiempo que me subo al kayak y me acomodo en el húmedo y resbaladizo asiento.
—Disfrútalo —replica—. No pienso volver a levantarme tan temprano en la vida. Detesto admitirlo, pero Petra tenía razón.
Me inclino hacia un lado del kayak y le lanzo agua, haciendo que ponga los ojos como platos.
—¿A qué demonios ha venido eso?
—Es tu impuesto Petra —le explico—. Como vuelvas a hablar de ella, les digo a Gladys y a Keith que vengan y vamos a ir en un trenecito de kayaks.
—Vale, vale —accede mientras regresa a la orilla para meter su propio kayak en el agua—. Pero como tú menciones a Peter, te tiro al agua.
—¿A quién? —pregunto con voz inocente.
La verdad es que no han pasado ni cinco minutos desde que nos alejamos de la orilla y ya tengo a Peter muy presente en mi cabeza, porque me duelen los brazos y los hombros por el esfuerzo, y Miles solo puede dar como dos paladas antes de que tenga que parar para esperar a que llegue a su altura.
El oscuro horizonte ha empezado a suavizarse un poco mientras la luz se va derramando poco a poco por la superficie del agua, y ya sé que esto ha sido un error garrafal.
La idea era hacer un recorrido circular de unos diez kilómetros, rodeando una islita de la bahía, donde a los lugareños más aventureros (gente como Miles y Petra, seguramente) les gusta acampar.
Resguardados en la bahía, no hay corriente como tal y olas a las que enfrentarse, no como habría en mitad del lago propiamente dicho, pero de todas maneras no estoy nada preparada para la tarea. —Adelántate —le digo por encima del agua.
Miles se echa a reír.
—¿Por qué?
—Porque estoy convencida de que estoy remando hacia atrás — contesto.
—Es agua —dice—. En todas las direcciones. No hay ningún sitio en el que estar. A menos que quieras alcanzar a Keith y a Gladys.
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—No tengo ni la intención ni la capacidad emocional para hacerlo — replico.
—Pues vamos a relajarnos —dice—. No hay prisa.
—En fin, si cambias de idea, no te cortes y déjame tirada.
—Sí, Daphne, si algo cambia y tengo que escapar de un tiburón de agua dulce, remaré con ahínco para que tú la palmes.
—¿De verdad hay tiburones en el lago? —pregunto.
—Me ofende que lo preguntes siquiera —responde.
—Supongo que alguien tiene que defender el honor del lago Míchigan —replico.
—¿Por qué no yo? —conviene él.
Remamos despacio, en paralelo, mientras el sol naciente va pintándolo todo de rosa y dorado.
—Sé que es un topicazo —dice él un minuto después—, pero siempre he creído que estar en el agua se parece a lo que mucha gente siente cuando está en la iglesia.
—Lo entiendo —le aseguro—. Aquí fuera eres pequeño y no hay nadie más, pero no estás solo. Es como si estuvieras conectado a todo y a todos.
—Exacto —coincide—. Y te acuerdas de asombrarte. Es muy fácil olvidar lo increíble que es este planeta.
Lo miro de reojo.
—Creo que a ti se te da de vicio lo de asombrarte a diario.
—A veces —admite, antes de añadir—: A ti también.
Resoplo.
—Yo soy más una pesimista gruñona, y los dos lo sabemos.
—Gimes cada vez que comes —me recuerda—. No creo que seas tan pesimista como crees.
Me pongo colorada antes de redirigir la conversación.
—Creo que cuando era pequeña la biblioteca era la fuente de mi asombro. Allí nunca me sentí sola. Me sentía conectada con todo el mundo. La verdad, creo que incluso lograba que me sintiera conectada con mi padre. —Ahí está, una verdad tan horrible que resulta vergonzosa soltada como si tal cosa en mitad de una conversación. Un hecho que nunca he admitido en voz alta—. Él es el motivo de que me encanten las bibliotecas. —A lo mejor estoy simplificándolo mucho, pero es la verdad.
—¿Era un ávido lector? —me pregunta Miles.
Me echo a reír.
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—No. Es que nunca planeaba sus visitas ni tenía dinero, así que aparecía en la ciudad y me llevaba a la biblioteca para sacar libros, hacer alguna actividad o lo que se terciara. Así que cuando era pequeña, asociaba las bibliotecas con él. Era como «nuestro rollo».
—¿Estáis muy unidos? —pregunta.
—¡Qué va! —contesto—. Lleva mucho tiempo viviendo en California y sus visitas son impredecibles. No aparece cuando dice que va a hacerlo, llega cuando no te lo esperas. Pero era un padre divertidísimo cuando era pequeña. Y las excursiones a la biblioteca me parecían un regalo increíble, algo que solo me ofrecía a mí, ¿sabes? —Como si él tuviera la llave para cualquier cosa que yo quisiera leer—. Mi madre nunca tenía tiempo para ir, y a mí me daba bastante miedo la bibliotecaria del colegio, así que cuando fui lo bastante mayor, iba andando a la biblioteca local después de clase y mi madre me recogía al salir del trabajo.
Miles sonríe.
—Una buena bibliotecaria lo es todo.
Lo miro.
—Lo dices en broma, pero es verdad.
—No lo digo en broma —me contradice—. Si tú hubieras sido mi bibliotecaria, habría leído muchísimo más.
—¿Porque te habría dicho que los audiolibros cuentan? —le suelto. —Eso para empezar —responde—. También porque habría querido
impresionarte.
Siento que me arde la cara.
—Julia es genial.
—Lo es —conviene—. Es la mejor.
—¿Siempre habéis estado muy unidos? —pregunto.
—Pues sí —contesta—. A ver, yo tenía unos trece años cuando nació, así que estaba mucho tiempo fuera de casa, pero cuando estaba allí, me seguía como un cachorrito. Es que, literalmente, se ponía a gatear a mi alrededor.
Sonrío mientras me lo imagino. Una Julia de bebé, con sus ojos marrones y su pelo oscuro, persiguiendo a gatas a un Miles adolescente desgarbado y de ojos marrones.
—Solo tenía cinco años cuando yo me fui de casa —sigue—. Pero intentaba volver para verla lo máximo posible.
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—Me ha dicho que ibas a verla todos los sábados, que salías a comer con ella.
Atisbo la mueca sutil que hace.
—Es que necesitaba sacarla de la casa de vez en cuando.
Ahí está de nuevo, la grieta de la caja. Aunque con la misma rapidez que ha aparecido, la caja se da media vuelta de nuevo, ocultando el contenido.
Volvemos a remar en silencio. Empiezo a notar el sudor en el nacimiento del pelo, y las gotas me caen por el canalillo y por la columna, entre los omóplatos.
—Que sepas que puedes hablar —le digo al cabo de un rato.
—¿Hablar de qué? —me pregunta.
—De lo que sea —contesto—. De lo que te preocupa. La verdad es que se me da mejor escuchar que hablar.
—Se te da muy bien hablar —me asegura—. Pero no me preocupa nada. Estoy bien. Solo tengo que averiguar de qué está huyendo.
—¿Ha dicho que esté «huyendo» de algo? —Acabo de conocerla, pero me cuesta imaginar a Julia huyendo de algo—. Es que me la imagino plantándole cara a un oso negro adicto a la cocaína, y saliendo airosa.
—Insiste en decir que está aquí porque quiere «estar ahí» para mí — dice.
—En fin, a lo mejor es eso —replico.
Me mira con expresión elocuente.
—Nunca me cuenta sus problemas, pero tampoco se le da bien ocultarlos. —Aparta la mirada y la clava en la isla antes de menear la cabeza—. Ya lo averiguaré. No pasa nada. —Cuando me mira de nuevo, está sonriendo, aparentando no tener una sola preocupación en el mundo, aunque en esta ocasión no termino de creérmelo—. ¿Vas bien o quieres volver? —me pregunta, porque está claro que ha zanjado el tema de Julia.
Así que lo dejo estar.
—Voy bien.
Cuando el sol está lo bastante alto como para que el agua recupere su habitual color verde cristalino, Miles deja de remar, se quita la sudadera y la camiseta con un solo movimiento, y se coloca las prendas en el regazo. Yo aguanto otros veinte minutos, hasta que ya no soporto más que se me siga pegando el top de tirantes al bañador y admito la derrota.
—Es alucinante —dice Miles.
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Me quito la camisa y lo miro mientras me pongo de nuevo el chaleco salvavidas. Tiene la mirada clavada en la boscosa isla, envuelta en los últimos jirones de la bruma matinal, mientras su kayak choca con el mío.
—Pues sí —convengo, presa de la necesidad de susurrar por algún motivo.
Me mira.
—Gracias por acompañarme.
—Gracias por invitarme —replico.
Baja la cabeza, con una sonrisilla burlona en los labios.
—¿Aunque lo detestas?
—No lo detesto —le aseguro.
No parece muy convencido.
—La verdad es que creo que me gusta —añado—. Es que no se me da bien, nada más, y la sensación de que estoy obligando a alguien a esperarme me estresa.
—¿Por qué? —me pregunta.
Me encojo de hombros.
—No lo sé.
—Pero a mí me da igual —asegura.
—Eso dices —replico.
—No estoy entrenando para los Juegos Olímpicos, Daphne —me suelta—. ¿Por qué me iba a importar?
—Cuando Peter y yo intentamos hacer senderismo juntos, yo me quedaba sin aliento y él… —Me doy cuenta del error demasiado tarde.
Seguramente Miles no se habría percatado del desliz si no hubiera cortado la frase en seco.
Esboza una sonrisilla torcida mientras se acerca a mi kayak.
Meneo la cabeza, pero sigue avanzando.
—¡No! —chillo cuando me vuelca hacia un lado—. ¡No lo he dicho! —Pues claro que lo has dicho —me contradice.
—¡Es otro Peter! —exclamo, riendo mientras luchamos durante un minuto—. ¡Otro Peter!
—Pues deberías haberlo llamado «Pete» —dice él.
Le da a mi kayak un último empujón, lanzándome al agua fría, que me cubre la cabeza un segundo antes de que el chaleco me suba a la superficie.
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—¿Estás de broma? —chillo, nadando hacia él y aferrándome al borde de su kayak.
—Yo no he roto la regla —dice.
—Me has tirado al lago —protesto mientras intento sin éxito tirarlo al agua—. Eso es muchísimo peor.
—Vale, vale —dice—. Ya me tiro. —Pero mientras lo dice, toma el remo y lo mete en el agua para huir.
Me agarro a uno de los laterales y tiro con todas mis fuerzas.
Me cuesta unos segundos de forcejeos, pero al final lo consigo.
Miles cae al agua. Sale a la superficie, empapado y escupiendo agua, y se aparta el pelo de la cara, con los ojos entrecerrados para protegerse del sol.
—Ni siquiera me has preguntado si sabía nadar —dice, chasqueando la lengua y fingiendo estar estupefacto.
—Te habría salvado —le aseguro.
—¿Tú? —pregunta—. Si te saco como veinte kilos.
—En primer lugar, de eso nada. Y en segundo lugar, tengo un chaleco salvavidas. No nos habría pasado nada.
Se acerca a mí, me rodea la espalda con un brazo, y el estómago se me sube al pecho al sentir su piel contra la mía, mientras su peso nos arrastra al fondo al tiempo que el corazón me aletea en la garganta.
—Te falla la física, Daphne —me dice contra la oreja mientras empezamos a hundirnos.
Me retuerzo hasta que me doy media vuelta para mirarlo y me alejo antes de que algo pueda retenerme.
—Sabía que podías nadar, Miles.
—¿Cómo? —me pregunta.
—Lo primero, por todo lo que tiene que ver contigo —respondo—. Lo segundo, he visto fotos.
—¿Cuando Ashleigh y tú estuvisteis cotilleando? —bromea.
—Sí, cuando estuvimos cotilleando —admito.
Asiente con la cabeza y se mantiene a flote delante de mí.
—Ya decía yo.
—¿Has cotilleado alguna vez? —le pregunto.
—No —contesta.
Lo miro fijamente hasta que se echa a reír, desvía la mirada hacia la isla de nuevo y luego me mira a los ojos.
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—Vale, un par de veces, cuando te dejaste la puerta abierta, he echado un vistacillo. Pero no me he puesto a rebuscar en tus cajones ni nada de eso.
—Oye, perdona —protesto—, que no me puse a rebuscar en tus cajones. Aunque tampoco me habría hecho falta, porque estaban todos abiertos.
—Miraste dentro. —Se acerca nadando.
—De eso nada —replico.
—Por si te lo estabas preguntando —dice—, tus cajones no estaban abiertos al mismo tiempo que la puerta.
—No me lo estaba preguntando —le aseguro.
—Estaba todo impoluto —sigue—. Nada delataba quién eres.
—Qué aburrido por mi parte —digo.
—Qué misterioso —me corrige—. Como un rompecabezas.
—O como el cajón de la cubertería de plata todo organizado.
Debajo del agua, nuestras pantorrillas se rozan. Una descarga me recorre el muslo hasta el abdomen.
—Y te vistes de la misma manera.
—¿Como el cajón de la cubertería?
Menea la cabeza. Otro roce de nuestras piernas, un poco más arriba en esta ocasión.
—Como si ocultaras un secreto.
Un embriagador ramalazo de tensión. Para rebajarlo, digo: —Como si estuviera ocultando otro par de brazos. —Creo que me habría dado cuenta —replica.
Nuestras manos se rozan por debajo del agua. La segunda vez, nuestros dedos se tocan, acariciándonos los nudillos un segundo antes de que nos apartemos.
Me alejo nadando de espaldas, con la cara hacia el sol. Cuando se me ha calmado el pulso, pregunto:
—¿Remamos un poco más?
—Si te apetece —contesta.
Miro hacia la orilla de la isla por encima del brillante lago turquesa.
No está tan lejos como creía. Ahora me parece posible que lleguemos.
—Me apetece —le digo.
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—¡Me encanta! —exclamo.
—¡Ya te lo dije! —Ashleigh pasa a mi lado en dirección al patio del CoBARtizo, decorado con tiras de lucecitas, porque acabo de enterarme de que se llama así en realidad, «CoBARtizo». Todavía tengo el pelo mojado por la ducha después del paseo en kayak, me duelen los hombros donde los tirantes del vestido me rozan la piel quemada por el sol y tengo los brazos que parecen de gelatina. Mezclada con hormigón húmedo.
Miles y yo ni siquiera llegamos a la isla, mucho menos la rodeamos, antes de que yo aceptara que no podía continuar.
Momento en el que también me di cuenta del peor error que había cometido: no había reservado fuerzas para remar de vuelta a la orilla. Tuvimos que parar cada pocas paladas para que yo pudiera recuperar el aliento mientras que Miles remaba adelante y atrás haciendo un amplio zigzag.
Va a pasar mucho tiempo antes de que vuelva a subirme a un kayak, antes del amanecer o cuando sea.
De momento, el CoBARtizo es mucho más de mi estilo.
Julia y Miles se bajan del asiento trasero del coche de Ashleigh y salen al prado/aparcamiento.
—¡Madre mía, un food truck de tacos! —dice Julia, que aprieta el paso para alcanzar a Ashleigh de camino al patio.
A la derecha del lugar de tacos, hay una pista de baile y un escenario, con un grupo que canta a pleno pulmón una versión de The Boys of Summer. A la derecha hay un enorme cobertizo rojo, con las puertas abiertas, y la gente entra y sale con tarros de cristal llenos de licor y botellines de cerveza en las manos. También hay una barra medio cubierta instalada en uno de los laterales del cobertizo, atestada de una punta a otra.
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—¡He tenido novios que me han gustado menos que este sitio! —chilla Julia mientras Miles cierra la puerta del coche.
—Eso es por nuestros problemas de apego —replica.
—¿Cómo? —Lo miro—. ¿Los compartís? Qué bonito.
—Una vez le dio la patada a un chico porque creía que Mamma Mia 2 era mejor que la original —me cuenta.
—¡Uf, una fan acérrima!
—No ha visto ninguna de las dos películas —añade—. Pero le pareció que tener una opinión tan firme sobre el tema era una señal de alarma.
Se me escapa la infame risilla ronca, y él esboza una sonrisa tan afectuosa que me encantaría poder envolverme con ella como si fuera una mantita.
—En fin, al menos eso hace que tenga algo en común con Ashleigh, la odiadora de Phish.
—Sí, seguramente nos den la patada al final de la noche —conviene.
Nos miramos a los ojos. La sangre empieza a correrme más deprisa.
Me arde el cuerpo mientras recuerdo sus caricias de hace dos noches.
Me roza un hombro rojo con las puntas de los dedos.
—¿Te duele? —me pregunta.
—Un poco —admito—. Pero es lo que pasa cuando intentas ser la chica guay y despreocupada que no tiene que embadurnarse de protector solar hasta las cejas cada media hora.
Hemos dejado de movernos, antes de llegar a las luces parpadeantes del CoBARtizo, mientras que Julia y Ashleigh ya se han perdido entre la multitud que tenemos por delante.
—Puede que ahora mismo se sienta guay y despreocupada —dice—, pero se sentirá mucho menos despreocupada cuando empiece a ir todos los meses al dermatólogo.
—Qué va, las chicas guais y despreocupadas nunca se enfrentan a las consecuencias de su espontaneidad. Así es como son capaces de seguir siendo guais y despreocupadas. Tienen predisposición genética a la salud. No son alérgicas a la hiedra venenosa ni al marisco, y nunca tienen migrañas, aunque solo duerman tres horas en una tienda fría, y tampoco se queman con el sol.
—Mmm —replica.
—¿Qué pasa? —le pregunto justo cuando veo a Julia en la cola del food truck, haciéndonos señales.
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—Acabo de darme cuenta de que soy una chica guay y despreocupada —dice Miles.
Echo a andar hacia Julia y Ashleigh, hacia la seguridad que suponen, mientras le digo por encima del hombro:
—Eso te lo podría haber dicho yo.
Los cuatro comemos tacos de pescado frito en una de las mesas de pícnic de madera que hay delante del camión de comida. Pedimos bourbon y té dulce en la barra exterior, y nos asomamos un segundo al interior antes de decidir que está demasiado lleno. Rodeamos el cobertizo hacia la parte trasera, donde está la cabreriza, y vemos a una de las cabras frotándose la cara contra la valla mientras las demás están escondidas en una zona cubierta inaccesible para los clientes. Le acariciamos la cabeza un rato a la cabra solitaria y luego nos lavamos las manos con un generoso chorro del gel limpiador que nos dan y volvemos a la pista de baile desmontable.
El grupo canta versiones de música country de todas las décadas, y bailamos hasta que se me seca el pelo por completo y luego se me vuelve a mojar por el sudor.
En un momento dado, Miles se va en busca de cerveza fría (y una sidra para mí) y vuelve con un montón de collares luminosos al cuello y una marca emborronada de pintalabios en una mejilla.
—¡Cómo no! —grita Julia por encima de la música, sin dejar de bailar en ningún momento y sin aspecto de que le falte ni un poquito el aire.
¡Ah, quién tuviera veintitrés de nuevo!
Señala a Miles con la cabeza.
—¡Se va a por cerveza y vuelve con un chupetón!
Creo que lo dice de forma figurada, pero eso no me impide mirarle el cuello mientras él reparte las bebidas. Cuando nos las da, le pone uno de los collares luminosos a Ashleigh y después le da uno a Julia, que ella se ajusta para colocárselo a modo de tiara. Después me pone los dos últimos a mí.
—¡Gracias! —grito. El grupo acaba de empezar una versión de Crimson and Clover que la mitad de los presentes corea medio borrachos a nuestro alrededor.
—Un placer —replica.
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—Ya lo veo. —Le rozo la mejilla justo por debajo de la marca de pintalabios. Ojalá que me haya salido en plan bromista y amistoso como era mi intención, no como si me estuviera muriendo de celos.
—Una caza del tesoro o algo así de una despedida de soltera —explica
—. ¿Me lo limpias?
Paso los dedos por la condensación que tiene su botellín de cerveza y
luego le limpio la marca de la piel.
—No puedo llevarte a ninguna parte.
Se inclina hacia delante para que pueda oírlo.
—¡Si tuviera barba —grita—, esto no habría pasado!
—Podrías llevar la máscara de Scream y esto seguiría pasando —le aseguro.
Se vuelve hacia mí, con la boca casi tocándome la oreja y el olor a jengibre y a cerveza me sube por la nariz.
—¿Estás celosa? —bromea.
Me pongo de puntillas y le coloco una mano en un hombro, lo bastante achispada como para seguirle el juego, pero no tan borracha como para decir la verdad.
—Es que me gustaría conseguir los collares luminosos yo solita para variar —contesto.
Me toca la cintura. El calor me recorre de la cabeza a los pies. De forma automática me inclino hacia la caricia, y él me rodea la cadera con los dedos al tiempo que agacha la cabeza.
—El grupo de la despedida de soltera sigue en la barra. Será un placer presentarte.
—¿Y perderme esta canción? No hay suficientes collares luminosos en el mundo para eso. —Me pego a él y el corazón me late, fuerte y rápido, al ver que esos ojos oscuros se dilatan y que esboza una sonrisilla torcida y guasona.
Con la mirada clavada en su boca, olvido de lo que estamos hablando. Trago saliva para que me baje un nudo espinoso y le toco el mentón áspero.
—Ya casi vuelves a tener barba.
Me rodea la muñeca con los dedos, sin apretar, y una descarga eléctrica salta de su cuerpo al mío.
—Petra también la detestaba —dice, y su voz es casi un zumbido, mezclada con la música.
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Se me cierra el estómago de golpe.
—Yo no la detesto —replico—. Le estoy tomando cariño.
La sonrisilla torcida se hace más evidente y me acaricia la muñeca con el pulgar.
—¿Eso quiere decir que debería dejármela?
Carraspeo.
—Eso es cosa tuya.
—Y yo te lo pregunto a ti —replica, con una sonrisilla traviesa, pero con una expresión lo bastante seria en los ojos oscuros como para dejarme paralizada.
El momento parece un aliento contenido, o una pompa de jabón, algo que no puede durar, que tiene que romperse de un modo u otro.
Y se rompe. La canción termina y Julia se acerca de repente, con el flequillo pegado a la frente y el rímel corrido alrededor de los ojos.
—¿Quién quiere un chupito? —pregunta, y Miles se separa de mí. —Voy a buscarlos —se ofrece él, y se abre camino entre la multitud,
mirando una última vez por encima del hombro, con una expresión en los ojos que hace que me sienta como un regalo de Navidad que él está a punto de abrir.
—¿Miles y tú os estáis acostando? —me pregunta Ashleigh junto al food truck de pan bao durante el almuerzo del lunes.
Acababa de beber un sorbo de limonada y de tenderle la mano al cajero para tomar el tíquet, y consigo volver la cara por los pelos antes de espurrear la bebida.
—¡Ashleigh! —protesto al tiempo que la alejo del mostrador. —¿Qué? —pregunta—. Que ese tipo tiene sesenta como poco. No creo
que lo vayamos a escandalizar. —Antes de añadir con expresión pensativa —: A menos que él también se esté acostando con Miles.
—No me estoy acostando con Miles —le digo.
—Vale, muy bien. Seguro que he malinterpretado las señales. —Su tono deja claro que no se lo cree.
El cajero anuncia nuestros respectivos pedidos y recogemos la comida del mostrador para ir a sentarnos en las mesas de pícnic de la explanada con vistas a la playa pública.
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—Una vez —admito—. Pasó algo una vez.
Una sonrisa aparece en los labios pintados de rosa de Ashleigh.
—Lo sabía. Cuéntame más cosas.
—No hay nada que contar.
—¿Tan malo fue?
—¡No! —exclamo con más énfasis de la cuenta. Al ver su sonrisa ufana, añado—: La cosa es que no sé ni cómo pasó.
—En fin, todavía sabes más que yo, porque ni siquiera sé qué pasó.
—Nos enrollamos un poco —explico.
—¿En qué contexto? —me pregunta.
—En casa —respondo—. Estábamos viendo una peli y, no sé, pasó sin más.
—¿Qué estabais viendo?
—¿Eso importa?
—Para interpretar el contexto —me explica—. De verdad, Daphne, ¿es que nunca has tenido una amiga íntima?
Por mi cabeza pasa la última conversación que tuve con Sadie como si fuera humo punzante. Pero por raro que parezca, las palabras de Ashley también me provocan un ligero vuelco en el estómago por la implicación de que nos estamos convirtiendo en eso: amigas íntimas.
—No desde hace tiempo —contesto.
Me toma del codo.
—Ya sabes que mi vida social no es que sea muy animada últimamente. Solo quiero decir que contar todo esto se supone que es divertido, no vergonzoso. Estamos en un espacio libre de críticas. ¡Por el amor de Dios, que estamos a veinte metros de la biblioteca! Ayer tuve que pedirle a un tipo que dejara de llevar a las palomas dentro con un caminito de migas de pan.
—¿Otra vez? —pregunto.
—No era Larry —contesta—. Otro tipo.
—En fin, a Miles no tuve que incitarlo con migas de pan —digo.
—Eso siempre es una buena señal —me asegura.
—Estábamos viendo una de las pelis de Fast & Furious —confieso.
—¿Cuál? —pregunta de inmediato.
—No sabría decirte. Una con Vin Diesel.
—Cualquiera se pondría cachonda —dice—. Y ¿qué? ¿Fue raro?
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—No. Fue… —Bajo la voz, por si el del local de comida decide poner la oreja—. Fue bueno en plan raro.
—¿Qué tiene de raro? —pregunta Ashleigh—. Miles está buenísimo. —Es raro porque desde hace como cinco años no he besado a nadie
salvo a Peter y no imaginaba que cuando volviera a hacerlo sería con el exnovio de la flamante prometida de mi exnovio.
—Dicho de esa manera…
—La cosa es que convinimos en que fue un error garrafal —digo. —¿En serio? —me pregunta—. ¿Por qué? Me encojo de hombros.
—A ver, por un montón de motivos. Vivimos juntos. Los dos acabamos de salir de relaciones largas.
Pone los ojos en blanco.
—No hace falta que te lances de cabeza a algo serio. Yo firmé el divorcio hace cosa de un año y todavía no he pasado de la tercera cita con nadie.
—No, lo sé —digo—. Ni siquiera podría ser algo serio, porque…
Levanta una ceja de inmediato.
—Porque…
Suelto un suspiro. No pensaba contárselo a nadie de la biblioteca hasta que las cosas estuvieran más seguras, pero ahora Ashleigh es mi amiga. Se lo debo.
—Estoy buscando otro trabajo.
Me mira fijamente como si no entendiera las palabras.
—Estás obsesionada con tu trabajo. A veces te encuentro mirando hojas de cálculo como si fueran boletos de lotería premiados.
—Vale, eso es un poquito exagerado —replico—, pero sí, me encanta mi trabajo. Es el pueblo lo que no me gusta tanto. A ver, que como pueblo sí me gusta. Pero solo me mudé por Peter. Mi madre vive en la Costa Este y… No sé. Es que no estoy segura de que pueda irme bien aquí. Siento no habértelo contado antes.
Menea la cabeza y suelta su pan bao.
—Oye, lo entiendo. Somos adultas. Tenemos que hacer lo mejor para cada una. Es una mierda para mí, pero lo entiendo.
—Gracias, Ash. En serio.
Se encoge de hombros y se lleva el pan bao a la boca para darle un buen bocado. Con la boca llena dice:
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—Pero si no vas a quedarte y no quieres nada serio, no veo qué problema hay con Miles.
—El problema es que él dijo que no sucedería de nuevo —le explico.
—¡Hum! —replica.
—¿Cómo que «hum»? —pregunto, al borde del pánico.
—Nada, nada —me tranquiliza—. Es que me sorprende. Anoche había química.
—Creo que Miles podría estar solo en una habitación con una bolsa de papel y habría química —replico, aunque, la verdad, es un alivio que otra persona se diera cuenta. No solo eran mis ganas de que estuviera sucediendo. Me desentiendo de la idea. Con química o sin ella, el quid de la cuestión sigue igual: no voy a tener un rollo de una noche con mi compañero de piso—. ¿Puedo preguntarte…? —Dejo la frase en el aire mientras decido cómo seguir—. ¿Puedo preguntarte qué pasó? ¿Entre Duke y tú?
—En fin, como me acabas de contar el rollo clandestino que has tenido con tu compañero de piso —contesta antes de darle un bocado enorme a su pan bao—, creo que hemos pasado de ser «compañeras de trabajo» a «amigas de verdad».
Siento una opresión en el pecho por la idea. Ojalá me hubiera esforzado más por conocerla antes. Incluso antes de la ruptura, habría sido bonito contar con una amiga como Ashleigh.
—Duke fue mi novio del instituto —dice antes de callarse para masticar un momento—. Cortamos cuando fuimos a la universidad. Luego volvimos al pueblo. Al final, acabamos cruzándonos en la Asociación Cristiana de Jóvenes, y luego «quedamos» en el asiento trasero de su coche, en el aparcamiento, como ya te dije.
—Sí, lo recuerdo.
—Así que nueve meses después, nace Mulder —sigue—. Y Duke fue increíble durante el embarazo. No estábamos juntos de verdad, pero estaba presente. Y después, creo que estábamos… borrachos porque nuestro hijo había nacido y era perfecto, de modo que cuando me dijo que quería casarse conmigo, yo pensé: «¡Joder, sí, vamos a casarnos! Ya somos una familia de todas formas, ¿no?». Y durante, no sé, cinco años, las cosas fueron bien. Luego Mulder empezó en el cole y yo me puse a trabajar a jornada completa en la biblioteca. Mulder empezó con las clases de kárate, y la gimnasia, y Duke se unió a un equipo de hockey para aficionados y…
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—Se encoge de hombros—. No sé. Las cosas todavía iban bien. Pero toda la relación había surgido alrededor de nuestro hijo. Incluso las otras parejas con las que salíamos tenían hijos de la edad de Mulder. Así era como elegíamos a nuestros amigos. Así era como elegíamos qué veíamos en la tele. No hablábamos de otra cosa. Y en cuanto nuestro hijo empezó a tener intereses propios, la relación dejó de… parecerme suficiente. Así que intentamos salir algunas noches, y eso ayudó. Disfrutar de tiempo específico para los dos. Pero algo seguía fallando. Tenía la sensación de que…, de que habíamos llegado al final del recorrido. En plan de que si le sugería apuntarnos a una clase de cocina, él contestaba: «No nos gusta cocinar»; o si le decía: «¿Y si nos mudamos a Portugal?», él replicaba con un: «No tenemos trabajo en Portugal».
—A ver… No sé si decir esto, pero me parecen respuestas muy razonables.
—Ya, claro —conviene—. Pero es que la conversación se acababa ahí, siempre. No había un: «¿Y si vamos de vacaciones a Portugal en verano?». Ni siquiera había un: «¿Por qué quieres mudarte a Portugal de repente?».
—¿Por qué querías mudarte? —le pregunto.
—No quería —contesta, como si tuviera que ser evidente—. Solo quería sentirme menos… conformista.
Resoplo.
—Tendríamos que haber intercambiado nuestras vidas.
Ashleigh menea la cabeza.
—Una cosa es la estabilidad y la seguridad, y son estupendas. Pero ¿la sensación de haberme conformado con lo que tenía? Lo de decidir sin más que ya sabía todo lo que me gustaba y lo que no, todo lo que se me daba bien, todos los amigos que iba a hacer y toda la comida que iba a comer… ¡Es que no me dejaba ni cambiar el color de las paredes del dormitorio! Quería conocer nuevas facetas suyas y quería encontrar nuevas facetas mías. Así que le pedí ir a terapia de pareja.
—¿Y no funcionó? —le pregunto.
Ashleigh sonríe, pero de alguna manera es el primer indicio de tristeza que le veo.
—En mi caso sí. Pero él se negaba a ir. Estaba dispuesto a ser bueno conmigo, pero no estaba dispuesto a mejorar. Aguanté todo lo que pude. Después me desperté un día y ya no pude aguantar más. Así que se lo dije.
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Una parte de mí esperaba que lo entendiera por fin. Que dijera que iba a ir a terapia, que lo intentaría. Pero no lo hizo.
—Mierda —digo—. Lo siento mucho, Ashleigh.
Se encoge de hombros con despreocupación.
—A veces es terrible, pero yo misma lo elegí. Creo que muchas de mis amistades creen que fui una imbécil egoísta por haber renunciado a algo bueno por la esperanza de algo mejor. Pero ¿cómo voy a enseñarle a mi hijo a no conformarse si yo no estoy dispuesta a luchar por la vida que quiero? Me esforcé al máximo por aceptar la que tenía, y si Duke también se hubiera esforzado, habría aguantado más. Pero es uno de esos tipos que no cree en compartir sus «asuntos» con un desconocido, de modo que la terapia estaba descartada. Ni siquiera quería que yo hablara con nuestros amigos del tema, así que cuando nos separamos, dio la impresión de que había sido de repente. Todos se pusieron de su parte y, la verdad, incluso los que no lo hicieron dejaron de invitarme a celebraciones. Supongo que es incómodo ser la única persona soltera en una habitación llena de parejas.
Siento un peso enorme.
Recuerdo la última conversación que mantuve con Sadie: «Os queremos mucho a los dos». Me dolió que me metiera en el mismo saco que a él. Pero lo que más me dolió fue que no me lo creí.
Si ambos éramos tan importantes para Cooper y para ella, ¿no tendría que haberme llamado en algún momento durante los últimos dos meses y medio? Ya no me quería, sola no.
—¡Ay, madre! —Ashleigh menea la cabeza—. A lo mejor por eso tengo tantas ganas de cotilleos. Nunca tuve la sensación de poder contarle a alguien lo que nos pasaba. Joder, creo que he tenido un momento eureka, Vincent.
—Por no mencionar que ahora ya sabes cuál es mi apellido —replico.
—¿Lo ves? —Da otro bocado—. Somos oficialmente amigas.
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Martes, 25 de junio
53 días hasta que pueda irme
Cuando llego a casa, Miles está saliendo por la puerta con una tostada en la boca y las llaves, el teléfono y la botella de agua en una mano.
—¿Llegas tarde? —deduzco, manteniendo la puerta abierta para que pueda salir.
Él asiente con la cabeza y se saca la tostada de entre los labios.
—He tenido que llevar en coche a Julia… ¡porque ha quedado con un chico!
—¡Si lleva aquí como tres días! —replico, asombrada.
—Ya lo sé. Supongo que lo conoció en el CoBARtizo.
Durante unos segundos, ninguno de los dos parece tener nada que decir. Es la primera vez que estamos solos en el piso desde que Julia apareció.
Soy la primera en romper el silencio.
—¡En fin! Pues vete.
—Vale. Hasta luego. —Se da media vuelta para irse, pero se vuelve otra vez casi de inmediato—. Se me había olvidado decirte que este domingo no puedo.
—¡Ah! —Intento no parecer desilusionada. ¡Intento no estar desilusionada! La verdad, seguramente sea mejor que pasemos menos
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tiempo juntos—. No te preocupes.
—El caso es que… —empieza.
—Miles, de verdad, que no pasa nada —lo interrumpo.
—No, lo sé, es que… —Hace una pausa—. Tengo una historia para el sábado por la noche.
Asiento con ímpetu con la cabeza, como si además de interesarme personalmente, me entusiasmara que tuviera planes.
—Pero tengo dos entradas —sigue—. Así que estaba pensando que a lo mejor quieres venir conmigo.
—¡Oh! —exclamo.
Debo de tardar demasiado en añadir algo más, porque en sus labios aparece una sonrisilla y un brillo guasón le ilumina los ojos.
—Sin presiones, Daphne —dice—. Si no quieres…
—No —le digo—. No es eso. —¡Es justo eso!—. Es que a lo mejor tengo que trabajar un poco —añado. El trabajo consiste en no salir a solas con Miles Nowak un sábado por la noche y descubrirme incapaz de mantener los límites amistosos que hemos establecido—. Lo siento —me disculpo a la fuerza—. Quizá la próxima vez.
Asiente con la cabeza.
—Claro —replica—. Hasta luego.
Yo también asiento con la cabeza.
—Nos vemos.
Vuelve a meterse la tostada entre los labios y desaparece por la escalera del final del pasillo.
Me encierro en el piso y espero a que se calme el arrepentimiento que me invade todo el cuerpo.
Es lo mejor. Estaré atrapada aquí por lo menos durante un par de meses, seguramente más, y no estoy dispuesta a reventar mi vida, ¡otra vez!
Suelto el bolso y me adentro en el piso. Los zapatos de Julia están en el vestíbulo; su ropa, por todas partes en el salón y las sábanas siguen arrugadas en el sofá. La encimera del cuarto de baño está manchada de maquillaje, y se ha dejado enchufados dos trastos distintos para el pelo.
Salvo por el peligro de incendio, lo demás no me importa. De pequeña, sentía envidia de las amigas que tenían hermanos. Mis mejores recuerdos son las noches de cine con mi madre o nuestros largos paseos de los sábados por la mañana por tiendas horteras de cachivaches y tiendas de
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discos, pero gran parte de mi infancia transcurrió sentada en un apartamento vacío, anhelando el tipo de ruido, desorden y continuidad que supone tener una familia, en vez de tener solo una madre con exceso de trabajo.
A lo mejor Julia es una vaga, pero tener sus cosas por todas partes hace que el piso vacío me parezca menos solitario.
Desenchufo la plancha del pelo y limpio un poco, después me ducho y preparo unos macarrones Easy Mac. Mientras como, les mando un mensaje de correo electrónico a los posibles patrocinadores y a algunos autores importantes con los que colaboré en la biblioteca de Richmond para preguntarles si pueden grabar vídeos que iremos emitiendo a medida que cumplamos nuestros objetivos de recaudación de fondos a lo largo de la noche del Maratón de Lectura. Luego comparo el calendario de mi teléfono con el de la pared. Para mi sorpresa, Miles ha añadido sus turnos en la bodega en azul, y Julia (supongo) ha añadido a lo largo de este jueves, en rojo y con una letra errática: «COMETER ASESINATO».
Debajo, escribo con la letra más pequeña que puedo: «AVISAR AL FBI
POR LO DE JULIA».
Acto seguido, me tumbo en la cama e intento leer sin éxito. Luego trato de ver una película de acción y no tardo en darme cuenta de que no es divertido ver este tipo de cosas sola, así que me dedico a ojear las redes sociales, viendo los anuncios de embarazos de verano de algunas amigas de la universidad, el reciente viaje a Tailandia de una compañera de trabajo de Richmond que va a ver a su familia, y de repente, sin previo aviso, aparece ella, en mi pantalla.
Petra.
Y, claro, me resulta bastante chocante. Aunque ese no es el motivo por el que acabo arrojando el móvil a los pies de la cama, con el pulso acelerado.
Es por quien publicó la foto. Es por quien sale en ella.
La mujer menuda que está con ella, abrazando a Petra, las dos radiantes, delante de unos platos con gofres de chocolate a medio comer sobre un mantel de cuadros naranjas.
Solo he visto la imagen un segundo, pero ya se me ha quedado grabada en la mente.
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¿Cómo no se me va a grabar, si reconozco el mantel, los gofres e incluso a la radiante mujer que abraza a Petra?
Me arrastro por la cama, con el corazón en la garganta, y me preparo antes de volver a poner el teléfono boca arriba.
Fue Cooper quien publicó la foto. No necesito ver la etiqueta con la ubicación «Richmond, Virginia» para saber dónde la hicieron. Es nuestro lugar para los desayunos tardíos. Al que Sadie, Cooper, Peter y yo íbamos casi todos los sábados.
Peter y Petra han ido a visitarlos.
No puedo respirar. La ropa me aprieta demasiado, me pica la piel y tengo calor. Voy dando tumbos hasta la ventana y descubro que tengo los brazos demasiado débiles para abrirla al primer intento. Cuando por fin lo consigo, no corre ni una leve brisa que pueda entrar.
Una cosa es que te sustituya un ex y otra es sentir que toda tu vida se la ha quedado otra persona.
Creo que voy a vomitar. Incluso voy al baño, por si acaso.
«Esto es culpa tuya —susurra una voz desde el fondo de mi mente—.
Fuiste tú quien construyó todo a su alrededor».
Me mudé a su pueblo natal. Dejé que mi relación con Sadie acabara absorbida por la de las dos parejas, que nuestras noches semanales de chicas se convirtieran en citas dobles, que nuestros viajes de fin de semana fueran sustituidos por vacaciones en pareja, que acabáramos hablando a través del chat grupal en vez de mantener largas llamadas telefónicas. Fui yo quien apostó todo a la incómoda y voluntaria tarea de entablar amistad con Scott y el resto de los amigos de Peter de Waning Bay en vez de hacer mis propias amistades, sin tener en cuenta lo difícil que es abrirse paso en un grupo al que lo que más le interesa es rememorar recuerdos compartidos. Me mudé a una casa que estaba a su nombre.
Miles tiene razón. Tengo que dejar de concentrarme en todo lo que he perdido y pensar en construir algo nuevo. Ya sabía que mi antigua vida se había acabado. Quedarme aquí sentada dándole vueltas al tema no me servirá de nada.
Bajo la tapa del inodoro y me siento encima mientras busco el chat con Ashleigh.
«¿No me dijiste que tenías un pasatiempo que me podías prestar?», tecleo.
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«El último miércoles de cada mes. Es decir, mañana —escribe—. ¿Te apuntas?».
«¿Qué es? —pregunto—. Solo me has dicho que no es “ejercicio planificado”».
«Cierto —replica—. No se te ocurra venir con una sudadera andrajosa».
«¿Es ejercicio espontáneo?», pregunto.
«Caliente», responde.
«Genial», digo, y aprovecho para enviarle un mensaje a Miles. A lo mejor es un error, a lo mejor no es sensato, pero ser sensata no me ha dado buenos resultados hasta ahora.
«Me apunto a lo del sábado», le digo.
Así no es cómo me imaginaba la Noche Mensual de Póquer de Ashleigh. Para empezar, el hombre que abre la puerta de la casa de una sola
planta situada a ocho kilómetros del pueblo no es un desconocido.
Es un sesentón clavadito a Morgan Freeman, siempre y cuando se pase por alto el chándal con el logo de los Red Wings y las pantuflas a juego, un atuendo que no me acaba de encajar con Morgan Freeman.
—¡Ya era hora de que aparecierais! —exclama a modo de saludo y se aparta para dejarnos entrar en su casa.
—¡Harvey! —replico, demasiado aturdida como para moverme.
—Lo siento, llegamos tarde. —Ashleigh me señala con la cabeza—.
Culpa de Daphne, obviamente.
Harvey resopla.
—Ya sé que parezco un chaval, pero no me he caído de un guindo.
Pasad, pasad. Quitaos los zapatos. Estamos en la cocina.
Dejo los mocasines junto a las botas altas de Ashleigh y seguimos a Harvey por un estrecho pasillo forrado con paneles de madera. Se oye una suave melodía de jazz y huele mucho a puro. Las paredes están literalmente cubiertas por fotos de tres generaciones familiares por lo menos, desde las más recientes de las graduaciones de sus nietas en la Facultad de Medicina hasta las más antiguas, que son las fotos descoloridas por el tiempo de su boda con su difunta esposa.
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—¿Cuánto tiempo lleva celebrándose esta Noche de Póquer? — pregunto.
—Literalmente desde que nací —responde Ashleigh—, pero no me permitieron unirme hasta los dieciocho.
—¿Os conocéis desde hace tanto tiempo? —replico, sorprendida. Son amigos en el trabajo, pero nunca he tenido la sensación de que se conozcan de verdad.
—Desde que medía sesenta centímetros —contesta Harvey en esta ocasión.
—Así que desde que estabas en segundo de curso en el instituto — digo, y él suelta una carcajada.
—Harvey practica eso de «no mostrar favoritismo» en el trabajo —me explica Ashleigh, gesticulando con los dedos para simular unas comillas
—. Hizo que el jefe de zona me entrevistara en vez de contratarme él directamente.
—¿No es mejor eso que pasarse luego la vida preguntándote si te lo merecías o no? —le pregunta él.
—En realidad, ni me lo habría preguntado —contesta Ashleigh. Harvey sale del pasillo a la cocina y lo seguimos hasta la mesa del
desayuno.
—¡Mirad quién ha aparecido por fin! —exclama—. ¡Y nos ha traído a un quinto miembro!
—Solo a modo de prueba —añade Ashleigh—. Ya veremos si conserva el puesto. Os presento a Daphne. Daphne, estas son…
—¡Lenore! —la interrumpo, sorprendida de nuevo al ver a la alta y desgarbada Lenore del puesto de espárragos, repantingada en la silla más cercana al ventanal. Y justo a su lado, la última participante de la Noche de Póquer, menuda y morena—: ¡Barb!
Llevan las mismas viseras que cuando las conocí. Y sendos puros a juego colgando de la boca. Lenore se saca el suyo de entre los labios mientras se levanta para saludarme.
—¡Qué sorpresa más agradable!
Los ojos de Ashleigh vuelan de ellas a mí una y otra vez. —¿Os conocéis?
—Sí, ya nos conocemos —contesto, justo cuando Barb dice: —¡Es la nueva chica de nuestro amigo Miles!
Lo de los pueblos es…
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—¿De qué conocéis a Miles? —pregunta Ashleigh.
Justo cuando yo digo:
—Solo somos amigos.
Justo cuando Harvey pregunta:
—¿Quién demonios es Miles? —mientras se deja caer en una de las sillas con respaldo de caña. Es la primera vez que lo oigo decir una palabrota. De todas formas, eso me resulta menos chocante que las pantuflas de los Red Wings.
Lenore le pregunta a Ashleigh:
—¿De qué os conocéis?
—Daphne trabaja con nosotros en la biblioteca —responde Ashleigh.
—¿Quién es el tal Miles? —tercia Harvey.
—Mi compañero de piso —aclaro, lo que hace que Lenore y Barb intercambien una mirada cómplice.
Ashleigh suelta su enorme bolso en el suelo y se deja caer en la silla situada junto a la de Harvey, dejándome a mí la que está al lado de Barb. Acto seguido, Harvey saca un puro de la cajita de madera que hay en el centro de la mesa y desliza la caja hacia nosotras.
—No, gracias —le digo. Ashleigh saca uno de un tirón y toma el cortapuros de la tapa de la caja—. Bueno, y ¿de qué os conocéis todos? — pregunto.
Harvey empieza a barajar.
—¡Uf! Nos conocemos de toda la vida.
—La Iglesia episcopal. —Lenore asiente como si yo debiera entenderlo.
Ni idea.
—Mi madre era la sacerdote —me explica Ashleigh—. Mi madrastra, en realidad, pero mi padre murió cuando yo era pequeña, y mi madre se casó con Adara cuando yo tenía seis años, así que fue mi madre básicamente desde que tengo uso de razón.
El ambiente se llena de tristeza. Harvey pone una mano sobre la de Ashleigh y le da un apretón.
—Era una buena mujer.
—La mejor. —Lenore exhala un anillo de humo perfecto hacia el ventanal abierto—. Y una gran jugadora de póquer.
Antes de que pueda preguntar o de decidir si debo hacerlo, Ashleigh dice con brusquedad:
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—Cáncer de estómago. Hace cinco años y medio.
Pienso en mi propia madre y siento que se me encoge el corazón.
—Lo siento mucho. No tenía ni idea.
—Es difícil. —Rodea el puro con una mano mientras lo enciende—. Cuando perdimos a Adara, mi madre necesitaba estar en un sitio nuevo, así que se mudó a Sedona, donde vive su hermana. Mulder y yo las echamos mucho de menos a las dos, pero al menos sin Adara y sin mi madre en las partidas, por fin puedo darles caña a todos estos vejestorios.
Lenore resopla y dice:
—Buena suerte.
—Me enseñó todo lo que sabía —asegura Ashleigh, con las manos en alto y el puro colgando de la comisura de los labios como un personaje de Hunter S. Thompson—. Soy su heredera.
—Lo habrías sido —replica Barb— de haberte comportado como las niñas buenas que les hacen caso a los consejos de sus mayores.
Exclaman. Protestan. Se ponen verdes. Se acusan mutuamente de aplazar lo inevitable hasta que, por fin, empezamos a jugar la primera ronda.
Me retiro pronto, porque solo tengo un par de doses en la mano. Harvey celebra su escalera real ganadora yendo a la cocina y volviendo con una botella de buen whisky. Sirve un poco en cada vaso y Barb pone un nuevo disco.
—Segundo asalto —dice Lenore, frotándose las manos.
Al final de la noche, he perdido cuarenta pavos, he recuperado once, me he fumado mi primer puro y he prometido ir a la fiesta del setenta y cinco cumpleaños de Harvey, que no es hasta octubre (dentro de tres meses y medio), pero que ya han empezado a planear.
—¡Vamos a alquilar un autobús para ir al casino! —exclama Barb, con los ojos brillantes de tanto reír, beber, fumar y darnos una paliza a las cartas.
—Suponiendo que no estire la pata antes —señala Harvey.
—¡Da igual, de todas formas alquilaremos el autobús! —le asegura Lenore—. Aunque será para celebrar un funeral en vez de un cumpleaños.
—Mejor irme con estilo —replica Harvey.
—¿Debemos asegurarnos de que lleves tu atuendo característico? — pregunto, señalando el chándal. Nada más decirlo, siento en el estómago esa sensación familiar de «¡Mierda!, ¿habré metido la pata?».
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Sin embargo, Harvey suelta una carcajada junto con una nube de humo.
—Puedes volver —me dice Harvey, que después añade con énfasis, dirigiéndose a Ashleigh—: Tráela la próxima vez. —Y luego añade, mirándome—: Eso sí, no esperes un trato especial en el trabajo.
Me hago una cruz delante del corazón para que vea que se lo prometo. Una vez en la puerta, nos despedimos con abrazos, antes de que Ashleigh y yo nos pongamos los zapatos y salgamos de la casa, a una calle sin salida. El resto de las casas están casi todas a oscuras o tienen una solitaria luz encendida junto a la puerta principal, pero, según Ashleigh, la
Noche de Póquer no ha hecho más que empezar.
—¿Compartimos un taxi? —pregunta mientras se balancea un poco en el sitio y llama a uno con su móvil.
No estamos en condiciones de conducir.
—Primero un pasatiempo, luego un taxi —digo—. ¿Qué será lo siguiente?
—Un secreto mortal —responde ella bromeando.
O, por lo menos, yo lo interpreto así.
—Ha sido muy divertido —digo—. No había ido a una fiesta desde… —Hago memoria—. Desde la fiesta de mi compromiso, supongo.
—¿Crees que eso ha sido una fiesta? —replica—. En serio, tenemos que sacarte más.
Me encojo de hombros.
—Supongo que siempre he sido un lastre y seguía a la gente por inercia. Solo que últimamente no he tenido a nadie a quien seguir.
—No eres un lastre —me asegura—. Es que te va la pluralidad. —¿En plan de que haya mucha gente?
—No, en plan de usar el verbo en plural, de que haya un nosotros: «Nos encanta ese restaurante», o «Siempre vamos de vacaciones allí», o «No nos gustan las películas de miedo». Una mujer que se siente más cómoda formando parte de un todo y que nunca va a ningún sitio sin pareja.
—¡Mierda! —exclamo—. Tienes razón.
—Pues claro que tengo razón —dice—. Soy un dechado de sabiduría. El primer «nosotros» fuimos mi madre y yo, luego fuimos Sadie y yo,
y después Peter y yo. Siempre me he aferrado a las personas que quiero, he
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intentado orientar mi órbita en torno a ellas. Quizá intentando que no me dejaran, según empiezo a comprender. Pero no ha funcionado.
—No quiero ser solo una parte de un «nosotros» —digo—. Quiero ser un «yo».
—Ya eres un «yo». Solo tienes que actuar en consecuencia.
—Supongo —digo.
Ashleigh me mira con gesto pensativo.
—Esta noche te has mantenido firme.
—Sí, bueno, tengo la sensación de que han sido muy tolerantes conmigo —replico.
—Sí, te han tratado como si fueras de cristal —reconoce ella, con la cabeza ladeada y una mirada especulativa—. Pero tú no eres tan frágil, Vincent.
—No lo soy. —Y me parece que es verdad, por lo menos ahora mismo. No soy una mujer frágil. Me siento sola, dolida, enfadada y tiendo a quejarme mucho, eso sí. Pero no soy frágil. A lo mejor puedo soportar quedarme aquí, en Waning Bay, donde mi vida se ha desmoronado. A lo mejor puedo empezar de nuevo, haciendo algo que solo decida yo esta vez. El taxi se detiene—. ¿Ashleigh?
—¿Mmm? —murmura ella.
—Gracias —le digo—. De verdad.
Pone los ojos en blanco.
—Necesitábamos un quinto jugador.
Meneo la cabeza.
—No solo por eso. Por ser mi amiga. Por haberme dado una oportunidad, después de este último año.
Su semblante, siempre tenso, se suaviza.
—¿Sabes? —replica—. Yo también necesitaba una.
—Me alegro de haber sido yo.
—Lo mismo digo.
El taxista nos hace luces y, abrazadas y tambaleantes, bajamos por el camino de entrada para acercarnos a él.
Siento que podría echarme a llorar, por motivos que no acabo de entender del todo.
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Sábado, 29 de junio
49 días hasta que pueda irme
—¿Por qué no me lo dices? —le pregunto a Miles mientras lo sigo a la cocina.
—Porque ya has aceptado venir —me suelta y abre el frigorífico. —¿Y tienes miedo de que me eche atrás cuando sepa lo que es? —
pregunto.
Saca la jarra de agua, se llena un vaso, lo apura y me sonríe.
—Vamos, Miles —insisto—. Odio las sorpresas.
—En ese caso, deberías haber preguntado antes de apuntarte al plan — replica.
—¿Vamos a hacer paracaidismo? —pregunto.
Rellena la jarra del grifo del fregadero.
—Lo dudo.
—¿Lo que vamos a hacer implica un trabajo manual pesado? Vuelve a meter la jarra en la nevera.
—Ve a ponerte algo bonito, Daphne. Tenemos que irnos pronto. —Y pasa a mi lado para salir de la cocina.
—¿Es un funeral? —le pregunto.
Se detiene y me mira de nuevo.
—Caliente.
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—Por favor, dime que es una broma —le pido.
Sonríe de oreja a oreja.
—Puedes ir de rojo si es lo que quieres saber.
—¿El funeral de alguien a quien odias?
Se ríe y se aleja.
—Tienes media hora para arreglarte —dice, aunque ya no lo veo.
Una vez en mi dormitorio, me pongo el único vestido bonito de verdad que tengo, el negro con la espalda descubierta que llevé a mi fiesta de compromiso y a Cherry Hill aquella primera noche que salí con Ashleigh. Julia y ella van esta noche a un club de jazz local, así que les mando un mensaje en el chat de grupo: «¿Alguien sabe adónde vamos Miles y yo?».
Julia replica: «¿Todavía no te lo ha dicho?».
Ashleigh contesta: «Me meo, yo sí lo sé».
Envío un montón de signos de interrogación.
Julia dice: «¡Ay, madre, que me lo acaba de decir!».
«¿Qué es?», pregunto.
Ashleigh solo responde con un guiño. Julia añade: «Haz muchas fotos ¡POR FAVOR!».
«FIESTA DE FIN DE CURSO», reza la pancarta plateada, sujeta a las dos columnas que enmarcan la puerta principal del hotel en primera línea de playa pintado de color rosa pastel, y flanqueada por sendos ramilletes de globos negros y plateados.
Miles detiene la camioneta justo delante.
—¿Qué es esto? —le pregunto.
—No te preocupes —replica él mientras apaga el motor—. La cosa va a ponerse todavía más rara.
Un aparcacoches adolescente sale corriendo del hotel, y Miles se baja de la camioneta para entregarle las llaves. Yo también me bajo y nos reunimos delante de la puerta del hotel.
—Estamos en pleno verano —le recuerdo.
—29 de junio —dice.
—Tenemos como treinta y cinco años —señalo a continuación.
—Pues sí —replica él.
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—¿Cómo es posible que estemos en una fiesta de fin de curso? — pregunto.
—¿Cómo es posible que estemos en alguna parte? —se burla—. Vamos. —Me pone una mano en la base de la espalda, y me sube un cosquilleo por la columna cuando dejo que su leve contacto me guíe hasta el lujoso vestíbulo del hotel.
Un reluciente suelo de baldosas con gruesas alfombras de estampado floral y papel pintado geométrico, un contraste audaz; sillones de terciopelo agrupados en distintas zonas a ambos lados de donde nos encontramos, y un cartel: «FIESTA DE FIN DE CURSO DE LA SOCIEDAD
HISTÓRICA DE WANING BAY».
La flecha que hay debajo apunta a la izquierda.
Miro a Miles, que parece encantado con mi total desconcierto. Me toma de la mano y me lleva por el pasillo enmoquetado, por el que resuena música a todo volumen procedente de la puerta doble abierta que hay en el otro extremo.
Pasamos por debajo de un arco de globos plateados a un salón de baile adornado con serpentinas brillantes y globos llenos de purpurina. Unas mesas con mantelerías blancas, rematadas con grandes ramos de rosas también blancas, rodean una iluminadísima pista de baile, tras la cual hay una hilera de puertas que dan a una terraza iluminada con titilantes guirnaldas de lucecitas. Allí ya hay parejas en torno a los veladores altos, charlando con cócteles en la mano.
Y ahora es cuando por fin me fijo en los invitados, todos excesivamente arreglados, algunos hasta excesivamente perfumados, la mayoría con un evidente rasgo en común.
—¡Por Dios! —Me vuelvo hacia Miles y bajo la voz—. ¿Qué es esto? —Un baile de fin de curso —contesta, sonriéndome.
«Fin de curso» aquí tiene una connotación totalmente distinta. Seguramente seamos una de las tres parejas presentes que no recuerda el día del primer alunizaje.
Miles recoge dos copas de champán de la bandeja plateada de un camarero que pasa por nuestro lado.
—Esto te ayudará a superar la conmoción —dice al tiempo que me acerca una de las copas a los labios.
Consigo beberme el sorbo en vez de vomitarlo.
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—Por favor —digo—, explícame esto como si acabara de llegar a este planeta.
—Acabas de llegar a Waning Bay —replica—, así que para el caso es lo mismo.
—¿Qué fin de curso se celebra? —pregunto.
—No hay ningún curso —me explica—. Es una recaudación de fondos que se celebra todos los años. Asisten montones de empresarios. Y se me ha ocurrido que podría ser un buen lugar donde conocer patrocinadores. Para el Maratón de Lectura.
Siento una emoción tan extraña que es como si la temperatura de mi cuerpo hubiera subido veinte grados de golpe. Claro que igual es el champán.
—Qué detallazo —le digo—, pero eso no explica qué haces tú aquí. Ya tenías las entradas.
—Bueno, en primer lugar… —Se inclina hacia mí y baja la voz para susurrarme al oído—: Me encanta la gente mayor.
—Me he dado cuenta de que te llevas bien con los mayores de setenta años —reconozco—. Claro que tampoco es que se te dan mal los menores de setenta.
Pone los ojos en blanco, pero sonríe.
—Supongo que es agradable estar rodeado de gente que tiene experiencia en la vida, ¿me entiendes? —Se encoge de hombros—. Me parece que es muy probable que ya hayan dejado atrás sus peores errores y a estas alturas ya saben quiénes son y cómo ser quienes quieren ser.
Siento que mi sonrisa se desvanece, que se me ablanda el corazón. Hay un deje tristón en su voz. Y no estoy acostumbrada a un Miles tristón.
—Además —añade ya más alegre—, Lenore está en la junta directiva de la Sociedad y no ha dejado de darme la tabarra hasta que he comprado las entradas y he «contribuido a la causa». —Me toca la espalda e inclina la barbilla hacia la barra de caoba situada al otro lado del salón de baile—. Vamos a beber una copa de verdad.
De camino y mientras nos incorporamos a la cola, corta por suerte, caigo en la cuenta de un detalle:
—Has dicho «en primer lugar».
Miles frunce el ceño.
—¿Qué?
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—Que has dicho que «en primer lugar» te encantan… —«Los ancianos», articulo solo con los labios para que no me oigan las personas que están guardando cola—, pero no has comprado dos entradas solo por… —Me detengo al darme cuenta. Bueno, en parte me detengo porque es como si me dieran un puñetazo.
Y, sobre todo, me detengo porque justo cuando entiendo el motivo que explica las dos entradas de Miles, ese motivo está pasando por debajo del arco de globos.
Rubia, esbelta como un sauce y espectacular, vestida de verde agua, con una mano aferrando con delicadeza el brazo de su igualmente espectacular acompañante.
Miles y yo nos miramos, reflejando el asombro y el horror del otro, un bucle interminable de «¡Dios, cualquier cosa menos esto!».
—Supuse que no vendría —suelta Miles.
—Ajá. —Eso es todo lo que consigo decir. Mi cerebro está ocupado planeando vías de escape. Dado que Peter y Petra siguen de pie en el vano de la puerta, lo mejor que podemos hacer es salir corriendo a la terraza, saltar sobre la balaustrada y tirarnos de bruces a la arena de la playa que hay debajo.
—Fui yo quien compró las entradas —dice Miles—. Así que supuse que no vendría.
—¿Qué hacemos? —le pregunto.
—A ver —dice Miles—, ¿los saludamos? ¿O pasamos de ellos? Es un salón grande.
De repente, ni todo el estado de Míchigan me parece lo bastante grande para los cuatro.
Vuelvo a mirar hacia la puerta. Peter y Petra se han alejado y están serpenteando entre las mesas en dirección a un grupo de personas que se encuentra en el rincón del fondo.
—La abuela Comer está aquí —refunfuña Miles.
—¿La abuela Comer? —repito, atónita.
—La abuela de Petra —me explica por fin.
—No, si ya me lo imaginaba. Es que no me creo que la llamen así. ¿Tan tragona es que no se cortan a la hora de decírselo?
—No, si la quieren mucho —me asegura—. Es a mí a quien odian en secreto.
—En ese caso, tienen tan mal gusto como Petra —replico.
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Sonríe, pero es un gesto fugaz que desaparece al instante.
—¿Quieres huir de aquí?
Por supuesto que sí.
Sin embargo, recuerdo la foto de Peter y Petra con Sadie y Cooper, en todos esos lugares sagrados de Richmond que ya no me pertenecen, en la casa que nunca fue realmente mía y en Petra viniendo acompañada de Peter, aun sabiendo que Miles ya tenía entradas.
—¿Señora? —me dice la camarera.
Hemos llegado a la barra y está esperando a que pidamos. Miro fijamente a Miles.
—Si lo necesitas, podemos huir de aquí —dice—. Pero… —Inclina la cabeza y sus ojos brillan bajo las oscuras pestañas.
—¿Pero? —repito.
—También podemos quedarnos —responde—. Beber. Bailar.
Divertirnos.
—En la misma habitación donde están nuestros ex —señalo—. Que creen que estamos saliendo.
La sonrisa de Miles se tensa.
—¿Ves? —dice—. ¿No te parece divertido?
—¿Señora? —repite la camarera, más alto en esta ocasión.
No tendríamos que sentirnos obligados a irnos. Que se vayan ellos si están incómodos.
Me vuelvo hacia ella.
—Dos chupitos de whisky, por favor.
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Como siempre, Miles conoce a todo el mundo.
Desde que descubrimos que hay una mesa enorme llena de postres en la terraza y empezamos a acercarnos a ella, no podemos avanzar más de dos metros sin que nos interrumpa otro superfan de Miles Nowak de pelo blanco o barba canosa.
Mi estómago está lo bastante vacío como para dejar que el chupito de whisky se encargue de facilitarme la tarea de socializar, lo cual es mejor, porque cuando Lance, el dueño de la juguetería, responde a las preguntas de Miles sobre cómo va el negocio («A los niños de hoy en día ya no les gustan los juegos de construcción como antes»), Miles se vuelve hacia mí y dice:
—Me apuesto lo que sea a que a los niños de la biblioteca les encantarían. ¿Has pensado en donar algunos juegos para el Maratón de Lectura?
A lo que, por supuesto, Lance responde:
—¿Qué es un Maratón de Lectura?
Y Miles me empuja con delicadeza hacia delante al tiempo que asiente con la cabeza con disimulo para tranquilizarme.
Por regla general, preferiría afeitarme las piernas con un botellín roto de cerveza antes que dar un discurso improvisado, pero me ha preparado muy bien el momento y estoy en un salón de baile con mi exnovio, así que ¿qué es lo peor que podría pasar?
—Es una recaudación de fondos —le explico. Cuando termino de hablarle sobre el tema, me descubro hablando de los niños, del personal, de nuestra desesperada necesidad de actualizar nuestra oferta de literatura infantil, y al final de nuestra conversación, Lance no solo ha prometido diez juegos de construcción de cometas como premio, sino que también se
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ha ofrecido a organizar una clase de pintura de miniaturas para la biblioteca en otoño.
Cuando llegamos a la mesa de los postres, ya conozco a la famosa dueña de la quesería preferida de Miles; al dueño de Cerezas para Todos los Gustos; a Molly, del Imperio de las Palomitas de Molly; y al encargado de la heladería Bocaditos Gélidos.
En tan solo una hora, el Maratón de Lectura ha acumulado una tabla de quesos y embutidos gratis para los voluntarios; cien bolsas de regalo de cerezas bañadas en chocolate; un surtido de palomitas y una gran donación en metálico (libre de impuestos).
Mientras tanto, yo acumulo un exceso tanto de asombro como de hambre. Miles y yo empezamos a escoger postres de la mesa y los vamos colocando en un mismo plato: galletas, porciones de tarta y tazas individuales de ganache de chocolate.
—No entiendo cómo has podido hacer eso —le digo, todavía aturdida.
Me da un macaron rosa que me meto directamente en la boca.
—Yo no he hecho nada —replica—. A la gente le importa lo que haces.
—Es posible —digo con la boca llena—. Pero llevo un tiempo intentando ponerme en contacto con alguien de Bocaditos Gélidos.
—Bueno, el hermano de Dillard de Bocaditos Gélidos es el dueño de la ferretería/barbería a la que voy —me informa Miles.
—Llevo aquí el tiempo suficiente para aceptar esa frase —digo—. También le mandé un mensaje de correo electrónico al Imperio de las Palomitas en marzo.
Miles frunce el ceño al oírme y añade un macaron dorado claro al plato.
—Sé que es una mierda, pero a veces la gente necesita ponerle cara a algo antes de prestarse a ayudar. Con un mensaje de correo electrónico no se consigue.
—Gracias por ser la cara —replico.
Se vuelve hacia mí.
—Has sido tú quien ha logrado que se impliquen, no yo.
—Bueno, creo que ser la novia falsa del alcalde de Waning Bay no me ha perjudicado. Así que gracias. De corazón.
Se vuelve hacia mí, sonriendo a través de las titilantes lucecitas y me pone un macaron verde lima entre los labios.
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—De nada —dice.
Consigo no gemir, pero de todas formas me parece demasiado íntimo. La terraza está casi vacía y más oscura que el salón de baile y, pese a la brisa, me siento acalorada.
Carraspeo.
—¿Entramos?
—Si quieres… —murmura.
—Sí, vamos —insisto y hago ademán de echar a andar.
Sin embargo, mientras decidía si quedarme aquí fuera, en la electrizante oscuridad, a solas con él, o regresar al abarrotado salón, se me ha olvidado incluir una variable importante.
Con la que estamos a punto de chocarnos nada más entrar.
Un destello irritado ilumina los ojos aguamarina de Petra durante un milisegundo, antes de que la expresión se funda en una cálida sonrisa y diga con voz sensual de femme fatale:
—¡Chicos, Dios mío, me alegro muchísimo de veros!
No replico, más que nada porque ya me ha envuelto en un abrazo que huele a sándalo, y me descubro rodeada de una lustrosa cortina de pelo rubio que me tapa por completo los ojos hasta que se aparta.
Ahora va a por Miles, pero no se abalanza sobre él como ha hecho conmigo, sino que se pone de puntillas y lo atrae hacia ella.
Miles le coloca el brazo libre en la espalda mientras suelta en la mesa que tenemos al lado el plato con los postres que sostiene con la otra mano.
Consigue decirle:
—Y nosotros a ti.
Me encantaría que el suelo se abriera y me tragara entera o perder el conocimiento por culpa del alcohol.
—Estás preciosa —dice Petra, dándome un apretón en el antebrazo.
—Gracias —replico a la fuerza—. Tú también.
—¡Me encanta ese vestido! —exclama—. ¡Es muy diferente! Tu estilo habitual es tan… abotonado.
«¡Ay!».
Miles me toca la espalda y coloca la mano en la cadera más lejana a él para tirar de mí y pegarme a su lado.
—Como si escondiera un secreto —dice.
Lo miro, y la gratitud que siento en la parte superior del abdomen da paso a un anhelo doloroso.
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—O fuera bibliotecaria… —añade Peter con sarcasmo, y aunque estoy segura al noventa por ciento de que no lo ha dicho como una puñalada hacia mí, me voy desinflando cada vez más por el recordatorio de la enorme diferencia que hay entre la mujer a la que ambos han amado y yo.
La mano de Miles se desliza desde mi cadera hasta mi abdomen y me acerca a él para que mi espalda quede pegada a su torso.
—Sí, eso me ha puesto siempre —dice.
—¿El qué? —pregunta Petra.
—Lo de la bibliotecaria recatada y ardiente —contesta mientras me mira con una sonrisilla que me golpea el corazón como la primera descarga de un desfibrilador.
—¿Y tú, Daphne? —dice Peter, haciendo que me estremezca y le devuelva la mirada. No sé si se dan cuenta de lo que están haciendo, pero Peter y Petra también se han acercado, como si esto fuera una especie de duelo al estilo de Dirty Dancing. Él le ha pasado un brazo por la cintura y ella le ha puesto una mano en el pecho para reclamar su propiedad—. ¿Has estado albergando fantasías secretas con camareros? —añade con sequedad.
De nuevo estoy casi segura de que no intenta ser un imbécil conmigo, pero también estoy segura de que sí quiere serlo con Miles.
A juzgar por la boca abierta y el ceño fruncido de Petra, ella es de la misma opinión.
Y luego está Miles, al que noto tenso detrás de mí, aunque sigue sonriendo, mientras me roza con suavidad la cadera como si el comentario no le molestara en absoluto.
A mí sí. Me molesta.
—No —respondo con firmeza, volviéndome hacia Miles. Le rodeo la cintura con los brazos, prácticamente pegándole las tetas al pecho, y lo miro a los ojos mientras digo—: Pero lo de ser compañera de piso sí que me pone bastante.
Veo que a Miles se le dilatan las pupilas y, sin perder comba, me pone una mano en el mentón y me besa.
Ya he besado antes a Miles delante de Peter (un beso estratégico dentro del juego), pero esto es muy diferente.
Este es el premio.
Lento, suave, familiar. Un beso que provoca alivio y que termina demasiado pronto, aunque a juzgar por la mirada de Petra, cualquiera diría
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que acabamos de hacer un sesenta y nueve, aquí delante de todo el mundo. Miles entrelaza los dedos de una mano con los míos y tensa los
nudillos mientras carraspea.
—Disculpadnos —dice—. Llevo toda la semana esperando para bailar con Daphne.
Me aparta de ellos y yo lo sigo, con el cerebro ofuscado y el corazón acelerado mientras rememoro la escena en la cabeza.
El ligero roce de sus labios, la presión de su lengua, la caricia de su mano sobre mi cadera mientras me colocaba la cabeza en el ángulo perfecto con la otra.
Nos detenemos cerca del centro de la pista de baile, y las luces parecen centellear y bailotear sobre su cara mientras la bola de espejos gira sobre nosotros.
—¿Estás bien?
—Sí —digo con un hilo de voz.
—Vale —replica y entrelaza de nuevo nuestros dedos para tirar de mí. Ya me estoy moviendo un poco al ritmo de Harvest Moon de Neil Young. Me coloca la otra mano en la espalda, y siento que todos sus movimientos son lentos, considerados, mientras me los grabo a fuego en la memoria.
—Lo siento —le digo. Él frunce el ceño—. Lo que ha dicho Peter.
—¡Ah! —Se encoge de hombros—. No pasa nada.
—Sí que pasa —replico.
—La familia de Petra me lo ha dicho muchas veces en los últimos tres años —dice.
De forma involuntaria, me aferro con una mano a su camisa, como si eso fuera a servir de algo, como si así pudiera protegerlo de cualquiera que no entienda lo maravilloso que es.
—Creía que habías dicho que eran agradables —replico.
—Es que lo eran. —Se encoge de nuevo de hombros y mira de reojo antes de bajar la vista—. Pero de vez en cuando había comentarios, eso sí. «Debe de ser bonito no tener que madurar» y cosas del estilo.
—Miles, ¡eso no está bien!
—Ella siempre pensó que yo le daba demasiada importancia —sigue
—. Pero creo que les preocupaba que no pudiera darle a Petra todo lo que querían para ella.
—En ese caso, no solo son malos, también son imbéciles.
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—Tenían razón —dice—. No aguanto bien la presión. Al final, la habría cagado.
—¿Y en qué te basas para decir eso? —le pregunto con firmeza.
Su sonrisa es tristona.
—En el pasado.
Durante varios segundos, ninguno de los dos habla. Nos limitamos a mecernos al ritmo de la música y a girar despacio.
—Gracias, por cierto —murmura—. Por lo que le dijiste a Peter. Tardo un segundo en recordar lo que he dicho y después siento un río
de lava recorriéndome la cara.
—Lo siento.
Miles se ríe.
—¡Nada de avergonzarse! —Me toca la mejilla durante un segundo para sentir el calor de mi rubor con el dorso de los dedos—. Ha sido increíble. Peter se ha quedado muerto.
El hormigueo emocionado que siento en el pecho desaparece por la mención de Peter. Sé que he sido una participante voluntaria en todo este juego, pero cuanto más me acerco a Miles, más difícil me resulta saber lo que es real y lo que no.
—Bueno, ¿qué hay de vergonzoso en confesar una fantasía sexual con un compañero de piso justo después de que la novia sexi de tu ex te llame «cateta»?
—¡No te ha llamado cateta! —protesta Miles. Me hace girar y me acerca más, y nuestros cuerpos encajan a la perfección. Cada punto de fricción es un pequeño sol, calor y gravedad, calor y gravedad.
—Defiéndela todo lo que quieras, Miles…
—No la estoy defendiendo —me asegura—. Sé que no ha querido decir eso, porque es imposible que lo piense. A ver, que es obvio que eres… —Sus ojos me recorren el cuerpo.
—No pasa nada —digo—. No tengo problemas con mi aspecto, menos cuando me veo obligada a colocarme al lado de la novia superguapa de mi ex, porque entonces las comparaciones son odiosas.
Miles deja de moverse bruscamente.
—No digas eso.
—Es la verdad —insisto—. Siempre hay alguien mejor que yo. Esa es mi maldición.
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—Daphne —dice mientras suelta una risilla gutural, ronca, pero sus ojos permanecen serios—, ahora mismo no puedes verlo, pero Peter está literalmente de pie en el borde de la pista de baile, observando cada uno de tus movimientos, y dentro de un segundo voy a girarte noventa grados y a besarte de nuevo, y cuando pare, quiero que mires a tu izquierda y veas su cara. Y luego podrás decirme si cree que su nueva vida, sin ti, es mejor. — Y en cuanto dice la última palabra, lo hace. Gira un poco, acerca la nariz a la mía y es como si retomáramos la conversación donde la dejó el último beso, aunque con más urgencia, con más intensidad desde la pausa.
Ni siquiera me estoy preguntando qué piensa Peter de todo esto cuando Miles me separa los labios con la lengua y desliza la mano sin titubear para tocarme el culo. Al sentir que me entierra la otra mano en el pelo, arqueo la espalda por instinto, pensando solo en el intenso olor del jengibre, en el sabor a café de su boca por el último macaron que se ha comido, en la evidente erección que noto pegada a mí.
Durante unos segundos, solo soy un cuerpo anhelando más del suyo. Recupero el sentido común cuando un par de señoras mayores con
vestidos de pedrería tipo «madre de la novia» empiezan a vitorearnos y aplaudirnos desde una mesa cercana.
Miles me toca la barbilla con el pulgar mientras me da un último beso en la boca. Se endereza.
—Mira a la izquierda —dice con voz ronca.
Sin embargo, no lo hago. En cambio, retrocedo un paso. Luego me doy media vuelta y echo a correr.
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Planeo meterme de cabeza en un aseo y recuperar el aliento, para ver si convenzo a mi cerebro de que deje de dar vueltas. Pero no paso por ningún aseo, así que salgo en tromba por la puerta principal con tanta fuerza que el aparcacoches grita sorprendido.
—¡Lo siento! —balbuceo, adentrándome en el oscuro aparcamiento. —¡Daphne! —me llama Miles, que me sigue a la carrera—. ¿Daphne? Me detengo despacio e intento parecer lo más normal posible. —Estoy bien —le digo, volviéndome para mirarlo—. Es que me he
mareado un poco.
—¡Mierda! —Se acerca y me toca la cintura mientras se agacha para mirarme a los ojos—. Seguramente estás deshidratada. Vamos a sentarnos y te traeré agua.
Niego con la cabeza.
—No, no hace falta. Creo que debería irme a casa.
—Le pediré las llaves al aparcacoches —dice.
—No —repito—. Me iré en un taxi.
Me mira con la cautelosa preocupación de un veterinario al examinar a un perro que acaba de zamparse un bizcocho de café y chocolate.
—Si tú te vas, yo también.
¡Pues claro!
Porque mientras mi cerebro sentía una especie de vertiginosa claustrofobia con Miles, él no ha olvidado que el amor de su vida está ahí dentro con otro hombre.
—Así que ¿me esperas aquí? —Vuelve a agachar la cabeza—. ¿No te irás si voy a por las llaves?
Niego con la cabeza. Me suelta el codo y se aleja a la carrera hacia el otro lado del aparcamiento. Cuando vuelve, estoy un poco más tranquila.
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Primero me abre la puerta y luego rodea la camioneta para sentarse detrás del volante y arrancar.
—¿Cuándo empezó?
—¿Cuándo empezó el qué? —pregunto yo.
Frunce el ceño.
—El mareo.
Tardo un segundo en recordar de qué está hablando.
—¡Ah! Ha sido mientras bailábamos. Ya me siento mucho mejor.
Me mira fijamente y después asiente con la cabeza y sale marcha atrás de la plaza de aparcamiento. Avanzamos en silencio durante varios minutos, serpenteando por la curva de la península hacia al pueblo, y clavo los ojos en la luna a través de la ventanilla, viéndola brillar y desaparecer detrás de los árboles antes de que aparezca de nuevo.
La camioneta aminora la velocidad y se desvía hacia el arcén, momento en el que miro hacia el parabrisas, esperando ver algún ciervo bloqueándonos el paso, pero la carretera está vacía y tranquila.
Miles apaga el motor.
—¿Vas a decirme qué está pasando, Daphne? —me pregunta con voz ronca.
—Nada —respondo.
—Eso no es verdad —replica—. ¿Ha pasado algo? ¿Con Peter?
—¡No! —insisto.
—Puedes decírmelo —dice.
Sin embargo, no puedo. Otra vez experimento la sensación claustrofóbica, la vergüenza y el deseo mezclados. Abro la puerta de la camioneta de un empujón y salgo a trompicones a la oscuridad.
Miles también baja.
—¿¡A dónde vas!?
—Es que necesito un poco de aire. —Es la versión más simple de la verdad.
Rodea el capó de la camioneta para ponerse delante de mí.
—¿He hecho algo?
—No. —Nunca se me ha dado bien mentir.
—Daphne —dice en voz baja—, por favor, dime qué he hecho.
Y pese a mi decisión de mantener todos estos sentimientos en secreto hasta el final del verano, suelto:
—Me has besado.
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Frunce el ceño.
—Porque pensaba que querías. Por lo que hemos acordado hacer. —No, si ya lo sé. —Retrocedo un paso y me golpeo la espalda con el
lateral del asiento—. Quedamos en hacer eso. Pero ahora todo es distinto. —¿Qué quieres decir?
—Que ya no quiero seguir jugando a eso —contesto—. No quiero que digas cosas que no quieres decir y que hagas cosas que no quieres hacer. Es confuso.
—¿Quién dice que he hecho algo que no quiero hacer? —pregunta. —Tú mismo —contesto—. Fuiste tú quien dijo que no querías que
pasara nada entre nosotros…
—Yo no he dicho eso —me contradice, acercándose.
—… y no quiero ser un accesorio para darle celos a tu ex, y aunque sé que fui yo quien empezó todo esto…
—¡No eres un accesorio! —protesta con expresión dolida.
—Acabo de serlo hace un momento —replico—. Solo quieres besarme cuando ellos están delante para verlo. Y ya sé que fui yo quien empezó todo esto, pero las cosas han cambiado.
Miles baja la mirada con una carcajada ronca y menea la cabeza. Se acerca y nuestras caderas se rozan.
A continuación, vuelve a levantar la mirada, me toma la cara entre las manos y me besa de nuevo.
Un beso brusco, apasionado, febril y que nos deja sin aliento.
Sin que nadie nos vea.
No hay nada que nos detenga.
Sus caderas me aprisionan contra el lateral del asiento. Me coloca las manos en la espalda desnuda y me la acaricia mientras nuestros torsos se funden y el calor que irradia aleja el frío de la noche.
—Quiero besarte —murmura, alejándose lo justo para hablar— cada vez que bebes algo y sueltas ese gemidito.
Tiro de él hacia mí, soltando ese gemidito justo en su boca. Le entierro las manos en el pelo. Él me acaricia los costados con las manos e introduce un muslo entre los míos.
—Quiero besarte cada vez que paso por delante de tu habitación y oigo tu risa a través de la puerta —sigue, metiéndome las manos por debajo del vestido y subiéndolo poco a poco hasta llegar a las caderas, despertándome
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todas las terminaciones nerviosas de la piel, como si todas mis células quisieran pegarse a él.
Le saco los faldones de la camisa por la cinturilla del pantalón. Le acaricio la espalda, tocando con avidez cada cálido centímetro que alcanzo.
—Quiero besarte cada vez que te oigo abrir el grifo de la ducha y te imagino dentro —dice con voz ronca.
Le toco el abdomen, el pecho, y se le tensan los músculos al rozarlos con las yemas de los dedos. Él me agarra por las caderas, levantándome hacia la camioneta.
—Quiero besarte todo el tiempo, Daphne —sigue—. A veces es más fácil encontrar una excusa.
Lo acerco dándole un tirón de las trabillas del cinturón y me acaricia los muslos mientras me los separa con las manos. Las curvas de nuestros cuerpos se funden. Me recorre el escote con los labios entreabiertos. Entro más en la camioneta, atrayéndolo hacia mí y sentándome en su regazo.
Sus manos me recorren los costados, con el deseo oscureciéndole los ojos.
—Daphne —murmura, un gemido ronco.
Levanto una mano para desabrocharme el vestido de la parte posterior del cuello, dejando que caiga hacia delante.
Él gime y me roza los pechos con suavidad, agachando la cabeza para lamérmelos y metérselos en la boca.
Jadeo, me agarro a su nuca y arqueo la espalda hacia él.
—¿Qué vamos a hacer? —murmura contra mi piel.
—¿Qué quieres hacer? —replico.
Mueve las caderas, frotándose contra mí despacio, y la fricción dispersa todos mis pensamientos, troceándolos.
Su boca vuelve a subir por mi garganta, y siento su aliento caliente.
—Quiero desnudarte —dice con voz entrecortada—. Y saborearte.
Quiero oírte correrte otra vez, y sentirlo también.
Los trocitos de pensamientos se convierten en fuegos artificiales, un caleidoscopio de sensaciones y anhelos.
El sedoso pelo oscuro de Miles entre mis dedos.
Sus ásperas manos por debajo de mi vestido, acariciándome las bragas de encaje.
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La presión de su cálida boca sobre el pecho, y el aire frío besando cada centímetro de piel expuesta mientras el deseo y el placer se acumulan.
—Miles —susurro, moviéndome contra él.
Levanta la mirada sin apartar la boca de mis pechos, y veo que tiene los ojos prácticamente negros. La imagen es tan erótica que me resulta casi insoportable.
—Dime que pare —me dice.
—No quiero que pares —jadeo—. Quiero desnudarte. Quiero probarte.
Quiero sentir cómo te corres.
—Joder, Daphne. —Me pone la frente en uno de los hombros y siento los latidos desbocados de su corazón. Me deja las manos en los costados, apartándose de mí. Su ronco gemido se convierte en una carcajada dolorida. Se endereza, vuelve a abrocharme el vestido por detrás del cuello y baja las manos hasta mis muslos—. Esto no se me da bien —dice bruscamente.
—¿¡El qué!? —pregunto.
—Cuando las cosas se complican —contesta con voz ronca—, me entra el pánico, me encierro en mí mismo y no quiero que me pase eso ahora. No puedo hacerlo.
Se me revuelve el estómago.
—No tiene por qué ser complicado.
—Ya lo es —me aseguro.
—¿Por Petra? —pregunto.
—No —responde, colocándome con ternura un mechón de pelo detrás de una oreja—. No es solo eso.
Me aparto de su regazo y me pongo coloradísima.
—Oye —dice él, alargando un brazo para tomarme una mano. —No pasa nada —susurro—. No me debes ninguna explicación. —Daphne —dice, con una voz tan dulce que resulta doloroso. Levanto la mirada y me encuentro con sus ojos, totalmente oscuros, sin
ningún tipo de brillo.
—Hay muchas cosas de las que no me gusta hablar. —Se le quiebra la voz—. El caso es que tengo la mala costumbre de defraudar a la gente que me importa. No siempre pienso bien las cosas, y no puedo fiarme de mis sentimientos.
—¿En qué sentido no te puedes fiar? —Meneo la cabeza—. Los sentimientos son como son, no se pueden racionalizar.
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Mira nuestras manos y me toma los dedos entre los suyos. Unos segundos después, carraspea, aunque la mueca de sus labios no desaparece y sigue con la mirada clavada en nuestras manos.
—Mientras crecíamos… —Guarda silencio durante un buen rato, sopesando con tiento lo que va a añadir a continuación—: Nuestros sentimientos (los míos, los de Julia, los de mi padre) no importaban mucho. —Traga saliva y le tiembla el mentón. Siento su pulso acelerado en la palma de mi mano—. Lo único que importaba era cómo le afectaban a mi madre —sigue—. Si la hacíamos quedar bien, nos quería. De lo contrario, nos acusaba de «sabotearla». Una vez tuve un virus estomacal y se enfadó muchísimo conmigo porque vomité por la noche. Me dijo que estaba fingiendo para librarme del colegio y que, si seguía haciéndolo, me castigaría durante un mes. Así que al día siguiente fui a clase y, cada vez que iba al baño, vomitaba tan silenciosamente como podía. De esa manera, no la obligarían a ir a buscarme. Cada vez que hacía algo que ella creía que la hacía quedar mal, montaba un escándalo y me acusaba de odiarla porque, según ella, actuaba así para hacerle daño. Si me irritaba, o me sentía ansioso, o tenía hambre, incluso si me ponía enfermo, ella reaccionaba como si lo hiciera a propósito para atacarla y, al final, acabé creyéndomelo.
—Joder, Miles. —Tiro de su mano hacia mi regazo y la estrecho entre las mías.
Él levanta despacio la mirada hasta mis ojos.
—No pasa nada.
—¡Pues claro que pasa! —protesto.
—Pero esa es la cuestión —replica con voz ronca—. Necesito no darle importancia. Porque necesito sentirme bien. De pequeño, me sentía asustadísimo e impotente todo el rato, y ahora solo necesito sentirme bien. —Menea la cabeza—. Sinceramente, creo que en parte fue por eso por lo que funcionaba lo mío con Petra. Nunca había conocido a nadie que viviera tanto… «el momento», que es justo donde yo debo mantenerme, porque si pienso demasiado en el pasado o en el futuro, me vengo abajo. Así que la mayoría de las veces guardo todas esas cosas para no tener que pensar en ellas.
Agacho la mirada.
—Lo siento. No pretendía ser una cotilla.
Sus ojos vuelven a los míos y susurra:
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—Y no lo eres —me asegura—. Quiero que lo sepas. Pero… —¿Qué?
Mira hacia un punto situado por encima de mi hombro, a mi espalda. —No quiero que me mires con pena, como si estuviera traumatizado. —Miles. —Le coloco las manos en el cuello y atraigo su mirada hacia
la mía—. No te pasa nada malo. Estás bien. Pero tu infancia fue dura. Muy jodida.
—Todo eso quedó atrás —dice en voz baja mientras me roza las muñecas con las manos.
—Eso no significa que no puedas seguir teniendo sentimientos al respecto —replico.
Le tiemblan los labios, un instante nada más.
—Es que ese es el problema. Si alguno de nosotros tenía una emoción negativa, las cosas empeoraban. Mi madre siempre conseguía echarnos la culpa de todo y acabábamos disculpándonos por estar dolidos, enfadados o tristes, y yo no distinguía lo que era correcto o normal. Todas las personas que conocían a mi madre la querían. Las maestras, los demás padres, mis amigos. Si quiere, puede hacerte sentir como si fueras el centro del universo, como su preferido. Me encantaba invitar a mis amigos, porque se convertía en una persona diferente. En una madre divertida y cariñosa que me quería. Así que me esforzaba por conseguir que mantuviera siempre esa versión de su persona y dejé de demostrar mis sentimientos cuando me enfadaba, me limitaba a seguirle la corriente a todo lo que decía y hacía. Y con el tiempo… dejé de enfadarme. Dejé de sentir las emociones negativas. Y las cosas mejoraron. Al menos para mí. —Agacha la mirada, con los ojos oscuros y brillantes.
—Lo siento —susurro, pasándole el pulgar por la curva del mentón—.
Entiendo por qué no querías hablar del tema.
—No es solo eso. Odio pensar en estas mierdas, pero… —Veo que la nuez le sube y le baja—. Dejé que le hiciera daño de verdad a Julia. Y cuando mi hermana está cerca, es difícil no odiarme a mí mismo. Todos esos sentimientos reaparecen sin más. Y mi mente empieza a parecerme un hervidero de pensamientos oscuros. Solo quiero escapar.
Un puñal me atraviesa el corazón. Lo rodeo con los brazos y le entierro la cara en el pecho. No quiero obligarlo a seguir hablando, pero él lo hace, como si lo hubieran descorchado y ahora saliese todo.
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Me lo imagino cayendo en espiral por un desagüe y espero que eso sea lo que esta confesión está haciendo por él en vez de abrir una vieja herida sin más.
—Era mucho peor con Julia que conmigo. La comparaba con nuestras primas, le decía quién era más guapa, más lista o se portaba mejor. La comparaba con ella misma a esa edad, una estupidez que seguramente ni siquiera era verdad. —Le tiembla la voz—. Recuerdo que siempre le chillaba por las cosas más ridículas. Y yo permitía todo eso sin más.
Me separo de él.
—¿Qué se supone que deberías haber hecho?
—Detenerla —contesta de inmediato, como si lo hubiera pensado bien, como si supiera con claridad cuál es la respuesta correcta—. Defender a Julia en vez de encerrarme en mí mismo. No irme de casa en cuanto cumplí dieciocho años para volver una vez a la semana, como si eso pudiera servir de algo, joder.
—Pues claro que sirvió de algo —le aseguro—. De lo contrario, Julia no estaría aquí ahora.
—Es posible. —Cuando levanta la mirada hacia mí, tiene los ojos casi negros—. Pero ni siquiera sé por qué ha venido, porque no quiere decírmelo. Por más que lo intento, siempre acabo tomando la decisión equivocada. La cago y le hago daño a la gente.
—Miles. —Lo agarro por los hombros y le vuelvo el torso hacia mí, tras lo cual me pego a él, prácticamente sentándome en su regazo—. Julia la ha dejado atrás.
—¡Por su cuenta! —Menea la cabeza—. Se dio cuenta de todo mucho antes que yo. Eligió una universidad de otro estado, y cuando mi madre intentó prohibirle que se fuera, pasó de ella. Solicitó sus propios préstamos, me puso como avalista y se mudó a Wisconsin. Mi madre dejó de hablarle para castigarla, algo que resultó totalmente contraproducente, así que decidió disculparse «a su manera». «Siento no haber sido perfecta, pero algún día lo entenderás cuando seas madre. No podrás hacerlo todo bien, y tus hijos te odiarán por ello».
—¡Por Dios, Miles! —exclamo—. Lo siento mucho. ¿Fue entonces cuando dejaste de hablarle?
Suelta una carcajada brusca.
—No. Deseaba con todas mis fuerzas que las cosas se enderezaran. Así que intenté negociar la paz. Otra mala decisión. Mi madre siguió
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intentando enfrentarme a Julia, y por más que trataba de imponerle un límite, ella no paraba. No asumía ninguna culpa. No decía que lo sentía ni admitía que había hecho algo mal, así que al final me vi obligado a sacarla también de mi vida.
—¿Y a tu padre le parece bien? —le pregunto.
—Pues no —contesta—. Pero el cabrón pasa de todo. Viaja mucho por trabajo.
—Así que os dejó solos para que os las arreglarais con todo eso — deduzco— y tú crees que eres el malo de la película por haber encontrado una forma de sobrevivir. ¿Por ir a casa «solo» una vez a la semana, para llevar a Julia a un McDonald’s?
Frunce el ceño.
—¿Cómo sabes que la llevaba a un McDonald’s?
—Porque ella me lo contó, Miles —contesto—. Me dijo que la llevabas todos los sábados a desayunar al McDonald’s, que la dejabas ser una niña insoportable y que te mostrabas imperturbable por muy mal que se portara.
—No soy imperturbable. —Su voz es ronca, pero tristona—. La verdad, a veces hasta me cuesta mirarla, porque acabo pensando en todo lo que debería haber hecho de otra manera, en toda la mierda en la que intento no pensar, y empiezo a sentir que estoy a punto de autodestruirme.
—Miles, ni siquiera eras adulto en aquel entonces —le recuerdo.
—Era lo único que ella tenía —protesta.
—Hiciste lo que pudiste —le digo.
—Pues esa es la cosa. —Menea la cabeza—. No sé si lo intenté siquiera. No me fío de mi percepción de lo que pasa. Eso es lo que me hizo la infancia. Convirtió mi cerebro en una puta casa de la risa en la que igual pienso que estoy de pie en el suelo, cuando en realidad estoy pegado a una pared. Nunca sé si estoy sintiendo lo correcto, y estoy harto de joderle la vida a la gente que me importa.
—No creo que haya una forma correcta de sentir —replico—. Y, de todos modos, no puedes controlarlo. Los sentimientos son como el clima. Suceden sin más y luego pasan.
Se frota la cara.
—Lo siento. Por eso no hablo de esto.
—No te disculpes. —Lo abrazo por la cintura y sus ojos vuelven a posarse en los míos—. Soy tu amiga, Miles. Quiero saber todo esto.
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¡Quiero apoyarte! —Es algo que tenía claro, pero al decirlo, es como si una manivela del interior de mi abdomen girase lentamente y me apretara el corazón contra el pecho. Eso es lo que Miles necesita ahora mismo. Una amiga.
Y ahora entiendo lo que quería decir antes, lo arriesgado que es esto de verdad y no solo para mí, sino también para él.
Ya no es solo una distracción divertida o un intento de sacar un clavo con otro clavo. Él me importa, y si nuestra relación implosionara, ninguno de los dos tendría un lugar al que huir.
—Deberías hablar con tu hermana de todo esto —le aconsejo—. Porque sé que crees que le has fallado, pero desde fuera, lo que yo veo es que a tu hermana le pasa algo y se ha subido a un avión para estar contigo. Ni siquiera te preguntó primero, porque sabía que le harías sitio. Tú eres su refugio cuando necesita sentirse segura.
—A lo mejor no tenía otro sitio adonde ir —murmura.
—Es posible —reconozco—. Pero yo tampoco lo tenía, y también cuidaste de mí. Porque tú eres así. Me alegro de haberme quedado a la deriva contigo, la verdad.
—Yo también —dice en voz baja, y un segundo después añade—: No quiero joder esto. Bastante complicadas son nuestras vidas ahora mismo.
—Yo tampoco quiero estropearlo —le aseguro y esta vez lo digo en serio. No solo porque ahora lo conozco mucho mejor, sino porque ahora valoro mucho más esta amistad. Y también porque puedo admitir lo que antes no podía: Miles Nowak me gusta tanto que podría hacerme daño de verdad.
—En fin —dice en voz baja, apartándome un mechón de pelo que se me ha pegado a una ceja y colocándolo detrás de una oreja—. Pues esa era mi queja. ¿Cuál es la tuya?
Aunque me duele, el corazón se estremece por esta prueba de que me conoce, de que le importo igual que él me importa a mí.
—¿Estamos jugando a los quejicas? —le pregunto.
Asiente con la cabeza.
—¿Alguna queja que airear?
—A ver. —Pienso un momento—. No me hace mucha gracia el calentamiento global.
Veo que por fin le salen arruguitas en el rabillo de los ojos y me da un vuelco el corazón a modo de respuesta.
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—Tengo entendido que la Gran Barrera de Coral tiene problemas — replica.
—La distribución de la riqueza es ridícula —añado.
—Y los seguros son demasiado caros, joder —sigue él.
—Y para colmo, me he pasado todo el día con un calcetín arrugado en el talón —digo.
Se ríe un poco y me toca la barbilla. El momento es como un vaso hasta el borde de agua, a punto de rebosar en cualquier momento.
—Supongo que deberíamos irnos a casa.
Asiento con la cabeza y él aparta la mano.
—Gracias —me dice.
—¿Por qué? —pregunto.
—Porque sí.
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Jueves, 4 de julio
44 días hasta que pueda irme
(Si todavía quiero)
Puede que las cosas sean complicadas, pero no van mal.
Julia decide quedarse un poco más, así que el piso nunca está vacío, y pocas veces está en silencio. Miles me lleva un té chai a la biblioteca de camino al trabajo. Ashleigh me cuenta el alboroto que se monta en la puerta del colegio mientras nos tomamos unos batidos en un bar de zumos. Una noche, Julia, Ashleigh y yo vamos a Cherry Hill y vemos a Miles deslumbrar a sus clientes en el otro extremo de la barra. Cada vez que mira hacia nosotras, es como si el sol saliera de detrás de una nube, y hago todo lo posible por sentirme contenta, por ser una persona más cercana a su resplandor.
El jueves, Julia, Miles y yo vamos a Traverse City para asistir al desfile del 4 de Julio, y después nos sentamos uno al lado del otro sobre una hierba tan fresca que parece húmeda para ver el colorido espectáculo de los fuegos artificiales sobre la bahía. Es de esas noches de verano perfectas que no recuerdo haber tenido desde que era pequeña, ni siquiera el año pasado por estas fechas, cuando Peter y yo fuimos a la barbacoa anual de sus padres.
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Porque allí, en su precioso jardín lleno de bichos, con todos sus amigos de toda la vida achispados, sonrojados y felices en las sillas de ratán del patio, una parte de mí seguía dolida.
Tenía la sensación de que estaba en el exterior, a la espera de que llegase el momento de formar parte de todo por fin.
En cambio, esta noche, me siento en el centro de todo. Este momento, aunque fugaz, también me pertenece.
El domingo, volvemos a Traverse City con Ashleigh, para asistir al final del Festival de la Cereza. Paseamos por los pasillos creados por las carpas y los food trucks de comida, atiborrándonos de tartaletas y empanadillas hasta la madrugada, y cada vez que hace aparición el «Gemido de Daphne», la mirada de Miles y la mía se buscan, y la sonrisilla torcida de su boca es mi pararrayos particular.
Y después aparto la mirada, porque esto está bien. Somos amigos. Cuando ya no somos capaces de dar otro bocado, Julia nos da una
paliza encestando una pelota de baloncesto en una caseta de feria y luego nos convence de que nos montemos en las Cerezas Saltarinas, de las que nos bajamos con el estómago revueltísimo, acordándonos de los batidos de cereza que nos bebimos después de todo lo demás antes de subirnos a la atracción.
Miro ofertas de trabajo de vez en cuando, pero ya solo de puestos que creo que me gustarían. Puestos de bibliotecaria infantil o de coordinadora en ciudades que, al menos, me interesan.
Julia decide quedarse otra semana, y empleamos el domingo en hacer una larguísima excursión a un mercado ecológico seguida de una visita a un bar con salón recreativo, donde una vez más procede a darnos una paliza, en esta ocasión al Ms. Pac-Man.
Todas las noches de esa semana, cocinamos juntos… o, mejor dicho, Miles cocina mientras Jules se sienta en la encimera, repasando una lista de reproducción de música country y cantando a todo pulmón con el utensilio de cocina que Miles acabe de soltar. Yo corto todo lo que él me pone por delante y lavo los cacharros que ya haya dejado de usar.
La mayoría de las noches comemos sentados en el suelo alrededor de la mesa del sofá, con todas las ventanas abiertas, de modo que el cricrí de los grillos y el canto de las cigarras se cuela por la ventana, junto con el olor de los abetos, pero a veces nos sentamos uno al lado del otro en el sofá, comiendo mientras vemos una peli de espías o de ladrones, y la
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sangre me corre a toda velocidad por las venas cada vez que Miles se inclina para tomar un puñado de palomitas o el mando a distancia, y el corazón me da volteretas cada vez que nuestras miradas se encuentran en la oscuridad.
A veces por las noches, desde el otro dormitorio, me manda mensajes para contarme en directo por dónde va con el audiolibro de El león, la bruja y el armario, cosas como «qiero vivir con los castores», «q es una delicia turca?» y «q edmund se relaje 1 poco». A veces nos mensajeamos durante una hora entera, como si las puertas de los dormitorios no estuvieran a menos de tres metros.
Básicamente siempre estamos juntos, pero nunca estamos solos, salvo cuando se dejó las llaves dentro de la camioneta sin querer y tuve que llevarle el juego de repuesto a la bodega.
Ya tengo el pijama puesto, así que sale a recibirme al aparcamiento con una sonrisa y un abrazo que huele a fogata y que es como un anzuelo que se me clava en el corazón.
El viernes 19 me entero de la oferta de trabajo en la biblioteca infantil de Worcester County, Maryland.
Una rápida búsqueda en internet me indica que la biblioteca de Ocean City está a veinte minutos de la casa de mi madre y que parece un precioso faro lleno de libros.
Casi le mando un mensaje a mi madre, pero algo me lo impide. Parece demasiado bueno para ser verdad. Seguramente habrá un sinfín de candidatos y no tiene sentido darle esperanzas, ni dármelas a mí misma, antes de que consiga siquiera una entrevista.
De todas maneras, les mando un mensaje de correo electrónico con mi carta de presentación y mi currículo durante la pausa para el almuerzo, y compruebo la bandeja de entrada de forma obsesiva durante el resto del turno.
Cuando vuelvo a casa, sé que Julia no está.
Noto como un cambio en la presión atmosférica. Seguramente porque lo normal es que la oiga antes de verla. No tengo tan claro cómo sabe mi sistema nervioso que Miles sí está, aunque sus Crocs no están junto al zapatero, como es lo habitual, y es viernes por la noche, día que normalmente trabaja.
Cuelgo las bolsas en los ganchos que hay junto a la puerta, meto los mocasines en el zapatero con los pies y rodeo la esquina del pasillo. Está
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de pie delante de la cocina, leyendo algo en el móvil con el ceño fruncido mientras espera que hierva el agua.
—Así que por fin has encerrado a tu hermana en la despensa —digo.
Levanta la cabeza mientras sonríe.
—Va a subir unos paquetes de la entrada.
Me inclino para echar un vistazo al salón desde la cocina. Ya hay tres grandes cajas de cartón junto a la mesa del sofá.
Me asalta el pánico por la idea de que se me haya olvidado cancelar algún pedido caro para la boda y que Peter me lo haya reenviado aquí. A lo mejor una estatua de mármol de tamaño real de los dos abrazados.
No recuerdo haber encargado nada parecido, pero a saber. La boda me tenía en un estado disociativo.
El agua de la olla empieza a hervir, y Miles echa un puñado de pasta trofie. En la picadora que tiene al lado, veo lo que parece un pesto recién hecho, y se me revolucionan las glándulas salivales.
—¿Tienes hambre? —me pregunta.
—¡Qué va! —contesto.
—Estás babeando —bromea.
—¿Hay suficiente?
—Pues claro.
—¿No trabajas esta noche? —le pregunto por encima del hombro mientras salgo de la cocina para acercarme a los paquetes.
—Me voy en cuanto termine esto —contesta.
Ojeo el sinfín de etiquetas y encuentro el nombre del remitente: Julia Nowak. Una dirección de Chicago.
Después el nombre del destinatario: Julia Nowak, pero con nuestra dirección.
Vuelvo a la cocina.
—¿Qué son esas cajas?
—No tengo ni idea —contesta Miles justo cuando se abre de golpe la puerta de entrada y Julia entra con más paquetes.
—Hola, Daph —me saluda mientras pasa a mi lado.
La sigo al salón, donde deja las cajas en el suelo con un resoplido.
—¿Qué traes ahí? —le pregunto.
Pasa a mi lado de camino a la cocina.
—Solo lo básico.
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Echo otra miradita mientras toma una botella de agua con gas del frigorífico.
—Lo básico para… ¿qué? —pregunta Miles.
Julia pasa entre nosotros para salir de la cocina de nuevo, y su voz se va perdiendo a medida que se mete en la cueva del tesoro de cajas de cartón al final del piso.
—Para poder vivir sin problemas —contesta—. Le pagué a mi compañera de piso para que lo guardara todo en cajas. Cuando tenga casa propia, iré a por el resto.
Miles levanta la cabeza de la olla con pasta.
Nos miramos a los ojos. Él niega con la cabeza, un gesto universal para «A mí no me mires».
—No pasa nada —digo entre dientes.
Él menea de nuevo la cabeza y dice en voz alta y clara:
—¿Jules? Ven un momento, anda.
Ella se asoma a la cocina.
—¿Qué?
—Una preguntita de nada —comienza él—: ¿Se puede saber de qué estás hablando?
—¿A qué te refieres? —replica ella con cara de no haber roto un plato en la vida.
—¿Por qué necesitas más cosas? —insiste Miles—. Con lo que tienes aquí ya está todo explotado.
—Te dije que pensaba quedarme un poco más —contesta ella.
—Que pensabas quedarte otra semana —señala Miles—. Eso fue lo que dijiste. Hace una semana.
—Exacto. Voy a quedarme unos días más. Luego me vuelvo a Chicago para recoger el resto de mis cosas y venirme en coche. Pero necesito la ropa buena para las entrevistas de trabajo, así que le dije a Riley que me mandara algunas cosas.
—Entrevistas de trabajo —repite él.
—Voy a necesitar otro trabajo —explica Julia—. No puedo vivir contigo para siempre.
Miles se pasa una mano por la cara.
—¿Cuándo decidiste todo esto?
—Cuando llegué aquí y me di cuenta de que estabas negando por completo todo lo que te acaba de pasar y de que me necesitabas.
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—Julia, estoy…
—Bien —termina por él con los ojos en blanco—. Tú siempre estás bien.
—Yo me voy… a otra parte —digo mientras hago ademán de marcharme.
—¡No, no te vayas! —exclama Julia con voz cantarina al tiempo que retrocede hacia la puerta principal—. Ashleigh está esperándome en doble fila abajo, ¡tengo que irme!
Se va de la misma manera que ha llegado, en tromba.
Tras un segundo, Miles y yo nos miramos.
—Le buscaré un hotel —dice—. O te busco un hotel a ti.
—En primer lugar, no pienso quedarme en un hotel que a estas alturas de verano tenga una habitación libre —replico—. Y en segundo lugar, puedo aguantar otra semana más con la plancha del pelo en el lavabo y el suelo lleno de polvos bronceadores.
Levanta las cejas.
—¿Estás segura?
—Segurísima —contesto—. ¿Y a ti qué te parece?
Carraspea y se vuelve hacia la pasta para pinchar una con un tenedor y comprobar si está hecha, tras lo cual se lleva la olla al colador que tiene en el fregadero.
—No lo sé —contesta—. Sigue comportándose como si todo fuera normal, pero conozco a mi hermana. Está ocultando algo, y no es habitual que oculte las cosas.
—A lo mejor solo está preocupada por ti de verdad —le digo.
Devuelve la pasta a la olla.
—¿Por qué iba a estar preocupada por mí?
Lo miro fijamente.
—Fue hace tres meses y medio —dice—. ¿Qué tengo que hacer para demostrarle que estoy bien? ¿Tatuarme «SIN NOVIA Y FELIZ» en la frente?
—Eso sí que dejaría clarísimo que estás estupendo —digo.
—Ya sabes lo que quiero decir. —Le echa el pesto a la pasta y revuelve bien—. Tengo trece años más que ella. Llevo viviendo solo desde que era una niña. No me hace falta que mi hermana pequeña, que prácticamente es una adolescente, se preocupe por mí. Sobre todo cuando ese preocuparse por mí consiste en dejar la ropa sucia en el pasillo y poner la alarma a todo volumen para después darle a posponer quinientas veces.
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Saco un par de cuencos y los tenedores, y se los doy para que empiece a emplatar.
—¿Quieres que la eche?
Me mira un segundo antes de seguir rellenando los cuencos.
—No puedo —responde—. No sin saber qué le pasa.
Añade unas hojas de albahaca a cada cuenco y me da uno.
Suelto el mío y le toco los hombros, masajeándoselos.
—Si necesitas desahogarte en algún momento —le digo—, mándame un mensaje. Ya sabes que me encanta quejarme, y no tiene gracia ser la única que lo hace.
Afloja la tensión de la mandíbula. También suelta el cuenco de pasta y me da un abrazo que me derrite los huesos, con su cálido aliento en el cuello. Cierro los ojos y aspiro su aroma, y nada de esto es complicado: lo deseo, me gusta y me preocupa lo suficiente como para hacer caso omiso de las dos primeras cosas.
La puerta principal se abre y las carcajadas de Ashleigh y de Julia compiten por el premio de «Quién va a cabrear más al señor Dorner», así que nos separamos mientras entran cargadas con bolsas de Target.
—Huele que alimenta —dice Ashleigh, que pasa a nuestro lado como si nada.
Miles y yo nos miramos, ya que los dos presentimos alguna clase de travesura en el aire. Tomamos los cuencos y las seguimos al salón, donde vacían las bolsas en la alfombra. Un colchón hinchable, una bomba, dos almohadas envasadas al vacío, un jersey azul, una manta dorada de chenilla y dos miniventiladores de sobremesa, además de algunos objetos de aseo y un cinturón.
—¿Estáis planeando algo en concreto? —pregunto.
—Se me pasó por la cabeza comprar un sofá cama para cambiar este trasto —dice Julia—, pero no quería pasarme de atrevida.
—Ah, claro. No querías pasarte de atrevida —replica Miles con sorna. —Oye, sé bueno —protesta su hermana—. Es temporal. En cuanto
consiga trabajo, empezaré a buscar casa.
Miles se frota la frente.
—Tengo que irme a trabajar. Luego hablamos.
—Ya sabes dónde encontrarme —dice Julia, que se inclina sobre el sofá para recoger su ropa sucia.
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Miles se da media vuelta, meneando la cabeza mientras come pasta, y echa a andar hacia la puerta.
Suelto el cuenco en la mesa del sofá.
—¿Necesitas ayuda con eso?
—¡Qué va! —dice Julia—. Solo necesito un sitio donde ponerlo todo.
El salón empieza a estar un pelín desordenado.
Ashleigh resopla.
—¡Un pelín!
Julia se va hacia el armario. ¡El armario! Donde tengo el vestido.
El corazón empieza a retumbarme en el pecho con tanta fuerza como los petardos de Nochevieja. La veo extender la mano hacia las puertas correderas, como a cámara lenta.
—No, espera… —Me abalanzo sobre ella.
No llego a tiempo.
Ni por asomo.
Las puertas del armario se abren por completo por primera vez desde el día que Miles me ayudó a meter las cosas ahí dentro…, pero desde el lado equivocado. Ese lado está tan atestado de cosas, encajadas como un Tetris, que la ausencia de la puerta provoca una avalancha de blanco, crema, marfil y rosa.
Bolsas de regalo. Cajas de velas. Farolillos. Una caja con cubiertos biodegradables. Platos de hoja de palmera. Organza, una cantidad indescriptible de organza. La que se necesitaría para una peli de monstruos en la que el depredador fuera un vestido de novia con vida propia, empecinado en tragarse a las mujeres de un solo bocado.
Yo. Yo soy la mujer a la que se suponía que iba a devorar ese vestido, y ahora le cae encima a Julia, como una cascada brutal de mis errores.
Pasan varios segundos, durante los cuales ella se queda petrificada, hasta que todo cae. Es como algo salido de Te quiero, Lucy o El show de Dick van Dyke.
Cuando por fin termina, todas estamos en silencio, mirándolo.
—¡Ay, cariño! —exclama Ashleigh—, dime que no guardaste el vestido.
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—¡Es que no he tenido tiempo para pensar en qué hacer con él! —exclamo al tiempo que paso junto a Julia y empiezo a guardar cajas.
—¡No! —grita Julia, que me quita de la mano una caja de servilletas de hilo color marfil de segunda mano—. No puedes guardarlo todo sin más. Se ha abierto la caja de Pandora, Daphne.
—Y el contenido de la caja no va a caber en el salón con tu balsa de tamaño industrial —replico.
—De todas maneras vas a tener que deshacerte de todo antes de mudarte —me recuerda Ashleigh.
Julia me mira de repente.
—¿Te mudas?
—Es posible —contesto—. Pero no hasta después del verano como muy pronto. Tengo tiempo para encargarme de todo esto.
Ashleigh mira a Julia.
—A lo mejor podrías vivir en su habitación.
Por el bien de Miles, me siento aliviada al ver que Julia tuerce el gesto.
—Ni de broma. Quedarme aquí es una solución a corto plazo.
Ahora que me ha dado pie, pregunto:
—¿A qué viene el repentino interés de mudarte aquí?
Julia se muerde el labio un segundo.
—¿Puedo contarte algo sin que Miles acabe enterándose?
—¡Oooh, cotilleo! —Ashleigh hace como que se cierra una cremallera en los labios.
—Vale —accedo—. Pero si me lo puedes contar a mí, seguro que se lo puedes contar a él.
Julia resopla.
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—Quiero a mi hermano con locura, pero hay cosas que es mejor que no sepa.
—¿Como cuáles? —pregunta Ashleigh.
—Llevo años pensando en mudarme aquí.
—¿No estabas en la universidad, en Wisconsin? —pregunto.
—Lo pasé fatal —explica—. No podía decírselo a Miles, él me había avalado el préstamo.
—Lo habría entendido —insisto.
—Lo sé —me asegura—. Me mima. Y la verdad, tampoco soy una gran fan de tener que lidiar con mis meteduras de pata. Pero el asunto es que cuando meto la pata y Miles aparece para arreglar el desaguisado, siempre se deja algo atrás.
Meneo la cabeza.
—No lo entiendo.
—Cuando terminó el instituto —dice—, se suponía que se iba a mudar a Colorado con dos amigos. En el último momento decidió no irse. Y sé que fue por mi culpa. Porque yo me habría quedado sola con mis padres. Esperó a que yo fuera a la universidad para irse del estado. Se mudó aquí y le encantó. Así que cuando la universidad empezó a hacérseme cuesta arriba, también pensé en venirme. Pero luego empezó a salir con Petra.
—¿No os llevabais bien? —le pregunto, sorprendida.
—Petra se lleva bien con todo el mundo —contesta Julia—. Pero es una inconstante, joder. Y lo digo siendo yo misma una inconstante. Me harto de los trabajos. Me harto de las compañeras de piso. Me harto del flequillo cuatro días después de cortármelo.
—Bueno, eso nos pasa a todas —tercia Ashleigh.
—Pero Petra… está a otro nivel. Miles y ella se fueron una vez de viaje a Islandia y decidió quedarse indefinidamente. Durante dos meses. Ni siquiera creo que fuera legal. Y el invierno pasado, su viaje de dos semanas a Uruguay duró cinco. No quería mudarme a Waning Bay si él no quería estar aquí de verdad —sigue—. Porque lo conozco y se sentiría atrapado. Pero de un tiempo a esta parte han cambiado algunas cosas en mi vida y ahora me parece que es el momento adecuado. Pero si pasa algo, si Miles quiere mudarse a Islandia, no quiero ser el motivo de que no lo haga. No puedo serlo. Ha renunciado a muchas cosas por mí durante todos estos años.
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El corazón se me estremece. Sé lo que es que toda tu familia se concentre en una sola persona, querer lo que es mejor para dicha persona después de que lo haya dado todo por ti. Pero como he oído también la versión de Miles, no puedo evitar desear que sepa lo que siente su hermana.
Él se ve como el hermano que huye. Julia lo ve como el hermano que se queda, incluso cuando no debería hacerlo.
—Deberías decirle lo que sientes —le aconsejo.
—Una idea interesante. —Toma la botella de agua para beber un buen sorbo—. Se me ocurren varias situaciones en las que se podría aplicar.
Ashleigh me rescata dando una palmada.
—Vale, volvamos al tema que tenemos entre manos: estas cosas.
—Claro —dice Julia—. Esto es lo que vamos a hacer: le vamos a sacar fotos a todo y vamos a poner a la venta en internet lo que se pueda. Luego yo iré mandando las cosas según se vayan vendiendo. Como muestra de agradecimiento por dejar que me quede aquí.
—Mientras tanto, yo tengo espacio de sobra en casa —se ofrece Ashleigh—. Así que lo catalogamos, lo anunciamos y luego yo lo guardo hasta que se venda.
—Vamos —dice Julia, que se da cuenta de mi indecisión—. ¿No sería estupendo… librarte de todo esto sin más?
Ojeo «todo esto». ¿A qué estoy esperando?
«A esto —me digo—. A ellas». A no estar sola. A tener amigas que presencien la muerte de este sueño.
Le quito la caja a Julia.
—Estoy lista.
Da una palmada.
—Voy a por el vino.
Ashleigh pone una lista de reproducción que ha llamado «Estás divorciada, no muerta», que tiene el mismo ritmo que la banda sonora de una clase de spinning. Julia sirve tres copas de sauvignon blanc, llenando la mía hasta el borde, y luego lo sacamos absolutamente todo del armario y lo dejamos en el suelo del salón.
Ponemos lámparas alrededor para que se vea bien y hacemos fotos de todos los objetos como si pertenecieran a la escena de un crimen.
Yo voy escribiendo descripciones rápidas, que Julia promete subir en diferentes plataformas de venta y, la verdad, es hasta divertido.
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Tres copas de vino y varias horas después, por fin llegamos al vestido en sí.
—En fin, te lo tienes que poner, está claro —dice Ashleigh.
—Sí. —Julia da otra palmada.
Se lo ofrezco a ella.
—Póntelo tú si quieres.
—Ella no fue quien lo eligió —dice Ashleigh—. Lo elegiste tú. ¿No quieres echarle un último vistacillo?
—Sobre todo, ¿no quieres que tus amigas te vean fabulosa con él antes de que sea Halloween y pases con el coche por delante de la puerta de una fraternidad y veas a un chico con peluca disfrazado de Novia de Frankenstein vomitándole encima?
Ahí le ha dado. Nadie me ha visto con este vestido, salvo mi madre y la que casi fue mi suegra. Si voy a deshacerme de él, bien puedo hacerlo con un poco de fanfarria.
—¡Pruébatelo! —chilla Ashleigh, y Julia se suma de inmediato—. ¡Pruébatelo! ¡Pruébatelo!
—¡Vale! ¡Ya voy! —digo, cediendo—. ¡Me lo probaré!
Con un chillido emocionado, Julia me devuelve el vestido y Ashleigh se inclina hacia delante para rellenarme la copa.
—¡Di que sí! —exclama.
Me doy media vuelta y me meto en el cuarto de baño para desnudarme. Me cuesta un poco pasarme el vestido por la cabeza, con las capas de seda y de organza retorciéndose a mi alrededor de forma cada vez más tonta, hasta que por fin consigo sacar la cara, como si estuviera saliendo
con torpeza de un huevo de tres mil dólares.
Ni siquiera quería vestido de novia. Mi idea era buscar un vestido de seda o de satén de color crema por doscientos dólares o así. Pero la madre de Peter quería que por lo menos me probase algunos vestidos de novia y, para mi sorpresa, mi madre estuvo de acuerdo. Las dos habían ido a pasar el fin de semana a Virginia, y las tres (mi madre, Melly y yo) pasamos seis agotadoras horas bebiendo el champán gratis y el agua con gas Perrier of Richmond de las boutiques de novia más elegantes de la ciudad.
Me había preparado para darles las gracias a ambas por su tiempo y reafirmarme en mi plan de comprarme un vestido normal hasta que entramos en la última tienda, especializada en vestidos vintage y de la que Melly había leído en internet.
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Mi madre me ayudó a ponerme el vestido, y cuando terminó de abrocharme el último botón del cuello, las dos miramos hacia el espejo y nos quedamos calladas. Me dio un apretón en los hombros y tomó una entrecortada bocanada de aire… su versión de estallar en lágrimas.
Después dijo con voz queda y temblorosa:
—Te pareces a Grace Kelly.
—No me parezco en nada a Grace Kelly —susurré. —Este es el elegido —dijo mi madre—. ¿A que sí?
El vestido costaba tres mil dólares, y ya había accedido (después de muchas protestas) a que Peter y los Collins pagaran por casi todo. Si mi madre y yo corriéramos con todos los gastos, habríamos tenido que casarnos en el registro civil, y a mí me parecía bien, pero la familia de Peter era tradicional y yo quería que estuvieran contentos.
—Creo que buscaré algo más sencillo —contesté con un nudo en la garganta.
Mi madre suspiró y me abrazó, poniéndome la barbilla en un hombro mientras me miraba a través del espejo.
—Déjame que haga esto.
—Ya lo has hecho todo —protesté—. Absolutamente todo. Y ni siquiera crees en estas cosas.
—Cariño —me alisó el pelo sobre el hombro—, creo en ti. Creo que deberías tener todo lo que quieras, y que lo tendrás, siempre que no te dé miedo luchar por lo que sea.
Esa fue la primera vez que me pregunté si mi madre estaba tan feliz sola como aparentaba.
—Este es el elegido —repitió, besándome en la sien—. Tú eres mi elegida.
—Y tú la mía —repliqué.
Sonrió.
—No, preciosa —replicó—. Ahora tienes a alguien más.
Nunca me dijo un «Te tengo dicho que no confíes en los hombres» cuando todo se fue a la mierda. Solo me demostró amabilidad y consuelo, además de criticar cruelmente a Peter.
Todavía me siento culpable por el vestido, pero siempre que saco el tema de devolverle el dinero, bromea diciendo que ella es la que me debe dinero, ya que nunca ha tenido que pagar la fianza porque me hubieran
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detenido ni cambiar la puerta del garaje por haberla atravesado con el coche «como una adolescente normal».
Su forma de hablar, como la de los «adolescentes normales», deja claro que ella fue una de las que salen en las películas, que se escapan por las ventanas de los dormitorios y se van al campo a emborracharse.
Mientras me paso el vestido por los hombros, Ashleigh llama a la puerta y grita algo que parece una pregunta desde el otro lado, pero que resulta ininteligible a través del capullo de tela contra el que lucho.
—¡Espera! —grito—. ¡Un momento! —Otra respuesta amortiguada. Por fin consigo colocar todas las capas y me pongo de espaldas al
espejo mientras tanteo en busca de la cremallera. Se atasca tres veces antes de que consiga subírmela hasta los omóplatos.
Después me doy media vuelta para examinar el suave corpiño de seda en el espejo del lavabo. El cuello de barco alto y los brazos al aire. El vuelo de la falda. Los bolsillos que la modista añadió. Estaba emocionadísima por los bolsillos.
Durante un segundo, me permito sentir la tristeza.
Por haber perdido la casa victoriana con su porche y la preciosa cocina nueva donde Peter me preparaba la cena. Por los niños que podríamos haber tenido y los padres en los que nos habríamos convertido. Por la sensación de recibir un abrazo que sentía cada vez que atravesaba el umbral.
Aunque, la verdad, el vestido en sí no tiene el mismo efecto que tenía antes. Seguramente porque ahora necesito como una talla y media más. Las costuras están a reventar y me levanta las tetas cual heroína de Tessa Dare coqueteando con el escándalo. Salvo que las modelos de las cubiertas de Tessa parecen sexis y valientes, y yo parezco aturdida y ridícula.
Salgo del cuarto de baño y entro en el salón con un dramático «¡Tachán!».
Es de lo más anticlimático salir con tu ceñidísimo vestido de novia a una estancia vacía.
—¿Hola? —Echo a andar hacia la cocina. Está vacía, aunque veo el móvil de Ashleigh en la encimera, con la lista de reproducción en marcha y Love Is a Battlefield sonando a todo volumen por el altavoz Bluetooth.
Vuelvo al salón, pero ni rastro de ellas. A mi espalda, se abre la puerta del piso.
Me doy media vuelta y me quedo paralizada. Al igual que Miles.
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—Hola —digo.
—¿Hola? —repite, pero en plan pregunta, con una expresión que roza el espanto en la cara.
Seguramente porque estoy dando vueltas por el piso con el vestido de novia de una boda que nunca se celebró mientras Pat Benatar me canta desde la cocina.
—No me lo he puesto yo —me apresuro a decir.
—Vale —replica.
—A ver, que sí que me lo he puesto, pero porque me han obligado —le explico.
Lo veo echar un vistazo por el piso vacío.
—¡Ashleigh y tu hermana estaban aquí! —Yo también echo un vistazo por el piso vacío en busca de alguna prueba de que no estoy teniendo un momento «señorita Havisham», pero solo veo cosas para la boda por todas partes—. Querían ver el vestido, así que me lo he puesto, y ahora están… en alguna parte.
Por fin esboza una sonrisilla, se quita la sudadera y la deja sobre una silla.
—Las he visto meterse en un taxi en la calle. Al parecer, necesitaban ingredientes para preparar batidos.
Lo que explica que Ashleigh me gritara a través de la puerta mientras luchaba con el vestido.
—¡Ah! —Cruzo los brazos por delante del pecho.
—Te pagaré para que te lo pongas en la boda de Peter y Petra —dice.
—Yo te pagaré más a ti.
Sonríe de oreja a oreja.
—Es un vestido bonito. Estás guapa.
Me pongo coloradísima.
—Parezco un cannolo embutido.
Ladea la cabeza.
—¿Qué es un cannolo?
—El singular de cannoli —contesto.
—Eso quiere decir que estás para comerte —replica.
—Antes me quedaba mejor. O ahora veo mejor. O a lo mejor es que, cuanto más me aprieta, mejores se vuelven las alucinaciones por la falta de oxígeno.
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—Estás preciosa —asegura y después, con un ligero temblor en los labios por la risa, añade—: Incluso mejor que la pasta italiana.
Mientras me recorre con la mirada, me asalta ese aroma especiado y dulce tan suyo, y salgo pitando hacia el cuarto de baño.
—Voy a cambiarme.
Una vez dentro, cierro con el pestillo y me miro en el espejo. Tengo manchas rojas desde el escote hasta la garganta.
Que prácticamente están diciendo a voz en grito: «¡SIGO DESEANDO A MILES NOWAK!».
No quiero pensar en lo que pasó entre nosotros en su camioneta y me llevo la mano a la espalda en busca de la cremallera. Baja unos cuantos centímetros y se engancha. Me pongo de espaldas al espejo y miro por encima del hombro mientras lucho para pasar la cremallera por el pellizco de tela. Consigo subirla un centímetro, pero cuando la bajo de nuevo, se engancha todavía más.
No se mueve, y el corpiño me aprieta todavía más que hace un minuto.
Cuanto más intento mover la cremallera, más me dejo llevar por el pánico.
Siento la piel dolorida debajo de las costuras, me duelen las costillas, no puedo respirar con normalidad y ¡el vestido está atascado!
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Salgo disparada del cuarto de baño y me choco con Miles, que estaba esperando en el pasillo como un padre primerizo nervioso que se pasea de un lado para otro por la planta del hospital.
—Todavía lo llevas puesto —dice.
—Está atascado —le explico—. Creo que he roto la cremallera, y el vestido me queda muy ceñido, y no puedo respirar, y está atascado.
—No pasa nada.
—¿En serio? —replico—. Pues ya me siento mejor.
Me sujeta del codo y me hace girar.
—Ya me ocupo yo. Tú intenta respirar. —Me aparta el pelo del cuello con mucho tiento para no rozarme la piel con los dedos—. ¿Puedes sujetártelo?
Me pego el pelo a la cabeza, con un hormigueo en los hombros y los brazos porque el corazón bombea demasiada sangre a las extremidades.
Miles une los dos lados de la tela y empieza a tirar de la cremallera hasta que cede. A mitad de la espalda, se engancha de nuevo.
—¡Mierda! Espera.
Más tirones, más movimientos, más esfuerzo. Cierro los ojos y me concentro en la respiración.
La cremallera sube y baja para engancharse en el mismo punto.
—Intenta no moverte —dice.
—Pues no me des tirones —protesto.
—¿Tienes bálsamo labial? —pregunta.
—¿No puedes esperar un minutito para hidratarte los labios? —replico.
—No es eso. Es para la cremallera, Daphne.
—En el botiquín —le digo.
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Nos movemos como podemos en el atestado cuarto de baño, mientras Miles sujeta la parte trasera del vestido. Le paso la barrita y él hace lo que sea que crea que tiene que hacer con eso antes de empezar a pelearse otra vez con la cremallera. Se le escapa y se golpea un codo con la pared que tengo detrás, por lo que suelta un gruñido de dolor.
—Aquí no hay quien se mueva.
Salimos al pasillo como buenamente podemos. Lo intenta de nuevo, y su resoplido frustrado se transforma en una carcajada.
—¿Qué pasa? —le pregunto por encima del hombro.
—Ahora no veo un pimiento. —Tira de la falda para meterme en su dormitorio, donde enciende la luz—. ¿Puedes inclinarte sobre la cómoda? —me pregunta.
—¿En serio?
—Necesito un punto de apoyo —me explica— y cada vez que tiro, te acercas a mí.
¡Por el amor de Dios! ¿Qué he hecho para merecer esto?
¡Ah, ya! Mentir diciendo que estoy saliendo con este hombre y luego besarme con él en una plantación de lavanda para cabrear a mi ex. Seguro que eso tiene algo que ver.
Apoyo las manos sobre la cómoda. Él me pone una mano en una cadera, sujetándome con fuerza mientras tira de nuevo, y consigue mover la cremallera unos maravillosos milímetros más antes de que se enganche de nuevo, de modo que me sujeta con más fuerza.
—Distráeme —mascullo.
—Te prometo que te lo voy a quitar —dice.
Esa no es la distracción que necesito.
—Ahora mismo me siento tontísima, Miles, así que vas a tener que esforzarte un poquito más. Cuéntame algo horrible.
Se echa a reír.
—Vale. A ver si te sirve esto: cuando Petra y yo recibimos vuestra invitación por correo, me dijo que no quería casarse y yo contesté en plan: «Genial, no pasa nada». Porque creía que se refería en general, no a que no quisiera casarse concretamente conmigo.
Dejo caer la cara sobre la cómoda. Mi gemido de dolor da paso a algo más fuerte, una emoción que me sacude los hombros.
—¡Mierda! —exclama—. Lo siento. Eso no ayuda. —Me sujeta de ambas caderas—. ¡Oye!
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Me pongo derecha, meneando la cabeza mientras empiezo a sacudirme y a llorar por la risa.
—Daphne —susurra a mi espalda, todavía tierno y amable, pegándome a su cuerpo de modo que acabo con la espalda contra su torso antes de que él me rodee la cintura con los brazos.
—Miles —consigo decir mientras me doy media vuelta entre sus brazos—, ¿para qué querías el bálsamo labial? —le pregunto entre carcajadas.
Él se da cuenta. Abre y cierra la boca.
—Creía que conseguiría que la cremallera bajara con suavidad.
—Me has lubricado la cremallera —digo.
—En realidad —empieza—, dije «bálsamo» en vez de «vaselina» para no pensar en esa palabra tan concreta.
Le golpeo una clavícula con la frente cuando me doblo por las carcajadas. Él me sube las manos por la espalda, dejándome la piel de gallina a su paso, para ponérmelas en la nuca. Su carcajada también me resuena por dentro.
—Te he visto muy preparado para esta emergencia —digo—. ¿A cuántas compañeras de piso has tenido que ayudar con este problema?
—A montones. —Afloja los brazos y me pone de nuevo de espaldas a él—. Pero tú eres la primera con el bálsamo labial. —Pellizca la cremallera y le da un tironcito.
Después de un sinfín de meneos, forcejeos y tirones, la cremallera llega por fin a la base de la espalda, y los nudillos de Miles me rozan la piel hasta abajo.
Me estremezco por la sensación y experimento un hormigueo que me recorre todo el cuerpo al sentirlo tan cerca.
No se aparta de inmediato, y me doy cuenta de que cambio la postura para no perder el contacto. Él extiende los dedos, con la palma apoyada en la base de mi espalda.
El corpiño del vestido está por fin suelto, y la gravedad hace que los tirantes se me bajen por los brazos porque el peso de la falda tira del vestido hacia el suelo.
Me pego el corpiño al pecho, sujetándolo con fuerza mientras me doy media vuelta para mirarlo.
—Gracias.
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—Toma. —Se aparta de mí a toda prisa, sin mirarme a los ojos y saca una camiseta gris holgada del cajón superior, que está abierto. Me la pasa por la cabeza, momento en el que me envuelve su olor a galleta de jengibre, y después tira del vestido hacia abajo.
Cuando suelto el corpiño, el vestido queda arremolinado en torno a mis pies. Meto los brazos por las mangas cortas de la camiseta, y Miles me ayuda a salir de los metros de organza arrugada, tras lo cual me saca el pelo del cuello de la camiseta con un gesto tierno.
Me mira a los ojos y el aire crepita a nuestro alrededor.
—Gracias —repito, susurrando.
—Voy a necesitar que me la devuelvas —bromea en voz baja—. Es mi camiseta preferida desde los diez años.
Miro por primera vez la parte delantera de la camiseta y veo que es un camello de vinilo cuarteado fumando un cigarro gigante. Lo miro a los ojos entre carcajadas.
—¿Esta es tu camiseta preferida de la infancia? ¿Un anuncio de tabaco con patas?
Sonríe con más ganas. Me está acariciando la barbilla sin darse cuenta, y me doy cuenta de que me inclino hacia él, de que nuestros cuerpos se pegan, de que su corazón resuena en mí.
—Es un camello, Daphne —replica con sorna—. Con gafas de sol.
—Me cambio ahora mismo —digo, siguiéndole el rollo.
—No, no —protesta—. Quédatela todo el tiempo que quieras. Lo mío es tuyo.
Contengo una sonrisa.
—Que sepas que este es el motivo de que todos esos lugareños te hayan incluido en su testamento.
Frunce el ceño.
—A veces me pintas como un vendedor sin escrúpulos.
Lo tomo del brazo.
—No quería decir eso ni mucho menos.
—¿Y qué querías decir? —pregunta.
—Que eres amable —contesto.
Se echa a reír.
—Ya estamos con lo mismo.
—A ver —insisto con vehemencia—, seguramente eres la única persona que conozco que demuestra verdadera curiosidad por la gente que
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va conociendo. Eso hace que todos se sientan interesantes y bien recibidos, y como… como si pudieran mostrarse seguros de lo que hacen. Consigues que tengan la sensación de que cultivar maíz, hacer salsa de cereza o recomendar libros sea un superpoder.
—Si se te dan bien esas cosas, lo es —asegura.
—Exacto —susurro—. Eso es lo que sientes de verdad.
La otra persona a la que conozco con esta habilidad en concreto la usa a modo de escudo. Como si fuera un impuesto que debe pagarte, o una parte de sí mismo lo bastante grande y reluciente para asegurarse de que no le pides más.
—Solo digo que te gustan las personas casi tanto como tú les gustas a ellas —añado—. Y eso hace que estar contigo sea como… como estar bañado por el sol.
Su expresión se suaviza. Baja la mirada un segundo al espacio que queda entre nuestros pies.
—Tú también haces que sea como estar bañado por el sol.
Resoplo.
—No, de eso nada.
—Es verdad —replica, dándome la razón—. Tú eres más como el lago Míchigan.
—Fría y vigorizante —digo.
Baja la voz todavía más.
—Fresca y refrescante.
—Estremecedora y dolorosa —añado.
—Sorprendente y emocionante —replica, lo bastante cerca a estas alturas como para que pueda oler la copa de vino tinto que se toma al acabar el turno. Lo bastante cerca como para convertirme en la polilla atraída por su irresistible brillo, mientras intento contener el impulso de acercarme más.
Ladeo la cabeza y miro hacia el salón, hacia el caos, el de Julia y el mío. Aprovecho la oportunidad de tener una distracción de esa embriagadora emoción.
—¿Has podido hablar con ella? ¿De lo que está haciendo aquí de verdad?
Miles suelta un suspiro cansado y retrocede un pasito.
—Lo he intentado. Sigue fingiendo que no hay otro motivo de peso que no sea despegarme del suelo donde estoy despanzurrado. —Se obliga
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a sonreír de una manera que hace que mi corazón parezca que se está doblando por la mitad—. ¿Estás lista para echarla?
—Me gusta tenerla aquí —le aseguro.
Asiente con la cabeza.
—¿Puedo hacer algo? —le pregunto.
Su sonrisa se suaviza al oírme. Me toca de nuevo la barbilla.
—No —dice—. Con esto basta.
—Pero no estoy haciendo nada —protesto.
Le tiemblan las comisuras de los labios por la risa. —Si eso es cierto, ¿cómo es que me siento mejor?
El momento crece. Ahora soy yo quien retrocede, sintiendo el suelo helado bajo los pies.
—Gracias —repito— por lubricarme la cremallera.
—Aquí me tienes para lo que sea —dice.
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Miércoles, 24 de julio
24 días para el Maratón de Lectura
Salvo por el silencio absoluto en respuesta a mi solicitud a la oferta de trabajo de la Biblioteca Pública de Ocean City, estoy teniendo una racha de buena suerte muy poco habitual.
El domingo Miles nos sorprendió a Julia y a mí (aunque a ella no le hizo tanta gracia) con una escapada en coche a un pueblecito llamado North Bear Shores para un evento literario con una escritora de romántica a la que Sadie me había enganchado hacía unos años. Después de la firma, la dueña de la tienda y su mujer, profesora de geología, acabaron enamoradas de Miles (evidentemente) e hicieron una donación al Maratón de Lectura.
El lunes dos autores de libros infantiles accedieron a mandar vídeos como premio para el Maratón de Lectura, mientras que un tercero se ofreció a hacer una videollamada en directo con los niños.
El martes nuestro torneo mensual de Fornite acabó teniendo la mayor participación de todos y hoy, por fin, he convencido a Maya de que participe en el club de lectura juvenil de la semana que viene cuando se pasó por el mostrador para recoger los libros que había reservado.
Mi madre chilla de la emoción mientras se lo cuento durante nuestra llamada mientras vuelvo a casa andando.
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O eso, o se le han caído unas pesas sin querer en los pies.
—Es genial, cariño —dice—. Sé que esa niña ha sido un hueso duro de roer.
—Es que es muy tímida. Pero los demás chicos del grupo son estupendos —replico—. Y hay un par que estudian en casa, así que seguramente no los conozca, lo que podría ser algo bueno. Empezar de cero.
—Por Dios, recuerdo que una vez te pregunté si querías estudiar en casa cuando lo estabas pasando mal en un colegio nuevo —dice mi madre.
Resoplo.
—¿De dónde ibas a sacar el tiempo para darme clases?
—No habría podido —admite—. Pero lo pasabas fatal en el colegio. No sabía qué hacer. Solo quería evitar que siguieras sufriendo. ¿Te acuerdas de lo que me dijiste?
—No recuerdo que me dieras la opción de estudiar en casa en ningún momento —contesto.
—Dijiste que echarías demasiado de menos a tus profesores. —Estalla en carcajadas roncas, que se convierten en un gemido por el esfuerzo, seguido por el ruido de las pesas al caer al suelo—. Eras tímida, pero también valiente.
—Era una sabelotodo friki, puedes decirlo.
—En aquel entonces, lo llamaban «es una maravilla tenerla en clase» —protesta.
Me pita el móvil y me pongo debajo de un toldo.
—Espera un momento —le digo, protegiendo la pantalla del sol para leerla—. ¡Pero bueno!
—¿Estás bien? —pregunta mi madre.
—¡Sí! —exclamo con demasiada alegría.
Todo va de maravilla, salvo que mi padre me está llamando y no han pasado ni dos semanas de la última fecha importante, que es cuando suelo tener noticias suyas.
Le mando un mensaje a toda prisa: «Perdona, estoy hablando».
Me contesta de inmediato, algo rarísimo: «Llama cuando puedas. Algo gracioso».
La ansiedad me abruma de golpe. «Algo gracioso» en la jerga de Jason Roberts Speak equivale normalmente a: «Oye, ¡estoy saliendo con una de veintiséis!». (No por mucho tiempo). O: «Tengo un nuevo amigo con un
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catamarán, así que voy a estar fuera del país una temporada. ¡Te mando una postal cuando toque tierra!». (No lo hará).
—¿Daphne? —pregunta mi madre.
—No pasa nada. —Mi padre y ella no son enemigos acérrimos ni nada de eso, pero dejó de tener contacto con él en cuanto yo cumplí los dieciocho, y aunque a ella se le da muy bien empatizar, reírse de las tormentas de la vida, siempre se ha cuidado mucho para no hablar mal de mi padre. Sé que es por mi bien, pero a veces quiero que deje de ser una supermamá y me dé la razón cuando digo que es lo peor de lo peor. Así que no hablamos mucho de él.
—En fin, que me alegro por ti, que estoy muy orgullosa y que te quiero.
—¿Y tienes que colgar? —intuyo.
—Sí —confirma—. Mañana me voy a la playa con unas amigas, pero ¿hablamos la semana que viene?
—Claro —respondo—. Te quiero.
—Y yo a ti más —dice y cuelga antes de que yo pueda replicar. Cuando paso por delante de la casita de cuento de hadas con fachada
verde salvia, las campanillas que crecen enredadas en la valla blanca están en flor y los pajarillos trinan en las ramas, lo que me parece otro buen augurio.
Guiada por un impulso, miro de nuevo el precio que tiene online. Ha bajado cincuenta mil dólares hace poco, pero sigue estando muy por encima de lo que me puedo permitir en la vida real. Aun así, es estupendo soñar.
Imaginarme en una casa así. Organizando cenas y viendo pelis de acción. Comprando té chai en la cafetería que hay al final de la calle y llenando jarrones con lavanda recién cortada. Bebiendo vino en la parte trasera con mis amigas durante la temporada de luciérnagas.
Casi puedo verlo. Casi puedo ver una vida ahí.
—¿Has planeado algo grande para tu cumpleaños? —le pregunta Harvey a Ashleigh varias horas después, cuando estamos sentadas con las demás a la mesa de póquer.
—¿Es tu cumpleaños? —pregunto—. ¿Cuándo?
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Ella gime.
—Dentro de dos sábados, faltan diez días. Cuarenta y tres. Y no, no he planeado nada grande. Da la casualidad de que cae el fin de semana después de que Mulder y yo volvamos de ver a mi madre en Sedona, así que él estará con su padre y yo estaré en casa, pudriéndome el cerebro con los realities de la cadena Bravo.
—¿Por qué vas a quedarte en casa? —pregunto—. ¿No deberíamos hacer algo?
Lenore dice con el puro entre los labios:
—No vas a ganar esta batalla.
—Siempre he detestado mi cumpleaños —me explica Ashleigh—. Solo es otro recordatorio más de lo poco que he progresado. Estoy en el mismo sitio donde estaba el año pasado. Mirando las mismas cuatro paredes en la misma casa en el mismo pueblo, pero sin marido.
—¡Ay, cariño, eso no es verdad! —exclama Barb—. Dejaste un matrimonio empantanado. Empezaste a ir a terapia. Conseguiste sacar adelante a Mulder durante un año muy duro ¡y ahora has incluido a Daphne en nuestro reducido círculo!
—Además, no es un día para celebrar el progreso —insisto—. Es un día para celebrar la existencia. Tenemos que hacer algo.
—Creo que hemos cambiado los papeles, ¿no? —Ashleigh levanta las cejas—. Yo soy la divertida, la que lleva las riendas.
—Cierto —convengo—. Pero no puedes hacerte un Ashleigh a ti misma, así que alguien tiene que hacerlo por ti.
—No quiero salir. —Hace un puchero.
—Pues no saldremos —digo, cediendo—. ¿Y si voy a tu casa y pintamos?
Tuerce el gesto con algo parecido al desdén.
—¿En plan paisajes a lo Bob Ross?
—No, en plan habitaciones —contesto—. En tu casa. Dijiste que Duke nunca te dejó hacerlo, ¿no? Y estás harta de mirar las mismas cuatro paredes. Así que elige un color para la pared y te ayudaré a pintar.
—Se me da fatal pintar —dice—. Me entran los nervios y meto la pata recortando.
—Pues estás de suerte, porque a mí se me da genial recortar —le aseguro.
Resopla.
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—¡Cómo no!
—No me siento insultada por el comentario —le digo.
Se lo piensa un momento.
—Entonces, ¿vendrás para encargarte de lo complicado y yo serviré el vino, mientras vemos en la tele a mujeres casadas tirarse bebidas y gritarse «Asúmelo» unas a otras?
—Claro —acepto—. ¿Alguien más se apunta?
Lenore estalla en carcajadas.
—No contéis conmigo, pero que disfrutéis mucho. —Harvey y Barb asienten con la cabeza.
—Vale, Vincent —dice Ashleigh tras pensárselo un momento—. El sábado por la tarde de la semana que viene. Yo elegiré el color. Tú te pones tu precioso mono de trabajo/amistad. —No tengo uno de esos —protesto.
—Pues tienes una semana entera para conseguirlo.
—Conozco una tienda de material agrícola estupenda —dice Barb. —Bueno, ¿podemos volver a las cartas? —pregunta Harvey—. Esta
noche me siento con suerte.
Y tiene bastante suerte esa noche. Gana seis manos.
Yo gano la partida.
El domingo nos llovió. Miles no ha dicho qué íbamos a hacer, solo que hacía falta buen tiempo.
—¿Crees que podrías pedirte el jueves libre? —me pregunta mientras nos preparamos el té y el café. En circunstancias normales, detestaría pedirme el día libre, pero con Ashleigh fuera toda la semana, el trabajo ha sido un poco aburrido y tampoco hay mucho en la agenda de la biblioteca ese día, así que accedo.
De todas maneras me despierto a las siete, incluso sin la alarma, y decido empezar el día leyendo y bebiendo té helado en una de las mesas de la terraza de la cafetería de Fika. Guiada por un impulso, pido un té matcha y me gusta más de lo que esperaba, pero decido pedirme lo habitual antes de volver a casa andando.
El camarero que tiene toda la cara llena de piercings levanta la cabeza y dice con voz cantarina:
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—¡Has vuelto!
—Pues sí —replico.
—¿Otro matcha? —pregunta—. ¿O un chai helado con leche?
—El chai, por favor —contesto—. Y un miel helado y un café con leche y nueces helado.
—¿Día importante? —bromea.
—Para mis compañeros de piso —respondo.
—Entendido. —Escribe mi nombre en los tres vasos sin preguntármelo. Siento un orgullo casi vergonzoso por haberme convertido en una habitual en un sitio nuevo, yo sola.
—¿Cuánto es? —le pregunto cuando me trae las bebidas.
—Hoy invita la casa —responde.
—¿Cómo? ¿Estás seguro?
Echa un vistazo a su alrededor antes de inclinarse hacia delante.
—El encargado no está, no tienes a nadie detrás que pida bebidas gratis y das buenas propinas. Estoy seguro.
—En fin, pues gracias. —Meto en el tarro el billete de diez dólares que tengo en la mano, parte de mis ganancias de la noche del miércoles.
—Jonah —dice sin que se lo pregunte.
—Gracias, Jonah —replico.
Sonríe de oreja a oreja.
—Que tengas un buen día, Daphne.
De vuelta a casa, mi padre me llama de nuevo y cuelgo sin querer. Se me olvidó llamarlo la semana pasada, algo muy raro en mí. Pero también es raro que él me llame, punto.
A estas alturas, tenemos una relación más de «algún que otro mensaje de texto cada pocos meses».
En un semáforo, le escribo: «Perdona, ¿te puedo llamar dentro de un rato?». La multitarea no es lo mío ni siquiera cuando las tareas en cuestión no son tan exigentes como a) intentar mantener una conversación informal con mi padre del que casi no sé nada y b) intentar esquivar a una multitud de forasteros con sándwiches helados en las manos zigzagueando en todas direcciones.
«No hace falta. Solo quería confirmar la dirección que me dio tu madre», contesta mi padre.
Así que va a mandarme algo por correo. Justo cuando por fin he empezado a librarme de las cosas de la boda.
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Como ese paquete sorpresa se parezca en algo a los últimos que me ha mandado, puedo esperarme una intrigante mezcla de vitaminas que lo curan todo, aceites esenciales y gominolas de maría que no he pedido y que seguramente sea ilegal mandar por correo. Por si no bastara con eso, a veces añade algo nostálgico, pero totalmente erróneo. Como un gorro amarillo de lana que encontró en el ático y que está convencido de que era mío.
En ese caso, el gorro me era tan desconocido que la única explicación lógica fue que pertenecía al anterior dueño de la casa, y dado que solo pudo comprarla porque se cometió en ella un crimen violento y estaba tirada de precio, ten por seguro que el gorro fue directo a la basura.
Sin embargo, sí que quemé un poco de la salvia que me mandó, cerca del cubo de la basura, antes de sacarla con el gorro de nieve. Supongo que con ese «regalo» en concreto alcanzamos el cero neto.
Una vez en el vestíbulo del bloque, miro de nuevo el móvil. La dirección que mi padre quería confirmar es, sin duda, la de Miles. Aun así, marco su número mientras subo la escalera, decidida a convencerlo de que no me mande nada.
La llamada acaba cortándose sin que me conteste. Lo intento de nuevo. Una locución me anima a dejar un mensaje de voz cuando estoy llegando a la puerta.
Después del pitido, digo:
—Hola, papá. —Meto la llave en la cerradura y tengo que moverla un poco para que gire—. Siento no haber podido hablar contigo. Llámame cuando…
La puerta se abre.
No la he abierto yo.
Lo ha hecho alguien desde dentro.
Una mujer de mediana edad con el pelo cardado al estilo de los años sesenta y el canalillo en la garganta.
Parece tan sorprendida de verme entrar en el piso como yo estoy de verla ya dentro.
—¡Daphne! —exclama con puro éxtasis.
—Hooola —replico mientras me devano los sesos por ubicarla, pero sigo sin conseguirlo.
Mi padre sale de la cocina y le echa un brazo por encima de los hombros a la desconocida.
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—Hola, hija —dice—. ¡Sorpresa!
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Jueves, 1 de agosto
16 días para el Maratón de Lectura
El instinto me dice que me dé media vuelta, cierre la puerta y lo intente de nuevo. Para ver si me encuentro con otra cosa.
Mi padre me abraza y me da unas palmadas tan fuertes en la espalda que acabo tosiendo.
—¿Estás mala, niña? —Se echa hacia atrás y me agarra por los hombros mientras esos brillantes ojos verdes me hacen un rápido reconocimiento.
—Un poco —respondo, porque de repente siento como si tuviera fiebre.
—Pasa, pasa —me dice, como si esta no fuese mi casa. Me lleva hacia la cocina—. Por fin vas a conocer a Starfire.
Alguien suelta un chillido a su espalda. Mi padre se aparta, hace una floritura con un brazo y señala a la desconocida que me ha abierto la puerta del piso.
Varios metros detrás de ella, veo a Miles en la puerta de la cocina, más nervioso que nunca. Y eso ya es decir mucho, porque normalmente es imperturbable. Sin embargo, ahora mismo parece un hombre que se ha visto obligado a dejar entrar a dos desconocidos en su casa.
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Apenas tengo tiempo de registrar el brillo de labios rosa chicle de Starfire antes de que me envuelva en un abrazo que me rompe los huesos y que huele como el interior de una tienda de Bath & Body Works, minutos después de que una pandilla de niñas haya pasado por allí con un subidón de Frappucinos.
—¡Eres bellísima! —exclama mientras me mece con fuerza a un lado y a otro con cada sílaba.
—¡Oh! —exclamo—. Gracias.
Cuando me suelta, mantiene una de mis manos entre las suyas y sus largas uñas azul celeste me arañan un poco.
—¡Por fin! —exclama con voz lacrimógena—. Al principio, pensé que eras la alta. —Señala con la cabeza a Julia, cuyo rostro me dice sin lugar a dudas: «Yo he pasado por lo mismo que estás pasando tú ahora».
Desvío los ojos hacia mi padre, intentando comunicarle que no tengo ni idea de quién es esta mujer.
Sin embargo, mi padre y yo nunca tuvimos la oportunidad de desarrollar algo parecido a un lenguaje no verbal.
Así que se limita a sonreír.
—No sabes lo que significa para mí ver a mis dos chicas juntas.
Por un segundo, me pregunto de verdad si «Starfire» es una hermanastra cuya existencia yo desconocía.
Claro que aunque todas las novias anteriores de mi padre podrían haber encajado sin problemas en esa categoría, con Starfire debe de haber como mucho diez años de diferencia…, teniendo en cuenta que con el relleno y el bótox que lleva en la cara, es imposible saber si esos diez años son «diez años más joven» o «diez años más vieja».
—¿Vamos al salón? —sugiere Miles, que ya está guiando a mi padre por el pasillo—. Daphne y yo llevaremos vino y algo para picar.
—Me parece estupendo —contesta Julia al tiempo que, obediente, enlaza un brazo con el de Starfire que, a su vez, suelta una especie de sollozo ronco y me da un pellizco en una mejilla antes de que se la lleven a rastras, aunque sigue mirándome por encima del hombro con una enorme sonrisa durante todo el camino, así que acaba chocándose con Julia y está a punto de irse al suelo por culpa de los diez centímetros de tacón de aguja de sus zapatos azules.
Miles me empuja a la cocina y susurra:
—Acaban de aparecer.
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—¡Y los has dejado entrar! —exclamo en voz baja.
—¡Me dijeron que eran tus padres! —mascullo—. ¿No lo son?
—Él es mi padre, siempre y cuando el término se interprete de forma biológica —contesto.
—¿Y Starfire? —pregunta.
—Es la sexta integrante desaparecida de las Spice Girls —respondo.
—No la conoces —deduce.
—No la he visto en la vida —le digo.
Miles suspira y se vuelve para abrir el armarito de los vinos. Yo tomo un par de copas del otro. Cuando me vuelvo, se está riendo en silencio, meneando la cabeza.
—¿Apostamos a ver quién es el siguiente que aparece?
—A este paso —digo—, no me sorprendería que mi tía abuela Mildred, que en paz descanse, entre esta noche atravesando la ventana.
—¿Sin abrirla siquiera? —dice—. ¿Hacía trucos de magia o algo? —Solo he dado por hecho que los espíritus son iguales que Papá Noel
y pueden entrar por cualquier grieta, como si fueran de gelatina.
—¿Estás preparada para esto? —me pregunta, y aunque no le he hablado mucho de mi padre, está claro que ha captado lo suficiente en los últimos tres minutos.
—No —contesto—. Pero cuando me beba la primera botella de vino, estaré mejor.
Olfatea el aire.
—¿Huele a…?
Asiento con la cabeza.
—Sí, así es mi padre. Fumando maría en nuestro piso sin pedir permiso.
Miles da un respingo.
—¿Quieres que le pida que saque la cabeza por la ventana?
—Como quieras —contesto—. Se le olvidará dentro de un cuarto de hora y volverá a encenderse el porro cuando esté a mitad de una frase y te veas incapaz de interrumpirlo. La frase durará veinte minutos.
Me toca el codo.
—Mándame un mensaje si necesitas escapar.
Levanto las cejas.
—¿Causarás una distracción?
—Si es necesario, sí.
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Me vuelvo hacia el vestíbulo.
—Nunca se queda mucho rato. Seguro que solo es un paréntesis de media hora en su camino hacia algún lugar mejor. Vamos a acabar con esto. Bueno, o lo acabo yo sola, no hace falta que tú…
—Me quedaré —me interrumpe—. A menos que no quieras que lo haga.
—No, desde luego que quiero que te quedes —admito—. Es que no creo que debas soportar esto, la verdad.
Me pasa una mano por el codo y hago lo posible por no estremecerme. —Alguien me dijo en una ocasión que se me dan muy bien los
desconocidos. Vamos.
Cuando entramos en el salón, mi padre suelta una bocanada de humo. Han trasladado y amontonado todas las cosas de Julia en un rincón. El colchón de aire está casi desinflado y arrugado para que nuestros invitados puedan sentarse en el sofá con sendas sonrisas de oreja a oreja que dejan a la vista unos dientes blanquísimos en contraste con sus pieles bronceadas por el sol.
—¡Aquí está! —exclama mi padre, seguido de una tos seca.
—¡Aquí estoy! —Dejo las copas de vino en la mesa del sofá y me siento en el borde de la silla, perpendicular al sofá—. Y tú también. Y Starfire.
La aludida me mira. Mi padre mira a Starfire. Miles y Julia intercambian una mirada de desconcierto.
—Esto es para ti —dice mi padre, que se inclina hacia delante mientras apoya el porro en la esquina de la mesa y levanta un ramo de flores (que es precioso, por cierto) de la alfombra—. Hemos pensado que se parecían a ti.
—Tienen tu aura, por supuesto —añade Starfire—. Es difícil juzgar por las fotos, pero a JayJay le atrajeron estas, y las comparamos con la foto que guarda en su cartera.
Al ver mi mirada de desconcierto, mi padre explica:
—¡Tu foto del último curso!
Acabo de enterarme de que mi padre tiene una copia. Estoy bastante segura de que mi madre y yo estuvimos de acuerdo en que eran tan malas que no merecía la pena imprimir ninguna, así que nos limitamos a enviar el archivo de la menos incómoda al instituto para que la usaran.
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—Gracias —digo con rigidez mientras me inclino hacia delante para aceptar el ramo.
—Eso fue algo que me encantó de él nada más conocerlo —dice Starfire con emoción, mirando a mi padre como si tuviera un halo alrededor de la cabeza. He visto la misma mirada en muchas de sus «Novias del Pasado»—. Nunca aparece con las manos vacías.
De pequeña, también me encantaba eso de él.
Hasta que me di cuenta de que sus regalos eran premios de consolación: «Sí, cancelé la visita para las vacaciones de primavera, pero ¡mi amigo nos ha regalado entradas para un parque de atracciones!» o «Me perdí tu concierto del coro, pero ¿no te parece increíble este caramelo que hace mi novia, que es repostera?».
Dejo el ramo en la mesa y Julia se levanta de un brinco.
—Lo pondré en agua —dice y huye de la escena.
Miles, como el gran genio que es, empieza a llenar las copas de vino y pregunta:
—¿Cómo os conocisteis? —Se sienta de nuevo en la otra silla, imitando mi postura, listo para salir corriendo.
—Starfire es mi asesora de vida —contesta mi padre después de tragar saliva.
Ella asiente en silencio, con una sonrisa todavía en los labios.
—Pero, en realidad, nos conocíamos de antes.
—Al parecer, estuvimos casados en una vida anterior —añade mi padre, en plan: «¿Te puedes creer semejante coincidencia?».
Starfire asiente con la cabeza.
—Varias veces.
—¡Vaya! —exclama Miles—. En fin. Pues enhorabuena.
—Yo era una heredera que viajaba en el Titanic —explica Starfire—. Y Jason era un artista guapo, pero muy muy pobre. En mis círculos sociales no habría estado bien visto que nos casáramos. Pero tuvimos un tórrido romance y ¡me salvó la vida! —Asiente de nuevo con la cabeza, muy seria.
Miles y yo hacemos contacto visual. Parece que se está esforzando tanto por no reírse que podría vomitar.
—En fin —digo—, es justo el argumento de la película.
Starfire ladea la cabeza.
—¿Qué película?
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—¿Qué os trae por el pueblo? —pregunta Miles, siempre tan solícito
—. Vivís en California, ¿verdad?
—Exacto. —Mi padre vuelve a encender el porro—. Pero estamos en
nuestra…
—Perdona —lo interrumpe Miles con una sonrisa agradable—, ¿te importaría no fumar hasta que salgas? —Lo dice derrochando simpatía y naturalidad. De verdad que tiene un superpoder.
A lo que mi padre contesta con la misma afabilidad:
—¡Claro! Por supuesto. —Y vuelve a meterse el porro en el bolsillo de la camiseta.
—Así que vivís en California —sigue Miles, retomando el tema. —Pues sí —dice mi padre—. Pero estamos cruzando el país en coche
para celebrarlo.
—Celebrar ¿el qué? —pregunto.
—¡Daffy! —exclama Starfire, que es oficialmente la primera persona adulta que abrevia mi nombre de dos sílabas—. Nuestra unión.
Mi padre frunce el ceño, con una vaga expresión dolorida en la mirada.
—¿No recibiste la tarjeta?
—¿Qué tarjeta? —pregunto yo.
—La tarjeta de felicitación que te envié para cumpleaños —contesta —. ¡Donde te dije que nos habíamos casado!
—¿Me lo has dicho en una felicitación de cumpleaños? —pregunto. —¿No la has visto? —insiste, actuando de nuevo como la parte
indignada.
—¿Cuándo fue tu cumpleaños? —pregunta Miles con el ceño fruncido. —A finales de abril —respondo, y él frunce el ceño, sin duda haciendo cálculos y percatándose de que ya vivía en su casa—. La habré perdido —
le digo a mi padre.
En realidad, como sus felicitaciones de cumpleaños rara vez contienen otra cosa que no sea mi nombre y su firma, si acaso llega alguna, hago con ellas exactamente lo mismo que hice con el gorro de lana que me mandó el año pasado y que encontró en la casa donde se cometió el crimen: tirarlas a la basura.
En aquel momento, solo me faltaba otro gesto tibio de un hombre que, según él, me quiere.
Solo me faltaba que me recordasen que iba a cumplir treinta y tres años, y que no tenía a nadie con quien celebrarlo.
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Starfire sigue sonriendo como si el hecho de dejar los labios en reposo pudiera desencadenar el apocalipsis.
Claro que, después de todo lo que sufrió en el Titanic, ¿quién puede culparla por mostrarse tan cauta?
—Así que estáis de paso —le digo—. ¿Vais a algún sitio divertido? —Bueno —responde mi padre—, el destino final es la casa de la
familia de Starfire, en Vermont. Pero hemos pensado quedarnos por aquí hasta el lunes, si puedes aguantarnos tanto tiempo.
Se me pone el vello de punta. Se me hiela la sangre. Me pregunto si así es como se sienten los animales cuando se avecina un tornado.
Me había preparado para que esto fuera una parada en boxes tan corta que resultase ofensiva y ahora caigo en la cuenta de que es mucho peor. Somos un lugar donde quedarse gratis, mientras hacen un descanso en su viaje transcontinental: «Aquí tienes unas flores preciosas que me recuerdan a ti. ¿Podemos dormir en tu sofá?».
Este piso se está convirtiendo rápidamente en el camarote de los hermanos Marx.
Mi padre sigue hablando, pero su voz me llega como la de la maestra de Charlie Brown.
—Lo siento —consigo decir por fin—. ¿Qué has dicho?
—Que no tenemos un plan fijo —contesta Starfire—. ¡Así que podemos quedarnos todo el tiempo que quieras!
Con el rabillo del ojo veo que Julia regresa con las flores en un jarrón. Después de dejarlas, se da media vuelta y echa a andar hacia la cocina, demostrando que es inteligente.
—Estamos muy contentos de estar aquí, hija mía —dice mi padre—. Sandra, la prima de Starfire, nos ha dicho que ya que estamos aquí debemos ver las dunas.
—También es vidente —añade Starfire, asintiendo con un gesto entusiasmado de la cabeza.
—¿Quién? —pregunto.
—Sandra —contesta ella—. Tiene el don.
Qué pena que no les haya advertido de que no tenemos sitio en el piso para que se queden.
—Yo también lo tengo, pero menos —sigue Starfire—. Mi terapeuta dice que soy «expática».
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—¿Quieres decir empática? —pregunto, distraída por un instante de mi objetivo general.
Ella niega con la cabeza.
—No, lo mío es lo contrario. Proyecto emociones poderosas.
Decido tomarme unos segundos para volver sobre mis pasos hasta el punto en el que la conversación se descarriló.
—No tenemos habitación de invitados —le digo a mi padre—. Ahora mismo ni siquiera tenemos sofá. Julia se está quedando con nosotros. — Señalo con la mano el montón de ropa, almohadas y sábanas.
Mi padre frunce el ceño, casi uniendo las cejas de color rubio oscuro sobre la nariz, como si estuviera confundido, seguramente porque le estoy negando algo que ni siquiera se ha molestado en pedir. Luego suelta una carcajada.
—¡Ah, no! —exclama, meneando la cabeza—. No queremos imponeros nuestra presencia.
«¡Quién lo diría!».
—No, no, hemos reservado una habitación en un motel —añade—.
Está un poco lejos del centro del pueblo, pero no nos importa ir y venir.
Eso sí que es una sorpresa.
—Espera un segundo. —Los ojos de Starfire se abren de par en par—. ¿El piso no tiene dos dormitorios?
—Pues… ¿sí? —Miles entrecierra los ojos, como si concentrándose mucho pudiera conseguir ver la lógica de la pregunta vagando por la habitación.
—¿Y no usáis una como habitación de invitados? —pregunta ella.
—Somos dos —señalo.
—¿No compartís dormitorio? —tercia mi padre, avergonzado.
La sonrisa de Starfire flaquea por primera vez.
—¡Ay, no! —Parece que vaya a echarse a llorar. Mira a Miles y luego
me mira a mí—. ¿Queréis hablar del tema? Podemos ser vuestros asesores.
Vuestros asesores «amorosos».
—¿Cómo? —pregunto.
—¿Amorosos? —dice Miles al mismo tiempo.
Starfire baja la voz, como si de algún modo eso impidiera que los demás la oyéramos, y se inclina para acariciarle la rodilla a Miles.
—Lo superaréis —dice.
—¿El qué? —Miles menea la cabeza y entrecierra los ojos de nuevo.
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Por desgracia, yo no estoy tan perdida como él.
—No estamos juntos.
Lo veo estremecerse cuando por fin lo entiende.
—¡Ay, no! —exclama Starfire—. ¿Habéis cortado? —Agacha los hombros.
Creo de verdad que esta mujer a la que acabo de conocer está a punto de echarse a llorar por una relación que nunca ha existido.
—¡Somos amigos! —aclara Miles, tal vez con más énfasis de la cuenta —. Solo amigos. Dormitorios separados.
—¡Ah, uf! —Mi padre me mira y señala a Miles con el pulgar—. Este tipo me cae bien. Me alegro de no tener que disgustarme con él. Sobre todo después de lo que pasó con el último. ¿Alguien tiene hambre? Me encantaría que celebráramos tu cumpleaños con retraso, hija.
—Pero no queremos molestar. —Starfire le pasa una mano de manicura perfecta a mi padre por la flexura del codo—. Ya que no nos esperabas.
—Por supuesto —dice mi padre—. Nos adaptaremos a tu horario y nos conformaremos con el tiempo que puedas dedicarles a un par de vejestorios.
Starfire resopla y le da un manotazo en el brazo.
—¡Oh, retira eso, JayJay! Solo eres tan viejo como te sientes.
—Pues entonces es como si tuviera veintidós años —replica mi padre, con los ojos relucientes por la adoración.
Verlo así me desencadena una confusa descarga de emociones en el pecho.
Y me ablando por esta nueva encarnación suya, el hombre con una pareja adecuada a su edad y tan previsor como para haber reservado una habitación en un motel.
Sin embargo, también despierta un viejo dolor. El recuerdo de que mi padre nunca encontró otra mujer a la que pudiera querer más de lo que me había querido a mí o a mi madre, ni un lugar donde le apeteciera más estar de lo que le había apetecido estar en nuestra casa.
—¿Qué me dices, hija mía? —pregunta—. ¿Tienes tiempo para ser la guía turística de tu padre y tu madrastra?
Miles me mira con las cejas levantadas, sin duda esperando a que le haga una señal que le comunique: «¡Salta por encima de la mesa y préndele fuego a algo mientras me escapo por la ventana!».
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Y tal vez debería… Porque a lo mejor lo que me ofrece mi padre solo es una preciosa caja de magdalenas encima de una bomba de relojería.
Sin embargo, está aquí. Con su mujer y con una habitación ya reservada, y por primera vez, que yo recuerde, me está preguntando si tengo tiempo libre en vez de dar por sentado que voy a dejarlo todo porque él se ha dignado a aparecer.
—¿Hay sitio para dos más en nuestros planes? —le pregunto a Miles, que ladea la cabeza y me doy cuenta de que está esperando algo más, así que añado—: Seguramente podemos encajarlos, ¿no?
Me sostiene la mirada un segundo, dándome la oportunidad de cambiar de opinión, de gritar «¡Ryan Reynolds!» a pleno pulmón.
No lo hago.
Así que los mira con una versión atenuada de su sonrisa pícara. —¿Habéis traído bañador?
Julia se asoma de nuevo sin una pizca de vergüenza, porque es obvio que estaba escuchando a escondidas.
—¡Lo sabía! Vamos al barco, ¿no?
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«El barco» es el viejo pontón de un amigo de Miles. Es el dueño de la ferretería/barbería donde le cortan el pelo y le ha dado permiso para utilizarlo cuando quiera, siempre que esté disponible. Vamos en mi coche, con mi padre sentado en el asiento del acompañante y Miles, Julia y Starfire apretujados en el asiento trasero. Miles me va señalando el camino en vez de usar el GPS, porque no recuerda la dirección exacta.
En un principio, supuse que navegaríamos en el lago Míchigan, pero hay montones de lagos más pequeños situados en el interior, más allá de sus 57 750 kilómetros cuadrados de superficie. Nos dirigimos a uno de ellos, y descubro un lago en el sentido más tradicional de la palabra, con rústicas casitas en torno a la orilla y juncos meciéndose en los bajíos.
Aparcamos en un camino largo, flanqueado de árboles, delante de una casa de forma triangular, a medio construir o a medio reformar. Teniendo en cuenta la hierba que hay alrededor de una caravana aparcada y de una vieja camioneta, creo que es lo segundo. Me parece que al dueño le gustan las reformas y se lo está tomando con calma. El tipo de persona que encaja con una ferretería/barbería.
—Id subiendo al barco —nos dice Miles mientras salimos del coche.
Hace mucho calor y hay montones de mosquitos—. Voy a por las llaves.
—Creía que tu amigo no estaba en casa —replico, pero él ya se ha alejado para saltar al porche trasero y abrir de un tirón una puerta corredera que, al parecer, no estaba cerrada con llave.
Julia y yo sacamos la nevera del maletero y entre las dos la llevamos por la ladera cubierta de hierba hacia la orilla.
—¡Qué día tan magnífico para esto! —exclama Starfire con alegría.
Es la séptima vez que lo dice. Estoy llevando la cuenta.
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—No podría ser mejor —replica Julia, por cuarta vez. Nos hemos ido turnando y, a estas alturas, creo que se ha dado cuenta y lo ha convertido en un juego.
—Es como si Míchigan hubiera desplegado la alfombra roja para recibirnos —comenta mi padre al tiempo que me da una palmada en el hombro justo cuando Julia y yo llegamos al pequeño embarcadero que sobresale entre los juncos.
Me tambaleo, pero por suerte consigo recuperar el equilibrio antes de caerme al agua, llevándome la nevera y a Julia conmigo. El embarcadero ha visto mejores días (le falta un tablón y hay, por lo menos, partidos por la mitad), pero el pontón parece en buen estado. Claro que yo tampoco tengo mucha idea de embarcaciones, pero no está ardiendo ni nada de eso.
Mi padre se quita los zapatos, los recoge del suelo y sube a bordo para ayudarnos a las tres, dándonos la mano. Starfire lo hace en último lugar y él le besa la mano con una floritura pomposa. Ella suelta una risilla y nos mira a Julia y a mí, como diciendo: «¿Lo habéis visto? ¡Qué hombre!».
Intento parecer agradable y seguirle la corriente, en plan: «Sí, he visto a mi padre haciendo de Gómez Addams contigo, ¡y me parece estupendo!».
Es muy tierno, en serio. Vuelvo a experimentar la extraña vorágine de emociones en el pecho.
Me gusta verlo así. Aunque también me molesta, y me pregunto por millonésima vez por qué mi madre y yo nunca le inspiramos este tipo de atención o compromiso.
—Aquí la tengo —dice Miles, que se acerca corriendo por el embarcadero. Suelta las amarras del pontón antes de saltar al interior para arrancar el motor y se quita la camiseta.
Starfire jadea al ver el surtido de tatuajes que deja al descubierto. Mi táctica inicial de sonrojarme y evitarlo se disuelve rápidamente mientras busco algún corazón gigante con el nombre de Petra, pero al parecer ella no está entre las muchas «Decisiones» (sí, con mayúscula) que ha tomado en lo que a tatuajes se refiere.
Sin embargo, veo por primera vez que, además de su ancla de Popeye, también tiene al mismísimo Popeye en la pantorrilla. Eso no me ayuda nada a controlar el impulso de atravesar la embarcación para lamerlo de arriba abajo.
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—¡Qué arte corporal más bonito! —exclama Starfire—. ¿Qué significa este? —Le toca la parte superior del bíceps, mientras él nos adentra en el lago, conteniendo una sonrisa.
—Bueno —dice—, es una sirena.
Ella asiente con los ojos muy abiertos, intrigada.
—¿Y?
—Me gustaba su aspecto —responde sin más.
—Es precioso. —Le da una firme palmada.
En el lago hay un gran ambiente, algo que me sorprende. Por encima del rugido del motor, escuchamos fragmentos de varios éxitos musicales procedentes de los barcos con los que nos cruzamos: Cruel Summer de Taylor Swift, Soak Up the Sun de Sheryl Crow y (Sittin’On) The Dock of the Bay de Otis Redding.
Tras diez minutos navegando, con el pelo azotado por el viento y el traqueteo del motor en los oídos, encontramos un buen sitio para parar y relajarnos. Miles enciende la radio, echa el ancla y reparte latas de agua con gas y cerveza que saca de la nevera. Julia y yo nos embadurnamos de protector solar, pero Starfire no pierde el tiempo y se quita la ropa enseguida para saltar al agua desde la popa dando un chillido, y solo alcanzo a ver el borrón rosa de su biquini.
Mi padre silba y aplaude cuando ella reaparece. Julia se quita los pantalones cortos y salta tras ella.
—¿Está fría? —pregunto.
—¡Un poco! —responde Julia a voz en grito mientras Starfire exclama con alegría:
—¡Es como volver a nacer!
Tras varios minutos intentando engatusarlo, mi padre se lanza también al agua, y desde allí empieza a atosigarnos a Miles y a mí, mientras Starfire nada de espaldas con impresionante elegancia.
—¿No vas a bañarte? —me pregunta Miles, protegiéndose los ojos del sol para mirarme. El gesto hace que el momento parezca muy privado, íntimo.
—¿Qué profundidad tiene? —le pregunto.
—¡No seas gallina! —grita mi padre, haciendo añicos la ilusión de intimidad.
Starfire empieza a cacarear, clavando la imitación de una gallina. La mujer está en su salsa, no hay duda.
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—¿A qué podría tenerle miedo si se puede saber? —pregunto mientras me acerco al portón de la popa.
—¡A los peces! —grita mi padre, como si fuera una respuesta obvia.
—¿A los peces? —repito.
Mi padre pone cara de incredulidad.
—¿Estás de broma? ¡Te aterrorizaban cuando eras pequeña! ¿No te acuerdas? Te llevé a pescar y te llevaste un sofocón.
No recuerdo haber ido a pescar en la vida, pero si lo hice, supongo que el sofocón tuvo menos que ver con los peces y más con tener que sacarle un anzuelo metálico de la boca.
—¿Estás seguro de que era yo?
Se ríe.
—¡Creo que me acuerdo de mi propia hija! Te llevé a pescar y se nos olvidó el protector solar, y sabía que tu madre se enfadaría, así que fuimos a una tienda y te compré un sombrero amarillo muy alegre, que hacía juego con tu bañador. Parecías Piolín —dice, meneando la cabeza—. Estabas obsesionada con el sombrero.
Pienso en el gorro amarillo que me envió y me pregunto si no lo confundiría con el sombrero de este recuerdo.
La verdad, me pregunto si se trata de un recuerdo real o si solo es la escena de una película a la que él añadió mi cara a posteriori.
—¿De verdad no te acuerdas? —me dice.
Niego con la cabeza. Resulta evidente que está molesto, pero no se me ocurre nada reconfortante que decirle. Lo cierto es que las partes más memorables de mi infancia son las que él se perdió, y su ausencia es justo lo que les confería peso.
—Fue un día muy especial —murmura, sin moverse del sitio, con el gesto torcido.
Odio la culpabilidad que me invade. No quiero sentir que mi padre todavía es capaz de desencadenar esta emoción. Como si solo quisiera hacerlo feliz, que se sienta orgulloso, ganarme su alegría.
Miles capta mi mirada, y veo que su sonrisa ha desaparecido, aunque sigue protegiéndose los ojos con el sol, creando de nuevo la ilusión de intimidad.
Es una mirada en plan: «¿Estás bien?».
O tal vez: «Aquí me tienes».
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Y sé que no será para siempre, o tal vez ni siquiera durante mucho tiempo, pero saber que ahora mismo cuento con él me ayuda. Me resulta suficiente.
Me vuelvo hacia el agua mientras me paso el vestido por la cabeza, y el sol me da en los hombros.
—La parte positiva —digo— es que, como no me acuerdo, los peces no me dan miedo.
Arrojo al banco mi vestido, salgo por el portón de popa y salto al agua.
El agua fría me cubre la cabeza y me aguijonea la piel.
Cuando salgo, el sol me da en la coronilla y veo a Miles de pie en la parte trasera de la embarcación, mientras Julia, Starfire y mi padre nadan trazando círculos perezosos en la reluciente agua, y pienso en lo que dijo Starfire.
«Sí, es como volver a nacer».
En este momento, creo que las personas pueden cambiar.
Yo estoy cambiando.
Cenamos en La Mesa de Jesse, un restaurante que sirve productos de proximidad y tiene una terraza orientada al lago. Tengo las mejillas y la nariz coloradas por el sol, y mi padre, Julia y Miles están más morenos si cabe. Starfire se ha quemado a lo grande, pero no se inmuta.
—Mañana se me habrá pasado y estaré morena —me dijo cuando le ofrecí aloe vera en el piso, después de volver del lago y antes de salir hacia el restaurante.
En cuanto nos sentamos, mi padre engatusa a la jefa de sala para que traiga una botella de vino. Cuando la camarera llega un minuto después, mi padre le pide recomendaciones sobre aperitivos, y ella le da una lista de unos seis. Él pide uno de cada «para compartir».
Siento mi primera punzada de ansiedad desde hace horas, al imaginar que mi padre le dice a la camarera como si tal cosa que divida la cuenta a partes iguales cuando acabemos de comer. Intento calcular mentalmente para averiguar si puedo cubrir la parte de Julia y Miles y pagar los aperitivos que está claro que no han pedido.
Sin embargo, todo el mundo está de buen humor, achispados por el sol, por el vino y por el cuarteto a capella que ensaya en la terraza de gravilla
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de la heladería que está cerca del restaurante.
Cuando terminamos los aperitivos, nos hemos bebido la botella entera de pinot blanc. Mi padre se escabulle para ir al baño (y fumarse un porrito) y vuelve anunciando que ha pedido champán para brindar por mi cumpleaños y por su boda con Starfire, que apenas si ha bebido vino porque se ha dedicado a acribillarme a preguntas sobre mi infancia. Creo que Miles tiene razón, que la clave para poder hablar con cualquier persona puede ser simplemente la curiosidad.
Sin embargo, también requiere una especie de intrepidez eso de invitar a alguien a tu espacio y pedir que te inviten al suyo. Ya me veo colgando un cuadro de punto de cruz que rece: «Tienes que parecerte más a Starfire».
No parece decepcionada ni siquiera cuando sus preguntas demuestran de forma más que evidente que mi padre no estuvo presente durante mi infancia, y en cambio se limita a hacerme otra pregunta más.
Yo también intento preguntarle cosas, y ella responde con facilidad (sí, creció en Vermont; formó parte del equipo de esquí de su colegio; es vegetariana de nacimiento; tiene seis hermanos, y todos varones) pero cada respuesta que me ofrece va seguida de una nueva pregunta.
Mientras tanto, la camarera, que está claro que adora a mi padre, nos trae tres platos del chef fuera de carta. Invita la casa.
Mientras comemos nuestros platos principales, Julia y Starfire comparan sus cartas astrales y mantienen una conversación sobre «signos de agua» que resulta indescifrable para los que no somos astrólogos. Mi padre le pregunta a Miles por el trabajo y sugiere entusiasmado la idea de ir a cenar mañana a la bodega cuando yo acabe mi turno.
—Si no estás harta —añade—. No sé con qué frecuencia comes allí.
—Podemos ir si quieres —acepto.
—Y tenemos que ir a ver a Daffy a la biblioteca —añade Starfire.
—Deberíais ir el sábado, para la Hora de los Cuentos —sugiere Julia.
—¿Qué es la Hora de los Cuentos? —pregunta mi padre.
—Una actividad de lectura de cuentos para un grupo de niños — contesto.
—Ella hace todas las voces —añade Julia.
—¿Ah, sí? —A mi padre se le iluminan los ojos—. ¡Como la chica aquella de la vieja biblioteca a la que íbamos! ¿Cómo se llamaba? ¿Leanna?
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Definitivamente debería saber su nombre, ya que salió una temporada con ella. Luego me di cuenta de que cambiábamos e íbamos a otra biblioteca distinta.
—Por cierto, ¿cómo empezaste a trabajar de bibliotecaria? —me pregunta Starfire—. ¿Siempre has querido dedicarte a eso?
No me habría sentido más expuesta si de repente me hubiera abierto la piel y mis entrañas hubieran acabado desparramadas sobre la mesa.
—Me apuesto lo que quieras a que eso lo sé —dice mi padre.
No sé si esto lo mejora o lo empeora.
Apoya los codos en la mesa y se inclina hacia delante.
—Cuando Daphne era pequeña, le gustaba mucho leer y yo tenía una novia que trabajaba en una librería, y me hacía un descuento enorme. Así que siempre le llevaba libros cuando iba a verla. Pero ni Holly (la madre de Daph) ni yo teníamos «grandes ingresos», así que siempre acabábamos discutiendo porque le regalaba a Daphne el primer libro de una serie, o lo que era peor, ¡el segundo!, y ella se veía obligada a comprarle el primero. Al final, me dijo que quería que dejara de llevarle regalos. Según ella, intentaba sobornar a Daphne. —Pone los ojos en blanco mientras lo dice, y después mira a Julia y le guiña un ojo—. Bueno, a lo mejor un poco. En fin, el caso es que llegamos a un acuerdo. Yo llevaba a Daph a la biblioteca cuando iba de visita y era como si fuéramos a Disneylandia. La dejabas en una habitación llena de libros y era más feliz que una perdiz. Nunca lo entendí, pero me encantaba verla tan chiquitina mientras apilaba todos los libros que podía y los colocaba en un mostrador más alto que ella para sacarlos.
Al oírlo, Starfire se lleva una mano al corazón.
El mío late deprisa, incómodo.
Su relato es muy diferente de mis recuerdos. Lo que más me impresionó, más incluso que la magia de estar rodeada de tantos colores alegres y libros gratuitos, fue la emoción de enseñarle lo que había encontrado. Buscarlo entre los pasillos flanqueados por las estanterías. Cuando por fin lo encontré, estaba tonteando con una bibliotecaria, prácticamente ajeno a mi presencia mientras yo esperaba su atención.
Uno de mis primeros recuerdos alegres y una de las primeras veces en las que fui consciente de que yo era algo secundario.
—Perdonadme. —Aparto la silla de la mesa y me pongo en pie—.
Tengo que ir al baño.
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Serpenteo entre las mesas de la terraza para entrar en el restaurante, y mis ojos tienen que adaptarse a la tenue luz de las bombillas del techo antes de echar a andar hacia el pasillo donde están los aseos.
Ambos están ocupados, aunque más que orinar lo que necesito es respirar mientras se me pasa este torrente de sentimientos. Me apoyo en el papel dorado de la pared y cierro los ojos, deseando que mi corazón se ralentice.
—¿Estás bien? —me pregunta una voz suave.
Abro los ojos. Miles entra en el pasillo con gesto titubeante.
—Sí. Perfectamente —contesto—. Los baños están ocupados.
Asiente con la cabeza.
—Vale, pues te dejo tranquila entonces. —Se da media vuelta y me invade la desesperación.
Por soltarlo todo o simplemente por retenerlo a mi lado un poco más.
—Nunca sé cómo sentirme cuando él está cerca —confieso.
Miles se vuelve y duda un instante. Después se acerca de nuevo y se apoya en la pared a mi lado.
—Alguien me dijo hace poco que los sentimientos son como el clima.
Que suceden sin más.
Intento forzar una sonrisa.
—Parece que no tiene ni idea de lo que habla.
—Es muy lista —dice—. Y está muy buena, por si te sirve de algo.
El resplandor de mi pecho no es lo bastante fuerte como para disipar todos los nubarrones oscuros que se agitan en el interior.
—Está siendo muy agradable —digo con un hilo de voz.
Miles se lo piensa un segundo.
—Eso parece, sí.
—Entonces, ¿por qué estoy enfadada? —sigo.
—A lo mejor porque… cuando es agradable, resulta difícil enfadarse con él. —Me toma una mano con delicadeza—. Pero tú te enfadas y por eso te sientes mal.
—Es posible —replico y añado—: Es posible que sea justo eso.
Me atrae hacia su pecho y me rodea con los brazos. Es un Miles cálido, amistoso, familiar, y me sorprende lo mucho que me duele estar tan cerca de él. Porque eso solo parece enfatizar que no vamos a pasar de aquí.
—Podemos huir si quieres —murmura.
—¿Y hacer un simpa? —le digo—. ¡Qué vergüenza, Miles Nowak!
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—Estaba pensando más bien en pagar a la salida —explica— y subirnos a un taxi que respete los límites de velocidad en algún sitio donde no puedan encontrarnos.
—No podemos hacerlo. Julia acabaría acompañándolos a Vermont. Y luego nos enteraríamos de que está tomando esteroides y entrenando para el Equipo Olímpico de Esquí Femenino.
—Sabe defenderse —me asegura.
—Yo también —afirmo.
Se echa hacia atrás para mirarme a la cara.
—Lo sé —replica—. Pero no quiero que tengas que hacerlo.
Miro hacia la terraza, parpadeando para contener la creciente emoción.
—La verdad es que parece distinto.
—¿Eso es malo?
Niego con la cabeza.
—No. Es que… —No quiero confiar en él. No quiero llevarme una desilusión—. He asumido cómo han sido las cosas siempre entre nosotros —admito—. Tardé mucho tiempo en dejar de esperar más de lo que él me daba.
—Lógico —replica Miles al tiempo que me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja.
No quiero volver a sentirme inestable. No quiero que me haga daño cada vez que me desilusione.
Ya lo siento de nuevo, ese doloroso vacío donde debería estar el amor de mi padre. Y esta vez no tengo cerca a mi madre, ni a Peter y a los Collins para llenarlo.
Y por muy simpática que sea Starfire, eso no cambia el hecho de que le pagó a una «vidente» que le contó el argumento de Titanic y ella se creyó la mentira a pies juntillas, y que aun así sea digna del amor de mi padre, cuando yo nunca lo he sido.
Igual que Petra es digna del amor de Peter.
Igual que Peter es digno de la amistad de todos esos amigos cuya aprobación me esforcé tanto por ganarme desde que nos mudamos al pueblo. Esos que no han tenido tiempo para mí desde la ruptura. Y sigue siendo digno del amor de Sadie, aunque yo ya no lo sea.
La vida no es una competición, y el amor tampoco, pero yo siempre soy la perdedora.
Miles frunce el ceño y me sujeta la barbilla.
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Meneo la cabeza.
—Solo quiero que sea real.
—¿El qué? —me pregunta.
—Los recuerdos que tiene de nosotros —susurro—. Esta visita. Quiero creer que todo esto significa algo.
—Puede que sí —dice.
La puerta del cuarto de baño se abre detrás de nosotros, y Miles aparta la mano mientras nos pegamos a la pared para dejarle paso al hombre que sale, metiéndose los faldones de la camisa por la cinturilla de los pantalones y mirándonos con evidente recelo.
—Está segurísimo de que estamos trapicheando drogas —le digo. —No seas ridícula —protesta—. En realidad, está casi seguro de que
estamos manteniendo una aventura ilícita.
Clavamos la mirada en el suelo con sendas sonrisas.
—¿Qué quieres hacer? —me pregunta—. ¿Volvemos a la mesa o nos largamos?
—A la mesa. —Señalo la puerta del cuarto de baño con la cabeza—.
Dame un minuto.
—Mejor le das un minuto al aseo —dice—. Ese tipo tenía cara de haber hecho algo chungo.
Alcanzo a la camarera que nos está atendiendo mientras atravieso el interior del restaurante de camino a la terraza.
—¿Te importaría poner los platos compartidos en una cuenta a mi nombre? —le pregunto.
—Ojalá pudiera. —Levanta las manos—. El señor mayor ya me ha dicho que le pase la cuenta completa.
—¿De verdad? —le digo—. ¿Estás segura?
—Se ha mostrado tajante en que la cuenta no llegue a la mesa — responde.
Le doy las gracias y vuelvo a mi asiento, un poco aturdida. En cuanto me dejo caer en la silla, una multitud de camareros sale a la terraza por la puerta trasera del restaurante, llevando una tarta de chocolate con una bengala encendida.
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—Felicidades con retraso, cariño —dice mi padre, justo antes de que el personal empiece a cantar.
—Gracias, papá —replico, y mi voz desaparece bajo el coro de voces. —De nada —murmura mientras me da un apretón en el brazo por
encima de la mesa. Pero parece aliviado, o quizá complacido.
Como si mi felicidad lo hubiera hecho feliz. Y de repente me escuecen los ojos y siento que me arde la parte posterior de la nariz. Me concentro en las chispas azules y doradas que salen disparadas de la tarta para no romper a llorar.
Después del postre, bajamos por las escaleras de la terraza a la playa. Miles ha traído toallas en una mochila, y nos tumbamos en la arena, a la espera de que oscurezca y el cielo se cuaje poco a poco de estrellas. En el agua hay un barco desde el que han decidido lanzar fuegos artificiales.
Los que los contemplamos desde la playa respondemos con murmullos, jadeos y suspiros. Una estela luminosa estalla y se convierte en una cascada de chispas moradas. Le siguen dos más casi al instante, una desde cada lado del barco, una rosa y la otra, dorada.
Los niños gritan, chillan y corren en círculos alrededor de los adultos, con polos y cucuruchos de helado derritiéndose en las manos. Mi padre y Starfire entablan conversación con una pareja más o menos de su edad que está cerca de nosotros, y Julia está tirada en la arena, haciéndose fotos con un peludo perro de montaña de los Pirineos. Pese al olor de la pólvora que flota en el aire, percibo el aroma a jengibre de Miles, que está a mi lado.
—¿Te encuentras bien? —me pregunta mientras una nueva tanda de fuegos artificiales le tiñe la cara de verde y naranja.
—Sí, genial.
Sonríe y mira hacia delante, mientras me roza la mano con el dorso de la suya. Siento el corazón como si fuera un regalo que acabo de desenvolver y el cuerpo, relajado.
Me permito imaginar por primera vez que esto puede durar.
Todo esto.
Mi padre y Starfire. Ashleigh y Julia. Waning Bay.
Miles.
Que aquí puedo ser feliz. Que puedo echar raíces.
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Mi plan es darles las buenas noches a mi padre y a Starfire al llegar al piso y mandarlos de vuelta, pero cometo el error de buscar su motel en Google.
—¡Papá! —exclamo—. Esto está a cuarenta minutos, y ¡las tres primeras críticas dicen que hay chinches en las camas!
—Según parece, cualquier cosa que esté más cerca de la costa hay que reservarla con un año de antelación —me dice.
Me desplazo hacia abajo. Las opiniones que no mencionan las chinches se quejan de las cucarachas. Una crítica asegura que en su habitación no había cama.
—«Solo un cerco oxidado en el suelo donde debería haber estado la cama» —leo en voz alta.
—Seguro que si nos dan una habitación sin cama, nos dejan que nos cambiemos sin cobrarnos nada —dice Starfire.
Miro frenética a Miles.
—¿Alguien quiere agua? —pregunta—. Daphne, ¿me ayudas?
Nos alejamos hacia la cocina, pasando de sus protestas de que no tienen sed, de que ya han pasado horas desde que bebieron vino y deberían ponerse en marcha, etc.
—¿Qué quieres hacer? —me pregunta Miles mientras baja varios vasos.
—No podemos dejar que se queden en ese sitio —susurro.
—Sí que podemos —replica—. Pero no estamos obligados. Depende de ti.
—¿Qué otra opción tenemos? —le pregunto.
—¿Puedo dejarlos que usen el colchón hinchable y yo me quedo con el sofá? —sugiere Julia y doy un respingo cuando entra en la cocina—. Veo que no habéis venido «a por agua».
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—Estoy en ello —dice Miles, que después añade en voz más baja—: Estamos intentando decidir qué hacer al respecto. No creo que debamos dejar a dos sesentones dormir en un colchón hinchable.
—Yo me quedo con el sofá, Julia con el colchón hinchable y ellos con mi dormitorio —sugiero.
—No, no seas ridícula —dice—. Que se queden con mi dormitorio y yo duermo en el sofá.
—¿Y eso no es ridículo? —protesto—. Son mis padres. Bueno…, mi padre y… Starfire.
—¿Estás segura de que te parece bien? —me pregunta.
—Por esta noche —contesto—. Mañana les buscaremos algo que no esté tan…
—¿Infestado? —sugiere Julia.
—Eso —replico.
—Si estás segura… —dice Miles.
Hace unos cuantos meses que no estoy segura de nada.
—Bastante segura —replico.
Mientras Miles hace su turno en la cola del baño, dejo que mi padre y Starfire se instalen en mi dormitorio y les doy sábanas limpias.
—Te lo agradezco mucho, hija mía —me dice mi padre—. Habríamos estado bien en el motel.
—Sí, bueno, así no les llevas chinches a la familia de Starfire — replico.
Me da un abrazo de buenas noches, un beso incómodo en la cabeza y, cuando nos separamos, Starfire me está esperando, con los brazos abiertos, dejando a la vista su camisón azul celeste.
—Buenas noches, Starfire —digo, aceptando su abrazo.
—Buenas noches, cielo —replica—. Y si quieres, puedes llamarme «mamá».
—Ah, bueno, eso… Prefiero Starfire, pero ¡espero que duermas bien! Cierro la puerta al salir. Julia está arrastrando el colchón hinchable
hacia el dormitorio de Miles, y me apresuro a ayudarla.
Hemos acordado que tiene más sentido meterlo allí, porque si lo dejamos en el estrecho salón, no habrá forma de que yo me levante del
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sofá sin pisarla.
Teniendo en cuenta todas las veces que necesito orinar por la noche, me pareció poco práctico.
Desenrollamos el arrugado colchón de aire delante del armario de Miles, y mientras ella pone en marcha la bomba, yo voy a por el montón de sábanas.
—Gracias por estar dispuesta a esto —le digo cuando apaga la bomba y empezamos a hacer la cama.
—No las merezco —me asegura—. La verdad, me tomo esto como una señal de que es hora de que vuelva a Chicago en busca del resto de mis cosas y de mi coche.
—¿Has vuelto a hablar del tema con Miles? —le pregunto.
—¿De qué hay que hablar? —replica.
Titubeo.
—¿Ha pasado algo… en Chicago?
Se tumba en el colchón y se sube la colcha hasta la barbilla, con expresión obstinada.
—¿Puedes apagar la luz al salir?
—Claro —contesto—. Que duermas bien.
Una vez en el oscuro salón, me hago la cama en el sofá. La puerta del cuarto de baño se abre con un chirrido y me alcanzan unos rayos de luz. Miles sale envuelto en una nube de vapor, con el pelo húmedo, y el cuello mojado de la camiseta del camello hace que se le pegue de un modo bastante incitante.
—Podría habértela preparado yo —susurra, acercándose.
Sigo colocando las sábanas. —¿Por qué ibas a hacerme la cama? —Porque no es tu cama, es la mía —contesta. —¿Quién ha dicho eso? —replico. —El dueño del sofá —responde.
Dejo lo que estoy haciendo y me pongo delante de él. La luz del cuarto de baño le acaricia el lado derecho de la cara, dejando el izquierdo en la sombra.
—Quédate con mi cama —me ofrece.
Levanto un cojín para ahuecarlo.
—Me harías un favor —insiste—. Julia y yo no hemos compartido habitación en la vida y a saber si se pone a cantar en sueños. —Me quita la
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almohada de las manos y se acerca—. Daphne —me dice—, ¿me harías el honor de dormir en mi cama?
Todas mis terminaciones nerviosas se estremecen. Sé que no lo ha dicho con segundas intenciones.
Así que respondo, con toda naturalidad:
—Starfire me ha dicho que puedo llamarla «mamá».
Miles casi se ahoga por la risa.
—¿Te hace sentir mejor o peor que a mí me haya dicho lo mismo? —Me dan ganas de comprarle un diccionario —contesto. Contiene una carcajada a duras penas.
Cuando se le pasa, lo que queda es la atracción entre nosotros, acercándonos.
A través de las paredes, se oye toser a mi padre, detecto el olor a maría que se filtra por debajo de la puerta y el hechizo se rompe.
La capa invisible que nos rodeaba se levanta. La realidad se impone de nuevo.
—Que duermas bien —le digo.
Él extiende un brazo, invitándome a dormir en su habitación.
—Lo mismo digo.
Y le hago caso.
Sueño con fuegos artificiales, con manos frías, con la aspereza de la barba, con el sabor a jengibre y el olor a humo de leña.
El viernes después del trabajo me reúno con mi padre y Starfire en una cervecería de la que les habló Miles.
Con Ashleigh recuperándose de su viaje a Sedona; Julia, que se marchó de vuelta a Chicago a primera hora de la tarde; y su hermano, que ya ha empezado su turno en Cherry Hill, solo quedamos nosotros tres. Agradezco que Miles nos recomendara un sitio con un jenga gigante y una pista de petanca en el patio, ya que así tenemos algo que hacer aparte de mirarnos directamente a los ojos.
Me informan de que han dedicado el día a explorar las dunas, para lo cual Starfire se ha puesto un vaporoso vestido largo con un estampado espectacular que la asemeja a una de las protagonistas de Real Housewives durante unas vacaciones en el desierto.
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Me enseña unas doscientas fotos de la arena, antes de que mi padre desvíe con elegancia la conversación hacia mi día.
—Ha sido bastante normal —digo—. Esta mañana tuvimos un intercambio de puzles. Una clienta se presentó con uno personalizado que había mandado hacer con fotos de su tocador de hace treinta años, y otro intentó salir con tres puzles de Star Wars escondidos en la gabardina.
—¡Vaya elenco de personajes tienes! —exclama mi padre mientras lanza su última bola de la ronda por la pista de arena de la petanca.
—La biblioteca es la mejor muestra representativa de la humanidad — replico—. Conoces a todo tipo de gente interesante.
—Y yo que pensaba que lo hacías por los libros gratis… —bromea mi padre.
Me sorprende lo normal que me parece. Qué agradable es imaginar que esta versión de mi padre (el hombre que me pregunta por mi trabajo, el que no solo aparece por mi cumpleaños, sino que también le dice a la camarera que traiga una tarta con una bengala clavada) se queda por aquí.
Y sí, la verdad es que convertirme en el centro de atención de un grupo de desconocidos que están obligados a cantarme el «Cumpleaños feliz» porque les han pagado se aleja mucho del concepto de regalo que tengo, pero me parece el tipo de cosas que hacen los padres normales. Padres que están presentes todo el año, que señalan la altura de sus hijos en los marcos de las puertas, les enseñan a montar en bici y los llevan a su primera visita a urgencias.
Aunque también sigue siendo el padre que siempre he conocido. El hombre que se las ha arreglado hoy en las dunas para «toparse» con alguien que es dueño de un hotel en la isla Mackinac y con el que ha hecho buenas migas gracias a su amor compartido por los Grateful Dead hasta el punto de que el hombre le dio su número de teléfono y les ha prometido, a él y a Starfire, habitaciones gratis siempre que quisieran.
Sin embargo, me pregunta:
—¿Qué es lo que más te gusta hacer en la biblioteca?
Y me escucha con interés mientras le hablo del Maratón de Lectura, de los patrocinadores que he conseguido, de lo contento que estaba Harvey con las donaciones en metálico.
—¡Esa pasión! —exclama Starfire al tiempo que se llevaba una mano al corazón—. ¡Igualita que su padre!
Y él le da un apretón en la mano libre, diciendo:
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—No, ella es mucho mejor que su padre. Siempre ha tenido claro el rumbo.
No acabo de entender por qué me importa que se sienta orgulloso. Pero me importa. Me importa.
Después de cenar, sugiere que visitemos a Miles en Cherry Hill, así que dejamos los coches en la cervecería para recogerlos más tarde y vamos en taxi hasta la península.
La bodega está llena de gente.
Miles nos saluda desde detrás de la barra, pero está demasiado ocupado como para venir a hablar. Le murmura algo a Katya, que nos hace señas desde la otra punta y nos acerca por la barra una botella abierta y tres copas.
—¡Invita la casa! —grita por encima del ruido.
Nos llevamos nuestra botella y nuestras copas a los veladores del exterior, mientras el cielo se tiñe de tonos violetas y el sol aguanta un poquito más.
Echo un vistazo por la terraza.
—No hay mesas libres.
—De todas formas, las sillas son malas para ti —le recuerda Starfire, una afirmación extraña, pero firme. Acto seguido, se quita las sandalias de pedrería y se sienta descalza en el césped. Mi padre y yo seguimos su ejemplo. Sentándonos, no quitándonos las sandalias. Claro que el frescor de la hierba es tan embriagador que no la culpo por querer sentirla entre los dedos de los pies.
Mi padre sirve el vino en las copas, las reparte y observamos cómo se funden los colores en el cielo.
—Starfire, es fácil imaginar que vivimos aquí —dice mi padre, y ella suspira.
—Sí. Deberíamos preguntarle a Karen para ver qué opina.
—¿Karen? —pregunto.
—Nuestra vidente —responde Starfire.
—¿La que te dijo lo del Titanic? —constato.
Ella asiente con la cabeza.
—Por eso nos sorprendió tanto lo tuyo con Miles. Karen nos dijo que Miles y tú llegaríais lejos. Hasta ahora, nunca se ha equivocado.
No estoy segura de cómo ha confirmado Starfire que su vida pasada fue realmente el argumento de una película ganadora de un Oscar, pero lo
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dejo pasar.
Nos quedamos medio tumbados en el césped mientras la terraza se despeja, los veladores se vacían y el cielo se oscurece, observando cómo se encienden las guirnaldas de luces y oyendo de vez en cuando el aleteo de un murciélago al pasar sobre nosotros.
Miles sale cuando acaba su turno y nos trae media botella de tinto que ha sobrado, sirviéndonos una copita a cada uno.
Mi padre propone un brindis:
—Por nuestros amables anfitriones.
Starfire añade:
—Por mi hermosa nueva familia.
Siento una punzada.
¿De culpabilidad? ¿Como si estuviera traicionando a mi madre si dejo que mi padre vuelva a entrar en mi vida?
O quizá solo sea miedo. Por estar haciendo lo que juré que nunca haría: hacerle sitio en mi corazón a alguien en quien la experiencia me ha enseñado a no confiar.
«La gente cambia», creo.
«Yo puedo cambiar».
Mi padre puede hacerlo.
Miles se cambia de postura en la hierba a mi lado y me roza la rodilla con la suya a modo de pregunta. «¿Sigues con nosotros? ¿Estás bien?».
Puedo estarlo.
Puedo estar aquí, en el momento presente, en vez de estar pendiente de cualquier indicio de humo, preparada para huir.
Levanto mi copa hacia el centro del círculo que hemos formado.
—Por la familia.
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Sábado, 3 de agosto
14 días para el Maratón de Lectura
El sábado por la mañana pasan dos cosas.
La primera es que Ashleigh llama para decir que está enferma y Landon tiene que sustituirla. La segunda es que se nos echa encima una tormenta, de modo que todo Waning Bay acaba dentro de la biblioteca y, la mayoría de las personas, o eso parece, tiene menos de ocho años.
Me paso todo el rato corriendo de un lado para otro hasta que llega el momento de preparar la Hora de los Cuentos, que es justo cuando las puertas automáticas se abren, trayendo consigo el lejano retumbar de los truenos y un poco de lluvia, junto con Miles Nowak.
Se para en el felpudo que hay nada más entrar para sacudirse el pelo mojado, como un perro que se sacude después del baño, y yo contengo una sonrisa obnubilada.
Sin embargo, no me la devuelve cuando levanta la cabeza y me pesca mirándolo. De modo que la mía desaparece a medida que se acerca y deja un vaso en la mesa.
—Te he traído té.
—Gracias.
Me doy cuenta de que está esperando, así que bebo un sorbo, y la mezcla especiada y dulce me recorre desde la lengua hasta la base de la
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espalda.
—Riquísimo —digo—. ¿Has venido hasta aquí solo para traérmelo? Me mira con una débil sonrisa.
—He venido hasta aquí para oír un cuento.
Me ladeo para mirar detrás de él, casi esperando ver a Starfire con plumas de avestruz y a mi padre con vaqueros y chaqueta también vaquera.
Miles se mira las manos, que tiene apoyadas en la mesa, y carraspea. —Ah. En fin…
—No van a venir —digo—, ¿verdad?
Toma aire despacio. El estómago empieza a rodar hacia mis pies. Hago todo lo que puedo para impedírselo.
No pasa nada. De hecho, es un alivio. Siempre me siento incómoda cuando me observan personas ajenas a la biblioteca durante la Hora de los Cuentos. Ahora ya puedo acabar la jornada laboral tranquila y reunirme con mi padre y Starfire en el bar ese donde se lanzan hachas que la tenía a ella tan emocionada.
Miles sigue mirándome como si yo fuera un cachorrito al que acabara de pisarle una pata sin querer.
—No pasa nada —le aseguro—. Voy a leerles un cuento en voz alta a un grupo de niños. Ni que fuera mi debut en Broadway.
—No, lo sé, es que… —Desvía la mirada por encima de mi hombro y luego me mira a los ojos de nuevo—. Tienes que prepararlo todo, ¿no?
Por su forma de decirlo, noto el espacio en blanco sobre el que levita algo que no ha dicho.
Se me acelera el corazón.
—¿Qué pasa?
—Nada —contesta—. Luego te cuento.
—Me estás asustando —digo.
—No es mi intención —replica.
—Pero lo estás haciendo. Como no me digas qué pasa, no voy a poder concentrarme.
Se inclina sobre el mostrador, aferrando el borde con las manos, y suelta el aire.
—No lo he pensado bien.
—¡Miles!
—Se han ido, Daphne.
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—¿Que se han ido? —repito—. ¿Quiénes?
—Tus padres —contesta—. Tu padre y Starfire. Recibieron una invitación de última hora para reunirse con unos amigos en Mackinac.
Miro el móvil. Lo tengo en la mesa, con la pantalla hacia arriba. No hay mensajes nuevos. No hay explicación.
Pues claro que no la hay. Nunca la hay. La explicación va implícita: ha aparecido algo mejor.
No hay motivo para que me sienta sorprendida y sí los hay de sobra para no sentir nada. Esto es lo que debería haberme esperado.
«Una invitación de última hora», ha dicho Miles.
«Para reunirse con unos amigos en Mackinac».
Sin duda, el «amigo» que hizo ayer. El dueño de un hotel al que le gustan los Grateful Dead. Por lo menos, esa sería mi suposición si tuviera que hacer una. Y tengo que hacerla. Porque mi padre no me lo ha dicho en persona.
—Te ha dejado una nota —susurra Miles.
Pongo el móvil con la pantalla hacia abajo mientras busco los libros para la Hora de los Cuentos de hoy entre el montón, pero tengo las manos torpes, como si mi cerebro acabara de aprender a usarlas.
—Le dije que te llamara —añade Miles.
Doy con los libros y siento un minúsculo alivio al notar algo sólido entre las manos.
—No es su estilo.
Miles extiende un brazo por encima del mostrador y me rodea una muñeca con la mano, acariciándome la cara interna con el pulgar.
—Lo siento. Debería haber esperado para contártelo.
No consigo contener el resoplido.
—La verdad es que no, Miles. —Es mejor haberme enterado ya. De lo contrario, me habría quedado esperando a que apareciera. «Esperando, esperando, esperando»—. Deberías irte a trabajar —le digo.
No quiero que me vea así.
Quiero que me deje sola con mi vergüenza y mi dolor.
En el fondo, fue relativamente fácil olvidarme de Peter, aceptar sus actos como prueba de la verdad: que nuestra relación, nuestra vida en común, sus sentimientos hacia mí, nunca fueron lo que creía que eran.
Y dejé de anhelarlo cuando lo acepté, porque ¿cómo echar de menos a alguien que no existía?
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Así que ¿por qué no puedo hacer lo mismo con mi padre? ¿Por qué no puedo dejar de echar de menos al padre que nunca tuve?
¿Por qué esa punzada constante que tengo en el corazón?
Sabía que mi padre no iba a cambiar. Pero una parte de mí esperaba haber cambiado lo suficiente como para que no pudiese hacerme daño, o que esta nueva versión de mí fuera lo bastante buena como para que él se quedara.
Esperaba haber arreglado lo que sea que esté roto en mi interior, que impide que me quieran.
Carraspeo.
—Vete a trabajar, Miles. Estoy bien.
«Bien».
«Bien».
«Bien».
«Vas a estar bien».
Él afloja los dedos. Retrocede.
—He llamado para decir que no voy. Creía que… —Deja la frase en el aire.
—No necesito que me vigiles —mascullo, pero luego intento suavizar el tono—: Créeme, no es ninguna novedad. Vete, por favor.
Me mira fijamente un buen rato. Después se aparta del mostrador, dejando que las manos le caigan a los costados.
—Sí, vale.
Y luego se va.
Por lo menos, en esta ocasión, he sido yo la primera en despedirse.
Cuando vuelvo a casa, Miles está en su dormitorio hablando por teléfono, con voz frustrada, casi seca.
—Me da igual —dice—. No deberías haberlo hecho.
Baja la voz hasta que se convierte en un susurro ininteligible y luego se queda callado. Me doy cuenta de que estoy parada en el pasillo, escuchando a escondidas, cuando se abre la puerta de su habitación y me sorprende.
Se queda de piedra.
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Siento una opresión en el pecho al verlo, tan desaliñado, tan familiar. Quiero esconderme de él y quiero que me abrace. Quiero disculparme por lo de antes y quiero no volver a hablar del tema en la vida.
—Hola —consigo decir.
—Hola.
Un silencio incómodo.
—Sigo sin querer hablar del tema —digo.
Asiente con la cabeza.
—Ni siquiera quiero pensar —sigo. ¿En qué hay que pensar? Mi padre es como siempre ha sido, y yo también soy como siempre he sido.
Por una sola noche, me gustaría fingir que soy otra persona. No la estirada, ni la herida, ni a la que dejan tirada.
No la que espera, ni la que lee y relee la nota de mi padre como si fuera un viejo mapa del tesoro por si acaso todo cobrara sentido al interpretar las desgastadas palabras.
Trago saliva con fuerza.
—¿Me llevas a alguna parte?
Miles levanta las cejas, sorprendido.
—¿A dónde quieres ir?
Trago saliva de nuevo.
—A… cualquier sitio donde no haya estado antes.
Un sitio que no me recuerde a Peter, ni mi padre ni a ningún otro momento en el que no fui suficiente.
—Si estás ocupado… —digo.
Miles me interrumpe.
—Voy a por las llaves.
Durante los primeros minutos en la camioneta, se toma de forma literal mi petición de no hablar.
Soy la primera en romper el silencio, con voz pastosa.
—Siento haber sido desagradable. Fue un gesto muy bonito por tu parte cambiar tu noche libre para intentar que me sintiera mejor.
En un semáforo en rojo, vuelve la cara para mirarme. Toma aire y después cierra la boca, como si acabara de decidir que es mejor no hablar.
—¿Qué pasa? —pregunto.
—Nada —miente.
—Vamos —insisto—. Cuéntamelo.
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—Es que… —Menea la cabeza—. Siempre supones que mis motivos son totalmente altruistas. Como si no se te hubiera pasado por la cabeza que a lo mejor quiero pasar tiempo contigo. Así que cuando me rechazas, me siento obligado a averiguar si sientes lo mismo o si crees que me estás haciendo un favor. Y no lo consigo.
Es como si mi corazón se hubiera arrastrado por una alfombra. Tengo un nudo en la garganta. No sé muy bien qué decir.
Alguien toca el claxon detrás de nosotros, y Miles vuelve a mirar hacia delante. El semáforo está en verde. Reanuda la marcha.
Nos paramos en una curva de la carretera que nos oculta a la vista, con el bosque rodeándonos a izquierda y a derecha.
—¿Dónde estamos?
Abre su puerta.
—En un sitio nuevo.
Me bajo mientras intento abrir el mapa en el móvil. No tengo cobertura.
—Por aquí. —Miles me guía hacia el bosque, sobre un terreno arenoso y salpicado de agujas de pinos. Es una buena caminata, al menos de media hora, antes de que los árboles den paso al agua azul verdosa, que se extiende hasta donde me alcanza la vista, con una banda estrecha de un azul más oscuro allí donde se funde con el cielo en el horizonte.
El sol ya está bastante bajo y brilla con fuerza. Vuelvo la cabeza hacia la dirección desde la que sopla el viento para mirar la orilla. A lo lejos, hay una formación rocosa de color claro que se interna en el agua, ocultando la cala a la vista. Desde las rocas se alzan unos árboles sin hojas, con los troncos retorcidos en un ángulo raro y misterioso, y todo es tan blanco como la misma arena.
—¡Guau! —digo.
Miles me da la razón con un murmullo.
Me vuelvo en la otra dirección, siguiendo la playa con la mirada hasta que el bosque sobresale e interrumpe el paisaje a la derecha.
Nadie. Solo nosotros y un par de trozos de madera desgastada por el agua que han acabado en la orilla.
—Esta es mi playa preferida —confiesa.
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Me toco la clavícula mientras se me hace un nudo en la garganta. El viento le agita el pelo, la barba le ha crecido de nuevo, y la luz que se refleja en sus ojos oscuros los hace brillar.
Mi corazón se agita, como si intentara alzarse sobre una ola. Como si pudiera ahogarme solo por mirarlo.
Aparto los ojos de él y echo a andar hacia la brillante agua.
Me desabrocho los botones de la camisa, me quito los zapatos y me bajo los pantalones, dejando un reguero de ropa en la arena húmeda.
Me meto en el agua, preparada para el frío, pero después de que se fuera la tormenta de esa mañana, ha hecho calor y el agua del lago está calentita. La marea se agita contra mis pantorrillas. Quiero sumergirme por completo, pero hay un banco de arena, así que echo a correr, con el agua frenando mi avance mientras me arden los muslos.
Miles se queda en la orilla, protegiéndose los ojos del sol con una mano.
—¿Vienes? —le grito por encima del ruido de las olas.
Lo veo reírse, pero no puedo oírlo, y tengo la sensación de que me han robado el sonido.
Se quita la camiseta y los pantalones, y se acerca hacia mí con lánguidas zancadas.
Toma carrerilla cuando me alcanza, y me salpica de agua los muslos y el abdomen al sujetarme de la cintura y levantarme en volandas. Chillo por la sorpresa y me echo a reír, y me lleva más adentro, mientras me agarro a sus brazos.
—No me dejes caer —le pido, con la voz casi ahogada por el ruido del agua.
Me lleva en brazos en vez de tirar de mí.
—Nunca —dice.
El agua nos salpica con cada paso, y al cabo de un momento ya nos hemos adentrado lo bastante como para que me roce, bañándole los brazos a Miles y cayéndome por el abdomen. Se para y me mece de un lado a otro, mientras rozo la superficie del agua con los dedos de los pies.
Cierro los ojos y todas las sensaciones se amplifican: los rayos del sol que me bañan la cara; los brazos de Miles bajo la espalda y las corvas; su abdomen pegándose a mi costado cada vez que toma aire; los lánguidos graznidos de las gaviotas a lo lejos; los granos de arena pegados a los pies; y una absoluta sensación de seguridad.
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Como estar en el vientre materno. Como estar sobre una colcha en el patio de nuestra antigua casa, la que compartíamos con mi padre, un día de verano, moviendo las piernas cuando una cochinita se me subió a la pantorrilla. Como estar en medio de las estanterías de la biblioteca, sin nadie alrededor y con una buena selección de libros.
Abro los ojos y ahora es su imagen (ese pelo alborotado, esa cara salpicada de pecas por el sol y ese mentón cubierto por la barba, esos ojos del color del chocolate) la que me corre por las venas, un millar de estelas de un millar de barquitos con Miles en sus velas, directamente a mi corazón.
—Gracias por traerme —susurro.
Me mira con expresión tierna.
—Ya te lo he dicho. No lo he hecho para ser amable.
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Volvemos a casa con las ventanillas bajadas, acompañados por el penetrante olor a pino y por el aullido del viento.
En un semáforo en rojo, Miles me mira a través del oscuro habitáculo y pone una mano sobre la mía en el asiento. El corazón me late deprisa como las alas de un colibrí. Vuelvo la mano para que nuestras palmas queden unidas y dejo que sus dedos se entrelacen con los míos.
Hacemos todo el trayecto de vuelta a casa tomados de la mano, incluso mientras andamos por la acera hasta el bloque y subimos la escalera.
Abre la puerta, me mete en el piso a oscuras y me pega a la puerta. Respiramos de forma superficial. El corazón se me va a salir del
pecho.
Estamos justo en el borde del precipicio al que hemos estado asomándonos todo el verano, y todavía intento convencerme de parar cuando me besa.
Un beso arrollador y apasionante que me afloja las rodillas. Un beso que destroza la poca fuerza de voluntad que me quedaba. Le deslizo las manos por la nuca hasta enterrarle los dedos en el pelo húmedo, y pega las caderas a las mías, con meses de necesidad palpitando entre ambos.
El beso se vuelve más apasionado, me mete la lengua en la boca, me mordisquea los labios, gime contra mi boca y me trago el sonido hasta que se me enrosca en las entrañas. Me desliza las manos por los pechos para acariciármelos a través de la camisa húmeda, y se me agota la paciencia.
Busco los botones de sus pantalones. Me ayuda a desabrocharlos. Le quito la camiseta. Él me devuelve el favor, y las dos prendas acaban tiradas en el suelo, seguidas de cerca por mis pantalones. Nos abalanzamos el uno contra el otro, nos vamos a la cocina. Me hace retroceder hasta la encimera, pasándome las ásperas manos por la espalda para
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desabrocharme el sujetador y quitármelo, antes de pegarme las caderas a la encimera y mirarme.
—Preciosa —dice con voz entrecortada.
Tiro de él y jadeo al sentir su torso contra mi pecho. Me sube a la encimera y se acerca más, moviéndonos sin parar el uno contra el otro, en un intento por encontrar la fricción absoluta, mientras le rodeo las caderas con los muslos.
Besarlo ahora que lo conozco es muy distinto. Ahora comprendo que el Miles desenfadado y despreocupado que conocí solo es la capa más superficial, que esa despreocupación a la hora de moverse por el mundo solo es producto del autocontrol, pero que bajo la superficie, esconde anhelos.
La última porción de tarta de queso.
El último sorbo de vino.
La frialdad del lago.
Un beso.
Un abrazo.
Alguien que lo proteja.
Lo anhela todo, incluso las cosas que nunca se permitirá pedir o no se permitirá tener.
Me desliza las manos por la cabeza y me las entierra en el pelo mientras el beso se vuelve más ardiente.
Las descargas que siento en las entrañas hacen que me sienta flotar, como si estuviera llena de helio. Nuestros dientes se chocan. Una carcajada queda, suya o mía, y luego un beso más arrollador. Mis manos en su espalda, mis uñas arañándole los hombros con la piel de gallina.
Me encanta el tacto de su piel, que esté seca por la exposición a los elementos, y también el olor a la bodega que no termina de quitársele.
Quiero que sepa que me encanta, así que se lo digo, se lo susurro justo por debajo de la oreja, y él me acaricia la garganta con la nariz, deja que su mano me acaricie el pecho, moviéndose contra mí hasta que casi no puedo respirar.
Acto seguido, se arrodilla entre mis piernas, con las manos en mis muslos, dejando un reguero ardiente con la boca en el abdomen, en una cadera y después, mirándome a los ojos, entre los muslos. Me apoyo en las palmas de las manos, respirando de forma agitada cuando me aparta las bragas y me pega la boca, tras lo cual susurra mi nombre con ese tono
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ronco que hace que me tense por completo. Muevo las caderas contra él, y me rodea con las manos para guiar mis movimientos hasta que tengo la sensación de que no puedo respirar, de que no puedo ver, de que el corazón me va a romper las costillas si no puedo tener más de él.
—¿Condones? —susurro.
Me mira de nuevo con esos ojos oscuros por el deseo.
—¿Quieres?
Sé a lo que se refiere, y no es: «¿Quieres usar un condón?», sino «¿Quieres hacer algo para lo que se necesite un condón?», y casi me echo a reír, porque no se me ocurre cómo puedo dejar más claro lo que quiero.
—Sí —contesto—, siempre que tú también.
Se pone de pie y me da un apretón en la parte posterior del cuello.
—No te muevas.
Cuando vuelve, lanza una tira de condones sobre la encimera y me pega de nuevo a él con un beso arrollador y apasionado mientras intentamos quitarle el pantalón. Cuando lo conseguimos, se la rodeo con una mano, y me apoya la cabeza en el hombro, tensando los músculos de un modo que me encanta. Le empujo el hombro un poco hasta que se aparta y nos miramos a los ojos mientras me bajo de la encimera para arrodillarme delante de él.
—No hace falta —susurra.
—Quiero hacerlo —replico. Y es verdad, lo deseo como nunca lo había querido. Siento su mano en el pelo cuando me la meto en la boca y oigo que se le escapa una especie de gemido gutural. Se mueve conmigo, y le subo las manos por los muslos, hasta las caderas, para guiarlo.
—Daphne —dice con voz ronca, meneando la cabeza—. Ya vale. Menos mal, porque oír que está tan excitado hace que me cueste
seguir. Me ayuda a ponerme en pie y nuestras bocas se funden mientras me recorre el cuerpo con las manos para quitarme las bragas. Es la primera vez que estamos totalmente desnudos juntos, y me resulta emocionante, aterrador y sensual que me rodee con los brazos, que nuestros muslos se rocen, sentir su pulso en tantos puntos diferentes mientras se agacha para besarme el trapecio y después la sien, hasta por fin darme un beso dulce en los labios.
Durante varios segundos, nos mostramos tiernos, delicados, pero pronto se impone el deseo. Me da media vuelta sujetándome por las caderas, me pega a la encimera y se mete entre mis muslos, torturándome
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hasta que me deja al borde de las lágrimas y echo las caderas hacia atrás a modo de súplica.
Oigo el envoltorio del condón al rasgarse y me echo hacia atrás con ansia, y poco después, ¡por fin!, me penetra despacio, y entonces me pongo a llorar de verdad, con el vello de todo el cuerpo de punta cuando me recorre la piel con las manos para ponérmelas en las caderas, tirando de mí con movimientos febriles. Me rodea la cintura con un brazo y me mete la mano entre los muslos mientras nos movemos a la vez.
El borde de la encimera se me clava en la cintura. Sus dedos se me clavan en la cadera.
—¡Más! —exclamo. Nada es suficiente.
Me la saca lo justo para darme media vuelta y que lo mire. Nos abrazamos durante unos segundos desesperados y frenéticos, y después acabamos en el suelo de la cocina, y él me muerde mientras yo le doy lametones con la lengua, y le rodeo la cintura con las piernas, ambos con la piel empapada de sudor, mientras me la mete hasta el fondo. Como quería. Como necesitaba.
Me doy cuenta de que lo he dicho en voz alta cuando él replica: —No sabes cuánto lo deseaba, Daphne. Cuánto te necesitaba. —Miles… —suplico. Tengo la sensación de que algo más que mi
cuerpo está a punto de estallar, como si mi corazón estuviera a punto de explotar, y es una sensación aterradora y vulnerable exponerme de esta manera delante de él, estar de repente totalmente a su merced.
Levanta las manos para tomarme la cara, sin que nuestros cuerpos pierdan el ritmo.
—Lo sé —susurra—. Estoy aquí.
Así que me dejo llevar. Estallo, hasta el último nudo se deshace, y me muerde un hombro mientras se estremece contra mí.
Me asaltan oleadas de sensaciones. El sonido de nuestras respiraciones me atruena los oídos y veo lucecitas detrás de los párpados.
Las sensaciones van desvaneciéndose aunque nuestros corazones siguen desbocados, y me la saca para tirar de mí y acurrucarme contra su pecho mientras recuperamos el aliento.
Me coloco un brazo sobre los ojos y me asalta un repentino ataque de risa.
—¿Daphne? —dice Miles con voz ronca por la preocupación—. ¿Qué pasa? —Me aparta el brazo para poder mirarme a los ojos.
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—Nada —consigo decir.
—¿Y por qué te estás riendo? —pregunta, incrédulo.
Ni yo misma termino de entender mi reacción.
—Supongo que porque soy feliz.
Sonríe de oreja a oreja. Se inclina para besarme, un tierno roce de sus labios que deja huella. Yo también sonrío, de modo que nuestros dientes se rozan. Me aparta el pelo sudoroso de la frente.
—Eres increíble —dice en voz baja, lo que me hace reír de nuevo. Me mira con expresión somnolienta—. ¿Qué tiene eso de gracioso?
—Lo dices como si hubiera hecho acrobacias o algo —contesto. —Pues casi —me asegura—. Me he quedado sin conocimientos
durante unos segundos.
Le pego la cara al pecho, muerta de la risa. Me desliza una mano por la columna y luego la sube de nuevo para dejármela en el cuello por debajo del nacimiento del pelo empapado de sudor.
—Me ha pasado de verdad —insiste.
—Creo que a mí también —admito.
—¿Por qué? —pregunta, lo que me arranca más carcajadas al tiempo que una emoción relajante y profunda me recorre las extremidades, que siento muy flojas.
—No lo sé —contesto.
Se hace un largo silencio mientras me acaricia con gesto lánguido el pelo y respiramos de forma acompasada. Después me pregunta:
—¿Quieres comer algo?
Por algún motivo, la pregunta hace que tenga la sensación de que el corazón me va a estallar.
—Me muero de hambre.
Me doy una ducha rápida y me pongo el pijama mientras Miles empieza a preparar tortitas con plátano y pepitas de chocolate. Cuando acabo, continúo yo con las tortitas mientras él se ducha antes de volver a la cocina vestido únicamente con unos pantalones de deporte y un nuevo chupetón que no recuerdo haberle hecho.
—¡Por Dios! Lo siento —digo al tiempo que le toco el punto en concreto en la clavícula.
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—No lo sientas. —Me quita la espátula con una mano y me aparta el pelo del cuello con la otra—. Tú vas a tener que llevar jerséis de cuello vuelto durante semanas.
Saca las dos últimas tortitas, que deja en los platos ya preparados y nos las comemos de pie. Después desliza su plato vacío por la encimera y dice:
—¿Te apetece ya hablar del tema?
—¿De qué?
—Del imbécil de tu padre —contesta.
—A lo mejor no te has dado cuenta —replico—, pero ese «imbécil» le cae de maravilla a todo el mundo.
—A los desconocidos —señala—. A la gente que no lo conoce ni necesita nada de él. Perdona si eso no me impresiona.
—Normal que no lo haga. Porque tú también caes de maravilla a todo el mundo de inmediato. Aquí soy yo la única a la que nadie quiere cerca.
Menea la cabeza con el ceño fruncido. —¿Sabes la cantidad de veces que haces eso? —¿El qué? —pregunto.
—Comportarte como si mi opinión no te importara —responde.
Me quedo boquiabierta.
—Pues claro que me importa.
—A cada cosa que digo, tú contestas con un: «¡Ay, pues claro, Miles, lo dices porque eres muy amable!». O con un: «No lo entiendes, porque tú eres tú», o mi preferida ahora mismo: «Es que tú eres igualito al imbécil de mi padre».
—No he querido decir eso —protesto—. En absoluto.
—Has dicho que nadie te quiere cerca —replica—. ¿Yo no cuento?
—¿En qué sentido?
—¿Que yo te quiera no cuenta? —pregunta con el ceño fruncido.
Una abrasadora oleada de calor, una serie de oleadas de calor, una tras otra.
«Que yo te quiera».
«Que yo te quiera».
«Que yo te quiera».
—Sí cuenta —le aseguro. Tanto que es aterrador. Suelto el plato—. ¿Y tú qué?
—¿Qué pasa conmigo?
—Te he oído hablar por teléfono —confieso.
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Se queda callado, pensativo, varios segundos.
—Era mi padre.
Doy un respingo.
—¿Tu padre?
—Ha estado llamándome sin parar —contesta— desde números que no tengo bloqueados. Para decirme que convenza a Julia de que lo llame.
Me quedo boquiabierta.
—No lo entiendo.
—Resulta que han estado hablando —sigue—. Algo que supongo que Julia no me dijo porque sabía que me estresaría esperando que mi padre volviera a joderle la vida. Cosa que ha hecho, claro. Mi padre averiguó dónde trabajaba Julia, porque todavía deja que la siga en redes sociales (y eso que se lo advertí) y él se lo contó a mi madre, que se plantó en el restaurante. Julia acabó tan alterada que se fue. La despidieron, bloqueó a mi padre y se subió en un avión para venir aquí (no necesariamente en ese orden) y ahora él no deja de acosarme para conseguir que ella lo perdone.
—¡Ay, por Dios, Miles! Es horrible.
—Lo siento. —Se frota el puente de la nariz.
—¿Por qué? —le pregunto.
Se encoge de hombros.
—No quiero cargarte con esto.
—No me estás cargando con nada —le aseguro.
—Antes mantenía todo esto separado. Pero ya nada está separado contigo. Eres mi compañera de piso, mi mejor amiga y la mujer con la que acabo de acostarme.
Me escuecen los ojos. Parpadeo en un intento por contener la sensación.
Me está mirando como si intentara extraerme algo.
—¿Daphne?
—Tú también eres mi mejor amigo. —Lo digo en voz baja y ronca—. Por eso lo de hoy ha sido tan duro, cuando mi padre se ha ido. —Siento un nudo en la garganta y me tiembla la voz—: Porque tú fuiste testigo. Y eso hace que me sienta patética. Sobre todo porque la verdad es que, si se diera media vuelta y volviera, me sentiría encantada. Lo perdonaría una y otra vez con la esperanza de que significo algo para él de verdad. Si creyera que hay la más mínima probabilidad de que me diga que sí, lo llamaría y le
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suplicaría que volviera. Pero no puedo, porque sé que no lo hará. Y no quiero oírlo. No quiero demostrarle que…
Intento buscar palabras alternativas.
Porque pronunciar estas me hace sentir que estoy codificando la verdad para que tome forma.
Es doloroso hacerlas pasar por el nudo que tengo en la garganta, pero contenerlas todos estos años no ha hecho que me sienta mejor, no ha hecho que sean menos ciertas, no ha cortado la hemorragia ni calmado el dolor.
—Que no me lo merezco.
—Oye. —Miles me rodea con los brazos, y su calor y su especiado aroma a jengibre me empapan.
—Una parte de mí está esperando a que llegue el momento que veas lo que sea que hace que las personas se alejen de mí —confieso con voz ronca—. Y no quiero que pase. No quiero que dejes de quererme cerca. Creo que me partiría el corazón ser alguien que no te cae bien.
—Joder, Daphne. —Me toma la cara entre las manos—. ¿Quieres saber por qué tu padre no se queda?
Siento el escozor de las lágrimas en la nariz, pero asiento con la cabeza. Es la pregunta que nunca he podido dejar de hacerme, por más que duela.
—Porque lo has calado —dice Miles—. Y no lo soporta. Peter es el mismo perro con otro collar, tan aburrido de sí mismo que se ha convencido de que estar con alguien como Petra lo convertirá en otra persona sin tener que, no sé, ser lo bastante valiente como para probar el ácido.
—Se aburría conmigo, Miles —replico.
—Si la decisión hubiera tenido algo que ver contigo —dice—, podría haber cortado y ya. En cambio, ha hecho saltar su vida por los aires. El problema lo tiene él. Yo he sido ese tipo, montones de veces, con montones de personas que no me merecía. Es fácil que te quiera quien nunca te ha visto meter la pata. Gente a la que nunca has tenido que pedirles perdón y que todavía cree que tus «rarezas» son graciosas. Es fácil estar con gente que no te conoce. Pero en cuanto alguien empieza a calarte (cuando ya no puedes ser «perfecto»), es más fácil cambiar de aires. Buscarse a alguien nuevo para ser esa persona «guay, graciosa y desenfadada».
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—¿Eso es lo que me pasa? —Se me quiebra la voz—. ¿Hago que la gente crea que es la peor versión de sí misma?
—Daphne, no. —Me estrecha contra él y me entierra la cara en el cuello—. ¡Por Dios, no! —Cuando se aparta, veo unos tensos hoyuelos a través de la barba—. Oye, siempre he querido ser esa persona graciosa y desenfadada, sin cargas, incluso con Petra. Pero con el tiempo, la gente te cala o no, y cualquiera de las dos cosas es un lío. Porque si te cala y no es lo que se había imaginado, lo llevas crudo. Y si nunca llega a conocerte…, es todavía peor. Porque estás solo. Quería a Petra —sigue—, pero en el fondo sabía que, en cuanto dejara de ser gracioso, se iría. Y eso fue lo que pasó. Encontró algo más romántico, más perfecto, más… a secas. Creo que tú eres la primera persona que ha llegado a conocerme de verdad. Que ha sabido ver lo que hay detrás de lo que quiero que la gente vea. Consigues que la gente que te preocupa tenga la sensación de… —Hace una pausa—. Tenga la sensación de que la quieres tal y como es. No solo por lo bueno. Y eso es aterrador para alguien que se ha pasado toda la vida esquivando su parte mala.
—No quiero asustar a la gente —le aseguro, con la garganta dolorida.
Menea la cabeza.
—Merece la pena asustarse, en serio. Por ti, merece la pena.
Me besa la palma de la mano. El deseo se me enrosca en las entrañas. Crece entre nosotros. Estar aquí de pie en la cocina con él es de los tres momentos más eróticos de mi vida.
Levanto la cara y me acaricia la nariz con la suya.
—Mereces la pena, Daphne —repite, sujetándome la barbilla con delicadeza y con los ojos cerrados.
—¿Miles? —susurro.
—¿Mmm?
—Las quiero —digo—. Quiero todas esas partes de ti.
Abre los ojos, ardientes, cálidos.
—Me alegro —replica—. Porque ellas también te quieren a ti.
Y luego me besa. Es perfecto.
No, mucho mejor. Es todas y cada una de las partes que lo componen, a la vez.
—¿Mi habitación o la tuya? —le pregunto.
—La tuya —contesta—. Primero en la tuya.
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Domingo, 4 de agosto
13 días para el Maratón de Lectura
El domingo duermo hasta muy tarde y, cuando me despierto, Miles sigue en mi cama, con un brazo sobre mí.
Estiro las doloridas extremidades en las cuatro direcciones, y él se mueve. Esboza una sonrisilla, abre un ojo y dice con voz ronca:
—Hola.
El corazón me aletea como si estuviera borracho.
—Hola.
Se acurruca más contra mí y me apoya la mejilla en la barriga.
—¿Qué hora es?
—Mediodía —contesto.
—¡Mierda! —Echa la cabeza hacia atrás para mirarme—. ¿Tienes hambre?
—Desde que te conocí —contesto—, a todas horas.
Nos pasamos el día sumidos en una ensoñación. Nos bebemos el té y el café en la alfombra delante de las ventanas abiertas, con el sol en la cara. Cuando terminamos, rellenamos las tazas y repetimos el proceso.
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Para desayunar, vamos calle abajo a una sandwichería y comemos en un banco junto al carril bici. Todo es tan normal y fácil entre nosotros que parece imposible.
Vamos andando a la heladería preferida de Miles para comprarnos unos helados cremosos cubiertos de trocitos de caramelos, que nos comemos de camino a su camioneta. Vamos al mercado agrícola del domingo y compramos lo necesario para preparar tacos de coliflor. O, mejor dicho, lo que él necesita, porque yo no tengo ni idea de lo que estoy haciendo, solo sigo sus indicaciones mientras por su altavoz Bluetooth suena una tristísima, pero emotiva y preciosa canción de Glen Campbell, con las ventanas todavía abiertas para que la brisa inunde el piso.
Después de comer, me sienta sobre su regazo a la mesa de la cocina y me besa como si no tuviera prisa, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.
Y parece verdad. Es como si no hubiera mundo, como si el tiempo no corriera.
—¿Quieres quedarte a dormir? —bromea con la nariz pegada a la mía.
—¿Estoy invitada? —le pregunto.
—Es una invitación abierta —contesta—. Para siempre que quieras. En su dormitorio, nos abrazamos entre sus sábanas impregnadas de
olor a humo, con las manos enterradas en el pelo y las uñas arañando la piel. Cuando por fin me penetra, se me escapa un «¡Guau!» sin querer, una reacción novedosa para mí durante el sexo que espero que le arranque una carcajada.
Miles solo asiente con la cabeza, como si estuviera de acuerdo, me pone una mano en la nuca y me besa de nuevo, con tanta ternura que casi me entran ganas de llorar.
Después me preocupa la posibilidad de que me eche a llorar de verdad, otra novedad para mí, pero tengo el corazón en carne viva.
Como si por fin estuviera asimilando todo el día, o los últimos cuatro meses, o puede que más tiempo. Décadas de tener la sensación de estar enfrentada al mundo, y ya no puedo encontrar esa sensación, la capa que me separa de todos los demás, y es aterrador, liberador e intenso.
Nos movemos despacio, con languidez, y cada vez que uno de los dos llega a un punto álgido, nos damos la vuelta. Nos cambiamos. Buscamos otra manera de abrazarnos, de movernos juntos. De costado, con él a mi espalda, con uno de sus brazos sobre mi cadera y una mano metida entre
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mis muslos, murmura mi nombre, como si fuera una exclamación, el sonido que emites tras beber un sorbo perfecto de vino.
Sabía que estar así con él sería bueno, y divertido, y tal vez incluso gracioso, pero me sorprenden las continuas punzadas que siento en el pecho, como si mis emociones pesaran demasiado y mis costillas pudiera hundirse bajo su peso. Me paso todo el rato mordiéndome la lengua justo antes de que las palabras broten de mis labios: «Te quiero».
Es demasiado pronto. Es demasiado complicado. Por primera vez en la vida, no quiero estar en ningún otro sitio que no sea este momento, no quiero pensar en lo que todo esto significa ni en qué puede acabar, y este hombre bañado por el sol hace que sea fácil.
Me besa el hombro, el cuello y la barbilla mientras la intensidad aumenta. Se da cuenta de que empiezo a perder el control, a moverme más deprisa y me sujeta las caderas con fuerza para salir a mi encuentro con una fuerte embestida, metiéndomela hasta el fondo, y descubro que nunca he sentido nada igual.
Como si no hubiera límites entre nosotros, como si lo tuviera en la mente, en el corazón y en el alma, y quiero retenerlo ahí aunque sé que el momento no puede durar.
Empezamos a subir la cresta de la ola, y después de llegar a lo más alto, flotamos de vuelta a la realidad, a nuestros cuerpos separados.
Sin embargo, ahora mismo es totalmente mío y yo soy suya.
Por la noche, me levanto al baño y cuando vuelvo, lo descubro tumbado en mitad de la cama, con los brazos extendidos como si me hubiera buscado estando dormido.
Verlo así, iluminado por la luz de la luna, me provoca una ternura abrumadora.
Me muevo de puntillas por la habitación helada y me meto en la cama con toda la delicadeza de la que soy capaz, pero se despierta lo justo para rodearme la cintura con gesto somnoliento y pegarme a su cálido cuerpo.
—Te habías ido —susurra.
—Y ya he vuelto —digo.
Con un murmullo ronco y somnoliento, me besa en el hombro y se duerme de nuevo.
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Lunes, 5 de agosto
12 días para el Maratón de Lectura
Por la mañana, no despierto a Miles.
Aunque me encantaría pasar el tiempo haciéndolo con él, nos quedamos despiertos hasta tarde y lo veré cuando vaya a recogerme al trabajo. Anoche le mandó un mensaje de texto a Katya para preguntarle si quería hacer su turno, a lo que ella contestó: «¡Qué va!, pero necesito pasta y me lo quedo», así que decidimos salir a por la cena e irnos a un parque desde donde contemplar las estrellas.
Mientras me visto, veo la nota de mi padre sobre la cómoda. Si fuera como cuando era más joven, la leería y releería, en busca de pruebas de que me quiere, o de pruebas de lo que yo he hecho para espantarlo. Hoy me limito a tirarla a la papelera de camino a la puerta.
Me siento como Bella al principio de La Bella y la Bestia, yendo por la vida con una sonrisa de oreja a oreja, saludando a todo el mundo como si fuera el primer día del resto de mi vida. Sería más sutil si llevara un cartel enorme de «HE ECHADO UN POLVO INCREÍBLE».
Me paso por la cafetería de Fika para comprar un té y pedirle a Ashleigh un café con leche. Cuando Jonah me da el pedido, se me enciende la bombilla de repente y es como si un gong me resonara por todos los huesos.
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¡Ashleigh!
Se suponía que iba a pintar con ella.
De camino a la puerta, abro el calendario y busco su cumpleaños.
Sin embargo, nunca llegué a añadir el cumpleaños de Ashleigh en mi calendario. Llevo semanas casi sin añadir nada, y la pizarra está igual de abandonada.
Siento un puño helado en la boca del estómago. Era este sábado pasado, estoy segura.
«Llamó para avisar de que estaba enferma», recuerdo, lo que me provoca otro vuelco desagradable en el estómago. Estaba enferma en su cumpleaños y yo ni siquiera le pregunté cómo se encontraba.
¿Cómo he podido olvidarme de ella? ¿Cómo he dejado que pasara? Prácticamente hago el resto del camino al trabajo corriendo y llego
justo cuando Ashleigh está cerrando su coche.
Mientras me acerco a ella, algo asoma a sus ojos, algo que se evapora demasiado deprisa como para interpretarlo, y el corazón me da un doloroso vuelco al ver que su expresión vuelve a ser neutra.
Me paro y consigo decir:
—Hola.
Como no me contesta, le ofrezco el café. Lo mira y aprieta la correa del bolso con la mano antes de aceptarlo a regañadientes.
—Lo siento mucho —digo—. Lo del sábado. Es que… mi padre estaba en el pueblo y después se fue sin avisar, y estaba totalmente distraída, y Miles y yo… Dios, lo siento muchísimo.
Resopla y menea la cabeza.
—Que sepas que fue idea tuya hacer algo en mi cumpleaños. Insististe.
Y por raro que parezca, incluso te emocionaste con el tema.
—Lo sé —digo—. No deberías haberte pasado el día enferma en casa.
Entiendo que estés molesta conmigo.
—No estaba enferma —replica—. Me tomé el día libre.
—Nunca te tomas un día libre —digo.
—Razón por la que lo hice, para mi cumpleaños. Me quedé en casa y me preparé para pintar mi dormitorio de un espantoso color rosa, porque sí, y ver Real Housewives con mi amiga.
Me arde la cara.
—Lo siento mucho, Ash. ¿Por qué no me llamaste?
Resopla de nuevo.
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—¿Más de las nueve veces que te llamé ya? A ver, que igual estoy chapada a la antigua, pero cuando llego a los dos dígitos, empiezo a sentirme un pelín desesperada.
—¡Madre mía! —exclamo—. ¡La playa! No teníamos cobertura.
—Teníamos… —dice.
Siento un nudo en la garganta.
—No puedo creerme que se me haya pasado.
—No pasa nada —me asegura.
—¡Pues claro que pasa! —protesto—. Es una putada.
—En serio, Daphne, no te preocupes —dice—. Sabía que eras una chica de pareja. Tal como se dice en internet, cuando alguien te dice quién es, créetelo.
—¡Ashleigh! —exclamo—. ¿De qué hablas?
—De Miles —contesta—. Me dejaste plantada por él, ¿no?
Es como si se me estuviera abriendo una brecha en el corazón, separando cada mitad con fuerza.
—Miles y yo no somos pareja. No somos… eso.
—Puede que no —dice—. Pero está claro que ha cambiado algo mientras yo estaba en Sedona, y que sea lo que sea lo que os traigáis entre manos, ya no me necesitas.
Sus palabras me dejan de piedra.
¿Eso he hecho? ¿Así soy?
¿Una persona que trata a los demás como planes alternativos por si las moscas, por si no aparece nada mejor?
Se me revuelve el estómago.
Y lo que es peor, estoy a punto de llorar.
Intento controlarme, pero se me quiebra la voz.
—Tienes razón. Te he tratado como si fueras un plan alternativo, y es horrible. Lo siento. No eres eso para mí.
Ella baja la mirada al suelo.
—Oye, quiero fichar a mi hora, así que si no te importa, voy a…
—Sí —consigo decir—. Claro.
Se aleja sin mirar atrás.
Se me parte un poco el corazón, y solo puedo culparme a mí misma.
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Cuando termino el turno, organizo mi salida de modo que Ashleigh (que casi no me ha dirigido la palabra en todo el día) no salga a la vez.
Miles todavía no ha llegado, de modo que me pongo a andar de un lado para otro por la acera en un intento por eliminar el cortisol que me corre por el cuerpo.
Al cabo de un rato, me siento en el banco calentado por el sol e intento leer. Por primera vez en mi vida, parece que soy incapaz de huir dentro de un libro. Mi mente insiste en volver a Ashleigh.
Una parte de mí solo quiere el consuelo de estar entre los brazos de Miles, y olvidar todo lo demás de forma temporal. Claro que ese es el motivo de que me vea ahora aquí.
Me he permitido quedarme absorta, de nuevo.
Aun así, me sentiré mejor cuando llegue. Ya se me ocurrirá la forma de resarcir a Ashleigh, de demostrarle que no soy esa persona. No me permitiré serlo.
Miro la hora. Veinte minutos tarde y sin noticias. Con la cantidad de veces que a Miles se le olvida el móvil o se le olvida cargarlo, tampoco es un sorpresón.
Saco el móvil y lo coloco de modo que no le dé el sol a la pantalla. Sigo conectada a la señal wifi de la biblioteca, así que saco la lista de tareas pendientes del Maratón de Lectura y sigo trabajando.
El aparcamiento se vacía. Las farolas se encienden a medida que el sol empieza a descender hacia el horizonte.
Han pasado cuarenta minutos, y se me abre un agujero en el estómago. Cierro el portátil y llamo a Miles mientras intento no imaginármelo tirado en una cuneta de la carretera o en cualquier otro millar de escenarios
horripilantes.
Acaba saltando el buzón de voz.
Escribo: «¿Todo bien?» y lo envío, después me pongo a pasear de un lado para otro de nuevo.
«Estás haciendo el tonto. Está bien», me digo.
Miro el móvil.
De nuevo.
De nuevo.
De nuevo.
Nueve veces.
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Por fin a la décima me vibra. Casi lo tiro con las prisas de acercármelo a la cara.
«mierda se m ha pasado el dia perdona xo todo bien x aquí tu» Me lo tomo como un: «Todo bien por aquí, ¿y tú?». Lo que suscita la pregunta de dónde es «aquí».
Al principio, siento tal alivio de que esté vivo y bien (o que lo haya secuestrado alguien que mensajea como él) que dejo de andar y me siento en mitad del césped de la biblioteca antes de decir en voz alta:
—¡Gracias, Dios mío!
Sin embargo, poco a poco aflora una nueva emoción.
Estamos hablando de Miles, me recuerdo. Seguro que tiene una explicación.
Estoy cayendo de nuevo en el pozo en el que me he encontrado cientos de veces antes, esperando a alguien que el instinto me dice que no va a venir.
Aunque a lo largo de nuestra amistad Miles nunca me ha dejado plantada.
Las cosas que dijo la otra noche, eso de que los hombres de mi vida no quieren que los conozca de verdad y salen huyendo en cuanto eso pasa, acuden a mi mente, como una sirena, como una advertencia que se me ha pasado.
No tiene sentido. Algo se me escapa.
Tecleo otro mensaje: «Creía que ibas a venir a recogerme».
Miles escribe durante un segundo, pero se para sin mandar el mensaje.
Me arde el cuerpo, se me tensa la piel. De repente, necesito moverme.
Necesito alejarme. No puedo quedarme aquí ni un segundo más.
Tomo mis cosas y empiezo a andar. Salgo del aparcamiento. El sol ha empezado a ponerse, pero llegaré antes de que sea de noche.
Salvo que la idea de volver a casa me revuelve el estómago.
En un arrebato temporal de ilusa ambición, saco el móvil para buscar en Google gimnasios de CrossFit. A lo mejor puedo quemar la ansiedad moviendo neumáticos o lo que sea.
Miles está llamando.
Intento contestar, pero acaba de sonar el último tono. Un coche toca el claxon, y me doy cuenta de que me he parado en un cruce. Me disculpo con la mano y corro en diagonal mientras le devuelvo la llamada.
Me lleva directamente al buzón de voz.
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Seguro que me está dejando un mensaje. Mientras camino deprisa, miro la pantalla durante varios segundos, a la espera de que me llegue la notificación del mensaje. En cambio, me llega un mensaje de texto: «Perdona m ha surgido algo lo siento mucho».
Ya se ha disculpado tres veces, pero no tengo nada que se asemeje a una explicación.
A estas alturas, me siento tonta y un poco enfadada.
Tomo una honda bocanada de aire.
«Surgen cosas. No nos debemos nada el uno al otro», me digo. No nos hemos hecho promesas.
Aunque la verdad es que Miles ha hecho que me sienta muy segura, y ahora me siento totalmente descartada.
«Esto es lo que te pasa», se burla una voz en mi cabeza.
Cuando cometes los mismos errores una y otra vez.
Cuando eliges confiar en las personas equivocadas y decepcionas a las personas que no debes.
Cuando permites que se acerque alguien que te ha dicho por activa y por pasiva que no confíes en él.
«Confía en los actos de los demás, no en sus palabras».
«No quieras a alguien que no está preparado para corresponderte».
«Olvídate de las personas que no te demuestran apego».
«No esperes a nadie que no tiene prisa por llegar a tu lado».
Me siento cansadísima de inmediato. Agotada. Aunque no quiera volver a casa, no tengo otro sitio al que ir.
Acabo de echar a andar hacia el piso cuando me llaman de nuevo.
El corazón me da un vuelco por la expectación. Seguro que tiene una explicación, algo que le dé sentido a todo esto.
Sin embargo, no es él quien llama. Es un número desconocido. Contesto, por si las moscas, intentando parecer despreocupada,
tranquila, segura y todo lo contrario a lo que siento en realidad. —¿Diga?
—¡Hola! —saluda una cantarina voz femenina—. ¿Hablo con Daphne Vincent?
—Ajá. —Sorbo por la nariz y controlo la voz—. ¿Quién es? —Hola, soy Anika. Llamo de la Biblioteca Pública de Ocean City. Tardo tres segundos enteros en entender lo que me está diciendo.
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—Nos ha impresionado mucho su currículo —sigue— y nos encantaría hacerle una entrevista virtual.
Me llevo la mano a la frente. El mundo sigue dando vueltas.
Esto era lo que estaba esperando, lo que ansiaba.
—¿Hola? —dice.
—Lo siento —digo con dificultad—. Sí, sigo aquí.
—¿Estaría preparada para una entrevista en algún momento de estas dos próximas semanas? —pregunta—. Suponiendo que siga interesada.
Tengo la sensación de haberme tragado una piedra.
—Pues claro que sí —me obligo a decir.
No estoy segura de a qué le digo que sí, ¿a que estoy disponible o a que sigo interesada?
Sin embargo, es la única respuesta que tendría sentido, ¿no?
Es la vía de escape que he estado esperando, justo cuando el castillo de naipes se está desmoronando, y debería sentirme feliz o, al menos, aliviada, pero lo único que siento es una punzada en el pecho, la pérdida de otra persona, de algo, que ni siquiera era mío para empezar.
—¡Genial! —exclama—. ¿Podría decirnos cuándo estará disponible para organizarlo todo?
Carraspeo.
—Miraré el calendario en cuanto vuelva a casa.
«Casa». Paso de la punzada que me provoca esa palabra en el corazón.
Solo es un piso. Nunca ha sido mi casa.
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Martes, 6 de agosto
11 días
Miles no ha pasado la noche en casa.
Lo sé porque no pego un ojo.
Claro que no lo estuve esperando. Estuve pensando en Ashleigh. Redactando mentalmente disculpas y revisándolas. Preguntándome cómo he conseguido hacerle justo lo que más odio. Siempre me he identificado con mi madre, pero en esta situación sé a quién me he parecido, y no es a Holly Vincent.
El martes quiero quedarme escondida en casa y faltar al trabajo, pero están pasando demasiadas cosas y no puedo dejar tirados a Ashleigh ni a Harvey.
Así que llego veinte minutos temprano, después de haberme parado a comprar un expreso en la cafetería de Fika, que hace que me mueva a velocidad de vértigo.
—¿Me has comprado un traje de tres piezas? —me pregunta Harvey mientras camina despacio entre la bruma para reunirse conmigo delante de la puerta principal, que está cerrada, y señala con la cabeza la enorme caja de cartón que tengo en los brazos.
—Pastéis de nata —le explico—. Dulces de nata portugueses. Para el cumpleaños de Ashleigh.
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La idea se me ocurrió hacia las dos de la madrugada. A las cuatro, encontré una panadería que los vendía, a cuarenta minutos al sur del pueblo. A las cinco, ya estaba en camino.
Harvey me mira fijamente, preocupado.
—Sabes que Ashleigh es persa, no portuguesa, ¿verdad?
—¿Qué? Ya lo sé —le aseguro—. Me ha dicho hace poco que fantasea con irse a vivir a Portugal, así que…
Se echa hacia atrás.
—¿Qué hay en Portugal?
—Pastéis de nata —contesto—. Y playas preciosas, creo.
Se encoge de hombros y abre la puerta.
—Me alegro de que te hayas acordado, porque ayer se me olvidaron sus dónuts en casa y se los comieron mis nietos.
Una vez en el interior, coloco la caja en su lado del mostrador y me distraigo actualizando la cartelería para no verla llegar.
Nos las arreglamos para esquivarnos la una a la otra durante todo el día, y la caja de dulce se va vaciando poco a poco mientras Harvey, ella y un par de sus usuarios habituales preferidos van tomándolos.
Cuando vuelvo de almorzar, está sentada delante del ordenador y me echa una mirada.
—Hola —la saludo con timidez.
—Hola —replica ella.
Tomo asiento e intento concentrarme, pese a la nociva nube de incomodidad. Al final, me acomodo justo cuando llega Landon para relevar a Ashleigh en el turno de tarde.
—¡Dulces! ¡Qué bien! —exclama, con un auricular ya puesto y el otro a todo volumen alrededor del cuello mientras se coloca detrás del mostrador.
—Los ha traído Daphne —dice Ashleigh mientras recoge sus cosas—.
Por mi cumpleaños.
—Ha sido un detalle conjunto de varias personas —la corrijo de forma automática.
—Sigues mintiendo como el culo —replica, sin apartar la mirada de su ordenador.
—¿Puedo tomar uno? —le pregunta Landon.
—Por supuesto —contesta ella—. Los dejo aquí para que se los acaben los noctámbulos. Si me los llevo, Mulder se los comerá todos y se
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convertirá en La Máscara a la hora de acostarse.
Landon se inclina para agarrar un dulce de nata del centro.
—¿La Máscara?
—¡Jóvenes! —refunfuña Ashleigh mientras toma su bolso de piel sintética verde y me mira—. Gracias. Por… como se llamen los dulces.
—Pastéis de nata —le digo—. El famoso desayuno portugués. —No sé si la ha tomado desprevenida en el buen sentido o si simplemente está confusa. A lo mejor ni siquiera recuerda nuestra conversación sobre Portugal—. Y de nada —añado.
Ella asiente con la cabeza, un gesto que no trasmite la menor emoción, se cuelga el bolso al hombro y se va.
Un piso vacío vuelve a saludarme.
Este momento, este sentimiento, ha sido una constante durante toda mi vida. Haciendo los deberes en la mesa de la cocina mientras mi madre estaba en clase por la noche; planificando programas en la alfombra mientras Peter invitaba a algún cliente a tomarse algo; sentada en las gradas del colegio mientras los padres de todos los demás niños aparecían para llevarlos a casa, porque mi padre ya estaba a medio camino de un «baño de sonido» al que lo invitó una cajera de Trader Joe’s.
Quizá haya llegado el momento de hacer las paces con todo eso. Quizá ciertas personas estemos destinadas a ser criaturas solitarias. Quizá por mucho que lo intente, acabaré volviendo a este mismo sitio.
Suelto el bolso, me quito los zapatos y entro en la cocina arrastrando los pies. El piso está muy limpio desde esta mañana.
En la mesa del desayuno ya no hay cartas de publicidad, vasos de agua, ni bolsas de la farmacia. Solo veo una cajita blanca envuelta con un cordel dorado y, a su lado, una nota. Escrita con una letra espantosa: «Siento no haberte visto».
Me sacude un increíble déjà vu.
Tirar la nota de despedida de mi padre fue fácil. Era justo lo que esperaba. En este caso, no puedo evitar esperar algo más.
Desato el nudo del cordel, abro la caja y me echo a reír.
Es fudge.
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Una caja de fudge. Tan decepcionante que roza lo absurdo, en plan:
«Siento no haberte visto, aquí tienes una caja de dulces».
Sin embargo, lo más gracioso es que yo le he hecho exactamente lo mismo a Ashleigh.
La risa histérica está a punto de convertirse en llanto justo cuando, por uno de esos inoportunos milagros, mi padre me llama por teléfono.
—¿¡Esto es una broma!? —le pregunto cabreada al universo o tal vez al apartamento vacío.
No quiero hablar con él.
No quiero hablar con nadie. Hasta he rechazado una llamada de mi madre de camino a casa, porque aún no he decidido si contarle lo del trabajo de Maryland o no. Me he convencido de que no quiero darle esperanzas, pero lo cierto es que no quiero que la mías vayan en aumento.
Solo tengo que superar la entrevista y el Maratón de Lectura, y ver cómo sale todo.
Envío la llamada de mi padre al buzón de voz, saco la lista de tareas del Maratón de Lectura, desesperada por distraerme, y ojeo lo que me falta por conseguir.
Después empiezo a sacar del armario el resto de las cosas de la boda, seleccionando lo que puedo reutilizar para la recaudación de fondos (servilletas, platos, velitas recargables) y lo que debería donar. El resto (el vestido y todo lo que se puede vender) sigue en casa de Ashleigh, un problema más en el que no puedo pensar ahora.
Hago una breve pausa para pedir la cena y luego vuelvo a sumergirme en la clasificación y el empaquetado hasta que oigo que llaman a la puerta. La cena para la que no tengo apetito.
—¡Déjalo en el pasillo! —grito al tiempo que me levanto de un salto y corro hacia la puerta. Busco a mi alrededor un jersey que pueda ponerme encima del sujetador deportivo—. ¡Ya he pagado y he dejado propina al hacer el pedido!
Silencio.
Luego, un carraspeo.
—Soy Peter.
La verdad, casi suelto «¿Qué Peter?» mientras tomo el abrigo de la percha y me lo pongo.
De repente, se me enciende la bombilla.
¡Peter!
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Abro la puerta, esperando a medias que mi única teoría viable quede refutada. ¡Es imposible que Peter Collins esté aquí, en mi puerta!
Sin embargo, aquí está.
—Hola, Daphne —me saluda, con una sonrisa afligida—. ¿Puedo pasar?
—Mmm…
—Solo será un momento —me promete, con una mirada reluciente de esos ojos verdes y el ceño fruncido, ese gesto contrito y a la vez dolido que antes me aflojaba las rodillas. Claro que tampoco tuvo muchas ocasiones de usarlo.
Peter siempre fue de fiar. Siempre sabía dónde estaba, cuándo esperarlo. Entre nuestros calendarios sincronizados, la localización compartida de nuestros teléfonos, nuestro rígido horario y el acuerdo tácito de enviarnos mensajes de texto del estilo: «Salgo ahora del bar, no tardo nada», o «Voy un momento a la tienda a por leche mientras te duchas», no había mucho espacio para discutir.
Nunca tuve que preguntarle a qué hora llegaría a casa. Nunca tuve que preocuparme de que no llegara.
Hasta que, por supuesto, no lo hizo.
Estoy demasiado sorprendida para discutir. Abro más la puerta y él entra, mirando a su alrededor con una especie de asombro espantado, como si lo estuviera conduciendo a una antigua pirámide maldita y no a un piso pequeño de decoración ecléctica, emplazado en una antigua fábrica de embutidos renovada.
—Parece distinto —dice— desde la última vez que estuve aquí.
Lo miro por encima del hombro. Qué atrevido, mencionar la última vez que estuvo aquí. Para ver a su, en aquel entonces, mejor amiga, ahora futura esposa.
Replico con una especie de murmullo y lo llevo al salón.
Reconozco que me encantaría haber empezado a reírme en su cara y negarme a decirle una sola palabra hasta que se largue.
Lo invito con un gesto a sentarse en la menos cómoda de nuestras dos sillas y él se sienta, esperando que yo haga lo mismo. No lo hago.
Sus ojos recorren los restos de nuestra boda cancelada.
—Sigues teniendo muchas cosas.
—Mañana llevaré otra tanda a la tienda de segunda mano —miento.
Hace una mueca de dolor. Lo miro fijamente.
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Después de un incómodo silencio de varios segundos, dice:
—Estás estupenda, Daph.
Si él supiera…
—Estoy muy ocupada, Peter.
Tuerce el gesto. Veo que está a punto de hacerme una pregunta, pero menea la cabeza después de descartarla, al parecer.
Otro silencio incómodo de varios segundos. Nuestras miradas se cruzan, se sostienen, arden.
Me vuelvo para ponerme a doblar un par de mantelerías.
—Voy a seguir empaquetando cosas mientras tú hablas.
—Lo siento, Daphne —dice.
—Sí, ya me lo has dicho —replico.
—No, quiero decir que me arrepiento de verdad.
Oigo que se levanta porque arrastra la silla. Me doy media vuelta y lo veo acercándose a mí. Tengo en las manos un camino de mesa de color marfil cuando me las sujeta y me las sostiene entre nosotros.
—Lo siento mucho —dice—. Fui un imbécil, me cegué. En realidad, solo intentaba perseguir un subidón y, la verdad…, creo que tenía miedo del compromiso. Del matrimonio.
Me río a medias.
—Por eso te has comprometido con otra, ¿no?
Menea la cabeza.
—Ya no estamos juntos. Lo hemos dejado.
Por un momento, me quedo sin palabras.
Es como si un terremoto de baja intensidad acabara de sacudir la habitación.
—Petra te ha dejado —digo.
Peter resopla.
—Ha sido mutuo. Nos hemos dado cuenta de lo imbéciles que fuimos. Creo que yo lo descubrí al cabo de una semana, sinceramente, pero ya había hecho tal destrozo que pensé que debía seguir adelante.
La sangre me atruena los oídos, atenuando su voz.
Me da vueltas la cabeza. Muchas sensaciones físicas, pero casi ninguna emocional.
—Así que sabías que era un error —replico mientras intento pensar con claridad—. ¿Y pensabas casarte con ella de todas formas?
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¿Destrozaste mi vida y luego ibas a destrozar también la suya? ¿¡Por… por tu puto orgullo!?
Se queda pasmado, con el semblante demudado por el dolor. Nunca le he hablado así. Se parece a las cosas que he gritado en mis más oscuras fantasías por la noche, pero en realidad no me siento bien diciéndolo.
No me siento bien haciéndole daño.
Porque, la verdad, ahora mismo ya no estoy dolida con él.
¿Me ha tratado mal? Sí. Pero ¿sentirme dolida? No. Ya no puede hacerme daño.
Retrocedo un paso.
—Lo siento. No quiero ser cruel contigo.
Menea la cabeza.
—Me lo merezco.
—Desde luego —replico—. Pero, de todas formas, no quiero tratarte mal. Es que… es difícil tomarme todo esto en serio. Es complicado confiar en lo que me dices después de todas las mentiras.
—¿Mentiras? —Frunce el ceño—. Te dije lo que había pasado con Petra en cuanto pasó. Sé que fue una putada, pero no te mentí.
—Me dijiste que no había nada entre vosotros —le recuerdo—. Durante años. Insististe en que sería mala pareja para ti y…
—¡Y es verdad! —me interrumpe—. A eso me refiero.
—… y que nunca podrías estar con ella —sigo.
—Daphne, eso es lo que estoy diciendo —insiste—. No puedo estar con ella. Lo he intentado.
—… y que nunca la habías visto de esa forma —termino.
—Nunca lo he hecho —me asegura—. No en el fondo. Cuando te dije todo eso, hablaba en serio. Cada palabra era cierta. Y ahora lo he comprobado. Es que… íbamos a toda velocidad hacia nuestra boda, Daph. Y me asusté. Y Petra también se asustó, porque sabía que nuestra amistad seguramente cambiaría, y eso nos confundió. Sé que no tiene sentido, porque estaba preparado para casarme contigo, así que ya tendría que haber superado todas esas dudas. No sabes cuánto lo siento. Me pasaré toda la vida compensándotelo. Intentando recuperar lo perfectos que éramos juntos.
—Peter, para —le digo—. No éramos perfectos. Salta a la vista. De lo contrario, esto no habría pasado.
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—Vale —replica—. A lo mejor como pareja no lo éramos. Pero tú sí lo eras. Eras perfecta para mí y lo estropeé todo. Echo de menos tu risilla y echo de menos ir a visitar juntos a Cooper y Sadie y tomar un desayuno tardío en Hogar, ir al gimnasio juntos, y cenar con mi familia. ¡Por Dios, mi familia, Daphne! Ellos también te echan de menos. Fui tan tonto que pensé que estarían de acuerdo con todo lo de Petra. Y sus padres estaban encantados, pero los míos…, ellos me conocen bien. Tuvieron claro enseguida que era un error. Formas parte de mi familia, Daphne. Tu sitio está a mi lado.
Mientras lo dice, siento el pinchazo delator detrás de la nariz, el calor que me invade las mejillas. Las lágrimas afloran y no puedo detenerlas.
Peter lo interpreta como una invitación y se acerca.
—Podemos recuperar nuestra vida —susurra—. Todavía no es demasiado tarde.
No puedo evitar reírme un poco mientras me limpio las lágrimas con el camino de mesa.
¡Pues claro que es demasiado tarde!
La vida que describe no es la que yo quiero.
En general no está mal, pero son los detalles los que chirrían.
Una pareja estable. Una familia. Buenos amigos con los que hacer viajes, compartir desayunos tardíos con bebidas alcohólicas y organizar fiestas de Halloween. Un hogar.
Sin embargo, no quiero la casa demasiado grande de Peter, en cuya hipoteca no figura mi nombre.
No quiero a los amigos de Peter, que pasan de mí.
Y por más que soñara con formar parte de su unida familia, ahora me doy cuenta de que nunca he llorado delante de ellos, nunca me he quejado del trabajo ni he hablado de lo difícil que me resulta confiar en gente nueva. Ni siquiera he dicho una palabrota delante de ellos. Su perfección no me atraía, más bien me intimidaba. Es como si todo el tiempo que estuve con Peter hubiera consistido en una especie de audición, igual que me pasa cuando estoy con mi padre, rezando para hacerlo muy bien y conseguir el papel.
No estoy segura de por qué he malgastado todo ese tiempo y tanta energía, porque cuando pienso en la familia (en eso que siempre he anhelado), lo que imagino no es un cuadro de Norman Rockwell, sino a mi madre sentada a mi lado en el sofá, comiendo perritos empanados
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calentados en el microondas mientras ponen Crimen perfecto en la tele. Yo, saliendo a la carrera de la biblioteca por la noche hacia su coche para encontrarme una caja grasienta de pizza de Little Caesar’s en el asiento del acompañante mientras ella dice: «He pensado que podíamos viajar a Italia». Yo, mirando cómo se derrite la escarcha de la ventana del salón mientras hago un chocolate calentito de paquete en la estufa. O ese último abrazo fuerte al final de la cola de seguridad del aeropuerto. O yo, guardando mis cosas en cajas de cartón, sabiendo que siempre tendré lo que necesito, por mucho que deje atrás.
Mi vida, hace cinco meses, era una imagen perfecta; pero no era la imagen que yo quería.
Y Peter no es el hombre que quiero.
Lo he olvidado por completo.
Si alguna parte de mí se preguntaba si lo de Miles era solo una distracción, un clavo para sacar otro clavo, o una venganza, esa parte acaba de ser silenciada para siempre.
Porque pese a la tristeza que me invade, no pienso en ningún momento en recuperar lo que tenía antes.
—Lo siento, Peter —me disculpo—. No la quiero.
Le tiembla la voz cuando dice:
—No puedes decirlo en serio, Daph.
—Lo digo muy en serio —susurro.
Sus labios adoptan un rictus tristón. Me pregunto qué estará pensando sobre esta forma de acabar con nuestra relación definitivamente.
Tarda varios segundos y asiente varias veces con la cabeza mientras carraspea hasta que recupera el control.
Después echa a andar hacia la puerta. Mi gen de buena anfitriona se activa y lo sigo para acompañarlo mientras sale de mi casa y de mi vida.
Abre la puerta y sale al pasillo, pero no se va. En cambio, se queda de pie, quizá sopesando si se despide de forma amigable o si me manda a la mierda.
Al final, se vuelve para mirarme.
—Si necesitas un sitio donde quedarte, puedes venir a casa hasta que lo encuentres. Yo dormiré en el sofá.
Me mira la cara inexpresiva y veo en sus ojos un destello de algo parecido a la arrogancia, aunque no sonríe.
—Van a volver —dice—. Lo sabes, ¿verdad?
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Lo miro fijamente, decidida a no replicar, aunque siento que la tierra se abre bajo mis pies y me traga.
—Se pasó todo el día ayudándola a mudar sus cosas —añade. —¿Cómo? —No quiero darle la satisfacción, pero se me escapa. Y él
se aprovecha del momento, casi sonriendo.
—Ayer —dice—. A los cinco minutos de que lo dejáramos, apareció Miles y la ayudó con sus cosas. ¿De verdad crees que no están juntos, Daphne?
Pego los codos a los costados para no temblar.
Para ocultar que siento un huracán en mi interior. No el ojo tranquilo de la tormenta, sino los vientos brutales que lo destrozan todo a su paso.
Se equivoca. Tiene que equivocarse.
Y, aunque no sea así, da igual.
Ese no es el motivo por el que no quiero volver con él, aunque ahora entiendo que eso es lo que cree.
Que jamás lo rechazaría, a menos que haya otra persona. Que siempre voy a preferir estar con alguien antes que quedarme sola, aunque esa persona sea totalmente inadecuada para mí.
Pese al deprimente momento, siento una punzada de algo fresco y brillante.
Esperanza, o alivio, o un diminuto rescoldo de alegría, un delgado rayito de luz filtrándose por un nubarrón negro como el azabache. Porque está equivocado.
No quiero formar parte de una pareja equivocada. Prefiero estar sola, aunque ahora me duela.
Ya me recuperaré, algún día.
—Adiós, Peter.
Cierro la puerta.
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Miércoles, 7 de agosto
10 días
El miércoles debería haber comprobado qué tiempo hacía antes de salir a trabajar, pero cuando oí a Miles moverse por su dormitorio, salí hacia la puerta.
No tenía tiempo ni energía para una conversación seria.
Así que me fui. Sin las llaves del coche, sin chaqueta y sin paraguas. Las cosas han estado un poco menos frías entre Ashleigh y yo, pero su
brusca amabilidad me parece aún peor. Hemos vuelto a ser compañeras de trabajo.
Y ahora regreso andando a casa bajo una lluvia torrencial porque, aunque ella se ha ofrecido a llevarme, no quería que se sintiera obligada.
Me detengo en un cruce y un Jeep de techo de lona enciende las luces, indicando que puedo cruzar.
Corro hacia la otra acera, logrando pisar tres charcos aceitosos en el proceso.
Al pasar por delante del coche, toca el claxon, y doy un respingo, preparándome para recibir algún piropo desagradable.
La ventanilla se baja y el conductor se inclina sobre el asiento del acompañante.
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Veo una cabeza morena despeinada. Una nariz respingona. Una cara barbuda que hace que mi corazón se sienta como si hubiera rebotado dos veces en un trampolín.
—He pensado que querrías que te llevara —dice Miles.
—¿Te has comprado un coche nuevo? —Esto es lo único que se me ocurre.
—Es una larga historia —murmura—. ¿Te la cuento por el camino? No quiero estar enfadada y hecha polvo. Quiero mostrarme indiferente
y digna. Es difícil conseguirlo teniendo en cuenta que llevo el pelo pegado a la cabeza y que el rímel corrido me llega al mentón.
—Llévame a Cherry Hill y tomo un taxi desde allí —digo con torpeza mientras me subo—. No hace falta que llegues tarde al trabajo.
Empiezan a castañetearme los dientes por el aire acondicionado. Miles pone la calefacción al máximo y el cristal se empaña en las esquinas.
—A esta hora todavía no están a tope —replica—. No pasa nada.
—No merece la pena que te arriesgues a tener problemas —digo.
En un semáforo en rojo, me mira.
—Quería ir a buscarte a la biblioteca, pero ha habido un accidente en Tremaine y no he llegado a tiempo.
Me concentro en el mundo azul, verde y gris que hay al otro lado de las ventanillas, manteniéndolo a él en la periferia para protegerme.
—Te lo agradezco de todas formas.
—¿Daphne?
—¿Mmm?
Se detiene en la acera.
—¿Podemos hablar un momento?
Nuestras miradas se cruzan con timidez. Aparto la mía y se me encoge el estómago cuando veo la casita de color verde salvia dos casas más abajo, como una broma cruel, en plan: «Creías que podías ser diferente, que querías algo diferente, pero sigues siendo tú».
—Daphne —dice en voz baja—, ¿puedes mirarme? Quiero pedirte perdón.
—¿Por? —Le devuelvo la mirada.
—Ya lo sabes.
—No lo sé —digo—. Lo único que sé es que estuve una hora esperando a alguien que no apareció. El resto, el motivo por el que desapareciste durante veinticuatro horas, solo es una suposición. —Una
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suposición vagamente dibujada por Peter, de una forma muy dolorosa—. Así que si quieres disculparte por algo —sigo en un intento de acercarme a la ira y alejarme del dolor—, vas a tener que explicarme qué has hecho exactamente.
—Me dejé llevar por el pánico —dice.
Ahí está.
Sigo siendo la mujer con más expectativas de la cuenta, y Miles sigue siendo el hombre que se deja llevar por el pánico cuando alguien espera algo de él.
—No te tatué mi nombre mientras dormías —replico.
—Ya lo sé —responde.
—Entonces, ¿qué te pasó? —pregunto—. ¿Cambiaste de opinión y, en vez de mandarme un mensaje, te largaste del estado?
—No me fui del estado —contesta—. Me desperté y me surgió algo.
Un amigo necesitaba ayuda y perdí la noción del tiempo.
«Me surgió algo».
«Un amigo».
Algo mejor. Alguien mejor.
No admite de quién se trata.
Y no debería importarme, porque no cambiará nada, de la misma manera que lo que escribiera mi padre en la nota no cambiaba nada. Que Miles me diga que me ha dejado por Petra no cambiará nada.
Sin embargo, quiero que lo diga. Quiero estrujar todo lo posible las magulladuras de mi corazón, hasta que eso me cambie. Hasta que aprenda a dejar de joderlo todo.
—¿Quién? —pregunto.
Se pasa una mano por el pelo de la frente y niega con la cabeza.
Me estaría haciendo un favor, compadeciéndose de mí, poniéndole punto y final a las dudas.
—Por favor —le suplico.
—Petra —susurra.
Me doy cuenta de que una parte de mí se aferraba a la posibilidad de que Peter estuviera mal informado o de que mintiera. No sabía que ese rescoldo de esperanza estaba ahí, y me cabreo conmigo misma.
Siento un nudo en la garganta y una opresión en el pecho. Asiento con la cabeza. Y asiento y asiento mientras me devano los sesos en busca de algo que decir.
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—Solo necesitaba que le prestara la camioneta para trasladar unas cosas —sigue él, con la voz quebrada—. Y como ya te he dicho, acabé liado.
«Liado». Siempre habrá una Petra. Una mujer más interesante, más divertida, alguien que necesite menos u ofrezca más.
—Y después me di cuenta de que había metido la pata hasta el fondo y me fui —añade—. Me quedé con su coche para que pudiera usar la camioneta y reservé… Planeé algo a lo grande para compensarte. Una sorpresa. Pero no pude hacerla realidad. Lo intenté y no pude, así que volví a casa con la ridícula caja de fudge, y sé que es patético y que no es suficiente…
—Miles —digo y cierro los ojos y me los froto con las palmas de las manos mientras organizo mis pensamientos—, no necesito que me regales algo grandioso para disculparte. —Bajo las manos hasta el regazo—. Esto es culpa mía.
—¿Qué dices? —protesta—. No, desde luego que no.
—Has hecho exactamente lo que debería haber esperado —sigo.
Retrocede como si lo hubiera abofeteado.
—¿Qué demonios significa eso?
—No intento ser hiriente —me apresuro a decir—. Solo digo que eres libre.
—¿En qué sentido soy libre? —me pregunta con brusquedad.
—Me dijiste que huyes de las cosas complicadas —le recuerdo.
—Te dije que me dan pánico —puntualiza él, y de repente parece aterrorizado.
Me vuelvo en el asiento. Los limpiaparabrisas siguen chirriando contra el cristal y la lluvia golpea el techo.
—El caso es que te dejaste llevar por el pánico. Aunque no querías. Y yo esperaba algo, aunque intenté no hacerlo.
—¡Vale! —dice casi a voz en grito—. ¡Espera lo que quieras! Si tú lo ves como una especie de atadura, pues átame. Me acojoné, Daphne, pero eso no significa que no te quiera.
Se me revuelve el estómago y se me encoge el corazón. Mi piel pasa de estar abrasada a congelarse y esas palabras se alojan entre mis costillas como una flecha con la punta envenenada. Necesito que salga, y aunque sé que la herida sangrará cuando no esté, no me importa.
—No —balbuceo.
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—¿No? —Miles suelta una carcajada ronca—. ¿Qué respuesta es esa a lo que acabo de decir? ¡Acabo de decirte que te quiero, Daphne!
—Y yo te digo que no. —Me desabrocho el cinturón de seguridad con manos temblorosas—. No puedes decirme eso. No puedes desaparecer y luego aparecer, comprarme una puta caja de dulces, ir a recogerme al trabajo y decirme que me quieres…
—¡Te quiero! —grita.
Se me acelera la respiración.
—No puedes soltar eso como si fuera la solución para todo. No necesitaba un «te quiero», ni una caja de dulces, ni que planearas ningún gran gesto para compensarme. ¡Ni siquiera me gustan las sorpresas! Nada de eso importa si no apareces en el día a día, y si me quisieras, lo sabrías. —Tanteo para abrir la puerta del coche y la empujo.
—¿Qué haces? —me pregunta Miles, levantando la voz.
—Voy a salir —tartamudeo.
—¿Por qué? —me dice.
Casi ha dejado de llover. Y de todas formas, la tormenta no me habría detenido.
—¿Sabes qué es lo peor? —le pregunto, obligándome a hablar mientras me vuelvo hacia él con las piernas temblorosas—. Ni siquiera me preocupé cuando salí del trabajo y no estabas. No me preocupé durante la primera hora. Y cuando empecé a hacerlo, en realidad me preocupé por ti. Fíjate hasta dónde llegaba mi confianza.
Lo segura que me sentía con él.
Entreabre los labios y el rictus duro de su semblante desaparece.
—¿Y… qué? —replica con un hilo de voz que apenas es un susurro—.
¿Todo eso ha desaparecido?
La suavidad de su mirada y de su voz hace que tenga la sensación de que algo se me desgarra dentro del pecho. No quiero hacerle daño.
Aunque tampoco quiero que me lo haga él.
No puedo permitir que esto me absorba.
—Me han ofrecido un trabajo —suelto de repente—. Cerca de mi madre. Voy a hacer una entrevista, la semana que viene.
Vuelve a abrir la boca, con los ojos tan oscuros como el petróleo.
Luego, aprieta los labios de nuevo y traga saliva.
—Y ya está. Te vas.
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—Ese ha sido siempre el plan. —Me tiembla la voz, pero me armo de valor para continuar—: Sabíamos que esto no funcionaría. Por mucho que nos divirtamos estando juntos.
Sus facciones muestran primero dolor y luego resignación. Al cabo de un segundo, dice:
—Vale.
Las nubes se están disipando y las lágrimas se abren paso por mi rostro.
—Ha dejado de llover —susurro—. Sigo andando desde aquí.
Vuelve la mirada al volante y se limpia rápidamente el rabillo del ojo, y es como si se me partiera el corazón.
Cierro la puerta y me doy media vuelta, oyendo que da marcha atrás, pero incapaz de verlo desaparecer.
Al cabo de un minuto, empiezo a andar. Las cortinas de la casita de cuento de hadas están descorridas y los cristales de sus ventanas relucen.
En el interior veo a tres personas. Una mujer con americana guiando a una pareja joven, tomada del brazo, que se ríe de algo que ella ha dicho.
Una agente inmobiliaria vendiéndole a una pareja la vida que podrían tener allí.
Los maratones nocturnos de Expediente X en el sofá que eligieron juntos; las mañanas haciendo tostadas, todavía demasiado adormilados como para hablar; los niños que se harán sus primeras cicatrices en el patio trasero y que les romperán los tímpanos practicando con sus instrumentos musicales a las horas más inoportunas; el olor de su vela preferida impregnando poco a poco las paredes para que cada vez que vuelvan de viaje, agotados, y dejen las maletas en el vestíbulo, huelan que están donde deben estar.
Todos esos momentos a lo largo de los días, las semanas y los meses que no se marcan en los calendarios con estrellas dibujadas a mano ni pequeñas pegatinas.
Esos son los momentos que hacen una vida.
No grandes gestos, sino detalles mundanos que, con el tiempo, se acumulan hasta que tienes un hogar en vez de una casa.
Las cosas que importan.
Las cosas que no puedo dejar de anhelar.
Para mí ese sentimiento solo lo evoca un lugar, que es al lado de la única persona que me ha reclamado en la vida.
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—Cariño —me dice mi madre, que responde enseguida—, ¿qué pasa? —Te encuentro en un mal momento —replico.
—No, no, espera un segundo. —Las voces se desvanecen y luego dejan de oírse cuando cierra una puerta—. ¿Qué pasa?
—Mamá, está claro que te encuentro en un mal momento —insisto.
—Nunca es un mal momento para ti —me asegura—. Dime qué pasa.
¿Por dónde empiezo?
—Papá vino a verme.
—¡Mierda! —suelta—. ¿Para eso quería tu dirección? Creía que solo quería mandarte algo por correo.
—Lo mismo pensé yo —le digo—. Pero no, resulta que estaba de paso. —Omito lo de «con su nueva mujer». Mi madre está al margen de su vida por completo y lo prefiere así.
—Lo siento —me dice—. Debería haberte preguntado, pero solo quería confirmar la dirección. De haberlo sabido…
—No, mamá, tranquila —replico—. Si me hubieras preguntado, te habría dicho que se la dieras.
—Bueno —titubea un poco—. ¿Y qué tal?
—Ha sido estupendo —admito—. Y luego horrible.
—Lo de siempre —dice.
—Básicamente.
—Siempre ha sido genial, durante un tiempo. —Suspira—. Lo siento, cariño. Sé que es una mierda.
—Pues sí. —Se me llenan los ojos de lágrimas—. Es una mierda.
Después de una pausa, dice:
—Te mereces un padre mejor. Ojalá pudiera dártelo.
—Me lo diste. —Me seco los ojos, pero mi voz suena más compungida que nunca—. Siempre has sido mi madre y mi padre. Y mi mejor amiga. Siempre lo has sido absolutamente todo para mí.
—¡Ay, cariño! —exclama con suavidad—. Te quiero más que a mi vida. Pero ninguna persona puede ser todo lo que necesitamos. A veces ni siquiera pude ser una buena madre, así que no digamos todo lo demás.
—Fuiste perfecta —le aseguro—. Una madre increíble.
—Sorprendente, quizá —replica—. Pero ni mucho menos perfecta.
¿Sabes durante cuántas funciones escolares me quedé dormida?
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Resoplo.
—No.
—En todas —responde.
Me río.
—Pues es lo mismo que quedarte dormida oyendo un coro de cuarenta y cinco gatas callejeras en celo.
—¡No sabría decirte! —replica—. En mis sueños, la clase de quinto cantaba de maravilla.
Me siento en la alfombra, con la cara entre las manos, muerta de la risa.
—Si pudiera volver atrás —dice, al cabo de un segundo—, no te obligaría a mudarte tantas veces.
—Hiciste lo que debías —replico.
—Eso pensaba yo en su momento —dice—. Pero la verdad es que creo que habríamos sido más felices con menos. Lo fuimos en aquel primer piso, las dos solas, ¿te acuerdas?
—Sí. —Siento un agradable calor en el pecho. El piso de las paredes delgadas y las tuberías que goteaban, pero que mi madre lograba que pareciese una aventura que habíamos emprendido juntas. Éramos los hermanos que acampaban delante del Museo Metropolitano de Arte en Nueva York en Los archivos secretos de la señora Basil E. Frankweiler o los chicos del título de Los chicos del vagón de carga.
—Me asustaba muchísimo no poder hacerlo yo sola —confiesa—. Y muchas de las decisiones que tomé se basaban en el miedo a lo que podía salir mal en vez de en la esperanza de lo que podía salir bien. Cada vez que tropezaba con ese miedo, te tomaba en brazos y te alejaba en vez de afrontar la posibilidad de sufrir un desengaño. Nunca me arriesgué.
—Eras realista —le digo.
—Cariño —dice entre risas—, soy una cínica. Y una cínica es una romántica demasiado asustada como para tener esperanzas.
Siento como si me acabaran de atravesar el esternón con un clavo.
—¿Eso es lo que soy? —le pregunto.
—¿Tú? —replica—. Hija mía, tú eres lo que decidas ser. Pero espero que siempre conserves algo de aquella niña que se sentaba junto a la ventana, esperando lo mejor. Bastante corta es ya la vida como para ir por ahí convenciéndonos de que no tenemos esperanza mientras intentamos
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esquivar cualquier cosa que nos dé mala espina. A veces, hay que afrontar los malos tragos en vez de huir.
Y por fin sé lo que tengo que hacer. Por más que quiera huir, este mal trago es mío y antes debo afrontarlo.
—Gracias, mamá —le digo.
—¿Qué he hecho exactamente? —me pregunta.
—Estar ahí —contesto—. Siempre que hace falta, estás ahí. Cuando sea mayor, quiero ser como tú.
Se ríe.
—¡Ay, madre! Ni hablar, sé tú misma. Tu mejor versión. La mejor Daphne.
Corto la llamada y le mando un mensaje a Harvey inmediatamente: «¿Crees que puedes convencer a Ashleigh para una noche de póquer improvisada la próxima vez que Mulder esté con Duke?».
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Viernes, 9 de agosto
8 días
El viernes Ashleigh llega al trabajo antes que yo.
Cuando rodeo el mostrador para sentarme en mi sitio, ella ni me mira. Tampoco lo hace cuando agarro el vaso con el logo de la cafetería de Fika que encuentro al lado de mi mouse.
En el lateral, alguien ha escrito tan mal el nombre de Ashleigh, que a lo mejor le habría convenido escribir un simple «Ashley».
Me descubre olisqueándolo por el rabillo del ojo y veo una sonrisa en sus labios pintados de rosa.
—No está envenenado si es lo que te estás preguntando.
—Me preocupaba más la orina —bromeo.
—Bueno, después de probarlo, dime si estoy abusando del cardamomo.
Vuelvo a oler y bebo un sorbo. Es la perfección dulce y especiada. —Gracias. —La miro de reojo, pero tiene los ojos pegados a la
pantalla mientras teclea a toda velocidad con esos dedos de uñas largas.
—Es un detalle conjunto de varias personas —dice.
—Dales las gracias de mi parte —replico.
Parece que no está preparada para hablar más, así que trabajamos en silencio cada una en nuestro puesto. De todas formas, es un comienzo.
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Desde la oficina, Harvey me guiña un ojo y me levanta el pulgar, confirmando que el plan de mañana por la noche está en marcha.
El sábado espero dos horas después de que termine nuestro turno antes de introducir la dirección de Ashleigh en mi GPS.
Me lleva hacia el norte por la península, luego hacia la orilla, acercándose rápidamente a la curva final a la derecha.
Agacho la cabeza para mirar por la ventanilla del acompañante y pego un frenazo cuando un claro en la vegetación revela una casa baja apartada de la carretera.
El coche que me sigue me pega un pitido y pongo el intermitente mientras doblo hacia el camino de losas, que serpentea hasta llegar a una elegante cuasi mansión de estilo modernista.
A su espalda, la bahía resplandece y la panorámica es impresionante, tan solo interrumpida por unos cuantos pinos.
Pensaba que Ashleigh no quería que quedáramos en su casa porque prefería mantener su vida social separada de su vida familiar. Ahora me pregunto si se hacía la tímida porque está forrada.
Aparco delante de la puerta doble de color naranja brillante, cada una de las cuales cuenta con una hilera de estrechos cristales en el centro, y se encienden las luces del sensor de movimiento. Pese al cartelito clavado en la jardinera, Harvey me ha asegurado que, en realidad, Ashleigh no tiene sistema de seguridad. De hecho, está bastante seguro de que encontró el cartel en la basura de alguien después de que Duke se fuera.
La llave de repuesto está exactamente donde dijo que estaría, debajo de una maceta vacía al lado de la casa.
Hace dos noches, cuando urdimos este plan, Harvey y yo estábamos seguros de que a Ashleigh le encantaría todo esto. Ahora ya no lo estoy tanto. Básicamente, estoy cometiendo un delito de allanamiento de morada.
Cruzo el umbral, preparada para salir corriendo si suena la alarma. No suena.
Me quito los zapatos y me adentro desde el vestíbulo de terrazo a un pasillo situado a la derecha, por el que se accede a una enorme cocina completamente equipada, con modernos armarios de nogal y una lámpara
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sputnik sobre la isla. A la izquierda, hay un salón cuyo suelo está más bajo que el resto de la casa, al más puro estilo modernista, con un sofá semicircular alrededor de una chimenea.
Sigo el pasillo hasta el primer dormitorio, una habitación de invitados, supongo, basándome en la anodina decoración náutica de estilo contemporáneo. La siguiente habitación está empapelada con pósteres de juegos de rol y dibujos de personajes de anime.
Al final del pasillo, llego a un dormitorio casi del tamaño del piso donde yo vivo, con un vestidor conectado al cuarto de baño de mis sueños.
Por si eso no fuera un indicador lo bastante claro de que esta es la habitación de Ashleigh, también veo la lona, las latas de pintura y los rodillos de pintar en un rincón, sin usar.
No hay mucho más en la habitación. Una cama, una cómoda y una mesa auxiliar. Me pregunto si Duke se llevó la mayoría de los muebles cuando se fue. Hay una tristeza en este espacio que no esperaba.
Parece una casa que antes era un hogar.
Espero que pueda volver a serlo. Ashleigh se lo merece.
Dejo mis cosas en el suelo, tomo el rollo de cinta de carrocero sin estrenar y me pongo manos a la obra.
Pintar las paredes y el techo es terapéutico. Y la lista de reproducción de chicas tristes inspirada en Miles que suena a todo volumen en mi móvil le ofrece además a la experiencia un toque catártico.
Tardo una hora en protegerlo todo con la cinta. Luego le doy la primera mano a la parte superior de las paredes y me bajo del taburete escalón que he encontrado en el garaje para admirar mi obra antes de empezar con la parte inferior.
Casi he terminado con la primera mano cuando alguien carraspea detrás de mí.
Me vuelvo, blandiendo la brocha como si fuera una espada.
Ashleigh está de pie con los brazos cruzados y una ceja azabache muy levantada.
—Has vuelto —digo.
—Y tú estás escuchando lo más grande y triste de Adele —replica ella.
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Recojo el móvil del portavasos del taburete y pulso el botón de pausa. En la pantalla veo el principio de un mensaje de Harvey: «Lo siento, he hecho todo lo que he podido, pero…».
—¿Ya ha terminado la Noche de Póquer? —le pregunto.
—¿La Noche de Póquer programada al azar que de repente tenía que ser este sábado, porque todo el mundo estaba ocupado el resto de las noches del mes? —replica Ashleigh—. ¿Te refieres a esa Noche de Póquer?
Hago una mueca.
—Solo he ido para enterarme de lo que pasaba —sigue ella—. La próxima vez que quieras ocultarme un secreto, acuérdate de lo mal que miente Harvey. Y de lo mal que mientes tú. Estabas rara en el trabajo.
Tiene razón. Debería haber previsto que acabaría pasando esto.
Tras un tenso silencio, dice:
—Menudas pintas tienes.
—Gracias —replico.
Ashleigh sonríe. La molesta esperanza trepa por el interior de mi pecho.
—Si no te gusta —me apresuro a decir—, volveré a pintarlo todo. Y no tengo por qué hacerlo mientras estés aquí. Si te gusta, acabaré mientras tú ves Real Housewives, o mientras sales o lo que sea.
Esa ceja afilada se levanta de nuevo.
—Así que esto es una penitencia.
—Esta soy yo cumpliendo lo que dije que haría —la corrijo—. Tarde, obviamente. Y no estás obligada a perdonarme. No es un intercambio. Sé que un gran gesto no compensa ser una mierda en el día a día. Me encantaría que me perdonaras, pero si ves que no puedes, por el motivo que sea, lo entiendo.
La veo pasarse la lengua por los dientes inferiores. Luego se acerca a mí, con una mirada penetrante en los ojos verdes y un mohín en los labios. Se detiene delante de mí, con los brazos cruzados por delante del pecho.
De repente, me agarra. Me abraza. Con tanta fuerza que casi resulta doloroso, aunque al final es un abrazo perfecto.
—Yo también lo siento —se disculpa.
—¿¡El qué!? —grito, alarmada.
—Puede que haya exagerado —dice—. Un poquito.
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—A mí no me parece que exagerases —le aseguro—. Te hice daño.
Hice justo lo que ambas odiamos y que es lo que nos ha unido.
Ella retrocede, sorprendida.
—Pues sí, pero yo podría haberte dejado un mensaje de voz, o haberte enviado un mensaje de texto o algo cuando me di cuenta de lo que pasaba. Sin embargo… —suspira—, lo que hice fue esperar para soltártelo cuando menos te lo esperases. —Y, de repente, cambia de tema abruptamente y me pregunta—: ¿Te dije que busqué un terapeuta de pareja y que Duke no aceptó ir?
Asiento con la cabeza.
—Bueno, pues cuando llegó la primera cita, ya nos habíamos separado, pero era demasiado tarde para cancelarla sin perder dinero. Así que fui. Y pensé que iba para quejarme de él. Algo que desde luego hice.
—Por supuesto —replico.
—Pero seguí yendo. Y me di cuenta de que tenía una tendencia. A ponerles pruebas a los demás. Del estilo de: «¿Cuánto rato va a tardar en dejar de mirar el teléfono desde que yo entre en la habitación?», o «Si no digo nada, ¿pondrá él algún día la lavadora?», o «Si nunca sugiero quedar con amigos o hacer algo divertido, ¿será él quien lo planee o tendré que hacerlo todo yo?». Y todo eso tenía sentido, porque estaba cansada de tener las mismas conversaciones una y otra vez sin que nada cambiara. Así que, sí, te metiste en la burbuja del amor con Miles, pero que tire la primera piedra quien esté libre de pecado. Lo que quiero decir es que no eres mi exmarido y que esta no ha sido tu metedura de pata número cuatrocientos veinte. Me dejaste plantada. No pasa nada. Son cosas que pasan.
—¿Qué ha pasado con lo de que cuando la gente te dice quién es hay que creérselo? —replico, todavía esperando que se abra una trampilla en el suelo.
—Lo único que me dicen tus actos —responde— es que eres humana. Lo cual está bien, porque no creo que pueda ser amiga de alguien perfecto. Como tampoco puedo ser amiga de alguien que dice una cosa y luego hace otra distinta diez veces al mes. Yo también acabaré haciéndote daño en algún momento. No quiero, pero ocurrirá. ¡Tengo un hijo! ¡Tengo una vida! Igual que tú. Pero no quiero perder esta amistad por una pelea, solo por el miedo de que pueda volver a ocurrir. Te estás convirtiendo más o menos en una persona muy importante para mí, Daphne.
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—¿Más o menos? —repito con voz chillona.
—Más o menos muy importante —se corrige.
Me doy cuenta de que estoy llorando cuando veo la expresión alarmada que pone Ashleigh.
—¡Oye! —Me agarra de los brazos, clavándome las uñas en los bíceps
—. ¡No pasa nada! ¡En serio!
—No quiero ser una persona que le hace eso a la gente —digo—. A lo
mejor ese es mi defecto. A lo mejor por eso no puedo… no puedo… —Daphne, tranquilízate un momento —me interrumpe con severidad,
pero sin ser desagradable—. Dime qué te pasa.
Niego con la cabeza.
—Estábamos hablando de nosotras. Ya me ocuparé de lo demás más tarde.
—¡Cariño! —Me empuja para que me siente a los pies de su cama, con el cabecero de capitoné en terciopelo—. ¡Las amigas hablan de lo demás!
Nuestras miradas se cruzan, veo que tiene el ceño fruncido por la preocupación y, de repente, me invade una oleada de cariño por ella, además de la vergüenza por haberme olvidado del cumpleaños de esta persona, por haberme perdido la que, sinceramente, habría sido una noche de sábado increíble. Estaba tan concentrada evitando pensar en las cosas malas que ocurrieron ese día que me olvidé de todas las cosas bonitas de mi vida.
Sorbo por la nariz.
—En serio que no me pasa nada. Me siento mejor después de haber dejado las cosas claras entre nosotras.
—Oye —me dice—, ¿te acuerdas de mí? ¡Soy Ashleigh! ¡Siempre estoy encantada de hablar de todo. Así que rebobina. ¿Esto tiene algo que ver con el refrán ese de «donde tengas la olla no metas la polla» en lo referente a Miles?
—Bueno, no recuerdo que hubiera ninguna olla de por medio — contesto—. No soy tan creativa.
—¡Joder! —grita al oír mi confirmación no explícita. Se echa hacia delante y baja la voz para decir—: ¡Os habéis acostado! ¿Qué tal ha sido? ¿Se pasó todo el rato mirándote a los ojos como un tortolito enamorado? Tiene pinta de serlo.
Siento que me arden las mejillas.
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—No, nos pasamos los cuarenta minutos haciendo contacto visual sin pestañear.
—¿¡Cuarenta minutos!? —grita.
—¡No todos seguidos! —me apresuro a añadir—. Fueron más bien quince minutos muy intensos, un período de enfriamiento y luego treinta más a buen ritmo.
—Vale, esto sí que me sorprende —dice.
—Ya —replico—. Soy muy consciente del poco sentido que tiene lo nuestro.
Resopla.
—No, lo vuestro tiene mucho sentido. Es que imaginaba que Miles sería tan exagerado que llegaría directamente a la meta, sin cortarse un pelo.
—Sí que nos cortamos —le aseguro.
—Los tipos buenos y simpáticos no han aprendido a currárselo — reflexiona.
—¡Que sí se lo curró! —exclamo, y me gustaría retractarme de inmediato.
Nunca he tenido este tipo de amistad, las que solo se ven en las películas, donde las mujeres hablan sin pelos en la lengua de detalles escabrosos o sexuales, donde la mejor amiga le enseña a la protagonista a ponerse un tampón a los trece años o le envía un mensaje de texto desde el cuarto de baño la noche que se acuesta con alguien por primera vez.
Sadie es lo más parecido que he tenido a eso, pero creció solo con hermanos y siempre tuvo más amigos que amigas. Era locuaz y graciosa, pero nunca se sinceraba con estos temas.
Además, por muy unida que me sienta a Ashleigh, me preocupa que esto sea una traición. No sé cómo se sentiría Miles si compartiera detalles de lo nuestro. Tengo la absurda idea de que debería habérselo preguntado la última vez que hablamos.
En realidad, no es tan absurda. Me imagino perfectamente la conversación, lo natural que sería preguntarle: «¿Puedo contárselo a Ashleigh?».
Y eso hace que emocionalmente me sienta más confusa y perdida. Cada vez que pienso en Miles, recuerdo lo que dijo, y se me acelera el corazón, mi cuerpo reacciona como si alguien me persiguiera. Nada de lucha, es una huida pura y dura.
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—No debería hablar de esto —digo.
—Quizá lo necesites —replica Ashleigh en voz baja. Debo de parecer recelosa, porque añade—: Te juro que te lo digo como amiga, no como la cotilla del barrio.
—Necesito hablar del tema —reconozco—. Pero no sobre lo más íntimo. Creo que eso debería seguir siendo privado.
Hace el gesto de cerrarse los labios con una cremallera, pero ni siquiera ha terminado cuando dice con voz alegre:
—Si te sirve de algo, todo lo que has dicho sobre él solo me ha hecho quererlo y respetarlo más.
—Miles es genial —digo—. Pero no creo que estemos hechos el uno para el otro.
—¿Por qué? —me pregunta Ashleigh—. Se te ve superfeliz cuando estás con él. Eso es lo más importante.
—Soy justo el tipo de persona con la que no soporta estar, y él es justo el tipo de persona que podría destruirme —le explico.
—¡Cariño! —Me toca la mano—. Así es como funciona. Así es el amor.
—Me dejo absorber demasiado por él, Ash —confieso—. He estado a punto de dejarme absorber otra vez, ¿y para qué? Sé que no debo hacerlo.
—Estás siendo demasiado dura contigo misma —dice.
—Me dejó tirada, Ashleigh. —Se me quiebra la voz—. Se suponía que iba a recogerme a la salida del trabajo al día siguiente y… no apareció.
Se queda con la boca abierta al comprender lo que quiero decir. —No supe nada de él durante horas. Hasta que le envié un mensaje. —¡Ay, Dios, Miles, no! —exclama con voz compungida, como si él
estuviera aquí para razonar.
—Y luego apareció Peter —sigo.
—¡Mierda! —grita.
—Petra y él han cortado.
Otro grito ahogado.
—No —dice, atónita—. Miles no…
—Dice que solo la ayudó a trasladar sus cosas —le explico—. Según Peter, están en vías de volver.
—Pero ¿¡qué mierda es esta, joder!? —suelta y luego añade después de pensarlo un poco—: A ver, me da que Peter está amargado y Miles es un buen tipo. Pues claro que la ayudó a mudarse.
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—Lo sé —replico. No me habría dicho que me quiere si tuviera intención de volver con Petra. A lo mejor estoy pecando de ingenua, pero eso es lo que creo. O a lo mejor es lo que deseo creer—. Ese no es el problema —le digo.
—Pues claro que lo es —protesta Ashleigh—. Es la raíz de todos los problemas.
—Hay un trabajo —confieso—. Cerca de mi madre. Creo que tengo muchas posibilidades de conseguirlo.
Me mira durante un buen rato.
—Mierda.
—Quise decírtelo enseguida, pero…
Se mira las manos.
—He estado distante. —Suspira y me da un apretón en las manos—. Cuando te mudes, no te olvides de mí, ¿vale?
—No podría, en serio —le aseguro llorando y lo digo de corazón—. Casi no he podido soportar esta última semana sin ti. No quiero volver a hacerlo.
—No podría estar más de acuerdo. —Desvía la mirada hacia la pared
—. Qué color más horroroso. —Sí que lo es —reconozco.
Sonríe de oreja a oreja y vuelve a mirarme. —¿Quieres que pongamos la tele y sigamos pintando? —¿Y tú? —replico.
—Creo que será divertido tener una habitación horrorosa una temporada —contesta—. Duke no soportaba las cosas feas. Ni a los perros. —Se anima de repente—. A lo mejor debería tener un perro. —Me mira para que le dé mi opinión.
—Creo que deberías hacer lo que te apetezca —le digo.
—Vamos a atracar un banco —suelta.
—Creo que mejor lo del perro.
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Sábado, 10 de agosto
7 días
Ashleigh me invita a quedarme con ella hasta el Maratón de Lectura. —Hace mucho que no he convivido con nadie que no sea Duke —dice
—. Y esta casa es enorme, joder. Sería divertido.
—Hablando del tamaño de tu casa, nunca has mencionado… —Dejo la frase en el aire.
—Que vivo en la guarida del malo de una peli de James Bond — deduce ella.
Lo que me da permiso para llamar a las cosas por su nombre.
—Que te sale el dinero por las putas orejas.
Resopla.
—A mí no. Es Duke quien tiene una fortuna en galletas.
—¿En galletas? —repito—. ¿Ha robado un camión de las Girl Scouts para vender las cajas en el mercado negro o algo así?
—Más bien es el heredero de una familia galletera —responde.
—No sabía que pudiera hacerse fortuna con las galletas —replico—. A ver, que ya sé que hay galletas de la suerte, pero… en fin.
—Pues sí. —Se lleva a la boca otro rollito de pizza—. Se puede hacer fortuna con casi cualquier cosa si eres lo bastante avaricioso. —Al ver la cara que pongo, añade—: Evidentemente, Duke no lo es. Podría haber
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luchado conmigo para quedarse con la casa y no lo hizo. Pero estoy segura de que si te remontas lo suficiente en su árbol genealógico, alguien hizo un trato con el diablo o mató a quien sea para hacerse con una receta secreta.
—Espero con impaciencia ver la historia en una serie de HBO —digo.
Se queda callada un momento.
—Deberías avisar a Miles de que vas a quedarte aquí.
—Nosotros no funcionamos así —le recuerdo.
—No querrás que vaya a las oficinas del FBI para denunciar tu desaparición, ¿verdad? —me pregunta.
—¿Mi desaparición? —repito—. ¿En plan de que me han secuestrado o algo?
—No sé, lo que pase en esas películas con las que estáis obsesionados —contesta—. En plan de que te obligan a robar un museo a punta de pistola porque tienes habilidades especiales o lo que sea.
—Claro, alguien va a «secuestrarme» porque quiere que le explique los engranajes de la literatura infantil.
—Avísalo que te quedas aquí —insiste.
—Vale —gimo.
«M quedo con Ash», tecleo. Me responde casi al instante: «Vale».
—Ya está —le digo.
—Muy bien. —Señala la puerta trasera con la cabeza—. Y, ahora, ya podemos ver algo truculento.
—¿Real Housewives? —deduzco.
—Esto debe de ser lo que siente una madre orgullosa —replica.
—¿Te has olvidado de Mulder? —pregunto.
—Solo un segundo —responde—. Pero ya lo recuerdo.
El lunes por la noche, mientras Miles está en el trabajo, vuelvo corriendo al piso para hacer la maleta. Además de nuestras diferencias de estilo, Ashleigh es más baja y tiene más curvas que yo, de manera que hasta el vestido de punto holgado que me ha prestado hoy para ir a trabajar me cuelga del pecho como si llevara dos globos desinflados.
El martes, de camino al trabajo, nos paramos en un quiosco de café cerca de su casa. No es una persona madrugadora, y apenas hablamos
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hasta que llegamos a la biblioteca, cuando pronuncia sus primeras palabras reales del día:
—¡Anda! A lo mejor deberías mudarte conmigo para siempre. Así llegaría a tiempo todos los días.
—Llegamos cuatro minutos tarde —señalo.
—Que es cuatro minutos antes de lo habitual para mí —me recuerda. —Si me mudara contigo —digo—, no creo que nuestra amistad
sobreviviera, precisamente por eso.
—Por eso y por mil cosas más —replica—. Sería como una comedia ochentera desquiciada con risas enlatadas de fondo.
—¿Qué es eso de que os vais a vivir juntas? —pregunta Harvey mientras sale de la oficina con una taza en la mano.
—¡Qué va! —contestamos Ashleigh y yo.
—Me alivia oírlo —dice—. Que una de las dos llegue tarde todos los días es manejable, siempre que la otra llegue temprano.
—¿Y cuál es cuál de las dos? —pregunta Ashleigh, fingiendo ignorancia.
Después del trabajo, comemos burritos y recogemos a Mulder después del ensayo de la banda de música.
—Esta es mi amiga Daphne —le dice Ashleigh a su hijo mientras se sube al asiento trasero del coche, con una funda de trombón que casi es tan grande como él—. Daphne, te presento a Mulder.
—¡Hola! —Lo saludo con la mano.
Espero una no-respuesta enfurruñada típica de un crío de su edad, pero pese a la imagen que proyecta, asiente muy educadamente con la cabeza y dice:
—Encantado de conocerte, Daphne.
—¡Lo mismo digo! —replico.
—Va a quedarse con nosotros un par de días —le dice Ashleigh. —Guay. —Mulder saca una consola portátil de la mochila mientras su
madre le pregunta qué tal le ha ido el día, y él le contesta que ha sido «tan aburrido que casi se muere», que «Ricky Landis vomitó durante la primera hora de clase» y que «a Tinsley G (hay dos Tinsley en su clase) le dio tanto asco que ella también vomitó». Acto seguido y sin tomarse un respiro, pregunta qué hay para cenar, y Ashleigh levanta la bolsa de burritos. Al cabo de un minuto, pregunta—: ¿No sois un poco mayores para hacer una fiesta de pijamas?
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Ashleigh se queda muerta. Yo suelto una carcajada, hasta que ella le dice a Mulder que adivine cuántos años tengo.
Sin inmutarse, él suelta:
—No lo sé. ¿Cuarenta y cinco?
Y ahora es Ashleigh la que empieza a reírse a carcajadas.
—Esos son más que los que tiene tu madre —señalo.
Él se encoge de hombros y sigue jugando.
El miércoles, después del trabajo, me encierro en la habitación de invitados para hacer por videollamada la entrevista con Anika y Clay, la jefa de zona y el encargado de la Biblioteca Pública de Ocean City, respectivamente.
—¿Cuándo podrías estar aquí? —me pregunta Anika con una sonrisa alegre mientras nos despedimos.
El corazón se me sube a la garganta, pero mantengo la voz firme al contestar:
—En cuanto se cumpla el preaviso de dos semanas que tengo que dar en mi trabajo actual.
Anika y Clay intercambian una sonrisa. No es habitual que yo confíe mucho en mí misma, pero estoy segura al noventa y nueve por ciento de que lo he conseguido cuando Clay dice:
—Nos pondremos en contacto lo antes posible.
Cuando salgo de la habitación de invitados, Ashleigh me está esperando en el vestíbulo con champán.
—No quiero que te vayas —dice—, pero quiero que seas feliz.
El jueves descubro que voy por delante de lo previsto con los preparativos para el Maratón de Lectura, pero llaman a Ashleigh del colegio para que vaya a recoger a Mulder antes de tiempo, porque ha acabado pescando el virus estomacal que está afectando a medio pueblo.
Lo último que necesito es ponerme enferma ahora mismo, así que me debato entre volver al piso durante los próximos dos días o no. Decido lavarme siempre las manos dos veces.
A mediodía del viernes, Mulder le manda un mensaje a Ashleigh diciéndole que lleva tres horas sin vomitar. Hasta ahora, ni ella ni yo tenemos ningún síntoma, así que las cosas pintan bien.
Hasta que recuerdo que se me ha olvidado agarrar un par de bolsas con los trofeos baratos que compré en Target y que guardé debajo de la cama.
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Me digo a mí misma que Miles ya estará en el trabajo cuando yo llegue, pero la verdad es que voy justita y estoy tentando a la suerte.
Si el universo quiere que nos encontremos, nos encontraremos.
Sin embargo, no está.
Está tan ausente que me pregunto si se habrá estado quedando en otra parte, un pensamiento del que me arrepiento de inmediato, porque ahora se repetirá cuando me tumbe en la cama de invitados de Ashleigh esta noche.
Que el piso esté impecable, sin lámparas encendidas y sin olor a maría no significa que Miles haya estado durmiendo en otro sitio.
Las palabras de Peter resuenan en mi cabeza: «Van a volver. Lo sabes, ¿verdad?».
Me niego a dejar que ese pensamiento se imponga. En parte porque no lo creo y en parte porque no tengo espacio mental.
Todavía no ha oscurecido, pero las cortinas están corridas y reina la penumbra. Voy a mi dormitorio sin molestarme en encender las luces y saco las bolsas de Target de debajo de la cama.
Cuando me levanto para irme, me fijo en algo que hay en una esquina de la cómoda, cerca de la puerta.
Una cajita blanca.
El corazón me da un vuelco. Estoy casi segura de que es la caja de fudge, sin la nota, pero la abro para asegurarme. Efectivamente.
Estoy a punto de tirarla a la papelera cuando veo la nota de mi padre arrugada allí.
No tengo ganas de leerla, pero pienso en lo que dijo mi madre, que es mejor no perder el tiempo convenciéndonos de que no tenemos esperanza, y evitando todo lo que pueda hacernos daño.
Ahora soy consciente del tiempo que he pasado haciéndolo.
Dejé de intentar hacer amigos de los que tendría que alejarme. Dejé que mi amistad con Sadie languideciera antes que arriesgarme a enfrentarme a ella y descubrir, de una vez por todas, que en realidad yo no le importaba.
Cuando Peter me dejó, mi vida se encogió, no solo por su culpa, sino también por la mía. No quería ir a ningún sitio donde pudiera encontrármelo. No quería que me recordaran mi corazón destrozado.
Y, no es por excusar ninguno de sus defectos, pero no sabía que mi padre estaba casado porque ni siquiera leí la tarjeta de felicitación que me mandó para mi cumpleaños.
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También pienso en Ashleigh, y en su ex, en que le parecía bien que las cosas funcionaran sin más, porque estaba demasiado asustada como para profundizar en busca de algo mejor, porque eso significaba arriesgarse a cambiar.
No sé si me comeré los dulces de Miles o si leeré la nota de mi padre, pero meto ambas cosas en la bolsa con los trofeos para llevármelas a casa de Ashleigh y salgo de mi dormitorio. Giro hacia el salón y choco con algo lo bastante grande como para ver estrellitas detrás de los párpados.
Con algo no. ¡Con alguien!
Una figura oscura.
Grito.
Y alguien grita.
Se produce una refriega breve y torpe. Ni yo ni la otra persona
parecemos estar totalmente seguras de si estamos tratando de atacar o de
huir. Hasta que mi oponente grita:
—¡Como no te vayas, te mato!
Por regla general, eso es lo último que querría oír de alguien que ha entrado a oscuras en mi propio piso. En este caso, un frío alivio me recorre desde la cabeza hasta los pies.
—¿Julia? —pregunto.
—¿¡Daphne!? —grita ella.
Me ladeo un poco para encender la luz.
—¿Has vuelto?
—¡Has vuelto! —exclama ella.
—Yo no me he ido a ninguna parte —replico.
—Díselo a mi hermano —me suelta. Siento que me arden las mejillas y las orejas. Julia pone un brazo en jarra—. Espera, estoy enfadada contigo.
—¿Te lo ha contado? —le pregunto.
—¿Que te declaró su amor? —replica—. Es posible que lo mencionara. Pero lo más sorprendente fue oír que no le dijiste que lo correspondías. Porque sí que lo haces. —Julia —digo—, es complicado.
Entrecierra los ojos, ladea la cabeza, ese gesto tan Nowak.
—¿Ah, sí?
Se produce un silencio incómodo.
Al final, suspira.
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—Supongo que tengo que darte las gracias.
—¿Qué? ¿Por qué? —le pregunto.
—Miles me dijo que lo habías estado presionando para que se sincerase conmigo —me explica—. Sobre lo que piensa de que me venga a vivir aquí.
—¿Habéis hablado del tema? —pregunto.
—Sí —responde.
—¿Y qué tal?
—Fue horroroso —me asegura—. Me alteré mucho. Lloré. Me enfadé.
Todo.
Hago una mueca de dolor.
—Lo siento.
—Y luego seguimos hablando —continúa Julia— y lo entendí. Es justo lo mismo que hizo contigo.
—No te sigo.
—Siempre me ha parecido increíble que Miles consiguiera escapar de nuestra infancia sin recelar de todo el mundo —dice—. Pero, de repente, empezó a hablarme de lo que le había pasado contigo, de que metió la pata y eso lo convenció de que no podía ser el hombre que tú necesitas, y blablablá. Y entonces me di cuenta de que todas las putadas que nos hicieron nuestros padres a lo mejor no lo han hecho desconfiar de los demás, pero sí que ha acabado desconfiando de sí mismo.
Se me encoge el corazón y se me retuerce.
—No puede verse a sí mismo con claridad —sigue—. Y por culpa de su infancia cree que lo único que hace es defraudar a la gente.
Lo he presenciado, una y otra vez. Las dudas consigo mismo, la desconfianza en sus propios sentimientos, el miedo a demostrar un mínimo lado oscuro.
—Aquí me tienes, manteniendo en secreto todos mis problemas para que él no se apresure a arreglarlos —añade—, y él diciéndome que le asusta la posibilidad de que su infancia lo haya destrozado. De que por culpa de su infancia no pueda ser el hermano, el amigo, o lo que sea que se merecen sus seres queridos.
Trago saliva.
—¿Y qué le dijiste?
—Que estoy segura de que puede serlo porque mi propia infancia lo demuestra. Siempre lo ha sido.
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La emoción me provoca un nudo en el esófago.
—En fin. —Su mirada se entristece—. Seguro que estás muy ocupada.
Trago saliva.
—Bienvenida, Julia.
—Gracias —replica—. Es genial estar en casa.
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Viernes, 16 de agosto
1 día
Leí la nota de mi padre en plena noche.
Hola, hija mía:
Siento pirarme así…, me han hecho una proposición única en la vida. ¡Me muero por contártelo todo cuando volvamos al pueblo! ¿Estarás por ahí en octubre? Me encantaría ver el otoño por ahí en el norte. Ya te echamos de menos. Te quieren,
Papá y Starfire
Es el mismo padre de siempre. El que dice una cosa («te quiero», «te echo de menos», «nos quedaremos todo el tiempo que nos dejes»), pero hace otra.
Aunque eso no es lo que me molesta de la carta.
Lo que me molesta es una sola palabra, «octubre»…, y el dolor sordo que siento en las costillas al leerla.
Me echo a llorar. Y después, cómo no, llamo a mi madre.
—Tranquilízate —me dice cuando empiezo a balbucear—.
Cuéntamelo todo.
Y por fin lo hago.
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Todavía está oscuro y hay mucha humedad cuando me reúno con Harvey en la puerta principal el sábado por la mañana. Ambos nos hemos vestido con ropa cómoda en previsión del largo día que nos espera. Él lleva una sudadera de Howard y unos pantalones de deporte (no los de los Red Wings), y yo me he decantado por unos pantalones de punto y una chaqueta holgada.
—¿Has conseguido dormir algo? —me pregunta mientras desbloquea las puertas automáticas.
—Un poco —contesto—. ¿Y tú?
—No mucho —dice—, pero la adrenalina nos ayudará a aguantar. Y si no, siempre podemos turnarnos para dormir un rato en la oficina.
Una vez dentro, los tubos fluorescentes tardan un rato en encenderse. Siento una punzada de anhelo. De nostalgia, supongo, por todas las
bibliotecas que he querido y por la niña que soñaba con esto mismo, con ser la primera en entrar y la última en salir de un edificio lleno de libros. Y sentir que, en cierto modo, me pertenecía, y yo a él.
Un hogar, cuando ningún otro lugar me parecía bien.
Harvey inspira hondo.
—¿No te encanta cómo huele?
—Uf, muchísimo —digo.
—Y por esto mismo es por lo que no me puedo jubilar. Si pudiera vivir en esta sensación, lo haría.
—Lo sé —replico—. Los niños van a vivir esta noche mi sueño infantil de quedarse en una biblioteca.
Me mira.
—Lo has hecho bien, Daphne. Muy bien.
Me pregunto si estoy radiante. Seguramente sea demasiado pronto para eso. Seguramente tengo la pinta de una botella de leche agriada.
—Vamos a ponernos manos a la obra.
El equipo de Fantasía llega en primer lugar, preparado para transformar un rincón de la biblioteca en lo más parecido a un castillo de bajo presupuesto con sus fondos prepintados de papel marrón y su dragón de papel maché, cuyo sinuoso cuerpo dividen en cuatro arquitos, dispuestos en fila, de modo que el suelo parece una balsa de agua en la que está nadando la criatura.
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Dado que lo ha hecho un aficionado usando papel, es tan horroroso que resulta fantástico. Si este bicho cobrara vida, lo haría lanzando chillidos horripilantes al verse con conciencia y una anatomía imposible.
Me encanta. Los niños se van a volver locos. Incluso los que ya tienen bastante edad como para poner los ojos en blanco, como Maya.
Una vez, estando en séptimo de primaria, mi madre me llevó al estreno a medianoche de una serie de fantasía. Repartieron «varitas», que lo más probable es que solo fueran ramitas que habían encontrado en los arbustos de detrás de la biblioteca. Fue una tontería. Pero también fue mágico. Elegí una ramita con liquen verde enredado, y mi madre eligió una que era blanca como un hueso. Tuve la sensación de estar más cerca que nunca de la magia.
Esa sensación de curiosidad, asombro y sorpresa. Ese era mi hogar cada vez que nos mudábamos, una sensación que no me podían quitar.
Ashleigh aparece ocho minutos tarde, y nos trae a Harry y a mí burritos para desayunar. Se encarga de que todo vaya bien en el mostrador de la entrada mientras Harvey y yo coordinamos las entregas y la llegada de los voluntarios.
A eso de las diez y media, llegan los equipos de Ciencia Ficción y de Contemporánea, que se van a sus respectivos rincones, donde cuelgan del rosetón del techo sus ovnis con papel de aluminio y sus cintas pintadas y carteles con las cubiertas de R. J. Palacio, Jasmine Warga, Jacqueline Woodson y Keff Kinney en la sección de Contemporánea.
A la una, llega el equipo de Terror con telarañas de mentira y parafernalia para una casa fantasmagórica. Montan su sección en una de las dos salas multiusos, lejos de los lectores más pequeños.
Sobre las tres, aparecen los voluntarios de los Cuentos Ilustrados y montan su espacio en el rincón donde nos reunimos para la Hora de los Cuentos. Una integrante del grupo (una costurera local) ha hecho un peluche gigante de la Pequeña Oruga Glotona, que será el premio para quien más lea de entre los participantes menores de seis años, que en su mayoría volverán a casa antes de que anochezca, aunque los que tengan hermanos mayores se quedarán un poco más.
La primera crisis del día llega a las 15:32, y es un fastidio enorme. Estoy en la parte delantera, ayudando a Shirley (la abuela de Lyla, la
niña de tres años que siempre tiene los dedos pegajosos) con las entregas, cuando Ashleigh sale a la calle, sudando por el ajetreo y con el enorme
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moño tambaleándose. Me mira con cara de «tenemos que hablar», así que me disculpo para alejarme con Ashleigh unos metros de la acera cubierta que hay delante de la biblioteca.
—A ver, que no cunda el pánico —dice en voz baja.
—Palabras mágicas —replico.
—Landon lo ha pescado —explica.
Meneo la cabeza.
—¿Ha pescado…?
—El virus estomacal —dice—. No puede venir esta noche.
—Vale. —Asiento con la cabeza mientras mi cerebro repasa su versión propia del documento de Google sobre el Maratón de Lectura. Landon iba a ocuparse de la otra sala multiusos, donde están las bebidas y demás. También iba a encargarse de recoger muchas de dichas bebidas.
Y de ser nuestro «técnico». Colocar el proyector, reproducir los vídeos y establecer las conexiones en directo.
—Eso no es todo —sigue Ashleigh.
La miro de repente a la cara. Esboza una mueca dramática.
—Otros tres voluntarios han llamado para avisar de que están enfermos.
—Mierda.
Debería haberlo previsto.
En cierto sentido, lo hice. No puse límite al número de voluntarios. Cuantos más, mejor. Pero nuestra versión de «más» no contaba con perder a cuatro personas tres horas y media antes de empezar.
Me devano los sesos en busca de un plan, ganando tiempo con un «vale…, vale» que alargo todo lo que puedo, como si estuviera a punto de ocurrírseme una solución brillante.
Alguien me llama desde la acera.
—Yo me encargo —dice Ashleigh.
—¿¡Cómo!? —pregunto.
—No te preocupes —replica.
Cuando resoplo, añade:
—¡Vale! Preocúpate. Pero confía en mí también. Ya se me ocurrirá algo. Tú concéntrate en los otros nueve millones de cosas que tienes que hacer.
Otro voluntario sale por la puerta, echa un vistazo por la explanada y se dirige hacia mí con el pánico pintado en la cara.
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—Vete. —Ashleigh me da un empujón—. Tienes que apagar tus incendios. Yo me encargo de este. Va a ser una noche increíble.
—Necesito que lo sea —digo.
Me pone las manos en los hombros y me mira a los ojos.
—Daphne, recuerda para quién es esto.
—Por eso quiero hacerlo bien.
—Lo entiendo —replica—. Pero si he aprendido algo de la maternidad es que importa mucho más que estés presente a que seas perfecta. Solo tienes que estar aquí, de verdad, y a los niños les encantará.
Se me relajan los hombros.
—Eso puedo hacerlo.
—Pues claro que sí —dice—. Eres Daphne, la Única, Vincent. —¡Oooh! —Me llevo las manos al pecho—. Te sabes mi apellido y mi
segundo nombre también.
A veinte minutos del comienzo, desde la comodidad de un inodoro cubierto con papel, miro el móvil.
Mi padre ha llamado tres veces en una hora.
El estómago me da un vuelco.
No quiero llamarlo, mucho menos en este momento, pero me pone mucho más nerviosa no saber qué pasará si no lo hago.
Tiro de la cisterna, me lavo las manos, y salgo del cuarto de baño en dirección a la calle para llamar.
El cielo del atardecer tiene un brillo veraniego, y hace un calor sofocante menos cuando sopla la brisa procedente del agua. Me recojo el pelo de la nuca con un moño y pulso el botón de llamada.
—¡Hooola, hija! —me saluda mi padre.
Paso de devolverle el saludo.
—¿Va todo bien?
—¿Qué quieres decir? —pregunta.
—¿Hay alguna emergencia? —Como no contesta, añado—: Me has llamado tres veces. ¿Me estabas haciendo perdidas?
—No, no, no —dice—. Solo quería desearte suerte. O mucha mierda.
O lo que sea que se dice en esta situación.
—¿Qué situación? —le pregunto.
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—Tu gran… acontecimiento de esta noche —dice—. ¡Lo de la biblioteca!
No se me ocurre nada que decir.
—Por cierto, siento que tuviéramos que irnos tan deprisa —añade.
—No pasa nada —replico—. No me esperaba otra cosa.
Mi padre se echa a reír.
—Eso es lo que intenté decirle. Le dije: «Conozco a mi hija y no se molesta por estas cosas». Me dio la impresión de que cree que eres una de esas neuróticas histéricas. A ver, que seguro que lo creía, porque de lo contrario no habría…
—Para, para un momento —lo interrumpo—. ¿De qué hablas?
—De tu novio —contesta.
—¿¡De Peter!?
—Del nuevo —dice—. Miles.
Me masajeo la frente.
—Papá, ya te he dicho que Miles solo es un amigo.
—En fin, eso creía yo —replica con voz cantarina, como si acabara de reafirmarle algo, o hubiera ganado una apuesta—. Pero tal como hablaba…
—Papá, que sigo sin saber de qué me hablas.
Un segundo de silencio.
—¿No te lo ha contado?
No tengo ni tiempo ni ganas para jugar a las preguntas.
—Contarme ¿qué?
—Que vino en coche a vernos —responde.
—¿Que ha ido en coche a veros? —repito.
—Hace dos semanas. Después de que nos fuéramos. He estado intentando ponerme en contacto contigo desde entonces.
Estoy perdidísima. Supongo que sí voy a jugar a las preguntas. —¿A dónde fue?
—A la isla —contesta—. A Mackinac. Supongo que antes dejó un mensaje de voz, pero ¿quién los oye?
«Yo», me digo.
Mi madre.
Seguramente un alto porcentaje de la población mundial.
—En fin, el asunto es que apareció y me leyó la cartilla por habernos tenido que ir antes de tiempo —dice mi padre con un retintín en plan: «¿Te
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lo puedes creer?».
Es un uso muy creativo de la frase «habernos tenido que ir».
Como si lo hubieran echado del pueblo a punta de pistola o hubiera tenido que subirse en un avión a toda prisa para volver a casa porque se le moría el perro.
—El chico intentó hacernos sentir culpables para que volviéramos otra vez a verte antes de ir a visitar a la familia de Starfire. La alteró muchísimo con todo lo que dijo de mí, Daph. No me dirigió la palabra durante medio día. Provocó un montón de problemas.
—¿Cuán-cuándo dices que pasó esto? —pregunto, todavía sin dar crédito.
—En fin, pues fue hace dos lunes —contesta—. Y perdió el último ferri de vuelta, así que tuvimos que preguntarle a Christopher si podía quedarse a pasar la noche. Nos puso en una situación muy incómoda.
—¿Christopher? —Ahora mismo, necesito un timbre para pulsar cada vez que suelte algo que me deje con cara de «¿¿¿???».
—¡Nuestro colega! —exclama mi padre—. El que conocimos en las dunas y que tiene una casa espectacular aquí. Y un hotel. Aunque decirle casa se queda muy corto. No sé si este tipo es un inversor de verdad como dijo o si eso era un eufemismo para «capo de la mafia», pero… —Silba para demostrar su asombro.
En fin, si tu padre te va a dar la patada por alguien a quien acaba de conocer y no lo hace para salvar a alguien de una situación complicada, al menos que tenga la decencia de quedarse en una mansión pagada con cocaína y negocios turbios…
—Papá, tengo que dejarte —digo—. El evento empieza ya mismo. —Claro, claro, no te entretengo más —replica—. Solo quería darte la
enhorabuena y decirte que te quiero. Aunque ya lo sabes.
Si tuviera ese timbre, lo pulsaría ahora mismo.
Si tuviera más tiempo, le preguntaría: «¿Me quieres? ¿En serio?».
En cambio, suelto un entrecortado «Ajá» y cuelgo.
El lunes por la noche. Allí es donde estuvo Miles. El lunes por la noche y el martes por la mañana.
Allí es donde fue Miles. Miles, que siempre está tranquilo, de buen rollo y completamente bien, condujo dos horas para plantarle cara a mi padre.
De repente, la patética caja de dulces tiene sentido.
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Porque sí era un premio de consolación, pero no en el sentido que yo le había dado.
Miles lo había intentado. Yo le dije lo que sentía, que quería que mi padre volviera, y él intentó que lo hiciera.
Y a lo mejor debería cabrearme por su intromisión. Pero no estoy cabreada. Tengo la sensación de que acaban de abrirme en canal. Tengo la sensación de que el límite entre el mundo y yo es cada vez más fino, volviéndome sensible y vulnerable, un globo de agua a punto de estallar.
«¿Por qué no me lo quiso decir?».
Claro que sé la respuesta.
Conozco a Miles, y él me conoce a mí.
Miro hacia la carretera, hacia la reluciente banda de agua azul, con la playa salpicada de árboles ralos emborronada por las lágrimas.
«Miles me conoce».
«Me quiere».
No fueron palabras bonitas, dichas en un momento conveniente. Fue la verdad. Y que me quiera me inunda de valentía. Me inunda de seguridad como para hacer lo que nunca he podido hacer.
Me seco las lágrimas y llamo de nuevo a mi padre.
—¿Se te ha olvidado algo? —me pregunta.
—Solo tengo un minuto —digo.
—Yo también —replica—. Star y yo vamos a jugar al golf…, ¡hemos conocido a alguien con su propio campo!
—No quiero hacerte daño —le aseguro—. Es que nunca he dicho esto y no creo que vaya a hacerlo si espero hasta que se me ocurra una forma mejor de hacerlo.
Creo que mi padre siente la sacudida sísmica. No se apresura a soltar un chiste. Mi último aliento se parece al que se toma antes de estampar un martillo contra una pared.
He templado mis expectativas, las he convertido en ladrillos y he construido una fortaleza para protegerme. Pero mantener cada rayito de esperanza también me ha aislado, y quiero que me valoren. Quiero que me quieran. Quiero vivir con la esperanza de que las cosas pueden mejorar, aunque al final no lo hagan.
—Fuiste un padre desastroso —le digo—. Nunca estuviste presente. Me pasé muchísimo tiempo esperándote. Y cuando aparecías, nunca era cuando decías que ibas a hacerlo. Nunca te quedabas todo el tiempo que
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prometías que te ibas a quedar. Y por tu culpa, todo el mundo…, todo mi mundo era totalmente impredecible, joder. Y a lo mejor me quieres de verdad. Pero yo no lo sé. ¿Cómo voy a saberlo? Nunca he sido una prioridad para ti. Soy una parada en el camino. Y ese hombre que crees que no me conoce… —se me quiebra la voz, necesito un segundo para contener la emoción—, ni siquiera me dijo que intentó hacer que volvieras. Porque él sabía que eso me destrozaría. Y no estaba dispuesto a permitir que acabaras de romper lo que me queda de corazón. Así que ahora lo entiendo. El motivo de que mamá intentara justificarte siempre. No te estaba protegiendo a ti. Me protegía a mí. Pero ya soy adulta. Mamá no siempre puede protegerme de ti. Tengo que hacerlo yo sola. No esconderme, ni intentar de dejar de sentir este… este dolor constante. No puedo seguir haciendo esto. No quiero ser una persona que espera lo peor. Algo tiene que cambiar. Así que la próxima vez que vengas al pueblo, pregúntamelo primero. Y si quieres irte, no seas un cobarde. No obligues a la gente que me quiere a excusarte. Puedes decírmelo a la cara, o podemos acabar con esto.
El silencio es tal que se puede oír el vuelo de una mosca.
Al final, susurra:
—¡Ay, Daphne!
La puerta automática se abre a mi espalda y Ashleigh asoma la cabeza. —¿Estás lista?
—Debes comprender que…
—Tengo que dejarte —lo interrumpo—. Te llamaré cuando me venga bien.
Cuelgo y cuadro los hombros.
—Estoy lista —digo.
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Me pongo delante del mostrador.
Nunca he oído una biblioteca así, tan bulliciosa y vibrante de la emoción…, y solo son los voluntarios.
Ashleigh se rodea la boca con las manos.
—¡A ver, gente! Esta es Daphne, nuestra bibliotecaria infantil, y va a repasar el protocolo antes de que lleguen los niños.
La sala se queda en silencio. Solo veo las primeras filas de voluntarios, con Huma y su marido entre ellos.
Sujeto con fuerza la silla de oficina y me subo encima.
—Antes que nada, gracias a todos por venir.
Se oye una salva de aplausos procedente del final de la sala, junto con un agudo «¡Sííí!».
Reconozco la voz de Julia antes de verla, de pie justo al otro lado del Rincón de Lectura, con otro grupito de los voluntarios de última hora.
Elda, la dueña de la quesería que Miles me presentó en el baile de fin de curso, vestida de nuevo como un hada madrina de los ochenta.
Barb y Lenore, vestidas con monos a juego (rosa, el de la diminuta Barb, y lavanda, el de la alta Lenore).
Katya, la del flequillo recto, de Cherry Hill, y una persona con la cabeza rapada y un aro en el tabique nasal que me suena, pero a quien no me han presentado todavía.
Y justo detrás de ellos, una mata de pelo castaño oscuro despeinado y unos tiernos ojos marrones.
Tengo la sensación de que el corazón se me abre.
Miles esboza una sonrisa titubeante, una disculpa: «¿Debería estar aquí ahora mismo?».
«Deberías estar aquí siempre», contesta mi corazón.
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Mi sistema nervioso está de acuerdo, mientras experimento una sensación rara, como si me cayera caramelo derretido a fuego lento por encima.
Ojalá pudiera desdecir todo lo que le dije.
Me he pasado tanto tiempo acostumbrándome a las sorpresas (las desagradables basadas en decepciones, heridas, pequeños abandonos y maltrato emocional) que ya ni me acordaba de que las hay de otro tipo.
Y resulta que una sorpresa es distinta cuando procede de alguien que te conoce y te quiere.
A mi lado, Ashleigh tose. No tengo ni idea de cuánto tiempo llevo mirándolo fijamente, con la sensación de que podría estallar en confeti o en llanto.
—Significa muchísimo para mí —digo, ronca desde el principio. Aparto la mirada de él y recorro a mi audiencia—. Formar parte de una comunidad como esta. Para mí, las bibliotecas siempre han representado lo mejor de la humanidad. Una forma de compartir conocimiento y espacio, y… de encontrar maneras de cuidarnos los unos a los otros. No es un sistema perfecto, pero es potente. Sé que hay muchos otros sitios en los que podríais estar un sábado por la noche. —Me cuesta seguir porque tengo un nudo en la garganta—. No hay palabras para describir lo especial que es esto. Que hayáis venido por los niños, y por Waning Bay y por mí. —Me permito mirar a Miles, solo un momento—. Importa. Muchísimo.
Lo veo entreabrir los labios al tiempo que se le relaja la frente.
Durante un segundo, solo estamos los dos.
Carraspeo y me vuelvo.
—En fin, que todos los que os hayáis apuntado para trabajar en el registro, estaréis aquí con Ashleigh…
Así funciona el tiempo.
Las cosas por las que llevas meses esperando pasan en un abrir y cerrar de ojos, como el destello de una luz estroboscópica, con enormes franjas que se pierden en los oscuros latidos que hay entre medias.
Elda se encarga de la sala de refrescos, que (gracias a sus donaciones de última hora) ha pasado de tener cosas típicas de una fiesta de pijamas a
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una mezcla extraña de cupcakes, patatas fritas, Mountain Dew y charcutería de primera calidad. Los padres están emocionadísimos.
La dueña de la quesería está emocionadísima.
Sin embargo, no hay nadie tan emocionado como Harvey.
Al principio, creo que Elda le ha provocado una felicidad basada en el queso, pero incluso después de que mermen sus productos, vuelve una y otra vez a la sala multiusos. Los veo reír juntos a través de la ventana y pienso de nuevo que, a veces, lo inesperado es mejor que lo que se planea.
El mismo universo que te quita cosas sin pestañear puede traerte cosas que tu imaginación ni alcanza a soñar.
Cada hora, en punto, los niños forman una fila para los premios y después salen corriendo de vuelta a sus puntos de lectura, o al rincón de la Hora de los Cuentos para ver la visita virtual de un autor. En ausencia de Landon, es Banks, el amigo de Katya, el chico con la cabeza rapada y un piercing en el tabique nasal (que da la casualidad de que trabaja a media jornada en la cafetería de Fika), hace de técnico.
Supuestamente Miles está a cargo de la limpieza, aunque en un momento dado lo encuentro en la zona de Ciencia Ficción, con las trillizas Fontana colgadas de él como si fuera el pilar giratorio en el centro de un carrusel.
Julia y otro voluntario se encargan del círculo de Cuentos Ilustrados para los niños que todavía no leen, y Huma ayuda a los niños en la sección de Contemporánea para elegir la próxima lectura.
Luego está Maya.
Metida en el rincón de Fantasía, en uno de los puf con Ethan, del club de lectura de juvenil. No están hablando, solo leen en silencio el mismo libro de Alice Hoffman, The Rules of Magic, mientras la madre de Maya habla con los padres de Ethan junto a las mesas de estudio.
Me doy cuenta de que el club de lectura de dos personas que tengo con Maya puede que llegue pronto a su fin, y me tienta la idea de entristecerme un poco, pero también estoy muy orgullosa de ella por verla salir de su zona de confort.
Y también estoy orgullosa de mí, tengo la sensación de haber honrado a la niña de doce años que fui. Como si de alguna manera insignificante hubiera conseguido que este magnífico lugar sea un poquito mejor. A mí me ha hecho mejor.
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El murmullo de voces se transforma en la callada alegría que asocio con la biblioteca, y a medianoche la mayoría de los niños más pequeños y sus cuidadores ya se han ido. Los refrescos y las cerezas con chocolate hacen que los niños mayores sigan dando guerra hasta las tres, momento en el que entro en la oficina para echarme una siestecilla debajo de la mesa, pero la adrenalina no me deja dormir.
Oigo algún que otro chillido y algunas risillas, y me descubro sonriéndole a la parte inferior del tablero de la mesa.
Saco el móvil y abro el hilo de mensajes con mi madre. Me mandó uno esta mañana (ayer por la mañana, técnicamente) al que todavía no he contestado.
«Me he despertado pensando en ti. Estoy orgullosa de ti, mi niña valiente», me dice.
Me siento todavía más segura de la decisión que he tomado que anoche.
Me encanta esta biblioteca.
Me encantan mis compañeros y me encantan los usuarios. Me encanta el lago, los puestos agrícolas, el CoBARtizo, y Ashleigh y Julia y Miles.
Quiero a Miles.
Y también quiero a mi madre. Una parte de mí siempre la echará un poco de menos cuando estemos separadas. Es mi constante, y eso no me lo tomo a la ligera.
«Te quiero», le digo.
«Yo a ti más», contesta.
Después de esta noche, se lo diré a los demás. De momento no quiero pensar en el futuro. Quiero estar totalmente presente.
Me sacudo la ropa y salgo de la oficina.
Aspiro el ligero aroma a moho de los libros, el toque a pino y a otra cosa que no soy capaz de nombrar, pero que reconozco como a un viejo amigo.
Experimento una emoción agridulce por lo efímero del momento, porque el paso del tiempo es inevitable. Pero por primera vez desde hace tiempo, me emociona lo desconocido.
Espero con ansia las sorpresas.
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Todavía está oscuro a las 6.40, y la multitud se ha reducido bastante. Mulder está dormido encima de una mesa, junto a un amigo que lee un manga con una linterna, aunque se le cierran los ojos cada pocos segundos.
Hemos estado tan ocupados que Miles y yo solo hemos podido intercambiar un «¿Qué tal?» y un «Bien, ¿y tú?» y un «Gracias por estar aquí». He estado solucionando pequeños problemas y, en una situación trágica, desatascando inodoros, el tiempo suficiente como para estar muerta de hambre.
Cuando entro en la sala de los refrescos, parece que un poderoso clan vikingo con alergia a los frutos secos ha pasado por aquí.
Elda, la dueña de la quesería, y Harvey parece que ni se dan cuenta de mi presencia, porque siguen hablando en el extremo más alejado, con las incómodas sillas de madera colocadas para mirarse el uno al otro.
Tomo un brownie y me lo meto en la boca mientras salgo de la sala multiusos.
—Córtate un poco, Vincent, que tiene que ser apto para todos los públicos —bromea Ashleigh—. Todavía hay niños despiertos. —Al ver mi cara de no comprender, añade—: Estás soltando ese gemidito de placer por la comida.
—Lo siento —digo con la boca llena.
Ashleigh y el resto del equipo de limpieza han empezado a recoger la última oleada de papeles y desperdicios de la noche. Junto a la puerta de entrada, Miles está separando la basura en bolsas para reciclar o hacer compost.
—Ricos, ¿a que sí? —pregunta ella, señalando el brownie con la barbilla.
—Están de muerte.
Ashleigh sonríe.
—Los ha traído Miles. ¿Sabías que le da a la repostería?
Lo miro otra vez de reojo. Está de espaldas, estirando los brazos por
encima de la adormilada cabeza, y se le ve un trocito de cintura hasta que
deja caer los brazos a los costados.
Ashleigh se parte de la risa.
—Eso sí que no es apto para todos los públicos.
La miro, colorada como un tomate.
—No he hecho ningún ruido.
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Cuando veo la sonrisilla ufana, me doy cuenta de que está bromeando.
Me da un toquecito en el codo con el suyo y señala a Miles con la barbilla.
—Vete.
—Todavía no hemos terminado —digo.
Ella pone los ojos en blanco.
—Daphne, echa un vistazo a tu alrededor. Puedes quedarte otros diez minutos si te mueres por hacerlo, pero cuando acabe el tiempo, te sacaré del escenario a rastras como el presentador de una noche de aficionados en un bar mientras los tres niños que quedan aquí te abuchean y te tiran cerezas con chocolate a la cabeza.
Sigo titubeando.
—¿No debería quedarme hasta el final?
Suelta a mis pies la bolsa de basura que lleva y me sujeta una mano. —Lo has hecho. Te has quedado todo el verano. Hemos conseguido
hacer el evento del año. Lo difícil ya ha pasado.
Siento que se me levanta un peso enorme de encima. El nudo del pecho se afloja y se suelta.
—Lo hemos logrado.
Yo lo he logrado.
Las dos nos echamos a reír, felices y delirantes por la falta de sueño. Me abraza con fuerza y yo le devuelvo el abrazo, con la bolsa de
basura a nuestros pies como un cachorrito.
—No sé cuáles son las reglas para decir esto en el trabajo —digo—, pero te quiero.
—Yo también te quiero, joder —replica—. Y ahora ve a por tu hombre.
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Domingo, 26 de agosto
Por fin
—Hola —lo saludo cuando por fin estoy delante de él, aunque he tardado entre once segundos y catorce años en recorrer ese último metro que hemos mantenido el contacto visual en silencio.
Se frota un lado de la cabeza.
—Hola.
Ninguno de los dos se apresura a ponerle fin al silencio.
Siento el corazón como si fuera una llama, que arde cada vez más y más y más.
Carraspeo.
—¿Te quedan fuerzas para dar un paseo?
Parece sorprendido.
—¿Y a ti?
—A menos que tú solo quieras lanzarte a una cama, sí. —Me arden las orejas de repente y añado—: A ver, si necesitas dormir, digo.
—He bebido tanto Red Bull que podría ponerme a correr ahora mismo —me asegura—. Pero también podría tener un ataque al corazón.
—Estás de suerte —le digo—. La biblioteca me pagó un curso de reanimación cardiopulmonar.
Sonríe.
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—¿Y a qué esperamos?
A nada, supongo.
La bruma flota en el aire, y las calles y las aceras están desiertas salvo por algún que otro corredor o ciclista enfundado en mallas elásticas.
En el agua se ven un par de barcos, pero aun así, da la sensación de que solo estamos nosotros dos en un mundo totalmente dormido.
Recorremos el perímetro del lago, y el silencio no parece incómodo. Es como una conversación independiente, una reintroducción después del tiempo que hemos estado separados.
—Gracias por aparecer en la biblioteca —digo al cabo de un rato. —Mi intención siempre ha sido esa —replica—. Que lo sepas. Pasara
lo que pasase, habría venido.
Parpadeo para contener las lágrimas.
—Lo sé.
—Eso sí, que Elda, Katya y Banks se animaran a ayudar… me ha costado lo mío.
—En fin, es posible que por lo menos Elda te lo perdone —digo—. Mi jefe y ella han conectado.
—Es muy tierno verlos juntos —conviene Miles.
Pasan varios minutos más. Enfilamos una calle secundaria. El corazón me vibra. Inspiro hondo y suelto el aire despacio.
—Sé que fuiste a ver a mi padre.
Miles me mira. Se detiene.
—Lo siento. Debería haberte preguntado antes de hacerlo. Fue una estupidez.
—Entiendo por qué no lo hiciste —le aseguro—. De verdad.
Su ceño fruncido se suaviza.
—La otra noche… creo que me malinterpretaste. No me desperté y me dejé llevar por el pánico. Me desperté… feliz. Más feliz de lo que recuerdo haberme sentido en la vida. —Se frota la parte posterior de la cabeza—. Y luego me llamó Petra llorando. Tanto que no la entendía. Nunca la había visto llorar. De verdad que creí que había muerto alguien. Me pidió que fuera a verla y le dije que sí. Porque estaba preocupado. Todavía me importa.
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—Sé que sí —digo con voz pastosa.
—Fui a casa de Peter y me la encontré sentada delante… —Suelta un suspiro exasperado. Me mira en busca de alguna reacción—. Me dijo que habían cortado.
Guardo silencio.
—No pareces sorprendida —dice.
—No lo estoy —le confirmo—. Peter me lo dijo.
Algo asoma a su cara, demasiado deprisa como para interpretarlo. —Claro —dice en voz baja. Se frota de nuevo la nuca y asiente con la
cabeza varias veces. Carraspea, pero la voz le sale ronca de todas formas —: Así que habéis hablado.
—Vino al piso a verme —le explico.
Él baja la mirada a los pies y asiente de nuevo con la cabeza. —¿Miles?
Esos ojos oscuros, algo velados, se clavan en los míos.
—Mierda, ¿qué pasa? —No puedo evitarlo, estiro los brazos hacia él y le pongo las manos en los hombros.
—Nada. —Se obliga a sonreír—. Me alegro por ti.
—¿Te alegras por mí? —repito.
Se pone colorado.
—A ver, que si habéis…
—Si hemos ¿qué?
Se muerde el labio inferior.
—¡Madre mía! —Se me enciende la bombilla de repente—. Miles, ¡no! ¿No creerás que Peter y yo…? ¡Qué va! —Me echo a reír. Y luego una idea horrible hace que me sacuda por entero—. Espera…, ¿Petra y tú…?
—¡No! —exclama, negando con la cabeza—. Cuando llegué, intentó decirme que todo había sido un error. Así que le hablé de ti.
—¿Le dijiste que nos habíamos acostado? —pregunto, pasmada.
Se le escapa una carcajada sorprendida.
—No, Daphne. Le dije que te quiero.
Oírlo de nuevo es como tragarme una bombilla encendida.
—¡Ah!
—No era mi intención decírselo a ella antes. —Se pone todavía más colorado—. Que estoy enamorado de ti.
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Me escuecen los ojos. Empiezan a temblarme las piernas y siento una opresión en el pecho.
Me quiere. En presente.
Y yo lo quiero. Me conoce, y yo lo he calado.
—Y cuando se lo dije a Petra… —Traga saliva—. Supongo que… dejé que sus palabras me afectaran. A ver, que yo ya estaba dándole vueltas solito, pero dijo cosas que me dejaron muy tocado.
—¿A qué te refieres? —le pregunto.
Pone cara casi apesadumbrada.
—Puedes contármelo —le prometo.
—Es que Peter le habló de tu padre —dice—. Y Petra empezó a decir cosas, que ya habías pasado mucho. Que no eras la clase de persona que puede lidiar con la incertidumbre. Ella y yo sí, pero Peter y tú no.
—¿Qué pasa, que ahora es una experta y sabe con lo que soy capaz de lidiar o no? —protesto.
Esboza el asomo de una sonrisa. Me rodea las muñecas con las manos, acariciándome la cara interna arriba y abajo con los pulgares mientras se le suaviza la expresión.
—Cortaron porque Petra decidió que no quería hijos y Peter sí quería.
—¡Ah! —exclamo.
Baja la mirada y detiene los dedos.
—Y me recordó que eso es algo que a ti también te importa. Yo ya lo sabía. No fue una sorpresa. Pero… —Se muerde el labio inferior con una expresión tan cálida y líquida en la mirada que tengo la sensación de que podría nadar en ella, que saldría a mi encuentro y me envolvería—. Me dijo que no estoy lo que se dice «bien preparado» para eso —susurra—, y no dejaba de pensar en su familia y en lo que creían de mí. Eran amables, pero nunca creyeron que fuera lo bastante bueno. Y luego está lo de mi familia, que es una mierda, y todo lo que te ha hecho pasar tu padre. Y pensé… —Se le mueve la nuez arriba y abajo—. De repente, me pareció egoísta por mi parte. Quererte.
Al ver la ternura de su cara y de sus caricias, el anhelo de su expresión, se me parte el corazón.
—Intentar estar contigo cuando sé lo que quieres —sigue en voz baja
—. No puedo darte una familia como los Collins o los Comer. Tengo la sensación de que… de que hay demasiada distancia entre quien soy y quien quiero ser, y no hay nadie para enseñarme cómo recorrerla. Y no
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tiene sentido, pero creía que… que si conseguía que tu padre me escuchara, si conseguía ayudarte a que entienda sus errores, eso te demostraría que soy capaz. De darte todo lo que quieres.
—Miles… —digo.
—Eso es lo que me asustó —continúa—. Y en cuanto te vi de nuevo, me sentí un imbécil. Porque me había pasado esos dos días actuando como si tú fueras Petra. Porque en el fondo ella siempre creyó que se estaba conformando, y yo también. Siempre tuve la sensación de que estaba compensando algo o intentando ganármela. Y creía que eso me convertía en un afortunado, porque estaba con una mujer que me había elegido a conciencia, aunque nadie en su vida «lo entendía». —La voz se le vuelve pastosa—. No aprendí cómo se supone que es el amor. No me parece natural, ni me resulta fácil, dejar que la gente se me acerque. Pero tú… tú consigues que el amor sea muy sencillo, Daphne. Tú consigues que me crea que me lo merezco, siendo como soy ahora mismo. Y me siento afortunado cada vez que me miras. No porque crea merecerte, sino porque tengo la sensación de que no necesitas que lo haga. Como si… te gustara tal como soy. —Menea la cabeza y se le quiebra la voz cuando se corrige —: Como si me quisieras. Así me siento contigo. Y sé que no soy el hombre con quien te imaginabas en la vida, pero creo que, con el tiempo, podría serlo. Si me dejas. Así que no te vayas. Porque no quiero que lo hagas. Porque eres mi mejor amiga y estoy enamorado de ti.
—Miles —repito.
—Sé que somos muy diferentes —sigue—, pero me encantan todas esas cosas tuyas que no son como las mías. Me encanta que sientas tus emociones. Me encanta que sepas lo que quieres. Me encanta que siempre estés donde dices que vas a estar, cuando dices que vas a estar.
—¡Miles! —Frunce el ceño, con una mezcla de esperanza y miedo en la cara que siento en las entrañas—. ¿Puedo enseñarte una cosa?
Adopta una máscara inexpresiva. Al cabo de un segundo, asiente con la cabeza.
Lo tomo de la mano y siento su pulso desbocado contra la palma mientras lo guío por la acera. Giramos a la derecha en el cruce y nos paramos en la casa de la esquina, mirando hacia la verja rota y el cartel torcido de «SE VENDE».
Desvía la mirada hacia la puerta y después me mira de nuevo.
—Tienes razón —digo.
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Parpadea.
—Cuando me mudé aquí, tenía una imagen en mente. Sabía exactamente qué aspecto iba a tener mi casa y con quién iba a pasar las vacaciones, y sabía con quién saldría los fines de semana, y tenía claro cuántos hijos tendría e incluso qué nombres les pondría. Básicamente podía imaginarme todos y cada uno de los días de mi vida. No soy espontánea —sigo—. Las sorpresas me ponen nerviosa y me he mudado demasiadas veces como para querer vivir, no sé, en una furgoneta o pasarme meses de mochilera.
—No necesito nada de eso —susurra Miles—. Ni siquiera creo que todavía desee hacerlo, si es que lo he deseado alguna vez.
—A eso voy —digo.
Menea la cabeza, con el ceño fruncido al máximo.
—Sabía perfectamente qué esperar del resto de mi vida —le explico—, y me resultaba reconfortante. Y luego todo se fue al traste y lo único que se me ocurrió fue huir, alejarme del destrozo. Pero luego, un día, después de que empezáramos a estrechar lazos, fui andando al trabajo y vi esta casa. —La voz me sale ronca cuando añado—: Fue la primera vez en un año que quise algo nuevo. Cuando me dijiste lo que sentías… —trago saliva para bajar de nuevo la brillante bombilla—, que me querías, ese fue el motivo de mi pánico.
Miles mira la casa destartalada.
—Porque no encajo.
Me arde la garganta, como si tuviera demasiada presión en el pecho, como si tuviera dentro vapor que necesita salir.
—Porque lo vi todo —lo corrijo—. De inmediato. Una vida nueva, todas las cosas nuevas que quería, y, joder, eso es aterrador, Miles.
Me toma la cara entre las manos.
—No te haré daño, Daphne.
—Eso no lo sabes —susurro.
—Sé que voy a dejarme el alma intentando no hacerlo —me asegura —. Quédate. Te quiero. Te deseo. Quédate.
Le deslizo la mano por la espalda hasta ponérsela en la nuca, otra forma incontrolable en la que desnudo mi corazón.
Él traga saliva con fuerza.
—Vuelve a casa. Por favor.
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—No puedo. —Meneo la cabeza. Antes de que pueda replicar, continúo—: Sin importar lo que me hubieras dicho hoy, ya he tomado una decisión.
Se aparta con una expresión desolada en la cara.
No estaba liando el tema a conciencia, pero al ver su expresión, me doy cuenta de que lo he dicho de la peor manera posible.
—¡No! —exclamo—. A ver, me refiero a que con independencia de lo que pase entre nosotros, no voy a irme del pueblo.
Ladea un poquito la cabeza, un gesto casi imperceptible, y una oleada de amor me arrastra al ver ese gesto tan familiar.
—Voy a tener casa propia —explico.
Después de cierta confusión, mira de reojo el cartel de SE VENDE. —Esa no. No puedo permitírmela. He encontrado algo de un
dormitorio. Cerca de la cafetería de Fika.
—De verdad que no lo entiendo, Daphne.
—Significas mucho para mí, Miles —digo—. Muchísimo. Pero no puedes serlo todo. Tenías razón al decir que este sitio me encanta. Es verdad. Y eres una parte importante del motivo de que quiera crear una vida aquí. Pero no puedo crearla a tu alrededor. Tengo que asegurarme de que si lo nuestro acaba, yo no desapareceré sin más. Necesito tener cosas propias que no estén relacionadas con otra persona. Necesito que sea así, funcione la cosa entre nosotros o no.
—Quiero que funcione —insiste—. Puede funcionar.
—Yo también lo creo —le aseguro—. No me imagino conociendo a nadie más maravilloso que tú, así que si no funciona, me quedaré soltera, iré a un banco de esperma y me apuntaré a CrossFit.
Una sonrisa bobalicona aparece en su cara.
—¿De verdad?
—Lo del CrossFit no. Soy demasiado vaga —contesto—. Pero el resto sí. Eres maravilloso. Eres el motivo de que exista la palabra «maravilloso». No debería usarse para otra cosa. Haces que quiera ver lo mejor de todo el mundo. Eres la persona con quien quiero estar cuando todo va mal en vez de querer saltarme esos momentos por completo. Me encanta que estés siempre tan presente que te olvidas del móvil, y me encanta que nunca pongas excusas cuando llegas tarde, pero que siempre tengas una buena razón. Eres la persona más generosa que conozco, incluso con quienes no te han dado motivos para serlo, y siempre estás ahí
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para las personas que te importan. De verdad que todavía no entiendo cómo es capaz de quererme alguien tan bueno como tú, porque sé que puedo ser una imbécil pesimista. Pero sí tengo la sensación de ser la persona más afortunada del mundo, por ser esa a quien tú quieres. Porque yo también te quiero. Estoy enamorada de ti. Te quiero de una forma que me parece nueva. Consigues que todo lo que salió mal me parezca un paso en la dirección correcta y eso… eso me emociona. Que la vida siga sorprendiéndome. No eres lo que me había imaginado, está claro —sigo
—. Pero eres mucho, muchísimo mejor de lo que mi cínico cerebro podría haber soñado. —Me tiembla la voz y se me quiebra al final, y aunque sabía lo que iba a decir a continuación, no me creo capaz de conseguirlo.
Miles me mira fijamente con una expresión tierna a estas alturas mientras intento recomponerme. Me tira de las manos para pegárselas al pecho, sujetándolas sobre su corazón.
—¿Ya está? —pregunta en voz baja—. ¿Ese era el discurso?
—Era más largo, pero habré dormido como cuatro horas en tres días, así que eso es lo único que me quedaba en el cerebro —contesto con voz cascada—. Eres amabilísimo, y guapísimo, y divertidísimo y graciosísimo, y hueles de maravilla, y los brownies que preparaste para el maratón estaban para morirse.
—Y me quieres —dice en voz baja.
—Muchísimo —le aseguro—, tanto que no dejo de preguntarme por qué iba a fijarse en otro alguien que no pudiera salir contigo. Y, no sé por qué, pero te gusto.
—Te quiero —me corrige—. Y no sé por qué, pero tú me quieres. —Sí —le confirmo.
Lo quiero. En presente. Ahora mismo. Todos los músculos de mi cuerpo están ocupados queriéndolo, en la acera delante de la nueva casa de mis sueños, con las primeras luces del alba derramándose sobre la calle.
Me suelta una de las manos y me entierra la suya en el pelo. —¿Podemos irnos ya a casa? —pregunta.
—La verdad es que mi piso no estará listo hasta la semana que viene —respondo.
—En ese caso, ¿quieres venir a mi casa? —¿Podemos dejar fuera a Julia un rato? Se echa a reír.
—La mandaremos a casa de Ashleigh.
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—Entonces sí.
Me pega con fuerza a él y nos damos un beso ardiente y lleno de sentimientos: alegría y miedo y anhelo y esperanza. Un beso descarnado y sin límites que hace que un coche que pasa toque el claxon, el equivalente automovilístico a un silbido de admiración, o tal vez a una regañina.
Nos apartamos sonriendo, con las frentes unidas. Sonreímos, respiramos, nos tocamos y soñamos con el futuro sin decir nada en voz alta.
El verano que se convierte en otoño. Excursiones con Ashleigh y Mulder al huerto de manzanas situado a una hora al sur de aquí. Fogatas con Julia cuando el aire se vuelve frío y las hojas rebosan de color. Noches de Póquer con el denso humo de los puros y largas caminatas matutinas con un chai caliente de la cafetería de Fika en la mano.
E incluso el gélido frío invernal. Un nuevo piso, con su chimenea de gas incluida. Caminatas envueltos en capas de ropa a través de varios centímetros de nieve, Miles y yo quitándonos la ropa y metiéndonos bajo las mantas para calentarnos el uno al otro.
Y cosas que soy incapaz de soñar. Que todo se vaya al traste de mil maneras posibles, y la belleza de lo que solo puede suceder después.
Un segundo acto al que me lancé, y el hogar que he elegido, tanto como él me eligió a mí.
Me muero de ganas. Me muero de ganas de que llegue este nuevo mundo al que le he pedido que me sorprenda.
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Viernes, 3 de octubre
412 días desde que me quedé
A través de la puerta, Celine Dion se lamenta porque no quiere estar sola. El temporizador del horno casi no se oye con la canción, y enciendo la luz interior para comprobar que los bordes de los brownies están crujientes y la parte superior se agrieta de esa forma tan apetitosa. Los saco y los pongo encima de la placa de la cocina mientras miro el reloj.
Cómo no voy a ir con retraso precisamente hoy.
Me acerco corriendo a la puerta cerrada a cal y canto, y llamo. No me oye la primera vez, así que vuelvo a llamar. La música se para.
—¿Sí? —dice Miles.
—¿Estás bien? —le pregunto.
Una pausa.
—¿Sí?
Eso no inspiraba mucha confianza.
—¿Puedo pasar?
La puerta se abre de golpe. Está de pie, descamisado, con la mitad inferior de la cara cubierta de crema de afeitar y una cuchilla de afeitar en la mano.
—Se me ha ocurrido que debería afeitarme —dice a modo de explicación—. Por eso de que viene tu madre.
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Intento contener una sonrisa.
—Una vez me dijiste que a las mujeres de cierta edad les encanta la barba.
—Ah, y es verdad. —Se apoya en el lavabo—. Pero no puedo dejar que tu madre se enamore de mí.
Se me escapa una carcajada tonta. Por fin conseguí convencerla de que saliera con un hombre de su gimnasio. La cosa fue bastante bien, de forma sorprendente, pero después me dijo: «Creo que estoy demasiado ocupada para salir con alguien». Sin embargo, en realidad estaba demasiado feliz con la vida que se había labrado como para cambiarla por alguien que no la emocionaba del todo. Y eso me gustó. Se merecía la vida por la que tanto había luchado.
—Ya sabes que creo que eres irresistible —le digo a Miles—, pero creo que Holly Vincent está a salvo de tus encantos.
Sonríe de oreja a oreja.
—Quiero impresionarla.
—Ya te conoce, Miles —replico.
Fuimos a su casa por Navidad el año pasado, dormimos en el diminuto sofá cama y pedimos barbacoa coreana a domicilio, que nos comimos viendo Sucedió en la Quinta Avenida, seguida inmediatamente de La jungla de cristal.
—Sí, pero va a ser la primera vez que nos ve aquí. —Abarca con un gesto de la mano nuestra nueva (vieja) casa.
Técnicamente, va a ser la primera vez que alguien nos vea aquí, además de Ashleigh y Julia. El sitio sigue siendo un desastre, pero el salón, un cuarto de baño y nuestro dormitorio al menos son funcionales a estas alturas.
Una de las vidrieras de las ventanas está sujeta con cinta de embalar y se va la luz cuando ponemos más de un ventilador.
Tardaremos años en arreglar esta casa de color naranja chillón, a dos manzanas y media de la verde salvia, que tiene la misma distribución. Pero me da igual. Me gusta tanto tal como está que no me importa esperar.
Suena el timbre, ¡qué sorpresa! Solo funciona una de cada ocho veces que alguien lo pulsa.
—¡Mierda! —exclama Miles—, voy tarde. Lo siento. —Toma la toalla del toallero para limpiarse la espuma de afeitar, descartada la idea de afeitarse.
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—No pasa nada —le aseguro—. Ponte una camiseta y ven al salón. O pasa de la camiseta. Les he dicho a todos que esta noche iba a ser muy informal.
Ni siquiera espera a terminar de reír antes de besarme, dejándome un rastro de espuma en la cara cuando nos separamos. Me limpia la barbilla con la toalla.
—Salgo enseguida —me promete.
No estoy preocupada por mi madre, ni por esta noche. Lo que me preocupa es lo de la semana que viene.
La primera visita de Sadie desde que empezamos a hablar de nuevo. Después de decidir quedarme en Waning Bay, me pasé meses
aguardando que esa espinita que llevaba en el corazón se saliera sola, esperando dejar de echarla de menos.
La noche que Miles y yo decidimos comprar una casa juntos, fuimos a cenar para celebrarlo y de vuelta a casa pasamos por delante de una librería. En el escaparate había una novedad de la escritora preferida de Sadie, a cuya firma Miles me había llevado hacía varios meses. Entré guiada por un impulso y compré el libro. Pero fui incapaz de leerlo, así que se quedó en la estantería durante semanas antes de que por fin me pusiera con él, me lo leyera de una sentada y lo cerrara con el rostro bañado en lágrimas.
Lo primerísimo que hice al terminar el libro fue tomar el móvil para mandarle un mensaje. Un impulso, el instinto. Y aunque no se lo mandé, la sensación no me abandonaba.
Durante otra semana, me moví por el mundo con la sensación de que se me había olvidado algo, de que debería estar en alguna parte, de que había alguien a quien quería llamar.
Estaba dolida, furiosa y confundida por la distancia en nuestra relación, pero sobre todo echaba de menos a mi amiga. No quería olvidarme de ella para siempre.
De modo que le escribí una carta. Una carta me parecía algo mucho más típico de Sadie que un mensaje de correo electrónico. Puede que incluso «Austeniano». En la universidad, ella tenía papel personalizado y un sello de cera, pero yo tuve que conformarme con una pegatina de Pure Michigan.
El día que recibió la carta, nada más leerla, me llamó, y aunque yo estaba aterrorizada, contesté al segundo tono.
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Nos pasamos horas hablando. Las dos lloramos.
A esas alturas, ya llevaba comprometida dos meses.
—Me moría por contártelo —dijo—. Pero pensaba que no querías tener noticias mías. Creía… Cuando Peter y tú cortasteis, creía que me estabas apartando. Por culpa de Cooper. Porque mientras estuviera con él, tendría que…, no sé, cargar con Peter, ¿sabes?
Claro que lo sabía. Peter y Cooper eran familia. De la de verdad, de la que siempre te quiere, aunque tomes decisiones que no entienden.
La decisión, para ella, nunca fue elegir entre Peter y yo. Fue entre su mejor amiga y el amor de su vida. Y una vez que lo entendí, me di cuenta de que no tenía que parecerme una decisión fácil.
Las cosas podían ser complicadas. Podían ser un embrollo. Podíamos estar en desacuerdo y discutir e incluso hacernos daño de vez en cuando, pero eso no quería decir que había llegado la hora de dejar que la puerta giratoria de la vida nos llevara en direcciones opuestas.
A veces las cosas son difíciles. Sin más.
Aquella primera llamada fue como una catarata, pero después de aquello, los mensajes y las llamadas han llegado sin prisa, pero sin pausa. Todavía no hemos recuperado la relación que teníamos (a lo mejor nunca lo hacemos), pero somos algo. Todavía nos queremos. Todavía nos estamos esforzando.
En lo referente a cómo va a encajar en la nueva vida y los nuevos amigos que tengo aquí, pues ni idea. Pero intento emocionarme en vez de ponerme nerviosa por lo desconocido. Muchísimas de las cosas más bonitas de la vida son inesperadas. Como lo de mi padre y Starfire. A ver, que mi padre no se ha convertido en otra persona de la noche a la mañana, pero está más tranquilo, menos inquieto. De hecho, ha conseguido aparecer dos de las tres veces que acordamos una visita y, para ser justa, Starfire y él ganaron un viaje con todos los gastos pagados a Suiza (gracias al soplo de su vidente) que coincidía con esa tercera visita, así que no puedo culparlo.
Ya en la puerta, me aliso la falda antes de abrirla. (La puerta, no la falda).
—¡Hooola! —chillan las dos mujeres que descubro en el escalón superior. Ashleigh está muy morena por su escapada en solitario a Portugal a lo Come, reza, ama, aunque la mayor parte la pasó con un lugareño
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llamado Afonso que ya tiene billete de avión para venir a verla el mes que viene.
—¡Feliz fiesta de estreno! —exclama Ashleigh al tiempo que me pone en las manos una enorme botella de vino espumoso.
—Es de parte de las dos —dice Julia.
Ashleigh resopla.
—Yo he comprado el lazo —añade Julia—. Que tengo veinticuatro años y trabajo de camarera, ten compasión.
—Creía que ibas a venir con alguien —le digo a Jules—. ¿El chico con quien acabas de estar en Chicago?
—Ryan. —Pone los ojos en blanco—. Se cortó las uñas en el autobús.
—¡Puaj! —decimos Ashleigh y yo a la vez.
Julia asiente con un gesto serio de la cabeza.
—Era una bandera roja tan grande que se podría hacer una carpa con ella.
—¡Pasad, pasad!
En cambio, me abrazan con fuerza entre las dos. El calor es pegajoso en la piel y el cricrí de los grillos del recrecido jardín delantero es lo bastante fuerte como para apagar un poco la voz de la señora Celine Dion, que ha reanudado su canto.
—Vale —dice Julia al apartarse—, me quedo yo a cargo de la música. —No conozco a un hombre más feliz al que le gusten tanto las
canciones tristes —dice Ashleigh.
Una vez dentro, Julia convence a su hermano de que la deje encargarse de la barra de sonido. Él termina de preparar una jarra de margaritas y le añade sal y pimienta al guacamole.
Barb y Lenore entran sin llamar pocos minutos después. Barb cargada con bolsas de manzanas recién recogidas y Lenore, con un ramo de lavanda.
A continuación, llega el taxi que trae a mi madre del aeropuerto. Después de darnos a Miles y a mí un abrazo enorme, se presenta a los demás sin titubear.
La invitamos a quedarse con nosotros, le dijimos que acamparíamos en el salón para que ella pudiera dormir en la cama, pero insistió en reservar un Airbnb con gimnasio propio.
Harvey y Elda son los últimos en llegar. Llaman a la puerta y no al timbre, o a lo mejor es que el timbre no ha funcionado.
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Forman una pareja increíble. Harvey con su chándal de los Red Wings y una caja de puros debajo del brazo; Elsa con los pendientes con forma de bola de discoteca y una elegante tabla de quesos envuelta en papel encerado.
Ya están todos. La familia que no esperaba, menos Mulder, que tiene prohibida la entrada a las Noches de Póquer por culpa del lenguaje soez, el tabaco, el juego…, ya decides tú cuál es el motivo. No tiene permitido unirse hasta que cumpla los dieciocho, la misma regla que le impusieron a Ashleigh.
Llevo a Harvey y a Elda al salón, y hay una última tanda de presentaciones para mi madre. No bebe a menudo, así que los pocos sorbos que le ha dado al margarita se le han subido a la cabeza: se le llenan los ojos de lágrimas cuando le estrecha la mano a Harvey y le da las gracias por «cuidar tan bien de mi niña».
—Es una gran trabajadora —dice él— y una amiga maravillosa. Pero se le da fatal el póquer.
Mi madre se echa a reír.
—Siempre ha pecado de ser demasiado sincera. Salvo cuando le dijiste a aquella niña que te encantaban los caballos y todos los veranos ibas a un campamento hípico. ¿Te acuerdas, Daphne?
—Pues la verdad es que ya se me estaba olvidando —respondo.
—Y cuando le dijiste a tu ex que estabas saliendo con el ex de su flamante prometida —tercia Julia.
—Oye, ¿y eso? —Elda deja la tabla de queso en la encimera.
—¿No te lo ha contado Harvey? —pregunta Ashleigh.
—No cuento chismes del personal —contesta el aludido con una seriedad fingida y en absoluto creíble que no le oculta la sonrisa.
Miles me rodea la cintura con un brazo, me siento rodeada por su olor a humo y a jengibre, y el corazón me da un vuelco al sentir que me besa en el cuello. Me inclino hacia él, porque es la mejor sensación del mundo. Por lo menos, es la mejor sensación del mundo apropiada para experimentar delante de tu madre.
—¿De verdad que no lo sabes? —le pregunto a Elda.
Ella niega con la cabeza.
—Así fue como Daphne y yo acabamos juntos. —Los brazos de Miles me estrechan con más fuerza.
Elda da una palmada.
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—¡Ay, me encantan las historias de amor con comienzos divertidos! Quiero saberlo todo.
Echo la cabeza hacia atrás para mirar a Miles. Le veo los hoyuelos por debajo de la barba, y tengo la sensación de que mi corazón se está desnudando para dejar atrás la piel encallecida y convertirse en algo brillante y bañado por el sol.
—Es una historia divertida… —comienza él, pero no continúa, sino que me mira y se queda a la espera.
Sabe que me encanta contarla.
Agradecimientos
Me preocupa que mis agradecimientos vayan reduciéndose cada vez más a medida que la lista de personas a las que tengo que dar las gracias se vuelve interminable. Es un problema estupendo lo de estar rodeada de tanto amor y apoyo que no puedes enumerar todos los nombres. Normalmente les doy las gracias a mis lectores en último lugar, o casi, pero esta vez quiero daros las gracias primero. A quienes leáis los agradecimientos, como yo hago. Me encanta este trabajo, y si no fuera un trabajo, también lo haría, pero tardaría muchísimo más y no sería tan divertido ni mucho menos. Gracias por el entusiasmo, la alegría, la sinceridad, la ternura, la inspiración y la presencia que tenéis en este planeta desolador, caótico, hermoso y enorme. Doy las gracias por teneros y os doy las gracias por estar ahí.
Ahora voy con mi equipo: a todos en Root Literary, pero sobre todo a Taylor, que sueña a lo grande conmigo, y a Jasmine, que es la única razón de que haya contestado a los mensajes de correo electrónico durante el último año. Gracias por ser los mejores apoyos, los mejores sustentos y las mejores compañeras que una mujer podría desear, por ayudarme a seguir adelante cuando lo necesitaba y por crear siempre espacio para mí cuando necesitaba parar un rato.
A todos en Berkley, y a Penguin Random House en su conjunto, sé que os lo digo a todas horas, pero sigue sin ser suficiente. Tengo muchísima suerte de haber encontrado un hogar para mi trabajo con vosotros. No me imagino a nadie mejor, y en esta industria tan cambiante, agradezco muchísimo la cantidad de personas a las que he podido aferrarme durante estos últimos años para esta loca aventura. Mis editoras, Amanda Bergeron y Sareer Khader, son dos de las personas más inteligentes que he conocido en la vida, y esa ni siquiera es su mejor cualidad. Me encantan todos y cada uno de los minutos que pasamos puliendo y repasando estas historias hasta que se convierten en las que estaban destinadas a ser, y también me encanta conoceros como seres humanos. Gracias por todo lo que hacéis, pero sobre todo por lo que sois. También quiero darles las gracias a mis inimitables y divertidísimas publicistas, Danielle Keir y Dache’ Rogers. Repito: ¡no sé cómo he tenido la suerte de contar con dos personas con tantísimo talento, además de ser tan graciosas, carismáticas y maravillosas! Y después tenemos, ¡cómo no!, a Jessica Mangicaro y a Elise Tecco, gurús del marketing, que a menudo mueven montañas por mí. Es raro conocer a personas que trabajen con tanto ahínco como las que componen este equipo y a la vez sean tan creativas, imaginativas y graciosas. En serio, hacéis magia, y estoy muy agradecida de teneros en mi vida. Y, por supuesto, también tenemos a Sanny Chiu y a Anthony Ramondo, los reyes absolutos detrás de la cubierta, el lomo y la sobrecubierta. ¡Gracias por darles vida a mis mundos! Alison Cnockaert: gracias por tolerar los montones de preguntas y cualquier idea insignificante que se me ocurre, y por hacer que el diseño interior de este libro fuera tan perfecto y maravilloso. También quiero darles las gracias a Tawanna Sullivan y a Ben Lee por hacer que mis libros lleguen a manos de tantas personas. Muchísimas gracias también a todas las demás personas de Berkley que me han apoyado de forma incondicional durante estos últimos años, entre ellas: Christine Ball, Christine Legon, Cindy Hwang, Claire Zion, Craig Burke, Ivan Held, Jeanne-Marie Hudson y Lindsey Tulloch.
Otra ronda de agradecimientos a mi equipo británico de Viking, con una mención especial a mi editora Vikki Moynes y al resto de mi equipo: Ellie Hudson, Georgia Taylor, Harriet Bourton, Lydia Fried y Rosie Safaty.
Un agradecimiento inmenso también a mi agente cinematográfica, Mary Pender, y a su genial asistente (otra persona que ha gestionado con diligencia mi caótico cerebro durante estos últimos meses), Celia Albers.
Gracias a los libreros, a los bibliotecarios, a los blogueros, a los críticos, a la gente que hace fan art, vídeos y fotos preciosas, a los que prestan sus ejemplares y a los que los toman prestados, a los lectores que me siguen desde el primer momento y a los que toman uno de mis libros por primera vez.
Y gracias, como siempre, a mis amigos y a mi familia. Por lo que hacéis, por lo que sois. Os quiero, siempre.
EMILY HENRY (Cincinnati, Ohio, Estados Unidos, 1991) estudió secundaria en Cincinnati y luego asistió al Hope College con una beca de escritura creativa y planes para estudiar danza. También se formó como escritora en el desaparecido Centro de Estudios de Arte y Medios de Nueva York de la Universidad Bethel. Regresó a Cincinnati después de la universidad. Antes de debutar por todo lo alto en la ficción para adultos con La novela del verano, escribió varias obras para lectores adolescentes.
Con su segunda novela, Gente que conocemos en vacaciones (2021), ganadora del premio a Mejor Novela por los votos de los lectores en Goodreads, se ha consolidado como la autora de novela romántica contemporánea más importante de los últimos años, con millones de libros vendidos en todo el mundo y publicada en más de 30 países.
FIN

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